© Libro N° 6190.
Resumen De La Guerra Del Pacifico. Bulnes, Gonzalo Y Pinochet, Oscar. Emancipación. Julio
6 de 2019.
Título
original: © Resumen De La Guerra Del Pacifico. Gonzalo Bulnes Y Oscar
Pinochet
Versión Original: © Resumen De La Guerra Del Pacifico. Gonzalo Bulnes Y
Oscar Pinochet
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Miranda
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RESUMEN DE LA GUERRA DEL PACIFICO
Gonzalo Bulnes Y Oscar Pinochet
CONTENIDO
Palabras
preliminares
A
manera de prólogo
Libro
I
Relaciones
de Chile y Bolivia antes de 1879
Chile
y el Perú antes de 1879. El tratado secreto
Ocupación
de Antofagasta y reacción peruana. Toma de Calama
El
primer día de guerra con Perú. Expedición al Callao
Combate
de Iquique
En
tierra y en el mar. Correrías del Huáscar
Final
del ministerio Varas. Preparativos para la campaña terrestre
Combate
de Angamos. Últimos preparativos de la campaña terrestre.
Campaña
de Tarapacá. Asalto de Pisagua
Batalla
de Dolores
Rendición
de Iquique. Batalla de Tarapacá
Fin
de la campaña de Tarapacá
Libro
II
Entre
dos campañas
Primeras
operaciones en el departamento de Moquegua
Combate
de Los Ángeles. Muerte de Sotomayor
Batalla
de Tacna. Asalto de Arica
El
gobierno de Chile y la campaña de Lima
Política
internacional de la guerra. Conferencia de Arica
Acciones
anteriores a la campaña de Lima. De Arica a Lurín
Chorrillos
y Miraflores
Libro
III
Regreso
de Baquedano. Primeros meses de ocupación de Lima
Primera
tentativa de paz. El Perú a fines de 1881
Bolivia
y la tregua
Las
montoneras. Batalla de La Concepción
Iniciativas
de paz. Conferencia de Chorrillos
Huamachuco
y el Tratado de Ancón. Campaña de Arequipa
Pacto
de Tregua con Bolivia. Sometimiento de Cáceres
Los
autores
Palabras
preliminares
En
1979 se cumplirán 100 años de la iniciación de la Guerra del Pacífico y alguien
podría preguntarse si un libro como este, destinado a recordarla, es un hecho
político entre Chile, Perú y Bolivia.
Creemos
que sí.
La
Guerra del Pacífico fue mucho más que un hecho de armas. Fue la movilización de
un pueblo entero, unido por el amor a la Patria, en torno a ideales que
superaban largamente los pequeños y diarios intereses egoístas. De un pueblo
que encontró en el trabajo y en la hermandad una fuerza sorprendente en que
pocos creían.
Gonzalo
Bulnes trata el tema con objetividad y espíritu de justicia. Se nota su
preocupación por no ofender legítimos sentimientos de peruanos y bolivianos.
"Ha pasado suficientemente el tiempo - dice -, apagador de las pasiones,
para que tanto en el Perú como en Chile se rinda justo homenaje de admiración a
vencedores y vencidos". Palabras que son extensivas a Bolivia, que no
nombra, pues se está refiriendo a la toma del Morro de Arica, donde no había
fuerzas de ese país.
El
valor de un libro como éste reside en conservar su espíritu y adaptar la letra
del original; es por eso que lo hemos escrito más con la tijera que con la
pluma. Nos halaga pensar que este resumen de Bulnes llegará a un vasto público
lector que no tiene fácil acceso a los tres gruesos volúmenes que él escribió y
sus más de 2.000 páginas (edición de la Imprenta y Litografía Universo
1912-1919).
Será
posiblemente una sorpresa encontrar aquí, además de los hechos fundamentales
que todo chileno conoce bien, ciertos antecedentes diplomáticos que ligan a
Chile, Perú y Bolivia a través de Tacna y Arica. Si la historia tiene una
valor, es el de recordar hechos que no necesitamos inventar cada vez y
aprovechar la experiencia que nos brinda en beneficio de la armonía y de la
paz. Sería un contrasentido de que tres países unidos por vínculos de raza,
historia y religión fueran separados por la geografía.
A manera de prólogo[1]
La
dificultad mayor de este trabajo ha sido colocarme en un punto de vista de
justicia y desligarme de las pasiones de nacionalidad y de los intereses
contemporáneos. Me he esforzado por ser imparcial, por mirar con los ojos de la
posteridad que contempla y juzga, que da su mérito al que lo tiene, cualquiera
que sea el papel que haya desempeñado la nacionalidad a que haya pertenecido.
Me
ha sostenido en este pensamiento el convencimiento de que en todas las obras
humanas, lo que no se ajusta a la verdad tiene vida precaria. Sin pretender
escribir la historia definitiva, que no existe, y que probablemente no existirá
nunca, tampoco he querido hacer una obra efímera, sino algo que forme sanamente
el criterio de la generación actual y de las venideras y puedan ellas
inspirarse en las enseñanzas y deberes que fluyen de los hechos lealmente
apreciados.
Me
ha costado colocarme en ese terreno para juzgar la conducta de Chile, Perú y
Bolivia en todo el curso de la guerra, porque me merece igual respeto el que
defiende a su Patria en uno u otro campo: y si alguna debilidad sentía mi
pluma, era en favor del vencido, del que oponía a la victoria sus últimos y
desesperados esfuerzos.
Más
difícil ha sido colocarme en esa situación de justicia con los chilenos,
venciendo los impulsos de la sangre y de la amistad. Sobrino del Presidente
Pinto que era hermano de mi madre, amigo de Santa María, a quien debí en mi
juventud los mejores afectos; ligado por una relación personal estrechísima con
el General Baquedano, con Velásquez con Latorre, con Lynch, con Aldunate y con
casi todos los actores prominentes de estas páginas, he necesitado apretar el
corazón con la mano para que esos sentimientos no desvíen la imparcialidad de
mi pluma y juzgar sus actos con criterio de verdad, discerniéndoles el honor
que les corresponde no omitiendo a veces comentarios y observaciones que me
habría ¿ido muy grato no tener que hacer.
Una
de las características de la Guerra del Pacífico es el predominio casi sin
contrapeso del elemento civil, que mantuvo la preeminencia en la dirección
general, dejando a los militares desenvolverse libremente en los combates. La
campaña giró en Santiago alrededor de Pinto y de Santa María, que la dirigían
personalmente; en el Perú, de Sotomayor y de Vergara y, después, de Novoa y de
Lynch, que era un semicivil, un marino repudiado por sus compañeros de
profesión, que no lo aceptaron en la Armada, la cual le obligó a buscar un
puesto en los transportes y a desempeñar funciones administrativas como la
Jefatura Política de Tarapacá que siempre fue cargo civil.
La
formación del Ejército contribuyó a darle igual sello a la campaña. A la fecha
de la declaración de guerra en Febrero de 1879 constaba apenas de 2.000
hombres. La única preparación de la oficialidad había sido la guerra de Arauco
y se había formado una masa militar que tenía una gran resistencia para vivir a
la intemperie y con una obediencia ciega por la escala de grados. Esos 2.000
hombres y ese personal escaso de oficiales se repartió en el Ejército que hizo
la campaña del Perú. No podría decir con exactitud cuántos hombres pasaron por
los cuadros, pero es indudable que excedieron de 70.000. Esto le imprimió a la
campaña el carácter que he anotado: es la Nación en armas la que forma sus
filas.
Le
guerra fue por parte de Chile, defensiva de su nacionalidad. Hubo un plan para
suprimirlo y se propuso desarmar a los conjurados. Si queda en sus manos el
salitre de Tarapacá, habría dado al Perú armas, buques, proyectiles que habrían
condenado a Chile a vivir en continua zozobra. Su deber era cerrar la era de la
guerra y garantizar con su propia seguridad la paz de América.
Tarapacá
no era un territorio nacional. Sólo tenía un 10% de población autóctona. El
territorio mismo estaba poblado e industrializado por el brazo y el capital
chilenos.
Cierro
estas páginas con un voto que arranca de mi corazón de chileno y de americano.
La familia se constituyó para que sus miembros se ayudaran entre sí en las
eventualidades de la vida. Las nacionalidades que la forman están unidas por la
comunidad de destinos, de deberes de responsabilidades en el presente y en el
futuro. Que no lo olviden, poniendo de su parte unas y otras, la magnanimidad
que cicatriza las heridas, que alivia los dolores pasados y abre para todos un
porvenir de luz y de justicia.
Libro
I
Capítulo
1
Relaciones de Chile y Bolivia antes de 1879
Cuando
los pueblos americanos se emanciparon de España, sus límites territoriales no
estaban bien determinados. Algo comprensible si se piensa que esas divisiones
eran administrativas e internas. La Madre Patria sólo tenía interés político en
los linderos coloniales con Portugal. Los pleitos surgieron cuando las colonias
se transforman en Repúblicas independientes.
Las
nuevas Repúblicas adoptaron como principio común de demarcación, el límite
administrativo que tenían en el momento de su separación de España. Esto se
llamó el uti possidetis de 1810.
El
Gobierno de Bulnes tiene el mérito de haber procurado establecer los límites de
Chile en el norte y en el sur. En efecto, entre 1841 y 1843 fijó el límite
septentrional del país en el paralelo de Mejillones, y en el sur, en el
Estrecho de Magallanes, fundando una colonia que se llamó Fuerte Bulnes, hoy
Punta Arenas.
En
1842 se descubrieron en Perú grandes depósitos de guano. El Gobierno de Chile
envió una comisión a explorar las costas del norte, hasta el paralelo de
Mejillones con el objeto de reconocer si existían en ellas depósitos similares.
El informe fue poco favorable; sin embargo. Bulnes envió un mensaje al Congreso
proponiendo un proyecto de Ley que declaraba los guanos situados al sur del
paralelo 23° de latitud meridional propiedad de la República, por estar dentro
de los límites de su territorio En este documento se indica como límite norte
de la exploración el paralelo 23° 6’.
Este
proyecto se promulgó como en octubre de 1842 y bajo la forma de una medida de
hacienda quedaba sancionado que el límite norte de Chile era la bahía de
Mejillones. Se disponía que los guanos situados al sur de ese punto eran
propiedad nacional, que caería en comiso todo buque que los cargara sin el
permiso del Gobierno de Chile y que el Presidente podría gravar su exportación
con un derecho de aduana.
Bolivia
protestó alegando que su límite austral no era el límite 23° de latitud sino el
26°. La divergencia giró alrededor de esos tres grados hasta 1866, en que fue
firmado un tratado con el que’ se creyó solucionarla.
Desde
ese día fueron frecuentes los conflictos de jurisdicción entre las autoridades
chilenas y bolivianas, iniciándolos un pequeño barco boliviano, el General
Sucre, que apresó en Mejillones al Rumenia, de matrícula chilena, y lo llevó a
Cobija. En 1846 la Janequeo, de nuestra marina de guerra, llevó gente a Angamos
a establecer una explotación industrial. Al año siguiente un buque chileno, el
Martina, embarcó guano en Mejillones y en Santiago se recibió una reclamación
diplomática. Contestó el Ministro de Relaciones Exteriores, don Manuel Camilo
Vial: "El bergantín Martina ha hecho la explotación de guano en el
territorio de la República de Chile". Poco después una compañía
constituida en Chile inició trabajos de explotación de guano en Mejillones.
Los
Presidentes Manuel Montt y José Joaquín Pérez siguieron el camino que les
trazara la administración Bulnes. En 1857 la Esmeralda, mandada por el Capitán
José Anacleto Goñi, apresó en Mejillones un buque guanero, el Sportsman, y lo
condujo a Caldera y el Capitán Williams Rebolledo desbarató una explotación que
hacía con permiso de Bolivia el brasileño Pedro López Gama.
En
el intertanto, los investigadores registraban los archivos coloniales,
destacándose por Chile Miguel Luis Amunátegui y por Bolivia José María
Santibáñez; los diplomáticos realizaban infructuosos esfuerzos y las tentativas
conciliatorias proliferaban aunque sin resultados. La controversia hizo crisis
en 1863, cuando el Congreso boliviano facultó en secreto al Ejecutivo para
declarar la guerra a Chile.
Cuando
los ánimos estaban más exaltados, sobrevino una situación inesperada que
modificó la política de los pueblos del Pacífico: la guerra de España al Perú.
Los países del Pacífico se alarmaron y Chile, Bolivia y el Ecuador hicieron
propia la causa del Perú, mientras una corriente fraternal soplaba sobre las
Cancillerías. Bolivia y Chile procuraron terminar la cuestión de los guanos,
tomando Bolivia la iniciativa. Las relaciones interrumpidas se reanudaron y
Chile acreditó como Ministro en La Paz a Aniceto Vergara Albano, mientras
Bolivia designaba en Santiago a Juan R. Muñoz Cabrera.
Era
entonces Presidente de Bolivia el General Mariano Melgarejo, caudillo militar
que se había impuesto por las armas, derrocando al Presidente anterior,
procedimiento sancionado por el uso en aquel país. Melgarejo propuso un arreglo
que se convirtió en el Tratado de 1866.
Este
Tratado dispone:
a. El
límite internacional será en adelante el paralelo 24°, el que fijarán en el
terreno "por medio de señales visibles y permanentes", "desde el
Pacífico hasta los límites orientales de Chile", peritos designados por
ambos países.
b. Se
partirán por mitad entre Chile y Bolivia los derechos de exportación que paguen
el guano y los minerales de la zona comprendida entre el paralelo 23° y el 25°.
c. Bolivia
habilitará una aduana en Mejillones para percibir los impuestos de esas
exportaciones, en la que tendrán "derecho de vigilancia" empleados
fiscales chilenos. Lo mismo podrá hacer Bolivia si Chile establece alguna
oficina fiscal en el paralelo 24°.
d. Todo
lo demás que se exporte de esa zona estará libre de impuesto, como lo estarán
también los productos naturales de Chile que se introduzcan por Mejillones.
e. Ambos
Gobiernos determinarán de común acuerdo el sistema de explotación y venta del
guano y "los derechos de exportación sobre los minerales".
f. Chile
y Bolivia se obligan a preferirse en caso de enajenación de esos territorios y
a no cederlos a ninguna nación, sociedad o particular.
g. Se
abonarán 80.000 pesos, sacándolos del 10% del producto de Mejillones, a los
concesionarios de Bolivia en la explotación del guano, cuyos trabajos fueron
suspendidos por el Gobierno de Chile.
Algunas
de estas estipulaciones provocaron graves dificultades, en especial la
medianería para el guano y los metales que se exportaran entre los paralelos 23
y 25°, como asimismo eso de que la aduana de Mejillones debía ser "la
única" habilitada al norte del paralelo 24°. Cuando se descubrió salitre
cerca de Antofagasta, Bolivia alegó que Chile no podía ejercer "derecho de
vigilancia" en la aduana de esa ciudad. También fue motivo de discordia
determinar si el salitre recién descubierto era "mineral", es decir,
substancia metalífera (Chile) o no (Bolivia), algo muy importante para dividir
por mitades los derechos de exportación.
En
Bolivia se ha considerado este Tratado como obra de Chile, soplado al oído del
General Melgarejo. Pero, si se le mira bien, no era desfavorable a Bolivia. Con
él obtuvo que Chile retirase su deslinde internacional del paralelo 23° al 24°
y que le reconociese la mitad de los guanos que la ley de 1842 había declarado
propiedad chilena.
La
parte más grave de este documento era su carácter condicional, porque si bien
esta palabra no se encuentra en él, fluye de todas sus disposiciones. Si Chile
reconocía a Bolivia la propiedad de una parte del territorio disputado, era en
el concepto de que Bolivia cumpliese lo referente a los guanos y minerales.
Antes
de mucho tiempo, ambos países estaban descontentos del Tratado. Bolivia,
inspirándose en los alegatos históricos de sus publicistas, lo apreciaba como
una concesión graciosa de una parte de su territorio. Chile creía haber
regalado terreno indiscutiblemente propio, sin obtener la solución pacífica que
buscaba al suscribirlo, en realidad el Tratado no resolvía nada, dejaba todo
pendiente y abría la puerta a dificultades mayores que las que tuvo en vista
resolver.
Se
ha dicho que este tratado fue una celada chilena para apoderarse del litoral.
La verdad es que según antecedentes hasta hoy desconocidos, el propio Melgarejo
pidió a Chile su ocupación.
Vergara
Albano, Ministro en La Paz, escribía a Santiago el 15 de Junio de 1866:
Ayer
me ha llamado el General Melgarejo para pedir por mi conducto al Gobierno de
Chile que le envíe una guarnición de 50 soldados chilenos con sus respectivos
oficiales que resida en Cobija y esté sometida a las inmediatas órdenes del
Prefecto General de aquel departamento. El General Melgarejo tiene muy graves
motivos para no enviar fuerzas de Bolivia a aquel punto y, como tiene suma
confianza en la disciplina, moralidad y decisión de las tropas de Chile,
prefiere que el puerto de Cobija y sus caletas inmediatas sean defendidos por
una guarnición chilena.
El
Presidente de Chile José Joaquín Pérez, acogió la petición de Melgarejo y más
tarde el Gobierno boliviano amplió su pedido a 100 hombres. Sin embargo medidas
dilatorias del Ministro en Santiago, señor Muñoz, dejaron sin efecto la
decisión.
Melgarejo
fue derrocado por una revuelta militar y el Congreso boliviano declaró nulas
todos los actos de ese Gobierno. Con todo, en un nuevo esfuerzo para facilitar
el cumplimiento del Tratado vigente, se acreditó como Encargado de Negocios de
Chile en La Paz a Santiago Lindsay y Bolivia nombró plenipotenciario ad hoc
para tratar con Lindsay al Ministro de Relaciones Exteriores Casimiro Corral.
Los negociadores llegaron a acuerdo y vaciaron sus ideas en un convenio que
tiene fecha 5 de Diciembre de 1872, destinado a aclarar el de 1866.
Presidente Aníbal Pinto Garmendia
Este
convenio dejó firme el deslinde internacional en el paralelo 24° y la
medianería, pero reglamentó ésta, concediendo a Chile el derecho de vigilar
todas las aduanas que Bolivia estableciera entre los grados 23 y 24, y a este
último país las que nosotros estableciéramos entre los grados 24 y 25. Como
punto muy importante se reconocía como "minerales" al salitre, al
bórax, a los sulfatos, etc. Finalmente, los límites orientales de la zona común
los fijarían peritos de ambos países y en caso de desacuerdo lo haría un
tercero nombrado por el Emperador del Brasil.
Chile
recibió este convenio con poco agrado, pero lo aprobó. El Congreso boliviano,
en cambio, aplazó su examen. Por esos mismos días, el país del altiplano había
celebrado el tratado secreto con el Perú. Al Ministro Lindsay sucedió en La Paz
Carlos Walker Martínez, quien fue enviado por nuestro Gobierno, ignorante de
las negociaciones entre Perú y Bolivia.
Esta
es a grandes rasgos la desgraciada historia del Tratado de 1866. No diré que
Chile estuviera siempre en la razón: la terquedad se extremó un día de este
lado, aquél del otro. En general, Bolivia procedía como cualquiera otra nación
lo hubiera hecho; pero también debe tenerse presente que toda exigencia de
Chile envolvía una reciprocidad onerosa para él.
La
declaración de la Asamblea boliviana sobre el convenio Lindsay-Corral debió
precipitar los acontecimientos; felizmente no sucedió así y se iniciaron
negociaciones que terminaron en el Tratado de 1874. Pero conviene que el lector
conozca un incidente que en aquellos días tuvo gran resonancia.
Vivía
en Chile una colonia de emigrados bolivianos y parece ser cierto que dos de
ellos, el General Quintín Quevedo y el ex Ministro Mariano Donato Muñoz, se
entendieron con algunos chilenos, quienes les proporcionaron recursos para
provocar un cambio de Gobierno en Bolivia.
En
julio de 1872 escapó de Valparaíso el buque María Luisa, con un cargamento de
armas y destino desconocido. Después hubo una denuncia del Vicecónsul boliviano
contra el buque Paquete de los Vilos, pero la inspección de las autoridades
del puerto no descubrió armas ni municiones. En vista de esto, zarpó, llevando
a bordo nada menos que a Quevedo, Muñoz y otros confabulados. Los dos buques se
juntaron más al norte y llegaron a Antofagasta, donde desembarcaron 46 hombres
armados, huyendo las autoridades bolivianas. Más tarde, Quevedo, derrotado, se
refugió en el buque chileno Esmeralda.
El
Ministro de Bolivia en Santiago, Rafael Bustillos, culpó al Gobierno de Chile
en una nota oficial, y como el diplomático dejara pasar el plazo que se le dio
para concretar cargos, la Cancillería chilena cortó relaciones con él y
denunció su conducta al Gobierno de La Paz.
El
Gobierno de Pardo, en el Perú, explotó la suspicacia de Bolivia, haciendo a la
política chilena y no a Quevedo el verdadero responsable de los actos
relatados. Más aún, aprovechando la circunstancia de que una parte de la
desvencijada escuadra chilena se encontraba en Tocopilla y Mejillones en esos
días, el Ministro del Perú en Santiago entregó una prótesis que terminaba con
la frase: "El Perú no sería indiferente a la ocupación del territorio
boliviano por fuerzas extrañas".
La
llegada a La Paz del nuevo Encargad de Negocios de Chile Carlos Walker
Martínez, en 1873, coincidió con una gran agitación anti chilena, que más tarde
describió con estas palabras:
"No
se puede tener idea de la mala voluntad en aquella época dominaba en Bolivia
respecto a nosotros:- La prensa del Perú atizaba el incendio con exageraciones
inconsultas. El Gobierno de Lima ofrecía sus blindados y monitores y la palabra
guerra se oía repetir a menudo en los círculos privados y más de una vez en
reuniones públicas. Nuestra prensa subió también el tono y fue amarga ".
Como
consecuencia de las gestiones de Walker Martínez con el Ministro de Relaciones
Exteriores de Bolivia, Mariano Baptista, hombre de bien y de talento
esclarecido, se convino el Tratado de 1874, que derogó el de 1866. Sus
principales disposiciones son las siguientes:
El
límite entre ambos países se conservó en el paralelo 24° y el oriental de Chile
en el divortio aquarum de la Cordillera de los Andes. En
cuanto a la medianería, se la suprimió excepto para el guano. Respecto a los
minerales, Chile renunciaba al derecho de exportación de aquellos ubicados
entre los grados 23 y 24 y Bolivia se comprometía a no aumentar las
contribuciones existentes durante 25 años sobre los capitales e industrias
chilenos y a mantener como puertos mayores Antofagasta y Mejillones. Era la disposición
fundamental del Tratado y se redactó así:
"Artículo
4º.- Los derechos de exportación que se impongan sobre los minerales explotados
en la zona de terreno de que hablan los artículos precedentes (paralelos 23 y
24) no excederán la cuota que actualmente se cobra; y las personas, industrias
y capitales chilenos no quedarán sujetos a más contribuciones, de cualquiera
clase que sean, que a las que al presente existen. La estipulación contenida
en este artículo durará por el término de 25 años".
Este
artículo pretendía dar garantías a los cuantiosos capitales chilenos que se
empleaban en la región minera de Caracoles y en las empresas salitreras de la
costa.
Se
estipuló el arbitraje para todas las disidencias que pudiera suscitar el
Tratado y se declaró libre el comercio de los productos naturales de uno y otro
país en la zona de la antigua medianería.
El
Tratado de 1874 suscitó una oposición formidable en Bolivia y hubo un momento
en que el Gobierno se encontró impotente para dominarla, especialmente en lo
relativo al artículo 4º que era el que hería la política financiera del Perú.
Por fin, después de una encarnizada lucha se le aprobó. Walker Martínez
describe así el desenlace:
"La
sesión de la Asamblea esa noche fue una de aquellas famosas sesiones de la
revolución francesa: tumultos, olas de pueblo, pasiones encontradas, amenazas
atrevidas, nada faltó... Yo desde mis balcones oía el rumor de la plaza y hasta
mis oídos llegaban los gritos de uno y otro bando en que se dividía la opinión
¡Muera Chile! ¡Viva Chile! ¡Viva Baptista! ¡Muera!"
En
Chile el Congreso lo aprobó sin dificultad.
A
primera vista no se explica la ardorosa oposición que el pacto encontró en
Bolivia. Solucionaba dentro de la justicia una situación que ella declaraba
insoportable, como era la medianería, y si bien quedaba obligada por 25 años a
no alterar los impuestos vigentes en el litoral y a no poder imponer nueva
contribución de cualquier especie en ese lapso a las industrias chilenas, esa
restricción existía ya. En efecto, Caracoles, donde estaba concentrada la mayor
riqueza minera, estaba situado en el terreno de explotación común, donde el
arancel aduanero no se podía modificar sin el consentimiento de Chile.
Como
una de esas curiosas contradicciones de que está sembrada la historia, debe
recordarse que Baptista, el honesto y elocuente parlamentario que descriaba
ahora la impopularidad y las iras de la opinión por obtener la aprobación del
Tratado, era el mismo que había suscrito pocos meses antes el pacto secreto con
el Perú, como Ministro de Relaciones Exteriores del Presidente Ballivián.
¿Cedió
Baptista a la influencia de un Presidente nuevo como Frías, que tenía otras
miras de política exterior que su antecesor? ¿Creyó Baptista en 1873 que
realmente Chile pretendía anexarse el litoral con procedimientos arteros como
la expedición de Quevedo y se desengañó después, al persuadirse de los
ardientes anhelos de paz del Plenipotenciario chileno?
Un
esforzado explorador chileno, José Santos Ossa, asociado con Francisco Puelma,
descubrió salitre en 1866 en las pampas del litoral boliviano, en Salar del
Carmen. El audaz cateador plantó su carpa en las arenas solitarias en que se
levanta hoy Antofagasta. Se consiguió entonces una concesión que heredó más
tarde la "Compañía de Salitres de Antofagasta" y que comprendía 5
leguas de terreno salitral y 4 más para cultivos agrícolas, en propiedad. Los
concesionarios se comprometieron a construir un muelle.
A
fin de obtener liberación del impuesto de exportación, Puelma y Ossa
traspasaron sus derechos a una sociedad cuya razón social era "Compañía
Explotadora del Desierto de Atacama", la que consiguió en La Paz la
liberación solicitada y el privilegio de explotar salitre por 15 años, a cambio
de pago de 10.000 pesos por una vez y la construcción de un camino de 25 a 30
leguas que terminase en Antofagasta. Asimismo, se les amplió la extensión de la
concesión y se especificó que esta explotación en el desierto de Atacama era
exclusiva.
Estos
privilegios eran tan extremados que el pueblo boliviano protestó con razón.
Pero el Presidente Melgarejo los confirmó en 1868. Después del triunfo de la
revolución, por decreto de 1872, se declaró "nulas y sin ningún valor las
concesiones de terrenos salitrales y de boratos que hubiese hecho la
administración pasada". La "Sociedad Explotadora del Desierto de
Atacama", que ahora se llamaba "Melbourne, Clark y Cía.", había
efectuado grandes inversiones y fue exceptuada de la nulidad, pero se
restringió su privilegio a una zona de 15 leguas, en Salar del Carmen y en
Salinas. En 1873 se le amplió nuevamente su extensión y se pasó a llamar
"Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta". Esta compañía
estaba al margen de todo impuesto o contribución por la recién mencionada
decisión de 1873 y, enseguida, por el Tratado de 1874, de carácter general.
Entretanto,
otro problema comenzaba a surgir, y era el desarrollo de la población y de la
riqueza chilenas en el litoral. Se calculaba que el 93 o 95 % de esa población
era de nuestra nacionalidad. El pequeño coeficiente boliviano lo formaban los
empleados públicos, los policías y la guarnición. El capital invertido en los
puertos, en las empresas mineras y salitreras era totalmente chileno. El
importante mineral de Caracoles determinó una fuerte corriente inmigratoria
desde el centro del país. La "Compañía de Salitres de Antofagasta"
tenía invertido 1 millón de libras esterlinas.
El
fuerte capital desembolsado exigía garantías, la población necesitaba jueces,
policía, autoridades administrativas dignas de inspirar confianza, y Bolivia no
podía dárselos porque ella misma no los tenía. Sería injusto hacer cargos a
Bolivia por las deficiencias de los servicios públicos del litoral, desde que
era el juguete de mandones que burlaban sus derechos y atropellaban sus leyes y
su honor. Pero no puede desconocerse que esto creaba un conflicto permanente
entre los chilenos y las autoridades bolivianas. Los chilenos, dueños de todo,
recordaban que ese territorio había sido de Chile, que lo había cedido a cambio
de condiciones que no se habían cumplido y protestaban que la nación dejase
entregados a su suerte a sus hijos más audaces. Organizaron sociedades
secretas, pero no obtuvieron que los Presidentes Errázuriz y Pinto apoyaran sus
gestiones de independencia. Se necesitaba una gran prudencia de parte del
Gobierno de Bolivia para no provocar un conflicto. Se requería la mano diestra
de un político de tino para evitarlo, y Bolivia no lo tuvo.
Capítulo 2
Chile y el Perú antes de 1879. El tratado secreto
La
historia de Chile está íntimamente enlazada con la del Perú, desde principios
del siglo XIX. La emancipación de este último país es en gran parte obra de
Chile, y no lo fue totalmente por errores políticos y estratégicos del general
que mandaba sus fuerzas. La Expedición Libertadora casi agotó a Chile y hubo de
enviarse un segundo contingente militar en 1823.
Después
de algunos años, Bolivia, regida por el General Santa Cruz, conquistó el Perú,
penetrando en él a sangre y fuego y fusilando al Presidente del país vencido.
Así se organizó la Confederación Perú—Boliviana.
Chile
no consideró compatible con su seguridad la formación de ese gran Estado y
envió al Perú un ejército mandado por Blanco Encalada, que fracasó, y después
otro a cargo del General Bulnes, quien recorrió el Perú a paso de vencedor y
fue a buscar y a derrotar al enemigo en el fondo de sus apartadas montañas.
Esta campaña, hecha en favor del Perú, que no le costó una pulgada de suelo, ni
siquiera una indemnización de guerra, hirió sin embargo profundamente su amor
propio y dejó en su corazón un fondo de rivalidad que orientó su política.
Vino
después la guerra con España, que se había apoderado de las islas Chinchas, y
Chile salió en defensa del Perú por cuarta o quinta vez. Resultado: vació sus
arcas, contrajo un empréstito y presenció cruzado de brazos que le despedazaran
a balazos su primer puerto.
En
esa época Perú compró los buques que figuran en la guerra del Pacífico, con
excepción de la Unión y del Pilcomayo. Esa superioridad naval imprimió a su
política un giro arrogante e inspiró los planes económicos de Pardo fundados en
la adquisición de la totalidad del salitre, que encontraron expresión en el
tratado secreto de 1873.
Chile
se propuso equilibrar el poder naval y encargó a Europa dos blindados
superiores a los peruanos y argentinos. Esos buques empezaron a llegar a
Valparaíso en 1875 y desde entonces nuestras relaciones con el Perú se
normalizaron.
Durante
ese tiempo, lo que produjo reclamaciones frecuentes de Chile en el Perú fue el
mal trato que daban las autoridades peruanas a nuestros connacionales,
desparramados en las pampas salitreras de Tarapacá, en el ferrocarril de la
Oroya, en el de Mollendo a Puno, en el de Ilo a Moquegua. Hubo una época en el
Perú, la del guano, que tiene algo de fantasía de las "Mil y Una
Noches". Los millones del guano corrían por el mercado de Lima
improvisando fortunas colosales. El vapor penetraba por las soledades de los
Andes por dos puntos a la vez y trepaba alturas que tal vez hoy mismo no han
sido superadas. Cuando sonó la hora de la rendición de cuentas, las empresas se
paralizaron y los trabajadores chilenos se recogieron a las ciudades,
hambrientos y enfermos.
En
el Perú había prevención contra el chileno que trabajaba y moría por labrar su
progreso y fue necesaria ampararlo con energía. La guerra fue, en parte, un
arreglo de cuentas entre el trabajador chileno y el país que lo había
hostilizado. Pero estas reminiscencias no explican suficientemente le sucedido
en 1879. Hay que buscar en otra parte la explicación de la actitud del Perú y
ella se encuentra en la política económica.
En
1872 fue elegido Presidente del Perú Manuel Pardo. El país estaba en
bancarrota. El guano, la principal riquezadel Estado, declinaba. Pardo creyó
necesario revelar toda la verdad y así lo hizo en un acto público memorable.
Una
de las causas de la situación era la competencia que hacía el salitre al guano.
Uno y otro se estorbaban y el régimen legal de ambos abonos era distinto. El
guano era propiedad del Estado y el salitre se explotaba por cuenta particular.
Pardo optó por reunir en una mano el guano y el salitre, o sea, extender al
salitre el régimen que se aplicaba al guano: el monopolio fiscal. Pero esto
presentaba un grave inconveniente. El negocio del salitre estaba radicado en
Chile y los industriales chilenos habían sido los primeros en Tarapacá.
En
1873, el Congreso peruano dictó la ley del Estanco que limitaba la producción
del salitre a 4.500.000 quintales españoles y autorizaba al Gobierno para
comprar esa producción a precio fijo. La producción excedió al consumo el
precio bajó. Se facultó entonces al Gobierno, en 1875, para comprar las
salitreras.
En
el período de esta gestión se descubrió salitre en Tocopilla, en territorio
netamente boliviano al norte del paralelo 23°. Como la combinación fracasaba si
el Perú no tenía en su mano la totalidad de la producción salitrera, Pardo se
entendió con Bolivia y consiguió que arrendase esos terrenos a un agente suyo,
a cambio de un canon mensual y sin obligación de trabajarlos. Este agente
traspasó su contrato al Gobierno peruano.
Suprimido
el peligro en Tocopilla, apareció en Antofagasta.
Aunque
los caliches de Antofagasta son de ley más pobre que los de Tarapacá, tenían en
su favor la exención del impuesto de exportación que les concedía el Tratado de
1866. Al peligro de Antofagasta se agregó el de Taltal, en 1878, donde se
establecieron los salitreros chilenos de Tarapacá, cuando Pardo los despojó de
sus propiedades.
Las
disidencias entre Chile y Bolivia, a propósito de la medianería, trajeron en
1872 interpelaciones en la Cámara de Diputados boliviana al Ministro de
Relaciones Exteriores, sobre las relaciones con Chile. La Asamblea autorizó por
una ley al Ejecutivo para solicitar la alianza con el Perú. Este fue el origen
del Tratado secreto entre el Perú y Bolivia de 6 de Febrero de 1873.
El
Perú, partiendo del supuesto de que Chile procuraba anexarse el litoral de
Bolivia, salía a la palestra en son de caballero armado en su defensa. La
conveniencia de Bolivia era aprovechar que Chile carecía de fuerzas marítimas y
había que andar rápido porque Chile hacía construir dos blindados en
Inglaterra.
Esta
era la idea. La manera de realizarla, la siguiente.
Bolivia
declararía que no respetaba el tratado de 1866 y ocuparía el territorio a que
alegaba derecho, es decir, toda la zona salitrera. Naturalmente, Chile no
soportaría el ultraje y declararía la guerra. Había que procurar que la
iniciativa de la ruptura partiera de Chile. Después se solicitaría de
Inglaterra el embargo de los buques chilenos en construcción y entrarían en
acción el Perú y la Argentina. Se obligaría a Chile a ir al arbitraje, con el
Pacífico dominado por sus enemigos y con el territorio en disputa ocupado por
Bolivia.
Nunca
corrió Chile mayor peligro de quedar reducido a aquel sobrante que no le
interesaba a ninguno de los complotados. La ventaja de cada uno era clara.
Bolivia crecería tres grados sobre la costa; la Argentina se apoderaría de
todos nuestros territorios orientales hasta donde quisiera; el Perú se haría
pagar por Bolivia la región salitrera.
Todo
esto se puede probar con documentos inéditos y reservados de la Cancillería de
Lima.
En
nota reservada del Ministro Riva Agüero a su representante diplomático en
Santiago. Novoa, se dice, el 20 de Noviembre de 1872:
"No
podríamos permitir que Chile, rompiendo el equilibrio americano, se hiciese
dueño de un litoral no le pertenece. Si Chile, prevalido de esa cuestión de
límites, acecha la mejor oportunidad para apoderarse de aquel litoral, es
preciso de que sus planes se desarrollen antes de que esté en posesión de los
blindados que hace construir, a fin de que pueda pesaren la resolución
definitiva la influencia que hoy podemos ejercer mediante nuestra
preponderancia marítima".
El
tratado secreto tiene seis disposiciones principales que son:
1. La
alianza garantizará a Bolivia su litoral o, como se dice, la integridad de su
territorio.
2. Considerará
como ofensa a Bolivia cualquier exigencia de otra potencia de legislar
conjuntamente con ella en su territorio medianero o de pretender que Bolivia
varíe las leyes que ahí se diere en ejercicio de su soberanía.
3. Las
Partes se reservan el derecho de decidir si la ofensa recibida por la otra es
causa de intervención en su favor.
4. Restricción
de celebrar tratados de límites u otros arreglos territoriales sin conocimiento
previo del aliado.
5. Pedir
la adhesión al tratado de otra u otras naciones americanas (como Argentina, por
ejemplo).
6. El
tratado sería secreto.
Este
documento dejaba a Bolivia en poder del Perú y al Perú frente a Chile. Bolivia
quedaba con los brazos atados porque, aun deseándolo y conviniéndole, no podía
fijar sus límites con Chile, ni celebrar un nuevo tratado, ni establecer
compensaciones territoriales, sin la anuencia del Perú.
¿Qué
interés tenía el Perú para buscar el papel de beligerante entre Chile y
Bolivia? ¿Se afectaba su soberanía con que Chile poseyera hasta el paralelo 24°
o 23º? No cambiaba de vecino porque en todo caso quedaba una zona boliviana
intermedia entre sus fronteras y las de Chile, que comprende los puertos de
Tocopilla y Cobija. La raíz de esta política se encuentra en su preponderancia
naval y el lustre de un triunfo en el Callao en 1866. Pardo se creyó en aptitud
de realizar la vasta combinación del salitre, para lo cual era necesario
subordinar Bolivia al Perú y despojar a Chile de sus territorios del Norte.
Para
la mejor inteligencia del tratado secreto es preciso volver a la negociación
Lindsay—Corral de 1872. Este instrumento diplomático, firmado en Diciembre de
ese año dejaba en vigencia el 1866 prescribía reglas para su aplicación,
solucionan- la® mayores dificultades suscitadas en los años
anteriores. Este T alarmó al Perú, cuyo Gobierno acreditó entonces en La Paz al
agente diplomático Aníbal Víctor de la Torre, con la siguiente misión: obtener
del Congreso boliviano la ratificación del tratado secreto e influir en la
desaprobación del convenio Lindsay-Corral.
La
Torre obtuvo pleno éxito en su misión. El tratado secreto lúe ratificado por la
Asamblea boliviana el 2 de Junio de 1873, y el Convenio chileno—boliviano,
aprobado ya administrativamente en Chile, fue aplazado por el Congreso
boliviano, lo que provocó gran tirantez entre Bolivia y nuestro país.
Santiago
Lindsay volvió a Chile y le reemplazó, como vimos, el agente diplomático Carlos
Walker Martínez. Las gestiones que este destacado personero chileno hizo en La
Paz disgustaron a Lima, temerosa que sus negociaciones, que culminaron en el
tratado de 1874, dañaran los acuerdos peruano—bolivianos. Se instó, pues, al
Gobierno de La Paz a que tomara "una actitud resuelta" y pusiera
término a las "incertidumbres", a fin de llegar a una "situación
clara y terminante en las cuestiones con Chile".
La
negociación peruano—argentina de 1873 está más envuelta en misterio que las
gestiones con Bolivia. De los documentos oficiales secretos que he tenido a la
vista se desprende que el Presidente Sarmiento y su Ministro de Relaciones
Exteriores, Carlos Tejedor, adhirieron al Tratado y lo recomendaron al
Congreso: que la Cámara de Diputados lo aprobó por gran mayoría y votó los
fondos para la guerra. Las gestiones de Pardo en Buenos Aires las hizo Manuel
Irigoyen.
El
Ministro Tejedor tenía el temor de que la alianza peruano- boliviano—argentina
creara la alianza chileno—brasileña. Además pidió, para adherir al tratado: Iº
que Bolivia arreglara sus límites con la Argentina y 2º que la ruptura del
tratado de 1866 no obligara a la Argentina a acudir con sus elementos navales y
militares en defensa de Bolivia. Se le dieron seguridades sobre ambos puntos.
Pero
Tejedor tenía sus dudas acerca de la conveniencia de un acuerdo que incluyera a
Bolivia, país que no podía proporcionar a Argentina apoyo naval ni militar
contra Chile. Claro que Lima no podía aceptar una insinuación en la materia,
porque lo que necesitaba para sus fines económicos era que Bolivia pusiera
fuego a la pólvora y que entonces acudieran los aliados a defenderla.
El
Ministro de Chile en Buenos Aires, Guillermo Blest Gana, estaba en esa ciudad
cuando se celebraron las sesiones en que se discutió la triple alianza. Con
todo, la adhesión argentina no fue fácil de determinar. En carta de Diciembre
de 1873, Walker Martínez le decía desde La Paz a Godoy, nuestro agente en el
Perú:
"Sobre
la alianza de que se ha hablado, de esta República con la República Argentina y
el Perú, en este país todo el mundo juzga que es una patraña. El Ministro del
Perú, señor La Torre, cuando se ha tratado del asunto, se ha reído a carcajadas
y ha protestado públicamente contra semejante alianza. Lo ha hecho tan en
público y con tanta franqueza que o me parece que no sabe nada de lo que hay o
realmente no hay nada hasta ahora definitivo".
A
principios de 1874 se confirmó, por informaciones de Brasil, que la triple
alianza existía. Pero teníamos que esperar que zarparan de Inglaterra los
blindados en construcción. Todo el año 1873 el Presidente Errázuriz había
vivido en continua zozobra y ordenado por telégrafo que se trabajara en ellos
de día y de noche. Estaba persuadido que un peligro se dibujaba en el
horizonte.
La
atmósfera estaba cargada de electricidad y hubo olor a pólvora hasta mediados
de 1874. Ese año se nota que la aguja que marca el rumbo de la política
boliviana vacila en su orientación. Ya no se inclina con la misma fijeza que
antes al Perú. Baptista no está dispuesto a aceptar todas las exigencia del
Perú o de la Argentina, especialmente las de Tejedor, concernientes al uti
possidetis que, en concepto paceño, harían peligrar la soberanía
boliviana en Tarija.
Mientras
los aliados disentían sobre el uti possidetis y sobre la
manera de tranquilizar al Brasil, apareció por el Oriente la silueta del
blindado chileno Cochrane y todo volvió a su orden normal. El Presidente
Errázuriz ordenó que el buque saliera al mar en cualquier estado en que se
hallare. Así se hizo y el Cochrane zarpó de las costas europeas sin forro de
zinc, pero con su artillería lista, y llegó tan inconcluso que dos años después
fue preciso enviarlo a Europa para que lo terminasen.
La
política peruana cambió completamente desde ese momento, disminuyendo su
presión contra el tratado Walker—Baptista de 1874. Ahora se trataba de evitar
la ruptura con Chile que se había propiciado el año anterior. Para ello se dio,
incluso, instrucciones a Irigoyen a fin de postergar la adhesión de Argentina
al Tratado secreto, estando pendiente en ese momento sólo un protocolo que el
Senado argentino pedía.
Así
murió esta intriga de la triplealianza de tantas proyecciones, que
pudo tener una influencia decisiva en la suerte de Chile si Pardo consigue
realizar sus propósitos en 1873 cuando no teníamos los medios de defender el
territorio que se nos quería arrebatar.
Es
curioso de observar en este incidente la actitud del Brasil.
Cuando
Irigoyen prepuso la alianza a Tejedor, su primera observación fue el temor que
se formase la alianza chileno—brasileña. Hubo de disuadirlo, darle seguridades
de que no sucedería. Después cuando Brasil descubrió algo del tenebroso plan,
el Perú, temeroso también de la misma alianza, propuso la declaración de que
ella no sería sino contra Chile, en ningún caso contra aquél.
La
amistad de Chile y del Brasil, fundada en la armonía de los intereses
permanentes, fue para Chile garantía de seguridad respecto del Perú y de la
.Argentina, para lo cual no tuvo necesidad de celebrar tratados, bastándole no
contrariar la tendencia amistosa de dos pueblos que no tienen ninguna causa
racional de divergencia. Esta es una de las principales lecciones que se
desprenden de la historia del tratado secreto.
Capítulo 3
Ocupación de Antofagasta y reacción peruana. Toma de Calama
En
otro capítulo manifesté la situación que tenía la "Compañía de Salitres de
Antofagasta" después de celebrar con el Gobierno de Bolivia la transacción
de 1873; y después del Tratado de 1874, que exceptuaba de toda nueva
contribución "de cualquiera clase que fuera" a las industrias
chilenas establecidas en el litoral.
En
este tiempo la Compañía gozó de la exención del impuesto y si tuvo algún
reclamo fue de poca importancia. Otra cosa fue cuando la Asamblea de 1878 le
impuso un derecho de exportación de 10 centavos por quintal de salitre.
Era
Presidente de Bolivia el General Hilarión Daza. El lector de un país gobernado
por leyes, regido por partidos que tienen representación en los poderes
públicos, no podría darse cuenta cabal de la situación que soportó el pueblo
boliviano bajo el régimen de tiranos como Daza. La base de su poderío era una
guardia pretoriana que se imponía por la superioridad del armamento al país y
al resto del Ejército. Pueblo no existía. Lo que se llamaba tal era una indiada
sumisa que educó el Inca en el despotismo y cuya enseñanza aprovecharon en su
beneficio los Belzú, los Morales, los Daza. La tiranía de estos hombres fue
consecuencia del sistema que organizó el régimen incásico.
Daza
tenía dominada a Bolivia en 1879 y a nadie era lícito discurrir de distinto
modo que él. Chile estaba representado en La Paz por Pedro Nolasco Videla como
Encargado de Negocios, y le servía de Secretario don Francisco Valdés Vergara.
Videla se encontraba muy enfermo y el peso del servicio de la época recayó en
el Secretario.
La
Asamblea de 1878 desenterró de su archivo la transacción celebrada en 1873 y
removiendo un asunto que se consideraba terminado, dictó el 14 de Febrero de
1878 la siguiente resolución:
"Se
aprueba la transacción celebrada por el Ejecutivo en 27 de Noviembre de 1873
con el apoderado de la Compañía anónima de Salitres y Ferrocarril de
Antofagasta, a condición de hacer efectivo como mínimum un impuesto de 10
centavos en quintal exportado".
El
Gobierno mandó publicar esta ley por bando en Antofagasta y notificársela al
gerente de la Compañía don Jorge Hicks. El directorio solicitó del Gobierno de
Chile amparo diplomático.
Presidente del Perú, General Mariano Ignacio Prado
No
se trataba tanto, para este último, de la cuantía del impuesto. Pero dejar
pasar sin protesta una contribución de 10 centavos era autorizar una de
cualquier tipo más adelante. Por otra parte, sin la exención de impuestos, el
salitre de Antofagasta no podía competir con el de Tarapacá de yacimientos más
ricos.
En
Santiago, el Gobierno encontró justificados esos temores y ordenó a Videla
amparar las reclamaciones de la Compañía. Este fue el principio del grave
conflicto de 1879.
General Emilio Sotomayor Baeza
El
Ministro de Hacienda, Salvatierra, convino en dejar en suspenso la ley, hasta
encontrar una solución prudente. Su sucesor en el cargo, Eulogio Doria Medina,
reiteró esta promesa. Pero la compañía y los bancos chilenos tenían informes
alarmantes en sentido contrario, en que se les comunicaba que el impuesto se
iba a hacer efectivo.
Videla
recibió entonces la orden de tratar el asunto por escrito y entregó la nota de
2 de Julio de 1878, en la que invitaba al Gobierno boliviano al cumplimiento de
la transacción de 1873 y del Tratado de 1874. Pero Daza había resuelto anular
las concesiones de la compañía y "echar a los ingleses de
Antofagasta", mención a la calidad de ingleses del gerente Jorge Hicks y
de otros empleados de ella.
Pasaron
tres meses sin que se tuviera respuesta a esta nota. Peor aún, de las
conferencias que Videla tuvo con Doria Medina, lo único que se sacó en limpio
fue que las concesiones de la compañía no tenían base legal y podían ser
anuladas.
El
Gobierno de Santiago adoptó entonces una posición más decidida, y en nota de 8
de Noviembre de ese año instruyó a Videla para que advirtiera al Gobierno
boliviano que la imposición del impuesto de 10 centavos podía conducir hasta la
abrogación del Tratado de 1874 y que, anulado éste, no habría Gobierno en Chile
que pudiera ceder de nuevo el territorio situado al sur del paralelo 23°. El 28
de Noviembre, Videla dio lectura a esta comunicación, en una nueva entrevista.
Desde
ese momento se ve en el Gobierno de Bolivia una resolución inflexible de poner
en vigencia la contribución. La nota que Videla leyó fue estimada por Daza como
amenaza, no como advertencia de las consecuencias que podían desprenderse de su
negativa.
Antes
le seguir adelante, permítaseme puntualizar: en el Gobierno de Chile había dos
tendencias: una resuelta a hacerse respetar, que encabezaba el Ministro del
Interior don Belisario Prats y que compartía la mayoría de sus colegas; la
otra, moderadora, representada por el Presidente de la República, Errázuriz.
El
13 de Diciembre llegó a la Legación chilena la respuesta boliviana a la nota
del 2 de Julio. Constaba de dos piezas: una, muy breve, del Ministro de
Relaciones Exteriores señor Reyes Ortiz por la que reiteraba el cumplimiento de
la ley boliviana. Otra, muy extensa, del Ministro de Hacienda señor Doria
Medina.
Sostenía
Doria Medina que la cuestión suscitada no era de derecho - público
sino de orden privado; que la reclamación de la compañía no era más que un
incidente de la competencia de los Tribunales, no de las Cancillerías; que la
transacción que celebró el Gobierno sucesor de Melgarejo importaba un acto
nuevo, privado, en que el Gobierno, dueño de los terrenos salitrales, fijaba
libremente sus condiciones al cederlos a un particular. Este arreglo, afirmaba,
no se relacionaba en nada con el Tratado de 1874.
Aceptada
la doctrina de Doria Medina, el Tratado mencionado excluía de su protección a
la "Compañía de Salitre". La exención de derechos, debe recordarse
sin embargo, era extensiva "a las personas, industrias y capitales
chilenos". ¿Valía la pena celebrar Tratados cuando se respetaban de ese
modo?
Videla
expresó al Ministro de Relaciones Exteriores señor Lanza que "la ejecución
de la ley" era la ruptura del Tratado de 1874. La respuesta del Presidente
Daza fue ordenar al Prefecto de Antofagasta que obligara a la compañía chilena
a pagar el impuesto desde el 14 de Febrero de 1878, fecha de la resolución de
la Asamblea. Asimismo, la gestión del Cónsul General de Chile en Antofagasta,
Salvador Reyes, ante el Prefecto, de suspender la medida por algunos días, fue
desechada.
En
presencia de esto se tomó en Santiago una resolución definitiva: el 3 de Enero,
Chile invocó el arbitraje previsto en el mismo Tratado. Esta nota se cruzó con
otra del Ministro Lanza en que se aludía al mismo procedimiento. Pero Bolivia
imponía como condición previa que la ley se pusiera en vigencia antes de
iniciarse juicio arbitral. Esto desbarató las esperanzas.
El
Prefecto de Antofagasta, Coronel Severino Zapata, notificó a la compañía, el 6
de Enero de 1879, la orden de pagar los derechos, y como ella no se acatase, el
11 de ese mes mandó trabar embargo en sus bienes. Lo que cobraba el fisco
boliviano eran 90.848 bolivianos con 13 centavos. Ante la orden de arresto, el
Gerente Hicks huyó al interior, y la compañía paralizó sus trabajos dejando
2.000 desocupados.
En
esos días, el Ministro de Perú en La Paz, José Luis Quiñones, escribía a su
Gobierno:
"Sé
que S.E. el señor General Daza y su Gabinete están resueltos a no cejar un
punto en el giro que le han dado a la cuestión, aun cuando el Gobierno de Chile
ocupe por la fuerza todo el litoral de esta República. porque quieren
aprovechar de que Chile haya declarado rotos los tratados y las cosas queden en
el estado que tenían antes de 1866, para procurarse por las vías diplomáticas o
por la fuerza, un tratado que consulte la soberanía y los derechos de Bolivia
en el litoral, soberanía y derechos que son un sarcasmo según los tratados del
66 y 74, contando para esto con la justicia de la causa y con la lealtad del
Gobierno del Perú en el cumplimiento del pacto secreto de alianza de 6 de
febrero de 1873".
El
1° de Febrero, por un decreto que firmaron todos los Ministros, Bolivia
reivindicó las salitreras detentadas por la compañía. Daza lo comunicó así al
Prefecto Zapata, en una carta interceptada por el Coronel Sotomayor en
Antofagasta:
"Tengo
una buena noticia que darle. He fregado a los gringos (se refiere a Mr. Hicks)
decretando la reivindicación de las salitreras y no podrán quitárnoslas por más
que se esfuerce el mundo entero. Espero que Chile no intervendrá en este
asunto... pero si nos declara la guerra, podemos contar con el apoyo del Perú,
a quien exigiremos el cumplimiento del tratado secreto. Con este objeto voy a
mandar a Lima a Reyes Ortiz. Ya ve Ud. como le doy buenas noticias que Ud. me
ha de agradecer eternamente y como le dejo dicho, los gringos están completamente
fregados y los chilenos tienen que morder y reclamar nada más".
El 6
de Febrero el Ministro Lanza comunicó a Videla el decreto de reivindicación de
los bienes de la compañía. Este envió un ultimátum pidiendo que en el término
de 48 horas se le dijera si Bolivia aceptaba someter la decisión del conflicto
al arbitraje, tal como Chile lo entendía.
Entretanto
las autoridades de Antofagasta se prepararon para proceder al remate de los
bienes de la compañía. Su adquisición por ciudadanos de una potencia extranjera
era una eventualidad que el Gobierno de Chile tenía que evitar a toda costa, so
pena de que el conflicto con Bolivia lo fuese con una gran nación. La energía
de Prats había triunfado sobre el temor del Presidente de dar un paso que abría
perspectivas tan graves a su administración y se tomó el acuerdo de ocupar
Antofagasta. Se enviaron tropas a Caldera, donde permanecía el Cochrane y el 11
de febrero al conocerse en Santiago el decreto de reivindicación, se envió un
telegrama a Videla: "Retírese inmediatamente".
Hasta
el último momento, las instrucciones al Encargado de Negocios de Chile, habían
sido de encontrar una solución al conflicto. En nota del 5 de febrero, Santiago
decía: "Si el Gobierno de Bolivia quiere volver sobre sus pasos y cumplir
severamente con las obligaciones del Pacto de 1874, procure US. allanarle de
una manera honrosa y satisfactoria el camino", pues estamos "guiados
por un espíritu sincero de conciliación y teniendo muy presente que Bolivia es
relativamente una nación débil".
Fracasadas
todas las gestiones, Videla entregó una última nota que contiene la doctrina
tradicional de la reocupación del litoral:
"Roto
el tratado de 6 de agosto de 1874, porque Bolivia no ha dado cumplimiento a las
obligaciones en él estipuladas, renacen para Chile los derechos que
legítimamente hacía valer antes del Tratado de 1866, sobre el territorio a que
ese tratado se refiere".
La
nota termina anunciando que "Chile ejercerá todos aquellos actos
necesarios para la defensa de sus derechos".
El
Gabinete Prats no pensó que la situación pudiera llegar al pie en que se
encontraba. Creía que Bolivia cedería ante la justicia de nuestro reclamo y
ante el sentimiento de su debilidad. En esa confianza se dispersó buscando
climas de verano. El Presidente estaba en Valparaíso, Prats en San Bernardo.
En
Consejo de Ministros se dispuso que el Cochrane y la O’Higgins marcharan a
Antofagasta, llevando dos compañías de desembarco a cargo del Coronel Emilio
Sotomayor, jefe de la Escuela Militar, a tomar posesión de la ciudad antes que
se verificara el remate.
El
14 de Febrero por la mañana, una escuadrilla compuesta del Blanco, el Cochrane
y la O’Higgins aparecieron fondeadas en la bahía de Antofagasta. A las 8 A.M.
el Coronel Sotomayor envió un emisario a comunicar al Prefecto Zapata que iba a
tomar posesión del puerto. Este último no teniendo sino 40 policías, se limitó
a formular una protesta y se retiró a la casa del cónsul peruano. Entretanto
bajaban dos compañías a cargo del Coronel Sotomayor, una de artillería de
marina y otra de artillería de tierra. La ciudad se cubrió de banderas y la
población acompañó a la tropa hasta su alojamiento.
El
país acogió la noticia con un entusiasmo ardiente. La actitud del Gobierno fue
celebrada en la prensa, en los corrillos, en las reuniones. El Ministerio se
sentía fuerte con esa adhesión. El instinto público preveía la cuestión con el
Perú y comprendía que había llegado para la República el momento de buscar sus
inspiraciones en las páginas heroicas de 1820 y de 1838.
A
principios de 1879 representaba al Perú en Chile, como Encargado de Negocios,
Pedro Paz Soldán, y Unánue, distinguido poeta. Dada la orden de ocupar
Antofagasta el Ministro Alejandro Fierro se la comunicó al diplomático peruano,
quien le ofreció los buenos oficios del Gobierno de su país pidió postergase la
medida, a lo que no accedió el Ministro chileno.
Al
conocerse la ocupación de Antofagasta la opinión pública peruana se manifestó
contra Chile. Hacía cabeza en el movimiento hostil el partido civilista de
Pardo. El Presidente era partidario de la paz, pero tenía a su lado ministros
que representaban el impulso belicoso de las altas clases sociales y de los
intereses salitreros.
Los
anhelos de paz de Chile y la invitación al Perú rara que sirviera de mediador
están claramente expuestos en una carta privada del Presidente Pinto a nuestro
Plenipotenciario en Lima, del 21 de Febrero de 1879. Estos son algunos de sus
párrafos:
"Nosotros
no nos hemos apoderado del litoral como filibusteros: hemos ido allí obligados
por la necesidad de defender nuestros derechos violados". "Estaremos
siempre dispuestos a aceptar una solución que restablezca las buenas relaciones
entre Chile y Bolivia".
"Una vez establecidos en el litoral nos será imposible el abandonarlo. La
población de este territorio, como Ud. sabe, es en su gran mayoría chilena y
chilenos son en su totalidad los intereses radicados en él. A esto se agrega
que la cesión que de ese territorio hicimos a Bolivia nunca fue aprobada por la
opinión de este país. Devolver a Bolivia el territorio comprendido entre los
grados 23 y 24 sería considerado aquí como la entrega de una de nuestras
provincias a una potencia extranjera".
"La única solución posible sería un arreglo en el que nosotros quedásemos
dueños de ese territorio en compensación de alguna suma de dinero".
Representaba
entonces a Chile en Lima Joaquín Godoy, de talento claro y patriotismo
vigoroso, quien captó rápidamente el objeto de la misión especial que llevaba
en esa ciudad el Ministro boliviano Serapio Reyes Ortiz, a saber, no sólo
gestionar el apoyo del Gobierno basado en el Tratado Secreto, sino ofrecer la
cesión al Perú, por 100 años, de toda la región salitrera que estaba en su
poder y la que Bolivia obtuviese con su ayuda.
En
el gabinete del Presidente Pardo se discutió con latitud el poder de ambas
escuadras. El Comodoro Aurelio García y García jefe de la Armada, rebatió al
Capitán de Fragata Miguel Grau, diciendo que la Escuadra chilena no tenía la
superioridad que se le atribuía. Finalmente el Gobierno resolvió designar a
José Antonio Lavalle como Plenipotenciario en Chile, para ofrecer la mediación
del Perú previa la desocupación de Antofagasta.
El
viaje de Lavalle tenía por objeto ganar tiempo para reparar los buques,
adquirir otros nuevos y obtener la alianza de la República Argentina. Así lo
comprueba el apuro que manifestaba Pardo por comprar entre tanto en Europa,
"cueste lo que cueste", blindados y torpedos. El Gobierno peruano ya
estaba decidido por la guerra y así lo dice en despachos reservados a sus
agentes diplomáticos. Sabía muy bien que la desocupación de Antofagasta era una
exigencia inaceptable para Chile.
José
Antonio Lavalle pertenecía a la más alta clase social de Lima. Era cuñado de
Manuel Pardo y había sido representante en Berlín y en San Petersburgo. Durante
su misión en Chile orilló los obstáculos con la sagacidad y tino del que juega
con cristales, sin quebrar ninguno.
En
Chile luchaban en ese momento dos grandes corrientes: de un lado, la popular;
del otro, la clase directiva. A semejanza de lo que sucedía en el Perú, el
Presidente, Aníbal Pinto, tenía a su lado ministros que simpatizaban con la
corriente popular. El principal de ellos era Prats, el Ministro del Interior.
El
Presidente Pinto no creía que el Perú tomara parte en la contienda y miraba esa
posibilidad con el más profundo sobresalto porque la Hacienda Pública se
encontraba casi al borde de la bancarrota. El punto en que chocaban las
corrientes era el Tratado Secreto, ya que nadie podía afirmar categóricamente
su existencia.
Mientras
los amigos de la paz se obstinaban en negar la existencia del Tratado Secreto,
nuestra Legación en Lima adquiría cada día nuevas confirmaciones y las
transmitía a Santiago. La actitud de Godoy no conseguía, sin embargo,
desarmarla enérgica y poderosa corriente de la paz, existiendo tendencias
opuestas entre sí en el mismo Consejo de Estado.
De
las primeras entrevistas de Lavalle con Pinto y Fierro, se vio que el escollo
insalvable era la cuestión previa de la desocupación de Antofagasta y de nada
sirvió una proposición "personal" de Lavalle por la que, producida la
desocupación, ese territorio se regiría por una administración municipal de
Chile, Perú y Bolivia.
En
su conferencia con el Ministro Fierro, éste le interrogó sobre la efectividad
del Tratado Secreto con Bolivia. Lavalle le contestó que no debía haber nada de
cierto porque no se había presentado al Congreso desde 1876 para adelante, en
que él era Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores. Lavalle no
mentía, pero faltaba a la verdad...
Luego,
con consumada destreza, rechazó el Plenipotenciario peruano una gestión de
Santa María, el Presidente Pinto y otros hombres influyentes destinada a ganar
tiempo y calmar, entre tanto, las pasiones. Lavalle dijo que como la prensa
chilena le presentaba justamente tratando de ganar tiempo para que su país se
armara, él no se prestaba para que algún día se afirmara que "el Perú
había observado una política pérfida".
La
agitación patriótica cundía en Lima por instantes. La prensa llenaba sus
columnas con literatura guerrera y su actitud se enardecía con el tono no menos
ardiente de la de Chile. El Gobierno movilizó un ejército de 6.000 a 7.000
hombres dejando la parte más recluta en Lima y enviando la veterana a Iquique,
a cargo del Coronel Velarde. La Escuadra se reunió en el Callao y dio de baja a
los chilenos que servían en sus buques. El pueblo recorría las calles de Lima
pidiendo la guerra y Lavalle seguía en Santiago ganando tiempo con finísima
ductilidad y con irreprochables maneras.
En
esas circunstancias Bolivia declaró la guerra a Chile y precipitó los
acontecimientos. Como la representación diplomática en La Paz era muy reducida,
el Gobierno de Bolivia dio el paso inusitado de comunicar la declaración al
Cuerpo Diplomático por medio de su Plenipotenciario en Lima, señor Reyes Ortiz.
De
acuerdo con instrucciones de Santiago, Godoy entregó una nota al Gobierno
peruano, pidiendo su neutralidad. Perú dejó pasar los días sin contestar y
entonces el propio Presidente Pinto hizo una proposición a Lavalle, según la
cual: 1) se establecería un statu quo en el litoral, sin derivar derechos de
ocupación; 2) se retrotraería la cuestión de límites con Bolivia al punto en
que se encontraba antes de 1866; 3) se sometería el dominio a arbitraje. Chile
se comprometía a no artillar Mejillones y a "entenderse sobre los
salitres".
Felizmente
Lavalle no aceptó.
Prado
se alarmó extraordinariamente con la nota de Godoy y lo invitó a una
conferencia privada. Lo recibió de noche en una sala débilmente iluminada en el
balneario de Chorrillos, sitio apacible que estaba destinado a sufrir más que
ningún otro con la terrible sentencia que se iba a pronunciar esa noche.
Al
entrar Godoy a la sala, el Presidente le dijo con vehemencia: ¿Qué quiere decir
esa nota que he leído sólo hoy? Neutralidad o guerra, le contestó amistosamente
Godoy. ¿Cómo es posible que vayamos a la guerra? le replicó Prado. Godoy le
observó que en su mano estaba conjurar la guerra: Diga Ud. una sola palabra,
General, diga ¡Seré neutral! y todo concluye entre Chile y el Perú. ¡No puedo!
¡No puedo! le contestó Prado agitadamente, sin dejar de pasearse. Godoy le dijo
¿Y por qué no puede, General? Prado le contestó: ¡Pardo me ha dejado ligado a
Bolivia por un Tratado Secreto de Alianza! ¡No puedo!
Esta
fue la primera revelación oficial sobre ese Pacto.
El
Presidente Prado añadió que citaría a sesiones al Congreso para que se ocupara
de esta petición de neutralidad y que se la hiciera nuevamente, esta vez ante
Lavalle, quien estaba encargado de esas gestiones en Santiago.
En
Santiago, el 28 de Marzo, el Consejo de Estado, constituido en sesión secreta,
aprobó un mensaje en que el Gobierno de Chile solicitaba del Congreso permiso
para declarar la guerra al Perú y a Bolivia. El 2 de Abril se autorizó al
Presidente para declarar la guerra. Por decreto reservado se designó a Rafael
Sotomayor Secretario General del Almirante y del General en Jefe.
El
país respondió con la energía de su vigoroso patriotismo a la declaración de
guerra. Ricos y pobres se precipitaron a los cuarteles y de todos los labios no
se oía sino un grito que aclamaba a Chile y al Presidente.
El
Presidente Pinto no vio venir la guerra ni cuando la tenía encima y hasta el
último momento estuvo creyendo que el Perú alardeaba con ella, pero que no la
deseaba y que no la haría. Tampoco creía en el Tratado Secreto y se hizo la
ilusión de llegar a un acuerdo con Lavalle. Sin embargo, hay que decir en su
honor que no pretendió imponer su opinión ni al país ni al Ministerio y no se
creyó autorizado para desdeñar ninguna medida de seguridad en vista de la
guerra, en que no creía. Su optimismo sirvió indirectamente al país, porque le
permitió extremar las proposiciones de paz y evidenciar que Chile hizo cuanto
fue posible para evitar la guerra. Le acompañaban en esta actitud, Santa María,
Varas, Lastarria.
Réstame
decir que el Perú no pudo obtener en Europa el o los blindados que buscaba, ni
pudo conseguir la alianza de Argentina.
Los
contendores salieron, pues, a la lucha con los elementos navales que tenían al
principiar el año.
Lavalle
se sacrificó por su país, dándole tiempo para que se armara y se procurara
alianzas. La misión que desempeñaba no era simpática para un hombre de honor.
El procedió como cualquier hombre que ama a su patria lo haría en un caso
semejante. Diplomáticos de todo el universo: ¿Cuál de vosotros le lanzaría la
primera piedra?
Cuando
el Gobierno decidió la ocupación de Antofagasta, puso en conocimiento del
Cuerpo Diplomático acreditado en Santiago que, habiendo violado Bolivia el
Tratado de 1874, Chile recuperaba el territorio situado al sur del paralelo
23°, expresando que "reivindicaba todos los derechos que poseía antes del
Pacto de 1866". Los sitios más importantes eran Antofagasta, Mejillones y
Caracoles.
Se
crearon 4 batallones cívicos, de 600 plazas cada uno, en Caracoles, Carmen Alto
y Antofagasta; se construyeron defensas de fosos y parapetos de tierra en las
dos primeras localidades y se inició la colocación de una línea telegráfica
entre Antofagasta y Caracoles.
La
acción de nuestras armas no alcanzaba sino hasta el paralelo 23°, porque
todavía no existía el estado oficial de guerra. Al norte de ese límite, en el
territorio de jurisdicción boliviana, había dos puertos de poca importancia:
Tocopilla y Cobija. En el interior se situaban algunas aldeas agrícolas, en el
cauce del río Loa. Las principales eran Calama, Chiu-Chiu y Miscanti. Estas
aldeas quedaban fuera de la jurisdicción de nuestras armas y conservaron su
antigua situación hasta que Bolivia nos declaró la guerra.
He
nombrado al Presidente de Bolivia General Hilarión Daza. Era de aquellos
antiguos mandatarios bolivianos que trasladaban al Gobierno los sentimientos y
pasiones de la soldadesca. Daza era de Sucre y se enroló en la carrera de las
armas sirviendo luego en el Gobierno de Melgarejo. A Melgarejo sucedió en la
Presidencia el General Morales.
El
sucesor de Ballivián, Tomás Frías, hombre de otro temple que los caudillos
nombrados, nombró a Daza Ministro de Guerra y le permitió que conservara el
mando del Batallón N° 1, los Colorados.
El
20 de Febrero de 1879 recibió Daza la noticia de la ocupación de Antofagasta.
Se celebraba el carnaval y Daza espere hasta el 26 de Febrero para darla a
conocer a su pueblo. Bolivia se sacudió con un sentimiento de vigoroso
patriotismo. El pueblo en masa se puso al lado del Gobierno, olvidando las
injurias de la dictadura. Al día siguiente, Daza se dirigió al pueblo que
desfilaba bajo sus balcones, diciéndole:
"El
día 14 de los corrientes, dos vapores de guerra chilenos con 800 hombres de
desembarco y apoyados por un considerable número de gentes depravadas por la
miseria y el vicio, asesinos de cuchillo corvo, se han apoderado de nuestros
indefensos puertos de Antofagasta y Mejillones por sorpresa, etc.".
Contaba
entonces el Ejército boliviano de 1.300 plazas distribuidas en 3 cuerpos de
infantería y 2 de caballería. El cuerpo de lujo eran los Colorados, armados de
rifles Remington, mientras los otros tenían fusiles de fulminante o de piedra,
precaución habilidosa del Dictador para que en un momento dado su cuerpo
favorito pudiera dominar a los demás.
El
país valía mucho más que su Gobierno. Conmovido en sus fibras más íntimas por
la ocupación de Antofagasta, sus principales ciudades rivalizaron noblemente
por contribuir a la defensa nacional.
Se
formó una división a cargo del Coronel Eliodoro Camacho y otra, con gente del
sur, al mando del General Narciso Campero. Luego se crearon otras cuatro
divisiones y tomó el mando en jefe el Presidente Daza. Otra de las medidas de
Daza fue la expulsión de todos los chilenos y la confiscación de las sociedades
mineras chilenas de Oruro. Huanchaca y Corocoro.
Entretanto,
el Coronel Cornelio Saavedra, Ministro de Guerra y Marina de Chile, llegó a
Antofagasta a mediados de Marzo, acompañado por el jefe de la Escuadra.
Contralmirante Juan Williams Rebolledo. Saavedra era oficial antiguo que se
había distinguido en la Batalla de Loncomilla, en 1851, en el Ejército
Revolucionario comandado por el General José María de la Cruz. El Almirante
Williams Rebolledo había hecho su reputación en el apresamiento de la
Covadonga, de la Armada Española, en 1866, a la altura de Papudo.
Declarada
ya la guerra por Bolivia, y autorizado por el Presidente, Saavedra designó al
Coronel Sotomayor como jefe de una columna destinada a la ocupación de Calama.
Cobija y Tocopilla fueron ocupados el 21 de Marzo. En esa fecha el Ejército de
ocupación alcanzaba a los 2.000 hombres.
En
la aldea de Calama, situada en la margen norte del Loa, había un centenar de
refugiados que disponían de 150 armas de fuego. Los dos puentes estaban
cortados y sólo podía hacerse uso de dos vados, siendo conocido uno de ellos
con el nombre de Topater. La columna de Sotomayor, que éste había puesto a las
órdenes de Eleuterio Ramírez, se componía de 544 hombres y, saliendo de
Caracoles, estuvo en dos días a la vista de Calama. Este encuentro merece
recordarse por haber sido el primero de la campaña y por el valor desplegado
por atacantes y atacados.
El
plan de ataque era ocupar la aldea pasando por los dos vados y cerrar la
retirada tanto hacia Bolivia como hacia la costa, valiéndose de la caballería.
Después de unas descargas iniciales bolivianas que hicieron blanco en la
caballería, los atacantes llegaron al centro de la población con muy poca
resistencia.
El
combate de Calama no presenta nada notable como operación de guerra y desde el
punto de vista militar fue de dudosa utilidad. Pero en esos días la opinión
pública daba gran importancia a la "línea del Loa", suponiéndose que
Bolivia destacase un ejército en Antofagasta, en conexión con el que el Perú
tenía acantonado en la Noria.
El
Presidente Pinto no participaba de estos temores y en correspondencia
particular a Saavedra le decía:
"Considero
imposible la venida de un ejército del interior de Bolivia, habiendo en el
litoral fuerzas enemigas que impedirían su organización en Calama y Chiu-Chiu,
pero conviniendo en la posibilidad, esto no podría suceder sino pasados algunos
meses, por la muy perentoria razón de que en el interior de Bolivia no hay
ejército que pueda venir.
La guerra con el Perú, en el caso que éste se decidiera a ponerse del lado de
Bolivia será marítima mientras nosotros no vayamos a buscarlos.
Venceremos nosotros en el mar, el campo de batalla será el territorio del
Perú".
Capítulo 4
El primer día de guerra con Perú. Expedición al Callao
La
declaración de guerra sorprendió a Chile y al Perú en completo desarme. Las
dificultades económicas de los últimos años los habían obligado a descuidar su
preparación militar.
Cuando
empezaron los problemas con Bolivia, el Perú tenía un Ejército de 4.000 a 5.000
hombres. Los aumentó cuanto pudo y en Abril de 1879 envió una división escogida
de 4.000 hombres a Tarapacá, guarneció a Arica y dejó en Lima otra división. La
flota del Perú tenía las unidades siguientes: El Huáscar, de 1.130 toneladas;
la Independencia, de 2.004 toneladas; el Manco Capac, de 1.033 toneladas; el
Atahualpa, de 1.034 toneladas; la Unión, de 1.150 toneladas; La Pilcomayo, de
600 toneladas. Y los transportes Chalaco, Talismán y Limeña. El Oroya lo
adquirió después. Los buques de combate más importantes eran el Huáscar y la
Independencia. El Manco y el Atahualpa, más que unidades de escuadra, eran
verdaderas fortalezas flotantes, pero con un andar de sólo 4 millas por hora.
La
declaración de guerra fue recibida con entusiasmo en el Perú. El Presidente
Prado se puso a la cabeza de ese entusiasmo nacional y declaró el Ejército en
campaña. Los chilenos fueron expulsados y debieron abandonar el país en 8 días.
Se calcula que en la provincia de Tarapacá había no menos de 16.000. Fue un
éxodo doloroso y cruel, pero la medida era en si misma inevitable.
Chile
tenía en esa época un pequeño ejército de 2.440 plazas. Se distribuía en cinco
batallones de infantería: el Buin, el 2º, el 3 º, el 4º y los Zapadores; un
batallón de artillería y dos regimientos de caballería: los Cazadores y los
Granaderos.
La
Escuadra se componía de los siguientes buques: blindados Blanco Encalada y
Almirante Cochrane; corbetas Chacabuco, O’Higgins, Esmeralda y Magallanes;
goleta Covadonga; vapor Toltén. Con los únicos buques con que se podía contar
era con el Blanco y el Cochrane, de un andar semejante al Huáscar y la
Independencia (11 millas por hora), pero con un blindaje más espeso y mejor
artillería.
Todo
esto no hace honor al Gobierno, porque aunque la pobreza fuera real, no tenía
derecho para mantener en semejante estado la Defensa Nacional, habiendo pasado
el año 1878 con una grave complicación pendiente con la Argentina y teniendo
diques flotantes en Valparaíso, en que se podían carenar las corbetas.
Más
de la mitad del Ejército vivía en guarnición en la frontera araucana. Lo
lluvioso de la zona, la falta de caminos, la escasez de recursos, dieron a
aquel antiguo Ejército gran sobriedad y energía. Pero carecía de las
articulaciones y servicios administrativos que en esa época poseían los
ejércitos en todos los países organizados. Carecía de divisiones y sólo en
nombre tenía Estado Mayor. El Servicio de Comisaría era el más rudimentario y
no había Intendencia, Servicio de Bagajes ni de Sanidad.
El
Ministerio Prats tenía un plan de campaña que de haberse realizado habría
cambiado la fisonomía de la guerra y resuelto, probablemente, en cuatro meses
lo que tardó cuatro años en solucionarse. Se componía de dos partes. La primera
consultaba el ataque sorpresivo a los buques peruanos en Callao, donde se sabía
estaban en plena reparación. La segunda, atacar inmediatamente después Iquique
defendida a la sazón por 4.000 hombres. Es dudoso que la segunda parte de este
proyecto —digno de la tradición de la República- fuera realizable, por falta de
medios.
Don
Rafael Sotomayor fue encargado de comunicar este plan, de viva voz, al
Almirante Williams Rebolledo. Su realización exigía la simultaneidad de la
declaración de guerra y del ataque al Callao. El Almirante rechazó el plan
gubernativo. Tenía otro que consideraba tan eficaz como éste, sin exponer los
buques a los riesgos que podían correr en el Callao: bloquear Iquique y
hostilizar las poblaciones peruanas de Tarapacá a fin de obligar a la flota del
Perú a salir a defenderlas. Argumentó además que carecía de un transporte
carbonero para emprender el viaje al Callao. El Ministro Prats explicó en
sesión secreta del Senado que "el Almirante había rechazado de una manera
perentoria aquella empresa, sin que al señor Sotomayor le fuera posible vencer
su resistencia’'.
El
Almirante sufrió un error de concepto. Creyó más fácil la realización del
propósito que el Gobierno perseguía buscándolo por el camino de la provocación
a las costas enemigas.
El 5
de Abril la Escuadra se presentó frente a Iquique y notificó el bloqueo del
puerto, al jefe de plaza al cuerpo consular, por medio del Capitán de Corbeta
Arturo Prat.
Ocupa
Prat tanto lugar en esta obra, que no es posible pasar delante de él sin
detenerse. El Capitán Prat no tenía puesto en la Armada. Cuando ésta salió de
Valparaíso, quedó en tierra, en la Comandancia General de Marina. El olvido en
que se le dejaba era injustificado, porque la vida anterior de este joven
destaca en líneas severas una personalidad moral completa, en el hogar, a bordo
del buque, en el servicio. Sus horas de descanso las dedicaba al estudio y
siendo oficial de marina recibió el título de abogado. No hay una sola nota en
su carrera, desde que entra a la Escuela Naval hasta que manda la Esmeralda,
que no acredite buena conducta, contracción, seriedad. Era modesto de carácter,
sobrio de palabras, de maneras sencillas, sin un matiz de fanfarronería. Cuando
Sotomayor partió al norte, le pidió que fuera su secretario lo que Prat aceptó
gozoso y agradecido.
El
bloqueo de Iquique duró cuatro largos meses, en que se desgastó la moral de las
tripulaciones, casi la disciplina y, en parte, el prestigio del eminente jefe
de la Escuadra.
La
opinión pública chilena no sabía las resoluciones gubernativas y desde el
primer momento miró con desagrado el bloqueo pasivo de Iquique. Pero Williams
Rebolledo no cedía.
Perú,
en tanto, completaba las reparaciones en el Callao y comenzó a preparar a Arica
como plaza fortificada que sirviera de refugio a las naves encargadas de la
defensa de Tarapacá. El 2 de Abril zarpó del Callao el vapor Chalaco, rumbo a
Arica, cargado de soldados, cañones y fusiles. El 10 de Abril lo hizo el
Talismán. Las tropas y cañones se movían en la costa peruana como si no hubiera
enemigos y se puso en evidencia la urgencia de comprar un buque rápido para
perseguir los transportes enemigos.
El
12 de Abril, la Unión y la Pilcomayo trataron de interceptar a la Corbeta
chilena Magallanes, que logró escapar luego de esforzada marcha en dirección a
Iquique. Quedó de manifiesto en este encuentro, el de Chipana, la audacia del
enemigo, en contraste con la inercia chilena. Tratando de superarla, el
Almirante Williams Rebolledo fraccionó la Escuadra, dejando en el bloqueo de
Iquique la Esmeralda y la Covadonga; despachó al Cochrane con la Magallanes a
destruir los elementos de movilización del puerto de Moliendo, y el Blanco, la
Chacabuco y la O’Higgins marcharon al sur para hacer lo mismo en Huanillos y
Pabellón de Pica. Más adelante, el Blanco y la Chacabuco bombardearon Pisagua.
En Chile la opinión no fue favorable a este género de hostilidades. Los
enemigos de nuestro país en Europa tenían pretexto para alarmar la opinión
universal, presentándonos como una amenaza contra la propiedad de los
neutrales. El pueblo de las principales ciudades del Perú se levantó exigiendo
que su Escuadra saliese a vengar esos agravios. Prado resistió a la oleada
popular, declarando que la Escuadra aún no estaba lista.
Cuando
el Gobierno supo que el Almirante había rechazado su indicación de atacar el
Callao o de bloquearlo, y que se decidía por el bloqueo de Iquique, experimentó
una gran contrariedad. Se decidió entonces atacar Iquique con 5.000 hombres,
desde Antofagasta. También se nombró General en Jefe del Ejército del Norte a
Justo Arteaga; Comandante General de la Infantería al General Erasmo Escala;
Comandante General de la Caballería al General Manuel Baquedano; Jefe del
Estado Mayor al Coronel Emilio Sotomayor.
Hubo
por esos días una tendencia de aproximación a Bolivia que influyó enormemente
en la guerra. Se creyó en Chile cosa fácil separar a Bolivia del Perú y
convertirla en nuestro aliado, ofreciéndole en compensación de su litoral, las
provincias peruanas de Tacna y Arica. Ese anhelo no era sino una utopía y las
tentativas están envueltas en un denso misterio. El mediador de buena voluntad
fue Joaquín Walker Martínez , sin poder de nadie, impulsado por su ardiente
patriotismo. Su entrevista con Casimiro Corral, en Puno, a quien se prometió el
apoyo de Chile contra Daza, no tuvo consecuencias.
El
Presidente Pinto no estaba contento con Prats, estimando que lo había llevado
demasiado lejos. Había hecho cuestión de Gabinete de la ocupación de
Antofagasta y ahora hablaba de lanzar a Iquique 5.000 hombres, alarmando al
Presidente y al Ministro de Guerra. El grueso público tampoco estaba contento
con el Ministerio, haciéndole responsable de todo lo que ocurría en el norte.
Estas ideas encontraron acogida en la Cámara de Diputados, donde se formuló una
interpelación en contra de los ministros.
A
pesar de que la votación fue favorable al Ministerio, presentó su renuncia, la
que fue aceptada por el Presidente. Entre Pinto y Prats existía ya una
enemistad profunda que duró lo que la vida de ambos.
El
partido triunfante negó a Prats todo mérito en los sucesos de la guerra, pero
la historia no se conformará con ese juicio. El Gabinete de Prats tuvo política
y resoluciones: decidió ocupar antes de permitir que se hiciera burla del
Tratado de 1874, afrontó con energía el peligro de la intervención del Perú y
acometió con valor la guerra, adoptando planes y medidas que abrían sido de una
eficacia trascendental en caso de realizarse. Levantó el efectivo del Ejército,
en dos meses, de 2.000 a 8.000 hombres y compró en Europa material de guerra.
El
Presidente confió a Antonio Varas la misión de organizar el nuevo Gabinete, el
que juró el 18 de Abril. El Perú había reforzado por entonces, con tropas
llevadas en sus transportes, Tacna y la provincia de Tarapacá. De Bolivia
habían entrado a Tacna no menos de 5.000 hombres. Arica, por su parte, había
sido fortificado.
Chile
contaba, cuando juró Varas, con unos 8.000 hombres de línea: 4.500 en
Antofagasta, 1.300 que iban de Valparaíso hasta esa ciudad y 2.500 en Santiago.
Sin contar 5.400 hombres de guardias cívicas. En materia de armamento, había
12.500 fusiles Comblain, 2.000 carabinas Winchester y Spencer, 12 cañones de
montaña y 4 de campaña marca Krupp.
A
fines de Abril asumió el mando del Ejército del Norte el General de División
Justo Arteaga. No fue acertado este nombramiento para una empresa rápida,
audaz, de violenta iniciativa, porque empresas de esa clase no se armonizan con
la vejez. Arteaga tenía condiciones propias de su edad: era susceptible, nada
inclinado a escuchar el ajeno consejo. Desconfiaba de cualquier colaboración,
salvo la de sus dos hijos, ilustres en el periodismo y en el Parlamento: Justo
y Domingo Arteaga Alemparte.
En
su primera sesión, el Ministerio Varas se ocupó de precisar el objeto de la
guerra con Bolivia y con el Perú. Respecto del primero, mantenerse a la
defensiva y conservar a perpetuidad el territorio situado al sur del paralelo
23°. No se pronunció sobre la soberanía de Bolivia en la sección situada al
norte de ese paralelo. Respecto del Perú, resolvió que el fin de la guerra era
obtener la abrogación del Tratado Secreto y exigir seguridades para el futuro,
expresando que si hasta ese momento Chile no pretendía anexiones de territorio,
esto podía modificarse si la Escuadra peruana fuese destruida o Bolivia rompía
la alianza y se plegaba a nosotros.
En
ese punto el Ministerio no interpretaba las exigencias del país, cuya opinión
pública sabía que la campaña no podía terminar sino con la adquisición de
Tarapacá y del territorio intermedio entre esa provincia y el grado 23, porque
no había otra garantía que diese seguridad para el futuro.
Pero
el problema seguía siendo el mismo: o atacar Iquique o bloquear el Callao, y el
Gabinete, antes de decidirse, optó por preguntar a los directores de la campaña
su opinión al respecto. Esta alternativa, de por sí inquietante para el
Ministerio Varas, se veía agravada por la disputa limítrofe con la Argentina, a
pesar del pacto Fierro-Sarratea que había sido firmado en Diciembre de 1878. A
fin de contrarrestar el peligro, se abrió una misión diplomática en Río de
Janeiro y se acreditó ahí como Plenipotenciario a José Victorino Lastarria.
Arteaga
contestó a Varas inclinándose por la invasión de Tarapacá y el desembarco en
Iquique, "tan pronto como se tenga los elementos necesarios". El
Almirante Williams Rebolledo se opuso al bloqueo del Callao y expresó que sería
más eficaz intentar con ese puerto un acto violento. Rafael Sotomayor planteó
los inconvenientes de bloquear el Callao para la Escuadra chilena.
Pero,
decidido el desembarco en Iquique, no pudo hacerse por falta de municiones, ya
que en todo el país no había ni siquiera 3 millones de tiros para rifles
Comblain. Hubo pues que postergarlo, mientras nuestro Ministro en París. Blest
Gana, apuraba su envío.
Apenas
si necesitan comentarios los hechos referidos. La expedición a Tarapacá no
podía emprenderse. Faltaba lo esencial: no había municiones. Si el Gobierno
estuviese aleccionado con la experiencia de lo que sucedió después; si hubiese
podido darse cuenta de la imprevisión de nuestros soldados, que en sus marchas
por el desierto botaban los cartuchos para descargarse de su peso; que en Tacna
el Ejército amunicionado con 150 y 200 tiros por rifle, después de hora y media
de combate, tuvo que batirse en retirada por falta de municiones y registrar
las cananas de los muertos para sostener el fuego; que en Arica el Coronel
Lagos se resolvió el asalto porque estimó que los 150 tiros que llevaban sus
soldados no bastaban para empeñar un combate regular. Lo repito, si el Gobierno
hubiese sabido entonces lo que fue la enseñanza de la guerra, no habría hablado
de expedición a Tarapacá, con una provisión que apenas excedía de 250 tiros por
hombre.
Por
lo demás, municiones no era lo único que faltaba. Faltaba la organización
administrativa del Ejército, en una campaña que tendría por teatro un desierto;
trabajo más arduo y difícil que la guerra misma. Llamó así la conducción de los
elementos de combate; el arrastre de la artillería por suelos accidentados; que
el parque siguiera el convoy militar; que las bestias tuviesen en sus
alojamientos y puntos de descanso, agua y forraje; que el soldado tuviese su
rancho y el combustible correspondiente; que tuviera calzado y ropa para
reparar la que se destruía con las marchas; y por fin, que no le faltase el
agua en el desierto polvoroso y quemante.
Entre
el 16 y el 17 de Mayo partió el Almirante al norte, dejando en Iquique a la
Esmeralda y a la Covadonga. El 18 se supo que Prado había zarpado del Callao y
navegaba hacia Arica con 4.000 hombres. Williams Rebolledo dio el mando de la
Esmeralda al Capitán Arturo Prat y trasbordó al Comandante Manuel Thompson al
Abtao. El Capitán Prat se trasladó al buque jefe a recibir instrucciones y como
el Almirante le hiciera presente la responsabilidad que asumía como encargado
del bloqueo durante su ausencia, Prat le contestó estas palabras: "Si
viene el Huáscar, lo abordo".
Rafael Sotomayor Baeza, Secretario General del Ejército y luego Ministro de
la Guerra y Marina en Campaña
Prat
estaba triste; se repetía la situación de Valparaíso de que lo sacó Rafael
Sotomayor. Se le dejaba en un puesto pasivo cuando sus compañeros se preparaban
a segar la gloria a manos llenas.
Vicealmirante Juan Williams Rebolledo, Comandante en Jefe de la Escuadra al
iniciarse la guerra
La
resolución de Williams de partir —que según comunicó a Santiago era con el
objeto de bloquear Arica— cayó mal al Gobierno y así se le hizo manifestar a
través del Ministro del ramo, por haber prescindido de consultarlo antes de
emprender tal operación, que resultó infructuosa. En efecto, su plan de
sorprender en el Callao a la flota peruana fracasó, pues ésta había zarpado al
sur cuatro días antes. Tuvieron que regresar, con grandes dificultades por
falta de carbón, ya que se les había extraviado el transporte carbonero Matías
Cousiño.
Capitán Arturo Prat Chacón
Poco
a poco, primero por un vaporcito apresado por la Magallanes, después por el de
la carrera, se tuvieron las primeras noticias del Combate de Iquique, del
hundimiento de la Esmeralda, de la escapada de la Covadonga; noticias que
hacían latir con violencia los nobles corazones de los marinos. Destellos de
heroico ardimiento y un velo de profunda tristeza era la fisonomía del momento,
de capitán a paje.
General Justo Arteaga Cuevas, General en Jefe del Ejército hasta julio de
1879
La
opinión pública del Perú exigía que su Escuadra saliese del Callao a vengar los
agravios que le inferían los buques chilenos. El Presidente Prado se resistía,
esperando que estuviese mejor preparada pero el clamor popular le obligó a
consultar a sus juntas de notables. Exteriormente la Escuadra se encontraba en
buenas condiciones aunque el personal era recluta.
A
esas reuniones asistieron los ministros, los representantes de la prensa, los
marinos y algunos políticos. Prado conferenció también con los comandantes de
los buques Grau y Moore fueron de adiestrar primero al personal, pero predominó
"el torrente de la opinión pública"
El
16 de Mayo partieron del Callao a Arica el Presidente y su Estado Mayor a bordo
del Oroya, también lo hicieron el Chalaco y los blindados Huáscar e
Independencia y el Lima, cargados de tropas, cañones, municiones y víveres. El
mismo día zarpaba la Escuadra chilena de Iquique al Callao. En Arica Prado supo
que la Esmerada y la Covadonga se encontraban solas en Iquique y que de
Valparaíso partía un convoy con 2.500 hombres a Antofagasta. Su plan, fue
sorprender a los dos buques, caer luego sobre el convoy y bombardear las
ciudades del norte de Chile. Los dos blindados siguieron hacia el sur y el 20
de Mayo zarparon a Iquique desde Pisagua.
Miguel
Grau mandaba el Huáscar y Guillermo Moore la Independencia. Grau fue un gran
marino. Sus correrías tienen a menudo sello de audacia, siempre de inteligencia
y de destreza. El Huáscar contuvo a las fuerzas chilenas de Agosto a Octubre,
dando ’tiempo al Perú para adquisiciones y conseguir alianzas.
* *
* *
Los
oficiales de los buques que bloqueaban Iquique eran jóvenes. El jefe del
bloqueo, el Capitán Prat, ex secretario de Sotomayor. El Capitán de Corbeta
Carlos Condell comandaba la Covadonga. Temían diverso carácter. El heroísmo que
asumía en Prat formas serenas y reposadas, era alegre y expansivo en Condell.
De
naturaleza impertérrita, poco dócil a la disciplina, este último desarrollaba
en la guerra admirables cualidades de previsión y de coraje que lo hicieron tan
célebre. Condell no desmerece de Lord Cochrane, ni por la concepción, ni por la
serenidad, ni por la audacia.
Los
oficiales de la Esmeralda eran además de Prat, los Tenientes 1° Luis Uribe y
Juan Francisco Sánchez; el Teniente 2° Ignacio Serrano Montaner; los
guardiamarinas Ernesto Riquelme, Arturo Fernández Vial, Vicente Zegers y Arturo
Wilson; Cirujano 1° T. Cornelio Guzmán; ayudante del Cirujano, Germán Segura;
Contador Juan D. Goñi; Ingenieros Eduardo Hyath, Vicente Mutilla, Dionisio
Manterola e I. Gutiérrez de la Fuente; Jefe de la Guarnición el Subteniente
Antonio Hurtado; 2° Jefe, el Sargento 1° Juan de Dios Aldea.
El
21 de Mayo tocaba la ronda a la Covadonga, mientras la Esmeralda permanecía en
el fondeadero. También estaba el transporte Lamar. Cuando los primeros rayos
del sol desgarraban la espesa neblina, el vigía de la Covadonga gritó: ¡Humos
al norte! Condell se vistió rápidamente y observando con anteojos vio que a lo
lejos hendían las aguas dos buques, el Huáscar y la Independencia según
marineros que habían servido en ellos.
Al
reconocer las embarcaciones chilenas. Grau ordenó izar banderas de combate,
hizo tocar generala y arengó a la tripulación:
"Tripulantes
del Huáscar. Ha llegado la hora de castigar al enemigo de la Patria y espero
que lo sabréis hacer cosechando nuevos laureles y nuevas glorias dignas de
brillar al lado de Junín, Ayacucho, Abtao y 2 de Mayo. ¡Viva el Perú!".
Entretanto
la población de Iquique saltaba de sus lechos y corría a la playa. Un testigo
refiere que no se oían sino estas exclamaciones: ¡Viva el Perú! ¡Ahora sí!
¡Ahora sí!
Prat
ordenó que la Esmeralda saliera a reconocer los cascos enemigos y luego regresó
ordenando a la Covadonga: ¡Seguir mis aguas! El Capitán Prat pronunció
enseguida desde el puente, a la tripulación formada, estas palabras:
"Muchachos:
la contienda es desigual. Nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo y
espero que ésta no sea la ocasión de hacerlo. Mientras yo viva, esa bandera
flameará en su lugar y si muero mis oficiales sabrán cumplir con su
deber".
Y
sacándose la gorra la batió en el aire gritando ¡Viva Chile!
A
Condell dijo por bocina: "Que almuerce la gente". "Reforzar las
cargas". Condell contestó: ¡All Right!
Los
blindados peruanos avanzaban y pronto cayó una granada entre los buques
chilenos. Al ver esto el Lamar emprendió fuga hacia el sur. La máquina de la
Esmeralda no estaba en aptitud de desarrollar más de dos a tres millas por
hora, así que Prat optó por acercarse a la ribera para colocarse en la línea de
la ciudad y regar al Huáscar a disparar por elevación. Cuando la Covadonga se
alejaba, el Huáscar le asestó un cañonazo, lo que no impidió al buque chileno
continuar su marcha, siendo perseguido por la Independencia, mientras por el
lado de la playa, se le hacían descargas de fusilería. Prat quedó con su buque
inmóvil en el fondeadero y el Huáscar se encaminó hacia él, deteniéndose a 500
ó 600 metros de distancia por temor a la red de torpedos que se decía rodeaba
al buque chileno. Desde allí comenzó a disparar sus grandes cañones de 300,
pero sus tiros pasaban por alto. La Esmeralda contestaba con sus inofensivos
cañones de 40.
Serrano
dirigía la batería que enfrentaba al Huáscar, Sánchez la que disparaba a
tierra. Prat estaba en el puente y Uribe en el rastillo de proa. Un testigo de
vista dice: "Y la corneta sin cesar al ataque iba tocando. La Corbeta
estaba engalanada como para una fiesta y había banderas por todas partes".
La
impresión en tierra iba cambiando. Había transcurrido hora y media de combate y
el entusiasmo y alegría del primer instante se tornaba en sorpresa en el
elemento nacional, y en asombro y admiración en el extranjero. El Coronel
Benavides, Jefe del Estado Mayor, ordenó que se colocara una batería de
artillería de a 9 en una morrillada que enfrentaba la posición de la Esmeralda.
Hasta entonces ninguno de los proyectiles del monitor había dado en el blanco.
No sucedió lo mismo con los cañones de tierra. Una granada mató tres hombres en
la cubierta de la Esmeralda, otra hirió tres más. El buque entonces se trasladó
pesadamente a una nueva posición y allí permaneció hasta su glorioso
hundimiento.
En
realidad la resistencia era imposible para el Comandante chileno. No podía
maniobrar. Las balas de sus cañones lisos de 40 no hacían ningún efecto en la
coraza del monitor, tal como puede leerse en la relación oficial de Grau sobre
los perjuicios sufridos por su buque. No sucedía lo mismo con los disparos del
Huáscar.
A
las 11.30 de la mañana, Grau, exasperado con la obstinación de la defensa,
ordenó que el monitor hiciera uso del espolón y disparase sus grandes cañones
cuando los buques estuvieran al tocarse. Todo lo que la Esmeralda pudo hacer
para desviar el choque fue girar sobre su centro y recibirlo de refilón, pero
el efecto de los cañonazos fue espantoso, reduciendo a pedazos unos 40 o 50
hombres.
El
espolonazo del Huáscar fue recibido con una descarga cerrada de la batería de
la Esmeralda y de los rifles del personal. Antes de que el Huáscar se
desprendiera del costado de la Esmeralda, el Comandante Prat saltó sobre él
espada en mano dando el grito: "¡Al abordaje, muchachos! La voz no se oyó
en la confusión del combate. Prat no tenía en ese instante cerca de sí sino al
Sargento 1° Juan de Dios Aldea y a un marinero cuya identidad no se pudo
establecer. Alcanzó Prat a recorrer los pocos pasos que separaban el punto del
abordaje y la torre de mando y cayó al pie de ella herido por un tirador
invisible. Hallábase con una rodilla en tierra, desfallecido y casi exánime,
cuando un marinero salido de la torre de la artillería le asestó un tiro en la
frente que le produjo instantáneamente la muerte.
Sobrevino
después un instante de relativa calma, pero al ver que la tregua no daba
resultado, Grau repitió el ataque y el espolonazo abrió una vía por donde el
agua se precipitó a la Santa Bárbara y a las máquinas. El buque quedó sin
gobierno y sin más municiones que las que había en cubierta. En ese instante el
Teniente Serrano dio un grito ¡Al abordaje! a un pelotón de 10 ó 12 marineros
que tenía listos para esa operación, armados con rifles y machetes. Estaba en
ese momento en la cubierta del monitor el Teniente Jorge Velarde con dos
marineros, los que huyeron dejándolo solo. Velarde recibió un balazo y murió
ese mismo día. Todo el destacamento chileno cayó bajo las balas. El glorioso
Serrano recibió una bala de ametralladora en el bajo vientre. La Esmeralda
convertida en una boya, cubierta de banderas, continuaba flotando y el corneta
tocando a degüello.
Transcurrieron
unos veinte minutos y embistió el Huáscar por tercera vez. "Era preciso
que se diese fin a un drama tan sangriento y que no reconoce ejemplo en la
historia del mundo", decía el diario peruano de Iquique. La Esmeralda se
inclinó de proa y sonó un disparo que, se dijo, lo hizo el guardiamarina
Riquelme. La tripulación se lanzó al agua y la gloriosa Corbeta se hundió en el
mar a las 12.10 más o menos. La relación peruana, que acabo de citar, dice:
"Al
hundirse la Esmeralda un cañón de popa por el lado de estribor hizo el último
disparo, dando la tripulación vivas a Chile. El pabellón chileno fue el último
que halló su tumba en el mar".
Botes
del Huáscar salvaron a Uribe, a Sánchez, a Wilson, a Zegers, a Fernández Vial;
al Subteniente Hurtado, jefe de la guarnición; al Cirujano Guzmán, a su
ayudante Segura y a 49 marineros o sea la cuarta parte de los que entraron en
combate.
Serrano
murió ese mismo día y el Sargento Aldea tres días después. No se permitió que
Serrano fuera asistido por el Cirujano de la Esmeralda, Cornelio Guzmán, y los
cadáveres de los chilenos fueron colocados en la vereda de la calle que hay
entre el muelle y edificio de la Aduana. Tomó la iniciativa de enterrarlos un
Miembro de la colonia española, Eduardo Llanos, ayudado otro compatriota suyo,
Benigno Posadas.
Ocupémonos
ahora de la Covadonga.
Condell
inclinó su buque lo más posible a tierra y mientras la Covadonga recorrió la
curva del arco que forma la playa, la Independencia la cuerda, con rumbo fijo a
la primera puntilla. El buque chileno era un viejo lanchón de 412 toneladas,
mientras que h Fragata peruana tenía 2.000 toneladas. No pudo Moore detenerla
cerca de la puntilla, porque los arrecifes se lo impidieron, y siguieron ambos
buques rumbo al sur. Habiendo tomado la Independencia la estela de la
Covadonga, la pieza más peligrosa para ésta era la colisa que aquélla tenía en
la proa, pero 4 rifleros chilenos impidieron que los artilleros peruanos se
acercaran a la pieza.
Al
enfrentar Punta Gruesa, la Covadonga salvó un escollo apenas y la quilla
rechinó porque había tocado fondo. Condell comprendiendo lo que iba a suceder,
lanzó esta alegre expresión: "¡Aquí se fregaron!" y ordenó
instantáneamente virar hacia atrás. La Independencia, sin comprender ese
movimiento que la acercaba más al enemigo, embistió con el espolón, siguiendo
exactamente el peligroso derrotero que la Covadonga acababa de salvar y al
hacerlo chocó en el arrecife oculto y quedó con su quilla destrozada. Condell,
entonces, pasó y repasó por su frente disparándole seis cañonazos. La Fragata
arrió su estandarte y Moore con una bocina, pidió que se le enviara un bote, a
lo que no se accedió, prefiriendo Condell volver a Iquique a auxiliar a la
Esmeralda. Había alcanzado a andar menos de una milla cuando al Huáscar que
venía a su encuentro, lo que la obligó a virar y poner proa al sur.
Grau
al divisar a la Independencia montada sobre una roca, se cuenta que tenía que
interrumpir la persecución y reconocer la catástrofe. Ordenó quemar el buque,
recogió a los sobrevivientes y trató de reiniciar la navegación al sur, pero la
Covadonga era un punto en el horizonte y Grau volvió a Iquique. La Corbeta
chilena llegó a Tocopilla en la tarde del día siguiente, haciendo agua por
todas partes. Un transporte le dio luego remolque a Antofagasta.
* *
**
El
significado del Combate de Iquique para Chile fue la reducción a la mitad del
poder naval del Perú; pero eso, siendo mucho, era menos que el efecto moral que
estaba llamado a producir. Prat, Serrano, Aldea, Condell, Orella y todos los
combatientes de la Esmeralda y de la Covadonga escribieron ese día un precepto
que se resume en esta frase: "La obligación de luchar hasta la muerte sin
tomar en cuenta el poder del adversario". Además, para Chile, el Combate
de Iquique era una gloria de su Escuadra.
El
mundo entero rindió homenaje al heroísmo de los oficiales chilenos. El Perú
participó de esa admiración. Grau recogió la espada y prendas que se
encontraron en el cadáver de su heroico rival y se las envió a la viuda
acompañadas de una carta en que le decía que su esposo "fue víctima de su
temerario arrojo en defensa y gloria de la bandera de su Patria".
La
Fragata de S.M.B. Turquoise hizo extraer con buzos un trozo de madera de la
Esmeralda que se envió a Condell con una carta en la que se proclama "el
glorioso combate de la Esmeralda y de la Covadonga, sin ejemplo en los fastos
navales". El "Time" de Londres hacía este comentario:
"Este
es uno de los combates más gloriosos que jamás haya tenido lugar. Un viejo
buque de madera, casi cayéndose a pedazos, sostuvo la acción durante tres horas
y media contra una batería de tierra y un poderoso acorazado y concluyó con su
bandera al tope".
El
mismo juicio emitieron los grandes órganos de publicidad de Francia, de
Alemania, del Japón, de España y de Estados Unidos.
La
primera impresión de asombro y admiración que experimentó el Perú se modificó
al saber la suerte de la independencia, el aplauso universal que se tributó a
nuestra Armada y la acentuación que este combate imprimió a la guerra. A
Condell se le trató de cruel por haberse retirado tan pronto el blindado
encalló y por haberlo cañoneado.
No
hay nada en el Combate de Iquique que no sea digno de aplauso. Reveló héroes,
pero héroes inteligentes. Prat tomó la única disposición táctica que su
situación le permitía: inutilizar los disparos del enemigo por el temor de
bombardear la ciudad.
Condell
navegando pegado a la costa y silenciando con cuatro rifles a la pieza más
poderosa de artillería contraria, reveló las aptitudes de un gran oficial.
El
Combate del 21 de Mayo adquirió sus verdaderas proporciones cuando se supo el
plan de los blindados peruanos. Escribió el Comandante General de Marina,
Altamirano, a Varas:
Mayo
29. Aún no se me pasa el susto. Todo ha estado dispuesto para una gran
catástrofe.
"Huáscar e Independencia debieron concluir en una hora con Esmeralda y
Covadonga. Enseguida, cayendo como lo habrían hecho rápidamente sobre
Antofagasta, se habrían apoderado de todos nuestros transportes. Después
habrían incendiado Antofagasta y enseguida toda nuestra costa.
"Nos ha salvado el heroísmo de nuestros marinos, y a él mediante, un
acontecimiento que debía traernos la muerte nos ha traído gloria y ventajas materiales,
porque el cambio de la Esmeralda por la Independencia nos es muy ventajoso.
Pero aquí, para entre nos, Dios puede cansarse de protegernos si seguimos
siendo tan torpes".
La
responsabilidad de haber dejado solos a dos buques sin defensa es de todos: del
Gobierno, de la Comandancia General de Marina, del Almirante. Hasta entonces no
se habían empleado en el mar las precauciones que exige la guerra, y como la
previsión no es virtud nacional, la guerra se hacía a medias con Dios, y la
otra mitad contando en la prudencia del enemigo. Hay que decir en descargo del
Gobierno que no disponía de suficientes naves de guerra para custodiar los
transportes. Estos, por su parte, no llevaban sino cañoncitos de a 32 y algunos
marineros con fusiles viejos.
Pero,
reconociendo que la imprevisión era de todos, no es conforme a la verdad que el
Gobierno hubiera dado la orden de dejar en Iquique a la Esmeralda y a la
Covadonga al alcance de la flota peruana. La verdad es que estos buques
chilenos debían mantener la vigilancia del puerto mencionado "mientras
dure el bloqueo del Callao" y esté ahí encerrada la escuadra enemiga.
Capítulo 6
En tierra y en el mar. Correrías del Huáscar
En
Vísperas del Combate Naval de Iquique y de la frustrada operación en el Callao,
ya estaba embarcada en Valparaíso, en el Itata y en el Rímac, la división de
2.500 hombres que se había prometido a Arteaga para la operación sobre Iquique.
El 20 de Mayo zarparon ambos buques y el 24 estaban desembarcando las tropas en
Antofagasta. Ese mismo día partía de Iquique, rumbo a este mismo puerto, el
Huáscar, que había permanecido dos días haciendo carbón. En Antofagasta hubo un
cañoneo con las baterías de tierra, que defendían la máquina destiladora de
agua para la ciudad, y con la Covadonga, sin mayores consecuencias. Luego se
retiró, avisado del regreso del norte de la Escuadra chilena, y se fue a
Iquique, donde acababa de desembarcar el Presidente Prado en medio de un gran
entusiasmo popular.
El
Almirante Williams de vuelta del norte, tocó en Mollendo para cortar el cable
submarino y en Arica para observar las fortificaciones. La Escuadra chilena
volvía como una armada en derrota: los blindados economizando las paladas de
carbón para poder llegar a Iquique; el Abtao a remolque. En esa situación el
Almirante avistó al Huáscar a la entrada de Iquique, en la mañana del 30 de
Mayo. El Cochrane y el Abtao se quedaron atrás por falta de carbón y el Blanco
y la Magallanes se lanzaron a la caza, que duró 8 horas, acortando la distancia
a 4 millas del buque peruano. A esa hora el buque almirante tenía en sus
carboneras 15 toneladas y la Magallanes, "para dos días de consumo en la
cocina". El Huáscar escapó, pero si Grau sospecha la situación de nuestra
Escuadra, pudo reparar con creces el desastre de la Independencia.
El
país permaneció durante varios días en la mayor inquietud por la suerte de la
Escuadra. ¿Qué es de la Escuadra? escribía Pinto el 30 de Mayo. ¿Qué ha hecho
Williams? ¿Dónde está? decía Santa María. ¿Concluirá algún día esta angustia?
se preguntaba Altamirano.
La
política tendiente a separar Bolivia del Perú, ofreciéndole una salida al mar
por Tacna y Arica, había continuado. Primero, a través del ingeniero chileno
Justiniano Sotomayor, amigo del Presidente Daza; luego con la ayuda de los dos
ciudadanos bolivianos distinguidos: Luis Salinas Vega y Gabriel René Moreno,
siendo este último un destacado historiador y profesor del Instituto Nacional.
Fue
Santa María el que propició esta segunda gestión y hubo contactos con Daza en
Tacna. El Gabinete no vaciló en darle la autorización que Santa María
solicitaba, porque esa tendencia estaba en la corriente de la política chilena,
la que desde la declaración de guerra al Perú había mirado a este país como su
solo enemigo, manifestando una notoria benevolencia con Bolivia.
En
el acta del Consejo de Ministros, correspondiente a la sesión del 22 de Mayo de
1879, se da cuenta de esta gestión. Algunos de los párrafos del documento
chileno son los siguientes:
"Después
de un detenido y extenso debate se acordó enviar cerca del General Daza a la
persona por él indicada, con instrucciones para manifestarle que si el Gobierno
de Bolivia está dispuesto a separarse del Perú y unirse a Chile en la guerra
actual, el Gobierno de Chile, siempre que aquél le reconozca como dueño
absoluto del territorio comprendido entre los paralelos 23° y 24° de latitud
sur, no sólo no se opondrá a que Bolivia ocupe las provincias peruanas de Tacna
y de Moquegua, sino que mientras dure la guerra actual, le proporcionará los
auxilios y recursos necesarios para que dicha ocupación se verifiques mantenga,
obligándose, además, si llegare el caso de negociar la paz con el Gobierno el
Perú, a exigir de este país seguridades eficaces de que en todo raso Bolivia
tendrá libre acceso al Pacífico en aquellos puntos de costa en que lo requieren
las necesidades de su comercio y sus intereses como nación".
No
es bien conocido lo que pasó entre Daza y Moreno, pero no bien volvió la
espalda el negociador, Daza puso en manos de la Cancillería peruana todos los
papeles de la negociación, lo mismo que del Gobierno de Argentina, denunciando
a Chile como un país falaz.
La
guerra en el mar continuó con la persecución del Huáscar, a principios de
Junio, a cargo del Blanco y de la Magallanes, lo que provocó una tentativa de
renuncia de Williams Rebolledo, y la no menos infructuosa persecución de la
Pilcomayo. El país, inquieto ya con el curso de la campaña naval, se preguntaba
con irritación: ¿Si la Escuadra enemiga, más débil, daba pruebas de actividad,
por qué no lo hacía la nuestra que tenía una potencia superior desde la pérdida
de la Independencia?
El
Ministerio Varas, al inaugurar sus funciones, encontró un Ejército de 8.000
hombres. A fines de Mayo ese Ejército era de 18.000 distribuido grosso modo
así: 10.000 en Antofagasta, 8.000 en Santiago, Valparaíso y la frontera
araucana. El primero se llamó de Operaciones del Norte y el segundo, de
Reserva. Las unidades tácticas eran el regimiento de 1.200 hombres y el
batallón de 600.
Estos
hombres carecían de uniformes y de armamento. Más que soldados eran patriotas
que se perfeccionaban en el ejercicio de las armas. Las poblaciones no se
contentaban con dar sus mejores hijos, sino que los vestían y uniformaban por
medio de donativos espontáneos. Hay que trasladarse a la época para comprender
la magnitud del esfuerzo nacional de 1879.
En
Septiembre llegó de Europa el armamento y el vestuario.
Voy
a penetrar a un terreno que fue completamente ignorado de los contemporáneos y
que lo es hasta hoy, fundándome en documentación inédita y desconocida. Me
refiero a los planes de campaña del Gobierno.
Almirante Miguel Grau Seminario
Hemos
asistido ya a diversos planes de guerra, todos fracasados.
Uno
fue el del Ministerio Prats. Se sabe qué suerte corrió.
Otro,
invadir a Tarapacá con 8.000 hombres patrocinado por Arteaga y el Ministerio
Varas, que desbarató el Combate de Iquique, aparentemente, porque en ningún
caso se habría podido ejecutar por falta de municiones.
Guardiamarina Ernesto Riquelme Venegas
Luego
de un plan para invadir Moquegua, el Ministerio Varas apoyaba un plan para
invadir Tacna y Arica, dejando en el medio a Iquique, puesto que en los últimos
meses Tarapacá se había reforzado y en vez de tener 8.000 a 10.000 defensores,
tenía 12.000 a 14.000. Antes de decidirse, el Ministro Santa María fue a
Antofagasta y allí hubo Consejo de Guerra. Luego, en Santiago, el Ministerio
optó por la Campaña de Tarapacá.
Teniente 2º Ignacio Serrano Montaner
Razones:
la vecindad de la base de operaciones: privar de rentas al enemigo; continuar
la lucha con los recursos de Tarapacá: tener en la mano la prenda que asegurara
la indemnización de los gastos y las garantías del porvenir. Para llevar
adelante este plan, el Gabinete designó al Ministro de Relaciones Exteriores,
Santa María, como su delegado y a Rafael Sotomayor como su Comisario General.
El General Arteaga renunció en forma indeclinable y se le reemplazó con el
General Erasmo Escala.
Guardiamarina Vicente Zegers Recasens
El
General Justo Arteaga tiene el derecho a que la posteridad le reconozca la
organización sólida y disciplinaria del Ejército del Norte. Desgraciadamente,
este hombre inteligente era suspicaz y alejó de sí a los representantes del
Gobierno. Cometió asimismo el error de hacer creer que todo se hallaba listo
para la campaña, cuando no lo estaba. Ese error provenía de que no había
estudiado suficientemente los recursos de que disponía, ni los preparativos que
exigía.
Teniente 1º Luis Uribe Orrego
Entre
las correrías del Huáscar, luego de haber sido reparado en el Callao, debe
recordarse su encuentro nocturno con la Corbeta Magallanes en el fondeadero de
Iquique y la habilidad del Comandante chileno Latorre para evitar sus
espolonazos. Pero fue más importante la captura del Transporte Rímac.
Capitán de Corbeta Carlos Condell de la Haza
El
20 de Julio zarparon de Valparaíso los Transportes Rímac y Paquete del Maule,
cargados con tropas, en especial el escuadrón de caballería denominado
"Carabineros de Yungay". Por una serie de dificultades, el Cochrane
no pudo juntarse a ellos a la cuadra de Antofagasta y el 23 de Julio el Rímac
se vio entre la Unión y el Huáscar. Luego de una persecución de 4 horas, el
transporte chileno se rindió a sus captores y fue llevado a Arica. La noticia
de la captura produjo en Santiago un estallido de indignación y la renuncia del
Gabinete Varas que fue reemplazado por otro que organizó Domingo Santa María.
Capitán de Corbeta Manuel Joaquín Orellana
La
captura del Rímac tuvo una consecuencia práctica. En adelante las autoridades
militares fueron más cautas para rodear la movilización de Valparaíso a
Antofagasta de mayores precauciones y seguridades.
Capítulo 7
Final del ministerio Varas. Preparativos para la campaña terrestre
Los
Ministerios de Prats y de Varas habían hecho pedidos considerables de armas a
Europa. En Agosto y Septiembre de 1879 comenzaron a llegar al país. Chile hizo
todos sus encargos a través de la Legación en París y en Londres, servida por
Alberto Blest Gana, y los vapores especiales entraron al Pacífico por el
Estrecho de Magallanes, siendo escoltados en la última parte del viaje por
naves de nuestra Marina de Guerra.
Los
primeros vapores especiales fueron el Zena y el Gleneg, de matrícula alemana.
Había rumores de que el Gobierno peruano enviaría a la Unión a encontrar al
segundo de ellos, por lo que se decidió que zarparan hasta el Golfo de Arauco,
a proteger el Gleneg, al Cochrane, a la Covadonga y al Amazonas.
* *
* *
Efectivamente,
la Unión llegó a Punta Arenas el 16 de Agosto, tomó carbón fiscal de una chata
que no pudo ser defendida y compró víveres a los comerciantes extranjeros, sin
que pudiera oponerse a ello el gobernador, Comandante Carlos Wood, ante las
amenazas de bombardear la ciudad. Luego volvió La Unión a Arica, sin toparse
con el barco que transportaba armas. La necesidad de proteger los transportes
con armas, en Julio, Agosto y Septiembre, interrumpió las operaciones navales.
Perú
y Bolivia, mientras tanto, recibían sus armas desde Europa y los Estados Unidos
por Panamá. Los cajones llegaban ahí rotulados como máquinas trilladoras,
pianos, etc. y los transportes peruanos los conducían al Callao. Todo ello con
la complicidad del Estado Federal de Panamá. Costa Rica también se entendió con
el Perú y violando la neutralidad le proporcionó rifles y municiones. El sector
naval situado entre Panamá y Callao era recorrido tranquila e impunemente por
los transportes peruanos.
El
Presidente Prado no era una competencia militar ni una gran inteligencia, pero
gobernaba un país que había suspendido su régimen legal y no estaba obligado a
someter sus medidas a deliberación previa ni a asesorarse con nadie. Además, se
encontraba en el teatro de la guerra.
En
este sentido, la situación del Gobierno de Pinto era muy desventajosa,
permaneciendo en vigor las garantías constitucionales. Lo que Prado ordenaba
era el resultado de una conversación con Grau y se ponía en ejecución
inmediatamente. Lo proyectado por Pinto quedaba sometido a la apreciación de un
Gabinete parlamentario y su resolución tardaba en llegar al que debía
cumplirla.
* *
* *
En
Julio, el Almirante Williams solicitó al Presidente levantar el bloqueo de
Iquique. Estaba desengañado de la fatigosa y estéril operación y sus buques
diariamente amenazados por torpedos que podían hacerlos volar. El Presidente
Pinto le contestó en el acto que no. El Gobierno, que antes miró esa operación
con poca simpatía, se empeñaba ahora en sostenerla.
En
los últimos días del Ministerio Varas, la situación de los bloqueadores de
Iquique había llegado a ser intolerable. La que, en realidad, estaba bloqueada
era la Escuadra chilena y ese aislamiento enervante corroía las energías y no
tenía compensación. El Ministro Santa María era también partidario de poner
término al bloqueo, el que consideraba "ridículo". Sobrevino entonces
un accidente que precipitó los acontecimientos. La máquina del Abtao se
descompuso y el Almirante, de propia autoridad, suspendió el bloqueo de Iquique
el 2 de Agosto se dirigió a Antofagasta y de ahí envió su renuncia, la que le
fue aceptada.
Volvió
el viejo marino a Valparaíso, a las playas que lo habían aclamado a su partida,
con el alma destrozada, sintiendo silbar a su alrededor el cierzo de la
crítica. El Almirante Williams sufrió un error al no lanzarse al Callao cuando
se lo pidió el Ministerio Prats y después, cuando no salió al mar a perseguir
en crucero activo los buques del enemigo. Cuando esto sucedió, estaba enfermo.
Para juzgarlo con elevación y con el respeto que debe ser la ley de la
historia, hay que tomar en cuenta que cuando asumió el mando, los servicios de
provisión de la Escuadra eran muy imperfectos, que la situación de los buques
menores, exceptuando la Magallanes, era deplorable, que antes que combatientes
eran inválidos.
* *
* *
Al
final del Ministerio Varas, el Gobierno de los Estados Unidos, por medio de sus
Ministros acreditados en Lima, Santiago y La Paz, interpuso sus buenos oficios
para poner fin a las hostilidades por medio del arbitraje del Presidente de los
Estados Unidos o de la Corte Suprema de la Unión o de un tribunal ad hoc
formado con dichos plenipotenciarios. Estos eran, en Lima, Mr. Christian; en
Santiago Mr. Th. Osborne; en La Paz, Mr. Pettis.
Mr.
Pettis conversó en La Paz con los señores Doria Medina y Guerra y en ambos
encontró disposiciones favorables para solucionar el conflicto por un arbitraje
simulado, en virtud del cual Bolivia cedería a Chile a perpetuidad la parte de
territorio situada al sur del 23°, con excepción de Mejillones, a trueque de
una, indemnización en dinero. De allí pasó a Lima, a conferenciar con Christian
y a Tacna, donde habló con Prado y Daza, en quienes encontró también la misma
franca aceptación. Parece muy difícil creer esas promesas fueran sinceras,
especialmente de parte de Bolivia que debía entregar el litoral, origen de la
disputa.
Pettis
vino a Santiago y conferenció con el Ministro subrogante de Relaciones
Exteriores, Huneeus, quien reemplazaba a Santa María ausente en el norte. Los
Ministros Pettis y Osborne presentan un proyecto oficial de arbitraje, en un
documento sin firma, que fue aceptado por el Gabinete en lo que toca a Bolivia,
no así en lo referente al Perú. En la respuesta chilena a los Estados Unidos se
lee:
"La
conducta desleal observada por el Perú o su Gobierno, preparándose para
la-guerra al mismo tiempo que daba a Chile muestras de sentimientos amistosos,
pacíficos, y presentándose como mediador cuando estaba ligado por un pacto
secreto de alianza con Bolivia, nuestro enemigo en esos momentos, da justos
motivos al país y al Gobierno para no darse por satisfechos con la solución de
nuestras cuestiones actuales por medio del arbitraje y para exigir seguridades
de que en lo futuro no celebrará el Perú pactos como el de Febrero de
1873...".
Hemos
llegado al término de la existencia del Ministerio cuya renuncia, como ya se
sabe, la provocó la pérdida del Rímac. Bajo las apariencias de una perfecta
unión, en realidad luchaban en su seno dos influencias: la de Santa María y la
de Sotomayor. Pinto una confianza absoluta en Sotomayor, lo mismo Varas, y
ambos defendían la primacía gubernativa que ejercía en el Ejército. Varas había
prometido renunciar, para que Rafael Sotomayor ocupase el Ministerio de Guerra
y el asunto del Rímac le permitió concretar este ofrecimiento. Hacía tiempo que
Varas comprendía que su sacrificio no estaba compensado. Su filiación política
le creaba resistencias entre los partidos. Ni en el Congreso, ni en el personal
administrativo, encontró tampoco la cooperación que necesitaba.
Pinto
organizó el nuevo Ministerio con este programa: excluir de Gobierno al Partido
Conservador y mantener en todo su vigor la situación de Sotomayor en el norte.
El 20 de Agosto juraron Santa María en Interior. Miguel Luis Amunátegui en
Relaciones Exteriores. Rafael Sotomayor en Guerra y Marina, Augusto Matte en
Hacienda. José Antonio Gandarillas en Justicia, Instrucción y Culto.
El
gran problema que el Ministerio Varas legó a su sucesor fue la reparación de la
Escuadra, en especial de los Blindados, cuya verdadera situación ignoraba.
Cuando el Gobierno aceptó la renuncia del Almirante, se consultó a Rafael
Sotomayor si en adelante convendría reanudar el bloqueo de Iquique o salir en
crucero a perseguir a los buques enemigos. Contestó que la Escuadra estaba en
la imposibilidad de hacer nada, porque los buques necesitaban reparaciones
urgentes.
Gandarillas
mandó que se carenase al Cochrane con buzos en un astillero para embarcaciones
menores que tenía un particular en Valparaíso. Cuando se pudo conocer su
estado, se vio que de los 1.800 tubos de las calderas. 1.200 estaban obstruidos
con hollín petrificado, adherido a las paredes. A mediados de Septiembre la
reparación estuvo concluida y el resultado fue brillante: el blindado había
recuperado su velocidad primitiva de más de 12 millas por hora. Las
reparaciones del Blanco se hicieron en Mejillones, mientras el Cochrane y la
Covadonga vigilaban a su lado, para evitar algún ataque sorpresivo del enemigo.
Pero el resultado no fue tan bueno, porque en Mejillones no había los recursos
que en Valparaíso, y su andar no sobrepasó, finalizados los trabajos, las 9
millas por hora.
Vino
luego la reorganización del personal y se nombró al Capitán Navío Galvarino
Riveros, Comandante en Jefe de la Escuadra, la que a su vez se dividió en dos:
una, la ofensiva, y la otra, la defensiva del Ejército. La primera debía
constar del Blanco, mandado por Riveros; de la O’Higgins, comandada por Montt;
de la Magallanes por Condell; del Amazonas, por Thompson. El Cochrane se
entregó al Comandante Juan José Latorre. Secretario de la Escuadra fue Eusebio
Lillo, el autor de la letra de nuestra Canción Nacional.
Prado
daba gran importancia a los torpedos que había adquirido en los Estados Unidos
y había contratado torpedistas ingleses y norteamericanos y artilleros para el
Huáscar. Su plan era atacar con torpedos a los buques chilenos en Antofagasta,
para lo cual envió a ese puerto un agente que hizo el croquis de situación de
esos buques en la bahía. Luego llevando a bordo al torpedista norteamericano
Shester, Grau se presentó en Antofagasta en la noche del 24 de Agosto y
encontró el Abtao en reparaciones y a la Magallanes que le protegía.
Desgraciadamente para él, los alambres de los torpedos se enredaron y no fue
posible darles dirección, por lo que el Huáscar se retiró rumbo al sur. El 28
de Agosto, Grau volvió a Antofagasta a mediodía con la esperanza de cortar el
cable submarino y ahí cruzó disparos con los dos buques chilenos por espacio de
tres horas sin que el Blanco alcanzara a llegar a tiempo para tomar parte en el
combate, que no tuvo grandes consecuencias.
Los
sucesos que estoy narrando no se comprenderían bien sin conocer los planes que
abrigaba el Gobierno de Chile. La idea dominante era no iniciar operaciones
terrestres sin limpiar el mar, pero luego se vio la necesidad de comenzar esa
campaña aún subsistiendo el Huáscar en poder del Perú. No se podía mantener y
pagar un fuerte ejército y una escuadra en campaña en forma indefinida. La
situación de la caja fiscal era apremiante. De ahí la preocupación del Ministro
de Hacienda, Matte, por dar "el más vigoroso impulso a las operaciones de
la guerra", como decía por carta a Sotomayor el 9 de Septiembre. Pinto y
Santa María participaban de esta inquietud y así se lo comunicaron a Sotomayor.
Y
esto no era todo; el horizonte internacional se presentaba oscuro. Se temía que
si la guerra no avanzaba hacia una solución cualquiera, la Europa se cansase de
esperarnos e interviniese, solicitada como estaba por el Perú. Si esa
intervención ocurría, la única manera de indemnizarnos de la guerra sería
teniendo en mano la prenda, Tarapacá, la hijuela pagadora de la liquidación de
la campaña.
Se
aproximaba el verano y el Gobierno decidió consultar estas inquietudes a un
Consejo de Guerra que se celebró en Antofagasta, presidido por Rafael
Sotomayor, el que decidió "que no había grave peligro para que el Ejército
expedicionase, aunque no se hayan destruido los buques enemigos, siempre que
sea convoyado por toda la Escuadra". Se haría una expedición previa a
Arica, en busca del Huáscar. El Gobierno aceptó el plan.
La
gran preparación de tierra estaba concluida gracias a los desvelos de Rafael
Sotomayor. El agua era uno de los números más serios del programa. Había que
llevarla del sur o producirla en los buques, transportarla con el Ejército en
marcha u obtenerla directamente del punto que sirviera de campamento en el
territorio enemigo. Los Transportes llevaron agua en lastre: el Santa Lucia se
convirtió en una máquina de destilación. Se compró el Toro que se llamó
vapor-aguador, cuya comisión era trasladar a tierra la que había en la cala de
los buques.
Para
el transporte del agua en tierra, Sotomayor preparó carretones, odres grandes
que servían de estanques y pequeños que podía empujar un hombre haciéndolos
rodar por el suelo. El Gobierno le había enviado bombas sistema Northon, que se
aplican en cualquier parte. Se discutió mucho la cantidad de agua que
necesitaba un soldado en marcha. Los cálculos se hicieron sobre litro y medio
por hombre al día y doce litros por animal. La experiencia de la campaña probó
que el doble de lo presupuestado para los soldados y animales quedaba todavía
corto. En materia de agua y municiones había que tenerlas en abundancia.
Nuestro soldado es un terrible derrochador de ambas cosas.
La
conservación, distribución y desembarque de víveres había sido asimismo
estudiado en detalle; así como el espacio que necesitaban a bordo hombres,
caballos e impedimenta.
El
21 de Septiembre se hizo a la vela en Valparaíso, el convoy que llevaba al
Ejército Expedicionario cuanto necesitaba para emprender la campaña y de 4 a 5
mil hombres más. La flota se componía del Cochrane, O’Higgins. Amazonas, Loa,
Limarí, Matías Cousiño, Huanay. Paquete del Maule, Santa Lucía y Toltén. Con
posterioridad a la toma del Huáscar, un último convoy condujo al norte los
batallones Atacama y Coquimbo, los famosos cuerpos que segaron tantos laureles
en la campaña.
Aquellos
fueron grandes días en la historia de la Patria. La República se convirtió en
un taller en que nadie escatimaba el sacrificio.
En
Octubre todo estaba pronto para empezar las operaciones. Se había hecho todo
cuanto era humanamente posible para poner el Ejército en buen pie. Sotomayor
abarcaba, como se ha visto, el Estado Mayor, la Intendencia, los bagajes, la
preparación técnica. No se comprende cómo tenía tiempo para atender a tantas
cosas a la vez. Este abnegado funcionario no usaba ningún distintivo en su
traje. Se vestía como un particular cualquiera, y teniendo en el bolsillo la
plenitud del mando, no exhibió jamás su título ni se lo reveló a nadie. No
tenía ninguna presunción y, por el contrario, al vérsele rodeado de los jefes
en charla alegre y zumbona, a que era aficionado, se habría podido creer que
era un vecino de buen humor que departía con otros de igual a igual.
Capítulo 8
Combate de Angamos. Últimos preparativos de la campaña terrestre
El
Capitán de Navío Galvarino Riveros, nombrado Comandante en Jefe de la Escuadra,
no había tenido gran figuración en su carrera. Había desempeñado el cargo de
Gobernador Marítimo de Valparaíso y hasta entonces no se le había presentado
ocasión de distinguirse. Era un hombre nuevo, sin historia, pero miembro de una
institución que la tenía. No descollaba por cualidades intelectuales
brillantes, pero sí resplandecía en su carácter la energía en la hora del
peligro y la valentía impetuosa con que lo acometía y buscaba. El papel que
desempeñó en la campaña es glorioso y culmina más cuando se sabe que estaba
enfermo, con su físico doblegado y gastado.
El
28 de Septiembre llegó a Mejillones el Comandante Riveros y enarboló su
insignia en el Blanco. Dos días después se supo que el Huáscar estaba en Arica
y la Unión en el Callao, en espera, esta última, de torpedos que se destinarían
a la defensa de Arica. Se celebró entonces un Consejo de Guerra en Mejillones y
en él se resolvió que se intentaría el ataque sorpresivo de Arica con las
lanchas torpedos y en caso de que fallara y de que el Huáscar estuviera en la
bahía, éste y los fuertes serían cañoneados.
La
Escuadra se puso en marcha a las 2 A.M. del 2 de Octubre. Por una coincidencia
análoga a lo que le ocurrió a Williams durante su viaje al Callao, esta vez
Grau había partido de Arica para los puertos de Chile, al mismo tiempo que los
buques de Riveros navegaban con derrotero al norte y se cruzaron en el mar en
la primera noche del viaje, sin verse.
Refiere
Paz Soldán que el Almirante Grau, elevado a ese cargo por su brillante
actuación, cediendo al sentimiento humano de popularidad y aplauso que
despertaban sus correrías en América, se empeñó con Prado por hacer un nuevo
crucero en el norte de Chile, en busca de transportes o de un buque de guerra
al cual aplicar torpedos. Lo que silencia Paz Soldán y lo que verdaderamente
fue la causa de la insistencia del infortunado marino peruano, es haber sabido
en Iquique la partida del convoy expedicionario de Valparaíso con 5.000 hombres
y pensó que no sería difícil sorprenderlo. La justicia me proporciona el deber
de defender la memoria de Grau contra los escritores de su país.
A
las 7.30 A.M. de ese mismo día de Octubre, el vigía de Mejillones avistó al
Huáscar y a la Unión rumbo al sur. ¿Era posible que buques chilenos y peruanos
hubieran pasado tan cerca unos de otros sin divisarse? No, el vigía debía estar
equivocado, pensaron los chilenos. Pero los buques peruanos iban al sur y el 6
de Octubre el Huáscar y la Unión luego de pasar por Coquimbo y Tongoy,
regresaron al norte desde Los Vilos.
La
Escuadra chilena, entre tanto, había llegado a Arica el 5 de Octubre y encontró
allí únicamente a la Pilcomayo. Riveros se quedó unas horas frente al puerto
con el Blanco y la Covadonga y envió al sur al Cochrane al mando de Latorre. El
7 de Octubre se reunió toda la Escuadra en Mejillones. Sotomayor tenía un plan
que consistía en hacer que Latorre extendiese su escuadrilla, frente a
Mejillones, en la mayor extensión posible, colocándose perpendicularmente a la
costa, y que Riveros se situase a la entrada de la bahía de Antofagasta en
observación, esperando al Huáscar. Se estimaba difícil que los buques peruanos
pudieran atravesar esta red de 50 millas de amplitud sin ser vistos. Latorre
hizo pequeñas modificaciones al plan y Sotomayor lo fijó definitivamente en
esta forma: Latorre tendería la malla desde 20 millas de Mejillones en línea
recta al oeste y Riveros, con un ojo en Antofagasta y otro sobre el mar,
perseguiría al enemigo al norte.
Grau
entró en la noche del 7 de Octubre a la bahía de Antofagasta y no encontrando
buques chilenos, continuó al norte con la Unión. A poco andar, los vigías
dieron simultáneamente la alarma en los dos campos. En el primer momento Grau
creyó que pudieran ser transportes; luego sospechando algo, se alejó. Al
amanecer, Riveros vio que las naves que corrían delante de él eran el Huáscar y
la Unión: el primero, color plomo, sin falcas, con sus cofas blindadas; el
otro, envuelto en cadenas a manera de blindaje, Grau y García y García, este
último comandante de La Unión, confiaban en escapar valiéndose del andar de sus
buques. La carrera duró hasta las 7.30 A.M., cuando los vigías peruanos
divisaron humos al norte. Era Latorre que se presentaba, en la hora de la esperanza
para Grau, como la sombra del desastre. El comandante chileno ordenó al
O’Higgins y al Loa que se encargaran de la Unión y él, con el Cochrane, se
acercó velozmente a cortarle el camino al Huáscar.
Grau
se había metido temerariamente en el peligro y hubo un momento, cuando ambos
buques estaban aún separados por 8.000 metros, en que pudo haberse inclinado al
oeste, a la alta mar, donde la distancia no habría sido fácil suprimirla, por
el andar parejo del Huáscar y del Cochrane, pero siguió pegado a la costa, y a
los 3.000 metros rompió el fuego que Latorre contestó sólo cuando estuvo a
2.000 metros de distancia. Eran las 9.40 A.M.
Según
las versiones peruanas, el primer cañonazo chileno dio en la torre de combate,
destrozando 12 hombres; el segundo cortó el guardín o cadena que da dirección
al timón; el tercero o cuarto disparo dio en la torre de mando pulverizando a
Grau. Ese disparo y otro más destrozaron el telégrafo de la máquina y la rueda
de gobierno. Esta era la situación del Huáscar media hora después de empeñada
la lucha.
El
Huáscar tenía una pequeña torcedura en el espolón que inclinaba su rumbo a la
derecha cuando los aparatos directivos no desarrollaban toda su eficacia.
Viéndolo girar en esa forma, Latorre interpretó el movimiento como si fuera a
vararse o a agredirlo con el espolón y él se adelantó a hacerlo, pero erró el
golpe y pasó a 200 metros del monitor. Cuando esto ocurría, el combate duraba
cerca de una hora. La tripulación estaba desmoralizada. Dos marineros subieron
a cubierta y arriaron el estandarte que flameaba en el pico de mesana, el que
fue repuesto enseguida por un oficial que salió de la torre de combate y lo izó
con sus propias manos. Se cree que era el Teniente Enrique Palacios.
El
Huáscar seguía corriendo rumbo al norte cuando llegó el Blanco y el monitor no
pudo resistir más. Latorre les ordenó parar las máquinas y obedecieron. El
pabellón se arrió y se echaron botes al agua.
La
defensa del Huáscar fue valiente y si bien la tripulación, de diversas razas y
nacionalidades, no conservó la tranquilidad y entereza que permita aplicar a su
defensa un calificativo más culminante, hay que tomar en cuenta la superioridad
del adversario, el efecto espantoso de las granadas de nueva invención, la
gloriosa hecatombe del comandante. Cuando los tripulantes del primer bote del
Cochrane llegaron a bordo del monitor, lo encontraron con cuatro pies de agua,
porque los ingenieros ingleses habían recibido la orden de hundirlo. Luego se
le llevó a Mejillones.
La
víctima más ilustre del combate fue el Almirante Grau. Todo elogio que se haga
del caballeroso marino que rindió allí la vida está justificado. Grau sirvió a
su patria con valor, con destreza y con humanidad. Jamás se encuentra bajo su
pluma una injuria, ni su buque ahondó inútilmente los males de la guerra.
Pudo
destruir poblaciones inermes y no lo hizo. Desgraciadamente habría estado
justificado si lo hiciera. Alma elevada, Grau señaló un rumbo de honor a la
Marina futura del Perú. El vencedor le rindió el homenaje que merecía.
El
Huáscar fue perforado en seis partes en el casco y dos en la torre, pero las
máquinas no sufrieron absolutamente nada. Los muertos en esa nave fueron 69 y
los prisioneros 144, entre ellos 28 oficiales.
De
una relación de Sotomayor al Presidente, inédita, destaco el siguiente párrafo,
sobre episodios de la rendición del buque:
"El
Teniente Simpson, encargado de tomar posesión del buque, fue rodeado al subir a
cubierta por marineros que le pedían perdón creyendo que iban a ser degollados.
Simpson les dijo que no estaban en guerra con una nación bárbara, que no
tuvieran temor. El Mayor Ugarteche, al pisar la cubierta del Blanco, levemente
herido, dijo en voz alta al Capitán Peña: "El Perú no se rinde". El
Capitán Peña, seco como siempre, le contestó: "No sea Ud. tonto, señor,
baje para que lo curen como a los demás". Uno de los prisioneros decía que
el Comandante de la Unión, García y García, debía llamarse Corría y
Corría".
Veamos
qué suerte tuvo la Unión.
Obedeciendo
la orden impartida por Latorre la O’Higgins y el Loa persiguieron a la Unión
que marchaba a toda velocidad hacia el norte. Los tripulantes del buque peruano
presenciaron el combate del Huáscar, sin que pasara un momento por el espíritu
de García y García auxiliar a su glorioso compañero. Hubo un momento en que el
Loa se acercó hasta los 2.000 metros de la Unión, mientras la O’Higgins quedaba
atrás. Ahí pudo haber sido batido, pues era sólo un buque de comercio, sin
ninguna solidez. Pero el comandante peruano prefirió continuar huyendo, lo que
mereció los más duros calificativos de los escritores del Perú e incluso de sus
oficiales. Uno de ellos escribía:
"Este
buque, compañero del Huáscar, su subordinado, no hizo nada, pero absolutamente
nada, en su auxilio. Huimos vergonzosamente del teatro del combate y para mayor
ignominia, perseguidos por una corbeta, primero, y después por un transporte,
que nos desafió haciendo fuego y presentando su costado en más de cuatro veces
de las diez horas que duró nuestra huida".
La
persecución se abandonó en la medianoche del 8, porque la distancia ganada por
La
Unión la hacía completamente inútil.
La
captura del Huáscar despertó en el país un entusiasmo inmenso. El instinto
público comprendió la enorme importancia que tenía abrir las puertas del Perú a
la invasión terrestre que decidiría la contienda. La llegada de Latorre a
Antofagasta fue la de un general vencedor. Una curiosidad inmensa, febril,
dominaba a todo el país por ver al Huáscar con bandera chilena. Ese buque que
había recibido el último suspiro de Prat. Las poblaciones de la costa que
habían sido víctimas de sus correrías deseaban verlo, tocarlo y el monitor, en
su viaje de regreso, tocó en Chañaral, en Caldera, en Huasco, en Coquimbo,
donde los habitantes concurrían en romería a los puertos. En Valparaíso el
éxito fue aún mayor y hubo que organizar trenes especiales para trasladar del interior
a las personas que deseaban visitarlo.
La
pérdida de su poder naval produjo una impresión profunda en el Perú y también
en Bolivia. En el Perú la impresión fue mucho mayor: Grau era su orgullo y el
Huáscar su gloria. Enseguida, las costas quedaban a merced del enemigo, podía
desembarcar donde quisiera. Y así sucedió, la toma del Huáscar determinó el
principio de la campaña terrestre.
El
embarque del Ejército Expedicionario comenzó en Antofagasta el 19 de Octubre,
bajo la dirección inmediata de Sotomayor. Se embarcaron primero las municiones,
después, sucesivamente, la artillería, los víveres, los forrajes, los
vestuarios, los caballos y por último las tropas, en medio de un delirante
entusiasmo de buen augurio. El 28 de Octubre todo estaba a bordo. Fue un día
solemne para el patriotismo nacional.
No
era ya un misterio que Perú jugaba ahora la suerte de Tarapacá; Bolivia la del
territorio al norte y al sur del paralelo 23°, y Chile, toda su región
salitrera hasta el grado 26. Hasta el momento a que hemos alcanzado en esta
obra, el Gobierno de Chile no pensaba anexarse Tarapacá en caso de vencer, sino
exigirla como garantía de una fuerte indemnización de guerra.
El
Presidente Pinto seguía creyendo que el objetivo militar debía ser Tarapacá.
Para llevar a efecto la idea esencial de la operación, había que tomar una
posición del interior con agua y llegar rápidamente a ella por ferrocarril.
Había en Tarapacá tres lugares apropiados con estos requisitos: Patillos, que
comunicaba la costa con el pozo de San Lorenzo: Iquique, unido con la Noria y
con Pozo Almonte, y Pisagua, con Dolores.
Para
Pinto, terminada la operación de Tarapacá, terminaba la guerra. Así lo dice en
carta a Sotomayor el 21 de Septiembre:
"Destruido
el ejército peruano de Tarapacá, considero concluida la guerra. Este golpe
bastaría para concluir con la alianza Perú-boliviana. No creo que nos veríamos
en la necesidad de ir más adelante".
Sotomayor
fue consultado acerca del punto de desembarco y le ordenó activar los
preparativos para anticiparse así a cualquier gestión de paz europea antes de
que estuvieran posesión de Tarapacá. El aún no se decidía entre Pisagua o
Junín. Entre los que apoyaban este último lugar, pequeña caleta, estaban Santa
María y otros amigos, entre ellos Bernardo de la Barra, antiguo minero que
decía conocer muy sitio. Pero surgieron otras personas con diferentes planes
Sotomayor prefirió hacer él mismo la elección del punto de desembarco y guardar
absoluta reserva. Para ello ni siquiera convocó al Consejo de Guerra, como se
lo había pedido el Gobierno, temiendo se filtrara la información. Sólo lo contó
a Condell. Su plan era atacar conjuntamente por Pisagua y Junín.
Capítulo 9
Campaña de Tarapacá. Asalto de Pisagua
Como
dijimos, el 28 de Octubre zarpó de Antofagasta el convoy con el Ejército
Expedicionario. Se componía de 14 vapores y un velero y lo custodiaban el
Cochrane, la Magallanes, la O’Higgins y Covadonga. El buque insignia era el
Amazonas, en el que se embarcó Thompson, jefe del convoy, y con él, el
Ministro, el General en Jefe, el Jefe del Estado Mayor, el Cuartel General. El
jefe de los transportes, Capitán Patricio Lynch, iba en el Itata. La tropa
expedicionaria, comprendiendo jefes y oficiales, ascendía a 9.500 hombres.
Ya a
bordo se discutió el plan de desembarco y la proporcionalidad de las fuerzas
que irían a Pisagua y a Junín. Se destinó una división de 4.890 hombres de
infantería y artillería para bajar en Pisagua; una de 2.175 para hacer lo mismo
en Junín y otra de 2.500 plazas quedó en reserva. Jefe de la operación naval de
desembarco en Pisagua fue nombrado el ex Comandante del Cochrane, Enrique
Simpson. Se dispuso que el ataque de Pisagua se iniciase a las 4 A.M. del día
siguiente, lo que no resultó, por una causa inesperada: El convoy estaba a 62
millas de ese puerto y no 50 como se pensaba.
Dejemos
al convoy navegando a todo vapor en demanda de Pisagua y demos una mirada al
territorio donde se va a desarrollar campaña.
Tarapacá
era "departamento" en el lenguaje administrativo del Perú. Es un
desierto con pequeños oasis y está limitado al este por cumbres de la
cordillera, desde el 19°, 12 al 21º, 28 de latitud sur. Su frontera meridional
es el Loa. Topográficamente se divide tres zonas la costa, el valle central o
Pampa del Tamarugal y la región cordillerana.
Las
playas son angostas y acantiladas. En la zona de la costa se encuentran las
substancias que han dado celebridad al territorio: el guano, el salitre y la
plata. El guano está a la orilla del mar; el salitre en una faja que corre al
pie de las lomas que limitan por el riente en el valle central; la plata en las
cumbres más altas de la serranía marítima.
Hallándose
la región salitrera a un promedio de 10 leguas de distancia de la costa, el
problema militar para el Ejército chileno era, como lo aconsejaba Pinto,
apoderarse de los pocos pozos de agua y agruparse a su alrededor para
defenderlos. Como adelantamos, la posesión de los tres ferrocarriles que iban
de la costa era esencial para llegar al interior. El más importante era el de
Iquique a la Noria y a Pozo Almonte, tres núcleos guarnecidos de tropas. En
Iquique había 3.500 hombres y en las primeras gradientes situadas a su espalda,
en Molle, residía una guarnición de igual o mayor fuerza. Poco más al norte
desde Pisagua, partía el ferrocarril que iba a la Aguada de Dolores y a Agua
Santa, luego de pasar por las oficinas salitreras de San Francisco, Santa
Catalina y Porvenir.
José Francisco Vergara Echevers
La
sección del norte de Tarapacá estaba defendida por cuatro batallones bolivianos
repartidos entre Pisagua y sus alrededores, a las órdenes del General Villamil.
Había
en la zona de la costa dos depósitos de víveres y de municiones, uno en Molle,
al lado de Iquique, y el otro en Agua Santa, sobre el ferrocarril de Pisagua.
General Erasmo Escala, Comandante en Jefe del Ejército
La
segunda zona es la Pampa del Tamarugal, que deriva su nombre de los tamarugos,
variedad de la familia del algarrobo que en tiempo no muy remoto cubría la
mayor parte de esa gran planicie, de más de 500 leguas cuadradas. Se han
descubierto troncos fósiles y desenterrado esqueletos de megaterios y de otros
grandes herbívoros del período cuaternario.
El
viajero que atraviesa esa pampa desolada no encuentra en su camino sino
llanuras interminables de tierra calcinada, cortadas por grandes manchas de sal
endurecida por la sequedad del aire.
Hay
algunos oasis cerca de Pozo Almonte, que se conocen con el nombre de
"canchones". Los principales son los de La Tirana y Huasquiña; un
poco más al norte, Tiliviche; al pie de la cordillera, enfrente de la Noria:
Pica y Matilla.
Las
quebradas son hondas, como las de Camiña cerca de Pisagua, y la de Camarones,
con altos y formidables bordes.
La
tercera zona es la Cordillera de los Andes. La parte interior de ella no atañe
a nuestro trabajo, porque quedó fuera del radio de acción de los ejércitos. En
las quebradas habita una población primitiva que se contenta con satisfacer sus
necesidades más apremiantes recogiendo el pasto que vende en las oficinas
salitreras.
Cerca
de la Pampa del Tamarugal hay algunos pueblos como Tarapacá, que dio su nombre
al territorio.
El
Ejército enemigo que defendía a Tarapacá contaba con 10.933 plazas, de general
a soldado, contra 9.500 chilenos. No es fácil hacer una semblanza de sus jefes.
Los juzgaremos por lo que hicieron en esta campaña. Buendía aparece como un
hombre débil, de escaso espíritu de iniciativa, sereno en el peligro pero sin
ninguna irradiación heroica. Tenté de ayudante a un joven bonaerense, Roque
Sáenz Peña, quien luego fuera Presidente de la República Argentina.
Belisario
Suárez, jefe de Estado Mayor, reveló bastantes cualidades de organización. Los
jefes de más categoría eran los coroneles Dávila, Velarde y Bolognesi, este
último destinado a escribir una de las páginas más honrosas de la historia del
Perú. En escala más modesta, pero no menos honrosa, debeincluirse al comandante
del Batallón Iquique, Alfonso Ugarte, que sin ser militar, organizó un cuerpo
de infantería y sacrificó a su Patria, primero, la fortuna y, después la vida.
En general, a este Ejército le faltaba la fibra acerada de la disciplina y
bullía en sus venas un personalismo turbulento. Lo mismo ocurría en el Ejército
de Bolivia, que había destacado 4.000 hombres para defender Tarapacá. Los jefes
divisionarios eran los generales Villamil y Villegas. Pero la idea de Patria no
tenía igual fuerza en este Ejército boliviano que en el del Perú, porque
defendiendo a Tarapacá no luchaba por su suelo sino por el ajeno.
La
provisión del Ejército aliado estaba a cargo del Cónsul argentino en Tarapacá,
Indalecio Gómez, que introducía animales en pie de la Argentina por los caminos
cordilleranos.
El
Ejército Expedicionario de Chile estaba formado por cuatro regimientos de
infantería.
El
primero era el Buin. Lo mandaba el Teniente Coronel Luis J. Ortiz y era su
segundo jefe el Teniente Coronel José María del Canto. El regimiento número 2,
el famoso Segundo de Línea, que se inmortalizó en la campaña, tenía como jefes
a Eleuterio Ramírez y a Bartolomé Vivar. El regimiento número 3 era comandado
por el Teniente Coronel Ricardo Castro y su segundo Vicente Ruiz. El 4° tenía a
su frente al Coronel José Domingo Amunátegui y como segundo al Teniente Coronel
Rafael Soto Aguilar.
A
esta sección del Ejército de Línea hay que agregar un batallón le Artillería de
Marina, mandado por el Teniente Coronel José Manuel Vidaurre y una brigada de
Zapadores al mando del Teniente Coronel Ricardo Santa Cruz.
Los
cuerpos movilizados, los cívicos, eran los Navales, Valparaíso, Chacabuco,
Bulnes, el N° 1 de Coquimbo y el Atacama. Los Navales se habían organizado en
Valparaíso con los fleteros del puerto. El Valparaíso era la policía de esa
ciudad. El Bulnes había sido bautizado con este nombre por el Municipio de la
capital. El Chacabuco se había formado en Santiago y sus alrededores. El N° 1
de Coquimbo estaba constituido por los mineros de la provincia, igual que el
Atacama.
Mandaba
el Regimiento de Artillería el Comandante Velásquez. Su segundo era el Teniente
Coronel José Manuel Novoa. Las baterías de artillería llevaban 36 piezas.
La
caballería estaba representada por el Regimiento de Cazadores a Caballo. Su
rival, el Regimiento de Granaderos, ingresó después con su jefe, el Comandante
Tomás Yávar, que murió a su frente en Chorrillos.
Había
también un cuerpo de Pontoneros, con el Teniente Coronel Arístides Martínez. Lo
integraba, como Capitán, el ingeniero Augusto Orrego Cortez, que levantó casi
todos los planos de las batallas.
Como
ya se sabe, era Jefe de Estado Mayor de este Ejército el Coronel Emilio
Sotomayor y Jefe de la Caballería el General Manuel Baquedano.
Mandaba
el Ejército Expedicionario el General de Brigada Erasmo Escala. A la fecha
frisaba en los 50 años y toda su carrera había sido la de un oficial de honor.
Su reputación había culminado en Loncomilla, en que perdió un brazo. Pertenecía
Escala a la vieja escuela disciplinaria y concentraba en sí el trabajo de todas
las secciones militares. Noción errada cuando se trataba de movilizar una masa
de 10.000 hombres y concepto exagerado de prerrogativas que le produjo
rozamientos y choques.
Tenía
Escala una naturaleza sumamente bondadosa y el soldado, con sagacidad, abusó de
su condescendencia y no había medida disciplinaria que no diera lugar a
reclamaciones.
Las
relaciones con Sotomayor no eran buenas, a pesar de que éste extremaba su
prudencia para no herir la susceptibilidad del General y poco a poco fue
produciéndose el divorcio entre los dos.
Pisagua
era en 1879 una aldea de pocos habitantes agrupados alrededor de la estación
del ferrocarril salitrero. En los extremos norte y sur de la bahía se alzaban
fuertes armados con cañones. Como la rada es estrecha, los cañones podían
cruzarse.
La
lengua de tierra que forma la playa entre los puntos mencionados es angosta y
muy accidentada y está bordeada en la orilla del mar por rocas apropiadas para
la defensa. Para atrás se alzan las colinas y los cerros en anfiteatro. Pisagua
se puede comparar con una casa de varios pisos y para asaltarla debe tomárselos
de uno en uno. Hay que agregar una dificultad más: la de aproximarse a ese
edificio en botes, pudiendo los soldados de la ribera dominar una zona marítima
de 300 a 400 metros, sin riesgo alguno para ellos. La azotea del edificio, o
sea la planicie que domina la playa, se llamaba el Hospicio y servía de
campamento la guarnición boliviana compuesta de dos batallones.
Guarnecían
la plaza tropas de infantería y de artillería al mando del Teniente Coronel
Recabarren, quien el día del ataque cedió su puesto al General Buendía. Sumaban
1.300 hombres más o menos: 500 peruanos y 850 bolivianos.
La
tropa boliviana situada en la sección norte del territorio d Tarapacá, a la
órdenes, como he dicho, del General Villamil, s componía de cuatro batallones:
el Victoria y el Independencia d La Paz, El Aroma y Los Vengadores, de
Cochabamba. En Pisagua estaban los paceños. El Victoria mandado por el Coronel
Juan Granier y el Independencia, por el Comandante Donato Vásquez; Al iniciarse
las acciones, en la mañana del 2 de Noviembre, le soldados bolivianos bajaron
de Hospicio a tomar posiciones a la orilla del mar y en los edificios de la
población.
A
las 7 A.M. los buques entraron a la bahía y mientras el Cochrane y la O’Higgins
(con Latorre y Montt) atacaban el fuerte sur, la Magallanes y la Covadonga (con
Condell y Orella disparaban sobre el fuerte norte, cuyo cañón quedó fuera de
combate rápidamente. En el fuerte sur la resistencia se hizo más obstinada y
sólo se rindió a las 8 A.M. El convoy de botes se atrasó y el bombardeo debió
reanudarse. Finalmente, a las 10 A.M. s dirigió a la playa una flotilla de
botes y lanchas guiada pe Simpson, llevando sólo 450 hombres y no 900 como
había planeado Sotomayor. Una omisión tan substancial modificaba las
condiciones del combate.
Cuando
la flotilla penetró en la línea de fuego, recibió descargas sucesivas y tupidas
que dejaron heridos a algunos tripulantes. Ya en la playa norte el Teniente del
Loa, J. A. Barrientos, y Guardiamarina Fuentes, batiéndose a la bayoneta y
golpeando con los rifles a guisa de masa, lograron apoderarse de un peñasco que
ocultaba a un grupo de bolivianos y clavaron ahí la bandera que minutos antes
flameaba en la popa de su propia embarcación.
Cuando
los 450 hombres quedaron en la playa, las embarcaciones regresaron a buscar una
nueva remesa, y el fuego de la Escuadra permitió a este grupo de atacantes,
frente a no menos de 1.300 defensores, mantener las posiciones por tres cuartos
de hora. Llegó entonces el segundo convoy.
El
General Escala, entretanto, seguía desde la cubierta del Amazonas las
peripecias de la lucha y dejándose guiar por el impulso de su valeroso
patriotismo pidió una embarcación para ir a tierra y sólo desistió cuando el
Ministro Sotomayor, luego de haberle observado lo temerario de la resolución,
le prohibió, a nombre del Presidente de la República, bajar.
Con
la presencia del tercer convoy en tierra, comenzó el asalto por los caminos en
espiral hasta las alturas de Hospicio. La gran dificultad de los chilenos no
era tanto vencer, sino trepar en un día caluroso posiciones escalonadas con
mucha gradiente. Esa admirable empresa fue ejecutada en menos de dos horas por
nuestras tropas, distinguiéndose entre esos audaces escaladores de cerros los
mineros del Atacama, que llevaban la delantera. El enemigo huyó dejando en
Hospicio nada más que a los heridos. Por la misma razón los prisioneros fueron
pocos: unos 30 individuos de tropa y 4 oficiales y casi todos heridos.
A
las 3 de la tarde se divisó desde los buques una bandera chilena clavada en
Hospicio, según se aseguró por el Subteniente del Atacama Rafael Torreblanca.
El
convoy que marchó a Junín no tuvo dificultad para el desembarco, porque unos 25
ó 30 soldados de caballería que custodiaban el puerto huyeron a los primeros
cañonazos. La tropa bajó como en un ejercicio de maniobras y marchó
inmediatamente hacia Pisagua a cortar la retirada a sus defensores, sin saber
que a esa hora, las 5 de la tarde, ya se habían marchado. Para colmo de mala
suerte, la columna se extravió en el desierto. La división anduvo toda la noche
y solamente al amanecer del siguiente día llegó al campamento de Hospital.
La
parte del Ejército aliado que defendía a Pisagua quedó totalmente aniquilada.
Los peruanos huyeron al interior, en completa desorganización. Los bolivianos
se dispersaron. La terrible derrota fue celebrada por los enemigos como un acto
heroico, comparable a los más grandes hechos de la historia. Dando por sentado
que la guarnición de Pisagua se había batido con todo el Ejército que
permaneció en los buques, decían que el combate había sido de 1 contra 6.
"Nuestros aliados nos admiran", escribía Granier. Sin aceptar
aquellas exageraciones, es justo reconocer que la guarnición de Pisagua
resistió con entereza.
La
operación militar tuvo un éxito completo a costa de poca sangre: 58 muertos y
173 heridos. Se forzó la puerta de Tarapacá y se tomó el material del
ferrocarril. Esta conquista preciosa ponía en comunicación al Ejército con el
interior y sus aguadas.
En
otro sentido, era una operación táctica de mucha importancia, porque la
penetración por el ferrocarril de Pisagua cortaba a Tacna de Iquique, a Daza de
Buendía, al Ejército aliado de Tarapacá de la división boliviana de Tacna.
Capítulo 10
Batalla de Dolores
El
problema que se presentó a los expedicionarios en Pisagua fue el del agua
potable. Al revés de lo que creía el Presidente Pinto, no había en ese puerto
peruano máquinas resacadoras de agua como en Antofagasta y puertos chilenos más
al sur. En lugar de eso, los peruanos traían toda el agua desde Arica en barcos
cisternas y desde Dolores en carros estanques. Con la ocupación de la ciudad se
cortó esta provisión de agua justamente cuando la población había aumentado en
10.000 hombres y un millar de bestias. La fiscalización estricta del agua se
entregó al General Baquedano mientras las resacadoras trabajaban en los buques
y se instalaban rápidamente otras en la costa.
También
hubo que preocuparse de la habilitación de la línea de ferrocarril y del
material ferroviario. Pero lo más urgente era, sin duda, bajar de los buques el
equipo y los víveres y organizados en tierra, careciendo de edificios, todos
fuera de uso por los bombardeos e incendios.
La
toma de Pisagua era el principio de una operación que había que completar con
la ocupación de una aguada del interior. El hábil y audaz Secretario del
General en Jefe, José Francisco Vergara, se ofreció para hacer reconocimientos
al interior de Pisagua, con tropa de caballería, siguiendo la línea del
ferrocarril. En Jazpampa encontraron dos grandes estanques con agua, más
forraje y víveres y un convoy listo para transportarlos al campamento enemigo
de Agua Santa. Galopando siempre, la columna llegó a Dolores el 5 de Noviembre
y encontró en estado de servicio las bombas que extraían el agua de su
abundante pozo. Jamás un minero en sus audaces exploraciones habrá
experimentado sensación igual a la que sintió ese grupo de chilenos al
descubrir el hilo de agua clara, fresca, que vertía el pozo de Dolores.
La
columna de dos compañías de Cazadores siguió avanzando hacia Agua Santa y al
atardecer del 6 de Noviembre se encontró con un pelotón aliado de caballería,
formado por una compañía del regimiento peruano Húsares de Junín y otra del
Húsares de Bolivia; ambas al mando del comandante peruano José Buenaventura
Sepúlveda- hijo de un oficia] chileno que figuró en el Ejército del General
Bulnes de 1838. Cada compañía tenía alrededor de 50 a 60 hombres. El combate
tuvo lugar en una planicie llamada Pampa de Germania y al primer encuentro huyó
el enemigo en dos grupos, perseguido por los Cazadores chilenos. El combate se
desarrolló en persecución a la desbandada, con arma blanca. Murió el Comandante
Sepúlveda y otros tres oficiales peruanos, más uno boliviano. Fue tomado
prisionero el jefe del Cantón Militar de Agua Santa, Comandante Chocano, del
Perú, y el Teniente boliviano Gómez. De nuestro lado murieron el Sargento Tapia
y dos soldados y recibieron heridas otras 6 personas.
Durante
el asalto de Pisagua, el General Buendía se había retirado hacia el sur y con
la ayuda del Batallón Vengadores, de Bolivia, pudo evitar la dispersión
completa de los fugitivos. Desde la estación San Roberto telegrafió a Suárez,
Jefe de Estado Mayor, para concentrar las tropas y librar una batalla con todo
el Ejército.
Las
fuerzas aliadas que guarnecían el sur de Tarapacá se juntaron en la Noria, y de
allí fueron a Pozo Almonte, al final del ferrocarril de Iquique, bajo las
órdenes, como digo, de Suárez. Las de Buendía se establecieron en Agua Santa,
la última estación del ferrocarril de Pisagua al interior. Entre ambos puntos
había un desierto de 10 leguas sin ferrocarril. Se optó, finalmente, por reunir
todas las tropas aliadas en Pozo Almonte.
Al
saber lo acaecido en Pisagua, el General Prado resolvió que el Ejército de
Tarapacá diese una batalla general. Con ese objeto celebró un Consejo de Guerra
en Tacna, al cual concurrieron Daza y los principales jefes de ambos ejércitos.
Se designó al General boliviano Daza General en Jefe de ambos ejércitos y se le
envió a la pequeña localidad de Tana, en la quebrada de Camiña, algunas leguas
al noreste de Pisagua. Entre Daza y Buendía estaban las tropas chilenas,
imposibilitándoles toda unión. Más al este se encontraba la yerma Pampa del
Tamarugal.
Sotomayor
decidió concentrar las tropas chilenas en Dolores y el 10 de Noviembre había ya
en ese sitio alrededor de 6.000 hombres. El resto del Ejército se quedó en
Hospicio. En Dolores se instaló asimismo la artillería, luego que Sotomayor
venció la resistencia del General Escala, contrario a trasladarla a ese lugar.
La artillería, al mando del Comandante Velásquez, llegó a Dolores en la mañana
del 19 de Noviembre, es decir, sólo unas horas antes de que se iniciara la
batalla de ese nombre.
El
17 de Noviembre se recibió el aviso de que había aparecido en Tana la cabeza de
la división boliviana y salieron de Hospicio y de Dolores partidas de
exploración del Cazadores y de Granaderos, sin previa comunicación entre unas y
otras. De ahí que cuando Vergara y los Granaderos dudaban si atacaban o no a
una vanguardia de 140 hombres que acompañaban a Daza, divisaron otro grupo de
caballería por el oriente. Vergara lo tomó por enemigo y ordenó a sus
impacientes jinetes torcer bridas y retroceder, comunicándolo por telegrama al
Cuartel General. Se perdió pues una oportunidad de hacer prisionero a Daza,
quien, luego se supo, dormía a esa hora en un rancho de Tana, a dos leguas de
las fuerzas de Vergara.
El
plan de Pinto, luego del desembarco en Pisagua, era asegurarse alguna
importante aguada hacia el interior y desde allí, con la ayuda de la
caballería, aislar a las fuerzas aliadas establecidas en Iquique, cuya
guarnición sin recursos tendría así que rendirse. La aguada más importante a
que se aludía era sin duda Pozo Almonte. Pero este plan no había tomado en
cuenta la enorme dificultad de maniobra de la caballería en el desierto. El
caballo se fatiga con la rarefacción del aire; el suelo salobre lo enferma de
las patas; la falta de forraje y agua y la puna agregan otros tantos problemas.
También
se consultaba la preparación de Pisagua como punto de retirada en caso de
revés, aumentando las máquinas de destilación de agua y la construcción de
galpones para guardar víveres y pertrechos.
Sotomayor
creía en la inmovilidad del enemigo. El 17 de Noviembre, antevíspera del
combate de Dolores, escribía a Pinto:
"El
enemigo parece que nos dará tiempo para organizamos y establecernos con solidez
en Agua Santa. Después veremos cómo marchar sobre Pozo Almonte".
El
Combate de Dolores fue, pues, una sorpresa completamente inesperada para los
directores de nuestro Ejército. En víspera de esa célebre acción, ocurrió un
suceso en el mar que fue un nuevo desastre para la causa de la Alianza. Uno de
los últimos barcos de su Escuadra cayó en poder de la Marina chilena.
El
18 de Noviembre, el Almirante Riveros, que patrullaba las vecindades de Arica
en el Blanco, divisó a la Unión y a la Pilcomayo rumbo a Callao. La Unión, de
gran andar, escapó, pero no así la Pilcomayo, a la que Riveros puso proa
resueltamente. Luego de algunos cañonazos, oficiales y tripulantes del buque
peruano saltaron a los botes, no sin prender fuego primero a la obra de madera.
Los ingenieros peruanos se quedaron a bordo con la misión de abrir las válvulas
en el momento final, lo que no alcanzaron a hacer y el Blanco envió un bote que
tomó posesión del buque. La máquina no había sufrido. Apagado el fuego en la
obra muerta, la Pilcomayo quedó en estado de servicio.
Mientras
Escala afianzaba en Tarapacá al Ejército Expedicionario, en Antofagasta se
preparaba el Ejército de Reserva, a las órdenes del General de Brigada José
Antonio Villagrán. El papel de esa fuerza era doble: poner a cubierto ese
territorio de cualquier agresión de Bolivia y colocar al alcance del Ejército
Expedicionario una ayuda en caso de necesidad. Esta fuerza de reserva constaba
de cuatro batallones: el Caupolicán, el Valdivia, el Chillán y el Lautaro, los
Carabineros de Yungay N°2 y 200 artilleros con 10 piezas.
Pero
volvamos a la relación de las operaciones militares, retrocediendo un poco para
relatar lo acontecido a Daza, desde que el General Prado le ordenó salir de
Tacna y reunirse con Buendía. El paso de la División por Arica fue triunfal y
el 11 de Noviembre abandonó la ciudad y se internó en el desierto. El 14 de ese
mes llegó a Camarones, límite de los departamentos peruanos de Moquegua y
Tarapacá.
También
éste fue el límite del entusiasmo de los soldados y costó mucho a Daza
convencerlos para seguir al sur, deseosos como estaban de
"contramarchar" como se decía. Por último la decisión se tomó de la
siguiente manera: Daza siguió hasta Tana, con los Colorados, y el grueso de las
tropas regresó a Tacna, al mando del Jefe del Estado Mayor, General Casto
Arguedas. Poco tiempo se quedó Daza en Tana; al saber el resultado de la
Batalla de Dolores, volvió a Arica.
Hay
otra explicación de lo sucedido, insinuada por los historiadores bolivianos y
peruanos: suponer que Daza estaba de acuerdo con Chile y que al retroceder en
Camarones lo hizo para facilitar nuestro triunfo de Dolores. Esta versión es
completamente falsa.
* *
* *
Buendía
tenía la orden de avanzar hacia el norte a juntarse con Daza. Como vimos, entre
las terminaciones de los ferrocarriles de Iquique a Pozo Almonte y de Pisagua a
Agua Santa, hay 10 leguas de desierto sin agua. Para cubrirlas, Buendía y
Suárez requisaron carretones y bestias y en ellos pusieron agua, víveres y
municiones. El Ejército avanzó con bastante orden, dividido en tres líneas, dos
peruanas al mando del General Pedro Bustamante y una boliviana bajo las órdenes
del General Villegas. Seguíalas una poderosa reserva compuesta de las
divisiones de los coroneles Andrés Avelino Cáceres y Francisco Bolognesi.
El
cuartel general chileno ignoró estos movimientos hasta el 18 de Noviembre. Se
creía que el enemigo aguardaría el ataque en Pozo Almonte o la Noria y que no
intentaría atravesar el desierto. Los chilenos se preparaban más bien para
hacer el mismo recorrido, en sentido inverso, a fin de mes. Este errado
concepto explica la tardanza con que se envió la artillería a Dolores, desde
Hospicio. Si el General Velásquez hubiera tenido no unas horas, sino unos días,
para colocar sus piezas, de seguro se habría ahorrado sangre.
En
esta atmósfera de plácida confianza cayó como un rayo un extraño telegrama
recibido de Jazpampa al noroeste de Dolores, que decía:
"Noviembre
18. Ejército enemigo a la vista. Se ven carros que creo sean de artillería...
Las avanzadas enemigas se pasean a cuatro cuadras de nosotros... No era posible
combatirlas por la mucha fuerza que se vio".
Jazpampa
era estación intermedia entre Hospicio y Dolores. Si caía en poder aliado, se
cortaba la comunicación entre el grueso de las tropas chilenas y el General en
Jefe, aún en Hospicio. Resultó que el telegrama no anunciaba fuerzas de Buendía
"a la vista", sino que era una comunicación remitida por orden de
Vergara, quien, como vimos, practicaba un reconocimiento en Tana, muy cerca de
Daza y sus Colorados. Con todo, la advertencia llegó oportuna, pues en ese
momento una compañía de caballería descubrió las avanzadas enemigas acercándose
peligrosamente a Dolores pero no por Jazpampa sino por Agua Santa.
Se
calculó que Buendía llegaría con sus fuerzas al día siguiente 19 de Noviembre.
El Coronel Sotomayor se inclinaba por dar la batalla en la planicie de Santa
Catalina, cuatro kilómetros al sur de Dolores, y cerca de la medianoche hizo
trasladar algunas tropas a ese punto. Sobrevino entonces un incidente que
cambió el plan de la batalla.
José
Francisco Vergara había estado en Dolores durante una semana como Jefe de
Estado Mayor y estimaba que el punto mejor para resistir un ataque era la cima
del cerro de Dolores o de San Francisco. Cuando Vergara advirtió que Sotomayor
se empeñaba en abandonar esa posición por Santa Catalina, le pidió que no lo
hiciera y como éste no cediera, tuvieron un choque violento, de duras
expresiones recíprocas, en que estuvieron a punto de echar mano a las espadas,
ahondándose así el desapego que ya existía entre ellos. Finalmente cedió
Sotomayor y las tropas que habían alcanzado a partir a Santa Catalina volvieron
a Dolores.
El
combate en Santa Catalina habría sido campal, con más sacrificios para nuestras
tropas. En cambio, la colocación en el cerro de Dolores equilibraba la gran
desproporción de fuerzas, pues el enemigo se presentaba con 10.000 hombres y
nosotros teníamos 6.000.
El
cerro de Dolores es un espolón de 200 metros de altura, limitado por el oriente
con la Pampa del Tamarugal y separado de otro cerro, el Tres Clavos, por una
quebrada de oriente a poniente que es donde se encuentra el pozo de Dolores. El
pozo podía ser atacado por el lado de la Pampa y esto fue lo que intentó
Buendía, y por el lado opuesto, tarea que correspondió a Villamil. La
artillería estaba distribuida tanto en el cerro de Dolores como en el Tres
Clavos y abarcaba en todas direcciones un horizonte de 4.000 metros. La
infantería, en su mayor parte, estaba en la meseta situada en la cumbre del
cerro Dolores y, también, cerca del pozo. Granaderos y Cazadores, con sus
sables desenvainados, esperaban listos y anhelosos en el cañadón que separa los
dos cerros.
El
enemigo se presentó el 19 de Noviembre muy temprano en Santa Catalina,
organizado en tres líneas, mandadas por Buendía, Suárez y Cáceres. Cada
división debía tener alrededor de 3.500 hombres. Los ejércitos permanecieron a
la vista desde las 6 A.M. hasta las 3 P.M. Ni uno ni otro querían empezar el
combate ese día. Los soldados de la Alianza, por una parte, necesitaban
descanso y, del lado chileno, se prefería esperar hasta que llegara el General
Escala desde Hospicio, con una división. Buendía trataba de ejecutar un
movimiento envolvente para apoderarse del pozo y cortar a nuestro Ejército de
su base que estaba en la costa.
La
guerra es el reino de lo imprevisto. En Dolores, las resoluciones fueron
desbaratadas por un accidente: como nadie pensaba en empeñar la batalla ese
día, las tropas de la Alianza circulaban en grupos, acercándose a beber al pozo
de la oficina salitrera Porvenir, entre Santa Catalina y Dolores, lo que indujo
al Mayor Salvo a dispararles un cañonazo y el combate se empezó inmediatamente.
Toda
línea de artillería que no sea rasante tiene un ángulo muerto. Los fuegos
abarcan desde cierto punto, más acá del cual hay una zona inmune. Esto fue lo
que ocurrió a la artillería de Salvo, con cuatro compañías guerrilleras que
Buendía le despachó. La batería chilena estaba a cargo de 8 oficiales y 54
sirvientes. Los guerrilleros habían pasado sin resistencia, durante la especie
de armisticio que precedió a la batalla y, luego de ascender la pendiente,
atacaron a los 63 defensores de las piezas con fuerzas 3 y 4 veces mayores.
Estos pidieron refuerzos al Atacama, que estaba a cierta distancia y durante
largo rato se defendieron con sus revólveres y rifles, a una distancia de 20 a
30 metros. La llegada de refuerzos no hizo terminar el ataque aliado y nuevamente
se inició el audaz asalto. El Atacama, con su jefe a la cabeza Juan Martínez, y
algunos soldados sueltos del Coquimbo, persiguieron a los asaltantes hasta el
plano.
En
el porfiado duelo de esa sección del cerro Dolores cayeron gloriosamente el
Comandante peruano Ladislao Espinar, cuyo cadáver se encontró muy cerca de las
piezas de la artillería chilena, junto al de un corneta boliviano de la
Compañía del Dalence, que expiró casi tocando los cañones con las manos. De los
hombres de Salvo, 30 resultaron muertos.
* *
* *
Mientras
se desarrollaban estos sucesos, el combate se había generalizado, atacando
Buendía por la derecha y Suárez por la izquierda, como estaba planeado, pero
sin éxito.
Contralmirante Galvarino Riveros Cárdenas
Cada
vez que se renovó la tentativa de ambos de acercarse a la quebrada donde estaba
el pozo de Dolores, una lluvia de proyectiles de nuestra artillería desorganizó
las tropas de la Alianza.
Comandante Juan José Latorre Benavente
Estos
rechazos, especialmente de Villamil, en el ala extrema de Suárez, y de la
columna asaltante de Salvo, abatieron completamente la moral del Ejército
aliado, después de dos horas de combate. La caballería dio el mal ejemplo
fugándose a toda carrera por la abierta llanura, sin hacer caso de los llamados
que se le dirigían para que protegiese la retirada de sus compañeros. Los
principales jefes se alejaban del campo con diversos pretextos, antes de que la
batalla terminase. La división peruana de Suárez que, salvo la gente de
Villamil, había tomado muy poca parte en el combate, pudo servir de centro de
reorganización de los dispersos y uniéndose a las reservas que mandaba Cáceres,
retrocedieron ordenadamente hasta las casas de la oficina Porvenir, hacia el
sur, fuera del alcance de nuestra artillería.
A
las 5 de la tarde, cuando la batalla estaba decidida, llegó el General Escala y
el Coronel Sotomayor le hizo entrega del mando.
Los
dos jefes estaban persuadidos de que la gran batalla sólo se daría al día
siguiente y el grueso -de la infantería chilena permanecía aún en sus
posiciones de la mañana. De ahí que las columnas enemigas se hubieran retirado
sin ser perseguidas. En la tarde, cuando se quiso reparar el error enviando una
división a Porvenir, el combate de fusilería duró poco y se prefirió esperar
hasta el otro día.
Pero
en el cuartel general enemigo no se pensaba de la misma manera y la división de
Suárez aprovechó la oscuridad y la neblina para desaparecer, rumbo al poblado
de Tarapacá. La artillería quedó abandonada.
Grande
fue la sorpresa de todos, en la madrugada del 20 de ; Noviembre, cuando
advirtieron la huida y divisaron, desde sus altas I posiciones, una nube de
polvo que envolvía la marcha de las columnas fugitivas, como a unas cuatro
leguas de distancia. Nuestras fuerzas nada hicieron para iniciar la
persecución, a pesar de contar con un respetable número de caballería, y Suárez
llegó a Tarapacá, a marcha forzada, el 22.
¿Cómo
se explica que el enemigo se retirara de Dolores sin ser perseguido? Se dieron
varias razones, todas deleznables. Una, que la caballada no puede galopar en el
desierto porque los guijarros de la sal lastiman las pezuñas de las bestias, lo
que bien puede ser verdad, pero el infante tiene que pasar por los mismos
guijarros. Otra, que el enemigo se retiraba en gran dispersión, no presentando
núcleos que valiera la pena de perseguir, razón quizás menos atendible que la
anterior, porque si iba en tal estado era mucho más sencillo dominarlo con la
caballería.
El
Ministro Sotomayor encargó al General Escala "perseguir al enemigo o a la
parte más gruesa de éste". En lugar de esto, Escala anunció que iría a
Iquique con 3.000 hombres y Sotomayor aceptó siempre que se acopiara primero
los víveres y el forraje y se organizara la movilidad hasta Pozo Almonte. El
Ministro se trasladaría al mismo puerto por mar, con 1.000 hombres más.
* *
* *
La
Batalla de Dolores fue un combate de artillería contra B infantería.
Por
el lado del enemigo, fue un asalto frustrado a las excelentes posiciones
defensivas del Ejército chileno, donde la única arma empleada para rechazar al
ataque fue la artillería. Las posiciones que ocupaba nuestro Ejército eran muy
buenas y los asaltantes para llegar al cerro estaban obligados a pasar por un
campo de fuego de tres a cuatro mil metros.
* *
* *
La
impenetrable muralla tenía, sin embargo, una grieta: el ángulo muerto de los
cañones de Salvo. El Coronel boliviano Imarzo, en una exposición que publicó en
La Paz, decía:
"Las
ametralladoras, horizontalmente colocadas, lanzaban sus proyectiles en
dirección a la pampa, sin ofender a los que escalaban el cerro".
Si
el combate no tuvo los resultados que pudo producir, debe imputarse al error
que sugestionó tanto al jefe accidental, Coronel Sotomayor, como al General en
Jefe, suponiendo ambos que era el conocimiento preliminar que precede a la
batalla. Pero aún así, había razón para no completar el efecto desastroso que
la artillería había causado en las filas enemigas, haciendo bajar del cerro a
los batallones que esperaron con verdadera impaciencia esa orden que llegó
tarde y que fue retirada casi inmediatamente de dada.
El
enemigo atribuyó la dispersión de sus tropas a la traición de los bolivianos.
Esta explicación fue la voz de orden entre los jefes el Perú. Así lo dijeron
Buendía, Suárez y el Comandante Prado y así lo han repetido sus historiadores,
insinuando la sospecha de connivencia entre Chile y los soldados de Daza. Se
creyó cubrir el honor de las banderas peruanas recurriendo a esta falsedad.
También
han hecho gran hincapié los escritores bolivianos y peruanos, recriminándose
mutuamente, que mientras las compañías guerrilleras escalaban la posición de
Salvo, recibieron tiros por espalda. Sin negar que eso haya podido suceder, no
tiene nada de extraño conociéndose la inclinación del terreno y la igualdad de
uniformes de algunos cuerpos chilenos y peruanos. Lo mismo le pasó a nuestro
Ejército en Tarapacá.
El
Presidente Pinto y el Gabinete enviaron telegramas de felicitación al Ejército
por la victoria de Dolores.
El
Gobierno de Lima lanzó una proclama calculada para conservar en el país la fe
en un triunfo imposible. El General La Puerta, Vicepresidente en ausencia de
Prado, decía:
"Efímera
será la ocupación del territorio por fuerzas chilenas, como al fin resultarán
efímeras las pequeñas ventajas que han obtenido por el momento. Tenemos
soldados, tenemos armas y pronto tendremos elementos de otro género".
Virtualmente
la Campaña de Tarapacá estaba terminada, porque bien un suceso heroico y
desgraciado nublará su brillante perspectiva, en el hecho el ocupante, el señor
tradicional de aquel suelo, lo abandonó para siempre y un nuevo dueño lo
cubrirá en delante con su espada y con su ley.
Capítulo 11
Rendición de Iquique. Batalla de Tarapacá
El
plan del Ministro Sotomayor y del General Escala, de atacar Iquique por tierra
y por mar, no llegó a realizarse. En efecto, tan pronto recibió el jefe de la
plaza, Coronel José Miguel Ríos, las tracciones de Buendía para reunírsele en
la quebrada de Tarapacá, ordenó arrojar al mar toda la existencia del parque
que los soldados no podían conducir y clavar los cuatro cañones de los fuertes;
entregó luego la ciudad a los cónsules extranjeros y partió con sus tropas al
interior del departamento. Los cónsules se trasladaron al Cochrane en la tarde
del día de la rendición y pusieron la ciudad en manos de Latorre.
El
23 de Noviembre llegó a Iquique el Ministro Sotomayor y tomó posesión de la
ciudad. En ella estaban los gloriosos tripulantes de la Esmeralda, con
excepción de los oficiales que habían sido internados en Tarma. La población
estaba tranquila. Los peruanos habían huido dejando sus casas cerradas. Unos al
interior y otros a los buques mercantes, en espera del primer vapor de la
carrera. Los extranjeros que tenían intereses en la población se manifestaban
contentos porque habían temido el incendio o el saqueo.
* *
* *
Sotomayor
designó Comandante de Armas de la ciudad al Capitán de Navío Patricio Lynch,
quien inició así su lucida administración de Tarapacá, la que lo señaló a las
miradas del país y se constituyó en el peldaño de su gloriosa carrera
posterior.
Los
prisioneros de la Esmeralda fueron agasajados en las naves chilenas con
demostraciones de afecto y admiración. La marinería del Cochrane los recibió
formada sobre la cubierta y el Comandante Latorre les dio la bienvenida. Luego,
la oficialidad se trasladó a tierra a depositar coronas en las tumbas de Prat,
Serrano, y Aldea.
La
ocupación de Pisagua, de Iquique, de Dolores, hacía surgir problema financiero
de trascendental importancia que era proseguir la guerra con los recursos que
podía proporcionar el suelo ocupado: el salitre y el guano. Pero no era fácil,
porque las medidas de Prado habían introducido una enorme confusión en el
régimen riscal del salitre, y en cuanto al guano, al haber sido destruidos sus
elementos de acarreo y de embarque por la Escuadra de Williams, se necesitaba
dinero y tiempo para repararlos.
La
confusión de los hombres públicos de Chile provenía, además, de la situación
legal en que se encontraban las propiedades salitreras, por efecto de las leyes
dictadas durante el Gobierno de Prado y por el temor de que con cualquier
medida se afectase la responsabilidad de Chile ante los acreedores peruanos.
Pronto
quedó regularizado el trabajo y abierta a Chile una fuente de entradas que le
permitía continuar la guerra con el erario del propio enemigo. El jefe de las
oficinas de Hacienda, Miguel Carreño, envió el 5 de Enero de 1880 el siguiente
telegrama a Santiago: "Ayer principió embarque salitre con 1.164
quintales".
* *
* *
Con
el objeto de determinar si había fugitivos de Dolores en las localidades de
Noria y Pozo Almonte, se encomendó al Coronel Sotomayor un reconocimiento al
frente del Regimiento Cazadores, acción que fue la última de este jefe, ya que,
enseguida se retiró totalmente del Ejército en campaña y regresó al sur, como
consecuencia de la rivalidad que mantenía con José Francisco Vergara. El
Coronel Sotomayor ocupó Pozo Almonte y avisó a su hermano el Ministro Rafael
Sotomayor quien, en ese momento estaba en Iquique, que Buendía seguía en el
poblado de Tarapacá con alrededor de 4.000 hombres.
La
concepción de la guerra del desierto, que mirada a la luz de la experiencia de
la historia es de una claridad tan grande, no fue comprendida ni en el cuartel
general chileno, ni en el de la Alianza.
La
generalidad creía que la campaña consistía en buscar al enemigo, medirse con él
y vencerlo, sin considerar que el combate era la cúspide de una labor de
preparación y de organización. El corresponsal de "El Mercurio" en la
campaña decía que en Iquique se había encontrado un inmenso acopio de víveres
de toda clase, "suficiente para haber mantenido la ciudad durante un
asedio de seis meses". Sin embargo, Buendía declaraba que no tenía
víveres. La verdad es que los tenía, pero los había dejado atrás, porque había
descuidado de preparar con tiempo los elementos de movilidad para
transportarlos.
El
cuartel general chileno cedía al mismo error y ese error que para el enemigo se
llamó Dolores, para él se llamará Tarapacá. Esta expedición se organizó
aprovechando la ausencia del Ministro Sotomayor y sin avisársela, porque se le
acusaba de tibieza, sabiendo que dentro de su concepción de la campaña no la
habría dejado partir sin organizar previamente los acopios de víveres y de
agua.
José
Francisco Vergara solicitó al General Escala autorización para practicar un
reconocimiento con una compañía de Granaderos. Se accedió, pero se agregaron a
la expedición 250 zapadores al mando del Comandante Santa Cruz y dos piezas de
artillería Krupp. Esto alteró completamente la idea primitiva e hizo
impracticable una retirada rápida, propia de un grupo de reconocimiento.
Hasta
ese momento, hay que aclarar, ni Escala ni Vergara sabían que en Tarapacá
acampaban algo más de 4.000 hombres. Estas informaciones habían sido enviadas,
como vimos, por el Coronel Sotomayor al Ministro Sotomayor, pero las recibió
sólo el primero de ellos. Por el contrario, en Pisagua y Dolores se creía que
las fuerzas de la Alianza no pasaban de los 1.000 hombres.
A
poco de marchar, Vergara supo que las fuerzas con Buendía alcanzaban los 1.500
hombres y pidió 500 hombres de refuerzo. El General Escala decidió que su
propia división, la que no alcanzó a participar en la batalla de Dolores y
deseaba ardientemente tomar parte en una acción, se trasladara inmediatamente
al interior. Estaba compuesta por 1.900 hombres y la comandaba el Coronel Luis
Arteaga. Con 150 tiros por soldado, un ligero parque y algunos víveres, la
división se puso en movimiento el 25 de Noviembre.
Arteaga
creyó encontrar a Vergara y sus 400 hombres en la pequeña estación de
ferrocarril de Dibujo o Negreiros, a 12 leguas del poblado de Tarapacá, pero
éste, también impaciente, ya había partido, sin llevar repuestos de municiones,
sólo el agua de las caramayolas y los víveres que cabían en el morral de los
soldados y para los caballos ¡ni agua ni forraje!
Contrariado,
Arteaga envió notas a Vergara y al General Escala. Al primero de ellos, para
que volviera o le esperara en el camino; al General, para que le hiciera llegar
rápidamente municiones, agua y víveres. Sus palabras son expresivas:
"Los
víveres no han llegado aún. Marcho sin ellos por no perder otro día, a pesar de
no llevar el soldado sino la ración de hoy. No olvide las municiones".
La
división de Arteaga estaba compuesta por el Regimiento N° 2 de Línea, comandado
por Eleuterio Ramírez; la Artillería de Marina, al mando del Teniente Coronel
José Ramón Vidaurre; el Chacabuco, con el Teniente Coronel Domingo Tono
Herrera; cuatro piezas de artillería a cargo del Mayor Exequiel Fuentes y el
piquete de 30 cazadores comandado por el Alférez Diego Miller Almeida.
Cuando
Vergara y su gente llegaron a la vista de la Quebrada de Tarapacá, vieron la
entrada que a la misma hora hacía la división de Ríos, luego de fatigosa marcha
desde Iquique. El descuido y abandono con que marchaba la tropa peruana dio
esperanzas a los chilenos que no sería difícil desbaratarla.
A
las 12 de la noche del 26 de Noviembre los alcanzó Arteaga con su división y el
encuentro de las columnas fue un terrible desengaño para la gente de Vergara,
pues hacía más de 30 horas que no bebía ni comía sino la helada ración de las
mochilas. Ahora resultaba que los compañeros recién llegados estaban tan
sedientos como ellos.
Ignorando
el número de los contrarios, Arteaga, quien había tomado el mando de toda la
tropa, dividió las fuerzas en tres, fracciones, con el objeto de encerrar al
enemigo y tomarlo prisionero. Jamás se presentó al Ejército del Perú una
ocasión más brillante de anonadar una división chilena que ese día, porque en
todas partes podía combatir en número mucho mayor. Añádase a este cuadro de
errores tácticos la sed, el hambre, el cansancio, la falta de municiones y se
comprenderá las condiciones deplorables en que afrontó la lucha.
* *
* *
Echamos
ahora una mirada a la quebrada de Tarapacá.
Tiene
la fisonomía general de las gargantas que cortan la Cordillera de los Andes de
oriente a poniente. Es templada, con tendencia a fría. El cauce tiene una
anchura que varía entre dos y cuatro cuadras y en las grandes avenidas el río
cambia de curso de un lado a otro, labrando gradientes, hendiduras, lomas, de
mucha importancia desde el punto de vista militar, porque son posiciones
naturales dominantes sobre el valle.
Hay
caseríos de habitantes que se dedican a la explotación de la alfalfa y de
algunos árboles frutales: Huaraciña, en el empalme con la Pampa del Tamarugal;
Tarapacá, la capital dpi valle hacia el oriente; Quillahuasa y Pachica, etc.
Para
llegar a la Quebrada de Tarapacá, yendo desde Isluga, se atraviesa una llanura
estéril y desolada color ceniza, donde no se ven sino rocas desnudas, y, por
excepción, un tamarugo. En la pampa que limita el poniente de la quebrada hay
una llanada espaciosa, que se adapta admirablemente para un combate como el que
se iba a librar.
El
Ejército peruano se encontraba en Tarapacá desde hacía cinco días y preparaba
su viaje a Arica para el mismo día en que tuvieron lugar las acciones
guerreras. En efecto, dos de las divisiones acababan de iniciar el regreso y ya
estaban en Pachica, a tres leguas de distancia. Según el parte de la batalla
dado por Buendía, los peruanos tenían un efectivo de pelea de alrededor de
5.000 hombre. El mismo reconoce haber empezado el combate con cerca de 3.000,
lo que da la cifra total si se le agregan los de Pachica. En contraposición a
este ejército, la división chilena constaba de 2.300 plazas de las tres armas.
Los
jefes peruanos son ya conocidos del lector. El General en Jefe Buendía y su
Jefe de Estado Mayor, Suárez. Había también una columna boliviana de 300
hombres al mando del Coronel González Flor, la del Loa. Los héroes del día
fueron el Coronel Cáceres, Comandante de la División N° 2, el Coronel
Bolognesi. Comandante de la 3a División y Ríos con la División
de Iquique.
El
Comandante Santa Cruz y sus zapadores, más una compañía del 2° de Línea, los
Granaderos y 4 piezas Krupp, en total unos 500 hombres que formaban la columna
número 1 salieron a las 3.30 de la mañana hacia Quillahuasa y se perdieron a
causa de la neblina. Sólo cuando varias horas después divisaron abajo en la
quebrada a la gente del Comandante Eleuterio Ramírez, apuraron el paso y
tomaron el camino que los conducía a su fatal destino. Pronto fueron vistos por
unos arrieros y se dio la voz de alarma. La sorpresa había fracasado y con ella
todo el plan. Se le aconsejó a Santa Cruz ametrallar a las tropas enemigas
aprovechando que estaba en el borde de la quebrada y los soldados peruanos
corrían por el cauce; pero él prefirió no hacerlo para no desbaratar la
combinación acordada. Cáceres y Bolognesi comprendieron que estaban metidos en
una trampa y que debían tomar altura para quedar, por lo menos, al mismo nivel
del enemigo y lo hicieron rápidamente. El primero de ellos atacó entonces a las
fuerzas de Santa Cruz, con su cuerpo favorito, el Zepita y el Dos de Mayo, es
decir unos 700 u 800 hombres que luego recibieron el refuerzo de la División
Exploradora Coronel Bedoya, juntando unos 1.500 soldados. Santa Cruz, que había
hecho adelantar a los Granaderos hasta Quillahuasa, contaba con sólo 400
hombres. A la media hora de combate, la infantería peruana se apoderó de la
artillería y pronto la columna chilena fue destrozada y obligada a batirse en
dispersión, calculándose la pérdida de más de un tercio de sus efectivos.
Cuando
el enemigo se creía vencedor, apareció Arteaga, al mando de la columna N° 3,
con el Chacabuco y la Artillería de Marina. El combate se restableció, pero el
cansancio y la sed agobiaban también a los recién llegados y el enemigo acababa
de recibir, por su parte, refuerzos. El fuego y la matanza tomaron proporciones
horrorosas. Según una relación peruana, "cinco veces fueron rechazados los
chilenos, volviendo otras tantas a reorganizarse y a atacar con el mismo
tesón".
Así
se mantuvo la situación dos horas largas, en la caliente y desolada pampa,
mientras se acercaban a Huaraciña, el punto donde se habían separado de las
tropas de Ramírez. Al mediodía la batalla estaba perdida para Arteaga. La pampa
cubierta de muertos y de heridos. Las manchas negras de los uniformes chilenos
resaltaban en la cenicienta arena.
Vergara
mandó entonces al General Escala que estaba en la estación de Dibujo, la
siguiente nota:
"Nos
batimos hace más de tres horas con fuerzas muy superiores. Estamos en mala
situación y no es improbable una retirada más o menos desastrosa. Conviene que
nos mande a encontrar con agua y algunos refuerzos".
Fue
en estos momentos cuando se divisó la polvareda que levantaban los caballos de
los Granaderos que volvían de Quillahuasa, donde habían estado esperando
vanamente a Santa Cruz. El Mayor Jorge Wood, Ayudante del General Arteaga,
corrió donde el Jefe de los Granaderos, Capitán Rodolfo Villagrán, y le ordenó
—según parece, sin tener orden de nadie— cargar contra el enemigo. La compañía
marchó primero al trote, después a la carga y a degüello. Los enemigos no se
esperaron para resistir la embestida. Sólo uno que otro grupo que no pudo
retirarse bastante ligero cayó bajo los sables de los Granaderos. Esta carga
restableció el combate y el enemigo que un momento antes se consideraba
vencedor, retrocedió a bastante distancia y se estableció en un punto colocado
fuera del alcance de los fuegos.
Así
terminó la primera fase de esta cruenta refriega.
Los
chilenos creyeron que esa retirada era definitiva y se lanzaron a la quebrada a
satisfacer la sed rabiosa que los devoraba. Pero la tropa peruana no estaba
vencida sino contenida en su avance y los jefes aprovecharon la tregua para
esperar a que volvieran las divisiones de Pachica, que Buendía envió a buscar
con emisarios sucesivos.
Mientras
se libraba este encarnizado combate en el alto de la quebrada, tenía lugar otro
más reñido y feroz en el bajo.
La
columna N° 2 de Eleuterio Ramírez había tenido como misión atacar Huaraciña y
Tarapacá en el fondo de la quebrada entrando por la Pampa del Tamarugal. Estaba
compuesta por 7 compañías del 2º de Línea, un piquete de Cazadores y 2 cañones
de la Artillería de Marina. Total entre 900 y 1.000 hombres.
Ramírez
comprendió el error táctico que entrañaba su acción y como soldado disciplinado
se limitó a obedecer. Al divisar la quebrada dijo tristemente: "Me mandan
al matadero". Con razón dice Vicuña Mackenna:
"El
Comandante Ramírez descendía al fondo de la quebrada que era un cementerio, en
los precisos momentos en que Cáceres y Bolognesi subían a coronar las cimas
donde brillaba, junto con el sol, la victoria".
Ramírez
ordenó a dos de las compañías dirigirse a atacar las fuerzas de Bolognesi, a
media altura, y él, al mando del resto de la tropa, marchó directamente al
poblado de Tarapacá, en cuyas mediaciones recibió una descarga cerrada. En la
confusión fue cortada la escolta del estandarte y muerto sus defensores. La
defensa del estandarte fue heroica y perecieron, uno tras otro, quienes lo
custodiaban: cuatro sargentos, tres cabos y un soldado.
Con
el objeto de contrarrestar las fuerzas de Bolognesi, que les separaban de lo
alto, Ramírez envió otras dos compañías y él tentó una nueva carga al pueblo.
Pero, a medida que estas fuerzas escalaban las alturas, las de Bolognesi se
retiraban a sitios más elevados. Disponiendo el enemigo de mucho mayor número
de tropas, las compañías fueron fusiladas por todas partes.
Este
parece haber sido el momento crítico de la batalla. No pudiendo resistir el
terrible y concentrado fuego, los hombres de Ramírez retrocedieron hacia
Huaraciña, a la entrada de la quebrada. Durante el combate, los heridos,
imposibilitados para seguir luchando, quedaban a la sombra de los árboles o
entraban a las chozas que encontraban en el borde del cauce. Muchos de ellos
fueron ultimados con bayoneta o a balazos. Sesenta perecieron quemados en una
casa que los albergaba.
Así
llegaron a Huaraciña las diezmadas compañías de Ramírez, reducidas a esqueleto,
con más dé la mitad de su personal muerto o herido, en los momentos en que los
Granaderos de Villagrán atacaban sable en mano. Allí se juntaron los restos de
las fuerzas chilenas, en una tregua que duró 4 horas y que, como dije, fue
confundida por los jefes de nuestro Ejército con el fin de la batalla. Los
soldados bajaron al agua, registraron las viviendas buscando qué comer y se
entregaron al descanso en las umbrosas heredades. Era la 1 de la tarde y se
esperaba la noche, para regresar a Dibujo.
De
improviso regresaron las fuerzas de Buendía, reforzadas con las 2 divisiones de
vuelta de Pachica, y trataron de hacer lo mismo que habían proyectado los
chilenos en la mañana: acorralar al enemigo en la quebrada. A la primera
descarga, que cayó tan de improviso en el descuidado campamento chileno, todos
corrieron en busca de sus armas y monturas en indecible confusión y escalaron
la pendiente que conducía a la pampa. Allí se organizó una línea de tiradores y
el fuego se mantuvo durante una hora, hasta que Arteaga dio orden de retirada.
Los soldados aliados los persiguieron hasta dos leguas de la quebrada y luego
regresaron a Tarapacá. Nuestro Ejército se salvó de una derrota completa porque
el enemigo no tuvo caballería para perseguirlo. Así lo reconoció el propio
Buendía.
Las
pérdidas en muertos y heridos fueron espantosas.
Los
Zapadores que entraron al fuego con 240 plazas, perdieron 64 muertos y 26
heridos: el 37,5%
La
Artillería de Marina, con 400 hombres, perdió 68 muertos y 35 heridos: 26%.
Chacabuco,
con 414 plazas, 42 muertos y 49 heridos: 22%.
El
2º de línea, con 950 plazas, 334 muertos y 69 heridos: 42%, y como la mortandad
se cargó sobre la parte del Regimiento que conducía Ramírez, las bajas de las
compañías que él acaudillaba se pueden calcular en el 70%.
La
Artillería, con 66 individuos, tuvo veintitantas bajas.
La
Caballería que contaba con 115 hombres casi no sufrió nada: 1 muerto y 4
heridos.
Total
general: muertos, 516; heridos, 179; un 50% más de las pérdidas experimentadas
por el Ejército en Pisagua, Germania y Dolores juntos.
Las
bajas peruanas, según el estado oficial proporcionado por ellos, da estas
cifras: muertos, 236; heridos, 261. Total: 497, o sea, el 10% del personal.
Muchos
gloriosos nombres se inscribieron ese día en la lista de los muertos. El
primero de todos en las filas chilenas, por categoría militar, fue el valeroso
y digno Comandante Ramírez y su segundo, Vivar. Eleuterio Ramírez fue herido al
principio de la acción, pero no en forma tal que le obligara a abandonar su
puesto. Se hizo vendar por un ayudante y continuó al frente de su tropa,
alentándola con su ejemplo.
Cuando
se recibió en la estación de Dibujo el aviso de Vergara y empezaron a llegar
los primeros sobrevivientes de la batalla, el General Baquedano, actual jefe
del Ejército de Dolores, por ausencia de Escala que se había marchado a
Pisagua, despachó los primeros soldados de Caballería que encontró a buscar a
los que caminaban por la pampa, llevándoles agua y víveres. Así consiguió
salvar cerca de 200 que, de otra manera, habrían perecido.
En
carta enviada por Escala al Ministro Sotomayor, al día siguiente, 28 de
Noviembre, se lee entre otras cosas:
"Acaba
de llegar el tren con 65 heridos nuestros y 28 prisioneros, entre ellos 8
oficiales... El Teniente Coronel peruano Morán da los siguientes detalles: hace
subir sólo a 3.000 el número de los combatientes... cuando el parte del Coronel
Arteaga dice haber sido 7.000. Después de haber quedado abandonado el campo por
nosotros y cuando nuestra fuerza organizaba su retirada, cargaron las
divisiones de Vanguardia y Explotadora, las que, según parece, derrotaron a
nuestra tropa porque ya no tenía municiones"
Difícilmente
se podrían volver a combinar en favor del Perú ventajas semejantes a las que
tuvo en la jornada de Tarapacá. Peleó más que contra una división, contra una
agrupación de hombres extenuados física y moralmente. Después de hora y media
de fuego se agotaron las municiones y los soldados tenían que registrar a los
muertos o recibir las que les proporcionaban los heridos. El heroísmo de la
oficialidad y de la tropa corrigió los errores cometidos y, lo que es admirable
en las pésimas condiciones en que estaba, no se oyó una voz que hablara de
rendición. En este sentido, Tarapacá es una página de honor y de eterna y
duradera enseñanza.
En
la tarde del combate, el General Buendía continuó su retirada a Tacna por el
camino de la Cordillera, dejando en Tarapacá una ambulancia al cuidado de los
heridos de los dos campos, los que fueron atendidos por ella con igual
solicitud.
Cuando
el Ministro Sotomayor supo lo ocurrido en Tarapacá, ordenó por telégrafo al
General Baquedano que hiciese salir la caballería en persecución del enemigo,
en el estado en que se encontraba, "aunque los caballos estuvieran
cansados", dice en su telegrama. Baquedano comunicó al Comandante Yávar de
Granaderos la orden de salir con 300 hombres de su cuerpo y del Cazadores a
perseguir al enemigo. Después de cuatro días de camino, divisaron una avanzada
de caballería de 40 hombres, la cargaron y lograron hacer un prisionero, pero
no pudieron tomar contacto con el grueso de las fuerzas de Buendía que marchaba
por los caminos de montaña, fuera del alcance de los chilenos. Los heridos
peruanos caminaban revueltos con los soldados y en la dolorosa comitiva había
cerca de 70 prisioneros chilenos, entre ellos un niño imberbe, el Subteniente
Silva Basterrica.de Zapadores, de quien refiere Vicuña Mackenna que le preguntó
el Almirante Montero, Jefe del Ejército de Tacna:
"¿A
Ud. lo han mandado con su nodriza?" También marchaban los habitantes de la
quebrada de Tarapacá, con sus mujeres y niños, con los que había que compartir
los escasísimos alimentos.
A
los 20 días llegaron a Arica, donde se desarrolló una escena semi teatral
arreglada ex profeso. Toda la guarnición estaba sobre las armas, con Montero a
su frente, y al presentarse Buendía y Suárez, Montero les quitó las espadas y
los redujo a prisión, ultraje inmerecido, porque si no habían podido vencer,
habían resistido.
Aquel
Ejército dejaba en poder del enemigo la más importante sección de su territorio
y acaso más de una vez, volviendo la mirada hacia atrás, desde las elevadas
cumbres que buscó para su retirada, ante el horizonte inmenso en que yacía su
riqueza perdida, debió maldecir desde el fondo de su alma la fatal política que
condenaba a su país a la desmembración.
* *
* *
El
Gobierno de Chile ocultó lo ocurrido en Tarapacá hasta recibir informaciones
completas, pero no pudo hacerlo por muchos días. Cuando el público supo lo
sucedido, estalló en un aplauso sincero de admiración por los que sostuvieron
el honor de sus armas y de indignación no menor contra los directores de esa
operación militar.
Poco
a poco se comenzaron a recibir detalles con listas de muertos, anunciando la
pérdida de la Artillería, si bien agregando que habíamos quedado dueños del
campo y que la retirada de nuestra división había sido en perfecto orden, lo
que no era cierto.
Las
cartas de Pinto a Sotomayor, de la primera quincena de Diciembre, casi no se
ocupan de otra cosa que de la batalla de Tarapacá. He aquí algunas de sus
apreciaciones:
"Diciembre
3.- Yo atribuyo este desgraciado acontecimiento:
1° A la ligereza. Se envió una pequeña división a Tarapacá sin saber a punto
fijo si había allí enemigos.
2° A petulancia. Estamos poseídos de la idea de que un soldado chileno puede
levantar la Cordillera de los Andes en la punta de la bayoneta y guiados por
este sentimiento no es de extrañar que cometamos imprudencias como la de
Tarapacá.
Lo único que me consuela es que lo ocurrido en Tarapacá será una lección para
el porvenir".
Diciembre 16.- El plan de ataque no ha podido ser más absurdo. Sin saber el
número de enemigos que tenían al frente, sin conocer sus posiciones, dividen
nuestra pequeña fuerza en tres porciones, que debían atacar separadamente unas
de otras por grandes distancias".
Don
Rafael Sotomayor, poseído también de igual indignación, escribía a Pinto:
"Los
700 u 800 hombres perdidos en Tarapacá, con 7 u 8 cañones y mucho armamento, se
debe en gran parte a esa servil adoración a la táctica de Moltke, que
falsamente se le atribuye a este capitán. Se quiso tener un Sedan, dar pruebas
de estrategia militar y se encontró un sepulcro inmerecido para nuestra tropa.
Tomar la retaguardia y flanco del enemigo y atacarlo de frente para obligarlo a
rendirse a discreción, he ahí el plan. Les faltó sólo recordar que los
prusianos tomaban la retaguardia y flancos con cuerpos de ejército tan fuertes
que eran capaces cada uno de resistir al Ejército enemigo.
Mucho había temido, por mi parte, expediciones de esta clase. Por eso creía que
la Caballería era el arma designada para hostilizar al enemigo... Yo mismo
dicté la orden para Baquedano, previniéndole que hiciese salir toda la
Caballería en persecución del enemigo, cualquiera que fuese el estado de los
caballos. Sé que demoraron mucho tiempo en salir y no espero grandes resultados
de la persecución".
El
resultado inmediato de la batalla de Tarapacá fue robustecer la autoridad moral
del Ministro Sotomayor ante el Gobierno y el país. Era natural, porque lo único
que se había hecho sin su intervención, ocultándosele, había resultado un
fracaso.
A
pesar de que muchos comparten la responsabilidad de lo que sucedió, se la cargó
a la cuenta de José Francisco Vergara. Debe recordarse, además, que cuando el
Coronel Arteaga llegó con su división de auxilio, Vergara tomó el puesto de su
ayudante.
El
Ministro Sotomayor, empeñado en evitar todo motivo de desacuerdo en el
Ejército, le insinuó la conveniencia de eliminarse de las operaciones
militares; él lo hizo inmediatamente y regresó a su hogar de Viña del Mar, de
donde había partido a impulsos de un generoso entusiasmo. Muy pronto este
ciudadano esclarecido volverá a figurar en la campaña.
Capítulo 12
Fin de la campaña de Tarapacá
Des
de la captura del Huáscar, el Presidente del Perú, General Prado, perdió la
cabeza. Cuando supo el desembarco en Pisagua, se contentó con enviar órdenes
telegráficas a Buendía para que se empeñase en una batalla Con todo el Ejército
reunido y después, cuando presidió el Consejo de Guerra que decidió el viaje de
la división boliviana a Dolores, a juntarse con Buendía, rió intentó compartir
los riesgos de la campaña en que se jugaría la suerte del Perú. En vez de eso
permitió que fuera Daza a tomar el mando en jefe, delegando de esa manera, en
manos extranjeras, el deber de defender su propio suelo. Al saber la derrota de
Dolores y la toma de la Pilcomayo, se anonadó, regresando de Arica al Callao.
Dejó como General en Jefe del Departamento de Moquegua al Almirante Lizardo
Montero.
Durante
su ausencia de Lima, el Gabinete había desempeñado funciones del Poder
Ejecutivo, a las órdenes del General Luis de Puerta como Vicepresidente.
El
pueblo de Lima no se quedó quieto en presencia de la mutilación de su país y
atribuyó la derrota a la incapacidad de los que lo mandaban. Pobladas
invadieron las calles en las noches que precedieron a la llegada de Prado y
hubo que resistirlas con la fuerza. La ciudad estaba en plena fermentación
cuando el Presidente volvió a ocupar su puesto.
Prado
decidió cambiar el Gabinete y llamó con este objeto a Nicolás de Piérola, quien
era en ese momento, sin duda el hombre más prestigio en el país, adquirido por
su incansable lucha contra los gobiernos que lo dirigían desde varios años.
Prado le pidió que organizara un Ministerio cuando el edificio social crujía y
Piérola, el astuto caudillo, comprendiendo que el momento era suyo,rehusó,
diciendo que la situación no se arreglaría con un Ministerio nuevo sino con un
cambio más radical: la sustitución de Prado por una dictadura.
¿Qué
sucedió después? No se sabe con certeza. Lo cierto es que Prado se embarcó
subrepticiamente en el Callao y se fue a Europa, delegando la primera
magistratura en el General La Puerta. La Historia americana presenta pocos
casos más depresivos que este. El Gobierno quedaba acéfalo, botado. Alguien
tenía que recogerlo, levantar el espíritu público y encarnar la defensa. Ese
alguien, como dije, fue Piérola.
Piérola
se puso de acuerdo con el comandante del batallón lca, Pablo Arguedas, y con el
jefe del Cajamarca, Miguel Iglesias. El primero de ello se rebeló contra el
General La Cotera y se defendió valientemente en su cuartel contra las fuerzas
del Gobierno. El cuerpo de Piérola secundó la revuelta. Obligado a retirarse de
Lima, Piérola se fue al Callao donde encontró la protección del Coronel
Iglesias. La revolución era popular. La Puerta y la Cotera se vieron
abandonados de todos y tuvieron que salir del Palacio; Piérola, seguido de una
población que lo aclamaba con frenesí, entró a Lima y asumió la dictadura. Todo
esto ocurrió entre el 18 y el 23 de Diciembre de 1879.
El
Almirante Montero reconoció el cambio de Gobierno y el Ejército del Sur, el de
Tacna y Arica, se preparó para defender ese territorio.
Hechos
análogos habían ocurrido en Bolivia.
El
General Daza había caído en el más completo desprestigio ante su Ejército y
ante el Perú, después de la retirada de Camarones. Esta situación empeoró
cuando los primeros fugitivos de la Batalla de Dolores llegaron a La Paz. En
ausencia de Daza, gobernaba su Ministerio, encabezado por el General Otón Jofré
e integrado por los Ministros Doria Medina, Reyes Ortiz y Méndez, los que
huyeron, haciéndose cargo de la situación el Alcalde, quien citó a una reunión
de ciudadanos para tratar de la situación. Fue entonces cuando se oyeron voces
contrarias a la dictadura, las que llegaron a Tacna a oídos de Daza, quien no
hablaba sino de matanzas y de vengarse de sus enemigos. Todo su anhelo era
regresar al altiplano, pero los jefes militares que le rodeaban se concertaron
contra él y eligieron como su caudillo al más prestigioso entre ellos: el
General Eleodoro Camacho. Lo probable es que haya sido el propio Almirante
Montero quien ideó el plan y armó la trampa.
Pero
había que buscar una combinación para que los Colorados, tan leales a Daza,
estuvieran ausentes o neutralizarlos en el momento del pronunciamiento. El plan
se arregló así; Montero invitaría a Daza a reunirse con él en Arica para
discutir un nuevo plan boliviano de campaña y los Colorados saldrían a lavar su
ropa, sin llevar armas ni municiones.
Daza
se fue a Arica el 1º de Enero y allí explicó a Montero su plan, que consistía
en subir a La Paz y pasar luego a san Pedro de Atacama para sorprender a las
tropas chilenas, mientras Montero atacaba hacia el sur por Camarones. Montero
quedó de consultarlo con Piérola y Daza fue a tomar el ferrocarril para
regresar a Tacna esa misma tarde.
Mientras
tanto, el Coronel Camacho había reunido al resto del Ejército boliviano en la
Alameda de Tacna y se preparaba para recibir a Daza y fusilarlo a la bajada del
tren. Lo que habría sucedido si no es que Montero le envía un telegrama al
general boliviano para avisarle lo ocurrido. Al leerlo, se relata, se puso de
pie y luego se desplomó en su asiento, diciendo con desfallecida voz: "Me
han fregado".
Teniente Coronel Eleuterio Ramírez Molina
Toda
Bolivia adhirió al pronunciamiento de Tacna y la Junta Gubernativa de la Paz
fue substituida por el General Narciso Campero, con el carácter de Presidente
de la República interino. En su primer contacto con el Ministro de Perú en La
Paz, Campero le expresó que la Alianza se mantendría a pesar de "los
desastres que nuestras armas han sufrido en el teatro de la guerra y a pesar de
los maquiavélicos manejos del Gobierno de Chile".
General José Velásquez Bórquez
En
efecto, los "maquiavélicos manejos" continuaban y se aprovechaba para
ello a los propios prisioneros bolivianos, a los que se dejaba en libertad y se
enviaba de regreso a su país en cumplimiento de planes destinados a destruir la
Alianza.
Uno
de ellos fue el Coronel Equino, prisionero en Santiago, quien se comprometió a
hacer la revolución en favor de Camacho, en conversaciones con Santa María. Una
nueva ilusión que no se concretó.
* *
* *
Se
sabe que el Capitán de Navío Patricio Lynch fue nombrado por Rafael Sotomayor
Jefe de la ciudad de Iquique. El Gobierno, al confirmarlo, le dio el título de
"Jefe Político de Tarapacá". En Iquique estaba todo por organizarse.
Carecía de servicios públicos, no había municipio, ni policía, ni alumbrado, ni
servicio de aseo. Lynch nombró un Municipio integrado por los cónsules y por
Eduardo Llanos, el respetable súbdito español que tuvo la valentía de honrar
los restos de Prat y de Serrano y de enterrarlos decorosamente en el
cementerio. Se restableció el alumbrado público, se extrajeron diez mil
carretadas de basura que infectaban el aire, se creó la policía. Se dividió el
territorio en tres secciones: la costa y las salitreras, bajo autoridades
civiles; la cordillera, entregada a autoridades militares. Y todo con gran
economía, sin estrepito, sin alarmar ni ofender intereses, como decía Lynch:
"Sin aumentar el odio de nuestros enemigos".
Se
creó, asimismo, un servicio judicial provisorio, con dos jueces que se
encargaron de las causas civiles y criminales.
* *
* *
Después
del Combate de Tarapacá, el General en Jefe envió destacamentos encargados de
evitar que se formaran montoneras, y, al mismo tiempo, de
recoger las armas de los dispersos y fugitivos. Los más
importantes fueron los del Teniente Coronel José Echeverría a Tarapacá y a
Mamiña, con 200 infantes y 200 cazadores a caballo; otra fue la del Coronel
Pedro Lagos, también con 400 hombres a Jazpampa y a Camiña. En la quebrada de Tarapacá
se encontraron enterrados siete de los cañones chilenos capturados por las
tropas de Buendía.
El
problema era si se consideraba a Tarapacá como garantía de una indemnización de
guerra o se le incorporaba lisa y llanamente al territorio nacional. En este
punto, un pueblo libre como el nuestro tenía voz y voto. La duda influía en la
política militar a seguir, porque si se abrigaba el propósito de la anexión,
era indispensable vencer al Perú en todos los centros de resistencia, sin lo
cual sería imposible que aceptara una paz con desmembración territorial.
Las
dudas alcanzaban, por supuesto, y especialmente, a las autoridades. Santa
María, Ministro del Interior, escribía a Rafael Sotomayor, Ministro de Guerra y
Marina:
"Como
se nos atribuye un espíritu de conquista, como se cree que vamos tras de
aniquilar al Perú, no sólo no nos acompañan las simpatías americanas, sino que
el argentino recela por sí mismo, porque supone que, poderosos y orgullosos,
hemos de pretender desnudarlos de la Patagonia, sin más autos ni traslados.
Este es un error... ¿Vamos a Lima? Piénsalo un momento..."
El
problema trascendió al público y fue materia de ardiente controversia: los que
preconizaban la defensiva en Tarapacá y los que abogaban por la continuación de
las operaciones hasta Lima. El pueblo creía que el Presidente Pinto patrocinaba
la primera de estas posibilidades y, sugestionado por la prensa de oposición,
vivía en profunda desconfianza respecto del Gobierno. El país comprendía que no
habría paz duradera si se dejaba al Perú el territorio que le permitiría
cultivar sus anhelos de revancha y sabía que el vencedor tiene la obligación de
fundar la paz precaviendo las futuras guerras.
En
la Cámara de Representantes, Domingo Arteaga Alemparte formuló un proyecto de
acuerdo que pedía la "incorporación definitiva" en el territorio de
la República de las regiones conquistadas por las armas. La mayoría de la
Cámara opinó que no había llegado la hora de formular una resolución semejante
y rechazo el proyecto. Llama la atención en este debate que las personas más
cercanas al Gobierno hicieran valer como argumento para no aprobar la
resolución presentada, el inconveniente de formular declaraciones, que llamaron
ligaduras odiosas, cuyos efectos se estaban experimentando. Se aludía a la
declaración del Presidente Errázuriz, de no permitir jurisdicción extraña al
sur del río Santa Cruz.
No
puede recordarse sin dolor que a medida que nuestros ejércitos avanzaban en el
norte, nuestra diplomacia reculaba en el sur y que el verdadero fruto de
nuestras victorias lo recogería la República Argentina, adquiriendo por
renuncia nuestra las tierras orientales, destinadas a formar la nacionalidad
chilena del porvenir.
* *
* *
El
Gobierno había llegado a personificarse en Rafael Sotomayor. Su crédito se
había robustecido inmensamente con el Combate de Tarapacá. ¿Quién arreglaría
los preparativos de la nueva y peligrosa marcha a los desiertos de Tacna? ¿Qué
otro que él tenía en el Ejército su confianza y el cariño de los jefes y
oficiales? Así raciocinaba el Gobierno cuando en los primeros días de Diciembre
recibió una petición de Sotomayor para venir a Santiago. Pinto se las arregló
entonces para que el Ministro desistiera del viaje, pero a fines de Diciembre
éste insistió y, aun, pidió que se pensara seriamente en relevarlo del cargo,
el ánimo de Sotomayor pesaban los ataques de la oposición, veía en él un
posible candidato a la Presidencia de la República. Influía, asimismo, su falta
de entendimiento con el General en Jefe. "Estoy muy fatigado y aburrido.
Necesito, por mi salud y por mi espíritu, descanso al lado de mi familia",
le había escrito a Santa María. Pinto le contestó el 16 de Enero de 1880 s
palabras de gran significado:
"Creo
que tu presencia es tan necesaria que, por mi parte, si tú te vinieras con
ánimo de no volver, renunciaría a todo plan de expedición. Creo que tu
presencia allí es la única garantía de buen acierto que tiene el país y que
tiene el Gobierno"
Sotomayor
renunció a viajar, a pesar de un razón familiar muy comprensible: acababa de
morir en Santiago una de sus hijas.
Esta
actitud no era el apasionamiento exagerado del Gobierno a su favor. Era una
justicia que se discernía a ese gran servidor público, en cuyas manos gravitaba
todo el peso y la responsabilidad de la campaña, no por tendencia absorbente
suya, sino por el magisterio de su buen sentido, de patriotismo desinteresado,
de su inmenso espíritu de abnegación y de sacrificio.
* *
* *
Hemos
llegado al final de 1879. Hemos asistido a los esfuerzan leí país por dominar
al enemigo en tierra y en el mar. No hacía un año que le había sorprendido una
guerra que el Gobierno no preveía reveía ni deseaba, y que hizo todos los
esfuerzos imaginables por evitar; guerra que caía de improviso sobre una
situación económica desastrosa, sobre un país empobrecido, sobre una Escuadra
en mal estado, sobre un Ejército en harapos. No había cañones, ni municiones ni
uniformes. El Ejército no era un organismo apto para su objeto, sino un germen
disciplinario a cuyo alrededor se agruparon ricos y pobres, analfabetos e
ilustrados, labriegos toscos yrepresentantes de la vida social más refinada, y
el ensamble de todos formó el núcleo militar que asaltó Pisagua, que rechazó el
enemigo en Dolores y que sucumbió heroicamente en Tarapacá.
Cuando
se tiende la vista hacia atrás y se rememora lo hecho en ese espacio de tiempo,
el espíritu experimenta una impresión halagadora. Al empezar el año, el Perú
tenía en el mar una escuadra relativamente fuerte. Hoy la Independencia está
sumergida, el Huáscar bajo bandera chilena, lo mismo que la Pilcomayo y no
queda como representante de su antigua tradición marítima más barco que la
Unión.
En
tierra, los 2.000 hombres que tenía el país en Febrero han aumentado, al
finalizar el primer año a 10.000, sin contar las guarniciones cívicas. El
soldado que ahora pasea el orgullo de su uniforme y de sus victorias, era hasta
hace pocos meses un trabajador pacífico que no conocía las armas. Ahora tiene
todo cuanto necesita para defender el honor de su bandera, los arsenales llenos
de armas y de proyectiles, y todo esto se ha hecho sin recursos, vigilando el
centavo, imponiendo la administración más rigurosa y la moralidad más severa.
Toda la organización militar y el servicio administrativo se realizaron con las
pobres entradas ordinarias de la Nación y con una emisión de papel moneda de 12
millones de pesos. Era cuanto se había gastado hasta el final de la Campaña de
Tarapacá.
Por
supuesto que no todo se realizó sin asperezas. La verdad es que hubo un
aprendizaje lento y difícil de la guerra, en el Ejército, en la Escuadra, en el
Gobierno. No es posible cambiar de la noche a la mañana el orden de las
preocupaciones gubernativas sin experimentar tropiezos; los hombres preparados
para la administración pública no pueden transformarse súbitamente en hombres
de guerra.
Al
recordar los grandes esfuerzos de la Nación, sería una injusticia no mencionar
la consagración del Presidente Pinto a los intereses públicos y no asociar a su
nombre el del Ministro Sotomayor, que fue el alma de esta campaña memorable.
Libro
II
Capítulo 13
Entre dos campañas
Entre
la Batalla de Tarapacá y la invasión del departamento de Moquegua
transcurrieron tres meses: 27 de Noviembre de 1879 - 28 de Febrero de 1880.
Demos una mirada a Perú y Bolivia y veamos las medidas que adoptaron para
colocarse en condiciones de defensa.
Nicolás
de Piérola, auto titulado Jefe Supremo, se había proclamado dictador, con
facultades omnímodas, a fin de llevar adelante la regeneración del país. Tenía
el concepto de que todo lo anterior había desaparecido, que el edificio social
y político estaba en ruinas y que había que reedificar con materiales y
arquitectos nuevos. Proclamó su propia Constitución y en vez del Congreso creó
un Consejo de Estado, el cual, de más está decirlo, consultaría cuando
quisiera. Buscó su apoyo en el clero y en el indio y se definió como
"Protector de la raza indígena".
Piérola
imprimió gran vigor a la resistencia nacional; desde ese momento nadie tendrá
excusa válida para no servir al país. Hay una nota de vigor creciente que tiene
su expresión más alta en la formación y organización del Ejército de la capital
y en las batallas que decidieron la suerte de Lima. Veremos figurar en este
Ejército todas las categorías sociales, en un país de castas como es el Perú.
Piérola adquirió armas, municiones y toda clase de elementos militares y para
proporcionarse los recursos respectivos, trató con Dreyfus y Cía., casa
israelita, nacionalizada en Francia, incrustada desde varios años antes en el
organismo gubernamental del Perú. El dictador les reconoció una deuda anterior
de £ 4.000.000 y les dio el derecho de exportar 800.000 toneladas de guano. No
sabemos a cuánto ascendió el dinero conseguido con esta firma. También se
congració con los tenedores de la deuda pública, en su mayoría ingleses,
entregándoles en propiedad los ferrocarriles.
En
Bolivia, como vimos, el General Narciso Campero había sucedido a Daza. El
Coronel Camacho seguía al mando de la división de Tacna y el nuevo Secretario
General de Gobierno era Ladislao Cabrera.
Campero
es, como todo militar al servicio de un país medido por el vaivén de los
pronunciamientos de cuartel, una figura moral compleja. Se puede decir de él
mucho de bueno y también algo de malo. Siendo un hombre de no escasa
instrucción, que había vivido en un medio social culto, se puso al servicio de
las más detestables tiranías, patrocinando a Melgarejo y a Morales. ¿Cómo se
concilia esta actitud con su hombría de bien, con su respeto a las leyes, con
la honrada franqueza de que dio claras muestras en el ejercicio del poder?
Campero
se había batido a las órdenes de Brown contra el ejército argentino de Heredia,
había servido con Ballivián y participado en la Batalla de Ingavi. Luego de
estudios de su profesión en Francia, ocupó el cargo de Ministro de su país en
París, en 1873.
En
adelante, su nombre ocupará nuestra atención, porque le cupo en suerte mandar
en jefe el Ejército Perú-Boliviano en la batalla de Tacna.
Existía
en Chile, por esos días, el deseo unánime de continuar rápidamente las acciones
bélicas, para no dar tiempo al enemigo a rehacerse. Era, por supuesto, la idea
del Gobierno, aunque afloraban divergencias en las tácticas.
Sotomayor
se inclinaba por la organización de una expedición contra Lima, dejando 6.000
hombres al resguardo de Tarapacá. La fuerza expedicionaria debería ser en su
concepto de 10.000 hombres y se contaba con los transportes marítimos
necesarios.
El
Presidente y su Gabinete preferían una campaña sobre Tacna, después de la cual,
argumentaban, Bolivia se echaría en brazos de Chile, contra Perú, recibiendo en
cambio Tacna y Arica como premio. De nuevo esta ilusión volvía a influir en la
política militar. Una racha de "política boliviana" soplaba en las
alturas gubernamentales de Santiago cuando Rafael Sotomayor escribía
recomendando la campaña de Lima.
De
ahí la respuesta negativa de Pinto a Sotomayor. En carta dirigida a Altamirano,
el 24 de Julio de 1880, algunos meses después de estos sucesos, Pinto le decía:
"Fuimos
a lio y después a Tacna con la expectativa de facilitar un arreglo con Bolivia.
La posesión de Tarapacá será más segura para nosotros si ponemos a Bolivia
entre el Perú y Chile. Además al hacernos dueños del litoral boliviano era
preciso dar a Bolivia salida al Pacífico. Este fue el móvil que nos indujo a ir
a Ilo y Tacna".
Esta
idea se refleja también en la correspondencia del Ministro del Interior, Santa
María, a Sotomayor: "Cediendo a Bolivia Moquegua y Tacna... habría
un muro que nos defendería del Perú y nos dejaría tranquilos en Tarapacá".
El Ministro Gandarillas le expone lo mismo: "...Ud. sabe muy bien
que lo que más nos convendría es que nuestros vecinos fueran más bien los
bolivianos que los peruanos".
El
General en Jefe Escala fue partidario al principio de la campaña a Moquegua y
Sotomayor hubo de plegarse a este plan, surgiendo de ahí el desacuerdo entre
Ministro y General, el primer eslabón de una cadena ininterrumpida de
conflictos entre esos elevados funcionarios. Más adelante, el General Escala,
viendo las dificultades de una campaña hacia Tacna por el árido desierto, en
contraposición a las facilidades que, sin duda, encontraría en los alrededores
de Lima, en materia de agua, recursos y caminos, cambió de parecer y pidió
12.000 hombres para excursionar a la capital del Perú.
Al
finalizar el mes de Diciembre, Sotomayor comunicó oficialmente al General en
Jefe la resolución gubernativa de invadir el departamento de Moquegua y le
pidió su opinión sobre la manera de realizar la invasión.
* *
* *
Hubo
en esos días un proyecto gubernamental, fruto de la impaciencia desordenada de
andar ligero. Los inconvenientes de permanecer en Tarapacá, con el arma al
brazo, eran evidentes y como en un Ejército improvisado todo el mundo es
táctico, cada uno apreciaba esa inmovilidad como una falta imputable al
Gobierno. El Gabinete sabía que aún deseándolo vivamente, la nueva campaña
tardaría en iniciarse, porque la preparación de los elementos de la expedición
requería tiempo. Pero la presión aumentaba y decidió considerar alguno de los
proyectos presentados por los jefes del Ejército y de la Escuadra. Uno era
bombardear Arica, simulando un falso desembarco. Otro, efectuar expediciones
parciales en la costa del Perú, perseguir a la Unión, enviar uno o dos buques a
recorrer el sector Callao-Panamá, etc. Pero, para hacer todas estas cosas,
Chile habría necesitado tener una Escuadra el doble de la que tenía.
El 6
de Enero celebró una deliberación el Consejo de Guerra y acordó: adoptar como
lugar inicial de la nueva campaña el puerto de Ilo; no intentar el bombardeo de
Arica porque no se compensaban las ventajas con los riesgos; no ejecutar por
ahora operaciones parciales en la costa del Perú; no bloquear el Callao por
falta de buques, pero sí hacer un crucero hasta ese puerto; no ir a Panamá sino
con un objeto determinado.
El
plan Ministerial era una manifestación aparatosa de actividad que
transparentaba el deseo de congratularse con la opinión pública y produjo hondo
desagrado en Sotomayor.
El
Ministro de Guerra y Marina pasaba por momentos amargos, pues lo más que quería
era acelerar la campaña, pero estaba cohibido porque la reorganización del
Ejército encontraba una resistencia tenaz en el Cuartel General. Es una página
dolorosa de esta historia esa lucha despiadada entre el Ministro empeñado en
esta obra necesaria, y el esclarecido soldado que mandaba nuestras armas, el
cual vivía aferrado a tradiciones envejecidas y estaba encerrado en un pequeño
círculo de amigos.
Mientras
Rafael Sotomayor soportaba esta lucha enervante, se agitaba en Santiago la
cuestión presidencial y ya se hablaba de las futuras candidaturas de Santa
María y de Sotomayor.
La
de Santa María era ardientemente sostenida por la juventud, a la que él amaba
sinceramente, porque su espíritu se mantuvo siempre joven y también su corazón.
Era elocuente, sagaz, de formas cultísimas; era un candidato formidable por su
talento, por sus servicios, por el prestigio que un hombre de sus condiciones
arrastra en un país republicano.
Sotomayor
tenía una fisonomía completamente distinta y le faltaban las condiciones
oratorias que daban realce y brillo a éste. Era tan modesto que rehuía
sistemáticamente cuanto pudiera parecer exhibición de su persona; además
carecía de ambición. Su, carácter austero no le impedía, sin embargo, ser
amable y sabía difundir el respeto que inspira el buen sentido.
Había,
pues, una guerra sorda entre los partidarios de una y otra candidatura y las
críticas que llegaban a oídos de Sotomayor —no de Santa María, que le
respetaba— le hacían dudar si sus sacrificios estaban realmente compensados. De
ahí que un plan de acción tan vasto como el que se le enviaba, le parecía a él
como un descargo de responsabilidad del Ministerio.
* *
* *
Y en
medio de todo, la estupenda ilusión de conseguir la alianza de Bolivia, que
Santa María sostenía.
El
Ministro del Interior no concebía la existencia de un país mediterráneo, sin
costas propias, desenvolviéndose a semejanza de la Suiza. Apreciaba tal
situación como la pérdida de la autonomía. Creía que colocada Bolivia en esa
disyuntiva, no depondría las armas hasta ser aniquilada. Por consiguiente,
había que esperar que Bolivia fuese perpetuamente el aliado del Perú en la
reivindicación de Tarapacá y que Chile tendría que vivir combatiendo contra las
irrupciones de los dos países, en especial de Bolivia que lucharía por su
existencia.
El
pensamiento de Santa María está diseminado en su correspondencia a Sotomayor.
Veamos algunos párrafos.
"Diciembre
1º... Bolivia nos preguntará, y junto con Bolivia, algunos más, ¿en qué
situación queda esta República, despojada de todo su litoral y dueño Chile de
Tarapacá?
"Mal haríamos... creyendo que por sólo nuestra voluntad y sin consultar
otro interés que el interés nuestro, vamos a poder alterar el mapa americano.
"Si Bolivia pierde su autonomía, su territorio debe formar parte de alguna
República que no será jamás la República chilena".
"Noviembre 26. No olvidemos por un instante que no podemos ahogar a
Bolivia. Privada de Antofagasta y de todo el litoral que antes poseía hasta el
Loa, debemos proporcionarle por alguna parte un puerto suyo, una puerta de
calle que le permita entrar al interior sin zozobra, sin pedir venia. No
podemos ni debemos matar a Bolivia. Al contrario, debemos sustentar su
personalidad como el más seguro arbitrio de mantener la debilidad del Perú.
Dueños de Arica y Tacna y derrotado o internado el Ejército boliviano, fácil
nos sería entendernos con los caudillos de Bolivia y llegar con ellos a un
arreglo, que poniendo término a la guerra nos garantice la tranquila posesión
de Tarapacá".
Sotomayor
no se halagaba con las expectativas de la "política boliviana" y no
tenía fe, según escribía a Augusto Matte, Ministro de Hacienda, "en la
buena voluntad de los bolivianos para entrar en arreglos con nosotros".
Ninguna
de las esperanzas ni de los temores abrigados por Santa María se han realizado.
Ni Bolivia prestó oídos a las insinuaciones de Chile, ni ha perdido su
autonomía, ni Chile ha necesitado de su ayuda para mantener la posesión de
Tarapacá. Lejos de eso, Bolivia se ha desarrollado en un ambiente de legalidad
y de orden y no han vuelto a levantarse en su escenario los tiranos que
afrentaron su cuna.
No
era posible, sin someter a Bolivia a un protectorado odioso y peligroso,
privarla de la libertad de orientar su política según sus conveniencias, porque
tal es la esencia de la soberanía. Y lo más grave de todo: se le daba
participación en el Pacífico, se le entregaba un jirón de la supremacía naval,
hoy en nuestro favor, mañana en contra nuestra.
Entretanto,
el Gobierno anhelaba corregir los vacíos que se habían manifestado en el
Ejército durante la campaña de Tarapacá.
El
Ejército de Operaciones había bajado a 9.532 plazas. Cerca de 1.400 hombres
estaban heridos y los restantes, hasta completar 12.000, eran el tributo a las
campañas de Pisagua, Dolores y Tarapacá.
Pero
no sólo había que completarlo, sino que solucionar problemas de organización y
de Estado Mayor. No era menor el abuso de licencias; iba al sur el que quería,
según el decir de Sotomayor. También había que aliviar el servicio
administrativo que el Ministro de Guerra y Marina había soportado solo durante
la campaña anterior, para que así pudiera contraerse a la parte militar.
El
plan de reorganización que deseaba el Presidente Pinto consultaba: un buen jefe
de Estado Mayor, dividir al Ejército en Divisiones, organizar la Intendencia,
poner a la caballería en situación de prestar servicios.
El
arreglo de la parte administrativa en Tarapacá fue fácil y no encontró
resistencia. Se mejoró el servicio sanitario, el sistema de traslado de
equipajes, el telégrafo, los ferrocarriles.
Lo
delicado era la reorganización del Ejército, porque el General Escala la miraba
con poca simpatía. A mediados de Diciembre, el General Escala sufrió un ataque
apoplético y se creyó que no reasumiría el mando. Pudo entonces retirarse sin
desdoro, pero era demasiado patriota para negar a su país el sacrificio de sus
últimos días.
El
nombramiento de Jefe del Estado Mayor no fue sencillo, ya que hecho el
ofrecimiento del cargo a los generales Villagrán y Velásquez, respectivamente,
se contó de inmediato con la antipatía de Escala. Entonces, Sotomayor designó
al Coronel Pedro Lagos, lo que causó al General en Jefe violento desagrado.
Otras
medidas fueron la creación del Cuerpo de Ingenieros Militares, y el aumento en
material y personal de la Artillería, que contó en adelante con 7 brigadas. La
formación de 4 Divisiones autónomas con sus servicios complementarios, fue el
problema más serio de la reorganización. La 1a quedó a las
órdenes del Coronel Santiago Amengual; la 2 a, con el Coronel
Mauricio Muñoz; la 3a con el Coronel José Domingo Amunátegui;
la 4a bajo las órdenes del Coronel Pedro Lagos y luego, cuando
éste pasó a ser Jefe del Estado Mayor, fue reemplazado por el Coronel Orozimbo
Barboza. El General Escala demoró un mes en aceptar la creación de estas
Divisiones.
No
hemos concluido, por desgracia, con la relación de los estériles desacuerdos.
Antes de seguir con este tema ingrato, referiré un incidente ocurrido el último
día de 1879, verdadero aguinaldo de Año Nuevo que reposará el espíritu del
lector. Aludo a la expedición del Comandante Arístides Martínez a Moquegua.
El
20 de Diciembre, la O’Higgins llegó en crucero de observación a Mollendo y supo
que, unas horas antes, la Unión había desembarcado ahí mismo armas y víveres
destinados al Ejército de Tacna y a la guarnición de Arica. El Ministro
Sotomayor decidió que partiera un batallón a Ilo o Pacocha, a sorprender el
convoy terrestre. El 29 de Diciembre se embarcó en Pisagua un batallón del
Lautaro, de 500 plazas, más 12 Granaderos a Caballo y un pelotón de Pontoneros.
Tomó el mando el Teniente Coronel Martínez. Al amanecer del 31 de Diciembre
bajaron en Ilo, se apoderaron de dos convoyes de ferrocarril y se dirigieron al
interior, a Moquegua, luego de cortar los alambres del telégrafo. En Moquegua,
tomados por tropas peruanas que marchaban a reforzar el interior, fueron
saludados y abrazados. Mas en minutos se produjo el espanto, el sálvese quien
pueda, huyendo cada cual por donde podía, mientras las niñas se desmayaban o
daban gritos de angustia, oyéndose dichos como éste: "Jesús, qué Año
Nuevo nos vienen a hacer pasar estos malvados".
Martínez
colocó sus tropas en una elevación, dominando a Moquegua e hizo notificar a la
autoridad que bombardearía el pueblo -no tenían sino dos cañones pequeños de a
bordo -si no se rendían incondicionalmente. El Prefecto, un Comandante Chocano,
huyó con sus 450 hombres y la tropa chilena gozó de un almuerzo proporcionado
por los habitantes, con frutas y verduras que a los clientes del desierto les
pareció un banquete opíparo. El 2 de Enero, de regreso en lio, el batallón se
embarcó.
Sotomayor
estimó que sus instrucciones habían sido excedidas y manifestó su descontento
por lo que fue llamado la "Calaverada de Moquegua".
* *
* *
Como
se ha visto, la expedición al departamento de Moquegua estaba resuelta y
Sotomayor había dispuesto el bloqueo de la costa peruana de Arica a Mollendo, a
cargo de Latorre y del Comandante Viel. El lugar de desembarco era, sin duda,
Ilo, ya que de ahí partía el ferrocarril al interior. Pero el Presidente Pinto
temía que las fuerzas chilenas penetraran demasiado a la zona desértica y el
recuerdo de Tarapacá lo arredraba. De ahí su deseo de que, una vez
desembarcadas, estas fuerzas se quedaran cerca de la Escuadra y esperaran a las
del Almirante Montero, deseosas de arrojarlas al mar. La Caballería Chilena,
entretanto, cortaría los abastecimientos peruanos.
Estos
planes revelaban el desconocimiento completo del carácter de la campaña, ya que
nacer evolucionar la Caballería desierto no era tan fácil como manejarla en
campos regados. !
Por
falta de transportes adecuados, Sotomayor resolvió trasladar las tropas a Ilo
en dos viajes, comprendiendo el primero hombres. El General Escala hizo dos
objeciones: primero, que "Calaverada de Moquegua" había puesto sobre
aviso al Almirante Montero respecto de Ilo y, segundo, que siendo las fuerzas
enemigas no menores a los 29.000 hombres, como él creía, desembarcar sólo 7.500
era una temeridad. Finalmente, aceptó el criterio de Sotomayor, no sin que se
provocara un nuevo incidente entre ambos y llevara a la crisis final, que privó
al General Escala del honor de la campaña de Tacna y Arica.
* *
* *
Cuando
Escala sufrió la congestión cerebral, el Presidente Pinto y el Ministro
Sotomayor comenzaron a preocuparse de quién podría ser la persona que le
sucediese. La lista de generales era muy reducida y al principio se creyó que
no habría otro que elGeneral Villagrán, que el Presidente miraba con
desconfianza Como medida provisoria, se designó a José Francisco Vergara como
secretario de Escala, con el objeto de que pudiera sustituir con su influencia
la del círculo que lo supeditaba. Sotomayor estaba sentido con Vergara por la
actitud violenta que éste asumí contra su hermano Emilio luego de Dolores;
pero, venciendo sus resentimientos, aceptó que asumiera el papel de moderador
del Cuartel General. Vergara volvió, pues, nuevamente al norte y al punto se notó
un apaciguamiento entre los altos funcionarios que se aprovechó para apurar la
partida de la Expedición.
General Manuel Baquedano González
Fue
en esos días que a raíz de una publicación en "El Peruano", periódico
de Lima, pidiendo a los habitantes de Tarapacá organizar montoneras, que
Sotomayor dio instrucción de hostilizar en forma más estricta al enemigo y de
bombardear toda población de la costa protegida con cañones, todos los
ferrocarriles que estuvieran transportando tropas, los muelles y los elementos
de carguío de las islas guaneras, etc.
Comandante Manuel Thompson Porto Mariño
La
argumentación del Ministro era que si el enemigo se sale de las "vías
autorizada por el derecho de la guerra", había que "hacerle sentir su
dureza y crueldad".
Esta
decisión provocó notas de protesta del Cuerpo Diplomático acreditado en
Santiago, y del Ministro de los Estados Unidos. Dos eran los puntos que
despertaban mayor polémica: que no se distinguiera si los puertos que iban a
ser bombardeados tenían cañones viejos o nuevos y que nada se dijera de un
anuncio o plazo previo para que la población se pusiera a buen recaudo.
Amunátegui, el Ministro de Relaciones, hizo las aclaraciones del caso.
La
Escuadra no tuvo la ocasión de batirse en la época que recuerdo, pero
contribuyó de un modo eficaz al éxito de las operaciones militares. Su papel
era ahora, como he dicho, bloquear la costa peruana y desembarcar pequeñas
partidas de reconocimiento. Más de una vez los buques chilenos llegaron hasta
Panamá y el 23 de Diciembre capturaron una lancha torpedera traída de
Inglaterra. En uno de estos cruceros, el Huáscar, ya reparado de sus averías,
estuvo cinco días frente al Callao, enardeciendo con su presencia a los
habitantes del puerto, quienes no se podían conformar con sufrir las
hostilidades de ese barco, que era una leyenda para su patriotismo.
En
la organización del Ejército Expedicionario, Sotomayor era el alma, como lo
había sido antes respecto de la campaña de Tarapacá. En Valparaíso, Dávila
Larraín, a cargo de la Intendencia del Ejército, preparaba todo lo que se
necesitaba en la nueva campaña.
A
principios de Febrero zarparon de ese puerto los transportes con todo el
pedido. A fines de ese mes dejaban Iquique las tropas chilenas. Finalmente,
Escala se las había ingeniado para que fueran 10.000 y no 7.500 hombres, lo que
inquietaba a Sotomayor, ya que Tarapacá quedó únicamente resguardado por las
reservas, unos 3.000 hombres.
Capítulo 14
Primeras operaciones en el departamento de Moquegua
A
mediodía del 25 de Febrero llegaron a Ilo los buques que componían el convoy
expedicionario y, sin encontrar resistencia, el Ejército bajó por el muelle de
pasajeros, como turistas ordinarios. ¿Qué hacía el alto jefe encargado de la
defensa del departamento de Moquegua? El Almirante Montero se encontraba en la
imposibilidad de impedir las operaciones, porque teniendo Chile el dominio del
mar, elegía a voluntad el punto de desembarco. La verdad es que Montero no
aguardaba el desembarco por Ilo, sino que por Arica o por Sama. "El
enemigo es muy cumplido y benévolo con nosotros", escribía Sotomayor. En
efecto, había dejado las bombas que levantaban agua del río en perfectas
condiciones, y el ferrocarril no tenía sino pequeños desperfectos. El sitio era
ideal: el agua era abundante y los valles transversales proporcionaban forraje,
verduras y frutas. Luego, en los primeros días de Marzo, vinieron los
reconocimientos al interior, en busca de un sitio donde establecerse. Se había
pensado en la estación de Conde, que corta las comunicaciones de lio a Tacna y
de Moquegua a Arequipa. Se le dejó de lado, sin embargo, por ser sólo un pedazo
de desierto, con carencia absoluta de habitaciones. Se pensó entonces en
Moquegua.
Pero
había vacilaciones respecto del plan de campaña, las que, en el fondo, no eran
sino desconfianza del Presidente Pinto en la dirección militar. Por eso se
preconizaba el sistema defensivo. Sotomayor, sin embargo, luego de los primeros
reconocimientos, y abandonando el pensamiento de la defensiva, creyó que debía
llevarse el Ejército a Tacna, para lo cual necesitaba más elementos de
movilidad. También resolvió hacer de la caleta de Ite, en la desembocadura del
río Locumba, la base militar y naval de la expedición.
Había
vacilaciones y por eso el Ejército que bajó en lio a fines de Febrero demoró
más de un mes en emprender la campaña que debía colocarlo frente a las fuerzas
peruano—bolivianas de Tacna.
No
había sido preparado para ejecutar esa gran marcha sino, al contrario, como
dije, para estacionarse en un punto cerca del mar a esperar al enemigo.
Casi
junto con el desembarco en Ilo, ocurrió un lance marítimo en la bahía de Arica,
que costó la vida al Comandante del Huáscar, Manuel Thompson.
Además
de reparar ese monitor, se le había colocado dos cañones de 40 libras, sistema
Armstrong, con alcance de seis a siete mil metros. El 25 de Febrero se presentó
delante de Arica el buque chileno con el objeto de reemplazar al Cochrane en el
bloqueo. Ahora bien, en lugar de emplear contra la plaza los dos cañones de
largo alcance, Thompson se acercó peligrosamente a la bahía, hasta cerca de la
isla Alacrán, lo que le significó una lluvia de balas peruanas. El Huáscar y la
Magallanes, mandada por Condell, que le acompañaba, se retiraron a la boca del
puerto, fuera del alcance de tierra. A las dos horas, Thompson divisó un tren
que llegaba desde Tacna y quiso detenerlo, poniéndose nuevamente en la zona de
fuego de los cañones de los fuertes. Una granada peruana reventó cerca de un
cañón del Huáscar, matando a 8 personas e hiriendo a varias más. A la media
tarde, notando el valeroso marino chileno que el monitor Manco se movía al
amparo de los fuertes, dio la orden de embestirlo con el espolón, pero la maniobra
no fue ejecutada con la velocidad requerida y el buque chileno quedó a 200
metros del monitor. Fue entonces que una bala dio medio a medio en el pecho de
Thompson, pulverizándolo. La hoja de su espada, sin la empuñadura, se clavó en
la cubierta del Huáscar, donde aún se conserva, no lejos del sitio en que
entregó su vida el Comandante Prat.
Conocidos
los hechos, vino de lio el Ministro Sotomayor con el Blanco y el Angamos y
durante cuatro días se bombardeó Arica.
El
Almirante Montero, reconociendo el valor del marino chileno, comunicó el suceso
por telégrafo a Tacna, con estas palabras: "El Comandante del Huáscar ha
muerto. Lamento su pérdida. Era un valiente".
* *
* *
Voy
a referir un episodio desgraciado. Me refiero a la expedición de Mollendo,
realizada en Marzo de 1880.
Junto
con el desembarco en Ilo, dos buques estaban permanentemente frente a Mollendo,
con preocupación de Sotomayor, quien habría preferido verlos también en la
flotilla que se aprontaba para bloquear el Callao. Con el objeto de dejar
libres estas unidades siquiera por un tiempo, ideó un desembarco en las
vecindades de Mollendo; a fin de destruir el muelle, las baterías y puentes del
ferrocarril y hacer innecesario el bloqueo. Además, esta operación podría
producir, se estimaba, pánico en el vecino Arequipa.
La
medida era dura pero justificada, por lo menos en cuanto se refiere al
telégrafo y a los elementos de transporte; pero siendo justa en estricto
derecho, iba a irritar a quienes se procuraba obligar a firmar la paz. Además,
operaciones de esa clase malean la moralidad del agresor y afectan la
disciplina.
Los
expedicionarios, poco más de 2.000 hombres al mando del Coronel Barboza, se
embarcaron el 8 de Marzo y a medianoche enviaron a tierra, al sur de Moliendo,
a 140 navales, quienes tuvieron dificultades de desembarco por las rocas. El
resto de los expedicionarios desembarcó fácilmente y no hubo resistencia para
apoderarse de Mollendo y de Islay, pequeño caserío. En estas acciones se
cometieron lamentables excesos por parte de elementos del Regimiento N° 3,
formado con repatriados del Perú, que habían perdido todo en la súbita
expulsión y cuyo encono era conocido. Aprovechando la ausencia de Barboza al
interior, se saqueó la Aduana, y quienes estaban encargados de embarcar las
mercaderías, se emborracharan, frustrándose el proyecto. Incluso, un grupo de desertores
puso fuego a la ciudad, quemándose buena parte de ella.
Posteriormente,
las fuerzas se retiraron, sin que se castigara a los culpables. El Almirante
Bayane du Petit-Thouars, jefe de las fuerzas navales de Francia en el Pacífico,
presentó una protesta y advirtió contra la repetición de hechos que podían
afectar la vida y bienes de súbditos franceses.
Ocurrió
entonces otro episodio marítimo en Arica.
La
Unión, comandada por el Capitán de Navío Villavicencio, recibió la misión de
navegar a Arica, penetrar allí por sorpresa y bajar rápidamente su cargamento.
Sin comunicaciones con Montero por tierra, en vista de la distancia, el
Presidente del Perú quería enviar a sus tropas una palabra de aliento. La
maniobra tuvo éxito y sólo unas horas después el Huáscar y el Matías Cousiño,
que patrullaban poco más al sur, vieron a la Unión en el puerto, con enorme
sorpresa. Mientras el Matías Cousiño partía a lio a avisar al Ministro, el
Huáscar, mandado por Condell, cruzó fuegos con la Unión, con el Manco y con los
fuertes por tres cuartos de hora. En ese momento llegó sorpresivamente a Arica
el Comandante Latorre con el Cochrane y el Amazonas, y el boqueo del buque
peruano se hizo con los tres chilenos. Sin embargo, aprovechando un descuido
del Amazonas, la Unión escapó.
* *
* *
Vuelvo
a las operaciones terrestres.
Resuelta
la expedición de lio a Moquegua, partió la 2a división al mando del General
Baquedano, compuesta de 4.366 hombres de las tres armas. Iba aumentada con
alguna artillería y bastante caballería, pues se pensaba incursionar sobre los
valles de Locumba, Sama y alrededores de Tacna.
Los
cuerpos de división eran: El Regimiento N° 2, con el Comandante del Canto; el
Regimiento Santiago, con el Teniente Coronel Estanislao León; el Batallón
Atacama, comandado por Juan Martínez; el Bulnes, con el Teniente Coronel José
Echeverría; la Artillería al mando del Coronel Novoa; los Cazadores a caballo
con el Coronel Pedro Soto Aguilar; los Granaderos, con el Teniente Coronel
Tomás Yávar. Con el General Baquedano partió también José Francisco Vergara,
sin cargo definido, sintiendo latir su alma al oír hablar de probables
incursiones de caballería.
Entre
Ilo y Moquegua hay 87 kilómetros de un desierto completamente estéril, sin más
paraderos que los de la línea férrea: Estanques a 19 km, de lio, Hospicio a 49,
Conde a 68. El problema fue desde el comienzo el agua, ya que cuando se acabó
la almacenada en Hospicio y se desrieló la locomotora y el carro cisterna que
iban a buscarla a Conde, hubo que racionarla. Tampoco llevaron los soldados
víveres secos para dos días en sus mochilas, como es de reglamento, pues se les
dijo que les esperarían con almuerzo en Hospicio. En este último lugar
encontraron vacío el estanque del ferrocarril y, enloquecidos por la sed, hubo
muchos que se desbandaron hacia el río, distante 5 leguas de ahí, a pesar de
los disparos de advertencia en su contra.
Lo
sucedido al Coronel Muñoz, responsable de la infantería, revelaba gran
deficiencia en la administración militar. Era un desengaño para los que
esperaban que las lecciones de la campaña de Tarapacá no hubieran sido escritas
en la arena. Fastidiado, Sotomayor decidió tomar parte personalmente en la
preparación de las operaciones militares, lo que precipitó su disidencia con el
General Escala.
La
enemistad de Escala hacia el Ministro se extendía asimismo al Coronel Pedro
Lagos, jefe del Estado Mayor, del que había prescindido en varias oportunidades
durante la campaña. Hubo un hecho que aceleró la ruptura entre los dos y fue el
arresto del Coronel Barceló, Comandante del Regimiento Santiago, luego que el
General Escala intervino personalmente ante la queja de un soldado que había
sido castigado. El Coronel Lagos se puso del lado de Barceló. Escala, en
represalia, privó a Lagos del uso del telégrafo y Lagos renunció. Sotomayor,
tratando de alejar a los contendores, envió inmediatamente a Lagos a Santiago,
lo que indignó a Escala, deseando tener al ex Jefe de Estado Mayor al alcance
de su autoridad y de su castigo. Escala renunció a su vez, y se dirigió a
Valparaíso, no regresando más al norte. Su nombre no volverá a figurar en la
Campaña del Pacífico.
Se
fue convencido de que el Ministro estaba en connivencia con Lagos y de que así
le obligaba a dar ese paso. Si hubiera podido conocer la documentación que el
resignado Ministro guardaba en su archivo, habría sabido que Rafael Sotomayor,
lejos de conspirar contra su autoridad, lo había mantenido en su empleo contra
la voluntad del Gobierno.
Sotomayor
no quería cambiar a Escala. Sabía que sería una gran dificultad designarle
reemplazante. No ignoraba que Escala tenía prestigio en el país y le
amedrentaba que si sobrevenía un contraste, la opinión pública atribuyera la
desgracia al cambio de General en Jefe.
Había
que reemplazar a Escala y a Lagos. Para el cargo de Jefe del Estado Mayor se
pensó en Vergara, a pesar de que su calidad de civil produciría desagrado entre
los militares. Para reemplazar a Escala, el nombramiento más lógico parecía ser
el de Villagrán, porque Pinto y Sotomayor lo consideraban superior a Baquedano
como inteligencia y preparación. El Gabinete no se puso de acuerdo en esta
fórmula, ni tampoco en la Baquedano-Vergara. Se barajó asimismo la combinación
Velásquez-Vergara, y por último se impuso la siguiente: Baquedano como General
en Jefe y el Coronel Velásquez como Jefe del Estado Mayor. A Vergara, con quien
ya había conversado confidencialmente Sotomayor sobre la posibilidad de su
nombramiento en el puesto que luego tomó Velásquez, se le ofreció una comisión
que halagaba sus ambiciones: una excursión de caballería por los valles
limítrofes de Tacna. Así terminó la grave crisis gubernamental del Ejército que
paralizó la prosecución de la campaña durante un mes.
El
General Manuel Baquedano frisaba a la sazón en los 60 años y ya había estado en
Perú, en la Expedición de 1838, a los 16 ó 17 años de edad. Hasta el momento a
que he llegado en esta obra, Baquedano había hecho un papel opaco y su arma, la
caballería, no se había distinguido sino por acciones parciales. Era modesto,
pero la distancia a la jerarquía se guardaba rigurosamente a su alrededor. Era
esencialmente disciplinario, de la antigua escuela, de aquella que consideraba
infalible al superior; escuela buena en cierta medida y mala en otra, porque
suprime toda iniciativa personal.
En
vísperas del combate de Los Ángeles, dominaba una impresión de inquietud en el
país, en el Gobierno y en el propio Ejército, que no llegaba al desaliento,
pero que hacía abrigar profundas zozobras. El Ejército estaba inmovilizado en
Ilo y la expedición a Mollendo se la consideraba insatisfactoria. El cuadro era
poco optimista. Vergara ansiaba regresar al sur, dominado por un terrible
pesimismo. Sotomayor, más tranquilo, menos exigente, también se manifestaba
disgustado. Todos querían arrancarse al sur y ya se comprenderá cuál sería la
impresión que esto causaba al Gobierno.
Capítulo 15
Combate de Los Ángeles. Muerte de Sotomayor
Las
fuerzas aliadas que defendían el departamento de Moquegua tenían su núcleo más
importante en Tacna y Arica: 13.000 a 14.000 hombres a las órdenes del
Contralmirante Montero. A ellas había que agregar 1.400 hombres en el pueblo de
Moquegua, mandados por el Coronel Andrés Samarra y de 4.000 a 5.000 en
Arequipa, con su jefe el Coronel Segundo Leiva. El único que tenía la fisonomía
de Ejército era el de Montero, con las tropas más aguerridas: 9.000 peruanos y
4.000 bolivianos, y los mejores oficiales que quedaban en el Perú.
El
Ejército peruano se dividía en ocho divisiones de infantería, a las órdenes de
los coroneles Dávila, Bolognesi, La Torre, Herrera, Canevaro, Inclán y Ugarte.
La artillería tenía una Comandancia General del Arma. La caballería constaba de
los escuadrones Húsares de Junín, Guías, Gendarmes y Flanqueadores de Tacna.
El
Ejército boliviano disponía de cinco batallones de infantería y de cuatro
cuerpos de caballería: el Murillo, los Libres del Sur, la Vanguardia de
Cochabamba y los Coraceros, y un regimiento de Artillería.
Me
parece innecesario insistir en la composición y organización de nuestro
Ejército, tan conocido del lector. Su número ascendía de 14.000 a 15.000
hombres. Para el general chileno se trataba de mantener franca la comunicación
con la costa, la base de su aprovisionamiento. Su plan: ocupar Moquegua y
enseguida lanzarse al desierto en busca de Montero.
* *
* *
Cuando
la división de Baquedano llegó a Moquegua, la guarnición de esa ciudad se
replegó a la cuesta de Los Ángeles, posición inaccesible situada en sus
inmediaciones y reputada como infranqueable en la historia militar de ese país.
Se
conoce como cuesta de Los Ángeles una cuchilla que se desprende de la
cordillera en dirección este a oeste, con bordes acantilados por tres de sus
costados y caminos angostos, parados, por donde cabe apenas un animal de carga.
Dos torrentes, el Torata y el Moquegua, corren por sus costados y se reúnen en
su frente que mira al mar, formando el río Ilo. El corte del sur se llama
quebrada de Tumilaca y el del norte, paso de Guaneros. En la cumbre de la
posición hay una explanada extensa que ocupaba la guarnición peruana. El fondo
de la posición se conocía con el nombre de "Pampa del Arrastrado" y
conduce a la aldea de Torata. La guarnición se componía de unos 1.400 hombres
que integraban los batallones Grau, Granaderos, Canchis, Canas y de los Gendarmes
de Moquegua. El Coronel Gamarra había colocado una avanzada en una
protuberancia del cerro que se adentra sobre la quebrada de Tumilaca, llamada
"el púlpito".
Baquedano
dispuso un ataque frontal de diversión, por la parte que mira a Moquegua, a
cargo de él mismo; el Atacama, dirigido por el Coronel Martínez, recibió el
encargo más difícil: atacar por el norte, por Guaneros, posición casi imposible
de tomar; el Coronel Muñoz comandó su regimiento, el N° 2, y un batallón del
Santiago, hacia la quebrada de Tumilaca, por el sur.
* *
* *
El
terreno y el plan hacen recordar el combate de Tarapacá: fraccionar la división
en tres columnas para encerrar al enemigo e impedirle la fuga. El terreno era
tan desconocido para los chilenos en Los Ángeles como en Tarapacá y los datos
sobre el enemigo, número y calidad del armamento, vagos e imprecisos.
Muñoz
partió con una compañía del Regimiento N° 2 y con el batallón del Santiago, en
la noche del 21 de Marzo, como avanzada. Le seguían el grueso del 2º, mandado
por Canto, la Artillería de Fuentes y la Caballería. En un comienzo se
extraviaron, hasta que un hombre de la localidad les sirvió de guía. Al
amanecer del 22 de Marzo los chilenos fueron divisados desde "el
púlpito" y recibieron una descarga cerrada que venía de lo alto, ya que
caminaban por la quebrada. El problema consistía en subir hasta una altura que
les permitiera contestar el fuego con más efectividad, pero el peso de la
artillería impedía trepar a las muías, que resbalaban por la ladera o caían al
torrente. Pero se consiguió, aunque a costa de graves pérdidas.
El
ataque decisivo fue el de Guaneros.
El
Comandante Juan Martínez salió con su cuerpo del pueblo de Moquegua el 21 de
Marzo a las 9 de la noche. Se le había ordenado penetrar por el cajón del río
de ese costado, escalar la senda y caer de sorpresa sobre el flanco derecho del
enemigo, que a esas horas estaría agredido también por los otros dos lados. La
empresa era tan atrevida que el Coronel peruano Chocano, para explicarse el
asalto, tuvo que suponer que un batallón de zapadores habría labrado un camino
durante la noche.
Penetró
el heroico cuerpo en el tortuoso cauce del río de Torata y antes de amanecer
comenzó la ascensión de la cuesta. Los ágiles mineros del Atacama repechaban
jadeantes el sendero de cabras, con tanta dificultad que tenían que clavar la
bayoneta en tierra para apoyarse y seguir subiendo. De ese modo dominaron la
cumbre sin ser sentidos. Entre los primeros en llegar junto con Martínez se
recuerda al Capitán Torreblanca, héroe de Pisagua, a un puñado de oficiales y a
una cantinera llamada Carmen Vilches.
Luego
se lanzaron al asalto de las pircas defendidas por los peruanos que, viéndose
cercados, no pensaron sino en huir en dirección del pueblo de Torata, hacia el
Oriente, iniciándose la persecución, que no dio resultado, por el cansancio de
los infantes y lo inadecuado del suelo para la caballería. El Coronel Muñoz, no
teniendo resistencia, subió la cuesta, lo mismo que Baquedano.
Así
cayeron en manos del Ejército chileno las Termopilas peruanas. La operación fue
muy audaz; quizás se encuentre que se corrió demasiado riesgo y que no es
lícito fundar una operación de guerra en un accidente tan casual como era el
escalar la senda de los Guaneros sin ser sentido. Aquel día pudo ocurrir una
hecatombe.
Este
triunfo levantó el espíritu del Ejército. La hazaña del Atacama era la
demostración de que no habría en el Perú nada capaz de sujetar la marcha de los
chilenos.
* *
* *
Los
primeros actos de Baquedano como General en Jefe fueron muy acertados. Reunió a
los jefes y les pidió su cooperación en bien de la Patria, recordándoles de
echar al olvido las diferencias anteriores. Puso su confianza en su Jefe de
Estado Mayor, el General Velásquez, y en su Primer Ayudante, el Coronel Pedro
Lagos, que ya había regresado del Sur. Un rigorismo estricto fue la norma del
momento. Oficiales y soldados comprendieron que tenían un juez severo.
"Cada uno en su puesto" era la inflexible regla del General.
La
confianza reinaba en el Ejército desde que había salido de la inmovilidad de
Ilo. Bajo buenos auspicios se inició, pues, la marcha al interior, hacia Tacna.
El
desierto de Tarapacá, comparado con el de Moquegua aparece como un lugar lleno
de recursos. Aquél tenía ferrocarril, habitaciones, máquinas resacadoras de
agua, carretones y mulas, y en cambio éste, nada, nada sino un lecho de arena
blanda, el sol abrasador como único compañero en el día y en la noche la
titilación brillante de los astros.
Cuando
Escala regresó al Sur, no se había explorado nada o casi nada de ese
territorio. El problema de vencer ese desierto estaba intacto a fines de Marzo,
tanto desde el punto de vista del conocimiento del territorio como de los
elementos de movilización. Después del combate de Los Ángeles, el Ejército
quedó distribuido entre Moquegua y la costa: allí la división vencedora, que
era la 2a, y la Caballería; el resto de la infantería y de la
Artillería estaban en Ilo.
* *
* *
Para
ir de Ilo a Tacna había dos caminos. El uno por ferrocarril, hasta Hospicio,
línea muy deficiente por su escasísimo equipo, y de Hospicio adelante, por los
arenales, cruzando las aldeas de Sitana, Locumba y Sama. Había otra senda
denominada de la costa que partía de lio y seguía cerca del mar hasta medio
camino de Locumba, de donde se inclinaba a este lugar, pasando por Sitana.
El
problema de movilizar la artillería y los bagajes pensaba resolverse con muías
y se contaba con 500 de ellas, pero no había ni agua ni forraje en ese
desierto. Sotomayor calculó que necesitaba otras 700 muías y hubo que traerlas
del Sur en los buques de la Compañía del Pacífico. También se trajeron 700
caballos y, asimismo, bueyes, para acompañar en pie a la expedición. Por
supuesto que el sacrificio para dotar y aprovisionar en agua y víveres al
Ejército exigió nuevamente un gran esfuerzo de todo el país. Estos dos últimos
elementos se acopiaron en Hospicio y en Locumba y en varios otros sitios
intermedios, aun en depósitos movibles. Así, por escalas sucesivas de recursos
y de previsión, la marcha se realizó sin grandes tropiezos.
Una
operación de esta magnitud merece ser conocida en sus detalles. El 7 de Abril
salió a campaña la Caballería en dos fracciones. El grueso de ella compuesto de
los regimientos de Granaderos y Cazadores, iba a las órdenes de Vergara y el
segundo núcleo lo formaba el escuadrón de Carabineros de Yungay N° 2, dirigido
por su jefe Rafael Vargas. Ambos debían juntarse en Locumba y, como primera
medida, encontrar y destruir las fuerzas del Comandante Albarracín, pero éste
se retiró a Sama, dejando expedito el camino a la 1a división
de Infantería que, precedida por el Buin, partió asimismo rumbo a Locumba.
Deseando
concretar su plan de hostilidades sobre la línea de Tacna, Vergara solicitó al
Jefe de Estado Mayor, Velásquez, que le autorizara para concentrar bajo sus
órdenes toda la Caballería; en otras palabras, que se le nombrara Comandante
General de la Caballería, cargo vacante desde el ascenso de Baquedano. La
petición no fue aceptada y Velásquez pidió a Vergara que se limitara a sus
reconocimientos en la región de Sama.
El
18 de Abril acampó Vergara con sus 450 hombres en la llanura que limita por el
Norte el cauce del Sama, y tomó contacto con Albarracín en las vecindades del
pueblo de Buenavista. El encuentro fue corto y las fuerzas peruanas se
dispersaron, dejando muertos y heridos. Unos días después, Sotomayor designó a
Vergara Comandante General de Caballería.
Por
entonces se unió a las fuerzas de Caballería el regimiento Carabineros de
Yungay N° 1, cuyos efectivos habían sido tomados prisioneros en los tristes
sucesos del Rímac, pero que ya estaban de nuevo equipados y listos para entrar
en batalla. Los dirigía el Comandante Bulnes, sobrino del Presidente.
Cuando
las fuerzas chilenas, una tras otra, abandonaron Moquegua, rumbo a Tacna, el
Gobierno se intranquilizó, creyendo que de esta manera se dejaba expedito el
paso a las tropas peruanas de Arequipa y su eventual unión con las acampadas en
Tacna y Arica. Pero Sotomayor se mantuvo firme en su resolución, sobre la base
de que el apoyo de las fuerzas chilenas estaba en el mar, que Moquegua quedaba
muy separada y sin importancia estratégica y por el peligro de fiebres que allí
había.
La
marcha estaba bien preparada, pero los obstáculos que oponía el desierto eran
considerables. De Hospicio a Locumba, como dije, se había instalado suficientes
depósitos de agua y a las tropas les seguían carretones y mulas cargadas. Ya en
la primera jornada se comprobó la dificultad de movilizar éstos en los arenales
muertos, pues por más que los soldados se apiñaban a su alrededor para ayudar a
las muías, los brutos se rendían al cansancio y las carretas quedaban sumidas
en la arena hasta el eje. El problema era grave. Si los carretones no pasaban,
menos lo haría la artillería de campaña.
Durante
la marcha por los arenales se perdía la formación. Los soldados seguían a la
desbandada y cada media hora se tendían en el suelo a descansar. El sol
reverberante les dardeaba las espaldas y desesperados arrojaban sus rollos, sus
capotes, parte de las municiones y sólo conservaban sus rifles, mientras
caminaban envueltos en una nube de polvo salobre. La huella quedó marcada con
los objetos botados, con muías cansadas que se echaban para no levantarse más,
con los cadáveres de uno que otro soldado que falleció de insolación.
Mientras
esto se realizaba en el Norte, la prensa del Sur hacía cargos a la dirección
militar, por la demora de las operaciones. La prensa no. fue siempre discreta.
Su anhelo por el buen servicio la hizo divulgar informaciones que no debieron
salir de las oficinas militares. Piérola decía que no enviaba agentes a Chile,
porque los diarios le comunicaban todo lo que debía saber.
Pero,
volvamos a la artillería. Pensar en llevarla por el desierto era imposible, ya
sea desde Moquegua o desde Ilo. En cuanto a su desembarco por el puerto de Ite,
se comprobó difícil, siendo el mar muy fuerte. Sin embargo, como no había otra
posibilidad, se optó por esta última y hubo que subir los cañones de la costa a
la meseta, alta de 200 a 300 metros, amarradas con cables tirados por hombres.
Cuatro días tardó ese trabajo colosal, en que rivalizaron los Zapadores y los
marineros de la Covadonga bajo la dirección personal de Orella.
Coronel Pedro Lagos Marchant
Durante
muchos años se vieron en las murallas cenicientas de la cuesta de Ite,
raspaduras a manera de zanjas labradas por esos cañones al ser arrastrados, a
brazo de hombre, cerro arriba. Son las demostraciones del vigor de una raza que
no consideró nada superior a su patriotismo ni a su empuje.
Cuando
todo el Ejército estuvo reunido en las Yaras, lugarejo situado en el valle del
Sama, recordaba los padecimientos de su gloriosa marcha, con la satisfacción
mezclada de orgullo que se experimenta después de una gran dificultad
felizmente vencida. El día se dedicaba a los ejercicios y al anochecer los
soldados distraían sus ocios con representaciones de títeres. Nadie habría
podido pensar, al verlos en las alegres enramadas de las Yaras, que estaba
alzada sobre sus cabezas la cuchilla de la muerte.
Las
fiebres palúdicas y la viruela significaron pérdidas no menores al 10% del
personal. La Caballería excedió ese porcentaje. Los hospitales de Ilo y
Moquegua habían estado llenos y a los enfermos se les envió posteriormente a
Iquique, habilitándose hospitales en varios puntos.
En
Santiago, entretanto, se continuaba pensando en un acercamiento con Bolivia y
se usó esta vez a dos ciudadanos de ese país, Casimiro Corral y Federico
Lafaye, para que intentaran movimientos de aproximación a Chile, cuando el
Ejército de Tacna hubiera sido derrotado.
Pinto
y Amunátegui extendieron credenciales a Eusebio Lillo como Plenipotenciario en
Bolivia y le dieron instrucciones que resume muy bien la carta que dirigiera a
este último, Domingo Santa María:
"Mayo
8. Santa María a Lillo. Las bases principales de que no podemos desviarnos son
éstas:
1º Que Antofagasta es nuestra.
2º Que lo es también todo el territorio marítimo hasta el Loa como una
necesidad creada por la guerra que nos ha hecho Bolivia.
3° Que los límites orientales serán fijados más tarde, a fin de no dejarnos
otra cuestión por ese punto que concluyese por perturbar la paz que hoy se
firmaba.
4º Que debiendo mantener la autonomía boliviana, Arica, Tacna y Moquegua sean
anexados a Bolivia.
Bien comprendo que este último punto tiene sus bemoles, pero es menester
insistir en él como un medio de dar fronteras a Bolivia y de colocarla entre el
Perú y nosotros. Aquí está para mí lo rudo de la cuestión porque el Perú se
resistirá siempre a tamañas cesiones, y porque Bolivia puede considerarse
insegura y exigirnos que nos constituyamos en guardianes. Esta exigencia, una
vez aceptada, nos pondría en el duro trance de tener siempre un ejército sobre
las armas y de preparar así o aclimatar el militarismo que concluiría por ser
la verdadera carrera de Chile".
La
"política boliviana" era, pues, fatalmente, o la paz armada para
precaverse de cualquier alianza marítima sospechosa de Bolivia o para
defenderla del Perú.
General Marcos Segundo Maturana Palazuelos
¿Cabe
una concepción más desgraciada? Esta negociación, como las anteriores, se
escribió en la arena. Bolivia continuó en la orientación que le imponía la
guerra que había provocado y su honor.
El
20 de Mayo, al atardecer, cuando el sol se ocultaba tras los picachos de la
cordillera del Tacora, un rumor siniestro corrió de boca en boca en las alegres
enramadas de las Yaras: ¡Sotomayor ha muerto! En efecto, se había desplomado al
peso de su trabajo abrumador.
Ese
día Sotomayor se había manifestado tan sonriente y amistoso como de ordinario.
Después de la labor de oficina se fue a comer. Nada hacía prever la catástrofe
inmediata. Salió de la pobre sala que servía de comedor al Cuartel General y
cayó pesadamente al suelo, sin conocimiento, amoratado el semblante, con las
manifestaciones características de la congestión cerebral. Cinco minutos
después había fallecido.
Su
muerte produjo consternación en el Ejército. Baquedano no tenía aún el
suficiente prestigio y la oficialidad superior se había acostumbrado a ver en
Sotomayor al director de la campaña. Una nota de profundo dolor recorrió las
filas. Esos hombres, bronceados con el fuego de las batallas y familiarizados
con la muerte, derramaron lágrimas sobre el cadáver del Ministro.
Sería
difícil exagerar la importancia que tiene Sotomayor en la guerra del Pacífico.
Empezó
a bordo de la Escuadra donde su permanencia no fue agradable. Esa levita negra
en medio de los galones despertaba sospechas. Sirvió lealmente a Williams, pero
tan reposado como firme, varió su actitud respecto de él cuando creyó que así
servía mejor al país. Tiene una participación importante en la reparación de la
Escuadra y a él se debió, en gran parte, el plan que dio por resultado la
captura del Huáscar.
Y en
tierra, armado ya con las facultades supremas, Sotomayor pidió el puesto de
mayor eficacia y el más oscuro: el de encargado de reunir los elementos de la
movilización. Fue el primero que tuvo una comprensión clara de la guerra del
desierto, y para realizar algo que de suyo era lento, necesitaba luchar contra
cuantos anhelaban más rapidez en las operaciones, es decir, contra todos. A él
se debe la organización de la Intendencia en el teatro de la guerra y la de la
Comandancia General de transportes terrestres.
Asumió
la iniciativa en el asalto de Pisagua, página memorable e inteligente de
historia militar; se contrajo en organizar el campamento de Dolores, plan que
desbarató el avance inesperado de Buendía; después de Tarapacá, en que no tuvo
ninguna intervención, se dirigió a preparar y a dirigir la campaña de
Moquegua.
Era
Sotomayor la prudencia combinada con la audacia; la sagacidad con la energía.
Supo hacerse respetar y querer. Mandaba al elemento militar sin ofenderlo. Cayó
en la mitad de su carrera, cuando era más útil, cuando había recogido un caudal
de experiencia de los hombres y de las cosas de la guerra. Como su labor fue
tan modesta y se alejaba sistemáticamente de la publicidad y del brillo, su
gran obra fue desconocida de los contemporáneos y ha sido necesario revolver
los papeles más íntimos de la historia para que su figura aparezca en sus
verdaderas proporciones.
Capítulo 16
Batalla de Tacna. Asalto de Arica
La
muerte de Sotomayor suscitó el gravísimo problema de saber quién tendría la
dirección superior de la guerra en el teatro de operaciones. El General
Baquedano no inspiraba la suficiente confianza. Cuando llegó el caso de
designar el sucesor de Sotomayor, los votos del Ministerio se dividieron. El
más indicado era Vergara, pero se le suponía demasiado afecto a la candidatura
de Santa María, como lo era en realidad. Se resolvió, provisionalmente, por un
triunvirato: Baquedano, Vergara y Velásquez.
La
orden era de lo más peregrina, porque atentaba contra la unidad de acción y
Baquedano resolvió no cumplirla. Recibió a Vergara con más afabilidad que de
ordinario, paseándose con agitados trancos y cada vez que éste le insinuaba la
resolución gubernativa, el General le interrumpía con lenguaje entrecortado:
¡Pobre
Rafael! ¡Pobre Rafael! ¡Muy sentido! ¡Muy sentido! Todos amigos, agregaba,
todos de acuerdo ¿no es cierto? Y como Vergara le contestara asintiendo, el
General repetía: ¡Todos de acuerdo! con lo cual daba por
cumplida aquella parte de la orden de proceder de acuerdo con Vergara. La
conversación no salió de ese círculo y Vergara tuvo que conformarse con lo
irremediable.
Hasta
principios de Abril, la sección peruana del Ejército de Moquegua había estado
en Arica a cargo del Almirante Montero, y la división boliviana, en Tacna, bajo
las órdenes del General Camacho. Cuando las fuerzas se concentraron en la
segunda de estas ciudades, Camacho hubo de someterse a Montero, de malas ganas,
a rechina dientes.
Luego
vinieron las divergencias. Montero prefería mantenerse en Tacna, a la
defensiva, y Camacho avanzar a Sama y tomarse la quebrada antes de que pasara a
poder de los chilenos. Como el problema se agriara, se celebró una Junta de
Guerra que nada solucionó. Camacho escribió entonces al Presidente Campero y
éste bajó a Tacna desde la Paz. De conformidad a un acuerdo entre Perú y
Bolivia, cuando un Presidente de la República llegaba al teatro de las
operaciones, asumía directa y personalmente el mando de las tropas. Esto es lo
que hizo Campero el 18 de Abril y cesaron las divergencias, volviendo la
armonía. La disputa era, en realidad, pueril, ya que la Alianza no tenía los
medios para movilizarse hasta Sama, pero Campero quiso comprobarlo y ordenó la
marcha del Ejército a la mencionada quebrada. Luego de mil dificultades, los
batallones salieron de Tacna, pero el parque no lo pudo hacer, lo que comprobó
que el plan no era factible. A principios de Mayo, Campero eligió, en las
inmediaciones de la ciudad peruana, un terreno que le pareció apropiado para
anular la superioridad de la Caballería contraria y lo bautizó como Campo de la
Alianza.
Queda
este sitio célebre a distancia de pocos kilómetros de Tacna, en plena pampa,
ubicado de Oriente a Poniente, entre la ribera medanosa que conduce a Arica y
la empinada Cordillera, de cuyos contrafuertes la separa una quebrada por donde
pasa el camino que conduce al valle del Caplina, donde se levanta Tacna. El
punto mismo ocupado por los aliados era una meseta prominente, con una arista,
al Norte, para desplegar sin ser vistas las líneas de Infantería. Al frente de
ella se extiende una llanura que tenía que ser atravesada por el atacante a
pecho descubierto. En la espalda de la arista, de terreno ondulado, se
establecieron las reservas y la caballería peruano-boliviana. En ambos flancos
de la meseta hay quebradas bastante profundas que facilitan la defensa.
Este
campo desolado lo ha cubierto la naturaleza con una mortaja amarilla y
calcinada. La humedad de las noches endurece el suelo salino superficialmente,
y al pisarlo el caminante se hunde en la arena hasta cerca de un pie.
Campero
completó esta posición con disposiciones atinadas, haciendo construir fosos. El
terreno fue estudiado tácticamente, se midieron las distancias para el tiro de
las diferentes armas y se evolucionó en el campo, ensayando la manera de
defenderlo por todos sus flancos. Se proveyó a cada soldado de un saco vacío
para que lo llenara de arena y le sirviera de parapeto en sus disparos tendido
en el suelo.
El
22 de Mayo, Baquedano hizo un reconocimiento sobre el campo peruano-boliviano,
operación indispensable para formarse una idea del terreno, a la que
concurrieron a él todas las autoridades superiores del Ejército. Después de
verificado, las opiniones directivas se pronunciaron en opuesto sentido sobre
el plan de batalla. Vergara quería que todo el Ejército, o una parte
considerable de él, se inclinase hacia el oriente, por la derecha enemiga, y le
tomase la retaguardia, mientras la Caballería ocuparía el pueblo de Calaña,
situado en el valle de Caplina, desviaría el río y condenaría a la sed al
Ejército de Campero. El Coronel Velásquez objetaba ese plan diciendo que sería
imposible hacer en formación ordenada un movimiento de flanco por los arenales
con todo el Ejército, especialmente con la Artillería. En el supuesto de que lo
emprendiera sólo una división, temía que la acción se frustrara ante el
enemigo. El General Baquedano participaba de los temores de Velásquez, y
también rechazó el plan, prefiriendo un ataque directo.
El
25 de Mayo se puso en marcha el Ejército chileno.
Adelante,
el Comandante Bulnes con su Escuadrón de Caballería; inmediatamente después,
la 1a División de Amengual; luego, los Pontoneros, la
Artillería, 78 carros con municiones, agua, víveres y 300 muías cargadas. Las
divisiones: 2a de Barceló, 3a de Amunátegui, 4 a de
Barboza y la reserva al mando de Muñoz. Baquedano, cediendo a las instancias
del Presidente Pinto, había formado una reserva que era un pequeño Ejército de
3.279 hombres, con los regimientos más sólidos: el N° lo Buin, el 3º, el 4º y
el batallón Bulnes. La marcha se hizo en dos jornadas, acampando la primera
noche en un punto llamado Quebrada Honda, a medio camino de los dos
campamentos. El terreno era pesado y a las 6 de la tarde se llegó al punto
indicado, donde se pernoctó rodeado de todas las precauciones.
Una
medida de consecuencias adoptada ese día por el Cuartel General había sido
suprimir de hecho el cargo de Comandante. General de Caballería que desempeñaba
Vergara, diseminando esa arma en secciones y entregándola a distintos jefes.
Esta medida era la revancha del principio militar contra la intromisión civil.
¿Qué
sucedía ese día 25 en el campo contrario?
Campero
amaneció dominado por un "escrúpulo constitucional" y trató de
renunciar en favor de Montero al mando del Ejército. Eran momentos en que debía
reunirse en La Paz la Convención encargada de elegir Presidente y Campero dijo
que terminado su mandato presidencial terminaba también su calidad de General
en Jefe. Camacho se disgustó, encontrando que no era cosa baladí ni de juego
cambiar el mando en jefe de un Ejército mixto en vísperas de la batalla.
Entonces,
un incidente hizo cambiar de planes a las fuerzas de la Alianza. Arrieros
chilenos que marchaban con odres fueron tomados prisioneros y comunicaron que
las fuerzas chilenas alcanzaban a los 22.000 hombres. Se decidió, pues,
adelantarse a los acontecimientos y sorprender a las fuerzas enemigas durante
la noche en Quebrada Honda. El Ejército aliado salió de su campamento y sucedió
lo que siempre ocurre en las marchas nocturnas en el desierto: se extravió y
hubo de contramarchar al Campo de la Alianza. El movimiento estratégico del
General Campero no tuvo otro resultado que fatigar su Ejército con una caminata
estéril, cuando el soldado necesitaba más del reposo reparador para la tarea
del día siguiente.
En
oposición con estas combinaciones impulsivas, Baquedano tenía un propósito
militar que se iba cumpliendo pausada y seguramente. En la mañana del 26 de
Mayo, las dianas levantaron los corazones y se saludó a la Patria en los
diversos campamentos con la Canción Nacional y la de Yungay.
La
distribución del Ejército aliado era la siguiente.
En
la izquierda de su línea, una división de infantería boliviana compuesta de
tres cuerpos: el Viedma, el Tarija y el Sucre, a las órdenes del Coronel
Severino Zapata, ex Prefecto de Antofagasta; junto a ella, dos divisiones del
Perú: la 2a del Coronel Andrés Avelino Cáceres y la 3 a del
Coronel Belisario Suárez. Detrás, en reserva, cuatro escuadrones de Caballería
boliviana: el Coraceros, el Vanguardia de Cochabamba, Libres del Sur y Escolta,
al mando del Coronel Camacho. Esta ala izquierda contaba con 11 cañones y
muchas ametralladoras.
En
el centro de la línea se veía un fortín con dos ametralladoras y un cañón y en
sus alrededores cuatro cuerpos de infantería boliviana: el Loa, el Grau, el
Chorolque y el Padilla. A retaguardia, la 5a división del Perú
al mando del Coronel Alejandro Herrera y los batallones Ayacucho y Arequipa; y
la 6a. división con el Coronel César Canevaro y los batallones Lima
N° 2 y Rímac. Entre ambas secciones, la división N° 4 del Perú con el Coronel
Jacinto Mendoza. Jefe de todas estas fuerzas era el Coronel boliviano Castro
Pinto y en la retaguardia de ellas, dominándolas, el Cuartel General con el
Presidente Campero y su Jefe de Estado Mayor, el General Juan José Pérez.
Estos
sectores de la izquierda y del centro eran el núcleo más fuerte del Ejército
aliado y soportaron casi todo el peso del combate.
En
la derecha de la línea, o sea en el oriente del Campo de la Alianza, había un
fuerte construido con sacos de arena y provisto de cinco cañones. Lo defendían
la división N° 1 del Perú al mando del Coronel Dávila, con los batallones Lima
N° 1 y Cuzco y otra división peruana con dos batallones. En segunda línea, o de
reserva, cuatro batallones bolivianos: Murillo, Colorados, Aroma y Zapadores, y
dos del Perú formados en Tacna: Nacionales y Gendarmes. A retaguardia, tres
escuadrones peruanos de Caballería: Húsares, Guías y el del Coronel Albarracín.
Mandaba esta ala derecha el Almirante Montero y le acompañaba su Jefe de Estado
Mayor, Coronel Manuel Velarde.
* *
* *
La
distribución del Ejército chileno era así.
La
sección que enfrentaba la izquierda mandada por el boliviano Camacho la cubría
la 1a División del Coronel Santiago Amengual y la formaban el
Regimiento Esmeralda, con los batallones 1°, Comandante Adolfo Holley y 2°,
Comandante Enrique Coke; además los batallones Valparaíso, Coronel Niño; Naval,
Coronel Urriola y Chillán, Comandante Juan Vargas Pinochet; por último, 120
Pontoneros comandados por el Capitán Zelaya.
La
sección que enfrentaba al centro mandado por el boliviano Castro Pinto la
cubría la 2a División, al mando del Coronel Barceló,
integrándola el Regimiento N° 2, con Canto; el Santiago, con el Comandante
Estanislao León; el batallón Atacama N° 1 —el famoso cuerpo de Pisagua, Dolores
y Los Ángeles— con el Comandante Juan Martínez.
A
retaguardia de Amengual y de Barceló, como reserva y auxiliar marchaba la 3aDivisión
mandada por Amunátegui e integrada así: el Regimiento de Artillería de Marina a
las órdenes de Vidaurre; el Batallón Chacabuco con el Coronel Toro Herrera; el
Coquimbo con el Comandante Gorostiaga.
La
sección que enfrentaba la derecha mandada por el peruano Montero la cubría la 4a División
al mando de Barboza y la formaban: Zapadores, con el Comandante Santa Cruz;
Regimiento Lautaro, con el Coronel Robles; Batallón del Desierto, Cazadores,
con el Comandante Jorge Wood; a la retaguardia de esta división marchaba la
Artillería de Montaña de Fontecilla y cerraban el cuadro los Cazadores a
Caballo y el Escuadrón de Carabineros N° 2.
A
retaguardia, lejos de la zona de tiro de la Infantería, se situaron el Cuartel
General y la Gran Reserva. Allí se encontraban Baquedano, Velásquez y Lagos.
La
Artillería chilena estaba distribuida detrás de las divisiones. La pesada quedó
bastante a retaguardia y en cambio la de montaña pudo entrar al fuego más cerca
y prestar servicios más positivos. La Artillería que se batió en Tacna fue el
Regimiento N° 2, formado por Velásquez en Antofagasta y después en Tarapacá.
Tenía cuatro baterías de campaña con veinte cañones y cuatro ametralladoras, y
tres baterías de montaña de seis piezas cada una.
A
retaguardia de nuestra izquierda se situó el Comandante General de Artillería,
Novoa, quien había reemplazado a Velásquez cuando éste fue nombrado Jefe del
Estado Mayor. Con Novoa estaban las baterías de campaña al mando del Mayor
Santiago Frías. En el centro había dos baterías de montaña al mando del Mayor
Exequiel Fuentes. A nuestra derecha, a retaguardia de Amengual, estaba el
Comandante Salvo, el héroe de Dolores, con dos baterías de campaña.
* *
* *
Cuando
el Ejército chileno marchaba hacia el enemigo y las bandas ponían en juego sus
instrumentos, los capellanes bendijeron a la tropa, la cual conforme a
Ordenanza se hincó, con una rodilla en tierra, y entonces el virtuoso sacerdote
Ruperto Marchant Pereira, alzando las manos con profunda y comunicativa
emoción, pronunció estas palabras: "Hermanos, antes de morir por la
Patria, elevad el corazón a Dios".
Instantes
después el grandioso anfiteatro resonó con el estampido de todos los cañones.
El campo de batalla se cubrió de humo, sólo rasgado por los fogonazos que
precedían al horrible estampido. El duelo de las piezas de cañón duró una hora,
de 9 a 10 A.M., sin producir efecto, según testimonio de ambos lados. Entre
tanto, los cuerpos de Infantería permanecían fuera del alcance de los rifles.
A
las 10 A.M., el Cuartel General ordenó a Amengual y a Barceló que entraran al
fuego. La división del primero de ellos constaba de 2.500 hombres y la del
segundo de 2.000. Esos 4.500 hombres resistieron durante hora y media, solos,
contra las tres cuartas partes del Ejército de la Alianza.
* *
* *
Veamos
separadamente la acción de cada división.
La
gente de Amengual marchó cubriendo una gran extensión, tratando de caer
oblicuamente sobre el enemigo, y los fuegos le hicieron en el primer momento
poco daño, pero al acercarse a los soldados de Camacho, parapetados tras sus
posiciones, comenzó a sufrir grandes pérdidas. La división siguió avanzando
mientras tuvo municiones, las que se agotaron al llegar muy cerca de la primera
trinchera. Cada soldado había entrado en acción con 130 tiros, menos los del
Esmeralda que sólo tenían 100. El Coronel Amengual hizo partir a sus ayudantes
a escape, a pedirlas, y como se demoraran, pretendió lanzarse con la división a
la bayoneta, pero no pudo nacerse oír por la confusión y el ruido. Los soldados
disparaban apuntando bien para no perder un tiro y se recorrían los heridos y
los muertos, entre descarga y descarga, registrando las cananas. En vista de
ello, la división debió retroceder, abandonando el terreno tan gloriosamente
conquistado.
A la
división de Barceló le ocurría, por su parte, algo parecido. Pero detengámonos
un momento en un incidente digno de ser recordado.
El
Regimiento N° 2, que casi había sido exterminado en la Batalla de Tarapacá,
perdiendo entonces su estandarte, viendo delante de sí al Zepita que había sido
su contendor, marchó de carrera al asalto. Llegado a cierto punto los cornetas
tocaron alto, mas el regimiento se hizo el que no oía y siguió avanzando. Se
repitió inútilmente el toque por segunda vez y el cuerpo continuaba
temerariamente adelante. En la división de Amunátegui, que seguía estos
movimientos a la distancia con la emoción que es de suponer, se oyó una voz que
dijo: ¡El 2º se pasó! Efectivamente, se había pasado. El regimiento iba en
busca ¡de su bandera y de su venganza! Toda la división se comprometió en el
fuego en cortos momentos y atropellando los obstáculos llegó a las trincheras esparcidas
en el frente del campamento enemigo, donde se encontraba en el momento que
podría llamarse la hora crítica de la 1a División, a 80 metros
de los aliados, batiéndose casi cuerpo a cuerpo, cuando se oyó este dicho
fatídico repetido por miles de labios: ¡No tenemos municiones! ¡No tenemos
municiones! No quedaba sino retroceder.
Eran
las 12.30 y habría podido creerse que la batalla estaba perdida para los
chilenos, pero no era así. Hasta entonces no había entrado en acción más del
40% del Ejército.
¿Qué
ocurría en el Ejército aliado?
Camacho
concentró en la 1a División todo el poder de fuego,
comprometiendo sus reservas, trayendo gente de Castro Pinto, en el centro, y
aun haciendo venir desde la extrema derecha a los Colorados y al Sucre. Al
presenciar la retirada de los chilenos, Camacho y Castro Pinto se consideraron
victoriosos y dieron órdenes de perseguirlos. La desolada planicie estaba
cubierta de cadáveres así como de heridos que fueron ultimados sin compasión.
Fue
en ese momento cuando el Coronel Pedro Lagos, ayudante del General en Jefe,
obtuvo de Baquedano la autorización para que permitiera avanzar a la división,
de Amunátegui, que permanecía formada, intacta, esperando órdenes. Se dice que
cuando Lagos vio las dos divisiones chilenas destrozadas, a Barceló herido y
moribundos al Comandante León y al Mayor Silva Arriagada, exclamó, cubriéndose
la cara con las manos: "¡Mis pobres Santiagos!"
Las
peticiones reiteradas de municiones no habían dado resultado, porque las mulas
no podían arrastrar los carros en la arena, visto lo cual los Carabineros de
Bulnes y otros oficiales sueltos los acarrearon en la delantera de las monturas
hasta el sitio donde se encontraban las divisiones en retirada. Allí ocurrió un
nuevo inconveniente. Las cajas estaban atornilladas y no había medio de
levantar las tapas con la rapidez que el caso requería. La dificultad fue
vencida, pero en el entretanto se había producido un hecho decisivo. Vergara
quiso detener el avance del enemigo con la Caballería y, junto con el
Comandante Yávar, sacó este cuerpo de la posición en que permanecía, lanzándose
a carrera tendida contra la triunfante Artillería de Camacho.
Era
imposible arrollar con cuatrocientos o quinientos jinetes una masa militar seis
veces mayor, en una planicie descubierta en que los agredidos no erraban tiro,
a lo menos sobre los caballos. Con todo, los cuerpos a las órdenes de Camacho y
Castro Pinto se detuvieron y hubo tiempo para que los chilenos recibiesen las
municiones.
Se
dice en uno de los partes que la gente de Vergara y Yávar atropelló y aun
ultimó algunos soldados del Navales, creyéndolos peruanos o bolivianos, pero
ocurrió en escala muy pequeña, en uno que otro caso aislado, y en cambio el
efecto moral de la arrogante embestida fue inmenso en el enemigo, el que desde
ese momento no avanzó más allá del punto en que se encontraba.
Desde
que la 3a División de Amunátegui entró en combate, revueltos
con los soldados de Amengual y de Barceló, la resistencia del enemigo declinó
notablemente. En ese segundo avance debe haber ocurrido el exterminio de
algunos cuerpos de Camacho, peruanos y bolivianos, entre estos últimos los
Colorados que, o no pudieron regresar oportunamente a sus líneas después de la
carga de los Granaderos o fueron cortados y fusilados. Antes de una hora, las
dianas saludaban la victoria definitiva en esta parte del frente.
Nada
resistió a esa segunda embestida y al ver a lo lejos a los soldados de la Gran
Reserva, acercándose, los aliados debieron decirse que si no habían podido
vencer a dos divisiones, menos podrían hacerlo ahora que entraban más tropas de
refresco.
En
esta parte del combate hubo algunos incidentes dignos de recuerdo, como la
acción para salvar a oficiales del Chillán — encabezados por su esforzado
comandante Vargas Pinochet —cortados por el enemigo, que de otra manera habrían
perecido inevitablemente; o para ahuyentar al enemigo que estaba a punto de
exterminar al abanderado del Coquimbo y a los miembros de su escolta, apiñados
a su alrededor formando pelotón.
En
ese final de la acción fue herido de gravedad el Coronel Camacho y una granada
destrozó al anciano General Pérez, jefe del Estado Mayor del Ejército
boliviano, quien falleció en Tacna pocos días después.
La
muerte de Camacho, pues tal se creyó en el primer momento, puso fin a la
resistencia en la sección del Ejército aliado que mandaba. La Caballería fue la
primera en emprender la fuga y sólo se veían fugitivos en el espacio
comprendido entre el campo de batalla y el cauce del Caplina.
Hasta
ahora hemos asistido al combate en la izquierda y centro aliada; falta conocer
lo ocurrido a la 4a División de Barboza, la que no encontró la
tenaz resistencia que hallaron las divisiones 1a y 2a.
Recordemos que Montero, a pedido del General Campero, se había deshecho de sus
reservas en favor de Camacho.
En
pequeña escala, Barboza ejecutó el movimiento táctico que inspiraba la
dirección general del combate: un ataque vigoroso al centro, combinado con
movimientos envolventes por los extremos. Cada cuerpo de infantería desempeñó
brillantemente su papel y el Cazadores del Desierto flanqueó la posición y
llegó hasta el fortín artillado, donde se encontró con el Atacama que ya
convergía hacia ese lado. Todas las posiciones de la Alianza fueron ocupadas
por los chilenos mientras el enemigo huía a la desbandada. La batalla estaba
ganada. Eran las 2.30 de la tarde.
Los
aliados huyeron en grupos dispersos. Los bolivianos hacia la altiplanicie por
el camino de Palca, Yarapalca, Corocoro; los peruanos por el de Arequipa,
pasando por Calientes, Tarata y Puno. Las fuerzas organizadas del Perú que
escaparon de la derrota, no excedían de 400 hombres, según se lo decía el
Prefecto Solar a Piérola. En cuanto a los partes de la batalla, los peruanos
están redactados para echar la responsabilidad de la derrota sobre el Ejército
boliviano. Por su parte, los jefes de Bolivia hicieron lo mismo a la inversa.
La historia no puede tomar partido en esas recriminaciones. Tanto los
bolivianos como los peruanos cumplieron igualmente con su deber. Los elogios
que la prensa chilena prodigó al Ejército de Bolivia y sus ofensas al del Perú,
fueron expresión de la tendencia que procuraba acercarnos al país del altiplano
por medio de exagerados halagos.
En
una carta escrita por el Coronel Velásquez a su esposa, desde Tacna, el 30 de
Mayo, se consignan impresiones que tienen el valor de lo vivido. Veamos algunos
de sus párrafos:
"La
1a y la 2a Divisiones, con sus guerrillas al
frente, emprendieron la marcha en son de ataque. A 400 metros de distancia se
rompió el fuego. Jamás he oído nada más tremendo. ¡Qué estruendo tan grande!
Diez y seis mil rifles lanzaban el rayo de la muerte en todas
direcciones.
Nuestros oficiales a la cabeza de sus soldados siguieron sin excepción ninguna,
siempre de frente. La 2a División de nuestro Ejército se
dirigió al centro del ejército enemigo, donde estaba su poder y sus mejores
parapetos naturales, no se detuvo un instante y aunque sus filas se disminuían
considerablemente, siguió su intrépida marcha que culminó con la
victoria...
Para qué le digo el papel brillante que desempeñó nuestra Artillería ¡Hizo
prodigios! Los extranjeros en Tacna están sorprendidos de nuestra artillería y
los peruanos dicen: "¡Qué gracia, pues; por eso ganan los chilenos!"
Las
divisiones chilenas 1a, 2a y 3a, que
soportaron el mayor peso de la batalla, tuvieron un terrible cuadro de bajas.
De sus 6.500 hombres quedaron fuera de combate, entre muertos y heridos, 1.639,
es decir, casi el 30%. La 4a División tuvo el 15% de bajas. La
Reserva General, 17 heridos y ningún muerto.
El
Perú perdió en el Campo de la Alianza 185 oficiales, entre muertos y heridos,
de Coronel a Subteniente. Las pérdidas de tropa guardan relación con esta
cifra.
El
botín de guerra fue grande: 10 cañones, 5 ametralladoras, muchos rifles
-Velásquez dice 3.000- y un abundante parque de municiones de infantería y
artillería.
La
persecución de los fugitivos emprendida por la caballería no produjo
resultados. Como fuera recibida a balazos por los rezagados atrincherados en
fuertes posiciones, más allá de Tacna, regresaron comunicando que en Pachia
debía haber una parte considerable del Ejército aliado. Baquedano organizó
entonces una fuerte división en contra de lo que resultó ser un Ejército
imaginario.
* *
* *
Tal
fue la batalla de Tacna en sus principales líneas.
De
grandes consecuencias y una de las mayores libradas en Sudamérica por el número
de combatientes. Pocas veces en la historia se habrá presentado un esfuerzo
mayor en relación con los medios y pocas veces un Ejército habrá dado pruebas
de mayor energía que la que reveló el de Chile, venciendo el desierto tórrido y
seco hasta la desesperación. El combate no reviste sus verdaderas proporciones
sino cuando se medita en la situación de los aliados, en la fortaleza de sus
líneas, y entonces adquiere todo su relieve la pujanza de los 6.500 reclutas
que arrollaron todos los obstáculos, sin que interviniera la reserva y sólo
parte de la caballería.
La
noticia del combate fue recibida de diversa manera en los países en lucha.
Bolivia
aceptó la situación con dignidad. No pretendió ocultar la derrota ni sus graves
consecuencias. Campero tuvo un gesto de hombre de bien diciéndole a su país que
había sido completamente vencido. Bolivia se mantuvo tranquila, dando un
ejemplo de civismo como pocos pueblos latinos lo darían en un caso análogo.
Aunque sumida en profundo dolor, derramando lágrimas sus convencionales, de lo
cual hay testimonio en las actas de las sesiones, no se oyó un reproche contra
el Ejército vencido, ni contra el General en Jefe; ni salieron los tácticos a
ganar la batalla después de perdida, sino que noblemente la Convención renovó
su confianza a Campero, eligiéndolo Presidente de la República. Una nación que
da tan alto ejemplo de patriotismo es digna de respeto.
En
el Perú no sucedió lo mismo. Piérola proclamó a la nación diciéndole que el
Ejército del Sur había sido vencido por haber manifestado demasiado ímpetu; que
la victoria era una calamidad para Chile, pues quedaba exhausto, y continuaba
así:
"Nuestros
recursos están intactos; los de ellos agotados. Han jugado en un golpe de
fortuna que les es completamente mortal, que los postra y nos hace levantarnos
más vigorosos y resueltos que antes".
En
Chile ocurrió algo muy extraño.
En
Santiago se recibieron los primeros boletines de la victoria el 29 de Mayo, por
un lacónico despacho del General en Jefe, escrito el 26, y una carta de Lira a
Lynch, de igual fecha, cuyo extracto se envió por telégrafo, y todo lo cual
produjo un entusiasmo inmenso. El Palacio Presidencial se llenó de gente y en
sus salones se oían aplausos y sollozos, caras alegres y rostros cubiertos de
lágrimas. Pero tres días después, el Io de Junio, llegaron las noticias de
Vergara, desde Iquique, donde había llegado de regreso a Chile, resumiendo así
la situación: Se había ocupado Tacna, después de un recio combate en el que la
Artillería y la Caballería habían tenido poca parte, y ninguna la reserva
veterana; que los aliados se habían retirado a Pachia y que la campaña estaba
lejos de terminada, no habiéndose hecho ni un solo prisionero; que la situación
era delicada y requería mucha cautela.
El
telegrama de Vergara cayó como una ducha fría y se exageró su alcance,
interpretándolo como que estacamos derrotados, se llegó a comentar, incluso,
que la batalla de Tacna había sido un nuevo Tarapacá. La opinión pública se
perturbó y una alarma intensa sucedió a las expansiones del primer momento. Se
creyó que el abandono del Campo de la Alianza por el enemigo se había hecho con
fines estratégicos, con ulteriores consecuencias. Felizmente el 6 de Junio,
Lynch transmitió por telégrafo una carta de Velásquez con detalles completos de
la batalla y todo se aclaró.
Ocupada
Tacna, cerciorado Baquedano de que la Alianza no conservaba de su antiguo
Ejército sino pequeños restos dispersos, hubo de pensar en Arica, plaza fuerte
bien guarnecida que obstruía su comunicación con Chile. Se decidió un ataque
violento y se nombró para hacerlo al Coronel Pedro Lagos.
Arica
era una aldea de pocos habitantes, asolada por fiebres malignas. Los blancos
eran las víctimas preferidas de las tercianas, así es que los principales
trabajos los desempeñaban negros. Como posición militar era formidable. La
ciudad se presenta recostada al pie de un espolón desprendido de los
contrafuertes de los Andes que llegan al Océano en un punto llamado el Morro,
cuyas paredes son acantiladas por el oeste y muy paradas por el norte y sur. En
el lomo de ese espolón se alzaban tres fuertes: uno llamado del Este, el otro
del Centinela y el tercero, el más formidable, del Morro. En la cima existía un
espacio suficiente para la instrucción de un batallón o regimiento, guarnecido
con cañones, algunos de los cuales eran giratorios y defendían la ciudad y sus
accesos.
La
defensa del este descansaba en zanjas y reductos colocados en situaciones
dominantes. El suelo estaba sembrado de bombas automáticas. Todos los fuertes
mantenían grandes depósitos de dinamita, unidos entre sí con alambres
eléctricos para que estallaran uno detrás del otro, obra del ingeniero don
Teodoro Elmore. La oficina central de la red estaba en el Hospital que
desplegaba la bandera de la Cruz Roja, lo que permitía al operador proceder con
calma y seguridad. Había además, en el bajo, otros tres fuertes: el Santa Rosa,
el San José y el Dos de Mayo.
Cada
uno de los fuertes del alto tenía su guarnición propia y un total de 11
cañones. Junto a los artilleros estaban los otros defensores de la plaza, unos
1.500 hombres de las Divisiones de Infantería N° 7 y 8, mandadas por el Coronel
Alfonso Ugarte, a los que había que agregar los tripulantes del monitor Manco;
en total unos 2.000 hombres. Jefe de Arica era el Coronel Francisco Bolognesi y
a cargo del fuerte el Morro estaba Moore, quien había sido Comandante de la
Independencia. A la cabeza de uno de los batallones de la 7a. división se
encontraba el Teniente Coronel Roque Sáenz Peña, distinguido político
argentino.
Estos
hombres y los demás oficiales que les acompañaban son dignos del respeto del
adversario y de la gratitud de sus conciudadanos. Entre ellos merece una
mención especial Bolognesi, un gran patriota con la característica de los
hombres superiores. No salen de su boca ni de su pluma palabras destempladas,
ni baladronadas pueriles. Es culto y atento con el enemigo.
Bolognesi
no supo en el primer momento lo ocurrido en el Campo de la Alianza, pues el
telégrafo a Tacna estaba cortado. Luego vinieron algunos dispersos que
comunicaron la retirada de Montero a Pachia, con parte considerable del
Ejército. Pero algo sospechó al ver los buques bloqueadores, al mando de
Latorre, de gran empavesado, en celebración del triunfo.
Cerciorado
el General Baquedano, por Lagos, de que no había gente en Pachia, dispuso que
las tropas de la Gran Reserva se trasladasen a Arica.
Nicolás de Piérola
La
avanzada de estas fuerzas, compuesta por Carabineros de Yungay N° 2 y por
Cazadores a Caballo, al mando del Comandante Vargas, tuvo dificultades al
llegar al río Azufre, por la vía frecuentada entre Tacna y Arica. Reventaron
dos minas y murieron algunos hombres, pero se tomó prisioneros a dos de las
personas que las manejaban, entre ellos al ingeniero Elmore, cayendo en poder
de los chilenos el plano de las minas y de las conexiones eléctricas. El 2 de
Junio llegó al mismo sitio el resto de las fuerzas.
Baquedano
y Velásquez opinaron en un principio que en vista de que las posiciones
enemigas estaban minadas, no valía la pena perder gente en un ataque y se dio
la orden de bombardearlas, creyendo que eso bastaría para que se rindieran, sin
lograrlo.
Contralmirante Lizardo Montero
Baquedano
envió entonces como emisario a solicitar la rendición al Comandante de
Artillería, Salvo. Bolognesi le contestó: "Resistiremos hasta quemar el
último cartucho". Falló, asimismo, otra gestión mediadora a través de
Elmore.
El 6
de Junio se bombardeó nuevamente los fuertes, con el mismo resultado negativo,
y se envió a una compañía del Buin desplegada en guerrilla. Bolognesi
interpretó esta acción de reconocimiento como la decisión chilena de atacar a
los fuertes del bajo. En vista de ello, debilitó el alto y dio la orden de
bajar al plan a los batallones de la División N° 8, sacándola del espolón hacia
el este, donde quedó sólo la 7a.
No
hubo plan preparado para tomarse Arica. El General en Jefe se limitó a ordenar
al Coronel Pedro Lagos que lo hiciera, sin indicarle cómo, poniendo a sus
órdenes una división. Era un pie forzado y el Coronel temió que, ante
cualquiera observación suya, Baquedano confiara a otro la dirección del ataque.
Pero las municiones eran escasas y alcanzaban a los 150 tiros por hombre. Lagos
se dijo: un ataque regular exige varias horas de combate y para eso no tengo
municiones; estoy, pues, obligado a usar de preferencia la bayoneta y la
sorpresa.
En
carta del 11 de Julio de 1880, dice el Coronel Lagos:
"Sin
auxilio alguno y con 150 cartuchos por soldado, podía combatir solamente hora y
media. El Cuartel General se hallaba en Río Azufre, a más de dos leguas de los
fuertes que se me había encargado tomar... Preciso era arriesgarlo todo a un
golpe audaz: la bayoneta al amanecer"
El
Coronel Pedro Lagos es una alta personalidad de la historia militar de Chile.
Representaba el valor audaz, la malicia, la inteligencia nativa. Como hombre de
guerra, tuvo cualidades sobresalientes. Era de una vigilancia extraordinaria y
como jefe de cuerpo tenía características notables. Sabía inspirar al soldado
una confianza ciega y conservar sobre el oficial la superioridad del que se
hace amar y respetar. Tenía Lagos gran ojo militar. Sabía percibir ese momento
pasajero en que cruje el sólido edificio que se ataca y entonces redoblaba la
acción implacable y decisiva. En el Perú se le juzgó como hombre despiadado y
cruel, pero era todo lo contrario: naturaleza flexible, dócil a la influencia
de la amistad y a la más ligera presión de justicia.
El
ataque se dispuso en esta forma. Un regimiento caería de sorpresa sobre el
fuerte Este y otro sobre el fuerte Ciudadela. Este segundo cuerpo debía
apoderarse del fuerte mismo y de las zanjas y reductos que iban desde ahí al
fuerte del Morro.
El
Coronel Arias cuidaba el fuerte Ciudadela con el batallón Artesanos de Tacna y
el Coronel Inclán, el del Este, con los Granaderos del Cuzco.
A la
medianoche, las fuerzas de Lagos se trasladaron de campamento, dejando los
fuegos encendidos en el que abandonaban.
Caminaban
sin hablar, cuidando cada cual de oprimir con la mano la cartuchera para no
hacer ruido. Llegando a poco más de un kilómetro de su objetivo, la división se
bifurcó, tomando una parte de ella al fuerte del Este y la otra, al Ciudadela.
Lagos eligió al 4° Regimiento para el primer cometido y sorteó con una moneda
cual atacaría al Ciudadela: le correspondió al 3°. El Buin quedó, pues, de
reserva.
Así
permanecieron los cuerpos hasta la alborada del 7 de Julio. Cuando la
semiclaridad de las primeras luces matinales empezaba a disipar la neblina de
la costa, cada regimiento reanudó la marcha, agazapado, tomando infinitas
precauciones para no ser visto u oído.
Los
centinelas del Ciudadela sintieron rumor e hicieron fuego. El Regimiento N° 3,
al verse sorprendido, emprendió el asalto a la carrera bajo una lluvia de
balas. Mandaban sus dos batallones el Comandante Juan José San Martín y el
Comandante Luis Soto Zaldívar. Una vez junto a las murallas de sacos, usando
yataganes y cuchillos, se les vació la arena y los soldados se precipitaron al
recinto minado. El primero en escalar y arriar el pabellón enemigo fue el
Subteniente José Ignacio López. Entonces el suelo crujió con dos formidables
estallidos de dinamita que hicieron volar por el aire a una parte de los
ocupantes, tanto atacantes como defensores, trabados en lucha. El momento fue
horrible y los asaltantes, al ver los despojos sangrientos de sus compañeros,
se precipitaron como fieras bravías contra los defensores del recinto y los
pasaron a cuchillo. En vano los jefes hacían tocar a los cornetas "¡Cesar
el fuego!" Nadie oía la voz de clemencia y entre las víctimas figuró el
Coronel Arias. La fortaleza estaba tomada.
Lo
mismo ocurrió en el fuerte del Este.
La
marcha del Regimiento N° 4 fue sentida y la guarnición que dirigía el Coronel
Inclán rompió sus fuegos contra él. La tropa chilena emprendió el asalto a la
carrera, dejando muchos muertos y heridos. La resistencia fue aquí menor que en
el Ciudadela. La guarnición también era menor y se retiró a los reductos que
protegían la entrada del fuerte del Morro. Inclán murió defendiendo su puesto.
Entretanto,
Bolognesi había mandado llamar a Ugarte y a su 8a División,
quienes, recién llegados a los fuertes del bajo, iniciaron el regreso, subiendo
por un estrecho sendero. Esto fue aprovechado por el Regimiento Lautaro que,
con Barboza a la cabeza, se tomaron dichos fuertes con poca dificultad.
Cuando
los soldados del Regimiento N° 4 estaban en el recinto amurallado del fuerte
Este, se oyó un grito que no se sabe quién lo dio: "¡Al Morro, muchachos!
La tropa, olvidándose de la orden recibida, que era esperar al Buin, se
precipitó por el sendero fortificado que conducía a aquel punto, uniéndoseles
en el camino soldados del Regimiento 3º. Así llegaron, saltando por sobre las
minas, a las primeras trincheras, en medio de una lluvia de balas y, ora con
sus rifles, ora a la bayoneta, las fueron forzando todas una tras otra,
encontrándose pronto a las puertas del fuerte del Morro, en cuya plazoleta
ondeaba la última bandera del Perú. Lo que ahí pasó está muy bien relatado por
el Coronel Espinosa, comandante de las baterías, en el parte dirigido al Jefe
del Estado Mayor del Perú:
"Mientras
tanto, la tropa que tenía su rifle en estado de servicio seguía haciendo fuego
en retirada, hasta que los enemigos invadieron el recinto (del Morro), haciendo
descargas sobre los pocos que quedaban allí. En esta situación llegaron a la
batería el señor Coronel Francisco Bolognesi, Jefe de la plaza; el Coronel don
Alfonso Ugarte; US.; el Teniente Coronel Roque Sáenz Peña, que venía herido; el
Sargento Mayor Armando Blondel y otros que no recuerdo, y como ya era inútil
toda resistencia, ordenó el señor Comandante General que se suspendiesen los
fuegos, lo que no pudiendo conseguirse de viva voz fue el señor Coronel Ugarte
personalmente a ordenarlo a los que disparaban sus armas al otro lado del
cuartel, en donde dicho jefe fue muerto.
A la vez que tenían lugar estos acontecimientos, las tropas enemigas disparaban
sus armas sobre nosotros y encontrándonos reunidos los señores Coronel
Bolognesi, Capitán de Navío Moore, Teniente Coronel Sáenz Peña, US., el que
suscribe y algunos oficiales de esta batería, vinieron .aquéllos sobre nosotros
y a pesar de haberse suspendido los fuegos por nuestra parte, nos hicieron
descargas de las que resultaron muertos el señor comandante General Bolognesi y
el Capitán Moore, habiendo salvado los demás por la presencia de oficiales que
nos hicieron prisioneros".
Cuando
la bandera chilena se alzó en el Morro, el Comandante Sánchez Lagomarcino,
Capitán del Manco, abriendo las válvulas del monitor lo hundió en el mar,
"con sus pabellones al asta".
* *
* *
La
historia americana ofrece pocos hechos más heroicos que el Asalto y Toma del
Morro del Arica.
No
sólo la de Chile, sino la de cualquier país del mundo podrían enorgullecerse de
ella. Reloj en mano, los regimientos tardaron 55 minutos desde que partieron
agazapados de sus campamentos hasta que clavaron sus banderas victoriosas en el
Morro. Se ha hecho la prueba de recorrer esa distancia al tranco del caballo y
se ha empleado más tiempo que el que tardaron los chilenos en rendir todas las
trincheras. El Buin, que esperaba el momento de entrar en acción, se vio
defraudado en sus esperanzas, porque la precipitación de la vanguardia le
arrebató su parte de gloria.
Se
ha imputado al Ejército chileno una crueldad inhumana, haciéndola extensiva a
los jefes, por la matanza en los fuertes Ciudadela y el Morro, como si hubiera
habido la consigna de no hacer prisioneros. Más lo que allí ocurrió es
imputable únicamente al carácter desordenado del ataque y a la excitación de la
dinamita. Lo que no tiene explicación para la historia es el fusilamiento
inhumano de algunos soldados peruanos acorralados en la plazoleta de la iglesia
de Arica. Nunca se ha sabido quien dio semejante orden o si los soldados
procedieron por impulso propio, enfurecidos como estaban por el estallido de
las minas.
Ha
pasado ya suficientemente el tiempo, apagador de las pasiones, para que tanto
en el Perú como en Chile se rinda justo homenaje de admiración a vencedores y
vencidos. Y así como el recuerdo de esta portentosa hazaña será siempre un
timbre de orgullo para los chilenos, fue una acción honrosa para los defensores
de la plaza, que pelearon por dar al Perú una tradición y un ejemplo. Bolognesi
y compañeros se constituyeron en los últimos defensores de su Patria en el
departamento de Moquegua y lucharon en el último pedazo de tierra firme que les
era permitido pisar.
El
enemigo perdió ese día entre 700 y 750 hombres, y los chilenos, entre muertos y
heridos, 473. Los prisioneros peruanos fueron 1.328.
A
consecuencia de estos triunfos, se recuperó el estandarte que el Regimiento N°2
había perdido en Tarapacá. Se le encontró en la sacristía de la iglesia de San
Ramón, en Tacna, revuelto con otros objetos en un cajón. Pero el General
Baquedano no devolvió inmediatamente el estandarte al regimiento mencionado,
sino más adelante en Lurín, para que lo ennobleciera en los combates memorables
que se libraron en las puertas de Lima.
La
campaña del departamento de Moquegua es la más gloriosa de la Guerra del
Pacífico. Sólo una gran voluntad, una consagración patriótica, pudo llevarla
adelante. Todo fue bien combinado. Los movimientos militares obedecieron a un
plan lógico, nada se entregó al acaso. Cada paso que se daba se hacía sin
precipitación, midiendo su alcance. Esta fue la obra de Sotomayor. No
intervenía en las operaciones militares activas, pero no se despojó jamás de la
dirección superior.
La
autoridad militar hace una fuerte curva en el gráfico de la campaña. Deprimida
al principio por las vacilaciones del Cuartel General, se levanta con Baquedano
y llega a su máximum de preponderancia con la muerte de Sotomayor. Entonces
desecha la intervención civil que le agrega el Gobierno y asume sola la
responsabilidad de las operaciones que tienen su desenlace en Tacna y en Arica.
No
podría hacer el mismo elogio de la intervención gubernativa en la parte
militar, ni en la eficacia de sus planes, ni tampoco del criterio político que
inspiró sus resoluciones en ésta y en la anterior campaña.
Si
el cuadro gubernamental tiene sombras, la obra del Ejército es admirable. Puede
discutirse el plan táctico de la batalla de Tacna; puede creerse que hubo
exagerada audacia en el asalto de Los Ángeles pero lo que nadie pondrá en duda
es que se cubrieron de gloria los que cruzaron el desierto, los que arrollaron
las líneas de Tacna y asaltaron los reductos de Arica. Y ese mérito se aquilata
más cuando se considera que ese Ejército era la nación en armas; que el oficial
había cerrado una botica o salido de un mostrador para ingresar a las filas, y
el soldado era el labriego de los campos, el minero de los cerros, el jornalero
pacífico de las ciudades. Entonces la acción de aquel Ejército aparece en su
verdadero carácter, como la expresión de un pueblo fuerte, forjado en el yunque
de la guerra secular que sus antepasados sostuvieron contra los primitivos
dueños de su suelo.
Capítulo 17
El gobierno de Chile y la campaña de Lima
Después
de las grandes derrotas del departamento de Moquegua, Piérola dirigió una
proclama al Perú, ofreciéndole mantener a toda costa la integridad nacional,
documento que revelaba la resolución inquebrantable de no dejarse abatir por el
infortunio.
Lima
vivió desde Junio en adelante en estado de sitio. Para salir de la ciudad se
requería pasaporte. Se fabricaron cañones y el Gobierno, empobrecido, sin
crédito, hizo grandes sacrificios para proporcionar vestuario al Ejército en
vías de reorganización. Piérola impuso una contribución extraordinaria y la
Iglesia aportó generosamente cuantiosos tesoros.
Era
un problema arduo dotar de armamento moderno a ese Ejército. Lo había sido para
Chile, cuánto más no lo sería para el Perú, que estaba pobre, vencido. Cuestión
de dinero, por cierto, pero ¿cómo traer el armamento hasta puertos peruanos? No
había sino una vía: Panamá.
En
Bolivia parecía dominar la resolución de continuar la guerra a todo trance. Sin
embargo, ya se empieza a diseñar la influencia de una corriente favorable a la
terminación de la lucha. En efecto, la Convención, junto con designar
Presidente de la República a Campero, nombró Vicepresidente a Aniceto Arce,
quien representaba, igual que el propio Presidente de la Convención, Mariano
Baptista, una posición adversa a la Alianza.
Hubo
por esos días una iniciativa peruana de gran importancia: reunir al Perú y a
Bolivia en un solo Estado, restableciendo la Confederación Perú-Boliviana. El
11 de Junio de 1880 se firmaron los protocolos respectivos, luego de
negociaciones entre el Ministro de Relaciones Exteriores en ejercicio de Perú,
Pedro José Calderón, y el Ministro de Estado de Bolivia, Melchor Terrazas.
Luego, fueron presentados estos documentos al Consejo de Estado del Perú por el
Presidente Piérola.
Lo
que se disponía era el régimen federal, copiado del vigente en los Estados
Unidos, y se daba al nuevo Estado el nombre de Estados Unidos Perú-Bolivianos.
Jefe Supremo sería el Presidente de cada país, alternándose. Tacna se unía a
Oruro y Tarapacá a Potosí, en calidad de departamentos, dando así a Bolivia una
semi soberanía sobre el Pacífico.
Todo
no pasó de un proyecto. Los acontecimientos militares de Arica deshicieron el
castillo de naipes construido en Lima.
* *
* *
En
Chile se habían formado nuevamente dos tendencias. Una de ellas, la popular, se
inclinaba por la prosecución de la campaña con el objeto de apoderase de Lima;
la otra, representada por el Presidente y círculos oficiales, creía que estando
Chile en posesión de todo lo que necesitaba como seguridad propia, había
llegado el momento de deslizar al oído del Perú una palabra de paz, por medio
de los Gobiernos amigos.
Luego
del triunfo de Arica el diputado Carlos Walker Martínez presentó un proyecto de
acuerdo acerca de la necesidad de continuar las acciones hasta Lima. Se siguió
un agitado debate que significó una advertencia al Gobierno sobre el rumbo que
debía imprimir a la guerra.
El
Ministerio estaba quebrantado por disidencias interna y no había cordialidad
entre sus miembros. La causa principal era la candidatura de Santa María a la
Presidencia de la República mirada con desapego por la mayoría de los
Ministros. Terminada la campaña de Tacna, se produjo la crisis total del
Gabinete y el nuevo Ministerio se organizó así: Interior, Manuel Recabarren;
Relaciones Exteriores, Melquíades Valderrama; Hacienda, José Alfonso; Justicia
e Instrucción, Manuel García de la Huerta; Guerra y Marina, Eusebio Lillo.
Este
Ministerio representaba la voluntad del Presidente de evitar la expedición a
Lima y tres de sus miembros habían sido designados por Santa María: Alfonso,
García de la Huerta y Eusebio Lillo. Este último no aceptó y hubo de ser
reemplazado por José Francis Vergara, a mediados de julio. A Lillo se le
designó delegado gubernativo ante el Ejército y la Marina, con mucho agrado del
General Baquedano.
Varias
veces ha aparecido el nombre Lillo en estas páginas, persona indicada para ser
el intermediario de la "política boliviana" que en Santiago se
pregonaba con tanto afán. Había residido largos años en Bolivia, ganándose la
consideración de ese país. Relacionado con la mejor sociedad boliviana, se
entregó de corazón a la política de aproximación de ambos pueblos. Mezcla
generosa de idealismo, de sencillez y de valor personal, Eusebio Lillo, el
autor de las estrofas de nuestra Canción Nacional, tiene un conjunto moral muy
atrayente. Al radicarse en Tacna hará de esta población el foco de la
"política boliviana".
El
nombramiento de Vergara como Ministro de Guerra y Marina, propiciado por Santa
María, de cuya candidatura era adalid, produjo sensación. Pero don José
Francisco se encontraba en el momento más difícil de su agitada vida de
servidor público, y hasta sus amigos habían criticado su retiro de Tacna
inmediatamente después de la batalla.
Su
situación personal con el General Baquedano era asimismo difícil, igual que con
el Coronel Velásquez, debido a las declaraciones de Vergara sobre la batalla de
Tacna, tanto en Iquique como en Santiago. El primer arranque de ambos fue
renunciar indeclinablemente, pero luego se serenaron los ánimos.
La
resolución sobre la campaña de Lima es un episodio notable de historia política
y parlamentaria. La cuestión versará sobre un punto de apreciación: el saber si
la expedición a Lima facilitaba la paz. La lucha será apasionada y los
sostenedores de la opinión contraria a la del Gobierno serán motejados con
epítetos denigrantes. Recuerdo que todo el elemento oficial estaba confabulado
en contra de la expedición de Lima y no encuentro en la correspondencia de los
hombres públicos de alguna talla, cercanos al Gobierno, sino rarísimas
excepciones a esta uniformidad.
Baquedano
y su Cuartel General eran decididos partidarios de la campaña y así se lo
escribió al Presidente Pinto. Este, tratando de desalentarlo, le pidió un
detalle de los elementos navales y terrestres que necesitaba y un plan de
campaña. Baquedano creía que le bastaban 18.000 hombres para tomar Lima y 4.000
para defender Tacna y Arica. Pinto pensaba que no podían ser menos de 20 a
25.000 y otros 10.000 para defender Tacna, Arica, Tarapacá y Antofagasta, más
otros 10.000 de reserva. En la campaña de Lima se jugaba todo lo adquirido en
las anteriores. ¿Por qué se oponía Pinto a la campaña de Lima? Porque, en mi
concepto, no tenía confianza en la dirección del Ejército asumida por Baquedano
y, entre los civiles, no hallaba quien pudiera reemplazar a Sotomayor. Además,
Pinto estaba convencido de que la expedición a Lima era estéril y cara, porque
Piérola podía retirarse a la Sierra —como lo hicieron sus antecesores en 1820 y
1838— y porque exigía el desembolso de millones de pesos que el país no tenía.
Volvió
el debate al Congreso y uno de los diputados que más se distinguió en sus
ataques al Gobierno fue José Manuel Balmaceda.
Luego
de afirmar que "la paz está en Lima o no está en ninguna parte" y de
que "no podemos permanecer con el arma al brazo sufriendo todos los
gravámenes de la guerra, sin recoger ninguna de sus ventajas", el
elocuente orador hizo las siguientes apreciaciones sobre la "política
boliviana":
"¿Irá
Bolivia a la paz? Es probable y casi seguro que no volverá a la pelea, pero no
es probable ni es seguro que vaya por el momento a la paz No vendría sin serios
entorpecimientos internos a ponerse entre el Perú y Chile a servir su solo
interés y el de Chile. Esperará el aniquilamiento de su aliado en Lima para
pensar en su propia autonomía y existencia. Entonces, y sólo entonces, será el
momento decisivo con Bolivia. Cuando esta nación vea que es inútil toda
resistencia de parte del Perú, creerá sin rubor que es inútil toda postergación
de paz e irá a ella pensando en su propia situación. Ese es su más legítimo
derecho y llegará a él con el asentimiento del mundo culto. Discurrir de otra
manera es abrir ilusiones".
En
las sesiones siguientes intervino el nuevo Ministro de Guerra y Marina, José
Francisco Vergara, quien acorralado por las interpelaciones, especialmente de
Balmaceda, no pudo dejar de hacer una declaración comprometedora para el
Gobierno: "Atacaremos al enemigo donde esté; en Lima, si allí
estuviese".
Pinto,
que había resistido con tanto vigor a la expedición, se sometió al hecho
consumado. El último en rendirse a la voluntad popular fue Santa María.
Así
terminó esta memorable lucha de opiniones entre el Gobierno y el país. No podía
ponerse fin a la Guerra del Pacífico, de un modo satisfactorio para Chile, sino
ocupando Lima. El Perú no se sometería a la amputación de la parte más valiosa
de su suelo, sino cuando estuviera dominado en todas sus partes vitales.
Había
que afrontar la nueva lucha sin omitir sacrificios
Capítulo 18
Política internacional de la guerra. Conferencia de Arica
A
raíz de la declaración de guerra, el Gobierno de Chile acreditó Ministros
diplomáticos en el Ecuador, Joaquín Godoy; en Colombia, Domingo Godoy,
reemplazado luego por Francisco Valdés como Encargado de Negocios; en
Argentina, José Manuel Balmaceda; en Brasil, José Victorino Lastarria; en
Estados Unidos, Francisco Solano Astaburuaga.
En
el Ecuador se percibían dos tendencias: la de Guayaquil, favorable al Perú, y
la de Quito, contraria. La primera, en razón de las relaciones comerciales. En
cuanto a la amistad que nos manifestaba la población quiteña, de ella no
participaba el Gobierno ecuatoriano, presidido por el Dictador, General José
Ignacio Veintimilla. Debe reconocerse, sin embargo, que ese Gobierno cumplió
con estrictez los deberes de la neutralidad.
El
Ministro de Chile, en Colombia, Domingo Godoy, fue apresado en el Callao a su
paso a Bogotá, y debió reemplazarlo, como dije, Francisco Valdés Vergara, en
calidad de Encargado de Negocios. Su papel era difícil: impedir que continuaran
pasando por Panamá cargamentos bélicos destinados al Perú. Como en Bogotá
residía el Ejecutivo de la Confederación, se creía más fácil actuar ante él. De
nada valieron las gestiones del diplomático chileno y no solamente continuó el
tráfico de armas, sino que más de una vez los buques peruanos los cargaron en
aguas colombianas.
En
los meses que precedieron a la Guerra del Pacífico, las relaciones de Chile y
de la Argentina se encontraban en un pie sumamente difícil, a causa del litigio
sobre la propiedad de la Patagonia, del Estrecho de Magallanes y de las islas
de la parte más meridional del continente americano. El Presidente Manuel Montt
firmó con Argentina el Tratado de 1856, obligándose a someter la cuestión a la
decisión de un árbitro, pero el debate tenía enardecidos los ánimos en la época
de la Guerra del Pacífico.
Los
años 1877 y 1878 se oyó hablar mucho de guerra y si se evitó fue porque la
Argentina carecía de una escuadra capaz de medirse con la de Chile. Vino
entonces la convención Fierro-Sarraeta de 1878 por el cual se aceptó el
siguiente modus vivendi:Chile continuaría ejerciendo por algún
tiempo jurisdicción en Estrecho de Magallanes e islas adyacentes y la Argentina
en las costas e islas del Atlántico.
Esta
era la situación en Abril de 1879, fecha de la llegada Balmaceda a Buenos
Aires, donde Perú estaba representadoAníbal Víctor de la Torre. El Gobierno de
Argentina quería aprovecharse entonces de los apuros de Chile y, antes de
adoptar resoluciones extremas, citó a una reunión de notables para exponerles
la situación y pedirles consejo. Concurrieron Mitre, Sarmiento, Rawson, el
Vicepresidente Costa y el Ministro Relaciones Exteriores Montes de Oca. Se
resolvió dejar pendiente el asunto por 10 ó 12 años, a petición de Mitre y de
Sarmiento ¡"pues en esa época la República Argentina sería tan poderosa
que ninguna nación de América podría hacerle frente"! Sin perjuicio de la
anterior, en las sesiones del 13 y del 14 de Mayo, el Senado autorizó al
Ejecutivo para adquirir dos acorazados, 40.000 fusiles Remington y 5.000 a
6.000 carabinas. El 21 de Mayo de 1879 perdió el Perú su poder naval y
Argentina se dio cuenta que equilibrio en su favor se había alterado.
Por
esos días las negociaciones diplomáticas para lograr adhesión de Argentina al
Tratado Secreto de 1873 que, como vimos en su oportunidad, se habían
suspendido, se reanudaron Buenos Aires por el Ministro De la Torre, aunque sin
resultado. Hubo también conversaciones para que Bolivia entregara Argentina los
territorios situados en la costa del Pacífico, entre paralelos 24° y 27°, a
trueque de que se incorporase a la Alianza: Era, por supuesto, una idea
peruana. En correspondencia de De Torre, a su Gobierno, del 26 de Abril de
1879, se da una opinión contraria a esa posibilidad. Veamos uno de sus
párrafos:
"...considero
demasiado grave la cesión que se pretende, pues con ella la República Argentina
vendría a ser dentro de pocos años una nación tan poderosa destruiría por
completo el equilibrio continental. Respecto al Perú, necesitaría en tal caso
los departamentos de La Paz, Oruro y Cochabamba en el sur y de Guayaquil en el
norte, a fin de mantener de algún modo el equilibrio sudamericano…"
Piérola
renovó en Enero de 1880, a través del nuevo Ministro peruano en Buenos Aires,
Evaristo Gómez Sánchez, el ofrecimiento de "la parte de territorio que el
General Melgarejo cedió a Q por el pacto de límites de 1866". Esta
comisión encontró en camino las mismas dificultades que la anterior.
El
temor al Brasil fue otra de las razones que moderó la política belicosa de la
Argentina.
La
simpatía del Emperador don Pedro II y de la opinión pública eran en favor de
Chile. Estaba acreditado como Ministro en Río de Janeiro, según vimos, José
Victorino Lastarria. El Perú tenía a José Antonio Lavalle., ex Ministro en
Santiago, cuya misión se hizo difícil. Luego de una conversación con el
Emperador, a quien encuentra "terco, aferrado a sus ideas y disputador
para sostenerlas", Lavalle resume al Gobierno en Lima la posición
brasileña en nota del 4 de Noviembre de 1879:
"Observé
en Su Majestad lo siguiente:
1° que está fuertemente prevenido en favor de Chile;
2º que cree que Bolivia obró mal en poner impuesto al salitre que se explotaba
en su territorio;
3º que juzga que Chile estuvo en su derecho al declarar caduco su Tratado con
Bolivia y ocupar el territorio en disputa, aunque no ha debido emplear la
palabra reivindicación;
4º que nosotros, desde el momento que teníamos un Tratado secreto con Bolivia
que podía llevarnos a la guerra, debíamos haber vigilado muy de cerca sus
procedimientos y evitado que tomase medidas que pudiesen producir una guerra.
Al
barón de Cabo Frió, Director General de Relaciones Exteriores, Lavalle lo trata
en su correspondencia de "esfinge animada, logogrifo viviente, hipócrita,
falso, incapaz de ir nunca por el camino recto, meticuloso, formalista,
quisquilloso, hombre que no tiene palabra mala ni obra buena".
Las
conversaciones de Lavalle son sabrosas. Interrogado por el Emperador, después
de los combates de Tacna y Arica, sobre cuándo terminaría la guerra, le
contestó: "Cuando los chilenos tomen Arequipa primero, Lima después,
Trujillo más tarde y el Gobierno del Perú esté establecido en la frontera de
Vuestra Majestad".
Y el
Emperador como hombre de mundo le dijo: "Me gusta, me gusta ver que Ud. no
se desanima".
Al
barón de Cabo Frío le contestó, ante una pregunta semejante: "la paz se
hará cuando hayamos expelido el último chileno del territorio de la Alianza o
cuando haya desaparecido el último peruano".
Lavalle
en el Brasil no es el mismo hombre que en Chile. En Río de Janeiro pierde en
absoluto el compás, se enfurece y deja la impresión de sus disgustos en todos
sus juicios y conceptos. Y no es que la diplomacia chilena le hubiera
conquistado el terreno. Al contrario, Lastarria se ha preocupado muy poco de su
misión en Brasil y no era grato al Emperador, quien sabía que su pluma
republicana y liberal había llamado al Imperio brasileño ¡un borrón en América!
En
la época que abraza esta historia, Chile tenía en Europa una sola Legación,
acreditada en París y Londres, a cuyo frente se encontraba desde hacía algunos
años el escritor Alberto Blest Gana. Era su Secretario Carlos Morla Vicuña.
Una
de las principales obligaciones de Blest Gana fue la compra de armas y
municiones, cañones y demás artículos militares. Otra, la de impedir que el
Perú adquiriese buques de guerra. En esta materia tuvo éxito cuando logró
evitar que el acorazado La Gloire fuera vendido al Perú a través de Nicaragua.
Más difícil fue el caso del acorazado turco Felhz-Bolend, cuya venta quedó en
nada sólo en el último minuto. España, por su parte, mantuvo su neutralidad a
pesar de continuas gestiones de la diplomacia peruana.
Además
de la importante labor del Ministro de Chile en Francia con los tenedores de
bonos de la deuda peruana, que hubo que tranquilizar, se mantuvo alerta contra
la acción internacional de las potencias europeas que se manifestó en tres
ocasiones. En primer lugar, por la campaña de destrucción que emprendió
Williams contra los puertos peruanos; luego, por las instrucciones impartidas
al Ejército y a la Escuadra después de la campaña de Tarapacá y, por último, a
propósito de la expedición de Mollendo.
La
acción internacional de las potencias europeas se concertó a fines de 1880,
cuando Mr. Gladstone, jefe de Gobierno inglés, solicitó de esas cancillerías y
de la de Washington que se uniesen para poner fin a la Guerra del Pacífico. Lo
que se procuraba era imponer la paz, obligando en caso necesario al Perú y a
Bolivia a pagar a Chile una indemnización de guerra justipreciada por los
representantes de la coalición europea, dejándole entretanto en rehenes los
territorios que ocupaba.
Estados
Unidos se anticipó a la acción europea y el Secretario de Estado del Presidente
Hayes, Mr. William Evart, dio instrucciones a sus representantes diplomáticos
en Chile, Perú y Bolivia, de ofrecer sus buenos oficios a los beligerantes. En
Santiago residía Mr. Thomas A. Osborn, en Lima Mr. J. P. Christian y en La Paz,
Mr. Charles Adams.
Las
potencias europeas no se habían quedado atrás y en el mes de Mayo de 1880 ya
estaban en movimiento tanto los representantes en Lima como en Santiago, de
Italia, de Francia y de Gran Bretaña. El Presidente Pinto recibió a los
Ministros de estos tres países, señores Sanminiatelli, D’Avril y Packenhan, y
encargó luego a Jorge Huneeus de averiguar el origen del paso dado y las
condiciones que Chile debía exigir. Según un memorándum redactado por Huneeus,
estas bases eran las siguientes:
"...que
Chile conserve todo el territorio que se extiende al sur de la quebrada de
Camarones... que se devolvería al Perú la parte del departamento de Moquegua
que hoy ocupamos militarmente y que podía asegurarse a Bolivia libre tránsito
para su comercio de internación y exportación, no sólo por Arica, sino también
por Iquique, Cobija o Antofagasta o por aquel punto de nuestra costa que
prefiera…
Siempre
a través de los plenipotenciarios europeos, Piérola manifestó la aceptación del
Perú a participar en una reunión, pero que por el momento era preferible
"no hablar de condiciones de paz".
Osborn,
en conocimiento de estas gestiones, apresuró las propias y consiguió que el
Gobierno de Chile aceptara la propuesta norteamericana de que la eventual
reunión tuviera lugar en un buque de guerra de los Estados Unidos. El Congreso
Nacional y la opinión pública en Chile se manifestaban, entretanto,
intranquilos con negociaciones confidenciales cuyos últimos objetivos se les
escapaban.
Veamos
ahora otras gestiones con Bolivia.
Recordemos
que Lillo estaba residiendo en Tacna y pronto se le presentó la oportunidad
para continuar en sus esfuerzos de acercamiento chileno-boliviano. En Junio de
1880 llegó a esa ciudad una ambulancia boliviana a cuidar los heridos de su
Ejército y entre su personal se contaba a Luis Salinas Vega, uno de los más
esforzados representantes de la política de aproximación de su país a Chile.
Traía encargo del 1 er. Vicepresidente Aniceto Arce de pedir a
Santa María una reunión secreta en algún punto de la frontera para procurar un
arreglo de paz inmediato. Una vez que Santiago tomó conocimiento de esta
gestión, Pinto dio a Lillo las siguientes instrucciones, con fecha 2 de Julio:
"Las
bases para la paz serían por parte de Bolivia: renuncia de sus derechos a
Antofagasta y litoral hasta el Loa, y en compensación cederíamos los derechos
que las armas nos han dado sobre los departamentos de Tacna y Moquegua. El
comercio de Bolivia, tanto de internación como de exportación por los puertos
del litoral desde Antofagasta hasta Camarones, sería libre, en forma que lo
concédenos a la República Argentina".
La
opinión de Santa María de igual fecha varía en el punto relativo a la salida
soberana al mar:
"Respecto
de bases, supongo que Pinto te las indicará, o alguno de los Ministros. A ellas
te atendrás. Sin embargo, yo te daré mi opinión. Sabes que en un principio
insinuábamos a Bolivia que si rompía la Alianza podría apoderarse, sin
resistencia alguna de nuestra parte, de Tacna y Arica, para proporcionarse así
fácil salida al Pacífico. Me parece que hoy han cambiado las cosas, desde que
no quiso aprovechar la oportunidad y prefirió debilitarse en la continuación de
la guerra, de tal manera que al presente no podrían mantener con sus propias
fuerzas aquel territorio... Bolivia debe contentarse con que nosotros le
aseguremos como puertos francos para su comercio, de manera que pueda
ejercitarlo sin ninguna traba, Tocopilla, Cobija, Islay y Arica".
Lillo
entregó a Salinas Vega una carta para Arce, proponiéndole las bases de arreglo
indicadas por Pinto y abogando por un armisticio para preparar la paz
definitiva.
Los
representantes de los beligerantes en las conferencias de Arica propiciadas por
Estados Unidos fueron: Por parte de Chile, Vergara, Lillo y Altamirano.
Por
parte del Perú, Antonio Arenas y Aurelio García y García; y por Bolivia,
Baptista y el Ministro de Relaciones Exteriores, Carrillo.
Concurrieron
también los Ministros norteamericanos acreditados en los tres países: Osborn,
Christiancy y Adams.
Las
sesiones se celebraron a bordo de la corbeta Lackawanna, de los Estados Unidos.
Las
perspectivas de paz eran escasas. Chile exigía la cesión de los territorios
situados al sur de Camarones, gastos de ocupación e indemnizaciones y la
retención de Tacna y Arica hasta el pago total. Perú y Bolivia, por su lado,
alentados por el Ministro en La Paz, Adams, de que si las partes no llegaban a
un acuerdo, éste sería impuesto por los Estados Unidos mediante el arbitraje,
hablaban de desocupación total de los territorios perdidos, devolución del
Huáscar y la Pilcomayo e indemnizaciones.
Las
sesiones fueron presididas por Osborn, como decano de los diplomáticos
norteamericanos presentes. Hubo tres reuniones: una el 22 de Octubre, otra el
25, la última el 27. El problema del cambio de soberanía a la región situada al
sur de la quebrada de Camarones se reveló insoluble. Perú propuso entonces el
arbitraje de los Estados Unidos, lo que Chile rechazó. Vergara dijo: "La
paz la negociará Chile directamente con sus adversarios". Así terminaron
estas conferencias, que no tuvieron otro resultado práctico que evidenciar la
necesidad de la expedición a Lima.
Pero
las buenas maneras se conservaron. Dijo Vergara en carta al Presidente Pinto,
el 25 de Octubre:
"Las
conferencias no han ofrecido ningún incidente notable, a no ser el espíritu de
cultura y moderación que ha reinado en ellas. Nadie habría sospechado, al oír
hablar y al ver la cortesía y atención con que nos hemos tratado, que nos
reuníamos allí los enviados de tres pueblos que se hacen mortal guerra".
Vergara
da a conocer al Presidente su opinión acerca del problema del cambio de
fronteras de los tres países:
"...yo
sostuve en nuestras deliberaciones privadas que deberíamos presentar nuestras
proposiciones de cambio de frontera como una necesidad común a los tres países,
para conservar su equilibrio y evitar en lo futuro complicaciones, antagonismos
y conflictos como el presente. Para conseguir este objeto, el límite norte de
Chile sería Camarones y el de Bolivia sería el río Tambo. De modo que esta
nación cambiaría un pedazo de desierto, entre el paralelo 24° y el río Loa, por
otro pedazo más grande y hasta más valioso, ¿y todo esto a costa del pobre
Perú? Sí, señor, todo a costa del Perú, porque es el único responsable y
causante de la guerra".
Fracasadas
las reuniones, Perú y Bolivia lanzaron manifiestos tronando en contra de la
exigencia de Chile de anexarse territorios y se dirigieron al Gobierno
argentino, haciéndolo juez del peligro que corría la América del Sur si se
sancionaba lo que Chile pretendía. La República Argentina quería impedir la
anexión de Tarapacá y la toma de Lima, pero no podía intentarlo sin proceder de
acuerdo con el Brasil, país que no tenía el deseo de inmiscuirse en lo que
pudiera ofender los propósitos de Chile.
Como
consecuencia de las reuniones, Chile se preparó para proseguir la guerra y el
Perú para defender su suelo. En Bolivia cayó el Gabinete y la imprenta de
Salinas Vega fue asaltada por el populacho, debiendo su dueño refugiarse en la
Legación del Brasil.
Capítulo 19
Acciones anteriores a la campaña de Lima. De Arica a Lurín
De
abril a septiembre de 1880, la escuadra chile realizó algunas expediciones
tendientes a impedir las labores guaneras en la Isla de Lobos y el Gobierno
peruano hizo en reciprocidad una vuelta de mano en contra de puertos salitreros
cerca de Tocopilla. Otra atención preferente de nuestra Escuadra era impedir el
tráfico de armas entre Panamá y el Perú.
Lo
que ocurría en Panamá obligó a las autoridades chilenas a enviar periódicamente
algún buque a esas aguas. Hubo varias correrías de esta clase desde que se
estableció el bloqueo del Callao. La primera fue la de la O’Higgins, con el
Capitán Montt, en abril, en persecución de una pequeña embarcación llamada La
Estrella. Luego, de mayo a julio, varios cruceros del Amazonas, con el Teniente
1° Manuel A. Riofrío, y nuevo crucero de la O’Higgins. Pero estas correrías no
produjeron resultados efectivos, porque no pudieron capturar ninguna de las
embarcaciones.
El
Gobierno no se manifestaba contento de la escuadra. La encontraba remisa,
dispuesta siempre a postergar cualquier operación alegando que necesitaba
reparar las naves, proveerse de carbón o esperar víveres. La Escuadra se
quejaba, por su lado, de que sus pedidos no eran atendidos. Además el Gobierno
se introducía demasiado en el tecnicismo de la Armada.
El
mes que precedió al bloqueo del Callao, la Escuadra se preocupó de repararse.
Los únicos buques que tenían sus maquinarias listas eran el Blanco, la
Chacabuco, la Pilcomayo y el transporte Angamos; el resto estaba en compostura.
Sin embargo el Gobierno exigía que el bloqueo coincidiese con la campaña de
Moquegua porque creía posible bombardear esta plaza y Lima simultáneamente,
destruir el Atahualpa y la Unión que estaban en el Callao y conseguir la
terminación de la guerra.
La
Escuadra salió de Ilo en la mañana del 6 de abril, compuesta de las siguientes
naves:
- Blanco,
buque jefe, Contralmirante Riveros.
- Pilcomayo,
Capitán Luis Uribe.
- Huáscar,
Comandante Condell.
- Angamos,
Capitán Luis A. Lynch.
- Matías,
vapor carbonero, Capitán Castelton.
- Janequeo,
lancha torpedo, Teniente Luis A. Goñi.
- Guacolda,
lancha torpedo, Teniente Manuel Señoret.
Ya
cerca del Callao se decidió que entraran de noche a la bahía el Huáscar y las
dos lanchas torpederas, para tratar de hundir a la Unión y al Atahualpa.
Desgraciadamente, por calcular mal la distancia que les separaba del puerto y
por un retraso que sufriera la Guacolda, el plan no resultó.
El
10 de Abril empezó el bloqueo que duró nueve meses. Durante ese tiempo, las
tripulaciones chilenas vivieron en medio de la natural alarma de los torpedos,
en una neblina persistente, alimentándose con víveres secos, sin diarios, casi
sin cartas. De los buques bloqueadores, el Huáscar era especialmente la
obsesión de los peruanos y habrían considerado un gran triunfo hacerlo volar,
pues su presencia les era agraviante.
El
Almirante Riveros resolvió hacer una demostración contra a plaza el 22 de
Abril, para descubrir sus elementos ofensivos. Los fuegos se cruzaron al
principio a una distancia de 7.000 metros y luego a 5.000. El duelo de
artillería duró cerca de tres horas, causando algunos perjuicios en la ciudad,
no de gran consideración; nuestros buques no experimentaron ningún daño. El 10
de Mayo se efectuó otro ataque, con resultados análogos.
El
25 de Mayo tuvo lugar un combate entre tres lanchas peruanas, por una parte, y
la Guacolda y la Janequeo, por la otra. El resultado fue una lancha y la
Janequeo hundidas en un punto situado a tiro de rifle de la dársena.
Tomada
Arica, el Cochrane y la Magallanes fueron a reforzar a escuadrilla del Callao.
Mandaba el primero, Latorre, y la segunda, el Capitán Gaona.
El 3
de Julio estaba de guardia el Loa, comandado por el Capitán Juan Guillermo Peña
y con el Teniente Leoncio Señoret como segundo. El resto de la Escuadra
permanecía en la boca leí puerto, a algunas millas de distancia. Al atardecer
divisó una balandra con sus velas desplegadas y Peña envió una canoa que a
trajo a remolque hasta cerca del Loa. Se dio entonces orden le alzar los
bultos, de "aclararla" en lenguaje de mar. La marinería se agrupó en
la escotilla para ver la maniobra. Se izaba el último bulto cuando se oyó una
terrible explosión que arrojó a la gente en todas direcciones; los más,
quemados y mutilados; todos, semiinconscientes. El Comandante Peña se negó a
abandonar el buque que se hundía rápidamente. Murieron 118 oficiales y
tripulantes y se salvaron 63 marineros.
La
catástrofe levantó en el país una ola de dolor y de indignación. Graves cargos
se hicieron al infortunado Comandante Peña, principalmente porque se le había
advertido que un ataque semejante se estaba planeando contra la O’Higgins, en
Ancón.
En
Septiembre, el Almirante quiso hacer una demostración enérgica contra la plaza,
especialmente contra la Unión. Su objeto era bombardearla para que no pudiese
burlar el bloqueo, porque sabía que intentaba hacerlo. Además, el Almirante
sufría con los comentarios de prensa de Santiago y de Valparaíso, que lo
acusaban de inacción y quería desmentirlos. Usó para ello un cañón de largo
alcance —cerca de 7.000 metros—, aunque el daño que produjo no fue de
importancia.
En
esos días ocurrió un suceso que conmovió al país, semejante al del Loa, pero
más doloroso: la Covadonga fue echada a pique por un torpedo. La Covadonga era
para Chile una reliquia que había coronado su carrera con la hazaña de Punta
Gruesa. A mediados de Septiembre sostenía el bloqueo del puerto de Chancay,
comandada por el Capitán de Corbeta Pablo S. de Ferrari. Su tripulación era de
150 hombres más o menos. El 13 de ese mes, dos lanchas se acercaron a la
Covadonga y una de ellas fue hundida. La otra, una elegante canoa pintada de
blanco, con sus bronces relucientes, despertó la idea de que pudiera contener
"trampas". Revisada por el calafate, éste manifestó que no había
"nada sospechoso". Como era muy bonita se decidió no destruirla sino
izarla a bordo y al hacerlo explotó. La corbeta se hundió en 3 minutos y
perecieron 90 de sus tripulantes, el Comandante entre ellos.
El
22 de Septiembre, en represalia, se bombardeó varios puertos peruanos. El
Cochrane lo hizo en Chorrillos, la Pilcomayo en Chancay y el Blanco en Ancón.
El triple ataque no produjo el efecto de intimidación que se buscaba y el
Gobierno reconoció que había sido un fracaso.
Terminada
la campaña de Moquegua, Lynch, que continuaba de jefe político de Iquique,
concibió la idea de una gran expedición de merodeo a los valles azucareros del
Perú. Pinto miró el proyecto con complacencia ya que era de la clase de
operaciones que le agradaba, y encargo a Lynch que lo organizara.
Vergara,
recién a cargo del Ministerio de Guerra y Marina, firmó las instrucciones
pertinentes. Por ellas se ordenaba a Lynch recorrer los puertos peruanos de
norte a sur, empezando por Paita y concluyendo por Quilca, en el Departamento
de Arequipa, e internarse en los valles angostos y opulentos que cortan de
cordillera a mar el territorio peruano, cuidando de no alejarse demasiado de la
costa —seis leguas a lo más para no exponerse a una sorpresa; imponer
contribuciones a los propietarios particulares; destruir los ferrocarriles.
Respecto de cupos de guerra, le mandaba cobrarlos "con todo rigor" en
dinero o en especies, bajo pena de destruir la propiedad del que se negare a
satisfacerlos, cuidando de evitarse dificultades con los neutrales, pero
sometiendo a todo el rigor de la guerra a los que se prestasen a encubrir las
propiedades peruanas.
El 4
de Septiembre partió de Arica la expedición, en dos transportes que llevaban
2.000 hombres. Iban un batallón del Colchagua, Comandante Manuel José Soffia;
uno del Talca, Comandante Silvestre Urízar Garfias; 800 hombres del Buin,
Teniente Coronel Juan León García; un escuadrón de Granaderos a Caballo,
Comandante Francisco Muñoz Bezanilla; 3 Krupp de montaña, Capitán Emilio
Contreras; una sección de ingenieros al mando de Federico Stuven. Era
Secretario General de la expedición Daniel Carrasco Albano. En Mollendo se
agregó la Chacabuco mandada por Viel.
Reconociendo
la destreza inteligente desplegada en esta campaña, hay el derecho a
preguntarse si era justa, si era humana, si no estaba destinada a levantar una
polvareda de protestas indignadas al ver al Ejército de un país civilizado
paseando la tea del exterminio sobre establecimientos industriales, edificios
privados, etc. ¿Se aceleraba el término de la guerra con estos procedimientos
o, más bien, se creaba una resistencia mayor y se le llevaba a la desesperación
de una lucha sin transacciones?
La
operación tocó primero en Chimbote, creyendo poder sorprender en tierra un
cargamento de armas. Se destruyó el ferrocarril y se impuso un cupo de 100.000
soles a una poderosa hacienda azucarera. Como éste no fuera pagado, se
destruyeron las instalaciones. Se alzó una grita formidable en el cuerpo diplomático
de Lima, pues la mayor parte de las propiedades azucareras habían contraído
obligaciones con firmas extranjeras.
Lynch,
sin intimidarse, prosiguió imperturbable su plan de guerra.
Luego
se devastó las haciendas vecinas a la caleta de Supe, y, frente al puerto de
Paita, se requisó del vapor inglés de la carrera, que venía de Panamá, una
remesa de más de 7 millones de pesos peruanos procedente de los Estados Unidos.
Hubo también operaciones en Paita y en Eten. En este último punto, Lynch debió
hacer frente a las intimidaciones de la corbeta inglesa Penguin y del Ministro
de Italia en Perú. Las fuerzas chilenas pasaron luego a Trujillo y regresaron a
Quilca, en el departamento de Arequipa, donde llegaron el 1º de Noviembre,
luego de casi dos meses de viaje.
* *
* *
El
Gobierno preparaba por esos días la campaña de Lima. Recordemos que Pinto la
creía muy difícil en el ramo de provisión e Intendencia y, junto con Vergara,
disentía de la opinión del General Baquedano respecto a la cantidad de hombres
que se necesitarían en una empresa de tal envergadura. De conformidad con los
planes del Gobierno, se elevó el Ejército a 45.000 hombres, algo como 20.000
más del existente, agrupándolos en regimientos o batallones según su región,
siguiendo en esto a la organización española. En poco tiempo el país dio todo
lo que se le pedía, convirtiéndose de la noche a la mañana a los reclutas en
soldados, por obra de su entusiasmo y de su anhelo inconmensurable de
sacrificio.
Vergara
reorganizó la fuerza expedicionaria en tres divisiones completas, formando cada
una de ellas un pequeño ejército separado, con infantería, caballería y
artillería, Estado Mayor, parque bagajes y un intendente proveedor. Cada
división constaba de dos brigadas. Los jefes divisionarios fueron: de la 1a el
General José Antonio Villagrán; de la 2a. el General Emilio Sotomayor; de la 3a el
Coronel Pedro Lagos. Las brigadas de la 1a división las
mandaban el Capitán de Navío Patricio Lynch y el Coronel Amunátegui; las de la
2a los coroneles José Francisco Gana y Orozimbo Barboza; las de
la 3a los coroneles Martiniano Urriola y Francisco Barceló.
Jefe de Estado Mayor se designó al General de Brigada Marcos Maturana e
Inspector Delegado al General Cornelio Saavedra. El antiguo Jefe de Estado
Mayor, Coronel Velásquez, volvió a su puesto de Comandante General de
Artillería.
Se
compraron dos vapores para servir de transportes: el Chile y el Paita y se
fletaron cuatro más y los buques de vela necesarios para conducir al Ejército.
El
elemento civil designado para marchar al norte fue robustecido con
personalidades de primera fila, lo que el General Baquedano no recibió con
simpatía. Vicente Dávila Larraín dirigió la Intendencia; Isidoro Errázuriz fue
nombrado Secretario General del Ministro en Campaña; Eulogio Altamirano,
Secretario General del Ejército. Santa María también deseaba ir , pero
en el último momento no pudo hacerlo por el estado de su salud. En una carta a
Altamirano, del 14 de Septiembre de 1880, le decía:
"La
expedición puede costamos un ojo de la cara, pero (ya) emprendida, es deber
nuestro ponerle el hombro y decir: a Roma por todo. No debemos omitir esfuerzo
por llegar a la terminación de este drama. La prolongación puede darnos un
desastre económico interior".
Pinto
apreciaba a Baquedano como un oficial de honor. Alababa su "buen
carácter", frase que se encuentra casi siempre en su correspondencia. Lo
conocía lo bastante para saber que no era un talento y lo estimaba más por sus
cualidades negativas, como ser la falta de ambición y la modestia. Después de
la muerte de Sotomayor, fracasada la tentativa de crear un triunvirato
directivo enfrente del enemigo, Baquedano se impuso a los políticos de Santiago
por el prestigio de la victoria. La oposición, que era fuerte en el país,
empezó a agruparse alrededor del glorioso caudillo y le designaba ya como
candidato a la Presidencia de la República por el período 1881-1886.
Después
de los combates de Tacna y Arica, el Ejército vencedor estableció sus
campamentos en el valle regado por el Caplina. La Caballería se quedó en Arica
aprovechando los pastizales limítrofes a la población y la Infantería ocupó
una línea que tenía sus extremos en Tacna y Calientes, pasando por Pocollay,
Calaña, Pachia, aldeas sombreadas por una vegetación lujuriosa, semi tropical,
que da a la región y a su capital, Tacna, algunas reminiscencias con las
poblaciones semi árabes de la Andalucía.
Así
corrieron largos los meses entre Junio y Noviembre; meses de duda porque las
fuerzas no sabían si se les lanzaría sobre Lima o si se les haría regresar al
Sur.
Cumpliendo
órdenes de Pinto, Baquedano inició la reorganización del Ejército, lo que era,
según su criterio, llenar las bajas de la tropa, separar algunos oficiales,
colocar a otros en puestos adecuados a su valer y condiciones; todo esto sobre
la base del personal existente en el norte. Pero Vergara que se acababa de
hacer cargo del Ministerio de Guerra, como vimos, imprimió una orientación
nueva a los planes del Gobierno, cuya consecuencia fue la movilización en gran
escala y la reorganización del Ejército sobre una base distinta y con un
personal superior nuevo. Estas medidas se adoptaron sin conocimiento del
General Baquedano, quien protestó de ellas.
Las
relaciones del Gobierno con el Cuartel General de Tacna se resistieron de
tirantez, llegando casi al entredicho. Lo que existía era la repetición de lo
sucedido con Escala: el choque de dos principios. El General en Jefe reclamaba
las atribuciones que le concedía la legislación militar en la preparación y en
la dirección, y el Gobierno consideraba como deber suyo organizar el Ejército,
reservando a aquél solamente la facultad de dirigirlo en el momento de la
acción. Existía una dualidad de responsabilidad y de mando que trascendía, a
pesar de que se trataba de silenciar los desacuerdos.
Bajo
estos auspicios llegó Vergara a Tacna, en la primera quincena de Octubre. Desde
ese momento se inicia la actividad decisiva de la campaña de Lima.
Los
montoneros peruanos, entre tanto, no estaban quietos y hostilizaban con sus
correrías a los pequeños grupos de soldados chilenos que se aventuraban al
norte de la línea de Tacna. Los mandaban Albarracín y un audaz cubano, Pacheco
Céspedes, apoyados por un cuerpo de Caballería a las órdenes de Leoncio Prado,
hijo del ex Presidente.
Las
expediciones tendientes a despejar el territorio de montoneros tuvieron una
importancia relativa, ya que éstos contaban con la complicidad de los
habitantes y, aprovechando lo escarpado del terreno, se dispersaban al menor
peligro. Con todo, el Coronel Barboza logró capturar a Prado, en Tarata, y el
Comandante de Artillería Salvo avanzó hasta Moquegua, desde donde se estimulaba
la deserción en nuestros campamentos, aprovechando el disgusto que causaba en
la tropa la demora de la expedición a Lima.
Hasta
el momento, el Gobierno se había preocupado de poner en pie de guerra un
Ejército que bien merece llamarse grande, en atención a la población del país y
a la potencia de su erario; pero sólo se comenzaba a organizar la
administración de la campaña y hacer todas las adquisiciones pertinentes. Había
retardo en la preparación y se hacía sentir la falta de Sotomayor.
Finalmente,
merced a la energía de Vergara, los preparativos tomaron un ritmo más activo.
Con
la experiencia de la campaña de Tacna, y sabiendo que no era posible arrastrar
carros en el desierto, se pidió varios cientos de muías a Coquimbo. Hubo,
asimismo, que transformar los buques de carga, adaptándolos para la conducción
de hombres, y recordando que en desembarcos, como el de Pisagua, pequeñas
fracciones de soldados habían quedado aisladas en la playa, se hizo construir
36 lanchas planas.
Vergara
tenía preparado su plan de acción. Enviar por mar a Pisco la 1 a. división de
Villagrán y dejarla ahí a la defensiva hasta que los mismos buques regresaran a
buscar al resto del Ejército, el cual los aguardaría en Arica listo para
embarcarse. Pisco era un punto adecuado para la operación.
Tenía
agua, pastizales para la caballería y no estaba demasiado cerca de Lima, lo que
evitaba una sorpresa. Este plan fue aprobado por el Consejo de Guerra realizado
el 6 de Noviembre, con una modificación: que como medida de seguridad, siguiese
a la 1a división lo más pronto posible, la mitad de la 2adivisión,
es decir, la brigada del Coronel Gana, con la cual se completaba un Ejército de
avanzada de 12.000 hombres.
Las
instrucciones a Villagrán le indicaron bajar en la playa de Paracas, cerca de
Pisco, tal como lo había hecho el Ejercito Libertador en 1820; luego tomar
posesión de lea, fortificar ciertos puntos, apoderarse de los recursos de los
alrededores con partidas ligeras y, en caso de peligro, enviar inmediato aviso
al Cuartel General con un buque que quedaría a sus órdenes.
El
embarque de Villagrán y sus tropas en Arica merece ser recordado como un gran
esfuerzo de patriotismo de Vergara. Este momento de su vida emula aquel otro de
Rafael Sotomayor, cuando en las vísperas de su muerte permaneció al sol en el
despoblado de Ite, presenciando la ascensión de la artillería de campaña. La
Intendencia General había arreglado un muelle en la plácida bahía, al que
atracaban las lanchas, y a medida que un cuerpo llegaba a la playa se le
embarcaba. Luego iban sus equipajes, el parque, los animales, las cajas de
municiones, el forraje, la reserva de víveres, etc. Cuando cada lancha recibía
su carga, la arrastraba un remolcador hasta el buque correspondiente y la bahía
se cruzaba de embarcaciones bulliciosas que hacían sonar sus silbatos y de
todas ellas partían sonoros ¡vivas! a Chile. Todo se hizo bajo la mirada
vigilante de Vergara y del Comandante Latorre. Fue reconocida por todos la
admirable actitud del Ministro.
Esta
división constaba de 8.800 hombres y con ella se embarcó Vergara, en compañía
de Altamirano, de Errázuriz y de los jefes de las 2 brigadas: Coronel
Amunátegui y Capitán de Navío Lynch. Se llevaba 20 cañones, 4 ametralladoras,
1.641 muías y caballos. El 27 del mismo mes se embarcó la brigada de Gana —de
la 2a. división-, compuesta por 3.502 hombres y con 12 cañones y 416 animales.
* *
* *
El
19 de Noviembre el convoy, que llevaba a sus flancos a los buques de guerra,
enfrentó a Paracas y comenzó el desembarco sin resistencia. El Perú estaba
moralmente vencido. No le quedaba más elemento vivo de resistencia que el
Ejército de Lima. El Prefecto de Pisco huyó al interior y la caballería chilena
se repartió por las vecindades recogiendo el ganado como si estuviera en
terreno propio. El 20 de Noviembre, Villagrán ocupó a Pisco sin resistencia,
con la 1 a. división. El Coronel Amunátegui hizo lo mismo con lea, a 67
kilómetros al interior. La tropa tenía agua, animales, verduras frescas; una
situación de verdadera regalía, casi de opulencia, comparada con las
penalidades de las campañas del desierto. La llegada de Gana y su gente a Pisco
afianzó la tranquila ocupación de ese valle y de sus contornos.
Faltaba
embarcar en Arica la 2a. brigada de la división de Sotomayor y la 3a. división
completa, mandada por Lagos y, además, cerca de 4.000 hombres llegados a última
hora, de los regimientos Concepción y Valparaíso, y los batallones de Quillota
, Victoria y Melipilla. Pero se atrasó la partida, lo que provocó gran
contrariedad a Vergara, debido a un mal uso de los transportes y a que se
descubrió, en el último momento, que faltaban 1.000 muías. Por fin, el 14 de
Diciembre, todas estas fuerzas, ascendentes a 12.000 hombres o poco más,
estuvieron embarcadas y se dirigieron a Chilca, a pocos kilómetros de Pisco. Se
había dado orden a Villagrán para ir por tierra con su gente, desde Pisco hasta
Chilca.
El
Ejército expedicionario tenía pues un total de 26.472 plazas, comprendiendo
generales, jefes, oficiales, soldados, arrieros, cuerpo sanitario, personal de
Intendencia, parque y bagajes, etc. con 4.420 caballos y mulas.
Al
pasar a la cuadra de Pisco se supo que Villagrán no había partido en la fecha
que se le había señalado y se le ordenó cambiar de planes y embarcar a la 1adivisión.
Esta resolución motivó una penosa medida. En realidad según informes que tenía
Villagrán, el desierto de 12 a 14 leguas entre Pisco y Chilca era muy difícil,
no contando con una provisión suficiente de caramayolas. Esto lo representó a
Baquedano con quien mantenía malas relaciones, pero, así y todo, se preparó
para cumplir las órdenes. Luego, ya en Tambo de Mora, supo que el terreno no
presentaba tantas dificultades y decidió seguir su camino, a pesar de que con
esto atrasaba los planes fijados. En vista de los mal entendidos que se
presentaron, Villagrán fue separado de su cargo y regresó a Santiago. Lo
reemplazó a la cabeza de la 1 a. división el Coronel Patricio Lynch.
Lynch
hizo la travesía de Tambo de Mora a Chilca con la mitad de la división, seguido
por el Coronel Juan Martínez, que mandaba al resto de la gente. La ciudad de
Cañete, en el camino, cayó sin mayores dificultades. A las columnas chilenas se
unió gran cantidad de esclavos chinos traídos de Cantón y de Hong Kong para
trabajar en las haciendas de caña, los que fueron dejados en libertad por
nuestras tropas. El 26 de Diciembre llegó Lynch a Lurín, donde se reunió todo
el Ejército expedicionario, casi a la vista de Lima.
* *
* *
El
bloqueo del Callao continuaba, entretanto, en la forma que ya se conoce: los
buques amagados a diario por torpedos; una vigilancia estricta de bloqueado res
y bloqueados; tripulaciones fatigadas y mal alimentadas, aisladas de la Patria.
Los peruanos, por su parte, aguzaban su inteligencia preparando las más
ingeniosas máquinas de destrucción, alentados con el recuerdo de la Covadonga y
del Loa. La mayor parte de este período fue Latorre quien estuvo a cargo del
bloqueo, pues Riveros debió cooperar desde Arica en el transporte del Ejército
expedicionario.
Una
de las preocupaciones era evitar que la Unión burlase el bloqueo e intentase
una correría contra los convoyes con tropas, que habría sido de terribles
consecuencias. Diariamente se la bombardeaba, tratando de causarle daños y
obligarla así a quedarse en el Callao, reparándose. Pero herir la corbeta
peruana tampoco era fácil, porque se hallaba rodeada de todas las seguridades
posibles. Estaba anclada en la dársena, detrás de una muralla de mampostería, y
su frente protegido por palizadas y pontones y boyas.
De
esos días de escaramuzas debe recordarse el hundimiento de la lancha torpedera
chilena Fresia, que luego fue reflotada, y la destrucción del potente cañón
Armstrong, de gran alcance, que tenía a su bordo el Angamos. Se decía que con
este cañón se podía bombardear Lima desde el Callao. A mediados de Diciembre,
luego de una serie de disparos contra la Unión, desde gran distancia, el cañón
estalló y saltó al mar, matando al oficial que lo disparaba.
Capítulo 20
Chorrillos y Miraflores
Será
una historia curiosa, que no se ha escrito, la que relate los esfuerzos de
Piérola para organizar d gran Ejército que defendió a Lima Entonces habrá que
referir los sacrificios que hizo para adquirir las armas en Europa y en los
Estados Unidos y conseguir hacerlas pasar por el Istmo de Panamá: sustraerlas
después a la persecución de los cruceros chilenos: ponerlas en tierra en el
primer puerto que tocaban y luego enviarlas a Lima en acémilas por caminos
mediterráneos, para librarlas de un golpe de mano, como lo había intentado
Martínez en lio y Lynch en Supe.
Cuando
Se haga el balance justiciero de la Dictadura se dirá que Piérola proporcionó a
su Ejército posiciones de primer orden, que lo dotó de cuanto necesitaba,
porque sin tener un equipo de lujo, estaba vestido con decencia y provisto de
las mejores armas modernas: que levantó el espíritu abatido de su país,
haciéndole concebir esperanzas de triunfo, pues llegó a ser general en Lima la
convicción de que el Perú encontraría su revancha y Chile su tumba a las
puertas de la capital Pero como no hay cuadro sin sombras, dirá también que el
Dictador no olvidó su papel de caudillo: que subordinó a la exhibición
aparatosa y bombástica el sacrificio silencioso y abnegado: que infatuado con
la omnipotencia del poder absoluto, desdeñó toda cooperación y no consultó a
nadie, creyendo que de nadie necesitaba.
El
Ejército peruano de la capital se dividía en el de línea, organizado desde los
tiempos de Prado, y el de reserva, a base del levantamiento gremial de todos
los ciudadanos aptos para cargar armas, con poca instrucción y bastante
entusiasmo. El primero se encargaría de defender las posiciones vecinas a
Chorrillos; la reserva, la situación de Miraflores. Piérola era Generalísimo de
ambos y Pedro Silva su Jefe de Estado Mayor.
La
fracción de línea se subdividía en cuatro cuerpos; el 1° al mando del General
Miguel Iglesias, Ministro de Defensa; el 2° con el Coronel Suárez; el 3° con el
Coronel Cáceres; el 4° mandado por el Coronel Dávila. El jefe superior de la
reserva era el Coronel Juan M. Echenique.
El
Ejército de línea ocupaba una cerrillada de varios kilómetros, con
prominencias intermedias que comenzaba por el sur en el Morro Solar y terminaba
en el norte en Monterrico chico, fortificado con 8 cañones. Pero la resistencia
principal se concentraba en el espacio que separa el Morro Solar del abra de
San Juan, Es muy difícil dar una idea somera de esa línea formada de cerros,
cuyas crestas peladas y cubiertas de arena presentaban el perfil en miniatura
de la cordillera de los Andes, con altos y bajos, con quebradas intermedias y
picos salientes que variaban entre los 56 y los 176 metros sobre el nivel del
mar; muralla artillada con más de 100 cañones y veinte ametralladoras. La
muralla tenía dos hendiduras que comunicaban con el valle situado a sus espaldas;
la de Santa Teresa, entre el Morro Solar y la línea de Iglesias y la de San
Juan entre dos cerros altos. Estos pasos estaban llenos de trincheras y de
defensas y sembrados de granadas.
* *
* *
Ocupado
Lurín, el 23 de Diciembre. Baquedano permaneció ahí hasta el 12 de Enero,
esperando reunir suficientes víveres y parque y darse tiempo de reconocer las
posiciones del enemigo. El valle de Lurín era una posición militar excelente.
Tenía agua, pasto para la caballería, clima sano a relativa distancia de Lima,
ciudad a la que estaba unida por varios caminos: el de Conchan, cerca de la
playa; el de Manchai; el de Atacongo, en las primeras estribaciones de la
cordillera; el de la Tablada de Lurín.
El
27 de Diciembre, en una acción previa a la gran batalla de Chorrillos, cayó en
una emboscada el Regimiento Rímac de Caballería que se acercaba a Lima por el
sur, y fue dispersado por el Regimiento Curicó en la hondonada del Manzano,
luego de aprehender a 120 hombres de tropa y oficiales, entre ellos a su jefe,
el Coronel Sevilla.
La
preocupación de Baquedano por esos días fue el reconocimiento del campo
contrario. El Cuartel General tenía pocas noticias de las situaciones que
ocupaba el Ejército de Piérola y necesitaba adquirirlas para adoptar el plan de
batalla. El Ministro y el Jefe de Estado Mayor patrocinaban el ataque hacia el
valle de Ate. Por el camino de Manchai, para envolver al Ejército peruano e
interponerse entre él y Lima. El Cuartel General, en cambio, abogaba por un
ataque de frente a las posiciones de Villa San Juan.
Baquedano
tenía resuello su plan de combate: atropellar al enemigo de frente, procurando
romper el eje de la resistencia en el centro y flanquear sus extremidades. . A
cada división peruana opondría una de su Ejército. Lagos obtuvo que se hiciera
a este plan la modificación de enviar una columna compuesta del Regimiento
Coquimbo y del batallón Melipilla a atacar el Morro Solar por la ladera del mar
para ayudar al asalto de la falda norte.
Vicealmirante Patricio Lynch Zaldívar
A
petición de Vergara se citó a un Consejo de Guerra, pero Baquedano apoyado por
todos los generales y coroneles presentes, persistió en su plan, contra la idea
de Vergara de atacar por el Ate. Se fijó el 13 de Enero para dar la batalla por
sorpresa y al amanecer.
Dr. Francisco García Calderón
El
12 de Enero. Baquedano reunió a los jefes principales, les rizo uniformar sus
relojes con el suyo y les dirigió estas palabras que consigna Vicuña Mackenna:
"En
la tarde a las 6 P.M. marchará todo el ejército, para caer sobre el enemigo
antes de aclarar. La primera división atacará el ala derecha del enemigo; la
segunda, el centro, por San Juan, y la tercera, la izquierda. Yo espero que
todos cumplan con su deber. Somos chilenos y el amor a Chile nos señala el
camino de la victoria. ¡Adiós compañeros! Hasta mañana, después de la
batalla."
El
Ejército peruano ocupaba sus posiciones en este orden.
El
cuerpo de Ejército de Iglesias, desde el Morro Solar hasta Villa, cubriendo el
paso de Santa Teresa. Le seguía el de Cáceres, hasta tocar el paso de San Juan.
El de Suárez servía de reserva. De San Juan al norte, cuidando el otro flanco
del portezuelo, estaba Dávila. En total. 20.000 hombres más o menos contra
23.000 chilenos.
Las
jomadas de Lima son las más grandes que se han librado en América del Sur en
consideración al número de combatientes. Tomaron parte en ellas, además de los
45.000 hombres de Chorrillos, 20 a 25.000 en Miraflores.
A
las 4 P.M. del 12 de Enero se dirigieron las tropas chilenas desde Lurín a
ocupar sus puestos de combate. El Comandante Soto, con el Regimiento Coquimbo y
el batallón Melipilla, por el camino de la playa hacia el Morro Solar. El resto
de la 1adivisión, mandada por Lynch, tomó el camino recto que
conduce a Villa y a Santa Teresa por la Tablada de Lurín. La 2a división,
de Sotomayor, marchó por Atacongo, hacia el paso de San Juan. La 3a. división,
de Lagos, siguió por un sendero intermedio para enfrentar el ala izquierda
peruana. La Reserva con el General Arístides Martínez, también comenzó a
moverse. La Artillería de .campaña del Coronel Velásquez, la Caballería y el
Cuartel General se colocaron mirando las posiciones de Iglesias y de Cáceres,
en un cerrillo y en un repliegue contiguo a la misma eminencia.
Le
sorpresa era elemento importante del ataque chileno. De ahí que todos los
movimientos se hicieron en el silencio de la noche, a unos 4 ó 5 kilómetros de
distancia col enemigo. La 1a división y la 3a;
cumplieron su cometido como estaba fijado, pero la 2 a de
Sotomayor se atrasó por causas inexplicables que costaron sacrificios de sangre
a la división de Lynch.
A
las 5 A.M. comenzó el fuego y Lynch se dio cuenta que la gente de Sotomayor no
había llegado a sus puestos, lo que le produjo inmediatos ataques peruanos por
ese lado. Comunicado lo anterior a Baquedano, este dio orden a la Reserva de
Martínez de avanzar, lo que hizo, compuesta por tres briosos cuerpos fogueados:
el Regimiento N° 3, los Zapadores y el Valparaíso. Luego llegó la brigada de
Gana, de la 2a división.
Lo
que primero cedió a las fuerzas de Lynch fue la derecha de Iglesias y cayó
arrollado el batallón peruano que Ocupaba las casas de Villa. Uno de los cerros
que cubría el abra de Santa Teresa se tomó por asaltos sucesivos, en el que el
rifle y la bayoneta hicieron igual papel. En menos de tres horas de combate,
los tres orgullosos morros fortificados de esta línea ostentaban en su cima la
bandera de Chile y los 6.000 hombres de Iglesias se dispersaron, fugándose al
valle o encerrándose en Chorrillos o por último, refugiándose en el vecino
Morro Solar.
La
primera parte de la batalla estaba concluida por ese lado Veamos qué ocurría en
el sector de Cáceres donde, como se vio la 2a división llegó
con retraso, siendo la brigada de Gana la primera en presentarse. Entre sus
regimientos, uno de los que más se destacó fue el Buin, que anhelaba una acción
extraordinaria que le restituyese su antigua nombradía, ya que los acontecimientos
le habían negado hasta aquí la oportunidad.
Impulsado
por ese orgulloso deseo, hizo una entrada teatral a las posiciones de San Juan.
Desplegado en guerrillas, con su Comandante León García a la cabeza, avanzó sin
disparar un tiro, en medio de una tempestad de proyectiles de todos tamaños que
abrían claros en sus filas.
En
esos momentos, un Ayudante del Ministro de Guerra pronunció con voz estentórea
estas palabras : "De orden del Señor Ministro, el puesto de
Capitán para el que clave en ese cerro la primera bandera". Y
diciéndolo mostraba con la espada un reducto que despedía torrentes de fuego.
El
Buin acometió las trincheras por el frente y flanco, y corriéndose por un
costado amagó la altura que protegía el foso defendido por los cuerpos de
Cáceres: el Manco Capac y el Ayacucho. En vano el General Silva. Jefe del
Estado Mayor, intentó sostener esa posición, haciendo avanzar sus tropas. La
posición fue tomada y el Sargento Daniel Rebolledo clavó allí la banderola de
su compañía. Luego, los regimientos Esmeralda y Chillán se apoderaron de las
alturas intermedias, apoyados por el Lautaro, el Curicó y el Victoria, y así
fueron cayendo los reductos y los fosos hasta que a las S A.M. el camino de
Chorrillos estaba franco y sus dos invulnerables puertas, destrozadas. Aquel
lujo de fortificaciones había caído desplomado en menos de 3 horas.
Baquedano
ordenó entonces una carga de los Granaderos de Yávar y de los Carabineros de
Yungay de Bulnes sobre las tropas dispersas en el valle. Los impetuosos cuerpos
de Caballería lanzaron sus bridones a carrera tendida, con un vocerío aterrador
aprendido de los araucanos, que se llama el chivateo, "grito extraño,
aturdidor y salvaje", dice un escritor peruano. En la carga murió el
Comandante Yávar.
Quedaba
el Morro Solar, a donde había convergido parte de las tropas de Iglesias. Era
casi inexpugnable y estaba lleno de trincheras desde donde partía un fuego que
detuvo a la gente del Comandante Soto, a la que se había agregado el Regimiento
N" 4, el Chacabuco la Artillería de Marina y la Brigada de Montaña. Las
tropas chilenas habían podido ascender al punto llamado la Calavera o las
Canteras. El terrible duelo había producido una hecatombe de muertos y de
heridos y escaseaban las municiones. Lynch mandó a pedir refuerzos a Baquedano,
mientras las fuerzas de Iglesias, envalentonadas, salieron de sus trincheras e
iniciaron una persecución de los chilenos cerro abajo. No duro mucho pues los
refuerzos llegaron y Lynch reanudó el ataque por un costado, mientras Soto lo
hacía por el otro. A las 12 del día flameaba nuestro pabellón en la cima del
Morro Solar. Hubo 1.500 prisioneros, entre los cuales se contó al propio
General Iglesias.
Baquedano
había ordenado, entre tanto, el avance hacia la población de Chorrillos de la 2a división
de Sotomayor y de otros regimientos y brigadas, entre ellas dos brigadas de
Artillería. A estas tropas se unió luego gran parte de las restantes fuerzas
chilenas. El ataque se efectuó por todos lados y hubo que tomarse casa por
casa. Esta lucha anónima, indescriptible, duró cerca de tres horas y el
balneario fastuoso quedó convertido en un montón de ruinas humeantes. A las 2
de la tarde toda resistencia había concluido. El Perú no tenía ya otro punto de
defensa que la línea de Miraflores.
La
Batalla de Chorrillos fue sangrienta. El Ejército chileno perdió 699 hombres y
2.522 quedaron heridos. Las bajas de los peruanos en realidad no Se conocen.
Esa
noche, Piérola veló, no durmió, la desventura de su país. Y el feliz vencedor
tampoco se entregó al descanso, porque sabía que en aquellos perfiles brumosos
de Miraflores se asilaba otro Ejército, otra barrera que pasar para llegar a
Lima.
Lima
estaba abatida. El Gobierno se empeñaba en levantar el espíritu público con
noticias falsas que luego desvanecían las informaciones de los fugitivos del
campo de batalla. Todavía al siguiente día por la mañana, un periódico oficial
pretendía mantener el engaño explicando el desalojamiento de las posiciones de
Chorrillos como una operación estratégica para reunir las fuerzas de Chorrillos
con las de Miraflores.
En
la mañana del 14 de Enero, Vergara hizo gestiones de paz valiéndose del General
Iglesias, quien visitó a Piérola. El cuerpo diplomático en Lima, sabedor de
estas gestiones, se trasladó al campamento peruano y manifestó el deseo de
entrevistarse inmediatamente con el General Baquedano lo que tuvo lugar al día
siguiente por la mañana. Estuvieron presentes por un lado, el decano del cuerpo
diplomático, señor de Tezanos Pinto, quien era Ministro de El Salvador: los
representantes de Gran Bretaña y de Francia y Joaquín Godoy, y por el otro, el
General Baquedano, su secretario Lira. Vergara y Altamirano. Los diplomáticos
pidieron una suspensión de hostilidades que diera tiempo de formular bases de
paz, y en caso de no obtenerla, a pedir garantías para los intereses de sus
connacionales. Baquedano exigió la entrega incondicional del Callao y convino
en suspender las hostilidades hasta las 12 de la noche de ese día.
Sucedió
que encontrándose separados ambos ejércitos por una distancia insignificante,
era inevitable, en razón de la desconfianza reciproca, que se produjese una
imprudencia y ella encendió la hoguera. La acción se empeñó pues, como en
Dolores, contrariando la voluntad de los jefes chilenos y peruanos.
Los
hechos ocurrieron así. Baquedano recorría la línea de avanzada, a mediodía,
acompañado de Lagos, y se aproximó imprudentemente, confiado en el recién
pactado armisticio, hasta corta distancia de los cuerpos del Callao, que al
divisarlo le hicieron una descarga cerrada. Algunas compañías de avanzada,
situadas detrás de las tapias, al oír los disparos los contestaron. Así se
inició esta gran batalla no prevista.
La
población de Miraflores estaba situada a seis y medio kilómetros de Lima, sobre
la vía férrea que une la capital con Chorrillos. Piérola ha dicho que el
Ejército que combatió ahí fue de 11.000 hombres, de los cuales correspondían
6.000 a los retirados de Chorrillos, con Dávila y Suárez a la cabeza; 1.000 a
dos batallones del Callao y 4.000 a la Reserva. El punto más importante del
frente lo cubría Cáceres, cerca del mar, cortando la vía férrea y el camino de
Chorrillos a Lima. Baquedano le opuso a Lagos, cuya división estaba en mejor
pie y cuyos cuerpos quedaron distribuidos así: el Concepción en la orilla del
mar; el Caupolicán y el Valdivia en el centro: el Santiago, mandado por
Barceló, en la derecha, y a continuación la brigada de Urriola, el Aconcagua y
los Navales.
El
primero en oponer resistencia al avance de b gente de Cáceres fue Barceló y su
brigada debió hacer frente a una verdadera avalancha, facilitada por la
sorpresa. Difícilmente la pluma puede restablecer el cuadro de aquella terrible
fase del combate. Los soldados corrían a tomar sus armas en medio de una lluvia
de proyectiles; los cuerpos se organizaban en la línea de fuego; las cureñas
retumbaban al pasar corriendo sobre las piedras para ejecutar ese movimiento de
retroceso que los soldados confundían con la fuga; los oficiales recordaban a
la tropa sus deberes y su honor.
El
Coronel Cáceres con notable valentía, pretendió ejecutar un movimiento
envolvente por las dos alas de la línea chilena y tomarle la retaguardia.
Barceló contuvo por su lado al enemigo, pero Urriola con los Navales y el
Aconcagua, retrocedió y sólo pudo contener a los peruanos cuando llegaron en su
ayuda el Valparaíso y el Zapadores. Restablecida la normalidad. Lagos tomó la
ofensiva antes de que el enemigo se repusiera e hizo avanzar a todos los
cuerpos impetuosamente, atropellando cuanto se le puso por delante hasta llegar
a la población de Miraflores de la que se apoderó con ayuda de la división de
Lynch, recién incorporada al combate. Todo terminó con una carga de los
Carabineros de Yungay, a las órdenes de Bulnes, que llegaron hasta cerca de
Lima. Barceló estaba herido y tomó su lugar Fuenzalida, quien realizó con la
brigada un último ataque, más allá de Miraflores, contra los cuatro fuertes de
la derecha peruana, tomando 30 cañones y 10 ametralladoras. En esa última
acción murió el 2° jefe del Caupolicán, Mayor Dardignac, dejando gran
reputación de valiente. Otras bajas sensibles fueron las del Comandante
Marchant, jefe del Valparaíso: del Comandante Zilleruelo, del Zapadores, y la
de Juan Martínez, jefe de la 1abrigada de la división Lynch, ex
Comandante del Atacama, vencedor de Pisagua y de Los Ángeles.
El
Ejército sufrió terribles pérdidas: 2.124 bajas entre muertos y heridos, o sea,
más del 25°/o de los combatientes.
En
la tarde de ese día. Piérola se fue a la capital y enseguida tomó
presurosamente el camino de la Sierra en compañía de unas pocas personas. No le
quedaba nada que hacer en la costa. El poder del Perú se había derrumbado.
Baquedano
estaba irritado por la forma como se había roto el armisticio y pidió la
rendición incondicional de Lima, en un plazo no mayor de 24 horas, bajo amenaza
de bombardear la ciudad.
* *
* *
l.ima
pasaba por los momentos más amargos de su historia. Desde hacía tres días vivía
entre la esperanza y el terror. Había seguido con profunda emoción el cañoneo
de Chorrillos y las informaciones de que se resistía victoriosamente habían
sido luego desmentidas. El alma de aquel pueblo sufría el choque de esas
emociones contradictorias, que producían el espanto, en el mayor número, y la
confusión en todos. La explicación dada en la media tarde del 13, de que la
retirada de Chorrillos se había hecho con el objeto de librar una batalla
definitiva en condiciones excelentes, aumentó la intranquilidad de las
familias, y las mujeres, los niños y muchos hombres que no habían cargado las
armas, huían buscando refugio en las legaciones, en los consulados, en el puerto
de Ancón, donde se encontraban los buques de guerra extranjeros. Edificios
espaciosos fueron cubiertos en Lima por los pabellones de las naciones
neutrales, sirviendo de refugio a cuanta gente podía y cabía.
Había
razones para huir. Los dispersos de Chorrillos y de Miraflores se habían
entregado a todo género de excesos. La ciudad se mantuvo relativamente
tranquila hasta el 15 de Enero, sea porque existía todavía una autoridad y un
Ejército o porque se abrigaran esperanzas en el resultado del segundo combate.
Pero cuando las líneas de Miraflores fueron forzadas y la autoridad nacional se
puso en fuga, todo resto de disciplina desapareció. Las tiendas fueron
saqueadas, las puertas de las casas forzadas. Los soldados se batían a
cuchilladas y a balazos disputándose los objetos robados. Los transeúntes que
se aventuraban en la noche del 15 a salir a la calle, o en el día el 16 eran
asaltados y la ciudad se cubrió de heridos y de muertos que nadie se atrevía a
recoger. En la noche del 16 el crimen llegó a su mayor intensidad. El 17 por la
mañana los extranjeros organizaron una guardia de orden que se batió con la
soldadesca y el pueblo, hasta lograr imponerse, matando cerca de 700 y fue
entonces que el Alcalde solicitó del General Baquedano la ocupación de la
ciudad.
Entre
tanto, los sufridos vencedores de Chorrillos y Miraflores estaban tranquilos en
sus campamentos. Ni uno solo había intentado burlar la consigna acercándose a
Lima; a esa Lima que era el premio codiciado de sus más ardientes fantasías.
Igual
cosa ocurrió en el Callao, donde fue necesario que los comerciantes europeos se
armaran y tuvieran que batirse con los fugitivos del campo de batalla.
El
17 se consumó la hecatombe de la Escuadra y de las fortificaciones del Callao.
El
Gobernador Astete lo preparó todo para quemar los buques y hacer volar los
fuertes Los cañones se cardaron con dinamita, las fortificaciones fueron
minadas con explosivos y las guías se comunicaban con la oficina del jefe de la
plaza, que aspiraba a la gloria del que incendió a Moscú ante la invasión de
Napoleón. Al amanecer del 17 se sintió un estruendo espantoso que levantó un
inmenso penacho de tierra y piedras y volaron uno tras otro los fuertes de
Zepita, Junín de la Merced, Pichincha, Independencia, Abtao y Provisional
No
se reponían los bloqueadores chilenos de la impresión de estos desastres,
cuando llegó eltumo a la Marina. La Unión salió de la dársena y luego de
evolucionar por el puerto, se varó cerca de la playa, donde la incendió la
tripulación. Siguieron incendios en del Atahualpa y los transportes Rímac,
Chalaco, Talismán, Limeña, Oroya.
Este
fue el cuadro tuvo a la vista el cuerpo diplomático cuando el 17 de Enero
impuso al Alcalde Torrico el penoso deber de solicitar del General Baquedano
que ocupase la capital cuanto antes. Este ordenó que ese mismo día tomase
posesión de Lima el General Saavedra con una columna compuesta del Buin, del
Zapadores, del Bulnes de tres baterías de artillería de campaña mandadas por
Velásquez de los Cazadores a Caballo y de los Carabineros de Yungay.
Los
chilenos desfilaron dignamente el 17 de Enero en la larde por las calles ce la
metrópoli peruana. No hubo notas sombrías en este día memorable de la historia
de Chile. El decoro y ¡a disciplina de! Ejercito vencedor arrancaban palabras
de sorpresa a los nacionales y de aplauso a los extranjeros.
Lynch
ocupó el Callao al día siguiente. El resto del Ejército entró a la ciudad ese
mismo día 18 de Enero sin ningún estrépito y en la tarde lo hizo el General
Baquedano, el que bajó de su caballo en el Palacio de los Virreyes, elegido
para su residencia.
La
noticia de la toma de Lima despertó en Chile el entusiasmo que es natural
suponer. El 19 de Enero entró a Coquimbo un buque empavesado y la noticia
circuló como un rayo por toda la República. El frío y mesurado Pinto hace el
siguiente relato en carta a Vergara:
"El
19, a eso de las 8 de la noche, se me apareció el telegrafista agitado, casi
sin poder hablar, con un parte. ¿Qué hay? le dije ¿buena o malas? Balbuceando
me contestó: parece que son buenas. Tomé el papel y vi que en él me decía don
Antonio Alfonso que se divisaba un vapor enfarolado. Pocos momentos después
volvió con otro parte en que decía que el vapor disparaba voladores Hice llamar
a los ayudantes de la Comandancia para disponer que los artilleros estuviesen
listos en el Santa Lucía para hacer una salva; mandé llamar a los Ministros y
al Intendente. En el entretanto había brotado en la plazuela de la Moneda un
enjambre de chiquillos que supieron, Dios sabe como, que había buenas nuevas y
que principiaron a gritar ¡vivas! y a decir que se habían tomado Lima. Pocos
momentos más tarde la plazuela, los patios y piezas de la Moneda estaban llenos
de gente que devoraba los telegramas que se sucedían. La noche entera fue de
fiesta.
La terminación un gloriosa de esta campaña deja muy arribo el nombre de Chite y
los que han tenido en su dirección una parte tan considerable, como Ud. deben
sentirse orgullosos".
Con
la destrucción de su tercer Ejército, el Perú estaba vencido como nación. No
abrigar ninguna esperanza racional de sobreponerse a la situación que le
creaban sus desastres. Prolongar la resistencia era despedazar el país y
sacrificar lo poco que aún quedaba en pie. Si en ese momento Piérola se yergue
sobre la derrota y proclama en alta voz la necesidad de la paz, habría prestado
un gran servicio a su país Tan honroso como mandar ejércitos y conducirlos a la
victoria, es afrontar las corrientes populares y hablarles el lenguaje doloroso
de la verdad. El Perú no tuvo quien lo hiciera y la falta de ese grande y
sereno patriotismo abrió en su historia un período de nuevas desgracias y de
estériles sufrimientos.
Libro
III
Capítulo 21
Regreso de Baquedano. Los primeros meses de ocupación de Lima
En
los primeros días, de la ocupación, las autoridades chilenas fueron benévolas
con los vencidos. Saavedra mandó a recoger las armas que había en las casas,
invitó a la administración de justicia a reanudar sus funciones y dejó en su
cargo al Alcalde Municipal señor Torrico.
La
preocupación dominante en los plenipotenciarios chilenos era que se abriesen
negociaciones de paz. La expedición a Lima se había hecho para eso, aunque
Pinto no creía en esa paz que recomendaba. Estaba persuadido de que la solución
final no Se obtendría, aunque deseaba intentarla antes de adoptar la resolución
de retirarse de Lima y de hacer regresar el Ejército a sus campamentos de Tacna
y Moquegua. Su propósito era dejar unos 10.000 hombres ocupando Lima y Callao
por un tiempo más. En carta a Vergara decía el 26 de Enero:
"Esta
guerra la concluirá el tiempo y la anarquía delPerú. No habrá Gobierno en
el Perú que acepte las condiciones que nosotros le imponemos, y si lo
hubiera, caería al día siguiente de firmado el Tratado".
Por
suerte los acontecimientos impidieron que el Presidente pretendiera poner en
práctica estas ideas, lo que habría originado una lucha entre la opinión
pública y él, aún más ardiente que la de la Expedición de Lima.
Piérola
había organizado la dictadura dividiendo al Perú en tres zonas: la del Norte,
regida por Montero; la del centro, por Echeñique; la del Sur, por Solar. El
Gobierno administrativo general y el político quedaban en sus manos, siempre
desde la Sierra. Desde allí envió un oficio al cuerpo diplomático de Lima
acusando al Cuartel General chileno de haber violado pérfidamente el
armisticio, en una forma que no lo harían " las tribus
semi-salvajes del África o de la Araucanía". Estos conceptos
injuriosos indujeron a declarar a nuestros plenipotenciarios, Vergara y
Altamirano, que no tratarían con Piérola, lo que fue una desgracia para el
Perú, porque en ese momento Piérola representaba la única autoridad organizada
que podía evitarle la ocupación militar.
Vino
luego una etapa de mayor severidad. Baquedano declaró la ley marcial en la
capital y en el Callao, autorizando a los tribunales militares a proceder en
juicio verbal. Se cobraron los gastos de ocupación y, además, se impuso una
contribución extraordinaria de 5 millones de soles.
Tratando
de establecer un interlocutor que les ayudara a salir del paso, la corriente
peruana llamada "civilista", por oposición a la
"pierolista", ofreció la Presidencia provisoria al abogado arequipeño
Francisco García Calderón y esto dio esperanzas a los negociadores chilenos.
Pronto se desencantaron, pues no se pudo avanzar con el nuevo Gobierno que,
además, hizo prender en el Perú la mecha de la guerra civil.
Un
inconveniente de otra naturaleza vino a complicar la situación. Las relaciones
entre el Ministro Vergara y el General Baquedano hicieron crisis y. lo que es
peor, arrastraron en la contienda a los amigos de uno y otro. Esta disidencia,
mucho tiempo latente, se exteriorizó el día de la entrada del Ejército a lima y
tuvo por escenario un hotel de esa ciudad donde uniformados y civiles
festejaron el glorioso acontecimiento. Hubo allí ataques que Vergara estimó
inadmisibles, especialmente de parte de los artilleros reunidos alrededor del
Coronel Velásquez. El Ministro manifestó entonces a Baquedano que había llegado
el momento de disminuir las tropas de ocupación, comenzando por la Artillería,
a lo que el General en Jefe se opuso, incluso cuando la orden se le reiteró por
escrito. Se trataba de un abierto rompimiento, porque, en concepto de Vergara,
el General Baquedano "quiere abarcarlo todo, según su propio
entendimiento, sin sujetarse a traba ninguna, creyéndose ya con una autoridad
tan soberana como la que residía en los aposentos que ha ocupado", en
el Palacio Virreinal.
La
situación era aún más complicada para el Gobierno, porque las relaciones entre
Vergara y el Almirante Riveros, Jefe de la Escuadra, estaban en peor pie. De
ahí que resolviera: ofrecer al General Baquedano regresar con la parte del
Ejército que se iba a repatriar o quedarse en Lima con la que seguiría
guarneciendo a esa ciudad, y en cuanto a la Escuadra, disponer su vuelta a
Valparaíso, donde se la disolvería sin ruido. Baquedano prefirió regresar a
Santiago.
Sería
muy difícil rehacer el cuadro de entusiasmo que levantó en el viejo Chile la
llegada de sus gloriosos hijos y describir todo lo que un pueblo puede
exteriorizar en materia de cariño, de orgullo y de admiración.
El
Presidente de la República y el Gabinete se encontraron en Valparaíso para dar
la bienvenida a los vencedores. Pinto dirigió sendas proclamas al Ejército y a
la Armada con frases elevadas. El recibimiento en Santiago no fue menos
grandioso. Baquedano vestido de gran uniforme, espada en mano, desfiló el 14 de
Marzo a la cabeza de los cuerpos que batían sus gloriosas banderas mutiladas,
por el centro de la avenida principal de la ciudad, en medio de dos filas de
palcos colocados entre los árboles, llenos con las familias más importantes de
la capital, que sembraban de flores el camino pisado por su caballo, mientras
las bandas de los cuerpos de la guarnición tocaban las canciones de guerra, los
cañones disparaban sus salvas de honor y el aplauso brotaba frenético.
La
labor puramente militar del Ejército está virtualmente concluida. Desde ese día
sus grandes protagonistas se empiezan a dispersar. Baquedano ha regresado a su
hogar, del que no volverá a salir. Lynch está de viaje para la capital, a donde
llega sin estrepito. Velásquez hace lo mismo. Lagos queda al mando del Ejército
de Lima, ciudad donde, asimismo, habitará un tiempo más José Francisco Vergara.
Riveros vuelve con sus buques, en tanto que Latorre y Condell continuarán a
bordo de las naves, soportando una campaña que será más dura que la anterior,
porque carece de gloria y de compensaciones.
La
continuación de la Guerra del Pacífico tendrá un carácter diverso del ya
conocido.
El
Ejército exhibirá otras virtudes. Permanecerá cerca de tres años en el país
vencido, bajo la admirable dirección del Vicealmirante Patricio Lynch, que
mereció ser llamado "El mejor Virrey del Perú". Luchará
ese Ejército con los rigores del clima y con la hostilidad de los hombres, sin
desviarse de la más severa disciplina, y cuando los acontecimientos lo
obliguen, penetrará a la abrupta y quebrada Sierra y sofocará todos los centros
de resistencia del enemigo. La bandera de Chile ondeará en la capital del Perú,
en su primer puerto, en las principales poblaciones de la costa, en las
fronteras de Bolivia, en las márgenes de los ríos amazónicos.
Un
problema dominará toda esa época, el de la paz; obligar a los vencidos a
suscribirla en las condiciones impuestas por el triunfo.
En
esta nueva fase cambiará totalmente el escenario y los personajes. Las jomadas
del Ejercito chileno serán incidentalmente por el desierto de la costa, casi
siempre por los caminos tortuosos de la montaña, defendidos por la rarefacción
del aire, por el frío intenso, por el precipicio, por las rocas colgadas en las
faldas de cerros cortados a pique, echadas a rodar sobre las columna en marcha.
También
cambiarán los hombres. La diplomacia tomará preeminencia sobre la espada.
La
parte esencialmente militar de la Guerra del Pacífico ha terminado y le
sucederá un nuevo período lleno de proyecciones dramáticas y de memorables
enseñanzas.
Ya
me ocupe de la elección, como Presidente Provisional del Perú, de Francisco
García Calderón, candidato de los llamados "civilistas". Una de sus
primeras medidas fue restablecer la Constitución anterior a Piérola, es decir,
desconocer la dictadura, lo que provocó prácticamente la guerra civil. Con el
objeto de que García Calderón pudiera ejercer Sus funciones con independencia
del Ejército de ocupación, el Gobierno de Chile neutralizó el pueblo de
Magdalena, a las puertas de Lima. El Ministerio estaba presidido por Aurelio
Denegri y el encargado de las Relaciones Exteriores era Manuel María Gálvez.
El
12 de Marzo de 1881, García Calderón inauguro su presidencia en aquella pobre
villa de la costa peruana y sus primeras medidas fueron tratar de borrar la
obra de la dictadura. Para ello declaró cesantes todos los municipios nombrados
por Piérola y anuló los nombramientos judiciales, administrativos, políticos y
militares del Gobierno anterior. Las adhesiones vinieron de las poblaciones
ocupadas por las tropas chilenas, como Callao, Trujillo, etc., pero no así de
Arequipa, donde Subsistía el último Ejército del Perú, compuesto de 3.000 a
4.000 hombres. Piérola, por su parte, declaró traidores a todos los miembros
del Gobierno de García Calderón y los condenó a muerte.
Mientras
esto ocurría, el Gobierno militar de Lima había cambiado de manos. El General
Saavedra, sucesor de Baquedano, se marchó a Chile, dejando en su puesto al
General Pedro Lagos.
En
esa hora había relajación en la ciudad. La autoridad militar amenazaba, pero no
cumplía sus amenazas. Baquedano había decretado la ley marcial, pero la medida
no hacía sentir sus efectos sino en los militares que se habían batido en
Chorrillos y Miraflores. La obligación de poseer un pasaporte militar para
salir de Lima no se cumplía por falta de control a la salida de la ciudad El
telégrafo y el correo continuaban en manos de peruanos que lo aprovechaban para
sus contactos con la gente de Piérola. Había, asimismo, indulgencia para
atenuar las faltas de la juventud militar chilena y los viajes al Sur a visitar
la ciudad natal y a recibir el aplauso de los amigos, se habían constituido en
una verdadera fuga.
La
ausencia de jefes como Baquedano, Saavedra, Sotomayor, Velásquez privaba al
Ejército de sus principales respetos. Lagos era, por otra parte, benevolente
allí donde se habría necesitado una mano de hierro para reaccionar contra el
ambiente. Antes de cumplir dos meses en el cargo, fue reemplazado por el
Contralmirante Patricio Lynch.
Mientras
tanto, los montoneros de Piérola amagaban al Ejército de ocupación por el
Oriente, lo cual facilitaba la naturaleza del terreno. En sus correrías
llegaron hasta Chosica, caserío situado en el cajón del Rímac a pocas leguas de
lima. Eran las avanzadas de los pocos soldados con que contaba Piérola, metido
en las alturas inaccesibles, como lo hicieron Laserna en 1821 y Santa Cruz en
1838.
Lynch
desempeñó en Lima el cargo de General en Jefe, desde el 17 de Mayo de 1881
hasta Agosto de 1884, en que las fuerzas chilenas desocuparon el Perú. Cuando
asumió el gobierno, el Perú se encontraba en el mayor desorden que es posible
concebir y fue necesario reorganizar todos los servicios, desde los más altos
hasta los más bajos, porque la guerra había barrido con ellos. También debió
financiar la ocupación y entenderse con los diplomáticos extranjeros. Su
tuición trascendía a la capital y se extendía también a todo el centro del
país, desde Pisco por el Sur hasta Lambayeque y Paita por el Norte.
Para
desempeñar un empleo tan complejo, Lynch poseía un gran carácter, de
inquebrantable dureza cuando era necesario; pero, también, las formas más
elegantes y suaves: la afabilidad comunicativa de un hombre de mundo, con
hábitos formados en la aristocrática compartía de la marina inglesa. Hablaba
correctamente el francés y el inglés, lo que hacía su trato muy agradable para
los extranjeros que llegaban al Palacio de los Virreyes, donde vivía y donde
tenía sus oficinas de despacho.
En
aquel tiempo, la ley de la guerra amparaba al civil que no intervenía en ella,
pero trataba como criminal al paisano tomado en combate con las armas en la
mano. Tal era el caso de los montoneros, en gran parte indios crueles y
salvajes o mestizos mandados por hombres sin noción de cultura. La guerra tomó
formas sanguinarias que no había tenido antes y perdió su fisonomía de lucha
regular.
Para
defender el hospital de Chosica que albergó a los soldados enfermos y
convalecientes de tercianas, el General Lagos había despachado una división de
las tres armas al departamento de Junto, centro donde se formaban los
guerrilleros Allí estaba también situado el famoso mineral de plata de Cerro de
Pasco y era un gran centro agrícola, productor de trigo, cebada y animales.
Situado en el altiplano de 3.000 a 4.000 metros de altura, estaba poblado por
grandes indiadas que le proporcionaban un repuesto de sangre casi inagotable.
La
campana que voy a rememorar ahora es una triste página de la Guerra del
Pacífico y fue conducida por el Comandante de Artillería Ambrosio Letelier.
General Andrés Avelino Cáceres
Esa
expedición nació mal: no recibió instrucciones ni se le anexó una sección que
llevase la contabilidad, recibiese los fondos c inspeccionase los gastos.
Letelier se creyó autorizado, pues, para proceder como quería, considerando el
territorio enemigo como propio y usando de cualquier medio para, proporcionarse
recursos. En el departamento de Junín no había más fuerza organizada que la
escolta de caballería de Piérola: unos 150 a 200 hombres. El resto eran
''cuerpos cívicos", en su mayoría indígenas, con muy pocas armas de fuego,
que sólo hablaban quechua. Las fuerzas de Letelier llegaron tras ellos a
Casapalca y desde allí, habiendo cruzado la gran cordillera que separa la costa
del altiplano, se dividieron en fracciones, cuyo objetivo final era el Cerro de
Pasco, punto que fue ocupado el 27 de Abril. Las pocas tropas peruanas huyeron
a juntarse con Piérola y únicamente quedaron en la alta meseta los habitantes
de la región. Más que campaña militar, la expedición se transformó en una gran
requisición de dinero a mano armada, con el concurso de los peores elementos
sociales.
Subteniente Arturo Pérez Canto
En
esos días asumió el mando Lynch y una de sus primeras medidas fue preocuparse
de que Letelier regresara a Lima y evitar las reclamaciones con que lo
asediaban los extranjeros. Pero la orden, dada el 22 de Mayo, no fue cumplida
sino mes y medio después, ya que Letelier se presentó en Lima sólo el 4 de
Julio. Lynch estaba molesto por una demora que el estimó desobediencia, y al
momento de las cuentas. Letelier debió reconocer que se había gastado una
importante suma del dinero requisado en "gratificar" a los oficiales
que las realizaban. Se ordenó entonces un sumario contra Letelier y sus dos
principales subordinados: los Tenientes Coroneles Hilario Bouquet y Basilio
Roa, todos los cuales fueron posteriormente enviados a Santiago.
Con
la expedición Letelier, en su retirada a Lima, se relaciona el Combate de
Sangra, que revela un valor a toda prueba de jefes y tropa, pero una detestable
pericia militar.
Se
trataba de salirle al paso a las fuerzas que el Coronel Bedoya, Prefecto del
territorio de Canta, tenía en situación de hostilizara Letelier y su gente. Con
tal objeto se envió al lugar llamado Cuevas a una compañía del Buin de 78
plazas -más un corneta de 10 artos- mandada por el Capitán José Luis Araneda.
Pistas tropas alojaron a pocos cientos de metros de Cuevas, en las casas de la
hacienda de Sangra.
El
26 de Junio Araneda fue atacado por unos 300 peruanos mandados por el Coronel
Vento, los que, luego de aislar a dos pequeños grupos de la compañía que habían
quedado fuera de las casas de la hacienda —y que posteriormente se retiraron a
Casapalca, atacaron con denuedo a los 30 hombres de Araneda por espacio de 12
horas. A la medianoche, y al saber que venían refuerzos chilenos desde
Casapalca se retiraron las tropas de Vento. Murieron 17 chilenos y quedaron 20
heridos en un episodio que reveló una vez más el temple de nuestro Ejército.
En
Julio de ese año se reunieron los Congresos auspiciados tanto por Piérola como
por García Calderón, ti primero en Ayacucho y el segundo en Chorrillos. García
Calderón intentó en vano atraer al General Cáceres a su lado, ofreciéndole
incluso el cargo de Primer Vicepresidente. Este prefirió seguir con Piérola.
Ambos caudillos aprovecharon estas altas tribunas para dar desahogo a sus
rencores, para injuriarse, para ahondar su separación en presencia de un
enemigo que tenía en sus manos todos los resortes administrativos del país, que
percibía las rentas de las aduanas, que hacía regir donde quería la ley
marcial. En lo único en que estuvieron de acuerdo aquellos Congresos fue en
manifestar su fidelidad y amor a la alianza con Bolivia, en lo cual hicieron verdadera
puja de halagos y de cumplidos.
Capítulo 22
Primera tentativa de paz. El Perú a fines de 1881
Por
esos días hubo una conspiración financiera y política contra Chile y contra el
Perú. La primera de ellas, representada por el Crédito Industrial de Francia y
el Banco Franco Egipcio del mismo país, más la "Peruvian Company" de
Nueva York, tenía por objeto apoderarse del guano y del salitre existentes en
los territorios conquistados por Chile. Para ello, el Gobierno de los Estados
Unidos debía presionar al Gobierno de Santiago a fin de que desocupara esos
territorios y se contentase con una indemnización. La segunda conspiración,
auspiciada por Christiancy, Ministro norteamericano en Lima, aconsejaba a
Washington anexarse o conquistar el Perú e incorporarlo a la Unión. En un plazo
de 10 años se le instruiría y se cambiarían sus costumbres, para que pudiera
gozar del honor de figurar entre sus Estados y tener opción a una estrella en
su bandera. La idea parece que le había sido sugerida por los mismos peruanos,
los cuales, agregaba, aceptarían la conquista con júbilo.
Como
se ve la conspiración política y financiera flotaba en la atmósfera de las
bolsas de Comercio de Francia y Nueva York. Cada una quería poner la mano Sobre
la herencia y alejar a Chile que estaba en posesión de ella, creyendo fácil
conseguirlo por intimidación.
En
el momento que voy a historiar, toda la preocupación del Gobierno chileno será
celebrar la paz en las condiciones planteadas por sus plenipotenciarios en
Arica: cesión de Tarapacá por Perú y conservación temporal de Tacna y Arica. La
posición peruana cambiaba con el interlocutor: para García Calderón, mientras
confió en el apoyo de los Estados Unidos, fue limitarse a una indemnización a
Chile, pero conservando Tarapacá. Luego se aceptó entregar ese territorio y
discutir lo de Tacna y Arica. Para Bolivia, aunque no se le mencionaba de un
modo explícito, la paz significaba la adquisición de Tacna y Arica.
El
1° de Marzo se realizó una reunión entre el Ministro de Relaciones Exteriores
de García Calderón. Manuel María Calvez, y los plenipotenciarios chilenos
Altamirano y Vergara. Las instrucciones de estos últimos eran exigir, además de
la cesión de Tarapacá, el pago de 4 millones de libias esterlinas, la
conservación de los territorios hasta el Sama mientras no ve entregase
totalmente dicha cantidad y. finalmente, el pago de una indemnización diaria de
100.000 pesos diarios, desde las conferencias de Arica hasta la firma del
Tratado de Paz.
Esta
reunión no produjo resultados, pues el Ministro Gálvez exigió por su parte,
como cuestión previa, la desocupación de Lima, o, por lo menos, que se
entregase a García Calderón el Palacio de Gobierno.
Altamirano
y Vergara renunciaron a su misión y regresaron a Chile.
En
esta lucha por conseguir el apoyo de Estados Unidos, Piérola no se quedaba
atrás. Su plan consistía en mostrarse deseoso de un arbitraje con la
intervención del país del norte. Esto encontró, naturalmente, apoyo en el
Secretario de Estado Mr. Evans y en Mr. Blaine, que le sucedió en el cargo. No
obstante, el momento de anarquía que vivía el Perú impedía la formación de un
Gobierno respaldado por la gran mayoría de los ciudadanos de ese país. Chile
resolvió entonces robustecer el Gobierno de García Calderón y envió como
plenipotenciario en Lima a Joaquín Godoy.
El
reconocimiento de dicho Gobierno por el de los Estados Unidos, el 26 de Junio
de 1881, vino a trabajar en el mismo sentido. García Calderón tomó desde ese
momento un aire de independencia que no se armonizaba con su verdadera
situación: tenía el apoyo de la gente de influencia, pero no el de la opinión
general del país.
Godoy
llegó a Lima lleno de esperanzas. Había sido ahí representante de ("'hile
y tenía muchos amigos. Pero encontró un ambiente distinto del que esperaba.
García Calderón se le Ocultó y así permanecieron cerca de un mes sin verse. Las
reuniones que tuvieron después no aportaron nada a la causa de la paz. En Julio
arribó al Callao un nuevo plenipotenciario norteamericano en reemplazo de
Christiancy: Mr. Steften A. Hurlbut, con quien consultó en adelante García
Calderón todos y cada uno de los pasos que daba. El primer consejo del
diplomático de Washington fue que debían prolongarse las conversaciones
preliminares con Chile todo lo posible, única manera, se pensaba, para
desalentar a nuestro país en sus exigencias de cesión territorial García
Calderón se había afirmado en esa posición, según escribía Hurlbut a Estados
Unidos:
"Calderón
me ha dicho que no consentirá, en ningún caso, en la división del territorio
peruano, y que por esto soportará cualquiera consecuencia "
Godoy
se aburrió y determinó regresar a Chile, como lo hizo, pero antes solicitó de
Lynch que suprimiese el Gobierno de García Calderón, a lo cual este no accedió.
Creyó que una resolución tan grave incumbía a la nueva administración que se
iba a inauguraren Chile un mes después, en Septiembre de 1881.
El
Gobierno chileno mantenía como Ministro en Washington a Marcial Martínez. Era
el período álgido de las dificultades entre Chile y los Estados Unidos. El
Gobierno norteamericano deseaba la paz y temía que la prolongación de la guerra
pudiera suscitarle dificultades con los poderes europeos que pretendían
inmiscuirse, con atropello de la doctrina Monroe. La política de Chile, país al
que el agente norteamericano en Lima presentaba como interesado en prolongar la
guerra, era poco simpática al Gobierno de Estados Unidos.
Mr.
Blaine trató desde el principio a Marcial Martínez con afabilidad, pero no era
sincero. El Departamento de Estado, que había aceptado a Federico Elmore como
agente confidencial de García Calderón, y enviado a Hurlbut a Lima como su
representante diplomático en misión secreta de paz mantuvo estas negociaciones
fuera del conocimiento del enviado chileno en Washington.
Ya
dije que Estados Unidos cambió en Lima a Christiancy por Hurlbut. Lo mismo hizo
en Santiago, donde el General Kilpatrick, casado con una dama chilena,
reemplazó al Ministro Osborn. Las instrucciones a estos dos agentes son del
mismo día (15 de Junio de 1881) y guardan alguna analogía entre sí. A Hurlbut
Se le dice que cualquier cesión de territorio por parte del Perú debe ser
voluntaria y no como condición previa al Tratado, y que los Estados Unidos
podrían ejercer sus buenos oficios para reemplazar aquella cesión por una
indemnización pecuniaria, si hubiera quien la pagara. ¿El Crédito Industrial?
La
misión de Hurlbut fue una marcha fúnebre. El día que tomaba el vapor en Nueva
York, supo que el Presidente Garfield había sido herido en un atentado. Pocos
meses después él mismo cayó fulminado en Lima, más violentamente todavía. Su
compañero de misión. Kilpatrick, también falleció en Chile.
La
acción de Hurlbut en Lima fue múltiple y era un secreto a voces que el enviado
norteamericano se presentaba como aliado del Perú. Los notables se felicitaban
y García Calderón asumía una actitud que no se le había conocido antes:
enhiesto, arrogante, mirando con desdén esa guarnición chilena que tendría que
someterse ante un gesto de La Casa Blanca. No hay duda de que había llegado el
momento de hablar "claro" a Chile.
Esa
palabra "claro" fue el memorándum a Lynch.
Se
trata de un documento redactado por el Ministro Hurlbut, en el que quiso
formalizar la conversación que sostuviera con Lynch el 24 de Agosto, al
recibirlo en la legación norteamericana El jefe de la ocupación chilena se
refirió al rumor que presentaba al diplomático de Estados Unidos como decidido
a oponerse a Chile y a ayudar al Perú. En este memorándum expone su opinión
sobre la situación actual. Una copia fue entregada a García Calderón.
En
parte del mencionado documento se lee:
Participamos
claramente de la opinión de que el Perú debe tener oportunidad para discutir
amplia y libremente las condiciones de la paz, para poder ofrecer una
indemnización que se considere satisfactoria, y que es contrario a los
principios que deben prevalecer entre naciones ilustradas, exigir desde luego y
como un "sine qua non" de paz la transferencia de un
territorio indudablemente peruano a la jurisdicción de Chile, sin manifestarle
primeramente la inhabilidad o falla de voluntad del Perú» para indemnización en
alguna otra forma. Un proceder semejante de parte de Chile encontrará una
decidida desaprobación de los Estados Unidos".
Estos
conceptos produjeron alarma en Chile. El nuevo Gobierno que se inauguró en
Santiago el 18 de Septiembre de 1881, con Santa María como Presidente y
Balmaceda como Ministro de Relaciones Exteriores, pidió explicaciones a
Kilpatrick, quien estimó incalificable la publicación del memorándum y declaró
que la conducta de Hurlbut no se ajustaba a las instrucciones de Washington.
En
Lima la situación se puso muy tirante. Las relaciones del Cuartel General con
García Calderón estaban prácticamente cortadas y el Presidente provisional
vivía en la mayor intimidad con Hurlbut. Cáceres con sus montoneros,
establecidos en Chosica, merodeaba hasta cerca de Lima. Por su parte, la
pequeña guarnición militar de la Magdalena, consentida y armada por Chile,
continuamente desertaba, pasándose al enemigo, lo que hizo a Lynch desarmarla,
recogiéndose casi mil rifles. García Calderón quedó, pues, sin
"ejército".
Ese
fue sólo el primer paso. El 28 de Septiembre. Lynch hizo publicar un bando para
prohibir el ejercicio de cualquiera autoridad extraña en el territorio de su
jurisdicción. García Calderón hubo de entregar las oficinas de su dependencia.
Por excepción se permitió que subsistiesen las autoridades municipales.
Hurlbut,
el confidente de García Calderón, sugirió que se designase a un Vicepresidente
para el caso de que el Presidente depuesto fuera aprehendido y convirtió a la
legación norteamericana en la verdadera sede del Gobierno, donde recibió
"de Mr. Gálvez, el Secretario de las Relaciones Exteriores, algunos
libros, documentos y correspondencia que él considera esenciales, y los tendré
en la Legación". El Almirante Montero fue escogido como Vicepresidente, lo
que él aceptó, rebelándose contra Piérola, de quien era lugarteniente.
El
Ejército de Arequipa, el núcleo armado más fuerte de la resistencia, reconoció
asimismo a García Calderón -o a Hurlbut, que en ese momento era el verdadero
jefe del Perú y Cáceres se sublevó contra Piérola, quien, abandonado de sus
tenientes, renunció a la dictadura y se retiró a Lima.
Los
acontecimientos se precipitaron. García Calderón dirigió una circular al Cuerpo
Diplomático anunciándole la designación de Montero, y Lynch lo hizo aprehender,
junto con su Ministro Manuel María Gálvez, y los hizo conducir al Callao, donde
los esperaba un vapor para llevarlos a Chile.
El
tablero político del Perú se iba despejando.
Luego
vinieron entrevistas de Piérola con Lynch y con el nuevo diplomático negociador
de Chile, Jovino Novoa, enviado por el Presidente Santa María, y de García
Calderón —ya en Santiago— con el propio Presidente. Nada se avanzó hacia la
paz, ante la irreductible posición de chilenos y peruanos respecto a la cesión
de Tarapacá.
La
prisión de García Calderón había repercutido fuertemente en Washington, como
una ofensa. El 25 de Noviembre, Kilpatrick recibió un telegrama del
Departamento de Estado en que se le decía que "Estados Unidos no comprende
la supresión del Gobierno de Calderón y su prisión", anunciándole, al
mismo tiempo, la partida de un enviado especial a Santiago. Se trataba de Mr.
William H. Trescot, acompañado de Mr. Walker Blaine, hijo del Secretario de
Estado. En otro telegrama a Lima se instruía: "Continúe el reconocimiento
del Gobierno de Calderón".
En
Estados Unidos había ocurrido una gran novedad, trastornadora de las
combinaciones del Secretario Blaine. El Presidente Garfield, herido de un
balazo por un loco semi místico llamado Guiteau, falleció a mediados de
Septiembre. El pueblo yanqui entre tanto, sacudiendo su indiferencia, empezó a
preocuparse de la larga guerra de las costas del Pacífico. Llamó su atención,
primero el memorándum de Hurlbut a Lynch, que tuvo amplia publicidad; después
la prisión de García Calderón. Dos diarios agitaban la opinión pública
"The Tribune", órgano de Blaine y "The World", que
pertenecía a un hermano de Hurlbut. En ellos se afirma que Chile abusa de su
victoria, manteniendo bajo sus plantas a un Perú desorganizado, sin fuerzas
para formar Gobierno. ¡Poor Perú!
En
Octubre, el Ministro Marcial Martínez celebró una conferencia muy interesante
con Blaine, relativa a los extraños procedimientos de Hurlburt. El Secretario
de Estado se quejó a su vez de la actuación de Lynch contra García Calderón, a
quien había reconocido Estado Unidos para servir los intereses de Chile,
quedando ahora en una falsa situación. Blaine agregó que era imprescindible que
la guerra terminara cuanto antes y que no habría en Perú quien suscribiese un
Tratado con cesión de territorio.
Ocurre
en el final de ese año algo inexplicable. Blaine se puso a recoger con una
actividad febril el hilo del globo intervencionista que había encumbrado tan
alto. Desautorizó a Hurlbut, le ordenó abandonar al Crédito Industrial y a la
Peruvian etc. y envió a Chile, como dije, a Trescot y a su hijo (2 de
Diciembre). Pocos días después, Blaine fue reemplazado por Mr. Frederick T.
Frelinghuysen, Secretario de Estado del nuevo Presidente de Estado Unidos y
sucesor de Garfield, Mr. Arthur. Desde este momento se modificó la política de
la Casa Blanca en relación a la Guerra del Pacífico.
* *
* *
El
18 de Septiembre de 1881 terminó el período constitucional de la Presidencia de
de Aníbal Pinto y le sucedió Domingo Santa María.
Pinto
se retiró a su hogar modestamente, dejando escrita en la historia de Chile una
página brillante. Él representa la campaña militar; Santa María, la solución,
tan difícil como la otra, sino más. A Pinto le tocó la parte álgida de la
guerra; la improvisación de un Ejército numeroso; el dotarlo de armas que no
había en el país; las duras y difíciles campañas del desierto. Vivió midiendo
los recursos del erario, para que los gastos no superasen a dineros que eran
escasos y que no había como aumentar. Fue inflexible para mantener la
disciplina del Ejército, conteniendo las ambiciones naturales que creaba el
triunfo y manteniendo en todo su vigor el principio civil, que ha sido la
característica de los gobiernos nacionales desde O´Higgins adelante. Pinto fue
ante todo Presidente constitucional y jamás pretendió alterar el régimen normal
por razón de la guerra.
Santa
María había sido magistrado durante largos años y en los círculos forenses se
le respetaba como juez hábil y de una rectitud a toda prueba. Había sido además
parlamentario y un orador político de fuste que apasionaba a su auditorio. Le
tocó ocupar el más elevado cargo del Estado, en un momento muy difícil de la
vida nacional y lo desempeñó con inteligencia y energía.
El
cuadro de la situación del Perú cuando asumió el mando supremo era aterrador.
La intervención norteamericana asumía formas alarmantes. Al abatimiento que le
produjo al peruano la destrucción de sus ejércitos y la caída de su capital,
había sucedido un ambiente de dura rebeldía. Cáceres, desplegando cualidades
notables de organización, mandaba ahora no menos de 3.000 hombres y una reserva
inagotable de indios. Montero -a quien Cáceres reconoció en Enero de 1881-
tenía otro núcleo militar en Cajamarca. En Arequipa, su guarnición de línea se
había incrementado con muchos cuerpos de guardias nacionales. Las armas habían
sido proporcionadas por Bolivia, que disponía de un armamento flamante recién
recibido de Europa.
Políticamente,
el Perú aparecía cortado por una raya de norte a sur: la zona marítima obedecía
a Chile; el resto del país, a los caudillos.
En
realidad, en los meses corridos desde la toma de Lima hasta la inauguración del
Gobierno de Santa María, la causa de Chile había retrocedido en el Perú y la
paz se alejaba más y más cada día. Negándose a tratar con Piérola, Chile había
caído en lo desconocido y nuestra diplomacia nada podía sacar de caudillos como
Cáceres, Montero y el propio García Calderón.
Si
el cuadro del Perú no era halagüeño, tampoco lo era el de Bolivia, la que se
mantenía en el mismo pie desde que su Ejército fue destruido en Tacna. Ni un
paso adelante hacia la guerra, ni un paso atrás hacia la paz. Esta era la
política de Campero, que sus "doctores" llamaban "defensiva
armada". Cada vez que se hablaba de terminar la contienda, la Cancillería
boliviana exigía que se invitase al del Perú para discutir las condiciones
junto con ella, y en el Perú se hacía lo mismo.
En
la parte militar, Santa María, desde su advenimiento al Gobierno, se propuso
enviar expediciones al interior para obligar a quienes acentuaban su rebeldía a
solicitar la paz. Los lugares elegidos para ese efecto fueron Junín y Arequipa,
donde estaban Cáceres y el Coronel Latorre, respectivamente. Para ese objeto
formó un segundo Ejército de 7.000 hombres, recurriendo al inagotable
patriotismo de las poblaciones chilenas.
El
más importante de los funcionarios diplomáticos que Santa María nombró cerca
del General en Jefe Lynch, fue Jovino Novoa, a quien corresponde un papel cíe
primer orden en las negociaciones de paz y en la celebración del Tratado de
Ancón. Novoa procedió con el mayor cuidado para no rozar la susceptibilidad de
Lynch, haciéndose a un lado y prefiriendo la oscuridad, tal como lo había hecho
Sotomayor.
La
intervención de Novoa alcanzó a todo lo que se hizo en Lima en su tiempo.
Carecía de las condiciones externas de Lynch. Era un abogado poco expansivo y
seductor y hacía contraste en la sociedad peruana con aquel jefe elegante que
hablaba tres idiomas. Pero estaba consagrado por entero al interés público y
aunque la opinión pública de Lima lo culpaba sólo a él de ciertas medidas
rigurosas tomadas en común con Lynch, no hizo jamás nada por desvirtuar esa
falsa idea.
Ambos
fueron grandes, cada uno en su medida. La paz no se comprende sin Novoa y la
disciplina del Ejército no se comprende sin Lynch.
Cuando
Santa María inició su período presidencial, el sentir general del mundo era
¿hasta cuándo se extenderá la ya prolongada ocupación del Perú por Chile? Nadie
se daba cuenta que por efecto de la desorganización del país y de la absoluta
anarquía moral no había un interlocutor con el cual negociar. Además, no había
control efectivo de Chile de lodo el país. Santa María se afanaba, pues, porque
se ocupase cuanto antes Junín y Arequipa, teniendo este último punto una
importancia especial como enlace con Bolivia y Su posible cooperación. El
problema era atacar ambos departamentos al mismo tiempo, para evitar que las
fuerzas se uniesen. Lynch calculaba que la expedición a Junín necesitaba 5.000
hombres; que Lima, cuya guarnición ascendía a 8.000 efectivos, podía
proporcionar 3.000, de modo que era preciso enviar del sur 2.000 más. La
expedición de Arequipa requería, a juicio del Gobierno. 5.000 a 6.000. Se pensó
que Lagos debería dirigir esta última expedición, pero los congresales chilenos
se pronunciaron por realizar primero la de Junín y postergar un tiempo la de la
ciudad austral peruana.
El
Ejército de ocupación del Perú, excluidas las guarniciones de Tarapacá y Tacna,
estaba compuesto en la siguiente forma: 2.500 hombres en el norte,
especialmente en el departamento de la Libertad, a las órdenes del Comandante
del batallón Talca. Coronel Silvestre Urízar Garfias; 4.500 hombres en Lima,
escalonados por el norte y el oriente de la ciudad; alrededor de 5.000 en
Callao y 1.200 en Huacho. Las epidemias endémicas de Lima, los malos cuarteles,
la insuficiencia del servicio médico, mantenían una cuota de enfermos de no
menos de 1.000.
Todo
lo que se puede decir en materia de disciplina y de severidad existía en ese
Ejército. Los cuerpos cambiaban de residencia cada cierto tiempo, para evitar
los compañerismos que se crean con los vecindarios. En el día, el soldado se
dedicaba a los ejercicios en el cuartel, y en los de fiesta, los cuerpos hacían
tiro al blanco en un campo llamado Pampa de Amancaes.
Lima
vivía recogida en el orgullo reconcentrado de sus viejos recuerdos. La sociedad
pasaba su tiempo encerrada en sus habitaciones, viendo por entre los bastidores
de sus ventanas esos uniformes odiados que le recordaban el deudo muerto, el
hijo o el amigo ausente en el interior, sufriendo penalidades por seguir a un
caudillo que les ofrecía una victoria segura, con la ayuda de Hurlbut. Todo era
mustio y triste en Lima. Sus damas de distinción, las representantes de la
aristocracia de nobilísimos blasones, no salían de su domicilio sino para ir a
la iglesia el domingo, y solamente allí se les veía desfilar, envuelto y casi
cubierto el rostro con sus mantillas, como una protesta de aislamiento contra
los invasores. La vida social estaba suspendida por completo. Ni teatros ni
fiestas. En los hoteles y restaurantes dominaban los oficiales chilenos, a los
cuales vigilaba severamente el General en Jefe. La vida era apacible y tan
tranquila como podía serlo dada la situación de la ciudad. Lynch había impuesto
el orden. El salía del Palacio solo a horas fijas, de ordinario a la
terminación de su despacho o después de la comida y regresaba también solo, de
noche, sin que jamás le ocurriera ningún incidente desagradable.
Si
había desaparecido la vida social, la vida política subsistía. No se habían
extinguido las discordias ni las odiosidades de los partidos. Civilistas y
Pierolistas procedían por separado, con manifiesta enemistad y el secreto de
sus acuerdos llegaba por una u otra forma a conocimiento de Novoa y de
Altamirano.
El
General en Jefe Lynch designó en Diciembre a su secretario Adolfo Guerrero como
alcalde e Intendente de Lima, con el nombre de Jefe Político, Este mejoró los
servicios locales, introduciendo en ellos un orden no conocido. Limpió la
ciudad, decretando visitas dominicales para extraer las basuras que se
arrojaban a las azoteas por una costumbre inveterada en el Perú: ordenó que
todas las casas se pintaran exteriormente y Lima cambió de aspecto.
En
aquellos días se trató de celebrar una tregua indefinida con Bolivia, la cual
se llegó a considerar muy realizable, y el General Camacho exigió que la
proposición se hiciera extensiva al Perú. El plan consistía en dejar en la
indecisión la suerte definitiva de Tarapacá, Tacna y Arica. El Ejército chileno
se retiraría a la línea del Sama y todos los problemas derivados de la guerra
quedarían pendientes. Eran los días previos a la llegada de la misión especial
norteamericana de Trescot y Blaine hijo y se pensó que esta tregua podría
ofrecerla Estados Unidos a los tres países, quedando Tarapacá bajo el
protectorado de aquel Gobierno.
Este
proyecto que no contaba con la simpatía de Chile, se abandonó al caer el
Secretario de Estado Blaine.
Capítulo 23
Bolivia y la tregua
Desde
el desastre de Tacna, en Bolivia no se hablaba sino de guerra: pero había dos
inconvenientes insuperables para hacerla: falta de armas y de dinero. Por medio
de un esfuerzo supremo, el Gobierno boliviano adquirió en Europa, a principios
de 1881, rifles, municiones y cañones, para caer sobre Tacna cuando los
chilenos la hubiesen desocupado en su marcha a Lima. Lo que faltaba lo suplía
la admirable sobriedad de un pueblo que necesitaba mucho menos que cualquier
otro para las operaciones militares. Con todo, la mencionada expedición a Tacna
no se realizó jamás. Campero explicó la situación diciendo que ello se debió a
la rapidez de la acción chilena sobre Lima y "porque no hubo
requerimiento alguno de parte del aliado, que era lo que esperábamos conforme
al plan preconcebido".
La
noticia de la toma de Lima cayó como una bomba en Bolivia. Campero llamó al
país a la calma y ofreció no abandonar jamás la causa del desventurado aliado
peruano. Pero era notorio que existían en el altiplano hombres distinguidos
partidarios de entenderse con Chile. Bolivia ha hecho, decían, lo que es
humanamente posible en favor del aliado. Ha llegado el momento de pensar en sí,
con templando los problemas propios.
Uno
de los que discurrían de este modo era el Primer Vicepresidente Aniceto Arce;
otro, el Presidente de la Convención de 1880, Mariano Baptista. Campero,
queriendo poner fin a esa campaña enervante de su política guerrera, desterró a
Arce. Bajo los auspicios de estas tendencias contradictorias de la opinión
pública, se reunió en La Paz la Convención de 1881, con el objeto de fijar
rumbos a la política de guerra de Bolivia.
Por
esos días, en Octubre, Chile y Argentina llegaron a un arreglo de sus
cuestiones limítrofes y Bolivia se dio cuenta que no podía seguir fundando
esperanzas en la intervención del Gobierno de Buenos Aires. Fue entonces cuando
tuvo lugar un nuevo esfuerzo de paz entre Chile y Bolivia, partiendo esta vez
la iniciativa del General Camacho, quien estaba prisionero en Santiago desde la
batalla de Tacna. Hubo entrevistas con Santa Marta y con Lillo que no dieron
resultado, porque lo que Camacho pedía era una tregua durante la cual Chile
sólo tendría la ocupación "militar" del litoral, lo que no aceptaba
Santiago, que exigía allí el imperio de las leyes chilenas.
El
12 de Diciembre se envió a Tacna, como Jefe Político, a Eusebio Lillo, quien
recibió en esa ciudad, a principios de Enero siguiente, a Mariano Baptista, de
paso a Panamá a la reunión de un Congreso. Llevaba cartas del General Campero,
del Segundo Vicepresidente Salinas y del Ministro de Relaciones Exteriores
Zilvetti. De lo conversado hay constancia en una carta que Lillo dirigió al
Presidente Santa María el 14 de Enero de 1882.
"He
hablado con Baptista sobre un Tratado de Paz y Alianza.». Hay dos puntos
capitales en el Tratado: la incorporación a Chile de todo el litoral antes
boliviano y la rectificación de fronteras al norte de Camarones para que
Bolivia tenga salida al Pacifico y quede interpuesta entre Chile y el Perú,
sirviendo de valla en lo futuro si alguna vez nuestro eterno enemigo llegara a
tener fuerzas u ocasión para crearnos dificultades. Respecto del litoral
boliviano, Baptista desea que la cesión a Chile se haga como el pago de la
indemnización de la guerra, y en cuanto a la rectificación de fronteras,
quisiera que continuando Chile en la ocupación de Tacna y Arica, llegara a
efectuarse la transmisión a Bolivia sin que aparezca como violencia hecha a
estas poblaciones. Croe él y creo yo que estos habitantes en la generalidad han
roto sus lazos de nacionalidad y de afecto con el Gobierno de Lima y que en
poco tiempo más no habrá dificultad para hacerlos aceptar, con propio
consentimiento, la incorporación a otra nacionalidad".
He
insertado este trozo para que el lector comprenda cómo se generó el Tratado de
Ancón, el cual no fue una creación de última hora sino la condensación de las
ideas que fueron surgiendo en las negociaciones que le precedieron. Cada una
dejaba un sedimento o material con que se elaboró aquella pieza diplomática.
Lillo
y Baptista se pusieron fácilmente de acuerdo. Aquél presentó sus bases que
consistían en dejar a Chile en posesión de los territorios bolivianos del
litoral por una tregua indefinida, gobernándose por las autoridades y leyes
chilenas, y no pudiendo interrumpirse esa cesación de hostilidades sino con un
año de aviso: el restablecimiento de las relaciones comerciales con franquicias
recíprocas para la exportación de mercaderías por sus puertos de mar y de
cordillera, y una reducción del 50°/o de los derechos de aduana a las
mercaderías bolivianas que pasaran por los puertos chilenos. Baptista las
consultó con su Gobierno, el que las aprobó. Convenidos ya en lo substancial,
los negociadores solicitaron poderes de sus Cancillerías para suscribir el
Tratado. De Chile se le enviaron a Lillo el 20 de ese mes de Enero. A Baptista
no se le enviaron jamás. ¿Qué había sucedido? Que el recién llegado Ministro
norteamericano en Bolivia. Mr. Charles Adams, -quizás más intervencionista que
Hurlbut obtuvo de Zilvetti que no mandase los poderes solicitados por su
negociador y que, aun, declarase que Baptista no procedía con autorización
suya. Este afirmó, por su parte, "que la idea y bases de la tregua
hallaron favorable acogida en mi Gobierno".
Los
esfuerzos honrados de los negociadores de Tacna fueron burlados por esta
intervención.
Lillo
y Baptista, más que diplomáticos, eran hombres leales, la antítesis de la
diplomacia retorcida y capciosa. Su amistad databa de largo tiempo, desde la
juventud de ambos, cuando Lillo era un muchacho semi inspirado con algo de
poeta y mucho de soñador, y Baptista un abogado joven, sin pasado, pero
descollante desde los albores de su notable vida pública.
Como
ya se vio, a fines de Diciembre de 1881 llegaron al Callao Trescot y Blaine
hijo, con instrucciones inspiradas en un propósito belicoso en contra de Chile.
Sus
puntos esenciales eran estos:
1. Pedir
el restablecimiento de García Calderón, cuya deposición se consideraba como un
reto contra los Estados Unidos, o la ruptura diplomática.
2. No
aceptar que Chile intentara resolver por sí solo la guerra.
3. No
aceptar la anexión de Tarapacá.
4. Amparar
el supuesto derecho de Landreau a su reclamación por 300 millones de dólares.
5. Pasar
por Argentina y Brasil a solicitar su cooperación para obligar a Chile a
someterse a estos dictados.
Pero
cuando los enviados especiales llegaron a Valparaíso el 4 de Enero, los
esperaba un telegrama del sucesor del Secretario de Estado Blaine, Mr.
Frelinghuysen, que alteraba esas instrucciones y les recordaba: "El
Presidente reconoce que el Perú y Chile son Repúblicas independientes a las
cuales no tiene derecho ni deseos de mandar".
La
presentación de credenciales de Trescot a Santa María se realizó en un ambiente
amistoso. Trescot era un soldado con casaca diplomática. Franco, exteriorizaba
fácilmente sus impresiones con mentalidad sajona, sobrio de maneras. Reveló en
Chile una gran prudencia. Su misión era ahora difícil, porque el cambio de
instrucciones lo privaba de rumbo.
Las
conferencias oficiales de Tescot se extendieron entre 16 de Enero y el 11 de
Febrero. Se trató lo relativo a García Calderón y a la actuación
intervencionista de Hurlbut; de la ocupación indefinida del Perú y de la falta
de un Gobierno peruano con el cual tratar de la indemnización pecuniaria, etc.
En
la tercera reunión, el Ministro Balmaceda presentó las condiciones de paz de
Chile:
1. Anexión
de Tarapacá.
2. Retención
de Tacna y Arica por 10 años o más, al cabo de los cuales se devolverían al
Perú, a cambio de un rescate de 20 millones de pesos, entendiéndose que
quedarían definitivamente para Chile si el Perú no satisfacía esa condición.
3. Explotación
por Chile del guano de las islas de Lobos, obligándose a ceder la mitad de su
producto y el de las guaneras de Tarapacá a los acreedores peruanos.
El
argumento de Balmaceda para no entregar Tarapacá se basaba en la existencia de
un 80% de chilenos en esa región, los que no podían quedar bajo la autoridad de
funcionarios enemigos: el vencedor bajo el poder del vencido, lo que ningún
país del mundo aceptaría en la situación de Chile. Trescot entendió la
situación y contestó: "No diviso la posibilidad de que Perú pueda
dar garantías eficaces para lo futuro a las poblaciones chilenas de
Tarapacá".
Pero
Washington no quiso aceptar una solución que, además de consultar la entrega de
Tarapacá, exigiese el pago de 20 millones de pesos. Entonces Trescot propuso la
venta de Tacna y Arica por 6 u 8 millones de pesos. Esta fórmula entraba en la
tradición de su historia, porque la guerra de su país con México había
terminado con la anexión de una gran sección de territorio mucho más grande por
su puesto de la que Chile exigía ahora del Perú. Chile aceptó la modificación
propuesta por Estado Unidos.
En
carta de Balmaceda a Novoa del 7 de Marzo de 1882, le decía al respecto:
"Chile
quiere a firme Tacna y Arica, aunque dé algunos millones, porque así que con la
llave de Bolivia y (con) la plaza fuerte y estratégica de Arica."
Con
la intervención de Adams debió terminar la misión de Baptista en Tacna, como se
vio más atrás. Este se volvió a Bolivia profundamente agriado. Vino enseguida
otra misión de paz, representada esta vez por Juan C. Carrillo, ex Ministro
ante Montero del anterior Gabinete boliviano. Tampoco resultó, como fracasaron
asimismo las gestiones en Washington de los representantes del Perú y de
Bolivia, señores Elmore y Cabrera.
Carrillo
se reunió varias veces con el representante de Montero en Urna, Ramón Ribeyro.
A principios de Julio, y luego con el nuevo representante del Vicepresidente
peruano, Mariano Alvares. No hubo acuerdo. El representante boliviano abogaba
por la tregua con Chile y el peruano ponía condiciones previas como la libertad
de (Jarcia Calderón o el reconocimiento de Montero. Por supuesto que ni uno ni
otro deseaban ceder los territorios ya en poder de las fuerzas chilenas.
Claro
que los argumentos de Carrillo variaban si los exponía a Álvarez, o, luego, a
Lynch y a Novoa. Al primero decía:
"La
anexión del litoral boliviano a Chile sería más grave y trascendental que la de
Tarapacá, si se considera que Bolivia pierde, en tal supuesto, su independencia
comercial, con peligro de su independencia política. Que Bolivia, cerrado el
Océano y el litoral de Atacama que le permitían salvar el desierto para
comunicarse con el mundo, tendría que ser la única nación de América que se
viese condenada al aislamiento, sin la libre expansión comercial que forma la
vida de los pueblos".
A
Novoa decía Carrillo, según carta del primero al Ministro de Relaciones
Exteriores Luis Aldunate, sucesor de Balmaceda, el 5 de Agosto de 1832:
Para
Bolivia, me decía, no es cuestión de territorio, puesto que tiene tanto que
pasarán siglos sin poder poblarlo. Lo que ella quiere son franquicias
comerciales, ya que encerrada en el continente necesita vía por donde recibir y
enviar sus frutos y ponerse en relación con el mundo".
Continuare
ahora con la misión de Trescot en Lima.
Allí
llegó el 29 de Marzo de 1882, a tiempo para asistir a los funerales de Hurlbut.
Se reunió luego con Lynch y con Novoa, pues estaba empeñado en negociar la paz
sobre las bases privadas que había convenido con Balmaceda. Partió enseguida a
Cusma y de allí a Huáraz, esta última etapa en mula, por caminos escabrosos.
Capitán Ignacio Carrera Pinto
La
política interior no había terminado en el Perú. Civilistas y Pierolistas se
acechaban y combatían con tanto encono como el que sentían por el invasor, y
quizás más. Todas las gestiones de conciliación fracasaron, pues las ofensas
recíprocas eran demasiado graves, y no se podía pedir el sometimiento de un
bando a otro.
Subteniente Luis Cruz Martínez
En
lo que ambos bandos estaban acordes era en rechazar las demandas de Chile.
Después del paso de Trescot, los Pierolistas creyeron que debían someterse a lo
irremediable y ofrecieron su apoyo a Montero, siempre que éste celebrase la paz
y reuniese una Asamblea Constituyente, lo que éste no aceptó. Viendo entonces
el pierolismo que no había medio de conciliar tendencias tan opuestas, pensó en
el mes de Junio en levantar al General Miguel Iglesias como caudillo de la paz.
Así hace su aparición en la historia este hombre honrado y enérgico que tuvo el
valor de afrontar todas las injusticias en la mayor de las crisis por las que
su país hubiera jamás atravesado.
* *
* *
Va
dar a conocer las ideas que predominaban en esos meses en el Gobierno chileno.
El
cansancio irresistible de la cuestión peruana-boliviana se traducía en los
proyectos de tregua ya revelados. Quería verse desembarazado cuanto antes de
ese problema, que ponía al país en los mayores peligros; que hacía soportar a
nuestro Ejército epidemias mortíferas y que lo condenaban a la actitud
expectante de guardián de vidas y de propiedades en Lima. El país lo secundaba
en ese deseo.
Pero
idea de dejar Lima era también resistida. Allí habían encontrado colocación
bien remunerada los postulantes chilenos a empleos que pululaban alrededor de
los Ministerios; los comerciantes que negociaban con el Ejército; los oficiales
que gozaban de consideraciones que no obtenían en Chile; los militares
ocasionales o "asimilados" que sabía lo que les traería su
licenciamiento: el trabajo duro del campo o de las faenas mineras. El Gobierno
tenía buenas razonen adicionales para desear poner fin a la ocupación.
Hasta
hubo quien propiciara el retiro inmediato de las fuerzas chilenas hasta el
Sama, dejando entrojado el Perú a su propia suerte. Fue Adolfo Guerrero, Jefe
Político de Lima, quien lo propuso al Presidente Santa María. La argumentación
era: no hay un Gobierno peruano que acepte nuestras condiciones de paz. A pesar
de los vigorosos razonamientos de nuestro Ministro en Lima, en Santiago no se
abandonó la idea de la desocupación y las consultas se repitieron por parte de
Santa María y de sus Ministros.
Capítulo 24
Las montoneras. Batalla de La Concepción
Como
he tenido ocasión de decirlo, Santa María deseaba imprimir gran actividad a las
operaciones militares en el Perú, porque no veía otro medio de acelerar la
celebración de la paz. Se proponía enviar una expedición a Arequipa y otra al
valle de Jauja, o sea al departamento de Junín, que proveía a Cáceres de
subsistencias y de soldados.
Esta
empresa se la consideraba halagadora y de muchos resultados prácticos,
forjándose así ilusiones. En Santiago y en el Cuartel General se creía que
estando la Sierra dominada por los montoneros sin Dios ni ley, recibiría a los
chilenos con los brazos abiertos; pero este prospecto se disipó como el humo y
la expedición produjo resultados diametralmente contrarios.
Lynch
ideó el plan de tomar a Cáceres entre dos fuegos, amagándolo de frente con una
división y cerrándole la espalda con otra. La primera, a cargo del Jefe del
Estado Mayor, General José Francisco Gana, iría por la vía férrea para amenazar
Chosica: la segunda, mandada por el propio Lynch, marcharía a la quebrada de
Canta, para ocupar la retaguardia de Cáceres y cortarlo.
La
división de Lynch salió de Lima el 1º de Enero de 1882 y constaba de 3.670
hombres de las tres armas. La división Gana partió 5 días después con 1.556
hombres.
Lynch
era contrario a esta expedición, por la época del arto en que se emprendía. El
habría preferido el mes de Abril, sin lluvias ni nevazones. Sus observaciones
no fueron oídas.
Gana
llegó a Chicla el 8 de Enero. El enemigo iba en retirada desde la Chosica sin
oponerle ninguna resistencia. Los caminos quedaron cubiertos de cajones de
víveres, de uniformes, de rezagados, de enfermos, de moribundos acurrucados o
tendidos en el suelo por no poder continuar la marcha. ¿Por qué Gana no
aceleraba el paso aprovechando ese desbande? Lo probable es que siendo la
operación parte de un plan, no Se atrevía a desbaratarlo, anticipándose a las
fechas acordadas. El debía dar tiempo a que arribara de Canta la división de
Lynch. Debido a esto, el Ejército de Cáceres pudo llegar en dispersión, pero no
disuelto, a Tarma, donde se reconcentró.
* *
* *
Sólo
el 14 de Enero se reunió con Gana en Chicla la división de Lynch, pero sin
artillería, la que este hizo regresar a Lima porque las bestias se caían
rendidas de fatiga en los malos caminos. Nueve soldados perecieron de frío, al
avanzar con gran dificultad por las laderas mojadas y resbalosas, vadeando los
torrentes sin puentes, alojándose a la intemperie en las frígidas noches
cordilleranas, careciendo de combustible, con los zapatos destrozados. El
General en Jefe regresó a Lima a comunicarse por telégrafo con el Presidente y
a exponerle que 13 expedición estratégica había fracasado totalmente y que
debía aguardarse la estación propicia para pasar la cordillera y penetrar al
interior. Todo fue inútil y Lynch debió someterse por segunda vez a la orden que
se le imponía.
Casapalca
era el punto indicado de reunión para el paso de la Cordillera. Está situado al
pie de la falda occidental de la gran muralla de granito y la senda pasa a
5.500 metros de altura, rumbo a Pachachaca, que yace a! pie de la falda
oriental. En el primero de estos puntos se hizo el acopio de los víveres, de
los animales y del forraje. Se juntaron 1.250 bestias: 200 tomadas en la
campiña de Lima, 350 burros. 100 mulas y 600 caballos de la artillería.
En
el costado oriental de la cordillera corre encajonado el rio de la Oroya, en
cuyas riberas Se desarrollaron todas las operaciones de esta
campaña. Entonces tenía un puente que era la llave de comunicación entre la
costa y el interior, o sea entre Lima y el departamento de Junín. Cerca de la
Oroya, pero Separada por un estribo de la cordillera, se encuentra Tarma,
ciudad de alguna importancia, tal vez la segunda del departamento después de
Cerro de Pasco, su capital.
El
departamento de Junín, teatro de las operaciones por realizarse, está encerrado
de Norte a Sur por los dos grandes ramales de la cordillera y densamente
poblado por aborígenes quechuas y aimaras, cuyo número bordeaba entonces los
200.000.
En
el extremo Norte del departamento hay una gran laguna que lleva también el
nombre de Junín, célebre en la historia americana porque en su borde meridional
se libró el encuentro de caballería entre Bolívar y Canterac. De ella nace el
rio, que corre de Norte a Sur cambiando su nombre según las localidades.
Primero se llama de la Oroya, después de Jauja, luego de Izcuchaca. En este
punto concluye el valle y el río se encajona y entra al departamento de
Ayacucho, dejando en su ribera oriental los pueblos de Jauja, Concepción y
Huancayo y más al Sur los villorrios de Zapalenga, Pucará y Marcavaye. La línea
militar de las fuerzas chilenas abrazaba desde Cerro de Pasco por el Norte,
hasta Marcavaye por el Sur.
En
Chicla se reorganizó la división del General Gana para que continuara sola la
campaña. Sus 2.301 hombres estaban repartidos entre el batallón N° 2, a las
órdenes del Coronel Canto; el Lautaro, con el Coronel Robles: el Chacabuco, con
el Comandante Manuel Pinto Agüero; la Artillería con el Comandante Antonio R.
González; el Regimiento Carabineros de Yungay con el Teniente Coronel Alcérreca
y los Cazadores a Caballo con el Capitán Belisario Amor.
La
división de Gana llegó a Oroya el 23 de Enero, luego pasó el puente y ocupó
Tarma dos días después. La gente de Cáceres se retiraba al departamento de
Ayacucho y Gana pudo haberles cortado el paso, pero no lo hizo. El 1º de
Febrero, el General Gana entregó el mando al Coronel Canto y regresó a Lima.
Canto
imprimió mayor actividad a las operaciones Para ello fraccionó la división en
dos grupos que siguieron al Sur, uno a cada lado del rio, con encargo de
juntarse en el pueblo de la Concepción. Uno lo mandó él y el otro el Coronel
Robles. Se inició entonces una persecución a las fuerzas de Cáceres, que
marchaban pocas leguas delante de ellos. Canto y Robles alcanzaron la
retaguardia peruana en Pucará, donde se empeñó el primer combate, quedando en
el campo de 60 a 70 muertos y 38 prisioneros de la división que huía. Pocas
leguas más al Sur, el Coronel Cáceres tuvo un inconveniente no previsto, en el
pueblo de Ayacucho, donde se encontró con 1.000 hombres del Coronel pierolista
Panizo, con los cuales se trabó en lucha, imponiéndose finalmente Cáceres.
* *
* *
Cuando
Canto llegó a la Sierra, toda la región estaba arruinada y b guerra había
reducido sus poblaciones a la miseria. Imponerle la obligación de pagar la
subsistencia de un cuerpo de Ejército de 2.000 hombres era disputarle los
últimos recursos que poseía. De allí que luego de pasar el mes de Marzo
relativamente tranquilo en Huancayo, tuvo que hacer frente en Abril a la
resistencia activa de las comunidades indígenas, que se llevaron sus animales
agrandes distancias, los escondieron, y atacaron con mazas, hondas y lanzas. A
esto debe agregarse que la vida era dura, lo que aumentó las deserciones. En su
persecución llegó hasta Tingo María, sobre el río Huallaga (afluente del
Amazonas), un pelotón de Carabineros de Yungay al mando del Capitán José del
Carmen Jiménez. Es probablemente la ocasión en que la bandera de Chile ha
llegado más lejos.
El
tifus y la viruela se declararon en Huancayo y se calcula que una cuarta parte
de las tropas chilenas murió o enfermó gravemente. Por falta de hospitales,
muchos debieron trasladarse a Lima y el problema se puso tan agudo que el
Gobierno, con el informe favorable de Lynch y de Novoa, ordenó la retirada de
Huancayo, centro de la infección, a otras localidades como Jauja. Concepción y
Tarma, y el traslado del 2º de Línea a Lima, con su jefe Canto. Quedó pues a
cargo de las fuerzas el Coronel de Caballería José Miguel Alcérreca.
Desde
que se supo que Huancayo iba a ser desocupado, Cáceres aumentó las hostilidades
y trató de cortar todo aprovisionamiento a las fuerzas chilenas, que ya estaban
escasas de víveres, de forraje, de leña y hasta de municiones. Conocedor del
terreno, el Coronel peruano se preocupó principalmente de tomarse el puente del
Oroya, sin conseguirlo, pues fue bravamente defendido por un destaca mentó
mandado por el Teniente Francisco Meyer.
Canto
inició la desocupación de Huancayo el 6 de Julio, con los enfermos, y dispuso
que el Chacabuco partiera al día siguiente a la Concepción con su Comandante
Pinto Agüero, lo que se postergó hasta el 10. El mismo Canto no pudo hacerlo
sino ese día, preocupado por los ataques cada vez más audaces de Cáceres contra
los puestos chilenos, esta vez contra el de Marcavaye. Sólo el 10 de Julio,
como digo, marchó la división de Canto hacia la Concepción y allí presenció el
cuadro dantesco de aquella plaza cubierta de cadáveres.
* *
* *
El
caserío de la Concepción está rodeado de cerros con frente al río de Jauja. En
1882 tenía cuatro manzanas edificadas alrededor de una plaza con cuatro
entradas, como la famosa de Rancagua. Uno de sus costados lo ocupaba una
iglesia y un edificio techado de paja que era el cuartel. El campanario del
templo dominaba el patio de aquel edificio. Guarnecía a la Concepción la 4a.
Compañía del Chacabuco, compuesta de 66 hombres con cuatro
oficiales; los acompañaban 8 soldados y un oficial convaleciente de la tifoidea
y tres mujeres chilenas que estaban junto a sus esposos. Una de ellas estaba
encinta y su hijo nació durante el combate. La compañía había ligado el 6 de
Julio y la mandaba el Teniente Ignacio Carrera Pinto, quien acababa de ser
ascendido a Capitán, lo que no alcalizó a saber. Era nieto de don José Miguel
Carrera y pariente del Presidente Pinto. Tenía 31 años de edad. Los otros tres
oficiales eran casi niños: no más de 20 años el mayor, no menos de 18 el menor.
Sus nombres: Julio Montt, Luis Cruz y Arturo Pérez Canto. Esta compañía, a sólo
20 kilómetros de Huancayo, carecía de caballería. Un soldado de esta arma
habría podido salvarla.
Carrera
Pinto estaba sobre aviso de la inminencia de un ataque y adoptó la única
precaución que podía tomar, la de acuartelar su tropa.
El 9
de Julio, de paso al norte a ocupar los desfiladeros de Apata, el Coronel Juan
Gastó supo que en la Concepción estaban aislados unos setenta y tantos hombres.
Disponiendo de fuerzas regulares cinco veces superiores, creyó facilísimo
destruirlos. A las 2.30 P.M. de ese día, los peruanos coronaron los cerros
inmediatos al pueblo y la indiada se precipitó por los callejones que conducían
a la plaza dando gritos en medio de un ruido infernal. La compañía chilena
cerró las cuatro entradas que daban a ella.
El
Combate de la Concepción no tuvo testigos chilenos porque todos perecieron. Los
peruanos que hubieran podido dar informaciones sobre él huyeron al saber la
aproximación de nuestro Ejército, y los pocos que se quedaron fueron fusilados
en el furor de la venganza. La hora no era para oír declaraciones. Tiene valor,
entonces, la versión recogida por el Coronel Canto de un español que presenció
el combate desde la plaza. Asimismo es digno de fe el sencillo y elocuente
oficio del Comandante del Chacabuco, Teniente Coronel Pinto Agüero, al
reconstituir la escena en que había sucumbido su heroica compañía.
Según
los datos más exactos, la refriega empezó a las 2.30 de la tarde del 9 y
terminó a las 9 A.M. del día siguiente, una hora antes de que llegara el resto
de las fuerzas chilenas. Los chilenos defendieron primero la entrada de la
plaza y en la tarde del 9 se retiraron al cuartel que defendieron toda la
noche. Cada uno tenía 100 tiros que dispararon metódicamente. En la mañana del
10 los peruanos se subieron a la torre y desde allí incendiaron el techo del
cuartel mientras otros soldados penetraban al recinto abriendo forados en las
paredes.
Según
Canto, el exterminio no había sido hasta entonces completo, porque
sobrevivieron cuatro hombres y el Subteniente Cruz, quienes volvieron a salir
de la plaza, batiéndose al arma blanca, rodeados de un gran masa enemiga, hasta
que el oficial cayó derribado de un balazo y con él dos de sus acompañantes;
pronto murieron asimismo los otros dos.
Las
mujeres fueron arrastradas, desde el cuartel, desnudas, a la plaza, por la
turba lujuriosa y soez, y asesinadas, lo mismo que el niño nacido esa noche.
Los cadáveres fueron despojados de sus ropas y mutilados por los indios, como
animales sacrificados en un matadero.
He
aquí el parte de la relación de Canto:
"El
aspecto que presentaba el cuartel era lúgubre y muy conmovedor, porque sólo
quedaban montones de cadáveres y el hacinamiento humeante de los escombros. Se
comprende la precipitación con que enemigo debe haber emprendido la fuga, que
no tuvo tiempo para apoderarse de la bandera que flameaba en la puerta del
cuartel.
Ordené que como el cuartel estaba colindante con la iglesia, se hiciese dentro
de ella una fosa conveniente para enterrar a los oficiales y a la tropa que
cupiesen y enseguida se pegase fuego a la iglesia para que los escombros de
ella salvaguardasen la ´profanación de sus cadáveres. Todo lo cual se ejecutó
anunciándoselo al Comandante Pinto Agüero, quien había ordena sacar los
corazones de los cuatro oficiales y ponerlos en un frasco con alcohol para
traer un recuerdo de esos héroes.
En la casa del señor Duarte, en donde yo estuve en el pueblo de la Concepción,
me refirió un sirviente de nacionalidad española – y que era el único habitante
que cuidaba la casa – que el combate había empezado a las dos y media de la
tarde del día 9, por dos batallones perfectamente armados que arreaban a más de
2.000 indígenas para obligarlos a atacar el cuartel. La tropa se defendía
heroicamente disparando sus armas con mucha calma y había veces que una misma
bala tendía a dos o tres individuos. Que en la noche no cesaron de atacar el
cuartel, tomando posesión de la torre de la iglesia la tropa enemiga que venía
con rifles y de donde hacían a los chilenos gran número de bajas. Vino el día
10 y tan pronto aclaró – y como no podían penetrar al cuartel – encendieron
fuego por dos partes, auxiliándose con estopa mojada en parafina y con lo que
consiguieron realmente que el fuego consumiese el edificio.
Como a las 9 de la mañana del día siguiente no quedaban sino el Subteniente De
la Cruz y cuatro soldados que defendieron la entrada del recinto del ya quemado
cuartel. Se notó a esa hora que ya habían agotado todas sus municiones, porque
no hacían ningún disparo, y entonces alguna voces peruanas que conocían
perfectamente al oficial le gritaban: "Subteniente De la Cruz: ríndase,
hijito. No tienen para que morir." A lo cual él les contestaba. "¡Los
chilenos no se rinden jamás!" Y volviéndose a su tropa le preguntaba:
"¿Verdad muchachos?" Los soldados contestaban afirmativamente y
entonces el oficial les mandaba a calar bayoneta y se iban furiosos contra las
masas indígenas. De suerte, pues, que ya fatigados tuvieron que rendir la vida,
quedando algunos clavados en las lanzas de los salvajes y al Subteniente De la
Cruz se le aplicó un tiro por la espalda. Refirióme el español que cuando no
podían hacer rendirse al Subteniente De la Cruz, hicieron llegar hasta el
cuartel y acompañada de una mujer, a una jovencita a quien el oficial saludaba
siempre con cariño, para que fuese a rogarle que se rindiese, y el oficial la
rechazó indignado.
Los últimos dos soldados que escaparon después de la muerte de De la Cruz se
refugiaron en el atrio de la iglesia y allí se les notó que hablaban. Luego se
abrocharon el uniforme, se pusieron el barbiquejo y se lanzaron sobre la turba
para morir rifle en mano".
El
recuerdo que se viene espontáneamente a la memoria al hablar del Combate de la
Concepción es la hecatombe de Iquique. Una muchachada heroica; igual espíritu
de sacrificio; el recuerdo de la patria alentando el último latido de sus
valerosos corazones; el precepto de una inflexible tradición de honor. En la
rada de Iquique y en la plaza de la Concepción se escribió una ley de acero
para las futuras generaciones chilenas.
Canto
se detuvo muy poco en la Concepción. Después de enterrar a los muertos y de
perseguir a las montoneras que se habían ocultado en los alrededores, siguió a
Tarma y de aquí a Oroya, con los enfermos a caballo y en literas. Se había
fijado este último punto para concentrar las tropas, demasiado dispersas en
pequeños grupos y expuestas a los ataques. En Oroya se encontraron en la
situación más penosa: no había dónde guarecer la tropa de la lluvia y de las
nevazones. Las bestias, faltas de forraje, se alimentaban con la paja que
techaba las habitaciones. A estas dificultades se agregaba la falta de víveres
y los nuevos casos de tifus y de viruela. Lynch ordenó que el Coronel Urriola
tomase el mando de la división y que la condujera de regreso a Lima, pasando
por Chicla, lo que hizo a fines de Julio. Después de tantas penalidades, las
tropas se veían marchando disciplinadamente, en perfecto orden, sin que se
pudiera pensar que habían sufrido las penalidades de Huancayo, la vida azarosa
de Marcavaye, de Pucará y la hecatombe de la Concepción.
La
campaña, considerada desde el punto de vista de su objeto, fue un desastre.
Emprendida en el concepto de ganarse la simpatía de la Sierra y de privar de
nuevos soldados al ejército de Cáceres, lo que consiguió fue estimular un
levantamiento de odios implacables y dar a Cáceres un poderoso concurso de
hombres. El Coronel Canto, resumiendo los resultados en un despacho escrito en
Lima, decía: las pérdidas han sido por muertos en combates, 154; por
enfermedades. 277; por deserción, 103. Total, 534 individuos. Casi el 20% de la
división.
Mientras
tanto, en la región azucarera se habían establecido divisiones para resguardar
el trabajo de los ricos ingenios y creado aduanas en sus principales puertos,
para costear los gastos de ocupación. Había una guarnición de 3.000 hombres en
el departamento de Libertad y se había ocupado Cañete y el departamento de Ica
con 2.100 soldados. Las requisiciones forzadas produjeron levantamientos y hubo
asaltos peruanos en Tambo de Mora y en Chincha y otro, el más importante en el
pueblo de San Pablo, cerca de Cajamarca, en el departamento de Libertad. Este
último ataque, que causó a los chilenos varias decenas de muertos, fue dirigido
por el propio Coronel Lorenzo Iglesias.
En
la Libertad, en lea y en Junín, las guarniciones chilenas vivían con el arma al
brazo. Los destacamentos que ocupaban las aldeas no tenían momento seguro. Vida
de zozobras, sin gloria, de sacrificios sin recompensa, de sufrimientos sin
estímulo. El enemigo y las epidemias espiaban los campamentos chilenos en esa
eterna ocupación del Perú que parecía no terminar nunca, sin divisarse todavía
una expectativa de paz.
* *
* *
Hasta
el Combate de la Concepción, el régimen implantado en Lima por el Cuartel
General había sido benigno; pero cuando se supo de sus detalles abominables,
dominado por la mayor indignación, ordenó que se deportase a Chile a los
notables de la capital, a quienes suponía complicidad con las montoneras y se
aplicase mes a mes a la ciudad un cupo de guerra que le hiciese sentir el rigor
de la nueva política.
El
momento más duro de la vida de la capital peruana fue desde Agosto de 1882 a
Febrero de 1883. Se impuso a Lima una contribución mensual de 100.000 pesos de
plata, que debían satisfacer 50 personas bajo pena de prisión y de confiscación
de bienes. Para evitar que se burlara la orden, se prohibió a esas personas
transferir sus bienes o girar sobre sus fondos en los bancos, lo que produjo
una perturbación profunda en la vida de las principales familias. La
deportación de altas figuras de la política y de la sociedad fue también muy
dura y cada captura y destierro daba origen a escenas
dolorosas en las oficinas de Palacio.
Pero
los cupos no contaban con el concurso abierto y franco del Cuartel General. En
Febrero de 1883, Lynch se pronunció contra ellos y consultó el caso al
Gobierno. Santa María se encontró perplejo. La medida era opuesta a sus
sentimientos y él la había aconsejado en un momento de indignación. Se puso
término a los cupos y no quedó vigente sino la deportación de las personas que
ya estaban en Chile o de las que hubo que alejar después por algún motivo
especial.
Capítulo 25
Iniciativas de paz. Conferencia de Chorrillos
Cuando
todas las expectativas de paz parecían disipadas, se abrió el horizonte por
Cajamarca. Residía allí el General Iglesias, quien había mandado en Chorrillos
la división del Ejército peruano que mejor resistió el ataque chileno. Era un
hacendado opulento, de los más pudientes de su país.
Iglesias
veía el territorio del país invadido, sus riquezas perdidas, sus principales
ciudades en poder del enemigo, sus ejércitos incapaces de vencer, que solo
prolongaban la agonía. Gran amigo de Piérola, aceptó en Febrero de de 1882 el
cargo de Jefe del Ejército del Norte que le ofreció Montero.
En
abril de ese año se manifestó por de la paz y el 31 de Agosto suscribió un
manifiesto en su hacienda de Montan, con cesión de territorio, Dijo a este
respecto:
"Se
habla de una especie de honor que impide los arreglos pacíficos cediendo un
pedazo de terreno, y por no ceder un pedazo de terreno, que representa un
pedazo de terreno que representa un puñado de oro, fuente de nuestra pasada
corrupción, permitimos que el pabellón del enemigo se levante indefinidamente
sobre las más altas torres desde Tumbes al Loa…"
Conociendo
el ambiente moral del Perú en aquellos días, el grito de Montan es uno de los
actos de mayor valor cívico que registra la historia americana.
Iglesias
sustrajo de la autoridad de Montero la parte del país sometida a su
jurisdicción, la cual abarcaba los departamentos de Piura, Cajamarca, Loreto,
Lambayeque, Libertad y Ancachs, o sea, una tercera parte del Perú. En el
manifiesto, convocaba a una Asamblea de los departamentos sometidos a su mando
para el 25 de Noviembre, ofreciendo resignar el poder ante ella para que
resolviera libremente la celebración de la paz, o la continuación de la guerra.
¿Cómo
fue recibido en el Perú el manifiesto de Montan?
Con
una protesta general casi unánime. No se oyeron sino exclamaciones airadas,
gritos de indignación, manos crispadas contra el agente del enemigo que se
atrevía a desafiar el patriotismo peruano. Si Iglesias hubiera estado a su
alcance, el pueblo lo habría destrozado. Los civilistas eran los que gritaban
más recio y los que circulaban las insinuaciones más graves contra el cómplice
de Chile. El primero que tradujo la impresión general fue Cáceres, llamándolo
traidor en proclama dirigida a su Ejército y presentándolo armo un cobarde que-
imploraba la paz de rodillas. Montero también lo declaró traidor y borró su
nombre del escalafón militar. Igual repulsa recibió de García Calderón.
Iglesias,
azotado por el vendaval, permanecía enhiesto y firme en la posición que tomó en
su manifiesto, pero sólo, ya que el pierolismo aceptó su punto de vista
únicamente hasta que Piérola se pronunciara y este no lo ratificó.
Montero
llegó en visita a Arequipa el mismo día que Iglesias daba a luz su manifiesto,
donde se le hizo un gran recibimiento, con casas embanderadas y arcos de
flores. El Vicepresidente declaró a Arequipa capital de la República, mientras
durase la ocupación de Lima, organizó un Ministerio y dio el mando del Ejército
al Coronel Suárez. Enseguida convocó para el 15 de Marzo de 1883 un Congreso
que se pronunciaría sobre la cuestión internacional pendiente.
Luego
se fue a Bolivia. Allí Campero se comprometió a darle un subsidio mensual. Le
ofreció su cooperación militar en el caso de que Arequipa fuera atacada y le
dio seguridades de no tratar la paz separadamente con Chile.
* *
* *
La
Asamblea convocada por Iglesias en Cajamarca se pronunció, a fines de Diciembre
de 1882, unánimemente, en favor de la paz inmediata. La Asamblea le confirió el
cargo de Presidente Regenerador, declaró a los montoneros fuera de la ley e
invitó al país a ratificar su resolución por medio de un Congreso General
Constituyente.
El
Presidente Santa Mana creyó que el grito de Montan era la manifestación de un
hombre sincero - a diferencia de Novoa que desconfiaba de él y que merecía ser
tomado en cuenta. En Perú se creyó uniformemente que Iglesias había sido
lanzado por Chile a la arena política, lo cual era absolutamente inexacto, ya
que procedió por inspiración propia o por influencia de sus amigos políticos.
* *
* *
Creo
útil interrumpir aquí esta relación para echar una mirada a la política
norteamericana.
El
Gobierno de Estados Unidos decidió renovar las negociaciones iniciadas por
Trescot y aprovechó para ello el envío a Santiago de un nuevo Ministro: Mr.
Logan. Esto coincidió con el cambio de la política norteamericana, que desde la
caída de Blaine se ajustaba la neutralidad y al ofrecimiento de buenos oficios
sin intervención para dictar la paz. En Bolivia se cambió al Ministro Adams por
Mr. Maney y en Lima, el fallecido Hurlbut fue reemplazado por Mr. James
Partridge. Las declaraciones de uno y otro coincidieron en el sentido de que
Estados Unidos se colocaba en términos de absoluta imparcialidad.
Ya
no se hablaba de Tarapacá. Ese punto había quedado resuello con el viaje de
Trescot. Lo único en cuestión era Tacna y Arica, y la Cancillería
norteamericana propiciaba ahora una fórmula de incorporación a Chile,
obteniendo para el Perú "compensación equitativa"’, El momento
parecía propicio para intentar un nuevo esfuerzo. Las medidas de rigor
adoptadas después del Combate de ¡a Concepción habían ablandado muchas
resoluciones empedernidas. Había una corriente pacífica y se manifestaron propósitos
conciliadores.
Mr.
Logan fue recibido por el Presidente Santa María el 7 de Septiembre de 1882. La
proposición que traía era lisa y llanamente la compra de Tacna y Arica por
Chile, en una cantidad no especificada de dinero. Además, la cesión al Perú de
la utilidad que percibía Chile en la venta de guano de ¡as islas de Lobos. La
solución para Tacna y Arica era semejante a la empleada años antes entre
Estados Unidos y México.
Pero
García Calderón, a quien visitó Logan, vacilaba y sólo aceptaba lo concerniente
a Tarapacá. Resolvió entonces dirigirse a Angol, donde vivía un selecto grupo
de desterrados peruanos, el que aceptó en principio el plan de Estados Unidos.
García Calderón pareció ceder, pero al momento de dar su aprobación final, se
negó, diciendo que no consentiría jamás en tal arreglo.
Logan
ofreció entonces el arbitraje del Presidente de los Estados Unidos sobre la
compra de Tacna y Arica. Chile aceptó siempre que el árbitro fuera un
representante diplomático de ese país y no su Presidente: enseguida, que el
árbitro resolviera tomando en cuenta las consideraciones políticas que Chile
contempla satisfacer adquiriendo e! dominio de los territorios referidos, al
ajustar una paz estable con Bolivia; finalmente, que si el arbitraje fuera
adverso para Chile, continuaríamos ocupando Tacna y Arica quince años más.
García Calderón complicó las estipulaciones de este arreglo con sus dudas y
vacilaciones y la misión Logan terminó sin pena ni gloria.
* *
* *
Veamos
lo que pasaba en Perú y Bolivia.
Desde
su llegada a Lima, en Junio de 1882, el Ministro Partridge se limitó a destruir
en los dirigentes peruanos cualquier esperanza de cooperación de los Estados
Unidos. Luego trató de llevar adelante el siguiente plan: se reunirían
representantes de los tres beligerantes y discutirían de acuerdo a las
siguientes bases: cesión de Tarapacá y cesión o venta a Bolivia de Tacna y
Arica. De ser rechazado esto último, se neutralizaría ambos territorios,
declarándose que Arica no podría ser fortificada. Novoa rechazó estas bases. En
vista de ello. Partridge convocó una reunión de los representan les
diplomáticos europeos en Lima, lo que fue mal visto por Washington, por
estimarse que contrariaba la doctrina Monroe.
El
Ministro Frclinghuyscn, junto con desautorizar a Partridge, llamó a Godoy y le
instó a apresurar la solución del conflicto, advirtiéndole que ese
Gobierno "se está viendo inducido a ejercer una intervención que
hasta ahora ha repugnado".
Partridge
regresó a los Estados Unidos y al año siguiente se suicidó en Esparta,
completando la lista mortuoria de los diplomáticos norteamericanos que
figuraron en la contienda del Pacífico: Kilpatrick, Hurlbul y él.
* *
* *
La
negociación Logan había despertado la susceptibilidad de Bolivia. Se había
actuado como si ese país no existiera o fuera solamente un apéndice del Perú.
El
país se había situado entre la paz y '3 guerra y dos corrientes políticas se
disputaban la opinión pública. La de Baptista, Presidente del Senado, que
deseaba prescindir del Perú en su búsqueda de la paz con Chile, y la de
Campero, quien no aceptaba nada que pudiera debilitar la Alianza. Ambas
corrientes chocaron con violencia en la Convención Nacional de fines de 1882.
Como la paz con puerto propio en el Pacífico parecía por el momento difícil, la
Asamblea se inclinó por la suscripción de una tregua. Así se daba tiempo, por
otra parte, para que se aclarara la situación de Tacna y Arica, aspiración
boliviana que había sido halagada por Santa María y por Lillo.
Pero
la Batalla de Tacna había creado para Chile una situación nueva.
Antes
de que se librara. Chile había ofrecido Tacna y Arica a Bolivia, siempre que se
desprendiese de la Alianza, y Bolivia había preferido correr la suerte de las
armas y contribuido con su Ejército a disputarle la posesión de esos
territorios. ¿Podría ahora exigir lo que pudo ser el precio de su adhesión? El
sentimiento chileno tenía razón de formular esta presunta en presencia de las
exigencias bolivianas: ¿Quién ganó la Batalla de Tacna? Este combate era el
final de una política. Bolivia prescindía de este aspecto esencial y
fundamental.
En
cuanto a la negociación de la tregua con Chile, el Senado decidió que ella se
haría conjuntamente con el Perú.
A
fines de 1882 estuvo a punto de celebrarse otra entrevista entre Lillo y el
Vicepresidente Belisario Salinas. Pero esta fracasó, pues se trató de hacer
parte de las conversaciones a un agente de Arequipa, lo que Chile no aceptó.
Era la tercera o cuarta vez que las negociaciones con Bolivia se suspendían por
un mal entendido. Obraba también un sentimiento nuevo en la política de
Bolivia. Por haber sido tan halagada de parte de Santa María, había llegado a
creerse indispensable. Estaba persuadida que Chile no podía solucionar la
guerra sin su concurso. Santa María, que había fomentado ese sentimiento,
reconocía que ahora era un obstáculo para la terminación de la guerra.
En
Marzo de 1883, la iniciativa se renovó por carta del Ministro de Relaciones
Exteriores de Bolivia. Antonio Quijano, a su colega chileno Luis Aldunate. Esta
vez se proponía a nuestro país una reunión tripartita que llegase a una tregua
común a los tres países. Aldunate se negó nuevamente a tratar con el
representante de un gobierno peruano que no reconocía. Pero había, como otras
veces, un problema de fondo. Chile deseaba un tratado de paz con el Perú y una
tregua con Bolivia ¿Por qué? Porque como Santa María tenía en vista ceder a
Bolivia una zona de mar en la región de Tacna y Arica, era preciso que la
negociación con Bolivia no tuviese carácter definitivo y que tuviese la
negociación con el Perú, para adquirir esos territorios y transferirlos luego
al país del altiplano. Esta doble orientación de tregua y de paz definitiva fue
un enredo permanente que hacía mirar de diversa manera la situación con uno y
otro país y que impedía tratar conjuntamente con ambos.
Las
dificultades aumentaban el deseo de Santa María de obtener una solución de paz.
Era un carácter fuerte que se erguía ante las resistencias. El horizonte se le
presentaba cerrado al finalizar el año 1882; no había posibilidad de entenderse
con ningún caudillo peruano. García Calderón estaba dejado de mano. Un hombre
que teme es hombre que desaparece y eso es lo que le había pasado a él. Cáceres
representaba la resistencia a todo trance de sus montoneras y no había
posibilidad de hacer oír en ese centro la voz del patriotismo sereno. Otro
tanto pasaba en Arequipa: Montero había halagado en tal forma los sentimientos
belicosos, que entrar por una vía tranquila era exponerse a las más serias
contrariedades.
No
había, pues, nada que esperar de los caudillos peruanos.
Y
del lado de Bolivia, muy poco. Al concluir 1882, la diplomacia estaba
paralizada ante la dificultad de la representación simultánea del Perú y de
Bolivia en cualquiera negociación de paz. Es cierto que quedaba una pieza en el
juego: Iglesias, pero ni Santa María ni Novoa le daban importancia todavía, ya
que no tenía sino 400 hombres escasos.
Domingo Santamaría González (Santiago 1825 - Santiago 1889). Presidente de
Chile entre 1881 y 1886
La
decepción de Santa María era grande en los primeros días de 1883. Así le
escribía a Novoa:
"No
veo posible la paz ni con el Perú ni con Bolivia. Dos locos mandan estos países
un excepcionales y tan raros.
Y como Montero no quiere la paz, y como García Calderón tiene miedo, y como
Cáceres está como los guanacos en la Cordillera, y como Iglesias no tiene
fuerzas no se divisa en qué tiempo tendremos un arreglo".
En
enero y febrero de 1883, la política chilena adoptó un rumbo resucito en favor
de Iglesias, dejando a Novoa el cuidado de procurarse las garantías necesarias
para evitar que se repitiera lo sucedido con García Calderón.
El
objetivo principal de Santiago era la formación del Gobierno de Iglesias. Para
cooperar con él dejó en libertad en Chillán al periodista José Antonio Lavalle
y a don Andrés Avelino Aramburú, quienes se prepararon a partir al Callao. El
intermediario con Iglesias era su cuñado don Mariano Castro Zaldívar. Entre las
condiciones de paz precisadas al líder de Cajamarca, estaba el precio que Chile
pagaría por Tacna y Arica: 10 millones de pesos. Además, que los territorios
cedidos o vendidos no reconocían deuda.
Esta
última cláusula fue rechazada por Iglesias. Le abrumaba la idea de que el Perú,
privado de su riqueza fácil, el salitre y el guano, quedase oprimido con una
responsabilidad que no podría satisfacer."Con esa deuda - decía - nos
quedaría un cáncer incurable". El problema era grave. Nadie en
Chile, y menos que nadie Santa María, asignaba a Tarapacá el valor de la gran
deuda peruana. Nadie preveía el futuro del salitre. Hasta entonces había
producido una renta fiscal escasa y se le consideraba como un artículo
subalterno respecto de su rival, el guano. Santa María estaba tan persuadido de
que esa deuda de 50 a 60 millones de libras esterlinas superaba el valor de
Tarapacá que habría preferido cien veces dejar la guerra sin solución antes de
suscribir un compromiso semejante.
Antes
de partir de regreso a su patria. Lavalle conversó con Santa María y le expresó
que a él no le agradaba la idea de vender Tacna y Arica a Chile y que prefería
cederlas. La razón era simple: en esa forma no se daba a Chile título perfecto
y quedaba abierta la expectativa de reivindicación en el futuro. Lavalle estaba
convencido de que, en una u otra forma, esos territorios cambiarían de
soberanía mis adelante, incluso entregándose a Bolivia.
General Alejandro Gorostiaga Orrego
Lavalle
estaba pesimista y escribió a Iglesias el 3 de Abril de 1883:
Si
Ud. no obtiene de Chile condiciones de más equitativas… es Ud. un hombre
perdido y su misión, así como la paz, son imposibles".
La
respuesta de Iglesias es patética:
"Convencido
estoy, amigo mío, íntimamente convencido, de que nada, absolutamente nada
ventajoso podemos esperar de la resistencia. Es pues necesario suscribir la
paz… como cada día, cada hora que transcurra de estúpida resistencia, da a
Chile pretexto para reduplicar sus imposiciones, creo sinceramente honrado
patriótico, valeroso y noble aceptar inmediatamente sus tratados.
Yo, a nombre del Perú, encomiendo a la diplomacia a desvelarse, agotar sus
recursos, para suavizar siquiera en la forma nuestra desventura, pero, créalo
Ud., estoy resuelto a no demorar un minuto, sean cuales fueren los sacrificios,
la devolución de la paz a nuestra patria que agoniza. Queda Ud. especialmente
autorizado para firmar en mi nombre lo que Chile imponga en ultimátum, porque
la salvación del Perú así lo exige. Pase Ud., si es necesario, por el
reconocimiento por nuestra parte de la deuda externa".
Este
era el ambiente en que se desarrolló la negociación. Los civilistas deseaban el
fracaso de Iglesias y consideraban la solución o el triunfo presidencial de
aquel. Lynch tampoco era afecto a Iglesias, lo encontraba escaso de prestigio y
creía preferible entenderse con Piérola o con Cáceres. En Chile, en el círculo
oficial se consideraba que todo arreglo con Iglesias estaba condenado a
fracasar lastimosamente. Así lo decían Aldunate, Altamirano y muchos más. Pero
Novoa, sin desanimarse, echó sobre sus hombros la responsabilidad de tratar con
Iglesias, hasta dejarlo instalado en Lima, con el apoyo decidido de Santa
María.
La
primera conferencia se celebró en Chorrillos el 27 de Marzo de 1883. Por Chile,
Novoa; por el Perú, Lavalle y Castro Zaldívar. No había Secretario ni se
extendieron actas. Lavalle objetó la venta de Tacna y Arica diciendo que si su
país podía renunciar a sus riquezas, no podía allanarse a vender poblaciones y
que para salvar las susceptibilidades nacionales parecía mejor acordar un
plebiscito para Tacna y Arica, a 10 años plazo, a ciencia cierta de que al fin
de ese término el plebiscito diría lo que Chile deseara. Más adelante insistió
en que Chile se subrogase en el pago de la deuda pública peruana y se obligase
a satisfacerla con el 50°/o del producto del guano conocido y de! salitre.
La
segunda conferencia tuvo lugar también en Chorrillos el 9 de Abril. Novoa
manifestó la aceptación del Gobierno de Chile de realizar un plebiscito en
Tacna y Arica en el plazo de 10 años. Lavalle tocó entonces dos nuevos puntos:
que Chile pagase después del plebiscito los 10 millones de pesos a que se había
comprometido en conversaciones anteriores y que el Perú no insistiría en el
pago de la deuda con las entradas del salitre sino únicamente del 50% de las
utilidades del guano, hasta la extinción de este abono o de la deuda.
La
tercera conferencia se realizó el 22 de Abril y Novoa aceptó, de acuerdo a
instrucciones, el pago de 10 millones de pesos, bajo condición de reciprocidad,
de modo que la adquisición de esos territorios importase una compra para uno y
otro país, alternativamente. Hubo negativa de Santiago a una solicitud anterior
de Lavalle a desocupar el Callao y Lima y a reconocer a Iglesias.
Podía
argumentarse que si Chile ganaba Tacna y Arica por plebiscito, estaba fuera de
toda lógica pagar I ü millones por una compra inexistente. Pero como en el
fondo el plebiscito era nada más que una invención para disimular la venta, no
había razón fuerte que excusara el pago de la cantidad ofrecida. Los peruanos
objetaron, eso sí, la reciprocidad en el pago que exigía Santiago.
En
la cuarta conferencia, del 3 de Mayo, se dio forma a lo convenido en un
documento que se envió a Iglesias a Cajamarca y que este devolvió firmado en un
pliego con las armas del Perú.
El
artículo 1º de ese documento dice:
"Cesión
a favor de Chile, perpetua e incondicional, del departamento de Tarapacá, todo
esto es por el Norte basta la quebrada de Camarones, pasando ese territorio en
consecuencia bajo la soberanía absoluta de Chile".
Y el
artículo 2º:
"Los
territorios de Tacna y Arica, en posesión de Chile, serán sometidos a la
legislación y autoridades de Chile, durante 10 artos, a partir del día en que
se verifique el Tratado de Paz. Expirado este plazo se convocará a plebiscito
que decidirá a voto popular si esos territorios permanecerán bajo la soberanía
de Chile o si volverán a la del Perú. Aquel de los dos países a favor del cual
quedarán anexados definitivamente pagará al otro 10 millones de pesos moneda
chilena de plata o soles peruanos de ley igual a aquellos".
El
artículo 3° se ocupó del pago de la deuda a los acreedores del Perú y el 4º al
guano de la isla de Lobos.
En
resumen, la anexión de Tarapacá se consideró como la indemnización de guerra
que el Perú no podía pagar en otra forma. La compra de Tacna y Arica, en 10
millones, fue patrocinada por Prescott y Logan y aceptada por la Cancillería
norteamericana; buscándose la analogía de solución con su propia historia. Como
solución conciliadora, para hacer un servicio al General Iglesias, se aceptó la
venta encubierta con un plebiscito, a solicitud de Lavalle y Castro Zaldívar.
Capítulo 26
Huamachuco y el Tratado de Ancón. Campaña de Arequipa
El
convenio preliminar de paz fue recibido con grandes protestas de indignación en
Arequipa y en el Departamento de Cáceres. El Congreso de Arequipa ratificó la
elección de García Calderón como Presidente, de Montero como 1er.
Vicepresidente y nombró a Cáceres como 2º Vicepresidente, pronunciándose además
por la continuación de la guerra sin tregua ni descanso y por la alianza con
Bolivia.
Para
Montero y su círculo, lo esencial, por el momento, era atajar a Iglesias. Nada
más acertado, pensaron, que mejorar las condiciones aceptadas por éste y, de
paso, complacer a Bolivia. Con ese objeto, Montero hizo saber verbalmente al
Ministro Aldunate, por interpósita persona, su deseo de suscribir la paz con
las siguientes condiciones: 1) Cesión de Tarapacá; 2) Cesión de Tacna y Arica a
Bolivia: 3) Pago a Chile, hecho en común por el Perú y Bolivia, de una
indemnización de 60 millones de pesos.
El
Gobierno de Chile tomó estas proposiciones como "travesuras de los
políticos peruanos", nacidas de su temor a un Iglesias que se
agrandaba. Novoa observó desde Lima el sospechoso empeño del Gobierno de
Arequipa de ofrecer por su mano, no por la de Chile, Tacna y Arica a Bolivia.
En carta del 7 de Julio de 1883 expresaba al Presidente Santa María:
"Quizás
es también digno de considerarse el hecho del afianzamiento de la Alianza
peruano-boliviana mediante un Tratado que dé a esta última República los
territorios de Tacna y Arica que el Perú le ofrece, si bien con sacrificios
pecuniarios, al paso que si Chile toma esos mismo territorios puede hacer a
Bolivia concesiones mercantiles de no poca valía o bien traspasárselos más
tarde, no ya por obra del Perú sino por un acto espontáneo de nuestra
parte."
La
política de resistencia a la paz tenía otro foco ardiente en los campamentos de
Cáceres. Este hombre obstinado no desmayaba en su indómito propósito de
continuar la guerra. La campaña que ahora va a comenzar se desarrolló en la
parte de la Sierra situada al Norte de Cerro de Pasco, que es diferente a la
del Sur que conocemos. En esa región septentrional, la Cordillera se divide en
dos brazos paralelos y la gran meseta se fracciona en valles limitados por esas
montañas, uno es el de Huaraz, el otro, que corre también como éste de Sur a
Norte, se llama de Pomabamba. Al Oriente está la selva amazónica y al Poniente
una región estéril y montañosa que se acerca a la costa, importante por sus
minas, con los pueblos de Oyon, Ocros y Sayan. Allí merodeaban montoneras
peruanas, dependientes del Ejército de Cáceres.
Lynch
quiso destruir a Cáceres y envió al Jefe de Estado Mayor, el Coronel don Marco
Aurelio Arriagada, con 1.300 a 1.400 hombres, entre los cuales 1.100 eran de
Infantería de los cuerpos veteranos 3° de Línea y Coquimbo; 4
piezas de montaña Krupp y 50 Carabineros de Yungay, en tres buques de la
Escuadra. Pero el 22 de Marzo, cuando Arriagada desembarcó en Chancay, Cáceres
estaba en el interior, en Palpa, rumbo a sus guaridas de Canta.
El
plan ideado por el Cuartel General consistía en atacarlo con varias divisiones
hasta encerrarlo, algo difícil de ejecutar en un territorio tan vasto como la
Sierra. Gorostiaga le obstruiría el camino del Norte; la división de Arriagada
le empujaría como una barredora hacia las líneas de Gorostiaga: y en la puerta
de entrada del departamento de Junín lo esperaría el Coronel Urriola con dos
cuerpos de Infantería.
Pero
antes de esta campaña, que culminó en la Batalla de Huamachuco, hubo de
limpiarse de montoneras que operaban en las inmediaciones de Luna,
especialmente al Oriente, en la vía férrea que va de Chosica a Chicla. Esto lo
llevó a cabo una división de 1.800 hombres a las órdenes del Coronel del Buin,
Juan León García, quien se dirigió luego en 7 jornadas a Canta, donde ya no se
encontraba el escurridizo general peruano. También envió Lynch al Coronel Canto
con una división a Chicla. Dentro del plan de la campaña en proyecto, estos
movimientos tenían el carácter de preparatorios y se continuaron en el mes de
Mayo, cuando León García llegó a Tarma, ciudad que tomó sin resistencia, pues
Cáceres había salido de ella unas horas antes. Lynch designó como jefe de todas
las fuerzas chilenas de la Sierra al Coronel Arriagada.
La
división expedicionaria continuó la campaña de persecución y fueron cayendo
varias pequeñas localidades, hasta llegar a Aguamiro, punto de intersección de
los caminos que llevan a Cajamarca por el callejón de Huáraz. Entre tanto,
Gorostiaga avanzaba desde Huamachuco a la localidad de Caraz, persiguiendo a
Recabarren, brazo derecho de Cáceres.
El
20 de Junio se reunieron en Yungay las fuerzas de Cáceres y de Recabarren.
Gorostiaga se situaba en el Norte de ese punto con 1.000 hombres y Arriagada en
el Sur con 3.000. En el centro, los peruanos. La alegría chilena de dar la
Batalla en Yungay, sitio de tantos recuerdos heroicos, se esfumó, pues Cáceres
continuó su camino, ahora al Oriente, engañando a Arriagada, quien se volvió
con sus tropas hacia el Sur, a Cerro de Pasco y de ahí a Lima. Gorostiaga quedó
solo, entregado a su propia suerte, con los 1.000 hombres que comandaba frente
a 3.000 peruanos y varios miles de indios.
Militarmente
considerado, el Ejército de Arriagada no desempeñó otro papel que echar a
Cáceres contra Gorostiaga. En lo demás, su viaje fue inútil, aunque sus
sufrimientos, soportados en silencio, autorizan para decir que jamás se
manifestaron mejor que entonces las vigorosas cualidades de una raza. Recorrió
centenares de leguas durmiendo en los páramos, cruzando en invierno las nieves
eternas con soldados mal alimentados, mal calzados, desprovistos de abrigo. Sin
combatir, tuvo sin embargo bajas que llegaron a la cuarta parte de los
efectivos: 130 muertos de cansancio, 29 desaparecidos que rodaron en los
precipicios, 574 enfermos que debieron ser enviados a Lima. Se repetía la
experiencia del Coronel Canto, del año anterior.
Gorostiaga
comprendió que Cáceres y Recabarren no regresarían hacia el Sur antes de atacar
las fuerzas de Iglesias y trató de interceptarlas en algún punto de los altos
farellones del río Santa. Se decidió por el paso de Cajamarca. que lleva a esa
ciudad. Estaba además preocupado por la guarnición chilena de Trujillo, de 600
hombres, a cuyo Comandante, don Herminio González, se le había ordenado
dirigirse a su encuentro. González le llevaba algo muy importante: 80.000
cápsulas de infantería que mucho se necesitaban.
Como
Gorostiaga no alcanzara a impedir el paso de los peruanos hacia el Norte,
decidió volverse a Huamachuco, deshaciendo el camino y allí se juntó con
González el 7 de Julio. Esta ciudad tenía por entonces unas 8.000 almas. Al
poniente de ella corre un río; al Oriente se extiende una planicie rodeada de
cerros, la de Purrubamba, donde se desarrolló gran parte de la batalla. Al
Norte está el cerro Sazón y por el Sur, uno más alto llamado Cuyulga. En este
último se estableció Cáceres y en el otro. Gorostiaga, población por medio.
El 8
de Julio, a mediodía, llegaron Cáceres y su gente, y los soldados chilenos, que
descansaban en la población, se concentraron, como dije, en el Sazón, dejando
atrás algunos fondos donde se paraba el almuerzo y caballos y asnos que no hubo
tiempo de trasladar. No quedó en Huamachuco sino un varioloso que esa noche fue
descuartizado por los irregulares peruanos.
Las
fuerzas de Cáceres estaban divididas en dos fracciones: el Ejército del Norte
dirigido por el Coronel Recabarren y el Ejército de! Centro, que mandaba el
Coronel Francisco de Paula Secada; el total de efectivos ascendía a 3.800
hombres. La Artillería constaba de 11 piezas a las órdenes del Coronel Federico
Ríos y además había dos escuadrones de Caballería.
El
personal directivo de la división chilena es conocido. El Jefe de! Estado Mayor
era el Comandante Merino; el del batallón Talca, Alejandro Cruz; del
Concepción, González; de las dos compañías de Zapadores, el Capitán Alejandro
Canales; de Cazadores, el Comandante Alberto Novoa, cuyo segundo era el Mayor
Sofanor Parra. La Artillería la mandaba el Comandante Fontecilla; Jefe del
Parque el Teniente I. Abel García; el Servicio Sanitario corría a cargo de los
médicos González Vera, Carlos Vargas Clark y Manuel Rencoret.
Al
amanecer del 10 de Julio, Gorostiaga envió a los Zapadores de Canales a hacer
un reconocimiento ofensivo al cerro Cuyulga que, por impetuosidad de su jefe,
se transformó en batalla, entrando a defenderlos los Cazadores a Caballo. La
línea chilena quedó con el Talca a la izquierda y el Concepción a la derecha.
Poco a poco los combatientes descendieron al plano entre los dos cerros, a la
pampa de Purrubamba, donde la superioridad numérica peruana podía ser temible.
El punto más amagado de la línea de Gorostiaga era nuestra ala izquierda que
defendían el Talca y la Artillería. Aquí se distinguió una compañía del Talca
mandada por el Capitán ayudante Julio Z. Meza, que hizo una brillante
resistencia.
La
batalla continuó cerca de dos horas y las huestes peruanas se creyeron
vencedoras, oyéndose gritos entusiastas de ¡Viva el Perú! La Artillería peruana
bajó también a la llanura, errado movimiento que precipitó el desenlace.
Estrechadas las filas, no había movimiento táctico posible y en ese momento,
cuando escaseaban las municiones por ambos lados.se tocó "calacuerda"
en las filas chilenas: la Infantería cargó a la bayoneta y Parra arremetió con
sus jinetes. La embestida fue terrible. La Infantería atropelló la línea
peruana, rompiéndola por todas partes y Parra cortó siete cañones en esa carga
bravía de los Cazadores que hizo temblar el suelo de la pampa y recordar las
hazañas recientes y antiguas de la caballería chilena. La batalla estaba ganada
y el Ejército peruano huía en aterrada dispersión, arrojando las armas.
La
Caballería no pudo perseguirlo de un modo eficaz por la extenuación de las
cabalgaduras.
La
victoria fue decisiva, pero empañada con actos de crueldad. Cuatro jefes
peruanos fueron fusilados estando prisioneros y lo mismo se hizo, unos días
después, con el Comandante Leoncio Prado, hijo ilegítimo del ex Presidente
Prado -quien estaba en el lecho, herido-. Es cierto que Prado había sido dejado
en libertad m Lima, bajo promesa de no tocar las armas, la que había violado.
Cáceres
escapó a uña de caballo y debió su salvación al mal estado de las bestias
chilenas. Lo persiguió el Alférez de Cazadores Abel P. Ilabaca y lo tuvo tan
cerca que alcanzó a hacerle fuego con su revólver. Recabarren escapó asimismo,
herido. En el campo de batalla se tomaron las 11 piezas de Artillería, se
recogieron 700 rifles y un estandarte. Respecto al número de peruanos muertos
en la refriega, nunca se supo ni se sabrá. Los chilenos perdieron 56 hombres y
tuvieron 85 heridos.
El
Vicepresidente Montero, perseverando en la política de engaño, hizo celebrar en
Arequipa el triunfo de Cáceres echando a vuelo las campanas y organizando
festejos populares. Santa María, al leer en los diarios la relación de esas
manifestaciones jubilosas, le escribía a Novoa: "¿.Has visto tuno
igual?"
El
combate de Huamachuco tuvo gran importancia política. Afianzó el Gobierno de
Iglesias y la paz. Si Gorostiaga hubiera sido vencido, el Perú habría ensalzado
a Cáceres y la obra diplomática chilena habría caído con estrépito. Gorostiaga,
que había sido enviado a Huamachuco con un puñado de Cívicos a combatir las
montoneras, como parte secundaria de la división de Arriagada, de auxiliar a
desempeñar el primer papel y a soportar la responsabilidad de la terrible
contienda. Gran parte de la tropa era tan recluta, que, sin exageración, puede
decirse que la primera vez e disparó sus rifles fue en esta batalla. Acababa de
llegar de Chile con un ligerísimo barniz de cuartel.
Huamachuco
fue el cimiento de la paz y el epílogo de una campaña que duraba más de cuatro
años.
* *
* *
El
Presidente Santa María deseaba ardientemente la paz. El pueblo también, por
cansancio, porque el estimulante de la gloria ya no existía en esa lucha
semibárbara con las montoneras. Los que habían vencido a los ejércitos de
línea, en posiciones accesibles, miraban con desapego una lucha desprovista de
lo que realza la guerra en el concepto del soldado.
A
esto se agregaban razones de Gobierno, que influían en el espíritu del
Presidente El temor a la intervención norteamericana no había desaparecido,
aunque lo que ahora se manifestaba era la sorpresa reticente que causaban la
prolongación de la guerra y el temor de que Chile propiciara la absorción del
país vencido. Por último, no convenía perder los frutos de la penosa campaña
terminada en Huamachuco.
A
estas razones se agregaba una cuestión interna que reflejaba el malestar: la
posición del Senador por Coquimbo, don Benjamín Vicuña Mackenna, contrario al
convenio de Chorrillos y a la permanencia de nuestro Ejercito en el Perú.
En
la campaña contra la política del Gobierno. Vicuña Mackenna tenía la ayuda de
José Francisco Vergara. Los argumentos que esgrimían contra la ocupación del
territorio peruano situado al Norte de Tacna y Arica, se relacionaban con la
posición antiestratégica que representaba Lima, con las enfermedades endémicas
de la costa y de la Sierra que diezmaban a las tropas chilenas, con el ambiente
moral de Lima que desgastaba las energías del ocupante. Su mala voluntad al
convenio de Chorrillos residía en la falta de interlocutor. Vicuña Mackenna
decía: No hay nadie con quien tratar; dejemos que los caudillos se maten entre
sí.
Durante
las interpelaciones, en sesiones secretas del Senado que tuvieron lugar del 25
de Junio al 11 de Julio, se hicieron declaraciones muy importantes sobre
Bolivia, que explican la política de Santa María con esta nación y la que se
continuó desde ese momento. El Ministro de Relaciones Exteriores, Aldunate,
preconizó la conveniencia de una tregua con Bolivia, no de un Tratado de paz,
porque la tregua permitía canjear después Tacna y Arica con ella y sellar una
alianza imperecedera. Aldunate dijo:
"Que
en las sesiones secretas del año último había manifestado al Senado la
convicción profunda y personal de que la terminación del conflicto del Pacífico
y la paz, sería, real y estable, habría de venirnos de nuestra alianza con
Solivia y que aún mantenía esa convicción, a pesar de que el señor Senador
(Vicuña Mackenna) decía entonces que ella nacía de un miraje. de una ilusión,
ya que no verían los infidentes doctores de Chuquisaca los que hubieran de
sancionar una obra de cordura y de patriotismo".
Y
como en el debate se insinuara que el convenio de paz recientemente celebrado
alejaría a Bolivia de Chile, porque la anexión real o disimulada de Tacna y
Arica a este país cerraba las expectativas de Bolivia, Aldunate rebatió esta
objeción así:
"Que
la circunstancia pertenecer a Chile los territorios referidos, facilitaba
nuestra inteligencia con Bolivia, puesto que salvaba el escrúpulo que ese país
había siempre manifestado, de no serle lícito aparecer en un tratado directo y
tripartito, repartiéndose con Chile los despojos de su aliado".
Esto
es perfectamente claro. Se procuraba con Bolivia una tregua para pactar la
alianza más tarde, y se rechazaba la paz porque en ese momento era imposible
establecer las compensaciones en cambio de Tacna y Arica y porque de pronto no
se disponía esos territorios; o lo que es igual, que por perseguir la
"política boliviana", el Gobierno chileno dejó en suspenso las
soluciones de Guerra del Pacífico y que los problemas actuales y del porvenir
son consecuencia de ese deseo.
Vergara,
adepto de esa política, felicitó al Ministro Aldunate sor estas declaraciones:
"Ya
que eso era así, y que el Gobierno estaba resuelto a no perseguir ese
territorio para Chile sino para Bolivia, como prenda de una alianza sólida y
necesaria, sólo tenía que felicitarse de haber dado oportunidad a Su Señoría el
Señor Ministro, de hacer tan importante revelación".
Había
que ayudar a Iglesias a subir y acelerar la transferencia de algunos
territorios del Norte al caudillo peruano. Fue lo que se comenzó a hacer poco
antes de la Batalla de Huamachuco, cuando el Coronel Herminio González entregó
Trujillo al representante Iglesias y todo el departamento de Libertad, con sus
aduanas, ferrocarriles, etc. Pero las autoridades de Cajamarca no tenían ni un
peso ni un fusil y Lynch hubo de darles 80 rifles con sus cápsulas y prestarles
30.000 pesos para los primeros gastos urgentes.
Así
nació el Gobierno de Iglesias, envuelto en pañales de miseria, no arrullado por
el aplauso agradecido sino en medio de gritos descompasados de protestas que
debieron lacerar el corazón hombre del honrado que arrostraba la impopularidad
en bien de su país.
Las
diversas fracciones de civilistas estaban en contra de Iglesias, también los
últimos caceristas. Pero los pierolistas se habían ‘decidido por él y su jefe y
representante de Piérola, siempre en Europa, Antonio Arenas, se anticipó a
proclamarle, luego de la batalla de Huamachuco, convocándose por esos elementos
a una asamblea que pusiera término a la guerra.
Lynch,
como ya se ha visto, no tenía fe en el futuro de Iglesias cuando Novoa se
decidió a apoyarlo, en la misma línea del Presidente Santa María, el General en
Jefe envió una carta a Vicuña Mackenna, que fue leída en el Senado, para
deslindar responsabilidades. Por último, aquellos de nuestros compatriotas que
desempeñaban en I.ima puestos públicos, hacían circular informaciones para
privar de seriedad a las gestiones de paz con iglesias que, de resultar, les
iban a privar de sus tranquilas situaciones económicas.
Santa
María, al corriente de la labor de estos malos elídenos, le escribía a Novoa el
30 de Mayo de 1883:
"Tenemos
viva la desgraciada educación española. Los extranjeros viven de sus industrias
y forman un caudal. Nuestros compatriotas soñolientos y perezoso, o
"caballeros" viven con la cara vuelta al Estado como la vaca lechera
o el dispensador de todo".
Iglesias,
entre tanto, no lograba salir de Cajamarca para instalarse en Trujillo, y en
Santiago se comenzaron a perder la confianza y la paciencia. Se instruyó
entonces a Novoa a ir a Cajamarca y de pedir a Iglesias que se viniera a Lima
tan pronto como se suscribiera el Tratado de Paz. Se le enviaron, al mismo
tiempo, 1.500 rifles, que éste reclamaba. Pocos días después, el Presidente
Santa María resolvió que el propio Ministro Aldunate se trasladara a Lima a
ocuparse de la solución del problema, lo que este hizo, llegando al Callao a
fines de Septiembre.
El
18 de Octubre Chile reconoció al Gobierno de Iglesias como Gobierno nacional de
la República del Perú y se convino en devolverle Lima y Callao, retirándose el
Ejército chileno a Chorrillos, Barranco y Miraflores, ocupando, además, la
Sierra en Chosica, Taima y Ayacucho, para contener a Cáceres.
Iglesias
fue recibido en Ancón y se dio forma definitiva al Tratado de Paz, que fue el
mismo convenido en Abril y Mayo de 1882, con ligeras variantes, la principal de
las cuales fue cambiar la frase "los territorios de Tacna y Arica"
por "las provincias de Tacna y Arica", aclarándose así que no se
pretendía sino hasta el rio Sama por el norte.
El
Tratado fue firmado el 20 de Octubre de 1883 en Lima y se le llamó de Ancón
porque fue en esa localidad donde se acordó su redacción definitiva. Firmaron
por Chile don Jovino Novoa y por el Perú don J. A. de Lavalle y don Mariano
Castro Zaldívar. También se firmó un acuerdo complementario que disponía modus
vivendi del Ejército de ocupación hasta que evacuara el Perú. El abono de
300.000 pesos de plata mensuales para el pago de ese Ejército no se cumplió
sino en muy pequeña parte por falta de recursos peruanos.
El
Presidente y el Gabinete enviaron a Novoa una expresiva felicitación-colectiva
por el Tratado a que había cooperado con tanta abnegación.
Dos
días después de firmar el Tratado. Novoa se fue a Chorrillos. Lynch salió de
Lima con el Ejército el 23 de Octubre y se estableció en los pueblos vecinos.
Se había granjeado en tal forma el afecto y respeto de la sociedad limeña que
era frecuente entre los peruanos llamarlo "el mejor Virrey", el que
hizo lucir en el Palacio la dignidad "viejo estilo" ya casi olvidada.
Ese
mismo día entró a Lima el General Iglesias con su diminuto Ejército. El momento
más solemne fue cuando se enarboló el pabellón nacional. El Callao fue
entregado a García y García, delegado de Iglesias, y al enarbolarse la bandera
peruana, fue saludada por el Cochrane con 21 cañonazos.
Iglesias
solicitó la libertad de los prisioneros políticos y convocó para el 1° de Marzo
siguiente una Asamblea General Constituyente, cuya principal misión era
ratificar el Tratado. Los tribunales abrieron sus puertas y también la
Municipalidad.
Para
Chile, la llegada de Iglesias a Lima era el término de una jomada dificilísima,
un amiba le sin sangre pero más reñido que el de la Esmeralda.
En
cuanto al Protocolo que debía reglamentar la realización de un plebiscito para
Tacna y Arica, Novoa quiso redactarlo desde luego y firmarlo a la brevedad,
pero Santa María le instruyó esperar a que el Tratado estuviera aprobado por
ambos Congresos.
Santa
María creía fácil substituir al Perú y Chile por Bolivia en Arica y Tacna y
tenía el convencimiento de que eso sucedería pronto, así es que un arreglo por
realizarse en 10 años le parecía una previsión innecesaria.
Pero
no puede desconocerse que la previsión de Novoa era una mirada honda en el
futuro y que ese Protocolo habría allanado las dificultades que se presentaron
después para la solución definitiva del problema más complicado que planteó la
Guerra del Pacífico.
En
1883. el Jefe Político y Militar de Tacna y Arica era Manuel José Soffia,
funcionario dependiente del Presidente de la República y no del General en Jefe
de Lima. En ese territorio había una guarnición de 3.000 hombres. El 15 de
Marzo de ese año fue nombrado Jefe de esas tropas el Coronel José Velásquez,
conservando Soffia el puesto de Comandante General de Armas. Se recordará que
Velásquez había sido Jefe de Estado Mayor en la campaña de Tacna y Comandante
General de Artillería en la de Lina y se le consideraba una de las más
prominentes figuras del Ejército chileno.
Al
terminar Mayo de 1883, se supo que el Coronel Somocurcio, dependiente del
Ejército de Montero, había ocupado Moquegua con 1.000 hombres y el Presidente
Santa María ordenó que se le atacara. Esto serviría, pensaba, para hacer luego
un "amago" a Arequipa y esto bastaría para que ese Gobierno se
derrumbase. Pero Velásquez no participaba de esas ideas y contestó al
Presidente con evidente desagrado, tanto así que éste pensó en reemplazarlo. No
estaban hechos para entenderse: Santa María era nervioso e impulsivo y
Velásquez, tenaz y frío. La caída de Huamachuco avivó en Santa María sus planes
contra a Arequipa. Velásquez tomaría esa ciudad, contando con el avance de
1.500 hombres desde Huancayo a Ayacucho, dirigidos por el Coronel Urriola, y
con el auxilio de 4.000 hombres de Lynch en caso necesario. A Velásquez no le
pareció bien que el Almirante Lynch "el gran cucalón" como se le
llamaba en los cuarteles, viniera a disputarle esa situación.
El
14 de Septiembre salió de Tacna para Moquegua la división Velásquez, con 2.200
hombres de las tres armas. Mandaba la Caballería el Coronel Rafael Vargas y
estaba a cargo del Parque el Comandante Francisco Bascuñán. Para marchar de
Tacna a Arequipa podía tomarse la vía del mar o la de tierra. La primera estaba
cerrada para Velásquez por falta de embarcaciones. Por tierra, el camino
llamado "de los valles" cruzaba Locumba. Moquegua y el rio Tambo.
Velásquez solicitó 1.500 o 2.000 hombres más para seguir de Moquegua a Arequipa
y Santa María le ordenó a Lynch que los mandara por mar. Lo que el Presidente
deseaba era que el propio Lynch comandara la expedición, pero esto no resultó
pues al General en Jefe no le agradó tomar parte en un programa que no había contribuido
a preparar. El Ministro Aldunate que por esos días visitaba Lima, se preocupó
de que Lynch se comprometiera a enviar un refuerzo de 3.000 hombres, siempre
que los esperaran con 400 mulas.
En
los primeros días de Octubre llegó al puerto de Pacocha está importante
división, a las órdenes del Coronel Canto, y se internó sin dificultades hasta
Moquegua. Se juntaron así 5.200 soldados, a los que se agregaron otros 1.200 en
el curso de la campaña. A mediados de ese mes, las fuerzas iniciaron su marcha
a Arequipa, fraccionadas en dos grupos. El primero, que Velásquez había traído
de Tacna, a las órdenes del Coronel Vicente Ruiz; el otro, los refuerzos de
Lima siguieran mandados por Canto.
* *
* *
Arequipa
no carecía de medios de defensa. Tenía un pequeño Ejército de línea que debía
fluctuar entre los 3.000 y los 4.000 hombres y una guardia nacional numerosa.
El armamento era bueno: 8.000 rifles conseguidos en La Paz, con 250 tiros cada
uno, y una flamante batería Krupp. El Almirante Montero había colocado una
vanguardia de sus tropas en una cuesta que cortaba la pasada a la dudad,
llamada de Huasacachi. Cada montículo o picacho de aquel lomo de piedra era una
fortaleza y si el enemigo conseguía pasarla poco más allá, a la entrada de.
Arequipa, estaba la quebrada o portezuelo de Puquina, una segunda línea más
fuerte todavía
En
la noche del 22 al 23 de Octubre —luego de un reconocimiento hecho unas horas
antes por el Coronel Ruiz —Velásquez inició la marcha desde los pies de la
cuesta. El ala derecha estaba formada por el batallón N° 5, el Santiago,
mandado por Ruiz: el Carampangue, con el Teniente Coronel Demetrio Guerrero; el
Rengo, Comandante Gabriel Álamos, y dos compañías del Ángeles, mandadas por el
2° Comandante Silva Amagada. El ala izquierda la componían el 4º de línea, con
Solo Zaldívar y las otras dos compañías del Ángeles, con el Comandante José
Manuel Borgoño. La Caballería de Vargas y las 5 piezas de Artillería a cargo
del Mayor Fernández, amagarían la posición enemiga por su frente.
La
defensa de Huasacachi estaba confiada-al Coronel José Godínez, con cinco
cuerpos de Infantería de línea y uno cívico, además de un cuerpo de Caballería
y alguna Artillería. Entre 1.000 y 1.500 hombres.
Cuando
los primeros rayos del 23 de Octubre doraban la cima de la cuesta, sus
defensores se encontraron flanqueados por ambos lados. Visto esto, las tropas
de Godínez, se entregaron a la fuga sin disparar un tiro, corriendo hacia
Puquina por los cerros pelados. A las 6 de la mañana flameaba en lo alto de
Huasacachi la bandera chilena.
Velásquez
no tuvo vacilaciones y marchó rápidamente a ocupar Puquina. Entonces hizo el
Ejército chileno una de las pruebas más notables de vigor físico que es posible
concebir. El escabroso camino de Huasacachi a Puquina fue recorrido por la
tropa sin alojarse. Anduvo desde Moromora hasta Puquina más de un día completo,
incluso la noche, sin dormir, ni comer sino la provisión fría de la mochila,
por alturas de 3.000 a 4.000 metros, sin descansar más que a ratos. Y así llegó
la división a Puquina. La guarnición veterana de Arequipa había sido colocada
allí por Canevaro el día anterior, en una situación fortísima llamada
Chacaguayo. En ese sitio había cuatro batallones de línea y dos escuadrones. Al
aproximarse los chilenos. Todos huyeron dejando franco el paso a la ciudad.
La
noticia del asalto a Huasacachi se supo en Arequipa el 24. La ciudad se
consideró perdida, pero Montero conservó su apostura heroica hasta el último.
El
Municipio
le fue a pedir que se batiera fuera de la ciudad para no destruirla sin objeto.
El contestó que pelearía en los suburbios, en las calles y hasta en su cuarto.
Cuando al amanecer del 25 se supo que Puquina había sido también forzado, la
autoridad hizo tocar la campana municipal para que el pueblo se congregara en
la plaza, como en la F.dad Media, y allí Montero le habló, diciéndole que un
Ejército chileno de 16.000 hombres, que rio era posible detener, amenazaba
Arequipa. El pueblo exaltado, los negros y los zambos, y la guardia nacional
que hizo causa común con ellos, recorrieron las calles obligando al vecindario
decente a esconderse en sus casas. Cuando las tropas de línea llegaron a la
ciudad, desde Puquina, fraternizaron con la revuelta.
En
la noche, Montero con Canevaro y los principales oficiales de la plaza, huyeron
a Bolivia, pasando por Puno y el lago Titicaca. Al otro lado encontró a
Campero, quien había salido apresuradamente con dos batallones a defender
Arequipa. ¡Qué cuadro tan expresivo el de esos hombres saludándose en los
bordes melancólicos del lago, en un supremo abrazo de desconsuelo que fue el
último de la Alianza! Montero delegó su cargo en el 2° Vicepresidente, el
Coronel Cáceres.
El
Cuerpo Consular fue encargado por el Municipio de hacer entrega de la ciudad,
suscribiéndose el acta respectiva en el suburbio de Paucarpata.
Se
habían cumplido las inteligentes previsiones de Santa María. Bastó un amago
serio en Huasacachi para que Arequipa se rindiera sin combatir y para que
desapareciera el Gobierno de Montero. Pero esta campaña ahondó las dificultades
entre Santa María y Velásquez, quien no le dio cuenta de la operación, lo que
causó la indignación del Presidente.
* *
* *
El
Ejército de Velásquez permaneció mes y medio en Arequipa, hasta que Lynch, que
vino de Lima, mandado por el Presidente, lo trasladó a los alrededores para no
perturbar la vida política de la población. Nueve meses después se retiró,
cuando el Tratado de Paz con el Perú estaba ratificado por los dos países y el
de Bolivia aprobado por Campero.
La
línea Mollendo-Puno era un cinturón de hierro que oprimía los flancos de
Bolivia. Tenía en su poder el comercio boliviano que disponía solo de dos vías,
ambas en poder de Chile, la de Arica y ésa. Tuvo naturalmente gran influencia
en la solución de paz con ese país.
Capítulo 27
Pacto de Tregua con Bolivia. Sometimiento de Cáceres
El
interrogante de mayor duda que suscitaba la campaña de Arequipa era saber ¡a
actitud de Bolivia. ¿Se lanzaría en auxilio del aliado? ¿Permanecería encerrada
en su territorio como lo hacía desde la Batalla de Tacna?
En
Chile se sabía que la opinión pública en Bolivia se hallaba dividida en este
punto. Como vimos, el partido de Baptista luchaba por la prescindencia, en
tanto que Campero y su Ministro Quijarro deseaban acudir en apoyo del Perú.
En
las sesiones de la Asamblea, del 6 al 8 de Octubre, se discutió ampliamente el
tema, en especial si se negociaba directamente la paz o se lo hacía junto con
el Perú, y además la forma de asegurarse una propiedad territorial bastante en
el litoral del Pacífico, que no podía ser otra que Tacna y Anca. Triunfó, por
un voto, la posición moderada de Baptiza, en medio de la enorme agitación de la
Sala.
El
encargado de informar a Santiago acerca de lo que pasaba en Bolivia era Soffia
y no se daba ningún paso en aquel país que él no supiera y comunicara.
Santa
María, perseverando en su deseo de tranquilizar a Bolivia, hizo salir para
aquella República en misión oficiosa a Mr. Gabriel Larrieu, persona muy
relacionada en ella, padre del Cónsul francés en Tacna. Se valió de Lillo para
que lo acreditase como intérprete de sus propias ideas y de las suyas y
recomendó a Larrieu procurar que Bolivia tomase la iniciativa de negociaciones
amistosas. En la capital boliviana fue aceptado como agente confidencial y se
le pidió que acompañase a Santiago a dos personas que irían a negociar la paz.
Ellos fueron Belisario Salinas y Belisario Boeto, quienes llegaron a Valparaíso
a fines de Noviembre.
Paralelamente
a estas gestiones. Campero concentró sus fuerzas en La Paz, a donde llegaron
las restantes guarniciones del país y llamó a las armas a los licenciados.
Requirió a los curas para que predicaran entre los indios el alistamiento y
decretó un empréstito forzoso. En la circular que envió a los prefectos se
encuentra esta aseveración:
"Noviembre
22 de 1883. Es verdad que se halla muy difundida la opinión de que los
Gobiernos de Chile y el Perú estarán bien depuestos a una comunicación, en cuya
virtud los territorios de Arica y Tacna entren al dominio de Bolivia, mediante
indemnización equitativa y con el previo asentimiento de la Nación Peruana,
expresado en forma auténtica y solemne. Muy pronto sabremos a qué atenernos en
cuanto a la efectividad de esta versión que anda tan válida".
No
era la primera vez que se hacía esta insinuación. Cuando se discutió el informe
de Baptista, un diputado aseguró que estaba a punto de formalizarse un
Protocolo en el cual el Perú cedía a Bolivia los territorios de Tacna y Arica,
y aunque el Gobierno lo desmintió, la noticia tenía un fondo de verdad.
El
30 de Octubre anterior, el Ministro que Iglesias iba a acreditar en Bolivia.
Enrique Bustamante y Zalazar, visitó a Novoa acompañado de Lavalle, que servía
la cartera de Relaciones Exteriores, y ambos solicitaron su autorización para
que en las negociaciones de paz entre Chile y Bolivia. a que se deseaba que
asistiera el representante del Perú, éste pudiese ofrecer a Bolivia. Tacna y
Arica, a cambio de compensaciones a Chile. Novoa quedó bajo la impresión de que
el Perú quería evitar que algún día Bolivia tuviese pretensiones de salir a la
costa por Arequipa. Es sugestivo del concepto que tenía Lavalle sobre la suerte
definitiva de esos territorios, que pidiese compensaciones para Chile a cambio
de la cesión en proyecto.
En
carta de Novoa a Aldunate, del 31 de Octubre de 1883, se afirma al respecto:
"Parece
que desconfían de que Bolivia entre en arreglos sin territorio de salida al
Pacifico, y quizás para cerrar la puerta a futuras pretensiones de esa
República sobre Arequipa y Mollendo, quieren desde luego sorprender las miras
ulteriores de Chile respecto de Tacna y Arica."
Novoa
era contrario a esa transferencia. No veía razón para que Bolivia alíese de la
guerra más favorecida que si hubiera triunfado, en carta a Santa María, del 10
de Noviembre de 1883, le comenta:
"Se
imagina (el Gobierno peruano) que deseando Bolivia tener territorio que le de
salida al Pacífico es posible que Chile le deje Tacna y Anca mediante ciertas
compensaciones. Si esto aconteciera, los peruanos quedarían tranquilos, porque
ya no tendría la razón de ser el miedo que les inspira Bolivia...
Francamente no entiendo las pretensiones de Bolivia. Ha perdido el litoral
hasta el Loa y ha sido derrotada en los campos de batalla. ¿A qué título puede
exigirnos territorio para darte salida por el Pacífico? Si Bolivia pudiera
alcanzar lo que pretende, habría ganado con la guerra y se operaría el fenómeno
de que la derrota le daba ventajas que no habría obtenido ni con la
victoria".
Santa
María interpretó de diversa manera la petición de Lavalle. Creyó ver interés de
parte del Perú en que esos territorios quedasen en manos débiles para poder
recuperarlos algún día. Y como esa eventualidad destruía sus combinaciones del
porvenir, para las cuales era preciso que Bolivia recibiese el gran presente de
manos de Chile, se opuso a la proposición peruana.
Escribiendo
a Lynch sobre esto, el Presidente le decía el 21 de Diciembre de 1883:
"Ya
presumo las intrigas que se están poniendo en juego por Bustamante, creyendo
con ellas salvar Tacna y Arica para Bolivia, al fin de fiestas, estas ciudades
o territorios serian recuperados por el Perú. Labor perdida y afanes
infructuosos. Por ahora me ajustaré al Tratado, exigiendo que sea ratificado
por la Asamblea".
Y a
Novoa le descubría más su pensamiento diciéndole que por el momento no estaba
dispuesto a modificar el Tratado, "aun cuando más tarde pudiéramos
hacerlo, según lo que Bolivia nos diera" . Lo que tenía en vista
al decir eso era obtener con Tacna y Arica la cesión definitiva del litoral por
un Tratado de Paz posterior al de tregua y su alianza.
* *
* *
Estos
antecedentes explican las palabras que se encuentran en la circular de Campero
a los Prefectos y el rumor que tuvo expresión en la Asamblea.
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Las
negociaciones de tregua en Santiago se dividieron en dos períodos. El 7 y el 10
de Diciembre fueron con el Ministro Aldunate; el 13 de Febrero y el 8 de Marzo
con su sucesor en la cartera de Relaciones Exteriores, Aniceto Vergara Albano.
En
la reunión del 7 de Diciembre, Salinas pidió para su Patria un puerto en el
Pacífico, por acto propio de Chile o modificando el Tratado recién ajustado con
el Perú. El Ministro Aldunate le contestó que para acceder a eso, Chile estaba
obligado o a cortar su territorio, lo que era imposible, o a traspasarle lo que
no le pertenecería sino cuando un plebiscito le concediera el dominio de Tacna
y Arica.
El
10 de Diciembre, los plenipotenciarios bolivianos argumentaron que no siendo
posible para Chile transferirles ahora mismo Tacna y Arica, les diese a los
menos la "posesión temporal" hasta el plebiscito.
La
esterilidad de estas discusiones provenía de que los delegados bolivianos
habían salido de La Paz persuadidos de que Chile, queriéndolo, podía satisfacer
sus aspiraciones sobre Tacna y Arica, sin ninguna resistencia del Perú. Al
contrario, en ese momento el Perú deseaba que Chile hiciera esa cesión. En esos
días. Bustamante y Zalazar fueron a Lima a consultar a su Cancillería si
estaría dispuesta a traspasar a Bolivia esos territorios y se le contestó que
la iniciativa de la proposición debía ser de Chile, lo cual implícitamente era
una aceptación sujeta sólo a esa formalidad.
De
este juego sobre Tacna y Arica, que ya comienza a molestar a las autoridades
chilenas, hay una acertada apreciación de Aldunate a Novoa que consta en el
cablegrama del primero de ellos, del 21 de Diciembre de 1883:
"Su
cablegrama de ayer me dejó un tanto intranquilo. Si el Perú consiente en la
cesión inmediata Tacna y Arica a Bolivia, cargaremos nosotros con toda la
odiosidad de la negativa. Hay en esto un juego doble de parte del Perú, que
resuelto a celebrar la paz con la cesión de Tarapacá desde más de dos años a
esta parte, se ha dejado desangrar y morir resistiendo a la cesión de Tacna y
Arica a Chile. Si, pues, hoy consiente en ceder esos territorios a Bolivia
renunciando a la expectativa de recuperación mediante el plebiscito es porque
obran con falacia o por miedo".
El
13 de Febrero de 1884, continuaron las reuniones chileno- bolivianas, ahora,
como dije, con el nuevo Ministro señor Vergara Albano. En ella presentaron los
señores Salinas y Boeto un proyecto de tregua indefinida que se rechazó por
vago e impreciso. Chile quería, como escribía Santa María a Lynch, otra cosa:
" La tregua debe contener todo lo que contendría un Tratado de
Paz. Hacernos tregua porque no podemos hablar de Tacna y Arica".
El 8
de Marzo se realizó una nueva conferencia y los bolivianos presentaron otro
proyecto de tregua que exasperó a Santa María, estimándolo como una burla. La
guerra parecía inminente y se pidió a Lynch y a Velásquez estar listos para
cualquiera eventualidad. En ese momento crítico intervino Lillo y obtuvo que se
suspendiera toda resolución por pocos días. Campero había asumido, por su
parte, una actitud resueltamente bélica. Arengaba a sus tropas y marchó al
Desaguadero a elegir un campo apropiado para detener la invasión.
El
29 de Marzo recibió Santa María a Salinas y Boeto y les presentó un proyecto de
acuerdo que, finalmente, fue firmado el 4 de Abril de 1884. Este Pacto de
Tregua regló las relaciones de Chile y Bolivia hasta 1904, en que se suscribió
libremente el Tratado de Paz definitivo entre las dos naciones, sin presión
alguna.
Las
disposiciones esenciales de este documento son:
a. La
aplicación del régimen legal chileno al antiguo litoral Boliviano—"territorios
comprendidos desde el paralelo 23 hasta la embocadura del río Loa en el
Pacifico" durante la vigencia de la tregua;
b. La
mutua liberación de derechos para los artículos naturales o elaborados de uno y
otro país;
c. Especiales
franquicias para el comercio boliviano en Antofagasta y Arica;
d. Bolivia
devolvería las propiedades confiscadas a chilenos y los productos percibidos
durante el secuestro, fijando un árbitro el valor de los perjuicios.
Puede
decirse de este tratado lo mismo que del de Ancón: no resolvió nada: dejaba
todo pendiente para otro Gobierno, casi para otra generación.
* *
* *
Todo
parecía arreglado, pero faltaba que Cáceres reconociera el Tratado de Ancón.
Mientras no lo efectuara, había el riesgo de que al volver la espalda el último
soldado chileno, derribase a Iglesias, desconociera lo hecho y la situación se
retrotrajera al momento previo al grito de Montan. Todo era de temer en ese
momento en Perú, que la guerra había desquiciado.
Cáceres
tomó a lo serio la delegación presidencial que redactó Montero en la montura de
su caballo, huyendo a Bolivia. Se llamó Presidente y nombró Ministros. Tenía en
Huancayo un pequeño Ejército, una avanzada en Jauja y una indiada de reserva
que hacía subir a 12.000 hombres. El pueblo peruano admiraba a Cáceres y su
popularidad aumentaba día a día, en desmedro de la de Iglesias, quien vio su
caída inevitable al marcharse Lynch con su gente. De ahí que solicitara se le
dejase fuerzas suficientes hasta formar su propio Ejército. Santa María aceptó
dejar 6.000 hombres siempre que el Gobierno peruano lo pidiera oficialmente y
pagara su manutención, que ascendía a 200.000 soles de plata mensuales. Luego
reaccionó el Presidente chileno y dio instrucciones a Lynch solamente retrasar
lo más posible la salida de esa gente sin acuerdo escrito, para no aparecer
como guardián de Iglesias. Ocurrió entonces un hecho inesperado: Cáceres
reconoció el Tratado de Ancón como un hecho consumado. Terminó así la última
dificultad en la interminable serie de tropiezos que durante varios años había
obstruido la celebración de la paz y la ocupación del Perú.
El
Tratado de Ancón fue sometido al Congreso chileno en Enero de 1884, cuando
todavía Aldunate desempeñaba el Ministerio y fue aprobado el 12 de ese mes por
la Cámara en sesión secreta: 43 votos contra 1.
En
la Cámara de Senadores se promovió un incidente digno de ser recordado, porque
justifica el concepto que he emitido varias veces de que Santa María y Aldunate
tomaron la resolución de dejar indecisa la situación de Tacna y Arica, y a la
vez de no celebrar paz con Bolivia, sino tregua, para hacer más fácil el canje
de aquellos territorios. El Senador por Ñuble, Francisco Puelma, encontró que
el plazo de 10 años indicado en el artículo 3 º del Tratado era demasiado
largo. Pero veamos el Acta de sesión del Senado del 13 de Enero de 1884 y la
respuesta del Ministro Aldunate:
"Puelma:
Que durante ese plazo (de 10 años) bien pudiera Bolivia apercibirse de que esos
territorios no producían a Chile ventaja alguna y que, por lo tanto, sería
conveniente tratar de realizar un canje con esa nación cuanto antes
posible.
Aldunate: Que no estimaba tan sin importancia como el honorable Senador por el
Ñuble los territorios de Tacna y Aria y que, por la inversa, les atribuía
cierto porvenir halagüeño. Pero en todo caso debemos contar que siendo esa zona
de territorios la suprema necesidad y la suprema aspiración de Bolivia,
obtendremos por ella condiciones tanto mis ventajosas cuanto más libre y más
desembarazada sea la situación de Chile al ajustar sus pactos con Bolivia, lo
que se verificaría ciertamente después de celebrado un ajuste de tregua".
El
Senado aceptó el Tratado de Ancón por unanimidad. La Asamblea peruana lo aprobó
el 8 de Marzo por 90 votos contra 6.
El
Pacto de tregua con Bolivia siguió asimismo un camino sin tropiezos y Campero
lo aprobó en los primeros días de Mayo, un mes después de suscrito. Meses más
tarde mereció la misma aceptación de parte de la Asamblea boliviana y fue
canjeado entre ambos gobiernos en Noviembre de 1884.
Firmada
y ratificada la paz, el Ejército chileno desocupó el Perú, retirándose de
Arequipa, de la Sierra y de Lima, paulatinamente, y volviendo a la Patria,
donde se le recibió con el entusiasmo que merecían sus sacrificios. Lynch
volvió a Chile en el segundo semestre de 1884. El pueblo chileno y el país lo
honraron como a un héroe nacional. El modesto Novoa quedó en Lima como Ministro
Plenipotenciario ante el Gobierno de Iglesias.
F I
N
Los
autores
Gonzalo
Bulnes Pinto
Nació
en Santiago el 19 de noviembre de 1851. Fue agricultor, historiador, miembro
del Partido Conservador y político chileno.
Hijo
del presidente de la República Manuel Bulnes Prieto y de doña Enriqueta Pinto
Garmendia, nieto por tanto del presidente Francisco Antonio Pinto y sobrino del
presidente Aníbal Pinto. Realizó sus estudios en el Colegio de los Sagrados
Corazones de Santiago; el Instituto Nacional y el Colegio Villarino.
Tuvo
desde siempre predilección por la investigación histórica, realizando un viaje
a Europa para completar sus estudios de esta, donde se vio influido por los
historiadores Ernest Renan, Phileste y Emile Chasles.
A su
regreso a Chile, inició sus trabajos historiográficos, focalizándose en la
historia militar de su país. Su obra cumbre es la Guerra del Pacífico,
en tres tomos. Falleció en Santiago el 17 de agosto de 1936.
Óscar
Pinochet de la Barra
Nació
en Cauquenes, el 23 de junio de 1920. Diplomático, historiador, abogado, poeta
y escritor, Óscar Pinochet estudió Derecho en la Universidad Católica de Chile.
Obtuvo el título con la tesis La Antártida chilena, con la que fue
distinguido con el Premio Municipal de Literatura de 1944.
Fue
director del Instituto Antártico Chileno (INACH). Participó en expediciones
chilenas a la Antártida y perteneció a la Sociedad Chilena de la Historia.
Además, trabajó como subsecretario en el Ministerio de Relaciones Exteriores de
Chile.
Desarrolló
su carrera diplomática en Bélgica, Argentina, Estados Unidos, Rusia y Japón.
Más tarde, dirigió la Academia Diplomática Andrés Bello.
Autor
de ensayos novelas, poesías y artículos en revistas chilenas e internacionales,
entre sus publicaciones, destacan Testimonios y recuerdos de la Guerra del
Pacífico (1978), El pensamiento de Eduardo Frei (1984), El gran amor de
Rugendas (1985), Misión en Bolivia de C. Walker Martínez y R.
Sotomayor Valdés (1986), Reflexiones sobre la obra del
Historiador Gonzalo Bulnes Pinto.
Falleció
en Santiago, el 28 de mayo de 2014.
Notas:
[1] A
pesar de que Bulnes lo puso como conclusión del tercer volumen, hemos preferido
usarlo como prólogo.

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