© Libro N° 6191.
El Universo. Asimov, Isaac. Emancipación. Julio 6 de 2019.
Título
original: © El Universo. Isaac Asimov
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Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL UNIVERSO
Isaac Asimov
CONTENIDO
La
Tierra
El
sistema solar
Las
estrellas
La
galaxia
El
tamaño de la Galaxia
Otras
galaxias
La
edad de la Tierra
La
energía del Sol
Tipos
de estrellas
Evolución
estelar
Explosiones
estelares
Evolución
galáctica
La
recesión de las galaxias
El
Universo observable
El
origen del Universo
Bombardeo
de partículas
Fotones
energéticos
Radioastronomía
El
borde del Universo
Lectura
recomendada
A Fred L. Whipple y Carl
Sagan,
que sobre esto saben mucho más que yo.
Capítulo 1
La Tierra
Contenido:
§. Introducción
§. La Tierra plana
§. La Tierra esférica
§. El tamaño de la tierra
§.
Introducción
En
los últimos años, los descubrimientos que los astrónomos han logrado hacer a
distancias inimaginables del espacio exterior han suscitado una curiosidad
inusitada no ya en ellos mismos, sino en el público en general.
Conceptos
como los quásares y los púlsares son hoy de la máxima actualidad. Y unos puntos
de luz que se encuentran a miles de billones de kilómetros de la Tierra hacen
que los científicos se devanen los sesos acerca del pasado remoto y del lejano
futuro del Universo.
¿Se
extiende el Universo hasta el infinito o existe, por el contrarío, un fin en
alguna parte? ¿Se expande y contrae el Universo como un acordeón, invirtiendo
en cada uno de estos movimientos miles de millones de años? ¿Hubo un momento en
que explotó definitivamente? ¿Será que los fragmentos errantes, productos de
esta explosión, se estén alejando unos de otros, hasta que ese fragmento en que
habitamos se encuentre prácticamente solo en el Universo? ¿Tiene el Universo
capacidad de renovarse? ¿Es eterno, sin origen ni fin?
En
este aspecto, nuestra generación es una generación afortunada, pues estamos
presenciando un período de la astronomía en el que las respuestas a tales
preguntas, así como a otras muchas igualmente inquietantes, quizá se encuentren
de hecho al alcance de la mano.
Por
otro lado, esta situación era totalmente inesperada. Los objetos celestes que
están abriendo nuevas posibilidades y perspectivas a los astrónomos eran del
todo desconocidos antes de la década de 1960-1969. Los cohetes y satélites que
hoy día proporcionan tal abundancia de datos a estos científicos no empezaron a
lanzarse sino en los años cincuenta. Y los radiotelescopios, que desvelaron
misterios insospechados del Universo, no conocieron su existencia hasta los
años 1940-50.
Es más, si retrocedemos 2.500 años y nos situamos hacia el 600 a. J.,
comprobamos que todo el Universo que conocía el hombre de aquellos tiempos se
reducía a un trozo de tierra plana, que, por añadidura, tampoco era demasiado
extenso.
Esto es, más o menos, lo que el hombre de nuestros días sigue siendo capaz de
percibir de un modo directo: un trozo de tierra plana; sobre su cabeza,
naturalmente, el cielo con pequeños objetos luminosos que brillan sobre él. Por
otro lado, tampoco parece que el cielo se extienda muy por encima de nuestras
cabezas.
Entonces ¿en virtud de qué proceso del raciocinio fueron disipándose en una
lejanía cada vez más remota los estrechos límites visibles para el ojo humano,
hasta el punto de que no hay ya mente capaz de concebir el tamaño de este
Universo al que nos estamos refiriendo ahora, ni siquiera de imaginar la
tremenda insignificancia de nuestro entorno físico al lado de él?
En
este libro pretendo seguir los pasos que el hombre ha ido dando con el fin de
ampliar y profundizar su comprensión del Universo como un todo («cosmología»),
así como del origen y evolución de éste («cosmogonía»).
En
el año 600 a. J., el Imperio Asirio acababa de caer. En su época de auge había
abarcado una longitud máxima de unos 2.200 kilómetros, extendiéndose desde
Egipto hasta Babilonia. Este imperio no tardó en ser reemplazado por otro, el
Imperio Persa, que llegó a abarcar una longitud máxima de 4.800 kilómetros,
desde Cirenaica hasta Cachemira.
No cabe duda de que las gentes que habitaban en tales imperios carecían en
absoluto de toda noción, siquiera vaga, acerca de la extensión de los dominios;
se contentaban simplemente con vivir y morir en su terruño y, en ocasiones
señaladas, a desplazarse desde la propia aldea a la vecina. No ocurría lo mismo
con los mercaderes y soldados, quienes seguramente sí tenían alguna idea de la
inmensidad de estos imperios y de la extensión, aún mayor, de las tierras que
quedaban más allá de sus fronteras.
En los imperios de la Antigüedad tuvo que haber hombres que se ocuparan de lo
que cabría considerar el primer problema cosmológico que se le plantea al
erudito: ¿Tiene la Tierra un fin?
Indudablemente,
ningún hombre de los tiempos antiguos llegó jamás al fin de la Tierra, por muy
lejos que viajara. Algunos llegaban a alcanzar la costa de un océano cuyos
límites se perdían detrás del horizonte, pero una vez embarcados y navegando en
alta mar comprobaban que tampoco así llegaban al fin.
¿Significaba esto que tal fin no existía?
La
respuesta dependía de la forma general que se atribuyera a la Tierra.
Todos los hombres que vivieron antes de los tiempos de los griegos admitieron
el supuesto de que la Tierra era plana, como de hecho parece ser si
prescindimos de pequeñas irregularidades como son las montañas y los valles. Si
algún antiguo anterior a los griegos pensó de otra manera, su nombre no ha
llegado hasta nuestros días, ni su pensamiento, registrado de algún modo, ha
logrado sobrevivir.
Ahora bien, si la Tierra fuese efectivamente plana, una de las conclusiones que
parece casi inmediata es que tuviese un fin, sea del tipo que fuere. La
posibilidad alternativa a este corolario es que se tratase de una superficie
plana que se extendiera sin límites; en otras palabras, una superficie de
extensión infinita. Pero este concepto es sumamente molesto: a lo largo de la
Historia, el hombre ha tratado siempre de rehuir el concepto de infinitud, ya
sea del espacio o del tiempo, como algo imposible de concebir y entender y, por
ende, como un concepto con el que no es fácil trabajar ni razonar.
Por otra parte, si la Tierra tuviera efectivamente un fin —si fuese finita—
surgirían otras dificultades. ¿No se caería la gente al acercarse demasiado a
él?
Naturalmente, podría suceder que la tierra firme se encontrara rodeada por
completo de océanos, de suerte que nadie pudiera aproximarse al fin, a menos
que fletara un barco con este propósito y navegara hasta perder de vista el
continente, y más allá aún. Todavía en tiempos de Colón esta idea constituía,
en efecto, un motivo nada irreal de pánico para muchos marineros.
Sin embargo, la idea de una barrera acuática protectora de la humanidad
planteaba otro problema. ¿Qué era lo que impedía que el océano se derramase por
los bordes, dejando la Tierra en seco?
Una posible solución a este dilema consistía en suponer que el cielo era una
coraza resistente —aspecto que, en efecto, tiene a primera vista[i]— y que ésta
descendía hasta unirse con la Tierra por todas partes, como efectivamente
parece ocurrir. En este caso cabría concebir el Universo en su totalidad como
una especie de caja cuyos lados y parte superior abombados estuviesen
constituidos por el cielo, mientras que el fondo plano fuesen los mares y la
tierra firme sobre los cuales viven y se mueven el hombre y todos los demás
seres.
¿Qué forma y tamaño tendría un «Universo-caja» semejante?
A muchos este Universo se les antojaba en forma de tablón rectangular. Un
accidente interesante de la Historia y de la Geografía es que las primeras
civilizaciones establecidas en los ríos Nilo, Éufrates y Tigris, e Indo
estuviesen separadas en Este y Oeste, no en Norte y Sur. A esto hay que añadir
además el que el Mar Mediterráneo se extienda también de Levante a Poniente.
Por ello, los escasos conocimientos geográficos de los primeros pueblos
civilizados encontraron menos dificultad para propagarse en dirección
Este-Oeste que en dirección Norte-Sur. Sobre esta base parece razonable, pues,
imaginar el «Universo-caja» como mucho más alargado de Este a Oeste que de
Norte a Sur.
Los griegos, en cambio, demostraron poseer un sentido mucho más desarrollado de
las proporciones geométricas y de la simetría al concebir la Tierra como un
disco circular, con Grecia, naturalmente, en el centro. Este disco plano estaba
formado en su mayor parte por tierra firme, con un borde de agua («el Río
Océano») a partir del cual el Mar Mediterráneo penetraba hacia el centro.
Hacia el año 500 a. J., Hecateo de Mileto (cuyas fechas de nacimiento y muerte
se desconocen), el primer geógrafo científico entre los griegos, estimó que el
disco circular debía de tener un diámetro de unos 8.000 kilómetros como máximo,
lo cual suponía unos 51.000.000 de kilómetros cuadrados para la superficie de
la Tierra plana. Por muy grande, e incluso enorme, que les pareciera esta cifra
a los contemporáneos de Hecateo, lo cierto es que no representa más que una
décima parte de la superficie real de la Tierra.
Pero prescindiendo de su tamaño y de su forma, ¿cómo se sostenía el
Universo-caja en un sitio fijo? En la concepción de la Tierra plana, que es la
que ahora nos ocupa, «abajo» indica una dirección concreta; todos los objetos
pesados y terrenos caen «hacia abajo». ¿Por qué no ocurre entonces lo mismo con
la Tierra?
Cabría suponer que el material del que está compuesto la Tierra plana, el suelo
que pisamos, se extienda hacia abajo sin límite. Pero en este caso nos veríamos
enfrentados de nuevo con el concepto de infinito. Con el fin de soslayarlo
puede imaginarse la Tierra apoyada sobre algo. Los hindúes, por ejemplo, la
concebían sustentada por cuatro pilares.
Mas ello no hacía sino posponer la dificultad. ¿Sobre qué se apoyaban los
cuatro pilares? ¡Sobre elefantes! ¿Y sobre qué descansaban
estos elefantes? ¡Sobre una tortuga gigante! ¿Y la tortuga? Nadaba en un océano
gigantesco. Y este océano...
En resumen, la hipótesis de una Tierra plana, por más que pareciera pertenecer
al terreno del sentido común, planteaba de un modo inevitable dificultades
filosóficas sumamente serias.
§. La Tierra esférica
De hecho, para alguien que tuviese los ojos bien abiertos la idea de una Tierra
plana no podía resultarle de sentido común. Pues si esto fuera así, desde
cualquier punto de esta Tierra plana deberían observarse las mismas estrellas
en el cielo (quizá con pequeñas diferencias debidas a la perspectiva). Ahora
bien, una de las experiencias registradas por todo navegante es que cuando el
barco llevaba rumbo Norte, ciertas estrellas desaparecían detrás del horizonte
meridional y otras nuevas aparecían por el septentrional. Cuando se navegaba
rumbo al Sur, la situación era la inversa. Este fenómeno admitía una
explicación muy sencilla suponiendo que la Tierra se curvaba en la dirección
Norte-Sur. (El hecho de si existía o no un efecto similar en dirección
Este-Oeste quedaba oscurecido por el movimiento general Este-Oeste del cielo,
que describía una vuelta completa cada veinticuatro horas.)
De acuerdo con estas observaciones, el filósofo griego Anaximandro de Mileto
(611-546 a. J.) sugirió que los hombres vivían sobre la superficie de un
cilindro curvado hacia el Norte y hacia el Sur. Según los conocimientos
actuales, él fue el primero en sugerir para la superficie de la Tierra una
forma distinta de la plana. Esta idea surgió posiblemente hacia el año 550 a.
J.
Figura 1
Pero
la idea de la Tierra cilíndrica tampoco bastaba. Un hecho observado por quienes
vivían a orillas del mar y trabajaban continuamente con barcos era el
siguiente: los barcos que navegaban rumbo a alta mar no iban reduciéndose de
tamaño paulatinamente hasta desvanecerse en un punto infinitesimal, como cabría
esperar si la Tierra fuese plana, sino que desaparecían cuando aún poseían un
tamaño sensiblemente mayor que el de un simple punto; y lo primero que
desaparecía era el casco, como si el barco estuviese descendiendo por una
colina. Esto era, ni más ni menos, lo que cabría esperar si la superficie de la
Tierra fuese curva. Pero había más, y es que los barcos desaparecían de modo
muy similar cualquiera que fuese el rumbo que llevaran. En consecuencia, la
Tierra se curvaba no sólo en dirección Norte-Sur, sino en todas direcciones por
igual. Y la única superficie que se curva en todas direcciones por igual es la
de la esfera.
Por otro lado, los astrónomos griegos también pensaron que la mejor forma de
explicar los eclipses de Luna era suponiendo que ésta y el Sol ocupaban lados
opuestos de la Tierra y que era la sombra de este planeta la que, proyectada
por el Sol, caía sobre la Luna y la eclipsaba. La proyección de esta sombra
siempre era circular, independientemente de las posiciones que la Luna y el Sol
ocupasen respecto a la Tierra. El único cuerpo sólido que proyecta una sombra
con sección transversal circular en todas direcciones es la esfera.
Así pues, una observación más minuciosa revelaría que la superficie de la
Tierra no es plana sino esférica. El hecho de que parezca plana se debe
únicamente a que la esfera es tan grande que la curvatura de la pequeña porción
visible a simple vista es demasiado suave para detectarla.
Según los conocimientos actuales, la primera persona que sugirió que la Tierra
era una esfera fue el filósofo griego Filolao de Tarento (480- ? a. J.), quien
formuló la idea hacia el año 450 a. J.
El concepto de la Tierra esférica acabó de una vez para siempre con todos los
problemas relativos al «fin» de este planeta, y ello sin introducir el concepto
de infinito. La esfera tiene una superficie de tamaño finito, pero esta
superficie no posee un fin; es finita pero ilimitada.
Aproximadamente un siglo después de Filolao, el filósofo griego Aristóteles de
Estagira (384-322 a. J.) hizo un compendio de las consecuencias que se
derivaban de la esfericidad de la Tierra.
El concepto «abajo» debía considerarse no como una dirección fija y precisa,
sino como una dirección relativa. Pues si se tratase de una dirección fija,
como a veces pensamos que es cuando señalamos hacia nuestros pies, entonces
cabría esperar que la esfera entera de la Tierra se desplomase hacia abajo
indefinidamente, o bien hasta llegar a descansar sobre algo que fuera sólido y
tuviera una extensión infinita en dirección hacia abajo.
Supongamos, por el contrario, que nos limitamos a definir la palabra «abajo»
como la dirección que apunta hacia el centro de la Tierra. Al decir que, en
virtud de las leyes naturales, los objetos «caen hacia abajo», queremos
significar que su tendencia natural es a caer hacia el centro de la Tierra. En
tal caso, los objetos no caerían fuera de la Tierra, ni los antípodas tendrían
la sensación de andar cabeza abajo.
La Tierra en sí tampoco puede desplomarse, pues todas y cada una de sus partes
han caído ya el máximo posible, es decir, se han aproximado al máximo al centro
de la Tierra. De hecho, esta es la razón de que la Tierra tenga que ser una
esfera, pues este cuerpo geométrico se caracteriza por la propiedad de que la
distancia total de todas y cada una de sus partes al centro de dicho cuerpo es
menor que en cualquier otro sólido del mismo tamaño pero forma distinta.
Así pues, podemos afirmar que hacia 350 a. J., ningún científico dudaba ya de
que la Tierra fuese una esfera. Desde entonces, este concepto ha sido admitido
en todo momento por cualquier hombre culto del mundo occidental.
La idea era tan satisfactoria y estaba tan exenta de paradojas que fue aceptada
aun en ausencia de pruebas de carácter directo. Una prueba de este tipo no
llegaría hasta el año 1522 d. J. (dieciocho siglos después de Aristóteles),
cuando la única nave que logró sobrevivir a una expedición mandada en principio
por el navegante Fernando Magallanes (1480-1521) arribó al puerto, tras haber
descrito por primera vez una vuelta a la Tierra: de este modo quedaba
demostrado de una manera directa que aquélla no era plana.
Hoy día se ha demostrado la esfericidad de la Tierra sobre el principio real de
«ver es creer». Durante los últimos años de la década de 1940-49 se consiguió
lanzar cohetes a una altura suficiente para tomar fotografías de vastas
porciones de la superficie terráquea; estas fotografías demostraron de un modo
visible la curvatura esférica[ii].
§. El tamaño de la Tierra
Una vez establecido el carácter esférico de la Tierra, el problema de su tamaño
adquiría una importancia mayor que nunca. Determinar las dimensiones de una
Tierra plana y finita habría supuesto una tarea en extremo ardua, como no fuese
que alguien se la recorriera de punta a punta. Una Tierra esférica, en cambio,
produce efectos que varían directamente con el tamaño de la esfera.
Por ejemplo, si la esfera terráquea fuese enorme, los efectos producidos por su
esfericidad serían demasiado pequeños para detectarlos de un modo fácil. La
visión de las estrellas no cambiaría sensiblemente cuando el observador se
trasladase unos cuantos cientos de kilómetros hacia el Norte o hacia el Sur;
los barcos no desaparecerían por el horizonte cuando el observador estuviera
percibiendo todavía una imagen suficientemente grande para ser visible, ni éste
vería ocultarse primero el casco y luego el velamen; y, por último, la
proyección de la sombra de la Tierra sobre la Luna parecería recta, pues la curvatura
de dicha sombra sería muy pequeña y, por tanto, indetectable.
En otras palabras, el mero hecho de que los efectos de la esfericidadfuesenperceptibles
significaba que la Tierra era una esfera, pero también que se trataba de una
esfera de tamaño más bien moderado: ciertamente grande, pero no gigantesco.
Ahora bien, ¿cómo podría medirse este tamaño con cierta precisión? Los
geógrafos griegos lograron establecer un límite inferior. Hacia el año 250 a.
J., estos hombres sabían por experiencia que hacia Poniente la tierra se
extendía algo más allá del Estrecho de Gibraltar, y que hacia Levante llegaba
hasta la India, con una distancia máxima de unos 9.600 kilómetros (cifra muy
superior a la estimación, aparentemente generosa, que hiciera He- cateo dos siglos
y medio antes). Puesto que al cabo de dicha distancia la superficie de la
Tierra no había vuelto, evidentemente, al punto de partida, el perímetro del
planeta tenía que ser superior a los 9.600 kilómetros; pero cuánto mayor era
algo que no podía precisarse.
El primero en sugerir una respuesta basada en la observación fue el filósofo
griego Eratóstenes de Cirene (276-196 a. J.) Este filósofo sabía (o se lo
comunicaron) que en el solsticio vernal, el 21 de junio, cuando el sol de
mediodía se encuentra más cerca del cénit que en ningún otro día del año, este
astro pasaba justamente por el cénit sobre la ciudad de Syene, en Egipto (la
moderna Asuán). Este hecho podía constatarse sin más que clavar un palo
vertical en el suelo y observar que no proyectaba sombra alguna. Por otro lado,
repitiendo la misma operación en Alejandría, situada unos 800 kilómetros al
norte de Syene, el palo proyectaba una corta sombra, la cual venía a indicar
que en aquel lugar el sol de mediodía se encontraba algo más de 7 grados al Sur
del cénit.
Si la Tierra fuese plana, el Sol luciría simultáneamente sobre Syene y
Alejandría, prácticamente en línea perpendicular sobre ambas. El hecho de que
el Sol brillase justo encima de una pero no de la otra demostraba de por sí que
la superficie de la Tierra se curvaba en el espacio que mediaba entre ambas
ciudades. El palo clavado en una de las ciudades no apuntaba, por así decirlo,
en la misma dirección que el otro. Uno de ellos apuntaba al Sol, el otro no.
Cuanto mayor fuese la curvatura de la Tierra, mayor sería la divergencia entre
las direcciones de los dos palos y mayor también la diferencia entre las
longitudes de ambas sombras. Aunque Eratóstenes demostró cuidadosamente todos
sus cálculos por métodos geométricos, nosotros prescindiremos de esta
demostración y diremos simplemente que si una diferencia de algo más de 7
grados corresponde a 800 kilómetros, una diferencia de 360 grados (una vuelta
completa alrededor de una circunferencia) debe representar cerca de 40.000
kilómetros si queremos conservar una proporción constante.
Conocida la circunferencia de una esfera, también se conoce su diámetro. El
diámetro es igual a la longitud de la circunferencia dividida por z («pi»),
cantidad que vale aproximadamente 3,14. Eratóstenes concluyó, por tanto, que la
Tierra tenía una circunferencia de unos 40.000 kilómetros y un diámetro de unos
12.800 kilómetros.
El área de la superficie de tal esfera es de 512.000.000 de kilómetros
cuadrados, aproximadamente, cifra que equivale por lo menos a seis veces la
superficie máxima conocida en los tiempos antiguos. Evidentemente, la esfera de
Eratóstenes se les antojaba algo desmesurada a
los griegos, pues cuando más tarde los astrónomos repitieron las observaciones
y obtuvieron cifras más pequeñas (29.000 kilómetros de circunferencia, 9.100 de
diámetro y 256.000.000 de kilómetros cuadrados de superficie), dichas cifras
fueron aceptadas sin pensarlo dos veces. Estas cifras prevalecieron a lo largo
de toda la Edad Media y fueron utilizadas por Colón para demostrar que la ruta
occidental desde España a Asia era una ruta práctica para los barcos de aquel
tiempo. En realidad no lo era, pero su viaje se vio coronado por el éxito
debido a que el lugar donde Colón creía que estaba Asia resultó estar ocupado
por las Américas.
No fue sino en 1522, con el regreso de la única nave sobreviviente de la flota
de Magallanes, cuando quedó establecido de una vez para siempre el verdadero
tamaño de la Tierra, vindicando así a Eratóstenes.
Las últimas mediciones dan la cifra de 40.067,96 kilómetros para la longitud de
la circunferencia de la Tierra en el Ecuador. El diámetro de la Tierra varía
ligeramente según la dirección debido a que nuestro planeta no es una esfera
perfecta; la longitud media de este diámetro es de 12.739,71 kilómetros. El
área de la superficie es de 509.903.550 kilómetros cuadrados.
Contenido:
§.
La Luna
§. El Sol
§. Paralaje
§. El tamaño del sistema solar
§.
La Luna
Si el Universo consistiera únicamente en la Tierra, los griegos habrían
resuelto el problema central de la cosmología hace 2.000 años. Pero el
Universo no se reduce a la Tierra, y esto lo sabían muy bien
los griegos. Por encima de aquélla se extiende el cielo.
Mientras el hombre creyó que la Tierra era plana, no hubo inconveniente alguno
en concebir el cielo como una cúpula rígida cuyo borde se ajustaba al plano de
la Tierra en todos los puntos de su perímetro. El espacio cerrado así formado
tampoco necesitaba tener una altura desmesurada, pues con que ésta fuese de
unos dieciséis kilómetros, por ejemplo, bastaría para abarcar las montañas más
altas y las nubes.
Ahora bien, si la Tierra era una esfera, el cielo tenía que ser una segunda
esfera, más grande que la primera y que envolviese a ésta por completo. Así
pues, era la esfera del cielo (la «esfera celeste») la que constituía los
límites del Universo; conocer sus dimensiones revestía, por tanto, el máximo
interés.
A juzgar por los conocimientos que se derivan de observaciones puramente
informales, la esfera celeste debía de ceñirse bastante a la esfera de la
Tierra, quizá a una distancia de la superficie de ésta de unos dieciséis
kilómetros en todas las direcciones. Si el diámetro de la Tierra era de 12.800
kilómetros, el del cielo podría ser de unos 12.832 kilómetros.
Mas no nos conformemos con observaciones puramente informales, ya que los
griegos —y antes que ellos los babilonios y egipcios— tampoco se contentaron
con este tipo de observaciones.
La esfera celeste parece describir una vuelta completa alrededor de la Tierra
cada veinticuatro horas. Durante este movimiento da la sensación de que el
cielo arrastra consigo las estrellas «en bloque», esto es, la posición relativa
de las estrellas no varía, sino que éstas permanecen fijas en su sitio año tras
año y generación tras generación (de ahí el nombre de «estrellas fijas»). Nada
más natural, pues, que pensar que las estrellas se encontraban adosadas a la
bóveda celeste como si fueran cabezas de alfiler luminosas; tal fue, en efecto,
la creencia que prevaleció hasta el siglo XVII.
Por otra parte, un fenómeno que tuvo que ser observado desde los tiempos
prehistóricos es que existen ciertos cuerpos celestes que se mueven con
respecto a las estrellas: en un momento dado se encuentran próximos a una
estrella determinada, mientras que en una ocasión posterior se hallan cerca de
otra distinta. Estos cuerpos no podían estar adosados a la bóveda del cielo,
sino que debían hallarse entre ésta y la Tierra.
Los antiguos conocían siete de estos cuerpos, cuyos nombres son (en la forma en
que hoy los conocemos), por orden de brillo, los siguientes: el Sol[iii] la Luna,
Venus, Júpiter, Marte, Saturno y Mercurio. Los griegos llamaron a estos siete
cuerpos «planetes» («errantes»), debido a que erraban entre las estrellas. El
vocablo ha llegado hasta nosotros en la forma «planetas».
En algunos casos era posible especular acerca de qué planetas se encontraban
más cerca o más lejos de la Tierra. La Luna, por ejemplo, pasaba por delante
del Sol en cada eclipse solar; por tanto, la Luna debía encontrarse más próxima
a la superficie de la Tierra que el Sol.
En otros casos, los antiguos se basaron en las velocidades relativas de los
movimientos planetarios respecto a las estrellas. (La experiencia nos enseña
que cuanto más próximo se encuentra al observador un objeto en movimiento,
mayor es la velocidad que parece llevar. Un avión en vuelo raso da la sensación
de una velocidad increíble, mientras que el mismo aparato volando a un
kilómetro de altura apenas parece moverse, a pesar de que quizá vuele a una
velocidad mayor que cuando se desplazaba cerca del suelo.)
Basándose en las velocidades relativas respecto a las estrellas, los griegos
llegaron a la conclusión de que la Luna era el más próximo de los siete
planetas. En cuanto a los seis restantes, se estimó que el más cercano era
Mercurio, luego Venus, el Sol, Marte, Júpiter y el más lejano Saturno.
Por consiguiente, para determinar la distancia de los cuerpos celestes es obvio
que había que comenzar por la Luna, pues si resultaba imposible calcular la
distancia entre este planeta y la Tierra, pocas esperanzas cabría albergar de
poder determinar esta magnitud para los demás cuerpos celestes.
El primero que efectuó un cálculo riguroso de la distancia a la Luna fue el
astrónomo griego Aristarco de Samos (320-250 a. J.), quien trabajó con
observaciones realizadas durante un eclipse lunar. La curvatura de la sombra
proyectada por la Tierra sobre la Luna permitía averiguar el tamaño de la
sección transversal de dicha sombra en relación con el tamaño de la Luna.
Suponiendo que el Sol estaba mucho más alejado de la Tierra que la Luna y
utilizando conocimientos básicos de geometría, Aristarco logró averiguar la
distancia que debía mediar entre la Luna y la Tierra para que la sombra
proyectada sobre aquélla tuviese las dimensiones observadas.
Este método fue mejorado y refinado, poco más de un siglo más tarde, por
Hiparco de Nicea (190-120 a. J.), otro astrónomo griego y quizá el más notable
de la Antigüedad.
Hiparco llegó a la conclusión de que la distancia entre la Luna y la Tierra
equivalía aproximadamente a treinta veces el diámetro de ésta. Aceptando la
cifra de Eratóstenes para el diámetro de la Tierra (12.800 km.), la distancia
de la Luna resultaba ser de 384.000 kilómetros.
Esta cifra es excelente si tenemos en cuenta el estado en que se encontraba el
arte de la astronomía en aquellos tiempos. La cifra más exacta de que
disponemos en la actualidad para la distancia media entre los centros de la
Luna y la Tierra es 384.317,2 km. Decimos distancia media porque
la Luna no describe un círculo perfecto alrededor de la Tierra, sino que en
algunos puntos se acerca y en otros se aleja. La distancia mínima a que se
acerca (perigeo) es de 356.334 km. y la máxima a que se aleja (apogeo) de
406.610 km.
Conociendo esta distancia, puede calcularse el diámetro de la Luna a partir de
su tamaño aparente. Dicho diámetro resulta ser de 3.480 km., con una
circunferencia, por tanto, de 10.900 km. Notablemente menor que la Tierra, pero
de un tamaño todavía respetable.
Una vez determinada la distancia a la Luna, quedó refutada irremisiblemente la
idea de que el cielo quizá se hallara bastante cerca de la esfera terrestre,
pues incluso medida por los patrones griegos dicha distancia resultaba
tremenda. El cuerpo celeste más cercano, la Luna, se encontraba a más de un
tercio de millón de kilómetros. Los demás planetas tenían que estar más lejos,
quizá mucho más lejos.
¿Podían seguir haciéndose estimaciones? ¿Y el Sol?
Aristarco descubrió que cuando la Luna se encontraba exactamente en el primer
cuarto (o en el último), ella misma, el Sol y la Tierra ocupaban los vértices
de un triángulo rectángulo. Midiendo el ángulo que separa a la Luna del Sol
(vistos ambos desde la Tierra) y utilizando conocimientos elementales de
trigonometría, podía calcularse el cociente entre las distancias a la Luna y al
Sol. Así pues, conocida la distancia a la Luna era posible calcular la del Sol.
Por desgracia para Aristarco, la medición de ángulos en el espacio sin disponer
de buenos instrumentos es una operación bastante difícil, como tampoco es fácil
determinar el momento exacto en que la Luna se halla en el primer cuarto. La
teoría con que trabajó este astrónomo era matemáticamente perfecta; las
medidas, en cambio, tenían un pequeño error, suficiente para proporcionar unos
resultados de todo punto imprecisos. Aristarco llegó a la conclusión de que la
distancia del Sol era veinte veces la de la Luna. Si la Luna se hallaba a
384.000 km. de la Tierra, el Sol debía encontrarse a poco menos de 8.000.000 de
km., estimación que queda muy por bajo de la realidad (pero que constituía una
prueba más de la inesperada magnitud del Universo).
Así pues, podemos decir que hacia 150 a. J., y tras cuatro siglos de astronomía
minuciosa, los griegos habían logrado determinar con cierta exactitud la forma
y dimensiones de la Tierra y la distancia a la Luna, pero sin conseguir
demostrar mucho más. Concluyeron que el Universo era una esfera gigantesca de
varios millones de kilómetros de diámetrocomo mínimo, en cuyo
centro colocaron un sistema Tierra-Luna con unas dimensiones que seguimos
aceptando hoy día.
§. El Sol
Durante los 1.800 años que siguieron a la época de Hiparco, los conocimientos
del hombre acerca de las dimensiones del Universo no progresaron. Parecía
imposible calcular la distancia de cualquiera de los planetas, exceptuada la
Luna, y si bien es cierto que se hicieron diversas especulaciones en torno a la
distancia del Sol, ninguna de ellas poseía valor alguno.
Una de las razones que explican esta falta de progreso después de los tiempos
de Hiparco es que los griegos habían desarrollado un modelo del sistema
planetario cuyas aplicaciones eran bastante limitadas. Tanto Hiparco como los
astrónomos que vinieron después que él consideraban la Tierra como el centro
del Universo. La Luna y el resto de los planetas giraban (de un modo bastante
complicado) alrededor de la Tierra; más allá de aquéllos giraba también la
bóveda de las estrellas alrededor de nuestro planeta. Los detalles de este
sistema quedaron registrados para la posteridad en las obras de otro astrónomo,
Claudius Ptolomaeus, que vivió en Egipto y escribió hacia el año 130 d. J. Su
nombre ha llegado a nuestros días en la forma Ptolomeo y el «sistema
geocéntrico» («Tierra en el centro») se denomina a menudo «sistema ptolemaico»
en honor suyo.
Tal sistema permitió a los astrónomos calcular los movimientos aparentes de los
planetas respecto al fondo de las estrellas con una precisión suficiente para
las necesidades de aquel tiempo. Pero esta precisión no bastaba para calcular
distancias más allá de la Luna.
Los cimientos para la construcción de un nuevo modelo de los cielos fueron obra
del astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543), quien en un libro publicado
en 1543, el mismo día de su muerte, sugirió que era el Sol, y no la Tierra, lo
que constituía el centro del Universo. De acuerdo con su teoría, el sistema
planetario era de hecho un «sistema solar».
En realidad, esta idea había sido sugerida ya por Aristarco diecinueve siglos
atrás, pero en aquel tiempo había resultado una concepción radical, demasiado
radical para poder aceptarla. De acuerdo con el «sistema heliocéntrico»
(«helios» significa «Sol» en griego), la Tierra y los demás planetas girarían
alrededor del Sol y la ingente masa de materia sólida sobre la que pisa el
hombre volaría a través del espacio, sin que aquél, el hombre, se percatara de
ello. De este modo, los planetas no serían siete, sino seis: Mercurio, Venus,
Marte, Júpiter, Saturno yla Tierra. El Sol no figuraría ya entre
los planetas, sino que constituiría el centro inmóvil. Por otro lado, la Luna
tampoco sería un planeta en pie de igualdad con el resto, ya que ésta, aunque
el sistema fuera heliocéntrico, no giraría alrededor del Sol, sino de la
Tierra. Los cuerpos que rotaban alrededor de un planeta recibieron el nombre de
«satélites», y entre éstos figuraba precisamente la Luna.
El sistema copernicano comenzó a abrirse paso poco a poco en la mente de los
astrónomos, pues por aquel entonces se había comprobado ya que la visión
geocéntrica del universo presentaba numerosos defectos. Las matemáticas que
requería el viejo sistema para calcular las posiciones de los planetas eran
tediosas y proporcionaban resultados que no concordaban con las minuciosas
observaciones realizadas por las nuevas generaciones de astrónomos
pertenecientes a la primera época de los tiempos modernos.
El sistema heliocéntrico suministró resultados algo más precisos y simplificó
el aparato matemático, pero tampoco era un modelo exacto: Copérnico seguía
concibiendo las órbitas planetarias como combinaciones de circunferencias
perfectas, concepción que resultó ser totalmente inadecuada.
En 1609 se estableció por fin un modelo exacto. Habiendo estudiado las
excelentes observaciones que acerca de la posición del planeta Marte realizara
su antiguo mentor, el astrónomo danés Tycho Brahe (1546-1601), Johannes Kepler
(1571-1630), astrónomo alemán, decidió por último que la única figura
geométrica que podía concordar con las observaciones era la elipse[iv]. Kepler
demostró que el Sol ocupaba uno de los focos de la órbita elíptica de Marte.
Más tarde se comprobó que esta misma afirmación era válida para todos los
planetas que giraban alrededor de la Tierra, así como para la Luna en sus
evoluciones alrededor de ésta. En todos estos casos la órbita era una elipse y
el cuerpo central ocupaba siempre uno de los focos de la misma.
Figura 2
En
1619 Kepler descubrió que la distancia media entre cualquier planeta y el Sol
guardaba una relación matemáticamente muy simple con el tiempo que el planeta
en cuestión invertía en describir una vuelta completa alrededor del Sol. Medir
los tiempos de revolución no presentaba grandes problemas y, comparándolos
entre sí, tampoco resultaba difícil calcular la distancia relativa de los
diferentes planetas.
En resumen, se podía trazar un modelo muy preciso del sistema solar,
especificando con exactitud la proporción entre las distintas órbitas. Sin
embargo, existía un inconveniente; comparando los tiempos de revolución lo
único que podía decirse era que un planeta dado se hallaba, por ejemplo, dos
veces más alejado del Sol que otro, pero era imposible especificar a qué
distancia exacta del Sol se hallaba uno u otro planeta. Existía el modelo, pero
faltaba la escala sobre la que estaba construido. Pese a ello, el modelo dio
una idea del tamaño del sistema solar: ahora se sabía que Saturno, el planeta
más lejano de los que conocían los griegos (o Kepler), se hallaba a una
distancia del Sol aproximadamente diez veces superior a la de la Tierra.
Ahora bien, en el momento en que se lograse determinar la distancia entre la
Tierra y un planeta cualquiera, la escala quedaría fijada y podría calcularse
la distancia de todos los planetas. El problema estribaba, pues, en determinar
correctamente una distancia planetaria.
§. Paralaje
Para calcular la distancia de un cuerpo planetario podía hacerse uso de un
fenómeno conocido con el nombre de paralaje. Este fenómeno admite una
ilustración muy simple, que consiste en colocar un dedo delante de los ojos
contra un fondo que no sea uniforme. Manteniendo inmóviles la cabeza y el dedo
y mirando alternativamente con un ojo y otro, se observa que la posición del
dedo respecto al fondo varía. Acercando más el dedo a la cara, las dos
posiciones aparentes del dedo abarcarán una porción mayor del fondo.
Este efecto se debe a que entre los dos ojos existe una separación de varios
centímetros, de modo que la línea imaginaria que une el dedo con uno de los
ojos forma un ángulo apreciable con la que une el dedo con el otro. Si
prolongamos ambas líneas hasta el fondo, resultarán sendos puntos que
corresponden a las dos posiciones aparentes del dedo. Cuanto más próximo a los
ojos coloquemos el dedo, mayor será el ángulo y mayor, por tanto, el
desplazamiento aparente. Si los ojos estuvieran separados por una distancia
mayor, aumentaría también el ángulo formado por las dos líneas, creando así un
mayor desplazamiento aparente del dedo contra el fondo. (Por lo general, el
fondo se encuentra tan alejado que un punto cualquiera sobre él forma con los
dos ojos del observador un ángulo demasiado pequeño para poder medirlo. De ahí
que el fondo pueda considerarse fijo.)
Figura 3
Este
mismo principio cabe aplicarlo a un cuerpo celeste. Es cierto que la Luna se
encuentra demasiado lejos para poder percibir alguna diferencia al mirar
alternativamente con ambos ojos. Pero supongamos que observamos la Luna, contra
el fondo estrellado del cielo, desde dos observatorios separados entre sí
varios centenares de kilómetros. El primer observatorio verá que uno de los
bordes de la Luna se baila a cierta distancia angular de una estrella concreta,
mientras que en ese mismo instante el segundo observatorio medirá entre el
mismo borde y la misma estrella una distancia angular distinta.
Conocidos el desplazamiento aparente de la Luna contra el fondo estrellado
(suponiendo que las estrellas se hallan tan lejos que su posición permanece
fija aunque varíe la situación del observatorio) y la distancia que media entre
ambos observatorios, puede calcularse la distancia de la Luna con ayuda de la
trigonometría.
Este experimento era perfectamente factible, pues el desplazamiento aparente de
la Luna respecto a las estrellas al variar la posición del observador es
bastante grande. Los astrónomos han normalizado dicho desplazamiento para el
caso en que uno de los observadores vea la Luna en el horizonte y el otro justo
encima de su cabeza. La base del triángulo es entonces igual al radio de la
Tierra y el ángulo con vértice en la Luna es el «paralaje horizontal
ecuatorial». Su valor observado es de 57,04 minutos de arco, o bien 0,95 grados
de arco[v].
Desplazamiento realmente apreciable, pues equivale a dos veces el diámetro
aparente de la luna llena. Se trata, por tanto, de una magnitud que se puede
medir con suficiente precisión, permitiendo así obtener un buen valor para la
distancia de la Luna. Esta distancia, calculada por la técnica del paralaje,
concordaba bien con la cifra obtenida por ese antiguo método basado en la
sombra proyectada por la Tierra durante un eclipse lunar.
Por desgracia, las condiciones que prevalecían hacia el año 1600 no permitían
emplazar los observatorios a una distancia suficiente entre sí; esto, junto con
la enorme distancia a que se hallaban los planetas, determinaba un
desplazamiento aparente contra el fondo estrellado demasiado pequeño para ser
susceptible de medidas precisas.
Años más tarde, en 1608, llegó el invento (o reinvento) del telescopio, debido
al científico italiano Galileo Galilei (1564-1642). Este instrumento permitió
aumentar los pequeños desplazamientos propios del paralaje, de suerte que una
distancia angular imposible de detectar a simple vista se convertía, gracias al
telescopio, en otra fácilmente mensurable.
Los planetas más cercanos (y por consiguiente, aquellos cuyos paralajes eran
mayores) eran Venus y Marte. Venus, sin embargo, pasa tan próximo al Sol en su
posición de máximo acercamiento a este astro que resulta imposible observarlo
(excepto en casos muy raros, en que puede observarse contra el fondo del disco
solar, cruzándolo en «tránsito»). Así pues, el objetivo lógico para la
determinación del paralaje más allá de la Luna era el planeta Marte.
En 1671 se realizó la primera medida telescópica de calidad de un paralaje
planetario. Uno de los observadores era Jean Richer (1630-1696), astrónomo
francés que estuvo al frente de una expedición científica a Cayenne, en la
Guayana francesa. El otro era el astrónomo ítalo- francés Giovanni Domenico
Cassini (1625-1712), que permaneció en París. Ambos observaron el planeta Marte
con la máxima simultaneidad posible y anotaron su posición respecto a las estrellas
más próximas. Basándose en la diferencia de posiciones observada y en la
distancia conocida de Cayenne a París, fue posible calcular la distancia de
Marte en el momento del experimento.
Una vez efectuada esta medida, se disponía ya de la escala del modelo de
Kepler, permitiendo así calcular todas las demás distancias del sistema solar.
Cassini calculó, por ejemplo, que la distancia entre el Sol y la Tierra era de
140.000.000 de kilómetros, más de nueve millones de kilómetros inferior a la
cifra real, pero resultado de todos modos excelente para ser el primer intento.
La cifra de Cassini puede considerarse como la primera determinación útil de
las dimensiones del sistema solar.
Durante los dos siglos que siguieron a los tiempos de Cassini se realizaron
medidas algo más exactas de los paralajes planetarios. Algunas de ellas se
referían a Venus, planeta que, en ciertas ocasiones, pasa justamente entre la
Tierra y el Sol, apareciendo como un pequeño cuerpo circular oscuro que cruza
el disco brillante del Sol. Tales «tránsitos» se registraron, por ejemplo, en
1761 y 1769. Si el tránsito se observa desde distintos observatorios, se
comprueba que tanto el momento en que Venus parece establecer contacto con el
disco solar, como el momento en que se separa de éste y el tiempo que dura el
tránsito, difieren de un observatorio a otro. Conocidas estas diferencias y las
distancias entre los distintos observatorios, es posible calcular el paralaje
de Venus; a partir de él, la distancia de este planeta, y a partir de ella, la
distancia del Sol.
En 1835, el astrónomo alemán Johann Franz Encke (1791-1865) utilizó los datos
relativos a los tránsitos de Venus para calcular la distancia del Sol, que
resultó ser de 153.450.000 km. Esta cifra excedía un poco a la real, pero sólo
en algo más de tres millones de kilómetros.
La dificultad para obtener valores aún más exactos estribaba en que Venus y
Marte aparecían en el ocular del telescopio como esferas diminutas, lo cual
impedía fijar con precisión la posición del planeta Venus era especialmente
decepcionante en este aspecto, pues la espesa capa atmosférica que lo envuelve
producía efectos ópticos que velaban ligeramente el momento exacto del contacto
con el disco solar durante el tránsito.
Después sobrevino un acontecimiento inesperado. En 1801, el astrónomo italiano
Giuseppe Piazzi (1746-1826) descubrió un pequeño planeta cuya órbita se hallaba
entre Marte y Júpiter y lo bautizó con el nombre de Ceres. Este pequeño planeta
resultó tener un diámetro algo inferior a 800 km. A medida que avanzó el siglo,
se fueron descubriendo cientos de planetas aún menores, todos ellos girando
entre las órbitas de Marte y Júpiter. Se trataba de los «asteroides». Más
tarde, en 1898, el astrónomo alemán Karl Gustav Witt (1866-1946) descubrió
Eros, un asteroide cuya trayectoria se alejaba de la «zona de los asteroides».
Parte de su órbita pasaba por la de Marte, aproximándose bastante a la de la
Tierra.
Estaba previsto que en 1931 Eros se acercaría a la Tierra a una distancia de
unos 2/3 la de Venus (que, de los grandes planetas, es el más cercano a la
Tierra). Este acercamiento tan marcado significaba un paralaje nada común y
fácilmente mensurable. Por otra parte, el tamaño de Eros es tan pequeño (se
estima que su diámetro máximo es de unos 24 km.) que no existía atmósfera
alguna que pudiese difuminar sus contornos, con lo cual, y a pesar de su
proximidad, el asteroide se observaría como un simple punto luminoso. De este
modo podría determinarse su posición con gran exactitud.
Inmediatamente se organizó un vasto proyecto a escala internacional. Se
estudiaron miles de fotografías, llegando por fin a la conclusión, a partir del
paralaje y de la posición de Eros observados, que el Sol se encontraba a muy
poco menos de 150.000.000 de kilómetros de la Tierra. Esta cifra es un
promedio, pues nuestro planeta gira alrededor del Sol describiendo una elipse,
no una circunferencia. La mínima distancia entre la Tierra y el Sol
(«perihelio») es de 147.000.000 de kilómetros y la máxima («afelio») de
152.200.000 kilómetros.
§. El tamaño del sistema solar
En tiempos recientes se ha descubierto un método de medida más perfecto que el
del paralaje. Se trata de una técnica que consiste en emitir al espacio ondas
de radio muy cortas («microondas»), del tipo de las que se utilizan en el
radar; las ondas rebotan en el planeta —Venus, por ejemplo— y vuelven a ser
captadas y detectadas en la Tierra. Las microondas se desplazan a una velocidad
que se conoce con gran exactitud; el lapso de tiempo transcurrido entre la
emisión y la recepción también se puede medir con precisión. Así pues, se trata
de una técnica que permite determinar, con mayor precisión que por el método
del paralaje, la distancia de ida y vuelta recorrida por el haz de microondas
y, a partir de ella, la distancia de Venus en un momento dado.
En 1961 se recibieron microondas reflejadas por Venus. Utilizando los datos
recogidos se calculó que la distancia media entre la Tierra y el Sol es de
149.570.000 kilómetros.
Haciendo uso del modelo kepleriano es posible calcular la distancia entre
cualquier planeta y el Sol, o bien entre aquéllos y la Tierra en un momento
determinado. Sin embargo, resulta más conveniente especificar la distancia al
Sol, pues ésta no varía tanto ni de una forma tan compleja como la distancia a
la Tierra.
Existen cuatro maneras de expresar las distancias, todas ellas de interés.
En primer lugar se pueden expresar en millones de millas. Esta unidad es muy
corriente en Estados Unidos y en Gran Bretaña para medir grandes distancias.
En segundo lugar, se pueden dar en millones de kilómetros. El kilómetro es la
unidad que se emplea corrientemente en los países civilizados (exceptuados los
anglosajones) para medir grandes distancias y es utilizada también por los
científicos de todo el mundo, incluidos los Estados Unidos y Gran Bretaña. Un
kilómetro equivale a 1.093,6 yardas o 0,6213 millas. Equivale por tanto, con
una precisión razonable, a 5/8 de milla.
En tercer lugar, y con el fin de evitar los millones de millas o de kilómetros,
se puede establecer que la distancia media de la Tierra al Sol valga una
«unidad astronómica» (U. A. en abreviatura). De este modo, las distancias
podrán expresarse en U. A., donde 1 U. A. es igual a 92.950.000 millas o
149.588.000 km. Para todos los efectos es suficientemente preciso decir: 1 U.
A.= 150.000.000 de kilómetros.
En cuarto lugar, la distancia se puede expresar en función del tiempo que tarda
la luz (o una radiación similar, como las microondas) en recorrerla. La luz se
mueve, en el vacío, a una velocidad de 299.792,5 km. por segundo, valor que se
puede redondear hasta 300.000 kilómetros por segundo sin que se cometa un error
excesivo. Esta velocidad equivale a 186.282 millas por segundo.
Por consiguiente, podemos definir una distancia de aproximadamente 300.000 km.
como «1 segundo-luz» (la distancia recorrida por la luz en un segundo). Sesenta
veces esa cantidad, o bien 18.000.000 de kilómetros es «1 minuto-luz» y sesenta
veces ésta, o sea 1.080.000.000 kilómetros, es «1 hora-luz». El error que se
comete tomando una hora-luz igual a mil millones de kilómetros no es demasiado
grande.
Recordando todo esto, confeccionemos una lista de los planetas conocidos en la
Antigüedad, anotando al lado las distancias medias al Sol en cada una de las
unidades anteriores:
Así
pues, desde los tiempos de Cassini se sabía que el diámetro del sistema solar,
desde un extremo al otro de la órbita de Saturno, medía casi tres mil millones
de kilómetros. El diámetro de la esfera imaginaria que abarcaba todos los
planetas conocidos por los griegos no era cuestión de unos cuantos millones de
kilómetros, como se suponía en tiempo de Hiparco, sino de miles de millones.
Pero esta cifra también quedó superada con el paso del tiempo. En 1781, el
diámetro de las órbitas planetarias sufrió de golpe un aumento del doble,
cuando el astrónomo germano-inglés William Herschel (1738-1822) descubrió el
planeta Urano. Dicho diámetro volvió a doblarse luego en dos etapas: en 1846,
el astrónomo francés Urbain Jean Joseph Leverrier (1811-1877) descubría
Neptuno, y en 1930 el astrónomo americano Clyde William Tombaugh (n. 1906)
descubría Plutón.
A continuación se especifican las distancias del Sol a cada uno de estos tres
miembros lejanos del sistema solar:
Teniendo
en cuenta que la órbita más externa es la de Plutón, y no la de Saturno, vemos
que el diámetro del sistema solar no es de tres mil millones de kilómetros,
sino de doce mil millones. Un rayo de luz —capaz de recorrer una distancia
igual al perímetro de la Tierra en 1/7 de segundo y de salvar el espacio entre
ésta y la Luna en 1 Va de segundo— tardaría casi medio día en
atravesar el sistema solar. En efecto, el cielo había retrocedido
implacablemente desde los tiempos de Grecia.
Figura 4. Tamaño del sistema solar.
De
hecho no hay ninguna razón para suponer que Plutón constituye la frontera de
los dominios del Sol, aunque esto tampoco significa que debamos postular la
existencia de planetas aun más lejanos y desconocidos (a pesar de todo, es muy
posible que existan algunos muy distantes y de tamaño relativamente pequeño).
Se conocen ciertos cuerpos, fácilmente visibles en ocasiones, cuya distancia
máxima excede sin duda alguna a la de Plutón.
Este hecho era conocido incluso antes de que el descubrimiento de Urano viniera
a dilatar, por así decirlo, las fronteras de la porción estrictamente
planetaria del sistema solar. El científico inglés Isaac Newton (1642-1727)
consiguió formular en 1684 la ley de la gravitación universal. Esta ley
explicaba la existencia del modelo kepleriano del sistema solar de un modo
matemático directo y permitía calcular la órbita de un cuerpo alrededor del Sol
aun en el caso de que aquél sólo fuera visible durante parte de dicha órbita.
Esto, a su vez, hacía posible el estudio de los cometas, cuerpos de luminosidad
difusa que aparecían de vez en cuando en el cielo. Durante la Antigüedad y los
tiempos medievales los astrónomos habían pensado que los cometas surgían a
intervalos irregulares y siguiendo trayectorias que no se sujetaban a ninguna
ley natural. Las gentes, por su parte, estaban convencidas de que el único fin
de estos cuerpos era el de predecir algún desastre.
El astrónomo inglés Edmund Halley (1656-1742), amigo de Newton y más joven que
éste, intentó aplicar los cálculos gravitatorios a los cometas, observando que
algunos de ellos, muy espectaculares, aparecían en el cielo a intervalos de
setenta y cinco o setenta y seis años. En 1704, Halley lanzó la hipótesis de
que todos estos cometas eran en realidad un solo cuerpo que se movía alrededor
del Sol en una elipse regular, pero tan alargada que la mayor parte de la
órbita quedaba a una distancia ingente de la Tierra. Cuando el cometa se
encontraba lejos de la Tierra no era visible, pero cada 75 ó 76 años pasaba por
la parte de su órbita más cercana al Sol (y a la Tierra) y entonces sí era
posible observarlo.
Halley calculó la órbita y predijo que el cometa volvería a ser visible en
1758. Así fue (dieciséis años después de la muerte de este astrónomo), y desde
entonces este cometa se llama «cometa de Halley». Repasando los archivos
históricos se comprueba que hasta la fecha se han registrado 28 apariciones de
este cometa, datando la primera de 240 a. J.
Figura 5. El cometa de Halley.
En
el instante de su máxima aproximación al Sol, el cometa Halley se encuentra a
sólo noventa millones de kilómetros aproximadamente de este astro, de suerte
que llega a irrumpir en la órbita de Venus; pero en el momento de su máximo
alejamiento del Sol, el cometa se halla a unas tres veces y media la de
Saturno. En este punto, en el afelio, se encuentra a 5.300 millones de
kilómetros del Sol, es decir, bastante más allá de la órbita de Neptuno. Así
pues, hacia el año 1760 los astrónomos se habían percatado ya de que el sistema
solar era mucho más grande de lo que los griegos habían imaginado, sin
necesidad de que el descubrimiento de nuevos planetas corroborase este hecho.
Dentro de su especie, el cometa Halley es uno de los más próximos al Sol.
Existen algunos cometas cuyas órbitas en torno a este astro son tan alargadas
que aquéllos sólo aparecen en el cielo a intervalos de muchos siglos e incluso
milenios. Estos cometas llegan a alejarse del Sol no ya miles de millones de
kilómetros, sino, con toda probabilidad, cientos de miles de millones. Según
una teoría formulada en 1950 por el astrónomo holandés Jan Hendrik Oort (n.
1900) es posible que exista una gran nube de cometas cuyas órbitas se hallen a
distancias inmensas del Sol y, por tanto, jamás se hagan visibles.
De aquí se sigue que el sistema solar muy bien pudiera tener un diámetro máximo
del orden de un billón de kilómetros o más. Un rayo de luz tardaría
cuarenta días en cubrir esta distancia, de suerte que el
diámetro del sistema solar puede estimarse en más de 1 «mes-luz».
Por otra parte, la relativa insignificancia de la Tierra tampoco es cuestión
sólo de distancias. Observados a través del telescopio, los cuatro planetas
exteriores (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) se convierten en esferas de
tamaño perfectamente mensurable. Una vez que se logró saber la distancia entre
estos planetas y la Tierra fue posible traducir el tamaño aparente de estas
esferas a medidas absolutas. Hecho esto, se comprueba que cualquiera de los
cuatro planetas mencionados es un gigante comparado con la Tierra, si bien es
verdad que incluso el mayor de ellos resulta enano al lado del Sol.
* *
* *
Cada
uno de los planetas gigantes tiene a su vez un sistema de satélites, al lado de
los cuales la Tierra resulta insignificante. De los satélites exteriores, los
primeros en ser descubiertos fueron los cuatro más grandes de Júpiter,
observados en 1610 por Galileo a través de su primer telescopio rudimentario.
De los grandes satélites, el último que se descubrió fue Tritón, satélite de
Neptuno, detectado en 1846 por el astrónomo inglés.
William Lassell (1799-1880). Otros más pequeños fueron descubiertos más tarde;
por ejemplo, Nereida, un segundo satélite de Neptuno, fue observado por primera
vez en 1949 por el astrónomo holandés-americano Gerard Peter Kuiper (n. 1905).
El número total de satélites conocidos hoy día en el sistema solar asciende a
treinta y dos, incluida la Luna.
El
último satélite descubierto pertenece a Saturno y se mueve tan próximo a éste
que por lo general queda enmascarado por la luz del sistema de anillos que
posee Saturno. En diciembre de 1966, las posiciones relativas de la Tierra y
Saturno eran tales que los anillos se veían «de canto» y no proyectaban, por
tanto, luz alguna. El nuevo satélite fue observado por primera vez, recibiendo
el nombre de Jano.
La tabla siguiente proporciona una idea del tamaño de algunos sistemas de
satélites comparado con el de la Tierra:
Contenido:
§.
La bóveda celeste
§. La multiplicidad de soles
§. En busca de los paralajes estelares
§. La distancia de las estrellas más cercanas
§.
La bóveda celeste
Sí el Universo no consistiera más que en el sistema solar, el problema de su
tamaño habría quedado resuelto en esencia hacia 1700. Pero el sistema
solar noes todo el Universo: quedan las estrellas.
En 1700, nada impedía aún creer en una bóveda sólida que limitara el Universo y
en la cual estuvieran fijadas las estrellas como puntos luminosos, como tampoco
había nada que se opusiera a pensar que esta bóveda no se hallaba
(posiblemente) mucho más allá de los confines del sistema solar. Tales eran las
ideas de Kepler en punto a esta cuestión.
Las medidas de paralajes, que habían permitido calcular la escala del sistema
solar en el siglo XVII, no eran aplicables a las estrellas y no hicieron mella,
por tanto, en el concepto del «cielo sólido». La separación entre dos estrellas
vecinas no variaba de un modo mensurable por muy distantes que se encontraran
los observatorios terrestres desde los que se efectuaban las medidas. Incluso
situando los dos observatorios en extremos opuestos de la Tierra no se
apreciaba ningún cambio detectable en la posición de las estrellas. Hecho nada
sorprendente, pues aun suponiendo que éstas se encontraran poco más allá de la
órbita de Saturno, esta distancia sería ya demasiado grande para que el
paralaje resultante pudiera ser medido con los medios de que se disponía en
1.700.
Ahora bien, la superficie de la Tierra no constituía el último recurso del
astrónomo para la resolución de este problema. Cierto que el diámetro de
nuestro planeta no medía más que unos 12.000 Km., pero en su movimiento
alrededor del Sol el globo entero se trasladaba a través del espacio, y entre
ambos extremos de la órbita mediaba una distancia de 299.000.000 de kilómetros.
De modo que si se registraba la posición de las estrellas una tarde y se volvía
a registrarla otra tarde, pero medio año después, el astrónomo habría realizado
dos observaciones desde dos posiciones separadas entre sí una distancia
equivalente a 23.600 veces el diámetro de la Tierra. El paralaje se vería
multiplicado por el mismo factor. A medida que la Tierra describe su órbita, la
posición aparente de una estrella cualquiera iría desplazándose, describiendo
al cabo de un año una diminuta elipse en el cielo, algo así como la imagen
reflejada de la órbita terrestre. La distancia angular entre el borde y el
centro de la elipse sería el «paralaje estelar».
El método anterior no es aplicable a los planetas, porque éstos describen a lo
largo del año una trayectoria tan complicada en el espacio que cualquier
desplazamiento paraláctico originado por el movimiento de la Tierra queda
enmascarado. Tratar de separar el movimiento propio del planeta de aquel otro
(relativo) que posee en virtud del movimiento de la Tierra sería una tarea en
extremo ardua, y por lo demás proporcionaría resultados menos precisos que los
que se obtienen por el método de los paralajes ordinarios. Las estrellas, por
el contrario, permanecen prácticamente fijas a lo largo del año, lo cual hacía
concebir esperanzas de poder observar un desplazamiento paraláctico útil.
Pero tal desplazamiento no fue observado. La década de
1800-1809 tocó a su fin sin que los astrónomos hubiesen conseguido detectar el
paralaje estelar de una sola estrella. Las razones que cabía alegar para
explicar este fracaso eran varias.
Figura 6. Paralaje estelar.
Podía
ser, desde luego, que después de todo Copérnico y Kepler estuvieran equivocados
y que la Tierra no girase alrededor del Sol, sino que constituyera el centro
inmóvil del Universo. En este caso sería imposible observar paralaje alguno en
el transcurso de un año. De hecho, cuando Copérnico expuso por primera vez la
teoría heliocéntrica, la ausencia de paralajes estelares fue uno de los
argumentos más fuertes que se esgrimieron contra él. Pero las razones que
abogaban en favor de la teoría heliocéntrica eran demasiado numerosas, por lo
cual, y a pesar de no haberse observado ningún paralaje estelar, esta teoría
acabó por afincarse firmemente en el pensamiento astronómico. La Tierra si se
mueve; la ausencia del paralaje debe explicarse por otros caminos.
Por ejemplo: aun partiendo de la base de que la Tierra se mueve, no se
observaría ningún paralaje si todas las estrellas se hallaran prácticamente a
la misma distancia, pues este efecto sólo se manifiesta cuando se observa la
posición que un objeto relativamente cercano ocupa respecto a otro más o menos
distante. Si efectivamente existiera una bóveda celeste rígida, todas las
estrellas experimentarían un desplazamiento idéntico al variar ligeramente la
posición del observador (y esta variación por fuerza era «ligera», pues el
desplazamiento máximo de la Tierra a lo largo de su órbita resulta pequeño
comparado con el Universo, incluso con el pequeño Universo que algunos
científicos aceptaban en 1700). En tal caso no se observaría paralaje alguno.
¿Pero se podía aceptar realmente la teoría de la bóveda celeste rígida? Varios
eran los argumentos que inducían a pensar que las distancias entre las
estrellas y la Tierra quizá fuesen muy variables. Las estrellas estarían
entonces distribuidas a lo largo y a lo ancho de un espacio muy amplio, y el
Universo no tendría una frontera rígida.
Por una parte, el brillo de las estrellas varía, hecho evidente para quien haya
contemplado alguna vez el cielo de noche. De Hiparco había partido el primer
intento de sistematizar de algún modo estas diferencias de brillo, para lo cual
dividió las estrellas en seis clases o «magnitudes». Las estrellas más
brillantes las clasificó dentro de la primera magnitud, las de brillo un poco
menor dentro de la segunda magnitud, y así sucesivamente hasta llegar a la
sexta, en la cual se incluían las estrellas más tenues que se pueden observar a
simple vista.
Los astrónomos modernos miden el brillo de las estrellas con ayuda de
instrumentos que, naturalmente, no se conocían en la Antigüedad, definiendo
además las diversas magnitudes con precisión matemática. Una diferencia de 5
magnitudes (por ejemplo, de 1 a 6) representa un cociente de 100 medido en
brillo. En otras palabras, una estrella de magnitud 1 es 100 veces más
brillante que otra de magnitud 6. Por consiguiente, una diferencia de una sola
magnitud representa, en cuanto a brillo, un cociente de 2.512, ya que 2,512 ´
2,512 ´ 2,512 ´ 2,512 ´ 2,512 es igual a 100.
Para medir el brillo existen métodos de medida muy precisos que permiten
definir la magnitud de una estrella hasta décimas de magnitud. Por ejemplo, la
estrella Aldebarán, de gran brillo, tiene una magnitud de 1,1, mientras que
Régulo, algo más tenue, es de magnitud 1,3. La magnitud de la estrella Polar,
de menor brillo que las anteriores, es de 2,1, y la de Electra, una de las
estrellas de las Pléyades, de 3,8.
Existe una serie de estrellas más brillantes que Aldebarán y, por consiguiente,
de magnitud superior a 1,0. Procyon tiene una magnitud de 0,3, y Vega, más
brillante aún, de 0,1. A las estrellas de máximo brillo es preciso asignarles
magnitudes negativas. Canopo tiene una magnitud de —0,7 y Sirio de —1,4.
Además de las estrellas, es posible incluir en este esquema a los planetas, la
Luna y el Sol. Venus, Marte y Júpiter poseen, en ocasiones, un brillo mayor que
el de las estrellas más radiantes: Júpiter llega a alcanzar una magnitud de
—2,5 Marte de —2,8 y Venus de —4,3. La Luna llena tiene una magnitud de —12,6 y
el Sol de -26,9.
Trasladándonos al extremo opuesto podemos decir que existen estrellas más
tenues que la sexta magnitud, aun cuando a simple vista son invisibles. La
primera vez que Galileo enfocó su telescopio hacia los cielos, en el año 1609,
observó cientos de estrellas que hasta entonces le habían resultado imposibles
de detectar. Hoy día se observan y estudian estrellas de magnitud 7, 8, 9 y
mucho más arriba en la escala numérica y abajo en la escala de brillos. Los
telescopios más potentes con que se cuenta en la actualidad son capaces de
distinguir miles de estrellas de magnitudes superiores a 23,5.
Si todas las estrellas tuvieran el mismo brillo intrínseco (o «luminosidad»),
cabría suponer que la diferencia en el brillo aparente era debida única y
exclusivamente a la distancia. Las estrellas más cercanas parecen más
brillantes que las lejanas, por la misma razón que las farolas cercanas parecen
emitir una luz más intensa que las distantes.
Nada permitía suponer en 1700 que todas las estrellas poseyeran un brillo
intrínseco idéntico. Podría suceder que todas ellas se encontraran a la misma
distancia de la Tierra y que la diferencia de brillo fuese una diferencia real,
no aparente: las estrellas brillantes eran simplemente más luminosas que las
tenues, igual que algunas bombillas son intrínsecamente más luminosas que otras.
Ahora bien, había un hecho que hacía mella de un modo contundente en la
hipótesis de la equidistancia de las estrellas.
Los griegos de la Antigüedad habían registrado las posiciones relativas de las
estrellas visibles, y los primeros en hacerlo fueron Aristilos y Timocares de
Alejandría, en el siglo III a. J. Hiparco procedió de una forma más
sistemática: hacia el año 134 a. J. tenía registrada la posición de más de 800
estrellas. Suyo fue además el primer «mapa estelar» de cierta importancia. Este
mapa fue preservado para la posteridad por Ptolomeo, quien lo enriqueció con
unas doscientas estrellas más.
En 1718 Halley observó, a lo largo de sus estudios sobre la posición de las
estrellas, que por lo menos tres de ellas (Sirio, Procyon y Arturo) no ocupaban
el lugar que les habían asignado los griegos. La diferencia era tan grande que
la posibilidad de que los griegos o Halley se hubiesen equivocado era muy
remota. Halley comprobó, por ejemplo, que Arturo se había desplazado un grado
(dos veces el diámetro aparente de la Luna) respecto a la posición registrada
por los griegos.
Halley dio como evidente que estas estrellas se habían movido. Así pues, no se
trataba de estrellas verdaderamente fijas, sino que poseían un «movimiento
propio». El movimiento propio de estos astros era en extremo lento comparado
con el de los planetas, por lo cual era imposible detectarlo en el transcurso
de un día o incluso de un año. Pero al cabo de una generación las estrellas sí
se desplazan de un modo perceptible contra el fondo celeste.
La mera existencia del movimiento propio de las estrellas supuso un golpe
tremendo contra la hipótesis de un cielo sólido y consistente. Había que pensar
que al menos algunas de las estrellas no estaban sujetas a la bóveda celeste, y
pronto cundió la impresión de que quizá ninguna de ellas lo estuviera; es más,
que tal bóveda no existía.
Ahora bien, el hecho de que las estrellas no se encontraran fijadas a un objeto
sólido no excluía la posibilidad de que todas ellas estuviesen situadas
prácticamente a la misma distancia. Cabía pensar que estos astros, sin estar
fijados a nada, estuvieran distribuidos a lo largo de una estrecha franja del
espacio.
Esta hipótesis resultó ser muy improbable porque sólo una minoría exigua de las
estrellas exhibía un movimiento propio mensurable. No cabe duda de que una
estrella dada podía moverse sin que este movimiento fuese observable, ni
siquiera a lo largo de un período bastante prolongado, pues para ello bastaba
con que su trayectoria fuese paralela a la línea visual. Pero si las estrellas
se movían en direcciones arbitrarias y al azar, el número de las que se
moviesen más o menos en ángulo recto a la línea de observación debería ser
igual al de las que lo hiciesen en dirección paralela a esta línea. Y si las estrellas
poseían movimiento propio, la mitad de ellas, como mínimo, deberían exhibirlo
de un modo observable. Investigaciones sumamente minuciosas demostraron, sin
embargo, que los movimientos propios mensurables constituían la excepción.
Pero ¿y si abandonáramos la suposición de que todas las estrellas se encuentran
a una distancia más o menos igual? Supongamos, en cambio, que están situadas a
distancias muy variables. Si todas ellas se mueven a la misma velocidad, o con
velocidades que oscilan entre límites razonablemente estrechos, y lo hacen en
direcciones aleatorias, podemos llegar a ciertas conclusiones.
Ninguna de las estrellas que se mueven en una dirección más o menos paralela a
la línea visual manifestarán un movimiento propio mensurable, va se trate de
estrellas distantes o cercanas. De aquellas que se mueven en dirección
perpendicular a dicha línea, las más próximas a la Tierra poseerán un
movimiento propio mayor que el de las más lejanas.
Figura
7. Movimiento propio y distancia.
Esta
asociación de los movimientos propios grandes con una relativa proximidad viene
apoyada por el hecho de que son precisamente las estrellas brillantes las que
con mayor frecuencia presentan un movimiento propio semejante. Las tres
primeras estrellas en que se detectó un movimiento propio —Sirio, Procyon y
Arturo— figuran entre las ocho estrellas más brillantes del cielo. Es evidente
que una estrella relativamente próxima presentará un brillo intenso a la par
que exhibirá un movimiento propio. Según este punto de vista, resulta razonable
que el número de estrellas que poseen un movimiento propio mensurable sea
bastante reducido. Es perfectamente lógico pensar que sólo las más próximas
están suficientemente cercanas para manifestar un movimiento propio, por muy
pequeño que sea, y que más allá de éstas se encuentran millones de otras
estrellas demasiado remotas para mostrar un movimiento perceptible, incluso a
lo largo de varios siglos.
Hacia mediados del siglo XVIII estaba perfectamente establecido que no existía
ni una bóveda celeste rígida, ni siquiera una franja relativamente estrecha por
la cual circulaban las estrellas. Todo lo contrario: éstas se encontraban
distribuidas a lo largo y a lo ancho de un espacio vasto e indefinido.
En realidad, esta idea había sido sugerida por algunos eruditos medievales,
como el filósofo alemán Nicolás de Cusa (1401-1464); pero lo que en aquellos
tiempos había sido mera especulación se convertía ahora en un resultado
deducido de observaciones minuciosas.
§. Una multiplicidad de soles
Pero se planteaba una nueva cuestión: si la Tierra se mueve y si las estrellas
se encuentran distribuidas a distancias arbitrarias ¿por qué no exhiben las más
alejadas un paralaje estelar respecto a las más próximas?
Una de las explicaciones que se dieron de este hecho era tan obvia que fue
admitida de un modo casi inmediato: aun las estrellas más próximas se
encontraban a tal distancia que sus paralajes eran demasiado pequeños para ser
detectados con los instrumentos de que se disponía hacia 1800. (De hecho,
Copérnico había esgrimido este mismo argumento contra aquellas críticas que
utilizaban la ausencia de paralajes estelares como prueba en contra de la
teoría heliocéntrica.) Efectivamente, mediante diversos razonamientos lógicos
se podía llegar a hacer una estimación grosera de la distancia de las estrellas
más cercanas.
Supongamos, por ejemplo, que las estrellas se mueven realmente a la velocidad
de los planetas. En este caso es posible estimar la distancia a la cual el
movimiento propio de una estrella se reduce a ese reptar infinitamente lento y
apenas mensurable que se observa desde la Tierra.
El movimiento propio más rápido lo posee la «estrella de Barnard», llamada así
porque fue descubierta, en 1916, por el astrónomo americano Edward Emerson
Barnard (1857-1923). Dicho movimiento es de 10,3 segundos de arco por año.
Para comprender la insignificancia de esta magnitud, recordemos que la
circunferencia se divide en 360 grados, cada grado en 60 minutos y cada minuto
en 60 segundos. Un segundo de arco representa 1/1.296.000 del circuito celeste.
Puesto que la Luna tiene un diámetro de 31 minutos de arco, un segundo
equivaldría también a 1/1860 del diámetro de la Luna. Júpiter aparece en el
cielo como un simple punto de luz, pero el diámetro de su globo, observado a
simple vista, es de 30-50 segundos de arco, según la distancia a que se
encuentre de la Tierra.
Así pues, decir que la estrella de Barnard se mueve 10,3 segundos de arco al
año equivale a afirmar que en un año recorre aproximadamente 1/180 del diámetro
de la Luna o bien un cuarto del diámetro de este punto de luz que es Júpiter. Y
a pesar de todo, este movimiento propio es tan rápido (comparado con los demás)
que la estrella se denomina a veces «estrella fugitiva de Barnard». Lo más
frecuente es que los movimientos propios sean del orden de 1 segundo de arco
por año, o menos.
Supongamos, pues, que la estrella de Barnard se mueve realmente en dirección
perpendicular a nuestra línea visual con la misma velocidad que la Tierra en su
trayectoria alrededor del Sol: 28,8 km., por segundo. En un año habría viajado
unos 940.000.000 de km. Para que esta distancia corresponda a sólo 10,3
segundos de arco, la estrella de Barnard tendría que encontrarse a unos
dieciséis billones de kilómetros de la Tierra, es decir, miles de veces más
lejos del Sol que Plutón. Y en estas condiciones, el paralaje que exhibiría la
estrella de Barnard sólo sería de 1 segundo de arco. Suponiendo que esta
estrella se moviera a una velocidad superior a la de la Tierra (como de hecho
ocurre), llegaríamos a la conclusión de que su distancia es aún mayor y su
paralaje, por consiguiente, más pequeño todavía.
La tarea de detectar en los cielos la diminuta elipse (1 segundo de arco, o
menos, de eje mayor, por ejemplo) que describe una estrella ponía en serios
apuros a los astrónomos. El tamaño de esta elipse sería, grosso modo ,
el de una moneda de cinco pesetas vista desde una distancia de seis kilómetros.
Cierto que un movimiento propio de 1 segundo de arco por año no resulta
demasiado difícil de observar, pero es que los movimientos propios progresan
siempre en la misma dirección, acumulándose, por así decirlo, de año en año. Al
cabo de un siglo, una estrella que se mueva a 1 segundo de arco por año se
habrá desplazado casi 2 minutos de arco a través del cielo, y esta variación es
perfectamente observable con el telescopio. Los movimientos paralácticos, por
el contrario, oscilan eternamente de un lado para otro sin acumularse en el
transcurso del tiempo.
Si las estrellas se encuentran de hecho a decenas de billones de kilómetros de
nosotros como mínimo, resulta interesante pensar que, aun así, sean visibles. A
dicha distancia, un objeto de brillo tan tremendo como el Sol aparecería como
un diminuto punto de luz, es decir, daría la sensación de ser una estrella. Y a
la inversa, cualquier estrella, observada desde una distancia equivalente a la
que nos separa del Sol, adquiriría un brillo tan enorme que se nos antojaría
otro objeto solar.
Dicho con otras palabras, el Sol es una estrella que sólo difiere de las demás
en que la observamos desde una distancia de millones de kilómetros en vez de
billones de kilómetros, como ocurre en todos los demás casos. Y también debemos
considerar el Universo como un conjunto inmenso de soles, de los cuales el
nuestro sólo es uno.
Supongamos ahora que la estrella Sirio fuese tan luminosa como el Sol y que si
la luz que llega hasta nosotros es menor, ello se deba solamente a la
gigantesca distancia que nos separa de dicha estrella. Sirio tiene una magnitud
de —1,6 y el Sol de —26,9, es decir, éste es 25,3 veces más brillante que
aquél. Puesto que cada magnitud representa un aumento de brillo por un factor
de 2,512, el brillo observado del Sol es 13.200.000.000 de veces el de Sirio.
El brillo de una fuente luminosa varía en proporción inversa al cuadrado de la
distancia, lo que equivale a decir que si alejamos la fuente a una distancia
doble de la anterior, el brillo disminuirá en (1/2)2 ó 1/4; si
la alejamos a una distancia equivalente a cinco veces la anterior, su brillo se
reducirá en (l/5)2 ó 1/25.
Para que Sirio resplandezca con un brillo 1/13.200.000.000 veces inferior al
del Sol, debe encontrarse 115.000 veces más lejos que éste, ya que-115.000 X
115.000 es igual a 13.200.000.000. Con este razonamiento y sabiendo que el Sol
se halla a unos 150.000.000 de km. de nuestro planeta, llegamos a la conclusión
de que Sirio debe estar a una distancia algo superior a los 16 billones de
kilómetros. En resumen, sea cual fuere el argumento en que nos apoyemos —el del
movimiento propio de las estrellas o el de su brillo— desembocamos siempre en
las mismas distancias colosales, viéndonos obligados a esperar, en
consecuencia, unos paralajes infinitamente pequeños.
Expresar una distancia en billones de kilómetros dice más bien poco. En lugar
de ello podemos hacer uso de las unidades de distancia que se derivan de la
longitud recorrida por la luz en una unidad concreta de tiempo. Ya dijimos que
una hora-luz equivale a 1.080.000.000 de km., pero en lugar de horas-luz
consideremos años- luz. A la velocidad de 300.000 km., por segundo, la luz
recorre en un año 9.440.000.000.000 de km. Podemos decir, con una precisión
aceptable, que un año-luz es igual a diez billones de kilómetros.
Utilizando esta unidad vemos que Sirio (por el razonamiento expuesto antes) se
encuentra a unos 16 billones de kilómetros, o aproximadamente dos años-luz, de
la Tierra. Y puesto que Sirio es, con toda seguridad, una de las estrellas más
próximas (conclusión a que se llega tanto por el criterio del brillo como por
el del movimiento propio), es forzoso deducir que todas las distancias
estelares hay que medirlas, como mínimo, en años luz. Con el fin de establecer
una comparación con el sistema solar, pensemos que un rayo de luz —que salva la
distancia entre el Sol y la Tierra en ocho minutos y la que existe entre el Sol
y el remoto Plutón en cinco horas y media— no alcanzaría las estrellas más
próximas sino al cabo de un viaje de varios años.
§. La busca de los paralajes estelares
A medida que fueron pasando los años y la potencia de los telescopios fue
creciendo, aumentaron también las esperanzas de poder detectar los diminutos
paralajes estelares y de llegar a determinar las distancias de algunas de las
estrellas más próximas, no a partir de supuestos más o menos endebles, sino de
modo directo. Mas, por desgracia, sucedía que cuanto más de cerca se observaban
estos astros, más complejo parecía el problema.
Por ejemplo, las estrellas más próximas, de las cuales cabía esperar un
paralaje grande, eran también aquellas que poseían un movimiento propio
bastante considerable, movimiento que era necesario discriminar del
desplazamiento paraláctico.
La situación se complicó aún más en 1725, cuando el astrónomo inglés James
Bradley (1693-1762), en el curso de una medición precisa de las posiciones
estelares, observó pequeños desplazamientos que, efectivamente, hacían que la
estrella en cuestión describiese una elipse diminuta en el cielo a lo largo de
un año. El problema estribaba en que la posición de la estrella no variaba de
acuerdo con lo que cabía esperar de un desplazamiento paraláctico. En vez de
pasar por su posición más meridional en diciembre, la estrella lo hacía en
marzo, conservando este retraso de tres meses a lo largo de toda la elipse.
En 1728 Bradley consiguió demostrar que este efecto se debía al movimiento de
la Tierra a través de los rayos de luz que, procedentes de las estrellas,
incidían sobre ella.
Figura 8. Aberración
Para
aclarar este fenómeno se suele establecer una analogía con las gotas de lluvia.
Si la lluvia cae vertical y el individuo permanece quieto en un mismo sitio,
basta que sostenga el paraguas sobre su cabeza para no mojarse. Pero si empieza
a andar hacia adelante, algunas gotas salvarán la barrera del paraguas e
incidirán sobre el individuo. Lo que tiene que hacer éste entonces es inclinar
ligeramente el paraguas en la dirección de la marcha. Cuanto más de prisa ande,
más tendrá que inclinar el paraguas, y si cambia la dirección de la marcha
también deberá modificar la dirección de aquél.
Algo parecido ocurre con la Tierra: puesto que ésta se mueve a través de una
«lluvia» de rayos de luz, el astrónomo deberá inclinar su telescopio un cierto
ángulo (muy pequeño) que depende del cociente entre la velocidad de la Tierra y
la de la luz. A medida que la dirección de marcha de nuestro planeta va
variando en su revolución en torno al Sol, el astrónomo deberá ir modificando
la dirección del telescopio de modo acorde. El resultado final es que la
estrella describe aparentemente una elipse en el cielo, pero una elipse que no
es de origen paraláctico.
El fenómeno que acabamos de describir se denomina «aberración de la luz» y su
efecto sobre la posición estelar es mayor que el que produciría el paralaje.
Como consecuencia de la aberración, la posición aparente de una estrella puede
llegar a desplazarse hasta cuarenta segundos de arco; para detectar el paralaje
en estas condiciones habría que separarlo de aquel primer efecto, que es mucho
mayor.[vi]
Bradley descubrió asimismo que la dirección del eje de la Tierra respecto a las
estrellas oscila ligeramente con un período de dieciocho años y medio, como si
nuestro planeta cabecease. Este movimiento se denomina «nutación» (de la
palabra latina «nutare», cabecear). El movimiento de nutación se traduce en
ligeros cambios en la posición aparente de las estrellas, efecto que también es
preciso separar de cualquier posible desplazamiento paraláctico.
La busca del paralaje estelar, que condujo a Bradley al fenómeno de la
aberración, llevó a Herschel (el descubridor de Urano) a un hallazgo aún más
interesante.
Herschel pensó que eligiendo dos estrellas muy próximas entre sí le resultaría
más fácil detectar los cambios minúsculos originados por el paralaje estelar.
Este razonamiento se basaba en la hipótesis de que aunque ambas estrellas se
encontraran muy cerca de la misma línea visual, una de ellas podría ser mucho
más distante que la erra. En este caso, daría la sensación de que la más
cercana se estaba moviendo con respecto a la otra. (La idea de llevar a cabo
este experimento provino en origen ce Galileo.)
Herschel detectó ciertos desplazamientos casi de entrada, pero no podían
atribuirse al paralaje estelar. Un desplazamiento paraláctico (después de
eliminar los efectos del movimiento propio, aberración de la luz y nutación)
debía producir una elipse completa en el lapso de tiempo de un año, cosa que
los desplazamientos observados por Herschel no cumplían. Las estrellas
observadas por este astrónomo describían elipses, pero no las completaban sino
al cabo de un período mucho más largo que un año.
En 1793, Herschel llegó el convencimiento de que lo que estaba observando era
el caso de dos estrellas girando una alrededor de la otra en torno a su centro
de gravedad común. Los desplazamientos detectados sólo dependían de la
atracción gravitatoria mutua y nada tenían que ver con el paralaje. No se
trataba de dos cuerpos independientes que aparentaran estar juntos porque diese
la casualidad de que ambos se encontraban próximos a la misma línea visual
(aunque esta posibilidad no se excluye en algunos casos), sino que de hecho
ambas estrellas estaban muy cerca una de otra. Herschel había descubierto las
«estrellas binarias». A lo largo de los años subsiguientes descubrió unas 800
estrellas de este tipo, y desde aquellos tiempos hasta la fecha el número de
estrellas binarias conocidas ha aumentado a 60.000.
Figura 9. El movimiento de Sirio
Pero
había más: el movimiento producido por la presencia de una estrella vecina
próxima podía detectarse aun cuando esta estrella en sí no fuese observable En
1844, el astrónomo alemán Friedrich Wilhelm Bessel (1784-1846), estudiando la
estrella Sirio, comprobó que su movimiento propio no era una línea recta, como
cabría esperar, sino una línea ondulada. Si hubiera existido una estrella
concomitante, no habría resultado difícil explicar el origen de la trayectoria
ondulada: sería la superposición del movimiento elíptico en torno a la estrella
compañera, por una parte, y del movimiento propio rectilíneo, por otra. Pero
esta estrella concomitante no era visible. Bessel sugirió la presencia de una
«compañera oscura», quizá un trozo ya apagado de una estrella que en su día
tuvo brillo propio; una compañera que ya no era visible, pero que seguía
existiendo y ejerciendo una fuerza gravitatoria.
La idea de Bessel se vio confirmada en 1862, año en que el astrónomo
norteamericano Alvan Graham Clark 1832-1897) detectó un punto de luz muy tenue
cerca de Sirio. Este punto resultó ser la «compañera oscura» de Bessel. Después
de todo, no era completamente oscura, Hinque su magnitud era de sólo 7,1.
§. La distancia de las estrellas más cercanas
A medida que los instrumentos astronómicos iban perfeccionándose y se iba
suprimiendo obstáculo tras obstáculo —léase movimientos complejos de las
estrellas—, seguía creciendo la esperanza de poder llegar algún día detectar el
paralaje estelar. Los intentos en este sentido fueron adquiriendo mayor empuje
y refinamiento, hasta que en los años 1830-39 se abordó el problema desde tres
puntos diferentes y de forma independiente.
En Sudáfrica, el astrónomo escocés Thomas Hender- son (1798-1844) estaba
dedicado a la tarea de registrar con exactitud la posición de Alpha Centauri.
Se trata de una estrella que en la escala de brillo ocupa el tercer lugar
(aunque se encuentra demasiado al sur para ser observada en las latitudes
templadas septentrionales), lo cual le hacía suponer a Henderson que era
también una de las más cercanas.
En las provincias bálticas de Rusia, el astrónomo germano-ruso Friedrich Georg
Wilhelm von Struve (1793-1864) estaba registrando la posición de Vega, la
cuarta estrella en la escala de brillo, lo cual también permitía pensar que se
trataba de una de las más próximas.
En Königsberg, en Prusia oriental, Bessel (quien en la década siguiente
descubriría el compañero de Sirio) seguía otros derroteros. El criterio que
estaba utilizando para medir la proximidad de las estrellas no era el brillo,
sino la rapidez del movimiento propio. Con este fin seleccionó una estrella
conocida por 61 Cygni (en la constelación Cygnus, el Cisne), de la cual se
sabía que poseía un movimiento propio de 5,2 segundos de arco por año. En aquel
entonces este era el mayor movimiento propio de los que se conocían[vii].
Bessel estimó que 61 Cygni, a pesar de la falta de brillo, debía ser una
estrella cercana. En el curso de sus trabajos midió las distancias entre 61
Cygni y dos estrellas vecinas y muy tenues (por lo que cabía esperar que fuesen
también muy distantes), utilizando para ello un nuevo instrumento, el
heliómetro, capaz de proporcionar medidas muy exactas de distancias angulares.
Esta tarea le llevó más de un año.
Los tres astrónomos consiguieron al fin determinar el paralaje de las estrellas
que estaban estudiando. Bessel fue el primero en anunciar sus resultados: lo
hizo en 1838. Henderson, que había completado su trabajo antes que Bessel,
esperó a volver a Inglaterra, por lo cual no hizo públicos sus resultados hasta
1839. Struve, por último, publicó los suyos en 1840.
Tras introducir, durante los años subsiguientes, ciertas mejoras en los
resultados originales, resultó que Alpha Centauri (en realidad una estrella
triple: dos de los miembros del sistema son de tamaño apreciable y muy próximos
entre sí; el tercero es un compañero muy distante v tenue) tiene un paralaje de
0,760 segundos de arco. Y este paralaje, a pesar de equivaler a sólo tres
cuartos de un segundo de arco, ha resultado ser el mayor de los detectados
hasta la fecha. Así, pues, fuera de nuestro sistema solar el sistema más
próximo a nosotros es Alpha Centauri, situado a 4,29 años-luz.
En cuanto a 61 Cygni se comprobó que también se trataba de una estrella doble.
Su paralaje resultó ser de -29 segundos de arco y su distancia
de 11,1 años-luz. De las tres estrellas, Vega fue la de t-rato más difícil por
culpa de su lejanía. Su distancia es de unos 27 años-luz.
Una vez determinados los paralajes se puso de moda una segunda unidad de
distancia, introducida por el astrónomo inglés Herbert Hall Turner (1861-1930),
quien pensó que una unidad adecuada sería la distancia a la cual una estrella
presenta un paralaje de un segundo. Zata unidad es el «paralaje-segundo», que
se abrevia siempre como «parsec». Un parsec es igual a 3,26 años- luz, o
200.000 unidades astronómicas o 30 millones de kilómetros.
A continuación hemos tabulado las distancias a algunas de las estrellas más
próximas en el cuadro que se inserta a continuación.
Ahora
ya no cabe duda de que el sistema solar se encuentra aislado en medio de un
vacío gigantesco. Las estimaciones aproximadas que hicimos antes, en este mismo
capítulo, resultan ser sobremanera tímidas. La estrella de Barnard, cuya
distancia la estimamos en dieciséis billones d kilómetros basándonos en la
hipótesis de que se movía a la misma velocidad que la Tierra, en realidad se
mueve más deprisa y su distancia es de 56 billones de kilómetros. Sirio, cuya
distancia se estimó en dieciséis billones de kilómetros basándonos en que fuese
igual de luminosa que el Sol, en realidad es mucho más luminosa que éste y se
encuentra a ochenta billones de kilómetros. E incluso la estrella más cercana,
Alpha Centauri, dista unos 40 billones de kilómetros de la Tierra.
Dicho con otras palabras, la estrella más cercana dista del Sol unas 7.000
veces más que Plutón. Imaginemos que trazamos una circunferencia con centro en
el Sol y Alpha Centauri es un punto de la circunferencia. Si reducimos ahora la
escala de modo que el radio valga unos 8 metros (dentro de esta circunferencia
cabría una casa de buen tamaño), entonces la órbita de Plutón alrededor del Sol
aparecería como una elipse diminuta con un diámetro máximo de 1/4 de
centímetro.
Una vez conocida la distancia real de una estrella es posible calcular su
luminosidad a partir de su magnitud aparente; o a la inversa, determinar qué
brillo presentaría a una distancia dada. El brillo de una estrella a la
distancia (arbitraria) de 10 parsecs (o 32,6 años-luz) se denomina «magnitud
absoluta» de la estrella.
Si el Sol se encontrara a una distancia de 10 parsecs (en vez de 0,000005
parsec como ocurre en realidad), tendría una magnitud de 4,9 y sería una
estrella muy tenue. Si colocáramos a Sirio a una distancia de 10 parsecs en
lugar de los 2,67 parsecs a que se encuentra en realidad, su brillo también se
atenuaría, pero no excesivamente. Su magnitud absoluta es 1,4.
A distancias iguales de la Tierra, Sirio sería 3,5 magnitudes más brillante que
el Sol. Puesto que 1 magnitud equivale a un factor de 2,512 en brillo, podemos
decir que Sirio es (2,512)'3, s o veinticinco veces más
luminosa que el Sol.
En la tabla siguiente damos cifras referentes a la magnitud absoluta y a la
luminosidad de algunas estrellas bien conocidas:
En
otras palabras: el Sol, el objeto más glorioso de nuestro cielo y que Copérnico
considerara como el centro del Universo, no sólo es simplemente una estrella,
sino simplemente una estrella ordinaria. Hay muchas erras estrellas miles de
veces más luminosas que el Sol.
Mas tampoco hay razón para sentirnos cohibidos, pues aunque el Sol no es la
estrella más brillante, tampoco es la más tenue.
En efecto, de las cincuenta estrellas más próximas al Sol, sólo tres —Sirio,
Procyon y Altair— son notablemente más luminosas que él. Las dos estrellas más
grandes del sistema Alpha Centauri (Alpha Centauri A y Alpha Centauri B) son
aproximadamente igual de luminosas que el Sol. Las cuarenta y cinco restantes
son todas ellas más tenues que él, algunas de ellas incluso con gran
diferencia.
Contenido:
§.
La paradoja de Olbers
§. El lente de Herschel
§. El sol en movimiento
§. Cúmulos estelares
§.
La paradoja de Olbers
Hemos visto que hacia 1840 los astrónomos consiguieron por fin resolver el
problema de la distancia de las estrellas, o al menos de las más cercanas,
hallando que se encontraban a algo más de un parsec.
La siguiente cuestión, en cierto modo inevitable era: ¿Dónde acaban las
estrellas? ¿A qué distancia se encuentra la estrella más
lejana? A fin de cuentas, la Tierra tiene una superficie finita y el sistema
solar ocupa una porción limitada del espacio. Pero al establecer el siguiente «nivel»
¿estamos todavía en el dominio de lo finito o nos enfrentamos ya con lo
infinito, ese concepto que desee el principio preocupó tanto a los hombres de
ciencia?
Si nos restringimos a la porción de espacio que se puede ver a simple vista, no
cabe duda de que el Universo es finito. Ahora bien, se sabe que, a! menos en la
región que nos circunda, la distancia media entre dos estrellas cualesquiera es
de unos 3 parsecs (10 años-luz). También sabemos que a simple vista se pueden
observar unas 6.000. Si suponemos que fuera de ellas no existe ninguna más y
que cada dos de ellas están separadas por la distancia promedio, bastaría una
esfera de unos 100 parsecs de diámetro, o 330 años-luz, para abarcar esas 6.000
estrellas. Esta cantidad resulta ciertamente impresionante al lado de los
patrones terrestres ordinarios. Un diámetro de 100 parsecs equivale
aproximadamente a tres mil billones de kilómetros (3.000.000.000.000.000); el
tamaño de la esfera correspondiente habría dejado atónito a cualquier astrónomo
anterior al año 1600 y a más de uno de los que vivieron después.
Pero el número de estrellas no es de 6.000 ni por aproximación. Desde el mismo
instante en que Galileo enfocó su primer telescopio hacia los cielos en 1609,
descubrió un sinnúmero de estrellas tenues que a simple vista pasaban
inadvertidas. Y cada vez que introducía una mejora en el telescopio, se
desvelaba la existencia de una serie aún más copiosa de estrellas todavía más
tenues.
De momento no parecía vislumbrarse ningún posible fin. En 1800 ya se había
pasado de un Universo de 6.000 estrellas y un diámetro de 100 parsecs a otro
con un número infinito de estrellas y carente por completo de fronteras. Siendo
esto así, la pregunta « ¿A qué distancia se encuentra la estrella más lejana?»
no tendría respuesta porque siempre cabía decir «si es que no hay una estrella
que sea la más lejana».
Pero una vez más, la idea del infinito repelía a la mente humana. El ataque
contra la hipótesis de un posible universo infinito se llevó a cabo en dos
frentes: uno teórico, el otro basado en la observación.
Las razones teóricas para dudar de la existencia de un universo de infinitas
estrellas surgieron de ciertas ideas expuestas por el astrónomo alemán Heinrich
Wilhelm Mattháus Olbers (1758-1840), que en 1826 sugirió lo que más tarde se
llegó a conocer por la «paradoja de Olbers». Para exponerla partamos de los
siguientes supuestos:
1. El
Universo tiene una extensión infinita.
2. Las
estrellas son infinitas en número y están distribuidas uniformemente a través
del Universo.
3. Las
estrellas tienen una luminosidad media uniforme a lo largo y a lo ancho de todo
el Universo.
Imaginemos
el sistema solar situado en el centro de tal Universo y consideremos que éste
se halla dividido en tinas capas concéntricas como las de una cebolla.
El volumen de tales capas aumentaría proporcionalmente al cuadrado de la
distancia. Si la capa A se encuentra tres veces más alejada de nosotros que la
capa B, aquélla tendrá un volumen 32 ó 9 veces superior al de
la capa B. Si las estrellas están distribuidas de un modo uniforme a través de
todas las capas (Supuesto 2 de arriba), entonces la capa A, con un volumen
nueve veces superior al de la B, contendría nueve veces más estrellas que esta
última.
Por otra parte, la luz de una estrella cualquiera disminuiría con el cuadrado
de la distancia. Si la capa A es tres veces más distante que la capa B y
contiene 9 veces más estrellas que ésta, cada una de las estrellas de la capa A
tendrá un brillo equivalente a sólo (1/3)2 ó 1/9 del brillo de
una estrella cualquiera de la capa B (suponiendo una luminosidad media uniforme
en todo el espacio: Supuesto 3).
Así pues, concluimos que la capa A tiene nueve veces más estrellas que la capa
B y que cada una de las estrellas de la A posee un brillo equivalente a 1/9 del
de una estrella cualquiera de la capa B, de suerte que la cantidad de luz total
suministrada por la capa A al sistema solar sería de 9 X 1/9 la de la capa B.
En resumen, ambas capas proporcionan al sistema solar la misma cantidad total
de luz.
Pero el mismo argumento cabe aplicarlo a cualquier otra capa, y dado que el
número de capas es infinito (Supuesto 1), la cantidad de luz que llegaría hasta
nosotros sería infinita. Esto no es del todo exacto, pues las estrellas más
cercanas obstruirían el paso a la luz de las más apartadas. Pero aun teniendo
en cuenta este efecto de pantalla, como cabría llamarlo, el cielo brillaría
como la superficie de un sol ingente, lo cual, desde luego, no es el caso.
Olbers sugirió que un modo de eludir esta paradoja sería admitir la existencia
de nubes de polvo en el espacio; estas nubes absorberían la luz procedente de
las estrellas muy alejadas, con lo cual nosotros sólo recibiríamos la luz
emitida, por las relativamente cercanas. Esto no arreglaba nada, pues a medida
que las nubes de polvo fuesen absorbiendo luz se irían calentando, hasta que en
último término emitiesen una cantidad de luz igual a la que absorben: la luz
que llegaría hasta nosotros seguiría siendo infinita.
Figura 10. La paradoja de Olbers
No
cabe duda de que en los supuestos de Olbers tiene que haber algún fallo. La
extensión del Universo quizá no sea infinita, o si lo es, el número de
estrellas no debe ser ilimitado. Cabría esperar, por ejemplo, que el número de
estrellas fuese finito (aunque muy grande) y que éstas se encontraran
distribuidas a lo largo y a lo ancho de un espacio también finito (pero
vastísimo).
Esta conclusión, basada en el razonamiento de Olbers, concordaba perfectamente
con las cuidadosas observaciones astronómicas que por aquel tiempo estaba
realizando William Herschel.
§. La lente de Herschel
Una al menos de las hipótesis en que se apoya la paradoja de Olbers resulta muy
precaria a la vista de dichas observaciones. En principio nada se opone a que
la distribución de las estrellas sea uniforme en todo el espacio, pero las
observaciones de la porción del Universo visible desde la Tierra desde luego no
parecen confirmar este punto de vista.
A lo largo de todo el cielo y atravesando las constelaciones de Orión, Perseo,
Casiopea, Cisne, Águila, Sagitario, Centauro y Carena, se extiende una banda de
suave luminosidad que corta al plano ecuatorial de la Tierra a un ángulo de
62°. En medio de las luces estridentes de una ciudad moderna se desvanece, pero
en pleno campo y en una noche sin luna constituye una visión magnífica.
Los antiguos que no conocían la dudosa bendición (dudosa desde el punto de
vista del astrónomo) de la luz eléctrica, conocían muy bien esta banda
luminosa. Los griegos le dieron el nombre de «galaxias kyklos» («círculo
lácteo») y los romanos la llamaron «vía láctea», nombre con que se la conoce
actualmente. La palabra «galaxia» proviene de la versión griega de dicho
nombre.
En 1610 Galileo observó la Vía Láctea a través de su telescopio rudimentario y
comprobó que no se trataba de una nube luminosa y uniforme, sino de una
colección ingente de estrellas muy tenues, como efectivamente habían sugerido
algunos filósofos de los tiempos pretelescópicos.
Parece evidente, pues, que el número de estrellas debe ser mucho mayor en la
dirección de la Vía Láctea que en cualquier otra. Además, las estrellas
brillantes y visibles son relativamente más abundantes en dicha dirección que
en otras, lo cual contradice abiertamente la hipótesis de una distribución
estelar uniforme.
En su «escrutinio sistemático de los cielos», Herschel sabía muy bien que las
estrellas eran más numerosas en unas direcciones que en otras. Pero no
conformándose con una descripción meramente cualitativa, en 1784 decidió contar
las estrellas y estudiar exactamente cómo variaba su abundancia de un lugar a
otro. La tarea de contar todas las estrellas del cielo hubiera sido, qué duda
cabe, una empresa imposible, por lo cual Herschel estimó oportuno limitarse a
efectuar un mues- treo del cielo. Para ello eligió 683 regiones diseminadas* a
lo largo y a lo ancho del cielo y contó las estrellas que se podían observar en
cada una de ellas a través del telescopio. Comprobó que el número de estrellas
por unidad de área celeste aumentaba continuamente en dirección a la Vía
Láctea, alcanzaba un máximo en el plano de ésta y pasaba por un mínimo en la
dirección perpendicular a dicho plano.
¿Qué explicación admitía este resultado? Quizá fuese que las estrellas se iban
agolpando progresivamente a medida que se encontraban más cerca de la Vía
Láctea. ¿Pero qué razón había para que esto fuese así? No parece que exista una
razón simple que explique este acortamiento paulatino de las distancias
interestelares. A Herschel se le antojaba mucho más razonable suponer que las
estrellas se encontraban distribuidas a intervalos más o menos uniformes, pero
dentro de un volumen espacial que no era esférico y que, por tanto, tampoco era
simétrico en todas direcciones.
Supongamos que las estrellas están distribuidas uniformemente en un volumen de
espacio con forma de lente o de piedra de afilar y que nuestro Sol se encuentra
cerca del centro de masas del sistema total. Si miramos ahora en la dirección
del plano de la piedra de afilar, veremos cierto número de estrellas brillantes
cerca de nosotros, detrás una gran masa de estrellas distantes y, por ende, muy
tenues, detrás de ellas una masa aún más numerosa de estrellas todavía más
lejanas y oscuras, etc. El sinnúmero de estrellas que veríamos en la lejanía
remota serían demasiado oscuras para discernirlas por separado, pero en
masse conferirían al cielo una pálida luminosidad lechosa, que
constituiría la Vía Láctea.
Por otra parte, apartando progresivamente la vista del plano principal de la
piedra de afilar, lo que haríamos sería mirar a través de un espesor de
estrellas cada vez más pequeño, de suerte que sólo veríamos las más próximas y
brillantes, sin percibir detrás de ellas ninguna masa estelar distante ni
luminosidad lechosa alguna.
Así pues, para Herschel las estrellas del Universo constituían un «sistema
sidéreo» finito con una forma bien definida. (Con el tiempo, la palabra Galaxia
llegó a significar el sistema sidéreo total, en vez de limitarse a la Vía
Láctea visible, por lo cual cabría considerar el Sol como una de las estrellas
de la Galaxia.)
Pero Herschel no se detuvo ahí, sino que, basándose en el número de estrellas
que podía observar en distintas direcciones y apoyándose en su hipótesis de una
separación interestelar uniforme, trató de hacer una estimación burda del
tamaño del sistema sidéreo. La conclusión a que llegó fue que el diámetro
máximo de esta Galaxia en forma de lente es unas 800 veces la distancia media
entre dos estrellas (distancia que tomó como igual a la que existe entre el Sol
y Sirio; este supuesto resultó ser correcto, al menos en lo que atañe a las
estrellas vecinas del Sol). En cuanto al diámetro mínimo de la Galaxia, lo
calculó en unas 150 veces la distancia media interestelar.
La idea de Herschel era, como vemos, la de una Galaxia que podía abarcar
300.000.000 de estrellas: 50.000 veces más que las que se podía observar a
simple vista. Por otro lado, si tomamos la distancia media interestelar como 10
años-luz (aunque conviene recordar que este tipo de distancias no fueron
determinadas sino dieciséis años después de la muerte de Herschel), la Galaxia
resulta tener un diámetro máximo de 8.000 años-luz y un diámetro mínimo de
1.500 años-luz.
Figura 11. Sistema estelar en forma de lente
Además,
parecía lógico suponer que el Sol ocupase un lugar próximo al centro de la
Galaxia, habida cuenta de que la Vía Láctea daba la sensación de rodear el
cielo por completo y de que su brillo parecía uniforme en todo punto.
Las observaciones de Herschel y el razonamiento de Olbers lograron enterrar
durante un siglo entero la noción de un Universo infinito. La labor de los
astrónomos del siglo XIX, en el sentido de contar y registrar con gran
precisión un número aún mayor de estrellas, no tuvo otra consecuencia que
refinar los detalles del esquema global de Herschel.
La penosa actividad de contar las estrellas «a ojo» culminó en el mapa celeste
conocido con el nombre de Bonner Durchmusterung («Prospección
de Bonn»), que empeló a publicarse en 1859 bajo la supervisión del astrónomo
alemán Friedrich Wilhelm August Argelander (1799- 1875), de la Universidad de
Bonn. En este mapa se llegó i registrar la posición de medio millón aproximadamente
de estrellas.
Sin embargo, hacia la segunda mitad del siglo XIX, con el desarrollo de la
fotografía y su aplicación a la astronomía, la tarea de detectar a ojo estrella
por estrella dejó de ser un mal fatídico e inevitable. Bastaba tomar una
fotografía de una región determinada del cielo para «congelar» esa zona de una vez
para siempre: el recuento de estrellas se podía hacer con toda comodidad y en
el momento y lugar que más le conviniesen al astrónomo.
Uno de los astrónomos que hicieron uso abundante de esta técnica fue el
holandés Jacobus Cornelius Kapteyn 1851-1922). Kapteyn siguió el método de
muestreo de Herschel, pero fue más lejos que éste: emprendió un recuento
sistemático de las estrellas de cada magnitud.
Si el número de estrellas era infinito, la cantidad total de ellas contenidas
en cada una de las capas sucesivas del espacio (volviendo a la figura que
dibujamos en relación con la paradoja de Olbers) debería aumentar
progresivamente, ya que a medida que nos movemos hacia el exterior
las capas van teniendo un volumen mayor y son capaces de abarcar más estrellas.
Y puesto que el trillo se atenúa en general con la distancia, debería
observarse un aumento constante en el número de estrellas a medida que decrece
el brillo.
Kapteyn observó, sin embargo, que el ritmo de aumento no era constante, sino
que empezaba a decaer en las magnitudes mayores, lo cual significaba que en las
capas muy distantes las estrellas empezaban a dispersarse; a partir de aquí
Kapteyn pudo estimar de una forma aproximada la distancia de aquellas últimas
capas en las que las estrellas concluían por desvanecerse.
Sus resultados confirmaron la imagen de Herschel de una Galaxia «lenticular»
con el Sol situado en el centro o cerca del centro, si bien las cifras de
Kapteyn relativas a las dimensiones de la Galaxia eran mayores que las de
Herschel: en 1906, el holandés logró estimar el diámetro mayor de la Galaxia en
23.000 años-luz y el diámetro menor en 6.000 años-luz. Hacia 1920 aumentó
dichas cifras hasta 55.000 y 11.000 años-luz respectivamente, dimensiones que
suponían una Galaxia con un volumen 475 veces superior al de Herschel.
§. El Sol en movimiento
El sistema sidéreo esbozado por Herschel representó un nuevo golpe para las
valoraciones del hombre en punto a su propia importancia.
En tiempos de la Antigüedad, el hombre solía considerarse a sí mismo
literalmente como el eje del Universo. El Universo no sólo era geocéntrico
(siendo la Tierra —la casa del hombre— el centro inmóvil de todo cuanto
existía), sino también homocéntrico: el hombre era la medida de todas las
cosas.
Después de los trabajos de Copérnico, y una vez que se fue afincando y
aceptando paulatinamente la teoría heliocéntrica, resultaba difícil fijar la
verdadera importancia del hombre en el Universo. A fin de cuentas, su planeta
sólo era uno entre muchos y, por añadidura, tampoco era, ni de lejos, el más
grande ni el más espectacular. La Tierra no podía competir con Júpiter en
tamaño ni con Saturno en belleza.
Sin embargo, para los astrónomos de los siglos XVII y XVIII el Sol constituía
el centro inamovible del Universo y el Sol, en cierto modo, nos pertenecía: era
la fuente de j luz y de calor y el origen de toda la vida terrestre.
Pero a medida que se fue desvaneciendo la noción de la bóveda celeste rígida,
parecía cada vez menos probable que el Sol pudiese tener esa importancia tan
categórica. Si las estrellas se encontraban diseminadas en una región vastísima
del espacio y el Sol no era sino una de dicha- estrellas, ¿qué razón había para
suponer que éste fuese el centro del Universo? Por otra parte, si se admitía
una Galaxia del tamaño sugerido por Herschel, una Galaxia poblada por cientos
de millones de estrellas, ¿cómo era posible afirmar seriamente que nuestro Sol
contaba tanto entre este sinfín de astros diseminados a tales distancias?
Más tarde, conforme se fueron observando los movimientos propios de un número
cada vez mayor de estrellas, se vio que no parecía existir ningún indicio de
que las estrellas en general describiesen órbitas gigantescas alrededor del
Sol. La naturaleza de estos movimientos parecía más bien aleatoria, y esto
empezó a despertar la sospecha de que todas las estrellas se movían de una
forma más o menos caótica (como abejas en un enjambre)t que
aquellas que no exhibían ningún movimiento propio —o se encontraban demasiado
lejos para manifestar tal movimiento a corto plazo— no lo exhibían porque ¿aba
la casualidad de que se movían justamente hacia nosotros o alejándose de
nosotros, con lo cual resultaba imposible detectar ningún movimiento propio
transversal.
Pero en estas condiciones también era razonable suponer que el Sol se moviera,
pues de otro modo ¿a qué respondía que éste fuese el único astro inmóvil en un
Universo de estrellas viajeras? Tal fue el razonamiento que hizo Herschel en
1783 y que le llevó a abordar la tarea de averiguar el posible movimiento del
Sol.
Supongamos que el Sol se encuentra rodeado de estrellas, distribuidas
uniformemente en el espacio. Aquellas que están próximas al Sol aparecerán
separadas por distancias relativamente grandes, mientras que esas otras que se
hallan muy lejos se nos antojarán bastante cercanas entre sí. Es el mismo
fenómeno que se observa mirando los árboles de un vivero o los individuos de
una forma- don en filas y columnas: se trata de un efecto de perspectiva.
Así pues, si transportásemos un grupo de estrellas a una distancia menor que la
que ocupaban anteriormente, sin alterar su posición relativa, daría la
sensación de que las estrellas se separan unas de otras. Es decir, en el
proceso de acercamiento parecerían alejarse entre sí. Por otro lado, un grupo
de estrellas que se alejasen del Sol darían la impresión de converger.
Invirtiendo el razonamiento, está claro que si el Sol se mueve a través de la
Galaxia, las estrellas situadas delante de él y en la dirección del movimiento
parecerían aproximarse al Sol y, por consiguiente, que divergen. (Este efecto
quedaría enmascarado en parte por el hecho de que las estrellas no permanecen
quietas, sino que poseen movimientos en todas direcciones; sin embargo, el
enmascaramiento no sería total). Asimismo, las estrellas situadas detrás del
Sol y en dirección opuesta a la de su avance parecerían alejarse de él y que
convergen. Y por último, aquellas otras situadas en ángulo recto a la dirección
del Sol poseerían los movimientos propios mayores, y estos movimientos tenderían
a ser, en general, opuestos a la dirección de avance del Sol.
Pocos eran los movimientos propios que se conocían en tiempos de Herschel, pero
basándose en ellos y en el razonamiento que acabamos de exponer, este astrónomo
consiguió establecer que el Sol efectivamente se mueve y que lo hace en
dirección a cierto punto de la constelación Hércules. Estimación que se ha
comprobado no era ruda mala.
Figura 12. Movimiento del Sol
En
el siglo y medio que siguió a la obra de Herschel se determinaron otros muchos
movimientos propios, pero hoy día se sigue considerando que el «ápex», o punto
hacia el cual parece huir el Sol, no difiere gran cosa del que determinó
Herschel. Según las observaciones cois precisas de que se dispone en la
actualidad, dicho punto parece hallarse en la constelación de Lira, vecina ¿e
Hércules. El Sol se mueve hacia el ápex a una velocidad (en relación con las
estrellas más cercanas) de unos 19 kilómetros por segundo.
§.Cúmulos estelares
Así pues, el hecho de que el Sol parezca hallarse en el centro (o cerca del
centro) del modelo Herschel-Kapteyn de la Galaxia no debe tomarse como un hecho
demasiado significativo. Se trata más bien de una circunstancia fortuita, pues
si la Humanidad hubiera realizado sus observaciones astronómicas en otra época
del pasado remoto o del futuro lejano, se habría encontrado situada en un
extremo u otro de la Galaxia.
Afirmar que el Sol (y con él la Tierra y el propio hombre) se encuentra en el
centro de todas las cosas por pura casualidad no es precisamente un regalo para
la vanidad humana. Pero incluso esta concepción empezó a tambalearse y a
resultar cuestionable a medida que Kapteyn fue puliendo los últimos detalles de
su modelo en las dos primeras décadas del siglo XX.
Los problemas con que tropezó el modelo Herschel- Eapteyn se derivaban de
ciertos resultados que concernían no tanto a las estrellas tomadas una a una
como a grupos de ellas.
Tales grupos son perceptibles incluso a simple vista.
El más conocido son las «Pléyades», un pequeño cúmulo de estrellas de brillo
moderado en la constelación Tauro, el Toro. Nueve de las estrellas del cúmulo
son suficientemente brillantes para poder ser observadas a simple vista, aunque
algunas de ellas se encuentran muy juntas y es difícil discernirlas por
separado. Un hombre de vista normal puede distinguir seis o siete. (Este cúmulo
se denomina a veces «Siete Hermanas».)
Cuando en 1610 Galileo enfocó su telescopio hacia las Pléyades, comprobó que
podía contar sin esfuerzo alguno, 36 estrellas en dicho grupo. Los métodos
fotográficos modernos revelan 250 como mínimo y el número total asciende
probablemente a cerca de 750.
Las Pléyades constituyen una asociación auténtica de estrellas; no se trata de
la imagen accidental de una serie de estrellas situadas a distancias variables,
pero todas ellas cerca de una misma línea visual. Esto quedó ya demostrado en
1840 cuando Bessel comprobó que el movimiento propio de todos los miembros de
este cúmulo era de 5,5 segundos de arco por siglo en la misma dirección. Si se
tratara de estrellas independientes, sería demasiada coincidencia que todas
ellas se moviesen en la misma dirección y a la misma velocidad.
Los astrónomos han estimado que la distancia media entre las estrellas del
cúmulo de las Pléyades equivale sólo a un tercio de la separación interestelar
media en las proximidades de nuestro sistema solar. Hoy se sabe que el grupo
entero se encuentra a unos 400 años-luz de nosotros y que abarca una región del
espacio de unos 70 años-luz de diámetro.
Aun cuando las Pléyades son el cúmulo más grandioso de cuantos se pueden
observar a simple vista, no constituyen sino una muestra sumamente pálida de
los espectáculos que se nos ofrecen a través del telescopio.
Sin proponérselo, el astrónomo francés Charles Messier (1730-1817) consiguió
vislumbrar estas glorias mayores mientras buscaba objetos celestes mucho más
modestos. Messier era un «cazador de cometas» y a lo largo de su vida descubrió
buen número de ellos. Pero cansado de verse burlado por objetos celestes
difusos, permanentemente fijos y que, por tanto, no eran
cometas, trazó en 1751 un mapa detallado señalando la posición de cuarenta de
tales objetos con el fin de que él mismo, y otros cazadores de cometas,
conocieran su situación y aprendieran a ignorarlos en lo sucesivo. Con el
tiempo, Messier y otros astrónomos incrementaron hasta cien el número de
objetos de la lista.
Entre estos cien figuraba un objeto difuso con aspecto de estrella, que había
sido observado por primera vez por Halley en 1714. Como en la lista de Messier
ocupaba el puesto decimotercero, a veces recibe el nombre de MI3. Décadas más
tarde, Herschel estudió MI3 con ayuda de un telescopio mucho más perfecto que
el de Messier y comprendió que lo que tenía ante sus ojos no era un simple
borrón de luz, sino un conglomerado esférico de estrellas densamente
empaquetadas.
Las Pléyades consistían en un grupo de estrellas relativamente separadas, por
lo que recibieron el nombre genérico de «cúmulo abierto»; el objeto M13, por el
contrario, era una aglomeración de estrellas muy juntas, razón por la cual fue
denominado «cúmulo globular» El cúmulo M13 también se conoce con el nombre de
«Gran Cúmulo de Hércules», debido a que está situado en la constelación de ese
nombre. Un cúmulo globular se compone, no ya de cientos, sino de miles de
estrellas. En el Gran Cúmulo de Hércules se han contado unas 30 000 estrellas,
y el número total seguramente excede de 100.000 y quizá se aproxime al millón.
Cerca del centro del cúmulo, las estrellas deben de estar distribuidas con
separaciones bastante menores de 1 año-luz.
Ahora bien, éste no es el único cúmulo globular. En la lista de Messier
aparecen varios otros, entre ellos M3 en la constelación Canes Venatici
(Lebreles) y M22 en la constelación de Sagitario. Hoy día se conocen cien
cúmulos globulares y se supone que son unos trescientos los que existen en
total en nuestra Galaxia.
Un hecho curioso es que los cúmulos globulares no están distribuidos de modo
uniforme en el cielo; el primero en señalarlo, a principios del siglo XIX, fue
John Herschel (1792-1871), hijo del famoso William Herschel y a su vez un
astrónomo de fama. En efecto, casi todos los cúmulos globulares están
localizados en uno de los hemisferios del cielo y un tercio de ellos se agolpan
en la constelación de Sagitario, que sólo ocupa un 2% de la
superficie celeste. John Herschel opinó que este fenómeno, lejos de ser
accidental, debía poseer algún significado.
Pero el significado mismo se les escapó a los astrónomos durante todo el siglo
siguiente, debido en parte a que se ignoraba la posición real de estos cúmulos
globulares en el espacio. Su distancia era demasiado grande para poder medir el
paralaje; y hasta el siglo XX este método, el del paralaje, era el único que se
conocía para determinar las distancias sidéreas.
§. Estrellas variables
A principios del siglo XX, y en conexión con el estudio de cierto tipo de
«estrellas variables», se halló un método adecuado para afrontar el problema de
los cúmulos globulares. (Las estrellas variables son aquellas cuyo brillo
cambia periódicamente.)
La historia de las estrellas variables resulta sorprendentemente breve si
tenemos en cuenta que existen estrellas, con brillo suficiente para ser
observadas a simple vista, cuya luz varía de un modo ostensible. Los astrónomos
antiguos no nos legaron ningún comentario acerca de tales variaciones. De
hecho, el punto de vista griego, representado por Aristóteles, venía a afirmar
que todo cuanto hay en los cielos es permanente e inmutable. Mas esta opinión
oficial y categórica en nada cambiaba el hecho de que las estrellas variables
existen, demostrando que en los cielos sí se producen cambios.
Entre las estrellas variables y observables a simple vista la más notable es
Beta Persei, que ocupa el segundo lugar en la escala de brillo de la
constelación de Perseo. Esta estrella se apaga y se ilumina de un modo
perfectamente perceptible. Cada dos días y veintiuna horas pierde en poco
tiempo algo más de una magnitud de brillo durante un breve período, recuperando
luego la pérdida con igual rapidez.
Ni los griegos ni los árabes (estos últimos los grandes astrónomos de la Alta
Edad Media) hicieron mención alguna de este fenómeno, aunque es posible que
algún individuo aquí o allá lo registrase, con gran estupor por su parte. Los
griegos, en su fantástica descripción de las estrellas de esta constelación,
imaginaban a Beta Persei situada en la cabeza de Medusa, sostenida ésta por
Perseo. Medusa era un ser demoníaco: tenía por cabello serpientes vivas y su
rostro era tan horrible que cualquiera que lo contemplaba se convertía en
piedra. Beta Persei era conocida a veces con el nombre de «Estrella del
Diablo», lo cual ya indica que en ella se había observado algo fuera de lo
normal. El nombre árabe de la estrella es Algol («el vampiro»), que también
sugiere algo escalofriante.
En 1782, el astrónomo inglés John Goodricke (1764- 1786) estudió la estrella
Algol con detalle y llegó a la conclusión de que alrededor de ella giraba otra
muy tenue, describiendo una órbita cuyo plano aparecía casi de canto visto
desde la Tierra. De este modo, cada vez que se interponía entre Algol y nuestro
planeta, ocultaba parte del brillo de aquélla. Esta hipótesis no fue tomada en
serio en aquel tiempo, pero las observaciones efectuadas desde entonces han
venido a demostrar con certeza casi absoluta que era correcta. Hoy día, Algol
pasa como el mejor ejemplo conocido de una «binaria con eclipse». No es que su
luz crezca y mengüe en realidad, sino que se ve obstruida periódicamente.
Figura 13. Curvas de luz de las variables con eclipse
Pero
el sistema es todavía más complicado. Las dos estrellas que se eclipsan
mutuamente se encuentran separadas por una distancia de más de tres millones de
kilómetros, pero alrededor de ambas gira todavía una tercera, mucho más lejana
aún, con un período de 22 meses.
La variabilidad de la luz debida a los eclipses no tiene nada que ver con la
estructura interna o las propiedades de la estrella. Si el compañero de Algol
girase alrededor de él en otro plano, sin interponerse entre la Tierra y Algol,
ésta no sería considerada como una estrella variable.
Muy diferente es el caso de la estrella Omicron Ceti, perteneciente a la
constelación Cetus (la Ballena). El primero en observar de una forma detenida
esta estrella fue el astrónomo alemán David Fabricius (1564-1617) en 1596. En
sus momentos de máximo brillo, Omicron Ceti llega a alcanzar una magnitud de 2
y en sus momentos más tenues es demasiado oscura para percibirla a simple
vista. Este fenómeno le valió el nombre de «Mira» («maravillosa»). Su período
de variación —o tiempo que transcurre entre dos momentos de máximo brillo
consecutivos— es de once meses: período más bien largo para una estrella
variable, por lo cual Mira se incluye entre las «variables de período largo».
A diferencia de Algol, Mira es auténticamente variable. La conclusión a que han
llegado los astrónomos es que el aumento y disminución de brillo no son
aparentes, sino reales. De ahí que Mira también se clasifique entre las
«variables intrínsecas».
Otro ejemplo de variable intrínseca es Delta Cephei, la cuarta estrella, en
cuanto a brillo, de la constelación de Cefeo. Delta Cephei difiere notablemente
de Mira: en primer lugar, el período de variación de aquélla es corto, de 5,37
días, y en segundo lugar es regular.
Aparte de Delta Cephei se han descubierto otras estrellas variables con
períodos de variación cortos y regulares. Por lo común, éstos oscilan entre dos
y cuarenta y cinco días; los períodos de aproximadamente una semana son muy
usuales. La manera en que el brillo de estas estrellas crece y disminuye es
también muy típico, por lo cual se las agrupa bajo la denominación de
«variables Cefeidas» o simplemente «Cefeidas», por ser una estrella de la
constelación de Cefeo la primera de este grupo que se estudió.
Aunque las Cefeidas eran objetos curiosos e interesantes, al principio no
parecieron poseer una importancia especial. Concepción que cambió radicalmente
en 1912, cuando la astrónomo americana Henrictta Swan Leawitt (1868-1921)
comenzó a localizar y a estudiar sistemáticamente cientos de variables Cefeidas
en la Nube Pequeña de Magallanes, trabajando en un observatorio instalado por
la Universidad Harvard en Arequipa, Perú.
La Nube Pequeña de Magallanes es una de dos zonas luminosas (la otra es la Nube
Grande de Magallanes) que comparecen como manchas aisladas en la Vía Láctea.
Están situadas bastante al sur, por lo cual resultaban invisibles desde la zona
septentrional templada. Fueron descritas por primera vez en 1521 por el
cronista que acompañó a Magallanes en su viaje alrededor del globo; de ahí su
nombre.
Las Nubes de Magallanes no fueron estudiadas con detalle hasta 1834, año en que
John Herschel las observó desde el observatorio astronómico del Cabo de Buena
Esperanza. Al igual que la Vía Láctea, estaban constituidas por un sinfín de
estrellas muy tenues; y se suponía que esta tenuidad se debía a su enorme
distancia.
De hecho, las Nubes están tan lejos de nosotros que la diferencia de distancia
entre las estrellas más próximas y las más distantes (dentro de las mismas
Nubes) puede considerarse como poco importante en términos relativos. Esto es
análogo a decir que todos los habitantes de Chicago se encuentran a la misma
distancia de Times Square en Nueva York; evidentemente, la gente de los barrios
del Oeste de Chicago se encuentran un poco más próximos que los del Este de
dicha ciudad, pero la diferencia es insignificante al lado de la distancia
total.
En otras palabras, podemos pensar que todas las estrellas de la Nube Pequeña de
Magallanes, y en particular todas las Cefeidas, distan lo mismo de la Tierra.
Si una Cefeida exhibe un brillo mayor que las demás, esta diferencia sólo se
puede atribuir a que de hecho es más brillante (más luminosa), sin necesidad de
especular con el factor distancia.
En sus estudios sobre las Cefeidas de la Nube Pequeña de Magallanes, Henrietta
Leavitt observó que cuanto más brillante era una variable Cefeida, mayor era
también su período. Una Cefeida de esta Nube con una magnitud de 15,5 tenía un
período de dos días; otra de magnitud 14,8, un período de cinco días; y el
período de una tercera de magnitud 12,0 era de 100 días. Al parecer, la
luminosidad y el período estaban ligados por alguna relación regular.
Además de para las Cefeidas de las Nubes de Magallanes, esta relación debía ser
válida para aquellas que se hallan en la vecindad de nuestro sistema solar.
(Los científicos suelen suponer que si una relación se cumple en cierto lugar o
bajo un conjunto dado de condiciones, también será válida en cualquier otro
lugar o bajo otro conjunto de condiciones, al menos mientras no se demuestre lo
contrario.) Entonces ¿por qué no se observaba dicha relación en las
proximidades de nuestro sistema?
El problema estriba en que en nuestra vecindad inmediata la luminosidad puede
quedar enmascarada como resultado de la distancia. Una Cefeida muy luminosa con
un período largo es posible que parezca tenue como consecuencia de su enorme
distancia, mientras que otra mucho menos luminosa y con un período corto quizá
se encuentre cerca de nosotros, antojándosenos muy brillante. En tal caso, las
estrellas brillantes parecerán tener períodos cortos, y los tenues períodos
largos. La confusión inducida por las distancias lleva incluso a pensar que no
existe conexión alguna entre el brillo y el período. Y es que de hecho no existe:
la relación es entre la luminosidad y el período; a partir del
brillo aparente de una estrella es imposible deducir la luminosidad real, a
menos que conozcamos la distancia de la estrella.
Desgraciadamente, en 1912 no se conocía la distancia de ninguna Cefeida. Para
medir distancias sólo se disponía del método de paralajes, y esta técnica tenía
muchas limitaciones: cuanto más lejana la estrella, menor el paralaje y mayor
la dificultad para medirlo. Incluso en nuestros días, el método paraláctico
resulta inaplicable para distancias superiores a los 150 años-luz, y ninguna
variable Cefeida se halla a una distancia tan exigua La más próxima dista como
mínimo 400 años-luz.
Henrietta Leavitt fue capaz de observar la relación luminosidad-período en la
Nube Pequeña de Magallanes, no porque conociera la distancia de la Nube, sino
porque dentro de ésta las distancias no importaban. Dentro de la Nube, el
brillo era proporcional a la luminosidad, por lo cual la relación
luminosidad-período se manifestaba en una conexión brillo-período fácil de
detectar.
Ahora bien, una vez descubierta esta relación podía ser aplicada a nuestra
vecindad próxima como patrón de medida para determinar distancias muy
superiores a las que se podían hallar por el método paraláctico.
Supongamos, por ejemplo, que observamos que dos Cefeidas tienen períodos
iguales, pero una de ellas es más brillante que la otra. Sus luminosidades
deben ser iguales puesto que sus períodos lo son, de suerte que la diferencia
en el brillo aparente sería un efecto de la distancia. El resto no plantearía
problemas: averiguar cuánto más lejos debe encontrarse una Cefeida que la otra
para explicar la diferencia de brillo observada.
En el caso contrario de que las dos Cefeidas tuviesen períodos diferentes,
también era posible calcular su diferencia de luminosidad. La diferencia en la
magnitud aparente podía medirse directamente y ambos datos juntos permitían
calcular las distancias relativas.
Este tipo de cálculos de distancias relativas lo único que proporcionaba era
una imagen a escala de la galaxia (como antes las leyes de Kepler en relación
con el sistema solar), pero no decían nada acerca de las distancias reales. Sin
embargo, el método no estaba completamente desprovisto de valor.
En los años que siguieron al descubrimiento de Leavitt, el astrónomo americano
Harlow Shapley (n. 1885) aprovechó la escala Cefeida para estudiar los cúmulos
globulares. Muchos de estos cúmulos contenían cierto número de variables
Cefeidas. Midiendo los períodos de estas variables, Shapley podía determinar su
luminosidad relativa, y comparando este factor con el brillo aparente era
posible conocer las distancias relativas de las Cefeidas y, por ende, las
distancias relativas de los cúmulos globulares a que aquéllas pertenecían.
Cuando un cúmulo no contenía ninguna Cefeida claramente visible, Shapley medía
la magnitud aparente de las estrellas más brillantes del cúmulo en cuestión,
suponiendo que en todos los casos el brillo intrínseco de éstas era el mismo.
Todos estos cálculos parecían indicar que los cúmulos globulares estaban
distribuidos en una configuración esférica, constituyendo algo así como un gran
balón con su centro en la dirección de la constelación Sagitario. Los
astrónomos terrestres, observando este balón de cúmulos globulares desde el
exterior —desde un exterior muy remoto— veían esta estructura gigantesca como
localizada en una porción relativamente exigua de los cielos en las
inmediaciones de Sagitario.
Figura 14. Distribución de cúmulos globulares
¿Cuál
era la razón de que los cúmulos globulares estuviesen dispuestos de esta forma
tan peculiar? Shapley creyó lógico suponer que los cúmulos se agrupaban en
torno al centro masivo de la Galaxia, del mismo modo que los planetas se
apiñaban alrededor del Sol, el centro masivo del sistema solar. Si esta
hipótesis fuese cierta, el Sol se encontraría muy lejos del centro galáctico,
es decir, no nos hallaríamos en el centro, sino en las afueras de la Galaxia.
Para saber a qué distancia se encontraba el centro galáctico, o lo que es lo
mismo, a qué distancia en las afueras se hallaba nuestro sistema solar, sólo
faltaba averiguar, pues, la distancia que mediaba entre nosotros y la esfera de
cúmulos globulares. Y para ello bastaba determinar la distancia de una sola
Cefeida: así quedaría resuelto el problema de las dimensiones reales de la
Galaxia (y posiblemente del Universo, caso de que éste se redujese a la
Galaxia).
Mas ¿cómo llegar a conocer la distancia de las Cefeidas, cuando ninguna de
ellas está suficientemente próxima para medir su paralaje?
Si queremos explicar el método que utilizó Shapley para soslayar este
contratiempo puramente fortuito, no tendremos más remedio que zambullirnos en
un digresión más bien larga y retroceder unos tres cuartos de siglo en el
tiempo.
Capítulo 5
El tamaño de la galaxia
Contenido:
§.
El efecto Doppler
§. El espectro
§. Líneas espectrales
§. El centro galáctico
§. Las dimensiones galácticas
§.
El efecto Doppler
Aquellos de entre nosotros que, por su edad, vivieron los días en que el
ferrocarril era un medio de transporte mucho más común que en la actualidad,
saben que el sonido del silbato de un tren es más agudo cuando éste se aproxima
que cuando se encuentra en reposo con relación a nosotros[viii], y que cuando
se aleja es más grave que cuando se halla quieto con respecto al observador. Un
viajero que se hallara esperando en una estación y que viera aproximarse un
tren, luego pasar delante de él sin parar y por último alejarse, percibiría un
descenso brusco en la altura del silbido en el momento en que el tren pasase
delante de él.
Este fenómeno fue explicado con todo detalle en 1842 por el físico austríaco
Christian Johann Doppler (1803- 1853).
De entrada diremos que el sonido consiste en una serie de compresiones y
rarificaciones del aire. La distancia que media entre una región cualquiera de
compresión y la siguiente es la longitud de onda del sonido. A mayor longitud
de onda, más baja es la altura (frecuencia) del sonido percibido; y cuanto más
corta sea aquella longitud, mayor será la altura.
Supongamos que un tren, en reposo con respecto al observador, está tocando el
silbato con una altura de sonido constante. Alrededor del silbato se originará
una región de compresión que se propagará hacia afuera, seguida de otra región
de las mismas características, después otra, etc. Las regiones de compresión
están separadas por una cierta distancia constante.
Pero imaginemos ahora que el tren, junto con el silbato, se está moviendo en
dirección al observador; en este caso, la segunda región de compresión será
emitida un poco más cerca del observador que la primera. El tren se ha movido
hacia la primera región de compresión, con lo cual la segunda queda un poco más
cerca de ella que en el caso de que el tren hubiera estado en reposo. Y lo
propio ocurre con las regiones tercera, cuarta, etcétera. Mientras el tren siga
aproximándose al observador, irá ganando terreno a las ondas sonoras y, como
consecuencia de ello, las regiones de compresión aparecerán más apretadas unas
a otras que si el tren se encontrara en reposo. En resumen, la longitud de onda
del sonido será más corta y su frecuencia más alta.
Cuando el tren se aleja, el proceso es justamente el contrario. La segunda
región de compresión se produce más lejos del observador y más lejos también de
la primera región; la tercera se originará más lejos aún, y así sucesivamente.
En resumen: la longitud de onda de un sonido producido por un silbato que se
aleja es más larga —y la frecuencia más baja— que en el caso de que el tren se
encontrara en reposo.
Cuanto mayor sea la velocidad con que el tren se aproxima hacia el observador,
menos separadas entre sí estarán las ondas sonoras y mayor será la altura del
sonido; y cuanto más deprisa se aleje el tren, mayor será la separación de las
ondas sonoras y menor la altura del sonido. Conociendo la altura normal del
silbato y la altura del sonido que se percibe cuando el tren está en
movimiento, es posible determinar, sin ningún dato adicional, si el tren se
aleja o se acerca y a qué velocidad lo hace.
Este cambio de frecuencia debido al movimiento se denomina «efecto Doppler» en
honor al físico de este nombre.
§. El espectro
En teoría, este mismo efecto debe observarse en el caso de cualquier tipo de
ondas radiadas hacia el exterior desde una fuente, y en particular debe
detectarse en el caso de la luz, como Doppler mismo señaló.
La luz, al igual que el sonido, es una forma de ondas (aunque no del mismo
tipo). La luz también posee longitud de onda y las diferencias en estas
longitudes de onda son susceptibles de ser percibidas por los sentidos como
diferencias de color. Las longitudes de onda más largas (de entre las visibles)
se perciben como rojo. A medida que la longitud de onda disminuye, el color va
pasando por el naranja, amarillo, verde, azul y violeta, en este orden. Los
colores no se diferencian de una manera tajante, naturalmente, sino que la
transición de unos a otros es gradual. Obsérvese, por ejemplo, el arco iris.
Isaac Newton fue el primero en estudiar con detalle un arco iris artificial. En
1666, Newton hizo el siguiente experimento: dejó que un rayo de luz penetrase
en un cuarto oscuro a través de un orificio practicado en la persiana y que
dicho rayo atravesara luego un trozo de vidrio triangular o «prisma».
Las Pléyades. (Fot. Observatorios Mount Wilson y Palomar.) Gran Cúmulo de
Hércules. (Fot. Observatorios M. Wilson y Palomar.)
Al
pasar por el prisma, el rayo de luz se refractaba, yendo a incidir sobre la
pared opuesta del cuarto en forma de una mancha extensa formada por colores
sucesivos, de aspecto similar al arco iris. Newton bautizó esta banda de
colores con el nombre de «espectro».
La Nube Grande de Magallanes (Fot. Observatorio Lick), Nebulosas Obscuras
Fot. Observatorios Mount Wilson y Palomar)
De
este modo, Newton demostró que la luz solar no era una entidad pura y sin
mezcla alguna, pues de haber sido así la luz se habría refractado en bloque,
como un todo, incidiendo sobre la pared en la forma de un rayo de luz blanca
exactamente igual que el rayo original. Pero las cosas no ocurrían así; parecía
más bien que estuviese compuesta efectivamente por una mezcla de una gama muy
amplia de tipos de luz, cada uno de los cuales se refractaba con un ángulo
ligeramente diferente y era interpretado por el sentido de la vista como un
color distinto. La mezcla de todas estas variedades, en las proporciones en que
aparecen en la luz solar, es percibida por el hombre como luz blanca.
Llegados a este punto diremos que los distintos tipos de luz que componen la
luz solar se distinguen entre sí por su longitud de onda. El ángulo con el cual
un trozo de vidrio refracta un rayo de luz depende de la longitud de onda de
ésta; a menor longitud de onda, mayor refracción. La luz naranja se refracta
más que la roja, la amarilla más que la naranja, etc. La luz violeta es la que
sufre una refracción mayor. En el espectro final, la luz roja ocupa el extremo
menos refractado, es decir, aquel que se halla más próximo a la dirección de
marcha del rayo de luz original, todavía sin refractar. La luz violeta ocupa el
extremo opuesto.
Dentro de un mismo color —naranja, por ejemplo— las longitudes de onda más
largas, rayanas ya en el rojo, se encuentran situadas hacia el extremo rojo del
espectro, mientras que las más cortas, bordeando ya el amarillo, se hallan
hacia el extremo violeta del espectro.
Supongamos ahora que intentamos aplicar el efecto Doppler a la luz. En líneas
generales cabe decir que el Sol ni se aproxima a la Tierra ni se aleja de ella,
debido a lo cual produce lo que para nuestros sentidos es un espectro
equilibrado, compuesto de una mezcla que nuestra vista interpreta como blanca.
Ahora bien, si el Sol se moviera hacia la Tierra ¿acaso no sería lícito suponer
que las longitudes de onda de la luz se comprimirían y que cada una de las
longitudes de onda que llegasen hasta nosotros sería más corta que lo normal?
De este modo, el espectro entero se desplazaría hacia el extremo de las
longitudes de onda cortas. Cada fragmento de la banda roja se desplazaría hacia
el naranja, cada fragmento del naranja se correría correspondientemente hacia
el amarillo, y así sucesivamente. Dado que el corrimiento global sería hacia el
extremo violeta del espectro, se habla de un «corrimiento al violeta»
[corrimiento, desplazamiento y desvío son expresiones equivalentes. N.
del T.]
En tales condiciones no cabe esperar ya que la mezcla de luz del espectro
produzca un blanco característico En el extremo rojo habría una deficiencia y
en el violeta un exceso, con lo cual el color del Sol (en el supuesto de que se
moviese en dirección a la Tierra) tomaría un tinte azulado. Siguiendo este
razonamiento, cuanto más .deprisa se aproximara el Sol hacia nosotros, más azul
sería su luz.
El mismo argumento, pero invertido, valdría para predecir lo que ocurriría si
el Sol se alejase de nosotros. En este caso, las crestas de las ondas luminosas
tenderían a separarse unas de otras. Las longitudes de onda se alargarían más
de lo normal y el espectro se correría en bloque hacia el extremo rojo:
entonces se habla de «corrimiento al rojo». Si el Sol se moviese alejándose de
nosotros, su luz adquiriría un tinte naranja. Y cuanto más rápido fuese este
alejamiento, más naranja sería la luz.
Pues bien, a pesar de que este razonamiento parece impecable, los hechos lo traicionan.
El problema estriba en que la luz que vemos en un espectro no constituye ni
mucho menos el espectro completo.
En 1800, William Herschel estudió el espectro producido por la luz del Sol (el
«espectro solar») y observó el efecto térmico inducido sobre un termómetro por
las diferentes porciones del espectro, midiendo de este modo el contenido
energético total de cada una de dichas porciones. En este sentido era natural
esperar que el aumento de-temperatura se hiciese cada vez menos marcado y
concluyese por desaparecer a medida que nos moviésemos hacia el extremo del
espectro. Pero en el caso del extremo rojo las cosas no ocurrían así. El
aumento de temperatura en un punto situado algo más allá del extremo rojo era
mayor que el correspondiente a cualquier otro punto del espectro.
Herschel dedujo de aquí que la luz del Sol incluía longitudes de onda más
largas que las que nuestra vista puede detectar. Tales longitudes de onda se
refractarían aún menos que las de la luz roja y estarían localizadas más allá
del extremo rojo del espectro. Se trataría de «radiación infrarroja» («por
debajo del rojo»).
Tal radiación sería desde luego real y sólo diferiría de la luz ordinaria en el
tamaño de su longitud de onda y en el hecho de que no es perceptible para la
vista humana. De suerte que hacia 1800 ya no podía hablarse simplemente de
«luz» para designar aquello en virtud de lo cual percibimos visualmente, sino
que era preciso hablar de «luz visible». La luz invisible dejaba de ser una
contradicción intrínseca para convertirse en un hecho real (aun cuando hoy día
la luz infrarroja se detecta fácilmente con instrumentos apropiados, no
obstante ser invisible para el hombre).
Pero tampoco el extremo violeta- del espectro era un extremo propiamente dicho.
En 1801 el físico alemán Tohann Wilhelm Ritter (1776-1810) estaba estudiando la
capacidad de la luz para inducir ciertas reacciones químicas. Por ejemplo, la
luz era capaz de provocar la descomposición de un producto químico blanco, el
cloruro de plata, liberando minúsculas partículas de plata metálica.
Fraccionados en partículas diminutas, los metales adquieren por lo general un
color negro; también el cloruro de plata, expuesto a la luz, se ennegrecía
progresivamente. Ritter observó que las distintas partes del espectro solar no
se mostraban igual de eficaces a la hora de provocar este cambio. Cuanto más
corta era la longitud de onda, más rápido era el proceso de ennegrecimiento del
cloruro de plata. Inspirado por el descubrimiento que Herschel hiciera el año
anterior, Ritter empezó a trabajar con la región situada más allá del extremo
violeta del espectro, en la cual la luz ya no era visible. El resultado no
dejaba lugar a dudas: el cloruro de plata se oscurecía más deprisa que
trabajando con cualquier otra zona del espectro visible.
La conclusión a deducir era que en la luz solar existían longitudes de onda más
cortas que cualquiera de las que se podían detectar con la vista. Tales
longitudes de onda se refractarían aún más que las de la luz violeta y estarían
localizadas más allá del extremo violeta del espectro. Es lo que se denomina
«radiación ultravioleta» («más allá del violeta»).
Figura 15. Más allá del espectro visible
Así
pues, el espectro producido por el Sol (y por otras estrellas) debemos
imaginárnoslo como compuesto no sólo por los colores visibles (rojo hasta
violeta), sino también por regiones de luz invisible más allá del rojo y del
violeta. Cuando una estrella se mueve hacia nosotros, de modo que las
longitudes de onda de la luz que emite se acortan y su espectro experimenta un
corrimiento al violeta, la luz no se «apila» en el extremo violeta, sino que se
«derrama» por encima de éste e invade la región ultravioleta invisible. Y este
corrimiento tampoco deja una zona vacante en el extremo rojo: la radiación
infrarroja se convierte en radiación roja visible por arte del acortamiento de
la longitud de onda, pasando así a ocupar el hueco.
El espectro se desplaza en bloque, pero la porción visible permanece
inalterada; lo que pierde en un extremo lo gana en el otro. El mismo argumento
sería válido en el caso de que la estrella se alejase de nosotros, sólo que
entonces el corrimiento sería hacia el rojo.
No cabe duda de que si la estrella se aproximara hacia nosotros a tal velocidad
que toda la región infrarroja penetrase en la zona visible, o si se alejara tan
deprisa que la región ultravioleta entera invadiese dicha zona, se produciría
efectivamente un desplazamiento visible de color hacia el violeta o hacia el
rojo, según los casos. Sin embargo, las velocidades de aproximación o de
alejamiento necesarias para originar tales desplazamientos globales en el color
son tan grandes, que parecía inconcebible (al menos en el siglo XIX) que tales
velocidades pudieran darse entre los objetos celestes.
Y sin embargo, existen diferencias de color entre las estrellas. Algunas de
ellas —Antares, por ejemplo— son marcadamente rojizas; otras, como Vega, son de
color azulado. ¿Hay que deducir de ello que Antares se aleja velozmente de
nosotros o que Vega se acerca a la Tierra a gran velocidad?
Por desgracia, no necesariamente, pues hay otras causas capaces de producir
diferencias de color.
El Sol enrojece a la hora del crepúsculo a pesar de que no se está alejando de
la Tierra. Lo que ocurre es que en ese momento la luz del Sol tiene que
atravesar un espesor muy ancho de atmósfera hasta llegar a nosotros, por lo que
las moléculas y las partículas de polvo contenidas en aquélla poseen muchas más
oportunidades de reflejar y dispersar la luz solar. Este proceso de dispersión
es más eficaz para las longitudes de onda cortas que para las largas. De día,
el cielo se ve azul debido a la dispersión de las longitudes de onda cortas del
espectro. La cantidad de luz dispersada de esta forma cuando el Sol está alto
no es suficiente para modificar el color de la luz solar de un modo apreciable.
Pero a medida que el Sol se aproxima al horizonte, la cantidad de radiación
corta dispersada y eliminada por ese espesor cada vez mayor de atmósfera
polvorienta va aumentando y la parte que queda es de un color marcadamente rojo[ix].
Por otra parte, una sustancia incandescente cambia de color al variar su
temperatura. Si calentamos progresivamente una bola de hierro, llega un momento
en que emitirá un color rojo intenso. Si seguimos aumentando la temperatura,
adquirirá un rojo más brillante, después se tornará naranja, luego blanquecino
y por último blanco azulado. Cuánto más alta es la temperatura, mayor es el
desplazamiento global de la luz emitida hacia las longitudes de onda más
cortas. Y, evidentemente, tal fenómeno no implicaría ningún movimiento de la
esfera de hierro: ni hacia el observador ni alejándose de él.
Por último, el color puede variar con la composición química. En el caso de que
el objeto sea visible por medio de la luz que refleja, la afirmación anterior
es obvia: tintes o pigmentos diferentes reflejan también luz de colores
diferentes. Pero incluso cuando la fuente de luz es la sustancia misma, es
decir, cuando ésta no es un mero reflector pasivo, el color puede depender de
la composición química. Si calentamos hasta la incandescencia un poco de sal
común (un compuesto del metal sodio), se observará una luz de tinte claramente
amarillo. Los compuestos de estroncio, calentados, emiten luz roja; los de
bario, luz verde; los de potasio, luz violeta, etc.
¿Debemos deducir de todo esto que, a pesar del efecto Doppler, la luz de las
estrellas no nos dicen nada acerca de su movimiento? Ni mucho menos. La
situación es incluso más esperanzadora de lo que cabría esperar. Examinando el
espectro de una estrella es posible deducir, no ya su movimiento, sino otras
muchas propiedades Los espectros son bastante más que un simple arco iris de
colores.
§. Líneas espectrales
En 1814 el óptico alemán Joseph von Fraunhofer (1787-1826) revolucionó el
estudio de los espectros. Fraunhofer era de oficio constructor de prismas de
vidrio fino y solía verificar la calidad de sus productos observando el
espectro que producían. Siguiendo los pasos del químico inglés William Hyde
Wollaston (1766- 1828), Fraunhofer hacía pasar el rayo de luz solar a través de
una ranura muy fina antes de que aquél atravesara el prisma. Cada longitud de
onda se refractaba con un ángulo característico, produciendo así, sobre la
pantalla en que se proyectaba la luz, una imagen de la ranura en cada uno de
los colores. Las diversas imágenes se solapaban, dando como resultado un
espectro casi continuo a modo de arco iris.
Y decimos «casi continuo» porque algunas longitudes de onda no estaban
presentes en la luz solar. Estas ausencias se manifestaban como líneas oscuras
en el espectro: imágenes de la ranura ausentes, por así decirlo. Tales líneas
oscuras del espectro solar habían sido observadas ya por Wollaston; pero con
los excelentes prismas de Fraunhofer aparecían mucho más claras y además era
posible observar un número mayor de ellas: cientos de líneas. Fraunhofer fue el
primero en estudiar con detalle estas líneas oscuras y en localizar su posición
exacta en el espectro. Por esta razón se denominan «líneas de Fraunhofer» o,
con más generalidad, «líneas espectrales». El modelo de líneas espectrales del
espectro solar es muy típico. Otros objetos con luz propia, como las estrellas
en general, exhiben también líneas oscuras en sus espectros respectivos, pero
siguiendo una pauta que a menudo difiere de un modo marcado de la del espectro
solar. No obstante, ciertas líneas espectrales —en particular las más
definidas, que Fraunhofer había designado con las letras A a K del alfabeto—
aparecían como elementos invariables del espectro de la mayor parte de las
estrellas.
Midiendo el ángulo de refracción asociado con una línea espectral concreta es
posible determinar su longitud de onda correspondiente; para ello basta medir
con exactitud la posición de la línea sobre una pantalla provista de una escala
de referencia. Si por cualquier razón la longitud de onda correspondiente a la
línea espectral se acorta, el ángulo de refracción asociado a ella aumentará y
la posición de la línea se moverá hacia el extremo violeta del espectro. Por el
contrario, si la longitud de onda se alarga, la línea se desplazará hacia el
extremo rojo del espectro.
Poco tiempo después de que Doppler explicase la variación de frecuencia de un
sonido como una consecuencia del movimiento, el físico francés Armand Hippolyte
Louis Fizeau (1819-1896) señaló que para detectar este efecto en la luz no era
preciso preocuparse de los cambios de color, sino que bastaba con medir la
posición exacta de las líneas espectrales y observar su desplazamiento.
Para aclarar esto, imaginemos una barra larga, desprovista de todo relieve y de
la cual sólo podamos ver un pequeño trozo. Si la barra se desplaza ligeramente
no cabe duda de que estaremos viendo una porción distinta de la de antes; pero
como esta nueva porción sigue careciendo de relieve o rasgos distintivos, no
podremos decir cuánto se ha desplazado la barra, ni en qué dirección, ni
siquiera si se ha movido o no. Por el contrario, si el trozo de barra que
veíamos al principio llevase una marca, sería muy fácil detectar cualquier
movimiento sin más que observar el desplazamiento de esta señal.
Esta es precisamente la explicación de por qué las líneas espectrales permiten
detectar cualquier desplazamiento Doppler en la luz. Aquéllas vienen a ser las
marcas del espectro. Puesto que Fizeau fue quien señaló esto por vez primera, a
veces se habla del «efecto Doppler- Fizeau» en relación con la luz.
El efecto es pequeño, no obstante, y difícil de medir. El sonido se desplaza
relativamente despacio —unos 331 metros por segundo— y los trenes pueden
alcanzar fácilmente velocidades equivalentes a una décima parte de la velocidad
del sonido. Las ondas sonoras pueden comprimirse y estirarse con gran
facilidad. La luz, en cambio, viaja a 300.000.000 de metros por segundo, es
decir, casi un millón de veces la velocidad del sonido. La mayor parte de las
estrellas se mueven (en relación con nosotros) a menos de una diezmilésima de
dicha velocidad, lo cual significa que las longitudes de onda de la luz de las
estrellas se ven muy poco afectadas por el movimiento de éstas.
Fue preciso esperar hasta 1868 para que el astrónomo inglés William Huggins
(1824-1910) consiguiera detectar un pequeño desplazamiento en las líneas
espectrales de la brillante estrella Sirio, demostrando que ésta se movía
alejándose del Sol.
En relación con lo anterior es importante darse cuenta que los movimientos
estelares han de visualizarse en mes dimensiones. Desde luego es posible que
una estrella se mueva en una dirección exactamente perpendicular a muestra
línea visual o exactamente paralela a ella. Sin embargo, ambos casos son en
extremo improbables. Mucho más probable es, por el contrario, que la estrella
no se mueva ni paralela ni perpendicularmente a la línea visual, sino en
cualquiera de las direcciones intermedias. El movimiento se puede separar
entonces en dos componentes: una en la dirección de la línea de observación y
otra formando ángulo recto con ella. Gráficamente, esto se lleva i cabo
representando el movimiento real como la diagonal de un rectángulo, cuyos dos
lados adyacentes serían las dos componentes de que hemos hablado. Las
longitudes de la diagonal y de los dos lados son proporcionales al movimiento
real y a las dos componentes del movimiento, respectivamente.
La componente situada sobre la línea visual se denomina «velocidad radial»,
debido a que es un movimiento hacia nosotros o alejándose de nosotros, pero
siempre a lo largo de un radio imaginario que conectase nuestro ojo con la
vasta esfera celeste. La componente perpendicular a la línea de observación es
la «velocidad transversal» (la velocidad que «atraviesa» la línea visual). Es
precisamente la velocidad transversal la que desplaza materialmente la estrella
a través de los cielos y la que se manifiesta como el movimiento propio del
objeto celeste.
Figura 16. Componentes del movimiento
La
magnitud relativa de ambas componentes depende del ángulo que forme el
movimiento de la estrella con la línea visual. Y a la inversa: conociendo los
valores de la velocidad radial y de la transversal, es posible determinar la
velocidad real de la estrella.
Las dos componentes de la velocidad se calculan de modos completamente
diferentes. La velocidad radial se refleja en el espectro de la estrella en
virtud del efecto Doppler-Fizeau. Midiendo la magnitud del desplazamiento de
las líneas espectrales, se puede calcular la velocidad radial (hacia nosotros,
si el corrimiento es al violeta; apartándose de nosotros, si el corrimiento es
al rojo) directamente en kilómetros por segundo. El cálculo es absolutamente
independiente de la distancia a que se encuentre la estrella. Las longitudes de
onda de las líneas espectrales tienen unos valores fijos, por lo cual un
corrimiento dado en dichos valores delatan una velocidad radial específica:
igual da que la estrella se encuentre a cuatro años luz que a cuatro mil. El
único requisito es que la estrella sea suficientemente brillante para que en el
espectro resultante se pueda medir la posición de las líneas. La velocidad
transversal de un cuerpo celeste no se refleja para nada en el espectro, pero
sí se manifiesta en forma de un desplazamiento material a través de la bóveda
celeste. En consecuencia, se detecta como un movimiento propio y se mide en
ángulos de arco. Si a continuación queremos convertir el movimiento propio (en
segundos de arco) en una velocidad transversal (en kilómetros por segundo)
necesitamos conocer la distancia de la estrella. Por ejemplo, si la estrella de
Barnard se encuentra a 6,1 años-luz de distancia y se mueve a través del cielo
a razón de 10,3 segundos de arco por año, su velocidad transversal será de unos
90 kilómetros por segundo.
§. El centro galáctico
Llegados a este punto, podemos volver al problema ¿e calcular la distancia de
las variables Cefeidas.
Supongamos que enfocamos la cuestión desde un punto de vista estadístico. Para
aquellas estrellas que se mueven en direcciones próximas a la línea visual, la
velocidad radial es mayor que la transversal, mientras que en el caso de
aquellas otras que viajan más o menos en ángulo recto a dicha línea, la
velocidad transversal será mayor que la radial.Por término medio, sin
embargo, estas dos tendencias opuestas tienden a cancelarse, con lo cual las
velocidades radial y transversal pueden tomarse, en general, como iguales.
Siendo esto así, el movimiento propio observado de una Cefeida (en ángulo de arco
por año) puede considerarse equivalente, no sólo a la velocidad transversal,
sino también a la radial; y la velocidad radial se puede medir directamente,
por métodos espectrales, en kilómetros por segundo. Si se conoce la expresión
de una velocidad como un cierto ángulo de arco por año y como un determinado
número de kilómetros por segundo, es posible calcular la distancia del objeto
en cuestión; pues sólo a una distancia concreta, una velocidad
de tantos kilómetros por segundo produce un desplazamiento de tal ángulo de
arco por año.
Para una Cefeida concreta este tipo de cálculo puede llegar a proporcionar un
resultado disparatado, pues en un caso particular puede ocurrir que la
velocidad radial sea mucho mayor o mucho menor que la transversal. Pero si en
vez de ello tomamos cierto número de Cefeidas pertenecientes a un mismo cúmulo,
todas ellas con el mismo período, y determinamos la distancia correspondiente a
cada una de ellas, es muy probable que ladistancia media se
aproxime a la realidad.
El astrónomo danés Ejnar Hertzsprung (1873-1967) utilizó en 1913 este método
para determinar la distancia de algunas de las Cefeidas, y varios años más
tarde
Shapley aplicó esta técnica estadística al problema concreto de averiguar la
estructura de la Galaxia. Para ello calculó las distancias de varias Cefeidas
de distintos períodos; con este dato y conociendo el brillo aparente de las
Cefeidas, consiguió calcular la luminosidad de estas estrellas.
Haciendo una gráfica de las luminosidades así calculadas, en función de los
períodos, era de esperar que se obtuviese, al menos aproximadamente, una línea
recta, siempre que se prescindiese de cierta dispersión debida a la
incertidumbre intrínseca del método. Esto era lo mínimo que se debía obtener si
es que el método tenía alguna validez. Por otra parte, si este método
estadístico fuese completamente inservible, las distancias calculadas estarían
equivocadas, las luminosidades no se corresponderían, por tanto, con la
realidad y no existiría una correlación clara entre luminosidad y período.
Mas cuando Shapley trazó la gráfica luminosidad- período, obtuvo una recta
bastante aceptable, lo cual significaba que sus resultados podían considerarse
como esencialmente correctos. Y dado que conocía tanto la luminosidad como el
período de algunas Cefeidas representativas, estaba en condiciones de
determinar la distancia de cualquiera de ellas. La escala Cefeida era ya
absoluta.
De este modo Shapley pudo determinar las distancias efectivas de los distintos
cúmulos globulares, pasando luego a calcular la distancia del centro de la
esfera dentro de la cual aquéllos se encontraban distribuidos. Shapley tomó
como centro de esta esfera el centro de la Galaxia, que según sus cálculos
resultaba encontrarse a 50.000 años-luz (15.500 parsecs) del Sol.
Así, pues, hacia 1920 la posición del hombre en el Universo sufrió de nuevo una
alteración drástica y, una vez más, esta alteración se produjo en el sentido de
una mayor humillación. Copérnico había demostrado que la Tierra no era el
centro del Universo, pero nunca dudó de que el Sol ocupase dicho centro como
parte de la ordenación natural. Herschel y Kapteyn, por su parte, habían creído
que el Sol ocupaba el centro de la Galaxia v por tanto del Universo), al menos
por accidente, si es que no por ordenación de la naturaleza. Y ahora Shapley
demostraba, de un modo perfectamente convincente, que ello no era así, que el
Sol se hallaba muy lejos en las afueras de la Galaxia.
En lugar del Universo geocéntrico de Ptolomeo y del Universo heliocéntrico de
Copérnico, teníamos ahora el «Universo excéntrico» de Shapley, en el cual el
Sol se encontraba —como la palabra misma indica— fuera del centro.
El Universo excéntrico de Shapley planteaba, sin embargo, ciertos problemas. Si
el grueso de la Galaxia se bailaba a uno de los lados del Sol, en dirección a
la constelación de Sagitario, ¿por qué la banda de la Vía Láctea no era
muchísimo más brillante (en vez de algo más brillante) en esa dirección que en
la opuesta, donde sólo existían las últimas estribaciones de la Galaxia?
La respuesta a esta pregunta vino de la mano de la siguiente constatación: el
Universo no se agota en aquello que es perceptible para el ojo humano. No todo
lo que reluce en los cielos más allá del sistema solar es una estrella.
Existían también objetos de brillo más difuso, algunos de los cuales habían
sido registrados convenientemente por Messier, mientras que de otros se tenían
ya noticia antes de la llegada de este astrónomo.
En 1694, por ejemplo, el astrónomo holandés Christian Huygens (1629-1695)
incluyó en su diario la descripción de una zona brillante y difusa en la
constelación de Orión. Las regiones de estas características, cuyo aspecto se
asemeja al de una nube luminosa, recibieron el nombre de «nebulosas» («nébula»
es nube en latín). La descrita por Huygens es la «Nebulosa de Orión».
La Nebulosa de Orión es un objeto descomunal. Se sabe que está situada a una
distancia de 1.600 años-luz; v para que a esta distancia nosotros observemos el
diámetro aparente que vemos, el diámetro real tiene que ser de 30 años-luz. Se
trata de una ingente nube de partículas de polvo muy dispersas si lo medimos
por los patrones terrestres; en efecto, esta nebulosa es un millón de veces
menos densa que los vacíos más perfectos que podemos conseguir en el laboratorio,
pero es tan voluminosa que encierra en su interior una serie de estrellas
calientes, cuya luz refleja y dispersa. Hoy día se conocen otras muchas
nebulosas luminosas de este tipo, algunas de ellas sobremanera hermosas.
Pero así como los astrónomos se dieron cuenta de que ciertas regiones del
espacio despedían una luminosidad suave y difusa, también advirtieron la
existencia de zonas que mostraban una falta sorprendente de luminosidad.
Estudiando con detenimiento la Vía Láctea, William Herschel observó ciertas
regiones en las que existían muy pocas estrellas, aun cuando en ocasiones
estaban rodeadas por otras zonas que reventaban materialmente de ellas.
Herschel, sin complicarse la vida, interpretó estas zonas oscuras como regiones
desprovistas de estrellas, añadiendo que la Tierra estaba situada de tal suerte
que al mirar hacia los cielos se veía directamente el interior de tales
regiones vacías. «No cabe duda —dijo Herschel—, se trata de un agujero en los
cielos.»
A medida que se estudió un número creciente de tales zonas, parecía menos
probable que, carentes por completo e inexplicablemente de estrellas, pudiesen
existir en cantidades tan profusas y que todas ellas estuvieran situadas de tal
modo que la perspectiva nos permitía observar el «agujero». En 1919, E. E.
Barnard había registrado ya la posición de 182 regiones oscuras y hoy día su
número se eleva a más de 350.
A Barnard y al astrónomo alemán Max Franz Cornelius Wolf (1863-1932) se les
antojaba que estas zonas oscuras no eran simples agujeros; no fue ausencia de
materia lo que observaron, sino precisamente la presencia de ella: ingentes
nubes de partículas de polvo que absorbían y bloqueaban la luz de las estrellas
situadas detrás de aquéllas, igual que las nubes de la atmósfera terrestre absorben
e interceptan la luz del Sol.
En resumen, al lado de las nebulosas brillantes existían también «nebulosas
oscuras». Las primeras resplandecían debido a que en su interior albergaban
estrellas; las segundas eran oscuras porque tales estrellas no existían.
Figura 17. La porción visible de la galaxia.
Entre
las nebulosas oscuras más famosas figura la «Nebulosa Cabeza de Caballo» en la
constelación de Orión, que resalta como una cabeza de caballo oscura contra el
fondo luminoso de otra nebulosa brillante. (El autor opina, sin embargo, que
esta nebulosa se parece más bien a la cabeza y hombros de la figura del Lobo
Feroz de Walt Disney.) Otra nebulosa oscura es el «Saco de Carbón», una región
de intensa lobreguez cerca de la Cruz del Sur.
Si las nebulosas oscuras están distribuidas de un modo más o menos uniforme a
lo largo y a lo ancho de la Galaxia, es lógico esperar que su abundancia fuese
máxima precisamente allí donde las estrellas también abundan más.
Efectivamente, la mayor parte de las nebulosas oscuras se encuentran
localizadas en el plano de la Vía Láctea y, en particular, en la dirección de
Sagitario, donde se hallan situados el centro galáctico y el grueso de la
estructura de la Galaxia. Ya vemos, pues, por qué el centro galáctico y todo
cuanto se halla detrás de él aparece oscurecido: la luz procedente de aquellos
lugares se ve interceptada permanentemente por las nubes de polvo.
Cerca del plano de la Vía Láctea existe también una región en la cual tampoco
se observan cúmulos globulares ni ninguno de los objetos distantes que son
comunes en otras porciones del cielo. Esta región se denomina «zona de vacío».
La razón de que la banda de la Vía Láctea muestre un brillo aproximadamente
igual en todas direcciones no estriba en que el sistema solar se halle cerca
del centro de la Galaxia, sino únicamente en que la mayor parte de la luz de
ésta se ve obstruida por las nebulosas oscuras. El fragmento de Vía Láctea que
se observa desde la Tierra sólo es una porción de nuestra vecindad, por así
decirlo; únicamente un extremo de la Galaxia.
Concluyendo: la idea de Shapley de que el sistema solar ocupa una posición
excéntrica en la Galaxia se mantuvo firme, a pesar de que la naturaleza de la
Vía Láctea parecía indicar que nuestro sistema ocupa una posición central.
§. Las dimensiones galácticas
Sin embargo, la conclusión de Shapley no era correcta en todos sus detalles.
Por primera vez en la Historia del hombre, y tras miles de años de subestimar
invariablemente el tamaño del Universo, un astrónomo sobreestimaba las
dimensiones de una porción importante del mismo.
Una vez más, la dificultad surgió en relación con lo no visible. Admitida la
existencia de las nebulosas oscuras, parece razonable preguntarse si existe
alguna parte del espacio que sea perfectamente transparente.
Establezcamos una analogía con la atmósfera. Nadie ignora que una concentración
excesiva de partículas de polvo (ya sean sólidas, como en el humo, o líquidas,
como en la niebla, bruma o nubes) puede obstruir la luz, incluso la luz de un
objeto tan brillante como el Sol. Cuan- ¿o las partículas se encuentran casi a
ras del suelo (en especial en forma- de niebla) la visión resulta
imposible 3distancias relativamente cortas; en casos extremos, la
visibilidad se pierde a unos cuantos metros, lo cual demuestra el poder que
tienen las partículas de niebla o de humo para dispersar la luz.
Parece lógico pensar que cuando el aire está diáfano y libre de cualquier traza
visible de nubes o de bruma, será perfectamente transparente y no interferirá
para nada con la luz. Pero esto es ilusorio. Incluso en los momentos de máxima
claridad, la atmósfera no es perfectamente transparente. Siempre dispersará
algo de luz, como lo demuestra el simple hecho de que el cielo sea de color
azul la radiación azul proviene de la luz solar dispersada). E incluso en las
noches más claras, el aire absorbe una fracción importante de la luz sidérea
que cae sobre la Tierra.
Así, pues, no cabe esperar una transparencia perfecta como no sea del vacío
absoluto. El espacio interestelar es casi un vacío perfecto: mucho más
transparente —incluso en el interior de una nebulosa— que la atmósfera
terrestre, aunque no llega tampoco a una transparencia absoluta. Y el hecho de
que no sea absoluta se debe a la presencia esporádica, aquí y allá, de una
partícula de polvo en el inmenso vacío del espacio interestelar, partícula que
interceptará y desviará ocasionalmente un rayo de luz sidérea. Tomado por
separado, este efecto es insignificante, pero en un intervalo de años-luz como
el que existe de una estrella a otra pueden intervenir un número suficiente de
partículas para que el efecto de dispersión se acumule y resulte en un fenómeno
observable.
El mejor método para detectar este minúsculo efecto de dispersión se basa en el
hecho de que la luz de onda corta se dispersa con más facilidad que la de onda
larga. El proceso de dispersión elimina, por tanto, el extremo azul-violeta del
espectro, y la luz que queda es cada vez más rojiza. En consecuencia, si se
comprobara que las estrellas distantes son más tenues y rojizas de lo normal y
que este efecto aumenta continuamente con la distancia, la presencia de polvo
interestelar sería un hecho muy probable.
El primero que demostró de forma concluyente la presencia de este efecto fue el
astrónomo suizo-americano Robert Julius Trumpler (1886-1956), y lo demostró en
conexión con sus estudios de los cúmulos estelares. Tales cúmulos poseen un
tamaño medio y un brillo medio determinados, y ambos factores deben disminuir
de la misma forma, a saber, proporcionalmente al cuadrado de la distancia. De
aquí se seguía que un cúmulo globular que ocupase una extensión dada del
espacio debía poseer también un brillo determinado.
En 1930, sin embargo, Trumpler constató que la luz de los cúmulos globulares
más distantes era más tenue de lo que cabía esperar a partir de su tamaño. Y
cuanto más alejado el cúmulo, mayor era esta divergencia respecto al brillo
esperado. El área del cúmulo decrecía efectivamente de acuerdo con el cuadrado
de la distancia, pero el brillo parecía disminuir según el cuadrado de la
distancia más cierto factor atenuante adicional. Por otra
parte, cuanto más distante era el cúmulo, más rojizo era su aspecto.
La manera más fácil de explicar este fenómeno consistía en suponer que en el
espacio interestelar existían conglomerados minúsculos de polvo y que estos
conglomerados ejercían un efecto atenuante y enrojecedor a lo largo de
distancias gigantescas. A lo largo de estas distancias ingentes el polvo
conseguía oscurecer y enrojecer el brillo de los cúmulos lejanos, igual que el
polvo contenido en la atmósfera atenúa y enrojece la luz solar durante el
crepúsculo. En el plano de la Vía Láctea, donde la concentración de polvo es
máxima, se estima que la mitad de la energía de un rayo de luz se dispersa al
cabo de un viaje de 2.000 años-luz; la mitad de lo que queda se elimina al cabo
de otros 2.000 años-luz, y así sucesivamente. Al cabo de 30.000 años-luz (la
distancia que nos separa del centro galáctico) sólo quedaría 1/32.000 de la
energía de los rayos luminosos, aun suponiendo que no atravesara ninguna de esas
concentraciones poco usuales de polvo que son las nebulosas oscuras. No es de
extrañar, pues, que resulte imposible ver el centro de la Galaxia con luz
visible. (La luz infrarroja atraviesa el polvo con más facilidad; en un punto
del cielo correspondiente al centro invisible de la Galaxia se ha conseguido
detectar una mancha infrarroja.)
Este efecto atenuador tiene importancia en relación con las lejanas Cefeidas. A
partir del período de una Cefeida concreta se puede determinar su luminosidad,
y comparando ésta con el brillo observado se puede calcular su distancia,
puesto que es muy fácil averiguar a qué distancia se tiene que encontrar una
estrella para que su luminosidad se reduzca aparentemente a ese simple punto de
luz que se observa desde la Tierra. Ahora bien, este cálculo descansa sobre el
supuesto de que la reducción de brillo se debe única y exclusivamente al factor
distancia, cuando lo cierto es que la presencia de polvo interestelar
contribuiría a oscurecer también la luz de una Cefeida lejana. De no ser por la
presencia del polvo interestelar, la Cefeida parecería mucho más brillante,
amolándosenos, por tanto, más cercana. En otras palabras, la existencia de este
polvo (suponiendo que fuese tenida en cuenta) induce a estimar las distancias por
exceso.
La estimación de Shapley, según la cual el centro de la Galaxia se halla a
50.000 años-luz de nosotros, se basaba en el supuesto de que las Cefeidas sólo
perdían brillo por causa de la distancia. Teniendo en cuenta la presencia de
polvo interestelar como un segundo agente atenuador, el centro de la Galaxia
resulta estar a menos de 30.000 años luz. Esto nos sigue situando lejos del
centro galáctico, pero quizá sirva de consueto saber que sólo nos encontramos a
45 años-luz del plano galáctico (el plano imaginario que pasa por el centro y
corta la Galaxia longitudinalmente). Esta es la razón por la cual la Vía Láctea
parece dividir el cielo en dos mitades aproximadamente iguales.
Figura 18. Las nubes de Magallanes y la Vía Láctea
Así,
pues, a principios de la década de 1930-39 se había logrado por fin determinar
las dimensiones de la Vía Láctea tal y como se aceptan hoy día. La Galaxia es
un objeto en forma de lente, de unos 80.000-100.000 años- luz de diámetro;
nuestro sistema solar está situado a unos 27.000 años-luz del centro. El
espesor de la Galaxia es de 16.000 años-luz en el centro y de 3.000 en el punto
donde se baila situado el Sol. Los cúmulos globulares están distribuidos
esféricamente alrededor del centro de la Galaxia y esta esfera de cúmulos tiene
un diámetro global de 100.000 años-luz.
Así, pues, a principios de la década de 1930-39 se había logrado por fin
determinar las dimensiones de la Vía Láctea tal y como se aceptan hoy día. La
Galaxia es un objeto en forma de lente, de unos 80.000-100.000 años- luz de
diámetro; nuestro sistema solar está situado a unos 27.000 años-luz del centro.
El espesor de la Galaxia es de 16.000 años-luz en el centro y de 3.000 en el
punto donde se baila situado el Sol. Los cúmulos globulares están distribuidos
esféricamente alrededor del centro de la Galaxia y esta esfera de cúmulos tiene
un diámetro global de 100.000 años-luz.
Nebulosa
luminosa (Fot. Observatorio Link). Nebulosa Cabeza de Caballo (Fot.
Observatorio M. Wilson y Palomar
Por
otra parte, basándose en las observaciones de las Cefeidas pertenecientes a las
Nubes de Magallanes, fue posible calcular las distancias de éstas. La Nube
Grande de Magallanes dista unos 155.000 años-luz de nosotros, y unos 165.000
años-luz la Nube Pequeña.
Nebulosa Andrómeda. (Fotografía del observatorio Lick)
Su
posición queda indicada en la figura de abajo; hay razones para pensar que
entre ambas Nubes se extienden conexiones débiles, de suerte que ambas
formarían un único sistema. Cabe la posibilidad de que la Nube Grande se
encontrara en tiempos pasados mucho más cerca de nosotros, y es probable que
hace 500 millones de años «rozase» nuestra era Galaxia, aproximándose a unos
65.000 años-luz de su centro.
Ahora bien, el tamaño de la Galaxia no es sólo cuestión del volumen de espacio
que ocupa. ¿Cuántas estrellas contiene?
Para responder a esta pregunta, Jan Oort supuso que la Vía Láctea se concentra
fuertemente en su centro, de modo que la región central contuviese un 90% de
todas las estrellas de la Galaxia. En la hipótesis de que esto fuese cierto,
las estrellas situadas en las afueras de la Galaxia (nuestro Sol, por ejemplo)
girarían alrededor del centro, de la misma forma que la Tierra gira en
torno al Sol.
Además, las estrellas que se encontraran más cerca del centro galáctico
girarían a una velocidad también mayor, mientras que las más alejadas rotarían
más despacio.
Esto es una consecuencia de la teoría gravitatoria y análogo al hecho de que
Mercurio, por ejemplo, que se encuentra más cerca del Sol que la Tierra, se
mueve alrededor de él a una velocidad mayor que la de nuestro planeta, mientras
que Júpiter, más lejano que nuestro planeta, gira a una velocidad menor.)
Figura 19. Rotación Galáctica
Estas
consideraciones sólo son válidas cuando las órbitas de los distintos cuerpos
que giran alrededor del centro son circulares o casi circulares, como ocurre en
el caso ¿e los planetas del sistema solar. El análisis no sería tan directo en
el caso de estrellas cuya órbita en torno al centro galáctico fuese muy
excéntrica.
Ahora bien, si tomamos en consideración un número grande de estrellas, los
efectos de la excentricidad orbital se compensarán mutuamente. Entonces es
fácil ver que las estrellas que se encuentran entre nosotros y el centro
galáctico tenderán a moverse más de prisa que nuestro sistema: irán ganando
terreno y acercándose progresivamente hacia nosotros en dirección radial. Una
vez que hayan pasado a nuestra altura, empezarán a alejarse cada vez más
(radialmente) de nuestro sistema. En cambio, las estrellas que se encuentran
más apartadas que nosotros del centro se moverán más despacio: poco a poco les
vamos ganando terreno, aproximándonos a ellas radialmente, pasamos a su altura
y nos volvemos a alejar.
Así pues, en términos generales debería existir cierta regularidad, tanto en
las velocidades transversales como en las radiales, entre las estrellas más o
menos cercanas a nosotros. Y de hecho existe. Fue precisamente esta regularidad
en las velocidades radiales lo que permitió detectar el movimiento aparente del
Sol hacia el ápex (véase pág. 76); se trata de un movimiento menor, relativo
únicamente a las estrellas más próximas. En 1904 Kapteyn consiguió extraer
conclusiones de tipo más general, afirmando que existían dos corrientes de
estrellas que se movían en direcciones opuestas.
En 1925 Oort demostró que las dos corrientes de Kapteyn no eran sino las
estrellas interiores que iban ganando terreno al Sol, por un lado, y las
exteriores que iban quedando descolgadas, por otro. Oort consiguió determinar
la naturaleza de la rotación general de la Galaxia, y a partir de ahí calcular
la dirección y la distancia del centro galáctico por un método independiente de
la posición de los cúmulos globulares. Demostró que el centro se hallaba a unos
30.000 años-luz- de distancia, en la dirección de Sagitario.
Este resultado concordaba con los cálculos deducidos a partir de los cúmulos
globulares (una vez tomada en cuenta la presencia del polvo interestelar) y
esta concordancia bastó para que el modelo excéntrico de Shapley fuese aceptado
con carácter general por los astrónomos.
Basándose en el estudio de los movimientos relativos de las estrellas, Oort
también logró demostrar que el Sol gira en una órbita aproximadamente circular
alrededor del centro galáctico y a una velocidad (en relación con dicho centro)
de 220 km., por segundo, completando una vuelta al cabo de 230.000.000 de años.
Para que a esa distancia la atracción gravitatoria impulse al Sol a dicha
velocidad, el centro galáctico debe tener una masa 90.000 millones de veces
superior a la del Sol. Si suponemos que el 90% de la masa de la Galaxia está
concentrada en el centro, la masa total de la Galaxia resulta ser 100.000
millones de veces superior a la del Sol.
Los estudios estadísticos de las estrellas parecen indicar que el Sol es una
estrella de masa media, por lo cual cabe especular que la Galaxia contiene unos
100.000 millones de estrellas, aun cuando ciertas estimaciones dan cifras más
altas.
Teniendo en cuenta la inmensa distancia que nos separa de las Nubes de
Magallanes, vemos que la región que ocupan éstas en el espacio es bastante
respetable El diámetro máximo de la Nube Grande quizá sea de unos 40.000 años
luz, es decir, casi la mitad del diámetro de la Galaxia. Sin embargo, las Nubes
de Magallanes tienen una población estelar mucho menos densa que la de nuestra
Galaxia, y éste es quizá el hecho decisivo. La Nube Granee de Magallanes
seguramente no contiene más de 5.000-10 000 millones de estrellas, ni la Nube
Pequeña más de 1.000-2.000 millones. En cuanto al contenido de estrellas, las
dos Nubes juntas no suponen sino una décima parte de la Galaxia, por lo cual
cabría concebirlas como «satélites» de ésta.
Sin embargo, a pesar del menor tamaño de las Nubes de Magallanes, éstas
contienen algunos tipos de objetos que superan en tamaño y espectacularidad a
cualquiera de los que se encuentran en nuestra Galaxia (al menos en aquellas
partes que nos es dado observar). Por ejemplo, la estrella más luminosa que se
conoce, S Doradus, se encuentra emplazada en la Nube Grande de Magallanes (la
estrella se llama así porque la Nube Grande está en la constelación Dorado, el
Pez Espada). S Doradus es una estrella de octava magnitud que no posee un
brillo suficiente para ser observada a simple vista. Pero exhibir ese brillo a
una distancia como la de la Nube Grande de Magallanes supone una luminosidad
monumental. S Doradus es treinta veces más luminosa que Rigel —la estrella más
luminosa de las que se encuentran relativamente cerca de nosotros— y unas
600.000 veces más luminosa que el Sol.
La Nube Grande de Magallanes contiene asimismo la nebulosa Tarántula, una nube
de polvo brillante, parecida a la nebulosa Orión, pero 5.000 veces mayor. La
Nebulosa Tarántula es mucho más grande y espectacular que cualquier objeto
similar que se pueda observar en nuestra Galaxia.
Ya tenemos, pues, una imagen clara de esa porción del Universo que abarca el
gigantesco cúmulo de estrellas a que pertenecemos. Si imaginamos una esfera con
centro en el punto medio de la Galaxia y un radio de unos 200.000 años-luz,
dicha esfera contendría la Galaxia entera y las Nubes de Magallanes, con un
total de 150.000 millones de estrellas, más o menos.
Contenido:
§.
La nebulosa de Andrómeda
§. Novas
§. La galaxia de Andrómeda
§. Las galaxias espirales
§.
La nebulosa Andrómeda
La idea que el Hombre tenía del tamaño del Universo había evolucionado
enormemente en 2.000 años. Recapitulemos.
En el año 150 a. J. había sido definido ya de un modo preciso el sistema
Tierra-Luna. Se comprobó que el diámetro de la órbita de nuestro planeta medía
unos novecientos mil kilómetros y se sospechaba que el diámetro de las órbitas
planetarias era del orden de millones de kilómetros.
Hacia 1800 se había logrado ya fijar la escala del sistema solar. Su diámetro
no era cuestión de millones de kilómetros, sino de miles de millones. La
distancia de las estrellas seguía siendo una incógnita, aunque se suponía que
oscilaba alrededor de los billones de kilómetros como mínimo (es decir, varios
años-luz).
En 1850 se había logrado ya precisar la distancia de las estrellas más
cercanas, comprobando que no era sólo de billones de kilómetros, sino de
decenas y centenas de billones. Aún no se conocía el diámetro de la Galaxia,
pero se suponía que oscilaba alrededor de varios miles de años-luz.
En 1920 quedó establecido definitivamente el diámetro de la Galaxia, pero no en
algunos miles de años-luz, sino en muchas decenas de miles de años-luz.
En cada nuevo estadio, el tamaño de aquella región del Universo cuyas
dimensiones se trataba de averiguar resultaba superior a las estimaciones más
optimistas efectuadas durante la etapa anterior. Pero además se observa que en
cada estadio prevalecía siempre la opinión conservadora, en el sentido de que
la porción cuyas dimensiones acababan de ser fijadas constituía la totalidad o
la casi totalidad del Universo, opinión que, hasta 1920, siempre resultó ser
errónea.
El sistema Tierra-Luna había quedado reducido a la insignificancia al lado del
tamaño del sistema solar. El sistema solar, a su vez, resultó ser diminuto
comparado con la distancia de las estrellas más próximas. Y el sistema de
estrellas más cercanas era insignificante comparado con la Galaxia en su
totalidad.
¿Continuaría este proceso o, por el contrario, representaban la Galaxia y sus
satélites Magallánicos el fin definitivo? ¿Habían avanzado ya los astrónomos
hasta los últimos confines del Universo?
Todavía en 1920 parecía muy posible que por fin triunfara la concepción
conservadora y que la Galaxia y las Nubes de Magallanes abarcaran toda la
materia que existía en el Universo; más allá de ellas podía decirse que no
había nada.
Esta vez la concepción conservadora venía respaldada por argumentos teóricos
muy fuertes. Recordemos que la paradoja de Olbers parecía implicar la
existencia de un Universo finito, lo cual venía apoyado por el hecho de que, al
parecer, las estrellas estaban confinadas dentro de una Galaxia finita y en
forma de lente. Si se comprobaba que fuera de la Galaxia y de sus satélites
existían otros muchos objetos de enorme tamaño, la paradoja de Olbers
plantearía sin duda a los astrónomos en dilema irresoluble.
Mas los astrónomos no podían darse por satisfechos con ese Universo finito de
200.000 años-luz de diámetro. Había razones para sospechar que fuera, muy fuera
de la Galaxia podían existir objetos de gran tamaño y muy numerosos; argüir
contra la existencia de esta sospecha resultaba en extremo difícil.
Uno de los objetos más embarazosos consistía en una mancha de luz de aspecto
nuboso en la constelación de Andrómeda; debido a su situación y a su aspecto,
esta mancha recibió el nombre de «nebulosa de Andrómeda».
La nebulosa de Andrómeda puede observarse a simple vista y aparece como un
pequeño objeto de cuarta magnitud, con el aspecto de una estrella débil y
difusa. Algunos astrónomos árabes la habían registrado en sus cartas celestes,
pero el primero en describirla, dentro ya de los Lempos modernos, fue el
astrónomo alemán Simón Marres (1570-1624) en el año 1612. En el siglo siguiente
Messier la incluyó en su lista de objetos difusos que no eran cometas. Y como
en esta lista figuraba en el puesto trigésimo primero, la nebulosa de Andrómeda
se conoce a menudo como «M31».
En un principio no había razón alguna para pensar que la nebulosa de Andrómeda
difería esencialmente de otras nebulosas, como la de Orión, por ejemplo. La
nebulosa de Andrómeda aparecía en los cielos como una nube luminosa, y eso era
todo.
Algunos astrónomos del siglo XVII llegaron incluso a concebir un lugar para
tales nubes dentro del esquema general de cosas. ¿No sería que las estrellas se
originaron a partir de masas de gas en rotación que, con el tiempo, se
dilataron? Bajo el efecto de su propia gravitación, tajes nubes empezarían a
contraerse y a condensarse y, como consecuencia de ello, a girar con una velocidad
cada vez mayor. A medida que aumentara la velocidad de rotación, la nube se
iría aplanando en una forma lenticular y, ocasionalmente, emitiría un anillo de
gas de su parte más abultada (el ecuador). Conforme el movimiento de giro
siguiese acelerándose, se desgajaría un segundo anillo, después un tercero,
etc. Cada uno de éstos se fundiría en un pequeño cuerpo planetario y lo que
restara de nube se condensaría finalmente en una enorme estrella incandescente
situada en el centro de una familia entera de planetas.
Una teoría tal explicaría ciertamente el hecho de que todos los planetas del
sistema solar giran más o menos en el mismo plano y que todos ellos rotan
alrededor del Sol en el mismo sentido. Además, cada uno de los planetas posee a
su vez un sistema de satélites que giran en torno al centro en un mismo plano y
en el mismo sentido: era como si en el proceso de contracción a partir de un
anillo gaseoso los planetas hubieran emitido a su vez anillos más pequeños.
El primero que asignó al sistema solar un origen de este tipo fue el filósofo
alemán Immanuel Kant (1724- 1804) en el año 1755. Medio siglo más tarde, el
astrónomo francés Pierre Simón de Laplace (1749-1827) publicaba una teoría
similar (a la cual llegó de un modo independiente) en un apéndice a un libro
muy famoso sobre astronomía.
Resulta interesante constatar que Kant y Laplace sostenían puntos de vista
opuestos acerca de la nebulosa de Andrómeda; y esta oposición dio lugar a una
polémica entre los astrónomos que duró siglo y medio.
Laplace concebía la nebulosa de Andrómeda como (posiblemente) un sistema
planetario en proceso de formación; y de hecho, su estructura es tal que parece
denotar claramente un rápido movimiento de rotación. Incluso se puede
distinguir (o al menos convencerse a uno mismo de que se distingue) un anillo
de gas a punto de desgajarse. Por esta razón, la idea de Laplace en punto al
método de formación de los sistemas planetarios se conoce con el nombre de
«hipótesis nebular».
Si Laplace estuviera en lo cierto y la nebulosa de Andrómeda fuese un volumen
de gas que sirviera de precursor para un único sistema planetario, dicha
nebulosa no podía ser un objeto demasiado grande y —en vista de su tamaño
aparente en el telescopio— tampoco demasiado distante.
La hipótesis nebular de Laplace fue bien acogida entre los astrónomos del siglo
XIX, y sus ideas acerca de la nebulosa de Andrómeda representaron la opinión
mayoritaria a lo largo de toda esa época. En 1907 se publicaron ¿artos cálculos
del paralaje de esta nebulosa que, al parecer, demostraban que su distancia era
de 19 años-luz: esto parecía, ciertamente, dejar sentada la cuestión.
Sin embargo, no había que olvidar la concepción opuesta de Kant. A pesar de que
este filósofo también había concebido una hipótesis nebular, no se dejó
arrastrar por la tentación de aceptar la nebulosa de Andrómeda como un puntal
indiscutible de su teoría, sino todo lo contrario: sugirió que la nebulosa de
Andrómeda, así como otros cuerpos similares, quizá representaran descomunales
conglomerados de estrellas, cuyo aspecto de minúsculas manchas difusas sólo
respondía a que se hallaban a una distancia enorme. Kant tenía la sensación de
que se trataba «universos islas», de galaxias independientes, por así decirlo.
Estas hipótesis no se basaban, empero, en datos empíricos a los cuales pudiesen
recurrir los astrónomos de aquella época, razón por la cual ganaron muy pocos
adeptos. Es más, examinadas a fondo, las especulaciones de Kant corrían el
peligro de verse descartadas como pura ciencia ficción.
Pero la idea de Kant no se extinguió. De vez en cuando habrían de surgir
observaciones que no cuadraban completamente en el esquema ortodoxo de Laplace.
Entre ellas figuraba, en lugar destacado, la cuestión de los datos
espectroscopios.
Hablando en términos generales, las estrellas producen una luz tal que al
atravesar un prisma se descompone en ~a espectro casi continuo, interrumpido
únicamente por la presencia de líneas espectrales oscuras. Ahora bien, si
calentamos hasta la incandescencia un gas o un vapor de composición química
relativamente sencilla, la luz que emite da lugar, después de pasar a través de
un prisma, a un «espectro de emisión» consistente en líneas brillantes y
aisladas. (La posición concreta de las líneas brillantes depende de la
composición química del gas o vapor.)
Por otro lado, un espectro continuo presupone por lo general (aunque no
siempre) luz blanca, mientras que un espectro de emisión suele ser el producto
de luz de color, ya que por lo común el brillo total viene dominado por una de
las líneas luminosas correspondientes a un color concreto.
Muchas de las nebulosas brillantes exhiben efectos de color muy delicados (que,
naturalmente, no se manifiestan en las fotografías ordinarias en blanco y
negro). Por ejemplo, cuando Huggins estudió la luz de la nebulosa de Orión,
obtuvo un espectro de emisión con una línea especialmente marcada en el verde,
lo cual permitía concluir que dicha nebulosa, así como otros objetos afines,
contenía grandes masas de gas incandescente.[x]
La luz procedente de la nebulosa de Andrómeda era en cambio de un color blanco
pardusco; en 1899 se logró registrar su espectro y se comprobó que era
continuo.
Si el espectro de la nebulosa de Andrómeda hubiera consistido en líneas
brillantes, la cuestión habría quedado zanjada: la nebulosa estaría formada por
una masa de gas incandescente, sin una importancia mayor para la estructura del
Universo que la que pudiera tener la nebulosa de Orión. Pero tal y como
vinieron los hechos la disputa se mantenía en pie. Ambos factores juntos —luz
blanca y espectro continuo— significaban que la nebulosa de Andrómeda quizá
consistiera en una masa de estrellas tan lejanas que desde la Tierra no era
posible distinguirlas por separado. Por otra parte, tal conclusión no era
inmediata, toda vez que en determinadas circunstancias las nebulosas gaseosas
quizá pudieran emitir luz blanca y un espectro continuo.
La posibilidad que acabamos de apuntar se basa en lo siguiente. Los espectros
de emisión provienen de gases incandescentes que emiten luz propia. Supongamos,
sin embargo, una masa de gas frío que se limitara simple- diente a reflejar de
un modo pasivo la luz sidérea. En este caso, el espectro de la luz sidérea
reflejada sería, en senda, el mismo que el de la luz original (igual que el
espectro de la luz de la Luna es similar al de la luz solar).
Si fuera cierto que la nebulosa de Andrómeda se limitaba a reflejar la luz
estelar, todo quedaría explicado: su espectro concordaría con la teoría de que
se trataba de una mancha de gas no demasiado grande y bastante próxima al Sol.
Pero quedaba un cabo sin atar. Si la nebulosa de Andrómeda sólo reflejaba la
luz sidérea, ¿dónde se hallaban las estrellas cuya luz reflejaba aquélla?
Dentro de la nebulosa de Orión se veían claramente estrellas, y era
precisamente la radiación de éstas la que calentaba la nebulosa hasta una
temperatura suficiente para originar un espectro de emisión. ¿Pero dónde
estaban las estrellas en caso de la nebulosa de Andrómeda? Nadie conseguía
detectarlas.
Precisemos: nadie consiguió detectarlas en lo que tocaba a estrellas
permanentes, pues de vez en cuando sí se observó un objeto de aspecto sidéreo
asociado de forma pasajera con la nebulosa de Andrómeda. Toda vez que este
fenómeno resultó ser altamente significativo, hagamos un paréntesis con el fin
de estudiar con cierto detalle la cuestión de los objetos pasajeros de aspecto
sidéreo.
§. Novas
A cualquier observador casual de la esfera celeste las configuraciones
estelares se le deben antojar necesariamente como fijas e inmutables. Prueba de
ello es que los filósofos griegos basaron la diferencia entre tierra y cielo en
este hecho. En la Tierra —tal era la opinión de Aristóteles— los cambios eran
continuos y perpetuos, pero los cielos permanecían absolutamente invariables.
Cierto que, de vez en cuando, aparecían «estrellas fugaces», fenómeno que un
observador poco experto interpretaría como estrellas que se habían caído del
cielo. Pero el hecho es que por muchas estrellas fugaces que aparecieran, nunca
se observaba la falta de un solo astro en los cielos. Esto llevó a los griegos
a clasificar las estrellas fugaces dentro de la categoría de los fenómenos
atmosféricos, considerándolas, en pie de igualdad con la variación de las nubes
o la caída de la lluvia, como parte de la esfera variable de la Tierra y no de
la esfera inamovible de los cielos. La palabra «meteoro», que se aplica a las
estrellas fugaces, se deriva de un vocablo griego que significa «algo que está
en el aire»[xi]
Los griegos no se equivocaron al suponer que el relámpago de luz que acompaña a
una estrella fugaz es un fenómeno atmosférico. El objeto que origina el
relámpago es, sin embargo, un cuerpo velocísimo (un «meteoroide») cuyo tamaño
oscila entre el de una cabeza de alfiler y el de un objeto de varias toneladas.
Antes de penetrar en la atmósfera terrestre el meteoroide es un cuerpo
independiente del sistema solar. En el momento en que ingresa en la atmósfera,
comienza a calentarse como consecuencia de la fricción hasta el punto de
resplandecer con una luz brillante. Si el meteoroide es pequeño, se consume en
el proceso; si es grande, parte de él sobrevive e incide sobre la superficie
terrestre en forma de «meteorito».
Otra categoría de habitantes temporales de los cielos eran los cometas
esporádicos, acompañados a menudo de esas largas proyecciones de aspecto nuboso
que recuerdan a una cola ondulante o una cabellera al viento. Los astrónomos de
la Antigüedad se inclinaban seguramente por esta última representación, pues
«cometa» proviene de la palabra latina que significa «cabellera». Los cometas
iban y venían de un modo errático, por lo cual los filósofos griegos no dudaron
en incluirlos también entre los fenómenos atmosféricos. Pero en esto se
equivocaron de medio a medio, pues los cometas existen mucho más allá de la
atmósfera terrestre y son, a todos los efectos, miembros del sistema solar: un
conjunto de miembros tan independientes como los planetas mismos.
Supongamos ahora que modificamos la concepción griega y afirmamos que el cambio
es una propiedad del sistema solar y que las estrellas que se hallan fuera de
éste son inmutables. Con esta hipótesis se eliminan no sólo los meteoros y los
cometas, sino también tales variaciones como las fases de la Luna, las manchas
del Sol y los complejos movimientos de los planetas. ¿Esta concepción
restringida de la invariabilidad es sostenible?
A simple vista (en el sentido literal de la expresión) parecería casi que sí.
Cierto que la intensidad de la luz emitida por algunas estrellas varía, pero
tales casos son muy raros y poco espectaculares, aparte de que no son evidentes
para un observador casual. Ciertas estrellas poseen también un movimiento
propio importante, mas este fenómeno es todavía menos palpable que el anterior:
llevaría muchos siglos para asegurarse de la existencia de tales movimientos
sin la ayuda de un telescopio.
Sin embargo, había un tipo de cambio espectacular que sí podía operarse
en los cielos, y operarse de un modo tan claro que hasta el observador menos
minucioso sería rapaz de advertirlo. Nos estamos refiriendo a la aparición real
en los cielos de una estrella completamente nueva y, a veces, sobremanera
brillante. No cabía duda de que tales estrellas eran estrellas, pues carecían
por completo de ese aspecto difuso de los cometas y tampoco eran relámpagos
momentáneos, como los meteoros, sino que persistían durante semanas y meses
enteros.
Estas estrellas nuevas demostraban de dos formas la posibilidad de que se
operasen cambios entre los astros ¿el cielo: por una parte, y como ya hemos
dicho, porque aparecían y volvían a desvanecerse al cabo de cierto tiempo; por
otra parte, porque durante su breve estancia en el firmamento en calidad de
objetos visibles su brillo variaba de un modo ostensible. Sólo el hecho de que
tales objetos fueran tan escasos en número justificaba el que los astrónomos de
la Antigüedad ignoraran su existencia y siguieran aceptando la idea de la
invariabilidad de los cielos.
Efectivamente, hay pruebas de que durante toda la época de la astronomía griega
sólo apareció una de estas estrellas nuevas, y dichas pruebas tampoco son
demasiado convincentes. Se cree que Hiparco registró uno de estos fenómenos en
el año 134 a. C., aunque este extremo no está confirmado, dado que
prácticamente ninguna de sus obras ha llegado hasta nuestros días. Fue el
enciclopedista romano Plinio (23-79 d. C), quien, dos siglos más tarde, hizo
referencia al fenómeno, añadiendo que esta nueva estrella incitó a Hiparco a
confeccionar la primera carta celeste con el fin de que en lo sucesivo
resultara más fácil detectar apariciones de este tipo.
De las estrellas nuevas, la que quizá quepa considerar como la más espectacular
de los tiempos históricos no fue observada en Europa, ya que apareció (en la
constelación Tauro, en junio de 1054) en una época en que la astronomía europea
prácticamente no existía. El hecho de que tengamos noticia de este suceso
debemos agradecérselo a los astrónomos chinos y japoneses, quienes en tal fecha
registraron la aparición de lo que ellos llamaron una «estrella huésped». Este
astro persistió en los cielos durante dos años, y su brillo llegó a ser tan
feroz que en los momentos de máxima luminosidad la nueva estrella superó el
resplandor de Venus, haciéndose fácilmente visible durante el día. A lo largo
de casi un mes fue el objeto más brillante del cielo, después del Sol y de la
Luna.
Más tarde, en noviembre de 1572, apareció otro objeto de esta especie en la
constelación Casiopea, con un brillo que en su apogeo equivalía a cinco o diez
veces el de Venus. Por entonces la astronomía florecía de nuevo en Europa,
coincidiendo además con la juventud impresionable de un astrónomo de primera
fila. Este no era otro que el danés Tycho Brahe, que observó con detenimiento
la nueva estrella y publicó luego, en 1573, un opúsculo sobre ella. Una versión
abreviada de su título en latín es De Nova Stella («Acerca de la nueva
estrella»). Desde entonces, las estrellas que aparecen de un modo repentino
allí donde antes no se observaba ninguna se denominan «novas».
Uno de los puntos importantes que Tycho constató en conexión con la nova de
1572 fue que carecía de un paralaje mensurable, lo cual venía a significar que
su distancia era mucho mayor que la de la Luna y que no podía tratarse de un
fenómeno atmosférico ni, por ende, formar parte del conjunto de fenómenos
variables de la Tierra. ¡Tycho hizo en 1577 la misma observación para cierto
cometa y demostró que éstos, los cometas, tampoco eran fenómenos atmosféricos.)
En 1604 apareció otra nova, esta vez en la constelación de Ofiuco. Fue
observada por Kepler y Galileo, y aunque mucho menos brillante que la de Tycho,
la nova de 1604 seguía siendo un fenómeno notable que en sus momentos de auge
rivalizaba con el planeta Júpiter en ponto a brillo.
Por un capricho curioso del azar, en los tres siglos y cedió que han
transcurrido desde 1604 ninguna otra nova de brillo superlativo ha venido
a-adornar los cielos. Hecho más bien lamentable, pues varios años después de
1604 surgió el invento del telescopio, con lo cual la astronomía entraba en una
nueva era en la que tales fenómenos espectaculares habrían podido ser
estudiados de un modo mucho más provechoso que antes.
Pero esto no quita para que la revolución que trajo consigo el telescopio en la
astronomía afectara de inmediato las ideas relativas a estas novas. En primer
lugar, se comprobó en seguida que las estrellas observables a simple vista no
agotaban, ni mucho menos, el número total de estrellas existentes. Las novas,
por tanto, no eran necesariamente estrellas nuevas, pese a su nombre; pues
podía tratarse de una estrella tenue —demasiado tenue, por lo común, para ser
detectada a simple vista— que por cualquier razón adquiriera un brillo
suficiente para resultar visible. A medida que los astrónomos fueron descubriendo
un número mayor de estrellas variables, tales cambios de brillo dejaron de
parecer fenomenales o incluso poco comunes. Lo que de raro tenían las novas no
era el cambio de brillo, sino la amplitud del cambio. No había ningún
inconveniente en clasificar a las novas como un tipo de estrella variable, pero
siempre que fuese dentro de un tipo particular que recibió el nombre de
«variables cataclísmicas». Los cambios de brillo no parecían ser el mero
resultado de un proceso más o menos periódico y tranquilo, sino la consecuencia
de algún cataclismo de grandes proporciones: algo así como la diferencia que
existe entre la actividad periódica de un geiser y las erupciones esporádicas e
imprevisibles de un volcán.
Por otra parte, mientras que en los días pre telescópicos sólo se podían
observar de un modo directo cambios de brillo muy pronunciados, la invención
del telescopio permitió detectar sucesos mucho menos drásticos.
El hecho de que las novas fuesen asociadas a brillos poco usuales tuvo como
consecuencia el que nadie se ocupara de las más tenues: durante dos siglos y
medio no se registró la presencia de ninguna nova. Más tarde, en 1848, el
astrónomo inglés John Russell Hind (1823- 1895) observó en Ofiuco una estrella
que se abrillantó de súbito. En sus momentos de máximo resplandor no pasó de la
quinta magnitud, de modo que a simple vista debió de percibirse como una
estrella tenue; en los tiempos pre telescópicos seguramente habría pasado
inadvertida. Sin embargo, era una nova.
Desde entonces se empezó a buscar novas de todos los brillos posibles,
descubriendo un número sorprendente de ellas. La que apareció en la
constelación de Aquila en 1918 («Nova Aquilae») resplandeció durante un período
muy breve, pero con un brillo semejante al de Sirio. Sin embargo, ninguna se
aproximó a ese brillo planetario de las novas de 1054, 1572 y 1604.
Hoy día se estima que cada año aparecen unas dos docenas de novas diseminadas
por la Galaxia, aunque son relativamente escasas las que surgen en una
situación tal que permitan ser vistas desde la Tierra.
§. La galaxia de Andrómeda
La cuestión de las novas entró en conexión con el provenía de la nebulosa de
Andrómeda en 1885, cuando en la zona central de ésta se hizo visible una
estrella de aquel tipo: era la primera vez que se observaba una estrella
distinguible en la nebulosa de Andrómeda.
Dos posibilidades cabían: que la estrella se encontrara situada entre la
nebulosa y la Tierra, dando la sensación de hallarse en aquélla debido sólo a
que su posición (la de la estrella) coincidía con la línea visual del
observador, y en ese caso la nebulosa y la estrella no guardarían una conexión
auténtica entre sí; o bien que la nebulosa de Andrómeda estuviera compuesta de
estrellas demasiado tenues para ser visibles desde nuestro planeta y que una de
ellas se hubiera encendido súbitamente, convirtiéndose en una nova y resultando
observable, por tanto, con ayuda del telescopio.
Si esta segunda hipótesis fuese cierta, sería posible determinar la distancia
de la nebulosa de Andrómeda siempre que se admitiera que las novas alcanzaban
invariablemente la misma cota máxima de luminosidad; pues en ese caso las
variaciones del brillo aparente se deberían sólo a una diferencia de distancia,
y calculando la distancia de una nova cualquiera se podía averiguar el
alejamiento de todas las demás. La oportunidad se presentó en 1901, con la
aparición de cierta nova en la constelación de Perseo («Nova Persei»). Se
trataba de un ejemplar bastante más cercano que lo usual, y su distancia se
estimó por el método del paralaje en unos 100 años-luz.
La nova que surgió en la nebulosa de Andrómeda, y que hoy día se conoce como «S
Andromedae», alcanzó en sus momentos de máximo brillo sólo la séptima magnitud
(imposible de detectar sin ayuda del telescopio); |Nova Persei llegó en cambio
a una magnitud de 0,2. Admitiendo que ambas novas habían adquirido la misma
luminosidad, S Andromedae tendría que ser unas dieciséis veces más distante que
Nova Persei para compensar la diferencia de brillo. Así pues, en 1911 se llegó
a la conclusión de que la distancia de S Andromedae era de 1.600 años-luz.
Si S Andromedae formaba parte, efectivamente, de la nebulosa de Andrómeda, ésta
se hallaría, igual que la estrella, a 1.600 años-luz. Si, por el contrario,
sucediera que S Andromedae se hallaba simplemente en la línea visual del
observador terrestre, la nebulosa tendría que estar situada más allá de la nova
y, por consiguiente, a más de 1.600 años-luz de nosotros. En cualquier caso,
pues, la nebulosa distaba como mínimo 800 veces más de lo que se había
calculado a partir de los datos paralácticos obtenidos en 1907. Y a una
distancia de 1.600 años-luz, la nebulosa tenía que ser bastante grande para
aparecer a través del telescopio con el tamaño con que aparece. Era difícil que
representara un único sistema planetario en proceso de formación, como Laplace
había supuesto. Sin embargo, el punto de vista kantiano tampoco podía aceptarse
sin más. Aun a 1.600 años-luz de distancia, la nebulosa Andrómeda tenía que ser
simplemente una componente de nuestra Galaxia.
Ahora bien, el razonamiento anterior se basaba en el supuesto de que S
Andromedae y Nova Persei alcanzaban realmente la misma luminosidad. ¿Y si esta
hipótesis no fuera válida y S Andromedae fuese en realidad mucho más luminosa
que Nova Persei o, por el contrario, mucho menos luminosa? ¿Cómo averiguarlo?
El astrónomo americano Heber Doust Curtís (1872- 1942) pensó que el único modo
de llegar a alguna conclusión en este problema era seguir buscando novas en la
nebulosa de Andrómeda, pues lo que en el caso de una estrella resultaba
imposible de juzgar quizá saltara a la vista en un estudio comparativo de
muchas de ellas. En consecuencia, puso manos a la obra y estudió cierto número
de novas en la nebulosa de Andrómeda, llegando por fin a dos conclusiones.
En primer lugar, el número de novas localizadas en la nebulosa era tan grande
(unas cien se han detectado hasta ahora) que había que excluir la posibilidad
de que no estuvieran asociadas con la nebulosa. Resultaba ridículo suponer que
todas aquellas novas habían surgido, por pura casualidad, precisamente entre
las estrellas situadas en la línea visual que unía al observador terrestre con
la nebulosa. Tal concentración fortuita de novas era un suceso en extremo
improbable. Ello significaba, además, que nebulosa de Andrómeda no era
simplemente una nube de polvo y gas que reflejaba de un modo pasivo la luz
solar, sino todo lo contrario: tenía que componerse de numerosas estrellas;
muchas, en efecto, para que entre rilas apareciesen tantas novas (un tipo muy
raro de estrellas). El hecho de que todas esas estrellas no se pudieran
discernir ni siquiera con ayuda de un telescopio de buen tamaño indicaba que la
nebulosa se hallaba a una distancia enorme. En segundo lugar, todas las novas
observadas en la nebulosa de Andrómeda después de 1885 eran mucho más tenues
que lo que había llegado a ser S Andromedae. En 1918 Curtis señaló que estas
otras novas debían compararse a Nova Persei y que S Andromedae constituía un
caso excepcional de brillo extraordinario.
Equiparando la luminosidad de las novas ordinarias de la nebulosa de Andrómeda
a la de Nova Persei, la distancia que explicaría la extrema tenuidad de
aquéllas tendría que rondar los cientos de miles de años-luz como mínimo. La
distancia explicaría asimismo el hecho de que la nebulosa no se pudiera
desglosar telescópicamente en estrellas aisladas y distintas. A esas distancias
las estrellas resultaban demasiado débiles para poderlas discernir por
separado, a menos, claro está, que se abrillantaran de un modo radical como
ocurre con las novas.
Así pues, si la nebulosa de Andrómeda se hallaba efectivamente a una distancia
del orden que acabamos de señalar, tenía que estar situada muy fuera de los
límites de la Galaxia; y para que desde nuestro planeta se la observase del
tamaño que la vemos, debía ser un gigantesco conglomerado compuesto de un
sinfín de estrellas. En otras palabras, un universo isla del tipo que Kant
había descrito años atrás.
La conclusión de Curtis no fue aceptada ni mucho menos por otros astrónomos;
Shapley mismo era contrario a ella.
Por aquel entonces apareció en escena el astrónomo americano Edwin Powell
Hubble (1889-1953). Hubble opinaba que el argumento de las novas no podía ser
concluyente desde el momento en que no se sabía lo suficiente acerca de ellas.
Pero si la nebulosa de Andrómeda fuera efectivamente un universo isla, la
construcción de un nuevo telescopio —más potente que los utilizados por los
astrónomos del siglo XIX— podría zanjar la cuestión al poner de manifiesto las
distintas estrellas de la nebulosa. A partir de las estrellas ordinarias, mucho
menos misteriosas que las novas, sería entonces posible extraer conclusiones
más sólidas acerca de la nebulosa.
En 1917 se instaló un nuevo telescopio (el «telescopio Hooker», construido
gracias a las donaciones de John D. Hooker, de Los Angeles) en Mount Wilson,
justo al noreste de Pasadena. Llevaba un espejo de 100 pulgadas de diámetro que
convertía a este telescopio en el más potente —y con gran diferencia— del
mundo, privilegio que habría de conservar durante toda una generación.
Hubble dirigió el telescopio de Mr. Wilson hacia la nebulosa de Andrómeda y
logró discernir estrellas aisladas en las afueras de la nebulosa. Esto ponía
punto final a uno de los problemas: la nebulosa estaba compuesta de estrellas,
no de gas y polvo.
Hacia finales de 1923 Hubble consiguió identificar una de las estrellas como
una variable que poseía todas las características de una Cefeida. Poco después
localizó otras Cefeidas.
Esto era exactamente lo que necesitaba. Por aquellos días Shapley había
conseguido ya determinar la escala Cefeida, de forma que conociendo el período
de variación de las Cefeidas de Andrómeda, Hubble podía deducir inmediatamente
la luminosidad real de dichas estrellas, siempre que fuese lícito suponer que
las leyes que gobernaban a las Cefeidas de nuestra Galaxia y a las de las Nubes
de Magallanes fuesen las mismas que regían para las Cefeidas de la nebulosa de
Andrómeda.
Una vez calculada la luminosidad de las Cefeidas de la nebulosa de Andrómeda
podía pasarse a calcular su distancia, apoyándose para ello en su brillo
aparente; la distancia determinada proporcionaba directamente la lejanía de la
nebulosa. Hubble calculó que dicha distancia era de unos 800.000 años-luz.
Así pues, hacia mediados de la década de 1920-29 la cuestión quedó resuelta y
desde entonces no ha sido puesta nunca en duda. La nebulosa de Andrómeda no es
un miembro de la Galaxia, sino que está localizada mucho más allá de sus
fronteras. Es un conglomerado inmenso e independiente de estrellas: un universo
isla. Kant estaba es lo cierto; Laplace se había equivocado.
En consecuencia, Hubble sugirió que la nebulosa de Andrómeda debía considerarse
como uno de los miembros de cierta clase de «nebulosas extragalácticas» a distinguir
de las «nebulosas galácticas» ordinarias como la de Orión. Shapley, que
entretanto se había convertido a la nueva concepción, juzgó inadecuada esta
terminología. La nebulosa de Andrómeda no podía ser comparada a la nebulosa de
Orión ni siquiera en la terminología; tan sólo podía equipararse a la Galaxia.
La nebulosa de Andrómeda era otra Galaxia con todas las de la ley; Shapley
sugirió que a todos los objetos de este tipo se les diese el nombre de
«galaxias».
Hoy día se habla, por tanto, de la «galaxia Andrómeda». Para distinguir a
nuestra propia Galaxia se la escribe con mayúscula, anteponiendo además el
artículo definido, «la Galaxia», como hemos venido haciendo en los últimos
capítulos de este libro, o bien se la denomina «la galaxia de la Vía Láctea».
§. Las galaxias espirales
Ahora bien, la galaxia de Andrómeda no era un ejemplar único de algo situado
más allá de la Galaxia. Era sólo un miembro de un grupo muy numeroso, aunque
ciertamente el de aspecto mayor (con gran diferencia) y, prescindiendo de las
Nubes de Magallanes, el único observable a simple vista[xii].
Galaxia del Torbellino. (Fotografía del Observatorio Mount Wilson y Palomar)
En
su catálogo de 1781 Messier alistó varias docenas de nebulosas que, al igual
que la de Andrómeda, no podían resolverse en estrellas bien distintas aunque
débiles, ni exhibían dentro de ellas cierto número de astros brillantes; estas
nebulosas registradas por Messier resultaron ser galaxias. William Herschel
localizó, a lo largo de su escrutinio general del firmamento, nada menos que
unas 2.500 nebulosas de este tipo; y su hijo John Herschel, en una
investigación similar del hemisferio austral, observó otras tantas.
Galaxia Sombrero (Observatorios Mount Wilson y Palomar). Nebulosa planetaria
(Mount Wilson y Palomar.)
Tales
nebulosas fueron observadas en todas las regiones del cielo excepto en el plano
de la Vía Láctea; esta ausencia se debía, como bien señalaron los astrónomos, a
que las nebulosas que pudieran hallarse en esa zona se veían oscurecidas por
las nubes de polvo y las masas estelares localizadas en dicho plano.
A principios del siglo XX se conocían ya unas 13 000 nebulosas del tipo de la
de Andrómeda, y todo parecía indicar que restaban otras muchas por detectar.
Hoy día sabemos que existen 50.000 nebulosas de esta clase con brillo mayor que
la magnitud 15 y muchos millones más de brillo menor.
El astrónomo irlandés William Parsons, tercer Conde de Rosse (1800-1867),
estudió estas nebulosas de una forma mucho más minuciosa que cualquier otro
científico del siglo XIX. A este efecto instaló en sus posesiones un telescopio
de 72 pulgadas; pero el tiempo solía ser tan malo que poco fue el provecho que
pudo sacar del nuevo instrumento. Sin embargo, esto no le impidió estudiar las
nebulosas, observando en 1845 que algunas de ellas exhibían claramente una
estructura de espiral, algo así como si se tratara de torbellinos de luz
destacando contra el fondo negro del espacio.
Estas estructuras presentan un aspecto aplanado, y vistas de canto parecen
objetos alargados en forma de lente como nuestra Galaxia) en los cuales no
resulta visible la estructura espiral (en los casos en que ésta existe).
Algunas nebulosas están situadas de tal modo que desde nuestro planeta se
observan de plano, y entonces sí se roñe claramente de manifiesto la estructura
espiral. Un ejemplo sobremanera espectacular es «M51», conocida también por su
forma con el nombre de «Nebulosa de Torbellino» (hoy decimos «galaxia de
Torbellino»): fue la primera nebulosa en que Parsons detectó una estructura espiral.
En 1888, y gracias a las imágenes tomadas por Isaac Roberts, un fotógrafo
aficionado inglés, se comprobó que la galaxia de Andrómeda poseía también una
forma espiral.
Como resultado de todos estos hallazgos, los astrónomos comenzaron a hablar de
un nuevo tipo de objetos: las «nebulosas espirales» o, como se dice hoy día,
las «galaxias espirales», que consisten en una condensación central
—relativamente pequeña en algunos casos, mucho mayor en otros— llamada «núcleo
galáctico», y en los «brazos espirales», que rodean al núcleo.
Al parecer existe una diferencia bien marcada entre sus propiedades del núcleo
galáctico y las de los brazos espirales. Los núcleos se asemejan a gigantescos
cúmulos globulares, y al igual que éstos parecen estar relativamente exentos de
nubes de polvo. Los brazos espirales, por el contrario, son ricos en este tipo
de nubes, que a menudo resultan claramente visibles.
El polvo galáctico es muy ostensible en el caso de ciertas galaxias espirales
que nos es dado observar «de canto». Un ejemplo de ellas es NGC 891 [xiii] en la
constelación de Andrómeda. En esta galaxia, las nubes de polvo situadas a lo
largo de la línea del ecuador producen una franja oscura y recortada. Lo mismo
ocurre en el caso de cierta galaxia de aspecto maravilloso situada en la
constelación de Virgo; el núcleo galáctico es enorme y los brazos espirales
bastante compactos. Desde la Tierra se observa casi de canto, por lo cual el
polvo de los brazos produce el efecto de una elipse muy achatada alrededor del
borde. La imagen resultante es casi idéntica a la que nos ofrece Saturno con
sus anillos oscuros. El borde oscuro recuerda al ala de un sombrero, por lo
cual este objeto recibe el nombre, un tanto familiar, de «galaxia Sombrero».
Hacia 1900, el astrónomo americano James Keefer (1857-1900) demostró que
aproximadamente un 75% de las galaxias tienen una estructura espiral. Entre
ellas figura, como ya dijimos antes, la galaxia de Andrómeda, aun cuando
nosotros, desde la Tierra, la percibimos tan de canto que sus brazos espirales
no resultan tan evidentes como quizá nos gustase. Aun así, el aspecto de la
galaxia de Andrómeda recuerda claramente a un remolino, hasta el punto de que
aquella idea de Laplace que interpretaba esta galaxia como una masa de gas en
rotación resulta más que plausible.
La opinión que prevalece hoy día es que nuestra Galaxia también posee una
estructura espiral, idea que sugirió en origen el astrónomo americano Stephen
Alexander (1806-1883) en el año 1852. Muy bien pudiera ser que su aspecto fuese
muy similar al de la galaxia de Andrómeda (aunque los datos más recientes
parecen indicar que la Galaxia posee un núcleo menos prominente). El Sol está
localizado en uno de los brazos galácticos y ello hace que estemos rodeados por
nubes de polvo que oscurecen el cuerpo principal de la Galaxia.
Aproximadamente un 20% de las galaxias poseen una forma elipsoidal o esferoidal
y éstas, al parecer, no consisten más que en un núcleo galáctico sin brazos
espirales. Este tipo se denomina por lo común «galaxias elípticas».
El 5% restante está compuesto por «galaxias irregulares» sin ninguna estructura
simple y definida. Las Nubes de Magallanes se ponen a menudo como el ejemplo
más conocido de esta categoría, aun cuando tal concepción fue puesta en tela de
juicio hacia los años 1950-59 por el astrónomo galo-americano Gerard Henri de
Vaucouleurs (n.. 1918), afirmando que poseían una estructura espiral. Señaló
que la Nube Grande de Magallanes tiene un único brazo que se extiende hacia
afuera a lo largo de varias decenas de miles de años-luz. La Nube Pequeña de
Magallanes se ve prácticamente de canto, lo cual impide distinguir la
estructura espiral, caso de que existiera.
Los astrónomos modernos no pueden dar una cota máxima del número de galaxias. A
medida que los instrumentos astronómicos van perfeccionándose y las observa-
dones van siendo más cuidadosas, el número de galaxias visibles también
aumenta; hasta la fecha no parece que la densidad de estos objetos decrezca en
ninguna dirección. Los astrónomos sospechan que el número total de galaxias
localizadas en aquella región del Universo que nos es dado observar con los
instrumentos más perfectos puede ser de 100.000 millones, y hoy por hoy nada
nos autoriza a pensar que el número de las que existen en realidad no es
infinitamente mayor.
Por otra parte, la galaxia de Andrómeda es el miembro más brillante de las
espirales (nos referimos a aquellas raya estructura es claramente espiral) y,
entre las de tamaño mayor, la más cercana. Si dicha galaxia dista 50.000
años-luz de nosotros, las más tenues que podemos discernir en el firmamento
tienen que hallarse a muchos cientos (posiblemente miles) de millones de años-
luz de distancia.
Vemos, pues, que hacia 1925 la noción que tenía el hombre acerca del tamaño del
Universo experimentó otra ampliación colosal. Tanto es así que los astrónomos
se vieron de nuevo enfrentados con el problema del infinito. Un siglo antes, la
paradoja de Olbers parecía refutar la posibilidad de un Universo infinito, y la
observación de Herschel de una Galaxia finita apoyaba esta teoría. Durante un
siglo entero, la noción de un Universo finito imperó de una forma indiscutida.
Mas ahora, en ese nuevo Universo ampliado de las galaxias, en plural, no había
signo alguno de finitud Se imponía abordar de nuevo el problema de la paradoja
de Olbers, pero esta vez con galaxias en lugar de estrellas.
En este nuevo intento se comprobó que el problema de la extensión del Universo
en el espacio —es decir, la cuestión de si era o no infinito— resultó estar
íntimamente ligado con el problema de la extensión del Universo en el tiempo:
si era o no eterno.
En este nuevo intento se comprobó que el problema de la extensión en el
espacio. Antes de proseguir en esta dirección, resultará útil atender al
problema de la extensión en el tiempo.
Capítulo 7
La edad de la Tierra
Contenido:
§.
Momento angular
§. La conservación de la energía
§. Energía nuclear
§.
Momento angular
La idea de que los cielos son invariables (idea que sostuvieron los astrónomos
durante mucho tiempo) implicaba como corolario que éstos, los cielos, son
también eternos. No cabe duda de que el principio y el fin son los cambios más
drásticos de cuantos puedan concebirse, y las observaciones astronómicas
realizadas en tiempos de la Antigüedad no aportaban prueba alguna de un posible
principio o fin. (Cierto que algunos hombres hablaban de la creación o
destrucción del Universo por parte de ciertos agentes sobrehumanos, pasando
luego a describir estos procesos con detalle, pero tales descripciones son
producto de la inspiración interna, no de hechos astronómicos reales).
Sin embargo, con la llegada de los tiempos modernos hubo que reconocer que los
cielos no eran absolutamente mutables; buena prueba de ello eran las novas. De
este modo, se planteó el problema de si esta posibilidad de variación implicaba
o no un cambio último, en el sentido de un principio y de un fin, y en caso
afirmativo cuándo había comenzado y cuándo terminaría el Universo.
Lo más fácil era abordar primero el problema en conexión con el sistema solar,
que hacia 1700 ya se conocía con bastante detalle.
En 1687 Newton había establecido la teoría de la gravitación universal, según
la cual todo cuerpo en el Universo atraía a cualquier otro con una fuerza
proporcional al producto de las masas e inversamente proporcional al cuadrado
de la distancia que separa a ambos.
En el sistema solar, la masa del Sol predominaba de una manera tan abrumadora
que permanecía casi inmóvil, mientras que los planetas, mucho menos masivos,
respondían a la fuerza gravitatoria solar con un movimiento de rotación
alrededor del Sol siguiendo órbitas elípticas. (En realidad el Sol también se
mueve en respuesta a la atracción gravitatoria de los planetas. El centro de
gravedad del sistema solar, alrededor del cual se mueven los planetas y el Sol,
está situado cerca del centro de este astro, pero no coincide exactamente con
él. Y en ocasiones se encuentra tan alejado de dicho centro que llega a caer
incluso un poco fuera de la esfera solar. Sin embargo, esto no pasa de ser un
simple detalle en una estructura de proporciones inmensas, por lo cual no se
comete una imprecisión demasiado grave si se supone que los planetas giran en
torno a un Sol esencialmente inmóvil).
El sistema solar no puede considerarse invariable, en el sentido de fijo e
inmóvil, desde el momento en que todas sus partes componentes (incluido el
propio Sol) se mueven constantemente con respecto al centro de gravedad del
sistema.
Ahora bien, ya que no existe un equilibrio estático, quizá haya por lo menos un
equilibrio dinámico. En otras palabras: aunque todas las partes del sistema se
muevan, pudiera ocurrir que todos los movimientos fuesen periódicos,
repitiéndose una y otra vez indefinidamente y sin experimentar cambios
importantes; en este sentido cabría considerar el sistema solar como
invariable.
Pero ¿es lícito suponer que dichos movimientos son verdaderamente periódicos?
La Tierra giraría alrededor de! Sol de una manera absolutamente periódica, sin
cambiar su órbita, siempre que estos dos cuerpos fuesen los trucos objetos en
el Universo. Pero de hecho no lo son; existen otros muchos y cada uno de ellos
afecta al sistema Tierra-Sol por medio de la gravedad. Los planetas vecinos
influyen sobre el movimiento de la Tierra a través de la fuerza de gravitación,
igual que influyen la Luna e incluso las estrellas remotas.
A la hora de hacer cálculos precisos de la órbita terrestre es necesario tener
en cuenta estos efectos menores sobre el movimiento de nuestro planeta
(«perturbaciones»). De igual modo, los movimientos de los demás planetas
también se ven afectados por perturbaciones.
A corto plazo, estas perturbaciones no influyen de un modo serio en el sistema
solar. A lo largo de toda la historia del hombre, el día y el año han
permanecido esencialmente invariables, y los movimientos de los planetas han
persistido con una constancia casi absoluta. Mas la historia de las
observaciones astronómicas tiene una antigüedad de sólo algunos miles de años
como mucho, y esto no representa sino un instante en la historia del sistema
solar. ¿Y el proceso a largo plazo?
Teóricamente sería posible recurrir a la ley de la gravitación universal para
predecir el movimiento de cualquier objeto del Universo bajo la influencia
gravitatoria de todos los demás. Podríamos entonces hacer funcionar
(matemáticamente) la maquinaria del sistema solar hacia atrás y hacia adelante
en el tiempo y a lo largo de períodos de duración ilimitada, lo mismo que se
hace, aunque para lapsos breves, en los modernos planetarios. De esta forma
cabría comprobar si existen o no cambios sistemáticos que acabaron por reunir a
los distintos cuerpos del sistema solar en el pasado remoto o que concluirán
por disgregarlos en el futuro lejano.
Por desgracia, un estudio directo de esta especie no es viable. Las ecuaciones
que hay que plantear para estudiar los movimientos de sólo tres cuerpos,
relacionados gravitatoriamente, son ya tan complicadas que no admiten una
solución completa. ¿Qué decir, entonces, acerca de un sistema solar que
consiste en una docena de cuerpos mayores y un número incontable de objetos
menores? Era preciso, por tanto, hacer aproximaciones drásticas, pero aun en
estas condiciones el problema exigía la dedicación plena de cerebros de primera
fila.
El problema fue abordado por el astrónomo francés Joseph Louis Lagrange
(1736-1813), seguido más tarde por Laplace. Fue éste último quien finalmente
resolvió la cuestión de un modo satisfactorio en su libroMecánica Celeste , publicado
en cinco volúmenes entre 1799 y 1825. Laplace demostró que si bien las
perturbaciones introducían pequeñas variaciones en las órbitas planetarias,
estas variaciones eran periódicas; es decir, las características de la órbita
cambiarían en una dirección, luego en la otra, y así indefinidamente. A la
larga, la forma media de la órbita permanecería constante.
En otras palabras, el sistema solar se encontraba en equilibrio dinámico: podía
continuar indefinidamente en el futuro y quizá tuviera ya a sus espaldas un
pasado indefinido. (Esto sólo reza en el supuesto de que no intervengan
influencias perturbadoras desde fuera del sistema solar, de que ninguna
estrella invada nuestras proximidades inmediatas, de que las estrellas, tal y
como están situadas en la actualidad, ejercen influencias gravitatorias
demasiado pequeñas para ser tenidas en cuenta, etcétera. Esta hipótesis es
bastante razonable, incluso para períodos de tiempo prolongados.)
Aunque en la naturaleza intrínseca de la mecánica gravitatoria del sistema
solar no hay nada que le impida ser eterno, el concepto de eternidad es un
concepto embarazoso que para la mente humana resulta tan poco aceptable como el
de infinito. Por esta razón se emprendió la búsqueda de un posible comienzo,
añadiendo algo más a la fuerza de gravedad.
Por ejemplo, si la atracción gravitatoria del Sol fuese la única fuente
de movimiento en el sistema solar los planetas reaccionarían desplomándose
inmediatamente hacia aquel astro. El hecho de que girasen alrededor de él —lo
mismo que los cometas y los asteroides— y de que los distintos satélites
rotaran de un modo similar en torno a los planetas significaba que cada uno de
estos cuerpos poseía un movimiento más o menos perpendicular a la fuerza de
gravitación del Sol. Pero este movimiento no se había ni podía haberse
originado a partir de la atracción gravitatoria del Sol. ¿Cómo había surgido
entonces?
Formulémoslo de otra manera. Cualquier movimiento fundamentalmente circular, ya
sea el de un objeto que pira alrededor de su propio eje o el de un cuerpo que
rota en su totalidad en torno a un objeto mayor que él, lleva implícita la
posesión, por parte del cuerpo en movimiento, de una propiedad llamada «momento
angular». La cantidad de momento angular que posee un cuerpo depende de tres
factores: su masa, la velocidad del movimiento circular y la distancia que
separa al cuerpo (o a las diversas partes que lo componen) del centro alrededor
del cual gira.
En el siglo XVIII los físicos vieron claramente, a través de observaciones de
fenómenos propios de nuestro planeta, que el momento angular ni se creaba ni se
destruía, pero que podía transferirse, sin pérdidas ni ganancias, de un cuerpo
a otro. Esta es la «ley de la conservación del momento angular». No había razón
(ni la hay hoy día) para pensar que el momento angular no se conserva en el
Universo como un todo, igual que se conserva en la Tierra. Así pues, cualquier
teoría que pretenda describir el origen del Universo o de una parte importante de
él debe respetar esta ley.
Ahora bien, si el momento angular no se crea, ¿cómo es que existe? Una forma de
salir de este aparente dilema consiste en percatarse de que el momento angular
puede darse en dos variedades diferentes, según la dirección de giro. Hay
momentos angulares «en el sentido de las manillas del reloj» y momentos
angulares «en sentido contrario a las manillas del reloj». Si el momento
angular en el sentido de las manillas del reloj se toma como positivo, el otro
debe tomarse como negativo. Al sumar cantidades iguales de las dos variedades,
aquéllas se cancelan mutuamente, formando un sistema combinado sin ningún
momento angular. De modo análogo, un sistema sin momento angular puede
dividirse en dos sistemas, uno de los cuales posea cierta cantidad de momento
angular en el sentido de las manillas del reloj y el otro una cantidad idéntica
de momento angular contrario a las manillas. De esta forma, el momento angular
parece crearse y destruirse, pero todo ello sucede en realidad sin violar la
ley de conservación del momento angular. Cabría suponer, por ejemplo, que en un
principio el Universo no contenía momento angular alguno, pero que durante el
proceso de formación ciertas porciones adquirieron una de las variedades y el
resto la otra.
Si miramos el sistema solar desde un lugar situado muy por encima del polo
norte de la Tierra, veríamos que el Sol, la Tierra y la mayor parte de los
cuerpos del sistema giran alrededor de sus respectivos ejes en dirección
contraria a las manillas del reloj. Por otra parte, también se observaría que
casi todos los planetas y satélites rotan en torno a sus cuerpos centrales
respectivos en ese mismo sentido. Esto significa que el sistema solar no posee
cantidades iguales de los dos tipos de momento angular y que, por ende, no puede
ser considerado como un sistema fundamentalmente exento de momento angular. Al
contrario: el sistema solar posee gran cantidad de momento angular, y cualquier
teoría que pretenda explicar el origen de este sistema debe tenerlo en cuenta.
Supongamos, por ejemplo, que el sistema solar comenzó en la forma de una vasta
nube de polvo y gas muy dispersos, de acuerdo con la idea de Laplace formulada
en su hipótesis nebular. La nube quizá poseyera ya cierta reserva de momento
angular, reserva que representaría la parte que le correspondió a la nube en el
momento en que el Universo, como un todo, adquirió existencia propia. O bien,
si suponemos que la nube no poseía en origen momento angular alguno, pudiera
haber ocurrido que aquélla entrara en la esfera de influencia de la debilísima
atracción gravitatoria de estrella relativamente cercana, la cual tendería a
tirar con más fuerza del extremo de la nube más próximo a ella que del extremo
opuesto. Esto ejercería un «par» sobre la nube, imprimiéndole un movimiento
circular. Naturalmente, la nube habría recibido este momento angular a expensas
de la cantidad poseída en origen por la estrella, con lo cual la reserva de
momento angular que esta tuviera en origen se vería mermada de un modo
correspondiente.
Sea cual fuere la fuente de la rotación, la nube, girandoya lentamente, se
encontraría sometida a la influencia de la atracción gravitatoria mutua de sus
partículas constituyentes y empezaría a contraerse paulatinamente. A medida que
la nube se contrajera, las diversas partes que la componen se irían aproximando
cada vez más al centro común en torno al cual todas ellas giran. Este
acortamiento de la distancia global al centro bastaría, por sí solo, para
destruir parte del momento angular, si no fuera porque esta disminución se
viese contrarrestada por un aumento de la velocidad de rotación. (No olvidemos
que el momento angular depende de estos dos factores, además del de la masa;
sin embargo, en las condiciones anteriores la masa no varía, por lo cual sólo
hace falta considerar la distancia y la velocidad angular. Una disminución de
cualquiera de estas dos implica automáticamente el aumento de la otra.)
La ley de la conservación del momento angular exige por tanto que ese esferoide
inmenso de gas en rotación comience a girar más deprisa a medida que se
contrae. Bajo la influencia de un efecto centrífugo en constante aumento el
ecuador comienza a proyectarse hacia afuera, transformando el esferoide en un
elipsoide cada vez más aplastado. Por último, del plano ecuatorial del
elipsoide empiezan a desgajarse diversas porciones a intervalos diferentes, que
más tarde se condensan en planetas.
La hipótesis nebular de Laplace parecía explicar muchos hechos y llevaba el
marchamo de una teoría perfectamente plausible. A lo largo de todo el siglo XIX
gozó de gran popularidad entre los astrónomos, así como entre el público en
general. Conforme fueron transcurriendo las décadas de este siglo se comprobó
que la hipótesis nebular parecía ajustarse muy bien a ciertos descubrimientos
clave de la Física y que podía constituir un método para determinar la edad de
la Tierra.
§. La conservación de la energía
En la década de 1840-49 vino a establecerse de una forma muy sólida una nueva
ley de conservación, aún más potente que la que gobernaba el momento angular Se
trata de la «ley de la conservación de la energía», producto del trabajo de
muchos hombres, pero enunciada por vez primera de un modo claro por el físico
alemán Hermann Ludwig Ferdinand von Helmholtz (1821-1894) en el año 1847.
Figura 20. La hipótesis nebular
La
ley de la conservación de la energía afirma que la energía puede ser
transferida de un lugar a otro, pero nunca ser creada ni destruida.
El sistema solar posee una reserva descomunal tanto de energía como de momento
angular; procede, por tanto, preguntarse de dónde proviene dicha energía.
En primer lugar debemos señalar que existe una diferencia esencial entre el
problema de la oferta de energía del sistema solar y el problema de su oferta
de momento angular. En lo que atañe al momento angular, podemos decir que las
reservas del sistema solar se crearon en el momento en que se formó el sistema
(del modo descrito en la sección anterior) y, una vez establecido esto,
descansar tranquilos. El sistema solar no pierde una cantidad apreciable de
momento angular Este sólo puede disiparse interacción con las remotísimas
estrellas o con las diminutas briznas de materia que pululan por el espacio.
Tales procesos robarían o añadirían ciertamente momento angular a las reservas
del sistema solar, pero a un ritmo lento (comparado con la cantidad total
disponible) el proceso, en conjunto, podría ser ignorado incluso períodos de
tiempo muy dilatados. Parece perfectamente lícito suponer que el sistema solar
posee hoy el mismo momento angular que poseía hace millones de o que poseerá
dentro de millones de años, ponga por caso.
¡No sucede lo mismo con la energía. En el sistema solar la energía se
manifiesta bajo formas muy diversas, y una de ellas es la radiación que mana
continuamente del Sol. La cantidad de energía que representa esta radiación es
sencillamente colosal, y casi toda ella se derrama a un enorme en los vastos
espacios situados más allá del sistema solar. Además, según los conocimientos
que tenemos hoy día, la cantidad de energía que regresa al sistema es prácticamente
nula.
Esto significa que la cantidad total de energía del sistema solar tiene que
decrecer de un modo constante y llegará un día en que el nivel llegue a ser tan
próximo a cero que el sistema, tal y como lo conocemos ahora, pueda
considerarse, a todos los efectos, como extinguido. Si miramos hacia atrás en
el tiempo, la cantidad de energía del sistema solar es mayor, y tanto mayor
cuanto más nos remontemos en el pasado. A menos que nos contentáramos con
postular la existencia de una cantidad infinita de energía con la cual
comenzara el sistema (hipótesis que no acepta ningún astrónomo), es preciso
admitir que el sistema solar nació, en un momento dado, provisto de una
cantidad inicial de energía mucho mayor de la que posee hoy día.
Helmholtz mismo fue el primero en plantearse esta cuestión y en preguntarse
cuál sería la fuente de esa energía que el Sol derramaba en el espacio de una
forma tan pródiga y en cantidades tales que la minúscula porción interceptada
por el globo diminuto de la Tierra a una distancia de 150.000.000 de kilómetros
bastaba para satisfacer con creces las necesidades de energía de la humanidad.
En lo que toca a las formas de energía producidas por el hombre, la fuente más
común en el siglo XIX era la combustión del carbón. En este caso, el calor y la
luz se obtenían a expensas de la energía química que mantiene unidos a los
átomos. El anhídrido carbónico que se forma cuando se combinan el carbón y el
oxígeno necesita, para mantener unidas a sus moléculas, una cantidad de energía
química menor que la que requieren el carbón y el oxígeno antes de combinarse.
El exceso de energía que ya no se emplea para los enlaces químicos es emitido
entonces en forma de calor y luz.
Ahora bien, la cantidad de energía que podía obtenerse de la combinación de un
volumen dado de carbón y oxígeno era conocida, y también se sabía cuánta
energía emitía el Sol cada segundo. En estas condiciones es muy fácil demostrar
que si la masa total del Sol (cantidad también conocida) estuviera compuesta de
carbón y oxígeno en las proporciones correctas, el fuego resultante mantendría
el ritmo presente de actividad solar durante 1.500 años solamente.
Aunque existen algunas reacciones químicas que suministran más energía por
kilogramo que la combustión carbón, no se conoce ninguna que hubiese sido capaz
mantener la actividad solar a lo largo de los tiempos históricos, por no hablar
de los largos evos de la prehistoria. Helmholtz se vio obligado a buscar la
fuente de energía en alguna otra parte.
Una fuente colosal de energía era el campo gravitatorio mismo. Los meteoritos,
al incidir sobre la atmósfera terrestre a una velocidad enorme, adquirida en
respuesta a campos de gravitación que actúan sobre ellos, convierten la energía
del movimiento en calor y luz. Un meteorito del tamaño de una cabeza de alfiler
basta para crear un brillo que se puede observar a más de cien kilómetros.
Supongamos, pues, que en el Sol se están zambullendo constantemente meteoros y
que la energía de su movimiento (adquirido merced a la fuerza de gravitación)
se convirtiera en radiación. Puede demostrarse que si tales colisiones
meteóricas tuvieran lugar al ritmo necesario para mantener la actividad del
Sol, éste no experimentarla ningún cambio visible en el curso de los tiempos
históricos. En efecto, este bombardeo podría continuar durante 300.000 años
antes de que la masa del Sol aumentara en un 1% como
consecuencia de ello.
Esta hipótesis parece esperanzadora, pero ciertas consideraciones adicionales
dan al traste con ella. Como resultado del bombardeo de meteoros que sería
preciso para mantener la actividad solar, la masa del Sol aumentaría
ciertamente muy despacio, pero el aumento bastaría para inducir un
fortalecimiento perceptible de su campo gravitatorio. La Tierra, atraída con
más y más fuerza, se movería cada vez más rápido, de suerte que cada año se
acortaría dos segundos con respecto al anterior: diferencia pequeña, no cabe
duda; pero los astrónomos son capaces de detectar tales cambios sin gran
dificultad y prácticamente al instante. Y como jamás se ha observado un cambio
de este tipo, es preciso abandonar la teoría del bombardeo meteórico.
En 1853 Helmholtz examinó otra alternativa. Podía ser que el Sol mismo
estuviera experimentando un proceso de contracción, de modo que sus capas
exteriores cayeran, por así decirlo, hacia el centro. La energía de este
movimiento inducido por vía gravitatoria podía convertirse en radiación, igual
que ocurría con los meteoros, y ello sin originar ningún cambio en la masa del
Sol, con lo cual el año terrestre tampoco sufriría alteración alguna.
La cuestión era: ¿Qué contracción había que postular con el fin de mantener la
radiación solar al ritmo necesario? La respuesta obtenida fue: muy pequeña.
Podía demostrarse que en los 6.000 años de la historia del hombre civilizado,
el diámetro total del Sol se habría contraído sólo 900 kilómetros, que en un
diámetro de 1.390.000 kilómetros pueden considerarse prácticamente
insignificantes. La reducción del diámetro del Sol a lo largo de los 250 años
que median entre la invención del telescopio y los tiempos de Helmholtz
equivaldría sólo a 37 kilómetros, cantidad indetectable incluso con los
instrumentos más refinados de la época.
La fuente de la energía solar quedaba así explicada de una forma que en
aquellos tiempos parecía satisfactoria Además, la hipótesis de contracción de
Helmholtz era susceptible de ser combinada con la hipótesis nebular de Laplace,
concibiendo así la producción de energía como un proceso constante que se
hubiera llevado a cabo a medida que la nebulosa originaria de Laplace se
contraía. La contracción actual del Sol no sería sino la fase final de esta
contracción nebular general.
Por otra parte, si suponemos que a lo largo de todo este proceso de contracción
la energía se produjo desde el principio al mismo ritmo con que se engendra hoy
día, es posible calcular en qué momento de su marcha hacia la formación de ese
Sol relativamente pequeño e incandescente que conocemos hoy, en qué momento,
repetimos, la nebulosa original adquirió un grado concreto de condensación.
Por ejemplo: hace 18.000.000 de años la nebulosa primitiva se habría contraído
ya hasta un diámetro de 320.000.000 de kilómetros, aunque su hinchada esfera
llenaría todavía el espacio que se extiende hasta la órbita normal de la
Tierra. En consecuencia, tuvo que ser hace .18.000.000 de años cuando se
liberara el anillo de materia (según la concepción laplaciana) que más tarde se
recondensaría y daría origen a la Tierra. Esto significaba que nuestro planeta
no podía tener una edad de más de 18.000.000 de años.
Siguiendo esta línea de razonamiento, los planetas que se encuentran más
próximos al Sol que la Tierra —Venus y Mercurio— tendrían una edad mucho menor
que 18.000.000 de años, mientras que los planetas exteriores —Marte, Júpiter,
etc. , se habrían formado mucho antes. La vida total del sistema solar, desde
los comienzos de la contracción nebular, quizá fuese de varios cientos de
millones de años.
§. Energía nuclear
Si Helmholtz hubiera presentado su teoría en 1803 en lugar de en 1853, esa edad
de 18.000.000 de años que asignó a la existencia de la Tierra habría pasado por
una cifra incluso excesiva. En efecto, a comienzos del siglo XIX la mayor parte
de los científicos europeos se hallaban aún bajo el hechizo del lenguaje
literal de la Biblia y suponían que la Tierra sólo existía desde hace unos
6.000 años. Dieciocho millones de años se les habría antojado una cifra rayana
en la blasfemia.
Mas la primera mitad del siglo XIX había presenciado una importante revolución
en la actitud general de la ciencia. En 1785 el geólogo escocés James Hutton
(1726- 1797) había publicado un libro tituladoTheory of the Earth [«Teoría
de la Tierra»] en el cual se estudiaban los lentos cambios que experimentaba la
superficie terrestre: el depósito de sedimentos, la erosión de las rocas, etc.
Hutton sugirió el «principio de uniformidad», el cual venía a afirmar que
cuantos cambios se producían hoy día sevenían produciendo ya en el pasado
prácticamente al mismo ritmo. De acuerdo con este principio sería necesario trabajar
con enormes lapsos de tiempo para explicar los espesores de sedimentos y la
erosión que se observa en nuestro planeta, así como los plegamientos y demás
cambios violentos a que la superficie de la Tierra había estado expuesta.
Hutton no logró convencer a sus contemporáneos. Pero sucedió que entre 1830 y
1833 otro geólogo escocés. Charles Lyell (1797-1875), publicóThe Principies
of Geology [«Principios de Geología»], libro en el cual se resumían,
divulgaban y respaldaban con pruebas adicionales los trabajos de Hutton. Esto
volvió las tornas, y los geólogos comenzaron a interpretar la historia de la
Tierra en función de cientos de millones de años.
Cuando Helmholtz entró en escena con la cifra de 18.000.000 de años como límite
máximo para la edad de la Tierra, los geólogos quedaron estupefactos. Parecía
de todo punto imposible que 18.000.000 de años atrás surgiera un anillo de
polvo y gas, se condensara lentamente y experimentara los cambios necesarios
para formar un cuerpo sólido y compacto con océanos y atmósfera, sufriendo más
tarde, después de solidificarse, todos los demás cambios de los cuales daba
testimonio la corteza terrestre.
Por otra parte, los biólogos estaban llegando a la conclusión de que las
distintas formas de vida habían ido modificándose de un modo lento en el
transcurso del tiempo. En 1859 el naturalista inglés Charles Rober. Darwin
(1809-1882) publicó El origen de las especies, obra en
la que sostenía que tales modificaciones habían sido producto de las presiones
de la selección natural, proceso sobremanera lento y que exigía evos enteros
para dar lugar a los cambios que se observan en los testimonios fosilizados de
formas de vida extinguidas.
Las ideas de Darwin tropezaron con grandes dificultades para imponerse a los
prejuicios «bibliocentristas» de la época, pero cada vez fueron más los
biólogos que las aceptaron, comprobando al mismo tiempo que era imposible
admitir la cifra de Helmholtz. Sin embargo, las ideas de los biólogos no
estaban en conflicto con la lógica utilizada por Helmholtz, ni violaban tampoco
la ley de conservación de la energía.
La segunda mitad del siglo XIX fue así testigo de un enfrentamiento equilibrado
en cuanto al origen temporal del sistema solar, y en particular de la Tierra.
Los físicos eran partidarios de una longitud de vida corta, mientras que los
geólogos y biólogos se inclinaban por una vida larga.
El equilibrio se rompió finalmente en la década de 1890-99, durante la cual las
ciencias físicas experimentaron una auténtica revolución. En 1896 el físico
francés Antoine Henri Becquerel (1852-1908) descubrió que los compuestos de
uranio constituían fuentes dé radiación muy energética. (Este fenómeno fue
llamado «radiactividad».) Evidentemente, existían fuentes de energía mucho más
intensas que las que se basaban en reacciones químicas o incluso en la
contracción gravitatoria.
En 1911, el físico británico Ernest Rutherford (1871- 1937), nativo de Nueva Zelanda,
consiguió demostrar que el átomo no era una esfera indiferenciada, sino que
consistía en un diminuto «núcleo atómico» (situado en el centro y que contenía
prácticamente toda la masa del átomo) y en una serie de partículas ligeras
llamadas «electrones» que rodeaban a dicho núcleo. Las reacciones químicas
tenían mucho que ver con las fuerzas que mantenían a los electrones ligados al
núcleo, siendo precisamente estas fuerzas la fuente de energía de fenómenos
tales como la combustión del carbón.
El núcleo atómico se componía a su vez de partículas; éstas se dividían, según
se descubrió más tarde, en dos variedades: «protones» y «neutrones», unidos
entre sí en el núcleo por fuerzas mucho mayores que las que mantenían a los
electrones en torno al núcleo o que aquellas otras que ataban diferentes átomos
o moléculas. Existen «reacciones nucleares» que implican cambios en la
combinación de neutrones y protones y que suministran una intensidad de energía
muy superior a la que puede proporcionar una reacción química. La radiactividad
es una forma de reacción nuclear.
En 1905, el físico germano-suizo Albert Einstein (1879-1955) puso de relieve,
de forma sorprendente un aspecto particular de las reacciones nucleares.
Demostró que la propia masa era una modalidad, en extremo concentrada, de la
energía y presentó la siguiente fórmula, hoy día muy conocida: e= mc2,
donde erepresenta la energía,m la masa y c la
velocidad de la luz en el vacío.
Si recordamos que el valor de c es muy grande (300.000.000 de
metros por segundo) y tenemos en cuenta que c2 es el resultado
de multiplicar esta enorme cantidad por sí misma, comprenderemos que incluso
una porción exigua de masa equivale ya a una energía muy grande. Un gramo de
masa se puede convertir 21.500.000.000 de kilocalorías, cantidad que se puede obtener
también mediante la combustión completa de unos 2.500.000 litros de gasolina.
La liberación de energía ocurre siempre a expensas de la desaparición de masa,
pero en las reacciones químicas ordinarias la cantidad de energía liberada es
tan reducida que la pérdida de masa resulta insignificante. Como hemos dicho
hace un momento, es preciso quemar unos 2.500.000 litros de gasolina para
provocar la pérdida de un gramo de masa. Las reacciones nucleares producen
energía en cantidades mucho mayores, por lo cual la pérdida de masa sí es
significativa.
Supongamos ahora que el Sol obtiene su energía, no a costa de una contracción
inducida de un modo gravitatorio, sino como resultado de ciertas reacciones
nucleares que se operaran en su interior. ¿Qué masa tendría que convertirse
entonces en energía con el fin de emitir radiación al ritmo que de hecho se
observa? El problema es de fácil resolución; el resultado es 4.600.000
toneladas de masa por segundo. Esta masa la perdería el Sol con carácter
definitivo, pues la energía en la cual se convierte se irradia hacia el espacio
interestelar.
Ahora bien, ¿puede el Sol sostener esta sangría constante de masa al ritmo de
millones de toneladas por segundo? Ciertamente que sí, pues la pérdida resulta
infinitesimal si se la compara con la masa descomunal del Sol; haría falta que
transcurrieran billones de años antes de que una pérdida tal consumiera
siquiera el 1% de la masa solar.
Por otra parte, la pérdida de masa tampoco afectaría de un modo serio a la
naturaleza del campo de gravitatorio de la Tierra. Esta pérdida se desarrolla a
una velocidad equivalente a sólo 1/30.000.000 del aumento ocasionado por la
incidencia de meteoros. Cierto que la disminución de masa que implica la teoría
de la reacción nuclear debilitaría el campo gravitatorio del Sol, pero sólo
hasta el punto de que el año terrestre se alargaría un segundo cada 15.000.000
de años, aumento que es insignificante.
La teoría de la reacción nuclear no exige cambios perceptibles en el volumen o
en el aspecto del Sol, ni siquiera a lo largo de períodos extensos de tiempo,
por lo cual este astro (y la propia Tierra, por tanto) pudiera haber existido
en una forma muy similar a la que exhibe hoy día desde hace, no millones, sino
miles de millones de años. Esto daba la razón a los biólogos y geólogos y
echaba por cierra la efímera sugerencia de Helmholtz.
Por otra parte, la radiactividad misma ofrecía un nuevo método para determinar
la edad de la Tierra, método que por añadidura era mucho más exacto y fiable
que los conocidos hasta entonces.
Conforme el uranio va emitiendo sus radiaciones, los ¿tomos que lo componen
experimentan un cambio en su naturaleza, transformándose en otros tipos de
átomos que vuelven a emitir radiaciones y a cambiar de naturaleza. El proceso
continúa hasta que llega un momento en que el uranio se convierte en plomo,
elemento estable que no sigue transformándose.
La velocidad con que el uranio se transforma de esta manera se ajusta a una ley
muy simple; los químicos conocen este proceso con el nombre de «reacción de
primer orden». Esto significa que si determinamos la velocidad de cambio a lo
largo de un intervalo breve de tiempo, es posible predecir el proceso con
bastante precisión para un intervalo mucho más prolongado. Así, por ejemplo, se
comprobó que la mitad de una cantidad cualquiera de uranio se descomponía y
transformaba en plomo al cabo de 4.500.000.000 de años. Este gigantesco
intervalo de tiempo se denomina «vida media» del uranio 238 (la forma más común
del átomo de uranio).
Consideremos ahora un mineral que contiene compuestos de uranio. Dentro del
mineral, el uranio no cesa de desintegrarse y convertirse en plomo. Si el trozo
de mineral permanece en estado sólido y conserva su integridad, los átomos de
plomo no tendrán forma de escapar y se verán obligados a seguir mezclados con
los de uranio. Los compuestos de uranio quizá fueran puros en un principio,
pero a medida que transcurre el tiempo se ven contaminados cada vez más por el
plomo. Puesto que los mezquinos cambios de temperatura y presión que se operan
en la Tierra no afectan al ritmo con que se desarrollan las reacciones
nucleares, sabemos que la cantidad exacta de plomo que acompaña al uranio
depende sólo de la longitud de tiempo que el mineral ha permanecido en estado
sólido (y de la cantidad de plomo presente en origen), pero no de los cambios
ambientales fortuitos que haya podido experimentar.
Esto lo señaló ya en 1907 el químico americano Bertram Borden Boltwood
(1870-1927); en los años subsiguientes se analizó el contenido en uranio y
plomo de distintos minerales y se elaboraron técnicas para convertir estos
análisis en medidas de la edad geológica. En cuestión de pocos años se
descubrieron ciertos minerales que según el método del uranio-plomo seguramente
habían permanecido en estado sólido por encima de los mil millones de años.
En las últimas décadas, diversos métodos basados en distintas formas de
transmutaciones radiactivas han proporcionado para la edad de la Tierra una
cifra (digna de crédito) de 4.700.000.000 de años: un período 260 veces
superior al que sugirió Helmholtz.
Contenido:
§.
La hipótesis planetesimal
§. Constitución del Sol
§. Temperatura de la superficie del Sol
§. Temperatura interna del Sol
§.
La hipótesis planetesimal
Una vez que en 1920 quedó bien establecida la edad de la Tierra en una cifra
del orden de los miles de millones de años, era natural preguntarse por la edad
del Sol. Si la hipótesis nebular fuese una imagen fiel del desarrollo del
sistema solar, el corolario inmediato sería que el planeta más viejo era el más
exterior, el más joven el más interior y el Sol, en su forma actual, más joven
que cualquiera de los planetas. Si fijamos la edad de la Tierra en 4,7 evos[xiv] , el
Sol tendría que ser entonces algo más joven que esta cifra, pero quizá tampoco
mucho más.
Por desgracia no pudo llegarse a una conclusión tan fácil, y la razón es que la
hipótesis nebular, que había mantenido su vigencia a lo largo de todo el siglo
XIX, quedó anticuada a finales del mismo.
El problema que provocó el tropiezo y la caída de la hipótesis nebular fue el
momento angular. La hipótesis nebular arrancaba de una cantidad ingente de
polvo y gas que contenía cierta reserva de momento angular, y concebía luego un
proceso de condensación con un aumento constante y parejo en la velocidad de rotación
de la nube y el desgajamiento ocasional de sucesivos anillos de polvo y gas.
Sin embargo, no hacía intento alguno de describir la forma en que se dividía el
momento angular entre los anillos desgajados (que más tarde habrían de formar
los planetas), por una parte, y la porción principal de la nube que seguía
condensándose para constituir el Sol, por otra.
En 1900, el geólogo americano Thomas Chrowder Chamberlin (1843-1928) estudió
con gran detalle la dinámica de una nebulosa en rotación. Demostró que cuando
la nebulosa emitía un anillo de materia procedente de su parte ecuatorial, para
seguir después contrayéndose, prácticamente todo el momento angular debía
permanecer en el cuerpo principal de la nebulosa y sólo una parte muy exigua en
el anillo. Por consiguiente, si un anillo tal tuviera ocasión de coalescerse
para formar un planeta (proceso muy dudoso, como más tarde se puso de
manifiesto), éste poseería un momento angular muy pequeño. El resultado final
sería un sistema solar en el cual el Sol, ocupando el centro, contendría casi
la totalidad del momento angular del sistema y giraría, por tanto, alrededor de
su eje con una velocidad muy grande, a saber, con un período de medio día
aproximadamente. Los planetas poseerían un momento angular tan pequeño que
apenas podrían mantenerse en una órbita definida.
Pero sucede que esta no es la imagen real del sistema solar.
De hecho, el planeta Júpiter, que representa sólo el 0,2% de la masa del
sistema solar, contiene por sí solo un 60% del momento angular total del
sistema. Saturno acapara otro 25%.
A pesar de que Júpiter posee un diámetro once veces mayor que el de la Tierra,
su período de rotación es de diez horas, menos de la mitad del período de
rotación terrestre. Saturno, de proporciones casi iguales a las de Júpiter,
gira también casi a la misma velocidad que él. Estos dos mundos masivos
describen amplios arcos en torno al Sol, y es precisamente esta revolución la
que monopoliza la mayor parte del momento angular.
Añadamos luego los demás planetas y cuerpos menores del sistema (cuya masa
total representa menos del 1.1% de la masa del sistema) y obtendremos que el
momento angular planetario total equivale al 98% de la reserva global del
sistema. El Sol, que monopoliza más del 99,8% de la masa del sistema solar,
sólo contiene el 2% de todo el momento angular y gira alrededor de su eje con
paso majestuoso, completando una vuelta sólo al cabo de 24,65 días[xv].
¿Cómo era posible que la nebulosa, al contraerse, comunicara casi la totalidad
de su momento angular a los diminutos anillos de materia que emitía? Chamberlin
no veía un modo satisfactorio de explicarlo y se vio obligado a concluir que el
momento angular fue introducido en el sistema solar desde fuera.
Fue el propio Chamberlin, junto con el astrónomo americano Forest Ray Moulton
(1872-1952), quien en 1906 sugirió una, posible solución. Para empezar
imaginemos el Sol en una forma más o menos similar a la actual, pero sin
planetas. En origen quizá se hubiera condensado a partir de una nebulosa, pero
en ese caso sin liberar anillos de materia; o si emitió tales anillos, éstos
carecían de un momento angular suficiente para mantener su independencia,
cayendo gradualmente hacia el cuerpo principal o alejándose a la deriva en el
espacio. En cualquier caso, el Sol resplandecía allí en soledad absoluta.
Imaginemos ahora una segunda estrella que se aproxima al Sol. Las gigantescas
fuerzas gravitatorias a que daría lugar este encuentro producirían enormes
mareas en ambas estrellas. Como consecuencia de ello quizá se descendiera de
las dos estrellas una descomunal gota de materia estelar que vendría a
constituir un puente temporal entre ambas. A medida que las estrellas se fuesen
alejando una de otra, este puente de materia se vería obligado a girar
rápidamente, ganando momento angular a expensas de las estrellas mismas.
Una vez separadas ambas estrellas, cada una de ellas arrastraría consigo cierta
porción del puente-materia, que más tarde se condensaría en forma de planetas,
reteniendo siempre el momento angular adquirido durante el proceso. Antes del
encuentro las dos estrellas giraban a gran velocidad, pero sin planetas;
después del encuentro giran lentamente, con una serie de planetas rotando
alrededor de ellas.
Las objeciones a la hipótesis nebular parecían concluyentes, y la teoría de
Chamberlin-Moulton llevaba trazas de ser un bonito sustituto. Además, ofrecía
un atractivo singular toda vez que insertaba en la astronomía algo que cabía
considerar casi como un motivo biológico: todo había ocurrido como si los
planetas hubieran nacido del casamiento entre dos estrellas, como si la Tierra
tuviera un padre y una madre. Esta hipótesis permaneció indiscutida durante casi
cuarenta años.
Figura 21 Hipótesis planetesimal
Puesto
que la idea de Chamberlin y Moulton era que la materia desgajada del Sol se
condensaba rápidamente en pequeños cuerpos sólidos o «planetesimales», que a su
vez se condensaron en planetas, su teoría recibió el nombre de «hipótesis
planetesimal».
En 1917 los astrónomos ingleses James Hopwood Jeans (1877-1946) y Harold
Jeffreys (n. 1891) elaboraron la hipótesis planetesimal con mucho más detalle y
sugirieron que el puente de materia separado de las dos estrellas y flotante
entre ellas debía tener forma de cigarro. De la parte más gruesa del puente, la
central, se formarían los planetas gigantes (Júpiter y Saturno), mientras que
los planetas menores nacerían más allá de Saturno y dentro de la órbita de
Júpiter.
§. Constitución del sol
Una vez aceptada la hipótesis planetesimal ya no es lícito suponer que si la
edad de la Tierra es de 4,7 evos, ésta será también, más o menos, la del Sol.
¿Cuánto tiempo no habría existido el Sol en su esplendor solitario antes de que
el intruso le bendijese con una familia? ¿Acaso no era posible que el sistema
planetario fuese un añadido relativamente tardío a ese Sol cuya existencia
podría cifrarse en decenas o incluso centenas de evos?
Los astrónomos empezaron a concebir —aunque de un modo vago— tal longevidad
para el Sol en el momento en que se entendió la interconversión de masa y
energía. El Sol emitía radiación a expensas de la masa, pero ¿cómo averiguar su
masa original? Si el Sol hubiera tenido en origen el doble de la masa actual y
hubiera ido perdiéndola a un ritmo constante igual al presente, habría existido
desde 1.500 evos antes de llegar a la masa actual. Y, naturalmente, seguiría
existiendo otros 1.500 evos antes de desaparecer por completo, suponiendo
siempre el ritmo de radiación presente.
Sin embargo, es muy improbable que la masa se vaya disipando a una velocidad
constante hasta desaparecer por completo. Los físicos que trabajaban con
núcleos atómicos sabían por experiencia que cuando un conjunto de núcleos se
reordenaba para formar otro conjunto distinto, se producía energía a expensas
de la masa, pero en tales circunstancias sólo una porción exigua de la masa se
convertía en energía. De aquí que si la energía solar provenía de reacciones
nucleares producidas dentro del astro, éste sólo podía perder, en el mejor de
los casos, una fracción muy reducida de su masa. Cuando toda la materia solar
hubiera experimentado esta reordenación de los núcleos, las reacciones
nucleares cesarían. A partir de entonces, y a pesar de que el Sol seguiría
conteniendo grandes cantidades de masa, la energía emitida sería escasa, si es
que no nula.
La cantidad de energía disponible en el Sol y, por consiguiente, la longitud de
tiempo que éste llevaba existiendo y que podría seguir en vida dependían de la
naturaleza de las reacciones nucleares que tenían lugar en su interior. Mas
¿cómo podrían los científicos averiguar dicha naturaleza? A primera vista
parece imposible resolver el problema a menos que se pudiera determinar
previamente la clase de sustancias que componen la estructura del Sol y las
condiciones a que están sometidas, tratando luego de averiguar el tipo de
reacciones nucleares que tales sustancias experimentarían en las condiciones
dadas.
Tarea formidable, no cabe duda. Para empezar, ¿cómo es posible determinar la
constitución del Sol desde una distancia de 150.000.000 de kilómetros? A
principios del siglo XIX hubiera parecido ridículo soñar con cosa semejante.
Hasta tal punto esto era así, que el filósofo francés Auguste Comte
(7198-1857), en sus consideraciones acerca de los límites absolutos del
conocimiento humano, alistó entre los fenómenos que permanecerían siempre
desconocidos e incognoscibles la cuestión de la constitución química de los
cuerpos celestes.
Ahora bien, no todo lo que tiene que ver con el Sol se encuentra a 150.000.000
de kilómetros. La radiación solar, por ejemplo, atraviesa el espacio y llega
hasta nosotros. A medida que avanzó el siglo XIX los científicos aprendieron a
extraer cada vez más información de dichas radiaciones. (Recordemos que el
problema de la velocidad radial obtuvo su solución a partir del estudio de la
radiación estelar.) Volvamos, pues, al espectro y a las líneas espectrales.
En 1859, el físico alemán Gustav Robert Kirchhoff (1824-1887) y su colaborador,
el químico también alemán Robert Wilhelm Bunsen (1811-1899), emprendieron un
estudio minucioso del espectro producido por diversos vapores al calentarlos en
la llama, prácticamente incolora, de un «mechero Bunsen» (dispositivo difundido
por Bunsen, que mezcla aire v gas para conseguir una combustión más eficaz y
una llama más caliente). Los vapores calentados producían un espectro de
emisión, es decir, líneas brillantes contra un fondo oscuro. Además, la
naturaleza de estas líneas brillantes dependía de los elementos presentes en el
vapor. Cada elemento daba lugar a un conjunto característico de líneas, y una
misma línea, situada en una posición concreta, nunca correspondía a dos
elementos diferentes. El espectro de emisión venía a ser algo así como las
huellas dactilares de los elementos contenidos en el gas incandescente. Fueasí como
Kirchhoff y Bunsen fundaron la técnica de la «espectroscopia».
Al año siguiente, y en el curso de ciertos estudios acerca del espectro
originado por diversos minerales, Kirchhof y Bunsen detectaron líneas que no
correspondían a ninguno de los elementos conocidos. Sospecharon que se trataba
de elementos nuevos, no descubiertos hasta entonces, e inmediatamente
verificaron este extremo con ayuda del análisis químico. Los dos nuevos
elementos remitieron el nombre de «cesio» y «rubidio», derivados de palabras
latinas «caesium» y «rubidus», que significan «azul celeste» y «rojo pardusco»,
respectivamente, y que representan precisamente los colores de las líneas que
condujeron al descubrimiento. El cesio y el rubidio fueron los dos primeros
elementos descubiertos por medios espectroscópicos; y a ellos les siguieron
otros muchos.
Pero Kirchhoff y Bunsen no se pararon ahí. Empezaron a trabajar con la luz
emitida por un sólido incandescente (luz blanca que formaba un espectro
continuo), haciendo pasar luego esta luz a través de un vapor frío.
Descubrieron que el vapor absorbía ciertas longitudes de onda de la luz y que
el espectro formado después de que la luz atravesara el vapor ya no era
completamente continuo, sino que estaba atravesado por líneas escuras que
marcaban la posición de las longitudes de onda absorbidas. Era lo que se llama
un «espectro de absorción». Inmediatamente se comprendió que el espectro solar
era un ejemplo de este tipo. El cuerpo caliente del Sol produce luz blanca de
espectro continuo, y cuando esta luz atraviesa la atmósfera solar (muy caliente
también, pero menos que el Sol) algunas de sus longitudes de onda son
absorbidas. Esta era la explicación de las líneas oscuras del espectro solar.
Kirchhoff observó que las longitudes de onda absorbidas por un vapor frío eran
exactamente las mismas que emitía el vapor cuando estaba caliente e
incandescente, Supongamos, por ejemplo, que calentásemos vapor de sodio hasta
la incandescencia. La luz producida tendría un color amarillo intenso; si
hacemos pasar ahora esa luz a través de una rendija y después a través de un
prisma, aparecerán dos líneas amarillas muy juntas que constituirían el
espectro total de emisión del sodio.
En cambio, si hacemos pasar la luz procedente de un arco voltaico a través de
vapor de sodio relativamente frío, el espectro continuo originado en
condiciones normales por la luz del arco se vería interrumpido por un par de
líneas oscuras muy juntas situadas en el amarilla Las dos líneas oscuras
producidas por absorción por el vapor frío de sodio ocuparían exactamente la
posición de las líneas brillantes originadas por el vapor de sodio
incandescente. Por consiguiente, tanto las líneas oscuras de un espectro de
absorción como las líneas brillantes de un espectro de emisión pueden servir
como marcas identificadoras de un elemento.
¿Qué había que concluir entonces acerca del espectral solar y las líneas de
absorción contenidas en él? Una ce las líneas más destacadas en dicho espectro
(línea que Fraunhofer marcara con la letra «D») ocupaba de hecho la posición de
las líneas del sodio. Kirchhoff verificó este extremo haciendo pasar luz solar
a través de vapor de sodio caliente y comprobando que la línea D. se tornaba
más intensa y marcada. Además, al hacer que la luz solar atravesara una masa de
vapor de sodio incandescente, aparecía la línea del sodio y borraba la línea D
oscura del espectro solar.
Toda vez que las líneas obtenidas en el laboratorio eran idénticas a las que
producía el Sol, parecía razonable suponer que también las de este astro eran
originadas por sodio y que el vapor de sodio era un elemento constitutivo de la
atmósfera solar. De modo análogo se demostró que las líneas H y K provenían del
calcio, por lo cual este elemento también debía estar presente en la atmósfera
del Sol. En 1862 el astrónomo sueco Anders Jonas Angstrom (1814-1874) comprobó
que el Sol contenía asimismo hidrógeno. La sentencia de Comte resultó ser:
completamente errónea: sí era posible averiguar la constitución química del
Sol, así como de cualquier otro cuerpo celeste que emitiera luz propia con una
intensidad suficiente para proporcionar un espectro detectable.
Al principio, el espectro solar sólo se utilizó como un método para determinar
qué elementos estaban presentes en el Sol y cuáles no. Ahora bien, era preciso
preguntarse también por la cantidad en que se hallaban presentes. Las líneas
espectrales se ensanchaban y aumentaban de intensidad a medida que crecía la
concentración de un elemento dado en el vapor incandescente o absorbente. Este
detalle abría la posibilidad de averiguar no sólo si un elemento cualquiera se
hallaba presente o no, sino tararían en qué cantidad.
Finalmente, en 1929 el astrónomo americano Henry Norris Russell (1877-1957)
estudió con detenimiento los espectros solares y consiguió demostrar que el Sol
era sobremanera rico en hidrógeno, afirmando que el contenido en hidrógeno del
Sol equivalía a tres quintas partes de su volumen. Resultado totalmente
inesperado, toda vez que el hidrógeno, aunque no se puede calificar de raro,
sólo constituye una porción exigua de la corteza terrestre, a saber, el 0,14%.
Y aun así, los trabajos posteriores demostraron que Russell había pecado de
conservador: los cálculos recientes del astrónomo americano Donald Howard
Menzel n. 1901) indican que el 81,76% del volumen del Sol es hidrógeno y el
18,17% helio, dejando sólo un 0,07% para todas las demás clases de átomos.
Parece lícito, pues, afirmar que el Sol consiste fundamentalmente en una mezcla
incandescente de hidrógeno y helio, en la proporción de 4 a 1 en volumen. (El
helio fue otro de los elementos descubiertos por métodos espectroscópicos, y
además en el Sol, no en la Tierra. El astrónomo inglés Joseph Norman Lockyer
[1836-1920] sugirió que ciertas líneas no identificadas del espectro solar
quizá estuvieran producidas por un elemento hasta entonces desconocido, al cual
bautizó con el nombre de helio, derivado de Helios, el dios griego del Sol. Fue
sólo en 1895 cuando el químico escocés William Ramsay [1852-1916] localizó el
helio en nuestro planeta.)
§. Temperatura de la superficie del Sol
Los conocimientos adquiridos acerca de la constitución del Sol redujeron
drásticamente el número de reacciones nucleares que podían servir como posibles
fuentes de k ingente producción de energía solar. Era preciso descartar por
completo la idea de que la fuente principal podía consistir en reacciones
nucleares en las que no interviniesen como combustible el hidrógeno y, quizá,
el helio. Ninguna otra sustancia existía en cantidades suficientemente grandes.
Consideremos, por tanto, los núcleos atómicos del hidrógeno y del helio. El
núcleo del tipo más común de átomo de hidrógeno consiste en una única
partícula., un protón, por lo cual este tipo de átomo de hidrógeno recibe el
nombre de «hidrógeno-1». El núcleo de la variedad más común de átomo de helio
está compuesto de cuatro partículas, dos protones y dos neutrones; este tipo de
átomo se llama «helio-4».
Cabe concebir que cuatro núcleos de hidrógeno se fusionen («fusión del
hidrógeno») para formar un único núcleo de helio, proceso que se puede
representar de la siguiente manera: 4H1 → He4. Sin
entrar en detalles acerca de cómo se lleva a cabo este proceso, es decir, si
directamente o a través de una larga serie de reacciones en las que intervengan
otros átomos, limitémonos a preguntar si la fusión del hidrógeno bastaría o no
para suministrar al Sol la energía necesaria.
La masa del núcleo de hidrógeno ha sido determinada con gran exactitud en
«unidades de masa atómica». En estas unidades, la masa del núcleo de hidrógeno
es de 1,00797; cuatro núcleos de este tipo totalizarían una masa de 4,03188.
Sin embargo, la masa del núcleo de helio equivale a sólo 4,0026. Por
consiguiente, si 4,03188 unidades de masa atómica de hidrógeno se fusionan, de
un modo u otro, en 4,0026 unidades de masa atómica de helio, es preciso que
0,0293 unidades de masa atómica 0,73% del total) se hayan convertido en
energía.
En ese caso, la pérdida de 4.600.000 toneladas de masa que experimenta el Sol
cada segundo podría representar la pérdida de masa que resulta de la conversión
de hidrógeno en helio. El hidrógeno sería el combustible nuclear del Sol, el
helio sus «cenizas» nucleares. Dado que la pérdida de masa que origina la
conversión del hidrógeno en helio equivale al 0,73% de la masa de hidrógeno
fusionante, la pérdida de 4.600.000 toneladas de masa por segundo significa que
cada segundo se convierten 630.000.000 de toneladas de hidrógeno en helio.
Esto nos permite hacer algunas conjeturas acerca de la edad aproximada del Sol.
La masa total del Sol se puede calcular a partir de la intensidad de la
atracción gravitatoria que aquél ejerce sobre la Tierra desde una distancia de
150.000.000 de kilómetros; resulta ser de 2.200.000.000.000.000.000.000.000.000
de toneladas. Sabemos que cada segundo se consumen 630.000.000 de toneladas de
hidrógeno; suponiendo ahora que el Sol estaba compuesto en origen únicamente de
hidrógeno, que este hidrógeno se ha ido fusionando a un ritmo constante desde
el principio y que el material que constituye el Sol se encuentra siempre bien
mezclado, es posible calcular cuánto tiempo tendría que pasar antes de que la
cantidad de hidrógeno disminuyera desde el 100% al 81,76%. El resultado es
20.000.000.000 de años, es decir, 20 evos. Por otra parte, tendrían que
transcurrir 90 evos más antes de que se llegara a consumir por completo el
combustible de hidrógeno restante.
Naturalmente, no es lícito suponer que la velocidad de fusión se mantiene
inmutable hasta que se agotan las reservas de combustible, ni que dicha
velocidad ha sido siempre la misma que ahora. No cabe duda de que la presencia
de ciertas cantidades de cenizas de helio muy bien podría afectar a la
velocidad de fusión e incluso a la naturaleza de la reacción. Sin embargo, a
principios de la década de 1930-39 parecía posible trazar un esquema
satisfactorio que explicara la existencia de un Sol con una vida total de 100
evos como mínimo. Evidentemente, el sistema solar tenía a sus espaldas una
historia muy larga y por delante un futuro aún más prolongado.
Mas no bastaba con aventurar la hipótesis de que el suministro de energía solar
estaba basado en la fusión de hidrógeno en helio. Era preciso demostrar que las
condiciones que prevalecían en el Sol permitían, en efecto, la fusión del
hidrógeno. Pues no olvidemos que los océanos de la Tierra contienen reservas
vastísimas de hidrógeno y, sin embargo, éste no experimenta ningún proceso de
fusión. Si este proceso se llevara a cabo, la Tierra explotaría y se
evaporaría, convirtiéndose en una estrella muy pequeña y muy efímera. Ahora
bien, si la fusión se operara bajo un régimen controlado, el hombre sería capaz
de satisfacer sus demandas de energía durante millones de años. Empero, las
condiciones de nuestro planeta no permiten la fusión espontánea del hidrógeno,
ni los científicos son capaces —por ahora— de crear los requisitos necesarios
para una fusión controlada. Lo más que han sabido hacer es obligar a que cierta
porción de hidrógeno experimentara un proceso de fusión no controlada; nos
referimos a la «bomba de hidrógeno» de los años cincuenta.
¿Qué decir entonces acerca de las condiciones que reinan en el Sol?
Lo único que podemos ver del Sol es su superficie, y ésta, naturalmente, es una
superficie caliente. ¿Pero en qué medida caliente? Volvamos una vez más a la
radiación solar.
Todos los objetos, incluso los que no se distinguen precisamente por su
temperatura, como el cuerpo humano, radian energía de un modo incesante. El
calor del cuerpo se puede percibir a una distancia corta de éste, aunque la
radiación es de una longitud de onda tan larga situada en la zona infrarroja
lejana) que resulta del todo invisible para el ojo humano.
Al calentar lentamente un objeto —una plancha, por ejemplo— la radiación que
emite se hace cada vez más copiosa y empieza a extenderse por la región de las
longitudes de onda cada vez más cortas. Utilizando una película fotográfica
sensible a la radiación infrarroja es posible registrar la imagen de una
plancha caliente en una habitación oscura aprovechando únicamente la «luz»
propia del objeto, a pesar de que esta luz tiene una longitud de onda demasiado
larga para ser detectada con la vista. Si continuamos calentando la plancha,
llega un momento en que la longitud de onda de la radiación sería lo bastante
corta como para que el ojo humano fuese capaz de percibirla. Al principio,
dichas longitudes de onda serían las más largas de entre las visibles y el
objeto brillaría con un color rojo oscuro. El aumento progresivo de la
temperatura iría añadiendo radiación de longitud de onda más corta, con el
cambio consiguiente de color.
En 1893 el físico alemán Wilhelm Wien (1864-1928) estudió el problema con
detalle, comprobando que a una temperatura dada existía siempre un pico de
radiación, es decir, cierta longitud de onda para la cual la cantidad de
radiación emitida era mayor que para cualquier otra longitud. Constató también
que al aumentar la temperatura la posición de este pico se desplazaba en la
dirección de las longitudes de onda cortas de acuerdo con una ley matemática
simple. Así, pues, estudiando el espectro de un objeto incandescente y
determinando el pico de radiación en dicho espectro, es posible deducir la
temperatura del objeto. Por otro lado, las características de las líneas
espectrales también varían con la temperatura, con lo cual pueden servir de
ayuda adicional en este aspecto.
Trabajando con el espectro solar fue posible comprobar que la temperatura de la
superficie del Sol es de 6.000° C. La temperatura superficial de otras
estrellas se determinaría de una manera similar; algunas de ellas son más
calientes que el Sol. La temperatura superficial de Sirio es de 11.000° C., por
ejemplo, y la de Alpha Crucis (la estrella más brillante de la Cruz del Sur) de
21.000° C.
A escala terrestre, la superficie del Sol es muy caliente, lo suficiente como
para fundir y vaporizar cualquiera de las sustancias que conocemos. Sin
embargo, no alcanza la temperatura precisa (ni mucho menos) para provocar la
fusión del hidrógeno en helio. Podemos afirmar, sin temor alguno a incurrir en
error, que el proceso de fusión no se lleva a cabo en la superficie del Sol.
Ahora bien, si pretendemos explicar la procedencia de la energía solar, es
evidente que tal proceso debe llevarse a cabo en algún lugar. Esto plantea la cuestión
de cuáles son los procesos que se verifican en el interior del Sol.
§. Temperatura interna del Sol
Determinar las propiedades de la superficie del Sol fue, sin duda, una tarea
formidable, que, de antemano, parecía imposible de abordar. Cuánto más difícil
no se presentaría entonces el estudio del interior del Sol.
Sin embargo, algunas de las conclusiones relativas al interior solar admiten
una deducción muy fácil. Por ejemplo: la superficie del Sol emite
constantemente energía al espacio exterior, y la emite a un ritmo bastante
grande; y a pesar de ello, la temperatura de la superficie parece invariable.
Esto indica que la superficie debe recibir calor del interior a un ritmo igual
que el de emisión, y de aquí se sigue que el interior debe estar a una
temperatura mayor que la superficie.
Toda vez que la temperatura de la superficie solar es ya suficiente para
vaporizar cualquier sustancia conocida, y dado que el interior del Sol
sobrepasa incluso dicha temperatura, parece razonable suponer que el Sol es de
naturaleza gaseosa: un globo de gas increíblemente caliente. Si esto es cierto,
los astrónomos pueden congratularse, pues las propiedades de los gases son más
sencillas de entender y de tratar que las de los líquidos y sólidos.
El problema de la estructura del interior del Sol fue abordado en la década de
1920-29 por el astrónomo inglés Arthur Stanley Eddington (1882-1944),
trabajando con la hipótesis de que las estrellas son cuerpos gaseosos.
Eddington razonó de la siguiente manera: si el Sol sólo se viera afectado por
su propio campo gravitatorio, acabaría por hundirse (en el supuesto siempre de
que fuese un simple globo de gas). El hecho de que no sufriera este «colapso»
indicaba la presencia de otra fuerza que contrarrestaba a la de la gravedad:
una fuerza ejercida de adentro hacia afuera. Una fuerza tal, dirigida hacia el
exterior, podría ser la que producen las tendencias expansivas de los gases a
altas temperaturas.
Teniendo en cuenta la masa del Sol y la fuerza de su campo gravitatorio,
Eddington calculó en 1926 la temperatura necesaria para compensar la fuerza de
gravitación a diferentes profundidades por debajo de la superficie solar y
obtuvo cifras asombrosas. La temperatura en el centro del Sol alcanzaba la
cifra colosal de 15.000.000° C. (Algunos cálculos recientes llegan a situar
dicha cifra hacia los 21.000.000° C.)
A pesar de las proporciones asombrosas de este resultado, los astrónomos en
general lo aceptaron. Y es que, por una parte, tales temperaturas eran
necesarias para que se llevara a cabo la fusión nuclear. Si bien la superficie
del Sol era demasiado fría para que se pudiera llevar a cabo en ella cualquier
reacción de fusión del hidrógeno, el interior del astro poseía una temperatura
—según los cálculos de Eddington— que bastaba y sobraba para este propósito.
Por otra parte, el razonamiento de Eddington ayudaba a explicar algunos otros
fenómenos. El Sol se hallaba en un estado de delicado equilibrio entre la
fuerza gravitatoria, que tiraba hacia adentro, y el efecto térmico que empujaba
hacia afuera. Pero ¿y si alguna otra estrella no se hallara en tal equilibrio?
Supongamos que una estrella concreta no posee una temperatura suficiente para
contrarrestar la compresión gravitatoria. Tal estrella se hundiría hacia su
interior, y este colapso transformaría efectivamente (como Helmholtz sugiriera
mucho antes) la energía gravitatoria en calor. Las temperaturas interiores
comenzarían a aumentar y las fuerzas expansivas se intensificarían hasta llegar
a un punto en que contrarrestaran exactamente la presión gravitatoria. Sin
embargo, como consecuencia de la inercia, la estrella seguiría contrayéndose
durante cierto tiempo por encima del punto de equilibrio, aunque cada vez a un
ritmo más lento. En el momento en que la contracción se detuviera por completo,
la temperatura sería mucho más alta que la necesaria para compensar la presión
gravitatoria, y la estrella comenzaría a hincharse. A medida que se expandiera
iría disminuyendo la temperatura hasta alcanzar de nuevo el punto de
equilibrio. Pero una vez más, la inercia obligaría a la estrella a hincharse
por encima de este punto, para luego ir reduciendo el ritmo de expansión,
detenerse y comenzar de nuevo a contraerse. El ciclo se repetiría
indefinidamente.
Una estrella de estas características oscilaría alrededor de un punto de
equilibrio, de forma análoga a como lo hace un péndulo o un muelle. Y,
naturalmente, el brillo de tales estrellas variaría de un modo regular a tenor
de las pulsaciones; además, el modo de variación de la luz (teniendo en cuenta
el tamaño y la temperatura de la estrella) respondería exactamente al
comportamiento de las variables Cefeidas.
Una vez decidida la cuestión de la temperatura y presión del interior del Sol y
aceptada la solución propuesta, quedaba por averiguar el modo en que, dadas
estas circunstancias, el hidrógeno se fusionaba en helio a un ritmo tal que
explicara la cantidad de radiación emitida por el Sol. En 1939 el físico
germano-americano Hans Albrecht Bethe (n. 1906) consiguió establecer una serie
de reacciones nucleares que cuadraban perfectamente al problema. El ritmo al
que se producirían tales reacciones en las condiciones que reinan en el
interior del Sol (ritmo calculado a partir de datos, teóricos y empíricos,
obtenidos en los laboratorios de física de la Tierra) se ajustaba muy bien a
los requisitos del problema.
Así, pues, la cuestión del origen de la energía solar, planteada por Helmholtz
en la década de 1840-49, quedó finalmente sentada, gracias a Bethe, casi cien
años después. Y con ello quedaba también establecida una vida potencial de 100
evos para el Sol.
Sin embargo, las pruebas acumuladas en favor de la teoría de un interior solar
sobremanera caliente tuvo un efecto secundario inesperado: dio al traste con la
teoría planetesimal del origen del sistema solar. En efecto: no había
inconveniente alguno en suponer que cierta porción de materia se desgajara del
Sol y que aquélla se condensara y formara los planetas, pero siempre que se
admitiera que el material solar se encontraba a una temperatura de unos cuantos
miles de grados. Temperaturas del orden de millones de grados eran una cuestión
completamente diferente.
En 1939 el astrónomo americano Lyman Spitzer, Jr. (n. 1914) presentó ciertos
argumentos, al parecer válidos, de los cuales se desprendía que un volumen de
materia «supercaliente» nunca podría condensarse y formar planetas, sino que se
dispersaría al instante, formando una nebulosa gaseosa alrededor del Sol y
permaneciendo en este estado por tiempo indefinido.
Así pues, los astrónomos se vieron obligados a atacar de nuevo la tarea de
explicar la formación de los planetas a partir de materia relativamente fría.
Una vez más había que pensar en una nebulosa en proceso de contracción a la
manera laplaciana. Mas el siglo XX había aportado muchos conocimientos acerca
del comportamiento que cabía esperar de dicha nebulosa y acerca también de las
fuerzas eléctricas y magnéticas a que ésta se vería sometida junto con las
fuerzas gravitatorias.
En 1943, el astrónomo alemán Carl Friedrich von Weizsácker (n. 1912) sugirió
que la nebulosa que dio origen al sistema solar no giraba en bloque, sino que
en las regiones exteriores aparecieron turbulencias y, dentro de ellas,
remolinos menores. En los puntos donde chocaran dos remolinos adyacentes se
producirían colisiones de partículas, las cuales se fundirían en partículas
mayores
y, llegado el momento, darían origen a los planetas. De este modo Weizsácker
intentó explicar todo cuanto La- place había tratado de explicar, sólo que la
teoría de aquél tenía en cuenta además el espaciamiento de los planetas, la
distribución del momento angular y otros detalles.
Figura 22. Hipótesis de Weizsácker.
La
teoría de Weizsácker tuvo una acogida entusiástica, pero suscitó grandes
controversias acerca de muchos de sus detalles. La controversia sigue en pie
hoy día. Algunos astrónomos han sugerido su propia versión, aunque ninguna de
ellas ha encontrado una aceptación unánime. El astrónomo sueco Hannes Alfven
(n. 1908) y el astrónomo inglés Fred Hoyle (n. 1915) han concebido mecanismos
en los que interviene el campo magnético del Sol a la hora de transferir
momento angular a los
planetas. Esta explicación tiene grandes probabilidades de ser satisfactoria y
ha encontrado una aceptación impresionante.
Sin embargo, todas las teorías coinciden en postular que la formación del
sistema solar entero, es decir, tanto del Sol como de los planetas, se verificó
en un proceso único. Dicho con otras palabras, si la Tierra, en su forma
actual, tiene una edad de 4,7 evos, se puede concluir que todo el sistema solar
(incluido el Sol), en la forma en que hoy lo conocemos, tiene esa misma edad.
Contenido:
§.
Constitución del sistema solar
§. Clases espectrales
§. Estrellas gigantes y estrellas enanas
§. El diagrama H-R
§.
Constitución del sistema solar
Aunque el proceso de fusión del hidrógeno en helio proporciona la solución
principal a la cuestión del origen de la energía solar, deja sin resolver
algunos problemas. Por ejemplo, el Sol resulta ser de una pobreza inesperada en
hidrógeno y de una riqueza insospechada en helio. Si el Sol existe desde hace
sólo 5 evos aproximadamente, tendría que haber gastado menos hidrógeno y
producido menos helio.
Cabría suponer que el Sol fue antaño un cuerpo mucho más caliente y que derrochaba
el combustible de una manera más pródiga que ahora. Idea muy natural, pues
resulta razonable que el Sol se comportara como una hoguera de leños, cuya
llama se reduce a medida que se consume el combustible, ardiendo cada vez más
despacio. En ese caso, el pasado del Sol sería más breve de lo que pensamos,
pero su futuro se prolongaría de un modo acorde. El inconveniente principal de
este argumento es que los conocimientos que los geólogos han podido reunir
acerca de la historia de la Tierra parecen indicar que en los últimos evos no
se han operado cambios significativos en la producción de radiación solar.
Una segunda posibilidad es que el Sol comenzara a gastar hidrógeno antes de la
formación del sistema solar, mientras éste se encontraba aún en el estado de
una nebulosa extensa y turbulenta.
Pero esto tampoco parece probable. Es posible que la nebulosa existiera ya un
número indefinido de evos antes de que el sistema solar adoptara su forma
actual, pero como tal no pudo nunca perder energía a expensas de las reacciones
nucleares. En una nebulosa extensa, el campo gravitatorio es tan difuso que no
provoca sino un aumento de temperatura muy pequeño hacia el centro,
insuficiente para alcanzar el punto de ignición que pondría en marcha la fusión
del hidrógeno. Una nebulosa de este tipo se contraería lentamente, y la única
fuente de energía sería la energía gravitatoria de las partículas que cayesen
hacia el interior (según la vieja teoría postulada por Helmholtz).
A medida que la nebulosa se fuese contrayendo, el campo gravitatorio iría
intensificándose; la energía total en juego permanecería constante, pero
concentrada en un volumen cada vez más reducido. La temperatura aumentaría a
tenor de la elevación de la presión en el centro de la nebulosa, hasta llegar
finalmente al punto de ignición. En ese momento, la nebulosa, en vías de
hundimiento, se encendería y se convertiría en una estrella. Sólo entonces
empezarían a tener lugar las reacciones nucleares y éstas se desarrollarían
únicamente en el centro del Sol, no en las partes exteriores donde los planetas
empezarían a tomar forma.
Ahora bien, aparte del problema de la excesiva abundancia de helio, es preciso
afrontar otro: la presencia en el Sol y en los planetas de cierta cantidad de
elementos más complejos que el helio. ¿De dónde proceden tales elementos?
Consideremos éstos por un momento. El hidrógeno, con su núcleo atómico
constituido por una sola partícula, y el helio, cuyo núcleo se compone de
cuatro partículas, son los dos elementos más simples. El resto son ya más
complejos. Los elementos más comunes (después del hidrógeno y del helio) son el
carbono, nitrógeno, oxígeno y neón, cuyos núcleos atómicos se componen de doce,
catorce, dieciséis y veinte partículas, respectivamente.
Cabe suponer, desde luego, que al margen de la reacción principal de fusión del
hidrógeno en helio existieran otras reacciones secundarias en las cuales, por
ejemplo, los átomos de helio se fusionasen en carbono o en oxígeno. Sin
embargo, estas otras reacciones de fusión tienen que ser raras toda vez que a
lo largo de los 5 evos de la historia del Sol no han sido capaces de producir
más que una cantidad muy exigua de estos átomos más complejos. El oxígeno, por
ejemplo, sólo constituye el 0,03% del volumen del Sol.
Por otra parte, si lo anterior fuese cierto, los elementos más allá del helio
sólo existirían en el Sol, como resultado de las reacciones de fusión nuclear.
Pero entonces, ¿cómo es que una porción tan grande de los átomos más complejos
entraron a formar parte de los planetas, originados a partir de la materia
situada en las afueras de la nebulosa?
La Tierra, por ejemplo, está formada casi exclusivamente por elementos más
complejos que el hidrógeno y el helio, lo cual, sin embargo, no es tan
sorprendente como pudiera parecer a primera vista; veamos algunas de las
razones que apoyan esta afirmación.
Las sustancias sólidas mantienen su coherencia gracias a las atracciones
interatómicas, sin depender a estos efectos de ninguna fuerza gravitatoria. Los
gases y vapores, por el contrario, poseen fuerzas interatómicas muy pequeñas y
exigen el concurso de la fuerza de gravedad para mantenerse unidos al planeta a
que pertenecen. Los movimientos de los átomos y de las agrupaciones de átomos
(llamadas «moléculas») en los gases y vapores tienden a contrarrestar la
atracción gravitatoria. Si los átomos y moléculas se mueven a una velocidad
suficiente, acaban por abandonar la vecindad del planeta a pesar de su
atracción gravitatoria. Cuanto menor es el planeta, tanto más débil es su gravedad
y con mayor facilidad se separarán los átomos y moléculas. Por otra parte,
cuanto más ligero sea el átomo o molécula, tanto más rápido será su movimiento
y tanto más probable será que aquéllos se separen.
De todos los átomos, los de hidrógeno son los más ligeros. El átomo de helio es
dos veces más masivo que la molécula de hidrógeno (y cuatro veces más que el
átomo de este elemento), pero es más ligero que cualquier átomo o molécula,
exceptuando, naturalmente, los del hidrógeno.
El campo gravitatorio terrestre no es suficientemente fuerte para retener ni el
hidrógeno ni el helio. En el primer caso existen ciertos factores mitigantes.
Dos átomos de hidrógeno pueden combinarse con un átomo de oxígeno para formar
una molécula de agua (ocho veces más masiva que la molécula de hidrógeno);
asimismo, el hidrógeno puede unirse con otros átomos para constituir moléculas
de cuerpos sólidos. Como consecuencia de ello, la Tierra consiguió retener en
el curso de su formación cierta cantidad de hidrógeno en combinación con otros
elementos, pero su campo gravitatorio no fue nunca suficientemente intenso para
retener el hidrógeno en su forma gaseosa. De este modo, la mayor parte del
hidrógeno que tuvo que rondar por las inmediaciones de la Tierra mientras ésta
se formaba no pudo ser capturado; y ésta es también una de las razones por las
que la Tierra posee un tamaño tan pequeño. En cuanto al helio diremos que es un
elemento que no forma ningún compuesto, debido a lo cual no fue posible
capturar ni siquiera residuos apreciables de él. Hoy día la Tierra posee sólo
trazas minúsculas de helio.
Y sin embargo, quedaban todavía otros elementos (sobre todo el oxígeno, silicio
y hierro) que pasaron a formar parte de cuerpos del tamaño de la Tierra, Marte,
Venus, Mercurio y la Luna.
Un planeta como Júpiter, que se halla del Sol a una distancia mucho mayor que
nosotros, seguramente ha estado siempre a una temperatura mucho menor que la de
la Tierra. Pero cuanto más baja es la temperatura, tanto más despacio se mueven
los átomos y más fácil resulta retenerlos. De ahí que el cúmulo de materia que
más tarde dio lugar al planeta Júpiter tuviera mayor capacidad de retención de
hidrógeno que la materia que dio origen a la Tierra. A medida que se fue
capturando hidrógeno, la masa de Júpiter fue aumentando y con ella también la
intensidad de su campo gravitatorio. Esto facilitó aún más la captura de
hidrógeno, lo cual, a su vez, desembocó en un nuevo fortalecimiento del campo
gravitatorio. Fue precisamente este «efecto de bola de nieve» lo que permitió a
Júpiter adquirir un tamaño tan grande y —como muestran las pruebas
espectroscópicas y de otros tipos— llegar a ser tan rico en hidrógeno (hecho
que comparten también los demás mundos fríos del espacio exterior).
Sin embargo, ni siquiera Júpiter está compuesto en su totalidad de hidrógeno.
Su atmósfera contiene una mezcla adicional y considerable de helio y también
hay indicios de la presencia de compuestos de carbono y nitrógeno.
Así pues, a lo largo y a lo ancho de la nebulosa que dio origen a los planetas
tenían que existir cantidades sorprendentes de helio y de elementos más
complejos. La posible alternativa es la siguiente:
1. La presencia de elementos pesados sólo es posible en el interior del Sol,
por lo cual los planetas tuvieron que formarse a partir de la materia contenida
allí. Esto iría en contra de cualquier teoría nebular del origen del sistema
solar y obligaría a los astrónomos a adoptar una u otra versión de la teoría
planetesimal.
2. La presencia de elementos pesados dentro de la nebulosa extensa es posible;
dichos elementos debieron formarse en el interior solar por algún método
distinto de las reacciones nucleares.
La mayoría de los astrónomos se muestran reacios a aceptar la primera variante,
siempre que se pueda elaborar la segunda con un grado de perfección razonable.
Con el fin de ver de dónde pueden provenir los elementos pesados cuando se
prescinde del Sol, centremos nuestra atención más allá del sistema solar y
examinemos de nuevo las estrellas.
§. Clases espectrales
La primera diferencia que se observó entre las estrellas estaba relacionada con
su posición y su brillo. En algunos casos existían también diferencias de
color. Antares era roja, Capella amarilla, Sirio blanca y Vega blanca azulada.
Estos matices de color no eran observables a simple vista salvo en el caso de
un puñado de estrellas notables por su brillo.
La primera mitad del siglo XIX vino a añadir otra importante diferencia: la
distancia. Algunas estrellas eran relativamente próximas (sólo 150 billones de
kilómetros, aproximadamente), mientras que otras se hallaban a una distancia
muy superior. Era posible, pues, calcular el brillo real o luminosidad de
aquellas estrellas cuya distancia se conocía; los resultados de estos cálculos
arrojaron diferencias notables de luminosidad.
Una vez que la espectroscopia entró en uso hacia la segunda mitad del siglo
XIX, era natural preguntarse si las distintas estrellas producirían o no
diferentes tipos de espectros. El astrónomo italiano Pietro Ángelo Secchi
(1818-1878) estudió los espectros de que disponía y sugirió en 1867 que cabía
clasificarlos en cuatro clases distintas. El espectro solar caía dentro de la
segunda clase, que venía caracterizada por la presencia de numerosas líneas de
absorción de metales como el hierro.
En años posteriores los astrónomos confirmaron la existencia de estas «clases
espectrales» y las perfeccionaron, introduciendo divisiones más sutiles. En
1900 el astrónomo americano Edward Charles Pickering (1846- 1919) caracterizó
las distintas clases por medio de letras del alfabeto. El Sol figuraba en la
clase espectral G, por ejemplo. Más tarde se ordenaron los espectros
pertenecientes a una misma clase con los números 0 hasta 9, de modo que el
espectro solar fue clasificado como el G2.
Las clases espectrales no diferían entre sí de un modo tajante, sino que se
solapaban mutuamente formando una especie de continuo. Parecía probable, pues,
que cualquiera que fuese la diferencia de propiedades que daba lugar a las
distintas clases espectrales, dicha diferencia debía ser continua; es decir, la
propiedad en cuestión debía variar, no a saltos, sino de un modo suave.
La cuestión es entonces: ¿A qué cambios de propiedad debe atribuirse la
diferencia de espectros?
Kirchhoff y Bunsen habían demostrado que cada elemento producía su propio
espectro característico. Por consiguiente, si los espectros de dos estrellas
diferían, ¿no indicaba esto que las dos estrellas se componían de un conjunto
distinto de elementos? Mas esta idea no era nada atrayente, pues aunque cabía
que una estrella poseyese elementos ajenos a otra, esto no concordaba con la
concepción que empezaba a imponerse, según la cual todos los objetos del
Universo se componían de los mismos elementos (bastante limitados en número,
por otro lado).
¿Era posible, por el contrario, que los espectros sufrieran alteraciones sin
que se operara al mismo tiempo un cambio esencial en el conjunto de elementos
del cuerpo que suministraba el espectro?
Un modo de conseguir este efecto consistía en variar la temperatura. Al modificar
la temperatura, los electrones que rodean al núcleo atómico se desplazan de un
«estado de energía» a otro. A medida que aumenta la temperatura, los electrones
saltarán de un estado de energía inferior a otro superior, absorbiendo durante
este proceso una determinada longitud de onda de la luz. Más tarde puede
ocurrir que el electrón salte de nuevo del estado de energía superior a otro
inferior, emitiendo una longitud de onda correspondiente. Dado que los
electrones pueden realizar estos saltos de un estado a otro de diversas
maneras, un tipo particular de átomo emite o absorbe cierto número de
longitudes de onda diferentes, dando lugar así a un espectro de líneas
brillantes u oscuras, respectivamente; pero en ambos casos la estructura de las
líneas es la misma.
Los átomos de cada elemento contienen un número característico de electrones,
dispuestos también de una forma característica. Por tanto, los electrones de
cada tipo de átomo poseen su propia estructura espectral distintiva, que no
comparten con ningún otro átomo que posea un número distinto de electrones o
una disposición diferente de los mismos. Por esta razón, a efectos de
identificar un elemento se pueden utilizar indistintamente las líneas
espectrales oscuras o las brillantes.
El átomo de hidrógeno posee un único electrón; su estructura espectral es
relativamente simple, pues sólo consiste en aquellas combinaciones que puede
producir un electrón. A medida que los átomos se hacen más complejos y abarcan
un número cada vez mayor de electrones, el espectro también se complica
progresivamente. En ocasiones la estructura espectral no resulta tan complicada
como cabría esperar, pero ello se debe a que la mayor parte de las líneas caen
ya fuera de la gama visible. El átomo de hierro, con sus veintiséis electrones,
produce miles de líneas en la gama visible. Es precisamente este elemento el
principal responsable de la complejidad del espectro solar dentro de la región
visible.
Supongamos ahora que calentamos una sustancia, obligando así a los electrones
de los átomos que la componen a ocupar estados de energía cada vez más altos;
llegará un momento en que algunos de los electrones sean suficientemente
energéticos para romper las ligaduras que les atan al núcleo central y
abandonar el átomo. Conforme vaya aumentando la temperatura, los electrones
irán abandonando, uno tras otro, el átomo.
Un átomo que contenga menos electrones que su dotación normal (o, para el caso,
más que su dotación normal) se denomina «ion». En consecuencia, la pérdida de
electrones recibe el nombre de «ionización».
Un átomo ionizado produce una estructura espectral diferente de la que
suministra el átomo en estado normal. Después de la pérdida de uno o más
electrones, los restantes ya no se desplazan entre los distintos niveles de
energía de la misma forma que antes. Por otra parte, un átomo al que le falte
un electrón no da el mismo espectro que ese mismo átomo con dos o tres
electrones menos.
La fuerza que liga a los electrones varía con los distintos tipos de átomos.
Una temperatura que basta para ionizar, por ejemplo, el átomo de sodio, es de
todo punto insuficiente para ionizar el átomo de oxígeno. Por otra parte, la
eliminación de un segundo electrón en el átomo requiere siempre una temperatura
más alta que la necesaria para eliminar el primero, pero más baja que la que
exige un tercer electrón, etc.
En resumen: puede ocurrir que las diferencias que se observan en los espectros
no reflejen diferencias en los elementos, sino distintos estados de ionización
de éstos, lo cual, a su vez, denotaría una diferencia de temperaturas.
Antes de que se descubriera esto, las líneas extrañas que se localizaban a
veces en los espectros eran atribuidas a elementos desconocidos. Método que fue
acertado en el caso del helio, pero no en los demás. Así fue como en cierta
ocasión se informó de la presencia del elemento «coronio» en la atmósfera
exterior del Sol, región que se denomina «corona» y que sólo es visible durante
los eclipses totales. También se creyó haber localizado, en ciertas nebulosas,
otro elemento: el «nebulio».
Sin embargo, en 1927 la astrónoma americana Ira Sprague Bowen (n. 1898)
demostró que las líneas que se atribuían al nebulio estaban producidas en
realidad por una mezcla de elementos conocidos desde hacía tiempo: oxígeno y
nitrógeno. Lo que ocurría es que los átomos de ambos elementos habían perdido
varios electrones bajo condiciones que requerían densidades muy bajas. Más
tarde, en 1941, el astrónomo sueco Bengt Edlen (n. 1906) constató que el
coronio no era sino una mezcla de átomos de hierro y níquel, cada uno de los
cuales había perdido aproximadamente una docena de electrones.
Cuando al fin se logró interpretar los espectros a la luz de los procesos de
ionización, fue posible determinar, a partir sólo de la estructura de las
líneas espectrales, la temperatura superficial de las estrellas. La diferencia
entre las clases espectrales se atribuyó a una diferencia de temperatura entre
los distintos astros, y sólo en menor medida a la diversidad de los elementos
contenidos en aquéllas. De hecho, la constitución de la inmensa mayoría de las
estrellas exhibe una uniformidad notable: el Sol y la mayor parte de las
estrellas están compuestos principalmente de hidrógeno y helio.
Clasificando las clases espectrales por orden decreciente de temperatura, las
designaciones literales quedan así: O, B, A, F, G, K y M. Existen cuatro clases
adicionales, que representan grupos bastante especiales, cuyas letras son R, N,
S y W (las tres primeras incluyen estrellas frías y la última estrellas
calientes).
§. Estrellas gigantes y estrellas enanas
Una vez que se dispone de dos tipos de información (luminosidad y temperatura
superficial) acerca de una serie de diferentes estrellas, el siguiente paso
lógico consiste en relacionar uno con otro. Por ejemplo, sobre la base de la
experiencia obtenida en los laboratorios terrestres en punto a los objetos
incandescentes cabría esperar que cuanto más fría es una estrella, menos
radiación emite, apareciendo, por tanto, más tenue y de un color más rojo. Se
comprueba, sin embargo, que esto no siempre es así.
Por ejemplo, si aceptamos la interpretación térmica de las clases espectrales,
entonces las estrellas más frías de entre las ordinarias son las que pertenecen
a la clase M. A partir de las líneas espectrales que exhiben estas estrellas y
de la posición de su pico de radiación se estimó que una temperatura
superficial típica de esta clase espectral era 2.500 °C, que contrasta con los
6.000 °C de nuestro Sol. En efecto, todas las estrellas de la clase M
presentaban un color rojizo uniforme, pero no eran —en contra de lo que se
esperaba— igual de tenues. Muchas de ellas eran estrellas débiles, a pesar de
que algunas, como la de Barnard, se hallaban muy próximas a nosotros. Sin
embargo, había otras, como Betelgeuse en Orión o Antares en Escorpión, que a
pesar de su color rojo presentaban un aspecto muy brillante. Y esto no se debía
en modo alguno a su proximidad: eran estrellas no sólo brillantes en
apariencia, sino de hecho muy luminosas. Antares, por ejemplo, emite unas diez
mil veces más radiación que el Sol.
Ya en 1905 había especulado E. Hertzsprung sobre esta cuestión, llegando a la
conclusión de que el único modo de que una estrella fría pudiera ser brillante
es que su tamaño fuese enorme. Su frialdad vendría a indicar que la superficie
de la estrella emitía poca luz por kilómetro cuadrado en comparación con el
Sol, aunque, por otra parte, una estrella como Betelgeuse poseería una cantidad
mucho mayor de kilómetros cuadrados que el Sol, y esta mayor superficie compensaría
con creces la relativa tenuidad de la estrella. Por esta razón, las estrellas
como Betelgeuse y Antares fueron denominadas «gigantes rojas», mientras que las
del tipo de la de Barnard recibieron el nombre de «enanas rojas». Un detalle de
particular interés era que, al parecer, no existía término medio entre las
gigantes y las enanas rojas. Esta ausencia de estrellas rojas de tamaño
intermedio se denomina «zanja de Hertzsprung».
La hipótesis de Hertzsprung, basada en razonamientos teóricos, quedó confirmada
más tarde por medio de observaciones empíricas. En el año 1881 el físico
germano- americano Albert Abraham Michelson (1852-1931) inventó un dispositivo
llamado «interferómetro» que, detectando ligeras variaciones en el modo en que
interfieren unas ondas luminosas con otras, permitía hacer mediciones de una
precisión asombrosa. Por ejemplo, el interferómetro revelaba ciertos detalles
de las estrellas que para el telescopio pasaban inadvertidos.
Aun las estrellas más próximas son tan distantes que ni siquiera el telescopio
más moderno y perfecto es capaz de aumentarlas más allá del tamaño de un simple
punto de luz. Ahora bien, los rayos luminosos que, procedentes de una estrella,
inciden en el telescopio no provienen todos del mismo punto de aquélla. Uno de
los rayos quizá provenga del borde superior y otro del borde inferior del
astro. Ambos llegan al telescopio formando entre sí un ángulo muy pequeño,
demasiado pequeño para poderlo medir con los métodos ordinarios, pero a veces
suficientemente grande para permitir que los rayos choquen, por así decirlo,
unos con otros e interfieran entre sí. El instrumento de Michelson hacía
posible determinar el grado de intensidad de esta interferencia y calcular el
ángulo, siempre que éste no fuese demasiado diminuto. Conocido el ángulo y la
distancia de la estrella es posible determinar al instante el diámetro real.
Los resultados provocaron asombro. En 1920 se midió el diámetro de Betelgeuse
por el método descrito y se halló que era de unos 480.000.000 de kilómetros.
Comparándolo con él, 1.390.000 kilómetros que tiene el Sol de diámetro, se
puede ver que Betelgeuse es casi 350 veces más ancha que él. Por consiguiente,
la superficie de Betelgeuse era unas 350 X 350 ó 120.000 veces mayor que la del
Sol. No es extraño, pues, que esta estrella sea mucho más luminosa que el Sol,
aun siendo más tenue por kilómetro cuadrado. En cuanto al volumen, es
aproximadamente 40.000.000 de veces superior al del Sol. Si colocáramos a
Betelgeuse en el lugar que ocupa éste, llenaría todo el espacio que se extiende
hasta más allá de la órbita de Marte. Se trata, sin duda alguna, de una gigante
roja.
Antares es algo más pequeña que Betelgeuse, lo cual, sin embargo, no debe
inducirnos a pensar que ésta última ostenta el tamaño máximo en el Universo.
Una de las estrellas de esta clase, Epsilon Aurigae, es tan fría que a pesar de
su tamaño monstruoso resulta completamente invisible desde la Tierra. Su
radiación se encuentra casi por entero en el infrarrojo y el único dato que
delata su existencia es que posee una compañera brillante a la cual eclipsa
periódicamente. A partir de la duración del eclipse y de la distancia del
sistema fue posible calcular, en 1937, que la estrella oscura es una «gigante
infrarroja» de 3.700.000.000 de kilómetros de diámetro. Insertada en el sistema
solar en lugar del Sol, llenaría todo el espacio hasta la órbita de Urano.
Pero las gigantes infrarrojas tampoco son tan raras como se creyó al principio.
El inconveniente estriba en que las estrellas muy frías (que radian, por tanto,
principalmente en el infrarrojo) resultan muy difíciles de detectar. En primer
lugar, la atmósfera terrestre no es demasiado transparente en la región
infrarroja; y en segundo lugar, todo cuanto existe en la Tierra posee una
temperatura suficiente para emitir por su cuenta una cantidad considerable de
radiación infrarroja, con lo cual la que proviene del cielo suele diluirse y
perderse en esa especie de resplandor. No obstante, en 1965 los astrónomos del
observatorio de Mount Wilson comenzaron a utilizar técnicas especiales, entre
las cuales figuraba un telescopio con un espejo de plástico de 62 pulgadas,
instrumento que permitía escudriñar el firmamento en busca de puntos ricos en
radiación infrarroja que indicasen la presencia de gigantes infrarrojas. En el
lapso de un par de años los astrónomos detectaron miles de objetos de tales
características, concentrados en su mayor parte en el plano de la Vía Láctea.
Algunos de ellos son seguramente más voluminosos aún que Epsilon Aurigae.
Brillan de un modo intenso en la región infrarroja, pero son en extremo tenues
dentro de la gama visible, lo que hace que muy pocas de estas estrellas
resulten observables, aun utilizando los telescopios de mayor tamaño. Dos de
ellas tienen temperaturas, a juzgar por su color, de 1.200°K y 800°K
respectivamente; la segunda alcanza justo la temperatura del
rojo.
*
Los valores en cursiva están derivados de las medidas interferométricas de
Pease y modificados de acuerdo con las medidas paralácticas más recientes y
perfectas. Las demás cifras están deducidas de las curvas de luz de las
binarias con eclipse.
** Diámetro variable.
Las estrellas de otros colores no llegan a exhibir una zanja de tamaño como la
que presentan las estrellas frías y rojas. No obstante, existen «gigantes
amarillas» grandes (no tan grandes ni tan frías como las rojas) y «enanas
amarillas» pequeñas (tampoco tan pequeñas ni tan frías como las rojas). Capella
podría describirse como una gigante amarilla y nuestro Sol como una enana
amarilla.
§. El diagrama H-R
Durante los años en que Hertszsprung descubrió las gigantes rojas, H. N.
Russell estaba efectuando un trabajo similar. En 1913 confeccionó un gráfico
(independientemente de Hertzsprung, que algunos años atrás había hecho lo
propio), en cuyo eje horizontal colocó las clases espectrales en orden
descendente de temperaturas, comenzando con la clase O a la izquierda y
terminando con la clase M a la derecha, y cuyo eje vertical representaba la
luminosidad o magnitud absoluta (véase pág. 63). Cada estrella posee cierta
magnitud absoluta y pertenece a una clase espectral determinada, con lo cual
podía representarse mediante un punto en un lugar concreto del gráfico. Un
gráfico de este tipo se denomina «diagrama de Hertzsprung-Russell» o, de un
modo más corriente, «diagrama H-R».
Por regla general, cuanto más caliente es una estrella, mayor es su brillo, de
forma que al llevar los puntos a! diagrama, las estrellas que pertenecían a las
clases espectrales de la izquierda (mayor temperatura) eran asimismo las de
mayor magnitud absoluta. Como resultado de ello, la mayor parte de las
estrellas que Russell representó en el diagrama quedaban situadas en la
diagonal que discurre desde el ángulo superior izquierdo al inferior derecho.
Estas estrellas forman la «secuencia principal», y hoy día se calcula que más
del 99% de las estrellas que nos es dado observar caen dentro de dicha
secuencia.
Las excepciones más conspicuas a esta regla son, naturalmente, las gigantes
rojas. Pertenecen a la clase espectral M y están situadas, por consiguiente, a
la derecha del diagrama. Pero también poseen una gran luminosidad, con lo cual
se aglomeran en la parte derecha superior del diagrama H-R, sin contacto alguno
con la secuencia principal.
Figura 23. Diagrama H-R.
Cuando
se confeccionó por primera vez el diagrama H-R, las nociones que existían sobre
las reacciones nucleares en el interior de las estrellas eran todavía muy
vagas, y los esquemas mentales que la mayor parte de los astrónomos tenían
acerca de las estrellas no diferían gran rosa de las concepciones de Laplace o
de Helmholtz. La idea que prevalecía es que las estrellas experimentaban una
contracción sistemática y constante a lo largo de su ida. Desde este punto de
vista, el diagrama H-R parecía ofrecer una imagen clara y espectacular de la
«evolución estelar», esto es, de la manera en que las estrellas nacer, pasan a
través de diversos estadios y finalmente dejar de radiar.
La sugerencia que hizo Russell en punto al significado del diagrama H-R puede
resumirse como sigue:
Una estrella consiste en principio en un conglomerado inmensamente voluminoso
de gas frío que se va contrayendo poco a poco. A medida que se contrae empieza
acalentarse; en los primeros estadios la estrella radia principalmente en el
infrarrojo, con lo cual es una gigante infrarroja como Epsilon Aurigae. La
estrella sigue contrayéndose, y llega un momento en que es suficientemente
caliente para emitir un rojo brillante, como Betelgeuse y Antares. Continúa
luego encogiéndose y calentándose para convertirse en una gigante amarilla, más
pequeña y caliente que la gigante roja, y después en una «estrella
blanco-azulada», aún más pequeña y más caliente.
Las estrellas blanco-azuladas de la clase espectral O son sólo algo mayores que
el Sol, pero mucho más calientes, con temperaturas superficiales de hasta
30.000°C, es decir, cinco veces la del Sol. A estas alturas, el pico de
radiación se encuentra en la región azul-violeta del espectro visible, y por
encima de esas temperaturas se halla ya en el ultravioleta. De ahí el color de
la estrella.
En su viaje desde la nebulosa original fría hasta la etapa blanco-azulada, la
estrella ha ido moviéndose hacia la izquierda y a lo largo de la parte superior
del diagrama H-R. Al llegar a la fase blanco-azulada, la estrella alcanza el
extremo superior izquierdo de la secuencia principal.
Llegados a este punto se suponía que la estrella continuaba contrayéndose bajo
la influencia de la gravedad, aunque,- por alguna razón, no seguía
calentándose. Una de las primeras explicaciones que se dieron era que cuando se
alcanzaba la fase blanco-azulada el material del núcleo de la estrella se
encontraba comprimido tan densamente que cesaba de comportarse como un gas.
Conforme proseguía el proceso de contracción, mayor era la cantidad de materia
comprimida por encima del estado gaseoso, y esto, por una razón u otra, podría
disminuir progresivamente la producción de calor.
Así pues, la estrella blanco-azulada se encoge y enfría, y el efecto conjunto
de ambos factores determina una disminución de brillo. La estrella se convierte
en una enana amarilla como nuestro Sol, después en una enana roja como la
estrella de Barnard, y finalmente se extingue por completo, convirtiéndose en
una «enana negra», es decir, los rescoldos extintos de una estrella.
A lo largo del proceso de contracción desde la etapa blanco-azulada hasta la
fase final de enana negra, la estrella va deslizándose por la secuencia
principal, desde el extremo superior izquierdo al extremo inferior derecho.
Este proceso cabría llamarlo «teoría del deslizamiento» de la evolución
estelar.
El esquema que acabamos de exponer poseía un gran atractivo y, al parecer,
ofrecía un sinnúmero de detalles muy satisfactorios. En primer lugar, la
concepción de un encogimiento continuo, con un aumento inicial de temperatura
seguido de un enfriamiento, parecía estar de muerdo con lo que cabía esperar
que sucediera de un modo «natural». Pues a medida que se comprime un gas en el
laboratorio, se calienta; y un objeto caliente, abandonado a sí mismo, se
enfría.
Por otra parte, si una estrella es una gigante roja en cierta fase temprana de
su carrera y una enana roja en cierto estadio posterior, es lógico esperar que
la masa de las enanas rojas no difiera demasiado, por término medio, de la de
las gigantes rojas. Dicho con otras palabras, una gigante roja es enorme, no
porque contenga una cantidad grande de materia, sino únicamente porque la
materia que contiene se encuentra dispersa a lo largo y a lo ancho de un
espacio muy vasto. Efectivamente se ha comprobado que esto es cierto. Las
gigantes rojas no son en absoluto tan masivas como parece indicar su descomunal
tamaño, sino todo lo contrario: son muy poco densas. Si pudiéramos trasladar a
un laboratorio terrestre cierta porción de materia de una estrella como Epsilon
Aurigae sin modificar sus propiedades, dicha materia sería clasificada (para la
mayor parte del volumen de aquélla) como un simple vacío.
Las masas estelares son, en efecto, sorprendentemente uniformes. Aunque las
estrellas varían mucho en volumen, densidad, temperatura y otras propiedades,
las diferencias de masa no son grandes. La mayor parte de las estrellas tienen
masas comprendidas entre 1/5 y 5 veces la del Sol[xvi]
Contenido:
§.
La relación masa-luminosidad
§. Gas interestelar
§. Más allá de la secuencia principal
§.
La relación masa-luminosidad
La interesante concepción de la evolución estelar como un deslizamiento a lo
largo de la secuencia principal fue, sin embargo, muy efímera. Al cabo de un
decenio ya había perecido.
Según la teoría del deslizamiento, el Sol debería encontrarse en una fase
tardía de su evolución, habiendo dejado ya muy atrás sus tiempos más gloriosos
y calientes. De acuerdo siempre con dicha teoría, el Sol se habría enfriado ya
desde una estrella blanco-azulada a una enana amarilla, y los tiempos de
enanismo rojo y extinción final quizá no se hallarían muy lejanos (a escala
cósmica). Mas cuando se comprendió que el hidrógeno era el combustible estelar
más probable y que dicho elemento se encontraba presente en el Sol en
cantidades abrumadoras, se vio claro que el Sol debía tener una larga vida por
delante y que tenía que ser una estrella relativamente joven. Ningún esquema de
evolución que convierta al Sol en una estrella vieja puede ser correcto.
Por otra parte, la cuestión de las masas estelares iba adquiriendo una
importancia creciente. Cierto que las diferencias de masa entre las estrellas
grandes y brillantes y las pequeñas y tenues no son enormes, pero no es menos
cierto que las estrellas luminosas son algo más masivas que las débiles. Esta
diferencia, que aunque moderada se constata con perfecta asiduidad entre las
estrellas, requiere una explicación.
La teoría del deslizamiento podía proporcionarla. Cabía argumentar que las
estrellas grandes poseían una reserva mayor de combustible y que por tanto eran
capaces de vivir más tiempo. Las estrellas pequeñas agotarían enseguida su
combustible, alcanzando el estadio de enanas rojas cuando las estrellas grandes
quizá se hallaran todavía en la fase blanco-azulada.
Sin embargo, esta explicación se vino abajo como consecuencia de las
investigaciones de Eddington sobre la estructura interior de las estrellas.
Eddington arguyó, en 1924, que la temperatura del interior tenía que compensar
el efecto de compresión de las fuerzas gravitatorias. Cuanto mayor fuese la
masa de la estrella, mayor sería también la compresión gravitatoria, mayor, por
tanto, la temperatura necesaria para contrarrestar a ésta y mayor también la
luminosidad. Esta «relación masa-luminosidad» [xvii] impone
un límite superior y un límite inferior a las masas estelares. Una masa
demasiado pequeña trae consigo el que la estrella no sea capaz de radiar luz
visible; una masa excesiva implica una presión de radiación (ejercida de dentro
afuera) suficiente para aniquilar la estrella. La masa máxima que puede poseer
una estrella para permanecer intacta equivale a unas 65 veces la del Sol. Las
estrellas más masivas que se conocen sólo alcanzan la mitad de este tamaño.
De ahí que no quepa trazar un esquema en el cual todas las estrellas comienzan
en el extremo superior derecho del diagrama H-R para luego viajar hacia la
izquierda (a la par que se comprimen y calientan) hasta llegar a la parte
superior izquierda de la secuencia principal, donde se halla la clase O. Esto
sólo podría ser cierto en el caso de estrellas muy masivas. Las de menor masa
no necesitarían alcanzar las temperaturas de la clase O para mantener intacta
su estructura contra la compresión gravitatoria, sino que adquirirían una
temperatura más baja y establecerían contacto con la secuencia principal a un
nivel inferior a la clase O. Una estrella que no posea una masa superior a la
del Sol alcanzaría la secuencia principal en su posición actual.
Las enanas rojas serían, de entrada, menos masivas aún y alcanzarían por tanto
la secuencia principal en un punto más bajo que el Sol. Los cuerpos
especialmente pequeños, de masa inferior a 1/100 la del Sol, pueden llegar a
ser incapaces de adquirir la temperatura central necesaria para iniciar la
fusión del hidrógeno. Tales cuerpos se condensarían en una estructura sólida y
fría y se convertirían en una enana negra, pero no como rescoldos extintos de
una estrella antaño incandescente, sino como un cuerpo que jamás fue una
estrella. Si diera la casualidad de que una enana negra de este tipo se formara
en las inmediaciones de una estrella luminosa, aquélla sería un planeta.
Resulta imposible predecir el número de enanas negras (situadas a una distancia
suficiente de cualquier estrella luminosa para que no sean observables) que
pueden existir en el Universo, pero Shapley sospecha que pueden ser muchas;
cierto astrónomo ha llegado incluso a sugerir que las enanas negras son las
compañeras más comunes de las estrellas y que los sistemas planetarios
ordinarios, como el nuestro, son muy raros.
Es probable que la frontera exacta entre una estrella resplandeciente y una
enana negra fría no sea una frontera tajante. No se excluye el que algunas de
las enanas negras más grandes puedan mantener en su núcleo central un proceso
de fusión nuclear suficientemente intenso para que la superficie permanezca a
una temperatura moderada.
Figura 24. El camino hacia la secuencia principal
Incluso
es posible que Júpiter, cuya masa equivale a sólo 1/1.000 la del Sol, no se
halle muerto por completo en su parte central. Ciertas medidas de la radiación
infrarroja de Júpiter, efectuadas en Catalina Station, cerca de Tucson, en
1965, revelaron que este planeta radiaba probablemente 2,5 veces más calor que
el que recibís del Sol. De acuerdo con los cálculos realizados en dicho
observatorio (basados en la hipótesis de que el Sol es la única fuente de calor
de Júpiter), la superficie de éste se encuentra a —170° C. Pero la temperatura
superficial es en realidad de —145° C., es decir, veinticinco grados más alta.
Es posible que este exceso de calor se derive del calor de compresión en el
centro del planeta, con lo cual cabe considerar en cierto modo a Júpiter como
una estrella diminuta y extremadamente fría.
Pero volvamos ahora a aquellas estrellas ordinarias que son suficientemente
calientes para resplandecer de un modo brillante.
Durante la etapa inicial de la evolución estelar —esa etapa en la que el
conglomerado disperso de polvo y gas se comprime y se dirige hacia un punto
determinado de secuencia principal— la energía se produce principalmente a
partir del campo gravitatorio; es el proceso que Helmholtz pensó se llevaba a
cabo a lo largo de toda la vida de una estrella. Sin embargo, la fuente
gravitatoria no es una fuente demasiado grande en el caso concreto de una
estrella, y esta etapa toca a su fin relativamente pronto, quizá al cabo de
medio millón de años solamente. En un instante (hablando a escala cósmica) la
estrella ha alcanzado la secuencia principal; para entonces la temperatura
central llega al punto de ignición de la fusión nuclear y este proceso será a
partir de ese momento la principal fuente de energía.
Esta fuente sí proporciona un suministro amplio y constante. En la mayor parte
de las estrellas la fusión del hidrógeno se basta por sí sola para suministrar
energía a un ritmo prácticamente constante durante mucho tiempo. Mientras las
cosas marchan de este modo, la estrella apenas se mueve sobre la secuencia
principal. Cualquier desplazamiento de importancia, ya sea hacia arriba o hacia
abajo, representaría una perturbación del delicado equilibrio que existe entre
la gravitación y la temperatura.
Por ejemplo, si por una razón u otra el Sol se calentara hasta el punto de que
la temperatura superficial alcanzase los 30.000°C, desplazándose de súbito
hacia el extremo superior izquierdo de la secuencia principal, la presión hacia
afuera superaría de una forma tan absoluta a la compresión gravitatoria
(dirigida hacia adentro) que el astro explotaría. Sólo las estrellas de masa
relativamente enorme podrían poseer el campo gravitatorio preciso para mantener
intacta su estructura contra la fuerza explosiva de la presión «centrífuga»
provocada por una temperatura tan alta. El Sol no es suficientemente masivo a
estos efectos y es muy probable que nunca lo haya sido y que jamás lo será.
Quiere decirse que la idea de que en otros tiempos fue una estrella de clase O
y que fue deslizándose a lo largo de la secuencia principal, pasando por B, A y
F, hasta llegar a su posición actual como estrella de clase G, es insostenible.
Dada su masa, la posición en que se encuentra el Sol en la actualidad dentro de
la secuencia principal es la única que puede ocupar de un modo confortable.
Las estrellas permanecen sobre la secuencia principal (más o menos inmóviles y
siempre en la posición que les dicte su masa) durante un porcentaje tan elevado
del lapso de vida total que el 99% de las estrellas observables se hallan sobre
dicha secuencia. Dicho con otras A partir de la relación masa-luminosidad es
posible demostrar que a medida que crece la masa, el ritmo de consumo de
combustible aumenta de un modo mucho más rápido que la provisión de
combustible. Por consiguiente, cuanto más grande y caliente es una estrella,
menos durará su combustible y más breve será su estancia en la secuencia
principal.
El Sol, por ejemplo, que pertenece a la clase espectral G, permanecerá en la
secuencia principal durante un total de 13 evos, de los cuales 5 ya han pasado
y 8 quedan por venir, lo que demuestra que el Sol se encuentra todavía bastante
lejos del ecuador de su vida. Una estrella de la clase F, algo más grande y
caliente que el Sol, quizá tenga una cantidad mayor de hidrógeno en sus
comienzos, pero su ritmo de consumo es también más elevado, lo suficiente como
para no permitir que la estrella permanezca más de 4 ó 10 evos en la secuencia
principal. En términos generales podemos decir que el tamaño y la temperatura
de una estrella son inversamente proporcionales a su estancia en la secuencia
principal. Si el Sol fuese una estrella de clase A y hubiese permanecido en ¡a
secuencia principal el tiempo que de hecho ha estado ya, a estas alturas se
hallaría en trance de abandonar dicha secuencia.
Las estrellas más calientes queman su descomunal (en términos relativos)
provisión de combustible a una velocidad tan rápida que su estancia en la
secuencia principal no se mide en evos, sino simplemente en decenas o centenas
de millones de años. La estrella más luminosa, S Doradus, sólo puede mantenerse
en la secuencia principal durante dos o tres millones de años.
Si convenimos en que el período que precede al ingreso en la secuencia
principal es suficientemente breve para poder ser ignorado, podemos resumir la
idea de Eddington estableciendo la regla general siguiente: cuanto más
brillante es una estrella, más efímera tiene que ser (precisamente la
conclusión contraria a la que se llegaría utilizando la teoría del
deslizamiento). Las enanas rojas, lejos de hallarse próximas a su extinción,
quizá continúen brillando como ahora —gracias a la parsimonia con que gastan su
exigua provisión de hidrógeno— durante muchos evos después de que el Sol haya
tocado a su fin. Por otra parte, las estrellas que poseen un tamaño descomunal
y enorme brillo no se encuentran ni mucho menos en la juventud de su vida, pues
derrochan el combustible tan pródigamente que se extinguirán cuando nuestro Sol
esté desarrollando aún la misma actividad que se le conoce hoy día.
La relación masa-luminosidad de Eddington tuvo una secuela bastante
sorprendente que influyó también en las ideas relativas a la evolución estelar.
Como ya vimos en su momento, Eddington había llegado a esta relación basándose
en el supuesto de que las estrellas poseían las propiedades de los gases a lo
largo y a lo ancho de toda su estructura. En un principio admitió la opinión
general que prevaleció durante los primeros años de la década de 1920-29, en el
sentido de que sólo las gigantes rojas eran gaseosas en su totalidad, mientras
que las estrellas de la secuencia principal, y en particular las enanas,
poseían un núcleo no gaseoso. Eddington esperaba, por tanto, que sus
conclusiones no fuesen válidas para las estrellas de la secuencia principal.
Mas cuál no sería su sorpresa al comprobar que en todos aquellos casos en que
fue posible verificar sus conclusiones por medio de la observación, éstas
resultaron ser válidas para todas las estrellas, tanto enanas como gigantes. De
aquí hubo que deducir que todas las estrellas, incluidas las enanas, eran
gaseosas en su totalidad, conclusión que se acepta todavía hoy con carácter
general.
Este resultado vino a infligir un nuevo golpe a la primitiva teoría del
deslizamiento, pues hacía muy difícil explicar por qué una estrella iba a
deslizarse a lo largo de la secuencia principal, contrayéndose y, sin embargo,
enfriándose. Las leyes de los gases exigían que la contracción fuese acompañada
de un calentamiento, no de un enfriamiento.
Así pues, hacia mediados de la década de los veinte la teoría del
deslizamiento, referente a la evolución estelar, había muerto, quedando
establecida lo que cabría llamar la teoría moderna.
palabras, hay una probabilidad contra noventa y nueve de que al observar una
estrella concreta la sorprendamos durante el intervalo relativamente corto que
precede a su ingreso en la secuencia principal o durante ese otro que comienza
cuando la estrella abandona la secuencia.
Esto no quita para que algunas estrellas permanezcan en la secuencia principal
durante un tiempo más largo que otras. Las estrellas grandes poseen una reserva
de combustible mayor que las pequeñas, pero en compensación tienen que
mantenerse a una temperatura más alta y consumir por tanto su combustible a un
ritmo tanto más rápido.
§. Gas interestelar
La vida de las estrellas más brillantes es tan breve que es imposible que
existieran ya, en su forma actual, en aquellos tiempos en que los dinosaurios
pululaban por la Tierra. A escala cósmica son efímeras. No es de extrañar,
pues, que en un momento dado existan tan pocas y que el número de ellas que se
puede observar hoy día en los cielos sea tan exiguo. Se estima que de cada 20
millones de estrellas sólo una es tan luminosa como Rigel, y aun así deben de
existir unos 6.000 astros de estas características en la Galaxia; teniendo en
cuenta la brevedad de su vida, llegamos a la conclusión de que todas ellas se
han tenido que formar durante los últimos millones de años. Es probable que,
por término medio, cada 500 años nazca una de estas estrellas.
Mas en ese caso es casi seguro que durante los tiempos históricos se hayan
estado formando estrellas e incluso, quizá, que se estén formando en la
actualidad. ¿No es posible entonces que si miramos con cuidado podamos ver
efectivamente estrellas en proceso de formación?
La respuesta es difícil; el proceso es tan lento comparado con la longitud de
la vida humana (aunque rápido en relación con la vida de las estrellas) que los
resultados obtenidos tras un período breve de observaciones minuciosas no son, ni
mucho menos, concluyentes. Por otra parte, las estrellas que se hallan en vías
de formación no son fácilmente visibles. En algunas nebulosas aparecen ciertos
objetos que podrían interpretarse como estrellas en proceso de formación. En la
nebulosa Rosette existen numerosos glóbulos oscuros que posiblemente sean
materia en proceso de condensación, camino hacia la secuencia principal. Otros
lugares en los cuales se sospecha que se están formando estrellas hoy día son
la nebulosa de Orión y la nebulosa NGC 6611 en la constelación Serpens.
Por otro lado, existe toda una serie de objetos que acaso sean estrellas que no
han empezado a brillar sino muy recientemente (a escala astronómica). Se
denominan «variables T Tauri» debido a que la primera que se detectó fue T
Tauri, descubierta por el astrónomo americano Alfred Harrison Joy (n. 1882)
durante la década de 1940-49. Incluso se cree saber de un caso en que una masa
de gas se condensó, alcanzó el punto de ignición y comenzó a brillar en calidad
de estrella, todo ello delante de los mismísimos ojos de los astrónomos. En
1936, la estrella FU Orionis apareció en un lugar donde hasta entonces no había
existido ningún astro y continuó brillando de una forma constante a partir de
ese momento.
(Si se hubiera tratado de una nova, se habría desvanecido hace mucho tiempo.)
Pero ¿a partir de qué se puede formar una nueva estrella?
Los astrónomos coinciden por lo general en señalar que las estrellas son
originariamente una vasta nube de gas y polvo; evos atrás, cuando la Galaxia se
hallaba en vías de formación, debió de abundar esta materia prima de las
estrellas. La Galaxia misma tuvo que ser una masa descomunal de materia
turbulenta de la cual se desgajaron algunos remolinos que más tarde se
condensaron en estrellas. Ahora bien, en la época actual, cuando a partir del
torbellino primario se han condensado ya más de cien mil millones de estrellas,
¿qué cantidad de materia prima puede quedar?
Ya señalamos con anterioridad la existencia del polvo interestelar, que en
ciertos lugares se acumula en cantidades suficientes para bloquear la luz de
las estrellas (nebulosas oscuras), o que, por el contrario, reflejan dicha luz
(nebulosas luminosas). También existe polvo interestelar disperso de una forma
más general a través del espacio, difundiendo y atenuando la luz de los astros
(véase pág. 108). El efecto es importante, pero la cantidad de polvo que
implica este fenómeno no basta para desempeñar un papel decisivo en esta
cuestión; por otra parte, esta clase de polvo, por sí sola, no se halla
presente en un volumen suficiente para suministrar una reserva generosa con
vistas a la formación de estrellas.
Algo más importante es la existencia del gas interestelar. Los átomos y
moléculas de los gases no absorben ni dispersan la luz de un modo eficiente y
por ello no se ponen de manifiesto de una forma tan clara como el polvo, a
pesar de que éste quizá se halla presente en cantidades mucho más exiguas.
Sin embargo, los átomos de un gas absorben longitudes de onda específicas, del
mismo modo que lo hacen los átomos de la atmósfera solar. La concentración de
gas en el espacio interestelar debe de ser tan baja que para las distancias
ordinarias la absorción de luz es despreciable y apenas mensurable. No así para
distancias de cientos y miles de años-luz, a lo largo de las cuales la
absorción se iría acumulando hasta alcanzar niveles detectables. Cabría pensar,
por tanto, que algunas de las líneas de los espectros estelares fuesen
producto, no de los gases que rodean a las estrellas, sino de ese gas en
extremo rarificado que se halla distribuido a lo largo del camino entre las
estrellas y nosotros.
El primer indicio de que esto podía ser cierto provino de los estudios
espectroscópicos de las estrellas binarias. Algunas binarias giran alrededor de
su centro de grave- dada en un plano situado de canto o casi de canto en
relación con la Tierra. En aquellos casos en que ambas estrellas son luminosas,
el eclipse de una de ellas, provocado por la otra, no es capaz de modificar de
un modo apreciable la cantidad de luz que recibe el observador terrestre;
cuando los dos cuerpos se hallan demasiado próximos entre sí para ser
percibidos como dos objetos diferentes a través del telescopio, tales binarias
resultan muy difíciles de detectar.
Ahora bien, cuando los dos cuerpos giran en un plano situado de canto con
respecto a nosotros, sucederá que uno de ellos se aleja de la Tierra mientras
el otro avanza hacia ella. Al cabo de cierto tiempo uno se esconderá detrás del
otro y ambos se moverán en una dirección transversal respecto a la línea
visual; uno hacia la derecha y el otro hacia la izquierda. En un momento
posterior, el cuerpo que antes se alejaba avanzará hacia nosotros y el que se
aproximaba se alejará. Luego volverán a cruzarse en dirección transversal, comenzando
de nuevo el proceso.
Cuando las dos componentes de la binaria se estén moviendo de tal modo que una
se aproxima y la otra se aleja, las líneas espectrales de la primera se
desviarán hacia el violeta y las de la segunda hacia el rojo. Cuando ambas componentes
viajen en dirección transversal, ninguna de las dos estrellas dará lugar a
corrimiento alguno en el espectro. Así pues, si los espectros de las dos
estrellas son de la misma clase, las líneas espectrales de ambas coincidirán
durante la fase del movimiento transversal. Por el contrario, durante la fase
de aproximación- retroceso las líneas se desdoblarán en dos, toda vez que uno
de los espectros se desplaza en una dirección y el otro en la dirección
opuesta. En el curso de una rotación completa, las líneas espectrales se
desdoblarán dos veces por período.
Figura 25. Binarias espectroscópicas.
Efectivamente,
a partir del comportamiento de las líneas espectrales se puede saber si una
estrella es binaria, aun cuando el hecho no venga apoyado por ningún tipo de
prueba óptica. En 1889, la astrónomo americana Antonia C. Maury (1866-1952)
registró una duplicación periódica de las líneas en el caso de Mizar, estrella
que forma parte del mango de la Osa Mayor. Esta fue la primera estrella
identificada como una «binaria espectroscópica». Desde entonces se han
descubierto varios miliares de casos análogos, y es posible que una estrella de
cada mil sea uno de estos pares que giran en íntima conexión, tan íntima que
sus atmósferas llegan a superponerse.
En 1904 el astrónomo alemán Johannes Franz Hartmann (1865-1936), que se hallaba
estudiando por entonces una de estas binarias espectroscópicas, la Delta
Orionis, observó que durante la duplicación periódica de las líneas había una
que no se desdoblaba. Tenía que haber algo que absorbiera una
longitud de onda específica de la luz y que no participara en el movimiento de
ninguna de las componentes del sistema doble de estrellas. Podría tratarse de
una tercera componente del sistema, con una masa tan enorme que el centro de
gravedad del sistema total se hallara situado muy cerca del centro del nuevo
elemento, con lo cual éste apenas se movería. Ahora bien, si esta nueva
componente tan masiva fuese luminosa tendría que dejarse ver; y si no fuese
luminosa, su presencia se vería delatada por eclipses, como en el caso de
Algol.
A Hartmann se le antojaba mucho más probable que la línea de absorción inmóvil
estuviese originada por el efecto acumulativo del gas, en extremo rarificado,
distribuido en el espacio entre Delta Orionis y la Tierra. La conclusión de
Hartmann no fue admitida de entrada, pero no tardaron en llegar pruebas
adicionales aportadas por otros astrónomos, en particular el ruso-americano
Otto Struve (1897-1963) en 1928. El gas interestelar se acepta hoy día como un
rasgo más de la Galaxia, y su masa total equivale quizás a unas 50 ó 100 veces
la del polvo galáctico.
La línea espectral inmóvil observada por Hartmann estaba originada por átomos
de calcio, con lo cual parecía obvio que el gas interestelar contenía dicho
elemento. También se detectaron otros átomos, pero la composición del gas no se
podía determinar simplemente a partir de las líneas espectrales. Un gas que
absorbiera de una forma muy intensa ciertas longitudes de onda de la región
visible —como ocurre con el calcio— podría imprimir su huella en el espectro
aun cuando su participación en el total fuese sólo minoritaria. Hacia los años
1950-59 parecía ya evidente que la componente esencial del gas interestelar era
un elemento mucho menos conspicuo (desde el punto de vista espectroscopia): el
hidrógeno.
Hoy día se estima que el 90% de todos los átomos del Universo son hidrógeno, el
átomo más simple, y que el 9% son helio, el átomo que sigue al de hidrógeno en
sencillez. El 1% restante está compuesto por todos los demás tipos de átomos.
En resumen, se piensa que la constitución elemental del Sol es bastante
representativa de la composición elemental del Universo en su totalidad.
Ahora bien, si el gas interestelar es en su mayor parte hidrógeno y helio, cabe
preguntarse en qué consiste el polvo interestelar. El helio no muestra
prácticamente tendencia alguna a formar compuestos, y el hidrógeno forma
moléculas de dos átomos cuya tendencia a combinarse tampoco es grande. Así
pues, el polvo se tiene que formar con la ayuda de alguno de los constituyentes
menores de la materia interestelar, pero tampoco un constituyente demasiadominoritario,
toda vez que el contenido en polvo de la Galaxia es bastante respetable.
Una de las hipótesis se centra en el oxígeno, el elemento menor más común. Los
átomos de oxígeno se combinan fácilmente con los átomos de hidrógeno (en la
relación uno a uno) para formar un «grupo oxhidrilo»; en 1963 se detectó
efectivamente este tipo de grupo en la materia interestelar. Un átomo de
oxígeno se puede combinar asimismo con dos átomos de hidrógeno para formar una
molécula de agua, y las moléculas de agua tienen una tendencia muy fuerte a
unirse entre sí. En consecuencia, el polvo interestelar podría estar compuesto
en gran parte de cristales de hielo.
Aunque distribuidos de una forma muy dispersa, el polvo y el gas interestelares
ocupan un volumen inmenso y equivalen, en total, a una masa muy grande. Algunas
estimaciones han equiparado la materia interestelar de la Galaxia a la suma de
las masas de todas las estrellas, pero dichas estimaciones pecan seguramente de
excesivas. Los cálculos más recientes sitúan la masa del gas interestelar en
sólo un 2% de la masa de las estrellas. Ahora bien, el gas sería mucho más
abundante en los brazos espirales que en el núcleo galáctico. En los brazos
espirales la masa del material interestelar podría totalizar de un 10% a un 15%
de la masa de las estrellas.
Aun adoptando la estimación más baja, la materia contenida en una galaxia como
la nuestra sería suficiente para constituir dos o tres mil millones de
estrellas, con lo cual no es de extrañar que hoy día sigan formándose astros a
partir de esta masa interestelar compuesta de hidrógeno en su mayor parte, ni
que hace 1-10 millones de años se formaran algunas estrellas que hoy lucen con
un brillo soberbio.
Es posible que algunas otras galaxias constituyan fuentes de materia estelar
aún más ricas que nuestra Galaxia. La Nube Grande de Magallanes, por ejemplo,
quizá tenga una concentración de gas interestelar equivalente a tres veces la
de la Galaxia.
Ahora ya podemos ofrecer una explicación de ese déficit inesperado de hidrógeno
en el Sol y de la reserva aparentemente excesiva de helio, así como del hecho
de que un planeta tal como la Tierra esté compuesto casi en su totalidad por
elementos más complejos que el helio. Al parecer, el material gaseoso a partir
del cual se formó el sistema solar contenía ya una provisión considerable de
helio, así como pequeñas cantidades de átomos más complejos.
La cuestión es entonces la siguiente: ¿De dónde provenían el helio v los átomos
más complejos contenidos en el gas interestelar?
Podría pensarse que el gas que dio origen a la Galaxia contenía ya desde el
principio cierta cantidad de helio y de átomos más complicados. Sin embargo,
resulta mucho más tentador suponer que en origen sólo existía el hidrógeno, el
átomo más simple, y que a partir de él se formaron todos los demás. Ahora bien,
los únicos procesos merced a los cuales el hidrógeno es capaz de fusionarse
para dar otros tipos de átomos requieren (según los conocimientos actuales) las
condiciones que reinan en el núcleo de las estrellas. Pero en este caso, ¿cómo
regresaron el helio y los demás átomos al gas?
Retengamos esta pregunta en la mente mientras seguimos considerando el posible
curso de la evolución estelar.
§. Más allá de la secuencia principal
¿Qué sucede con una estrella después de consumir tal cantidad de combustible
que ya no sea capaz de mantener el equilibrio entre gravedad y temperatura y no
pueda seguir, por tanto, en la secuencia principal?
La respuesta se deriva en parte de la teoría y en parte de la observación. En
efecto: los físicos nucleares proporcionan teorías muy complejas acerca de los
procesos que se pueden llevar a cabo en el interior de las estrellas bajo
condiciones dadas de temperatura, presión y composición química, y estas
teorías se comprueban luego comparándolas con lo que observamos en los cielos.
Por ejemplo, los astrónomos pueden observar aquellos cúmulos estelares que,
como las Pléyades, se encuentran lo bastante próximos a nosotros como para
permitir un estudio espectroscópico de cada uno de sus miembros por separado.
Puesto que todas las estrellas pertenecientes a un cúmulo de este tipo se
hallan aproximadamente a la misma distancia de nuestro planeta, su orden de
brillo aparente coincide con su orden de luminosidad. Esta magnitud proporciona
el eje vertical del diagrama H-R. Y estudiando los espectros individuales
tendremos también el eje horizontal. En resumen: podemos construir un pequeño
diagrama H-R que se limite exclusivamente a las estrellas del cúmulo.
Además podemos suponer que todas las estrellas de un cúmulo concreto poseen la
misma edad cronológica. En efecto, parece razonable admitir que en cierto
momento del pasado lejano el espacio en que hoy se halla el cúmulo estuviese
ocupado por un volumen enorme de gas que más tarde se condensó en las diversas
estrellas que componen el cúmulo; pero todo ello en un período tan breve (a
escala cósmica) que sería lícito afirmar que todas las estrellas del cúmulo
nacieron simultáneamente. Si esto no fuese así y las estrellas del cúmulo
tuvieran orígenes independientes, entonces resulta difícil dar una explicación
satisfactoria de por qué en la actualidad presentan una asociación tan íntima.
Si la edad cronológica fuese el único criterio de la evolución estelar, todas
las estrellas de un cúmulo, al tener la misma edad, deberían encontrarse en el
mismo estadio de evolución: todas se hallarían en el mismo punto de la
secuencia principal, o en un punto anterior o posterior a ella, pero todas
juntas.
Mas la edad cronológica no es el único criterio: la masa es otro. La masa de
las estrellas pertenecientes a un cúmulo varía entre ciertos límites, y cuanto
mayor es la masa, más rápido es el desarrollo de la estrella en cuestión. Una
estrella muy masiva nacida en un momento dado habría alcanzado hoy día una fase
más tardía de su evolución que otra, de masa menor, nacida aproximadamente
hacia el mismo período. Así pues, en un cúmulo de estrellas, las menos masivas
se encontrarían en la fase más temprana del ciclo evolutivo, mientras que las
otras se hallarían en estadios cada vez más avanzados a medida que fuésemos
considerando estrellas de mayor masa. Situando cada una de las estrellas en su
punto correspondiente del diagrama H-R, obtendríamos el desarrollo evolutivo
completo hasta la fase correspondiente a la estrella más avanzada del cúmulo.
Trumpler (el astrónomo que demostró la existencia del polvo interestelar) llevó
a cabo en 1925 este tipo de estudios sistemáticos de los cúmulos, y desde
entonces se han efectuado observaciones similares con gran detalle. Combinando
estas observaciones con la teoría, los astrónomos creen estar en condiciones de
descubrir las aventuras evolutivas de una estrella en general.
1. Una masa de gas y polvo se contrae y se calienta hasta que alcanza la
secuencia principal. Cuando la masa de gas es grande —y terminará en el extremo
caliente superior de la secuencia principal— este proceso durará unos 100.000
años, pues el campo gravitatorio relativamente grande de esta masa provocará
una contracción bastante rápida. Una estrella de masa como la del Sol tardará
en contraerse hasta la secuencia principal unos 2 millones de años.
2. La estrella permanece luego en la secuencia principal entre millones de años
y decenas de evos, según su masa. Mientras la estrella permanece en la
secuencia principal, en el núcleo estelar de altas temperaturas se desarrollan
reacciones nucleares; el núcleo pierde gradualmente hidrógeno y va acumulando
helio. Ciertos cálculos efectuados en 1966 indican que el núcleo del Sol
contiene seis átomos de helio por cada uno de hidrógeno, mientras que en las
afueras de este astro la relación es casi la inversa: siete átomos de hidrógeno
por cada uno de helio.
3. Cuando el núcleo de la estrella alcanza cierto contenido crítico de
hidrógeno (en defecto) y de helio (en exceso), aquélla comienza a dilatarse y,
por consiguiente, a enfriarse. Abandona la secuencia principal y empieza a
moverse hacia arriba y hacia la derecha del diagrama H-R. Se cree que en
algunos casos la estrella alcanza la fase de Cefeida, latiendo de un modo
regular durante varios millones de años. En otros casos, la expansión continúa
de una forma más o menos suave hasta que la estrella alcanza un tamaño enorme y
su materia (al menos la de las capas exteriores) llega a adquirir un grado extremo
de Tarificación. La estrella se ha convertido así en una gigante roja, fase que
representa un estadio tardío de la evolución estelar (y no un estadio temprano,
como venía a sugerir la teoría del deslizamiento).
Dentro de unos 8 evos nuestro Sol comenzará a expandirse en dirección a la fase
de gigante roja; y si para entonces la humanidad no ha abandonado la Tierra (o
no ha acabado consigo misma mucho antes), ese será nuestro fin.
Naturalmente, cuanto mayor sean el tamaño y la masa de la estrella, más
descomunal será la gigante roja en que se transformará. La gigante roja en que
llegará a convertirse algún día nuestro Sol en ese proceso de hinchamiento no
será un ejemplar especialmente impresionante dentro de su clase.
Figura 26. Evolución estelar.
Gigantes
rojas tales como Betelgeuse y Antares proceden de estrellas de la secuencia
principal mucho más masivas que el Sol. Es posible que las gigantes infrarrojas
se deriven de estrellas aún más masivas, que se han hinchado y enfriado en un
grado mayor todavía que las anteriores.
4. Cuando la estrella se encuentra de lleno en la fase de gigante roja, el
hidrógeno del núcleo estelar se ha consumido ya por completo. La masa del
núcleo ha ido aumentando constantemente a medida que el helio se iba acumulando
dentro de él. Mientras que el núcleo mismo se contrae y se calienta, las capas
exteriores se expanden como consecuencia del aumento de temperatura. Con el
tiempo llega un momento en que la temperatura del núcleo alcanza
aproximadamente los 140.000.000°C (casi diez veces la temperatura actual del
interior del Sol), lo cual es suficiente para desencadenar una reacción nuclear
en la cual tres núcleos atómicos de helio se combinan para formar el núcleo
atómico de un átomo de carbono. (Esta reacción se denomina algunas veces
«proceso de Salpeter», en memoria del físico austro-americano Edwin Ernest
Salpeter [n. 1924], que fue el primero en estudiarlo.) Tales «estrellas
quemadoras de helio» comienzan de nuevo a contraerse y a calentarse.
Ahora bien, el desarrollo de la fusión del helio no significa que la estrella
adquiera una nueva vida, comparable a la fase temprana de la fusión del
hidrógeno, pues la fusión del helio no suministra tanta energía como la del
hidrógeno.
Supongamos que doce núcleos de hidrógeno-1 se fusionan en tres núcleos de
helio-4, y que estos tres núcleos se fusionan luego en un único núcleo de
carbono-12. Los doce núcleos de hidrógeno-1 tienen una masa total de 12,0956;
los tres núcleos de helio-4 una masa total de 12,0078, y el núcleo de carbono-12
una masa de 12,000. La pérdida de masa (y, por tanto, liberación de energía) en
la fase de fusión del hidrógeno es de 0,0878, mientras que la pérdida en la
fase de fusión del helio es de sólo 0,0078. Es decir, la energía suministrada
por la fusión del helio sólo equivale al 9% de la suministrada por la fusión
del hidrógeno. Aunque la estrella puede subsistir durante algún tiempo gracias
a la fusión de átomos de carbono en núcleos aún más complicados, este proceso
no puede continuar indefinidamente. El hierro representa el punto final, pues
el núcleo del átomo de este elemento es el de máxima estabilidad. Una vez
alcanzado el núcleo de hierro, es imposible seguir obteniendo energía a
expensas de reacciones nucleares en las que intervenga este elemento. Los
núcleos de hierro quizá pasen a constituir núcleos más complejos o se rompan
para formar otros más sencillos, pero en ninguno de los dos casos se libera
energía; ésta tiene que provenir de otra fuente.
Ahora bien, sucede que una vez que ha cesado definitivamente la fusión del
hidrógeno, la energía que se puede obtener es muy escasa, aun en el supuesto de
que los núcleos continúen hasta ese punto muerto que representa el hierro.
Imaginemos que 56 núcleos de hidrógeno-1 se convierten en 14 núcleos de helio-4,
y que estos 14 núcleos de helio-4 se transforman luego en un único núcleo de
hierro-56. Las masas respectivas son 56,4463, 56,0264 y 55,9349. La pérdida de
masa al pasar del hidrógeno al helio es de 0,4199, y la que se produce al pasar
del helio al hierro de 0,0915. La energía obtenida de la conversión del helio
en hierro, pasando por todas las fases intermedias, equivale sólo al 22% de
la energía suministrada por la conversión del hidrógeno en helio. Así pues,
podemos decir que en el momento en que una estrella ha consumido todo el
hidrógeno, su vida como reactor nuclear ha transcurrido ya en sus cuatro
quintas partes.
Después de la fase de gigante roja, y a medida que la estrella se contrae y se
calienta de un modo constante, dentro del núcleo estelar se forma otro núcleo,
dentro de éste otro, y así sucesivamente. Cada uno de ellos contiene átomos más
complejos que el anterior, hasta que en último término llega el final en forma
de un núcleo interior rico en hierro.
Este proceso de contracción y calentamiento se puede representar en el diagrama
H-R como un tránsito rápido hacia la izquierda y hacia abajo. La estrella
alcanza y cruza la secuencia principal, dirigiéndose hacia la región inferior
izquierda del diagrama, es decir, la región que contiene las estrellas
calientes de baja luminosidad.
La región inferior izquierda es, naturalmente, justo la opuesta de la superior
derecha, en la cual se encuentran las estrellas frías de gran luminosidad (las
gigantes rojas). Del mismo modo que las estrellas frías pueden ser muy
luminosas si su tamaño es muy grande, las estrellas calientes pueden ser
sobremanera tenues si sus dimensiones son pequeñas.
Para entender lo que ocurre con una estrella cuando sus reacciones nucleares se
aproximan al fin, hemos de considerar la naturaleza de las estrellas muy
calientes y muy pequeñas, un grupo que aún no hemos discutido.
Capítulo 11
Explosiones estelares
Contenido:
§.
Enanas blancas
§. Supernovas
§. Estrellas moribundas
§. Estrellas de la segunda generación
§.
Enanas blancas
Los conocimientos acerca de las estrellas calientes pero tenues tuvieron su
origen en el descubrimiento —debido a Bessel— de la compañera oscura de Sirio
en el año 1844. Sirio y su compañera se movían alrededor del centro de gravedad
mutuo en órbitas elípticas, con un período de rotación de cincuenta años. Sirio
se denomina a veces «Sirio A», en atención a su existencia como parte de un
sistema binario, mientras que su compañera, de tamaño más pequeño, recibe el
nombre de «Sirio B».
Cualquier objeto capaz de impulsar y mantener a una estrella como Sirio en una
órbita suficientemente grande para ser visible desde la Tierra tiene por fuerza
que producir un campo gravitatorio «digno de una estrella». En efecto, se
calculó que la compañera de Sirio debía tener una masa equivalente a la mitad
de la de Sirio A y que, por consiguiente, tenía que ser tan masiva como el Sol.
Sin embargo, era imposible observar a Sirio B, lo cual indujo a Bessel a
suponer que se trataba simplemente de los rescoldos extintos de una estrella.
En ese mismo año Bessel registró la existencia de una compañera oscura en el
caso de Procyon, con lo cual se podía hablar de «Procyon A» y «Procyon B».
Parecía muy probable que este tipo de estrellas tenues fueran muy comunes. Se
pensó que lo único que impedía observarlas directamente era su falta de luz y
que sólo podían detectarse cuando formaban parte de un sistema múltiple de
estrellas, de suerte que sus campos gravita- torios fuesen capaces de alterar
el movimiento de una estrella visible hasta el punto de que nosotros, desde la
Tierra, pudiésemos distinguir los resultados de estas variaciones.
Esta hipótesis tuvo gran aceptación, y en el año 1851 el astrónomo alemán
Christian August Friedrich Peters (1806-1880) calculó la órbita que el
compañero invisible de Sirio debía tener a juzgar por los datos relativos a las
ondas que Sirio A describía en su movimiento.
Pero precisemos: al final se comprobó que ninguna de las dos estrellas
compañeras era del todo oscura. En 1862 Clark catalogó a Sirio B como una
estrella de magnitud 7,1. No es una tenuidad insólita, desde luego, pero hay
que tener en cuenta que el sistema estelar de Sirio sólo se halla a 8,8
años-luz de distancia. Para encontrarse a esta distancia y exhibir, sin
embargo, un brillo tan tenue, Sirio B debía tener una luminosidad equivalente,
como máximo, a una centésima de la del Sol. En 1895 el astrónomo
germano-americano John Martin Schaeberle (1853-1924) consiguió detectar Procyon
B, que resultó ser de undécima magnitud. Aun teniendo en cuenta que esta
estrella se hallaba un poco más lejos de nosotros que Sirio B, se demostró en
seguida que Procyon B era todavía más tenue que aquélla. Tales estrellas quizá
no fuesen completamente oscuras, pero no cabía duda de que eran estrellas
enanas.
Hacia finales de siglo se daba ya por sentado que los objetos sidéreos del tipo
de Sirio B y Procyon B eran estrellas moribundas cuya tenuidad se debía
principalmente a que el fuego estelar se estaba extinguiendo. Cabía suponer que
tales estrellas encajaban limpiamente entre las enanas rojas, en la cola de la
secuencia principal.
Sin embargo, incluso antes de que se terminara de confeccionar el diagrama H-R
se vio claro que Sirio B, por ejemplo, no encajaría en ese lugar concreto. Para
ocupar un puesto en la cola de la secuencia principal, la estrella tenía que
ser muy fría y, por consiguiente, de un color rojo oscuro. Pero Sirio B, lejos
de tener un color rojo, brillaba con una luz perfectamente blanca. De ser una
enana, tenía que ser una «enana blanca».
En 1914 el astrónomo americano Walter Sydney Adams (1876-1956) logró registrar
el espectro de Sirio B y halló que se trataba de una estrella de la clase
espectral A, igual que Sirio A. Esto significaba que Sirio B poseía una
temperatura superficial tan alta como la de Sirio A (10.000°C) y mucho más
elevada que esos 6.000°C del Sol.
Ahora bien, si Sirio B era más caliente que el Sol, debería tener también una
superficie más brillante, suponiendo en ambos casos el mismo número de
kilómetros cuadrados. El hecho de que Sirio B poseyera una luminosidad tan
inferior a la del Sol sólo podía significar que la superficie de aquél era muy
poco extensa. Se trataba de una estrella caliente al blanco, pero muy pequeña:
precisamente el tipo de estrella que esperaríamos encontrar en esa región
inferior izquierda del diagrama H-R a que aludimos al final del capítulo
anterior.
En cuanto al tamaño no cabía, en efecto, ninguna duda de que tenía que sermuypequeño.
Para explicar el escaso brillo de Sirio B no quedaba más remedio que asignar a
esta estrella un diámetro de 27.300 km., como mucho, con lo cual no superaría
en tamaño al planeta Urano. Se trataba, evidentemente, de una enana blanca.
Pues bien, aun en estas condiciones, Sirio B tenía que tener una masa
equivalente a la del Sol, conclusión a que se llegó a partir .del efecto
gravitatorio de Sirio B sobre Sirio A y contra la cual no se podía argumentar.
El hecho de que una estrella fuese tan pequeña como Urano
y al mismo tiempo tan masiva como el Sol planteaba problemas muy serios en
cuanto a su densidad; problemas que en el siglo XIX habrían suscitado
dificultades insuperables, pero que en el XX, como se comprobó más tarde, sí
tenían solución.
En realidad, el problema de las densidades estelares surgió no sólo en conexión
con estrellas poco usuales como Sirio B, sino también en relación con el propio
Sol.
Una vez que se logró conocer la distancia del Sol resultó muy fácil calcular su
diámetro real, y por tanto su volumen, a partir del diámetro aparente. El
volumen solar resultó ser 1.300.000 veces superior al de la Tierra, y su masa,
calculada a través del efecto gravitatorio que el Sol ejerce sobre nuestro
planeta, 333.500 veces superior a la masa terrestre.
La densidad se determina dividiendo la masa de un objeto por su volumen. Así
pues, la densidad del Sol debería ser 333.500: 1.300.000, o bien algo más de un
cuarto de la densidad de la Tierra. Puesto que la densidad de la Tierra es 5,5
gramos por centímetro cúbico, la del Sol será de 1,41 gramos por centímetro cúbico.
La densidad del agua es de 1,00 gramos por centímetro cúbico, con lo cual la
densidad del Sol es 1,41 veces la del agua. Por otra parte, esta cifra
representa un promedio global. No cabe duda que las capas exteriores del Sol
tienen que ser mucho menos densas que esa cifra, mientras que, en compensación,
la densidad del núcleo interior (que soporta la inmensa presión de las capas
externas) debe superar con mucho la cifra de 1,41.
La Tierra misma ofrece una analogía en este aspecto. La densidad global de
nuestro planeta es, como ya hemos dicho, de 5,5 gramos por centímetro cúbico;
pero mientras la corteza exterior rocosa tiene una densidad de sólo 2,6 gramos
por centímetro cúbico, en el centro de la Tierra esa cifra llega a ser de 11,5.
Las diferencias de densidad son mucho mayores en el caso del Sol que en el de
la Tierra, y ello se debe a que las presiones son bastante más grandes en el
centro del gigantesco Sol que en el centro de nuestro planeta, de tamaño
relativamente pequeño.
Cuando Eddington comenzó a explorar la estructura interna del Sol y de otras
estrellas se comprobó que las cifras correspondientes a las densidades
centrales eran de una magnitud insólita. Los cálculos muestran que para que el
Sol mantenga el equilibrio gravedad-temperatura, la densidad en el núcleo
central tiene que alcanzar una cifra tan alta como 100 gramos por centímetro
cúbico: cinco veces más denso que el platino (o que sus elementos hermanos, el
iridio y el osmio), que son las sustancias más densas que se conocen en la Tierra.
Además, aunque aquellas estrellas que superan al Sol en tamaño y en temperatura
son menos densas que éste, y algunas gigantes como Epsilon Aurigae llegan
incluso a niveles de rarificación muy altos, no es menos cierto que aquellas
otras que poseen un tamaño y una luminosidad menores que el Sol poseen una
densidad mayor que la de éste. Una enana roja como la estrella conocida con el
nombre de Krüger 60B, tiene una masa equivalente a un quinto la del Sol, pero
su volumen es de sólo 1/125 el del Sol, con lo cual la densidad de la enana
viene a ser de 1/5: 1/125 o veinticinco veces superior a la de aquél. Su
densidad media tiene que ser, por tanto, de 35 gramos por centímetro cúbico, o
vez y media más densa que el platino; su densidad central debe ser cientos de
veces superior a la de este elemento.
No es extraño que en las primeras décadas del siglo XX —cuando aún no se
conocían estas cifras con exactitud pero se esperaba que fuesen muy altas— los
astrónomos admitieran la hipótesis de que el gas contenido en el interior
estelar se encontraba comprimido hasta tal punto que dejaba de actuar como tal.
Las teorías concernientes a las energías y evoluciones estelares se basaban en
la hipótesis de un núcleo central no gaseoso. Sin embargo, todas ellas resultaron
ser falsas.
El trabajo realizado por Eddington a lo largo de la década de 1920-29 demostró
que todas las estrellas, incluidas las enanas rojas, se comportaban, a pesar de
su densidad, como si fuesen perfectamente gaseosas en su totalidad, pues
aquéllas obedecían la relación masa-luminosidad y ésta había sido postulada
sobre la base de que las estrellas eran por entero gaseosas.
¿Pero cómo es posible que una sustancia tan densa se comporte de modo parecido
a un gas enrarecido? Es más, ¿cómo pueden siquiera existir sustancias de
densidad tan alta? Si los átomos fueran pequeñas bolas de billar, irrompibles e
incompresibles, como creían los químicos del siglo XIX tales densidades serían
sencillamente imposibles. En los sólidos ordinarios de nuestro planeta, los
átomos se encuentran ya en contacto mutuo, y la densidad de los metales de la
familia del platino representaría casi el máximo posible.
Mas a partir de la década de 1890-1899 todas las nociones relativas a la
estructura atómica experimentaron una revolución radical. Cada vez se vio más
claro que los átomos no eran pequeñas bolas de billar, sino estructuras
complejas constituidas por «partículas subatómicas» que, por separado, eran
mucho más diminutas que el átomo intacto. Mientras que el átomo en su totalidad
tenía un diámetro del orden de una cienmillonésima de centímetro, el diámetro
de las partículas subatómicas ascendía a algo así como una diezbillonésima de
centímetro. Expresemos esto mismo de un modo más palpable: la partícula
subatómica tenía un tamaño equivalente a sólo 1/100.000 de las dimensiones del
átomo intacto, y harían falta 100.000 partículas subatómicas colocadas una al
lado de otra para cubrir el diámetro de un solo átomo.
El volumen de un átomo era 100.000 X 100.000 X 100.000 ó 1.000.000.000.000.000
de veces superior al de una partícula subatómica. Toda vez que incluso el átomo
más complejo contiene poco más de 300 partículas subatómicas, resulta evidente
que el átomo intacto es en su mayor parte espacio vacío, y su estructura (la
del átomo) se mantiene gracias a las fuerzas electromagnéticas; estas fuerzas
son también las responsables del movimiento de los electrones en amplias
órbitas alrededor del diminuto núcleo atómico situado en el centro del átomo.
Si fuese posible descomponer un átomo en sus diversas partículas subatómicas y
comprimirlo, el sistema total ocuparía un volumen insignificante comparado con
el volumen original. (A título de analogía, pensemos primero en la cantidad de
espacio que haría falta para almacenar una docena de cajas de sombrero e
imaginemos luego que rompemos las cajas en trozos muy pequeños de cartón; el
espacio que ocuparían sería mucho menor. Pues bien, el caso del átomo es más
drástico aún.)
A altas temperaturas el átomo se ve desprovisto de sus partículas más externas,
los electrones; si la temperatura alcanza valores suficientemente elevados
(como de hecho ocurre en el centro de las estrellas), el átomo pierde todos sus
electrones, quedando únicamente el núcleo atómico desnudo. Bajo las tremendas
presiones que reinan en el interior de una estrella, los electrones y núcleos
se pueden comprimir en un volumen mucho más reducido que el que habrían ocupado
los átomos intactos. Y a medida que este volumen decrece, la densidad aumenta
de un modo correspondiente hasta superar con mucho la del platino.
Este tipo de materia compuesta por partículas subatómicas trituradas y
comprimidas se denomina por lo común «materia degenerada». No cabe duda que en
el interior del Sol, y en general de todas las estrellas, existe un núcleo de
materia degenerada. Teoría perfectamente razonable, por otra parte, pues en un
átomo intacto los electrones externos escudan por completo al núcleo atómico,
impidiendo que éste choque con otros y se combinen entre sí; por el contrario,
cuando el átomo se ve desprovisto de los electrones el proceso de fusión
nuclear se puede desarrollar a una velocidad suficiente para mantener la
radiación estelar.
Ahora bien, aunque la materia degenerada se halla estrujada a densidades
descomunales, las partículas subatómicas individuales que la componen son tan
pequeñas que dicha materia sigue consistiendo, en su mayor parte, en espacio
vacío. En efecto, la materia degenerada, compuesta como está de partículas
subatómicas aisladas, contiene casi tanto espacio vacío como los gases
ordinarios, mucho menos densos y compuestos de átomos intactos de volumen
bastante mayor. Por esta razón, la materia degenerada puede alcanzar densidades
insólitas y seguir actuando como un gas.
Pero incluso las densidades de las enanas rojas se quedan en nada comparadas
con las de las enanas blancas. Sirio B, que posee el volumen de Urano y la masa
del Sol, debe de tener una densidad aproximadamente 125.000 veces superior a la
de éste y unas 8.000 veces la del platino. Un centímetro cúbico del material de
Sirio B pesaría por término medio 200 kg. Las regiones centrales de Sirio B
tienen que ser mucho más densas que este valor medio, de por sí ya muy alto. Y
sin embargo, Sirio B parece comportarse como si fuese gaseoso en su totalidad.
Es evidente que Sirio B tiene que estar compuesto casi exclusivamente de
materia degenerada; conclusión difícil de aceptar incluso en los años veinte de
nuestro siglo, pero que no tardó en recibir el apoyo de pruebas que la
confirmaron plenamente. Einstein había elaborado en 1915 su teoría general de
la relatividad, la cual predecía, entre otras cosas, que la luz experimenta una
desviación hacia el rojo al propagarse en contra de la fuerza gravitatoria. De
acuerdo con su teoría, los campos gravitatorios ordinarios producirían una
desviación al rojo demasiado pequeña para ser detectable. Cuando Einstein
presentó su teoría no podía imaginar que existiese un campo de tal intensidad.
Eddington señaló que si Sirio B era efectivamente tan denso como parecía, su
gravedad superficial debía equivaler a 2.500 veces la del Sol. En tales
condiciones, el «desvío de Einstein» sería mensurable. En 1925 W. S. Adams
examinó con un cuidado exquisito el espectro de Sirio B, midió la posición de
las diversas líneas espectrales después de eliminar el efecto producido por el
movimiento radial de la estrella y, en efecto, comprobó la presencia del desvío
de Einstein. Fue éste un tanto muy importante a favor de la validez de la
teoría general de la relatividad y un punto no menos decisivo a favor de la
superdensidad de Sirio B.
Sirio B no es ni mucho menos un ejemplar único. Aparte de ella se conocen otras
enanas blancas superdensas. Procyon B es una de ellas, naturalmente, y su masa
equivale a 0,65 veces la del Sol. De esta clase de objetos se han descubierto
unos 250, muchos de ellos por el astrónomo holandés-americano Willem Jacob
Luyten (n. 1899). En 1962 descubrió uno cuyo diámetro era sólo la mitad del de
la Luna; se trata del más pequeño de los que se conocen. En 1966 el astrónomo
suizo-americano Fritz Zwicky (n. 1898) detectó una binaria compuesta de dos
enanas blancas.
Doscientas cincuenta enanas blancas no parece ser un número demasiado
impresionante comparado con los miles de millones de estrellas ordinarias que
existen en los cielos. Pero recordemos que al ser tan pequeñas y tenues sólo
son visibles cuando se encuentran muy próximas a nosotros, mientras que las
estrellas ordinarias son capaces de hacer llegar su luz desde distancias
inmensas. El hecho de que a pesar del obstáculo que supone la escasez de brillo
se hayan encontrado tantas enanas blancas indica en realidad que se debe tratar
de una clase de objetos muy común. Algunos astrónomos han llegado incluso a
estimar que las enanas blancas constituyen el 3% de todas las estrellas de la
Galaxia, lo que significaría un total de unos tres mil millones de enanas
blancas en la Galaxia.
Volviendo a la cuestión planteada al final del capítulo anterior, nos
preguntamos: ¿es hacia el estadio de enanas blancas a donde se dirigen las
estrellas cuyo combustible nuclear se ha agotado, a medida que se aproximan a
la región inferior izquierda del diagrama H-R? Aparentemente sí, pero no
siempre mediante una transición suave y pacífica.
§. Supernovas
A la luz de las nuevas concepciones nucleares de las estrellas sería tentador
interpretar las novas como una especie de Cefeidas descarriadas, por decirlo
así. Mientras que la Cefeida ordinaria pulsa de una manera ordenada y
controlada, inflándose y deshinchándose a intervalos regulares, las novas son
estrellas que tras un período prolongado de quietud desarrollan de pronto, por
alguna razón concreta, una presión excepcional hacia afuera y —literalmente—
explotan. (Algunos astrónomos sugieren que las novas quizá forman siempre parte
de sistemas binarios muy ligados, siendo la influencia de la estrella vecina la
que suministra la inestabilidad necesaria.)
La luminosidad de una nova aumenta rápidamente de 5.000 a 100.000 veces a
medida que crece el área de su superficie, debido en especial a que la estrella
está experimentando una oleada fugitiva de radiación que impide que aquélla se
enfríe conforme se expande. En su punto culminante la nova alcanza una magnitud
absoluta de —8, y en ese momento su brillo es 200.000 veces superior al del
Sol.
Este brillo máximo sólo dura unos cuantos días. La fuerza de la explosión lanza
al espacio cierta porción de la materia estelar, y con ella se pierde gran
parte de la energía. Lo que queda de estrella experimenta luego un colapso
—algo así como si fuese un globo pinchado— y el astro se apaga. Al cabo de
varios meses la estrella adquiere de nuevo el brillo que tenía en su estado
«prenova», siguiendo después una vida como la que llevaba hasta entonces.
A escala terrestre, tales explosiones tienen categoría de catástrofes. Si el
Sol experimentara uno de estos cataclismos, los océanos de la Tierra
comenzarían a hervir y desaparecería todo signo de vida de la faz del planeta.
A escala estelar, las explosiones de las novas no pasan de un nivel discreto.
El brillo máximo es alto, pero incluso en su punto culminante una nova no llega
al brillo que S Doradus posee normalmente. En cuanto al material que se pierde
en el curso de la explosión de una nova, no representa más que 1/100.000 de la
masa de la estrella: cantidad demasiado exigua para ser importante.
Tras cierto período de quietud, una nova puede perfectamente experimentar una
nueva explosión, a intervalos que oscilan entre 10 y 100 años. Nova Persei, que
explotó en 1901, se abrillantó de nuevo en 1966. Existe un caso, el de la
estrella T Pyxidis, en el que se han observado cuatro máximos de brillo tipo
nova desde 1890, así como un quinto en 1966. Sea cual fuere la propiedad que da
lugar a estos picos de brillo, lo cierto es que las líneas de absorción del
espectro de la estrella exhiben un fuerte desvío al violeta, lo cual indica que
la estrella, o al menos parte de ella, se está aproximando hacia nosotros; la
capa exterior que explota se aleja rápidamente del astro, y la porción que
queda entre éste y nosotros se desplaza hacia la Tierra velozmente.
En algunos casos la explosión, o sus consecuencias, llega incluso a hacerse
ópticamente visible. Después de que Nova Aquilae hiciera su aparición en 1918,
E. E. Barnard constató que estaba rodeada por una esfera nebulosa que no había
estado allí con anterioridad. Esta esfera, compuesta probablemente de gases en
explosión, siguió moviéndose hacia afuera a una velocidad uniforme, haciéndose
cada vez más voluminosa y más tenue hasta que en 1941 era ya demasiado débil
para poder detectarla. Otras novas exhiben fenómenos similares.
Por desgracia, los astrónomos no han llegado todavía a una explicación,
aceptada con carácter general, de las explosiones tipo nova. Una de las
hipótesis lanzadas recientemente es que las novas sólo se dan entre estrellas
que forman parte de un sistema binario muy junto y que es la interacción entre
ambas estrellas lo que en un momento dado provoca la nova. Es posible.
Sin embargo, no todas las estrellas en explosión son simplemente novas. Esta
conclusión empezó a ser evidente hacia mediados de la década de 1920-29, cuando
se logró apreciar por primera vez la enorme distancia que nos separa de la
galaxia de Andrómeda. Si se aceptaba dicha distancia, ¿qué decir entonces
acerca de la nova S Andromedae que había aparecido allí en 1885?
Cuando S Andromedae fue detectada por primera vez, era una estrella de séptima
magnitud, pero es posible que en ese momento ya se hubiese disparado
rápidamente hacia el máximo de brillo rebasándolo ligeramente; es decir, cabe
que cierto tiempo antes de que fuese detectada, la estrella hubiera sido
observable a simple vista con un brillo algo superior a la sexta magnitud.
Claro está que aun así seguiría siendo una estrella tenue y apenas visible;
pero el mero hecho de ser observable a simple vista a una distancia como la de
la galaxia de Andrómeda indica un brillo tan descomunal que dejaría anonadado
incluso al astrónomo más curtido. En su período de auge S Andromedae hacía
palidecer al resto de la galaxia. Una sola estrella ganaba en brillo a miles de
millones de estrellas ordinarias juntas.
Las estimaciones modernas, basadas en los valores más recientes para la
distancia de la galaxia de Andrómeda, indican que la magnitud absoluta de S
Andromedae en su apogeo fue de —19. Esto significa que, al menos durante el
lapso de algunos días, el astro resplandeció con un brillo equivalente al de
cien mil novas ordinarias, o diez mil millones de veces el del Sol.
S Andromedae no era simplemente una nova; era una «supernova».
Una vez constatado este extremo, se inició la búsqueda de otros ejemplares de
esta nueva y espectacular clase de objetos. Mientras que las novas ordinarias
no son observables mucho más allá de las galaxias más cercanas, las supernovas,
cuyo brillo es equiparable al de una galaxia entera, pueden detectarse
naturalmente a las distancias a que se pueden detectar las galaxias; es decir,
hasta donde alcanzan nuestros telescopios.
En la búsqueda de estas supernovas de brillo semejante al de una galaxia ha
destacado Fritz Zwicky, quien en los años 1936 y siguientes localizó una serie
de ellas en diversas galaxias. El número de las que se han observado asciende
en total a unas cincuenta. Zwicky estima que mientras las novas ordinarias
surgen a un ritmo de veinticinco por año en una galaxia dada, las supernovas
sólo lo hacen a una tasa de tres por cada milenio dentro de una galaxia
concreta.
Hacia finales de la década de 1930-39, las observaciones efectuadas por los
astrónomos germano-americanos Walter Baade (1893-1960) y Rudolf Leo B. Minkowski
(n. 1895) demostraron que las supernovas podían dividirse en dos variedades,
Tipos I y II, a las cuales quizá cupiese añadir también un Tipo III. Las
supernovas del Tipo II son las menos luminosas —sólo varios cientos de veces
más brillantes que las novas ordinarias— y probablemente las más numerosas; el
hecho de que no se observe un número mayor de ejemplares de este tipo se debe
simplemente a su menor luminosidad. Las supernovas del Tipo III son similares a
las del Tipo II, pero poseen una curva de luz que se desvanece de un modo más
gradual. Las del Tipo I son las auténticas gigantes de su clase. S Andromedae
fue una supernova del Tipo I, lo mismo que la del año 1054 que dio origen a la
nebulosa del Cangrejo.
Es evidente que las supernovas, al igual que las novas ordinarias, deben su
aumento de brillo a una explosión. Dado que las primeras alcanzan picos de
brillo más altos que las segundas y sostienen este nivel superior de
luminosidad durante más tiempo, las explosiones de las supernovas tienen que ser
de un carácter mucho más catastrófico. Se estima que mientras las novas
ordinarias pierden 1/100.000 de su masa en la explosión, las supernovas del
Tipo II pierden de 1/100 a 1/10 de su masa y las gigantes del Tipo I entre 1/10
y 9/10.
Desde los días de la invención del telescopio se ha estudiado toda una serie de
novas dentro de nuestra Galaxia, pero aun así no se ha detectado en ella ni un
solo objeto que pueda ser catalogado claramente como una supernova en los tres
siglos y medio que han transcurrido desde que Galileo enfocó por primera vez su
tubo de aumento hacia el firmamento.
Sin embargo, si escudriñamos la historia pasada parece ser que en el curso de
los últimos mil años han aparecido tres supernovas en nuestra Galaxia (cifra
que concuerda exactamente con la estimación de Zwicky). Fueron las «nuevas
estrellas» de 1054, 1572 y 1604. Existen también indicios (producto de
investigaciones minuciosas llevadas a cabo sobre ciertos documentos orientales
y publicadas en 1966) de que en el año 1006 posiblemente se encendió una cuarta
supernova.
De todas ellas, la primera fue objeto de una observación sumamente deficiente,
pero ha sido también la que ha resultado, con diferencia, de más interés. Se
trata quizá de una de las supernovas más brillantes que jamás se hayan formado
y posiblemente la más próxima de las que han aparecido en los tiempos
históricos. Además es un ejemplar único entre las supernovas debido a que ha
dejado tras sí un residuo que a través de cualquier telescopio rudimentario
parece una mancha nubosa.
El astrónomo inglés John Bevis (1693-1771) informó de su existencia en 1731, y
en 1758 Messier observó la mancha en la constelación de Tauro, incluyéndola en
su lista. Y como fue el primer objeto catalogado en dicha lista, a veces recibe
el nombre de MI.
En 1844 (ochenta años más tarde) Lord Rosse observó la mancha con mayor
detenimiento valiéndose de su gran telescopio y consiguió discernir su
estructura. Se trataba de algo que no tenía paralelo en el firmamento: una masa
de gas claramente turbulento con numerosos filamentos de luz en su interior.
Estos filamentos deshilachados se le antojaban a Rosse como las patas de un
cangrejo, por lo cual bautizó al objeto con el nombre de «nebulosa del
Cangrejo», nombre que se sigue utilizando hoy día.
La nebulosa del Cangrejo tiene a todas luces el aspecto de una inmensa
explosión sorprendida en medio del proceso de expansión. No hace falta mucha
imaginación para verlo; es una conclusión que se impone por sí sola en la mente
de cualquier observador. El hecho de que se halle situada muy cerca del lugar
donde los astrónomos chinos localizaron la supernova de 1054 pedía a gritos
considerar la nebulosa del Cangrejo como los residuos de esa explosión; hacia
mediados de la década de 1920-29, cuando los astrónomos descubrieron que tales
supernovas existían, nadie dudó en aceptar dicha hipótesis.
En 1921 J. C. Duncan señaló que las fotografías que se habían tomado de la
nebulosa del Cangrejo a lo largo de la última generación, más o menos,
demostraban que los gases turbulentos se movían hacia el exterior a razón de
una fracción diminuta de segundo de arco por año, cantidad que, no obstante su
pequeñez, era mensurable. Las medidas espectroscópicas indican asimismo que las
porciones de gas que se encuentran del lado de nuestro planeta se aproximan
hacia nosotros a una velocidad de 1.300 kilómetros por segundo. Si la nebulosa
del Cangrejo es efectivamente un volumen de gas en explosión, dicho gas debería
moverse hacia el exterior en todas direcciones y con velocidades más o menos
iguales. Por consiguiente, es lícito equiparar la velocidad radial en
kilómetros por segundo a la velocidad transversal en segundos de arco por año.
Calculando la distancia a la cual una velocidad tal se traduce en tantos
segundos de arco por año, resulta que la nebulosa del Cangrejo se halla a unos
4.500 años-luz de nosotros y que la capa de gases en explosión tiene en la
actualidad un diámetro máximo de unos 6 años-luz.
Si a partir de la velocidad de expansión de los gases hacemos un cálculo hacia
atrás, llegamos a la conclusión de que el gas se encontraba en su punto inicial
(en el centro) hace 900 años aproximadamente, cifra que concuerda exactamente
con lo que cabría esperar en el supuesto de que la nebulosa del Cangrejo fuese
efectivamente la explosión supernova de 1054. Hacia 1942 no parecía existir ya
ninguna duda acerca de esta cuestión, y ello gracias en gran parte a la labor
concienzuda de Oort.
Indicios tan patentes como los del caso anterior faltan en cambio por completo
en relación con la supernova de Tycho de 1572 o con la de Kepler de 1604 (esta
última quizá sea sólo una supernova del Tipo II), aunque en 1966 se
identificaron a unos 11.400 años-luz de la Tierra (tres veces la distancia de
la nebulosa del Cangrejo) ciertas briznas muy difusas de gas que pudieran ser
residuos de la supernova de Tycho. Por otra parte, existe una clase de objetos
astronómicos que quizá sean los restos de supernovas que brillaron en los
cielos de nuestro planeta antes de los albores de la historia escrita e incluso
antes de la aparición del hombre. Se trata de las llamadas nebulosas
planetarias: estrellas rodeadas de extensas nebulosas gaseosas y esféricas.
Dado que es precisamente en los bordes donde nuestra vista tiene que atravesar
un espesor máximo de este halo gaseoso, la nebulosa resulta muy visible en esta
región; tal es el caso de la nebulosa del Anillo en la constelación de Lira.
Estos anillos de gas recuerdan en cierto modo a la imagen de Laplace, en la
cual una nebulosa en rotación expelía anillos de gas que en cierto momento
posterior (siempre según la concepción laplaciana) se condensaban en planetas;
de ahí el nombre de «nebulosas planetarias». La nebulosa del Velo en Cygnus
está constituida al parecer por fragmentos rotos de un anillo que se hubiese
expandido hasta un tamaño relativamente enorme. Quizá se trate de los residuos
de una explosión del tipo supernova acaecida hace 100.000 años o más.
Hoy día se conocen más de mil nebulosas planetarias, y es posible que en total
existan unas cincuenta mil en la Galaxia. La más próxima es NGC 7293, cuya
distancia es suficientemente pequeña para que su paralaje sea mensurable. Se
halla a unos 85 años-luz de nosotros y el diámetro del anillo de gas equivale
aproximadamente a 1/3 de año-luz. Las hipótesis acerca de la naturaleza y causa
de estos anillos gaseosos son varias; lo menos que se puede decir es que es
posible que algunos de ellos, cuando no todos, representen él material expelido
hace muchos miles de años en el curso de una explosión tipo nova o supernova de
la estrella central.
§. Estrellas moribundas
Los dos tipos de objetos que hemos visto en lo que va de capítulo —enanas
blancas y supernovas— parecen estar íntimamente relacionados.
Para ver de qué tipo es esta relación, permítasenos volver a aquellas estrellas
que se encuentran en el estadio final del consumo de combustible nuclear, es
decir, las estrellas que han ido acumulando hierro en su núcleo interior y que,
por así decirlo, ya no tienen adónde ir en el terreno de las reacciones
nucleares.
Para que una estrella que se halla en este trance pueda seguir radiando tendrá
que recurrir a la única fuente de energía que le queda: el campo gravitatorio.
Una vez más se verá obligada a contraerse, igual que lo hizo en aquellos días
lejanos, antes de la ignición de las reacciones nucleares en su núcleo más
íntimo. La única diferencia es que ahora que la estrella está radiando energía
a un ritmo brutal, la contracción tiene que ser sobremanera rápida para
suministrar suficiente energía.
Cuando los astrónomos llegaron a comprender la naturaleza de la materia
degenerada, comprobaron también que esta contracción podía ser excesivamente
rápida y que lo que antes había sido una estrella ordinaria podía convertirse
en un abrir y cerrar de ojos en una enana blanca minúscula. El calor de la
compresión la calentaría «al blanco», pero, dada su pequeña superficie, la
energía radiada sería, en términos generales, mucho más exigua después de la
contracción que antes. Por otra parte, la cantidad de energía que la estrella
radiaría en su nuevo status de enana blanca sería tan pequeña
que a partir de entonces bastaría un ritmo de compresión lentísimo para
proporcionar dicha energía durante evos enteros. El proceso que Helmholtz
estimó válido para todas las estrellas en general resultó ser de hecho aplicable
a las enanas blancas.
Ahora bien, la enorme densidad de las enanas blancas no les priva a éstas de la
posibilidad de seguir comprimiéndose. Todo lo contrario: la estrella tiene aún
mucho terreno por delante en este sentido. Sirio B tendrá posiblemente una
densidad 125.000 veces superior a la del Sol, pero las partículas subatómicas
que pululan en el seno de su estructura degenerada (en gran parte) no se
encuentran, ni mucho menos, en contacto mutuo. Para que esto fuese cierto,
Sirio B debería contraerse hasta un diámetro de sólo unos trece (!) kilómetros.
A medida que una enana blanca se contrae, experimenta un proceso de
enfriamiento. Su temperatura superficial puede llegar a ser de 50.000° C. en el
momento de formación, si bien Sirio B, con sus 10.000° C. de temperatura
superficial, es todavía una enana blanca bastante joven cuya luminosidad se
halla muy cerca de 1/100 la del Sol, cifra que quizá constituya el máximo para
este tipo de estrellas. Las enanas blancas más viejas son también más frías, y
una de ellas, llamada «van Maanen 2», que lleva ya como mínimo 4 evos en el
estado de enana blanca, posee una temperatura superficial de sólo 4.000°
centígrados. Su color es marcadamente rojizo y ello da lugar a esa aparente contradicción
de tener que llamaría una «enana blanca roja». Pero incluso van Maanen 2 puede
prolongar su existencia durante muchos, muchos evos, administrando con
parsimonia su reserva gravitatoria de energía, antes de que se extinga. Tan
longeva es la vida de una enana blanca que muy bien pudiera ser que la Galaxia
no fuese suficientemente vieja para haber presenciado el ocaso de una sola
estrella de esta clase.
Pero si las enanas blancas son estrellas moribundas, entonces el sistema de
Sirio plantea un interesante problema. Sirio A y Sirio B tienen que haberse
formado al mismo tiempo, y sin embargo Sirio A se encuentra en plena juventud
mientras que Sirio B tiene una edad muy avanzada. ¿Cuáles son las razones que
explican este hecho?
Si ambas poseen la misma edad cronológica, la única posibilidad que cabe es que
Sirio B haya vivido de un modo más rápido que Sirio A, lo cual implicaría, en
virtud de la relación masa-luminosidad, que Sirio B es más masiva (quizá mucho
más masiva) que Sirio A. Y sin embargo, Sirio B —al menos en el estado de enana
blanca— sólo tiene la mitad de masa que Sirio A. ¿Qué ha ocurrido con el resto
de la masa que antaño perteneciera a Sirio B?
Según nuestros conocimientos, el único modo de perder una cantidad apreciable
de masa estelar es a través de una explosión tipo supernova. ¿Podría ser
entonces que hace un evo o más Sirio B hubiese experimentado una explosión tipo
supernova? Es muy probable.
Tal conclusión viene apoyada por los trabajos teóricos del astrónomo
indo-americano Subrahmanyan Chandrasekhar (n. 1910). Incluso en las enanas
blancas tiene que existir equilibrio entre la fuerza gravitatoria, que tiende a
comprimir la estrella, y el efecto térmico que impele la sustancia estelar
hacia afuera. Las fuerzas gravitatorias que actúan en una enana blanca son
muchas veces más intensas que las que están en juego en el caso de una estrella
ordinaria, con lo cual la temperatura central también tiene que ser más elevada
para contrarrestarlas. Cuanto mayor es la masa de la enana blanca, tanto más
intensa será la fuerza gravitatoria que tiende a comprimirla y tanto más
pequeña y densa será la estrella. Pero en cierto punto crítico («límite de
Chandrasekhar») no existe ya temperatura capaz de impedir que la estructura de
la enana blanca se contraiga hasta cierto límite extremo. Chandrasekhar
demostró en 1931 que este límite crítico equivalía aproximadamente a 1,4 veces
la masa del Sol. Este resultado viene avalado por el hecho de que todas las
enanas blancas cuya masa ha sido determinada se encuentran muy por debajo del
límite de Chandrasekhar.
Una estrella de tamaño medio, como el Sol, seguirá contrayéndose de un modo más
o menos constante después de haber agotado el combustible nuclear de su parte
central. Durante este proceso quizá experimente una explosión benigna en el
momento en que el calor de contracción inflame el combustible nuclear contenido
en las capas externas. En el transcurso del tiempo es posible incluso que se
produzcan varias explosiones de este tipo. Es muy probable que algunas al menos
de las novas ordinarias representen esta fase de la evolución de una estrella.
Cabe incluso que la atenta mirada de los astrónomos haya presenciado la
formación de una enana blanca de esta forma. WZ Sagittae, una nova reincidente,
explotó primero en 1913 y después en 1946; hoy día posee una luminosidad
equivalente a sólo 1/100 la del Sol y presenta todos los síntomas de una enana
blanca.
Cuanto mayor es la masa de la estrella, tanto más drástico es el efecto de la
compresión y tanto más tremendas son también las explosiones provocadas. Tales
explosiones van eliminando porciones de masa cada vez más grandes y reducen la
parte restante hasta un valor muy por debajo del límite de Chandrasekhar [xviii] . No
cabe duda, pues, de que las supernovas son la agonía de las estrellas masivas y
que las supernovas de Tipo I representan la agonía de estrellas especialmente
masivas.
Mas ¿qué es lo que provoca el colapso final de una estrella masiva? Porque,
evidentemente, se trata de un proceso repentino. Dos, como mínimo, son los
mecanismos que se han sugerido para explicar estas catástrofes súbitas, y ambos
pueden ser válidos para un tipo concreto de estrellas.
Una posibilidad es que la temperatura del corazón central de la estrella,
saturado de hierro, llegue a alcanzar un nivel tan alto que, en cierto momento
crítico, los átomos de hierro se vean desintegrados por la intensísima
radiación, descomponiéndose en fragmentos de helio. Este proceso no suministra
energía, sino que la absorbe: absorbe toda la energía
contenida en la radiación que dio lugar a aquélla. Todo esto ocurre, en cierta
medida, a temperaturas comprendidas dentro de un intervalo bastante amplio,
pero cuando sucede en el punto crítico la velocidad del proceso es tal que la
energía absorbida no puede ser ya reemplazada por los últimos restos de
procesos nucleares en el corazón de la estrella. La temperatura en el corazón
central disminuye ligeramente.
En el momento en que la temperatura disminuye, la fuerza de compresión
gravitatoria de la estrella, liberada ahora en parte de su fuerza antagónica,
se hace dueña de la situación. La estrella se contrae y el núcleo central se
calienta a expensas de la energía gravitatoria. La energía suministrada de este
modo mantiene activo el proceso de conversión del hierro en helio, con lo cual
la estrella continúa encogiéndose a un ritmo cada vez mayor. En resumen: toda
la energía liberada por el núcleo central a lo largo de varios millones de años
de fusión del helio en hierro se devuelve ahora en cuestión de horas (!) a
costa de la única fuente de energía que queda, a saber, el campo gravitatorio.
La segunda variante fue sugerida en 1961 por el astrónomo chino-americano
Hong-Yee Chiu (1932). Para exponerla nos vemos precisados a introducir
previamente algunos conocimientos de fondo.
La materia absorbe muy fácilmente la radiación ordinaria que emite el núcleo
central de una estrella. Una vez liberado un fragmento de radiación, es
absorbido al instante, liberado de nuevo, absorbido una vez más, y así
sucesivamente. La radiación pasa de mano en mano, por así decirlo, en
direcciones aleatorias, y no consigue abrirse paso hasta la superficie estelar
sino de una forma muy gradual. Se estima que una porción de energía tarda por
término medio un millón de años en desplazarse desde el núcleo central del Sol,
donde se forma, hasta la superficie solar, lugar a partir del cual se radia
hacia el exterior. Este fenómeno hace que la sustancia del Sol sea un excelente
aislante, de suerte que mientras el centro está a 15.000.000° C., la
superficie, separada de aquél sólo 800.000 kilómetros, se encuentra únicamente
a 6.000° C.
Además de la radiación ordinaria, las reacciones nucleares que se desarrollan
en el núcleo central de las estrellas producen ciertas partículas en extremo
minúsculas llamadas «neutrinos». Los neutrinos viajan a la velocidad de la luz,
igual que la radiación ordinaria, pero entre ambos existe una diferencia
importante: es muy raro que los neutrinos sean absorbidos por la materia. Los
neutrinos que se forman en el centro del Sol se desplazan hacia el exterior en
todas direcciones sin verse afectados en modo alguno por la materia que
constituye el Sol. En tres segundos alcanzan la superficie solar y desde allí
se disparan hacia el espacio exterior, llevándose consigo parte de la energía
del Sol.
A la temperatura que reina en el interior del Sol, el número de neutrinos que
se forman es ínfimo comparado con la radiación ordinaria emitida. Si queremos
considerar los neutrinos algo así como una fuga de energía, entonces debemos
añadir que esta fuga es prácticamente imperceptible en el caso del Sol.
Ahora bien, a medida que una estrella envejece, la temperatura de su centro
aumenta y el ritmo de formación de neutrinos crece cada vez más rápidamente. La
fuga de energía debida a los neutrinos adquiere ahora un carácter más serio.
Cuando se alcanza una temperatura crítica de 6.000.000.000° C. (según los
cálculos de Chiu) la fuga se hace tan grande que las reacciones nucleares que
se operan en el núcleo central dejan de ser capaces de suministrar la energía
necesaria para impedir que la estrella sufra un colapso.
Sea cual fuere la causa de la pérdida de energía en el núcleo central (la
iniciación repentina de un proceso de conversión de hierro a helio o una fuga
abrumadora de energía originada por los neutrinos), el resultado, en ambos
casos, es el colapso súbito y catastrófico de la estrella. En el transcurso del
colapso las capas externas de la estrella se comprimen. Pero estas capas
externas contienen todavía combustible nuclear, incluso hidrógeno en la
superficie misma. Este hidrógeno no experimentaría nunca un proceso de fusión a
las temperaturas superficiales, ni siquiera de las estrellas más calientes; mas
con la acción supletoria del calor de compresión todo el combustible que queda
en la estrella se prende. En un breve lapso de tiempo, la energía que en
condiciones normales bastaría para cientos de miles de años se radia al
exterior.
Si las supernovas marcan efectivamente la transición de las estrellas masivas a
enanas blancas, entonces no cabe duda de que el centro de la nebulosa del
Cangrejo debería estar ocupado por una enana blanca. De hecho existe en ese
punto una estrella diminuta y azulada (tan caliente como cabría esperar de una
enana blanca nueva). Esta enana fue detectada en origen por Walter Baade en
1942. Durante un cuarto de siglo fue considerada como una enana blanca, pasando
luego a adquirir una identidad aún más exótica.
Si es cierto que las nebulosas planetarias son residuos de explosiones tipo
supernova, entonces deben existir también enanas blancas en el centro de
aquéllas (o al menos en algunas de ellas). Las estrellas centrales de las
nebulosas planetarias son invariablemente estrellas blanco- azuladas, como cabría
esperar —repetimos— de enanas blancas más o menos nuevas. La estrella central
de la nebulosa planetaria más cercana, la NGC 7293, es sólo de la décima
magnitud a pesar de sus 83 años-luz de distancia, y es claramente una enana
blanca.
Si, como Zwicky estima, el número de explosiones tipo supernova es de tres por
milenio dentro de una galaxia concreta, entonces a lo largo de los 3 evos que
lleva de existencia el sistema solar ha debido haber 15.000.000 de supe
Estrellas de la segunda generación novas, formándose otras tantas enanas
blancas. Añadamos a éstas los miles de millones de supernovas que han podido
tener lugar antes de que el sistema solar se formara, así como las enanas
blancas que se han formado a partir de estrellas suficientemente pequeñas para
evitar la fase de supernova, y comprobaremos que no es sorprendente que las
enanas blancas sean tan comunes como parece que son.
§. Estrellas de la segunda generación
Cuando una gran estrella explota como supernova, cierta cantidad de materia se
ve lanzada hacia el exterior, hacia el espacio, distribuyéndose ocasionalmente
entre el gas rarificado que allí se encuentra presente.
La materia estelar que ha explotado abunda en todos los elementos que preceden
al hierro, pues todos ellos se hallaban presentes en la estrella en el momento
de la explosión. Es más: dicha materia debe contener también elementos más
pesados que el hierro. Estos elementos no se pueden formar sin un aporte de
energía, y en las estrellas ordinarias, desde luego, no se formarían. Sin
embargo, en una supernova la producción de energía es tan descomunal que es muy
probable que parte de ella se ponga a trabajar, digámoslo así, en la
constitución de átomos más complejos que los del hierro, en todos los tipos de
átomos hasta los de uranio, el átomo más complejo de los que se dan con cierta
abundancia en la corteza terrestre.
Pero es muy probable que incluso se formen elementos más complejos que el
uranio. Tales «elementos transuránidos» no existen en estado natural en la
Tierra debido a su extrema inestabilidad. Cierto que el propio uranio es
inestable y se desintegra continuamente, por etapas, hasta llegar al plomo. Mas
la desintegración del uranio es tan lenta que incluso al cabo de 4,5 evos
(aproximadamente la vida de la Tierra) todavía queda intacta la mitad de la
reserva original de este elemento. La desintegración de los elementos más allá
del uranio es mucho más rápida, y si alguno de estos elementos existió en el
momento de la formación de la Tierra, en la actualidad ya ha desaparecido.
En relación con las supernovas tenemos, por el contrario, pruebas (una, como
mínimo) en favor de la aparición -—al menos transitoria— del elemento
«californio» (situado seis lugares más allá del uranio en la tabla periódica de
los elementos). Al parecer, muchas supernovas pierden brillo con una vida media
de cincuenta y cinco días. Y da la casualidad de que una de las variedades del
californio, el «californio 254», se desintegra precisamente a esa velocidad. Es
posible que haya cierta relación en este sentido.
En cualquier caso, mucho después de que la supernova se encienda camino de su
destrucción y de que la enana blanca resultante inicie su viaje alrededor del
centro galáctico, el anillo gaseoso de la explosión quedará rezagado como
consecuencia de la fricción con el gas disperso que se encontraba ya presente
en el espacio interestelar, sirviendo así para contaminar dicho gas en la
región en que antaño tuvo lugar la explosión. De suerte que lo que hasta
entonces era una zona del espacio que contenía un gas disperso formado
exclusivamente por hidrógeno, puede contener ahora pequeñas porciones de helio
y porciones aún menores de átomos más complejos. En efecto, si es cierto que en
cada milenio ocurren tres supernovas por galaxia, ello bastaría para explicar
la presencia de un tercio del gas interestelar.
¿Qué ocurre entonces si a partir de la materia de este espacio contaminado se
forma una estrella? La estrella seguiría estando compuesta en su mayor parte de
hidrógeno; seguiría teniendo una vida muy longeva, a lo largo de la cual podría
radiar utilizando como fuente de energía la fusión del hidrógeno (siempre que,
naturalmente, no fuese demasiado masiva), pero también gozaría de la
participación de átomos complejos en cantidades mayores de lo que cabría esperar.
Este parece ser el caso de nuestro Sol (con lo cual contestamos al problema
planteado anteriormente). Al parecer, el Sol es una «estrella de la segunda
generación», es decir, una estrella que se formó allí donde con anterioridad
había muerto otra por explosión.
Si el Sol hubiera estado compuesto en origen por un 100% de hidrógeno, tendrían
que haber transcurrido 20 evos antes de llegar a la proporción de hidrógeno
(81%) que exhibe en la actualidad. En cambio, si la proporción orginaria de
hidrógeno hubiese sido del 87%, sólo harían falta de 5 a 6 evos para llegar al
estado presente; así pues, es esto último lo que probablemente sucedió.
De este modo, los planetas que se formaron en las afueras de esa nube de gas en
lento proceso de aglomeración que dio lugar al sistema solar acabarían también
por estar compuestos de un material con una mezcla adicional considerable de
átomos más complicados. En el caso de la Tierra, que en sus comienzos era
demasiado pequeña y caliente para depender exclusivamente del hidrógeno y del
helio, los átomos más complicados constituyen casi la totalidad de su
estructura. La Tierra posee un núcleo central —cuya masa equivale a un tercio
de la total—compuesto casi por entero de hierro líquido. Esto da idea de las
cantidades ingentes de hierro que la explosión de la supernova (con su propio
núcleo central saturado de hierro) debió de vomitar al espacio.
En efecto, Fred Hoyle sugirió hace algunos años que otrora el Sol formó parte,
igual que Sirio, de un sistema doble de estrellas y que su compañera se
incendió convirtiéndose en una supernova. De este modo Hoyle intentaba explicar
la constitución de los planetas y al mismo tiempo tener en cuenta el hecho de
que éstos poseen un momento angular tan grande; según esta teoría, el momento
angular planetario provendría de la reserva que poseía la estrella que explotó.
Sin embargo, si aceptamos esta hipótesis es preciso resolver el problema de
dónde ha quedado la enana blanca que se debió formar en el curso de la
supernova. La teoría de Hoyle es original e interesante, pero no todos los
astrónomos, ni mucho menos, la consideran probable.
Capítulo 12
Evolución galáctica
Contenido:
§.
La cuestión de la eternidad
§. Clases de galaxias
§. Poblaciones estelares
§.
La cuestión de la eternidad
Como el lector habrá podido comprobar, el estudio que hemos hecho de los
problemas concernientes a la evolución estelar ha finalizado con la siguiente
idea: aunque el Sol quizá tiene una edad de sólo 5 evos, antes que eso tuvo que
haber una historia de la Galaxia, pues aquél se erigió sobre las ruinas de una
estrella aún más vieja. En efecto, un examen detenido de la estructura de
ciertos cúmulos globulares, así como de la proporción entre la cantidad de
hidrógeno consumida y la que aún queda por consumir, revela que la vida de los
cúmulos puede llegar a ser de hasta 25 evos.
Ahora bien, ¿esta cifra constituye necesariamente la cota máxima? ¿Es preciso
siquiera postular una edad definida para el Universo? El hecho de que una
estrella posea una edad determinada no excluye el que antes que ella existieran
otras con su propia vida y muerte, formando así una sucesión interminable. En
este aspecto puede establecerse cierta analogía con la raza humana: la
humanidad lleva existiendo un tiempo mucho más largo que la vida de un
individuo cualquiera.
En cierto modo cabe argüir, desde luego, que la energía del Universo (incluida
la materia, como una forma de energía) ha existido desde siempre y siempre
existirá, toda vez que, según los conocimientos actuales, es imposible crear
energía de la nada o destruirla por completo. Esto significa —podríamos
concluir— que la sustancia del Universo (y, por consiguiente, el Universo
mismo) es eterna.
Sin embargo, no es esto a lo que nos referimos. Lo que nos ocupa es algo más
que la mera sustancia del Universo. El problema consiste en saber si dicha
sustancia siempre ha tenido y siempre tendrá la forma que caracteriza al tipo
de Universo que conocemos —un Universo con planetas y estrellas, y capaz de albergar
a seres vivientes como nosotros mismos— o si, por el contrario, este «Universo
que conocemos» tuvo un principio perfectamente definido y tendrá un fin también
definido.
Según los conocimientos actuales, el «Universo que conocemos» (que es al que
nos referimos cuando de ahora en adelante hablemos del «Universo») existe en su
forma presente gracias a la producción de energía suministrada por la fusión
del hidrógeno. Antes de que se iniciara el proceso de fusión habría que
concebir el Universo (de acuerdo con lo expuesto en los capítulos anteriores)
como una simple masa vastísima de gas turbulento, caliente al rojo (aunque
tenuemente) en puntos aislados. Una vez fusionado todo el hidrógeno, el
Universo no podría consistir en nada más que enanas blancas, las cuales han ido
avanzando, durante períodos de tiempo variables, a lo largo del camino que
conduce en último término a la oscuridad y a la extinción. El «Universo que
conocemos» sólo se da durante el período en que el proceso de fusión del
hidrógeno se desarrolla a un ritmo muy grande.
Cuando preguntamos entonces si el Universo es eterno, lo que estamos
preguntando es, en esencia, si la fusión del hidrógeno es capaz de perdurar
para siempre.
Ahora queda explicado por qué, en la página 135, suscité la cuestión de si el
Universo era infinito, abandonando luego el tema para tomar otro rumbo y
abordar el problema de la edad de los diversos cuerpos celestes. Pues ahora que
nos hemos planteado un problema similar, el de la eternidad del Universo,
resulta que ambas cuestiones están íntimamente ligadas en algunos aspectos.
Por ejemplo, si la cantidad de hidrógeno del Universo fuese infinita, es
evidente que dicho hidrógeno podría seguir fusionándose en helio
indefinidamente, con tal de que la velocidad de fusión fuese finita. Expresado
con otras palabras, un Universo finito tendría que ser también un Universo
eterno. Por otra parte, un Universo finito tal vez tendría que ser
inevitablemente finito tanto en el tiempo como en el espacio.
Para que un Universo finito fuese eterno a pesar de su finitud tendría que
existir algún proceso capaz de invertir el proceso de fusión del hidrógeno, de
restablecer el nivel de hidrógeno y de ponerlo otra vez a disposición del
proceso de fusión. Además, esto no debe ocurrir irrevocablemente a expensas de
otras fuentes de energía, como son los campos gravitatorios.
Hay que decir que a primera vista esto no parece posible. Cierto es que, de
acuerdo con la doctrina científica aceptada con carácter universal, la energía
se conserva y jamás puede ser destruida. (Este principio recibe a veces el
nombre de «primer principio de la termodinámica».) Sin embargo, a pesar de que
la cantidad de energía que nos rodea se mantiene constante, no siempre se
encuentra disponible para su conversión en trabajo útil, y es precisamente esta
disponibilidad para la transformación en trabajo lo que constituye uno de los
requisitos fundamentales del «Universo que conocemos». En efecto, existe un
principio generalizado —conocido como «el segundo principio de la termodinámica»
y que, al parecer, es tan válido, universal e importante como el primero— que
nos dice que la cantidad de energía disponible para su conversión en trabajo
decrece constantemente.
Lo cual significa, recurriendo a un ejemplo muy sencillo, que el agua que ha
discurrido ladera abajo no puede remontar la ladera por sí sola: para ello es
preciso bombearla hacia arriba a costa de la energía de alguna otra fuente.
Cualquier sistema que haya «bajado» (tanto si ha efectuado un trabajo durante
ese proceso como si no) puede recuperar su estado original y volver a «bajar»,
pero siempre a expensas de energía proveniente del exterior. Además, la energía
necesaria para restablecer un sistema que haya «bajado» es siempre mayor que
la que proporcionaría dicho sistema al volver a «bajar», con lo cual siempre se
produce una pérdida neta en el proceso de restablecimiento de un sistema. Y
según el estado actual de nuestros conocimientos, el segundo principio de la
termodinámica es inviolable.
Así pues, podemos concluir que poco a poco se irá sepultando, de modo
irrevocable, una cantidad cada vez mayor de la energía del Universo en forma de
residuos de enanas blancas: desde el punto de vista que a nosotros nos
interesa, ese será el fin del Universo. Dando marcha atrás en el tiempo,
también podríamos concluir que a pesar de que antes que el Sol existían ya
estrellas, tuvo que haber un momento —hace 25 evos, pongamos por caso— en
que toda la energía del Universo se encontrara en forma de
briznas dispersas de hidrógeno turbulento: desde nuestro punto de vista, ese
sería el comienzo del Universo.
Según este razonamiento, el Universo acaso tenga una longitud de vida de unos
1.000 evos; y de este enorme (pero finito) lapso de tiempo ha transcurrido ya
la cuadragésima parte.
Ahora bien, esta conclusión descansa en la hipótesis de que los principios
primero y segundo de la termodinámica son válidos no sólo en la pequeña porción
del espacio que nos ha sido dado inspeccionar, sino en todo punto del Universo;
y no sólo en las circunstancias que el hombre ha podido presenciar, sino en
unas condiciones cualesquiera.
Reteniendo en la memoria que la hipótesis de la validez de las leyes de la
termodinámica no es indiscutible, persistamos en nuestro intento de averiguar
si el Universo es infinito y eterno, o, por el contrario, finito y pasajero. A
este fin conviene dejar por el momento las estrellas y centrar nuestra atención
en las galaxias.
§. Clases de galaxias
Las primeras nociones que aparecieron acerca de la evolución de las estrellas
nacieron del estudio de las diferentes propiedades de diversos tipos de
estrellas. Dichas propiedades fueron derivadas casi por entero a partir de los
espectros, toda vez que las estrellas en sí eran demasiado pequeñas para
exhibir detalles estructurales.
El estudio de las diversas propiedades de distintos tipos de galaxias también
permite deducir algunas nociones acerca de su evolución. Pero existe una
diferencia, y es que las galaxias son mucho mayores que las estrellas. A pesar
de que las galaxias distan mucho más de nuestro planeta que las estrellas de
nuestra vecindad espacial inmediata, esas galaxias lejanas no aparecen a través
del telescopio como simples puntos de luz: se manifiestan como manchas
luminosas con formas peculiares, y miles de las más cercanas muestran incluso
un detalle considerable.
Hubble registró las tres clases principales de galaxias: espirales,
elipsoidales e irregulares. Sin embargo, consiguió mejorar esta clasificación,
y en 1925 publicó otra, más detallada, que es la que se ha utilizado desde
entonces. Las galaxias elipsoidales, por ejemplo, que carecen de brazos
espirales y que se asemejan a cúmulos globulares muy distantes y de gran
tamaño, difieren entre sí en el grado de aplastamiento. Unas son prácticamente
esféricas (cabría llamarías «galaxias esferoidales»), otras son algo achatadas,
otras más achatadas aún, etc. Hubble simbolizó todas las galaxias elipsoidales
con la letra E y distinguió el grado de achatamiento por medio de números. EO
representaba las galaxias esferoidales, mientras que las clases El a E7
simbolizaban grados de aplanamiento crecientes. Una galaxia E7 presenta un
grado de aplanamiento bastante marcado, y sus extremos (vistos de canto)
sobresalen en forma de puntas como si estuvieran a punto de convertirse en
brazos espirales.
En cuanto a las galaxias espirales, Hubble distinguió dos tipos. En primer
lugar estaba la galaxia espiral ordinaria cuyos brazos van conectados
directamente al núcleo elipsoidal y empaquetados alrededor de éste, como en el
caso de la galaxia de Andrómeda. Después estaban aquellas galaxias de cuyo
núcleo, y arrancando de ambos lados de éste, parecían proyectarse hacia afuera
sendas barras rectas de estrellas. A partir de ambos .extremos de las barras se
extienden los brazos espirales. Este tipo recibe el nombre de «galaxias
espirales barradas», y al parecer constituyen un 30% del número total de
espirales.
Hubble simbolizó las espirales ordinarias con la letra S, y las espirales
barradas con el signo SB. A continuación procedió a diferenciar las galaxias
espirales de ambas clases de acuerdo con el grado de apretamiento o laxitud con
que los brazos estuvieran empaquetados en torno al núcleo, utilizando a este
efecto letras minúsculas: a para los brazos empaquetados de un modo muy
apretado, y b y c para estructuras más laxas;
de suerte que una galaxia espiral podía ser del tipo Sa, Sb o Se; o bien SBa,
SBb o SBc en el caso de que se tratara de una espiral barrada.
La galaxia de Andrómeda está clasificada como Sb. Nuestra propia Galaxia ha
sido considerada, por lo común, como similar a la de Andrómeda, clasificándola
también con el símbolo Sb. Sin embargo, es posible que haya que introducir un
cambio en este punto. Sobre la base de ciertas mediciones efectuadas en 1965
relativas al brillo de las estrellas próximas a nuestro núcleo galáctico se
sugirió que éste era más pequeño de lo que hasta entonces se había creído. Su
diámetro acaso no tenga más de 6.500 años-luz, la mitad del diámetro del núcleo
de la galaxia de Andrómeda. Si el núcleo de nuestra Galaxia es efectivamente
más pequeño de lo que se pensaba, y los brazos espirales son, por consiguiente,
más prominentes y espaciados, nuestra Galaxia se parecería entonces más a la de
Torbellino que a la de Andrómeda, y pertenecería, igual que la primera, a la
clase Se.
Hubble dispuso todas estas formas en el orden progresivo siguiente:
donde
SO representa una forma hipotética con características intermedias entre las
elipsoidales, espirales y espirales barradas.
Hubble nunca afirmó de un modo explícito que esta ordenación representara, en
su opinión, un cambio evolutivo, pero al parecer así lo creía. La progresión
gradual desde la forma esferoidal hasta la espiral laxa constituía ciertamente
una hipótesis muy tentadora, y durante la década (más o menos) que siguió a
1925 las ideas que predominaron en punto a la evolución galáctica se asemejaron
a una especie de hipótesis nebular laplaciana, pero a escala mucho mayor.
Imaginemos, de entrada, una cantidad de gas suficiente para formar, no ya una
sola estrella, sino cien mil millones de ellas. Dentro de esta porción ingente
de gas, que podríamos llamar protogalaxia, se operaron procesos que condujeron
en último término a su condensación en miles de millones de estrellas. La
protogalaxia dispondría en origen de cierta provisión de momento angular, y a
medida que se condensara se iría achatando. Iniciaría su vida en forma de
galaxia esferoidal, para luego aplanarse de un modo paulatino, pasando de EO a
E7.
Conforme la galaxia en su totalidad continuara contrayéndose y ganando en
compacidad, la rotación iría haciéndose más rápida y el proceso de aplanamiento
más agudo, hasta llegar un momento en que —igual que ocurría con el sistema
planetario y la nebulosa de Laplace— se desprenderían fragmentos de la zona
ecuatorial. De este modo se formarían los brazos espirales, con o sin la
constitución simultánea de una barra (ni Hubble ni ningún otro astrónomo ha
sabido explicar la existencia de estas barras). Por otra parte, a medida que
transcurriera el tiempo y la galaxia siguiera contrayéndose y adquiriendo una
velocidad de rotación mayor, los brazos continuarían separándose del núcleo, de
suerte que tanto las espirales como las espirales barradas pasarían por las
fases a, b y c. Las galaxias irregulares acaso representen el estadio final de
este esquema evolutivo.
Toda vez que las galaxias elípticas parecen ser especialmente grandes y las
irregulares son, por lo común, pequeñas, nos vemos obligados a suponer que
cuanto mayor es una galaxia, más despacio experimentará este proceso de
desarrollo. Las galaxias de mayor tamaño se demorarían en la fase elíptica,
mientras que las pequeñas pasarían por ella de un modo fugaz, camino de la
etapa final irregular.
De ser correcto este esquema, la galaxia de Andrómeda, y con más razón aún
nuestra propia Galaxia, son relativamente viejas y se hallan en un estadio muy
avanzado del desarrollo evolutivo.
§. Poblaciones estelares
Sin embargo, hacia la década de 1940-49 aparecieron en escena una serie de
nuevas concepciones. En 1942 se le presentó a Baade una oportunidad
inmejorable. La ciudad de Los Angeles tuvo que ser oscurecida debido a los
bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, y esta circunstancia permitió obtener,
con ayuda del telescopio de 100 pulgadas de Mount Wilson, una visión de la
galaxia de Andrómeda mucho más clara que las que se habían podido conseguir
hasta entonces.
Hasta aquellos momentos, Hubble y todos los astrónomos que le siguieron sólo
habían conseguido distinguir estrellas sueltas localizadas en los brazos
espirales. Baade, por el contrario, fue capaz de observar y fotografiar astros
pertenecientes al núcleo de Andrómeda.
Una importante diferencia se puso de manifiesto. Las estrellas más brillantes
de los brazos espirales eran gigantes blanco-azuladas, de gran tamaño y muy
calientes, algo así como las estrellas más brillantes de la vecindad inmediata
de nuestra Galaxia. Sin embargo, las estrellas más brillantes del núcleo de
Andrómeda eran rojizas. En esta parte de la galaxia no aparecían por ningún
lado estrellas blanco-azuladas.
Esta circunstancia parecía concordar con la información de carácter general
proveniente de las fuentes espectrales. El espectro del núcleo de Andrómeda y
los de aquellos otros núcleos galácticos que hubo ocasión de examinar, así como
los espectros de las galaxias elipsoidales en general, solían ser de la clase
espectral K. La luz sidérea media de tales regiones solía provenir de
superficies más tenues y frías que la del Sol. El espectro general de los
brazos espirales de Andrómeda y de otras galaxias se inclinaba en cambio por la
clase espectral F. La luz sidérea media de tales regiones solía provenir de
superficies más brillantes y más calientes que la del Sol.
Todo ocurría como si aquellas regiones donde las estrellas se concentraban muy
juntas unas a otras —como en los cúmulos globulares, núcleos galácticos y
galaxias elipsoidales en general— pertenecieran grosso modo a
un tipo determinado que Baade llamó «Población II», mientras que las estrellas
que estaban distribuidas de un modo más disperso, como ocurría sobre todo en
los brazos espirales de las galaxias, perteneciesen, en líneas generales, a
otro tipo que dicho astrónomo denominó «Población I».
Las estrellas de la Población II parecían estar distribuidas en una especie de
halo esférico en torno al centro galáctico, mientras que las de la Población I
estaban diseminadas, al parecer, en algo así como un disco hueco situado a lo
largo del plano central de la Galaxia. Cabría, pues, denominarlas «estrellas
del halo» y «estrellas del disco», respectivamente.
En líneas generales se puede decir que las estrellas de la Población II suelen
ser serenas y uniformes, de tamaño entre moderado y pequeño y con cierta
inclinación a ocupar regiones del espacio relativamente libres de gas y polvo.
Entre las de la Población I, por el contrario, suele figurar cierto número de
miembros bastante espectaculares y en conjunto exhiben una variedad muy amplia
que incluye estrellas grandes de brillo y temperatura mucho más rabiosos que
los de cualquiera de las estrellas de la Población II. Por otra parte, las
poblaciones estelares del tipo I ocupan regiones del espacio relativamente
ricas en gas y polvo.
Esta división en dos poblaciones (que desde entonces se ha complicado con el
desglose ulterior de las Poblaciones I y II en varias subclases) suscitó nuevas
cuestiones referentes a la evolución galáctica. El cúmulo de conocimientos que
se fueron obteniendo acerca de la naturaleza de las reacciones nucleares en el
interior del núcleo central de las estrellas parecía indicar que las estrellas
grandes tenían una vida más efímera que las pequeñas, por lo cual era preciso
considerar los miembros de la Población I como estrellas en trance de
desvanecerse. Análisis más detallados demostraron que los propios brazos
espirales tenían que ser de vida efímera, aunque hasta la fecha no se ha dado
una explicación completamente satisfactoria de por qué, si los brazos espirales
tienen una vida tan breve, existen tantas galaxias que los poseen.
En cualquier caso, existía el pensamiento de que los brazos espirales tenían
que ser fenómenos temporales y que las galaxias propendían a perderlos y a
convertirse en elípticas, y no a la inversa. Esto equivalía a invertir por
completo el esquema evolutivo de Hubble.
Supongamos que las estrellas que en un principio nacieran de una protogalaxia
constituyesen un sistema irregular, de suerte que la fase evolutiva más
temprana fuese la de una galaxia irregular. En el centro de la protogalaxia,
donde el polvo alcanza su mayor concentración, sería también donde las
estrellas se formasen más rápida y abundantemente. La porción de gas y polvo
disponible para cada estrella sería relativamente exigua, con lo cual las
estrellas del centro poseerían un tamaño pequeño y exhibirían propiedades más
bien uniformes. Una vez finalizado el proceso de formación, la cantidad de
polvo y gas restante sería casi nula. Tales estrellas pertenecerían al tipo de
Población II, muy ricas en hidrógeno y muy pobres en los átomos más complejos.
Por el contrario, en las afueras de la protogalaxia el polvo y el gas tenderían
a poseer una distribución menos uniforme. La rotación general de la
protogalaxia seguramente rasgaría el polvo y el gas en jirones, de modo que las
estrellas propenderían a formarse en determinadas regiones, que resultaron ser
brazos espirales luminosos. Debido a la desigual distribución del polvo y del
gas, en unos lugares se formarían abundantes estrellas y en otros pocas; unas
dispondrían de entrada de una porción muy pequeña de materia, mientras que
otras poseerían desde el principio una cantidad mayor que el promedio. Como
consecuencia de ello, la variedad de masas sería grande y los miembros mayores
de este grupo de Población I poseerían un brillo y una temperatura notables.
Por otra parte, en los brazos espirales quedaría aún gran cantidad de gas y
polvo, ya que, dada su posición sumamente alejada del centro, la distribución
de esa materia sería demasiado dispersa para poder servir como núcleos de
estrellas. A lo largo de billones de años, ese polvo y ese gas se irían
condensando lentamente hasta que en último término fuesen capaces de convertirse
en astros. Además, las brillantes y calientes estrellas de la Población I
alcanzarían en el transcurso de su veloz evolución la fase de «muerte» y
explotarían en forma de supernovas, suceso que vendría a enriquecer el polvo y
gas de los brazos espirales con helio y otros átomos más complejos, de modo que
las estrellas de la Población I que se formaran más tarde serían estrellas de
la segunda generación, relativamente pobres en hidrógeno y ricas en átomos más
complejos.
Así pues, la primera fase de la evolución galáctica, después de la galaxia
irregular primitiva, sería una galaxia espiral de brazos muy sueltos.
Pero los brazos espirales son de vida relativamente efímera. El polvo y el gas
se consumen en el proceso de formación de estrellas, las más brillantes de
éstas se extinguen y el estado de los brazos progresa de un modo continuo desde
una situación tipo Población I a otra tipo Población II. Además, a medida que
la galaxia gira, los brazos espirales se ven arrastrados y se enrollan, por así
decirlo, alrededor del núcleo en un abrazo cada vez más apretado, pasando de Sc
a Sb y luego a Sa.
En un momento dado, los brazos espirales llegan a confundirse con el núcleo, su
carácter de Población I se desvanece y queda constituida una galaxia elíptica
achatada.
Las estrellas de una galaxia de esta especie, sometidas como están a una
interacción gravitatoria mutua, van adquiriendo con el tiempo una distribución
de movimientos cada vez más uniforme a lo largo y a lo ancho del conjunto: el
grado de aplanamiento va disminuyendo hasta que, por último, se forma una
galaxia esferoidal.
Mirando las cosas de este modo resultaría que nuestra Galaxia y la de Andrómeda
no se encuentran en el estadio final de su evolución, sino en las primeras
fases, siendo de hecho galaxias bastante jóvenes.
Este esquema inverso de la evolución galáctica tiene algunas observaciones a su
favor. Postula una disminución constante de polvo y gas en las galaxias (lo
cual parece razonable); las galaxias irregulares, como las Nubes de Magallanes,
son gas y polvo en un 20-50%. Al parecer, la proporción de materias residuales
que continúen es mayor que la de nuestra Galaxia (marcadamente espiral),
mientras que las galaxias espirales son a su vez más «polvorientas» que las
elípticas.
A fin de explicar el gran tamaño que caracteriza a tantas galaxias esferoidales
cabría sugerir que las galaxias grandes (igual que las estrellas grandes)
evolucionan más de prisa, y no más despacio. Las más grandes, sometidas como
están a la influencia de un campo gravitatorio particularmente intenso, se
condensan más pronto en estrellas, desarrollan antes brazos espirales en las
regiones exteriores (más abundantes también en polvo) y arrastran con mayor
prontitud los brazos hacia adentro, adoptando la forma redondeada que exhiben
hoy día las gigantes galaxias esferoidales. Las galaxias menores se demorarían
en la etapa espiral y las que fuesen aún más pequeñas poseerían una fase
irregular (la más temprana) sumamente prolongada.
Por otra parte, también se ha pensado en la posibilidad de que ni siquiera haya
existido una evolución en el sentido ordinario de esta expresión, es decir, un
proceso en virtud del cual una galaxia de cierto tipo se convirtiera en otra de
un tipo distinto. Según esta teoría, una vez que la galaxia adopta la forma de
una estructura determinada y llena de estrellas, dicha estructura es
inamovible, y la diferencia entre las distintas galaxias dependería por entero
de diferencias inherentes a las protogalaxias originales, sobre todo de la
cantidad de momento angular disponible.
Supongamos que una protogalaxia posee muy poco momento angular. Girará muy
despacio y se aplanará de un modo no muy pronunciado, si es que llega a
aplanarse. Escasa sería también la materia que se perdería como consecuencia
del efecto centrífugo, de suerte que una protogalaxia de estas características
retendría un tamaño máximo. Las estrellas que más tarde se formaran
constituirían una galaxia esferoidal gigantesca.
Si la protogalaxia poseyera una provisión más abundante de momento angular,
giraría con una velocidad mayor, se achataría perceptiblemente, experimentaría
cierta fuga de materia en el ecuador y resultaría en una galaxia elipsoidal
algo menor y más plana que la anterior. Los cambios cesarían de producirse en
el momento en que se formasen las estrellas, y antes de que este proceso de
formación congelase definitivamente la forma de la galaxia se registrarían
grados variables de achatamiento, de acuerdo con la cantidad de momento angular
presente. En general, cuanto más achatada la galaxia, tanto menor su tamaño.
Figura 27. Formación de las poblaciones estelares
Cuando
la protogalaxia disfrutase de una cantidad particularmente grande de momento
angular, un nuevo factor entraría en escena. Se empezarían a formar, pero no a
un ritmo suficiente para eliminar todo el polvo y el gas antes de que el veloz
movimiento de rotación lograra aplanar la proto- galaxia en un grado
considerable. En resumen, la masa de gas y polvo iría adoptando una estructura
plana en forma de disco, dejando tras sí un halo esférico o elipsoidal de
estrellas. Estas estrellas rezagadas constituirían la Población estelar II.
El disco de gas sería lanzado hacia afuera, hacia las extremidades, y allí se
concentraría; dentro de él se formarían las estrellas de la Población I. Así
pues, la formación de las galaxias espirales y de las Poblaciones estelares
tipo I sería puramente cuestión de la velocidad de giro de la protogalaxia
original Sea cual fuere el esquema de evolución galáctica que adoptemos (es
decir, ya elijamos la transición de protogalaxia a galaxia esferoidal y de ésta
a galaxia espiral; o el de protogalaxia a espiral y esferoidal; o el de
protogalaxia a espiral y esferoidal por vías independientes), queda sin
despejar la incógnita de la edad de las galaxias en general, y, por
consiguiente, de la edad del Universo.
¿El Universo entero se formó a partir de un sistema de protogalaxias que
comenzaron a transformarse en galaxias hace aproximadamente 15 evos? Si es así,
entonces el Universo en su conjunto tiene una edad de 15 evos.
¿O fue acaso que ciertas partes del Universo iniciaron el desarrollo galáctico
en un momento dado, mientras que otras lo hicieron en otros momentos distintos?
¿Es así que la porción de Universo con la cual estamos más familiarizados tiene
una edad de 15 evos, mientras que otras porciones son más viejas? ¿Existirán
quizá vastas regiones del espacio, indetectables para nosotros, que se hallen
todavía en la fase protogaláctica y que, efectivamente, no hayan nacido aún?
Tales preguntas no se pueden contestar apoyándonos sólo en consideraciones
referentes a la evolución galáctica. Es preciso, por tanto, abordar el problema
desde otra dirección.
Capítulo 13
La recesión de las galaxias
Contenido:
§.
El desvío hacia el rojo de las galaxias
§. Relatividad
§. Cúmulos de galaxias
§.
El desvío hacia el rojo de las galaxias
En 1912 se dio un paso clave en el estudio de las galaxias; por entonces aún no
eran reconocidas como tales, sino que se pensaba que eran nebulosas espirales
dentro de nuestro propio sistema de estrellas. En dicho año el astrónomo
americano Vesto Melvin Slipher (1873-1969) midió la velocidad radial de lo que
todavía se llamaba la nebulosa de Andrómeda y comprobó que ésta se aproximaba a
nosotros (sus líneas espectrales mostraban un desvío hacia el violeta) a una velocidad
de 200 kilómetros por segundo.
Fenómeno interesante, pero no insólito. Una velocidad radial de más de cien
kilómetros por segundo era ciertamente grande, pero tampoco pasmosa. (De hecho,
hoy día sabemos que parte de dicha velocidad no cabe atribuirla a un auténtico
movimiento de aproximación de Andrómeda. Y es que da la casualidad de que la
rotación de nuestra Galaxia arrastra al sistema solar en dirección a Andrómeda,
igual que dentro de millones de años lo arrastrará alejándolo de ella.
Eliminando el efecto de esta rotación y midiendo el movimiento de Andrómeda
respecto al centro de nuestra Galaxia, resulta que aquélla sigue aproximándose
a nosotros, pero sólo a una velocidad de 50 kilómetros por segundo.)
Hacia 1917 las cosas parecieron adquirir un tinte algo más desconcertante.
Slipher había procedido a medir la velocidad radial de un total de quince
nebulosas espirales. De antemano, y sobre una base puramente aleatoria, cabría
esperar que la mitad de ellas estuviesen acercándose y la otra mitad alejándose
de nosotros. Pero la realidad era que dos se aproximaban y trece se alejaban.
Ahora bien, aunque esta no es la situación más probable, tampoco es imposible.
(Si lanzamos al aire quince monedas, cabe esperar que obtengamos un número más
o menos igual de caras y cruces; pero el azar es el azar, y podría ocurrir que
obtuviéramos dos caras y trece cruces.)
Lo que sí resultaba desconcertante es que las velocidades radiales fuesen tan
grandes. Las nebulosas que se alejaban de nuestra Galaxia lo hacían a una
velocidad media de 640 kilómetros por segundo. Una velocidad de 200 kilómetros
por segundo podía pasar, pero esos 640 kilómetros por segundo resultaban muy
difíciles de aceptar. Era una velocidad muy superior a las velocidades radiales
de las estrellas ordinarias.
Y cuantas más velocidades radiales medía Slipher dentro del grupo de nebulosas
espirales, tanto más extrema se hacía la situación, pues todas las medidas
indicaban un receso, nunca un acercamiento, y además con velocidades cada vez
más pasmosas.
Cuando, hacia mediados de la década de 1920-29, Hubble demostró que los objetos
que estaba observando Slipher eran en realidad galaxias localizadas muy lejos
en las afueras de nuestra Vía Láctea, esta constatación vino en cierto modo a
aliviar el problema. Afirmar que una clase concreta de objetos pertenecientes a
nuestra Galaxia tuvieran velocidades radiales de recesión tan grandes, mientras
todos los demás objetos poseían velocidades pequeñas que a menudo eran
velocidades de aproximación, carecía completamente de sentido. Mas si, por el
contrario, los objetos que exhibían velocidades poco usuales se hallaban
también a distancias poco usuales, la situación tomaba un cariz más favorable.
Si dos propiedades de un objeto son excepcionales, es posible que exista alguna
conexión entre ambas y que una ayude a explicar la otra.
El trabajo sobre las velocidades radiales de las galaxias fue abordado más
tarde por otro astrónomo americano, Milton La Salle Humason (n. 1891). Con un
cuidado exquisito comenzó a tomar exposiciones fotográficas de días enteros de
duración, con el fin de registrar los espectros de galaxias cada vez más
tenues. Entre las galaxias más débiles descubrió velocidades de recesión que
hacían palidecer a las observadas con anterioridad. En 1928 midió la velocidad
radial de una galaxia llamada NGC 7619 y obtuvo un valor de 3.800 km., por
segundo. Hacia 1936 estaba ya cronometrando velocidades de 40.000 km., por
segundo —más de un octavo de la velocidad de la luz— y siempre se trataba de
movimientos de recesión.
Estas velocidades eran tan grandes que los astrónomos se vieron obligados a
poner en tela de juicio la naturaleza del desvío hacia el rojo (cuestión que se
sigue planteando hoy día de vez en cuando). ¿Un desvío hacia el rojo implica
necesariamente que la fuente luminosa se está alejando? ¿O existe alguna
explicación alternativa que evite tener que aceptar velocidades tan
descomunales?
¿Podría ser, por ejemplo, que la luz de las lejanas galaxias se viera
enrojecida, a lo largo de sus prolongadas travesías, por el fino gas del
espacio intergaláctico? Sin duda alguna; pero tal enrojecimiento de la luz no
coincide en absoluto con el desvío hacia el rojo. Como consecuencia de esa
difusión provocada por el gas se iría eliminando del espectro la luz de
longitud de onda corta, y la nebulosa en su totalidad adquiriría un tinte
rojizo; mas las líneas espectrales no se desplazarían. Y es precisamente a las
líneas espectrales en particular no al color en general, a lo que se aplica la
expresión «desvío hacia el rojo».
Otra sugerencia que se ha hecho en ocasiones es que la luz pierde de algún modo
energía en el transcurso de su largo viaje procedente de las galaxias. Cuando
la luz pierde energía, dicha pérdida se traduce en un aumento de la longitud de
onda, con lo cual cabe esperar que en tales condiciones se obtenga un auténtico
desvío hacia el rojo. De este modo, nos veríamos embaucados en la idea de que
esas velocidades inauditas con que se alejan las galaxias se deben únicamente a
que lo que nosotros estudiamos es «luz cansada».
Pero esta explicación no explica nada, porque nadie ha sido capaz hasta ahora
de concebir un mecanismo al cual cupiera atribuir la pérdida de energía
postulada. No se conoce razón alguna en virtud de la cual la luz deba perder
energía al viajar durante mucho tiempo a través del vacío. Además, suponiendo
que la luz perdiera energía de este modo, nadie sabría dar razón de su
paradero. Por otra parte, si la luz se cansa al recorrer largas distancias,
también debería cansarse, aunque en menor medida, sobre trayectos más cortos. A
juzgar por el desvío hacia el rojo relacionado con las galaxias, el desvío
producido por objetos más próximos que éstas debería ser también detectable,
pero de hecho no lo es.
En resumen: en el momento presente, el desvío hada el rojo no puede explicarse
sino suponiendo que las galaxias se alejan de nosotros. Ninguna otra
explicación alternativa puede cuadrar con todos los hechos empíricos y tener a
la vez algún sentido. Hasta que no se encuentre una explicación alternativa y
satisfactoria, los astrónomos no tendrán otro remedio que seguir aceptando como
un hecho la precipitada recesión de las galaxias.
Hubble, cuya labor discurría paralela a la de Humason, estaba naturalmente
interesado en esta recesión de las galaxias. Hubble había estimado, en un
trabajo minucioso y agotador, la distancia de las galaxias por diversos
caminos. En el caso de las más próximas había recurrido a las Cefeidas (véase
pág. 130). En cuanto a aquellas otras que por estar demasiado alejadas no
exhibían siquiera Cefeidas, utilizó cualquier estrella que le fuese dado
observar y supuso que se trataba de supergigantes de brillo similar al de S
Doradus, por ejemplo. En el caso de aquellas galaxias cuya distancia era
demasiado grande para poder discernir las estrellas por separado, Hubble se
apoyó en la hipótesis de que, grosso modo, todas las galaxias
poseen la misma luminosidad total y que cuanto más tenue es una galaxia, tanto
mayor es su distancia. Es decir, aplicó la ley de la inversa del cuadrado. Una
galaxia cuyo brillo fuese equivalente a un cuarto de! de otra, se encontraría
dos veces más alejada que ésta; si su brillo era un noveno del de la segunda,
su distancia sería tres veces superior, y así sucesivamente.
Basándose en tales criterios de distancia, Hubble utilizó en 1929 las
velocidades calculadas por Slipher y Humason para demostrar que, en líneas
generales, la velocidad de recesión de las galaxias aumentaba proporcionalmente
con la distancia que nos separa de dichas galaxias. Una galaxia que se hallara
dos veces más alejada de nosotros que otra retrocedería a una velocidad doble
que la de ésta; si se hallara tres veces más alejada que la segunda, su
velocidad de recesión sería también tres veces mayor, etc. Esta es la «ley de
Hubble».
La característica más desconcertante de la ley de Hubble —la velocidad de
recesión de una galaxia es proporcional a la distancia que la separa de
nosotros— se puede expresar con una pregunta muy sencilla: ¿Por qué
precisamente de nosotros?
¿Qué magia tenemos para que las galaxias nos rehúyan? ¿Y cómo saben las
galaxias a qué distancia se hallan de nosotros para guiar sus pasos de un modo
acorde?
Afortunadamente, el mismo razonamiento que explica la relación entre la
velocidad de recesión y la distancia, explica también al instante por qué dicha
distancia debe ser una distancia a partir de nosotros.
La explicación fue sugerida por la nueva concepción del Universo presentada por
Einstein.
§. Relatividad
La nueva concepción estaba contenida en la teoría general de la relatividad,
publicada por Einstein en 1915. En esta teoría Einstein planteaba un conjunto
de «ecuaciones de campo» que describían las propiedades generales del Universo.
A este fin supuso que el Universo, a pesar de que presentaba aquí y allá condensaciones
de materia (planetas, estrellas, galaxias), podía ser estudiado con una
precisión razonable considerándolo como si todo él estuviera lleno
uniformemente de materia, es decir, como si la materia que de hecho existe en
el Universo se hallara distribuida de un modo regular en toda su extensión.
(Esto es análogo a lo que hicieron los hombres de la Antigüedad: suponer que a
pesar de que la superficie terrestre es, a todas luces, desigual e irregular,
tales irregularidades no son realmente importantes y que, en líneas generales,
cabe considerarlas como distribuidas uniformemente; pensar, por tanto, que el
mundo es plano. Esto mismo es lo que hacemos hoy día, con la única diferencia
de que consideramos la Tierra como una esfera.)
Einstein supuso además que las propiedades del Universo eran, en líneas
generales, las mismas en cualquier punto. Si aceptamos esta hipótesis como
base, el número de posibles geometrías del Universo estaba estrictamente
limitado. Con el fin de ver en qué se apoya esta afirmación, utilicemos la
superficie de la Tierra como analogía.
Cualquiera que sea el punto de la Tierra donde nos encontremos, la situación es
prácticamente la misma, en el sentido de que las direcciones arriba y abajo son
idénticas, la atracción de la gravedad es más o menos igual y el horizonte se
halla siempre a la misma distancia, independientemente de la dirección que
consideremos (suponiendo que hacemos caso omiso de las irregularidades locales
de la superficie y que consideramos toda la materia distribuida de modo
uniforme).
Existen tres tipos de superficie que la Tierra pudiera tener y que resultarían
en propiedades locales idénticas (de la especie que hemos indicado
anteriormente) en todo punto. La Tierra podría ser plana, o esférica, o poseer
una forma mucho menos común llamada «pseudoesférica». Los hombres de la
Antigüedad supusieron que la superficie era plana porque esta era la forma más
simple, pero las observaciones empíricas obligaron más tarde a inclinarse por
la forma esférica.[xix]
La elección de la superficie esférica para la Tierra, en lugar de cualquiera de
las otras formas, trae consigo una importante consecuencia geométrica. De las
tres superficies, la esférica es la única finita. Una línea recta trazada sobre
una superficie plana —o bien el equivalente de una línea recta trazada sobre
una superficie pseudoesférica— se podría prolongar sin fin. Una recta trazada
sobre una superficie esférica acabaría en cambio cerrándose sobre sí misma.
Quiere decirse que si comenzamos en un punto determinado del Ecuador y
empezamos a andar hacia el Este, llegará un momento en que regresaremos al
punto de partida, a pesar de no haber cambiado nunca de dirección. Podemos
caminar indefinidamente sin llegar nunca al «fin de la Tierra», pero estaremos
repitiendo una y otra vez el mismo recorrido. La superficie de una esfera es
finita, pero ilimitada.
La misma situación puede aplicarse al Universo en su conjunto, con la salvedad
de que entonces se trataría de un volumen y no de una superficie, lo cual hace
que el problema resulte más difícil de visualizar.
Consideremos, sin embargo, un rayo de luz que viaje a través del Universo. A
primera vista parece lógico pensar que un rayo de luz que atraviese un vacío
perfecto y que no tropiece con campos de energía que interfieran con él,
debiera viajar en una línea absolutamente recta para siempre, alejándose de su
fuente a una velocidad constante. Esto es equivalente a decir que el Universo
tiene aquellas propiedades que uno describiría por medio de la geometría euclidiana.
Así pues, diríamos que es un «Universo plano», a pesar de que no se trata de
una superficie, sino de un volumen.
Ahora bien, ¿el Universo es realmente euclidiano o es esto una mera ilusión
producida por el hecho de que sólo podamos ver una porción muy pequeña de él?
Si observamos una porción exigua de la superficie terrestre también nos da la
sensación de ser plana, y sólo mediante cálculos muy delicados podemos llegar a
saber que en realidad se curva suavemente en todas direcciones.
Pero si el Universo no es euclidiano ¿qué podrá ser entonces? Suponiendo que
sus propiedades generales son idénticas en todos sus puntos, dispondremos de
las mismas posibilidades que teníamos en el caso de la superficie terrestre,
siempre que consideremos el problema en función de un rayo de luz. Dos son,
pues, las variantes a la hipótesis «plana», correspondientes a dos variedades
de un Universo no-euclidiano.
El rayo de luz puede describir un grandioso círculo, como si se moviera sobre
la superficie de una esfera. La geometría del Universo correspondería entonces
a un sistema que fue descrito en origen por el matemático alemán Georg
Friedrich Bernhard Riemann (1826-1866) en el año 1854. Un universo riemanniano
no debe ser considerado simplemente como un Universo esférico, pues es mucho
más complicado. Es un Universo en el cual el espacio tridimensional mismo se
curva en todas direcciones con una curvatura constante. El Universo sería la
contrapartida tetradimensional de una esfera: una «hiperesfera», algo muy difícil
de representarse o de imaginar, acostumbrados como estamos a pensar en tres
dimensiones.
El rayo de luz también podría moverse como si se desplazara sobre una
superficie pseudoesférica en todas las direcciones. La geometría del Universo
correspondería entonces a un sistema descrito en origen por el matemático ruso
Nikolai Ivanovich Lobachewsky[xx] (1793-1856)
en el año 1829.
El Universo riemanniano difiere del euclidiano y del lobachevskiano en que es
finito. Un rayo de luz que viaje a través de un Universo riemanniano se
curvaría y regresaría a su punto de partida. Podrá seguir viajando sin fin,
pero sólo a costa de repetir una y otra vez su recorrido, como ocurría en el
ejemplo del periplo a lo largo del ecuador terrestre. Dicho con otras palabras,
el Universo riemanniano es finito pero ilimitado.
¿Cómo haremos para elegir entre estas tres posibilidades? Si fuésemos capaces
de hacer que un rayo de luz viajase una distancia suficientemente larga, quizá
podríamos comprobar si efectivamente la trayectoria era recta, o si se desviaba
de la línea recta, ya fuese de una manera riemanniana o lobachevskiana. El
Universo se aparta tan poco del prototipo euclidiano (suponiendo que se aparte
siquiera) que sería muy difícil trabajar con un rayo de luz lo bastante
prolongado como para servir a este propósito. Y lo que es peor: nuestra busca
en pos de la «rectitud» se vería obstaculizada por el hecho de que nuestro
criterio de rectitud es la propia luz.
En efecto, si tenemos una larga regla graduada y queremos saber si es recta o
no, podemos sostenerla en prolongación con uno de los ojos y mirar a lo largo
de ella. Si la regla no es recta, observaremos que ésta se hunde en ciertos
lugares por debajo de la línea visual, o que sobresale por encima de ella, o
que se curva a un lado o a otro; de este modo, es posible detectar al instante
desviaciones mínimas. Pero lo que estamos haciendo en este caso es suponer que
los rayos de luz viajan en líneas completamente rectas. Esta hipótesis relativa
a la rectitud de la luz es tan absoluta que cuando la luz se refleja o se
refracta, nada podrá convencer a nuestro sentido de la vista de que la rectitud
ha sido violada: nos vemosdetrás del espejo; tenemos la sensación
de que un bastón sumergido en el agua se dobla bruscamente en el punto de
contacto con la superficie, etc.
La decisión entre los posibles Universos hay que tomarla, por consiguiente, de
un modo más indirecto. Einstein eligió el Universo riemanniano y para 1917
había deducido ya sus consecuencias, tratando de hallar alguna que se apartase
sensiblemente de las correspondientes euclidianas o lobachevskianas. (Esto cabe
considerarlo como el comienzo de la moderna ciencia de la cosmología.) Einstein
demostró, por ejemplo, que en un Universo riemanniano la luz perdería energía
al desplazarse contra la fuerza de un campo gravitatorio: el «desvío de
Einstein» que este físico predijo fue detectado en la luz radiada por Sirio B.
Asimismo predijo que los rayos luminosos se curvarían al pasar junto a un
objeto masivo, con lo cual parecería que las estrellas cambian ligeramente de
posición cuando la luz emitida por ellas pasa al lado del Sol. Durante el
eclipse total de 1919 se midió la posición de las estrellas «cercanas» al Sol,
comparándola luego con la posición que ocupaban cuando el Sol no se hallaba
cerca, y de nuevo se comprobó que Einstein tenía razón. La teoría general de la
relatividad de Einstein ha salido airosa de todas las pruebas a las que ha sido
sometida. No existe una sola observación que la contradiga abiertamente. Hoy
día los astrónomos aceptan con carácter general que el Universo en conjunto
obedece a una geometría riemanniana, aun cuando esta geometría se desvía tan
poco de la euclidiana que en condiciones ordinarias la geometría euclidiana
resulta perfectamente satisfactoria.
Por otra parte, Einstein concebía este universo riemanniano como estático, es
decir, que no experimentaba cambios globales. Sus componentes individuales se
mueven de un lado para otro, pero si fuese posible distribuir uniformemente
toda la materia, su densidad global permanecería constante. Toda vez que, según
la concepción de Einstein, la curvatura del Universo (la medida en que era
riemanniano) dependía de la densidad, un rayo de luz libre de toda influencia
exterior viajaría en un círculo perfecto.
Sin embargo, el astrónomo holandés Willem de Sitter (1872-1934), que había sido
uno de los primeros en aceptar la teoría de la relatividad, sugirió en 1917
otro diseño del Universo que también se ajustaba a las ecuaciones de campo de
Einstein. Se trataba de un Universo vacío y en continua expansión, lo cual
venía a significar que la curvatura del espacio se hacía cada vez menos
marcada. El Universo era riemanniano, pero cada día se aproximaba más a uno de
tipo euclidiano (límite que alcanzaría cuando la expansión se hiciese
infinita). En el modelo del Universo de de Sitter, un rayo luminoso no seguiría
una circunferencia, sino una espiral en continua expansión.
Por otra parte, supongamos que introdujésemos (mentalmente) dos partículas en
el Universo en expansión de de Sitter. Las dos partículas se alejarían al
instante y seguirían separándose a medida que el espacio que media entre ellas
se fuese expandiendo más y más.
Si en vez de dos partículas dispersáramos un gran número de ellas a lo largo y
a lo ancho de este Universo, la expansión general se traduciría en un aumento
de la distancia entre cualesquiera dos partículas. Si la separación entre una
partícula determinada y su vecina más próxima era de 1 año-luz al comienzo,
dicha distancia sería de 2 años-luz al cabo de cierto tiempo, de 3 años- luz
algo más tarde, etc.
Supongamos ahora que sobre una de esas partículas viaja un observador encargado
de vigilar a las demás. En una dirección concreta habría, por ejemplo, una
partícula a 1 año-luz de distancia, otra algo más allá a 2 años-luz, una
tercera a 3 años-luz, etc. Al cabo de un siglo, pongamos por caso, la distancia
entre cualesquiera dos partículas vecinas habrá aumentado hasta dos años-luz.
Para entonces, nuestro observador, sentado en su partícula y mirando en la
misma dirección que antes, vería que la partícula más cercana se halla a 2 años-luz,
y así sucesivamente.
En ese caso, la partícula más próxima se ha movido de 1 año-luz a 2 años-luz,
alejándose a una velocidad de 1 año-luz por siglo. La segunda partícula se ha
movido de una distancia de 2 a otra de 4 años-luz, alejándose con una velocidad
de 2 años-luz por siglo. La tercera se ha desplazado de 3 a 6 años-luz,
alejándose a una velocidad de 3 años-luz por siglo.
Todas las partículas que ve el observador en una dirección particular se
estarán alejando de él y además a una velocidad proporcional a su distancia.
Naturalmente, esto es cierto cualquiera que sea la dirección en que se mire
¿Quiere decir esto que la partícula del observador sea una partícula especial?
En absoluto, pues lo mismo ocurriría con cualquier otra. El efecto sería idéntico.
Todas y cada una de las partículas de un universo de esta especie se estarán
alejandode todas y cada una de las demás partículas con una velocidad
proporcional a la distancia que separa a ambas.
Desde un punto de vista teórico, el Universo en expansión de de Sitter parecía
bastante superior al Universo estático de Einstein. Esta superioridad se vio
fortalecida aún más en 1922 a manos del astrónomo ruso Alexander Friedman,
quien aplicó dicha teoría a un Universo no vacío. Más tarde, en el año 1930,
Eddington consiguió demostrar que aun en el caso de que fuese lícito suponer
que el Universo estático de Einstein existe, tal Universo sería inestable,
igual que un cono colocado sobre su vértice. Si por cualquier razón se empezara
a expandir, aunque fuese muy ligeramente, seguiría expandiéndose
indefinidamente; del mismo modo que si comenzara a contraerse, continuaría
haciéndolo indefinidamente.
§. Cúmulos de galaxias
Así pues, la ley de Hubble parece indicar (en función del Universo real) que el
modelo teórico de de Sitter de un Universo en expansión es correcto. Las
galaxias se alejan unas de otras no porque cada una de ellas se encuentre en
movimiento, sino debido a que el espacio en su totalidad se está expandiendo.
Como resultado de esta expansión, la velocidad de recesión de una galaxia
particular es proporcional a la distancia que la separa de nosotros. Por otra
parte, el hecho de que nuestra Galaxia parezca constituir el punto central de
esta fuga universal se debe únicamente a que observamos el Universo
precisamente desde ese punto. Si nos encontráramos en la galaxia de Andrómeda,
o en cualquier otra, observaríamos el mismo fenómeno, y la galaxia en que nos
hallásemos parecería constituir el punto central.
Naturalmente, cabe ahora argüir que si el Universo se encuentra de hecho en
proceso de expansión, entonces todas las galaxias, sin
excepción, deberían alejarse de las demás, lo cual es casi cierto, pero no del
todo, y con «casi cierto» no se gana ningún premio. Por ejemplo, la galaxia de
Andrómeda no se aleja de nosotros, sino que se aproxima. Cierto que a una
velocidad muy lenta, pero ello no quita para que se trate de un movimiento de
aproximación. Esto parece dar al traste con la idea de un Universo en
expansión.
En realidad no es así. Al presentar un modelo del Universo, por fuerza hay que
hacer hipótesis simplificadoras, pues de otro modo las complejidades del modelo
adquieren tales proporciones que impiden analizarlas o describirlas. En el
modelo de de Sitter, por ejemplo, se supone que las partículas de prueba no
ejercen ninguna fuerza mutua, sino que se dejan arrastrar por el movimiento
expansivo del Universo sin oponer resistencia.
Pero en realidad esto no es así. En el Universo existen fuerzas de gran alcance
capaces de hacerse notar a grandes distancias en el momento que se introduce la
materia. Estas fuerzas que actúan a grandes distancias son de dos tipos.
Existen campos electromagnéticos y campos gravitatorios. El campo
electromagnético da origen a fuerzas de dos clases: una atractiva y otra repulsiva;
a gran escala ambos efectos se compensan. Así pues, es posible ignorar el campo
electromagnético cuando nos ocupemos del Universo en su totalidad.
No sucede lo mismo con el campo gravitatorio. Este da lugar a un único tipo de
fuerza, que es atractiva. Dos objetos cualesquiera localizados en el Universo
—incluso en un Universo en expansión— se atraen mutuamente[xxi] .
Cuanto más próximos se hallen, tanto más fuerte será la atracción gravitatoria
mutua y tanto más probable será que los dos se aferren uno al otro, por así
decirlo, en contra de la influencia disgregadora de la expansión del Universo.
El Universo en expansión no separa, por ejemplo, los distintos componentes del
sistema solar, ni aleja unas de otras las diversas estrellas de una misma
galaxia. Dicha expansión no bastará tampoco para separar a dos o más galaxias
que se hallen suficientemente próximas unas de otras para estar atrapadas en
las redes de un campo gravitatorio mutuo suficientemente fuerte.
En resumen, las «partículas independientes» que se disgregan en un Universo en
expansión no son necesariamente, en nuestro Universo real, galaxias
individuales, sino grupos particulares o cúmulos de galaxias.
No cabe duda que tales cúmulos existen. Se conocen varios casos en que dos o
más galaxias interaccionan de un modo patente, están encerradas dentro de halos
comunes o se hallan conectadas por medio de hilos luminosos. La causa de la
interacción puede ser gravitatoria o electromagnética, pero el caso es que tal
interacción existe; en consecuencia, resulta muy lógico tratar esas galaxias
como una unidad, hablando desde el punto de vista general del Universo.
Nuestra propia Galaxia tiene firmemente en su puño, en calidad de galaxias
satélites, a las dos Nubes de Magallanes (existen pruebas incluso de que entre
éstas y nuestra Galaxia flotan minúsculas briznas de gas) y no es probable que
estas Nubes se vean separadas de nosotros como resultado de la expansión del
Universo. De igual modo, la galaxia de Andrómeda (M31) posee dos pequeñas
galaxias (M31 y M33) en calidad de satélites.
Dando un paso más es posible considerar la galaxia de Andrómeda y la nuestra
propia como los dos miembros gigantes de un grupo compuesto en total por unos
doce miembros. Este grupo es el denominado «Grupo Local», y no cabe duda que
mantendrá su identidad —al menos durante un período bastante largo— en contra
de la fuerza expansiva del Universo.
Los movimientos de las galaxias del Grupo Local no reflejan la expansión
general del Universo, sino más bien las fuerzas gravitatorias locales. Esta es
la razón de que la galaxia de Andrómeda se aproxime (al menos hasta ahora)
hacia nosotros.
El número de cúmulos de galaxias visibles en el cielo asciende a centenares. Y
se trata evidentemente de cúmulos, porque los distintos miembros se hallan muy
cerca unos de otros en el espacio y porque todos los miembros mayores exhiben
una luminosidad similar. Algunos cúmulos son enormes. Existe uno en la
constelación Coma Berenices, a una distancia de 120.000.000 de años-luz
aproximadamente, que está compuesto de unas 10.000 galaxias.
Figura 28. Grupo local
Tales
cúmulos resultan de extrema utilidad a la hora de estimar distancias. Si se
estudian las galaxias una a una, no es del todo lícito suponer que el grado de
tenuidad viene determinado exclusivamente por la distancia, pues existen
galaxias gigantes y galaxias enanas, igual que existen estrellas gigantes y
estrellas enanas. La galaxia de Andrómeda y sus dos galaxias satélites se
encuentran a la misma distancia de nosotros, y sin embargo la primera es mucho
más brillante que cualquiera de las segundas, debido sencillamente a que
aquélla es una gigante mientras que éstas son enanas.
Cabría argüir, desde luego, que a la larga tales diferencias de tamaño se
compensan y que, considerando la situación de un modo global y desde un punto
de vista estadístico no demasiado severo, la tenuidad puede tomarse como
proporcional a la distancia. Esto es cierto, pero como consecuencia de ello la
ecuación general tenuidad-distancia se ve afectada entonces de irregularidades.
En cambio, tratándose de cúmulos se puede suponer que los miembros más
brillantes son galaxias gigantes equivalentes a la de Andrómeda o a la nuestra
propia, y que, por consiguiente, poseen una luminosidad total equiparable a una
magnitud absoluta de -19 ó -20. Seguirá existiendo la posibilidad de que surjan
diferencias o irregularidades entre un cúmulo y otro, pero, según la opinión de
los astrónomos, éstas serán mucho más pequeñas que las que aparecerían si se
trabajara con galaxias individuales.
Así pues, los astrónomos estiman más seguro juzgar la distancia de los cúmulos
de galaxias a partir únicamente de la tenuidad, pasando luego a comparar dicha
distancia con el valor del desvío hacia el rojo con el fin de comprobar si la
ley de Hubble se cumple (de hecho se cumple). Haciendo uso de este método se ha
estimado que cierto cúmulo de galaxias localizado en la constelación Virgo se
encuentra quince veces más alejado que la galaxia de Andrómeda; otros cúmulos
se hallan a una distancia casi mil veces superior a la de Andrómeda.
Capítulo 14
El universo observable
Contenido:
§.
De nuevo la Paradoja de Olbers
§. La contante de Huble
§. Revisión de la Escala Cefeida
§.
De nuevo la Paradoja de Olbers
La escala del Universo es tan descomunal que a su lado empalidece incluso la
distancia de las galaxias más próximas, tal como la de Andrómeda. Cuando se
determinó por primera vez la distancia de la galaxia de Andrómeda y empezaron a
barajarse cifras de «cientos de miles de años-luz», parecía que la imaginación
no podía ya dar más de sí. Sin embargo, al cabo de una década, más o menos,
hubo que convencerse de que Andrómeda se hallaba, como quien dice, a la vuelta
de la esquina. Tanto es así que forma parte, como ya hemos dicho, del Grupo
Local, de un sistema al cual también nosotros pertenecemos.
De nuevo nos vemos obligados a preguntarnos dónde está el fin. Una y otra vez
el hombre se ha visto precisado a ampliar su visión del Universo con el fin de
dar cabida a grupos cada vez mayores. Alrededor de una estrella se agrupan
pequeños objetos no luminosos para formar un sistema planetario. Las estrellas
se apiñan a su vez para constituir un sistema multiestelar simple, o cúmulos
abiertos de mayor tamaño, o incluso cúmulos globulares aún más grandes, o bien
galaxias que superan en magnitud a todos los anteriores. Las galaxias se
agrupan para formar cúmulos de galaxias. ¿Es posible que éstos se asocien a un
nivel todavía superior y formen lo que cabría llamar cúmulos de cúmulos de
galaxias? De Vaucouleurs opina que ello es posible, que hay indicios de que
acaso exista una «supergalaxia» de la cual el Grupo Local no constituya sino
una pieza muy pequeña. Si el análisis de este astrónomo es correcto,
significaría que nos encontramos a decenas de millones de años-luz del centro
de dicha supergalaxia; y más allá de ésta, en cualquier dirección, existirían
otras supergalaxias.
¿Y no podría haber cúmulos de supergalaxias y cúmulos de cúmulos de
supergalaxias, etc.? ¿Dónde estaría el límite? ¿Tiene que existir
necesariamente un fin? ¿No será que nos encontramos ante un Universo infinito?
Un sistema tal compuesto por una secuencia interminable de cúmulos de cúmulos
recibe el nombre de «Universo jerarquía» y fue sugerido en origen por el
astrónomo sueco Carl Wilhelm Ludwig Charlier (1862-1934).
Ahora bien, no olvidemos que si aceptamos la teoría de la relatividad de
Einstein, entonces su Universo riemanniano debe tener un volumen finito. Aun
hallándose en proceso de expansión, ese volumen finito que se halla en continuo
crecimiento tiene que permanecer finito.
Y sin embargo, a veces se argumenta que aunque el Universo posea un volumen
finito, podría ser capaz de albergar un número infinito de galaxias. En ese
caso, el sistema de cúmulos de cúmulos de cúmulos de cúmulos de galaxias puede
continuar, sin tasa, adquiriendo un grado cada vez mayor de complejidad.
Pero si estamos dispuestos a considerar la posibilidad de un número infinito de
galaxias, ¿no desembocaremos de nuevo en la paradoja de Olbers?. La existencia
de un número infinito de galaxias en cualquier dirección ¿no suministraría a la
Tierra una cantidad infinita de luz? Y el hecho de que la Tierra no recibe una
cantidad infinita de luz ¿no significa que el número de galaxias tiene que ser
finito?
Figura 29. Supergalaxias
En
efecto, si el Universo riemanniano fuese estático, como
sugiriera Einstein en principio, habría que concluir que el número de galaxias
es finito. En un Universo estático, el razonamiento que más adelante
expondremos en favor de la posibilidad de un número infinito de galaxias no
sería válido. En un Universo de esas características, tanto el volumen como el
número de galaxias serían finitos y la paradoja de Olbers no plantearía ningún
problema.
Mas, al parecer, vivimos en un Universo en expansión, y en él
sípuede valer el argumento que aboga por un número infinito de
galaxias. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo nos deshacemos del maleficio de la
paradoja de Olbers?
En un Universo en expansión en el que las galaxias se alejan constantemente
unas de otras existe un nuevo factor a tener en cuenta, un factor que se
hallaría ausente si el Universo fuese estático y las galaxias se mantuvieran a
distancias constantes (por término medio). Ese nuevo factor es el desvío hacia
el rojo.
En un Universo en expansión, la luz emitida por las galaxias se debilita y
atenúa por causa del desvío hacia el rojo. Cuanto más lejana es la galaxia,
tanto mayor es dicho desvío y tanto más pronunciado es el debilitamiento de la
energía total de radiación que llega hasta nosotros.
Teniendo en cuenta este debilitamiento constante de la radiación que llega
hasta nosotros desde distancias cada vez más grandes, se puede demostrar que la
cantidad total de radiación que incide sobre la Tierra tiende a cierto valor
finito, que, por lo demás, tampoco es excesivamente grande, aun en la hipótesis
de que el número de galaxias sea infinitamente grande. La paradoja de Olbers no
constituye obstáculo alguno para el Universo infinito (la infinitud se refiere
aquí al número de galaxias) siempre que dicho Universo se encuentre en
expansión.
Esto quizá suene imposible. El lector dirá que si cada una de las galaxias de
un conjunto infinito contribuye con su granito de radiación, la suma total
tendrá que ser infinita, independientemente de la pequeñez de esa contribución.
Esto equivale a decir que la suma de una serie infinita de números tiene que
ser infinita, por pequeños que sean los números de la serie.
Razonamiento que seguramente parece muy lógico, pero que no deja de ser
erróneo, como puede demostrarse fácilmente.
Consideremos la siguiente sucesión de números: 1, 1/2, 1/4, 1/8, 1/16, 1/32,
1/64... Cada número es la mitad del anterior, y la serie está compuesta de un
número infinito de elementos. Por muchos términos que escribamos, la serie se
puede prolongar aún más escribiendo la mitad del último número, luego la mitad
de éste, etc.
Cabría suponer entonces que la suma de una serie infinita como ésta ha de ser
infinita; pero intentémoslo. El primer número por sí sólo es 1; la suma de los
dos primeros números es 13/4 la suma de los tres
primeros es 1 3/4; la suma de los cuatro primeros es
17/8. Continuando esta secuencia de sumas, el lector se
convencerá bien pronto de que aunque la suma aumenta continuamente a medida que
se añaden más y más miembros, nunca llega a 2. Se acerca cada vez más al valor,
pero no llega a alcanzarlo. Se dice que la suma de la serie l + 1/2 + 1/4 + 1/8 + 1/16+ 1/32+ 1/64+...
tiende a 2. Este es un ejemplo de una «serie convergente»: una serie con un
número infinito de términos, pero cuya suma es finita.
En la descripción original de la paradoja de Olbers señalamos que en el caso de
un Universo infinito del tipo que Olbers concebía, cada una de las capas del
espacio suministra a la Tierra una cantidad igual de luz. Si la luz proveniente
de una de las capas se toma igual a 1, entonces la luz total de todas las capas
es 1 + 1 +1 + 1... y así sucesivamente hasta siempre. Esta es
una «serie divergente» y su suma es infinita. Esta suma infinita constituye
precisamente el meollo de la paradoja.
Ahora bien, si tenemos en cuenta el desvío al rojo, vemos que cada capa
(progresando de dentro afuera) suministra menos luz que la anterior. La serie
correspondiente converge y proporciona una suma finita. En el Universo
riemanniano de Einstein podemos olvidarnos de la paradoja de Olbers, pues no
supone ningún problema.
Mas ahora se plantea otra cuestión. Si estamos dispuestos a considerar el
desvío hacia el rojo y el consiguiente debilitamiento progresivo de la energía
de radiación de galaxias cada vez más distantes, deberemos preguntarnos, no qué
tamaño tiene el Universo, sino qué porción de él nos es dado observar.
El hombre ha dado por supuesto que perfeccionando sus instrumentos y refinando
sus técnicas —es decir, si construye telescopios mayores y espectroscopios más
perfectos y cámaras fotográficas más delicadas— estará en condiciones de
escudriñar lugares cada vez más recónditos del espacio. Pero ¿es cierto esto?
Si la radiación de las lejanas galaxias se atenúa progresivamente, ¿no existirá
un punto a partir del cual la radiación se debilite tanto que ningún
instrumento, por muy próximo que se halle a la perfección, pueda detectarla?
Si tal punto existiera, el tamaño del Universo que nos es dado observar
poseería, en principio, un límite; algo así como una frontera exterior más allá
de la cual sería imposible escrutar. Esta frontera acotaría lo que cabe
denominar el «Universo observable».
Con el fin de averiguar si tal límite inviolable existe y dónde podría estar
localizado, volvamos a la ley de Hubble.
§. La constante de Hubble
La ley de Hubble afirma que la velocidad de recesión de una galaxia es
directamente proporcional a la distancia que la separa de nosotros. Quiere
decirse que si multiplicamos dicha distancia por cierta cantidad (la «constante
de Hubble»), el producto será igual a la velocidad de recesión.
Expresemos la distancia en millones de años-luz y llamémosla D. La
velocidad de recesión podemos representarla en kilómetros por segundo y
llamarla V. Por último, sea k la constante de
proporcionalidad. La ley de Hubble se puede expresar entonces de la manera
siguiente:
V =
kD ,
donde kD es
el modo matemático de decir que hay que multiplicark por D.
Puesto que todo depende del valor de k, transformemos la
ecuación anterior, utilizando técnicas algebraicas muy simples:
k
=V/D,
lo
cual nos dice que k debe ser igual a la velocidad de recesión
de una galaxia (en kilómetros por segundo) dividida por su distancia (en
millones de años-luz). El valor de k se podrá obtener siempre
que dispongamos de datos precisos y fiables para la distancia y la velocidad de
recesión de una sola galaxia o grupo de galaxias.
Si Hubble está en lo cierto, el valor de k así obtenido será
válido para todas las galaxias.
Consideremos, por ejemplo, el cúmulo de Virgo. El desvío hacia el rojo de sus
componentes revela que dicho cúmulo se aleja de nosotros a una velocidad de
1.142 kilómetros por segundo. Comparando el brillo de las galaxias más
brillantes del cúmulo con el de la galaxia de Andrómeda, llegamos a la
conclusión de que aquél se halla 16,5 veces más alejado que Andrómeda. Por
consiguiente, si la galaxia de Andrómeda se encuentra a 800.000 años-luz de
nosotros (de acuerdo con la relación período-luminosidad de las Cefeidas, el
cúmulo de Virgo tiene que hallarse a 16,5´800.000 ó 13.000.000 de años-luz de
distancia, aproximadamente.
Para hallar ahora el valor de k, tenemos que dividir la velocidad
de recesión de Virgo (en kilómetros por segundo) por la distancia que lo separa
de nosotros (en millones de años-luz). El resultado es k =1142/13,
o aproximadamente 88.
Así pues, cabe esperar que una galaxia que se halle a 1.000.000 de años-luz de
distancia se aleje de nosotros a una velocidad de 88 km. por segundo; que otra
que se encuentre a 2.000.000 de años-luz huya de nosotros a 176 km. por
segundo; que una tercera que se halle a 10.000.000 de años-luz se aleje a 880
km. por segundo, etcétera.
¿Tendrá este proceso algún límite, suponiendo, claro está, que la ley de Hubble
sea exacta para cualquier distancia? Desde el punto de vista matemático no
existe límite alguno. Una galaxia que se encuentre a 1.000 millones de años-luz
se alejaría a una velocidad de 88.000 kilómetros por segundo; otra que se halle
a 1.000.000 de millones de años-luz retrocedería a 88.000.000 de kilómetros por
segundo, y así sucesivamente.
Ahora bien, desde el punto de vista físico sí hay un límite.
La «teoría especial de la relatividad» de Einstein (propuesta en 1905, diez
años antes que la teoría general, más comprehensiva que aquélla) exige suponer
que la máxima velocidad que se puede medir en relación con uno mismo es la velocidad
de la luz en el vacío, la cual equivale a 229.776 km. por segundo.
Existe una distancia determinada a la cual cualquier galaxia tiene que alejarse
de nosotros con una velocidad igual a la que acabamos de indicar; según el
punto de vista de la relatividad, esa distancia representa un límite absoluto e
insuperable. Es imposible trabajar con ningún objeto que se mueva más deprisa
que la luz en el vacío, y por consiguiente con ninguno que se halle a una
distancia superior a ese límite.
Cabría aducir toda clase de argumentos acerca de si existen o no galaxias más
allá de este límite, pero no harían al caso: es absolutamente indiferente que
existan o no. Pues el quid de la cuestión es que una vez que alcanzamos un
punto del espacio tan alejado de nosotros que una galaxia situada allí
retroceda a una velocidad igual a la de la luz en el vacío, la luz de dicha
galaxia no podrá llegar hasta nosotros. El efecto Doppler-Fizeau estira
infinitamente cada una de las longitudes de onda y reduce por tanto su energía
a cero. Nada puede llegar hasta nosotros desde una galaxia tan distante. Ni
luz, ni radiación de ninguna clase, ni neutrinos, ni influencia
gravitatoria. Nada.
Aun en el caso de que fuese posible concebir algún objeto más allá de este
límite de distancia, sería algo que jamás lograríamos detectar, y no por causa
de la imperfección de nuestros instrumentos, sino debido a la naturaleza y
estructura del Universo. En consecuencia, podemos ahorrarnos el hablar de un
Universo de dimensiones infinitas. Lo que sí requiere consideración es el
Universo observable,finito tanto en diámetro como en volumen.
Sólo queda por averiguar el diámetro de ese Universo observable. Para
ello, partamos de la ecuación matemática que representa la ley de Hubble, V —
kD, y despejemos D (distancia a nosotros). La ecuación se transforma en la
siguiente:
D =
V/k
Lo
que buscamos es la distancia correspondiente a una velocidad de recesión igual
a la velocidad de la luz. Igualamos, por tanto, V a la velocidad de la luz
(299.776 kilómetros por segundo) y sustituimos k por 88, que
es su valor. D (en millones de años-luz) equivale entonces a 299.776/88 ó
3.400. Esto significa que el límite del Universo observable se halla a 3.400
millones de años-luz de nosotros en todas direcciones.
Expresando lo mismo de un modo más conciso: el Universo observable es, en
apariencia, una esfera con centro en nosotros mismos y un radio de 3.400
millones de años-luz (o un diámetro de 6.800 años-luz). Así pues, de acuerdo
con este análisis el límite del Universo observable se encuentra 4.250 veces
más alejado de nosotros que la galaxia de Andrómeda.
Dimensiones descomunales, no cabe duda, y que parecen ciertamente constituir un
clímax satisfactorio para esa larga búsqueda del hombre en pos de los límites
del Universo, búsqueda que se abrió con la consideración del horizonte
terrestre a pocos kilómetros de distancia.
Y sin embargo, había problemas. Algo no funcionaba en la escala del Universo
tal y como fue calculada hacia los años cuarenta basándose en la constante de
Hubble.
§. Revisión de la escala Cefeida
Las distancias calculadas para las galaxias muy lejanas estaban basadas en la
comparación de su brillo aparente con el de las más próximas, cuya distancia, a
su vez, había sido determinada mediante la escala Cefeida. Y de entre los
valores calculados para las más cercanas, el que parecía más cierto y fiable
era el correspondiente a la galaxia de Andrómeda. Si la distancia de Andrómeda
era errónea, entonces todas las distancias estarían equivocadas: la escala
entera del Universo sería falsa.
Hacia 1950 empezó a tomar cuerpo la molesta impresión de que el cálculo de la
distancia de la galaxia de Andrómeda escondía efectivamente un error. Si
Andrómeda se hallaba a 800.000 años-luz, como parecía indicar la escala
Cefeida, entonces surgían ciertas peculiaridades. Por una parte, la galaxia de
Andrómeda parecía poseer un tamaño bastante menor que el de nuestra Galaxia:
una cuarta parte del de ésta, aproximadamente. Este hecho en sí no constituía
ningún crimen, pero lo cierto es que todas las galaxias cuyo tamaño fue posible
determinar parecían ser notablemente más pequeñas que nuestra Galaxia.
Cabría replicar que alguna galaxia tenía que ser mayor que las demás, y que da
la casualidad de que nosotros vivimos en ella. Y sin embargo, ¿qué razón había
para que nuestra Galaxia fuese mucho más grande que las demás?
Sea cual fuere el proceso en virtud del cual se formaron las galaxias, el hecho
es que resultó una gama muy amplia de tamaños. Era indiscutible que la Galaxia
poseía un tamaño mucho mayor que el de las Nubes de Magallanes, o que la
galaxia de Andrómeda era mucho más grande que sus satélites, M32 y M33. Pero
cualquier porción de dicha gama estaba representada por numerosos ejemplares;
no había una sola galaxia que fuese única en cuanto al tamaño, en ninguno de
los dos extremos de la escala... excepto la nuestra. Allí estaba nuestra
Galaxia, sola, con un tamaño mucho mayor que el resto.
Además, nuestra Galaxia no poseía la forma idónea para ser tan grande. Siempre
que había ocasión de comparar entre sí directamente varias galaxias, eran las
elípticas —en particular las esferoidales clasificadas como EO—, las
gigantes. ¿Aqué se debía que la más grande de todas, nuestra
Galaxia, fuese una espiral?
Pero había algo peor aún, y es que aparte de que nuestra Galaxia superaba en
tamaño a todas las demás, sus elementos componentes eran también mayores y más
brillantes que los elementos semejantes de otras galaxias, como por ejemplo la
de Andrómeda.
La galaxia de Andrómeda posee un halo de cúmulos globulares alrededor de su
centro, igual que nuestra Galaxia. El número de cúmulos globulares, su aspecto
y su distribución son muy similares en ambos casos. Mas si tomamos, por
ejemplo, el brillo aparente de los distintos cúmulos globulares de Andrómeda y
calculamos su luminosidad real suponiendo que se encuentran a 800.000 años-luz,
resulta que esta magnitud es, por término medio, un cuarto de la luminosidad de
nuestros cúmulos globulares, y su diámetro aproximadamente la mitad. Incluso
las estrellas como entes individuales muestran el mismo efecto. Las novas ordinarias
que han aparecido en Andrómeda alcanzaron una luminosidad notablemente menor
que las que aparecen en nuestra Galaxia (trabajando siempre con la hipótesis de
una distancia de 800.000 años-luz).
Suponer que nuestra Galaxia no sólo es una gigante dentro de su clase, sino que
está compuesta de cúmulos globulares que son gigantes entre los de su especie y
de estrellas que también son gigantes entre las estrellas, era pedir demasiado.
Parecía casi como si estuviéramos mirando la galaxia de Andrómeda (y, por ende,
todas las demás galaxias) a través de una lente de disminución que reducía todo
de tamaño. Dado que todo cuanto estaba relacionado con la galaxia de Andrómeda
había sido determinado sobre la base de la distancia de aquélla, era inevitable
preguntarse si dicha distancia no sería errónea. Y puesto que dicha distancia,
tal y como se aceptaba en 1950, dependía a su vez de la escala Cefeida, no
había más remedio que poner también en tela de juicio dicha escala.
En los primeros años de la década de 1950-59 Baade centró su atención en este
problema, razonando que las estrellas de las Nubes de Magallanes y de los
cúmulos globulares de nuestra propia Galaxia eran estrellas de la Población II
(véase pág. 249), por lo general más pequeñas y más estables que las de la
Población I. Así pues, habían sido Cefeidas de la Población II lo que en origen
se había utilizado para establecer la ley período- luminosidad y lo que había
servido para determinar la escala de nuestra Galaxia y la distancia de las
Nubes de Magallanes.
Sin embargo, las Cefeidas que se habían utilizado para determinar la distancia
de la galaxia de Andrómeda (y, por consiguiente, de un modo indirecto todas las
galaxias lejanas) pertenecían a los brazos espirales de Andrómeda, debido a que
eran precisamente los miembros gigantes blanco-azulados de entre las estrellas
de la Población I de dichos brazos los que, a la enorme distancia a que se
halla Andrómeda, resultaban más visibles. ¿No sería que las Cefeidas de la
Población I de los brazos espirales de Andrómeda no seguían la ley
período-luminosidad por la que se regían las Cefeidas de la Población II y con
la cual habían trabajado Leavitt y Shapley?
La diferencia entre ambos tipos de Cefeidas parecía ciertamente notable. Entre
las Cefeidas de la Población II figuraban muchas con períodos especialmente
breves (entre una hora y media y un día); tales períodos eran muy raros entre
las Cefeidas de la Población I, cuyos períodos solían oscilar entre varios días
y varias semanas. En segundo lugar, las Cefeidas de la Población II eran, en
términos generales, más pequeñas y tenues que las de la Población I. Esta
segunda diferencia quedaba enmascarada por el hecho de que en nuestra Galaxia
las Cefeidas de la Población I, localizadas como estaban en medio del polvo de
los brazos espirales, sufrían cierto enrojecimiento y atenuamiento a manos del
polvo interestelar, efecto que no había sido tenido debidamente en cuenta.
Las Cefeidas de la Población II poseen, en efecto, un nombre especial debido a
la notoriedad de sus propiedades en relación con las de otras variables. Son
las «estrellas RR Lyrae», nombre que proviene de RR Lyrae, la primera (y casi
la más brillante) variable de este tipo que se estudió. Dado que las estrellas
RR Lyrae se observan por lo común en los cúmulos globulares, a veces se las
denomina «variables tipo cúmulo».
Baade estudió detenidamente y por separado las Cefeidas de la Población I y las
de la Población II, y en septiembre de 1952 anunció que la ley
período-luminosidad, tal y como había sido establecida por Leavitt y Shapley,
sólo era aplicable a la variedad de la Población II. Así pues, la distancia de
las Nubes de Magallanes y las dimensiones de nuestra Galaxia eran correctas.
Las Cefeidas de la Población I, sin embargo, obedecían una relación algo
diferente, y para una periodicidad dada eran una o dos magnitudes más
brillantes de lo que cabría esperar a partir de la relación ordinaria utilizada
por Shapley.
Veamos lo que esto significa. Supongamos que se observa una lejana Cefeida con
un período que corresponde a una magnitud absoluta de -1. Esto quiere decir que
si la estrella estuviera situada a 32,5 años-luz (10 parsecs) de nosotros,
parecería tener una magnitud de -1. Para que su magnitud se reduzca desde -1
hasta la magnitud real (alrededor de 20) tendría que distar 24.000 veces más
que 32,5 años-luz, es decir, 800.000 años-luz.
Mas supóngase que, utilizando la nueva escala período- luminosidad que Baade
dio para las Cefeidas de la Población I, resultara que la Cefeida en cuestión
tuviera una magnitud de -3 en vez de -1. En ese caso su brillo sería más de
seis veces superior a lo que se había pensado. Con el fin de reducir esta
estrella «seis veces más brillante» hasta una magnitud de 20 aproximadamente,
haría falta que estuviera situada, por tanto, mucho más lejos: 58.000 veces
32,5 años-luz, es decir, casi 2.000.000 de años-luz.
Utilizando la escala Cefeida revisada y añadiendo algunos detalles adicionales
que, al parecer, es preciso introducir, se estima hoy que la galaxia de
Andrómeda se halla a unos 2.700.000 años-luz. Todas las galaxias más allá de la
de Andrómeda sufrirían además un desplazamiento correspondiente.
Esto eliminaba de golpe ese privilegio de unicidad que parecía ostentar nuestra
Galaxia. Si Andrómeda, hallándose a 2.700.000 años-luz (en vez de 800.000),
exhibe a pesar de ello el tamaño y el brillo que de hecho se observan al
telescopio, por fuerza tiene que ser mucho más grande y más brillante de lo que
se había supuesto antaño, en los días en que aún se aceptaba esa otra distancia
más corta.
Figura 30. Las dos poblaciones de Cefeidas.
En
la actualidad se opina que la galaxia de Andrómeda es algo mayor que
nuestra Galaxia. Andrómeda tiene un diámetro de 200.000 años-luz y abarca hasta
300.000 millones de estrellas. Por otra parte, hoy día se sabe que sus cúmulos
globulares (más lejanos de lo que se creía) son también mayores y más
brillantes de lo que se había supuesto; en efecto, son tan grandes y brillantes
como los de nuestra Galaxia. Las novas de Andrómeda son, asimismo, similares a
las nuestras en lo que toca a tamaño y a brillo. Finalmente se ha comprobado
que todas las demás galaxias son también más grandes y brillantes de lo que
antes se creía; muchas de las espirales rivalizan en tamaño con nuestra Galaxia
e incluso cabe que algunas de las esferoidales sean de diez a treinta veces más
grandes que ella.
Nuestra Galaxia sigue siendo una galaxia gigante, pero ya no es ese monstruo
único en su especie. La galaxia de la Vía Láctea, con sus 135 mil millones de
estrellas, encaja bien en un Universo compuesto de galaxias cuyo número de estrellas
oscila entre 10 y 5.000 miles de millones.
Toda vez que esta nueva escala de distancias ha eliminado del escenario
galáctico las peculiaridades más graves, los astrónomos confían en haber
hallado por fin la escala correcta. En los años transcurridos desde la
corrección de Baade nada ha venido, ciertamente, a perturbar esta esperanza. Es
más, desde su muerte en 1960, diversos astrónomos —como el ruso-americano
Sergei Illarionovich Gaposchkin (n. 1898) — han seguido analizando las
fotografías de Andrómeda tomadas con el telescopio de 200 pulgadas, confirmando
plenamente su trabajo.
La nueva escala de distancias no ha afectado, naturalmente, a los cálculos de
la desviación hacia el rojo, pues son independientes de la distancia. El cúmulo
de galaxias de Virgo seguirá alejándose de nosotros a una velocidad de 1.142
kilómetros por segundo cualquiera que sea la distancia que le asignemos. A
partir del brillo de sus miembros más brillantes, y comparándolo con el de la
galaxia de Andrómeda, se comprueba que dicho cúmulo sigue hallándose 16,5 veces
más alejado que aquélla.
Pero una vez que se triplica la distancia de Andrómeda, también es preciso
triplicar la distancia del cúmulo de Virgo. Por tanto, debemos situarlo a unos
2.300.000 ´ l6,5 ó 38.000.000 de años-luz, en vez de sólo 13.000.000.
Para determinar la constante de Hubble lo que hicimos fue dividir la velocidad
de recesión de una galaxia o cúmulo de galaxias por el número de millones de
años-luz que distaba de nosotros. En vez de dividir 1.142 por 13 debemos
dividirlo ahora por 38, de suerte que la constante de Hubble equivale a 30, en
lugar de a 88. Si esta cifra peca de algo, probablemente será por defecto.
Establezcamos, pues, el valor de la constante de Hubble en 24.
Con el fin de determinar la distancia a la cual tiene que hallarse una galaxia
para alejarse a la velocidad de la luz, recurramos de nuevo a la ecuación D
= V/k,igualando V a 299.776, y k ahora a
24. El resultado es que D vale 12.500, con lo cual podemos decir que una
galaxia situada a una distancia de 12.500 millones de años- luz no puede ser ya
detectada. Este es el límite del Universo observable, o «radio de Hubble».
Expresando lo mismo con otras palabras, podemos decir que el diámetro de la
esfera del Universo observable (con nosotros mismos en el centro) es de 25.000
millones de años-luz: un diámetro casi cuatro veces superior al que se admitía
como correcto todavía en 1950.
Capítulo 15
El origen del universo
Contenido:
§.
El Big Bang
§. Antes del Big Bang
§.
El Big Bang
El cambio sufrido por la escala de distancias del Universo no se limitó a
subsanar ese anómalo supergigantismo de nuestra Galaxia, sino que vino a
mitigar notablemente una discrepancia mucho más seria.
En el segundo cuarto del siglo XX los astrofísicos y los geólogos volvieron a
discrepar acerca de la edad de la Tierra, como ya lo hicieran casi un siglo
antes en los días de Helmholtz.
La discrepancia surgió una vez más en torno a un fenómeno que no parecía
plantear ningún problema en el presente ni en el futuro, pero que suscitaba
graves dificultades cuando era extrapolado hacia el pasado. En tiempos de
Helmholtz se había tratado de la supuesta contracción del Sol; en los días de
Hubble era la expansión del Universo.
Si intentamos mirar hacia adelante en el tiempo y aceptamos el hecho de que las
galaxias continuarán alejándose indefinidamente unas de otras tal y como lo
hacen en la actualidad, no tropezamos con ninguna dificultad insuperable. Todas
y cada una de las galaxias fuera de nuestro Grupo Local seguirán retrocediendo
a una velocidad que aumenta regularmente a tenor del crecimiento regular de la
distancia. Las galaxias se harán cada vez más tenues, debido tanto al aumento
de distancias como el desvío hacia el rojo —cada vez más pronunciado— y la
consiguiente disminución de la energía de la luz. De este modo, llegará un
momento en que todas ellas se aproximarán al límite del Universo observable,
perdiéndose para nosotros. El universo observable consistirá entonces
únicamente en nuestro Grupo Local.
Esto quizá parezca un futuro muy solitario, pero lo cierto es que sólo
perderemos objetos que no son visibles a simple vista, objetos de cuya
existencia y verdadera naturaleza no hemos llegado a percatarnos sino en los
últimos cincuenta años. Quiere decirse que la pérdida no será demasiado grande
para los no-astrónomos. Además este fenómeno está previsto para dentro de mucho
tiempo —cien evos o más—, y para entonces habrán sobrevenido acontecimientos de
consecuencias más directas para nosotros. El Sol se habrá convertido en una
enana blanca y nuestro sistema planetario será un lugar inhóspito, suponiendo,
claro está, que haya logrado sobrevivir a la etapa de gigante roja del Sol.
Todas las estrellas que sean más grandes y más brillantes que las enanas rojas
se habrán convertido en enanas blancas, y todas las galaxias se hallarán en una
edad extremadamente avanzada. Es posible que para entonces se hubieran formado
nuevas estrellas, pero lo cierto es que dentro de cien evos la reserva de polvo
y gas habrá disminuido hasta valores mínimos, con lo cual el número de
estrellas nuevas será escaso. Por lo demás, estas nuevas estrellas se habrán
formado a partir de un gas tan sobrecargado de átomos complejos (dispersados
por el espacio como consecuencia de los cientos de millones de supernovas que
habrán explotado en el ínterin) que su provisión de hidrógeno será sobremanera
exigua, lo cual determina una vida muy efímera para tales estrellas.
Por muy sórdida que parezca esta imagen del futuro, no contradice ninguna de
las ideas científicas aceptadas ni plantea ningún dilema grave a los
astrónomos. No puede esperarse que el Universo respete las emociones humanas.
Envejecerá y morirá sin consideración alguna para con los lamentos del hombre,
y sus componentes seguirán alejándose unos de otros en un proceso de eterna
expansión incluso después de que las galaxias se hayan consumido hasta
convertirse en cenizas de enanas blancas.
Pero supongamos ahora que miramos hacia atrás en el tiempo, que invertimos la
dirección de marcha de la expansión del Universo como si se tratara de una
película de cine. En ese caso debemos imaginarnos las galaxias aproximándose
unas a otras con velocidades conocidas, sólo que ahora el proceso no puede
continuar eternamente. Tiene que llegar un momento en que las galaxias se
encuentren. Si la ley de Hubble sigue siendo válida para este caso, de modo que
cada una de las galaxias se movería hacia adentro con una velocidad
proporcional a su distancia a partir de una concreta (tal como la nuestra)
tomada como patrón, entonces hay que mirar el Universo en general como sometido
a un proceso de contracción, en virtud del cual todas las galaxias llegarían a
reunirse simultáneamente en un punto.
Dicho con otras palabras: tuvo que existir un momento en el pasado en el que
toda la materia y energía del Universo se hallasen concentradas en un gran
bloque. En ese momento del pasado («tiempo cero») el Universo no podía, en modo
alguno, tener el aspecto que presenta hoy día; el «Universo que conocemos» no
pudo existir sino a partir de este tiempo cero, y este tiempo cero cabe
considerarlo como el origen del Universo.
El tiempo cero del Universo se puede calcular a partir de las distancias que
separan hoy día a las galaxias y de la velocidad con que se expande en la
actualidad el Universo. De acuerdo con la escala de distancias que rigió entre
1925 y 1952, el tiempo cero tuvo que ocurrir hace, aproximadamente,
2.000.000.000 de años.
Dos evos es una longitud de tiempo respetable; ciertamente mucho mayor que los
veinte millones de años que Helmholtz asignó a la Tierra. Sin embargo, dos evos
no son todavía una cifra suficiente para los geólogos, quienes acogieron este
valor con gran desilusión. ¿Qué significado tenía decir que el Universo existía
hace dos evos en forma de un simple globo de materia y que a partir de ahí se
habían formado todas las galaxias, cuando, sobre la base de los cálculos del
uranio-plomo, se había comprobado que la Tierra tenía una edad de más del doble
que aquélla?
La Tierra no podía ser dos veces más vieja que el Universo. Algún error grave
tenía que haber, o en las velocidades de desintegración del uranio, o en la
constante de Hubble.
La situación permaneció estática hasta que los trabajos de Baade demostraron
que el error residía en la escala de distancias del Universo y que dicho error
había resultado en un valor excesivo para la constante de Hubble. Una vez más
los geólogos tenían razón, mientras los astrónomos se habían equivocado. La
nueva escala de distancias del Universo parecía indicar que el tiempo cero
había ocurrido hace 13 evos.
Si esta cifra peca de algo no cabe duda de que es por defecto, pues al medir la
edad de los cúmulos estelares los astrónomos obtienen a veces cifras del orden
de 10 a 25 evos. Sin embargo, nadie pretende que la determinación de la
constante de Hubble se halle a salvo de ulteriores correcciones, ni que los
métodos utilizados para calcular la edad de los cúmulos estelares sean algo más
que meras aproximaciones. Así pues, cualquier polémica acerca de la posición
exacta del tiempo cero sería más bien prematura; por el momento baste con decir
que el tiempo cero, si de verdad existe, tuvo que ocurrir como mínimo hace 15
evos, y que desde entonces ha habido tiempo suficiente a lo largo de la vida
del Universo para que se formara el sistema solar.
Mas ¿qué es lo que ocurrió en el tiempo cero? El primero en considerar
seriamente este punto fue el astrónomo belga Georges Edward Lemaître
(1894-1966). En
1927 sugirió que en el tiempo cero toda la materia y energía del Universo se
hallaban efectiva y literalmente comprimidas en una gigantesca masa de diámetro
quizá no superior a unos cuantos años-luz. Lemaître llamó a esta masa el «huevo
cósmico», pues a partir de él se formó el «cosmos» (sinónimo de Universo).
El huevo cósmico era inestable y estalló en lo que cabe imaginar como la más
fantástica y catastrófica explosión de todos los tiempos, pues los fragmentos
de dicha explosión resultaron ser luego las galaxias, que fueron despedidas
violentamente en todas direcciones. Los efectos de la explosión los tenemos
todavía bien visibles en el alejamiento mutuo de las galaxias y cúmulos de
galaxias.
Si los diferentes fragmentos del huevo cósmico salieron despedidos hacia afuera
con distintas velocidades (según el lugar que ocupara originalmente el
fragmento dentro del huevo y según la medida en que se viese frenado por las
colisiones con otros fragmentos), aquellos que terminaron con una velocidad
alta irían adquiriendo una ventaja cada vez mayor sobre los de velocidad baja.
Lemaître sostenía que este efecto daría lugar a la situación que conocemos hoy
día: las galaxias se alejan unas de otras con velocidades de recesión
proporcionales a la distancia. (También es posible que aunque el huevo cósmico
no tuviese momento angular alguno, parte de los fragmentos adquirieran cierto
momento angular en el sentido de las manillas del reloj como consecuencia de la
explosión, mientras que otros adquirieron un momento angular de sentido
contrario, de suerte que la suma total fuese nula.)
El modelo del Universo propuesto por Lemaître es el análogo físico del modelo
teórico de de Sitter. El Universo de de Sitter se expandía simplemente porque
de este modo cuadraba bien con una serie de ecuaciones planteadas por Einstein.
La expansión del modelo de Lemaître se debía, por el contrario, a un suceso
físico: una explosión que difería en proporciones, pero no en naturaleza, de la
de un cohete de feria. La idea del modelo de Lemaître se capta muy fácilmente;
es concreto, espectacular y parece exotérico. Eddington lo adoptó y divulgó, y
desde entonces el astrofísico ruso-americano George Gamow (1904-1968) lo ha
defendido de un modo entusiástico. Haciendo referencia a esa inmensa explosión
inicial del huevo cósmico, Gamow bautizó el modelo del Universo de Lemaître con
el nombre de «teoría del big bang» [xxii] ,
aunque cabría llamarlo, de una forma menos espectacular, «teoría del Universo
en explosión».
Naturalmente, uno siente enseguida curiosidad por saber cuál era la naturaleza
del huevo cósmico. ¿De qué estaba compuesto? ¿Cuáles eran sus propiedades?
Quizá podamos hacernos una idea al respecto si observamos (mentalmente) el
Universo corriendo hacia atrás y hacia adelante en el tiempo. En la actualidad
el Universo parece componerse aproximadamente de un 90% de hidrógeno, un 9% de
helio y 1% de átomos más complejos.
Figura 31 La teoría del big bang
A
medida que el Universo progresa hacia adelante en el tiempo, el hidrógeno se va
fusionando continuamente en helio, y éste, a su vez, en átomos más complejos
dentro del núcleo central de las estrellas. Si dejamos que el Universo marche
hacia atrás, la cantidad de helio y átomos más complejos decrece y la cantidad
de hidrógeno aumenta. Así pues, conforme nos acercamos al tiempo cero, cabría
esperar que el Universo consistiera por entero, o casi por entero, en
hidrógeno.
Ahora bien, a medida que presenciamos la película del Universo marcha atrás, la
materia y la energía se van haciendo más compactas. En el tiempo cero, el
hidrógeno que exista tiene que hallarse comprimido hasta el límite; todas las
partículas que lo componen se aprietan unas contra otras hasta más no poder.
El átomo de hidrógeno consta sólo de dos partículas: un protón central que
porta una carga eléctrica positiva y un electrón exterior con una carga
eléctrica negativa.
Mientras esos dos componentes una existencia propia, la presión a que se puede
someter una masa de hidrógeno tiene un límite. Pero si sobrepasamos cierta
presión crítica, todo ocurre como si los electrones y protones se aplastaran
unos contra otros para formar una masa de partículas sin carga eléctrica
llamadas neutrones.
Una masa tal de neutrones comprimidos hasta el límite se denomina a veces
«neutronio» (aunque Gamow utiliza el término «ylem», palabra latina que
significa la sustancia a partir de la cual se formó toda la materia). El
neutronio tendría una densidad de unos 1.000 billones de gramos por centímetro
cúbico y sería mucho más denso que la enana blanca más densa que se conoce.
§. La formación de los elementos
Sin comprometerse en cuanto a la naturaleza del huevo cósmico, Lemaítre lo
había concebido como una especie de superátomo radiactivo que se desintegraba
como los átomos radiactivos normales, sólo que a una escala increíblemente
mayor. A partir de las diversas porciones del huevo cósmico se formaron las
galaxias actuales, pero, a una escala mucho más íntima, el huevo cósmico
también se desintegró para constituir los átomos que conocemos hoy día. Ahora
bien, desde el punto de vista de Lemaítre estos átomos se formaron de arriba
abajo, por así decirlo, de suerte que primero se formarían átomos muy masivos
que se desintegrarían en otros menos masivos, y así sucesivamente hasta llegar
a átomos perfectamente estables. Este proceso implicaría la existencia de un
Universo compuesto principalmente de átomos tales como los de plomo y bismuto,
que de entre los estables son los de mayor masa que se conoce, pero no
explicaría la preponderancia del hidrógeno en el Universo.
Una concepción alternativa en cuanto a la formación de los elementos fue la que
ofreció Gamow en 1948, y en la cual colaboraron también Bethe y el físico
americano Ralph Asher Alpher (n. 1921) [xxiii] .
De acuerdo con la concepción de Gamow, en el momento del «big bang» el huevo
cósmico, compuesto de neutronio, se desintegró con feroz violencia en neutrones
individuales, que rápidamente se descompusieron en protones y electrones. (Este
proceso de desintegración del neutrón se sigue verificando hoy día, siendo la
vida media de unos trece minutos.) Los protones así formados cabe considerarlos
como núcleos de átomos de hidrógeno-1.
A medida que se fuesen formando los protones, éstos chocarían de vez en cuando
con los neutrones que aún quedaran e irían constituyendo gradualmente núcleos
atómicos estables de mayor complejidad. La ventaja de esta teoría es que hace
uso del fenómeno de adición de neutrones, proceso hacia el cual los átomos se
muestran muy proclives y que se puede observar en el laboratorio.
Si un protón se combina, por ejemplo, con un neutrón, se formaría un núcleo de
hidrógeno-2, o deuterio (un protón / un neutrón). El hidrógeno-2, combinado con
otro neutrón, daría lugar al hidrógeno-3 o «tritio» (un protón / dos
neutrones). Sin embargo, el tritio es inestable. Uno de los neutrones de su
núcleo emite un electrón y se convierte en un protón, de modo que el núcleo se
transforma en helio-3 (dos protones / un neutrón). El núcleo de helio-3 se anexiona
un neutrón, convirtiéndose en helio-4 (dos protones / dos neutrones). El
proceso continúa, y paso a paso, neutrón tras neutrón, se va formando la lista
completa de los elementos.
Dadas las temperaturas increíblemente altas que seguirían a la explosión del
huevo cósmico, Gamow opina que las reacciones nucleares pertinentes se
desarrollaron de un modo muy rápido, quizá incluso dentro de la primera media
hora. A partir de ese momento, y conforme fuese disminuyendo la temperatura,
los diversos núcleos irían atrayendo hacia sí gradualmente electrones y
formando átomos; los átomos se aglomerarían en volúmenes ingentes de gas, los
cuales se alejarían a gran velocidad del lugar donde explotó el huevo cósmico,
condensándose poco a poco, a lo largo de esta huida, en galaxias y estrellas.
Ni que decir tiene que de los núcleos de hidrógeno-1 formados en origen sólo
una pequeña porción colisionaría con neutrones para formar hidrógeno-2; que de
estos núcleos de hidrógeno-2 sólo una parte exigua chocaría contra algún
neutrón para dar lugar a helio-3, etc. A medida que ascendiéramos en la escala
de complejidad, cada átomo sería menos común que el anterior; esto vendría a
explicar el hecho de que hoy día en el Universo la abundancia de los átomos
decrece de una forma más o menos constante a medida que aumenta su complejidad.
Este decrecimiento no es, sin embargo, absolutamente uniforme. El helio-4 es
mucho más común que el hidrógeno-2 o que el helio-3, y el hierro-56 es mucho
más abundante que la mayor parte de los átomos menos complejos que él. Por otro
lado, átomos simples como los del litio-6, litio-7, berilio-9, boro-10 y
boro-11 son menos comunes, a escala cósmica, de lo que debieran ser habida
cuenta de su simplicidad. La teoría de Gamow puede ofrecer una explicación tentativa
de esta anomalía. El helio-4 y el hierro-56, por ejemplo, son dos núcleos
especialmente estables que difícilmente reaccionarían para formar átomos más
complejos, por lo cual se irían acumulando. Los átomos de litio, berilio, y
boro, por el contrario, reaccionan con extrema facilidad, por lo cual se
«quemarían» rápidamente.
La teoría de Gamow está en condiciones de explicar la abundancia relativa de
los diversos átomos en la materia interestelar. Una vez que se forman las
estrellas, son otros los cambios que se operan en su interior.
Sin embargo, dicha teoría presenta un grave inconveniente que hasta la fecha
nadie ha sabido subsanar. Se trata de lo siguiente: los átomos se tienen que
formar mediante la adición de neutrones, pero de uno en uno; cuando se llega al
núcleo del helio-4, se produce una zanja que no podemos saltarnos a la torera.
El núcleo de helio-4 es tan estable que su tendencia a aceptar un neutrón o un
protón es prácticamente nula. Y en el caso de que un neutrón consiga
anexionarse a un núcleo de helio- 4, el núcleo de helio-5 formado (dos protones
/ tres neutrones) se desintegra en 0,000000000000000000001 segundos
aproximadamente (una milésima de trillonésima de segundo) para constituir de
nuevo un núcleo de helio-4 y un neutrón. Por otra parte, si un protón consigue
anexionarse al helio-4, el litio-5 (tres protones / dos neutrones) formado se
desintegra de nuevo en helio-4 a una velocidad mayor aún que la anterior.
Supongamos, por otro lado, que un núcleo de helio-4 choca con un segundo núcleo
de helio-4 y que ambos se fusionan. Este suceso es mucho menos probable que la
fusión del helio-4 con una de esas partículas tan abundantes que son los
protones y neutrones, pero aun así tampoco constituye una solución. El elemento
formado es el berilio-8, que se desintegra en dos partículas alfa con una
celeridad también extrema.
En otras palabras, una vez constituido el helio-4 mediante la adición de
neutrones, el proceso se atasca. En el 5 y en el 8 hay dos zanjas que, al
parecer, son infranqueables.
Cabe, desde luego, que dos partículas se estrellen simultáneamente contra el
núcleo de helio-4. Si las partículas que chocan y se anexionan son un protón y
un neutrón, entonces se forma litio-6 (tres protones/tres neutrones). Este
elemento es estable y el proceso podría proseguir.
Por desgracia, en las condiciones postuladas por Gamow para esa primera media
hora después del «big bang», los núcleos se encuentran tan espaciados que la
probabilidad de que dos partículas choquen al mismo tiempo contra una partícula
alfa es virtualmente nula. Así, pues, la teoría de Gamow parece explicar la
formación de átomos de hidrógeno y helio, pero nada más.
En contraposición a esta teoría de la formación de los elementos existe otra
que hemos aceptado implícitamente en este libro y utilizado en la discusión
acerca de las estrellas de la segunda generación (véase pág. 239). Esta teoría
ha sido sugerida por Fred Hoyle, quien considera que el material originario
estaba constituido sólo de hidrógeno-1 y que los demás elementos se formaron en
el interior de las estrellas, pasando a la materia interestelar por vía de las
supernovas.
Hoyle recurre a los mismos mecanismos propuestos por Gamow, pero con una
diferencia. En el núcleo central de las estrellas la densidad de materia es
mucho más alta que en el espacio abierto, lo cual significa que la probabilidad
de que dos partículas colisionen de un modo más o menos simultáneo con un
núcleo de helio-4 es notablemente mayor que en la teoría de Gamow. Es más, toda
vez que la zona central de las estrellas es más rica en helio-4 que en
cualquier otro elemento, existe una probabilidad relativamente alta de que dos
núcleos de helio-4 choquen contra un tercero en un lapso de tiempo
suficientemente breve para formar un núcleo de carbono-12. Esto salvaría la
zanja que representan los átomos estables comprendidos entre el helio-4 y el
carbono-12: los átomos de litio, berilio, y boro que ya mencionamos antes.
Estos átomos ligeros sólo se formarían a través de procesos secundarios menos
comunes, lo cual explicaría su relativa rareza en el Universo actual.
La idea de la formación de los elementos en el corazón de las estrellas no sólo
fue concebida para evitar la zanja de los niveles de 5 y 8 partículas, sino que
viene también avalada por una prueba empírica interesante. El espectro de
ciertas estrellas (poco comunes) de la clase espectral S delata la presencia de
un elemento llamado «tecnecio». El tecnecio es un elemento radiactivo que no
posee ninguna variedad atómica estable. La variedad que más se aproxima a la
estabilidad es el tecnecio-99, que tiene una vida media de unos 220.000 años.
Tiempo muy largo si lo medimos a escala humana, pero lo cierto es que al cabo
de cinco millones de años (lapso insignificante en la vida de una estrella
ordinaria) sólo quedaría una milmillonésima parte de la cantidad inicial de
tecnecio-99. De aquí se sigue que si hoy día se puede detectar el tecnecio (por
medios espectroscópicos, como hemos dicho), este elemento no pudo existir en el
momento en que se formó la estrella, sino que tuvo que constituirse en el
interior de ésta.
Así pues, en términos generales se puede decir que el peso de la plausibilidad
y de las pruebas empíricas de que disponemos parece favorecer, hoy por hoy, al
modelo de Hoyle de la formación de los elementos frente al de Gamow.
§. Antes del «Big bang»
Si postulamos la existencia de un huevo cósmico como la forma original del
Universo e igualamos el momento de su explosión al tiempo cero, nos vemos
obligados a preguntar: ¿Pero de dónde vino el huevo cósmico?
Podríamos zafarnos de esta pregunta refugiándonos simplemente en la eternidad.
La ley de la conservación de la energía implica que la sustancia del Universo
es, en esencia, eterna, por lo cual podemos decir que la materia de que se
componía el hueco cósmico estuvo allí desde siempre.
Ahora bien, aun concediendo que la materia del huevo cósmico estuviera allí
desde siempre, ¿lo estuvo en forma del huevo cósmico? Si el huevo cósmico, como
tal, existió desde siempre, tenía que ser estable. Y si era estable, ¿por qué
dejó entonces de serlo repentinamente y explotó en el momento que hemos dado en
llamar tiempo cero, tras incontables evos durante los cuales, lejos de
estallar, se había limitado simplemente a existir?
El problema con que nos enfrentaríamos sería el mismo —sólo que a escala
estelar— si nos preguntáramos por qué una estrella experimenta una explosión
tipo supernova después de haber existido durante evos en condiciones de
relativa estabilidad. En el caso de las estrellas, sin embargo, sabemos hoy día
lo suficiente como para poder explicar este fenómeno en función de las
reacciones nucleares progresivas que se desarrollan en el interior estelar.
Por desgracia, es imposible estudiar las propiedades de un huevo cósmico: no
sabemos nada acerca de lo que ocurre en su interior, ni conocemos las fuerzas
que serían capaces de mantenerlo estable o de provocar cambios progresivos que,
en un momento dado y de súbito, lo convirtieran en inestable.
Ahora bien, si en vez de devanarnos los sesos tratando de imaginar una
explicación para dicha estabilidad, nos preguntáramos en qué forma podría
existir la sustancia del Universo para permanecer estable a lo largo de
innumerables evos, veríamos que lo más fácil es concebir el cosmos como un gas
extremadamente disperso. El Universo sería entonces esa especie de «espacio
vacío» que existe hoy entre las galaxias y que sin duda alguna es estable.
Un gas de este tipo, en extremo rarificado, seguiría estando sometido, no
obstante, a su propio campo gravitatorio, sobremanera difuso. A lo largo de los
evos el gas se iría apelotonando lentamente y el Universo iría contrayéndose. A
medida que la sustancia del Universo se hace más compacta, el campo
gravitatorio se va intensificando; al cabo de muchos evos, el Universo se halla
sometido a un proceso muy rápido de contracción.
Tal contracción, empero, por fuerza tiene que provocar un calentamiento en el
Universo —un calentamiento «a la Helmholtz»— y originar temperaturas cada vez
más altas en esa materia que se comprime en un volumen cada vez más reducido.
El aumento de temperatura contrarresta de modo creciente la contracción
gravitatoria y acaba por frenarla.
Sin embargo, a causa de la inercia de la materia, ésta sigue contrayéndose por
encima del punto donde el efecto térmico equilibraría exactamente a la fuerza
de la gravedad, de suerte que en último término el Universo se contrae hasta un
volumen mínimo, que representa el huevo cósmico o algo muy similar a él. En una
fase posterior la temperatura y la radiación comienzan a empujar hacia afuera,
y la sustancia del Universo se ve lanzada hacia el exterior, cada vez más de
prisa, en un proceso que rápidamente desemboca en el «big bang».
Según esta concepción, el Universo parte de un estado caracterizado por un
vacío virtual, pasa por una fase de contracción hasta alcanzar una densidad
máxima y después por una tercera etapa de expansión que conduce de nuevo al
vacío. No es preciso, pues, que nos rompamos la cabeza especulando acerca de un
huevo cósmico que existía «desde siempre» y que luego, tras un período
indefinido de estabilidad, explotó de pronto: basta para ello concebir el huevo
cósmico como un objeto momentáneo situado a medio camino en la eternidad.
Este modelo se denomina «Universo hiperbólico», y admite una representación
gráfica sin más que considerar su «radio de curvatura». Un rayo de luz que
viajara indefinidamente a través del tipo de Universo al que Einstein asignó
una geometría riemanniana describiría una inmensa trayectoria circular cuyo
radio sería el radio de curvatura del Universo. En un Universo en contracción,
este radio sería decreciente en un Universo en expansión, creciente. En un
Universo hiperbólico, el radio decrecería primero hasta un mínimo y luego
aumentaría.
El Universo hiperbólico perdura a través de la eternidad, mas no es
auténticamente eterno en el sentido de que persista siempre en unas condiciones
esencialmente invariables o en un estado que oscile alrededor de un promedio
inmutable, sino que experimenta un cambio permanente e irreversible: comienza
en la forma de un Universo vacío, lleno de un gas muy disperso (presumiblemente
hidrógeno) y termina en forma de un Universo también vacío, pero colmado de
innumerables enanas blancas. Existen un comienzo y un fin bien definidos, y
nosotros habitamos el breve intervalo de tiempo durante el cual el Universo se
desvía pasajeramente de su eterno vacío.
Sin embargo, el Universo hiperbólico no es el único modelo que se puede deducir
a partir de una consideración teórica del huevo cósmico. Aunque concibamos el
Universo como desintegrado en trozos que salen despedidos hacia afuera como
consecuencia de la fuerza de una explosión gigantesca, siempre queda la fuerza
de la gravitación universal que tenderá a reunir de nuevo los fragmentos y que,
quizá, lo podría lograr.
Para entender lo que esto significa, consideremos una situación análoga en
nuestro planeta. Una explosión normal proyecta al aire violentamente los
distintos fragmentos, pero la velocidad con que éstos se alejan de la Tierra
disminuirá constantemente debido a la atracción de la gravedad. Al cabo de
cierto tiempo los fragmentos se detienen durante un instante en su fuga y
comienzan a caer de nuevo hacia la Tierra. Cuanto más violenta sea la
proyección inicial del fragmento hacia arriba, tanto mayor será la altura que
alcanzará éste antes de pararse e iniciar su regreso.
Figura 32. El Universo hiperbólico
Ahora
bien, el campo gravitatorio terrestre disminuye con la distancia, y si el
objeto se lanza hacia arriba con un impulso suficiente llegará a regiones en
las cuales el campo gravitatorio de la Tierra, cada vez más débil, no bastará
para anular por completo la velocidad (cada vez menor) del objeto. En este caso
se dice que el objeto ha sido lanzado hacia arriba con una velocidad mayor que
la «velocidad de escape», que para la superficie terrestre es aproximadamente
de once kilómetros por segundo.
Sin conocer el tamaño real del huevo cósmico, ni su masa, ni la fuerza de la
explosión que lo desintegró, resulta difícil averiguar si los fragmentos que
salieron despedidos hacia el exterior lograron alcanzar o no la velocidad de
escape. ¿Seguirán alejándose las galaxias unas de otras para siempre, o irá
disminuyendo lentamente su velocidad de recesión hasta anularse durante un
instante, aproximándose luego unas a otras, despacio al principio, luego cada
vez más rápidamente?
Supongamos que llegue un día en que las galaxias comiencen efectivamente a
juntarse de nuevo. En este Universo en contracción la radiación emitida por las
galaxias experimenta un desvío hacia el violeta, cuya intensidad aumenta a
medida que la velocidad de aproximación crece como consecuencia de la
aceleración de la contracción. La energía que se vierte así en el centro del
Universo se comprime, por así decirlo, a la par que aumenta. Bajo el azote de
esta invasión de energía, las reacciones nucleares que se desarrollan en un
Universo en expansión experimentan una inversión total.
Mientras que en un Universo en expansión (cuya radiación disminuye
constantemente) la fusión de hidrógeno en hierro suministraría energía, en un
Universo en contracción (de radiación cada vez mayor) la desintegración del
hierro en hidrógeno absorbería energía.
En resumen, cuando el Universo se hubiera condensado hasta un límite próximo al
del huevo cósmico, aquél estaría compuesto otra vez de hidrógeno en su
totalidad. La formación del huevo cósmico se vería seguida de un nuevo «big
bang», y el proceso completo volvería a comenzar. El resultado sería un
«Universo pulsante» o «Universo oscilante».
El Universo pulsante cabría concebirlo como una variable Cefeida ingente. Tal
Universo sería eterno en el sentido estricto de la palabra, pues aunque se
producen cambios catastróficos, éstos son periódicos. No existe un origen ni un
fin bien definidos, como tampoco existen cambios constantes e irreversibles que
transformen una estructura universal dada en otra completamente distinta.
Después de contraerse y explotar de nuevo, el Universo recuperará dentro de un
número indefinido de evos su forma actual, forma que ya tuvo cierto número de
evos antes de su último colapso y explosión.
§. Creación continua
Y sin embargo, al menos antes de 1952 la teoría del «big bang» parecía llevar
inherente a ella un elemento de imposibilidad, pues situaba el tiempo cero 2
evos atrás, cuando la propia Tierra tenía una edad de casi 5 evos. El «big
bang» debía ser, por fuerza, una ilusión. Era preciso construir un modelo del
Universo que no utilizase para nada el huevo cósmico.
El nuevo modelo nació de la idea intuitiva siguiente: el aspecto general del
Universo debe ser el mismo cualquiera que sea el punto de observación elegido.
Desde cualquier punto del Universo, desde cualquier galaxia en que se sitúe el
observador, éste hallaría que las galaxias se distribuyen simétricamente en
torno a él en todas direcciones, que la densidad general de la materia es
idéntica, que todas las demás galaxias se alejan con una velocidad proporcional
a su distancia; en pocas palabras, se hallaría a sí mismo en el centro del
Universo observable.
Figura 33. El Universo pulsante.
La
noción de un Universo generalmente uniforme a través de todo el espacio fue
concebida por el cosmólogo inglés Edward Arthur Milne (1896-1950), quien la
denominó el «principio cosmológico».
El principio cosmológico no pasa de ser una hipótesis, pero una hipótesis que,
a falta de pruebas concluyentes que demuestren su falsedad, ejerce un gran
poder de atracción sobre los astrónomos, toda vez que haciendo uso de ella el
Universo se reduce a un nivel de simplicidad suficiente para quedar reflejado
en la clase de modelos que los astrónomos pueden construir. Einstein, por
ejemplo, aceptó el principio cosmológico al trabajar con un Universo cuya
materia se encontraba diseminada de modo uniforme, pues no cabe duda de que en
ese caso el aspecto del cosmos sería idéntico cualquiera que fuese la posición
del observador.
El principio cosmológico parece pedir un Universo infinito, pues de otro modo
cabría pensar que si el observador se traslada hasta el mismo borde, vería
todas las galaxias a un lado y nada al otro. Ahora bien, ¿cómo era posible
conciliar esta idea con el Universo riemannia- no supuesto por Einstein, un
Universo de volumen finito?
En realidad, sí es posible que un Universo de volumen finito contenga un número
infinito de galaxias.
Según la teoría de la relatividad de Einstein, es necesario suponer que un
objeto que se mueve con respecto a un observador resultará —a través de
cualquier medida que éste haga— más corto en la dirección del movimiento que lo
que sería si se encontrara en reposo con respecto a dicho observador. Y a mayor
velocidad, más pronunciado será este «acortamiento». Si el objeto se mueve a la
velocidad de la luz, su longitud en la dirección del movimiento se reducirá a
cero.
Las lejanas galaxias, en su movimiento de recesión, tienen que aparecer más
cortas para cualquier observador terrestre; y cuanto más lejanas, tanto más
acortadas, toda vez que la velocidad de recesión aumenta con la distancia.
Cerca del borde del Universo observable las galaxias adquieren un espesor igual
o inferior al de una hoja de papel, con lo cual en este límite se pueden
apelotonar un número infinito de galaxias. De este modo tenemos un Universo
infinito empaquetado en un volumen finito. (Debido al desvío hacia el rojo,
esta infinidad de galaxias en el borde del Universo no liberarían más que una
cantidad finita de radiación, de partículas o de fuerza gravitatoria hacia el
interior.)
Naturalmente, un observador situado en una de las galaxias del borde no se
vería a sí mismo y a su galaxia del espesor de una hoja de papel. Su galaxia,
igual que las de su inmediata vecindad, se le antojarían normales. Pero a una
distancia suficientemente grande este observador también vería un borde con una
aglomeración infinita; y nuestra Galaxia, caso de que pudiera observarla, le
parecería tan delgada como una hoja de papel. (Es cuestión simplemente de punto
de vista, igual que los australianos nos parecerían andar de cabeza, y
viceversa, si la Tierra fuese transparente y pudiéramos mirar a través de
ella.)
Un Universo infinito de estas características no concuerda bien con la noción
del huevo cósmico, pues no cabe duda de que resulta mucho más fácil pensar que
el huevo cósmico posee un tamaño finito, y no infinito, y que al explotar dio
lugar a un número finito de galaxias. Gamow, sin embargo, está dispuesto a
considerar un huevo cósmico de tamaño infinito, y en ese caso el principio
cosmológico no sería incompatible ni con el Universo hiperbólico, ni con el
pulsante.
Para tres astrónomos que trabajan en Inglaterra —el austriaco de nacimiento
Hermann Bondi (n. 1919), Thomas Gold (n. 1920) y Fred Hoyle— el principio
cosmológico estaba, de algún modo, incompleto. Cierto que dejaba inalterado el
Universo al variar la posición del observador en el espacio, pero¿y acerca
de su posición en el tiempo?
Si el Universo experimenta cambios que son irreversibles, como en el caso del
Universo hiperbólico, o reversibles al cabo de muchos evos, como en el caso del
Universo pulsante, un observador vería que la naturaleza del Universo variaba
radicalmente con el tiempo. Hace 10 evos, por ejemplo, el observador vería un
Universo de pequeñas dimensiones, colmado de galaxias jóvenes muy juntas y
constituidas casi por entero de estrellas jóvenes compuestas de hidrógeno y de
muy pocos elementos más. Dentro de 50 evos, a partir de ahora, el observador
quizá vería un vasto Universo vacío, con galaxias separadas por enormes
distancias y compuestas en su mayor parte de enanas blancas. Y dentro de 100
evos el observador acaso se hallaría ante un Universo en contracción.
Bondi, Gold y Hoyle opinaban que no era lógico suponer que las cosas sucedan
así. El Universo debía ser fundamentalmente idéntico cualquiera que fuese el
momento y el lugar de observación, idea que bautizaron con el nombre de
«principio cosmológico perfecto».
No obstante, el Universo cambiaba de dos modos importantes: dos modos que se
aceptaban sobre la base de pruebas empíricas muy fuertes y que no admitían
ninguna clase de discusión. En primer lugar, la distancia intergaláctica
aumenta constantemente, y, en segundo lugar, el hidrógeno no cesa de fusionarse
en helio y en otros átomos más complicados. Si el principio cosmológico
perfecto pretende ser válido, entonces tienen que existir procesos que
neutralicen tales cambios.
La solución que sugirieron los tres astrónomos en 1948 consistía en suponer que
el hidrógeno se creaba continuamente de la nada; esta idea se conoce con el
nombre de «teoría de la creación continua» o «teoría del estado estacionario».
Naturalmente, la primera reacción ante tal sugerencia es objetar que viola la
ley de la conservación de la energía. Pero esta ley es una simple hipótesis
basada en el hecho de que la humanidad nunca ha observado que la energía se
cree de la nada. Por otra parte, lo que exige la teoría de la creación continua
es bien poco; bastaría con que la materia se creara a un ritmo de un átomo de
hidrógeno por año en un espacio de mil millones de litros, y tal ritmo de
creación sería demasiado pequeño para poder detectarlo con los instrumentos que
conocemos hoy día. La creación continua no violaría en realidad la ley de la
conservación de la energía, pues ésta no dice que «la energía no se puede crear
de la nada», sino simplemente que «nunca se ha observado que la energía se cree
de la nada».
(Una concepción alternativa podría ser que la materia se formara a expensas de
la energía de expansión del Universo, con lo cual éste se dilataría algo más
despacio que en el caso de que no existiese la creación continua.)
Suponiendo que admitimos la creación continua, pasemos ahora a examinar sus
consecuencias. La separación paulatina de las galaxias debe ser visualizada, no
como el resultado de cierta explosión, sino como la consecuencia de un efecto
más sutil. Así, por ejemplo, en 1959 Hermann Bondi y Raymond Arthur Lyttleton
especularon en torno a la posibilidad de que la carga positiva del protón fuese
muy ligeramente superior a la carga negativa del electrón. Si la carga positiva
del protón fuese superior a la carga negativa del electrón en una trillonésima
parte de ésta, tal diferencia sería demasiado exigua para detectarla con los
instrumentos más perfectos del hombre, pero ello bastaría para acumular una
carga neta de signo positivo en todas las galaxias y obligarlas a emprender un
movimiento de recesión mutuo y constante. Esta explicación del Universo en
expansión se considera, por lo general, como sumamente improbable entre los
astrónomos, pero constituye un ejemplo de la especie de causa física (distinta
de la explosión) buscada por quienes desean soslayar la teoría del «big bang».
A medida que las galaxias se apartan unas de otras (sea cual fuere la causa),
el espacio que queda entre ellas se va llenando gradualmente de materia gracias
a la creación continua.
Cierto que esta acumulación de materia es lenta, pero también lo es la
velocidad con que se alejan unas de otras las galaxias si la comparamos con los
inmensos espacios que se extienden entre ellas. Antes de que la distancia entre
dos galaxias vecinas se duplique habrán transcurrido varios evos, y para
entonces la cantidad de materia formada entre ambas será suficiente para poder
condensarse en una nueva galaxia. De este modo, conforme las primitivas
galaxias se van diseminando y aglomerándose paulatinamente en ese borde de
espesor igual al de una hoja de papel —o, como parece suponer Hoyle,
desplazándose, de algún modo, más allá del borde del Universo observable—, la
densidad de la distribución galáctica jamás decrecerá. Entre las primitivas
galaxias se formarían otras nuevas, y los dos efectos se compensarían mutuamente.
Por otra parte, la materia que se forma en el proceso de la creación continua
sería, desde luego, de naturaleza muy simple. El fragmento de materia creado
podría ser acaso un átomo de hidrógeno, o quizá un neutrón que se descompondría
en cuestión de minutos en un protón y un electrón, que a su vez se asociarían
para constituir un átomo de hidrógeno. En cualquier caso, las nuevas galaxias,
formadas a partir de materia recién creada, serían galaxias jóvenes
constituidas por hidrógeno fresco. Lo cual viene a significar que en cualquier
momento del futuro un observador vería a su alrededor el mismo número de
galaxias jóvenes que en la actualidad. El Universo nunca llegaría a vaciarse ni
a envejecer, a pesar de que las galaxias, consideradas por separado, sí
envejecen.
Si miramos retrospectivamente en el tiempo, cabe pensar que las galaxias se
aproximan entre sí, pero no tienen por qué llegar a encontrarse. En una
inversión del tiempo, la creación continua se convierte en destrucción
continua. En un Universo retrógrado como este, los átomos complejos se
desintegran en hidrógeno, y el hidrógeno a su vez desaparece. Las galaxias se
desvanecen conforme se aproximan unas a otras, sin llegar a formar nunca un
huevo cósmico. Su lugar pasan a ocuparlo otras galaxias procedentes de esa
reserva infinita que es el borde del Universo, o bien de la reserva situada más
allá de dicho borde, según el punto de vista que adoptemos. A la larga, pues, y
por mucho que retrocedamos en el tiempo, las galaxias ni acortan sus distancias
mutuas ni rejuvenecen.
Figura 34.
En
tales condiciones, el estado global del Universo no cambia con el tiempo (ni
hacia atrás ni hacia adelante), sino que permanece estacionario. Un modelo de
estas características representa un «Universo en estado estacionario» y
concuerda con el principio cosmológico perfecto.
La idea de un Universo eterno e inmortal en el que el hombre (o la especie que
evolucione a partir de él) podría vivir para siempre, posee sin duda un
atractivo muy singular y ha causado un fuerte impacto en el público no
científico. Impacto que se ha visto acentuado por la circunstancia de que el
defensor más acérrimo de la creación continua ha sido Fred Hoyle, escritor
ameno y convincente, cuyas obras de divulgación sobre astronomía han encontrado
una excelente acogida entre el público en general. (Por otra parte, George
Gamow, el partidario más sobresaliente de la teoría del «big bang», también es
un escritor de enorme éxito en temas de divulgación científica. Rara vez en la
historia de la ciencia se ha dado un enfrentamiento tal de titanes ante los
ojos del público profano.)
Bien es verdad que en 1952, cuando Baade propuso una nueva escala para las
distancias cósmicas e hizo retroceder el tiempo cero del «big bang» hasta 6
evos o más en el pasado, el argumento más potente en favor del Universo en
estado estacionario (a saber, que el «big bang» era imposible) se vino abajo.
Para entonces, empero, la idea del Universo en estado estacionario resultaba
demasiado atractiva para abandonarla de buenas a primeras.
Es muy difícil decidirse por uno de los modelos del Universo que hemos
presentado en este capítulo. A la hora de decidir debemos recordar que el
Universo en estado estacionario se adhiere al principio cosmológico perfecto,
mientras que los demás no. Esto significa que si fuésemos capaces de variar
nuestra posición en el tiempo, el problema quedaría resuelto. Pues si
comprobáramos que el aspecto general del Universo no cambia con el tiempo, que
las galaxias no se hallaban más juntas ni eran más jóvenes en el pasado, ni más
espaciadas y viejas en el futuro, ello supondría un punto importante a favor de
la teoría del estado estacionario. En caso contrario, sería el Universo
pulsante o el hiperbólico el que se vería favorecido; la elección entre ambos
se haría entonces a partir de la amplitud del cambio a lo largo del tiempo.
Cierto es que si la raza humana logra sobrevivir de aquí a varios evos, sin
solución de la continuidad cultural, nuestros descendientes se hallarán
entonces en lo que ahora es futuro lejano y estarán en condiciones de decidir
acerca de esta cuestión; pero sucede que los astrónomos desearían, a ser
posible, encontrar la solución ahora, aspiración, por lo
demás, muy comprensible.
Así pues, lo que precisamos es un viaje en el tiempo, un viaje temporal. Una
forma de viaje temporal es, por de pronto, posible. Veamos cómo.
Cuando decimos que la galaxia de Andrómeda se halla a 2.300.000 años-luz de
nosotros, queremos expresar que la luz tarda 2.300.000 años en cruzar la
distancia que separa dicha galaxia de nuestros ojos. Cuando observamos
Andrómeda, ya sea a simple vista o con ayuda de algún instrumento, lo que vemos
es la luz que abandonó dicha galaxia hace 2.300.000 años, por lo cual no la
veremos tal y como es en el momento presente, sino como era todo ese tiempo
atrás. Al estudiar la galaxia de Andrómeda nos convertimos, efectivamente, en
viajeros del tiempo que retroceden 2.300.000 años hacia el pasado.
Cuanto más lejos penetremos en el espacio, tanto más tiempo tarda la luz en
llegar hasta nosotros y tanto más habremos retrocedido en el tiempo. Los
telescopios ópticos más perfectos de que disponía el hombre en 1950-39
alcanzaban a distinguir objetos situados a una distancia de 1 ó 2 millones de
años-luz; al observarlos, los astrónomos ven esa porción del Universo tal y como
era hace 1 ó 2 evos.
Si la concepción del Universo en estado estacionario es correcta, esta
diferencia debe ser indiferente: el Universo de 1 ó 2 evos atrás tendría las
mismas propiedades generales que las del Universo de hoy día. Las galaxias que
vemos con los telescopios más potentes no deberían estar más separadas ni más
juntas de lo que están en la actualidad, deberían alejarse unas de otras a la
misma velocidad que hoy día y, en general, no deberían presentar ninguna
propiedad que las distinguiera, en conjunto, de las galaxias que observamos en
las proximidades inmediatas de nuestro sistema.
Pero si la verdad científica estuviese del lado de la concepción pulsante o
hiperbólica del Universo, entonces la diferencia de tiempo sí daría lugar a
cambios considerables: como mínimo habría algunas propiedades
importantes respecto a las cuales el borde remoto del Universo diferiría de las
regiones próximas a nosotros.
Por ejemplo: las galaxias muy lejanas deberían ser más jóvenes que las de
nuestras proximidades, así como más ricas en hidrógeno, menos espaciadas y
caracterizadas por una velocidad de recesión mayor (toda vez que la fuerza
explosiva no habría sido debilitada aún por la atracción lenta y constante de
la gravedad). Por otra parte, dado que aquellas regiones representan la
juventud del Universo, podrían contener objetos que no se encuentran en nuestra
propia vecindad y que fuesen característicos únicamente de un
Universo joven. Por último, estudiando la medida en que estas diferencias se
ponen de manifiesto sería posible determinar cuál de los dos Universos se
ajusta mejor a los hechos: si el pulsante o el hiperbólico.
Las consideraciones anteriores acaso parezcan sobremanera inmediatas, pero en
realidad llevan a una frustración desesperante. Cuanto más distantes son los
objetos que estudiamos, tanto más probable es que podamos decidir entre los
distintos modelos del Universo que hemos sugerido; pero cuanto más lejanos son
dichos objetos, tanto más difícil resulta también detectar detalle alguno.
A lo más que se llegó a mediados de la década de 1950-59 fue a estudiar los
desvíos al rojo de las galaxias más distantes que se podían detectar. En un
Universo en estado estacionario la constante de Hubble debería ser idéntica en
todo momento y, por ende, para cualquier distancia. En un Universo pulsante o
hiperbólico, por el contrario, dicha constante tiene que disminuir a medida que
avanza el tiempo, tomando un valor bastante alto durante la juventud del
Universo.
Figura 35. Desvío al rojo para grandes distancias.
En
ese caso, las galaxias muy distantes (que representan dicha juventud) deberían
alejarse con una velocidad mayor y exhibir un desvío al rojo también superior a
lo normal. Hacia 1956 parecía, en efecto, que se habían observado desvíos al
rojo excesivos, lo cual constituía un argumento en contra del Universo en
estado estacionario. Sin embargo, el exceso observado era tan minúsculo y las
dificultades de observación tan grandes, que las pruebas obtenidas no fueron ni
mucho menos concluyentes. Se precisaba algo mejor. Pero ¿qué exactamente?
Para contestar a esta pregunta es necesario centrar nuestra atención en
aquellas ramas de la astronomía moderna que no dependen de la luz visible.
Llegados a este punto, la luz visible falla; otras manifestaciones del Universo
quizá no.
Capítulo 16
Bombardeo de partículas
Contenido:
§.
Partículas sin masa
§. Rayos cósmicos
§. Fuentes de rayos cósmicos
§.
Partículas sin masa
Toda la información que obtenemos acerca del Universo (excluida la Tierra) se
deriva de partículas que, emitidas por cualquiera de los objetos del espacio,
cruzan la zanja que se interpone entre ellos y nosotros y llegan a la Tierra.
Una vez en nuestro planeta, interaccionan con otras partículas (existentes de
antemano entre nosotros), de suerte que el resultado de dicha interacción es
perceptible para nuestros sentidos.
Esto mismo, expresado sin tantos rodeos, se puede decir de la siguiente manera
(hemos elegido el ejemplo más común y conocido): las lejanas estrellas y
galaxias emiten luz que el hombre puede ver, puede separar mediante un
espectroscopio o puede impresionar sobre una película fotográfica.
Mas no nos engañemos; a través de todo el siglo XIX la luz fue considerada como
una forma ondulatoria, no como partículas. Sin embargo, en 1900 el físico
alemán Max Karl Ernst Planck (1858-1947) propuso la «teoría cuántica», en cuyo
marco la luz —y, de hecho, todas las formas de energía— eran concebidas como si
estuviesen compuestas de pequeños paquetes discretos que Planck llamó
«cuantos». Esta teoría fue confirmada en 1905 por Einstein, y desde entonces se
vio cada vez más claro que los cuantos de energía podían, en ciertos aspectos,
comportarse como partículas.
Efectivamente, hacia la década de 1920-29 se comprobó que existía una especie
de dualidad, en el sentido de que todas las partículas eran capaces de
comportarse, en determinadas circunstancias, como formas ondulatorias, y todas
las formas ondulatorias podían comportarse como partículas. Los dos aspectos no
suelen encontrarse en equilibrio. Por ejemplo, las propiedades del protón en
calidad de partícula son mucho más pronunciadas y fáciles de detectar que sus
propiedades ondulatorias, aunque no cabe duda de que estas últimas están ahí y
que pueden ser detectadas si procedemos con un cuidado suficiente. Por otra
parte, las propiedades ondulatorias de la luz ordinaria son mucho más marcadas
que sus propiedades «corpusculares», aun cuando estas últimas existen. Cuanto
más corta es la longitud de onda de la luz, tanto mayor es el contenido
energético de los cuantos y tanto más pronunciadas y fáciles de detectar serán
sus propiedades corpusculares.
En 1923 el físico americano Arthur Holly Compton (1892-1962), trabajando con
formas de luz de longitud de onda especialmente corta, demostró de un modo
incontestable las propiedades corpusculares de la luz. Para designar tales
partículas de luz acuñó el término «fotón» (el sufijo «-on» se utiliza por lo
común para las partículas subatómicas; el prefijo «fot-» se deriva de la
palabra griega para «luz»).
Así pues, la luz que vemos a lo largo y a lo ancho del Universo puede ser
considerada como una lluvia de fotones que desciende sobre nosotros desde todas
las direcciones: de un modo directo, desde el Sol, las estrellas y las
galaxias; y por reflexión, desde la Luna y los planetas. Toda la astronomía
anterior a la segunda mitad del siglo XIX puede incluirse, en cierto modo, bajo
el epígrafe de la interacción de estos fotones con la retina del ojo.
Desde entonces el campo de la astronomía ha experimentado una expansión
notable; y no nos referimos sólo al hecho de que en vez de ser la retina sobre
lo que actúen directamente los fotones, sea una placa fotográfica, sino también
a que el hombre ha sabido descubrir la existencia de numerosas clases de
partículas (distintas de los fotones) y ha aprendido a manejarlas. Algunas de
estas clases de partículas son verdaderamente sutiles; comencemos por las más sutiles
de todas y que en algunos aspectos recuerdan a los fotones.
El fotón tiene una «masa en reposo» nula. Esto significa que si pudiésemos
lograr que permaneciera completamente inmóvil, no exhibiría ninguna de las
propiedades asociadas con la posesión de masa: no tendría inercia y no
produciría ni respondería a un campo gravitatorio. Por consiguiente, el fotón
se considera como una «partícula sin masa».
Ahora bien, tal carencia de masa es puramente teórica, pues es imposible
conseguir que un fotón esté en reposo. Desde el momento en que nace, se aleja
del lugar de formación a 300.000 kilómetros por segundo [xxiv] . Y
mientras el fotón se mueve de este modo, sí que exhibe algunas de las
propiedades asociadas con la masa: la de responder ligeramente a la acción de
un campo gravitatorio, por ejemplo.
Existen, como mínimo, otras dos partículas sin masa que han sido postuladas por
los físicos. Nos referimos al «gravitón» y al «neutrino». Al igual que el
fotón, estas dos partículas tienen una masa en reposo nula, pero nunca
permanecen inmóviles; a lo largo de toda su vida viajan única y exclusivamente
a la velocidad de la luz. Esto es cierto, al parecer, para todas las partículas
de masa nula[xxv] .
Tanto el fotón como el gravitón y el neutrino carecen de carga eléctrica.
Teniendo en cuenta además que ninguna de las tres tiene tampoco masa, parece
lícito preguntarse de qué forma podrá distinguírselas. Una posible marca
distintiva se deriva del hecho de que la mayor parte de las partículas
subatómicas pueden ser visualizadas como si giraran (a derechas o a izquierdas)
alrededor de un eje. De aquí que el momento angular asociado con esta rotación
pueda expresarse mediante un número positivo o un número negativo. Los físicos
utilizan un sistema de unidades tal que al fotón le asignan un «spin»
[«rotación» o «giro» en inglés] de +
1 ó —1. Partiendo de esta base, y con el fin de poder explicar el modo como se
comportan las partículas subatómicas, los físicos han llegado a la conclusión
de que es preciso asignar un spin de +1/2 ó —1/2 al
neutrino y un spin de +2 ó —2 al gravitón. Este número, por sí solo, basta para
distinguir perfectamente los tres tipos de partículas.
El gravitón no pasa de ser una partícula postulada teóricamente, pues hasta
ahora no ha sido detectada de un modo directo. En efecto, las propiedades que
la lógica de la situación ha obligado a los físicos a asignarle son tales, que
acaso no se le llegue a detectar nunca. No obstante, los físicos suponen que es
precisamente en virtud de la emisión y absorción de gravitones como se crean
los campos gravitatorios.
Si bien es cierto que hasta ahora ha sido imposible detectar el gravitón
directamente, al menos sí se puede detectarlo indirectamente a través de los
efectos del campo gravitatorio a que da lugar. Así, el intercambio de
gravitones entre la Luna, el Sol y la Tierra produce las mareas y mantiene a
nuestro planeta y a su satélite en órbita alrededor del Sol. El intercambio de
gravitones entre el Sol y el centro galáctico mantiene al sistema solar en su
majestuosa rotación en torno a ese núcleo invisible.
En términos generales se puede decir que el efecto gravitatorio que ejercen
sobre nosotros las distintas estrellas fuera de nuestro sistema solar y las
diversas galaxias más allá de la nuestra, es indetectable y probablemente
seguirá siéndolo a lo largo de todo el futuro previsible.
Pero esto no quita para que, de hecho, existan interacciones gravitatorias
entre estrellas vecinas y entre galaxias próximas unas a otras, y estas
interacciones pueden proporcionarnos cierta información. Por ejemplo, las dos
estrellas de un sistema binario se mueven una en torno a otra de acuerdo con la
ley de gravitación obtenida por Newton; y aplicando esta ley es posible
calcular las masas relativas de los dos cuerpos. Aun en el caso de que uno de
los miembros del sistema sea invisible, el movimiento del otro en respuesta a
los gravitones emitidos y absorbidos por el cuerpo inobservable suministrará
información acerca de la masa de éste. Así fue cómo se detectó Sirio B por
primera vez.
Una estrella doble que posea una componente demasiado pequeña para ser
observada y que, por tanto, sólo sea detectable mediante medidas muy precisas
de las diminutas evoluciones que describe la componente observable
(«astrometría»), se denomina «binaria astrométrica». El siglo XX ha presenciado
binarias astrométricas mucho más evasivas que el sistema de Sirio.
En 1943 un equipo encabezado por el astrónomo holandés-americano Peter van de
Kamp (n. 1901) estudió los movimientos de 61 Cygni. La estrella 61 Cygni es en
realidad una binaria: está compuesta por 61 Cygni A y 61 Cygni B, ambas girando
en torno a un centro de gravedad común. Sin embargo, la trayectoria de una de
ellas serpenteaba muy ligeramente, pero lo suficiente como para delatar la
presencia de un cuerpo de masa equivalente a 1/120 la del Sol. Una masa tan
reducida —sólo ocho veces la del planeta Júpiter— no puede albergar reacciones
nucleares con una intensidad suficiente para clasificar a la estrella ni
siquiera entre las enanas. Por esta razón, el nuevo cuerpo, 61 Cygni C, fue
considerado como un planeta (aunque ciertamente gigante): se trataba del primer
cuerpo planetario que se descubría fuera de nuestro sistema solar. Desde
entonces se han detectado otros cuerpos de la misma especie. En 1963 se llevó a
cabo una observación detenida de la estrella de Barnard, detectándose una
ligera ondulación en su movimiento propio que venía a indicar la presencia de
masas planetarias. Van de Kamp sugirió en 1969 que dicha ondulación admitía una
explicación óptima si se postulaba la presencia de dos planetas: uno que
tuviera 1,1 veces la masa de Júpiter, y otro cuya masa fuese 0,8 veces la de
éste. De estos dos planetas, el mayor sería el más próximo a la estrella de
Barnard (a una distancia aproximadamente igual a la que media entre el Sol y la
zona de asteroides), mientras que el menor se hallaría a una distancia igual a
la que existe entre Júpiter y el Sol. Los períodos orbitales son de 12 y 26
años, respectivamente.
La tercera partícula de masa nula, el neutrino, se encuentra en una posición
intermedia entre el gravitón y el fotón en cuanto a facilidad de detección. A
diferencia del gravitón, el neutrino sí ha sido detectado, pero su observación
ofrece muchas más dificultades que la del fotón.
La existencia del neutrino fue postulada en 1931 por el físico austriaco
Wolfgang Pauli (1900-1958), como consecuencia de la necesidad de dar cuenta de
ciertas interacciones de las partículas subatómicas que, de otro modo,
resultaban inexplicables. Durante un cuarto de siglo el neutrino fue una
ficción teórica, producto de la imaginación científica; más tarde, en 1956, los
físicos americanos Clyde Lorrain Cowan, Jr. (n. 1919) y Frederick Reines (n.
1918) llevaron a cabo un experimento sumamente delicado que vino a demostrar de
modo irrefutable la interacción (muy poco frecuente) de un neutrino con un
protón. La existencia real del neutrino fue aceptada al instante por la
comunidad científica.
Los neutrinos que se detectaron en 1965 habían sido producidos por la fisión
del uranio dentro del núcleo de un reactor nuclear construido por el hombre.
Naturalmente, en el interior de las estrellas también se producen neutrinos
(aunque de un tipo algo diferente), y en cantidades inmensamente mayores. Sin
embargo, los neutrinos poseen la propiedad de atravesar grandes masas de
materia sin verse afectados en absoluto. A través de cada centímetro cuadrado
de la sección transversal de la Tierra pasan cien mil millones de neutrinos
cada segundo a la velocidad de la luz, sin percatarse siquiera de la presencia
de la Tierra. Sólo muy de cuando en cuando interacciona un neutrino con alguna
de las partículas del planeta.
Después de 1956 se emprendieron trabajos muy arduos para detectar, a través de
estas interacciones esporádicas, los neutrinos nacidos en el Sol y en las
estrellas. Reines, por ejemplo, montó un gigantesco aparato para la detección
de neutrinos en una mina de oro de Sudáfrica situada a más de tres kilómetros
por debajo de la superficie terrestre. El lector dirá que es extraño intentar
estudiar los cielos desde un refugio subterráneo, pero lo cierto es que los
neutrinos son capaces de alcanzar tales profundidades (o cualquier porción de
la Tierra, hasta su mismo centro) sin dificultad alguna, mientras que las demás
partículas detectables no. Finalmente, en 1965, y tras medio año de
observaciones, Reines afirmó haber detectado siete neutrinos (¡siete!)
En 1968 Raymond Davis Jr. instaló una trampa de neutrinos aún más perfeccionada
en una profunda mina de Dakota del Sur. Este aparato logró detectar, en efecto,
neutrinos solares, pero en una cantidad que sólo representaba la mitad del
mínimo establecido por cualquiera de los esquemas empleados por lo común para
describir los procesos que se desarrollan en el interior del Sol. O nuestros conocimientos
acerca del funcionamiento interno de las estrellas requiere una revisión a
fondo, o estamos pasando por alto algún aspecto que resultará «obvio» una vez
explicado, o bien el método de detección de neutrinos no es todo lo perfecto
que debiera ser.
En cualquier caso, nos hallamos ante los primeros síntomas del nacimiento de la
«astronomía del neutrino». Si en el futuro se consigue aumentar la eficacia de
los métodos de detección, los conocimientos que se podrán adquirir serán muy
valiosos. Dado que los neutrinos provienen directamente del corazón de las
estrellas, analizando su distribución de energías será posible determinar la
temperatura y otras propiedades de los núcleos estelares, y ello de un modo
directo, no a través de deducciones mediatas e inciertas.
§. Rayos cósmicos
Mucho más espectacular es, empero, el bombardeo de la Tierra con partículas que
poseen masa.
Ya en 1900 los físicos nucleares estaban estudiando el proceso en virtud del
cual la radiación energética procedente de los átomos radiactivos chocaba y
expelía los electrones de los átomos contenidos en la atmósfera. La parte
remanente del átomo poseía una carga eléctrica positiva; estos fragmentos de
átomo cargados se denominaron «iones positivos».
Con el tiempo se fue viendo cada vez más claro que por mucho cuidado que
pusieran los físicos en blindar una muestra de aire —encerrándola en cajas de
plomo, elemento que al parecer era impenetrable para la radiación—, seguían
formándose poco a poco iones en el interior de la muestra. Al parecer, había
que admitir la existencia de un tipo de radiación aún más energética que la que
se había venido observando hasta entonces, una radiación capaz de atravesar un
espesor de plomo que, en circunstancias normales, habría constituido un
blindaje adecuado.
Los físicos, en general, dieron por supuesto que esta radiación especialmente
energética provenía del suelo, pues al fin y al cabo era allí donde se hallaban
las sustancias radiactivas. Con el fin de dejar sentada de una vez para siempre
la cuestión, el físico austriaco Victor Franz Hess (1883-1964) organizó a
partir de 1911 una serie de ascensiones en globo, con objeto de comprobar la
presencia de esta radiación ionizante a una altura de varios kilómetros sobre
la superficie terrestre. La capa de aire entre la superficie y el globo debería
bastar para absorber cierta parte, como mínimo, de la radiación energética, con
lo cual se comprobaría que la velocidad de formación de iones en el globo era
menor que en la superficie.
Pero lo que se observó fue precisamente lo contrario. La velocidad de
ionización aumentaba; y cuanto más alto ascendía el globo, tanto mayor era el
aumento. No cabía duda: el origen de la radiación no se hallaba por debajo del
globo, en la superficie de la Tierra, sino por encima de ella. Hess llamó a
este tipo de radiación «radiación de gran altura». A lo largo de la década
siguiente los resultados de Hess se vieron confirmados una y otra vez, lo cual
demostraba claramente que la radiación incidía sobre la Tierra desde todas las
direcciones y que aquélla debía provenir de fuentes localizadas en algún lugar
del espacio. Dado que la radiación que llegaba a la Tierra procedía del
Universo exterior (cosmos), el físico americano Robert Andrews Millikan
(1868-1953) le dio en 1925 el nombre de «rayos cósmicos», denominación que se
ha conservado desde entonces.
A renglón seguido se planteó el problema de averiguar en qué consistía
exactamente la naturaleza de los rayos cósmicos. Dos eran las variantes que
parecían más probables: o bien se trataba de fotones en extremo energéticos, de
longitud de onda más corta —y por tanto de más energía— que cualquiera de los
que se habían observado hasta entonces, o bien eran partículas masivas de
velocidad muy alta cuya insólita energía se derivaba de la combinación de una
gran masa con una velocidad muy elevada.
Todas las partículas masivas que se conocían en los años veinte poseían carga
eléctrica, lo cual hacía suponer que ello seguiría siendo cierto para los rayos
cósmicos, caso de que cayeran dentro de esta categoría. Y de aquí se seguía que
si bien los rayos cósmicos se aproximaban a la Tierra por igual desde todas las
direcciones, deberían incidir con mayor frecuencia en las regiones polares que
en los trópicos.
Esto era consecuencia del hecho de que la Tierra se comporta como un imán cuyos
polos magnéticos norte y sur estuvieran localizados en las regiones polares, y
cuyas líneas de fuerza magnéticas se curvaran hacia afuera de norte a sur,
alcanzando una separación máxima en los trópicos y un espaciamiento mínimo en
las regiones polares. Cualquier partícula cargada que penetrara en el campo
magnético de la Tierra sería desviada bien hacia el norte, bien hacia el sur,
de acuerdo con una interacción perfectamente conocida por los físicos de
aquellos tiempos.
Algunos rayos cósmicos especialmente energéticos quizá llegaran a atravesar
como centellas el campo magnético gracias a su impulso y aterrizar en los
trópicos (si es que era éste su punto de destino), pero en líneas generales la
incidencia de tal radiación debería ir aumentando de una forma continua a
medida que se avanzara hacia el norte o hacia el sur a partir del ecuador.
Figura 36. La Tierra como imán
Por
otra parte, los fotones, desprovistos como están de toda carga eléctrica, no se
verían afectados de un modo apreciable por el campo magnético de la Tierra. Si
los rayos cósmicos fueran fotones y se aproximaran a nuestro planeta por igual
en todas direcciones, la lluvia de esta radiación debería distribuirse de un
modo uniforme por toda la superficie terrestre.
A partir de 1930 Compton realizó una serie de estudios extensivos sobre los
rayos cósmicos en diferentes partes del mundo, constatando que efectivamente la
intensidad aumentaba con la latitud, tal y como cabía esperar en el caso de que
los rayos fuesen partículas cargadas.
Quedaba aún por averiguar si las partículas estaban cargadas positiva o
negativamente. El físico italiano Bruno Rossi (n. 1905) señaló en 1930 que la
naturaleza de la desviación de los rayos cósmicos debía ser distinta según el
signo de la carga. Las partículas cargadas positivamente se desviarían de tal
modo que un observador terrestre vería incidir un número mayor de partículas desde
el Oeste que desde el Este, mientras que para partículas con carga negativa
ocurriría lo contrario. Hacia 1935 el dictamen era ya claro: los rayos cósmicos
se componían de partículas cargadas positivamente.
Esto es cierto para la forma en que se encuentra la radiación antes de entrar
en la atmósfera terrestre («radiación primaria»). Una vez que penetra en la
atmósfera, colisiona con los átomos de ésta, dando lugar a varios tipos de
partículas de energía menor, aunque todavía muy alta («radiación secundaria»).
Naturalmente, la radiación que más les interesa a los astrónomos es la
primaria.
Para alcanzar la radiación primaria es preciso ascender como mínimo hasta la
estratosfera, dejando atrás la mayor parte de las moléculas de aire, causantes
de colisiones e interferencias. Hacia finales de la década de los treinta se
inició una serie de ascensiones en globo encaminadas a este fin, utilizando
nuevas materias plásticas más ligeras y herméticas que los productos
disponibles hasta entonces. De este modo se alcanzaron alturas de hasta 21
kilómetros, dejando atrás un 97% de la atmósfera.
Como resultado de estos experimentos se comprobó que la radiación primaria
consistía principalmente en protones (núcleos de hidrógeno-1) que se movían
casi a la velocidad de la luz. Hacia los años 1960-69 no cabía ya duda de que
aproximadamente un 90% de todas las partículas energéticas de la radiación
primaria eran protones. Otro 9% estaba compuesto por núcleos de helio-4, y el
resto por núcleos de átomos aún más pesados, incluidos el uranio y elementos
más allá del uranio, es decir, los átomos más complejos que se dan en la Tierra
en cantidades apreciables. Fue en 1967 cuando se detectaron en los rayos
cósmicos los primeros núcleos más masivos que los del uranio.
En resumen, los rayos cósmicos estaban compuestos de la materia general del
espacio interestelar, si bien animada por un movimiento rapidísimo y en
posesión de una concentración de energía casi inimaginable.
En los últimos años los físicos han logrado construir gigantescos «aceleradores
de partículas», aparatos muy costosos y complicados que pueden dotar a una
partícula con energías de hasta treinta mil millones de electronvoltios («30
BeV»). La magnitud de esta concentración de energía cabe juzgarla si la
comparamos con la de un fotón de luz ordinario, que puede ser algo así como de
dos electrón-voltios («2 eV»).
Así pues, el hombre es capaz de producir protones con energías de hasta quince
mil millones de veces la de un fotón luminoso, y tales energías sí representan
una aproximación al nivel energético de los rayos cósmicos (esta es la razón de
que uno de los aceleradores de partículas gigantes recibiera el nombre de
«cosmotrón»).
Pero aun las creaciones más enorgullecedoras del hombre no logran alcanzar sino
los niveles energéticos inferiores de los rayos cósmicos. Muchas de las
partículas de los rayos cósmicos inciden en la atmósfera terrestre con energías
muy superiores a los 30 BeV; algunas llegan incluso a 1.000.000 de BeV y más.
§. Fuentes de rayos cósmicos
Ahora bien, ¿de dónde provienen los rayos cósmicos? ¿Qué es lo que les confiere
a algunos de ellos energías tan tremendas?
Un origen lógico podría ser el Sol, pero esta hipótesis fue rechazada casi de
inmediato (al menos como una de las fuentes principales), pues los rayos
cósmicos inciden sobre la Tierra desde todas las direcciones por igual: la
frecuencia es la misma en la dirección del Sol que en la opuesta. Aun
admitiendo que los rayos cósmicos (caso de que se originaran en el Sol)
sufrieran una desviación en el campo magnético terrestre, y que algunos de
ellos se vieran incluso empujados hasta la parte trasera de nuestro planeta,
resulta inadmisible pensar que el resultado final de tal desviación fuese una
distribución completamente uniforme de los rayos cósmicos a través de toda la
superficie de la Tierra. Por consiguiente, la fuente tenía que estar localizada
fuera del sistema solar, sin olvidar que la distribución uniforme del influjo
de rayos cósmicos prohibía atribuir el fenómeno a un objeto particular del
Universo.
Y sin embargo, no se podía descartar al Sol completamente. El sistema de
radiación del Sol no es del todo uniforme; su superficie se encuentra salpicada
de «manchas solares», regiones de temperatura relativamente baja que, por esta
razón, destacan como zonas oscuras contra un fondo que es más caliente y
brillante. Las manchas solares van acompañadas de campos magnéticos, y la
acumulación de energía en estos campos se manifiesta a veces de forma violenta.
Una de estas manifestaciones es la «erupción solar», o abrillantamiento súbito
de una zona irregular próxima a una mancha solar. La primera observación (al
menos de las que tenemos noticia) de una erupción solar fue efectuada en 1859
por el astrónomo inglés Richard Christopher Carrington (1826-1875), quien
atribuyó este abrillantamiento repentino del disco solar a la caída de un gran
meteoro (en la línea de las ideas de Helmholtz en aquel tiempo). Sin embargo,
casi inmediatamente después de dicha observación se registró un comportamiento
anómalo en las brújulas, y la aurora boreal de las regiones polares adquirió un
brillo desusado.
Desde entonces, la asociación de las erupciones solares con tales «tormentas
magnéticas» ha sido inconfundible. Naturalmente, no todas las erupciones dan
lugar a estos fenómenos magnéticos, sino sólo aquellas que ocupan una posición
más o menos central en la cara del Sol y que, por tanto, apuntan directamente
hacia nosotros. Al parecer, las grandes energías que van asociadas con las
erupciones bastan para lanzar al espacio cantidades ingentes de partículas
subatómicas. Dado que en todo momento se están produciendo erupciones y otros
fenómenos energéticos aquí y allá en la superficie del Sol, cabe imaginar este
astro como rodeado por una nube de partículas energéticas cargadas que salen
despedidas de aquél en todas direcciones. Es lo que se denomina el «viento
solar».
La existencia real de este viento solar quedó confirmada en 1958 mediante una
serie de experimentos con cohetes. La velocidad con que las partículas son emitidas
por el Sol hacia el exterior puede llegar a alcanzar los 720 kilómetros por
segundo; a esta velocidad las partículas poseen una cantidad insólita de
energía cinética. Antes de la década pasada se creía, por ejemplo, que la cola
de los cometas fluía en dirección opuesta a la del Sol debido a la presión que
ejercía la radiación solar sobre las diminutas partículas de que se componía la
cola. Al parecer, esto no es cierto; es la fuerza del viento solar la causante
de dicho efecto.
No es preciso decir que las partículas cargadas del viento solar tendrán que
interaccionar con el campo magnético terrestre al aproximarse a nuestro
planeta. Tal y como predijo el científico amateur griego (ahora físico
profesional) Nicholas Christofilos en 1957, las partículas cargadas que
componen el viento solar se verían desviadas por las líneas de fuerza
magnéticas, describiendo una trayectoria espiral en torno a ellas desde el polo
magnético norte hasta el polo magnético sur, para volver luego de nuevo al polo
norte y formar así una región de alta densidad de carga alrededor de la Tierra,
muy por encima de su atmósfera. Esta teoría no fue tomada en serio al principio
(en parte porque Christofilos era un aficionado), pero en 1958 una serie de
observaciones con cohetes, llevadas a cabo bajo la dirección del físico
americano James Alfred Van Allen (n. 1914), vinieron a demostrar la existencia
real de tales regiones. En principio recibieron el nombre de «cinturones de Van
Allen», y más tarde el de «magnetosfera».
Las fronteras de la magnetosfera están conformadas —debido al viento solar— en
una especie de gota aerodinámica. En la dirección del Sol la magnetosfera
presenta un perfil redondeado y chato; en la dirección opuesta se extiende en
una larga cola.
La presencia de una erupción solar apuntando en dirección a nuestro planeta
origina una intensificación local del viento solar, algo así como un huracán de
partículas cargadas que cayera sobre nosotros, invadiendo e inundando la
magnetosfera. Las partículas se derraman principalmente sobre las regiones
polares de la Tierra, dando lugar a un acentuamiento de la aurora boreal e
introduciendo en el campo magnético irregularidades tales como la de hacer
temblar la aguja de una brújula. Desde el punto de vista práctico, las
erupciones solares tienen un efecto más importante que el que acabamos de
reseñar, y es que alteran las propiedades de aquellas secciones de la alta
atmósfera que normalmente contienen una concentración elevada de cargas
electrónicas en forma de iones (de ahí que dicha sección de la atmósfera se
llame «ionosfera»). Como consecuencia de ello, las tormentas magnéticas
perturban el funcionamiento de los sistemas de radio, e incluso de cualquier
dispositivo que interaccione con la radiación de la ionosfera.
La energía de las partículas que van a parar al viento solar varía naturalmente
con la intensidad y la fuerza de la erupción. ¿Qué ocurre cuando se produce una
erupción realmente grande? En 1942 se registró una de estas características y a
renglón seguido se observó un aumento pasajero del influjo de rayos cósmicos.
Tal correlación ha sido observada desde entonces en diversas ocasiones, lo cual
demuestra que el Sol puede actuar como fuente de rayos
cósmicos, al menos en determinadas circunstancias. Los rayos cósmicos solares
son «blandos», es decir, relativamente poco energéticos, con energías que
oscilan entre 0,5 y 2 BeV. Pero esto no resta validez, en modo alguno, a la
conclusión anterior.
¿No será que las estrellas, en general, producen rayos cósmicos como resultado
de erupciones o de otros fenómenos? Acaso sea que al pasar los rayos cósmicos a
través de los vastos espacios interestelares se vean desviados una y otra vez
por los campos magnéticos locales, hasta que por último desaparece todo indicio
de la dirección de marcha originaria. Tales campos magnéticos locales existen
de hecho. El Sol, por ejemplo, posee un intenso campo magnético concentrado en
las manchas solares, como demostró ya en 1907 el astrónomo americano George
Ellery Hale (1868-1938). Asimismo, el astrónomo americano Horace Welcome
Babcock (n. 1912) detectó en 1947 campos similares en algunas otras estrellas.
Así pues, en último término, y gracias a tales campos magnéticos, las
partículas de los rayos cósmicos llegarían a moverse en direcciones aleatorias,
hasta el punto de que parecerían provenir por igual de todas direcciones, sin
presentar una concentración máxima en el plano de la Vía Láctea, que es donde
se halla la mayor parte de las estrellas [xxvi] .
Esta explicación no es del todo satisfactoria; pues si todas las estrellas
contribuyeran equitativamente a la producción de rayos cósmicos, entonces el
Sol, siendo el astro más próximo, haría sombra, digámoslo así, al resto de las
estrellas, igual que ocurre con la producción de luz. En ese caso, el influjo
de rayos cósmicos debería mostrar una descompensación muy marcada en la
dirección del Sol, lo cual no es cierto.
Por consiguiente, es preciso concluir que algunas estrellas son mucho más
pródigas que el Sol en la producción de partículas de rayos cósmicos. Existen,
por ejemplo, ciertas estrellas variables cuya variación se debe a la producción
periódica de grandes erupciones. Es posible que estas «estrellas eruptivas»
constituyan ricas fuentes de rayos cósmicos. Y luego están, cómo no, las
supernovas.
El influjo de rayos cósmicos procedentes de tales miembros (cabría decir
«especializados») de la Galaxia es capaz de ahogar por completo la ridícula
producción de las estrellas ordinarias, incluso de nuestro propio Sol.
Mas ello no resuelve el problema de la energía de los rayos cósmicos. Si el Sol
es capaz de producir partículas de 1 BeV de energía, no es nada sorprendente
que una supernova esté en condiciones de dar origen a energías mucho mayores,
pero nunca de miles de millones de BeV. Ninguna de las reacciones nucleares
conocidas es capaz de producir —ni siquiera en las supernovas más calientes y
violentas— partículas tan energéticas como muchas de las que existen en los
rayos cósmicos.
Ahora bien, ¿es necesario, en realidad, que todas las
partículas posean desde el mismo momento de su formación tales energías? El
físico ítalo-americano Enrico Fermi (1901-1954) sugirió en 1951 otra
posibilidad. Supongamos que las partículas de los rayos cósmicos se producen a
energías bastante moderadas (de algunos BeV) y que el campo magnético de la
Galaxia las acelerara, aumentando así su energía primitiva.
El proceso sería análogo al de los ciclotrones construidos por el hombre. Estos
dispositivos obligan a las partículas cargadas a girar en círculos bajo la
influencia de un campo magnético, comunicándoles nueva energía al cabo de cada
ciclo. A medida que las partículas van adquiriendo energía, la desviación
producida por el campo es cada vez menor, hasta que, por último, no pueden
permanecer dentro de los confines del ciclotrón y salen despedidas a grandes
energías.
Las intensidades magnéticas de los imanes construidos por el hombre superan con
mucho a las del campo magnético de la Galaxia, pero en cambio éste se extiende
a lo largo de varios miles de años-luz. Aunque la aceleración que experimentan
las partículas de los rayos cósmicos sea muy lenta, al cabo de evos enteros de
tiempo pueden llegar a alcanzar energías efectivamente muy altas.
En cualquier momento de su viaje puede ocurrir que estas partículas se
estrellen contra algún obstáculo, tal como nuestro propio planeta. Esto
significa que estaríamos sometidos a un amplio espectro de energías, pues la
energía de una partícula dada dependería en gran medida del tiempo que llevara
viajando antes de chocar contra nosotros. Cuanto más largo fuese este viaje
previo, tanto mayor sería la energía en el momento del choque.
Ahora bien, conforme una partícula de rayos cósmicos va ganando energía, la
desviación que sufre bajo la influencia del campo magnético es cada vez menor;
llega entonces un momento en que su trayectoria es tan recta que ni siquiera la
inmensa anchura de la Galaxia bastará para retenerla. Cuando la energía de la
partícula se aproxima a los cien millones de BeV, ésta sale despedida del
ciclotrón galáctico, si se nos permite esta expresión.
Dicho con otras palabras: si nuestra Galaxia fuese la única fuente de
partículas de rayos cósmicos, no cabe esperar energías superiores a los cien
millones de BeV. No obstante, en ocasiones se detectan energías mayores, hasta
diez mil millones de BeV como mínimo. La única hipótesis que se puede hacer es
que tales partículas super- energéticas se originen en galaxias cuyos campos
magnéticos son más intensos que el de la nuestra, galaxias que han explotado,
implotado o, en general, que han experimentado cambios catastróficos que
superan con creces a las supernovas ordinarias. Estas catástrofes galácticas
liberarían energías gigantescas y verdaderas olas de rayos cósmicos en la
región de los miles de millones de BeV.
Estas partículas superenergéticas, tras salir despedidas finalmente de su
galaxia madre sin tener la mala fortuna de chocar con un trozo cualquiera de
materia, cruzan el espacio intergaláctico, pasan por casualidad a través de
nuestra Galaxia e inciden sobre nuestro planeta.
Capítulo 17
Fotones energéticos
Contenido:
§.
El espectro electromagnético
§. Estrellas de rayos X
§. Antimateria
§.
El espectro electromagnético
Pero volvamos ahora al fotón. Antes de 1800, los únicos fotones que conocía el
hombre eran los de la luz visible, aquéllos precisamente que era capaz de
percibir de un modo directo. La longitud de onda de la luz visible oscila entre
0,000076 centímetros en el extremo rojo del espectro y la mitad de ese valor, ó
0,000038 centímetros, en el extremo violeta. La energía de los fotones de la
luz es inversamente proporcional a su longitud de onda. Por consiguiente, como
hemos dicho que la longitud de onda de la luz en el extremo violeta es la mitad
de la del extremo rojo, los fotones de la luz violeta tendrán un contenido de
energía doble que el de los fotones de la luz roja. El contenido energético de
los fotones de la luz visible varía entre 1,5 electrón-voltios (1,5 eV) en el
extremo rojo del espectro y 3,0 eV en el extremo violeta.
Más tarde, durante los primeros años del siglo XIX, se descubrieron las
radiaciones infrarroja y ultravioleta. El contenido energético de los fotones infrarrojos
es, naturalmente, menor que 1,5 eV, mientras que el de los fotones
ultravioletas supera los 3,0 eV.
Una cuestión que permaneció sin resolver durante buena parte del siglo XIX fue
la de hasta qué punto se extendía la región infrarroja del espectro en la
dirección de las energías decrecientes, y hasta dónde llegaba la región
ultravioleta en la dirección opuesta, es decir, la de energías cada vez
mayores.
Sin embargo, en 1861 el físico escocés James Clerk Maxwell (1831-1879)
desarrolló una teoría global de la electricidad y del magnetismo que ponía de
manifiesto la relación íntima e inseparable que ligaba a estos dos tipos de
energía. (Como consecuencia de esta teoría sólo es lícito hablar de un «campo
electromagnético», fusionando los dos tipos de energía en uno solo). Maxwell
demostró asimismo que una variación periódica en la intensidad de un campo de
este tipo produce una forma ondulatoria que se aleja de la fuente de variación
a la velocidad de la luz. Efectivamente, la propia luz era considerada como una
forma de esa «radiación electromagnética».
Puesto que el campo electromagnético puede variar con un período cualquiera, la
radiación electromagnética puede tener también cualquier longitud de onda. Por
tanto, debían existir radiaciones electromagnéticas con longitudes de onda
mucho más grandes que el infrarrojo, y otras cuyas longitudes de onda fuesen
mucho más cortas que el ultravioleta.
Poco tiempo pasó antes de que esta predicción se viera confirmada. En 1888 el
físico alemán Heinrich Rudolf Hertz (1857-1894) logró producir ondas
electromagnéticas de longitud de onda enorme. Tal radiación (que al principio
recibió el nombre de «ondas hertzianas») se utilizó más tarde en la
comunicación radio telegráfica, es decir, comunicación no por medio de
corrientes eléctricas a través de hilos (como en el telégrafo ordinario), sino
por medio de ondas radiadas (de ahí el prefijo «radio») a través del espacio. A
la luz de las consideraciones anteriores cabría esperar que este tipo de
radiación se llamara ondas radiotelegráficas, pero el término que se afincó fue
la forma abreviada de «ondas de radio» o «radioondas».
En 1895 el físico alemán Wilhelm Konrad Röntgen (1845-1923) demostró la
existencia de una forma de radiación que resultó ser de naturaleza
electromagnética y que poseía una longitud de onda extremadamente corta.
Röntgen la llamó «rayos X» como confesión de su ignorancia acerca de la
naturaleza de esta radiación, y esa denominación ha persistido desde entonces,
aun después de disipada dicha ignorancia.
Las tres variedades de radiación procedentes de las sustancias radiactivas
(descubiertas por Becquerel en 1896) fueron bautizadas por Rutherford con las
tres primeras letras del alfabeto griego: «rayos alfa», «rayos beta» y «rayos
gamma». De estas tres radiaciones, sólo los rayos gamma resultaron ser de
naturaleza electromagnética: se trataba de una forma de radiación de longitud
de onda aún más corta que la de los rayos X.
Así pues, hacia principios del siglo XX los físicos se hallaban en posesión de
un enorme «espectro electromagnético» que se extendía a lo largo de unas
sesenta octavas (es decir, la longitud de onda se duplicaba sesenta veces desde
la más corta a la más larga). Esto equivale a decir que las ondas más largas
eran 260 —o aproximadamente 1.000.000.000.000.000.000 (un
trillón) — veces superiores a las más cortas. De esta gama tan amplia, la luz
visible cubría únicamente una octava.
El espectro electromagnético es continuo, y no existe salto alguno entre una
forma de radiación y otra. Las clasificaciones que el hombre ha impuesto a este
espectro son puramente arbitrarias: en el caso de la gama visible, la
clasificación depende de la capacidad humana para percibir la luz de un modo
directo; en el caso de las restantes porciones del espectro depende de los
accidentes de la historia de los descubrimientos. Estas clasificaciones o
fronteras arbitrarias se suelen describir en función de la longitud de onda, o
bien de la frecuencia (el número de longitudes de onda producidas por segundo).
Nosotros, sin embargo, las describiremos en este libro en función del contenido
energético de los fotones que componen la radiación, valor que es directamente
proporcional a la frecuencia.
Las radiaciones electromagnéticas de longitud de onda más larga (y, por
consiguiente, compuestas de fotones de mínima energía) son las radioondas. En
un sentido amplio, las radioondas contienen fotones de 0,001 eV para abajo.
Pero dado que esta gama es muy amplia y resulta muy incómoda de manejar, a
menudo se descompone en tres regiones: radioondas largas, radioondas cortas y
radioondas muy cortas. Estas últimas se denominan hoy día con frecuencia
«microondas». El contenido energético de los fotones sería el siguiente:
Radioondas largas — cero a 0,00000001 eV
Radioondas cortas — 0,00000001 eV a 0,00001 eV
Microondas — 0,00001 a 0,001 eV
La región infrarroja se puede dividir a su vez en infrarrojo lejano, infrarrojo
medio e infrarrojo próximo, a medida que la longitud de onda se acorta y
aumenta la energía de los fotones:
Infrarrojo lejano — 0,001 a 0,03 eV
Infrarrojo medio — 0,03 a 0,3 eV
Infrarrojo próximo — 0,3 a 1,5 eV
La región visible se encuentra, como ya dijimos anteriormente, entre 1,5 y 3,0
eV. Atendiendo al color, las energías se pueden clasificar del modo siguiente
(se trata de promedios):
Rojo — 1,6 eV
Naranja — 1,8 eV
Amarillo — 2,0 eV
Verde — 2,2 eV
Azul — 2,4 eV
Violeta — 2,7 eV
Las radiaciones electromagnéticas consistentes en fotones de energía mayor que
la de los de la luz visible comprenden, en orden creciente de energía, el
ultravioleta próximo, el ultravioleta lejano, los rayos X y los rayos gamma:
Ultravioleta próximo — 3 a 6 eV
Ultravioleta lejano — 6 a 100 eV
Rayos X — 100 a 100.000 eV
Rayos gamma — de 100.000 eV en adelante.
§. Estrellas de rayos X
Naturalmente, la cuestión que surge ahora es la siguiente: hasta dónde se
extienden, dentro del espectro electromagnético total, los espectros del Sol y
las estrellas. En este sentido queda fuera de toda duda que el espectro solar
no está restringido a la octava visible, pues tanto la radiación infrarroja
como la ultravioleta fueron detectadas por primera vez precisamente en dicho
espectro.
Ahora bien, las investigaciones que se pueden llevar a cabo acerca de las
regiones situadas más allá de los bordes visibles del espectro solar poseen un
límite tajante, al menos en lo que se refiere a las investigaciones efectuadas
desde la superficie terrestre. Y ello se debe a que la atmósfera, aunque
transparente en la región de la luz visible, es bastante opaca para casi todas
las demás regiones del espectro electromagnético. Aunque muy bien pudiera ser
que el Sol fuese rico en radiación perteneciente al ultravioleta e infrarrojo
lejanos, tal radiación no podría llegar hasta nosotros, estando como estamos
bajo un colchón de aire de varios kilómetros de espesor. Hasta bien entrado el
siglo XX nada pudo hacerse para remediar esta situación.
Pero hacia mediados del siglo presente la tecnología del hombre consiguió que
la atmósfera dejara de ser esa barrera impenetrable que fue en un tiempo. Los
aviones fueron capaces de remontarse hasta la estratosfera y permanecer allí
durante horas; los globos podían subir a alturas aún mayores y permanecer allí
durante días enteros; y los cohetes y satélites estaban en condiciones de
elevarse por encima incluso de la atmósfera y permanecer allí durante semanas,
meses y años.
Las observaciones astronómicas efectuadas desde la estratosfera y desde
regiones aún más altas tenían la ventaja de poder aprovechar toda la gama de
energías de los fotones, sin tener que limitarse a las pocas variedades capaces
de penetrar sin interferencias hasta el fondo del océano de aire dentro del
cual nos movemos y vivimos.
En 1964, por ejemplo, se logró estudiar la porción infrarroja de la luz
reflejada por el planeta Venus, haciendo uso de un telescopio montado en un
globo. Las bandas de absorción que se hallaron en el espectro infrarrojo del
planeta delataban claramente la presencia de cristales de hielo en las nubes de
Venus, deduciéndose de ello que éstas se componían probablemente 'de agua.
Desde la superficie de la Tierra habría resultado difícil, cuando no imposible,
llegar a tal conclusión de un modo inequívoco; pues desde la superficie
terrestre la porción interesante del espectro permanece oculta, y cualquier efecto
que el contenido de agua de la atmósfera de Venus tuviera sobre la porción
espectral visible desde la superficie terrestre necesariamente se vería
enmascarado —en mayor o en menor medida— por el vapor de agua presente en la
atmósfera de la Tierra.
Por otra parte, desde un globo se pueden tomar fotografías solares mucho más
precisas que desde la superficie terrestre. De este modo, se logró aplicar los
métodos fotográficos hasta la región ultravioleta del espectro solar, y (sobre
todo después de que entraran en uso los cohetes espaciales) fue posible
registrar y medir miles de rayas de absorción que desde la Tierra habrían
permanecido para siempre invisibles.
Pero no es el Sol el único que se ha beneficiado de esta extensión del alcance
espectral. En 1968 ciertas observaciones llevadas a cabo desde satélites cuya
órbita estaba situada más allá de la atmósfera terrestre revelaron que la
radiación ultravioleta de los núcleos de diversas galaxias (entre ellas la de
Andrómeda) era varias veces más intensa que lo que se había esperado.
Tampoco es necesario pararnos en el ultravioleta. Ya en 1949 se descubrió que
el espectro solar penetraba en la región de los rayos X en una medida mucho
mayor de lo que se había estimado como posible. Pues, en general, cuanto más alta
es la temperatura de un cuerpo, mayor es la cantidad de fotones altamente
energéticos que emite, hecho que por lo demás ya demostró Wien antes de que se
sospechase la existencia de los fotones. Y la temperatura superficial del Sol
no era, en modo alguno, suficientemente alta para emitir rayos X.
La superficie del Sol, con sus 6.000°C de temperatura, tiene su pico de
radiación en la región de la luz visible, y los fotones que emite con mayor
profusión poseen un contenido energético de varios electrón-voltios. El hecho
de que se emitiesen grandes cantidades de fotones de rayos X, con energías de
cientos e incluso miles de electrón-voltios, implicaba la presencia de
temperaturas mucho más altas. Tales temperaturas no se daban en la tranquila
superficie del Sol, pero sí en la «corona» (su rarificada atmósfera exterior.
Aquí, en la corona, la distribución de las partículas era muy dispersa; y como
consecuencia del vapuleo a que éstas se veían sometidas por parte,
probablemente, de ondas de choque procedentes de la baja atmósfera, las
partículas adquirían un movimiento extremadamente rápido. Las energías
impartidas a estas partículas equivalían a temperaturas de 500.000° C como
mínimo. Y cuando se producía una erupción solar, la temperatura de la parte
correspondiente de la corona aumentaba hasta millones de grados.
Ahora bien, a pesar de que cada una de las partículas de la corona por separado
era sobremanera energética, el calor total de la corona no pasaba de ser
pequeño, debido a que el número total de partículas era relativamente exiguo.
El calor de la corona no constituye peligro alguno para la Tierra. (Es curioso
constatar que existen razones para pensar que las briznas más exteriores de la
corona se extienden desde el Sol hasta más allá de la órbita terrestre, por lo
cual en cierto modo se puede decir que la Tierra gira dentro de la atmósfera
solar, aunque ello no afecta desde luego a nuestro planeta de un modo
sensible.)
La fuente de los rayos X solares es la corona y las erupciones. Y son
precisamente las altas temperaturas, o mejor dicho, las enormes energías
cinéticas correspondientes a las temperaturas de dichas regiones, las que
arrancan tal profusión de electrones de los átomos, originando líneas
espectrales totalmente nuevas: líneas que en años anteriores fueron
interpretadas como representantes de un nuevo elemento llamado coronio.
Al mismo tiempo se emprendió también la búsqueda de fotones energéticos
procedentes de orígenes distintos del Sol. En ciertos aspectos los fotones
energéticos gozarían de grandes ventajas con respecto a las partículas
energéticas de los rayos cósmicos. Los fotones, al carecer de carga, no se
verían afectados por los campos magnéticos y viajarían sin desviarse de su
trayectoria. De este modo se podría identificar la fuente de fotones, o al
menos la dirección de donde provenían. Así fue como en 1956 y en los años
subsiguientes se descubrieron ciertas regiones particularmente ricas en
radiación ultravioleta; tampoco resultó difícil averiguar que las más notables
de estas fuentes se hallaban localizadas en las constelaciones de Orión y
Virgo.
En el caso de Orión, la radiación energética parecía asociada con las nebulosas
luminosas que rodean a las estrellas especialmente calientes. En cierto modo,
estas nebulosas parecían ser algo así como coronas de gran extensión,
calentadas desde dentro por la abundantísima energía de las estrellas que se
encuentran en su interior, igual que la corona solar es calentada por el Sol.
Lina vez más, los fotones de rayos X trajeron consigo algunas sorpresas. No
cabía duda de que el Sol radiaba rayos X; pero en ausencia de erupciones la
radiación se reducía drásticamente. Los rayos X solares se podían detectar
gracias únicamente a la gran proximidad del Sol. De las demás estrellas no
cabía esperar que hiciesen llegar sus rayos X hasta nosotros desde distancias
interestelares tan enormes.
No obstante, cierto equipo de investigadores, entre los que figuraba Bruno
Rossi, estaba interesado en averiguar si los rayos X solares eran reflejados o
no por la Luna (cuya superficie, a diferencia de la terrestre,no estaba
protegida por ninguna clase de atmósfera). En 1962 se lanzaron cohetes
especiales equipados con instrumentos para detectar rayos X, que efectivamente
fueron detectados, mas no procedentes de la Luna, sino en la dirección del
centro galáctico.
Al año siguiente un grupo encabezado por el astrónomo americano Herbert
Friedman (n. 1916) lanzó otra serie de cohetes con el fin de escudriñar los
cielos en busca de fuentes de rayos X y fijar sus posiciones con la mayor
exactitud posible. A lo largo de los dos años subsiguientes se detectaron de
este modo unas treinta regiones con actividad de rayos X, concentradas en la
dirección del centro galáctico. En la totalidad de la Galaxia acaso existan
unas 1.250 regiones de este tipo. La más intensa de ellas, y que quizá sólo se
halle a 100 años-luz de distancia, fue localizada en la constelación de
Escorpión. Esta fuente, denominada hoy día Sco XR-1, quizá fue la que
detectaron los dispositivos de observación durante aquel primer vuelo de 1962.
La fuente que seguía a Sco XR-1 en intensidad (un octavo de la intensidad de
ésta) parecía estar localizada en la nebulosa del Cangrejo [xxvii] l. Su
nombre es Tau XR-1. Ahora bien, esta comparación puede inducir a error, pues
Sco XR-1 es más intensa debido a que es mucho más cercana. En igualdad de
distancias, la nebulosa del Cangrejo sería quizá cien veces más intensa que Sco
XR-1.
Uno de los problemas más intrigantes estribaba en la naturaleza de estos
objetos cuya radiación de rayos X era tan intensa que se dejaban detectar a
muchos años-luz de distancia. Una vez más había que suponer la existencia de
temperaturas de millones de grados, pero en este caso —y dada la abundancia de
la radiación— la energía total tendría que ser muy superior a la de la corona
solar. Incluso cabría pensar que se trata de procesos del núcleo central de las
estrellas. ¿Será acaso el resultado de una explosión tipo supernova? La
nebulosa del Cangrejo son los restos de una tal explosión ocurrida hace unos
mil años, y Sco XR-1 bien pudiera ser las reliquias de una supernova de unos
500.000 años de edad. Pero ni siquiera esto es suficiente.
Las temperaturas que necesitamos pueden derivarse de contracciones
catastróficas de proporciones mucho mayores que las que intervienen en la
conversión de super- novas en enanas blancas ordinarias. La materia degenerada
de que se compone una enana blanca está constituida por protones, neutrones y
electrones. De estas tres partículas, la componente crucial son los electrones.
Los electrones son menos compactos que los protones y neutrones, y, por
consiguiente, muestran mayor resistencia a la compresión que estos últimos.
Mientras la masa de la enana blanca no sea superior a 1,4 veces la del Sol, los
electrones son capaces de mantener expandida la estrella hasta un volumen
planetario como mínimo, incluso en contra de la enorme fuerza de compresión que
ejerce su campo gravitatorio, concentrado como está hasta grados insospechados.
Si la masa de la enana blanca es superior a 1,4 veces la del Sol, entonces ni
siquiera los electrones son capaces de resistir la fuerza compresiva de este
nuevo y más intenso campo gravitatorio.
Una estrella ordinaria con una masa superior a 1,4 veces la del Sol perdería
gran parte de su masa al sufrir una explosión tipo supernova, y la parte
restante se hallaría, muy probablemente, por debajo de la marca crucial para la
formación de una enana blanca. Pero ¿y si no ocurriera así?
En ese caso la compresión, lejos de pararse en el estadio de enana blanca,
continuaría: los electrones se funden con los protones para formar neutrones, y
el total se convierte en una masa de neutrones en contacto mutuo. Una «estrella
de neutrones» tal contendría la masa de un par de Soles en una esfera no
superior a los veinte kilómetros de diámetro. Estaría compuesta de neutronio, o
del «ylem» de Gamow. Vendría a ser un fragmento minúsculo de la sustancia que,
según los partidarios de la teoría del «big bang», constituía el huevo cósmico.
Por esta misma razón, la sola existencia de tales estrellas de neutrones sería
un pequeño punto a favor de la teoría del «big bang».
Los teóricos opinan que durante cierto período después de su formación, la estrella
de neutrones poseería una temperatura uniforme a través de toda su estructura:
una temperatura de unos 10.000.000°C. Como consecuencia de ello, liberaría un
torrente furioso de rayos X, constituyendo así una fuente de rayos X muy
efectiva. Es decir, una estrella de neutrones sería al mismo tiempo una
«estrella de rayos X».
El problema de la existencia de estrellas de neutrones es preciso someterlo, si
es posible, a una prueba de observación. Si la fuente de rayos X es
efectivamente una estrella de neutrones, entonces aquéllos emergen de un punto
del espacio. Ningún dispositivo de detección que seamos capaces de construir
podría aumentar un cuerpo de apenas veinte kilómetros de diámetro y situado a
miles de años-luz de nosotros (como ocurre con la nebulosa del Cangrejo) hasta
un tamaño superior al de un simple punto. Por otra parte, si los rayos X
emergen de una zona relativamente extensa del espacio, entonces es probable que
la fuente esté constituida por una región turbulenta de gas y polvo, lo cual
vendría a debilitar la hipótesis de las estrellas de neutrones. (La hipótesis
no quedaría eliminada del todo, pues podría suceder que la zona de gas y polvo
rodeara a una estrella de neutrones, y que tanto aquélla como ésta emitieran
rayos X.)
Como resultado de un interesante accidente astronómico fue posible discernir
entre una fuente puntual y una fuente extensa de rayos X. La nebulosa del
Cangrejo está situada en una posición tal que se ve cubierta («ocultada»)
periódicamente por la Luna. A medida que ésta pasa por delante de la nebulosa,
la fuente de rayos X puede, o bien cesar de un modo instantáneo (y en ese caso
se trataría de una fuente puntual), o bien dejar de emitir de una forma lenta y
gradual, y entonces se trataría de una fuente extensa.
Para 1964 estaba previsto que tuviera lugar una ocultación de la nebulosa del
Cangrejo por la Luna. Si los astrónomos desaprovechaban esta oportunidad, no
dispondrían de otra hasta después de ocho años. El grupo de Friedman lanzó un
cohete a tiempo y los instrumentos a bordo funcionaron a la perfección. El
resultado fue que el flujo de rayos X se desvanecía gradualmente, comprobándose
asimismo que la fuente consistía en una zona de un año-luz, aproximadamente, de
diámetro, localizada en el centro de la nebulosa del Cangrejo.
De momento (pero como se comprobó más tarde, sólo de momento) había que
desechar la posibilidad de que existiesen estrellas de neutrones, y sobre todo
después de 1966, año en que Sco XR-1 fue identificada como una estrella de
magnitud 13. Al fin y al cabo no parecía probable que una estrella de neutrones
pudiera ser observada desde distancias astronómicas.
No obstante, y aunque la idea de las estrellas de neutrones parecía andar de
capa caída, las fuentes de rayos X seguían planteando numerosos enigmas a los
astrónomos. Por ejemplo, si Sco XR-1 no era una estrella de neutrones ¿qué era
entonces lo que originaba ese torrente de rayos X cuya intensidad equivalía a
mil veces la de la luz visible emitida por esa misma fuente?
Por otra parte, tampoco tardó mucho en descubrirse que las fuentes de rayos X
podían ser en extremo variables. Cyg XR-1, una fuente de rayos X muy intensa
situada en la constelación de Cygnus, experimentaba al cabo de sólo un año una
disminución notable en su emisión de rayos X. Otra de ellas, Cent XR-2 (en
Centauro), que en octubre de 1965 no había dado todavía señales de vida, se
inflamó repentinamente y aumentó en intensidad hasta convertirse, en abril de
1967, en la fuente de rayos X más brillante del cielo, para desvanecerse más
tarde (en septiembre de 1967) hasta una décima parte de su máximo. Cabría casi
considerarla como una «nova de rayos X».
Por último diremos que también se han localizado fuentes de rayos X fuera de la
galaxia de la Vía Láctea. En 1968 se detectó una en la Nube Grande Magallanes
que acaso sea hasta 150 veces más intensa que la de la nebulosa del Cangrejo.
Dos, como mínimo, de las fuentes de rayos X resultaron estar asociadas con
galaxias distintas de la nuestra: Cygnus A y M-87. Estas fueron las primeras
«galaxias de rayos X», y es posible que existan hasta 10.000 galaxias de este
tipo detectables en el Universo.
§. Antimateria
En el espacio exterior se han detectado asimismo fotones de rayos gamma (más
energéticos aún que los fotones de rayos X) con ayuda de instrumentos
instalados a bordo de satélites artificiales. En 1961 los instrumentos del
satélite Explorer XI detectaron veintidós fotones de este tipo. La dirección de
la que provenían no parecía limitarse en particular al plano de la Vía Láctea,
de lo cual se dedujo que procedían de otras galaxias. En 1965 se detectó la
primera fuente puntual de rayos gamma, de modo que a partir de ahora tendremos
que habérnoslas también con «estrellas de rayos gamma».
Naturalmente, habrá que tratar de encontrar una posible fuente para estos rayos
gamma. Pero teniendo en cuenta que se trata de sucesos más bien raros, no es
preciso pensar en fuentes masivas, sino que basta con postular que aquéllos son
consecuencia de fenómenos subatómicos aislados. La colisión de una partícula de
rayos cósmicos altamente energética con un núcleo atómico desencadenaría una
serie de consecuencias entre las cuales figuraría la producción de rayos gamma.
Así pues, los rayos gamma que nosotros detectamos desde la Tierra acaso marquen
la «tumba» de partículas de rayos cósmicos muertos.
Existe otra posibilidad, algo más dramática que la anterior y que requiere un
breve prólogo. En 1932 se conocían tres tipos de partículas subatómicas: el
protón (masivo, cargado positivamente), el neutrón (masivo, sin carga) y el
electrón (ligero, cargado negativamente). A partir de estas tres partículas se
componen los átomos, y a partir de los átomos se compone la materia.
Sin embargo, en 1930 el físico inglés Paul Adrien Maurice Dirac (n. 1902) había
sugerido, sobre la base de consideraciones puramente teóricas, que para cada
partícula debería existir una «antipartícula». Las antipartículas estarían
caracterizadas por propiedades exactamente opuestas a las de sus
correspondientes partículas.
Así, como contrapartida del electrón de carga negativa existiría un
«antielectrón», análogo a aquél en todos los aspectos excepto en la carga, que
sería positiva y de igual magnitud que la negativa del electrón. Del mismo
modo, como contrapartida del protón de carga positiva existiría un «antiprotón»
de carga negativa. En cuanto al neutrón, si bien es cierto que carece de carga,
posee un campo magnético orientado en una dirección determinada, con lo cual
existiría un «antineutrón», carente también de carga, pero con un campo
magnético orientado en la dirección opuesta a la del neutrón.
En principio esta teoría pareció un tanto extravagante, mas en 1932 el físico
americano Carl David Anderson (n. 1905) descubrió, en el curso de sus estudios
acerca de los rayos cósmicos, el antielectrón. Haciendo referencia a su carga
positiva, Anderson lo llamó «positrón», nombre con el cual se conoce hoy día
generalmente a esta partícula, aun cuando el término «antielectrón» sería más
pertinente. Más tarde, en 1956, se logró detectar también el antiprotón y el
antineutrón.
Las antipartículas poseen todas las propiedades de las partículas (sólo que
invertidas, como en la imagen de un espejo) y se comportan igual que ellas. Si
los protones y los neutrones son capaces de combinarse para formar núcleos
atómicos, no hay razón alguna para suponer que los antiprotones y antineutrones
no puedan unirse para constituir «antinúcleos» atómicos. En efecto, en 1965 se
logró combinar en el laboratorio de Brookhaven antiprotones y antineutrones en
la relación 1 a 1. Puesto que un protón más un neutrón constituyen el núcleo
del hidrógeno-2, o deuterio, la combinación protón-neutrón se denomina
«deuterón». Y de ahí que la combinación de un antiprotón y un antineutrón se
llame «antideuterón».
Por otra parte, igual que un núcleo atómico es capaz de rodearse de electrones
para formar un átomo neutro, los antinúcleos atómicos también pueden rodearse
de antielectrones (positrones) y constituir así «antiátomos» neutros. Y así
como los átomos constituyen la materia, los antiátomos constituyen la
«antimateria».
La dificultad de construir la antimateria en el laboratorio estriba en la
naturaleza efímera de las antipartículas. Las antipartículas, por sí solas,
serían tan estables como las correspondientes partículas; pero sucede que
aquéllas no están a solas. En el momento en que se forma una antipartícula,
queda sumergida en un Universo de partículas ordinarias; es como si se hallara
aislada en medio de un vasto océano compuesto por seres opuestos.
Una vez formado un antielectrón, no transcurrirá mucho tiempo (una millonésima
de segundo o menos) antes de que tropiece y colisione con un electrón. El
resultado es la «aniquilación mutua» de las dos partículas. Las cargas se
cancelan y la masa total del par se convierte en energía en forma de fotones. Y
lo mismo es cierto para la colisión de un protón y un antiprotón.
La aniquilación mutua de partículas y antipartículas ofrece una nueva y
potentísima fuente de energía. Las reacciones nucleares ordinarias más
energéticas —como aquellas en virtud de las cuales el hidrógeno se fusiona en
hierro dentro del núcleo central de las estrellas— suponen la pérdida de sólo
un 1% de la masa total. En la aniquilación mutua de materia y antimateria toda la
masa se convierte en energía. Quiere esto decir que, en punto a las masas, la
aniquilación mutua produce cien veces más energía que la fusión nuclear.
El proceso inverso también se da: un rayo gamma de energía suficientemente alta
se puede convertir en un par electrón-antielectrón. Si el rayo gamma es aún más
energético, se puede transformar en un par protón-antiprotón. (Este último
proceso, que fue predicho hace mucho, se observó por fin en 1965.)
Pero surge ahora una dificultad. Observaciones minuciosas parecen indicar que
existe algo así como una «ley de conservación de la carga eléctrica». Ni la
carga eléctrica negativa ni la positiva pueden crearse o destruirse por sí
mismas. Lo que sí puede ocurrir es que dos cantidades iguales de carga negativa
y positiva experimenten una aniquilación mutua y una conversión en fotones de
rayos gamma, pues en ese caso no se produciría la destrucción de una carga
eléctrica neta. De modo análogo se pueden crear cantidades
iguales de carga positiva y negativa a partir de fotones de rayos gamma, de
suerte que no se produzca la creación de una carga eléctrica neta.
Mas si esto es así, ¿cómo es que nos hallamos rodeados por un Universo de
materia, sin ningún signo apreciable de antimateria? Pues, al fin y al cabo,
cualquier proceso que cree partículas debería crear también antipartículas, y
además en cantidades iguales.
Ahora bien, ¿cómo sabemos que habitamos un Universo compuesto exclusivamente de
materia?
En cuanto a la Tierra, podemos estar seguros de que se compone única y
exclusivamente de materia, pues si contuviera cierta cantidad de antimateria,
ésta interaccionaría al instante con la materia y se desvanecería en un
relámpago de rayos gamma. La Luna también es materia, y de ello nos da fe el
hecho de que los cohetes construidos por el hombre hayan alunizado sin que se
produjera una explosión colosal.
Los meteoritos están compuestos de materia [xxviii] ,
y lo mismo ocurre con el Sol, como lo demuestra el que el viento solar esté
constituido por partículas y no por antipartículas. En consecuencia, es lícito
afirmar que el sistema solar es materia.
Por otra parte, puesto que los rayos cósmicos están compuestos casi
exclusivamente de partículas y no de antipartículas, podemos decir que nuestra
Galaxia (y quizá también las galaxias exteriores más próximas) son materia.
¿Cómo explicar entonces la no-existencia de antimateria?
Consideremos el modelo del estado estacionario del Universo. Si existe una
creación continua de átomos de hidrógeno (protones y electrones), ¿por qué no
existe una creación análoga de antiátomos de hidrógeno (antiprotones y
antielectrones)? Si existe una creación continua de neutrones, que luego se
desintegran en protones y electrones, ¿por qué no se produce también la
creación continua de un número igual de antineutrones que se desintegran en
antiprotones y antielectrones?
No conocemos razón alguna que explique esta preferencia de un tipo sobre el
otro; pero todas las pruebas empíricas reunidas hasta el momento por los
físicos parecen demostrar que no existe tal preferencia.
Una posibilidad es, desde luego, que tanto la materia como la antimateria se
creen de una forma continua, pero que en virtud de cierto mecanismo el proceso
quede equilibrado, de modo que aquéllas se formen en lugares distintos. Cuando
un átomo se produce aquí, inmediatamente se ve compensado por
la creación de un antiátomo allá. En ese caso, quizá existan
tanto galaxias de materia como galaxias de antimateria; o expresándolo de un
modo más compacto, tanto galaxias como antigalaxias.
Suponiendo que esto fuese cierto, ¿sería posible distinguir entre una galaxia y
una antigalaxia?
A través de la luz que emiten, evidentemente no. El fotón es su propia
antipartícula, de suerte que tanto la materia como la antimateria, al
interaccionar consigo mismas (es decir, materia con materia, o antimateria con
antimateria), producen fotones de idéntica naturaleza. La luz de una antigalaxia
es exactamente igual a la de una galaxia.
El problema de los efectos gravitatorios es algo más oscuro. Mientras que la
materia experimenta una atracción gravitatoria mutua con la materia, igual que
la antimateria con la antimateria, se ha especulado acerca de si la interacción
gravitatoria entre materia y antimateria no será una repulsión. Jamás se ha
observado una repulsión gravitatoria, pero hay que tener en cuenta que la
antimateria tampoco ha sido estudiada en cantidades suficientes para producir
un campo gravitatorio perceptible. Así pues, se trata de un problema aún no
resuelto.
Si la repulsión gravitatoria existe, ha de darse necesariamente entre galaxias
y antigalaxias. El hecho de que hasta el momento no se haya observado ninguna
interacción de este tipo acaso indique que no existen antigalaxias en el
Universo. Otra posible interpretación es que los efectos que se producirían a
distancias intergalácticas (observados además a distancias también
intergalácticas) son demasiado pequeños, y que a pesar de que tales efectos
existen, no han podido ser observados o interpretados adecuadamente...
Los neutrinos ofrecen una perspectiva mucho más halagüeña. Las galaxias liberan
torrentes de neutrinos y las antigalaxias torrentes de antineutrinos. Si fuese
posible localizar en el cielo una fuente rica de antineutrinos, no habría duda
de que se había detectado una antigalaxia. Sin embargo, los neutrinos son
partículas sobremanera difíciles de detectar; y la ciencia de las astronomía no
se encuentra aún en un estadio que permita llevar a cabo observaciones de ese
tipo.
Por otra parte, las antigalaxias deberían producir antipartículas de rayos
cósmicos. Muy pocas de ellas lograrían llegar hasta nuestros dominios, pero
estas pocas serían de gran utilidad. Antipartículas de mil millones de BeV o
más (la energía necesaria para que los rayos cósmicos logren deshacerse de sus
galaxias y precipitarse hacia nosotros a través del espacio intergaláctico) no
se verían apenas afectadas por los campos magnéticos galácticos. De este modo,
la dirección de su trayectoria serviría para localizar la antigalaxia.
Ahora bien, es importante recordar que las galaxias no se hallan aisladas, sino
que existe un sinfín de ellas y que algunas pueden interaccionar a pesar de la
expansión general del Universo. Puede darse el caso, por ejemplo, de que una
galaxia y una antigalaxia perteneciesen al mismo cúmulo y que se aproximaran
una a otra. Si llegaran a acercarse hasta una distancia suficientemente corta
para que el gas y el polvo comenzaran a mezclarse en los bordes, al instante se
empezarían a emitir cantidades ingentes de energía. Y de hecho se han observado
casos de tremendas emisiones de energía en las profundidades del espacio
galáctico, emisiones que posiblemente indiquen la presencia de una aniquilación
mutua de materia y antimateria. Sobre este punto volveremos más adelante en
este libro.
Cabe también que las galaxias y antigalaxias se hallen protegidas contra una
aniquilación mutua gracias a tales reacciones periféricas. En este aspecto puede
establecerse una analogía con una gota de agua que cayese sobre una plancha
caliente. El agua no se evapora inmediatamente con una pequeña explosión, sino
que salta y resbala sobre la superficie al rojo durante un tiempo
sorprendentemente largo. La explicación de este fenómeno es la siguiente: la
porción de la gota que primero establece contacto con la superficie caliente se
evapora, formándose una nube de vapor que empuja a la gota hacia arriba y la
aísla hasta cierto punto del calor.
De modo análogo, cuando una galaxia y una antigalaxia se aproximan una a otra,
el primer contacto en los bordes quizá produzca un torrente de energía que
tiende a mantenerlas separadas y, por así decirlo, a aislarlas una de otra.
En ese caso, la interacción aislante constituiría una fuente muy rica de
fotones de rayos gamma, que se dispersarían por todo el Universo. Los rayos
gamma detectados por el Explorer XI posiblemente procedieran de tales fuentes,
proporcionándonos un indicio de que el Universo puede contener tantas galaxias
como antigalaxias.
¿Cómo encajaría esto en la teoría del Big Bang? Un Universo en contracción que
contuviera tantas galaxias como antigalaxias debería experimentar una
aniquilación mutua cada vez mayor a medida que convergieran las galaxias, de
suerte que el huevo cósmico estaría compuesto únicamente de rayos gamma. Quizá
fuese la presión de la radiación de estos fotones lo que en último término
provocase el propio Big Bang; en los primeros momentos caóticos de la
expansión, los rayos gamma quizá dieran lugar a una cantidad igual de
partículas y antipartículas.
Ahora bien, es preciso suponer que estas partículas y antipartículas estaban
separadas, pues de otro modo se aniquilarían mutuamente y volverían a
convertirse en rayos gamma. Podemos postular que por cada partícula que se
formara en un extremo del huevo cósmico en explosión, nacía una antipartícula
en el extremo opuesto, estableciendo así el equilibrio. El físico
austriaco-americano Maurice Goldhaber (n. 1911) ha sugerido, efectivamente, una
idea de este tipo, concibiendo la formación de un Universo de materia y un
Antiuniverso de antimateria (que él llama «cosmon» y «anticosmon»,
respectivamente).
Nos preguntamos ahora: estos dos universos ¿se entremezclan, en el curso de la
expansión, para formar un Universo conjunto de galaxias y antigalaxias en
números iguales? Si es así, cabe imaginar un Universo pulsante en el cual tenga
lugar una fusión de materia y antimateria en el curso de cada fase de
contracción, y una separación de las mismas a lo largo de cada fase de
expansión.
O quizá sea que el Universo y el Antiuniverso experimentan una repulsión
gravitatoria mutua, separándose por completo, de suerte que nuestro Universo
esté constituido sólo por materia. En el modelo pulsante del Universo, el
Universo y el Antiuniverso acaso se fundan uno con otro durante el proceso de
contracción para formar un único huevo cósmico, para luego volverse a separar
durante el proceso de expansión.
Cabe también (y esta es mi contribución personal a las especulaciones en torno
al problema, contribución que, según mis conocimientos, no ha sido sugerida con
anterioridad) que el Universo y el Antiuniverso se hallen permanentemente
separados, pulsando de un modo acorde: mientras uno se contrae, el otro se
expande, y viceversa.
Este «modelo del Universo doble» elimina dos asimetrías evidentes de nuestro
propio Universo. El Universo doble se hallaría, en conjunto , perfectamente
equilibrado en cuanto a materia y antimateria, a pesar de que nuestro propio
Universo sería prácticamente pura materia. Por otra parte, el Universo doble
estaría perfectamente equilibrado en cuanto a movimiento radial se refiere. El
Universo y el Antiuniverso formarían un conjunto esencialmente estático, y la
circunstancia de que nuestro Universo se halle actualmente en expansión se
debería sencillamente a que esa es la fase del ciclo que nos ha tocado
presenciar.
Contenido:
§.
El Sol
§. Los planetas
§. Las estrellas
§. La Galaxia
§. Púlsares
§.
El Sol
Aunque los rayos cósmicos, rayos X y rayos gamma que llegan a la Tierra desde
el espacio sideral encierran un interés enorme para el astrónomo, la máxima
aportación de mediados del siglo XX se produjo en el extremo opuesto del
espectro: en la región de las radioondas, poco energéticas y de gran longitud
de onda.
Dos son las razones principales que explican este hecho. En primer lugar,
sucede que la atmósfera, que es transparente para la luz visible pero opaca
para la mayor parte de las demás regiones del espectro electromagnético,
también es transparente para una ancha banda de la zona de radioondas de
longitud de onda muy corta, o microondas. Así pues, los astrónomos disponían de
una segunda «ventana» para observar los cielos. Cualquier radiación de microondas
procedente del espacio podía ser estudiada a placer desde la superficie
terrestre, sin necesidad alguna de lanzar instrumentos a bordo de globos o
cohetes.
En segundo lugar, el empleo de radioondas en la comunicación sin hilos condujo
en último término al desarrollo de técnicas muy perfeccionadas para recibir y
ampliar radiaciones débiles de aquel tipo.
La posibilidad de que sobre la Tierra incidieran radioondas provenientes de los
cielos fue una idea que los científicos concibieron bien pronto en esta etapa
de la astronomía. Efectivamente, pocos años después del descubrimiento de la
región de radioondas del espectro ya se especulaba en torno a la posibilidad de
detectar radioemisiones del Sol. Aparte de otros científicos, el físico inglés
Oliver Joseph Lodge (1851-1940), uno de los hombres de vanguardia en el terreno
de las radiocomunicaciones, trató de detectar, hacia 1890, ondas de radio
solares, aunque sin éxito. Los esfuerzos en esta dirección languidecieron luego
durante una generación entera; y cuando por fin se pudo cantar victoria, ello
fue debido a un simple accidente.
El descubrimiento fue registrado por el técnico de radio americano Karl Jansky
(1905-1950), quien en 1931 andaba tras el problema (completamente ajeno a la
astronomía) de eliminar los efectos perturbadores de la electricidad estática
en las comunicaciones por radio. Entre las fuentes de estático había una que
Jansky no consiguió localizar al principio, llegando más tarde a la conclusión
de que era debida a la interferencia de un influjo de radioondas muy cortas
procedentes del espacio exterior. Publicó sus hallazgos en 1932 y 1933, pero
estos trabajos suscitaron escaso interés entre los astrónomos.
En efecto, la única persona en la que prendió la llama de estos descubrimientos
fue otro técnico de radio americano, Grote Reber (n. 1911), que en 1937 montó
un «radiotelescopio» en el patio trasero de su casa; se trataba de un
dispositivo parabólico de treinta y un pies de diámetro, diseñado de modo que
captaba, sobre un área bastante extensa, la radiación de microondas del espacio
y la concentraba en otro dispositivo (receptor) situado en el foco de la
parábola. Durante varios años Reber fue localizando, en un trabajo arduo y
fatigoso, las radiofuentes del cielo. El fue el primer —y durante bastante
tiempo, el único— «radioastrónomo». El primer trabajo sobre este tema lo
publicó en 1940.
Fue entonces cuando los astrónomos comenzaron a interesarse en este campo,
aunque también es cierto que de un modo muy paulatino. Una de las dificultades
estribaba en que las microondas procedentes del cielo eran mucho más cortas que
las que se utilizaban por lo común en las radiocomunicaciones, de suerte que la
radiación del espacio no interfería por lo general con la radiorecepción; por
tanto, el hombre no se percataba de su presencia. Por otra parte, la tecnología
no había proporcionado aún métodos eficientes para trabajar con tales
microondas.
Sin embargo, a finales de la década de 1930-39 se dieron algunos pasos clave,
que en último término acabaron por romper el hielo. Gran Bretaña y Estados
Unidos desarrollaron el «radar», dispositivo que emitía un rayo de microondas
que al chocar con un obstáculo se reflejaba hacia atrás, produciendo un eco
detectable de micro- ondas. A partir del ángulo con que se recibe el eco es
posible determinar la dirección del obstáculo. Por otra parte, basándose en el
lapso de tiempo transcurrido entre la emisión del rayo original y la recepción
del eco, puede calcularse la distancia del obstáculo (puesto que las microondas
se desplazan a la velocidad de la luz). El radar era un instrumento ideal para
detectar de un modo rápido y preciso objetos distantes, sobre todo en
condiciones en las que los métodos ópticos ordinarios resultaban inadecuados.
Funcionaba tanto de noche como de día; y mientras las nubes y la niebla eran
opacas a la luz, resultaban prácticamente transparentes para las microondas.
El radar, utilizado por los ingleses para detectar de antemano la llegada de la
aviación alemana, fue un factor crucial en la victoria de la Batalla de
Inglaterra. Cualquier interferencia con el buen funcionamiento del radar tenía
que ser, por tanto, del máximo interés para Gran Bretaña y sus aliados. En 1942
se produjo una interferencia de este tipo. El sistema de radar completo se vio
seriamente perturbado por una inundación de microondas extrañas, con lo cual el
sistema de alarma de Inglaterra quedó inutilizado durante algún tiempo. Si se
trataba de una perturbación provocada intencionadamente por los alemanes, las
consecuencias podían ser fatales. Investigaciones ulteriores revelaron, sin
embargo, que la causa residía en esa gigantesca erupción solar que proporcionó
los primeros indicios de la existencia de los rayos cósmicos del Sol. Al
parecer, la erupción había vertido sobre la Tierra un torrente de microondas
que consiguieron ahogar la radiación artificial que alimentaba al sistema
radárico. Fue así como se descubrió que el Sol radiaba en la región de
radioondas del espectro. Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, los
astrónomos comenzaron a dedicar a la «radioastronomía» toda la atención que
merecía.
Tras estudiar el espectro de radioondas del Sol con ayuda de técnicas que
habían alcanzado un alto nivel de perfeccionamiento en conexión con la
tecnología del radar, no tardó en comprobarse que este astro emitía una
cantidad de radiación de microondas muy superior a la que podía proporcionar su
temperatura superficial. En el caso de algunas longitudes de onda, las
intensidades con que eran emitidas sólo podían derivarse de temperaturas de
1.000.000°C más o menos. Tales longitudes de onda provenían, naturalmente, de
la corona, cuya temperatura era suficiente para radiar también rayos X.
El Sol emitía asimismo bocanadas de radiación de microondas de alta intensidad
en conexión con las manchas solares, erupciones y otras perturbaciones.
§. Los planetas
Mas el Sol (y esto es un hecho sorprendente) no es la única fuente de
microondas del sistema solar. Aunque los planetas sólo brillan por luz
reflejada, algunos de ellos emiten microondas propias con una intensidad
suficiente para ser detectadas desde la Tierra.
En 1955, por ejemplo, se identificó a Júpiter como la fuente de ciertas oleadas
de microondas que habían desconcertado a los observadores a lo largo de cinco
años. Parte de la emisión general de microondas de Júpiter era de origen
térmico; es decir, aquéllas se generaban debido simplemente a que la superficie
de Júpiter se hallaba a una determinada temperatura y, por consiguiente,
radiaba energía a lo largo de una ancha banda del espectro electromagnético; y
esta banda comprendía la región de microondas. Pero en el caso de ciertas
longitudes de onda la radioemisión era demasiado intensa para poder atribuirla
simplemente a una fuente térmica. (Al fin y al cabo, nadie esperaba que Júpiter
poseyera una corona de alta temperatura como la del Sol.) La radiación de
origen no-término quedó explicada finalmente postulando la existencia de un
campo magnético mucho más fuerte e intenso que el de la Tierra, como
expondremos en la sección siguiente.
No menos interés encerraban las microondas recibidas desde Venus. Fueron
detectadas por primera vez en 1956, planteando a los astrónomos una
discrepancia muy curiosa. Las medidas de la radiación infrarroja ordinaria de
Venus habían indicado «temperaturas superficiales» de unos —43° C. Sin embargo,
la radiación de microondas implicaba temperaturas superiores a aquélla en
cientos de grados y bastante por encima del punto de ebullición del agua.
Ahora bien ¿se trataba realmente de una discrepancia? La radiación infrarroja
procedente de Venus tenía que originarse en la alta atmósfera del planeta, pues
si naciera en la superficie sólida de Venus, o cerca de la misma, dicha
radiación sería absorbida por la atmósfera. Por otra parte, tanto la atmósfera
de Venus como la de la Tierra son transparentes para las microondas. Incluso
esa cubierta opaca y permanente de nubes que se extiende por encima de Venus y
que hasta ahora ha impedido al hombre ver la superficie sólida de este planeta,
es transparente para dicha clase de ondas. Así pues, es muy probable que la
temperatura indicada por la radiación infrarroja corresponda al bajo nivel
térmico que cabe esperar de las capas altas de la atmósfera, mientras que la
temperatura delatada por la radiación de microondas seguramente es
la de la superficie sólida del planeta.
El hecho de que Venus posea una temperatura superficial muy superior al punto
de ebullición del agua resulta bastante sorprendente. ¿No será que la radiación
de microondas no es de origen térmico, sino que viene producida (al menos en
parte) por un campo magnético como en el caso de Júpiter? La probabilidad de
que esta hipótesis sea cierta es pequeña. Entre los astrónomos prevalecía en
general la opinión de que Venus rotaba muy despacio en torno a su eje. Y dado
que también había razones para sospechar que alrededor de un planeta sólo se
produce un campo magnético cuando la rotación es suficientemente rápida para
crear torbellinos dentro del núcleo fundido, no parecía probable que Venus, con
su lenta velocidad de giro, pudiera tener un campo magnético importante.
La cuestión quedó sentada con el lanzamiento del Mariner II, cohete muy bien
equipado de instrumentos científicos y que en diciembre de 1962 pasó a 34.700
km., de Venus. No se detectó ningún campo magnético apreciable. Si Venus poseía
un campo magnético, su intensidad no podía ser superior a una centésima de la
del campo terrestre. Los datos del Mariner II vinieron a demostrar también que
la radiación no provenía de la ionosfera de Venus, sino de su superficie. Así
pues, la emisión de microondas tiene que ser de origen térmico, y la superficie
del planeta debe ser caliente. Su intensidad, según las mediciones del Mariner
II, indica una temperatura superficial de unos 400°C.
El sistema solar también puede proporcionar información a través de radiación
de microondas reflejada. La primera experiencia de esta clase
se obtuvo en 1945, al captar microondas reflejadas por una lluvia de
meteoritos. Gracias a esta técnica, tales fenómenos podían ser detectados y
estudiados incluso en pleno día, cuando de otro modo habrían resultado
completamente invisibles. Utilizar obstáculos aún más lejanos como reflectores
de microondas era ya sólo cuestión de perfeccionar la técnica, es decir, de
poder enviar impulsos muy intensos y detectar y ampliar ecos muy débiles de
entre todo un conjunto de radiaciones de la misma naturaleza («parásito»).
La Luna, por ejemplo, servía como obstáculo para reflejar un rayo de
microondas, experiencia que se logró por primera vez en 1946. En 1958 se
recibieron ecos de Venus, en 1959 del Sol, y desde entonces también de otros
miembros del sistema solar tales como Mercurio, Marte y posiblemente Júpiter.
El lapso transcurrido entre la emisión y la recepción del eco puede utilizarse
para calcular las distancias planetarias; efectivamente, la radiación reflejada
por Venus proporcionó un nuevo método sumamente preciso para determinar la
escala del sistema solar. Esta técnica supuso un avance apreciable sobre las
determinaciones paralácticas del asteroide Eros efectuadas una generación
antes.
Por otra parte, las reflexiones de microondas son susceptibles de proporcionar
información acerca de la naturaleza de la superficie reflectante. Si el cuerpo
reflectante fuese una esfera lisa y perfecta, sólo la porción encarada
directamente con la Tierra devolvería un eco. Pero si la superficie es rugosa y
desigual, entonces se recibirían ecos procedentes de zonas que en otras
condiciones (es decir, si la superficie fuese lisa) no devolverían eco alguno.
Ahora bien, como consecuencia de la curvatura de la Luna (o de cualquier
planeta), la distancia entre dichas zonas y la Tierra oscilaría entre ciertos
límites, con lo cual el eco se dispersaría en cierta medida y su duración sería
mayor que la del impulso original emitido. Los ecos de microondas se verían
también distorsionados por el efecto Doppler en aquellos casos en que el objeto
reflectante se hallara en rotación.
Es cierto que muchos de los datos que el radar nos puede proporcionar acerca de
la superficie de la Luna se pueden obtener también a través de la luz solar
reflejada por aquélla. Pero no así en el caso de Venus, pues si bien la
superficie sólida de este planeta resulta accesible a esas microondas capaces
de horadar las nubes, permanece en cambio oculta para el ojo humano. Así, el
método de reflexión de microondas reveló, al parecer, en 1965 la presencia de
dos gigantescas cordilleras en la superficie de Venus: una que corre de norte a
sur y la otra de este a oeste.
Más interesante aún fue el problema de la rotación de Venus. Todo cuanto se
vislumbraba en el globo de este planeta era una capa uniforme de nubes, de modo
que no había forma de determinar con exactitud el período de rotación. Hasta
1962 se supo mucho más acerca de la rotación del lejano Plutón que sobre la
rotación de nuestro planeta más próximo. Muchas eran las conjeturas (o
estimaciones basadas en datos inadecuados) que se habían hecho, pero la más
difundida de todas venía a afirmar que el período de rotación era igual al
período de revolución alrededor del Sol, a saber, de 225 días.
Ahora bien, si esta conjetura fuese cierta, una de las caras del planeta
miraría constantemente hacia el Sol, mientras que la otra se hallaría siempre
apartada de él (igual ocurre con las dos caras de la Luna). Y en ese caso, el
«lado soleado» de Venus sería extremadamente caliente y el «lado de sombra»
extremadamente frío.
Mas para sorpresa de los astrónomos, las emisiones de microondas parecían
indicar que la temperatura de la superficie de Venus no variaba tanto como
cabría esperar de existir realmente un lado de sol y otro de sombra. De ahí que
hubiese que postular la existencia de fuertes vientos que transportasen el
calor del primero al segundo. O bien que el período de rotación de Venus no
equivaliera quizá exactamente a su período de revolución, con lo cual no habría
una parte de sol y otra de sombra, sino que —como ocurre en la Tierra—
cualquier punto de la superficie planetaria se vería expuesto, periódica y
alternativamente, a la presencia y ausencia del Sol.
Figura 37. Reflexión de microondas.
Esta
última posibilidad viene apoyada por los experimentos de reflexión con
microondas. Nueva sorpresa para los astrónomos: en 1962 se descubrió que Venus
tenía un período de revolución de 247 días, pero en sentidoretrógrado; es
decir, mirando desde arriba hacia su polo norte, la superficie venusiana giraba
en el sentido de las manillas del reloj, y no —como en el caso de la Tierra y
casi todos los demás planetas— en la dirección contraria a la del reloj.
Expresándolo de otro modo: la superficie de Venus rotaba de este a oeste, y no
de oeste a este, como sucede en nuestro caso. El efecto conjunto del período de
revolución y del movimiento del planeta alrededor del Sol determinaría el que
un observador —cualquiera que fuese su situación sobre Venus y suponiendo que
no existiesen nubes— vería al Sol levantarse en Poniente y ponerse en Levante
dos veces aproximadamente a lo largo de cada año planetario.
La razón de que Venus gire en sentido retrógrado y de que su temperatura sea
tan alta sigue constituyendo un dilema para los astrónomos. Pero, por otra
parte, más vale tener planteados problemas sin solucionar que no plantearse
problemas.
Venus no constituye el único caso de un planeta en relación con el cual las
nuevas técnicas de microondas trajeron consigo una revisión radical de las
nociones relativas a su rotación. En 1965, y haciendo uso del método de
reflexión de microondas, se demostró que el período de rotación de Mercurio no
era igual a su período de revolución alrededor del Sol (ochenta y ocho días). Y
esto era tanto más sorprendente por cuanto Mercurio, a diferencia de Venus,
carecía de una cubierta de nubes, y su superficie podía ser observada
directamente (aunque no sin cierta dificultad, debido a la proximidad de este
planeta al Sol); su período de rotación se puede medir de un modo inmediato sin
más que seguir el desplazamiento de los rasgos sobresalientes de la superficie.
Ya en los años 1880-89, el astrónomo italiano Giovanni Virginio Schiaparelli
(1835-1910) había estudiado estos rasgos de la superficie mercuriana, llegando
a la conclusión de que el planeta giraba en torno a su eje una vez por cada
revolución alrededor del Sol. Y esta conclusión permaneció indiscutida durante
ochenta años.
Cuando las microondas hicieron su aparición en el escenario científico, se
procedió a observar de nuevo la superficie de Mercurio —esta vez con una
minuciosidad impecable—, comprobando que Schiaparelli se había equivocado. La
equivocación era, no obstante, comprensible. Mercurio describe una rotación
completa alrededor de su eje en 58 V i días, o aproximadamente
dos tercios de su año. Esto quiere decir que la cara del planeta que mira hacia
el Sol en uno de los perihelios es la misma que muestra aquél en su segundo
retorno al perihelio, en su cuarto, en su sexto, etc. Así pues, quienquiera que
hiciese una serie de observaciones separadas entre sí (en el tiempo) por un
múltiplo arbitrario de dos revoluciones, vería los mismos rasgos de la
superficie situados en el mismo lugar, y tendría derecho a ser perdonado por
haber supuesto que el planeta rotaba una vez por cada período de revolución,
pues esto sería ni más ni menos lo que se observaría en ese caso.
§. Las estrellas
La radioastronomía no se agota, claro está, en las emisiones de microondas de
los cuerpos del sistema solar, por muy interesantes que sean estos fenómenos. Y
en efecto, las primeras observaciones efectuadas en el campo de la
radioastronomía afectaban a fuentes de micro- ondas localizadas mucho más allá
de las fronteras del sistema solar.
Jansky hizo sus primeras observaciones en un período en que el Sol se hallaba
en una fase relativamente serena y emitía microondas en cantidades bastante
pequeñas. Por consiguiente, la fuente que él detectó no podía ser el Sol. Pero
Jansky pensó al principio que sí lo era, pues la fuente viajaba a través del
cielo emparejada con el astro rey. No obstante, conforme fueron transcurriendo
los días Jansky se percató de que la fuente sacaba al Sol una ventaja de cuatro
minutos al día, lo cual significaba que aquélla se mantenía en una posición
fija respecto a las estrellas. Más tarde se comprobó que la fuente se hallaba
situada en la dirección de la constelación de Sagitario, y por ello se le ha
dado el nombre de «Sagitario A». No cabía duda de que la fuente no era otra
cosa que el núcleo mismo de la Galaxia, núcleo que, según los datos
proporcionados por los métodos de microondas, tiene 10 parsecs de diámetro y
comprende unos 100 millones de estrellas.
Fue éste un descubrimiento de primera categoría. Las nubes de polvo, que de
otro modo habrían impedido irremisiblemente cualquier estudio óptico directo
del centro de la Galaxia, eran bastante transparentes a las microondas. Aun
cuando jamás llegaríamos a ver el núcleo galáctico del modo ordinario, sí lo
podíamos «ver» por medio de microondas.
En el curso de ciertas investigaciones en solitario acerca de las emisiones de
microondas procedentes del espacio, Reber trazó lo que cabría llamar el
«radiocielo»: las intensidades de fondo de la emisión de microondas en cada
punto. El rasgo más sobresaliente de este radiomapa del cielo era la banda de
alta emisión que se extendía a lo largo de la Vía Láctea; la intensidad era
máxima en la dirección del núcleo galáctico, disminuyendo hacia ambos lados
hasta alcanzar un mínimo en la dirección opuesta a la de dicho núcleo.
Sin embargo, el plano de la Vía Láctea no monopolizaba todas las fuentes de
microondas del «radiocielo». Aquí y allá existían nudos de gran intensidad,
incluso en lugares muy alejados de la Vía Láctea. En un principio fue imposible
relacionar estas radiofuentes con ningún cuerpo visible, pero estaba claro que
no podía tratarse de estrellas ordinarias como nuestro Sol. La razón era
evidente: si las estrellas en general emitiesen microondas con la misma
intensidad que el Sol, el centro galáctico no podría radiar una cantidad
suficiente de microondas para que éstas llegaran hasta nosotros con la
intensidad con que lo hacen.
La extraña naturaleza de las radiofuentes se puso claramente de manifiesto
cuando, sin tardar mucho tiempo, se identificó una de ellas («Taurus A») en la
nebulosa del Cangrejo. En ocasiones anteriores ya estudiamos este objeto como
fuente de rayos X y de rayos cósmicos. Y ahora se descubría que también era una
fuente de microondas: la tercera en intensidad fuera del sistema solar.
De entrada resulta tentador suponer que la emisión de microondas de la nebulosa
del Cangrejo, cuya intensidad es muy superior a la de la emisión de microondas
del Sol, es simplemente el resultado de esas mismas temperaturas tan altas que
producen los rayos X, y los rayos cósmicos. Al parecer, esto no es cierto. Pues
si la temperatura fuese suficientemente elevada para producir micro- ondas con
la intensidad que de hecho se observa, la nebulosa del Cangrejo tendría que ser
ópticamente mucho más brillante. Por otro lado, la intensidad de las microondas
originadas por altas temperaturas debe decrecer a medida que aumenta la
longitud de onda, cosa que no ocurre en el caso de dicha nebulosa.
Nebulosa del Cangrejo fotografiada con distintas longitudes de onda.
(Fotografías de los observatorios de Mount Wilson y Palomar)
Nebulosa gaseosa IC 443. (Fotografía Observatorios Mount Wilson y Palomar)
Una
posible solución a este dilema surgió de ciertos hallazgos realizados en el
campo de la física nuclear. Para que un cuerpo en movimiento cambie de
velocidad o de dirección de marcha es preciso comunicarle energía, y en
respuesta a ello el cuerpo puede radiar hacia el exterior cierta cantidad de
ella.
Se trata de un efecto que se observó especialmente en los «sincrotrones»,
instrumentos que, haciendo uso de campos magnéticos intensos, obligan a los
electrones a girar en círculos mediante una transferencia continua de energía a
las partículas. Los electrones, por su parte, emiten «radiación sincrotrón»,
cuya longitud de onda e intensidad dependen de su contenido energético.
En 1953 el astrónomo soviético Iosif Samuilovich Shklovsky (n. 1916) propuso la
idea de que la nebulosa del Cangrejo podía tener un campo magnético intenso
cuyas líneas de fuerza obligaban a los electrones a girar en espiral; durante
este proceso, los electrones emitirían radiación sincrotrón, la cual incluiría
tanto luz visible como microondas.
Suponiendo que esta hipótesis fuese cierta, las formas ondulatorias emitidas se
verían canalizadas o guiadas por las líneas de fuerza del campo magnético,
líneas que se hallan orientadas según una posición fija en el espacio.
NGC 5128. (Fotografía Observatorios Mount Wilson y Palomar.)
Como
consecuencia de ello, las formas ondulatorias se moverían a su vez según un
plano fijo, de suerte que la luz de la nebulosa del Cangrejo tendría la
propiedad de estar «polarizada». Nada más fácil para los astrónomos que
comprobar si la luz está polarizada o no; fue el astrónomo soviético V. A.
Dombrovsky quien primero demostró que la luz de dicha nebulosa gozaba,
efectivamente, de esta propiedad, extremo que no tardaron en confirmar otros
astrónomos. En perfecta concordancia con lo que cabe esperar de la luz
polarizada, las fotografías de la nebulosa del Cangrejo tomadas a través de
filtros Polaroid orientados en direcciones determinadas revelan un conjunto de
líneas rectas que son siempre perpendiculares a dicha orientación.
El éxito obtenido por esta hipótesis —formulada en relación con la nebulosa del
Cangrejo— fue precisamente lo que condujo a la idea de que algunas de las
emisiones- no-térmicas de Júpiter acaso fuesen radiación sincrotrón. Júpiter
debería tener entonces un campo magnético diez veces más intenso que el de la
Tierra; y teniendo en cuenta la gran velocidad de rotación de dicho planeta
(Júpiter tarda sólo diez horas en describir un giro completo en torno a su eje,
frente a las veinticuatro horas que tarda la Tierra, y ello a pesar de que el
diámetro de aquél es once veces superior al de ésta), tal hipótesis parece
altamente probable. En 1960 se comprobó que las emisiones de microondas de
Júpiter están polarizadas, y precisamente en la dirección que era de esperar si
los polos magnéticos se hallasen próximos a los geográficos, como sucede
también en la Tierra.
Por aquel entonces se había logrado ya entender de qué modo y con qué eficacia
las líneas de fuerza magnéticas son capaces de atrapar a las partículas, como
también se había descubierto ya la magnetosfera que envuelve a la Tierra (véase
pág. 330). En cuanto a Júpiter, era preciso concluir que se hallaba rodeado de
una magnetosfera mucho más intensa. Además, a raíz de un experimento nuclear
efectuado en 1962 muy por encima de la atmósfera, las líneas magnéticas
terrestres se vieron inundadas de partículas cargadas que, atrapadas en
aquéllas y moviéndose de acá para allá en espiral alrededor de dichas líneas,
emitían efectivamente una radiación sincrotrón detectable. Esto venía a ser como
el toque final del cuadro: la teoría de la radiación sincrotrón de la nebulosa
del Cangrejo (y de otras muchas radiofuentes) fue aceptada desde entonces con
carácter general.
La nebulosa del Cangrejo es —casi sin lugar a dudas— los restos de una
supernova; además de aquella nebulosa, existen otras radiofuentes que también
se pueden identificar con supernovas de las cuales se sabe positivamente han
explotado en nuestra Galaxia. Ejemplos de ellas son las de Tycho y Kepler. Sin
embargo, la radiofuente más potente no está relacionada con ninguna
supernova co n ocida. Nos referimos a «Cassiopeia A», cuyo
nombre se debe a que está localizada en dicha constelación. Ópticamente,
Cassiopeia A no exhibe ningún rasgo sorprendente; todo cuanto se observa son
nubes y briznas de gas a unos 10.000 años-luz de nosotros. En un estudio más
detenido se comprobó que este gas se encontraba a una temperatura feroz y
estaba sometido a un violento movimiento. Muy bien pudiera ser que se tratase
de los restos de una supernova que explotó hacia 1700, pero que —en una época
en que el interés por las «estrellas nuevas» eran tan escaso que sólo aquellas
de brillo muy notable atraían la atención de los observadores— pasó inadvertida
debido precisamente a que su enorme distancia le impedía exhibir un brillo
especial. Otra radiofuente interesante es IC443, nebulosa que acaso sea también
los restos de una supernova que explotó hace 50.000 años. Por culpa una vez más
de la distancia, las enanas blancas asociadas con tales nebulosas resultan invisibles
desde la Tierra.
No sería ni mucho menos descabellado suponer que la emisión de microondas de la
Vía Láctea, en general, proviene de las supernovas que aparecen dentro de
aquélla; no obstante, tampoco es lícito afirmar que éstas, las supernovas, constituyen
necesariamente la única fuente. Existe cierto tipo de estrellas enanas que se
encienden de vez en cuando de un modo irregular. Se presume que tales
abrillantamientos se deben a erupciones como las del Sol, aunque más intensas,
y que estas erupciones liberan microondas, exactamente igual que ocurre en el
astro rey. Los trabajos conjuntos del astrónomo inglés Alfred Charles Bernard
Lovell (n. 1913) y el astrónomo americano Fred Lawrence Whipple (n. 1906)
demostraron que la intensidad de la emisión de micro- ondas corría, en efecto,
parejo con el abrillantamiento. Estas «estrellas eruptivas» fueron las primeras
estrellas individuales más o menos ordinarias que se identificaron como
radiofuentes.
§. La Galaxia
De lo antedicho no debemos deducir que la totalidad de la emisión de microondas
de la Galaxia se origina en las estrellas o en los restos de supernovas.
También existe la materia interestelar, ese gas extremadamente rarificado que
se compone en su mayor parte de hidrógeno. Puede ocurrir que este hidrógeno se
caliente debido a la proximidad de alguna estrella. En ese caso, los átomos se
hinchan, como si dijéramos, de energía y se ionizan. Esta energía puede a su
vez ser radiada, con lo cual el astrónomo observará una nube luminosa y podrá
detectar las líneas espectrales asociadas con el hidrógeno.
Lo cual siempre es mejor que nada, pero tampoco mucho mejor, pues sucede que
sólo una pequeña proporción del hidrógeno interestelar de la Galaxia se
caliente lo suficiente como para producir tales líneas. Un 95% como mínimo, del
hidrógeno, del espacio interestelar es relativamente frío y, desde el punto de
vista de la radiación, inactivo. (Estas últimas regiones son llamadas «regiones
H-I», en contraposición a las «H-II», calientes e ionizadas) Por otra parte,
las líneas emitidas por el hidrógeno caliente sólo pueden ser observadas en
aquellos casos en que no se interpone ninguna nebulosa oscura, y esto reduce el
campo de estudio de los astrónomos terrestres a la parte de la Galaxia más
próxima a nosotros.
En 1944, sin embargo, el astrónomo holandés Hendrik Christoffel van de Hulst
(n. 1918), obligado a ello por la circunstancia de que la ocupación de Holanda
por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial excluía toda posibilidad de
efectuar un trabajo astronómico normal, tomó lápiz y papel y se entretuvo en
hacer cálculos en torno al comportamiento del hidrógeno frío. Entre otras cosas
averiguó la forma en que los campos magnéticos asociados con el protón y el
electrón dentro del átomo de hidrógeno se hallan orientados uno respecto al
otro. Los dos campos magnéticos podían estar alineados o en una misma
dirección, o en direcciones opuestas. Comoquiera que entre ambas formas existe
una ligera diferencia de energía, puede suceder que de vez en cuando un átomo
de hidrógeno que se halle en la modalidad menos energética absorba un fotón de
energía adecuada que acierte a pasar por allí, con lo cual el átomo saltará a
la forma más energética. De igual modo, puede ocurrir que un átomo de hidrógeno
que se encuentre en la forma más energética emita un fotón, cayendo al nivel de
menor energía. La diferencia entre los dos niveles es tan pequeña que los
fotones absorbidos o emitidos son fotones muy poco energéticos, con longitudes
de onda de unos 21 centímetros, es decir pertenecientes a la región de las
microondas.
La emisión o absorción de un fotón de microondas de 21 centímetros por parte de
un átomo de hidrógeno concreto es un suceso que no tiene lugar sino muy
raramente —una vez cada 11 millones de años, por término medio—; pero el número
de átomos de hidrógeno en el espacio es tan ingente que por fuerza se tiene que
producir una llovizna continua y detectable de tales fotones.
Una vez finalizada la guerra, los astrónomos se lanzaron en busca de pruebas
empíricas que confirmaran esta teoría. Y el éxito llegó: en 1951, el físico
suizo-americano Félix Bloch (n. 1915) y el físico americano Edward Mills
Purcell (n. 1912), trabajando por separado, detectaron la radiación de 21
centímetros. Más tarde también se logró detectar la absorción de fotones de 21
centímetros por parte del hidrógeno.
Ahora ya se disponía de un método para localizar el hidrógeno interestelar en
el espacio y averiguar si se hallaba presente en profusión o en cantidades
escasas. Además, los fotones eran fotones de microondas, y no de luz visible,
con lo cual podían atravesar nubes de polvo sin dificultad alguna, permitiendo
a los astrónomos «ver» el hidrógeno interestelar en muchas partes de la Galaxia
que de otro modo serían invisibles.
Puesto que era de esperar que el polvo y el gas de la Galaxia se hallaran
concentrados en los brazos espirales, al trazar un mapa de las fuentes de
radiación de 21 centímetros debería obtenerse algo así como un plano de la
estructura espiral de nuestra Galaxia. En realidad, antes de que se detectara
la radiación de 21 centímetros ya se habían llevado a cabo algunos intentos de
establecer la estructura de los brazos espirales, tomando como punto de partida
las nubes luminosas de hidrógeno caliente. Tales nubes, se suponía, que
rodeaban a las estrellas de la Población I (particularmente calientes) que se
formaban en la masa de polvo de los brazos. La línea de gigantes
blanco-azuladas —estrellas que hacen brillar al hidrógeno circundante en un
radio de varios años-luz— revelarían así la forma de los brazos. Utilizando
esta técnica, el astrónomo americano William Wilson Morgen (n. 1906) y sus
colaboradores confeccionaron en 1951 un mapa de los brazos espirales de nuestra
Galaxia.
En el mapa se distinguían diversas partes de tres brazos perfectamente
perfilados. Uno de ellos se extendía por la constelación de Orión y recibió el
nombre de «Brazo de Orión». A él pertenece nuestro Sol. Más cerca del centro
galáctico que aquél se encuentra el «Brazo de Sagitario» y más alejado del centro
que el Brazo de Orión se halla el «Brazo de Perseo».
El mapa fue ganando en complejidad a medida que se fueron efectuando otras
investigaciones de este tipo, pero llegó un momento en que la técnica en
cuestión, superada por el descubrimiento de la radiación de 21 centímetros,
quedó anticuada. A partir de entonces, los astrónomos podían trabajar con
distancias mucho mayores y con mucho más detalle. Los mapas de la estructura de
la Galaxia que se confeccionaron por entonces indicaban en la dirección de una
espiral doble bastante simétrica.
El gas de hidrógeno, frío y neutro, de la Galaxia no es ni mucho menos
estático. Los estudios de Oort y Van de Hulst parecen demostrar que el
hidrógeno fluye desde el centro hacia las estribaciones del sistema a una velocidad
sorprendentemente alta. Oort calcula que la cantidad de hidrógeno transportada
al año desde el centro a las afueras equivale a la masa del Sol. De acuerdo con
ciertas conjeturas, la misión de este flujo de gas a lo largo de los brazos
espirales consiste en mantener la integridad estructural de los brazos,
suministrar una reserva abundante de gas y garantizar así la formación de
nuevas estrellas. Por otra parte, no es fácil encontrar una respuesta a la
cuestión de por qué no se agota la fuente de hidrógeno localizada en el centro
galáctico. No cabe duda de que tuvo que extinguirse hace mucho de no haber
existido una circulación general de hidrógeno que proporcione el suministro
preciso a la fuente central, a expensas quizá de ese «halo» gigantesco de gas
de hidrógeno que al parecer envuelve a la Galaxia en su totalidad. En cuanto al
agente que mantiene en movimiento la circulación de hidrógeno, se desconoce por
ahora su naturaleza.
Figura 38. Esquema de los brazos espirales de la Galaxia.
Nuestra
Galaxia no es, naturalmente, la única que posee una reserva de hidrógeno,
aunque la cuantía de ésta puede variar según el tipo de galaxia. Parece ser que
las espirales tienen más hidrógeno que las elípticas. Se cree también (de
acuerdo con los estudios sobre la radiación de 21 centímetros) que las galaxias
espirales más abiertas poseen una mayor abundancia de hidrógeno que las más
«empaquetadas», y que las galaxias irregulares superan a todas las demás en
este aspecto. Hoy por hoy, la posible relación que esto pudiera tener con la
evolución de las galaxias pertenece al terreno de lo incierto.
Los astrónomos, impulsados por el lógico interés de descubrir otros tipos de
radiación de microondas que puedan ser de utilidad en el estudio del gas
interestelar, centraron su atención en el deuterio (hidrógeno-2). El hidrógeno
es la componente más abundante (y con gran diferencia) del gas interestelar;
cierto porcentaje —si bien pequeño— de tales átomos tiene que estar constituido
por hidrógeno-2. El átomo de hidrógeno-2 difiere del de hidrógeno-1 ordinario
en que, además de un protón, posee un neutrón en el núcleo. Según las
predicciones teóricas, y al igual que ocurre con el átomo de un solo protón, el
campo magnético del núcleo protón- neutrón debe interaccionar con el campo
magnético del electrón, emitiendo microondas de longitud de onda de 91
centímetros. Después de escudriñar todas las radio- fuentes de cierta
intensidad (tales como Cassiopeia A) en busca de la susodicha longitud de onda,
ésta fue detectada en 1966 por los astrónomos de la Universidad de Chicago. En
la actualidad se cree que la cantidad de deuterio del Universo asciende a un 5%
de la de hidrógeno corriente.
Después del hidrógeno, el elemento más común del Universo es el helio. En 1966,
el astrónomo soviético N. S. Kardashev logró detectar microondas producidas por
el helio, y con longitudes de onda que concordaban con las calculadas a partir
de consideraciones teóricas.
El tercer elemento (detrás del hidrógeno y del helio) en la escala de abundancias
del gas interestelar es el oxígeno. Un átomo de oxígeno se puede combinar con
otro de hidrógeno para formar un «grupo oxhidrilo», combinación que, sin
embargo, no sería estable en nuestro planeta, pues dicho grupo es muy activo y
reaccionaría con cualquier otro átomo o molécula que encontrara. En este
aspecto es de destacar su reacción con un segundo átomo de hidrógeno para
formar una molécula de agua. Pero (como ya señaló Shklovsky en 1953) tratándose
del espacio interestelar, donde los átomos se encuentran muy dispersos y las
colisiones son escasas y muy espaciadas, una vez formado un grupo oxhidrilo,
éste se mantendrá intacto durante mucho tiempo.
Según los cálculos teóricos, los grupos oxhidrilos emiten o absorben cuatro
clases de microondas de longitudes de onda diferentes. Finalmente, tras un
estudio detenido de Cassiopeia A a cargo de un equipo de técnicos de radio del
laboratorio Lincoln del M. I. T., se logró detectar en 1963 dos de estas
longitudes de onda: se trataba de líneas de absorción en torno a los 55
centímetros.
Las absorciones del grupo oxhidrilo resultaron ser de una utilidad
insospechada. La masa del grupo oxhidrilo es unas veces diecisiete veces
superior a la del átomo de hidrógeno, lo cual hace que sea mucho más «perezoso»
que éste: para una temperatura dada, su velocidad es sólo una cuarta parte de
la del átomo de hidrógeno. Y como, en general, el movimiento de los átomos se
traduce en líneas más difusas, la línea de absorción del grupo oxhidrilo es
mucho más definida que la del hidrógeno. Esto, a su vez, facilita la tarea de
averiguar si la línea del oxhidrilo se ha desplazado ligeramente hacia las
longitudes de onda más cortas o más largas y, por consiguiente, de determinar
la velocidad radial de la nube de gas.
Por otra parte, la proporción entre la cantidad de grupos oxhidrilo y átomos de
hidrógeno varía, por una razón u otra, según los lugares, y parece ser que la
cantidad relativa de grupos oxhidrilo aumenta rápidamente a medida que nos
vamos acercando al centro galáctico y a las regiones calientes tipo H-II. En
vista de ello, los astrónomos albergan la esperanza de que trazando un mapa de
la abundancia relativa del grupo oxhidrilo en la Galaxia se podrá llegar a
localizar con gran exactitud su centro, lo cual permitiría una interpretación
más clara de los procesos que allí se desarrollan.
En 1967 se descubrió que algunas de las regiones ricas en grupos oxhidrilo no
poseían un tamaño mucho mayor que el del sistema solar. Inmediatamente se
hicieron conjeturas en torno a la posibilidad de que dichas regiones
representaran estrellas en proceso de formación: estrellas que aún eran
suficientemente frías para permitir la asociación de átomos de oxígeno e
hidrógeno en forma de grupos oxhidrilo. En lo que respecta a las más frías y jóvenes
se pensó que eran gigantes infrarrojas. Inmediatamente fueron sometidas a
investigación, comprobando que varias de ellas estaban asociadas efectivamente
con radiación oxhidrilo, lo cual aumenta la probabilidad de que la hipótesis
anterior sea cierta.
Después del hidrógeno, helio y oxígeno, los componentes más comunes de la
materia interestelar son el nitrógeno y el carbono. Como es natural, en seguida
se inició la búsqueda de posibles combinaciones que incluyeran estos elementos.
En 1968 se detectaron en el polvo y gas interestelares ciertas líneas
espectrales asociadas con la molécula de amoniaco (constituida por un átomo de
nitrógeno y tres de hidrógeno: NH3 ), y en 1969 se descubrieron
otras asociadas con moléculas de formaldehido (un átomo de carbono, dos de
hidrógeno y uno de oxígeno: CH2O). Estos hallazgos despertaron un
interés inusitado, pues se esperaba que en cualquier esquema de formación de
vida planetaria las moléculas del tipo amoniaco y formaldehido tendrían que
constituir la materia prima. El hecho de que tales compuestos se hallen
presentes incluso en la materia interestelar confirma en cierto modo la
sospecha de que la vida es un fenómeno que puede darse en muchos planetas y una
manifestación común a todo el Universo.
§. Púlsares
Durante los años sesenta los astrónomos empezaron a interesarse en el problema
de cómo era posible que las microondas procedentes de una fuente concreta
lograran variar de intensidad. Dicha variación no tenía nada de sorprendente
siempre que fuese lenta, pero hacia 1964 se observó que en el caso de algunas
fuentes la intensidad de las microondas variaba con una rapidez insólita.
Podría casi decirse que las microondas parpadeaban o hacían guiños.
La consecuencia inmediata de este fenómeno fue que los astrónomos se lanzaron
al diseño de radiotelescopios capaces de captar impulsos muy breves de
microondas, con la esperanza de que estos instrumentos permitiesen estudiar con
más detalle esos cambios súbitos de intensidad. Uno de los astrónomos que
comenzó a trabajar con un radiotelescopio de este tipo fue Anthony Hewish, en
el Observatorio de la Universidad de Cambridge. Poner en funcionamiento el
telescopio y detectar pequeños impulsos de energía de microondas, fue todo uno.
Tales impulsos, provenientes de un punto a medio camino entre Vega y Altair,
dejaron estupefacto a Hewish; pues aunque había esperado encontrarse con
impulsos muy rápidos, nunca hubiera creído que fueran tan breves: cada uno de
ellos duraba sólo 1/30 de segundo. Pero había algo más sorprendente aún, y es
que los impulsos se sucedían con notable regularidad a intervalos de U/3
segundos. Ahora bien, decir P/3 segundos, a secas, sería decir la verdad a
medias, pues lo cierto es que los intervalos eran iguales hasta la
cienmillonésima de segundo. El período del primer caso que se observó era de
1,33730109 segundos.
Quizá parezca extraño que el nuevo instrumento captara al instante esta fuente
de emisión, cuando los radiotelescopios ordinarios habían sido incapaces de
ello. Sin embargo, hay que tener en cuenta que aunque los impulsos son muy
energéticos y en su momento de máxima intensidad resultan fáciles de captar,
este momento no pasa de ser un instante. Los radiotelescopios normales, que no
están concebidos para detectar impulsos muy breves, sólo registran la
emisión media, que representa únicamente el 3% o menos de la
intensidad máxima. Es lógico, pues, que los impulsos pasaran inadvertidos.
Hewish no poseía la menor idea de lo que este raro fenómeno de microondas podía
representar. Pero como las microondas parecían emerger de los cielos, supuso
que se trataría de algún tipo de estrella; una «estrella pulsante», por lo
demás, puesto que las microondas eran emitidas en breves impulsos. La
denominación de «estrella pulsante» [pulsating star] fue abreviada
bien pronto en «púlsar», y este es el nombre con que se conoce desde entonces a
esta clase de objetos.
Y decimos objetos, en plural, porque una vez que Hewish detectó el primero, se
lanzó en busca de otros análogos. Cuando, en febrero de 1968, anunció su
descubrimiento, había localizado ya hasta cuatro. A esta búsqueda se unieron
más tarde otros astrónomos, y en cuestión de dos años el número de púlsares
ascendió a casi cuarenta.
Dos terceras partes de ellos están situados muy cerca del ecuador galáctico, lo
cual constituye un indicio muy fuerte de que, en general, los púlsares forman
parte de nuestra Galaxia. Lo cual no quiere decir que no existan también en
otras galaxias, pero ocurre que a la distancia a que se encuentran éstas, los
púlsares serían probablemente demasiado débiles para revelar su presencia. Se
calcula que algunos de los púlsares que se han localizado hasta ahora quizá
estén a sólo unos 100 años-luz de nosotros.
Aunque, como es natural, el período de los diferentes púlsares varía de uno a
otro, todos ellos se caracterizan por una regularidad asombrosa en sus
pulsaciones. Uno de ellos tiene un período de hasta 3,7 segundos, mientras que
otro, descubierto en noviembre de 1968 por los astrónomos de Green Bank (West
Virginia) en la nebulosa del Cangrejo, tiene un período de sólo 0,033089
segundos, es decir, emite 30 pulsaciones por segundo.
Naturalmente, la cuestión latente en todo este problema estribaba en saber qué
era lo que originaba estos relámpagos brevísimos de regularidad tan fantástica.
Tal fue el estupor que los primeros púlsares produjeron en Hewish y sus
colaboradores que llegaron a pensar que se trataba de señales emitidas por
alguna forma de vida inteligente que habitaran en las profundidades del
espacio. Sin embargo, no tardó en comprobarse que las longitudes de onda que
formaban parte de los impulsos eran fácilmente oscurecidas por la radiación de
microondas que pulula en general por la Galaxia. Ninguna forma de vida
inteligente —capaz además de producir tales impulsos— sería tan obtusa como
para seleccionar esas longitudes de onda. Por otra parte, la cantidad de
energía que implican estos impulsos hace sumamente improbable que provengan de
seres inteligentes, pues se calcula que a tal efecto se requeriría una energía
equivalente a 10.000 millones de veces la que puede producir el hombre. Sería
descabellado derrochar tanta energía para enviar simplemente señales regulares.
A medida que aumenta el número de púlsares detectados por los astrónomos,
parece menos probable que existan tantas formas de vida diferentes ocupadas en
transmitirnos señales. Esta teoría fue abandonada muy pronto.
Pero los impulsos tienen que provenir de alguna parte, o lo que es lo mismo,
tiene que haber algún cuerpo astronómico que experimente un cambio a intervalos
suficientemente rápidos para producir los impulsos.
Cabría pensar, por ejemplo, en un planeta que girara alrededor de una estrella
de modo que al cabo de cada revolución se ocultara detrás de ella (visto desde
la Tierra). Cada vez que el planeta emergiera de detrás de la estrella emitiría
un potente impulso de microondas. O bien cabría pensar que el planeta gira
alrededor de su propio eje y que en algún punto de su superficie se produce una
fuga cuantiosa de microondas, de suerte que cada vez que dicho punto pasara por
la dirección de la Tierra, nosotros recibiríamos un impulso. Esta hipótesis
requeriría, sin embargo, que el planeta girase alrededor de la estrella o
alrededor de su propio eje con un período comprendido entre 4 segundos y 1/30
de segundo, lo cual resulta inadmisible.
Para que se produzcan impulsos tan rápidos como los de los púlsares es preciso
que exista algún objeto que gire con una velocidad enorme, y ello requiere la
presencia de campos gravitatorios ingentes. Inmediatamente se pensó en las
enanas blancas (véase pág. 215). Los teóricos pusieron en seguida manos a la
obra, pero a pesar de todos sus esfuerzos no lograban concebir una enana blanca
que girara alrededor de otra, o alrededor de su propio eje, o que emitiera
impulsos con una velocidad suficiente para explicar el fenómeno de los
púlsares. Las enanas blancas eran demasiado grandes y sus campos gravitatorios
demasiado débiles.
Había que buscar algo más pequeño y más denso que las enanas blancas, y Thomas
Gold pensó en las estrellas de neutrones. Este tipo de estrellas había salido a
relucir ya en una ocasión anterior, cuando los astrónomos especulaban en torno
a las fuentes de rayos X; pero su aparición fue muy breve. Ahora, la idea de
las estrellas de neutrones se hallaba de nuevo sobre el tapete.
Gold señaló que las estrellas de neutrones eran suficientemente pequeñas y
densas para describir una rotación alrededor de su eje en 4 segundos o menos.
Por otra parte, la teoría había predicho que tales estrellas poseerían un campo
magnético y polos magnéticos. Los electrones se hallarían tan ligados por el
campo gravitatorio de la estrella que sólo podrían escapar en los polos. Y una
vez fuera de la esfera de acción de la estrella, los electrones perderían
energía en forma de micro- ondas. El resultado sería éste: de dos puntos
opuestos de la superficie de la estrella de neutrones emergerían sendos haces
continuos de microondas.
Si, en estas condiciones, da la casualidad de que la estrella gira de modo que
el haz de microondas se emite precisamente en la dirección de la Tierra, no
cabe duda de que detectaremos un breve impulso de microondas por cada
revolución de la estrella. Naturalmente, los observatorios terrestres sólo
detectarían aquellos púlsares que estuvieran orientados de modo tal que uno de
sus polos magnéticos emitiera en la dirección de nuestro planeta. Algunos
astrónomos calculan que sólo una de cada cien estrellas de neutrones poseen tal
orientación, y que a pesar de que el número de estas estrellas quizá llegue a
las 100.000 en la Galaxia 1% serían localizables desde la Tierra.
Gold indicó también que si su teoría era correcta, la estrella de neutrones
perdería energía por los polos magnéticos y su velocidad de rotación
disminuiría. Es decir, cuanto más corto fuese el período de un pulsar, más
joven sería éste, más rápido sería el ritmo de pérdida de energía y más de
prisa se iría parando la estrella.
El pulsar más rápido que se conoce —situado en la nebulosa del Cangrejo— quizá
sea también el más joven, pues la explosión supernova que probablemente dio
origen a la estrella de neutrones tuvo lugar hace sólo mil años.
El púlsar de la nebulosa del Cangrejo fue sometido a un estudio minucioso y se
vio que su período iba efectivamente en aumento, tal y como había predicho
Gold. El aumento era de 36,48 milmillonésimas de segundo por día. Este mismo
fenómeno fue observado también en otros púlsares, por lo que la teoría de las
estrellas de neutrones fue aceptada con carácter provisional.
En ocasiones ocurre que un púlsar se acelera ligeramente, para recuperar luego
de nuevo su tendencia hacia la deceleración. Algunos astrónomos lo interpretan
como el resultado de un «estrellemoto», o cambio en la distribución de la masa
dentro de la estrella de neutrones. También puede ser debido a la inmersión de
un voluminoso meteoro en la estrella de neutrones, de modo que al momento
propio de la estrella vendría a sumarse el del bólido.
Está claro que no hay razón alguna para suponer que los electrones que emergen
de la estrella de neutrones pierden su energía sólo en forma de microondas;
todo lo contrario: deben producirse ondas a lo largo de todo el espectro. Los
astrónomos centraron entonces su atención en aquellas porciones de la nebulosa
del Cangrejo donde existían restos visibles de la antigua explosión. Y
efectivamente, en enero de 1969 se observó que la luz que emitía una de las
tenues estrellas de la nebulosa se encendía y apagaba en perfecta
sincronización con los impulsos de microondas. Era el primer pulsar óptico que
se descubría: la primera estrella de neutrones visible.
El pulsar de la nebulosa del Cangrejo también emitía rayos X. Un 5%
aproximadamente de la cantidad total de rayos X de la nebulosa procedían de ese
minúsculo objeto parpadeante.
Pero las estrellas de neutrones quizá tampoco constituyan el límite último, En
su teoría general de la relatividad, Einstein había predicho que las fuerzas
gravitatorias debían transmitirse por medio de ondas. Por desgracia, las ondas
gravitatorias- serían mucho menos intensas que las ondas luminosas: billones y
billones de veces menos intensas que éstas. Aun suponiendo que existieran, no
parecía posible que se llegara jamás a detectarlas. Pues incluso en el caso de
que en el Universo existieran masas gigantescas moviéndose a velocidades enormes,
las ondas gravitatorias que emitirían serían increíblemente débiles. Esto, sin
embargo, no desanimó a Joseph Weber, de la Universidad de Maryland, quien desde
el año 1957 viene intentando detectarlas.
A este fin utilizó cilindros de aluminio de un metro y medio de longitud por
algo más de medio metro de anchura, suspendidos de un alambre dentro de una
cámara de vacío. Con este dispositivo se podían detectar desplazamientos de una
cienbillonésima de centímetro; en opinión de Weber, algunas de las ondas gravitatorias
que chocaran contra el cilindro deberían ser suficientemente intensas para
producir un desplazamiento de esa magnitud. Ahora bien, puesto que la extensión
de una de estas ondas bastaría para abarcar la Tierra entera, Weber instaló dos
cilindros, uno en Baltimore y el otro en Chicago, de suerte que si ambos
reaccionabansimultáneamente, podría estar bien seguro de que se
trataba de una onda gravitatoria.
En 1969 Weber anunció que había detectado algunos «sucesos» que, en su opinión,
cabía atribuir a las ondas gravitatorias. A principios de 1970 había observado
ya unos 200 casos análogos. Parece ser que las estrellas de neutrones son los
únicos objetos capaces de producir las ondas gravitatorias detectadas; pero
tampoco es seguro que la masa de aquellas estrellas sea suficiente para dar
lugar a ondas detectables desde la Tierra.
¿Quiere decir esto que los trabajos de Weber apuntan hacia algo más lejano aún,
hacia fuerzas más intensas todavía o formas de materia de un tamaño y
concentración aún más monstruosos? Aún es pronto para decirlo.
Capítulo 19
El borde del Universo
Contenido:
§.
Galaxias en colisión
§. Galaxias en explosión
§. Las radiofuentes lejanas
§. Quásares
§.
Galaxias en colisión
Hacia mediados de la década de los años cincuenta se sabía ya de la existencia
de unas 2.000 radiofuentes. Aunque algunas de ellas formaban parte, sin lugar a
dudas, del complejo general de emisión de microondas de la Vía Láctea, no
ocurría otro tanto con la mayor parte de ellas (unas 1.900, para ser más
exactos). Las fuentes de este segundo grupo no se extendían a lo largo de una
superficie considerable —como ocurría con la emisión de microondas procedente
de la Vía Láctea—, sino que, como ya indicó el astrónomo australiano John G.
Bolton en 1948, se trataba de fuentes puntuales, de microondas que emergían de
pequeños sectores del cielo.
Parecía lógico suponer que estas microondas provenían de estrellas que, por
alguna razón desconocida, radiaban con gran intensidad en esa región del
espectro. Tal razonamiento fue lo que indujo a Bolton a darles el nombre de
«radioestrellas».
Lo que era indudable es que si las radioestrellas existían, no podían ser
estrellas ordinarias, sino, probablemente, restos de supernovas. En el caso de
la nebulosa del Cangrejo —la tercera radioestrella por orden de brillo— esto
tenía que ser absolutamente cierto, y lo mismo podía asegurarse, aunque con un
grado de certidumbre algo menor, de Cassiopeia A, la radioestrella más brillante.
(Hoy día se especula en torno a la posibilidad de que Cassiopeia A constituya
los restos de una super- nova que explotó hace sólo 300 años, permaneciendo,
sin embargo, invisible debido a las nubes de polvo que se interponen entre
aquélla y nosotros. Tales nubes no representan, en cambio, barrera alguna para
la radiación de microondas. Cassiopeia B, otra de las fuentes de radio en
Cassiopeia, acaso sea los restos de la supernova de Tycho.
Pero había un inconveniente, y es que en aquellos primeros tiempos de la
radioastronomía resultaba casi imposible asociar las radioestrellas con objetos
ópticamente visibles, ni siquiera con tenues manchas de carácter nebuloso como
Cassiopeia A. La dificultad estribaba en parte en que la precisión con que se
puede observar un objeto depende de la longitud de onda de la radiación
utilizada. Las radiaciones de larga longitud de onda producen una visión más
borrosa. Y comoquiera que las microondas tienen una longitud 400.000 veces
superior a la de las ondas luminosas con que normalmente observamos las
estrellas, la «visión» que obtenemos con este tipo de radiación es tanto más
borrosa. Mirar el cielo a través de las microondas es algo así como observarlo
con ayuda de instrumentos ópticos completamente desenfocados; en lugar de un
punto bien definido, lo que se obtiene es una tenue mancha difuminada. Dentro
de esa mancha tiene que encontrarse el punto que buscamos, pero ¿dónde
exactamente?
El procedimiento que tenían que seguir entonces los radioastrónomos era el
siguiente: localizar lo mejor posible la fuente de radio, delimitar en torno a
ésta una zona relativamente pequeña (pequeña a simple vista, claro está, porque
con ayuda de un potente telescopio óptico resultará gigantesca), y comprobar
después si en algún punto de dicha zona se observa algún punto sospechoso que
emita radiación visible. Si el resultado es positivo, se procurará por todos
los medios enfocar al máximo la imagen de microondas con el fin de averiguar si
la imagen se concentra en el punto sospechoso. Con el paso del tiempo, y a
medida que los radiotelescopios fueron aumentando de tamaño y los instrumentos
de detección adquirieron mayor precisión, fue también aumentando la eficacia de
los métodos de la radioastronomía.
Pero los años fueron pasando, y la sensación de inquietud que la idea de las
radioestrellas provocaba en los astrónomos, lejos de desvanecerse, iba en
aumento. Pues por grande que fuese la exactitud con que se fijara la supuesta
posición de estos objetos, no había modo de localizar —salvo en un número muy
reducido de casos— ningún cuerpo visible dentro de la Galaxia. Pero había algo
peor, y es que a medida que se iban localizando más y más radioestrellas, mayor
era el convencimiento de que se hallaban distribuidas uniformemente por todo el
cielo, en rotundo contraste con todos los demás objetos de nuestra Galaxia
—desde las estrellas ordinarias hasta los restos de las supernovas—, que, como
sabemos, se hallan concentrados fuertemente en el plano de la Vía Láctea. Para
ser más exactos: los únicos objetos ópticamente visibles que presentan una
distribución uniforme a lo largo y a lo ancho del firmamento son las galaxias.
¿Quería esto decir que las llamadas radioestrellas eran, en realidad, galaxias?
¿Debería entonces hablarse de «radiogalaxias» y no de radioestrellas?
La primera ruptura en esta dirección tuvo que ver con «Cygnus A», fuente de
radio que ocupaba el segundo lugar en la escala de brillo. En 1944 Reber había
registrado ya cierta emisión de microondas proveniente de esa dirección, y en
1948 Bolton demostró que se trataba de una radioestrella. Este descubrimiento
revestía su interés, pues era la primera fuente de radio que Bolton logró
identificar con una precisión suficiente para garantizar y justificar el nombre
de radioestrella. En 1951 se había logrado ya delimitar la posición de Cygnus A
a una zona de un minuto de arco de lado, aproximadamente. El problema se
reducía, pues, a localizar algo visible dentro de dicha zona.
Baade estudió esa parcela con el telescopio de 200 pulgadas e identificó dentro
de ella una galaxia de extraña configuración. Investigaciones ulteriores
revelaron que, al parecer, no se trataba de una galaxia distorsionada, sino de
dos galaxias cuyos núcleos se hallaban en íntimo contacto.
La explicación parecía inmediata: ¡dos galaxias en colisión! Igual que a nivel
estelar se producían catástrofes que resultaban en un vómito de microondas,
también existían catástrofes colosales a nivel galáctico, con emisiones aún más
profusas de microondas. Por otra parte, parecía claro que al entrar en
colisión, las galaxias tendrían que experimentar un trabajo ingente. Este
extremo quedó confirmado cuando, finalmente, se logró registrar el espectro
óptico correspondiente (labor sumamente ardua dada la debilidad de la imagen);
dicho espectro exhibía las líneas de átomos altamente ionizados, líneas cuya
presencia delataba de modo inequívoco temperaturas altísimas (Baade se había
apostado con Minkowski una botella de whisky a que ocurría esto, y ganó).
No tardó en surgir la sospecha de que acaso todas, o casi todas, las llamadas
radioestrellas fuesen en realidad galaxias en colisión. Al punto se emprendió
una búsqueda intensa de otros casos de este tipo, o mejor dicho, de cualquier
«galaxia peculiar» que, exhibiendo alguna anormalidad en su forma o estructura,
pudiera indicar la presencia de un suceso poco usual a escala cósmica.
Tales casos fueron hallados, y en cantidades copiosas. Hasta la fecha se han
detectado más de cien «radiogalaxias», y muchas de ellas no cabe duda de que
son peculiares. Entre ellas figura, por ejemplo, la galaxia NGC 5128, que
presenta el aspecto de una galaxia esferoidal con una ancha banda de polvo que
corre todo a lo largo de su parte central. En aquel tiempo se especuló en torno
a la posibilidad de que en este caso se tratara también de una colisión
galáctica y que la banda oscura del centro fuese una galaxia espiral, vista de
canto, abriéndose paso a través de la esferoidal.
Los astrónomos calcularon la probabilidad de que se produjera una colisión
galáctica en general y llegaron a la conclusión de que este suceso quizá fuese
mucho más probable que una colisión estelar. El Sol, por ejemplo, tiene un
diámetro de 1.400.000 kilómetros y se halla a 40.000.000.000.000 de kilómetros
de su vecino más próximo. Si tomamos estas cifras como representativas de la
situación general, entonces la distancia entre dos estrellas cualesquiera
equivale aproximadamente a 3.000.000.de veces su diámetro. Significa esto, por
tanto, que una estrella que se mueva al azar tiene muchas más probabilidades de
pasar de largo a través del espacio interestelar vacío que de hacer blanco
precisamente en esos cuerpos relativamente diminutos que son las estrellas.
Por otro lado, nuestra Galaxia tiene un diámetro de 100.000 años-luz, y su
vecino más próximo (de entre los de mayor tamaño), la galaxia de Andrómeda, se
halla a 2.300.000 años-luz. Si de nuevo consideramos esta situación como
representativa, entonces la distancia entre dos galaxias cualesquiera equivale
a unas veinte veces su diámetro. Vemos, pues, que la aglomeración relativa de
las galaxias en el espacio es mucho mayor que la de estrellas dentro de una
galaxia, lo cual se traduce en el hecho de que las colisiones intergalácticas
son tanto más probables que las interestelares.
En aquellos días de esplendor que siguieron al descubrimiento de la supuesta
colisión de galaxias en Cygnus se calculó que en la porción de Universo que nos
rodea deberían producirse cinco colisiones por cada mil millones de galaxias,
mientras que en el interior de los cúmulos galácticos dichos sucesos serían
mucho más comunes. En relación con cierto cúmulo de la constelación Coma
Berenices, constituido por 500 galaxias, se estimó que en todo momento se
deberían estar produciendo como mínimo dos colisiones, y que todas y cada una
de estas 500 galaxias tendrían que experimentar más de una colisión a lo largo
de su vida.
Claro está que cuando dos galaxias entran en colisión, pasando una a través de
la otra, el número de colisiones estelares que se producirán será muy escaso,
pues no olvidemos que las estrellas se hallan muy separadas entre sí en
relación con su tamaño. No ocurre lo mismo con las nubes de polvo de ambas
galaxias; dichas nubes es muy probable que choquen entre sí, pasando una a
través de la otra. Posiblemente sea este proceso lo que constituye la fuente de
emisión de microondas.
Esta última hipótesis viene apoyada por lo siguiente: a medida que se fue
localizando con mayor precisión la radiofuente de Cygnus, se comprobó que no
parecía surgir de los dos núcleos galácticos (carentes de polvo) que en ese
momento se hallaban en colisión, sino de dos puntos situados claramente a
sendos lados de dichos núcleos, es decir, en los brazos espirales, donde la
concentración de polvo es muy alta.
§. Galaxias en explosión
La teoría de la colisión de las galaxias tuvo una vida alegre pero efímera,
pues había una cuestión —la de la energía— que no dejaba de atormentar a los
astrónomos.
Una galaxia ordinaria, como la nuestra, emite unos 10.000.000.000.000.000.000.0
00.000.000 (diez mil cuatrillones) de kilovatios de energía en forma de
microondas. Esto equivale a la acción conjunta de unas mil fuentes de radio
como Cassiopeia A.
La cifra anterior ni es excesiva, ni produce asombro alguno entre los
astrónomos, pues para explicar una emisión de microondas de esta magnitud basta
con suponer que la galaxia (ordinaria) que la emite contiene varios miles de
restos de supernovas. La emisión de microondas de una galaxia ordinaria
representa sólo una millonésima parte de la energía radiada en forma de luz. No
hay, pues, motivo de alarma.
Ahora bien, si pasamos al grupo de las radiogalaxias observamos que incluso la
más débil de ellas vierte al espacio unas cien veces más energía en forma de
micro- ondas que las galaxias ordinarias. Cygnus A radia un millón de veces más
energía en forma de microondas que dichas galaxias, y cinco veces más energía
en esta forma que en forma de luz. Pero tampoco se contenta con eso, sino que
produce además cantidades fantásticas de rayos cósmicos. Se cree que la energía
de rayos cósmicos que se halla presente en Cygnus A equivale a siete veces la
que se obtendría si la masa total del Sol se transformara en energía.
El asunto comenzaba a resultar desconcertante, y cuantas más vueltas se le
daba, más difícil parecía poder llegar a explicar el origen de estas auténticas
avalanchas de microondas. Se había comprobado, por ejemplo, que la energía
total de la emisión de microondas de Cygnus A equivalía aproximadamente a la
energía total del movimiento de las dos galaxias que, supuestamente, habían
colisionado. Parecía de todo punto increíble que la energía de colisión pudiera
convertirse por completo en microondas, pues ello supondría que en último
término las dos galaxias acababan en reposo una con respecto a la otra. ¿Pero a
expensas de qué? ¿De miles y miles de millones de colisiones estelares?
¡Imposible! Y aun suponiendo que esto fuese cierto, ¿cómo es que toda la
energía se emitía en forma de microondas? Sería lógico suponer que gran parte
de aquélla se emitiese en forma de radiación correspondiente a otras regiones
del espectro.
Por otro lado, a medida que la década de los años cincuenta se acercaba a su
fin se fue comprobando que la emisión de microondas de las diversas fuentes de
radio no tenía otro origen que la radiación sincrotrón de electrones altamente
energéticos atrapados en un campo magnético. Así pues, la energía cinética no
se convertiría directamente en microondas durante la colisión, sino en
electrones muy energéticos que más tarde se verían atrapados en un campo
magnético. Sin embargo, los científicos no conocían ningún mecanismo que
explicara de un modo razonable esta conversión de energía cinética en
electrones de alta energía.
Figura 39. Fuentes de radio en el interior de las galaxias
Pero
al margen de estas dificultades de orden teórico había observaciones empíricas
que contradecían la hipótesis de las galaxias en colisión. En efecto, a medida
que se iban localizando fuentes de microondas e identificándolas con galaxias,
resultaba cada vez más difícil interpretar todo cuanto se observaba en éstas
como colisiones. Algunas de las «galaxias peculiares» eran peculiares por la
intensidad de la emisión de microondas, pero no por su forma o aspecto.
Parecían galaxias perfectamente ordinarias, solitarias, imperturbables, pero
emitiendo grandes cantidades de microondas.
Ante este dilema, los astrónomos empezaron a pensar en otra posibilidad: quizá
no se tratara de dos galaxias, sino de la explosión de una sola.
La galaxia NGC 1068, por ejemplo, es una débil radio- galaxia cuya emisión de
microondas es sólo unas cien veces superior a la de una galaxia normal; pero
sucede que toda esta radiación parece surgir de una pequeña zona situada
justamente en el centro de la galaxia. Si se tratara de la colisión de dos
galaxias (proceso en el que desempeñarían un papel muy activo las nubes de
polvo), sería lógico esperar que la fuente de radiación se dispersara por una
zona muy ancha, pero nunca que se concentrara en el centro, pues esta parte
carece prácticamente de polvo. En el caso de una explosión, por el contrario,
el proceso alcanzaría su máxima virulencia precisamente en el centro, allí
donde la aglomeración de estrellas es mayor y donde la probabilidad de que
ocurra una catástrofe que afecte a un gran número de astros en un lapso de
tiempo relativamente corto, es máxima. En estas condiciones, es posible que
estemos presenciando el comienzo de una catástrofe de este tipo en NGC 1068. La
emisión de microondas se halla todavía altamente concentrada en ese centro que
comienza a explotar y es aún bastante débil.
Una etapa algo posterior del mismo proceso quizá venga representada por la
galaxia NGC 4486, mejor conocida como M87, debido a su posición en la lista de
Messier. (Digamos de paso que ésta es la galaxia más masiva que se conoce, con
un total de unos 3 billones de estrellas.) Esta galaxia, al igual que la
anterior, posee una intensa fuente de microondas en el centro; pero a
diferencia de aquélla, emite también microondas —aunque débilmente— a lo largo
de todo un halo que se extiende alrededor del centro y que coincide casi por
completo con el volumen total ópticamente visible. Es como si la furia rabiosa
de la explosión central se hubiese extendido decenas de miles de años-luz en
todas direcciones. De este modo, la galaxia M87 emite microondas con una
intensidad cien veces superior a la de NGC 1068. Hay además otro hecho muy
interesante, y es que un estudio óptico detenido revela en M87 un chorro
luminoso que emerge de su centro. ¿Se tratará quizá de material estelar lanzado
al espacio intergaláctico por la violencia de la explosión central? Baade
demostró que la luz de este chorro estaba polarizada, lo cual viene a apoyar la
teoría de Shklovsky en el sentido de que el origen de las microondas es la radiación
sincrotrón.
En una fase aún posterior del proceso, la fuente principal de emisión de
microondas posiblemente se desplace fuera del núcleo galáctico, emergiendo a
ambos lados de éste. (Esto parece ser cierto en un 75%, aproximadamente, de las
radiogalaxias estudiadas.) En el caso de NGC 5128, que radia microondas con una
intensidad comparable a la de M87, existen cuatro regiones de emisión de
microondas: dos regiones intensas, una a cada lado de la banda central de
polvo, y otras dos, más débiles y extensas, una a cada lado de la porción
ópticamente visible de la galaxia. La fuente de emisión de microondas se ha
dividido en dos, a la vez que se ha alejado hacia el borde del núcleo galáctico
y al tiempo que parte de ella se ha visto lanzada lejos del núcleo en ambas
direcciones. ¿No será entonces que la banda de polvo no sea el borde de una
galaxia espiral en trance de atravesar otra esferoidal (tal y como se pensó en
principio), sino que represente el producto de alguna catástrofe que haya
afectado al núcleo galáctico? Esa banda de polvo ¿no será una vasta nube de
materia estelar desintegrada que, por puro azar, se haya visto lanzada en
dirección a nosotros?
La galaxia NGC 5128 se encuentra a una distancia relativamente corta de la
tierra (unos quince millones de años-luz), circunstancia que permite observarla
con cierto detalle. Si su distancia fuese mucho mayor de lo que en realidad es,
entonces la banda de polvo y todo cuanto la rodea quedaría reducido de tamaño,
hasta el punto de que lo único que podríamos distinguir serían dos manchas de
luz que no llegarían a tocarse; de este modo, nosotros lo interpretaríamos como
dos galaxias acercándose una a otra de plano, como dos platillos.
Pero esta es precisamente la interpretación de las galaxias de Cygnus A, que
quizá representen un caso muy análogo al de NGC 5128, con la única diferencia
de que su aspecto es más tenue por causa de su distancia: 700 millones de
años-luz, en lugar de los 15 millones que nos separan de NGC 5128. En ese caso,
la explosión quizá se encuentre en una fase más avanzada, pues todo el material
que da origen a la emisión de microondas ha sido lanzado más allá del núcleo
galáctico, quedando una parte a cada lado y una distancia de 300.000 años-luz
entre ambas. Lo mismo cabría decir de otras galaxias en las cuales las fuentes
de radio se hallan localizadas a ambos lados del cuerpo galáctico propiamente
dicho. No obstante, las galaxias siguen exhibiendo signos de las catadas: la
galaxia pasa a ser de nuevo (al menos en lo que deducen de sus espectros
ópticos.
La fase final acaso tenga lugar cuando las fuentes de radio empiezan a hacerse
tenues y difusas, hasta que por último llega un momento en que ya no pueden ser
detectadas: la galaxia pasa a ser de nuevo (al menos en lo que atañe a la
radioastronomía) una galaxia normal.
Ahora bien, a pesar de que, como decimos, la idea de las galaxias en colisión
iba muriendo poco a poco a medida que la teoría de la explosión galáctica iba
adquiriendo cada vez más auge, lo cierto es que las pruebas empíricas que
abogaban en favor de esta última se reducían casi por entero a deducciones
hechas a partir de la naturaleza de las emisiones de microondas detectadas
durante los años 1950-59. La única prueba óptica que hablaba a favor de la
teoría de las explosiones era ese chorro luminoso que se había observado en
M87, prueba que, por otro lado, no dejaba de ser dudosa, pues el chorro emergía
en una sola dirección, cuando lo lógico era que un fenómeno de ese tipo se
produjera en dos direcciones opuestas.
La prueba óptica que tanta falta hacía vino con la llegada de los años sesenta.
En 1961 el astrónomo americano Clarence Roger Lynds (n. 1928) estaba ocupado en
la localización de cierta fuente de radio de intensidad muy débil catalogada
como 3C231. Dentro de la zona que, de un modo muy difuso, cubría la fuente se
hallaban comprendidas varias galaxias de la constelación de la Osa Mayor, de
las cuales M81 era la más grande y sobresaliente. Hasta entonces se había
supuesto que la fuente de radio en cuestión era M81; Lynds, sin embargo, logró
localizarla con mayor precisión y comprobó que la fuente no era M81, sino otra
galaxia vecina de menores proporciones, M82.
La galaxia M82 se hacía ciertamente acreedora al apelativo de «peculiar», y con
mucha más razón que M81. Las primeras fotografías que se tomaron de M82 habían
demostrado que se trataba de una galaxia excepcionalmente rica en polvo; tanto,
que a pesar de hallarse a sólo diez millones de años-luz (distancia más que
suficiente para distinguir estrellas individuales) resultaba imposible
discernir ningún astro dentro de la galaxia. Por otro lado, la fuente de radio
se encontraba emplazada en el centro, y por encima y debajo de éste aparecían
tenues indicios de lo que acaso fueran filamentos de gas o polvo.
Desde el momento en que se logró identificar a M82 como una fuente de radio,
sus propiedades ópticas cobraron un nuevo interés. El astrónomo americano Alian
Rex Sandage (n. 1926) tomó fotografías con el telescopio de 200 pulgadas
utilizando un filtro rojo especial que dejaba pasar preferentemente la luz
asociada con el hidrógeno caliente. El razonamiento de Sandage era que si en el
centro de aquella galaxia se estaba operando algún proceso, como consecuencia
del cual se expelía cierta cantidad de materia hacia el exterior, entonces esta
materia debería consistir principalmente en hidrógeno; y este hidrógeno se
podría observar con una nitidez máxima si se lograba aislarlo de la luz
procedente de otras fuentes.
Sandage estaba en lo cierto. La galaxia M82 estaba experimentando, clara y
visiblemente, una inmensa explosión. En una fotografía tomada con una
exposición de tres horas se observaban diversos chorros de hidrógeno de hasta
1.000 años-luz de longitud emergiendo del núcleo galáctico. La masa total de
hidrógeno expulsada equivalía a un mínimo de 5.000.000 de estrellas de tipo
medio. A juzgar por la velocidad con que se desplazaban los chorros y por la
distancia que en ese momento llevaban ya recorrida, se podía deducir que la
explosión, tal y como la vemos hoy día desde la Tierra, debió de iniciarse hace
aproximadamente 1.500.000 años. Al parecer, se trata de una fase temprana del
proceso de explosión, por lo cual aún no se observa esa duplicidad de fuentes a
ambos lados de la galaxia que caracteriza a la fase tardía.
La luz de M82 está polarizada de una forma tal que delata la presencia de un
intenso campo magnético en la galaxia. Esto viene a confirmar una vez más la
teoría de la radiación sincrotrón. (En 1965 se descubrió radiación sincrotrón
procedente de un halo en torno a M81; tal vez se trate de una respuesta al
manantial de energía ocasionado por la explosión de la galaxia vecina.)
¿Son las explosiones galácticas un fenómeno relativamente común, un estadio por
el que las galaxias atraviesan con relativa frecuencia, igual que muchas
estrellas pasan a lo largo de su vida por la fase de nova? ¿Ha pasado nuestra
Galaxia por una de estas fases? ¿Y habrá explotado ya nuestro núcleo galáctico?
Si el núcleo de nuestra Galaxia efectivamente explotó, la explosión no debió de
ser muy grande ni muy reciente, pues no existe señal alguna que indique la
presencia de fuentes de radio a ambos lados de la Galaxia. Por otro lado, una
explosión de esas características produciría intensas oleadas de neutrinos que
influirían sobre las proporciones de algunos de los tipos de átomos contenidos
en la corteza terrestre; y en efecto, algunos científicos opinan que las
proporciones que se encuentran hoy día en la corteza abogan por una invasión
tal de neutrinos.
Por último, tampoco debemos olvidar el flujo continuo de hidrógeno desde el
centro de la Galaxia hacia los bordes ni el hecho de que se ha comprobado la
existencia de nubes de hidrógeno neutro a grandes latitudes galácticas, es
decir, lejos del plano de la Vía Láctea. Estas nubes tal vez indiquen la
presencia de una explosión en tiempos remotos.
§. Las radiofuentes lejanas
Pero ¿cuál es la causa de tales explosiones?
La explosión más colosal de que tenemos noticia a escala subgaláctica es la
supernova. Por ello parece razonable suponer —como sugirió el astrónomo
americano Geoffrey R. Burbidge— que las explosiones galácticas se producen como
consecuencia de la explosión simultánea, o casi simultánea, de un gran número
de supernovas.
Imaginemos un gran número de estrellas masivas que se hallen en trance de
experimentar una explosión tipo supernova. En el momento en que una de ellas
explota, la radiación que emite aumentará un poco la temperatura de las
estrellas vecinas, pero lo suficiente como para desencadenar la explosión de
las mismas. Estas, a su vez, afectarán a otras estrellas del mismo modo. La
probabilidad de que tenga lugar este proceso será máxima en el centro
galáctico, es decir, allí donde las estrellas alcanzan una mayor aglomeración y
donde este efecto de «fichas de dominó»[1] que viene
a ser la formación de supernovas puede progresar a una velocidad máxima
(recordemos que la radiación tarda cierto tiempo en atravesar el espacio que
separa a las estrellas).
Ahora bien, ni siquiera esta formación múltiple de supernovas es capaz de
suministrar suficiente energía, pues para proporcionar la cantidad total de
energía de micro- ondas emitida, por ejemplo, por una radiofuente gigante como
Cygnus A sería necesario todo el hidrógeno contenido en diez mil millones de
estrellas como el Sol, y ello suponiendo que la energía de la fusión del
hidrógeno se convirtiera en microondas con un rendimiento del 100%. Una
catástrofe de este tipo tendría que afectar a la casi totalidad de las
estrellas del núcleo de una galaxia de tamaño medio.
Esta matanza masiva de estrellas constituye un modo más bien drástico de salir
del paso. ¿No existirá alguna otra explicación que resulte más económica en lo
que toca a las estrellas?
Supongamos, por ejemplo, que el proceso que en realidad tiene lugar es la
interacción de materia y antimateria. La aniquilación de materia-antimateria
convierte toda la materia de partida en energía, y no sólo un
1 % como ocurre en el caso de la fusión nuclear. Si se admite esta hipótesis no
harían falta ya diez mil millones de supernovas para proporcionar la energía de
Cygnus A, sino sólo cien millones de estrellas (la mitad de materia y la otra
mitad de antimateria) en aniquilación mutua.
Y sin embargo, esta idea tampoco resulta plenamente satisfactoria, pues no
existe ninguna prueba directa de la existencia de antimateria en cantidades
gigantescas. La presencia de antimateria en grandes masas podría proporcionar
una explicación de ese chorro que se observó en M87, que no sería sino la
consecuencia de la invasión de una cuña de antimateria procedente del exterior
de la galaxia (o de la invasión de cierta cantidad de materia, caso de que M87
fuese antimateria). ¿Pero cómo explicar la aparición de fuentes de radio a
ambos lados de una galaxia? Una invasión simultánea y simétrica de nubes de
antimateria desde ambos lados de la galaxia se nos antoja un hecho demasiado improbable.
Y si suponemos que el proceso de aniquilación se produjo en el centro y que las
dos nubes situadas a ambos lados fueron el resultado de la explosión, habría
que preguntarse cómo es posible que la antimateria penetrara hasta el centro de
la galaxia sin haber aniquilado antes la materia de los bordes.
Fred Hoyle ha señalado que quizá haya que buscar la solución en la energía
gravitatoria. Partiendo de una masa suficientemente grande y postulando un
colapso suficientemente violento es posible explicar la producción de
cantidades ingentes de energía. En efecto, la cantidad de energía originada de
este modo por unidad de masa puede llegar a ser cien veces superior a la que
proporciona la fusión nuclear ordinaria y, por consiguiente, del mismo orden
que la que se obtendría mediante la aniquilación de materia y antimateria.
Nada se opone a que imaginemos el núcleo galáctico tan repleto de estrellas que
el campo gravitatorio mutuo sea suficientemente intenso para contrarrestar la
acción de todos aquellos factores que tienden a mantenerlas separadas. El
proceso sería el siguiente: cierto número de estrellas comienzan a acercarse
entre sí; como consecuencia de ello se intensifica el campo gravitatorio,
arrastrando otras estrellas hacia el vórtice, hasta que en último término la
masa de unos cien millones de estrellas, formando una única superestrella, se
funde en una gigantesca estrella de neutrones. La energía producida de este
modo bastaría para explicar la existencia de Cygnus A.
La ventaja que tiene la teoría gravitatoria sobre la teoría de la
materia-antimateria es que no exige la intervención de colisión alguna. Una
galaxia de materia (o para el caso, de antimateria) bastaría por sí sola para
explicar cualquier fenómeno.
Ahora bien, ¿quién nos dice que la explicación de todo esto resida únicamente
en hechos conocidos? Hace un siglo, Helmholtz trató de explicar la enorme
producción de energía del Sol por medio de las fuerzas conocidas en aquellos
tiempos y se vio obligado a postular un sistema solar demasiado efímero. Y es
que la radiación del Sol y otras estrellas no podía admitir una explicación
verdaderamente elegante hasta que se descubrió una nueva clase de energía: la
nuclear. Así pues, algunos astrónomos no pueden por menos que preguntarse si
esa producción aún más ingente de ciertas fuentes de radio tal vez indique
tipos de energía hoy por hoy desconocidos.
Sea cual fuere el origen de la feroz energía que emiten algunas radiofuentes,
lo cierto es que su simple existencia encierra, en potencia, una gran utilidad
para aquellos que se interesan por los problemas de cosmología y cosmogonía.
Hacia mediados de la década de 1950-59, las galaxias ordinarias más distantes
que podían verse con ayuda de los telescopios ópticos se hallaban de nosotros a
unos dos mil millones de años-luz. Esta distancia, que equivale aproximadamente
a una sexta parte de la distancia del borde del Universo observable, no basta
del todo para dictaminar con claridad si el Universo es hiperbólico, pulsante o
en estado estacionario.
En este sentido el método de microondas promete alcanzar distancias mayores. Y
ello se debe a que las fuentes de luz son casi infinitas, mientras que las de
microondas son pocas. Dentro de nuestra Galaxia son miles de millones las
estrellas que se agolpan en el telescopio, pero sólo cientos las fuentes de
radio. Fuera de la Galaxia existen miles de millones de galaxias ordinarias,
pero las radiogalaxias se cuentan sólo por millares. Lo cual no significa otra
cosa que las fuentes de microondas, a pesar de su lejanía, no es probable que
se pierdan en medio de la aglomeración de fuentes vecinas, con lo cual resultan
mucho más fáciles de detectar y estudiar que los objetos ópticos que se
encuentran a la misma distancia.
Así, Cygnus A, que se halla situada a 700.000.000 de años-luz de nosotros,
tiene tan escasa competencia, por así decirlo, de otras radiofuentes cercanas
que está clasificada como la segunda radioestrella (en cuanto a brillo) del
cielo. Sólo Cassiopeia A la supera en intensidad. Por otra parte, los radiotelescopios
terrestres son capaces de localizar una radiofuente de la intensidad de Cygnus
A a distancias que superan con mucho el alcance de nuestros mejores telescopios
ópticos. La emisión de microondas de Cygnus A se podría seguir detectando de un
modo claro a una distancia a la cual la luz de la fuente se habría reducido a
un débil centelleo apenas perceptible. Minkowski localizó, por ejemplo, en 1959
una radiofuente cuyo corrimiento al rojo indicada una distancia de 4,5 mil
millones de años-luz, distancia que supera con creces la de cualquier objeto
ópticamente visible conocido en aquellos tiempos. Quiere esto decir que la
distribución de las radiofuentes muy lejanas podría ser de gran utilidad a la
hora de elegir un modelo particular del Universo, precisamente en unas
condiciones en que la distribución de las galaxias ordinarias (más cercanas,
desde luego, pero sólo detectables por medios ópticos) no servirían de nada.
Como primera aproximación cabría suponer que en líneas generales las
radiogalaxias más tenues son también las más distantes, lo mismo que Hubble se
apoyó en la hipótesis de que las galaxias más débiles se hallaban más alejadas
que las más brillantes. Haciendo uso de esta hipótesis, el astrónomo inglés
Martin Ryle (n. 1918) intentó averiguar en qué forma aumentaba el número de
radiofuentes a medida que disminuía su intensidad, como ya hiciera Herschel en
su día con las estrellas.
Si la teoría del estado estacionario del Universo es correcta, entonces la
distancia media entre las galaxias ha sido siempre la que es ahora. La
radiación de las radio- fuentes lejanas (que, por haber nacido hace muchos
evos, representan un Universo mucho más joven que el que nos rodea) debería
indicar que dichas radiofuentes no exhiben una concentración mayor que la que
presentan las radio- fuentes de las galaxias más próximas a nosotros. Y en ese
caso, el número de radiofuentes debería aumentar, conforme disminuye la
intensidad, de acuerdo con una fórmula determinada.
Herschel había comprobado que en el caso de las estrellas el aumento del número
de éstas con la tenuidad era menor que el que predecía la fórmula, de lo cual
dedujo que se trataba de una Galaxia finita. Ryle se encontró ante el caso
opuesto: la rapidez con que el número de radiofuentes aumentaba con la tenuidad
era mayor que la que indicaba la fórmula. Todo ocurría como si la fuentes se
hallaran más concentradas en las lejanías que en nuestra propia vecindad.
Ryle publicó estos resultados a mediados de la década de 1950-59 y sus análisis
parecían apoyar la teoría del «big bang», señalando en dirección a un Universo
hiperbólico o pulsante. Pues inmediatamente después del «big bang», en plena
juventud del Universo, las galaxias —y por tanto también las radiogalaxias— se
hallaban menos espaciadas entre sí. Esto significa que en los lejanos confines
del espacio, donde la radiación que hoy llega hasta nosotros fue producida en
la juventud del Universo, las radiofuentes son más numerosas que en nuestro
entorno.
En su tiempo, los datos de Ryle parecían estar incluso de acuerdo con la teoría
de la colisión de las galaxias. En efecto, si antaño (lo cual, en este caso, es
tanto como decir: si a distancias remotas) las galaxias se encontraban más
próximas unas de otras, es lógico esperar que el número de colisiones fuese
mayor y las radiogalaxias más numerosas.
El ocaso de la teoría de las galaxias en colisión no va, sin embargo, en
detrimento de la idea de Ryle, suponiendo, claro está, que sus datos sean
válidos. Pues muy bien pudiera ser que los núcleos en explosión constituyan un
rasgo característico de la juventud de una galaxia, es decir, que sea más
probable que una galaxia experimente la catástrofe en su primer evo de vida que
en el segundo, más probable en el segundo evo que en el tercero, etc. En ese
caso es de esperar que las explosiones fuesen más numerosas en la juventud del
Universo (léase: en los confines más lejanos a que pueden llegar nuestros
radiotelescopios) que en el Universo actual que nos circunda.
Pero, de hecho, no hace falta buscar una explicación para esta diferencia, pues
la mera existencia de ésta es ya suficiente. Desde el momento en que existe una
diferencia de carácter general entre el Universo que nos rodea y el Universo
próximo al borde, queda eliminada la teoría del estado estacionario, pues la
esencia de ésta consiste en suponer que no existeninguna diferencia
importante a lo largo del tiempo y del espacio.
Naturalmente, los datos de Ryle no son, ni mucho menos incuestionables, porque
basándose como se basan en la detección y medida de radiofuentes demasiado
débiles, su precisión y fiabilidad sólo podrán ser limitadas. Hoyle, por
ejemplo, se aferró tenazmente a la teoría del estado estacionario a pesar de
los hallazgos de Ryle, afirmando que los datos referentes a las microondas no
eran todavía lo bastante sólidas como para poder tomar la decisión final.
Pero entonces, y cuando nadie lo esperaba, llegó un fenómeno que vino a ampliar
el radio de acción de los astrónomos de una forma mucho más drástica que antes
lo hicieran las lejanas radiofuentes de Ryle. Además, dicho fenómeno supuso una
vuelta a la porción óptica del espectro, la cual,ceteris paribus, ofrecía
la posibilidad de observaciones más precisas.
§. Quásares
Como dijimos en una ocasión anterior, muchas de las radiofuentes habían sido
identificadas, ya en 1948, como fuentes puntuales que tenían su origen en áreas
muy reducidas del cielo. El diámetro medio de tales radiofuentes es de unos 30
segundos de arco, o expresándolo de un modo más gráfico, todas las
«radioestrellas» cabrían holgadamente dentro de un área no muy superior a la
mitad de la Luna llena.
Y sin embargo, existen unas cuantas radiofuentes cuyo tamaño resulta pequeño
aun midiéndolo con esos patrones de medida. Conforme se fueron perfeccionando
los métodos de localización de fuentes se vio que, al parecer, algunas no
superaban un segundo de arco de diámetro.
El objeto en cuestión tenía que ser en extremo compacto, e inmediatamente
despertó la sospecha de que si las «radioestrellas» comunes eran en realidad
radiogalaxias, las «radioestrellas» compactas debían ser literalmente
radioestrellas, pues de este modo quedaría explicada su compacidad.
Entre las radiofuentes compactas figuraban varias conocidas con los nombres de
3C48, 3C147, 3C196, 3C273 y 3C286. El prefijo «3C» es una abreviatura de
«Tercer Catálogo de Cambridge de Radioestrellas», una lista confeccionada por
Ryle y su grupo de seguidores; los restantes números representan el lugar que
ocupa la fuente en dicho catálogo. Con ayuda del telescopio de 200 pulgadas,
Sandage escudriñó en 1960 las zonas en que se hallaban estas radiofuentes
compactas, comprobando que en todos los casos la fuente parecía ser una
estrella; la primera que detectó fue 3C48. En el caso de 3C273, el objeto más
brillante de esta especie, fue Cyril Hazard, en Australia, quien consiguió
determinar su posición exacta, registrando el momento preciso en que la Luna
ocultó a dicha fuente. Las estrellas pertenecientes a esta zona habían sido
registradas ya en anteriores estudios fotográficos del cielo, pero siempre se
las había clasificado como simples miembros, muy tenues, de nuestra Galaxia.
Mas ahora, apoyándose en estudios fotográficos sumamente minuciosos, como
correspondía al interés inusitado que habían despertado las emisiones de
microondas, los astrónomos comprobaron que ahí no se acababa
la historia. Algunos (aunque no todos) de los objetos iban acompañados de
tenues nebulosidades, y 3C273 mostraba signos de un chorro diminuto de materia
que emergía de él. En efecto, con 3C273 están asociadas dos radiofuentes: una
procedente de la estrella y otra procedente del chorro.
Aunque su aspecto recordaba al de una estrella, las radiofuentes compactas tal
vez no fuesen ni mucho menos estrellas comunes. Por ello se dio en llamarlas
«fuentes cuasi-estelares». A medida que este concepto fue adquiriendo
importancia para los astrónomos, la expresión «radiofuentes cuasi-estelares»
resultó cada vez más incómoda de emplear, por lo cual Hong-Yee Chiu ideó en
1964 la abreviatura de «quásar» («quasistellar» en inglés), expresión
nada eufónica, pero que, sin embargo, se encuentra ya firmemente afincada en la
terminología astronómica.
Los quásares poseían naturalmente un interés suficiente para convertirse en
objetos de investigación y merecer la aplicación de todas las técnicas
astronómicas conocidas; y entre ellas figuraba la espectroscopia. Primero
Sandage, y después Jesse L. Greenstein y Maarten Schmidt, comenzaron a trabajar
en la tarea de obtener los correspondientes espectros; y cuando finalmente
lograron coronar su labor en 1960, se encontraron ante una serie de líneas
espectrales extrañas que no sabían identificar. Además, las líneas del espectro
de un quásar determinado no coincidían con las de los demás. Aquello era sin
duda desconcertante, pero a pesar de todo los quásares siguieron aceptándose
como objetos pertenecientes a nuestra Galaxia.
En 1963 Schmidt volvió sobre el espectro de 3C273, que, como una magnitud de
12,8 es el quásar más brillante. De las seis líneas que se observaban en el
espectro, cuatro estaban espaciadas de un modo análogo a cierta serie de líneas
del hidrógeno, con la única salvedad de que dicha serie no debería encontrarse
en el lugar en que de hecho aparecía. Ahora bien, ¿no podría ser que tales
líneas estuvieran localizadas realmente en otro lugar, apareciendo, sin
embargo, en el sitio en que aparecían como consecuencia de haber sufrido un
desplazamiento hacia el extremo rojo del espectro? De ser así, tenía que
tratarse de un desplazamiento enorme, pues a partir de él se deducía una velocidad
de recesión de más de 40.000 kilómetros por segundo. Por muy increíble que
pareciera esta hipótesis, lo cierto es que admitiendo dicho desplazamiento
quedaban automáticamente identificadas las otras dos líneas: una de ellas
representaba el oxígeno desprovisto de dos electrones, y la otra el magnesio
desprovisto también de dos electrones.
Estudiando de nuevo los demás espectros de quásares, Schmidt y Greenstein
comprobaron que las líneas que aparecían en ellos también podían ser
identificadas, siempre que se trabajara sobre la base de enormes desvíos al
rojo.
Estos enormes desvíos al rojo podrían ser producto de la expansión general del
Universo; pero si a partir de dicho corrimiento se calculaba la distancia de
acuerdo con la ley de Hubble, resultaba que los quásares no podían ser, en modo
alguno, estrellas ordinarias de nuestra Galaxia, sino objetos
extraordinariamente distantes, alejados de nosotros miles de millones de años-
luz.
Este resultado era muy duro de aceptar, por lo cual se buscaron otras explicaciones
para el desvío hacia el rojo. Se pensó, por ejemplo, que los quásares tal vez
fuesen objetos muy masivos asociados con campos gravitatorios suficientemente
intensos para producir desvíos al rojo de Einstein muy grandes. O que quizá se
tratara de regiones de gas muy disperso cuya luminosidad fuese debida a la
radiación dura emitida por las numerosas estrellas de neutrones contenidas en
el interior de aquél; el gigantesco campo gravitatorio de estas estrellas se
encargaría, por su parte, del desvío hacia el rojo. Existe un quásar, el
3C-273B (y se sospecha que no es el único) del cual se sabe, desde 1967, que
emite rayos X (en una cantidad mil millones de veces superior a la emitida por
la nebulosa del Cangrejo), y este hecho concuerda con la teoría de las
múltiples estrellas de neutrones. En este sentido, Philip Morrison, del M. I.
T., había especulado ya con la posibilidad de que los quásares fuesen
gigantescas estrellas de neutrones; en ese caso, los quásares serían a una
galaxia normal lo mismo que un pulsar a una estrella corriente.
Si todo esto fuera cierto, los quásares serían objetos relativamente cercanos.
Pero más tarde se demostró que a la posibilidad de que el corrimiento hacia el
rojo estuviera originado por efectos gravitatorios podían hacerse fuertes
objeciones de orden teórico. Fuera cual fuese la explicación, el desvío hacia
el rojo parecía deberse a la velocidad.
Ahora bien, ¿no podría ser que los quásares se hallaran relativamente próximos
a nosotros y que, a pesar de ello, hubiesen adquirido velocidades gigantescas
debido no a la expansión del Universo, sino a alguna explosión en el centro de
nuestra Galaxia, como por ejemplo la colisión de estrellas de neutrones?
Sin embargo, si esto fuese así, todos los quásares se alejarían del centro de
la Galaxia, y entonces cabría esperar que algunos de ellos se moviesen hacia
nosotros produciendo un gran corrimiento hacia el violeta, mientras que otros,
hallándose a una distancia relativamente corta de nuestro sistema, exhibiesen
un movimiento propio mensurable. Pero nada de esto se ha observado: hacia
finales de los años sesenta se habían descubierto unos ciento cincuenta
quásares; pues bien, absolutamente todos los espectros estudiados indicaban la
presencia de un gran corrimiento hacia el rojo (mayor, de hecho, que el de
3C273), mientras que ninguno de ellos indicaba la presencia de un movimiento
propio perceptible.
James Terrell, del observatorio de Los Álamos y uno de los astrónomos más
destacados de entre aquellos que se niegan a atribuir una gran distancia a los
quásares, señala, sin embargo, que este factor no es decisivo. Según él, si la
explosión tuvo lugar hace mucho tiempo, todos los quásares que al principio se
precipitaron en dirección hacia el Sol nos habrían pasado ya y estarían ahora
alejándose. Y en la actualidad se hallarían tan distantes (aunque no
«superdistantes») que el movimiento propio que podríamos observar desde la
Tierra sería absolutamente inexistente. En 1968 Terrell afirmó haber detectado
para 3C273 un movimiento propio que indicaría una distancia de sólo 400.000
años-luz.
Pero a favor de la teoría del gran alejamiento de los quásares también existe,
cuando menos, una prueba directa e independiente del corrimiento hacia el rojo.
La emisión de microondas de 3C273 es, al parecer, bastante deficiente en la
región de los 21 centímetros, región que se halla ocupada por una línea de
absorción. Esta línea de absorción muestra un corrimiento hacia el rojo que
indica que la nube de hidrógeno responsable (supuestamente) de la absorción
tiene que hallarse a una distancia de cuarenta millones de años-luz. Y da la
casualidad de que entre la Tierra y 3C273 existe un cúmulo de galaxias en la
constelación de Virgo precisamente a cuarenta millones de años-luz. Parece
razonable suponer que en dicho cúmulo existe una nube de hidrógeno que provoca
la absorción en la zona de los 21 centímetros. En ese caso, el quásar 3C273,
estando como está más allá del cúmulo de Virgo, no podría ser desde luego un
miembro de nuestra Galaxia. Y si se halla más allá del cúmulo de Virgo,
entonces parece imposible afirmar que dicho quásar no se halla tan lejos como
indica su corrimiento hacia el rojo. Dando un paso más en el razonamiento
podríamos decir que si un quásar se encuentra muy alejado y su desvío hacia el
rojo representa esta enorme distancia, entonces resulta difícil sostener que
esos desvíos hacia el rojo aún mayores que exhiben los demás quásares son
atribuibles a factores distintos de la distancia.
Si interpretamos el fenómeno del desvío hacia el rojo en la forma tradicional,
llegamos a la conclusión de que la mayor parte de los quásares descubiertos
recientemente se hallan más alejados que los de la primera hornada. En 1967 Bol
ton descubrió que el desvío hacia el rojo del quásar PKS 02-37-23 representaba
una velocidad de recesión de un 82,4% de la velocidad de la luz (es decir, unos
25.740 kilómetros por segundo). De acuerdo con Sandage, tales objetos tienen
que hallarse a casi nueve mil millones de años-luz de distancia, de modo que la
luz que recibimos nosotros ahora fue emitida hace unos 9 evos.
Y sin embargo, el hecho de atribuir distancias gigantescas a los quásares no
hace sino sumir a los astrónomos en problemas aún más complejos y
desconcertantes. Y es que si estos objetos son tan increíblemente lejanos como
parece deducirse de sus corrimientos hacia el rojo, entonces tienen que ser en
extremo luminosos para poder brillar como lo hacen. Pero al parecer, no sólo
emiten cantidades gigantescas de microondas, sino también luz visible a
raudales. Los quásares son entre treinta y cien veces más luminosos que una
galaxia común. Por otro lado, es muy posible que constituyan la fuente de una
fracción apreciable de la producción de rayos cósmicos ultraenergéticos del
Universo.
Pero si esto fuese cierto, es decir, si los quásares poseyeran la forma y el
aspecto de una galaxia, deberían contener un número de estrellas cien veces
superior al de una galaxia común y sus dimensiones deberían ser de cinco a seis
veces superiores a las de esta última. Incluso a las descomunales distancias a
que se encuentran, los quásares deberían aparecer en el telescopio de 200
pulgadas como manchas ovales de luz perfectamente distinguibles. El hecho de
que se manifiesten como simples puntos luminosos parecía indicar que, a pesar
de su extraordinario brillo, tenía que tratarse de objetos mucho más pequeños
que una galaxia ordinaria.
Esta teoría de que el tamaño de los quásares era más bien reducido se vio
respaldada por otro fenómeno: desde 1963 se había venido observando que la energía
emitida por estos cuerpos, tanto en la región visible como en la de microondas,
era variable, con aumentos y disminuciones de hasta 3 magnitudes en el
intervalo de unos cuantos años.
Para que la radiación varíe tanto en tan poco tiempo es preciso que el cuerpo
sea pequeño. La razón es la siguiente: una variación pequeña puede ser
consecuencia de un abrillantamiento o debilitamiento en zonas limitadas de un
cuerpo; pero una variación importante tiene que derivarse forzosamente de algún
proceso que afecte al cuerpo entero. Y si el proceso afecta al cuerpo en su
totalidad, entonces tiene que existir algún efecto que se manifieste a lo largo
y a lo ancho del objeto dentro del tiempo que dure la variación. Pero,
comoquiera que ningún efecto puede viajar a una velocidad superior a la de la
luz, los quásares, al variar de un modo marcado en el lapso de unos pocos años,
no pueden tener un diámetro superior a un año-luz más o menos. (Algunos
cálculos demuestran que los quásares no tienen un diámetro mayor que una
semana-luz.)
Esta combinación de un volumen diminuto con una gran luminosidad plantea a los
astrónomos problemas de tan difícil resolución que, por lo general, se observa
cierta tendencia a encontrar algún modo de aceptar los quásares como objetos
cercanos, pues en ese caso (que es la tesis de Terrell) no necesitarían una
luminosidad excesiva para brillar del modo que lo hacen: no serían más
brillantes de lo que cabría esperar de un cuerpo de un año-luz de diámetro. Si,
por el contrario, suponemos que la distancia de los quásares es realmente
gigantesca, entonces nos encontramos enfrentados con el problema de un objeto
que teniendo sólo un año-luz de diámetro, es cien veces más luminoso que una
galaxia común, cuyo diámetro alcanza los cien mil años-luz. ¿Cómo se puede
explicar esto?
Varias son las posibilidades que se han sugerido. Una de ellas es la de la
«lente gravitatoria». La hipótesis de partida es que una galaxia se interponga
justamente entre la Tierra y otra galaxia. La luz emitida por la galaxia más
lejana se curvaría alrededor de la cercana en virtud de los efectos
gravitatorios, concentrándose luego de nuevo en nuestra dirección. El efecto
final sería análogo al de la lente de un telescopio: el brillo aparente de la
galaxia más lejana se vería aumentado hasta el punto de que ambas galaxias se
nos antojarían como un quásar super- luminoso.
Otra posibilidad, que acaso tenga más probabilidades de ser cierta que la
anterior, es que se trate de algún tipo de implosión, alguna catástrofe que a
escala galáctica represente lo que las supernovas a escala estelar. Pudiera ser
que al nivel galáctico la explosión de una galaxia ordinaria sea una especie de
«nova» que radia gran cantidad de energía, pero en la cual se conserva la
sustancia y la forma de galaxia, mientras que aquellas catástrofes de
características particularmente drásticas sean algo así como «supernovas», en
el sentido de que gran parte de la materia galáctica sale despedida hacia el
exterior, contrayéndose el resto en un quásar. (Y en efecto, la luz procedente
de los quásares es análoga en algunos aspectos a la de las enanas blancas.)
En ese caso, los quásares serían el equivalente galáctico de las estrellas de
neutrones (tal y como sugiere Morrison), aun cuando el corrimiento hacia el
rojo seguiría siendo una consecuencia de la velocidad y no de su campo
gravitatorio.
Lo que sí es seguro es que si la interpretación correcta de los quásares es
alguna de las anteriores, tales objetos tienen que ser muy efímeros, pues es
imposible que puedan radiar tales cantidades de energía durante mucho tiempo.
Existen cálculos que indican que un quásar no puede subsistir como tal durante
más de un millón de años, aproximadamente. Los quásares que observamos en la
actualidad debieron de formarse hace relativamente poco tiempo (a escala
cósmica), y necesariamente tienen que existir una serie de objetos que en su
día fueron quásares pero que dejaron ya de serlo.
Sandage anunció en 1965 el descubrimiento de ciertos objetos que efectivamente
pudieran ser antiguos quásares, pues a pesar de que su aspecto recordaba al de
las estrellas azuladas ordinarias, poseían corrimientos hacia el rojo
descomunales, como los quásares. Y aunque no emitían ninguna clase de
microondas, su distancia, luminosidad y tamaño coincidían con los de aquéllos.
Sandage los denominó blue stellar objects (objetos estelares
azules), cuya abreviatura es BSO.
Al parecer, los BSO son más numerosos que los quásares. Ciertos cálculos
efectuados en 1967 sitúan en 100.000 el número total de BSO que se hallan al
alcance de nuestros telescopios. Si es cierto que tales objetos se derivan de
los quásares, entonces su número tiene que ser unas cincuenta veces superior al
de éstos, porque la duración de la fase BSO es también cincuenta veces superior
(digamos 50.000.000 de años). Los quásares aún más viejos, es decir aquellos
que ya han dejado tras sí la etapa BSO, se irán apagando hasta llegar un
momento en que no puedan ser detectados ni por la emisión de microondas ni por
la luz. En la actualidad se ignora todavía cuál es la forma que adoptan
entonces y de qué modo podría reconocérselos.
La simple existencia de los quásares y de los BSO ha supuesto un duro golpe
para la teoría del estado estacionario. Pues si todos ellos se encuentran a
grandes distancias y, por consiguiente, se formaron muchos evos atrás, y si en
nuestra proximidad inmediata no se ha podido detectar ningún objeto de este
tipo, parece lógico pensar que los procesos (sean cuales fueren) que dieron
lugar a aquéllos no se encuentran ya en vigor (aunque es cierto que en nuestras
proximidades quizá existan restos de lo que en un pasado muy lejano fueron
quásares y que hasta ahora no hayamos sido capaces de detectarlos). Esto, a su
vez, significa que evos atrás el Universo difería del de ahora en aspectos
importantes.
Si el «big bang» se produjo hace unos 15 evos, entonces lo anterior tiene
perfecto sentido, pues en aquellos tiempos el Universo era más pequeño, más
caliente, más joven y más repleto de objetos que hoy, con lo cual no es de
extrañar que los sucesos catastróficos del tipo de la formación de quásares
estuvieran a la orden del día, mientras que en el Universo actual, de mayor
tamaño, más frío, más viejo y más vacío que el de antaño, esas hecatombes ya no
ocurren.
En contra de esta teoría está el hecho de que, a pesar de todo, la década de
los sesenta no ha logrado demostrar de un modo indiscutible que los quásares
son cuerpos extremadamente distantes, ni ha conseguido acabar con la idea de
que tal vez se trate de objetos situados a distancias moderadas. Por otra
parte, los quásares no parecen ya antes tan únicos como se creía al principio.
En 1943 Cari Seyfert —por entonces un estudiante de astronomía recién
licenciado— había detectado una galaxia de características peculiares que desde
aquellos años se sabe forma parte de un grupo conocido hoy con el nombre de
«galaxias de Seyfert». Aunque a finales de la década de 1960-69 sólo se tenía
noticia de unos doce ejemplares de ellas, es posible que constituyan un 1% de
todas las galaxias conocidas.
Las galaxias de Seyfert son normales en casi todos los aspectos y sus desvíos
al rojo no pasan de ser moderados. Los núcleos, sin embargo, son muy compactos,
muy brillantes y parecen en extremo calientes y activos, es decir, de
características similares a los quásares. Las variaciones que se observan en su
radiación parecen indicar que el tamaño de los centros radioemisores emplazados
en los núcleos de dichas galaxias no es mayor que el que por lo general se
atribuye a los quásares.
Dada su intensa actividad, estos núcleos galácticos resultarían visibles a
distancias mucho mayores que las capas exteriores de las galaxias de Seyfert.
Quiere decirse que a una distancia suficientemente grande lo único que veríamos
de una galaxia de este tipo —ya fuese con el telescopio óptico o con el
radiotelescopio— sería el núcleo, por lo cual los astrónomos lo catalogarían
como un quásar. Así pues, es posible que los quásares muy distantes no sean
otra cosa que galaxias de Seyfert de gran tamaño. En ese caso, es probable que
los quásares se formen relativamente cerca de nosotros, o lo que es lo mismo,
que constituyan un fenómeno no exclusivo de las grandes distancias y, por
consiguiente, no tan indicativo de que miles de millones de años atrás el
Universo era muy distinto del de ahora.
Ahora bien, si los quásares han perdido algo de su fuerza como apoyos de la
teoría del «big bang», lo cierto es que este apoyo ha sido asumido por otro
tipo de observación, y además de una forma espectacular. Veamos cómo.
Si es cierto que el Universo comenzó con un «big bang», esta explosión tuvo que
emitir una oleada ingente de radiación sumamente energética: rayos X y rayos
gamma. Escarbando entonces en los confines remotos del espacio, a miles de
millones de años-luz de distancia, lo que haríamos no sería otra cosa que
retroceder miles de millones de años en el tiempo, con lo cual estaríamos en
condiciones de «ver» ese balón de fuego.
Fue Robert H. Dicke, de la Universidad de Princeton, quien concibió esta idea
en 1964, afirmando además que a la distancia a que se detectaría el balón de
fuego, el corrimiento hacia el rojo sería tan gigantesco que los rayos X y los
rayos gamma se hallarían desplazados hasta la región de las microondas. Así
pues, según Dicke, en cualquier dirección que se enfocara el radiotelescopio
debería detectarse un fondo general de radiación de microondas, radiación cuyas
características él calculó, trabajando siempre sobre la hipótesis del «big
bang».
La búsqueda en pos de la radiación de fondo comenzó al punto, y en 1965 A. A.
Penzias y R. W. Wilson, de los Bell Telephone Laboratories, afirmaron que tras
eliminar convenientemente el efecto de todas las emisiones de microondas,
quedaba todavía un fondo general muy débil de radiación. El hombre había
escuchado el eco del «big bang» resonando todavía por el espacio.
Ahora bien, la naturaleza de la radiación detectada parece indicar que su
temperatura actual es de 3o K., o tres grados sobre el cero
absoluto, y no de 10° K, que es lo que predijo Dicke. Esta discrepancia
demuestra, al parecer, que la temperatura original del «big bang» era inferior
a lo que los teóricos habían estimado como más probable, lo cual, a su vez,
podría significar que en el momento de su nacimiento el Universo no estaba
compuesto exclusivamente de hidrógeno, sino que contenía una, mezcla
considerable de helio.
* *
* *
Y
así, tal como prometimos al principio del libro, hemos seguido paso a paso la
búsqueda del hombre en pos de ese horizonte cada vez más lejano. Comenzamos con
la visión limitadísima de un trozo de Tierra plana y terminamos en un punto en
que el hombre tiene ante sus ojos un Universo de 26.000.000.000 de años-luz de
diámetro.
Pero tampoco hay razón para pensar que hemos topado con los últimos confines
del Universo. Durante cuatro siglos la astronomía ha ido progresando a un ritmo
cada vez más acelerado, y, hoy por hoy, no hay indicio alguno de que esta
tendencia se vaya a quebrar. A lo largo de la última generación el hombre ha
aprendido acerca del Universo mucho más que durante toda su historia anterior.
¿Qué no descubrirá, entonces, la siguiente generación?
Si convenimos en que escarbar en lo desconocido y arrojar luz sobre lo que
antes era oscuro constituye un juego sumamente intrigante, entonces es seguro
que el futuro nos deparará cada vez más intrigas.
- Alfven,
Hannes, Worlds-Antiworlds , Freeman (1966).
- Bonnor,
William, The Mystery of the Expanding Universe, The
Macmillan Co., Nueva York (1964).
- Burbidge,
Geoffrey y Burbidge, Margaret, Quasi-Stellar Objects , Freeman
(1967). -The Flamear ion Book of Astronomy, Simón &
Schuster, Inc., Nueva York (1964).
- Glasstone,
Samuel, Sourcebook on the Space Sciences , Van Nostrand
Co., Inc., Princeton (1965).
- Hoyle,
Fred, Astronomy, Doubleday & Co., Inc., Nueva York
(1962). — Galaxies, Nuclei and Quasars, Harper & Row,
Nueva York (1965).
- Ley,
Willy, Watchers of the Skies, Viking (1966).
- McLoughlin,
Dean B., Introduction to Astronomy , Houghton Mifflin
Co., Boston (1961).
- Pannekoek,
A., A History of Astronomy , Interscience Publishers,
Nueva York (1961).
- Rudaux,
Lucien, y Vaucouleurs, Larousse Encyclopedia of Astronomy ,Prometheus
Press (1959).
- Sciama,
D. W., The Physical Foundations of General Relativity,
Doubleday (1969).
- Shklovskii,
I. S. y Sagan, Cari, Intelligent Life in the Universe , Holden-Day
(1966).
- Smith,
F. Graham, Radio Astronomy , Penguin Books, Inc.,
Baltimore (1960).
- Struve,
Otto, y Zebergs, Velta, Astronomy of the 20th Century, The
Macmillan Co., Nueva York (1962).
Notas
al pie de página:
[1] El
autor se refiere al antiguo entretenimiento de colocar en hilera las fichas de
un dominó y empujar la primera para provocar la caída en cadena de todas las
demás. ( N. del T.)
Notas
a fin del libro:
[i] La
expresión bíblica «firmamento» atestigua la antigua creencia de que el cielo
era un objeto «firme», una sustancia sólida
[ii] Cierto
que la Tierra no es exactamente esférica, pero la diferencia
es demasiado pequeña para ser percibida a simple vista. Observada desde el
espacio, la Tierra ofrece el aspecto de una esfera perfecta.
[iii] La
posición del Sol en relación con las estrellas no puede observarse de un modo
directo, pero lo que sí puede observarse es que las estrellas visibles a media
noche difieren algo de una noche a otra. Esto significa que el Sol se desplaza
lentamente entre las estrellas, ocultando cada día una parte ligeramente
distinta del cielo y dejando visible de noche una porción también algo
diferente. El Sol tarda 365 % días en describir de esta forma un circuito
celeste completo.
[iv] La
elipse es una especie de circunferencia aplastada, con dos focos. Si desde
cualquier punto de la elipse se trazan dos segmentos de recta hasta sendos
focos, la suma de las longitudes de ambos segmentos es siempre la misma.
[v] El
paralaje del Sol no se puede medir directamente con ninguna precisión, pues
ello exige trabajar con un punto fijo de la superficie o del borde solar. Ahora
bien, en la superficie cegadora del Sol no hay ningún punto que pueda tomarse
como fijo, con lo cual el diminuto desplazamiento que representa el paralaje de
este astro (de unos 8,8 segundos ó 1/400 del de la Luna) no
puede ser detectado. A pesar de su menor brillo y su reducido tamaño, los
planetas permiten observaciones mucho más fáciles y precisas, siendo también
más fácil detectar en ellos paralajes pequeños. La distancia del Sol se puede
calcular a partir de estas observaciones con un grado de precisión mucho mayor
que por cualquiera de los métodos directos.
[vi] Aunque
lo que Bradley trataba de detectar era el paralaje y no la aberración, no es
lícito considerar esto como un fracaso. La existencia de la aberración de la
luz constituye una prueba tan válida como la que hubiera sido el paralaje
estelar, en favor del movimiento de la Tierra alrededor del Sol. Si la Tierra
fuese efectivamente un cuerpo inmóvil situado en el centro del Universo, no
habría ni paralaje ni aberración. Cierto que por aquel entonces (siglo XVIII)
la teoría geocéntrica apenas necesitaba ya más pruebas en contra, pero el
descubrimiento de Bradley aportaba una más. Por otra parte, el descubrimiento
de la aberración permitió a Bradley calcular la velocidad de la luz con una
precisión mayor que la que se conocía hasta entonces.
[vii] Este
sigue siendo el movimiento propio más grande entre las estrellas visibles a
simple vista. Las seis (más o menos) estrellas en las que se ha detectado una
velocidad mayor son todas tan débiles que sólo resultan visibles al telescopio;
pero son débiles debido a su tamaño diminuto, no a su distancia.
[viii] Para
que un tren se halle en reposo respecto a nosotros no es preciso que se
encuentre absolutamente inmóvil, pues si aquél se está moviendo y nosotros nos
hallamos dentro de él, participando de su movimiento, es evidente que se
hallará en reposo con respecto a nosotros. Mientras el tren no acelere,
decelere o tome una curva, es decir, mientras se mueva a una velocidad
constante, por muy alta que ésta sea, podremos pasearnos dentro de él como si
no se hallara en movimiento. Y de hecho no se encuentra en movimiento respecto
a nosotros, aunque sí se mueve en relación con el paisaje circundante.
[ix] La
razón de que el Sol poniente sea más rojo que el naciente, es que al final del
día el aire se halla, por lo general, más cargado de polvo que al amanecer.
[x] Los gases no dispersan la luz con
tanta eficacia como las partículas de polvo. El hecho de que las nebulosas
dispersan la luz con facilidad, demuestra que además de gas, tienen que
contener también polvo. Según los conocimientos actuales, el polvo constituye
solo el 1 ó el 2% de la masa total de una nebulosa, pero ese porcentaje es
suficiente para explicar los hechos.
[xi] Esto
explica, incidentalmente, por qué la «meteorología» es el estudio de la
atmósfera y el tiempo, y no de los meteoros. El estudio de estos últimos se
denomina ahora «meteorítica».
[xii] La
galaxia de Andrómeda es, en efecto, notable por ser el objeto más lejano que se
puede distinguir a simple vista.
[xiii] Las
galaxias se denominan a menudo por el número que ocupan en la lista del New
General Catalogue of Nebulae and Clusters (Nuevo Catálogo General de Nebulosas
y Cúmulos), publicado desde 1888 hasta 1908 y al cual se hace referencia
utilizando la abreviatura NGC.
[xiv] Cada
día es más corriente utilizar la palabra «evo» (que por lo común se usa para
designar un período de tiempo de longitud indefinida) como equivalente de mil
millones de años.
[xv] Este
es el período de rotación en el ecuador solar. El Sol no es un cuerpo sólido ni
rota en bloque como la Tierra. Los puntos al norte y al sur del ecuador giran
con un período más largo. A 60° de latitud norte o sur, el período es de unos
31 días.
[xvi] El
caso más fácil de determinación de la masa de una estrella se da cuando ésta
forma parte de un sistema binario. Conocida la distancia que media entre el
sistema y la Tierra, se puede calcular la distancia real que separa a las dos
estrellas, y de ahí calcular su velocidad orbital. A partir de estos datos, y
haciendo uso de la ley newtoniana de la gravitación universal, es posible
determinar la masa de las estrellas. Afortunadamente, las estrellas binarias
son tan numerosas que el gran volumen de datos sobre masas estelares de que
disponen los astrónomos permite extraer perfectamente conclusiones de validez
general.
[xvii] La
relación masa-luminosidad vino a explicar la conexión que existe entre la
luminosidad y el período de las variables Cefeidas. Cuanto más masiva es una
Cefeida, tanto más luminosa será y más lentamente emitirá sus pulsaciones. (Una
experiencia muy común es que en todos los fenómenos periódicos los objetos
grandes poseen períodos más largos que los pequeños.) Por consiguiente, las
Cefeidas más luminosas tendrán períodos más largos que las menos luminosas. La
nueva escala del Universo, establecida por vez primera por Shapley, resulta ser
una consecuencia lógica de las diferencias en las propiedades estelares, y no
simplemente producto de un golpe de suerte más o menos misterioso.
[xviii] Si,
por alguna razón, la estrella no consigue desprenderse de suficiente masa para
que el resto quede por debajo del límite, existen todavía otras posibilidades
que discutiremos más adelante..
[xix] Naturalmente,
la Tierra no es exactamente esférica, por lo cual sus
propiedades (la intensidad gravitatoria, por ejemplo) varían ligeramente de un
punto a otro de la superficie.
[xx] El
satírico Tom Lehrer ha escrito una canción muy divertida cuyo título es
«Lobachevski». Quienes hayan oído y disfrutado de la canción quizá piensen que
me confundo, pero lo cierto es que Lehrer utilizó el nombre del gran
matemático.
[xxi] Hay
casos especiales en que esto no ocurre, como, por ejemplo, cuando el primer
objeto es una esfera hueca y el segundo se halla dentro de ella. Pero estos
casos especiales no son importantes desde el punto de vista astronómico.
[xxii] La
expresión «big bang» (Gran Estallido) se utiliza corrientemente en las obras en
castellano sobre este tema. (N. del T.)
[xxiii] Se
dice que Gamow eligió a estos dos colegas con cierto humor malicioso, pues los
nombres de Alpher, Bethe y Gamow recuerdan a las tres primeras letras del
alfabeto griego: alfa, beta y gamma. Por ello, esta teoría se denomina también
a veces la «teoría a, p,7».
[xxiv] Esto
en el caso de que se desplace en el vacío. Cuando la luz viaja a través de un
medio transparente distinto del vacío —tal como el aire, agua o vidrio— su
velocidad es menor, y en ocasiones mucho menor. Sin embargo, es imposible
(cualesquiera que sean las circunstancias) conseguir reducir un fotón al estado
de reposo absoluto sin que sea absorbido. Es más, en el momento en que el fotón
pasa de un medio transparente al vacío, su velocidad se convierte de nuevo en
300.000 km. por segundo.
[xxv] Por
otro lado, una partícula que posea masa, por muy pequeña que sea ésta, nunca
podrá viajar a la velocidad de la luz. Podrá acercarse a ella mucho, pero nunca
llegará a alcanzarla.
[xxvi] Se
supone que la mayor parte de las estrellas poseen un campo magnético que desvía
cualquier partícula de rayos cósmicos que pase cerca de ellas. Pero además se
cree que la Galaxia posee también un débil campo magnético propio, que tal vez
contribuya a mantener la existencia de los brazos de las galaxias espirales.
[xxvii] En
1964 se descubrió otra de las propiedades notables de la nebulosa del Cangrejo.
Las mediciones que, desde globos, se hicieron aquel año en torno a la radiación
de rayos cósmicos, arrojaron valores más altos cuando la nebulosa del Cangrejo
se encontraba a la vista de los detectores que en el caso contrario. Suponiendo
que no se trata de una coincidencia, podemos decir que, aparte del Sol, dicha
nebulosa es la única fuente específica de rayos cósmicos que se conoce.
[xxviii] En
ocasiones se ha observado el impacto de un meteorito sin que en el lugar de
incidencia aparezca una cantidad apreciable de materia meteórica. Esto ha
inducido a pensar que tal vez se trate de meteoritos compuestos de antimateria.

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