© Libro N° 6189.
No Tan Elemental. Tubau, Daniel. Emancipación. Julio 6 de 2019.
Título
original: © No Tan Elemental. Daniel Tubau
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NO TAN ELEMENTAL
Daniel Tubau
CONTENIDO
Presentación
Sherlock
Holmes de Baker Street
Parte
I
Una
extraña forma de vida
Signos
Las
lecturas favoritas de Sherlock Holmes
Sherlock
Holmes en acción
Parte
II
Los
métodos de Sherlock Holmes
La
creatividad según Sherlock Holmes
No
tan elemental, querido Holmes
Casi
todas las profesiones y habilidades de Sherlock Holmes
Todas
las aventuras del canon de Sherlock Holmes
Bibliografía
Presentación
Estimado
lector. Observe a su alrededor. ¿Qué es lo que ve? Probablemente nada
resaltable. Una imagen cotidiana, trivialidades, insignificancias. Una estampa
costumbrista.
Ahora póngase en la piel de Sherlock Holmes, el maestro de la deducción, el más
hábil de los investigadores, un precursor de la semiótica, del método
científico, de disciplinas como la criptografía, la medicina y la hipnosis. Y
con esas habilidades trate de descubrir cuál es la profesión de cualquiera que
pase a su alrededor. Trate de saber de dónde viene, adónde se dirige, qué le
perturba. Elucubre sobre cuáles son sus intenciones, qué esconde, si miente o
es honesto.
No es una tarea sencilla. Pues bien, este es el objetivo que nos plantea Daniel
Tubau, conocer cuál es el método utilizado por el más célebre de los
investigadores. Aprender a leer los rostros, a identificar signos de aspecto
banales, a descifrar enigmas y resolver retos mentales. Todo, en definitiva,
para ver más allá de las apariencias, para conocer qué mundo se oculta tras lo
evidente.
El mejor y el más
inteligente de los hombres que he conocido.
John Watson sobre Sherlock Holmes.
«Según
habíamos acordado, nos vimos al día siguiente e inspeccionamos las habitaciones
del número 221B de Baker Street, a las que nos habíamos referido en nuestra
entrevista. Consistían en dos cómodos dormitorios y un único cuarto de estar,
amplio y ventilado, amueblado de manera agradable, y que recibía luz de dos
espaciosas ventanas».
Sherlock Holmes de Baker Street
Bien
sabemos que hay personas que van a buscar la casa de Sherlock Holmes en Baker
Street.
Umberto Eco, Seis paseos por los bosques narrativos.
El
recuerdo más intenso de mi primer viaje a Londres, durante la adolescencia, son
los escalones que llevaban al apartamento de Sherlock Holmes. Me sorprendió que
estuviera en un sótano, porque sabía que Holmes y Watson vivían en un piso
alto, un primero o un segundo. ¿Cómo si no podrían los ojos de águila del
detective vigilar a aquel espía que recorría la calle de arriba abajo en «La
casa vacía»? También sabía que para llegar a las habitaciones de Holmes no
había que bajar, sino subir más escalones que aquellos diez o doce. Todos los
holmesianos recordamos el pasaje de Estudio en escarlata en el que el detective
reprocha a Watson no haber contado nunca los escalones que llevan a su
apartamento compartido. En todas mis casas he contado alguna vez los escalones,
como en la que vivo ahora, un quinto piso sin ascensor que me obliga a subir
114 escalones varias veces al día.
En
aquel primer viaje a Londres, supuse que esas escaleras llevaban a las
habitaciones del servicio, las de la señora Hudson, la amable mujer que cuidaba
del detective y su ayudante y que en más de una ocasión colaboró en alguna de
sus aventuras. Como es obvio, Holmes ya no vivía allí (¿llegué a preguntarme
quién ocupaba sus habitaciones?) y tampoco la señora Hudson ni sus
descendientes. El local había sido adquirido por una librería, eso sí,
especializada en Sherlock Holmes.
Regresé
de Londres con un juego llamado «Detective Consultor», que permitía imitar las
hazañas de Holmes y que incluía periódicos y mapas de la época, además de otros
recuerdos holmesianos y una cierta decepción. No es que creyera que Sherlock
Holmes había existido, pero sí pensaba de alguna manera confusa que Arthur
Conan Doyle había elegido una localización real como guarida para su detective.
Tiempo después, quizá fue precisamente en ese viaje a Londres, supe que el 221B
de Baker Street nunca había existido, que la calle en tiempos de Holmes,
perdón, en tiempos de Conan Doyle, no tenía ese número.
La figura de Sherlock Holmes ha dado origen a todo tipo de interpretaciones, en
las que abundan los datos equivocados y la constante mezcla entre realidad y
ficción, como esa casa de Baker Street que ni siquiera existía en la época de
sus aventuras. Tampoco Watson mencionó la célebre gorra de cazador sino que fue
una invención del ilustrador Sidney Paget; si Holmes hubiera podido opinar, lo
más probable es que se hubiera sentido tan molesto como el protagonista de la
serie de la BBC Sherlock al verse representado con una gorra tan ridícula.
El atuendo holmesiano que Sidney Paget imaginó para Sherlock Holmes en la
aventura "El misterio del valle de Boscombe"
Mi
intención en este libro es investigar algunos de los secretos que esconde la
personalidad de Sherlock Holmes y que tal vez explican su permanente atractivo,
no solo para los aficionados a la novela policiaca, sino para los practicantes
de todo tipo de ciencias y disciplinas, que lo consideran uno de sus
precursores. A lo largo de la lectura, tendremos ocasión de descubrir cuál era
su método o sus métodos, qué era lo que le permitía superar a los policías de
Scotland Yard en sus investigaciones y por qué era capaz de ver lo que para
cualquier otro permanecía oculto. Muchos lectores quizá no sepan que Sherlock
Holmes destacó no en una sino en muchas profesiones, que sus habilidades y
destrezas han sido ejemplo para científicos e investigadores de las más diversas
disciplinas. Se han escrito decenas de libros y cientos de artículos intentando
desvelar las particularidades de este investigador del mundo criminal que era
capaz de entenderlo todo o casi todo, pero los expertos no acaban de ponerse de
acuerdo en cómo definir su método y, lo que es más importante, cómo parecerse
al célebre detective. Yo mismo me puse a reunir las pistas que llevan a la
solución de este misterio hace ya muchos años y en este libro ofrezco algunas
respuestas que quizá nos permitan entender mejor la singularidad de Sherlock
Holmes. Espero, por tanto, que No tan elemental resulte
revelador y estimulante para cualquier lector, experto o no en Sherlock Holmes,
pues es fruto de una intensa investigación que va más allá de los lugares comunes
habituales. Confío, también, en que resulte tan entretenido y sorprendente como
las aventuras que Watson tuvo el privilegio de vivir junto a Holmes.
Parte I
Capítulo
1
Una extraña forma de vida
Sherlock Holmes en su laboratorio casero examinando unos lentes sospechosos.
(Ilustración de Frederic Dorr Steele para la aventura de «Las gafas de oro»).
Contenido:
§. La misteriosa profesión
de Sherlock Holmes
§. Una curiosidad sin límites
§. Elemental, Mister Hooke
§. Un detective baconiano
§. El fin del secreto
§.
La misteriosa profesión de Sherlock Holmes
Si
preguntamos a cualquier persona cuál es la profesión de Sherlock Holmes, seguro
que nos responderá que era detective. ¿Acaso no sabe todo el mundo que Holmes
es el más célebre de cuantos detectives han existido? Muchas personas dirían
sin dudarlo que fue él quien inventó esa actividad. Sin embargo, la verdad es
que Sherlock Holmes no inventó la profesión y él mismo ni siquiera se
consideraba detective, al menos no un detective como los demás.
Cuando
Watson conoce a Sherlock Holmes, se pregunta a qué se dedica, pero no consigue
encontrar una profesión en la que se necesiten los dispersos conocimientos que
parece poseer aquel extraño joven. El misterio aumenta cuando observa que su
amigo recibe en la casa de Baker Street a todo tipo de personas y que le pide
que le deje usar la sala común: «Me es indispensable servirme de esta
habitación como oficina de negocios, y estas personas son clientes míos». ¿Qué
tipo de clientes?, se pregunta Watson, sin atreverse a pedir una explicación a
Holmes. La respuesta a sus inquietudes viene de manera inesperada cuando lee en
una revista un artículo que se titula «El libro de la vida», en el que el autor
describe la llamada «ciencia de la deducción» y asegura que alguien bien
entrenado en la observación sería capaz de deducir la profesión de cualquier
persona. Watson señala a Holmes lo presuntuoso de tal aseveración y califica
todas esas teorías de ciencia de salón: «Me gustaría ver encerrado al autor en
un vagón de metro y que le pidieran que fuese diciendo las profesiones de cada
uno de sus compañeros de viaje. Yo apostaría mil por uno en su contra[1]». La
sorprendente respuesta de su compañero de piso es: «Perdería usted el dinero.
En cuanto al artículo, lo escribí yo mismo». Holmes explica entonces que,
gracias a su dominio de la observación y la deducción, le es posible ganarse la
vida de manera respetable. Acto seguido, sin necesidad de ninguna pregunta más,
Holmes le revela su misterioso oficio: «Tengo una profesión propia. Me imagino
que soy el único en el mundo que la profesa. Soy detective consultor, y usted
verá si entiende lo que significa».
«Detective
consultor» (Consulting detective), esa es la profesión oficial de
Sherlock Holmes, inventada por él mismo. Ahora bien, ya sabemos que no hay que
confundir esta ocupación con la de un detective sin más, pues, como el propio
Holmes explica: «Existen en Londres muchísimos detectives oficiales y gran
número de detectives particulares». Como resulta evidente que Watson no
entiende qué es un detective consultor, Holmes se ve obligado a ser más
explícito: «Siempre que esos señores no dan en el clavo vienen a mí, y yo me
las ingenio para ponerlos en la buena pista[2]».
Parece entonces que Sherlock Holmes, más que un detective, es un asesor de
detectives, «el último tribunal de apelación[3]» al que se
puede recurrir cuando todos los métodos de investigación han fracasado, pues,
como él mismo dice con su inmodestia habitual: «Ni existe ni ha existido jamás
un hombre que haya aportado al descubrimiento del crimen una suma de estudio y
de talento natural como los míos[4]». Para
convertirse en ese genio de la investigación, Holmes ha tenido que dedicar
largos años de estudio, pero no limitándose a las materias propias de los
detectives profesionales, sino ampliando su punto de vista hasta abarcar tantas
actividades y profesiones que, como se verá, resulta difícil enumerarlas sin
olvidar alguna.
§. Una curiosidad sin límites
Descartes
estaba tremendamente obsesionado con las cosas del mundo. Estudiaba la nieve,
las piedras, los granos de sal. Le fascinaba la idea de aplicar su método a la
justicia y en una ocasión se ocupó del caso de un campesino acusado de
asesinato. Investigó los detalles y apeló a las autoridades en nombre del reo,
haciendo un uso de la razón que presagiaba a Sherlock Holmes y a la
criminología.
Russell Shorto, Los huesos de Descartes.
En
la primera narración en la que Sherlock Holmes es presentado al mundo, Estudio
en escarlata, Watson, como ya sabemos, se pregunta cuál es la profesión de
su amigo. Al principio piensa que es químico, puesto que se conocen en un
laboratorio y Holmes le cuenta que ha descubierto un compuesto que permite
detectar fácilmente manchas de sangre. El joven Stamford añade que Holmes es
muy voluble y excéntrico en sus estudios, que sabe mucho de química y anatomía
y que posee conocimientos poco corrientes «que asombrarían a sus profesores»;
además, le ha visto golpear cadáveres, para observar qué tipo de magulladuras
se producen tras la muerte. Después, en los primeros días y semanas de
convivencia, Watson observa las costumbres de Holmes: sabe que visita mucho el
laboratorio de química y las salas de disección, e incluso le permite montar un
pequeño laboratorio en la vivienda que comparten en Baker Street. Holmes,
observa Watson, también es aficionado a tocar el violín y está muy al tanto del
mundo criminal.
Las
conversaciones con su compañero de piso permiten a Watson confirmar que su
amigo no se dedica a la medicina de modo profesional y que posee minuciosos
conocimientos en disciplinas muy diversas, pero que también ignora muchas
cosas, quizá lo más asombroso es que no sabe que la Tierra gira alrededor del
Sol. Ya conoceremos más adelante algunas razones de esta ignorancia de Holmes,
que él justifica diciendo que solo aprende y recuerda cosas que le puedan
resultar útiles en su labor. Watson no se atreve a preguntar qué labor es esa,
pero se propone averiguarlo: ¿en qué profesión podrían ser útiles las cosas que
sabe que le interesan a su nuevo amigo? Para descubrirlo, redacta una lista que
se ha hecho célebre entre los holmesianos, en la que detalla lo que su
compañero conoce y lo que ignora:
Sherlock Holmes. Área de sus conocimientos:
1. Literatura…Cero.
2. Filosofía…Cero.
3. Astronomía…Cero.
4. Política…Ligeros.
5. Botánica…
Desiguales. Al corriente sobre la belladona, opio y venenos en general. Ignora
todo lo referente al cultivo práctico.
6. Geología…Conocimientos
prácticos, pero limitados. Distingue de un golpe de vista la clase de tierras.
Después de sus paseos me ha mostrado las salpicaduras que había en sus
pantalones, indicándome, por su color y consistencia, en qué parte de Londres
le habían saltado.
7. Química…Exactos,
pero no sistemáticos.
8. Anatomía…
Profundos.
9. Literatura
sensacionalista…Inmensos. Parece conocer con todo detalle todos los crímenes
perpetrados en un siglo.
10. Toca
el violín.
11. Experto
boxeador y esgrimidor de palo y espada.
12. Posee
conocimientos prácticos de las leyes de Inglaterra.
¿Para
qué profesión pueden servir todos estos conocimientos y habilidades? Watson le
da vueltas y vueltas a esta pregunta, pero acaba renunciando a obtener una
respuesta sensata y arroja la lista al fuego: «Si el coordinar todos estos
conocimientos y descubrir una profesión en la que se requieren todos ellos
resulta el único modo de dar con la finalidad que este hombre busca, puedo
desde ahora renunciar a mi propósito[6]». Sin embargo,
hay personas que elaboran listas tan disparatadas como la que resume los
intereses de Holmes. Una de ellas fue redactada por Adelardo de Bath, un monje
que vivió en el siglo XI y al que se considera uno de los precursores de la
ciencia moderna. Entre sus notas se han encontrado listas de intereses y
preguntas como la siguiente:
- Cuando
un árbol se injerta en otro, ¿por qué todos los frutos son de la porción
injertada?
- ¿Por
qué algunos animales rumian?
- ¿Por
qué algunos animales carecen de estómago?
- ¿Por
qué el agua del mar es salada?
- ¿Por
qué los hombres se quedan calvos por delante?
- ¿Por
qué los seres humanos no tienen cuernos?
- ¿Por
qué algunos animales ven mejor de noche?
- ¿Por
qué podemos ver objetos iluminados cuando estamos en la oscuridad y no al
contrario?
- ¿Por
qué no miden lo mismo todos los dedos?
- ¿Por
qué los niños no caminan nada más nacer?
- ¿Por
qué nos dan miedo los cadáveres?
Cuando
Umberto Eco decidió hacer viajar a Sherlock Holmes a la Edad Media, le puso el
nombre de Fray Guillermo de Baskerville, recordando el nombre de uno de esos
monjes protocientíficos semejante a Adelardo de Bath, Guillermo de Occam, y
tomando el apellido de una de las novelas de Sherlock Holmes (El sabueso de
los Baskerville), mientras que a Watson lo llamó, de manera casi
transparente, Adso. Una lista similar a la de Adelardo, en su caótico
eclecticismo, fue redactada varios siglos después por Robert Hooke, el primer
comisario de experimentos de la Royal Society, que realizó aportaciones en
terrenos tan dispares como la microscopía, la cronometría, la astronomía y la
mecánica de ondas. También aseguraba que las leyes de la naturaleza
descubiertas por Newton las había pensado él antes, pero, como señala Isaac
Asimov, la costumbre de Hooke de ocuparse de mil y una cosas a la vez y
dejarlas después a medias, hacía que siempre pudiera afirmar que, hiciesen lo
que hiciesen los demás, a él se le había ocurrido antes[8]. En los
cuadernos de notas de Hooke podemos encontrar enumeraciones interminables
acerca de los asuntos que se proponía investigar:
- El
uso de un carruaje.
- Los
ojos de los cachorros de perro recién nacidos.
- Las
plumas, picos y uñas de las aves que aún no han roto el cascarón.
- La
pólvora, entera y molida.
- Insectos
y otras criaturas que parecen exánimes en invierno.
- La
serpiente de Moisés y el agua transmutada.
- Que
la belleza no hace a las partes, sino que resulta de ellas, así como la
salud.
- La
armonía, la simetría.
- Que
las formas internas acaso no sean sino disposiciones duraderas forjadas
por los objetos externos.
- El
barómetro sellado y las consecuencias de semejante aparato.
- Monstruos,
y los antojos y temores de las mujeres encinta.
- La
reparación torpe de muelles a martillazos.
- Pinchar
una burbuja en el cristal de un barómetro
El
aparente caos y dispersión de los intereses de Holmes, Adelardo y Hooke esconde
un propósito y obedece también a un impulso irreprimible: la curiosidad. Los
tres personajes coinciden en su afán por descubrir los secretos de la
naturaleza, aunque Holmes delimita su campo de estudio un poco más que Adelardo
y Hooke y parece conformarse con aquello que se relaciona con la vida criminal.
En realidad, tanto la curiosidad como esa caótica pluralidad de intereses es
propia de los investigadores y filósofos de la naturaleza, ya desde los tiempos
de los pensadores presocráticos. Demócrito no solo concibió el sistema atómico
(o el molecular, según se interpreten sus «átomos»), sino que también estaba
interesado por el origen de las palabras, por el movimiento de los planetas,
por la causa de los colores y los sabores o por cuestiones relacionadas con la
geometría, la física, el arte y la matemática. En su obsesión por descubrir
misterios ocultos, abandonó todo lo que poseía, por lo que fue llevado ajuicio,
pero salió airoso al leer uno de sus tratados. Su actitud de ensimismamiento
investigador, tal como la describe el poeta latino Horacio, nos recuerda
inevitablemente a Sherlock Holmes: «Qué asombroso que el ganado entre en los
campos de Demócrito y eche a perder la cosecha, mientras su alma, olvidándose
del cuerpo, se va corriendo veloz[10]». Por otra
parte, si Holmes «odiaba cualquier forma de vida social con toda la fuerza de
su alma bohemia[11]» y buscaba
la soledad para entregarse a sus ensoñaciones o reflexiones, Demócrito, «para
poder dejar un mayor espacio a su propia imaginación», solía pasar largos
periodos de tiempo «en la soledad del desierto o entre las tumbas de los
cementerios». Además, el filósofo griego era capaz de hacer deducciones
asombrosas, como cuando al tomar un vaso de leche dijo: «Esta leche ha sido
ordeñada de una cabra negra y primeriza[12]», cosa que
se comprobó correcta. En otra ocasión saludó a una amiga del médico Hipócrates
con la frase «buenos días, muchacha», y al día siguiente la saludó con un
«buenos días, mujer»: la muchacha, nos dice el cronista, que no es otro que el
propio Hipócrates, había tenido aquella noche su primera experiencia sexual[13]. En el
primer caso, podemos imaginar una explicación holmesiana en la que lo asombroso
acaba por resultar sencillo, como que en el vaso de leche había algún pelo de
cabra negro y que la persona que había ordeñado al animal tenía la ropa
manchada o rasguños en los brazos, lo que podía revelar que la cabra todavía no
estaba acostumbrada a ser ordeñada. Tampoco resulta difícil imaginar algún
detalle en la muchacha, en su actitud o en su atuendo que le revelase al
filósofo la experiencia que había tenido aquella noche. Por otra parte, se
atribuían a Demócrito poderes adivinatorios, porque en sus viajes había
estudiado con los magos persas y caldeos, pero nunca recurrió a lo sobrenatural
en sus explicaciones y, como Holmes y los miembros de la Royal Society, siempre
acababa contando las observaciones que le habían llevado a sus conclusiones.
Como el propio Demócrito escribió: «Prefiero descubrir una ley causal que
convertirme en rey de los persas».
Ahora bien, según Aristóteles, gran admirador de Demócrito[14], el amor y
la búsqueda del conocimiento es el mayor fin al que puede aspirar un ser
humano, pero esconde peligros, pues el investigador apasionado puede superar
los límites marcados por los dioses o la naturaleza, lo que los griegos
llamaban la hybris, soberbia y orgullo desmedido, palabra que no en vano está
emparentada con la ebriedad o borrachera. Dédalo, quizá uno de los primeros
científicos conocidos, fue castigado por sus inventos y perdió a su hijo Ícaro;
Mary Shelley, en Frankenstein, presenta a un científico que se atreve a crear
vida, algo que está reservado a Dios[15] ;
Robert Louis Stevenson imaginó a un doctor llamado Jekyll que también es
castigado al traspasar los límites humanos y dar forma a su doble naturaleza,
la del malvado señor Hyde. Sin llegar a los extremos de Frankenstein o Hyde, el
arquetipo o estereotipo del científico que, llevado por la curiosidad y el amor
al conocimiento, desentraña los secretos de la naturaleza, pero que, al mismo
tiempo, demuestra una gran torpeza en lo cotidiano y ciertos rasgos de
extravagancia, hace que existan muchas semejanzas entre los primeros
científicos modernos y Sherlock Holmes.
§. Elemental, Mister Hooke
Cuando
vine a Londres por primera vez, me alojaba en Montaigue Street, a la vuelta del
Museo Británico, y allí esperaba, ocupando mis interminables horas de ocio en
estudiar todas aquellas ramas de la ciencia que podían contribuir a hacerme más
eficaz.
Sherlock Holmesen «El ritual de los Musgrave».
Muchas
veces se ha hablado de la personalidad al mismo tiempo obsesiva, indolente,
apasionada y despistada de los grandes investigadores y científicos, ya desde
aquella anécdota del filósofo Tales que se cayó a un pozo por su afición a
mirar las estrellas. Se cuentan historias similares acerca de Einstein, Newton
y muchos otros científicos, que se concentraban de manera tan obsesiva en un
problema que se olvidaban del mundo exterior. En una ocasión, al menos según la
leyenda, Einstein tenía que cambiarse para ir a una recepción y, después de
quitarse la ropa, en vez de ponerse el traje de gala, se metió directamente en
la cama y se quedó durmiendo hasta el día siguiente.
También son frecuentes las historias acerca de científicos que descuidan sus
tareas o se olvidan de los demás, como hace Holmes con el pobre Watson, al que
más de una vez deja de atender durante horas. Philip Ball cuenta que Robert
Boyle, amigo y compañero de Hooke en la Royal Society, era capaz de llamar a
uno de sus criados en mitad de la noche para que le llevase un trozo de pescado
podrido y lo introdujese en la bomba de aire[16]. Watson
también está muy acostumbrado a ser requerido por Holmes en cualquier
circunstancia, aunque a veces es él quien acude al encuentro de su amigo para
plantearle un enigma, del mismo modo que los criados de Boyle, conociendo las
extrañas aficiones de su amo, se atrevían a molestarlo, incluso cuando pasaba
por un fuerte catarro, para anunciarle que las criadas se habían asustado al
ver algo brillando en la oscuridad de la despensa y que resultó ser un pedazo
de carne:
Postergando por un momento mi decisión de acostarme, mandé que trajesen esa
carne a mis dependencias en el acto, e hice que la colocasen en un rincón
considerablemente oscuro, donde fui testigo, con tanto asombro como deleite, de
que, en efecto, aquella pieza de carne brillaba en diversos lugares… Una imagen
tan insólita que enseguida se me ocurrió invitaros para que participarais del
placer de contemplarla [17].
Aquellos científicos, movidos por su ansia de saber, podían llegar a
atravesarse con una aguja «entre el ojo y el hueso» para distorsionar el
cristalino, como hizo Newton, y así observar lo que sucedía, si es que no
perdía antes la visión, claro. Su gran rival, Robert Boyle, llegaba a
enfrascarse de tal modo en sus investigaciones que «era muy capaz de caer
enfermo de tanto fervor como ponía en su tarea[18]», algo que
también suele sucederle a Holmes. Así, en «El pie del diablo», Watson cuenta
que en 1897 el doctor Moore Agar ordenó al detective que abandonara todos sus
casos y se sometiera a una cura de reposo si quería evitar un derrumbamiento
absoluto: «Holmes jamás había prestado la más mínima atención a su estado de
salud, ya que vivía en una abstracción mental absoluta, pero al final se le
pudo convencer, bajo la amenaza de quedar permanentemente incapacitado para
trabajar[19]».
Cuando nos cuentan los métodos de otro de los fundadores de la Royal Society,
Robert Hooke, como su costumbre de narcotizar a las moscas con coñac para poder
observarlas con el microscopio (si las mataba se contraían[20], nos parece
estar asistiendo a una de aquellas extrañas prácticas a las que se entregaba
Holmes, como cuando intenta atravesar con un arpón a un cerdo muerto para
resolver un caso:
Si
hubiera usted podido asomarse a la trastienda de Allardyce, habría visto un
cerdo muerto colgado de un gancho en el techo y un caballero en mangas de
camisa dándole furiosos lanzazos con esta arma. Esa persona tan enérgica era
yo, y he quedado convencido de que por muy fuerte que golpeara no podía
traspasar al cerdo de un solo lanzazo [21].
Víctor
Trevor, al que ya hemos visto páginas atrás describir al extravagante joven que
va a presentar a Watson para que compartan piso, asegura:
Yo
llego incluso a representármelo dando a un amigo suyo un pellizco del alcaloide
vegetal más moderno, y eso no por malquerencia, compréndame, sino por puro
espíritu de investigador que desea formarse una idea exacta de los efectos de
la droga.[22]
Enseguida
añade Trevor: «Para ser justo, creo que él mismo la tomaría con idéntica
naturalidad[23]». Hooke
también estaba dispuesto a dar literalmente su sangre para obtener alguna nueva
revelación acerca de la naturaleza, como cuando decidió observar a un insecto a
través del microscopio: «No menos inquietante resulta la observación de una
pulga que llevó a cabo el flemático Hooke mientras el insecto le chupaba la
sangre[24]». Las
observaciones de Hooke acerca de la experiencia recuerdan ese tono sobrio con
el que Holmes describe las situaciones más extravagantes o llamativas:
La criatura era tan voraz que, pese a no poder contener más sangre, seguía
chupando igual de rápido, mientras, con la misma velocidad, evacuaba por
detrás: la digestión de esta criatura debe de ser muy rápida, pues, si bien la
sangre se veía más espesa y oscura cuando la succionaba, al llegar a las tripas
era de un hermoso color rojo, y la que se incorporaba a sus venas parecía
blanca[25].
El magnífico resultado que obtuvo Hooke al ofrecer su propia sangre a una
pulga. Las consecuencias pudieron ser trágicas, pues precisamente esta pulga,
la Ceratophyllus fasciatus, fue la responsable de la muerte de millones de
personas en Europa, al transmitir la peste. (Ilustración de Robert Hooke en
Micrograhia, 1665).
En
otra ocasión, Hooke construyó una cámara de aire en la que pudiese entrar una
persona, y sin dudarlo se introdujo en ella, a pesar de que había observado que
insectos y otros pequeños animales morían al permanecer en cámaras de aire
similares:
Por
suerte para él, la cámara distaba mucho de ser hermética y solo fue posible
extraer un cuarto más o menos del aire que había dentro; pero bastó para que
Hooke afírmase haber sentido mareos y dolor de oídos.[26]
Un
siglo después, otro de los presidentes de la Royal Society, el químico Humphry
Davy, investigó en 1799 el efecto sobre la respiración humana de gases como el
hidrógeno, el dióxido de carbono, el monóxido de carbono y otras combinaciones
de gas nitroso:
Antes
de intentar nada en sus pacientes, lo probaba todo consigo mismo, a menudo
corriendo graves riesgos. Los desvanecimientos, las náuseas y las fuertes
migrañas con frecuencia le dejaban postrado. Pero él proseguía,
impertérrito. [27]
En otra ocasión, Davy decidió inhalar cuatro litros y medio de monóxido de
carbono (el gas con el que muchas personas se han suicidado en sus garajes) y
al llegar al cuarto litro sufrió un colapso: «Parecía que me estaba hundiendo
en la aniquilación, pero tuve la energía suficiente como para dejar caer la
boquilla de mis labios entreabiertos». Sin embargo, todavía tuvo ánimo para
comprobar su pulso: «filiforme y demasiado acelerado».
Holmes también se arriesga una y otra vez, no tanto para atrapar al culpable
(al que a menudo ni siquiera entrega a la policía), sino para poner a prueba
una teoría. En una de sus últimas aventuras, «El pie del diablo», cuando ya el
detective y su ayudante son casi ancianos, los dos ponen en riesgo su vida con
el único objetivo de comprobar si es correcta o no la hipótesis acerca de una
potente droga que ha llevado a la muerte a varias personas. El lector percibirá
enseguida la semejanza con las descripciones del experimento de Davy, que sin
duda sirvió de inspiración a Conan Doyle[28]. A pesar de
que el caso ya está resuelto, Holmes propone que prueben la efectividad del
misterioso veneno:
Y
ahora, Watson, vamos a encender nuestra lámpara. Sin embargo, tomaremos la
precaución de abrir la ventana para evitar el fallecimiento prematuro de dos
meritorios miembros de la sociedad.[29]
Eso
sí, el detective ofrece a su amigo echarse atrás si lo desea, pero Watson, que
sería capaz de acompañar a su querido amigo hasta las puertas del mismo
infierno, acepta alegremente el desafío. A pesar de las precauciones que toman
antes de inhalar el peligroso humo, la vida o la cordura de ambos parecen
condenadas, si no fuera porque Watson, en medio del caos de sus sensaciones,
logra captar:
Una
fugaz visión del rostro de Holmes, blanco, rígido y deformado por el terror…
exactamente con la misma expresión que habíamos visto en los rostros de los
muertos; aquella visión me proporcionó un instante de cordura y de fuerza [30].
En
un último esfuerzo, rescata a su amigo y lo arrastra fuera de la habitación,
hasta que ambos caen uno junto al otro en el césped, «conscientes tan solo de
la gloriosa luz del sol, que se iba abriendo camino a través de la nube
infernal que nos envolvía». Tras la sobrecogedora experiencia, que Conan Doyle
describe con todo detalle, Holmes abandona su frialdad característica y con voz
temblorosa exclama:
¡Palabra
de honor, Watson! Le debo un agradecimiento y una disculpa. Ha sido un
experimento injustificable, aun para uno mismo, pero mucho más para un amigo.
Le aseguro que lo siento mucho [31].
Después
de tantos años juntos, Watson se emociona al escuchar aquellas palabras y
responde que no existe mayor privilegio que ayudar a su amigo, a pesar de que,
como el propio Holmes admite, lo razonable hubiera sido que acabaran los dos
locos por efecto de la droga, puesto que ya lo estaban cuando decidieron
someterse a tan extravagante experimento. Una locura causada por el amor a la
ciencia y el conocimiento, algo que ya dictaminó Víctor Trevor antes de
presentar a Watson al extravagante Holmes: «Para mi gusto, Holmes es un poco
excesivamente científico. Casi toca en la insensibilidad. Por lo que se ve, su
pasión es lo concreto y exacto en materia de conocimientos[32]». Trevor
tiene mucha razón, porque si Holmes puede ser definido de alguna manera es como
un detective científico, quizá no el primero tampoco, porque le precedieron el
Legrand y el Dupin de Poe, pero sí el que llevó la aplicación del método
científico al mundo criminal a su máxima expresión En consecuencia, el camino
que conduce a Sherlock Holmes comenzó cuando se crearon las primeras academias
de investigación sistemática experimental, en especial, la Royal Society.
§. Un detective baconiano
Trabajé
basándome en principios baconianos y, sin teoría alguna, recopilé datos al por
mayor.
Charles Darwin.
Aunque
nunca fue un científico, se suele considerar a Francis Bacon el padre de la
ciencia moderna. Nombrado canciller de Inglaterra por Jacobo I en 1618, además
de diversos textos filosóficos, escribió la utopía Nueva Atlántida, en la que
unos navegantes llegan a una isla desconocida en el océano Pacífico. La de
Bacon fue la más célebre de las utopías posteriores a la Edad Media, un género
muy de moda en una época en la que comenzó a imaginarse un futuro en el que
todo podría ser transformado por la actividad humana. Entre muchas otras, se
pueden mencionar la Ciudad del Sol de Campanella, la Utopía de Tomás Moro, la
Telema que Rabelais propuso en Gargantúa, la Ciudad Feliz de Francesco Patrizi
da Cherso (1516), la Cristianópolis de Johann Valentín Andreae, la Oceana de
John Harrington (1656) o los textos rosacruces, también atribuidos a Andreae[33].
En Nueva Atlántida, Bacon imagina una civilización que se remonta a miles de
años atrás y en la que la felicidad de los ciudadanos se cimenta en la atención
que sus sabios prestan a la ciencia. Para lograrlo, trabajan en una
organización llamada Casa de Salomón, cuya misión es el estudio de la
naturaleza, con el objetivo de descubrir sus secretos más ocultos y, de este
modo, contribuir al bienestar de la humanidad. Para dejar claro que el estudio
de la naturaleza no es una ofensa a Dios ni cosa de brujos o herejes, Bacon
hace que uno de los personajes alabe de la siguiente manera a Dios: «Según
hemos aprendido en nuestros libros, realizas milagros con vistas a un fin
excelente y divino, pues las leyes de la naturaleza son tus propias leyes, y tú
no las varías a no ser por un gran motivo[34]». Es decir,
las leyes de la naturaleza han sido establecidas por la divinidad, y no cambian
excepto por un motivo superior (eso son los milagros), por lo que estudiar esas
leyes no es otra cosa que maravillarse ante la creación y creatividad divina.
Salvado este último escollo, Bacon puede exponer, a través de uno de los sabios
de la Casa de Salomón, su proyecto de una sociedad basada en la ciencia: «El
fin de nuestra fundación es el conocimiento de las causas y movimientos
secretos de las cosas, así como la ampliación de los límites del imperio humano
para hacer posibles todas las cosas[35]».
En 1660, con la aprobación del rey Carlos II, se inauguró de manera oficial la
Royal Society, que pretendía instaurar en Inglaterra una organización semejante
a la Casa de Salomón. A ella pertenecían esos científicos, entre metódicos y
extravagantes, como Robert Hooke, Robert Boyle o Isaac Newton, a quienes ya
hemos conocido[36].
En la actualidad tiende a subestimarse la importancia de Bacon y se señalan los
rasgos de su pensamiento que todavía estaban anclados en la Edad Media, o se
dice que su método científico consistía en la mera acumulación de datos, lo que
no tiene nada que ver, agregan, con el verdadero proceder de los científicos.
El retrato que se obtiene de Bacon acaba por ser el de un mago disfrazado, un
utopista fantasioso o un empirista ingenuo, además de un cortesano servil y
adulador, traicionero e hipócrita[37]. A pesar de
la negativa imagen actual, durante siglos Bacon fue considerado el hombre que
había logrado hacer descender la ciencia desde los cielos de la especulación y
la teoría hasta el terreno sólido de la observación y la experimentación. A
algunos, como Immanuel Kant, los despertó de su «sueño dogmático», según
declara él mismo en la dedicatoria de la Crítica de la razón pura. Basta
con leer las asombrosas descripciones de los inventos realizados en la Casa de
Salomón para entender ese poderoso influjo: el submarino, el avión, la radio,
la descomposición de los rayos luminosos y algo muy parecido al láser, entre
muchas otras invenciones que tuvieron que esperar varios siglos para
convertirse en realidad, o que todavía están esperando a ser descubiertas. Por
otra parte, los ensayos que Bacon escribió para promover un estudio de la
naturaleza metódico, sensato y exento de prejuicios, todavía hoy en día son una
estimulante lectura. En cualquier caso, si retrocedemos a la Gran Bretaña de la
época de Sherlock Holmes, encontramos respeto y admiración entusiasta hacia él,
hacia la Royal Society y hacia la búsqueda racional de conocimiento. Arthur
Conan Doyle estaba tan fascinado por la ciencia que no solo creó a Sherlock
Holmes, sino también a otro científico inolvidable, el profesor Challenger,
quien, en El mundo perdido, descubre una tierra en la que todavía
viven dinosaurios (como es obvio, esta novela es la inspiración de Jurassic
Park, de Michael Crichton). En el mundo anglosajón, la moda
dominante entre las élites, pero también entre el ciudadano común, era la
admiración hacia los logros de la ciencia, que no solo había descubierto
energías que superaban las más locas ensoñaciones de los filósofos herméticos,
como la electricidad o el electromagnetismo, sino que había desentrañado parte
de los secretos que la naturaleza había mantenido ocultos durante siglos,
creando nuevos compuestos que los alquimistas tampoco habían llegado a
imaginar. Si la ciencia no logró hacer realidad el viejo sueño alquimista de
crear oro, quizá fue porque, como sabemos desde hace no demasiado tiempo, todo
el oro de nuestro planeta llegó desde el espacio exterior[38]. Pero sí se
crearon nuevos metales, como el aluminio (a partir de la bauxita), que hasta
finales del siglo XIX fue tan valioso como el oro, como prueba que en la
Exposición Universal de 1855 se expusieran varias barras de aluminio junto a
las joyas de la corona de Francia. La admiración por la ciencia era extrema en
Gran Bretaña, que siguiendo los consejos de Bacon, es decir, gracias a la
información y la investigación, se había convertido en el máximo poder
universal:
En
la época victoriana, los estudiantes que antes habrían sido simplemente
caballeros (gentlemen) y naturalistas clericales, ahora eran «científicos»
profesionales. Entre la mayoría de la población la creencia en las leyes
naturales y en el progreso continuo empezó a aumentar y se produjo una
frecuente interacción entre ciencia, gobierno e industria. La educación
científica se expandió y formalizó.[39]
Eso
sí, tal vez como reacción al cientifismo dominante, también acabó por
producirse un revival espiritual y espiritista, recuperando la religión (en muy
diversas formas y variedades) una importancia en la sociedad británica que no
había tenido en los últimos siglos, y que tampoco persistiría en el siglo XX[40]. Arthur
Conan Doyle no se diferenciaba de sus contemporáneos en la admiración hacia la
ciencia y Francis Bacon y no cabe ninguna duda de que sus libros, como el Novum
Organum o El avance del saber, figuraban entre sus predilectos; probablemente
también lo eran de Sherlock Holmes, que a veces parece estar citando casi
literalmente preceptos y aforismos de Bacon Una muestra de esa obsesión
científica es que, para Conan Doyle, la defensa del mundo de los espíritus
(afición en la que también se parecía a sus contemporáneos) era una
investigación de carácter científico: «Aquellos que habían estudiado los
fenómenos espiritas[41] y
tratado de esclarecer las leyes que los rigen, habían seguido, en mi opinión,
el verdadero camino de la ciencia y el progreso[42]». Como buen
científico que investiga el más allá, Conan Doyle hacía experimentos, aunque al
principio sin el «instrumental» adecuado: «Esta opinión fue reforzada por mis
propios experimentos, aunque debo recordar que entonces trabajaba sin médium,
algo muy similar a un astrónomo que no usara telescopio[43]». Conviene
aclarar, sin embargo, que Sherlock Holmes nunca compartió la afición de su
creador hacia el mundo paranormal, como tendremos ocasión de comprobar.
§. El fin del secreto
«Hoy
en día, en la opinión popular del mundo Victoriano, el hombre científico se
identifica, antes que con cualquier otro, con Sherlock Holmes, el primero que
puso en práctica el método de la detección del crimen científico y el inventor
de la celebrada «Ciencia de la deducción y el análisis».
Thomas A. Sebeok y Jean Umiker-Sebeok, Sherlock Holmes y Charles
Peirce, el método de la investigación.
La
ciencia moderna nació cuando la pasión por la observación de la naturaleza hizo
que muchas personas se convirtieran casi en fanáticas de la investigación.
Aunque en los primeros tiempos de la Royal Society todavía persistían algunas
prácticas secretistas, las cosas estaban empezando a cambiar, pues uno de los
rasgos característicos de la ciencia moderna es el fin del secreto. Los
científicos de la Royal Society, como Robert Hooke, eran muy conscientes de que
su manera de mostrar los prodigios de la naturaleza les restaba algo del
encanto de los magos renacentistas y de los alquimistas medievales: «Un
secreto, sea cual sea, tiende a despertar admiración[44]». Eso es
algo que sabe también Holmes: «Me temo que me delato cuando explico las cosas.
Los resultados sin mención de las causas impresionan mucho más[45]». Pero, a
pesar de la tentación constante de despertar el asombro manteniendo en secreto
los métodos y las técnicas empleadas, los primeros científicos seguían las
recomendaciones de su principal inspirador, Francis Bacon: «Lo que distingue a
la ciencia verdadera es que sus explicaciones extraen de las cosas todo el
misterio. La impostura disfraza las cosas para que parezcan más maravillosas de
lo que serían sin el disfraz[46]». O como
dice el gran sabio de la Casa de la Sabiduría en Nueva Atlántida:
Nosotros,
que poseemos tantas cosas naturales que inducen a admiración, podríamos engañar
a los sentidos si mantuviéramos ocultas estas cosas, y arreglárnoslas para
hacerlas aparecer como milagrosas. Pero odiamos tanto las imposturas y mentiras
que hemos prohibido severamente a nuestros ciudadanos, bajo pena de ignominia y
multa, que muestren cualquier obra natural adornada o exagerada, debiendo
mostrarla en su pureza original, desprovista de toda afectación.[47]
Aunque
a primera vista puede parecer que Holmes se diferencia de los científicos en
este aspecto, ya que posee un método propio, diferente del de los policías,
criminólogos y químicos de la época, Holmes no mantiene en secreto sus métodos,
sino que los hace públicos siempre que tiene ocasión, contándoselos tanto a
Watson como a los policías con los que se encuentra: «Tengo por costumbre no
ocultar mis métodos ni a mi amigo Watson ni a nadie que muestre un interés
inteligente en ellos[48]». Es cierto
que a veces se lamenta de que su «magia» se hace vulgar al revelar los
mecanismos que se ocultan tras ella, pero nunca deja de contar el procedimiento
que le ha llevado a resolver un caso o deducir algo relacionado con sus
clientes o con el propio Watson: «Empiezo a pensar, Watson, que cometo un error
al dar explicaciones. Omne ignotum pro magnifico[49] [Todo
lo desconocido parece magnífico], como usted sabe, y mi pobre reputación, en lo
poco que vale, se vendrá abajo si sigo siendo tan ingenuo[50]». A pesar de
sus lamentos, a Holmes le basta con el placer de la investigación pura: «El
hombre que ama el arte por el arte suele encontrar los placeres más intensos en
sus manifestaciones más humildes y menos importantes[51]». En muchas
de sus aventuras, Holmes deja que los policías y detectives se atribuyan los
méritos que con toda justicia deberían corresponderle a él: «Aquel carácter
sombrío y cínico aborreció siempre todo lo que sonase a aplausos del público, y
nada le divertía más que, después de haber resuelto con éxito un caso, atribuir
el mérito a algún funcionario y escuchar con sonrisa burlona el coro de
felicitaciones mal dirigidas».
Es cierto que en ocasiones el detective se muestra celoso del mérito atribuido
a sus rivales, pero se trata de disputas por la preeminencia, semejantes a las
de Newton con Leibniz por el cálculo infinitesimal o a las que mantuvieron
Hooke y Newton durante toda su vida. Newton esperó hasta la muerte de Hooke
para publicar su teoría de la luz, para no recibir las críticas de su rival, o
quizá, según se sospecha, para que Hooke nunca llegara a conocer revelaciones
tan extraordinarias. Holmes muestra su orgullo de científico cuando dice a
Watson, en una ocasión en que su ayudante parece reprocharle en silencio su
egolatría: «No, no es cuestión de vanidad o egoísmo. Si reclamo plena justicia
para mi arte es porque se trata de algo impersonal…, algo que está más allá de
mí mismo». Por otra parte, existe una evidente semejanza entre la sobriedad que
los miembros de la Royal Society se imponían al comunicar sus descubrimientos
(para distinguirse de los magos y charlatanes) y los reproches que hace Holmes
a Watson por dar a sus procedimientos científicos un aura de novela romántica:
«Quizá se haya equivocado al intentar añadir color y vida a sus descripciones,
en lugar de limitarse a exponer los sesudos razonamientos de causa a efecto,
que son en realidad lo único verdaderamente digno de mención del asunto[52]». La crítica
de Holmes recuerda poderosamente el elogio que el historiador Sprat hizo de la
Royal Society, que había «conseguido separar el conocimiento acerca de la
Naturaleza de los colores de la Retórica, de las invenciones de la Imaginación
y del delicioso engaño de las Fábulas», abandonando «esa viciosa abundancia de
frases, esa artimaña de las metáforas, esa volubilidad de la lengua, que hace
tanto ruido en el mundo[53]».
La diferencia entre los primeros científicos y Holmes es que, aunque ambos
persiguen de manera casi obsesiva el conocimiento y se sienten seducidos por
cualquier enigma o misterio a resolver, para los científicos el objetivo
consiste en desentrañar los secretos de la naturaleza, mientras que Holmes
quiere sacar a la luz los secretos de los criminales. Por ello, Holmes agradece
la existencia de delincuentes como Moriarty, que le procuran nuevos desafíos a
los que entregarse con una pasión incontrolable, mientras que los científicos
le agradecen a la naturaleza su gusto por lo oculto y misterioso. Cuando la
investigación llega a su fin y el mundo regresa a su rutina, al científico o al
detective ya solo le quedan placeres compensatorios, como dice, quizá con
cierta amargura, o al menos melancolía, Holmes cuando, tras resolver un caso,
acepta que los demás se lleven todos los méritos: «El reparto me parece
tremendamente injusto — protesta Watson— , usted ha hecho todo el trabajo en
este asunto. Yo he conseguido una esposa, Jones se lleva el mérito… ¿Quiere
decirme qué le queda a usted?». Holmes responde: «A mí me queda todavía el
frasco de cocaína».
Más allá de las similitudes en la pasión por la investigación, la capacidad de
transformarse en una fiera inquisitiva o sufrir estados de narcolepsia, lo que
hace a Sherlock Holmes no el primer detective, ni el primer detective asesor,
ni siquiera el primer detective de ficción, pero sí el primer gran detective
científico, es su capacidad para encontrar pistas que le llevan a la solución
de los enigmas. Del mismo modo que los científicos aprendieron a mirar con
atención plena la naturaleza, para encontrar las pistas que les conducirían a
la solución de misterios como la naturaleza de la luz o el movimiento de los planetas,
descubriendo las claves que hasta entonces habían permanecido ocultas, Sherlock
Holmes era capaz de ver algo donde otros no veían nada. ¿Cómo lo lograba?
Todos
habíamos escuchado con gran interés este esquema de los hechos que habían
tenido lugar la noche pasada; hechos que Holmes había deducido partiendo de
signos tan sutiles y minúsculos que, incluso tras habérnoslos indicado, apenas
podíamos seguir sus razonamientos.
Watson en «El paciente residente».
Contenido:
§.
Detalles y minucias
§. La importancia de lo superfluo
§. Giovanni Morelli, detective
§. La oreja del muerto
§. A la identidad por las orejas
§. Sherlock Holmes, antropometrista
§. El final del bertillonage
§. Señales, huellas y marcas
§. El hermano más listo de Sherlock Holmes
§. El detective semiótico
§. Una ciencia imperialista
§. Sherlock Holmes, semiólogo asesor
§. El significativo incidente del perro de Pavlov
§. Códigos secretos
§. Un criptógrafo aficionado
§. Criptografía en Holmes
§. Ruido y mensaje
§. Un cifrado incomprensible
§. Síntomas e indicios
§. Un médico muy observador
§. Cómo ser un buen empirista
§. El juego de las veinte preguntas
§. Un médico tras las huellas de un detective
§. Gestos, lapsus y psicólogos vieneses
§. Psicología de la investigación
§. Cómo leer mentes ajenas
§. Una lectura muy fría
§. La sonrisa Duchenne
§. El corazón de la máquina
§. Los trucos de un detective
§. Sherlock Holmes, experto en moda
§.
Detalles y minucias
Pues
no pueden existir arte ni ciencia salvo en los detalles minuciosamente
organizados.[54]
William Blake.
§.
La importancia de lo superfluo
Nada
es pequeño para una inteligencia grande.
Sherlock Holmes en Estudio en escarlata.
Uno
de los aspectos en los que Sherlock Holmes se parece a los científicos modernos
y que le permite superar a sus rivales de Scotland Yard, como los policías
Gregson y Lestrade, es su capacidad para observar los pequeños detalles,
aquello que está a la vista de todos, pero a lo que no se suele prestar
atención: «Siempre he sostenido el axioma de que los pequeños detalles son, con
mucho, lo más importante».
La declaración de Holmes nos recuerda una afirmación del doctor Bell, profesor
de medicina de Arthur Conan Doyle, a quien conoceremos mejor más adelante:
«Para los maestros del oficio existen miríadas de signos elocuentes e
instructivos, pero cuyo descubrimiento requiere un ojo experto… La importancia
de lo infinitamente pequeño es incalculable. Emponzoñen un pozo de La Meca con
el bacilo del cólera y el agua santa que los peregrinos se llevarán embotellada
infectará un continente». No existe una profesión a la que podamos llamar
«detallista», como quien se refiere a un escaparatista, pero sí existen algunos
profesionales, además de los detectives, que prestan una atención muy especial
a los pequeños detalles. Se trata de los connoisseur o expertos en arte,
verdaderos observadores de lo minúsculo, al menos desde que un hombre que se
escondía tras una falsa identidad revolucionó la disciplina. Ese hombre nos
permitirá establecer inesperadas conexiones con pioneros de la criminología
como Bertillon, pero también con el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, y,
por supuesto, con Sherlock Holmes.
La historia comienza en 1880, cuando se publicó en Berlín el libro Die
Werke Italienischer Meister (La obra de los maestros italianos). Su
autor, Ivan Lermolieff, ya era conocido en los círculos artísticos por sus
atrevidas teorías, que había ido revelando, entre 1871 y 1876, en diversos
artículos acerca de la Galería Borghese de Roma. Lermolieff proponía un nuevo
método para distinguir las obras de los grandes pintores, para detectar si
habían sido pintadas por el maestro o por los discípulos y para descubrir los
fraudes y falsificaciones. Sus ideas atrajeron la atención de los expertos,
pero también fuerte oposición por parte de los críticos de arte, que
consideraban el método poco ortodoxo e inadecuado para algo tan sublime como el
estudio de las formas artísticas.
Se sabía poco acerca de Lermolieff, más allá de que era ruso y que sus ensayos
se traducían al alemán por un tal Giovanni Schwarze. Cuando se publicó el libro
que recogía de manera metódica sus teorías y se sucedieron las traducciones al
italiano y al inglés, empezó a sospecharse que aquel ruso capaz de detectar las
falsificaciones era, a su vez, un falsario. A pesar de algunos testimonios
contradictorios, acabó por quedar claro que Lermolieff no existía y que tampoco
existía un original en ruso de La obra de los maestros italianos.
Ahora había que averiguar por qué el tal Schwarze había fingido que traducía un
libro del ruso al alemán. La respuesta fue que Schwarze tampoco existía, sino
que era un nuevo seudónimo. ¿Quién se escondía, entonces, tras Lermolieff y
Schwarze?
La solución al misterio estaba escondida en las dos identidades falsas, pues el
hombre que se ocultaba tras ellas había dejado pistas en los nombres, tal vez
porque siempre estuvo seguro de que algún día reivindicaría las teorías como
suyas. Su verdadero nombre era Giovanni Morelli, que podríamos traducir por
«Juan Moro», mientras que el nombre del supuesto traductor Giovanni Schwarze
significa «Juan Negro»; además, en «Ivan Lermolieff» está contenido de nuevo el
nombre («Ivan» también significa «Juan») y el apellido en acrónimo, pues
«Lermolieff» contiene «Morelli». Pero ¿quién era Giovanni Morelli, el hombre
que había sido capaz de engañar durante varias décadas a los estudiosos y
críticos de arte, y cuáles eran sus teorías acerca de lo falso y lo verdadero
en la pintura?
Giovanni Morelli (1816-1891) era médico de profesión, pero ya desde joven se
interesó por la pintura y decidió dedicar sus esfuerzos a la difícil tarea de
certificar la autoría de obras de arte y reconocer las falsificaciones. Hasta
entonces, el método consistía en observar la técnica empleada y la disposición
general de las figuras y el estilo. Morelli se dio cuenta de que aquella no era
la mejor manera de descubrir al autor de un cuadro o a los falsificadores.
Cualquier pintor más o menos dotado podía imitar el estilo de otro pintor,
sostenía, pero pocos eran capaces de imitar a la perfección los rasgos más
insignificantes, como las orejas, los pies o las manos. Había que fijarse en
los detalles a los que el pintor apenas daba importancia, en todo aquello que
dibujaba o pintaba de manera mecánica, casi inconsciente.
Del
mismo modo que la mayoría de los hombres que hablan o escriben tienen hábitos
verbales y emplean sus palabras o frases favoritas involuntariamente y a veces
incluso de un modo muy inadecuado, también todo pintor tiene sus propias
peculiaridades, que se le escapan sin que sea consciente… Quien quiera estudiar
en profundidad a un pintor, debe descubrir estas fruslerías materiales y
prestar atención con esmero.[55]
Cada
pintor tenía una manera particular de pintar las orejas de sus personajes, las
manos o detalles «casi vergonzosos». Como explicaba Morelli con ironía: «Mis
adversarios, especialmente los alemanes, se complacen en calificarme como a uno
que es incapaz de apreciar el sentido espiritual de una obra de arte, y que por
ello da mayor importancia a los detalles externos, como la forma de las manos,
de la oreja, e incluso, horribile dictu, a un objeto tan antipático
como las uñas[56]».
Estudios de orejas pertenecientes a diferentes pintores, por Giovanni
Morelli.
La
semejanza entre el método de Holmes y el de Morelli se hace evidente cuando
comparamos los estudios de orejas, manos, pies y uñas de Morelli con la
insistencia de Holmes en observar hasta el más pequeño detalle y descubrir en
él la clave de los diversos misterios que se le plantean No solo eso, se da la
circunstancia de que Holmes se ocupó de manera específica de manos, uñas y
orejas para resolver más de un caso, y lo hizo de una manera en todo
coincidente con los métodos de Morelli, como en la aventura titulada «La caja
de cartón»: «No ignorará usted, Watson, en su condición de médico, que no hay
parte alguna del cuerpo humano que presente mayores variantes que una oreja.
Cada oreja posee características propias, y se diferencia de todas las demás».
Las palabras de Holmes están relacionadas con un extraño caso en el que su
cliente, la señorita Cushing, ha recibido una caja con dos orejas cortadas.
Holmes examina atentamente el macabro regalo, «con ojos de experto», y advierte
algo que le llama la atención: «Imagínese cuál no sería mi sorpresa cuando, al
detener mi mirada en la señorita Cushing, observé que su oreja correspondía en
forma exacta a la oreja femenina que acababa de examinar. En ambas existía el
mismo acortamiento del pabellón, la misma amplia curva del lóbulo superior,
igual circunvolución del cartílago interno». La conclusión del detective es
inmediata: «la víctima debía ser una consanguínea, probablemente muy estrecha,
de la señorita Cushing». Gracias a su atención a los pequeños detalles, en este
caso las orejas, Holmes puede resolver el caso de la señorita Cushing, de
manera semejante a como Morelli resolvía misterios como las falsas atribuciones
o si un cuadro pertenecía a un pintor o a uno de sus discípulos. Pero ¿esta
similitud entre los dos métodos es fruto de la casualidad?
Estudios de manos de Morelli.
§.
Giovanni Morelli, detective
Recibí
un telegrama solicitando una descripción de la oreja izquierda del doctor
Shlessinger.
Watson en «La desaparición de Lady Frances Carfax».
Aunque
a primera vista puede parecer puramente fortuita la relación entre los métodos
de Morelli y de Sherlock Holmes, se sabe que entre las familias de ambos
existía más de una conexión Michael Shepherd nos revela que un tío del escritor
(«Unele Henry»), fue director de la Galería de Arte de Dublín y gran admirador
de Morelli, quien a su vez se refirió a él como «el espléndido Mr.
Doyle». Más allá de la influencia directa entre ambos autores, la semejanza de
sus métodos ha dado lugar a una abundante bibliografía, en la que destacan los
trabajos de Carlo Ginzburg y de Enrico Castelnuovo, quien estableció una
minuciosa comparación entre el método del connoisseur y el del
detective en su entrada «Atribución», escrita para la Encyclopaedia
Universalis.
Castelnuovo explica que si no fuera por los esfuerzos de expertos como Wilhelm
Bode, Bernard Berenson y el propio Morelli, los museos estarían llenos de obras
de arte de autor desconocido o con un nombre nacido de la pura fantasía.
Castelnuovo va más lejos y asegura que el método de Morelli responde al
espíritu de la época, a la tendencia dominante entonces, que era la búsqueda de
la precisión, el examen de lo minúsculo, la catalogación del universo entero.
Según Castelnuovo, la necesidad de poder saber quién es el autor de una obra
siempre ha existido, pero no cobró verdadera importancia hasta que en el siglo
XVIII los caballeros ingleses se aficionaron a recorrer Europa para admirar el
arte antiguo, en lo que llamaban el «Grand Tour». Fue entonces cuando la figura
del conocedor adquirió una gran importancia, como revela la aparición del
ensayo de Jonathan Richardson The Connoisseur (1719) y la
compra de objetos artísticos a precios cada vez más desorbitados.
Ante la ausencia de criterios fiables, no hace falta decir que también
proliferaron las falsificaciones. En el siglo XIX, nos dice Castelnuovo,
comienza la búsqueda de un método más riguroso y científico, al servicio de los
museos y galerías de arte que se abren en toda Europa, porque muchas de las
obras albergadas son de autor desconocido, o se atribuyen a una escuela o un
estilo de manera indiferenciada, o incluso se les asignan nombres de
conveniencia (Notnamen), como Pseudo Boccaccino o «Maestro de San Severino»,
algunos de los cuales todavía perviven hoy en día. Todo esto cambió cuando
Morelli, o mejor sería decir Ivan Lermolieff, comenzó a aplicar sus métodos y
descubrió varias atribuciones erróneas, como la Venus dormida del museo de
Dresde, que se atribuía a Sassoferrato a partir de un original de Tiziano y que
él asignó a Giorgione.
El ojo atento, detectivesco, de Morelli se concentra en los detalles
insignificantes y descubre en cada pintor un rasgo característico, una manía si
se quiere, el equivalente pictórico a la escritura automática. Los discípulos y
falsificadores imitan con especial cuidado los rasgos más destacados de un
maestro, como la expresión de la boca en los rostros pintados por Leonardo,
pero descuidan lo que nunca ha tenido un significado especial en la historia
del arte, como las orejas. Aquí es donde Castelnuovo establece una gran
semejanza entre Morelli y Holmes: «Este método, claramente afectado por las
tendencias de la época, tiene un carácter científico innegable, pero, por otra
parte, parece seguir un método paralelo a la puesta en escena en la
investigación policial por Sir Arthur Conan Doyle[57]». Del mismo
modo que Sherlock Holmes busca las huellas de los criminales en los lugares en
los que no miran los expertos de Scotland Yard, Morelli encuentra al artista en
los lugares que nadie observa con atención, ni siquiera los críticos de arte:
«Para el especialista en las atribuciones artísticas y para el detective se
aplica la misma norma: el detalle visible, el elemento que llama la atención es
el menos seguro, lo que hay que encontrar son pistas ocultas, que conducirán
inevitablemente al autor[58]». Ante las
críticas por lo poco espiritual de su método, Morelli responde con ingenio que
más bien sucede todo lo contrario; eso que los críticos consideran puramente
material, como una oreja, una uña o un dedo pintados en un cuadro, no lo es,
pues en realidad es la expresión del alma del artista: «Esta forma exterior de
la figura humana no es accidental, como muchos creen, sino que depende de
causas espirituales». En efecto, esos pequeños detalles tienen, dice Morelli,
una causa interna en la mente o la sensibilidad del artista: es en ellos donde
no finge, donde, al casi no esforzarse en copiar o representar con
meticulosidad algo como un tapiz, una puerta ornamentada o un paisaje, se
muestra verdaderamente a sí mismo. Volvamos ahora a aquellos pequeños detalles
morellianos y holmesianos, para conocer a alguien que literalmente hizo su
carrera gracias a una oreja.
§. La oreja del muerto
No
se fíe nunca de las impresiones generales, muchacho, concéntrese en los
detalles.
Sherlock Holmes a Watson en «Un caso de identidad».
En
1893, una mujer llamada Rollin denunció la desaparición de su marido. Por
casualidad, varios conocidos del señor Rollin que visitaban la morgue (un
entretenimiento de la época) reconocieron a su amigo al ver uno de los
cadáveres. La esposa fue citada para reconocer el cuerpo y atestiguó que, en
efecto, se trataba de su marido. Sin embargo, Bertillon consultó la ficha que
tenía del señor Rollin, no en tanto que delincuente, sino como borracho
reincidente, y exclamó: « ¡No es el mismo hombre! Miren sus orejas». Cuando
todos observaron con atención las orejas, descubrieron que, efectivamente, eran
muy diferentes. Días después, el método de Bertillon se confirmó de manera
brillante cuando el marido apareció: había estado varios días en prisión, tras
emborracharse y pelear con un policía[59]. Al comparar
la ficha antropométrica de Rollin y la foto de su supuesto cadáver, se
comprende que incluso su esposa y sus amigos se confundieran. Pero también se
puede observar, como hizo Bertillon, que las orejas son muy diferentes.
Fotografías de la ficha antropométrica de Rollin y del cadáver del
desconocido que fue confundido con él.
Bertillon
ya había demostrado la importancia de las orejas en la identificación de
sospechosos cuando un año antes había examinado a un tal Ravachol, que había
puesto varias bombas en casas de jueces y fiscales y que se llamaba a sí mismo
«el vengador de la clase obrera», cometiendo sus atentados en nombre del
anarquismo. Bertillon consultó sus archivos y, tras apenas unos minutos,
durante los cuales tomó diversas medidas a Ravachol, y en especial después de
un examen cuidadoso de sus orejas, afirmó que el detenido era un delincuente
común llamado François-Claudius Koenigstein, que ya había sido arrestado tres
años antes cerca de Lyon. Sobre él recaían cargos por varios crímenes, desde
desenterrar un cadáver para robar sus pertenencias hasta matar a un anciano y a
su criado con un hacha.
La fama de Bertillon pronto traspasó las fronteras de Francia e incluso llegó a
reflejarse en varias de las aventuras de Sherlock Holmes. En «El tratado
naval», Watson recuerda que en un viaje en tren la conversación de su amigo
«giró en torno al sistema Bertillon de medidas y expresó una entusiasta
admiración por el sabio francés». Sin embargo, en la novela El sabueso
de los Baskerville, Bertillon es mencionado por un cliente y eso produce un
cierto malestar en Holmes:
— He
acudido a usted, señor Holmes, porque no se me oculta que soy una persona poco
práctica y porque me enfrento de repente con un problema tan grave como
singular. Y reconociendo, como yo lo reconozco, que es usted el segundo experto
europeo mejor cualificado…
— Ah. ¿Puedo preguntarle a quién corresponde el honor de ser el primero? — le
interrumpió Holmes con alguna aspereza.
— Para una persona amante de la exactitud y de la ciencia, el trabajo de
monsieur Bertillon tendrá siempre un poderoso atractivo.
¿No sería mejor consultarle a él en tal caso?
— He hablado de personas amantes de la exactitud y de la ciencia. Pero en
cuanto a sentido práctico todo el mundo reconoce que carece usted de rival.
Espero, señor mío, no haber…
— Tan solo un poco — dijo Holmes
¿Quién
era el hombre que había descubierto la verdadera identidad del borracho Rollin
y del anarquista Ravachol y en qué consistía su método, capaz de despertar los
celos del mismísimo Sherlock Holmes?
§. A la identidad por las orejas
Se
trata tan solo de un detalle trivial, pero no hay nada tan importante como los
detalles triviales.
Sherlock Holmes en «El hombre del labio retorcido».
Aunque
su padre era el célebre antropólogo y doctor Louis Adolphe Bertillon y su
hermano un reconocido experto en estadística, a Alphonse Bertillon le llevó
mucho tiempo y esfuerzo encontrar un buen trabajo. Tras ocupar diversos empleos
sin importancia, consiguió un puesto de oficinista en la Prefectura de Policía
de París, donde se pasaba los días copiando fichas de criminales. Fue durante
esas largas jornadas cuando se planteó un problema que traía de cabeza a la
policía. La ley establecía que los criminales que cometían su primer delito
fueran castigados con penas leves, para así favorecer su reinserción social,
mientras que los reincidentes eran condenados a penas muy severas e incluso
enviados a la Isla del Diablo, un lugar del que nadie podía escapar (uno de los
pocos que lo logró fue el protagonista de la novela Papillon, de Henri
Charriére). El problema era que no resultaba fácil saber si un detenido era
novato o reincidente, porque, como es obvio, los delincuentes solían mentir
acerca de su identidad, y, además, porque no había medidas de identificación
que resultaran fiables. En tiempos más crueles, la costumbre había sido tatuar
a los criminales, o señalarlos de por vida con algún tipo de marca que no
pudiera desaparecer, como aquella flor de lis grabada a fuego en el hombro que
revela la identidad de Milady en Los tres mosqueteros. Incluso se llegaba a
cortar las orejas, un dedo o a practicar algún tipo de herida que fuera fácil
de reconocer e imposible de disimular. Descartados esos métodos, que ahora se
consideraban propios de una era de salvajes, ¿cómo identificar a los criminales
sin margen de error? El jefe de policía de París ofreció un premio a cualquier
oficial que inventase un método fiable para reconocer a un reincidente.
Bertillon recordó algo que había dicho uno de los amigos de su padre, el
pionero de la estadística Adolphe Quetelet, quien afirmó que cada cuerpo humano
era único y que la probabilidad de que dos personas elegidas al azar
compartieran una medida corporal cualquiera era de una entre cuatro. Estableció
entonces una simple regla matemática: si la probabilidad de que dos individuos
compartieran una medida era de una entre cuatro, la de que compartieran dos
medidas se reducía a 1 entre 16, es decir: 4 × 4, y la de que compartieran tres
medidas pasaba a ser de 1 entre 64 posibilidades. Llevando el cálculo hasta las
14 medidas, la probabilidad se hacía tan ínfima que era casi imposible
equivocarse, pues la posibilidad de que dos personas compartiesen catorce
rasgos era de 1 entre 268 millones. En consecuencia, Bertillon eligió 14 rasgos
medibles en un cuerpo humano y propuso que se hiciera a cada detenido una ficha
en la que se anotasen sus medidas. Era la llamada «ficha antropométrica». Una
vez provisto de su método, vino lo más difícil para el joven investigador, pues
los informes que redactó estaban escritos de manera tan confusa que resultaban
casi incomprensibles, por lo que apenas recibieron atención de sus superiores.
Tampoco mejoraba el asunto cuando Bertillon exponía sus ideas de viva voz, ya
que se expresaba de una manera tan barroca y alambicada que los oyentes
acababan durmiéndose. El prefecto de policía Louis Andrieux llegó a calificar
la obsesión de su subordinado por aquel extraño método como un caso de
«alienación mental[60]».
El método antropométrico de Bertillon habría caído en el olvido, si no hubiese
sido porque se produjo un relevo en la jefatura de la policía y el nuevo
prefecto, Camescasse, decidió dar una oportunidad a Bertillon, concediéndole
dos ayudantes y tres meses de plazo para que demostrara que su invento servía
para algo. El gran momento llegó cuando en 1883 Bertillon pudo aplicar sus
mediciones a un individuo llamado Dupont, que había sido detenido y sobre el
que recaían ciertas sospechas, aunque él aseguraba que nunca había tenido
relación con la policía. Gracias a mediciones anteriores, Bertillon pudo
concluir que el tal Dupont era un preso fugado de apellido Martin. El éxito en
esta primera identificación hizo que el método se aplicara de manera sistemática
a todos los detenidos, creándose miles de fichas antropométricas, que
permitieron identificar a más de trescientos reincidentes en el primer año.
Bertillon fue nombrado jefe de un nuevo departamento policial, el Servicio de
Identificación Judicial, y la antropometría empezó a ser conocida popularmente
como bertillonage, con éxitos como los ya mencionados de Rollin y Ravachol.
Aquella clasificación de los reincidentes, a los que el propio Bertillon
calificaba como «los salvajes de nuestra civilización», formaba parte de lo que
Pierre Piazza y otros autores han llamado la fabricación moderna de la
identidad, que llevó a una identificación y clasificación cada vez más estricta
de los ciudadanos, ya fuera mediante fotografías, cédulas de identidad o
medidas que lograsen distinguir a uno de otro. El método enseguida fue
exportado a Estados Unidos y también se adoptó en Rusia, la India y muchos
otros países. En 1897 se convirtió en el método estándar de identificación del
FBI. Tras convertir los datos en números de código, podían enviarse por
telégrafo, de tal manera que se hizo posible detener a delincuentes antes de
que llegasen al nuevo país por tierra o por mar. Para disminuir la posibilidad
de errores, cada medida debía ser tomada tres veces y apuntarse el promedio
resultante. La ficha antropométrica se completaba con todo tipo de información
específica, como la presencia de tatuajes, lunares o cicatrices o cualquier
rasgo significativo. A ello se añadía la necesidad de fotografiar al detenido
tanto de frente como de perfil y bajo una luz idéntica fuesen cuales fuesen las
circunstancias o el lugar en el que se efectuase la detención. De hecho, se
suele considerar a Bertillon el creador de esa práctica, que hace que cualquier
persona fotografiada en una comisaría parezca inevitablemente un delincuente.
Todas estas medidas, tanto la ficha antropométrica como las fotografías y los
datos específicos, daban como resultado lo que Bertillon llamaba un «retrato
hablado». Sin embargo, para facilitar la engorrosa toma de medidas, se decidió
que no se tomaran catorce, sino tan solo once. Aquello disminuía la certeza de
la prueba, aunque la probabilidad de encontrar a dos personas que compartieran
esas once medidas seguía siendo ínfima, de una entre más de cuatro millones. Esta
decisión quizá fue la causa de la fatalidad que cayó sobre Bertillon tiempo
después.
En cuanto a las once medidas definitivas del bertillonage, eran las siguientes:
1. La
longitud total de los brazos extendidos.
2. La
altura, tanto de pie como sentado.
3. La
longitud y la anchura de la cabeza.
4. La
amplitud de las mejillas.
5. El
tamaño de la oreja derecha.
6. El
pie izquierdo.
7. El
meñique izquierdo.
8. El
dedo corazón izquierdo.
9. Cada
brazo, desde el codo hasta la yema del dedo corazón extendido.
En
cualquier caso, Bertillon daba una importancia especial a la oreja, en concreto
a la oreja derecha: «No existen dos orejas idénticas y… si la oreja se
corresponde, es prueba necesaria y suficiente de que la identidad también se
corresponde, excepto en el caso de mellizos».
Toda la operación de tomar las medidas pretendía ser un avance civilizatorio,
abandonando sistemas como la tortura, el abuso o el maltrato y convirtiendo
todo en un proceso «científico» y desapasionado.
Nueve de las medidas de Bertillon, que muestran lo laborioso del proceso.
Toda la operación de tomar las medidas pretendía ser un avance civilizatorio
En
palabras de Yves Guyot: «En lugar de tener una policía nerviosa, brutal,
teatral, dramática, amante del escándalo, se trata de tener una policía
tranquila, que hace su trabajo en silencio, que funciona a través de
operaciones suaves, sin ruido, pero con la precisión de una máquina bien
concebida, bien montada y compuesta de materiales de primera calidad[61]». Se
trataba, en definitiva, de obtener «marcas indelebles de los detenidos sin
necesidad de usar la tortura». Como dijo la periodista Ida Tarbell, tras
visitar a Bertillon: «El prisionero que pasa a través de las manos de
Bertillon… queda marcado para siempre». De nada servirán tampoco sus intentos
para distorsionar las medidas: «Puede esconder sus tatuajes, comprimir su
pecho, revolver su pelo, arrancarse los dientes, rasgar su cuerpo, disimular su
altura, pero no le servirá de nada. Las medidas tomadas no pueden fallar. No
puede pasar por los archivos de Bertillon sin ser reconocido». Esté donde esté,
añade la periodista, en cualquier lugar del mundo donde haya una imprenta o un
medio de transmisión, cualquier hombre podrá convertirse en detective y establecer
su identidad oculta. El delincuente marcado por Bertillon, concluye, «nunca
jamás estará a salvo».
§. Sherlock Holmes, antropometrista
Su
pensamiento se centró de nuevo en Beecher y le miró fijamente como si estuviera
haciendo un detenido examen de sus rasgos.
Watson en «El paciente residente».
Un
año antes de que el bertillonage se hiciese oficial en Francia, en 1887, Arthur
Conan Doyle presentó al mundo a su detective, que compartía con Alphonse
Bertillon y con el connoisseur Morelli la obsesión por los
pequeños detalles y los rasgos habitualmente menospreciados, como la forma de
las orejas. Son muchas las ocasiones en las que las orejas juegan un papel
determinante en las investigaciones de Sherlock Holmes, a veces porque se trata
de orejas con signos muy perceptibles, como sucede en «La liga de los
pelirrojos»:
—
¿Se ha fijado usted en si tiene las orejas perforadas, como para llevar
pendientes?
— Sí, señor. Me dijo que se las había agujereado una gitana cuando era
muchacho.
Algo parecido sucede en «La corbeta Gloria Scott», donde la forma de las orejas
revela a Holmes la antigua profesión del padre de su amigo Víctor Trevor:
— En su juventud, usted practicó muchísimo el boxeo.
— ¡Ha acertado otra vez! ¿Y cómo lo ha sabido? ¿Acaso tengo la nariz algo
desviada?
— No. Se trata de sus orejas. Presentan el aplastamiento y la hinchazón
peculiares que delatan al boxeador.
En «La
desaparición de Lady Francés Carfax», Watson recibe una petición de
Holmes relacionada con la oreja izquierda de un sospechoso, el doctor
Shlessinger: «El sentido del humor de Holmes es extraño y a veces ofensivo, así
que no hice caso de su inoportuna broma». Tiempo después, Holmes reprocha a su
amigo su inacción: «Quizá recuerde mi pregunta aparentemente trivial acerca de
la oreja izquierda del clerical caballero. No respondió a ella». Watson se
excusa torpemente y Holmes le explica por qué ese dato era importante: «El
reverendo Shlessinger, misionero de Sudamérica, no es otro que Peter El Santo,
uno de los malhechores menos escrupulosos que ha producido Australia… la
naturaleza de sus tácticas me sugirió su identidad, y esta peculiaridad física,
fue mordido en la oreja en una pelea, en una taberna de Adelaida, en el 89,
confirmó mis sospechas».
Ahora bien, los ejemplos citados son de orejas a las que les ha pasado algo
(han sido golpeadas, agujereadas o mordidas) pero no tienen que ver con la
forma que hace distinta a una oreja de cualquier otra. Al tratar el método de
Giovanni Morelli, vimos que en «La caja de cartón» Holmes examina las orejas
teniendo en cuenta su forma y deduciendo que una de ellas pertenece a una
persona emparentada con la mujer que recibió el macabro paquete. Aplica, en
consecuencia, uno de los aspectos más importantes dentro de las medidas que
constituyen la ficha antropométrica: como ya sabemos, Bertillon estaba
convencido de la absoluta importancia de las orejas.
Por su parte, el propio Holmes presume de haber escrito una monografía
íntegramente dedicada a las orejas: Sobre las variedades de orejas
humanas. A pesar de los celos que parece mostrar hacia su colega francés
en El sabueso de los Baskerville, Holmes aprueba sus métodos,
aunque nunca los llega a emplear de manera estricta, es decir, aplicando las
once medidas.
El «Retrato hablado» (o «Retrato que habla») de Bertillon. Se puede observar
la especial atención prestada a la oreja.
§.
El final del bertillonage
Con
un gesto dramático, encendió una cerilla e iluminó con su llama una mancha de
sangre en la pared encalada. Era la huella inconfundible de un dedo
pulgar.
Watson en «El constructor de Norwood».
El
principio del fin del sistema Bertillon se produjo por una circunstancia
extraordinaria. Un detenido llamado Will Kemp fue ingresado en la prisión de
Leavenworth, en Kansas. El prisionero negó haber estado alguna vez allí, pero
resultó que el alcaide de la prisión era Robert W. McClaughry, quien había
introducido en 1887, junto a su colega Gallus Muller, el sistema antropométrico
en Estados Unidos cuando era guardia de la prisión del estado de Illinois. Al
tomarse a Kemp las medidas siguiendo el método antropométrico de Bertillon,
resultó que coincidían con una de las fichas, la de un condenado a cadena
perpetua por asesinato. Se daba la circunstancia de que ese prisionero se
llamaba precisamente William Kemp, así que parecía probado que se trataba de la
misma persona. El único problema era que William Kemp ya estaba encerrado, y
precisamente en aquella prisión de Leavenworth. Los dos Kemp fueron puestos
frente a frente, quedando demostrado que el preso no había escapado. Ante las
asombrosas semejanzas bertillonianas lo único que quedaba era tomarles las
huellas dactilares, algo que Bertillon despreciaba y que tan solo recomendaba
pero no exigía. Las huellas dactilares sí mostraron una clara diferencia, con
lo que el bertillonage fue derrotado ante el método rival de manera elocuente.
En cualquier caso, es justo reconocer que, como dice la autora de novelas
policiacas Dorothy L. Sayers, la fatalidad que cayó sobre Bertillon era tan
improbable que no habría sido aceptada como argumento de ficción por su inverosimilitud:
Esto
plantea la oposición básica entre lo Probable y lo Posible. Es posible que dos
negros puedan coexistir y que no solo se parezcan tanto que no sea posible
distinguirlos a simple vista, sino que además posean las mismas medidas de
Bertillon; y que además ambos tengan el mismo nombre y apellido; y que además
ambos estén encerrados en la misma prisión al mismo tiempo: es posible porque
realmente así ocurrió. Pero si queremos basar una trama en una serie de
coincidencias como esta, no podremos evitar la apariencia de improbabilidad .[62]
El
caso de William y Will Kemp acabó con la reputación del método de Bertillon,
que con el tiempo fue abandonado ante la mayor certeza que ofrecían las huellas
dactilares. Fue un percance en cierto modo previsible, puesto que las once
medidas de Bertillon garantizaban que había una posibilidad entre cuatro
millones de encontrar a dos personas con las mismas medidas, pero el éxito del
método en todo el mundo había hecho que se aplicase a probablemente más de diez
o veinte millones de personas, así que las leyes estadísticas parecían hacer
posible al menos cuatro o cinco coincidencias: algo que habría resultado mucho
más improbable si se hubiesen aplicado las 14 medidas que Bertillon propuso al
principio, puesto que en tal caso la probabilidad de encontrar dos personas que
compartieran todas las características era de una entre más de 260 millones de
posibilidades. De hecho, en los últimos años estamos asistiendo a una pequeña
venganza y reivindicación de Bertillon gracias a los sistemas informáticos, que
han permitido desarrollar su antropometría, ahora llamada biométrica, capaz de
registrar los rasgos de una persona de manera menos invasiva que mediante la
toma de huellas dactilares (y desde luego mucho menos que el bertillonage) «los
escáneres biométricos han llevado las ideas de Bertillon a un nivel mucho más
preciso», a través de un método que consiste, en sus pasos esenciales, en
capturar una imagen, por ejemplo de un rostro, extraer los aspectos clave y
crear una plantilla o perfil que identifica de manera única a esa persona y
permite la comparación e identificación de cualquier individuo en los
registros. Del mismo modo que hizo Bertillon en su momento, los modernos
investigadores han seleccionado ciertos rasgos que tienen poca probabilidad de
modificarse a lo largo de la vida del individuo y que son muy difíciles de
alterar de modo artificial, como la línea superior de los ojos y la forma de
los carrillos[63]. Los
investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) han creado
una serie de cerca de 125 imágenes en escala de grises a las que llaman eigenfaces y
que permiten caracterizar cualquier posible rostro, haciendo muy rápida la
comparación entre el sospechoso o usuario y los perfiles archivados en la base
de datos.
Bertillon, Morelli y Holmes compartían el interés por los pequeños detalles,
por los rasgos considerados menos importantes. La razón de ese interés es, por
supuesto, que no se trata de detalles sin importancia, sino que todos ellos
esconden un significado: no son detalles, sino signos.
§. Señales, huellas y marcas
Continuó
en su búsqueda por espacio de veinte minutos o más, midiendo con el mayor
cuidado la distancia entre ciertas señales que eran completamente invisibles
para mí, y aplicando algunas veces la cinta de medir a las paredes de un modo
igualmente incomprensible.
Watson en Estudio en escarlata.
§.
El hermano más listo de Sherlock Holmes
Llegué
a creer que era un huérfano al que no le quedaba ningún pariente vivo; pero un
día, para mi sorpresa, empezó a hablarme de su hermano.
Watson en «El intérprete griego».
Casi
todo el mundo sabe que Sherlock tenía un hermano que era más listo que él.
En «El intérprete griego», Watson se entera de la existencia
de Mycroft Holmes cuando discute con su amigo acerca de si existen facultades
hereditarias. Watson dice que parece obvio que la capacidad de observación y
deducción de Holmes es producto del aprendizaje, pero el detective replica que
algo de hereditario puede haber, puesto que su hermano también posee esas
facultades, y «en más alto grado que yo». Watson no se acaba de creer que
alguien pueda superar los extraordinarios poderes mentales de Sherlock, pero
poco después tiene ocasión de asistir, en el selecto y casi secreto Club
Diógenes, a un duelo improvisado entre los dos hermanos Holmes. Vale la pena
citar en extenso este encuentro legendario:
Se
sentaron junto a la ventana mirador del club.
— Este es el lugar adecuado para todo aquel que quiera estudiar la humanidad
— dijo Mycroft— . ¡Mira qué tipos tan magníficos! Fíjate, por ejemplo, en esos
dos hombres que vienen hacia nosotros.
— ¿El jugador de billar y el otro?
— Precisamente. ¿Qué sacas en limpio del otro?
Los dos hombres se habían detenido frente a la ventana. Unas marcas de yeso
sobre el bolsillo del chaleco eran las únicas señales de billar que pude ver en
uno de ellos. El otro era un individuo bajo y muy moreno, con el sombrero
echado hacia atrás y varios paquetes bajo el brazo.
— Un militar veterano, por lo que veo — dijo Sherlock.
— Y licenciado hace muy poco tiempo — observó su hermano— . Con graduación
de suboficial.
— Artillería Real, diría yo — señaló Sherlock.
— Y viudo.
— Pero con un crío de poca edad.
— Críos, muchacho, críos.[64]
Watson no puede más y, riéndose, dice que el juego ya está resultando
difícil de creer, por lo que los dos hermanos proceden a explicarle todo su
proceso deductivo:
— Seguramente — repuso Holmes— no sea tan difícil decir que un hombre con
este porte, una expresión de autoridad y una piel tostada por el sol es un
militar, algo más que soldado raso y que ha llegado de la India no hace mucho
tiempo.
— Que ha dejado el servicio hace poco lo demuestra el hecho de que todavía
lleve sus «botas de munición», como suelen llamarlas — observó Mycroft.
— No tiene el paso inseguro del soldado de caballería y, sin embargo,
llevaba su gorra inclinada a un lado, como lo demuestra la piel más clara en
ese lado de la frente. Su peso no es el propio del soldado de ingenieros. Ha
servido en artillería. — Y, desde luego, su luto riguroso muestra que ha
perdido a un ser muy querido. El hecho de que haga él mismo sus compras da a
entender que se trató de su esposa. Observa que ha estado comprando cosas para
los chiquillos. Lleva un sonajero, lo que indica que uno de ellos es muy
pequeño. Probablemente su mujer muriera al dar a luz. Y el hecho de que lleve
bajo el brazo un cuaderno para pintar denota que hay otro pequeño en el que ha
de pensar.[65]
Sin
embargo, por muy impresionantes que sean los poderes deductivos de Sherlock y
Mycroft, no eran nada comparados con los del tercer hermano Holmes,
Sherrinford. El más célebre de los biógrafos de Holmes, Baring-Gould, nos
explica la relación entre los tres: «Sherrinford Holmes, el primogénito,
llamado así en honor de la familia de su madre, vino al mundo en 1845. Su
segundo hijo, Mycroft, llegó en 1847. El tercero, Sherlock, no nacería hasta
siete años después[66]».
Se sabe poco de Sherrinford, pero al menos se conserva una anécdota de una de
sus aventuras en Estados Unidos, que él mismo cuenta a Sherlock, en presencia
de Watson, y que nos permite comprobar sus poderes de inferencia, que casi
rozan la adivinación. Sherrinford Holmes estaba desembarcando en el puerto de
Nueva York cuando se dio cuenta de que había olvidado en el camarote del barco
un abrigo y un reloj de pulsera de gran valor. Regresó apresuradamente a su
camarote y descubrió que los dos objetos habían desaparecido. Convencido de que
el ladrón era alguien de la tripulación, hizo reunir a todos los camareros del
barco y les pidió que se pusieran en fila:
Fui
de un lado a otro de la fila y hablé un poco con cada uno, tan dégagé como
pude, de cualquier cosa sobre la que él (el ladrón) pudiera hablar con interés,
esperando que yo fuera tan loco como para ser capaz de detectar alguna pista
que me indicara quién era el ladrón. Cuando ya había ido de un lado a otro de
la fila, me volví y me separé de ellos pero sin alejarme, y me dije a mí mismo
«no tengo ni la más pequeña luz hacia la que dirigirme». Pero, entonces, mi
otro yo (pues los dos están siempre comunicándose, dialogando) me dijo:
«simplemente tienes que señalar a un hombre. No importa si no aciertas, debes
decir quién crees que es el ladrón». Hice un pequeño rodeo en mi camino, lo que
no me llevó ni un minuto, y cuando me giré hacia ellos, toda sombra de duda se
había desvanecido.
A
continuación, Sherrinford habló con el sospechoso e intentó convencerlo de que
le devolviera los objetos, pero no lo logró «ni con la razón, ni con amenazas,
ni siquiera prometiéndole cincuenta dólares». Como no podía resignarse a perder
aquel reloj, Sherrinford tomó un taxi y se presentó en la oficina de la agencia
de detectives Pinkerton, que es mencionada en varias aventuras de su hermano[67]; allí se
entrevistó con un detective llamado Bangs y le dijo lo siguiente:
«Un
negro de la Fall River Line, llamado tal y tal (le di su nombre) me ha robado
el reloj, la cadena y un abrigo. El reloj es un Charles Frodsham y este es su
número. El ladrón huyó del barco a la una en punto, e irá inmediatamente a
empeñar el reloj, por el que le darán cincuenta dólares. Quiero que se
convierta en su sombra y que tan pronto como tenga en su poder la papeleta de
empeño haga que lo arresten». Mr. Bangs dijo: « ¿Qué le induce a pensar que es
él quien le robó el reloj?». Dije: «No tengo ningún motivo para pensarlo; pero
estoy totalmente convencido de que es así».
Bangs
no podía detener al hombre basándose tan solo en el testimonio de Sherrinford,
por muy hermano que fuera del más célebre de los detectives (además, en 1879
Sherlock Holmes todavía no había empezado a asombrar al mundo), así que se
limitó a asignar para la misión a un agente, quien prefirió investigar, sin
resultados, a otro de los camareros. Solo quedaba una posibilidad de recuperar
el reloj: ofrecer una recompensa a cualquier prestamista entre Nueva York y
Boston. Pocos días después, un prestamista les entregó el reloj a cambio de la
recompensa; además «describió tan plásticamente al individuo que había empeñado
el reloj que no cupo la menor duda de que había sido mi hombre», dice
Sherrinford. Ya sin dudarlo, se dirigió al domicilio del sospechoso, pero el
agente no quiso entrar, así que Sherrinford lo hizo solo, prometiendo que
regresaría en veinte minutos:
Me
abrió una mujer amarilla [hay que suponer que era de origen chino]; pero otra…
estaba justo detrás de ella. Entré y dije: «Su marido ahora mismo está camino
de Sing Sing por haberme robado un reloj. Sé que la cadena y el abrigo, que
también me robó, están aquí y vengo a buscarlos». Las mujeres empezaron a
chillar amenazándome con enviarme inmediatamente a la policía.
Sherrinford mantuvo la calma y les dijo que si llamaban a la policía solo
perjudicarían al ladrón, porque él ya sabía dónde estaba la cadena del reloj.
Mientras decía esto, aprovechó para mirar toda la habitación:
En aquella habitación no vi ningún sitio donde pudiera estar la cadena, y
entré en otra. Había pocos muebles aparte de una cama de matrimonio y un baúl
de madera en el rincón más apartado de la cama. Dije: «Bien, mi cadena está en
el fondo de aquel baúl, bajo la ropa; voy a cogerla…».
Sherrinford abrió el baúl y empezó a buscar bajo la ropa hasta que logró dar
con la cadena, que ató inmediatamente a su reloj, pero entonces se dio cuenta
de que una de las mujeres ya no estaba allí, «a pesar del enorme interés que
había puesto al principio en mi manera de proceder». Volviéndose hacia la otra
mujer, el hermano de Holmes dijo: «Ahora tan solo me falta encontrar mi
abrigo». La mujer, muy tranquila, le invitó a registrar toda la casa, a lo que
él contestó: «Estoy en deuda con usted, señora, por este tan extraordinario
cambio de tono que ha experimentado desde que empecé a hurgar en el baúl y con
ello me convence de que el abrigo no está aquí…». Se dirigió entonces a otra
vivienda en el mismo rellano, llamó, le abrieron la puerta dos mujeres y pudo
ver una sala con un hermoso piano, y sobre él un paquete:
Dije: «He llamado a la puerta porque aquí hay un paquete que me pertenece;
oh sí, ya lo veo; solo pretendo cogerlo». De esta manera, cortésmente, las
aparté para poder entrar, cogí el paquete, lo abrí, encontré mi abrigo y me lo
puse. Bajé a la calle, y llegué hasta donde estaba mi detective aproximadamente
quince segundos antes de que mis veinte minutos hubieran transcurrido.
La
de Sherrinford es sin duda una investigación increíble, en la que se combinan
el poder de observación, la intuición y la deducción, pero quizá resulta poco
verosímil, puesto que, al contrario que las deducciones de Holmes, Sherrinford
no parece capaz de explicar por qué sospecha de ese camarero y no de cualquier
otro. Sin embargo, ese detalle inverosímil se convierte en asombroso cuando
descubrimos que este suceso no pertenece a un cuento, sino que tuvo lugar en la
vida real.
El lector me perdonará el pequeño engaño, que ha consistido en contar una
historia real como si fuera de ficción. En el relato tan solo he cambiado un
nombre, el de su protagonista: no se trataba de Sherrinford, el supuesto
hermano más listo de Sherlock Holmes[68], sino del
psicólogo y filósofo pragmático estadounidense Charles Sanders Peirce,
considerado también uno de los fundadores de la semiótica. Creo que, gracias a
este pequeño ardid, ha quedado muy clara la gran similitud entre los métodos de
Peirce y los de Holmes. Muchos expertos han llegado a la conclusión no solo de
que las semejanzas entre Holmes y Peirce hacen que podamos considerar al
detective como uno de los padres de la semiótica, sino también que Peirce fue
quien mejor definió el método de Holmes. Peirce nos ayudará a desentrañar el
misterio del verdadero método de Sherlock Holmes y quizá también la técnica que
le permitió descubrir al ladrón de su reloj, pero ahora es el momento de
examinar la estrecha relación de Holmes con la semiótica.
§. El detective semiótico
Sherlock
Holmes es el primer gran semiólogo conocido .
Umberto Eco.
La
primera vez que me interesé de manera explícita por la semiótica fue gracias a
Sherlock Holmes. Sucedió cuando leí un artículo en el que se contaba una
conferencia de Umberto Eco en la que el semiólogo italiano, que por entonces
aún no había escrito El nombre de la rosa, hacía una demostración de sus
habilidades deductivas ante los alumnos de una universidad. Simplemente
observando la manera en la que iban vestidos, sus peinados o su actitud, Eco
era capaz de deducir, inferir o adivinar muchas de las características que los
definían: su clase social, sus opiniones políticas y algunos detalles muy
llamativos. Por aquel entonces yo apenas había oído hablar de Umberto Eco;
sabía que estaba relacionado con la ciencia de la comunicación y con el estudio
de los medios de masas y que había escrito dos libros bastante conocidos en
ciertos ambientes: Obra abierta y Apocalípticos e integrados, cuya
portada me había llamado la atención, pues mostraba un dibujo de Superman[69]. Volví a oír
hablar de Eco años después, debido a que mi padre estaba escribiendo Periodismo
cultural, un libro muy relacionado con la semiótica y la teoría de la
comunicación. Mi padre me contó algunas de las teorías de Eco y su relación con
las de Marshall McLuhan y Dwight Macdonald, pero no recuerdo que llegara a
entender plenamente a qué se dedicaba exactamente un semiólogo o qué ciencia
era esa llamada semiótica. Años después, gracias a la crónica de aquella
conferencia de Eco, empecé a entender que la semiótica era algo muy parecido a
lo que hacía Sherlock Holmes.
Con el tiempo, la relación entre la semiótica y Holmes se acentuó, pues Eco y
otros de sus colegas de profesión, como Thomas Sebeok, aludían continuamente al
detective como precursor de su ciencia, citándolo casi siempre en compañía de
Charles Sanders Peirce. Gracias a uno de los libros de Sebeok he podido contar
páginas atrás la curiosa aventura de Charles Sanders Peirce y su reloj[70]. En 1983,
Eco y Sebeok publicaron una deliciosa antología de ensayos en torno a Sherlock
Holmes, Auguste Dupin y Charles Sanders Peirce, que titularon El signo
de los tres, como homenaje a la novela de Holmes El signo de los cuatro.
Aquel libro convirtió de manera definitiva a Sherlock Holmes en algo así como
el santo patrón de la semiótica. Yo lo leí en 1989 y llené sus márgenes de
anotaciones y mis horas de placeres inagotables.
En El signo de los tres se señalan algunas de las habilidades de Holmes en
diversas ciencias, pero se presta especial atención a la semiótica y otras
disciplinas afines, como la lógica o la psicología social aplicada. También se
insiste una y otra vez en la estrechísima relación entre Holmes y Peirce y en
la posibilidad de que lo que Peirce llamaba abducción o retroducción quizá sea
la mejor definición del método de Holmes. Pero antes de saber en qué consiste
la abducción, debemos averiguar por qué Holmes es considerado uno de los santos
patrones de la semiótica.
§. Una ciencia imperialista
A
menudo no vemos un objeto porque no sabemos cómo verlo, y no por un defecto del
órgano de visión.
William Herschel, astrónomo.
La
primera pregunta a la que tenemos que responder es: ¿qué es la semiótica? La
segunda es: ¿por qué Sherlock Holmes no solo es un semiólogo sino que es
considerado uno de los padres fundadores de esta ciencia, junto a Charles
Sanders Peirce y Ferdinand de Saussure?[71]
La semiótica es la ciencia que se ocupa de los signos; los signos son aquellas
cosas que pueden estar en el lugar de otras, como el humo por el fuego, un
charco por la lluvia, una palabra por un objeto. Esa es precisamente la razón
por la que Holmes interesa tanto a los semiólogos: no se puede encontrar a
nadie que haya estudiado más a fondo los signos que el detective creado por
Conan Doyle. Holmes, en efecto, trabaja con signos y gracias a ello es
respetado por clientes, colegas de la policía y lectores de sus novelas y
cuentos. Pero la diferencia entre el célebre detective y cualquier otro lector
de signos no es que él interprete mejor los signos, sino más bien que es capaz
de ver signos donde otros solo ven detalles sin importancia: en las orejas y manos
morellianas o en los once o catorce rasgos bertillonianos, pero también en mil
y un detalles y minucias que pasan inadvertidos a los policías y detectives de
Scotland Yard. Para Holmes casi cualquier detalle es un signo de otra cosa: una
mancha de tierra no es solo una mancha de tierra, sino un indicio que le revela
que Watson ha visitado la oficina de Correos:
La
observación me dice que lleva usted un pedazo de tierra rojizo pegado al borde
de la suela. Justo delante de la oficina de Correos de Wigmore Street han
levantado el pavimento y han esparcido algo de tierra, de tal modo que resulta
difícil no pisarla al entrar. La tierra tiene ese peculiar tono rojizo que, por
lo que yo sé, no se encuentra en ninguna otra parte del barrio.[72]
Como dice el detective a su fiel ayudante, lo que les diferencia es que uno,
Holmes, mira y observa, mientras que el otro, Watson, se limita a ver cosas:
«Usted mira esas casas dispersas y se siente impresionado por su belleza. Yo
las miro y el único pensamiento que me viene a la cabeza es lo aisladas que
están, y la impunidad con que puede cometerse un crimen en ellas[73]». Los
semiólogos, aunque no se dedican a resolver misterios criminales, están tan
obsesionados como Holmes por los signos y los indicios, que ven casi en
cualquier cosa imaginable. El desarrollo de la semiótica en el siglo XX hizo
que su campo de estudio se extendiese a terrenos que en principio parecían
pertenecer a otras ciencias, porque los semiólogos acabaron por catalogar casi
todo lo que existe como signo (o posible signo) de otra cosa. Esta extensión
imparable de la semiótica ha obligado a Eco y otros semiólogos a tener que
defenderse de la acusación de crear una «disciplina de ambiciones imperialistas
insoportables[74]», puesto que
se interesa tanto por aquello de lo que se ocupan las ciencias naturales como
de lo que parecía el terreno propio de las ciencias humanas.
Entre los diferentes dominios de la semiótica, varios (quizá todos) afectan o
interesan de manera directa a Sherlock Holmes, como el estudio de los sistemas
olfativos y los olores, que siempre son indicio de algo, puesto que es difícil
que podamos hablar de un olor que no tenga una causa material cercana o
detectable. Tampoco hay que olvidar la cinésica y la proxémica: «los gestos,
las posturas del cuerpo, la posición recíproca de los cuerpos en el espacio»,
pero también el estudio de los sistemas táctiles, como la gestualidad y el
contacto físico, e incluso los del gusto, como se demuestra en algunas de las
aventuras de Holmes, en las que el sabor de un plato puede llegar a resultar
determinante: «Fue mientras estábamos en el carruaje, al llegar a la casa del
entrenador, cuando caí en la cuenta de la inmensa importancia del cordero al
curry[75]». ¿Y por qué
era tan importante el curry?, nos preguntamos con Watson. Holmes enseguida nos
responde:
Fue
el primer eslabón en la cadena de mi razonamiento. El opio en polvo no es, en
modo alguno, insípido. No tiene un sabor desagradable, pero se nota. De
encontrarse en un plato comente, el comensal sin duda lo advertiría y dejaría
de comer. Pero el curry es justamente el medio que mejor podría disfrazar su
sabor.[76]
La
semiótica también invade el terreno de la medicina y ya tendremos ocasión de
comprobar hasta qué punto afecta eso a Holmes, cuando examinemos la influencia
que el diagnóstico médico tuvo en la creación del detective. Pero ya se puede
anticipar que los médicos, a través de diversos indicios o síntomas (que Peirce
consideraba como plenamente equivalentes a los signos), deducen o infieren otra
cosa, como la enfermedad que provoca esos efectos. En opinión de Eco, el
psicoanálisis también se debe incluir en la semiótica médica, aunque parte de
estos signos o indicios lleguen al analista a través del discurso: no solo por
lo que dice el paciente, sino también por cómo lo dice (por ejemplo, los
célebres despistes verbales o lapsus linguae), un aspecto que habrá
ocasión de examinar al analizar la relación entre Holmes y Freud.
§. Sherlock Holmes, semiólogo asesor
Me
he adiestrado en darme cuenta de lo que veo[77].
Sherlock Holmes en «El soldado de la piel descolorida».
En
la interesante comparación que Thomas Sebeok y Jean Umiker-Sebeok establecen
entre el creador de la semiótica, Peirce, y Sherlock Holmes, se refieren a
Peirce como «detective asesor», recordando que así es como Holmes se describe a
sí mismo en Estudio en escarlata. Pero, en contrapartida, los
autores también definen a Holmes como «semiólogo asesor», que bien podríamos
traducir como «buscador e interpretador de signos». En opinión de Watson, su
amigo tiene un «extraordinario talento para las minucias», algo que el propio
Holmes parece confirmar: «Ya conoce usted mi método. Se basa en la observación
de las minucias». Y es cierto, porque, como hemos visto al hablar del
connoisseur Morelli y del criminólogo Bertillon, las minucias pueden revelar
muchas cosas, a veces porque un pintor no se toma la molestia de esmerarse en
rasgos menores, otras porque al pintar esos detalles se deja llevar por su
intuición, sin reflexionar de la misma manera en que lo haría si se tratase de
un rasgo más importante del cuadro. Sin embargo, en el caso de Sherlock Holmes,
se trata de algo más.
Morelli o Bertillon pueden detectar ciertos detalles significativos en los
rasgos de una figura pintada o en los de un detenido y catalogarlos, para que
les sirvan como signos para una identificación futura y así poder atribuir con
justicia a alguien un cuadro o un crimen, pero Holmes no se limita a crear un
catálogo más o menos amplio de minucias: Holmes contempla toda la realidad, y
lo hace de una manera intensa e intensiva. Mientras que Watson ve solo
«minucias», cosas que carecen de significado más allá de lo obvio, Holmes ve
tanto la cosa en sí (por ejemplo, un poco de arena rojiza), como aquello de lo
que es signo, es decir, la oficina de Correos que Watson acaba de visitar. Ya
sabemos que Holmes mira y observa, mientras que Watson tan solo ve. Son muchos
los momentos en los que Watson confiesa su ceguera ante las cosas que su amigo
logra observar: «Continuó en su búsqueda por espacio de veinte minutos o más,
midiendo con el mayor cuidado la distancia entre ciertas señales que eran
completamente invisibles para mí[78]». Cuando
Holmes le da a Watson un sombrero para que lo examine, el infatigable cronista,
tras observarlo atentamente, asegura que no ve nada, pero su amigo replica: «Al
contrario, Watson, usted lo ve todo. Lo único es que no razona a partir de lo
que ve. Es demasiado tímido para sacar sus inferencias[79]». En otra
ocasión, Watson también se da por vencido al examinar la escena del crimen:
— Es
obvio que en estas habitaciones usted ha visto más cosas de las que eran
visibles para mí.
— No, pero me figuro que he deducido un poco más. Ver, me imagino que he
visto lo mismo que usted.[80]
Pero
donde percibimos claramente la diferencia entre los dos personajes es en «Un
caso de identidad», cuando, tras una breve entrevista, Holmes concluye que la
muchacha que les ha visitado resulta muy interesante:
—
Parece que ha visto en ella muchas cosas que para mí eran invisibles — le hice
notar a Holmes.
— Invisibles no, Watson, inadvertidas. No sabía usted dónde mirar y se le
pasó por alto todo lo importante. No consigo convencerle de la importancia de
las mangas, de lo sugerentes que son las uñas de los pulgares, de los graves
asuntos que penden de un cordón de zapato.[81]
En
síntesis, parece que no cabe ninguna duda de que es muy acertado atribuir
también a Sherlock Holmes la profesión de semiótico, de lector de signos. En
todo lo que hace Holmes, en efecto, está implicada la lectura de signos, ya sea
cuando descubre una conexión entre un nuevo crimen y un crimen antiguo, ya
cuando observa una mancha que solo puede tener un origen preciso, o cuando
detecta en el discurso de un sospechoso una pista que le lleva hacia la
solución correcta.
§. El significativo incidente del perro de Pavlov
Dos
perros se encuentran en Moscú; uno está gordo y bien alimentado, el otro flaco
y hambriento. El perro hambriento pregunta al otro: «¿Cómo consigues encontrar
comida?» y el otro, con habilidad zoosemiótica, responde: «¡Es muy fácil! Cada
mañana a mediodía voy al Instituto Pavlov y me pongo a babear; y, mira por
dónde, al instante llega un científico condicionado que hace sonar una
campanilla y me trae un plato de sopa».
Umberto Eco, Tratado de semiótica general.
Todavía
no hemos tenido la oportunidad de conocer al tercer padre de la semiótica
(junto a Peirce y Holmes). Me refiero al suizo Ferdinand de Saussure
(1857-1913), quien en su Curso de Lingüística General, estableció
las bases para una nueva ciencia e incluso propuso su nombre: «Se puede
concebir una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida
social. Tal ciencia sería parte de la psicología social, y por consiguiente de
la psicología general. Nosotros la llamaremos semiología (del griego semeion,
“σημειν”)[82] ». Para
Saussure, los signos son entidades de dos caras (significante y significado),
sometidos a un sistema de reglas de interpretación, por lo que tienen una
función comunicativa y son siempre intencionales y
artificiales. Es por eso por lo que Saussure considera que la semiología es
parte de la psicología, y en concreto de la psicología social, pues, en su
opinión, no hay signos sin intención: «Los partidarios de una semiología
saussureana distinguen con gran claridad entre los signos intencionales y artificiales
(entendidos como “signos” en sentido propio) y todas aquellas manifestaciones
naturales y no intencionales a las que, en rigor, no atribuyen el nombre de
“signos”».[83] Es
evidente que esta definición tan restringida de «signo» no es capaz de explicar
algunas de las inferencias de Sherlock Holmes, porque muchos de los signos que
Holmes interpreta no son artificiales ni intencionales, sino accidentales y no
provocados de manera consciente. Examinemos el más asombroso de esos
signos: el curioso incidente del perro a medianoche.
Sucede en la aventura «Estrella de plata», en la que Holmes y
Watson investigan la misteriosa desaparición del caballo Silver Blaze. Cuando
llegan al lugar y hablan con la policía, no parece existir ninguna pista en la
que se pueda confiar, pero Holmes, como buen semiólogo asesor, percibe un signo
donde los demás no ven nada:
—
¿Existe algún otro detalle acerca del cual desearía usted llamar mi atención? —
preguntó a Holmes el inspector.
— Sí, acerca del curioso incidente del perro aquella noche.
— El perro no intervino para nada.
— Ese es precisamente el curioso incidente.[84]
A
Holmes le resulta asombroso aquello a lo que los demás no dan ninguna
importancia: el hecho de que un caballo haya desaparecido durante la noche y el
perro no haya ladrado en ningún momento para advertir de lo que estaba
sucediendo. La no acción o inacción del perro, su silencio, es para ellos un
detalle sin importancia, pero para Holmes se trata de un signo muy sonoro,
porque eso solo puede significar que quien se llevó al caballo era alguien
conocido y familiar, tanto para el caballo como para el perro. Precisamente uno
de los dominios más interesantes de la semiótica es el de la zoosemiótica[85], es decir,
la percepción de signos y su interpretación por parte de los animales. Aunque
algunos semiólogos no creen que los animales puedan percibir signos, Holmes
parece capaz no solo de analizar el comportamiento observable de un animal,
sino incluso de ponerse en su lugar. Es algo que también suele hacer con las
personas, como explica, en «El fabricante de colores retirado», al inspector
MacKinnon: «Si quiere usted conseguir buenos resultados, inspector, colóquese
siempre en el lugar de los demás y piense lo que usted haría en su caso. Exige
imaginación, pero compensa siempre».[86] Esta
habilidad empática, que Holmes emplea en muchas de sus aventuras, es una parte
del método holmesiano e incluye la zoosemiótica.
En varios de sus casos, Holmes obtiene información gracias a la falta de
información, como cuando el inspector McDonald le pregunta si ha encontrado
algo de interés al registrar los papeles de Moriarty; Holmes responde: «Nada
absolutamente, y eso es lo que me ha asombrado»;[87] o
cuando investiga la desaparición de un importante documento que comprometería
la paz de Europa: «En estos tres días solo ha sucedido una cosa importante, y
es que no ha sucedido nada».[88]
Si la ausencia de un signo también puede ser un signo, eso significa que la
semiología tal como es definida por Saussure, como un acto comunicativo intencional, no
puede abarcar los métodos de Holmes. Pero sí puede hacerlo la semiótica tal
como la entendía Peirce, pues para él un acto de semiosis o de
creación de significado no tiene por qué ser intencional ni poseer un propósito
comunicativo: basta con que exista una primera cosa, una segunda cosa que ocupe
su lugar y la represente y alguien que interprete esa relación. En el caso del
caballo Silver Blaze, estos tres elementos podrían ser: el robo del caballo, el
silencio del perro (que implica y explica que el robo haya podido tener lugar)
y un interpretante, es decir, Holmes. Como es obvio, ese interpretante debe ser
capaz de percibir signos tanto en lo que sucede o ha sucedido como en lo que no
ha sucedido, en el silencio. Como dice Marcello Truzzi, «la prueba negativa se
considera a menudo altamente significativa».[89]
Hemos visto que una de las características que explican los éxitos de Sherlock
Holmes es su capacidad para ver signos donde otros no ven nada, pero también es
capaz de descifrar los signos que todo el mundo reconoce como tales pero que
casi nadie entiende, los signos que esconden un secreto a propósito. Estoy
hablando, por supuesto, de mensajes cifrados, de códigos, y de una nueva
profesión en la que Sherlock Holmes es considerado un precursor, la
criptografía.
§. Códigos secretos
Estoy
bastante versado en todos los tipos de escritura secreta, e incluso he escrito
una modesta monografía sobre el tema, en la que analizo ciento sesenta cifrados
diferentes.
Sherlock Holmes en «Los monigotes».
§.
Un criptógrafo aficionado
El
más profundo y habilidoso criptógrafo que haya vivido jamás ha sido sin duda
alguna Edgar Allan Poe.
Reverendo Cudworth.
Antes
de que se despertara mi interés hacia Sherlock Holmes, me fascinaban los
cuentos macabros de Edgar Allan Poe, con sus personajes enterrados en vida («La
caída de la casa Usher», «El entierro prematuro», «El corazón delator») y sus
pálidas y siniestras mujeres («Berenice», «Ligeia», «Morella»), Cuando tenía
dieciocho años, empecé a publicar malas imitaciones de esos cuentos en una
colección de nombre rimbombante, la Biblioteca Universal de Misterio y Terror,
que de universal tenía un cuento clásico en cada volumen, a veces del propio
Poe, mientras que el resto eran de autores españoles. También me gustaban otro
tipo de cuentos de Poe, aquellos en los que el verdadero argumento era la
inteligencia de sus protagonistas, capaces de solucionar cualquier misterio o
asesinato, como los tres cuentos del detective Auguste Dupin («El misterio de
Marie Rogét», «La carta robada» y «Los crímenes de la Rué Morgue»), en los que
Conan Doyle se inspiró para crear a Sherlock Holmes, o «El escarabajo de oro»,
protagonizado por otro detective aficionado llamado Legrand.
El narrador de «El escarabajo de oro», que desempeña un papel de cronista
asombrado similar al de Watson en las aventuras de Sherlock Holmes, cuenta cómo
Legrand encuentra un pergamino que, al ser acercado al fuego, revela un mensaje
secreto:[90]
53"-305))6*;4826)4i4;);806*¡48
+ 8 ┐ 60))85;1,.(::;*8 + 83 (88)5+;46(88496‘?;8)y(;485);5*+2:*;(;4956*2(5*-4)8
┐ 8*; 4069285);)6 + 8}4";l{;9;48081;8:8; └ ;48 + !85;4)485 + 528806*81
(*9;48;(88;4(:?34;48)4|;16l;:188;;?;
Para
el narrador, estos signos resultan absolutamente ininteligibles: «Por mi parte,
me quedo tan a oscuras como antes».[91] Parece
tratarse de un código secreto, pero ¿cómo descifrarlo? Legrand explica que es
seguro que el pergamino perteneció al capitán Kidd, un célebre pirata, y que es
improbable que Kidd fuera un criptólogo experto, por lo que no cabe duda de que
se trata tan solo de un código de sustitución, en el que las letras usuales son
reemplazadas por diversos signos. Este tipo de sistema ya se empleaba en
Esparta y Roma para enviar mensajes, aunque a veces se hacía de manera muy
sofisticada, escribiendo el mensaje en una tira estrecha de piel o pergamino
enrollada en un bastón o vara (scytala), de tal manera que pudiera escribirse
el mensaje en vertical y luego desenrollar la tira. El mensajero partía con la
tira y se la entregaba al destinatario, quien poseía una vara idéntica a la
original, en la que volvía a enrollar la tira y, de este modo, podía leer el
mensaje. El sistema es ingenioso, pero no tanto como para superar a
criptógrafos expertos, como el propio Poe, quien en uno de sus artículos
explica que el truco consiste en preparar un cono muy largo, de unos dos
metros, y con una base equivalente a la longitud de la tira de pergamino. Se
enrolla el pergamino en la base y después se va dejando que se deslice a lo
largo del cono: «En este proceso, es seguro que algunas de las palabras,
sílabas o letras que se intenta conectar, se unirán en la punta del cono, en la
parte en la que su diámetro iguale el de la scytala sobre la cual fue escrito
el código». Es decir, el cono desde la base al ápice reproduce todos los grosores
posibles de una vara, con lo que basta con observar en qué parte puede leerse
algo con sentido y hacer entonces una vara con ese grosor.
Tras
explicar que Kidd sin duda usó un método de sustitución, Legrand recuerda
algunas de las reglas básicas de la criptografía: en primer lugar hay que
descubrir cuál es el idioma al que se refieren los signos, puesto que si
conocemos el idioma de origen podremos saber qué letras debemos buscar en los
extraños caracteres. Por decirlo con más exactitud, es previsible que las
letras más empleadas en un idioma aparezcan también con más frecuencia en un
mensaje cifrado, aunque sea disfrazada bajo un extraño signo. La suerte, dice
Legrand, es que existe un método para deducir qué letras aparecen con más
frecuencia en inglés…
Fue en ese preciso pasaje del relato, cuando, durante la adolescencia,
interrumpí la lectura y me propuse descifrar el mensaje del capitán Kidd. No lo
hice solo, sino que conté con la colaboración de mi compañero de colegio Paco
Collantes de Terán. Los dos juntos nos dedicamos a resolver el misterio, como
improvisados criptógrafos, tras hacer la promesa solemne de no continuar con la
lectura hasta haberlo logrado. Por desgracia, Cortázar había conservado en la
traducción el código en inglés, lo que añadía una dificultad más a nuestro
trabajo, puesto que Paco y yo apenas teníamos leves nociones de esa lengua. En
cualquier caso, analizando un texto en inglés de unos mil caracteres, pudimos
hacer una estadística de las letras que aparecían con más frecuencia. Después
buscamos los caracteres que más veces aparecían en el mensaje del capitán Kidd
y pusimos en correspondencia las letras del inglés con los símbolos del código.
No sé si logramos descifrar todo el mensaje, aunque me gusta pensar que sí,
pero al menos pasamos un buen rato como detectives y criptógrafos aficionados.[92]
Este recuerdo personal confirma lo que dice Cortázar en las notas a su
excelente traducción de «El escarabajo de oro»: el cuento mantiene en suspenso
la imaginación de todo adolescente imaginativo. Y no cabe duda de que uno de
esos lectores fascinados fue Arthur Conan Doyle, quien con el tiempo no solo
crearía a un detective con rasgos casi calcados de Legrand y Dupin, los dos
investigadores de Poe, sino que también haría su propia aportación a la
criptografía en varias de las aventuras de Sherlock Holmes.
§. Criptografía en Holmes
Mi
mente se subleva ante el estancamiento. Proporcióneme usted problemas,
proporcióneme trabajo, deme los más abstrusos criptogramas o los más
intrincados análisis, y entonces me encontraré en mi ambiente. Podré prescindir
de estimulantes artificiales.
Sherlock Holmes en El signo de los cuatro.
En
«Los monigotes», Arthur Conan Doyle proporcionó a su detective un enigma
cifrado a la altura del que su admirado Edgar Allan Poe ofreció a Legrand, pero
quizá más elegante, pues se compone de divertidas figuritas:
A
primera vista parece incomprensible, pero en realidad no resulta muy difícil
encontrar un sentido a este primer mensaje. Si yo no supiera que el idioma
original es el inglés, incluso podría encontrar alguna frase en español que
coincida con los diversos signos que se repiten y que, además, tenga sentido:
«
¡Si lo ves te busco!» sigue siendo un mensaje un poco críptico, pero la verdad
es que parece anunciar el desenlace de «Los monigotes». Lamentablemente, mi
interpretación es completamente errónea, a pesar de que cada una de las letras
elegidas parece coincidir con los símbolos que se repiten alguna vez en el
mensaje. Holmes también se entretiene durante horas buscando palabras que
coincidan con los símbolos: «Durante los días siguientes le vi en varias
ocasiones sacar la hoja de papel de su cuaderno y contemplar durante largo rato
y con gran interés las curiosas figuras dibujadas en ella».[93]
Es seguro que Holmes encontró no solo una interpretación, sino varias, porque
los códigos cifrados muy breves son fáciles de interpretar: basta con encontrar
una frase que coincida con las repeticiones de los diferentes signos, como he
hecho yo antes y como debió de hacer Holmes. El problema es que descubrir una
correspondencia exacta no es una prueba de acierto, sino tan solo de habilidad,
porque existen muchas posibles soluciones, pero no hay manera de decidir cuál
de ellas es la correcta. Podemos, en definitiva, descifrar un primer mensaje en
el que tan solo hay quince monigotes, pero será imposible que estemos seguros
de haber dado con la solución correcta, a no ser que aparezcan nuevos mensajes
que nos permitan verificar nuestra hipótesis. En el caso de «Los monigotes», el
siguiente mensaje que recibe Holmes refuta con claridad mi propuesta de
desciframiento:
Si
ahora aplicase los significados que atribuí a los primeros monigotes, obtendría
un mensaje incomprensible, algo así como: «S? O U V?? O B», con lo que mis
esfuerzos para resolver aquel primer enigma no habrían servido de nada.
Un problema al que se enfrentan tanto Legrand en «El escarabajo de oro» como
Holmes en «Los monigotes» consiste en descubrir dónde empieza y dónde acaba una
palabra, pues los signos del capitán Kidd y los misteriosos monigotes no tienen
ninguna marca de separación. Sherlock Holmes comienza a intuir la solución
cuando tiene la suerte de obtener un nuevo mensaje, breve pero muy
significativo:
Quizá
el lector ya ha deducido la razón del optimismo de Holmes: lo más llamativo de
ese último mensaje es que en él no se ve ningún monigote que empuñe una
bandera. Su brevedad también parece implicar que se trata de una única palabra,
así que una hipótesis razonable es que los monigotes con banderas sirven para
separar palabras.
Legrand, haciendo gala de un ingenio notable, también descubre una manera de
aislar algunas palabras, al suponer que el capitán Kidd, al llegar a un punto o
una coma en el discurso, se excedería en su afán por disimular esa separación
de palabras y amontonaría los caracteres más que de costumbre: «Si observa
usted ahora el manuscrito le será fácil descubrir cinco de esos casos de
inusitado agrupamiento». Este es un ejemplo excelente de que un buen lector de
signos, un semiólogo o un detective no solo son capaces de leer los signos
intencionales (las letras sustituidas por símbolos) sino también los no
intencionales, como un pequeño detalle que revela alguna particularidad casi inconsciente
del autor. Fue de esa manera como se consiguió descifrar el código secreto
nazi.
§. Ruido y mensaje
El
inconsciente puede reservar mensajes esenciales para los oídos que sepan
ponerse a la escucha.
Cari Gustav Jung.
Durante
la Segunda Guerra Mundial, una división de expertos británicos conocida como
los «interceptores» logró descifrar el código nazi Enigma usando computadores
supervisados por Alan Turing, que podían hacer miles de sustituciones en un
segundo, pero también gracias a un método que los emparenta con Holmes y
Legrand, pues lograron descubrir signos donde otros solo habrían visto detalles
insignificantes o simple ruido de fondo. Una de las cosas que descubrieron es
que los alemanes, antes de empezar a escribir en morse con su código secreto,
se enviaban mensajes personales más o menos triviales en morse, pero en alemán:
«Invariablemente, aparte del texto cifrado, había preámbulos e intercambios
ilícitos: “¿Qué tal estás hoy?”, “¿Cómo está tu novia?”, “¿Qué tiempo hace en
Munich?”». Esta información podía llegar a resultar muy útil, porque indicaba a
veces desde dónde estaba siendo transmitido un mensaje. Los alemanes no
mencionaban sus propios nombres, ni siquiera en morse-alemán, pero los
interceptores, generalmente mujeres, fueron capaces de detectar algo que no
estaba en el código morse, sino en la manera de transmitirlo: un estilo, una
voz, lo que se llamaba el «puño morse», es decir, las pausas entre rayas y
puntos y entre palabras. El estilo de cada operador, como es obvio, no era
buscado a propósito ni constituía parte del mensaje, pero era un signo
accidental, al menos para quien supiera verlo así. Podemos imaginar una
situación semejante si pensamos en dos indios del Salvaje Oeste transmitiendo
un mensaje con volutas de humo: las volutas dicen algo concreto a otros indios,
como: «El general Custer se acerca»; pero también dicen algo al general Custer:
«Hay indios cerca de aquí, puesto que veo esas incomprensibles volutas».
Holmes es capaz de prestar atención, al mismo tiempo, a todo tipo de signos,
tanto a los no intencionales como a aquellos que esconden un mensaje en código.
La combinación de estas dos lecturas a menudo le lleva a la solución de un
misterio, pues descubre e interpreta no solo lo que alguien ha querido ocultar
de manera consciente, sino también aquello que ha mostrado sin darse cuenta.
§. Un cifrado incomprensible
Hay
muchos escritos en clave que yo leería con la misma facilidad con que leo los
mensajes ocultos de la sección de anuncios personales. Esos artificios tan
toscos sirven de entretenimiento a la inteligencia sin fatigarla.
Sherlock Holmes en El valle del terror.
Sherlock
Holmes vuelve a demostrar sus dotes como criptógrafo en varios relatos, por
ejemplo en «La corbeta Gloria Scott», «Wisteria Lodge» o «La
desaparición de Lady Francés Carfax», pero el código secreto más
interesante quizá sea el que aparece en la novela El valle del terror, cuando
llega una curiosa carta a Baker Street:
Sherlock Holmes intenta descifrar un extraño código en el Valle del terror
(Ilustración de Frank Willey, 1914).
Veamos
más de cerca el texto de este mensaje:
En
este caso no resulta tan fácil descifrarlo, porque parece claro que no se trata
de un código de sustitución en el que cada letra ha sido reemplazada por otro
símbolo. ¿Por qué llega Holmes a esa conclusión? Porque en el mensaje, aparte
de «Douglas» y «Birlstone», solo aparecen las cifras del 0 al 9 y con solo esos
diez símbolos no se pueden representar todas las letras del alfabeto. Se trata
de un método de cifrado más sofisticado, del que también habla Edgar Allan Poe
en uno de sus artículos: el autor del mensaje y su destinatario deben hacerse
con un ejemplar idéntico de un mismo libro. Basta entonces con elegir las
letras del mensaje y remitir a ellas mediante números que indicarán el lugar
del libro en el que se encuentra cada letra: «Si se recibe un código que
comienza 121-6-8. El que lo recibe se remite a la página 121 y mira la sexta
letra de la izquierda de la página en la octava línea desde arriba. Cualquiera
que sea la letra que encuentre allí es la letra inicial de la epístola, y así
sucesivamente».[94] Holmes
llega a esa conclusión fácilmente: «Está claro que se trata de una referencia a
las palabras de una página de algún libro». Cuando Watson comete el error de
preguntar por qué no le han enviado también el nombre del libro-clave, recibe
una de las envenenadas respuestas típicas de Holmes: «Querido Watson: seguro
que usted mismo, con su sagacidad innata, esa astucia congénita que tanto hace
gozar a sus amigos, evitaría meter en el mismo sobre el mensaje y la clave. Si
cayeran en malas manos, estaría usted perdido».[95] Poco
después llega una carta de un tal Porlock que ruega a Holmes que destruya el
mensaje anterior, porque sería demasiado arriesgado darle la clave, ya que su
jefe parece sospechar. Su jefe es ni más ni menos que Moriarty, «el Napoleón
del crimen». Holmes, sin embargo, no destruye el mensaje, sino que intenta
adivinar qué libro podría servir de clave para descifrarlo. La primera cifra
534 parece indicar una página, lo que significaría que se trata de un libro
voluminoso. En cuanto al segundo signo, es «C2». Holmes le pregunta a Watson
qué puede significar:
—
Capítulo segundo, sin duda.
— Es poco probable, Watson. Seguro que estará de acuerdo conmigo en que, si
nos dicen la página, no nos hace ninguna falta el capítulo.
Además,
añade Holmes con sarcasmo, si la página 534 correspondiese al capítulo segundo
«la longitud del primero debe de haber sido verdaderamente insoportable». La
conclusión es que C2 se refiere a la segunda columna. A continuación viene de
nuevo un número de tres cifras, que debe referirse a la palabra que hay que
elegir en esa columna. Puesto que es el número 293, parece confirmado que se
trata de un libro bastante grande y que quien ha enviado el mensaje da por
seguro que Holmes tendrá el libro o le resultará fácil conseguirlo. Watson lo
intenta otra vez: « ¡La Biblia!», pero de nuevo falla: Holmes duda de que en
los ambientes en los que se mueve Moriarty se encuentre la Biblia y, lo que es
más importante, hay demasiadas ediciones diferentes como para estar seguro de
que los ejemplares coincidirán. Watson, por fin, logra acertar, al sugerir que
se trata de un almanaque, en concreto el voluminoso Almanaque Whitaker, que se
edita cada año y, por lo tanto, todos sus ejemplares coinciden. De este modo,
Holmes y Watson logran descifrar el mensaje, pues, efectivamente, tienen un
ejemplar del Almanaque Whitaker en el 221B de Baker Street.
Sin embargo, existe un truco por el que un mensaje cifrado puede escapar al
desciframiento: consiste en que ni siquiera se sepa que se trata de un mensaje
cifrado. Poe lo explica en uno de sus ensayos: «Lord Bacon muy acertadamente
define tres aspectos esenciales en la correspondencia secreta. Se requiere, en
primer lugar, que el código sea tal como para eludir la sospecha de ser un
código».[96] El
creador del código de «Los monigotes» empleó ese método, como explica Holmes:
«Al parecer, la intención de los inventores del sistema era que nadie notara
que los dibujos encerraban un mensaje, dando la impresión de que se trataba de
meros dibujos infantiles hechos al azar».[97]
La mejor manera de esconder un mensaje, por tanto, consiste en que nadie
considere que se trata de un mensaje, algo que a veces sucede de manera
accidental y puede tener consecuencias trágicas. Cuando el Titanic chocó
con el iceberg, lanzó cohetes pidiendo ayuda, pero el capitán del barco más
cercano, el Californian, los interpretó como algo casual. El
problema no fue que no se entendiesen los mensajes, sino que no se entendió que
se trataba de mensajes.
Quizá algo parecido sucede con un extraño mensaje publicado por Edgar Allan
Poe. Aunque los últimos criptogramas de Poe no fueron resueltos hasta 1993, más
de 150 años después de su publicación, uno de ellos ha quedado sin descifrar
porque se cree que fue mal impreso, como indicaba el propio Poe en respuesta a
un lector desesperado:
Es
innecesario que se moleste con el criptograma impreso en nuestro número de
diciembre: es insoluble. Habiendo estado ausente de la oficina por un corto
tiempo, no vi una prueba, y los componedores han hecho una verdadera
mescolanza. No tiene ni la más remota semejanza con el manuscrito original.
Teniendo
en cuenta que se sospecha que el lector al que iba dirigida la respuesta era el
propio Poe, ¿quién sabe si el autor de «El escarabajo de oro» siguió su propio
consejo y el del autor del mensaje de «Los monigotes»: hacer creer a todo el
mundo que no hay nada que descifrar? Quizá algún lector ocioso pueda intentar
descifrar ese mensaje «insoluble», haciendo lo que hace Sherlock Holmes:
descubrir signos y mensajes en todas partes, no solo en los lenguajes
simbólicos o en los códigos cifrados, sino en cualquier cosa que pasa delante
de su inquisitiva mirada. En el próximo apartado nos espera otra de las
habilidades de Sherlock Holmes, en la que es fundamental saber observar un tipo
de signos muy significativos, a pesar de que no son secretos y ni siquiera
intencionales.
§. Síntomas e indicios
Yo
no creo que se proponga seguir esa carrera. En mi opinión, domina la anatomía y
es un químico de primera; sin embargo, nunca asistió sistemáticamente, que yo
sepa, a clases de medicina.
Stamford describe a Holmes en Estudio en escarlata.
§.
Un médico muy observador
La
facultad de observar constituye en mí una segunda naturaleza.
Sherlock Holmes en Estudio en escarlata.
Resulta
curioso advertir que Sherlock Holmes no suele alardear de sus conocimientos de
medicina, excepto en lo que se refiere a aspectos tan extravagantes como los
venenos o las enfermedades exóticas. Sin embargo, tiene casi siempre a su lado
a un médico, el doctor Watson, y sus aventuras fueron escritas por otro médico,
Arthur Conan Doyle, que abandonó la carrera cuando su personaje le proporcionó
dinero suficiente para vivir con desahogo. Por si esto fuera poco, Sherlock
Holmes es la imitación de un médico, el doctor Bell, como reconoció el propio
Conan Doyle en más de una ocasión. Cuando Robert Louis Stevenson leyó las
primeras aventuras de Sherlock Holmes, felicitó a Conan Doyle, pero enseguida
le preguntó: «¿No es este tipo mi viejo amigo Joe Bell?». Y así era:
En
Edimburgo conocí al hombre que me sugirió a Sherlock Holmes… sus poderes
intuitivos eran simplemente maravillosos. Entraba el primer paciente. «Ya veo»,
decía Bell, «que su mal es la bebida. Incluso lleva una botella en el bolsillo
interior de la chaqueta». Se acercaba el siguiente. «Veo que es zapatero».
Después se volvía a los estudiantes y les señalaba que la parte interna de la
rodillera del pantalón del individuo estaba desgastada. Era donde apoyaba el
yunque, una peculiaridad que se encuentra solo en los zapateros.[98]
El
toque teatral de las deducciones de Holmes también debía mucho al doctor Bell:
«Él se sentaba en su consultorio con la expresión de un piel roja y
diagnosticaba a las personas que entraban incluso antes de que hubieran abierto
la boca. También les daba detalles de su vida pasada y raramente cometía un
error».[99] Otras
personas que conocieron al doctor Bell dejaron testimonios de sus asombrosas
deducciones:
Entró
una mujer con un niño pequeño. Joe Bell le dio los buenos días y ella se los
dio a su vez en respuesta.
— ¿Qué tal la travesía desde Bumstisland?
— Ha sido buena.
— ¿Ha sido buena también la caminata por Inverleith Row?
— Sí.
— ¿Y qué ha hecho con el otro chiquillo? — Lo he dejado con mi hermana en
Leith.
— ¿Trabaja usted todavía en la fábrica de linóleo?
— Sí, todavía.
Ante
el asombro de los estudiantes de medicina que asistían a esta insólita escena,
Bell explicaba su proceso deductivo, con detalles, por cierto, que Conan Doyle
empleó en dos aventuras de Holmes («El intérprete griego» y El
signo de los cuatro):
Al
darme ella los buenos días he notado su acento de Fife y, como ustedes saben,
la ciudad más cercana de Fife es Bumstisland. Habrán notado la arcilla roja en
los bordes de las suelas de sus zapatos, y en veinte millas a la redonda de
Edimburgo solo se encuentra arcilla roja en el Jardín Botánico. Inverleith Row
pasa por ahí y es el camino más corto para venir desde Leith. Habrán observado
que el abrigo que lleva colgado del brazo era demasiado grande para el niño que
la acompañaba y que, por lo tanto, había salido de su casa con dos niños. Por
último, tiene dermatitis en los dedos de la mano derecha, lo cual es
característico de la fábrica de linóleo de Bumstisland.[100]
Los
escritos de Bell también nos recuerdan a Holmes, como cuando insiste en la
importancia de los pequeños detalles: «El diagnóstico depende en gran medida de
una acertada y rápida observación de los pequeños detalles en los que la
enfermedad se distingue del estado saludable». Por eso es fundamental enseñar
este arte: «El estudiante debe ser capaz de observar; para interesarle en este
tipo de práctica se le puede mostrar cómo el entrenamiento en este tipo de
observación le permitirá descubrir asuntos tales como la vida anterior, la
nacionalidad o el oficio de un paciente». Aunque a Conan Doyle le molestó que
Stevenson reconociera tan fácilmente en Holmes al doctor Bell, nunca tuvo dudas
acerca de la deuda contraída con su antiguo profesor: «Es con certeza a usted a
quien debo a Sherlock Holmes, y aunque en las historias cuento con la ventaja
de poder situar al detective en todo tipo de situaciones dramáticas, no creo
que ninguna de sus demostraciones analíticas sean en modo alguno una
exageración de ciertos efectos que le he visto llevar a cabo a usted con sus
pacientes». La respuesta de Bell confirma la opinión del hijo y la esposa de
Conan Doyle acerca de su semejanza con el detective: «Usted mismo es Sherlock
Holmes y lo sabe muy bien».
En un artículo que se publicó en 1892 («El señor Sherlock Holmes»), el doctor
Bell analiza su relación con Conan Doyle y el detective y hace varias
observaciones muy interesantes. Menciona el Zadig de Voltaire como uno de los
primeros detectives conocidos, insiste en la importancia de observar los
detalles y minucias, dice que Holmes aplica los métodos de la ciencia moderna y
de la racionalidad al mundo de la investigación criminal, se alegra de que a
los lectores les guste este tipo de relatos, que son capaces de hacerles pensar
de una manera que no logran las novelas baratas o los periódicos
sensacionalistas, y da algunas claves interesantes acerca del método de Holmes
y su relación con las maneras de investigar de los médicos empíricos de la
Grecia clásica.
§. Cómo ser un buen empirista
Para
el filósofo natural no hay objeto natural trivial o sin importancia… una pompa
de jabón, una manzana, una piedrecilla… Camina entre prodigios.
John Herschel, astrónomo.
Werner
Jaeger, en su libro Paideia o los ideales de la cultura griega, muestra la
enorme influencia que tuvo la medicina griega en el surgimiento de la
filosofía, pero también en los inicios del método científico. Los médicos
griegos eran llamados empíricos porque observaban los signos, síntomas o
indicios presentes en los enfermos, proponían diversas hipótesis y las ponían a
prueba con diferentes remedios y consejos. Jaeger explica que el concepto de
«causa» tiene su origen en la medicina, cuando aquellos primeros empíricos
distinguieron entre un síntoma y una causa:
La
medicina había permanecido largo tiempo en el estadio de un arte de curar,
mezclada de supersticiones populares y de exorcismos. El establecimiento de una
técnica empírica influyó en el arte de curar y llevó a los médicos a realizar
observaciones científicas sobre el cuerpo humano y sus fenómenos. El concepto
de la naturaleza humana que hayamos con tanta frecuencia en los sofistas y sus
contemporáneos, nació en las esferas de la medicina científica.[101]
El resultado de las indagaciones médicas, de las experiencias siguiendo el
método de ensayo y error, no siempre era positivo y a menudo suponía un nuevo
descubrimiento para la medicina pero la muerte para el paciente; sin embargo, a
pesar de sus errores, los primeros médicos consideraban, con bastante razón,
que sus métodos de «experiencia real y observación exacta» eran superiores a
las hipótesis más o menos descabelladas de los filósofos de la naturaleza, que
fabulaban en el aire. Todo ello hace concluir a Jaeger que el empirismo
filosófico, que se encuentra en el origen de la ciencia moderna y de Francis
Bacon y la Royal Society, «es hijo de la medicina griega, no de la filosofía
griega».[102]
Carlos
García Gual compara de manera explícita al médico hipocrático con un semiótico
que «lee» en el enfermo:
Los
signos corpóreos son la base de la terapia, las indicaciones por las que se
rige el pronóstico y la medicación. Hipótesis, observación de los síntomas,
conjetura de las causas morbosas, medicación, son etapas de un proceso metódico
en el que se complementan la experiencia sensible y la reflexión para aplicar
los recursos de la ciencia en favor del paciente.[103]
Casi
lo mismo se podría decir del proceso de investigación seguido por Holmes,
cambiando tan solo algunas palabras, como «signos corpóreos» por «signos de
todo tipo», «causas morbosas» por «sucesos criminales o delictivos» y
«paciente» por «cliente». Los síntomas son un signo de una causa oculta, del
mismo modo que lo son las huellas y las pistas para un detective. Hace unos
años, yo mismo pude comprobar las semejanzas entre un médico y un detective
cuando, después de pasar durante varios meses por diversos hospitales y
médicos, a causa de una enfermedad pulmonar en la que era difícil identificar
al agente patógeno, fui a dar con un doctor que me hizo pensar, ya poco después
de conocerlo, en el doctor Bell. Este doctor, con una precisión, un buen humor
y un entusiasmo muy necesarios en mis circunstancias, comenzó a poner cerco al
agente patógeno hasta casi dar con él. Sin embargo, faltaba un último elemento,
como él mismo me explicó tras revisar un nuevo análisis de sangre: «Dar con el
agente patógeno de tu enfermedad es como descubrir a un criminal: debemos
capturarlo con las manos en la masa. Deberíamos hacerte el siguiente análisis
en un momento en el que el agente patógeno te estuviera atacando y tuvieras
todos los síntomas que me has descrito, como fiebre elevada». Le prometí que la
semana siguiente acudiría en las peores condiciones para que el análisis
pudiera ofrecer resultados significativos, algo que pude cumplir porque sabía
qué tipo de actividades podían agravar en poco tiempo mi salud. A partir de ese
momento, como un buen detective, mi médico pudo atrapar al agente patógeno
criminal que me había tenido a su merced durante meses.
Ahora bien, hay otro aspecto que hace incluso más reveladora la comparación
entre Sherlock Holmes y el diagnóstico médico y que, sin embargo, pocos
investigadores han señalado.
§. El juego de las veinte preguntas
¿Hombre
o mujer?
Holmes en «Wisteria Lodge».
Se
ha elogiado con razón el poder de observación de Bell y Holmes y cómo mirando a
un paciente o a un cliente podían descubrir muchas cosas sin que esa persona
dijera una sola palabra. Sin embargo, la verdadera semejanza entre Holmes y la
medicina surge precisamente en el momento en el que comienzan a pronunciarse
palabras.
Los doctores y los detectives no se limitan a observar atentamente signos y
huellas, sino que son buscadores activos de información. Y logran obtener gran
parte de esa información mediante preguntas. Por eso, casi todas las aventuras
de Holmes incluyen situaciones en las que clientes, sospechosos, testigos y
policías son interrogados por Holmes. Los médicos griegos eran grandes
observadores de los síntomas que mostraba el enfermo, del entorno en el que
vivía, del clima y del paso de las estaciones, pero también interrogaban a sus
pacientes en busca de información que no era absolutamente evidente o que no
podían deducir mediante la observación pura. Necesitaban saber no solo lo que
el paciente parecía, sino también lo que padecía: sus sentimientos, sus
sensaciones, además de cualquier otro dato que no estuviera a la vista, como si
eran alérgicos a alguna medicina, alimento o hierba, si habían sufrido ciertas
enfermedades en su infancia o si tenían algún pariente con problemas
semejantes.
Cuando los científicos empezaron a interrogar a la naturaleza de manera
metódica, a veces lo hacían, según algunas metáforas célebres, del mismo modo
que un inquisidor extrae información de un hereje en el potro de tortura.[104] El
filósofo Thomas Hobbes se oponía a los experimentos porque consideraba que
sometían a la naturaleza a «tormentos y vejaciones» para «estrujarla y
moldearla»,[105] algo
que el químico y presidente de la Royal Society Humphry Davy aceptaba sin
problemas, al asegurar que su objetivo era «aherrojar la Naturaleza material
bajo la Inquisición de la Razón y forzarla, como por tortura, a dar respuestas
inequívocas a preguntas preparadas y preconcebidas». Pero la comparación más
adecuada quizá no sea la del inquisidor y su víctima, o al menos no siempre,
sino la del médico y su paciente.
Un detective ante un caso, un médico ante un paciente o un científico ante la
naturaleza se enfrentan a un abanico de posibilidades inabarcable. Es cierto
que existen muchos signos, símbolos, indicios, huellas, rastros e incluso
señales, pero es necesario reducir las posibilidades a un límite manejable, y
una manera de hacerlo es mediante preguntas y respuestas, como sugería Davy de
manera explícita: «preguntas preparadas y preconcebidas» para obtener
«respuestas inequívocas» de la naturaleza.
El juego de las veinte preguntas en el que alguien piensa en cualquier cosa
existente en el universo (un pez, una lupa, Napoleón Bonaparte, un lápiz o Don
Quijote) ha demostrado que con menos de veinte preguntas bien dirigidas se
puede descubrir casi cualquier cosa que haya pensado la otra persona. Preguntas
que tan solo requieren un sí o un no por respuesta y que pueden hacerse
mediante un programa informático. Antes de escribir estas líneas, yo mismo he
hecho una prueba en Akinator, una aplicación digital que juega a
adivinar un personaje. He pensado en «Sherlock Holmes» y he ido respondiendo
con un sí o un no a las preguntas que aparecían en la pantalla de Akinator.
El programa tan solo ha necesitado quince preguntas para descubrir que yo
estaba pensando en Holmes. Un detective o un médico se enfrentan a cuestiones
más complejas, porque no les basta con adivinar una única cosa o un personaje
más o menos famoso, sino que necesitan descubrir un conjunto de causas y dar
con algo que es casi único (en el caso de una enfermedad) o
único (en el caso de un crimen). Pregunta tras pregunta van descartando
porciones del universo y, al mismo tiempo, van acercándose a lugares que ni
siquiera sospechaban al empezar el interrogatorio. Algunas de estas preguntas
son evidentes, pero otras surgen en el curso de la conversación, precisamente a
partir de las respuestas obtenidas. Las preguntas, por lo tanto, no son
meramente retóricas, como puede suceder en algunos diálogos socráticos, sino
que buscan obtener información no conocida, para, de este modo, poder formular
nuevas preguntas no previstas de antemano.
Los lógicos Jaakko Hintikka y Merrill B. Hintikka, marido y mujer, se cuentan
entre los holmesianos que han prestado atención al método de las preguntas. En
su ensayo «Sherlock Holmes y la lógica moderna: hacia una teoría de la búsqueda
de información a través de la formulación de preguntas», señalan que el punto
fuerte de Sherlock Holmes es que es capaz de extraer o hacer explícita la
información tácita y descubrir nuevas informaciones y vías de investigación no
previstas en un primer momento. Como descubriremos en la segunda parte de este
libro, Holmes logra solucionar cualquier misterio mediante la observación, la
deducción y otros métodos de investigación, pero también recurriendo a la base
de datos informativa que almacena en su cabeza o en las enciclopedias que consulta
y, sin ninguna duda, a través de preguntas bien dirigidas: «El desenlace de
casi todos los relatos y novelas más famosos de la tradición de Sherlock Holmes
puede parafrasearse en forma de preguntas y respuestas».[106] Holmes
hace preguntas a sus clientes, a Watson, a los policías, a los testigos, a los
criminales, a la naturaleza misma: ¿hay alguna huella en el barro del camino
que lleva a la casa?, ¿está fresca esta mancha de tinta?
Pero no es que las observaciones estén cargadas de teoría, dicen los Hintikka,
es que casi todas las observaciones son una respuesta a una pregunta previa,
implícita o explícita. Holmes conoce las preguntas pero no conoce las
respuestas: son las respuestas obtenidas las que le permiten formular preguntas
en las que todavía no había pensado. Es cierto que Holmes juega como Sócrates
al juego de las preguntas, pero mientras que Sócrates casi siempre parece
conducir a sus interlocutores hacia un lugar que ya tenía decidido de antemano,
Holmes no puede hacer trampa: no puede concluir lo que él quisiera que hubiera
sucedido, sino que tiene que averiguar qué ha sucedido realmente.
Los Hintikka ponen el ejemplo del curioso incidente del perro en la aventura
del caballo Silver Blaze. Se podrían hacer cientos de preguntas acerca de lo
que pasó aquella noche y recolectar datos y más datos que no serían relevantes,
pero Holmes hace una simple pregunta: « ¿Ladró el perro durante la noche?»; y
obtiene una respuesta de sí o no, en este caso «no». El perro no ladró.
Mediante esa pregunta y respuesta, que a nadie más se le ha ocurrido o que
todos han descartado rápidamente, construye su deducción: la persona que entró
por la noche para llevarse el caballo era el amo del perro.
No se debe olvidar, en definitiva, que las palabras son los signos más
evidentes que existen, pues una palabra siempre está ahí en lugar de otra cosa,
aunque a veces se trate de algo muy abstracto, como «alma», «Dios» o «bondad»,
y otras de algo muy concreto, como «bicicleta», «cuchara» o «manzana». No hay
que olvidar, por otra parte, que uno de los fundadores de la semiótica,
Ferdinand de Saussure, es también el creador de la lingüística moderna. Las
palabras son signos intencionales, precisamente el tipo de signos que le
gustaba a Saussure.
§. Un médico tras las huellas de un detective
— Es
usted como un médico, que quiere conocer todos los síntomas antes de dar su
diagnóstico.
— Exacto. Es una buena comparación.
Gibson y Holmes en «El problema del puente de Thor».
Del
mismo modo que Holmes es el reflejo de un médico, muchos médicos se han visto
reflejados en Holmes y han descrito su trabajo como una labor de investigación
no muy diferente a la de un detective. La comparación surge de inmediato con el
televisivo doctor House, siempre a la caza de extravagantes y rarísimas
enfermedades, tarea que no es tan difícil, pues como afirma Holmes:
Es
un error confundir lo extraordinario con lo misterioso. El más vulgar de los
crímenes es, con frecuencia, el más misterioso, porque no ofrece rasgos
especiales de los que puedan hacerse deducciones. Habría resultado mucho más
difícil desenredar este asesinato si el cadáver de la víctima hubiese sido
encontrado simplemente en mitad de la calle, sin ninguno de los detalles
accesorios, excesivos y sensacionales que lo han convertido en extraordinario.
Estos detalles raros, lejos de hacer más difícil el caso, han contribuido
verdaderamente a hacerlo más fácil.[107]
Es
por eso por lo que también el doctor House suele encontrar en un tiempo récord
la solución a las misteriosas enfermedades que llegan a su consulta, porque
cuanto más raros sean los síntomas, más fácil es detectar la enfermedad. La
verdadera dificultad surge cuando lo que se produce es una extraña confluencia
de síntomas más o menos triviales. Pero ni House ni Holmes se ocupan de asuntos
triviales.
En la página de la Wikipedia dedicada a la serie House se puede encontrar una
tabla comparativa que enumera más de una decena de coincidencias entre Holmes y
House, entre las que se pueden mencionar: que House tiene un único amigo,
llamado James Wilson, que, como es obvio, es médico, pero también mujeriego,
menos brillante que House; House es adicto al Vicodin, como Holmes a la cocaína
o a la morfina, también es misántropo, no le interesa la vida de sus pacientes,
cree tener siempre razón (y suele tenerla siempre), es deslumbrante y sus
métodos son casi siempre heterodoxos, le gusta mucho la música y toca el piano;
su nombre, «House», significa casa, que es casi lo que significa el de Holmes
si le quitamos la l (Homes). Además, como el espectador descubre en uno de los
capítulos de la segunda temporada, House vive en el portal 221B.
No son coincidencias fortuitas, pues los creadores de House han reconocido en
diversas ocasiones que la decisión de imitar a Sherlock Holmes era explícita
desde que concibieron la serie, como demuestra, entre otros ejemplos, que uno
de los primeros pacientes se llamase Adler, en homenaje a la mujer que venció a
Holmes en «Un caso de identidad»; o que en otro capítulo de House, el doctor
fuese herido de bala por un hombre llamado… Moriarty.
§. Gestos, lapsus y psicólogos vieneses
Usted
ha tenido éxito adoptando mis métodos — observación e inferencia— y
aplicándolos al interior de la cabeza del sujeto.
Holmes a Freud en Elemental, Dr. Freud, de Nicholas Meyer.
§.
Psicología de la investigación
Uno
de los inconvenientes de poseer una mente activa es que a uno siempre se le
ocurren explicaciones alternativas, que pueden hacerle seguir pistas
falsas .
«El problema del puente de Thor».
Al
hablar de los métodos de Sherlock Holmes y los del connoisseur Morelli dije que
existían grandes semejanzas entre las teorías del crítico italiano acerca de
cómo los artistas pintan los pequeños detalles de forma casi instintiva y
algunas ideas de Freud, como la de los actos fallidos o lapsus linguae, cuando
alguien dice, sin quererlo, lo que piensa, lo que desea o lo que teme. Ya vimos
entonces que Morelli lo expresaba de manera explícita cuando decía que es
frecuente que las personas digan involuntariamente sus frases o palabras
favoritas, «a veces incluso de un modo muy inadecuado». Se sabe que Freud
admiraba el trabajo de Morelli y lo consideraba muy cercano a sus propias
investigaciones: «Creo que su método de investigación se relaciona íntimamente
con la técnica del psicoanálisis; está también familiarizado con el adivinar
secretos encubiertos o rasgos no detectados en los montones de escombros, como
si dijéramos, de nuestras observaciones».[108]
La coincidencia con Holmes y su búsqueda obsesiva de indicios, signos y
detalles significativos es también evidente. Como Morelli y Holmes, Freud
decidió llevar a la práctica el verso de Virgilio que encabeza su
Interpretación de los sueños: «Si no puedo mover los cielos, moveré los
infiernos». Freud abandonó los cielos de lo sublime y miró en los lugares
escondidos, despreciados, ocultos y sin aparente importancia, como los sueños,
los errores, los pequeños deslices y las confusiones al decir una palabra.
El método de Holmes se ha comparado más de una vez con el de Freud no solo
porque a partir de indicios y detalles visibles se intenta descifrar lo oculto,
sino también porque el detective se comportaba a menudo como un gran psicólogo,
capaz de entender y descubrir las motivaciones de clientes y criminales y las
consecuencias de sus deseos, inseguridades o comportamientos. También sabía que
tras la apariencia de un padre sonriente y encantador podía esconderse un
submundo familiar lleno de sombras, algo que Freud creyó descubrir en la vida,
y en especial en la infancia de cualquier persona:
Querido
Watson, usted mismo, en su práctica médica, está continuamente sacando
deducciones sobre las tendencias de los niños, mediante el estudio de los
padres. ¿No comprende que el procedimiento inverso es igualmente válido? Con
mucha frecuencia he obtenido los primeros indicios fiables sobre el carácter de
los padres estudiando a sus hijos. El carácter de este niño es anormalmente
cruel, por puro amor a la crueldad, y tanto si lo ha heredado de su sonriente
padre, que es lo más probable, como si lo heredó de su madre, no presagia nada
bueno para la pobre muchacha que se encuentra en su poder.[109]
Pero
¿qué pensaba Freud acerca de Holmes? Uno de los pacientes de Freud nos permite
descubrir que el creador del psicoanálisis sentía un gran interés hacia el
detective, pues recuerda que en una ocasión hablaron de Conan Doyle y Sherlock
Holmes: «No hubiera pensado que Freud se interesara por este tipo de lectura
ligera, y me sorprendí al descubrir que no era así en absoluto, y que Freud
había leído atentamente a este autor».[110] En
opinión de este paciente, que no es otro que el célebre «Hombre Lobo» (o el
hombre de los lobos), había una explicación evidente: «El hecho de que
testimonios o pruebas circunstanciales sean útiles al psicoanálisis para
reconstruir la historia de la niñez puede explicar el interés de Freud por este
tipo de literatura».[111] Freud,
en efecto, se daba cuenta de la estrecha relación entre sus investigaciones y
las de Holmes, como escribió en su Introducción al psicoanálisis: «Suponga que
es usted un detective comprometido en la investigación de un asesinato, ¿espera
de verdad encontrarse con que el asesino ha dejado su fotografía con nombre y
dirección en la escena del crimen? ¿No se verá obligado a contentarse, por
fuerza, con las más débiles e inciertas pistas de la persona que busca?»[112]
En uno de sus casos, Freud incluso presumió de haber imitado al célebre
detective: «Lo hice aparecer como si el más tenue de los indicios me hubiese
permitido, a la manera de Sherlock Holmes, adivinar la situación».[113] Por
otra parte, del mismo modo que Freud detecta en ciertos testimonios de sus
pacientes un símbolo de algo que está reprimido (los ejemplos más repetidos,
pero también más simplistas, son el paraguas, que representa al falo, y una
caja, que remite al útero materno), Holmes descubre en los gestos o las
actitudes de sus clientes lo que realmente piensan, como asegura él mismo en su
artículo «El libro de la vida»:
Guiado
de señales tan someras como un gesto, el estremecimiento de un músculo, o la
mirada de unos ojos, es posible adentrarse en los más escondidos pensamientos
de otro hombre. La simulación y el engaño resultan impracticables delante de un
individuo avezado al análisis y a la observación. Lo que este deduzca será tan
cierto como las proposiciones de Euclides. Tan sorprendentes son los
resultados, que el no iniciado en las rutas por donde se llega de los
principios a las conclusiones, habrá por fuerza de creerse en presencia de un
auténtico nigromante.[114]
No
es extraño que esa cercanía entre los métodos de Freud y los de Holmes haya
dado pie a varios ensayos, algunos extraordinarios, como el del psicólogo
Michael Shepherd, Sherlock Holmes y el caso del doctor Freud, o a una de las
más célebres novelas holmesianasapócrifas (las que no escribió
Conan Doyle), Elemental, Dr. Freud, de Nicholas Meyer, que
también fue llevada al cine. El título original de la novela es una
solución al siete por ciento, aludiendo a la dosis de cocaína que se
inyectaba Holmes, afición que también compartía con Freud. En la novela de
Meyer, Mycroft Holmes, John Watson e incluso su enemigo Moriarty, preocupados
por la salud de Sherlock, logran hacerle viajar a Viena para que Freud le
intente desenganchar de su adicción a la cocaína.
La novela de Meyer tiene su origen en un estudio acerca de la adicción de
Holmes por la cocaína publicado por el psiquiatra David Musto, en el que
examina a Holmes como si se tratase de un personaje histórico, cosa que es
norma entre los holmesianos, y sugiere que el detective padecía una enfermedad
delirante asociada con el cocainismo crónico a la que llamó «paranoia
moriartii». Aunque pueda parecer asombroso, el estudio clínico no se publicó en
una revista literaria, sino en The Journal of the American Medical
Association y causó una gran controversia, pero no por presentar como
real la existencia de un personaje de ficción, sino por el diagnóstico
aplicado. Algunos lectores, médicos de profesión, sostuvieron que en realidad
Holmes era tan solo un maniaco depresivo o que sufría una «inercia
ocupacional». Musto amplió su examen del caso Holmes en «A study in cocaine»
(1966), un juego de palabras con la primera aventura publicada de Holmes, donde
sugirió que Holmes había estado curándose de su adicción junto al doctor Freud
entre 1891 y 1894, los tres años durante los que el público creyó que el
detective había muerto en las cataratas de Reichenbach.[115] En la
actualidad, Nicholas Meyer prepara una serie de televisión para la BBC
protagonizada por Sigmund Freud, en la que el célebre terapeuta demostrará sus
habilidades detectivescas.
§. Cómo leer mentes ajenas
Tengo
entre manos un pequeño problema cuya solución quizá no sea tan sencilla como
este modesto experimento de lectura del pensamiento.
Sherlock Holmes en «La caja de cartón».
El
arte de Sherlock Holmes es considerado a menudo por Watson como pura
adivinación, como en la célebre ocasión, contada en «La caja de cartón», en la
que Holmes imita al detective de Poe, Auguste Dupin, y hace una demostración
asombrosa de lectura del pensamiento:
Viendo
que Holmes estaba demasiado abstraído para conversar, yo había echado a un lado
el insulso periódico y, reclinándome en el sillón, me sumí en profundas
meditaciones. De pronto la voz de mi acompañante interrumpió el curso de mis
pensamientos:
— Lleva usted razón, Watson. Parece una forma absurda de dirimir una
disputa.
— ¡De lo más absurda! — exclamé, y de pronto, comprendiendo que Holmes se
había hecho eco del pensamiento más íntimo de mi alma, me incorporé del sillón
y le miré perplejo.
— ¿Cómo es eso, Holmes? — grité— . Supera todo cuanto pudiera haber
imaginado [116].
Holmes,
que en sus primeras conversaciones con Watson se había burlado de la manera en
la que el Dupin de Poe era capaz de leer el pensamiento ajeno, rechaza
cualquier comparación con un adivino: «Jamás pretendo adivinar. Es una
costumbre reprobable, que destruye las facultades lógicas[117]». El
asombro que causa en los demás se debe, asegura Holmes, a la ignorancia de los
pasos perfectamente razonables y lógicos que le llevan a sus conclusiones. Ante
la incredulidad de Watson, le dice que para llevar a cabo su asombrosa
demostración de lectura de pensamiento, le bastó con observar el rostro y los
gestos de Watson, «y sobre todo sus ojos». Pero ¿qué pueden revelar los ojos?
Quizá nos lo aclare una observación que el director de cine John Huston hizo a
un periodista y que recuerda la habilidad de Holmes:
Mire
esa lámpara que está al otro lado de la habitación. Ahora míreme a mí. Mire esa
lámpara nuevamente. Ahora míreme otra vez. ¿Ve lo que hizo? Pestañeó. Esos son
cortes. Después de la primera mirada, se sabe que no hay ninguna razón para
mirar continuamente desde la lámpara hasta mí porque ya sabe lo que hay entre
nosotros. Su mente cortó la escena. Primero mira la lámpara. Corte. Me mira.[118]
Como
bien insinúa Huston, nuestros sentidos no se limitan a percibir el mundo, sino
que lo perciben siguiendo las instrucciones que les da nuestra mente, y por
ello reflejan qué tipo de cosas deseamos o necesitamos percibir. El simple
hecho de que recorramos con los ojos abiertos la distancia que nos lleva de un
extremo a otro de la habitación o que, por el contrario, parpadeemos puede
indicar que seguimos un mismo curso mental o que hemos cambiado de asunto, como
también descubrió el sonidista y montador Walter Murch, que decidió investigar
lo que decía Huston y recogió sus conclusiones en un magnífico ensayo
titulado En el momento del parpadeo:
Empecé
a observar a las personas y a mirar cuando pestañean, y descubrí algo muy
diferente a lo que se enseña en la biología de la escuela secundaria, aquello
de que el parpadeo es simplemente un medio para humedecer la superficie del
ojo. Si esa fuera su única función, entonces, para cada ambiente y cada
individuo, habría un intervalo completamente mecánico y predecible entre
parpadeos que dependerían de la humedad, de la temperatura, la velocidad del
viento, etc. Uno solo pestañearía cuando su ojo comenzara a ponerse demasiado
seco, y eso se reflejaría en un número constante de veces por minuto para cada
ambiente. Claramente este no es el caso: las personas a veces sostienen sus
ojos abiertos durante minutos en algunos casos, y en otros momentos pestañearán
repetidamente, con muchas variaciones en medio. La pregunta entonces es: ¿qué
es lo que les hace pestañear?[119]
Murch responde de una manera semejante a como lo haría el mejor Sherlock
Holmes, ofreciéndonos una tipología del pestañeo:
Estoy seguro de que alguna vez se habrá encontrado con alguien que estaba
tan enojado que no pestañeaba en absoluto: esta persona, creo, está aferrada a
un solo pensamiento sostenido, que inhibe el impulso y ya no necesita
pestañear. Y existe también el tipo opuesto: el que no para de pestañear. Esta
persona es asaltada simultáneamente por muchas emociones y pensamientos
contradictorios, y desesperadamente (pero en forma inconsciente) usa esos
parpadeos para intentar separar estos pensamientos, y recobrar algún tipo de
control.[120]
A
estas observaciones acerca del parpadeo se podrían añadir muchas otras, como
que la ausencia de parpadeo a la que alude Murch es un rasgo común en aquellos
a los que llamamos vulgarmente «iluminados», quienes se caracterizan por su
mirada fija, que mantienen incluso cuando se mueven a nuestro alrededor o cogen
cosas con las manos, cosas que no miran, porque siguen con sus ojos clavados en
nosotros, concentrados en una idea fija: engañarnos. Murch aplicó sus
observaciones acerca del parpadeo a su propia disciplina, la ciencia del
montaje:
Para
entender una idea, o una sucesión de ideas, pestañeamos, separando y puntuando,
una idea de la siguiente. De manera semejante, en una película, un plano nos
presenta una idea, o una sucesión de ideas, y el corte es un «parpadeo» que
separa y puntúa esas ideas. En el momento en que usted decide cortar, lo que se
está diciendo es, en efecto, «voy a terminar con esta idea y ahora vendrá algo
nuevo».
Así,
por ejemplo, si en la escena de un juicio vemos a un actor afirmar: «Soy
inocente», y enseguida pasamos por corte a otro personaje, es fácil transmitir
la sensación de que es, en efecto, inocente. Sin embargo, si mantenemos el
plano un poco más y dejamos que el actor parpadee, es casi seguro que
sospecharemos que está mintiendo. Cortar antes o después del parpadeo hará que
los espectadores tengan una opinión distinta acerca de lo que piensa el
personaje. Y aquí se encuentra uno de los fundamentos de muchos magos: la
lectura en frío.
§. Una lectura muy fría
Al
hombre le son dadas las facciones para que se sirva de ellas a la hora de
expresar sus emociones, y las suyas, sus facciones, le son fieles
sirvientes.
Sherlock Holmes en «El paciente residente».
Derren
Brown es un conocido mago, prestidigitador y mentalista británico. Aunque no se
escapa de grandes tanques de agua tras ser encadenado, sí realiza asombrosas
lecturas de pensamiento a personas que no conoce o descubre secretos del más
allá contactando con los muertos. Brown ha demostrado en numerosas ocasiones en
sus shows televisivos que es capaz de leer el pensamiento de
otra persona tan bien como Holmes. A pesar de lo asombroso de sus actuaciones,
Brown repite una y otra vez, como hacía el legendario Houdini y como hace
Holmes, que no posee ningún tipo de poder mágico y que ni siquiera es capaz de
leer el pensamiento ajeno. Sus poderes, aparentemente inexplicables, se basan
en diversos «trucos de magia, en la sugestión, psicología, engaño y las artes
del espectáculo». Por si esto fuera poco, Brown ha dedicado varios programas a
denunciar los fraudes de aquellos que presumen de contactar con el más allá. En
definitiva, Brown no descubre los secretos del más allá contactando con los
muertos, sino que tan solo accede a los secretos ocultos en la mente de quienes
quieren hablar con los muertos, cosa que logra observando sus gestos y
escuchando sus respuestas, como harían un médico, un semiólogo o un buen
detective. Por cierto, en el capítulo de la serie Sherlock dedicado
a la aventura «La casa vacía», Brown aparece en escena para ayudar a Holmes a
fingir su muerte en el combate con Moriarty. Brown, en cualquier caso, no solo
condiciona a sus víctimas mediante sutiles sugestiones, sino que también
observa pequeños signos reveladores en su lenguaje corporal, que le revelan,
como a Holmes al observar a Watson, en qué están pensando. Algunos de estos
métodos son conocidos como «lectura en frío» y los emplean tanto los
prestidigitadores y magos del espectáculo como los echadores de cartas,
quiromantes, videntes y todo tipo de adivinos. La lectura en frío se basa en la
observación de cualquier detalle, desde la ropa a los gestos, desde la manera
de hablar al movimiento de la mirada. A ello se suman técnicas para obtener
información sin que el participante, cliente o víctima sepa que la está
proporcionando. Puede emplearse también un poco de hipnotismo o
condicionamiento, algo que encontramos en las aventuras de Holmes, aunque no es
él quien lo emplea, sino uno de sus peores enemigos, el barón Gruner, quien
desafía a Holmes a lograr cambiar la opinión de una mujer que se encuentra bajo
su influencia:
¿Ha
oído usted hablar, señor Holmes, de la sugestión pos hipnótica? Pues bien: va
usted a ver sus fenómenos en la práctica, porque un hombre que tenga
personalidad es capaz de emplear el hipnotismo sin nada de pases ni otra clase
de comedias. Ella le espera a usted: no me cabe la menor duda de que le
otorgará una cita, porque se presta con amabilidad a los deseos de su padre;
con excepción únicamente de nuestro pequeño asunto.
Sin
embargo, no hace falta recurrir a tales tipos de condicionamiento para
encontrar información en los demás. En lo que se refiere a los ojos, como ya
hemos visto tanto en aventuras de Holmes, como en las reflexiones de John
Huston y de Walter Murch, ofrecen mucha más información de la que parece.
Siguiendo los consejos de Brown y otros expertos en lectura en frío, yo mismo
he conseguido en varias ocasiones leer el pensamiento de otras personas,
adivinar una carta en la que han pensado sin siquiera tocar la baraja, o saber
tan solo con mirarles a los ojos, si estaban recordando un momento agradable,
una lesión que padecieron o si estaban haciendo un cálculo matemático. En la
mayoría de las ocasiones resulta bastante sencillo, pero aunque no soy mago
profesional, seguiré aquí la primera de las reglas del oficio: no contar el
truco.
En realidad, siempre se ha sabido que nuestros gestos y nuestras expresiones
faciales revelan muchas veces lo que pensamos sin que ni siquiera nosotros
seamos conscientes de ello, y se han escrito muchos libros acerca de la
comunicación gestual consciente e inconsciente, desde el clásico de Flora
Davis La comunicación no verbal a los trabajos de estudiosos
de la sinergología, la kinésica y la proxémica, disciplinas que estudian la
comunicación no verbal, los microgestos y las relaciones de proximidad entre
las personas. También los animales parecen capaces, hay que suponer que gracias
a la zoosemiótica, de interpretar con gran precisión nuestros gestos casi
invisibles, como muestran casos célebres como el del caballo matemático Hans,
que no sabía calcular, como acabó descubriéndose, pero que sí sabía ver en la
expresión de su amo cuál era la respuesta correcta; o la manera en la que
delfines, gatos, perros y cuervos detectan lo que pensamos con solo mirarnos[121]. Existe un
complejísimo y sutil lenguaje de gestos que va más allá de los signos más
detectables, un lenguaje que Holmes sabe leer con precisión, pero que todos
percibimos en mayor o menor medida, a menudo sin darnos cuenta. Cuando Charles
Sanders Peirce (¿se acuerda el lector de Sherrinford Holmes?) reconoció al
camarero que le robó el reloj entre todos los que estaban alineados frente a
él, se mantuvo en «un estado pasivo y receptivo», que le permitió darse cuenta
de manera inconsciente de ciertas «señales reveladoras».[122] Tal
vez una de esas señales fue la manera en la que sonreía el camarero, porque la
sonrisa puede llegar a resultar tan reveladora como los ojos.
§. La sonrisa Duchenne
Sus
labios dejaron escapar una temblorosa sonrisa, lo que me indicó que se había
impuesto en su pensamiento la idea de que es una ridiculez resolver los
problemas internacionales sirviéndose de semejante método.
Holmes en «El paciente residente».
Es
muy posible que Conan Doyle (y quizá también Peirce) conociera los trabajos de
Guillaume Duchenne de Boulogne, en los que este pionero de la neurología hacía
una descripción de las expresiones faciales, obtenidas en su mayor parte por
estimulación eléctrica. A él se debe el descubrimiento de la llamada «sonrisa
Duchenne», que nos permite distinguir una sonrisa verdadera de una forzada
observando los diferentes músculos que se mueven en una y en otra:
Es
un tipo de sonrisa que involucra la contracción de los músculos cigomático
mayor y menor cerca de la boca, los cuales elevan la comisura de los labios, y
el músculo orbicular cerca de los ojos, cuya contracción eleva las mejillas y
produce arrugas alrededor de los ojos [123].
La
sonrisa Duchenne, o su ausencia, nos permite descubrir la hipocresía de un
político o del seguidor de una secta que sonríe de oreja a oreja; también
obliga a los actores a seguir algún método de interiorización del sentimiento,
como el de Stanislavski, para no ser considerados malos actores de sonrisa
forzada, aunque también es posible aprender a mover los músculos de la sonrisa
Duchenne, tras mucho entrenamiento. Charles Darwin se interesó por el tema
en La expresión de las emociones en los animales y en el hombre,
libro que, esta vez sin ninguna duda, Conan Doyle sí conocía.
Una prueba de que enviamos signos y señales con nuestra mirada, con nuestra
sonrisa y con microgestos de los que no somos conscientes es una investigación
publicada recientemente. Investigadores de la Universidad de Ohio
especializados en psicología experimental y visión artificial han establecido
«una especie de gramática de la expresión facial» con 21 expresiones, algunas
básicas, como felicidad, sorpresa, enfado, tristeza, miedo y asco, otras
compuestas, como «felizmente sorprendido» o «tristemente temeroso». Lo más
interesante del estudio, según cuenta Javier Sampedro en su crónica
periodística[124], es que
los sistemas de visión artificial o FACS (Facial Action Coding System) son
capaces de reconocer esas expresiones con un 97% de precisión en expresiones
básicas y un 77% en las compuestas. Si un ordenador puede descifrar esa
información con tal grado de acierto, ¿qué no podrá hacer una persona entrenada
en la lectura en frío? O qué no podría hacer Sherlock Holmes, que en su
artículo titulado «El libro de la vida» daba una gran importancia no ya a la
fisiognomía, a la forma y características del rostro, sino al rostro en
movimiento:
Placas de experimentos faciales de Duchenne
Pretendía
sondear los más íntimos pensamientos de un hombre aprovechando una expresión
momentánea, la contracción de un músculo, la forma de mirar de un ojo.
Aseguraba que a un hombre entrenado en la observación y en el análisis no cabía
engañarle.[125]
Llegamos
así a una cuestión que todavía es objeto de encendidas polémicas entre los
admiradores del detective creado por Conan Doyle, porque parece imposible que
alguien pueda conocer a los demás sin ser capaz al mismo tiempo de ponerse en
su lugar: ¿era Sherlock Holmes capaz de sentir empatía?
§. El corazón de la máquina
Por
primera y única vez pude comprobar que aquel gran cerebro poseía también un
gran corazón. Aquel instante revelador fue la culminación de todos mis años de
humilde y esforzado servicio [126].
Watson en «Los tres Garrideb».
En
la serie de televisión Sherlock se presenta a veces a Holmes
como alguien carente por completo de empatía, incapaz de ponerse en el lugar de
los demás y de sentir lo que ellos sienten Son características que se ajustan
al retrato que Watson hace de su amigo en «Un escándalo en Bohemia»:
Todas
las emociones, y en especial el amor, resultaban abominables para su
inteligencia fría y precisa pero admirablemente equilibrada. Siempre lo he
tenido por la máquina de observar y razonar más perfecta que ha conocido el
mundo; pero como amante no habría sabido qué hacer.
Sin
embargo, la empatía es uno de los rasgos fundamentales que debe poseer un buen
detective, puesto que su trabajo consiste en gran parte en relacionarse con
otras personas, entender sus problemas, detectar sus mentiras y aconsejarles
qué hacer. A pesar de su imagen de máquina deductiva fría y sin sentimientos,
Holmes demuestra simpatía y compasión a menudo. Leavitt señala, al menos
catorce ocasiones, en las que no entrega al delincuente a la policía[127], mientras
que otras veces trabaja sin percibir ningún honorario, al menos siempre que el
caso sea interesante.
Sherlock Holmes también aplica sus capacidades empáticas para imaginar cómo
puede haber actuado otra persona: «Situémonos ahora en el lugar de Jonathan
Small, consideremos el problema desde su punto de vista[128]», y
reprocha a Lestrade y otros policías él no ser capaces de ponerse en el lugar
de los criminales.
En definitiva, el ejercicio empático es parte fundamental del proceder de
Holmes
en una investigación: «Me pongo en el lugar del otro y, después de calibrar
ante todo su inteligencia, trato de imaginar cómo habría procedido yo en las
mismas circunstancias[129]». No
siempre resulta fácil, porque, como dice Douglas Hofstadter, es necesario
ponerse tanto en el lugar de alguien «inconcebiblemente menos inteligente[130]» como en
el de alguien «inconcebiblemente más inteligente que uno mismo». Según Holmes,
la tarea resulta sencilla cuando se trata de una inteligencia semejante: para
saber lo que piensa Moriarty, su archienemigo y «doble» en el mundo criminal,
Holmes tan solo debe «pensar como yo mismo pienso».
Una vez aclarado que Holmes no carece de empatía, sino que la tiene y además en
grandes dosis, sí se puede matizar que, cuando Holmes se pone en el lugar de
otra persona para imaginar qué habría hecho, debe realizar un esfuerzo de
empatía preliminar, pero después necesita ir más allá, porque Holmes no se
limita a empatizar, sino que lo que busca es emular. No basta con ponerse en el
lugar de otras personas, sino que a veces hay que intentar ser otra persona, y
en esto Holmes era un verdadero experto, no solo por su capacidad de emular,
sino porque a lo largo de sus aventuras demuestra ser un maestro del disfraz,
capaz de fingir cualquier apariencia, desde un vagabundo a un cochero, desde
una anciana a un sacerdote italiano. Como dice Watson: «El teatro perdió un
magnífico actor y la ciencia un agudo pensador cuando Holmes decidió
especializarse en el delito[131]».
§. Los trucos de un detective
Tengo
por costumbre sentarme de espaldas a la ventana y hacer que mis visitas se
sienten frente a mí, con la luz de cara. El señor James M. Dodd parecía no
saber cómo comenzar la entrevista. Yo no hice ningún intento de ayudarle, ya
que su silencio me dejaba más tiempo para la observación. He comprobado que
resulta muy útil impresionar a los clientes produciéndoles una sensación de
poder, así que le revelé algunas de mis conclusiones.
Sherlock Holmes en «El soldado de la piel descolorida».
La observación atenta de cualquier posible detalle, desde los gestos hasta la
ropa, la actitud de una persona, manchas diversas en la ropa o los zapatos y su
capacidad para convertir en signo cualquier pequeño detalle es lo que permite a
Holmes saber tantas cosas de sus clientes o de los sujetos bajo investigación,
aunque la explicación posterior del proceso de razonamiento hace que sus
poderes deductivos resulten mucho menos llamativos, e incluso parezcan
triviales, algo de lo que se lamenta el detective bastante a menudo.
Es obvio que si Holmes ocultara sus procesos de razonamiento se podría
comportar como un adivino que posee poderes paranormales o que cuenta con ayuda
del más allá, y es inevitable pensar que eso es lo que hacía su creador, Arthur
Conan Doyle, en su faceta espiritista: aplicar los métodos de su célebre
detective, pero ocultar los procedimientos con los que asombraba a los clientes
que acudían a sus sesiones con el más allá. Algunos estudiosos incluso piensan
que Conan Doyle sufrió lo que Milbourne Christopher llamó la «tentación
trascendental», algo que les sucede a personas que, al ser capaces de descubrir
lo que piensan los demás por haber desarrollado su capacidad de observación y
análisis psicológico, acaban por creer que poseen poderes psíquicos. Esta
tendencia suele asociarse con lo que el psicólogo
Daniel Goleman llama «el punto ciego»: una progresiva creencia en lo oculto y
la incapacidad de razonar sobre ciertas materias a las que somos emocionalmente
sensibles. Al parecer, Holmes era inmune a la tentación trascendental, pues
cuando en «El pie del diablo» Mortimer Tregennis le asegura que ha sucedido
algo «diabólico» que está más allá de lo humano, el detective responde: «Me
temo que, si el asunto se sale de los límites de lo humano, estará también por
encima de mis posibilidades», y añade: «Conviene agotar todas las explicaciones
naturales antes de inclinarnos hacia esta clase de teorías[132]». Un poco
más adelante, insiste:
Concretemos
bien lo poquísimo que sabemos, para que cuando surjan nuevos datos podamos
encajarlos en el lugar que les corresponde. En primer lugar, doy por supuesto
que ninguno de nosotros está dispuesto a admitir intromisiones diabólicas en
los asuntos humanos. Comencemos por borrar del todo esa posibilidad de nuestras
mentes.[133]
Sin
embargo, aunque lejos de los brujos y los paranormalistas, Holmes era muy
consciente de las semejanzas entre sus métodos y los de los prestidigitadores y
los magos: «Ya sabe que el prestidigitador desmerece en cuanto explica su
truco; si yo le muestro a usted una parte excesiva de mis métodos de trabajo,
llegará a la conclusión de que, en fin de cuentas, soy un personaje corriente».
Como dije antes, una de las normas de la profesión de mago es no contar los
trucos, y eso es válido tanto para los magos que suelen ser representados con
un sombrero cónico, como el Merlín del rey Arturo o el Gandalf de El
señor de los anillos, como para los que prefieren el sombrero de copa o la
chistera (quizá porque es más difícil mantener quieto a un conejo o a una
paloma en un gorro puntiagudo como el de Merlín). Como es obvio, la diferencia
entre los dos tipos de magos es que los prestidigitadores reconocen que hacen
trampa, aunque no revelen los trucos, mientras que los otros juran y perjuran
que no hay truco alguno detrás de sus asombrosas demostraciones. Los que
presumen de su habilidad y de su ingenio se llaman Houdini, David Copperfield,
Derren Brown o Giacomo Casanova (el célebre aventurero admite sus trucos de
magia y engaños espiritistas en sus Memorias), los que alardean de poderes
extraordinarios, desde la telequinesis y la reencarnación hasta la telepatía,
son casi con toda seguridad o ingenuos o farsantes, algunos más simpáticos que
otros, como el Conde de Saint Germain, Cagliostro, Uri Gellery… ¿Arthur Conan Doyle?
Entre los prestidigitadores y mentalistas hay varias normas básicas. La
primera, ya lo he dicho, consiste en no contar nunca los trucos, para que no se
pierda el efecto. La segunda es no repetir dos veces el mismo truco en el mismo
lugar y en momentos sucesivos, ya que una vez que el espectador ha visto el
desarrollo de la operación mágica, puede prestar más atención a todos los
detalles del proceso y, de este modo, descubrir el engaño.
Al contrario que los magos y prestidigitadores, Sherlock Holmes no se niega a
repetir dos o más veces sus trucos y también le cuenta a Watson de qué manera
ha logrado adivinar esto o aquello. Watson lo memoriza cuidadosamente, lo
escribe y se lo comunica al mundo.
Una publicidad como esa habría enviado a cualquier mago a la ruina, pero a
Holmes le proporciona cada vez más fama, porque su capacidad de ver lo que
otros no ven siempre resulta asombrosa. Incluso para alguien entrenado como
Watson, que ha observado el proceso conjetural de Holmes decenas de veces,
resulta complicado obtener resultados semejantes a los del maestro de
detectives. Pero no es esta la mayor diferencia entre el mago y mentalista
Holmes y los magos profesionales.
La gran diferencia es que Holmes se enfrenta siempre a lo imprevisto, mientras
que los magos realizan sus trucos en un contexto ya preparado de antemano. Por
eso, Holmes es algo más que un detective y un científico: es un lector. Es el
mejor de los lectores, que no solo sabe leer esos signos redundantes que son
los códigos secretos, los signos imprevistos como los síntomas o los indicios,
los signos voluntarios como las señales o los iconos, los signos accidentales
como las huellas o los perros que no ladran, sino que también es capaz de
elevar a la categoría de signo lo que para otros son solo detalles o rasgos
insignificantes, incluyendo los gestos que pueden revelar el pensamiento de un
desconocido. Ahora bien, Holmes no se limita a leer los gestos, las expresiones
o el comportamiento:
La
profesión de una persona puede revelársenos con claridad, ya por las uñas de
los dedos de sus manos, ya por la manga de su chaqueta, ya por su calzado, ya
por las rodilleras de sus pantalones, ya por las callosidades de sus dedos
índice y pulgar, ya por su expresión o por los puños de su camisa. Resulta
inconcebible que todas esas cosas reunidas no lleguen a mostrarle claro el
problema a un observador competente.[134]
Las
mangas de una chaqueta, el calzado, las rodilleras de los pantalones o los
puños de la camisa no guardan relación con los gestos ni las expresiones de una
persona, pero son signos que nos llevan a otra habilidad profesional de nuestro
polifacético detective.
§. Sherlock Holmes, experto en moda
La ropa es inevitable. Es nada menos que el mobiliario de la mente hecho
visible.
James Laver, Style in Costume. La ropa que elegimos llevar y
la manera en la que la llevamos revela a veces más cosas acerca de nuestra
personalidad y nuestra manera de pensar que actos aparentemente más explícitos.
Nuestra ropa habla muy alto y muy claro acerca de nosotros, como mostraron
grandes observadores de la moda como James Laver, Ernestine Carter o Alison
Lurie. Veamos algunos de los ejemplos que ofrece Lurie de este sistema de
signos llamado moda:
—
Cuando vemos a un dirigente extranjero vestido de uniforme deducimos que
representa a un sistema autocrático impuesto por la fuerza. Un traje típico
sugiere nacionalismo.
— La mujer norteamericano-japonesa con un vestido occidental pero con un
complicado peinado oriental o el árabe formado en Oxford que remata su traje
Saville Row con un turbante, nos dicen gráficamente que no han sido asimilados,
que sus ideas y opiniones siguen siendo las propias de un asiático.
— Una camisa rasgada y sin botones o el pelo enmarañado pueden significar
fuertes emociones: pasión, dolor, rabia, desesperación. Son más efectivas si la
gente sabe que normalmente eres aseado en el vestir, igual que las palabrotas
de una persona bien hablada tienen más fuerza que las de quienes son comúnmente
deslenguados. — El uniforme actúa como una señal de que no debemos o no hace
falta que tratemos a alguien como a un ser humano, y de que este tampoco debe
ni tiene que tratamos a nosotros como tales.
— Llevar uniforme es renunciar a nuestro derecho a la libertad de expresión
en el lenguaje del vestido: se nos obliga a repetir un diálogo escrito por
otro.[135]
Frente
a quienes ponen en duda el poder de la moda y aseguran que ellos compran la
ropa que quieren y no la que les imponen, Lurie admite que es cierto que
«compraremos y usaremos aquellas prendas que reflejan lo que somos, o lo que
queremos ser en ese momento, y las que no lo reflejen no las compraremos, por
mucho que las anuncien a bombo y platillo». Ahora bien, lo que somos y lo que
queremos ser depende mucho de lo que vemos a nuestro alrededor y de los modelos
que podemos imitar, además, por supuesto, de lo que las tiendas nos ofrecen. La
venta de pantalones de cintura baja o de tangas femeninos comenzó en algún
momento como una imitación de ciertas artistas atrevidas, pero, al convertirse
en el estándar dominante, muchas mujeres acabaron utilizándolos para no
sentirse anticuadas, para intentar parecer jóvenes y modernas, porque su pareja
se lo pedía, o simplemente porque resultaba difícil encontrar en las tiendas
pantalones de cintura alta. Aunque los cambios en la percepción acerca de una
prenda sin duda se han acelerado desde la época de Laver, su conocida ley de la
moda sigue siendo una importante indicación acerca de la manera de vestir de
una persona:
Indecente: 10
años antes de su tiempo.
Desvergonzada : 5 años antes de su tiempo.
Actual: Ahora.
Pasada: 1 año después de su tiempo.
Horrorosa: 10 años después de su tiempo.
Divertida: 20 años después de su tiempo.
Curiosa: 50 años después de su tiempo.
Encantadora: 70 años después de su tiempo.
Romántica: 100 años después de su tiempo.
Preciosa: 150 años después de su tiempo.[136]
Se
siga o no la moda, James Laver, Alison Lurie y Sherlock Holmes saben que cada
persona tiene una manera de vestir que revela mucho de sí misma: «Es fácil
observar que estaba usted acostumbrado a vestir uniforme, Watson; nunca se le
podrá tomar por un paisano de pura raza mientras conserve el hábito de guardar
el pañuelo en su manga[137]». Es
curioso que Holmes se fije precisamente en la manga de Watson, pues antes le
dijo: «Lo primero que miro en una mujer son siempre las mangas; en un hombre,
probablemente, es mejor fijarse antes en las rodilleras de los pantalones[138]». También
las mangas de un cliente le revelan que se dedica a una labor de escribanía: «
¿Qué otra cosa podría significar que el puño de su manga derecha se vea tan
lustroso en una anchura de cinco pulgadas, mientras que el de la izquierda está
rozado cerca del codo, por donde se apoya en la mesa?»[139]. No cabe
duda de que Holmes podría ser hoy en día lo que se denomina un coolhunter o
rastreador de tendencias, capaz de obtener todo tipo de información simplemente
observando cómo viste la gente, siempre bien informado de lo que está de moda y
de lo que lo ha estado, tanto que parece anticiparse a las leyes de Laver:
Este
sombrero tiene tres años. Fue por entonces cuando salieron estas alas planas y
curvadas por los bordes. Es un sombrero de la mejor calidad. Fíjese en la cinta
de seda con remates y en la excelente calidad del forro. Si este hombre podía
permitirse comprar un sombrero tan caro hace tres años, y desde entonces no ha
comprado otro, es indudable que ha venido a menos.[140]
Es
cierto que las cosas han cambiado desde los tiempos de Sherlock Holmes, y que
las clases sociales no están tan marcadas, pero todavía podemos leer bastantes
cosas en la ropa que llevan los demás, desde los cocodrilos de un jersey de
Lacoste y la camisa rosa de muchos ejecutivos a los pañuelos palestinos o los
pantalones à la marocaine, que se pusieron de moda hace pocos años. De un
simple vistazo ya sabemos a qué espectro político pertenece nuestro
interlocutor, aunque a veces, muy pocas veces, se produzcan agradables
decepciones y no todo resulte tan previsible.
§.
Un taxista llamado Sherlock Holmes
Holmes
conocía a la perfección todas las callejuelas de Londres, y en esta ocasión me
llevó con paso rápido y seguro a través de una red de cocheras y establos cuya
existencia yo ni siquiera había sospechado.
Watson en «El problema final».
No
resulta nada sencillo conocer la gran ciudad de Londres y es fácil perderse y
dar vueltas y más vueltas cuando se conduce por esas calles estrechas en las
que el sentido o incluso el nombre pueden cambiar de la manera más inesperada o
que acaban por conducirnos al mismo lugar del que queríamos salir… o a ningún
lugar. Los taxistas de Londres tienen que someterse al equivalente a una
carrera de cuatro años para obtener su licencia; tienen que trasladar a su
cabeza todo el mapa de calles de Londres en seis millas alrededor de la
estación de Charing Cross (sin ayuda de guías o de los modernos GPS), y
aprender de memoria entre 300 y 400 rutas que les permiten conectar cualquier
punto con otro de los 25 000 «arterias, venas y capilares» de la gran ciudad[141]. Además,
deben conocer otros 20.000 puntos de interés, desde museos, teatros o clubs a
comisarías de policía. Esta inmensa base de datos que deben almacenar en su
cerebro es conocida desde hace tiempo como «el Conocimiento» (the Knowledge).
El Conocimiento fue instaurado en tiempos de las primeras aventuras de Holmes,
atendiendo a las quejas de los visitantes de la Gran Exposición de 1851, que
protestaban porque los conductores de coches de caballos no conocían las rutas
y les hacían dar vueltas inútiles, lo que suponía un incremento en el gasto y
una pérdida de tiempo. Al parecer, la idea fue del príncipe Alberto, el marido
de la reina Victoria. A partir de los exámenes, instaurados de manera oficial
en 1865, los pasajeros tenían la seguridad de que al tomar un coche se llegaría
al destino por el mejor camino, siempre que el cochero fuera honesto, por
supuesto.
La investigadora Eleanor Maguire dedicó once años a descubrir si la vastísima
suma de conocimiento que poseen los taxistas influye de alguna manera en su
cerebro. Los resultados fueron asombrosos: no solo influía de manera subjetiva
u opinable, sino perfectamente medible: poseían un hipocampo más desarrollado
que el de la mayoría de las personas. El hipocampo es una parte del cerebro que
está relacionada con la memoria y las capacidades espaciales y una de las dos
zonas en las que se ha comprobado que se crean nuevas neuronas.
Maguire verificó la fiabilidad de sus primeros resultados con un estudio
centrado en 79 candidatos a taxista, ya que podía suceder que las personas que
tenían el hipocampo más desarrollado se convirtieran en taxistas, y no que se
les desarrollara el hipocampo debido a su profesión. Midió el hipocampo de los
voluntarios antes y después de superar la prueba y, además, examinó a otras 31
personas que no tenían ningún interés en ser taxistas. Los resultados indicaron
que quienes superaron el examen y adquirieron «el Conocimiento» habían
desarrollado claramente su hipocampo. Además eran mejores en tareas de
memorización que los taxistas fracasados y el grupo de personas neutras.
Maguire también comprobó que en los taxistas retirados el hipocampo recuperaba
su tamaño normal.
Lo extraño del asunto es que otras personas que acumulan una gran cantidad de
conocimiento no llegan a presentar ese desarrollo del hipocampo: ni los médicos
tras largos años de experiencias, ni siquiera los conductores de autobús de
Londres o los expertos en memorización.
En varias de sus aventuras, Holmes parece estarse preparando para el examen a
conductor de coche por su conocimiento de cualquier pequeño rincón de la
ciudad:
Veamos
— dijo Holmes, parándose en la esquina y mirando la Mera de edificios— . Me
gustaría recordar el orden de las casas. Una de mis aficiones es conocer
Londres al detalle. Aquí está Mortimer’s, la tienda de tabacos, la tiendecita
de periódicos, la sucursal de Coburg del City and Suburban Bank, el restaurante
vegetariano y las cocheras McFarlane.[142]
¿Era
taxista, o mejor dicho, cochero, Sherlock Holmes? Así lo sostienen algunos
holmesianos como Anne Jordán en « ¿Fue Holmes cochero?», o Svend Ranild, quien
asegura en «Las cartas de Thomas Hogram» que un cochero que escribió varias
cartas a la revista Punch era en realidad Sherlock Holmes. Pero aquí entramos
en el terreno de las conjeturas que parten de la hipótesis de que Holmes
realmente existió, una inquietante hipótesis que no trataré en este libro.
Volviendo a la historia tal como la conocemos, antes de descubrir algunas
nuevas habilidades de Sherlock Holmes, vale la pena recordar una anécdota
protagonizada por el propio Arthur Conan Doyle, que le demostró el poder de
observación de los taxistas y cocheros.
Durante una visita en París, el autor de Sherlock Holmes tomó un taxi y el
conductor le preguntó: « ¿Dónde le llevo, señor Doyle?». El escritor preguntó a
aquel hombre si es que se conocían o si le había visto en alguna foto, a lo que
el taxista replicó que aquella era la primera vez que lo veía, pero que esa
mañana había leído en el periódico que Conan Doyle había pasado unos días en
Marsella, y añadió: «Esta es la parada de taxis a la que acuden los pasajeros
procedentes de Marsella y el color de su rostro me indica que está usted de
vacaciones, la mancha de tinta en su pulgar derecho me dice que es un escritor
y su ropa es muy inglesa y nada francesa». Doyle exclamó: « ¡Usted posee unos
poderes deductivos superiores a los del propio Sherlock Holmes!» y el taxista
concluyó con una sonrisa: «Hay un último detalle, su nombre está escrito en
todas sus maletas[143]».
Capítulo 3
Las lecturas favoritas de Sherlock Holmes
Soy
un lector omnívoro, con una memoria sorprendentemente retentiva para las
trivialidades.Holmes en «La melena de león»
Contenido:
§.
Un lector omnívoro
§. Pisadas sospechosas
§. Tras las huellas… dactilares o no
§. Leer con todos los sentidos
§. El oficio de vivir
§. Palabras, palabras, palabras
§. La escena del crimen y la ciencia forense
§. Una cuestión de química
§. Todo significa algo
§.
Un lector omnívoro
Jamás
se mostraba tan formidable como después de pasar días enteros repantigado en su
sillón, sumido en sus improvisaciones y en sus libros antiguos.
Watson en «La liga de los pelirrojos».
A lo
largo de este libro, hemos conocido algunas de las habilidades profesionales de
Sherlock Holmes: connoisseur, psicólogo, criptógrafo, criminólogo, científico
apasionado, médico y, por supuesto, detective. Los lectores tal vez hayan
advertido que en todas ellas hay un elemento común: la lectura.
Holmes, en efecto, es un lector, pero no un lector cualquiera, sino uno que ve
signos en todo lo que le rodea: en la apariencia física de las personas, en sus
orejas o en su mirada, en su manera de vestir o en las manchas de arcilla roja,
incluso en la ausencia de signos, como un perro que no ladra. No es una
exageración ni un recurso poético decir que Holmes lee en el libro de la vida,
si recordamos que, según el testimonio de su amigo Watson el detective escribió
un artículo que se titulaba precisamente así: «El libro de la vida». Galileo
dijo que la naturaleza es un libro que está escrito en caracteres matemáticos,
los científicos de la Royal Society que ese segundo libro de Dios se lee
mediante observaciones y experimentos. Como buen científico experto en el mundo
criminal, Holmes lee a todas horas en el libro de la vida y de la sociedad. Es
un lector voraz («omnívoro», como él mismo se describe), que nunca deja de
leer, excepto en aquellos momentos en los que se abandona a la melancolía y la
depresión o se entrega a las drogas, cosa que sucede cuando tiene la sensación
de que ya lo ha leído todo. «La carne es triste y yo he leído todos los
libros», decía Mallarmé; Holmes asegura con idéntica melancolía, tras resolver
un pequeño enigma: «Me salvó del aburrimiento… ¡Ay, ya lo siento abatirse de
nuevo sobre mí! Mi vida se consume en un prolongado esfuerzo por escapar de las
vulgaridades de la existencia. Estos pequeños problemas me ayudan a
conseguirlo».
Entre las muchas lecturas de Holmes, es obvio que las de mayor
importancia son las que se relacionan con el mundo criminal, es decir, aquellas
de las que se ocupa la ciencia forense y la criminología. Hay excelentes libros
que han analizado las aportaciones de Holmes a estas ciencias[144], y ya he
tratado aquí algunos aspectos, como la antropometría, pero vale la pena
recordar algunos ejemplos, para mostrar cómo ese apetito lector de Holmes
encuentra letras o signos, frases o huellas, a veces párrafos enteros, en
cualquier lugar de ese gran libro de la vida.
§. Pisadas sospechosas
Todo
esto lo pude leer en la capa de polvo, y pude leer también que a medida que se
paseaba iba también excitándose más y más.
Holmes en Estudio en escarlata.
Si
tuviéramos que elegir la lectura favorita de Sherlock Holmes, probablemente
sería la de las pisadas, que aparecen en veintisiete de las sesenta aventuras
del detective[145] ; no
es extraño, pues ya en El signo de los cuatro, Holmes revela que ha
escrito un ensayo sobre el tema: «Aquí tiene mi monografía sobre las huellas de
pisadas, con algunos comentarios acerca del empleo de escayola para conservar
las impresiones». Holmes opina que las pisadas son uno de los estudios más
importantes para el trabajo del detective: «No hay rama de la ciencia
detectivesca tan importante y al mismo tiempo tan descuidada como el arte de
rastrear las pisadas. Felizmente, siempre le he otorgado gran importancia, y la
práctica se ha convertido en un instinto para mí».
A veces son huellas de perros infernales ( El sabueso de los
Baskerville) o de caballos (Silver Blaze, en «Estrella de plata»), pero en
la mayoría de las aventuras se trata de pisadas dejadas por hombres o mujeres.
Las pisadas, nos recuerda James O’Brien en La ciencia de Sherlock
Holmes, pueden quedar marcadas en arcilla (Estudio en Escarlata), nieve
(«La corona de berilos»), una alfombra («El paciente residente»), una cortina
(la mangosta en « El hombre del labio retorcido», «El hombre que
reptaba[146]»), además
de las cenizas o la tierra húmeda. A veces esas huellas son determinantes, pero
hay que saber leerlas: cuando ven las huellas de unos pies diminutos en El
signo de los cuatro, Watson exclama: «Holmes, un niño ha hecho esta cosa
terrible», pero su amigo se da cuenta enseguida de que se trata de las huellas
de un pigmeo de las islas Andamán. En «La corona de berilos» al observar
huellas de cuatro personas muy diferentes, Holmes emplea la metáfora de la
lectura de manera explícita: «Encontré escrita en la nieve una historia larga y
complicada». Una historia que le permite resolver el caso y determinar quiénes
son inocentes y quiénes culpables:
Lucy
Parr, la doncella, y Arthur Holder corrían. La doncella iba a encontrarse con
su novio, Francis Prosper. Ella corría cuando fue descubierta. Ellos no tenían
nada que ver con el ladrón de la corona de berilos. Sir George Bumwell robó la
corona enjoyada y Arthur Holder le persiguió rápidamente.
En
«El misterio del valle de Boscombe», Holmes obtiene, a partir del examen de
unas pisadas y alguna otra marca que las acompaña, la más detallada de las
informaciones acerca del asesino: «Es un hombre alto, zurdo, que cojea un poco
de la pierna derecha, lleva botas de caza con suela gruesa y un capote gris,
fuma cigarros indios con boquilla y lleva una navaja mellada en el bolsillo».
Cuando no encuentra las pisadas que podrían ayudarle en su labor, Holmes se las
ingenia para hacerse con ellas, como en «El pie del diablo», cuando finge una
torpeza que le permite derramar una regadera, para, de este modo, obtener la
huella de la suela de los zapatos del sospechoso Mortimer Tregennis, que queda
marcada en la arena húmeda. También en «Las gafas de oro», Holmes finge fumar
con nerviosismo con la intención de esparcir ceniza en el suelo de una
habitación, para luego regresar al cuarto cerrado y descubrir si hay huellas,
lo que probaría que existe un compartimento secreto y que durante su ausencia
alguien ha salido de él. El método ya fue empleado por uno de los primeros
detectives, el bíblico Daniel, en el que posiblemente sea uno de los primeros
casos de «habitación cerrada».
Deseando demostrar que era mentira que el dios Bel se alimentase con la comida
que dejaban los fieles en el templo, Daniel pide al rey de Asiría que selle el
edificio por la noche. Al día siguiente, cuando se quitan los sellos, la comida
ha desaparecido, pero Daniel dice al rey que no se fíe de las apariencias y que
observe las pisadas de los sacerdotes del dios, que han quedado marcadas en la
ceniza que él mismo esparció en el suelo antes de que el templo fuera sellado.
La revelación hace que los sacerdotes confiesen que existe una entrada secreta
por la que han podido llegar hasta el altar.
Existe otro precursor de Holmes, célebre también por la manera en que deduce
todo tipo de cosas observando pisadas. Se trata del protagonista del cuento
Zadig, escrito por Voltaire. Zadig pasea por unos jardines cuando se encuentra
con varios hombres que van buscando a la perra de la reina. Preguntan a Zadig y
él les da detalles muy precisos acerca del animal: «Es una perra fina muy
chiquita, que ha parido hace poco, coja del pie izquierdo delantero, y que
tiene las orejas muy largas». Poco después aparecen otros hombres buscando el
caballo del rey y Zadig también describe a este animal. Sin embargo, cuando le
preguntan por el paradero de los dos animales, responde que no los ha visto
nunca. Tras diversas peripecias, Zadig explica por qué sabía tanto de la perra
y el caballo sin haberlos visto, demostrando, a la manera de Sherlock Holmes
pero antes que él, la cantidad de información que se puede leer en unas
pisadas. En el caso de la perra, esta es la explicación de Zadig:
Observé
en la arena las huellas de un animal, y fácilmente conocí que era un perro
chico. Unos surcos largos y ligeros, impresos en montoncillos de arena entre
las huellas de las patas, me dieron a conocer que era una perra, y que le
colgaban las tetas, de donde colegí que había parido hacía pocos días. Otros
vestigios en otra dirección, que se dejaban ver siempre al ras de la arena al
lado de los pies delanteros, me demostraron que tenía las orejas largas; y como
las pisadas de un pie eran menos hondas en la arena que las de los otros tres,
saqué por consecuencia que era, si me atrevo a decirlo, algo coja la perra de
nuestra augusta reina.
No
cabe ninguna duda de que Conan Doyle conocía a Zadig, porque el doctor Bell, en
un artículo acerca del detective, lo menciona, quizá con algo de malicia: «No
hay nada nuevo bajo el sol, Voltaire nos enseñó el método de Zadig».
A pesar del trabajo de pioneros como Daniel, Zadig o el propio Sherlock Holmes,
el estudio de las pisadas todavía no ha entrado en el terreno seguro de la
ciencia y se echa de menos a un investigador capaz de sistematizar los
conocimientos que al parecer Holmes ya poseía. Lo intentó Louise Robbins en los
años setenta y ochenta del siglo pasado, testificando en diversos juicios y
enviando a prisión al menos a una docena de personas, a partir de la
comparación de sus huellas con las encontradas en el lugar del crimen. En los
juicios, los sospechosos tenían que comparar las huellas de sus zapatos con las
obtenidas en el lugar del delito, en un examen que se llamaba burlonamente «la
prueba de Cenicienta». Robbins publicó el primer estudio a fondo sobre las
pisadas en 1985 ( Footprints: Collection, Analysis, and Interpretation)
e incluso llegó a presumir de haber identificado una huella fosilizada de 3,5
millones de años de antigüedad como perteneciente a una mujer embarazada de
cinco meses y medio, lo que no tiene nada que envidiar a Zadig y su camello[147]. En 1987,
poco después de que Robbins muriera a causa de un cáncer, un comité de más de
cien expertos examinó su trabajo y llegó a la conclusión de que carecía de una
base científica fiable[148].
Uno de los problemas en el examen de las pisadas es que un ladrón o un criminal
astuto conoce maneras de simular un tipo de pisada diferente. El fundador de la
famosa agencia de detectives Pinkerton aseguraba en sus memorias que muchos
delincuentes cometían sus fechorías calzados con zapatos desmesuradamente
grandes, de los que después se deshacían[149]. El propio
Sherlock Holmes se enfrenta a un engaño parecido en « El colegio Priory»,
cuando descubre en la escena del crimen decenas de huellas de pisadas de vacas:
Ahora,
Watson, haga un esfuerzo. Intente recordar. ¿Puede ver aquellas pisadas en el
sendero? — Sí que puedo.
— ¿Y no recuerda, Watson, que a veces las pisadas eran así — colocó una
serie de miguitas de pan de esta forma: ••••••— y otras veces así: •••••• y muy
de cuando en cuando así: ••••••••••? ¿Se acuerda de eso?
Watson asiente confuso, sin saber qué importancia puede tener eso, pero Holmes
le señala que se trata de una extraordinaria vaca, «que tan pronto anda al paso
como al trote como al galope». Más asombroso resulta todavía el descubrir que
no hay ninguna vaca por la zona y que los caballos del establo tienen
herraduras viejas con clavos nuevos. Todo eso revela a Holmes que el sospechoso
herró a los caballos con herraduras en forma de pezuñas de vaca, un truco que,
como le cuenta el duque de Holdernesse, al parecer se remontaba a la Edad
Media:
Estas herraduras se encontraron en el foso de Holdernesse Hall. Son para herrar
caballos, pero por abajo tienen la forma de una pezuña hendida para despistar a
los perseguidores. Se supone que pertenecieron a alguno de los barones de
Holdernesse que actuaron como salteadores en la Edad Media.
Algunas huellas de pisadas que quizá encontró Holmes en su investigación.
¿Puede reconocer el lector las de vacas y las de caballos? © Dick
Stada-Shutterstock.
§.
Tras las huellas… dactilares o no
¿Está
usted al corriente de que no existen dos huellas dactilares iguales?
Lestrade a Holmes en «La aventura del constructor de Norwood».
Al
contar la historia de la antropometría de Bertillon ya vimos que las huellas
dactilares provocaron el abandono de los métodos propuestos por el detective
francés. Un asunto que ha llamado la atención de los estudiosos es que Holmes
parece estar muy al tanto del uso de las huellas dactilares (aparecen en siete
de sus aventuras), en lo que muestra ser un pionero, pero apenas hace uso de
ellas de manera efectiva. Bigelow asegura que los babilonios ya usaban huellas
dactilares desde dos mil años antes de nuestra era y que los chinos las
empleaban al menos desde el año 246 antes de nuestra era, imprimiéndolas en los
sellos de los documentos[150]. Sin
embargo, la adopción de las huellas dactilares como sistema de identificación
se remonta a los estudios de Faulds, un misionero escocés destinado en Japón,
que observó en viejas vasijas las huellas dejadas por dedos humanos cientos o
miles de años atrás, y propuso que aquello podía tener una utilidad especial:
«El hallazgo de huellas dactilares ensangrentadas en barro, cristal u otras
superficies puede llevar a la identificación científica de los criminales». Sin
embargo, en el camino de Faulds se interpuso William Herschel[151], un
funcionario colonial de la India, que aseguró que llevaba años usando las
huellas dactilares como sistema de identificación y que eso le había permitido
descubrir a las personas que querían cobrar dos veces la pensión. Francis
Galton, el sobrino de Charles Darwin, se interesó por las ideas de Herschel,
sin hacer apenas caso a Faulds, y concluyó que «las partes visibles del cuerpo
no parecen mantenerse inalteradas excepto en estos surcos diminutos y hasta
ahora descuidados». En 1892, Galton publicó sus investigaciones en Finger
Prints, y Scotland Yard decidió adoptarlas como método de identificación. Ese
mismo año, el argentino Juan Vucetich consiguió resolver el asesinato de dos
niños pequeños al examinar, con un sistema inventado por él mismo, unas huellas
dactilares en una mancha de sangre y descubrir que pertenecían a la madre de
las niñas. La madre acabó confesando que las había matado para poder casarse
con otro hombre.
Huellas dactilares y de la palma obtenidas por William Herschel.
«La
aventura del constructor de Norwood», en la que el inspector Lestrade pregunta
a Holmes si está al tanto de que no existen dos huellas dactilares iguales, fue
publicada en 1903, el mismo año en el que se conoce el primer ejemplo del
empleo de huellas dactilares en un caso policial, en Nueva York[[152]. Eso
muestra que el detective estaba al tanto de su utilidad, pero la razón por la
que Holmes no parece dar demasiada importancia a las huellas dactilares tal vez
fuera que Arthur Conan Doyle no confiaba mucho en ellas y llegó a ponerlas en
cuestión, pues aunque no existan dos huellas dactilares idénticas, eso no
impide que alguien haga una copia en cera de las huellas de otra persona para
dejarlas en el lugar del crimen e incriminarla, como sucede en el relato «El
constructor de Norwood»:
Cuando
estuvieron lacrando esos paquetes, Jonás Oldacre hizo que McFarlane sujetara
uno de los sellos colocando el dedo pulgar sobre el lacre aún caliente… Era la
cosa más fácil del mundo sacar una impresión en cera del sello, humedecerla con
la sangre que saliera de un pinchazo y aplicar la marca a la pared durante la
noche.
§.
Leer con todos los sentidos
El
mundo está lleno de cosas obvias que a nadie se le ocurre, ni por casualidad,
observar.
Holmes en El sabueso de los Baskerville
Aunque
la vista es sin duda el sentido más privilegiado en las investigaciones de
Holmes, también el oído juega un gran papel, a veces porque un sonido puede
señalar hacia algo más o menos extravagante, como el silbido de «La banda de
lunares» o los aullidos de El sabueso de los Barskerville. Pero el sonido juega
un papel protagonista, en tanto que signo, siempre que Holmes y Watson están al
acecho, pues en el silencio de la noche puede revelar la presencia de alguien,
incluidos ellos mismos: «Debo rogarle que no haga tanto ruido — dijo Holmes con
tono severo al señor Merrywheater— . Acaba de poner en peligro el éxito de
nuestra expedición[153]». En otras
ocasiones, es la ausencia de sonido, el silencio, lo que revela algo a Holmes,
en especial, como ya sabemos, en aquel curioso incidente del perro que no
ladró.
Los olores también pueden ser muy reveladores, por lo que no es extraño que en
varias aventuras sean determinantes para que Holmes encuentre la solución. En
«La banda de lunares» deduce que hay un conducto que comunica dos habitaciones
porque desde una de ellas se podían oler los cigarros que se fumaban en la
otra: «Recuerde usted que la chica dijo que su hermana podía oler el cigarro
del doctor Roylott. Eso quería decir, sin lugar a dudas, que tenía que existir
una comunicación entre las dos habitaciones». En otra ocasión huele los labios
de un cadáver: «Cuando olisqueé los labios del muerto pude percibir un
olorcillo agrio, y llegué a la conclusión de que se le había obligado a ingerir
un veneno[154]». También
en «El fabricante de colores retirado», un olor demasiado penetrante indica a
Holmes que con él se quiere ocultar otro. Holmes, en definitiva, considera
fundamentales los olores en la investigación criminal: «Hay setenta y cinco
perfumes que el criminalista debe ser capaz de distinguir, y, en mi propia
experiencia, en más de una ocasión ha habido casos cuya solución ha dependido
de un reconocimiento rápido de dichos perfumes[155]».
Richard Feynman, uno de los grandes físicos del siglo XX, cuenta en su
divertido libro ¿Está usted de broma, señor Feynman? que cuando
leyó en la revista Science un artículo en el que se decía que los sabuesos
podían identificar objetos tocados por personas decidió hacer un experimento al
estilo de Sherlock Holmes para ver hasta dónde llegaban los poderes olfativos
de los seres humanos. Para ello, llevó a su esposa una caja con seis cascos
vacíos de Coca-Cola, cuidando de no tocar las botellas: «Ahora, cuando yo
salga, coges una de las botellas, la manipulas un par de minutos, y luego la
vuelves a colocar en su sitio. Entonces volveré a entrar, y trataré de
averiguar qué botella has tocado». Feynman salió y su esposa estuvo manipulando
durante un rato una de las botellas; cuando ella regresó, Feynman no tuvo
ninguna dificultad en identificarla: « ¡Era absolutamente obvio cuál había sido
tocada! Y ni siquiera tuve que oler la maldita botella, porque, claro, tenía
diferente temperatura. Y también era obvio por el olor. En cuanto se la
acercaba uno a la cara se podía notar que estaba más húmeda y tibia. Así que el
experimento no resultó demostrativo, porque era demasiado obvio».
A pesar de descubrir que también la temperatura puede ser reveladora, Feynman
siguió experimentando y se fijó en los libros de una estantería: «Hace tiempo
que no tocas esos libros, ¿verdad? Esta vez, cuando salga, coge uno de los
libros y ábrelo, nada más. Luego vuelve a cerrarlo, y a colocarlo en el
estante». En esta ocasión, Feynman comenzó a olisquear los libros como un
sabueso y enseguida descubrió cuál había sido tocado por su esposa: «Basta
acercar el libro a la nariz y olisquear unas cuantas veces, y se sabe. Es muy
distinto. Un libro que ha permanecido intacto tiene una especie de olor seco,
desprovisto de interés. Pero cuando ha sido tocado por una mano tiene una
humedad y un olor muy distinto». Tiempo después, Feynman contó la anécdota en
la Universidad de Caltech y, ante la incredulidad general, se vio obligado a
demostrarlo. En esta ocasión tres personas distintas tocaron tres libros de una
colección de ocho volúmenes. Cuando Feynman regresó a la sala, olió las manos
de las personas y los libros y logró identificar dos de los libros y a la
persona que había tocado cada uno de ellos. Feynman termina con una
recomendación:
Las
manos de las personas tienen olores muy diferentes; por eso los perros pueden
identificarlas. ¡No dejen de hacer la prueba! Todas las manos tienen una
especie de olor húmedo; las manos de las personas que fuman tienen un olor muy
distinto de las manos de quienes no lo hacen; las mujeres usan distintos
perfumes, etc. Si por casualidad alguien ha estado jugueteando con las monedas
que lleva en el bolsillo, también se pueden oler.
A pesar de todo, Feynman acabó por admitir que los perros nos superan en sus
capacidades olfativas, algo que ya sabía Holmes, quien a menudo recurre a la
ayuda de perros, como el célebre Toby, en sus investigaciones: «Preferiría
tener la colaboración de Toby que la de todos los detectives de Londres».[156]
§.
El oficio de vivir
Empiece,
siempre que es presentado a otro ser mortal, por aprender a leer de una sola
ojeada cuál es el oficio o profesión al que pertenece. Aunque este ejercicio
pueda parecer pueril, lo cierto es que aguza las facultades de observación y
que enseña en qué cosas hay que fijarse y qué es lo que hay que buscar.
Sherlock Holmes en Estudio en escarlata.
Otra
de las monografías de Holmes está dedicada a las señales o signos corporales
que revelan la profesión de alguien, Estudio sobre la influencia de la
profesión en la forma de la mano:
He
aquí también una curiosa obrita sobre la influencia del oficio en la forma de
las manos, con litografías de manos de canteros, marinos, leñadores, cajistas
de imprenta, tejedores y pulidores de diamantes. Es un asunto de gran interés
práctico para el investigador científico, especialmente en los casos de
cadáveres no identificados, o para la averiguación de los antecedentes de los
criminales [157].
Sin
duda el libro debía contener ilustraciones semejantes a las que hemos podido
ver de las manos, narices y orejas de Morelli y Bertillon, pero mientras que a
Morelli esas colecciones le servían para identificar a un pintor o descubrir
una falsificación, y a Bertillon para identificar a un criminal, el propósito
de Holmes es más amplio, pues su intención es descubrir rasgos y detalles que
le permitan obtener información precisa acerca del oficio de cualquier persona.
Las mejores demostraciones de la habilidad de Holmes para descubrir el oficio a
través de las manos se encuentran en aventuras como «La ciclista solitaria»,
«Un caso de identidad», «El misterio de Copper Beeches», «La corbeta Gloria
Scott» y «La liga de los pelirrojos».
En 1946 se publicó un estudio titulado casi igual que la monografía de Holmes:
«Algunas observaciones acerca de las marcas de profesión», publicado bajo el
nombre
de Gilbert Forbes en el Police Journal, que ha hecho pensar a
expertos en Sherlock Holmes como Baring-Gould y Klinger que se trata de un
plagio de la obra de Holmes, o bien que detrás de Forbes («un seudónimo
transparente», dice Baring-Gould) se escondía el mismísimo Sherlock Holmes.
Marcas en la mano de un dibujante, causadas por el lápiz o el contacto
constante con la mesa de dibujo, según Gilbert Forbes en «Some Observations on
Ocuppational Markings» (1946).
Se
da la casualidad de que la obra de Forbes fue publicada en 1946, año en el que,
según Baring-Gould, murió Holmes. Dos años después, en 1948, Francesco
Rónchese, doctor en medicina, publicó una obra similar, Ocuppational
Marks. Las dos obras son muy interesantes y muestran que tanto los
policías como los médicos siguen aplicando los métodos propuestos por Sherlock
Holmes.
Páginas atrás conocimos los prodigiosos poderes de observación de Zadig, que se
han señalado como un claro precedente de Holmes, pero, en lo que se refiere a
las profesiones, he encontrado un precursor al que no he visto citado por nadie
y al que, casi con toda seguridad, Conan Doyle no conocía. Lo ofrezco aquí como
curiosidad inédita.
Se trata de dos geishas que aparecen en la novela japonesa Amores de un
vividor, de Saikaku Ihara, publicada en 1686. El protagonista,
Yonosuke, visita con dos amigos a una famosa geisha. Yonosuke pregunta a la
mujer si sería capaz de adivinar la profesión de los tres.
Ella dice: «Viéndoos con buenos ojos, diré que sin duda sois personas que
hacéis la vida sobre tatami. Tal vez vos seáis un fabricante de pinceles. Y
aquí este señor debe ser un fabricante de cajas; y este otro señor, un tejedor
de fajas de vestir». Los tres amigos ponen cara de asombro y Yonosuke exclama:
«
¡Esto es extraordinario! Solo te has equivocado en uno, que no es tejedor de
fajas como tú piensas. En cuanto a los otros dos, has acertado de lleno».
Después, el propio Yonosuke explica por qué la muchacha ha adivinado sus
profesiones, aunque no ofrece los detalles exactos que explican sus
aciertos:
Es que la condición social de una persona, vaya como vaya vestida, se
trasluce por detalles, como la manufactura del espadín que lleva al cinto, y la
de la arqueta de medicamentos. También un vistazo a las manos y a los pies
puede ser muy revelador. En mi caso, especialmente, está a la vista que me hago
acompañar de un portador de sandalias. Es un criado que llama la atención de
cualquiera. Pensar ligeramente de la persona que goza de tal acompañante, equivale
a tener pocas luces.
A
continuación, Yonosuke cuenta una historia protagonizada por una cortesana de
Yoshiwara. En esta ocasión, tres amigos vestidos del mismo modo dicen a la
cortesana que ofrezca una copa de sake a quien piense que es el más
privilegiado de los tres. Por toda respuesta, ella ordena soltar a algunos
ruiseñores en el jardín, lo que hace que los tres hombres se levanten para
verlos. Es entonces cuando la geisha ofrece la copa de sake a uno de ellos, y
acierta. Cuando le preguntan cómo lo ha sabido, responde:
Aunque
los tres llevabais calcetines amarillentos, de un tinte de morera, solo uno de
los tres no presentaba huellas causadas por el roce de las corredlas de las
sandalias. Por ahí deduje que este señor debía ser el que no pone los pies en
tierra. Por esto lo reconocí.
Aunque
los tres llevabais calcetines amarillentos, de un tinte de morera, solo uno de
los tres no presentaba huellas causadas por el roce de las corredlas de las
sandalias. Por ahí deduje que este señor debía ser el que no pone los pies en
tierra. Por esto lo reconocí.
§. Palabras, palabras, palabras
Esta
caligrafía es sumamente interesante — dijo Holmes, que la había estado
examinando con gran atención— . Son aguas mucho más profundas de lo que yo
había imaginado.
Holmes en «Los hacendados de Reigate»
Ya
hemos tenido ocasión de conocer las habilidades criptográficas de Holmes, que
le permiten descifrar mensajes en varias de sus aventuras, pero la escritura en
sí misma también le proporciona importantes claves para desentrañar diversos
misterios. Holmes, por ejemplo, conoce estilos de escritura que le permiten
datar un manuscrito antiguo por la forma alternada de la s, como hace en El
sabueso de los Baskerville, lo que no es extraño, ya que otra de sus
célebres monografías es Sobre la datación de documentos, dedicada
a las caligrafías desde el siglo XVI en adelante.
Holmes también demuestra conocimientos grafológicos que pondrían muy contentos
a los partidarios de esta disciplina que, según explica James O’Brien, tiene un
grado de acierto del 2%, lo que no impide que muchas empresas sigan empleando
el análisis grafológico como medio de contratación. Acerca de la fiabilidad de
la grafología, O’Brien remite a los estudios de Schmidt y Hunter (1998) y
menciona las farsas que llevó a cabo Poe cuando analizó grafológicamente
escrituras de personajes famosos que él mismo había inventado. Wagner también
menciona el caso de unos grafólogos que analizaron la escritura de Tony Blair
y, tras presentar su acertadísimo retrato grafológico del personaje, fueron
informados de que los textos pertenecían en realidad a Bill Gates[158]. Durante
la adolescencia, tal vez de nuevo debido a la influencia de Sherlock Holmes, yo
mismo estudié a fondo un libro de grafología para eliminar de mi escritura
cualquier rasgo que pudiera ser considerado negativo, o que a mí no me
pareciera deseable según los cánones grafológicos al uso. Es algo que está al
alcance de cualquier criminal que se precie. Sin embargo, Holmes, como he
dicho, logra mediante el análisis grafológico resultados asombrosos, como
averiguar que la carta de Percy Phelps en «El tratado naval» fue escrita por
una mujer «de extraño carácter».
Sin embargo, en casi todas las ocasiones, la escritura manual le sirve a
Holmes, más que para hacer una interpretación grafológica, para llevar a cabo
un análisis caligráfico. Es decir, no para adivinar el carácter o el destino de
una persona, sino para deducir en qué circunstancias o por qué personas fue
escrito un texto. Cuando en «Los hacendados de Reigate» examina una nota
sospechosa, llega a la conclusión de que fue escrita por dos personas y que una
de ellas «tenía una mano fuerte» y era el líder:
Un
somero análisis de las palabras que contienen «t» demuestra enseguida que
«cuarto» y «tal» están escritas con una letra más firme, mientras que «tendrá»
lo está con una más débil.
También
está seguro de que ambos eran parientes (lo que se puede explicar por
influencia directa e imitación y no por herencia genética) e incluso es capaz
de saber la edad de cada una de esas personas, basándose en su conocimiento de
la ciencia de la época: «Quizá no sepan que los expertos han llegado a un grado
muy fino de exactitud en cuanto a deducir la edad de las personas basándose en
su caligrafía. En casos normales, se puede fijar con casi total confianza la
década de una persona». En realidad, aparte de rasgos como un trazo menos firme
o temblón, atribuido a la vejez, los expertos en caligrafía dudan mucho de la
posibilidad de determinar la edad, pero quizá Holmes disponía de información
propia o había dedicado otra monografía al asunto.
La demostración de análisis caligráfico más increíble, y sin embargo
perfectamente razonable, de Holmes es la que hace en «El constructor de
Norwood», cuando, al examinar el testamento de Jonas Oldacre, deduce que fue
escrito durante un viaje en tren, como revela la escritura temblorosa, pero que
se estabiliza en dos ocasiones (sin duda cuando el tren estaba parado en dos
estaciones) y que se hace casi ilegible en otro pasaje, lo que indica que el
tren pasó por un cambio de agujas. Si toda la letra hubiera sido temblona de
principio a fin, podríamos pensar que lo había redactado un anciano o un
enfermo, pero esos cambios tan localizados son demasiado sospechosos e indican
algo más, pues no parece muy correcto ni respetable redactar un testamento
viajando en un tren.
Holmes también fue un pionero en el reconocimiento de las máquinas de escribir
a partir del examen de algo escrito con ellas, pues es autor de una nueva
monografía dedicada al tema: La máquina de escribir y su relación con
el crimen.En «Un caso de identidad» asegura: «Es muy curioso que una
máquina de escribir tenga tanta individualidad como lo que se escribe a mano; a
menos que sean completamente nuevas, no hay dos máquinas que escriban igual,
algunas letras se gastan más que otras, y algunas solo se gastan por un costado[159]». El
reconocimiento de máquinas de escribir gracias a pequeños detalles en las
letras o a manchas que inevitablemente quedan en el papel ha permitido
identificar a sospechosos y ayudar a resolver casos tan célebres como el de
Unabomber, el terrorista y neoludita (opuesto a las máquinas) que causó la
muerte de tres personas e hirió a muchas más en varios atentados.
§. La escena del crimen y la ciencia forense
Uno
se daba cuenta de la energía al rojo vivo que se ocultaba bajo la flemática
apariencia de Holmes al ver el brusco cambio que se operó en él en el momento
de entrar en la habitación fatal. En un instante se puso en tensión, alerta,
con los ojos brillantes, el rostro rígido y los miembros temblando de ansiosa
actividad.
Watson en «El pie del diablo».
Holmes
reprocha a los detectives y policías de su época la escasa atención que prestan
al método científico, en especial durante la recogida de pruebas en la escena
del crimen, como en este divertido diálogo con el comisario Gregson:
— Ha sido usted muy amable viniendo. Lo he dejado todo intacto.
— ¡Salvo eso! — le contestó Sherlock Holmes, apuntando hacia el sendero— .
Ni aunque hubiera pasado por ahí una manada de búfalos podrían haberlo revuelto
más. Sin embargo, es seguro que usted, Gregson, había sacado ya sus deducciones
antes de permitir eso.
— ¡Son tantas las cosas que he tenido que hacer en el interior de la casa! —
Contestó el detective de manera evasiva— . Mi colega el señor Lestrade se
encuentra aquí, y yo confié en que él cuidaría este detalle.
Holmes me miró y arqueó burlonamente las cejas, diciendo:
— Estando sobre el terreno dos hombres como usted y Lestrade, no será gran
cosa lo que le quede por descubrir a una tercera persona [160].
A
menudo, como en la ocasión anterior, Holmes se queja de que los policías han
acabado por completo con todas las huellas que podrían haberse encontrado en el
lugar del crimen, impidiendo su labor detectivesca.
Cualquier lector aficionado a series como CSI o Dexter sabe que hoy en día la
escena del crimen es cuidadosamente marcada y protegida por cintas, plásticos y
otras sustancias y que se recoge minuciosamente cualquier nimiedad que pueda
ser relevante para la investigación, algo que ya hacía Holmes, ayudándose de
cinta métrica: «Durante veinte minutos continuó su pesquisa, midiendo con
exactitud y con sumo cuidado la distancia entre las diferentes marcas[161]».
Holmes también es un precursor por el uso de instrumentos que amplían los
poderes de su visión, como su célebre lupa, que se ha convertido en uno de sus
rasgos identificativos: «Holmes sacó dos veces su lupa del bolsillo y examinó
atentamente marcas que a mí me parecieron simples manchas de polvo en la estera
de palma que servía como alfombra de la escalera». También es un precursor en
el uso del microscopio:
Desde
que desenmascaré a aquel falsificador de monedas gracias a las limaduras de
cobre y cinc que encontré en las costuras de su chaqueta, han empezado a darse
cuenta de la importancia del microscopio [162].
Los
policías y los detectives, y en particular los científicos forenses, reconocen
en Sherlock Holmes a uno de sus grandes precursores, algo que ya se refleja en
algunas de las historias escritas por Conan Doyle, como cuando, en El
valle del terror, el detective Cecil Barker dice orgulloso a Holmes:
«Hasta ahora no he tocado nada, doy fe de ello. Lo encontrará todo exactamente
como lo he encontrado yo». El propio Conan Doyle pudo comprobar, en un viaje a
Egipto en 1895, que los relatos de su detective habían sido traducidos al árabe
y que la policía los empleaba como libros de texto paras sus investigaciones.
El canon holmesiano, en efecto, se estudió a menudo para aplicar nuevas
técnicas en el terreno de la investigación criminal, por ejemplo en todo lo relacionado
con los cadáveres, como cuáles son las características de los diferentes tipos
de ahogamiento (en el agua, estrangulado, a causa de un gas letal), o cómo
distinguir si un golpe ha sido dado antes o después de la muerte, que es algo
que interesaba mucho a Holmes, según cuenta Stamford a Watson el día que le
presenta al detective:
—
Llega hasta a golpear con un palo a los cadáveres en los cuartos de
disección.
— ¡Apalear a los cadáveres!
— Sí, para comprobar qué clase de magullamientos se puede producir después
de la muerte del sujeto. Se lo he visto hacer con mis propios ojos.[163]
Un
comportamiento que no es tan extraño si pensamos que científicos como el padre
de Alphonse Bertillon fundaron en París la Sociedad de Autopsia Mutua, en la
que los miembros donaban su cuerpo, para que pudiera ser diseccionado y
examinado por sus colegas tras la muerte.
§. Una cuestión de química
Alargó
la mano al mismo tiempo que hablaba, y pude ver que la tenía moteada de otros
parchecitos parecidos y descolorida por el efecto de ácidos fuertes.
Watson en Estudio en escarlata.
Una
de las herramientas de las que se sirve la ciencia forense es la química, en la
que Holmes posee, según el dictamen de Watson, conocimientos «precisos pero
dispersos». Ya el primer encuentro entre el detective y su fiel ayudante tiene
lugar en un laboratorio de química:
Había
un solo estudiante en la habitación, y estaba embebido en su trabajo, inclinado
sobre una mesa apartada. Al ruido de nuestros pasos, se volvió a mirar y saltó
en pie con una exclamación de placer.
— ¡Ya di con ello! ¡Ya di con ello! — gritó a mi acompañante, y vino
corriendo hacia nosotros con un tubo de ensayo en la mano— . Descubrí un
reactivo que es precipitado por la hemoglobina y nada más que por la
hemoglobina. [164]
Este
reactivo ha sido objeto de continuas discusiones. Hay quien piensa que se debe
atribuir a Holmes el descubrimiento de la primera prueba química que permitió
saber con certeza si una mancha era de sangre. Pero Holmes no solo busca cómo
detectar la sangre sino que en su laboratorio casero realiza experimentos, que
a veces llegan a asustar a Watson, con pequeñas explosiones o nubes de humo, y
que le ocupan días enteros: «Yo lo dejaba por la noche, inclinado sobre una
retorta o un tubo de ensayo, y lo encontraba en la misma posición cuando bajaba
a desayunar por la mañana».[165] En el
siglo XIX, la química fue la ciencia más asombrosa hasta que fue superada por
la biología, gracias a la teoría de la evolución de Darwin; del mismo modo que
en el siglo XVI lo fue la astronomía, en el XX la física y en el XXI lo está
siendo la neuropsicología. En parte, la fama de la química se debió a los
descubrimientos y narraciones de Humphry Davy, el presidente de la Royal
Society al que ya hemos tenido ocasión de conocer, fundador de la
electroquímica e inventor de una lámpara de seguridad que salvó la vida de
miles de mineros en todo el mundo. No cabe duda de que Davy fue uno de los
científicos que Conan Doyle tomó como modelo para Holmes, quien muestra lo
reveladora que puede ser una reacción química en aventuras como «El tratado
naval»:
En
la mano derecha tenía un trocito de papel de tornasol.
— Llega en un momento crítico, Watson — dijo— . Si el papel permanece azul,
es que todo va bien. Si se pone rojo, significa la vida de un hombre. — Lo
introdujo en el tubo de ensayo y el papel adquirió un color carmesí apagado y
sucio— . ¡Hum!, ya me lo había imaginado yo — exclamó.
Holmes
también demuestra grandes conocimientos de balística: «Este tercer proyectil,
como claramente indican las astillas en la madera, se ha disparado desde el
interior mismo de la habitación[166]». En esta
ciencia, sin embargo, Holmes no fue un pionero, pues se atribuye al célebre
comisario Vidocq haber extraído por primera vez, en 1822, una bala de un
cadáver para averiguar qué pistola podría haberla disparado.[167]
§. Todo significa algo
Nuestras
ideas deben ser tan amplias como la Naturaleza si aspiran a
interpretarla.
Sherlock Holmes en Estudio en escarlata.
A
Holmes también le interesa la ceniza, acerca de la que ha escrito otra
monografía, De las diferencias entre las cenizas de los diversos tabacos:
Enumero en ella las clases de tabaco de ciento cuarenta formas de cigarros,
cigarrillos y preparados para pipa, y lleva láminas en colores con los que se
ilustran las diferencias de cada ceniza... Es evidente que el campo de búsqueda
se estrecha de una manera notable si se puede afirmar de modo terminante que el
autor de un asesinato es un individuo que fumaba tabaco lunkoh, de
la India. El ojo adiestrado encuentra entre la ceniza oscura de un Trichinopoly y
la pelusa blanca del Ojo de pájaro una diferencia tan grande
como entre una col y una patata [168] .
En varios de sus casos, la ceniza de tabaco encontrada en la escena del crimen
contribuye a la solución o a la captura del culpable, a veces de manera
espectacular, como cuando examina con su lupa restos de cigarros y cenizas y
declara: «Dos de estos han sido fumados con boquilla y dos sin ella. Dos han
sido cortados con un cuchillo poco afilado y los otros dos tienen marcas de
haber sido mordidos por unos buenos dientes. Esto no es un suicidio, señor
Lanner. Es un asesinato profundamente planeado a sangre fría[169]».
Cualquier objeto es susceptible de convertirse en un texto para Holmes, que
puede descifrar los signos de unas gafas, de un bastón, de un reloj, por
ejemplo en la espectacular lectura que hace del reloj del hermano de Watson
en El signo de los cuatro, de un sombrero o de cualquier otra
prenda, de manchas de sangre, de marcas en la pared o de los tatuajes, acerca
de los que también ha escrito una monografía, Sobre los tatuajes, en
la que, según Baring-Gould, se incluyen las primeras investigaciones sobre pigmentos
utilizados en China y Japón.
La enumeración de las herramientas que emplea Holmes en sus investigaciones
para recopilar o interpretar las huellas que encuentra, podría ser
interminable, por lo que remito al lector a la bibliografía, donde se mencionan
libros que se dedican expresamente a la relación de Holmes con la ciencia y en
especial con la ciencia forense.
En los próximos capítulos, descubriremos que Holmes no se limita a leer el
mundo, sino que participa activamente en él.
Capítulo 4
Sherlock Holmes en acción
¡ACTUAR,
SHERLOCK, actuar! ¡Utiliza tus poderes! ¡Examina la escena del crimen! ¡Habla
con las personas relacionadas con el caso! ¡No dejes piedra sin levantar!
Mycroft a Sherlock en «Los planos del Bruce-Partington».
Contenido:
§.
Los poderes de la imaginación
§. El maestro de la mentira
§. La caza ha comenzado
§. Juegos de realidad alternativa
§. Sherlock Holmes, filósofo y místico
§. ¿A qué diablos se dedicaba Sherlock Holmes?
§.
Los poderes de la imaginación
Reconozco
que es pura imaginación, pero ¡cuántas veces la imaginación es la madre de la
verdad!
Sherlock Holmes en El valle del terror.
Los
poderes de observación de Holmes no bastan por sí solos, no se trata solo de
percibir signos, sino también de conectarlos, ya que es necesaria una gran
imaginación para construir historias a partir de detalles e indicios dispersos.
En varias de sus aventuras, Holmes se refiere a la imaginación como una
herramienta imprescindible, que echa en falta en policías como Gregory («De
estar dotado de imaginación, podría llegar muy lejos en su profesión[170]»),
Lestrade («La imaginación no figura entre sus grandes cualidades[171]»),
MacKinnon («Se necesita un poco de imaginación, inspector, pero vale la pena[172]»), e
incluso a veces en sí mismo: «He estado lento en mis deducciones y me ha
faltado esa mezcla de imaginación y realidad que constituye la base de mi arte[173]».
Jean-Claude Carriere, que fue guionista de películas de Luis Buñuel como Belle
de jour, La Vía Láctea o Ese oscuro objeto del deseo, o
del Amadeus de Milos Forman, entre muchas otras, cuenta un
ejercicio creativo que practicaba tanto con Buñuel como con Jacques Tati. El
juego consistía en sentarse en un café y observar a las personas que había
alrededor e imaginar la vida de aquellos desconocidos, pero hacerlo no de
manera puramente fantasiosa, sino a partir de la observación cuidadosa de su
modo de vestir, de sus gestos o de sus acciones. Siguiendo este ejemplo, en mis
clases de guión suelo entregar a mis alumnos una transcripción del encuentro
entre Sherlock y Mycroft en «El intérprete griego», para que intenten
desarrollar sus capacidades de observación y de fabulación coherente, como
hacían Buñuel, Tati y Carriere, observando a los desconocidos en la terraza de
un bar o en el banco de un parque. Esa capacidad de obtener mucha información a
partir de ciertas apariencias es, al fin y al cabo, lo que debe ser capaz de
hacer un guionista al escribir: sintetizar en dos o tres acciones y
descripciones el carácter de un personaje, para que los espectadores puedan
elaborar en un instante, de una manera intuitiva e inmediata, una historia
coherente en la sala de cine o frente a la pantalla de su televisor o su
ordenador. Nada más instructivo para un guionista que las charlas entre Holmes
y Watson, que también podríamos comparar con la corrección o revisión de un
guión que un guionista experimentado le haría a un novato. O, si se prefiere,
Holmes podría representar el papel de un buen director de cine que lee, descifra
y visualiza un guión, lo que le permitirá señalar en el rodaje lo que la cámara
debe mostrar para que no pasen inadvertidos al espectador detalles o aspectos
fundamentales, aunque eso se consiga a veces de manera sutil: una lámpara que
después veremos en otro lugar, como hace Ernst Lubitsch en Un ladrón en
la alcoba; un gesto revelador, un parpadeo o una mirada fija en un juicio,
como la de Marlene Dietrich en Testigo de cargo, de Billy
Wilder. Precisión y efectividad, claridad frente a efectismo, como señala
Holmes cuando Watson describe un lugar:
—
Justo en medio de todo eso, como una isla de comodidad y cultura antigua, se
alza su vieja casa, rodeada por una tapia alta, tostada por el sol, moteada de
líquenes y coronada de musgo, el tipo de tapia...
— Déjese de poesía, Watson — dijo Holmes con severidad— . Ya me doy cuenta
de que es una tapia alta de ladrillo. [174]
Las
anteriores son algunas de las semejanzas entre el arte de la ficción
audiovisual y los métodos de Holmes, pero hay muchas más, como la delicada
mezcla entre verdad y mentira, verosimilitud y fingimiento, apariencias y
realidades, signos transparentes y signos equívocos.
Ahora bien, si Holmes se limitara a leer y a poner en marcha su imaginación, no
se diferenciaría mucho de su hermano Mycroft, quien desde sus dependencias del
gobierno resuelve cualquier caso, siempre que le proporcionen todos los datos.
Cuando Sherlock le pregunta a su hermano por qué no resuelve él mismo un caso
complicado, puesto que «tú tienes tan buena vista como yo», Mycroft responde:
Dame
los datos y yo, sin moverme de mi sillón, te daré una excelente opinión de
experto. Pero eso de ir corriendo de aquí para allá, interrogando a guardas del
ferrocarril y arrastrándome por los suelos con una lupa delante de los ojos, no
es para mí.[175]
No
basta, pues, con tener buena vista, no es suficiente con leer signos, y tampoco
con tener imaginación para conectarlos, sino que también es necesario ser capaz
de emprender una búsqueda activa de otros signos, incluso de crearlos. Porque,
aunque Holmes es aficionado a leer en todo lo que le rodea, es también un
creador de signos y de lecturas para los demás, no solo para su cronista
Watson, sino también para los criminales, a quienes a menudo conduce, mediante
falsos signos, a una trampa.
§. El maestro de la mentira
Tú
grita en un tono de miedo y horror, como cuando, en el descuido de la noche,
estalla un incendio en ciudad populosa.
Yago en Otelo.
Umberto
Eco ofrece una curiosa definición de su campo de trabajo: «La definición de
“teoría de la mentira” podría representar un programa satisfactorio para una
semiótica general[176]». La
explicación de por qué la semiótica es la ciencia de la mentira es bastante
sencilla. La semiótica se ocupa de los signos. Los signos son aquellas cosas
que pueden estar en el lugar de otras, como el humo por el fuego o un charco
por la lluvia. Ahora bien, esa otra cosa, nos dice Eco, no tiene por qué
existir ni subsistir en el momento en que es representada por el signo que
vemos. La consecuencia es que «la semiótica es la disciplina que estudia todo
lo que puede usarse para mentir». Los signos, en definitiva, pueden
usarse para decir la verdad, cuando representan aquello que parecen
representar, o para mentir, cuando no lo hacen.
En efecto, que el humo sea un signo del fuego no quiere decir que allí esté el
fuego, porque puede tratarse de un humo que no ha sido originado por un fuego,
sino por uno de esos aparatos que se usan en los espectáculos para crear humo
con algo que se llama «hielo seco». También puede ser un cohete de humo, como
el que Watson lanza en la casa de Irene Adler para que Holmes, que está allí
disfrazado, pueda descubrir donde esconde ella una fotografía comprometedora:
«Cuando una mujer cree que se incendia su casa, su instinto le hace correr
inmediatamente hacia lo que tiene en más estima. Se trata de un impulso
completamente insuperable, y más de una vez le he sacado partido[177]». Este
viejo truco tal vez lo tomó Conan Doyle de la historia de la bella Friné que
cuenta Pausanias. Friné era la mujer más bella de Grecia y la modelo favorita
del escultor Praxíteles, quien le dijo que podía elegir cualquiera de sus
estatuas, pero no quiso revelarle cuáles eran las mejores. Días después ella,
que debía de ser una consumada actriz como Holmes, le dijo al escultor que su
taller había sufrido un incendio. Praxíteles preguntó ansioso si se habían
quemado su Sátiro y su Eros. Al observar la preocupación de Praxíteles por esas
dos estatuas, Friné dijo: «Me quedaré con el Eros[178]». También
Yago emplea en Otelo el truco de fingir una alarma de incendio
y robo para entablar una conversación con el senador Brabancio.
En ciertas ocasiones, Holmes les dice a sus clientes que no se va a ocupar de
sus casos a no ser que dejen de mentirle, es decir, a no ser que dejen de
fabricar signos equívocos, a los que, como nos ha enseñado Eco, no podemos
llamar con propiedad falsos signos, puesto que una mentira también es signo de
algo. Los signos equívocos son aquellos que parecen señalar hacia algo con lo
que en realidad no existe ninguna correspondencia. Pero aunque Sherlock Holmes
es un semiólogo y un lector que busca e interpreta signos, también es un
fabricante de signos, casi siempre equívocos. En sus investigaciones emplea el
engaño y la mentira, como hemos podido comprobar al examinar sus dotes como
actor. Es un maestro de la mentira comparable al Yago de Otelo, que
consigue convertir un simple pañuelo en un falso signo de la infidelidad y la
traición. Afortunadamente, los propósitos de Holmes son más honestos que los de
Yago y cuando se decide a mentir, disfrazarse o engañar es para descubrir un
crimen o salvar la vida de sus clientes: «No me importa confesar que siempre he
tenido la impresión de que habría podido ser un delincuente muy eficaz». Tan
solo en alguna ocasión, sus engaños enfurecen a Watson, pues le parece que
bordean, si no el delito, sí la inmoralidad:
— Le
interesará saber que estoy comprometido.
— ¡Querido amigo! Le feli...
— Con la criada de Milverton.
— ¡Cielo santo, Holmes!
— Necesitaba información, Watson.
— Pero ¿no habrá ido demasiado lejos?
— Era preciso hacerlo. Soy un fontanero llamado Escott, con un negocio que
prospera. He salido con ella todas las tardes y he hablado con ella. ¡Santo
cielo, qué conversaciones! [179]
Ante
las protestas de Watson, Holmes le dice que hay que «jugar las cartas lo mejor
que se pueda» y añade que no debe preocuparse por la criada: «Me alegra decirle
que tengo un odiado rival que se apresurará a quitarme la novia en cuanto yo le
vuelva la espalda[180]».
Hay que hacer notar, por otra parte, que el propio Arthur Conan Doyle era un
maestro de la mentira, puesto que como señala Jesús Urceloy, casi todos los
cuentos de Sherlock Holmes comienzan con pistas falsas que desconciertan o
desvían de su objetivo a los policías, a Watson y a los lectores, pero no a
Holmes, como acabamos descubriendo a medida que avanza el relato:
Me
pregunto, Watson, qué demonios se proponía este hombre al contamos semejante
sarta de mentiras. Estuve a punto de preguntárselo directamente a él, porque
hay ocasiones en que la mejor táctica es un violento ataque frontal, pero me
pareció mejor dejarle creer que nos había engañado [181].
Los
autores de novela policiaca tienen que construir un misterio dentro del
misterio, al decidir de qué manera conviene ordenar y presentar la información
al lector para que intuya algo de lo que va a suceder, pero no todo, para hacer
realidad la regla de la narrativa que ya formuló Aristóteles y que siguen
dramaturgos, escritores, guionistas e incluso ensayistas: «El desenlace ha de
ser al mismo tiempo sorprendente e inevitable[182]». No solo
el desenlace, sino toda la narración debe conjugar de manera casi paradójica
esas dos reglas: la coherencia lógica y la emoción de una revelación.
§. La caza ha comenzado
Le
venía de repente el instinto cazador.
Watson en «La liga de los pelirrojos».
Si
tuviésemos que aventurar cuáles son las metáforas más empleadas por Arthur
Conan Doyle para describir a Sherlock Holmes es casi seguro que acertaríamos si
dijéramos que son las que lo relacionan con la caza. Watson a veces se asusta
al ver cómo su amigo se transforma casi en una fiera salvaje cuando descubre
una pista fresca, y lo compara con un sabueso o un perro de caza tras la pista,
un tigre o un cazador:
Piense el lector en un perro de caza holgazaneando en las perreras, con las
orejas caídas y la cola fláccida, y compárelo con el mismo perro cuando sigue
un rastro reciente, con los ojos llameantes y los músculos en tensión. Aquel
mismo cambio había experimentado Holmes desde la mañana. Era un hombre
completamente diferente de la lánguida e indolente figura con batín pardo que,
pocas horas antes, daba incansables paseos por la habitación rodeada de niebla.[183]
En la historia de la ciencia, y ya sabemos que Holmes es ante todo un detective
científico, abundan las metáforas que emparejan el descubrimiento científico
con la vista de un animal, como el lince, o con la caza. La célebre Accademia
dei Lincei (Academia de los Linces), a la que pertenecía Galileo, se creó
recordando lo que dice Della Porta en su Magia naturalis: que
el filósofo debe observar «con ojos de lince» los fenómenos[184]. Philip
Ball también menciona la fundación en 1596 de una primitiva sociedad científica
veneciana llamada la Accademia Cacciatore: la Academia de los Cazadores[185]. Por su
parte, el filósofo escocés David Hume comparó la caza con la filosofía (y bien
podríamos sustituir filosofía por el arte del detective): «No existen dos
pasiones más similares que la caza y la filosofía, por mucha disparidad que
puedan presentar a simple vista[186]». Las dos
actividades, según el filósofo, exigen atención y destreza para superar las
dificultades... Además, señala con perspicacia, que también deben poseer una
utilidad aparente, aunque solo sea un simulacro por pura conveniencia. Es algo
con lo que coincide Holmes en la aventura «El hombre que se arrastraba», cuando
mantiene un tenso diálogo con el cazador de leones Negretto Sylvius y equipara
su actividad con la de él:
—
Vamos, vamos, conde. Usted ha cazado leones en Argelia.
— ¿Y qué?
— ¿Por qué lo hacía?
— ¿Que por qué? Por el deporte, por la emoción, por el peligro.
— Y también, sin duda, para librar al país de una plaga.
— ¡Exacto!
Holmes
no caza leones en Argelia ni tigres en la India, sino criminales, y aunque de
vez en cuando se desplaza a algún otro lugar de Gran Bretaña o incluso a Suiza
para enfrentarse a la peor de todas las alimañas, Moriarty, su jungla es la
ciudad de Londres:
Mire por esta ventana, Watson. Fíjese en lo borrosas que se ven las figuras,
cómo aparecen por un momento y vuelven a perderse en el banco de niebla.
Cualquier ladrón o asesino podría recorrer Londres en un día así como el tigre
recorre la jungla, sin dejarse ver hasta que ataca, y aun entonces sin que lo
vea nadie más que su víctima[187]
§. Juegos de realidad alternativa
Yo
juego por puro amor al juego.
Sherlock a su hermano Mycroft.
En
su libro El club de los negocios raros, Gilbert K. Chesterton
presenta una empresa llamada Agencia de Aventuras Ltd. Que se dedica a planear
aventuras para que sus clientes disfruten en la vida real de las emociones
propias de personajes de ficción. El cuento, que fue adaptado al cine por David
Fincher en The Game, se puede considerar el precursor de lo que hoy
se conoce como Juegos de Realidad Alternativa (Arg, Alternative Reality Games),
en los que se mezclan ficción y realidad para proporcionar emociones casi
reales a los participantes. Eso sí, el juego resulta mucho más divertido cuando
se ignora que se trata de un juego, por lo que la Agencia de Aventuras
recomienda que se contrate una de sus aventuras como regalo para alguien que no
está en el secreto:
Cuando el hombre en cuestión sale de casa, se le acerca un individuo
excitadísimo que le asegura que existe un complot contra su vida, o bien el
hombre coge un coche y se ve conducido a un fumadero de opio, o recibe un
telegrama misterioso o una visita dramática, e inmediatamente se encuentra
envuelto en una vorágine de acontecimientos[188].
Es decir, al cliente le suceden el mismo tipo de cosas que le pasan una y otra
vez a Holmes. La diferencia es que los clientes de la Agencia de Aventuras
tienen que pagar para disfrutar del juego, mientras que nuestro detective
recibe dinero a cambio de su participación.
Si Holmes comparte con los científicos su pasión por el descubrimiento hasta
tal punto que en ocasiones parece demasiado insensible a quienes lo conocen,
eso sucede porque para él la investigación del mundo criminal es en primer
lugar un juego, un gran juego que le rescata de la melancolía y el fatalismo.
Lo interesante de este juego es que las reglas son cambiantes, porque cada
jugador puede establecer nuevas normas, aunque sí existen métodos y
herramientas para enfrentarse a los nuevos enigmas. Cuando los grandes
jugadores como Moriarty se retiran, Holmes los echa de menos, porque aunque es
un lector, un intérprete, un fabricante de signos y un científico, es antes que
nada un jugador, casi podríamos decir que un jugador compulsivo, un adicto, que
en cuanto se queda sin su ración de emociones cae en estados depresivos. Ya
hemos visto que la admiración de Holmes hacia su archienemigo no tiene límites;
no solo lo considera el Napoleón del crimen, sino también «el mayor intrigante
de todos los tiempos», «un cerebro capaz de forjar o destruir el destino de
naciones enteras», «un genio, un filósofo, un pensador abstracto». La
conclusión es que «por fin había dado con un antagonista que era
intelectualmente igual a mí». Y confiesa finalmente: «Mi horror por sus
crímenes se perdió en medio de mi admiración por su habilidad». Finalmente,
describe su lucha con Moriarty como una caza y una competición: «Si se
escribiera un informe detallado de esta silenciosa competición, ocuparía su
lugar como el fragmento escrito sobre la caza y captura más brillante de la
historia detective sea».
A pesar de que en sus primeros encuentros con Watson, Holmes define su
profesión de detective asesor como algo parecido a sentarse en una silla a
esperar la visita de los detectives y policías de Scotland Yard y resolver los
casos a partir de la información que le proporcionan, cualquier lector de sus
aventuras sabe que esa imagen está muy lejos de la verdad. Holmes es un hombre
de acción, que no solo necesita, sino que, al contrario que su hermano Mycroft,
disfruta con la actividad física, con el peligro, con la búsqueda sobre el
terreno, lo que hace que Watson lo compare con una fiera excitada ante el
peligro, como vimos al examinar sus bruscos cambios de personalidad: «Salió a
la pradera, volvió a entrar por la ventana, recorrió la sala y volvió a subir a
la alcoba, exactamente igual que un perro de caza husmeando en la maleza[189]». Además,
se sabe que era un boxeador temible, como se muestra en las recientes películas
de Sherlock Holmes protagonizadas por Robert Downey y Jude Law: «Como sabe,
poseo ciertos conocimientos del noble y antiguo deporte británico del boxeo[190]». También
dominaba el arte marcial del baritsu, que es lo que le
permitió sobrevivir al caer por las cataratas de Reichenbach:
«Poseo
ciertos conocimientos de baritsu, el sistema japonés de lucha, que más de una
vez me han resultado muy útiles».
En
realidad, el baritsu o bartitsu es un arte marcial para
caballeros británicos, inventado por Edward William Barton-Wright, que mezclaba
técnicas y armas occidentales cotidianas, como el paraguas, con artes marciales
japonesas como el jiu- jitsu y el judo.
En definitiva, cuando el juego se desenvuelve en el mundo real no basta con las
capacidades puramente intelectuales.
Caballeros
practicando bartitsu (el baritsu de Holmes).
§. Sherlock Holmes, filósofo y místico
Espero
que nuestro estudio de Sherlock Holmes como detective filósofo haya llevado al
reconocimiento de su genio como pensador creativo en la metodología del
descubrimiento [191].
Wulf Rehder en «Sherlock Holmes, detective filósofo».
Después
de tanta acción y actividad, puede parecer sorprendente presentar a Sherlock
Holmes como un metafísico o un místico. Sin embargo, a pesar de su carácter
científico, algunos rasgos de la personalidad del detective lo emparentan con
los místicos e incluso con los poetas románticos y metafísicos. Su manera de
ver la vida es a veces la de un nihilista desesperado, que no encuentra sentido
a nada:
¿Acaso
no son todas las vidas patéticas e insignificantes? Extendemos las manos,
intentamos agarrar algo. ¿Y qué nos queda al final en las manos? Una sombra. O,
peor aún que una sombra: la desesperación.[192]
Del
mismo modo que los poetas, que van del entusiasmo a la quietud, de la pasión a
la desesperación, Holmes se mueve entre el frenesí de la aventura y la
indolencia de un aburrimiento infinito. Nada parece darle sentido a la
existencia, como concluye tras el terrible desenlace de «La caja de cartón»:
¿Qué
sentido tiene todo esto, Watson? ¿Qué objetivo persigue este círculo vicioso de
sufrimiento, violencia y miedo? Tiene que existir alguna finalidad, pues de lo
contrario significaría que el universo se rige por el azar, lo cual es
inconcebible. Pero ¿cuál puede ser esa finalidad? He aquí el eterno gran
problema que la razón humana se encuentra tan incapaz como siempre de resolver.
La
contemplación del mundo y su crueldad injustificada hace que Holmes caiga casi
en la desesperación: «Los manejos del Destino son, en verdad, difíciles de
comprender. Si no existe alguna compensación en el más allá, entonces el mundo
no es sino una broma cruel[193]».
Pero, sin duda es en «El tratado naval» donde asistimos al discurso más poético
y metafísico de Holmes, cuando en mitad de una investigación, sin venir a
cuento, exclama: «¡Qué cosa más bonita es una rosa!». A continuación, abre la
ventana y «tomando en su mano el tallo inclinado de una rosa cubierta de
musgo», contempla la «exquisita mezcla del carmesí con el verde». Watson se
queda asombrado porque nunca antes había visto a su amigo mostrar interés por
los objetos naturales, pero se queda sin palabras cuando escucha lo que dice
Holmes:
No
hay nada donde la deducción sea tan necesaria como en la religión — dijo,
recostándose en las contraventanas— . El razonador puede construir con ella una
ciencia exacta. Siempre me ha parecido que la seguridad suprema en la bondad de
la Providencia descansa en las flores. Todas las demás cosas, nuestros poderes,
nuestros deseos, nuestro alimento, todos son realmente necesarios en primera
instancia para nuestra existencia. Pero esta rosa se nos da por añadidura. Su
aroma y su color son un adorno de la vida, no una condición de esta. Solo la
bondad se da por añadidura y por eso, repito, tenemos mucho que esperar de las
flores.
Esta
es según Baring-Gould la única vez en la que Holmes habla de religión en todo
el canon, aunque su demostración de la existencia de Dios por lo superfluo — en
este caso, el olor y el color de las rosas— es muy débil, pues como señala
Vernon Rendall en «Las limitaciones de Sherlock Holmes» cualquier estudiante de
botánica o de biología sabe que el color y el olor de las rosas cumplen la
importante función de atraer insectos para ser fecundadas y producir semillas[194].
En realidad, Holmes muestra su interés por la religión, o al menos por la
mística o la metafísica, en otras ocasiones, si es que podemos considerar
religión, al menos en cierto sentido, al budismo[195]. No solo
recorre el Tíbet y visita al Gran Lama durante su ausencia tras caer por las
cataratas de Reichenbach, sino, que, según cuenta Watson en El signo de
los cuatro, parece muy interesado por el budismo de Ceilán, la actual
Sri Lanka. Stephen Kendrick supone que Holmes estaba interesado en las
tradiciones del budismo hinayana o «pequeño camino», que presenta a Buda como
alguien «frío, racional y emocionalmente distante», muy diferente del compasivo
personaje del mahayana o «gran camino[196]». En los
capítulos finales, veremos la semejanza entre alguno de los métodos de Holmes y
la atención plena budista (sati en idioma pali), que ha dado origen al moderno
concepto de mindfulness.
En cuanto a las incursiones de Holmes en terrenos filosóficos, se han escrito
libros y artículos que examinan sus aportaciones a la epistemología o teoría
del conocimiento, a la ética y la moral, a la estética o la filosofía de la
naturaleza y la ontología, como la recopilación de ensayos de Philip
Tallón The Philosophy of Sherlock Holmes. Sería imposible en
este libro señalar todas las opiniones en este sentido y determinar si Holmes
era un filósofo nihilista, pragmático, existencialista, budista, epicúreo o
estoico, porque de todo ello se pueden encontrar ejemplos, pero está claro que
no temía lanzar teorías más o menos extravagantes. A modo de ejemplo, he
seleccionado dos pasajes en los que se mezcla la filosofía, la metafísica y la
ciencia más especulativa.
En el primer ejemplo, Holmes hace una curiosa reflexión acerca de la música y
la memoria de la especie que parece anticipar la teoría de los arquetipos y el
inconsciente colectivo de Carl Gustav Jung:
¿Recuerda
usted lo que afirma Darwin sobre la música? Sostiene que la capacidad de
producirla y de apreciarla existió en la raza humana mucho antes de que esta
alcanzase la facultad de la palabra. Quizá sea esta la razón de que influya en
nosotros de una manera tan sutil. Existen en nuestras almas confusos recuerdos
de aquellos siglos nebulosos en que el mundo se hallaba en su niñez [197].
En
el otro pasaje, perteneciente a la aventura «La casa vacía», Holmes parece
insistir en la memoria de la especie, pero en este caso adaptando a la mente
criminal una teoría que durante un tiempo gozó de cierto estatus en los
estudios evolutivos, aunque hoy en día ha sido descartada, al menos en su
versión tradicional: la llamada «recapitulación de la filogenia en la
ontogenia», propuesta por Ernst Haeckel en 1866. Según Haeckel, las fases por
las que atraviesa el individuo y en especial el embrión reproducen todo el
proceso evolutivo de una especie, lo que explicaría la semejanza entre los
embriones o fetos de animales muy diferentes. Holmes la aplica a la mente
criminal y familiar:
Algunos
árboles, Watson, crecen derechos hasta cierta altura y de pronto desarrollan
cualquier extraña deformidad. Lo mismo sucede a menudo con las personas.
Sostengo la teoría de que el desarrollo de cada individuo representa la
sucesión completa de sus antepasados, y que cualquier giro repentino hacia el
bien o hacia el mal obedece a una poderosa influencia introducida en su árbol
genealógico. La persona se convierte, podríamos decir, en una recapitulación de
la historia de su familia.
A lo
que el buen Watson, replica: «Una teoría bastante extravagante».
Ilustración de Haeckel que muestra la semejanza en el desarrollo embrionario
de animales tan diferentes como un pez, una salamandra, un conejo o un ser
humano.
§.
¿A qué diablos se dedicaba Sherlock Holmes?
Cuando
quería, Holmes podía ser un magnífico conversador, y aquella noche estaba bien
dispuesto. Parecía encontrarse en un estado de exaltación nerviosa. Jamás lo he
visto tan brillante. Habló sobre una rápida sucesión de temas: autos
sacramentales, cerámica medieval, violines Stradivarius, el budismo en Ceilán,
los barcos de guerra del futuro..., tratando cada tema como si lo hubiera
estudiado a fondo.
Watson sobre Holmes en El signo de los cuatro.
Científico,
semiólogo, connoisseur, detective, químico e investigador forense,
médico, coolhunter, experto en arte, grafólogo, criptógrafo, taxista,
psicólogo, jugador compulsivo… Además de todas las habilidades de Holmes que
han sido mencionadas hasta ahora, Watson, con una malicia tras la que podemos
reconocer la envidia de Conan Doyle hacia su personaje, añade: «Violinista,
boxeador, esgrimista, abogado y autoenvenenador a base de cocaína y tabaco».
Podríamos añadir apicultor, pues Holmes se retiró a una granja y escribió un
manual práctico de Apicultura, con algunas observaciones sobre la
segregación de la abeja reina; y también inventor, si recordamos un
pasaje de Estudio en escarlata.
¿Por
qué no adoptan este modelo en Scotland Yard? — prosiguió, mientras sacaba de un
cajón unas esposas de acero— . Fíjense en lo bien que actúan los resortes. Se
cierran de una manera instantánea.
Y
aun con todas las anteriores, quedarían por mencionar muchas habilidades que se
han atribuido a Holmes y que todavía no se han mencionado o no llegarán a
mencionarse siquiera en este libro, como: sociólogo, catador y gastrónomo,
músico y melómano o creador de juegos de rol. Quién sabe si también deberíamos
considerarlo maestro espiritual, como han propuesto diversos autores, que
examinan sus enseñanzas a la luz del zen, el tao o cualquier filosofía o
religión imaginable, incluido el cristianismo, como Stephen Kendrick en Pistas
sagradas, el evangelio según Sherlock Holmes[198] En
cierto modo, también podríamos considerar a Holmes ladrón y delincuente, puesto
que se salta la ley decenas de veces en sus historias, entrando en casas sin
orden judicial y abriendo cajas fuertes privadas: «La de ladrón de casas ha
sido siempre una profesión alternativa que yo habría podido adoptar, y no me
cabe duda de que habría sido de los mejores[199]». También
deja en libertad al menos a catorce culpables que debería haber entregado a la
justicia, según las cuentas de Klinger[200]. En más de
una ocasión, Holmes parece sentir cierta nostalgia por esa existencia
arriesgada y emocionante que habría vivido si se hubiera pasado al otro bando:
«Este grandioso y sombrío escenario está montado para algo más digno; es una
suerte para esta comunidad que yo no sea un criminal[201]».
La única profesión que parece no haber practicado Sherlock Holmes es una de las
que sí ejerció su creador, Arthur Conan Doyle.
Resulta curioso, en efecto, y es una muestra de la coherencia del personaje, el
hecho de que ni siquiera Conan Doyle se atreviera a atribuir a Holmes su propia
segunda profesión, la de espiritista. Incluso cuando ya recorría el mundo dando
conferencias y preparando con su mujer sesiones en las que convocaban a los
fantasmas de los muertos, Conan Doyle dejó claro en varios relatos que su
detective no compartía su manera de pensar, en especial en el cuento «El
vampiro de Sussex»: «¿Vamos a prestar seriamente atención a esta clase de
cosas? Esta agencia pisa fuertemente el suelo, y así debe seguir. El mundo es
suficientemente ancho para nosotros. No necesitamos fantasmas[202]». Holmes,
al contrario que el profesor Challenger, al que Conan Doyle hizo protagonizar
una apología del espiritismo, se mantuvo hasta el final de su carrera como un
detective que emplea solo los métodos propios de la ciencia, aunque también
aportó su propio estilo y maneras de investigar, desconocidas para otros
detectives y otros científicos y que le han convertido en pionero de tantas
disciplinas. Sherlock Holmes ha mostrado todas estas habilidades que se le han
atribuido y ha sido considerado precursor de todo tipo de ciencias y de
disciplinas porque es la viva encarnación del método científico, o quizá
deberíamos decir de los métodos científicos, como enseguida veremos. Por eso,
el magnífico libro Sherlock Holmes contra Houdini debería
titularse Arthur Conan Doyle contra Houdini, no solo porque
ese fue el verdadero duelo que tuvo lugar, sino porque Holmes se habría aliado
sin dudarlo junto a Houdini contra su propio creador[203].
Aunque se han publicado muchos libros que examinan las aportaciones concretas
de Sherlock Holmes a la ciencia, como La ciencia de Sherlock Holmes,
de James O’Brien, pocos autores se han preocupado de examinar lo que hace
verdaderamente especial a Holmes, que no es este o aquel descubrimiento
particular, sino el empleo de los métodos propios del descubrimiento científico
para resolver cualquier enigma que se le presente. Para entender la atracción
constante que Holmes ejerce más de un siglo después de su primera aparición, y
descubrir por qué ha influido e influye en profesiones tan diversas, es
necesario conocer no solo su capacidad para buscar y encontrar todo tipo de
signos, como hemos hecho hasta ahora, sino también su manera de interpretarlos,
de extraer de ellos toda la información posible y de establecer complejas
cadenas de causas y efectos, llevando las capacidades de razonamiento hasta su
máximo nivel. De eso trata la segunda parte de este libro.
Parte
II
Capítulo 5
Los métodos de Sherlock Holmes
Su
carácter frío y orgulloso rechazaba por sistema todo lo que se pareciera al
aplauso público y me hizo prometer, en los términos más estrictos, que no diría
una sola palabra sobre él, sus métodos o sus éxitos.
John Watson en «El constructor de Norwood».
Contenido:
§.
La educación de John Watson
§. Pensar como Holmes, pensar como Watson
§.Intuición
§. Una palabra-éxito
§. Tras las pistas de la intuición
§. El problema de Monty Hall
§. La observación: datos y más datos
§. El método inductivo
§. Quien busca, encuentra
§. Los cisnes negros
§. El problema de la inducción
§. Fuentes de información
§. El ático de Sherlock Holmes
§. El palacio mental de Sherlock
§. Información organizada y accesible
§. Un detective experto en estadística
§. Big data: la venganza de Francis Bacon
§. La ciencia de la deducción
§. Los límites de la certeza lógica
§. La caja misteriosa
§. El problema de la habitación cerrada
§. La abducción de Sherlock Holmes
§. El método de Sherrinford Holmes
§. Cómo razonar hacia atrás
§. Cuando todas las piezas encajan
§. El razonador analítico
§. Hazañas de la deducción inversa
§.
La educación de John Watson
Usted
conoce mis métodos. Aplíquelos, pues.
Holmes a Watson en El sabueso de los Baskerville.
¿Se
puede enseñar el método o los métodos de Holmes?, ¿se puede dejar de pensar
como Watson y empezar a pensar como Holmes? Hay razones para creer que sí,
puesto que el propio Watson lo logró, al menos en parte. Aunque, eso sí, tenía
al mejor de los maestros.
En una de las últimas aventuras, Holmes dice a Watson que tiene el proyecto de
escribir un libro en el que contará todos sus métodos: «Me propongo dedicar mis
años de decadencia a la composición de un libro de texto que compendie en un
solo volumen todo el arte de la investigación[204]». No hay
noticia de que Holmes llegara a escribir ese libro, por lo que, si queremos
reconstruir los métodos del célebre detective, tenemos que conformarnos con los
testimonios de Watson en los cincuenta y seis relatos y cuatro novelas. Sabemos
que no se trata de un cronista muy fiable, pero al menos pasó varias décadas
junto a su admirado compañero de piso, con algunas ausencias ocasionales por la
supuesta muerte de Holmes en Reichenbach o sus sucesivas y nunca del todo
aclaradas bodas: «El bueno de Watson me había abandonado para largarse con su
esposa, el único acto egoísta que recuerdo que cometiera durante toda nuestra
asociación[205]».
Al principio, Watson asume que él es solo un ayudante, o por decirlo mejor, un
testigo pasivo, cuya función principal es quedarse alelado ante lo que ve, como
un espectador de lo que McLuhan llamaba medios calientes, aquellos que saturan
tanto nuestros sentidos que no nos dejan tiempo ni ganas de pensar. Como si
fuera un espectador en la sala oscura de un cine, Watson se limita a mirar,
sorprenderse y aplaudir al final: «La verdad es que, independientemente de la
clase de investigación que mi amigo tuviera entre manos, había algo en su
manera magistral de captar las situaciones y en sus agudos e incisivos
razonamientos, que hacía que para mí fuera un placer estudiar su sistema de
trabajo y seguir los métodos rápidos y sutiles con los que desentrañaba los
misterios más enrevesados».[206][ Sin
embargo, Holmes intenta que su compañero se implique más, que sea activo e
incluso proactivo, que no se limite a mirar, sino que también sepa ver:
—
¿Cuál es su teoría acerca de esas huellas? — pregunté.
— Querido Watson, intente analizarlo usted mismo — dijo con un tonillo de
impaciencia— . Conoce mis métodos. Aplíquelos y será muy instructivo comparar
los resultados.
— No se me ocurre nada que abarque los hechos — respondí.[207]
Es
evidente que a Watson no le resulta fácil salir de su propio pensamiento, de la
respuesta inmediata e intuitiva, de ese pensar apresurado que nos lleva a
aceptar la primera relación causa-efecto que se nos presenta, pero Holmes no se
rinde e intenta que el fiel doctor progrese en el arte de la deducción:
—
¿Cómo reconstruye usted al hombre a base del examen de su bastón?
— Yo creo — respondí, siguiendo en lo posible los métodos de mi compañero—
que el doctor Mortimer es un anciano médico a quien sonríe el éxito y a quien
se aprecia, ya que quienes lo conocen le han dado esta muestra de su
estimación.
— ¡Bien! — dijo Holmes[208].
A
veces, sin embargo, los elogios están teñidos de ironía, como cuando Holmes
dice: « ¡Por mi vida, Watson, está usted haciendo maravillosos progresos! Lo ha
hecho muy bien, de verdad», aunque añade enseguida: «Claro que se le ha
escapado todo lo importante, pero ha dado usted con el método y tiene buena
vista para los colores[209]». Un
elogio muy semejante al que, en la película de Woody Allen Balas sobre
Broadway, hace la diva Helen Sinclair del libreto escrito por David
Shayne: «Me gustó mucho la encuadernación». Llega un momento, sin embargo, en
el que Watson ya no necesita que Holmes le explique paso a paso su proceso
mental: «Yo estaba lo bastante familiarizado con los métodos de Holmes para
poder seguir su razonamiento». Finalmente, Holmes llega a exclamar:
«¡Excelente, Watson! Está usted deslumbrante esta noche». El mayor de los
éxitos llega cuando, al menos en dos ocasiones, Holmes no habla ya de sus
propios métodos: «He aquí, Watson, un colega que aplica perfectamente nuestrosmétodos[210]».
A pesar de los progresos de Watson, no se puede negar que la enseñanza de
Holmes a su amigo casi siempre se parece a aquel célebre pasaje del Menón de
Platón en el que Sócrates muestra que un esclavo iletrado es capaz de resolver
un problema geométrico: se supone que porque va recordando lo que aprendió en
el Mundo de las Ideas, pero en realidad porque Sócrates va guiándolo paso a
paso hacia la solución. Del mismo modo, en cuanto Holmes desaparece de la vida
de Watson, este parece perder sus recién adquiridos poderes de inferencia:
«Intenté más de una vez, por pura satisfacción personal, aplicar sus métodos
para tratar de solucionar los casos, aunque sin resultados dignos de mención».
La conclusión anterior puede hacernos pensar que no es posible aprender y
aplicar los métodos de Holmes, pero creo que eso sería precipitado, ya que hay
que tener en cuenta que a Watson le faltan dos cosas que explican su fracaso:
aquello que los filósofos cristianos medievales consideraban fundamental, la
voluntad, y aquello que los estudiosos de la creatividad y el aprendizaje
también consideran imprescindible, la dedicación. Malcolm Gladwell ha mostrado
en Fueras de serie (Outliers) que todas esas personas a las
que suele calificarse como genios (Mozart, Einstein, Jobs) dedicaron al menos
diez mil horas a aquello que les gustaba antes de lograr crear algo digno de
mención: «La práctica no es lo que uno hace cuando es bueno, es lo que uno hace
para volverse bueno[211]». Aunque
es cierto que de vez en cuando Watson dedica un rato a intentar resolver algún
misterio que lee en el periódico, nunca pasa horas y horas documentándose, ni
haciendo pruebas en el laboratorio, ni fumando sesenta marcas de tabaco para
memorizar el olor, ni probándose todo tipo de calzado para comparar las huellas
que quedan en el barro cuando uno corre, anda o se arrastra. Holmes detectó
pronto la pereza del pensamiento de su compañero de piso, esa falta de pasión
hacia el descubrimiento, esa carencia de deseo de saber, así como la ausencia
de la obsesión que caracteriza a un científico detectivesco como Hooke, Boyle o
Newton o a un detective científico como el Legrand de Poe o el propio Holmes:
«Lo tiene todo a la vista, pero no es capaz de razonar a partir de lo que ve.
Es usted demasiado tímido a la hora de hacer deducciones[212]». Watson,
en efecto, es demasiado tímido en su análisis de una situación, no se atreve a
ir más allá de la primera o segunda relación de causa-efecto que le ofrece su
mente. Como Watson, todos somos bastante perezosos en nuestra vida cotidiana y
ello no impide que las cosas nos vayan más o menos bien a lo largo de un día
normal, pero, si queremos ir más allá, acercarnos a la manera de pensar de
Holmes, es necesario añadir deseo o pasión y horas, muchas horas de aprendizaje
y observación. Además, debemos adoptar una nueva actitud ante cualquier desafío
intelectual.
§. Pensar como Holmes, pensar como Watson
Vamos
a ver, Watson, si entre usted y yo logramos ver más allá de la mentira y
reconstruir la verdad.
Sherlock Holmes en El valle del terror.
¿Puede
alguien ganar el premio Nobel de Economía sin ser economista? Parece difícil,
pero Daniel Kahneman lo consiguió en 2002. Kahneman es psicólogo, pero ganó el
Nobel debido a que sus investigaciones tratan de la toma de decisiones en
situaciones de incertidumbre, algo casi cotidiano en el mundo económico. Tomar
buenas o malas decisiones puede tener consecuencias trascendentales si se
quiere evitar un crac como el de 1929 o salir de las crisis que sufrieron
Estados Unidos y Europa a partir de 2007. En sus investigaciones junto a Amos
Tversky, Kahneman estudió muchos de los sesgos que influyen en nuestras
decisiones, pero también advirtió que nuestra mente trabaja de dos maneras muy
diferentes:
El
Sistema 1 opera de manera rápida y automática, con poco o ningún esfuerzo y sin
sensación de control voluntario.
El Sistema 2 centra la atención en las actividades mentales que demandan un
esfuerzo, incluidos los cálculos complejos. Las actividades del sistema 2 están
a menudo asociadas a la experiencia subjetiva de actuar, elegir y
concentrarse [213].
El
sistema 1, pensar rápido, se identifica por regla general con el pensamiento
instintivo, impulsivo o intuitivo y está detrás de actos como percibir que un
objeto está más lejos que otro, hacer que pongamos cara de desagrado ante un
cuadro horroroso, detectar hostilidad en una voz, ser un buen vendedor de
coches, responder a ¿2 + 2=?, observar manchas de barro en un pantalón,
conducir un coche por una carretera vacía, seleccionar al intérprete de un
instrumento «que requiere buenos pulmones», o entender frases sencillas. El
sistema 1 nos lleva a juzgar a un desconocido por su apariencia, su manera de
hablar o su forma de vestir, aplicando aquello de «La primera impresión es lo
que cuenta».
El sistema 2 se activa en situaciones como estar atento al disparo en una
carrera, ser el mejor vendedor de coches de una empresa, buscar a una mujer con
el pelo blanco, contar las veces que aparece la letra a en una página de texto,
rellenar el impreso de la declaración de la renta, seleccionar de manera justa
al intérprete de un instrumento que requiere buenos pulmones, caminar a un paso
más rápido de lo que es natural, recordar un lugar en el que existe un barro
similar al que ha manchado unos pantalones o comprobar la validez de un
argumento lógico concreto[214].
En cualquier situación o problema al que nos enfrentemos, podemos pensar rápido
o pensar despacio, dejarnos llevar por lo primero que se nos pasa por la cabeza
o detenernos a reflexionar y observar con atención antes de tomar una decisión
o manifestar una opinión. En la aventura «Los seis Napoleones», Lestrade cuenta
a Watson y Holmes el extraño caso de alguien que destruye bustos de Napoleón.
El comisario sospecha que es un lunático obsesionado con el emperador francés y
Watson rápidamente se suma a esta hipótesis y da una explicación convincente
basada en las fijaciones y obsesiones:
Es
lo que los psicólogos franceses modernos llaman idée fixe, que puede ser algo
completamente trivial acompañado por una normalidad absoluta en todos los demás
aspectos. Un hombre que haya leído mucho sobre Napoleón, o cuya familia haya
sufrido alguna desgracia hereditaria por culpa de la gran guerra, puede llegar
a concebir una idée fixe de estas, y bajo su influencia cometer toda clase de
extravagancias. [215]
En
esta ocasión, Watson parece haber dado con una solución en un tiempo
asombrosamente breve, anticipándose a los poderes deductivos de su compañero,
pero Holmes enseguida enfría su entusiasmo: «Eso no cuela, querido Watson, ni
con todas las idées fixes del mundo su monomaniaco sería capaz
de localizar el paradero de estos bustos».
Holmes, a pesar de las apariencias, no acepta la primera hipótesis, sino que
sigue examinando los datos hasta dar con una solución, y si no lo logra, busca
más información. En el caso de los seis Napoleones, cuando Watson le pide que
diga entonces cómo lo explica él, Holmes se limita a decir: «No pretendo
hacerlo», y añade: «Me limito a hacer notar que existe un cierto método en las
actividades de este caballero».
En varias ocasiones a lo largo de este libro hemos podido observar también la
manera que tienen Holmes y Watson de enfrentarse a un caso o de contemplar la
realidad, en especial cuando Holmes reprocha a Watson que vea pero no observe,
que no reflexione a partir de lo que ve. María Konnikova tuvo la feliz idea de
equiparar esas dos maneras de pensar con los conceptos de sistema 1 y sistema 2
de Kahneman:
El
sistema Watson sería nuestro yo ingenuo, que actúa según unos hábitos de
pensamiento perezosos que surgen de una manera natural siguiendo el camino más
fácil, unos hábitos a cuya adquisición hemos dedicado toda la vida. Y el
sistema Holmes sería el yo al que aspiramos, el yo que acabaremos siendo cuando
hayamos aprendido a aplicar esta forma de pensar a nuestra vida cotidiana y nos
hayamos despojado por completo de los hábitos del sistema Watson [216].
Arthur
Conan Doyle y su criatura, Sherlock Holmes, eran muy conscientes de estas dos
maneras de pensar, porque, aunque no habían leído ni a Kahneman ni a Konnikova,
sí habían leído, como ya sabemos, el Novum Organum de Francis
Bacon, donde se dice: «No está nuestra filosofía al alcance de la mano, no se
la puede coger al paso; no se apoya en las prenociones que halagan el
espíritu». Bacon llamó al pensamiento precipitado, al sistema 1 o pensamiento
Watson, anticipación de la inteligencia y al reflexivo, al sistema
2 o pensamiento Holmes, interpretación de la naturaleza, el
primero «desflora deprisa y corriendo la experiencia y los hechos», mientras
que el segundo «hace de ellos un estudio metódico y profundo[217]».
Ya en su artículo «El señor Sherlock Holmes», el doctor Bell mostró su
satisfacción por el hecho de que las novelas y cuentos del detective de Conan
Doyle se distinguieran de las narraciones policiales baratas en las que, de
manera inverosímil, detectives de poderes sobrenaturales resolvían complicados
argumentos llenos de coincidencias extraordinarias a golpes de «destellos de
intuición que nadie más que ellos puede entender». Por el contrario, las
aventuras de Holmes muestran «lo fácil que es, si sabes cómo observar,
descubrir muchos detalles del trabajo y los hábitos de tus inocentes e
inconscientes amigos[218]». Lo que
hace diferentes a las aventuras de Holmes es que el lector piensa que él
también podría hacer lo mismo: «La vida no es tan aburrida como pensaba,
mantendré los ojos bien abiertos y descubriré cosas nuevas».
En los últimos tiempos estamos asistiendo a un renovado interés por el
pensamiento Holmes, tras años de dominio del pensamiento mágico y perezoso,
como parece indicar la publicación de libros como el de Kahneman, que intentan
divulgar los últimos descubrimientos acerca del funcionamiento del cerebro y de
nuestra manera de pensar, yendo más allá de los consejos simplistas de los
libros de autoayuda. También en la cultura popular aparecen cada vez más
personajes que destacan por su inteligente rareza, desde el Sheldon Cooper y
sus amigos de la serie
Big Bang Theory a las adaptaciones o variaciones del propio
Sherlock Holmes en series de televisión como House, Doctor Bell y
mister Doyle, El mentalista y Elementary; o las películas en las que Robert
Downey y Jude Law interpretan a Holmes y Watson, pero hay que destacar de
manera especial la serie de la BBC Sherlock, que se ha convertido
en un fenómeno global, exportándose a más de 150 países. La inteligencia vuelve
a resultar atractiva, en parte gracias a Holmes.
Aunque mi pretensión al escribir No tan elemental era que
pudiera interesar a cualquier Watson y que su lectura resulte ligera y
entretenida, tal vez muchos lectores hayan tenido la holmesiana tentación de
detenerse aquí y allá para reflexionar en lo que estaban leyendo. Quizá se
preguntaron desde las primeras páginas cuántos escalones llevaban a las
habitaciones de Holmes y Watson; tal vez intentaron descifrar los mensajes
cifrados de «El escarabajo de oro», como lo hice yo mismo durante la
adolescencia al leer aquel cuento, compitiendo con Sherlock Holmes. Quizá más
adelante se detengan a pensar despacio, cuando les presente el problema de
Monty Hall, o lo harán cuando examinemos algunos de los métodos de Holmes, como
la deducción, la abducción o el análisis retrospectivo, que requieren activar
el sistema 2 (el sistema Holmes), para alcanzar buenos resultados. En los
próximos capítulos, vamos a conocer un poco mejor esos y otros métodos que
permiten a ese gran lector y semiólogo que es Sherlock Holmes interpretar y
descifrar los signos, señales, huellas, síntomas, gestos y comportamientos,
para convertir el arte de la detección en una verdadera ciencia.
§.Intuición
Entonces
le venía de golpe el instinto cazador, y sus brillantes dotes de razonador se
elevaban hasta el nivel de la intuición, hasta que aquellos que no estaban
familiarizados con sus métodos se le quedaban mirando asombrados, como se mira
a un hombre que posee un conocimiento superior al de los demás mortales.
Watson sobre Holmes en «La liga de los pelirrojos».
§. Una palabra-éxito
Sus
brillantes dotes de razonador se elevaban hasta el nivel de la intuición.
Watson en «La liga de los pelirrojos».
David
Stove habla en El culto a Platón de las palabras— éxito:
Demostrar
es una palabra-éxito, mientras que creer, por ejemplo, no lo es: solo es
posible demostrar lo que es cierto, pero se puede creer lo que no es cierto.
Muchas
palabras-éxito están dotadas de un aura que las hace casi intocables. Al margen
del interés, corrección o utilidad que contengan, su uso es casi siempre
cercano a lo que se podría definir como pensamiento mágico, una creencia
acrítica y entusiasta en la palabra en sí, lo que las convierte en talismanes
verbales. Algunas de las palabras-éxito más admiradas son: «creatividad»,
«originalidad», «democracia», «libertad», «libertad de mercado», «revolución»,
«identidad», «justicia», «lealtad» y «fidelidad». Pero quizá la palabra-éxito
más universal sea «intuición», porque gusta a personas de muy diversas
ideologías y temperamentos, cosa que no sucede con «libertad de mercado» o
«revolución», cada una con partidarios enfrentados. Lo bueno de la intuición, además,
es que casi todo el mundo está convencido de que posee una intuición
extraordinaria, por lo que parece que nos encontramos ante el conocimiento
mejor repartido que existe.
La intuición, entendida en su acepción corriente, es esa especie de conocimiento
que nos permite expresar una opinión o emitir un juicio acerca de algo o
alguien de manera casi instantánea. Se suele expresar en frases como: «No sé
por qué, pero en cuanto lo vi tuve la intuición de que era el hombre de mi
vida» o «Estaba seguro de que el asesino era él»; o bien: «Tengo la intuición
de que la economía no mejorará el próximo año». El pensamiento intuitivo se
identifica en gran parte con el sistema 1 de Kahneman, el que nos asegura que
la primera impresión es la que cuenta. Y es cierto que la primera impresión es
determinante, pero no porque acertemos con ella, sino porque con muy pocos
datos hemos hecho un retrato instantáneo de un desconocido y a continuación
intentamos que nuestras siguientes impresiones se adapten a ese retrato apresurado:
Si
la intuición se confirma no es por nuestra finura psicológica, sino porque
cuando nos hacemos una idea de la persona que tenemos delante inconscientemente
tratamos de buscar los indicios que confirman la impresión inicial y
descartamos todos aquellos que la contradicen.[219]
Holmes
se refiere en varias ocasiones de manera elogiosa a la intuición, como cuando
felicita a un prometedor funcionario de la policía: «Usted llegará muy arriba
en su profesión, porque tiene instinto y facultad intuitiva[220]». A veces
también define la intuición de manera inevitablemente tópica: «He visto
demasiado como para no saber que la intuición de una mujer puede resultar más
útil que las conclusiones de un razonador analítico[221]». En «La
corona de berilos», un cliente dice algo parecido: «Eso es lo que pienso, y así
piensa también mi pequeña Mary, que posee una gran intuición femenina para la
cuestión del carácter[222]». La
propia muchacha insiste en el mismo sentido: «Estoy segura de que es inocente.
Ya sabes cómo es la intuición femenina. Sé que no ha hecho nada malo[223]». Al final
del relato, descubrimos que la muchacha tenía razón y que el tal Arthur era
inocente, pero también que ella no lo sabía gracias a su intuición femenina,
sino porque era cómplice del verdadero culpable, un hombre peligroso y
mezquino, con el que ella decide escaparse, sin que ahora su intuición parezca
alertarla. Es difícil saber si Conan Doyle pretendía, con este desenlace,
burlarse o no de la idea tan popular, defendida incluso por Holmes, de la
intuición «femenina». El lector (¿lectora?) sin duda ya habrá observado que las
alusiones a la intuición femenina siempre apuntan a terrenos que se suponía
eran propios de las mujeres. Al fin y al cabo, la intuición femenina siempre se
usaba de un modo paternalista, para excusar la supuesta poca profundidad
intelectiva de las mujeres, algo que Holmes no siempre hizo, o al menos no lo
hizo en el caso de Irene Adler, a quien consideraba, junto con Moriarty, casi
su único rival digno.
En lo que se refiere al propio detective, Holmes llega a definir sus habilidades
como intuición, o al menos como «algo parecido»:
— De
modo, según eso, que usted, sin salir de su habitación, es capaz de hacer luz
en líos que otros son incapaces de explicarse, a pesar de que todos han visto
los detalles por sí mismos.
— Así es. Poseo una especie de intuición en ese sentido.
Pero
enseguida Holmes nos descubre que esa «especie de intuición» tiene detrás «una
cantidad de conocimientos especiales» que puede relacionar con el problema en
cuestión, «lo que facilita de un modo asombroso las cosas», y que, como ya
sabemos, aplica «las reglas para la deducción» y «la facultad de observar», que
consiste para él en «una segunda naturaleza». Watson pronto es consciente de
que las intuiciones de su amigo Holmes son bastante diferentes de aquellas que
solían atribuirse a las mujeres: «No existía para mí mayor placer que seguir a
Holmes en todas sus investigaciones y admirar las rápidas deducciones, tan
veloces como si fueran intuiciones, pero siempre fundadas en una base
lógica, con las que desentrañaba los problemas que se le planteaban»
(la cursiva es mía[224] ).
En cualquier caso, Holmes es muy consciente de los peligros del pensamiento
intuitivo. Ante el disgusto de Watson, que no entiende por qué su amigo no se
queda deslumbrado por la belleza de Mary Morstan, le explica que dejarse llevar
por las cualidades personales y emocionales impide el razonamiento claro:
Es
de importancia primordial no permitir que el propio juicio se desvíe a causa de
cualidades personales. Para mí un cliente no es más que una unidad, un factor
del problema. Las cualidades emocionales son antagónicas [del razonamiento
seguro.[225]
§.
Tras las pistas de la intuición
El
sentido común es el depósito de prejuicios adquiridos antes de los dieciocho
años.
Albert Einstein.
En
su libro Inteligencia intuitiva: ¿por qué sabemos la verdad en dos
segundos ?, Malcolm Gladwell investiga el complejo asunto de la
intuición y, aunque el título de su libro parece refrendar esa especie de
poder mágico de la intuición, una lectura atenta nos demuestra
lo contrario. El propio Gladwell afirma que en su libro habla de la intuición
tal como se entiende popularmente («impresiones que parecen no ser
racionales»), pero que lo que de verdad le interesa es algo que podría llamarse
«cognición rápida», un tipo de reflexión que sucede en apenas un parpadeo, pero
que esconde un complejo proceso mental inadvertido. El título original ni
siquiera menciona la palabra intuición: Parpadeo, el poder de pensar
sin pensar (Blink, the power of Thinking without thinking).
Algunos de los ejemplos de Gladwell revelan que cuando nos dejamos llevar sin
más por la intuición lo que hacemos es aceptar que nuestro juicio lo determinen
nuestros prejuicios. Gladwell cuenta cómo en las orquestas alemanas se decidió
poner una mampara que separara a los músicos candidatos de sus examinadores
porque se sospechaba que los directores rechazaban sin justificación a las
mujeres cuando se trataba de instrumentos que precisan de «cierta fuerza
pulmonar o física». A partir de ese momento, teniendo los jueces como único
criterio lo que escuchaban y no lo que veían, el número de mujeres intérpretes
de instrumentos «varoniles» aumentó de manera muy significativa. Otro ejemplo
es el de un hombre considerado el mejor vendedor de coches de su empresa, quien
explica su éxito no porque emplee su intuición para detectar los gustos de sus
clientes, sino porque fue capaz de darse cuenta de que cuando empleaba el
pensamiento intuitivo lo que hacía era dejarse llevar por prejuicios basados en
el aspecto o la manera de actuar de sus posibles clientes. Decidió entonces no
precipitarse en sus conclusiones nada más ver a un cliente y aplicar una
estrategia de venta idéntica para todos ellos, aunque uno le pareciera un
muerto de hambre y otro un millonario deseoso de comprar el coche más caro.
Son pocas las ocasiones en las que alguien decide controlar el impulso
intuitivo de un director de orquesta o en las que un vendedor se da cuenta de
que el mejor método no consiste en basarse en la intuición, sino todo lo
contrario. Cuando en mis cursos de guión dedico una clase a explicar a los
alumnos que un guionista no debe dejarse dominar por sus intuiciones, si es que
quiere contar historias que vayan más allá de lo obvio, sé que me enfrento a la
clase más difícil, así que tengo que poner en marcha toda una batería de
recursos, razones y argumentos y recurrir a la ayuda de la persona más
inteligente del planeta. Y no, no se trata de Sherlock Holmes.
§. El problema de Monty Hall
Usted
ya me ha visto fallar antes, Watson. Yo tengo instinto para estas cosas, pero a
veces ese instinto me la juega.
Holmes en «El problema del puente de Thor».
Monty
Hall fue uno de los más famosos presentadores de la historia de la televisión
en Estados Unidos. Durante casi treinta años, desde 1963 hasta 1990, presentó
el concurso Let’s Make a Deal (Hagamos un trato). A los
lectores españoles este programa les recordará al célebre Un, dos, tres, creado
por Chicho Ibáñez Serrador. Monty Hall ofrecía a los concursantes elegir entre
diversos objetos, o entre un objeto y una oferta en dinero en metálico. La gran
duda final para los concursantes era si, al quedarse con el dinero, estaban
perdiendo un coche o solo cualquier premio menor. En 1975, un tal Steve Selvin
escribió una carta a una revista en la que planteaba un problema basado
en Let ’s Make a Deal:
Al
concursante se le muestran tres puertas y se le explica que detrás de dos de
ellas hay cabras, mientras que tras la otra hay un fabuloso automóvil. El
concursante elige una de las puertas. Es entonces cuando Monty Hall abre una de
las dos puertas no elegidas y muestra que detrás de ella hay una cabra. Ahora
quedan dos puertas, la que ha elegido el espectador y la restante. Puesto que
ya hemos visto una cabra, sabemos que detrás de una de las dos puertas tiene
que haber una cabra y detrás de la otra un automóvil. La pregunta que se le
hace al concursante es: « ¿Quiere usted cambiar de puerta o prefiere seguir con
la que eligió?».
Quizá
sea necesario aclarar a los lectores desconfiados que los responsables del
programa no harán ningún tipo de trampa, que no cambiarán de puerta las cabras
o el automóvil, y que tampoco están intentando sugestionarnos con ofertas o
trucos para generar dudas o inseguridad. Pues bien, no sé cuál es la respuesta
del lector, pero sí le puedo decir que casi todos los concursantes prefieren
quedarse con la puerta que eligieron al principio. ¿Por qué? Es probable que lo
hagan porque tienen la sensación de que si cambian y el premio acaba estando en
la puerta que eligieron, entonces habrán dejado escapar algo que ya tenían.
Psicológicamente parece más duro perder algo que ya se tiene que la posibilidad
de ganar algo que no se ha llegado a tener. De todos modos, no nos interesan
aquí las razones psicológicas para cambiar o no cambiar de puerta, sino
responder a una pregunta: ¿existe alguna razón por la que sea mejor quedarse
con la puerta elegida en vez de cambiar, o bien es indiferente una u otra
decisión? Piénselo un momento antes de continuar leyendo.
¿Ya lo ha pensado? Quizá deba reflexionar un poco más. Si se detiene a pensar,
entonces estará actuando como Sherlock Holmes. Si prefiere seguir leyendo y no
intentar resolver el dilema planteado, entonces su manera de actuar será la de
John Watson. Sigo sin saber la respuesta de los lectores, pero me atrevo a
suponer que muchos todavía pensarán que es mejor no cambiar, aunque lo más
probable es que la mayoría, sobreponiéndose a su primer impulso intuitivo, haya
llegado a la conclusión de que es indiferente cambiar o no. Es obvio que
tenemos dos puertas a elegir, que detrás de una hay un coche y detrás de la
otra una cabra, así que, hagamos lo que hagamos, cambiar o no cambiar de
puerta, las posibilidades son las mismas. En definitiva, tenemos un 50% de
posibilidades, tanto si se cambia como si no se cambia de puerta.
La anterior es también una respuesta intuitiva, aunque un poco más sofisticada
que la simple preferencia por la primera puerta elegida. Ahora nos hemos detenido
un instante a pensar y nos hemos dado cuenta de que si hay dos puertas, las
posibilidades son las mismas, la mitad para cada una. Esa era también la
opinión mayoritaria, casi la única, acerca del problema de Monty Hall, hasta
que las cosas cambiaron cuando, en 1990, intervino en el debate la persona más
inteligente del planeta. No se trataba de Sherlock Holmes, pero tampoco de
Monty Hall (¿era eso lo que pensaba el lector?), sino de Marilyn Vos Savant,
considerada por el Libro Guinness la persona con mayor
coeficiente de inteligencia del mundo. Vos Savant escribía una columna semanal
en la revista Parade titulada Ask Marilyn (Pregunte a
Marilyn), donde respondía a cuestiones difíciles que le enviaban los
lectores. El problema de Monty Hall no parecía a primera vista muy difícil,
pero la respuesta que dio Vos Savant demostró lo contrario, pues afirmó sin
dudarlo que era mucho mejor cambiar de puerta. La protesta de los lectores fue
abrumadora: llegaron más de 10 000 cartas a la revista, al menos mil enviadas
por matemáticos y científicos. En casi todas ellas se decía que Vos Savant
había dicho una estupidez y que era obvio que daba lo mismo cambiar que no
cambiar de puerta. Algunas cartas eran insultantes: «Usted es la cabra», decía
un lector indignado. Los matemáticos y los estadísticos se lamentaban del
analfabetismo numérico de personas cultas como Vos Savant. Los días fueron
pasando y Vos Savant se reafirmó en su respuesta. Con el tiempo, todos tuvieron
que acabar aceptando que tenía razón: es mejor cambiar de puerta. Tal vez los
lectores no acaben de creerlo, puesto que, si hay dos puertas entre las que
elegir, tenemos un 50% de posibilidades en cada una de ellas. Pensar otra cosa
resulta no solo irrazonable, sino antiintuitivo.
Me gusta emplear el problema de Monty Hall en mis clases de creatividad
aplicada a la escritura del guión o a la literatura porque me permite mostrar
con mucha claridad a los alumnos que no deben fiarse de la intuición, que es
muy fácil ser engañados por ese mecanismo mental al que tenemos tanto cariño.
Porque, incluso cuando les explico que si se cambia de puerta existe
aproximadamente un 66% de posibilidades de obtener el coche, mientras que, si
no se cambia de puerta, el porcentaje se reduce a un 33%, no acaban de aceptarlo.
Lo interesante del problema de Monty Hall es que, ni siquiera cuando uno sabe
que no hay ninguna duda de que es mejor cambiar de puerta, la intuición se
niega a aceptarlo, cosa que también me sucede a mí, por supuesto. En nuestra
mente luchan con fiereza el intuitivo e impulsivo Watson y el analítico y
reflexivo Holmes. Pero lo cierto es que es mejor cambiar de puerta.
La razón es que, cuando elegimos entre tres puertas, tenemos un tercio de
posibilidades (33%) de acertar y, por lo tanto, las dos puertas que no hemos
elegido reúnen los dos tercios restantes (66%). Cuando Monty Hall abre una
puerta y nos muestra una cabra, nosotros seguimos con nuestro 33%, pero la
puerta restante tiene ahora aquel 66% que tenían las dos puertas no elegidas.
Sospecho que la mayoría de los lectores siguen sin verlo claro. Es razonable
que así sea. Nos pasa a todos.
Una manera de intentar hacer un poco más intuitivamente aceptable la
sorprendente respuesta al problema de Monty Hall es imaginar que no tenemos que
elegir entre tres puertas, sino entre 100, detrás de las cuales se esconden 99
cabras y un único coche. El concursante tiene que elegir una de las 100 puertas
y, como es obvio, sus posibilidades de acertar son tan solo de un 1%. Eso
significa que existe un 99% de posibilidades de que el coche esté detrás de una
de las otras 99 puertas. En esta ocasión, Monty Hall va abriendo puertas una
tras otra y mostrando cabras tras ellas: una, dos, tres, diez, veintisiete,
cuarenta... Noventa y ocho puertas y noventa y ocho cabras. Ya solo quedan dos
puertas, la que eligió el concursante entre las cien iniciales y la que ha
quedado sin abrir después de haberse descartado 98 puertas. Con este ejemplo
casi todo el mundo empieza a convencerse, porque se ve con bastante claridad
que la puerta del concursante sigue teniendo tan solo un 1% de las
posibilidades iniciales (puesto que el concursante eligió entre las cien
primeras puertas), mientras que la otra puerta conserva el 99% de
probabilidades inicial que estaba en las 99 puertas no elegidas.
Estoy seguro de que algunos lectores todavía no habrán quedado del todo
convencidos, así que solo me queda la solución de remitirles a una página de
internet en la que ellos mismos pueden jugar al problema de Monty Hall; basta
con escribir en Google «Monty Hall online New York Times» y elegir entre los
primeros resultados, probablemente el primero[226].
Recomiendo a los lectores que hagan diez veces la prueba cambiando siempre de
puerta y otras diez veces sin cambiar de puerta. A no ser que se produzca una
especie de milagro matemático (cosa estadísticamente posible, pero bastante
improbable) encontrarán siempre más coches cuando cambien de puerta que cuando
no lo hagan: aproximadamente cerca de un 70% de ocasiones cambiando de puerta,
frente a un 30% al no cambiar.
Mark Haddon, en su novela de sherlockiano título El curioso incidente
del perro a medianoche, dice refiriéndose al problema de Monty Hall:
«Demuestra que la intuición puede hacer a veces que nos equivoquemos. Y la
intuición es lo que la gente utiliza en la vida para tomar decisiones. Pero la
lógica puede ayudarte a deducir la respuesta correcta». La mayoría de las
personas concede un gran crédito a su intuición, pero dilemas como el de Monty
Hall pueden hacer que empecemos a cuestionar muchas aparentes certezas
intuitivas.
Es cierto que la intuición es capaz de establecer rápidas relaciones de causa-efecto,
pero también coincide casi siempre con lo que decía Einstein del sentido común:
es el depósito de prejuicios adquiridos antes de los dieciocho años; a menudo
es «poco más que un atajo cognitivo que nos depara una ilusión de percepción,
cuando en realidad nos deja en la inopia respecto al mundo que nos rodea[227]». Si nos
dejamos llevar por la intuición, por el pensamiento Watson, por nuestro deseo
de encontrar rápidamente causas y explicaciones, es seguro que lo lograremos,
pero los resultados serán casi siempre erróneos cuando la situación a la que
nos enfrentemos se salga de lo trivial o lo convencional, y ya sabemos que los
casos que estudia Holmes nunca son convencionales. Los guionistas
experimentados también saben que cuando escriben llevados por una inspiración
súbita a menudo lo que hacen es repetir algo que vieron la semana pasada en
otra serie o película. El productor ejecutivo de la serie Luz de luna
(Moonlighting) contaba que cuando un nuevo guionista escribía un
capítulo de prueba para la serie, era frecuente que incluyera una escena en la
que los dos protagonistas estaban atados uno al otro, lo que daba pie a una
situación de alta tensión sexual; aunque esos guionistas calificaban su escena
como «originalísima», la realidad es que en el primer capítulo de la serie se
había incluido precisamente una escena idéntica. Es obvio que Holmes también es
asaltado por pensamientos e hipótesis puramente intuitivas (aunque ya sabemos
que su intuición está muy bien educada y es altamente especializada) y que
tiene emociones, pero también sabe que no debe dejarse llevar por ellas, sino
ponerlas a su servicio. Invertir, en definitiva, la célebre sentencia:
«Nuestras razones son las esclavas de nuestras pasiones», al menos en el curso
de una investigación. Otro asunto es que el deseo de comprenderlo todo, como le
sucede a Holmes, sea en sí mismo una pasión, y que esa obsesión y deseo sea lo
que le lleva a dedicar horas y horas a aprender más y más cosas, a mejorar su
capacidad de observación y reflexión, a buscar respuestas inesperadas y a
formular preguntas insólitas. Sherlock Holmes siempre pone a prueba sus
hipótesis porque sabe que es necesario distinguir las opiniones apresuradas de
los hechos contrastados para no ser víctima de la intuición, siguiendo en gran
parte las etapas del método científico propuesto por Francis Bacon.
§. La observación: datos y más datos
¡Datos,
datos, necesito datos! No puedo hacer ladrillos sin arcilla.
Sherlock Holmes.
§. El método inductivo
La
información es poder.
Francis Bacon.
Francis
Bacon, el inspirador de los científicos que crearon la Royal Society y del
modelo de científico que era admirado por Sherlock Holmes y sus contemporáneos,
propuso un método casi mecánico para recolectar datos. Su pretensión era huir
de los peligros de opiniones precipitadas e infundadas y, al mismo tiempo,
«igualar los ingenios» y hacer que cualquier persona pudiera contribuir al
avance de la ciencia. Del mismo modo que en la Nueva Atlántidahabía
imaginado una nueva utopía que reemplazara aquella Atlántida de la que Platón
habla en laRepública, en su Novum Organum, propuso
un nuevo órgano o instrumento que sustituyera los métodos
lógicos y deductivos del Órganonaristotélico. El método de la
ciencia, dice Bacon, no debe consistir en postular principios y a partir de
ellos deducir la realidad, sino en todo lo contrario: lo que hay que hacer es
observar la naturaleza para luego deducir sus leyes. Bacon podría haber escrito
lo que dice Holmes a Watson en diversas ocasiones: «Es un error capital
teorizar antes de poseer datos. Insensiblemente se comienza a distorsionar los
hechos para que encajen en las teorías, en vez de hacer que las teorías encajen
en los hechos[228]».
Conviene, por el contrario, aplicar el método empírico e inductivo, propio de
ciencias como la química, la física o la biología: a partir de observaciones,
elaborar hipótesis que luego puedan ser contrastadas por experimentos y por
nuevas observaciones. Para lograr este objetivo, Bacon propuso unas tablas en
las que debían ordenarse los datos según diferentes categorías, en concreto
veintisiete. Durante la recopilación de los datos también se deben llevar a
cabo ciertas manipulaciones experimentales, para «hacer hablar a la
naturaleza». Una vez reunidos todos los datos relacionados con el asunto que
pretendemos investigar, hay que plantear comparaciones entre las diversas
situaciones en las que se han obtenido esos datos, para distinguir entre lo
contingente y lo necesario, o como dice Holmes: «Es de la mayor importancia no
dejar que los datos inútiles desplacen a los útiles[229]». De este
modo llegaremos, por el llamado «método de inducción por eliminación», a las
primeras hipótesis acerca del fenómeno en cuestión.
En las tablas baconianas se recogen características que hemos podido observar;
por ejemplo, todos los casos en los que está presente el calor: cuerpos que se
frotan, el fuego, los rayos del sol o los animales, en especial los mamíferos.
Pero también se apuntan las características ausentes, por ejemplo, fenómenos
similares a los anteriores pero en los que no se produce calor, como los rayos
de la luna, que iluminan como los del sol pero no calientan. Si comparamos esta
tabla de ausencia con una de las inferencias de Sherlock Holmes, podríamos
decir que el célebre incidente del perro que no ladró por la noche estaría en la
tabla de ausencia referida a las «situaciones en las que un perro no ladra por
la noche cuando alguien entra en los establos»:
- El
perro está muerto.
- El
perro ha sido narcotizado previamente.
- El
perro ha perdido la voz por alguna razón.
- El
perro lleva un bozal que le impide ladrar.
- El
perro no ladra porque quien entra en los establos es su amo...
Podemos
suponer que cuando Holmes piensa en ese dato «ausente» del perro que no ladró,
enseguida pasan por su mente las posibilidades que he enumerado y muchas otras,
mientras que los policías o Watson ni siquiera piensan en esas posibilidades,
sencillamente porque no han llegado a considerar que eso, el hecho de que el
perro no haya ladrado, sea un dato. Como es obvio, cualquier dato incluye ya,
en tanto que dato, una cierta teorización, porque, de no ser
así, la tarea de un científico consistiría en registrar no ya miles de datos,
sino absolutamente todo lo que ve, cualquier hecho, suceso o particularidad.
Cuando a Holmes le cuentan las cosas que han sucedido en un determinado caso,
sus interlocutores casi siempre han seleccionado ya lo que ellos consideran
datos, aunque es obvio que existen ciertas circunstancias, detalles o sucesos
que no cuentan al detective, ya que es imposible mencionarlo todo:
Era
una noche de luna llena y la hierba estaba húmeda y yo había salido de mi casa
a las ocho de la tarde, después de cenar; busqué los guantes de color beige con
ribetes dorados en el armario de la cómoda, y al abrirlo me hice daño en un
dedo, pero no le di importancia y busqué el abrigo, que estaba en el perchero
del dormitorio, y lo cepillé ligeramente antes de ponérmelo, pero.
Imaginemos
el disparate que supondría un relato en el que hubiera que contarlo todo:
¿dónde nos detendríamos? Habría que explicar todas las circunstancias que
rodeaban al suceso, pero también las circunstancias que rodeaban a las
circunstancias. Ni los investigadores pretenden conocer todas las
circunstancias y detalles que rodean a un fenómeno determinado, ni Holmes
pretende que le cuenten todo lo relacionado con un acontecimiento criminal,
porque su paciencia tiene un límite. Por eso, y este es un asunto crucial, lo
que hace Holmes es buscar el dato, es decir, preguntar.
Preguntar, por ejemplo: « ¿Ladró el perro por la noche?». Esa pregunta apunta a
algo que para él es un dato, pero que no lo es (o no lo era hasta entonces)
para sus interlocutores, ya que no lo han incluido en su relato de los acontecimientos
por considerarlo irrelevante. Ya hemos visto que el método de las preguntas,
propio del diagnóstico médico, es una de las claves de todas las
investigaciones que emprende Holmes.
§. Quien busca, encuentra
Quarendo
invenietis («Busca y encontrarás»).
Jesucristo, «Sermón de la Montaña» (en Mateo y Lucas).
Por
desgracia, Bacon no contó todo su método hasta el final, pues habla de nueve
pasos y en el Novum Organum solo explica en detalle, a lo
largo de cien páginas, ese primer paso de recolección de datos, que llama «la
primera vendimia» o las instancias prerrogativas. Esta incompletitud de su
método es sin duda una de las causas de que se haya considerado a Bacon un
empirista ingenuo, que solo parece confiar en la observación, la recolección
masiva y acrítica de datos y el método inductivo como proceder científico. Pero
eso está muy lejos de la realidad, como revela una lectura más atenta de los
libros que escribió, en los que una y otra vez alerta de los peligros no solo
de teorizar sin datos, sino también de recopilar datos ciegamente: «Si se
extiende una observación a otros hechos que se cree semejantes, a menos de
emplear en ello mucha prudencia y orden, se engaña uno necesariamente[230]». Añade
Bacon que «casi siempre se hacen las experiencias con ligereza, como si se
jugara», opinión que sin duda comparte Holmes cuando señala que es fundamental
distinguir en la observación entre lo importante y lo accesorio: «En el arte de
la detección, es de la mayor importancia saber reconocer, entre un cierto
número de hechos, aquellos que son incidentales y aquellos que son vitales. De
lo contrario, energía y atención se disipan en vez de concentrarse». En las
observaciones de un científico o un detective siempre está presente de manera
implícita una cierta teorización previa. Una mancha en un laboratorio no es lo
mismo para la señora de la limpieza, para un químico que ha descubierto un
nuevo compuesto, para un espía que quiere saber si en ese laboratorio se ha
trabajado en algún nuevo proyecto o para alguien que se resbala en ella.
Holmes tiene muy claro que un investigador a menudo observa en función de una
teorización previa. Cuando en «Estrella de plata» encuentra una cerilla en el
barro y el inspector se asombra de que haya podido encontrar algo así, Holmes
explica: «Era invisible, porque estaba sepultada en el barro. Si yo la he
descubierto, ha sido porque la andaba buscando». En cualquier caso, para Holmes
siempre es importante reflexionar cuidadosamente sobre las observaciones y los
datos. Cuando Watson le pregunta qué va a hacer para resolver un complejo caso,
responde: «Fumar. Es un problema de tres pipas, así que le ruego que no me
dirija la palabra durante cincuenta minutos[231]».
La dicotomía entre observación y teorización se resuelve, por supuesto,
aceptando que ambas fases son necesarias en una investigación científica o
criminal y que la relación entre hechos y teorías es a menudo muy compleja:
«Cuando un hecho parece contradecir una larga sucesión de deducciones resulta
de manera invariablemente posible interpretarlo de diferente manera[232]». Del
mismo modo que un hecho puede ser entendido de otra manera, como se dice en la
cita anterior, al ser iluminado por una teoría, también una teoría puede y debe
ser modificada por los hechos. Como ya sabemos, eso es precisamente lo que hace
que Sherlock sea el mayor detective de todos los tiempos, y no su hermano
Mycroft:
Es
superior a mí en observación y deducción. Si el arte del detective comenzara y
terminara en el razonamiento desde una butaca, mi hermano sería el mayor
criminólogo que jamás haya existido. Pero no tiene ambición ni energía. Ni
siquiera se desvía de su camino para verificar sus soluciones, y preferiría que
se le considerase equivocado antes que tomarse la molestia de probar que estaba
en lo cierto. [233]
Sherlock,
al contrario que su hermano, sabe que no todos los misterios se pueden
solucionar desde un despacho, porque es necesario bajar al mundo real y reunir
datos mediante la observación sobre el terreno. En el surgimiento de la ciencia
moderna, que Holmes aplica al arte detectivesco, fue de gran importancia la
utilización del método inductivo. Para conocer un poco mejor las posibilidades,
pero también las debilidades, de este método al que tan aficionado es Holmes,
vamos a contar con la ayuda de los animales más inductivos que se conocen.
§. Los cisnes negros
Los
cisnes comprenden los signos.
Víctor Hugo, Los miserables.
En
los últimos años, los cisnes negros se han puesto de moda gracias a un libro
dedicado a la economía que escribió Nassim Nicholas Taleb: El cisne
negro. Esta celebridad resulta bastante paradójica, porque los cisnes
negros se caracterizan precisamente por lo inusitado e improbable de su
existencia. Taleb elige a estas criaturas como símbolo de acontecimientos
altamente improbables en el mundo económico, como el crac de 1929 o la reciente
crisis financiera internacional. La razón de esta curiosa elección es que los
cisnes negros han sido desde la Antigüedad la metáfora para designar lo
altamente improbable, incluso lo imposible. Para ser más precisos, los cisnes
negros servían para ilustrar el razonamiento inductivo.
Aunque ya hemos visto cómo funciona la inducción al tratar de la observación,
vale la pena repetirlo: hacemos una inducción cuando establecemos una hipótesis
o inferencia a partir de diversas observaciones[234]. Si
observamos que el Sol sale todos los días, podemos conjeturar que también
saldrá mañana, e incluso pasado mañana o la semana próxima. Si quisiéramos
someter a prueba esta hipótesis, podríamos dedicar un mes a observar si se
cumple, o un año, o dos o tres, o diez años si se prefiere. Tras cientos o
miles de amaneceres, podríamos concluir, con ciertas garantías, que el Sol
seguirá saliendo todos los días de nuestra vida. Holmes emplea el razonamiento
inductivo basándose en sus muchas experiencias o conocimientos en el terreno de
la investigación criminal: «Como regla general, en cuanto percibo la más ligera
indicación del curso de los acontecimientos, suelo ser capaz de guiarme por los
miles de casos semejantes que acuden a mi memoria».
El problema es que la inducción no ofrece un conocimiento seguro. De hecho, si
afirmamos: «Puesto que el Sol ha salido durante miles e incluso millones de
días, seguirá saliendo siempre», es casi seguro que nos equivocaremos. Los
astrónomos y cosmólogos, en efecto, nos han revelado que habrá un momento en el
que el Sol no saldrá, ya que se trata de una estrella de tamaño medio con una
vida limitada. Llegará un momento en el que se calentará más y más hasta
convertirse en una estrella gigante roja, después en una nebulosa planetaria y
finalmente se contraerá hasta convertirse en una enana blanca. Pero, como dice
el médico que atiende al angustiado niño Alvy en la película Annie
Hall. «No debes preocuparte, porque eso pasará dentro de mucho, mucho
tiempo[235]». Aunque
lo más probable es que, en efecto, eso suceda dentro de mucho tiempo, nunca
podemos estar del todo seguros de que nuestro conocimiento inductivo sea
correcto: en el mismo instante en el que lees estas líneas, estimado lector,
quizá el Sol ya no exista, puesto que la luz de nuestra querida estrella de
tamaño medio tarda ocho minutos en llegar a la Tierra. En consecuencia, la luz
que ahora ves (suponiendo que leas esto durante el día) es la de hace ocho
minutos. Quizá se ha producido algún improbabilísimo suceso en el interior del
Sol (un cisne negro, como diría Taleb) y ahora mismo ya no existe el Sol.
Pues bien, ¿por qué se llama a estos acontecimientos sumamente improbables,
como la desaparición súbita del Sol o las crisis económicas imprevistas,
«cisnes negros»? La razón es que los filósofos griegos y latinos ilustraron el
problema de la inducción recurriendo a los cisnes, pero no a los negros, sino a
los blancos. Al contrario que en otros animales semejantes, como los patos, las
ocas y los gansos, todos los cisnes que se habían visto y de los que se tenía
noticia eran blancos. Eran el ejemplo perfecto para ilustrar el potencial del
razonamiento inductivo: todas las observaciones ofrecían el mismo resultado,
por muchos cisnes que se observaran, por lo que cualquier persona podía afirmar
sin temor a equivocarse: «Si es un cisne, entonces es blanco».
Nada es más improbable o imposible, se decía hasta finales del siglo XVII, que
un cisne negro, pero en 1697 todo cambió cuando el explorador holandés Willem
de Vlamingh descubrió cisnes negros en el oeste de Australia. Es probable que
la noticia llamara solo la atención de los lógicos, los filósofos y los
criadores de cisnes, pero a partir de ese momento, los cisnes blancos perdieron
su importante papel como símbolo de la validez del razonamiento inductivo
basado en miles de observaciones. Ahora ya nadie podía afirmar: «Si es un
cisne, entonces es blanco». En compensación, los cisnes negros sustituyeron a
los cisnes blancos y entraron en las enciclopedias de la filosofía, de la
ciencia y de la economía como símbolo de los acontecimientos altamente
improbables y casi siempre imprevisibles. La nueva metáfora servía ahora, como
dice Taleb, para mostrar que «una sola observación puede invalidar una
afirmación generalizada derivada de milenios de visiones confirmatorias de
millones de cisnes blancos. Todo lo que se necesita es una sola (y, por lo que
me dicen, fea) ave negra[236]».
§. El problema de la inducción
Creo
haber resuelto un problema filosófico capital: el de la inducción .
Karl Popper.
Los
cisnes negros encontrados en Australia son el símbolo del llamado «problema de
la inducción», que nos obliga a desconfiar de las conclusiones extraídas de
repetidas observaciones, aunque sean miles o millones de ellas. Aunque las
observaciones repetidas de una misma situación nos pueden hacer pensar que
hemos encontrado una ley de la naturaleza o al menos una explicación razonable
para un fenómeno determinado, podemos equivocarnos y descubrir que la realidad
refuta nuestras teorías a partir de una nueva e inesperada observación Un
ejemplo de lo engañoso que puede ser el razonamiento inductivo es una
estratagema que empleé hace años para tranquilizar a mi hermana Natalia en su
aniversario:
—
Hasta ahora, siempre que has cumplido años, han sido menos de 27, ¿no es
cierto?
— Sí.
— Entonces, razonando por inducción, mañana también cumplirás menos de
27 [237].
Pero
al día siguiente, mi hermana cumplió 27 años. Karl Popper muestra otro ejemplo
del mal uso de la inducción. Al recordar sus años de aprendizaje junto al
psicólogo Alfred Adler, cuenta que en una ocasión le informó de un caso que no
parecía «particularmente adleriano», pero el psicólogo, sin ni siquiera ver al
niño, lo analizó sin dudarlo en función de su teoría de los sentimientos de
inferioridad. Cuando Popper le preguntó, incrédulo, cómo podía estar tan
seguro, Adler le respondió: «Por mi experiencia de mil casos»; a lo que Popper
no pudo evitar contestarle: «Y con este nuevo caso, supongo, que ahora será
gracias a su experiencia en mil y un casos[238]».
Holmes también hacía uso del razonamiento basado en la comparación de una
observación con otras similares, pero era más consciente que Adler de las
limitaciones del método, pues, después de decir aquello de su experiencia «en
miles de casos semejantes», añadió: «En el caso presente, me veo en la
obligación de reconocer que los hechos son, hasta donde alcanza mi
conocimiento, algo nunca visto[239]».
De todos modos, aunque la experiencia o información previa no siempre es
concluyente, sí ayuda en la elaboración de hipótesis y resulta imprescindible
para enfrentarse a nuevas situaciones con ciertas garantías. Al referirse a un
colega francés, el detective François Le Villard, Holmes opina: «Posee dos de
las tres facultades necesarias para el detective ideal: la capacidad de
observación y la de deducción. Solo le faltan conocimientos, y eso se puede
adquirir con el tiempo[240]».
§. Fuentes de información
Dispongo
de mis propias fuentes de información y me atrevo a decir que encontraremos la
manera de abordar el asunto.
Holmes en «La aventura del cliente ilustre».
§. El ático de Sherlock Holmes
Pero
¡estoy delirando! Qué cosa curiosa esta de ver cómo el cerebro se da cuenta de
su propio funcionamiento.
Sherlock Holmes en «La aventura del detective moribundo».
Cuando
en Estudio en escarlata Watson reprocha a Holmes no saber que
la Tierra gira alrededor del Sol o quién es Thomas Carlyle, su compañero de
piso replica:
Yo
creo que, originariamente, el cerebro de una persona es como un pequeño ático
vacío en el que hay que meter el mobiliario que uno prefiera. Las gentes necias
amontonan en ese ático toda la madera que encuentran a mano, y así resulta que
no queda espacio en él para los conocimientos que podrían serles útiles, o, en
el mejor de los casos, esos conocimientos se encuentran tan revueltos con otra
montonera de cosas, que les resulta difícil dar con ello. [241]
Esta
es la célebre teoría del ático (attic) o desván de Holmes. Ahora bien,
¿es cierto que en nuestro cerebro solo cabe un número limitado de información y
que conviene, por tanto, no llenarlo con cosas inútiles? Holmes insiste en el
pequeño tamaño de ese ático:
El
artesano hábil tiene muchísimo cuidado con lo que mete en el ático del cerebro.
Solo admite en el mismo las herramientas que pueden ayudarle a realizar su
labor; pero de estas sí que tiene un gran surtido y lo guarda en el orden más
perfecto. Es un error el creer que la pequeña habitación tiene paredes
elásticas y que puede ensancharse indefinidamente. Créame, llega un momento en
que cada conocimiento nuevo que se agrega supone el olvido de algo que ya se
conocía. Por consiguiente, es de la mayor importancia no dejar que los datos
inútiles desplacen a los útiles [242].
Aunque
un reciente experimento podría llegar a dar la razón a Holmes, al menos en lo
que se refiere a las neuronas del hipocampo, la teoría de que el cerebro no
debe acumular muchos datos a riesgo de no poder adquirir otros conocimientos
es, en principio, contraria a lo que opinan los estudiosos de la mente, pues
parece que el cerebro humano tiene capacidad para almacenar más datos de los
que cualquier persona pueda recopilar en decenas de años de estudio, y que el
aumento de datos crea nuevas sinapsis o conexiones neuronales que lo hacen
funcionar mejor. Quienes aprenden tres o cuatro idiomas tienen menos
dificultades para aprender un quinto idioma que quienes solo saben uno. El
propio Sherlock Holmes da muchos ejemplos de la cantidad de conocimiento inútil
que almacena en su cerebro, porque, ¿qué utilidad puede tener saber cuántas
escaleras llevan al piso de Holmes y Watson en Baker Street? Y, sin embargo, en
el célebre pasaje que todos los holmesianos recuerdan (como he hecho yo mismo
al comienzo de este libro), Holmes reprocha a Watson no saberlo:
—
Usted habrá visto muchas veces los escalones que llevan desde la entrada hasta
esta habitación.
— Muchas veces.
— ¿Cuántas veces?
— Bueno, cientos de veces.
— ¿Y cuántos escalones hay?
— ¿Cuántos? No lo sé.
— ¿Lo ve? No se ha fijado. Y eso que lo ha visto. A eso me refería. Ahora
bien, yo sé que hay diecisiete escalones, porque no solo he visto, sino que he
observado.
¿Qué
es más útil, saber que la Tierra gira en torno al Sol o que hay diecisiete
escalones en la casa de Baker Street? Pueden imaginarse muchas situaciones en
las que un conocimiento astronómico podría ayudar a resolver un caso[243] pero
es más difícil imaginar en qué situación podría ser importante conocer cuántos
escalones hay en un determinado lugar. Sin embargo, existe al menos un ejemplo
en el que conocer el número de escalones lleva a la solución de un caso, aunque
no por parte de Sherlock Holmes. Se trata de la novela de John Buchan Los
39 escalones, que Alfred Hitchcock adaptó al cine; en la película ese
dato no llega a ser fundamental, pero en la novela sí que lo es, aunque evitaré
aquí revelar al lector por qué.
La verdad es que la polémica se puede zanjar con cierta facilidad, porque
contamos con una descripción de ese palacio, ático o trastero más precisa, que
nos llega a través del propio Sherlock Holmes. En efecto, en una de las
aventuras en las que Holmes decide sustituir a Watson como cronista (esta es
otra de sus habilidades), describe su trastero mental (box-room) de
una manera que, como señalan los dos grandes expertos holmesianos Baring-Gould
y Klinger, contradice por completo la descripción que hizo Watson en Estudio
en escarlata. Estas son las palabras de Holmes en la aventura «La
melena de león»:
Ustedes
sabrán, pues de lo contrario Watson habría escrito en vano, que poseo un vasto
depósito de conocimientos poco comunes, acumulados sin método científico pero
muy útiles para las necesidades de mi trabajo. Mi cerebro es como un almacén
abarrotado de paquetes de todas clases que se han ido amontonando en su
interior, y tantos que por lo general no tengo más que una vaga idea de lo que
hay dentro. Yo sabía que ahí había algo que guardaba relación con el asunto.
Era todavía algo muy impreciso, pero al menos sabía cómo podía ponerlo más
claro. [244]
Konnikova
y otros estudiosos del pensamiento holmesiano han interpretado de diversas
maneras la contradicción entre el pequeño desván bien ordenado de Estudio
en escarlata y este caótico trastero. Las posibilidades son muchas,
pues siempre podemos interpretar a nuestra conveniencia las explicaciones de
ese torpe cronista llamado Watson. ¿Qué le dijo realmente Holmes en aquellos
lejanos días de Estudio en escarlata? Imposible saberlo.
Mi opinión, pero es solo una opinión, es que Holmes insistió en la necesidad de
tener una parte de nuestra mente bien ordenada, además de entrenada y preparada
para no dejarse llevar por las intuiciones automáticas, por un desbocado
«pensamiento Watson». Hacer que el cerebro sea capaz de recurrir a técnicas
como la detección de signos, la recopilación de datos, la deducción o la
experimentación A mí me gusta pensar que con el desván ordenado Holmes se
refiere no a todo el cerebro, sino a la memoria de trabajo y al control
consciente de la atención y la voluntad. Entrar en consideraciones técnicas
acerca de zonas del cerebro o aspectos de la memoria o referirse a estudios
neurológicos sería muy arriesgado, porque todavía hay demasiadas dudas en la
investigación del funcionamiento de nuestro cerebro; basta con recordar aquella
teoría del hemisferio izquierdo «lógico» y «racional» frente a un hemisferio
derecho «creativo» e «intuitivo», que se popularizó hace varias décadas y que
dio origen a todo tipo de desbocadas interpretaciones, pero que hoy en día ha
sido descartada por los especialistas, aunque todavía sigue siendo popular en
ciertos ambientes.
§. El palacio mental de Sherlock
Como
regla general, en cuanto percibo la más ligera indicación del curso de los
acontecimientos, suelo ser capaz de guiarme por los miles de casos semejantes
que acuden a mi memoria.
Holmes, en «La liga de los pelirrojos».
La
perplejidad ante la teoría del desván semivacío ha provocado todo tipo de
interpretaciones y, como ya he dicho, la más verosímil en mi opinión es la que
sostiene que Holmes no creía que el cerebro fuera un ático vacío, sino más bien
que en el cerebro había un ático vacío, además de muchas otras
habitaciones. A favor de la idea de que Holmes almacenaba cantidades
asombrosas de datos es la descripción que hace del cerebro de la persona que
más se parece a él, con permiso de Moriarty, por supuesto, su hermano Mycroft:
Posee
el cerebro más claro y más ordenado del mundo, con la mayor capacidad para
almacenar datos. Las mismas facultades que yo he aplicado a la investigación
del crimen, él las dedica a esta actividad especial suya.[245]
En
lo que se refiere a los dos hermanos Holmes, podríamos hablar, como se hace en
la serie Sherlock, de un «palacio mental» en el que Holmes
encuentra prácticamente todo, aunque en el ático, quizá situado en una de las
alas de ese inmenso palacio, se encuentren las cosas más interesantes o las
herramientas que nos permiten pensar mejor.
La idea del palacio mental es una de las más célebres variaciones de un antiguo
método memorístico llamado de los loci o lugares, cuya
invención se atribuye al poeta Simónides de Ceos. Según cuenta Cicerón,
Simónides fue invitado a un banquete por el noble tesalio Skopas. Tras recitar
un poema en alabanza a los gemelos Cástor y Pólux, los héroes que eran también
hermanos de Helena de Troya, Skopas no quedó satisfecho y pagó a Simónides solo
la mitad de lo acordado, diciéndole que pidiese a Cástor y Pólux el resto. En
ese momento, un criado avisó al poeta de que preguntaban por él a la puerta de
la casa. Simónides salió y no encontró a nadie, pero entonces la casa entera se
derrumbó, aplastando a todos los asistentes. Al parecer, quienes habían
preguntado por Simónides eran dos gemelos... Pero lo importante, al menos para
la historia de la mnemotecnia, sucedió cuando nadie logró identificar los
cadáveres, de tan destrozados que habían quedado. Simónides lo consiguió porque
recordaba todas las estancias de la casa y dónde estaba cada uno de los
invitados, así que le bastó con ir recorriendo las ruinas, y las habitaciones
correspondientes en su memoria, para identificar a todos los muertos. El método
de los lugares, pues, consiste en imaginar un sitio conocido, ya sea una ruta,
una casa o un palacio, para ir dejando en cada lugar o habitación las cosas que
queremos recordar. Después basta con recorrerlo para encontrar allí todas esas
cosas que hemos dejado. Puedo asegurar al lector que el método funciona y que,
sin ser un experto, he memorizado en apenas unos minutos una lista de sesenta
cosas, sin ninguna relación entre unas y otras, «depositándolas» en mi antigua
casa de la calle Infantas de Madrid, para después recordarlas en el mismo orden
en el que me fueron dichas, tan solo recorriendo de nuevo la casa en mi
imaginación.
El método de los loci en Deus locorum (1520), de Gulielmus Leporeus [246], El
primus locus o primer lugar está en la puerta de la residencia o jardín. Desde
allí girando hacia la izquierda se van encontrando los demás, hasta llegar al
decimus locum.
Es
muy posible que Holmes tuviera su propio palacio mental, porque se trata de una
técnica muy conocida, no solo en la Antigüedad y en la Edad Media, sino también
en su propia época e incluso en la nuestra: la emplea Patrick Jane, el
protagonista de El mentalista, pero también el de El
silencio de los corderos,Hannibal Lecter, quien revela que ha podido
soportar los largos años de cautiverio recorriendo su palacio de la memoria:
El
doctor Lecter puede recorrer los vastos salones de su palacio de la memoria a
una velocidad sobrenatural. Con sus reflejos y su fuerza, con su penetración y
agilidad mentales, el doctor Lecter está perfectamente armado contra su mundo
físico.[247]
Holmes,
según su propia descripción, también tiene un trastero mental lleno de objetos
amontonados, que le permite encontrar aquello que necesite cuando lo necesite,
esté o no en ese trastero. En el caso de la aventura «La melena de león», poco
después de recorrer su trastero o palacio mental y darse cuenta de una manera
confusa de que existe algo que se puede relacionar con el caso que le inquieta,
recurre a otro desván:
En
mi casita hay un amplio desván abarrotado de libros. Me zambullí en él y estuve
rebuscando durante una hora. Al cabo de ese tiempo salí con un pequeño volumen
de color chocolate y plata. Busqué ansiosamente el capítulo del que guardaba un
confuso recuerdo.
Como
se ve, Holmes no lo guarda todo en el desván o palacio mental, no lo memoriza
todo, porque sabe que cuenta con obras de consulta externas. Lo que sí guarda
en su cerebro es la clave, la señal diría un semiólogo, que le indica en qué
otros lugares debe buscar.
§. Información organizada y accesible
Mire,
Mac, la cosa más práctica que podría hacer usted en su vida sería encerrarse
durante tres meses y leer durante doce horas al día los anales del
crimen.
Holmes al comisario MacDonald en El valle del terror.
Según
Sherlock Holmes, una de las tres cualidades de un buen detective, junto a la
observación y la deducción, es poseer abundantes conocimientos. Las
intuiciones, deducciones, abducciones (pronto descubriremos qué es eso de la
abducción), las inducciones, e incluso las observaciones y las teorizaciones de
Sherlock Holmes, se sostienen sobre unos asombrosos conocimientos acumulados a
lo largo de años de investigación y estudio, como él mismo nos explica:
Para
llevar este arte a sus niveles más altos, es necesario que el razonador sepa
utilizar todos los datos que han llegado a su conocimiento, y esto implica,
como fácilmente comprenderá usted, poseer un conocimiento total cosa muy poco
corriente, aun en estos tiempos de libertad educativa y enciclopedias.[248]
Ya
sabemos que Holmes no es un experto en todo, un todólogo u
hombre renacentista, sino que sus conocimientos se relacionan estrechamente con
su trabajo, es decir, con el estudio del mundo criminal, o al menos eso es lo
que aseguró Watson cuando enumeró los conocimientos de su amigo en Estudio
en escarlata[249] Sin
embargo, son muchos los que opinan que Sherlock Holmes fingió ignorancia: «no
sabía que la Tierra gira alrededor del Sol», «no conocía a Thomas Carlyle». O
tal vez suceda, como dice Edgar W. Smith, que si hiciéramos una lista de los
conocimientos de Watson, en la casilla «Conocimientos acerca de Holmes»
deberíamos escribir: «Nulos». En efecto, en otras aventuras podemos constatar
que Holmes discute asuntos astronómicos de cierta complejidad como «las causas
de los cambios en la oblicuidad de la eclíptica[250]», o habla
de Carlyle con gran familiaridad, llegando incluso a citarlo en Estudio
en escarlata, cuando define el concepto de genio: «Afirman que el genio es
la capacidad infinita de tomarse molestias. Como definición, es muy mala, pero
corresponde bien al trabajo detectivesco[251]».
El arte infinito de trabajar con paciencia, de recopilar todo tipo de datos e
información, dijo exactamente Carlyle, como si estuviera pensando en el propio
Holmes. Algo que puede conseguirse hoy en día gracias a internet y Google, pero
que en la época de Holmes se lograba recurriendo a enciclopedias, diccionarios,
biografías y libros de consulta, a los que el detective recurre una y otra vez
en sus aventuras: «Haga el favor de pasarme la letra K de la Enciclopedia
americana que hay en ese estante junto a usted[252]»; o bien:
«Holmes estiró su largo y delgado brazo y sacó el volumen “H” de su
enciclopedia de consulta[253]». En
consecuencia, no cabe duda de que el piso de solteros que comparten Watson y
Holmes en Baker Street está lleno de archivos, diccionarios, enciclopedias y
tomos de biografías: «Holmes se lanzó con frenética energía sobre el montón de
libros de consulta que había en un rincón. Durante unos minutos se oyó un
constante rozar de hojas y por fin, con un gruñido de satisfacción, encontró lo
que buscaba[254]».
Por otra parte, en una urbe cosmopolita como Londres, existen todo tipo de
fuentes de información, pues ya sabemos que el Imperio británico se sostenía
gracias a la recomendación de Bacon de recopilar datos, datos y más datos, de
cartografiar el mundo para vencer al Imperio ruso en el Gran Juego que se
desarrollaba en Asia Central, como nos cuenta Rudyard Kipling en Kim de
la India, de registrar cada pequeño acontecimiento, de no menospreciar
ninguna información, de guardarlo todo, incluso las noticias del día de ayer:
«Consultando los archivos del Times, he descubierto que el mayor
Sholto, de Upper Norwood, que sirvió en el trigésimo cuarto de Infantería de
Bombay, falleció el 28 de abril de 1882[255]». Se
pueden consultar cosas tan diversas como los horarios de trenes, los registros
de los barcos llegados a Inglaterra en los últimos años[256], los
bustos de Napoleón que se han hecho en un taller de escayola de un barrio
londinense[257], o qué
localidades han sido ocupadas en un teatro: «Yo ya estaba seguro de que se
trataba de un caso grave, porque había consultado las actas de taquilla del
Teatro Haymarket (otro de los aciertos del doctor Watson), comprobando que ni
la localidad 31 ni la 32 de la fila B del anfiteatro se habían ocupado aquella
noche[258]». Holmes,
por supuesto, también posee un archivo completo de casos criminales, creado por
él mismo a lo largo de sus años de investigación (que él llama su «índice»), y
que le permite encontrar similitudes entre diferentes sucesos delictivos
(«encontrará casos similares en Andover, año 77, y otro bastante parecido en La
Haya el año pasado[259]»), o
averiguar en un instante quién es Irene Adler:
Durante
muchos años Holmes había seguido el sistema de coleccionar extractos de
noticias sobre toda clase de personas y cosas, de manera que era difícil
nombrar un tema o una persona sobre los que no pudiera aportar información al
instante. En este caso, encontré la biografía de la mujer entre la de un rabino
hebreo y la de un comandante de estado mayor que había escrito una monografía
sobre los peces de las grandes profundidades.[260]
La
enciclopedia de Holmes debía de ser una verdadera delicia, a juzgar por los
extractos que Watson nos facilita en ocasiones y por la exhaustividad con la
que se recogían todos los datos del mundo criminal, como intuimos cuando Holmes
busca la biografía del coronel Moran:
Mi
colección de emes es de lo mejorcito. Solo con Moriarty bastaría para dar
prestigio a una letra, y aquí tenemos además a Morgan, el envenenador,
Merridew, de funesto recuerdo, y Mathews, que me saltó el colmillo izquierdo de
un puñetazo en la sala de espera de Charing Cross. Y aquí tenemos por fin a
nuestro amigo de esta noche.[261]
Tampoco
está mal la letra «V», como descubrimos en «El vampiro de Sussex»:
«Viaje
del Gloria Scott». Mal asunto aquel. Creo recordar que escribió usted un relato
al respecto, aunque yo no le felicitaría por el resultado. «Víctor Lynch, el
falsificador». «Veneno de lagarto: el monstruo de Gila». ¡Aquel sí que fue un
caso curioso! «Victoria, la bella del circo». «Venderbilt y el ladrón de cajas
fuertes». «Víboras». «Vigor, la maravilla de Hammersmith». ¡Vaya, vaya! ¡Este
sí que es un buen índice! No lo encontrará mejor. Escuche esto, Watson:
«Vampirismo en Hungría». Y más adelante, «Vampiros en Transilvania».[262]
Cuando
no encuentra respuestas en los libros, Holmes recurre a un tipo muy especial de
enciclopedias para enterarse de ciertos asuntos: «No volví a ver a Holmes en
todo el día, pero puedo imaginar perfectamente lo que hizo, porque Langdale
Pike era su enciclopedia humana para todo lo relacionado con escándalos
sociales[263]». Del
mismo modo que el cotilla Langdale Pike pone a Holmes al corriente de las
novedades de la vida social, los célebres «Irregulares de Baker Street», un
grupo de chavales dickensianos capitaneados por Wiggins, ponen a Holmes al
tanto de cualquier cosa que haya sucedido o suceda en la ciudad: «Si la lancha
está a flote, ellos la encontrarán. Pueden meterse en todas partes, verlo todo,
escuchar cualquier conversación. Confío en que la encuentren antes de esta
noche[264]». Pero si
lo que interesa es saber qué se está cociendo en los bajos fondos, en el mundo
criminal, lo mejor es recurrir a Shinwell Johnson:
Llegó
a ser un colaborador valioso durante los primeros años de este siglo. Lamento
decir que Johnson empezó por ganarse fama como maleante muy peligroso y cumplió
dos condenas en Parkhurst. Más tarde se arrepintió y se alió con Holmes,
actuando de agente suyo en el voluminoso mundo de los bajos fondos de Londres,
y sus valiosas informaciones resultaron con frecuencia de vital importancia.
Johnson,
que nunca intervenía en casos que pudieran llegar a los tribunales, para así
salvaguardar su posición en el mundo del hampa, gracias a sus dos condenas,
«tenía acceso libre a todos los clubes nocturnos, tugurios y antros de juego, y
su rapidez de observación y despierto cerebro lo convirtieron en un agente
ideal para adquirir informes».
Otra fuente de información de Holmes son los cocheros, verdaderamente útiles,
no solo por su conocimiento (o Conocimiento, como hemos visto) de las calles de
Londres, sino también porque se relacionan con muchas personas a lo largo del
día y son una fuente de información a veces indispensable, como explica Holmes
a Watson en «Un escándalo en Bohemia» tras describirle a un sospechoso: «Ya ve
las ventajas de tener por confidente a un cochero; le han llevado una docena de
veces desde el Serpentine y lo saben todo acerca de él». Otro lugar
fundamental, como le explica a Watson en una de las aventuras en el mundo
rural, son los bares: «Ese es el centro de todos los cotilleos del pueblo. Allí
le habrían dado todos los nombres, desde el del propietario hasta el de la
última fregona[265]».
Las anteriores son algunas de las fuentes de información de Sherlock Holmes,
que le permiten concluir que es posible obtener un conocimiento suficientemente
amplio, al menos si se limita el campo de estudio: «No es imposible que un
hombre posea todos los conocimientos que pueden resultarle útiles en su
trabajo, y esto es lo que yo he procurado hacer en mi caso[266]». A todo
lo anterior, se debe añadir los libros y monografías que él mismo escribió,
fruto se supone de años de investigación. Algunos de esos trabajos del
detective ya han sido mencionados y otros lo serán más adelante, pero vale la
pena recordar que uno de estos estudios está dedicado a los motetes polifónicos
de Lasso, lo que quizá sirva para disipar la imagen popular de Holmes como un
violinista infame. En realidad, Holmes era muy aficionado a la música y un gran
violinista, capaz de tocar «los Heder de Mendelssohn y otras obras de mucha
categoría[267]», aunque
en sus momentos de melancolía rasgaba las cuerdas de manera poco ortodoxa, tal
vez, ¿quién sabe?, anticipando algunas de las revoluciones musicales del siglo
XX.
§. Un detective experto en estadística
La
investigación es, o debería ser, una ciencia exacta, y se la debe tratar del
mismo modo frío y sin emoción.
Holmes en El signo de los cuatro.
Como
ya hemos tenido ocasión de comprobar, Holmes presta gran atención a los
detalles, los signos y los datos, que resultan fundamentales en su método de
investigación. Sin embargo, tampoco descuida las grandes regularidades que
estudia la ciencia de la estadística, lo que se llama la ley de los grandes
números:
¡Qué
extraño enigma es el hombre! Mientras que tomado individualmente es un acertijo
irresoluble, el conjunto de los hombres se convierte en una certidumbre
matemática. No puede usted, por ejemplo, anunciar de antemano qué es lo que
hará un hombre determinado, pero se puede prever con precisión lo que hará la
mayoría de ellos. Eso es lo que dice la estadística.
Muchas
de las deducciones de Holmes se basan en conocimientos estadísticos, en saber
cómo se comporta por regla general una mujer o un hombre en esta o aquella
situación: «Conozco bien esos síntomas. La oscilación en la acera significa
siempre un affaire du coeur. Necesita consejo, pero no está
segura de que el asunto no sea demasiado delicado como para confiárselo a otro[268]». El
análisis estadístico, como es obvio, tiene un cierto margen de error, pero si
se tiene suficiente información las posibilidades de acertar también son
bastante elevadas: «Ha sido una cuestión de buena suerte, porque yo solo podía
hablar de lo que constituía un mayor porcentaje de probabilidades. En modo
alguno esperaba ser tan exacto[269]». En
ciertos casos, el método estadístico de Holmes depende de sus inmensos
conocimientos de todo lo que se relaciona con las personas, no solo desde el
punto de vista emocional o psicológico, sino también desde el físico: «En nueve
casos de diez puede deducirse la estatura de un hombre por la largura de sus
pasos», o bien: «Cuando una persona escribe en una pared, instintivamente lo
hace a la altura, más o menos, del nivel de sus ojos[270]». E. J.
Wagner cuenta cómo el inspector Locard de la Süreté francesa consiguió
localizar a los autores de unas cartas obscenas clavadas en las puertas de
algunos hogares de Lyon siguiendo la observación de Holmes; además, Locard
confirmó las sospechas al reconocer la máquina de escribir de los autores
siguiendo también la sugerencia holmesiana de que no existen dos máquinas de
escribir idénticas.
Es evidente, de todos modos, que las cualidades de Holmes como psicólogo social
y estadístico aficionado no bastan para explicar sus éxitos, dado el carácter
singular de los casos a los que se enfrenta, pero también es obvio que conocer
la frecuencia estadística de una determinada situación o actitud puede ser una
guía inestimable en el comienzo y desarrollo de una investigación, así como
conocer las costumbres y hábitos de la sociedad en la que uno vive, yendo más
allá de lo trivial y lo evidente. Sin embargo, también es cierto que muchas de
las deducciones de Holmes eran posibles en una época y en un país tan clasista
como la Inglaterra victoriana, donde cada persona ocupaba un lugar definido en
la jerarquía social y, por tanto, era fácil detectar las marcas que ese lugar o
posición dejaban en sus ropas, en su cuerpo o en su comportamiento.
La relajación de las costumbres y de las jerarquías sociales no impide, sin
embargo, que hoy en día se puedan aplicar métodos estadísticos, en muchos casos
con mayor razón gracias al mundo digital y los datos masivos, como muestran
ejemplos recientes relacionados con empresas como AOL o Netflix. Las empresas
del mundo digital están obligadas por la ley a proteger la intimidad al recoger
datos, mediante lo que se llama anonimización, que hace que no
pueda accederse a los rasgos que identifican claramente a una persona, como el
nombre, su dirección, su número de tarjeta de crédito, su fecha de nacimiento y
su número de la seguridad social. A pesar de ello, cuando AOL hizo públicos los
datos de búsquedas en internet para que investigadores en estadística y otras
materias pudieran analizarlos, aunque antes los anonimizó cuidadosamente,
convirtiendo a cada usuario en un simple número, no sirvió para nada. The
New York Times, examinando y cruzando búsquedas como «solteros 60»,
«té saludable» y «paisajistas en Liliburn (Georgia)», logró localizar sin mucha
dificultad al usuario 4417749, que resultó ser una mujer llamada Thelma Arnold,
a la que un periodista del Times fue a entrevistar a su propia casa. También se
demostró lo fácil que es identificar a un usuario cualquiera en el servicio de
alquiler online de películas Netflix examinando y cruzando los datos de seis
películas que hubiera calificado. Hoy en día, Sherlock Holmes debería tener un
buen conocimiento de la minería de datos (data mining) para
extraer información al instante acerca de clientes y sospechosos y descubrir
conexiones inesperadas[271]. No solo
eso, sin duda se sentiría muy satisfecho al descubrir que en algunas
situaciones la estadística ha sido sustituida por un conocimiento preciso, al
contar con muchísimos datos, a veces incluso con todos los
datos.
§. Big data: la venganza de Francis Bacon
Él
era la máquina más perfecta de observar y razonar que haya visto el
mundo.
Watson en «Un escándalo en Bohemia».
En
el año 2008, Chris Anderson anunció en un artículo el final de la teoría. No de
una teoría en concreto, sino de «la teoría» en general, de la teorización como
método científico. ¿Por qué? En su opinión, el método científico clásico de
aventurar hipótesis a partir de la observación para así encontrar causas que
puedan explicar lo observado, estaba siendo sustituido por la recopilación de
datos en bruto. Anderson recibió muchas críticas, que le recordaron que no
existen los datos puros y que todo dato lo es porque hay una teoría previa que
lo convierte en dato. Aunque Anderson rectificó y moderó sus afirmaciones, es
cierto que en los últimos años se han producido grandes cambios que explican el
porqué de su provocativa tesis y que parecen dar nueva vida a la idea baconiana
(y holmesiana) de dejar hablar a los datos, de aquellas tablas de presencia y
ausencia en las que se acumulaban datos y más datos. El gran cambio que se ha
producido, gracias a los ordenadores, internet y el mundo digital, es la llegada
de los datos masivos o big data.
En Big data, Viktor Mayer-Schonberger y Kenneth Cukier
explican lo que significa la «revolución de los datos masivos». Hasta ahora,
explican, disponíamos de muchos datos, de muchísimos datos. Gracias a ellos,
podíamos investigar, hacer estadísticas, desarrollar cálculos probabilísticos,
algo que se ha convertido en imprescindible en casi todas las ciencias
actuales, desde la física cuántica a la biología, la medicina, la economía o la
sociología. Sin embargo, en los últimos años los datos han crecido de una
manera tan asombrosa que todo lo que hasta ahora habíamos observado durante la
historia de la humanidad se está convirtiendo en una pequeña muestra comparado
con lo que se puede observar en apenas unos años, meses e incluso días: «En
solo unas semanas, un telescopio de Nuevo México, el Sloan Digital Sky recopiló
más datos que los reunidos en toda la historia de la astronomía. Su sucesor, el
Gran Telescopio Sinóptico de Investigación, recopilará en cinco días toda la
información acumulada por el anterior desde 2000[272]».
No solo eso; estos datos, en vez de desbordarnos por completo, como lo harían
si fueran analógicos, son ahora almacenables y analizables gracias a los
ordenadores. De hecho, de toda la información existente hoy en día, el 98% es
digital y solo un 2% es analógica, es decir, libros, periódicos, películas en
celuloide, billetes de todo tipo[273]. En la
actualidad, al menos en ciertas situaciones, podemos obtener todos los datos,
no un simple muestreo o selección. Un buen ejemplo es la cámara Lytro, que
captura no un único plano de luz, sino haces de todo el campo luminoso, «unos
once millones». Eso significa que el fotógrafo no necesita enfocar al hacer la
foto, ya que la cámara ha recogido literalmente toda la información, por lo que
podrá enfocar después, con los datos digitales. Aquí, aparte de la decisión de
qué fragmento del paisaje se quiere encuadrar y del momento del día, no hay más
teorización previa.
Mientras que los métodos estadísticos obtienen sus asombrosos resultados a
través del análisis de una muestra más o menos grande, los datos masivos están
permitiendo que en ciertas situaciones dispongamos no de una parte, sino de
todos los datos. Un ejemplo notable es el avance de la inteligencia artificial
en el ajedrez. En los años ochenta del pasado siglo todavía se decía que un
ordenador nunca podría ganar al campeón mundial de ajedrez, pero hoy en día se
ha dejado de plantear el asunto porque sabemos que máquinas bastante modestas
podrían ganar a cualquier campeón mundial, aunque todavía sería interesante un
duelo entre todos los grandes maestros de ajedrez contra el mejor de los
ordenadores. Si se trata de finales con seis piezas o menos, los ordenadores ya
conocen todos los movimientos posibles y son imbatibles. También conocen todos
los datos en juegos como las damas, por lo que es imposible vencer a un
ordenador... a no ser que se trate de otro ordenador.
Un Sherlock Holmes actual sin duda contaría con la ayuda de estos increíbles
recopiladores y procesadores de información en sus investigaciones y
consultaría Google o sus archivos privados a través de un smartphone, como
sucede en la serie Sherlock, en vez de en su pequeña
biblioteca de Baker Street. Pero los datos masivos traen consigo otra
consecuencia importante para la investigación, pues nos permiten, a través de
su análisis informático, descubrir ciertas correlaciones, cosas que aparecen
juntas a menudo. Una correlación no es sinónimo de causa, pues tan solo
significa que encontramos una coincidencia entre dos cosas o sucesos, no que
uno sea la causa del otro. La ciencia busca causas, pero las correlaciones sin
más también pueden llevar a muy interesantes descubrimientos. Francis Galton,
el sobrino de Darwin que está en el origen del uso de las huellas dactilares en
la identificación, fue precisamente quien definió el concepto de correlación en
1888, «al observar que la estatura de un hombre guardaba relación con la
longitud de sus antebrazos». Holmes aplica este conocimiento varias veces, como
en Estudio en escarlata. «En nueve casos de diez puede
deducirse la estatura de un hombre por la longitud de sus pasos. Se trata de un
cálculo bastante sencillo, aunque no tiene objeto el molestarle a usted con
números».
Lo anterior ilumina de una manera inesperada todo lo que hemos dicho acerca de
la acumulación de datos o información aparentemente inútil, como los escalones
que llevan al piso de Holmes y Watson en Baker Street: en casos como la cámara
Lytro o el conocimiento de la historia de la criminología o de los diferentes
tipos de ceniza, a menudo es importante no ya saber qué vas a hacer con esos
datos, sino saber que con esos datos, con esas informaciones, tal vez harás
cosas que ahora ni siquiera sospechas. Pensar que se pueden recoger datos sin
una teorización previa es una ingenuidad, ya lo hemos visto, pero pensar que
todos los datos, toda la información se recoge en función de una teorización
previa estricta y consciente no es menos ingenuo, pues a menudo actuamos como
la cámara Lytro: recogemos todo lo que entra en nuestro campo perceptivo sin
saber qué haremos después con ello. Una de las diferencias entre Holmes y los
policías y detectives de Scotland Yard es que ellos buscan algo y
solo encuentran eso que buscan, mientras que Holmes busca y encuentra, pero no
siempre algo concreto y definido de antemano. Holmes no divide de manera
dogmática lo que percibe en dos campos incomunicables de datos significativos y
datos no significativos. Como es obvio, el detective tiene métodos para
encontrar datos significativos en lugares como el barro, en el que pueden haber
quedado marcadas las pisadas, pero también está abierto a considerar que algo
que a los demás les parece un detalle sin importancia podría ser la clave del
enigma.
§. La ciencia de la deducción
Soy
aficionado tanto a la observación como a la deducción.
Holmes en Estudio en escarlata
§. El libro de la vida y la lógica
La
vida es una vulgaridad, los periódicos no traen nada interesante, la audacia y
el romanticismo parecen haber desaparecido para siempre del mundo
criminal.
Holmes en «Las cinco semillas de naranja»
Watson
describe a menudo el método de su compañero de piso como deductivo: «La
característica charla de Holmes, con su profunda observación de los detalles y
su sutil poder de deducción, me mantenía divertido y cautivado». En cuanto a
Conan Doyle, por dos veces y en dos novelas diferentes, eligió «La ciencia de
la deducción» como título para un capítulo: el segundo de Estudio en escarlata
y el primero de El signo de los cuatro. En la primera novela encontramos una
muy instructiva disertación de Holmes acerca de su método, quizá la más extensa
y detallada de todo el canon. La larga explicación viene motivada porque Watson
se burla de un artículo, en el que el autor asegura que un hombre entrenado en
la observación y el análisis podría llegar a conclusiones tan infalibles «como
otras tantas proposiciones de Euclides». Sherlock confiesa entonces a su nuevo
amigo que él es el autor del artículo: «Las reglas para la deducción, que
expongo en ese artículo que despertó sus burlas, me resultan de un valor
inapreciable en mi labor práctica[274]».
El artículo de Holmes, como ya sabemos, se titula «El libro de la vida» y es
sin duda un homenaje a los científicos que creían que la naturaleza era un
libro que había que aprender a leer, como Galileo, que estaba convencido de que
ese libro estaba escrito en caracteres matemáticos, o los sabios baconianos
de Nueva Atlántida que pensaban que la naturaleza es el otro
libro de Dios, como nos lo recuerda Borges en un hermoso pasaje:
A
principios del siglo XVII, Francis Bacon declaró en su Advancement
of Learning que Dios nos ofrecía dos libros, para que no incidiéramos
en error: el primero, el volumen de las Escrituras, que revela Su voluntad; el
segundo, el volumen de las criaturas, que revela Su poderío y que este era la
llave de aquel. Bacon se proponía mucho más que hacer una metáfora; opinaba que
el mundo era reducible a formas esenciales (temperaturas, densidades, pesos,
colores), que integraban, en número limitado, un abecedarium
naturae o serie de las letras con que se escribe el texto universal.[275]
Aunque
no podemos tener la inmensa suerte que tuvo Watson de leer «El libro de la
vida» de Sherlock Holmes, sí sabemos que el detective leía ese libro no solo
mediante la observación, sino también usando la deducción. Conviene, en
consecuencia, hacer una breve incursión en los ordenados y precisos territorios
de la disciplina que se ocupa de las reglas de la deducción y del razonamiento
correcto, la lógica.
Pues bien, supongo que a cualquier lector le sonará la célebre regla deductiva
que dice:
Todos
los hombres son mortales.
Sócrates es un hombre.
Luego, Sócrates es mortal.
Este
razonamiento lógico se llama modus ponens y es sin duda el
silogismo más famoso y también el más sencillo. De manera formalizada, se puede
expresar de la siguiente manera:
Todos
los M son P.
S es M.
S es P.
Para
construir un razonamiento, basta sustituir las letras por cualquier cosa que
nos interese, como M por «hombres», P por «mortales» y S por «Sócrates». Holmes
nos ofrece decenas de ejemplos similares, como cuando en «Los monigotes» deduce
que Watson ha estado en los billares, siguiendo un sencillo razonamiento lógico
que podría resumirse a partir de dos premisas (P y Q):
P:
Watson tiene tiza entre los dedos.
Q: Watson ha estado en los billares.
Con
esas dos premisas, al observar los dedos de Watson, Holmes establece la
siguiente regla lógica elemental:
Si P
entonces Q: P.
Por tanto, Q.
O
dicho en lenguaje profano, es decir, el de quienes no somos lógicos
profesionales:
Si
Watson tiene tiza entre los dedos (P)
entonces Watson ha estado en los billares (Q).
Watson tiene tiza entre los dedos (P).
Por tanto, Watson ha estado en los billares (Q).
Reglas
lógicas como las anteriores resultan sencillas de entender, y es por ello por
lo que Watson exclama a menudo, tras escuchar las explicaciones de Holmes: «Es
sencillísimo». Y sí que lo es, pero Watson y la mayoría de nosotros no solemos
recurrir a tan sencillas reglas de manera espontánea, porque, aunque parece muy
fácil cuando se escucha la explicación, no resulta tan sencillo adquirir el
hábito de pensar de manera lógica.
Ahora bien, existe un problema que no debo ocultar al lector: la corrección lógica
no se corresponde necesariamente con el mundo real. Algo puede ser cierto desde
un punto de vista lógico pero carecer de cualquier utilidad y aplicación.
Conviene tener claro lo siguiente: la conclusión de un razonamiento lógico es
correcta en el mundo real siempre y cuando sepamos que las premisas son
correctas.
Si admitimos que todos los hombres son mortales y sabemos también que Sócrates
es un hombre, entonces podemos concluir, sin ningún temor, que Sócrates es
mortal. Pero eso no significa que podamos afirmar con total y absoluta
seguridad que todos los hombres son mortales (la ciencia podría convertirnos
algún día en inmortales), ni que Sócrates haya sido un hombre, ni siquiera que
haya existido. Un razonamiento lógico no sirve para probar que las premisas y
la conclusión son válidas en el mundo real, sino tan solo para saber que en
caso de ser válidas las premisas, entonces también lo será la conclusión.
Pensemos en el siguiente silogismo:
Todas
las novelas están hechas de gelatina.
La cartuja de Parma es una novela.
Luego, La cartuja de Parma está hecha de gelatina
La
conclusión de este silogismo es correcta desde el punto de vista lógico, ya que
ha sido deducida a partir de las premisas, pero es posible que el lector no
familiarizado con la lógica piense que los lógicos se han vuelto locos, porque
nadie puede aceptar como correcto que la novela de Stendhal esté hecha de
gelatina. Sin embargo, insisto en que la conclusión anterior se deduce
correctamente de las premisas: la fórmula lógica no ha fallado, somos nosotros
los que hemos fallado, al considerar que es correcta la premisa «las novelas
están hechas de gelatina». En un silogismo, en definitiva, no se afirma ni se
niega nada acerca de la realidad, no se discute si los libros están hechos de
gelatina o de papel, ni si La cartuja de Parma es una novela o una piedra, lo
único que se dice es que, si las premisas son correctas, entonces también lo
será la conclusión. Eso sí, hay que tener cuidado con las falsas premisas,
porque como Bertrand Russell demostró en una ocasión, a partir de una premisa
errónea se puede demostrar cualquier cosa imaginable: uno de sus alumnos le
propuso la premisa 1 + 1 = 1 y le desafió a demostrar que era el Papa; Russell
no se inmutó y dijo: «Yo soy 1 y el Papa es 1, en consecuencia, como 1 + 1 = 1,
el Papa y yo somos 1».
Holmes considera que su arte es una especie de lógica y por eso reprocha a
Watson el que cuente sus aventuras atendiendo más a los aspectos románticos:
Si
reclamo plena justicia para mi arte, es porque se trata de algo impersonal…
algo que está más allá de mí mismo. El delito es algo corriente. La lógica es
una rareza. Por tanto, hay que poner el acento en la lógica y no en el delito.
Usted ha degradado lo que debía haber sido un curso académico, reduciéndolo a
una serie de cuentos. [276]
§.
Los límites de la certeza lógica
¡Ah,
querido Watson, aquí entramos en el terreno de las conjeturas, donde la mente
más lógica puede fracasar!
Holmes en «La casa vacía».
A
pesar de la certeza que ofrece un silogismo, su utilidad ha sido puesta en duda
a menudo. Por un lado, porque el hecho de que la conclusión se deduzca de
manera lógica no nos dice nada acerca de la corrección de las premisas y, en
consecuencia, no podemos garantizar que algo sea cierto tan solo porque hayamos
aplicado correctamente las reglas del silogismo: también debemos saber que las
premisas son verdaderas. Y eso no siempre es tan fácil como parece. Cuando
decimos que Sócrates es un hombre, estamos haciendo una afirmación más
ambiciosa de lo que parece a primera vista, como nos recuerda nuestro viejo
conocido, el semiólogo asesor Charles Sanders Peirce:
Tomemos
la proposición de que Sócrates era un hombre; esto implica (por no ir más
lejos) que durante cada fracción de segundo de su vida entera (o, si se
prefiere, durante la mayor parte de ellos) fue un hombre. No aparecía en un
instante como un árbol y en otro como un perro; no fluía en forma de agua, ni
se mostraba en dos lugares a la vez; no era posible pasar un dedo a través de
él como si fuese una imagen óptica.[277]
Para
saber con certeza que Sócrates es un hombre tendríamos que haberlo vigilado
durante cada instante de su vida y confiar en que no nos hubiesen engañado con
algún tipo de ilusión. Como es obvio, raramente exigimos una certeza absoluta
en nuestras premisas, por lo que aceptamos sin demasiada discusión que Sócrates
es (o era) un hombre. En Los Simpson y las matemáticas, Simón Singh
cuenta un divertido chiste que muestra a un astrónomo, un físico y un
matemático que viajan por Escocia. El astrónomo usa, por supuesto, el
razonamiento inductivo, mientras que el físico intenta establecer una premisa
lógica cierta; en cuanto al matemático… pero mejor contemos el chiste:
Un
astrónomo, un físico y un matemático estaban pasando sus vacaciones en Escocia.
Mirando por la ventanilla de un tren, observaron una oveja negra que estaba en
medio de un campo.
— ¡Qué interesante — observó el astrónomo— , todas las ovejas escocesas son
negras!
A lo cual respondió el físico:
— ¡No, no! ¡«Algunas ovejas» escocesas son negras!
El matemático miró al cielo con aire suplicante y luego exclamó:
— En Escocia existe al menos un campo, que contiene al menos una
oveja, de la cual al menos un lado es negro.
Ahora
bien, incluso cuando aplicamos el rigor del matemático del chiste y aceptamos
que las premisas son correctas y que, en consecuencia, la conclusión es
correcta, tanto desde el punto de vista lógico como desde el existencial, eso
tampoco resulta significativo, al menos para algunos filósofos. Ludwig
Wittgenstein, por ejemplo, señaló que no se obtienen conocimientos nuevos
mediante la lógica, porque si conocemos la verdad de las premisas entonces ya
sabemos la verdad de la conclusión sin necesidad de ningún cálculo lógico. En
su opinión, los silogismos son vulgares tautologías: solo nos
dicen lo que ya sabemos[278]. Sin
embargo, la crítica de Wittgenstein no es del todo justa, porque, aunque es
cierto que en las premisas de una deducción lógica está contenida en cierto
modo su conclusión, ello no significa que un investigador no pueda obtener
conocimiento seguro gracias a la aplicación de una ley lógica, después de
comprobar que todos los pasos de un silogismo han sido realizados de manera
correcta y que, en consecuencia, la conclusión obtenida es válida. Hay que
tener en cuenta, como dije antes, que no todas las reglas de la lógica son tan
sencillas como el modus ponens, y que a veces el cálculo que
se lleva a cabo silogismo tras silogismo puede ser tan complejo como los de
complejas fórmulas matemáticas[279]. La
lógica, por ejemplo, nos permite descifrar con cierta facilidad un código
cifrado una vez que hemos obtenido, tras arduo examen, ciertas claves, como ya
hemos visto en los casos del Legrand de «El escarabajo de oro» o el Holmes de
«Los monigotes».
En definitiva, pensar que la deducción no aporta ningún conocimiento significa
identificar el conocimiento en sí, en abstracto, con el conocimiento concreto
que puede tener en un momento dado una persona o una comunidad científica. Por
otra parte, el conocimiento de las inferencias lógicas válidas es ya en sí
mismo útil, porque puede librarnos de cometer muchos errores en nuestros
juicios.
Pensemos en la célebre frase de Samuel Johnson: «El patriotismo es el último
refugio de los canallas». Me atrevería a afirmar que la mayoría de las personas
que emplean esta frase la interpretan de la siguiente manera: «El patriotismo
es propio de canallas y, en consecuencia, todos los patriotas son canallas».
Sin embargo, un conocimiento elemental de las reglas de la lógica nos permite
averiguar enseguida que, con toda seguridad, no es eso lo que expresa la frase
y, con mucha probabilidad, que tampoco era eso lo que quería afirmar Johnson Él
no quería decir que cualquier patriota es un canalla, sino que los canallas,
cuando ya no les queda ninguna otra salida, recurren al patriotismo. Pero no
significa que todos los patriotas sean canallas, y tampoco que todos los
canallas recurran al patriotismo: solo lo hacen aquellos a los que no les queda
otro remedio. Si no se ven en una situación desesperada, tal vez nunca
recurrirán al patriotismo. Veamos ahora la interpretación incorrecta y su
formulación lógica:
Todos
los canallas en situación desesperada recurren al patriotismo.
Fulano recurre al patriotismo.
Luego, Fulano es un canalla.
Incluso
bajo esta formulación, a algunas personas les resulta difícil darse cuenta del
error, porque no es fácil pasar del «pensamiento Watson» al «pensamiento
Holmes» de Konnikova, o al sistema 1 y sistema 2 de Kahneman. El pensamiento
intuitivo no detecta el error, pero cualquier lógico sabe que la segunda
premisa que podemos emplear no es «Fulano recurre al patriotismo», sino:
«Fulano es un canalla en una situación desesperada». Esta inferencia deductiva
correcta evita que caigamos en el error de considerar canallas a todos los
patriotas (o en el error de creer que así lo hacía Johnson). Pero, bien
aplicada, esta regla también puede tener un valor predictivo, muy útil para
alguien como Sherlock Holmes. Si el detective supiera, por ejemplo, que: «Todos
los cobardes en situación desesperada acaban recurriendo a la huida», eso le
permitiría decidir que debe dirigirse cuanto antes a la estación de tren para
intentar impedir la fuga de un conocido cobarde al que ahora sabe desesperado.
De hecho, así es como opera Sherlock Holmes a menudo, ya que, como parece
conocer las reglas correctas de la inferencia, puede darse cuenta de errores
que otras personas menos entrenadas en dichas reglas no ven. Un ejemplo lo
encontramos en la aventura del caballo Silver Blaze, que contiene dos reglas
lógicas:
1. Si
el perro no ladra, quien puso el opio en la comida de los criados no pudo ser
un extraño.
2. El
perro no ladró.
3. La
persona que puso el opio en la comida no era un extraño.
4. Simpson
era un extraño.
5. Luego
Simpson no es culpable.
§.
La caja misteriosa
Se
han llevado algo. En la esquina del estante hay menos polvo que en el resto.
Puede haber sido un libro que estaba tumbado. O una caja.
Holmes en «Peter el Negro».
En
muchas de las deducciones que se han mencionado hasta ahora, se parte de la
formulación en condiciones ideales de una ley lógica: en el mundo real las
cosas no son tan sencillas y no es fácil afirmar que todos y cada uno de los
canallas conocidos y por conocer recurrirán al patriotismo en caso de
encontrarse en una situación desesperada. Ese es uno de los problemas de la
deducción, un método poderosísimo cuando conoces todos los elementos sobre los
que aplicar tus reglas, pero no tanto cuando no es así. A continuación ofrezco
al lector un sencillo problema lógico, en el que sí conocemos todos los
elementos, que nos propone Martin Gardner:
Hay
diez calcetines rojos y diez calcetines azules mezclados en el cajón del
armario. Los veinte calcetines son exactamente iguales, salvo por el color. El
cuarto está absolutamente a oscuras y tú quieres dos calcetines del mismo
color. ¿Cuál es el menor número de calcetines que debes sacar del cajón para
estar seguro de que tienes un par del mismo color?
¿Podría
el lector responder a esa sencilla pregunta antes de continuar leyendo?
Piénselo un instante, con la certeza de que en este caso no puede haber duda
alguna, puesto que sabemos cuántos elementos hay exactamente en el cajón y cómo
es cada uno de esos elementos. ¿Ha dado ya con la solución?
Muchas personas responden que hay que sacar 11 calcetines, otras que es
necesario extraer al menos 12. La respuesta correcta, sin embargo, es muy
diferente: tan solo necesitamos sacar tres calcetines. El primero será rojo o
azul; el segundo, o rojo o azul. Si es del mismo color que el primero, ya hemos
resuelto el problema, puesto que tenemos dos calcetines iguales. Pero si el
segundo calcetín no es de mismo color, entonces el tercer calcetín tendrá que
ser o bien rojo o bien azul: puesto que los dos primeros eran de distinto
color, el tercero tendrá que coincidir forzosamente con uno de ellos.
Naturalmente, podemos tener la suerte de conseguir dos calcetines iguales
sacando solo dos, pero eso dependerá del azar, mientras que con tres es
absolutamente seguro, y hay que tener en cuenta que, al menos en el mundo
criminal del que se ocupa Holmes, no siempre basta con un conocimiento
probable.
El problema de los calcetines muestra que, incluso cuando conocemos todos los
elementos en juego, podemos equivocarnos, porque la realidad no se nos presenta
de manera tan sencilla como las premisas de un silogismo y existen muchos
elementos innecesarios o accesorios (como el número concreto de calcetines
rojos y azules en el cajón: diez y diez), que nos pueden confundir y activar no
ya nuestro razonamiento deductivo o inductivo, sino el intuitivo. La intuición,
como ya hemos tenido ocasión de comprobar, es un arma poderosa, pero a menudo
está mal cargada. En este caso, la intuición nos ha sugerido que tenemos que
asegurarnos de que se agoten los calcetines de un color, sacando lio incluso 12
calcetines. ¿Por qué? No se sabe, pero es que la intuición es así: nos da una
respuesta inmediata y no basada en un razonamiento explícito del que seamos
conscientes. Casi siempre acierta, pero en algunas ocasiones muy importantes
falla, incluso cuando se trata de Sherlock Holmes: «Yo tengo instinto para
estas cosas, pero a veces ese instinto me la juega[280]».
En
cuanto a la deducción, hay ejemplos como el de la geometría euclídea que nos
muestran que si aceptamos ciertos axiomas, como los cinco postulados de
Euclides, a partir de ellos podemos construir todo un mundo de deducciones
increíblemente efectivas y exactas. Una vez aceptados los axiomas, todo el
conocimiento deducido de ellos es coherente, como decía Holmes, pero, además,
los resultados funcionan cuando se aplican a la realidad. Sirven y han servido
a lo largo de la historia para construir impresionantes catedrales, arcos
increíbles y puentes asombrosos. Al contrario que las premisas de la teología,
que nunca nos dejan salir de la abstracción pura, las premisas de las
matemáticas nos permiten modificar el mundo en el que vivimos de manera
efectiva. Sin embargo, también podemos no aceptar los axiomas de Euclides, por
ejemplo el quinto postulado de las paralelas, como hicieron Riemann y
Lobachevski en el siglo XIX, y descubrir que la geometría euclídea no es la
única posible y que existen otras geometrías, algunas de ellas también
aplicables al mundo real, como la elíptica y la hiperbólica.
Ahora bien, imaginemos que, después de sacar un calcetín rojo y uno azul,
extraemos un tercer calcetín y resulta ser de color verde. Situaciones como la
anterior se pueden explicar al menos de tres maneras: ha sido un descuido de
quienes han participado en el experimento, que han introducido en el cajón un
calcetín verde sin querer; ha sido un milagro... o ha sido un truco. El
descuido nos lleva a considerar lo importante que es la elección de las
premisas, el rigor científico y la necesidad de controles cada vez más
sofisticados; el milagro nos conduce a la religión o a una nueva metafísica; el
truco, a un salón de magia o a los parajes de la pseudociencia, a las manos de
un mago o a las de un farsante, a los dominios de Uri Geller y el Conan Doyle
espiritista o a los de Houdini y Sherlock Holmes, quien dijo: «Debemos buscar
la coherencia; allí donde falta la coherencia, hemos de sospechar que hay
engaño».[281]
§. El problema de la habitación cerrada
¿Ha
notado algo particular en la habitación?
Holmes en «El paciente residente».
Piense
ahora el lector en una última variante del problema de los calcetines. En este
caso, sabemos que en un cajón hay calcetines, pero no sabemos cuántos hay y
tampoco sabemos de qué color son. Podrían ser decenas o cientos de calcetines
de cualquier color imaginable: azul, rojo, amarillo, negro, blanco... La
pregunta es la misma: ¿cuántos calcetines se deben extraer para estar seguros
de tener dos del mismo color?
Por más que lo pensemos, no podremos encontrar la respuesta. Este último
ejemplo demuestra que la efectividad del método deductivo depende de que no
exista ninguna duda respecto a las condiciones iniciales, por ejemplo cuántos
calcetines hay en el cajón y de qué colores son. Cuando nos encontramos ante un
sistema cerrado en el que conocemos todos los datos, resulta posible dar una
respuesta segura gracias a la deducción. El problema es que los sistemas
cerrados son difíciles de encontrar en la naturaleza, aunque sí se pueden
encontrar en ciertos lugares de las matemáticas, como el conjunto de los
números que van del 1 al 12, o el conjunto de los objetos con todos sus lados
iguales, que son cinco, los llamados sólidos perfectos o platónicos. Por más
que lo intentemos, no podemos encontrar ningún objeto geométrico tridimensional
de lados iguales que no sea uno de los cinco sólidos platónicos, así que, si
tenemos que deducir algo relacionado con objetos con todos sus lados iguales,
tenemos muchas posibilidades de lograr salir con éxito del desafío. Pero
¿cuántos casos criminales conoce el lector en los que los sólidos perfectos
jueguen un papel fundamental?[282]
En los relatos detectivescos encontramos a veces sistemas cerrados: son los
casos llamados, precisamente, de «habitación cerrada». En ellos el detective, y
a menudo también el lector, deben resolver un misterio, por lo general un
asesinato, que se ha cometido en un recinto cerrado. De nuevo Edgar Allan Poe
es considerado un precursor, con «Los crímenes de la Rué Morgue» (1841), relato
en el que el detective Dupin debe resolver el espantoso asesinato de dos
mujeres que se ha cometido en una habitación cerrada. En varias de las
aventuras de Sherlock Holmes encontramos un misterio de «habitación cerrada»,
por ejemplo en «La banda de lunares», «El jorobado», «El paciente
residente», El valle del terror y El signo de los
cuatro. Pero también se puede incluir en este grupo «Las gafas de
oro», que ya hemos recordado al hablar de las pisadas y del bíblico Daniel.
Aparte de los casos de «habitación cerrada», en los que la deducción puede
aplicarse con la precisión de un silogismo, Holmes emplea deducciones que se
basan en observaciones significativas, aplicándolas a Londres, que no es que
sea un sistema cerrado, pero que sí tiene ciertas características que no suelen
defraudar a un buen observador. Ya sabemos que a partir de unas manchas de
barro rojizo, Holmes era capaz de deducir que su amigo había estado en la
oficina de Correos. Como él mismo explica: «Lo primero era observación, el
resto deducción».
Como se ve, la insistencia de Holmes en definir su método como una mezcla de
observación y deducción tiene mucho sentido: no se trata tan solo de observar y
suponer que algo que se repite mucho volverá a repetirse, como la salida del
Sol. Ese sería el método inductivo, que Holmes aplica de vez en cuando,
basándose en sus amplios conocimientos del mundo criminal, pero lo que el
detective hace con más frecuencia es observar algo casi único, como un poco de
barro rojizo, y a partir de ahí deducir el origen de esa huella. Los expertos
holmesianos han examinado a fondo este método de observación-deducción y han
llegado a la conclusión de que no puede considerarse ni deductivo ni inductivo.
¿Qué es entonces?
§. La abducción de Sherlock Holmes
Muchas
de las llamadas «deducciones» de Sherlock Holmes son casos de abducción
creativa.
Umberto Eco.
§.
El método de Sherrinford Holmes
No
creo que deba usted preocuparse. He solido encontrar que su locura tenía un
método.[283]
Holmes en «Los hacendados de Reigate
Tras
conocer los principales métodos empleados por los científicos (la inducción y
la deducción), debemos analizar un tercer método, menos conocido pero quizá muy
relacionado con Sherlock Holmes, la «abducción». La abducción a la que me
refiero no consiste en ser secuestrado por visitantes procedentes del espacio
exterior, sino que es un método de hacer conjeturas al que puso nombre Charles
Sanders Peirce, el semiólogo que en sus ratos libres era también detective y al
que me permití identificar con el tercer hermano Holmes: Sherrinford. Aunque
Peirce no se refirió al método de Sherlock Holmes, la manera en la que
describió la abducción o retroducción ha hecho que muchos expertos, como Sebeok
o Eco, consideren que es la mejor definición de lo que practica Holmes.
Peirce explicó en qué consistía el razonamiento abductivo y en qué se
diferenciaba del inductivo y del deductivo con el ejemplo de un saco de judías.
De manera semejante a aquel cajón lleno de calcetines de colores, tenemos un
saco con judías pero no sabemos cuántas hay ni de qué color son.
Caso
1: Inducción.
Extraemos
un puñado de judías al azar y resulta que son todas blancas. Eso nos permite
afirmar dos cosas:
1. Regla
que ya conocemos: «Todas estas judías estaban en la bolsa».
2. Caso
nuevo al que nos enfrentamos: «Todas estas judías
son blancas».
Y a
partir de estas dos certezas, podemos arriesgar una inducción:
Conclusión probable: «Todas las judías de la bolsa son
blancas».
Se trata, como se ve, de una conclusión que no es segura, sino solo probable,
porque no debemos olvidar nunca al cisne negro, aquella inquietante grieta en
el razonamiento inductivo: ¿cómo podemos estar seguros de que no hay una judía
negra en la bolsa? Por muchas judías blancas que saquemos, no podemos afirmar
que todas las judías de la bolsa son blancas hasta que hayamos extraído todas y
cada una de las judías. Del mismo modo que se encontró un cisne negro en
Australia cientos de años después de observar solo cisnes blancos, podría
suceder que apareciera en el fondo del saco una judía negra.
Caso
2: Deducción.
Si
ahora nos permitieran vaciar el saco y comprobar que todas las judías de la
bolsa son blancas antes de volver a llenarlo con esas mismas judías, entonces
ya no aplicaríamos un razonamiento inductivo e inseguro, sino uno deductivo y
seguro. Estaríamos ante el típico problema detectivesco de habitación cerrada.
Podríamos extraer varias judías de la bolsa y, sin ni siquiera mirarlas,
afirmar una conclusión firme y segura, mediante un proceso puramente deductivo:
- Regla
que ya conocemos: «Todas las judías de esta bolsa son
blancas».
- Caso
nuevo al que nos enfrentamos. «Estas judías son de esta
bolsa».
- Conclusión
segura: «Estas judías son blancas».[284]
También
podríamos resolver un caso por vía negativa, de manera igualmente segura:
- Regla
que ya conocemos: «Todas las judías de esta bolsa son
blancas».
- Caso
nuevo: «Aquí
hay un montoncito de judías negras y blancas».
- Conclusión
segura: «No
todas las judías del montoncito proceden de la bolsa».[285]
Caso
3: Abducción.
Imaginemos
una tercera situación. Como en el caso anterior, tenemos la certeza de que
todas las judías de la bolsa son blancas, pero ahora, al entrar en la
habitación, vemos la bolsa y, en otro lugar, varias judías blancas. En este
caso podemos hacer una hipótesis, una conjetura, que no es ni inductiva ni
deductiva, sino tan solo abductiva:
- Regla
que ya conocemos: «Todas las judías de esta bolsa son
blancas».
- Caso
nuevo al que nos enfrentamos: «Estas judías son blancas».
- Hipótesis
que aventuramos: «Estas
judías han salido de esta bolsa».
Visto
a la manera de Holmes:
- Regla
que ya conocemos: «Hay arcilla roja en la oficina de
Correos».
- Caso
nuevo al que nos enfrentamos: «El zapato de Watson tiene
arcilla roja».
- Hipótesis
que aventuramos. «Watson
ha estado en la oficina de Correos».
En
este caso, no sabemos si nuestra afirmación es segura al cien por cien, como
sucedía en la deducción, porque puede suceder que las judías blancas que hemos
encontrado no hubiesen salido de la bolsa, sino que alguien las hubiese dejado
allí. Tampoco se trata de un razonamiento inductivo, porque no hemos observado
ninguna relación repetida entre judías de la bolsa que hemos ido extrayendo.
Esta diferencia en el modo de hacer una conjetura es de una gran importancia,
pero suele ser ignorada por muchas personas que aplican un razonamiento que
creen deductivo y que en realidad solo es abductivo. Pondré un ejemplo más
familiar: si sabemos que todos los hombres lobo salen con la luna llena,
entonces si vemos a un hombre lobo, sabremos que hay luna llena, pero eso no
significa que si vemos a alguien en una noche de luna llena sea un hombre lobo.
Como es obvio, podemos abducir que las judías que hemos
encontrado han salido de la bolsa o que ese tipo peludo que se pasea bajo la
luna llena es un hombre lobo, pero no tenemos la certeza absoluta: no
podemos deducirlo.
No sé si el lector se da cuenta cabal de las diferencias entre inducción,
deducción y abducción. Se podrían resumir diciendo que con las inducciones no
podemos afirmar algo de manera dogmática, porque el hecho de observar que algo
se repite no es una prueba de que siempre vaya a suceder.
Con
las deducciones sí podemos afirmar ciertas cosas sin dudarlo, pero el problema
es que es difícil o imposible hacer deducciones en un mundo abierto a muchas
posibilidades, excepto cuando se trata de situaciones como los casos de
habitación cerrada. En consecuencia, a menudo solo nos queda la abducción, que
es probablemente el genuino método de investigación para un detective... y para
un científico. Sabemos una cosa, vemos otra cosa y abducimos que hay una
relación entre ambas cosas: hay barro en la oficina de Correos, vemos barro en
los zapatos de Watson... ¿ha estado Watson en la oficina de Correos?
Ahora bien, hay que tener en cuenta que las conjeturas de Holmes no suelen
basarse en una única abducción, en una conexión de dos o tres datos, sino en
una conjunción de muchas observaciones. Es obvio que puede haber arcilla roja
en muchos lugares de Londres, pero Holmes también ha observado que Watson ha
dejado abierto el cajón en el que guarda los sobres, y que hace poco usó la
pluma, lo que hace más probable esa abducción de que ha estado en la oficina de
Correos de Wigmore Street. Del mismo modo, si estamos en un bosque iluminado
por la luna llena y vemos a un tipo muy peludo y además le oímos aullar, las
probabilidades de que sea un hombre lobo aumentan de manera notable.
En definitiva, una lectura atenta de las aventuras de Sherlock Holmes nos
revelará que, como han señalado expertos como Sebeok, Eco o Truzzi, Holmes
emplea a veces el método inductivo y el deductivo, pero que recurre casi
siempre a «la única clase de argumento que da origen a una nueva idea», según
el semiólogo asesor Charles Sanders Peirce, es decir, la abducción.
§. Cómo razonar hacia atrás
Lo
importante es poder razonar hacia atrás.
Sherlock Holmes en Estudio en escarlata
§.
Cuando todas las piezas encajan
Amberley
era un extraordinario jugador de ajedrez, lo cual, Watson, es indicio de una
mente calculadora.
Holmes en «La aventura del fabricante de colores retirado».
En
su libro Juegos de ajedrez y Sherlock Holmes, el gran lógico
Raymond Smullyan hace que Sherlock Holmes y su fiel ayudante Watson recorran el
mundo resolviendo problemas de ajedrez. Pero no se trata de los problemas
tradicionales, en los que tenemos que averiguar cómo dar jaque mate en dos jugadas,
sino de problemas en los que hay que descubrir, viendo una posición en el
tablero, qué es lo que sucedió en jugadas anteriores. Son problemas de ajedrez
retrospectivo, un raro entretenimiento al que era muy aficionado Vladimir
Nabokov, y que también forma parte de la intriga de La tabla de
Flandes, de Arturo Pérez-Reverte. En mi ensayo acerca de la
identidad, Nada es lo quees[286],
seleccioné uno de los problemas de ajedrez del Sherlock Holmes de Smullyan para
mostrar lo difícil que resulta definir la identidad de una simple pieza de
ajedrez. En esta ocasión, propondré al lector, al que ya supongo aficionado a
emplear el «pensamiento Holmes» frente al «pensamiento Watson», otro problema
que Holmes define como un ejercicio, «ya que es demasiado simple para merecer
el nombre de problema[287]». Para
animar a los lectores que no sean aficionados a este juego, les diré que según
todos los estudios realizados hasta la fecha, el ajedrez ayuda de manera muy
clara a evitar el deterioro cognitivo, incluido el alzhéimer, sin duda porque
activa el pensamiento Holmes y en especial la memoria y la capacidad de
concentración. En una investigación realizada en el Hospital Clínico de
Valencia en 2009 se concluyó que la práctica regular del ajedrez estaba
asociada a una clara mejoría cognitiva en el 65% de los sujetos. ¿Es suficiente
estímulo para afrontar este pequeño desafío? Holmes y Watson están examinando
un tablero de ajedrez en el que tan solo quedan cuatro piezas. Los jugadores no
están allí, pero se sabe que la partida todavía no ha terminado, así que el
detective y su ayudante se proponen descubrir cuáles han sido los últimos
movimientos. No parece difícil con tan pocas piezas y, además, al fin y al
cabo, se trata de uno de esos problemas de «habitación cerrada» típicos de las
novelas de detectives. Es decir, conocemos todos los elementos en juego: un
tablero y cuatro piezas, y sabemos que en ese tablero se jugó una partida
reglamentaria de ajedrez, en la que solo se pudieron usar las piezas legales y
las jugadas reglamentarias. Vamos a ver el tablero:
Holmes
conoce de antemano un dato importante: la última jugada la hicieron las negras.
La pregunta es: ¿cuál fue esa última jugada que hicieron las negras?
Dejo al lector esta línea de texto para que piense la respuesta.
¿Lo ha descubierto ya?
Watson, que después de tantos años junto a Sherlock ya parece haber aprendido a
activar el «pensamiento Holmes», deduce la respuesta: «El rey negro acaba de
escapar del jaque que le daba el alfil blanco».
Watson
lo ha deducido correctamente, pues sabe que el rey negro solo pudo llegar a la
casilla a8 desde alguna de las tres casillas adyacentes (a7, b7 o b8). También
sabe que dos reyes nunca pueden estar juntos sobre el tablero. Por lo tanto, la
única casilla en la que podía estar el rey negro era la a7, pues como diría
Holmes:
Ya sabemos que la última jugada de las piezas negras consistió en mover el rey
desde a7 a a8, pero ahora Holmes hace una pregunta un poco más difícil: antes
de ese movimiento del rey negro, ¿qué jugada hicieron las blancas?
El lector puede intentar encontrar la respuesta, aunque debo advertirle que
aquí Watson no va más allá de sí mismo, del «pensamiento Watson», y admite que
no sabe qué decir. A primera vista, en efecto, parece imposible hallar una
solución, pues si el rey estaba en la casilla a7, entonces el alfil estaría
amenazándolo desde su posición en g1, pero solo puede haber llegado a esa
casilla desde la diagonal en la que se encuentra. El problema es que si el
alfil se hallaba en otra casilla de esa diagonal, entonces ya estaba dando
jaque al rey, y es imposible que una pieza que está dando jaque se aleje en
sentido contrario, porque lo obligado sería dar jaque mate, es decir, comerse
al rey. Así que el blanco tendría que haber movido otra pieza en vez del alfil,
pero es obvio que el peón blanco tampoco se ha movido, pues se encuentra en la
posición de inicio de la partida. En cuanto al rey blanco, podría haber hecho
cualquier movimiento, si no fuera porque es imposible que el blanco mueva a su
rey en vez de comerse al rey negro con el alfil que le amenaza.
La compleja situación es esa: ¿cómo es posible que el blanco haya movido una
pieza cualquiera en vez de comerse al rey con su alfil? O bien: ¿cómo ha
logrado hacer llegar al alfil al lugar en el que está sin antes dar jaque al
rey rival? Ahora que hemos reconstruido todos los aspectos del problema, ¿puede
el lector encontrar la respuesta?
Antes de que renuncie, le daré una pista: la pieza que movió el jugador blanco
en la penúltima jugada ya no está sobre el tablero.
¿Otra pista? La pieza que movió el jugador blanco fue comida por el rey negro
en la última jugada.
¿Una última pista? Esa pieza era un caballo.
Supongo que ahora cualquier lector, incluso los que no estén muy familiarizados
con el ajedrez, se habrá dado cuenta de qué sucedió exactamente en
la última jugada del rey negro. Es cierto que el rey negro movió a la casilla
a8, pero no solo hizo eso: al mismo tiempo que se movió, se comió un
caballo rival que estaba allí.
En
consecuencia, la jugada penúltima de las blancas consistió en mover ese
caballo. Y como el caballo se encontraba en la casilla b6, así se explica que
el alfil no estuviera amenazando al rey negro en ese momento. Cuando el caballo
se movió a la casilla a8, al mismo tiempo despejó la diagonal de su alfil, que
pudo decir al rey rival: « ¡Jaque!». Como respuesta, el rey negro se comió al
caballo.
El
problema anterior contiene muchas de las características de los casos de
Sherlock Holmes y es un buen ejemplo del aspecto retrospectivo implicado en
todas las conjeturas de Holmes. Sabemos que se ha cometido un crimen, o al
menos que ha sucedido algo difícil de entender[288], podemos
examinar el terreno y, en cierto modo, interrogar a los culpables y deducir qué
podrían haber hecho y qué no podrían haber hecho; ciertas circunstancias, como
en un crimen misterioso, parecen señalar a una situación imposible, como la
posición del alfil. Sin embargo, acabamos descubriendo un elemento con el que
no contábamos: un caballo que ha desaparecido, no de su cuadra, como Silver
Blaze, sino del tablero. Ese descubrimiento permite que todas las piezas del
problema (nunca mejor dicho) encajen. Estas y otras similitudes se pueden
resumir así:
1. Se
ha de averiguar lo que ha sucedido (en la vida/en el tablero).
2. Por
lo general, se ha cometido un crimen o se va a cometer (matar al rey del
ajedrez/un acto delictivo a menudo mortal).
3. Se
obtienen datos mediante la observación (de la escena del crimen/de la
disposición de las piezas en el tablero).
4. Se
ignora algún hecho fundamental (quién puede haber estado allí/qué pieza o qué
jugador hizo el último movimiento).
5. Lo
que ha sucedido se ha de ajustar a unas reglas.
Esas
reglas son conocidas por el analista de ajedrez retrospectivo, porque son las
reglas del ajedrez.
No resulta tan sencillo en el caso de Holmes: hay unas reglas, las de la
realidad, pero son muy amplias y nadie las conoce por entero. Tan solo sabemos
que hay que descartar lo imposible.
6. Hay
una y solo una solución posible. Podría haber otra en ambos casos, pero, si
sucediera en el ajedrez retrospectivo, se trataría de un problema mal
planteado; si sucediera en un caso detectivesco de Holmes y hubiese realmente
dos soluciones, entonces nos hallaríamos ante una situación que, como él mismo
declara, excede los límites de su arte. Estaríamos en el terreno de la pura
magia o de lo paranormal, o en algún problema de universos paralelos de la
física cuántica[289]
La
gran diferencia es que los problemas de ajedrez retrospectivo son reducibles a
reglas lógicas y siempre permiten una deducción, mientras que los de Holmes
necesitan de la aplicación de todo tipo de métodos, como la observación, la
inducción, la abducción, la consulta de diversas fuentes de información y la
aplicación de razonamientos lógicos.
Parece evidente, en consecuencia, que Holmes, como sugiere Smullyan al hacerle
resolver problemas de ajedrez hacia atrás, emplea casi siempre el análisis
retrospectivo en sus aventuras, algo de lo que el propio detective era
consciente y a lo que llamaba precisamente «análisis» (por contraste con
«síntesis»):
El
gran factor, cuando se trata de resolver un problema de esta clase, es la
capacidad para razonar hacia atrás. Esta es una cualidad muy útil y muy fácil,
pero la gente no se ejercita mucho en ella. En las tareas corrientes de la vida
cotidiana resulta de mayor utilidad el razonar hacia delante, y por eso se
desatiende [el razonar hacia atrás [290].
Como
Watson no entiende a qué se refiere, Holmes le asegura que por cada persona que
sabe analizar, hay cincuenta que saben razonar por síntesis:
Son
muchas las personas que, si usted les describe una serie de hechos, le
anunciarán cuál va a ser el resultado. Son capaces de coordinar en su cerebro
los hechos, y deducir que han de tener una consecuencia determinada. Sin
embargo, son pocas las personas que, diciéndoles usted el resultado, sean
capaces de extraer de lo más hondo de su propia conciencia los pasos que
condujeron a ese resultado. A esta facultad me refiero cuando hablo de razonar
hacia atrás; es decir, analíticamente.
§.
El razonador analítico
Ahora
vamos a empezar, no por la dama, sino por el ataúd, y razonaremos hacia
atrás.
Holmes en «La desaparición de Lady Francés Carfax».
Holmes
lanza una atrevida afirmación en su artículo «El libro de la vida»: se podría
«inferir de una gota de agua la posibilidad de la existencia de un océano
Atlántico o de un Niágara sin necesidad de haberlos visto u oído hablar de
ellos». Esta es sin duda la afirmación de Holmes que más burlas ha recibido, no
ya por parte de Watson, sino de casi todos los estudiosos, que coinciden en que
el detective se ha dejado llevar por la soberbia o por la ingenuidad. Sin
embargo, tal vez no sea una afirmación tan descabellada y se puedan encontrar
ejemplos que casi igualan la dificultad de deducir un océano a partir de una
gota de agua. En primer lugar, vale la pena señalar las fuentes de la temeraria
afirmación de Holmes. Una de ellas es el célebre poema de William Blake cuyos
primeros versos son una apología de la importancia de los pequeños detalles, de
las minucias que tanto interesaban a Holmes por la capacidad que tenían de
revelar algo más grande:
Para
ver el mundo en un grano de arena y el cielo en una flor silvestre sostén el
infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora. [291]
Otra
inspiración es sin duda la de los científicos que eran capaces de deducir
sistemas enteros a partir de la observación de detalles minúsculos, como los
arqueólogos o los paleontólogos. No cabe ninguna duda de que Holmes piensa en
un científico de este estilo, célebre en su época, Georges Cuvier, ya que lo
menciona de manera explícita en un pasaje similar al de la gota de agua:
El
razonador ideal, cuando se le ha mostrado un solo hecho en todas sus
implicaciones, debería deducir de él no solo toda la cadena de acontecimientos
que condujeron al hecho, sino también todos los resultados que se derivan del
mismo. Así como Cuvier podía describir correctamente un animal con solo
examinar un único hueso, el observador que ha comprendido a la perfección un
eslabón de una serie de incidentes debería ser capaz de enumerar correctamente
todos los demás, tanto anteriores como posteriore. s[292]
Cuvier
(1769-1832) fue uno de los pioneros de la paleontología y la anatomía comparada
y presumía de ser capaz de reconstruir un animal entero a partir de la
observación de un solo diente. La hazaña era posible gracias a su teoría de la
correlación, que permite deducir a partir de los fragmentos el conjunto:
Todo
ser organizado forma un conjunto, un sistema único y cerrado, cuyas partes se
corresponden mutuamente y concurren en la misma acción definitiva por una
reacción recíproca. Ninguna de estas partes puede cambiar sin que las otras
cambien también y en consecuencia, cada una de ellas, tomada por separado,
indica y proporciona todas las demás. [293]
Para
demostrar esta correlación, Cuvier realizó diversas exhibiciones deductivas en
público, rodeadas de gran aparato teatral, como cuando, a partir de los dientes
de un animal encontrados en unas canteras de yeso de Montmartre, anunció que al
romper el yeso se encontrarían los huesos de un marsupial del tipo opossum Ante
la vista del público expectante, se abrió el yeso y se comprobó que la
predicción de Cuvier había sido correcta. Russell Shorto cuenta otra divertida
anécdota, «probablemente apócrifa», pero muy holmesiana, que se atribuye a
Cuvier:
Una
vez los estudiantes de Cuvier disfrazaron a uno de los suyos con cuernos y piel
de vaca, y desafiaron al maestro a que identificara a la bestia. Cuando el
profesor entró en la sala, el estudiante exclamó: « ¡Soy el demonio y vengo a
devorarte!», a lo que Cuvier respondió algo así como: «No seas ridículo. Tienes
pezuñas, por tanto, solo comes hierba». [294]
Holmes
pensaba en esta capacidad de reconstruir un conjunto mediante el estudio de una
de sus más ínfimas partes cuando hablaba de deducir un Atlántico o un Niágara a
partir de una gota de agua. No he logrado descubrir si alguien ha intentado
averiguar si es posible o no inferir el Atlántico o el Niágara a partir de una
única gota de agua, aunque sospecho que deben existir importantes diferencias
entre una gota de agua del océano Pacífico y otra del índico o del Atlántico, y
tal vez una gota de agua puede contener elementos minerales o animales que
permitan deducir bastantes cosas acerca del elemento líquido del que procede.
Por de pronto, su sabor ya indica con bastante certeza si procede de un río, de
cualquier masa de agua terrestre o del mar.
§. Hazañas de la deducción inversa
Nos
hemos visto obligados a razonar hacia atrás, de los efectos a las causas.
Sherlock Holmes en «La caja de cartón».
En
espera de que alguien realice una demostración deductiva holmesiana entre gotas
de diferentes ríos, mares y océanos, se pueden ofrecer ejemplos de deducción
inversa de dificultad semejante, como la capacidad que tienen los expertos en
espectroscopia astronómica no solo de saber si una estrella se está acercando o
alejando de nosotros (según su color tienda al azul o al rojo), o incluso si el
astro cuya luz analizamos contiene elementos como oxígeno, nitrógeno, sodio,
hierro o calcio, entre muchas otras cosas, que permiten distinguir entre
cuerpos estelares como cuásares, agujeros negros, galaxias o cometas. No está
mal para un pequeño punto brillante situado a miles de años luz.
Sin necesidad de irnos tan lejos, basta con pensar en la asombrosa deducción
que hizo el físico británico Geoffrey Ingram Taylor, quien en 1950 fue capaz de
descubrir la potencia explosiva de una bomba nuclear mediante el simple examen
de una fotografía que el gobierno de Estados Unidos había hecho pública,
pensando que no podría revelar nada realmente importante. Ingram Taylor,
mediante la técnica que se conoce como análisis de escala o razonamiento
dimensional, pudo poner en relación el radio de la explosión y el tiempo
transcurrido desde la detonación para averiguar con precisión asombrosa la
energía liberada en la deflagración[295].
La fotografía de la prueba nuclear Trinity de 1945 publicada en Life, que
permitió a Taylor deducir la potencia y el alcance de la bomba.© World History
Archive/TopFoto/Cordon Pres.
Otro
ejemplo asombroso de análisis retrospectivo es la llamada tecnología inversa,
que permite reconstruir una máquina a partir de la observación y el análisis de
un objeto creado por ella. Hemos visto cómo Holmes y los detectives y policías
modernos son capaces de identificar una máquina de escribir a partir de un
texto escrito con ella, pero la tecnología inversa podría reconstruir la
máquina entera a partir de ese papel y, de este modo, crear un duplicado
exacto, para así, por ejemplo, incriminar falsamente a alguien. Se ha llegado a
sospechar que eso sucedió en un célebre caso de espionaje, el del estadista
Alger Hiss en 1950, que fue declarado culpable en gran parte gracias al
testimonio de los expertos que testificaron que los documentos incriminatorios
habían sido escritos sin duda con la máquina Woodstock propiedad de Hiss. En
1978 los abogados de Hiss sugirieron que el FBI había construido una máquina
exactamente igual a la de Hiss para escribir con ella los documentos
comprometedores, indistinguibles de los que Hiss escribía con su propia máquina[296]. La
segunda máquina se habría reconstruido a partir de textos impresos con la
original.
Sin embargo, no siempre se puede deducir o identificar el origen de algo a
partir de sus efectos y, por ejemplo, resulta difícil creer que alguien pueda
identificar un ordenador concreto a partir de una página impresa, distinguiendo
si se trataba de un Macintosh o un Toshiba, por ejemplo. Pero no sucede lo
mismo con las fotocopiadoras o las modernas impresoras láser, o al menos eso
aseguraba un agente del FBI en 1995: «La gente cree que no se pueden rastrear
las fotocopiadoras, y eso no es cierto[297]» .
Se podrían citar muchos ejemplos de los análisis retrospectivos de Holmes,
porque hay al menos uno en cada aventura, pero siento cierta preferencia por el
de «Las gafas de oro», cuando Holmes, a partir de la observación de unas gafas,
reconstruye no a un animal desconocido como hacía Cuvier, sino a una persona
también desconocida:
«Una mujer educada y refinada, vestida como una señora. De nariz bastante
gruesa y ojos muy juntos. Tiene la frente arrugada, expresión de miope y,
probablemente, hombros caídos». A continuación, Holmes explica su proceso
deductivo, que, una vez más, resulta de una sencillez pasmosa. Vale la pena que
el lector lo descubra en la aventura mencionada. Otro ejemplo notable es la
ocasión en la que Holmes examina un reloj y, ante el evidente disgusto de
Watson, declara: «Era un hombre de costumbres desordenadas…, muy sucio y
descuidado. Tenía buenas perspectivas, pero desaprovechó las oportunidades,
vivió algún tiempo en la pobreza, con breves intervalos ocasionales de
prosperidad, y por último se dio a la bebida y murió. Eso es todo lo que puedo
sacar». El lector puede admirar el proceso de observación de Sherlock Holmes y
descubrir por qué Watson se ha sentido tan molesto al escuchar las conjeturas
de Holmes, si lee el comienzo de El signo de los cuatro.
Capítulo 6
La creatividad según Sherlock Holmes
Nunca
fui un tipo muy sociable, Watson; siempre preferí encerrarme en mi habitación e
ingeniarme mis propios métodos de pensar.
Holmes en «La corbeta Gloria Scott».
Contenido:
§.
Usted ya conoce mis métodos
§. Johannes Kepler de Baker Street
§. El proceso creativo de Sherlock Holmes
§. Sherlock Holmes en la bañera de Arquímedes
§. Las virtudes del olvido
§. Un viaje a Serendipia
§.
Usted ya conoce mis métodos
Ya
conoce usted mis métodos, Watson. No dejé ni uno solo sin utilizar en mi
investigación.
Sherlock
Holmes, detective consultor y científico aficionado.
El poeta W. H. Auden describió al personaje creado por Arthur Conan Doyle de la
siguiente manera: «Holmes es el individuo excepcional en estado de gracia, pues
se trata de un genio en quien la curiosidad científica alcanza la condición de
pasión heroica». La figura de Holmes, en efecto, es la suma de una profesión
que estaba naciendo, la del detective moderno, y de otra que era una verdadera
pasión en la era victoriana, la del científico capaz de encontrar la causa de
cualquier cosa imaginable.
Debido a esa curiosidad y pasión heroica por la ciencia, Holmes merece un lugar
de honor no solo entre los precursores de la semiótica, de la ciencia forense y
la criminología, de la lectura en frío y del lenguaje no verbal y tantos otros
campos de conocimiento, sino también en las enciclopedias de la ciencia y en
particular de la filosofía de la ciencia, una disciplina que tuvo su momento de
gloria en la segunda mitad del siglo XX, con teóricos como Thomas S. Kuhn, Imre
Lakatos, el Círculo de Viena y Wittgenstein, o Karl Popper y Paul Feyerabend.
Los filósofos de la ciencia estudian no ya los descubrimientos concretos de los
científicos, sino su manera de proceder y sus métodos, por lo que distinguen
entre el contexto de verificación, es decir, qué conocimiento se puede
considerar científico y por qué, y el contexto de descubrimiento, es decir, de
qué manera se obtienen conocimientos que luego se convierten en ciencia. Las
investigaciones que los filósofos de la ciencia han dedicado al contexto de
descubrimiento muestran que el proceder de los científicos no siempre coincide
con la imagen de estudiosos metódicos y aburridos que se dedican a observar,
calibrar, medir, sumar o restar miles de datos y a repetir una y otra vez el
mismo experimento, sino que a menudo nos encontramos más bien con aquellos
científicos excéntricos y extravagantes del estilo de Robert Boyle, Robert
Hooke o el propio Sherlock Holmes.
Karl Popper, sin duda el filósofo de la ciencia más conocido por el público no
especializado, examina en La lógica de la investigación científica esos
dos contextos, el de descubrimiento y el de verificación. Al observar cómo la
física newtoniana, tras varios siglos considerada como plenamente demostrada,
fue sustituida por la relativista y cuántica, Popper llegó a la conclusión de
que nunca podemos afirmar que una teoría está demostrada o que es absolutamente
correcta. Por muy perfecta que parezca, por mucho que se ajuste a los hechos
observados y que incluso acierte en nuevas predicciones experimentales, ¿quién
sabe si le puede suceder lo mismo que a la astronomía geocéntrica, que fue
sustituida por la copernicana, que a su vez fue superada por la
galileo-kepleriana-newtoniana? Sin embargo, sigue argumentando Popper, aunque
no podamos decir que una teoría esté demostrada definitivamente, sí podemos
decir que ha sido refutada. Por ejemplo, podemos afirmar que las teorías de
Tolomeo y Copérnico han sido refutadas porque no logran explicar lo que sí
explica la teoría de Kepler-Newton. En consecuencia, en una investigación
debemos dar más importancia a los resultados negativos que a los positivos, a
lo que refuta nuestra hipótesis que a lo que parece confirmarla. Ese es el
falsacionismo o refutacionismo popperiano. A pesar de que Popper ha criticado a
menudo a Francis Bacon por ser un «empirista ingenuo», una lectura atenta nos
revela que Bacon era un falsacionista avant la lettre.
El investigador conserva siempre una peligrosa propensión a ser más
vivamente impresionado por un hecho positivo que por un experimento negativo...
es principalmente en la experiencia negativa donde se encuentra el fundamento
de los primeros principios [298].
En consecuencia, los científicos deben estar muy atentos a todo lo que parece
entorpecer su investigación, a aquello que no se ajusta con precisión a sus
teorías más queridas, a lo que puede echar abajo todo un elaborado edificio
mental, a esos pequeños detalles y minucias que enturbian el panorama. Charles
Darwin era muy consciente de esta propensión a fijarse en lo que nos confirma y
halaga y despreciar lo que nos refuta y contradice:
Durante
muchos años he seguido una regla de oro, a saber, que siempre que me topaba con
un dato publicado, una nueva observación o idea que fuera opuesta a mis
resultados generales, la anotaba sin falta y enseguida, pues me he dado cuenta
por experiencia de que tales datos e ideas eran más propensos a escapárseme
rápidamente de la memoria que los favorables. [299]
¿Y
qué tiene que decir Sherlock Holmes a todo esto?
En principio parece que poco, porque Holmes ni siquiera sabía que la Tierra
giraba alrededor del Sol, o al menos eso es lo que aseguraba su fiel Watson,
como ya hemos visto al hablar del desván o trastero mental holmesiano:
Mi
sorpresa alcanzó el punto culminante al descubrir de manera casual que
desconocía la teoría de Copérnico y la composición del sistema solar. Me
resultó tan extraordinario el que en nuestro siglo XIX hubiese una persona
civilizada que ignorase que la Tierra gira alrededor del Sol, que me costó
trabajo darlo por bueno.
Sin embargo, a pesar de su supuesta ignorancia en terrenos tan importantes
de la ciencia astronómica, Holmes casi siempre se comportaba como un buen
científico que pone a prueba sus teorías, e incluso como un falsacionista
popperiano, pues en casi todos sus casos, más que comprobar una teoría comienza
por ir falsando o refutando todas las posibles alternativas: «Había llegado a
este resultado por el método de la exclusión, porque ninguna otra hipótesis se
ajustaba a los hechos».[300]
Muchos
filósofos de la ciencia han reprochado a Popper haber inventado una figura
ideal del científico que no tiene nada que ver con la realidad. Según estos
críticos, los científicos nunca se preocupan de poner a prueba sus teorías, de
demostrar que son falsas, sino que su única obsesión es probar que son
verdaderas. Como sentenció Darwin, a veces la única manera de que se produzca
un cambio en la ciencia es que desaparezcan los científicos de la generación
anterior: «Qué bueno si todos los científicos murieran a los sesenta años, ya
que después es seguro que rechazarían toda nueva doctrina[301]». Holmes,
a pesar de sus ataques ocasionales de presunción y su soberbia, era capaz de
rectificar y corregir sus teorías iniciales: «Yo había llegado a una conclusión
absolutamente equivocada, lo cual demuestra, querido Watson, que siempre es
peligroso sacar deducciones a partir de datos insuficientes... El único mérito
que puedo atribuirme es el de haber reconsiderado inmediatamente mi postura[302]».
Sea o no cierto, en el caso de cada científico concreto, que existen todo tipo
de métodos para llegar al descubrimiento, la ciencia es una tarea colectiva y
tarde o temprano las teorías tienen que ponerse a prueba, no demostrando que
son ciertas para siempre en todos los sentidos, sino mostrando que son
superiores o más precisas que sus competidoras en ciertas situaciones. Tampoco
está demostrado que los métodos que emplea Sherlock Holmes sean los mejores
posibles, pero sí parece claro que superan a los de sus rivales de Scotland
Yard en casi todas las ocasiones. En cualquier caso el proceso de investigación
de Sherlock Holmes se asemeja al de la ciencia moderna, no solo en los aspectos
más convencionales de lo que se ha llamado el método hipotético deductivo, que
a partir de observaciones elabora teorías y las pone a prueba para verificarlas
o refutarlas, sino también en los aspectos más extravagantes de la
investigación científica, que guardan una estrecha relación con cualquier
proceso creativo.
§. Johannes Kepler de Baker Street
Una
vez formada mi opinión,
ya conoce usted las medidas que adopté para ponerla a prueba.
Holmes en «La banda de lunares».
La
comparación quizá más adecuada para intentar entender los métodos de Holmes y
su relación con la filosofía de la ciencia, con la deducción, la observación,
el análisis, la síntesis, la formulación de hipótesis y la experimentación, es
acercarnos a uno de los científicos más excéntricos y también más
extraordinarios de la historia, el hombre que descubrió no aquello que Holmes
parecía ignorar, que la Tierra se mueve alrededor del Sol, sino de qué manera
se mueven todos los planetas.
Cuando Johannes Kepler heredó el mejor observatorio de la época, el de Tycho
Brahe, intentó comprobar qué explicación del cosmos concordaba mejor con las
observaciones, la de Tolomeo y Aristóteles que situaba la Tierra en el centro
del universo, o la de Copérnico, que consideraba que ese centro era el Sol. Las
dos concepciones explicaban los movimientos celestes con gran precisión. Aparte
de la posición del cuerpo central, las dos aceptaban que el movimiento circular
era el más perfecto y que, por tanto, planetas y astros se movían siguiendo
círculos. El problema era que las observaciones parecían indicar que en
realidad los cuerpos celestes no se movían de esa manera, pero ambos sistemas
incorporaron ingeniosos artilugios teóricos, círculos dentro de círculos,
llamados epiciclos, deferentes y ecuantes que lograban hacer que, al fin y al
cabo, todo siguiese siendo circular. Se moviesen como se moviesen los planetas
en la realidad, tolemaicos y copernicanos lograban representarlo todo mediante
círculos; de hecho, en el célebre prólogo de Osiander al De
revolutionibus de Copérnico, se decía, para escapar a cualquier
censura, que la nueva teoría no pretendía explicar cómo era el universo, sino
tan solo «salvar los fenómenos». Sin embargo, había algunos pequeños detalles
que ninguno de los dos sistemas lograba encajar del todo en sus precisos
círculos, como el movimiento retrógrado de Marte o el perihelio de Mercurio.
Minucias sin importancia tal vez, pero Galileo y Kepler, como Morelli,
Bertillon, Freud o Holmes, decidieron que esas minucias eran la clave del
misterio. Para dar cuenta de ellas, Galileo acabó con la perfección cristalina
del cosmos, demostrando que las manchas que se veían en la esfera de la Luna
eran imperfecciones en su superficie, mientras que Kepler sustituyó el perfecto
movimiento circular por elipses.
Sin embargo, no todo el mundo sabe que Kepler cambió toda la astronomía
buscando lo contrario de lo que encontró. Él también quería explicar el cosmos
recurriendo a los perfectísimos círculos, pero, al no lograr que sus diseños
circulares coincidieran con las observaciones, decidió probar suerte con otras
figuras, que quizá no fueran tan perfectas como el círculo, pero que todavía
tenían un gran prestigio: los llamados sólidos platónicos. Kepler intentó que
todo el universo y los movimientos de los astros encajaran en una sucesión de
sólidos platónicos y esferas, pero después se tomó el trabajo de verificar sus
hipótesis con observaciones astronómicas, pues disponía del mejor observatorio
de la época, que heredó de Tycho Brahe.
El extravagante intento de Kepler de explicar el movimiento planetario con
los sólidos perfectos (en su Mysterium Cosmographicum)
Los
resultados no coincidieron con sus predicciones, así que lo intentó con otras
figuras no tan perfectas, como el ovoide. Finalmente, no tuvo más remedio que
recurrir a lo que él llamaba «la carreta de estiércol» y probar suerte con la
elipse, una figura con dos focos. De este modo, Kepler aplicó avant la
lettre la que es quizá la más célebre afirmación de Holmes: «Una vez
descartado lo imposible, lo único que queda, por improbable que parezca, tiene
que ser la solución».[303]
Lo interesante del proceso creativo de Kepler es que durante las fases
iniciales de sus investigaciones permitía que su imaginación volara hacia
cualquier lado y abrazaba casi cualquier teoría imaginable, dejándose llevar
por intuiciones y fantasías, como el inspector Jones decía que hacía Holmes, o
por decirlo con las palabras de Peirce, a través de arriesgadas abducciones. En
su época muchos consideraron a Kepler más un brujo que un científico, en parte
porque su madre casi había sido quemada por brujería (él mismo logró salvarla
con un discurso elocuente en su defensa), y en parte porque se ganaba la vida
haciendo horóscopos y predicciones astrológicas en las que, según parece, no
creía.
Lo que distingue a Sherlock Holmes de otros detectives y a Kepler de otros
científicos es que están dispuestos a recurrir a cualquier método o hipótesis
que les pueda llevar a la solución de un caso, exceptuando las criminales
(aunque Holmes se salta la ley muy a menudo). Una de las hipótesis más o menos
disparatadas de Kepler era que la Luna es la causa de las mareas, algo que a
Galileo le parecía una «fantasía ocultista». Hoy sabemos que Kepler tenía
razón, pero no lo sabemos porque hayamos aceptado algún tipo de fantasía
ocultista como la astrología, sino por las leyes de Newton de la gravitación
universal, obtenidas en parte gracias a las leyes de Kepler que explicaban el
movimiento de los planetas. Lo que diferenciaba a Kepler de los simples
charlatanes es que él era completamente consciente de que las intuiciones pueden
servir para crear teorías, pero no para confirmarlas. Da igual cómo obtengamos
nuestras hipótesis, pero luego hay que someterlas a un proceso de comprobación
que cualquier otra persona pueda llevar a cabo, ya se trate de científicos que
recopilan datos y más datos o de los grises funcionarios de Scotland Yard:
Gregson, Gregory y Lestrade, esos funcionarios aburridos pero necesarios para
que Holmes disponga de los datos suficientes. La imaginación lleva a Holmes a
lugares a veces tan extravagantes como los sólidos platónicos, la ovoide y la
elipse de Kepler, pero es al intentar comprobar o refutar las diversas
hipótesis, cuando descubre que algunas no le conducen a la solución, lo que le
hace seguir imaginando nuevas posibilidades. Cuando el doctor Mortimer dice a
Holmes que se está moviendo en el terreno de las conjeturas, el detective
replica: «Digamos, más bien, en el terreno donde sopesamos posibilidades y
elegimos la más probable», y añade: «Es el uso científico de la imaginación,
pero siempre tenemos una base material sobre la que apoyar nuestras
especulaciones».
En definitiva, Holmes imagina todo eso que imaginan los demás, pero también va
más allá de lo obvio. Por lo general, quizá para no aburrir a sus oyentes, no
cuenta todo lo que se le ha pasado por la mente, sino la depuración final, que
sobreviene cuando dispone de datos suficientes o cuando ha logrado hacer
encajar todas las piezas:
—
¿No tiene ninguna alternativa, señor Holmes?
— Puede que sí. Pero no quiero mencionarla hasta que tenga algo más sólido
de lo que hablar. [304]
Observación,
intuición, deducción, teorización, abducción, imaginación... cualquier recurso
puede ser utilizado para avanzar en la investigación de un misterio o enigma.
En esto coincide Holmes con Kepler y con el enfant terrible de
la filosofía de la ciencia, Paul Feyerabend, que resumía su teoría del
anarquismo epistemológico en el lema: «Todo vale[305]». Todo
vale en el proceso que lleva al descubrimiento científico, pero no todo vale en
la puesta a prueba de ese conocimiento. Todo vale en la investigación detective
sea, que es el equivalente del contexto de descubrimiento en filosofía de la
ciencia, aunque después, en el momento de verificar, refutar o falsar lo
obtenido, uno deba atenerse a los parámetros científicos de justificación, como
el experimento reproducible o la comprobación de los datos y su interpretación.
§. El proceso creativo de Sherlock Holmes
Yo
sigo mis propios métodos y cuento tanto o tan poco como me place. Es la ventaja
de ir por libre.
Sherlock Holmes en «Estrella de plata».
Otra
coincidencia entre Holmes y Kepler es que a los dos les gustaba contar el
proceso que les llevaba a sus soluciones, mientras que otros científicos,
detectives y artistas prefieren ocultarlo para causar más asombro y se limitan
a presentar sin más sus brillantes resultados. Gracias a estas confesiones
cándidas, podemos observar que la manera en la que Holmes y Kepler se enfrentan
a un problema tiene muchas semejanzas con las fases que los estudiosos han
establecido para el proceso creativo.
El estudio de la creatividad, como el de la estadística, es bastante reciente.
Hasta casi mediados del siglo XX se pensaba que la creatividad era algo
incontrolable, intuitivo, casi mágico, que no se podía estudiar ni mucho menos
enseñar. Todavía hoy en día es para muchos eso que David Stove llamaba
«palabras— éxito», cuando no sencillamente una palabra mágica, como
«intuición», «originalidad» o... «magia». Sin embargo, la historia del estudio
de la creatividad ofrece aspectos muy interesantes, que aquí intentaré sintetizar,
con la inevitable simplificación que eso conlleva.
En la Grecia clásica se llamaba techné a todas las disciplinas
artísticas y se entendía técnica como «hacer algo siguiendo unas reglas». Más
que de creación, se hablaba de descubrimiento o de imitación. La única creación
o «hacer» (poiesis) era la poesía, aunque solía considerarse que
también se necesitaba de la inspiración de las Musas o los dioses, como reflejó
burlonamente Platón en su Ión, donde presenta a un poeta
inspirado por las musas, Ión, como a un idiota memorioso e incapaz de pensar
por sí mismo. La llegada del cristianismo hizo que durante siglos se reservara
la «creación» a Dios y se le quitara al ser humano: puesto que Dios creaba de
la nada, crear, lo que se dice crear, solo lo hace la divinidad. Durante el
Renacimiento, se devolvió a los poetas la facultad de crear y después a los
pintores y a los artistas en general. Poco a poco, todos quisieron ser
creadores, incluidos los científicos. Sin embargo, en especial tras la
influencia de la época romántica y la reinterpretación que hizo el poeta
Shelley del Ión de Platón, se llegó a considerar que el
fenómeno creativo escapaba a cualquier tipo de estudio metódico y racional.
Hubo que esperar casi hasta el siglo XX para que científicos como Poincaré o
Von Helmholtz intentaran analizar el proceso creativo, pero no fue hasta 1926
que Graham Wallas publicó El arte de pensar, el primer intento
científico de entender la creatividad.
No tengo noticia de que Sherlock Holmes haya sido considerado como uno de sus
precursores por los expertos en creatividad, pero no me cabe duda de que
deberían situarle en la sala de honor junto a sus padres fundadores, como lo
hacen los semiólogos o los expertos en ciencia forense y criminalística. Los
expertos distinguen diversas fases en el proceso creativo, que, con diversas
variantes, son las siguientes[306]:
1. Preparación
o planteamiento del problema.
2. Investigación
y documentación.
3. Primeras
hipótesis y aplicación de métodos creativos.
4. Incubación
o descanso.
5. Iluminación
y primeras teorías o soluciones.
6. Comprobación
o evaluación.
Estas
fases se pueden encontrar tanto en el método de Kepler como en el de Holmes.
Como es obvio, la primera fase consiste en definir claramente cuál es el
verdadero problema.
La documentación e investigación es por supuesto la búsqueda de datos: esos
«datos, datos, datos» que implora Holmes.
Solo cuando se tienen datos se pueden formular las primeras hipótesis
verosímiles, lo que no significa, como vimos páginas atrás, que por la mente de
Holmes no pasen mil y una posibilidades desde el primer momento, pero el
detective intenta no ser víctima de esas primeras impresiones o intuiciones,
aunque las deja pasar por su cabeza y las examina intentando que encajen las
piezas. Pero también aplica estrategias creativas para obtener más datos, del
mismo modo que Kepler probaba todo tipo de fórmulas o figuras, o como hacen las
empresas al aplicar la tormenta de ideas o brainstorming, o
los laboratorios creativos como el Media Lab del mit[307] al
emplear diversas técnicas de conexión azarosa. Holmes dispone de todo tipo de
trucos para descubrir lo oculto, ya sea empleando las herramientas
intelectuales que hemos examinado (desde la observación a la abducción) o todo
tipo de instrumental y asistentes: lupas, perros, microscopios, archivos
criminales o sistemas tan ingeniosos como el que emplea en «El delantero
desaparecido» y que es un anticipo de un moderno rastreador remoto:
Un
truco venerable y gastadísimo, pero que resulta muy útil de cuando en cuando.
Esta mañana me metí en las cocheras del doctor y descargué mi jeringa, llena de
esencia de anís, en una rueda trasera de su coche.
En
cuanto a la fase de reposo o incubación es una de las más sorprendentes en el
esquema de la creatividad, pero todos los expertos están de acuerdo en su
importancia: hay que distanciarse, separarse, alejarse y olvidarse del
problema. Pensar en otra cosa y cambiar de tema:
Una
de las características más notables de Sherlock Holmes era su capacidad para
desconectar su cerebro y dedicar todos sus pensamientos a cuestiones más
livianas cuando estaba convencido de que no le era posible avanzar más.
Recuerdo que durante todo aquel memorable día permaneció absorto en una
monografía que había empezado a escribir sobre los motetes polifónicos de Lasso[308].
Tras
el descanso suele suceder algo que nos podría hacer pensar que los científicos
se han pasado al campo de la magia, pues aseguran que sobreviene una revelación
o inspiración. Sin embargo, la revelación o inspiración, lo que se ha llamado
también el momento ¡Ajá! O ¡Eureka!, sobreviene precisamente porque ha habido
un trabajo previo en las fases anteriores y porque nuestro cerebro nos ofrece
ahora los resultados de ese trabajo que ha tenido lugar en segundo término o de
manera no consciente. A lo largo de las aventuras, son muchos los momentos en
los que Holmes parece activarse como un resorte. Watson, ya familiarizado con
la manera de pensar de su amigo, sabe que ha tenido una súbita iluminación, que
de pronto ha logrado encajar dos hechos que parecían inconexos, o que ha caído
en la cuenta de la clave del misterio: «De pronto, su rostro pálido y emotivo
había adoptado aquella expresión tensa y ausente que yo había aprendido a
asociar con las manifestaciones supremas de su genio[309]».
La última fase es en muchos aspectos la más importante, porque consiste en
examinar las diversas soluciones que se nos han ocurrido, revisarlas, ponerlas
a prueba, verificarlas o refutarlas. Por muy poderosa que sea la iluminación o
solución que creamos haber alcanzado, ya sea fruto de una rápida intuición o el
resultado de un proceso de investigación, hay que ponerla a prueba. El propio
Holmes también se equivoca a menudo; según él, muchas más veces de lo que
Watson ha dado a entender. Un ejemplo muy interesante se encuentra en el relato
«La segunda mancha». Holmes llega a la rápida revelación de que existe una
conexión entre el hecho de que haya tres sospechosos del robo de un importante
documento y la muerte de uno de ellos, y afirma: «Las posibilidades de que se
trate de una coincidencia son tan ínfimas que no existen números para
representarlas», y añade que no cabe duda alguna de que los dos sucesos están
relacionados «y a nosotros nos toca descubrir la relación». Sin embargo, cuando
llegamos a la resolución de esta historia de espionaje en las altas esferas,
descubrimos que la muerte de aquel sospechoso no tuvo ninguna relación con el
caso y que fue una simple y vulgar coincidencia. Por eso, Holmes insiste
siempre en que «hay que comprobarlo todo[310]».
¿Se acuerda todavía el lector de aquel momento de la aventura «La melena de
león» en el que Holmes se daba cuenta de que había algo en su desván mental que
se relacionaba con el caso que tenía entre manos? Vale la pena analizar con
cierto detalle el proceso creativo de Holmes en esa aventura.
§. Sherlock Holmes en la bañera de Arquímedes
Y
aquí es donde más echo de menos a mí Watson. Mediante ingeniosas preguntas y
exclamaciones de asombro, él era capaz de elevar mi sencillo arte, que no es
más que sentido común sistemático, a la categoría de prodigio. Ahora que soy yo
el que cuenta la historia, no dispongo de tales ayudas. No obstante, voy a
exponer mi proceso mental tal como se lo expliqué entonces a mi reducido
público.
Sherlock Holmes en «El soldado de la piel descolorida».
Holmes,
ya retirado, vive en una casita de campo en Sussex, volcado en una nueva
pasión, la cría de abejas, cuando llega hasta la puerta misma de su casa uno de
los casos «más extraños y complicados» que nunca ha visto. A Watson ya solo lo
ve de tanto en tanto «algún que otro fin de semana», así que se ve obligado a
convertirse en su propio cronista. Evitaré contar al lector toda la aventura,
para que pueda disfrutar de las pequeñas sorpresas que contiene (también puede
leerla antes de continuar), pero sí señalaré los momentos que más se relacionan
con las etapas del proceso creativo.
Como es obvio, lo primero que se necesita es que suceda algo, un problema a
resolver, un dilema, un proyecto, un caso. En «La melena de león», el caso es
la muerte de un hombre, al que Holmes escucha decir en el último momento: «La
melena de león». En esta ocasión, no hay duda en el planteamiento, pues el
propio detective ha sido testigo del acontecimiento. Se trata, pues, de
averiguar la causa de la muerte.
Una vez planteado el caso, lo primero que hace Holmes es investigar a fondo
todos los elementos relacionados. Es la fase de documentación e investigación:
«Como es natural, lo primero que hice fue averiguar quién había en la playa».
Esa investigación le permite descubrir terribles heridas en el cuerpo del
hombre, así como sus huellas en la arena, que son signos que le cuentan una
historia: «Había depresiones redondeadas que indicaban que había caído de
rodillas más de una vez». Lo extraño es que no se ven otras huellas por el sendero
que lleva a la playa, excepto las del muerto, que indican que se ha caído
varias veces y que se ha arrastrado en su agonía. También aparecen los primeros
sospechosos, pero no se ve cómo pueden haber cometido el crimen: hay barcos
pero están lejos, personas que pasean, pero también muy alejadas, y una nota
con un mensaje en el bolsillo del muerto. Parece el típico problema de
habitación cerrada, solo que ahora estamos a cielo abierto, en las playas de
Sussex.
Aunque algunos teóricos de la creatividad opinan que las fases del proceso
creativo se deben seguir en estricto orden, está claro que a veces se pueden
mezclar y reordenar. En este caso, después de recoger toda la información, es
cuando Holmes plantea el verdadero misterio a resolver: «Y allí tenía
claramente definido el problema, tan extraño como el que más de los que he
tenido que afrontar». En efecto, el problema no es tan solo la muerte del
hombre, sino explicar cómo puede haber muerto en esas circunstancias, dónde
está el asesino, cómo lo mató y cómo desapareció sin dejar huellas: «La
investigación podía seguir varios caminos, pero ninguno de ellos parecía
conducir a ninguna parte». Por eso, al inicio de una investigación, o al menos
antes de formular hipótesis, es tan importante recopilar todos los datos
posibles, para no dejarse llevar por las primeras impresiones: una muerte
siempre es un problema, pero a veces no es el problema más difícil de
solucionar, como vimos en aquella partida de ajedrez retrospectivo en la que lo
difícil no era explicar la muerte del rey negro, sino cómo era posible que el
alfil le hubiera amenazado antes sin matarlo.
Una vez planteado claramente el problema, Holmes se encuentra en la fase de
formulación de hipótesis. Estas hipótesis le llevan a nuevas investigaciones,
interrogatorios y búsqueda de nuevos datos. Tras una semana no aparece la
solución: «Ni siquiera mi imaginación era capaz de concebir una solución al
misterio». Afortunadamente, sucede algo más, un acontecimiento que los policías
interpretan de una manera errónea pero que a Holmes le permite alejarse de sus
primeras hipótesis, aunque no le da la solución: «En mi mente fue surgiendo la
confusa sensación de que aquel suceso tenía una importancia vital».
Ya hemos visto, al analizar el método de Kepler, que durante esta fase todo
está permitido y que cualquier hipótesis puede ser tenida en cuenta, porque
nunca se sabe si una idea loca y exagerada nos puede llevar a la solución.
Muchas veces es más fácil domesticar una idea salvaje que hacer algo
interesante con una idea trivial y convencional, como recomiendan métodos
creativos modernos como el brainstorming o «tormenta de
ideas», creado por Alex Osborn en 1939: «Hay que alentar cualquier idea salvaje
y exagerada». El propio Francis Bacon mencionaba entre los métodos que debían
emplear los científicos uno, al que llamaba «azar», que definía de la siguiente
manera:
Esta
forma de experimentación es puramente irracional y parece una insensatez. Pero
cuando a uno se le ocurre probar algo, no porque la razón ni otro experimento
previo así lo aconsejen, sino simplemente porque hasta entonces nunca se había
intentado algo semejante, el propio carácter absurdo del propósito puede en
ocasiones resultar útil[311].
Holmes
cuenta que se pasó horas en las playas de Sussex sumido en «profundas
meditaciones» y que por su cerebro pasaron «multitud de ideas fugaces». Sin
embargo, ninguna de las hipótesis le resultaba convincente:
Seguramente,
ustedes sabrán lo que es tener una pesadilla en la que sientes que hay alguna
cosa importantísima que tienes que buscar, y que sabes que está ahí, pero que
se mantiene siempre fuera de tu alcance. Así me sentía yo aquella noche, solo
en aquel lugar de muerte [312].
Si
hubiese estado allí Watson, tal vez la conversación con él le habría sido de
ayuda, pues se ha señalado a menudo el papel de muro de entrenamiento reflexivo
que Watson representa para Holmes. El propio Holmes reconoce en varias de sus
aventuras que contar a Watson sus hipótesis le ayuda a entenderlas mejor e
incluso llega a exclamar en «Un escándalo en Bohemia»: « ¡Estoy perdido sin mi
Boswell!», recordando la célebre amistad entre James Boswell y Samuel Johnson,
inmortalizada por el primero en la que muchos consideran la mejor biografía de
la historia, la Vida de Samuel Johnson. Watson es un
acompañante y aprendiz que estimula y humaniza a su maestro, como lo hace
Sancho Panza con Alonso Quijano o Enkidu con Gilgamesh en la primera narración
de la historia La epopeya de Gilgamesh.
En cuanto al misterio de la melena de león que ahora nos ocupa, Holmes decide
renunciar a resolver el problema, al menos hasta que lleguen más datos: «Por
fin, me di la vuelta y caminé despacio hasta mi casa». Y es precisamente poco
después de haber renunciado a dar con la solución, cuando le sobreviene la
revelación, esa inspiración de la que hablan los teóricos de la creatividad:
«Acababa de llegar a lo alto del sendero cuando me llegó la idea. Como quien ve
un relámpago, recordé qué era lo que tan ansiosamente y tan en vano había
intentado captar». Es entonces cuando tiene aquella vaga sensación de que hay
algo relacionado con el caso en su «trastero mental». Eso le lleva a consultar
los libros de la biblioteca que tiene en su otro desván, el de su casa de campo
en Sussex, y allí prosigue con la investigación, ya por una vía más segura.
Pero ¿por qué le sobreviene a Holmes ese relámpago de inspiración?, ¿por qué
sobreviene a menudo la revelación, la solución, precisamente en momentos en los
que ya no se está trabajando en el problema, cuando ya se ha renunciado a dar
con la solución?
§. Las virtudes del olvido
Pues
bien: ahora que ya lo sé, haré todo lo posible por olvidarlo.
Sherlock Holmes en Estudio en escarlata.
Existen
diversas razones que podrían explicar por qué nos sobreviene la solución de un
problema cuando renunciamos a resolverlo, pero una de las más plausibles es que
en esos momentos no estamos sometidos a la presión de encontrar una solución,
por lo que, al retirar esa presión de nuestro cerebro, o al menos de nuestra
memoria a corto plazo o de nuestra memoria de trabajo, las ideas, que estaban
ya procesándose, se presentan claramente a nuestro yo consciente. Le pasó a
Arquímedes en la bañera cuando, tras intentar resolver el problema de saber si
la corona del rey era de oro puro, decidió olvidarse y tomar un baño; le pasa a
Woody Allen en la ducha, según él mismo confiesa, y le pasa a Sherlock Holmes
cuando decide distraerse rasgando las cuerdas del violín, dando un paseo o
acudiendo a un concierto: «Ya tendremos horrores de sobra antes de que termine
la noche; ahora, por amor de Dios, fumemos una pipa en paz, y dediquemos el
cerebro a ocupaciones más agradables durante unas horas». Es seguro que en esos
momentos su mente se ponía a trabajar en segundo plano, barajando mil y una
hipótesis y haciendo todo tipo de suposiciones.
Cuando renunciamos a encontrar una solución o cuando nos relajamos, paseamos o
nos duchamos, apartamos de nuestra mente la preocupación por encontrar una
respuesta, porque ahora estamos concentrados en una tarea muy distinta, lo que
libera nuestra memoria más inmediata (insisto en que prefiero utilizar lo menos
posible términos técnicos), que parece tener una capacidad limitada. De este
modo, pueden presentársenos ideas que han estado madurando en segundo término,
por debajo de nuestro umbral de conciencia. Examinemos junto a Holmes con un
poco más de detalle esta curiosa relación entre la distracción y la iluminación
o revelación.
Ciertos aspectos de la distracción consciente de Holmes inevitablemente nos
recuerdan algunas de las opiniones de otro de los pioneros del estudio del
proceso creativo, Henri Poincaré, considerado uno de los matemáticos más
profundos de los siglos XIX y XX, que estaba muy interesado en la intuición y
en cómo funciona nuestra mente por debajo del estado consciente. Poincaré creía
que nuestro cerebro no solo se limita a ordenar en segundo plano (en el nivel
no consciente), sino que también es capaz de crear. A menudo, decía, es
conveniente olvidarse del problema que estamos analizando y distraerse, porque
eso facilita que a nuestra mente consciente acudan esas ideas que hemos estado
barajando en un segundo plano. Eso es algo que Holmes hace siempre que lo necesita:
Poseía,
de manera muy notable, la capacidad de desentenderse a voluntad. Por espacio de
dos horas pareció olvidarse del extraño asunto que nos tenía ocupados para
consagrarse por entero a los cuadros de los modernos maestros belgas. Y desde
que salimos de la galería hasta que llegamos al hotel Northumberland habló
exclusivamente de arte, tema sobre el que tenía ideas muy elementales[313].
Ya
hemos visto que es frecuente que, después de obsesionarnos por encontrar la
respuesta a un problema, cuando renunciamos a lograrlo, se nos presente la
solución. También puede suceder cuando estamos a punto de dormirnos o en el
instante anterior al despertar. Poincaré observó que en momentos de somnolencia
se le ocurrían buenas ideas, pero que las perdía porque no podía evitar
quedarse dormido del todo, así que ideó un curioso método, que años después
imitaría Dalí: se sentaba en un sillón, ponía dos bandejas de metal en el suelo
y sostenía en las manos dos pesadas bolas de hierro. Al pasar de la somnolencia
al sueño, sus manos se abrían inevitablemente y las bolas de hierro caían sobre
las bandejas, despertándole. Eso le permitía apuntar rápidamente las ideas que
se le habían ocurrido. Como dijo John Searle en una ocasión: «El cerebro puede
trabajar por su cuenta sin nuestra ayuda consciente, del mismo modo que nuestro
estómago no necesita que le ayudemos a hacer la digestión». Por eso, es
recomendable que encarguemos a nuestro cerebro ciertas tareas, para que las
vaya haciendo en segundo plano mientras nosotros nos dedicamos a otra cosa.
Después solo tenemos que recoger los resultados:
Es
inútil Watson — dijo, echándose a reír— . Vamos a dar un paseo por los
acantilados y a buscar flechas de sílex. Tenemos más probabilidades de
encontrar eso que de encontrar pistas para este misterio. Dejar que el cerebro
funcione sin tener material suficiente es como poner a toda marcha un motor:
acaba haciéndose pedazos. Aire marino, sol y paciencia, Watson. Lo demás ya
vendrá. [314]
Cuando
Sherlock Holmes sale de ese estado de semiletargo, tras fumarse unas cuantas
pipas o arañar las cuerdas del violín, ya está dispuesto a encarar el problema
sin hacer suposiciones apresuradas, sino planteando teorías, tal vez todavía no
certeras pero al menos sí plausibles: «Páseme mi violín y procuremos olvidar
durante media hora el mal tiempo y las acciones, aún peores, de nuestros
semejantes[315]»
§. Un viaje a Serendipia
En
los campos de la observación, el azar favorece solo a la mente preparada.
Louis Pasteur.
A lo
largo de la investigación que he realizado para escribir este libro y que ha
consistido en volver a leer los cincuenta y seis cuentos y las cuatro novelas
del canon holmesiano dos o tres veces; recorrer decenas de libros de todos los
temas imaginables, entre ellos psicología, ciencia forense, historia y
filosofía de la ciencia; consultar cientos de páginas de internet o conversar
durante horas con amigos e intercambiar mensajes con mis editores, lo que no
esperaba era acabar desembarcando en una gran isla situada junto a la India,
llamada Sri Lanka, que antes fue conocida como Ceilán o Trapobana y, mucho
antes, como Serendipia. No era mi intención desembarcar en Serendipia porque no
tenía muy claro que existiese una relación entre Sherlock Holmes y esta isla
que ha dado nombre a un tipo de descubrimiento que se caracteriza
fundamentalmente por su carácter accidental y azaroso.
En el siglo XVIII el escritor Horace Walpole, célebre hoy en día por su novela
gótica El castillo de Otranto, acuñó el término «serendipia»
al recordar un cuento persa traducido por Rufus Chetwood en 1722, «Los viajes y
aventuras de los tres príncipes de Serendipia», en el que tres príncipes
viajaban por el mundo en busca del conocimiento y que, durante su viaje, hacían
descubrimientos sin buscarlos.
La serendipia, en efecto, se produce cuando alguien hace un descubrimiento
llevado más por la suerte o la casualidad que por la búsqueda sistemática.
Algunos ejemplos clásicos son la historia de cómo a Isaac Newton le cayó una
manzana sobre la cabeza y eso le hizo preguntarse por qué caen las manzanas (y
todas las cosas); el descubrimiento de la penicilina por Fleming, cuando se le
contaminó sin querer una placa de bacterias con un hongo y descubrió que las
bacterias dejaban de crecer en esa zona, o el descubrimiento de la estructura
atómica del benceno por el químico Friedrich Kekulé, quien, tras intentar
encontrar una estructura coherente para el benceno, soñó con una serpiente que
se mordía la cola y eso le dio la idea de que se trataba de una estructura en
forma de anillo. Umberto Eco también considera que el descubrimiento de América
por Colón fue una serendipia, pues partió buscando las Indias, tal vez incluso
la isla de Serendipia (es decir, Ceilán), y en el camino se encontró todo un
continente. Pero la serendipia más célebre es precisamente la de aquel baño del
que Arquímedes salió gritando « ¡Eureka!».
Sin embargo, casi todos los ejemplos de descubrimientos accidentales se
producen cuando ya se está buscando algo: Newton ocupaba gran parte de su
tiempo en encontrar explicaciones del movimiento de los planetas o de la manera
en la que funcionaba el universo; Fleming quizá no buscaba ese producto en
concreto, pero sí estaba haciendo experimentos en su laboratorio y examinando
placas con bacterias; Arquímedes llevaba días pensando en cómo descubrir si la
corona que le había entregado el rey era o no completamente de oro; Kekulé
llevaba semanas o meses pensando en estructuras que pudieran explicar las
características observadas en el benceno y descartando muchas ideas. Royston M.
Roberts propone en Serendipia, descubrimientos accidentales en la
ciencia, el término «pseudo serendipia» para referirse a
«descubrimientos accidentales que logren culminar un camino de búsqueda»,
reservando «serendipia» para los «descubrimientos accidentales de cosas no
buscadas», aunque también esos descubrimientos suelen presentarse a personas
preparadas para ello, lo que coincide con la opinión del popularizador del
término Walpole, para quien la serendipia combinaba «accidente y sagacidad[316]». En
realidad, la historia de los tres príncipes de Serendipia muestra que los
descubrimientos que realizan los jóvenes viajeros no son casi nunca
accidentales, sino más bien producto de una mezcla de observación y deducción,
o si se prefiere una especie de abducción, muy holmesiana. En el episodio más
conocido, los tres príncipes deducen que unas huellas pertenecen a un camello
tuerto, cojo y al que le falta un diente. ¿Le suena al lector esta historia?
Esta historia del camello tuerto, cojo y sin diente se remonta al siglo IV de
nuestra era, cuando todavía existía el antiguo imperio de Persia, pero también
aparece con diversas variantes en Las mil y una noches y en el
Talmud judío. Inspiró, claro, a Voltaire para escribir su Zadig (¿recuerda
el lector que conocimos a Zadig al hablar de la «lectura» de las pisadas por
parte de Holmes?). Zadig, a su vez, inspiró a Edgar Allan Poe
para crear a Dupin, y de Dupin, combinado con el doctor Bell (que también
conocía a Zadig), surgió Sherlock Holmes. La conclusión es que el propio
Sherlock Holmes tiene su lejano origen, y no sé si esto debería considerarse
otra serendipia, en aquellos tres príncipes de la isla de Serendipia.
Tampoco es extraño que la abducción haya sido a menudo comparada o confundida
con la serendipia, porque nos permite conectar datos dispersos, entre los que
por regla general no estableceríamos ninguna relación. Aunque la abducción
suele ser más metódica que la serendipia pura, es cierto que también la
serendipia puede ser en cierto modo provocada, aplicando métodos azarosos que
nos permiten combinar elementos de manera casi caótica para encontrar algún
tipo de relación entre ellos. En El guión del siglo 21 conté
un método azaroso puro que empleé durante años:
Entraba
en el salón de ficheros de la Biblioteca Nacional que eran cientos de cajas...
sin prestar atención a cómo estaban ordenados esos archivos y ficheros, pensaba
un número cualquiera e iba contando pasillo a pasillo hasta que me detenía en
el que me había tocado. Caminaba cinco, cuatro o tres pasos y me acercaba a uno
de los cajones, lo abría, tanteando con los ojos cerrados, y contaba, por
ejemplo, 23 fichas. Entonces abría los ojos, anotaba las signaturas de los
cinco primeros libros y los pedía, aunque trataran de cómo reparar la rueda de
un autobús o fueran recetas para preparar limonada maltesa... De este modo
logré saltar fuera de mi círculo de referencia y hacer hallazgos muy
interesantes, desde la Nueva Teoría de la Naturaleza, de Oliva Sabuco a la
Crítica del lenguaje de Mauthner o el Sefer Yetsirá de los cabalistas.
No
está claro si Holmes empleaba tales sistemas azarosos de manera más o menos
metódica (esto suena un poco paradójico, ya lo sé: azar metódico), por ejemplo
al consultar sus enciclopedias del crimen, pero sí es bastante seguro que en el
desván o ático de su cerebro se producían inevitablemente conexiones entre
conocimientos tan heteróclitos como los contenidos en los ficheros de una
biblioteca. Pero para que esos conocimientos acudan a la mente, hace falta
favorecer en cierto modo las conexiones azarosas entre observaciones y
pensamientos dispersos.
En los capítulos finales, conoceremos otros curiosos aspectos de la manera de
pensar de Holmes, revelaré algunos secretos escondidos en este libro y
descubriremos cómo a veces más conocimientos pueden hacer que sepamos menos.
Capítulo 7
No tan elemental, querido Holmes
Nunca
se termina de aprender, Watson. La vida es una serie lecciones, y las más
importantes vienen al final.
Holmes en «La aventura del círculo rojo».
Contenido:
§.
El gran juego
§. Atención con la atención
§. ¡Mira hacia aquí! (y no mires hacia allá)
§. Huevos de Pascua
§. Dame un titular
§. Pensar despacio rápidamente
§. Orgullo y prejuicios
§. El poder de las historias
§. Más información a veces significa menos información
§. Estadísticas de un solo caso
§. Cómo saber de todo sin saber nada
§. Focalización dispersa
§. Ser como Sherlock Holmes
§.
El gran juego
Una de las más importantes decisiones que tuve que tomar al escribir este libro
fue no seguir lo que los holmesianos llaman el Juego, el Gran Juego, el juego
holmesiano, o el juego sherlockiano. Es decir, he admitido como cierto que
Sherlock Holmes es un personaje de ficción creado por Arthur Conan Doyle. Los
sherlockianos o holmesianos que practican el Juego parten de la certeza de que
Holmes existió y, a partir de ahí, elaboran sus teorías.
A primera vista, puede parecer un procedimiento extravagante esto de tomarse a
un personaje de ficción como si fuese real, pero los holmesianos (o al menos
los holmesianos ateos) dicen que sucede algo parecido con personajes como
Jesucristo, Mahavira, Lao Zi, Apolonio de Tiana o Buda. Aunque se sabe que
existieron muchos profetas semejantes a Jesucristo, ningún historiador o
testimonio de la época lo menciona de manera expresa, excepto los que se hacen
llamar a sí mismos cristianos, claro, que escriben al menos treinta años
después de su muerte. La mención más cercana a los hechos es la del historiador
latino y judío Flavio Josefo, en un pasaje que muchos creen que pudo ser
interpolado posteriormente. Sea o no cierto, ese testimonio es al menos treinta
años posterior a la muerte de nuestro personaje, como lo son los evangelios de
quienes (según su propio testimonio) convivieron con Jesucristo, Mateo y Juan.
Pablo de Tarso, al que se puede considerar el verdadero creador del
cristianismo, del mismo modo que Sariputra lo fue del budismo, ni siquiera conoció
a Jesucristo, a pesar de ser coetáneo suyo, e incluso persiguió y mató a
cristianos antes de su conversión. Después de su conversión, escribió muchas
cosas, como sus célebres epístolas, pero asombra que no se preocupara de
recoger los recuerdos de quienes sí conocieron a Jesús. Todo lo que Pablo sabe
de su dios y su profeta llega a él, según afirma, por revelación directa, a
pesar de convivir con quienes sí conocieron a Jesús: «Pues yo no lo recibí ni
aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo[317]». A pesar
de todo lo anterior, se han escrito miles de libros acerca de ese profeta
llamado Jesucristo, discutiendo cada uno de sus actos e intentando resolver sus
misterios, como el periodo que va desde los doce a los treinta años, en el que
apenas se sabe nada de lo que hizo o dónde estaba. Como ya sabemos, también
Holmes desapareció durante varios años, desde que cayó por las cataratas de
Reichenbach hasta que regresó en el relato «La casa vacía». Los teóricos del
gran juego cristiano y los del gran juego holmesiano proponen todo tipo de
teorías para explicar esos años de silencio, y es significativo que en ambos
casos se proponga que viajaron a la India y visitaron el Tíbet. Conan Doyle, en
efecto, contó en «La casa vacía» que Holmes había viajado a la India, el Tíbet
e incluso visitado La Meca. Entre los apócrifos o pastiches de Sherlock Holmes,
es decir, las aventuras no escritas por Arthur Conan Doyle, que se cuentan por
centenares, muchos de ellos se ocupan de esos viajes, como Los años
perdidos de Sherlock Holmes, de Jamyang Norbu. En cuanto a las teorías
acerca de los viajes de Jesucristo a la India o Tíbet, son amplísimas, en
especial desde que en 1930 Burnett Hillman Streeter mostró las notables
semejanzas entre las enseñanzas budistas y el «Sermón de la Montaña». En
realidad, los «años ocultos» suelen ser algo frecuente y casi siempre se pueden
explicar porque durante esos años esos personajes no eran famosos, por lo que
no se creyó que mereciera la pena recordar lo que hacían o lo que decían. Le sucede
a Shakespeare en los últimos años de la década de 1580, y les sucede a Diderot
o a Descartes, entre muchos otros. Si la prueba de que existió Jesús, como
decía Chesterton, es que existen los cristianos, ¿puede la existencia de los
holmesianos probar la existencia de Sherlock Holmes?
En este libro se han ofrecido muchas razones a favor de la existencia de
Holmes, puesto que aparece citado como precursor en todo tipo de profesiones y
ciencias. La bibliografía acerca de la relación de Sherlock Holmes con diversas
disciplinas científicas es impresionante[318], pero lo
más asombroso es que ningún científico o experto se refiere a Conan Doyle, sino
que todos atribuyen los méritos a su personaje.
Si olvidamos ahora la decisión que tomé de no participar en el gran juego
holmesiano y examinamos la vida de Holmes como la de un personaje histórico o
como la de Jesucristo, es obvio que muchos misterios se aclaran. Entendemos por
qué se hizo llamar Sigerson durante sus años de ausencia, ya que, como nos dice
Baring-Gould, su padre se llamaba Siger («Sigerson» significa «hijo de Siger»);
también entendemos sus afinidades con Freud, porque Nicholas Meyer nos revela
que fue a desintoxicarse con él de su afición a la cocaína. El propio Meyer nos
explica en un pasaje de Elemental, Dr. Freud la teoría holmesiana cuando Freud
interroga a Watson y este confiesa ser el autor de las aventuras del detective:
—
¿Qué conexión tiene usted con el doctor Doyle? — preguntó Freud.
— No es una relación médica, le aseguro. El doctor Doyle tiene influencia en
ciertas publicaciones literarias en Londres. Se dedica más a escribir que a
ejercer la medicina actualmente, y es a él a quien le debo el haber podido
publicar mis modestos relatos acerca de las aventuras de Holmes [319].
Si
Sherlock Holmes existió y sus relatos fueron escritos por el doctor Watson,
resulta más sencillo entender que Arthur Conan Doyle detestase a un personaje
al que ni siquiera había creado. También se explican muchas de las
incoherencias y errores de los relatos, como que Watson sea llamado «James» por
su esposa, pero «John» por todos los demás[320], o que el
barón Graner, personaje de «El cliente ilustre», embarcase en el Ruritania un
viernes, lo que es imposible porque la compañía solo tenía salidas para Nueva
York los martes, miércoles y sábados[321] ; o
que algunos relatos tengan un estilo diferente e incluso mucha menor calidad:
la razón es que esos relatos no fueron escritos por Watson. En los comentarios
a El archivo de Sherlock Holmes, Klinger señala que es
«curioso» que la recopilación se inicie con un prólogo de Conan Doyle, y añade
que es dudoso que Watson escribiera todos los cuentos; en su opinión, los de
menor calidad se pueden atribuir a un primo, a la esposa de Watson o «incluso
a SirArthur Conan Doyle[322]». La
existencia real de Holmes también permitiría explicar la extraordinaria
semejanza entre Sherlock Holmes y el semiólogo americano Charles Sanders
Peirce, al que en este libro me he permitido identificar con Sherrinford
Holmes: John Kendrick Bangs propuso en 1908, en «Un enigma pragmático», que
Holmes llegó a conocer a William James, cofundador del pragmatismo americano
junto a Peirce.
En cualquier caso, sea o no cierto que Holmes existió, los practicantes del
Gran Juego son holmesianos en todos los sentidos del término, no solo por su
afición hacia Sherlock Holmes, sino también porque aplican el pensamiento
Holmes a conciencia, es decir, dudan de todo y se preguntan acerca de cualquier
pequeño detalle que aparece en las aventuras. Ya lo hizo Baring-Gould y otros
precursores, como Ronald Knox, Vincent Starrett, Dorothy L. Sayers y
Christopher Morley, para ser todos superados por Leslie Klinger con sus tres
volúmenes cuidadosamente anotados. Solo conozco un ejemplo de crítica textual
más refinado que el de los holmesianos, el de los talmudistas judíos que
analizaban los textos sagrados para dilucidar y aclarar cualquier pequeño
detalle, por ejemplo, el pasaje del Éxodo en el que Moisés habla con el faraón:
Y
Moisés dijo: «Así dice el Señor: “Como a la medianoche Yo pasaré por toda la
tierra de Egipto, y morirá todo primogénito en la tierra de Egipto”». [323]
Los
talmudistas señalan que es obvio que Dios no pudo haberle dicho a Moisés «como
a la medianoche», porque Dios lo sabe todo, incluido el momento exacto en el
que descenderá sobre Egipto, así que se preguntan si es que Moisés había
olvidado lo que le había dicho Dios, o si lo que sucedió es que no se lo dijo
al faraón por alguna razón, por ejemplo porque tenía dudas acerca de que Dios
se presentara aquella noche para cumplir su palabra.
En la crítica literaria y estética, esa disciplina que, según Borges, los
especialistas franceses han convertido en algo parecido a hablar de astronomía
sin mirar jamás a las estrellas[324], se habla
mucho de la intertextualidad y la intratextualidad, pero los holmesianos,
aunque también se interesan por las concordancias internas, se dedican más que
nada a la extratextualidad, a las relaciones de un texto
literario (el canon holmesiano) con el mundo exterior, con la realidad.
En los próximos capítulos vamos a examinar en detalle ese otro aspecto de
lo holmesiano que no tiene que ver con la afición a las
aventuras de Holmes, sino con el estímulo a pensar mejor. Aunque hemos visto ya
muchos ejemplos a lo largo de todo el libro, ahora examinaré algunos aspectos
importantes de la manera de pensar de Holmes y también revelaré algunas
curiosidades de este libro que quizá no todos los lectores hayan percibido
porque estaban ocupados en otra cosa (en conocer mejor a Sherlock Holmes, por
supuesto).
Pero, antes de continuar con la lectura, invito al lector a que haga una breve
visita a la página web de No tan elemental[325] para
poner a prueba de una manera divertida su capacidad de observación con una
prueba fascinante llamada «Atención selectiva». Cuando haya disfrutado con la
prueba, puede continuar leyendo.
§. Atención con la atención
En
el arte de la deducción es elemento fundamental el saber discernir cuáles, de
entre diversos hechos, son relevantes y cuáles son triviales. De otro modo, las
energías y la atención, en lugar de concentrarse, se disipan.
Sherlock Holmes en «Los hacendados de Reigate».
¿Ha
hecho el lector la prueba de atención selectiva que le propuse al final del
último apartado? Todavía está a tiempo, porque después de leer este párrafo, ya
no podrá hacerla, al menos no de la misma manera. Así que esta es su última
oportunidad.
Para quienes no hayan visto el vídeo, ya sea porque no disponen de una conexión
a la red o porque prefieren seguir leyendo este libro (lo que, al fin y al
cabo, no puedo tomarme a mal), explicaré en qué consiste.
Se trata de un vídeo en el que aparecen dos equipos de jugadores de baloncesto,
con uniformes blancos o negros. La prueba consiste en contar cuántas veces se
pasan la pelota los jugadores que visten de blanco. No resulta fácil
concentrarse, porque los jugadores se mueven todo el rato y, además, los que visten
de negro también se están pasando una pelota. Los espectadores que logran
focalizar y concentrarse en la pelota que se pasa el equipo blanco y contar los
pases, aciertan en un porcentaje bastante aceptable. Algunos cuentan 15 pases,
otros 14 y otros 16, que es la respuesta correcta. Pero eso es lo de menos,
porque lo que el test mide no es la capacidad de concentración o focalización,
sino la ceguera que se produce cuando nos concentramos demasiado en una tarea.
Resulta que, al mismo tiempo que los jugadores se pasaban la pelota, por la
escena ha cruzado un gorila. El gorila (en realidad se trata de una persona
disfrazada) se ha detenido un momento en el centro, en medio de los jugadores
de blanco y de negro, se ha golpeado el pecho y ha salido de la escena. Lo
asombroso es que casi la mitad de los observadores del vídeo que se concentran
en contar los pases de la pelota no ven al gorila, a pesar de que se trata de
un gorila muy grande, tan alto como cualquiera de los jugadores.
Parece imposible, pero es cierto. Yo mismo recuerdo que la primera vez que miré
el vídeo, concentrándome en los pases de la pelota, no vi el gorila. Sin
embargo, cuando se mira el vídeo por segunda vez, resulta imposible no ver al
gorila, incluso aunque se intente no mirarlo de manera consciente.
Los creadores de esta impresionante ilusión, que no es óptica sino psicológica,
fueron Chabris y Simons, a partir de experimentos anteriores. Querían comprobar
si podemos ser completamente ciegos a algo que no tenemos previsto ver, a lo
que llamaron «ceguera por falta de atención». Es algo que tiene muy presente
Holmes, cuando advierte que los demás no ven señales o signos importantes,
debido a que están buscando otra cosa o porque no buscan lo que él sí busca:
—
¡Hombre! — exclamó repentinamente— . ¿Qué es esto?
Era una cerilla de cera, a medio quemar, y tan embadurnada de fango, que al
principio parecía una pequeña astilla de madera.
— No sé cómo se me ha podido pasar — dijo el inspector con aire
molesto.
— Era invisible; estaba hundida en el barro. Yo la encontré solo porque la
estaba buscando.
— ¡Cómo! ¿Esperaba encontrarla?
— No lo creía descabellado.[326]
El
vídeo del gorila y otros parecidos fueron empleados en Gran Bretaña para
prevenir los atropellos a los ciclistas, que en un gran porcentaje de casos se
producen porque los conductores no tienen previsto ver a un ciclista en su
camino. Están condicionados para ver camiones, coches, peatones e incluso
motos, pero no están perceptivamente preparados para encontrarse con ciclistas.
Quizá el lector que haya visitado la página web de este libro y realizado la
prueba de atención selectiva también ha visto ya el siguiente vídeo,
«Desatención selectiva». Si no lo ha hecho, por ejemplo porque ya conocía la
prueba del gorila, le animo a probar con esta variante, en la que debe intentar
algo todavía más difícil: no ver el gorila. Y además, por supuesto, contar los pases
de manera correcta.
Pues bien, en esta segunda prueba, es cierto que aparece también un gorila y
que aunque el observador se esfuerce, no puede evitar verlo; lo ve tan
claramente que incluso le cuesta concentrarse en los pases de la pelota. Sin
embargo, aunque el espectador vea al gorila y cuente bien o mal los pases, es
casi seguro que no habrá advertido dos cosas: que la pared del fondo cambia de
color y que una de las jugadoras de negro abandona la escena poco después de
empezar la prueba. Esto demuestra que nuestra percepción sigue dependiendo de
lo que esperamos ver: ahora sabemos que hay gorilas, sí, pero no que una
persona puede desaparecer sin que lo advirtamos, o que una pared puede cambiar
de color.
Este nuevo fenómeno perceptivo, que consiste en desviar la atención del
espectador hacia algo concreto, como un gorila que sin duda va a aparecer, para
distraerle de otros asuntos que suceden en paralelo, es conocido desde hace
siglos, quizá milenios, por los descuideros, ladrones y carteristas, que distraen la
atención de sus víctimas con cualquier excusa. Un ejemplo es el del anciano que
se desmaya en medio de la calle, al que, como es obvio, alguien se detiene a
ayudar: la víctima se concentra tanto en el estado del pobre hombre que no
advierte que le están robando la cartera. Yo mismo fui testigo de una situación
así hace unos años en Barcelona, cuando un anciano cayó fulminado al suelo.
Aunque el robo no pudo completarse porque acudió demasiada gente en ayuda del
anciano y algunos de nosotros vimos al descuidero a punto de cometer el robo,
al cabo de un rato dos o tres de los testigos descubrimos que, varias calles
más allá, el anciano se reunía con el ladrón. Un truco parecido se puede ver en
la película El golpe, cuando Robert Redford y un anciano
engañan a un codicioso transeúnte, que cree engañarlos a ellos. Por lo general,
el procedimiento es más sencillo, pues basta con chocar con la persona en el
lado contrario al que lleva la cartera o bolsa: la alarma por el golpe atenúa
la atención que se presta al otro lado. Otros ladrones más sofisticados, en vez
de dar un golpe físico, emplean el golpe psicológico y crean emociones en sus
víctimas que les distraen de lo que realmente está sucediendo. Algunas de las
emociones que más nos pueden distraer son el miedo o el terror y el amor, como
el que siente Watson nada más ver a Mary Morstan y que Holmes le reprocha, por
cegar su capacidad de juicio. Una de las emociones más efectivas es la codicia
que he mencionado en el ejemplo de El golpe, que se emplea en el
célebre timo de la estampita, que consiste en hacer creer a la víctima que
tiene ante sí a un pobre idiota con un billete de lotería premiado. Dominada
por la emoción de conseguir dinero fácil, la víctima se convierte en victimario
y empieza a pensar en cómo engañar al pobre idiota, sin darse cuenta de que lo
que verdaderamente sucede es que el idiota es él, puesto que el billete de
lotería que acaba de comprar a un precio muy elevado es falso. Sherlock Holmes
siempre se muestra muy atento a esta distracción emocional de la atención, como
cuando reprocha una y otra vez a Watson dejarse impresionar por las apariencias
emocionales de un caso, atribuyendo la culpabilidad a un cliente fiándose de
las apariencias, de su atracción irreprimible hacia cualquier mujer hermosa o,
sencillamente, de sus prejuicios.
Existen muchas maneras de poner a prueba la atención selectiva, como el vídeo
del gorila, y espero que el lector haya pasado un buen rato viendo algunas de
ellas en No tan
Elemental . Si no lo ha hecho, me permito recomendarle, como siempre, que
la visite antes de seguir leyendo. En uno de los vídeos dos mujeres hablan y
nosotros nos concentramos en lo que dicen, pero no advertimos que todo cambia,
el pañuelo que una lleva al cuello aparece y desaparece, los platos de la mesa
cambian de color, todo se modifica sin que nos demos cuenta. En definitiva,
cuando nos concentramos en una porción de la realidad, desatendemos al resto,
completamos los huecos y no percibimos las incongruencias. Los aficionados al
cine quizá hayan recordado al leer las últimas páginas aquello de la falta
de raccord, que se da en muchas películas o series de
televisión: un cigarrillo que crece de manera milagrosa, un reloj de pulsera en
la muñeca de Julio César o una calavera en las habitaciones de Baker Street,
que aparece y desaparece en planos sucesivos en el primer capítulo de Sherlock.
Drew, T., Vo, M. L.-H. & Wolfe, J. M. (2013), «The Invisible Gorilla
Strikes Again: Sustained Inattentional Blindness in Expert Observers»,
Psychological Science, 24(9), 1848-1853. © Trafton Drew y Jeremy Wolf
Estas
faltas de raccord se explican porque las escenas pueden haber
sido grabadas en momentos o días diferentes, o por simples descuidos. El
espectador de cine no suele percibirlos en un primer visionado, pero un examen
atento de cualquier película permite descubrir que las heridas de un personaje
cambian de lugar, como le sucede al propio Watson en la serie Sherlock, algo,
por otra parte, muy holmesiano, porque lo mismo sucede en las novelas y cuentos
escritos por Arthur Conan Doyle, en los que la bala jezail que
alcanzó a Watson en Afganistán está a veces en una pierna y otras veces en un
hombro[327].
Finalmente, el lector puede poner a prueba sus conocimientos de radiología e
intentar detectar en esta placa de tomografía computarizada de unos pulmones
los nódulos cancerígenos. Esos nódulos suelen ser de tamaño reducido y de forma
redondeada y blanquecina.
§. ¡Mira hacia aquí! (y no mires hacia allá)
Sí,
sí, ya sé que soy un poco distraído para este tipo de cosas. Pero ¿ha traído su
revólver o no?
Holmes a Watson en «El problema del puente de Thor».
Después
de tanto hablar de gorilas, supongo que todos los lectores habrán visto
enseguida al gorila oculto en la tomografía. Sin embargo, Trafton Drew,
investigador de la Universidad de Utah, hizo un experimento mostrando a
destacados radiólogos cien placas y entre ellas la que incluía al gorila. Los
radiólogos, que son considerados entre las personas con mayor capacidad de
observación, no sabían que se trataba de un experimento y su propósito era
encontrar cualquier anormalidad en los pulmones. Aunque parezca asombroso, un
83% de los radiólogos profesionales vieron todos los nódulos, pero no vieron el
gorila.[328]
Los autores de relatos policiales son expertos en emplear trucos para desviar
la atención de los lectores, señalando algo que parece importante, pero cuya
verdadera función en el relato es lograr que no se observe con atención otro
detalle, que en su momento llevará a la solución del misterio. Es el mismo
mecanismo que el de los carteristas que golpean el lado contrario. Nosotros
creemos que lo importante es que un testigo escuchara un ruido en mitad de la
noche, y no nos damos cuenta de que ese ruido ocultó otro menor, que era el que
realmente importaba. Sherlock Holmes a menudo juega con los policías de
Scotland Yard y con Watson, y Conan Doyle con los lectores, al proporcionarles
informaciones llamativas pero innecesarias; los policías y Watson se distraen
intentando dar respuesta a esos enigmas, pero Holmes no se deja engañar y
descubre lo que verdaderamente conduce a la solución del misterio. Sin embargo,
Conan Doyle no abusa de este método, al contrario que muchos de sus discípulos
de la novela detectivesca, como Agatha Christie, pues raramente ofrece al
lector la posibilidad de solucionar el caso con las pistas iniciales. El lector
de las aventuras de Sherlock Holmes disfruta viendo cómo el detective avanza en
sus deducciones, pero pocas veces intenta competir con él. Eso sí, las
demostraciones de Holmes hacen que el lector se dé cuenta de la cantidad de
signos que existen en cualquier situación. Aunque no pueda resolver el caso, sí
puede aplicar esos conocimientos a su vida cotidiana.
Ya hemos visto que psicólogos como Simons y Chabris han demostrado sin ningún
género de dudas que cuando nos concentramos en una única cosa nos volvemos
incapaces de ver cualquier otra, desde un gorila que pasa delante de nosotros,
hasta paredes que cambian de color. Una de las conclusiones de estos
experimentos es que no debemos fiarnos de nuestra intuición en situaciones que
se salen de lo normal, y ya sabemos que el problema es que no siempre sabemos
qué situaciones se van a salir de lo normal; es por eso por lo que el libro de
Chabris y Simons dedicado a sus descubrimientos acerca de la percepción
selectiva se tituló El gorila invisible, cómo nuestra intuición nos
engaña.
Los experimentos de percepción selectiva, de ceguera por focalización y otros
similares también muestran que las ideas fijas y las obsesiones nos vuelven
ciegos, que es fácil que construyamos una imagen del mundo exterior que no se
corresponde demasiado con la realidad y, por supuesto, que podemos ser ciegos a
algo que tenemos delante porque nuestra percepción está condicionada por otra
cosa que ha ocupado en exclusiva nuestra atención, como explica Holmes al
inspector Hopkins en «Peter el Negro»: «Estaba usted tan absorto en el joven
Neligan que no tuvo tiempo para pensar en Patrick Cairns». En otras ocasiones,
lo que nos hace ciegos es que solo vemos aquello que ya esperamos ver o, al
contrario, que no estamos preparados para ver algo que se sale de lo
previsible, como cuando Watson pregunta a Holmes qué es lo que vio al examinar
un lugar y Holmes le responde: «Lo que esperaba ver».
Y ahora ha llegado el momento de mirar este libro de otra manera y descubrir si
el lector ha visto en sus páginas ciertas cosas que no esperaba ver.
§. Huevos de Pascua
Claro!
¡El periódico! — chilló Holmes enormemente excitado— . ¡Qué idiota he sido!
Estaba tan preocupado por la entrevista que no se me ocurrió ni por un momento
pensar en el periódico.
Holmes en «El oficinista del corredor de bolsa».
Cuando
me disponía a iniciar los capítulos dedicados a los métodos de Sherlock Holmes,
señalé al lector unos cuantos enigmas o preguntas del libro para descubrir si
era un lector Watson o un lector Holmes[329]. A veces
se trataba de saber si el lector había intentado responder a una pregunta o un
enigma explícito, como distinguir qué párrafos pertenecían al Legrand de Poe y
cuáles al Holmes de Conan Doyle, o de responder al problema de las tres puertas
de Monty Hall; en otras ocasiones pregunté por cuestiones dudosas o intrigantes
que habían aparecido pero que no se habían llegado a plantear de manera
explícita, como cuántos escalones había en el 221B de Baker Street.
Lo que diferencia a Holmes de Watson, al pensar inquisitivo y reflexivo del
intuitivo y espontáneo, no es lo acertado de las respuestas, sino el impulso a
buscar respuestas incluso cuando ni siquiera se ha formulado una pregunta. No
se trata tanto de resolver enigmas, aunque ello pueda ser también estupendo,
sino de planteárselos uno mismo. Es de este modo como los científicos descubren
nuevas leyes de la naturaleza y como los inventores patentan aparatos que nadie
imaginó: se sitúan ante un problema que nadie ha atendido y aplican el célebre
lema creativo: si esta es la respuesta, ¿cuál es la pregunta? No se trata de
buscar obsesivamente un significado a cada cosa, sino de observar muchas cosas
que antes apenas existían para nosotros. Pondré un ejemplo trivial y cotidiano.
Quizá el lector se haya preguntado alguna vez por qué tantos comercios tienen
nombres tan extraños, por ejemplo, Pemar, Jospau, Macarto y muchos más. No sé
si yo mismo me hice esa pregunta alguna vez, pero sí sé que alguien me lo hizo
notar en la infancia y que también me reveló la respuesta: casi todos esos
nombres son la combinación de las primeras sílabas de los nombres de los
propietarios del local. pemar es Pedro y María; jospau es José y Paula; macarto
es Manolo, Carlos y Tomás. Como es obvio, no siempre se acierta: MAR puede ser
María, Marcos o Martín, por ejemplo. Desde que supe la clave para descifrar
este simpático código, nunca he dejado de intentar averiguar qué nombres se
esconden tras las más extravagantes siglas y eso me ha proporcionado diversión
y entretenimiento en momentos de tedio. A veces, intento descifrar letreros que
quizá no responden a ese código, como CAFE (Camila y Federico), BAR (Bartolo,
¿o quizá Bárbara?) o Zamora (Zacarías, Mónica y Ramón). Fuera de bromas, es
cierto que este puede parecer un conocimiento inútil, pero es fácil imaginar
situaciones de novela detectivesca en las que poseer un indicio del nombre de
los dueños de un local puede llegar a ser decisivo. También en la vida
cotidiana causa un gran efecto dirigirse al que uno considera el dueño del
local por su nombre, a pesar de no haber entrado allí nunca antes. Eso sí,
conviene dejar pasar un rato, para disipar la relación causa-efecto de ver a un
nuevo cliente que antes de entrar probablemente habrá visto el letrero del bar.
Sherlock Holmes lo hace en «El problema del puente de Thor»:
—
¿Cómo está usted, señor Reuben Hayes? — dijo Holmes.
— ¿Quién es usted y cómo conoce tan bien mi nombre? — replicó el campesino,
con un brillo receloso en sus astutos ojos.
— Bueno, está escrito en el letrero que tiene sobre su cabeza. Y se nota
cuando un hombre es el dueño de la casa.
Lo
bueno de este temperamento inquisitivo es que, cuando uno se acostumbra a
pensar como Holmes, el mundo gana en interés. A cada momento se descubren
relaciones insospechadas en lo cotidiano, y otras veces se inventan causas y se
pasa un buen rato antes de que una observación más atenta, o un experimento,
nos lleve a buscar mejores explicaciones, pero, sea como sea, se descubre que
la realidad es mucho más compleja y que esconde muchos placeres, bromas y
secretos. Muchos huevos de Pascua.
Voy a revelar algunos de los huevos de Pascua escondidos en este libro. ¿Y por
qué huevos de Pascua? Buena pregunta. Los aficionados a los programas de software o
a los videojuegos ya sabrán la respuesta: se llama huevos de Pascua a pequeñas
sorpresas que están escondidas en un juego o en un programa informático y que
son casi imposibles de descubrir si no se tiene algún indicio o clave, del
mismo modo que no podemos ver lo que contiene un huevo de Pascua de chocolate
antes de romperlo y mirar en su interior. Por ejemplo, ¿sabe el lector cómo
hacer que la pantalla del navegador Google gire como si su ordenador y toda la
red mundial se hubiese vuelto loca? Escriba en Google: «do a barrel roll». Otro
mucho más divertido es escribir «Google gravity» y seleccionar la opción «¡voy
a tener suerte!»[330]. Pues
bien, este libro no va a saltar por los aires ni las letras se van a caer al
suelo si lo agita, pero sí esconde todo tipo de dobles o triples lecturas, de
pequeñas bromas. Muchas de ellas no han sido ideadas a propósito, otras sí. En
realidad, todos los libros contienen conexiones a otros lugares que no son el
propio libro, todos los libros son hipertextuales e interactivos, pero al menos
hasta la llegada del mundo digital, internet y los ordenadores, la
interactividad y la hipertextualidad dependían casi por entero del lector, que
tenía que moverse de un lado a otro para que funcionasen los hiperenlaces, o al
menos desplazar su imaginación de una sugerencia del autor del libro a una
imagen o una idea.
§. Dame un titular
Un
segundo significado debía esconderse en aquella extraña combinación de
palabras.
Sherlock Holmes en «La corbeta Gloria Scott».
Los
títulos de los capítulos y apartados de este libro tienen una intención
orientativa e informativa, eso es obvio, pero en muchos casos también contienen
algún tipo de guiño al lector, un doble sentido, una referencia o algún juego
de conceptos o de palabras. Es algo que hago en todos mis libros, y supongo que
también lo hacen otros ensayistas.
¿Supongo?
En el párrafo anterior, he estado tentado de dejarme llevar por la manera de
pensar de Watson y no tomarme la molestia de comprobar si otros ensayistas hacen
eso o no; incluso pensé escribir «como hacen todos los ensayistas», sin el
precavido «supongo». Pero Holmes me ha llamado la atención, me ha sacado de mi
pereza y me ha obligado a comprobar si los ensayistas hacen eso o no lo hacen.
¿Buscan un doble sentido, una broma, un rasgo de ingenio, una referencia o un
guiño en los títulos de sus capítulos y apartados?
Tras hacer una rápida y nada exhaustiva prospección entre algunos ensayos de mi
biblioteca, el resultado me ha sorprendido, en cierto modo ha sido también
decepcionante y ha refutado mis ideas previas, que es lo que suele suceder
cuando investigamos a fondo cualquier asunto. Esperaba encontrar muchos títulos
de capítulos que fuesen un poco más allá de lo informativo, pero me ha costado
encontrarlos. He descubierto que Umberto Eco muestra su ingenio en los títulos
de sus libros (Apocalípticos e integrados, Decir casi lo mismo, Kant y
el ornitorrinco), pero que no suele aplicar el doble o triple sentido
en los capítulos y apartados, a no ser que se trate de una recopilación de
artículos, cada uno de ellos, claro, con su título ingenioso. El argentino Juan
José Sebreli se lo permite muy raramente en libros como Las aventuras
de la vanguardia, mientras que Daniel Kahneman apenas lo hace en su
voluminoso Pensar rápido, pensar despacio. Por fortuna, no me
han decepcionado tres autores que situé de manera intuitiva entre los más
traviesos antes de iniciar mi pequeña investigación. El primero es Nassim
Nicholas Taleb, que en El cisne negro ofrece títulos de capítulos
como «La historia no gatea: da saltos», «Educación en un taxi», «No todos
los zoogles son boogles», «La realidad, ¿para
qué?» o «El error de Dios». El segundo es Paul Watzlawick, quien, en ¿Es
real la realidad?, tiene apartados como: «El caballo neurótico», «La
rata supersticiosa», «Cuanto más complicado, tanto mejor» o «Donde todo es
verdad, también lo contrario». Pero el que resulta insuperable es Marshall
McLuhan en Comprender los medios de comunicación.«Los relojes: el
olor del tiempo»; «El dinero: tarjeta de crédito del pobre»; «La fotografía: el
burdel sin muros»; «El coche: la novia mecánica». Lo bueno es que cada uno de
esos títulos tiene su sentido, no se trata de simples ocurrencias o rasgos de
ingenio sin más trascendencia.
Este tipo de juego también lo practican los guionistas de series de televisión.
Si se revisan los títulos de series, en especial las de Estados Unidos, se
encuentran todo tipo de bromas, algunas casi privadas de la profesión o del
equipo de guionistas, otras evidentes y algunas muy sutiles. En Policías
de Nueva York el capítulo cinco de la segunda temporada se titula
«Simone says», no «Simón», como en el célebre juego de imitación, sino
«Simone», que es el nombre del nuevo policía que llega a la brigada y marca la
pauta a imitar. En Los Soprano, la mítica serie creada por
David Chase, hay muchos ejemplos: «Pax Soprana», «Meadowlands», mezclando el
nombre de unos humedales de New Jersey con el nombre de la hija de Tony
Soprano, Meadow, que en ese episodio enseña a su hermano el territorio por el
que se mueve la familia Soprano; «Un tipo entra en el despacho de una
psiquiatra», imitando el comienzo de un chiste, o «¿Desde dónde a la
eternidad?», una clara referencia cinematográfica. En Mad Men, la
serie creada por Matthew Weiner, encontramos referencias de todo tipo: «Smoke
gets in your eyes», la célebre canción, da título al primer capítulo, dedicado
a la publicidad de tabaco en una época de dificultad; «Las bodas de Fígaro»,
para señalar un paralelo que se hará evidente a lo largo del capítulo entre el
protagonista de la serie, Don Draper, y el personaje de la obra de Beaumarchais
(naturalmente en un momento significativo sonará un aria de la ópera de Mozart,
«Voi che sapete»); en otra ocasión, Weiner imita el título-chiste de su maestro
David Chase: «Un tipo entra en una agencia de publicidad».
En cuanto a la serie Sherlock, hace honor a su protagonista y
cada título esconde uno o varios huevos de Pascua, guiños a los holmesianos y
dobles sentidos. Así, el primer episodio se titula «Estudio en rosa», en vez
de Estudio en rojo o Estudio en escarlata; el
episodio «His last vow» también cambia levemente el título original de «His
last Bow» («Su último arco»), en este caso porque vow, con «v», significa
«promesa» o «juramento» y en este capítulo el momento más importante ocurre
durante la boda de Watson y el discurso que Holmes pronuncia allí: «No he hecho
ninguna promesa en mi vida y después de esta noche no haré ninguna más, así que
frente a vosotros haré aquí mi primera y última promesa...». El cuento de Conan
Doyle «Un escándalo en Bohemia» se convierte en «Un escándalo en Belgravia»,
por el exclusivo barrio londinense; mientras que «Reichenbach Fall» es una
referencia traviesa a «the Reinchenbach falls» («las cataratas de Reichenbach»),
porque en ese episodio presenciaremos la caída (fall) de
Holmes y Moriarty, pero no por unas cataratas (falls) de Suiza,
sino desde un edificio de Londres; en cuanto a «The empty hearse» («La carroza
fúnebre»), es una broma muy ingeniosa respecto a «The Empty House» («La casa
vacía»), el cuento en el que Holmes regresa después de varios años de ausencia
y su aparente muerte en la lucha final con Moriarty. En cuanto a huevos de
Pascua y juegos de todo tipo escondidos en las tramas de la serie, los
holmesianos aficionados a Sherlock son capaces de encontrar
decenas en cada capítulo. El lector interesado puede consultar los enlaces
sugeridos en danieltubau.com/notanelemental, donde se ofrecen las
investigaciones de los fans de la serie capítulo a capítulo.
Como no podía ser menos, los títulos de muchos de los apartados de este libro
esconden algún juego, a veces puramente intuitivo o que acudió a mi mente sin
que yo casi me diera cuenta. Al revisarlos, he encontrado cuatro que consisten
en combinar el mundo holmesiano con mundos ajenos: «Johannes Kepler de Baker
Street», «Elemental, mister Hooke», «Sherlock Holmes en la bañera de
Arquímedes», «El significativo incidente del perro de Palov»; varios títulos de
novelas, a veces levemente modificados: «Orgullo y prejuicios», «La educación
de John Watson» (por La educación de John Adams), «El oficio
de vivir»; «Cómo ser un buen empirista» (es el título de uno de los primeros
libros de Feyerabend, al que se menciona en capítulos posteriores); «Los cisnes
negros», plural de El cisne negro, de Taleb; «Pensar despacio
rápidamente», que es una variación nada casual del título de Kahneman Pensar
rápido, pensar despacio. También hay, cómo no, frases shakesperianas:
«Palabras, palabras, palabras». Por cierto, ¿sabe el lector que casi todos los
títulos de las novelas de Javier Marías son frases shakesperianas?: Mañana
en la batalla piensa en mí (Ricardo iii), Corazón tan blanco (Macbeth), Negra
espalda del tiempo (La tempestad) o Tu rostro mañana (La segunda parte de
Enrique IV). En cuanto a mi capítulo «Una extraña forma de vida», se
refiere a la extraña forma de vida de Holmes, por supuesto, pero el título
acudió a mí al recordar el fado portugués «Una extraña forma de vida». Al
revisar este libro, he sabido que Enrique Vila-Matas publicó una novela
titulada Extraña forma de vida, también por el fado,
protagonizada por alguien que es al mismo tiempo escritor y espía. No la he
leído, pero es una coincidencia interesante, dada la cercanía con el género
policiaco y el hecho de que el personaje tenga varias profesiones. También hay
referencias religiosas, como el apartado: «Busca y encontrarás», es
decir, Quarendo invenietis, la frase de Jesucristo.
En otros lugares he combinado a varios autores en un pasaje, como cuando enumero
las actividades propias del pensamiento lento y del rápido. Si el lector
consulta la nota a ese pasaje[331],
descubrirá que en ella no se cita un libro, sino tres libros, porque aunque el
cuerpo principal del pasaje está tomado de Kahneman (Pensar rápido,
pensar despacio), he añadido ejemplos de Malcom Gladwell (Inteligencia
intuitiva) y de una aventura de Sherlock Holmes (El signo de
los cuatro). Copio aquí de nuevo el pasaje, marcando ahora en cursiva
los ejemplos tomados de Gladwell, y subrayando los de la novela de Arthur Conan
Doyle. El resto pertenece, por supuesto, a Kahneman:
El
sistema 1, pensar rápido, se identifica por regla general con el pensamiento
instintivo, impulsivo o intuitivo y está detrás de actos como percibir que un
objeto está más lejos que otro, hacer que pongamos cara de desagrado ante un
cuadro horroroso, detectar hostilidad en una voz, ser un buen vendedor de
coches, responder a ¿2 + 2=?, observar manchas de tierra rojiza en un zapato,
conducir un coche por una carretera vacía, seleccionar al intérprete de un
instrumento que requiere buenos pulmones, o entender frases sencillas.
El sistema 2 se activa en situaciones como estar atento al disparo en una
carrera, ser el mejor vendedor de coches de una empresa, buscar a una mujer con
el pelo blanco, contar las veces que aparece la letra a en una página de texto,
rellenar el impreso de la declaración de la renta, seleccionar de manera justa
al intérprete de un instrumento que requiere buenos pulmones, caminar a un paso
más rápido de lo que es natural, recordar un lugar en el que hay tierra rojiza,
o comprobar la validez de un argumento lógico concreto.
En
otra ocasión, he ofrecido una enumeración aparentemente casual que en realidad
no lo es (supongo que la referencia no se les habrá pasado a los lectores
catalanes):
No
se debe olvidar, en definitiva, que las palabras son los signos más evidentes
que existen, pues una palabra siempre está ahí en lugar de otra cosa, aunque a
veces se trate de algo muy abstracto, como «alma», «Dios» o «bondad», y otras
de algo muy concreto, como «bicicleta», «cuchara» o «manzana».
Por
supuesto, los tres objetos concretos son propios de la prueba
para enfermos de alzhéimer que se popularizó con el documental dedicado al
alcalde de Barcelona y presidente de la Generalitat Pasqual Maragall, que se
titulaba precisamente Bicicleta, cuchara, manzana.
Aparte de estas pequeñas bromas, existen muchos otros juegos y pequeños
misterios en este libro, que tienen casi siempre la particularidad de no ser
planteados de manera explícita, precisamente porque, como ya he dicho, el
pensamiento Holmes se dedica a buscar, incluso cuando parece que no hay nada
que buscar. En la página web dedicada a este libro
(danieltubau.com/notanelemental) se muestran algunos de estos enigmas y se
proponen otros muchos. Además, allí el lector podrá descubrir que el libro que
tiene entre las manos posee otro significado oculto.
Termino con dos preguntas, una sencilla y otra más difícil. La primera procede
de una ocurrencia de Baring-Gould, el autor de la primera biografía (no
autorizada) de Sherlock Holmes: ¿por qué algunos expertos prefieren llamar a la
colección de escritos del detective, no el canon holmesiano, como es usual,
sino «el Conan»?
La otra pregunta es bastante más compleja: ¿qué tiene en común Sherlock Holmes
con personajes como el profesor Challenger, Philip Marlowe, Arsene Lupin,
Phileas Fogg, Fu Manchú, Nero Wolfe, Tarzán, la Pimpinela Escarlata, Raffles o
Moriarty? Sí, ya sé que es fácil encontrar una relación entre este y aquel
personaje, pero ¿qué tienen en común todos ellos? Y no, no se trata de que todos
sean personajes de ficción, porque a la lista anterior se puede añadir a
personas reales como Billy el Niño o Cyrano de Bergerac. Es algo que une a
todos ellos de manera muy estrecha, pero que no tiene que ver con la literatura
en sí ni con los géneros literarios[332].
§. Pensar despacio rápidamente
Lo
resolví sentándome sobre cinco almohadas y consumiendo una onza de tabaco.
Sherlock Holmes en «El hombre del labio retorcido».
Ya
sabemos que la intuición de Holmes («tengo una especie de intuición») no es ese
depósito de prejuicios adquiridos que cualquier persona acumula hasta los
dieciocho años, sino que se trata de una intuición educada y creativa, bajo la
que se esconde un complejo proceso en segundo plano. A ello se añade, como
hemos visto, una actitud que es, al mismo tiempo, concentrada y dispersa,
focalizada y flotante, lo que permite y favorece el agitarse constante y la
combinación más o menos azarosa de observaciones e ideas que a veces parecen no
tener ninguna relación, pero que al final resulta que sí la tienen.
Podemos observar algunos detalles de este complejo proceso cuando, en su primer
encuentro, Sherlock asombra a Watson al decirle: «Usted ha estado en
Afganistán», pero enseguida le explica que tras esa inferencia ha habido un
proceso subterráneo en su mente: «Por la fuerza de un largo hábito, el curso de
mis pensamientos es tan rígido en mi cerebro, que llegué a esa conclusión sin
tener siquiera conciencia de las etapas intermedias. Sin embargo, pasé por esas
etapas». Haciendo un esfuerzo, Holmes consigue reconstruir el proceso mental
oculto, pero racional y razonable, que le ha llevado a inferir que Watson ha
estado en Afganistán:
El
curso de mi razonamiento fue el siguiente: «He aquí a un caballero que responde
al tipo del hombre de Medicina, pero que tiene un aire marcial. Es, por
consiguiente, un médico militar con toda evidencia. Acaba de llegar de países
tropicales, porque su cara es de un fuerte color oscuro, color que no es el
natural de su cutis, porque sus muñecas son blancas. Ha pasado por sufrimientos
y enfermedad, como lo pregona su cara macilenta. Ha sufrido una herida en el
brazo izquierdo. Lo mantiene rígido y de una manera forzada... ¿En qué país
tropical ha podido un médico del Ejército inglés pasar por duros sufrimientos y
resultar herido en un brazo? Evidentemente, en Afganistán». Toda esa trabazón
de pensamientos no me llevó un segundo. Y entonces hice la observación de que
usted había venido de Afganistán, lo cual lo dejó asombrado.[333]
¿Un
segundo para observar y calibrar tantos datos? Parece imposible, pero ya hemos
visto, al hablar de la lectura en frío, que podemos percibir muchísima
información sin ser conscientes de que lo estamos haciendo. Esa es la razón por
la que resulta recomendable que escuchemos las respuestas inmediatas que nos
ofrece nuestra intuición, aunque después debamos examinarlas: Holmes, sin ir
más lejos, debería revisar sus conocimientos geográficos, después de considerar
que Afganistán es un país «tropical».
Ahora bien, como explica el detective, su rápida respuesta es fruto de «un
largo hábito», que es más o menos lo mismo que Picasso le dijo a un visitante
que se asombraba al verle pintar un cuadro en una hora: «Una hora para pintar
un cuadro y toda una vida para poder pintar un cuadro en una hora»; ya sabemos
que Gladwell mostró en Fueras de serie que los «genios»
dedicaban más de diez mil horas de pasión y reflexión a su estudio.
¿Quiere el lector una demostración de la cantidad de operaciones mentales que
se pueden hacer en un segundo? Siéntese delante de un ordenador y escriba en
Google dos términos que sospeche puedan estar relacionados con algún asunto más
o menos complejo que le interese, por ejemplo: «Sherlock Holmes» y «Poincaré».
¿Existirá alguna relación entre ambos, aparte de la que yo mismo he propuesto
en este libro? Acabo de hacer la prueba: el primer resultado que me ofrece
Google es «Henri Poincaré, Sherlock Holmes, John Maynard Keynes y Daniel
Kahneman se encuentran en un bar[334]». Se trata
de un artículo interesantísimo, que no conocía, y que difícilmente habría
encontrado de otra manera, acerca de la ley, el caos determinista y otros
asuntos, varios de ellos muy relacionados con este libro. En el artículo se
menciona no solo a Poincaré y a Holmes, sino al Kahneman que nos advertía de
las virtudes de pensar despacio, a Keynes y a Nassim Taleb, a quien conocimos
al hablar de los cisnes negros. Google ha tardado menos de un segundo (0,59) en
ofrecerme este resultado, que podría competir por su interés con la
conversación de un interlocutor de alto nivel intelectual. Ahora bien, aunque
los ordenadores nos hayan superado en el ajedrez y sean capaces de procesar en
un segundo cientos de jugadas, nuestro cerebro todavía puede ser más rápido que
el mejor de los ordenadores, incluso cuando piensa despacio; quizá
no superemos a Google en capacidad de almacenamiento de datos, pero seguimos
siendo superiores en búsquedas no relacionadas de manera explícita o directa,
así como en capacidad de procesamiento.
El proyecto Blue Gene de IBM, usando ni más ni menos que 147 456 potentes
procesadores conectados, ha logrado simular un modesto 4,5% de la capacidad de
nuestro cerebro.
La rapidísima deducción de Holmes acerca de Watson en menos de un segundo
resulta, en consecuencia, perfectamente verosímil, teniendo en cuenta, eso sí,
que el cerebro de Holmes ha sido entrenado durante años para observar los más
pequeños detalles y signos, y para ser capaz de manejarlos de manera efectiva
mediante todo tipo de métodos. Del mismo modo que Google superó a los
buscadores rivales no por la capacidad de almacenamiento, sino por los
algoritmos o instrucciones que le permitían buscar mejor en esos océanos de
información, Holmes supera a Watson y a cualquiera de nosotros por su capacidad
para rastrear información útil de manera eficiente en su caótico desván mental.
Tal vez era a eso a lo que se refería cuando afirmaba que había que mantener en
buen uso el desván y no ser sobrepasado por información inútil, es decir, mal
archivada y de difícil acceso:
El
artesano hábil tiene muchísimo cuidado con lo que mete en el ático del cerebro.
Solo admite en el mismo las herramientas que pueden ayudarle a realizar su
labor; pero de estas sí que tiene un gran surtido y lo guarda en el orden más
perfecto.
Si
le damos las instrucciones correctas, nuestro cerebro es capaz de trabajar muy
bien para nosotros, tanto en primer término como en segundo término, es decir,
de forma inadvertida. Ahí es donde debe intervenir el pensamiento Holmes o el
sistema 2 de Kahneman, que es capaz, en situaciones que se salen de lo
ordinario, de no conformarse con una primera impresión, con la primera
respuesta intuitiva, sino de contemplar la realidad yendo más allá de nuestra
subjetividad y de nuestros prejuicios. El control de los prejuicios es uno de
los últimos aspectos del pensamiento holmesiano que nos queda por examinar en
detalle.
§. Orgullo y prejuicios
Tengo
a gala no ir con prejuicios nunca y seguir con docilidad el camino que me
marcan los hechos [335].
Sherlock Holmes en «Los hacendados de Reigate».
Aunque
ya hemos visto que para encontrar algo hay que saber en cierto modo qué es lo
que se está buscando, también hay que tener cuidado con encontrar solamente
aquello que se busca, como les sucede a los detectives de Scotland Yard,
Gregson, Lestrade, Athelney Jones o MacDonald. Un aspecto fundamental en el
proceso creativo, resolutivo o especulativo de Sherlock Holmes consiste en
mantener los prejuicios a raya. Holmes intenta de manera consciente que sus
sentimientos subjetivos, sus prejuicios y sus preferencias no influyan en la
manera en la que observa una situación, ni enturbien la formulación de
hipótesis y el progreso de la investigación: «Empecemos por el principio:
llegué a la casa, como usted sabe, a pie, y con el cerebro libre de
toda clase de impresiones[336]».
Holmes se muestra siempre muy crítico con la excesiva teorización en ausencia
de datos, porque esa teorización suele construirse sobre los prejuicios y la
intuición acrítica, a la que ni siquiera él es inmune. Así, en la aventura «La
banda de lunares», reconoce que la existencia de gitanos en las cercanías y la
mención de una banda le hizo construir toda una teoría, y concluye que «siempre
es peligroso sacar deducciones a partir de datos insuficientes». Antes siquiera
de entrar en cualquier proceso creativo o de plantearse un problema, es
necesario poner bajo control los prejuicios y eliminar los límites, los tabúes
y los bloqueos que nos impiden pensar más allá de lo convencional o que nos
llevan a recorrer los mismos caminos trillados y ver solo aquello que deseamos
ver. Se cuenta que el juez Itakura Shigemune, que vivió a inicios del siglo
XVII, decidió interponer una cortina entre él y los acusados, o al menos
sentarse de espaldas, para no ser condicionado por las apariencias personales.
Además, mientras escuchaba a los fiscales y a los defensores, batía té en un
gran cuenco. De este modo, si observaba que el té estaba quedando mal batido se
daba cuenta de que no estaba escuchando con la imparcialidad y tranquilidad
debida y que, en consecuencia, ese día no estaba capacitado para emitir una
sentencia justa. Holmes era muy consciente de ese peligro, como cuando Watson
le pregunta por los posibles sospechosos de un caso:
—
¿Sospecha de alguien?
— Sospecho de mí.
— ¿Qué?
— De llegar a conclusiones demasiado rápidas.[337]
No
resulta fácil, ni mucho menos, actuar como Holmes o como aquel sabio juez
japonés, porque no se trata tan solo de que nuestras ideas condicionen nuestras
opiniones; lo peor es que también modifican nuestra manera de observar y de
pensar, en el sentido más literal: modifican nuestra manera de activar nuestro
cerebro y nos hacen poner en marcha a Holmes o conformarnos con Watson.
En un experimento reciente se comprobó que los votantes del candidato demócrata
John Kerry y los del republicano George W. Bush empezaban a pensar de manera
diferente en cuanto veían una foto de su candidato o del opuesto. La visión del
candidato que no les gustaba activaba áreas del cerebro relacionadas con la
reflexión, de tal modo que enseguida encontraban mil y un argumentos en contra
de ese político; sin embargo, la visión de su propio candidato activaba áreas
relacionadas con la emoción, que les hacían inmunes a cualquier crítica
dirigida a su preferido, por muy razonable que fuera. En ciertas ocasiones lo
que sucede es lo contrario, aunque con los mismos efectos de paralización del
pensamiento racional y razonable: la visión del candidato opuesto acaba por
provocar en nosotros una sensación desagradable, que a veces llega a
convertirse en asco. Simón Blackburn ha analizado en Rulingpassions cómo el
asco puede llegar a convertirse en una categoría moral e ideológica mucho más
efectiva que la exposición a ideas o razonamientos que no compartimos: cuando
nuestro cerebro no nos da razones suficientes para oponernos a una idea o un argumento,
nuestra emoción nos ofrece la sensación de asco para sacarnos del aprieto. El
propio Holmes llega a ser víctima de esa sensación de asco al menos en una de
sus aventuras, «Charles Augustus Milverton», cuando se enfrenta a un
chantajista por el que siente un asco incontenible que le hace olvidar su
consejo de mantener a raya las emociones subjetivas:
¿No
siente usted una especie de escalofrío o estremecimiento cuando mira las
serpientes en el parque zoológico y ve esos bichos deslizantes, sinuosos,
venenosos, con su mirada asesina y sus rostros malignos y achatados? A lo largo
de mi carrera he tenido que vérmelas con cincuenta asesinos, pero ni el peor de
todos ellos me ha inspirado la repulsión que siento por este individuo.
Esa
sensación de asco facilita la deshumanización del enemigo, como bien saben los
ejércitos y los fanáticos violentos, y hace posible que Holmes se inhiba y
permita (o al menos no impida) que Milverton sea asesinado.
El control de los prejuicios es uno de los aspectos en el que nuestras pasiones
deberían someterse a nuestras razones, para evitar caer en el dogmatismo, el
fanatismo o la simple incomprensión de una situación, impidiendo que veamos
signos importantes, gorilas que corren por la escena, o que formulemos las
hipótesis adecuadas. La dificultad, sin embargo, consiste en que para observar
la realidad sin prejuicios hay que activar dos mecanismos mentales muy
diferentes, casi contradictorios. En primer lugar, se tiene que ser consciente
de esos prejuicios y no negarlos; en segundo lugar, debemos deshacernos de
nuestro propio punto de vista para librarnos de esos prejuicios y
condicionamientos que nos afectan como miembros de un grupo social o de una
profesión (policía, detective de Scotland Yard o detective asesor), o como
habitantes de una ciudad, votantes de un partido político, miembros de una
familia, o incluso en tanto que personas entrenadas para enfrentarse a un
misterio, capaces de usar métodos más o menos científicos, más o menos
racionales. Francis Bacon llamaba a todos esos prejuicios «ídolos de la tribu,
de la caverna, del foro y del teatro» y los consideraba un gran obstáculo en el
avance del conocimiento científico, pues influían negativamente tanto en la
formulación de hipótesis como en la observación, algo que ya sabemos que Holmes
tiene muy en cuenta cuando presume de no dejarse llevar por los prejuicios o
cuando subraya que «es de la máxima importancia no permitir que las cualidades
personales influyan en nuestra capacidad de juicio». Kahneman, como otros
psicólogos que estudian la toma de decisiones, actualiza los ídolos de
los que hablaba Bacon y se refiere a los prejuicios cognitivos, las
interpretaciones condicionadas o los sesgos que influyen y distorsionan nuestra
percepción y nuestra manera de razonar. Algunos de estos sesgos, prejuicios o
ídolos son fáciles de detectar, pero otros pasan casi inadvertidos, excepto
para quienes han aprendido a observarse a sí mismos y son capaces de ponerse a
prueba de alguna manera, como aquel juez japonés que batía té, o como nuestro
querido Sherlock Holmes.
§. El poder de las historias
Cada
uno puede elaborar su propia hipótesis, basándose en las pruebas existentes, y
la suya tiene tantas posibilidades de acertar como la mía.
Holmes en «La casa vacía».
Pensemos
en la vida de una persona de celebridad mediana como Linda Stanley Adams. No sé
si el lector conoce algo de la vida de esta mujer, porque no es muy conocida
fuera de Estados Unidos, pero, de no ser así, le contaré algunos detalles:
Linda
tiene treinta y un años, es soltera, franca y muy brillante. Se especializó en
filosofía. De estudiante le preocupaban mucho los asuntos de discriminación y
justicia social, y también participó en manifestaciones antinucleares.
¿Qué
sucedió después en la vida de Linda? Voy a proponer al lector varias
posibilidades, que deberá ordenar del 1 al 8, siendo el 1 la mayor probabilidad
y el 8 la menor.
- Linda
es profesora de primaria.
- Linda
trabaja en una librería y recibe clases de yoga.
- Linda
es cajera de un banco.
- Linda
es corredora de seguros.
- Linda
es activista del movimiento ecologista.
- Linda
es miembro de la Plataforma Anti desahucios.
- Linda
es cajera de un banco y activista del movimiento ecologista. Linda presta
asistencia social en psiquiatría.
A
estas alturas del libro, sospecho que muchos lectores ya desconfiarán de mis
preguntas. Buena señal. Eso significa que su pensamiento empieza a parecerse al
de Holmes y que ya no se conforman con la primera respuesta intuitiva. Es
posible que en vez de dejarse llevar por la intuición hayan decidido responder
lo contrario de lo que parece. Eso, sin embargo, puede ser igual de peligroso
que dejarse llevar por la intuición, porque vuelve a ser la simple respuesta a
un impulso. En cualquier caso, el lector puede ahora revisar su respuesta y
comprobar si ha considerado más probable que Linda sea ahora «cajera y
activista» o que Linda sea «cajera». Casi todo el mundo contesta (el 85% según
Kahneman y Tversky) que es más probable que sea «cajera y activista», en
especial si no están entrenados en la desconfianza del pensamiento Holmes
(compruébelo con sus amigos[338] ).
Ahora bien, ¿se ha dado cuenta el lector de que si Linda es «cajera y
activista» entonces es también siempre «cajera»? Es decir, las posibilidades de
que Linda sea cajera incluyen todos los posibles casos en los que Linda es
«cajera y activista», mientras que no sucede lo contrario. Linda, en efecto, no
puede dejar de ser cajera si es «cajera y activista», mientras que sí puede ser
simplemente cajera (pero no activista).
El juego de Linda fue inventado por Kahneman y Tversky para probar de qué
manera somos influidos por las historias, por nuestro sentido de la coherencia
narrativa: nos parece más razonable que Linda sea cajera y activista, a pesar
del hecho de que el que sea activista no añade más probabilidades, sino que las
resta. Es la llamada «falacia de la conjunción»: nos parece más probable que
dos eventos ocurran juntos que cada uno de ellos por separado.
Este curioso experimento debería ponernos en guardia contra las historias, los
cuentos y las narraciones. Se sabe, por ejemplo, que para convencer a alguien
de una mentira se deben dar muchos detalles, incluso detalles sin aparente
importancia, casi absurdos. En la moderna publicidad se emplean las historias
protagonizadas por un héroe, lo que se ha llamado marketing
storytelling, porque resultan más intuitivamente convincentes para los
potenciales compradores que cualquier otro tipo de persuasión. También se
emplea en política, contratando a guionistas profesionales para que conviertan
a un político soso y distante en un personaje cálido, divertido y humano,
mostrando sus torpezas y anécdotas concretas protagonizadas por su familia o
amigos[339]. Los
publicitarios y los asesores políticos saben que una buena anécdota puede
conseguir muchos más votos que decenas de estupendas estadísticas. Es algo que
también conocen quienes trabajan de manera desinteresada en campañas en favor
de personas discriminadas o que viven en la pobreza: una campaña con la imagen
de un niño con nombre y apellidos que necesita ayuda logra mejores resultados
que la que solo ofrece datos, por muy elocuentes que sean. Las cualidades
personales, las emociones y la búsqueda del sentido narrativo nos influyen de
manera muy poderosa, pero no solo por la empatía que podemos sentir hacia
alguien, sino también por nuestra necesidad de crear una narración coherente
que dé sentido a datos dispersos.
Los detectives de Scotland Yard que visitan la escena del crimen con Sherlock
Holmes, enseguida empiezan a crear historias, a buscar coherencias y
similitudes con algo que ya conocen, y eso les impide observar aquello que
tienen delante. Esa es la razón por la que Holmes insiste una y otra vez en que
no le gusta establecer teorías antes de tener hechos. No porque esté en contra
del uso de la imaginación o de la intuición, sino porque conoce sus peligros y
sabe lo fácil que nos resulta dejarnos llevar por una historia sugerente.
Aunque su entrenada intuición le ofrece muchas hipótesis, no las da por válidas
hasta haberlas sometido a prueba:
Uno
se forma teorías provisionales, y espera a que el tiempo o nuevos conocimientos
las desbaraten. Una mala costumbre, señor Ferguson, pero el hombre es débil.[340]
§.
Más información a veces significa menos información
La
principal dificultad en su caso estaba en el hecho de que había demasiados
datos. Lo que era vital estaba cubierto y oculto por lo irrelevante.
Holmes en «El tratado naval».
En
el ejemplo de Linda se puede apreciar que más información a veces significa
menos información: nos preguntan si Linda es cajera y consideramos que hay
pocas posibilidades; nos sugieren que es cajera y activista y entonces las
posibilidades aumentan, a pesar del absurdo lógico y estadístico que eso
implica. Lo mismo sucede en muchas situaciones de la vida cotidiana. Cuando
vemos a un desconocido, nuestro cerebro se pone en marcha buscando información,
algo que nos permita entender quién es y cómo es; si ese desconocido nos dice
su nombre, entonces parece que nuestra información aumenta. Sin embargo, casi
siempre sucede lo contrario y nuestro conocimiento acerca del desconocido
disminuye. ¿Por qué? Porque, al escuchar ese nombre, nuestro cerebro comienza a
buscar a personas que conocemos con ese mismo nombre y, de manera inevitable,
enseguida establecemos ciertas conexiones. Si además nos dicen la edad de esa
persona, nuestra fabulosa máquina de prejuicios vuelve a activarse y situamos a
esa persona en la tabla comparativa de la opinión que tenemos acerca de las
personas de esa edad. Quizá hace un momento pensábamos que esa persona tenía
diez años más o diez años menos, lo que nos daba una impresión vaga e
indeterminada. Ahora, al descubrir su edad, empezamos a considerar que sus
gustos serán semejantes a personas de esa edad, pero no a todas las personas de
esa edad que existen, claro, ni siquiera a las personas de esa edad que
conocemos, sino tan solo a las personas de esa edad que conocemos y que
acuden a nuestra mente en ese momento. Si, además, nos dicen su
profesión, parece que nuestra información sigue aumentando, pero en realidad
sigue disminuyendo. Es lo que Kahneman llama sesgo de disponibilidad: juzgamos
los acontecimientos en relación con aquellos otros que nos acuden más
fácilmente a la mente: si el mes pasado tuvo lugar un espectacular accidente de
avión, nuestra opinión acerca de la seguridad de viajar en avión será muy
negativa, a pesar de lo que nos digan las estadísticas[341]. Y a todo
ello hay que añadir que nuestras simpatías o antipatías instintivas e
intuitivas buscarán rápidamente en nuestra memoria algo con lo que
justificarlas. Recuerdo dos anécdotas muy significativas que me revelaron el
poder de los sesgos de disponibilidad y de confirmación de prejuicios. La
primera sucedió en unas clases de claqué. Tras asistir algunos días yo solo, se
sumó a las clases mi novia; la profesora pareció un poco decepcionada por su
incorporación y enseguida le preguntó su signo zodiacal; al saber que era
piséis, dijo que los piséis eran muy complicados porque la novia de su hermano
era piséis, y resultaba que se llevaba muy mal con la novia de su hermano. Era
bastante obvio que la profesora también quería llevarse mal con mi novia ya desde
que la vio, por lo que no le resultó nada difícil lograrlo tras obtener esa
jugosa información que venía a confirmar su primera impresión: era piséis. Tal
vez, si hubiese conocido a alguien que le interesara, su memoria habría sido
capaz de encontrar un piséis con el que se llevaba bien. La otra anécdota tuvo
lugar en un viaje con dos amigos a Lisboa durante un fin de año. Estábamos en
un bar del Barrio Alto y conocimos a tres hermanas, con las que empezamos a
hablar en una mezcla de inglés, español y portugués. Enseguida, como suele
suceder en estas situaciones, nos preguntaron a qué nos dedicábamos: yo dije
que era escritor y guionista de televisión y las tres se mostraron muy
interesadas; mi amigo Marcos dijo que era diseñador y de nuevo las tres mostraron
cierto interés; mi amigo Luis dijo entonces que era... informático. La
respuesta de las tres muchachas fue una muy elocuente indiferencia (no había
llegado todavía el tiempo de la actual atracción hacia los geeks).
Las preguntas acerca de la nacionalidad, ciudad, profesión, edad, propias de
una ficha policial, puede parecer que dan más información, pero casi siempre lo
que hacen es poner en marcha nuestra máquina de hipótesis («el hombre es
débil», como nos dice Holmes), que después querremos ver confirmadas. Me
permito recomendar al lector que intente no hacer ese tipo de preguntas, o que
al menos no las haga todas de manera inmediata y refleja, y que primero conceda
a su cerebro una oportunidad de entender a las otras personas más allá de ese
tipo de datos, que ofrecen mucha menos información de lo que parece. En cuanto
a los signos del zodiaco o los números del eneagrama, si el lector quiere
disfrutar de la complejidad del mundo, olvídese de ellos y dele una oportunidad
a la persona que tiene delante, no a arquetipos ni estereotipos.
§. Estadísticas de un solo caso
Es
bueno ponerlo todo a prueba.
Sherlock Holmes en «Los hacendados de Reigate».
Kahneman
y otros estudiosos hablan de los sesgos de confirmación. Es la tendencia que
tenemos a hacer que todo lo que observamos se ajuste a una teoría previa, como
en los casos analizados en el apartado anterior. También sucede cuando algo nos
preocupa o atrae poderosamente nuestra atención: las mujeres embarazadas ven
mujeres embarazadas por todos lados; si nos rompemos un brazo, vemos brazos
escayolados en casi cualquier lugar y si nos hacemos un tatuaje descubrimos que
casi todo el mundo lleva un tatuaje (percepción que no está muy lejos de la
realidad). En Nada es lo que es, me referí a «la lógica del
taxista», no por aquello del conocimiento que los taxistas de Londres tienen de
todas las calles, sino por la tendencia a observar solo aquello que confirma
nuestras teorías:
Es
conocida la peculiar estadística de tantos conductores varones que cuando
tienen un problema con un coche y descubren que lo conduce una mujer exclaman:
« ¡Mujer tenía que ser!», y añaden rápidamente el dato a su peculiar estudio
estadístico; sin embargo, cuando tienen un problema con un hombre,
sencillamente le insultan, pero no lo añaden a ninguna estadística.
Ahora
bien, los sesgos de confirmación suelen aplicarse a teorías que hemos
establecido a partir de un cierto número de informaciones, aunque sea mediante
la ceguera selectiva del taxista a todo lo que pueda refutarlo, pero a veces
somos capaces de aventurar teorías acerca del mundo y de la sociedad con muy
pocas observaciones, incluso con una única información, algo que suele suceder
cuando estamos en un país desconocido.
Cuando viajamos, en efecto, ponemos en marcha nuestro sistema estadístico de
aficionados y nuestra tendencia irreprimible a establecer teorías y a
confirmarlas cuanto antes. Si llegamos a París y el taxista es magrebí,
enseguida concluimos que en París todos los taxistas son magrebíes; si el
siguiente taxista es colombiano, modificamos levemente nuestro estudio de campo
y afirmamos que todos los taxistas de París son inmigrantes; si el tercer
taxista es marsellés, rápidamente concluimos que no hay taxistas parisinos en
París. Suceda lo que suceda, somos capaces de establecer conclusiones estadísticas
en un instante ante cualquier nueva observación y vanagloriarnos a nuestro
regreso de haber descubierto un buen número de rasgos que definen a París.
Aunque nunca llegarán a saberlo, las primeras personas con las que nos
encontramos en una ciudad desconocida soportan sobre sus hombros una tremenda
responsabilidad: de ellos dependerá en gran parte la imagen del país que
transmitiremos al exterior cuando nos vayamos. Si la recepcionista del hotel de
Venecia es antipática, todas las recepcionistas de Venecia (o quizá de Italia,
¿por qué no?) serán antipáticas; si en uno o dos restaurantes de Shanghai se da
la circunstancia de que se equivocan en la cuenta, todos los chinos serán
timadores; si caminamos a altas horas de la madrugada por las calles de Buenos
Aires y no nos sucede nada, la capital argentina será una de las más seguras
del mundo; si una viejecita nos acompaña hasta la calle que buscamos en
Budapest, todos los húngaros serán simpatiquísimos.
Las estadísticas de un solo caso no solo nos permiten elaborar una docena de
teorías en poco tiempo, sino que una de sus indudables ventajas es que
requieren muy poca calibración de datos.
Sin embargo, si el lector piensa que las estadísticas de un solo caso son las
que requieren el menor número de observaciones, se equivoca.
§. Cómo saber de todo sin saber nada
El
prejuicio es el hijo de la ignorancia.
William Hazlitt.
La
mayoría de las veces no establecemos conclusiones estadísticas a partir de lo
que hemos observado acerca de los franceses o los malayos, o de lo que hace
nuestro nuevo jefe en el primer día de trabajo, sino que ni siquiera
necesitamos observar un caso o dos: ya sabemos cómo es nuestro nuevo jefe o
cómo son los franceses y los malayos. Lo sabemos sin ni siquiera haber conocido
a un francés o a un malayo y sin haber llegado a ver a nuestro nuevo jefe. En
efecto, muchas veces saltamos directamente a las conclusiones estadísticas sin
observar ni siquiera un caso. ¿Cómo es posible? La respuesta es que contamos
con la ayuda inestimable de nuestros prejuicios. Si somos españoles, pensaremos
de los franceses más o menos lo mismo que piensa cualquier español comme
il faut; de los malayos, a falta de mejor información, pensaremos algo que
tenga que ver con Sandokán o con cualquier malayo que nos venga a la cabeza,
como Kabir Bedi, el actor indio que interpretó a Sandokán en la serie de
televisión. Se trata, en todos los casos, franceses, malayos y nuevos jefes, de
estadísticas elaboradas a partir de... ningún caso.
Un ejemplo de alguien que supo rectificar sus teorías iniciales, supuestamente
basadas en la observación, es el del escritor de terror H. P. Lovecraft, quien
siempre había detestado a los judíos: «Hay que esconderlos o eliminarlos, lo
que sea para que el hombre blanco pueda transitar por la calle sin escalofríos
ni asco». Un día, Lovecraft conoció a un judío muy inteligente y cambió de
opinión, lo que le permitió librarse de muchos otros prejuicios, de muchas de
las estadísticas de un solo caso o de ningún caso que habían alimentado su vida
hasta entonces:
A
pesar de que estaba casado con una mujer medio judía, comparaba su concepto
acerca de los «judíos» con los judíos que menos le gustaban. O con personas que
no le gustaban y que, a lo mejor, ni siquiera eran judíos, porque cuando uno
tiene un buen prejuicio, los hechos ya no tienen ninguna importancia. [342]
Por
fortuna, y quizá por azar, Lovecraft tuvo el valor de enfrentarse a sus propios
prejuicios y comprendió con gran claridad que muchas de sus ideas no tenían
nada que ver con la observación de la realidad, sino más bien con sus propias
teorías, propias o ajenas, acerca de la realidad:
En
el transcurso de los años, mi progreso en conocimientos y discernimiento fue
incompleto y desproporcionado, aceptando las ilusiones y prejuicios
tradicionales de mi entorno (social, política y económicamente conservador).
Así que puedo entender mejor la ceguera inerte y la desafiante ignorancia de
los reaccionarios por haber sido uno.
Holmes
también reconoce su error al dejarse llevar por prejuicios y teorías carentes
de datos en «La banda de lunares»: «La presencia de los gitanos y el empleo de
la palabra “banda”... bastaron para lanzarme tras una pista completamente
falsa».
§. Focalización dispersa
Siempre
hay que buscar una posible alternativa y estar preparado para ella. Es la
primera regla de la investigación criminal.
Holmes en «Peter el Negro».
La
charla trivial o precisa con su compañero Watson, la observación atenta y al
mismo tiempo distraída, son características de Holmes que han llamado la
atención de muchos de sus comentaristas. Por una parte, es capaz de focalizar,
de concentrarse obsesivamente en un detalle, pero, por otra parte, también
puede prestar atención a varias cosas a la vez y no ser víctima de ideas fijas,
como les sucede a los detectives de Scotland Yard, que focalizan tanto que solo
ven lo evidente para una intuición semientrenada, o lo que ya tenían pensado
llegar a ver. A pesar de que se suele decir que el cerebro humano no está hecho
para la multitarea (así, lo asegura, por ejemplo, Konnikova[343] ),
Holmes es capaz de atender a muchas cosas a la vez, de mirar sin mirar y de
mirar más atentamente que nadie; de atender a un aroma pero también a una
puerta entreabierta, a una pequeña mancha en la mano de su interlocutor, a una
mirada que le indica un pensamiento o a unas huellas en el sendero, incluso a
un ladrido que nunca ha tenido lugar. Y es capaz de hacer todo esto al mismo
tiempo, por lo que parece difícil no considerar que estamos ante algo muy
parecido a la multitarea, a la capacidad de mantener la atención en varias
cosas a la vez y, sin embargo, a ninguna de ellas de manera tan fija que nos
vuelva ciegos a todo el resto; se trata de no focalizar tanto que a uno se le
escapen los gorilas, ni tan poco que la cantidad de datos pueda sumirnos en la
confusión permanente. Esa atención dispersa y al mismo tiempo precisa es algo
que, dice Kahneman, está al alcance de pocas personas. Una de ellas era sin
duda Sherlock Holmes.
El legendario espadachín Miyamoto Musashi, que sobrevivió a más de sesenta duelos
a muerte, insistía mucho en «estar en guardia sin estar en guardia», observar
atentamente sin mirar, tener una visión amplia y al mismo tiempo concreta. Es
algo que también observamos a menudo en Holmes, quien parece no advertir algo
pero que, por el contrario, es en todo momento consciente de lo que sucede a su
alrededor, como cuando, en «Los tres frontones», habla despreocupadamente con
un amenazador visitante pero, al final, revela que desde el principio se dio
cuenta de que Watson había cogido con disimulo un atizador por si las cosas se
ponían difíciles.
Esta focalización dispersa de Holmes no solo se relaciona con lo que percibe en
el exterior, sino también con lo que contempla en el interior de su propia
mente. Consiste en no dejarse atrapar por una teoría instantánea, nacida de
algún sesgo; en ser capaz, como decían los antiguos escépticos, de practicar
la epojé,la suspensión del juicio: observar y reunir datos,
contemplar las hipótesis que nuestro cerebro elabora para conectarlos, pero no
quedar atrapado por la primera interpretación que parezca poder explicarlo
todo; mantenerse alerta, focalizando en ciertos momentos sobre una línea de
investigación pero manteniendo otras posibilidades abiertas: «Siempre hay que
buscar una posible alternativa y estar preparado para ella[344]».
En definitiva Holmes, ante los misterios que debe resolver, hace lo mismo que
el escéptico Sexto Empírico decía que debían hacer los filósofos frente a las
religiones o doctrinas dogmáticas: no ya dudar de todo por sistema, sino
practicar la epojé o suspensión del juicio. Los seguidores del
moderno concepto de mindfulness o atención plena, de origen
budista, que hoy en día es empleado en diversas terapias psicológicas, han
adoptado la epojé de los escépticos para referirse a ese
estado mental en el que dejamos que las ideas y la percepciones pasen por
nuestra mente sin quedar atrapados por ellas, contemplándolas con aquella
indiferencia emocional tan propia de Sherlock Holmes. Konnikova considera que
esta es una de las claves del pensamiento de Holmes, aunque a veces emplea el
término en un sentido que lo acerca a una palabra-éxito casi mágica, a lo que
Jeremy Safran ha llamado la McMindfulness, una operación
de marketing similar al estilo de la cadena de hamburguesas
McDonald’s[345].
Aunque
escepticismo o skepsis suele interpretarse como no creer en nada, incluso con
no tener opinión, en realidad significa «seguir investigando», no aferrarse a
una opinión inconmovible, a los prejuicios o a las ideas hechas. Ahora bien,
los escépticos también sabían que no era posible mantener constantemente la
incredulidad y que en la mayoría de las ocasiones de la vida era necesario
suspender la suspensión del juicio y ser un poco crédulos: si un coche se
acerca a toda velocidad hacia nosotros, conviene apartarse cuanto antes y
ponerse a dudar acerca de la existencia del coche una vez a salvo. Las
situaciones de la vida en las que hay que suspender el escepticismo y la duda
son aquellas en las que nos va muy bien con el conocimiento intuitivo e instintivo,
con las ideas tradicionales, con la opinión común, es decir, casi siempre. Pero
hay que recordar también que todos esos conocimientos son falibles y que en
ciertas ocasiones hay que ponerlos en cuestión, en especial cuando nos
enfrentamos a lo desconocido, a lo inesperado y a lo improbable. Es entonces
cuando debemos ser escépticos.
§. Ser como Sherlock Holmes
No
hay que ser como los griegos, hay que ser griego
Johann Wolfgang Goethe
Se
han publicado muchos libros, artículos y tesis doctorales que analizan la
manera de pensar de Sherlock Holmes:Los secretos del éxito de Sherlock
Holmes, de David Acord;Cómo pensar como Sherlock, de Daniel
Smith, o Cómo pensar como Sherlock Holmes de Mari a Konnikova.
Muchos de ellos ofrecen consejos útiles e interesantes, pero hay que tener
cuidado con reducir la cuestión a la fórmula «pensar como Sherlock Holmes»,
porque eso puede hacer que nos conformemos con una manera de pensar ligada a un
contexto y una época muy diferentes de los nuestros, con lo que corremos el
peligro de convertirnos en meros imitadores, algo que Holmes nunca fue.
Conviene recordar el célebre consejo de Goethe que se cita al comienzo de este
apartado, cuando, al contemplar la imitación servil que se hacía en su época de
todo lo griego, dijo que no había que ser como los griegos, sino que había que
ser griegos. Es decir, hay que situarse ante nuestra realidad del mismo modo
que los griegos se situaban ante la suya; no podemos aplicar sin más las
recetas de los griegos o las de Sherlock Holmes, porque nosotros tenemos que
enfrentarnos a nuevos problemas, lo que exige, casi siempre, nuevas soluciones.
En ciertas situaciones tendremos que corregir al propio Holmes, porque creer
que pensar como él consiste en aplicar una receta llamada «pensamiento Holmes»
es una conclusión típica del perezoso «pensamiento Watson», no muy diferente de
usar una fórmula mágica o una palabra- éxito. Como ya advirtió McLuhan, un
arquetipo a menudo no esconde otra cosa que un cliché[346], así que
conviene evitar que le suceda eso a Sherlock Holmes. Sería una temeridad y
probablemente un disparate intentar convertirnos en «máquinas pensantes»
carentes de sentimientos y de amigos.
Holmes también corregía a los expertos de su época, como los detectives de
Scotland Yard, pero no lo hacía dejándose llevar por la intuición (como
recomiendan algunos manuales holmesianos), sino leyendo todo lo publicado
acerca del mundo criminal, enterándose de los últimos avances en técnica
forense o investigando por su propia cuenta durante horas y horas en el
laboratorio de la universidad o en sus habitaciones de Baker Street, donde
había dedicado un pequeño rincón a los experimentos químicos. Galileo, Kepler,
Descartes, Francis Bacon y la ciencia moderna corrigieron de manera parecida a
Aristóteles: volvieron a mirar el mundo con atención, lo midieron, lo pesaron,
lo pusieron a prueba, pero mantuvieron la misma pasión aristotélica por
entender todo cuanto existe.
Sin duda el lector conoce aquella fábula india de los seis ciegos que palpaban
una entidad desconocida que recibía el nombre de «elefante». Cuando les
pidieron que lo definieran, uno de ellos dijo que se trataba de algo muy duro,
frío y agudo como una lanza, otro creía estar tocando las columnas de un templo,
otro un gran abanico, otro una serpiente poderosa, otro una gran pared y otro
una cuerda. Por supuesto, los ciegos no sabían exactamente qué era aquello que
tocaban, así que su mente les iba dando ideas puramente intuitivas que les
permitían relacionar algo conocido con aquel enigma. Cada uno de los ciegos
estaba condicionado por sus ideas previas acerca de la realidad al intentar
identificar algo desconocido, así que una semejanza parcial les llevaba a
arriesgar una conjetura intuitiva acerca de la totalidad. Ya sabemos que la
intuición nos da respuestas correctas en un alto porcentaje de situaciones,
quizá en el 90% de las ocasiones, pero el problema es que los ciegos se
encontraban ante algo inesperado: el elefante pertenecía al 10% restante, del
mismo modo que le sucede al doctor House con sus extravagantes enfermedades o a
Holmes con sus casos detectivescos. Al doctor House le llegan esos enfermos tan
raros porque trabaja en el Departamento de Enfermedades Raras; al detective
Holmes, sus no menos extraños casos porque él es «la última instancia» a la que
se recurre cuando se han agotado las vías más convencionales (Scotland Yard,
por ejemplo) y porque él mismo renuncia a los problemas triviales, aquellos que
son de fácil resolución para una intuición medianamente entrenada, y se
concentra en los que se salen de lo normal. A Sherlock Holmes solo le llegan
elefantes, así que debe ir más allá de los detectives que solo ven columnas,
muros o serpientes; él debe pensar en algo tan improbable como un elefante.
Repitámoslo de nuevo: «Una vez descartado lo imposible, lo único que queda, por
improbable que sea, debe ser la solución».
La de Holmes es no solo una reacción ante un problema concreto, sino una
actitud constante ante la vida. Es un semiólogo a horario completo, un lector
compulsivo, un cazador y un jugador que la mayor parte de su tiempo tiene
activado el pensar despacioso, reflexivo, el sistema 1, el pensamiento Holmes,
aunque a nosotros nos parezca que piensa a mil por hora. Durante la mayor parte
del tiempo, todos actuamos como Watson, pensamos sin pensar, usamos el sistema
1 de Kahneman, el pensamiento intuitivo, impulsivo, irreflexivo, porque si
tuviéramos que detenernos en cada cosa que hacemos, no haríamos casi nada. Si
antes de caminar tuviéramos que reflexionar en todas las operaciones que
debemos llevar a cabo para dar un simple paso, como el manejo del equilibrio y
de los pesos (lo que afecta al oído interno), la percepción del espacio, de la
luz y de la sombra, de la naturaleza del terreno, nos caeríamos al suelo antes
de poder avanzar un solo paso. Julio Cortázar mostró algo de esa dificultad:
Para
subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la
derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones
cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que
para abreviar llamaremos pie… [347]
Imaginemos
que Holmes y Watson tuvieran que pensar de manera consciente en cada uno de los
diecisiete escalones de Baker Street cada vez que suben a su apartamento
compartido. Lo más probable es que nunca llegaran a su piso, privándonos para
siempre del placer de leer sus aventuras.
No darse cuenta de que en muchos momentos debemos ceder a Watson el control de
nuestras acciones e incluso de nuestros pensamientos sería un error watsoniano,
pues en muchas ocasiones es preferible una respuesta rápida e inmediata a una
larga reflexión que nos haría perder una oportunidad que quizá no vuelva a
repetirse. Charles Sanders Peirce pensaba que la afición a establecer
relaciones de causa-efecto, a hacer conjeturas y abducciones, era tan innata
para el ser humano como para las abejas es el proteger y alimentar a su reina:
«Es evidente que si el hombre no poseyera una luz interior tendente a
conjeturar muy a menudo acertadamente (por lo que no puede pensarse en el
azar), hace tiempo que la raza humana habría sido extinguida de la faz de la
tierra por su incapacidad en la lucha por la existencia…». Podemos comprender
la importancia que el hecho de establecer relaciones de causa y efecto ha
tenido y tiene para la supervivencia si imaginamos a una madre Cromagnon que
camina por la selva con su hijo; de pronto ve en el suelo unas huellas, las
observa atentamente y establece en su cerebro la siguiente conexión inductiva:
«Estas huellas se parecen mucho a las que vi poco antes de que una fiera
horrible se precipitara sobre nosotros y se comiera a mi otro hijo». En
consecuencia, establece una conexión causal, una hipótesis, una abducción o una
conjetura: «Si aquí están las huellas, el animal estará cerca»; y eso le hace
concebir un plan de acción: «Debemos alejarnos en la otra dirección o subirnos
a un árbol cuanto antes».
Se puede comparar, de una manera metafórica y sin ninguna pretensión
científica, lo que representa el instinto en la vida de la especie y lo que
significa la intuición en la vida del individuo: ambos mecanismos nos dan
respuestas inmediatas y casi siempre útiles. Mientras que los instintos a
menudo nos ofrecen respuestas beneficiosas ante ciertas situaciones, como el
impulso a succionar el pecho materno, la intuición nos ofrece respuestas
basadas en nuestras experiencias previas o nuestro aprendizaje cultural, como
cambiar de acera cuando vemos a un desconocido que despierta nuestras
sospechas. Casi siempre la respuesta inmediata del instinto o de la intuición
nos resulta útil, pero ambos mecanismos tienen más que ver con la supervivencia
que con la búsqueda de la verdad. Eso hace que nuestras respuestas rápidas a
menudo se basen en el miedo, el prejuicio, o la ignorancia, lo que no es grave,
porque no es un error responder de manera instintiva o intuitiva ante una
situación determinada, pero sí lo es el construir nuestro pensamiento solo en
función de esas respuestas inmediatas. La cuestión importante no consiste en
usar o no la intuición o el instinto, sino en ser consciente de cómo funcionan
e intentar mejorarlos y refinados. Primo Levi, que sobrevivió al campo de
exterminio de Auschwitz y lo contó en libros como Si esto es un hombre,
respondió en una ocasión a un periodista que le preguntaba por su reacción
instintiva ante ciertas noticias: «Yo no tengo nunca reacciones instintivas, y
si las tengo, las reprimo[348]».
§. Apología de Sherlock Holmes
Pensar
de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos
quedan. La muerte y la siesta son otras. También es nuestra suerte convalecer
en un jardín o mirar la luna.
Jorge Luis Borges.
Que
nuestro cerebro esté hecho para sobrevivir y no para buscar la verdad no
significa que no podamos buscar la verdad, o ciertas pequeñas verdades, al
menos de vez en cuando. Es posible que Peirce tenga razón y que la abducción,
la tendencia a establecer relaciones de causa-efecto y a hacer conjeturas, e
incluso la intuición, la respuesta rápida ante cualquier situación, sean un
instinto humano. Pero el semiólogo asesor y el detective semiótico también nos
han mostrado que el funcionamiento de esos mecanismos se puede mejorar mediante
la atención y el entrenamiento, que la intuición puede retinarse y pulirse y
que existen maneras de corregir nuestro pensamiento Watson, como son la
aplicación de los diversos métodos científicos y lógicos, así como una observación
educada por la experiencia y el aprendizaje. Por fortuna, y aunque parezca una
paradoja, algunas personas, como Sherlock Holmes o Charles Sanders Peirce, son
dominados por una fuerte pulsión (¿instintiva, intuitiva, aprendida?) que les
lleva a activar el pensamiento Holmes y a poner en cuestión el pensamiento
Watson.
Aunque no logremos pensar como Peirce o Holmes, todos nosotros hemos llegado a
advertir en algún momento que es un error conformarse con las primeras
respuestas y que en el mundo hay muchos signos ocultos que una mente entrenada
puede llegar a descifrar, al menos en parte. Pero no todos tenemos el impulso
que lleva a seguir un camino que puede parecer tortuoso al convencional y
complaciente pensamiento Watson. Es posible que este impulso a pensar más allá
de lo obvio, o más allá de lo intuitivo, surja debido a una influencia más o
menos accidental, como puede ser la visión de una película, o el contacto con
personas capaces de estimular el pensamiento de los demás, como me sucedió a
mí, gracias a la afición que mis padres me transmitieron hacia la lectura y la
cultura, pero también debido a la influencia de mi padrino, José Luis Velasco,
un hombre que me enseñó a poner en duda la intuición inmediata y a ir más allá
de lo evidente, a plantearme los dilemas de Aquiles y la tortuga, a disfrutar
con las paradojas y a buscar soluciones a situaciones «imposibles»; o gracias a
otro amigo de mis padres, Joaquín Montarroso, que me contagió su amor por la
lógica y por Lewis Carroll y que me demostró que hay más imaginación en las
matemáticas que en la poesía o en la ficción. También me influyó leer las
aventuras de niños traviesos e ingeniosos, como los Tom Sawyer y Huckelberry
Finn de Mark Twain, la Alicia de Lewis Carroll o el Guillermo de Richmal Crompton.
Pero tengo la bien fundada sospecha de que mi «pensamiento Holmes» fue activado
en gran parte por el propio Sherlock Holmes, como les sucedió a María
Konnikova, Daniel Smith, W. S. Baring-Gould, Leslie Klinger y a tantos otros
holmesianos. Porque la lectura de las historias de Holmes tiene la virtud de
convertir a sus lectores no en pasivos degustadores de placeres fáciles pero
pasajeros, sino en escrutadores activos e incluso en investigadores proactivos.
Gracias a Holmes me fue fácil continuar con otros autores inquietantemente
inquisitivos, como Raymond Smullyan, Martin Gardner, Douglas Hofstadter o Paul
Watzlawick, por no mencionar a Demócrito, Russell, Montaigne y tantos otros
filósofos, a Shakespeare y tantos otros literatos o a Einstein, Feynman y
tantos otros científicos.
Las anteriores son algunas de las razones por las que este libro incluye aquí y
allá recuerdos personales relacionados con Sherlock Holmes y su manera de
pensar. Otra razón es que siempre me ha gustado la definición del ensayo tal
como fue establecida por Montaigne y seguida por filósofos y científicos como
Selden, Descartes, Darwin, Russell o Stephen Jay Gould: un género en el que lo
personal siempre está presente de algún modo en el discurso. Con más razón si
se trata del detective creado por Arthur Conan Doyle, que logra que todos los
holmesianos recordemos cómo nos ha influido y llenemos nuestros libros de
recuerdos personales. El último que contaré es el que quizá se halla en el
origen de este libro.
En 1987 dediqué uno de mis cuadernos de notas al estudio de Sherlock Holmes y
lo rotulé en el lomo como «El método holmesiano». En ese cuaderno recopilé
citas de sus aventuras y escribí pequeños ensayos, bajo epígrafes que en
algunos casos coinciden con los de este libro: «Consejos generales», «Amplitud
de miras», «Recolección de datos», «Lo que se debe evitar», «Formación de
hipótesis», «Disfraces, máscaras y fingimientos», «Holmes como psicólogo
social» o «Sherlock Holmes y el análisis retrospectivo». También anoté los resultados
de mis investigaciones holmesianas en la vida cotidiana, pues,
tras leer los relatos del detective, empecé a fijarme en cualquier minucia o
detalle, buscando las diferencias en lo aparentemente semejante y las
semejanzas en lo diferente. Llegué a ser capaz de distinguir entre más de una
decena de marcas de aceite untando un pedazo de pan, entre diversas mezclas de
café a través del olor y a identificar una gran cantidad de perfumes y colonias
de hombre y de mujer; a buscar el camino más corto para llegar a cualquier
lugar, lo que me hizo perderme más de una vez por caminos insólitos; a situarme
en el lugar exacto del andén del metro para coincidir con la puerta cuando el
vehículo se detuviera; a saber si en el baño de un desconocido la ventana o la
lámpara estaba a la derecha o a la izquierda (fijándome en la calidad del
afeitado de cada lado de la cara) y a descubrir pequeños secretos en los gestos
y en la manera de vestir de mis compañeros del colegio.
Como decía el doctor Bell que hacían los lectores más inquietos de las
aventuras de Sherlock Holmes, descubrí la importancia de los pequeños detalles
y empecé a detectar signos en cada cosa, como un semiólogo compulsivo que
pretende descifrar el mundo. Tal vez se pueda considerar que casi todo aquello
en lo que me entrené y que escribí acerca de los métodos de Sherlock Holmes era
conocimiento inútil, como lo era para Holmes y Watson saber cuántos escalones
hay en un piso de solteros de Baker Street, pero nunca se sabe, pues, al menos,
me ha servido para escribir este libro.
Espero, además, que No tan elemental haya permitido a los
lectores conocer un poco mejor las habilidades secretas de Sherlock Holmes, y a
entender las razones de su duradera influencia en todo tipo de ciencias y
disciplinas. Los lectores que tienen la estupenda manía de activar a todas
horas el pensamiento Holmes quizá hayan disfrutado y aprendido algo nuevo, pero
mi mayor satisfacción sería que quienes tienen la costumbre de moverse por el
mundo de Watson decidan dar cada vez más paseos por los territorios de Holmes y
descubrir el mundo que se oculta tras lo evidente, más allá de la intuición
desentrenada, de los prejuicios y de las grandes certezas obtenidas sin
reflexión. Si no ha sucedido así, estoy seguro de que ese deseo surgirá si leen
(o releen) las aventuras de Sherlock Holmes.
El juego continúa en No tan Elemental .
§. Casi todas las profesiones y habilidades de Sherlock Holmes
A continuación se ofrece una relación de las habilidades de Holmes que aparecen
en este libro.
- Análisis
retrospectivo.
- Antropometría.
- Bartitsu
y artes marciales.
- Biométrica.
- Boxeo.
- Caligrafía
(análisis caligráfico e historia).
- Caza.
- Ciencia
forense
- Ciencia
(científico).
- Composición.
- Connoisseur.
- Coolhunter
y experto en moda.
- Creatividad.
- Criminología.
- Criptografía.
- Crítica
literaria.
- Cronista
(de sí mismo).
- Detective.
- Detective
consultor.
- Detective
de ficción.
- Epistemología
(véase filosofía de la ciencia).
- Escritura.
- Experto
en los anales criminales
- Experto
en venenos Filosofía.
- Filosofía
de la ciencia.
- Grafología.
- Guión.
- Historia.
- Huellas
dactilares.
- Invención
(por ejemplo, de un método para detectar la presencia de sangre).
- Juego.(como
creador y como jugador).
- Lector.
- Lectura
en frío y mentalismo.
- Medicina.
- Psicología.
- Psicoanálisis.
- Química.
- Semiología
o semiótica.
- Sociología.
- Violín
§.
Todas las aventuras del canon de Sherlock Holmes
Se considera que el canon holmesiano está compuesto por las 56 aventuras y
cuatro novelas escritas por Arthur Conan Doyle (o al menos publicadas bajo su
nombre). Algunos estudiosos añaden al canon varios cuentos escritos por Adrián
Conan Doyle, hijo de Arthur, en colaboración con John Dickson Carr. Además de
los textos canónicos, existen centenares de textos apócrifos (también llamados
«los pastiches») que sería imposible enumerar aquí. El lector interesado puede
encontrar información muy completa en este sentido en la página web dedicada al
libro: <www. danieltubau. com/notanelemental. Por otra parte, hay dos
maneras de ordenar las aventuras: tal como fueron publicadas o tal como
tuvieron lugar. Tras arduos trabajos, W. S. Baring-Gould propuso un orden
cronológico de las aventuras, que se ha considerado correcto por los
estudiosos, con algunos matices aquí y allá. Existen ediciones de la obra
completa de Sherlock Holmes que prefieren seguir el orden cronológico propuesto
por Baring-Gould, como la de Todo Sherlock Holmes, a cargo de Jesús Urceloy,
editada en Cátedra, que es la que he seguido para las citas. Otros prefieren
agrupar las narraciones en relatos o colecciones de cuentos como la excelente
The New Annotated Sherlock Holmes, de Leslie Klinger, publicada en español por
Akal como Sherlock Holmes anotado, con un impresionante aparato crítico. Por
otra parte, los cuentos y novelas de Sherlock Holmes, al menos en su versión
inglesa, pasaron recientemente al dominio público. A continuación ofrezco la
lista del canon siguiendo el orden cronológico propuesto por Baring-Gould (es
decir, no el de publicación), comenzando por la aventura «La corbeta Gloria
Scott», que Holmes vivió con veinte años. He mantenido los títulos de la
edición elegida, a pesar de considerar que algunos deberían modificarse (como
«Los monigotes», que debería titularse «Los bailarines»), pero sí he quitado
«La aventura de…» que precede a muchos de los títulos, para facilitar la
localización de cada relato o novela. Los cuatro textos que aparecen en cursiva
son las novelas.
1.
La corbeta Gloria Scott.
2. El ritual de los Musgrave.
3. Estudio en escarlata.
4. La banda de lunares.
5. El paciente residente.
6. El aristócrata solterón.
7. La segunda mancha.
8. Los hacendados de Reigate.
9. Un escándalo en Bohemia.
10. El hombre del labio retorcido.
11. Las cinco semillas de naranja.
12. Un caso de identidad.
13. La liga de los pelirrojos.
14. El detective moribundo.
15. El carbunclo azul.
16. El valle del terror.
17. El rostro amarillo.
18. El intérprete griego.
19. El signo de los cuatro.
20. El sabueso de los Baskerville.
21. El misterio de Copper Beeches.
22. El misterio del valle de Boscombe.
23. El oficinista del corredor de bolsa.
24. El tratado naval.
25. La caja de cartón.
26. El dedo pulgar del ingeniero.
27. El hombre encorvado.
28. Wisteria Lodge.
29. Estrella de plata.
30. La corona de berilos.
31. El problema final.
32. La casa vacía.
33. Las gafas de oro.
34. Los tres estudiantes.
35. La ciclista solitaria.
36. Peter el Negro.
37. El constructor de Norwood.
38. Los planos del Bruce-Partington.
39. La inquilina del velo.
40. El vampiro de Sussex.
41. El delantero desaparecido.
42. Abbey Grange.
43. El pie del diablo.
44. Los monigotes.
45. El fabricante de colores retirado.
46. Charles Augustus Milverton.
47. Los seis Napoleones.
48. El problema del puente de Thor.
49. El colegio Priory.
50. Shoscombe Oíd Place.
51. Los tres Garrideb.
52. La desaparición de Lady Francés Carfax.
53. El cliente ilustre.
54. El círculo rojo.
55. El soldado de la piel descolorida.
56. Los tres frontones.
57. La piedra de Mazarino.
58. El hombre que se arrastraba.
59. La melena de león.
60. El último saludo.
- Aristóteles.
De la generación y corrupción (Gredos, 1988). — , Poética (Icaria, 2000).
- Asimov,
Isaac. Momentos estelares de la ciencia (Alianza, 2010).
- Bacon,
Francis. Nueva Atlántida (Akal, 2006). — , Novum Organum (Losada, 2004).
- Ball,
Philip, Curiosidad (Turner, 2013). BaringGould, W. S. Sherlock Holmes de
Baker Street (Valdemar, 1999); The Annotated Sherlock Holmes (Wings Books,
1992).
- Bell,
Joseph. «El señor Sherlock Holmes» en Sherlock Holmes anotado: las
novelas.
- Boccaletti,
Giulio. «Análisis de escala», en Este libro le hará más inteligente.
- Brockman,
John (ed.). Este libro le hará más inteligente (Paidós, 2012).
- Buffetaut,
Éric. «Cuvier y la Historia Natural» (conferencia en el Centre National de
la Recherche Scientifique, París).
- Blake,
William Antología bilingüe (Alianza, 2012).
- Borges,
Jorge Luis. «Del culto de los libros» en Otras inquisiciones (Alianza,
- 2002);
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Enrico. «Atribución» (artículo de la Encyclopaediae Universalis).
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Doyle, Arthur. Todo Sherlock Holmes (Cátedra 2003).
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una teoría de la búsqueda de información a través de la formulación de
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Daniel. La verdadera historia de las sociedades secretas (Alba, 2008); Las
paradojas del guionista (Alba, 2007); Nada es lo que es, el problema de la
identidad (Devenir, 2012); El guión del siglo 21 (Alba, 2011); «Sherlock
Holmes y el análisis retrospectivo de Smullyan» (en Esklepsis, 1989). VV.
AA. Antiguo y Nuevo Testamento.
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Paul ¿Es real la realidad? (Herder, 2003).
Notas:
[1] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[2] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[3] Arthur
Conan Doyle, El signo de los cuatro.
[4] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[5] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[6] Arthur
Conan Doyle, «Un escándalo en Bohemia».
[7] Philip
Ball, Curiosidad.
[8] Isaac
Asimov, Momentos estelares de la ciencia.
[9] Philip
Ball, Curiosidad.
[10] Horacio,
citado por Luciano de Crescenzo en Historia de la filosofía griega.
[11] Arthur
Conan Doyle, «Un escándalo en Bohemia».
[12] Diógenes
Laercio, Vidas de los filósofos.
[13] D.
Lypourlis, «Hippocrate dans une tradition populaire de Cos».
[14] Aristóteles
dice sobre Demócrito en De la generación y corrupción: «En general
universalmente, nadie, es decir, ninguno de los otros filósofos prestó atención
a ninguna de estas cuestiones, a no ser de manera superficial, con excepción de
Demócrito. Este parece preocupado por todos estos problemas y, además, se
distingue por el modo en que los trata diligentemente».
[15] Ingeniosas
interpretaciones han señalado que crear vida quizá no esté al alcance de los
hombres, pero sí, desde luego, de las mujeres, y que Mary Shelley pudo verse
influida por su embarazo y la pérdida de su hijo durante la escritura de
Frankenstein (véase Ellen Moers, «Female Gothic», en Literary Women).
[16] Philip
Ball, Curiosidad.
[17] Philip
Ball, Curiosidad..
[18] Philip
Ball, Curiosidad.
[19] Arthur
Conan Doyle, «El pie del diablo».
[20] Philip
Ball, Curiosidad.
[21] En
la aventura «Pedro el Negro».
[22] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[23] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[24] Philip
Ball, Curiosidad.
[25] Robert
Hooke, Royal Society Classified Papers, volumen XX, p. 369 (en Philip Ball,
Curiosidad).
[26] Philip
Ball, Curiosidad.
[27] Richard
Holmes, La edad de los prodigios.
[28] Un
indicio en tal sentido es que el relato se sitúa en Comualles, lugar de
nacimiento de Humphry Davy.
[29] ]
Arthur Conan Doyle, «El pie del diablo».
[30] Arthur
Conan Doyle, «El pie del diablo».
[31] Arthur
Conan Doyle, «El pie del diablo».
[32] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[33] Véanse
los libros La Ciudad del Sol (Campanella), Utopía (Tomás Moro), Gargantúa
(François Rabelais), Cristianópolis y Las bodas químicas de Christian
Rosenkreutz (Johann Valentin Andreae).
[34] Francis
Bacon, Nueva Atlántida.
[35] Francis
Bacon, Nueva Atlántida.
[36] En
La verdadera historia de las sociedades secretas, he explicado en detalle la
relación entre las utopías rosacrucianas y la Nueva Atlántida de Bacon con la
creación de la Royal Society y el origen de la ciencia moderna.
[37] Así
lo hace Philip Bail en Curiosidad.
[38] Al
menos, así lo aseguraron científicos de la Universidad de Bristol en la revista
Nature en 2011.
[39] Klinger,
The New Sherlock Holmes Annotated 1.
[40] Klinger,
The New Sherlock Holmes Annotated 1.
[41] Los
fenómenos espiritas (un término que emplean algunos expertos de la profesión)
no son exactamente lo mismo que espiritistas, aunque a los ojos de un profano
se parecen mucho.
[42] Arthur
Conan Doyle en La nueva revelación (citado en Sherlock Holmes contra Houdini).
[43] Arthur
Conan Doyle en La nueva revelación (citado en Sherlock Holmes contra Houdini).
[44] Philip
Ball, Curiosidad.
[45] Arthur
Conan Doyle, «El oficinista del corredor de bolsa».
[46] Francis
Bacon en «Refutación de los filósofos», citado en Philip Ball Curiosidad
[47] Francis
Bacon, Nueva Atlántida.
[48] Arthur
Conan Doyle, «Los hacendados de Reigate».
[49] Tácito,
Agrícola, 30.
[50] Arthur
Conan Doyle, «La liga de los pelirrojos».
[51] Arthur
Conan Doyle, «El misterio de Copper Beeches».
[52] Arthur
Conan Doyle, «El misterio de Copper Beeches».
[53] Philip
Ball, Curiosidad.
[54] Citado
en Philip Ball Curiosidad
[55] Giovanni
Morelli, Della pintura italiana.
[56] Citado
por Ginzburg en El signo de los tres.
[57] Castelnuovo
en «Atribución», artículo de la Encyclopaediae Universalis.
[58] Castelnuovo
en «Atribución», artículo de la Encyclopaediae Universalis.
[59] Pierre
Piazza, Aux origines de la police scientifique: Alphonse Bertillon,
précurseur de la science du crime .
[60] Pierre
Piazza, «La fabrique “bertillonienne” de l’identité, entre violence
phsysique et symbolique»
[61] Pierre
Piazza, «La fabrique “bertillonienne” de l’identité, entre violence
phsysique et symbolique».
[62] Dorothy
L. Sayers en «The Philosophy of Sherlock Holmes».
[63] Harry
Henderson, Encyclopedia of Computer Science and Technology.
[64] Arthur
Conan Doyle, «El intérprete griego».
[65] Arthur
Conan Doyle, «El intérprete griego».
[66] W.
S. Baring-Gould, Sherlock Homes de Baker Street.
[67] La
agencia aparece en la novela El valle del terror y en el relato «El círculo
rojo» donde el agente Leverton de la Pinkerton, «el héroe de la cueva de Long
Island», une sus fuerzas a Sherlock.
[68] En
sus novelas y cuentos, Arthur Conan Doyle nunca menciona a Sherrinford Holmes,
pero en Sherlock Holmes de Baker Street, el estudioso W S. Baring-Gould dedujo
su existencia a partir del hecho de que, en las primeras versiones del
detective, Conan Doyle llamaba a Watson Ormond Sacker, y al futuro Sherlock,
Sherrinford.
[69] Eco
había pedido explícitamente que apareciese ese superhéroe en todas las
ediciones de su libro.
[70] Thomas
A. Sebeok y Jean Umiker-Sebeok, Holmes y Peirce.
[71] Para
facilitar la comprensión por parte de cualquier lector no especializado,
emplearé como sinónimos semiótica y semiología, siguiendo las indicaciones de
Umberto Eco en su Tratado de semiótica general.
[72] Arthur
Conan Doyle, El signo de los cuatro.
[73] Arthur
Conan Doyle, «El misterio de Copper Beeches».
[74] Umberto
Eco, Tratado de semiótica general.
[75] Arthur
Conan Doyle, «Estrella de plata».
[76] Arthur
Conan Doyle, «Estrella de plata»
[77] Arthur
Conan Doyle, «El soldado de la piel descolorida».
[78] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[79] Arthur
Conan Doyle, «El carbunclo azul».
[80] Arthur
Conan Doyle, «La banda de lunares».
[81] Arthur
Conan Doyle, «Un caso de identidad».
[82] Ferdinand
de Saussure, Curso de Lingüística General.
[83] Ferdinand
de Saussure, Curso de Lingüística General.
[84] Arthur
Conan Doyle, «Estrella de plata».
[85] Umberto
Eco se refiere en varias ocasiones a la zoosemiótica en su Tratado de semiótica
general.
[86] Arthur
Conan Doyle, «El fabricante de colores retirado».
[87] Arthur
Conan Doyle, El valle del terror.
[88] Arthur
Conan Doyle, «La segunda mancha».
[89] Marcello
Truzzi, «Sherlock Holmes, experto en psicología social aplicada», en El signo
de los tres.
[90] En
la versión en tipografía.
[91] Edgar
Allan Poe, «El escarabajo de oro».
[92] Tiempo
después, nuestro romance con Poe continuó cuando escribimos a cuatro manos un
cuento de terror, llamado «Tic-Tac», cuyo título también parece señalar a Poe y
su cuento «El corazón delator».
[93] Arthur
Conan Doyle, «Los monigotes».
[94] Edgar
Allan Poe, «Algunas palabras sobre escritura secreta» (Graham’s Magazine,
1841).
[95] Arthur
Conan Doyle, El valle del terror.
[96] Edgar
Allan Poe, Ensayos.
[97] Arthur
Conan Doyle, «Los monigotes».
[98] Trevor
H. Hall, Sherlock Holmes and his creator (citado en El signo de los tres).
[99] En
Sherlock Holmes for dummies.
[100] W.
S. Baring-Gould en The Annotated Sherlock Holmes (citado en El signo de los
tres).
[101] Werner
Jaeger. Paideia, Los ideales de la cultura griega.
[102] Werner
Jaeger. Paideia, Los ideales de la cultura griega.
[103] Carlos
García Gual en su introducción a los Tratados hipocráticos.
[104] Quizá
sea necesario aclarar que se referían a experimentos como los que se hacen con
sustancias químicas, no a la experimentación con animales.
[105] Philip
Ball, Curiosidad.
[106] Jaakko
Hintikka y Merrill B. Hintikka, «Sherlock Holmes y la lógica moderna: hacia una
teoría de la búsqueda de información a través de la formulación de preguntas».
[107] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[108] Citado
por Cario Ginzburg en «Holmes, Morelli, Freud».
[109] Arthur
Conan Doyle, «El misterio de Copper Beeches».
[110] Michael
Shepherd, Sherlock Holmes y el caso del Dr. Freud.
[111] Michael
Shepherd, Sherlock Holmes y el caso del Dr. Freud.
[112] Michael
Shepherd, Sherlock Holmes y el caso del Dr. Freud.
[113] Michael
Shepherd, Sherlock Holmes y el caso del Dr Freud.
[114] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[115] La
misma opinión sostuvo Tomas Gejrot en «¿Fue Sherlock Holmes paciente de Sigmund
Freud?».
[116] Arthur
Conan Doyle, «La caja de cartón», en Las memorias Sherlock Holmes.
[117] Arthur
Conan Doyle, El signo de los cuatro.
[118] Walter
Murch, En el momento del parpadeo.
[119] Walter
Murch, En el momento del parpadeo.
[120] Walter
Murch, En el momento del parpadeo.
[121] Paul
Watzlawick, ¿Es real la realidad?
[122] Thomas
A. Sebeok y Jean Umiker-Sebeok, Holmes y Peirce.
[123] Guillaume
Duchenne, The Mechanism of Human Facial Expression. Nueva York: Cambridge
University Press. (Reedición del trabajo original en francés del año 1862).
[124] Javier
Sampedro, «Cómo leer el espejo del alma» (El País, 31 de marzo de 2014).
[125] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[126] Arthur
Conan Doyle, «Los tres Garrideb».
[127] R.
K. Leavitt, «Nummi in Area or The Fiscal Holmes», en 221B: Studies in Sherlock
Holmes (ed. por Vincent Starrett).
[128] Arthur
Conan Doyle, El signo de los cuatro.
[129] Arthur
Conan Doyle, «El ritual de los Musgrave».
[130] Douglas
Hofstadter, comentarios a «¿Cómo es ser un murciélago?».
[131] Arthur
Conan Doyle, «Un escándalo en Bohemia», en Las aventuras de Sherlock Holmes.
[132] Arthur
Conan Doyle, «El pie del diablo».
[133] Arthur
Conan Doyle, «El pie del diablo».
[134] Fragmentos
del artículo de Sherlock Holmes «El libro de la vida», citados en Estudio en
escarlata.
[135] Alison
Lurie en El lenguaje de la moda.
[136] James
Laver, Taste and Fashion.
[137] Arthur
Conan Doyle, «El jorobado», en Las memorias de Sherlock Holmes.
[138] Arthur
Conan Doyle, «Un caso de identidad», en Las aventuras de Sherlock Holmes.
[139] Arthur
Conan Doyle, «La liga de los pelirrojos», en Las aventuras de Sherlock Holmes.
[140] Arthur
Conan Doyle, «El carbunclo azul», en Las aventuras de Sherlock Holmes.
[141] Ed
Yong en Discover (8 de diciembre de 2011).
[142] Arthur
Conan Doyle, «La liga de los pelirrojos».
[143] Noticia
publicada en The Oamaru Mail de Nueva Zelanda (10 de septiembre de 1914).
[144] El
lector puede encontrar algunos títulos interesantes en la bibliografía que se
ofrece al final de este libro.
[145] Tracy
citado por James O’Brien en La ciencia de Sherlock Holmes.
[146] James
O’Brien, La ciencia de Sherlock Holmes.
[147] Se
cuenta en el blog «Jim Fisher True Crime».
[148] James
O’Brien, La ciencia de Sherlock Holmes.
[149] E.
J. Wagner, La ciencia de Sherlock Holmes
[150] James
O’Brien, La ciencia de Sherlock Holmes.
[151] Este
William Herschel era hijo del famoso astrónomo John Herschel y nieto del no
menos célebre William Herschel, el descubridor de Urano.
[152] E.
J. Wagner, La ciencia de Sherlock Holmes.
[153] Arthur
Conan Doyle, «La liga de los pelirrojos».
[154] Por
ejemplo, su Estudio en escarlata.
[155] Arthur
Conan Doyle, El sabueso de los Baskerville.
[156] Arthur
Conan Doyle, El signo de los cuatro.
[157] Arthur
Conan Doyle, El signo de los cuatro.
[158] James
O’Brien, La ciencia de Sherlock Holmes.
[159] Arthur
Conan Doyle, «Un caso de identidad».
[160] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[161] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata
[162] Arthur
Conan Doyle, «La aventura de Shoscombe Old Place».
[163] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[164] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[165] Arthur
Conan Doyle, «El misterio de Copper Beeches».
[166] Arthur
Conan Doyle, «Los monigotes».
[167] E.
J. Wagner, La ciencia de Sherlock Holmes.
[168] Arthur
Conan Doyle, El signo de los cuatro.
[169] Arthur
Conan Doyle, «El paciente residente».
[170] Arthur
Conan Doyle, «Estrella de plata».
[171] Arthur
Conan Doyle, «El constructor de Norwood».
[172] Arthur
Conan Doyle, «El fabricante de colores retirado».
[173] Arthur
Conan Doyle, «El problema del puente de Thor».
[174] Arthur
Conan Doyle, «El fabricante de colores retirado».
[175] Arthur
Conan Doyle, «Los planos del Bruce-Partington».
[176] Umberto
Eco, Tratado de semiótica general.
[177] Arthur
Conan Doyle, «Un escándalo en Bohemia».
[178] Pausanias,
Viajes por Grecia.
[179] Arthur
Conan Doyle, «Charles Augustus Milverton».
[180] Arthur
Conan Doyle, «Charles Augustus Milverton».
[181] Arthur
Conan Doyle, «Los tres Garrideb».
[182] Aristóteles,
Poética.
[183] Arthur
Conan Doyle, «Los planos del Bruce-Partington».
[184] Philip
Ball Curiosidad.
[185] Philip
Ball, Curiosidad.
[186] Hume
en su Tratado de la naturaleza humana.
[187] Arthur
Conan Doyle, «Los planos del Bruce-Partington».
[188] Gilbert
Keith Chesterton, El club de los negocios raros.
[189] Arthur
Conan Doyle, «El delantero desaparecido».
[190] Arthur
Conan Doyle, «La ciclista solitaria».
[191] En
«Sherlock Holmes, detective filósofo».
[192] Arthur
Conan Doyle, «El fabricante de colores retirado».
[193] Arthur
Conan Doyle, «La inquilina del velo».
[194] W.
S. Baring-Gould, The Annotated Sherlock Holmes.
[195] Helmuth
von Glasenapp mostró la quizá aparente paradoja del budismo en su libro El
budismo, una religión sin dios.
[196] Stephen
Kendrick, Holy Clues: Hie Gospel According to Sherlock Holmes.
[197] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[198] Holy
Clues: The Gospel According to Sherlock Holmes.
[199] Arthur
Conan Doyle, «El fabricante de colores retirado».
[200] Leslie
Klinger, The New Annotated Sherlock Holmes.
[201] Arthur
Conan Doyle, «Los planos del Bruce-Partington».
[202] Arthur
Conan Doyle, «El vampiro de Sussex».
[203] En
el libro se comete también un importante error, al concluir con la supuesta
victoria de Arthur Conan Doyle, al dar como fiable el testimonio de un farsante
que dijo haber contactado con Houdini tras su muerte.
[204] Arthur
Conan Doyle, «La aventura de Abbey Grange».
[205] Arthur
Conan Doyle, «El soldado de la piel descolorida».
[206] Arthur
Conan Doyle, «Un escándalo en Bohemia».
[207] Arthur
Conan Doyle, El signo de los cuatro.
[208] Arthur
Conan Doyle, El sabueso de los Baskerville.
[209] Arthur
Conan Doyle, «Un caso de identidad».
[210] Al
menos eso afirmó Kaoru Inokuchi tras una reciente investigación: «Podemos tener
problemas para adquirir nueva información porque la capacidad de almacenamiento
está ocupada por recuerdos antiguos no borrados». El experimento ha sido hecho
con ratas, así que todavía no es seguro que las conclusiones se puedan aplicar
a seres humanos (Kaoru Inokuchi publicó los resultados de su investigación en
2009 en la revista Cell).
[211] Malcolm
Gadwell, Fueras de serie.
[212] Arthur
Conan Doyle, «El carbunclo azul».
[213] Daniel
Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio.
[214] Todos
los ejemplos han sido tomados del libro de Kahneman citado la nota anterior y
de los casos contados por Malcolm Qadwell Inteligencia intuitiva.
[215] Arthur
Conan Doyle, «Los seis Napoleones».
[216] Maria
Konnikova, Cómo pensar como Sherlock Holmes.
[217] Francis
Bacon, Novum Organum.
[218] El
artículo de Joseph Bell, «El señor Sherlock Holmes», fue publicado en la
revista The Bookman en 1892, con el título «Las aventuras de Sherlock Holmes».
Las citas han sido tomadas de Sherlock Holmes anotado: las novelas, de Leslie
Klinger.
[219] Matteo
Rampin, Vender la moto.
[220] Arthur
Conan Doyle, «El tigre de San Pedro», en Su último saludo desde el escenario.
[221] Arthur
Conan Doyle, «El hombre del labio retorcido», en Las aventuras de Sherlock
Holmes.
[222] Arthur
Conan Doyle, «La corona de berilos», en Las aventuras de Sherlock Holmes.
[223] Arthur
Conan Doyle, «La corona de berilos», en Las aventuras de Sherlock Holmes.
[224] Arthur
Conan Doyle, «La banda de lunares».
[225] Arthur
Conan Doyle, El signo de los cuatro.
[226] Ofrezco
la dirección web completa, por si se produjera el improbable incidente de que
Google no les remitiera a la página deseada:
<http://www.nytimes.com/2008/04/08/science/08monty.html7_rM.
[227] Viktor
Mayer-Schönberger y Kenneth Cukier, Big data, la revolución de los datos
masivos.
[228] Arthur
Conan Doyle, «Un escándalo en Bohemia».
[229] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[230] Francis
Bacon, Novum Organum.
[231] Arthur
Conan Doyle, «La liga de los pelirrojos», en Las aventuras de Sherlock Holmes.
[232] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[233] Arthur
Conan Doyle, «El intérprete griego».
[234] Conviene
aclarar que no es lo mismo usar la inducción y emplear el método inductivo. En
el segundo caso, se refiere a considerar que el método de recolección de datos
a la manera de Bacon es el único o el más importante para la ciencia. Pero
alguien que rechace ese método puede, sin embargo, confiar hasta cierto punto
en razonamientos inductivos. Por otro lado, el razonamiento inductivo no solo
se limita a observaciones del mundo natural, sino también a las obtenidas a
partir de experimentos.
[235] Annie
Hall, dirigida por Woody Allen.
[236] Nassim
Nicholas Taleb, El cisne negro.
[237] Daniel
Tubau, Felicitación a Natalia Tubau.
[238] Karl
Popper, Conjeturas y refutaciones.
[239] Arthur
Conan Doyle, «La liga de los pelirrojos».
[240] Arthur
Conan Doyle, El signo de los cuatro.
[241] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[242] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[243] En
«El ritual de los Musgrave», Holmes utiliza sus conocimientos astronómicos para
encontrar un lugar secreto y en «El intérprete griego» parece muy interesado
por «la oblicuidad de la eclíptica».
[244] Arthur
Conan Doyle, «La aventura de la melena de león»
[245] Arthur
Conan Doyle, «Los planos del Bruce-Partington».
[246] Fuente:
<http://www.artificiosamemoria.es/index.php? mo=l 3&me=img>.
[247] Thomas
Harris, Hannibal.
[248] Arthur
Conan Doyle, «Las cinco semillas de naranja».
[249] Esa
característica sí es aplicable a Mycrof Holmes, según dice el propio Sherlock:
«La especialidad de Mycrof es saberlo todo» (en «Los planos del
Bruce-Partington»)
[250] Arthur
Conan Doyle, «El intérprete griego».
[251] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[252] Arthur
Conan Doyle, «Las cinco semillas de naranja».
[253] Arthur
Conan Doyle, «El colegio Priory».
[254] Arthur
Conan Doyle, «La inquilina del velo».
[255] Arthur
Conan Doyle, El signo de los cuatro.
[256] En
«Las cinco semillas de naranja» y en «La aventura de Abbey Grange».
[257] En
«Los seis Napoleones».
[258] Arthur
Conan Doyle, «El paciente retirado».
[259] «Un
caso de identidad».
[260] Arthur
Conan Doyle, «Un caso de identidad».
[261] Arthur
Conan Doyle, «La casa vacía».
[262] Arthur
Conan Doyle, «El vampiro de Sussex».
[263] Arthur
Conan Doyle, «Los tres Garrideb»
[264] Arthur
Conan Doyle, El signo de los cuatro.
[265] Arthur
Conan Doyle, «La ciclista solitaria».
[266] Arthur
Conan Doyle, «Las cinco semillas de naranja».
[267] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[268] Arthur
Conan Doyle, «Un caso de identidad».
[269] El
signo de los cuatro.
[270] Las
dos citas en Estudio en escarlata.
[271] Esta
y otras historias que muestran lo difícil que resulta hoy en día la
anonimización, las cuentan Viktor Mayer-Schönberger y Kenneth Cukier en Big
data, la revolución de los datos masivos.
[272] Viktor
Mayer-Schönberger y Kenneth Cukier, Big data, la revolución de los datos
masivos.
[273] No
estoy seguro de si los autores incluyen en la información analógica el ADN de
todos los seres vivos y los datos almacenados en nuestros cerebros, lo que
quizá cambiaría los porcentajes.
[274] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[275] Jorge
Luis Borges, «Del culto de los libros».
[276] Arthur
Conan Doyle, «El misterio de Copper Beeches», en Las aventuras de Sherlock
Homes.
[277] Charles
Sanders Peirce, «La probabilidad de la inducción» (1878).
[278] En
realidad, la opinión de Wittgenstein no era nueva: ya lo decía Francis Bacon y
otros, como Descartes, al señalar que los silogismos tienen valor expositivo,
pero no inventivo (el lector puede consultar la entrada SILOGISMO en el
Diccionario de Filosofía, de José Ferrater Mora).
[279] Aunque
la lógica y la matemática no sean exactamente lo mismo, como descubrieron
Bertrand Russell y Alfred North Whitehead después de pasar diez años intentando
demostrar que eran dos caras de la misma moneda en sus Principia Mathematica,
años después Kurt Gódel mostró que ese sueño de reducir la matemática a leyes
lógicas no era posible. Pero esa es otra historia.
[280] Arthur
Conan Doyle, «El problema del puente de Thor».
[281] Arthur
Conan Doyle, «El problema del puente de Thor», en El archivo de Sherlock
Holmes.
[282] La
definición precisa de los sólidos platónicos es más estricta: deben ser
poliedros convexos en los que todas sus caras son polígonos regulares iguales
entre sí, y en los que todos los ángulos sólidos son iguales.
[283] Como
los lectores shakesperianos sabrán, esta descripción de método y locura se
aplicó por primera vez a un príncipe de Dinamarca: «Aunque esto sea locura, hay
método en ella» (Polonio acerca del príncipe Hamlet, en Hamlet, de William
Shakespeare).
[284] Se
aplica aquí el tipo de silogismo que ya conocemos llamado modus ponens.
[285] Se
aplica aquí el silogismo conocido como modus tollens. Se aplica aquí el
silogismo conocido como modus tollens.
[286] Se
aplica aquí el silogismo conocido como modus tollens.
[287] Raymond
Smullyan, Juegos y problemas de ajedrez para Sherlock Holmes.
[288] Más
bien parece que el crimen se cometerá enseguida: la muerte del rey negro.
[289] Daniel
Tubau, «Sherlock Holmes y el análisis retrospectivo de Smullyan» (1989).
[290] Arthur
Conan Doyle, «Estrella de plata».
[291] William
Blake, «Augurios de inocencia».
[292] Arthur
Conan Doyle, «Las cinco semillas de naranja».
[293] Éric
Buffetaut, «Cuvier y la Historia Natural», conferencia en el Centre National de
la Recherche Scientifique, Paris.
[294] Russell
Shorto, Los huesos de Descartes.
[295] Giulio
Boccaletti, «Análisis de escala», en John Brockman (ed.), Este libro le hará
más inteligente.
[296] James
O’Brien, La ciencia de Sherlock Holmes.
[297] Fisher,
citado en James O’Brien, La ciencia de Sherlock Holmes.
[298] Francis
Bacon, Novum Organum.
[299] Charles
Darwin, Autobiografía.
[300] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata. <<
[301] Charles
Darwin, Autobiografía.
[302] Arthur
Conan Doyle, «La banda de lunares».
[303] Para
ver en detalle la búsqueda y el abandono de la idea de perfección por parte de
Kepler, véase mi libro Imperfección.
[304] Arthur
Conan Doyle, «La melena de león».
[305] Paul
Feyerabend, Tratado contra el método.
[306] Hay
decenas de teorías de la creatividad, aunque casi todas coinciden en los puntos
principales, que son los enumerados aquí. Yo mismo tengo una teoría propia, que
aplico al trabajo de guionista y escritor, y que incluye algunos aspectos que
otros teóricos no consideran o a los que dan menos importancia (se pueden
consultar en mis libros El secreto de la invención). El lector interesado puede
encontrar una descripción exhaustiva de las teorías creativas en Frameworks for
thinking.
[307] El
MIT es el Instituto de Tecnología de Massachusetts.
[308] Arthur
Conan Doyle, «Los planos del Bruce-Partington».
[309] Arthur
Conan Doyle, «El problema del puente de Thor».
[310] Arthur
Conan Doyle, «Los hacendados de Reigate».
[311] Francis
Bacon, Novum Organum.
[312] Arthur
Conan Doyle, «La melena de león».
[313] Arthur
Conan Doyle, El sabueso de los Baskerville.
[314] Arthur
Conan Doyle, «El pie del diablo».
[315] Arthur
Conan Doyle, «Las cinco semillas de naranja».
[316] Royston
M. Roberts, Serendipia, descubrimientos accidentales la ciencia.
[317] Pablo
de Tarso, «Epístola a los gálatas» (Nuevo Testamento).
[318] Puede
consultarse hasta el año 1974 en Wold Bibliography of Sherlock Holmes and Dr.
Watson, de Ronald Burt de Waal.
[319] Nicholas
Meyer, Elemental, Dr. Freud.
[320] Algo
que ya señaló Ronald Knox en su análisis holmesiano pionero «Estudios en la
literatura de Sherlock Holmes» (1911).
[321] Lo
cuenta Jack Tracy en su Encyclopaedia Sherlockiana.
[322] Leslie
S. Klinger, The New Annotated Sherlock Holmes.
[323] Éxodo
11:4.
[324] Jorge
Luis Borges, Arte poética.
[325] La
dirección web es www.danieltubau.com/notanelemental.
[326] Arthur
Conan Doyle, «Estrella de plata».
[327] En
El signo de los cuatro y «El aristócrata solterón» la bala impactó en una
pierna, mientras que en Estudio en escarlata lo hizo en el hombro.
[328] La
historia del gorila escondido en las placas se cuenta en: Historia del
gorila .
[329] Véase
el apartado «Pensar como Holmes, pensar como Watson».
[330] Yo
mismo creé dos huevos de Pascua para Google, o mejor sería decir dos páginas de
Google falsas en 2003, el buscador ególatra y eGoogle, que sirven para hacer
búsquedas en Google. Todavía se pueden consultar en: <http://wordpress.
danieltubau. com/egoogle/>.
[331] Véase
la nota 10 del capítulo «Los métodos de Sherlock Holmes».
[332] La
solución de ambos enigmas en danieltubau.com/notanelemental.
[333] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata.
[334] El
artículo fue publicado por Marlowe Fox en Florida Journal of International Law.
[335] Arthur
Conan Doyle, «Los hacendados de Reigate».
[336] Arthur
Conan Doyle, Estudio en escarlata. La cursiva es mía.
[337] Arthur
Conan Doyle, «El tratado naval».
[338] Daniel
Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio.
[339] En
Las paradojas del guionista conté cómo se empleó el storytelling (contar
cuentos o historias) en la campaña que enfrentó a Al Gore y George W. Bush.
[340] Arthur
Conan Doyle, «El vampiro de Sussex».
[341] Daniel
Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio.
[342] Daniel
Tubau, Nada es lo que es, el problema de la identidad.
[343] Maria
Konnikova, Cómo pensar como Sherlock Holmes.
[344] Arthur
Conan Doyle, «Pedro el Negro».
[345] Jeremy
D. Safran (2014), «Straight Talk. Cutting through the spin on psychotherapy and
mental health», en Psychology Today.
[346] Marshall
McLuhan, Del cliché al arquetipo.
[347] Julio
Cortázar, «Instrucciones para subir una escalera», en Historias de cronopios y
de famas.
[348] «Yo,
Primo Levi, pido la dimisión de Begjn», en Primo Levi: entrevistas y
conversaciones.

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