© Libro N° 6192.
Sur. Shackleton, Ernest H.. Emancipación. Julio 6 de
2019.
Título
original: © Sur. Ernest H.Shackleton
Versión Original: © Sur. Ernest H.Shackleton
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Miranda
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SUR
Ernest H.Shackleton
CONTENIDO
Nota
del editor
El
mundo entre 1914 y 1917
Prefacio
Hacia
el mar de Weddell
Tierra
nueva
Meses
de invierno
La
pérdida del «Endurance»
«Ocean
Camp».
La
marcha intermedia
«Patience
Camp»
Escapar
del hielo
El
viaje en bote
La
travesía de Georgia del Sur
El
rescate
Isla
Elefante
El
grupo del mar de Ross
Invierno
en el estrecho de McMurdo
Colocación
de depósitos
La
deriva del «Aurora»
El
último rescate
La
fase final
«Se buscan hombres para
viaje peligroso,
Sueldo bajo. Frío extremo.
Largos meses de total oscuridad.
Escasas posibilidades de regresar con vida.
Honor y reconocimiento en caso de éxito».
De
los cinco mil candidatos que acudieron a este anuncio, solo 27 tuvieron «la
suerte» de quedar atrapados en el hielo durante dos años pasando a formar parte
del fracaso más famoso, instructivo y aleccionador de la historia de la
exploración polar.
Si bien es cierto que la expedición del Endurance se nos ha
presentado siempre como modelo de liderazgo y supervivencia, no podemos evitar
aconsejar al lector perspicaz, ya que dispone, al fin, del testimonio real del
propio Shackleton, que trate de descubrir otros méritos bien diferentes en su
relato pues, quizá, desvele más en lo que calla que en lo que narra.
Abríguense
bien y buen viaje.
«Supuse
que preferirías un burro vivo a un león muerto».
ERNEST SHACKLETON
A
Shackleton se le atribuyen dos de las mejores frases dichas en la historia de
la exploración. Estas réplicas, además, ilustran una característica tan
fundamental como admirable en Shackleton, y constituye un rasgo común a todas
sus expediciones: la actitud positiva ante el fracaso.
Una
de esas frases inicia esta breve nota del editor, y es de los pocos testimonios
que tenemos de Emily Shackleton, su mujer, quien aseguró que este fue el único
comentario de su esposo en la intimidad sobre la fracasada expedición del Nimrod.
En aquella ocasión, tuvo que abandonar su idea de llegar al polo Sur a escasos
160 km del ansiado punto. Una vez revisadas las provisiones comprobó que no
había suficientes raciones para llegar al Polo y volver con vida, así que
decidió regresar a la carrera luchando contra el hambre y el frío. Consiguió
llegar con sus hombres a Hut Point en el momento justo en el
que habían convenido que zarpara el Nimrod (véase foto más
adelante).
La otra frase, asociada a la expedición que nos ocupa, la dijo tras ver como
el Endurance era aplastado y engullido, literalmente, al fondo
del océano, por la presión del hielo. La tripulación se hallaba desembarcada y
a salvo a una distancia prudencial. Cuando se reunió con ellos, informó:
«Tengo
dos noticias, una es buena y otra es mala: la mala es que nuestro barco se ha
hundido, la buena es que volvemos a casa».
A
pesar de lo inspirado de algunos pasajes y lo peculiar de alguna de las
situaciones que se relatan en este libro, hay algo que nos deja un mal sabor de
boca en toda esta historia y proyecta una sombra sobre los méritos de
Shackleton. Y él, quizá, debía saberlo, pues lo omite en todo el libro.
Worsley
y MacNeish, a nuestro juicio, son los dos pilares sobre los que se sustenta la
supervivencia del grupo. Si no hubieran estado allí, todos habrían muerto. El
primero, por sus dotes de navegación y orientación, fue capaz de llevar un bote
salvavidas a través del Atlántico sur y dar conla aguja en el pajarpues,
sin duda, esa es la proporción entre el océano y las islas Georgias del Sur
respecto a una pequeña barca. Y, MacNeish, un excelente carpintero capaz de
rediseñar un bote con pedazos de un naufragio para hacerlo resistir una
travesía tormentosa y bastante más que incierta. Si el bote reconstruido por
MacNeish no hubiera aguantado la travesía, hoy no estaríamos leyendo las
palabras de Shackleton (que, ironías del destino, habla bastante poco de él).
Pues bien, todos los miembros (excepto cuatro) de la expedición delEndurancerecibieron
la Medalla Polar que concede el Reino Unido, Uno de los ausentes fue el hábil
carpintero McNeish. Shackleton nunca le perdonó una insubordinación al
desobedecer una orden, ni un roce de personalidad con el propio Worsley. Por su
parte, McNeish, según testimonios, nunca perdonó a Shackleton que matara a su
gato (que atendía al nombre de señora Chippy).
La inconsciencia de esta injusticia, la nula capacidad de perdonar, no
reconocer el mérito de MacNeish y no recompensarle por ello, le resta unos
cuantos puntos a Shackleton.
Un lector avispado, dirá que el Jefe no tenía una actitud
positiva frente al fracaso, ni cometía injusticias con sus hombres, sino que
todo se debe a la flema que gastan los británicos. He de confesar que no lo
vamos a discutir, pues quizá adoptemos esa opinión sin inmutarnos antes de
pasar esta página.
Han pasado tantos años desde esta increíble aventura, tal vez la historia de
supervivencia más grande jamás contada, que solo ha quedado la admiración del
hecho de que haya sucedido, y lo que cada cual quiera aprender de ello.
El
editor
Cartel anunciador de una conferencia sobre el polo Sur.
Es
curioso señalar que Shackleton jamás llegó a cobrar derechos sobre el libro que
tiene en sus manos, pues los beneficios fueron embargados y destinados a pagar
las deudas contraídas en la expedición del Endurance
Dos imágenes para la Historia.
1914
Enero: El rey Alfonso XIII disuelve el Congreso.
—Ford
reduce a hora y media el tiempo de montaje del modelo T e instaura la jornada
laboral de 8 horas.
Junio :
El archiduque y heredero al trono austrohúngaro, Francisco Fernando, y su
esposa Sofía Chotek, son asesinados en Sarajevo por un nacionalista serbio.
Este hecho se considera el detonante de la I Guerra Mundial.
Julio :
Estalla la I Guerra Mundial:
—Declaración de guerra de
Austria-Hungría a Serbia.
Agosto : Declaración de guerra de Alemania a Rusia.
—Declaración de guerra de Alemania a Francia.
—Declaración de guerra de Reino Unido a Alemania.
—Declaración de guerra de Austria-Hungría a Rusia.
—Se abre al tráfico el canal de Panamá.
—Declaración de guerra de Japón a Alemania.
Noviembre : El Dr. Luis Agote realiza la primera transfusión de
sangre en la Clínica Médica del hospital Rawson de Buenos Aires.
Diciembre : Bélgica deja de publicar sus periódicos en protesta
contra la censura alemana.
1915
Febrero : La ración diaria de pan en Alemania es de 225 g por
persona.
—Ejecución de los serbios condenados por el atentado contra el archiduque de
Austria Francisco Fernando.
—Se inaugura en San Francisco la Exposición Universal con la participación de
45 países (incluidos los beligerantes).
Marzo : Se inaugura en España el primer servicio de diligencias que
unen Barcelona y Reus en once horas y media.
—Se crea en Estados Unidos el NACA (National Advisory Committee for
Aeronautics), organización predecesora de la agencia espacial
estadounidense, NASA.
—Plutón es fotografiado por primera vez, aunque todavía no se reconoce como
planeta.
Abril : Turquía comienza el genocidio armenio.
Mayo : 23 de mayo: Italia declara la guerra al Imperio
austrohúngaro.
Jimio : David Wark Griffith estrena El nacimiento de una
nación.
Septiembre : Publicación de La Metamorfosis de
Kafka.
Octubre : Bulgaria entra en la guerra en el bando de los imperios
centrales, Alemania y Austria-Hungría.
Noviembre : Albert Einstein presenta la teoría de la relatividad
general, en la que reformula por completo el concepto de gravedad.
Diciembre : Nace Edith Piaf, cantante francesa.
1916
Enero : El parlamento británico vota la ley sobre el servicio
militar obligatorio para los solteros.
Febrero : El canciller del Reich prohíbe la exportación de hierro y
acero.
Marzo : Portugal declara la guerra a Alemania.
Abril : El 1 de abril un cirujano alemán diseña una mano
ortopédica.
—Levantamiento de Pascua en Dublín, hecho que inicia la Guerra de la
Independencia de Irlanda.
Mayo : Primera intervención militar de los Estados Unidos en la
República Dominicana con el desembarco de las tropas y la proclama, el de
noviembre, de la ocupación del país por un periodo de 8 años.
Julio : Entra en vigor la denominada «Ley Seca» que prohíbe la
venta de bebidas alcohólicas en Estados Unidos.
—William Edmund Boeing fundó en Seattle la compañía aeronáutica que lleva su
nombre:Boeing.
Agosto : Rumania declara la guerra a Austria-Hungría.
—Italia declara la guerra a Alemania.
Septiembre : Sigmund Freud publica su Introducción al
psicoanálisis.
—Nace Antonio Buero Vallejo, dramaturgo español.
Noviembre : «Guerra de los señores» en Pekín.
Diciembre; Se celebra por primera vez el cabaret internacional
creado por el movimiento dadaísta.
1917
Enero : Muere William Frederick Cody, más conocido como Buffalo
Bill.
Febrero : El servicio de espionaje francés detiene a la espía
holandesa Mata Hari en un hotel de París.
—Alemania declara la guerra submarina total, con lo que cualquier buque puede
ser atacado sin previo aviso.
—Estados Unidos rompe relaciones diplomáticas con Alemania.
—En Francia, la Cámara vota el pago de un franco diario a los soldados de las
trincheras.
—En Prusia se crea un Ministerio de Abastos para combatir el hambre.
—El Reich introduce las monedas de aluminio y retira las de cobre para
aprovechar este metal con fines bélicos.
—El ejército ruso apoya a los obreros contra el Zar, liberan a los presos
políticos y toman varios edificios de Petrogrado.
Marzo : La Ley Jones otorga la ciudadanía estadounidense a los
habitantes de la invadida isla de Puerto Rico.
—Tras una revuelta, Nicolás II es obligado a abdicar al trono de Rusia.
Comienza así la Revolución rusa.
Abril : Lenin, tras su regreso a Petrogrado, presenta una serie de
postulados conocidos como La Tesis de Abril, donde el líder
comunista se comprometía a salir de la guerra, a dar la tierra a los
campesinos, y el gobierno a los obreros.
Mayo : Los pastorcillos portugueses de Fátima, Jacinta Marto,
Francisco Marto y Lucía dos Santos aseguran que se les apareció la Virgen.
Junio : El rey Constantino I de Grecia abdica en su hijo Alejandro
a causa de las presiones ejercidas por Francia en nombre de los aliados.
Octubre : Es ejecutada la espía holandesa Mata Hari.
Noviembre : Los bolcheviques forman un Gobierno revolucionario en
Rusia bajo el liderazgo de Lenin.
—Nace Indira Gandhi, político y primera ministra de la India entre 1966 y 1977,
y entre 1980 y 1984.
Diciembre : Finlandia se independiza de Rusia tras 109 años de
ocupación. Será reconocida el 3 de enero de 1918.
—Durante el mandato del dictador Juan Vicente Gómez, se descubre petróleo en
Venezuela.
—Se concede el premio Nobel de la Paz al Comité Internacional de la Cruz Roja.
A
mis camaradas,
que cayeron en la guerra
blanca del sur y en el
campo rojo de Francia y Flandes[1]
Prefacio
Contenido:
§. Grupo Transcontinental
§. Trabajo científico de otros grupos
§. Cómo se atravesará el Continente
§. Los barcos de la expedición
Después
de la conquista del polo Sur por parte de Amundsen, quien aventajó a la
Expedición Británica al mando de Scott solo por un estrecho margen de días,
restaba solo un gran objetivo principal de los viajes a la Antártica: la
travesía del continente Antártico de mar a mar, pasando por el Polo.
Cuando
regresé de la expedición del Nimrod, en la que tuvimos que
abandonar nuestro intento de plantar la bandera británica en el polo Sur,
vencidos por el estrés de las circunstancias a menos de ciento sesenta
kilómetros de nuestra meta, mi mente se concentró en el cruce del continente,
puesto que tenía la certeza moral de que, ya fuera Amundsen o Scott, se
llegaría al Polo por nuestra ruta o por una paralela. Después de oír acerca del
éxito del noruego, comencé a hacer los preparativos para iniciar el último gran
viaje a fin de que fuera una expedición británica la que lograra el primer
cruce del último continente.
Nuestro
objetivo no fue conseguido, pero la historia de nuestro intento es el tema de
las siguientes páginas, y creo que aunque debe quedar registrado el fracaso del
verdadero objetivo, hay capítulos en este libro llenos de una gran aventura,
días extenuantes, noches solitarias, experiencias únicas y, sobre todo,
registros de una resuelta determinación, una lealtad suprema y una generosa
abnegación por parte de mis hombres, lo cual, aun en estos días que han sido
testigos de los sacrificios de grandes naciones sin importar el interés
personal de los individuos, seguirán siendo de interés para los lectores que
ahora dan la espalda de buena gana al horror rojo de la guerra y la tensión de
los últimos cinco años. Quizá es buen momento ahora para leer, con mentes más
comprensivas, el relato de la «Guerra Blanca del Sur». Las luchas, las
desilusiones y la resistencia de este pequeño grupo de británicos, perdidos
durante casi dos años en la firmeza del hielo polar, luchando por cumplir con
la tarea ordenada e ignorantes de las crisis por las que estaba pasando el
mundo, conforman un relato único en la historia de la exploración antártica.
A
causa del naufragio del Endurance y del desastre delAurora,
ciertos documentos relacionados principalmente con la organización y los
preparativos de la expedición se han perdido; sin embargo, de todas maneras no
tenía intención de presentar un relato detallado del esquema de preparación,
almacenamiento y otros asuntos necesarios aunque de poca importancia para el
lector en general, puesto que desde el inicio de este siglo, todos los libros
sobre la exploración antártica han tratado en su totalidad esta cuestión. Por
lo tanto, presento brevemente al lector el inicio y la organización de la
expedición e incluyo aquí una copia del programa que preparé a fin de suscitar
el interés del público en general hacia nuestra expedición.
§.
Grupo transcontinental
El
primer cruce del continente antártico, de mar a mar a través del Polo, aparte
de su valor histórico, será un viaje de gran importancia científica.
La
distancia será, a grandes rasgos, de unos dos mil novecientos kilómetros, y la
primera mitad, desde el mar de Weddell hasta el Polo, será por terreno
desconocido. Cada paso será un avance en las ciencias geográficas. Se
investigará si la gran cadena montañosa Victoria, que ha sido trazada desde el
mar de Ross hasta el Polo, se extiende a través del continente y, así, se
conecta, con excepción de la interrupción del océano con los Andes de América
del Sur, y si la gran meseta alrededor del Polo se sumerge gradualmente hacia
el mar de Weddell.
En
el viaje, se harán continuas observaciones magnéticas. La ruta llevará hacia el
polo magnético, y la determinación, de la caída de la aguja magnética será de
importancia para el magnetismo práctico. Las condiciones meteorológicas serán
registradas en detalle, y ello debería ayudar a resolver muchos de nuestros
problemas meteorológicos.
El glaciólogo y el geólogo estudiarán las formaciones de hielo y la naturaleza
de las montañas, y este informe demostrará ser de gran interés científico.
§. Trabajo científico de otros grupos
Mientras
el grupo transcontinental esté llevando a cabo el mayor viaje polar jamás
realizado para la bandera británica, los otros grupos se abocarán a un
importante trabajo científico.
Dos grupos con trineos operarán desde la base en el mar de Weddell. Uno viajará
hacia el oeste, en dirección a la Tierra de Graham, y hará observaciones,
obtendrá muestras geológicas y demostrará si hay montañas en esa región
conectadas con las que se encuentran del otro lado del Polo.
Otro
grupo viajará hacia el este, en dirección a la Tierra de Enderby, y llevará a
cabo un programa similar. Y un tercero, que permanecerá en la base, estudiará
la fauna terrestre y marina y las condiciones meteorológicas.
Desde
la base del mar de Ross, del otro lado del Polo, otro grupo viajará hacia el
sur y, probablemente, esperará la llegada del grupo transcontinental en la cima
del glaciar Beardmore, cerca del monte Buckley, donde se descubrieron las
primeras vetas de carbón en la Antártica. Esta región es de gran importancia
para el geólogo, quien podrá leer mucho acerca de la historia de la Antártica
en las rocas.
Ambos barcos de la expedición estarán equipados para dragar, sondear y llevar a
cabo toda clase de tareas hidrográficas. El barco del mar de Weddell se
esforzará por trazar la costa desconocida de la Tierra de Graham y, de ambas
embarcaciones, con sus tripulaciones científicas, se espera recibir importantes
resultados.
Los diversos grupos de tierra y los dos barcos, por lo tanto, llevarán a cabo
tareas geográficas y científicas nunca antes realizadas por ninguna expedición
al Polo a esa escala y en esa área.
Este
será el primer uso del mar de Weddell como base para la exploración, y todos
los grupos se abrirán paso por vastas extensiones de tierra desconocida. Es
apropiado que este trabajo sea realizado bajo la bandera británica puesto que
toda el área del sur hasta el Polo es territorio británico. En julio de 1908,
se emitieron patentes reales bajo el Gran Sello que declaraban que el
gobernador de las Islas Falkland[2]debía ser el
gobernador de la Tierra de Graham (que forma la parte occidental del mar de
Weddell), y otra sección de la misma proclamación define que el área del
territorio británico «está situada en el Océano Atlántico Sur al sur del
paralelo 50 de latitud S y entre 20° y 80° de longitud O». Si se observa un
mapa, se verá que esto incluye el área en la que la presente expedición
trabajará.
§.
Cómo se atravesará el continente
El barco del mar de Weddell, con todos los miembros de la expedición que
operarán desde esa base, zarpará de Buenos Aires en octubre de 1914, e
intentará desembarcar en noviembre a los 78° de latitud S.
Si
se hiciera esto, el grupo transcontinental emprenderá su viaje de dos mil
novecientos kilómetros con la esperanza de llevar a cabo la marcha a través del
Polo y llegar a la base del mar de Ross en cinco meses. Si el desembarco se
hiciera avanzada la temporada, el grupo se retirará a los cuarteles de
invierno, instalará depósitos durante el otoño y la primavera siguiente y, lo
antes posible en 1915, emprenderá el viaje.
El grupo transcontinental será dirigido por Sir Ernest Shackleton y constará de
seis hombres. Llevará cien perros con trineos y dos trineos con motor con
hélices aéreas. El equipo incluirá todo lo que la experiencia del líder y sus
consejeros expertos puedan sugerir. Cuando este grupo haya llegado a la zona
del Polo, después de recorrer mil trescientos kilómetros de terreno
desconocido, se dirigirá al norte, hacia la cabeza del glaciar Beardmore, y
allí se espera encontrar al grupo proveniente del mar de Ross. Ambos grupos se
unirán y se dirigirán a la base del mar de Ross, donde la expedición anterior
tenía sus cuarteles de invierno.
En
total, catorce hombres llegarán en el Endurance al mar de
Weddell. Seis emprenderán el viaje transcontinental, tres irán hacia el oeste,
tres hacia el este y dos permanecerán en la base realizando el trabajo ya
descrito.
El Aurora llevará
a seis hombres a la base del mar de Ross. Instalarán depósitos en la ruta del
grupo transcontinental y marcharán hacia el sur para ayudar a ese grupo y
llevar a cabo observaciones geológicas y de otra naturaleza, tal como ya se
describió.
En caso de tener éxito el grupo transcontinental, como es de suponer, en la
travesía durante la primera temporada, su regreso a la civilización puede
esperarse para abril de 1915. Las otras secciones, para abril de 1916.
§. Los barcos de la expedición
Se
han seleccionado los dos barcos para la expedición.
El
Endurance, el barco que transportará al grupo transcontinental al mar de
Weddell y luego explorará una costa desconocida, es una embarcación nueva
especialmente construida para trabajar en el Polo bajo la supervisión de un
comité de exploradores del Polo. Fue construida por Christensen, el famoso
constructor noruego de buques de caza de focas, en Sandeíjord. Está calificada
como bergantín-goleta y equipada con una máquina de triple expansión que le
permite propulsarse a vapor con una velocidad de entre diez y doce millas por
hora. A fin de permitirle permanecer más tiempo en el mar, llevará combustible
de petróleo además de carbón. Pesa unas trescientas cincuenta toneladas y está
construida con madera seleccionada de pino, roble y palo santo. Este excelente
barco, equipado, le costó a la expedición 14. 000 libras.
El Aurora, el barco que transportará al grupo del mar de Ross, fue comprado al
Dr. Mawson. Es similar en todos los aspectos al Terra Nova, de la última
expedición del capitán Scott. Las autoridades del gobierno de Australia
realizaron grandes modificaciones para adaptarlo a la expedición del Dr.
Mawson, y ahora está en Hobart, Tasmania, donde el grupo del mar de Ross se
embarcará el próximo octubre.
Comencé los preparativos a mediados de 1913, pero no se anunció públicamente
hasta el 13 de enero de 1914. Durante los últimos seis meses de 1913 estuve
ocupado en las necesarias cuestiones preliminares, un verdadero trabajo de mula
que no mostraba nada de particular que interesara al público, pero que era
esencial para una expedición que debía tener un barco a cada lado del
continente, con un viaje por tierra de dos mil novecientos kilómetros, de los
que los primeros mil trescientos serían a través de una masa de tierra
absolutamente desconocida.
El 1
de enero de 1914, habiendo recibido el apoyo financiero prometido, suficiente
para garantizar el anuncio de la expedición, la hice pública.
El
primer resultado fue una avalancha de solicitudes de todas las clases sociales
de la comunidad para sumarse a la aventura. Recibí cerca de cinco mil
solicitudes y de estas, se eligió a cincuenta y seis hombres[3].
En
marzo, para mi gran desilusión y preocupación, la ayuda financiera prometida no
se materializó y me vi frente al hecho de que había contratado un barco y
provisiones, había comprometido al personal, y no poseía fondos para cumplir
con estas obligaciones. De inmediato me dediqué a pedir ayuda y me encontré con
una respuesta generosa de todas partes. No puedo incluir aquí los nombres de
todos aquellos que respaldaron mi solicitud, pero sí aprovecho esta oportunidad
para agradecer a cada uno su apoyo, que llegó de partes tan remotas como el
interior de China, Japón, Nueva Zelanda y Australia. Debo referirme en
particular a la generosa donación de 24. 000 libras del difunto Sir James
Caird, y a otra de 10. 000 libras del gobierno británico. También debo agradecer
al Sr. Dudley Docker, que me permitió completar la compra del Endurance, y a la
señorita Elizabeth Dawson Lambton, quien desde 1901 siempre ha sido una fiel
amiga de la exploración antártica y que, nuevamente, en esta ocasión, ayudó en
gran medida. La Real Sociedad Geográfica hizo una donación de 1000 libras; y
por último, pero no por ello menos importante, aprovecho esta oportunidad para
agradecer a Dame Janet Stancomb Wills, cuya generosidad me permitió equipar el
Endurance en forma adecuada, en especial en lo concerniente a botes (que
representaron nuestra seguridad en los últimos momentos) y que no solo al
comienzo de la expedición ofreció ayuda financiera, sino que también continuó
haciéndolo a través de los oscuros días cuando estábamos en mora, y era
necesario que los fondos satisficieran la necesidad de las personas que
dependían de la expedición.
La única ventaja y el privilegio que tiene un explorador para mostrar
reconocimiento por la ayuda que se le brindó, es registrar (o bautizar) las
tierras descubiertas con los nombres de aquellos gracias a los cuales se llevó
a cabo la expedición.
Debido a las exigencias de la guerra, la publicación de este libro se vio muy
retrasada, y los mapas detallados vendrán con las monografías científicas.
Tengo el honor de colocar en la nueva tierra los nombres de los donantes ya
mencionados y otras personas generosas con la expedición. He llamado Costa
Caird a los trescientos veinte kilómetros de costa nueva. Asimismo, como nota
más personal, nombré a los tres botes del barco, en los que, en última
instancia, escapamos de la trampa del hielo, en honor de los tres donantes
principales de la Expedición: el James Caird, el Stancomb Wills y el Dudley
Docker. Los últimos dos aún están en un desolado banco de arena de la isla
Elefante, donde bajo su refugio, veintidós de mis camaradas vivieron a duras
penas durante cuatro meses y medio.
El
James Caird ahora está en Liverpool, después de traerlo de regreso desde
Georgia del Sur después de su aventurado viaje a través del océano
subantártico.
La mayoría de las escuelas privadas de Inglaterra y Escocia ayudaron a la
Expedición a comprar los grupos de perros, y nombré a un perro en honor de cada
escuela que colaboró. Pero aparte de estas donaciones particulares, nuevamente
agradezco a las muchas personas que nos asistieron.
Así,
el equipamiento y la organización prosiguieron. Compré el Aurora a Sir Douglas
Mawson, y dispuse que Mackintosh viajara a Australia a hacerse cargo de él.
Envié trineos, equipos y la mayoría de las provisiones desde aquí, aunque
dependíamos en cierta medida de la compasión y la ayuda de Australia y Nueva
Zelanda para obtener carbón y otras necesidades, sabiendo que anteriormente
estos dos países habían apoyado generosamente la exploración de lo que
podríamos llamar sus tierras remotas.
Para fines de julio todo estaba listo cuando, de pronto, las nubes de la guerra
oscurecieron Europa.
Se
había dispuesto que el Endurance navegase hasta Cowes, para ser inspeccionado
por Su Majestad el lunes de la regata de la Semana de Cowes. Sin embargo, el
viernes recibí un mensaje diciendo que el Rey no iba a poder ir a Cowes. Mis
lectores recordarán cuán repentina fue la amenaza de guerra. Naturalmente,
tanto mis camaradas como yo teníamos mucha experiencia respecto del probable
desenlace del peligro que amenazaba la paz mundial.
Zarpamos
de Londres el viernes, 1 de agosto de 1914, y anclamos frente a Southend
durante todo el sábado. El domingo por la tarde, llevé el barco frente a
Márgate, cada vez más preocupado a medida que aumentaban los rumores; y el
lunes por la mañana bajé a tierra y leí en el periódico la orden para una
movilización general.
De inmediato subí a bordo, reuní a todos los hombres y les dije que tenía la
intención de enviar un telegrama al Almirantazgo para ofrecerles los barcos,
las provisiones y, si estaban de acuerdo, nuestros propios servicios para el
país en caso de que estallara una guerra, Todos los hombres aceptaron de
inmediato, y envié un telegrama en el que todo quedaba a disposición del
Almirantazgo. Solo les pedí que, en caso de la declaración de guerra, la
expedición fuera considerada una sola unidad, a fin de preservar su
homogeneidad. Había suficientes hombres entrenados y experimentados entre
nosotros para tripular un destructor. Antes de pasada una hora, recibí un
lacónico telegrama del Almirantazgo que decía: «Proceda». Antes de las dos
horas, llegó un telegrama más extenso del Sr. Winston Churchill, en el que nos
agradecía nuestro ofrecimiento y decía que las autoridades deseaban que la
Expedición, que tenía la sanción y el apoyo completos de las Sociedades
Científica y Geográfica, debía continuar.
De modo que, de acuerdo con estas instrucciones categóricas, el Endurance
navegó a Plymouth. El martes, el Rey me mandó buscar y me entregó la bandera de
la Union Jack para que la llevara en la expedición. Aquel día, a medianoche,
estalló la guerra. El sábado siguiente, 8 de agosto, el Endurance zarpó de
Plymouth, obedeciendo la orden directa del Almirantazgo. Hago una particular
referencia a esta fase de la expedición puesto que soy consciente de que había
recibido bastantes críticas por haber dejado el país, y respecto de ello, deseo
añadir que los preparativos de la expedición habían comenzado hacía más de un
año y se habían invertido elevadas sumas de dinero. Ofrecimos abandonar la
expedición sin siquiera consultarlo con los donantes de este dinero y solo
algunos pensaban que la guerra duraría estos cinco años y que involucraría al
mundo entero. La expedición no estaba saliendo cómo un crucero pacífico por las
islas de los mares del sur sino que se trataría de un trabajo muy extenuante,
peligroso y difícil que casi siempre ha significado un cierto porcentaje de
pérdida de vidas. Finalmente, cuando la expedición regresó, casi todos aquellos
miembros que habían salido ilesos de los peligros de la Antártica tomaron sus
puestos en el campo más amplio de batalla, y el porcentaje de bajas entre los
miembros de esta expedición es alto.
El
viaje hasta Buenos Aires transcurrió sin incidentes, y el 26 de octubre
zarpamos de aquel puerto hacia Georgia del Sur, el puesto de avanzada más
meridional del Imperio británico. Allí, durante un mes, estuvimos ocupados en
los preparativos finales. Lo último que oímos de la guerra fue cuando dejamos
Buenos Aires. En ese momento, las fuerzas armadas rusas estaban avanzando.
Según muchos, la guerra terminaría antes de pasados seis meses. De modo que
zarpamos, no sin lamentar que no participaríamos en ella, pero seguros de saber
que estábamos participando en una extenuante campaña para el crédito de nuestro
país.
Aparte
de individuos y sociedades privadas, aquí expreso mi mayor gratitud a la ayuda
ofrecida por el gobierno del Dominio de Nueva Zelanda y el gobierno de la
Commonwealth de Australia ni inicio de la sección de la expedición del mar de
Ross, y a la gente de Nueva Zelanda y al Gobierno del Dominio les doy las
gracias por su constante ayuda, que fue inapreciable durante los oscuros días
antes del socorro del grupo del mar de Ross.
Tengo
una deuda de gratitud, que nunca podré pagar, con el Sr. James Alien (Primer
Ministro), el difunto Sr. McNab (ministro de Marina), el Sr. Leonard Tripp, el
Sr. Mabin y el Sr. Toogood, además de muchos otros.
Esta
también es mi oportunidad de agradecer al Gobierno uruguayo por su generosa
ayuda al ofrecer el remolque Instituto de Pesca del gobierno, para el segundo
intento de rescate de mis hombres en la isla Elefante.
Finalmente,
el gobierno de Chile fue directamente responsable del rescate de mis camaradas.
Esta República meridional se mostró incansable en sus esfuerzos por lograr un
rescate exitoso, y la gratitud de todo nuestro grupo es para ellos. Menciono
especialmente la compasiva actitud del almirante Muñoz Hurtado, jefe de la
Armada chilena, y al capitán Luis Pardo, que comandó el Yelcho en nuestro
último y exitoso cometido.
Sir Daniel Gooch vino con nosotros hasta Georgia del Sur. Le debo mi especial
gratitud por su ayuda con los perros, y todos sentimos perder su alegre
presencia cuando zarpamos hacia el Sur.
Capítulo 1
Hacia el mar de Weddell
Decidí
zarpar de la isla Georgia del Sur, en el archipiélago de las Georgias del Sur,
alrededor del 5 de diciembre y, en los intervalos de los preparativos finales,
revisé nuevamente los planes para el viaje a los cuarteles de invierno. ¿Qué
recibimiento nos estaría preparando el mar de Weddell? Los capitanes balleneros
en Georgia del Sur estaban generosamente dispuestos a compartir conmigo sus
conocimientos de las aguas en las que iban tras sus presas y, aunque
confirmaron la información previa acerca de la extrema severidad de las
condiciones del hielo en este sector de la Antártica, pudieron darnos consejos
que valía la pena escuchar.
Es
conveniente incluir aquí brevemente algunas de las consideraciones que
ejercieron influencia sobre mí en ese momento y en las semanas siguientes.
Sabía que el hielo se había desplazado hacia el norte esa temporada y, después
de escuchar las sugerencias de los capitanes balleneros, había decidido que nos
dirigiéramos al grupo de las Islas Sándwich del Sur, caer a la altura de la
isla Morrell, y dirigirme hacia el este hasta los 15° de longitud O, antes de
poner proa al sur. Los balleneros hicieron hincapié en la dificultad de
atravesar el hielo cerca de las Islas Sándwich del Sur. Me dijeron que muchas
veces habían visto las placas de hielo acercarse al archipiélago en verano, y
pensaban que la expedición tendría que abrirse paso a través de la banquisa dura
a fin de llegar al mar de Weddell. Probablemente, la mejor época para
internarse en el mar de Weddell fuera a fines de febrero o principios de marzo.
Los balleneros habían rodeado las Islas Sándwich del Sur y estaban
familiarizados con las condiciones allí reinantes. Las predicciones que
hicieron me indujeron a llevar la carga de cubierta de carbón, puesto que si
teníamos que abrirnos paso hasta la Tierra de Coats, necesitaríamos cada
tonelada de combustible que el barco pudiera cargar.
Esperaba que si primero nos desplazábamos hacia el este hasta el meridiano 15°
de longitud O, podríamos ir hacia el sur a través del hielo menos compacto,
tomar la Tierra de Coats y finalmente llegar a la bahía de Vahsel, donde
Filchner intentó desembarcar en 1912. Dos consideraciones ocupaban mi mente en
esta coyuntura. Por ciertas razones, estaba preocupado por pasar el invierno
con el Endurance en el mar de Weddell, pero la dificultad de
encontrar un puerto seguro podría ser grande. Si no se encontraba un puerto
seguro, el barco debería pasar el invierno en Georgia del Sur. Me parecía
inútil pensar ahora en hacer el viaje a través del continente durante el primer
verano, puesto que la estación estaba muy avanzada y las condiciones del hielo
seguramente serían desfavorables. En vista de la posibilidad de que el barco
pasara el invierno en el hielo, llevamos ropa adicional de los almacenes de las
diversas estaciones de Georgia del Sur.
El otro asunto que me producía preocupación era el tamaño del grupo en tierra.
Si el barco tenía que zarpar durante el invierno o si se alejaba de los
cuarteles de invierno, sería preferible tener solo un grupo pequeño y
cuidadosamente seleccionado de hombres en tierra una vez que se hubiera
construido el refugio y se hubieran desembarcado las provisiones. Estos hombres
podrían colocar depósitos transportando la carga ellos mismos y haciendo viajes
cortos con los perros; de este modo, los entrenarían para la marcha extensa de
la primavera siguiente. La mayoría de los científicos vivirían a bordo del
barco, donde podrían realizar su tarea en buenas condiciones. Podrían hacer
viajes cortos si era necesario, usando elEndurance como base. Todos
estos planes estaban basados en la expectativa de que encontrar los cuarteles
de invierno sería probablemente difícil. Si se podía establecer una base
realmente segura en el continente, me adheriría al programa original de enviar
un grupo hacia el sur, uno hacia el oeste alrededor de la entrada del mar de
Weddell hacia la Tierra de Graham, y uno hacia el este, en dirección a la
Tierra de Enderby.
Habíamos calculado los detalles de las distancias, recorridos, provisiones
necesarias, etcétera. El alimento para los viajes en trineo, resultado de la
experiencia además de un detallado estudio, era perfecto. Los perros prometían,
después de su entrenamiento, poder cubrir de veinticinco a treinta kilómetros
por día con trineos cargados. El viaje transcontinental, a esa velocidad,
debería llevar ciento veinte días a menos que algún obstáculo imprevisto
interviniera. Deseábamos con entusiasmo que llegara el día en que pudiéramos
iniciar esta marcha, la última gran aventura en la historia de la exploración
del polo Sur, pero saber acerca de los obstáculos que había entre nosotros y
nuestro punto de partida nos sirvió para dominar nuestra impaciencia. Todo
dependía del desembarco. Si podíamos hacerlo en la base Kirchner, no había
razón para que un grupo de hombres experimentados no pudieran pasar el invierno
allí seguros. Pero el mar de Weddell era notablemente inhóspito, y ya sabíamos
que se nos enfrentaba con su rostro más riguroso. Todas las condiciones en el
mar de Weddell son desfavorables desde el punto de vista del navegante. Los
vientos son relativamente leves, y en consecuencia, se puede formar hielo nuevo
durante el verano. La ausencia de fuertes vientos tiene el efecto adicional de
permitir que el hielo se acumule en masas, imperturbable. Luego, grandes
cantidades de hielo pasan rápidamente por la costa desde el este bajo la
influencia de la corriente predominante y llenan la bahía del mar de Weddell al
tiempo que se desplazan hacia el norte en un gran semicírculo. Parte de este
hielo sin duda describe casi un círculo completo y es lanzado, a la larga, en
malas épocas, contra las Islas Sándwich del Sur. Las fuertes corrientes
presionan las masas de hielo contra las costas y crean una mayor presión que la
de cualquier otra parte de la Antártica. Esta presión debe de ser por lo menos
tan severa como la experimentada en la congestionada cuenca del polo Norte, y
me inclino a pensar que una comparación dejaría en ventaja al Ártico. Todas
estas consideraciones naturalmente tenían una relación con nuestro problema
inmediato: la penetración de la banquisa en busca de un puerto seguro en la
costa continental.
El día de la partida llegó. Di la orden de levar anclas a las 8:45 del 5 de
diciembre de 1914, y el rechinamiento del cabrestante rompió el último vínculo
que teníamos con la civilización. La mañana estaba gris y nublada, con ráfagas
ocasionales de nieve y nevisca, pero los corazones estaban alegres a bordo
del Endurance. Los largos días de preparativos quedaban atrás, y
nos aguardaba la aventura.
Habíamos abrigado la esperanza de que algún vapor del norte trajera noticias de
la guerra y tal vez cartas de nuestros hogares antes de que partiéramos. Un
barco llegó la noche del 4, pero no traía cartas, y no pudimos recabar nada
útil a guisa de información. El capitán y la tripulación eran todos
decididamente progermanos, y la «noticia» que nos transmitieron adoptó la poco
satisfactoria forma de relatos de reveses británicos y franceses. Nos habría
alegrado recibir las últimas nuevas de una fuente más amistosa. Un año y medio
después nos enteramos de que elHarpoon, el vapor que atiende la estación
Grytviken, había llegado con correo para nosotros apenas un par de horas
después de que elEndurance navegara a lo largo de la costa.
El Endurance puso proa al sur, y el buen barco se internó en
la marejada del suroeste. Por la mañana, cayó una lluvia brumosa, pero el
tiempo se aclaró entrado el día, y tuvimos una buena visión de la costa de
Georgia del Sur al desplazarnos, propulsados a vapor o a vela hacia el sureste.
El rumbo estaba definido para que nos alejara de la isla y luego para
dirigirnos al sur de la isla Morrell, perteneciente al grupo de las Islas
Sándwich. El viento refrescó durante el día, y todas las velas cuadras fueron
desplegadas, excepto la vela del trinquete, a la que se tomó una mano de rizo
para darle al vigía una vista despejada hacia la proa, pues no deseábamos arriesgarnos
a toparnos con un gruñón, uno de esos fragmentos traicioneros de hielo que
flotan por la superficie del mar. El barco estaba muy estable en el mar
acuartelado, pero ciertamente no se veía tan arranchado y bien presentado como
al dejar las costas de Inglaterra hacía cuatro meses. Habíamos cargado carbón
en Grytviken, y este combustible adicional estaba almacenado en la cubierta,
donde impedía nuestros movimientos en forma considerable. El carpintero había
construido una falsa cubierta que se extendía desde la toldilla hasta el cuarto
de navegación. También habíamos llevado a bordo una tonelada de carne de
ballena para los perros. Los grandes trozos de carne colgaban de los aparejos,
fuera de su alcance aunque no de la vista de los animales, y cuando el Endurance rolaba
y cabeceaba, observaban con ojos de lobo en espera de un golpe de fortuna.
Yo estaba muy conforme con los perros, que estaban atados en distintas partes
del barco en las posiciones más cómodas que podíamos encontrarles. Estaban en
excelente estado, y sentí que la Expedición tenía la fuerza de tracción
correcta. Eran animales grandes y robustos, escogidos por su resistencia y su
fuerza, y si para tirar de los trineos mostraban tanto entusiasmo como para
pelear entre sí, todo iría bien. Los hombres a cargo de los perros estaban
desempeñando su tarea con entusiasmo, y el deseo que mostraban para estudiar la
naturaleza y los hábitos de sus animales prometía un manejo eficiente y un buen
trabajo futuro.
Durante el 6 de diciembre, el Endurance progresó
en su rumbo sureste. La brisa del norte había refrescado durante la noche y
había traído un fuerte oleaje de popa. El tiempo estaba brumoso y pasamos dos
témpanos, varios gruñones y numerosos bloques de hielo. El personal y la
tripulación se estaban adaptando a la rutina. Había muchas aves, y cerca del
barco vimos petreles dameros, petreles azulados, charranes, albatros de cabeza
gris, petreles gigantes, albatros oscuros y albatros errantes. El curso estaba
establecido para pasar entre la isla Saunders y el volcán Candlemas. El 7 de
diciembre trajo el primer obstáculo. A las seis de la mañana, el mar, que había
estado verde todo el día anterior, cambió de repente a un color azul índigo. El
barco se estaba comportando bien en un mar encrespado, y algunos miembros del
personal científico estaban transfiriendo a la carbonera el carbón que habíamos
estibado en la cubierta. Las islas Sanders y Candelaria fueron avistadas a
primera hora de la tarde, y el Endurance pasó entre ellas a
las 18:00. Las observaciones de Worsley indicaron que la isla Sanders estaba
aproximadamente tres millas al este y cinco millas al norte de la posición
trazada. Numerosos témpanos, la mayoría de forma tubular, flotaban al oeste de
las islas, y notamos que muchos de ellos eran amarillos con diatomeas. Uno de
ellos tenía grandes parches de tierra castaña rojiza a sus costados. La
presencia de tantos témpanos era ominosa, e inmediatamente después de pasar
entre las islas, nos topamos con hielo de glaciar. Se cazó todo el paño y avanzamos
lentamente a vapor. Dos horas más tarde, quince millas al noreste de la isla
Sanders, el Endurance se enfrentó a una pesada franja de hielo
de unos ochocientos metros de ancho que se extendía hacia el norte y el sur.
Más allá había aguas libres, pero el duro oleaje con dirección suroeste volvía
el hielo impenetrable cerca de donde nosotros estábamos. Esto era
desconcertante. La latitud a mediodía había sido 57° 26' S, y yo no esperaba
encontrar banquisa tan al norte, aunque los balleneros habían informado que la
había hasta la isla Morrell.
La situación se volvió peligrosa aquella noche. Nos abrimos paso por la
banquisa con la esperanza de alcanzar aguas abiertas más allá, y nos
encontramos en medio de la oscuridad en una laguna que cada vez era más pequeña.
El hielo chirriaba alrededor del barco en medio del profundo oleaje, y yo
observaba con cierta preocupación en busca de algún indicio de un cambio de
viento hacia el este, puesto que una brisa de esa dirección nos habría llevado
hacia el continente. Worsley y yo permanecimos en la cubierta toda la noche,
esquivando las placas. A las 3:00 de la mañana, nos dirigimos hacia el sur,
aprovechando algunas aberturas que habían aparecido, pero nos topamos con un
enorme bloque de hielo, evidentemente viejo; parte de él había sido sometido a
una severa presión. Luego nos dirigimos a vapor al noroeste y vimos aguas
abiertas hacia el noreste. Puse la proa del Endurance hacia la
abertura y, a todo vapor, nos alejamos. Luego nos dirigimos hacia el este con
la esperanza de encontrar mejor hielo, y cinco horas más tarde, después de
algunas maniobras evasivas, rodeamos el bloque y pudimos navegar otra vez. Esta
lucha inicial con el hielo había sido por momentos excitante. Trozos de hielo y
témpanos de todos los tamaños se elevaban y se empujaban entre sí en el fuerte
oleaje que venía del suroeste. A pesar de todas nuestras precauciones, elEndurance se
llevó por delante grandes trozos con la roda, pero los motores fueron detenidos
a tiempo y el barco no sufrió daños. La escena y los sonidos a lo largo del día
eran maravillosos. El oleaje golpeaba con fuerza los lados de enormes témpanos
y trepaba hasta la cima de sus gélidos acantilados. La isla Saunders estaba al
sur, con algunos rostros rocosos que espiaban a través de las nubes brumosas y
arremolinadas que la envolvían la mayor parte del tiempo, el ruido atronador
del mar que se internaba en las cavernas de hielo, el susurro sibilante del
oleaje que rompía sobre los bloques sueltos y la graciosa inclinación y
ondulación interna de la placa sobre la marejada que se encrespaba
abruptamente, que aquí no podía romper a causa de las masas de hielo a
barlovento.
Rodeamos el extremo norte de la banquisa con tiempo claro y una leve brisa del
suroeste y el cielo nublado. Había muchos témpanos. Durante la mañana del 9 de
diciembre, una brisa del este trajo un clima brumoso con nieve, y a las 16:30
nos encontramos con el extremo de un banco de hielo a los 58° 27' de latitud S
y los 22° 8' de longitud O. Era hielo de un año mezclado con hielo más antiguo,
todo con una gruesa capa de nieve y ubicado en posición OSO a ENE. Ingresamos
en el banco a las cinco de la tarde, pero no pudimos avanzar y salimos de él a
las 19:40. Luego nos dirigimos hacia el ENE y pasamos el resto de la noche rodeándolo.
Durante el día habíamos visto pingüinos de Adelia y de barbijo, y también
varias ballenas jorobadas y de aleta. Un resplandor en el hielo hacia el oeste
indicó la presencia de una gran extensión de hielo en esa dirección. Después de
rodearla, nos dirigimos en dirección sur 40° este, y a mediodía del 10 habíamos
llegado a los 58° 28' de latitud S y los 20°28' de longitud O. Las
observaciones mostraron que la variación de la brújula era un grado y medio
menos que la carta registrada. Mantuve el Endurance en ese
rumbo hasta la medianoche, cuando ingresamos al hielo libre y suelto, unas
noventa millas al sureste de nuestra posición del mediodía. Resultó que este
hielo bordeaba la banquisa, y el avance se volvió lento. Había un extenso
oleaje del este con una suave brisa del norte, y el tiempo era claro y bueno.
Fuera de la banquisa había numerosos témpanos.
El Endurance avanzó a vapor a través del hielo abierto y
suelto hasta las 8:00 del día 11, cuando entramos en la banquisa a los 59°46'
de latitud S y los 18° 22' de longitud O. Podríamos haber ido más al este, pero
la banquisa se extendía mucho en esa dirección, y un esfuerzo por rodearla
podría haber supuesto desplazarnos muy hacia el norte. No deseaba perder el
beneficio del desplazamiento original en dirección sur. Las millas adicionales
no habrían importado en el caso de un barco con una mayor capacidad para cargar
carbón que el Endurance, pero no podíamos permitirnos sacrificar
millas innecesariamente. La banquisa estaba suelta y no presentaba mayores
dificultades en esa etapa. Se colocó la vela trinquete a fin de aprovechar la
brisa del norte. El barco entraba en contacto con el hielo ocasionalmente y
recibía algunos golpes fuertes. Una o dos veces fue empujado contra trozos
sólidos, pero no sufrió daños. La principal preocupación era proteger la hélice
y el timón. Si parecía que una colisión era inevitable, el oficial a cargo
ordenaría a las máquinas «avante despacio» o «avante media» y caer con todo
timón a la banda, para atacar el hielo de refilón. Luego el timón sería
levantado hacia el hielo con el objeto de alejar la hélice de él, y el barco
volvería a avanzar rápidamente. Worsley, Wild y yo, con tres oficiales,
hacíamos tres guardias mientras nos abríamos paso a través de la banquisa, para
así tener a dos oficiales en cubierta todo el tiempo. El carpintero había
aparejado sobre el puente un semáforo de madera de un metro y ochenta
centímetros para permitir que el oficial navegante diera a los marineros o a
los científicos que estaban en el timón la dirección y el ángulo exacto de pala
de timón requerido. Este dispositivo ahorraba tiempo y también evitaba el
esfuerzo de gritar. Llevábamos avanzando por esta banquisa suelta todo el día,
y la visión desde el «nido de cuervo» no prometía mejores condiciones más
adelante. Una foca de Weddell y una foca cangrejera aparecieron en las placas
de hielo, pero no nos detuvimos a conseguir carne fresca. Era importante que
avanzáramos hacia nuestra meta lo más rápidamente posible, y existían razones
para temer que tendríamos mucho tiempo libre más adelante si las condiciones
del hielo seguían volviéndose cada vez más severas.
La mañana del 12 de diciembre, seguíamos avanzando a través del hielo suelto
que más tarde se volvió grueso en ciertos lugares. El cielo estaba nublado y
caía nieve liviana. A las 7:00 todas las velas cuadras estaban desplegadas a
fin de aprovechar la brisa del norte, pero el velamen tuvo que ser cazado
nuevamente cinco horas más tarde cuando el viento viró por redondo al oeste. La
posición del mediodía era 60° 26' de latitud S y 17° 58' de longitud O, y el
recorrido de veinticuatro horas había sido solo de 33 millas. El hielo seguía
muy compacto, y estábamos abriéndonos camino a través de estrechos canales y
aberturas ocasionales, y las placas muchas veces se cerraban por el través de
ambas bandas. A nuestro alrededor había petreles antárticos, de las nieves y
petreles de la tempestad, petreles fulmares, gaviotines de rabadilla blanca y
pingüinos de Adelia. Los curiosos pingüinos pequeños consideraron el barco una
causa de mucha excitación y ofrecieron mucha diversión a bordo. Uno de los
motivos para reírse era que todos los pingüinos de Adelia que estaban en la
placa parecían conocer a Clark, y cuando estaba al timón corrían tanto como se
lo permitían sus patas, gritando, « ¡Clark! ¡Clark!» y, al parecer, muy
indignados y perturbados porque él nunca los esperaba ni les respondía.
Hallamos varios canales en buenas condiciones hacia el sur por la tarde y
seguimos avanzando hacia el sur durante la noche y el día siguiente. La
banquisa se extendía en todas las direcciones hasta donde alcanzaba la vista.
La observación del mediodía mostró que la distancia recorrida en veinticuatro
horas había sido de cincuenta y cuatro millas, un resultado satisfactorio dadas
las circunstancias. Wild cazó una joven foca de Ross que estaba sobre la placa,
y maniobramos el barco hasta ponerlo al costado. Hudson saltó, amarró la foca y
los dos fueron levantados. La foca medía un metro y cuarenta y cinco centímetros
de largo y pesaba alrededor de cuarenta kilogramos. Era un macho joven y
demostró ser un muy buen alimento, pero cuando estuvo curtido y sin la grasa,
resultó poco más que una comida sustanciosa para nuestros veintiocho hombres,
con algunas sobras para el desayuno y el té. El estómago solo contenía
anfípodos de alrededor de dos centímetros y medio, relacionados con los
hallados en las ballenas en Grytviken.
Las condiciones empeoraron el 14 de diciembre. Había una neblina brumosa y una
caída ocasional de nieve. Se veían algunos témpanos. La banquisa estaba más
densa que los días anteriores. El hielo más viejo estaba mezclado con el más
nuevo, y nuestro avance se volvió más lento. La hélice recibió varios golpes
por la mañana temprano, pero no sufrió daños. Se aparejó una plataforma debajo
del botalón del bauprés a fin de que Hurley pudiera tomar algunas fotografías
del barco abriéndose paso a través del hielo. El hielo joven no presentó
dificultades para el Endurance, que pudo abrirse camino, pero los
bloques de hielo más viejo eran obstáculos más formidables, y dirigir el barco
era una tarea que requería mucha atención. La navegación más cuidadosa no pudo
impedir que un golpe ocasional contra hielo demasiado espeso lo dañara o lo
desplazara de lugar. La brisa del sur se fortaleció hasta convertirse en un
vendaval moderado del suroeste durante la tarde, y a las 20:00 nos pusimos al
pairo, la roda apoyada contra una placa, con lo cual resultaba imposible
avanzar sin correr un serio riesgo de dañar el timón o la hélice. Me interesó
notar que, si bien habíamos avanzado a vapor a través de la banquisa durante
tres días, seguía el oleaje del noroeste. Aumentaban las dificultades de
navegación en las vías, puesto que el hielo estaba en constante movimiento.
El Endurance permaneció contra la placa durante las siguientes
veinticuatro horas, cuando el vendaval amainó. La banquisa se extendía hasta el
horizonte en todas las direcciones y estaba interrumpida por innumerables vías
estrechas. Había muchos témpanos a la vista y, al parecer, parecían desplazarse
a través de la banquisa en dirección suroeste bajo la influencia de la
corriente. Probablemente, la banquisa misma se estuviera moviendo hacia el
noreste con el vendaval. Clark echó una red en busca de especímenes, y poco
antes de los cuatro metros de profundidad esta fue arrastrada hacia el suroeste
por la corriente y se enredó en la hélice. Perdió la red, dos sondas y una
amarra. Diez témpanos se dirigieron al sur a través de la banquisa durante las
veinticuatro horas. La posición del mediodía era 61° 31' de latitud S y 18° 12'
de longitud O. El vendaval había amainado a las 20:00, y recorrimos cinco
millas hacia el sur antes de la medianoche y luego nos detuvimos en el extremo
de un extenso canal, en espera de que el tiempo aclarara. Durante este breve
recorrido, el capitán, con el semáforo que indicaba una caída de todo timón a
babor, gritó al científico en el timón: « ¿Por qué demonios no cayó todo timón
a babor?». La respuesta llegó con tono indignado: «Me estoy sonando la nariz».
El Endurance avanzó algo el día siguiente. Largos canales de
aguas libres corrían hacia el suroeste, y el barco pasó a todo vapor a través
de ocasionales áreas de hielo joven hasta que se topó con un fuerte ruido
contra una sección de una placa más vieja. Worsley estuvo en el penol del
botalón del bauprés durante algunos minutos mientras Wild dirigía el barco y
regresó con el rebosante relato de una nueva sensación. El botalón oscilaba
hacia arriba y hacia abajo y de lado a lado, mientras que la maciza proa del
barco golpeaba el hielo y lo partía, lo apilaba masa sobre masa y luego lo
arrojaba a un lado. La temperatura del aire era de 2,7° C, agradablemente
templado, y la temperatura del agua 1,6° C. Seguimos avanzando a través de
angostos y largos canales hasta las cuatro de la mañana del 17 de diciembre,
cuando el hielo volvió a tornarse difícil. Enormes bloques de hielo de seis
meses de edad flotaban muy juntos. Algunos de estos presentaban doscientas
sesenta hectáreas (2,6 km cuadrados) de superficie intacta, y entre ellos había
parches de hielo fino y varias placas de hielo pesado y viejo. Se veían muchos
témpanos, y el rumbo se volvió tortuoso. El barco fue bloqueado en un punto por
un trozo de placa con forma de cuña, pero tiramos el ancla para hielo, lo
remolcamos hacia atrás y avanzamos a través de la brecha. Gobernar el barco en
estas condiciones requería fuerza además de valor. Durante la tarde hubo un
estruendo en la popa, y Hussey, que estaba al timón, explicó que « ¡El timón
giró y me arrojó por encima de él!». La posición del mediodía era 62° 13' de
latitud S, 18° 53' de longitud O, y el recorrido de las veinticuatro horas
previas había sido de 32 millas en dirección suroeste. Vimos tres ballenas
azules durante el día y un pingüino emperador, un ave de veintiséis kilogramos,
que se agregó a la despensa.
La mañana del 18 de diciembre encontró al Endurance avanzando
entre grandes placas con hielo fino entre ellas. Los canales eran escasos.
Soplaba una brisa del norte con ocasionales ráfagas de nieve. Nos aseguramos
tres focas cangrejeras: dos hembras y un macho. El macho era un magnífico
espécimen, casi todo blanco en sus dos metros y ochenta y un centímetros de
largo; pesaba doscientos setenta y dos kilogramos. Poco antes de mediodía, el
avance se vio obstaculizado por un pesado bloque, arrojamos un ancla para hielo
en él y conservamos los fuegos. Yo me había preparado para el mal tiempo en el
mar de Weddell, pero con la esperanza de que en diciembre y enero, de cualquier
modo, la banquisa estuviera suelta, aunque no se encontraran aguas libres. Lo
que en realidad estábamos viendo era una densa banquisa de carácter muy
obstinado. La banquisa puede describirse como un gigantesco e interminable
rompecabezas diseñado por la naturaleza. Las partes del rompecabezas en la
banquisa suelta han flotado y se han separado y desordenado; en numerosos
sitios se han vuelto a juntar; a medida que la banquisa se reagrupa, las áreas
congestionadas se vuelven más grandes y las partes se juntan con fuerza hasta
que, finalmente, se vuelve una banquisa compacta, momento en el que el
rompecabezas está tan trabado que con cuidado y esfuerzo puede atravesarse en
todas las direcciones a pie. En donde las partes no encajan perfectamente, por
supuesto, hay aguas libres, que se congelan algunas horas después de emanar
cantidades de niebla helada. Obedeciendo a una renovada presión, este hielo
joven «se va extendiendo por la superficie», y forma de esta manera capas
dobles de la consistencia del caramelo. Nuevamente, los extremos opuestos de
las pesadas placas de hielo se levantan en un lento y casi silencioso
conflicto, hasta que se forman altos «cercos» alrededor de cada parte del
rompecabezas. En la intersección de varias placas, se forman áreas caóticas de
bloques y masas de hielo apilado. A veces se ven pilas de bloques de hielo de
forma pareja de entre uno y medio y dos metros, dispuestos con tanto orden que
parece imposible que sean obra de la naturaleza. Nuevamente, se puede atravesar
un serpenteante cañón entre paredes de hielo de entre dos y tres metros de
altura, o se puede formar una bóveda que, bajo una presión renovada, estalla
hacia arriba como un volcán. Durante todo el invierno, la banquisa a la deriva
cambia: crece al congelarse, se engrosa por la superposición y se corruga por
la presión. Si, finalmente, en su deriva, choca contra una costa, tal como la
costa occidental del mar de Weddell, se ejerce una tremenda presión cuyo
resultado es un infierno de bloques de hielo, crestas y cordones amonticulados
que se extiende, posiblemente, unos doscientos cincuenta o trescientos
kilómetros costa afuera. Secciones del hielo bajo presión luego pueden flotar a
la deriva e incrustarse en hielo nuevo.
He dado esta breve explicación aquí a fin de que el lector pueda comprender la
naturaleza del hielo a través del que nos abrimos camino durante muchos cientos
de millas. Otro punto que tal vez requiera explicación fue el retraso causado
por el viento mientras estábamos en la banquisa. Cuando soplaba una fuerte
brisa o un vendaval moderado, el barco no podía avanzar a salvo a través del
hielo a menos que fuera hielo joven de hasta unos sesenta centímetros de
grosor. Como el hielo de esa naturaleza nunca se extendía más de kilómetro y
medio, durante un vendaval en la banquisa siempre teníamos que atravesarnos. El
calado del barco en popa era de noventa y nueve centímetros, y mientras esto
salvó la hélice y el timón, volvió al Endurance prácticamente
ingobernable en la banquisa cerrada cuando el viento alcanzó una fuerza de diez
kilómetros por hora desde la proa, puesto que la corriente de aire tenía una
superficie muy grande sobre la que actuar. La presión del viento sobre la proa
y las vergas del trinquete harían que la proa cayera a una banda, y en estas
condiciones el barco no podría entrar en los estrechos canales y vías a través
de los cuales teníamos que abrirnos paso. La caída de la proa, además, tendería
a llevar la popa contra el hielo y nos obligaría a detener los motores a fin de
salvar la hélice. Entonces el barco se volvería ingobernable y estaría a la
deriva, con la posibilidad de tener demasiada arrancada hacia popa y dañar el
timón o la hélice, el talón de Aquiles de un barco en una banquisa.
Mientras esperábamos que el tiempo se moderara y el hielo se abriera, hice
instalar la máquina de sondeo Lucas en la limera del timón y descubrí que había
una profundidad de 5139 metros. La muestra del fondo se perdió gracias a que la
línea estaba a ciento diez metros del fondo. Durante la tarde, tres pingüinos
de Adelia se acercaron al barco a través de la placa mientras Hussey tocaba una
suave música en el banyo. Las pequeñas aves de aspecto serio parecían
apreciar Es un largo camino a Tipperary, pero huyeron horrorizadas
cuando Hussey quiso deleitarlas con un poco de música escocesa. Las risotadas
del barco aumentaron su consternación, y se largaron a tanta velocidad como les
permitieron sus cortas patas. La banquisa se abrió levemente a las 18:15, y
avanzamos a través de vías durante tres horas antes de vernos forzados a anclar
en una placa para pasar la noche. Este día disparamos un arpón Hjort, Nº 171, a
una ballena azul. Las condiciones no mejoraron durante el 19 de diciembre. Una
brisa del norte entre fresca y fuerte trajo bruma y nieve, y después de avanzar
durante dos horas, el Endurance fue detenido otra vez por
pesados bloques de hielo. Era imposible maniobrar el barco en el hielo a causa
del fuerte viento, que mantenía los bloques en movimiento y hacía que las vías
se abrieran y se cerraran con peligrosa rapidez. La observación del mediodía
mostró que habíamos recorrido seis millas hacia el sureste en las veinticuatro
horas previas. Todos los hombres estuvieron ocupados durante el día quitando
retoños a nuestras patatas, que habían empezado a brotar libremente.
Permanecimos anclados a una placa durante el día siguiente, y el viento no se
había calmado; de hecho, refrescó y se convirtió en un temporal por la tarde, y
los miembros del personal y la tripulación aprovecharon la pausa para disfrutar
de un partido de fútbol vigorosamente disputado en la lisa superficie de la
placa junto al barco. En ese momento, se veían doce témpanos. La posición del
mediodía era 62° 42' de latitud S, 17° 54' de longitud O, lo cual mostraba que
nos habíamos desviado unas seis millas en dirección noreste.
El lunes 21 de diciembre, el tiempo era magnífico, con una suave brisa del ONO.
Salimos a las 3:00 y avanzamos a través de la banquisa en dirección suroeste. A
mediodía habíamos recorrido siete millas hacia el este, y la banquisa había
continuado a la deriva hacia el norte mientras el barco al parecer se
desplazaba hacia el sur. Había muchos petreles de varias especies, pingüinos y
focas, y vimos cuatro ballenas azules pequeñas. A mediodía ingresamos en una
extensa vía con rumbo sur y pasamos alrededor de nueve espléndidos témpanos y
también entre ellos. Un poderoso espécimen tenía la forma del Peñón de
Gibraltar, pero con acantilados más pronunciados, y otro tenía un muelle
natural que podría haber albergado alAquitania[4]. Un espolón de
hielo cerraba la entrada a la enorme laguna azul. Hurley sacó su cámara para
registrar estos témpanos. Durante la tarde hallamos canales angostos y extensos
que corrían de este a sureste entre los témpanos, pero a medianoche el barco
fue detenido por pequeñas y pesadas placas de hielo, compactadas contra una
gran extensión de hielo sin romper. La perspectiva desde lo alto del mástil no
era alentadora. La enorme placa medía por lo menos veinticinco kilómetros de
largo y quince kilómetros de ancho. En la parte más ancha no se podía ver el
extremo, y la superficie de la placa de hielo debió de ser casi cuatrocientos
kilómetros cuadrados Al parecer, estaba formada por hielo de un año, no muy
grueso y con pocos montículos o cordones. Pensamos que debió formarse en el mar
en un clima muy calmo y que había flotado a la deriva desde el sureste. Yo
nunca había visto una superficie tan grande de hielo sin romper en el mar de
Ross.
Esperamos con las chimeneas encendidas a que amainara la brisa fuerte del este
o a que se abriera la banquisa. A las 18:30 del 22 de diciembre, se abrieron
algunas vías y pudimos volver a avanzar hacia el sur. La mañana siguiente nos
encontró desplazándonos lentamente, y la observación del mediodía nos indicó
que habíamos avanzado 19 millas S y 41° O durante las diecisiete horas y media
de marcha a vapor. Vimos muchos pingüinos de Adelia de un año, tres focas
cangrejeras, seis leopardos marinos, una ballena de Weddell y dos ballenas
azules. La temperatura del aire, que había bajado a -3,9 C° el 21 de diciembre,
había subido a 1, 1° C. Mientras avanzábamos por canales hacia el sur por la
tarde, contamos quince témpanos. Tres de estos eran planos, y uno tenía unos
veinte metros de alto y ocho kilómetros de largo. Evidentemente provenía de un
desprendimiento de barrera. El hielo se volvía más pesado, pero estaba
ligeramente más abierto, y pasamos una noche tranquila con canales estrechos y
largos de aguas libres. El agua estaba tan quieta que nuevo hielo se estaba
formando en los canales. A mediodía del 24 de diciembre habíamos avanzado 70
millas y nuestra posición era 64° 31' de latitud S, 17° 17' de longitud O.
Todos los perros, menos ocho, habían sido bautizados. No sé quién fue
responsable de algunos de los nombres, que parecían representar una serie de
gustos. Estos eran: Rugby, Upton Bristol, Millhill, Songster, Sandy,
Mack, Mercury, Wolf, Amundsen, Hercules, Hackenschmidt, Samson, Sammy, Skipper,
Caruso, Sub, Ulysses, Spotty, Bosun, Slobbers, Sadie, Sue, Sally, Jasper, Tim,
Sweep, Martin, Splitlip, Luke, Saint, Safan, Chips, Stumps, Snapper, Painful,
Bob, Snowball, Jerry, Judge, Sooty, Rufus, Sidelights, Simeón, Swanker,
Chirgwin, Steamer, Peter, Flujffy, Steward, Slippery, Elliott, Roy, Noel,
Shakespeare, Jamie, Bummer, Smuts, Lupoid, Spider , y Sailor.
Algunos de los nombres, como se verá, tenían un tono descriptivo.
Pesadas placas de hielo retrasaron el barco desde la medianoche hasta 6:00 del
25 de diciembre, día de Navidad. Luego se abrieron un poco y avanzamos hasta
las 11:30, cuando los canales volvieron a cerrarse. Habíamos encontrado buenos
canales y hielo más accesible durante la primera parte de la noche, y la
observación del mediodía mostró que nuestro recorrido durante las veinticuatro
horas había sido el mejor desde que habíamos ingresado en la banquisa hacía
quince días. Habíamos completado setenta y una millas al rumbo sur 4° O. El
hielo nos retrasó hasta la noche, y luego pudimos seguir por algunos canales
durante un par de horas antes de que las placas muy compactas y el creciente
viento nos obligaran a detenernos. La celebración de Navidad no fue olvidada. A
medianoche se sirvió un ponche caliente para todos en la cubierta. Para el
desayuno volvimos a tomar ponche, para el beneficio de aquellos que habían
estado en sus literas a medianoche. Lees había decorado la cámara de oficiales
con banderas y un pequeño regalo de Navidad para cada uno de nosotros. Algunos
teníamos regalos de nuestras casas para abrir. Más tarde, hubo una cena
realmente espléndida, que consistió en sopa de tortuga, pescado frito variado,
liebre estofada, budín de Navidad, pastel de picadillo de fruta, dátiles, higos
y fruta confitada, con ron y cerveza negra como bebidas. Por la noche, todos
entonaron canciones. Hussey había fabricado un violín de una cuerda en el que
según las palabras de Worsley, «ejecutaba sin dolor». El viento aumentaba a un
moderado vendaval del sureste y no se pudo avanzar, lo cual nos permitió
dedicarnos a disfrutar de los gozos de la noche.
El tiempo seguía estando malo el 26 y el 27 de diciembre, y elEndurancepermaneció
anclado a una placa. La posición del mediodía el 26 era 65° 43' de latitud S,
17° 36' de longitud O. Aquel día volvimos a hacer un sondeo con la máquina
Lucas y encontramos el fondo a 5155 metros. El espécimen obtenido era un lodo
terrígeno azul (depósito glacial) con algunos radiolarios. Todos nos turnamos
para izar el escandallo, dos hombres trabajando juntos a intervalos de diez
minutos.
El domingo 27 de diciembre fue un día tranquilo a bordo. El vendaval del sur
estaba haciendo volar la nieve de la placa en forma de nubes, y la temperatura
había descendido a -5° C. Los perros estaban pasando un mal rato en sus
habitáculos en la cubierta. La mañana siguiente, el viento se había moderado,
pero llegaba en rachas con ráfagas de nieve, y yo no ordené que saliéramos
hasta las 23:00. La banquisa seguía cerca, pero el hielo estaba más blando y se
rompía con más facilidad. Durante la pausa, el carpintero había instalado una
pequeña plataforma en la popa. Un hombre se apostó allí para observar la hélice
y evitar que golpeara contra el hielo pesado, y ese arreglo demostró ser muy
valioso. Salvó el timón, además de la hélice, de recibir muchos golpes.
Los vientos fuertes que habían prevalecido durante cuatro días y medio dieron
lugar a una brisa débil del sur la tarde del 29 de diciembre. Debido a la
deriva, en realidad estábamos once millas más al norte que el 25 de diciembre.
Pero el 30 logramos un avance bastante positivo con tiempo bueno y claro. El
barco siguió un extenso canal hacia el sureste durante la tarde y la noche, y a
las 23:00 cruzamos el Círculo Antártico. Un examen del horizonte reveló roturas
considerables en el vasto círculo de la banquisa, intercalado con témpanos de
diferentes tamaños. Se podían trazar canales en diversas direcciones, pero yo
miré en vano en busca de un indicio de aguas libres. El sol no se puso aquella
noche y, como estaba oculto detrás de un banco de nubes, tuvimos un destello
carmesí dorado hacia el sur, con delicados reflejos de tono verde pálido en el
agua de las vías hacia el sureste.
El barco tuvo un encuentro serio con el hielo la mañana del 31 de diciembre.
Primero, debimos detenernos a causa de placas que se cerraban a nuestro
alrededor y luego, cerca del mediodía, el Endurance se atascó
entre dos placas que se movían en dirección ENE. La presión del hielo le
produjo al barco una escora de más de seis grados mientras echábamos un ancla
para hielo en la placa a fin de cobrar hacia popa y, así, ayudar a los motores,
que estaban funcionando a toda velocidad. Inmediatamente después, en el punto
en donde se había atascado elEndurance, capas de hielo de quince por
cinco metros y de un grosor de más de un metro fueron empujadas entre tres y
tres metros y medio hacia arriba en la placa a sotavento a un ángulo de 45° .
La presión era severa, y nos sentimos aliviados de que el barco estuviera fuera
de su alcance. La posición del mediodía era 66° 47' de latitud S, 15° 52,' de
longitud O, y el recorrido de las últimas veinticuatro horas había sido de
cincuenta y una millas S, 29° E.
«Desde el mediodía, el carácter de la banquisa mejoró», escribió Worsley sobre
este día. «Si bien los canales son cortos, las placas están podridas y se
rompen con facilidad si se escoge un buen sitio con cuidado y buen juicio. En
muchos casos, encontramos grandes láminas de hielo joven que el barco atraviesa
a lo largo de una o dos millas seguidas. He estado dirigiendo y llevando el
barco desde el nido de cuervo y encuentro que es el mejor lugar, puesto que
desde allí uno puede ver hacia delante y definir el rumbo de antemano y también
puede proteger el timón y la hélice, las partes más vulnerables de un barco en
el hielo. A medianoche, mientras estaba sentado en el “barril”, oí un ruido
clamoroso en la cubierta, con campanas que tañían, y me di cuenta de que era
Año Nuevo». Worsley bajó de su asiento elevado y se reunió con Wild, Hudson y
conmigo en el puente, donde nos dimos las manos y nos deseamos mutuamente un
Año Nuevo feliz y exitoso. Desde que habíamos ingresado en la banquisa el 11 de
diciembre, habíamos recorrido cuatrocientas ochenta millas a través de hielo
suelto y hielo compacto. Nos habíamos abierto camino, con esfuerzo el pequeño
barco avanzó a través de él y pasó la prueba, aunque la hélice había recibido
algunos acertados golpes contra el hielo duro y la embarcación había sido
impulsada contra el hielo hasta casi montarse en él volviendo a caer,
balanceándose violentamente de lado a lado. El balanceo por lo general era
producto de la operación de resquebrajar el hielo joven más grueso, donde la
grieta había tomado un curso sinuoso. El barco, al intentar seguirla, golpeó
primero una sentina y luego la otra, lo que ocasionó que se inclinara seis o
siete grados. Nuestro avance a través del hielo había sido en dirección sur 10°
E, y yo estimé que la distancia total navegada había excedido las setecientas
millas. Las primeras cien millas habían sido a través de hielo suelto, pero los
mayores obstáculos habían sido tres moderados vendavales del suroeste, dos de
los cuales duraron tres días cada uno y el otro, cuatro días y medio. Las
últimas doscientas cincuenta millas habían transcurrido a través de hielo
compacto, y alternaron con estrechos y extensos canales y extensiones de aguas
libres.
Durante las semanas que pasamos maniobrando hacia el sur a través de los
tortuosos laberintos de la banquisa, muchas veces fue necesario dividir las
placas de hielo llevando el barco contra ellas. Esta forma de ataque fue
efectiva contra el hielo de hasta un metro de grosor, y el proceso es
interesante y merece una breve descripción. Cuando el camino estaba
obstaculizado por una placa de grosor moderado, llevábamos el barco a media
marcha contra él y deteníamos los motores justo antes del impacto. Al primer
golpe, el Endurance cortaba una hendidura con forma de V en el
frente de la placa; la inclinación de su tajamar muchas veces hacía que la proa
se elevara hasta casi quedar fuera del agua, momento en que se deslizaba hacia
atrás, balanceándose levemente. Al observar con cuidado que los bloques de
hielo suelto no dañaban la hélice, poníamos los motores en reversa y hacíamos
retroceder el barco unos doscientos cincuenta metros. Luego, avanzábamos a toda
máquina hacia la V, asegurándonos de golpear el centro con precisión. La
operación se repetía hasta que se abría un corto dique, en el que se hacía
entrar el barco, que hacía las veces de una gran cuña. Al cuarto intento, si es
que teníamos éxito, la placa cedía. Una línea negra y sinuosa, como escrita con
una pluma en un papel blanco, aparecía más adelante y se ensanchaba cuando el
ojo la recorría hasta el barco. Enseguida se volvía lo bastante ancha para
recibirlo, y entonces nos abalanzábamos hacia ella. Bajo la proa y a los lados,
grandes capas de hielo giraban y volvían a deslizarse sobre la placa, o eran
empujadas debajo del hielo o del barco. De esta manera, el Endurance dividía
una placa de entre sesenta centímetros a un metro de grosor y de dos kilómetros
y medio de superficie. En ocasiones, la placa, aunque quebrada, estaba tan
apretada por otras placas que se negaba a abrirse, de modo que gradualmente
impedía que el barco avanzara. Entonces, retrocedíamos alguna distancia y
nuevamente lo dirigíamos a toda máquina contra la grieta, hasta que finalmente
la placa cedía ante los repetidos embates.
El
primer día del Año Nuevo, 1 de enero de 1915, estaba nublado y corría una suave
brisa del norte con nevadas ocasionales. El estado de la banquisa mejoró por la
noche, y después de las 20:00, avanzamos rápidamente a través del hielo joven y
quebradizo, que el barco rompía con facilidad. Unas pocas horas más tarde, un
viento fuerte llegó del este, con una nieve continua. Después de las 4:00 del
día 2, ingresamos en un banco de hielo viejo y grueso, que mostraba señales de
fuerte presión. Estaba muy amonticulado, pero las grandes zonas de aguas libres
y los largos canales hacia el sureste continuaron hasta el mediodía. La
posición en este momento era 69°49' de latitud S, 15° 42' de longitud O, y el
recorrido de veinticuatro horas resultó ser de ciento veinticuatro millas al
rumbo sur 3° O. Era alentador.
El pesado banco de hielo bloqueó el camino hacia el sur después del mediodía.
Habría sido casi imposible haber atravesado el hielo con el barco y, en todo
caso, el vendaval hubiese tornado el procedimiento en algo sumamente peligroso.
Por lo tanto, avanzamos con cuidado hacia el oeste y el norte, en busca de una
abertura adecuada hacia el sur. El buen recorrido me había dado esperanzas de
vislumbrar tierra al día siguiente, y la demora era fastidiosa. Me estaba
entrando prisa por llegar a tierra a causa de los perros, que no habían podido
hacer ejercicio durante cuatro semanas y se estaban debilitando. Pasamos por lo
menos unos doscientos témpanos durante el día y también observamos grandes
masas de hielo de bahía y de hielo costero amonticulado. Sobre la superficie de
una placa de hielo de bahía, se veía tierra negra, al parecer de origen
basáltico, y había un gran témpano con una amplia banda marrón amarillento que
lo cruzaba. Es probable que la mancha haya sido polvo volcánico. Muchos de los
témpanos tenían formas curiosas. Uno de ellos presentaba gran similitud con un
gran trasatlántico de dos chimeneas, la silueta completa, con excepción del
humo. Más tarde ese día, encontramos una abertura en el banco y avanzamos nueve
millas hacia el suroeste, pero a las 2:00 del 3 de enero, el canal terminó en
hielo amonticulado, imposible de penetrar. Un vendaval moderado que provenía
del este había llegado con tormentas de nieve, y no podíamos tener una visión
clara en ninguna dirección. El hielo amonticulado no ofrecía un anclaje
adecuado para el barco, y nos vimos obligados a zigzaguear durante diez horas
antes de poder amarrar a una pequeña placa, al socaire de un témpano de unos
cuarenta metros de altura. El témpano cortaba el viento y evitó que deriváramos
rápidamente a sotavento. La posición era 69° 59' de latitud S, 17° 31' de
longitud O.
Volvimos a desplazarnos a las 19:00, cuando levamos el ancla de hielo y
navegamos hacia el sur y, a las 12:00, pasamos por un pequeño témpano que el
barco casi había tocado unas doce horas antes. Era evidente que no estábamos
avanzando mucho. Varios de los témpanos que habíamos pasado durante el día eran
de hielo sólido azul, lo que indicaba que eran de verdadero origen glaciar.
Para la medianoche del día 3, habíamos recorrido once millas hacia el sur, y
luego nos detuvimos por completo, porque la nieve era tan densa que no podíamos
darnos cuenta de si valía la pena ingresar en los canales y las vías. El hielo
estaba amonticulado pero, por suerte, el vendaval disminuía, y después de
examinar todos los canales y las lagunas a nuestro alcance, volvimos a
dirigirnos hacia el noreste. Aparecieron dos cachalotes y dos ballenas azules
grandes, los primeros que vimos en doscientas sesenta millas. También avistamos
petreles, numerosos pingüinos de Adelia, pingüinos emperador, focas cangrejeras
y focas leopardo. El tiempo más despejado de la mañana nos permitió ver que el
banco estaba sólido y que era imposible cruzarlo del sureste al suroeste y, a
las 10:00 del día 4, volvimos a pasar a menos de cinco metros del pequeño
témpano por el que habíamos pasado dos veces el día anterior. Habíamos estado
navegando y sorteando obstáculos en una zona de veinte millas cuadradas durante
cincuenta horas, intentando encontrar una abertura hacia el sur, el sureste o
el suroeste, pero todos los canales iban hacia el norte, el noreste o el
noroeste. Parecía que los espíritus de la Antártica nos señalaban la ruta hacia
atrás, la ruta que estábamos decididos a no tomar. Nuestro deseo era dirigirnos
hacia el este y hacia el sur para llegar a tierra; si fuera posible, al este
del sur más lejano de Ross y bien hacia el este de la Tierra de Coats. Esto era
lo más importante, puesto que los vientos que prevalecían parecían venir del
este, y cada milla en dirección este contaría. Por la tarde, nos dirigimos
hacia el este a través de aguas libres y, para las 16:00, avanzábamos en
dirección OSO y se veían más aguas libres. El sol brillaba a una altura de 3°
sobre el horizonte, a medianoche, y pudimos mantener esta dirección con tiempo
bueno hasta el mediodía siguiente. En ese momento, la posición era 70° 28' de
latitud S, 70° 16' de longitud O, y habíamos recorrido sesenta y dos millas al
rumbo sur 6z° O. A las 8:00, encontramos aguas libres desde el norte, pasando
por el oeste hasta el suroeste, pero había un banco impenetrable hacia el sur y
el este. A las 15:00, el camino hacia el SO y hacia el ONO estaba completamente
obstruido, y cuando experimentamos una corriente orientada hacia el oeste, no
sentí que se justificara quemar más de las reducidas reservas de carbón para ir
hacia el oeste o el norte. Volví a colocar el barco en nuestro rumbo durante
cuatro millas, hasta un punto en que una placa más suelta pareció una débil
promesa de paso; sin embargo, tras luchar durante tres horas con montículos de
hielo muy pesado y de avanzar cuatro millas hacia el sur, nos detuvieron
enormes bloques y bancos de hielo muy viejo. Hacer un mayor esfuerzo parecía
inútil en ese momento, y di la orden de conservar el fuego después de que
amarramos elEndurance a una placa sólida. El tiempo estaba
despejado, y algunos futbolistas entusiastas jugaron sobre la placa hasta que,
alrededor de la medianoche, Worsley cayó en un agujero de hielo podrido cuando
fue a buscar la pelota. Tuvieron que ir a rescatarlo.
La mañana siguiente, 6 de enero, el banco sólido continuaba
obstruyendo el paso hacia el sur. Había aguas libres hacia el norte, pero como
el día estaba calmo, y no quería utilizar el carbón en una búsqueda
posiblemente vana de una abertura hacia el sur, mantuve el barco amarrado a la
placa. Esta pausa con buen tiempo permitió que los perros se ejercitaran; los
hombres que los tenían a su cargo los desembarcaron en la placa. La excitación
de los animales era intensa. Varios lograron entrar en el agua, y los bozales
que llevaban no impidieron que se trabaran en peleas acaloradas. Dos perros que
se las habían ingeniado para quitarse los bozales cayeron en una laguna helada
mientras peleaban y fueron sacados de ella mientras aún luchaban cuerpo a
cuerpo. No obstante, los hombres y los perros disfrutaron el ejercicio. Un
sondeo arrojó una profundidad de 4.389 metros, con un lecho de barro azul. El
viento sopló fresco desde el oeste la mañana siguiente, temprano, y comenzamos
a bordear a vela el extremo norte del banco sólido en dirección este. Para el
mediodía, ya habíamos dejado atrás el bloque cercano, pero las perspectivas
hacia el sur eran muy poco prometedoras en cuanto a un avance útil, y yo ahora
estaba ansioso por dirigirnos hacia el este. Navegamos a vela hacia el noreste
y, luego de recorrer treinta y nueve millas, pasamos un témpano peculiar que
habíamos tenido por delante hacía unas sesenta horas. Las horas estaban
comenzando a moverse a nuestro alrededor, y tuve que ser cauto al permitir que
alguien abandonara el barco. Estas bestias tienen el hábito de mirar por encima
de las placas, ubicar una foca que está descansando y, luego, atacarla desde
abajo, a través del hielo, en busca de alimento; no distinguen entre una foca y
un hombre.
Nuestra posición al mediodía del 8 de enero era 70° 0' de latitud S, 19° 09' de
longitud O. Habíamos avanzado sesenta y seis millas en dirección noreste
durante las veinticuatro horas previas. El rumbo durante la tarde fue ESE a
través de las placas sueltas y las aguas libres, con montículos de placas hacia
el sur. Avistamos varios canales que llevaban hacia el sur, pero mantuvimos el
rumbo hacia el este. Las placas se estaban soltando cada vez más, y había indicios
de aguas libres más adelante. El barco pasó no menos de quinientos témpanos ese
día, algunos de ellos muy grandes. La mañana siguiente, un cielo de agua oscuro
se extendía de E a SSE, y elEndurance, abriéndose camino a media marcha
a través de las placas sueltas, alcanzó aguas libres antes del mediodía. Un
témpano como una muralla de unos cincuenta metros de altura y de cuatrocientos
metros de longitud flotaba al borde de la placa suelta, y navegamos a lo largo
de un saliente de este témpano que se proyectaba hasta el océano ondulante y se
desplegaba hacia el horizonte. El mar se extendía desde un punto, levemente, al
oeste del sur, siguiendo hacia el E y hasta el NNE, esta prometedora
perspectiva era respaldada por la visión de un notorio water-sky [5] hacia el
sur. Ordené un rumbo sur una cuarta al este en un intento por llegar al sur y
al este del sur más lejano de Ross (71° 30' de latitud S).
Seguimos en aguas libres durante unas cien millas, pasamos muchos témpanos,
pero no encontramos bancos. Dos ballenas realmente grandes, probablemente
ballenas azules, se acercaron al barco, y vimos chorros en todas direcciones.
Las aguas libres dentro de la banquisa en esa latitud podrían tener el
atractivo de un santuario para las ballenas, que son acosadas por el hombre más
al norte. El recorrido hacia el sur en aguas libres, con un camino despejado
frente a nosotros y las millas que quedaban atrás, resultó una alegre
experiencia después de la larga lucha a través de las vías con hielo. No
obstante, como las otras cosas buenas, nuestro período de movimiento libre tuvo
que llegar a su fin. El Endurance volvió a encontrar hielo a
la 1:00 del día 10. Un banco suelto se extendía hacia el este y el sur, con
aguas libres hacia el oeste y un buen water-sky . En parte, estaba
formado de hielo pesado en montículos que daba muestras de una gran presión,
pero también contenía placas gruesas y planas que, con seguridad, se habían
formado en alguna bahía protegida y nunca habían recibido demasiada presión o
se habían movido mucho. El remolino de la estela del barco formaba espuma
diatomácea a los costados de este hielo. A las 9:00, el agua se tornó pesada
debido a las diatomeas, y ordené que se tomara una muestra. No se encontró el
fondo a trescientos ochenta y cinco metros. Esa mañana, el Endurance continuó
avanzando hacia el sur, a través del hielo suelto. Vimos los chorros de
numerosas ballenas y notamos cientos de focas cangrejeras que yacían sobre las
placas. Había numerosos gaviotines con rabadilla blanca, petreles antárticos y
petreles de las nieves, y distinguimos una colonia de pingüinos de Adelia sobre
un témpano bajo. También aparecieron unas pocas oreas, con su característica
aleta dorsal alta. La posición al mediodía era 72° 02' de latitud S, 16° 7' de
longitud O, y el recorrido de las veinticuatro horas había sido de ciento
treinta y seis millas al rumbo sur 6° E.
Ahora nos encontrábamos en las cercanías de la tierra descubierta en 1904 por
el Dr. W. S. Bruce, jefe de la Expedición Scotia, que él había denominado
Tierra de Coats. El Dr. Bruce encontró una barrera de hielo a 72°18' de latitud
S, 10° de longitud O, que se extendía del noreste hacia el suroeste. Siguió el
extremo de la barrera hacia el suroeste durante ciento cincuenta millas y
alcanzó los 74° 1' de latitud S, 22° de longitud O. No encontró rocas desnudas,
pero su descripción de las pronunciadas laderas de nieve y de hielo con aguas
embancadas frente a la pared de la barrera indicaba con claridad la presencia
de tierra. En esas laderas, en un punto lo más hacia el sur posible, planifiqué
comenzar la marcha a través del continente Antártico. Todos los hombres
buscaban, ahora, la costa descrita por el Dr. Bruce y, a las 17:00, el vigía
informó acerca de la aparición de tierra hacia el SSE. Pudimos ver una suave
colina de nieve que se elevaba hasta una altura de unos trescientos metros.
Parecía una isla o una península con un estrecho en su parte sur, y la posición
de su punto más septentrional era de alrededor de 72° 34' de latitud S, 16° 40'
de longitud O. El Endurance estaba atravesando placas de hielo
pesado y suelto y, poco antes de la medianoche, ingresó forzadamente en un
canal de aguas abiertas a lo largo del borde de una barrera. Un sondeo tomado a
menos de doscientos metros de distancia del borde de la barrera no llegó al
fondo con trescientos ochenta y cinco metros de línea. La barrera tenía una
altura de unos veinte metros, con acantilados de diez metros. ElScotia debía
de haber pasado este lugar al hacerse camino hacia el punto más austral de
Bruce el 6 de marzo de 1904, y me enteré, por los relatos de ese viaje así como
también por la observación, de que la costa tendía hacia el suroeste. El canal
de aguas libres continuaba a lo largo del borde de la barrera y nos abrimos
camino sin demora.
Una brisa del este acarreó nubes y nevadas durante la mañana del 11 de enero.
La barrera tendía hacia el suroeste una cuarta al sur, y la bordeamos durante
cincuenta millas hasta las 11:00. Por la mañana, los acantilados tenían 6metros
de altura, y para el mediodía habían aumentado a 35 metros. Al parecer, la cima
estaba unos diez metros más arriba. En una ocasión, nos vimos forzados a
alejarnos de la barrera durante tres horas debido a un bloque de hielo muy
pesado. Por otro lado, había aguas libres a lo largo del borde y bloques altos
y sueltos hacia el oeste y noroeste. Notamos que una foca aparecía de repente y
se volvía a sumergir en lo que parecía un intento por tragar un pez plateado y
largo que se asomaba, al menos, a medio metro de su boca. La posición del
mediodía era 73°13' de latitud S, 10° 43' de longitud O, y un sondeo arrojó
doscientos ochenta y tres metros a una distancia de una milla desde la barrera.
El fondo consistía en grandes guijarros ígneos. Luego, la visibilidad
disminuyó, y me mantuve hacia el oeste, donde el cielo había dado indicios de
aguas libres, hasta las 19:00, cuando colocamos el barco a lo largo de una
placa en el hielo suelto. Caía mucha nieve, y estaba preocupado por temor a que
el viento del oeste empujara el hielo con fuerza contra la costa y atascara el
barco. El Nimrodapenas había escapado de un contratiempo de este
tipo en el mar de Ross a principios de 1908.
Volvimos a avanzar a las 5:00 de la mañana siguiente, 12 de enero, con cielo
cubierto, neblina y tormentas de nieve y, cuatro horas más tarde, nos abrimos
camino a través del hielo hacia aguas libres. La visión se oscureció, pero
continuamos hacia el sureste y, para el mediodía, ya habíamos recorrido
veinticuatro millas cuando tres sondeos a 74° 4' de latitud S, 22°48' de
longitud O arrojaron ciento setenta y tres, doscientos treinta y cuatro, y
ciento ochenta y ocho metros, con un fondo de arena, guijarros y barro. Clark
obtuvo una buena cantidad de especímenes biológicos con la draga. El Endurance ahora
estaba cerca de lo que parecía la barrera, con una franja de hielo pesado que
contenía numerosos témpanos congelados y posiblemente encallados. El hielo
sólido se volvió hacia el noroeste y seguimos el borde unas cuarenta y ocho
millas rumbo norte 60° oeste para franquearlo.
Ahora nos encontrábamos más allá del punto que había alcanzado elScotia,
y la tierra debajo de la capa de hielo que estábamos orillando era nueva. La
tendencia hacia el norte fue inesperada, y comencé a sospechar que, en realidad,
estábamos rodeando una inmensa lengua de hielo unida al verdadero borde de la
barrera que se extendía hacia el norte. Los acontecimientos confirmaron esta
sospecha. Bordeamos el banco toda la noche, maniobrando hacia el noroeste;
luego nos dirigimos hacia el oeste, una cuarta al norte hasta las 4:00 y
viramos hacia el suroeste. El rumbo a las 8:00 del día 13 era SSO. La barrera a
medianoche estaba baja y distante, y a las 8:00 había solamente una delgada
capa de hielo pesado de algo menos de doscientos metros de lado a lado que lo
separaba de las aguas libres. Para el mediodía, solo había una plataforma
ocasional de hielo pesado. En un punto, la barrera se extendía hasta al mar en
una caída suave. Podríamos haber bajado provisiones en ese lugar sin dificultad.
Hicimos un sondeo a ciento veinte metros de la barrera, pero no alcanzamos el
fondo a los 1236 metros. A las 16:00, mientras todavía seguíamos la barrera
hacia el suroeste, llegamos a una esquina y encontramos que se retiraba en
forma abrupta hacia el sureste. Nuestro camino estaba bloqueado por un pesado
banco y tras pasar dos horas en la vana búsqueda de una abertura, amarramos
el Endurance a una placa y redujimos la presión de la caldera.
Durante ese día, pasamos dos grupos de focas que se desplazaban con rapidez
hacia el NO y el NNE. Los animales nadaban en un orden cerrado, elevándose y
soplando como marsopas, y nos preguntamos si su viaje hacia el norte en esa
época del año tendría algún significado. Varios pingüinos emperador jóvenes
habían sido capturados y llevados a bordo el día anterior. Dos de ellos aún
estaban vivos cuando el Endurance fue arrimado a la placa. Con
agilidad, subieron al hielo, se volvieron, inclinaron tres veces la cabeza con
gracia y se retiraron a la otra punta de la placa. Hay algo curiosamente humano
en las actitudes y los movimientos de estos pájaros. Me preocupaban los perros.
Estaban perdiendo condiciones, y algunos parecían estar enfermándose. Tuvimos
que sacrificar un perro el día 12. No movimos el barco el día 14. Una brisa
llegó del este por la tarde y, bajo su influencia, el banco comenzó a alejarse
de la costa. Antes de medianoche, el hielo cerrado que había obstruido nuestro
camino se había abierto y había dejado una vía a lo largo del pie de la
barrera. Decidí esperar la mañana, porque no deseaba arriesgar y quedar
atrapado entre la barrera y el banco en caso de que cambiara el viento. Un
sondeo marcó 2482 metros, con un fondo de barro glacial. La observación de
mediodía mostró que la posición era 74° 9' de latitud S, 27° 16' de longitud O.
Soltamos amarras a las 6:00 del día 15 con cielo nebuloso y brisa del noreste y
avanzamos a lo largo de la barrera en aguas libres. El rumbo fue hacia el
sureste durante dieciséis millas, luego SSE. Ahora había un bloque de hielo
sólido a barlovento y, a las 15:00, pasamos una ensenada que tenía, quizá,
quince o veinte kilómetros de fondo y se extendía hacia el noreste. Una
ensenada similar apareció a las 18:00. Estos profundos cortes fortalecían la
impresión que ya nos habíamos formado acerca de que, durante varios días,
habíamos estado rodeando una gran masa de hielo, al menos de ochenta kilómetros
de lado a lado, que se extendía mar adentro desde la costa y que, posiblemente,
estuviera destinada a alejarse flotando en algún momento futuro. Los sondeos
(aproximadamente 350 metros hacia tierra y 2400 metros hacia el mar) sugerían
que esta poderosa proyección flotaba. Había muchísimas focas. Vimos grandes
cantidades en el banco y varias en las partes bajas de la barrera, donde la ladera
no era muy pronunciada. El barco pasó a través de grandes grupos de focas que
nadaban desde la barrera hasta el banco mar adentro. Los animales salpicaban y
resoplaban alrededor del Endurance, y Hurley registró este inusual
panorama con la cámara cinematográfica.
La barrera ahora se extendía nuevamente hacia el suroeste. Se volvieron a
desplegar las velas con un brisa fresca del este, pero a las 19:00 tuvimos que
recogerlas, puesto que el Endurance fue demorado por una placa
que se adosó contra la barrera durante una hora. Aprovechamos la pausa para
hacer un sondeo y llegamos a los cuatrocientos noventa metros con barro glacial
y guijarros. Luego, apareció una pequeña vía delante de nosotros. Nos abrimos
camino a toda velocidad y, para las 20:30, elEndurance avanzaba
hacia el sur con las velas desplegadas en una buena extensión de aguas libres.
Continuamos bordeando la barrera con tiempo despejado. Yo buscaba posibles
lugares donde desembarcar aunque, de hecho, no tenía intenciones de hacerlo al
norte de la bahía de Vahsel, en la Tierra de Luitpold, salvo urgidos por la
necesidad. Toda milla ganada en dirección sur significaba una milla menos que
habría que recorrer con los trineos cuando llegara el momento de realizar el
viaje por tierra.
Poco antes de la medianoche, el día 15, nos topamos con el borde norte de un
gran glaciar, o derrame del hielo terrestre, que se proyectaba más allá de la
barrera e ingresaba en el mar. Tenía una altura de unos ciento cincuenta
metros, y en la punta había una gran masa de hielo de bahía grueso. La bahía
formada por el borde norte de este glaciar hubiera sido un excelente lugar de
desembarco. Un saliente plano de hielo de casi un metro sobre el nivel del mar
se asemejaba a un muelle natural. Desde este saliente, se elevaba una ladera de
nieve hasta la parte superior de la barrera. La bahía estaba protegida del
viento del sureste y estaba abierta solo para el viento del norte, que es poco
frecuente en esas latitudes. Un sondeo marcó 146 metros, lo que indicaba que el
glaciar estaba encallado. Llamé el lugar Bahía del Glaciar y más tarde tuve
razones para recordarla con pesar.
El Endurance avanzó a vapor a lo largo del frente de esta masa
de hielo glacial durante unas diecisiete millas. El glaciar presentaba enormes
grietas y cordones de alta presión y parecía retroceder a las laderas o las
colinas cubiertas de hielo de entre trescientos y seiscientos metros de altura.
Algunas bahías ubicadas frente a él estaban cubiertas de hielo liso, salpicadas
con focas y pingüinos. A las 4:00 del día 16, llegamos al borde de otro gran
glaciar. La lengua de hielo parecía llegar por encima de las colinas bajas y
estaba muy roto. La cara del acantilado tenía una altura de casi cien metros, y
la superficie de hielo más de tres kilómetros tierra adentro tenía, quizá,
seiscientos metros de altura. El frente del acantilado presentaba la marca de
la marea de unos dos metros, lo que demostraba que no flotaba. Navegamos a
vapor a lo largo de este tremendo glaciar unas cuarenta millas y luego, a las 8:30,
nos detuvo un banco de hielo sólido, que parecía sostenido por témpanos
encallados. La profundidad, tomada a cuatrocientos metros de distancia del
acantilado de la bahía, era de 245 metros. Ese día no fue posible avanzar más,
pero la observación del mediodía, que indicó que la posición era 76° 27' de
latitud S, 28° 51' de longitud O, mostró que habíamos avanzado ciento
veinticuatro millas hacia el suroeste durante las veinticuatro horas previas.
La tarde transcurrió con incidentes. Los témpanos a nuestro alrededor eran muy
grandes, algunos tenían más de sesenta metros de altura, y otros estaban
firmemente encallados y mostraban las marcas de la marea. Un témpano barrera
que se desplazaba hacia el noroeste parecía tener unos cuarenta kilómetros de
longitud. Hicimos que el barco avanzara contra un pequeño témpano ladeado, del
cual Wordie obtuvo varios trozos grandes de granito biotítico. Mientras
el Endurance avanzaba con lentitud contra el témpano, se oyó
un fuerte crujido y el geólogo debió subir a bordo a toda prisa. Los costados
de este témpano estaban muy bien definidos; ello se debía a la acción morrénica
del glaciar principal. Más tarde, ese día, el viento del este aumentó hasta
convertirse en un vendaval. Fragmentos de placas pasaban a la deriva a poco más
de dos millas por hora, y el bloque a sotavento comenzó a romperse con rapidez.
Un témpano bajo de poco calado chocó contra el bloque que se deshacía y, al
aplastarse contra dos témpanos encallados más grandes, los alejó del banco. Los
tres se apartaron juntos en forma atropellada. Nos resguardamos a sotavento de
un gran témpano encallado.
Una ventisca del ENE evitó que dejáramos el cobijo del témpano el día
siguiente, domingo 17 de enero. El tiempo estaba despejado, pero el vendaval
levantaba densas nubes de nieve del suelo y oscurecía la línea costera la mayor
parte del tiempo. «La tierra, vista cuando el tiempo está despejado, parece más
alta de lo que nos pareció ayer; es probable que tenga unos mil metros sobre la
cima del glaciar. La Costa de Caird, como la llamé, conecta la Tierra de Coats,
descubierta por Bruce en 1904, con la Tierra de Luitpold, descubierta por
Filchner en 1912. La parte norte es similar, en apariencia, a la Tierra de
Coats. Frente a ella hay una barrera ondulante, el frente de una poderosa
llanura de hielo que es empujada hacia afuera desde el alto interior del
continente antártico que, al parecer, está arrasando las colinas bajas, las
planicies y las aguas poco profundas como la gran capa de hielo ártico una vez
arrasó la Europa del norte. La superficie de la barrera, vista desde el mar, es
de un color marrón dorado casi imperceptible. Por lo general, termina en
acantilados que van desde tres a cien metros de altura, pero en algunos lugares
baja rápidamente al nivel de mar. Los acantilados son de un blanco cegador, con
hermosas sombras azules. Más hacia tierra adentro se pueden ver colinas más
altas, que aparecen como nubes de algodón de un azul pálido o un dorado apenas
perceptible. Estas lejanas colinas están más cerca y se ven con mayor claridad,
puesto que hemos llegado al sureste, mientras que los acantilados de la barrera
aquí son más altos y, al parecer, más firmes. Ahora nos encontramos cerca del
cruce con la Tierra de Luitpold. En este extremo sur de la Costa de Caird, la
capa de hielo, ondulando sobre la tierra oculta y aprisionada, hace estallar
una pronunciada colina en tremendos glaciares, erizados con cordones y agujas
de hielo y unidos por miles de grietas. A lo largo de toda la costa, no hemos
visto tierra ni rocas desnudas. Ni siquiera ha aparecido unnunatak [6] solitario
para aliviar la superficie de hielo y de nieve. Sin embargo, el barrido
ascendente de las colinas de hielo hacia el horizonte y los cordones, las
terrazas y las grietas que aparecen a medida que el hielo se acerca al mar,
hablan de las colinas y los valles que yacen debajo».
El Endurance estuvo al socaire del témpano hasta las 7:00 del
18 de enero. El vendaval se había moderado para entonces, y continuamos
navegando a vela hacia el suroeste por una vía que se había abierto a lo largo
del frente del glaciar. Bordeamos el glaciar hasta las 9:30, hasta que terminó
en dos bahías, abiertas hacia el noroeste, pero protegidas por témpanos
encallados hacia el oeste. La costa de más allá se extendía hacia el SSO con
una suave colina de tierra.
«El banco de hielo ahora nos obliga a ir catorce millas hacia el oeste, y nos
abrimos paso a través de una línea de pesados escombros con grandes trozos y
gruñones. Lo hacemos con la gavia del trinquete solamente, pues detuvimos los
motores para proteger la hélice. Esto nos conduce a aguas abiertas, donde
avanzamos veinticuatro millas al rumbo sur 50° O. Luego volvemos a encontrar un
banco que nos obliga a dirigirnos hacia el noroeste unas 10 millas, donde nos
detienen pesados trozos de hielo, escombros y bloques grandes y sueltos. La
apariencia del banco cambia. Las placas son muy gruesas y están cubiertas por
nieve profunda. Los escombros que se encuentran entre las placas son tan
gruesos y pesados que no podemos abrirnos camino sin un gran gasto de
combustible, y solo logramos hacerlo durante una corta distancia. Por
consiguiente, nos ponemos a la capa durante un tiempo para ver si el banco se
abre cuando este viento del noreste se detenga».
Nuestra posición la mañana del 19 era 76° 34' de latitud S, 31° 30' de longitud
O. El tiempo era bueno, pero no pudimos avanzar. El hielo había encerrado el
barco durante la noche y, desde cubierta, no se podía ver agua en ninguna
dirección. Se veían unas pocas vías desde lo alto del mástil. El sondeo dio 560
metros y encontramos barro, arena y guijarros. La tierra apenas se veía hacia
el este. Esperamos que las condiciones meteorológicas mejoraran, y los
científicos aprovecharon la oportunidad para dragar especímenes biológicos y
geológicos. Durante la noche, se levantó un viento fuerte del noreste y, al
verificar la posición del barco el día 20, se supo que este estaba sólidamente
bloqueado. El hielo formaba placas pesadas y firmes alrededor del Endurance en
toda dirección hasta donde llegaba la vista desde lo alto del mástil. No había
nada que hacer hasta que las condiciones cambiaran, y esperamos todo ese día y
los días siguientes con creciente ansiedad. El viento fuerte del ENE que nos
había obligado a protegernos detrás del témpano varado el día 16, luego había
virado hacia el noreste y continuó con diversa intensidad hasta el 22. Al
parecer, este viento había amontonado el hielo en la ensenada del mar de
Weddell, y la embarcación ahora iba a la deriva hacia el suroeste con las
placas que la habían encerrado. Un leve movimiento del hielo que rodeaba el
barco hizo que el timón se atascara de modo peligroso el día 21, y tuvimos que
cortar el hielo con cinceles, pesadas piezas de hierro con mangos de madera de
un metro y ochenta centímetros. Mantuvimos la presión de las calderas, listos
para movernos llegada la oportunidad, y las máquinas en avante toda ayudaron a
mantener el timón despejado. El día 22, se vislumbró tierra hacia el este y el
sur, a unas dieciséis millas de distancia. La helada tierra parecía estar
frente a acantilados de hielo en la mayoría de los lugares, pero, de vez en
cuando, las colinas descendían hasta el nivel del mar. Grandes áreas con
grietas en terrazas paralelas a la costa mostraban el lugar donde el hielo
descendía sobre el pie de las colinas. El hielo interior parecía, en su mayor
parte, ondulante, liso y fácil para caminar sobre él, pero es probable que
muchas grietas estuvieran escondidas de nuestra vista por la nieve de la
superficie o por la ausencia de sombras. Pensé que la tierra probablemente se elevaba
a una altura de mil quinientos metros, unos sesenta u ochenta kilómetros tierra
adentro. La estimación precisa de las alturas y las distancias en la Antártica
siempre resulta difícil, debido al aire despejado, la monotonía confusa del
colorido y el engañoso efecto del espejismo y la refracción. La tierra parecía
aumentar en altura hacia el sur, donde vimos una línea de tierra o una barrera
que debe de haber tenido unos cien kilómetros y que, posiblemente, estuviera
más lejos.
El domingo 24 de enero fue un día soleado y despejado, y soplaban brisas
débiles del este y del sur. No se podían ver aguas libres desde lo alto del
mástil, pero había un leve cielo de agua hacia el oeste y noroeste.
«Es la primera vez en diez días que el viento ha variado de noreste y este, y
en cinco de estos días ha aumentado hasta convertirse en un vendaval.
Evidentemente, el hielo ha formado sólidas placas en este punto, y debemos
esperar con paciencia hasta que se levante un vendaval del sur o las corrientes
abran el hielo. Nos movemos a la deriva con lentitud. La posición de hoy era
76° 49' de latitud S, 33° 51' de longitud O. Worsley y James, que trabajaban en
la placa con un magnetómetro Kew, encontraron que la variación era seis grados
al oeste».
Justo antes de medianoche, se hizo una grieta en el hielo de unos cinco metros
de ancho y de kilómetro y medio de largo, cincuenta metros delante de la
embarcación. Para las 10:00 del día 25, la grieta se había ensanchado hasta
alcanzar cuatrocientos metros, y durante tres horas intentamos forzar el barco
para que ingresara en esta abertura a toda velocidad y con todas las velas. El
único efecto fue desplazar algo de hielo a popa y despejar el timón, y tras
convencerme de que el barco estaba sujetado con firmeza, abandoné el intento.
Más tarde ese día, Crean y otros dos hombres estaban al costado del barco sobre
una guindola picando un gran trozo de hielo que se había metido debajo del
barco y parecía impedir el movimiento. El hielo se soltó de repente, salió
despedido hacia arriba, volvió a caer e inmovilizó a Crean entre la guindola y
el mango de una pesada pata de cabra de hierro de más de tres metros de largo.
Estuvo en peligro durante unos momentos, pero lo pudimos sacar, y solo tuvo
unos fuertes moratones. La pesada barra de hierro se había doblado en su
dirección, en un ángulo de cuarenta y cinco grados.
Los días siguientes transcurrieron sin mayores acontecimientos. Soplaron brisas
moderadas del este y suroeste que no tuvieron un efecto aparente en el hielo, y
el barco permaneció firmemente atrapado. El día 27, el décimo día de
inactividad, decidí apagar el fuego. Habíamos estado quemando media tonelada de
carbón diaria para mantener el vapor en las calderas, y como ahora las bodegas
tenían solo sesenta y siete toneladas, lo que representaba treinta y tres días
de vapor, no podíamos darnos el lujo de continuar con ese gasto de combustible.
Aún la tierra aparecía hacia el este y el sur cuando el horizonte estaba
despejado. El biólogo obtenía algunos especímenes interesantes con la draga de
mano a varias profundidades. Un sondeo realizado el día 26 arrojó 658 metros, y
otro realizado el día 29, 821 metros. La deriva era hacia occidente, y una
observación realizada el domingo 31 mostró que el barco había avanzado ocho
millas durante la semana. James y Hudson instalaron el radiotelégrafo con la
esperanza de oír el mensaje mensual de las Islas Falkland. Este debería
emitirse alrededor de las 3:20 de la mañana siguiente, pero James dudaba poder
oír algo con nuestro pequeño equipo a una distancia de mil seiscientas treinta
millas de la estación emisora. De hecho, no oímos nada, y los posteriores
intentos tampoco tuvieron éxito. Las condiciones deben de haber sido difíciles,
incluso para una estación de gran potencia.
Poco a poco, fuimos acumulando reservas de carne de foca durante estos días de
espera. Se necesitaba carne fresca para los perros, y los filetes y el hígado
de foca eran un cambio muy bienvenido respecto de las raciones que había a
bordo del Endurance. Cuatro focas cangrejeras y tres de Weddell,
más de una tonelada de carne para los perros y la tripulación, cayeron bajo el
fuego de nuestras armas el 2 de febrero, y todos los hombres estuvieron
ocupados gran parte del día en subir a bordo, por el duro hielo, los animales
muertos. Preparamos tres trineos para que los hombres tiraran y trajimos las
focas desde más de tres kilómetros de distancia; los grupos que iban con los
trineos eran guiados entre los lomos y las lagunas por medio de un semáforo
instalado en el nido de cuervo. Se avistaron otras dos focas en la parte
alejada de una gran laguna, pero no permití que las persiguieran. Parte del
hielo estaba en condiciones peligrosas y había finas películas que escondían
grietas y lagunas, por lo que no quise correr el riesgo de que hubiera un
accidente.
Una grieta de unos seis kilómetros de largo se abrió en la placa a popa del
barco el día 3. La delgada vía de enfrente aún estaba abierta, pero las brisas
muy débiles no parecían poder producir un movimiento útil en el hielo.
Temprano, la mañana del 5, se levantó un temporal del noreste, lo que provocó
que el cielo se cubriera y cayera nieve pesada. Pronto la placa se abrió y se
cerró, pero sin que se aflojara demasiado. Al mediodía, el barco sufrió una
sacudida repentina y se inclinó tres grados. Luego, inmediatamente, se abrió
una grieta desde la proa hacia el canal que había adelante y otra hacia el
canal que había a popa. Pensé que podría ser posible laborear el barco a través
de uno de estos canales hacia aguas libres, pero no podíamos ver agua a través
de la espesa nieve, y antes de que aumentáramos el vapor, y mientras la visión
aún estaba oscurecida, la placa volvió a cerrarse. El temporal del norte había
dado lugar a brisas muy débiles del oeste el día 6. La placa
parecía estar más sólida que nunca. Se extendía casi sin roturas hasta el
horizonte en toda dirección, y la situación se tornó más difícil a causa de las
temperaturas muy bajas de los días siguientes. La temperatura había descendido
a -17, 7°C la noche del 7 y llegó a -18, 8°C el 8. Esta fría temporada a
mediados del verano era muy desafortunada desde nuestro punto de vista, dado
que cementaba la placa, y el hielo aprisionaba aún más el barco. La lenta
deriva hacia el suroeste continuaba, y en ocasiones pudimos ver tierras altas
en el horizonte oriental. La posición el día 7 era 76° 57' de latitud S, 35° 7'
de longitud O. Los sondeos de los días 6 y 8 encontraron barro glacial a 1152 y
967 metros.
El día 9, el Endurance se encontró en una laguna cubierta de
hielo joven. Las placas sólidas habían aflojado su tensión sobre el barco
mismo, pero formaban un banco cerrado todo alrededor. El tiempo estaba brumoso.
Sentimos un leve oleaje del norte que se acercaba a través del hielo y el
movimiento nos dio esperanzas de que hubiera aguas libres cerca de nosotros. A
las 11:00, se abrió una larga grieta en el banco, de este a oeste, tan larga
como podíamos ver a través de la bruma, y ordené que se avivara el fuego con la
esperanza tic poder romper el hielo y abrirnos camino hasta ese canal. No
tuvimos éxito. Pudimos romper el hielo joven de la laguna, pero el banco nos
desafió. Volvimos a intentarlo en, un día despejado y bueno con cielo azul. La
temperatura aún era baja, -18, 8°C a medianoche. Después de pasar rompiendo
hielo joven, el Endurance se atascó en una placa blanda. Los
motores que funcionaban a toda velocidad a popa no produjeron ningún efecto
hasta que toda la tripulación se unió en el esfuerzo de hacer zafar el barco.
Las perreras que se encontraban en medio del navío hicieron que fuera necesario
que los hombres se reunieran en la popa, donde corrieron de lado a lado en
masa, en el limitado espacio que rodeaba el timón. Se trató de un momento
ridículo en que los hombres caían unos sobre otros entre risotadas sin que esto
tuviera mucho efecto en el barco. Este permaneció inmutable cuando todos los
hombres saltaron a la voz de mando, pero finalmente se deslizó hacia afuera
mientras los hombres saltaban con toda su fuerza. Ahora estábamos en posición
de sacar ventaja de cualquier abertura que pudiera aparecer. El hielo estaba
firme a nuestro alrededor, y como parecía haber pocas posibilidades de avanzar
ese día, hice llevar el vehículo a orugas para remolque a una placa a fin de
probar su funcionamiento. El motor funcionó muy bien y operó a unos diez
kilómetros por hora sobre capas y lomos de hielo cubiertos por medio metro de
nieve blanda. La superficie estaba peor de lo que se podría esperar en la
tierra o la barrera de hielo. El vehículo a orugas se enredó con un cable de acero
de casi un kilómetro de longitud y tuvo que ser embarcado nuevamente.
«Desde lo alto del mástil, el espejismo nos da, en forma constante, falsas
alarmas. Todo asume un aspecto de irrealidad. Los témpanos cuelgan boca abajo
en el cielo; la tierra parece estar formada por capas de nubes plateadas o
doradas. Los bancos de nubes parecen tierra, los témpanos se enmascaran como
islas onunataks, y es posible ver la lejana barrera que se encuentra
hacia el sur, aunque en realidad está fuera de nuestro campo visual. Lo peor de
todo es el engañoso aspecto de aguas libre, causado por la refracción de agua
distante o por el sol que brilla en ángulo sobre un campo de nieve lisa o sobre
la cara de los acantilados de hielo debajo del horizonte».
La segunda mitad de febrero no produjo un cambio importante en nuestra
situación. El 14, por la mañana temprano, ordené una buena carga de vapor a las
máquinas y envié a todos los hombres a la placa con cinceles para hielo,
punzones, sierras y piquetas. Trabajamos todo el día y gran parte del día
siguiente haciendo un extenuante esfuerzo para ubicar el barco en el canal de
adelante. Los hombres cortaron el hielo joven delante de la proa y lo pusieron
a un lado con gran esfuerzo. Después de trabajar afanosamente durante
veinticuatro horas, habíamos movido el barco un tercio de camino en dirección
del canal. Pero casi cuatrocientos metros de hielo pesado, incluido un viejo
bloque apilado, aún separaban elEndurance del agua y, reacio, tuve
que admitir que sería inútil seguir intentándolo. Cada abertura que hacíamos se
volvía a congelar rápidamente, debido a la baja temperatura impropia de la
estación. El hielo joven era elástico y evitaba que el barco le diera un golpe
fuerte a la placa y lo partiera, mientras que a la vez preservó al hielo más
viejo de cualquier movimiento. El abandono del ataque fue una gran desilusión
para todos los hombres. Habían trabajado largas horas sin pensar en un descanso
y merecían lograrlo. No obstante, la tarea superaba nuestra capacidad. No me
había abandonado la esperanza de liberarnos, pero ahora contaba con la
posibilidad de tener que pasar el invierno en los inhóspitos brazos de la
banquisa. El sol, que había estado sobre el horizonte durante dos meses, se
puso a medianoche el día 17 y, aunque no desaparecería hasta abril, sus rayos
oblicuos nos advertían que el invierno se acercaba. Ocasionalmente, aparecían
lagunas y canales, pero se congelaban con mucha rapidez.
Continuamos acumulando carne y grasa de foca, y las excursiones a través de las
placas para cazar estos animales y llevarlos al barco eran un buen ejercicio
para toda la tripulación. Las tres hembras cangrejeras que se cazaron el 21 no
estaban acompañadas por un macho, y se veía sangre alrededor del agujero de
donde habían salido arrastrándose. Sospechamos que el macho había caído presa
de una de las orcas. Estas agresivas criaturas con frecuencia se veían en las
vías y las lagunas, y siempre desconfiábamos de su capacidad o de su deseo de
discriminar entre una foca y un hombre. Una cabeza como la de un lagarto
aparecía cuando la orea miraba por encima de la placa con ojos malvados.
Entonces, la bestia se sumergía y volvía a aparecer unos momentos después,
quizá, por debajo de alguna desafortunada foca que reposaba sobre el hielo.
Worsley examinó un lugar donde una orca había abierto un agujero de dos metros
y medio por tres metros y medio en hielo duro de treinta centímetros, cubierto
por diez centímetros de nieve. Grandes bloques de hielo habían sido lanzados a
la superficie de la placa. Wordie, ocupado en medir el grosor del hielo joven,
un día se hundió hasta la cintura justo cuando una orca emergió para resoplar
en el canal adyacente. Sus compañeros lo levantaron rápidamente.
El día 22, el Endurance llegó al punto más meridional de su
deriva y alcanzó el paralelo de 77° de latitud sur, con una longitud de
35°oeste. El verano había terminado; de hecho, el verano apenas nos había
acompañado. Las temperaturas eran bajas noche y día, y la banquisa se estaba
congelando y solidificando alrededor del barco. El termómetro registró -23, 3°C
a las 2:00 del 22. Unas horas antes, habíamos visto una hermosa bruma dorada
hacia el sur, donde los rayos del sol que caía brillaban a través del vapor que
se elevaba desde el hielo. Todos los estándares normales de la perspectiva
desaparecían en esas condiciones, y los bajos cordones en el hielo, con la
bruma que había entre ellos, creaban la ilusión de un desierto con picos de
montañas, como el Oberland Bernés. Ahora no podía dudar de que el Endurance iba
a estar inmovilizado durante el invierno. La brisa débil del este, sur y
sureste no afectaba el endurecimiento de las placas. Las focas estaban
desapareciendo, y los pájaros nos abandonaban. La tierra se mostraba inmóvil
con buen tiempo en el horizonte distante, pero ahora estaba más allá de nuestro
alcance, y los lamentos por los refugios que habíamos dejado atrás eran vanos.
«Debemos esperar la primavera, que quizá nos traiga mejor suerte. Si hace un
mes hubiese adivinado que el hielo nos atraparía aquí, hubiese establecido
nuestra base en uno de los lugares de desembarco en el glaciar grande. No
obstante, no parecía haber razones en aquel momento para anticipar que el
destino sería cruel. Este tiempo calmo con frío intenso en un mes de verano es,
sin dudas, excepcional. Mi mayor preocupación es la deriva. ¿A dónde llevarán
el barco, los vientos y las corrientes vagabundas durante los largos meses de
invierno que nos esperan? Sin dudas, iremos hacia el oeste, pero ¿hasta dónde?
Y ¿será posible que el barco se libere de la banquisa a principios de la
primavera y llegue a la bahía de Vahsel o a algún otro lugar de desembarco
adecuado? Estas son preguntas transcendentales para nosotros».
El 24 de febrero, dejamos de cumplir con la rutina del barco, y elEndurance pasó
a ser una estación de invierno. Todos los hombres trabajaban durante el día y
dormían por la noche, salvo por un vigía que cuidaba los perros y estaba atento
a cualquier signo de movimiento en el hielo. Liberamos un espacio de tres por
seis metros alrededor del timón y la hélice, serruchando el hielo de sesenta
centímetros de grosor y levantando los bloques con un par de tenazas hechas por
el carpintero. Crean usó los bloques para hacer una casa de hielo para la perra
llamadaSally, que había contribuido con una pequeña camada de cachorros
a los efectivos de la expedición. De tanto en tanto aparecían focas, y
cazábamos todo lo que estuviera a nuestro alcance. Representaban combustible y
alimento para los hombres y los perros. Se impartieron órdenes para que se limpiara
la bodega de popa y se controlaran las provisiones, para saber con exactitud en
qué condiciones estábamos para el bloqueo de un invierno antártico. Los perros
salieron del barco al día siguiente. Las perreras se colocaron en la placa a lo
largo de una soga de alambre a las que se ataron las correas. Parecía que los
perros estaban muy contentos de dejar el barco y aullaban ruidosa y felizmente
mientras se los llevaba a ese nuevo lugar. Habíamos comenzado con el
entrenamiento de equipos, y ya había una fuerte rivalidad entre los conductores
de los trineos. Las placas planas y los canales congelados que se encontraban
alrededor del barco fueron excelentes campos de adiestramiento. Nuestro
principal pasatiempo eran el hockey y el fútbol sobre el
hielo, y todos los hombres participaban en los muchos y extenuantes partidos.
Worsley llevó a un equipo a una placa el día 26 y comenzó a formar una hilera
de iglúes y más iglúes para perros alrededor del barco. Estos pequeños edificios,
al modo de los esquimales, se construyeron con bloques de hielo, con delgadas
capas para los techos. Por todos lados, se colocaron tablones de madera o
pieles de foca congeladas; en la parte superior, se apiló nieve y se la
presionó para que sellara las juntas y luego se tiró agua sobre toda la
estructura para que todo quedara firme. Se apisonó el hielo en el interior
hasta que quedó liso y luego se cubrió de nieve para los perros que, sin
embargo, preferían dormir afuera, salvo cuando el tiempo estaba
extraordinariamente severo. Atar a los perros era fácil. Se enterraba el
extremo de una cadena en la nieve unos veinte centímetros, se presionaban
algunos fragmentos de hielo a su alrededor y se echaba un poco de agua. El
aliento gélido de la Antártica lo cementaba en unos pocos minutos. Sacrificamos
cuatro perros que habían estado enfermos. Algunos perros sufrían mucho por los
parásitos, y los remedios que teníamos a nuestra disposición,
desafortunadamente, no eran efectivos. A todos los perros que estaban en
condiciones se les hacía ejercitar en los trineos, y asumían la tarea con
entusiasmo. A veces, su avidez por salir y alejarse tenía resultados
irrisorios, pero los conductores aprendieron a estar alertas. El radiotelégrafo
aún estaba montado, pero en vano quisimos oír las señales del sábado por la
noche de la isla de Año Nuevo, pedidas para nuestro beneficio por el gobierno
argentino. El sábado 28, Hudson esperó, a las 2:00, las señales mensuales de
Puerto Stanley, pero no pudo oír nada. Era evidente que las distancias eran
demasiado grandes para nuestro pequeño equipo.
Marzo
comenzó con un fuerte vendaval del noreste. Durante la mañana del día 1,
cazamos cinco focas de Weddell y dos cangrejeras en la placa, y el viento, que
arrastraba nieve fina, se levantó mientras los grupos con trineos traían los
animales muertos. Los hombres debieron abandonar parte de la grasa y la carne
y, con dificultad, regresaron al barco, desplazándose sobre el hielo desigual
en las fauces de la tormenta. Este vendaval siguió hasta el día 3, y todos los
hombres estuvieron ocupados despejando la entrecubierta, que se convertiría en
sala de estar y en comedor para los oficiales y los científicos. En esta sala,
el carpintero construyó la cocina que había sido pensada para usar en la
barraca de tierra, y las dependencias se tomaron muy acogedoras. Los perros
parecían indiferentes a la ventisca. Emergían ocasionalmente de entre la nieve
que volaba y se sacudían y ladraban, pero estaban conformes la mayor parte del
tiempo, acurrucados como bolas compactas bajo la nieve. Uno de los perros
viejos, Saint, murió la noche del 2, y los médicos informaron que
la causa de su muerte había sido apendicitis.
Cuando el vendaval amainó, descubrimos que la banquisa había sido arrastrada
desde el noreste y ahora estaba más firmemente consolidada que antes. Un nuevo
témpano, probablemente de veinticinco kilómetros de largo, había aparecido en
el horizonte norte. Todos los témpanos dentro de nuestro círculo de visión se
habían vuelto objetos familiares, y a algunos les habíamos puesto nombre. Al
parecer, estaban todos a la deriva con la banquisa. El avistamiento de un nuevo
témpano era algo de un interés más que pasajero, puesto que, en ese mar
relativamente poco profundo, sería posible que un témpano grande se encallara.
Entonces, la isla de hielo sería un centro de tremenda presión y alteración en
medio de la banquisa a la deriva. Ya habíamos visto algo semejante al
devastador efecto de la lucha entre un témpano y una placa, y no deseábamos que
el inofensivoEndurance se viera involucrado en semejante batalla de
gigantes. Durante el 3, la carne y la grasa de foca fueron realmacenadas en
montículos alrededor del barco. Las masas congeladas se habían estado hundiendo
en la placa. El hielo, aunque duro y sólido al tacto, nunca es firme con
objetos pesados encima. Es probable que un objeto dejado en la placa durante
algún tiempo se hunda en la superficie del hielo. Luego, el agua salada se
colará, y el objeto se congelará dentro del cuerpo de la placa.
Después del vendaval, llegó el buen tiempo, y tuvimos una serie de parhelios.
Las temperaturas bajo cero prevalecieron, y el 6 se registró una temperatura de
-29,5° C. Hicimos colchones para los perros llenando bolsas con paja y basura,
y la mayoría de los animales estuvieron contentos de recibir esta comodidad en
sus perreras. Algunos de ellos habían sufrido cuando la nieve se derretía por
el calor de sus cuerpos y luego se volvía a congelar en forma de hielo. Los
miembros científicos de la expedición estaban todos ocupados para entonces. El
meteorólogo tenía su estación de registro, que constaba de un anemómetro, un
barógrafo y un termógrafo, instalados en la popa. El geólogo estaba
aprovechando lo que, para él, era una situación infeliz; pero no carecía de
materiales. Los guijarros encontrados al despiezar los pingüinos muchas veces
eran de considerable interés, y algunos fragmentos de roca eran rescatados del
lecho marino con el escandallo de la sonda y la red de arrastre. El 7, Wordie y
Worsley encontraron unos guijarros pequeños, un trozo de musgo, una concha de
bivalvo perfecta y un poco de polvo en un fragmento de témpano, y con orgullo
trajeron su tesoro al barco. Clark usaba la red de arrastre, con frecuencia, en
los canales y obtuvo buenas cantidades de plancton, con ocasionales especímenes
de mayor interés científico. No había muchas focas, pero nuestra reserva de
carne y de grasa crecía gradualmente. Todos comían carne de foca con gusto, y
no les habría importado depender de la carne enlatada del barco. Preferíamos la
foca cangrejera a la de Weddell, que es un animal muy perezoso. La cangrejera
parecía más limpia y sana. Las orcas seguían con nosotros. El 8 examinamos un
lugar donde el hielo había sido golpeado desde abajo, presumiblemente por una
gran ballena en busca de un lugar para respirar. La fuerza que había ejercido
era sorprendente. Trozos de hielo de un metro de espesor y que pesaban
toneladas habían sido arrojados hacia lo alto en una superficie circular de un
diámetro de unos ocho metros, y las grietas se irradiaban hacia fuera por más
de seis metros.
Las dependencias de la entrecubierta se terminaron para el 10, y los hombres
tomaron posesión de los cubículos que se habían construido. El cubículo más
grande albergaba a Macklin, McIlroy, Hurley y a Hussey, y fue llamado The
Billabong. Clark y Wordie vivían del otro lado, en un cubículo
llamado Auld Reekie. Luego estaba la vivienda deThe Nuts o
los ingenieros, seguidos de The Sailors Rest, habitado por Cheetham
y McNeish. The Anchorage yThe Fumarole estaban del
otro lado. Las nuevas dependencias recibieron el nombre de The Ritz,
y las comidas se servían allí en lugar de en la cámara de oficiales. El
desayuno era a las 9:00, el almuerzo a las 13:00, el té a las 16:00 y la cena a
las 18:00. Wild, Marston, Crean y Worsley se instalaron en cubículos en la
cámara de oficiales, y para mediados de mes, toda la tripulación estaba
dedicada a la rutina de invierno. Yo vivía solo apopa.
Worsley, Hurley y Wordie hicieron un viaje a un gran témpano, que nosotros
llamamos «La Muralla», el 11. La distancia era de doce kilómetros, y el grupo
cubrió una distancia total de unos veintisiete kilómetros. Hurley tomó algunas
fotos, y Wordie regresó alborozado con un poco de tierra y algo de musgo.
«Dentro de un radio de kilómetro y medio alrededor del témpano, hay hielo fino
y joven, lo suficientemente fuerte para caminar por él con cuidado», escribió
Worsley. «El área de presión peligrosa, respecto de un barco, no parece
extenderse más de cuatrocientos o quinientos metros del témpano. Aquí hay
grietas y un constante movimiento leve, que se vuelve excitante para el viajero
cuando siente un trozo de hielo que poco a poco se da vuelta debajo de sus
pies. Cerca del témpano, la presión hace toda clase de sonidos extraños. Oímos
un golpeteo como de martillo, gruñidos, gemidos y chirridos, tranvías
eléctricos pasando, pájaros cantando, teteras hirviendo ruidosamente y un
ocasional crujido como un gran trozo de hielo liberado de la presión, que de
pronto salta y se da la vuelta. Notamos todo tipo de efectos curiosos, tales
como enormes burbujas o bóvedas de hielo, de más de diez metros de ancho y un
metro y medio de alto. Grandes capas sinuosas de hielo liso como una tabla se
extendían en distintos sitios de la placa, y en un lugar contamos cinco de esas
capas, cada una de unos seis centímetros de espesor, imbricadas una debajo de
la otra. Parecen hechas de azúcar candi y son muy resbaladizas».
La posición del mediodía del 14 era 76° 54' latitud S, 36° 10' longitud O. La
tierra era apenas visible hacia el sureste, distante unos sesenta kilómetros.
Desde el barco podían verse algunos pequeños canales, pero el hielo era firme a
nuestro alrededor. La deriva del Endurance seguía en dirección
noroeste.
Hice disminuir la presión de las calderas el 15, y luego cesó el consumo de
cien kilogramos de carbón por día para evitar que las calderas se congelaran.
Las carboneras aún contenían 52 toneladas de carbón, y el consumo diario en las
cocinas era de alrededor de ciento veinticinco kilogramos. No quedaría mucho
carbón para el motor de vapor en la primavera, pero yo tenía previsto que este
durara utilizando grasa en su lugar. El 17, un vendaval moderado del noreste
trajo nieve fina y penetrante. El tiempo aclaró por la noche, y ante nuestros
ojos apareció un hermoso crepúsculo carmesí. Al mismo tiempo, los acantilados
de hielo de la tierra aparecieron en el cielo en un espejismo, con un claro
reflejo en las aguas abiertas, aunque la tierra misma no podía verse con
definición. El efecto se repitió de un modo exagerado el día siguiente, cuando
los acantilados de hielo se irguieron por encima del horizonte en líneas
paralelas dobles y triples, algunos invertidos. El espejismo se debía
probablemente a vías de aguas abiertas cerca de la tierra. El agua estaría unos
-1,1° más caliente que el aire y causaría que estratos más templados
ascendieran. Un sondeo dio 1108 metros, con un fondo de barro glacial. Seis
días después, el 24 la profundidad era de 766 metros. Estábamos derivando
constantemente, y el continuo movimiento, junto con la aparición de vías cerca
de la tierra, me convencieron de que debíamos quedarnos cerca del barco hasta
que este se liberara. Yo había considerado la posibilidad de desembarcar en el
hielo en la primavera, pero los peligros de semejante empresa serían demasiado
grandes.
El entrenamiento de los perros en equipos con trineos estaba progresando. Las
órdenes usadas por quienes los conducían eran Mush (vamos),Gee (derecha), Haw (izquierda)
y Whoa (alto). Estas son las palabras que adoptaron hace
tiempo los conductores canadienses, quienes las tomaron originalmente de
Inglaterra. Al principio, hubo muchas peleas hasta que los perros aprendieron
cuáles eran sus posiciones y sus tareas, pero con el correr de los días, los
conductores y los equipos se volvieron eficientes. Cada equipo tenía su líder,
y la eficiencia dependía, en gran medida, de la disposición y la capacidad de
este perro para castigar la rebeldía y la desobediencia. Aprendimos a no
interferir, a menos que las medidas disciplinarias amenazaran con tener un
final fatal. Los conductores podían sentarse en el trineo y avanzar sin prisa
si así lo querían. Pero las temperaturas bajo cero prevalecientes hacían que
nadie quisiera ir en el trineo, y los hombres en general preferían correr o
caminar junto a los equipos. Seguíamos perdiendo perros debido a la enfermedad
causada por parásitos en el estómago y el intestino.
Una de la tareas de estos días fue la de dragar en busca de especímenes a
diversas profundidades. La draga y varios cientos de metros de cable se
convertían en una pesada carga, que superaba la fuerza de los científicos, que
no tenían ayuda. El 2.3, por ejemplo, bajamos una draga de sesenta centímetros
y mil ciento ochenta y ocho metros de cable. La draga fue izada cuatro horas
después y trajo mucho barro glacial, varios guijarros y fragmentos de roca,
tres esponjas, algunas lombrices, braquiópodos y foraminíferos. El barro era
problemático. Era pesado de levantar y, puesto que se congelaba rápidamente al
ser llevado a la superficie, la recuperación de los especímenes incrustados en
él resultaba difícil. Una carga obtenida el 26 trajo un premio para el geólogo
en la forma de un trozo de piedra arenisca que pesaba treinta y cuatro
kilogramos, una pieza de piedra caliza fosilífera, un fragmento de esquisto
estriado, polvo de piedra arenisca y algunos guijarros. Levantar la draga a
mano fue un duro trabajo, y el 24 usamos el motor de tracción Girling, que
subió casi mil metros de línea en treinta minutos, incluidas las paradas. Una
parada se debió a que el agua había llegado a la rueda de fricción y se había
congelado. Fue un día o dos después de oír un fuerte grito desde la placa y
encontrar a Clark bailando y emitiendo gritos de guerra escoceses. Había
conseguido su primer espécimen completo de un pez antártico, al parecer una
nueva especie.
Los espejismos eran frecuentes. El 29 aparecieron a nuestro alrededor
barreras-acantilados, incluso en lugares donde sabíamos que había agua
profunda.
«Témpanos y placas suben violentamente hacia el cielo y adoptan las formas más
fantásticas y distorsionadas. Trepan, temblorosos, y se desparraman en extensas
hileras a diferentes niveles, luego se contraen y se desploman, y solo dejan un
incierto y vacilante borrón que viene y se va. Enseguida, el borrón se hincha y
crece, adoptando alguna forma hasta que presenta el reflejo invertido perfecto
de un témpano en el horizonte, su sombra revoloteando sobre la sustancia.
Aparecen más borrones en diferentes puntos del horizonte. Estos se dispersan en
largas hileras hasta que se encuentran, y nos vemos rodeados de líneas de
brillantes acantilados de nieve, bañados en sus bases por aguas de ilusión, en
las que parecen estar fielmente reflejados. Así, las sombras llegan y
desaparecen en silencio, y finalmente se derriten al tiempo que el sol cae en
el Oeste. Parecemos estar yendo a la deriva, impotentes, hacia un extraño mundo
de irrealidad. Es reconfortante sentir el barco debajo de nuestros pies y mirar
la conocida línea de las perreras y los iglúes en la sólida placa».
La placa no era tan sólida como parecía. En ocasiones, se nos recordaba que el
ambicioso mar estaba muy cerca, y que la placa solo era un amigo traicionero,
que podría abrirse de repente bajo nuestros pies. Hacia finales de mes, hice
que trajeran a bordo nuestras provisiones de carne y de grasa de foca. La
profundidad registrada mediante un sondeo el último día de marzo era de 468
metros. La continua pérdida de profundidad de 1.108 en una deriva de sesenta y
dos kilómetros rumbo norte z6° oeste en treinta días era interesante. El mar
perdía profundidad a medida que íbamos hacia el norte, ya fuera al este o al
oeste, y esto sugería que las curvas de nivel iban de este a oeste, más o
menos. Nuestra deriva total entre el 19 de enero, cuando el barco quedó
atrapado en el hielo, y el 31 de marzo, período de setenta y un días, había
sido de ciento cincuenta y dos kilómetros en una dirección norte 80° oeste. Los
témpanos a nuestro alrededor no habían cambiado sus posiciones relativas.
El sol se hundía cada vez más en el cielo, las temperaturas bajaban y elEndurance sentía
la fuerza de la gélida mano del invierno. Dos vendavales del noreste a
principios de abril contribuyeron a consolidar la banquisa. El hielo joven se
engrosaba rápidamente y, aunque en ocasiones se veían canales desde el barco,
cerca de nosotros no aparecía ninguna abertura de tamaño considerable.
Temprano, en la mañana del 1 de abril, intentamos escuchar nuevamente las
señales de radio de Puerto Stanley. La tripulación había atado tres ramilletes
de varas de seis metros a las galletas del mástil a fin de aumentar la
extensión de nuestras antenas, pero aun así no pudimos oír nada. Entonces hubo
que bajar los ramilletes de varas, puesto que descubrimos que el aparejo no
podía cargar con el peso acumulado de la escarcha. Los sondeos demostraron que
el mar seguía perdiendo profundidad, a medida que el Endurance derivaba
hacia el noroeste. La profundidad el 2 de abril era de 479 metros, con un fondo
de barro glacial. Cuatro semanas más tarde, un sondeo dio 314 metros. La
presencia de arenilla en las muestras del fondo hacia fines de mes sugirió que,
nuevamente, nos estábamos acercando a tierra.
El mes no transcurrió sin incidentes. Durante la noche del 3, oíamos el
rechinar del hielo hacia el este, y por la mañana, vimos que el hielo joven
estaba amontonado a una altura de entre dos y tres metros en ciertos lugares.
Este fue el primer murmullo del peligro que, en meses posteriores, alcanzaría
proporciones amenazadoras. Se oyó el hielo rechinar y crujir durante el 4, y el
barco vibró un poco. El movimiento de la placa fue lo bastante pronunciado para
interferir en el trabajo magnético. Di órdenes de despejar las acumulaciones de
nieve, hielo y basura junto alEndurance, para que, en caso de presión,
no hubiera peso contra las partes superiores que impidiera que el barco se
levantara por encima del hielo. Todos los hombres estuvieron ocupados con picos
y palas durante el día y movieron muchas toneladas de material. Nuevamente, el
9 hubo signos de presión. Hielo joven se había apilado hasta alcanzar una
altura de más de tres metros en la popa del barco, y la vieja placa se
resquebrajó en algunos sitios. El movimiento no fue grave, pero me di cuenta de
que podría ser el comienzo de un problema para la expedición. Trajimos algunas
provisiones a bordo e hicimos espacio en la cubierta para los perros en caso de
que tuvieran que abandonar la placa con poco tiempo. Habíamos colocado un cable
de acero de mil metros alrededor del barco, de las barracas que estaban en la
nieve y de las perreras, con un lazo hacia el canal que se encontraba delante,
donde se usaba la draga. Este cable estaba apoyado sobre pilares de hielo y
servía de guía durante el mal tiempo, cuando la nieve impedía ver, y un hombre
podría haberse perdido por completo. Hice cortar este cable en cinco lugares,
puesto que, de otra forma, podría haber sido arrastrado a través de nuestra
sección de la placa y causado daños en caso de que el hielo se partiera de
repente.
Los perros habían sido divididos en seis grupos de nueve perros cada uno. Wild,
Crean, Macklin, McIlroy, Marston y Hurley estaban cada uno a cargo de un grupo
y eran plenamente responsables de ejercitar, entrenar y alimentar a sus perros.
Llamaban a uno de los cirujanos cuando un animal estaba enfermo. Seguíamos
perdiendo algunos perros a causa de los parásitos, y era una desgracia que los
médicos no tuvieran los medicamentos apropiados. El instructor de perros
experto de Canadá que yo había contratado antes de zarpar hacia el Sur debió
haber suministrado polvos antiparasitarios, y cuando este hombre no se unió a
la expedición, el asunto se pasó por alto. Teníamos cincuenta y cuatro perros y
ocho cachorros a principios de abril, pero varios estaban enfermos, y el número
de perros adultos se redujo a cincuenta a finales de mes. Nuestras provisiones
de carne de foca ahora ascendían a unos dos mil doscientos kilogramos, y yo
calculé que teníamos suficiente carne y grasa para alimentar a los perros
durante noventa días sin tener que recurrir a las raciones para los viajes en
trineo. Los grupos estaban trabajando bien, muchas veces con cargas pesadas. El
perro más grande era Hércules, que pesaba cuarenta kilogramos.Samson pesaba
cinco kilogramos menos, pero un día justificó su nombre cuando comenzó a andar
a un ritmo ligero con un trineo que cargaba noventa kilogramos de grasa y a un
conductor.
Un nuevo témpano que nos daría motivos de preocupación apareció el 14. Era un
témpano grande, y notamos, al verlo en el horizonte noroeste, que tenía un
aspecto amonticulado y agrietado en el extremo este. Durante el día, este
témpano aumentó su evidente altitud y cambió en cierta medida su marcación. Era
claro que estaba varado y estaba manteniendo su posición contra la banquisa a
la deriva. Un sondeo realizado a las 11:00 arrojó 360 metros, con un fondo duro
y pedregoso o rocoso. Durante las siguientes veinticuatro horas, el Endurance se
desplazó constantemente hacia el agrietado témpano, que para entonces había
duplicado su altitud. Desde lo alto del mástil, podíamos ver que el banco se
estaba apilando y amontonando contra la masa de hielo, y era fácil imaginar
cuál sería el destino del barco si entraba en el área de alteración. Quedaría
aplastado como una cáscara de huevo entre las devastadoras masas.
Worsley estaba en el nido de cuervo la tarde del 15, mirando en busca de signos
de tierra hacia el oeste, e informó sobre un interesante fenómeno. El sol se
puso entre un resplandor de colores prismáticos sobre una línea de nubes justo
por encima del horizonte. Un minuto más tarde, Worsley vio un brillo dorado,
que se expandió cuando lo miraba, y enseguida el sol volvió a aparecer y la
mitad de su disco se elevó por encima del horizonte occidental. Llamó a Crean
que, desde una posición en la placa de casi treinta metros por debajo del nido
de cuervo, también vio al sol que había vuelto a salir. Un cuarto de hora más
tarde, desde la cubierta, Worsley vio el sol ponerse por segunda vez. Este
extraño fenómeno se debía a un espejismo o refracción. Lo atribuimos a una
grieta en el hielo hacia el oeste, donde la banda de aguas abiertas había
calentado el estrato de aire.
La deriva del banco no era constante, y durante los días siguientes, el témpano
agrietado avanzó y retrocedió alternativamente a medida que elEndurance se
desplazaba con la placa. El domingo 18 de abril, estaba solo a once kilómetros
de distancia del barco.
«Es un gran témpano, de alrededor de mil doscientos metros de largo del lado
que da hacia nosotros y, probablemente, de mucho más de sesenta metros de
altura. Está muy agrietado, como si hubiera sido un serac de un glaciar. Dos
simas especialmente anchas y profundas que lo cruzaban de sureste a noroeste le
dan la apariencia de haber roto su parte trasera en el banco. Enormes masas de
hielo bajo presión se apilan contra sus acantilados hasta alcanzar una altura
de unos veinte metros, lo cual muestra la formidable fuerza que ejerce sobre él
el banco a la deriva. El témpano debe de estar firmemente varado. Con
frecuencia, hacemos girar la flecha del medidor de corriente y observamos con
mucha atención dónde se detendrá. ¿Apuntará directamente al témpano, mostrando
que nuestra deriva es en esa dirección? Gira con lentitud. Apunta al extremo
noreste del témpano, luego cambia lentamente al centro y parece detenerse; pero
vuelve a moverse y gira veinte grados en dirección opuesta a nuestro enemigo,
al suroeste… Notamos que dos témpanos conocidos, “La Muralla” y “El Pico”, se
han alejado del barco. Es probable que también estén varados o sean arrastrados
por el banco».
Una fuerte deriva hacia el oeste durante la noche del 18 alivió nuestra
preocupación al llevar el Endurance a sotavento del témpano
agrietado, que pasó y se perdió de vista antes de finales de mes.
Nos despedimos del Sol el 1 de mayo e ingresamos en un período de crepúsculo al
que seguiría la oscuridad de pleno invierno. El sol, con la ayuda de la
refracción, se elevaba en el horizonte a mediodía y se ponía poco antes de las
14:00. Una bella aurora por la tarde era atenuada por la luna llena, que había
salido el 27 de abril y no volvería a ponerse hasta el 6 de mayo. La
desaparición del sol tiende a ser un acontecimiento deprimente en las regiones
polares, donde los largos meses de oscuridad suponen una tensión mental además
de física. Sin embargo, la compañía delEndurance se negó a
abandonar la jovialidad acostumbrada, y un concierto por la noche convirtió
al Ritz en una escena de ruidoso regocijo, en extraño
contraste con el mundo frío y silencioso del exterior.
«Uno siente su impotencia a medida que la larga noche de invierno se cierne
sobre nosotros. Para ese momento, si la fortuna hubiera sonreído a la
expedición, estaríamos cómoda y seguramente instalados en una base en la costa,
con depósitos instalados en el sur y planes hechos para la larga marcha que
habríamos de realizar en la primavera y el verano. ¿Dónde desembarcaremos
ahora? No es fácil pronosticar el futuro. El hielo puede abrirse en la
primavera, pero para entonces, estaremos lejos, hacia el noroeste. No creo que
podamos regresar a la bahía de Vahsel. Posiblemente haya lugares donde
desembarcar en la costa occidental del mar de Weddell, pero ¿podremos llegar a
algún sitio apropiado con suficiente tiempo para intentar el viaje por tierra
el año próximo? Solo el tiempo lo dirá. No creo que ningún miembro de la
expedición esté desalentado por nuestra desilusión. Todos están contentos y
ocupados, y darán todo de sí cuando llegue el momento de la acción. Mientras
tanto, debemos esperar».
La posición del barco el domingo 2 de mayo era 75° 23' latitud S, 42° 14'
longitud O. La temperatura a mediodía era de -20,5° C, y el cielo estaba
cubierto. Vimos una foca desde lo alto del mástil a la hora del almuerzo, y
cinco hombres con dos grupos de perros salieron en busca de su trofeo. Tuvieron
un incómodo viaje cuando salieron, por la luz débil y difusa que no proyectaba
sombras y, por lo tanto, no advertía de las irregularidades en la superficie
blanca. Es una extraña sensación estar corriendo sobre nieve aparentemente
suave y caer de pronto en un hueco invisible o chocarse contra un cordón de
hielo.
«Después de haber avanzado casi cinco kilómetros hacia el Este», escribió
Worsley al describir la caza de la foca, «recorremos el lugar y no encontramos
nada hasta que, en un montículo, creo ver algo aparentemente a kilómetro y
medio de distancia, pero es probable que sea un poco más de la mitad de esa
distancia. Corrí hacia allí, encontré la foca y con un grito llamé a los demás
de inmediato. Se trataba de una foca de Weddell grande, de casi tres metros de
largo y con un peso de unos cuatrocientos kilogramos. Pero Soldier,
uno de los líderes del grupo, se abalanzó a su cuello sin dudarlo un momento, y
tuvimos que alejar a los perros antes de poder disparar a la foca. Obtuvimos
unos veinte litros de sangre en una lata para los perros y permitimos al grupo
beber un poco de la sangre fresca de la foca. Durante nuestro regreso, la luz
estaba más débil que nunca, y volvimos de noche. Sir Ernest nos recibió con un
farol y nos guio hasta el canal a popa y, de ahí, hasta el barco».
Esta fue la primera foca que cazábamos desde el 19 de marzo, y la carne y la
grasa acrecentaron de buena gana las provisiones.
El 3 de mayo aparecieron tres pingüinos emperador en un canal al oeste del
barco. Asomaron la cabeza a través del hielo joven mientras dos de los hombres
estaban de pie junto al canal. Los hombres imitaron la llamada de los pingüinos
y se alejaron del canal lentamente. Las aves, una tras otra, dieron un
magnífico salto de un metro desde el agua hasta el hielo joven. De allí, se
lanzaron como en un tobogán hasta la orilla y siguieron a los hombres que se
alejaban del canal. Su retirada pronto se vio interrumpida por una línea de
hombres.
«Nos acercamos a ellos, hablando en voz alta y asumiendo un aspecto amenazador.
A pesar de nuestros malos modales, los tres pájaros giran hacia nosotros y se
inclinan ceremoniosamente. Luego, después de una mayor inspección, llegan a la
conclusión de que somos amistades no deseadas y se alejan por la placa. Los
alcanzamos y, finalmente, los arreamos cerca del barco, donde los frenéticos
ladridos de los perros los aterrorizan tanto que hacen un decidido esfuerzo por
atravesar la línea. Los atrapamos. Un pájaro de semblante filosófico se va en
silencio, con una aleta hacia delante. Los otros se muestran belicosos, pero
todos terminan encerrados en un iglú durante la noche… Por la tarde, vemos
cinco pingüinos emperador en el canal occidental y capturamos uno. Kerr y
Cheetham luchan con valentía con dos pájaros grandes. Kerr se abalanza contra
uno, lo captura y enseguida es derribado por el pingüino enfurecido, que le
salta sobre el pecho antes de retirarse. Cheetham va en ayuda de Kerr, y entre
los dos atrapan otro pingüino, le atan el pico y lo llevan, profiriendo
protestas ahogadas, al barco, como si fuera un hombre ebrio entre dos policías.
Pesa cuarenta kilogramos, o dos menos que el emperador más pesado capturado
previamente. Kerr y Cheetham insisten en que no es nada al lado del enorme
ejemplar que se les escapó».
El estómago de este pingüino estaba lleno de peces recién atrapados de hasta
veinticinco centímetros de largo. Algunos de ellos eran de la variedad de la
costa o del litoral. Otros dos pingüinos emperador fueron capturados al día
siguiente y, mientras Wordie estaba conduciendo uno de ellos hacia el barco,
Wild llegó con su grupo. Los perros, por un momento incontrolables, se
abalanzaron, frenéticos, sobre el pájaro, y casi estaban sobre él cuando su
arnés se enganchó en un poste de hielo que habían intentado pasar por ambos
lados a la vez. El resultado fue un furioso enredo de perros, riendas y
hombres, y un trineo volcado, mientras el pingüino, a tres metros, observaba
tan campante e indiferente los disturbios. Nunca había visto nada parecido y no
tenía idea de que el extraño desorden podía tener que ver con él. Cerca del
barco se habían abierto varias grietas, y los pingüinos emperador, gordos y de
plumaje brillante, aparecían en número considerable. Capturamos nueve de ellos
el 6 de mayo, un aumento importante a nuestra provisión de comida fresca.
El sol, que había hecho «positivamente su última aparición» hacía siete días,
nos sorprendió levantando más de la mitad de su disco por encima del horizonte
el 8 de mayo. Un destello en el horizonte norte se convirtió en el sol a las
11:00 de aquel día. Un cuarto de hora más tarde, el poco razonable visitante
volvió a desaparecer y solo volvió a salir a las 11:40 se puso a las 13:00,
salió a las 13:10 y se puso rezagadamente a las 13:20. Estos curiosos fenómenos
se debían a la refracción, que era de 2° 37 a las 13:20. La temperatura era de
-26° C, y calculamos que la refracción era 2° por encima de lo normal. En otras
palabras, el sol era visible doscientos kilómetros más al sur de lo que
indicaban las tablas de refracción. El oficial de navegación naturalmente
estaba contrariado. Había informado a la tripulación, el 1 de mayo, que no
volverían a ver el sol por setenta días, y ahora tuvo que aguantar los abucheos
de amigos que fingieron creer que sus observaciones eran imprecisas por unos
pocos grados.
El Endurance estaba derivando hacia el NNE bajo la influencia
de una sucesión de brisas del oeste y del suroeste. La proa del barco, al mismo
tiempo, se balanceaba gradualmente hacia la izquierda, lo cual indicaba que la
placa en donde estaba atrapado estaba girando. Durante la noche del 14 hubo un
balanceo muy pronunciado, y cuando llegó la luz del día a mediodía del 15,
vimos un gran canal que iba del horizonte noroeste hacia el barco, hasta que
daba con el canal oeste, hacía un círculo por delante del barco y, luego,
continuaba hacia el SSE. Un canal a popa se conectaba con el nuevo canal a cada
lado del Endurance y separaba, así, por completo, nuestra
placa del cuerpo principal de la banquisa. Durante el 16, sopló una ventisca
del sureste. A las 13:00, la ventisca se calmó durante chico minutos; luego, la
dirección del viento viró rápidamente hacia el cuadrante opuesto, y el
barómetro se elevó de repente. El centro de un movimiento ciclónico había
pasado sobre nosotros, y la brújula registró un balanceo extraordinariamente
rápido de la placa. No pude ver nada a través de la niebla y la nieve, y pensé
que era posible que una tormenta magnética o una zona de atracción magnética
local hubiera causado que la brújula, y no la placa, oscilara. Nuestra placa
ahora tenía unos cuatro kilómetros de largo de norte a sur y casi cinco
kilómetros de ancho de este a oeste.
Todo mayo transcurrió sin mayores incidentes. Hurley, nuestro hombre para todo,
instaló nuestra pequeña planta de energía eléctrica y colocó luces para uso
ocasional en el observatorio, la estación meteorológica y diversos otros
puntos. No podíamos darnos el lujo de usar las lámparas eléctricas libremente.
Hurley también instaló dos luces potentes en postes que se proyectaban desde el
barco hacia babor y estribor. Estas lámparas iluminarían bien los iglúes para
perros en los días más oscuros de invierno y serían inapreciables en caso de
que la placa se rompiera durante esos sombríos días. Nos queríamos imaginar lo
que significaría subir a bordo a cincuenta perros sin luces mientras la placa
se rompía y se amontonaba bajo nuestros pies. El 24 de mayo, Día del Imperio,
lo celebramos con canciones patrióticas en el Ritz, donde todos los
hombres nos reunimos para desear una pronta victoria a las divisiones
británicas. No podíamos saber cómo estaba progresando la guerra, pero
esperábamos que los alemanes ya hubieran sido echados de Francia y que los
ejércitos rusos hubieran sellado el éxito de los Aliados. La guerra era un tema
constante de discusión a bordo del Endurance, y muchas campañas se
pelearon en el mapa durante los largos meses de deriva. La luna, hacia fines de
mayo, barría continuamente nuestro cielo iluminado por las estrellas en grandes
y elevados círculos. El tiempo en general era bastante bueno, con constantes
temperaturas bajo cero. La bitácora del 17 de mayo registró:
«Tiempo brillantemente bueno y claro con una resplandeciente luz de luna en
todo momento. Los rayos de la luna son maravillosos y fuertes y hacen que la
medianoche esté tan iluminada como un mediodía normal nublado en climas templados.
Es probable que la gran claridad de la atmósfera justifique que tengamos ocho
horas de crepúsculo con un hermoso y suave resplandor dorado hacia el norte. En
lo alto, se puede encontrar un poco de escarcha y de hielo acristalado. La
temperatura es de -2.8, 8° C. Se ven algunas volutas de nubes cirros y, en una
o dos direcciones, aparece un poco de niebla helada, pero las grietas y los
canales cerca del barco parecen haberse vuelto a congelar».
Crean había empezado a llevar los cachorros a correr, era muy divertido verlos
con su agitado trote tratar de mantenerse uno al lado del otro junto al trineo
y, en ocasiones, aguzar la vista con una mirada suplicante con la esperanza de
ser subidos a él para un paseo. Además de a su padre adoptivo, Crean, los cachorros
habían adoptado a Amundsen. Lo tiranizaban con crueldad. Era muy
común verlo a él, el perro más grande de la jauría, sentado afuera, en medio
del frío, con un aire de filosófica resignación, mientras que un corpulento
cachorro ocupaba la entrada de su iglú. El intruso en general era el
cachorro Nelson, que solo mostraba sus patas delanteras y su cara,
y casi siempre estaban tambiénNelly, Roger y Toby enroscados
cómodamente detrás de él.
A la hora de recibir el hoosh [7] . Crean
tenía que vigilar al lado de la comida de Amundsen, puesto que, de
otra manera, los cachorros se comían la ración del gran perro mientras él
retrocedía para darles vía libre. En ocasiones, su conciencia los golpeaba
duramente y, entonces, arrastraban la cabeza de una foca, medio pingüino o un
gran trozo de carne o grasa congelada a la perrera deAmundsen para
desgarrarlos. Era interesante observar al gran perro jugar con ellos,
atraparlos por la garganta o el cuello en lo que parecía una forma feroz,
mientras que, en realidad, era muy delicado con ellos, y todo el tiempo les
enseñaba a defender lo propio en el mundo y todos los trucos de la vida canina.
La deriva del Endurance atrapado por la banquisa continuó sin
incidentes de importancia durante junio. En ocasiones, se informaba que había
presión, pero el hielo en los alrededores inmediatos del barco permanecía
firme. La luz ahora era muy mala, excepto en el período en que la amistosa luna
estaba por encima del horizonte. Un débil crepúsculo alrededor del mediodía de
cada día nos recordaba la presencia del sol y nos ayudaba en el importante
trabajo de ejercitar a los perros. El cuidado de los grupos era nuestra mayor
responsabilidad aquellos días. El movimiento de las placas estaba más allá de
todo control humano, y no se ganaba nada dejando que la mente luchara con los
problemas del futuro, aunque por momentos era difícil evitar la ansiedad. El
acondicionamiento y el entrenamiento de los perros parecía esencial, cualquiera
que fuera nuestro destino, y los grupos eran sacados por sus conductores cada
vez que el tiempo lo permitía. Surgieron rivalidades, como era de esperarse, y
el 15 del mes tuvo lugar una gran carrera, el «Derby Antártico». Fue un evento
notable. Las apuestas habían sido fuertes, y toda la tripulación a bordo del
barco se arriesgó a ganar o perder según el resultado de la contienda. Se había
apostado algún dinero, pero las apuestas que más entusiasmaban eran las que
incluían provisiones de chocolate y cigarrillos. El recorrido se había
establecido desde el paso Khyber, en el extremo este del viejo canal que se
extendía frente al barco, hasta un punto alejado del botalón del bauprés, una
distancia de seiscientos cuarenta metros. Cinco grupos salieron en el oscuro
crepúsculo de mediodía con temperaturas bajo cero y una aurora que brillaba en
forma intermitente hacia el sur. La señal de salida sería dada por el destello
de una luz en la estación meteorológica. Yo fui nombrado juez de salida,
Worsley era el juez y James era el cronometrador. El contramaestre, con un
sombrero de paja añadido a su atuendo antártico usual, se subió a una caja
cerca de la meta y fue asistido por un par de dudosos personajes para gritar
los puntos de ventaja, que eran exhibidos en una pizarra colgada de su cuello:
«6 a 4 para Wild, doble apuesta para Crean, 2 a 1 contra Hurley, 6 a 1 contra
Macklin y 8 a 1 contra McIlroy». Pañuelos de lona ondeaban desde una
improvisada tribuna, y los cachorros, que nunca antes habían visto
acontecimientos tan extraños, permanecían sentados y aullaban excitados. Los
espectadores no podían ver a lo lejos con la débil luz, pero oían los gritos de
los conductores cuando los grupos se acercaban y vitorearon la victoria de los
favoritos con un rugido de alegría que debió sonar, sin duda, extraño para
alguna foca o pingüino que estuviera cerca. El tiempo de Wild fue de dos
minutos y dieciséis segundos, a una velocidad de 16,90 kilómetros por hora para
el trayecto.
Celebramos el solsticio de invierno el 22. El crepúsculo se extendió por un período
de unas seis horas aquel día, y hubo buena luz de luna a mediodía y también un
resplandor del norte con volutas de hermosas nubes rosadas a lo largo del
horizonte. Un sondeo dio 479 metros con fondo de barro. No había tierra a la
vista desde lo alto del mástil, aunque nuestro rango de visión probablemente se
extendía un grado completo hacia el oeste. El día era considerado festivo, solo
se realizaba el trabajo necesario y, después de la mejor cena que el cocinero
pudo ofrecer, la tripulación se reunió en elRitz, donde discursos,
canciones y brindis ocuparon la noche. Después de cenar, a medianoche
cantamos Dios salve al Reyy nos deseamos éxito en los días de sol y
esfuerzo que nos esperaban. A esta altura, el Endurance estaba
derivando en forma inusualmente rápida hacia el norte bajo la influencia de una
brisa fresca del sur al suroeste. Viajamos sesenta y dos kilómetros hacia el
norte en cinco días antes de una brisa que solo una vez alcanzó la fuerza de un
vendaval y durante menos de una hora. La ausencia de fuertes vientos, en
comparación con las casi incesantes ventiscas de invierno del mar de Ross, fue
una característica del mar de Weddell que se me quedó grabada durante los meses
de invierno.
Unos días después del «Derby», hubo otra carrera. Los dos mejores grupos,
conducidos por Hurley y Wild, se unieron en una carrera desde el paso Khyber.
El grupo de Wild, que tiraba de cuatrocientos trece kilogramos, o cincuenta y
nueve kilogramos por perro, cubrió los seiscientos cuarenta metros en dos
minutos y nueve segundos, a una velocidad de 16,25 kilómetros por hora. El
grupo de Hurley, con la misma carga, recorrió la distancia en dos minutos y
dieciséis segundos. El juez adjudicó la carrera a Hurley, debido a que Wild no
tenía el «peso» correcto. Resulta que yo era parte de la carga de su trineo, y
un patinazo en un montón de nieve nueva a menos de cincuenta metros de la meta
hizo que yo terminara en la nieve. Para hacer justicia a los perros, debería
decirse que este accidente, si bien justificó la descalificación, no podría
haber marcado ninguna diferencia fundamental en el tiempo.
La cercanía del sol que regresaba fue indicada por los hermosos resplandores
del amanecer que se vieron en el horizonte los primeros días de julio. El 10
tuvimos nueve horas de crepúsculo, y el cielo septentrional, cerca del
horizonte, estuvo teñido de un color dorado durante unas siete horas. Numerosas
grietas y canales se extendían en todas las direcciones hasta una distancia de
casi trescientos metros del barco. Unas finas y oscilantes líneas negras cerca
del horizonte septentrional eran probablemente canales lejanos refractados en
el cielo. En ocasiones, llegaban a nuestros oídos sonidos de moderada presión,
pero el barco no estaba comprometido. A la medianoche del 11, se abrió
rápidamente una grieta en el canal delante del Endurance y,
para las 2:00, tenía cerca de doscientos metros de ancho en algunos lugares con
una superficie de aguas abiertas hacia el suroeste. Se oían ruidos de presión a
lo largo de este canal, que enseguida se cerró hasta tener un ancho de unos
treinta metros, y luego se congeló otra vez. La temperatura en ese momento era
de -30,5°C.
La ventisca más severa que habíamos experimentado en el mar de Weddell azotó
el Endurance la noche del 13, y para la hora del desayuno, la
mañana siguiente, las perreras de barlovento, o parte sur del barco, quedaron
sepultadas bajo un metro y medio de nieve acumulada. Di órdenes de que ningún
hombre se aventurara más allá de las perreras. El barco era invisible a una
distancia de cincuenta metros, y era imposible preservar el sentido de la
dirección en medio de un viento furioso y una nevisca sofocante. Caminar contra
el vendaval estaba fuera de toda cuestión. El rostro y los ojos se llenaban de
nieve en menos de dos minutos, y el castigo por intentarlo habría sido sufrir
congelaciones. Los perros permanecieron en sus perreras durante la mayor parte
del tiempo, y los «viejos» ocasionalmente sacaban una pata a fin de mantener
abierto un agujero por donde respirar. Por la noche, el vendaval había
alcanzado una fuerza de cien o ciento diez kilómetros por hora, y el barco se
estremecía bajo el embate. Pero nosotros permanecimos cómodos en nuestras
dependencias a bordo hasta la mañana del 14, cuando los hombres se dedicaron a
despejar la nieve de la cubierta y de las perreras. El viento seguía soplando
fuerte y penetrante, con una temperatura de alrededor de -34, 4°C, y era
necesario que estuviéramos en guardia contra la congelación. Contra la proa y a
babor, había apiladas por lo menos cien toneladas de nieve, donde el peso de
los sedimentos había inclinado la placa hacia abajo. El canal que había
adelante se había abierto durante la noche, rajó el banco de norte a sur y se
volvió a congelar, lo cual agregó casi trescientos metros a la distancia entre
el barco y el paso Khyber. Para la hora del almuerzo, el grupo de auxilio había
completado su trabajo. El vendaval estaba amainando, y la luna de tres días
apareció como una medialuna roja en el horizonte septentrional. La temperatura durante
la ventisca había oscilado entre -19,4°C y -36,3°C. Es común que la temperatura
suba durante una ventisca, y la incapacidad de producir algún efecto de
viento John de esta naturaleza sugirió la ausencia de tierra
alta durante por lo menos trescientos kilómetros al sur y al suroeste. El
tiempo no aclaró hasta el 16. Entonces vimos que el aspecto de la banquisa que
nos rodeaba había sido alterado por completo a causa de la ventisca. La placa
«isla» que atrapaba al Endurance aún seguía firme, pero se podían
ver grietas y masas de hielo levantadas por la presión en todas las
direcciones. Un área de aguas abiertas se veía en el horizonte hacia el norte,
con un indicio de agua visible en el cielo septentrional.
La presión del hielo, indicada por estruendos lejanos y la aparición de
formidables cordones de hielo, causaba cada vez más preocupación. Las áreas de
disturbios se estaban acercando gradualmente al barco. Durante el 21 de julio
soportamos el rechinamiento y el choque de placas en movimiento hacia el
suroeste y el oeste, y vimos que se abrían grietas que se movían y se cerraban
más adelante.
«El hielo se está amontonando hasta alcanzar una altura de entre tres y cinco
metros en algunos lugares, las placas opuestas se mueven unas contra otras a
razón de unos ciento ochenta metros por hora. El ruido parece el rugido del mar
revuelto y distante. De pie en el agitado hielo, uno puede imaginar que lo
perturban la respiración y los movimientos de un poderoso gigante debajo de
él».
A primera hora de la tarde del 22, una grieta de sesenta centímetros que iba de
suroeste a noreste a lo largo de unos tres kilómetros, se aproximó a unos
treinta metros de la aleta de babor. Yo había mandado traer a bordo los trineos
y había establecido una guardia especial en caso de que fuera necesario sacar
los perros de la placa a toda prisa. Esta grieta fue el resultado de una pesada
presión a doscientos ochenta metros sobre la proa a babor, donde enormes
bloques de hielo se apilaban en salvaje y amenazadora confusión. La presión a
esa altura era enorme. Bloques que pesaban muchas toneladas fueron levantados
cinco metros sobre el nivel de la placa. Dispuse dividir las guardias nocturnas
con Worsley y Wild, y ninguno de nosotros descansó mucho. El barco fue
estremecido por pesados golpes, y debíamos estar alertas para asegurarnos de
que ningún perro se hubiera caído en las grietas. La luz matinal mostró que
nuestra isla se había reducido en forma considerable durante la noche. Nuestros
largos meses de descanso y de seguridad parecían llegar a su fin, y había
empezado un período de tensión.
Durante el día siguiente hice llevar una reserva de provisiones de los trineos,
aceite, fósforos y otros productos esenciales, a la cubierta superior para que
estuvieran cerca del bote ubicado en la aleta de estribor en caso de una
emergencia repentina. El hielo no dejaba de rechinar y de moverse hacia el sur,
y por la noche aparecieron algunas grietas grandes en la aleta de babor,
mientras que se abrió una grieta de catorce metros al costado. La ventisca
parecía estar empujando fuertemente el hielo hacia el norte, y los vientos del
SOE y del OSO que predominaron dos de tres días mantuvieron la deriva. Yo
esperaba que esto continuara sin detenerse, puesto que nuestra posibilidad de
salir de la banquisa a comienzos de la primavera parecía depender de que
pudiéramos dirigirnos hacia el norte. Los sondeos en esos momentos arrojaron
profundidades de entre 340 y 347 metros, con un fondo de barro glacial. No
había tierra a la vista. La luz estaba mejorando. Durante el 25, se oyó y se
observó mucha presión del hielo en todas direcciones, y gran parte de ella era
cerca de la aleta de babor del barco. En la proa de estribor enormes bloques de
hielo, que pesaban muchas toneladas y de un metro y medio de espesor, eran
empujados sobre la vieja placa hasta una altura de entre cuatro y seis metros.
La placa que aprisionaba el Endurance se había balanceado
hacia delante y atrás por la presión durante el día, pero antes de la
medianoche, volvió a su antiguo rumbo.
«El hielo que se ve a kilómetros a nuestro alrededor está mucho más flojo. Hay
numerosas grietas y canales cortos hacia el noreste y el sureste. Los cordones
de hielo son empujados hacia arriba en todas direcciones, y hay un cielo de
agua hacia el sureste. Sería un alivio poder hacer un esfuerzo por nuestra
cuenta; pero no podemos hacer nada hasta que el hielo libere el barco. Si las
placas siguen aflojándose, tal vez podamos salir dentro de las próximas semanas
y reanudar la lucha. Mientras tanto, la presión sigue estando, y es difícil
pronosticar el desenlace. Justo antes del mediodía de hoy, 26 de julio, la
parte superior del sol apareció por refracción durante un minuto, setenta y
nueve días después de nuestro último ocaso. Algunos minutos antes, una pequeña
parte del sol había aparecido en una de las rayas negras por encima del
horizonte. Los hombres se alegraron por el indicio de que el final de la
oscuridad invernal estaba cerca… Clark opina que, con el regreso de la luz del
día, las diatomeas están volviendo a aparecer. Sus redes y su línea están
teñidas de un pálido amarillo, y la mayor parte del hielo recién formado
también tiene un débil tinte castaño o amarillo. Las diatomeas no pueden
multiplicarse sin luz, y el hielo formado desde febrero puede distinguirse en
los cordones de hielo de presión por su color azul claro. Las masas más viejas
de hielo tienen un color marrón tierra oscuro, amarillo opaco o marrón rojizo».
La rotura de nuestra placa ocurrió, de pronto, el domingo 1 de agosto, justo un
año después de que el Endurance zarpara del muelle South-West
India en su viaje al lejano Sur. La posición era 71°26' latitud S, 48° 10'
longitud O. La mañana trajo un moderado vendaval del suroeste con copiosa nieve
y, a las 8:00, después de algunos movimientos de advertencia del hielo, la
placa se rajó treinta y seis metros frente a la proa de estribor. Dos horas más
tarde, el bandejón comenzó a romperse a nuestro alrededor bajo la presión, y el
barco se inclinó más de 10 grados a estribor. Hice que los perros y los trineos
fueran subidos a bordo de inmediato y levanté la pasarela. Los animales se
comportaron bien. Subieron a bordo nerviosos, como si se dieran cuenta del
peligro, y fueron llevados a sus perreras en la cubierta sin que ocurriera una
sola pelea. La presión estaba rajando la placa con rapidez, la amontonaba cerca
del barco y empujaba masas de hielo debajo de la quilla. Enseguida, elEndurance se
inclinó en gran medida hacia babor contra el vendaval y, al mismo tiempo, era
empujado hacia delante, hacia atrás y a los costados varias veces por las
crujientes placas. Recibió uno o dos pellizcos fuertes, pero los resistió sin
siquiera un chirrido. Por un momento, parecía que el barco iba a convertirse en
un juguete del hielo, y yo sentí alivio cuando se detuvo con un gran trozo de
nuestro viejo «muelle» debajo de la sentina de estribor. Hice que despejaran
los botes y los alistaran para bajar, ordené que se subieran algunas
provisiones adicionales y establecí una doble guardia. La tripulación fue advertida
para que estuviera preparada, durmiera lo que pudiera y tuviera a mano la ropa
más abrigada que encontrara. A nuestro alrededor, yacían las ruinas de la
«Ciudad de los Perros» entre los restos de cordones de hielo de presión.
Algunas de las pequeñas viviendas habían sido aplastadas debajo de bloques de
hielo; otras habían sido tragadas y pulverizadas cuando el hielo se abrió
debajo de ellas y volvió a cerrarse. Era una triste imagen, pero mi mayor
preocupación en ese momento era la seguridad del timón, que era atacado
repetidamente por el hielo. Logramos empujar con un palo un gran trozo que se
había atascado entre el timón y el codaste, pero pude ver que había causado
daño, aunque no fue posible realizar un examen minucioso aquel día.
Una vez que el barco se detuvo en su nueva posición, se sintió una presión muy
fuerte. Algunas de las cabillas se torcieron, y las vigas se doblaron levemente
bajo las terribles tensiones. Sin embargo, el Endurance había
sido construido para soportar los ataques del hielo y se levantaba con valentía
cuando las placas se metían debajo de él. Los efectos de la presión a nuestro
alrededor eran abrumadores. Enormes bloques de hielo, apresados entre placas
que chocaban entre sí, se levantaban lentamente hasta que saltaban como carozos
de cerezas apretadas entre dos dedos. La presión de millones de toneladas de
hielo en movimiento causaba un daño y una destrucción inexorables. Si el barco
era apresado una vez con firmeza, su destino estaría sellado.
El vendaval del suroeste sopló toda la noche y se moderó durante la tarde del 1
hasta convertirse en una fuerte brisa. La presión casi había cesado. Al
parecer, el vendaval había empujado la banquisa del sur hacia nosotros y había
causado congestión en nuestra área; la presión se había detenido cuando toda la
banquisa se puso en movimiento. El vendaval nos había dado cierto
desplazamiento hacia el norte, pero había asestado alEndurance, lo que
resultó un golpe severo. El timón había sido empujado con fuerza a estribor, y
la paleta fue parcialmente arrancada de la cabeza del timón. Grandes masas de
hielo seguían atascadas contra la popa, y era imposible estimar el alcance del
daño en ese momento. Sentí que sería imposible, de cualquier forma, hacer
reparaciones en la banquisa en movimiento. El barco se mantuvo firme toda la
noche, y el único signo de que la presión seguía fueron leves y ocasionales
sacudidas retumbantes. Instalamos refugios y perreras para los animales en el
interior del barco.
El 3 de agosto, el tiempo estaba nublado y neblinoso. Tuvimos nueve horas de
crepúsculo, con buena luz a mediodía. No había tierra a la vista a unos quince
kilómetros, desde lo alto del mástil. La banquisa, hasta donde llegaba la
vista, estaba en una condición caótica, amontonada y consolidada, con enormes
cordones de hielo de presión en todas las direcciones. A las 2.1:00, una
altitud aproximada de Canopus marcó 71° 55′ 17″latitud S. La deriva, por lo
tanto, había sido de unos sesenta kilómetros hacia el norte en tres días.
Cuatro de los perros que estaban en peor estado fueron sacrificados ese día.
Estaban sufriendo mucho por los parásitos, y no podíamos permitirnos tener
perros enfermos en esas nuevas condiciones. El 4, el sol se asomó a través de
las nubes en el horizonte septentrional durante una hora. No se veían aguas
abiertas desde arriba en ninguna dirección. Desde lo alto del mástil, vimos
hacia el OSO algo con aspecto de barrera, tierra o de un témpano muy extenso, a
unos treinta kilómetros, pero el horizonte se cerró antes de que pudiéramos determinar
su naturaleza. Aquel día, intentamos dos veces hacer un sondeo, pero no tuvimos
éxito en ninguna ocasión. La máquina Kelvin no arrojó ningún fondo con toda la
línea extendida, 676 metros. Después de mucho trabajo, hicimos un hoyo en el
hielo cerca del codaste, lo suficientemente grande para la máquina Lucas, con
una sonda de quince kilogramos, pero esta parecía demasiado liviana. La máquina
se detuvo a 82.6 metros y nos dejó con la duda de si habíamos llegado al fondo.
Luego, al levantarla, perdimos la sonda; el delgado cable se abrió camino por
el hielo y se rompió. Ese día, la tripulación y el carpintero estuvieron
ocupados haciendo y colocando las perreras en la cubierta superior, y para el
anochecer, los perros estaban alojados cómodamente, listos para cualquier
clima. El sol asomó a través de las nubes por encima del horizonte
septentrional durante casi una hora.
Los restantes días de agosto pasaron, relativamente, sin incidentes. El hielo
alrededor del barco se volvió a congelar con firmeza, y hubo poco movimiento
cerca de nosotros. El entrenamiento de los perros, incluidos los cachorros,
continuó activamente y proporcionó ejercicio además de ocupación. La deriva
hacia el noroeste continuó a ritmo constante. No tuvimos suerte con los
sondeos; el tiempo interfirió por momentos, y el equipo se rompió en varias
ocasiones, pero un gran aumento en la profundidad mostró que habíamos pasado el
extremo de la planicie del mar de Weddell. Un sondeo de unos 3100 metros
realizado el 10 de agosto concordó bastante bien con la profundidad medida por
Filchner de 1924, unos doscientos kilómetros al este de nuestra posición de ese
momento. Una observación realizada el mediodía del 8 nos había dado 71°23'
latitud S, 49° 13' longitud O. Seguían prevaleciendo las temperaturas bajo
cero, pero la luz del día aumentaba. Capturamos algunos pingüinos emperador que
se dirigían al suroeste. Diez pingüinos atrapados el 19 estaban en muy mal
estado, y sus estómagos no tenían más que piedras y algunos picos de sepias. Un
sondeo que se hizo el 17 dio 3. 065, unos quince kilómetros al oeste de la
posición trazada de la Tierra de Morell. No podía verse tierra desde lo alto
del mástil, y decidí que la Tierra de Morell debía añadirse a la larga lista de
islas antárticas y costas continentales que, investigadas con detenimiento, se
han convertido en témpanos. Los días claros podíamos obtener una vista extensa
en todas las direcciones desde lo alto del mástil, y la línea de la banquisa
solo era interrumpida por témpanos conocidos. En un día claro, podían verse
alrededor de cien témpanos, y prácticamente parecían los mismos que cuando
habían comenzado su deriva con nosotros hacía casi siete meses. Los científicos
deseaban inspeccionar algunos de los témpanos vecinos de cerca, pero el viaje
en trineo fuera del área ya recorrida inmediatamente alrededor del barco
resultó difícil y, en ocasiones, peligroso. El 20 de agosto, por ejemplo,
Worsley, Hurley y Greenstreet salieron para «La Muralla» y llegaron a un canal
de hielo joven que ondulaba peligrosamente debajo de sus pies. Un rápido giro
los salvó.
El 20 de agosto, vimos un maravilloso espejismo del tipoFata Morgana. El
día estaba claro y luminoso, con un cielo azul y algo de escarcha en el aire.
«El lejano témpano se yergue como una altísima barrera de acantilados que se
reflejan en lagos azules y vías de agua en su base. Grandes ciudades blancas y
doradas de aspecto oriental a breves intervalos a lo largo de estos acantilados
muestran témpanos distantes, algunos que nunca habíamos visto. Flotando sobre
estos, hay temblorosas líneas de color violeta y crema de témpanos y bancos aún
más remotos. Las líneas se elevan y caen, tiemblan, se disipan y reaparecen en
una escena de interminable transformación. La banquisa y los témpanos
meridionales, que atrapan los rayos del sol, son dorados, pero hacia el norte,
las masas de hielo son púrpuras. Aquí los témpanos adoptan formas cambiantes,
primero un castillo, luego un globo alejado del horizonte, que se convierte
rápidamente en un inmenso hongo, una mezquita o una catedral. La principal
característica es el alargamiento vertical del objeto, un pequeño cordón de
presión con el aspecto de una línea de almenas o altísimos acantilados. El
espejismo es producido por la refracción y se intensifica por las columnas de
aire relativamente caliente que sube de varias grietas y canales que se han
abierto de diez a treinta kilómetros al norte y al sur».
Ese día, notamos que había tenido lugar un cambio considerable en nuestra
posición relativa a «La Muralla». Parecía que se hubiera abierto un gran canal
y que hubiera habido algún movimiento correlativo en la banquisa. El movimiento
de abertura podría presagiar una renovada presión. Algunas horas más tarde, los
grupos con los perros, al regresar de su ejercicio, cruzaron una estrecha
grieta que había aparecido delante del barco. Esta grieta se abrió rápidamente
hasta alcanzar veinte metros y nos habría dado problemas si los perros se
hubieran quedado del lado equivocado. Se cerró el 25 y la presión siguió cerca
de ella.
El 24 de agosto, nos encontrábamos en un punto tres kilómetros al norte de la
posición más meridional alcanzada por Morell y a más de 10° de longitud,
excediendo los trescientos kilómetros al oeste de esa posición. Desde lo alto
del mástil no se veía tierra en treinta kilómetros a la redonda. En esas
circunstancias, ninguna masa de tierra de más de ciento cincuenta metros de
altura podría haber escapado a nuestro avistaje desde donde nos encontrábamos,
bordeando los 52°longitud O. Un sondeo de 3474 metros realizado el 25 de agosto
fue una mayor evidencia de la inexistencia de Nueva Groenlandia del Sur. Hubo
un poco de movimiento del hielo cerca del barco durante los últimos días del
mes. Los hombres fueron llamados la noche del 26 de agosto, puesto que se
habían oído ruidos de presión seguidos del resquebrajamiento del hielo junto al
barco, pero el problema no sobrevino de inmediato. Ya bien entrada la noche del
31, el hielo comenzó a moverse delante del barco y a lo largo de la banda de
babor. Los chirridos y los quejidos de las cuadernas, acompañados de fuertes
chasquidos a proa y a popa, hablaban de tensión. La presión continuó durante el
día siguiente, y las vigas y los listones de cubierta en ocasiones se combaban
ante la presión. Las pesadas placas chocaban unas contra otras bajo la
influencia del viento y la corriente, y nuestro barco parecía ocupar, por el
momento, una posición poco deseable cerca del centro de los disturbios, pero
resistió con obstinación y no mostró signos de agua en la sentina, aunque no
había sido bombeada desde hacía seis meses. La banquisa se extendía hasta el
horizonte en todas las direcciones. Calculé que había cuatrocientos kilómetros
desde la tierra conocida más cercana hacia el oeste, y más de ochocientos
kilómetros desde el puesto avanzado de civilización más cercano, bahía
Wilhelmina. Yo esperaba que no tuviéramos que emprender una marcha a través de
los campos de hielo en movimiento. Sabíamos que el Endurance era
sólido y leal, pero ningún barco jamás construido por el hombre podría
sobrevivir si era atrapado completamente por las placas y se le impedía que se
elevara hasta la superficie del hielo que rechinaba[8]. Fueron días
muy angustiosos. Temprano por la mañana del 2 de septiembre, el barco saltó y
se estremeció al acompañamiento de crujidos y gemidos, y algunos de los hombres
que habían estado en sus cuchetas se apresuraron a la cubierta. La presión
cedió algo más tarde aquel día, cuando el hielo de la banda de babor se separó
del barco hasta detrás de los aparejos principales. El Endurance seguía
atrapado en el sector popel y por el timón, y se podía ver una gran masa de
hielo adherida a la proa de babor, elevándose a casi un metro de la superficie.
Me pregunté si este hielo habría logrado atravesar el forro del casco.
Capítulo 4
La pérdida del Endurance
El
hielo no volvió a molestamos seriamente hasta finales de septiembre, aunque
durante todo el mes las placas rara vez dejaron de moverse por completo. El
rugido de la presión llegaba hasta nosotros a través de los campos de hielo
que, de otro modo, eran silenciosos, y traía consigo una amenaza y una
advertencia. Al mirar desde el nido de cuervo, a veces veíamos la formación de
cordones de presión. La luz del sol brillaba sobre las superficies de hielo
recientemente partidas, mientras que las masas de placas despedazadas se
levantaban y caían lejos de la línea de presión. El área de alteración del
campo de hielo avanzaba hacia nosotros, retrocedía y volvía a avanzar. La
rutina de trabajo y de entretenimiento en elEndurance discurría en
forma regular. Habíamos hecho nuestros planes y preparativos ante cualquier
contingencia que pudiera surgir durante el verano que se aproximaba, pero
siempre parecía que había mucho que hacer en el barco aprisionado y fuera de
él. Las carreras con los perros y los vigorosos juegos de hockey y
de fútbol en la placa cubierta con nieve dura mantenían a todos los hombres con
buenos ánimos. El registro de uno o dos de estos días de septiembre indican la
naturaleza de nuestra vida y de nuestros alrededores:
«4 de septiembre. Temperatura: -25, 5°C. Brisa muy débil del este, cielo azul y
estratos. Durante la mañana, observamos un distintivo color terracota o pardo
en los estratos hacia el norte. Estos se desplazaban de este a oeste, y se
puede creer que provenían de algunos de los volcanes de la Tierra de Graham,
ahora a unos quinientos kilómetros de distancia hacia el noroeste. Es probable
que la corriente superior de aire viniera de esa dirección. Escarcha pesada.
Hielo entero y sin cambios en la parte visible. No se ve tierra a treinta y
cinco kilómetros. No se observa vida animal.
»7 de septiembre. Temperatura: -23, 3°C. Vientos moderados del este al sur,
encapotado y brumoso, con nieve liviana hasta la medianoche, cuando el tiempo
se despejó. Cielo azul y tiempo despejado y claro al mediodía. Mucha escarcha
en lo alto. Nieve gruesa fresca en el barco y la placa, que brilla intensamente
en la luz matinal. Pequeñas nubes de niebla de color violeta suave se levantan
de las porciones más bajas y saladas de la banquisa, que se extiende entera
hacia el horizonte. Gran refracción todo alrededor. Un témpano tabular de unos
quince metros de altura ubicado a unos quince kilómetros hacia el oeste es un
buen índice de la cantidad de refracción. En días normales, se le ve desde lo
alto del mástil, recortado contra el cielo; con mucha refracción, el hielo que
está más allá, detrás de él, se levanta a la vista; hoy, una amplia expansión
de kilómetros de hielo se ve sobre él. Otros numerosos témpanos, de los cuales
por lo general se ve la silueta, están, a primera vista, perdidos, pero tras un
escrutinio más detallado, aparecen como grandes trozos o masas oscuras por
debajo del horizonte. El fenómeno de refracción, por lo general, introduce un
error incremental en el valor de la altura del sol durante las observaciones
para el cálculo de posición; sin embargo, en el día de la fecha, el horizonte
se divisa tan sobreelevado que la altura observada presenta una disminución
aparente de, al menos, 12’ No hay tierra visible en treinta kilómetros. No se
observa vida animal. Se baja la red remolcadora de Clark con mil treinta y
cinco metros de cable y se levanta, caminando por el hielo tirando del cable, a
cuatro kilómetros por hora. Resultado algo escaso: medusas y algunas larvas de
peces. Los perros se ejercitan en equipos con los trineos. Los perros jóvenes,
bajo el cuidado de Crean, también tiran, pero no con tanta fuerza, dado que el
mejor equipo está en el banco. Hércules, durante la última quincena o más, se
ha convertido en el director de orquesta. Dos o tres veces en las veinticuatro
horas, comienza a aullar (un aullido profundo y melodioso) y en unos treinta
segundos tiene a todos cantando, la gran canción profunda, retumbante y
armoniosa del banco de los semilobos».
Para mediados de septiembre, nos estábamos quedando sin carne fresca para los
perros. Las focas y los pingüinos parecían haber abandonado nuestro vecindario
por completo, Casi habían pasado cinco meses desde que matamos una foca, y los
pingüinos habían sido escasos. Clark, que usaba su red de arrastre con la mayor
frecuencia posible, informó que había una notable ausencia de plancton en el
mar, y supusimos que las focas y los pingüinos habían ido en busca de su
alimento de costumbre. Los hombres consiguieron un emperador el 2.3. Los
perros, que estaban haciendo sus ejercicios con el trineo, se excitaron
salvajemente cuando el pingüino, que había aparecido por una grieta, fue
llevado a la superficie y, a pesar de todos los intentos de los conductores, no
pudieron salvarle la vida. El día siguiente, Wild, Hurley, Macklin y McIlroy
llevaron sus equipos al témpano Stained, a once kilómetros al oeste del barco,
y en su camino de regreso encontraron una foca cangrejera, que mataron,
desollaron y dejaron para levantar más tarde. Ascendieron a la parte superior
del témpano, que estaba aproximadamente a 69° 30' latitud S, 51° longitud O, y
desde una elevación de treinta y cuatro metros, no pudieron ver tierra.
Muestras de hielo descolorido del témpano demostraron contener polvo con
partículas arenosas negras o granos de arena. Otra foca, un macho de Weddell,
fue atrapada el 26. El regreso de las focas era oportuno, dado que casi se nos
habían terminado las provisiones de invierno de bizcochos para perros, y
deseábamos alimentarlos con carne. Las focas significaban suministro de grasa,
además, para complementar la pequeña provisión de carbón que nos quedaba cuando
llegara el tiempo de volver a avivar el vapor. Entonces, iniciamos un sistema
de ahorro durante el día, adelantando el reloj una hora.
«Esto fue una medida cómoda y autocomplaciente; apelamos a la pasión que
universalmente tienen los hombres, en especial los marinos, por levantarse
tarde. De otra manera, podríamos haber adoptado una postura más sincera y dar
comienzo a nuestra rutina diaria más temprano, en vez de engañar el reloj».
Durante los últimos días de septiembre, el rugido de la presión se hizo más
fuerte, y pude ver que la zona de disturbios se aproximaba rápidamente al
barco. Pavorosas fuerzas estaban trabajando, y las extensiones de hielo firme
que rodeaban el Endurance se reducían en forma constante. El
30 de septiembre fue un mal día. Comenzó bien, dado que conseguimos dos
pingüinos y cinco focas durante la mañana. También vimos otras tres focas. Sin
embargo, a las 15:00, las grietas que se habían abierto durante la noche a lo
largo del barco comenzaron a avanzar en una dirección lateral. El barco
sostenía una terrible presión en la parte de babor hacia proa, pero las peores
tensiones se soportaron en la zona del casco, por debajo de la jarcia proel.
Fue el peor apretón que experimentamos. Las cubiertas se estremecieron y
saltaron, los baos se arquearon y los candeleros se pandearon y estremecieron.
Ordené a todos los hombres que estuvieran listos para cualquier emergencia que
hubiera. Incluso los perros parecían sentir la tensa ansiedad del momento. No
obstante, el barco resistió con valentía, y justo cuando parecía que llegaba al
límite de su fortaleza, la enorme placa que nos presionaba hacia abajo se rajó
a lo largo y nos alivió.
«El comportamiento de nuestro barco en el hielo ha sido magnífico», escribió
Worsley. «Desde que estamos rodeados, su robustez y su resistencia han sido
realmente increíbles, una y otra vez. Ha recibido la presión de un millón de
toneladas y se ha elevado con nobleza y caído fuera del agua, sobre el hielo.
Ha sido empujado de un lado a otro como una pelota de bádminton docenas de
veces. Sufrió una gran tensión, sus vigas se arquearon hacia arriba por la
temible presión; sus lados se abrieron y volvieron a cerrar a la vez que se
arqueaba y curvaba a lo largo, gimiendo como un ser vivo. Será triste si una
embarcación pequeña tan valiente finalmente es aplastada por las garras
implacables de la banquisa de Weddell que lentamente la estrangulan después de
diez meses del combate más audaz y valiente alguna vez presentado por un
barco».
El Endurance se merecía todo lo que pudiera decirse para
alabarlo. El astillero no podría haber realizado un trabajo más esmerado o
sólido; pero ¿cuánto más podría continuar la batalla en tales condiciones?
Íbamos a la deriva hacia el área congestionada del mar de Weddell occidental,
la peor porción del peor mar del mundo, donde la banquisa, forzada de modo
irresistible por el viento y la corriente, choca contra la costa occidental y
es erizada en enormes crestas y caóticos campos de presión. La cuestión vital
para nosotros era si el hielo se abriría lo suficiente, o no, para liberarnos,
o al menos para darnos una posibilidad de liberarnos, antes de que la deriva
nos llevara a la zona más peligrosa. No hubo una respuesta de los témpanos
silenciosos ni de las placas pulverizadas, y encarábamos octubre con corazones
preocupados.
Los canales de la banquisa parecían haberse abierto un poco el 1 de octubre,
pero no lo suficiente para que pudiéramos aprovecharlos, incluso si hubiéramos
podido liberar el Endurance. El día estuvo calmo, nublado y brumoso
por la mañana y más claro por la tarde, cuando observamos parhelios bien
definidos. El barco soportaba una leve presión a intervalos. Dos focas
cangrejeras macho subieron a la placa cerca del barco y Wild las cazó. Ambas
eran animales grandes en excelentes condiciones, y entendí que no había más
necesidad de sentir preocupación por las provisiones de carne fresca para los
perros. El hígado de foca constituía un buen cambio en nuestro propio menú. Los
dos machos estaban marcados, como muchos otros de su especie, con largas
cicatrices paralelas, a unos ocho centímetros de distancia entre sí,
evidentemente trabajo de las orcas. Un macho que matamos el día siguiente tenía
cuatro cicatrices paralelas, de cuarenta centímetros de largo, a cada lado del
cuerpo; eran bastante profundas, y casi le habían arrancado una aleta. La
criatura debía de haber escapado de la mandíbula de una orca por un margen muy
pequeño. Evidentemente, la vida debajo de la banquisa no siempre es monótona.
Observamos que varios de los témpanos alrededor del barco estaban cambiando sus
posiciones relativas más de lo que lo habían hecho durante los meses pasados.
Las placas se estaban moviendo.
Nuestra posición el domingo 3 de octubre era 69° 14' latitud S, 51°8' longitud
O. Durante la noche, la placa que sostenía el barco a popa se rajó en varias
partes, y esto pareció aliviar la tensión del timón. La mañana estaba brumosa,
y caía nieve, pero el tiempo se despejó más entrado el día, y pudimos ver que
el hielo se estaba rompiendo. Habían aparecido nuevos canales, mientras que
otros varios más viejos se habían cerrado. Los cordones formados por la presión
se habían levantado a lo largo de algunas grietas. El grosor del hielo de la
temporada, que ahora tenía unos doscientos treinta días, era de un metro y
treinta y cinco centímetros bajo unos veinte centímetros de nieve. Este hielo
había sido algo más grueso durante la primera parte de septiembre, y supuse que
había empezado a derretirse por debajo. Clark había registrado temperaturas más
altas a profundidades de doscientos ochenta y trescientos sesenta metros en los
últimos días de septiembre. El hielo obviamente había alcanzado su grosor
máximo mediante el congelamiento directo, y las placas más pesadas y viejas
habían sido formadas por la consolidación del hielo de presión y la
superposición de placas bajo gran tensión. La temperatura del aire aún era
baja, y el 4 de octubre se registraron -31,4°C.
El movimiento del hielo aumentaba. La niebla helada de las grietas que se
abrían se vio en todas las direcciones durante el 6 de octubre. Tenía la
apariencia, en un punto, de un gran fuego de pradera, que se elevaba de la
superficie y ascendía cada vez más a medida que se alejaba a la deriva ante el
viento en masas pesadas, oscuras, rodantes. En otro punto, tenía la apariencia
de un tren que avanzaba ante el viento, el humo elevándose desde la locomotora
hacia el cielo; y las columnas de humo de otras partes daban el efecto de
buques de guerra a todo vapor alineados frente a nosotros. Durante el día
siguiente, los canales y las grietas se abrieron hasta tal punto que si se
pudiera haber forzado el Endurancepara que avanzara treinta metros,
podríamos haber proseguido cuatro o cinco kilómetros; no obstante, el esfuerzo
no prometía ningún resultado en verdad útil. De hecho, las condiciones no
cambiaron durante el resto de esa semana. La posición el domingo 10 de octubre
era 69°21' latitud S, 50° 34' longitud O. Un deshielo nos incomodó ese día. La
temperatura había ascendido de -23,3°C a -1,2°C, la más alta que experimentamos
desde enero, y el barco empezó a gotear entre las cubiertas. La cubierta
superior no tenía hielo ni nieve, y los camarotes se encontraban
desagradablemente desordenados. Los perros, que odiaban la humedad, se veían
muy infelices. Sin duda, a uno llegan a agradarle las condiciones familiares.
Habíamos vivido durante mucho tiempo con temperaturas que habrían parecido
angustiosamente bajas en la vida civilizada, y ahora nos encontrábamos
incómodos por un grado de calor que hubiese dejado temblando al ser humano que
no está acostumbrado a ello. El deshielo era un indicio de que el invierno
había terminado, y comenzamos los preparativos para volver a ocupar los
camarotes de la cubierta principal. Hice que la casa refugio montada alrededor
de la popa fuera desmontada para el día 11, e hice otros preparativos para
maniobrar el barco tan pronto estuviera despejado. El carpintero había
construido una caseta de gobierno en el timón de popa como refugio para el frío
y el mal tiempo. El hielo aún se estaba aflojando, y no había tierra a la vista
en treinta kilómetros.
La temperatura permaneció relativamente alta durante varios días. Todos los
hombres se pasaron a sus alojamientos de verano, en los camarotes superiores,
el día 12, con el acompañamiento de mucho ruido y risas. La primavera se sentía
en el aire, y si no había nada verde creciendo para alegrar nuestros ojos, al
menos había muchas focas, pingüinos e incluso, ballenas que se divertían en los
canales. La época en que se renovaba la acción se acercaba, y aunque nuestra
situación era bastante seria, hacíamos frente al futuro con esperanzas. Los
perros estaban en un estado de gran alboroto por la visión de tanto juego. Se
volvieron casi frenéticos cuando un pingüino emperador de aspecto solemne los
inspeccionó, serio, desde cierto punto privilegiado y emitió lo que al parecer
fue un « ¡knark!» burlón. A las siete de la tarde del día 13, el barco se liberó
de la placa en el que había estado apoyado lo suficiente hacia estribor para
enderezarse. El timón se liberó, pero se encontró que la hélice estaba ubicada
en forma transversal, ya que una placa la había empujado en esa dirección en
algún momento después del 1 de agosto. El agua estaba muy clara, y pudimos ver
el timón, que parecía haber sufrido solo una leve torsión hacia babor en la
línea de flotación. Se movió con bastante libertad. La hélice, según lo que
pudimos observar, estaba intacta, pero no se podía rotar manualmente, quizá
debido a la presencia de una delgada capa de hielo en el prensaestopa de la
bocina y en los cojinetes de la línea del eje. No consideré que fuera
aconsejable abocarnos a esa tarea en ese momento. El barco no había sido achicado
durante ocho meses, pero no había agua ni mucho hielo en las sentinas. Ese día,
las comidas volvieron a servirse en la cámara de oficiales.
La brisa del suroeste refrescó y se convirtió en un temporal el día 14, y la
temperatura disminuyó de -0,05°C a -18,3°C. A medianoche, el barco se liberó de
la placa y se deslizó a la deriva con rapidez hacia la popa. La proa se abatió
debido al viento hasta que estuvo casi en ángulo recto a través del estrecho
canal. Esta era una posición peligrosa para el timón y la hélice. Se alistó la
vela cangreja, pero el peso del viento en el barco poco a poco forzó a las
placas a abrirse hasta que el Endurance giró súbitamente por
estribor y se desplazó casi cien metros a lo largo del canal. Entonces, el
hielo se cerró y a las 3:00 volvimos a quedar atrapados. El viento amainó
durante el día, y la banquisa se abrió ocho o diez kilómetros hacia el norte.
Aún estaba suelta la mañana siguiente, e hice que avivaran la caldera con la
intención de tratar de limpiar la hélice; no obstante, una de las tapas de
registro empezó a perder, con las empaquetaduras destruidas por el frío o
aflojadas por las contracciones; la caldera tuvo que ser vaciada una vez más.
El hielo estaba algo más junto el domingo 17. Colocamos las gavias y las velas
de proa por la tarde, y con una brisa moderada del noreste intentamos forzar el
barco hacia adelante, para que saliera del canal; pero estaba atascado. Ese
día, más tarde, hubo una pesada presión. Las dos placas entre las que se
encontraba el Endurance comenzaron a cerrarse, y el barco se
vio sometido a una serie de tensiones terriblemente pesadas. En la sala de
máquinas, el punto más débil, se oyeron fuertes quejidos, choques y martilleos.
Las chapas de hierro del suelo se doblaron hacia arriba y saltaron de sus
asientos estrepitosamente. Mientras tanto, las prominencias de las placas
golpeaban unas contra otras y levantaban cordones de presión. El barco resistió
la tensión bien durante casi una hora y luego, para mi gran alivio, comenzó a
levantarse con fuertes sacudidas y golpes. Se levantó veinticinco centímetros
hacia adelante y un metro hacia popa, a la vez que escoró seis grados a babor.
El hielo se estaba metiendo debajo de nosotros, y el peligro inmediato había
pasado. La posición era 69°19' latitud S y 50° 40' longitud O.
El siguiente ataque del hielo llegó la tarde del 18 de octubre. Las dos placas
comenzaron a moverse en forma lateral, ejerciendo gran presión en el barco. De
repente, la placa de babor se quebró, y enormes trozos de hielo salieron
disparados desde debajo de la sentina de babor. En unos pocos segundos, la
embarcación se inclinó hasta alcanzar una escora de 30° a babor, y era
sostenida debajo de la sentina de estribor por la placa opuesta. Los botes a
sotavento ahora casi descansaban sobre la placa. Las perreras ubicadas en el
centro de cubierta se soltaron y se estrellaron con las perreras a sotavento, y
los aullidos y los ladridos de los temerosos perros contribuyeron a crear un
pandemonio perfecto. Todo lo que podía moverse en cubierta y debajo de ella
cayó hacia sotavento, y durante unos pocos minutos pareció que el Endurance sería
tumbado hasta zozobrar. Enseguida volvió a reinar la calma. Ordené que se
apagaran los fuegos y que se clavaran listones en la cubierta para darles a los
perros un punto de apoyo y permitirles a los hombres moverse. Luego, la
tripulación ató todos los aparejos móviles. Si el barco hubiera escorado aún
más, hubiese sido necesario arriar los botes de sotavento y apartarlos para
mantenerlos limpios, y Worsley estaba atento para dar la señal de alarma.
Mientras tanto, Hurley descendió a la placa y tomó algunas fotografías del
barco en esta inusual posición. La cena en la cámara de oficiales esa noche fue
de lo más curiosa. La mayoría de los comensales tuvieron que sentarse en la
cubierta, con los pies apoyados en listones y los platos sobre sus rodillas. A
las 20:00, las placas se abrieron y, en cuestión de minutos, el Endurance estaba
casi derecho nuevamente. Se impartieron órdenes para que se rompiera con
cinceles el hielo que rodeaba el timón. Los hombres empujaron los bloques para
liberar el camino con largos cinceles para hielo después de que aquellos fueron
desprendidos, y logramos cobrar el barco por la popa y ubicarlo en una laguna
de agua despejada. Entonces, se procedió a purgar la caldera. Este trabajo se
finalizó temprano la mañana del 19de octubre y, durante ese día, el
ingeniero encendió fuegos y levantó el vapor con mucha lentitud, a fin de
economizar el combustible y evitar la tensión en las calderas congeladas como
resultado de un calentamiento desigual. La tripulación cortó toda la madera
suelta, cajas, etc, y la colocó en las bodegas para combustible. El día estaba
cubierto, con nevadas ocasionales, y la temperatura era de -11,1° C. El hielo a
nuestro alrededor estaba inmóvil, pero en la distancia, la presión trabajaba.
El viento refrescó por la noche, y tiramos un cable de alambre por la popa. A
las 23:00, el barómetro se detuvo en 28, 96, la presión más baja desde los
temporales de julio. Un gran alboroto entre los perros atrajo la atención a
última hora de la tarde, y encontramos una ballena de unos ocho metros
navegando de un lado a otro en nuestra laguna. Subió la cabeza una vez con un
característico gesto asesino, pero juzgamos por su aleta dorsal curva que se
trataba de un espécimen de ballena antártica, no de una orca gladiador.
El 20 de octubre, sopló un fuerte viento del suroeste, y la banquisa comenzó a
trabajar. El Endurance estaba aprisionado fuertemente en la
laguna, pero nuestra oportunidad podría llegar en cualquier momento. Se
dispusieron guardias a fin de estar listos para operar el barco. Wild y Hudson,
Greenstreet y Cheetham, Worsley y Crean, tomaron las guardias de puente, y el
ingeniero en jefe y el segundo ingeniero mantuvieron una guardia de máquinas de
«cuatro por cuatro» con tres de los marineros como fogoneros. El personal y las
manos de estiba, con excepción del cocinero, el carpintero y su oficial,
cumplieron una guardia de «cuatro por cuatro» es decir, un hombre quedaba
apostado cuatro horas en cubierta, mientras que el otro descansaba en las
cubiertas interiores. El carpintero estaba ocupado haciendo un chinchorro, que
podría resultar útil en la navegación en vías y canales. A las 11:00, probamos
las máquinas con una suave virada avante. Todo funcionó bien después de ocho
meses de inactividad y congelación, salvo que la bomba de sentina y la descarga
demostraron estar congeladas; se las limpió con cierta dificultad. El ingeniero
informó que para obtener vapor había usado una tonelada de carbón, con ceniza
de madera y grasa de foca. El fuego que se requería para mantener la caldera
caliente consumía un peso de entre seis y media y siete y media toneladas por
día. Teníamos unas cincuenta toneladas de carbón disponible en las bodegas.
El 21 y el 22 de octubre fueron días de baja temperatura, lo que hizo que los
canales abiertos se congelaran. La banquisa estaba trabajando y, de cuando en
cuando, el rugido de la presión llegaba a nuestros oídos. Esperamos el
siguiente movimiento de las fuerzas gigantescas dispuestas contra nosotros. El
23 llegó un fuerte viento del noroeste, y el movimiento de las placas y los
cordones de presión se tornó más formidable. Luego, el domingo 24 de octubre,
sucedió lo que para el Endurance era el comienzo del fin. La
posición era 69° 11' latitud S y 51° 5' longitud O. Ahora teníamos veintidós
horas y media de luz de día, y durante el día veíamos el avance amenazador de
las placas. A las 18:45, el barco soportó una fuerte presión en una posición peligrosa.
La acometida era cualquier cosa, salvo irresistible. El Endurance gimió
y se estremeció cuando su cuarto de estribor fue forzado contra una placa,
retorciendo el codaste y actuando contra las uniones de las tracas. El hielo se
movía en forma lateral y, también, hacia adelante; el barco estaba torcido y,
de hecho, doblado por las tensiones. De inmediato, comenzó a hacer agua en
forma peligrosa.
Hice que montaran las bombas y aumentaran el vapor, y encendí las bombas de la
sentina a las 20:00. Para esa hora, la tensión había aflojado. El barco hacía
agua rápidamente por popa, y el carpintero comenzó a trabajar para hacer una
ataguía a popa de los motores. Todos los hombres trabajaron y cubrieron
guardias de «cuatro por cuatro» durante toda la noche, bombeando el barco y
ayudando al carpintero. Para la mañana siguiente, la filtración estaba
controlada. El carpintero y sus asistentes calafatearon la ataguía con tiras de
mantas y clavaron tiras sobre las costuras siempre que fue posible. La bomba
principal o de mano estaba congelada, y no se pudo usar de inmediato. Después
de que esta quedara fuera de servicio, Worsley, Greenstreet y Hudson bajaron a
la carbonera y sacaron el hielo de la sentina.
«Este no es un trabajo agradable», escribió Worsley. «Tenemos que cavar un
agujero a través del carbón mientras los baos y las cuadernas gimen y crujen a
nuestro alrededor como disparos de pistolas. La oscuridad es casi completa, y
nos movemos en la humedad con las manos semicongeladas y tratamos de que el
carbón no vuelva a deslizarse a las sentinas. Los hombres en cubierta arrojan
baldes de agua hirviendo desde la cocina por las cañerías, mientras que
nosotros golpeamos y martillamos desde abajo, y al final, liberamos la bomba,
cubrimos las sentinas para que no se vuelvan a llenar de carbón y nos
apresuramos hacia la cubierta, muy agradecidos de estar nuevamente a salvo al
aire libre».
El lunes 25 de octubre amaneció nublado y brumoso, con temperatura bajo cero y
una brisa fuerte del sureste. Todos los hombres achicaban a intervalos y
ayudaban al carpintero con la ataguía. La filtración se contenía con bastante
facilidad, pero las perspectivas eran malas. Se estaban formando pesados
cordones de presión en todas direcciones, y aunque la presión inmediata en el
barco no era seria, me di cuenta de que el respiro no duraría mucho. La
banquisa que se encontraba en nuestro campo visual estaba sometida a una
compresión enorme, como la que podrían causar vientos ciclónicos, corrientes
oceánicas opuestas o el estrangulamiento de cualquier canal. Los cordones de
presión, masivos y amenazadores, eran testigos de la abrumadora naturaleza de
las fuerzas que operaban. Inmensos bloques de hielo, de muchas toneladas de
peso, eran levantados en el aire y lanzados hacia un costado a medida que otras
masas se elevaban debajo de ellos. Éramos indefensos intrusos en un mundo
extraño; nuestras vidas dependían del juego de grotescas fuerzas elementales
que se burlaban de nuestros insignificantes esfuerzos. Apenas me atrevía a
esperar ahora que el Endurance viviera, y durante ese
frenético día, volví a revisar los planes trazados mucho antes para el viaje en
trineo, que deberíamos emprender en caso de tener que optar por el hielo.
Estábamos listos, en cuanto a las previsiones se trataba, para toda
contingencia. Las provisiones, perros, trineos y equipos estaban aprestados
para ser sacados del barco enseguida.
Con el día siguiente, llegó el tiempo despejado y brillante, con un cielo azul.
La luz del sol era reconfortante. El rugir de la presión podía oírse a nuestro
alrededor. Se levantaban nuevos cordones y, a medida que pasaba el día, pude
ver que las líneas de grandes alteraciones se acercaban al barco. El Endurancesufrió
ciertas tensiones a intervalos. Si prestaba atención a los ruidos de abajo,
podía oír el crujido y el gemido de sus cuadernas, los crujidos que sonaban
como disparos de pistola e indicaban la ruptura de alguna cabilla o traca, y
los débiles e indefinibles murmullos de la tensión de nuestra embarcación.
Arriba, el sol brillaba con serenidad; nubes aborregadas ocasionales iban a la
deriva con la brisa del sur, y la luz brillaba y destellaba en el millón de
facetas de los nuevos cordones de presión. El día transcurrió lentamente. A las
19:00, se sintió una fuerte presión, con tensiones deformantes que torturaban
el barco a proa y a popa. Los extremos del entarimado de las tracas se abrieron
entre diez y doce centímetros a estribor y, a la vez, pudimos ver desde el
puente que el barco se estaba doblando como un arco bajo una presión titánica.
Casi como una criatura viviente, resistía las fuerzas que la quebrarían; pero
se trataba de una batalla unilateral. Millones de toneladas de hielo
presionaban de modo inexorable el pequeño barco que había osado desafiar la
Antártica. El Endurance ahora hacía agua a cantidades, y a las
21:00, impartí la orden de bajar los botes, aparejos, provisiones y trineos a
la placa, y de llevarlos hasta el hielo plano que estaba algo alejado del
barco. La presión del hielo cerró los canales levemente a medianoche, pero
todos los hombres estuvieron achicando toda la noche. Un acontecimiento extraño
fue la aparición repentina de ocho pingüinos emperador que salieron de una
grieta a noventa metros de distancia en el momento en que la presión sobre el
barco estaba en su punto máximo. Caminaron un poco hacia nosotros, se
detuvieron, y tras unos pocos llamados usuales, comenzaron a emitir gritos
extraños que sonaban como un canto fúnebre para el barco. Ninguno de nosotros
nunca había oído a los emperadores emitir más que los simples llamados o
gritos, y el efecto de este esfuerzo coordinado fue casi alarmante.
Luego, llegó un día fatídico: miércoles 17 de octubre. La posición era 69° 5'
latitud S, 51° 30' longitud O. La temperatura era -18,2°C. Soplaba una brisa
débil del sur, y el sol brillaba en un cielo claro.
«Tras largos meses de incesante ansiedad y estrés, tras momentos en que
teníamos grandes esperanzas y otros cuando las perspectivas eran en verdad
lúgubres, el fin del Endurance ha llegado. Sin embargo, aunque
nos hemos visto obligados a abandonar el barco, que se encuentra aplastado más
allá de toda esperanza de que alguna vez se recupere, estamos vivos y bien, y
tenemos provisiones y equipos para la tarea que nos espera. La tarea es llegar
a tierra con todos los miembros de la expedición. Es difícil escribir lo que
siento. Para un marino, su barco es más que un hogar flotante, y en el Endurance,
había centrado mis ambiciones, mis esperanzas y mis deseos. Ahora, deformándose
y gimiendo, con sus cuadernas rajándose y sus heridas abriéndose, lentamente
está abandonando su sensible vida en el inicio mismo de su carrera. Está
aplastado y abandonado después de haberse desplazado a la deriva más de
novecientos kilómetros en una dirección noroeste durante doscientos ochenta y
un días desde que quedó atrapado en el hielo. La distancia desde el punto en
que quedó acorralado y el lugar donde ahora descansa herido de muerte en manos
de las placas es de novecientos veintidós kilómetros, pero la deriva total a
través de todas las posiciones observadas fue de mil novecientos ocho
kilómetros, y es probable que en realidad hayamos atravesado más de dos mil
cuatrocientos kilómetros. Ahora nos encontramos a quinientos cincuenta y seis
kilómetros de la isla Paulet, el punto más cercano en que hay alguna
posibilidad de encontrar alimentos y refugio. Una pequeña cabaña construida
allí por la expedición sueca de 1902 está llena de provisiones que dejó el
barco de auxilio argentino. Sé acerca de todas esas provisiones, porque las
compré en Londres en representación del gobierno argentino cuando me pidieron
que equipara la expedición de auxilio. La distancia hasta la barrera más
cercana al oeste de nuestra posición es de doscientos noventa kilómetros, pero
si un grupo fuera allí aún estaría a unos quinientos ochenta kilómetros de la
isla Paulet, y no habría forma de sobrevivir en la barrera. No podemos llevar
suficientes provisiones, de las que disponemos en el barco, para todo el viaje;
el peso sería demasiado.
»Esta mañana, la última en el barco, el tiempo estaba despejado, con una suave
brisa del SSE hacia el SSO. Desde el nido de cuervo, no había señales de tierra
de ningún tipo. La presión aumentaba en forma constante, y el paso de las horas
no alivió ni trajo respiro al barco. El ataque del hielo llegó a su punto
máximo a las 16:00. El barco fue levantado con la popa hacia arriba por la
presión, y la placa atacante, que se movía en forma lateral a través de la
popa, partió la pala y arrancó el eje del timón y la codera. Luego, mientras
mirábamos, el hielo se soltó, y elEndurance se hundió un poco. Las
cubiertas se quebraban hacia arriba, y el agua entraba por debajo. Otra vez,
comenzó la presión, y a las 17:00, ordené a todos los hombres que bajaran al
hielo. Las placas que se retorcían y se quebraban finalmente cumplían su
voluntad sobre el barco. Era una sensación repugnante sentir que las cubiertas
se rompían bajo los pies de uno, y los grandes baos se doblaban y luego se
rompían con un ruido similar al provocado por fuertes disparos. El agua estaba
dominando las bombas, y para evitar una explosión, cuando llegó a las calderas,
tuve que dar órdenes para que se extinguieran los fuegos y se soplara la
caldera. Los planes para abandonar el barco en caso de emergencia se habían
trazado con mucha anticipación, y los hombres y los perros descendieron a la
placa y avanzaron sin dificultad a la seguridad, relativamente hablando, de una
porción de la placa sin fragmentar. Justo antes de abandonar el barco, miré
hacia la lumbrera de la sala de máquinas cuando estaba de pie en la cubierta
que vibraba, y vi que los motores caían hacia los lados a medida que las
jarcias y las bancadas cedían. No puedo describir la impresión de la implacable
destrucción a la que se me sometía cuando miraba hacia abajo y a mi alrededor.
Las placas, con la fuerza de millones de toneladas de hielo que se desplazaban
detrás de ellas, simplemente estaban aniquilando el barco».
Las provisiones esenciales se habían colocado sobre la placa a unos cien metros
del barco, y allí nos establecimos para pasar la noche. Pero a eso de las
19:00, después de levantar las tiendas, el hielo que ocupábamos comenzó a
sentir la presión y empezó a quebrarse y a romperse debajo de nuestros pies.
Hice que trasladaran el campamento a una placa más grande que se encontraba a
unos doscientos metros, justo más allá de la popa del barco. Los botes, las
provisiones y el equipamiento para el campamento tuvieron que ser llevados a
través de cordones que trabajaban bajo presión. El movimiento del hielo era tan
lento que no interfería mucho con nuestra corta travesía, pero el peso del
cordón había hecho que las placas se hundieran a ambos lados, y había lagunas
de agua allí. Un grupo avanzado con picos y palas tuvo que construir un camino
de nieve antes de que pudiéramos pasar todas nuestras posesiones. Para las
20:00, el campamento había sido montado otra vez. Teníamos cinco tiendas de
campaña, dos de doble mástil y tres de arco. Me hice cargo de la pequeña tienda
con estacas, la número uno, con Hudson, Hurley y James como compañeros; Wild
tenía la tienda tipo iglú pequeña, la número dos, con Wordie, McNeish y
McIlroy. Estas tiendas tipo iglú se cambian de posición y se arman con mucha
facilidad. Los ocho hombres de estiba tenían la tienda tipo iglú grande, la
número tres; Crean estaba a cargo de la tienda tipo iglú número cuatro con
Hussey, Marston y Cheetham; y Worsley tenía la otra tienda con estacas, la
número cinco, con Greenstreet, Lees, Clark, Kerr, Rickenson, Macklin y
Blackborrow, este último era el más joven del personal de estiba.
«Esta noche la temperatura ha bajado a -26,6°C y la mayoría de los hombres
tienen frío y están incómodos. Después de montar las tiendas, reuní a todos los
hombres y les expliqué la situación en forma breve y, espero, clara. Les
informé acerca de la distancia que había hasta la barrera y hasta la isla
Paulet, y manifesté que mi idea es intentar marchar con los equipos por el
hielo en dirección de la isla Paulet. Les agradecí por su constancia y el buen
ánimo que habían tenido en estas arduas circunstancias, y les dije que no tenía
dudas de que, siempre que continuaran trabajando con todo su esfuerzo y
confiaran en mí, finalmente estaríamos a salvo. Luego cenamos la comida que el
cocinero había preparado en la gran cocina de grasa, y después de que se fijara
una guardia, todos los hombres, salvo el guardia, se fueron a dormir».
Yo, por mi parte, no pude dormir. La destrucción y el abandono del barco no
fueron un golpe repentino. El desastre nos había estado acechando durante
muchos meses, y había estudiado mis planes para todas las contingencias un
centenar de veces. Sin embargo, los pensamientos que me invadieron mientras
caminaba de un lado a otro en la oscuridad no eran en particular alegres. La
tarea ahora era garantizar la seguridad del grupo y, para ello, debía dirigir
toda mi energía y mi poder mental, y aplicar todo el conocimiento que mi
experiencia en la Antártica me había dado. Era probable que la tarea fuera
larga y agotadora, y eran esenciales una mente ordenada y un programa claro
para salir adelante sin pérdida de vidas. Un hombre debe abocarse a una nueva
meta tan pronto como la anterior fracasa.
A medianoche, estaba caminando por el hielo, escuchando el hielo que se
quebraba y los quejidos y los choques que hablaban de la agonía de muerte
del Endurance, cuando de repente noté que una grieta se abría en
nuestra placa justo por donde estaba el campamento. Un silbato de alarma hizo
que los hombres salieran al mismo tiempo, y llevamos las tiendas y las
provisiones que estaban sobre lo que ahora era la pequeña porción de la placa a
la porción más grande de ella. En ese momento, no se podía hacer más, y los
hombres volvieron a acostarse, pero durmieron poco. Cada vez que estuve próximo
a conciliar el sueño, podía ver en la oscuridad las pilas de hielo bajo presión
que se levantaban, que caían y angostaban aún más la pequeña isla flotante en
la que nos encontrábamos. En ese momento, no advertí que mi tienda, que había
estado en el lado malo de la grieta, no había sido armada nuevamente. Hudson y
James habían logrado apretujarse en otras tiendas, y Hurley se había envuelto
con la lona de la tienda número uno. Descubrí esto a alrededor de las 5:00.
Toda la noche, la luz eléctrica brilló desde la proa del agonizante Endurance.
Hussey había dejado encendida esa luz cuando hizo la última observación, y,
cómo una lámpara en la ventana de una casa de campo, se enfrentó a la noche
hasta que temprano por la mañana el Endurance recibió un
apretón particularmente violento. Se oyó el sonido de los baos que se
desprendían, y la luz desapareció. La conexión se había cortado.
Llegó la Mañana con el frío y el desconsuelo. Todos los hombres estaban
agarrotados y cansados después de su primera, noche alterada sobre la placa.
Justo al amanecer, me dirigí al Endurance con Wild y Hurley
para buscar algunas latas de combustible que podían usarse para hervir leche
para el resto de los hombres. El barco brindaba un doloroso espectáculo de caos
y de destrucción. El botalón del bauprés y el bauprés se habían quebrado durante
la noche y ahora yacían en ángulos rectos al barco, y las cadenas, la
martingala y el estay del bauprés los arrastraban a medida que el barco se
sacudía trémulamente y se movía en el devastador hielo que se quebraba. El
hielo había llegado hasta el castillo de proa, y el barco estaba hundido en ese
mismo lugar. Aseguramos dos latas de combustible con cierta dificultad y
pospusimos revisar con mayor detalle el barco hasta después del desayuno.
Saltando sobre grietas con las latas, pronto llegamos al campamento e hicimos
un fogón con los tanques herméticos triangulares que habíamos arrancado del
bote salvavidas. Lo habíamos hecho a fin de tener más espacio. Luego,
agujereamos una lata de combustible en unos seis lugares con un pico para hielo
y le prendimos fuego. El combustible resplandecía con fuerza debajo del bidón
de veinte litros que usábamos como cocina, y la leche caliente estuvo lista en
poco tiempo. Entonces, nosotros tres, los ángeles guardianes, recorrimos las
tiendas con la vivificante bebida, y nos vimos sorprendidos y algo avergonzados
por la manera práctica en que algunos de los hombres aceptaron esta
contribución a su comodidad. No comprendían con claridad el trabajo que
habíamos realizado para ellos al amanecer, y oí a Wild decir, «caballeros, si
alguno de ustedes quisiera que le lustremos las botas, déjenlas afuera». Fue un
modo suave de recordarles que un poco de agradecimiento significaría mucho en
ocasiones como esa.
El cocinero preparó el desayuno, que consistió en galletas y hoosh ,
a las 8:00, y luego yo fui hasta el Endurance nuevamente e
hice una revisión más exhaustiva del naufragio. Solo seis de los camarotes no
habían sido perforados por las placas y los bloques de hielo. Todos los
camarotes de estribor habían sido aplastados. Toda la parte posterior del barco
había sido estrujada como un acordeón. El castillo de proa y elRitz estaban
sumergidos, y tres cuartos de la cámara de oficiales estaban llenos de hielo.
La banda de estribor de la cámara se había desprendido. El motor de propulsión
delantero había atravesado la cocina. Las cajas de combustible que habíamos
apilado en la cubierta de proa habían sido empujadas por la placa y habían
atravesado la pared de la cámara de oficiales, arrastrando un cuadro grande. Es
curioso que el vidrio de ese cuadro no se rompiera, mientas que en los
alrededores inmediatos vi pescantes de hierro pesados que habían sido doblados
y torcidos como si fueran un tren destrozado. El barco estaba siendo aplastado
en forma implacable.
Bajo un cielo apagado y nublado, regresé al campamento y revisé nuestra
situación. La placa ocupada por el campamento aún estaba sometida a la presión,
y pensé que sería prudente trasladarnos a otra más grande y aparentemente más
fuerte que estaba a unos doscientos metros de distancia, del lado de la proa de
estribor del barco. Este campamento llegaría a conocerse como Dump
Camp [9] ,
debido a la cantidad de cosas que se arrojaban allí. No podíamos darnos el lujo
de llevar elementos innecesarios, y realizamos una selección draconiana de los
equipos. Decidí proveer a cada uno de los hombres de ropa interior y abrigos
nuevos, y también algunas medias. El campamento se trasladó a la placa más
grande rápidamente, y allí comencé a dirigir los preparativos para el largo
viaje que emprenderíamos a través de las placas hasta la isla Paulet o Snow
Hill.
Mientras tanto, Hurley había preparado su cámara cinematográfica y estaba
sacando fotos del Endurance en su agonía. Mientras estaba
ocupado en ello, el hielo, cargando contra la jarcia firme, el trinquete, el
mayor y la mesana, cortó los obenques. El mastelero y el juanete del trinquete
se vinieron abajo, arrastrando restos del trinquete, y su verga se desplomó en
posición vertical. El palo mayor le siguió inmediatamente y se partió a unos
tres metros por encima de la cubierta principal. El nido de cuervo cayó a tres
metros del sitio donde Hurley se encontraba girando la manivela de su cámara,
pero no la detuvo, de modo que se aseguró una foto única, aunque triste.
La cuestión de la vestimenta se llevó a cabo con rapidez. Asimismo, se
necesitaban sacos de dormir. Teníamos dieciocho sacos de piel, y era necesario,
por lo tanto, obtener diez de los sacos de lana Jaeger a fin de abastecer a los
veintiocho hombres del grupo. Los sacos de lana eran más livianos y no tan
cálidos como los sacos de renos, y a cada uno de los hombres que recibió uno de
ellos también se le entregó una piel de reno para colocar debajo. Parecía justo
distribuir los sacos de piel al azar, pero algunos de nosotros que éramos más
viejos no participamos en la rifa. Pensamos que podríamos abrigarnos tan bien
con las Jaeger como con las pieles. Con rapidez, se distribuyó la ropa, y luego
pusimos uno de los botes de lado y lo sostuvimos con dos remos rotos para
generar socaire para la cocina. El cocinero puso a funcionar la cocina de grasa
y, un poco más tarde, cuando me senté cerca de ella, oí a un hombre decir:
«cocinero, quiero un té fuerte». Otro se le unió, «cocinero, que el mío sea
flojo». Era agradable saber que sus mentes estaban tranquilas, pero creí que
era oportuno mencionarles que el té sería el mismo para todos los hombres y que
seríamos afortunados si, dos meses después, aún teníamos té. En ese momento, se
me ocurrió que el incidente tenía interés psicológico. Aquí había hombres, con
su hogar destruido, con el campamento montado sobre placas de hielo inestables
y con remotas posibilidades de alcanzar la seguridad; a pesar de ello, se
ocupaban con calma de los detalles de la existencia y prestaban atención a
insignificancias como el sabor de un té.
Durante la tarde, el trabajo continuó. De tanto en tanto, oíamos un ruido como
el de una artillería pesada o truenos distantes, causado por las placas que se
empujaban unas contra otras.
«La presión causada por la congestión en esta zona de la banquisa está
produciendo una escena de caos absoluto. Las placas crujen de modo asombroso,
lanzan grandes cordones y se despedazan unas a otras sin piedad. Los cordones o
crestas, que forman líneas de presión que bordean las piezas de hielo de las
placas blandas, que se reducen con velocidad, son enormes. El hielo se desplaza
con majestuosidad, irresistible. Los esfuerzos humanos son inútiles, pero el
hombre lucha contra las gigantescas fuerzas de la naturaleza con espíritu de
humildad. Uno tiene una sensación de dependencia en el Poder superior. Hoy, dos
focas, una Weddell y otra cangrejera, se acercaron al campamento, y las
cazaron. Otras cuatro fueron perseguidas en el agua, puesto que su presencia
perturbaba a los grupos de perros, y esto implicó el uso del látigo y problemas
con el arnés. La disposición de las tiendas ya está lista, y su manejo interno,
establecido. Cada tienda tiene un encargado de rancho, cuya tarea es asumida
por turnos en forma alfabética. El ordenanza lleva las cazuelas para el hoosh de
su tienda a la cocina, toma todo el hoosh que se le permite y,
después de la comida, lava los recipientes con nieve y los guarda en un trineo
o en un bote a fin de que estén listos para un posible traslado.
»Octubre 29. Pasamos una noche tranquila, aunque la presión está pulverizando
todo a nuestro alrededor. Nuestra placa es pesada y soportó los golpes que
recibió. Hay un leve viento del NO al NNO, y el tiempo es bueno. Somos
veintiocho hombres y cuarenta y nueve perros, incluidos los cinco cachorros ya
crecidos de Sue y Sallie. Esta mañana, todos los
hombres estuvieron ocupados preparando los aparejos, colocando los botes sobre
trineos y construyendo y fortaleciendo los trineos para llevar los botes… El
principal trineo con motor, con algún arreglo del carpintero, transportó
nuestro bote más grande en forma admirable. Para el siguiente bote, se ataron
cuatro trineos comunes, pero dudamos acerca de la resistencia de este aparejo
y, de hecho, se rompió enseguida al hacer fuerza… El barco aún flota, con las
espuelas de hielo que lo atraviesan y lo mantienen en superficie. El extremo
proel del castillo de proa está bajo el agua, las cubiertas están quebradas
hacia arriba por la presión, los restos aparecen en una sombría confusión, pero
por encima de todo, aún flamea la insignia azul.
»Esta tarde, los tres cachorros más pequeños de Sallie, el
cachorro Sirius de Suey Mrs. Chippy,
la gata del carpintero, tienen que ser sacrificados. No podíamos encargarnos
del mantenimiento de los débiles en las nuevas condiciones. Macklin, Crean y el
carpintero parecieron sufrir bastante la pérdida de sus amigos. Proponemos
hacer un pequeño viaje de prueba mañana, comenzando con dos de los botes y los
diez trineos. La cantidad de grupos de perros ha aumentado a siete, Greenstreet
se hace cargo del nuevo grupo, que consta de los cuatro cachorros mayores
de Snapper y Sallie. Tenemos diez trineos en
funcionamiento y cinco grupos para turnarse. Los grupos de Wild y Hurley
acarrearán el cúter arrastrándolo con la ayuda de cuatro hombres. Seguirán el
ballenero y los otros botes, y los hombres que los remolquen podrán ayudar con
el cúter en los lugares accidentados. No podemos esperar avanzar rápidamente,
pero cada kilómetro cuenta. Esta tarde, Crean tiene un fuerte ataque de ceguera
causada por la nieve».
El tiempo la mañana del 30 de octubre estaba cubierto y neblinoso, con nevadas
ocasionales. Soplaba una brisa moderada del noreste. Aún vivíamos de los
alimentos extra, traídos del barco cuando lo abandonamos, y las raciones de los
trineos y los botes estaban intactas. Estas provisiones abastecerían a
veintiocho hombres durante cincuenta y seis días con raciones completas, pero
podíamos contar con obtener suficiente carne de focas y pingüinos para, al
menos, duplicar ese tiempo. Incluso podíamos, si avanzar resultaba muy difícil
o perjudicial para los botes, que debíamos cuidar como nuestro medio de
salvación final, acampar en la placa de hielo firme más cercana, inspeccionar
el banco vecino en busca de pingüinos y focas, y esperar la grieta hacia afuera
de la banquisa, hacia el agua abierta y navegable.
«Con este plan, evitaríamos los graves peligros que ahora estamos corriendo de
tropezamos con cordones de presión infranqueables y, posiblemente, de dañar los
botes en forma irremediable, pues estos, con toda certeza, sufrirán en el
accidentado hielo; también minimizaríamos el peligro de que el hielo se parta
debajo de nuestros pies, como sucedió dos veces durante la noche en nuestro
primer campamento. No obstante, me siento seguro de que lo correcto es intentar
avanzar, puesto que si podemos hacer ocho o diez kilómetros por día hacia el
noroeste, nuestras posibilidades de alcanzar la seguridad en los futuros meses
aumentarán en gran medida. Asimismo, hay un aspecto psicológico añadido. Será
mucho mejor para los hombres en general sentir que, aunque el progreso sea
lento, están en camino hacia la tierra, en vez de simplemente permanecer
sentados y esperar a que la ansiada deriva hacia el noroeste nos libere de este
cruel desierto de hielo. Haremos el intento de avanzar. No depende de mí
predecir o controlar».
Esta tarde, Wild y yo salimos bajo la neblina y la nieve para buscar un camino
hacia el noreste. Tras muchas tortuosas vueltas para evitar los cordones de
presión más pesados, marcamos un nuevo rumbo a lo largo de, al menos, dos
kilómetros y medio, y luego regresamos por una ruta algo mejor hasta el
campamento. La presión se estaba haciendo notar rápida y activamente, y nuestra
placa estaba sufriendo las sacudidas y los tirones del hielo. A las 15:00,
después del almuerzo, nos pusimos en camino, y dejamos Dump Camp como
una masa de escombros y restos destrozados. La orden era que los efectos
personales no excedieran un kilogramo por hombre, y esto significaba que nada
debía llevarse en la caminata, salvo lo básico y lo necesario. No podíamos
darnos el lujo de agobiarnos con peso innecesario. Se habían cavado agujeros en
la nieve para las cartas privadas y las pequeñas cosas personales, los lares y
los penates de los miembros de la expedición y, en la privacidad de estas
tumbas blancas, se consignó gran parte de su valor sentimental y no poco de su
valor íntimo. Bastante de mala gana, acepté el kilogramo por hombre, debido a
mi obstinación de que se mantuviera el peso en un mínimo, pero ciertas
pertenencias personales bien podían considerarse indispensables. Era posible
que el viaje fuera largo, y existía la posibilidad de que nos sorprendiera un
invierno en cuarteles improvisados, en una costa inhóspita, en el otro extremo.
Un hombre en tales condiciones necesita algo en que ocupar sus pensamientos,
algún recuerdo tangible de su hogar y de las personas que dejó del otro lado
del mar. Por lo tanto, se tiraron los soberanos y se guardaron las fotografías.
Arranqué la guarda de la Biblia que la Reina Alejandra le había entregado al
barco, escrita por ella misma, y también la hermosa página de Job que incluye
el siguiente versículo:
«
¿De qué seno sale el hielo?
¿Quién da a luz la escarcha del cielo,
cuando las aguas se aglutinan como piedra
y se congela las superficie del abismo?».
(Job 38: 2.9-30).
La
otra Biblia, que la reina Alejandra había entregado para que la usara el grupo
en tierra, se encontraba en la bodega más baja, en una de las cajas, cuando el
barco recibió su golpe mortal. Tiraron las maletas; más tarde, las buscaron,
porque tenían material que servía para hacer botas, algunas de ellas que tenían
la leyenda «cuero sólido» resultaron tener, para nuestra gran desilusión, un
gran porcentaje de cartón. Al fabricante le hubiera resultado muy difícil
disuadirnos, en ese momento, de que ese engaño era casi un crimen.
El grupo avanzado con trineos formado por Wordie, Hussey, Hudson y yo, que
llevaba picos y palas, comenzó a abrir un camino a través de los cordones de
presión para los trineos que llevaban los botes. Estos, con sus aparejos y los
trineos debajo, pesaban más de una tonelada cada uno. El cúter era más pequeño
que el ballenero, pero pesaba más, y era un bote de fabricación mucho más
fuerte. La proa del ballenero fue montada sobre la caja de carga del tractor
Girling, dotada de esquíes, en tanto que su parte media y la popa fueron
apoyadas sobre dos trineos individuales. Estos trineos estaban reforzados con
cuadernas cruzadas y remos acortados en popa y en proa. El cúter estaba montado
en el aerotrineo. Los trineos eran el punto débil. Parecía casi inútil evitar
que se aplastaran bajo sus pesadas cargas al atravesar el hielo lleno de
cordones de presión que se extendía frente a nosotros a lo largo de,
probablemente, quinientos kilómetros. Luego de que el primer trineo inició la
marcha, lo hicieron los grupos de siete perros. Llevaron sus trineos hacia
adelante unos ochocientos metros y, luego, regresaron a buscar los otros.
Worsley se hizo cargo de los dos botes, con quince hombres que lo arrastraban,
y ellos también tuvieron que ser reemplazados. Era un trabajo pesado para los
perros y los hombres, pero no hubo intervalos de descanso en el viaje de
regreso, después de que se había adelantado la primera tanda de la carga.
Pasamos sobre dos grietas que se estaban abriendo, a través de las cuales las
orcas asomaban sus feos hocicos, y a las 17:00, habíamos recorrido kilómetro y
medio en dirección NNO. El estado del hielo delante de nosotros era caótico,
puesto que, desde la mañana, la presión había aumentado, y el hielo se movía y
se estrellaba en todas direcciones. Entonces, di la orden de montar el
campamento para la noche sobre hielo llano que, desafortunadamente, demostró
ser joven y salado. El hielo más viejo era demasiado irregular y tenía
demasiada nieve para ofrecer un terreno adecuado donde acampar. Aunque habíamos
ganado solo kilómetro y medio en línea recta, las desviaciones necesarias
hicieron que la distancia recorrida fuera de más de tres kilómetros, y los
relevos hicieron que la distancia recorrida fuera de diez kilómetros. Algunos
de los grupos de perros habían cubierto más de quince kilómetros. Puse la
guardia de 18:00 a 7:00, una hora para cada hombre, que se iban rotando en cada
tienda.
Durante la noche, cayó una copiosa nevada, y los suelos de tela de las tiendas
se mojaron, ya que la temperatura había aumentado a -3,8°C. Una de las cosas
que esperábamos en esos días era una temperatura más baja, porque entonces la
superficie de la nieve estaría dura, no nos molestaría la humedad, y nuestros
aparejos no se cubrirían de nieve blanda. Las orcas estuvieron resoplando toda
la noche, y apareció una grieta a unos seis metros del campamento a las 1:00 de
la mañana. El hielo de debajo de nosotros era lo suficientemente delgado para
que las orcas lo atravesaran si tuvieran deseos de hacerlo, pero no había
ningún otro lugar donde acampar a nuestro alcance, y teníamos que arriesgarnos.
Cuando llegó la mañana, la nieve caía tan copiosa que no podíamos ver más que
unos escasos dieciocho o veinte metros hacia adelante, y decidí no desmontar el
campamento. Sería difícil encontrar un camino por las placas despedazadas, y
colocar los botes en una posición de peligro podría ser desastroso. Rickenson y
Worsley iniciaron su regreso a Dump Camp a las 7:00 para
buscar algo de madera y grasa para el fuego, y una hora más tarde,
teníamos hoosh con una galleta para cada uno. A las 10:00,
Hurley y Hudson partieron hacia el antiguo campamento para buscar máspemmican para
perros, puesto que no podíamos encontrar focas a nuestro alrededor. Entonces, a
medida que el tiempo aclaraba, Worsley y yo hicimos una exploración hacia el
oeste e intentamos encontrar una posible ruta. Una placa grande ofrecía un
camino bastante bueno para avanzar, al menos, otro kilómetro y medio hacia el
noroeste, y regresamos preparados para volver a desplazarnos. El tiempo mejoró
un poco y, después del almuerzo, desarmamos el campamento. Llevé a Rickenson,
Kerr, Wordie y Hudson como cuadrilla de trabajo para marcar un nuevo camino
entre los cordones de presión. Nos siguieron cinco grupos de perros. Los grupos
de Wild y Hurley fueron amarrados al cúter y comenzaron a avanzar con
espléndido estilo. Solo necesitaron ayuda una vez; de hecho, catorce perros
funcionaron tan bien, o incluso mejor, que dieciocho hombres. El hielo se movía
debajo y a nuestro alrededor a medida que nos dirigíamos hacia la placa grande,
y en el punto en que esta llegaba a las más pequeñas, había una masa de hielo
presionado hacia arriba, aún en movimiento, con agua entre los cordones. Pero
es extraordinario lo que una docena de hombres puede hacer con picos y palas.
Logramos abrir un camino a través de un cordón de presión de más de cuatro
metros de altitud en diez minutos y dejar una senda plana, o relativamente
plana, para los trineos y los grupos.
A
pesar de la nieve húmeda y profunda y de las paradas ocasionadas por tener que
abrirnos paso a través de los cordones de presión, logramos marchar casi
kilómetro y medio hacia nuestra meta, aunque los relevos y las desviaciones
hicieron que la distancia real recorrida fuera casi de diez kilómetros. Como yo
veía que todos los hombres estaban exhaustos, di la orden de montar las tiendas
al socaire de los dos botes, lo cual brindaba cierta protección de la húmeda
nieve que ahora amenazaba con cubrirlo todo. Mientras estaban embarcados en
esta empresa, uno de los marineros descubrió un pequeño charco de agua, formado
por la nieve que se había derretido sobre una vela que estaba en uno de los
botes. No era mucha: apenas un sorbo para cada uno; pero como alguno escribió
en su diario:
«Hemos visto y bebido agua más limpia aunque pocas veces la hemos hallado en
forma tan oportuna».
El día siguiente amaneció frío y calmo con la misma nieve húmeda, y en la luz
que aclaraba pude ver que, con la superficie suelta y teniendo en cuenta el
pequeño resultado que habíamos logrado a pesar de todos nuestros extenuantes
esfuerzos de los últimos cuatro días, sería imposible avanzar una gran
distancia. Tomando también en cuenta la posibilidad de que hubiera canales que
se abrieran cerca de nosotros y, por lo tanto, de que pudiéramos remar hacia el
noroeste en donde podríamos encontrar tierra, decidí buscar una placa más
sólida y allí acampar hasta que las condiciones fueran más favorables para un
segundo intento de escapar de nuestra helada prisión. Con este objetivo
trasladamos nuestras tiendas y todo nuestro equipo hasta una gruesa placa vieja
y pesada a alrededor de dos kilómetros y medio del naufragio y allí instalamos
nuestro campamento. Lo llamamosOcean Camp. Con suma dificultad movimos
nuestros dos botes. La superficie era terrible, como nada que ninguno de
nosotros hubiera visto jamás a nuestro alrededor. Por momentos, nos hundíamos
hasta las caderas, y por doquier la nieve tenía sesenta centímetros de profundidad.
Decidí conservar nuestras valiosas raciones de los trineos (que serían tan
necesarias para el inevitable viaje en bote) lo más posible, y subsistir casi
por completo con focas y pingüinos.
Un grupo fue enviado hasta Dump Camp, cerca del barco, para recoger
toda la ropa, el tabaco y otros elementos que se pudieran encontrar. La pesada
nieve que había caído en los últimos días, combinada con el deshielo y el
consiguiente hundimiento de la superficie, causó la total desaparición de
muchas de las cosas que habíamos dejado en este vertedero. Los demás hombres se
pusieron lo más cómodos posible dadas las circunstancias en Ocean Camp.
Este bloque de hielo flotante, que al principio era de unos dos kilómetros y
medio cuadrados, pero que más tarde se fue dividiendo en fragmentos cada vez
más pequeños, sería nuestro hogar durante casi dos meses. Durante estos dos
meses, hicimos visitas frecuentes a los alrededores del barco y recuperamos
mucha vestimenta y alimentos valiosos y algunos artículos de valor personal
que, en nuestro alegre optimismo habíamos pensado dejar kilómetros atrás en
nuestro embate a través del hielo movedizo, hacia la seguridad.
La recuperación del alimento ahora era una consideración de suma importancia.
Como debíamos subsistir casi por completo con focas y pingüinos, que
proporcionarían combustible y también alimento, una especie de cocina de grasa
era necesaria. Al final, esto fue ideado muy ingeniosamente con la tubería de
acero de la válvula de descarga de cenizas del barco, puesto que nuestro primer
intento con un gran tambor de hierro para combustible no resultó exitoso. En
esta cocina solo podíamos prepararhoosh o guisos de foca o
pingüino, y su funcionamiento era tan incierto que la comida se quemaba o solo
se cocía apenas, y aunque estábamos hambrientos, la carne de foca medio cruda
no era muy apetecible. En una ocasión, un maravilloso guiso hecho con carne de
foca y dos o tres latas de guiso irlandés que se habían rescatado del barco, se
cayó al fuego a través del fondo del tambor de combustible que usábamos como
olla y se quemó a causa de un repentino e intenso calor del fuego de abajo. Ese
día almorzamos cada uno una galleta y un cuarto de lata de carne vacuna en
conserva congelada.
Esta nueva cocina, que usaríamos durante nuestra estancia enOcean Camp,
fue un gran éxito. Se le hicieron dos grandes agujeros con mucho esfuerzo y
pocas herramientas, enfrentados en el extremo más ancho o superior del
vertedero de cenizas. En uno de ellos se fijó un tambor de combustible para ser
usado como hogar; el otro agujero servía para sostener nuestra olla. Junto a
este se hizo otro agujero para permitir usar dos ollas a la vez; y más allá,
una chimenea hecha de latas de galletas completaba una cocina muy eficiente
aunque no muy elegante. Más tarde, el cocinero descubrió que podía cocinar una
especie de panbannock o scone en ella, pero le
resultaba seriamente difícil por la falta de levadura o polvo para hornear.
Luego se hizo un intento para erigir una especie de cocina para proteger al
cocinero contra las inclemencias del tiempo. El grupo que yo había enviado bajo
las órdenes de Wild al barco regresó, entre otras cosas, con la caseta del
timón prácticamente completa. Esto, además de algunas velas y lonas
alquitranadas extendidas sobre palos, conformaron un almacén y un fogón muy
cómodos. Partes de las tracas de la cubierta fueron atadas en forma transversal
a algunos palos clavados en la nieve y esto, con la bitácora del barco, formó
un excelente mirador desde donde buscar focas y pingüinos. En esta plataforma,
además, se erigió un mástil del que flameaba la bandera del Rey y el banderín
del Royal Clyde Yatch Club.
Hice un estricto inventario de la comida que poseíamos; el peso aproximado se
determinó con una sencilla balanza hecha con un trozo de madera y una cuerda, cuyo
contrapeso era una caja de provisiones de veintisiete kilogramos.
Los grupos de perros salían temprano cada mañana al barco naufragado bajo las
órdenes de Wild, y los hombres se esforzaban por rescatar todo lo posible del
barco. Esta era una tarea sumamente difícil puesto que toda la cubierta de proa
estaba bajo treinta centímetros de agua de la banda de babor, y casi un metro
de la banda de estribor. Sin embargo, lograron reunir grandes cantidades de
madera y cabos y algunas cajas de provisiones. Si bien la cocina estaba bajo
agua, Bakewell logró rescatar tres o cuatro ollas, que más tarde demostraron
ser adquisiciones inapreciables. En una cabina en la bodega, se habían
almacenado varias cajas de harina y otros productos que no habíamos podido
sacar antes de abandonar el barco. Por lo tanto, una vez que determinamos con
la mayor precisión posible cuál era la parte de la cubierta inmediatamente
superior a estas cajas, procedimos a hacer un agujero con grandes cinceles para
hielo, a través de las tracas de ocho centímetros con las que estaba hecha la
cubierta. Como en este sitio el barco estaba bajo un metro y medio de agua y
hielo, no fue una tarea fácil. Sin embargo, logramos hacer un agujero lo
bastante grande para permitir que algunas cajas salieran flotando. Estas fueron
recibidas con suma satisfacción y más tarde, cuando trabajábamos entusiasmados,
otras cajas, cuya salida estaba asistida con un gancho, fueron recibidas con
gritos de alegría o gruñidos, según se tratara de alimentos farináceos o simplemente
lujos como gelatinas. Para entonces, cada hombre tenía una buena idea del valor
calórico y nutritivo y de las cualidades alimenticias de los diversos
alimentos. Despertaba un interés personal para todos nosotros. De esta manera,
agregamos a nuestras escasas reservas entre dos y tres toneladas de
provisiones, cerca de la mitad de las cuales eran alimentos farináceos, tales
como harina y guisantes, de los que teníamos tan pocos. Esto parece mucho, pero
a medio kilogramo por día, alcanzaría a solo tres meses para veintiocho
hombres. Antes de esto, yo había reducido las raciones de alimentos a
doscientos setenta gramos por hombre y día. Ahora, sin embargo, podría
aumentarse, y «esa tarde, por primera vez en diez días, supimos lo que era
estar realmente satisfechos».
Hice empaquetar en los trineos raciones especiales de viaje para el caso de
tener que salir repentinamente, y con la otra comida, previendo también futuras
focas y pingüinos, calculé un régimen alimenticio que brindara la mayor
variedad posible y, a la vez, que usara nuestra preciosa reserva de harina del
modo más económico. Todas las focas y los pingüinos que aparecieron cerca del
campamento fueron cazados para que proporcionaran alimento y combustible.
También agregamos a nuestra despensa el alimento de los perros a base de pemmican y
alimentábamos a los perros con las ocas que atrapábamos, después de retirarles
las partes necesarias para nosotros. Teníamos muy poca vajilla, pero pequeños
trozos de madera de contrachapado sirvieron en forma admirable como platos para
los filetes de foca; los guisos y los líquidos de toda clase eran servidos en
los tazones de aluminio de los trineos, de los que había uno para cada hombre.
Más tarde, las latas de jalea y las tapas de las latas de galletas también
sirvieron para ello.
La monotonía de las comidas, aún teniendo en cuenta las circunstancias en que
nos encontrábamos, era algo que me esforzaba por evitar, de modo que nuestra
pequeña reserva de lujos, tales como pasta de pescado, arenques en lata y
otros, era cuidadosamente administrada para que durara lo más posible. Mis
esfuerzos no fueron en vano, puesto que un hombre declara en su diario:
«Debe admitirse que no hay duda de que nos estamos alimentando muy bien,
considerando nuestra posición. Cada comida consta de un plato y de una bebida.
Los vegetales desecados, si los hay, van a parar a la misma olla que la carne,
y cada plato es una especie de picadillo o guiso, ya sea con jamón o carne de
foca o mitad y mitad. El hecho de que solo tengamos dos ollas restringe el
número de alimentos que pueden cocinarse a la vez, pero a pesar de la
limitación de las instalaciones, siempre logramos tener lo suficiente. La leche
en polvo y el azúcar necesariamente se hierven con el té o el cacao.
»Por supuesto, estamos escasos de productos farináceos en nuestra dieta y, por
consiguiente, sentimos deseo de ellos. El pan está fuera de toda cuestión, y
como estamos administrando las cajas restantes de nuestras galletas para
nuestro futuro viaje en bote, escatimamos la provisión de harina haciendo bannocks,
de los que recibimos entre tres y cuatro cada día. Estos panecillos están
hechos de harina, grasa, agua, sal y un poco de polvo de hornear. A la masa se
le da la forma de bollos chatos y se cocinan en unos diez minutos en una
plancha de hierro caliente sobre el fuego. Cada panecillo pesa entre cincuenta
y sesenta gramos, y realmente somos afortunados de poder producirlos».
En una comida se distribuyeron algunas cajas de galletas marineras empapadas en
agua de mar. Estaban en un estado tal que, en circunstancias normales, nadie
las habría mirado dos veces, pero para nosotros, que estábamos flotando en un
bloque de hielo, a unos quinientos kilómetros de la costa (y eso era una gran
hipótesis) y con el insondable mar debajo de nosotros, sin duda eran un lujo.
En la tienda de Wild hicieron un budín con algo de grasa.
Si bien tenía en cuenta la necesidad de una estricta economía con respecto a
nuestra escasa provisión de alimentos, yo sabía lo importante que era mantener
alegres a los hombres y que la depresión ocasionada por nuestro intransitable
entorno y por nuestra precaria situación en cierta medida podía ser aliviada
mediante un aumento de las raciones, por lo menos hasta que estuviéramos más
acostumbrados a nuestro nuevo modo de vida. En sus diarios queda demostrado que
esto tuvo éxito.
«Cada día que pasa es parecido al otro. Trabajamos, hablamos, comemos. ¡Ah!
¡Cómo comemos! Aunque ya no tenemos raciones escasas, somos un poco más
rigurosos que cuando iniciamos nuestra “vida sencilla”, pero en comparación con
los estándares de nuestros hogares, sencillamente somos bárbaros, y nuestra
rapacidad gastronómica no conoce límites.
»Se come todo lo que llega a cada tienda, y todo se divide con sumo cuidado y
precisión en tantas porciones iguales como hombres haya en la tienda. Luego un
miembro cierra los ojos o gira la cabeza y llama a cada uno al azar, al tiempo
que el cocinero de ese día señala cada porción, diciendo al mismo tiempo, “¿de
quién?”.
»De este modo, la parcialidad, por poco intencionada que pueda ser, es obviada
por completo y cada uno se siente satisfecho porque todo es justo, aunque
alguno pueda mirar con cierta envidia el plato del vecino, que difiere del
propio en algún detalle especialmente apreciado, según el gusto de cada uno.
Violamos el décimo mandamiento con toda energía, pero como estamos todos en el
mismo bote en este aspecto, nadie dice una palabra. Entendemos los sentimientos
de cada uno con total compasión.
»Es como la época del colegio una y otra vez, ¡y resulta muy divertido por el
momento!».
Más tarde, a medida que la perspectiva de pasar el invierno en la banquisa se
volvió más clara, las raciones debieron ser reducidas en forma considerable.
Para entonces, sin embargo, todos se habían acostumbrado a la idea y se lo
tomaron como algo normal.
Nuestras comidas ahora, en general, consistían en una porción bastante generosa
de foca o de pingüino, hervida o frita. Como escribió uno de los hombres:
«Ahora estamos comiendo lo suficiente, pero de ninguna manera demasiado, y
todos están siempre lo bastante hambrientos para comer hasta la última miga
posible. Las comidas invariablemente se toman con total seriedad, y se habla
poco hasta que se acaba el hoosh».
Nuestras tiendas se transformaron en sitios algo atestados, en especial a la
hora de las comidas.
«Vivir en una tienda sin ningún mueble requiere que uno se acostumbre. Para
nuestras comidas, debemos sentarnos en el suelo, y es sorprendente lo incómodo
que es comer en esa posición; es mucho mejor arrodillarse y apoyarse sobre los
talones, como hacen los japoneses».
Cada hombre se turnaba para ser el «cocinero» de la tienda por un día, y uno
escribe:
«La palabra “cocinero” en este momento es más bien inapropiada, puesto que, si
bien tenemos una cocina permanente, no hace falta cocinar nada en la tienda.
»En realidad, todo lo que tiene que hacer el cocinero de la tienda es llevar
sus dos ollas de hoosh a la cocina y luego acercar el guiso
junto con la bebida hasta la tienda; después tiene que limpiar al terminar la
comida y lavar las dos ollas y los tazones. No hay cucharas ni otros utensilios
que lavar, puesto que guardamos nuestra propia cuchara y nuestra navaja en el
bolsillo. Los limpiamos lo más posible con la lengua y nos los volvemos a
guardar en el bolsillo después de cada comida.
»Nuestras cucharas son una de nuestras posesiones indispensables aquí. Perder
una cuchara sería casi tan grave como que una persona sin dientes perdiera su
dentadura postiza».
Durante todo este tiempo, la provisión de focas y pingüinos, aunque no era
inagotable, siempre resultó suficiente para nuestras necesidades.
La caza de focas y pingüinos era nuestra ocupación diaria, y salían grupos en
diferentes direcciones para buscarlos entre los montículos y los cordones de
presión. Cuando se encontraba uno, se izaba una señal, en general una bufanda o
una media en un palo, y en el campamento se izaba una señal de respuesta.
Luego Wild salía con un grupo de perros para cazar y traer la presa. Para
alimentarnos nosotros y los perros, por lo menos hacía falta una foca por día.
Las focas eran, en general, cangrejeras, y los pingüinos, emperador. Sin
embargo, el 5 de noviembre, cazamos un pingüino de Adelia, lo cual fue causa de
una gran discusión, como muestra el siguiente extracto:
«El hombre que estuvo de guardia desde las 3:00 hasta las 4:00 atrapó un
pingüino de Adelia. Es el primero de su especie que hemos visto desde el pasado
enero, y esto tal vez signifique mucho. Quizá quiera decir que hay tierra en
alguna parte cerca de nosotros, o tal vez que se están abriendo grandes
canales, pero, por el momento, es imposible hacer más que conjeturas».
Durante nuestra estancia de dos meses en Ocean Camp, no vimos
págalos grandes, petreles antárticos ni leopardos marinos.
Además de la caza diaria en busca de comida, pasábamos el tiempo leyendo los
pocos libros que habíamos logrado rescatar del barco. El mayor tesoro de la
biblioteca era una parte de la Enciclopedia Británica. La usábamos
constantemente para resolver las inevitables discusiones que surgían. Una vez
se halló a los marineros en medio de una discusión muy acalorada acerca del
tema de dinero y el cambio. Finalmente llegaron a la conclusión de que la Enciclopedia,
puesto que no coincidía con sus opiniones, debía estar equivocada.
«Para descripciones de cada ciudad estadounidense que alguna vez existió,
existe o que alguna vez existirá, y para biografías completas y detalladas de
cada estadista estadounidense desde la época de George Washington y mucho
antes, la Enciclopedia era difícil de superar. Debido a la
escasez de fósforos, fuimos obligados a usarla con otros propósitos además de
los puramente literarios; un genio descubrió que el papel usado para sus hojas
había sido impregnado con salitre; ahora podemos recomendarlo positivamente
como un muy eficiente encendedor de pipas».
También teníamos algunos libros sobre exploración antártica, un ejemplar de
Browning y otro de La balada del viejo marinero. Al leer este
último, simpatizamos con este y nos preguntamos qué había hecho con el
albatros; habría resultado una gran contribución a nuestra despensa.
Los dos temas de mayor interés para nosotros eran nuestra velocidad de deriva y
el clima. Worsley tomaba observaciones del sol cada vez que podía, y sus
resultados mostraban definitivamente que la deriva de nuestra placa dependía
casi por completo de los vientos y no estaba muy afectada por las corrientes.
Nuestra esperanza, por supuesto, era derivar hacia el norte hasta el extremo de
la banquisa y luego, cuando el hielo estuviera bastante flojo, tomar los botes
y remar hasta la tierra más cercana. Comenzamos a buena velocidad y derivamos
hacia el norte unos treinta kilómetros en dos o tres días con una ululante
ventisca del suroeste. Sin embargo, gradualmente fuimos disminuyendo la
velocidad, como mostraron sucesivas observaciones, hasta que comenzamos a
derivar nuevamente hacia el sur. Un creciente viento del noreste, que comenzó
el 7 de noviembre y que duró doce días, nos desanimó durante un tiempo, hasta
que descubrimos que solo habíamos derivado cinco kilómetros hacia el sur, de
modo que ahora estábamos veintisiete kilómetros en buena dirección. Esto
fortaleció nuestras teorías de que el hielo del mar de Weddell estaba derivando
en círculos en sentido horario, y que si podíamos mantenernos en nuestro bloque
el tiempo suficiente, terminaríamos siendo transportados hacia el norte, donde
se extendía el mar abierto y el camino hacia una relativa seguridad.
En hielo no se estaba moviendo lo bastante rápido para que se notara. De hecho,
la única forma en que podíamos demostrar que nos estábamos moviendo era
observar el cambio de las posiciones relativas de los témpanos a nuestro
alrededor y, más definitivamente, fijando la latitud y la longitud absolutas
mediante observaciones del sol. De otro modo, en lo que concernía a la deriva
real visible, podríamos haber estado en tierra firme.
Durante los días siguientes avanzamos bastante y derivamos once kilómetros al
norte el 24 de noviembre y otros once kilómetros en las siguientes cuarenta y
ocho horas. Estábamos todos muy complacidos de saber que, si bien el viento
sopló principalmente del suroeste todo este tiempo, nos habíamos desplazado muy
poco hacia el este. La tierra estaba al oeste, de modo que si hubiéramos
derivado hacia el este, habríamos sido llevados enseguida al centro de la
entrada del mar de Weddell, y nuestras posibilidades de, finalmente, llegar a
tierra habrían disminuido en forma considerable.
Nuestra velocidad promedio de deriva era lenta, y eran muchos y variados los
cálculos acerca de si debíamos llegar al extremo de la banquisa. El 12 de
diciembre de 1915, un hombre escribió:
«Una vez que crucemos el círculo Antártico, parecerá que prácticamente estamos
a mitad de camino de casa; y es posible que con vientos favorables podamos
cruzar el círculo antes de Año Nuevo. Una deriva de solo cinco kilómetros por
día nos ayudaría a lograrlo, y con frecuencia hemos hecho eso y más durante
tres o cuatro semanas aproximadamente.
»Ahora estamos a solo cuatrocientos kilómetros de la isla Paulet, pero demasiado
al este de ella. Nos estamos acercando a las latitudes en donde estábamos en
esta época el año pasado camino al sur. El barco zarpó de Georgia del Sur
justamente hace un año y una semana, y alcanzó estas latitudes, seis u ocho
kilómetros hacia el este de nuestra posición actual, el 3 de enero de 1915, y
cruzamos el círculo la víspera de Año Nuevo».
Por lo tanto, después de un año de incesante lucha con el hielo, habíamos
regresado, por extraños giros de la rueda de la fortuna, a casi la misma
latitud de donde habíamos zarpado con tantas esperanzas y aspiraciones hacía
doce meses; sin embargo, ¡qué condiciones diferentes las de ahora! Nuestro
barco estaba destrozado y perdido, y nosotros estábamos a la deriva en un trozo
de hielo a merced de los vientos. Sin embargo, a pesar de los ocasionales
contratiempos a causa de los vientos desfavorables, nuestra deriva, en general,
era muy satisfactoria, y esto contribuía bastante a mantener a los hombres
alegres.
Puesto que la deriva se veía afectada en su mayor parte por los vientos, todos
observábamos de cerca el clima, y Hussey, el meteorólogo, era llamado para
hacer pronósticos cada cuatro horas, y algunas veces con más frecuencia. Una
pantalla meteorológica, que contenía termómetros y un barógrafo, había sido
erigida sobre un poste helado en el hielo, y se hacían observaciones cada
cuatro horas. Cuando abandonamos el barco, el clima estaba frío y horrible y,
en general, lo menos propicio para nuestro intento de marchar. Nuestros
primeros días en Ocean Camp pasaron en, prácticamente, las
mismas condiciones. Por las noches, la temperatura caía por debajo de cero, con
nieve cegadora y nevisca. Se instituyeron guardias de una hora, y todos los
hombres se turnaban. En semejante clima, esta tarea no era sinecura. El vigía
tenía que estar continuamente alerta en busca de grietas en el hielo o de
cualquier cambio repentino en las condiciones del hielo, y también observar a
los perros, que muchas veces se volvían inquietos, irritables y peleones
durante las primeras horas de la mañana. Al cabo de su hora de guardia, estaba
feliz de volver al relativo calor de su congelado saco de dormir.
El 6 de noviembre, un día gris y nublado se convirtió en una ventisca ululante
del suroeste, con nieve y una nevisca que soplaba a baja altura. Solo aquellos
que se veían obligados a hacerlo abandonaban el refugio de su tienda. Por
doquier se formaban profundas acumulaciones de nieve que sepultaban los trineos
a una profundidad de más de medio metro y la nieve que se apilaba alrededor de
las tiendas amenazaba con hacer estallar la delgada lona. La nieve fina se
abrió paso a través del respiradero de la tienda, que, para evitarlo, fue
tapado con una media.
Esto duró dos días, cuando un hombre escribió:
«La ventisca continuó toda la mañana, pero amainó hacia mediodía, y fue una
tarde preciosa; sin embargo, preferiríamos haber seguido sufriendo la
chirriante ventisca con la penetrante nieve que volaba y el viento frío y
húmedo, puesto que habíamos derivado unos dieciocho kilómetros hacia el norte
durante la noche».
Durante cuatro días continuó el buen tiempo, con un sol gloriosamente templado
y brillante, pero con frío cuando uno se quedaba quieto o a la sombra. La
temperatura en general caía muy por debajo de cero, pero aprovechábamos cada
oportunidad durante estos maravillosos días soleados para secar en parte
nuestros sacos de dormir y otros elementos que estaban empapados a causa del
calor de nuestro cuerpo que había derretido la nieve amontonada sobre ellos
durante la ventisca. El sol brillante parecía transmitir buen ánimo a todos.
El día siguiente trajo un viento del noreste con la muy alta temperatura de
-2,7°C, algunos grados por debajo del punto de congelación.
«Estas elevadas temperaturas no siempre representan el calor que podría
suponerse a partir de las lecturas termométricas. En general, traen cielos
grises y nublados, con un viento cortante, bochornoso y cargado de humedad. Los
vientos del sur, aunque más fríos, casi siempre coinciden con días soleados y
cielos claros y azules».
La temperatura seguía subiendo, y alcanzó 0,5°C el 14 de noviembre. El
deshielo, como consecuencia de estas altas temperaturas, estaba ejerciendo un
efecto desastroso sobre la superficie de nuestro campamento.
« ¡La superficie está terrible! No medio derretida, sino resbaladiza. Uno sale
con cautela. Todo está bien por unos pasos, luego el pie de pronto se hunde más
de medio metro hasta que alcanza una capa dura. Uno camina hundido, de esta
manera, paso a paso, como un ladronzuelo en el puerto de Portsmouth, esperando
volver gradualmente a la superficie. Se vuelve pronto, pero la exasperante
actuación se repite hasta el hartazgo, con el acompañamiento de todos los
improperios que uno pueda imaginarse. Lo que en realidad sucede es que el aire
cálido derrite la superficie lo suficiente para causar que gotas de agua caigan
levemente donde, al juntarse con capas más frías de nieve, vuelven a congelarse
y forman un laberinto de nódulos helados en lugar de la nieve suave, en polvo y
granulada a la que estamos acostumbrados».
Estas elevadas temperaturas persistieron durante algunos días y cuando, como
sucedía en ocasiones, el cielo estaba claro y el sol brillaba, hacía un calor
insoportable. Cinco hombres que fueron enviados a buscar algunas cosas cerca
del barco con un trineo fueron solo con pantalones y una camiseta y aún así,
tenían mucho calor; de hecho, temían insolarse, de modo que bajaron las alas de
sus gorros para cubrirse el cuello. Tenían las camisetas arremangadas por
encima de los codos y, en consecuencia, sus brazos estaban rojos y quemados por
el sol. La temperatura en esta ocasión era de -3,3°C. Durante cinco o seis días
más, el sol siguió brillando, y la mayoría de nuestra ropa y nuestros sacos de
dormir ahora estaban relativamente secos. El 21 de noviembre fue un horrible
día en el que cayó aguanieve, pero pudimos soportar esta incomodidad puesto que
el viento no soplaba del sur.
El viento viró más tarde hacia el oeste, y el sol salió a las 21:00, puesto que
en esta época, cerca de finales de noviembre, teníamos el sol de medianoche.
«Un viento sur tres veces bendito» pronto llegó para animarnos a todos, lo cual
ocasionó las siguientes observaciones en uno de los diarios:
«Hoy es el día más hermoso que hayamos tenido en la Antártica: cielo claro,
brisa suave y templada del sur y el sol más brillante. Todos aprovechamos para
levantar las tiendas, limpiar y, en general, secar y airear los aislantes y los
sacos de dormir». Me levanté temprano, a las 4:00, para hacer guardia, y la
vista, sin duda, era magnífica. Delante de uno había un extenso panorama de
campos de hielo, interceptados aquí y allá por pequeños canales abiertos, y
salpicados con numerosos témpanos nobles, en parte bañados por la luz del sol y
en parte cubiertos por las sombras grises de un cielo nublado.
Al observar, uno veía una clara línea de demarcación entre la luz del sol y la
sombra, y esta línea gradualmente se acercaba cada vez más e iluminaba poco a
poco el relieve con montículos del campo de hielo, hasta que por fin nos
alcanzaba a nosotros y arrojaba sobre todo el campamento un resplandor de
gloriosa luz que duraba casi todo el día.
«Esta tarde fuimos convidados con uno o dos chaparrones de nieve similar al
granizo. Ayer también tuvimos una extraña forma de nieve o, más bien, una
precipitación de agujas de hielo, exactamente como pequeños pelos, de alrededor
de un centímetro de extensión.
»El calor en las tiendas a la hora del almuerzo era tan intenso que teníamos
todas las alas laterales levantadas para que se ventilaran, pero es un lujo tener
calor en ocasiones, y uno puede soportar una atmósfera algo encerrada de vez en
cuando solo porque sí. El viento esta tarde ha virado a la dirección sureste
más favorable, y es refrescante».
En estos días buenos, claros y soleados, podían observarse maravillosos
espejismos, igual que ocurre en el desierto. Enormes témpanos parecían estar en
el aire, con una clara brecha entre sus bases y el horizonte; otros estaban
curiosamente distorsionados y adoptaban toda clase de formas extrañas y
fantásticas, y parecían multiplicar muchas veces su altura real. Además, el
blanco resplandor mismo de la nieve y el hielo conformaba un cuadro que es
imposible describir de forma adecuada.
Más tarde, el refrescante viento del suroeste trajo un tiempo benigno y
nublado, probablemente debido a la apertura de la banquisa en esa dirección.
Ya había hecho arreglos para una salida rápida en caso de un repentino
rompimiento del hielo. Se dieron órdenes de emergencia; cada hombre tenía
asignado su puesto y sus deberes estaban detallados; todo estaba organizado
para que en menos de cinco minutos de hacer sonar la alarma con mi silbato, las
tiendas fueran levantadas, los equipos y las provisiones empacados y todo el
grupo estuviera listo para irse. Hice una última inspección de los hombres para
ver su estado, tanto físico como mental, puesto que nuestra estancia en Ocean
Camp no había sido pura dicha. La pérdida del barco significó más para
nosotros de lo que jamás podríamos expresar con palabras. Una vez que estuvimos
instalados en Ocean Camp, el barco seguía atrapado por el hielo;
solo se veían la popa y la proa aplastadas y sepultadas por el implacable
hielo. La enmarañada masa de cabos, aparejos y mástiles convertía la escena en
algo aún más desolador y deprimente.
Con una sensación casi de alivio, llegó el final.
«21 de noviembre de 1915. Esta tarde, cuando estábamos en nuestras tiendas,
oímos al Jefe gritar: “¡Se está yendo, muchachos!”. Salimos en
un segundo y llegamos a la estación de guardia y a otros puntos estratégicos y,
efectivamente, allí estaba nuestro pobre barco a dos kilómetros y medio de
distancia luchando en su agonía de muerte. Se hundió primero la proa, la popa
se elevó en el aire. Luego se zambulló rápidamente y el hielo se cerró sobre él
para siempre. Verlo nos dio una sensación espeluznante, puesto que, aunque no
tenía mástiles y era inútil, parecía nuestro vínculo con el mundo exterior. Sin
él, nuestra miseria parece mayor y nuestra desolación, más completa. La pérdida
del barco cubrió el campamento con una ligera oleada de depresión. Nadie dijo
demasiado, pero no se nos puede culpar por tomarlo de un modo sentimental.
Parecería que hubiera llegado el momento de ruptura de muchas relaciones
queridas, muchos momentos felices, incluso incidentes conmovedores, en el
momento en que terminó boca arriba y encontró un último lugar de descanso
debajo del hielo en el que ahora estamos parados. Cuando uno conoce cada
pequeño recoveco y cada rincón de su barco como nosotros, y lo ha ayudado una y
otra vez en la lucha que tan bien desempeñaba, la despedida real no carecía de
patetismo, más allá de nuestra propia desolación, y dudo que hubiera uno entre
nosotros que no haya sentido alguna emoción personal cuando Sir Ernest, de pie
en lo alto del puesto del vigía, dijo con cierta tristeza y con voz queda: “se
ha ido, muchachos”.
»Debe decirse, sin embargo, que no nos dejamos deprimir durante mucho tiempo,
puesto que pronto todos estaban tan alegres como de costumbre. Se oían las
carcajadas desde las tiendas, e incluso el Jefe tuvo un encontronazo con el
pañolero acerca de la insuficiencia de la ración de salchichas; insistía en que
debía haber dos para cada uno “porque eran muy pequeñas”, en lugar de la
cantidad de una y media que aquel proponía».
El efecto psicológico de un pequeño aumento en las raciones pronto neutralizó
cualquier tendencia al desánimo, pero con las altas temperaturas, comenzó el
deshielo de la superficie, y nuestros sacos y nuestras ropas estaban empapados
y chorreando. Las botas chapoteaban cuando caminábamos, y vivíamos con los pies
constantemente mojados. Por las noches, antes de que cayera la temperatura,
podían verse nubes de vapor que subían de nuestros sacos y botas empapadas.
Durante la noche, cuando hacía más frío, todo esto se condensaba como escarcha
en el interior de la tienda y se nos caía encima si alguno, sin querer, tocaba
el costado. Había que tener cuidado al caminar, también, puesto que muchas
veces solo una fina capa de hielo y nieve cubría un agujero en la placa, a
través del que más de un miembro incauto se hundía hasta la cintura. Sin
embargo, estas constantes mojaduras parecían ser de breve duración, o quizá no
resultaba molesta debido al entusiasmo de la perspectiva de una liberación
anticipada.
El 7 y el 8 de diciembre, un viento del noroeste retrasó un poco nuestro
progreso, pero tenía razones para creer que ello ayudaría a abrir el hielo y
formar canales a través de los que podríamos escapar a aguas abiertas. De modo
que ordené un lanzamiento de práctica de los botes y el arrumaje de alimentos y
provisiones en ellos. Esto fue muy satisfactorio. Cortamos una rampa en nuestra
placa hacia el canal que corría a lo largo, y los botes se lanzaron al agua
«como aves», como observó un marinero. Teníamos grandes esperanzas anticipando
una pronta liberación. Se levantó una ventisca que aumentó el día siguiente y
sepultó tiendas y cajones de embalaje bajo la nieve. El 12 de diciembre, se
había moderado un poco y virado al sureste, y al día siguiente, la ventisca
había cesado, pero seguía soplando un viento continuo del sur y del suroeste
que nos empujaba hacia el norte. «15 de diciembre de 1915. Los continuos
vientos del sur exceden nuestras mayores esperanzas y, por lo tanto, nos
animan. Las perspectivas no podrían ser mejores de lo que son ahora. Los
alrededores de nuestra placa cambian en forma constante. Algunos días estamos
casi rodeados por pequeños canales abiertos que nos impiden cruzar a las placas
adyacentes».
Después de otros dos días, nuestra suerte cambió, y un fuerte viento del
noreste trajo «un día espantosamente frío y ventoso» y nos hizo retroceder algo
más de cinco kilómetros. Sin embargo, pronto el viento volvió a virar al sur y
al suroeste. Estas altas temperaturas, combinadas con los fuertes vientos
cambiantes que habíamos tenido últimamente, me hicieron llegar a la conclusión
de que el hielo a nuestro alrededor se estaba pudriendo y rompiendo y de que
nuestra liberación de las heladas fauces de la Antártica estaba cerca.
El 20 de diciembre, después de discutir el asunto con Wild, informé a todos los
hombres que quería intentar marchar hacia el oeste para reducir la distancia
entre nosotros y la isla Paulet. Un murmullo de grata anticipación recorrió el
campamento, y todos estaban ansiosos por ponerse en movimiento. De modo que al día
siguiente, salí con Wild, Crean y Hurley con grupos de perros hacia el oeste
para inspeccionar la ruta. Después de viajar alrededor de once kilómetros, nos
subimos a un pequeño témpano, y allí se extendían, hasta donde podíamos ver,
una serie de inmensas placas planas de ochocientos por mil seiscientos metros
de ancho, separadas entre sí por cordones de presión que parecían fáciles de
franquear con picos y palas. El único lugar que parecía probablemente
formidable era un área muy agrietada entre la vieja placa en donde estábamos y
la primera de una serie de placas jóvenes a una distancia de alrededor de
ochocientos metros.
El 22 de diciembre, por lo tanto, fue considerado el día de Navidad, y
consumimos la mayor parte de nuestras restantes reservas de lujos en la fiesta
de Navidad. No podíamos llevarnos todo con nosotros, de modo que por última vez
durante ocho meses, tuvimos una comida realmente buena: todo lo que pudimos
comer. Anchoas en aceite, alubias en salsa y liebre estofada hicieron una
gloriosa combinación con la que no soñábamos desde nuestros días de
estudiantes. Todos trabajaban bajo presión, empaquetando y volviendo a
empaquetar trineos y almacenando las provisiones que íbamos a llevar con
nosotros en las diversas bolsas y cajas. Al mirar a mi alrededor y ver los
preocupados rostros de los hombres, solo pude esperar que esta vez los hados
fueran más amables con nosotros que en nuestro último intento de marchar a
través del hielo hacia la seguridad.
Capítulo 6
La marcha intermedia
Con
excepción de la guardia nocturna, nos acostamos a las 23:00 y, a las 3:00 del
23 de diciembre, se despertó a todos los hombres para que trasladaran en trineo
los dos botes, el James Caird y elDudley Docker, a
través de la extensión fracturada y peligrosa, hacia la primera de las placas
jóvenes, mientras la superficie aún mantenía su costra nocturna. Una densa
bruma del mar se levantó en el oeste, de modo que finalmente emprendimos la
tarea a las 4:30, después de un café caliente.
Casi todas las manos tuvieron que ayudar a cada bote alternativamente, y a
fuerza de mucha manipulación cuidadosa y de transitar caminos tortuosos entre
el hielo roto, logramos trasladar ambos botes sin daño alguno por la zona de
peligro.
Luego, regresamos a Ocean Camp a buscar las tiendas y el resto
de los trineos, y montamos el campamento cerca de los botes, a unos dos
kilómetros de distancia. En el camino de regreso, cazamos una foca grande, que
nos suministró alimentos frescos para nosotros y los perros. Al llegar al
campamento, se sirvió una comida de cordero frío enlatado y té, y todos se
fueron a acostar a las 14:00. Mi intención era dormir durante el día y marchar
por la noche, para aprovechar las temperaturas algo más bajas y las
consiguientes superficies más duras.
A las 10:00, se levantó a los hombres, y después de una comida de cordero frío
y té, se reanudó la marcha. Un gran canal abierto nos hizo detener a las 13:00,
entonces acampamos y nos fuimos a dormir sin comer. Por suerte, justo en ese
momento, el tiempo estaba bueno y templado. Varios hombres durmieron al aire
libre al comienzo de la marcha. Una noche, sin embargo, cayó una leve nevada
que fue seguida por una disminución de la temperatura. Worsley, que había
colgado sus pantalones y medias en un bote, los encontró congelados y duros, y
le resultó bastante doloroso vestirse rápidamente la mañana siguiente. Yo me
sentía preocupado, ahora que habíamos comenzado; teníamos que hacer todo lo
posible para lograr salir de allí, y esta detención temporal tan temprana resultaba
algo frustrante. Entonces, esa tarde Wild y yo fuimos esquiando hasta la grieta
y encontramos que se había vuelto a cerrar. Al regresar, señalamos el camino
con pequeñas banderas. Todos los días, después de que los hombres se habían ido
a acostar, Wild y yo nos adelantábamos unos tres kilómetros, aproximadamente,
para reconocer la ruta del día siguiente y la marcábamos con trozos de madera,
lata y pequeñas banderas. Teníamos que elegir el camino que, aunque se desviara
un poco, fuera el más plano y tuviera menos montículos. Había que evitar los
cordones de presión y, cuando no era posible, había que encontrar y marcar el
mejor lugar para hacer un puente de bloques de hielo que cruzara el canal o
pasara por encima del cordón. La tarea de los que llevaban los perros era
preparar el camino para aquellos que avanzaban detrás con dificultad, con los
pesados botes. Estos botes eran acarreados en relevos, unos cincuenta metros
por vez. No quise que estuvieran separados por una distancia demasiado grande en
caso de que el hielo se quebrara entre ellos y no pudiéramos alcanzar al que
estaba a la retaguardia. Cada veinte metros aproximadamente tenían que
detenerse a descansar y tomar un respiro, y para ellos era bueno divisar la
pantalla de lona levantarse sobre algunos remos, puesto que denotaba que el
cocinero había comenzado a preparar una comida y que se haría, al menos, una
pausa temporal. Entonces, el grupo que trasladaba el bote tenía que atravesar
el terreno tres veces. Todos los trineos con perros hacían dos relevos y,
algunos, tres. Los perros eran extraordinarios. Sin ellos, nunca podríamos
haber transportado la mitad de los alimentos y los aparejos que llevamos.
Esa noche, nos acostamos a las 19:00, y a la 1:00 del día siguiente, el 25, el
tercer día de nuestra travesía, se sirvió una ración de los trineos para el
desayuno. Para las 2:00, estábamos de nuevo en camino. Nos deseamos una feliz
Navidad, y nuestros pensamientos volaron hacia nuestros seres queridos, que
estaban en nuestros hogares. Nos preguntamos, también, ese día, mientras
estábamos sentados comiendo nuestro «almuerzo» debannock rancio y
fino con un tazón de cacao aguado, qué estarían comiendo en nuestros hogares.
Los hombres estaban muy alegres. La perspectiva de un descanso de la monotonía
de la vida en la placa nos levantó el ánimo. Un hombre escribió en su diario:
«Es una vida dura, difícil y alegre, esto de caminar y acampar; no nos lavamos
ni lavamos los platos, no nos desvestimos, no nos cambiamos de ropa. Comemos de
cualquier forma y siempre estamos impregnados de olor a grasa; dormimos casi en
la nieve desnuda y trabajamos tanto como puede hacerlo el cuerpo humano con un
mínimo de alimentos».
Continuamos la marcha e hicimos un descanso desde las 6:00 hasta las 11:30.
Después de comer carne de foca y beber té, nos fuimos a dormir. La superficie
ahora estaba en condiciones bastante malas. Las altas temperaturas del día
hicieron que las capas superiores de la nieve se ablandaran, y la delgada
costra que se formó durante la noche no era suficiente para soportar el peso de
un hombre. Por consiguiente, a cada paso nos enterrábamos hasta las rodillas en
la nieve blanda y húmeda. A veces, algún hombre se hundía en un pozo en el
hielo, escondido por una capa de nieve y era levantado con un tirón del arnés.
El sol calentaba mucho, y muchos tenían los labios resquebrajados.
Hoy cazaron dos focas. Wild y Mcllroy, que fueron a amarrarlas, pasaron por una
excitante experiencia sobre el hielo podrido y suelto; tres oreas que había en
un canal a unos pocos metros sacaban sus feas cabezas anticipando un festín.
Al día siguiente, el 26 de diciembre, volvimos a partir a la 1:00.
«La superficie estaba mucho mejor de lo que había estado durante los últimos
días, y esto es lo principal. El camino, sin embargo, se extendía sobre placas
muy amontonadas, y se requería realizar mucho trabajo con picos y palas para
prepararlo a fin de que pasaran los trineos con los botes. Estos son manejados
en relevos de dieciocho hombres bajo el mando de Worsley. Es un trabajo matador
en superficies blandas».
A las 5:00, fuimos parados en seco por un ancho canal abierto después de una
caminata insatisfactoriamente corta. Mientras esperábamos, se sirvió una comida
de té y dos pequeños bannocks, pero como se hicieron las 10:00 y no
había señales de que el canal se cerrara, nos fuimos a dormir.
Nevó un poco durante el día, y a los que estaban durmiendo afuera se les
mojaron bastante los sacos de dormir.
A las 21:30 de esa noche, volvimos a partir. Como era costumbre, yo iba
adelante, seguido por el cocinero y su ayudante, tirando de un pequeño trineo
con la cocina y todos los utensilios para cocinar. Estos dos últimos, negros
como dos Mohawk Minstrels con el hollín de la grasa, tenían el
apodo de Potash y Perlmutter. Luego, vienen los
grupos de perros, que pronto se adelantan al cocinero, y los dos botes cierran
la marcha. Si no fuera por estos botes voluminosos, avanzaríamos a gran
velocidad, pero no nos atrevemos a abandonarlos bajo ningún concepto. Tal como
están las cosas, dejamos un bote, elStancomb Wills, en Ocean
Camp, y en los dos que quedan apenas habrá sitio para todo el grupo cuando
dejemos el hielo.
Caminamos y avanzamos dos kilómetros y medio esa noche, antes de detenernos
para «almorzar» a la 1:00 de la mañana, y luego seguimos otro kilómetro y medio
largo; a las 5:00, acampamos cerca de un pequeño témpano inclinado.
Blackie , uno de los perros de Wild, quedó cojo y no podía tirar ni
seguir al grupo, incluso cuando se le quitó el arnés, de modo que hubo que
sacrificarlo.
A las 21:00 de esa noche, el 17, emprendimos nuevamente la marcha. Los primeros
ciento ochenta metros nos llevaron unas cinco horas, debido a la cantidad de
roturas de los cordones de presión y el relleno de los canales que se requería.
La superficie también ahora estaba muy blanda, por lo que nuestro progreso era
lento y agotador. Logramos atravesar otros mil doscientos metros antes del
almuerzo y, luego casi dos kilómetros hacia el oeste, sobre una placa muy
amontonada, acampamos a las 5:30. Greenstreet y Macklin cazaron y trajeron una
enorme foca de Weddell que pesaba unos trescientos cincuenta kilogramos, y con
gran satisfacción se agregaron dos pingüinos emperador a nuestra despensa.
Me encaramé a un pequeño témpano inclinado que se encontraba cerca. El terreno
inmediatamente delante de nosotros estaba muy roto. Grandes canales abiertos se
cruzaban entre las placas y en todos los ángulos. El panorama era muy poco
prometedor. Wild y yo fuimos a explorar como de costumbre, pero el suelo se
veía demasiado débil para atravesarlo.
«Diciembre 29. Después de un mayor reconocimiento, el hielo delante de nosotros
demostró que sería imposible de cruzar, por lo que a las 20:30 de anoche, ante
la intensa desilusión de todos, en lugar de seguir adelante, tuvimos que
retroceder alrededor de ochocientos metros a fin de subir a una placa más
fuerte y, para las 22:00, habíamos acampado, y todos se habían ido a dormir
nuevamente. El sueño extra era muy necesario, independientemente de cuán
decepcionante pudiera ser la parada».
Durante la noche, se formó una grieta atravesando la placa, de manera que nos
pasamos a una placa vieja y fuerte que se encontraba a dos kilómetros y medio
hacia el este de nuestra posición actual. El hielo a nuestro alrededor ahora
estaba todo roto y blando para los trineos y, sin embargo, no había suficientes
aguas libres para permitirnos botar los botes con cierto grado de seguridad.
Habíamos estado caminando durante siete días; las raciones eran escasas, y los
hombres estaban débiles. Estaban agotados de hacer fuerza y de tirar sobre
superficies blandas, y nuestras provisiones de alimentos que se transportaban
en trineo eran muy pocas. Habíamos caminado doce kilómetros en línea recta y, a
esta velocidad, nos llevaría más de trescientos días llegar a la tierra que se
encontraba hacia el oeste. Como solo teníamos alimentos para cuarenta y dos
días, no había alternativa entonces, salvo acampar una vez más en la placa y
armarnos de toda la paciencia posible hasta que las condiciones se vieran más
favorables para renovar el intento de escape. A tal efecto, apilamos nuestras
provisiones extra, mantuvimos las raciones de reserva de los trineos atadas a
ellos, y llevamos los aparejos que pudimos delOcean Camp que
habíamos abandonado.
Llamamos a nuestro nuevo hogar, que ocuparíamos durante tres meses y medio,Patience
Camp.
La
apatía que parecía haberse apoderado de algunos de los hombres por la
frustración de sus esperanzas pronto se disipó. Todos los días salían grupos en
direcciones diferentes para buscar focas y pingüinos. Habíamos dejado, aparte
de las raciones de reserva para los viajes en trineo, cincuenta kilogramos
de pemmican, incluido el pemmican para perros, y
ciento cuarenta kilogramos de harina. Además, había un poco de té, azúcar,
verduras deshidratadas y sebo. Envié a Hurley y a Macklin aOcean Camp para
que trajeran la comida que habíamos tenido que dejar allí. Regresaron con un
cargamento bastante bueno que incluía sesenta kilogramos de leche en polvo, más
de veinte kilogramos de pemmican para perros, otro tanto de
mermelada y unas pocas latas de carnes en conserva. Cuando estaban a
aproximadamente a dos kilómetros y medio de distancia, sus voces se oían
bastante bien en Ocean Camp; así de quieto estaba el aire.
Por supuesto, había escasez de productos farináceos en nuestra dieta. La harina
duraría diez semanas. Luego, las raciones para los viajes en trineo nos
durarían menos de tres meses. Nuestras comidas consistían principalmente en
carne de foca y pingüino; y aunque ello era valioso como antiescorbútico (a tal
punto que no hubo ni un solo caso de escorbuto en el grupo), se trataba, no
obstante, de una dieta mal equilibrada y, en consecuencia, nos sentíamos algo
débiles y decaídos.
«El cocinero merece grandes elogios por la manera en que se ha comprometido con
su trabajo en medio de toda esta severa ventisca. El espacio de su cocina
consta solo de unas pocas cajas dispuestas a la manera de una mesa, con una
pantalla de lona levantada a su alrededor sostenida sobre cuatro remos y las
dos cocinas de grasa en el interior. La protección que brinda la pantalla es
solo parcial, y los remolinos llevan el humo acre de la grasa en todas
direcciones».
Después de algunos días, pudimos construirle un iglú con bloques de hielo y un
techo de toldo en la parte superior.
«Nuestras raciones son solo suficientes para mantenernos vivos, pero todos
sentimos que podríamos comer el doble de lo que recibimos. En la actualidad, la
comida promedio de un día consta de doscientos veinte gramos de foca con
trescientos cincuenta cm3 de té para el desayuno, unbannock de
ciento diez gramos con leche para el almuerzo y trescientos cincuenta cm3 de
guiso de foca para la cena. Es apenas suficiente, aún si trabajamos tan poco
como lo hacemos, dado que, por supuesto, carecemos por completo de pan, patatas
o cualquier cosa por el estilo. Algunos parecen sentirlo más que otros y hablan
de forma continua de comida; pero la mayoría de nosotros tenemos la sensación
de que la conversación continua acerca de la comida solo agudiza un apetito que
no puede satisfacerse. Nuestro deseo de pan y de manteca es muy real, no porque
no podamos tenerlos, sino porque el cuerpo los necesita».
Debido a esta escasez de alimentos y al hecho de que necesitábamos todo lo que
pudiéramos obtener, tuve que ordenar que se sacrificaran todos los perros, con
excepción de dos grupos. Fue el peor trabajo que tuvimos en toda la expedición,
y sentimos mucho su pérdida.
Tuve que reorganizar el menú semanal en forma continua. La cantidad de
combinaciones posibles de carne de foca decididamente era limitada. El hecho de
que los hombres no supieran qué se les iba a dar les provocaba cierta
especulación mental, y la mínima variación era muy apreciada.
«Hoy, 26 de enero, cazamos un pingüino de Adelia y apareció otra ballena en las
cercanías, pero ninguna foca.
»Nos queda muy poca grasa y, por consiguiente, hay que clausurar una de las
cocinas. Solo recibimos una bebida caliente por día, el té del desayuno.
Durante el resto del día, bebemos agua helada. A veces, incluso, nos falta el
agua, entonces nos llevamos a la cama unos pocos trozos de hielo en una lata de
tabaco. Por la mañana, hay casi una cucharada de agua en la lata, y uno tiene
que permanecer inmóvil durante la noche para no derramarla».
A fin de incluir cierta variedad en la comida, comencé a usar la ración de los
trineos racionada dos veces a la semana.
El hielo entre nosotros y Ocean Camp, que ahora estaba solo a ocho
kilómetros al suroeste de donde nos encontrábamos estaba muy roto, pero decidí
enviar a Macklin y a Hurley con sus perros para ver si había más comida que
pudiéramos agregar a nuestras ralas provisiones. Les di instrucciones escritas
de no correr ningún riesgo indebido ni cruzar ningún canal muy abierto, y les
dije que deberían regresar para el mediodía siguiente. Aunque ambos se
hundieron en la delgada capa de hielo hasta la cintura más de una vez, lograron
llegar al campamento. Encontraron que la superficie estaba blanda y se
hundieron más de medio metro.Ocean Camp, dijeron, «parecía un pueblo que
había sido destruido por completo y abandonado por sus habitantes». Las tablas
que formaban los antiguos suelos de las tiendas habían evitado que el sol
derritiera la nieve que había debajo de ellos y, por consiguiente, estaban unos
sesenta centímetros sobre el nivel de la placa que los rodeaba.
El depósito al lado de la cocina se había inclinado varios grados hacia
estribor, y se habían formado charcos de agua por doquier. Reunieron la comida
que pudieron encontrar, empaquetaron unos pocos libros en una caja de madera
laminada para trineos y regresaron a Patience Camp a eso de
las 20:00. Me alegró que hubieran regresado pronto y como, según lo que me
informaron, parecía que la ruta era favorable, el 2 de febrero volví a enviar a
dieciocho hombres al mando de Wild para traer el resto de los alimentos y el
tercer bote, el Stancomb Wills. Partieron a la 1:00 remolcando el
trineo para botes vacío en que había descansado elJames Caird y
llegaron a Ocean Camp a eso de las 3:30.
«Permanecimos durante unas tres horas en el campamento, colocando el bote sobre
el trineo, juntando alimentos, ropas y libros. Partimos a las 6:00 y llegamos
de regreso a Patience Camp con el bote a las 12:30; nos llevó
tres veces más tiempo volver con el bote que arrastrar el trineo vacío cuando
fuimos a buscarlo. En el viaje de regreso, hicimos varias paradas mientras que
el grupo avanzado de cuatro hombres se ocupaba de romper los cordones de
presión y de cerrar las grietas abiertas con bloques de hielo, dado que los
canales se estaban abriendo. El sol había ablandado bastante la superficie y,
en ciertos lugares, resultaba terriblemente difícil tirar del trineo. Para
cuando llegamos, todos estaban bastante exhaustos, puesto que no tenemos buen
estado físico y nuestras raciones son escasas. Cada tanto, el pesado trineo
quebraba el hielo por completo y por poco flotaba. Liberarlo nos costó
muchísimo por lo exhaustos que estábamos. La distancia más larga que logramos
recorrer sin detenernos a causa de los canales o los cordones de presión fue de
unos mil doscientos metros.
»A poco más de un kilómetro y medio de Patience Camp, tuvimos una
sorpresa de bienvenida. Sir Ernest y Hussey se acercaron en el trineo para
recibirnos con ollas de té caliente, bien envueltas para mantener la
temperatura.
»Uno o dos de los hombres que quedaron atrás habían abierto un camino
moderadamente bueno y más corto para llegar al campamento, se unieron a
nosotros para ayudarnos e hicimos una entrada triunfal.
»Un resultado excelente de nuestro viaje fue haber recuperado dos de las cajas
de lentejas que pesaban diecinueve kilogramos cada una».
Al día siguiente, les pedí a Macklin y a Crean que regresaran para hacer otra
selección de los aparejos, pero encontraron que varios de los canales se habían
abierto durante la noche, y tuvieron que regresar cuando se encontraban a dos
kilómetros y medio de su destino. Nunca más pudimos llegar a Ocean Camp.
Sin embargo, allí quedaba muy poco que nos hubiera resultado útil.
Para mediados de febrero, el tema de la grasa era serio. Di órdenes de que se
desenterraran todas las cabezas y aletas de las focas que se habían descartado
y que se les extrajera todo vestigio de grasa. También había escasez de carne.
Aún teníamos nuestro suministro de alimentos para el viaje en trineo que nos
durarían tres meses prácticamente sin tocar; solo lo usaríamos como último
recurso. Teníamos una pequeña provisión depemmican para perros; los
perros que quedaban se alimentaban con aquellas partes de las focas que
nosotros no podíamos usar. Freíamos estepemmican para perros en
sebo con un poco de harina y hacíamos excelentes bannocks.
Nuestras provisiones de carne eran, en verdad, muy pocas; se habían reducido y
eran muy escasas. Afortunadamente, sin embargo, cazamos dos focas y cuatro
pingüinos emperador y, al día siguiente, cuarenta pingüinos de Adelia. Ahora
solo nos quedaba comida para cuarenta días, y la falta de grasa de foca se
empezaba a sentir bastante. Se había usado todo el sebo que teníamos, por lo
que tuvimos que usar grasa de foca para freír la carne. Una vez que nos
acostumbramos al sabor a pescado que tenía, empezamos a disfrutarla; de hecho,
como en Oliver Twist, queríamos más.
El 29 de febrero de ese año bisiesto, hicimos una celebración especial, más
para levantarles el ánimo a los hombres que cualquier otra cosa. Algunos de los
cínicos del grupo sostenían que era para celebrar su escape de las artimañas de
las mujeres durante otros cuatro años. Ese día, usamos lo que quedaba de cacao.
De allí en adelante, el agua, que en ocasiones reemplazábamos con leche aguada,
iba a ser nuestra única bebida. Ahora, todos los días se entregaban tres
terrones de azúcar a cada hombre.
Una noche, uno de los perros se soltó e hizo estragos con nuestras preciadas
provisiones de bannocks. Comió cuatro y la mitad de otro antes de
que pudiéramos detenerlo. La otra mitad, con la marca de los dientes del perro,
se la di a Worsley, quien la dividió entre sus siete compañeros de tienda: cada
uno recibió alrededor de tres centímetros cuadrados.
Lees, que estaba a cargo de la comida y era responsable de mantenerla a salvo,
escribió en su diario:
«Cuantos menos suministros hay, más hay que hacer en el departamento de
provisiones, puesto que hay que ingeniárselas para estirar los limitados
suministros a medida que pasan las semanas. Ningún ama de casa nunca tuvo tanto
trabajo como nosotros al hacer que lo poco durara mucho. »
Escribir acerca del bannock que mordió Peter hace que uno desee, ahora, poder
tener mucha de la comida que le dio a su perro en casa. Cuando se tiene hambre,
la escrupulosidad se esfuma, y uno se siente muy contento de poder comer
cualquier desecho, independientemente de sus antecedentes. Casi se siente
vergüenza de escribir acerca de todas las exquisiteces que uno ha comido aquí,
pero basta decir que cuando el cocinero tiraba algo de pemmican en un trapo
ennegrecido por el humo y lo arrojaba fuera de la cocina, un hombre se
encargaba de buscarlo y sacar raspando el compuesto sabroso, pero sucio».
Otro hombre buscó en la nieve durante más de una hora en donde se le había
caído un trozo de queso unos días antes, con la esperanza de encontrar algunas
migajas. Fue recompensado cuando encontró un trozo grande como la uña de su
pulgar, y consideró que bien había valido la pena.
Para esta época, la grasa de foca era un artículo frecuente de nuestra dieta,
ya fuera hervida o frita.
«Es notable cómo nuestro apetito ha cambiado en este aspecto. Hasta hace
bastante poco, solo pensar en ello nos provocaba náuseas. Ahora, sin embargo,
lo pedimos de buena gana. Bebemos con avidez el espeso aceite negro que sale de
ella al derretirse, que se asemeja al aceite para trenes y sabe al aceite de
hígado de bacalao».
Ahora teníamos suficientes alimentos farináceos para dos comidas para todos, y
suficiente foca para todo un mes. Queríamos guardar las raciones de reserva
para cuarenta días, empaquetadas en el trineo, hasta el final.
No obstante, como observó un hombre filosóficamente en su diario:
«Nos hará bien a todos tener hambre, ya que apreciaremos mucho más las cosas
cuando regresemos a casa».
Las focas y los pingüinos ahora parecían evitarnos con esmero y, el 21 de
marzo, al hacer un inventario de nuestras provisiones, encontré que solo
teníamos suficiente carne para unos diez días y que la grasa ni siquiera
duraría tanto, por lo que la comida del mediodía debería reducirse a una
galleta.
Ahora nuestras comidas consistían casi por completo en carne de foca, con una
galleta al mediodía, y calculé que a esa velocidad, previendo que se cazaría un
cierto número de focas y de pingüinos, podríamos durar casi seis meses. De
todos modos, todos estábamos muy débiles y tan pronto pareciera posible
abandonar nuestra placa y subirnos a nuestros botes, tendría que aumentar la
ración en forma considerable. Un día, un enorme leopardo marino se subió a la
placa y atacó a uno de los hombres. Wild, al oír los gritos, corrió y lo mató.
Cuando lo abrieron, encontramos en su estómago varios peces sin digerir. Los
freímos en su grasa y, entonces, comimos nuestra primera comida «fresca» desde
que estábamos a la deriva en el hielo.
«Como el combustible es tan escaso, tuvimos que derretir hielo para beber agua
colocando las latas contra nuestros cuerpos, y hacemos algo similar con las
latas de pemmican para perros que usamos para el desayuno,
puesto que las ponemos en nuestros sacos de dormir durante toda la noche.
»Hoy, 1 de abril, sacrificamos los últimos dos grupos de perros y preparamos
los cadáveres para comerlos. Cocinamos parte de la carne de perro y no sabía
para nada mal, era igual que la carne vacuna pero, por supuesto, muy dura».
El 5 de abril matamos dos focas y esto, con el leopardo marino cazado hacía
unos días, nos permitió aumentar levemente nuestra ración. Ahora todos estaban
más contentos; tal es el efecto psicológico del hambre apaciguada.
Los días gélidos, se les entregaba a todos los hombres unas tiras de grasa
cruda, y es maravilloso cómo nos fortalecía contra el frío.
Las provisiones que teníamos para los viajes en trineo para cuarenta días
estaban casi intactas, pero una vez en los botes, se usaron en su totalidad.
Cuando nos instalamos en Patience Camp, el clima era apacible. No
obstante, la víspera de Año Nuevo estuvo neblinosa y cerrada, con algo de nieve
y, el día siguiente, aunque la temperatura aumentó a 3,3°C, estuvo
«espantosamente frío y húmedo bajo nuestros pies». Como regla, durante la
primera mitad de enero, el tiempo estuvo relativamente cálido, tanto que
pudimos prescindir de nuestros mitones y trabajar afuera con las manos desnudas
durante períodos bastante largos. Hasta el día 13, estuvo exasperantemente
cálido y calmo. Esto significó que nuestra deriva hacia el norte, que casi
dependía en su totalidad del viento, se había detenido. Una leve brisa del sur,
el 16, aumentó nuestras esperanzas y, como la temperatura estaba bajando,
esperamos un período de vientos favorables y una larga deriva hacia el norte.
El 18 se levantó un ululante temporal del suroeste y, al día siguiente, se
convirtió en una ventisca que levantaba mucha nieve. Nadie salió de la
protección de su tienda, salvo para alimentar a los perros, coger la comida de
la cocina para su tienda o cuando les llegaba el turno de hacer guardia. Esto
duró seis días, cuando la nevisca se apaciguó en cierto modo, aunque el viento
del sur continuaba, y pudimos vislumbrar el sol. Con esto nos dimos cuenta de
que habíamos derivado setenta y siete kilómetros hacia el norte en seis días,
lo máximo que habíamos derivado. Durante semanas, habíamos permanecido en el
paralelo 67, y parecía que alguna obstrucción estuviera evitando que lo
pasáramos. Sin embargo, por este sorprendente avance, habíamos cruzado el
Círculo Antártico, y ahora estábamos a doscientos treinta y cinco kilómetros de
la tierra más cercana al oeste de nosotros, Snow Hill, y a quinientos setenta y
cinco kilómetros de las Oreadas del Sur, la primera tierra directamente hacia el
norte de donde nos encontrábamos.
Como para compensarlo, al día siguiente se levantó un viento del noreste
igualmente fuerte, y no solo detuvo nuestra deriva hacia el norte, sino que nos
volvió a llevar casi cinco kilómetros hacia el sur. Como era costumbre, las
altas temperaturas y la neblina húmeda acompañaron estos vientos del norte,
aunque esta desapareció la tarde del 25 de enero, y tuvimos el inusual
espectáculo de un sol caluroso y brillante con viento del noreste. Fue el día
más caluroso que habíamos tenido. La temperatura fue de 2,2°C a la sombra y de
casi 26,6°C dentro de las tiendas. Esto tuvo un terrible efecto sobre la
superficie ya que la cubrió de charcos y la volvió muy traicionera cuando
caminábamos. Diez días de vientos del norte nos desalentaron bastante, pero un
fuerte viento del sur que se levantó el 4 de febrero y que luego viró al
sureste nos volvió a arrastrar hacia el norte. Luego, siguieron altas
temperaturas y vientos del norte, de modo que nuestra velocidad promedio de
deriva hacia el norte fue de mil seiscientos metros diarios en febrero. Ese
mes, en los diarios se asentó en forma alternativa «día húmedo, cubierto y
moderado» y «luminoso y frío con leves vientos del sur». Ahora, el viento era
el factor vital para nosotros y el único tema de verdadero interés.
El comienzo de marzo trajo un tiempo frío, húmedo y calmo, con mucha nieve
empapada y cielos cubiertos. El efecto del tiempo en nuestro estado mental era
muy marcado. Todos los hombres se sentían mucho más alegres en un día soleado y
brillante y tenían muchas más esperanzas en el futuro que cuando estaba oscuro
y cubierto. Esto tenía un impacto mucho mayor que un aumento en las raciones.
Un temporal del sureste que comenzó el día 13 y que duró cinco días nos llevó
más de cuarenta y ocho kilómetros al norte y, a partir de entonces, nuestra
buena suerte, en lo que al viento se refiere, nunca nos abandonó. El 20
experimentamos la peor ventisca hasta ese momento, aunque luego llegarían otras
peores tras desembarcar en la isla Elefante. Caía nieve densa, lo que hacía
imposible ver el campamento desde una distancia de treinta metros. Salir por un
momento implicaba quedar completamente cubierto con fina nieve en polvo, lo que
requería un fuerte cepillado antes de poder volver a entrar.
Cuando la tempestad amainó, la temperatura se redujo y el frío se tornó
insoportable. En nuestras condiciones (estábamos débiles, teníamos la ropa
rasgada y engrasada), sentimos mucho más estas variaciones de la temperatura.
Siguió un día calmo, claro y magníficamente templado y, al día siguiente, llegó
una fuerte ventisca del sur. Ciento veinte centímetros de nieve acumulada
cubrían todo, y tuvimos que desenterrar continuamente nuestras escasas
provisiones de carne para evitar que se perdieran por completo. Habíamos
aprovechado el día anterior, que había estado bueno, tratando de descongelar
nuestras mantas que estaban duras por el frío y podían sostenerse como si
fueran placas de acero; pero este día, y durante los siguientes dos o tres, fue
imposible hacer otra cosa más que meterse dentro de los sacos de dormir
congelados e intentar entrar en calor. Teníamos demasiado frío para leer o
coser, por lo que tuvimos que mantener las manos resguardadas y pasar el tiempo
conversando entre nosotros.
«La temperatura no estaba tan sorprendentemente baja como suele estar aquí, en
el sur, pero los terribles vientos penetran la lona endeble de nuestras
frágiles tiendas y forman una corriente tan fuerte que es imposible mantenerse
caliente dentro de ellas. Durante la cena de anoche, el agua que teníamos para
beber se congeló en la lata dentro de la tienda antes de que pudiéramos
bebería. Es curioso lo sedientos que estamos».
Después de este tiempo tan frío, hubo dos días de sol brillante y templado, y
el 29 de marzo fuimos testigos del tiempo más sorprendente. Comenzó a llover
con fuerza, y fue la primera lluvia que vimos desde que partimos de la isla de
Georgia del Sur hacía dieciséis meses. La consideramos nuestro primer contacto
con la civilización, y muchos de los hombres añoraron la lluvia y la neblina de
Londres.
Fuertes vientos del sur, con cielos apagados y cubiertos y temperaturas
ocasionalmente altas nos tocaron en suerte desde ahora hasta el 7 de abril,
cuando la bruma se levantó, y pudimos divisar hacia el norte lo que parecía
tierra.
Aunque la deriva general de nuestra placa de hielo nos había indicado que
finalmente debíamos dirigirnos hacia el norte, nuestro avance en esa dirección
se vio interrumpido. Estábamos a merced del viento y ya no podíamos controlar nuestra
deriva, como tampoco podíamos controlar el tiempo.
Una larga racha de tiempo calmo y quieto a principios de enero nos provocó
cierta preocupación al mantenernos casi a la misma latitud en que estábamos a
principios de diciembre. Hacia finales de enero, sin embargo, una larga deriva
de ciento treinta y cinco kilómetros en medio de una ventisca nos alegró a
todos. Esto no duró mucho y comenzamos una leve deriva hacia el este. Ahora,
nuestra deriva general se ralentizó en forma considerable y, para el 22 de
febrero, aún estábamos a ciento treinta kilómetros de la isla Paulet, que ahora
era nuestro objetivo. Allí había una cabaña y algunas provisiones que había
dejado el barco que había ido a rescatar la expedición de Nordenskjöld en 1904,
de cuyo equipamiento y preparación me había encargado. Comentamos qué extraña
vuelta del destino sería si las mismas cajas de provisiones que yo había pedido
y enviado hacía tantos años ahora nos sirvieran para el invierno entrante. No
obstante, no fue el caso. El 5 de marzo nos encontró a unos sesenta y cinco
kilómetros al sur de la longitud de la isla Paulet, pero bien hacia el este de
ella, y como el hielo todavía estaba demasiado roto para pasar con los trineos,
pareció como si tuviéramos que llegar más allá. Para el 17 de marzo, nos
encontrábamos en el nivel exacto de la isla Paulet, pero casi cien kilómetros
hacia el este. Igual nos habría dado si fueran mil, teniendo en cuenta las
posibilidades que teníamos de llegar a ella pasando con los trineos sobre el
mar de hielo roto que teníamos delante.
Nuestro pensamiento ahora se dirigió a las islas Danger, a cincuenta y seis
kilómetros de distancia.
«Parece probable que vayamos a la deriva una y otra vez, del suroeste al
noreste y viceversa, durante algún tiempo todavía antes de que finalmente
pasemos el punto de la isla Joinville; hasta que lo hagamos, no podemos esperar
mucha apertura, dado que el hielo debe de estar muy congestionado contra la
costa sureste de la isla; de lo contrario, nuestra incapacidad de responder al
reciente vendaval del sureste no puede justificarse. Como apoyo de esta
deducción, ha habido una presión bastante fuerte del lado noreste de nuestra
placa, un inmenso bloque parado de una altura de ocho metros. Hoy vimos una
gaviota dominicana pasar volando sobre nosotros, la primera desde que partimos
de la isla de Georgia del Sur; es otra señal de nuestra proximidad a tierra.
Cortamos escalones en este bloque de ocho metros e hicimos un buen mirador.
Cuando el tiempo aclare, esperamos con confianza ver la tierra».
Una fuerte ventisca oscureció nuestra visión hasta el 23 de marzo.
«Esta mañana, se informó que había “tierra a la vista”. Nos sentíamos
escépticos, pero esta tarde se la vio en forma inequívoca hacia el oeste, y no
puede haber más dudas al respecto. Se trata de la isla Joinville y de sus
cordilleras dentadas, todas cubiertas de nieve, visibles en el horizonte. Esta
tierra que se veía yerma e inhóspita sería un lugar de refugio para nosotros si
pudiéramos llegar a ella. No obstante, sería ridículo hacer el intento, con el
hielo roto como está, demasiado suelto y quebrado para avanzar sobre él, aunque
no demasiado abierto para poder botar las embarcaciones».
Durante los siguientes dos o tres días, nos encontramos derivando más allá de
la tierra, deseando alcanzarla pero, a la vez, impedidos de hacerlo debido al
hielo que nos separaba de ella y, hacia fines de marzo, vimos el monte
Haddington desaparecer en la distancia.
Nuestras esperanzas ahora se centraban en la isla Elefante o la isla Clarence, que
estaban entre ciento cincuenta y doscientos kilómetros al norte de donde nos
encontrábamos.
Si no lográbamos llegar a ninguna de ellas, podríamos intentar alcanzar la isla
de Georgia del Sur, pero nuestras posibilidades eran muy pocas.
El 7
de abril al amanecer, el tan deseado pico de la isla Clarence apareció a la
vista, casi al norte de nuestro campamento. Al principio, tenía el aspecto de
un enorme témpano, pero a medida que hubo más luz, pudimos ver claramente las
negras líneas de pedregal y los altos y escarpados acantilados de la isla que,
en cierta medida, eran objeto de un espejismo. Las oscuras rocas sobre la nieve
blanca eran un agradable espectáculo. Nuestros ojos habían mirado durante tanto
tiempo los témpanos que, al parecer, crecían o decrecían según los ángulos en
los que las sombras eran arrojadas por el sol, con tanta frecuencia habíamos
descubierto islas rocosas y habíamos visto los picos de la Tierra de Joinville
que, después de algún cambio del viento o de la temperatura, veíamos alejarse
flotando como vagas nubes o témpanos comunes, que solo cuando Worsley, Wild y
Hurley confirmaron en forma unánime mi observación, quedé conforme de que
realmente estaba viendo la isla Clarence. La tierra aún estaba a más de cien
kilómetros de distancia, pero a nuestros ojos tenía algo así como el aspecto de
hogar, puesto que allí esperábamos encontrar nuestro primer suelo sólido
después de los largos meses de deriva sobre el hielo inestable. Nos habíamos
adaptado a la vida sobre el hielo, pero nuestras esperanzas estuvieron todo el
tiempo fijas en algún posible lugar donde desembarcar. Cuando una esperanza no
podía materializarse, nuestras expectativas se alimentaban con otra. Nuestro
hogar a la deriva no tenía timón que lo guiara, ni vela que le diera velocidad.
Dependíamos del capricho del viento y la corriente; íbamos hacia donde se les
antojaba a esas fuerzas irresponsables. El deseo de sentir tierra firme bajo
nuestros pies nos llenaba el corazón.
A la luz del día, la isla Clarence ya no parecía tierra y tenía el aspecto de
un témpano ubicado a unos quince kilómetros, puesto que las distancias son muy
engañosas en el claro aire de la Antártica. Los puntiagudos picos blancos de la
isla Elefante aparecieron al oeste del norte más tarde aquel día.
«Ya he dejado de proveer azúcar, y nuestras comidas consisten solamente en
carne y grasa de foca, con doscientos gramos de leche en polvo por día y
grupo», escribí. «Cada hombre recibe una pizca de sal, y la leche se hierve
para preparar bebidas calientes para todos. La dieta nos viene bien, puesto que
no podemos hacer demasiado ejercicio sobre la placa, y la grasa proporciona
calor. Los trozos de grasa frita nos parecen tocino crujiente. Ciertamente, no
cuesta nada comerla, aunque es probable que las personas que viven en
condiciones civilizadas se espantarían de solo pensarlo. Lo malo sería que no
pudiéramos conseguirla». Creo que el paladar del animal humano puede adaptarse
a cualquier cosa. Algunas criaturas mueren antes de aceptar una dieta extraña
si son privadas de su alimento natural. Los yaks de las altas montañas del
Himalaya deben alimentarse del pasto que crece allí, aunque sea escaso y seco,
y se dejarían morir de hambre aunque se les ofreciera la mejor avena y el mejor
maíz.
«Seguimos teniendo el oscuro cielo de agua de la semana pasada con nosotros
hacia el suroeste y el oeste, girando al noreste. Estamos dejando todos los
témpanos al oeste, y ahora hay algunos pocos al alcance de la vista. El oleaje
hoy es más marcado, y estoy seguro de que estamos en la punta de la placa de
hielo. Un fuerte temporal, seguido de una calma, dispersaría la banquisa, creo,
y entonces podríamos abrirnos paso. He estado pensando mucho en nuestras
perspectivas. La aparición de la isla Clarence después de nuestra larga deriva
parece, de alguna manera, darnos un ultimátum. La isla es el último puesto de
avanzada del sur y nuestra última posibilidad de llegar a tierra firme. Más
allá, está el ancho Atlántico. En cualquier momento, nuestros pequeños botes
pueden verse obligados a navegar sin protección por el mar abierto con cinco
mil kilómetros de océano que los separan de la tierra hacia el norte y el este.
Parece vital que desembarquemos en la isla Clarence o en su vecina, la isla
Elefante. Esta última tiene cierto atractivo para nosotros, aunque, hasta donde
yo sé, nadie ha desembarcado allí jamás. Su nombre sugiere la presencia del
regordete y suculento elefante marino. Sea como fuere, tenemos un creciente
deseo de tener tierra firme bajo nuestros pies. La placa ha sido una buena
amiga para nosotros, pero está llegando al final de su viaje, y es probable que
en cualquier momento se rompa y nos arroje al insondable mar».
Algo más tarde, después de revisar toda la situación en vista de nuestras
circunstancias, tomé la decisión de que debíamos intentar llegar a la isla
Decepción. Las posiciones relativas de las islas Clarence, Elefante y Decepción
pueden verse en la carta de navegación. Las dos islas nombradas en primer lugar
estaban relativamente cerca de nosotros y estaban separadas por unos ciento
treinta kilómetros de agua de la isla Príncipe Jorge, que se encontraba a unos
doscientos cincuenta kilómetros de nuestro campamento en el témpano. Desde esta
isla, se extiende una cadena de islas similares hacia el oeste, que termina en
la isla Decepción. Los canales que separan estos territorios de roca y de hielo
tienen entre quince y veinticinco kilómetros de ancho. Sin embargo, gracias a
las instrucciones de navegación del Almirantazgo, sabíamos que en la isla Decepción
había provisiones para que las usaran marinos náufragos, y era posible que los
balleneros de verano aún no hubieran abandonado su puerto. También sabíamos,
por nuestros escasos registros, que allí se había erigido una pequeña iglesia
para los balleneros transitorios. La existencia de esta construcción
significaría, para nosotros, una provisión de madera, con la que, en caso de
vernos urgidos por una extrema necesidad, podríamos construir un bote razonable
para navegar. Habíamos discutido este asunto durante nuestra deriva en el
hielo. Dos de nuestros botes eran bastante fuertes, pero el tercero, elJames
Caird, era liviano, aunque un poco más largo que los otros. Todos ellos
eran pequeños para la navegación de estos mares conocidos por sus tormentas y
estarían en extremo cargados, de modo que un viaje en aguas abiertas sería una
cuestión seria. Me imagino que las manos del carpintero estarían ansiosas por
convertir los bancos de la iglesia en la superestructura. En todo caso, lo peor
que podía pasarnos cuando llegáramos a la isla Decepción sería tener que
esperar hasta que regresaran los balleneros a mediados de noviembre.
Otra información obtenida de los registros del lado occidental del mar de
Weddell estaba relacionada con la isla Príncipe Jorge. Las «Instrucciones de
Navegación» del Almirantazgo que se referían a las Shetland del Sur mencionaban
una cueva en esta isla. Ninguno de nosotros había visto esa cueva ni podía
decir si era grande o pequeña, húmeda o seca; pero mientras derivábamos en
nuestra placa y, más tarde, mientras navegábamos por los canales traicioneros y
montábamos nuestros incómodos campamentos durante la noche, me imaginaba esa
cueva como un palacio que, por contraste, apagaría el esplendor de Versalles.
Esa noche, el oleaje aumentó, y el movimiento del hielo fue más pronunciado. En
ocasiones, una placa vecina golpeaba contra el hielo en donde acampábamos, y el
mensaje de esos golpes era fácil de leer. Debíamos llegar de inmediato a tierra
firme. Cuando la vibración cesaba tras una fuerte embestida, mis pensamientos
se dirigían al problema que se avecinaba. Si el grupo no hubiera sido de más de
seis hombres, no habría sido tan difícil encontrar una solución; pero
obviamente, el transporte de todo el grupo a un sitio seguro, con los medios
limitados de que disponíamos, iba a ser una cuestión de extrema dificultad.
Había veintiocho hombres en nuestro pastel de hielo flotante, que seguía
consumiéndose bajo la influencia del viento, el clima, las embestidas de otras
placas y el fuerte oleaje. Confieso que sentí el gran peso de la
responsabilidad sobre mis hombros; sin embargo, por otra parte, me sentía
estimulado y animado por la actitud de los hombres. La soledad es el castigo
del liderazgo, pero el hombre que tiene que tomar decisiones está asistido, en
gran medida, si siente que no existe la incertidumbre en la mente de quienes lo
siguen y que sus órdenes serán cumplidas con confianza y con la esperanza de
alcanzar el éxito.
La mañana siguiente, 8 de abril, el sol brillaba en el cielo azul. La isla
Clarence apareció claramente en el horizonte, y también podía distinguirse la
isla Elefante. El único pico nevado de la isla Clarence sobresalía como un faro
de seguridad, aunque la imaginación más optimista no podía hacer un camino
fácil del hielo y el océano que nos separaban de ese gigante, blanco y austero.
«La banquisa estaba mucho más suelta esta mañana, y el gran oleaje agitado del
noreste es más pronunciado que ayer. Las placas suben y bajan con el impulso
del mar. Es evidente que estamos derivando con la corriente de superficie,
puesto que todas las masas más pesadas de placas, témpanos y montículos están
quedando atrás. Hubo una discusión en el campamento sobre la conveniencia de
convertir uno de los témpanos en nuestro hogar por el momento y derivar con él
hacia el oeste. La idea no es sensata. No puedo estar seguro de que el témpano
derivará en la dirección correcta. Si se moviera hacia el oeste y nos llevara
hacia aguas abiertas, ¿cuál sería nuestro destino cuando intentáramos lanzar los
botes por los pronunciados costados del témpano en medio del oleaje una vez que
las placas que nos rodeaban se hubieran alejado? Uno también debe calcular la
posibilidad de que el témpano se divida o, incluso, se dé vuelta con nosotros
en él. No es posible sopesar la condición de una gran masa de hielo solo por el
aspecto de la superficie. El hielo puede tener una falla, y cuando el viento,
la corriente y el oleaje ejercen tensiones y presiones, la línea de debilidad
puede aparecer de repente y en forma desastrosa. No, no me gusta la idea de ir
a la deriva sobre un témpano. Debemos permanecer en nuestra placa hasta que las
condiciones mejoren y, luego, hacer otro intento de avanzar hacia tierra
firme».
A las 18:30, un golpe particularmente pesado atravesó nuestra placa. El vigía y
otros miembros del grupo hicieron una inspección inmediata y descubrieron una
grieta justo debajo del James Caird y entre los otros dos
botes y el campamento principal. En cinco minutos, los botes quedaron del otro
lado de la grieta y cerca de las tiendas. El problema no había sido causado por
un golpe de otra placa. Podíamos ver que el trozo de hielo que ocupábamos se
había torcido y ahora apuntaba su eje largo hacia el oleaje que se aproximaba.
Por lo tanto, la placa se estaba meciendo como un barco y se había rajado de
lado a lado cuando el oleaje levantó el centro y dejó los dos extremos sin
soporte, por decirlo de alguna manera. Ahora estábamos en una balsa triangular
de hielo, cuyos tres lados medían aproximadamente ochenta, noventa y ciento
diez metros. La noche cayó gris y nublada, y antes de la medianoche, el viento
había refrescado del oeste. Podíamos ver que la banquisa se estaba abriendo
bajo la influencia del viento, las olas y la corriente, y sentí que el momento
de lanzar los botes estaba cerca. Sin duda, era obvio que, incluso si las
condiciones fueran desfavorables para hacerlo al día siguiente, no podíamos
permanecer a salvo en la placa durante muchas horas más. El movimiento del
hielo en el oleaje era cada vez mayor, y podía partirse justo debajo de nuestro
campamento. Habíamos hecho los preparativos para una rápida acción si sucedía
algo por el estilo. Nuestro caso sería desesperado si el hielo se rompía en
pequeños pedazos que no fueran lo bastante grandes para soportar a nuestro
grupo ni lo bastante sueltos para permitir el uso de los botes.
El día siguiente fue domingo 9 de abril, pero no fue un día de descanso para
nosotros. Muchos de los acontecimientos importantes de nuestra expedición
ocurrieron los domingos, y este día en particular sería testigo de una partida
obligada de la placa en donde habíamos vivido durante casi seis meses y del
inicio de nuestro viaje en los botes.
«Este ha sido un día agitado. Por la mañana, el tiempo era bueno, aunque algo
nublado con nubes estratos y cúmulos, y brisas moderadas del SSO y Sé.
Esperábamos que, con este viento, el hielo derivara y se acercara más a la,
isla Clarence. A las 7:00, podían verse vías de agua y canales en el horizonte
hacia el oeste. El hielo que nos separaba de las vías estaba suelto, pero no
parecía que los botes fueran a poder pasar entre ellos. El continuo oleaje del
noreste llegaba más libremente que el día anterior y estaba juntando las placas
en la más profunda confusión. Los escombros sueltos entre las masas de hielo
eran revueltos hasta que parecían lodo, y ningún bote podría haber sobrevivido
en los canales que se abrían y se cerraban a nuestro alrededor. Nuestra propia
placa estaba sufriendo en la conmoción general y, después del desayuno, ordené
que las tiendas se levantaran y que todos se prepararan para una salida
inmediata cuando los botes pudieran ser echados al mar».
Había decidido tomar el James Caird yo mismo, con Wild y once
hombres. Este era cimas grande de nuestros botes y, además de su personal
humano, llevaba la mayor parte de las provisiones. Worsley se encargó delDudley
Docker con nueve hombres, y Hudson y Crean quedaron a cargo del Stancomb
Wills.
Después del desayuno, el hielo volvió a cerrarse. Estábamos cerca, con nuestros
preparativos casi terminados cuando, a las 11:00, nuestra placa de pronto se
partió justo debajo de los botes. Llevamos a toda prisa nuestros equipos al más
grande de los dos bloques y observamos con tensa atención el siguiente
acontecimiento. La grieta había pasado por donde estaba mi tienda. Yo estaba en
el borde de la nueva fractura y, si miraba hacia el otro lado del canal que se
ensanchaba, podía ver el punto donde durante muchos meses mi cabeza y mis
hombros habían descansado en mi saco de dormir. La depresión formada por mi
cuerpo y mis piernas estaba de nuestro lado de la grieta. El hielo se había
hundido por mi peso durante los meses de espera en la tienda, y yo muchas veces
había puesto nieve debajo del saco para llenar el hueco. Las líneas de
estratificación mostraban claramente las diferentes capas de nieve. ¡Cuán
frágil y precario había sido nuestro lugar de descanso! Sin embargo, su uso
había embotado nuestro sentido del peligro. La placa se había convertido en
nuestro hogar y, durante los primeros meses de deriva, casi habíamos dejado de
darnos cuenta de que solo se trataba de una lámina de hielo flotando en mares
insondables. Ahora, nuestro hogar se desmoronaba debajo de nuestros pies, y nos
sentimos invadidos por una sensación de pérdida y de vacío difícil de
describir.
Los fragmentos volvieron a unirse un poco más tarde, y almorzamos carne de
foca, que todos comieron hasta saciarse. Pensé que una buena comida sería la
mejor preparación posible para el viaje que ahora parecía inminente, y como no
podríamos llevarnos con nosotros toda la carne cuando finalmente nos
marcháramos, consideraríamos cada gramo comido un gramo rescatado. La llamada a
la acción llegó a las 13:00. El hielo se abrió bien, y los canales se volvieron
navegables. Las condiciones no eran las que uno habría deseado, pero era mejor
no esperar más. El Dudley Docker y elStancomb Wills fueron
botados rápidamente al mar. Se les arrojaron las provisiones, y los dos botes
fueron alejados de las placas inmediatas hacia una laguna de aguas abiertas de
cinco kilómetros de ancho, en la que flotaba un enorme y solitario témpano.
El James Caird fue el último en ser botado, pesadamente
cargado con provisiones y elementos del equipo de campamento. Muchas cosas que
considerábamos esenciales en ese momento tuvieron que ser descartadas más
tarde, puesto que la presión de lo imprescindible se volvió más importante. El
hombre puede mantener la vida con muy pocos medios. Los adornos de la
civilización pronto se dejan de lado frente a realidades severas, y si el
hombre tiene la mínima posibilidad de obtener comida y refugio, puede vivir e,
incluso, descubrir que su risa es verdadera.
A las 14:00, los tres botes estaban a un kilómetro y medio de nuestro hogar.
Nos habíamos abierto camino a través de los canales y habíamos entrado en la
gran laguna, cuando vimos que se nos acercaba agua espumosa que arrojaba hielo,
como la ola de marea de un río. El hielo estaba siendo empujado hacia el este
por corrientes opuestas, y dos enormes masas de hielo estaban viniendo hacia
nosotros por cursos convergentes. ElJames Caird iba a la cabeza.
Virando a estribor e inclinándonos pesadamente hacia los remos, logramos
abrirnos paso. Los otros dos botes nos seguían, aunque por su posición a popa,
al principio no se habían dado cuenta del peligro inmediato. El Stancomb
Wills era el último bote y estuvo a punto de ser atrapado, pero con
gran esfuerzo, se mantuvo justo por delante del hielo azotador. Fue una
experiencia inusual y alarmante. El efecto de la acción de la marea sobre el
hielo en general no es tan marcado como lo fue aquel día. El hielo que
avanzaba, acompañado de una gran ola, parecía estar desplazándose a unas tres o
cuatro millas por hora y, si no hubiéramos logrado alejarnos, ciertamente nos
habría tragado.
Remamos con fuerza durante una hora a barlovento del témpano que flotaba en
aguas abiertas. El oleaje rompía sobre sus lados perpendiculares y arrojaba
espuma hasta una altura de veinte metros. Evidentemente, había treinta
centímetros de hielo en el extremo oriental, puesto que el oleaje rompía antes
de llegar a la cara del témpano y arrojaba su espuma blanca sobre la pared de
hielo azul. En otras condiciones, podríamos habernos detenido a admirar el
espectáculo, pero la noche caía aprisa y necesitábamos un sitio para acampar.
Al virar hacia el noroeste, aún en medio de las placas de hielo, el Dudley
Docker se encajó entre dos masas de hielo mientras intentaba tomar un
atajo. El viejo refrán acerca de que un atajo es el camino más largo, muchas
veces es tan verdad en la Antártica como en la tranquilidad del campo. El James
Caird le lanzó un cabo alDudley Docker y, después de
algunos tirones, el bote volvió a liberarse del hielo. Nos apresuramos a
avanzar en el crepúsculo en busca de una placa plana y vieja, y enseguida
encontramos un trozo bastante grande que se mecía en la marea. De ninguna
manera era un sitio ideal para acampar, pero la oscuridad nos había alcanzado.
Subimos los botes y, para las 20:00, habíamos armado las tiendas y la cocina de
grasa estaba ardiendo alegremente. Pronto todos los hombres habían comido y
estaban contentos en sus tiendas, y me llegaban fragmentos de canciones
mientras escribía mi diario.
Cierta sensación intangible de inquietud me hizo dejar la tienda aquella noche,
a eso de las 23:00, y echar un vistazo al silencioso campamento. Las estrellas
entre las ráfagas de nieve mostraban que la placa había girado y estaba mirando
hacia el oleaje, posición que lo exponía a tensiones repentinas. Comencé a
caminar a través de la placa a fin de advertir al vigía que mirara
cuidadosamente en busca de grietas, y cuando pasaba por la tienda de los
hombres, la placa se elevó en la cresta del oleaje y se rajó justo debajo de
mis pies. Los hombres estaban en una de la tiendas con forma de cúpula, que
comenzó a desmembrarse al tiempo que el hielo se abría. Un sonido apagado, que
indicaba asfixia, provino de debajo de lo que quedaba de la tienda. Me apresuré
hacia allí, ayudé a algunos hombres que salían de debajo de la lona y grité, «
¿están bien?».
«Hay dos en el agua», respondió alguien. La grieta se había ensanchado hasta
alcanzar más de un metro, y cuando me abalancé hasta el borde, vi un objeto
blancuzco que flotaba en el agua. Era un saco de dormir con un hombre dentro.
Pude sujetarlo y, con un impulso, levanté al hombre y al saco hasta la placa.
Unos segundos después, los bordes del hielo volvieron a juntarse con una fuerza
tremenda. Afortunadamente, solo un hombre se había caído al agua; de lo
contrario, el incidente podría haber sido una tragedia. El saco rescatado
contenía a Holness, que estaba empapado hasta la cintura, pero, por lo demás,
estaba ileso. La grieta estaba volviendo a abrirse. El James Caird y
mi tienda estaban de un lado de la grieta y los otros dos botes y el resto del
campamento, del otro lado. Con la ayuda de dos o tres hombres, levanté mi
tienda; luego toda la tripulación tiró de la boza y arrastró el James
Caird a través de la grieta que se abría. Tirábamos del cabo mientras
que, uno por uno, los hombres que quedaban de nuestro lado de la placa saltaron
el canal o treparon por el bote. Finalmente, quedé solo. La noche se había
tragado a todos los demás, y el rápido movimiento del hielo me obligó a soltar
la boza. Por un momento, sentí que el trozo de placa sobre el que yo estaba y
que no cesaba de moverse era el lugar más solitario del mundo. Al mirar hacia
la oscuridad, apenas veía las oscuras figuras al otro lado. Llamé a Wild y le
ordené que botara el Stancomb Wills, aunque no tendría que haberme
preocupado. Su veloz cerebro se había anticipado a la orden, y el bote ya
estaba siendo arrastrado hasta el borde del hielo. Dos o tres minutos después,
llegó hasta mí, y fui transportado hasta el campamento.
Ahora estábamos sobre un trozo de hielo plano de unos sesenta metros de largo y
treinta metros de ancho. Esa noche ninguno de nosotros volvió a dormir. Las
oreas resoplaban en las vías a nuestro alrededor; esperamos hasta que se hizo
de día y buscamos signos de otra grieta en el hielo. Las horas pasaban con una
lentitud pasmosa, y nos manteníamos acurrucados unos contra otros o caminábamos
un poco para mantener algo de calor en nuestros cuerpos. Encendimos la cocina
de grasa a las 3:00, y con pipas y una taza de leche caliente para cada uno,
pudimos descubrir algunos puntos brillantes desde nuestra perspectiva. De
cualquier forma, finalmente estábamos en movimiento, y si nos esperaban
peligros y dificultades, les haríamos frente y los superaríamos. Ya no
estábamos a la deriva, impotentes, a merced del viento y la corriente.
Los primeros brillos vacilantes del amanecer llegaron a las 6:00, y esperé
ansiosamente que llegara la luz del día. El oleaje estaba creciendo y, por
momentos, nuestro hielo era rodeado por trozos similares que se acercaban
demasiado. A las 6:30, comimos hoosh caliente y luego nos
quedamos esperando que la placa se abriera. Nuestra oportunidad llegó a las
8:00, cuando lanzamos los botes y comenzamos a abrirnos paso a través de las
vías en dirección norte. El James Caird estaba a la cabeza, lo
seguía el Stancomb Wills, y el Dudley Docker iba a
la retaguardia. A fin de que los botes estuvieran en mejores condiciones de
navegar, habíamos dejado algunas de nuestras palas, picos y verduras
deshidratadas en la placa, y durante mucho tiempo pudimos ver las provisiones
abandonadas formando un manchón oscuro en el hielo. Aún así, los botes estaban
muy cargados. Salimos de las vías y entramos en una zona de aguas abiertas a
las 11:00. Soplaba un fuerte viento del este, pero el extremo de la banquisa
que flotaba afuera nos protegía de toda la fuerza del oleaje, de la misma
manera en que el arrecife de coral de una isla tropical mantiene a raya las
olas del Pacífico. Nuestro camino era a través del mar abierto y enseguida,
después del mediodía, viramos por el extremo norte de la placa y nos dirigimos
hacia el oeste con elJames Caird aún a la cabeza. De inmediato,
nuestros cargados botes comenzaron a cabecear. Les entraba espuma, que se
congelaba al caer y cubría a hombres y a equipos con hielo, y pronto resultó
claro que no podríamos continuar a salvo. Viré el James Caird y
volví a buscar el resguardo de la banquisa con los otros botes atrás. Dentro de
la línea externa del hielo, el mar no rompía. Eran las 15:00, y todos los
hombres estaban cansados y helados. De pronto, vi un extenso témpano similar a
un iceberg que flotaba pacíficamente más adelante y, media hora más tarde, habíamos
subido los botes y montado el campamento para la noche. Era un témpano azul,
grande y magnífico, con un atractivo aspecto sólido y, desde nuestro
campamento, podíamos ver bien el mar y el hielo que nos rodeaban. El punto más
alto tenía unos cinco metros sobre el nivel del mar. Después de una comida
caliente, todos los hombres, excepto el vigía, se retiraron. Todos necesitaban
descansar después de las dificultades de la noche anterior y la desacostumbrada
tensión de las últimas treinta y seis horas remando. El témpano parecía capaz
de soportar los embates del mar y se veía demasiado profundo y macizo para que
el oleaje lo afectara seriamente, aunque no era tan seguro como parecía. Cerca
de la medianoche, el vigía me llamó y me mostró que el profundo oleaje del
noroeste estaba socavando el hielo. Un gran trozo se había desprendido a unos
dos metros y medio de mi tienda. Inspeccionamos todo lo que pudimos en la
oscuridad y descubrimos que, en el lado oeste del témpano, la gruesa cubierta
de nieve estaba cediendo rápidamente ante los ataques del mar. Se habían
formado una franja de hielo justo debajo de la superficie del agua. Decidí que
no había un peligro inmediato y no llamé a los hombres. El viento del noroeste
cobró fuerzas durante la noche.
La mañana del u de abril estaba nublada y neblinosa. Había bruma en el
horizonte, y la luz del día mostró que la banquisa se había cerrado alrededor
de nuestro témpano e imposibilitaba, en medio del fuerte oleaje, bajar los
botes. No veíamos señales del agua. Había numerosas ballenas y orcas resoplando
entre las placas, y palomas del Cabo, petreles y fulmares volaban en círculos
sobre nuestro témpano. Cuando la luz del día cobró más fuerza, la escena desde
nuestro campamento era tan magnífica que no puede describirse, aunque debo
admitir que la observábamos con preocupación. Montañas de hielo y placas que
subían y bajaban se abalanzaban hacia nosotros en extensas ondulaciones, que
más tarde eran quebradas aquí y allá por las oscuras líneas que indicaban la
presencia de aguas abiertas. Cuando el oleaje levantaba nuestro témpano, que se
disolvía a toda velocidad, traía hielo de la placa sobre la franja de hielo
marino y cortaba la parte superior cubierta de nieve a la vez que reducía el
tamaño de nuestro campamento. Al retirarse las placas para volver a atacar, el
agua se arremolinaba sobre el hielo, que rápidamente aumentaba de tamaño.
Lanzar los botes en esas condiciones sería difícil. Una y otra vez, tanto que
se formó un camino, Worsley, Wild y yo subimos al punto más alto del témpano y
observamos el horizonte en busca de una fractura en la banquisa. Después de
interminables horas, a lo lejos, en una subida del oleaje, apareció una oscura
fractura en el campo de hielo que se sacudía. Se acercaba con tanta lentitud que
pareció una eternidad. Noté con envidia la actitud tranquila y pacífica de dos
focas que estaban repantingadas en una placa que se mecía. Estaban en su hogar,
y no había razón para preocuparse o tener miedo. Si pudieran pensar, supongo
que considerarían que era un día ideal para un gozoso viaje sobre el hielo que
se desplomaba. Para nosotros, era un día que, al parecer, lo más probable era
que no condujera a más días. No creo haber sentido nunca la ansiedad tan propia
del liderazgo con tanta intensidad. Cuando miraba hacia el campamento para
descansar los ojos del esfuerzo de observar la blanca extensión interrumpida
por esa cinta negra de aguas abiertas, podía ver que mis compañeros esperaban
con un interés mayor de lo normal averiguar qué pensaba yo acerca de todo
aquello. Después de una colisión particularmente fuerte, alguien gritó con
fuerza: « ¡se quebró en el medio!». Salté de la estación de vigía y corrí hacia
el lugar que estaban examinando los hombres. Había una grieta, pero después de
investigarla, vimos que era solo una grieta superficial en la nieve, sin
indicios de una separación del témpano mismo. El carpintero mencionó con calma
que aquel día, más temprano, se había ido a la deriva en un trozo de hielo.
Estaba parado cerca del borde de nuestro campamento cuando el hielo debajo de
sus pies se separó de la masa principal. Un rápido salto sobre la brecha que se
ensanchaba lo salvó.
Las horas pasaban. Una de las preocupaciones que tenía en la mente era la
posibilidad de ser arrastrados por la corriente a través de la brecha de ciento
treinta kilómetros que había entre la isla Clarence y la isla Príncipe Jorge
hacia el Atlántico abierto; sin embargo, lentamente las aguas abiertas se
acercaron y, a mediodía, ya casi estábamos en ellas. Una extensa vía, estrecha
pero navegable, se extendía hacia el horizonte suroeste. Nuestra oportunidad
llegó un poco después. Bajamos con rapidez de los botes por el borde del
témpano tambaleante y los alejamos de la franja de hielo cuando este se levantó
debajo de ellos. El James Caird casi se da la vuelta a causa
de un golpe que sufrió desde abajo cuando el témpano se alejaba, pero pudo
alcanzar aguas profundas. Arrojamos las provisiones y los equipos adentro y, en
unos minutos, nos habíamos alejado. El James Caird y el Dudley
Docker tenían buenas velas y, con una brisa favorable, podrían avanzar
bastante por la vía, con los campos de hielo que se balanceaban a ambos lados.
El oleaje era fuerte, y la espuma caía sobre las placas de hielo. Un intento
por poner un pequeño fragmento de vela en el Stancomb Wills provocó
un serio retraso. La superficie de la vela era demasiado pequeña para que
resultara útil, y mientras los hombres se dedicaban a esto, el bote derivó
hacia la placa de hielo, donde era probable que su posición resultara
peligrosa. Al ver su difícil situación, envié al Dudley Docker a
buscarlo y até elJames Caird a un trozo de hielo. El Dudley
Docker debió remolcar al Stancomb Wills, y el retraso nos
costó dos horas de valiosa luz del día. Cuando volví a tener los tres botes
juntos, continuamos por la vía y pronto vimos una extensión más ancha de agua
hacia el oeste; parecía ofrecernos alivio de la prisión de la banquisa. En el
extremo de una lengua de hielo que casi cerraba la brecha a través de la cual
podríamos entrar en el espacio abierto, había un témpano desgastado por las
olas que tenía la forma de un curioso monstruo antediluviano, un cerbero de
hielo que custodiaba el paso. Tenía cabeza y ojos y se mecía con tanta fuerza
que casi se daba la vuelta. Sus lados se hundían profundamente en el mar, y
cuando volvía a elevarse, el agua parecía brotarle de los ojos, como si
estuviera llorando ante nuestro escape de las garras de las placas. Esto puede
parecerle fantasioso al lector, pero para nosotros, la impresión en ese momento
era real. Las personas que viven en condiciones civilizadas, rodeadas de las
diversas formas de vida de la naturaleza y de todo el trabajo conocido de sus
propias manos, tal vez casi no se den cuenta de lo rápido que su mente,
influida por sus ojos, responde a lo inusual y teje a su alrededor curiosas
figuraciones, como las fantasías a la luz de la lumbre de nuestros días de
infancia. Habíamos pasado mucho tiempo en el hielo y, en el fondo de nuestro
corazón, deseábamos ver algo que se asemejara a rostros humanos y a formas
vivientes en los contornos fantásticos y las formas masivamente toscas de los
témpanos y las placas.
Al atardecer, amarramos a un pesado bloque cada bote con su boza atada a un
montículo diferente a fin de evitar colisiones en medio del oleaje. Bajamos la
cocina de grasa, hervimos agua para proporcionar leche caliente y servimos
raciones frías. También bajamos las tiendas con forma de cúpula y les quitamos
los aros a los cubre tiendas. Nuestra experiencia del día anterior en el mar
abierto nos había mostrado que las tiendas deben empacarse bien ajustadas. La
espuma había caído sobre la proa y se había convertido en hielo sobre la tela,
que pronto se había vuelto peligrosamente pesada. Esa noche también debimos
deshacernos de otros artículos de nuestro escaso equipamiento. Solo llevábamos
las cosas que nos parecían esenciales, pero abandonamos todo y nos quedamos con
lo mínimo que pudiera darnos seguridad. Habíamos abrigado la esperanza de pasar
una noche tranquila, pero pronto nos vimos obligados a soltar las amarras,
puesto que trozos de hielo suelto comenzaron a moverse alrededor del bloque. El
hielo a la deriva siempre es atraído hacia el lado de sotavento de un bloque
pesado, donde choca y presiona bajo la influencia de la corriente. Yo había
decidido no correr el riesgo de que se repitiera la experiencia de la noche
anterior, de modo que no había subido los botes. Pasamos las horas de oscuridad
manteniendo en lontananza la línea principal de la banquisa, protegidos de los trozos
más pequeños. Una lluvia constante y ráfagas de nieve ocultaban las estrellas y
nos empapaban y, por momentos, la única manera de mantener los botes juntos era
gritándonos. Nadie pudo dormir a causa del frío extremo, y no nos atrevíamos a
juntarnos demasiado para mantenernos calientes, puesto que no podíamos ver a
más de unos metros. En ocasiones, las sombras fantasmales de petreles
plateados, blancos y fulmares pasaban volando cerca de nosotros y, a nuestro
alrededor, oíamos las oreas resoplando, sus siseos como repentinos escapes de
vapor. Las orcas eran una fuente de preocupación, puesto que una de ellas
fácilmente podría haber dado la vuelta a un bote al salir a resoplar. De modo
despreocupado, arrojaban a un lado trozos de hielo mucho más grandes que
nuestros botes cuando se elevaban hasta la superficie, y tuvimos la inquietante
sensación de que las partes pintadas de blanco de los cascos de los botes,
tuvieran el aspecto de hielo vistas desde el fondo del mar. Unos marinos
náufragos en los mares antárticos serían algo impensado para la filosofía de
las orcas y, tras un examen más detallado, podrían parecer sabrosos sustitutos
de las focas y los pingüinos. Ciertamente, observábamos las orcas con recelo.
Temprano por la mañana del 12 de abril, el tiempo mejoró, y el viento se calmó.
El amanecer llegó con un cielo claro, frío y temeroso. Paseé la mirada por los
rostros de mis compañeros del James Caird y vi rasgos
demacrados y ojerosos. La tensión estaba empezando a notarse. Wild estaba al
timón con la misma expresión tranquila y confiada que habría tenido en
condiciones más felices; sus ojos de color azul acero contemplaban el día que
había por delante. Todos los hombres, aunque era evidente que sufrían, hacían
lo posible por estar alegres, y la perspectiva de un desayuno caliente los
animaba. Les dije a los de los demás botes que, en cuanto encontráramos una
placa apropiada se pondría a funcionar la cocina y pronto la leche caliente y
el extracto salado de carne Bovril restablecerían a todos. Remamos hacia el
oeste a través de la abierta banquisa, con placas de todas las formas y tamaños
a cada lado nuestro, y cada hombre se dedicó a remar buscando ansiosamente un
sitio apropiado para acampar. Podía medir el deseo de comer de los diferentes
miembros por el entusiasmo que exhibían al señalarme las placas que
consideraban apropiadas para nuestro propósito. La temperatura era de alrededor
de -12, 2°C, y los trajes Burberry de los remeros crujían cuando los hombres se
inclinaban sobre los remos. Noté pequeños fragmentos de hielo y escarcha que
les caían de los brazos y el cuerpo. A las 8:00, una placa decente apareció
delante de nosotros, y nos acercamos a ella. Bajamos la cocina, y pronto la
comida que se cocinaba despidió un vapor que fue bien recibido mientras la
cocina de grasa llameaba y humeaba. Nunca un cocinero trabajó bajo un
escrutinio más ansioso. Worsley, Crean y yo permanecimos en nuestros
respectivos botes para mantenerlos estables y evitar choques, puesto que el
oleaje seguía fuerte, pero los otros hombres pudieron estirar sus piernas
acalambradas y correr de aquí para allá «en la cocina», como expresó alguno. El
sol ya se elevaba glorioso. Los trajes Burberry se estaban secando, y el hielo
se estaba derritiendo en nuestras barbas. La comida humeante nos dio un
renovado vigor, y en tres cuartos de hora volvimos a salir hacia el oeste con
todas las velas desplegadas. Le habíamos puesto una vela adicional alStancomb
Wills y pudo seguirnos muy bien. Veíamos que verdaderamente estábamos
en el borde de la placa con el mar azul y agitado por fuera del extremo del
hielo hacia el norte. Olas de cresta blanca luchaban con las brillantes placas
en el escenario de agua azul, e infinitas focas tomaban el sol y se revolcaban
en cada trozo de hielo lo suficientemente grande para formar una balsa.
Habíamos avanzado hacia el oeste con remos y velas desde el 9 de abril y, en
general, habían predominado los vientos del este. Las esperanzas eran grandes
en cuanto a la observación de la posición al mediodía. Los optimistas pensaban
que habíamos recorrido cien kilómetros hacia nuestro objetivo, y los cálculos
más cautos indicaban por lo menos cincuenta kilómetros. El sol radiante y el
brillante espectáculo a nuestro alrededor tal vez influyó sobre nuestras
previsiones. Cuando se acercaba el mediodía, vi a Worsley, como oficial de
navegación, balancearse sobre la borda delDudley Docker con el
brazo alrededor del mástil, listo para capturar la posición del sol. Obtuvo su
observación, y esperamos con ansiedad mientras hacía sus cálculos. Luego,
el Dudley Docker se alineó con el James Caird, y
salté al bote de Worsley para ver el resultado. Fue una penosa desilusión. En
lugar de avanzar hacia el oeste, habíamos derivado hacia el sureste. En
realidad, estábamos cincuenta kilómetros al este de la posición en la que nos
encontrábamos cuando abandonamos la placa el día 9. Cazadores de focas que
operan en esta área han observado que, con frecuencia, hay fuertes corrientes
hacia el este, en el estrecho de Gerlache y, sin duda, habíamos pasado por una
de esas corrientes. La causa sería un viento fuerte del noroeste proveniente
del cabo de Hornos, que produjo la marejada que ya nos había causado tantos
problemas. Después de consultarlo en voz baja con Worsley y Wild, anuncié que
no habíamos avanzado tanto como esperábamos, pero no informé a la tripulación
acerca de nuestro retroceso.
El tema de nuestro curso ahora exigía un mayor estudio. La isla Decepción
parecía estar fuera de nuestro alcance. El viento era malo para llegar a la
isla Elefante y, como el mar estaba abierto hacia el suroeste, analicé con
Worsley y Wild la conveniencia de proceder hacia la bahía Esperanza, en el
continente antártico, a solo ciento treinta kilómetros de distancia. La isla
Elefante era la isla más cercana, pero estaba fuera del cuerpo principal de la
banquisa y, aunque el viento hubiera sido favorable, habríamos dudado en ese
momento en particular de si enfrentarnos al mar abierto. Establecimos un curso
aproximado hacia la bahía Esperanza, y los botes se volvieron a poner en
movimiento. Le indiqué a Worsley la línea de un témpano que había más adelante
y le dije que, de ser posible, se diera prisa antes de que cayera la noche.
Esto fue alrededor de las tres de la tarde. Ya navegábamos, y como elStancomb
Wills no podía mantener la velocidad de los otros dos botes, lo
remolqué, porque no deseaba repetir la experiencia del día en que abandonamos
el témpano que se desmoronaba. El Dudley Docker siguió
adelante, pero se acercó a nosotros a toda prisa al atardecer. Worsley había
estado cerca del témpano e informó que era inaccesible. Se balanceaba en la
marejada y exhibía una horrible franja de hielo. Las noticias eran malas. En la
luz que desaparecía, nos dirigimos hacia la línea de un banco de hielo y lo
encontramos tan revuelto y maltrecho por el mar que no quedaba un solo
fragmento lo suficientemente grande para que nos brindara anclaje y refugio. A
algo más de tres kilómetros, vimos un trozo más grande de hielo y logramos
llegar hasta él, después de algunas dificultades, para asegurar los botes.
Llevé la proa de mi bote hasta la placa, mientras que Howe, con la boza en la
mano, estaba preparado para saltar. De pie para ver qué posibilidades teníamos,
mientras los remos estaban listos para respaldar el momento en que Howe
saltara, pude ver que no habría posibilidades de desembarcar la cocina esa
noche. Howe apenas logró pararse en el borde de la placa, y luego amarró la
boza a un montículo. Los otros dos botes fueron amarrados junto al James
Caird. No podían estar a popa del nuestro en una fila, puesto que planchas
de hielo muy finas llegaban a la deriva bordeando la placa y juntándose a
sotavento. Como estaban las cosas, pasamos las siguientes dos horas alejando
con varas el hielo a la deriva que se abalanzaba sobre nosotros. La cocina de
grasa no pudo usarse, de modo que encendimos los hornillos Primus. El mar
estaba encrespado y agitado, y el Dudley Docker no podía
encender su Primus, pues algo estaba suelto. Los hombres de ese bote tuvieron
que esperar hasta que el cocinero del James Caird hirvió la
primera olla de leche.
Los botes chocaban entre sí con tanta fuerza que tuve que soltar un poco la
boza del Stancomb Wills y ponerlo a popa. Alrededor había
mucho hielo que venía y debía ser alejado con varas. Luego, elDudley Docker,
al ser el bote más pesado, comenzó a dañar alJames Caird; entonces,
alejé el Dudley Docker. ElJames Caird permaneció
amarrado al hielo, con elDudley Docker y el Stancomb Wills en
fila detrás de él. La oscuridad era completa, y debimos forzar la vista para
ver los fragmentos de hielo que nos amenazaban. Poco después creímos ver,
dibujada contra el cielo, la forma de un enorme témpano que se abalanzaba sobre
nosotros, pero este amenazador espectáculo se transformó en una nube baja
delante de la luna que salía. La luna apareció en un cielo claro. El viento
cambió hacia el sureste a medida que la luz aumentó y empujó los botes de
costado hacia el dentado borde de la placa. Debimos cortar la boza delJames
Caird y alejarlo, con lo cual perdimos muchos metros de valioso cabo.
No había tiempo de soltar amarras. Luego, nos alejamos de la placa y pasamos
toda la noche en el mar abierto y helado; el Dudley Docker ahora
estaba adelante, el James Cairddetrás de él y el Stancomb
Wills era el tercero en la fila. Los botes estaban unidos entre sí
mediante sus cabos de proa. La mayor parte del tiempo, el Dudley
Docker protegió al James Caird y al Stancomb
Wills del oleaje, y los hombres que estaban remando lo pasaron mejor
que los que estaban en los otros botes, esperando inactivos a que llegara el
amanecer. La temperatura había descendido a -20°C y, en la superficie del mar,
se formó una capa de hielo. Cuando no estábamos de guardia, nos abrazábamos
para darnos calor. Nuestros trajes congelados se derretían donde nuestros
cuerpos se juntaban y, cuando el menor movimiento exponía estos puntos
relativamente calientes al aire cortante, nos aferrábamos unos a otros,
inmóviles, y nos susurrábamos nuestras esperanzas y nuestros pensamientos. En
ocasiones, de un cielo casi claro llegaban chubascos de nieve, que caían en
silencio sobre el mar y dejaban una fina mortaja blanca sobre nuestros cuerpos
y nuestros botes.
El amanecer del 13 de abril llegó claro y luminoso, con nubes ocasionales. La
mayoría de los hombres ahora se veían realmente agotados y tensos. Tenían los
labios resquebrajados y los ojos y los párpados enrojecidos en los rostros
cubiertos de sal. Incluso las barbas de los más jóvenes podrían haber
pertenecido a patriarcas, puesto que el hielo y la sal las habían vuelto
blancas. Llamé al Dudley Docker para que se acercara y vi que
el estado de los hombres no era mejor que a bordo del James Cairel.
Era claro que teníamos que llegar a tierra rápidamente, y decidí que nos
dirigiéramos a la isla Elefante. El viento había virado en dirección a esa isla
rocosa, ahora a unos ciento sesenta kilómetros de distancia, y el hielo que nos
separaba de la bahía Esperanza se había cerrado durante la noche desde el sur.
A las 18:00, distribuimos las provisiones entre los tres botes, en vista de la
posibilidad de estar separados. La preparación de un desayuno caliente estaba
fuera de discusión. El viento era fuerte, y el mar estaba embravecido en el
hielo suelto a nuestro alrededor. Comimos algo frío, y di órdenes de que toda
la tripulación podía comer todo lo que quisiera. Esta concesión se debía, en
parte, a que me daba cuenta de que tendríamos que arrojar algunas de las provisiones
cuando llegáramos al mar abierto a fin de aligerar los botes. Esperaba, además,
que una comida completa de raciones frías compensara, en cierta medida, la
falta de alimento caliente y de refugio. Por desgracia, algunos de los hombres
no pudieron aprovechar la comida extra debido al mareo. Pobres compañeros, ya
bastante era estar acurrucados en los botes recargados, azotados por la espuma,
congelados, sin tener los ataques de mareo añadidos a la lista de sus males.
Sin embargo, surgieron algunas sonrisas causadas por la grave situación de un
hombre que tenía la costumbre de acumular trozos de comida para el día en que
se muriera de hambre que, a su criterio, siempre parecía estar cerca, y que
ahora estaba condenado a observar con impotencia cómo sus hambrientos camaradas
con imperturbables estómagos hacían desaparecer bizcochos, raciones y azúcar
con extraordinaria rapidez.
Avanzamos con el viento a través del hielo suelto, con un hombre en la proa de
cada bote tratando de alejar con un remo roto los trozos de hielo que no podían
evitarse. Yo consideraba que la velocidad era esencial. A veces, no podían
impedirse las colisiones. El James Caird estaba a la cabeza,
donde soportó lo más fuerte del ataque de los fragmentos que acechaban, y un
afilado espolón de hielo le hizo un agujero por encima de la línea de agua,
pero este contratiempo no nos detuvo. Más tarde, el viento cobró fuerza y debimos
arrizar las velas para no golpear el hielo con tanta fuerza. El Dudley
Docker venía detrás del James Caird, y el Stancomb
Wills lo seguía. Yo había dado la orden de que los botes debían
mantenerse a treinta o treinta y cinco metros de distancia, para reducir el
peligro de una colisión si un bote era detenido por el hielo. La banquisa se
estaba estrechando, y llegamos a ocasionales áreas abiertas donde se había
formado hielo fino durante la noche. Cuando nos topábamos con este hielo nuevo,
teníamos que largar una mano de rizos en las velas para avanzar a través de él.
Fuera de la banquisa el viento debe haber tenido la fuerza de un huracán. Se
veían miles de pequeños peces muertos, probablemente a causa de una corriente
fría y el mal tiempo. Flotaban en el agua y yacían en el hielo, donde habían
sido arrojados por las olas. Los petreles y los págalos árticos se lanzaban en
picado y los atrapaban como sardinas.
Avanzamos por las vías hasta que, a mediodía, de pronto fuimos arrojados fuera
de la banquisa al océano abierto. Las aguas eran de un color azul oscuro y
verde zafiro. Nuestras velas enseguida fueron izadas y, con un buen viento,
navegamos por las olas como tres barcos vikingos en busca de la Atlántida
perdida. Con las escotas bien lascadas y el sol que brillaba con fuerza,
disfrutamos por una horas de la sensación de la libertad y de la magia del mar,
que nos compensó por el dolor y las dificultades de los días pasados. Por fin
estábamos libres del hielo, en aguas en donde nuestros botes podían navegar.
Renacieron los pensamientos acerca de nuestros hogares, ahogados por el
amortiguado peso de la ansiedad de días y noches, y las dificultades que aún
debíamos superar disminuyeron en nuestra imaginación hasta casi desaparecer.
Durante la tarde tuvimos que tomar una segunda mano de rizos, puesto que el
viento refrescó y los botes sobrecargados estaban dejando entrar mucha agua y
navegaban con dificultad en el creciente mar. Yo había establecido el curso
hacia la isla Elefante y estábamos progresando bien. El Dudley Docker me
alcanzó al atardecer, y Worsley sugirió que debíamos estar en pie toda la
noche; pero ya el Stancomb Will será apenas visible entre las olas
en el inminente atardecer, decidí que sería más seguro ponerse al pairo y
esperar a que llegara la luz del día. No sería nada bueno que los botes se
separaran durante la noche. El grupo debía permanecer junto y, además, me
parecía que era posible que nos pasáramos de nuestra meta en la oscuridad y no
pudiéramos regresar. De modo que hicimos un ancla flotante de remos y nos
pusimos al pairo, el Dudley Docker a la cabeza, puesto que
tenía la boza más extensa. El James Caird viró a popa
del Dudley Docker y el Stancomb Wills nuevamente
estuvo en tercer lugar. Comimos algo frío e hicimos lo poco que pudimos para
que las cosas fueran cómodas durante las horas de oscuridad. El descanso era
imposible para nosotros. Durante la mayor parte de la noche, la espuma rompía
sobre los botes y se congelaba formando masas de hielo, en especial en la popa
y en la proa. Debíamos romper este hielo a fin de que los botes no fueran
demasiado pesados. La temperatura era muy baja, y el viento penetraba nuestra
ropa y nos helaba de un modo casi insoportable. Yo dudaba acerca de si todos
los hombres sobrevivirían aquella noche. Uno de nuestros problemas era la falta
de agua. Nos habíamos ido tan de repente de la banquisa hacia el mar abierto que
no habíamos tenido tiempo de traer a bordo hielo para derretir en las cocinas,
y sin hielo no podíamos preparar comida caliente. El Dudley Docker tenía
un trozo de hielo que pesaba unos cinco kilogramos, que compartimos con toda la
tripulación.
Chupábamos pequeños pedazos y obteníamos algo de alivio para la sed provocada
por la espuma salada, pero al mismo tiempo reducíamos el calor de nuestro
cuerpo. El estado de la mayoría de los hombres era lastimoso. Todos teníamos la
boca hinchada y apenas podíamos tocar la comida. Yo anhelaba profundamente que
amaneciera. Llamaba a los otros botes a intervalos durante la noche para
preguntarles cómo estaban las cosas. Los hombres siempre lograban contestar con
alegría. Uno de los tripulantes del Stancomb Wills gritó, «estamos
bien, pero me gustaría tener unos mitones secos». La broma trajo una sonrisa a
los labios resquebrajados. Bien podría haber pedido la luna. Lo único seco que
había a bordo de los botes eran las bocas hinchadas y las lenguas ardientes. La
sed es uno de los problemas a los que se expone el viajero en regiones polares.
El hielo puede ser abundante en todas partes, pero no es bebible hasta que se
derrite, y la cantidad que puede disolverse en la boca es limitada. Habíamos
tenido sed durante los días de tanto remar en la banquisa, y nuestro estado se
agravó rápidamente con la espuma salada. Nuestros sacos de dormir nos podrían
haber dado algo de calor, pero estaban fuera de nuestro alcance. Estaban
guardados debajo de las tiendas, en la proa, encerrados bajo una capa de hielo
como una malla, y estábamos tan acalambrados que no podíamos sacarlos.
Por fin amaneció y, con el alba, el tiempo aclaró, y el viento amainó hasta
convertirse en una suave brisa del suroeste. Una magnífica salida del sol
anunció lo que esperábamos que fuera nuestro último día en los botes. De un
color rosado bajo la luz que se intensificaba, el elevado pico de la isla
Clarence hablaba de la próxima salida gloriosa del sol. El cielo se tornó azul
arriba de nosotros, y las crestas de las olas destellaban alegremente. En
cuanto estuvo bastante claro, picamos y limpiamos el hielo de la proa y la
popa. Los timones se habían retirado durante la noche a fin de evitar que las
bozas se enredaran en ellos. Lanzamos nuestra ancla flotante y subimos los
remos. Durante la noche, habían adquirido el grosor de postes de telégrafo
mientras se elevaban y bajaban en el mar helado, y se les debió quitar el hielo
antes de poder subirlos a bordo.
Ahora teníamos una sed espantosa. Descubrimos que podíamos tener un alivio
momentáneo mordiendo trozos de carne cruda de foca y bebiendo la sangre, pero
la sed regresaba con el doble de fuerza debido a la carne salada. Por lo tanto,
di órdenes de que la carne solo debía repartirse a intervalos establecidos
durante el día o cuando la sed parecía amenazar la razón de algún individuo en
particular. A pleno día, la isla Elefante aparecía fría y severa hacia el NNO.
Esta se encontraba en el rumbo que Worsley había establecido, y le felicité por
la precisión de su navegación en esas difíciles circunstancias, con dos días de
cálculos muertos mientras seguíamos un curso sinuoso a través de la banquisa y
después de derivar durante dos noches a merced del viento y de las olas.
El Stancomb Willsse acercó, y McIlroy informó que los pies de
Blackborrow mostraban grandes señales de congelación. Esto era desafortunado,
pero nada podía hacerse. La mayoría de los hombres estaban hasta cierto punto
congelados, y era interesante notar que los «veteranos». Wild, Crean, Hurley y
yo estábamos bien. Al parecer, estábamos aclimatados a la temperatura antártica
normal, aunque más tarde nos enteramos de que no éramos inmunes.
Durante todo el día, con una brisa débil en nuestra proa de babor, navegamos y
remamos a través del mar abierto. Habríamos dado todo el té de China por un
trozo de hielo para derretir, pero no había hielo a nuestro alcance. Había tres
témpanos a la vista, y remamos hacia ellos con la esperanza de encontrar
escombros flotando en el mar a sotavento, pero eran duros y azules, sin una
señal de división, y el oleaje que se elevaba a su alrededor mientras subían y
bajaban nos impedía acercarnos a ellos. El viento en forma gradual nos
arrastraba hacia adelante y, a medida que avanzaba el día, los rayos del sol
caían ferozmente desde un cielo sin nubes sobre los hombres acosados por el
dolor. El avance era lento, pero poco a poco la isla Elefante se fue acercando.
Siempre que yo me ocupaba de los otros botes haciendo señas y dando órdenes,
Wild se sentaba al timón del James Caird. Parecía impasible frente
a la fatiga e impertérrito ante las privaciones. A eso de las cuatro de la
tarde, se levantó una tenaz brisa y, al soplar contra la corriente, pronto
encrespó el mar. Durante la siguiente hora, a pesar de remar con fuerza, parecía
que no avanzábamos en absoluto. El James Caird y el Dudley
Docker se habían turnado para remolcar al Stancomb Wills,
pero mi bote ahora empezó a remolcar al Stancomb Wills de
forma permanente, puesto que el James Caird podía desplegar
más velamen que el Dudley Docker en el viento que arreciaba.
Nos estábamos acercando al lado sureste de la isla Elefante, con viento de
entre el noroeste y el oeste. Los botes, ceñidos al viento lo más posible,
avanzaban despacio y, cuando cayó la noche, nuestra meta aún estaba a unos
kilómetros de distancia. El mar estaba embravecido. Pronto perdimos de vista
al Stancomb Wills, sujetado a popa del James Caird por
la boza, pero en ocasiones, el resplandor blanco del agua que rompía revelaba
su presencia. Cuando la oscuridad fue completa, me senté en la popa con la mano
en la boza para enterarme en caso de que el otro bote se soltara y mantuve esa
posición durante toda la noche. El cabo se volvió pesado con el hielo mientras
que el mar invisible subía a nuestro paso, y nuestra pequeña nave se mecía
fuertemente con el movimiento de las aguas. Al atardecer, les había dicho a los
hombres del Stancomb Wills que si su bote se soltaba durante
la noche y no podían remar contra el viento, se dirigieran al lado este de la
isla Clarence y esperaran allí a que llegáramos. Aunque no pudiéramos
desembarcar en la isla Elefante, de nada serviría que el tercer bote estuviera
a la deriva.
Fue una noche dura. Los hombres, excepto el vigía, se acurrucaron unos junto a
otros en el fondo del bote, tratando de obtener el poco calor que podían de los
sacos de dormir empapados y de sus cuerpos. El viento sopló cada vez con mayor
fuerza, y el mar se puso cada vez más encrespado. El bote caía pesadamente
atravesando las ráfagas y se elevaba contra el viento, sacudiéndose la vela
bajo las rachas más feroces. De vez en cuando, a medida que la noche avanzaba,
la luna brillaba a través de una rendija en las nubes que corrían, y en la
momentánea luz, pude ver las caras fantasmales de los hombres, sentados para equilibrar
el bote cuando se inclinaba por el viento. Cuando la luna estaba oculta, su
presencia se revelaba aún por la luz reflejada en los glaciares de la isla que
fluían. La temperatura había descendido mucho, y parecía imposible que la
incomodidad general de nuestra situación aumentara; sin embargo, la tierra que
se cernía delante de nosotros era un faro de seguridad, y creo que todos
estábamos animados por la esperanza de que, al día siguiente, llegaría el fin
de nuestros problemas inmediatos. Por lo menos, tendríamos tierra firme bajo
nuestros pies. Mientras la boza del Stancomb Wílls se tensaba
y se aflojaba en mi mano, mis pensamientos estaban ocupados con planes para el
futuro.
Hacia la medianoche, el viento cambió al suroeste, y este cambio nos permitió
acercarnos más a la isla. Un poco más tarde, el Dudley Docker se
acercó al James Caird, y Worsley sugirió con un grito que se
adelantaría para buscar un sitio donde desembarcar. Su bote estaba a la popa
del James Caird con el Stancomb Wílls a
remolque. Le dije que podía intentarlo, pero que no debía perder de vista
al James Caird. En cuanto se alejó, cayó una fuerte tormenta de
nieve, y en la oscuridad los botes se separaron. Perdí de vista al Dudley
Docker. Esta separación me produjo gran preocupación durante las siguientes
horas de la noche. El oleaje era cruzado, y yo no estaba en absoluto seguro de
que todo estuviera bien con el bote desaparecido. Las olas no se veían en la
oscuridad, aunque podía sentirse la dirección y la fuerza del viento y, en
semejantes condiciones, en un bote abierto, podría sobrevenir un desastre al
navegante más experimentado. Dirigí la lámpara brújula hacia la vela con la
esperanza de que la señal resultara visible a bordo del Dudley Docker,
pero no obtuve respuesta alguna. Esforzamos la vista con el viento en la cara
esperando captar una señal en respuesta y repetimos la nuestra a intervalos.
Mi preocupación, de hecho, no tenía fundamento. Citaré el propio relato de
Worsley de lo que le pasó al Dudley Docker.
«A eso de la medianoche, perdimos de vista al James Caird, que
remolcaba el Stancomb Wílls, pero poco después vimos la luz de la
lámpara brújula del James Caird, que Sir Ernest estaba apuntando
sobre su vela como una guía para nosotros. Contestamos encendiendo nuestra vela
dentro de la tienda y dejando que la luz brillara a través de ella. Al mismo
tiempo, obtuvimos la dirección del viento y la dirección en la que avanzar
gracias a mi pequeña brújula de bolsillo, puesto que la del bote estaba
destrozada. Con esta vela, nuestros pobres compañeros encendieron sus pipas, su
único consuelo, puesto que nuestra terrible sed nos impedía comer nada. Para
entonces, estábamos en medio de corrientes opuestas que, combinadas con el mar
agitado y abultado, impedía evitar que el Dudley Docker se
anegara. De hecho, nos entró mucha agua por la popa y también a través y sobre
la proa, aunque estábamos navegando de bolina. Lees, que reconocía ser un
pésimo remero, se lució achicando agua sin parar, tarea en el que fue bien
secundado por Cheetham. Greenstreet, un tipo magnífico, me relevó en el timón
y, en general, ayudó en todas partes. Él y Macklin fueron, en todo momento, mis
remeros popeles de babor y de estribor. McLeod y Cheetham eran dos buenos
marinos y remeros: el primero, un viejo lobo de mar gruñón; el segundo, un
pirata hasta la médula. En lo peor de la tormenta aquella noche, Cheetham me
estaba comprando fósforos a cambio de botellas de champán, una botella por
fósforo (demasiado barata; le debí cobrar dos botellas). Pagará el champán cuando
abra su pub en Hull, y yo pueda ir allí… Ya habíamos pasado
ciento ocho horas de trabajo y de vaivenes; congelados y empapados,
prácticamente sin poder dormir. Creo que Sir Ernest, Wild, Greenstreet y yo
podríamos decir que no dormimos en absoluto. Si bien ya hacía dieciséis meses
que estábamos en un mar revuelto, solo cuatro hombres estaban realmente
mareados, pero muchos otros estaban sin color.
»La temperatura era de -11,1°C, pero no sufrimos el frío extremo de la noche
anterior. Greenstreet tenía el pie derecho muy congelado, pero Lees lo
restableció sosteniéndolo en su suéter contra su estómago. Otros hombres
sufrían congelaciones menores, principalmente debido al hecho de que su ropa
estaba empapada con agua salada… Estábamos cerca de la tierra cuando llegó la
mañana, pero no podíamos ver nada a través de la nieve y el rocío del mar. Los
ojos comenzaron a fallarme. El constante esfuerzo por mirar a barlovento
observando el mar que nos azotaba, al parecer me había provocado conjuntivitis.
No veía ni podía calcular la distancia en forma adecuada y, en un momento, me
quedé dormido frente al timón. A las 3:00, Greenstreet me relevó. Estaba tan
acalambrado después de tantas horas, helado y empapado, y en la misma encogida
postura sobre los aparejos y el timón, que los otros hombres tuvieron que
arrastrarme al medio del bote y estirarme como a una navaja, primero frotando
mis muslos y mis ingles y, luego, mi estómago.
»Cuando amaneció, nos encontrábamos cerca de la tierra, pero el tiempo estaba
tan malo que no veíamos dónde desembarcar. Habiendo tomado el timón nuevamente
después de descansar una hora al abrigo (por decirlo de alguna manera) de la
tienda que chorreaba, llevé al Dudley Docker a través del
vendaval, siguiendo la costa hacia el norte. Durante la primera hora, este
curso fue bastante arriesgado, puesto que el mar revuelto del que nos estábamos
escapando amenazaba con anegar el bote, pero a las 8:00, habíamos obtenido un
poco de socaire de la tierra. Entonces, pude mantenerlo muy cerca, a lo largo
del frente de un glaciar, con el fin de recoger trozos de hielo de agua dulce
mientras navegábamos entre ellos. Nuestra sed era intensa. Pronto tuvimos algo
de hielo a bordo, y durante la siguiente hora y media chupamos y masticamos
fragmentos de hielo con ávido deleite.
»Todo este tiempo estuvimos bordeando la costa bajo altísimos acantilados
rocosos y escarpados glaciares que no ofrecían la mínima posibilidad de
desembarcar en ninguna parte. A las 9:30, vislumbramos una playa estrecha y
rocosa en la base de un risco y un acantilado muy alto, y nos dirigimos hacia
ella. Para nuestra alegría, avistamos el James Caird y
el Stancomb Wills que navegaban hacia la misma bahía pequeña
delante de nosotros. Estábamos tan encantados que lanzamos tres vivas, que no
fueron oídos a bordo de los otros botes debido al rugido del oleaje. Sin
embargo, pronto los alcanzamos y pudimos intercambiar experiencias en la
playa».
Nuestra experiencia en el James Caird había sido similar,
aunque no habíamos podido mantenernos a barlovento tan bien como el Dudley
Docker. Esto fue venturoso, puesto que el James Caird y
el Stancomb Wills derivaron a sotavento de la gran ensenada en
la que ingresó el Dudley Docker y de la que tuvo que salir con
el mar a popa. Así, evitamos el riesgo de que el Stancomb Wills se
hundiera en el mar. El tiempo estuvo muy tupido por la mañana. De hecho, a las
7:00 estuvimos justo debajo de los acantilados que caían a pique al mar, antes
de que los viéramos. Seguimos la costa hacia el norte y, en todo momento, los
escarpados acantilados y los glaciares se presentaban ante nuestros ojos
inquisidores. El mar rompía con fuerza contra estas paredes, y un desembarco
habría sido imposible en cualquier condición. Recogimos trozos de hielo y los
chupamos con ansia. A las 9:00, en el extremo noroeste de la isla, vimos una
playa angosta a los pies de los acantilados. Afuera había una serie de rocas fuertemente
golpeadas por el oleaje, pero con un estrecho canal que nos mostraba una
abertura en medio del agua revuelta. Decidí que debíamos enfrentarnos a los
peligros de este poco atractivo lugar de desembarco. Dos días y dos noches sin
bebida ni comida caliente habían hecho estragos con la mayoría de los hombres,
y no podíamos suponer que había otro refugio más seguro a nuestro alcance.
El Stancomb Wills era el bote más ligero y más práctico, y le
pedí que se acercara con la intención de llevarlo a través de la abertura el
primero y cerciorarme de las posibilidades de un desembarco antes de que
el James Caird se aventurara. Estaba subiéndome al Stancomb
Wills cuando vi el Dudley Docker aparecer por la
popa, navegando a vela. La visión me quitó un gran peso de la mente.
Remando con cuidado y evitando la marejada que mostraba dónde había rocas
hundidas, llevamos el Stancomb Wills hacia la abertura en el
acantilado. Luego, con unas pocas paladas, avanzamos por encima del oleaje y
llevamos el bote hasta una playa rocosa. La siguiente ola lo empujó un poco más
lejos. Este era el primer desembarco jamás hecho en la isla Elefante, y se me
ocurrió que el honor debía corresponder al miembro más joven de la expedición,
de modo que le dije a Blackborrow que saltara. Parecía estar en un estado
cercano al coma y, a fin de evitar más retraso, le ayudé a saltar, quizás un
tanto rudamente, por el costado del bote. Enseguida se sentó en la espuma de
las olas y no se movió. Luego, de pronto me di cuenta de que me había olvidado
de que sus pies estaban congelados. Algunos de nosotros saltamos y lo llevamos
a un sitio seco. Fue una experiencia algo dura para Blackborrow, pero de todas
maneras, ahora puede decir que fue el primer hombre en sentarse en la isla
Elefante. Posiblemente en ese momento haya estado dispuesto a renunciar a
cualquier distinción de ese tipo. Desembarcamos al cocinero con su cocina de
grasa, una provisión de combustible y algunos paquetes de leche en polvo y,
también, varios de los hombres. El resto de nosotros volvió a salir para guiar
a los otros botes a través del canal. El James Caird era
demasiado pesado para llevarlo directamente a la playa, de modo que después de
que la mayoría de los hombres desembarcaron del Dudley Docker y
del Stancomb Wills, supervisé el transbordo del equipo del James
Caird fuera del arrecife. Luego, pasamos todos y, en unos pocos
minutos, los tres botes estuvieron en tierra. Un curioso espectáculo se
presentó ante mis ojos cuando desembarqué por segunda vez. Algunos de los
hombres se tambaleaban por la playa como si hubieran encontrado una fuente
inagotable de alcohol en la desolada costa. Se reían ruidosamente, levantaban
piedras y dejaban caer puñados de guijarros entre los dedos como avaros
deleitándose frente al oro acumulado. Las sonrisas y las risas, que hacían que
los labios resquebrajados se volvieran a partir, y las exclamaciones de júbilo
al ver dos focas vivas en la playa me hicieron pensar, por un momento, en esa
fastuosa hora de la infancia cuando por fin se abre la puerta y el árbol de
Navidad en todo su esplendor aparece ante nuestros ojos. Recuerdo que Wild, que
siempre estaba por encima de la suerte, buena y mala, desembarcó mientras yo
miraba a los hombres y permaneció junto a mí tan tranquilo y despreocupado como
si hubiera bajado de su automóvil para dar un paseo por el parque.
Pronto, media docena de nosotros bajamos las provisiones a tierra. Nuestras
fuerzas ya estaban casi extintas, y era mucho trabajo llevar nuestras cosas por
las piedras y las rocas hasta el pie del acantilado, pero no nos atrevimos a
dejar nada al alcance de la marea. Debimos caminar con el agua helada hasta las
rodillas a fin de levantar los equipos de los botes. Cuando terminamos,
arrastramos los tres botes un poco más sobre la playa y nos dirigimos,
agradecidos, a disfrutar de la bebida caliente que el cocinero había preparado.
Aquellos de nosotros que estábamos relativamente en forma debimos esperar hasta
que los miembros más débiles del grupo hubieran recibido su ración, pero cada
uno por fin recibió su tazón de leche caliente, y nunca nada tuvo un sabor más
agradable. Luego siguió filete de foca y grasa, puesto que las focas que habían
sido tan descuidadas y habían esperado nuestra llegada a la playa ya habían
sido sacrificadas. No hubo descanso para el cocinero. La cocina de grasa ardía
y chisporroteaba con fuerza mientras preparaba, no una, sino muchas comidas,
que se juntaron en un atracón de comida que duró todo un día. Bebimos agua y
comimos carne de foca hasta que cada hombre alcanzó el límite de su capacidad.
Las tiendas se montaron con remos para sujetarlas y, a las 15:00, nuestro
campamento estaba en orden. El armazón original de las tiendas había sido
arrojado a la deriva en una de las placas a fin de ahorrar peso. La mayoría de
los hombres se retiró temprano para gozar de un descanso seguro y glorioso, que
solo fue interrumpido por la llamada de cambio de guardia. La tarea principal
del vigía era mantener encendida la cocina de grasa, y cada hombre de guardia
parecía encontrar necesario cocinarse una comida durante su turno y otra antes
de terminarlo.
Wild, Worsley y Hurley me acompañaron a inspeccionar nuestra playa antes de
meternos en las tiendas. En ese momento, casi deseé haber postergado la
observación hasta después de haber dormido, pero el sentido de la precaución
que imponen las incertidumbres del viaje polar en la mente de uno me hicieron
sentir inquieto. Lo que encontramos fue todo menos alentador. Signos evidentes
mostraban que, durante las corrientes de primavera, la pequeña playa sería
cubierta por el agua hasta el pie de los acantilados. En medio de una ventisca
del noreste, tal como la que podíamos esperar en cualquier momento, las olas
azotarían la pequeña barrera del arrecife y romperían contra los lados de la
pared rocosa detrás de nosotros. Unas terrazas bien marcadas mostraban el
efecto de otros vendavales y, la parte trasera de la playa era muy pequeña,
apenas un metro, por los derrumbes y la constante erosión que había soportado.
Obviamente, debíamos hallar un mejor lugar para descansar. Decidí no compartir
con los hombres todas las incertidumbres de nuestra situación hasta que
hubieran disfrutado de toda la dulzura del descanso, sin preocuparse por la
idea de que, en cualquier momento, podían ser llamados para volver a
enfrentarse al peligro. La amenaza del mar había sido nuestro destino durante
muchos, muchos días, y un respiro significaba mucho para los cuerpos agotados y
las mentes exhaustas.
Los acantilados al fondo de la playa eran inaccesibles, excepto en dos puntos
donde había pronunciadas laderas nevadas. Ahora no estábamos preocupados por la
comida, puesto que, además de nuestras propias raciones, había focas en la
playa, y veíamos otras en el agua más allá del arrecife. Cada tanto, uno de los
animales aparecía en el agua poco profunda y se arrastraba hasta la playa, que
evidentemente, para ellos, era un sitio reconocido de descanso. En una pequeña
isla rocosa que en cierta medida nos protegía del viento del noroeste, había
una colonia de pingüinos de barbijo. Estas aves eran migratorias, y se podía
esperar que nos abandonaran antes de que el invierno se instalara por completo,
pero, mientras tanto, estaban a nuestro alcance. Sin embargo, estas atracciones
fueron anuladas por el hecho de que la playa estaba abierta al ataque del
viento y el mar desde el noreste y el este. Los vendavales del este son más
frecuentes que los del oeste en esa área de la Antártica durante el invierno.
Antes de irme a dormir esa noche, estudié la situación y sopesé la posibilidad
de poner los botes y nuestras provisiones en un lugar seguro, fuera del alcance
del agua. Nosotros mismos podríamos haber subido un poco por las laderas
nevadas, pero no podríamos haber llevado los botes con nosotros. El interior de
la isla era absolutamente inaccesible. Subimos una de las laderas, y pronto nos
detuvieron acantilados sobresalientes. Las rocas de detrás del campamento
estaban muy erosionadas, y nos fijamos en los peñascos afilados y sin desgastar
que habían caído de lo alto. Claramente había peligro de que algo cayera sobre
nosotros si acampábamos en el fondo de la playa. Debíamos seguir avanzando. Con
ese pensamiento en mente, llegué a mi tienda y me dormí sobre el terreno
rocoso, que me brindó una reconfortante sensación de estabilidad. La princesa
que no podía descansar sobre sus siete colchones de plumas porque había un
guisante debajo de la pila, no podría haber entendido el placer que obteníamos
de las irregularidades de las piedras, que era imposible que se rompieran
debajo de nosotros o se fueran a la deriva; los montículos mismos eran dulces
recordatorios de nuestra seguridad.
Temprano, a la mañana siguiente, 15 de abril, los hombres se pusieron en
movimiento. El sol pronto brilló con fuerza, y pusimos a secar nuestros equipos
mojados hasta que la playa pareció un campamento gitano de muy mala fama. Las
botas y la vestimenta habían sufrido en forma considerable durante nuestros
viajes. Había decidido enviar a Wild a que recorriera la costa en el Stancomb
Willspara buscar un nuevo lugar donde establecer el campamento, y él y yo
analizamos los detalles del viaje mientras tomábamos nuestro desayuno caliente
de filete de foca y grasa. El campamento que yo deseaba encontrar era uno en
donde el grupo pudiera vivir seguro durante semanas o, incluso, meses, sin
peligro del mar o del viento en medio del más feroz de los vendavales de
invierno. Wild debía dirigirse hacia el oeste a lo largo de la costa y debía
llevar consigo a cuatro de los hombres que estaban en mejor estado: Marston,
Crean, Vincent y McCarthy. Si no regresaba antes de que oscureciera,
encenderíamos una bengala, que le serviría de guía hacia la entrada del canal.
El Stancomb Willssalió a las 11:00 y, rápidamente, se perdió de
vista cuando dio vuelta a la isla. Luego, Hurley y yo caminamos por la playa
hacia el oeste y trepamos por una brecha entre el acantilado y un gran pilar
separado de basalto. La estrecha franja de playa estaba cargada de masas de
rocas que habían caído de los acantilados. Avanzamos con esfuerzo durante tres
kilómetros o más en busca de un sitio donde pudiéramos llevar los botes hasta
la playa y montar un campamento permanente en caso de que la búsqueda de Wild
resultara infructuosa, pero después de un vano esfuerzo de tres horas, debimos
regresar. En el lado externo del pilar de basalto, habíamos encontrado una
grieta en las rocas, fuera del alcance de todo, excepto de los vendavales más
fuertes. Los guijarros redondeados mostraban que el mar llegaba a ese lugar en
ocasiones. Allí decidí guardar diez cajas de raciones de Bovril para los viajes
en trineo en caso de tener que salir rápidamente de donde estábamos. Podríamos
regresar a buscar la comida más adelante si surgía la posibilidad.
Al regresar al campamento, encontramos a los hombres descansando u ocupándose
de sus pertenencias. Clark había intentado pescar en la parte baja, más allá de
las rocas, y había atrapado uno o dos peces pequeños. El día transcurrió con
tranquilidad. Raspamos las agujas oxidadas contra las rocas hasta que quedaron
brillantes, y remendamos y zurcimos la ropa. Nos sobrecogió una sensación de
cansancio (como reacción, supongo, del esfuerzo de los días anteriores), pero
la marea que subía por la playa más que el día anterior nos obligó a ocuparnos
de los botes, que arrastramos lentamente hasta una saliente más alta. Nos vimos
en la necesidad de trasladar nuestro campamento provisional más cerca del
acantilado. Distribuí el terreno disponible para las tiendas, la cocina y otros
propósitos, ya que cada centímetro era valioso. Cuando llegó la noche, el Stancomb
Wills aún no había regresado, de modo que hice encender una bengala de
grasa en la entrada del canal.
A eso de las 20:00, oímos una llamada en la distancia. No podíamos ver nada,
pero pronto, como un pálido fantasma en medio de la oscuridad, apareció el
bote, los rostros de los hombres blancos en el resplandor del fuego. Wild llevó
el bote hasta la playa con el oleaje y, en un par de minutos, lo arrastramos a
un sitio seguro. Estaba esperando el informe de Wild con mucha ansiedad, y mi
alivio fue grande cuando me dijo que había descubierto un banco de arena once
kilómetros al oeste, de unos doscientos metros de largo, que formaba un ángulo
recto con la costa y terminaba en el extremo que daba al mar en una masa de
rocas. Una extensa ladera nevada unía el banco de arena con el extremo de la
costa, y parecía que sería posible hacer una «cueva» en la nieve. El banco de
arena, de todas maneras, sería un gran adelanto en relación con nuestra
estrecha playa. Wild añadió que el lugar que describía era el único lugar
posible que había visto donde se podría montar un campamento. Más allá, hacia
el oeste y el suroeste, se extendía una amenazadora línea de acantilados y de
glaciares que llegaban hasta la orilla del mar. Pensó que cuando soplaran
fuertes ventiscas del suroeste o del este, el banco de arena sería azotado por
la espuma del mar, pero las olas no romperían sobre él. Los botes podrían
ubicarse en una playa que tenía un declive.
Después de oír esta buena noticia, estaba ansioso por irme del campamento de la
playa. Cuando soplaba viento, era favorable para la travesía a lo largo de la
costa. El tiempo había sido bueno durante dos días y, en cualquier momento,
podía haber algún cambio. Les dije a todos los hombres que saldríamos temprano
a la mañana siguiente. Una foca recién cazada proporcionó una lujosa cena de
filete y grasa, y luego dormimos cómodamente hasta la madrugada.
La mañana del 17 de abril amaneció con tiempo bueno y claro. El mar estaba
calmo, pero a lo lejos podíamos ver la línea de una masa de hielo, que parecía
estar aproximándose. Ya habíamos notado la banquisa y los témpanos arrastrados
por la corriente hacia el este y, luego, rápidamente hacia el oeste. La
corriente iba a ocho kilómetros por hora, y algo parecido había retrasado a Wild
en su regreso del banco de arena. La crecida y la bajada de la marea era solo
de un metro y medio en ese momento, pero la luna estaba creciendo y las mareas
subían. La aparición de hielo enfatizó la importancia de que nos fuéramos de
inmediato. Sería un grave problema quedar atrapados en la playa por la
banquisa. Los botes pronto estuvieron en el agua poco profunda y, después de un
rápido desayuno, todos los hombres trabajaron duro para llevar a bordo los
equipos y las provisiones. Tuvimos un percance cuando estábamos echando los
botes al agua. Estábamos usando remos como rodillos, y tres se rompieron, con
lo cual nos quedamos sin ellos para el viaje que aún debíamos emprender. Los
preparativos tomaron más tiempo del que había esperado; de hecho, al parecer
había cierta reticencia por parte de varios hombres a dejar la inhóspita
seguridad de la pequeña playa y aventurarse una vez más en el océano. Pero el
traslado era imperativo y, a las 11:00, ya habíamos salido, con el James
Caird a la cabeza. En el momento en que rodeamos la pequeña isla
ocupada por los pingüinos de barbijo, el willywaw[10]se abatió
desde los acantilados de seiscientos metros detrás de nosotros, un anuncio del
temporal del sur que llegaría en menos de media hora.
Pronto estuvimos remando con fuerza con el temporal sobre nuestra proa. Nunca
nos había costado tanto. El viento cambió del sur al suroeste, y la falta de
remos se convirtió en un asunto grave. El ames Caird, al ser el
bote más pesado, tenía que tener una dotación completa de remeros, mientras que
al Dudley Docker y al Stancomb Wills les
faltaban y se turnaban usando el remo que quedaba. Un fuerte oleaje se abatía
atronador contra los acantilados y, por momentos, casi chocamos con las rocas,
arrastrados por aguas verdes y arremolinadas. Debimos mantenernos cerca de la
costa a fin de evitar quedar atrapados en el mar embravecido, que estaba blanco
y convertido en una masa viviente de espuma por las furiosas ráfagas. Después
de dos horas de extenuante esfuerzo, estábamos casi exhaustos, pero fuimos lo
bastante afortunados para encontrar un relativo refugio detrás de unas rocas.
Más adelante, se elevaban los escarpados acantilados unos cientos de metros, y
las aves marinas que revoloteaban por las hendiduras de la roca parecían
diminutas debido a la altura. Los botes subían y bajaban en el gran oleaje,
pero el mar no rompía en nuestro pequeño refugio, y descansamos allí mientras
comíamos nuestra ración fría. Algunos de los hombres debieron permanecer junto
a los remos a fin de alejar los botes de las paredes de los acantilados.
Después de una pausa de media hora, di la orden de volver a empezar. El Dudley
Docker estaba avanzando con tres remos, puesto que el Stancomb
Wills tenía el que estaba suelto, y se desplazó a sotavento en una
ráfaga particularmente fuerte. Lo observé con preocupación luchar contra el
viento y el mar. Habría sido inútil llevar el James Caird para
ayudar al Dudley Docker, puesto que a nosotros mismos nos estaba
costando mucho avanzar con el bote más pesado. Lo único que podíamos hacer era
seguir adelante y esperar lo mejor. Todos los hombres estaban empapados
nuevamente y muchos estaban sintiendo el frío con severidad. Nos abrimos paso
otra vez y avanzamos por una gran columna de roca que se erguía fuera del mar y
se elevaba a una altura de unos setecientos metros. Una línea de arrecifes se
extendía entre la costa y esta columna y, mientras nos acercábamos, pensé que
tendríamos que enfrentarnos al mar agitado más allá; sin embargo, una
interrupción en el oleaje blanco reveló una brecha en el arrecife y, con
esfuerzo, pasamos por ella, con el viento que traía nubes de espuma a nuestro
babor. El Stancomb Wills siguió a salvo. En medio de la espuma
que azotaba, perdí de vista por completo al Dudley Docker. Era
obvio que tendría que ir por afuera de la columna, puesto que estaba derivando
demasiado, pero no podía ver qué sucedía con él y no me atreví a detenerme. Fue
un momento horrible. Por fin, alrededor de las 17:00, el James Caird y
el Stancomb Wills llegaron a aguas relativamente tranquilas, y
vimos la playa de Wild justo delante de nosotros. Miré hacia atrás en vano en
busca del Dudley Docker.
El agua alrededor del banco de arena estaba cubierta de rocas, y el mar se
elevaba entre ellas. Ordené al Stancomb Wills que se dirigiera
a la playa por donde parecía más despejado, y en unos momentos, el primer bote
estuvo en tierra, y los hombres saltaron al tiempo que lo sujetaban para que la
ola que se retiraba no lo arrastrase. De inmediato vi que estaba a salvo y allí
llevé al James Caird. Algunos de nosotros gateamos hasta la playa
por la orilla del mar y atamos la boza alrededor de una roca para sujetar el
bote y protegerlo de la contracorriente. Luego, comenzamos a bajar las
provisiones y los equipos, trabajando como posesos, puesto que los botes no
podían arrastrarse hasta que hubieran sido vaciados. Enseguida se encendió la
cocina de grasa, y el cocinero comenzó a preparar bebida caliente. Estábamos
trabajando en los botes cuando vi a Rickenson palidecer y tambalearse en el
agua. Lo arrastré fuera de ella y lo envié a la cocina, que había sido ubicada
al resguardo de unas rocas. McIlroy se acercó a él y descubrió que su corazón
había estado sometido a un esfuerzo excesivo durante más tiempo del
recomendado. Estaba en malas condiciones y necesitaba atención médica de
inmediato. Hay algunos hombres que trabajan más de lo que les corresponde e
intentan más de lo que son físicamente capaces de hacer. Rickenson era una de
estas almas entusiastas. Sufría, como muchos otros miembros de la expedición,
de graves forúnculos. Estos atacaron nuestras muñecas, brazos y piernas. Al
parecer, esta dolencia se debía a estar constantemente mojados con agua salada,
al roce de la ropa húmeda y a la exposición.
Estaba muy preocupado por el Dudley Docker, y tanto mis ojos como
mi pensamiento estuvieron dirigidos hacia el este mientras llevábamos las
provisiones a tierra; sin embargo, antes de pasada media hora, el bote
apareció, avanzando con esfuerzo a través del mar lleno de espuma blanca, y
pronto alcanzó la relativa calma de la bahía. Lo observamos llegar con esa
sensación de alivio que siente el marino cuando cruza la barra del puerto. La
marea estaba bajando con rapidez, y Worsley aligeró el Dudley Docker colocando
algunas cajas sobre una roca exterior, de donde fueron recuperadas más tarde.
Luego llevó su bote a la playa y, con el trabajo de muchos hombres, pronto tuvimos
nuestras pertenencias en la playa y nuestros tres botes por encima de la marca
de agua. El banco de arena no era en absoluto un lugar ideal para acampar; era
escarpado, desolado e inhóspito, apenas uno o dos acres de roca y guijarros,
con el mar que rompía a su alrededor, excepto donde la ladera nevada, que subía
hasta un glaciar, formaba la frontera con la tierra. Pero algunas de las rocas
más grandes proporcionaban cierta protección contra el viento, y cuando nos
apiñamos alrededor de la cocina de grasa, con el humo acre que volaba hacia
nuestras caras, nos sentimos un grupo feliz. Después de todo, habíamos cumplido
otra etapa del viaje de regreso a casa y podíamos permitirnos olvidar por una
hora los problemas del futuro. La vida no era tan mala. Cenamos mientras la
nieve se deslizaba desde la superficie del glaciar, y nuestros cuerpos helados
fueron calentándose. Luego, secamos un poco de tabaco en la cocina y
disfrutamos de nuestras pipas antes de arrastrarnos a nuestras tiendas. La
nieve nos había impedido encontrar la línea de la marea, y no estábamos seguros
de cuánto iba a meterse el mar en nuestra playa. Monté mi tienda del lado del
campamento que daba al mar para poder recibir la advertencia inmediata de
peligro y, ciertamente, alrededor de las dos de la mañana, una pequeña ola se
metió debajo de la lona de la tienda. Esta fue una demostración práctica de que
no nos habíamos alejado lo suficiente del mar, pero en la semipenumbra era
difícil ver dónde podríamos encontrar seguridad. Tal vez fue afortunado que la
experiencia nos hubiera acostumbrado a la molestia que representaban los
forzosos cambios repentinos de campamento. Desarmamos las tiendas y volvimos a
montarlas cerca de las altas rocas, en el extremo del banco de arena que daba
al mar, donde grandes peñascos formaban un incómodo lugar de descanso. La nieve
caía profusamente. Entonces, la tripulación debió ayudar a arrastrar los botes
aún más sobre la playa y, en esta tarea, sufrimos un grave contratiempo. Dos de
nuestras cuatro bolsas de ropa habían sido colocadas debajo de la sentina
del James Caird y, antes de que nos diéramos cuenta del
peligro, una ola levantó el bote y arrastró las dos bolsas al agua. No tuvimos
ninguna posibilidad de recuperarlas. Este accidente no completó el relato de
los contratiempos de la noche. La gran tienda para ocho hombres fue hecha
pedazos la mañana siguiente. Algunos de los hombres que la habían ocupado se
refugiaron en otras tiendas, pero varios permanecieron en sus sacos de dormir
debajo de los fragmentos de tela hasta que fue hora de salir.
La mañana del 18 de abril soplaba un temporal del sur, y la nieve que volaba
cubría todo. La perspectiva era poco feliz, sin duda, pero había mucho trabajo
por hacer, y no podíamos ceder al deseo de permanecer en los sacos de dormir.
En la playa había algunos elefantes marinos por encima de la marca de la marea
alta, y cazamos varios de los más jóvenes para obtener carne y grasa. La tienda
grande no pudo ser reemplazada y, a fin de proporcionar refugio para los
hombres, dimos vuelta el Dudley Docker y sujetamos el lado
opuesto al viento con rocas. También amarramos la boza y el cabo de popa
alrededor de las rocas más pesadas, a fin de protegernos contra el peligro de
que el bote fuera movido por el viento. Las dos bolsas de ropa estaban flotando
entre los fragmentos de hielo y del glaciar en el lado del banco de arena
opuesto al viento, y no parecía posible llegar a ellas. El temporal continuó
todo el día y, al hielo que caía desde la superficie del glaciar se le
añadieron los grandes copos de nieve que caían del cielo. Hice un examen
cuidadoso del banco de arena a fin de cerciorarme de sus posibilidades como
lugar de campamento. Al parecer, parte de la playa estaba por encima de la
marca de la marea alta, y las rocas que había más arriba de los guijarros
brindaban cierta protección. Sería posible subir por la ladera nevada hacia el
glaciar con buen tiempo, pero decidí no ir a explorar en esa dirección durante
el temporal. En el extremo del banco de arena que daba al mar, estaba la masa
de roca ya mencionada. En estas rocas, había algunos miles de pingüinos de
barbijo, con algunos pingüinos papúa, cosa que observamos con mucha
satisfacción en el momento de nuestro desembarco. El pingüino antártico no es
en absoluto el mejor de los pingüinos desde el punto de vista del viajero
hambriento, pero representa alimento. A las 8:00, aquella mañana, vi los
pingüinos de barbijo congregándose en forma ordenada cerca de la orilla del
mar, y pensé que se estarían alistando para la excursión de pesca diaria, pero
pronto resultó evidente que estaban tramando algo importante. Iban a migrar y,
con su partida, mucho alimento valioso quedaría fuera de nuestro alcance.
Rápidamente, nos armamos con trozos del trineo y otros garrotes improvisados y
nos dirigimos hacia la colonia. Llegamos demasiado tarde. Los líderes graznaron
una orden, y las columnas de aves se lanzaron al mar en filas ininterrumpidas.
Siguiendo a sus líderes, los pingüinos se zambullían en el mar y reaparecían en
el agua que se elevaba, más allá. Algunos de los más débiles se asustaron y
regresaron a la playa, donde luego cayeron víctimas de nuestras necesidades;
pero el ejército principal se fue hacia el norte, y no volvimos a verlo.
Temíamos que los pingüinos papúa siguieran el ejemplo de sus primos de barbijo,
pero permanecieron con nosotros; al parecer, no tenían el hábito migratorio.
Eran relativamente pocos en número, pero, de tanto en tanto, llegaban del mar y
subían por nuestra playa. El antártico es el pingüino más llamativo de todas
las variedades más pequeñas de pingüinos en lo que se refiere al color, y
supera en gran medida al pingüino de Adelia en el peso de las patas y el pecho,
las partes que más nos interesaban.
El espacio que ocupaba la colonia de pingüinos, ahora desierto, con toda
certeza estaba por encima de la marca de la marea alta en todo momento, y
subimos la saliente rocosa en busca de un lugar para montar nuestras tiendas.
Los pingüinos sabían que no tenían que descansar donde el mar podía
alcanzarlos, incluso cuando la marea más alta estuviera respaldada por el
temporal más fuerte. Las desventajas de un campamento en la colonia eran
obvias. El olor era fuerte, por decirlo de alguna manera, y no era probable que
disminuyera cuando el calor de nuestros cuerpos derritiera la superficie. Sin
embargo, no tuvimos mucha opción a la hora de elegir lugares, y esa tarde
excavamos un sitio donde colocar dos tiendas en los restos de la colonia y lo
nivelamos con nieve y rocas. Mi tienda, la Nº 1, fue montada bajo el acantilado,
y allí viví durante mi estancia en la isla Elefante. La tienda de Crean estaba
cerca, y las otras tres, que tenían nieve bastante limpia debajo de ellas, se
encontraban a algunos metros. La quinta tienda estaba algo destartalada. El
material de la tienda rota para ocho hombres había sido extendido sobre un
tosco marco de remos, y eso proporcionó cierto abrigo a los hombres que la
ocuparon.
La disposición de nuestro campamento, la verificación de nuestros equipos, la
matanza y el desuello de las focas y los elefantes marinos nos mantuvieron
ocupados durante el día, y nos fuimos temprano a nuestros sacos de dormir. Mis
compañeros de la tienda Nº 1 y yo no estábamos destinados a pasar una noche
agradable. El calor de nuestros cuerpos pronto derritió la nieve, y los restos
debajo de nosotros y el piso de la tienda se convirtieron en un fango amarillo
de olor nauseabundo. La nieve que se deslizaba del acantilado encima de
nosotros hacía más pesados los lados de la tienda y, durante la noche, una
ventisca particularmente tormentosa provocó que nuestro pequeño hogar se
desplomara sobre nosotros. Permanecimos debajo de la lona cubierta de nieve
hasta la mañana, pues intentar volver a montar la tienda en medio de la
tormenta que rugía en la oscuridad de la noche parecía una empresa inútil.
El tiempo seguía malo la mañana del 19 de abril. Algunos de los hombres
mostraban signos de desmoralización. No tenían deseos de abandonar las tiendas
cuando llegaba la hora de salir, y era obvio que estaban pensando más en las
incomodidades del momento que en la buena suerte que nos había llevado a tierra
firme y a una relativa seguridad. Las condiciones de los guantes y los gorros
que me mostraron algunos hombres desalentados ilustraron el proverbial descuido
del marino. Estos artículos se habían congelado durante la noche, y los dueños
consideraron, al parecer, que este estado de las cosas les daba el derecho de
quejarse. Decían que querían ropa seca y que su salud no admitía que hicieran
trabajo alguno. Solo mediante algunos métodos drásticos fueron inducidos a
hacerlo. Los guantes y los gorros congelados sin duda son muy incómodos, y lo
correcto es mantener estos artículos descongelados colocándoselos dentro de la
camisa por la noche.
El temporal del sur, que trajo consigo mucha nieve, fue tan severo que cuando
iba por la playa para matar una foca, una ráfaga de viento me derribó. Las
ollas de la tienda nº 2 salieron volando hasta el mar en el mismo momento. Una
caja de provisiones que había sido colocada sobre ellas para mantenerlas a
salvo había sido dada vuelta por un chubasco. Estas ollas, por fortuna, no eran
esenciales, puesto que casi todo se preparaba sobre la cocina de grasa. El
sitio para cocinar fue instalado junto a las rocas, cerca de mi tienda, en un
agujero que habíamos cavado a través de los restos de la colonia de pingüinos.
Las cajas de provisiones brindaban cierta protección contra el viento, y una
vela desplegada evitaba que la nieve cubriera al cocinero cuando estaba
trabajando. No tenía mucho tiempo ocioso. La cantidad de filetes y de grasa de
foca y elefante marino consumidos por nuestro grupo hambriento era casi
increíble. No le faltaba ayuda: la cercanía de la cocina de grasa tenía cierta
atracción para todos los miembros del grupo; pero se ganó la gratitud de todos
gracias a su incansable energía al preparar las comidas que, por lo menos para
nosotros, eran sabrosas y satisfactorias. Francamente, necesitábamos todo el
bienestar que la comida caliente pudiera darnos. Los tentáculos helados del
temporal se metían por cada resquicio de nuestra playa y se abrían paso,
implacables, hasta nuestra ropa gastada y las tiendas andrajosas. La nieve que
caía del glaciar y del cielo nos envolvía a nosotros y a nuestros equipos y
tendía trampas a nuestros pies tambaleantes. El mar creciente golpeaba las
rocas y los guijarros y arrojaba fragmentos de hielo a pocos centímetros de
nuestros botes. Una vez, durante la mañana, el sol brilló a través de las nubes
que pasaban a toda prisa, y pudimos vislumbrar el cielo azul; pero la promesa
de buen tiempo no se cumplió. La visión optimista de la situación era que
nuestro campamento estaba a salvo. Podíamos soportar las incomodidades, y yo
sentí que los hombres se beneficiarían con la posibilidad de descansar y de
recuperarse.
La
creciente marea hizo que tuviéramos que arrastrar los botes más adentro sobre
la playa. Fue una tarea en la que participaron todos los hombres y, después de
mucho trabajo, colocamos los botes en una posición segura entre las rocas y
atamos las bozas a grandes peñascos. Luego, analicé con Wild y Worsley las
posibilidades que teníamos de llegar a Georgia del Sur antes de que el invierno
nos bloqueara el paso. Había que hacer algún esfuerzo para asegurarnos un
rescate. La privación y la congelación habían dejado su huella en el grupo, y
la salud y el estado mental de varios hombres me estaban provocando una seria
preocupación. Los pies de Blackborrow, que se habían congelado durante el viaje
en bote, estaban en mal estado, y los dos médicos temían que fuera necesario
operarlo. Me dijeron que tendrían que amputarle los dedos a menos que se
pudiera recuperar el movimiento en un corto período. Además, las provisiones de
alimentos eran un tema vital. Habíamos dejado diez cajas de provisiones en la
grieta entre las rocas en el primer lugar donde habíamos acampado en la isla.
Al examinar nuestras provisiones, vimos que teníamos raciones completas para
todo el grupo para un período de cinco semanas. Las raciones podrían extenderse
a lo largo de tres meses si se repartían en forma reducida, y probablemente
serían complementadas con focas y elefantes marinos en alguna medida. No me
atrevía a contar con toda confianza con los suministros de carne y grasa,
puesto que los animales parecían haber abandonado la playa, y el invierno se
acercaba. Nuestras provisiones incluían tres focas y dos pieles y media (con la
grasa). Dependíamos principalmente de la grasa como combustible y, tras un
estudio preliminar de la situación, decidí que debería limitar al grupo a una
comida caliente por día.
Era necesario realizar un viaje en barco en busca de rescate, y no debería
demorarse. Esa conclusión se me impuso a la fuerza. El puerto más cercano donde
podríamos asegurarnos ayuda con seguridad era Puerto Stanley, en las Islas
Falkland, a casi novecientos kilómetros, pero resultaba casi imposible
pretender avanzar contra el viento del noroeste predominante, en un bote frágil
y debilitado con una pequeña superficie de velamen. Georgia del Sur estaba a
mil trescientos kilómetros, pero se encontraba en la zona de los vientos del
oeste, y podía contar con encontrar balleneros en cualquiera de las estaciones
balleneras de la costa este. Se formaría un grupo para hacer el viaje en bote y
regresar con ayuda antes de que pasara un mes, siempre que el mar no tuviera
hielo y el bote sobreviviera en los grandes mares. No era difícil decidir que
Georgia del Sur debía ser el objetivo, y procedí a planificar la manera y los
medios para llevarlo a cabo. Los peligros de un viaje en bote de mil
trescientos kilómetros en un océano subantártico tormentoso eran obvios, pero
calculé que, en el peor de los casos, la aventura no agregaría nada a los
riesgos que correrían los hombres que quedarían en la isla. Habría menos bocas
que alimentar durante el invierno, y en el bote no habría que llevar más
provisiones que las necesarias para seis hombres para un mes, puesto que si no
llegábamos a Georgia del Sur en ese tiempo, con seguridad nos hundiríamos. Una
consideración que pesaba en mi mente era que no había ninguna posibilidad de
que se hiciera una búsqueda para encontrarnos en la isla Elefante.
Había que analizar el caso en detalle, dado que todos los hombres sabían que
los peligros del viaje propuesto eran extremos. El riesgo solo se justificaba
por nuestra urgente necesidad de ayuda. Se sabe que el océano al sur del cabo
de Hornos a mediados de mayo es la zona marítima del mundo azotada por las
tormentas más tempestuosas. El tiempo es inestable, los cielos están oscuros y
cubiertos, y los fuertes vientos son casi incesantes. Teníamos que enfrentar
esas condiciones en un bote pequeño y dañado por la intemperie, ya extenuados
por el trabajo de los meses que habían pasado. Worsley y Wild se dieron cuenta
de que había que intentarlo, y ambos me pidieron que les permitiera acompañarme
en el viaje. De inmediato, le dije a Wild que él tendría que quedarse. Confiaba
en él para que mantuviera unido al grupo mientras yo no estaba y para que
intentara llegar a la isla Decepción con los hombres durante la primavera en
caso de que fracasáramos en conseguir ayuda. Llevaría a Worsley conmigo, puesto
que tenía un buen concepto de su precisión y rapidez como navegante y, en
especial, de su respuesta y su cálculo de la posición en circunstancias
difíciles, opinión que no hizo más que mejorar durante el viaje real. Se
necesitarían otros cuatro hombres, y decidí pedir voluntarios, aunque, en
realidad, sabía bastante bien a quienes elegir. Propuse que Crean se quedara en
la isla como mano derecha de Wild, pero me pidió tanto que le permitiera venir
en el bote que, después de consultarlo con Wild, le prometí llevarlo. Reuní a
los hombres, les expliqué mi plan y pedí voluntarios. Muchos se postularon de
inmediato. Otros no estaban en condiciones para el trabajo que habría que
hacer, y otros no servirían de mucho en el bote, puesto que no eran marineros
experimentados, aunque las vivencias de los meses recientes les daban cierto
derecho a que se les tuviera cierta consideración como navegantes. McIlroy y
Macklin estaban ansiosos por ir, pero se dieron cuenta de que su deber estaba
en la isla con los enfermos. Sugirieron que llevara a Blackborrow para que
consiguiera un refugio y calor cuanto antes, pero tuve que vetar esa idea. Ya
sería muy difícil para los hombres en buen estado físico vivir en el bote. De
hecho, no veía cómo un hombre enfermo, desvalido, acostado en el fondo del
bote, podría sobrevivir en el mal tiempo al que, con seguridad, haríamos
frente. Por fin, elegí a McNeish, McCarthy y Vincent además de a Worsley y a
Crean. La tripulación parecía fuerte, y cuando miré a los hombres, sentí que mi
confianza aumentaba.
Una vez tomada la decisión, caminé a través de la ventisca con Worsley y Wild
para examinar el James Caird. El bote de seis metros, que nunca
había aparentado ser grande, parecía haberse encogido de alguna misteriosa
manera cuando lo miré a la luz de nuestra nueva empresa. Era un ballenero común
de un barco, bastante fuerte, pero con señales del estrés que había soportado
desde el aplastamiento del Endurance. Al abandonar la banquisa se
le había hecho un agujero que, por fortuna, estaba cerca de la línea de
flotación y se le pudo parchear con facilidad. De pie junto a él, miramos la
franja del mar tumultuoso, azotado por la tormenta que de interponía en nuestro
camino. Estaba claro que nuestro viaje sería una gran aventura. Llamé al
carpintero y le pregunté si podría hacer algo para acondicionar el bote.
Primero me preguntó si iría conmigo, y pareció bastante complacido cuando le
dije «Sí». Tenía más de cincuenta años y no estaba en las mejores condiciones,
pero poseía buenos conocimientos de los botes de vela y era muy rápido.
McCarthy dijo que podía idear algún tipo de cobertura para el James
Caird si pudiera usar las tapas de las cajas y los cuatro patines de
los trineos que habíamos atado dentro del bote para usar en caso de desembarcar
en la Tierra de Graham en la bahía Wilhelmina. Esta bahía, que en una época fue
el objetivo que deseábamos, había quedado atrás en el transcurso de nuestra
deriva, pero habíamos conservado los patines. El carpintero propuso completar
la cobertura con parte de nuestra lona y se puso a hacer planes de inmediato.
Había pasado el mediodía, y el vendaval estaba más fuerte que nunca. Ese día,
no pudimos avanzar en nuestros preparativos. Las tiendas sufrían en el viento,
y la marea estaba creciendo. Nos abrimos paso hasta la ladera de nieve del lado
de la costa del banco de arena, con intenciones de cavar un pozo en la nieve lo
suficientemente grande para refugiar al grupo. Se me ocurrió que Wild y sus hombres
podrían acampar allí durante mi ausencia, dado que parecía imposible que las
tiendas duraran muchos más días frente a los ataques del viento; no obstante,
al examinar el lugar observamos que todo pozo que caváramos probablemente
quedaría tapado en poco tiempo por la nieve que volaba. Cuando ya había
oscurecido, a alrededor de las 17:00, nos fuimos a dormir, después de una cena
que consistió en un tazón de leche caliente, una de nuestras preciadas galletas
y una pata fría de pingüino para cada uno.
La mañana siguiente, 20 de abril, el vendaval soplaba más fuerte que nunca. No
pudimos trabajar. Ventisca y nieve, nieve y ventisca, calmas repentinas y
feroces resurgimientos. Durante los períodos de calma, podíamos ver en el
horizonte lejano hacia el noreste témpanos de toda forma y tamaño avanzando
delante del vendaval, y el siniestro aspecto de las masas que se movían con
velocidad nos hacía sentirnos en verdad agradecidos porque en vez de luchar
contra la tormenta entre los hielos, solo teníamos que mirar la nieve que
volaba desde los glaciares y las cimas de los montes terrestres. En ocasiones,
las ráfagas nos hacían caer, pero al menos caíamos sobre piso sólido y no sobre
las placas de hielo que se balanceaban. Dos focas llegaron a la playa ese día, y
una de ellas se acercó a menos de diez metros de mi tienda. Tanta necesidad
teníamos de alimentos y grasa que llamé a todos los hombres y organicé una
hilera de golpeadores en vez de simplemente caminar hasta la foca y golpearla
en la nariz. Estábamos preparados para caer sobre esta foca en masa si
intentaba escapar. La matanza se hizo con el mango de un pico, y en unos pocos
minutos se cargó el alimento para cinco días y el combustible para seis días en
un lugar seguro entre las grandes rocas sobre la marca de la marea alta.
Durante este día, el cocinero, que había trabajado bien sobre la banquisa y
durante el viaje en bote, de repente se desplomó. Yo estaba en la cocina en ese
momento y lo vi caer. Lo arrastré cuesta abajo hasta su tienda y lo metí en su
refugio con órdenes a sus compañeros de tienda de que lo mantuvieran en su saco
de dormir hasta que yo le permitiera salir o hasta que los médicos dijeran que
estaba lo suficientemente bien. Luego, reemplacé al cocinero con uno de los
hombres que había expresado su deseo de echarse y dejarse morir. La tarea de
mantener vivo el fuego de la cocina era difícil y agotadora, y alejó sus
pensamientos del estado de dejadez que le acechaba. De hecho, algo más tarde lo
encontré seriamente preocupado por el secado de un par de medias, naturalmente
no demasiado limpias, que colgaban muy cerca de la leche que tomaríamos esa
noche. El hecho de estar ocupado volvió a encaminar sus pensamientos a los
cuidados ordinarios de la vida.
Hubo un período de calma en el mal tiempo el 21 de abril, y el carpintero
comenzó a juntar material para hacer la cubierta del James Caird.
Colocó el mástil del Stancomb Wills de proa a popa dentro
del James Caird a la manera de refuerzo longitudinal y así
confirió a la quilla y al bote en su conjunto una mayor rigidez para soportar
los esfuerzos de «quebranto», es decir, la elevación del centro de la
embarcación respecto de la proa y la popa por efecto de las ondas del mar. No
tenía suficiente madera para hacer una cubierta, pero usando los patines de los
trineos y las tapas de las cajas, construyó un marco que se extendía desde el
castillo de proa hasta la sección a popa del pozo. Se trató de un remiendo con
parches, pero formó una base para un cobertor de lona. Teníamos un rollo de
lona congelado y duro, y tuvimos que cortar el material y luego descongelarlo
sobre la cocina de grasa, centímetro a centímetro, para que pudiera coserse y
formar un cobertor. Cuando lo clavaron y atornillaron en su lugar le dio al
bote una apariencia de seguridad, aunque tuve la desagradable sensación de que
se asemejaba mucho al decorado de un escenario, que puede verse como una pared
de granito pero que, en realidad, no es nada más que lona y listones. Como
demostraron los acontecimientos, el cobertor cumplió bien su función. En
realidad, no podríamos haber sobrevivido al viaje sin él.
El 22 de abril sopló otro fuerte vendaval que interfirió con nuestros
preparativos para el viaje. El hornillo de la tienda nº 5 salió volando en una
ráfaga y, aunque lo persiguieron hasta el borde del agua, desapareció para
siempre. A Blackborrow le dolían mucho los pies, y McIlroy y Macklin pensaban
que sería necesario operarlo pronto. Pensaban que no tenían cloroformo, pero
luego encontraron un poco en el botiquín después de que nos fuimos. Ese día,
fueron a buscar algunas cajas con provisiones que habíamos dejado en una roca
lejos del banco de arena el día de nuestra llegada. Estábamos separando
provisiones para el viaje en bote y eligiendo el equipo esencial de las escasas
provisiones que teníamos. Hubo que llenar dos toneles de cuarenta litros con
agua derretida de hielo cogido al pie del glaciar. La tarea fue bastante lenta.
La cocina de grasa se mantuvo encendida durante toda la noche, y los guardias
vaciaron el agua de la vasija en que se derretía el hielo en los toneles. Un
grupo de trabajo comenzó a cavar un agujero en la ladera de nieve a unos doce
metros sobre el nivel del mar con el objetivo de preparar un lugar para
acampar. Al principio, avanzaron bastante, pero la nieve volaba sin cesar desde
el hielo terrestre y, al final, el grupo tuvo que abandonar el proyecto.
El tiempo fue bueno el 13 de abril, y nos apresuramos con nuestras
preparaciones. Este día finalmente decidí que la tripulación para el James
Cairel debería estar constituida por Worsley, Crean, McNeish, McCarthy, Vincent
y yo. Al mediodía hubo una tormenta, con borrasca de nieve y fuertes chubascos.
En ocasiones, el tiempo aclaraba durante unos pocos minutos, y podíamos ver una
línea de bloques de hielo, a unos ocho kilómetros, moviéndose de oeste a este.
Este escenario me provocó mayor prisa por salir rápidamente. El invierno se
acercaba y pronto la banquisa podría bloquear por completo la isla y postergar
nuestra partida días o incluso semanas; no pensé que el hielo fuera a
permanecer en forma continua alrededor de la isla Elefante durante el invierno,
puesto que los fuertes vientos y las rápidas corrientes lo mantendrían en
movimiento. Habíamos observado hielo y témpanos que pasaban a una velocidad de
unas cinco o seis millas por hora. Cierta cantidad de hielo se atascó cerca del
extremo de nuestro banco de arena, pero el mar estaba despejado en el lugar
donde tendría que echarse el bote al mar.
Worsley, Wild y yo escalamos hasta la cima de las rocas del lado del mar y
examinamos el hielo desde un mejor punto panorámico del que ofrecía la playa.
El cinturón de bloques de hielo parecía lo suficientemente roto para nuestro
objetivo, y decidí que, a menos que las condiciones lo prohibieran, daríamos el
primer paso en el James Caird la mañana siguiente. Resultaba
obvio que el hielo podría cerrarse en cualquier momento. Una vez tomada esta
decisión, pasé el resto del día revisando el bote, los aparejos, las
provisiones y analizando los planes con Worsley y Wild.
Nuestra última noche sobre la tierra firme de la isla Elefante fue fría e
incómoda. Nos levantamos al amanecer y desayunamos. Luego botamos el Stancomb
Wills y le cargamos las provisiones, los aparejos y el lastre, que
sería transferido al James Caird cuando se echara al mar el
bote más pesado. El lastre consistía en bolsas hechas con mantas y llenas de
arena y, juntas, alcanzaban un peso total de casi quinientos kilogramos.
Además, habíamos juntado una cantidad de piedras redondas y más de cien
kilogramos de hielo, que complementaría nuestros toneles de agua.
Las provisiones que cargamos en el James Caird, que durarían un mes
para seis hombres, fueron las siguientes:
30
cajas de fósforos.
25 litros de parafina.
1 lata de alcohol metílico.
10 cajas de bengalas diurnas.
1 caja de bengalas nocturnas de luz azul.
2 hornillos Primus con repuestos y hurgones.
1 hornillo Nansen de aluminio.
6 sacos de dormir.
Unas pocas medias extra.
Unas pocas velas y algo de aceite de grasa en una bolsa de grasa.
Alimentos:
3 cajas de raciones para trineos =300 raciones.
2 cajas de frutos secos =200 raciones
2 cajas de galletas =600 galletas.
1 caja de terrones de azúcar.
30 paquetes de Trumilk.
1 lata de cubitos Bovril.
1 lata de sal Cerebos.
136 litros de agua.
120 kilogramos de hielo.
Instrumentos:
Sextante.
Ancla de capa.
Binoculares.
Cartas.
Brújula prismática.
Aneroide.
El
oleaje estaba suave cuando se botó el Stancomb Wills, y el bote se
hizo a la mar sin dificultades; pero media hora después, cuando estábamos
bajando el Caird, el oleaje aumentó de repente. Al parecer, el
movimiento del hielo de afuera había hecho una abertura y permitido que entrara
el mar sin que lo neutralizara la línea de bloques de hielo. El oleaje
dificultó la maniobra. Muchos de nosotros nos mojamos hasta la cintura mientras
arrastrábamos el bote, asunto serio en ese clima. Cuando el James Caird estuvo
a flote en la marejada, casi se dio vuelta entre las rocas antes de que
pudiéramos alejarlo, y Vincent y el carpintero, que estaban en la cubierta,
cayeron al agua. Realmente fue mala suerte, porque los dos hombres tendrían
pocas posibilidades de secar la ropa después de que nos pusiéramos en camino.
Hurley, que tenía el ojo del fotógrafo profesional para los «incidentes», se
aseguró una foto del caos, y creo con firmeza que le hubiese gustado que los
dos desafortunados hombres permanecieran en el agua hasta que pudiera obtener
una «instantánea» de cerca; pero los levantamos de inmediato, sin que nos
importaran sus sentimientos.
El James Caird pronto estuvo alejado de la rompiente. Usamos
todas las sogas disponibles a guisa de boza larga para evitar que se alejara
con la corriente hacia el noreste, y cuando el Stancomb Wills estuvo
a su lado, transferimos su carga y volvimos a la costa a buscar más. Cuando
estaba llegando a la orilla esta vez, el mar golpeó la popa y lo llenó por la
mitad con agua. Lo tuvimos que dar vuelta y vaciar antes de poder hacer el
viaje de regreso. Cada miembro de la tripulación del Stancomb Wills estaba
mojado hasta los huesos. Los barriles para agua fueron remolcados detrás
del Stancomb Wills en este segundo viaje, y el oleaje, que
crecía con rapidez, empujó el bote contra las rocas, donde uno de los barriles
se desfondó. Este accidente luego demostró ser serio, dado que había entrado
agua de mar en el barril y el contenido ahora estaba salobre.
Para el mediodía, el James Caird estaba listo para el viaje.
Vincent y el carpintero habían conseguido algunas ropas secas cambiándolas con
algunos miembros del grupo que estaba en tierra (luego me enteré de que pasaron
quince días completos antes de que la vestimenta empapada finalmente se
secara), y la tripulación del bote estaba cerca esperando la orden de partir.
Soplaba una brisa moderada del oeste. Me dirigí a tierra en el Stancomb
Wills y crucé unas últimas palabras con Wild, quien quedaría al mando,
con instrucciones sobre su curso de acción en caso de que no lográramos volver
con ayuda, aunque prácticamente dejé la situación y el rango de acción y
medidas a su criterio, convencido de que actuaría con sensatez. Le dije que le
confiaba el grupo y me despedí de los hombres. Entonces, nos apartamos por
última vez y en pocos minutos estábamos a bordo del James Caird. La
tripulación del Stancomb Wills nos dio la mano cuando los
botes chocaron entre sí y por última vez nos desearon buena suerte. Luego,
mientras colocábamos el foque, cortamos la boza y nos alejamos hacia el
noreste. Los hombres que quedaron en tierra formaban un grupito patético en la
playa, con las sombrías alturas de la isla detrás de ellos y el mar enfurecido
a sus pies, pero nos saludaron con la mano y nos lanzaron «vivas» tres veces.
Sus corazones albergaban esperanzas y confiaban en que nosotros volveríamos con
la ayuda que necesitaban.
Habíamos colocado todas las velas, y el James Caird pronto
perdió de vista la playa y la hilera de figuras oscuras. El viento del oeste
nos llevó con rapidez a la línea de bloques de hielo, y cuando ingresamos en
ellos me puse de pie con el brazo alrededor del mástil mientras dirigía la
maniobra, a fin de evitar los grandes trozos de hielo que eran despedidos por
la fuerza del mar. El hielo se volvió más grueso y nos vimos forzados a virar
casi hacia el este, de proa al viento en dirección a una abertura que había
visto por la mañana desde un punto alto en tierra. Ahora no podía ver la
abertura, pero habíamos partido en su dirección y estaba preparado para
descubrir que había recibido la influencia de la deriva hacia el este. A las
cuatro de la tarde, encontramos el canal, que era mucho más angosto de lo que
había parecido durante la mañana, aunque aún era navegable. Arriamos las velas,
y pasamos a remo sin tocar el hielo en ninguna parte y, para las 5:30 de la
tarde, estábamos lejos de la línea de bloques de hielo y había aguas libres
delante de nosotros. Pasamos otro trozo de hielo en la oscuridad una hora más
tarde, pero el hielo había quedado atrás, y con un viento favorable que inflaba
las velas, condujimos nuestra pequeña embarcación durante la noche, con las
esperanzas centradas en nuestro distante objetivo. El oleaje era bastante
grueso ahora, y cuando llegó el momento de nuestra primera comida de la noche,
nos resultó muy difícil mantener encendido el hornillo Primus y evitar que
el hoosh salpicara fuera de la olla. Se necesitaron tres
hombres para ayudar en la cocina, uno que sostenía el hornillo y otros dos que
vigilaban la olla de aluminio, que tenían que alejar del Primus cada vez que el
movimiento del bote amenazaba con un desastre. Asimismo, había que proteger el
hornillo del agua, dado que la espuma llegaba desde la proa y nuestra endeble
cubierta no era en absoluto a prueba de agua. Todas estas operaciones se
llevaban a cabo en el limitado espacio debajo de la cubierta, donde los hombres
estaban acostados o arrodillados y se adaptaban lo mejor posible a los ángulos
de nuestras cajas y lastre. Era incómodo, pero hallábamos consuelo al
reflexionar que, sin la cubierta, no podríamos haber usado el hornillo.
El relato de los siguientes dieciséis días es de una lucha suprema entre las
revueltas aguas. El océano subantártico estuvo a la altura de su mala
reputación invernal. Decidí ir hacia el norte durante, al menos, dos días,
mientras que el viento se mantuviera y, así, llegar a un clima más cálido antes
de virar hacia el este y trazar un rumbo hacia Georgia del Sur. Hicimos turnos
de dos horas en el timón. Los hombres que no estaban de guardia se metieron en
los empapados sacos de dormir e intentaron olvidar sus problemas durante un
tiempo; pero no había comodidad en el bote. Las bolsas y las cajas parecían
estar vivos por su infalible talento al presentar sus ángulos más incómodos a
nuestros cuerpos que buscaban descansar. Un hombre podría imaginar, por un
momento, que había encontrado una posición de alivio, pero en poco tiempo
siempre descubría que alguna punta tenaz se le clavaba en el músculo o en los
huesos. La primera noche a bordo el bote fue totalmente incómodo para todos, y
nos sentimos en verdad regocijados cuando amaneció y pudimos comenzar a
preparar un desayuno caliente.
Este informe del viaje a Georgia del Sur se basa en las escasas notas tomadas
día a día. Las notas por lo general se referían a los simples hechos
relacionados con las distancias, las posiciones y el tiempo, pero nuestros
recuerdos retuvieron los incidentes de los días que pasaban en un período que
nunca olvidaríamos. Al dirigirnos hacia el norte durante los primeros dos días,
esperaba encontrar un clima más cálido y, también, evitar las líneas de bloques
de hielo que podrían extenderse más allá del cuerpo principal. Necesitábamos
toda la ventaja que pudiéramos obtener a raíz de una mayor altitud para navegar
en el gran círculo, pero teníamos que ser cautelosos respecto de posibles
corrientes de hielo. Acalambrados en nuestros espacios angostos y mojados en
forma continua por la espuma, sufrimos severamente por el frío durante el
viaje. Luchábamos contra el mar y el viento y, a su vez, librábamos una lucha
diaria para mantenernos vivos. A veces, enfrentábamos un terrible peligro. Por
lo general, nos mantenía saber que estábamos avanzando hacia la tierra de
destino, aunque había días y noches en que estábamos al pairo, yendo a la
deriva de los mares blancos por la tormenta y mirando interesados y no con
temor las masas de agua que se elevaban, y eran arrojadas hacia un lado y otro
por la naturaleza, orgullosa de su fuerza. Los valles parecían profundos cuando
estábamos entre vertiginosas aguas. Las colinas se veían altas cuando nos
encaramábamos por momentos en las crestas de olas gigantes a punto de romper.
Casi siempre soplaban vendavales. Nuestro bote era tan pequeño y tan grandes
eran los mares que a menudo la vela aleteaba ociosamente en la calma entre las
crestas de dos olas. Luego subíamos la próxima colina y atrapábamos la furia
completa del vendaval donde la blancura, similar al algodón, del agua que
rompía emergía a nuestro alrededor. Tuvimos nuestros momentos de risa,
inusuales, en verdad, pero lo suficientemente reales. Incluso cuando los labios
partidos y las bocas hinchadas expresaban los signos externos y visibles de la
diversión, podíamos ver un chiste de naturaleza primitiva. El sentido del humor
del hombre casi siempre es avivado por las insignificantes desgracias de sus
vecinos, y nunca olvidaré los intentos de Worsley, en una ocasión, de colocar
el sostén de aluminio sobre el hornillo Primus después de que se había caído
durante un fuerte balanceo. Con los dedos congelados, lo levantó, se le cayó,
lo volvió a levantar y jugueteó con él con cautela como si se tratara de algún
frágil artículo de un atuendo femenino. Reímos, mejor dicho, hicimos burlas
entre risas.
Llegó el viento fuerte y se convirtió en un vendaval del noroeste el tercer día
de viaje. Nos mantuvimos alejados hacia el este. Los mares que crecían
descubrieron la debilidad de nuestra cubierta. Los continuos golpes movían las
tapas de las cajas y los patines de los trineos de modo tal que la lona se
combaba hacia abajo y acumulaba agua. Luego, gotas heladas, además de la espuma
torrencial, cayeron en popa y proa del bote. Los clavos que el carpintero había
extraído de las cajas en la isla Elefante y que había usado para fijar los
listones eran demasiado cortos para que la cubierta estuviera firme. Hicimos lo
que pudimos para asegurarla, pero nuestros medios eran muy limitados, y el agua
continuaba entrando en el bote por muchos lugares. Se necesitaba achicar mucho,
y nada de lo que hiciéramos evitaba que nuestros aparejos se empaparan. El agua
que caía de la lona era, de hecho, más molesta que las definitivas y repentinas
duchas de espuma. Recostados bajo las bancadas durante las guardias de
cubiertas, tratamos en vano de evitarla. No había lugares secos en el bote y,
al final, simplemente nos cubrimos la cabeza con los Burberry y soportamos el
agua que todo lo mojaba. Quien estaba de guardia tenía que achicar. No tuvimos
un descanso real. El movimiento perpetuo del bote hacía que resultara imposible
descansar; teníamos frío y estábamos doloridos y preocupados. Movimos las manos
y las rodillas en la semioscuridad del día debajo de la cubierta. La oscuridad
fue total para las 18:00, y a las 7:00 del día siguiente pudimos volver a
vernos debajo de las bancadas. Teníamos unos pocos trozos de vela y los
cuidábamos con esmero para poder tener luz a la hora de las comidas. Había un
lugar bastante cerca en el bote, debajo de la cubierta sólida original a proa,
y logramos proteger parte de nuestras galletas del agua salada, aunque no creo
que ninguno de nosotros se haya sacado de la boca el sabor a sal durante la
travesía. La dificultad para movernos en el bote hubiera tenido su lado
gracioso si no hubiésemos padecido tantos achaques y dolores. Teníamos que
gatear debajo de las bancadas para movernos en el bote, y nuestras rodillas
sufrían en forma considerable. Cuando se cambiaba de guardia, tenía que
dirigirme a cada uno por su nombre y decirle cuándo y hacia dónde moverse,
puesto que si todos los hombres se hubiesen puesto a gatear al mismo tiempo, el
resultado habría sido una total confusión y muchos moratones. Además, había que
tener en cuenta el equilibrio del bote. El orden de las guardias era cuatro por
cuatro, tres hombres en el puesto. Un hombre tenía responsabilidad del timón,
el segundo se encargaba de la vela y el tercero achicaba a más no poder. A
veces, cuando el agua del bote había disminuido en proporciones razonables,
podíamos usar la bomba. Esta bomba, que Hurley había fabricado con el estuche
de la barra de Flinder del compás magnético de nuestro barco, era bastante
eficaz, aunque no tenía gran capacidad. El hombre que se encargaba de la vela
podía bombear adentro de la olla externa de la cocina, de mayor tamaño, que era
levantada y vaciada fuera de borda cuando estaba llena. Teníamos un dispositivo
por el cual el agua podía ir directamente de la bomba al mar a través de un
orificio en la borda, pero este orificio tuvo que taparse en una etapa temprana
del viaje, dado que descubrimos que permitía la entrada de agua cuando el bote
se balanceaba.
Mientras los recién entrados de guardia tiritaban a causa del viento y la
espuma, los hombres que habían sido relevados buscaban con rapidez, a tientas,
los sacos de dormir empapados e intentaban sentir algo del calor que habían
dejado los últimos ocupantes, pero no siempre nos resultaba posible encontrar
siquiera esta comodidad cuando terminábamos la guardia. Las rocas que habíamos
colocado a bordo como lastre tenían que ser movidas continuamente a fin de
equilibrar el bote y permitir un nuevo emplazamiento de la bomba, que se
obturaba con pelos de los sacos de dormir y de las botas finneskoe[11] . Los
cuatro sacos de dormir de piel de reno soltaban pelo libremente debido a que
estaban siempre mojados, y pronto se vieron bastante peladas. El movimiento de
las rocas era fastidioso y doloroso. Llegamos a conocer de vista y al tacto
cada una de las piedras, y tengo vividos recuerdos de sus angulares
peculiaridades, incluso hoy. Podrían haber sido de considerable interés como
especímenes geológicos para un científico en condiciones más cordiales. Como
lastre, eran útiles. Como pesos que había que mover en espacios estrechos eran
abrumadoras. No perdonaron ni una sola parte de nuestros pobres cuerpos. Otro
de nuestros problemas, que vale la pena mencionar aquí, era la irritación de
nuestras piernas debido a la ropa húmeda, que no nos habíamos cambiado durante
siete meses. La parte interior de nuestros muslos estaba al rojo vivo, y el
único tubo de crema Hazeline que teníamos en el botiquín no logró aliviar
nuestro dolor, que aumentaba por el ardor que provocaba el agua salada. En ese
momento pensábamos que nunca dormíamos. El hecho es que nos quedábamos dormidos
incómodos y nos despertábamos rápidamente por algún dolor nuevo o por una
llamada para hacer algún otro trabajo. Mi propia cuota de desagrado general se
vio acentuada por un fuerte ataque de ciática. La había sufrido por primera vez
en las placas hacía algunos meses.
Las comidas eran regulares a pesar de los vendavales. Era esencial que se
prestara atención a este punto, ya que las condiciones del viaje socavaban cada
vez más nuestra vitalidad. El desayuno, a las 8:00, consistía en un tazón de
hoosh caliente hecho con una ración para trineos de Bovril, dos galletas y
algunos terrones de azúcar. El almuerzo era a las 13:00, y constaba de una
ración para trineos de Bovril, que comíamos cruda, y un tazón de leche caliente
para cada hombre. Para el té, a las 17:00, teníamos el mismo menú. Luego,
durante la noche, tomábamos una bebida caliente, por lo general leche. Las
comidas constituían un enorme solaz en esos fríos días de tormenta. El
resplandor del calor y la comodidad que nos provocaban la comida y la bebida
nos tornaba optimistas. Teníamos dos frascos de Virol, que guardábamos para una
emergencia; pero, al encontrarnos frente a la necesidad de una lámpara de
aceite para alargar nuestra provisión de velas, vaciamos una de las latas de la
forma que más nos gustó y le colocamos una mecha confeccionada rasgando un poco
de lona. Cuando esta lámpara estuvo llena de aceite, dio un poco de luz, aunque
se apagaba con facilidad, y nos resultó de gran ayuda durante la noche.
Estábamos bastante bien en cuanto al combustible, puesto que teníamos
veinticinco litros.
Un fuerte vendaval del suroeste que se levantó el cuarto día nos obligó a
ponernos al pairo. Hubiese preferido capear el temporal, pero el mar estaba
demasiado encrespado y nos arriesgábamos a que el James Caird se
cruzara al viento tomando por avante y se inundara. La demora fue un fastidio,
puesto que hasta ese momento habíamos estado haciendo sesenta o setenta millas
por día, un buen avance con una superficie de velamen limitada. Nos mantuvimos
al pairo con una doble mano de rizo tomada sobre la mayor y nuestra pequeña
vela cangreja, y esperamos a que el vendaval amainara. Durante esa tarde, vimos
trozos de un naufragio, probablemente los restos de un desafortunado buque que
no había logrado soportar los fuertes vendavales al sur del cabo de Hornos. Las
condiciones climáticas no mejoraron, y el quinto día el vendaval era tan fuerte
que nos vimos obligados a arriar la mayor, doblemente rizada, e izar nuestro
pequeño foque. Arrojamos el ancla de capa en un intento por mantener la proa
del James Caird en la dirección del mar. El ancla consistía de
una bolsa de lona triangular atada al extremo de una boza que permitía
escurrirse desde la proa. El bote era lo suficientemente alto para presentar al
viento y, a medida que derivaba hacia sotavento, el arrastre del ancla la
mantenía proa a barlovento. De esta manera, nuestro bote tomó la mayor parte de
la onda del mar por la proa. Incluso entonces las crestas de las olas con
frecuencia se encrespaban justo sobre nosotros y nos entraba una gran cantidad
de agua, que había que achicar y bombear sin cesar. Si mirábamos a babor o a
estribor veíamos un hueco como un túnel que se formaba cuando la cresta de una
ola grande caía sobre la masa de agua que se abultaba. Mil veces pareció que
el James Caird iba a ser engullido, pero el bote sobrevivió.
El vendaval del suroeste provenía del continente antártico, y su gélido aliento
hacía que la temperatura disminuyera hasta muy por debajo de cero. La espuma
que salpicaba se congelaba en el bote y cubría la proa, los lados y la cubierta
con una pesada capa de hielo. Esta acumulación de hielo redujo la flotabilidad
de la embarcación y, en ese sentido, constituía un peligro más; no obstante,
poseía una notable ventaja desde un punto de vista. El agua dejó de gotear y
chorrear de la lona, y las salpicaduras llegaban solo al pozo, en el sector
popel de la embarcación. No podíamos permitir que la carga de hielo aumentara
más allá de cierto grado, y en turnos nos deslizamos de rodillas por la
cubierta de proa, astillándolo y levantándolo con las herramientas disponibles.
Cuando amaneció por la mañana del sexto día, vimos y sentimos que el James
Caird había perdido su elasticidad. No se levantaba frente a las aguas
que venían en nuestra dirección. El peso del hielo que se había formado en él y
sobre él durante la noche estaba afectándolo, y parecía más un tronco que un
bote. La situación requería que se tomaran medidas inmediatas. En primer lugar,
arrancamos los remos extra, que estaban encajonados en hielo y congelados a
ambos lados del bote, y los arrojamos por la borda. Guardamos dos remos para
usar cuando estuviéramos cerca de la costa. Dos de los sacos de dormir de piel
también fueron arrojados por la borda; estaban totalmente mojados y pesaban,
quizá, unos veinte kilogramos cada uno, y se habían congelado y endurecido
durante la noche. Tres hombres hacían guardia en la cubierta inferior y cuanto
la terminaban, era mejor meterse en el saco mojado que acababa de ser dejado
por otro hombre que descongelar un saco hecho hielo con el calor de su
desafortunado cuerpo. Ahora teníamos cuatro sacos, tres en uso y uno para una
emergencia, en caso de que un miembro del equipo se enfermara en forma
permanente. La reducción de peso alivió la embarcación hasta cierto punto, y el
hecho de astillar y levantar el hielo en forma masiva también resultó una gran
contribución. Teníamos que ser muy cuidadosos de no clavar un hacha o un
cuchillo en la lona congelada de la cubierta mientras nos arrastrábamos sobre
ella, pero poco a poco nos deshicimos de una gran cantidad de hielo. El James
Caird se elevó ante las interminables olas como si hubiera renacido.
A eso de las 11 de la mañana, de pronto, el bote cayó en el seno de las olas.
La boza se había soltado, y el ancla flotante se había perdido. Era un asunto
serio. El James Caird se movió hacia sotavento, y no tuvimos
posibilidad de recuperar el ancla y nuestro valioso cabo que habían sido
nuestros únicos medios para mantenernos ciñendo sin necesidad de correr el
riesgo de izar paño en medio del temporal. Ahora teníamos que colocar la vela y
confiar en que quedara sujeta. Mientras que el James Caird se
balanceaba con fuerza en el seno del mar, golpeamos la lona congelada hasta que
el grueso del hielo se desprendió y lo levantamos. Los aparejos congelados
trabajaron bajo protesta, pero tras forcejear, nuestra pequeña embarcación
volvió a ceñir al viento, y respiramos con más libertad. La piel congelada nos
estaba molestando, y teníamos grandes ampollas en los dedos y las manos.
Siempre me acompañará la cicatriz de estas heridas por congelación en mi mano
izquierda, que se inflamaron mucho después de que la piel se reventó y el frío
la carcomió profundamente.
Mantuvimos el bote ciñendo contra el temporal ese día, soportando lo mejor que
podíamos las molestias que se tornaban en dolor. La embarcación se sacudía de
forma interminable bajo el cielo gris y amenazador. Nuestro pensamiento no
abarcaba más que las necesidades de esa hora. Cada embate de las olas era un
enemigo que vigilar y evitar. Comíamos la escasa comida, tratábamos nuestras
heridas y esperábamos mejores condiciones que podrían llegar al día siguiente.
La noche caía temprano, y durante las lentas horas de oscuridad, nos alegró una
mejoría en el tiempo. El viento disminuyó, las ráfagas de nieve redujeron su
frecuencia y el mar se moderó. Cuando amaneció el séptimo día, no había mucho
viento. Soltamos la mano de rizo de la vela y volvimos a poner rumbo, una vez
más, hacia Georgia del Sur. El sol apareció resplandeciente y limpio, y en ese
momento, Worsley pudo calcular la longitud. Esperábamos que el cielo
permaneciera claro hasta el mediodía, de modo que pudiéramos obtener la
latitud. Habíamos pasado seis días sin hacer observaciones, y nuestro cálculo a
ciegas era, naturalmente, incierto. El bote debe de haberse visto extraño esa
mañana. Todos los hombres gozaban del sol. Colgamos los sacos de dormir del
mástil y extendimos las medias y otras vestimentas en la cubierta. Parte del
hielo del James Caird se había derretido por la mañana
temprano cuando el vendaval comenzó a amainar, y estaban apareciendo zonas
secas en la cubierta. Las marsopas rodeaban el bote resoplando, y los petreles
pintados revoloteaban y se lanzaban en picada a pocos metros de donde nos
encontrábamos. Estos pajaritos blancos y negros tienen una apariencia amigable
que no tienen los grandes albatros que volaban en círculos. Se habían visto
grises contra el mar que se balanceaba durante la tormenta cuando se
abalanzaban sobre nuestras cabezas emitiendo chillidos lastimeros. Los
albatros, de la variedad negra o sombría, nos habían estado mirando con ojos
brillantes y firmes, y parecían tener un interés bastante impersonal en nuestra
lucha por mantenernos a flote en las aguas tempestuosas. Además de los petreles
pintados, de tanto en tanto un petrel de las tormentas destellaba sobre
nuestras cabezas. Luego, había un pequeño pájaro, que yo no conocía, que
siempre parecía estar renegando, ajetreado, que no concordaba con el entorno.
Me irritaba. Casi no tenía cola y se movía en forma errática y vaga, como si
estuviera buscando la parte que le faltaba. Solía encontrarme deseando que
encontrara su cola y terminara con su tonto revoloteo.
Ese día, nos deleitamos con el calor del sol. Después de todo, la vida no era
tan mala. Sentimos que estábamos bien encaminados. Nuestra ropa se estaba
secando y podríamos comer algo caliente bastante cómodos. El oleaje aún era
fuerte, pero no rompía y el bote avanzaba con facilidad. A mediodía, Worsley se
balanceó en la borda y se asió con una mano al estay del palo mayor mientras
capturaba la luz del sol. El resultado fue más que alentador. Habíamos
recorrido más de trescientas ochenta millas y nos estábamos aproximando a la
mitad de camino de Georgia del Sur. Parecía que lograríamos llegar hasta el
final.
El viento refrescó y se convirtió en una brisa fría durante la tarde, y
el James Cairel avanzó de modo satisfactorio. No me había dado
cuenta, hasta que salió la luz del sol, de cuán pequeño era en realidad nuestro
bote. Había cierta influencia en la luz y el calor, algún indicio de días más
felices, que nos hizo revivir recuerdos de otros viajes, cuando teníamos una
cubierta resistente debajo de nuestros pies, una cantidad ilimitada de
alimentos a nuestro servicio y agradables camarotes para nuestra comodidad.
Ahora nos aferrábamos a una pequeña embarcación maltratada, «alone,
alone, all, all alone, alone on a wide wide sea!»[12] . Estábamos
tan bajos y cerca del agua que cada sucesiva oleada nos impedía ver la línea
del cielo. Éramos un punto diminuto en la amplia perspectiva del mar: el océano
abierto a todos y misericordioso con ninguno, que amenaza incluso cuando parece
doblegarse, y que es siempre despiadado frente a la debilidad. Por un momento,
tomar conciencia de las fuerzas dispuestas contra nosotros era casi abrumador.
Luego, la esperanza y la confianza volvían a surgir cuando nuestra embarcación
se elevaba frente a una ola y arrojaba a un lado la cresta en una lluvia
centelleante como el juego de los colores prismáticos al pie de una catarata.
Mi escopeta de doble cañón y algunos cartuchos habían sido subidos a bordo como
precaución de emergencia frente a la escasez de alimentos, pero no estábamos
dispuestos a destruir a nuestros pequeños vecinos, los petreles pintados, ni
siquiera para obtener carne fresca. Hubiésemos, en todo caso, disparado a algún
albatros, pero el errante rey del océano provocaba en nosotros algo del sentimiento
que inspiró, demasiado tarde, al «Viejo Marinero». Por lo tanto, la escopeta
permaneció entre los suministros y los sacos de dormir en el estrecho espacio
debajo de nuestra cubierta que filtraba agua, y los pájaros nos seguían sin que
los molestáramos.
Durante el octavo, noveno y décimo día del viaje no hubo grandes
acontecimientos dignos de mención especial. El viento sopló fuerte esos días, y
el esfuerzo realizado para que la embarcación navegara fue incesante, aunque
siempre avanzamos hacia nuestro objetivo. No se vislumbraban témpanos en el
horizonte, y sabíamos que nos habíamos alejado de los campos de hielo. Cada día
traía su pequeña ronda de problemas, pero también compensación en la forma de
alimentos y mayores esperanzas. Sentíamos que tendríamos éxito. Los obstáculos
que habíamos enfrentado habían sido enormes, pero estábamos abriéndonos paso.
Aún sufríamos mucho el frío puesto que, aunque la temperatura estaba
aumentando, nuestra vitalidad disminuía debido a la escasez de alimentos, la exposición
y la necesidad de mantener la postura que nos provocaba calambres día y noche.
Me di cuenta de que ahora era absolutamente necesario preparar leche caliente
para todos los hombres durante la noche a fin de mantenerlos vivos hasta el
amanecer. Ello significaba encender el hornillo Primus en la oscuridad y un
mayor gasto de nuestra pequeña provisión de fósforos. Era una regla que solo
había que usar un fósforo para encender el Primus. No teníamos una lámpara para
la brújula y, durante los primeros días de viaje, teníamos que encender un
fósforo cuando el timonel quería ver el rumbo durante la noche, pero luego, la
necesidad de una estricta economía se nos impuso, y la práctica de encender
fósforos durante la noche se suspendió. Teníamos una lata hermética con
fósforos. Yo había guardado en un bolsillo, para tenerla a mano un día soleado,
una lente de uno de los telescopios, pero no nos resultó útil durante el viaje.
El sol rara vez brilló. El vidrio de la brújula se rompió una noche y nos
ingeniamos para arreglarlo con cinta adhesiva del botiquín. Uno de los
recuerdos de esos días que me viene a la memoria es Crean cantando al mando de
la caña del timón. Siempre cantaba cuando timoneaba, y nunca nadie descubrió de
qué canción se trataba. Carecía de melodía y era tan monótona como el canto de
un monje budista al rezar; sin embargo, en cierto modo era alegre. En momentos
de inspiración, Crean intentaba entonar la balada irlandesa The
Wearingofthe Green.
La décima noche, Worsley no pudo enderezarse después de su turno en el timón.
Estaba completamente acalambrado, y tuvimos que arrastrarlo debajo de la
cobertura y hacerle masajes antes de que pudiera enderezarse y meterse en un
saco de dormir. Un fuerte vendaval del noroeste llegó el undécimo día, 5 de mayo,
y cambió de dirección hacia el suroeste bien entrada la tarde. El cielo estaba
cubierto y tormentas ocasionales de nieve contribuían a la incomodidad
producida por un mar tremendamente revuelto, el peor, pensé, que habíamos
enfrentado. A medianoche, yo estaba al timón y de repente advertí una línea de
cielo claro entre el sur y el suroeste. Les grité a los otros hombres que el
cielo se estaba limpiando y luego, un momento después, me di cuenta de que lo
que había visto no era una abertura en las nubes, sino la cresta de una ola
enorme. En mi experiencia de veintiséis años en el océano en la que había sido
testigo de todos sus estados de ánimo, nunca me había enfrentado a una ola tan
gigantesca. Era una poderosa conmoción del océano, algo muy diferente de los
inmensos mares de espuma blanca que habían sido nuestros incansables enemigos
durante muchos días. Grité: «¡Por el amor de Dios, sosténganse! ¡Estamos
atrapados!». Luego, llegó un momento de suspenso que pareció extenderse por
horas. La espuma blanca surgió del mar que rompía a nuestro alrededor. Sentimos
que nuestro bote se levantaba y era arrojado hacia adelante como un corcho en
las olas rompientes; estábamos en un caos bullente de agua atormentada, pero de
alguna manera, el bote sobrevivió, medio anegado, combándose ante el peso
muerto y estremecido por el golpe. Achicamos con la energía de hombres luchando
por su vida, arrojando el agua sobre la borda con todo receptáculo que
pudiéramos conseguir y, después de diez minutos de incertidumbre, sentimos que
el bote recobraba vida bajo nuestros pies. Volvió a flotar y dejó de sacudirse,
borracho, como aturdido por el ataque del mar. Con sinceridad, esperábamos
nunca más encontrar una ola de esa índole.
Las condiciones en el bote, que ya eran molestas antes, se tornaron peores por
la gran cantidad de agua que había. Toda nuestra ropa estaba completamente
mojada otra vez. Nuestra cocina había estado flotando en el fondo del bote, y
porciones de nuestro último hoosh parecían hallarse por todas
partes. Solo a las 3 de la mañana, cuando todos estábamos congelados casi hasta
el límite de nuestra resistencia, logramos volver a encender la cocina y
prepararnos bebidas calientes. El carpintero sufría particularmente, pero
mostraba valor y agallas. Ya hacía una semana que Vincent había dejado de ser
un miembro activo de la tripulación, y yo no podía justificar con facilidad su
desmoronamiento. En cuanto a lo físico, era uno de los hombres más fuertes de
la embarcación. Era joven, había prestado servicio en los buques de pesca del
Mar del Norte y debería haber podido soportar las inclemencias mejor que
McCarthy, quien, a pesar de no ser tan joven, estaba siempre contento.
El tiempo estuvo mejor el día siguiente, 6 de mayo, y pudimos vislumbrar el
sol. La observación de Worsley mostró que no estábamos a más de cien millas del
extremo noroeste de Georgia del Sur. Dos días más con viento favorable y
avistaríamos la tierra prometida. Esperaba que no hubiera demoras, puesto que
nuestras provisiones de agua eran cada vez menores. La bebida caliente por la
noche era esencial, pero decidí que la asignación diaria de agua se redujera a
un cuarto de litro por hombre. Los terrones de hielo que habíamos subido a
bordo habían desaparecido hacía tiempo. Dependíamos del agua que habíamos
traído de la isla Elefante, y nuestra sed aumentaba por el hecho de que ahora
estábamos usando el agua salobre contenida en un barril que se había desfondado
un poco con el oleaje cuando estábamos cargando el bote. En ese momento, había
entrado algo de agua. La sed se apoderó de nosotros. No me atrevía a permitir
que se aumentara la asignación de agua porque un viento desfavorable podría
alejarnos de la isla y alargar nuestro viaje varios días. La falta de agua
siempre es la privación más seria que los hombres pueden ser condenados a
soportar, y encontramos, como sucedió durante nuestro anterior viaje en bote,
que el agua salada de nuestra ropa y la espuma del mar que nos azotaba la cara
hacía que la sed aumentara con rapidez hasta convertirse en un dolor que
abrasaba. Tuve que ser muy firme al negarles que bebieran por adelantado lo que
les correspondería al día siguiente, aunque a veces me lo rogaran. Hicimos el
trabajo necesario con lentitud, y esperábamos alcanzar tierra. Había alterado
el rumbo hacia el este con el fin de asegurarnos de llegar a la isla, a la que
hubiese sido imposible volver si hubiésemos sobrepasado el extremo norte. El
rumbo había sido fijado en los restos de la carta hasta un punto a unas treinta
millas de la costa. Ese día y el siguiente pasaron, para nosotros, como si
hubiesen sido una suerte de pesadilla. Teníamos la boca seca y la lengua
hinchada. El viento aún era fuerte, y el mar embravecido nos había forzado a
navegar con cuidado, pero cualquier pensamiento relacionado con el peligro
causado por las olas estaba enterrado debajo de la conciencia de nuestra
terrible sed. Los momentos alegres eran aquellos en que cada uno recibía un
tazón de leche caliente durante las guardias largas y amargas de la noche. Las
cosas no estaban bien esos días, pero el fin se aproximaba. El 8 de mayo
amaneció pesado y tormentoso, con chubascos del noroeste. En las aguas frente a
nosotros, buscamos una señal de tierra, y aunque solo pudimos ver lo que
habíamos visto durante muchos días, nos alegró el sentimiento de que el
objetivo estaba cerca. Alrededor de las diez de la mañana, pasamos un manchón
de algas marinas, una buena señal de la proximidad de la tierra. Una hora más
tarde, vimos dos cormoranes sentados sobre una gran masa de algas laminariales
y, entonces, supimos que debíamos de estar a menos de diez o quince millas de
la costa. Estas aves son un indicio tan seguro de la proximidad de la tierra
como un faro, ya que nunca se aventuran lejos, mar adentro. Fijamos la mirada
hacia adelante, con creciente entusiasmo y, a las 11:30, a través de una
abertura en las nubes, McCarthy logró ver los acantilados negros de Georgia del
Sur, justo catorce días después de nuestra partida de la isla Elefante. Fue un
momento agradable. A pesar de estar abatidos por la sed, congelados y débiles,
irradiábamos felicidad. La tarea estaba casi lista.
Nos mantuvimos en dirección a la costa para buscar un lugar donde desembarcar,
y enseguida pudimos ver las matas verdes de pasto en los salientes sobre las
rocas azotadas por las olas. Frente a nosotros y hacia el sur, las rompientes
nos permitieron ver la presencia de arrecifes que no aparecían en las cartas a
lo largo de la costa. Aquí y allí, las rocas hambrientas estaban cerca de la
superficie y, sobre ellas, rompían las gigantescas olas, arremolinándose
enconadamente y levantándose diez y doce metros en el aire. La costa rocosa
parecía descender en forma perpendicular al mar. Nuestra necesidad de agua y
descanso era casi desesperante, pero intentar desembarcar en ese momento
hubiese sido un acto suicida. La noche se aproximaba, y los indicios del tiempo
no eran favorables. No había nada que hacer, salvo virar la embarcación de
ceñida hasta la mañana siguiente, de modo tal de mantenernos amurados a
estribor, apartados, hasta que conseguimos alejarnos a lo que estimamos
resultaba ser una distancia segura. Luego, nos quedamos al pairo en el oleaje
elevado que provenía del oeste. Las horas pasaron con lentitud mientras
esperábamos el amanecer, que presagiaría presumiblemente, la última etapa de
nuestro viaje. La sed que padecíamos era un tormento y apenas podíamos tocar la
comida; el frío parecía atravesar nuestros debilitados cuerpos. A las 5:00, el
viento cambió al noroeste y con rapidez se convirtió en uno de los peores huracanes
que ninguno de nosotros hubiera experimentado. Corría un muy fuerte mar
cruzado, y el viento simplemente chillaba cuando desgarraba las crestas de las
olas y convertía todo el escenario marino en una neblina de espuma azotadora.
Abajo, en los valles, hasta alturas ondulantes, forcejeando hasta que sus
juntas se abrían, se balanceaba nuestra pequeña embarcación, aún valiente, pero
afanándose en forma excesiva. Sabíamos que el viento y el movimiento del mar
nos acercaban a la costa, pero no podíamos hacer nada. El amanecer nos presentó
un océano abatido por la tormenta, y la mañana transcurrió sin que lográramos
ver la tierra; pero a las 13:00, a través de una grieta en la bruma que
flotaba, pudimos avistar los inmensos peñascos de la isla y nos dimos cuenta de
que nuestra posición se había tornado desesperante. Nos encontrábamos en una
situación extremadamente peligrosa, y pudimos medir nuestro acercamiento a los
acantilados, que no veíamos, por el rugir de las olas rompientes contra las
escarpadas paredes de roca. Ordené que se tomara una doble mano de rizos a la
vela mayor con la esperanza de que pudiéramos alejarnos de esa trampa, y este
intento aumentó la tensión ejercida sobre el bote. El James Caird iba
dando fuertes sacudidas, y el agua estaba entrando por todos lados. Nuestra sed
había pasado al olvido frente al inminente peligro, mientras achicábamos sin
cesar y ajustábamos el peso de tanto en tanto; en ocasiones podíamos ver que la
costa estaba más cerca. Sabía que la isla Annewkow se encontraba al sur de
nuestra posición, pero nuestra pequeña carta mal señalada mostraba inciertos
arrecifes en el paso entre la isla y el continente, y no me atrevía a confiar
en ella, aunque, como último recurso, podríamos intentar ponernos a sotavento
de la isla. La tarde pasó a medida que avanzábamos por la costa, con los
truenos de las olas que rompían en nuestros oídos. Cuando se acercaba la noche,
aún nos encontrábamos a cierta distancia de la isla Annewkow, y débilmente en
el atardecer, pudimos ver una montaña cubierta de nieve que se cernía sobre
nosotros. Las posibilidades de sobrevivir durante la noche, con la tormenta que
rugía y el implacable mar que nos forzaba hacia la costa de sotavento, parecían
pocas. Pienso que la mayoría de nosotros tuvimos la sensación de que el fin
estaba muy cerca. Justo después de las 18:00, en la oscuridad, mientras el bote
estaba en ese espumoso torbellino de los mares alejado de esta costa escabrosa,
entonces, cuando las cosas no podrían haber estado peor, mejoraron. Muchas veces
me maravilló la delgada línea que divide el éxito del fracaso y el repentino
cambio que conduce del desastre aparentemente seguro a una relativa seguridad.
El viento cambió de repente, y volvimos a estar libres para alejarnos. Casi tan
pronto como la tormenta amainó, el pasador que sujetaba el mástil a la bancada
se desprendió. Debía de haber estado a punto de caerse durante el huracán, y si
lo hubiera hecho, nada nos habría salvado; el mástil se hubiera partido como
una zanahoria. Nuestros estays popeles habían soportado la carga cuando estaban
congelados y ahora no estaban muy bien sujetos. De hecho, estábamos agradecidos
por la misericordia que había sujetado el pasador en su lugar durante el
huracán.
Volvíamos a estar lejos de la costa, cansados casi hasta la apatía. Nuestra
agua se había terminado hacía tiempo. Lo que quedaba era casi medio litro de
líquido lleno de pelos, que colamos con un trozo de gasa del botiquín. Los
ataques de sed arremetían contra nosotros con doble intensidad, y sentí que debíamos
llegar a tierra al día siguiente aún a riesgo de pagar cualquier precio. Era de
noche. Estábamos muy cansados. Deseábamos que llegara el día. Cuando al fin
amaneció la mañana del 10 de mayo, casi no había viento, pero corría un fuerte
mar cruzado. Avanzamos con lentitud hacia la costa. A eso de las 8:00, el
viento viró al noroeste y amenazó con otra tormenta. Mientras tanto, habíamos
avistado una gran entrada que pensé que sería la bahía del Rey Haakon, y decidí
que debíamos desembarcar allí. Dirigimos la proa de la embarcación hacia la
bahía y salimos a toda prisa antes de que arreciase el viento. En poco tiempo,
aparecieron furiosos arrecifes a ambos lados. Grandes glaciares bajaban hasta
el mar, pero no presentaban ningún lugar donde desembarcar. El mar se
descargaba contra los arrecifes y explotaba contra la costa. Cerca del
mediodía, avistamos una línea de arrecifes dentados, como si fueran dientes
ennegrecidos, que parecían prohibir la entrada a la bahía. Dentro de ella, el
agua relativamente calma se extendía entre ocho y nueve millas hacia la cabeza
de la bahía. Apareció un hueco en el arrecife, y nos dirigimos a él. Pero el
destino tenía otros planes para nosotros. El viento cambió y sopló desde el
este, justo desde la bahía. Podíamos ver el camino a través de los arrecifes,
pero no podíamos acercarnos a él en forma directa. Esa tarde navegamos en otra
dirección, y viramos en cinco ocasiones en medio del fuerte viento. La última
virada nos permitió pasar y, al fin, nos encontrábamos en la ancha boca de la
bahía. Estaba oscureciendo. Una pequeña ensenada, con una playa cubierta por
grandes rocas protegida por un arrecife, constituía un cambio en los
acantilados del extremo sur de la bahía, y viramos en esa dirección. Me situé
en la proa para dirigir la navegación mientras atravesábamos las laminarias y
pasábamos por el arrecife. La entrada era tan estrecha que tuvimos que meter
los remos, y el oleaje se amontonaba sobre el arrecife en dirección a la
ensenada; pero en un minuto o dos estuvimos dentro, y en la oscuridad que nos
rodeaba, el James Caird aprovechó el oleaje y tocó la playa.
Salté a tierra con la boza corta y la sostuve cuando el bote volvió a alejarse
con la marea que retrocedía. Cuando el James Caird volvió a
acercarse, tres de los hombres desembarcaron y sostuvieron la boza mientras yo
trepé algunas rocas con otro cabo. Un resbalón sobre las rocas mojadas a una
altura de seis metros casi cerró mi parte de la historia justo en el momento en
que estábamos logrando ponernos a salvo. Una parte saliente y afilada de una
roca me sostuvo y, a la vez, me lastimó severamente. Sin embargo, aseguré el
cabo y, en pocos minutos, todos estuvimos a salvo en la playa, mientras el bote
flotaba en las agitadas aguas frente a la costa. Oímos un sonido burbujeante
que sonó como música para nuestros oídos y, al mirar a nuestro alrededor,
encontramos un arroyo de agua dulce casi a nuestros pies. Un momento después,
estábamos de rodillas bebiendo el agua pura, helada, a grandes tragos que nos
devolvieron la vida. Fue un momento espléndido.
El próximo paso era sacar las provisiones y el lastre del bote, a fin de que
pudiéramos asegurarlo durante la noche. Colocamos las provisiones y los
aparejos sobre la marca de marea alta y arrojamos las bolsas de arena y las rocas
que tan bien conocíamos. Luego intentamos empujar el bote hacia la playa y, al
realizar este esfuerzo, descubrimos cuánto nos habíamos debilitado. Nuestras
fuerzas unidas no fueron suficientes para sacar al James Caird del
agua. Una y otra vez empujamos juntos, pero sin éxito. Me di cuenta de que
necesitaríamos comida y descanso antes de poder llevar el bote a la playa.
Amarramos un cabo a una pesada roca y fijamos una guardia para proteger
el James Caird de las rocas de la playa. Luego, envié a Crean hacia
la parte izquierda de la ensenada, a unos treinta metros, donde yo había
advertido una pequeña cueva mientras nos acercábamos. No podía ver mucho en la
oscuridad, pero me informó que, sin duda, el lugar prometía ser un buen
refugio. Llevamos los sacos de dormir y encontramos un pequeño hueco en el
frente de la roca, con el piso de guijarros que caía en forma pronunciada hacia
el mar. Allí preparamos una comida caliente y, cuando la terminamos, ordené a
los hombres que se acostaran. Ahora eran cerca de las 20:00 horas, y asumí la
primera guardia al lado del James Caird, que aún flotaba en el agua
que se sacudía justo frente a la playa.
Proteger el James Caird de las rocas en la oscuridad fue un
trabajo complicado. El bote habría chocado peligrosamente si se le hubiese
permitido dejarse llevar por las olas que entraban en la ensenada. Encontré una
roca plana para mis pies, que estaban en mal estado debido al frío, la humedad
y la falta de ejercicio en el bote, y durante las siguientes pocas horas me
esforcé para mantener al James Caird alejado de la orilla. En
ocasiones, tenía que abalanzarme al agua enfurecida. Luego, cuando una ola
retrocedía, permitía que el bote se alejara atado de la cuerda alpina para
evitar un tirón repentino. La boza pesada se había perdido cuando el ancla
flotante se perdió en el mar. El James Caird apenas podía
verse en la ensenada, donde los altos acantilados negros hacían que la
oscuridad fuera casi total, y había que realizar un gran esfuerzo para prestar
atención. Después de que hubieran pasado varias horas, encontré que mi deseo de
dormir se estaba volviendo irresistible, y a la una de la mañana llamé a Crean.
Lo oí gemir mientras tropezaba con las afiladas rocas camino a la playa. Cuando
él estaba a cargo del James Caird, este se alejó, arrastrado, y
pasamos momentos de gran tensión. Por suerte, cruzó hacia la cueva y lo
aseguramos, sin que sufriera daños. La pérdida o la destrucción del bote en
esta etapa hubiera sido una cuestión muy seria, puesto que era probable que nos
hubiese resultado imposible dejar la ensenada, salvo por mar. Los acantilados y
los glaciares a nuestro alrededor no ofrecían una senda viable que nos llevara
a la cabeza de la bahía. Dispuse guardias de una hora durante el resto de la
noche y luego tomé el lugar de Crean entre los hombres que dormían y pude
descansar algo antes del amanecer.
El mar bajó en las primeras horas de la mañana del 11 de mayo, y después del
amanecer pudimos dedicarnos a llevar el bote a tierra, aunque primero nos
preparamos para la tarea con otra comida. Aún estábamos débiles. Cortamos la
superestructura y todos los aparejos móviles. Luego esperamos la «gran novena
ola» de Byron y, cuando levantó el James Caird y lo acercó, lo sostuvimos y,
con un gran esfuerzo, lo llevamos, sosteniéndolo por los costados, fuera del
mar. Lo arrastramos centímetro a centímetro hasta que alcanzamos la hilera de
matas de hierba y supimos que el bote estaba sobre la marca de la marea alta.
La marea subía como un metro y medio, y en primavera el agua debía de haber
llegado casi hasta el borde de los matojos. Finalizar esta tarea hizo que
nuestra prioridad inmediata desapareciera, y estuvimos libres para examinar
nuestros alrededores y planificar el siguiente paso. El día estaba despejado y
claro.
La bahía del Rey Haakon es un estrecho de unos trece kilómetros que penetra la
costa de Georgia del Sur en dirección este. Habíamos notado que los lados norte
y sur del estrecho estaban formados por empinadas cadenas montañosas, sus lados
surcados por poderosos glaciares, desembocaduras de las grandes capas de hielo
del interior. Era evidente que estos glaciares y las abruptas laderas de las
montañas impedían que fuéramos tierra adentro desde la ensenada. Debíamos
navegar hacia la cabeza del estrecho. Nubes que se arremolinaban y coronas de
niebla habían oscurecido nuestra visión del estrecho cuando estábamos entrando,
pero el hecho de ver momentáneamente las laderas cubiertas de nieve nos habían
dado esperanzas de que se podría iniciar un viaje por tierra desde ese punto.
Unos pocos parches de tierra con zonas de hierba dura, punteados con pequeñas
lagunas, yacían entre los glaciares a lo largo del pie de las montañas, cuyas
pendientes estaban cubiertas de piedras. Varios picos y peñascos magníficos
miraban más allá de su dominio nevado las aguas centelleantes del estrecho.
Nuestra ensenada se encontraba en el interior de la punta sur de la bahía del
Rey Haakon. Una estrecha interrupción en los acantilados, que tenían unos
treinta metros de altura en este punto, formaba la entrada a la ensenada. Los
acantilados continuaban dentro de la ensenada a cada lado y se unían en una
colina que descendía con una ladera pronunciada hasta la playa rocosa. La
ladera, que estaba cubierta de matas de hierba, no era continua. En dos puntos
se moderaba y formaba pequeñas terrazas con pantanos de turba, salpicadas con
remansos de agua congelada y drenadas por dos pequeños arroyos. Nuestra cueva
era un descanso en el acantilado sobre el extremo izquierdo de la playa. La
cara rocosa del acantilado estaba socavada en este punto, y los guijarros
arrojados hacia arriba por las olas formaban una pendiente pronunciada, que
redujimos a casi la sexta parte raspando las piedras desde adentro. Más tarde,
cubrimos el piso duro con hojarasca casi seca, de las matas de hierba,
intentando formar una cama algo más suave para nuestros sacos de dormir. El
agua había goteado por la cara del acantilado formado largas estalactitas, que
colgaban frente a la cueva y tenían una longitud de cinco metros. Estas estalactitas
brindaban refugio, y cuando desplegamos las velas debajo de ellas, con ayuda de
los remos, logramos un espacio que, en esas circunstancias, debía considerarse
razonablemente cómodo. El campamento al menos estaba seco, y llevamos allí
nuestros aparejos con confianza. Preparamos un fogón y dispusimos nuestros
sacos de dormir y mantas a su alrededor. La cueva tenía unos dos metros y medio
de profundidad y casi cuatro metros de ancho en la entrada.
Mientras se estaba arreglando el campamento, Crean y yo subimos la ladera
cubierta de matojos de hierba detrás de la playa y llegamos a la cima de un
cabo que dominaba el estrecho. Allí encontramos nidos de albatros en los que,
para nuestro agrado, había crías. Los polluelos eran gordos y vigorosos, y no dudamos
en decidir que estaban predestinados a morir a temprana edad. Nuestra mayor
preocupación en este punto era la escasez de combustible para la cocina.
Teníamos raciones para diez días más y sabíamos ahora que podíamos conseguir
pájaros para comer, pero que si queríamos comidas calientes, debíamos
asegurarnos el combustible. El suministro de petróleo que llevábamos en el bote
se estaba acabando, y parecía necesario guardar un poco para usar en el viaje
por tierra que nos esperaba. Un elefante marino o una foca nos habrían
suministrado combustible así como también alimentos, pero no veíamos ninguno en
las cercanías. Durante la mañana, encendimos un fuego en la cueva con madera de
la superestructura del bote, y aunque el denso humo de los palos húmedos nos inflamaba
los ojos cansados, el calor y las perspectivas de comida caliente eran sobrada
compensación. Crean era el cocinero ese día, y le sugerí que usara sus gafas,
que casualmente había traído con él. Las gafas fueron de gran ayuda cuando se
inclinaba sobre el fuego y cuidaba el guiso. Y ¡qué guiso! Los jóvenes albatros
pesaban unos seis kilogramos cada uno recién matados, y estimamos que pesaban
casi tres kilogramos cada uno después de limpiarlos y prepararlos para la olla.
Cuatro pájaros fueron a la olla para seis hombres, con una ración de Bovril
para espesarlos. La carne era blanca y suculenta, y los huesos, que no se
habían terminado de formar, casi se derretían en la boca. Fue una comida
memorable. Después de comer hasta saciarnos, secamos el tabaco en las brasas
del fuego y fumamos con satisfacción. Hicimos el intento de secar la ropa, que
estaba empapada con agua salada, pero no tuvimos mucho éxito. No podíamos
darnos el lujo de encender un fuego, salvo para cocinar hasta que volviéramos a
encontrar grasa o madera que viniera a la deriva.
Aún faltaba la última etapa de nuestro viaje. Me di cuenta de que el estado del
grupo en general y, en particular el de McNeish y Vincent, nos impediría volver
al mar, salvo bajo presión de imperiosa necesidad. Nuestro bote, sin embargo,
estaba debilitado porque le habíamos cortado la superestructura, y yo dudaba de
si podríamos ganar el barlovento de la isla. Aún nos encontrábamos a 150 millas
de la estación ballenera Stromness si íbamos por mar. La alternativa era intentar
cruzar la isla. Si no lográbamos llegar, debíamos tratar de asegurarnos
suficiente comida y combustible para mantenernos vivos durante el invierno,
pero apenas pensábamos en esta posibilidad. En la isla Elefante, veintidós
hombres estaban esperando la ayuda que solo nosotros podríamos asegurarles. Su
condición era peor que la nuestra. Debíamos seguir adelante de alguna manera.
Tendrían que pasar varios días antes de que pudiéramos recuperar nuestras
fuerzas lo suficiente para permitirnos remar o navegar las últimas nueve millas
hacia la cabeza de la bahía. Mientras tanto, podíamos hacer los preparativos
posibles y secar nuestra ropa aprovechando cada pequeño momento de calor de los
fuegos que encendíamos para cocinar. Esa noche nos acostamos temprano, y
recuerdo que soñé con la gran ola y desperté a mis compañeros con un grito de
advertencia cuando vi con los ojos semidespiertos el imponente acantilado en el
lado opuesto de la ensenada. Poco antes de medianoche, de repente se levantó un
vendaval del noreste con lluvia y chaparrones de aguanieve. Trajo una gran
cantidad de hielo de glaciar a la ensenada y, a las 2:00 del 12 de mayo,
nuestro pequeño puerto estaba lleno de hielo, que emergía aquí y allá en la
marejada y se abría camino hacia la playa. Teníamos roca sólida bajo nuestros
pies y podíamos mirar sin sentir preocupación. Cuando amaneció, caía una fuerte
lluvia, y la temperatura era la más alta que habíamos tenido en meses. Las
estalactitas que colgaban del techo de nuestra cueva se estaban derritiendo y
chorreaban, y tuvimos que movernos con agudeza al entrar y salir, por temor a
que nos golpearan los pedazos que caían. Un fragmento de unos ocho o diez
kilogramos se estrelló mientras desayunábamos. Encontramos que se había quemado
la parte inferior del saco de dormir de reno de Worsley durante la noche y se
había hecho un gran agujero. Worsley había estado despierto porque tenía la
sensación de que los pies le quemaban, y les había preguntado a los hombres que
estaban cerca de él si su saco estaba bien; ellos miraron y no vieron nada
malo. Todos teníamos ligeramente congelada la zona de los pies, y esta
situación hacía que nuestras extremidades nos ardieran y nos provocaran dolor,
mientras que, a la vez, la sensación se perdía en la piel. Worsley pensó que el
molesto calor de sus pies se debía a la congelación, y permaneció en su bolsa
volviéndose a dormirse. Descubrió, cuando salió por la mañana, que la hojarasca
que habíamos esparcido sobre el piso de la cueva se había quemado por el fuego
y, de hecho, habían quemado el saco en la parte inferior de sus pies formado un
agujero. Por suerte, no se le habían quemado los pies.
Nuestro grupo tuvo un día tranquilo, se encargó de la ropa y los aparejos,
controló los suministros, comió y descansó. Algunos de los albatros más jóvenes
cumplieron un noble fin en nuestra olla. Los pájaros estaban anidando en una
pequeña planicie sobre el extremo derecho de la playa. Habíamos descubierto
que, cuando desembarcamos la noche del 10 de mayo, habíamos perdido el timón.
El James Caird había estado dando pesados tumbos por la popa
mientras gateábamos hacia la costa, y es evidente que entonces el timón se
soltó. Si bien realizamos una búsqueda cuidadosa por la playa y las rocas que
estaban a nuestro alcance, no pudimos encontrar lo que se nos había perdido. Se
trataba de una pérdida importante, incluso aunque el viaje hacia la cabeza del
estrecho pudiera hacerse con buen tiempo. Al atardecer, el hielo de la ensenada
se levantaba y chocaba contra la playa. Por la fuerza, había creado una cadena
de piedras cerca de donde se encontraba el James Caird al
borde de las matas de hierba dura. Algunos trozos de hielo fueron empujados
hacia la parte superior de la pared de lona que estaba frente a nuestra cueva.
Los fragmentos se ubicaron a poco menos de un metro de Vincent, que dormía en
el lugar más bajo, y a un metro y medio del fuego. Crean y McCarthy habían
traído seis albatros jóvenes más durante la tarde, por lo que todos teníamos un
buen suministro de comida fresca. Esa noche, era probable que la temperatura
del aire no fuera inferior a los 3,3°C o 4,4°C, y nos sentimos incómodos en
este estrecho lugar donde dormíamos porque no estábamos acostumbrados al calor.
Nuestros sentimientos respecto de nuestros vecinos sufrieron un cambio. Cuando
la temperatura estaba debajo de los -6,6°C, por mucho que nos acercáramos uno
contra otro, no era suficiente: todos queríamos acurrucamos contra nuestro
vecino; pero en cuanto la temperatura subía unos pocos grados, el calor de otro
hombre dejaba de ser una bendición. El hielo y las olas sonaron amenazadoras
esa noche, pero solo los oí en mis sueños.
La bahía seguía llena de hielo la mañana del sábado 13 de mayo, pero la marea
se lo llevó todo por la tarde. Luego, sucedió algo extraño. El timón, a pesar
de poder navegar a través del vasto Atlántico y buscar las costas de dos
continentes para descansar, regresó flotando a nuestra ensenada. Con ojos
atónitos, lo miramos mientras avanzaba, volvía a retroceder y luego avanzaba
nuevamente bajo la influencia caprichosa del viento y las olas. Se acercaba
cada vez más mientras nosotros esperábamos en la costa, con los remos a mano y,
al final, pudimos atraparlo. Sin duda, una notable recuperación. El día estaba
luminoso y claro; nuestra ropa se estaba secando y estábamos recobrando las
fuerzas. El agua que corría sonaba como música al bajar de la ladera de pasto
entre las grandes rocas. Subimos nuestras mantas a la colina e intentamos
secarlas con la brisa a cien metros sobre el nivel del mar. Por la tarde,
comenzamos a preparar el James Caird para el viaje hacia la
cabeza de la bahía del Rey Haakon. Una observación realizada al mediodía indicó
que nuestra latitud era 54° 10′ 47″ S, pero según la carta alemana, la posición
debería haber sido 54° 12' S. Es probable que la observación de Worsley fuera
la más precisa. Esa noche, pudimos mantener el fuego encendido hasta que nos
fuimos a dormir, puesto que al escalar las rocas sobre la ensenada había
divisado al pie de un acantilado un mástil roto, arrojado por las olas. Pudimos
alcanzarlo bajando por el acantilado, y debido a que teníamos a la vista un
suministro de energía de reserva nos dimos el lujo de quemar los fragmentos de
la superestructura del James Caird con más libertad.
Durante la mañana de este día, 13 de mayo, Worsley y yo caminamos por las
colinas en dirección noreste con el objeto de tener una mejor visión de la
bahía y, posiblemente, reunir cierta información que podría sernos útil en la
próxima etapa de nuestro viaje. Fue un trabajo agotador, pero después de
recorrer unos cuatro kilómetros en dos horas, pudimos mirar hacia el este, en
dirección de la bahía. No logramos ver mucho del terreno que tendríamos que
cruzar para llegar a la estación ballenera en el otro extremo de la isla.
Habíamos pasado varios arroyos y lagos de montaña congelados, y en un punto
donde tuvimos que dirigirnos hacia la playa de la costa del estrecho,
encontramos partes de un naufragio: un mástil de pino de cinco metros y medio
(es probable que se tratara de parte de un mastelero de un buque), varios
trozos de madera y una pequeña maqueta del casco de un barco, evidentemente el
juguete de un niño. Nos preguntamos qué tragedia indicaba ese lamentable
juguetito. También encontramos algunos pingüinos papúa y un elefante marino
joven, que Worsley mató.
Cuando regresamos a la cueva a las 15:00, cansados y hambrientos, aunque
bastante complacidos con nosotros mismos, encontramos que nos esperaba una
espléndida comida de albatros estofados. Habíamos llevado parte de la grasa y
el hígado del elefante marino escondido en nuestras camisas, y sacamos nuestros
tesoros a manera de sorpresa para los hombres. Por el hecho de que había sido
difícil la escalada a nuestro regreso al campamento, estuvimos a punto de tirar
todas las cosas, pero persistimos (independientemente de la condición de
nuestra ropa, que estaba muy usada), y tuvimos nuestra recompensa en el
campamento. La extensa bahía había sido un panorama magnífico, incluso para
nuestros ojos que habían visto suficiente majestuosidad y estaban hambrientos
de las cosas simples y familiares de la vida cotidiana. Sus aguas verdes
azuladas eran azotadas por el vendaval del noroeste. Las montañas, «rígidos
picos que desafiaban las estrellas», miraban a través de la bruma, y entre
ellas, enormes glaciares caían desde las grandes colinas de hielo y los campos
que se extendían detrás. Contamos doce glaciares y cada pocos minutos
escuchamos el rugido reverberante causado por las masas de hielo
desprendiéndose de la masa original.
El 14 de mayo hicimos nuestros preparativos para comenzar temprano al día
siguiente si el tiempo se mantenía bueno. Esperábamos poder transportar los
restos del elefante marino en nuestro camino por el estrecho. Todos los hombres
se estaban recuperando de la excoriación causada por la ropa húmeda durante el
viaje en bote. La parte interna de nuestras piernas había sufrido enormemente,
y durante algún tiempo después de desembarcar en la ensenada, encontramos que
nos resultaba muy incómodo movernos. Hicimos nuestra última visita a los nidos
de albatros que estaban situados en una pequeña planicie ondulante sobre la
cueva, entre matas de hierba, parches de hielo y lagunitas congeladas. Cada
nido consistía en un montículo de casi medio metro de alto de hierba dura,
raíces y un poco de tierra. Los albatros ponen un huevo y, rara vez, dos. Las
crías, que nacen en enero, son alimentadas por sus padres mientras están en el
nido durante casi siete meses antes de salir al mar e independizarse. Hasta los
cuatro meses de edad, las crías son hermosas masas blancas de plumón, pero
cuando llegamos al lugar, su plumaje estaba casi todo crecido. Con mucha
frecuencia, uno de los padres estaba en guardia cerca del nido. No nos agradaba
atacar a estos pájaros, pero nuestra hambre no conocía ley. Eran muy sabrosos y
ayudaban a que nos recuperáramos a tal punto que cada vez que matábamos uno
sentíamos un poco menos de remordimiento.
El 15 de mayo fue un gran día. Preparamos nuestro hoosh a las
7:30. Después, cargamos el bote y luego lo empujamos hacia abajo por la
empinada playa hasta el mar. Durante la noche, había llovido mucho y ahora
soplaba un viento del noroeste con chaparrones brumosos. El James Caird se
dirigió hacia el mar como si estuviera ansioso de enfrentar la batalla de las
olas otra vez. Pasamos por la estrecha boca de la ensenada con las
desagradables rocas y las algas laminarias ondulantes a ambos lados, giramos
hacia el este y navegamos alegremente por la bahía mientras el sol atravesaba
la bruma y hacía centellear el agua que nos rodeaba. Esa brillante mañana,
éramos un grupo de aspecto extraño, pero nos sentíamos felices. Incluso
comenzamos a cantar y, salvo por nuestro aspecto similar al de Robinson Crusoe,
un observador casual podría habernos confundido con un grupo que salía de
picnic navegando en un fiordo noruego o en una de las más hermosas bahías de la
costa occidental de Nueva Zelanda. Soplaba un viento fresco y fuerte, un leve
oleaje se levantó sobre la costa a medida que avanzábamos. El oleaje era
suficiente para hacer peligrar el bote si hubiésemos intentado desembarcar
donde yacía el cuerpo del elefante marino, por lo que decidimos continuar hasta
la cabeza de la bahía sin arriesgar nada, en particular porque era probable que
encontráramos elefantes marinos en las playas más altas. Las grandes criaturas
tienen el hábito de buscar un lugar pacífico protegido de las olas. También
teníamos esperanza de encontrar pingüinos. Nuestras expectativas en cuanto a
los elefantes marinos no eran erróneas. Oímos el rugido de los machos mientras
nos acercábamos a la cabeza de la bahía, y pronto vimos las enormes formas
indómitas de las bestias recostadas en una playa escalonada hacia la cabeza de
la bahía. Rodeamos un promontorio erosionado por el glaciar en la parte norte
y, a las 12:30, llevamos el bote a tierra en una playa baja de arena y
guijarros, en la que las matas de hierba crecían por encima de la marca de la
marea alta. Había cientos de elefantes marinos recostados, y nuestra
preocupación por la comida desapareció. A la vista, había suficiente carne y
grasa para alimentar a nuestro grupo durante años. El lugar donde desembarcamos
estaba a alrededor de dos kilómetros y medio hacia el oeste de la esquina
noreste de la bahía. Justo al este de nosotros, había un saliente del glaciar
sobre la playa, pero que formaba un paso hacia la cabeza de la bahía, salvo
durante la marea alta o cuando había muchas olas. Había empezado a caer una
lluvia fría y fina, y nos refugiamos en cuanto pudimos. Remolcamos el James
Caird y lo subimos sobre la marca de la marea alta y lo volcamos hacia
sotavento o hacia la parte este del promontorio. El lugar estaba separado de la
ladera de la montaña por un banco bajo morrénico, que se levantaba unos ocho o
diez metros sobre el nivel del mar. En poco tiempo, habíamos convertido el bote
en una cabina muy cómoda a la Peggotty [13], y la
cubrimos con matas, que desenterramos con cuchillos. Un lado del James
Caird estaba apoyado sobre piedras para que la entrada fuera baja, y
cuando terminamos, parecía que hubiera crecido allí. McCarthy se dedicó a esta
obra con gran ánimo. Un elefante marino nos proveyó combustible y carne, y esa
noche encontró al grupo descansando, bien alimentado y bastante contento
en Peggotty Camp.
Nuestro campamento, como dije, estaba en la parte norte de la bahía del Rey
Haakon, cerca de la cabeza. Nuestro camino hacia las estaciones balleneras iba
bordeando el extremo del glaciar que daba al mar, en la parte oriental del
campamento y hacia una colina de nieve que parecía llevar hacia un paso en la
gran cadena Allardyce, que se extiende de noroeste a sureste y forma la columna
vertebral de Georgia del Sur. La cordillera se sumergía en dirección opuesta a
la bahía en un paso bien definido de este a oeste. Una placa de hielo cubría la
mayor parte de su interior, cubría los valles y enmascaraba las configuraciones
de la tierra que, de hecho, solo aparecía en grandes elevaciones rocosas, picos
y nunaaks. Cuando miramos el paso por encima de Peggotty
Camp, el terreno hacia la izquierda parecía ofrecer dos sendas fáciles
hasta la costa opuesta, pero sabíamos que la isla estaba inhabitada en ese
punto (bahía Posesión). Tuvimos que volver nuestra atención más hacia el este,
y era imposible desde el campamento saber mucho de las condiciones que
enfrentaríamos durante el viaje por tierra. Planeé trepar hasta el paso y luego
dejarme guiar por la configuración del terreno para seleccionar una ruta en
dirección este, hacia la bahía Stromness, donde se habían establecido las
estaciones balleneras en las bahías más pequeñas, Leith, Husvik y Stromness.
Una cordillera de montañas con laderas empinadas, picos imponentes y grandes
glaciares se extendía de inmediato hacia el sur de la bahía del Rey Haakon y
parecían formar una continuación de la cordillera principal. Entre esta
cordillera secundaria y el paso sobre nuestro campamento, una gran extensión de
tierras altas cubiertas de nieve subía hacia la extensión de hielo tierra
adentro y alcanzaba unas crestas rocosas que se expandía en contra de nuestro
paso y parecía obstaculizar el camino. Estas crestas eran un apéndice en ángulo
recto de la cordillera principal. Sus características más destacadas eran
cuatro picos rocosos con espacios que, desde la distancia, parecían ser pasos.
El tiempo estuvo malo el martes 16 de mayo, y permanecimos debajo del bote casi
todo el día. El espacio era muy estrecho, pero brindaba una gran protección
contra el clima, y nos sentimos satisfechos con nuestra pequeña cabaña. Las
abundantes comidas de carne e hígado de elefante marino aumentaban nuestra
complacencia. McNeish informó durante el día que había visto ratas
alimentándose con los desechos, pero no se verificó esta interesante
información. Uno no esperaría encontrar ratas en un lugar así, pero existía una
mínima posibilidad de que hubieran llegado en un naufragio y hubieran podido
subsistir en condiciones muy severas.
La mañana siguiente, miércoles 17 de mayo, soplaba una fresca brisa del OSO,
con chubascos, nevisca y lluvia. Llevé a Worsley conmigo en un viaje
exploratorio hacia el oeste con el fin de examinar el terreno que tendríamos
que atravesar al comienzo del viaje por tierra. Rodeamos el extremo hacia el
mar del prominente glaciar y tras andar con dificultad más de kilómetro y medio
sobre un terreno pedregoso y lleno de cascotes cubiertos de nieve, cruzamos
algunas crestas de grandes cantos rodados y morrenas. Encontramos que el camino
era bueno para un trineo hasta la esquina noreste de la bahía, pero no
obtuvimos demasiada información respecto de las condiciones existentes más allá
de ese punto, debido a que la visión se oscurecía a causa de una tormenta de
nieve. Esperamos un cuarto de hora para que el tiempo se despejara, pero nos
vimos forzados a regresar sin poder ver más del terreno. Sin embargo, me sentía
satisfecho al ver que podríamos llegar a una buena pendiente de nieve que, al parecer,
conducía al hielo tierra adentro. Worsley calculó, a partir de la carta, que la
distancia desde nuestro campamento hasta Husvik, en un curso magnético hacia el
este, era de veintisiete kilómetros geográficos, pero no podíamos esperar
seguir una línea recta. El carpintero comenzó a hacer un trineo para usar en el
viaje por tierra. Los materiales que tenía a disposición eran escasos y de
calidad poco adecuada.
Reacondicionamos nuestros aparejos el jueves 18 de mayo y llevamos nuestro
trineo hasta el extremo más bajo del saliente del glaciar. El vehículo resultó
ser pesado e incómodo. Tuvimos que levantarlo vacío sobre trozos desnudos de
roca a lo largo de la costa, y me di cuenta de que sería demasiado pesado para
que lo manejaran tres hombres entre las llanuras cubiertas de nieve, los
glaciares y los picos del interior. Worsley y Crean vendrían conmigo, y después
de consultarlos, decidimos dejar los sacos de dormir y emprender el viaje muy
livianos. Llevaríamos provisiones para tres días para cada hombre en forma de
una ración para trineos y galletas. La comida sería empaquetada en tres bolsas,
de modo que cada miembro del grupo pudiera llevar sus propios alimentos.
Además, llevaríamos el hornillo Primus lleno de aceite, el pequeño calentador,
la azuela del carpintero (para usar como hacha para el hielo) y la cuerda
alpina, que tenía un largo total de quince metros cuando se la anudaba. Era
probable que tuviéramos que descolgarnos en abruptas pendientes o cruzar
glaciares agrietados. El hornillo lleno serviría para seis comidas calientes,
que consistirían en una ración para trineos hervida con galletas. Quedaban dos
cajas de fósforos, una llena y otra usada en parte. Les dejamos la caja llena a
los hombres y llevamos la otra, que tenía cuarenta y ocho fósforos. No tuve
suerte en cuanto al calzado, dado que había dejado mis pesadas botas Burberry
en la banquisa y ahora tenía un par de botas, relativamente ligeras, en malas
condiciones. El carpintero me ayudó colocando varios tornillos en la suela de
cada bota para que pudieran aferrarse al hielo. Los tornillos provenían
del James Caird.
Esa noche nos fuimos a acostar temprano, pero no me podía dormir. Mi mente
estaba preocupada con la tarea que emprenderíamos al día siguiente. El tiempo
estaba despejado, y las perspectivas de comenzar temprano por la mañana eran
buenas. Dejaríamos un grupo débil en el campamento. Vincent aún estaba en las
mismas condiciones, y no podía caminar. McNeish estaba en bastante mal estado.
Ninguno de estos dos hombres era capaz de valerse por sí mismo, y McCarthy
debía quedarse para cuidarlos. Era posible que se enfrentara a una difícil
tarea si no lográbamos llegar a la estación ballenera. La distancia a Husvik,
según la carta, no era de más de veintisiete kilómetros geográficos en línea
recta, pero no sabíamos mucho acerca de las condiciones tierra adentro. Ningún
hombre había penetrado jamás un kilómetro desde la costa de Georgia del Sur en
ningún lugar, y los balleneros que conocía consideraban que el territorio era
inaccesible. Durante ese día, mientras caminábamos hacia el prominente glaciar,
habíamos visto tres patos salvajes volando hacia la cabeza de la bahía desde el
este. Esperaba que la presencia de esos pájaros indicara la existencia de
tierra con pastizales y no campos de nieve y glaciares tierra adentro, pero las
esperanzas no eran muy fundadas.
Nos levantamos a las 2:00 la mañana del viernes, y nuestro guiso estuvo listo
una hora más tarde. La luna llena brillaba en un cielo casi sin nubes, sus
rayos se reflejaban gloriosamente desde las cumbres y el hielo agrietado de los
glaciares cercanos. Los enormes picos de las montañas se erguían y se
recortaban contra el cielo y arrojaban sombras oscuras sobre las aguas de la
bahía. No había necesidad de demorarse, y partimos tan pronto terminamos de
comer. McNeish nos acompañó casi doscientos metros; no pudo hacer más. Luego
nos despedimos y regresó al campamento. La primera tarea fue rodear el extremo
del glaciar que sobresalía y que tenía puntas que se proyectaban como dedos hacia
el mar. Las olas estaban alcanzando las puntas de estos dedos y tuvimos que
apresurarnos de un recoveco a otro cuando las aguas retrocedían. Pronto
llegamos a la parte este del glaciar y notamos su gran actividad en ese punto.
Había habido cambios dentro de las veinticuatro horas anteriores. Algunos
trozos enormes se habían desprendido, y las masas de barro y piedra que eran
arrastradas con el hielo que avanzaba, mostraban movimiento. El glaciar era
como un arado gigantesco que avanzaba de modo irresistible hacia el mar.
Sobre la playa, más allá del glaciar, había rastros de un naufragio que hablaba
de muchos buques que habían sufrido un mal fin. Vimos puntales de teca,
generosamente tallados, que debían provenir de los barcos del tipo más antiguo,
cuadernas cubiertas de hierro casi todo oxidado, barriles golpeados y todos los
desechos comunes del océano. Teníamos nuestras propias dificultades y
preocupaciones, pero cuando pasamos por el cementerio del mar, pensamos en las
muchas tragedias escritas en los fragmentos de los barcos perdidos desgastados
por las olas. No nos detuvimos y pronto ascendimos la pendiente cubierta de
nieve que iba hacia el este, en el último trecho de nuestro largo camino.
La superficie de nieve era desalentadora. Dos días antes, habíamos podido
avanzar con rapidez sobre la nieve dura y sólida; ahora, nos hundíamos hasta
los tobillos a cada paso, y avanzábamos con lentitud. Después de dos horas de
trepar sin cesar, nos encontramos a ochocientos metros sobre el nivel del mar.
El tiempo seguía bueno y calmo, y a medida que las crestas se acercaban más
adelante a la costa occidental, la brillante luz de la luna nos mostraba que el
interior era tremendamente irregular. Los altos picos, los acantilados
infranqueables, las pendientes de nieve pronunciadas y los glaciares que
descendían de modo abrupto eran características destacadas en todas
direcciones, con llanuras de nieve que cubrían la capa de hielo del interior.
La pendiente que estábamos subiendo se convertía en una cresta y, nuestro curso
llegaba hasta la cima. La luna, que resultó ser una buena amiga durante este
viaje, arrojaba una larga sombra en un punto y nos dijo que la superficie
estaba rota en la dirección en que íbamos. Advertidos con tiempo, evitamos un
enorme agujero capaz de tragarse un ejército. La bahía ahora estaba a cinco
kilómetros de distancia, y el continuo rugir de un gran glaciar en la cabeza de
la bahía llegó a nuestros oídos. Este glaciar, que habíamos notado durante la
estancia en Peggotty Camp, parecía estar desprendiéndose casi
continuamente.
Había esperado poder ver el terreno frente a nosotros desde la parte superior
de la pendiente, pero cuando la superficie se empezaba a nivelar debajo de
nuestros pies, se levantó una densa niebla. La luna se oscureció y produjo una
luz difusa que era más molesta que la oscuridad, dado que iluminaba la niebla
sin guiar nuestro camino. Nos atamos uno al otro a modo de precaución frente a
los agujeros, grietas y precipicios, y yo abrí camino a través de la nieve
blanda. Con casi el largo total de la soga entre yo y el último hombre, pudimos
andar un camino casi recto, dado que, si yo me dirigía hacia la derecha o hacia
la izquierda al avanzar hacia la blanca pared de niebla, el hombre que iba al
final de la soga podía gritar en qué dirección debía ir. De este modo, como un
buque con su «babor», «estribor», «mantener el rumbo», anduvimos pesadamente a
través de la niebla durante las siguientes dos horas.
Luego, con la llegada de la luz del día, la niebla se dispersó y se levantó, y
desde una altura de unos cien metros, miramos hacia abajo a lo que parecía ser
un enorme lago congelado con sus costas más alejadas aún oscurecidas por la
niebla. Nos detuvimos en ese lugar para comer un trozo de galleta mientras
analizábamos si debíamos bajar y cruzar la superficie plana del lago o
continuar en la cresta que ya habíamos alcanzado. Decidí bajar, dado que el
lago estaba en nuestro rumbo. Después de una hora de un viaje relativamente
fácil a través de la nieve, notamos los delgados principios de grietas.
Enseguida, su tamaño comenzó a aumentar y a mostrar fracturas, lo que indicaba
que estábamos atravesando un glaciar. A medida que la luz del sol aumentaba, la
niebla se disipó; pudimos ver el lago con más claridad, pero aún no podíamos
descubrir su costa este. Un poco más tarde, la niebla se levantó por completo y
entonces vimos que nuestro lago se extendía hasta el horizonte y, de repente,
nos dimos cuenta de que estábamos mirando hacia abajo al mar abierto en la
costa oriental de la isla. La ligera vibración en la costa nos mostró que el
mar no estaba siquiera congelado; era la mala luz la que nos había engañado.
Era evidente que estábamos en la parte superior de la bahía Posesión, y la isla
en ese punto no podía estar a más de ocho kilómetros a través de la cabeza de
la bahía del Rey Haakon. Nuestra rudimentaria carta era imprecisa. No había
nada que hacer salvo volver a subir el glaciar. Eran alrededor de las siete de
la mañana y a las nueve, ya habíamos recuperado el camino perdido y más. Volvimos
a llegar a la cresta y entonces nos dirigimos al sureste, dado que la carta
mostraba que otras dos bahías cortaban la costa antes de Stromness. Era
reconfortante darse cuenta de que podríamos ver el agua del lado este durante
nuestro viaje, aunque podíamos ver que no había forma de pasar la línea costera
debido a los empinados acantilados y glaciares. En la costa oriental, los
hombres vivían en casas alumbradas con luz eléctrica. Allí nos esperaban
novedades del mundo exterior y, sobre todo, esta costa significaba para
nosotros los medios necesarios para rescatar a los veintidós hombres que
habíamos dejado en la isla Elefante.
Capítulo 10
La travesía de Georgia del Sur
El
sol salió por la mañana, y prometía ser un buen día; empezamos a entrar en
calor a medida que avanzábamos por la nieve blanda. Delante de nosotros,
estaban las crestas y los espolones de una cadena de montañas, la transversal
que habíamos observado desde la bahía. Viajábamos sobre una planicie que se
elevaba suavemente, y al cabo de una hora, nos sentimos molestos por el calor.
Años antes, en una expedición anterior, había afirmado que nunca más me
quejaría por el calor del sol, y mi decisión se había fortalecido durante el
viaje en bote. Me volvió a la memoria cuando el sol brillaba ferozmente sobre
la colina de nieve blanca cegadora. Tras pasar por una zona de grietas, hicimos
un descanso para nuestra primera comida. Cavamos un agujero en la nieve con la
azuela, de más o menos un metro de profundidad, y colocamos el Primus en él. En
ese momento no había viento, pero podría levantarse una ráfaga repentina.
Pronto comimos un hoosh caliente y avanzamos con dificultad
hacia una cresta puntiaguda que se encontraba entre dos de los picos ya
mencionados. Hacia las 11:00, ya estábamos casi en la cima. La pendiente se
había tornado abrupta, y era necesario cortar peldaños a medida que
avanzábamos. La azuela resultó ser un excelente instrumento para este fin, bastaba
con un golpe para hacer un punto de apoyo. Ansioso pero esperanzado, corté los
últimos pocos peldaños y me detuve sobre la empinada cordillera, mientras que
los otros hombres sostenían la soga y esperaban mis novedades. La perspectiva
era desilusionante. Miré hacia abajo por un pronunciado acantilado a un caos de
hielo desmoronado, quinientos metros abajo. No había forma de que bajáramos. El
terreno hacia el este era una gran meseta de nieve, con una pendiente que
ascendía a lo largo de ocho o diez kilómetros hasta alcanzar una altura de más
de mil doscientos metros. Hacia el norte, caía en forma pronunciada en
glaciares a la bahía, y hacia el sur, estaba interrumpida por enormes
desembocaduras de la capa de hielo continental. Nuestro camino se encontraba
entre los glaciares y las desembocaduras, pero antes teníamos que descender de
la cresta en la que nos encontrábamos. Cortando peldaños con la azuela,
avanzamos en dirección lateral alrededor de la base de una dolomita, que
bloqueaba nuestra visión hacia el norte. Una vez rodeada, el mismo precipicio
se abría ante nosotros. Hacia el noreste, parecía haber una pendiente de nieve
que podría servir para llegar a un terreno más bajo y, entonces, volvimos sobre
nuestros pasos hacia abajo por la larga pendiente que habíamos tardado tres
horas en subir. Estuvimos en la base en una hora. Ahora sentíamos el esfuerzo
de una desacostumbrada caminata. Habíamos caminado poco desde enero, y nuestros
músculos no estaban entrenados. Faldeando la base de la montaña que se
levantaba sobre nosotros, llegamos a una rimaya o bergschrund[14]de dos
kilómetros y medio de largo y de trescientos metros de profundidad. Esta
tremenda hondonada, cortada en la nieve y el hielo por los feroces vientos que
soplan por la montaña, tenía forma semicircular y terminaba en una inclinación
suave. La cruzamos, bajo el imponente precipicio de hielo y, en el extremo más
distante, volvimos a comer y a hacer un breve descanso. Eran las 11:30 de la
noche. Media olla de ración de Bovril humeante nos calentó, y cuando volvimos a
emprender la marcha, las cuestas de hielo con ángulos de cuarenta y cinco
grados no nos parecieron tan formidables como antes.
Una vez más, nos dirigimos hacia la cima. Después de otra agotadora escalada,
llegamos a la parte superior. La nieve delgada cubría el hielo azul en la
cresta, y tuvimos que cortar escalones en los últimos cincuenta metros. El
mismo precipicio seguía abajo, y en vano busqué con la mirada una forma de
bajar. El calor del sol había aflojado la nieve, que ahora era traicionera, y
tuvimos que elegir nuestro camino con cuidado. Al mirar hacia atrás, pudimos
ver que una niebla se estaba levantando detrás de nosotros y que, en los
valles, se unía con otra niebla que provenía del este. Las nubes grises que
avanzaban eran una advertencia directa de que debíamos bajar a otro nivel antes
de que nos cubrieran.
La cresta estaba adornada con picos que nos impedían tener una visión clara
hacia la derecha o la izquierda. En este aspecto, la situación no parecía mejor
en otros puntos a nuestro alcance, y había decidido que nuestro rumbo pasaba
por regresar por el camino que nos había traído. La tarde pasaba y la niebla se
levantaba, de modo que no presagiaba nada bueno, desde el oeste. Era sumamente
importante que bajáramos hasta el próximo valle antes del anochecer. Ahora nos
encontrábamos a mil cuatrocientos metros, y la temperatura por la noche sería
muy baja a esa altura. No teníamos una carpa ni sacos de dormir, y nuestra ropa
había soportado un uso muy rudo y había capeado muchas tormentas durante los
últimos diez meses. En la distancia, allá abajo en el valle, podíamos ver zonas
de con matojos de hierba cerca de la costa, y si pudiéramos bajar, sería
posible cavar un agujero en uno de los bancos de nieve más bajos, cubrirlo con
el hierba seca y hacernos un lugar bastante cómodo donde pasar la noche.
Emprendimos el regreso y, después de un desvío, llegamos a la cima de otra
cresta, con la luz que se apagaba. Después de mirar sobre la cima, me di vuelta
hacia los ansiosos rostros de los dos hombres que estaban detrás de mí y les
dije «vamos, muchachos». En un minuto, estuvieron a mi lado en la cresta de
hielo. La superficie se desprendió en una inclinación abrupta frente a
nosotros, pero se unió a una ladera de nieve. No pudimos ver la parte inferior
con claridad, debido a la bruma y a la mala luz, y se nos cruzó por la mente
que existía la posibilidad de que la ladera terminara en una pronunciada caída;
pero la niebla que trepaba con lentitud detrás de nosotros no nos daba tiempo
para dudar. Descendimos poco a poco al principio, cortando escalones en la
nieve; luego, la superficie se puso más blanda, lo que indicaba que la
pendiente no era tan pronunciada. Ya no podíamos volver, entonces nos desatamos
y nos lanzamos dejándonos deslizar como cuando éramos jóvenes. Cuando nos
detuvimos en un banco de nieve en la base de la pendiente, encontramos que
habíamos descendido unos trescientos metros en dos o tres minutos. Miramos
hacia atrás y vimos los dedos grises de la niebla que aparecían sobre la
cresta, como buscando a los intrusos que se habían aventurado en territorio
virgen. Pero habíamos escapado.
El terreno hacia el este era una tierra alta de nieve ascendente que dividía
los glaciares de la costa norte de las desembocaduras del sur. Desde la cima,
habíamos visto que nuestro rumbo discurría entre dos enormes masas de grietas,
y pensamos que la ruta que se encontraba más adelante estaba despejada. Esta
creencia y el frío cada vez mayor hicieron que abandonáramos la idea de
acampar. Volvimos a comer a las 18:00. Una suave brisa dificultó la cocción, a
pesar del resguardo brindado a la cocina por un agujero. Crean era el cocinero,
y Worsley y yo nos acostamos sobre la nieve contra el viento para proteger la
lámpara con nuestros cuerpos. Una vez que terminamos la comida, iniciamos la
larga y suave subida. La noche ya nos alcanzaba y, durante una hora, anduvimos
con dificultad casi en completa oscuridad, prestando atención con cautela a los
signos de las grietas. Luego, a eso de las 20:00, un resplandor que habíamos
visto detrás de los picos puntiagudos se convirtió en una luna llena, que se
levantó delante de nosotros y creó una senda de plata a nuestros pies. A lo
largo de esa senda iluminada por la luna avanzamos seguros, y las sombras que
hacían los bordes de las grietas aparecían en negro a ambos lados de nosotros.
Hacia adelante y hacia arriba, a través de la suave nieve, marchamos,
descansando de tanto en tanto sobre los parches duros que se habían revelado
brillando delante de nosotros en la luz blanca. Hacia medianoche, nuevamente
estábamos en una elevación de unos mil doscientos metros. Todavía seguíamos la
luz, puesto que, como la luna se balanceaba hacia el noreste, nuestra senda se
curvó en esa dirección. La amigable luna parecía comandar nuestros cansados
pies. No podíamos haber tenido una mejor guía. Si durante la clara luz del día
hubiésemos hecho ese camino, habríamos seguido la dirección que esa noche se
nos trazó.
La medianoche nos encontró acercándonos al límite del gran campo de nieve,
agujerado por nunataks aislados que arrojaban largas sombras
como si fueran ríos negros que atravesaban la extensión blanca. Una pequeña
pendiente hacia el noreste atraía nuestros bien dispuestos pies en esa
dirección. Pensamos que en la base de la pendiente estaba la bahía Stromness.
Después de descender unos cien metros, un suave viento comenzó a atacarnos.
Habíamos estado caminando durante más de veinte horas, y solo nos habíamos
detenido para nuestras comidas ocasionales. Vestigios de nubes pasaban por
encima de los altos picos hacia el sur y nos advertían que era probable que
hubiera viento y nieve. Después de la 1:00, hicimos un agujero en la nieve,
acumulamos nieve suelta a su alrededor, y volvimos a encender el Primus. La
comida caliente volvió a renovarnos la energía. Worsley y Crean entonaron sus
viejas canciones mientras que el Primus ardía alegremente. La risa estaba en
nuestros corazones, aunque no en nuestros labios agrietados y cortados.
En media hora, ya nos habíamos vuelto a levantar y nos habíamos puesto en
camino, siempre hacia abajo, en dirección a la costa. Ahora estábamos casi
seguros de que nos encontrábamos sobre la bahía Stromness. Un objeto oscuro que
se encontraba abajo, en el pie de la pendiente, parecía la isla Mutton, ubicada
cerca de Husvik. Supongo que dejamos volar nuestros deseos y dimos rienda
suelta a nuestra imaginación, ya que señalamos alegremente diversos hitos que
ahora nos revelaba la luz de la luna vagabunda, cuya amigable cara era
atravesada por nubes. Nuestras esperanzas pronto se hicieron pedazos. Las grietas
nos advertían que estábamos en otro glaciar, y expectantes miramos hacia abajo,
al final del borde de la gran masa de hielo desgarrado. Sabía que no había
ningún glaciar en Stromness y me di cuenta de que este debía ser el glaciar
Fortuna. La desilusión fue inmensa. Retrocedimos y volvimos a subir el glaciar,
no directamente por donde habíamos venido, sino buscando una tangente hacia el
sureste. Estábamos muy cansados.
A las 5:00, nos encontrábamos al pie de los espolones rocosos de la cadena.
Estábamos cansados, y el viento que soplaba de las alturas nos congelaba.
Decidimos bajar al socaire de una roca para descansar. Pusimos nuestros palos y
azuela en la nieve, nos sentamos sobre ellos lo más cerca posible uno del otro
y pasamos los brazos alrededor de nuestros compañeros. El viento traía consigo
un poco de nieve, y el polvo blanco caía sobre nuestra ropa. Pensé que
podríamos mantenernos calientes y descansar durante una media hora de esta
manera. En un minuto, mis dos compañeros cayeron profundamente dormidos. Me di
cuenta de que sería desastroso si todos nos dormíamos al mismo tiempo, puesto
que el sueño en esas condiciones se funde con la muerte. Después de cinco
minutos, los desperté zarandeándolos, les dije que habían dormido media hora y
ordené que retomáramos la marcha. Estábamos tan entumecidos que durante los
primeros doscientos o trescientos metros avanzamos con las rodillas dobladas.
Una línea dentada de picos con un desfiladero a la manera de un diente roto
apareció frente a nosotros. Esta era la cordillera que corre en dirección sur
desde la bahía Fortuna, y nuestra dirección hacia el este, hacia Stromness, la
cruzaba. Una pendiente muy pronunciada conducía a la cordillera, y un hielo
helado soplaba a través del desfiladero.
Pasamos por el desfiladero a las 6:00, con el corazón en un puño y el cuerpo
agotado. Si la pendiente más lejana hubiera resultado infranqueable, nuestra
situación hubiera sido casi desesperante; pero lo peor se estaba convirtiendo
en lo mejor para nosotros. Las formaciones de rocas sinuosas y onduladas de
Puerto Husvik aparecieron justo delante de nosotros en el momento en que
amanecía. Sin una palabra, nos dimos la mano. En nuestra mente, el viaje había
llegado a su fin, a pesar de que, en realidad, aún teníamos que atravesar
veinte kilómetros de un difícil terreno. Una suave pendiente de nieve descendía
a nuestros pies hacia un valle que separaba nuestra cordillera de las colinas
que estaban inmediatamente detrás de Husvik, y mientras permanecíamos de pie
mirándolas, Worsley dijo con solemnidad, « Jefe, ¡parece demasiado
bueno para ser real!». Bajamos y, en seguida, nos vimos detenidos por el agua
que había ochocientos metros más abajo. Pudimos ver las pequeñas ondulaciones
de las olas sobre la playa negra, pingüinos que se pavoneaban de un lado a otro
y objetos oscuros que parecían focas holgazaneando en la arena. Se trataba de
un brazo oriental de la bahía Fortuna separado, por la cordillera, del brazo
que habíamos visto debajo de nosotros durante la noche. La pendiente que estábamos
atravesando parecía terminar en un precipicio sobre esa playa. No obstante,
nuestro ánimo revivido no se vio desalentado por las dificultades en esta
última etapa el viaje, y acampamos alegres a tomar el desayuno. Mientras que
Worsley y Crean cavaban un agujero para el hornillo y encendían la cocina, subí
a una cresta que estaba sobre nosotros, cortando escalones con la azuela, para
asegurarme una visión amplia del terreno que se extendía abajo. A las 6:30,
pensé que había oído el sonido del silbato de un barco de vapor. No me atrevía
a afirmarlo, pero sabía que a los hombres de la estación ballenera se
levantarían cerca de esta hora. Cuando bajé al campamento, se lo conté a los
otros y, con intensa excitación, miramos el cronómetro esperando las 7:00,
cuando los balleneros serían llamados a trabajar. Justo en ese minuto, el
silbido llegó hasta nosotros, traído claramente por el viento a través de los
kilómetros de roca y de nieve que nos separaban. Ninguno de nosotros había oído
jamás una música más dulce. Era el primer sonido creado por otros seres humanos
que llegaba a nuestros oídos desde que partimos de la bahía Stromness en
diciembre de 1914. El silbato nos dijo que los hombres vivían cerca, que los
buques estaban listos y que, dentro de unas pocas horas, estaríamos de regreso
en la isla Elefante para rescatar a los hombres que esperaban allí bajo la
vigilancia y la protección de Wild. Fue un momento difícil de describir. El
dolor y el sufrimiento, los viajes en bote, las caminatas, el hambre y la
fatiga parecieron pertenecer al limbo de las cosas olvidadas, y solo quedaba la
satisfacción total que llega con la tarea cumplida.
Mi análisis del terreno desde un punto más alto no me había brindado
información definida y, después de descender, les planteé la situación a
Worsley y a Crean. Nuestro rumbo obvio se extendía hacia abajo por una
pendiente de nieve en dirección a Husvik. «Muchachos», dije, «esta pendiente de
nieve parece terminar en un precipicio, pero quizá no sea así. Si no bajamos,
tendremos que desviarnos al menos ocho kilómetros antes de llegar al nivel del
mar. ¿Qué hacemos?». Ambos respondieron al unísono, «intentemos por la
pendiente». Entonces, volvimos a iniciar nuestra marcha hacia abajo.
Abandonamos el hornillo Primus, que ahora estaba vacío, en el campamento donde
desayunamos y llevamos con nosotros una ración y una galleta. Nuestros pies se
atascaron en la nieve más profunda que habíamos encontrado, pero laboriosamente
seguíamos bajando, y después de descender unos ciento cincuenta metros, lo que
redujo nuestra altitud a seiscientos metros sobre el nivel del mar, creímos ver
el camino despejado hacia adelante. Una fuerte pendiente de hielo azul fue el
siguiente obstáculo. Worsley y Crean se sostuvieron firmemente en un agujero que
cavaron con la azuela y luego me bajaron mientras cortaba escalones hasta que
se acabó la soga alpina de quince metros. Entonces, hice un agujero lo
suficientemente grande para nosotros tres, y los otros dos hombres bajaron
pisando los escalones. Mi extremo de la soga estaba anclado a la azuela, y yo
me había acomodado en el agujero preparado para resistir un tirón en caso de
que se resbalaran. Cuando todos estuvimos de pie en el segundo agujero, volví a
bajar haciendo más escalones y, de este modo laborioso, pasamos dos horas
durante las que descendimos unos ciento cincuenta metros. A mitad de camino,
tuvimos que alejarnos en forma diagonal hacia la izquierda, puesto que notamos
que los fragmentos de hielo sueltos por la azuela estaban cayendo al pie de la pendiente.
Luego, salimos del hielo vertical, cosa que agradecimos, en un punto donde
algunas rocas sobresalían, y pudimos ver que había un precipicio peligroso
justo debajo del lugar donde habíamos comenzado a cortar los escalones. Una
caída por la resbaladiza pendiente, con la azuela y nuestra cocina por delante,
completó este descenso que, por cierto, hizo un daño considerable a nuestros
muy usados pantalones.
Cuando llegamos a la parte inferior, no estábamos a más de quinientos metros
sobre el nivel del mar. La pendiente era relativamente fácil. Debajo de la
nieve, corría agua y formaba cavidades entre las rocas que sobresalían sobre la
superficie blanca. Las capas de nieve que cubrían estas cavidades eran trampas
para nuestros pies, pero bajamos gateando y, al final, llegamos a la zona de
hierba. Unos minutos más tarde, alcanzamos la arenosa playa. Pudimos ver los
rastros de algunos animales y nos sentimos sorprendidos, hasta que recordé que
habían traído renos desde Noruega a la isla, y ahora estaban en la tierra baja
de la costa este. No nos detuvimos a investigar. Nuestra mente estaba fija en
llegar al lugar donde se encontraban los hombres, y nos dirigimos lo más
rápidamente posible hasta la siguiente ladera ascendente de pasto. Ahí vimos la
primera evidencia de la proximidad del hombre, cuyo trabajo, como suele
suceder, provoca destrucción. Yacía ahí una foca que acababan de matar y, en
poco tiempo, vimos más cuerpos con las marcas de heridas de bala. Luego, me
enteré de que los hombres de la estación ballenera de Stromness a veces dan una
vuelta con el bote por la bahía Fortuna para ir a matar focas.
El mediodía nos encontró en un punto bastante alto de la pendiente, al otro
lado de la bahía, cuando nos dirigíamos hacia el ESE y, media hora después, nos
encontrábamos en una meseta plana; nos faltaba cruzar solo una cresta más antes
de descender a Husvik. Encabezaba la marcha sobre esta meseta cuando, de
pronto, me di cuenta de que estaba tapado con agua hasta las rodillas y que
rápidamente me hundía cada vez más a través de la capa de nieve. Me arrojé al
suelo y les grité a los otros que hicieran lo mismo, a fin de distribuir
nuestro peso en la traicionera superficie. Estábamos sobre un pequeño lago
cubierto de nieve. Después de yacer quietos durante unos momentos, nos pusimos
de pie y avanzamos con delicadeza, como Agag[15], doscientos
metros, hasta que una elevación del suelo nos mostró que nos habíamos alejado
del lago.
A las 13:30, subimos y rodeamos una última cresta y vimos un pequeño buque de
vapor, un ballenero, que entraba en la bahía ochocientos metros debajo de
nosotros. Unos momentos más tarde, mientas avanzábamos con rapidez, aparecieron
los mástiles de un velero anclado en un muelle.
Diminutas figuras que se movían de un lado a otro alrededor de los botes
llamaron nuestra atención, y entonces vimos las barracas y la fábrica de la
estación ballenera Stromness. Nos detuvimos y nos dimos la mano, una forma de
felicitarnos mutuamente que nos había parecido necesaria en otras cuatro
ocasiones durante la expedición. La primera vez fue cuando desembarcamos en la
isla Elefante; la segunda, cuando llegamos a Georgia del Sur; la tercera,
cuando alcanzamos la cima de la cordillera y vimos la pendiente de nieve que se
extendía debajo, el primer día de nuestro viaje por tierra; luego, cuando vimos
las rocas de Husvik.
Con cautela, comenzamos a descender por la pendiente que conducía al calor y la
comodidad. La última parte del viaje resultó extraordinariamente difícil. En
vano, buscamos un camino seguro o lo bastante seguro para bajar la pronunciada
ladera de la montaña cubierta de hielo. El único camino posible parecía ser un
canal cortado por el agua que corría desde las tierras altas. Seguimos el curso
de este arroyo de agua helada hacia abajo. Estábamos mojados hasta la cintura,
temblando, congelados y cansados. En un momento dado, nuestros oídos detectaron
un sonido poco grato que podría haber sido musical bajo otras circunstancias.
Era una cascada que salpicaba, y estábamos en el margen equivocado. Cuando
llegamos a la parte superior de esta caída, nos asomamos con cuidado y
descubrimos que había una caída de ocho o diez metros, con infranqueables
acantilados de hielo a ambos lados. Volver a subir era casi impensable en
nuestro estado de agotamiento. La forma de bajar era a través de la cascada
misma. Atamos un extremo de nuestra soga a una gran roca, no sin dificultad,
debido al hecho de que las piedras habían sido erosionadas por el correr del
agua. Luego, Worsley y yo, bajamos a Crean, que era el más pesado. Desapareció
por completo entre la cortina del agua que caía y apareció jadeando en la parte
de abajo. Lo seguí yo, deslizándome por la soga, y Worsley, que era el miembro
del grupo más liviano y más ágil, bajó al final. Ya en la parte baja de la
cascada, pudimos volver a pararnos sobre tierra seca. No pudimos recuperar la
soga. Habíamos arrojado la azuela desde la parte superior de la cascada así
como también la bitácora y la cocina envueltas en una de nuestras camisas. Eso
era todo, salvo nuestra ropa mojada, lo que traíamos de la Antártica, donde
habíamos entrado hacía un año y medio con un barco sólido, equipos completos y
grandes esperanzas. Esas eran cosas tangibles, pero en nuestros recuerdos
éramos ricos. Habíamos atravesado la apariencia externa de las cosas. Habíamos
«sufrido, pasado hambre y triunfado, nos habíamos arrastrado y nos habíamos
aferrado a la gloria, habíamos crecido en la inmensidad del todo». Habíamos
visto a Dios en Su esplendor, oído el texto que nos brinda la Naturaleza.
Habíamos llegado al alma desnuda del hombre.
Tiritando de frío, pero con el corazón tranquilo y feliz, emprendimos el camino
hacia la estación ballenera, que ahora no se encontraba a más de dos kilómetros
y medio de distancia. Las dificultades del viaje habían quedado atrás. Tratamos
de enderezarnos un poco, porque el pensamiento de que podría haber mujeres en
la estación nos hacía dolorosamente conscientes de nuestro aspecto
incivilizado. Teníamos la barba larga y el pelo enmarañado. No estábamos
lavados, y la ropa que habíamos usado durante casi un año sin cambiarnos estaba
andrajosa y manchada. Casi era imposible imaginar tres rufianes con aspecto más
desagradable. Worsley sacó varios imperdibles de algún rincón de su vestimenta
y realizó algunas reparaciones temporales que, en realidad, enfatizaron su mal
estado general. Nos apresuramos hacia abajo y, cuando estábamos bastante cerca
de la estación, encontramos dos pequeños de unos diez o doce años. Les pregunté
a estos muchachos dónde estaba la casa del gerente. No me contestaron. Nos
miraron, una mirada de arriba abajo que no necesitaba explicación. Se alejaron
de nosotros corriendo lo más rápido que les dieron las piernas. Llegamos a los
alrededores de la estación y pasamos por la «casa de digestión» que estaba
oscura en su interior. Saliendo del otro extremo, encontramos a un hombre
mayor, que echó a andar como si hubiera visto al demonio mismo, y no nos dio
tiempo a hacerle ninguna pregunta. Se alejó con rapidez. Esta bienvenida no fue
amistosa. Luego llegamos al muelle, donde el hombre a cargo permaneció en su
puesto. Le pregunté si el Sr. Sorlle (el gerente) se encontraba en la casa.
—Si -dijo mientras nos miraba.
—Quisiéramos verlo -dije.
— ¿Quién es usted? -Preguntó.
—Perdimos nuestro buque y vinimos por la isla -respondí.
— ¿Han venido por la isla? -Dijo con tono de total incredulidad.
El hombre se dirigió hacia la casa del gerente, y nosotros lo seguimos. Luego
me enteré que le dijo al Sr. Sorlle: «Afuera hay tres hombres con apariencia
extraña que dicen haber venido por la isla y lo conocen a usted. Los dejé
esperando afuera». Una precaución necesaria desde su punto de vista.
El Sr. Sorlle salió a la puerta y dijo:
— ¿Y bien?
— ¿Me conoce? -Dije.
—Conozco su voz -contestó dudosamente-. Es usted oficial del Daisy .
—Mi nombre es Shackleton -dije.
De inmediato extendió su mano y dijo:
—Adelante, adelante.
—Dígame, ¿cuándo terminó la guerra? -Pregunté.
—La guerra no terminó -contestó-. Están muriendo millones de personas. Europa
está fuera de sus cabales. El mundo está loco.
La hospitalidad del Sr. Sorlle no tenía límites. Casi no nos dio tiempo para
quitarnos las botas congeladas antes de llevarnos a su casa y ofrecernos tomar
asiento en un salón cálido y cómodo. No estábamos en condiciones de sentarnos
en la casa de nadie hasta habernos lavado y puesto ropa limpia, pero la amabilidad
del gerente de la estación era inmensa, incluso cuando estar en una habitación
con nosotros era sumamente desagradable. Nos ofreció café y pasteles al estilo
noruego, luego nos acompañó arriba, hasta el baño, donde nos despojamos de
nuestros harapos y nos acicalamos con todo lujo.
La amabilidad del Sr. Sorlle no terminó con su cuidado personal de los tres
viajeros que habían llegado a su puerta. Mientras nos estábamos lavando, dio
órdenes para que, de inmediato, se preparara uno de los buques balleneros a fin
de que pudiéramos partir esa noche hacia el otro lado de la isla para buscar a
los tres hombres que habían quedado allí. Los balleneros conocían la bahía del
Rey Haakon, aunque nunca trabajaban en ese lado de la isla. En poco tiempo,
volvimos a estar limpios. Después, nos pusimos una agradable ropa nueva que nos
habían suministrado de las tiendas de la estación y nos deshicimos del pelo
superfluo. En una hora o dos, habíamos dejado de ser salvajes y habíamos vuelto
a ser hombres civilizados. Luego, llegó una comida espléndida, mientras que el
Sr. Sorlle nos contaba los preparativos que había hecho y analizábamos los
planes para el rescate del grupo principal en la isla Elefante.
Dispuse que Worsley debía ir con el buque de auxilio para mostrarles el lugar
exacto donde el carpintero y sus dos compañeros estaban acampando, mientras que
yo comencé los preparativos para el auxilio del grupo que había quedado en la
isla Elefante. Se esperaba que el buque ballenero que iba a rodear la bahía del
Rey Haakon regresara de nuevo el lunes por la mañana y que se detuviera en el
puerto de Grytviken, desde donde habíamos partido en diciembre de 1914, para
informar al magistrado que residía allí acerca del destino del Endurance.
Era posible que tuviera cartas para nosotros. Worsley subió a bordo del
ballenero a las 2.1:00 de esa noche y se acostó. Al día siguiente, el buque de
auxilio entró en la bahía del Rey Haakon, y arribaron a Peggotty Camp en
un bote. Los tres hombres estaban sumamente complacidos de saber que habíamos
podido hacer la travesía y que estábamos bien, y que su espera debajo del James
Caird tumbado había terminado. Fue curioso que no reconocieran a
Worsley, que se había ido con el aspecto de un rufián peludo y sucio y había
regresado acicalado y afeitado. Pensaron que era uno de los balleneros. Cuando
uno de ellos le preguntó por qué ningún miembro del grupo había regresado con
el auxilio, Worsley dijo:
— ¿Qué quieres decir?
—Pensamos que el Jefe o uno de los otros volvería a buscarnos
-explicaron.
— ¿Qué es lo que te pasa? -Dijo Worsley.
Entonces, de repente se dieron cuenta de que estaban hablando con el hombre que
había sido su compañero inseparable durante un año y medio. En irnos pocos
minutos, los balleneros habían llevado nuestros aparejos a su bote. Remolcaron
el James Caird y lo levantaron para colocarlo en la cubierta
del barco. Entonces, comenzaron su viaje de regreso. Justo al atardecer del
lunes, entraron en la bahía Stromness, donde los hombres de la estación
ballenera estaban reunidos en la playa para recibir al grupo rescatado y
examinar con interés profesional el bote que había navegado ochocientas millas
del tormentoso océano que tan bien conocían.
Cuándo recuerdo esos días, no tengo dudas de que la Providencia nos guio, no
solo a través de los campos de nieve, sino también a través del mar, de espuma
blanca por la tormenta, que separaba la isla Elefante de nuestro lugar de
desembarco en Georgia del Sur. Sé que durante la larga y tortuosa marcha de
treinta y seis horas por las anónimas montañas y glaciares de Georgia del Sur,
con frecuencia me pareció que éramos cuatro, no tres. No dije nada a mis
compañeros al respecto, pero luego Worsley me dijo, « Jefe, tuve la
curiosa sensación durante el viaje de que había otra persona coa nosotros».
Crean confesó que había sentido lo mismo. Uno siente «la escasez de palabras
humanas, la aspereza de la palabra mortal» al tratar de describir cosas
intangibles, pero el registro de nuestros viajes estaría incompleto sin una
referencia a alguien muy cercano a nuestros corazones.
Nuestra
primera noche en la estación ballenera fue paradisíaca. Crean y yo compartimos
un magnífico cuarto en la casa del Sr. Sorlle, con luz eléctrica y dos camas,
calientes y blandas. Estábamos tan cómodos que no pudimos dormir. Ya
anochecido, un ayudante nos trajo té, pan con manteca y pasteles, y
permanecimos en las camas, deleitándonos con el lujo de todo aquello. Afuera,
una fuerte tormenta de nieve que comenzó dos horas después de nuestra llegada y
duró hasta el día siguiente, se arremolinaba y deambulaba por las laderas de
las montañas. Ciertamente, estábamos agradecidos por haber llegado a un sitio
seguro, puesto que habría sido muy duro para nosotros haber estado afuera, en
las montañas, aquella noche. Por doquier había nieve profunda cuando nos levantamos
la mañana siguiente.
Después del desayuno, el Sr. Sorlle nos llevó hasta Husvik en una lancha de
motor. Escuchábamos con avidez su relato de la guerra y de todo lo que había
sucedido mientras habíamos estado fuera del mundo de los hombres. Éramos como
individuos que surgían de la muerte a un mundo que se había vuelto loco.
Nuestras mentes fueron acostumbrándose gradualmente a los relatos de naciones
en guerra, de coraje imperecedero y de matanzas inimaginables, de un conflicto
mundial que había adquirido dimensiones inconcebibles, de vastos campos de
batalla teñidos de sangre en el más sombrío contraste con la gélida blancura
que habíamos dejado detrás. El lector tal vez no se dé cuenta de lo difícil que
fue para nosotros visualizar casi dos años de la guerra más colosal de la
historia. El encierro de los ejércitos en las trincheras, el hundimiento
del Lusitania, el asesinato de la enfermera Edith Cavell, el uso
del gas veneno y el líquido incendiario, la guerra de los submarinos, la
campaña de Gallipoli, los otros cientos de incidentes de la guerra, casi nos
dejaron estupefactos y, luego, nuestras mentes comenzaron a entender la
sucesión de los acontecimientos y a desarrollar una perspectiva. Supongo que
nuestra experiencia fue única. Ningún otro hombre civilizado podría haber
desconocido tanto los sucesos que sacudieron el mundo como nosotros cuando
llegamos a la Estación Ballenera Stromness.
Oí el primer rumor de las desventuras del Aurora en el mar de
Ross por el Sr. Sorlle. Nuestro anfitrión pudo contarme muy poco. Le habían
informado que el Aurora se había alejado de los cuarteles de
invierno en el estrecho de McMurdo y que había llegado a Nueva Zelanda después
de mucho derivar, y que no había noticias del grupo de tierra. Su información
era indefinida en cuanto a los detalles, y tuve que esperar hasta llegar a las
Islas Falkland, algún tiempo después, para recibir un informe definitivo sobre
el Aurora. Sin embargo, el rumor que había llegado a Georgia del
Sur hizo que fuera más importante que nunca que trajera al resto del grupo del
mar de Weddell rápidamente, a fin de liberarme para cualquier esfuerzo que
fuera necesario en el mar de Ross.
Cuando llegamos a Husvik aquel domingo por la mañana, fuimos recibidos
cálidamente por el magistrado, el Sr. Bernsten, a quien yo conocía desde hacía
tiempo, y los otros miembros de la pequeña comunidad. Amarrado en el puerto,
estaba uno de los barcos balleneros más grandes, el Southern Sky,
propiedad de una compañía inglesa, aunque ahora estaba inactivo durante el
invierno. No tenía forma de ponerme en contacto con los dueños sin provocar un
peligroso retraso y, debido a que acepté toda la responsabilidad, el Sr.
Bernsten dispuso que yo llevara ese barco hasta la isla Elefante. Escribí un
contrato con Lloyd’s para el seguro del barco. El capitán Thom, un viejo amigo
de la expedición, precisamente estaba en Husvik con su barco, el Orwell,
cargando petróleo para usarlo en la fabricación de munición en Gran Bretaña, y
de inmediato se ofreció como voluntario para venir con nosotros ocupando
cualquier puesto. Le pedí que viniera como capitán del Southern Sky.
No hubo dificultad para reunir una tripulación. Los balleneros estaban ansiosos
por ayudar en el rescate de hombres en problemas. Comenzaron a trabajar aquel
domingo para preparar y estibar el barco. Partes de los motores estaban en
tierra, pero hombres bien dispuestos hicieron que el trabajo no fuera tanto.
Compré en las tiendas de la estación todas las provisiones y los equipos
necesarios, incluidas comodidades especiales para los hombres que esperábamos
rescatar y, para el martes por la mañana, el Southern Sky estuvo
listo para zarpar. Siento que es mi deber, así como también un placer, para mí
agradecer aquí a los balleneros noruegos de Georgia del Sur la ayuda comprensiva
que nos brindaron cuando la necesitamos. Entre los recuerdos de amabilidad
recibida en muchas tierras divididas por los mares, el de la hospitalidad y la
ayuda que recibí en Georgia del Sur está entre los primeros. Existe una
hermandad del mar. Los hombres que surcan los mares en barcos, sirviendo y
sufriendo, librando su infinita batalla contra el capricho del viento y del
océano, sienten como suyos los peligros y los problemas de sus hermanos
marinos.
El Southern Sky estuvo listo el martes por la mañana y, a las
9:00 en punto, salimos de la bahía, mientras los silbatos de la estación
ballenera emitían una amistosa despedida. Nos habíamos reunido a bordo del
barco del capitán Thom el lunes por la noche con varios capitanes balleneros
cuyos hijos los habían seguido en su profesión. Eran «perros viejos», con el
rostro surcado y marcado por las tormentas de medio siglo, y estaban aún más
interesados en la historia de nuestro viaje de la isla Elefante de lo que
estaba la generación más joven. Nos felicitaron por haber realizado un notable
viaje en bote. No deseo quitar mérito a nuestro éxito con un orgullo que
parezca humildad. Con ayuda de la Providencia, habíamos superado grandes
dificultades y peligros, y era bueno contarles el relato a hombres que conocían
aquellos sombríos y traicioneros mares del Sur.
McCarthy, McNeish y Vincent habían desembarcado el lunes por la tarde. Ya
mostraban signos de estar recuperando fuerzas con una dieta de abundante comida
y habitaciones cálidas. El carpintero apareció tristemente delgado después de
tomar un baño. Debió de haber tenido mucha ropa cuando desembarcó del bote, y
no me había dado cuenta de cuánto había adelgazado hasta que lo vi bañado y
cambiado. Era un hombre de más de cincuenta años, y el esfuerzo lo había
marcado más que al resto de nosotros. El rescate le llegó justo a tiempo.
La primera parte del viaje hasta la isla Elefante en el Southern
Sky transcurrió sin incidentes. A mediodía del martes 13 de mayo,
navegábamos a doce millas por hora en dirección suroeste. Avanzamos bastante,
pero la temperatura bajó mucho, y los indicios me dieron motivo para
preocuparme por la probabilidad de encontrarnos con hielo. La tercera noche, el
mar pareció quedar en silencio. Miré sobre la borda y vi una fina capa de hielo.
El mar se estaba congelando a nuestro alrededor, y el hielo gradualmente se
volvía más grueso y reducía nuestra velocidad a unas seis millas por hora.
Luego, empezaron a aparecer trozos de placas de hielo viejo entre el hielo
nuevo. Me di cuenta de que avanzar a través del hielo era impensable. El Southern
Sky era un vapor hecho de acero, y su estructura, si bien era fuerte
para resistir las olas, no soportaría los golpes de las masas de hielo. De modo
que dirigí el barco hacia el norte, y la mañana del viernes, nos alejamos de
las láminas de hielo. Fuimos hacia el oeste, en espera de condiciones
favorables. La mañana del 28 estaba descolorida y nublada, con poco viento.
Nuevamente, la proa del barco fue dirigida hacia el suroeste, pero a las 15:00,
una perfilada línea de hielo apareció en el horizonte. Estábamos a unas setenta
millas de la isla Elefante, pero no había posibilidad de llevar el vapor a
través del hielo que obstruía el camino. Volvimos a virar hacia el noroeste.
Fuimos directamente al norte de la isla al día siguiente, e hice después otro
viraje hacia el sur. Un pesado banco de hielo formaba una barrera
infranqueable.
Era difícil aceptar el fracaso a esta altura, pero había que afrontar los
hechos. El Southern Sky no podría penetrar el hielo de un
grosor incluso moderado. La estación ya estaba avanzada, y no podíamos estar
seguros de que el hielo se fuera a abrir durante muchos meses, aunque yo
opinaba que el hielo no se endurecería en esa área, ni siquiera en invierno,
debido a los fuertes vientos y corrientes. El Southern Sky tenía
carbón solo para diez días, y ya habían pasado seis. Estábamos a quinientas
millas de las Islas Falkland y a unas seiscientas millas de Georgia del Sur. De
modo que decidí que, puesto que no podíamos esperar a que el hielo se abriera,
seguiría hasta las Falkland, conseguiría un barco más apropiado ya fuera local
o de Inglaterra, y haría un segundo intento de llegar a la isla Elefante desde
aquel punto.
Nos enfrentamos a muy mal tiempo camino al norte, pero a primera hora de la
tarde del 31 de mayo, llegamos a Puerto Stanley, donde el cable proporcionó un
vínculo con el mundo exterior. El capitán del puerto vino a recibirnos y,
después de echar el ancla, bajé a tierra y conocí al gobernador, el Sr. Douglas
Young. Me ofreció su ayuda de inmediato. Llamó por teléfono al Sr. Harding,
gerente de la estación de las Islas Falkland, y me enteré, para mi gran pesar,
de que en las islas no había disponible ningún buque del tipo que necesitaba.
Esa tarde, envié un cable a Londres a Su Majestad el Rey con el primer relato
de la pérdida del Endurance y las subsiguientes aventuras de
la expedición. Al día siguiente, recibí el siguiente mensaje del Rey:
« Me alegro de tener noticias acerca de su arribo a salvo a las Islas
Falkland y espero que sus camaradas en la isla Elefante puedan ser rescatados
pronto.
Jorge R. I.».
No
intentaré describir en detalle los eventos de los días siguientes a nuestro
arribo a las Islas Falkland. Mi mente estaba concentrada en el rescate del
grupo que estaba en la isla Elefante lo antes posible. El invierno avanzaba, y
yo era totalmente consciente de que las vidas de algunos de mis camaradas
podrían ser el precio de un retraso innecesario. Había habido una propuesta de
enviar un barco de auxilio desde Inglaterra, pero no pudo llegar a los mares
del Sur hasta muchas semanas después. Mientras tanto, me puse en contacto con
los gobiernos de las repúblicas de América del Sur por radio y cable y les
pregunté si tenían algún barco apropiado que yo pudiera utilizar para el
rescate. Quería un barco de madera capaz de avanzar por el hielo suelto, con buena
velocidad y una razonable capacidad para llevar carbón. De todas partes del
mundo, me llegaban mensajes de felicitaciones y de buena voluntad, y la
amabilidad de cientos de amigos en muchas tierras fue un verdadero consuelo en
un momento de preocupación y de estrés.
El Almirantazgo británico me informó que no había ningún buque apropiado en
Inglaterra y que no podía esperarse ninguna ayuda antes de octubre. Contesté
que octubre sería demasiado tarde. Entonces, el ministro británico en
Montevideo me telegrafió y me informó acerca de un buque de arrastre
llamado Instituto de Pesca nº 1, perteneciente al Gobierno
uruguayo. Era un barco pequeño y resistente, y el gobierno generosamente se
había ofrecido a equiparlo con carbón, provisiones, ropa y otros elementos, y
enviarlo a las Islas Falkland para que yo lo llevara a la isla Elefante. Acepté
con gusto este ofrecimiento, y el barco llegó a Puerto Stanley el 10 de junio.
Zarpamos hacia el sur de inmediato.
El tiempo era malo, pero el buque de arrastre avanzaba bien, a una velocidad
constante de unas siete millas por hora, y en la madrugada luminosa y clara del
tercer día, avistamos los picos de la isla Elefante. Teníamos grandes
esperanzas, pero nuestro antiguo enemigo, el hielo, estaba esperando al acecho
y, a menos de veinte millas de la isla, el barco fue detenido por una
impenetrable barrera de hielo. El banco de hielo tenía la forma de una luna
creciente, con una punta hacia el oeste del barco que se extendía hacia el
norte. Avanzamos hacia el noreste y alcanzamos la otra punta; vimos que el
banco, pesado y denso, se dirigía hacia el este. Hicimos un intento por
penetrar el hielo, pero era tan pesado que el barco quedó atrapado en cuanto
comenzamos a golpear las pequeñas y gruesas placas de hielo, de modo que
retrocedimos con cautela. La hélice, que funcionaba lentamente, no se dañó,
aunque yo temía que en cualquier momento podríamos arrancar las palas. La isla
estaba a nuestra banda de estribor, pero no había posibilidad de acercarnos a
ella. El ingeniero uruguayo me informó que le quedaba carbón para tres días, y
entonces tuve que dar la orden de regresar. Una capa de niebla ocultaba las
laderas inferiores de la isla, y los hombres que observaban desde el campamento
en la playa no podrían haber visto el barco. Volvimos a navegar hacia el norte,
con los motores haciendo mucho ruido y, después de toparnos con una nueva
ventisca, llegamos a Puerto Stanley con las carboneras casi vacías y los
motores casi descompuestos. El H. M. S. Glasgowestaba en el
puerto, y los marinos británicos nos dieron una cálida bienvenida cuando
entramos.
El gobierno uruguayo se ofreció a enviar el buque de arrastre a Punta Arenas
para que lo pusieran en dique seco y lo alistaran para otro intento. Uno de los
problemas durante el viaje fue que, según los cálculos, el barco podía ir a
doce millas por hora con seis toneladas de carbón por día, lo cual nos habría
dado un buen margen para mantenernos lejos del hielo, pero en realidad, debido
al hecho de que no había estado en puerto durante un año, solo alcanzó una
velocidad de siete millas por hora con un consumo de diez toneladas por día. El
tiempo era valioso, y estos preparativos habrían llevado demasiado tiempo.
Agradecí al gobierno su generoso ofrecimiento, y quiero destacar ahora que la
amabilidad de los uruguayos en aquel momento se ganó mi más cálida gratitud.
Debo mencionar, también, la ayuda que me brindó el Teniente Ryan, oficial de la
Reserva Naval que comandó el buque de arrastre hasta las Falkland y vino al sur
para colaborar en el intento de rescate. El Instituto de Pesca zarpó
para Montevideo, y empecé a buscar otro barco.
Un buque correo británico, el Orita, llegó a Puerto Stanley
oportunamente, y me embarqué en él con Worsley y Crean, y cruzamos hasta Punta
Arenas, en el estrecho de Magallanes. La recepción que tuvimos allí fue
alentadora. Los miembros de la Asociación Británica de Magallanes se ocuparon
de nosotros de todo corazón. El Sr. Alian McDonald se destacó especialmente por
sus incansables esfuerzos por ayudar en el rescate de nuestros veintidós
compañeros que estaban en la isla Elefante. Trabajó día y noche, y fue gracias
a él, en particular, que antes de pasados tres días, ya se había reunido la
suma de 1500 libras entre los hombres, se había contratado la goleta Emma y
se la había equipado para poder usarla. Era una goleta de cuarenta años, de
roble, fuerte y en condiciones de navegar, con un motor auxiliar de petróleo.
Entre los diez hombres que formaban la tripulación del barco, había ocho
nacionalidades diferentes, pero todos eran hombres buenos que entendieron a la
perfección qué hacía falta. El gobierno chileno nos prestó un pequeño vapor,
el Yelcho, para que nos remolcara parte del viaje. Sin embargo, no
podía tocar el hielo, pues estaba hecho de acero. No obstante, el 12 de julio,
le pasamos nuestro cabo de remolque y emprendimos el viaje. Al día siguiente,
anclamos con mal tiempo y, aunque el viento se convirtió en un vendaval, no
podía perder más tiempo, de modo que levamos anclas temprano la mañana del 14.
La tensión que soportaba el cabo de remolque era demasiado fuerte. Con un ruido
como el de un disparo, el cabo se cortó. Al día siguiente, el vendaval
continuaba, y citaré de la bitácora del Emma, que Worsley llevaba
como oficial navegante:
«9:00.- Viento fresco y creciente; mar muy movido, con mucho oleaje. 10:00.- El
cabo de remolque se cortó. 12:00.- Mediodía. Tiempo similar. 13:00.- El cabo de
remolque volvió a cortarse. Pusimos el trinquete y el contrafoque y nos
dirigimos hacia el sureste una cuarta al sur. 15:0.- El Yelcho nos
llamó y nos dijo que la sentina del barco estaba llena de agua (igual que
nuestras cubiertas) y que les quedaba poco carbón. Sir Ernest les dijo que
podían regresar a puerto. Entonces, el Yelcho se dirigió hacia
la bahía San Sebastián».
Después de tres días de constante mal tiempo, nos quedamos solos una vez más
para rescatar a los veintidós hombres que estaban en la isla Elefante, por los
que, a estas alturas, realmente temía.
En la madrugada del viernes 11 de julio, nos encontrábamos a cien millas de la
isla y nos topamos con el hielo a media luz. Esperé que amaneciera del todo y
luego intenté abrimos paso. El pequeño barco se agitaba en el denso oleaje y,
antes de que pasaran diez minutos de nuestra entrada en el hielo, chocó contra
una masa de hielo y rompió el barbiquejo de bauprés. Luego, la entrada de agua
del motor se taponó con hielo. La goleta se estaba sacudiendo como un corcho en
el oleaje, y vi, tras algunos vaivenes, que en realidad era más ligera que los
fragmentos de hielo a su alrededor. El avance en esas condiciones estaba
totalmente descartado. Saqué la goleta del hielo y me mantuve hacia el este. La
llevé a través de una línea de placas de hielo hacia el sur aquella noche, pero
me vi obligado a virar hacia el noreste, puesto que, por lo que podía ver, el
hielo tendía a ir en esa dirección. Nos pusimos al pairo durante la noche, que
ahora duraba dieciséis horas. El invierno estaba avanzado, y las condiciones
del tiempo eran realmente malas. El hielo hacia el sur se estaba desplazando
rápidamente hacia el norte. El motor se había roto, y dependíamos por completo
de las velas. Logramos avanzar un poco hacia el sur durante el día siguiente,
pero a mediodía estábamos a ciento ocho millas de la isla. Aquella noche nos
mantuvimos alejados del hielo en medio del viento, al pairo, y la mañana
sorprendió a la goleta cubierta de hielo. Los cabos, envueltos en las
salpicaduras de agua congelada, eran gruesos como el brazo de un hombre y, si
el viento hubiera aumentado mucho, tendríamos que haber cortado las velas,
puesto que no había posibilidad de arriarlas. Algunos miembros de la
improvisada tripulación quedaron agotados por el frío y las violentas
sacudidas. La goleta tenía unos dieciocho metros de eslora, y respondía a los
movimientos del mar azotado por la tormenta de un modo que podría haber
desconcertado a los navegantes más avezados.
Llevaba la goleta hacia el sur cada vez que se me presentaba una oportunidad,
pero siempre la línea de hielo bloqueaba el paso. El ingeniero, que casualmente
era estadounidense, de vez en cuando hurgaba en los motores, pero no podía
mantenerlos encendidos, y el persistente viento sur les pegaba de frente. Era
difícil tener que regresar por tercera vez, pero me di cuenta de que no
podríamos llegar a la isla en esas condiciones, y debíamos dirigirnos hacia el
norte a fin de que el barco no tuviera que navegar entre pesadas masas de
hielo. Entonces, establecimos un rumbo norte y, después de un tempestuoso
viaje, llegamos a Puerto Stanley otra vez. Este era el tercer revés, pero no
abandoné mi fe en que el hielo no permanecería inmóvil alrededor de la isla
Elefante durante el invierno, dijeran lo que dijeran los expertos sentados en
sus sillones allá en sus hogares. Llegamos a Puerto Stanley en la goleta el 8
de agosto, y allí me enteré de que el barco Discovery iba a
zarpar de Inglaterra de inmediato y que estaría en las Islas Falkland a
mediados de septiembre. Mi buen amigo el gobernador dijo que me podía instalar
en Puerto Stanley y tomarme las cosas con calma durante algunas semanas. La
calle de ese puerto tiene alrededor de dos kilómetros y medio de largo. En un
extremo, está el matadero y, en el otro, el cementerio. La distracción
principal es caminar desde el matadero hasta el cementerio. Para variar, se
puede caminar desde el cementerio hasta el matadero. Ellaline Terriss nació en
Puerto Stanley, un hecho que los residentes no han olvidado, pero no ha vivido
allí desde hace mucho tiempo. No podía contentarme con esperar seis o siete
semanas sabiendo que, a mil kilómetros, mis camaradas estaban sufriendo una
terrible necesidad. Le pedí al gobierno de Chile que enviara el Yelcho,
el vapor que nos había remolcado antes, para que llevara la goleta a Punta
Arenas, lo cual aceptaron de inmediato, como habían hecho con cada petición
mía. Entonces, con una ventisca del noroeste, zarpamos, escapamos por poco del
desastre durante el viaje, y llegamos a Punta Arenas el 14 de agosto.
No había disponible ningún barco apropiado. El tiempo daba señales de mejoría,
y le rogué al gobierno chileno que me prestara el Yelcho para
un último intento de llegar a la isla. Era un vapor pequeño hecho de acero, muy
inapropiado para trabajar en el hielo, pero prometí que no lo tocaría. El
gobierno estaba dispuesto a darme otra oportunidad, y el 25 de agosto zarpé
hacia el sur en el cuarto intento de rescate. Esta vez, la Providencia nos
favoreció. El pequeño vapor llegó rápido con tiempo relativamente bueno, y al
acercarnos a la isla Elefante, descubrí que el hielo estaba abierto. Una
ventisca del sur lo había empujado hacia el norte temporalmente, y el Yelcho tuvo
la posibilidad de deslizarse a través de él. Nos acercamos a la isla en medio
de una densa niebla. No me atreví a esperar que levantara, y a las 10:00 del 30
de agosto, pasamos cerca de algunos témpanos varados. Luego, vimos el mar
romper en un arrecife, y supe que estábamos justo fuera de la isla. Fue un
momento de mucha tensión, puesto que aún teníamos que localizar el campamento y
no podíamos confiar en que el hielo nos daría tiempo para una búsqueda
prolongada con un tiempo tan fuerte; sin embargo, pronto la niebla se levantó y
reveló los acantilados y los glaciares de la isla Elefante. Avancé hacia el
este y, a las 11:40, la vista aguda de Worsley detectó el campamento, casi
invisible bajo su cubierta de nieve. Los hombres en tierra nos vieron al mismo
tiempo, y vimos pequeñas figuras negras correr hacia la playa y hacernos señas.
Estábamos a alrededor de una milla y media de distancia del campamento. Viré el Yelcho para
acercarnos y, en media hora, llegamos a la playa con Crean y algunos de los
marinos chilenos. Vi una pequeña figura en una roca golpeada por el oleaje y
reconocí a Wild. Al acercarme, grité: « ¿Están todos bien?» y él contestó:
«Estamos todos bien, Jefe», y entonces oí tres vítores. Cuando me
acerqué a la roca, arrojé paquetes de cigarrillos a tierra; se abalanzaron
sobre ellos como tigres hambrientos; bien sabía yo que durante meses el tabaco
había sido algo con lo que soñaban y de lo que hablaban. Algunos de los hombres
estaban en malas condiciones físicas, pero Wild había mantenido al grupo unido
y había alimentado la esperanza en sus corazones. En ese momento, no hubo
tiempo para intercambiar novedades ni felicitaciones. Ni siquiera fui hasta la
playa a ver el campamento que, según Wild me aseguró, había mejorado mucho.
Afuera, el mar estaba revuelto, y un cambio de viento podría traer el hielo
otra vez en cualquier momento. Insté al grupo para que se diera prisa en subir
a bordo y llevé también los registros de la expedición y las partes esenciales
de los equipos. Todos estuvieron a bordo del Yelcho en menos
de una hora, y nos dirigimos hacia el norte a la máxima velocidad que podía
alcanzar el pequeño vapor. El hielo seguía abierto, y nada peor que una
extensión de océano tormentoso nos separaba de la costa de Sudamérica.
Durante el viaje hasta Punta Arenas, oí el relato de Wild y volví a bendecir la
alegría y los recursos que habían servido al grupo tan bien durante cuatro
meses y medio de privaciones. Los veintidós hombres que habían permanecido en
la isla Elefante estaban al límite de sus recursos cuando llegó el Yelcho.
Wild había administrado las escasas provisiones lo mejor posible y había
luchado contra los demonios del desaliento y la desesperación en aquel pequeño
banco de arena, donde el grupo tuvo un precario punto de apoyo entre los
sombríos campos de hielo y el traicionero mar cubierto de hielo. El hielo se
había abierto en ocasiones, pero la mayor parte del tiempo el camino hacia el
norte había estado bloqueado. El Yelcho había llegado en el
momento apropiado. Dos días antes, no podría haber alcanzado la isla, y unas
horas más tarde, el hielo podría haber estado impenetrable otra vez. Wild había
calculado que la ayuda llegaría en agosto, y todas las mañanas había
empaquetado su equipo con una alegre anticipación que demostró ser contagiosa,
como estoy seguro de que era su intención. Uno del grupo a quien yo le había
dicho: «Bueno, tenían todo empaquetado y listo», me contestó: «Verá, Jefe ,
Wild nunca abandonó la esperanza, y cada vez que el mar estaba despejado de
hielo, enrollaba su saco de dormir y les decía a todos: “Enrollen sus sacos de
dormir, muchachos; tal vez el Jefe llegue hoy”». Y así
sucedió: de pronto, surgimos de la niebla y, pasamos de la más negra
perspectiva a, en una hora, estar todos a salvo camino de casa. La comida fue
racionada con carne de foca y de pingüino, percebes y algas marinas. Las focas
habían sido escasas, pero la provisión de pingüinos había durado bastante
durante los primeros tres meses. Los hombres comieron hasta la última ración de
Bovril, la única forma que tenían de beber algo caliente y, en el momento del
rescate, solo tenían comida para cuatro días más. El campamento estaba en
peligro constante de ser sepultado por la nieve, que se deslizaba pesadamente
desde las alturas, detrás de ellos, y los hombres movían lo que se acumulaba
con las herramientas que podían. Había peligro de que el campamento estuviera
completamente invisible desde el mar, de modo que un grupo de rescate podría
buscarlo en vano.
«Se había acordado que el barco de rescate dispararía un arma cuando se acercara
a la isla», dijo Wild. «Muchas veces, cuando los glaciares se estaban
desprendiendo y caían trozos con un ruido como de un arma, pensábamos que era
el sonido verdadero y, después de un tiempo, llegamos a desconfiar de estas
señales. De hecho, vimos el Yelcho antes de oír ningún
disparo. Fue una ocasión que no olvidaremos con facilidad. Estábamos
reuniéndonos para almorzar a la llamada de “¡Almuerzo!”, y yo estaba sirviendo
la sopa, que estaba particularmente buena aquel día, pues consistía en espina
hervida de foca, percebes y algas, cuando hubo otro grito de Marston de
“¡Barco!”. Algunos de los hombres pensaron que era “¡Almuerzo!” otra vez, pero
cuando Marston volvió a gritar, el almuerzo perdió todo atractivo.
El barco estaba en torno a una milla y media de distancia y estaba pasando
cerca de nosotros. Una señal de humo era lo acordado desde la costa por lo que,
tomé el abrigo de alguien que estaba cerca, agujereé una lata de queroseno que
teníamos para tal fin, la vacié sobre el abrigo y lo prendí fuego. Ardió en
lugar de lanzar humo, pero no importó, puesto que ya habían reconocido el lugar
donde nos habían dejado, y el Yelcho se estaba acercando».
Tuvimos mal tiempo de regreso a Punta Arenas, y el pequeño Yelcho se
esforzó mucho, y además a bordo llevaba corazones contentos. Entramos en el
estrecho de Magallanes el 3 de septiembre y llegamos a Río Seco a las 8:00.
Bajé a tierra, encontré un teléfono y les dije al gobernador y a mis amigos de
Punta Arenas que los hombres estaban a salvo. Dos horas después, llegamos a
Punta Arenas, donde recibimos una bienvenida que ninguno de nosotros olvidará.
El pueblo chileno se mostró tan entusiasta como los residentes británicos. La
policía había recibido órdenes de divulgar la noticia de que el Yelcho estaba
llegando con los hombres rescatados, y por temor a que el mensaje no llegara a
algunas personas, se había hecho sonar la alarma de incendio. Todo el pueblo
parecía estar en las calles. Fue una gran recepción, y con la tensión de largos
meses de ansiedad por fin aliviada, estábamos de humor para disfrutarla.
Las semanas siguientes estuvieron llenas de acontecimientos, pero no intentaré
registrarlas aquí en detalle. Recibí felicitaciones y mensajes de amistad y de
buen ánimo de todas partes del mundo, y mis sentimientos estuvieron con las
buenas personas que habían recordado a mis hombres y a mí en la urgencia de los
terribles acontecimientos en los campos de batalla. El gobierno chileno puso
el Yelcho a mi disposición para llevar a los hombres a
Valparaíso y a Santiago. Llegamos a Valparaíso el 27 de septiembre. Todo lo que
podía desplazarse por el agua estuvo allí para recibirnos, las tripulaciones de
los buques de guerra chilenos estaban formadas, y por lo menos treinta mil
personas atestaban las calles. Di una conferencia en Santiago al día siguiente
para la Cruz Roja Británica y una asociación naval chilena de caridad. La
bandera chilena y la Union Jackondeaban juntas, y la banda tocó el
himno nacional chileno, Dios salve al rey y la Marsellesa,
y el Ministro de Relaciones Exteriores chileno habló desde la plataforma y
prendió una Orden en mi chaqueta. Vi al presidente y le agradecí por la ayuda
que había brindado a la expedición británica. Su gobierno había gastado 4000
libras solamente en carbón. En respuesta, recordó la participación de los
marinos británicos en la formación de la Armada chilena.
El Departamento de Ferrocarriles de Chile proporcionó un tren especial para que
nos llevara a través de los Andes, y viajé a Montevideo a fin de agradecer
personalmente al presidente y al gobierno de Uruguay por la ayuda que
generosamente nos habían brindado en los primeros viajes de rescate. Fuimos
recibidos magníficamente en diversos puntos de nuestra ruta. También fuimos a
Buenos Aires para una breve estancia. Luego volvimos a cruzar los Andes. Para
entonces, había hecho arreglos para que los hombres y el personal viajaran a
Inglaterra. Todos los hombres estaban deseosos de ocupar sus puestos en las
Fuerzas Armadas del Imperio. Mi propia tarea inmediata era el rescate del grupo
abandonado del mar de Ross, pues había recibido noticias de la larga deriva
del Aurora en el mar de Ross y de su regreso en malas
condiciones a Nueva Zelanda. Worsley iba a viajar conmigo. Nos apresuramos
hacia el norte a través de Panamá, y las compañías de barcos de vapor y de
ferrocarriles nos brindaron, en todas partes, la ayuda más cordial y generosa,
y en San Francisco tomamos un vapor que llegaría a Nueva Zelanda a finales de
noviembre. Me habían informado que el gobierno de Nueva Zelanda estaba haciendo
arreglos para el rescate del grupo del mar de Ross, pero mi información era
incompleta, y estaba ansioso de estar en el lugar yo mismo lo antes posible.
Los
veintidós hombres que habían quedado en la isla Elefante estaban al mando de
Wild, en quien yo tenía absoluta confianza, y el relato de sus experiencias
durante la larga espera de cuatro meses y medio mientras yo intentaba obtener
ayuda para rescatarlos lo obtuve de sus diversos diarios, complementado por
detalles que extraje de conversaciones que tuvieron lugar durante el viaje de
regreso a la civilización.
La primera consideración, que era aún más importante que la del alimento, era
proporcionar refugio. La semi-inanición durante la deriva en la banquisa,
añadida a la exposición en los botes y a las inclemencias del tiempo a las que
nos enfrentamos después de nuestro desembarco en la isla Elefante había dejado
su huella en muchos hombres. Rickenson, que soportó valientemente hasta el
final, se derrumbó a partir de una insuficiencia cardiaca. Blackborrow y Hudson
no podían moverse. Todos tenían diversos grados de congelación y su ropa, que
habían usado continuamente durante seis meses, ya estaba hecha trizas. La
ventisca que se levantó el día que desembarcamos en el cabo Wild duró dos
semanas y muchas veces sopló a una velocidad de entre cien y ciento cincuenta
kilómetros por hora y,' en ocasiones, mayor. Las tiendas que habían aguantado
tan bien y soportado tanto estaban hechas jirones, con excepción de la tienda
cuadrada que ocupaban Hurley, James y Hudson. Los sacos de dormir y la ropa
chorreaban, y las incomodidades físicas tendían a producir una aguda depresión
mental. Los dos botes restantes habían sido dados vuelta con una regala apoyada
sobre la nieve y la otra levantada unos sesenta centímetros sobre rocas y
cajas; debajo de ellos, los marinos y algunos de los científicos con los dos
inválidos, Rickenson y Blackborrow, al menos encontraron un techo donde
refugiarse. Era imperativo protegerse del tiempo y encontrar calor para secar
la ropa, de modo que Wild apresuró la excavación de la cueva en el hielo de la
ladera que había comenzado antes de que yo me fuera.
Sin embargo, la elevada temperatura hacía que un chorro continuo de agua cayera
desde el techo y los lados de la epiya de hielo y, como con veintidós hombres
viviendo en ella la temperatura prácticamente siempre sería superior al punto
de congelación, no habría habido ninguna esperanza de que aquella estancia
hubiera podido ser un lugar seco. Bajo el mando de Wild, por lo tanto, buscaron
algunas piedras grandes y planas, (en muchos casos debieron cavar en la nieve
que cubría la playa) y con ellas levantaron dos paredes considerables de un metro
y veinte centímetros de alto con una separación de cinco metros y ochenta
centímetros.
«Todos estamos ridículamente débiles, y esta parte del trabajo fue demasiado
difícil y nos llevó el doble de tiempo que lo previsto si hubiéramos estado en
condiciones de salud normales. Las piedras que, en otro momento podríamos haber
levantado con facilidad, nos parecían demasiado pesadas, y se necesitaba a dos
o tres de nosotros para cargar algunas que, de otro modo, podría haber llevado
un solo hombre. Nuestras dificultades se acentuaron por el hecho de que la
mayoría de las piedras apropiadas estaban en el extremo más lejano del banco de
arena, algunas a casi ciento cincuenta metros. Nuestra debilidad es comparable
con la que uno siente al levantarse de una larga enfermedad; uno se “siente”
bien, pero físicamente está debilitado.
»El sitio elegido para la cabaña era el lugar donde originalmente había sido
colocada la cocina la noche de nuestra llegada. Estaba entre dos grandes
peñascos que, aunque no formaran realmente las paredes de la cabaña, al menos
proporcionaban una valiosa protección contra el viento. Otra protección fue
brindada hacia el norte por una colina llamada Colina de los Pingüinos, en el
extremo del banco de arena. En cuanto las paredes estuvieron levantadas y
listas, los dos botes fueron colocados boca abajo sobre ellas lado a lado. El
ajuste exacto de los botes llevó algún tiempo, pero era de vital importancia si
deseábamos que nuestra estructura fuera algo permanente. Una vez que estuvieron
en su lugar, fueron encajados con seguridad y atados a las rocas. Los pocos
trozos de madera que teníamos fueron colocados de quilla a quilla, y sobre todo
esto, el material de una de las tiendas hecha jirones fue extendido y asegurado
con sogas a las rocas. Las paredes fueron ingeniosamente ideadas y fijadas por
Marston. Primero, cortó las tiendas ahora inservibles en medidas apropiadas,
luego, cortó las piernas de un par de botas de mar en tiras finas y, usándolas
de un modo muy parecido a cuando se coloca el cuero alrededor del borde de
sillas tapizadas, clavó la tela de la tienda alrededor del interior de las
regalas externas de los dos botes de tal forma que colgaba como una cenefa
hasta el suelo, donde la aseguró con mástiles y remos. Un par de mantas
superpuestas conformaban la puerta, que más tarde fueron reemplazadas por una
puerta cortada de una de las tiendas. Esta consistía en una especie de tubo de
lona cosido a la tela de la tienda, a través del cual los hombres salían o
entraban reptando y que luego, en cuanto un hombre pasaba, se ataba como uno
ataría la boca de una bolsa. Con seguridad, es la puerta más apropiada y
eficiente para estas condiciones que se haya inventado jamás.
»Mientras unos instalaban las paredes laterales de la cabaña, otros procedieron
a rellenar los intersticios entre las piedras de las paredes con nieve. Como
esta tenía la consistencia del polvo y no se unía bien, finalmente tuvimos que
complementarla con la única manta que sobraba y con un abrigo. Todo este
trabajo resultó muy difícil para nuestros dedos congelados, y los materiales
eran muy limitados.
»Por fin, todo quedó listo, y fuimos invitados a llevar nuestras bolsas
empapadas, que habían estado bajo la lluvia durante varias horas, puesto que
las tiendas y los botes que antes los habían protegido habían sido requisados
para crear nuestra nueva residencia.
»Ocupamos nuestros lugares bajo la dirección de Wild. No hubo disputas por los
mejores sitios, pero era evidente que había algo parecido a la prisa para
ocupar los espacios en las bancadas de los botes.
»Rickenson, que aún estaba muy débil y enfermo, pero muy alegre, obtuvo un
lugar en el bote directamente sobre la cocina, y los marinos que habían vivido
bajo el Stancomb Wills durante algunos días mientras estaba
boca abajo en la playa, tácitamente lo reclamaban como propio, y se apretujaron
sobre sus bancadas como un solo hombre. Quedaba un espacio “arriba” en este
bote, que Wild les ofreció a Hussey y a Lees simultáneamente, diciendo que el
primer hombre que subiera su bolsa podría tener ese espacio. Mientras Lees
calculaba los pros y los contras, Hussey tomó su bolsa y la subió justo cuando
Lees había determinado qué era el sitio que quería. Ahora, había cuatro hombres
sobre las bancadas del Dudley Docker, y los cinco marinos y Hussey
estaban en las del Stancomb Wills; el resto se acomodó en el
suelo».
El suelo al principio estaba cubierto de nieve y de hielo, congelado entre los
guijarros. Fue limpiado, y el resto de las tiendas se extendieron afuera, sobre
las piedras. Dentro del abrigo de estas habitaciones apretujadas, pero
relativamente palaciegas, volvió a reinar la alegría en el grupo. Sin embargo,
la ventisca pronto descubrió los defectos en la arquitectura de la cabaña, y la
fina nieve que volaba se abrió paso a través de las hendiduras entre las
piedras que formaban las paredes. En la parte externa de estas paredes, se
extendieron sacos de dormir Jaeger, se las tapó con nieve y se dejó que se
congelaran; de esa manera, se impidió la entrada del polvo de nieve.
Al principio, la comida se preparaba afuera, al abrigo de algunas rocas, con la
protección adicional de una pared de cajas de provisiones. Había dos cocinas de
grasa hechas con viejos barriles de aceite y un día, cuando la ventisca era
inusualmente severa, se hizo un intento por cocinar las comidas dentro de la
cabaña. Como el humo penetrante de la grasa no tenía vía de escape, los hombres
lo pasaron muy mal; algunos fueron afectados con una forma de ceguera por el
humo, similar a la provocada por la nieve, muy dolorosa y que requiere atención
médica.
Pronto se instaló una chimenea hecha por Kerr con la parte interior de lata de
una de las cajas de galletas, que fue pasada a través de una arandela ajustada
de metal cosida a la lona del techo justo entre las quillas de los dos botes, y
la molestia del humo pronto fue cosa del pasado. Más adelante, se usó otro
viejo tambor de aceite para rodear esta chimenea, de modo que podían cocinarse
dos ollas a la vez en la cocina. Aquellos cuyo lugar estaba cerca de la cocina
sufrieron los efectos del derretimiento local causado por su calor, pero fueron
recompensados al poder calentar porciones de filetes y de hoosh que
sobraban de comidas anteriores, e incluso calentar a los menos afortunados, en
consideración a ellos. Esto consistía, por lo general, en parte del guiso o uno
o dos trozos de azúcar.
El cocinero y su asistente, trabajo este último realizado por todos los hombres
por turnos, eran llamados a eso de las 7:00, y el desayuno en general estaba
listo para las 10:00.
Luego, las cajas de provisiones fueron dispuestas en un amplio círculo
alrededor de la cocina, y aquellos que eran lo bastante afortunados para estar
cerca de ella, podían secar sus pertenencias. A fin de que todos pudieran
beneficiarse por igual con ello, había una especie de «Puesto General»: cada
hombre ocupaba su sitio durante las comidas solo por un día y se desplazaba un
sitio al día siguiente. De esta manera, finalmente todos los hombres lograron
secar su ropa, y la vida comenzó a adquirir un aspecto mucho más alegre.
El gran problema en la cabaña era la falta de luz. Las paredes de lona estaban
cubiertas con hollín de la grasa y, con los sedimentos de nieve que se
acumulaban alrededor de la choza, sus habitantes vivían en un estado de noche
perpetua. Se fabricaron lámparas con latas de sardinas, con trozos de vendas
quirúrgicas a modo de mechas; sin embargo, como el aceite consistía en aceite
de foca obtenido de la grasa, y el restante tejido fibroso se suministraba en
escasa cantidad durante el almuerzo y era considerado una gran exquisitez, eran
más un medio de conservar la escasa provisión de fósforos que de iluminación.
Wild fue el primero en superar esta dificultad cosiendo en la pared de lona la
tapa de vidrio de la caja de un cronómetro. Más tarde, se agregaron otras tres
ventanas, y el material, en este caso, eran unos paneles de celuloide de una
caja mía de fotografía que había dejado en un bolso. Esto permitió que los
ocupantes de los espacios del suelo que estaban lo bastante cerca pudieran leer
y coser, lo cual aliviaba en forma considerable la monotonía de la situación.
«Nuestro material de lectura consistía, en ese momento, en dos libros de
poesía, un libro de la Expedición de Nordenskjöld, uno o dos
volúmenes rotos de la Enciclopedia Británica y un libro de
cocina de Marston. Nuestra ropa, aunque nunca estaba presentable, puesto que
llevaba las cicatrices de casi diez meses de agitado uso, debía ser
continuamente parcheada para que estuviera en una pieza».
Como el suelo de la cabaña había sido elevado agregándole miles de guijarros
limpios, de los que se había retirado la mayor parte de la nieve, durante el
tiempo frío estaba relativamente seco. Sin embargo, cuando la temperatura subía
justo por encima del punto de congelación, como sucedía en ocasiones, la cabaña
se convertía en el depósito de desagüe de todas las colinas circundantes. Wild
fue el primero en notarlo al observar, una mañana, que su saco de dormir estaba
prácticamente flotando. Otros hombres examinaron los suyos con un resultado similar,
de modo que, de inmediato, comenzaron las operaciones para sacar el agua. Se
retiraron las piedras del suelo, y se cavó un hueco grande, y en sus sombrías
profundidades podía verse el agua que subía rápidamente. Usando una olla para
achicar, sacaron casi cuatrocientos litros de agua sucia. El día siguiente, se
sacaron quinientos cincuenta litros. Los hombres se turnaron a intervalos por
la noche; durante las siguientes veinticuatro horas, se sacaron seiscientos
litros más, hasta que un hombre anotó patéticamente en su diario: «Esto es lo
que significan para nosotros las temperaturas agradables, moderadas y altas:
con razón preferimos el frío». Finalmente, se retiró una parte de una pared y
se cavó un largo canal hasta el mar, lo cual resolvió por completo el problema.
Se tomaron otras precauciones, como retirar la nieve que rodeaba la cabaña
después de cada ventisca que, en ocasiones, la tapaba por completo.
Un enorme glaciar que atravesaba la bahía detrás de la cabaña casi acabó con el
grupo. Enormes bloques de hielo que pesaban muchas toneladas se rompían y caían
al mar, y la alteración que causaban provocaba grandes olas. Un día, Marston
estaba fuera de la cabaña desenterrando con un pico la foca congelada para el
almuerzo, cuando un ruido «como una descarga de artillería» lo sorprendió. Al
mirar hacia arriba, vio una de estas tremendas olas de casi diez metros que
avanzaba rápidamente a través de la bahía y amenazaba con arrastrar la cabaña y
sus habitantes al mar. Un grito de aviso dado a toda prisa hizo salir a los
hombres tambaleándose, pero afortunadamente el hielo suelto que llenaba la
bahía amortiguó la ola de tal manera que, aunque llegó justo debajo de la
cabaña, no se llevó nada consigo. No obstante, estuvieron cerca, puesto que si
hubieran sido arrastrados al mar, nada habría podido salvarlos.
Si bien ellos mismos, gradualmente, se acostumbraron a la oscuridad y a la
suciedad, algunas frases en sus diarios muestran que, en ocasiones, se daban
cuenta de las condiciones en las que estaban viviendo.
«La cabaña está cada vez más sucia. Todo tiene un color negro hollín. Hemos
llegado al extremo de no distinguir entre la cocina, las lámparas de grasa y
los utensilios de cocina. Por lo menos es un consuelo sentir que no podemos
estar más sucios. Nuestro suelo de guijarros no soportaría una inspección con
una luz fuerte sin causarnos, incluso a nosotros mismos, un escalofrío y una
exclamación de desaprobación ante su estado. Aceite mezclado con pelos de reno,
trozos de carne sennegrass[16] y
plumas de pingüino forman un conglomerado que une las piedras como cemento. De
tanto en tanto, hacemos limpieza, pero no siempre hay disponible material de
repuesto para el suelo, puesto que los guijarros están congelados, hundidos y
surcados de profundas grietas. Este es nuestro “Hogar Dulce Hogar”.
»Nos duelen todas las articulaciones por estar obligados a yacer en el suelo
duro y rocoso que forman nuestras camas».
Nuevamente, más adelante, uno escribe:
«Ahora que la ventana de Wild permite que un rayo de luz entre en nuestra
cabaña, podemos comenzar a “ver” cosas adentro. Antes, uno confiaba en el
propio sentido del tacto, ayudado por las indicaciones de aquellos cuyas caras
eran pisadas sin querer, para guiarse hasta la puerta. Al mirar en la semioscuridad
hacia el fondo, uno ve dos pequeñas llamas humeantes que iluminan débilmente
una fila de cinco hombres que intentan hacer pasar el tiempo leyendo o
discutiendo. Estos son Macklin, Kerr, Wordie, Hudson y Blackborrow, estos dos
últimos, inválidos.
»El centro de la cabaña está lleno de cajas que sirven de cama al cocinero, las
cajas de carne y grasa y un objeto que parece momificado, que es Lees en su
saco de dormir. El extremo más cercano al suelo está ocupado por la cocina, con
Wild y McIlroy de un lado, y Hurley y James del otro. Marston ocupa una hamaca
la mayor parte de la noche, y del día, que se colgó en la entrada. Como él es
grandote y la entrada, muy pequeña, invariablemente lo golpean los que entran y
salen. Su vocabulario en esos momentos es interesante.
»En el ático, formado por los dos botes dados vuelta, viven diez huéspedes
desharrapados y descuidados, que arrojan botas, mitones y otros artículos de
vestir a los hombres de abajo. Día y noche llueven sin cesar pelos de reno con
cada movimiento que hacen en sus sacos que mudan el pelo. Estos, con plumas de
pingüino y un poco de arenilla del suelo, en ocasiones, dan sabor al hoosh.
¡Gracias al cielo que el hombre es una bestia que puede adaptarse! Si vivimos
lo suficiente en esta cabaña, es probable que alteremos nuestra forma de
caminar, pues nuestro techo, que solo tiene un metro y cuarenta centímetros de
altura en su parte más alta, nos obliga a caminar doblados o a cuatro patas.
»Nuestra entrada (Cheetham está reptando para entrar en este preciso momento,
trayendo consigo una ducha de nieve) originalmente era la entrada de una
tienda. Cuando uno desea salir, debe desatar la cuerda que asegura la puerta y
repta o culebrea para salir, al tiempo que exclama: “¡Gracias a Dios que estoy
afuera!”. Esto debería bastar para describir la atmósfera dentro de la cabaña,
solo agradable cuando está cargada con el abrumador aunque apetecible olor de
los filetes de pingüino asándose.
»De todas partes cuelga una extraña colección de prendas grasientas, puestas a
secar, entre las cuales uno se arrastra, como un pollo en una incubadora.
Nuestras paredes de lona de tienda admiten tanta luz como podría esperarse de
una persiana veneciana cerrada. Es sorprendente cómo nos hemos acostumbrado a
las inconveniencias y toleramos, por lo menos, hábitos que hace poco eran
vistos con repugnancia. No tenemos tenedores, pero cada hombre tiene una navaja
y una cuchara, esta última en muchos casos fabricada con un trozo de la tapa de
una caja. El cuchillo sirve para muchos propósitos. Con él matamos, desollamos
y cortamos focas y pingüinos, cortamos la grasa en tiras para el fuego,
raspamos con cuidado la nieve de las paredes de nuestra cabaña y luego, después
de limpiarlo superficialmente con una piel de pingüino grasienta, lo usamos en
las comidas. Nos importa tan poco nuestra suciedad como a los esquimales. No
hemos podido lavarnos desde que abandonamos el barco, hace casi diez meses.
Para empezar, no tenemos jabón ni toallas, solo nos trajimos lo básico y,
nuevamente, de haber poseído estos artículos, nuestra provisión de combustible
solo nos permitiría derretir hielo suficiente para beber. Si un hombre se
hubiera lavado, otros seis se habrían quedado sin beber durante todo un día.
Uno no puede chupar hielo para aliviar la sed, puesto que a estas bajas
temperaturas resquebraja los labios y hace ampollas en la lengua. Aun así,
todos estamos muy alegres».
Durante toda su estancia en la isla Elefante, el tiempo fue descrito por Wild
como «simplemente abrumador». Varados como estaban en una estrecha playa
rodeada de altas montañas, veían poco de la escasa luz del sol durante los
breves intervalos de cielo claro. La mayoría de los días, el aire estaba lleno
de polvo de nieve que volaba de las alturas adyacentes. Como la isla Elefante
estaba casi en el extremo exterior de la banquisa, los vientos que pasaban
sobre él, relativamente, cálido océano antes de llegar a ella la cubrían con
una constante «mortaja de niebla y de nieve».
El 25 de abril, el día después de que partí para Georgia del Sur, la isla fue
asediada por un pesado banco de hielo, con nieve y una húmeda niebla. Al otro
día estuvo más calmo, pero el 27, por citar uno de los diarios, experimentaron
«el tiempo más miserable que se pueda concebir. Llovió toda la noche y todo el
día, y el viento sopló con fuerza. Estamos completamente empapados». El día
siguiente trajo una pesada niebla y aguanieve, y la continua ventisca. Terminó
abril con una terrorífica tormenta de viento que casi destruyó la cabaña. La
única tienda en pie debió ser desmantelada, el poste debió sacarse y los
habitantes tuvieron que permanecer acostados durante toda la noche debajo de la
lona helada. Esto duró hasta bien entrado mayo, y un típico día de mayo se
describe de la siguiente manera: «Un día de vientos terribles que amenazan con
desplazar nuestro refugio. El viento es una sucesión de ráfagas huracanadas que
bajan por el glaciar pegado a nuestro suroeste. Cada ráfaga anuncia su llegada
con un rumor bajo que aumenta hasta convertirse en un rugido atronador. Nieve,
piedras y grava vuelan por doquier, y cualquier cosa que quede sin el peso de
grandes piedras encima es arrastrada al mar».
Varios fardos de sennegrass y cajas de utensilios de cocina
fueron levantados en el aire y arrastrados fuera de la vista. Una vez, el
viento se llevó la tela del suelo de una tienda que seis hombres estaban
sujetando para sacudirle la nieve. Muchas veces, estas ráfagas llegaban con
alarmante brusquedad y sin ninguna advertencia. Hussey estaba afuera en medio
de la ventisca desenterrando la carne del día, que se había congelado en el
suelo, cuando una ráfaga lo atrapó y lo arrastró por el banco de arena hacia el
mar. Por fortuna, cuando llegó a la arena más blanda y a los guijarros que
estaban por debajo de la marca de la marea alta, logró clavar su pico en la
tierra y sujetarse con ambas manos hasta que el chubasco pasó.
En una o dos raras ocasiones tuvieron días buenos, calmos y claros. El
resplandor del sol moribundo en las montañas y los glaciares llenaba de asombro
y de admiración incluso a los más materialistas. Estos días a veces eran
sucedidos por noches calmas y claras cuando, de no ser por el frío, se habrían
quedado en la playa de arena toda la noche.
Cerca de mediados de mayo, sobrevino una terrible ventisca, que soplaba entre
cien y ciento cincuenta kilómetros por hora, y Wild temió mucho por su cabaña.
Un rasgo curioso de esta ventisca era el hecho de que enormes láminas de hielo
grandes como ventanas y de casi un centímetro de grosor eran arrojadas por el
viento, lo cual hacía que fuera peligroso caminar afuera, como si uno estuviera
en una avalancha de vidrio astillado. Aun así, estos vientos del sur y
suroeste, aunque invariablemente estaban acompañados de nieve y de bajas
temperaturas, eran bien recibidos, puesto que alejaban la banquisa de la
cercanía inmediata de la isla y, también, en cada ocasión, daban lugar a la
esperanza de un rescate. Los vientos del noreste, por otro lado, al llenar las
bahías con hielo y traer tiempo denso y neblinoso, descartaban toda esperanza
de que un barco se les acercara.
Hacia finales de mayo, hubo un período de calma total, con hielo compacto todo
alrededor de la isla. Esto dio lugar a vientos del noreste y niebla y, a
principios de junio, llegó otra ventisca del suroeste con nieve que traía más
frío.
«La ventisca aumentó hasta transformarse en terribles ráfagas durante la noche
que nos causaron mucha preocupación por la seguridad de nuestra cabaña.
Prácticamente no dormimos, pues todos temíamos que el techo de lona se
desgarrara y que el viento arrastrara los botes al mar».
Así continuó, alternando entre tormentas de nieve del suroeste, durante las
cuales estaban todos confinados en la cabaña, y los vientos del noreste que
traían tiempo frío, húmedo y brumoso.
El 25 de junio, se registró una severa tormenta del noroeste, acompañada de
fuertes vientos y un mar revuelto que penetró en la pequeña playa hasta llegar
a escasos cuatro metros de su cabaña.
Hacia finales de julio y principios de agosto, tuvieron algunos días buenos,
tranquilos y claros. Experimentaron ocasionales atisbos de sol, con altas
temperaturas, después de que los vientos del suroeste habían alejado todo el
hielo, y el grupo, con su espíritu animado por el infalible optimismo de Wild,
volvió a mirar ansiosamente en busca del barco de rescate.
Los primeros tres intentos de rescate desafortunadamente coincidieron con las
veces en que la isla estaba asediada por el hielo, y aunque en la segunda
ocasión nos acercamos lo suficiente para efectuar un disparo, con la esperanza
de que oirían el ruido y sabrían que estábamos a salvo y bien, estaban tan
acostumbrados al ruido causado por la caída del hielo del glaciar adyacente,
que no oyeron nada o el sonido pasó inadvertido. El 16 de agosto, se observó la
línea de la banquisa en el horizonte y, al día siguiente, la bahía estaba llena
de hielo suelto, que pronto se consolidó. Luego, enormes placas viejas y muchos
témpanos llegaron a la deriva. «La banquisa parece más densa que nunca. No se
ven aguas abiertas, y el “resplandor del hielo” circunda el horizonte. El
tiempo está horrible: una calma chicha del aire y del océano por igual, este
último oscurecido por el denso hielo a través del cual el oleaje no puede
penetrar, y una bruma húmeda cuelga como una cortina sobre la tierra y el mar.
El silencio es opresivo. No hay nada que hacer, excepto permanecer en el saco
de dormir o bien deambular en la nieve blanda y empaparse por completo». En las
siguientes veinticuatro horas, cayeron unos cuarenta centímetros de nieve, y
entre el 18 y el 21 de agosto esta llegó a los sesenta centímetros. Al día
siguiente, un leve oleaje del noreste azotó el hielo, pero pronto amainó, y
volvió a consolidarse. El 27 de agosto, se levantó un fuerte viento del OSO y
alejó todo el hielo de la bahía y, excepto algunos témpanos varados, quedó un
mar sin hielo a través del que finalmente nos abrimos paso desde Punta Arenas
hasta la isla Elefante.
En cuanto me fui de la isla para obtener ayuda para el resto de la expedición,
Wild puso a los hombres a cazar todas las focas y todos los pingüinos posibles
en previsión de que su estancia fuese más larga de lo que se había previsto. Un
repentino aumento de la temperatura causó que muchos animales se echaran a
perder y no pudieran comerse, de modo que mientras hubiera una buena reserva a
mano, no se acumulaba demasiado.
Al principio, las comidas, que consistían en su mayoría en carne de foca con
una bebida caliente por día, eran preparadas en una cocina al aire libre. La
nieve y el viento, además de hacer el trabajo muy incómodo para el cocinero,
llenaba todas las ollas de arena y grava, de modo que durante el invierno, la
comida se preparaba dentro de la cabaña.
Se había guardado un poco de sal Cerebos, que se repartió a razón de veinte
gramos por hombre y por semana. Algunos de los paquetes que contenían la sal se
habían roto, de modo que no todos recibieron la ración completa. Por otro lado,
un hombre derramó su ración semanal en el suelo de la cabaña, entre las piedras
y la suciedad. Rápidamente fue recogida, y el hombre descubrió para su deleite
que ahora tenía suficiente para tres semanas. Por supuesto, no todo era sal. La
bebida caliente consistía, en un primer momento, en leche hecha con leche en
polvo hasta alrededor de un cuarto de su concentración apropiada. Luego, se
diluía aún más y, a veces, era reemplazada por una bebida hecha a base de sopa
de guisantes parecida al Bovril de las raciones para los viajes en trineo. Para
la celebración del día del solsticio de invierno, una mezcla consistente en una
cucharada de té de alcohol metílico en medio litro de agua caliente aderezada
con un poco de jengibre y azúcar sirvió para recordar algunos de los cócteles y
Veuve Clicquot.
En el desayuno, cada uno recibía un trozo de foca o media pechuga de pingüino.
El almuerzo consistía en una galleta tres veces por semana, frutos secos los
jueves, trozos de grasa, de los que se había extraído la mayor parte del aceite
para las lámparas, dos días por semana, y nada el día restante. Este día, el
desayuno consistía en una ración para los viajes en trineos diluida. La cena,
casi invariablemente, era foca y pingüino, cortados finamente y fritos con un
poco de grasa de foca.
En ocasiones, había variaciones de este menú que eran muy bien recibidas.
Algunas palomas antárticas eran atrapadas con una soga lazada y comidas fritas,
con una galleta embebida en agua, para el almuerzo. Se habían rescatado cebada
y guisantes suficientes para una comida para cada uno, y cuando se sirvió, fue
un día de gran celebración. En ocasiones, por consentimiento general, la
galleta del almuerzo se guardaba y, con la siguiente porción de galleta, se
machacaba en una bolsa de lona hasta convertirla en polvo y se hervía, con un
poco de azúcar, y el resultado era un satisfactorio budín. Cuando había
bastante grasa, siempre la gastábamos en conseguir una olla de agua fría,
derritiendo los pedazos de hielo que se habían roto del glaciar, caído al mar y
llevados a la costa, para poder saciar la sed. Como la experiencia de los
exploradores del Ártico tendía a mostrar que el agua salada producía una forma
de disentería, Wild no se mostraba muy inclinado a usarla. Los esqueletos de
pingüino hervidos en una parte de agua salada y cuatro de agua dulce fueron un
gran éxito y nadie experimentó efectos adversos.
Los pingüinos de barbijo migraron hacia el norte el día después de que
desembarcamos en el cabo Wild, y aunque se intentó por todos los medios atrapar
la mayor cantidad posible de carne y grasa, para finales del mes la provisión
eran tan escasa que solo pudo servirse una comida caliente por día. En el
desayuno, se cocinaba el doble del número habitual de filetes de pingüino, y
los destinados para la cena eran guardados en las ollas y se los envolvía en
los abrigos y otras prendas. «Hoy Clark puso nuestra olla en su saco de dormir
para mantenerla caliente, y realmente fue todo un éxito a pesar de la porción
extra de pelos de reno que contenía. De esta manera, podemos hacer que diez
pieles de pingüino alcancen para un día».
Aquellos que eran lo bastante afortunados para atrapar pingüinos con pescados
sin digerir relativamente grandes en el buche solían calentarlos en latas
colgadas de trozos de alambre alrededor de la cocina.
«Toda la carne destinada al hoosh se corta dentro de la
cabaña, puesto que afuera hace demasiado frío. Como las tablas que usamos para
este fin también se usan para cortar el tabaco, cuando aún lo tenemos, a veces
el guiso toma un definido aroma a esta hierba que, más que nada, lo mejora
bastante».
Su dieta ahora era prácticamente solo carne, y no demasiada, y todos los
diarios son testigos de su intenso deseo de carbohidratos, tales como harina y
avena entre otros. Un hombre habla con anhelo de los repollos que crecen en la
isla Kerguelen. Para el 18 de junio, quedaban solo novecientos terrones de
azúcar, es decir, apenas algo más de cuarenta piezas por persona. Hasta mis
lectores saben lo que la escasez de azúcar significa en esta época, pero por
una causa diferente. En estas circunstancias, no es sorprendente que todos sus
pensamientos y conversaciones se centraran en la comida, en banquetes pasados y
futuros, y en segundas porciones que alguna vez habían rechazado.
Se hizo un censo: a cada hombre se le pidió que dijera qué le gustaría comer en
ese momento si pudiera elegir cualquier cosa que quisiera. Todos, a excepción
de uno, deseaban budín de algún tipo de sebo, la comida amada por los marinos.
Macklin pidió muchas raciones de huevos revueltos sobre tostadas con manteca.
Varios votaron por «un prodigioso budín de carne de Devonshire», mientras que
Wild votó por «cualquier viejo budín siempre que fuera uno grande». El deseo de
carbohidratos, tales como harina y azúcar, y de grasas, era muy real. Marston
tenía consigo un pequeño libro de cocina. De este, leía en voz alta una receta
cada noche, para que el libro diera más de sí. Esta se discutía con toda
seriedad, y se sugerían cambios y mejoras, y así se retiraban a sus sacos de
dormir a soñar con maravillosas comidas que nunca recibirían. La siguiente
conversación fue registrada en un diario:
«WILD. — ¿Te gustan las rosquillas?
MCILROY.— ¡Ya lo creo!
WILD. — Y son muy fáciles de hacer. A mí me gustan frías con un poco de
mermelada.
MCILROY. — No está mal, pero ¿qué te parece una enorme tortilla?
WILD. — ¡Perfecto! (con un profundo suspiro).
»Arriba, dos de los marinos están discutiendo una extraordinaria mezcla de
picadillo, salsa de manzana, cerveza y queso. Marston está en su hamaca leyendo
en su libro de cocina. Más abajo, alguno elogia la mantecada escocesa. Varios
de los marinos están hablando con mucho sentimiento de un pastel de frutas
irlandés, de un pastel de carne y patatas, y de Lockhart´s. Alguno menciona los
frutos secos, y entonces la conversación se vuelve general, y todos decidimos
comprar medio kilogramo de ellos en cuanto lleguemos a la civilización y
retirarnos a una casa de campo a comérnoslo sin que nadie nos moleste. En este
momento, ¡hablamos en serio!».
El día del solsticio de invierno, el gran festival polar, fue debidamente
celebrado. Se sirvió un «desayuno magnífico» de hoosh de las
raciones de los trineos, sin diluir y bien hervido, para espesarlo con leche
caliente. El almuerzo consistió en un maravilloso budín, inventado por Wild,
hecho de galletas en polvo hervidas con doce trozos de frutos secos
enmohecidos. La cena fue un hoosh de foca cortada muy fina
endulzada con azúcar.
Después de la cena, hubo un concierto, acompañado por Hussey con su
«imprescindible banjo». Este banjo fue lo último que se rescató del barco antes
de que se hundiera, y lo llevé con nosotros como tónico mental. Vino en todo
momento con nosotros, desembarcó en la isla Elefante prácticamente intacto, y
contribuyó en gran medida a mantener alegres a los hombres. Casi todos los
sábados por la noche se realizaba un concierto, en que cada uno cantaba una
canción acerca de algún otro miembro del grupo. Si ese otro objetaba alguna de
las observaciones, se escribía una peor para la semana siguiente.
El cocinero, que se había portado tan bien durante tanto tiempo, se ganó un
descanso el 9 de agosto, y cada hombre se turnó para ser cocinero durante una
semana. Como el cocinero y su «ayudante» tenían el privilegio de raspar las
ollas, había cierta impaciencia por obtener ese trabajo, en especial entre los
que tenían mayor apetito. «Lo que quedaba del alcohol metílico se bebió el 11
de agosto, y de allí en adelante los brindis por la salud del rey, por “las
amadas y las esposas” y “el Jefe y la tripulación del Cairel”
se hacían con agua caliente y jengibre todos los sábados a la noche».
Los pingüinos y las focas que habían migrado hacia el norte a principios del
invierno aún no habían regresado, o bien el pie de hielo, que rodeaba el banco
de arena hasta un grosor de un metro ochenta centímetros, les impedía llegar a
la costa, de modo que la comida estaba empezando a escasear. Viejos huesos de
foca, que habían sido usados una vez para una comida y luego desechados, fueron
recuperados y hervidos en un guiso con agua salada. Los esqueletos de los
pingüinos recibieron el mismo trato. De los charcos y balsas que aparecían
entre las rocas por debajo de la marea alta, se obtenían percebes después de
que el hielo se alejó. Era un trabajo frío buscar estos pequeños frutos de mar,
ya que para cada uno había que meter el brazo entero dentro del agua helada, y
había que juntar muchas de estas pequeñas criaturas para preparar una comida.
Se usaban algas marinas hervidas en agua salada para hacer durar la provisión
de carne de foca y de pingüino que disminuía rápidamente. Esto no cayó bien a
algunos del grupo. Si bien se aceptaba que esto era muy sabroso, solo servía
para aumentar su apetito, algo serio cuando no había nada con que satisfacerlo.
Un hombre observó en su diario: «Hoy tuvimos una comida suntuosa; casi ciento
cincuenta gramos de comida sólida cada uno».
En gran medida, gracias a Wild y a su energía, iniciativa y recursos, el grupo
se mantuvo alegre en todo momento y, de hecho, los hombres salieron vivos y
coleando. Asistido por los dos cirujanos, los doctores McIlroy y Macklin,
siempre cuidó muy de cerca de la salud de cada uno. Su alegre optimismo nunca
falló, ni siquiera cuando la comida era muy escasa, y la perspectiva de rescate
parecía remota. Cada uno en su diario habla con admiración de él. Sin duda,
creo que todo el grupo que quedó varado en la isla Elefante le debe la vida a
él. Los demonios de la depresión no hallaban asidero cuando él estaba cerca y,
no contento con simplemente «decirlo», él «hacía» tanto o. muchas veces, más que
el resto. Mostraba maravillosas capacidades de liderazgo que justificaron por
demás la absoluta confianza que deposité en él. Hussey, con su alegría y su
banjo, fue otro factor vital para alejar cualquier tendencia a la depresión.
Una vez que se instalaron en su cabaña, la salud del grupo era bastante buena.
Por supuesto, todos estaban un tanto débiles, algunos estaban algo mareados,
todos estaban congelados y otros, más tarde, sufrieron ataques de insuficiencia
cardíaca. A Blackborrow, cuyos dedos de los pies estaban tan congelados en los
botes, debieron amputarle los cinco dedos durante la estancia en la isla. Con
insuficientes instrumentos y sin medios adecuados para esterilizarlos, la
operación, llevada a cabo en una cabaña oscura y sucia, con solo una cocina de
grasa para mantener la temperatura alta y con una temperatura externa muy por
debajo del punto de congelación, habla por sí sola de la habilidad y la
iniciativa de los cirujanos. Me alegra poder decir que la operación fue muy
exitosa, y después de un breve tratamiento en tierra, muy amablemente brindado
por los doctores chilenos en Punta Arenas, ahora se ha recuperado totalmente y
camina solo con una leve cojera. Hudson, que tuvo bronquitis y problemas con la
articulación de la cadera, estaba prácticamente bien cuando el grupo fue
rescatado. Todo rastro de las severas congelaciones sufridas en el viaje en
bote había desaparecido, aunque en algunos quedaron secuelas superficiales.
Naturalmente todos estaban débiles cuando fueron rescatados, debido a su escasa
alimentación durante tanto tiempo, pero estaban vivos y muy alegres, gracias a
Frank Wild.
El 30 de agosto de 1916 está descrito en sus diarios como un «día de
maravillas». La comida era muy escasa, solo quedaba carne de foca y de pingüino
para dos días, y no había perspectivas de que aparecieran más animales. Todo el
grupo había estado juntando percebes y algas para hacer un guiso con los huesos
de foca. Wild servía el almuerzo, y Hurley y Marston esperaban afuera para
echar un último y largo vistazo en la dirección en la que esperaban que llegara
el barco. Desde quince días después de que yo me había ido, Wild enrollaba su
saco de dormir con la observación: «Tengan sus cosas listas, muchachos,
el Jefe puede venir hoy». Y en efecto, un día la niebla se
levantó y reveló el barco que habían estado esperando y deseando durante más de
cuatro meses.
«Marston fue el primero en verlo, y de inmediato gritó: “¡Barco!”. Los
habitantes de la cabaña lo confundieron con una llamada de “¡Almuerzo!”, de
modo que al principio no le hicieron caso. Sin embargo, pronto lo oímos
parlotear en la nieve, corriendo todo lo que podía y, con una voz excitada y
jadeante, ronca de la emoción, gritó: “¡Wild, hay un barco! ¿No será mejor que
encendamos una bengala?”. Todos nos abalanzamos hacia nuestra estrecha puerta.
Los que no podían pasar desgarraron las paredes de lona en su prisa y emoción.
En el apuro, patearon la olla del hoosh con nuestros preciosos
percebes y algas. Allí, rodeando la isla que antes lo había ocultado de nuestra
vista, vimos un pequeño barco que llevaba la bandera chilena.
»Intentamos vitorear, pero la excitación se había apoderado de nuestras cuerdas
vocales. Macklin había corrido hasta el asta de la bandera, previamente
colocada en una posición más visible sobre la ladera de hielo. El aparejo para
izar la bandera no funcionaba, y la bandera estaba convertida en una masa
congelada sólida y compacta, de modo que ató su suéter al extremo del poste
como señal.
»Wild agujereó nuestra última lata de combustible y, empapando abrigos, mitones
y calcetines con él, los llevó a la cima de la Colina de los Pingüinos en el
extremo de nuestro banco de arena y rápidamente les prendió fuego.
»Mientras tanto, la mayoría de nosotros nos habíamos reunido en la costa y observábamos
con ojos ansiosos en busca de señales de que el barco nos había visto o de
cualquier señal en respuesta. Mientras estábamos allí de pie y observábamos,
pareció virar como si no nos hubiera visto. Volvimos a vitorear una y otra vez,
aunque nuestros débiles gritos ciertamente no habrían llegado tan lejos. De
pronto, se detuvo, bajaron un bote, y pudimos reconocer la figura de Sir Ernest
al bajar la escalerilla. Simultáneamente estallamos en aclamaciones y,
entonces, alguien dijo a otro: “Gracias a Dios, el Jefe está a
salvo”. Puesto que creo que su seguridad era más importante para nosotros que
la nuestra.
»Pronto, el bote se acercó lo suficiente para que el Jefe, que está parado en
la proa, gritara a Wild: “¿están todos bien?”. A lo que él contestó: “todos a
salvo, todos bien”, y vimos una sonrisa iluminar el rostro del Jefe al tiempo
que decía: “¡Gracias a Dios!”.
»Antes de poder desembarcar, arrojó a la costa paquetes de cigarrillos y
tabaco; y los fumadores, quienes durante dos meses habían estado intentando
encontrar solaz en sustitutos como las algas marinas, cazoletas de pipas
picadas finamente, carne de foca y sennegrass, se abalanzaron sobre
ellos con avidez.
»Blackborrow, que no podía caminar, había sido llevado a una roca alta y
sostenido en su saco de dormir para que pudiera ver la maravillosa escena.
»Pronto caímos dentro del bote, y los marinos chilenos, riéndose de nosotros,
parecían tan complacidos con nuestro rescate como nosotros mismos. El bote
regresó dos veces más, y antes de pasada una hora de que lo hubiéramos visto
por primera vez, nos dirigíamos hacia el norte, al mundo exterior del que no
habíamos tenido noticias desde octubre de 1914, hacía más de veintidós meses.
Somos como hombres despertados de un largo sueño. Estamos tratando de adquirir
de repente la perspectiva que el resto del mundo ha adquirido en forma gradual
a través de dos años de guerra. Hay muchos acontecimientos que han sucedido de
los que nunca nos enteraremos.
»Nuestra primera comida, debido a nuestra debilidad y al estado atrofiado de
nuestros estómagos, demostró ser desastrosa para muchos. Sin embargo, pronto se
recuperaron. Nuestras camas eran como camas de paja sobre almohadones y sofás,
aunque el oficial de guardia muy generosamente nos cedió su litera a dos de
nosotros. Creo que dormimos muy poco aquella noche. Era celestial oír la
vibración de los motores en lugar del crujido del hielo que se rompía, el
golpeteo del oleaje en la costa llena de hielo o el rugido de la ventisca.
»Estamos decididos a que el 30 de agosto sea un festival para el resto de
nuestras vidas».
Los lectores podrán imaginar mis sentimientos al estar en la pequeña cabina
observando comer a mis camaradas rescatados.
Capítulo 13
El grupo del Mar de Ross
Ahora
me refiero a la suerte y la desgracia del grupo del mar de Ross y el Aurora.
A pesar de las dificultades extraordinarias ocasionadas por el alejamiento
del Aurora de sus cuarteles de invierno antes de que se
desembarcaran provisiones y equipos suficientes, el capitán Asneas Mackintosh y
el grupo que tenía a cargo lograron su objetivo en este lado de la expedición.
Dado que el depósito, que era la meta principal de la expedición, se colocó en
el punto que yo había indicado, y si el grupo transcontinental hubiera tenido
la suficiente suerte cómo para cruzar, hubiera encontrado la ayuda vital, en
forma de provisiones, para el éxito de su empresa. Debido a la escasez de
provisiones, ropa y trineos, el grupo de los depósitos se vio forzado a viajar
con mayor lentitud y dificultad de lo que hubiera sido el caso. El resultado
fue que, para hacer este viaje, se requirieron las mejores cualidades de
resistencia, abnegación y paciencia, y el requerimiento no fue en vano, como
notará el lector a lo largo de las siguientes páginas. Es más que lamentable
que, después de haber pasado tantos meses de penuria y de trabajo agotador,
Mackintosh y Hayward se hayan perdido. Durante esos largos días, Spencer-Smith,
arrastrado por sus camaradas en el trineo, sufriendo, pero nunca quejándose, se
convirtió en un ejemplo para todos los hombres. En ese viaje, Mackintosh y
Hayward le debieron sus vidas al cuidado incesante y al arduo esfuerzo de
Joyce, Wild y Richards, quienes, también con escorbuto, pero en mejor estado
que sus camaradas, los arrastraron en los trineos a través de la profunda nieve
y las ventiscas. Creo que no se ha divulgado una historia de esfuerzo humano
más notable que el relato de esa larga travesía que he recopilado a partir de
diversos diarios. Desafortunadamente, el diario del líder de este lado de la
expedición se perdió con él. La característica sobresaliente del lado del mar
de Ross fue el viaje que realizaron estos seis hombres. Los viajes anteriores,
realizados durante el primer año, no produjeron ninguna señal de las cualidades
de liderazgo entre los otros. Mackintosh tuvo suerte en el largo viaje en
cuanto a que tenía a estos tres hombres con él: Ernest Wild, Richards y Joyce.
Antes de continuar con las aventuras de este grupo, quiero dejar claro en estas
páginas cuánto aprecio la ayuda que recibí en Australia y en Nueva Zelanda, en
especial en este último país. Y entre los muchos amigos de allí, no es de mala
fe por mi parte poner un énfasis especial en el nombre de Leonard Tripp, que ha
sido mi mentor, consejero y amigo durante muchos años y que, cuando la
expedición se encontraba en una situación precaria y difícil, dedicó su
energía, pensamiento y todo su tiempo y consejo para el mayor beneficio de
nuestra causa. También debo agradecer a Edward Saunders que, por segunda vez,
me ha ayudado enormemente en la preparación de un registro de la expedición
para su publicación.
Al gobierno de Nueva Zelanda, le hago llegar mi más sincero agradecimiento. Al
pueblo neozelandés, en especial a aquellos muchos amigos (demasiado numerosos
para mencionarlos aquí) que nos ayudaron cuando nuestra suerte menguaba, deseo
decirles que su amabilidad es un recuerdo eterno que tengo. Si alguna vez un
hombre tuvo razones para estar agradecido por la ayuda recibida en días oscuros,
ese soy yo.
El Aurora, bajo el mando del capitán Asneas Mackintosh, partió de
Hobart rumbo al mar de Ross el 24 de diciembre de 1914. El buque había sido
reacondicionado en Sydney, donde el Estado y los Gobiernos Federales habían
aportado su generosa contribución, y, si fuera necesario, podría pasar dos años
en la Antártica. Mis instrucciones al capitán Mackintosh, en síntesis, fueron
que procediera al mar de Ross, estableciera una base en algún punto conveniente
en el estrecho de McMurdo o cerca de él, desembarcara las provisiones y los
equipos y colocara depósitos en la Gran Barrera de hielo en dirección al
glaciar Beardmore para que fueran usadas por el grupo que yo pensaba llevar por
tierra desde la costa del mar de Weddell. Este programa supondría viajar en
trineo por lugares de difícil acceso, pero el terreno que había que atravesar
era familiar, y no era previsible que el trabajo presentara grandes
dificultades. El Aurora llevaba materiales para armar una
cabaña, equipos para los grupos que desembarcarían y que se trasladarían en
trineos, provisiones y ropa de cualquier tipo que se necesitara y un amplio
suministro de trineos. También había grupos de perros y uno de los tractores de
motor. Le había dicho al capitán Mackintosh que era posible que se intentara
realizar el viaje transcontinental en el invierno de 1914-15 en caso de que el
desembarco en la costa del mar de Weddell resultara ser inesperadamente fácil,
y sería su tarea, entonces, colocar de inmediato los depósitos hacia el sur
después de llegar a su base. Le había ordenado que colocara un depósito de
comida y de combustible en la latitud 80° S en 1914-15, con montículos de
piedras y banderas como guías para un grupo con trineos que se acercara desde
el Polo. Ubicaría los depósitos más hacia el sur en la temporada 1915-16.
El Aurora tuvo un viaje sin incidentes hacia el sur. Ancló
frente a las cabañas de los cazadores de focas en la isla Macquarie el día de
Navidad, 25 de diciembre. La estación de radio establecida por la Expedición
Antártica Australiana de Sir Douglas Mawson podía verse sobre una colina hacia
el noroeste, y la cabaña de la expedición estaba en la base de la colina. Esta
cabaña aún estaba ocupada por personal de meteorología, y más tarde ese día, el
meteorólogo, Sr. Tulloch, vino hasta el barco y cenó a bordo. El Aurora tenía
algunas provisiones para el grupo de la isla Macquarie, y estas se enviaron a
tierra en botes durante los días posteriores. El lugar de desembarco era una
playa escarpada y llena de algas laminariales, donde yacían los restos de la
barca Clyde de Nueva Zelanda. Los ancladeros de la isla
Macquarie son traicioneros, y varios buques dedicados al comercio de focas y de
ballenas dejaron sus esqueletos en las rocosas costas, donde toman el sol
grandes manadas de focas y de elefantes marinos. El Aurorapartió de
la isla el 31 de diciembre y, tres días después, avistaron el primer témpano,
un enorme trozo de hielo tubular que se elevaba ochenta metros sobre el mar.
Esto sucedió a62° 44' latitud S, 169° 58' longitud E. Al día siguiente, a 64°
2,7′ 38″ latitud S, el Aurora pasó por el primer cinturón de
la banquisa. A las 9:00 del 7 de enero, se avistó el Monte Sabine, poderoso
pico de las montañas Admiralty, sur de Tierra Victoria, a setenta y cinco
millas de distancia.
Se había propuesto que un grupo conformado por tres hombres viajara al cabo
Crozier desde los cuarteles durante los meses de invierno a fin de asegurar
huevos de pingüino emperador. El buque debía llegar al cabo Crozier,
desembarcar las provisiones y levantar una pequeña choza de láminas de
fibrocemento para que la usara este grupo. El barco partió del cabo por la
tarde del 9 de junio, y salió un bote con Stenhouse, Cope, Joyce, Ninnis,
Mauger y Aitken para buscar un lugar donde desembarcar.
«Navegamos hacia la Barrera», escribió Stenhouse, «y encontramos una bahía que
llevaba hacia una gran ensenada que volvía a salir hacia el este en dirección
de la Barrera. Intentamos sin éxito trepar la pronunciada nieve helada al pie
del glaciar, debajo de los acantilados, y luego continuamos por la bahía.
Arrastrándonos por el borde del hielo vertical, giramos en una bahía en el
acantilado de hielo y llegamos a un cul-de-sac, en cuya cabeza
había una gruta. En la cabeza de la gruta y sobre un saliente de nieve, había
algunos pingüinos de Adelia. Los hermosos tintes verdes y azules en el hielo
hacían del lugar un cuadro tan irreal como si fuese una puesta en escena.
Volviendo a lo largo del borde de la ensenada hacia la tierra, atrapamos y
matamos un pingüino, para gran sorpresa de otro, que se zambulló en un agujero
en el hielo y, después de mucho graznar, fue sacado con un gancho del bote y
capturado. Volvimos al lugar de desembarco y tuvimos suerte de haberlo hecho,
porque apenas nos alejamos de la saliente en que Ninnis se había colgado para
cazar el pingüino, la barrera se partió y un trozo de unos cientos de toneladas
se desprendió y cayó en el mar.
»Desde que dejamos el buque, se había levantado una niebla del sur y, cuando
regresamos a la entrada de la bahía, apenas se podía ver el barco. Encontramos
una pendiente en la nieve helada al pie del glaciar, y Joyce y yo logramos,
cortando escalones, trepar hasta un saliente de escombros entre los acantilados
y el hielo, que pensamos que podría llevar cerca de la colonia de pingüinos
emperador. Ordené que el bote volviera al buque para informarle al capitán
sobre nuestro fracaso en encontrar un lugar donde levantar la cabaña y guardar
las provisiones y luego, con Joyce, fuimos a caminar a lo largo de la angosta
tierra que había entre los acantilados y el hielo que daba hacia el sur, con la
esperanza de encontrar la colonia. Caminamos más de kilómetro y medio a lo
largo de los pies de los acantilados, sobre sendas ondulantes, a veces
arrastrándonos con cuidado debajo de una hondonada y luego sobre las rocas y
los escombros que habían caído de las pronunciados acantilados que se erguían
sobre nosotros como torres, pero no vimos señales de una colonia o ningún lugar
donde pudiera haber una colonia. Cerca de los acantilados y separada de ellos
por la senda en que caminábamos, la Barrera en su movimiento hacia el mar se
había roto y mostraba señales de presión. Al ver una curva en los acantilados,
que pensamos que llevaba a una perspectiva mejor, avanzamos con dificultad y fuimos
recompensados con una escena que Joyce admitió que era una de las más
extraordinarias que nunca hubiera visto. La Barrera había entrado en contacto
con los acantilados y, desde nuestro punto de vista, parecía que los témpanos
habían caído en una tremenda caverna y yacían mezclados en un gran desorden. Al
mirar hacia ese grandioso cuadro más abajo, uno se percataba de lo “eterno” de
las cosas.
»No tuvimos que esperar mucho y, a pesar de que queríamos continuar, tuvimos
que regresar. Entré en una pequeña grieta; no hubo daños. Al llegar al lugar
donde habíamos dejado el bote, vimos que no había regresado, entonces nos
sentamos debajo de un saliente y fumamos y disfrutamos de la sensación de
soledad. Al poco tiempo, volvió a aparecer el bote entre la niebla, y la
tripulación tenía muchas novedades para nosotros. Después de que dejamos el
barco, el capitán maniobró para acercarse a la Barrera pero, por desgracia, los
motores eran reacios a que se los pusiera en reversa cuando se necesitaba
retroceder, y el buque chocó de lleno contra la Barrera. Aquí la Barrera tiene
unos seis metros de altura, y el botalón de foque sufrió el peso y golpeó el
tamborete. Cuando regresé, Thompson estaba ocupado llevando el botalón y los
aparejos rotos a bordo. Por suerte, el tamborete no se rompió, y no hubo daños
en lo alto, pero fue una introducción bastante mala a la Antártica. No hay
lugar donde desembarcar la choza y las provisiones provenientes del cabo
Crozier, por lo que debemos construir una choza en el invierno aquí, lo que
implicará muchas travesías extra en trineo desde los cuarteles de invierno. Mal
comienzo, buen final. Joyce y yo subimos hasta el nido de cuervo, pero no
pudimos ver ninguna abertura en la Barrera hacia el este, por donde pudiera
entrar un buque y seguir más hacia el sur».
Mackintosh navegó hacia el estrecho de McMurdo. El hielo sólido a la deriva
demoró el buque unos tres días, y el 16 de enero llegó a un punto frente al
cabo Evans, donde desembarcó diez toneladas de carbón y noventa y ocho
contenedores de aceite. Los días subsiguientes, el capitán Mackintosh llevó
el Aurora hacia el sur y, el 24 de enero, estaba a nueve
millas de Hut Point. Allí amarró el buque al hielo marino, luego se
separó rápidamente y procedió a disponer los grupos de los trineos. Sus
intenciones eran dirigir él mismo la colocación de los depósitos y dejar a su
primer oficial, el Teniente J. R. Stenhouse, a cargo del Aurora ,
con instrucciones de elegir una base y desembarcar a un grupo.
El primer objetivo era Hut Point, donde se yergue la cabaña
levantada por la Expedición Discovery de 1901. Un grupo de avanzada, formado
por Joyce (a cargo), Jack y Gaze, con perros y trineos completamente cargados,
abandonó el barco el 24 de enero; Mackintosh, con Wild y Smith, lo hicieron al
día siguiente; y un grupo de apoyo, con Cope (a cargo), Stevens, Ninnis,
Haywood, Hooke y Richards, abandonó el buque el 30 de enero. Los dos primeros
grupos tenían equipos de perros. El tercer grupo se llevó el tractor de motor,
que no parece haber prestado tan buen servicio como yo había esperado. Estos
grupos pasaron momentos difíciles las semanas que siguieron. Los hombres,
recién desembarcados, no estaban en sus mejores condiciones, y lo mismo sucedía
con los perros. Era una lástima que a estos se los tuviera que hacer trabajar
tan pronto tras su llegada a la Antártica. Estaban en malas condiciones y no
habían aprendido a trabajar juntos como equipo. El resultado fue que se
perdieron muchos perros, y esto resultó ser un asunto serio la siguiente
temporada. El registro del capitán Mackintosh sobre el uso de los trineos en
los primeros meses de 1915 es bastante completo. No será necesario aquí seguir
el destino de los diversos grupos al detalle, puesto que aunque los hombres
enfrentaban dificultades y peligros, se encontraban en territorio bien
recorrido, con el cual la mayoría de los lectores se ha familiarizado a través
de historias de expediciones previas.
El capitán Mackintosh y su grupo abandonaron el Aurora la
noche del 25 de enero. Tenían nueve perros y un trineo muy cargado, y se
pusieron en marcha enérgicamente con el acompañamiento de una ovación de sus
camaradas del barco. Los perros estaban tan ansiosos por hacer ejercicio
después de su largo confinamiento en el buque que arremetieron a toda velocidad,
y fue necesario que un hombre se sentara sobre el trineo para moderar el ritmo.
Mackintosh había esperado llegar a Hut Point esa noche, pero
la suerte no estaba con él. El tiempo empeoró después de que recorrieron irnos
ocho kilómetros, y la nieve, que oscurecía por completo los hitos, hizo que
tuvieran que acampar en el hielo marino. La mañana siguiente, aún había poca
visibilidad, y el grupo, que había comenzado a andar después del desayuno,
equivocó el camino. «Determinamos un rumbo hacia donde yo imaginaba que
estaba Hut Point, escribió el capitán Mackintosh en su diario, pero
cuando el medidor del trineo señaló veintiún kilómetros, que son más de seis
kilómetros en exceso de distancia desde la bajada hasta Hut Point,
decidí que debíamos detenernos otra vez. La superficie estaba cambiando de
manera considerable, y la tierra aún estaba oscurecida. Habíamos estado
viajando sobre una superficie de nieve gruesa, en la que nos hundíamos mucho, y
los perros no estaban muy contentos con esto». Volvieron a emprender la marcha
el mediodía del 27 de enero, cuando el tiempo había aclarado lo suficiente para
revelar la tierra, y llegaron a Hut Point a las 16:00. El
medidor mostraba que la distancia total recorrida había sido de más de
veintisiete kilómetros. Mackintosh encontró en la cabaña una nota de Joyce, que
había estado allí el 15, en la que informaba que uno de sus perros había muerto
en una pelea con sus compañeros. En la cabaña, había provisiones que habían
dejado expediciones previas. El grupo pasó la noche allí. Mackintosh le dejó
una nota a Stenhouse en la que le decía que dejara provisiones en la cabaña en
caso de que los grupos con trineos no regresaran a tiempo para que los llevara
el buque. La mañana siguiente temprano, Joyce llegó a la cabaña. Había encontrado
hielo en malas condiciones y había regresado para consultarle a Mackintosh qué
ruta seguir. Mackintosh le dio instrucciones de que se dirigiera hacia la isla
Black en el cruce de la cabeza del estrecho más allá de Hut Point.
Mackintosh partió de Hut Point el 28 de enero. Había llevado
algunas provisiones extra, y menciona que el trineo ahora pesaba quinientos
cincuenta kilogramos. Se trataba de una carga pesada, pero los perros tiraban
bien, y él pensó que se podía lograr. Encontró dificultades casi de inmediato
después de descender por la pendiente hasta el hielo marino, puesto que el
trineo se atascaba en la nieve blanda, y el grupo tuvo que aliviar la carga y
hacer relevos hasta que encontraron una superficie mejor. Estaban teniendo
problemas con los perros, que no tiraban con entusiasmo, y la distancia total
recorrida durante el día fue de poco más de seis kilómetros. El tiempo estaba
cálido y, por consiguiente, la nieve estaba blanda. Mackintosh había decidido
que sería mejor viajar durante la noche. Una nevada retuvo al grupo durante
todo el día, y no salieron del campamento hasta poco antes de la medianoche.
« La superficie estaba abominablemente floja», escribió Mackintosh.
«Nos pusimos los arneses del trineo y emprendimos la marcha con los perros,
pero tuvimos que esforzarnos para salir. No habíamos ido muy lejos cuando nos
paramos en seco en nieve más profunda. Por más que lo intentamos, no pudimos
hacer ningún movimiento. Reacios, descargamos el trineo y comenzamos la tediosa
tarea de hacer relevos. El trabajo, a pesar de que la carga del trineo era más
liviana, resultó terrible para nosotros y para los perros. Luchamos durante
horas y luego montamos el campamento para esperar la tarde, cuando el sol no
estuviera tan fuerte y la superficie mejorara. Debo decir que me siento de
algún modo desanimado, dado que no nos está yendo tan bien como esperábamos ni
tampoco lo encontramos tan fácil como uno pensaría al leerlo».
Los dos grupos volvieron a reunirse ese día. Joyce también se había visto obligado
a trasladar su carga mediante relevos, y todos los hombres trabajaron con
ahínco y avanzaron con lentitud. Llegaron hasta el extremo de la Barrera por la
noche del 30 de enero y treparon una pendiente fácil hasta la superficie de la
Barrera, casi diez metros por encima del hielo marino. Los perros estaban
mostrando señales de fatiga, y cuando Mackintosh acampó a las 6:30 el 31 de
enero, calculó que la distancia cubierta en doce horas y media había sido de
cuatro kilómetros. Los hombres habían matado una foca en el borde del hielo
marino y colocado la carne sobre un montón de piedras para usarla en el futuro.
Un perro, que se había negado a tirar, había sido dejado atrás con una buena
porción de carne, y Mackintosh esperaba que el animal los siguiera. Las
experiencias del grupo durante los días que siguieron pueden indicarse mediante
algunos fragmentos del diario de Mackintosh.
«Domingo 31 de enero.- Partimos hoy a las 15:00. La superficie estaba demasiado
mala para expresarlo con palabras. A veces, nos hundimos en la nieve hasta las
rodillas, los perros forcejean para salir de ella jadeantes y haciendo grandes
esfuerzos. Pienso que la nieve puede explicarse por un verano fenomenalmente
bueno sin mucho viento. Tras avanzar aproximadamente un kilómetro, divisé unos
palos a estribor. Nos dirigimos hacia ellos y encontramos el Safety
Camp del capitán Scott. Descargamos un relevo aquí y volvimos con el
trineo vacío para el segundo. Nos llevó cuatro horas recorrer esta corta
distancia. Era exasperante. Después de subir el segundo cargamento, almorzamos.
Luego, cavamos alrededor de los palos mientras nevaba y, tras escarbar hasta un
metro encontramos: primero, una bolsa de avena y más [17] abajo,
dos cajas de galletas para perros, una con una ración para una semana completa
y la otra con carne de foca. Buen hallazgo. A unos cuarenta pasos, encontramos
una tapa de madera laminada que sobresalía de la nieve. Smith sacó la nieve de
su alrededor con su piolet y enseguida encontró uno de los trineos con motor
que el capitán Scott había usado. Todo estaba como había sido dejado, el tanque
de gasolina estaba por la mitad y, al parecer, no había sufrido deterioros.
Marcamos el lugar con un palo. Como la nieve estaba aclarando, continuamos con
un relevo. Solo hicimos ochocientos metros, aún luchando en la profunda nieve,
y luego volvimos para buscar el segundo cargamento. Todavía podemos ver el
montón de piedras levantado en el borde de la Barrera y un punto negro que
creemos que es el perro.
»1 de febrero.- Nos levantamos a las 7:30, y después de comer, levantamos
campamento. Hicimos un relevo de cuatro kilómetros. El medidor del trineo se
detuvo durante este tramo. Quizá sea por eso que no podemos ver los kilómetros
recorridos. En total recorrimos doce kilómetros para desplazar el cargamento
solo cuatro. Después del almuerzo, como la superficie estaba mejorando,
decidimos intentar viajar con toda la carga. Se trataba de un trabajo agotador.
Wild encabezó el grupo, mientras Smith y yo tiramos del arnés. El gran problema
es volver a hacer andar el trineo después de cada una de las innumerables e
inevitables paradas. Logramos recorrer algo más de kilómetro y medio. Esto
incluso es mejor que hacer relevos. Luego acampamos; los perros estaban
totalmente exhaustos, pobres bestias.
»2 de febrero.- Esta tarde nos despertaron, cuando estábamos en nuestros sacos
de dormir, los ladridos de los perros de Joyce. Les fue bien, y nos alcanzaron.
Pronto se oyó la voz de Joyce, que preguntaba por la hora. Es el responsable de
todo el cargamento. Lo desafiamos a ver quién llegaba antes a Bluff, y aceptó.
Cuando nos levantamos a las 18:30, vimos su campamento unos cinco kilómetros
más adelante. A eso de las 20:00, después del hoosh, nos pusimos en
marcha y llegamos al campamento de Joyce a la 1:00. Los perros habían tirado
bien, ya que veían el campamento más adelante, pero cuando nos acercamos, no
quisieron seguir. Tras cierta persuasión y esfuerzo, volvimos a avanzar, pero
no por mucho tiempo. Esta tarea de volver a empezar es terrible. Tenemos que
zarandear el trineo y su gran carga, al tiempo que les gritamos a los perros
para que arranquen. Si no tiran todos juntos, es inútil. Cuando logramos que el
trineo empiece a deslizarse, estamos en ascuas por temor a que vuelva a
detenerse en la próxima colina con nieve blanda, lo cual ocurre a menudo.
Avanzar en trineo es un trabajo realmente difícil, pero lo estamos logrando».
La superficie estuvo mejor el 2 de febrero, y el grupo recorrió diez kilómetros
sin hacer relevos. Acamparon en nieve blanda, y cuando comenzaron al día
siguiente, estuvieron haciendo relevos durante dos horas en ciento cuarenta
metros. Entonces, siguieron las huellas de Joyce, y esto les facilitó la tarea.
Mackintosh se adelantó a Joyce la mañana del 4 de febrero y siguió adelante; su
grupo abrió la huella durante la siguiente marcha. Atravesaron dieciséis
kilómetros la noche del 4. Un perro se había «dado por vencido» durante la
marcha, y Mackintosh menciona que tenía intenciones de aumentarle la ración de
comida. La superficie estaba más dura, y durante la noche del 5 de febrero,
Mackintosh recorrió casi dieciocho kilómetros, pero terminó con dos perros en
el trineo. Joyce viajaba de día, por lo que los grupos se adelantaban uno al
otro todos los días durante la marcha.
Una ventisca llegó del sur el 10 de febrero, y los grupos estuvieron confinados
en sus tiendas durante más de veinticuatro horas. El tiempo se moderó la mañana
del día siguiente, y a las 11:00, Mackintosh acampó al lado de Joyce y se
encargó de reorganizar los grupos. Uno de sus perros había muerto el 9, y
varios otros habían dejado de ser muy útiles para tirar. Había decidido llevar
los mejores perros de los dos grupos y continuar la marcha con Joyce y Wild,
mientras que Smith, Jack, y Gaze regresaban a Hut Point con el
resto de los perros. Esto significaba que había que ajustar las cargas de los
trineos a fin de que las provisiones adecuadas estuvieran disponibles para los
depósitos. Él tenía ocho perros, y Smith tenía cinco. Se colocó un depósito de
aceite y de combustible en este punto y se señaló con un montón de piedras y un
palo de bambú que se elevaba tres metros sobre él. El cambio tuvo como
resultado un mejor progreso. Smith regresó de inmediato, y el otro grupo avanzó
con bastante rapidez, ya que los perros pudieron tirar del trineo sin mucha
ayuda de los hombres. El grupo formó un montículo de nieve después de cada hora
de viajar, que les servía como guías para el depósito y como hitos para el
viaje de regreso. Otra tempestad retuvo a los hombres el 13 de febrero, y
pasaron un mal rato en sus sacos de dormir, debido a la baja temperatura.
Durante los días subsiguientes, el grupo avanzó con dificultad. Pudieron
recorrer entre ocho y veinte kilómetros por día, según la superficie y el
tiempo. Hacían montículos en forma regular y verificaban la ruta calculando la
posición de, las montañas que tenían hacia el oeste. Pudieron recorrer entre
ocho y veinte kilómetros diarios, porque los perros tiraban bastante bien.
Llegaron a la latitud 80° S la tarde del 20 de febrero. Mackintosh había
esperado encontrar un depósito colocado en esos alrededores por el capitán
Scott, pero no se vieron rastros de él. La superficie había estado muy dura por
la tarde, y por esa razón, el depósito que había que hacer se llamó Depósito
Rocky Mountain. Colocaríamos las provisiones en un montículo más
prominente, y se harían montículos más pequeños que formarían las aspas de una
imaginaria «X» con los ángulos rectos y coincidentes con los puntos cardinales,
cuyo centro sería el montículo del depósito de las provisiones, para que
sirvieran de guía al grupo que viniera por tierra. «Tan pronto terminamos de
desayunar», escribió Mackintosh al día siguiente, «Joyce y Wild partieron con
un trineo liviano y los perros para preparar los montículos y colocar banderas
hacia el este, erigiéndolas a cada kilómetro y medio. El montículo exterior de
cada aspa tenía una bandera grande y una nota que indicaba la posición del
depósito. Permanecí detrás para obtener los ángulos y fijar nuestra posición
con el teodolito. La temperatura estaba muy baja esa mañana, y manejar el
teodolito no era una tarea muy cálida para los dedos. El pelo de mi barba se
pegó al metal congelado mientras echaba un vistazo. Después de cinco horas,
llegaron los demás. Habían recorrido dieciséis kilómetros, ocho para alejarse y
otros ocho de regreso. Durante la tarde, terminamos el montículo, que llegó a
tener dos metros y medio de altura. Es una construcción cuadrada sólida que
debería soportar las condiciones climáticas, y en la parte superior colocamos
un palo de bambú con una bandera, lo que hacía que la altura total fuera de
casi ocho metros. Armar los montículos era buena tarea para entrar en calor,
pero el hielo en nuestras barbas a veces tardaba unos diez minutos en
derretirse. Mañana esperamos armar los montículos hacia el oeste y, luego,
encauzar nuestro rumbo hacia Bluff».
El tiempo volvió a empeorar durante la noche. Una ventisca hizo que los hombres
permanecieran en sus sacos de dormir el 21 de febrero, y la tarde del 23,
Mackintosh y Joyce hicieron el intento de construir los montículos hacia el
oeste. Encontraron que dos de los perros habían muerto durante la tormenta, por
lo que quedaban siete perros para tirar del trineo. Caminaron dos kilómetros y
medio en dirección oeste y construyeron un montículo, pero había muy poca
visibilidad y pensaron que no sería prudente alejarse mucho. No podían ver más
allá de cien metros, y enseguida la tienda desapareció de su vista. Regresaron
al campamento y estuvieron allí hasta la mañana del 24 de febrero, cuando
emprendieron el camino de regreso mientras nevaba. «Pudimos salir de nuestro
campamento», dice Mackintosh, «pero solo habíamos avanzado unos cien metros cuando
la niebla se tornó tan espesa que apenas podíamos ver a un metro, entonces
tuvimos que volver a montar la tienda y, ahora, estamos sentados dentro
esperando que aclare el tiempo. Volvemos con provisiones solo para diez días,
lo que significa que tenemos que aplicarnos con todas nuestras fuerzas. Estas
paradas son realmente molestas. Los pobres perros sienten hambre, comen su
arnés o cualquier correa que encuentren a su alrededor. No podemos darles más
que su provisión de tres galletas a cada uno, ya que ahora nosotros mismos
tenemos pocas raciones; pero estoy seguro de que requieren más que medio
kilogramo diario. Eso es lo que les damos ahora… Después del almuerzo, vimos
que había aclarado algo, pero había muy mala luz. Decidimos seguir. Es extraño
viajar con esta luz. No hay contraste ni contornos; el cielo y la superficie
son uno, y no podemos distinguir las ondulaciones, con las que nos encontramos
con resultados desastrosos. Divisamos el primero de nuestros montículos del
viaje de ida. Fue una suerte. Después de pasar un segundo montículo, toda la
visión quedó bloqueada y, entonces, tuvimos que acampar, después de recorrer
siete kilómetros. Los perros están sintiendo los dolores causados por el hambre
y devoran todo lo que ven. Comen cualquier cosa, salvo la soga. Si no
hubiésemos perdido esos tres días, podríamos haberles dado una buena comida en
el depósito de Bluff, pero ahora resulta imposible. Nieva copiosamente».
Las experiencias de los días siguientes fueron poco felices. Otra ventisca
trajo nieve pesada y detuvo al grupo del 25 al 26. «Afuera, la escena es un
caos. La nieve, que forma remolinos con el viento, hace desaparecer todo. Los
perros están completamente enterrados, solo un montículo con un esquí que
sobresale indica dónde está el trineo. Deseamos partir, pero el aullido del
viento nos dice que es imposible. Los sacos de dormir están húmedos y
pegajosos, igual que nuestra ropa. Por suerte, la temperatura es bastante alta,
y no se congelan. Uno de los perros ladró, y Joyce salió a investigar. Encontró
que Major, al sentir hambre, se había arrastrado hasta el esquí de
Joyce y se había comido la correa de cuero. Otro perro se comió todo el arnés,
lona, soga, cuero, metal y remaches. Temo que los perros no lo logren; están
todos flacos, y estas tormentas no mejoran las cosas… Tenemos provisiones para
una semana y doscientos sesenta kilómetros que recorrer. Parece que tendremos
que sacar provisiones del depósito para otra semana, pero no queremos hacerlo.
Veremos qué nos depara el día siguiente. Por supuesto, en Bluff podemos
reabastecernos».
«Ahora hemos reducido las comidas a una en veinticuatro horas», escribió
Mackintosh un día después. «Esto de andar sin comida nos hace sentir más frío.
El tiempo es espantoso, terrible. Ya es suficiente con esta espera, pero
también tenemos el pensamiento desgraciado de tener que usar las provisiones
que ya están en el depósito, después de los difíciles trances por los que hemos
pasado». El tiempo aclaró el 17, y por la tarde Mackintosh y Joyce volvieron al
depósito, mientras que Wild se quedó para construir un montículo e intentar
secar los sacos de dormir al sol. Las provisiones que se habían dejado en el
depósito eran dos latas y cuarto de galletas (diecinueve kilogramos la lata),
raciones para tres hombres para tres semanas en bolsas, previstas para la
última semana, y tres latas de aceite. Mackintosh tomó una de las bolsas
semanales del depósito y regresó al campamento. El grupo reanudó el viaje de
regreso la mañana siguiente, y con una vela en el trineo para aprovechar la
brisa del sur, recorrió más de quince kilómetros durante el día. Sin embargo,
los perros habían alcanzado casi el límite de su resistencia; tres cayeron,
incapaces de seguir trabajando, durante el camino. Esa noche, por primera vez
desde que dejamos el Aurora, los hombres vieron esconderse el sol
en el horizonte, en el sur, un recordatorio de que el verano antártico estaba
acercándose a su fin.
Los cuatro perros restantes se desplomaron el 1 de marzo. «Después de almorzar,
avanzamos bastante bien durante media hora. Entonces, Niggercomenzó
a tambalearse, sus piernas cedían bajo su peso. Le quitamos el arnés y lo
dejamos caminar a nuestro lado, pero nos ha dado todo lo que puede, y ahora
solo puede echarse. Después de Nigger, cayó mi amigo Pompey.
La ventisca, pienso, tuvo bastante que ver en ello. Pompey había
estado espléndido últimamente, tiraba bien y en forma sostenida. Luego Scotty,
el penúltimo perro, se rindió. Están todos recostados en nuestras huellas.
Tienen una muerte sin dolor, ya que se acurrucan en la nieve y entran en un
sueño del que nunca despertarán. Nos queda un solo perro, Pinkey.
No ha sido uno de los que más tiraba, pero no es despreciable. Podemos darle
muchas galletas. Debemos alimentarlo y ver si podemos regresar por lo menos con
un perro. Ahora tiramos nosotros, con la vela (la tela que hacía de suelo en la
tienda) puesta y Pinkey que nos echaba una mano. De pronto,
sopló una terrible ráfaga y dio vuelta el trineo. La vela se soltó del trineo,
de sus obenques, y nos preparamos para acampar, pero el viento volvió a
convertirse en una brisa moderada; entonces, reparamos el trineo y continuamos.
»Sopla un fuerte viento esta noche, también hace frío. Otro maravilloso
atardecer. Colores dorados iluminan el cielo. La luna despide hermosos rayos en
combinación con los más vividos provenientes del sol que se esconde. Si todo
fuera tan hermoso como la escena, podríamos considerar que estamos en alguna
especie de paraíso, pero está oscuro y frío en la tienda, y estoy tiritando dentro
de un saco de dormir congelado. La piel interior es una masa de hielo,
congelada todos flacos, y estas tormentas no mejoran las cosas… Tenemos
provisiones para una semana y doscientos sesenta kilómetros que recorrer.
Parece que tendremos que sacar provisiones del depósito para otra semana, pero
no queremos hacerlo. Veremos qué nos depara el día siguiente. Por supuesto, en
Bluff podemos reabastecernos».
«Ahora hemos reducido las comidas a una en veinticuatro horas», escribió
Mackintosh un día después. «Esto de andar sin comida nos hace sentir más frío.
El tiempo es espantoso, terrible. Ya es suficiente con esta espera, pero
también tenemos el pensamiento desgraciado de tener que usar las provisiones
que ya están en el depósito, después de los difíciles trances por los que hemos
pasado». El tiempo aclaró el 27, y por la tarde Mackintosh y Joyce volvieron al
depósito, mientras que Wild se quedó para construir un montículo e intentar
secar los sacos de dormir al sol. Las provisiones que se habían dejado en el
depósito eran dos latas y cuarto de galletas (diecinueve kilogramos la lata),
raciones para tres hombres para tres semanas en bolsas, previstas para la
última semana, y tres latas de aceite. Mackintosh tomó una de las bolsas
semanales del depósito y regresó al campamento. El grupo reanudó el viaje de
regreso la mañana siguiente, y con una vela en el trineo para aprovechar la
brisa del sur, recorrió más de quince kilómetros durante el día. Sin embargo,
los perros habían alcanzado casi el límite de su resistencia; tres cayeron,
incapaces de seguir trabajando, durante el camino. Esa noche, por primera vez
desde que dejamos el Aurora, los hombres vieron esconderse el sol
en el horizonte, en el sur, un recordatorio de que el verano antártico estaba
acercándose a su fin.
Los cuatro perros restantes se desplomaron el 2 de marzo. «Después de almorzar,
avanzamos bastante bien durante media hora. Entonces, Niggercomenzó
a tambalearse, sus piernas cedían bajo su peso. Le quitamos el arnés y lo
dejamos caminar a nuestro lado, pero nos ha dado todo lo que puede, y ahora
solo puede echarse. Después de Nigger, cayó mi amigo Pompey.
La ventisca, pienso, tuvo bastante que ver en ello. Pompey había
estado espléndido últimamente, tiraba bien y en forma sostenida. Luego Scotty,
el penúltimo perro, se rindió. Están todos recostados en nuestras huellas.
Tienen una muerte sin dolor, ya que se acurrucan en la nieve y entran en un
sueño del que nunca despertarán. Nos queda un solo perro, Pinkey.
No ha sido uno de los que más tiraba, pero no es despreciable. Podemos darle
muchas galletas. Debemos alimentarlo y ver si podemos regresar por lo menos con
un perro. Ahora tiramos nosotros, con la vela (la tela que hacía de suelo en la
tienda) puesta y Pinkey que nos echaba una mano. De pronto,
sopló una terrible ráfaga y dio vuelta el trineo. La vela se soltó del trineo,
de sus obenques, y nos preparamos para acampar, pero el viento volvió a
convertirse en una brisa moderada; entonces, reparamos el trineo y continuamos.
»Sopla un fuerte viento esta noche, también hace frío. Otro maravilloso
atardecer. Colores dorados iluminan el cielo. La luna despide hermosos rayos en
combinación con los más vividos provenientes del sol que se esconde. Si todo
fuera tan hermoso como la escena, podríamos considerar que estamos en alguna
especie de paraíso, pero está oscuro y frío en la tienda, y estoy tiritando
dentro de un saco de dormir congelado. La piel interior es una masa de hielo,
congelada por mi aliento. Uno se mete en el saco, tantea con los dedos semicongelados
y oye el crujir del hielo. Enseguida, gotas del hielo que se derrite caen en la
cabeza de uno. Luego llegan los ataques de frío. Uno se frota y da vuelta para
calentar la parte interior del saco que ha estado hacia afuera. Debajo del
cuerpo, se forma un charquito de agua. Después de unas dos horas, es posible
que uno se duerma, pero siempre me despierto con la sensación de que no pegué
ojo».
El grupo avanzó solo cinco kilómetros y medio el 3 de marzo. Parecía que el
trineo era demasiado pesado, y Mackintosh decidió quitar los patines externos y
raspar la parte inferior. Estos patines debían de haberse quitado antes de que
el grupo iniciara la marcha, y los patines más bajos debían de haberse pulido
hasta dejarlos bien lisos. También abandonó todo aparejo de repuesto, incluidos
los arneses de los perros, para reducir el peso y encontró que el trineo más
liviano era más fácil de tirar. La temperatura esa noche fue -33,3°C, la más
baja registrada durante el viaje hasta ese momento. «Estamos avanzando con
dificultad a poco más de un kilómetro y medio por hora», escribió Mackintosh el
día 5. «Es muy difícil tirar, ya que la superficie está muy pegajosa. Pinkey aún
nos acompaña. Esperamos que logre llegar. Le damos de comer todo lo que quiere.
Debería lograrlo». Las condiciones del viaje cambiaron al día siguiente. Un
viento del sur hizo posible que usáramos la vela, y el problema fue evitar que
el trineo fuera a saltos por los duros sastrugi[18] y
volcara. El manejo de las sogas y la vela provocó muchas quemaduras por el
hielo y, de tanto en tanto, los hombres eran arrastrados por el trineo a lo
largo de la superficie nevada. El perro que quedaba se desplomó durante la
tarde, y tuvimos que dejarlo. Mackintosh consideraba que no podía darse el lujo
de disminuir el ritmo. El marcador del trineo se había estropeado, de modo que
no se registró la distancia recorrida durante el día. El viento aumentó por la
noche, y la mañana del 6 soplaba una fuerte ventisca. El grupo no se volvió a
mover hasta la mañana del 8. El trineo aún les resultaba muy pesado, y estaban
desalentados por su lento progreso, ya que sus avances eran de unos diez o doce
kilómetros diarios. El día 10, Bluff Peak se alineó con el monte Discovery. Mis
instrucciones habían sido que el depósito de Bluff debía ubicarse en esta
línea, y como el depósito había sido colocado al norte de la línea en el viaje
de ida, debido a que la poca visibilidad había hecho imposible levantar los
hitos, Mackintosh intentó entonces llevar las provisiones al lugar adecuado.
Avistó la bandera del depósito a unos seis o siete kilómetros de distancia, y
después de acampar en el nuevo sitio del depósito, caminó con Joyce y Wild y
encontró las provisiones donde las había dejado.
«Cargamos el trineo con las provisiones, colocamos la gran bandera de
señalización en el trineo y regresamos a nuestra tienda, que ahora estaba fuera
de la vista. De hecho, no era prudente alejarnos como lo hicimos sin una tienda
o un saco. Nos habíamos arriesgado, ya que el tiempo prometía ser bueno. A
medida que avanzábamos, se puso cada vez más oscuro y, al final, solo nos
guiábamos con la luz de las estrellas, ya que el sol se había puesto. Después
de cuatro horas y media, vimos la pequeña tienda verde. Fue difícil avanzar
durante las últimas dos horas y extraño caminar en la oscuridad. Habíamos
tenido un buen día, ya que habíamos caminado catorce horas sin parar. Ahora
estamos sentados aquí y disfrutamos de un hoosh excelente y
espeso. Se improvisó una luz con una vieja lata con alcohol metílico».
El grupo pasó el día siguiente en los sacos de dormir, mientras que afuera
rugía una ventisca. El tiempo volvió a estar bien el 12 de marzo, y
construyeron un montículo para el depósito. Las provisiones que colocaron en
ese montículo constituían el suministro de galletas para seis semanas y una
ración completa para tres hombres que duraría tres semanas, y tres latas de
aceite. A primera hora de la tarde, los hombres reanudaron su marcha hacia el
norte y recorrieron casi cinco kilómetros antes de acampar. «Nuestros sacos
están adquiriendo un mal estado», escribió Mackintosh, «ya que ha pasado
bastante tiempo desde que tuvimos la posibilidad de secarlos. Usamos nuestro
cuerpo para secar las medias e indumentaria similar, metiéndolas dentro de
nuestros suéteres y sacándolas cuando las necesitamos. Wild lleva un
guardarropa entero de ese modo, y es gracioso verlo buscar un par de medias en
la parte interior de su ropa. Salir por la mañana es el momento más amargo.
Ponernos las Jinneskoe es una pesadilla, ya que siempre están
rígidas por la helada, y tenemos que hacer un gran esfuerzo para calzarnos.
El sennegrass helado alrededor de los dedos es otro castigo
que causa mucho dolor. Nos sentimos desdichados hasta que, de hecho, comenzamos
a avanzar, entonces el calor vuelve con el trabajo. Nuestra conversación ahora
son principalmente conjeturas acerca de lo que puede haber sucedido a los otros
grupos. Tenemos diversas ideas».
El sábado 13 de marzo, también lo pasaron en los sacos de dormir. Rugía una
ventisca, y todo estaba oscuro. Los hombres ahorraban alimentos comiendo solo
una vez al día y sentían el efecto de la escasez de raciones en su vitalidad,
que había disminuido. Tanto Joyce como Wild tenían los dedos de los pies
congelados cuando estaban en los sacos, y les resultaba sumamente difícil
restablecer la circulación. Wild sufría en particular por ello, y sus pies
estaban muy doloridos. El tiempo aclaró un poco la mañana siguiente, pero la
ventisca volvió a azotarlos antes de que pudieran levantar el campamento, y
tuvieron que pasar otro día en los sacos congelados.
Se reanudó la marcha el 15 de marzo.
«Alrededor de las 13:00 de anoche, la temperatura comenzó a bajar, y el
vendaval también amainó. La temperatura más baja hizo que los sacos, que
estaban mojados, se congelaran y endurecieran. No dormimos y pasamos la noche
retorciéndonos y dando vueltas. La mañana trajo el sol y el contento, ya que
el hoosh nos calentó el cuerpo y provocó un rubor muy agradable.
El sol había salido, el tiempo estaba bueno y claro, pero frío. A las 8:30,
comenzamos. Nos llevó un largo tiempo ponernos las jinneskoe,
aunque nos levantamos más temprano a fin de tener tiempo para hacerlo. Esta
mañana, estuvimos más de cuatro horas preparándonos para partir. La superficie
por la mañana estaba bien para caminar, pero no avanzamos mucho. Recorrimos los
habituales seis o siete kilómetros antes del almuerzo. La temperatura era
-30,5°C. Un espejismo hizo que pareciera que los sastrugi bailaban
como duendes de nieve. Joyce los llama “virutas danzarinas”. Después del
almuerzo, viajamos bien, pero la distancia de ese día fue de solo once
kilómetros y seiscientos metros. Culpamos al medidor del trineo por el lento
progreso. Es extraordinario que los días que consideramos que estamos avanzando
a una buena velocidad, no recorremos más que los días que tenemos
contratiempos.
»15 de marzo.- La temperatura esta mañana fue de -37,2°C. Ayer fue una de las
peores noches que experimenté alguna vez. Para colmo, me empezó a doler una
muela, quizá como resultado de una mejilla lastimada por el frío. Agonizaba.
Gemía y me quejaba, busqué la caja de primeros auxilios, pero no pude encontrar
nada para detener el dolor. Joyce, que se había levantado, sugirió alcohol
metílico, entonces empapé un poco de algodón y lo coloqué en la muela, con el
resultado de que me quemé la parte interior de la boca. Todo este tiempo, mis
dedos, al estar expuestos (debe de haber hecho, al menos, irnos -45,5°C),
tenían que ser revividos continuamente. Después de colocar el alcohol metílico,
volví al saco que, por supuesto estaba duro por la congelación. Me retorcí y me
quejé hasta que la mañana trajo alivio y me pude levantar. Joyce y Wild habían
pasado una mala noche, pues sus pies les molestaban. Mis pies no me molestaban
tanto como los de ellos. Se me despellejó la piel dentro de la boca y dejó
expuesta una llaga en carne viva, causada por el alcohol metílico. No obstante,
mi muela está mejor. Tuvimos que reducir nuestra ración diaria. Como
consecuencia, las congelaciones son frecuentes. La superficie se puso muy
difícil por la tarde, y la luz, también, era muy mala, debido a las nubes que
se amontonaban por delante del sol. Nos caemos continuamente, ya que no podemos
distinguir las partes altas y las bajas de la superficie de los sastrugi.
Avanzamos con nuestros esquíes. Acampamos a las 18:00, después de viajar nueve
kilómetros y setecientos metros. Estoy escribiendo esto sentado sobre el saco.
Es la primera oportunidad en que he podido hacerlo durante algún tiempo, ya
que, por lo general, el frío penetra a través de todo si uno tiene el saco
abierto. La temperatura es algo más alta esta noche, pero aún es de -29,4°C.
Los fósforos, entre otras cosas, están escaseando, y he dejado de usarlos a
menos que sea para encender el Primus».
El grupo encontró que la luz volvía a ser mala el día siguiente. Tras andar a
tropezones entre los sastrugi durante dos horas, los hombres
descartaron los esquíes y avanzaron mejor; no obstante, sufrieron muchas
caídas, debido a la imposibilidad de distinguir las colinas y las
irregularidades en la superficie gris y sin sombras, de la nieve. Ese día
avanzaron más de quince kilómetros, y lograron recorrer dieciséis kilómetros y
medio el día siguiente, 18 de marzo, una de las mejores marchas del viaje.
«Estoy ansioso por ver el buque. Todos llevamos marcas de nuestro andar. Wild
se lleva el primer puesto. Su nariz es un cuadro del que el títere Punch estaría
celoso; sus orejas también están lastimadas, y el dedo gordo del pie es una
llaga negra. Joyce tiene lastimada la nariz y muchas pequeñas llagas menores.
Mi mandíbula está hinchada por la congelación de la mejilla, y también mi
nariz… Descartamos los esquíes, que hemos estado usando hasta ahora, y viajamos
con las finneskoe. Esto hace que el trineo se deslice mejor, pero
no es tan cómodo para viajar como los esquíes. Encontramos una superficie muy
alta y dura de sastrugi, notablemente alta, y sentimos la brisa
fría sobre la cara durante la caminata. Nuestras barbas y bigotes son masas de
hielo. Me encargaré de estar bien afeitado la próxima vez que salga. El bigote
congelado hace que los lóbulos de la nariz se congelen con mayor facilidad que
si no hubiera hielo a lo largo de ellos… Me pregunto por qué demonios uno viene
a estas partes del mundo. Aquí estamos, congelados durante el día, helados por
la noche. ¡Qué vida!». La temperatura a las 13:00 ese día fue de -30,5°C.
Los hombres acamparon al lado de Comer Camp, donde habían estado el
1 de febrero y la noche del 19 de marzo. Al día siguiente, después de ser
demorados durante unas horas por el mal tiempo, regresaron hacia Castle Rock y
atravesaron la zona alterada donde la Barrera impacta sobre la tierra. Joyce
pisó sobre una grieta cubierta de nieve bastante grande, y tuvimos que cambiar
el rumbo para evitar ese peligro. La caminata de ese día fue solo de cuatro
kilómetros. Mackintosh consideraba que el ritmo era demasiado lento, pero era
incapaz de aligerarlo debido a las malas superficies. La comida había sido
reducida a cerca de casi media ración, y a este menor ritmo, las provisiones
que aún teníamos se terminarían en dos días. El grupo recorrió doce kilómetros
y ochocientos metros el día 21, y esa noche el hoosh «no fue
más espeso que un té».
«El primer pensamiento de esta mañana fue que tenemos que avanzar bastante»,
escribió Mackintosh el 22 de marzo. «Una vez que podamos llegar a Safety
Camp(en la intersección de la Barrera con el hielo marino) estaremos bien.
Por supuesto, como último recurso podemos abandonar el trineo y llegar
hasta Hut Point, a unos treinta y cinco kilómetros… Hemos
logrado hacer una caminata bastante respetable antes del almuerzo. La
superficie estaba dura, y la aprovechamos al máximo. Con nuestra poca comida,
el frío es penetrante. Almorzamos a las 13:00, y luego nos quedaba una comida
completa y una pequeña cantidad de galletas. La temperatura a la hora del
almuerzo era de -21,1°C. El volcán Erebus está despidiendo grandes cantidades
de humo, que va en dirección sureste, y también se puede distinguir un
resplandor rojo. Después del almuerzo, también volvimos a avanzar bastante,
puesto que el viento estuvo a nuestro favor durante dos horas. Con ansiedad,
buscamos Safety Camp». La distancia del día fue de catorce
kilómetros y trescientos metros.
«23 de marzo de 1915.- Tan pronto acampamos anoche, se levantó una ventisca que
hacía volar la nieve y no ha cesado desde entonces. La mañana nos encuentra
prisioneros. La nieve azota los lados de la tienda, y todo afuera está oscuro.
Este tiempo es bastante alarmante, ya que si continúa, nos veremos mal.
Acabamos de prepararnos una comida con cacao mezclado con migas de galletas. Esto
nos ha calentado algo, pero con el estómago vacío, el frío es penetrante».
El tiempo mejoró por la tarde, pero demasiado tarde para que los hombres se
movieran ese día. Comenzaron a las 7:00 del día 24 después de una comida de
cacao y migas de galletas.
«Tenemos algunas migas de galletas en la bolsa, y eso es todo. Reanudar la
marcha se hizo en las más amargas circunstancias, puesto que a todos nos había
afectado la congelación. Era un esfuerzo desnudar las manos por un instante.
Después de frotarnos mucho y “revivir” las extremidades, emprendimos la marcha.
Wild tiene todo el cuerpo lastimado, y todos estamos en malas condiciones.
Persistimos, pero el calor no vuelve a nuestros cuerpos. Habíamos estado
caminando unas dos horas cuando los agudos ojos de Joyce vieron una bandera.
Nos abrimos paso con todas las fuerzas y, a medida que nos acercábamos, con
seguridad, las cajas de provisiones empezaron a aparecer. Entonces nos
prometimos comer de todo. No tardamos mucho en poner nuestra capacidad gastronómica
a prueba. Bajamos pemmican del depósito, con harina de avena
para que fuera más denso, y también le pusimos azúcar. Mientras Wild encendía
el Primus, nos llamó y nos dijo que creía que había perdido la oreja. Era la
única parte de la cara que le quedaba entera: la nariz, las mejillas y el
cuello estaban llenos de llagas. Entré en la tienda y eché un vistazo. Tenía la
oreja de un color verde pálido. Enseguida puse la palma de la mano cerca de
ella y la reviví. Luego sintió que perdía los dedos y, para impedirlo y para
que les volviera la circulación, los puso sobre el Primus encendido, lo que fue
algo terrible de ver. Como resultado, sintió un fuerte dolor. Revivimos su
oreja perfectamente, y el hoosh caliente hizo que el calor
subiera por todo nuestro cuerpo. Nos sentimos como nuevos. Simplemente comimos
hasta que estuvimos llenos, tazón tras tazón. Cuando estuvimos bien
satisfechos, volvimos a guardar las cajas que habíamos sacado del depósito y
nos dirigimos hacia el desfiladero al que llamábamos Gap. Justo antes de
partir, Joyce descubrió una nota que habían dejado Spencer-Smith y Richards.
Decía que los otros dos grupos habían regresado a Hut y que,
al parecer, todo estaba bien. Eran buenas noticias. Cuando llegamos al borde de
la Barrera, encontramos que el acantilado de hielo sobre el hielo marino
recientemente formado no era bastante seguro para soportarnos, entonces tuvimos
que desviarnos a lo largo del borde de la Barrera y, si el hielo marino no era
transitable, deberíamos encontrar una manera de subir por Castle Rock. A las
19:00, al no haber encontrado un lugar adecuado para descender al hielo marino,
acampamos. Esta noche, el Primus funcionaba y daba calor a nuestros cuerpos
congelados. Espero llegar a Hut Point mañana».
Mackintosh y sus compañeros levantaron campamento por la mañana del 2.5 de
marzo; el termómetro registraba -30,5°C y, tras otra inútil búsqueda de un
camino a través del acantilado de hielo hasta el hielo marino, avanzaron hacia
Castle Rock. Durante el camino, encontraron huellas de trineo y las siguieron;
llegaron a una ruta que bajaba al hielo marino. Mackintosh decidió dejar el
trineo sobre una ondulación bien marcada y seguir sin aparejos. Un poco
después, los tres hombres, tras subir con dificultad los acantilados de Hut
Point, llegaron a la puerta de la cabaña.
«Gritamos. No se oía nada. Volvimos a gritar y, finalmente, apareció algo
oscuro. Resultó ser Cope, que estaba solo. Los otros miembros del grupo habían
ido a buscar los aparejos de su trineo, que también habían dejado. Cope había
estado enfermo, por lo que no fue con ellos. Enseguida comenzamos a contarnos
nuestras aventuras, y entonces oímos cómo el buque había llegado aquí el 11 de
marzo y se había llevado a Spencer-Smith, Richards, Ninnis, Hooke y Gaze; los
hombres que habían quedado aquí eran Cope, Hayward y Jack. Enseguida preparamos
una comida. Aquí encontramos incluso un fuego de grasa, lujoso, pero ¡cuánta
suciedad y grasa! Sin embargo, el calor y la comida son, en la actualidad,
nuestros principales objetivos. Mientras comíamos, llegaron Jack y Hayward… Esa
noche, tarde, nos acostamos en sacos secos. Como solo hay tres sacos aquí, los
usamos por turnos. Nuestro grupo tiene el privilegio… Recibí una carta de
Stenhouse en la que resumía sus hazañas desde que lo dejamos. El grupo del
buque tampoco tuvo momentos de color de rosa».
Mackintosh se enteró de que Spencer-Smith, Jack y Gaze, que habían regresado el
10 de febrero, habían llegado a Hut Point sin dificultad. El
tercer grupo, encabezado por Cope, también había ido a la Barrera, pero no
había logrado gran cosa. Este grupo había intentado usar el tractor de motor,
pero no había conseguido que le brindara un servicio efectivo y no se había
aventurado lejos. El motor ahora estaba en Hut Point. El grupo de
Spencer-Smith y el grupo de Cope habían regresado a Hut Point antes
de finales de febrero.
Los seis hombres que ahora se encontraban en Hut Point estaban
separados de los cuarteles de invierno de la expedición que estaba en el cabo
Evans, por las aguas abiertas del estrecho de McMurdo. Naturalmente, Mackintosh
estaba ansioso por cruzar y tener contacto con el barco y los otros miembros
del grupo de la costa, pero no podía hacer ningún movimiento hasta que el hielo
marino se volviera firme y, según sucedieron las cosas, no llegó al cabo Evans
hasta principios de junio. Salió con Cope y Hayward el 29 de marzo para buscar
su trineo y lo trajo hasta Pram Point, en la parte sur de Hut
Point. Tuvo que dejar el trineo allí debido a las condiciones del hielo
marino. Él y sus compañeros tuvieron una vida sin grandes acontecimientos en
condiciones primitivas en la cabaña. El tiempo era malo, y aunque las
temperaturas registradas eran bajas, el joven hielo marino se rompía
continuamente. La cocina de grasa que se usaba en la cabaña parecía haber
producido hollín y grasa en las grandes cantidades usuales, y los hombres y sus
ropas sufrían en consecuencia. El blanco de los ojos contrastaba vívidamente
con la negrura densa de su piel. Wild y Joyce tuvieron grandes problemas con
sus congelaciones. Joyce tenía ambos pies ampollados, las rodillas hinchadas y
las manos también ampolladas. Jack diseñó unas lámparas de grasa, que producían
una luz incierta y mucho humo adicional. Mackintosh registra que los miembros
del grupo estaban bastante satisfechos, pero «indeciblemente sucios», y escribe
con añoranza acerca de baños y de ropa limpia. Las provisiones de grasa de foca
comenzaron a disminuir a principios de abril, y todos los hombres estaban
atentos a ver si encontraban focas. El 15 de abril, vieron y mataron varias
focas. Las operaciones de matarlas y desollarlas empeoró el estado de la ropa
engrasada y ennegrecida de los hombres. Es lamentable que, aunque había una
gran bibliografía disponible, en especial sobre esta región en particular, los
líderes de los diversos grupos no la habían aprovechado para complementar sus
conocimientos. Joyce y Mackintosh, por supuesto, tenían experiencia antártica
previa, pero todos tuvieron la posibilidad de estudiar con cuidado las
instrucciones detalladas publicadas en los libros de las últimas tres
expediciones realizadas en esta área.
Capítulo 14
Invierno en el Estrecho de Mcmurdo
El Aurora,
después de recoger a seis hombres en Hut Point el 11 de marzo,
había regresado al cabo Evans. La posición elegida para los cuarteles de
invierno del Aurora era el cabo Evans, justo frente a la
cabaña levantada por el capitán Scott en su última expedición. El 14 de marzo,
el barco estaba a unos 40 metros de la costa, la proa hacia el mar. Dos anclas
habían sido llevadas a tierra y enterradas en abundantes montones de piedras, y
a estas anclas se les amarraron seis estachas de acero. Estas sujetaban la
popa, mientras que la proa estaba asegurada por las anclas habituales del
barco. Más tarde, cuando se formó hielo nuevo alrededor del Aurora,
el cable fue arrastrado a tierra sobre la superficie lisa y fue atado. Las
amarras finales, de esta manera, fueron seis estachas y un cable a popa,
sujetados a las anclas de la costa, y dos anclas con unos ciento treinta metros
de cable hacia delante. El 23 de marzo, el Sr. Stenhouse desembarcó un grupo
formado por Stevens, Spencer-Smith, Gaze y Richards a fin de poder llevar a
cabo observaciones de rutina en tierra. Estos cuatro hombres se instalaron en
la cabaña del capitán Scott. Habían recibido instrucciones de matar focas para
obtener carne y grasa. El desembarco de las provisiones, equipos y carbón no
fue en absoluto rápido, puesto que se suponía que el barco permanecería en su
amarra durante todo el invierno. Durante abril se desembarcaron algunas
toneladas de carbón, pero la mayor parte permaneció en la playa, y mucho se
perdió más tarde cuando el hielo del mar se alejó. Este grupo de tierra estaba
a cargo de Stevens, y su informe, que me fue entregado mucho después, brinda un
relato sucinto de lo que ocurrió desde el punto de vista de los hombres en la
cabaña:
«CABO
EVANS, isla de Ross, 30 de julio de 1915.
»El 23 de marzo de 1915, un grupo formado por Spencer-Smith, Richards y Gaze se
instaló en la cabaña del cabo Evans a mi cargo. Spencer-Smith recibió
instrucciones independientes de dedicar su tiempo exclusivamente a la
fotografía. Yo recibí instrucciones orales de que el principal deber del grupo
era obtener una provisión de focas para alimento y combustible. También debía
llevarse a cabo trabajo científico.
»De inmediato se instalaron instrumentos meteorológicos, y los experimentos se
realizaron con termómetros eléctricos de cobre a fin de complementar nuestra
escasa provisión de instrumentos y permitir realizar observaciones de la
temperatura de la tierra, el hielo y el mar. También se realizó otro trabajo
experimental, y todo el tiempo de los miembros científicos del grupo estaba
ocupado. Se atraparon todas las focas que aparecieron a la vista. En una o dos
ocasiones, los miembros del grupo de tierra fueron llamados a trabajar a bordo
del barco.
»En general, el tiempo era inestable: con frecuencia soplaban ventiscas que
interrumpían la comunicación con el barco que estaba del otro lado del hielo.
Al grupo de tierra solo se le entregaron pequeñas e indispensables provisiones
y nada de vestimenta. Solo parte del equipo científico podía ser transferido a
tierra, y la necesidad de hacerlo impidió que algunos miembros del grupo
desembarcaran todos sus equipos personales.
»El barco estaba amarrado con la popa hacia la costa, al principio a unos cien
metros. Había dos anclas delante y la embarcación fue sujetada a otras dos
enterradas en la tierra de la costa mediante siete cables. La tensión de los
cables se mantenía constante tirando de tanto en tanto cuando se aflojaban y, a
su vez, aflojando los cables de adelante; de esta manera, íbamos llevando el
barco más cerca de la costa. Ahora, se extendió un cable hasta el ancla sur en
tierra, se lo pasó a través de una guía de entrada debajo del extremo de proa
del puente, y se sujetó a bitas más adelante. La posterior tensión a causa de
la presión del hielo y el viento sobre el barco rompió tres de los cables.
Aunque creo que a bordo se consideraba que el barco estaba bien sujeto, se
sentía bastante preocupación. Anteriormente, las anclas no lo habían sujetado
bien, y la fuerza de la presión del hielo sobre el barco era incómodamente
obvia.
»Desde que el buque había sido amarrado, la bahía se había congelado con
frecuencia, y el hielo, con igual frecuencia, había desaparecido a causa de la
ventisca. El hielo no siempre se desplaza antes de que el viento haya alcanzado
su máxima velocidad. Depende del estado de las mareas y las corrientes, puesto
que más de una vez se ha visto el hielo marino desaparecer por completo cuando
una ventisca se había calmado casi por completo.
»El 6 de mayo, el hielo estaba allí, y las personas pasaban libremente entre la
costa y el barco. A las 11:00. El viento soplaba del sur, y viraba al sureste,
a sesenta y cinco kilómetros por hora. El barco seguía en su sitio. A las 3:00
del 7, el viento no había aumentado en ninguna medida, pero el hielo y el barco
habían desaparecido. Como no se lo vio alejarse, no pudimos afirmar si el barco
estaba dañado. El extremo del cable de la costa estaba doblado dos veces
bruscamente, y los cabos estaban sueltos. La tarde del 7, el tiempo aclaró un
poco, pero no había señales del barco. La ventisca solo duró unas doce horas.
Al día siguiente, el viento viró al norte, pero el 10 sopló el temporal más
fuerte que hayamos experimentado hasta el momento desde el sureste. Desde
entonces, no se ha visto ni oído nada del barco, aunque se mantuvo la
vigilancia.
»En el momento en que se alejó el barco, se realizó un inventario tan preciso
como fue posible de todas las provisiones que había en tierra, y la velocidad
de consumo de los alimentos se reguló para que alcanzaran para diez hombres
durante, por lo menos, cien semanas. El carbón ya se había usado con la mayor
economía. Poco podía hacerse para recortar el consumo, pero se continuó con el
traslado, a la cercanía de la cabaña, del carbón que se había desembarcado y
que no se había perdido. También se descubrió que la carne era muy escasa; era
obvio que ni esta ni el carbón durarían dos años, pero un paso evidentemente
necesario durante el verano siguiente sería asegurarse una provisión suficiente
de carne y grasa, y el invierno presentaba pocas posibilidades de obtenerlas.
Por lo tanto, la carne y el carbón fueron usados con esta consideración en
mente, según necesidad, pero con el mayor cuidado posible.
A. Stevens».
Los
hombres en tierra no abandonaron de inmediato la esperanza de que el barco
regresara antes de que el estrecho se congelara por completo. Cada vez que el
tiempo estaba calmo, se formaba hielo nuevo en el mar, y las ventiscas muchas
veces lo habían roto y alejado. Durante los días siguientes, ojos ansiosos
miraron al mar a través del tenue crepúsculo de mediodía, pero el mar estaba
cubierto de una densa y negra niebla y nada resultaba visible. El 8 de mayo se
levantó un viento del norte que continuó durante algunas horas, pero no trajo
señales del barco, y cuando el 8 de mayo comenzó la ventisca más violenta
experimentada hasta el momento por el grupo, las esperanzas mermaron. El
vendaval continuó durante tres días y el viento alcanzó una velocidad de ciento
doce kilómetros por hora. La nieve que volaba era muy espesa, y la temperatura
cayó a -20°C. El grupo de tierra consideró sombríamente las pocas posibilidades
de seguridad que tenía el barco entre las placas de hielo del mar de Ross en
esas condiciones.
Stevens y sus compañeros hicieron una cuidadosa inspección de su posición y se
dieron cuenta de que tendrían que enfrentarse a serias dificultades. No se
habían desembarcado provisiones generales ni tampoco vestimenta de la que se
requiere para los trineos. La mayor parte de los equipos de los trineos también
había quedado a bordo. Afortunadamente, la cabaña contenía tanto comida como
ropa que había dejado allí la expedición del capitán Scott. Los hombres mataron
tantas focas como pudieron y almacenaron la carne y la grasa. El 2 de junio
trajo una grata adición al grupo: los hombres que habían sido obligados a
permanecer en Hut Point hasta que el hielo marino estuviera
firme. Mackintosh y los que estaban con él habían corrido un gran riesgo al
hacer la travesía, puesto que el grupo del cabo Evans había visto aguas
abiertas durante su travesía apenas un tiempo antes. Ahora había diez hombres
en el cabo Evans: Mackintosh, Spencer-Smith, Joyce, Wild, Cope, Stevens,
Hayward, Gaze, Jack y Richards. El invierno se había cerrado sobre la
Antártica, y el grupo no podría moverse hasta principios de septiembre.
Mientras tanto, hicieron un repaso de las provisiones y los equipos
disponibles, hicieron planes para el trabajo de la primavera y el verano
siguientes y vivieron la vida severa, aunque no del todo infeliz, del
explorador polar en cuarteles de invierno. Mackintosh, al escribir el 5 de
junio, estudió su posición:
«La decisión de Stenhouse de que esta bahía fuera el lugar para que el barco
pasara el invierno no fue tomada sin mucho pensar y considerar todas las
eventualidades. Stenhouse ya había intentado hacerlo en la lengua del glaciar y
en otros sitios, pero en cada uno de ellos el barco había estado en una
posición expuesta y peligrosa. Cuando se intentó con esta bahía, el barco
soportó varias ventiscas severas, en las que, en múltiples ocasiones, el hielo
no se movió. Cuando el hielo se alejó, las amarras aguantaron. El barco fue
amarrado con la proa al norte. Tenía ambas anclas hacia delante y dos anclas clavadas
a popa, a las que se sujetaron las amarras de popa con siete largos de cable.
Tomando todo esto en cuenta, fue un juicio justo de su parte suponer que el
barco estaría seguro aquí. La ventisca que se llevó el barco y el hielo fuera
de la bahía no fue en absoluto tan severa como las otras que había soportado.
El accidente demuestra nuevamente la incertidumbre de las condiciones en estas
regiones. Solo ruego y confío en que el barco y quienes están a bordo estén a
salvo. Estoy seguro de que tendrán una historia emocionante que contar cuando
los veamos».
El Aurora podría haber encontrado unos cuarteles de invierno
más seguros al norte del estrecho de McMurdo, hacia Hut Point, pero
habría corrido el riesgo de ser bloqueado por el hielo durante el verano
siguiente, y yo había dado instrucciones a Mackintosh, antes de irse hacia el
sur, que debía evitarse este peligro.
«Mientras tanto, estamos haciendo todos los preparativos aquí para una estancia
prolongada. La escasez de vestimenta es nuestra principal adversidad. Los
miembros del grupo de Hut Point tienen la ropa que usamos
nosotros cuando dejamos el barco el 25 de enero. Desde entonces, no nos hemos
podido lavar y no me imagino un grupo de gente más sucia. Hemos estado tratando
de lavarnos desde que regresamos, pero debido al viento de los últimos dos
días, no ha habido oportunidad. Todo funciona bien aquí, y cada uno está
tomando la situación con mucha filosofía. Stevens está a cargo del personal
científico y ahora es el oficial jefe en tierra. Joyce está a cargo del equipo
y se ha dedicado a improvisar ropa con cualquier trozo de lona que se pueda
encontrar aquí. Wild está trabajando con Joyce. Es un tipo alegre y dispuesto.
Nunca nada lo preocupa ni lo disgusta, y siempre está cantando, haciendo alguna
broma o alguna divertida payasada. Richards se encarga del registro
meteorológico. Es un joven australiano, que trabaja duro y a conciencia, y
espero los buenos resultados de sus esfuerzos. Jack, otro joven australiano, es
su asistente. Hayward es el hombre para todo y responsable de la provisión de
grasa. Gaze, otro australiano, está trabajando junto con Hayward.
Spencer-Smith, el capellán, está a cargo de la fotografía y, por supuesto,
asiste en el trabajo de rutina en general. Cope es el oficial médico.
»La rutina aquí es la siguiente: Cuatro de nosotros, yo, Stevens, Richards y
Spencer-Smith, desayunamos a las 7:00. Los otros se levantan a las 9:00, y se
les sirve su desayuno. Luego se limpia la mesa, se barre el piso y comienza el
trabajo ordinario del día. A las 13:00 es la hora de lo que llamamos “almuerzo
informal”, es decir, comida fría y cacao. Trabajamos desde las 14:00 hasta las
17:00. Después de las 17:00, se puede hacer lo que uno quiera. La cena es a las
19:00. Los hombres juegan, leen, escriben en sus diarios. Nos acostamos
temprano, puesto que debemos economizar el combustible y la luz. Los
científicos hacen guardias nocturnas y tienen el privilegio de dormir durante
el día. El día después de mi llegada aquí, hice un resumen de nuestra situación
y expliqué la necesidad de la economía en el uso del combustible, la luz y las
provisiones, en vista de la posibilidad de que tuviéramos que quedarnos aquí
durante dos años… No vamos a comenzar el trabajo para las operaciones con los
trineos hasta que sepamos con certeza el destino del Aurora. No me
atrevo a pensar que ha sucedido un desastre».
Durante los restantes días de junio, los hombres lavaron y remendaron la ropa,
mataron focas, hicieron excursiones menores en las cercanías de la cabaña y
analizaron planes para el futuro. Tenían seis perros, dos de ellos hembras sin
experiencia con los trineos. Una de estas hembras había parido, pero demostró
ser una mala madre y los cachorros murieron. Los animales tenían mucha carne de
foca y eran muy bien cuidados.
Mackintosh convocó a una reunión de todos los hombres el 26 de junio para
analizar los planes que había hecho para la expedición de colocación de
depósitos que debían emprender durante la primavera y el verano siguientes.
«Hice un resumen de la posición e invité a los miembros a que la analizaran. Se
plantearon varios puntos. Yo había sugerido que uno de nuestro grupo debía
permanecer aquí a fin de llevar los registros meteorológicos y almacenar una
provisión de carne y grasa. El hombre al mando podría entregar mis
instrucciones al barco y dirigir un grupo a Bluff. Se había dispuesto que
Richards hiciera esto. Varios objetaron aduciendo que todo el complemento sería
necesario y, al someter el asunto a votación, se acordó que debíamos retrasar
la decisión hasta que los grupos tuvieran algún trabajo práctico y hubiéramos
visto cómo les iba. Se analizó la escasez de ropa, y Joyce y Wild acordaron
hacer todo lo posible al respecto. Se mencionó que el viaje en trineo (en la
Barrera) en octubre era demasiado temprano, pero se intentaría. Estos fueron
los puntos más importantes que se plantearon, y se acordó en forma mutua y
unánime que no podíamos hacer más… Sé que estamos haciendo todo lo posible».
El grupo estaba ansioso por visitar el cabo Royds, al norte del cabo Evans,
pero a finales de junio seguían estando las aguas abiertas a través del
estrecho, y la travesía era imposible. En el cabo Royds está la cabaña usada
por la expedición de Shackleton de 1907-1909, y las provisiones y los
suministros que contiene podrían haber resultado muy útiles. Joyce y Wild
hicieron finneskoe (botas de piel) con sacos de dormir que
sobraban. Mackintosh menciona que la necesidad de economizar la ropa y el
calzado impedía que los hombres hicieran tanto ejercicio como habrían hecho de
otra manera. Se había encontrado una buena provisión de lona y cuero en la
cabaña, y algunos hombres intentaron hacer zapatos. Se habían matado y traído
muchas focas, y la provisión de carne y grasa era abundante para las
necesidades presentes.
Durante el mes de julio, Mackintosh hizo varios viajes hacia el norte en el
hielo marino, pero siempre descubrió que no podía llegar lejos. Una grieta se
extendía aproximadamente desde la isla Inaccesible hasta el glaciar Barne, y el
hielo más allá parecía frágil y suelto. El aumento de luz hablaba del regreso
del sol. Richards y Jack estaban ponderando las provisiones para las
expediciones con los trineos. Mackintosh, desde la colina detrás de la cabaña,
vio que las aguas abiertas se extendían hacia el oeste desde la isla
Inaccesible el 1 de agosto, y notó que probablemente el estrecho de McMurdo
nunca se congelaba del todo. Una semana más tarde, la extensión de las aguas
abiertas parecía haber aumentado, y los hombres comenzaron a desesperarse ante
la imposibilidad de llegar al cabo Royds. Los temporales eran frecuentes y
persistentes. En la cercanía de la cabaña se hallaron algunos artículos útiles
a medida que la luz aumentó, incluidas unas medias y ropa interior descartadas
que habían dejado los miembros de la expedición de Scott, y una caja de cáscara
de cítricos confitados, que se usaba para pasteles. El 12 de agosto, hubo un
pequeño incendio en la cabaña. La planta de iluminación de gas acetileno
instalada en la cabaña por el capitán Scott, que había sido reparada, un día
empezó a perder. Un miembro del grupo buscó la pérdida con una vela encendida,
y la explosión resultante prendió fuego a parte de la carpintería.
Afortunadamente, el fuego fue extinguido enseguida. La pérdida de la cabaña a
esta altura habría sido un trágico incidente.
Mackintosh y Stevens visitaron el cabo Royds el 13 de agosto. Habían decidido
intentar hacer el viaje sobre el glaciar Barne, y después de cruzar un área con
una grieta, llegaron a las laderas del cabo Barne y, desde allí, hasta el hielo
marino. Descubrieron que este hielo estaba recién formado, pero era lo
suficientemente fuerte para su propósito, y pronto llegaron a la cabaña del
cabo Royds.
«Vimos que la puerta externa de la cabaña no estaba», escribió Mackintosh. «Un
poco de nieve se había juntado en el porche, pero con una pala, que encontramos
afuera, pronto la despejamos. Luego entramos, y en el medio de la cabaña,
encontramos una pila de nieve y hielo, que habían entrado a través del
respiradero abierto en el techo de la cabaña. Enseguida lo cerramos. Stevens
preparó una comida mientras yo limpié el hielo y la nieve del medio de la
cabaña. Después de comer, empezamos a hacer un inventario de las provisiones
que había. Nuestro primer pensamiento fue el tabaco. Encontramos una lata de
Navy Cut y una caja de cigarros. También jabón, que ahora nos asegura un lavado
y ropas limpias cuando regresemos. Luego comenzamos a buscar sacos de dormir.
Sin embargo, allí no había ninguno, pero en las camas improvisadas con cajas
encontramos dos colchones, un viejo trozo de lona y dos mantas. Nos turnamos
para dormir. Stevens comenzó primero, mientras yo mantuve el fuego encendido.
Allí no había ni carbón ni grasa, de modo que debimos usar madera que, si bien
mantenía caliente a la persona que estaba junto a él, no subía la temperatura
de la cabaña por encima del punto de congelación. Sobre la cocina, en un lugar
visible, encontramos una nota del grupo de Scott de que los grupos que usaran
la cabaña debían dejar los platos limpios».
Mackintosh y Stevens permanecieron en el cabo Royds durante el día siguiente e
hicieron un minucioso examen de las provisiones que había. Afuera de la cabaña
encontraron una pila de cajas que contenían carne, harina, vegetales
deshidratados y cosas varias, por lo menos para un año para un grupo de seis.
No encontraron ropa nueva, pero hicieron una colección de vestimenta usada, que
podía remendarse y ser útil. Cargando su abundante botín, emprendieron la
vuelta al cabo Evans la mañana del 15 de agosto a través del hielo marino. Un
hielo muy frágil bloqueaba el camino y debieron viajar alrededor de la costa.
Llegaron al cabo Evans en dos horas. Durante su ausencia, Wild y Gaze habían
subido a la isla Inaccesible, y a Gaze se le había congelado una oreja en el
viaje. El tabaco se dividió entre los miembros del grupo. Al día siguiente
sopló un vendaval, y Mackintosh se felicitó por haber elegido bien el momento
para su viaje.
El registro del resto de agosto no carece de acontecimientos. Todos los hombres
estaban haciendo preparativos para el viaje en trineo, y se regocijaban con la
creciente luz del día. El grupo probó la ración especial para el viaje en
trineo preparada bajo mi dirección, y «todos estuvieron de acuerdo en que era
excelente tanto en cantidad como en sabor». Tres pingüinos emperador, los
primeros vistos desde el desembarco, fueron atrapados el 19 de agosto. Para
entonces, el sol que regresaba estaba tocando con oro los picos de las Montañas
Occidentales y mostraba el pronunciado relieve de la forma maciza del Erebus.
El volcán estaba lanzando mucho humo, y el resplandor de sus fuegos internos se
veía en ocasiones contra las nubes de humo por encima del cráter. Stevens,
Spencer-Smith y Cope fueron al cabo Royds el 20, y seguían allí cuando el sol
hizo su primera aparición sobre el Erebus el 26. Los días precedentes habían
estado nublados, y el sol, si bien por encima del horizonte, no había estado
visible.
«El día amaneció claro y bueno», escribió Mackintosh. «Sobre el Erebus, los
rayos del sol se asomaban a través de las grandes agrupaciones de cúmulos y
producían los más maravillosos efectos sobre las nubes. La luz nos hizo
parpadear y, al mismo tiempo, levantó los ánimos en forma exuberante. Nos
sentíamos como hombres liberados de la prisión. Permanecí fuera de la cabaña y
observé el verdaderamente maravilloso paisaje a mi alrededor. Las Montañas
Occidentales eran soberbias en su salvaje grandeza. Apareció todo él contorno
de los picos, a unos ciento cincuenta kilómetros, estarcidos en delicado
contraste con el horizonte. Las inmensas laderas de hielo brillaban blancas
como el alabastro contra las oscuras sombras. El cielo al oeste, sobre las
montañas, era claro, excepto por bancos bajos al pie de las laderas alrededor
del monte Discovery. Hacia el sur, fuertes líneas de estratos estaban apiladas
hasta 30 grados por encima del horizonte… Luego el Erebus comenzó a lanzar gran
cantidad de humo, que se elevó unos pocos cientos de metros y se alejó en
dirección noroeste. Las laderas sur del Erebus estaban envueltas en una masa de
nubes». El grupo del cabo Royds regresó aquella tarde, y hubo decepción al oír
su informe de que no habían encontrado más tabaco.
El traslado en trineo de las provisiones a Hut Point, en
preparación para los viajes de colocación de depósitos en la Barrera, iba a
comenzar el 1 de septiembre. Mackintosh, antes de esa fecha, había analizado
planes con los miembros de su grupo. Consideraba que en el cabo Evans había
suficientes provisiones para los trineos, puesto que los suministros
desembarcados habían sido complementados con las provisiones dejadas por la
expedición de Scott de 1912-13 y la expedición de Shackleton de 1907-09. La
provisión de ropa y tiendas era más difícil. Las vestimentas traídas del barco
podían complementarse con las viejas encontradas en Hut Point y
en el cabo Evans. La ropa de Burberry a prueba de viento, era vieja y estaba en
malas condiciones para el inicio del viaje en trineo de la temporada. Antiguos
sacos de dormir habían sido cortados para hacer jinneskoe(botas de
piel) y para remendar otros sacos de dormir. Había tres tiendas disponibles,
una en buen estado desembarcada del Aurora y otras dos dejadas
por el capitán Scott. Mackintosh tenía suficientes trineos, pero la experiencia
del primer viaje con los perros había sido desafortunada, y ahora solo quedaban
cuatro perros útiles. No conformaban un equipo completo y tendrían que ser
usados simplemente como algo auxiliar al transporte que realizaban los hombres.
El esquema adoptado por Mackintosh, después de analizarlo con los miembros de
su grupo, fue que nueve hombres, divididos en tres grupos de tres cada uno,
deberían emprender el viaje en trineo. Un hombre quedaría en el cabo Evans para
continuar con las observaciones meteorológicas durante el verano. Debían traer
al cabo Evans el tractor de motor, que había quedado en Hut Point y,
de ser posible, ponerlo en condiciones. Mackintosh estimaba que las provisiones
necesarias para el consumo de los grupos de colocación de depósitos y para que
se pudieran colocar depósitos al sur, al pie del glaciar Beardmore, sumarían
mil ochocientos kilogramos. El primer depósito debería colocarse cerca de Minna
Bluff, y desde allí hacia el sur, debía colocarse un depósito en cada grado de
latitud. El depósito final se colocaría al pie del glaciar Beardmore. La tarea
inicial sería el transporte de provisiones desde el cabo Evans hasta Hut
Point, una distancia de veintiún kilómetros. Todas las provisiones para el
viaje en trineo debían ser trasladadas, y Mackintosh propuso colocar
suministros adicionales allí en caso de que un grupo que regresara tarde de la
Barrera, tuviera que pasar los meses de invierno en Hut Point.
El primer grupo, conformado por Mackintosh, Richards y Spencer-Smith, dejó el
cabo Evans el 1 de septiembre con doscientos setenta kilogramos de provisiones
en un trineo, y tuvo un viaje sin contratiempos hasta Hut Point.
Montaron una tienda a mitad de camino cruzando la bahía, sobre el hielo marino,
y la dejaron allí para el uso de diversos grupos durante el mes. En Hut
Point limpiaron la nieve del tractor de motor e hicieron algunos
trabajos preliminares para ponerlo en funcionamiento. Regresaron al cabo Evans
el 3. El segundo viaje a Hut Point fue realizado por un grupo
de nueve, con tres trineos. Dos trineos, tirados por hombres, fueron cargados
con quinientos ochenta kilogramos de provisiones, y un trineo más pequeño,
tirado por los perros, llevaba los sacos de dormir. Este grupo se enfrentó a
una tenaz brisa del sur, con baja temperatura y, como los hombres aún no
estaban en muy buen estado, sufrieron congelaciones. Joyce y Gaze tenían los
talones muy ampollados. El rostro de Mackintosh sufrió, y otros hombres tenían
los dedos y las orejas congelados. Cuando regresaron, Gaze debió viajar en un
trineo, puesto que no podía poner un pie en el suelo. Trataron de transportar
el motor al cabo Evans en esta ocasión, pero lo dejaron para otro momento
después de cubrir alrededor de kilómetro y medio. El motor no funcionaba y era
muy pesado para tirar de él.
Ocho hombres hicieron el tercer viaje a Hut Point, y Gaze y Jack se
quedaron. Llevaron trescientos kilogramos de aceite y doscientos ochenta y cinco
de provisiones. Desde Hut Point, al día siguiente, 14 de
septiembre, el grupo avanzó con trineos cargados hasta Safety Camp ,
en el extremo de la Barrera. Este campamento sería el punto de partida para la
marcha por la Barrera hasta el depósito de Minna Bluff. Dejaron los dos
trineos, con trescientos kilogramos de aceite y doscientos veinticinco de
harina de avena, azúcar y artículos varios, en Safety Camp, y
regresaron a Hut Point. Los perros compartieron el trabajo en este
viaje. Al día siguiente, Mackintosh y su compañero llevaron el motor a cabo
Evans, transportándolo con sus ruedas de agarre montadas en un trineo. Después
de una pausa a causa del mal tiempo, un grupo de ocho hombres llevó otra carga
a Hut Point el 24 de septiembre y luego a Safety Camp al
día siguiente. Regresaron al cabo Evans el 26. Richards, mientras tanto, había
revisado el motor y había hecho algunas pruebas sobre el hielo marino. Sin
embargo, informó que la máquina no estaba funcionando en forma satisfactoria, y
Mackintosh decidió no perseverar con él.
«Todos están hasta arriba de trabajo», dice el último ingreso del diario dejado
por Mackintosh en el cabo Evans. «Todos los equipos están siendo revisados, y
se le está dando las últimas puntadas a la vestimenta. Hemos estado
improvisando calzado para reemplazar las finneskoe, de las que
tenemos muy pocas. Wild ha hecho un calzado excelente de una vieja alfombra de
caballo que encontró aquí, y está siendo copiado por otros hombres. Yo mismo he
hecho un par de mitones con un viejo saco de dormir. Anoche tomé un baño, el
segundo desde que estamos aquí… Cierro este diario hoy, 30 de septiembre, y
estoy empaquetándolo junto a mis papeles aquí. Mañana emprenderemos el viaje
a Hut Point. Seremos nueve de nosotros en el grupo del viaje en
trineo para colocar depósitos, a saber: Stevens, Spencer-Smith, Joyce, Wild,
Cope, Hayward, Jack, Richards y yo. Gaze, quien aún está sufriendo de los pies,
se quedará y probablemente será relevado por Stevens después de nuestro primer
viaje. Con nosotros llevamos provisiones para tres meses para dejar en Hut
Point. Continúo este diario en otro libro, que llevo conmigo».
Los nueve hombres llegaron a Hut Point el 1 de octubre.
Llevaron consigo las últimas cargas. Tres trineos y tres tiendas debían ser
transportados a la Barrera, y los grupos eran los siguientes:
N°1: Mackintosh, Spencer-Smith y Wild.
Nº 2: Joyce, Cope y Richards.
Nº 3: Jack, Hayward y Gaze. El 3 y el 4 de octubre, algunas provisiones dejadas
en Half-Way Camp fueron traídas, y otras provisiones
fueron trasladadas a Safety Camp. El mal tiempo retrasó el inicio
de la expedición, para colocar depósitos desde Hut Point, hasta el
9 de octubre.
Capítulo 15
Colocación de depósitos
El
relato de Mackintosh sobre los viajes para la colocación de depósitos
emprendidos por sus grupos en el verano de 1915-16desafortunadamente no está
disponible. El jefe de los grupos llevaba un diario, pero tenía el libro
consigo cuando se perdió en el hielo marino el invierno siguiente. La narración
de los viajes ha sido compilada a partir de las notas de Joyce, Richards y
otros miembros de los grupos, y puedo decir aquí que es el registro de una
tenaz misión frente a grandes dificultades y serios peligros. Siempre es fácil
ser sabio después del acontecimiento, y uno puede darse cuenta, ahora, de que
fue un error usar perros sin entrenamiento y fuera de forma a causa de la
inactividad a bordo del barco en el viaje, relativamente corto, emprendido
después del desembarco, en 1915. El resultado fue la pérdida de casi todos los
perros antes del inicio de los viajes más extensos y más importantes de
1915-16. Los hombres hicieron viajes en trineo, en forma casi continua, durante
un período de seis meses; sufrieron congelación, escorbuto, ceguera por el
reflejo de la nieve y el agotamiento absoluto de cuerpos sobreexigidos. Sin
embargo, colocaron los depósitos en las posiciones establecidas, y si el grupo
del mar de Weddell hubiera podido realizar la travesía del continente
antártico, las provisiones y el combustible nos habrían estado esperando donde
planeábamos encontrarlos.
La situación el 9 de octubre fue que los nueve hombres que se encontraban
en Hut Point tenían las provisiones necesarias para los
depósitos y para su propio mantenimiento durante el verano. El resto de los
perros estaba en el cabo Evans con Gaze, que tenía lastimado un talón y había
sido reemplazado temporalmente por Stevens en el grupo de los trineos. Ya se
había enviado una pequeña cantidad de provisiones a Safety Camp, en
el extremo de la Barrera, más allá de Hut Point. Mackintosh
planeaba formar un gran depósito cerca de Minna Bluff, a algo más de cien
kilómetros de Hut Point. Ello demandaría varios viajes con cargas
pesadas. Luego usaría el depósito de Bluff como base para el viaje a monte
Esperanza, al pie del glaciar Beardmore, donde debía colocarse el depósito
final.
El grupo dejó Hut Point la mañana del 9 de octubre; los nueve
hombres tiraban de una soga y arrastraban tres trineos cargados. Llegaron
a Safety Camp a primera hora de la tarde y, después de
recargar los trineos con un peso de unos novecientos kilogramos, emprendieron
el viaje por la Barrera. Tirar de la carga resultó en extremo pesado, y
acamparon después de recorrer ochocientos metros. Se decidió que al día
siguiente separarían los trineos, y tres hombres tirarían de cada uno.
Mackintosh esperaba que, de esta manera, pudieran avanzar mejor. La distancia
del día fue de solo seis kilómetros y medio, y el viaje del día siguiente no
fue mejor. Joyce menciona que nunca había hecho tanta fuerza para tirar de
algo, puesto que la superficie era muy blanda, y la carga sumaba cien
kilogramos por hombre. El nuevo arreglo no fue un éxito, debido a las
diferencias en la capacidad de tirar y a las desigualdades en la carga de los
trineos. La mañana del 12, Mackintosh, después de consultarlo, decidió
proseguir con Wild y Spencer-Smith tirando de un trineo y una carga
relativamente ligera, y dejar a Joyce y a los restantes cinco hombres para que
trajeran dos trineos y el resto de las provisiones a su ritmo. Este arreglo se
mantuvo para los viajes posteriores. Las temperaturas estaban descendiendo a
-34, 5°C a ciertas horas, y como los hombres transpiraban profusamente al tirar
de sus pesadas cargas bajo el sol, sufrían mucho malestar con sus ropas húmedas
y congeladas por la noche. Joyce redujo su carga el 13 y dejó en el depósito
algunas raciones y ropas de más y, así, progresó mejor. Estaba construyendo
montículos de nieve como hitos para usar durante el viaje de regreso. Menciona
que pasaron por unas enormes grietas durante los días siguientes. La
persistente ventisca que les daba de frente, hizo que las condiciones fueran
desagradables y causaran muchas congelaciones. Cuando la superficie era dura y
tirar resultaba relativamente fácil, los hombres se resbalaban y caían todo el
tiempo y «parecían bailarines clásicos».
El 20, un viento del norte hizo posible el uso de una vela, y el grupo de Joyce
avanzó con rapidez. Jack avistó un poste de bambú durante la tarde, y Joyce
descubrió que era la marca de un depósito que él había colocado para mi grupo
del «sur más lejano» también conocido como «Expedición Nimrod» en 1908. Cavó
con la esperanza de encontrar algunas provisiones, pero el depósito había sido
vaciado. El grupo llegó al depósito de Bluff la tarde del 21 y
halló que Mackintosh había estado allí el 19. Mackintosh había dejado ochenta
kilogramos de provisiones, y Joyce dejó un trineo y ciento veinticuatro
kilogramos de suministros. El incidente más interesante del viaje de regreso
fue el descubrimiento de una nota dejada por el Sr. Cherry Garrard para el
capitán Scott el 19 de marzo de 1912, solo algunos días antes de que este
último pereciera en su campamento más al sur. En este punto, se halló un trineo
dado la vuelta para marcar el depósito que contenía galletas para perros y
aceite de motor, dejado por uno de los grupos del capitán Scott. Joyce llegó
a Safety Camp la tarde del 27 y, después de dejar todo el
equipo de sobra, siguió hasta Hut Point en medio de una
ventisca. Los trineos casi se desploman por una gran caída en el extremo de la
Barrera y, unos momentos más tarde, Stevens cayó por una grieta toda la
longitud de su arnés.
«Fue muy difícil sacarlo, puesto que no teníamos una soga alpina y debimos usar
el arnés», escribió Joyce. «Lo logramos, pero debimos tirar con mucha fuerza
contra el viento y la nieve; se me congeló la cara, pues debía mirar hacia
arriba todo el tiempo para conducir. Llegamos a la cabaña a eso de las 19:30
después de mucho esfuerzo. Allí encontramos al capitán y a su grupo. Habían
llegado hacía tres días. Gaze también estaba con los perros. Enseguida, comimos
bien y nos olvidamos de nuestro duro día de trabajo».
Mackintosh decidió usar los perros en el segundo viaje al depósito de Bluff.
Pensó que con la ayuda de los animales podrían transportarse: cargas más
pesadas. Esté plan suponía el envío de un grupo al cabo Evans para buscar pemmican para
los perros. El propio Mackintosh, con Wíld y Spencer-Smith, emprendieron otra
vez el viaje hacia el sur el 29 de octubre. Su trineo volcó en la ladera y cayó
hasta el hielo marino, y el borde de la lona de su tienda se rompió. El daño no
pareció revestir mayor gravedad, y el grupo pronto desapareció alrededor del
cabo Armitage. Joyce permaneció a cargo en Hut Point, con
instrucciones de obtener alimentos para los perros en el cabo Evans e iniciar
el viaje lo antes posible. Envió a Stevens, Hayward y Cope al cabo Evans al día
siguiente, y se dedicó a reparar los equipos de los trineos. Cope, Hayward y
Gaze regresaron del cabo Evans el 1 de noviembre, y Stevens se quedó en la
base. Una ventisca retrasó el inicio del viaje hacia el sur, y el grupo no pudo
salir hasta el 5 de noviembre. Los hombres tiraban con los arneses junto con
los cuatro perros y, como la superficie era blanda y las cargas de los dos
trineos eran pesadas, el avance era lento. El grupo cubrió ocho kilómetros y
setecientos metros el 6, seis kilómetros y setecientos metros el 7 y catorce
kilómetros y quinientos metros el 9, con la ayuda de un leve viento del norte.
El 9 pasaron un enorme valle glaciar[19] con una
caída de más de veinte metros desde la superficie plana de la Barrera. Joyce
pensó que se había formado una gran grieta. «Tomamos algunas fotografías»,
escribió Joyce. «Realmente es un extraordinario relleno de hielo, con
acantilados de hielo azul de unos veinte metros de alto y lleno de grietas, con
cortinas de nieve colgantes. Uno podría fácilmente caminar por el borde desde
el norte con mal tiempo». Encontraron otro valle glaciar, con hielo agrietado a
su alrededor, el 11. Joyce llegó al depósito de Bluff la tarde del 14 y
descubrió que podía dejar doscientos ochenta y tres kilogramos de provisiones.
Mackintosh había estado allí hacía varios días y había dejado ochenta y cinco
kilogramos de provisiones.
Joyce volvió a Hut Point el 20 de noviembre después de un día
aventurado. La superficie estaba bien por la mañana, y avanzó rápidamente.
Alrededor de las 10:30, el grupo se topó con hielo bajo mucha presión, con
grietas, y en varias ocasiones, se salvaron de milagro. «Después del almuerzo,
llegamos a cuatro grietas muy de repente. Jack cayó en una. No podíamos alterar
el curso; en caso de hacerlo, tendríamos que evitarlas, así que pasamos con
rapidez a través de ellas. Íbamos tan rápido que los perros que las atravesaban
eran sacados de un tirón. Se puso muy difícil a las 14:00. Toda la tierra se
oscureció, y era difícil maniobrar. Decidimos llegar a Hut Point y
lo hicimos a las 18:30, después de recorrer treinta y cinco kilómetros y medio,
un muy buen rendimiento. Yo tuve un fuerte ataque de ceguera por la nieve y
tuve que tomar cocaína. Hayward también lo pasó mal. Debí quedarme en cama con
los ojos vendados durante tres días. Hayward también». Los dos hombres se
recuperaron para el 24 de noviembre, y el grupo emprendió su tercer viaje hacia
el sur, hasta Bluff, el 25. Mackintosh los aventajaba, pero los dos
grupos se encontraron el 28 y analizaron los planes. Mackintosh iría al
depósito de Bluff con la intención de llevar una carga de
provisiones al depósito ubicado a 80° S en el primer viaje en trineo de la
temporada. Joyce, después de depositar su tercera carga en Bluff,
regresaría a Hut Point para una cuarta y última carga, y los
grupos luego unirían fuerzas para el viaje hacia el sur, al monte Esperanza.
Joyce dejó trescientos treinta kilogramos en el depósito de Bluff el
2 de diciembre, llegó a Hut Point el 7 de diciembre y, después
de dejar descansar bien a los perros y a los hombres, volvió a dirigirse hacia
el sur el 13 de diciembre. Este demostró ser el peor viaje que había hecho el
grupo. Los hombres tuvieron muchos problemas con las grietas y fueron
retrasados por las ventiscas los días 16, 18, 19, 22, 23, 26 y 27 de diciembre.
Pasaron el día de Navidad luchando a través de la nieve blanda contra un viento
helado y la ventisca. El grupo llegó al depósito de Bluff el
28 de diciembre y encontró que Mackintosh, que se había retrasado mucho por el
mal tiempo, se había ido hacia el sur dos días antes en su camino al depósito
ubicado a los 80° S. No había avanzado mucho, y su campamento estaba a la
vista. Había dejado instrucciones de que Joyce lo siguiera. El depósito
de Bluff ahora estaba bien equipado. Se habían arrastrado unos
mil trescientos kilogramos de provisiones hasta el depósito para uso de los
grupos que trabajaban al sur de ese punto. Esta cantidad se sumaba a las
provisiones colocadas allí previamente durante el año.
Joyce dejó el depósito de Bluff el 29 de diciembre, y los
grupos se reunieron dos días más tarde. Mackintosh entregó a Joyce
instrucciones de avanzar con su grupo hasta los 81° S y colocar un depósito
allí. Luego, debía enviar a tres hombres de regreso a Hut Point y
avanzar hasta los 82° S, donde colocaría otro depósito. Más tarde, si las
provisiones lo permitían, seguiría hacia el sur hasta los 83°. El propio
Mackintosh estaba reforzando el depósito a los 80° S y luego seguiría hacia el
sur. Al parecer, sus instrucciones para Joyce habían sido planeadas para
protegerse contra la contingencia de que los grupos no lograran reunirse. Los
perros estaban tirando bien, y aunque eran pocos, resultaban de gran ayuda. Los
grupos ahora estaban a noventa días del cabo Evans, y «todos los hombres se
sentían en forma».
El siguiente incidente de importancia fue la aparición de un defecto en uno de
los dos hornillos Primus usados por el grupo de Joyce. Los hornillos habían
sido empleados por uno u otro de los grupos del capitán Scott y no estaban en
excelentes condiciones cuando comenzó el viaje en trineo. La amenaza de que un
hornillo dejara de funcionar era una cuestión de grave importancia, puesto que
un grupo no podía viajar sin los medios para derretir nieve y preparar comida
caliente. Si Joyce llevaba un hornillo defectuoso más allá del depósito ubicado
a los 80° S, tal vez todo su grupo tuviera que regresar a los 81° S, y esto
pondría en peligro el éxito de los viajes en trineo de la temporada. Por lo
tanto, decidió enviar de regreso a tres hombres desde el depósito ubicado a los
80° S, a donde llegó el 6 de enero de 1916. Cope, Gaze y Jack eran los hombres
que deberían regresar. Se llevaron el hornillo Primus defectuoso y una carga
ligera y, a fuerza de un duro viaje, sin la ayuda de perros, llegaron al cabo
Evans el 16 de enero.
Joyce, Richards y Hayward avanzaron con una carga de quinientos ochenta
kilogramos que conformaba las raciones de doce semanas de viaje en trineo, el
alimento de los perros y las provisiones de los depósitos, además de los
equipos de los trineos. Construyeron montículos a intervalos cortos como guías
para llegar a los depósitos. Joyce estaba alimentando bien a los perros
dándoles un hooshcaliente cada tres noches. «Vale la pena por el
maravilloso trabajo que están haciendo. Si podemos mantenerlos hasta los 8z° S,
honestamente puedo decir que gracias a su trabajo logramos llegar». El 8 de
enero, Mackintosh se reunió con Joyce y, desde aquel punto, los grupos de seis
hombres avanzaron juntos. Marcharon con mal tiempo durante los días 10, 11 y 12
de enero gracias a los montículos, que tenían un trozo de tela negra sobre cada
uno. Era posible, manteniendo los montículos en línea detrás de los trineos y
construyendo nuevos cuando los viejos desaparecían, marchar en una dirección
aproximadamente recta. La tarde del 12, llegaron a los 81° S y construyeron un
gran montículo para el depósito. Las provisiones que dejaron aquí eran las
raciones para tres semanas para la unidad normal de trineos de tres hombres.
Esta cantidad proporcionaría raciones para doce hombres durante cinco días, la
mitad para el grupo en tierra y la mitad para el grupo del depósito en su viaje
de regreso.
El grupo se desplazó hacia el sur nuevamente el 13 de enero con mal tiempo.
«Después de consultarlo un momento, decidimos ponernos en camino», escribió
Joyce. «Si bien el tiempo está denso y está nevando, vale la pena hacer el
esfuerzo. Un poco de paciencia con la dirección y los montículos, aunque haya
que ponerlos a ciento ochenta metros de distancia, nos permite avanzar, y
parece que este tiempo nunca va a ceder. Hemos cortado un viejo par de
pantalones de Richards para colocar a los lados de los montículos, para que
sean más visibles. Fue realmente sorprendente ver cómo avanzamos a pesar de la
nieve y de la superficie quebradiza. Recorrimos ocho kilómetros y cien metros
antes del almuerzo. Los perros se están comportando maravillosamente. De
verdad, no sé qué haríamos sin ellos… La distancia recorrida ese día fue de
dieciséis kilómetros y setecientos metros, un resultado espléndido considerando
la superficie y el tiempo».
El tiempo aclaró el 14, y los hombres pudieron orientarse por las montañas
hacia el oeste. Avanzaron bastante rápido durante los días siguientes, las
distancias diarias eran de quince a veinte kilómetros, y llegaron a los 82° S
la mañana del 18 de enero. El depósito allí, igual que el ubicado a los 81° S,
contenía provisiones para cinco días para doce hombres. Mackintosh estaba
teniendo problemas con el hornillo Primus en su tienda, y esto hizo que no
fuera aconsejable volver a dividir el grupo. Por lo tanto, se decidió que todos
debían avanzar, y que el siguiente y último depósito debería colocarse en la
base del monte Esperanza, al pie del glaciar Beardmore, a los 83° 30’ S. El
grupo partió de inmediato y avanzó ocho kilómetros más allá del depósito antes
de acampar la tarde del 18.
Las cargas de los trineos ahora eran relativamente livianas, y el 19, el grupo
cubrió veintiún kilómetros y medio. Había un nuevo problema, puesto que
Spencer-Smith estaba sufriendo de hinchazón y dolor en las piernas, y no podía
tirar mucho del trineo. Joyce escribió el 21 que Smith estaba peor y que Mackintosh
estaba mostrando señales de agotamiento. Justo adelante, podía verse una
montaña que él creía que era el monte Esperanza, a casi cincuenta kilómetros.
Spencer-Smith, que había luchado valientemente por avanzar y no había
pronunciado quejas innecesarias, partió con el grupo la mañana siguiente y
continuó avanzando hasta poco después del mediodía. Luego, informó sobre su
imposibilidad de seguir, y Mackintosh anunció una parada. Spencer-Smith sugirió
que debían dejarlo con provisiones y una tienda mientras que los otros miembros
del grupo seguían avanzando hasta el monte Esperanza, y con valentía le aseguró
a Mackintosh que el descanso le haría bien y que estaría listo para marchar
cuando regresaran. El grupo aceptó, después de consultarlo brevemente, adoptar
su plan. Mackintosh consideró que debía colocarse el depósito y que el retraso
sería peligroso. Spencer-Smith se quedó con una tienda, un trineo y
provisiones, y se le dijo que esperara al grupo que regresaría en alrededor de
una semana. La tienda fue armada de manera tal que fuera lo más cómoda posible
en su interior, y se dejó comida al alcance del hombre enfermo. Spencer-Smith
despidió con alegría a sus compañeros después de almuerzo, y el grupo estuvo a
unos diez kilómetros de distancia antes de la tarde. Aquella noche, cinco
hombres debieron apretujarse en una tienda, pero con una temperatura bajo cero,
no objetaron el hecho de estar hacinados.
El 23 de enero, una densa niebla oscureció todos los hitos, y como ahora era
necesario orientarse con respecto a las montañas, el grupo debió acampar a las
11:00, tras viajar solo seis kilómetros y medio. El mal tiempo siguió el 14, y
los hombres no volvieron a moverse hasta la mañana del 15. Ese día, recorrieron
veintiocho kilómetros y medio y acamparon a las 18:00 al borde del «mayor
cordón de hielo causado por la presión» que Joyce había visto jamás. Estaban
dirigiéndose hacia las montañas y se topaban con la tremenda congestión creada
por el flujo del glaciar Beardmore hacia el hielo de la Barrera.
«Decidimos mantener el campamento», decía el relato de Joyce acerca del trabajo
del 2.6 de enero. «El capitán, Richards y yo nos amarramos juntos, yo iba en
cabeza, para intentar encontrar un curso a través de esta presión. Nos topamos
con grietas muy anchas, bajamos por muchas, subimos a la cima de una cresta muy
alta y ¡qué panorama! Imaginen miles de toneladas de hielo revuelto hasta una
profundidad de casi trescientos metros. Tomamos un par de fotografías, luego
seguimos hacia el este. Por fin, encontramos un paso y seguimos a través de
pequeñas grietas hasta el monte Esperanza, o por lo menos esperábamos que así
se llamara aquella montaña. Vemos un gran glaciar más adelante que tomamos por
el Beardmore, sobre el que se encuentra esta montaña, pero la posición en la
carta parece equivocada. (No lo estaba. E. H. S.). Prácticamente llegamos al
pie del hielo cuando Richards vio algo a la derecha, que resultaron ser dos de
los trineos del capitán Scott, levantados, pero hundidos en sus tres cuartas
partes en la nieve. Entonces, tuvimos la certeza de que este era el lugar que
habíamos luchado por alcanzar. De modo que trepamos por la ladera del glaciar y
subimos alrededor de dos mil metros, y vimos el gran glaciar Beardmore que se
extendía hacia el sur. Tiene unos cuarenta kilómetros de ancho y ofrece un
espectáculo maravilloso. Luego, regresamos a nuestro campamento, que
descubrimos que estaba a casi diez kilómetros. Salimos a las 8:00 y llegamos a
las 15:00, una buena caminata matinal. Luego almorzamos. A eso de las 16:00,
nos pusimos en camino y avanzamos con los dos trineos; acampamos alrededor de
las 19:00. Wild, Hayward y yo subimos el depósito al glaciar, con provisiones
para quince días. Lo dejamos atado a un trineo roto y colocamos una gran
bandera. Le tomé dos fotografías. No volvimos hasta las 12:30. Fue una subida
bastante pesada. Me sentí muy complacido de ver nuestro trabajo finalmente
terminado… Nos acostamos a las 24:00. La distancia recorrida durante el día fue
de treinta y cinco kilómetros y medio».
El grupo permaneció en el campamento hasta las 15:30 del 27, debido a una
ventisca con abundante nieve. Luego, emprendieron el viaje con mejor tiempo y
atravesaron el área llena de grietas antes de acampar a las 19:00. Joyce sufría
de ceguera por la nieve. Ahora regresaban a casa, con quinientos noventa
kilómetros por recorrer. El 28 cubrieron veintiséis kilómetros y medio, con
Joyce absolutamente ciego y tomándose del arnés para guiarse, «pero aún así
cargando su parte». Llegaron al campamento de Spencer-Smith la tarde siguiente
y lo encontraron en su saco de dormir, incapaz de caminar. El diario de Joyce
de esta fecha contiene una referencia bastante sombría de la perspectiva, pues
supuso que Mackintosh tampoco sería capaz de hacer la marcha de regreso. «Los
perros aún se mantienen en forma», añadió. «Si tan solo aguantaran hasta los
80° S, podremos tener comida suficiente para acogerlos, y luego si el barco
está, estoy seguro de que vivirán cómodamente el resto de sus vidas».
El 30 no se pudo avanzar, puesto que estaba soplando una fuerte ventisca. El
grupo recorrió casi trece kilómetros el 31, con Spencer-Smith en su saco de
dormir, cargado en uno de los trineos. El pobre estaba tan incapacitado que
tuvo que ser levantado y trasladado, pero su coraje no lo abandonó. Sus
palabras eran alegres aún cuando su sufrimiento físico y su debilidad eran muy
pronunciados. La distancia recorrida el 1 de febrero fue de veintiún
kilómetros. La mañana siguiente, el grupo abandonó un trineo a fin de aligerar
la carga y procedió con uno solo, con Spencer-Smith acostado sobre las
provisiones y los equipos. La distancia de ese día fue de veinticinco
kilómetros. Levantaron el depósito en los 82° S el 3 de febrero, tomaron
provisiones para una semana y dejaron raciones para dos semanas para el grupo
terrestre. Joyce, Wild, Richards y Hayward se sentían en forma. Mackintosh
estaba lisiado y débil; el estado de Spencer-Smith era alarmante. Al grupo lo
estaban ayudando fuertes vientos del sur, y las distancias cubiertas
decididamente eran buenas. El dispositivo que medía la distancia recorrida por
el trineo registró veinticinco kilómetros y setecientos metros el 4 de febrero,
veintiocho kilómetros y seiscientos metros el 5, treinta kilómetros el 6 y
veintiún kilómetros y ochocientos metros el 7, cuando se recogió el depósito a
los 81° S a las 10:30, se llevaron provisiones para una semana y se dejaron
raciones para dos semanas.
La marcha hasta el siguiente depósito, a los 80° S, transcurrió sin incidentes.
El grupo avanzó bien a pesar de las malas superficies y el mal tiempo y llegó
al depósito la tarde del 12 de febrero. El suministro de provisiones en este
depósito era abundante, y los hombres tomaron raciones para quince días
(calculadas sobre la base de tres hombres) y dejaron raciones para casi cuatro
semanas. Spencer-Smith parecía estar algo mejor, y todos los hombres se
alegraron por el rápido avance. El 14, 15 y 16 de febrero fueron días malos; la
superficie blanda hacía que, en ocasiones, los hombres se hundieran hasta las
rodillas. Los perros también lo pasaron mal, y las distancias diarias cayeron a
unos trece kilómetros. La debilidad de Mackintosh crecía. Luego, el 18, cuando
el grupo estaba a menos de veinte kilómetros del depósito de Bluff,
una furiosa ventisca imposibilitó el viaje. Esa ventisca rugió durante cinco
días. Las raciones se redujeron el segundo día, y el grupo recibió media ración
el tercero.
«La ventisca sigue soplando», escribió Joyce el 20. «Las cosas están graves,
con nuestro paciente y las provisiones que escasean. Las provisiones de los
perros ya casi se acabaron, y debemos dividir sus raciones. Ahora recibimos una
taza de hoosh entre nosotros tres, con una galleta y seis
terrones de azúcar. La peor de nuestras calamidades es que nuestro aceite se
está acabando. Tenemos mucho té, pero nos falta combustible para prepararlo».
La situación de los hombres en la tienda de Mackintosh no era menos grave. El
propio Mackintosh estaba mal. No estaba seguro de su capacidad de reanudar la
marcha, pero estaba decidido a intentarlo.
«La ventisca sigue soplando», volvió a escribir Joyce el 21. «Estamos en medio
de charcos de agua hechos por nuestros cuerpos a fuerza de quedarnos en el
mismo sitio durante tanto tiempo. No sé qué haremos si esto no amaina. Ha
estado soplando en forma continua sin tregua. La comida de hoy fue una taza de
pemmican entre los tres, una galleta cada uno y dos tazas de té entre los
tres». Se agotó el queroseno, pero Richards improvisó un hornillo vertiendo
algo de alcohol (previsto para cebar el hornillo de aceite) en un tazón,
encendiéndolo y sosteniendo otro tazón sobre él. «Llevó media hora calentar el
tazón de nieve derretida de esta manera. Lo mismo de siempre, la ventisca no
cesa», era la nota de Joyce veinticuatro horas más tarde. «No queda casi nada
de comida, excepto té y azúcar. Richards, Hayward y yo, después de una larga
charla, decidimos emprender el viaje mañana de todas maneras; de lo contrario,
estaremos compartiendo el destino del capitán Scott y su grupo. La otra tienda
parece estar muy tranquila, pero de tanto en tanto, oímos una explosión de
canciones de Wild, de modo que están en la tierra de los vivos. Esta noche, les
dimos a los perros lo último que quedaba de su alimento, así que tendremos que
empujar, puesto que mucho depende de ellos». Otras citas del diario de Joyce
cuentan su propia historia.
«Miércoles, 13 de febrero: A eso de las 11:00, vimos una brecha en las nubes y
el sol que se asomaba. Decidimos comer lo que guardábamos para ponernos en
marcha. Le grité al grupo del capitán que debíamos movernos en cuanto
hubiéramos comido. Le pregunté a Wild y descubrí que tenían una bolsa de avena,
algunos cubos de Bovril, una bolsa de chocolate y dieciocho galletas, de modo
que están mucho mejor que nosotros. Después de comer, comenzamos a desenterrar
nuestro trineo, que encontramos muy hundido. Nos llevó dos horas, no podíamos
creer lo débiles que estábamos. Dos paladas y quedábamos sin aliento. Esto fue
causado por estar acostados casi sin comer. Después de sacar el trineo, lo llevamos
a la tienda del capitán, entre todos, a causa de los pesados sastrugi,
que eran muy altos. Nos pusimos en marcha a las 14:20. Tuvimos que detenernos
muchas veces por la vela y otros incidentes. A eso de las 15:10, el capitán,
que se había atado a la parte trasera del trineo, no pudo seguir avanzando. Por
lo tanto, después de consultarlo con Wild y el grupo, decidimos armar su tienda
y dejar a Wild para que se ocupara del capitán y de Spencer-Smith, y aprovechar
nuestro viaje al depósito, que está a algo menos de veinte kilómetros de
distancia. Entonces, los pusimos cómodos y los dejamos alrededor de las 15:40.
Le dije a Wild que dejaría la mayor cantidad de provisiones posible y que
volvería el 26 o el 17, si el tiempo lo permitía, pero cuando nos fuimos comenzó
a nevar mucho, el sol desapareció, y descubrimos que ni siquiera con los cuatro
perros podíamos recorrer más de un kilómetro en una hora. La superficie es tan
mala que, en ocasiones, nos hundimos hasta la cintura; sin embargo, a pesar de
todo esto, continuamos hasta las 18:35. Acampamos en medio de un rugiente
temporal. Descubrí que mi pie izquierdo estaba congelado. Después de esta
marcha, tuvimos un banquete: una taza de té y media galleta. Nos acostamos a
las 2.1:00. La situación no parece muy alegre. Esta, en realidad, es la peor
superficie que yo haya visto en todos mis viajes aquí».
Mackintosh se había mantenido en pie todo lo humanamente posible. Los registros
del viaje de ida muestran con claridad que, de verdad, no estaba en condiciones
de continuar más allá del depósito ubicado a los 82° S, y a los otros miembros
del grupo les hubiera gustado que se quedase con Spencer-Smith a los 83° S. Sin
embargo, la responsabilidad del trabajo que había que hacer era principalmente
suya, y él no quería darse por vencido. Había estado sufriendo durante varias
semanas de lo que alegremente llamaba «una torcedura en la pierna» a causa del
escorbuto. El 23, marchó durante media hora antes de desplomarse, y debió ser
sujetado parte del recorrido por Richards. Spencer-Smith estaba cada vez peor.
Wild, que se quedó a cargo de los dos inválidos, estaba bastante bien. Joyce,
Richards y Hayward, que habían emprendido el viaje de rescate, mostraban
síntomas de escorbuto, aunque en diferentes grados. Sus piernas estaban
débiles, sus encías, hinchadas. La decisión de que los inválidos, con Wild,
debían quedarse en el campamento a partir del 24 de febrero, mientras que el
grupo de Joyce seguía adelante hasta el depósito de Bluff, estaba
plenamente justificada por las circunstancias. Joyce, Richards y Hayward
tuvieron dificultad en llegar al depósito con un trineo casi vacío. El intento
de hacer el viaje con dos hombres incapacitados podría haber significado la
pérdida de todo el grupo.
«Jueves, 24 de febrero.- Nos levantamos a las 4:30, tomamos una taza de té con
media galleta y emprendimos viaje después de las 7:00. El tiempo: nevaba y
soplaba el viento como ayer. Richards, al colocar los montículos, tuvo muchos
problemas para poner la brújula dentro de los 10° a causa del viento. Durante
la mañana, tuvimos que parar cada cuarto de hora, porque nos quedábamos sin
aliento. Cada vez que el trineo golpeaba contra una masa de hielo, se quedaba
encajado (aunque solo pesaba noventa kilogramos), y a pesar de ser tres hombres
y cuatro perros, solo podíamos moverlo al grito de ¡1, 2, 3, tiren! Me pregunto
si este tiempo alguna vez mejorará. Acampamos en un estado de agotamiento,
aproximadamente a las 12:10. Almuerzo: media taza de té aguado y un cuarto de
galleta, que nos llevó más de media hora preparar. Richards y Hayward salieron
de la tienda a fin de alistarse para emprender la marcha, pero la fuerza del
viento y la nieve se lo impidió. La fuerza del viento es de unos ciento veinte
o ciento treinta kilómetros por hora. Decidimos traer a la tienda los sacos de
dormir, lo cual llevó un tiempo considerable. Lo peor de acampar son los pobres
perros y nuestra debilidad, lo cual significa que tenemos que salir de nuestros
húmedos sacos de dormir y tomar otra media taza de té sin haber trabajado para
ello. Incluso juntando los restos, es una comida muy escasa. Este es el segundo
día en que los perros se han quedado sin comer, y si no podemos recoger pronto
las provisiones del depósito y salvar a los perros, será casi imposible
arrastrar a nuestros dos inválidos de regreso los ciento sesenta kilómetros que
tenemos que recorrer. El viento siguió soplando con furia implacable basta las
19:00, y luego se calmó. De inmediato salimos, pero vimos que estaba nevando
tanto que era imposible avanzar a causa de nuestra debilidad. No debíamos dejar
pasar ninguna oportunidad. Nos volvimos a acostar. El viento volvió a soplar a
las 20:30, y había mucha ventisca. A pesar de todo, mis compañeros de tienda
están muy alegres y ven el lado bueno de todo. Después de charlarlo, decidimos
esperar y nos acostamos. Los sueños que tenemos son realmente maravillosos, en
especial acerca de comida. Esperamos que la Providencia nos ayude con el tiempo
mañana.
»Viernes, 25 de febrero.- Salimos a las 4:45. Richards preparó nuestro banquete
habitual: media taza de té y un cuarto de galleta, que saboreamos con gusto.
Nos pusimos en camino a las 7:00; avanzamos y nos detenemos cada diez minutos o
cada cuarto de hora. Sigue nevando y soplando el viento como ayer. Estamos muy
débiles, pero no podemos darnos por vencidos. Muchas veces hablamos del pobre
capitán Scott y del temporal que acabó con él y su grupo. De habernos quedado
en nuestra tienda otro día, no creo que hubiéramos podido ponernos en marcha
otra vez y habríamos compartido el mismo destino. Sin embargo, si sucede lo
peor, hemos decidido seguir adelante y morir con las botas puestas. Si alguien
nos viera en este momento se sorprendería: tres hombres tambaleándose, con
cuatro perros muy débiles; un trineo prácticamente vacío con bastante viento
que se desliza con dificultad; nuestras ropas están todas rotas, las finneskoe y
los sacos de dormir, desgarrados. La tienda es nuestro peor punto, está toda
destrozada en el frente, y tememos acampar por ello, ya que hace demasiado frío
para remendarla. Acampamos para nuestro gran almuerzo a mediodía. Después de
cinco horas de lucha, creo que avanzamos no más de cinco kilómetros. Después
del almuerzo, nos sentamos en nuestra tienda para analizar la situación.
Decidimos ponernos en marcha otra vez en cuanto aclare un poco. Sigue nevando,
y la fuerza del viento es de ochenta o cien kilómetros por hora.
»Sábado, 26 de febrero.- Richards salió a la 1:10 y vio que estaba aclarando un
poco, de modo que nos pusimos en camino lo antes posible, que fue a las 2:10.
Alrededor de las 2:35, Richards avistó el depósito, que parecía estar justo
arriba de nosotros. Supongo que acampamos a poco más de un kilómetro de él. Los
perros lo vieron, lo cual pareció electrizarlos. Cobraron vida nueva y comenzaron
a correr, pero nosotros estábamos tan débiles que no pudimos avanzar ni
doscientos metros y, luego, debimos descansar. Creo que no hubiéramos aguantado
otro día. Llegamos al depósito a las 3:25; lo encontramos en un estado ruinoso,
cajas por todas partes. No creo que haya llegado jamás un grupo tan débil a un
depósito, en el norte o en el sur. Después de un gran esfuerzo, sacamos la
tienda y acampamos. Luego, dimos a los perros una buena porción de pemmican. Si
alguna vez hubo perros que le salvaron la vida a alguien, esos perros fueron
los nuestros. Esperemos que continúen con buena salud, para que podamos
reunirnos con nuestros compañeros. Comencé a cocinar. Ninguno de nosotros tenía
apetito, aunque estábamos en la tierra de la abundancia, como llamamos a este
depósito: abundantes galletas y otras cosas, pero no podíamos comer. Creo que
es la reacción, no solo por llegar aquí, sino también por no tener noticias del
barco, que era lo dispuesto antes de que partiéramos. Pensamos que sucedió una
calamidad. Esperemos que todo salga bien. Decidimos empezar con copos de avena
y leche, que nos sentó muy bien, y luego una taza de té. Qué alegre suena el
hornillo Primus. Parece que saliéramos de una densa niebla de Londres y
llegáramos a un salón. Después de analizarlo, decidimos comer pemmican dentro
de cuatro horas y así sucesivamente, hasta que desapareciera nuestra debilidad.
Más tarde, seguía el mismo tiempo. Nos pondremos en camino y haremos una marcha
forzada lo antes posible. Creo que recuperaremos nuestras fuerzas viajando y
alimentándonos bien. Más tarde: el tiempo no nos permitirá viajar todavía.
Remendamos nuestra tienda rota con bolsas de comida. Ello nos tomó cuatro
horas. Alimentamos a los perros cada cuatro horas, y Richards y Hayward armaron
el depósito. Realmente es sorprendente descubrir que hacen falta dos hombres
para levantar una caja de veinte kilogramos. Eso solo ya muestra nuestra
debilidad. El tiempo sigue igual, la fuerza del viento por momentos asciende a
entre cien y ciento cuarenta kilómetros por hora. Es en efecto sorprendente lo
mucho que esto puede durar.
»Domingo, 27 de febrero.- El viento continuó soplando con furia durante toda la
noche. Cada minuto esperábamos que la tienda saliera volando. Nos levantamos a
las 5:00, y el tiempo estaba tan malo que no podíamos salir de la tienda.
Seguimos muy débiles, pero creemos que podemos hacer los veinte kilómetros que
nos separan de nuestros camaradas en una larga marcha. Si tan solo aclarara el
tiempo durante un día, no nos importaría. Esta es la ventisca continua más
larga que jamás vi. No hemos tenido un día entero de viaje durante once días, y
la cantidad de nieve que ha caído es impresionante. Más tarde comimos algo, a
las 10:30 y decidimos ponernos en marcha, a pesar del viento y de la nieve.
Salimos a las 12:00. En el trineo, llevamos comida para tres semanas, setenta
kilogramos, y comida para perros para una semana, veintidós kilogramos. El
peso, todo incluido, es de unos doscientos setenta kilogramos. También llevamos
un trineo extra para llevar al capitán Mackintosh. Para nuestra sorpresa, no
pudimos mover los trineos. Después de media hora, avanzamos unos 10 metros.
Levantamos el trineo y lijamos los patines; luego, anduvo algo mejor. Me temo
que nuestra debilidad es mucho mayor de lo que pensamos. Hayward está mal de
sus rodillas, que le están dando problemas y le duelen mucho; cuando acampemos,
le daremos un buen masaje. Los perros han perdido todo interés en tirar del
trineo; parece que pensaran que volver al sur no es bueno para ellos; al
parecer, solo trotan, y nosotros no podemos hacer más. No creo que nuestro
ritmo sea superior a un kilometro en una hora. La superficie es pésima, la
nieve nos llega a las rodillas, y con el viento y la ventisca, la perspectiva
no es buena. Almorzamos a las 16:30. Seguimos hasta las 23:20, momento en el
que acampamos. Estaba muy oscuro para preparar la cena, pero pronto terminamos
todo ese proceso. Luego Richards pasó alrededor de una hora frotando las
piernas de Hayward con alcohol metílico, lo cual le sentó muy bien. Si se
desplomara ahora, no sabría qué hacer. Nos acostamos a la 1:30. Ahora todo está
tranquilo, pero nublado, y nieva.
»Lunes, 28 de febrero.- Nos levantamos a las 6:00. Se puede ver un poco de
horizonte. Emprendimos la marcha a las 9:00. La razón del retraso es que tuve
que remendar las finneskoe, que están en pésimas condiciones. Ayer
se me congelaron los pies. Alrededor de las 11:00, empezó a nevar y se nubló
por completo. Debíamos haber alcanzado a nuestros pobres compañeros en tres o
cuatro horas, pero el destino dispone otra cosa, puesto que volvió a soplar una
ventisca fuerte alrededor de las 11:45. Acampamos a mediodía. Creo que el grupo
debe de estar a muy poca distancia, pero no podemos seguir, puesto que
podríamos pasarlos y no tenemos ninguna posición para seguir, solo podemos
guiarnos con la brújula. Más tarde, siguió soplando la ventisca toda la tarde y
la noche.
»Martes, 29 de febrero.- Nos levantamos a las 5:00; sigue el mal tiempo. Aclaró
un poco hacia el sur a eso de las 8:00, cuando Richards avistó algo negro al
norte de nosotros, pero no pudo ver bien qué era. Después de mirar alrededor,
avistamos el campamento al sur, de modo que nos pusimos en marcha lo antes
posible. Llegamos al campamento cerca de las 12:45, cuando Wild salió a nuestro
encuentro. Lo saludamos con alegría, ya que esperábamos encontrarlos en muy
malas condiciones. Dijo que había hecho un poco de ejercicio todos los días; no
tenían nada de comida. Luego el capitán salió de la tienda, muy débil y tratando,
como podía, de caminar. Dijo: “Quiero agradecerles el salvarnos la vida”. Le
dije a Wild que fuera a darles de comer, pero no demasiado al principio para
que no les haga daño, puesto que voy a ponerme en marcha en cuanto hayan
comido. De modo que almorzamos, y el capitán se adelantó para hacer algo de
ejercicio y, después de una hora de cavar, aprestamos todo para irnos. Cuando
levantamos a Smith, vimos que estaba en un gran hueco que había derretido. Este
grupo había estado en un campamento durante doce días. Nos pusimos en marcha y
levantamos al capitán; se había caído, pues estaba demasiado débil para
caminar. Lo pusimos en el trineo que habíamos traído y acampamos cerca de las
20:00. Creo que recorrimos unos cinco kilómetros, bastante bien para estar con
dos hombres en los trineos y Hayward en muy mal estado. No creo que haya habido
un grupo, en el norte o en el sur, en tantos apuros, tres hombres incapacitados
y tres de nosotros muy débiles; sin embargo, los perros parecen tener vida
nueva desde que nos dirigimos hacia el norte. Creo que se dan cuenta de que
están regresando a casa. Me alegro de haberlos conservado, aun cuando estábamos
muertos de hambre. Yo sabía que tenían que estar con nosotros al final. Ahora
tenemos que esperar que nos ayuden los vientos del sur, que supongo tendremos
en esta época del año. Esperemos que la temperatura no baje, ya que nuestros
sacos de dormir están empapados y rotos, y toda nuestra ropa está llena de
agujeros, y las finneskoe, en un estado lamentable; de hecho, uno
nunca saldría un día frío en la civilización con la ropa deshecha que tenemos.
Nos acostamos a las 23:00 chorreando, pero con un mejor estado de ánimo. Espero
intentar llegar al depósito mañana, aunque debamos marchar más tiempo del
debido.
»Miércoles, 1 de marzo.- Salimos a la hora de siempre, con un buen viento sur,
pero tuvimos peor suerte, hay mucha ventisca. Izamos la vela y pusimos al
capitán en el trineo de atrás. La temperatura ha bajado y hace mucho
frío. Bluff está a la vista. Estamos avanzando bien, hicimos
un buen kilometraje antes del almuerzo. Después de comer, el viento sopló un
poco más fuerte. Hayward aún se está aferrando al trineo; el capitán se cayó
dos veces. Llegamos al depósito a las 17:45. Cuando acampábamos, descubrimos
que se nos habían caído los palos de las tiendas, de modo que Richards
retrocedió un poco y los vio con los binoculares a unos ochocientos metros de
distancia y los trajo. Hayward y yo teníamos mucho frío para entonces; la
ventisca es terrible. Moraleja: asegurarse de que todo esté bien sujetado.
Enseguida montamos la tienda, cocinamos nuestra cena en la oscuridad y nos
dormimos cerca de las 22:00.
»Jueves, 2 de marzo.- Nos levantamos como de costumbre. Fuerte viento del
suroeste con mucha ventisca. Tomamos provisiones del depósito para dos semanas.
Creo que eso nos alcanzará, puesto que hay otro depósito a unos ochenta
kilómetros al norte de aquí; voy a dar un rodeo a causa de las grietas, y no
podemos arriesgarnos demasiado con dos hombres en trineos y otro tullido.
Salimos a las 10:00, almorzamos a mediodía bajo mucha ventisca y tardamos una
hora en montar las tiendas, pues el viento era muy fuerte. Después del
almuerzo, encontramos los trineos hundidos en la nieve y tardamos un poco en
ponernos en marcha. El viento y la nieve eran muy intensos; izamos la vela a
medias y salimos cerca de las 15:30. El viaje es perfecto, en ocasiones los
trineos nos pasan. Seguimos hasta las 10:00, y el resultado fue un excelente
viaje para el día: recorrimos una distancia de unos dieciocho o veinte
kilómetros. Nos anima un poco avanzar de esta manera; solo esperamos poder
seguir así todo el camino. Tuvimos que cocinar en la oscuridad, pero no nos
importó. Nos acostamos a eso de las 13:00, satisfechos con nosotros mismos,
aunque estábamos mojados por la nieve que se había metido por los agujeros de
nuestra ropa, y los sacos de dormir están peor que nunca.
»Viernes, 3 de marzo.- Nos levantamos a la hora de siempre. Ha soplado una
ventisca furiosa durante toda la noche. Para nuestro disgusto, descubrimos que
era totalmente imposible seguir. Otras horas más de agonía en estos malditos
sacos. Más tarde, ventisca mucho más fuerte. Me entretuve remendando las finneskoe y
los Burberry, mitones y calcetines. Encendí el Primus mientras hacía todo esto.
Espero que mañana sea un buen día.
»Sábado, 4 de marzo.- Nos levantamos a las 5:10. Seguía soplando la ventisca,
pero decidimos ponernos en marcha, puesto que tendremos que intentar viajar a
pesar de todo, ya que Hayward está empeorando, y no se sabe quién será el
próximo. Sin duda, se trata de escorbuto, y la única cura posible es la comida
fresca. Sinceramente, espero que esté el barco; de lo contrario, subiremos las
colinas por Castle Rock, que es bastante difícil, y nos retrasará dos llena de
agujeros, y las finneskoe, en un estado lamentable; de hecho, uno
nunca saldría un día frío en la civilización con la ropa deshecha que tenemos.
Nos acostamos a las 13:00, chorreando, pero con un mejor estado de ánimo.
Espero intentar llegar al depósito mañana, aunque debamos marchar más tiempo
del debido.
»Miércoles, 1 de marzo.- Salimos a la hora de siempre, con un buen viento sur,
pero tuvimos peor suerte, hay mucha ventisca. Izamos la vela y pusimos al
capitán en el trineo de atrás. La temperatura ha bajado y hace mucho
frío. Bluffestá a la vista. Estamos avanzando bien, hicimos un buen
kilometraje antes del almuerzo. Después de comer, el viento sopló un poco más
fuerte. Hayward aún se está aferrando al trineo; el capitán se cayó dos veces.
Llegamos al depósito a las 17:45. Cuando acampábamos, descubrimos que se nos
habían caído los palos de las tiendas, de modo que Richards retrocedió un poco
y los vio con los binoculares a unos ochocientos metros de distancia y los
trajo. Hayward y yo teníamos mucho frío para entonces; la ventisca es terrible.
Moraleja: asegurarse de que todo esté bien sujetado. Enseguida montamos la
tienda, cocinamos nuestra cena en la oscuridad y nos dormimos cerca de las
21:00.
»Jueves, 2 de marzo.- Nos levantamos como de costumbre. Fuerte viento del
suroeste con mucha ventisca. Tomamos provisiones del depósito para dos semanas.
Creo que eso nos alcanzará, puesto que hay otro depósito a unos ochenta
kilómetros al norte de aquí; voy a dar un rodeo a causa de las grietas, y no
podemos arriesgarnos demasiado con dos hombres en trineos y otro tullido.
Salimos a las 10:00, almorzamos a mediodía bajo mucha ventisca y tardamos una
hora en montar las tiendas, pues el viento era muy fuerte. Después del
almuerzo, encontramos los trineos hundidos en la nieve y tardamos un poco en
ponernos en marcha. El viento y la nieve eran muy intensos; izamos la vela a
medias y salimos cerca de las 15:30. El viaje es perfecto, en ocasiones los
trineos nos pasan. Seguimos hasta las 20:00, y el resultado fue un excelente
viaje para el día: recorrimos una distancia de unos dieciocho o veinte
kilómetros. Nos anima un poco avanzar de esta manera; solo esperamos poder
seguir así todo el camino. Tuvimos que cocinar en la oscuridad, pero no nos
importó. Nos acostamos a eso de las 23:00, satisfechos con nosotros mismos,
aunque estábamos mojados por la nieve que se había metido por los agujeros de
nuestra ropa, y los sacos de dormir están peor que nunca.
»Viernes, 3 de marzo.- Nos levantamos a la hora de siempre. Ha soplado una
ventisca furiosa durante toda la noche. Para nuestro disgusto, descubrimos que
era totalmente imposible seguir. Otras horas más de agonía en estos malditos
sacos. Más tarde, ventisca mucho más fuerte. Me entretuve remendando las finneskoe y
los Burberry, mitones y calcetines. Encendí el Primus mientras hacía todo esto.
Espero que mañana sea un buen día.
»Sábado, 4 de marzo.- Nos levantamos a las 5:20. Seguía soplando la ventisca,
pero decidimos ponernos en marcha, puesto que tendremos que intentar viajar a
pesar de todo, ya que Hayward está empeorando, y no se sabe quién será el
próximo. Sin duda, se trata de escorbuto, y la única cura posible es la comida
fresca. Sinceramente, espero que esté el barco; de lo contrario, subiremos las
colinas por Castle Rock, que es bastante difícil, y nos retrasará dos días más.
Smith sigue alegre; apenas se ha movido en semanas, y hay que hacerle todo. Nos
pusimos en marcha a las 9:35. Nos tomó unas dos horas desenterrar los perros y
los trineos, puesto que estaban completamente cubiertos. Ahora sucede lo mismo
todas las mañanas. Izamos las velas, vamos bastante bien. Hayward se sube al
trineo de tanto en tanto. Almorzamos como de costumbre; a la hora del almuerzo,
los trineos quedaron otra vez cubiertos de nieve. Ahora lleva bastante tiempo
armar el campamento, y es terrible con la ventisca. Por la tarde, el viento
amainó un poco, y la ventisca cesó. Nos costó mucho tirar de la carga con el
tercer hombre en el trineo, ya que Hayward ha estado subido a él durante toda la
tarde. El viento viró dos puntos hacia el sur, de modo que tuvimos buen viento.
Una hora antes de acampar, vimos aparecer los montes Erebus y Terror, un grato
espectáculo. Solo esperamos que el viento siga soplando. La ventisca es lo peor
de todo, pues se nos mete en la ropa, que ya está empapada. Acampamos a las
20:00. Cocinamos en la oscuridad y nos acostamos en nuestros sacos de dormir
mojados cerca de las 22:00. La distancia recorrida fue doce o catorce
kilómetros.
»Domingo, 5 de marzo.- Nos levantamos a las 6:15. Nos quedamos dormidos, pues
estábamos muy cansados después del día de ayer. El sol brilla con fuerza, y no
hay viento. Parecía extraño anoche que no se oyera el aleteo de la tienda.
Cerca de las 8:30, comenzó otra vez la ventisca. Nos pusimos en marcha a las
9:20, con ambas velas puestas. Es difícil llevar el trineo, en especial en las
partes blandas. Si Hayward no hubiera enfermado, no sentiríamos tanto el peso.
Almorzamos a las 12:45. Nos pusimos en marcha a las 15:00. El viento y la
ventisca son muy fuertes. Por fortuna, sopla, pues de lo contrario, tendríamos
que hacer relevos. Toda la tierra está ensombrecida. La distancia recorrida fue
de dieciséis o diecisiete kilómetros, un buen resultado. Acampamos a las 19:10
en la oscuridad. Los pacientes no están nada bien. Espero llegar, si no hay
accidentes, en cuatro días.
»Lunes, 6 de marzo.- Salimos a las 9:20. Recogimos el depósito de las treinta y
dos millas a las 11:00. Por la mañana, avanzamos con bastante viento, que
amainó un poco después del almuerzo, y eso causó que tirar del trineo nos
costara mucho más. Me parece que tendremos que dejar a alguien en un depósito
si el viento deja de soplar por completo. La distancia recorrida durante el día
fue de unos trece kilómetros.
»Martes, 7 de marzo.- Salimos a las 9:00. Aunque nos levantamos a las 5:00, me
parece que pasó mucho tiempo antes de que nos pusiéramos en marcha. Ahora el
trabajo es doble con nuestros inválidos. Este es el día más tranquilo que hemos
tenido en semanas. El sol brilla, y toda la tierra está a la vista. Es muy
difícil avanzar. Cerca de las 11:00, se levantó una brisa; pusimos la vela,
pero la carga resulta muy muy pesada. Hayward y el capitán van delante con
bastones, muy despacio, pero eso los animará y les hará bien. ¡Si tan solo
pudiéramos tener comida fresca! Cerca de las 11:00, decidimos acampar,
reacondicionar los trineos y dejar en el depósito todo el equipo, excepto lo
que de verdad hace falta. Volvimos a salir a las 14:00, pero la superficie está
tan pegajosa que no hubo diferencia. Después de consultarlo, el capitán decidió
quedarse en una tienda con provisiones para tres semanas mientras nosotros
seguíamos adelante con Smith y Hayward. Parece difícil, estamos a menos de
cincuenta kilómetros de distancia y, sin embargo, no podemos obtener ayuda
alguna. Nuestros equipos están totalmente deshechos, no dormimos nada anoche,
lo pasamos temblando toda la noche dentro de los sacos chorreando. Me pregunto
cuál será el desenlace de todo esto después de nuestra lucha. Confío en la
Providencia. La distancia recorrida fue de cinco kilómetros y medio.
»Miércoles, 8 de marzo.- Salimos a las 9:20. Nos despedimos del capitán y nos
llevamos a Smith y a Hayward. Había bastante viento, y avanzamos bien.
Esperamos llegar a Hut Point en cuatro días. Almorzamos en el
depósito Nº 2. La distancia recorrida fue de algo más de siete kilómetros. Nos
pusimos en marcha como de costumbre, después de almuerzo; había viento en
contra, y avanzar resultó muy difícil. Seguimos hasta las 18:30. La distancia recorrida
fue de catorce o quince kilómetros.
»Jueves, 9 de marzo.- Pasamos una muy mala noche, porque el frío era muy
intenso. La temperatura bajó a -34°C durante toda la noche. A las 4:00,
Spencer-Smith anunció que se sentía extraño. Wild le habló. Luego, a las 5:45,
Richards de pronto dijo: “Creo que se murió”. Pobre Smith, había sido
arrastrado en el trineo durante cuarenta días, sufriendo, pero nunca renegó ni
se quejó. Pasó un tiempo agotador dentro su saco mojado, y el agitado viaje en
trineo con un corazón debilitado no fue bueno para él. En ocasiones, cuando lo
levantábamos en el trineo casi se desmayaba, pero durante todo ese tiempo nunca
se quejó. Wild cuidó de él desde el comienzo. Lo sepultamos con su saco a las
9:00 en la siguiente posición: Ereb. 184°, Obs. Hill 149° . Hicimos una cruz de
bambú y construimos un montículo con sus datos. Luego, nos pusimos en marcha,
puesto que teníamos el viento norte en nuestras caras, con una temperatura
inferior a -29°C. Con las congelaciones y demás dolencias, todos estamos
sufriendo. Hasta los perros parecen darse por vencidos; no muestran interés en
su trabajo. Hemos estado lejos durante mucho tiempo, y no hay nada por delante
que nos alegre, excepto una cabaña fría y triste. Por la mañana, recorrimos cerca
de cuatro kilómetros; Hayward se adelantaba algunos pasos cada vez que teníamos
un descanso. Durante el almuerzo, el viento viró al sur, perfecto para poner la
vela. Seguimos con Hayward en el trineo y acampamos en la oscuridad cerca de
las 20:00. Nos acostamos a las 22:00, cansados, rendidos y tristes. Esperamos
llegar al depósito mañana.
»Viernes, 10 de marzo.- Nos levantamos como de costumbre. Viento de través
bastante fuerte, muy frío. Llegamos a nieve muy blanda cerca de las 15:00;
arribamos a Safety Camp a las 17:00. Fuimos al extremo de la
Barrera de Hielo, encontramos un paso sobre una bahía llena de focas. Los
perros se excitaron mucho, y nos costó mantenerlos alejados. Con el catalejo,
parecía claro hasta el cabo Armitage, que está a una distancia de más de siete
kilómetros. Llegamos allí a las 20:00, en plena oscuridad, con mala luz.
Encontramos aguas abiertas. Giramos para trepar las laderas contra una fuerte
brisa del noreste con ventisca. Encontramos un sitio a kilómetro y medio de
distancia, pero estábamos tan agotados que nos llevó hasta las 23:30 subir todo
el equipo. Esta ladera tenía unos ciento cuarenta metros de altura, y cada tres
pasos teníamos que parar a recobrar el aliento. Finalmente, acampamos y nos
acostamos a las 2:00. Creo que es el peor día que tuve. Con la desilusión de no
haber llegado a rodear la península, el largo día y la idea de llevar a Hayward
por las laderas no es fácil dormirse.
»Sábado, 11 de marzo.- Nos levantamos a las 7:00; tomé los binoculares y subí
la ladera para mirar alrededor del cabo. Para mi sorpresa, encontré que las
aguas abiertas y el hielo en el cabo solo se extendían a lo largo de kilómetro
y medio. Bajé y di a los muchachos la buena noticia. Creo que llevaría otros
dos difíciles días atravesar las colinas, y estamos demasiado débiles para
ello, puesto que temo que otro de nosotros colapse. Richards y Wild subieron
para mirar la parte trasera de la bahía y descubrieron que el hielo era seguro.
Nos pusimos en marcha a las 10:30, rodeamos el cabo y encontramos hielo. Estaba
muy fangoso, pero seguimos adelante. Ahora no hay forma de volver atrás;
enseguida, encontramos hielo duro y finalmente llegamos a Hut Point cerca
de las 15:00. Parece extraño después de nuestras aventuras volver a la vieja
cabaña. Este lugar ha estado en pie desde que lo construimos en 1901 y ha sido
el punto de partida de algunas expediciones desde entonces. Cuando bajábamos
por la bahía, me imaginaba el Discovery allí, cuando Scott
llegó de su expedición al Sur más lejano en 1902, el barco decorado como un
arco iris, y el teniente Armitage dando las noticias de que el capitán Scott
había llegado a los 82° 17’ S. Aquel día, perdimos el control. Pero ahora
nuestro regreso a casa es muy diferente. La cabaña está medio llena de nieve
que entró por una ventana que quedó abierta, pero pronto pusimos todo en orden
y llevamos a Hayward. Encendí un fuego y puse muchas verduras, puesto que había
una gran provisión de verduras deshidratadas. Luego, una vez que comimos,
Richards y Wild fueron hasta la bahía y mataron un par de focas. Esa noche,
serví un buen menú de carne de foca, y nos acostamos cerca de las 23:00,
llenos, demasiado llenos, de hecho. Como aquí no hay noticias del barco, y no
podemos verlo, sospechamos que se hundió con todos los hombres. No veo que haya
ninguna posibilidad de que esté a flote porque, de lo contrario, estaría aquí.
No sé cómo lo tomará el capitán.
»Domingo, 12 de marzo.- Oímos quejidos procedentes de los sacos de dormir
durante toda las noche. Los hombres sufren por haber comido en exceso. Hayward
no está muy bien. Nos levantamos a las 8:00. Buen desayuno: avena cocida, foca,
verduras y café, todo un banquete para nosotros. Después del desayuno, Richards
y Wild mataron un par de focas, mientras yo ordenaba la cabaña para volverla
algo más cómoda. Hayward casi no puede moverse. Todos estamos muy mal, pero
debemos seguir haciendo ejercicio. Tengo los tobillos y las rodillas muy
hinchados, igual que las encías. Wild tiene manchas negras alrededor de las
articulaciones y en las encías. Richards parece ser el que mejor está. Después
de despejar la nieve de la cabaña, preparé una comida que creo que mantendrá el
escorbuto a raya. Los perros perdieron su lasitud y están muy juguetones,
excepto Oscar, que sufre de un exceso de alimentación. Después de
un agotador día de trabajo, nos acostamos a las 22:00.
»Lunes, 13 de marzo.- Nos levantamos a las 7:00. Seguimos casi con las mismas
actividades de ayer, trayendo grasa y carne de foca. Nos estamos preparando
para partir mañana; espero que todos estén bien. Hice un nuevo arnés para los
perros y preparé los trineos. A la tarde, cociné suficiente carne de foca para
nuestro viaje de ida y vuelta, y lo mismo para los perros. Nos acostamos a las
22:00; ya nos sentíamos mucho mejor.
»Martes, 14 de marzo.- Un día magnífico. Salimos después de almorzar. Uno
pensaría, al mirar a nuestro grupo, que somos los hombres más andrajosos que
alguien podría encontrar; nuestra ropa ya no puede seguir remendándose,
nuestras caras están negras, somos un grupo del que cualquiera se alejaría.
Avanzamos muy bien. En cuanto rodeamos el cabo Armitage, nos topamos con viento
desfavorable y una temperatura de -28°C, de modo que no nos espera un tiempo
agradable. Llegamos a Safety Camp a las 18:00 y nos acostamos
a las 20:30, después de alistar todo.
»Miércoles, 13 de marzo.- Salimos como de costumbre. El día está bueno y
tranquilo. Pasamos una noche muy fría, la temperatura bajó a -34, 5°C.
Avanzamos a buen ritmo; a pesar de nuestras piernas hinchadas, recorrimos cerca
de veinticinco kilómetros. Hacía mucho frío cuando acampamos, la temperatura
era de -29°C. Nos acostamos a las 21:00.
»Jueves, 16 de marzo.- Nos levantamos antes de que saliera el sol, a las 4:45.
Pasamos una noche muy fría y no dormimos mucho. Salimos temprano. Vamos bien.
Cruzamos frente a la tumba de Smith a las 10:45 Y almorzamos en el depósito.
Justo después, vimos el campamento del capitán, y al mirar con el catalejo, lo
encontramos fuera de la tienda, para alegría de todos los hombres, puesto que
esperábamos que hubiera empeorado. Lo recogimos a las 16:15. Le di la noticia
de la muerte de Smith y de la ausencia del barco. Le indiqué el día 17 como la
fecha de nuestro regreso, de modo que se sorprendió. Levantamos su tienda; nos
dirigimos hacia el norte durante una hora y acampamos. Le ofrecimos al capitán
un banquete de foca, verduras y mermelada de grosella, la comida de su vida. Se
le ve mal. Espero llevarlo en tres días, y creo que la comida fresca lo hará
sentirse mejor. Nos acostamos a las 8:00. La distancia recorrida durante el día
fue de veintiséis kilómetros.
»Viernes, 17 de marzo.- Nos levantamos a las 5:00. Salimos a las 8:00. El
capitán se siente mucho mejor después de haber comido. Almorzamos a unos metros
de la tumba de Smith. Tuvimos una buena tarde y avanzamos bien. La distancia,
unos veintiséis kilómetros. La noche, muy fría, con una temperatura de -34,5°C.
Con los sacos y la ropa mojadas, es terrible.
»Sábado, 18 de marzo.- Salimos a las 5:00. La noche fue muy fría. Temperatura,
-34°C. La superficie está muy buena. El capitán caminó un tramo, lo cual le
hizo mucho bien. Almorzamos como de costumbre. Buen ritmo. Después de almorzar,
avanzamos bien. Llegamos a Safety Camp a las 16:10. Para
nuestro deleite, encontramos el hielo marino en las mismas condiciones y
llegamos a Hut Point a las 19:00. Encontramos a Hayward igual
que antes. Nos pusimos a trabajar y preparamos una buena cena, y todos los
hombres parecen estar de muy buen ánimo. Hemos llegado y trajimos al grupo,
ahora falta que ellos mejoren. Mucho ejercicio y comida fresca debería hacer
milagros. Hemos estado fuera 160 días, y recorrimos una distancia de dos mil
quinientos doce kilómetros, un buen récord. Creo que la ironía del destino fue
que el pobre de Smith se muriera a menos de un día de llegar.
Entiendo que pronto todos estaremos bien. Nos acostamos a las 22:30. Antes de
retirarse, el capitán nos dio la mano a todos con gran emoción y nos agradeció
el salvarle la vida».
Richards, resumiendo el trabajo de los grupos, dice que los viajes realizados
entre el 1 de septiembre y el 18 de marzo, período de 160 días, sumaron un
total de dos mil quinientos doce kilómetros. El viaje principal, desde Hut
Point hasta monte Esperanza y de regreso, fue de mil trescientos
treinta y cinco kilómetros.
«El equipo», añade, «era viejo al comienzo de la temporada, y esto tuvo su
severo efecto en las etapas posteriores del viaje. Durante las travesías, tres
hornillos Primus se rompieron, y la vieja tienda traída por uno de los últimos
grupos mostraba desgarros de varias decenas de centímetros de largo. Esto
entorpeció el viaje durante las largas ventiscas. Las finneskoe también
estaban destrozadas en la punta y, con frecuencia, teníamos que perder tiempo,
porque era imperativo que remendáramos la ropa. Este relato no sería completo
sin una mención del desinteresado servicio que ofreció Wild a sus dos
compañeros de tienda enfermos. Desde el momento en que se quedó rezagado
durante la larga ventisca hasta la muerte de Spencer-Smith, tuvo que atender a
dos hombres incapacitados y, a pesar de su propio estado, siempre estuvo
dispuesto, de día o de noche, a ocuparse de sus necesidades. Esto, con una
temperatura de -34,4°C, por momentos, no fue una tarea fácil.
»Sin la ayuda de nuestros fieles amigos, Oscar, Con, Gunner y Towser,
el grupo nunca podría haber regresado. Estos perros, desde el 5 de noviembre,
acompañaron a los grupos con los trineos y, si bien el ritmo muchas veces fue
lento, se adaptaron bien a él. Su resistencia fue buena. Durante tres días
enteros seguidos, no recibieron nada de comida, y esto después de un período de
recibir raciones menores. Aunque estaban débiles hacia el final del viaje, su estado
en general era bueno, y los que regresaron con ellos recordarán siempre el
notable servicio que prestaron.
»La primera indicación de que algo no andaba bien con la salud general del
grupo ocurrió a los 82° 30’ S, cuando Spencer-Smith se quejó de que tenía las
piernas duras y con manchas. Lo atribuyó a los agujeros en su ropa a prueba de
viento. A los 83° S, cuando colapso, se pensó que descansar le haría bien. A
fines de enero, el capitán Mackintosh mostró señales muy graves de cojera. A
esta altura, su grupo había estado ausente de Hut Point y, en
consecuencia, no había ingerido alimentos frescos durante unos tres meses.
»En el viaje de regreso, Spencer-Smith se fue debilitando cada vez más y,
durante algún tiempo antes del final, estuvo muy débil. El capitán Mackintosh,
con grandes esfuerzos, logró mantenerse en pie hasta que sobrevino la larga
ventisca. Aquí se descubrió que Hayward fue el primero en ser afectado por el
escorbuto: tenía las rodillas rígidas. En su caso, la enfermedad lo golpeó muy
repentinamente y, al parecer, hizo que los músculos de sus piernas se
contrajeran de tal forma que no podían estirarse más de noventa grados. También
estaba afectado levemente en las articulaciones de los brazos. En el caso de
Joyce, Wild y Richards, tenían las articulaciones rígidas y manchas negras en
las partes traseras, pero el peor síntoma era la debilidad general. Las piernas
del capitán Mackintosh eran las que peor aspecto tenían de todo el grupo».
Los cinco hombres que ahora estaban en Hut Point pronto
descubrieron que tendrían que pasar allí algunos de los meses de invierno. No
tenían noticias del barco, y había razones para suponer que no había regresado
al estrecho, puesto que de haberlo hecho, habría algún mensaje esperándolos
en Hut Point, si no más al sur. El hielo marino se había roto y se
había desplazado hacia el norte a kilómetro y medio de la península, y el grupo
debía esperar hasta el que hielo nuevo se volviera firme hasta el cabo Evans.
Había disponible mucha carne de foca, así como vegetales deshidratados, y la
comida fresca mejoró el estado de los pacientes con rapidez. Richard masajeó
las articulaciones hinchadas y vio que este tratamiento ayudaba mucho. Antes de
finales de marzo, Mackintosh y Hayward, los que estaban peor, pudieron hacer
ejercicio. Para la segunda semana de abril, Mackintosh ya no sentía dolor,
aunque seguía teniendo manchas en la parte trasera de las piernas.
Un recuento de las provisiones de la cabaña mostró que, distribuyéndolas con
discreción, les alcanzarían hasta mediados de junio. Richards y Wild mataron
muchas focas, de modo que no había escasez de carne y de grasa. También se
procuraron algunos pingüinos. El único medio para cocinar la comida y calentar
la cabaña era una cocina improvisada de ladrillos, cubierta con dos láminas de
hierro. Esta había sido usada por la expedición anterior. La cocina emitía un
humo denso y, muchas veces, volvía la cabaña muy incómoda y, al mismo tiempo,
cubría a los hombres y todo su equipo con un hollín pegajoso y penetrante. Hacer
la limpieza era imposible, y esto aumentó el deseo de los hombres de cruzar
hasta el cabo Evans. Durante el mes de abril, el mar se congeló durante el buen
tiempo, pero los vientos volvieron a alejar el hielo. El 23de abril, Joyce
caminó seis kilómetros y medio hacia el norte, en parte sobre hielo joven de
cinco centímetros de espesor, y pensó entonces que el grupo podría llegar al
cabo Evans en unos pocos días. Sin embargo, una prolongada ventisca desplazó el
hielo hasta la península, por lo que las aguas abiertas se extendían, a finales
de abril, hasta el pie de la colina Vinie. Luego sobrevino un período de buen
tiempo y, durante la primera semana de mayo, el hielo marino se formó
rápidamente. Los hombres hicieron varios viajes cortos por él hacia el norte.
El sol había desaparecido en el horizonte a mediados de abril, y no volvería a
aparecer en más de cuatro meses.
El desastre que siguió es descrito tanto por Richards como por Joyce. «Y ahora
ocurrió el incidente más lamentable», escribió Richards. «La mañana del 8 de
mayo, antes del desayuno, el capitán Mackintosh le preguntó a Joyce qué le
parecía si él iba al cabo Evans con Hayward. El capitán Mackintosh consideraba
que el hielo estaba muy seguro, y el buen tiempo de aquella mañana sin duda lo
tentó a cambiar la cabaña por la mayor comodidad del cabo Evans». (Mackintosh
naturalmente estaría ansioso por saber si los hombres del cabo Evans estaban
bien y si había alguna noticia del barco). «En ese momento, se le instó
firmemente que no se arriesgara, puesto que se señaló que el hielo, si bien
estaba firme, era muy joven, y que lo más probable era que una ventisca se
llevara parte de él al mar».
Sin embargo, a eso de las 13:00, con el tiempo que al parecer estaba
empeorando, Mackintosh y Elayward partieron, después de prometer que
regresarían si el tiempo se ponía peor. Lo último que el grupo de la colina vio
de ellos fue que estaban a kilómetro y medio de distancia, cerca de la costa,
pero al parecer se dirigían directamente al cabo Evans. A las 15:00, estaba
soplando una ventisca moderada, que más tarde aumentó su furia, y el grupo que
se encontraba en la cabaña tenía muchas dudas acerca de la seguridad de los
hombres ausentes.
El 10 de mayo, el primer día que les fue posible, los tres hombres que habían
quedado atrás caminaron sobre hielo nuevo hacia el norte para intentar
descubrir algún rastro respecto del destino de los otros. Las huellas de sus
pisadas se veían con claridad sobre el hielo, y el rastro fue seguido por poco
más de tres kilómetros en una dirección que llevaba al cabo Evans. Aquí
desaparecían en forma abrupta, y en la tenue luz, hasta donde alcanzaba la
vista, se divisaba una ancha extensión de agua, apenas cubierta de hielo.
Enseguida resultó evidente que parte del hielo sobre el que habían pasado se
había ido al mar.
Todo el grupo había pensado que, si el tiempo se mantenía bueno, intentarían
cruzar con lima llena aproximadamente el 16 de mayo. En la fecha en la que
Mackintosh y Hayward se fueron, era imposible que un trineo atravesara la
distancia sobre el hielo marino, debido a la naturaleza pegajosa de la
superficie. Esta fue la razón de que tomaran la decisión de ir solos y dejar
que los demás los siguieran con el trineo y los equipos cuando la superficie
mejorara. El 15 de julio, se enteraron de que, en realidad, se habían perdido,
puesto que, en esa fecha, el grupo de Hut Point llegó al cabo
Evans.
La entrada en el diario de Joyce muestra que tenía fuertes presentimientos de
un desastre cuando Mackintosh y Hayward se fueron. Les advirtió que no lo
hicieran, puesto que el hielo aún era fino y el tiempo era incierto. Al
parecer, Mackintosh creyó que él y Hayward, al viajar con poco peso, podrían
cruzar al cabo Evans rápidamente antes de que el tiempo cambiara, y si la
ventisca hubiera llegado dos o tres horas más tarde, probablemente habrían
estado a salvo. Los dos hombres no llevaban sacos de dormir y tenían solo una
comida de chocolate y de carne de foca.
El tiempo durante junio fue siempre malo. El 16 de mayo, no se pudo hacer
ningún intento de salir; el hielo marino estaba lejos, y Joyce decidió esperar
hasta la siguiente luna llena. Cuando llegó la luna llena, el tiempo estaba
tormentoso, de modo que debieron esperar hasta la luna llena de julio para
realizar el viaje al cabo Evans. Durante junio y julio, hubo pocas focas, y la
provisión de grasa comenzó a escasear.
Las comidas consistían en poco más que carne de foca y avena cocida. La poca
reserva de sal se terminó, pero los hombres obtuvieron algo más de un kilogramo
hirviendo nieve extraída de la capa inferior, cerca del hielo marino. Los
perros recuperaron su estado rápidamente y cazaron algunas focas por su cuenta.
El grupo emprendió el viaje hacia el cabo Evans el 15 de julio. Habían esperado
aprovechar la luna llena, pero por una extraña casualidad, habían escogido el
período de un eclipse, y la luna estuvo cubierta la mayor parte del tiempo en
que cruzaban el hielo marino. Este estaba firme, y los tres hombres llegaron al
cabo Evans sin dificultad. Encontraron a Stevens, Cope, Gaze y Jack en la
cabaña del cabo Evans, y allí se enteraron de que no sabían nada del capitán
Mackintosh ni de Hayward. La conclusión de que estos hombres habían perecido
fue aceptada con desgana. El grupo de la base ahora estaba formado por Stevens,
Cope, Joyce, Richards, Gaze, Wild y Jack.
Los hombres ahora se instalaron a esperar el rescate. Cuando tuvo la
oportunidad, Joyce dirigió grupos de búsqueda para hallar los cuerpos o
cualquier indicio de los hombres desaparecidos, y más tarde me entregó el siguiente
informe:
«Tengo el honor de informarle que se tomaron las siguientes medidas para
intentar encontrar los cuerpos del capitán Mackintosh y del Sr. Hayward.
Después del regreso de nuestro grupo a la cabaña en el cabo Evans, 15 de julio
de 1916, nos enteramos de que el capitán Mackintosh y el Sr. Hayward no habían
llegado, y al ser conscientes de las condiciones en las que fueron vistos por
última vez, todos los miembros del grupo de invierno estábamos absolutamente
convencidos de que estos dos hombres se habían perdido por completo y estaban
muertos, que no habrían podido vivir más de algunas horas en la intemperie con
la ventisca que habían encontrado. Además, carecían de equipos de cualquier
tipo.
»Había una mínima posibilidad de que, después del regreso del sol, pudiera
encontrarse algún rastro de sus cuerpos, de modo que, durante la primavera, es
decir, agosto y septiembre de 1916, y en el verano, diciembre y enero de
1916-17, se llevaron a cabo las siguientes búsquedas:
»
(1). Wild y yo registramos minuciosamente la isla Inaccesible a fines de agosto
de 1916.
» (2). En septiembre, diversos grupos buscaron por la costa hasta las cercanías
de Turk’s Head.
» (3). En compañía de los señores Wild y Gaze, salí de Hut Point el
31 de diciembre de 1916, a las 8:00, y seguimos un curso por la costa, lo más
cerca posible de los acantilados, a fin de buscar cualquier medio posible de
ascenso. A una distancia de ochocientos metros de Hut Point ,
pasamos una ladera nevada que yo ya había ascendido en junio de 1916; cinco
kilómetros y medio más adelante, había otra ladera nevada que terminaba en la
ladera del glaciar Blue Ice, que nos fue imposible trepar, puesto que la ladera
de nieve estaba formada por una fuerte nevada de invierno. Estos eran los
únicos dos lugares accesibles. La distancia recorrida ese día fue de diecisiete
kilómetros y seiscientos cincuenta metros. El 1 de enero, continuamos la
búsqueda alrededor del lado sur de la lengua del glaciar desde la base hacia el
extremo que daba al mar. Había una presión muy pesada; era imposible llegar a
la cumbre debido a la ancha grieta. La distancia cubierta fue de seis
kilómetros y quinientos metros. El 2 de enero, el mal tiempo hizo que el grupo
se detuviera. El 3, se siguió examinando el glaciar, y varias laderas formadas
por nieve conducían a su cima, pero las grietas entre la ladera y la lengua
impedían cruzar. El grupo luego procedió a rodear la lengua hasta la isla Tent,
donde también se realizó una búsqueda; se hizo un recorrido completo de la
isla. Se decidió regresar al cabo Evans, puesto que se aproximaba el mal
tiempo. Llegamos a las 20:00. La distancia recorrida fue de trece kilómetros y
trescientos veinte metros.
Atentamente, ERNEST E. JOYCE
Para Sir ERNEST SHACKLETON, C. V. O.
Comandante, I. T. A. E.».
En
septiembre, Richards fue obligado a permanecer en la cabaña debido a una
sobrecarga cardíaca, supuestamente a causa de la tensión del trabajo realizado
en los viajes en trineo. A principios de octubre, un grupo formado por Joyce,
Gaze y Wild pasó varios días en el cabo Royds, donde desollaron ejemplares de
animales. Llevaron las provisiones en trineo al cabo Evans en caso que fuera
necesario permanecer allí otro invierno. En septiembre, Joyce, Gaze y Wild
fueron a la tumba de Spencer-Smith con una cruz de madera, que erigieron
firmemente. El rescate llegó el 10 de enero de 1917, pero ahora es necesario
regresar a los acontecimientos de mayo de 1905, cuando el Aurora fue
arrancando de sus amarras y alejado del cabo Evans.
Capítulo 16
La deriva del Aurora
Después
de que Mackintosh dejó el Aurora el 15 de enero de 1915,
Stenhouse mantuvo el barco con dificultad frente a la isla Tent. Las anclas de
hielo no se sostenían, debido a la separación continental de la banquisa y le
pareció necesario, la mayor parte del tiempo, propulsar avante despacio
empujando las placas de hielo. El tercer grupo que haría los viajes en trineo,
bajo las órdenes de Cope, dejó el barco la tarde del 31, con el tractor de
motor remolcando dos trineos, y desapareció camino a Hut Point. El
grupo de Cope regresó al barco el 2 de febrero y volvió a irse el 5 de febrero,
después de un retraso a causa del hielo suelto. Dos días después, tras tener
más problemas con las placas a la deriva, Stenhouse avanzó hacia el cabo Evans,
donde tanteó el terreno para la invernada. Durante el siguiente mes, el Aurora ocupó
diversas posiciones cerca del cabo Evans. No había disponibles amarras seguras.
El barco debía mantenerse alejado de placas de hielo amenazadoras, esquivar
gruñones y témpanos a la deriva, y encontrar refugio de las ventiscas. Un
repentino cambio del viento el 14 de febrero, cuando el barco estaba refugiado
al abrigo de la lengua del glaciar, hizo que golpeara con fuerza contra el
hielo bajo separado del glaciar, sin que ello causara daños. A principios de
marzo, Stenhouse envió jarcias de amarre a la costa en el cabo Evans, y el 11
de marzo, avanzó hasta Hut Point, donde ancló en la bahía
Discovery. Allí desembarcó provisiones, que ascendían a las raciones completas
de doce hombres para dos meses, y embarcó a Spencer-Smith, Stevens, Hook,
Richards, Ninnis y Gaze, con dos perros. Regresó al cabo Evans aquella tarde.
«Lo pasamos mal cuando “remábamos” por el estrecho, primero al intentar llegar
a Hut Point para desembarcar provisiones y luego al buscar
cuarteles de invierno en las cercanías de la lengua del glaciar», escribió más
tarde Stenhouse. «El hielo todo el tiempo se rompía en pequeñas placas y al
parecer no estábamos más cerca de ninguna parte que cuando se fueron los
trineos; a cada movimiento nos sentíamos frustrados. El barco se separó del
hielo fijo durante las ventiscas, y luego fuimos zigzagueando por el estrecho
desde el lado de la isla de Ross hasta la banquisa occidental, evitando y
evadiendo placas y gruñones en la intensa deriva cuando no podíamos ver nada,
nuestras brújulas no eran fiables y en nuestro barco faltaban hombres. En ese
tiempo sin hogar, mantenía la guardia con el segundo oficial y me sentía muy
presionado preguntándome qué hacer. ¿Alguna vez algún barco había estado en
semejante situación? Hacia el norte del cabo Royds era impensable ir, igual que
hacia la costa al sur de la lengua del glaciar. En una pequeña extensión de
costa limitada por el hielo, debíamos encontrar los cuarteles de invierno. El
hielo seguía allí, y durante todo este tiempo, no pudimos encontrar un solo
sitio para echar el ancla, pero debíamos tener las máquinas en servicio para
emergencias. Una vez intenté navegar por la bahía norte del cabo Evans, pues al
parecer era el único sitio sin hielo. Llamé a todos los hombres y, formando la
tripulación de un bote con uno de los fogoneros, envié el ballenero de regreso
con el segundo oficial a cargo para hacer un sondeo. En cuanto el bote dejó el
barco, el viento refrescó desde el norte y enormes témpanos y gruñones que se
instalaban en la bahía volvieron el sitio insostenible. El fondeadero que
finalmente elegí parecía el mejor disponible… y aquí estamos, a la deriva, con
todos los planes alterados, cuando deberíamos estar en los cuarteles de invierno».
El 12 de marzo hubo un fuerte vendaval, y el Aurora, amarrado
frente al cabo Evans, arrastró su ancla y comenzó a derivar fuera de la bahía.
Se fue hacia el norte, más allá del cabo Barne y el cabo Royds en medio de una
densa niebla, con el mar agitado y tormentoso. Este vendaval fue
particularmente fuerte. El barco y los equipos estaban cubiertos de hielo
debido a que el agua que salpicaba se helaba, y Stenhouse pasó horas llenas de
ansiedad entre las aguas turbulentas y llenas de hielo antes de que el vendaval
se moderara. El hielo joven, que se formaba continuamente con las temperaturas
tan bajas, contribuyó a atenuar la altura de las olas en cuanto el vendaval
amainó, y el Aurora volvió al cabo Evans la tarde del 13. El
hielo se estaba formando en la bahía, y la mañana del 14, Stenhouse puso el
barco en posición para el amarre de invierno. Lanzó tres estachas de acero y
las amarró a las anclas fijas en la costa. Estas estachas fueron
convenientemente tensadas, y el Aurora quedó bien posicionado,
con la popa hacia la costa, a trece metros de profundidad. Dos estachas más
fueron llevadas a tierra el día siguiente. Alrededor del barco se estaba
formando hielo joven, y por influencia del viento y de la marea, este hielo
comenzó pronto a ejercer mucha presión en las amarras. El 20, Stenhouse ordenó
extinguir los fuegos y disminuir la presión de las calderas, y el ingeniero
informó en ese momento que la carbonera aún contenía 118 toneladas de carbón.
El 23, el hielo se separó entre el cabo Evans y el cabo Barne, y la presión
alrededor del barco rompió el hielo de la bahía y ejerció mucha tensión en las
amarras de popa. El hielo joven, de unos diez centímetros de espesor,
finalmente se separó y dejó un canal a lo largo de la costa. El barco se había
desplazado hacia la costa, a causa de la presión, y la popa ahora a poco más de
ocho metros de profundidad. Stenhouse tensó las amarras y puso una estacha
adicional al ancla de la costa. La naturaleza del movimiento del hielo está
ilustrada mediante algunos extractos de la bitácora:
«27 de marzo.- 17:00: El hielo se separó de la costa y comenzó a alejarse.
20:00: Aire suave del sur; buen tiempo, el hielo se está desplazando hacia el
noroeste; mucha presión del hielo sobre la banda de estribor y gran tensión
sobre las amarras. 22:00: El hielo se alejó del barco.
»28 de marzo.- Se está formando hielo nuevo sobre la bahía. 3:00: El hielo que
vimos alejarse durante la última guardia se está desplazando hacia la bahía.
5:00: El hielo se está acercando y está pasando por encima del de la bahía
recién formado; mucha presión sobre la banda de babor del barco; las estachas
se congelaron. 8:00: Tiempo bueno y calmo; el hielo nuevo se está alejando de
la bahía. 17:00: Se formó hielo nuevo desde la mañana, se alejó de la bahía
excepto en el área de la banda de babor del barco y se extiende por el través y
por delante unos ciento ochenta metros; es sostenido por senos de estachas; se
está formando hielo nuevo.
»19 de marzo.- 13:30: El hielo nuevo se está alejando. 14:00: Los hombres están
en la placa a babor despejando las estachas; la popa está a cinco metros y
medio de profundidad; las estachas fueron tensadas con fuerza, lo cual llevó la
popa más hacia el este, a siete metros de profundidad y levantó un metro
ochenta centímetros el cable de estribor, que se había enterrado en el hielo
durante la reciente presión.
»10 de abril.- 13:30: El hielo de la costa se está rompiendo por la influencia
del viento del sureste. Se partieron dos estachas de la aleta de estribor;
todos los senos de las estachas de la popa están congelados; la cadena se
vuelve muy pesada. 14:00: Se abrió el hielo y dejó hielo en la bahía en línea
desde el cabo hasta la parte terrestre del glaciar. 20:00: Viento nuevo; el
barco sostiene el hielo en la bahía; el viento arrastra hacia el noroeste el
hielo del estrecho.
»17 de abril.- 1:00: La presión aumentó y el viento viró al noroeste. El hielo
siguió avanzando y presionando contra la costa hasta las 5:00; durante este
tiempo, la presión sobre la bahía era muy fuerte; movimiento del hielo en los
estrechos, lo cual hace un ruido como un agitado oleaje. El barco tocó tierra
suavemente con el codaste durante la presión; el fondo, bajo la popa, se hace
menos profundo con mucha rapidez. 22:00: El hielo se está alejando de la bahía
hacia el oeste; mucha presión sobre las amarras y los cables de popa, que están
cortando la placa».
Stenhouse siguió cuidando sus amarras contra las embestidas del hielo durante
el resto del mes de abril y los primeros días de mayo. El alejamiento de la
costa llegó de repente e inesperadamente la tarde del 6 de mayo:
«6 de mayo de 1915.- La mañana es buena, con brisas suaves del ESE… 15:30: El
hielo es casi inexistente. Envié hombres a tierra para cargar los trineos.
16:00: El viento está refrescando y el cielo tiene aspecto de ventisca. 20:00:
Hay mucha presión en las amarras traseras. 21:45: El hielo se separó de la
costa; todas las amarras se partieron. Era fascinante oír las olas y las
cadenas romperse. En medio de la densa bruma vi el hielo de popa romperse y la
costa alejarse. Llamé a todos los hombres y rápidamente unieron palanquines de
retenida (motones de gratil con cabos de Manila de diez centímetros de mena)
con los cables del frente del guinche. El contramaestre había corrido con su
lantía y gritó: “¡Se está yendo!”. Es un buen tipo y muy meticuloso. Ordené
encender los motores principales y el personal de la sala de máquinas, con
Hooke y Ninnis, se presentó. Grady, el fogonero, estaba postrado con una
costilla rota. Cuando el barco, prisionero en la placa sólida, se dirigió hacia
el noroeste, los cables se sacudieron ruidosamente y tiraron de los escobenes;
afortunadamente, las anclas, al estar sobre un fondo con pendiente, salieron
con facilidad, sin dañar el guinche ni el escobén. Lentamente, al tiempo que
desaparecíamos en el estrecho, la luz de la cabaña se extinguió. A las 23:30,
el hielo a nuestro alrededor comenzó a romperse, y las placas golpeaban en los
costados del barco. La luna se abrió paso entre las nubes después de la medianoche
y nos mostró la banquisa, que se extendía en forma interminable hacia el norte
y más de kilómetro y medio hacia el sur. Cuando el hielo del sur llegó y se
cerró alrededor del barco, el oleaje disminuyó y el golpe de las placas en los
costados se suavizó un poco.
»7 de mayo.- 8:00: Viento del ESE. Vendaval moderado con mucha ventisca. El
hielo alrededor del barco se está endureciendo y formando cordones de más de
sesenta centímetros de altura. El barco está de proa al este y el cabo Bird
aparece al noreste. Cuando los motores están a toda máquina, tengo la esperanza
de regresar al hielo fijo cerca de la lengua del glaciar. Desde que hemos
estado en los cuarteles de invierno, el hielo se ha formado y, contenido por
las islas y la tierra en el cabo Evans, ha permanecido al norte de la lengua
del glaciar. Si logramos regresar, estaríamos en condiciones de amarrar en el
hielo fijo. Los maquinistas están teniendo mucha dificultad con las válvulas de
mar, que están congeladas. La principal válvula del casco principal de proa,
utilizada para mantener en servicio la caldera, había sido suavemente
martillada después de lo cual se le colocó un tapón de cierre, de tal modo que
permitía insertar una vara de hierro caliente para derretir el hielo depositado
entre la válvula y el costado del casco, unos sesenta centímetros de hielo
endurecido. 16:30: El hierro caliente ha tenido éxito. Donolly (segundo
ingeniero) tuvo el placer de detener el primer chorro de agua a través de la
tubería: le dio en el ojo. Se encendió el fuego en los hornos, y el agua
comenzó a golpear en la caldera, el primer golpe en nuestra defensa contra las
aterradoras fuerzas de la naturaleza en la Antártica. 20:00: El vendaval
arrecia, acompañado de mucha ventisca».
El Aurora quedó a la deriva, impotente, hasta el 7 de mayo. La
mañana del 8 de mayo, el tiempo aclaró un poco, y los Montes Occidentales
quedaron borrosamente visibles. También podía verse el cabo Bird. El barco se
estaba desplazando hacia el norte, con el hielo. La luz del día era apenas un breve
crepúsculo de aproximadamente dos horas de duración. La caldera se llenaba de
hielo, que debía ser llevado a bordo en trozos, pasándoselo a través de un
pequeño ojo de buey a un hombre que estaba adentro y luego debía ser llevado a
la tapa de registro sobre la caldera. Stenhouse había hecho instalar la antena
de radio durante la tarde, y a las 17:00 se le informó que el reabastecimiento
de la caldera con agua estaba terminado. El viento sopló hasta volverse un
moderado vendaval del sur con mucha ventisca, por la noche, y este vendaval
siguió durante el día siguiente, el 9. El ingeniero informó a mediodía que
tenían una presión de cuarenta libras en la caldera y que estaba comenzando el
calentamiento de la bomba de la válvula de mar auxiliar por medio de una
tubería de vapor.
«El cabo Bird es la única tierra visible, al noreste a unos trece kilómetros de
distancia», escribió Stenhouse la tarde del 9. «De modo que este es el fin de
nuestro intento de pasar el invierno en el estrecho de McMurdo. Mala suerte,
después de cuatro meses de zarandeo, de los cuales las últimas siete semanas
cuidamos de nuestras amarras. Nuestra situación actual requiere una mayor
vigilancia. Faltan cinco semanas para la mitad del invierno. No hay sol, la luz
es poca e incierta, y podemos tener ventiscas. Carecemos de un suministro de
agua inmediato, puesto que solo una pequeña cantidad de hielo dulce estaba a
bordo cuando nos fuimos a la deriva.
»El Aurora va rápido en la banquisa a la deriva, Dios sabe
hacia dónde. Bueno, hay perspectivas de una deriva invernal de lo más
interesante. Todos gozamos de buena salud, excepto Grady, cuya costilla se está
sanando rápidamente; tenemos buen ánimo y lo lograremos. Sin embargo, ¿qué
sucederá con los pobres mendigos que quedaron en el cabo Evans y el grupo del
sur? Es una perspectiva sombría para ellos. Hay suficientes provisiones en el
cabo Evans, en Hut Point y, supongo, en el cabo Royds, pero
aún tenemos a bordo los restantes Burberry, la ropa y demás elementos para los
viajes en trineo del año que viene. Veo pocas probabilidades de regresar al
cabo Evans ni a ningún otro lado cerca del estrecho. Tenemos poco carbón y
estamos sujetos firmemente por el hielo. Espero que derive rápidamente hacia el
noreste. Luego podremos intentar abrirnos paso a través de la banquisa y
dirigirnos hacia Nueva Zelanda, cargar carbón y regresar a la barrera al este
del cabo Crozier. Esto podría hacerse, creo, a principios de la primavera, en
septiembre. Debemos regresar para ayudar con la colocación de depósitos la
próxima temporada».
Una violenta ventisca rugió el 10 y el 11 de mayo. «No recuerdo un viento con
semejante fuerza», dijo Stenhouse. «Era difícil caminar por la cubierta». El
tiempo mejoró el 12, y pudo hacerse una medición de la posición del barco.
«Estamos en medio de un campo de hielo con nuestras anclas y ciento cuarenta
metros de cable en cada una colgando en la proa. Los refuerzos de amarras
estaban congelados dentro del hielo de popa en el cabo Evans. Antes del día en
que dejamos nuestra amarra de invierno, se habían partido cuatro pequeñas
estachas. Cuando nos separamos, la cadena de dos de las estachas pesadas (diez
centímetros) se partieron cerca de la costa, y la otra estacha fue a parar al
fondo. La cadena y dos estachas siguen sujetas con fuerza al hielo y deberán
ser desenterradas. Esta mañana quitamos el hielo de los cables, pero tuvimos
que dejar de tirar, pues el vapor se congelaba en las tuberías del retorno del
escape del guinche, las juntas tuvieron que romperse y la tubería debió descongelarse.
Hooke estuvo “escuchando” desde las 20:30 hasta las 00:30 por si captaba la
estación de radio de la isla Macquarie (a dos mil ciento cincuenta kilómetros)
o la estación de Bluff (Nueva Zelanda, a dos mil novecientas noventa y cinco
kilómetros), pero no tuvo suerte».
Las anclas fueron levadas con mucho esfuerzo el 13 y el 14, mientras el hielo
se formaba en el cable al ser levantado a través de un agujero hecho en la
placa. Ambas anclas se habían roto, de modo que el Aurora ahora
solo tenía una pequeña ancla de espía a bordo. La posición del barco el 14 de
mayo fue aproximadamente setenta kilómetros al norte y cincuenta y cinco al
oeste del cabo Evans.
«En una semana, hemos derivado setenta kilómetros (geográficos). La mayor parte
de esta distancia fue cubierta durante los primeros dos días de la deriva. Al
parecer, estamos casi estacionarios. El movimiento que hay en el hielo parece
ser desde el noroeste hacia la costa cubierta de hielo. Los hombres que ayer
estaban buscando pingüinos informaron que había mucho ruido en el hielo
aproximadamente a kilómetro y medio del barco. Espero que la placa alrededor
del barco sea lo bastante grande para soportar su propia presión. No podemos
esperar demasiada presión del sur, ya que el estrecho de McMurdo pronto debería
estar congelado y el hielo, firme. Los vientos del noreste empujarían la
banquisa desde el mar de Ross. Espero que todo salga bien. Ya están listos los
planes para el desarrollo futuro, pero es probable que volvamos a estar en un
callejón sin salida… Subí las anclas a bordo. Ya no serán de utilidad como
anclas separadas, pero adornan el castillo de proa, de modo que las ponemos en
sus sitios… La provisión de agua dulce es un problema. El maquinista desvió
vapor desde la caldera hasta el tanque principal de agua (de estribor) a través
de una tubería que comunica la tubería principal del guinche con la parte
superior del tanque. El vapor se condensa antes de llegar al tanque. Espero que
la congelación no lo haga estallar. Contra el resplandor crepuscular del cielo,
a más de quince kilómetros, se dibuja un gran témpano tubular, que cayó de la
Barrera. Ver millones de toneladas de hielo dulce es de lo más tentador.
Llevaría una semana llegar hasta el témpano y volver sobre el hielo sometido a
tanta presión, y probablemente podríamos traer hielo solo para dos días».
El registro de los primeros meses de la deriva del Aurora en
el mar de Ross transcurrió sin muchos incidentes. Se montó el condensador de la
cocina, pero la provisión de agua dulce siguió siendo un problema. Los hombres
recogían nieve recién caída cuando les era posible y esperaban llegar a
alcanzar el hielo dulce. Hooke y Ninnis trabajaron sin cesar en la planta de la
radio con el objetivo de ponerse en contacto con la isla Macquarie, y posiblemente,
enviar noticias de los movimientos del buque al cabo Evans. Pusieron el motor
de la radio en funcionamiento e hicieron muchos ajustes de los instrumentos y
antenas, pero sus esfuerzos no tuvieron éxito. En ocasiones, se acercaban al
barco pingüinos emperador, y las aves eran capturadas cuando era posible para
obtener la carne fresca que ofrecían. El Aurora era impotente
entre las garras del hielo, y cuando las sentinas de la sala de máquinas se
descongelaron y luego se achicaron, se procedió a purgar las calderas. La
presión había aumentado a sesenta libras, pero no había posibilidad de mover el
barco, y la reserva de carbón era limitada. La historia de la deriva del Aurora durante
largos meses puede relatarse brevemente por medio de extractos del diario de
Stenhouse.
«21 de mayo.- Esta mañana temprano pareció haber movimiento en el hielo. El
ruido rechinante y crujiente hace que uno sienta la poca importancia del hombre
en circunstancias como la nuestra. El crepúsculo hacia el mediodía mostró
varios canales estrechos y abiertos a unos cuatrocientos metros de distancia
del barco y en todas las direcciones. Es imposible calcular el rumbo, pero
imagino que prácticamente no hay cambios en la posición del barco, puesto que
su proa está igual y los Montes Occidentales parecen ser los mismos… Espero que
todo esté bien en el cabo Evans y que los otros grupos hayan regresado a salvo.
Ojalá pudiéramos aliviar su preocupación.
»22 de mayo.- Pudimos localizar bien la isla Beaufort, el cabo Ross y la isla
Dunlop, lo cual colocaba al barco en una posición veintinueve kilómetros al sur
75°(verdaderos) este del cabo Ross. Desde el 14, cuando se había obtenido por
última vez una posición fiable, hemos derivado hacia el noroeste una cuarta al
norte, unos once kilómetros.
»24 de mayo.- La ventisca del SSE continuó hasta las 21:00, cuando amainó, y a
las 23:45, el viento viró al noroeste, ligero y con nieve. La ventisca produjo
un gran caos, y el barco se ha desplazado mucho hacia el norte. Por la mañana,
las grietas al sur del barco se abrieron casi un metro. A las 14:00, se sintió
una fuerte sacudida, y el barco se inclinó a babor unos 70° . Descubrimos que
el hielo se había rajado desde la pasarela de babor hacia el noroeste y se
abría desde el barco, desde la pasarela hasta la popa. La grieta se extendía
desde la popa hacia el sureste. 19:35: El hielo se partió desde las cadenas
delanteras de babor, en línea paralela con la grieta anterior. El hielo volvió
a romperse entre las grietas y derivó hacia el noroeste unos diez metros. El
hielo que estaba hacia el sur comenzó a romperse, causó una fuerte presión
sobre el barco y al parecer comenzó a desplazarse hacia el norte en grandes
campos rotos. El barco está muy atascado. 21:15: El hielo volvió a cerrarse
alrededor del barco. Arreciaron dos fuertes chubascos con un breve intervalo, y
luego cesó el viento. Estamos en un laberinto de grandes placas de hielo
rectangulares (algunas ejercen mucha presión con sus extremos contra el barco)
y cordones de gran presión.
»25 de mayo.- Durante la guardia, en mitad de la noche, se sintió la presión
ocasionalmente. El crepúsculo mostró una escena de caos a nuestro alrededor;
una placa de casi un metro de espesor estaba en posición vertical y se había
metido debajo del barco del lado de la aleta de babor. Hasta donde alcanza la
vista, hay pesados bloques de hielo levantados, y la escena es como la de un
cementerio. Creo que debe de haber subido la marea debajo del hielo desde el
mar (noreste), estrecho de McMurdo, y rompió el hielo, que luego comenzó a
moverse bajo la influencia de la ventisca. No creo que la marea haya venido
desde el estrecho, puesto que las grietas iban de noroeste a sureste, y además
el estrecho tendría que estar lleno de hielo a esta altura. Si la marea vino
del noreste, entonces hay aguas abiertas no lejos de aquí. Me gustaría saber.
Creo que el mar de Ross pocas veces queda totalmente cubierto de hielo. Ahora
hay una brillante luz de luna, lo cual acentúa todo: la belleza y la soledad de
nuestros alrededores y nuestra inutilidad mientras estamos en esta prisión: tan
cerca del cabo Evans y, sin embargo, lo mismo podríamos estar en cualquier otra
parte. Hemos preparado nuestras raciones para los viajes en trineo, y la
tripulación está ocupándose de hacer los arneses y de acondicionar los equipos
de los trineos para emergencias. La temperatura es de -34,5°C.
»26 de mayo.- Si el barco está atrapado en el hielo, su tripulación (dieciocho
hombres) llevará cuatro trineos con raciones para un mes y se dirigirá hacia la
tierra más cercana. Seis hombres y un trineo intentarán llegar al cabo Evans a
través del territorio occidental, Butler Point, Hut Point,
etcétera. Los restantes doce seguirán a la mejor velocidad posible, pero no
será una marcha forzada; matarán y dejarán en los depósitos pingüinos y focas
para rescates de emergencia. Si el barco permanece aquí y no sigue derivando
hacia el norte, hacia fines de julio habrá más luz. El sol regresa el 23 de
agosto. El hielo marino debería ser bastante seguro, y un grupo de tres, con
raciones para un mes, se dirigirá hacia el cabo Evans. Si el hielo se desplaza
hacia el norte y aleja el barco de la tierra, seguiremos hacia Nueva Zelanda,
cargaremos carbón, conseguiremos otro oficial y cuatro voluntarios,
provisiones, y otros artículos necesarios, iremos hacia el sur a toda velocidad
hasta la Barrera, dejaremos un grupo en la Barrera, a unos tres kilómetros al
este del cabo Crozier, y desembarcaremos todas las provisiones y los elementos
necesarios. El barco permanecerá alejado hasta que pueda llegar al cabo Evans.
De ser necesario, el grupo depositará todas las provisiones posibles en Comer
Camp y seguirá hasta el cabo Evans. Si sucedió lo peor, mi grupo
colocará el depósito en el Beardmore para Shackleton. Si el barco es liberado
del hielo después de septiembre, debemos intentar llegar al cabo Evans antes de
ir hacia el norte a recargar carbón. No tenemos suficiente para quedarnos en el
estrecho durante muchos días.
»28 de mayo.- Por la posición obtenida por la altura meridiana de las estrellas
y el rumbo del monte Melbourne, hemos derivado cincuenta y ocho kilómetros al
noreste desde la última posición tomada el 23 de este mes. En su mayor parte ha
sido durante la ventisca del 24. El monte Melbourne está a ciento setenta y
ocho kilómetros al norte de nosotros, y tengo ciertas dudas con respecto a si
el pico que vemos es esa montaña. Tal vez sea un espejismo… Por la noche
jugamos al fútbol en el hielo a la luz de una maravillosa luna. El ejercicio y
el corte de la rutina son un tónico espléndido. Los ruidos del hielo enviaron a
todo el mundo a bordo.
»1 de junio.- Mal tiempo, neblinoso. Por la tarde, apareció una veta negra en
el hielo de casi doscientos metros hacia el oeste y se extendía hacia el norte
y el sur. 20:00: La línea negra se ensanchó y mostró una larga vía de aguas
abiertas. Al parecer estamos atrapados en una placa que se ha separado del
campo principal. Con mal tiempo, nuestra posición y deriva son inciertas. Será
interesante averiguar qué significa esta grieta en el hielo. Estoy convencido
de que hay aguas libres, a poca distancia, en el mar de Ross. Esta noche, Hooke
está tratando de llamar al cabo Evans. Si los hombres de la cabaña han instalado
el equipo que había allí, oirán el «Todo está bien» del Aurora.
Espero que lo hayan hecho. (Los mensajes no fueron recibidos).
»8 de junio.- Nuestra latitud es 75° 59' S según la altura de Sirio. Esta es
una vida muy monótona, pero todos los hombres parecen contentos y satisfechos.
Veo que no estamos bien de comida y tendremos que recortar las raciones un
poco. Grady está haciendo ejercicio ahora y pronto tendría que estar bien.
Parece muy ansioso por volver al trabajo y es un buen hombre. No hubo llamadas
de radio esta noche, puesto que hay un fallo temporal: se rompió el
condensador. En el cielo septentrional hay una leve manifestación de la aurora.
Viene y se va casi imperceptiblemente, un espectáculo de lo más fascinante. La
temperatura es de -28,8°C; demasiado fría para permitirnos quedar mucho tiempo.
»11 de junio.- Caminamos hasta un cordón de muy alta presión cerca de
cuatrocientos metros al NNO del barco. En la débil luz, caminar por el hielo no
es nada monótono, puesto que es casi imposible ver los obstáculos, tales como
cordones pequeños y cubiertos de nieve, lo cual nos vuelve precavidos y muy
cautelosos. Una zambullida en el mar sería un grandioso final, pero hay muy
poco riesgo de que esto ocurra, puesto que el agua se congela en cuanto se abre
un canal en el hielo. El cordón de presión tiene entre cuatro y seis metros de
altura durante decenas de metros, y el hielo a su alrededor tiene las formas
más extraordinarias.
A las 21:00, Hooke llamó al cabo Evans, «Todo bien, Aurora»,
etcétera; 22:00: informes del tiempo para las 20:00 enviados a Wellington,
Nueva Zelanda, y Melbourne, a través de la isla Macquarie. (El despacho de los
mensajes desde el Aurora continuó, pero nos enteramos de que
ninguno de ellos fue recibido por ninguna estación).
»13 de junio.- La temperatura en el cuarto de navegación oscila de muy por
debajo de cero a un poco más del punto de congelación. Este es un factor muy
perturbador en la variación diaria de los cronómetros (cinco en total: 3 G.M.
T. y 2 en hora sidérea), que se guardan en estuches dentro de una caja
acolchada, cada estuche cubierto por un trozo de manta y la caja cubierta por
un pesado cobertor. En cualquier sitio cerrado donde la gente pasa su tiempo,
los nichos y los lugares donde no penetra el calor están cubiertos con aliento
congelado. Habrá una gran descongelación cuando suba la temperatura.
»14 de junio.- El monte Melbourne está al rumbo norte 14°(verdadero) oeste.
Nuestra posición aproximada es sesenta y cuatro kilómetros al ENE de la lengua
de hielo Nordenskjöld. A las 21:00, Hooke llamó al cabo Evans y envió informes
del tiempo a Wellington y Melbourne a través de la isla Macquarie. Hooke y
Ninnis, durante varias noches alrededor de las 13:00, han oído lo que luego
supimos que eran mensajes débiles, pero ilegibles. Envió un mensaje a la isla
Macquarie acerca de ello con la esperanza de que ellos oyeran y aumentaran la
potencia.
»20 de junio.- Durante este último vendaval con la nieve acumulada, hubo mucha
pérdida de corriente de la antena durante el envío de informes. Al parecer,
ello se debe a la inducción causada por la nieve que se acumula sobre los
aisladores de arriba, y por lo tanto, los inutiliza, y probablemente a una
mayor fuerza inductora de la corriente en el cuerpo de un ventisquero. Hooke
parece algo descorazonado por esto y, tras analizar la cuestión, me presentó un
informe por escrito sobre el fracaso (hasta el presente) de sus intentos por
establecer comunicación. Piensa que la proximidad del polo magnético y de la
aurora austral podría afectar las cosas. La radiación es buena y suficiente
para condiciones normales. Su sugerencia de guiar las bajadas de los cables
hacia el exterior, por la popa y la proa, aumentaría el alcance, pero no puedo
permitirlo debido a la inestabilidad del hielo y a nuestros mástiles demasiado
altos.
»21 de junio.- Sopló un vendaval del suroeste todo el día, a excepción de una
breve ráfaga de brisa del oeste cerca de las 17:00. Leve deriva a intervalos
frecuentes, muy neblinoso y, en consecuencia, no hay tierra a la vista durante
el breve crepúsculo. Tenemos mucha necesidad de mitones y ropa. Lo poco que
tenemos a bordo lo he apartado para la gente de la cabaña. He dado
instrucciones a Thompson de poner a la tripulación a confeccionar mitones y
gorros con la lana Jaeger para todos los hombres. Con una estricta economía
podemos estirar las cosas; no puedo evitar preocuparme por nuestros hombres en
la cabaña. Si bien afligirse no sirve de nada, no se puede hacer otra cosa en
este impotente estado actual. 13:00: El viento ruge y silba a través de los
aparejos. Afuera, bajo el resplandor de la luna, solo se ve la nieve que vuela
y la extensión del campo de hielo. ¡Desolación!
»22 de junio.- Hoy el sol ha alcanzado el límite de su declinación
septentrional y ahora comenzará a acercarse al sur. Este día es considerado
festivo, y por la noche, convoqué a todos los hombres a la popa a brindar por
la salud del Rey y la expedición. Los hombres están contentos, pero echan de
menos a los que quedaron en el cabo Evans. Ruego a Dios que pronto seamos
liberados de esta prisión para poder ayudarlos. Ahora podemos vivir esperando
la luz del sol y la actividad.
»1 de julio.- ¡Primero de julio! Gracias a Dios. Los días pasan rápidamente.
Durante todas las horas en que estoy despierto, pienso todo el tiempo en la
gente del cabo Evans, pero debo aparentar estar feliz e interesarme por los
pequeños acontecimientos de a bordo.
»3 de julio.- Bastante brumoso con muy poca luz. Soplaron vientos moderados del
ONE al SO hasta mediodía, en que el viento viró al sur y refrescó. Al parecer
no hay cambios en la posición del barco; el témpano está en el mismo rumbo (un
punto en la aleta de babor) y, al parecer, a la misma distancia. El monte
Melbourne estaba oculto tras un banco de nubes. En este momento, es nuestro
único punto de referencia, puesto que la isla Franklin se eleva en medio de una
perpetua oscuridad. Aunque el témpano ha estado a la vista durante todo el
tiempo que duró nuestra deriva desde la entrada al estrecho de McMurdo, aún no
lo hemos visto con luz favorable y, de no ser por su movimiento, podríamos
confundirlo con una isla tabular. Será interesante ver a nuestro compañero
cuando regrese la luz, ¡a menos que estemos demasiado cerca de él!
»5 de julio.- Día monótono y gris (durante el crepúsculo) con brisas suaves,
variables, del oeste. A nuestro alrededor flota una pesada cortina de bruma y,
si bien está nevando muy suavemente, el cielo está negro y despejado con
estrellas que brillan. En cuanto la débil luz de la luna desaparece, la pesada
y baja bruma intensifica la oscuridad y hace que uno esté agradecido de tener
una “litera” buena y firme en el hielo. No me gustaría contemplar la escena si
el hielo se rompiera en este momento.
»6 de julio.- Anoche pensé que veía aguas libres bajo la forma de un largo y
negro canal hacia el sur del barco y que se extendía en dirección este y oeste,
pero debido a la bruma y a la nieve débil, no estaba seguro; esta mañana, el
canal era claramente visible y parecía tener doscientos o doscientos cincuenta
metros de ancho por más de tres kilómetros de largo… A las 18:00, se oían
fuertes ruidos de presión desde el canal abierto y continuaron toda la noche.
Poco después de las 8:00, el crujido y el silbido se expandió hasta nuestra
proa de estribor (OSO), y la vibración causada por la presión podía sentirse en
forma intermitente a bordo del barco… El incesante crujir y chirriar del hielo
hacia el sur, con ruidos de borboteos, como si el agua estuviera pasando a toda
prisa por debajo del barco, y sonidos ominosos, me mantuvieron alerta toda la
noche, y la perspectiva de una rotura del hielo me habría destrozado los
nervios si no los hubiera acallado por experiencias previas.
»9 de julio.- A mediodía, el cielo hacia el norte había aclarado lo suficiente
para permitir ver el monte Melbourne, que ahora aparece como un pico bajo hacia
el noroeste. La posición del barco es de cuarenta y cinco kilómetros al NNE de
la isla Franklin. En la proa de babor y delante del barco hay algunos enormes
cordones de presión; parecen el resultado de los movimientos recientes y
presentes del hielo. La presión se oyó desde el sur todo el día.
»13 de julio.- A las 17:00, se oyó una presión muy pesada por el través de
babor y en la proa (sur) y muy cerca del buque. Esto volvió a ocurrir a
intervalos irregulares. También cerca del barco, podía verse el hielo que se
doblaba hacia arriba, y a bordo se sentían sacudidas ocasionales. Me inclino a
pensar que hemos llegado a un callejón sin salida y que ahora experimentaremos
toda la fuerza de la presión desde el sur. Nos hemos preparado para lo peor y
solo podemos esperar lo mejor: una liberación del hielo con un barco en
condiciones de navegar debajo de nosotros.
»18 de julio.- Este ha sido un día de acontecimientos. Cerca de las 8:00, el
horizonte hacia el norte aclaró y, a medida que hubo más luz, apareció la
tierra que estaba más al oeste. Este es el primer día claro que hemos tenido
desde el 9 de este mes, y entre tanto hemos avanzado una considerable distancia
hacia el noreste. Según las alturas meridianas a las estrellas y las
marcaciones a la tierra, que resultaron ser las islas Coulman, el monte
Murchison y el monte Melbourne, nuestra posición es de ciento veintiséis
kilómetros (geográficos) al noreste una cuarta norte de la isla Franklin. Durante
los últimos tres días, hemos derivado sesenta y cuatro kilómetros
(geográficos), de modo que ha habido sobradas razones para todos los crujidos y
gruñidos de la presión últimamente. El barco soportó algunos apretones severos
hoy.
»20 de julio.- Poco antes del desayuno, se oyó la voz ronca del pingüino
emperador, y después vimos dos a cierta distancia del barco… La tierra firme
más cercana (cerca del cabo Washington) está a ciento cuarenta y cinco
kilómetros de distancia, igual que la isla Coulman. La isla Franklin está a
ciento veintiocho kilómetros al sureste una cuarta al sur, y la banquisa está
en movimiento. Esta es la temporada de incubación de los pingüinos emperador, y
aquí los vemos en el triste desierto de hielo… 22:45: Mucha presión alrededor
del barco, se abrieron canales y el buque se movió hacia atrás seis metros. Las
estachas en el hielo recibieron la tensión (los cordajes de las cadenas del
mesana se soltaron) y se soltaron las bitas proeles en la banda de babor y en
el castillo de proa.
»21 de julio.- 01:00: Se abrieron canales de diez o doce metros de ancho. El
barco está en una laguna abierta de unos treinta metros de ancho. Cerca del
buque hay mucha presión. Llamé a todos los hombres para que cortaran las
estachas del castillo de proa. (Estas estachas habían estado congeladas en el
hielo después de que el barco se soltó de sus amarras, y habían sido útiles por
momentos al contener los movimientos del hielo cerca del barco). 02:00: El
barco giró a través del canal cuando se abrió el hielo, y las placas en la
banda de babor presionaron toda la popa. 11:30: Un grupo de oreas se acercó por
el canal alrededor del barco. Algunas rompieron el hielo blando (de alrededor
de tres centímetros de espesor), asomaron sus cabezas a través de él, y se elevaron
hasta un metro y medio o dos metros perpendicularmente fuera del agua. Al
parecer, estaban echando un vistazo. Es extraño ver orcas en este inmenso campo
de hielo; las aguas libres deben de estar cerca, supongo. 17:15: El hielo
crujió y se abrieron nuevos canales. Las placas sobre la banda de babor
empujaron la popa sobre el hielo; luego las placas se cerraron y pellizcaron el
barco a proa y a popa. El timón se inclinó a estribor y se hizo pedazos. La
sólida madera de roble con hierro se deshizo como un fósforo. 20:00: Viento
moderado del SSO con ventisca. Las cuadernas están muy tensas por la presión.
22:00: Pellizco muy fuerte a proa y a popa; el barco está visiblemente
arqueado. Mucha presión.
»22 de julio.- El barco está en una mala posición en un canal recién congelado,
con la proa y la popa atascadas contra las pesadas placas; hay mucha presión
con fuertes chirridos y quejidos. 8:00: Llamé a la tripulación a los puestos
para los trineos e hice los preparativos finales para abandonar el barco.
Asigné tareas especiales a varios hombres para facilitar la rapidez para
despejar el buque en caso de que fuera aplastado. Temo que la parte trasera del
barco sea destrozada si sigue la presión, pero no puedo aflojarla. 14:00: El
barco está más suelto. Pusimos ácido sulfúrico sobre el hielo de la popa con la
esperanza de deshacer la grieta y aliviar la presión sobre el codaste, pero no
tuvimos éxito. Hay mucha presión sobre el barco y a su alrededor (que lleva la
tensión a proa y a popa y sobre la aleta de estribor). El barco salta, se tensa
y se inclina mucho. 22:00: El buque se abrió paso con fuerza contra hielo nuevo
sobre la aleta de estribor, lo que causó una caída a la banda e hizo que tomara
un derrotero oblicuo, con el codaste alejado del hielo terrestre. 00:00: El
barco está en una posición más segura; se abren canales en todas las
direcciones.
»23 de julio.- Avistamos la isla Coulman a través de la bruma. La posición del
barco es rumbo sur 14° (verdadero) este, a ciento veintinueve kilómetros de la
isla Coulman. La presión continuó en forma intermitente durante todo el día y
la noche, con apretones muy fuertes al barco que hicieron que las cuadernas se
agrietaran y crujieran. La popa del barco ahora está en un lecho más o menos
blando, formado por hielo recién congelado de alrededor de treinta centímetros
de espesor. Agradezco a Dios que nos protegió durante esta espantosa pesadilla.
Nunca olvidaré los movimientos ondulantes del barco durante las sacudidas de
ayer y el miércoles en la proa y en la popa.
»14 de julio: Comparado con días anteriores, este es tranquilo. Se han estado
abriendo y cerrando los canales y, en ocasiones, el barco recibe un
desagradable apretón contra la placa sólida sobre nuestra aleta de estribor.
Cuantos más canales se abran, mejor, puesto que forman “muelles” (cuando están
cubiertos con hielo delgado, que forma un espesor de ocho o diez centímetros en
unas pocas horas) entre las placas sólidas y más pesadas y los campos.
Seguramente, hemos sido guiados por las manos de la Providencia al haber estado
en medio de una banquisa con mucha presión durante más de trescientos
kilómetros (geográficos), rodeando la costa occidental cubierta de hielo hacia
el norte de la isla Franklin, y ahora haber llegado a lo que parece un camino
libre hacia el mar abierto. En vista de nuestra precaria situación y del
peligro que corrían las vidas de los hombres, esta noche envié un aerograma a
S. M. el Rey Jorge pidiéndole un buque de rescate. Espero que la radio logre
comunicarse. He enviado este mensaje después de mucha consideración, y sé que
en caso de que no lleguemos a Nueva Zelanda en la fecha especificada (1 de
noviembre), enviarán un buque de rescate para ayudar al grupo del sur.
» 25 de julio.- Mucha presión alrededor del barco. Durante las
horas tempranas, un gran campo nos embistió sobre la aleta de babor y, al tocar
nuestra placa, levantó un cordón de entre tres y cinco metros de altura. Los
bloques de hielo, al romperse, se desmoronaron y se apilaron unos sobre otros
al tiempo que se oyó un rugido atronador. Durante todo el día, la presión
continuó, y las placas se abrieron y cerraron en forma alterna; el barco crujía
y gemía durante los embates entre las placas.
»4 de agosto.- Durante nueve días, hemos tenido vientos del sur, y en los
últimos cuatro hemos experimentado rugientes ventiscas. Estoy cansado del ruido
del viento infernal. ¡Din! ¡Din! ¡Din! Y la oscuridad. Hoy debíamos haber visto
el sol, pero un banco de cúmulos lo ocultó eficazmente, aunque la luz del día
es un gozo interminable.
»6 de agosto.- El viento amainó hacia las 6:00, y cerca de la hora del
desayuno, con una atmósfera clara, se pudo divisar la tierra desde cerca del
cabo Cotter hasta el cabo Adare. ¡Qué día de dicha! Después de cuatro horas de
mal tiempo, vemos el cabo Adare a unos setenta kilómetros al este de las islas
Posesión; en este tiempo hemos recorrido ciento sesenta kilómetros. Bien hecho.
El monte Sabine, la primera tierra que vimos al venir al sur, está al oeste y
forma el pico más alto (tres mil cincuenta metros) de una majestuosa cordillera
cubierta de nieves eternas. Hacia el oeste, podemos ver las islas Posesión, que
yacen bajo el extraordinario risco del cabo Downshire, que exhibe grandes
manchones de roca negra. La tierra cae hacia el noroeste del cabo Downshire y
vuelve a elevarse en la alta península alrededor del cabo Adare. Esta mañana
estábamos entusiasmados anticipándonos a ver el sol, que salió cerca de las
nueve y media (hora local). Fue un espectáculo glorioso y feliz. Hicimos un
brindis, y con el ánimo muy alegre, vitoreamos el sol.
»9 de agosto.- Donolly volvió a trabajar en el timón. Es una larga tarea cortar
las láminas de hierro que lo cubren, y en este momento, no es algo demasiado
seguro, puesto que el hielo es traicionero. Hooke dice que ahora las
condiciones son normales. Por su bien espero que pueda lograrlo. Es un buen
deportista y sigue intentándolo, aunque estoy convencido de que tiene pocas
esperanzas con esta antena deficiente.
»10 de agosto.- La posición del barco es 70° 40' S, sesenta y cuatro kilómetros
al norte 29° este del cabo Adare. La distancia de la deriva desde el 2 hasta el
6 de agosto fue de ciento sesenta y un kilómetros, y desde el 6 hasta el 10, de
ciento cuarenta y un kilómetros.
»12 de agosto.- Por la observación y la posición de la tierra, estamos setenta
y dos kilómetros al noreste del cabo Adare, latitud 70° 42' S. Esta posición
está un poco al este de la posición del 10. Las marcaciones, trazadas sobre una
pequeña carta náutica de proyección gnomónica son muy imprecisas, y aquí
estamos, incapacitados, puesto que nuestros cronómetros han perdido toda su
regularidad. Donolly y Grade están teniendo mucho trabajo con las láminas de
hierro del timón, pero deberían terminar de cortarlas mañana. Casi está
completo el timón de fortuna. Esta tarde mezclamos hormigón para la parte
inferior y debimos usar agua hirviendo, puesto que el agua se congelaba en la
mezcla. El carpintero ha hecho un buen trabajo con el timón, aunque tuvo que
construirlo en el alcázar a bajas temperaturas y expuesto a ráfagas cortantes.
»16 de agosto.- Estamos “avanzando y retrocediendo” a unos sesenta y cinco
kilómetros al noreste del cabo Adare. Aquí es donde esperábamos avanzar
bastante. Sin embargo, no podemos quejarnos y debemos ser pacientes. Se veía un
gran espejismo hacia el norte, y desde el nido de cuervo podía verse con
claridad la aparición de aguas libres que se extendían del NNO al NE.
»17 de agosto.- ¡Un día glorioso! La tierra se ve con claridad, y hacia el
norte, el borde negro del cielo de agua sobre el horizonte flota continuamente.
Hooke oyó a la isla Macquarie “hablando” con Hobart. El mensaje oído era el
final de los informes del tiempo. Ahora tenemos la esperanza de recibir
noticias en el futuro cercano.
»23 de agosto.- Vimos la tierra cerca del cabo North. Hacia el SSO, los blancos
acantilados y los picos de las montañas tierra adentro se veían con claridad, y
en la distancia, hacia el suroeste, aparecía una baja extensión de tierra
ondulada. Por momentos, se veía el monte Sabine a través de la oscuridad. La
latitud es 69° 441/2' S. Estamos a noventa y tres kilómetros al
norte y sesenta y cuatro kilómetros al este del cabo North.
»24 de agosto.- Levantamos el timón fuera del hielo y lo colocamos lejos de la
popa, paralelo a la extensión del buque. Nos dio mucho trabajo (pesaba cuatro
toneladas y media): usamos motones de tres ojos y motones de doble polea, pero
combinados con el aparejo de cadena sin fin del cuarto de máquinas y mucho
“músculo” y palanca, pudimos sacarlo. Se salieron todos los machos del timón,
es una rotura limpia y muestra claramente la terrible fuerza ejercida sobre el
barco durante la presión. Me alegra ver el timón sobre el hielo y lejos de la
hélice. La pala misma (que es de roble sólido y está revestida de dos lados y
en la parte trasera, de la mitad hacia abajo, con una lámina de hierro de dos
centímetros) está intacta, con excepción de los pernos rotos; la parte torcida
está en la limera del timón.
»25 de agosto.- 23:00: Hooke llegó con la buena noticia de que oyó a Macquarie
y a Bluff (Nueva Zelanda) enviar sus informes del tiempo e intercambiar
señales. ¿Acaso esto significará que han oído nuestras señales recientes y
están tratando de contactarnos? Nuestro motor ha estado estropeado.
» 26 de agosto.- El carpintero terminó el timón de fortuna y
ahora está trabajando en la parte inferior de la limera, donde el timón estalló
en las cuadernas de popa. Somos afortunados de tener esta oportunidad de
reparar estos daños menores, que serían graves en medio del mar.
»31 de agosto.- 6:30: Hay ruidos muy fuertes de presión al sureste. Subí
después del desayuno y tuve el placer de ver muchos canales abiertos en todas
direcciones. Los canales de ayer están congelados, lo cual muestra que hay muy
poca posibilidad de una rotura general y constante del hielo hasta que no suba
la temperatura. La tierra era visible, pero estaba demasiado lejos para
siquiera intentar tomar marcaciones aproximadas. El témpano sigue al noroeste
del barco. Al parecer, hemos girado hacia afuera con respecto a la tierra. No
podremos salir de aquí pronto y, si bien todos tienen mucho trabajo y están de
buen ánimo, la inutilidad del barco en su estado actual aburre.
»5 de septiembre.- Hoy la antena del radiotelégrafo del palo mesana se desplomó
en medio de una rugiente ventisca. Antes de mediodía logré arrastrarme contra
el viento y subir al puente de mando y, al abrigo del cuarto de navegación,
observé el mástil que se inclinaba con el viento y se mecía como la rama de un
árbol, pero después de que la antena se había mantenido allí durante el
invierno, no pensé que el mástil pudiera soportar el embate. Por fortuna, como
es peligroso estar en cubierta con este tiempo (la comida es traída de la
cocina por turnos a través de la cegadora ventisca y sobre enormes montones de
nieve acumulada), no había nadie cerca cuando la antena fue arrastrada por el
viento.
»8 de septiembre.- El tiempo está nublado y deprimente. Nieve, viento y calma
durante una o dos horas. En ocasiones el viento sopla por estos lugares sin
nieve y en otras con nieve; esta parece ser la única diferencia. Ahora tengo
dos pacientes: Larkman y Mugridge. Larkman tiene dos dedos del pie izquierdo
congelados hace tiempo y hasta el momento no les ha hecho caso. Ahora está
preocupado, puesto que ya aparecieron signos de gangrena. Mugridge tiene un
prurito intermitente, con la piel roja e inflamada y grandes ampollas que le
duran poco tiempo. No sé qué demonios será, pero la descripción más cercana en
una “Materia Médica”, o en algo similar, es pénfigo, de modo que es pénfigo, y
recibió un tónico y masajes.
»9 de septiembre.- Este es el primer día en mucho tiempo en que hemos
registrado una temperatura mínima algo más alta durante las veinticuatro horas.
Es agradable pensar que desde un mediodía a otro y a través de la noche la
temperatura nunca cayó por debajo de -15° C, y el aumento de la luz del día nos
hace sentir que el verano realmente está cerca.
»13 de septiembre.- Todo alrededor del horizonte septentrional, al parecer hay
un cielo de agua libre, pero alrededor del barco la perspectiva es inhóspita.
El sol salió a las 6:20 y se puso a las 17:15, por lo tanto; el período local
de sol es de once horas y cinco minutos y de diecisiete horas de luz totales,
incluidas tres horas de crepúsculo matutino y vespertino. El carpintero está
desmantelando el coronamiento (para facilitar el desembarco y, de ser
necesario, el embarque del timón de fortuna) y construirá una batayola
temporaria y extraíble.
»16 de septiembre.- Hubo muchos espejismos en todo el horizonte, y hacia el
este por el sur y hacia el suroeste, ha estado elevándose un pesado humo de
mar. Sobre el horizonte septentrional, se cierne un banco bajo de niebla blanca
como si estuviera sobre el mar. No me gustan estas continuas temperaturas
bajas. Estoy empezando a tener dudas con respecto a nuestro rescate hasta que
el sol comience a derretir el hielo.
»17 de septiembre.- Hoy es el aniversario de nuestra partida de Londres. A
bordo solo hay cuatro hombres de los once originales: Larkman, Ninnis, Mauger y
yo. Sucedieron muchas cosas desde el viernes, 18 de septiembre de 1914, y
recuerdo la escena cuando pasamos por el Támesis con submarinos y cruceros, de
servicio o en viajes de negocios, cruzándose con nosotros. También recuerdo el
pesar de dejarlo todo y el consiguiente “hartazgo”.
»21 de septiembre.- El sol está avanzando rápidamente hacia el sur, y hoy hemos
tenido más de diecisiete horas de luz y doce horas de sol. ¡Si pudieran
rescatarnos! La monotonía y la preocupación de nuestra impotente posición son
mortales. Supongo que Shackleton y su grupo habrán comenzado la colocación de
depósitos y estarán llenos de esperanzas para el futuro. Me pregunto si
el Endurance habrá pasado el invierno en el hielo o si se
habrá ido hacia el norte. No puedo evitar pensar que si pasó el invierno en el
mar de Weddell estará peor que el Aurora. En los próximos seis
meses tendremos que enterarnos de muchas cosas: noticias de Shackleton y
el Endurance, el grupo del cabo Evans y la guerra.
»22 de septiembre.- Latitud. 69 ° 12' S; longitud 165° 00' E.
La isla Sturge (grupo de las Balleny) está al norte (verdadero) a ciento
cuarenta y cinco kilómetros de distancia. Vientos suaves del noroeste con
tiempo claro y bueno. Avistamos la isla Sturge por la mañana, al norte de
nosotros; parecía una sombra baja y difusa en el horizonte. Es bueno tener un
buen punto de referencia para volver a fijar posiciones, y es bueno ver que
estamos avanzando hacia el norte, aunque sea poco a poco. Desde que nos
separamos del cabo Evans, hemos derivado aproximadamente mil ciento treinta y
cinco kilómetros alrededor de islas y junto a obstáculos formidables, una
maravillosa deriva. Es bueno pensar que no ha sido en vano, y que el
conocimiento de los movimientos de la banquisa será un valioso agregado a la
suma del conocimiento humano. La distancia desde el cabo Evans hasta nuestra
actual posición es de mil ciento treinta y cinco kilómetros (geográficos).
»27 de septiembre.- La temperatura en mi habitación anoche estaba alrededor de
—17,7°C, mucho frío, pero estaba suficientemente abrigado bajo las mantas.
Hooke ha desmantelado el equipo de la radio. Se siente mal por no poder
comunicarse, aunque no lo demuestra.
»30 de septiembre.- Ninnis ha estado ocupado esta semana con la construcción de
un nuevo tractor. Está construyendo la estructura y montará el motor en la
proa, entre las cubiertas, donde puede sujetarse con seguridad cuando seamos
liberados del hielo. Veo canales de aguas libres desde (para facilitar el
desembarco y, de ser necesario, el embarque del timón de fortuna) y construirá
una batayola temporaria y extraíble.
»16 de septiembre.- Hubo muchos espejismos en todo el horizonte, y hacia el
este por el sur y hacia el suroeste, ha estado elevándose un pesado humo de
mar. Sobre el horizonte septentrional, se cierne un banco bajo de niebla blanca
como si estuviera sobre el mar. No me gustan estas continuas temperaturas
bajas. Estoy empezando a tener dudas con respecto a nuestro rescate hasta que
el sol comience a derretir el hielo.
»17 de septiembre.- Hoy es el aniversario de nuestra partida de Londres. A
bordo solo hay cuatro hombres de los once originales: Larkman, Ninnis, Mauger y
yo. Sucedieron muchas cosas desde el viernes, 18 de septiembre de 1914, y
recuerdo la escena cuando pasamos por el Támesis con submarinos y cruceros, de
servicio o en viajes de negocios, cruzándose con nosotros. También recuerdo el
pesar de dejarlo todo y el consiguiente “hartazgo”.
»21 de septiembre.- El sol está avanzando rápidamente hacia el sur, y hoy hemos
tenido más de diecisiete horas de luz y doce horas de sol. ¡Si pudieran
rescatarnos! La monotonía y la preocupación de nuestra impotente posición son
mortales. Supongo que Shackleton y su grupo habrán comenzado la colocación de
depósitos y estarán llenos de esperanzas para el futuro. Me pregunto si
el Endurance habrá pasado el invierno en el hielo o si se
habrá ido hacia el norte. No puedo evitar pensar que si pasó el invierno en el
mar de Weddell estará peor que el Aurora. En los próximos seis
meses tendremos que enterarnos de muchas cosas: noticias de Shackleton y
el Endurance, el grupo del cabo Evans y la guerra.
»22 de septiembre.- Latitud 69°12' S; longitud 165° 00' E. La isla Sturge
(grupo de las Balleny) está al norte (verdadero) a ciento cuarenta y cinco
kilómetros de distancia. Vientos suaves del noroeste con tiempo claro y bueno.
Avistamos la isla Sturge por la mañana, al norte de nosotros; parecía una
sombra baja y difusa en el horizonte. Es bueno tener un buen punto de
referencia para volver a fijar posiciones, y es bueno ver que estamos avanzando
hacia el norte, aunque sea poco a poco. Desde que nos separamos del cabo Evans,
hemos derivado aproximadamente mil ciento treinta y cinco kilómetros alrededor
de islas y junto a obstáculos formidables, una maravillosa deriva. Es bueno
pensar que no ha sido en vano, y que el conocimiento de los movimientos de la
banquisa será un valioso agregado a la suma del conocimiento humano. La
distancia desde el cabo Evans hasta nuestra actual posición es de mil ciento
treinta y cinco kilómetros (geográficos).
»27 de septiembre.- La temperatura en mi habitación anoche estaba alrededor de
-17,7°C, mucho frío, pero estaba suficientemente abrigado bajo las mantas.
Hooke ha desmantelado el equipo de la radio. Se siente mal por no poder
comunicarse, aunque no lo demuestra.
»30 de septiembre.- Ninnis ha estado ocupado esta semana con la construcción de
un nuevo tractor. Está construyendo la estructura y montará el motor en la
proa, entre las cubiertas, donde puede sujetarse con seguridad cuando seamos
liberados del hielo. Veo canales de aguas libres desde lo alto del mástil, pero
aún estamos atrapados firmemente. ¿Por cuánto tiempo?
»7 de octubre.- A medida que pasa el tiempo, la posibilidad de regresar a la
Barrera para desembarcar un grupo merece considerarse; si no nos liberamos
hasta entrada la estación, tendremos que ir primero hacia el sur, aunque no
tenemos anclas ni timón y contamos con pocas amarras y una escasa provisión de
carbón. Dejar un grupo en la Barrera nos pondría en una situación difícil, con
pocos hombres; sin embargo, puede hacerse, y cualquier cosa es preferible al
retraso, para ayudar a los hombres en el cabo Evans. A las 5:00, se formó un
magnífico parhelio alrededor del sol. El espectáculo impresionó tanto al
contramaestre que me despertó para que lo viera».
Durante el mes de octubre, el Aurora derivó sin incidentes.
Stenhouse menciona que siempre aparecían aguas libres en el horizonte
septentrional y en el oriental. Pero ojos ansiosos se esforzaban en vano por
divisar algún indicio de que el día del rescate del barco estaba cerca. Hooke
volvió a hacer funcionar el equipo de radio y diariamente intentaba ponerse en
contacto con la isla Macquarie, ahora a unos mil cuatrocientos kilómetros. La
petición de un buque de rescate debía renovarse si podía establecerse
comunicación, puesto que para entonces, si todo había ido bien con el Endurance,
el grupo de tierra del mar de Weddell estaría empezando su viaje. Hubo un
considerable movimiento del hielo hacia finales de mes; los canales se abrían y
se cerraban, pero la placa, de varios metros de superficie, en el que estaba
atrapado el Aurora, permaneció firme hasta los primeros días de
noviembre. Las grietas aparecieron cerca del barco, al parecer a causa de la
intensa deriva que hacía que la placa se hundiera. Ahora las temperaturas eran
más altas, por influencia del sol, y el hielo estaba más blando. El
derretimiento estaba causando incomodidad a bordo. La posición el 12 de
noviembre se calculó en latitud 66 ° 49' S, longitud 155° 17′
45″ E. Stenhouse hizo un sondeo el 17 de noviembre, en latitud 66° 40'
S, longitud 154° 45' E, y encontró el fondo a trescientos cincuenta y cinco
metros. La muestra del fondo era lodo y algunas piedras pequeñas. La línea de
la sonda mostró una corriente submarina bastante fuerte hacia el noroeste.
«Extrajimos parte del lodo», dijo Stenhouse, «y en la arenilla que quedó
encontramos varios granitos de oro». Dos días después, la tendencia de la
corriente era hacia el sureste. Hubo un pronunciado derretimiento el 11. Las
cabinas estaban chorreando y la nieve caída recientemente corría por el barco
en considerables hilos de agua. La tripulación estaba encantada, pues la
incomodidad actual ofrecía la promesa de una pronta separación de la banquisa.
«23 de noviembre.- A las 3:00 divisamos la isla Young, del grupo de las
Balleny, al rumbo norte 54°(verdadero) este. La isla, que apareció claramente
en el horizonte bajo un cielo cubierto de estratos, parecía estar lejos. Según
la latitud a mediodía, estamos en 66° 26' S. Como esta es la latitud trazada
del pico Foreman, isla Young, el rumbo no coincide. La tierra se avistó a las
8:00 al rumbo sur 60°(verdadero) oeste. Este, que al parecer sería el cabo
Hudson, se elevaba amenazante a través de la niebla con la forma de un cabo
alto y pronunciado, con tierra baja y ondulada que se extendía hacia el SSE y
hacia el oeste de él. La aparición de este cabo ha sido presagiada durante los
últimos dos días por masas de niebla negra, pero parece extraño que tierra tan
alta no haya sido vista antes, puesto que hay poco cambio en las condiciones
atmosféricas.
»24 de noviembre.- Cubierto y brumoso durante la mañana. Nublado, claro y bueno
por la tarde y noche. No hay vestigios de tierra a la vista, de modo que el
cabo Hudson en realidad es el “cabo Volador”. Esto es de lo más extraño. Los
hombres vieron el cabo al suroeste, y algunos de nosotros lo dibujamos. Ahora
(la tarde), aunque el cielo está fantásticamente claro hacia el suroeste, no se
ve nada. No podemos haber derivado tanto respecto de la posición de ayer. Con
razón Wilkes informó que veía tierra. 21:00: Una franja baja de tierra aparece
en el horizonte hacia el suroeste, pero de ninguna manera se parece a nuestro
cabo de ayer. Esta tarde lanzamos una línea en el canal a través de la grieta
ciento ochenta metros al oeste del barco, pero no encontramos el fondo a
trescientos sesenta y cinco metros».
Un incidente interesante el 26 de noviembre fue el descubrimiento de una
colonia de pingüinos emperador. Ninnis y Kavenagh dieron una larga caminata
hacia el noroeste y encontraron la colonia desierta. Las depresiones en el
hielo, hechas por las aves, tenían unos cuarenta y cinco centímetros de largo y
contenían residuos grisáceos. La colonia estaba en un hoyo rodeado de cordones
de presión de aproximadamente un metro y ochenta centímetros de altura. Al
parecer, unas veinte aves habían estado allí. No se veían trozos de cáscaras de
huevos, pero los petreles y los págalos grandes habían pasado por allí con toda
certeza y probablemente se habían llevado todos los restos. Las placas se
estaban ablandando y «echando a perder», y caminar resultaba cada vez más
difícil. Profundos charcos de lodo y agua cubiertos con nieve fina se
convertían en trampas para los hombres. Stenhouse pensó que una fuerte ventisca
rompería la banquisa. Su ansiedad era cada vez mayor a medida que avanzaba la
estación, y su diario es un registro de un profundo anhelo de estar libre y
activo otra vez. Sin embargo, la prisión del hielo era inexorable. Los hombres
tenían mucho trabajo en el Aurora, que estaban poniendo a punto
después de los golpes de las tormentas invernales. Con frecuencia se veían
focas y pingüinos, y pudo mantenerse la provisión de carne fresca. El timón de
fortuna estuvo listo para ser colocado cuando el barco fuera liberado, pero
mientras tanto, no estaba expuesto a los ataques del hielo.
«No hay cambios apreciables en nuestros alrededores», fue la nota del 17 de
diciembre. «Cada día que pasa reduce nuestra posibilidad de llegar a tiempo
para ir hacia el norte en busca de un timón, anclas y carbón. Si nos liberamos
antes del 15 de enero, podríamos ir hacia el norte, a Nueva Zelanda y volver a
bajar al cabo Evans a tiempo para recoger a los grupos. Después de esa fecha,
solo podemos intentar ir hacia el sur en nuestro mal estado y con escasez de
combustible. Con carbón solo para nueve días, tendríamos pocas posibilidades de
abrirnos paso por ningún hielo del mar de Ross ni de ir hacia el sur en
absoluto, si nos topáramos con muchas ventiscas. Sin embargo, existe una
posibilidad y tal vez la suerte nos acompañe… Shackleton quizás haya pasado el
Polo a esta altura. Ojalá nuestras llamadas por radio hayan llegado».
El día de Navidad, con su cena especial y algunas festividades menores, vino y
se fue, y el hielo siguió firme. Los hombres se interesaban mirando cómo los
pingüinos emperador, que estaban instalados en diversos puntos en las cercanías
del barco, mudaban las plumas. Se habían situado a sotavento de los montículos,
y parecían moverse solo cuando el viento cambiaba o la nieve a su alrededor se
había puesto fea. En estos viajes solo cubrían algunos metros, y aun entonces
se tropezaban en su debilidad. Un emperador fue llevado a bordo vivo, y la
tripulación se divirtió mucho al verlo balanceándose sobre los talones y la
cola, con la patas vueltas hacia arriba, la posición adoptada cuando el huevo
está apoyado sobre las patas durante el período de incubación. La amenaza de un
fuerte «ventarrón» alimentó las esperanzas de liberación varias veces, pero la
ventisca (probablemente la primera ventisca antártica que alguna vez fue
deseada) no llegó. El día de Año Nuevo encontró a Stenhouse y a los otros
hombres recuperándose de un ataque de ceguera por la nieve, contraída después
de hacer una excursión a través de las placas sin anteojos.
Al cabo de la primera semana de enero, el barco estaba a una latitud de 65° 45'
S. La placa estaba rota a kilómetro y medio del barco, y el hielo avanzaba
rápidamente. Debajo de la proa y de la popa, las lagunas crecían y se extendían
en largos canales hacia el oeste. Una foca se acercó a resoplar bajo la popa el
6, lo cual demostraba que había una abertura en el hielo hundido allí.
Stenhouse estaba economizando los alimentos. No se servía desayuno en el barco,
y la carne de foca o de pingüino se usaba para, por lo menos, una de las dos
comidas que se hacían más tarde en el día. A todos los hombres les faltaba
ropa, pero Stenhouse mantenía intacto el equipo de los trineos que era para el
uso del grupo de tierra. El 9, vientos fuertes y variables volvieron a
alimentar las esperanzas, y la mañana del 10, el hielo pareció estar bien roto
desde ochocientos a mil seiscientos metros de distancia del barco en todas las
direcciones. «Parece extraordinario que el barco siga atrapado en una placa
casi intacta de menos de tres kilómetros cuadrados, en especial porque esta
parte fue completamente destrozada y despedazada durante el choque en julio, y
contiene muchas fallas. En casi todas las direcciones, a una distancia de
ochocientos metros del barco, hay cordones de presión de hielo de veinte
centímetros apilados hasta una altura de seis metros. Fue providencial que,
aunque estuvieran tan cerca, escapáramos a esos cordones».
Después de mediados de enero, el Aurora aún seguía en el
hielo. El período de día continuo estaba acercándose a su fin, y había un
crepúsculo apreciable a medianoche. Podía verse un oscuro cielo de agua en el
horizonte septentrional. La latitud el 24 de enero era 65° 391/2 '
S. Hacia fines de mes, Stenhouse ordenó una inspección exhaustiva de las
provisiones y los preparativos generales para partir. La provisión de harina y
manteca era abundante. Otras provisiones escaseaban, y la tripulación no perdió
la oportunidad de capturar focas y pingüinos. Los pingüinos de Adelia estaban
viajando hacia el ESE en número considerable, pero no podían cazarse a menos
que se acercaran mucho al barco, debido a que el hielo estaba blando. La
estación de radio, que había estado ociosa durante los meses de luz, volvió a
instalarse, y Hooke reanudó sus llamadas a la isla Macquarie el 2 de febrero.
Escuchaba en vano a la espera de cualquier indicación de que lo hubieran oído.
La banquisa mostraba mucho movimiento, pero la gran placa que contenía el barco
permanecía firme.
La rotura de la placa llegó el 12 de febrero. Fuertes vientos del noreste al
sureste pusieron el hielo en movimiento y trajeron un oleaje perceptible. El
barco estaba haciendo agua, aviso de un problema futuro, y la tripulación pasó
el día en las bombas, achicando el agua, y de ciento once centímetros que había
en el pozo la redujeron a treinta centímetros, a pesar de las tuberías
congeladas y otras dificultades. Habían terminado de trabajar por la noche
cuando el hielo se rompió a popa y rápidamente se separó en todas direcciones
bajo la influencia del oleaje. Los hombres lograron salvar algo de carne de
foca que había sido cubierta por la nieve cerca de la pasarela. Perdieron el
asta de la bandera, que había sido instalada como mástil de radio, pero
replegaron la antena. Ahora el barco estaba flotando en medio de fragmentos de
placa y se sacudía bastante en el oleaje. Durante la noche sopló un viento sur
fresco, y el barco comenzó a avanzar gradualmente sin velas. A las 8:30 del 13,
Stenhouse desplegó la trinquetilla y el contrafoque, y el Aurora avanzó
lentamente hacia el norte, elevándose en ocasiones a causa de las enormes
placas. La navegación en esas condiciones, sin vapor y sin timón, era
extremadamente difícil, pero Stenhouse deseaba, de ser posible, ahorrar su
escasa reserva de carbón hasta que se hubiera alejado de la banquisa, para
poder llegar lo antes posible al estrecho de McMurdo. El timón de fortuna no
podía instalarse en medio del hielo. En el barco entraba alrededor de un metro
de agua en veinticuatro horas, una cantidad fácilmente controlada por las
bombas.
Durante el 14, el Aurora avanzó muy lentamente hacia el norte
a través de un hielo denso. En ocasiones, las vergas fueron braceadas o se
colocaba un ancla de hielo en una placa para ayudarlo a salir de lugares
difíciles, pero la mayor parte del tiempo avanzó solo. La caña del timón de
fortuna fue colocada en su posición por la tarde, pero el timón no iba a
instalarse hasta llegar al hielo libre o a aguas libres. El 15, el barco fue
detenido todo el día en la latitud 64° 38' S. Pesadas placas impedían el avance
en cualquier dirección. Se hicieron intentos para hacer avanzar el barco
ajustando las velas y cobrando las anclas de hielo, pero no podía maniobrarse
lo suficientemente bien para aprovechar los canales que se abrían y se
cerraban. Esta situación continuó durante todo el 16. Esa noche hubo un fuerte
oleaje debajo del hielo y el barco lo pasó mal. Una placa puntiaguda de tres o
tres metros y medio de espesor golpeaba constantemente, con un impulso de un
metro, contra la banda de estribor, y las defensas solo amortiguaban el golpe
en parte. «Es inútil embestir contra este hielo con el motor», escribió
Stenhouse. «Usaríamos nuestra magra provisión de carbón para llegar al límite
del hielo que estaba a la vista, y luego estaríamos en un agujero, sin lastre
ni combustible… Pero si este estancamiento dura otra semana, tendremos que usar
los motores y consumir nuestro carbón en un intento por alcanzar aguas
navegables. Me temo que nuestras posibilidades de dirigirnos al sur ahora son
muy escasas».
El hielo permaneció cerca, y el 21 un pesado oleaje volvió peligrosa la
situación. Esa noche, el barco chocaba con fuerza y las defensas no servían de
mucho. Con cada «embestida» del oleaje, el barco golpeaba la proa contra la
placa que estaba más adelante, luego rebotaba hacia atrás y volvía a chocar
contra otra placa a través de su codaste.
La rotura de la placa llegó el 12 de febrero. Fuertes vientos del noreste al
sureste pusieron el hielo en movimiento y trajeron un oleaje perceptible. El
barco estaba haciendo agua, aviso de un problema futuro, y la tripulación pasó
el día en las bombas, achicando el agua, y de ciento once centímetros que había
en el pozo la redujeron a treinta centímetros, a pesar de las tuberías congeladas
y otras dificultades. Habían terminado de trabajar por la noche cuando el hielo
se rompió a popa y rápidamente se separó en todas direcciones bajo la
influencia del oleaje. Los hombres lograron salvar algo de carne de foca que
había sido cubierta por la nieve cerca de la pasarela. Perdieron el asta de la
bandera, que había sido instalada como mástil de radio, pero replegaron la
antena. Ahora el barco estaba flotando en medio de fragmentos de placa y se
sacudía bastante en el oleaje. Durante la noche sopló un viento sur fresco, y
el barco comenzó a avanzar gradualmente sin velas. A las 8:30 del 13, Stenhouse
desplegó la trinquetilla y el contrafoque, y el Aurora avanzó
lentamente hacia el norte, elevándose en ocasiones a causa de las enormes
placas. La navegación en esas condiciones, sin vapor y sin timón, era
extremadamente difícil, pero Stenhouse deseaba, de ser posible, ahorrar su
escasa reserva de carbón hasta que se hubiera alejado de la banquisa, para
poder llegar lo antes posible al estrecho de McMurdo. El timón de fortuna no
podía instalarse en medio del hielo. En el barco entraba alrededor de un metro
de agua en veinticuatro horas, una cantidad fácilmente controlada por las
bombas.
Durante el 14, el Aurora avanzó muy lentamente hacia el norte
a través de un hielo denso. En ocasiones, las vergas fueron braceadas o se
colocaba un ancla de hielo en una placa para ayudarlo a salir de lugares
difíciles, pero la mayor parte del tiempo avanzó solo. La caña del timón de
fortuna fue colocada en su posición por la tarde, pero el timón no iba a
instalarse hasta llegar al hielo libre o a aguas libres. El 15, el barco fue
detenido todo el día en la latitud 64° 38' S. Pesadas placas impedían el avance
en cualquier dirección. Se hicieron intentos para hacer avanzar el barco
ajustando las velas y cobrando las anclas de hielo, pero no podía maniobrarse
lo suficientemente bien para aprovechar los canales que se abrían y se
cerraban. Esta situación continuó durante todo el 16. Esa noche hubo un fuerte
oleaje debajo del hielo y el barco lo pasó mal. Una placa puntiaguda de tres o
tres metros y medio de espesor golpeaba constantemente, con un impulso de un
metro, contra la banda de estribor, y las defensas solo amortiguaban el golpe
en parte. «Es inútil embestir contra este hielo con el motor», escribió
Stenhouse. «Usaríamos nuestra magra provisión de carbón para llegar al límite
del hielo que estaba a la vista, y luego estaríamos en un agujero, sin lastre
ni combustible… Pero si este estancamiento dura otra semana, tendremos que usar
los motores y consumir nuestro carbón en un intento por alcanzar aguas
navegables. Me temo que nuestras posibilidades de dirigirnos al sur ahora son
muy escasas».
El hielo permaneció cerca, y el 21 un pesado oleaje volvió peligrosa la
situación. Esa noche, el barco chocaba con fuerza y las defensas no servían de
mucho. Con cada «embestida» del oleaje, el barco golpeaba la proa contra la
placa que estaba más adelante, luego rebotaba hacia atrás y volvía a chocar
contra otra placa a través de su codaste.
Esta placa, de casi dos metros de espesor y treinta metros de ancho, más tarde
fue partida y destrozada por los impactos. Los trozos de hielo quedaron
atascados el 23, cuando la latitud a mediodía era 64° 361/2 S.
El siguiente cambio fue para peor. El hielo se soltó la noche del 25, y un
fuerte oleaje del noroeste hizo que el barco chocara con fuerza. Esto se
repitió a intervalos en los días subsiguientes.
«Los golpes y los ataques de las placas aumentaron durante las primeras horas
(del 29 de febrero) hasta que pareció que una placa afilada o una parte
puntiaguda bajo el agua iba a atravesar el casco del barco. A las 6:00,
convertimos un gran resorte en espiral en una defensa, y lo deslizamos debajo
de la aleta de babor, donde una placa bajo presión con seis u ocho metros hacia
abajo amenazaba con arrancar la hélice y el codaste por completo. A las 9:00,
después de achicar con la bomba, el maquinista informó de la existencia de una
entrada de agua sobre la banda de babor, en la sección popel del túnel del eje
de la hélice, cerca del codaste. El carpintero cortó parte del revestimiento y
llenó el espacio entre las cuadernas con alquitrán de Estocolmo, cemento y
estopa. No pudo llegar hasta la pérdida propiamente dicha, pero su invento
cambió las cosas. Estoy preocupado por la hélice. La banquisa es un sitio
peligroso para un barco en estos momentos; parece milagroso que el viejo navío
aún siga a flote».
El hielo se abrió un poco el 1 de marzo. Era imperativo sacar el barco de su
situación peligrosa de inmediato; como el invierno se estaba acercando,
Stenhouse, por lo tanto, ordenó que se aceleraran los motores. La mañana
siguiente, ordenó izar la vela cangreja en la popa para usarla como un timón
improvisado mientras estaban en el denso hielo. El 2 se incrementó la presión
del vapor hasta alcanzar, a las 17:15, presión de trabajo, y el Aurora comenzó
a avanzar hacia el oeste. El progreso fue muy lento, debido a las pesadas
placas y al hielo submarino, lo cual exigió que se detuvieran los motores con
frecuencia. A la mañana siguiente, las aguas libres estaban a la vista hacia el
norte y el noroeste, después de una noche inquieta pasada entre las placas que
se mecían. Sin embargo, el avance era muy lento. El Aurora se
dirigió a sotavento bajo la influencia de una brisa del OSO, y gobernarlo
mediante el braceo de las vergas y el lanzado y el cobrado de las anclas era un
asunto delicado. El barco se detuvo por completo entre las pesadas placas de
hielo antes del mediodía del 3, y tres horas más tarde, tras vanos intentos de
avanzar cobrando las anclas de hielo, Stenhouse hizo reducir el fuego y
mantenerlo.
Los días 4 y 5 de marzo no se avanzó nada. Un viento moderado del ENE cerró el
hielo y lo puso en movimiento, y el Aurora, con el fuego reducido,
rolaba y golpeaba con fuerza. Había diecisiete témpanos a la vista, y uno de
ellos avanzaba hacia el sur contra la banquisa y amenazaba con acercarse al
barco. Durante la noche, los motores fueron virados repetidamente por la acción
del hielo sobre las palas de la hélice. «Todas las teorías sobre que no hay
oleaje en la banquisa son falsas», escribió el preocupado capitán. «Aquí solo
hay un atisbo de cielo de agua libre, y el barco rola hasta los imbornales y se
apoya pesadamente sobre las placas». El hielo se abrió cuando el viento amainó,
y la tarde del 6, el Aurora volvió a avanzar hacia el norte.
«Sin un timón (el timón de fortuna todavía no puede usarse en medio de estas
placas que se arremolinan y se agitan), el barco requiere mucha atención. Su
proa debe ser colocada entre las placas mediante sucesivas cobradas sobre
anclas de hielo, o echando amarras a una placa y girando a su alrededor.
Mantuvimos un curso bastante bueno entre dos témpanos hacia el norte de
nosotros y recorrimos unos ocho kilómetros hasta que, como se aproximaba la
oscuridad, los hombres ya no podían aventurarse entre las placas con seguridad
para fijar las anclas».
Los siguientes tres días estuvieron llenos de preocupación. El Aurora quedó
atrapado por el hielo y fue sometido a severos golpes, mientras dos témpanos se
acercaban desde el norte. La mañana del 10, el témpano más cercano estaba a
unos quinientos metros de distancia del barco. Sin embargo, la banquisa se
había abierto y a las 9:30, el barco estaba fuera de la zona de peligro y se
dirigía hacia el NNE. La banquisa siguió abriéndose durante la tarde, y
el Aurora pasó a través de amplias extensiones de pequeñas
placas sueltas y escombros de hielo. El avance fue bueno hasta que la oscuridad
los obligó a detenerse. La mañana siguiente, la banquisa estaba más densa.
Stenhouse puso en condiciones operativas un timón de fortuna preventivo (la
ponderada vela cangreja), pero no pudo alcanzar suficiente arrancada para
gobernar. Por la tarde se veían anchos canales hacia el noroeste, y el barco
llegó a cuatrocientos metros del canal más cercano antes de ser detenido por el
denso hielo. Volvió a golpear severamente contra el hielo por la noche, y el
vigía permaneció con las defensas para amortiguar los embates más peligrosos.
A la mañana siguiente, temprano, Stenhouse arrió el timón de fortuna, al que le
fijó cabos de gobierno, para que estos se arrastraran sobre la superficie del
agua, y se desplazó hacia el NNO a través del denso hielo. Ese día avanzó
veintiséis kilómetros en un curso errático y luego pasó una incierta noche con
el buque nuevamente en el hielo, golpeado violentamente. Los intentos de
avanzar hasta un canal abierto por la mañana del 13 no tuvieron éxito. A
primera hora de la tarde, se avanzó un poco, con los hombres listos para mantener
el hielo alto alejado, y a las 16:50, el Aurora atravesó el
hielo principal. Les llevó una hora montar el timón de fortuna en su posición
de trabajo por debajo de la bovedilla, y luego el barco se desplazó lentamente
hacia el norte. Delante seguía habiendo hielo, y los témpanos y los gruñones
eran una amenaza constante en las horas de oscuridad. Aún quedaba por hacer un
trabajo difícil, puesto que los témpanos y el hielo disperso se extendían en
todas direcciones, pero a las 14:00 del 14 de marzo, el Aurora cruzó
el último cinturón de la banquisa a una latitud de 6z° 17, 5' S, longitud 157°
31' E. «Ordené doble ración de bebida para toda la tripulación», dice
Stenhouse, «y lanzamos tres toques de despedida a la banquisa con el silbato».
El Aurora no estaba aún libre de problemas, pero no hace falta
describir en detalle el viaje hasta Nueva Zelanda. Cualquier intento por llegar
al estrecho de McMurdo ahora estaba descartado. Stenhouse tenía un buque
golpeado, sin timón, con apenas unas pocas toneladas de carbón en las
carboneras, y navegó dificultosamente hacia el norte con mal tiempo contra
persistentes vientos adversos y mareas en contra. El timón de fortuna
necesitaba cuidados constantes, y la falta de carbón hizo imposible obtener el
mejor servicio de los motores. Había momentos en que el barco no podía avanzar
y se entregaba, impotente, a un confuso oleaje o se elevaba en medio de mares
montañosos. Tenía escasez de hombres, y uno o dos de ellos estaban creando más
dificultades. Sin embargo, Stenhouse exhibió en todo momento un magnifico arte
de navegar y una tenaz perseverancia. Logró con éxito uno de los viajes más
difíciles que se conozcan, en un océano traicionero y famoso por sus tormentas.
El 23 de marzo estableció comunicación por radio con la estación Bluff, Nueva
Zelanda, y al día siguiente se puso en contacto con Wellington y Hobart. El
oficial naval en aguas de Nueva Zelanda ofreció ayuda, y más tarde se dispuso
que el remolcador Plucky del puerto de Otago fuera al
encuentro del Aurora fuera de Puerto Chalmers. Aún faltaba
pasar por malos días. El timón de fortuna prácticamente fue arrastrado y debió
sacarse en medio de un mar embravecido. Stenhouse siguió adelante, y la mañana
del 2 de abril, el Aurora se unió al Plucky y
fue remolcado. Llegó a Puerto Chalmers la mañana siguiente y fue recibido con
la cálida hospitalidad que Nueva Zelanda siempre ha demostrado hacia los
exploradores de la Antártica.
Cuando
llegué a Nueva Zelanda a principios de diciembre de 1916, encontré que los
arreglos para el rescate ya estaban hechos. El gobierno de Nueva Zelanda se
había encargado de la tarea a principios del año, antes de que yo me pusiera en
contacto con el mundo exterior. Los gobiernos de Gran Bretaña y de Australia
estaban prestando ayuda financiera. Durante el año, el Aurora había
sido reparado y reequipado en Puerto Chalmers a un coste considerable y había
sido abastecido con provisiones y carbón para el viaje al estrecho de McMurdo.
Mi viejo amigo, el capitán John K. Davis, que fue miembro de mi primera
expedición antártica en 1907-1909 y que, luego, comandó el buque del Dr. Mawson
en la expedición antártica australiana, había sido puesto al mando del Aurora por
ambos gobiernos, y había contratado a oficiales, ingenieros y tripulación. El
Capitán Davis llegó a Wellington con el fin de verme a mi arribo, y oí su
relato de la situación. Yo también me reuní con el Ministro de Marina, el
difunto Dr. Robert McNab, un amable y simpático escocés que se interesó
personalmente en la expedición. Stenhouse también se encontraba en Wellington,
y debo decir otra vez aquí que su relato del viaje y de la deriva en el Aurora me
llenó de admiración por su valor, su arte de navegar y su ingenio.
Después de analizar la situación en detalle con el Dr. McNab, estuve de acuerdo
en que deberían seguir en pie los preparativos ya hechos para la expedición de
rescate. El tiempo era importante, y había dificultades para hacer cualquier cambio
de planes o de control en el último momento. Después de que el capitán Davis
hubiera estado trabajando durante algunos meses, el gobierno aceptó entregarme
el Aurora libre de responsabilidad para su regreso a Nueva
Zelanda. Se decidió, por lo tanto, que el capitán Davis llevara el barco al
estrecho de McMurdo y que yo fuera con él para hacerme cargo de las operaciones
en tierra que pudieran ser necesarias. «Firmé un contrato» por un salario de 1
chelín mensual, y zarpamos de Puerto Chalmers el 20 de diciembre de 1916. Una
semana más tarde, divisamos el hielo otra vez. El Aurora pasó
con bastante rapidez por la banquisa y se internó en las aguas libres del mar
de Ross el 7 de enero de 1917.
El capitán Davis ubicó al Aurora a lo largo del borde de hielo
que había frente al cabo Royds la mañana del 10 de enero, y yo desembarqué con
un grupo para buscar algún registro en la cabaña levantada allí por mi
expedición en 1907. Encontré una carta que decía que el grupo del mar de Ross
estaba en el cabo Evans y, cuando estaba regresando al barco, divisamos a seis
hombres, con perros y un trineo, que venían desde la dirección del cabo Evans.
A las 13:00, este grupo subió a bordo, y nos enteramos de que de los diez
miembros de la expedición que habían quedado atrás cuando el Aurora soltó
sus amarras el 6 de mayo de 1915, siete habían sobrevivido; entre ellos se
encontraban: A. Stevens, E. Joyce, H. E. Wild, J. L. Cope, R. W. Richards, A.
K. Jack, I. O. Gaze. Estos siete hombres estaban bien, aunque mostraban signos
de la terrible experiencia por la que habían pasado. Nos contaron acerca de la
muerte de Mackintosh, Spencer-Smith y Hayward, y de su angustiosa espera del
rescate.
Lo único que quedaba por hacer era una búsqueda final de los cuerpos de
Mackintosh y Hayward. No había posibilidad de que ninguno de los dos estuviera
vivo. Habían estado sin equipos cuando la ventisca rompió el hielo por el que
estaban cruzando. Habría sido imposible que sobrevivieran más de unos días, y
ahora habían pasado ocho meses sin noticias de ellos. Joyce ya los había
buscado al sur de la lengua del glaciar. Consideré que debía hacerse otra
búsqueda en dos direcciones: la zona al norte de la lengua del glaciar y el
viejo depósito frente a Butler Point, e hice un informe para el
capitán Davis a tal fin.
El 12 de enero, el barco llegó a un punto que se encontraba a casi nueve
kilómetros al este de Butler Point. Llevé a un grupo a través de
hielo rocoso y lleno de agua hasta menos de treinta metros del hielo del pie de
los montes, pero debido a los altos acantilados y al hielo suelto y medio
derretido, no pudimos desembarcar. El hielo terrestre se había separado en la
posición del corte de marcaciones del depósito, pero era visible en la forma de
dos grandes témpanos varados al norte del cabo Bernacchi. No había señales del
depósito ni de que ninguna persona hubiera visitado las cercanías. Regresamos
al barco y seguimos a través del estrecho hasta el cabo Bernacchi.
Al día siguiente, desembarqué con un grupo a fin de inspeccionar el área al norte
de la lengua del glaciar, incluida la isla Razorback, en busca de rastros de
los dos hombres perdidos. Llegamos a la cabaña del cabo Evans a las 13:30, y
Joyce y yo salimos a las 15:00 hacia las islas Razorback. Realizamos una
búsqueda por ambas islas y regresamos a la cabaña a las 19:00. La búsqueda
había sido infructuosa. El 14, comencé a buscar con Joyce el lado norte de la
lengua del glaciar, pero la nieve que se había amontonado en la superficie, con
viento del sureste, hizo que decidiera no continuar, puesto que el hielo se
estaba moviendo rápidamente en el extremo del cabo Evans, y la laguna entre la
cabaña y la isla Inaccesible se estaba agrandando. El viento aumentó por la
tarde. Al día siguiente, sopló una ventisca del sureste, con mucha nieve
acumulada en las islas. Consideré que no era seguro usar el trineo ese día, en
particular porque el hielo se estaba separando del lado sur del cabo Evans y se
dirigía a la laguna. Pasamos el día ordenando la cabaña.
El 16, nos levantamos a las 3:00. El tiempo era bueno y calmo. Salí con Joyce a
las 4:20 en dirección sur y avanzamos lo más rápido que pudimos. Llegamos a la
lengua del glaciar a un punto que se encontraba aproximadamente a dos
kilómetros y medio del extremo del lado del mar. En donde no había acantilados
escarpados, había una ladera de nieve pareja hasta la cima. Desde arriba,
buscamos con catalejos; no se veía nada, excepto hielo azul, agrietado, sin
protuberancias.
Bajamos y, un poco corriendo, otro poco caminando, avanzamos unos cinco kilómetros
hacia la base del glaciar, pero vi que no había la menor posibilidad de
encontrar ningún resto debido a las enormes acumulaciones de nieve que había en
donde se podía acceder a los acantilados. En la base de los empinados
acantilados había nieve acumulada de entre tres y cinco metros de altura.
Regresamos a la cabaña a las 9:40 y casi inmediatamente nos dirigimos al barco.
Consideraba que todos los lugares donde era probable que estuvieran los cuerpos
de Mackintosh y Hayward ya habían sido registrados. No tenía dudas de que
habían encontrado la muerte al romperse el hielo fino cuando se levantó la
ventisca el 8 de mayo de 1916. Durante mi ausencia de la cabaña, Wild y Jack
habían erigido una cruz en memoria de los tres hombres que habían perdido la
vida al servicio de la expedición.
El capitán Davis llevó el barco hacia el norte el 17 de enero. Las condiciones
del hielo eran desfavorables, y la banquisa impedía el paso. Permanecimos en la
costa oeste hacia la isla Dunlop y la seguimos hasta Puerto Granite. No se veía
ninguna marca ni depósito. El Aurora llegó a la banquisa
principal, a casi cien kilómetros del cabo Adare, el 22 de enero. El hielo
estaba cerrado más adelante, y Davis se dirigió hacia el sur en aguas libres
para esperar a que mejoraran las condiciones. El 28 de enero, un viento fuerte
del noroeste permitió que el barco pasara entre la banquisa y la tierra frente
al cabo Adare, y cruzamos el Círculo Antártico el último día del mes. El 4 de
febrero, Davis envió un informe formal al gobierno de Nueva Zelanda por radio,
y el 9 de febrero, el Aurora atracó en Wellington. Fuimos
recibidos por el pueblo de Nueva Zelanda como hermanos que regresaban.
Los
capítulos anteriores de este libro representan la narración general de nuestra
expedición. El hecho de que no lográramos cumplir con el objetivo que teníamos
no se debió, me atrevo a afirmar, a ningún descuido ni falta de organización,
sino a los sobrecogedores obstáculos naturales, en especial a las severas
condiciones sin precedentes del verano del lado del mar de Weddell. Sin
embargo, a pesar de que la expedición fue un fracaso en un aspecto, creo que
fue exitosa en muchos otros. Se llevó a cabo una gran cantidad de trabajo
científico. Las observaciones meteorológicas, en particular, tienen una
relevancia económica. El trabajo hidrográfico en el mar de Weddell ha
contribuido mucho para aclarar el misterio de este, el mar menos conocido de
todos. Los resultados científicos más detallados deberán esperar hasta un
momento más apropiado, cuando prevalezcan condiciones más estables. Entonces,
se podrán determinar los resultados.
Para el crédito de la expedición, se puede decir con toda seguridad que la camaradería
y la inventiva de los miembros de la expedición fueron dignas de las mayores
tradiciones del servicio polar, y fue un privilegio para mí tener a mi mando a
hombres que, a través de los días sombríos y la tensión y el esfuerzo del
peligro constante, se mantuvieron animados y llevaron a cabo su trabajo sin
pensar en ellos mismos y sin querer ser el centro de atención. La energía y la
resistencia que mostraron en la Antártica las trasladaron a la gran guerra en
el Viejo Mundo. Y tras haber seguido nuestro destino en el Sur, tal vez el
lector esté interesado en saber que prácticamente todos los miembros de la
expedición fueron empleados en una u otra rama de las fuerzas armadas activas
durante la guerra. Varios siguen en el extranjero, y por esta misma razón, me
ha sido imposible obtener ciertos detalles para este libro.
De los cincuenta y tres hombres que regresaron de los cincuenta y seis que
viajaron al Sur, hasta el momento tres han muerto y cinco han sido heridos. Han
ganado cuatro condecoraciones, y varios miembros de la expedición han recibido
menciones de elogios. McCarthy, el mejor y más eficiente de los marinos,
siempre alegre en las circunstancias más difíciles, y a quien, por esas mismas
razones, escogí para el viaje en bote a Georgia del Sur, murió en su puesto de
combate en el Canal. Cheetham, el veterano de la Antártica, que había estado
con más frecuencia al sur del Círculo Antártico que cualquier otro hombre,
murió ahogado cuando el buque en el que estaba sirviendo fue hundido por un torpedo,
unas semanas antes del Armisticio. Ernest Wild, hermano de Frank Wild, murió
mientras estaba dragando minas en el Mediterráneo. Mauger, el carpintero
del Aurora, fue gravemente herido mientras servía en la Infantería
de Nueva Zelanda, de modo que ya no puede dedicarse a su oficio. Ahora es
empleado del gobierno de Nueva Zelanda. Los dos cirujanos, Macklin y McIlroy,
prestaron servicio en Francia e Italia. McIlroy fue gravemente herido en Ypres.
Frank Wild, en vista de su experiencia única con el hielo y las condiciones del
mismo, fue enviado de inmediato al frente al norte de Rusia, donde su empeño y
su capacidad le valieron los mayores elogios.
Macklin primero sirvió con el regimiento de York y después fue transferido como
oficial médico al Cuerpo de Tanques ( Royal Tank Corps), donde
desempeñó una gran labor. Al ir al frente italiano con su batallón, ganó la
Cruz Militar por su valentía al cuidar a los heridos bajo fuego.
James se alistó en el Real Cuerpo de Ingenieros, en la Sección de
Fonolocalización, y después de pasar mucho tiempo en el frente, se le ofreció
trabajo en la Escuela de Fonolocalización para enseñar a otros oficiales este
último agregado científico al arte de la guerra.
Wordie fue a Francia con la Real Artillería de Campaña y fue gravemente herido
en Armentières.
Hussey estuvo en Francia durante dieciocho meses con la Real Artillería Pesada,
y prestó servicio en toda gran batalla, desde Dixmude hasta San Quintín.
Worsley, conocido por sus amigos como Depth-Charge Bill[20] , debido
al éxito que tuvo con ese método particular en la destrucción de submarinos
alemanes, obtuvo la Orden al Servicio Distinguido y tres submarinos en su
haber.
Stenhouse, que comandó el Aurora después del desembarco de
Mackintosh, estaba con Worsley como su segundo en jefe cuando uno de los
submarinos alemanes fue embestido y hundido, y recibió la Cruz al Servicio
Distinguido por su participación en el combate. Luego recibió el mando de un
Buque Misterioso[21]y peleó en
varias oportunidades contra submarinos enemigos.
Clark prestó servicio en un dragaminas. Greenstreet fue empleado con las
barcazas en el Tigris. Rickenson fue nombrado Teniente Ingeniero de la Real
Armada. Kerr regresó al Servicio Mercante como ingeniero.
La mayoría de los miembros de la tripulación del Endurance sirvieron
en dragaminas.
Del grupo del mar de Ross, Mackintosh, Hayward y Spencer-Smith murieron por su
patria igual que cualquiera de los que dieron su vida en los campos de Francia
o Flandes. Hooke, el operador de radio, ahora pilota una aeronave.
Casi todos los miembros de la tripulación del Aurora se
alistaron en las Fuerzas de Campaña de Nueva Zelanda y prestaron servicio
activo en uno u otro de los muchos escenarios de la guerra. Varios han sido
heridos, pero ha sido imposible obtener detalles.
A mi regreso, después del rescate de los sobrevivientes del grupo del mar de
Ross, ofrecí mis servicios al gobierno y fui enviado en una misión a América
del Sur. Cuando esta concluyó, fui nombrado Mayor y fui al norte de Rusia a
cargo del Equipo y Transporte Ártico, y conmigo estaban Worsley, Stenhouse,
Hussey, Macklin y Brocklehurst, que iba a venir al Sur con nosotros, pero que,
como oficial de profesión, se volvió a alistar en su unidad cuando estalló la
guerra. Lo habían herido tres veces y estuvo en el retiro de Mons. Worsley fue
enviado al frente de Arcángel, donde desempeñó un excelente trabajo, y los
demás sirvieron conmigo en el frente de Murmansk. Las columnas móviles allí
tenían exactamente la misma ropa, equipos y comidas para los viajes en trineo
que teníamos nosotros en la expedición. No se reparó en gastos para obtener lo
mejor de todo para ellos, y como resultado, no se informó ni un solo caso de
congelación evitable.
Si tomo la expedición como una unidad, de cincuenta y seis hombres murieron
tres en la Antártida, tres cayeron en acción y cinco fueron heridos, de modo
que nuestras bajas han sido bastante altas.
Aunque algunos se han ido, quedaron bastantes para cooperar y formar un núcleo
para la próxima expedición, cuando los tiempos turbulentos hayan pasado y se
pueda volver a emprender la exploración científica en forma legítima.
FIN
DE
SUR
RELATO DE LA EXPEDICIÓN DEL ENDURANCE
Notas:
[1] Es
triste decirlo, pero una parte de los miembros de esta expedición aún volvieron
a tiempo de enrolarse en el ejército y morir en las trincheras durante la I
Guerra Mundial.
[2] Islas
Falkland en Argentina reconocidas por la ONU como Islas Malvinas (N. del E.).
[3] Para
convocar a los hombres que formarían parte de su expedición, Shackleton publicó
el siguiente anuncio: «Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo.
Frío extremo. Largos meses de absoluta oscuridad. Peligro constante. No hay
seguridad de volver con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito». (N. del
E.).
[4] El RMS
Aquitania fue un transatlántico botado en 1913. Duró poco como lujoso
navío de pasajeros, pues fue confiscado por la Royal Navy en 1914, para prestar
servicios durante la Primera Guerra Mundial, como transporte de tropas y buque
hospital. (N. del E.).
[5] Literalmente cielo
de agua, indica mar libre en las tierras polares. (N. del E.)
[6] Un nunatak del
inuit nunataqj es un pico montañoso que emerge del territorio
cubierto por un glaciar o campo de hielo. (N. del E.).
[7] El
hoosh es un guiso espeso a base de pemmican u otra carne y espesante, tal como
galletas molidas y agua.
[8] El
lector conocerá, sin duda, la expedición de Nansen a bordo del Fram, barco
que se diseñó expresamente para dejarse atrapar en el hielo e invernar a la
deriva con toda comodidad (Hacia el Polo, Interfolio, 2010).
Soluciones para evitar el desastre que se produjo con el Endurance existían
20 años antes. Incluida, como no, la drástica solución de Amundsen durante su
paso del noroeste dinamitando algunas placas de hielo para abrirse paso. (N.
del E.) .
[9] Dump
significa vertedero en español. (N. del T.).
[10] En
meteorología, un willywaw o williwaw es una
repentina ráfaga de viento que desciende desde una costa montañosa al mar. (N.
del T.).
[11] Finneskoe, botas
de piel de reno con el pelo en la parte externa. (N. del E.) .
[12] Versos
pertenecientes a The Rime of the Ancient Mariner, ( La
balada del viejo marinero) de Samuel Taylor Coleridge. (N. del E.).
[13] Personaje
de David Copperfield, de Charles Dickens. (N. del E.).
[14] Una rimaya o Bergschrund (término
de origen germánico usado en glaciología) es una grieta transversal u
horizontal extensa, estrecha y profunda, que suele formarse en los extremos
superiores de un glaciar de circo. En invierno, suelen quedar ocultas bajo la
nieve. (N. del E.).
[15] Agag es
un personaje bíblico, libro primero de Samuel, capítulo 15, versículo 32:
«Después dijo Samuel: Traedme a Agag rey de Amalee. Y Agag vino a él
delicadamente». (N. del E.) .
[16] Sennegrass, Carex
Versicaria, planta utilizada como aislante en las regiones polares. El nombre
de sennegrass es originario del bokmal, (noruego). (N. del E.).
[17] Se
refiere a uno de los campamentos de la Expedición del Terra Nova Puede
leerse sobre esta malograda y última expedición del capitán Scott su Diario
del Polo Sur, Interfolio 2011. (N. del E.).
[18] Cordones
irregulares y agudos formados sobre una superficie nevada por la acción erosiva
del viento. (N. del E.).
[19] Bergstrom en
el original. (N. del E.).
[20] La
carga de profundidad (depth charge en inglés) es el arma antisubmarina por
excelencia, y es a la vez extraordinariamente simple. La eficacia de las cargas
de profundidad fue mayor durante la Primera Guerra Mundial, pues los submarinos
no podían operar a grandes profundidades. (N. del E.).
[21] En
la Primera Guerra Mundial él termino Buque Misterioso ( Mistery Ship)
se refería originalmente a un buque que se utilizaba como señuelo para atraer
submarinos alemanes. (N. del E.).

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