© Libro N° 6163.
La Ciencia. Lo Bueno, Lo Malo Y Lo
Falso. Gardner, Martin.
Emancipación. Junio 29 de 2019.
Título
original: © La Ciencia. Lo Bueno, Lo Malo Y Lo Falso. Martin Gardner
Versión Original: © La Ciencia. Lo Bueno, Lo Malo Y Lo Falso. Martin
Gardner
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA CIENCIA. LO BUENO, LO MALO Y LO FALSO
Martin Gardner
CONTENIDO
Introducción
Primera
Parte
Científicos
ermitaños
El
«idealismo burgués» en la física nuclear soviética
El
Ars Magna de Ramón Llull
Algunas
tendencias pseudocientíficas
Manifiesto
del Instituto de Ecléctica General
La
percepción dermo-óptica: La visualización nasal
La
máquina docente de percepción extrasensorial de Targ
Magia
y parafísica
La
irrelevancia de Conan Doyle
Grandes
fraudes de la ciencia
Fliess,
Freud y el biorritmo
Una
visión escéptica de la parapsicología
Einstein
y la PES
Una
segunda carta de Einstein sobre la PES
Geller,
los crédulos y el nitinol
El
extraordinario doblez mental del profesor Taylor
Teoría
cuántica y charlatanería
Réplica
fallida de Tart
Segunda
Parte
PES:
Una evaluación científica
Ideas
en conflicto
PES,
videntes y psíquicos
Las
raíces de la coincidencia
Arthur
Ford
Los
predicadores
Uri
y Arigo
La
nueva insensatez y Supersentidos
Supermentes
y La magia de Uri Geller
Los
poderes de la mente
El
don de la curación interior
El
alcance de la mente y La búsqueda del superhombre
Aprendiendo
a usar la percepción extrasensorial
Siete
libros sobre agujeros negros
Encuentros
en la Tercera Fase
Cuatro
argumentos en defensa de la eliminación de la televisión
Cuatro
libros sobre la teoría de catástrofes
Los
maestros danzantes de Wu Li y Marea de vida
El
cerebro de Broca
Dos
libros sobre primates parlantes
Nota
del Autor
Las
piezas de esta colección fueron escritas en momentos diferentes y para
numerosas publicaciones diferentes. Como son muchos los temas que aparecen a lo
largo del libro, sin duda habrá algunas repeticiones involuntarias de detalles
descriptivos. No los he suprimido por respeto a su relevancia en cada caso.
La Primera parte consta de artículos y la Segunda parte de recensiones de
libros, y en cada una de ambas partes el material se encuentra dispuesto en
orden cronológico.
A
Persi, Randi y Ray, amigos, prestidigitadores y compañeros de armas en la
interminable batalla contra la ciencia deshonesta y engañosa.
En
ciencia, la palabra «hecho» únicamente puede significar «confirmado hasta el
punto de que sería perverso no dar un asentimiento provisional». Supongo que
las manzanas podrían empezar a subir mañana, pero es una posibilidad que no
merece la misma atención en las aulas de física.
STEPHEN JAY GOULD
Una
carcajada vale por diez mil silogismos.
H. L. MENCKEN
Nadie
puede definir exactamente lo que significan palabras como pseudociencia,
chiflado y fanático. La razón es bien sencilla. No hay ningún modo exacto
de definir algo que se encuentra al margen de las matemáticas y de la lógica, e
incluso en éstas algunos términos básicos presentan límites extremadamente
confusos; de lo que no se sigue que los términos coloquiales que asignamos a
porciones de continuos no resulten útiles. Como he dicho muchas veces, si no
dispusiéramos de palabras para los extremos, como por ejemplo, blanco y negro,
noche y día, o frío y caliente, no podríamos hablar de nada. Fíjense en que he
empleado la palabra hablar. Denme una definición de hablar y
les pondré un ejemplo de algo a lo que aplicar dicha definición resulta
discutible. De hecho, el capítulo 38 se ocupa de lo indefinido de esta palabra
común que, a pesar de todo, resulta indispensable.
Todos sabemos que ha habido ocasiones en que destacados científicos han tachado
de ridículos ciertas ideas que más tarde han demostrado su solidez. También
sabemos que grandes científicos han defendido opiniones, dentro y fuera de sus
respectivos campos especializados, que después han resultado inequívocamente
erróneas. No perdamos el tiempo aireando lo que es obvio, ni olvidemos que por
cada ejemplo de chiflado que posteriormente se ha convertido en héroe ha habido
miles de ellos que han pasado a la posteridad como tales chiflados. Tampoco
debemos olvidar que por cada teoría proscrita elevada a la respetabilidad por
una revolución científica ha habido miles de teorías insensatas condenadas para
siempre a morder el polvo.
Parto de la base de que todas las hipótesis científicas son conjeturas, a las
que tanto los científicos como los legos en la materia asignan grados de
creencia entre uno y cero. Poniendo un ejemplo extremo, la comunidad científica
actual —el establishment, si prefieren— asigna una probabilidad
próxima a cero a la teoría de que la Tierra es hueca, abierta por los polos y
habitada en su interior. Nadie dudaría en llamar chiflado a quien intentara
sostener semejante teoría. La comunidad científica actual asigna una
probabilidad próxima al uno a la idea de que el planeta Venus existe desde
mucho antes de que surgiera el género humano. Por la misma razón, atribuye una
probabilidad cercana al cero a la teoría de que Venus se originara en forma de
cometa procedente de Júpiter y se asentara en su órbita presente hace menos de
cuatro mil años. Esta cadena de acontecimientos viola de manera tan consistente
hechos y teorías ya confirmados que el establishment no ha
dudado en considerar al desaparecido Immanuel Velikovsky como modelo de
chiflado.
Los chiflados, por definición, creen en sus teorías, y los charlatanes, no;
pero esto no impide que una persona pueda ser ambas cosas. Esta es una
combinación familiar en la historia de la pseudociencia y el ocultismo, y
muchos de los nombres que aparecen en las páginas de este libro constituyen
ejemplos de diferentes proporciones. El poema de Robert Browning «Mr. Sludge,
el médium» (Conan Doyle lo denominó «aleluyas») constituye un retrato clásico
de dicha mezcla, aun cuando Browning basó su Sludge en el médium británico D.D.
Home, a quien yo considero un charlatán tan completo como Arthur Ford (véase
capítulo 23). La fe apasionada de Elizabeth Browning en el espiritismo casi
destruyó un matrimonio cuyo único problema era ése.
Espero que nadie se imagine que yo propugno que se silencie a los chiflados
mediante algún tipo de acción legislativa. En una sociedad libre todo chiflado
tiene derecho a manifestarse, y nadie puede decir que en nuestra sociedad no se
les escuche. Gracias a la libertad de nuestra prensa y nuestros medios
electrónicos, las voces de los chiflados a menudo se oyen con mayor fuerza y
claridad que las de los científicos genuinos. Los libros de chiflados —sobre la
manera de perder peso sin dejar de ingerir calorías, cómo hablar a las plantas,
cómo curar nuestros achaques frotándonos los pies, cómo aplicar los horóscopos
a nuestros animales domésticos, cómo utilizar la percepción extra-sensorial
para tomar decisiones de negocios, cómo afilar las cuchillas de afeitar
colocándolas bajo pequeñas maquetas de la Gran Pirámide de Egipto— se venden
incalculablemente mejor que los de científicos respetables.
No creo que la presencia de libros sobre ciencia inútil, promocionados a best-sellers por
editores cínicos, perjudique mucho a la sociedad excepto en áreas como la
medicina, sanidad y antropología. Hay gente que ha muerto innecesariamente como
resultado de la lectura de libros persuasivos que recomiendan dietas peligrosas
y falsos tratamientos médicos. Las necedades de Hitler arraigaron en la mente
del pueblo alemán gracias a fanáticas teorías antropológicas. Durante los
últimos años muchos niños se han visto gravemente perturbados por la lectura de
libros y la visión de películas sobre casas encantadas y posesiones de
demonios. Madres psicóticas han asesinado a sus hijos en el intento de
exorcizar al diablo. Aunque me opongo a cualquier tipo de ley que diga lo que
no puede hacer un editor, o un productor de cine, o de televisión, me reservo
el derecho a la indignación moral como individuo y como miembro de un grupo de
presión.
Estuve entre los cuatro representantes del Comité de Investigación Científica
de Presuntos Fenómenos Paranormales que se reunieron en 1977 con un grupo de
directivos de la N.B.C. para protestar contra los ultrajes pseudodocumentales
de dicha cadena sobre las maravillas del ocultismo. Un directivo gritaba
enfadado: «¡Tengo que producir algo que obtenga elevadas tasas de
audiencia!» Y yo me dije: esto debería quedar grabado sobre su
lápida. Desde luego no era eso lo que él quería decir. Un documental
sobre los adulterios del presidente John Kennedy, por ejemplo, alcanzaría una
fantástica audiencia. Todo lo que se dijera sería verdad, e incluso se podía
argumentar que aquello no era sino un servicio al votante americano, que se
encuentra perpetuamente engañado por las cuidadosamente urdidas imágenes de los
líderes políticos. ¿Por qué no produce esa película la N.B.C.? Pues porque sería
de mal gusto; porque a la larga podría dañar la imagen pública de la propia
N.B.C. El hecho triste era que ni un solo directivo de la N.B.C. de los que se
hallaban allí reunidos sabía lo suficiente sobre ciencia como para darse la más
mínima cuenta de hasta qué punto eran de mal gusto sus estúpidos programas
sobre lo paranormal.
Recuerdo que un día muy cercano a esta reunión me telefoneó una vecina
pidiéndome consejo. Un médico de reconocida autoridad le había dicho a su hija,
que entonces vivía en una comuna de Arkansas, que necesitaba ser intervenida
quirúrgicamente a la mayor brevedad posible. Pero la joven había decidido que
no se podía confiar en la medicina ortodoxa. Deseaba viajar a Filipinas, donde
podía «operarla» sin dolor y sin apenas gastos un «cirujano psíquico» de los
que había puesto por las nubes un documental de la N.B.C. Además, había leído
algunos libros ensalzando a estos «cirujanos» —charlatanes que realizan
operaciones milagrosas sin abrir la carne— publicados por editoriales aparentemente
respetables. (El libro de Jeffrey Mishlove, Roots of Consciousness [Las
raíces del conocimiento], publicado por Random House, presenta una apabullante
sección dedicada a este tema incluyendo fotografías en color. En 1980 la
Universidad de California, Berkeley, ¡concedió a Mishlove el doctorado en
parapsicología!)
La madre estaba aturdida cuando me llamó. ¿Qué le podía dar a leer a su hija
para que cambiara de idea? Lo mejor que se me ocurrió fue recomendarle un
capítulo muy realista sobre estos matasanos filipinos, que aparece en el
excelente libro del Dr. William Nolen titulado Healing (Curación).
Pero ¿creería su hija al Dr. Nolen? Después de todo, ¿no le consideraría parte
del odiado establishmentmédico? Este es el tipo de tragedias que
constituyen el resultado directo del furor de los medios de comunicación por la
pseudomedicina. Ningún gobierno tiene derecho a suprimir estos libros y
documentales televisivos baladíes, pero aquellos que conocen y respetan la
ciencia tienen derecho a sentirse moralmente ofendidos.
A la hora de discutir extremos en materia de heterodoxia en ciencia, considero
una pérdida de tiempo ofrecer argumentos racionales. Aquellos que están de
acuerdo no necesitan recibir educación en lo que se refiere a cuestiones tan
triviales, e intentar convencer a los que no están de acuerdo es como intentar
escribir sobre agua. Los argumentos no pueden con las creencias de una persona
adquiridas durante su infancia; o bien nunca las abandona, o bien las supera.
Si un fundamentalista protestante está convencido de que la Tierra fue creada
hace seis mil años y de que todos los fósiles constituyen registros de la vida
que floreció antes del Diluvio Universal, nada que se le diga ejercerá el más
mínimo efecto sobre su ignorante mentalidad. En lo que respecta a quienes
todavía no han asomado sus mentes al concepto de evolución (y son millones), el
mejor consejo que se les puede dar es sugerirles que acudan a la universidad y
reciban algún curso introductorio a la geología. Sin dicho conocimiento básico
jamás entenderán siquiera los argumentos que podamos esgrimir ante ellos.
¿Pueden imaginar a un geólogo profesional sentado durante varios días con
Herbert Armstrong u Oral Roberts y convenciendo a cualquiera de estos dos
predicadores de que la evidencia en favor de la evolución resulta abrumadora?
Por estas razones, cuando alguien escribe sobre excentricidades extremas de la
ciencia, he adoptado el consejo del sabio H. L. Mencken: una carcajada
vale por diez mil silogismos. En lo que se refiere a pretensiones
menos extremadas, como por ejemplo las de la parapsicología, de vez en cuando
me ocupo de llamar la atención sobre la pobreza de su diseño experimental y el
predominio del fraude; pero incluso en este área crepuscular tales argumentos
apenas ejercerán efecto alguno sobre el creyente convencido.
En este libro aparecen varios artículos sobre temas que no considero
pseudociencia, pero que presentan lo que denomino orlas excéntricas. Los
agujeros negros son desde luego modelos teóricos altamente respetados, basados,
como están, en la teoría clásica de la relatividad. Incluyo un repaso a siete
libros sobre agujeros negros, tan sólo porque dos de estos libros me parecen
especulaciones irresponsables de periodistas científicos de la escuela más
sensacionalista. No considero pseudociencia el trabajo que se realiza con
primates parlantes, pero incluyo una recensión de dos libros sobre este tipo de
investigación porque sugieren que gran parte de ella se ha realizado bajo un
control tan burdo que roza los límites de la chifladura. La teoría de
catástrofes no es pseudomatemática —es pura matemática elegante—, pero incluyo
una recensión de cuatro libros sobre teoría de catástrofes porque pienso que ha
sido aplicada sin el debido cuidado a las ciencias conductuales. Por último,
aunque este libro se ocupa casi exclusivamente de la pseudociencia moderna,
incluyo también un capítulo sobre el teólogo medieval Ramón Llull, porque
su Ars Magnaha sido recientemente revivida como técnica de
pensamiento creativo. El Ars Magna de Ramón Llull, en mi
opinión, es tan irrelevante ahora como lo fue a finales de la Edad Media y
durante el Renacimiento.
Hasta ahora no he dicho que algunos de mis severos juicios podrían ser tachados
de erróneos por la ciencia futura. No creo que esto suceda con muchos. En 1872
el matemático británico Augustus De Morgan escribió una obra de dos volúmenes
titulada A Budget of Paradoxes (Cartera de paradojas).
Contiene miles de carcajadas ante bufonadas de su época, la mayoría de ellas en
torno a las matemáticas y sus aplicaciones. Sé que ninguna teoría de las
ridiculizadas en esta obra de De Morgan ha resultado luego viable. Puesto que
dirijo mi bate casi por completo hacia afirmaciones no matemáticas, puede que
no cuente con un marcador tan bueno, pero quizá consiga acercarme.
Si están interesados en ponerse al corriente de las últimas tendencias en
materia de pseudociencia —y parecen más extraviadas y divertidas cada año—
permítanme recomendarles una suscripción a una animada publicación trimestral
llamada Skeptical Inquirer. La publica el Comité para la
Investigación Científica de Presuntos Fenómenos Paranormales, que ya mencioné
antes, y la edita Kendrick Frazier, antiguo editor de Science News Si
desean más detalles, escriban a la revista: Box 229, Central Park Station,
Buffalo, Nueva York 14215.
Martin
Gardner
Primera
parte
1. Científicos ermitaños[1]
«La
creación de la dianética constituye para el hombre todo un hito comparable al
descubrimiento del fuego y superior a la invención de la rueda y del arco
arquitectónico». Con esta modesta frase abre L. Ron Hubbard su libro Dianetics:
The Modern Science of Mental Health (Dianética: ciencia moderna de la
salud mental).
Ingeniero y escritor de ciencia ficción sin status alguno
dentro de la psiquiatría, ha creado lo que él y sus seguidores consideran toda
una ciencia revolucionaria de terapia mental. La dianética amenaza con
convertirse en un culto de amplias proporciones, especialmente en Los Ángeles,
y figuras académicas tan distinguidas como Frederick L. Schuman, profesor de
ciencia política en Williams College, se han constituido en entusiastas
conversos. En una carta dirigida a New Republic (11 de
septiembre de 1950) protestando contra una recensión poco favorable a Dianética,
Schuman escribió:
«No
el libro, sino la recensión es una “completa tontería”, un “sistema paranoico”
y un “fantástico absurdo”. Nadie que no la haya probado puede considerarse una
autoridad en materia dianética. Todos los que así lo hayan hecho no albergarán
duda alguna con respecto a quién es el que aquí se equivoca».
No
es necesario profundizar en el peculiar mosaico de mitos que constituyen el
núcleo fundamental del libro de Hubbard; basta con señalar de pasada que
resucita la antigua superstición de que las experiencias de la madre gestante
pueden impresionar la mente del feto desde el día siguiente a su concepción.
«¿Qué es la tos crónica?» pregunta Hubbard en su primer artículo publicado
sobre la dianética (Astounding Science Fiction, mayo, 1950), a lo que
más adelante responde:
«Corresponde
a la tos de su madre que comprimió al bebé en su anaten[término
utilizado por Hubbard para referirse a inconsciencia; derivado de las
palabras analítico y atenuación ] cinco días
después de la concepción… ¿Qué es la artritis? Una lesión fetal o daño causado
al embrión». Y así sucesivamente ad nauseam.
Algunos
meses antes de que se produjera la revelación de Hubbard, la Macmillan Company
publicó Worlds in Collision (Mundos en colisión) del Dr.
Immanuel Velikovsky. Este libro reúne toda una masa embarullada de datos que
respaldan la disparatada teoría de que un cometa gigante procedente del planeta
Júpiter había pasado cerca de la tierra en dos ocasiones, asentándose
finalmente como lo que hoy conocemos por el nombre de Venus. La primera visita
a la tierra de este cometa errante correspondía precisamente al momento en que
Moisés extendió su mano y dividió las aguas del Mar Rojo. El maná que cayó del
cielo poco después no era sino un precipitado, afortunadamente comestible, de
elementos suspendidos en la cola del visitante celestial. Posteriormente, el
regreso del cometa coincidió con el intento con éxito de Josué de detener el
sol y la luna. Estos milagros de Moisés y Josué fueron producto, según nos
informa Velikovsky, de una interrupción temporal de la rotación de la tierra.
Aunque la obra de Velikovsky no es más que un entramado de absurdos, y así lo
han reconocido todos los geólogos y astrónomos del país, resulta asombrosa la
cantidad de comentaristas de este libro a las que ha cogido desprevenidos la
persuasiva retórica del autor. John J. O’Neill, editor científico del New
York Herald Tribune, describió el libro como «una pieza magnífica de
investigación histórica erudita». Horace Kallen, distinguido educador y
escritor, manifestó:
«Me
llenan de admiración el vigor de la imaginación científica, la audacia de la
construcción y el alcance de la investigación e información» .
Ted Thackrey, editor del New York Compass, sugirió que los
descubrimientos de Velikovsky «bien pueden situarse en la historia
contemporánea y futura al lado de Galileo, Newton, Kepler, Darwin, Einstein…».
Y
asimismo, el libro en cuestión, fue objeto de entusiasta aprobación por parte
de Clifton Fadiman y Fulton Oursler.
A la vista de las asombrosas cifras de ventas de los libros de Hubbard y
Velikovsky, ambos absolutamente carentes de mérito científico alguno, podemos
preguntarnos si es que acaso nos estamos adentrando en una era de informes
científicos fantásticos e irresponsables. Quizá la indicación más alarmante de
esta tendencia sea la aceptación, actualmente tan extendida, de la teoría de
que los platillos volantes son naves procedentes de otro planeta. La
revista True lanzó la idea de que estos discos estaban
pilotados por marcianos, pero el reciente best-seller de Frank
Scully, Behind the Flying Saucers (Tras los platillos
volantes), argumenta de forma elaborada que se desplazan hacia nosotros a la
velocidad de la luz pilotados por habitantes de Venus, que son duplicados
exactos de los terrícolas a excepción del detalle de que su media de estatura
no alcanza el metro.
Aunque se puede censurar a los editores de libros y revistas la impresión de
tonterías tan increíbles sin una evaluación previa a cargo de científicos
competentes, la causa primera de este nuevo florecimiento de la pseudociencia
parece obedecer a cierta hambre de noticias científicas sensacionalistas por
parte de un público crédulo. El éxito repentino de la investigación atómica,
hasta ahora tema protagonista de la ciencia ficción, representa desde luego un
factor importante en esta tendencia. Nada parece habernos sorprendido tras la
división del átomo. Además, la angustia generalizada que tiene su origen en el
temor a una guerra atómica, junto con otros factores, parece estar enfocando
las mentes de innumerables personas asustadas hacia la religión y la terapia
mental. No resulta difícil entender que las masas se sientan atraídas por la
dianética, que ofrece un acercamiento al psicoanálisis rápido, relativamente
barato y sin problemas; o el generalizado interés por las teorías de
Velikovsky, que restablecen la precisión histórica del Antiguo Testamento de
cara a los católicos, protestantes y judíos.
Y ¿qué hay de los autores de estas dos obras maestras de pseudociencia? ¿Son
embusteros profesionales, en busca de un dinero sucio, o son sinceros y creen
realmente en sus teorías? En el caso de Velikovsky, esto último es
incuestionablemente cierto. De vez en cuando aparece un bulo minuciosamente
elaborado que vuelve loco al público durante algún tiempo, como sucedió por
ejemplo con el famoso Bulo de la Luna del New York Sun en
1835, pero estas bromas duran poco y en seguida son descubiertas. Sin embargo,
bien diferente es la labor del científico autodidacta, incompetente en su
campo, pero que vive bajo una ilusión de grandeza y guiado por impulsos
inconscientes hacia la creación de excéntricas teorías de increíble complejidad
e ingenuidad.
Cuando la ciencia del Renacimiento empezó a liberarse de sus sesgos
metafísicos, se convirtió en regla más que en excepción para sus intrépidos
pioneros el ver cómo sus obras eran objeto de escarnio por parte de sus
colegas. Galileo tuvo que batallar no solamente con las autoridades
eclesiásticas, sino también con otros científicos a los que preocupaba más
Aristóteles que lograr una determinación experimental del comportamiento del
mundo. Sin embargo, a medida que declinaba la autoridad de Aristóteles, la
oposición a las ideas nuevas en materia de ciencia empezó a confinarse cada vez
más a aquellas áreas donde la ciencia chocaba con la doctrina cristiana. A
partir de comienzos de nuestro siglo, incluso este área de conflicto ha quedado
notablemente reducida, y la oposición generalizada de los científicos a una
teoría legítima, basada en evidencia verificable y en un razonamiento
convincente, resulta cada vez más rara. Para un científico contemporáneo, a
menudo la forma más rápida de adquirir fama consiste en echar por tierra una
teoría ampliamente aceptada. El trabajo de Einstein sobre la relatividad
constituye una ilustración excelente de la facilidad con que una hipótesis
revolucionaria puede encontrar inmediatamente una respuesta seria, una
minuciosa contrastación y una aceptación definitiva. Desde luego hay
excepciones, y siempre hay áreas fronterizas donde la evidencia confirmadora
continúa siendo tan discutible como para dejar ciertas teorías excéntricas en
situación de legítima polémica (por ejemplo, el trabajo de Sheldon sobre los
tipos corporales y grandes secciones de la psiquiatría). Pero la ciencia de hoy
siente menos simpatía, si es que siente alguna, por las hipótesis grotescas.
Fuera, y bastante al margen del proceso cooperativo de comunicación y
contrastación que funciona constantemente dentro de toda rama de la ciencia, se
encuentran los científicos solitarios, aislados, ermitaños. Cuando su
conocimiento es escaso y su coeficiente intelectual bajo —como en el caso del
desaparecido Wilbur Glenn Voliva de Zion City, Illinois, quien creía que la
tierra tenía forma de bizcocho— rara vez logran un seguidor entre el público en
general y adquieren fama de chiflados. Cuando son víctimas de impulsos
paranoides suficientemente intensos, pueden ser confinados en instituciones
mentales, donde pasan su vida perfeccionando máquinas de movimiento perpetuo y
métodos para la trisección de ángulos, o escribiendo ilegibles tratados
neologistas sobre los secretos internos del universo.
Sin embargo, de vez en cuando una paranoia benigna se combina con un intelecto
brillante y creativo. En estos casos, la fe del científico autodidacta en su
propia grandeza, junto con su tendencia a interpretar la falta de
reconocimiento que padece como una forma de persecución a cargo de obstinadas
autoridades llenas de prejuicios, de hecho le excluye del toma y daca social
del proceso científico. Se retira como un ermitaño a su laboratorio o estudio,
para emerger después con tomos de vasta erudición, normalmente escritos en una
completa jerga de frases y términos inventados. En torno al «maestro» se
arracimará un grupo de ardientes admiradores —o bien discípulos cuyas propias
exigencias psicológicas se identifiquen con las del «maestro», o bien simplemente
devotos ingenuos que carezcan de conocimiento para penetrar en los autoengaños
del «maestro».
Las obras clásicas del género de la pseudociencia pueden agruparse a grandes
rasgos en dos clases: aquellas cuyo propósito fundamental es la racionalización
de un dogma religioso (como la defensa de Velikovsky de la interpretación judía
ortodoxa de la historia del Antiguo Testamento) y las teorías no religiosas
(como la de Hubbard), que constituyen un producto puro de la incompetencia
científica del autor. Como ya hemos comentado, y seguiremos comentando, las
fantásticas ideas de Velikovsky y Hubbard, puede resultar interesante examinar
las obras de otros dos científicos ermitaños, uno religioso y otro no
religioso, cuyas teorías contemporáneas se asemejan en muchas cosas a las de
Hubbard y Velikovsky, pero que constituyen ejemplos incluso más ingeniosos de
autoengaño científico. Cuando las analicemos, quizá captemos parte de la
pretenciosa atmósfera y del regusto paranoide que invade a dichas obras.
Para ilustrar la racionalización del dogma religioso por parte del científico
ermitaño, no podemos encontrar mejor ejemplo que las impresionantes
especulaciones geológicas de George McCready Price. Según Who’s Who (¿Quién
es quién?), Price actualmente se encuentra ya retirado de sus funciones como
profesor de geología en el Walla Walla College, una escuela adventista del
Séptimo Día de Washington. Se enorgullece de su distinción como el último, y
quizá el más grande, de los oponentes protestantes a la evolución.
Las ideas de Price a este respecto se encuentran expuestas y desarrolladas
en The New Geology (La nueva geología), un voluminoso libro de
texto editado en 1923; su enfoque de la cuestión aparece aquí tan
minuciosamente razonado, que son miles de fundamentalistas protestantes los que
lo aceptan todavía hoy como la última palabra sobre el tema, e incluso el
lector escéptico encontrará difícil refutar su teoría si no dispone de un
considerable bagaje de conocimientos en materia de geología.
El núcleo central de la objeción de Price a la paleontología tradicional puede
exponerse en pocas palabras. Según señala Price, la evidencia más importante a
favor de la evolución es el hecho de que los fósiles han pasado de formas
simples a otras más complejas a medida que nos desplazamos de estratos
geológicos más antiguos a otros más jóvenes. Desgraciadamente, no existe ningún
método adecuado para establecer las edades de los estratos si exceptuamos los
fósiles que contienen. Así pues, nos hallamos envueltos en un círculo vicioso:
se acepta la teoría de la evolución con el fin de clasificar los fósiles en
orden evolutivo; los fósiles se emplean para establecer la edad de los
yacimientos; y, precisamente, la sucesión de fósiles de estratos «viejos» a
«jóvenes» se cita como «prueba» de desarrollo evolutivo.
Price opina que todos los yacimientos fueron depositados simultáneamente por el
Diluvio Universal que describe el Génesis, y que a su vez fue originado por una
perturbación astronómica que envió una marea enorme en torno a la tierra. Los
fósiles son los registros de la flora y la fauna antediluviana. (A propósito,
hay que aclarar que la teoría diluviana de los fósiles posee una larga y
distinguida historia, habiendo sido defendida por autoridades tales como Filón,
San Juan Crisóstomo, Tertuliano, San Agustín, San Jerónimo, Martín Lutero, e
innumerables científicos de los siglos dieciocho y diecinueve. Addison incluso
compuso una oda en latín a dicha teoría). De ser esto cierto, en afloramientos
donde aparecen en un mismo lugar varios yacimientos con sus correspondientes
fósiles, se podría esperar que dichos fósiles se encontraran en orden inverso
al evolutivo tantas veces como en este último. Esto, declara Price, es
precisamente lo que sucede, y dedica muchas páginas de sus libros a
descripciones de áreas «patas arriba». Para explicar estos desconcertantes
yacimientos, afirma Price, los geólogos tradicionales inventan fallas y
pliegues imaginarios. Sobre este punto, he aquí una muestra del divertido
estilo de Price:
apenas
existe una sección geológica artificial efectuada en estos últimos años que no
contenga una o más de estas «fallas acostadas», o «derrumbes». Pero lo
realmente importante, y que no debemos olvidar a propósito de este punto, es el
hecho de que únicamente porque los fósiles que se encuentran aparecen en el
orden de secuencia incorrecto se consideran necesarios tales artilugios
—artilugios que, como ya ha sido sugerido en expedientes similares a la hora de
dar explicación a la evidencia, merecen la misma categoría que los famosos
«epiciclos» de Ptolomeo, y algún día se demostrará.
Sería
un error considerar el conocimiento científico de Price al mismo nivel que,
digamos, el de William Jennings Bryan. Lo que sucede es que Price fue citado
como autoridad geológica máxima por Bryan durante el famoso juicio de Scopes.
Sus libros están bien escritos, llenos de impresionante erudición, así como de
indiscutible evidencia de información geológica sólida. Por supuesto, son
racionalizaciones de la interpretación fundamentalista protestante del Antiguo
Testamento, lo mismo que el libro de Velikovsky es una racionalización del
judaísmo tradicional; pero la motivación religiosa a duras penas es suficiente
como para obligar a un hombre de la inteligencia de Price a desempeñar el
curioso papel que de hecho ha desempeñado. Otro tipo de impulsos mandatorios
afloran cuando hace referencia a su triste tarea de «reformar la ciencia de la
geología casi con una sola mano», y en pasajes como éste:
Hace
veinte años, cuando empecé a realizar alguno de mis descubrimientos
revolucionarios en materia de geología, me vi ante la necesidad de afrontar el
problema que planteaba la presentación de estas nuevas ideas al público. Y
únicamente tras comprobar que se me negaban los canales regulares de
publicación, decidí utilizar las muchas otras puertas que se me abrían. Quizás
cometí un error. Quizás debí haber tenido más respeto a la etiqueta de la
pedantería científica, y debí haber permanecido sombrero en mano ante las
puertas de las editoriales que más de una vez se cerraron en mi cara. Pero me
decidí por lo contrario, cargando con todas las consecuencias; y todavía no he
encontrado ninguna razón para pensar que realmente me equivoqué. Algún día
puede que se ponga de manifiesto que el corrillo reinante de científicos
«respetables» nunca ha tenido el monopolio de los hechos de la naturaleza.
Pero
ya basta de hablar de Price. Pasemos a un científico más pintoresco, cuya obra
se ha convertido recientemente en un auténtico culto entre los intelectuales
más bohemios de Nueva York y otros puntos: el psiquiatra Wilhelm Reich. Lo
mismo que la dianética de Hubbard, la «terapia orgónica» de Reich carece de
conexión con dogma religioso alguno y se presenta simplemente como un
descubrimiento revolucionario en materia de biología y psicología.
Reich comenzó su curiosa carrera en Austria como freudiano ortodoxo, pero más
tarde rompió con los psicoanalistas, fundando su propia casa editorial en
Alemania en el año 1931. Así mismo, se separó del Partido Comunista Austriaco,
donde había militado en la misma célula que el escritor Arthur Koestler[2]. Cinco años
después, Reich abrió un instituto en Oslo, donde fue objeto de furiosos ataques
por parte de biólogos escandinavos que insistían en que sus conocimientos no
alcanzaban el nivel de un alumno en vísperas de su graduación. Expulsado de
Noruega, llegó a Nueva York en 1939 invitado por el Dr. Theodore P. Wolfe,
profesor asociado de psiquiatría de la Universidad de Columbia, y dio clases
durante un breve período de tiempo en la New School for Social Research (Nueva
Escuela de Investigación Social) de Nueva York. Actualmente dirige una
editorial en Greenwich Village, así como unos laboratorios de investigación en
Forest Hills, Nueva York, y Organon, Maine.
En la obra más conocida de Reich, La función del orgasmo, él se
compara a Peer Gynt, es decir, al genio no convencional, desfasado con respecto
a la sociedad, incomprendido, ridiculizado. La sociedad cree reír la última,
escribe Reich, hasta que Peer Gynt demuestra estar en lo cierto. En su última
publicación, Listen, Little Man (Escucha, hombrecito), 1949,
Reich se compara a sí mismo con figuras perseguidas como Jesús y Karl Marx.
«Cualquier cosa que me hayáis hecho o que me vayáis a hacer en el futuro
—declara—, ya sea glorificarme como genio o ingresarme en una institución de
salud mental, ya sea adorarme como vuestro salvador o ejecutarme como a un
espía, más tarde o más temprano la necesidad os obligará a comprender que yo
he descubierto las leyes de la vida…»
En 1948 el Orgone Institute de Reich publicó un folleto del Dr. Wolfe
titulado Emotional Plague versus Orgone Biophysics (Plaga
emocional versus biofísica orgónica). El propósito de dicho folleto aparece
expuesto en la portada:
Desde
comienzos de 1947 viene desarrollándose una depravada campaña de calumnia y
distorsión dirigida contra Wilhelm Reich y su obra. No es necesario decir cuál
es su objetivo. Esta campaña no se ha limitado a artículos de revistas y
periódicos, sino que incluso se halla implicada en ella una agencia del
gobierno de los Estados Unidos.
Los
signos fundamentales de esta «plaga emocional» (término que emplea Reich para
referirse a la campaña de calumnias) son dos artículos de Mildred Brady, uno
publicado en Harper’s (abril, 1947) y el otro en The
New Republic (26 de mayo, 1947). La agencia del gobierno no es otra
que la Food and Drug Administration, que en aquella época investigaba los
«acumuladores orgónicos» de Reich. Estos son unas grandes cajas de madera por
fuera y metal por dentro. Los pacientes las alquilaban en el Instituto, se
sentaban dentro de ellas para acumular su potencial orgónico absorbiendo la
inmensamente elevada concentración de energía orgónica de la caja (una energía
radiante no electromagnética procedente del espacio exterior que Reich
descubrió en Noruega en 1939). «El acumulador orgónico es el descubrimiento más
importante de la historia de la medicina sin excepción», escribe Wolfe.
Resulta revelador este párrafo de una carta de Reich, publicado asimismo en el
mencionado folleto:
Se
trata de una vieja historia. Es más vieja que los antiguos griegos, a quienes
consideramos portadores de una cultura floreciente… No era diferente hace dos
mil años. Giordano Bruno, que luchó por el conocimiento científico y en contra
de la superstición astrológica, fue condenado a muerte por la Inquisición. Se
trata de la misma pestilencia psíquica que emitía Galileo para la Inquisición,
que condujo a Copérnico a la miseria, que dio con Leeuwenhoek en la cárcel, que
hizo enfermar a Nieztsche, y que envió al exilio a Pasteur y a Freud. Se trata
de la indecente y vil actitud de los contemporáneos de todas las épocas. Creo
que esto debe decirse claro, y de una vez por todas. No es lícito entregarse a
tales manifestaciones de pestilencia.
Una
palabra más sobre la energía orgónica. Reich considera su descubrimiento
comparable a la revolución copernicana. La ausencia de aceptación de aquél por
parte de otros psiquiatras no es, por supuesto, sino «resistencia a un nuevo
concepto»[3]. En Análisis
del carácter interpreta el Id de Freud como la acción
de la energía orgónica en el cuerpo. Según Reich, esta energía proporciona a la
psiquiatría una base biológica y física, y seguir operando con los viejos
impulsos freudianos es como tratar de beber un vaso de agua desde su imagen
reflejada en un espejo. En La función del orgasmo describe la
energía orgónica como de color azul (nos dice Wolfe que ha sido fotografiada en
película Kodachrome), y añade que es responsable de la aurora boreal, del fuego
de San Telmo, de la luz del día, del azul del cielo, de las perturbaciones
eléctricas que tienen lugar durante la actividad de una mancha solar, y de la
coloración azul de las ranas sexualmente excitadas. «Las formaciones de nubes y
las tempestades con truenos —escribe Reich—, fenómenos que hasta la fecha nadie
ha conseguido explicar, dependen de cambios en la concentración atmosférica de
orgón.» En 1947 Reich medía dicha energía con un contador Geiger.
Resulta interesante destacar, de paso, que Reich también atribuye el centelleo
de las estrellas a la energía orgónica. Otro científico ermitaño, el Dr.
William H. Bates, en su obra médica Cure of Imperfect Eyesight by
Treatment Without Glasses (Curación de la visión imperfecta mediante
tratamiento sin gafas) dijo esto otro acerca del mismo tema:
La
idea de que las estrellas centellean ha sido utilizada en la canción y en la
literatura, y goza de aceptación general como parte del orden natural de las
cosas, pero se puede demostrar que ese supuesto centelleo es simplemente una
ilusión de la mente…
El hecho de que las personas que padecen de visión imperfecta normalmente vean
a las estrellas centellear, no quiere decir necesariamente que éstas lo hagan.
Por lo tanto, es evidente que la tensión que causa el centelleo es diferente de
la que causa el error de refracción. Si se puede mirar hacia una estrella sin
tratar de verla, entonces no centellea… Por otra parte, se puede conseguir que
los planetas, incluso la luna, centelleen, siempre que se haga el esfuerzo
suficiente para verlos.
Reich
expone su descubrimiento más asombroso en el artículo «The Natural Organization
of Protozoa from Orgone Energy Vesicles» (Organización natural de protozoos a
partir de las vejigas de energía orgónica), publicado en el número de noviembre
de 1942 de su International Journal of Sex Economy and Orgone Research.
En este trabajo, acompañado de microfotografías, Reich describe sus
observaciones de protozoos formándose espontáneamente a partir de agregados de
biones. El bión es otro descubrimiento de Reich. Es la unidad de materia viva,
consistente en una membrana que rodea a un líquido y que late con energía
orgónica. Los biones se están formando continuamente en la naturaleza en virtud
de la desintegración de la materia tanto orgánica como inorgánica. Bajo su
microscopio, Reich observó la agrupación de biones formando diversos tipos de
protozoos, y posee las fotografías necesarias para demostrarlo.
Incidentalmente, las células cancerosas son protozoos que se desarrollan a
partir de biones de los tejidos[4]. Ante las
arremetidas de los críticos en el sentido de que los protozoos se introducen en
sus cultivos desde el aire, o de que ya se encontraban en el material sometido
a desintegración en forma de quistes latentes, Reich simplemente responde que
no es así, aunque no aporta evidencia alguna de tomar las precauciones
adecuadas contra cualquiera de las dos posibilidades.
Los discípulos de Reich frecuentemente lo defienden diciendo:
«Aun
dando por supuesto que su labor biológica sea altamente sospechosa, hay que
admitir que ha realizado grandes aportaciones al campo de la terapia mental»
Puede
que sea cierto. Pero esta afirmación posee la misma plausibilidad que otra que
dijera:
«Aun
dando por supuesto que el profesor Ludwig von Hoofenmeister esté equivocado en
su teoría de que las estrellas son orificios en una esfera opaca que rodea a la
tierra, hay que admitir que ha realizado magníficos descubrimientos en su
estudio de los rayos cósmicos.»
Quizás
se pregunte el lector por qué ningún científico competente ha publicado una
refutación detallada de las absurdas especulaciones biológicas de Reich. La
respuesta es que el científico informado no se preocupa de este tipo de cosas
y, de hecho, dañaría su reputación dedicando su tiempo a una empresa tan
ingrata[5]. Por estas
mismas razones, apenas un solo clásico en el campo de la «rareza científica»
moderna ha provocado una réplica adecuada. La única excepción es la obra del
genetista ruso Lysenko, poco importante en sí misma, pero que adquiere una
enorme significación al intensificar cierta paranoia cultural y destacar de
forma drástica el conflicto entre una ciencia relativamente libre y otra
rígidamente controlada.
El científico ermitaño suele ser ignorado. Ninguna autoridad eminente se ha
molestado nunca en «refutar» el Ragnarok[6] de
Ignatius Donnelly o su obra aún más concienzuda sobre la Atlántida. Nadie ha
refutado tampoco el brillante volumen de Piazzi Smyth sobre la Gran Pirámide de
Egipto, ni la teoría del capitán John Simmes sobre la oquedad de la tierra, ni
el Omphalos de Philip Gosse. Esta última obra, escrita por el
padre de Edmund Gosse, defendía que lo mismo que Adán y Eva fueron creados con
ombligo, lo que indicaba cierto acontecimiento pasado que no había ocurrido,
así también el mundo fue creado con un registro fósil de una historia geológica
pasada que nunca tuvo lugar. De hecho, la teoría es irrefutable y en
consecuencia mucho más sólida que las ideas de Velikovsky o Price, e inspiró a
Bertrand Russell varias ilustraciones felices de principios epistemológicos.
De vez en cuando la obra de un ermitaño brillante influye sobre un filósofo o
escritor, que produce un libro o ensayo en su defensa (por ejemplo, The
Art of Seeing [El arte de ver], 1942, de Aldous Huxley, en defensa del
Dr. Bates), pero el científico profesional prefiere ignorarlo, o quizás
estudiarlo con divertida tolerancia. Dicha negligencia, por supuesto, tan sólo
contribuye a fortalecer las convicciones del autodeclarado genio. «Mi anterior
tratado sobre esta materia —escribe Price en una obra posterior, The
Phantom of Organic Evolution (El fantasma de la evolución orgánica)—,
no ha sido contestado.» Y no lo será. Pero sí ha sido ignorado, y probablemente
seguirá siéndolo, porque muy pocos hombres de ciencia tienen la paciencia
suficiente como para seguir con atención una línea argumental completamente
nueva, basada en hechos poco conocidos. Y Velikovsky ha señalado con arrogante
condescendencia ( New York Times Book Review, 2 de abril de 1950,
p. 12): «si no fuera por mi gran formación psicoanalítica, hubiera dispuesto de
unas cuantas palabras desagradables para mis críticos».
Así pues, probablemente ningún científico importante se presentará ante el
aturdido público con pruebas detalladas de que la tierra no se detuvo dos veces
durante su rotación en la época del Antiguo Testamento, o de que las neurosis
no guardan relación con las experiencias del embrión en el útero materno. La
actual racha de discusión en torno a Velikovsky y Hubbard pronto decaerá, y sus
libros empezarán a acumular polvo en los estantes de las bibliotecas. Quizá
Tiffany Thayer los designará miembros honorarios de la Fortean Society, notable
institución dedicada a los escritos de Charles Fort, e igualmente a la
frustración de la ciencia y al asilo de causas perdidas.
Anexo
Este fue mi primer artículo sobre pseudociencia. Provocó el hecho de que un
agente literario me llamara y me persuadiera de que me extendiera sobre el tema
en un libro, In the Name of Science (En el nombre de la
Ciencia), publicado por Putnam en 1952. El libro se agotó en seguida, y pronto
fue reeditado por Dover en edición rústica y con el título Fads and
Fallacies in the Name of Science (Modas y falacias en el nombre de la
ciencia). La edición de Dover se convirtió en algo parecido a un best-seller,
sobre todo como resultado de los repetidos ataques de que fue objeto el libro
por parte de los invitados de una tertulia radiofónica de la Long John Nebel.
Recuerdo una vez en que sintonicé la emisora a las 3 de la madrugada, mientras
me disponía a dar el biberón a mi hijo recién nacido, y escuché una voz que
decía: «Mr. Gardner es un embustero.» Era John Campbell, Jr., editor de Astounding
Science Fiction, expresando su ira hacia el capítulo que yo había dedicado
a la dianética.
En mi artículo en Antioch Review me equivoqué claramente a la
hora de predecir que el interés por Velikovsky y Hubbard «pronto decaería».
Hoy, treinta años más tarde, el difunto Immanuel Velikovsky continúa teniendo
toda una banda leal de acólitos mentecatos, y la dianética, que formaba parte
de la nueva «religión» de Hubbard, la cientología, constituye la espina dorsal
de uno de los cultos papanatas más grandes de la nación. Muchos libros han
atacado la cientología, y la Iglesia ha hecho todo lo que ha podido por
desacreditarlos y difamar a sus autores. Para conocer la terrible e increíble
historia de la forma en que la Iglesia se las ingenió para castigar a Paulette
Cooper por su libro The Scandal of Scientology (El escándalo
de la Cientología), véase el New York Times, 22 de enero de 1979, y
«Scientology: Anatomy of a Frightening Cult» (Cientología: anatomía de un culto
alarmante), publicado por Eugene H. Methvin, en mayo de 1980, en Reader’s
Digest. El culto continúa atrayendo a tipos del mundillo del espectáculo,
como John Travolta, que saben de la ciencia incluso menos que Ronald Reagan.
Como los cientólogos creen en la reencarnación y poderes paranormales, este
culto ejerce una fuerte atracción sobre psíquicos autodidactas e investigadores
de las fuerzas psíquicas. Ingo Swann y el ya fallecido Pat Price, dos de los
psíquicos más importantes considerados «auténticos» por Harol Puthoff y Russell
Targ de Stanford Research International, eran ardientes cientólogos (Swan
todavía lo es). El propio Puthoff fue antaño un elemento activo dentro de la
cientología (véase capítulo 30) y se casó por esta Iglesia. Hoy día, cuando
este culto es objeto de seria persecución por parte del gobierno federal, y de
otros gobiernos de todo el mundo (Francia tiene autorización para detener a
Hubbard), Puthoff ha tratado de minimizar su antiguo entusiasmo hacia él.
Aunque el nombre de George M. Price resulta poco familiar para la mayoría de la
gente, sus infantiles ideas geológicas continúan apuntalando los nuevos libros
de los creacionistas protestantes. The Genesis Flood (El
diluvio del Génesis), de John C. Whitcomb, Jr., y Henry M. Morris (1961),
constituye un ejemplo notable. Esta aterradora monografía de 518 páginas no es
más que puro Price, aunque casi nunca se le nombre.
Velikovsky quedó enormemente impresionado por Price, y los dos chiflados se
cartearon. En Earth in Upheaval (La Tierra en pleno
cataclismo) se encuentran numerosas citas de, y referencias a, los estúpidos
libros de Price. La mayoría de los lectores podrían suponer que Velikovsky
estaba citando a un célebre geólogo. Price no tenía formación alguna en materia
de geología. Comenzó su carrera como conserje y chico de los recados en un
colegio adventista de Loma Linda, California, donde ayudaba a poner ladrillos
para levantar edificios. El colegio finalmente le proporcionó un título
académico. La mejor referencia bibliográfica sobre Price publicada hasta la
fecha es Crusader for Freedom (El paladín de la libertad), de
Harold W. Clark, editada por la eclesiástica Pacific Press en 1966.
Resultaría interesante saber exactamente lo que Velikovsky pensaba sobre la
evolución. Sus libros tan sólo arrojan vagos indicios. Quizás algún día
aparezca una publicación póstuma de sus importantes opiniones sobre este punto.
Los admiradores de Velikovsky levantan oleadas de protesta siempre que yo
sugiero que su judaísmo ortodoxo influyó mucho en la configuración de sus
tareas, pero sigo considerando sus motivaciones notablemente similares a las de
Price. (Para ahondar en este tema, véase capítulo 37.) Marcello Truzzi, en el número
de abril de 1979 (3-4) de su Zetetic Scholar, presentaba un
«diálogo» sobre Velikovsky mantenido por diez autores, unos defendiéndole y
otros atacándole. ¡Se podría suponer a partir de este debate académico que
Velikovsky desafió a la comunidad científica [¿…?]
El culto a la orgonomía de Reich parece estar desvaneciéndose
(¡podría equivocarme!), aunque la mayoría de sus libros se están volviendo a
editar, y continúan apareciendo discípulos suyos entre escritores, artistas y
gente del mundo del espectáculo como Orson Bean. Durante los últimos años se
han escrito numerosos libros sobre él, unos a favor y otros en contra. Su hija,
Eva Reich, pediatra en Hancock, Maine, trabaja activamente en la divulgación de
la orgonomía. El artilugio para hacer llover de su padre —unos enormes tubos
que inyectan energía orgónica en las nubes— se encuentra delante de su patio.
Durante un tiempo estuvo utilizando acumuladores de energía orgónica para
tratar a niños de un hospital para bebés prematuros de Harlem; pero, tras una
propuesta por parte del director del hospital de que lo dejara o se fuera,
eligió dejarlo.
Eva está firmemente convencida de que las influencias psíquicas humanas son
energía orgónica. Véase la larga y triste entrevista de Lynn Franklin, «Like
Father, like Daughter» (De tal palo, tal astilla), en el Maine Sunday
Telegram, 22 de junio de 1980. Según Newsweek (13 de
diciembre de 1976):
«Durante
veinte años, Eva Reich ha estado ocultando microfilms de partes de trabajos de
Reich en una cueva llena de hongos de las montañas Catskill. Según ella, a
menos que intervengan los tribunales, piensa revelar estos secretos al mundo.»
Acaba
de caer sobre mi mesa un libro tonto The Quest for Wilhelm Reich (En
busca de Wilhelm Reich), de Colin Wilson (Doubleday, 1981). Pobre Colin.
Prometía mucho como joven escritor británico, antes de pasarse a las patrañas
de lo paranormal. Wilson considera a Reich como un loco, pero, no obstante,
también como un genio, cuyo descubrimiento de la energía orgónica le coloca al
lado de Semmelweis, Mendel y todos aquellos otros grandes científicos que
pasaron desapercibidos en su día. No conozco ningún otro libro sobre Reich que
merezca menos la pena leer.
2. El «idealismo burgués» en la física nuclear soviética[7]
La
controversia de la genética rusa, que en 1948 dio lugar a la victoria política
de Lysenko, ha sido objeto de amplia publicidad. Sin embargo, no resulta
prácticamente nada conocida otra controversia notablemente similar acontecida
en el seno de la física nuclear teórica. El conflicto salió a la luz en 1949,
cuando surgió una clara línea del Partido sobre esta materia, y los físicos que
ostentaban ideas opuestas al respecto formularon las acostumbradas confesiones
de su error, con promesas de revisar sus escritos publicados en ocasiones
anteriores.
Para entender dicha controversia será necesario repasar brevemente sus
antecedentes históricos. Poco tiempo después de la revolución bolchevique, el
átomo era en general como una especie de sistema solar en miniatura. El núcleo
correspondía al sol en torno al que los electrones, como planetas, rotaban
obedeciendo unas leyes fijas y determinables. Pero cuando los científicos
profundizaron algo más en el átomo, salió a la luz un asombroso estado de
cosas. Resultaba imposible predecir la conducta de un electrón individual.
Cuando se conseguía determinar su posición, se cometía un gran error en la
medida de su velocidad. Y cuando se conseguía medir correctamente su velocidad,
no había manera de conocer su localización exacta. Werner Heisenberg, destacado
físico nuclear alemán, formuló su conocido «principio de incertidumbre». Sin
entrar en detalles técnicos, el principio viene a decir que la relación entre
un electrón y el observador es tal que existe un irreductible elemento de azar
en torno a las acciones del electrón. Al principio, se pensó que este azar se
debía únicamente a la influencia de las técnicas de observación, pero poco a
poco los físicos llegaron a la conclusión de que se trataba de una
característica intrínseca de la conducta del electrón, incluso cuando no había
nadie observándole.
Otras líneas de investigación coincidieron en subrayar esta ambigüedad básica.
Cuando el electrón era considerado como partícula, resultaba imposible explicar
una amplia diversidad de experimentos que lo describían fundamentalmente como
una onda. Por otra parte, ninguna teoría ondulatoria podía explicar aquellos
experimentos que demostraban que el electrón era corpuscular. Niels Bohr, el
famoso físico atómico danés, adoptó una actitud frente a este exasperante
dilema, que rápidamente obtuvo aceptación. En lugar de buscar una descripción
metafísica coherente de la «verdadera» estructura del electrón, propuso que los
físicos aceptaran tanto las teorías ondulatorias como las corpusculares,
incluso aunque se contradijeran entre sí. Esto pasó a ser conocido como el
«principio de la complementariedad» de Bohr. Desde este punto de vista, la
naturaleza última del electrón es un misterio. Lo mejor que podemos hacer es
describirlo mediante estos dos tratamientos inconmensurables, ninguno de los
cuales puede quedar reducido al otro. (Los estudiantes de filosofía reconocerán
la curiosa similitud existente entre el principio de complementariedad de Bohr
y la doctrina de la «doble verdad» de Averroes y otros teólogos tanto
cristianos como musulmanes. La diferencia está en que la doble verdad de los
teólogos surgió del intento de armonizar la razón con doctrinas lógicamente
paradójicas derivadas de la revelación. La doble verdad de Bohr es simplemente
una descripción, en los términos más sencillos, de un predicamento experimental inevitable.
En ambos casos, sin embargo, se produce la aceptación de ideas aparentemente
contradictorias como igualmente válidas.)
Ni el principio de Heisenberg ni el de Bohr pasaban de ser nada más que
descripciones convenientes de datos experimentales. Pero los filósofos de corte
idealista (empleando la palabra «idealismo» para hacer referencia al énfasis
sobre la mente o el espíritu como algo más «real» que el universo material), y
unos cuantos físicos de ideas similares, se apresuraron a capitalizar ambos
principios como munición para la defensa de sus preferencias metafísicas. En
América, por ejemplo, Arthur H. Compton escribió un libro titulado The
Freedom of Man (La libertad del hombre), en el que sus argumentos
corren en cadena desde el principio de incertidumbre de Heisenberg hasta el
indeterminismo propio de la naturaleza, el libre albedrío, y de ahí a Dios, la
inmortalidad y el protestantismo. En Inglaterra, sir Arthur Eddington defendió
argumentos similares.
Los físicos nucleares más importantes de Rusia, hombres de edad avanzada y de
indiscutida competencia, no dudaron en aceptar las ideas de Heisenberg y Bohr.
Pero los científicos más jóvenes, saturados de dogmas filosóficos de la
tradición Marx-Engels-Lenin, se asustaron. El azar que rodeaba al electrón no
concordaba con el determinismo rígido del materialismo dialéctico, lo mismo
que, en el terreno de la biología, para Lysenko y sus seguidores el carácter
fortuito de las mutaciones parecía destruir el funcionamiento de las leyes
naturales de la evolución. De modo similar, el principio de la
complementariedad parecía afirmar una especie de electrón místico y
trascendental, que no podría ser capturado mediante procedimientos
materialistas.
En oposición a Heisenberg, los científicos soviéticos más jóvenes mantenían que
lo que se entendía por «capricho» del electrón no era sino consecuencia de la
imperfección de los instrumentos de medida. Y, como réplica a Bohr, defendían
que, dada la mutua contradicción entre las teorías ondulatorias y corpuscular,
era imposible mantener ambas teorías simultáneamente. Había que abandonar una u
otra, insistían, o descubrir hechos nuevos para armonizar lo que por el momento
tenía la apariencia de evidencia contradictoria.
En su folleto Dialectical Materialism and Science (Materialismo
dialéctico y ciencia), 1949, Maurice Cornforth, escritor comunista británico,
expresa la actitud soviética hacia el principio de Bohr como sigue:
Existe
una simple contradicción lógica entre ambas proposiciones contradictorias del
tipo de las que analizaba Aristóteles hace más de dos mil años. Aristóteles
decía que cuando una teoría contiene contradicciones lógicas no puede ser
aceptada como teoría; y los materialistas dialécticos están de acuerdo con él.
Las contradicciones que se dan en la teoría física burguesa son síntomas de la
profunda crisis que sufre dicha teoría, y de ningún modo apuntan hacia su
conversión «dialéctica».
La tarea de la dialéctica no consiste en aceptar la proposición contradictoria
de que un electrón es tanto una onda como una partícula. Su tarea consiste en
desglosar la contradicción dialéctica real propia de los procesos físicos —la
contradicción objetiva que se da en el mundo físico, no una contradicción
formal entre dos proposiciones— y demostrar cómo las propiedades ondulatorias y
particulares manifestadas por los electrones proceden a constituir la base de
esa contradicción real. Esto no se ha hecho, pero hay que hacerlo. Es una
cuestión de investigación física.
En lo que concierne a la teoría física burguesa, algunas de sus dificultades
más importantes se centran en torno a la teoría del núcleo atómico. El núcleo
del átomo constituye, como si dijésemos, el nudo central de las contradicciones
del mundo físico, lo mismo que la mera conveniencia constituía el nudo central
de las contradicciones en la esfera económica. La teoría burguesa en materia de
física no resulta más capaz de entender la naturaleza del núcleo atómico de lo
que la teoría burguesa en materia de economía era capaz de entender la
naturaleza de las conveniencias.
El
libro titulado The Crisis in Physics (La crisis de la física)
presenta una defensa mejor y más detallada del enfoque comunista de la moderna
teoría atómica. El autor de este libro fue Christopher Caudwell, pseudónimo de
Christopher St. John Sprigs, un joven poeta y escritor británico que se unió a
las Brigadas Internacionales y resultó muerto en España en 1937. El libro fue
publicado a título póstumo en 1939 y recientemente ha sido reeditado.
Caudwell razonaba así: la física teórica, como todo lo demás, refleja la
ideología de una cultura, que a su vez es producto de la estructura económica
de la sociedad. El capitalismo moderno se está descomponiendo; en consecuencia,
en las naciones burguesas la física presenta un estado similar de anarquía.
Únicamente el materialismo dialéctico, la ideología de una sociedad sin clases,
puede proporcionar la guía más adecuada a la física. Evita los errores del
idealismo y del positivismo, afirmando la realidad de la materia y negando toda
entidad mística, incognoscible. Al mismo tiempo, evita también los errores del
anticuado mecanismo y determinismo, recalcando la «libertad» humana —no en el
sentido de que las leyes causales sean violadas por «el libre albedrío», sino
en el sentido de que el proletariado puede desarrollar cierta conciencia de su
capacidad para modificar la historia. Aunque se alaba a Einstein por su
oposición a tendencias idealistas, se le considera el último de esos anticuados
deterministas. «No parece caber duda alguna de que el mundo de Einstein representa
el desarrollo productivo final de la concepción burguesa del mundo: la
naturaleza como objeto de pura contemplación. Es el clímax del mecanicismo.»
El libro de Caudwell constituye una presentación precisa de las ideas de los
físicos más jóvenes de Rusia con orientación política. Estas ideas chocaban
drásticamente, por supuesto, con las ideas de los científicos de edad avanzada.
Sin embargo, hasta el término de la Segunda Guerra Mundial la física nuclear
fue un campo de investigación relativamente poco importante en la U.R.S.S., y
por ello el conflicto tampoco tuvo demasiada importancia. Simplemente se coció.
En Estados Unidos, en 1941 dio comienzo una censura voluntaria en materia de
investigación nuclear. Sin embargo, las publicaciones rusas en este campo
continuaron siendo exportadas hasta que cayó la bomba sobre Hiroshima. El
efecto de esta bomba sobre la física rusa apenas resultó menos explosivo.
Mientras América emitía el Informe Smith y emprendía una política más liberal
en la clasificación de documentos relacionados con la física nuclear, los
soviéticos se apretaron los tornillos de forma aún más rígida que América
durante la guerra. Actualmente nuestras revistas técnicas de física se envían a
la U.R.S.S. No se recibe intercambio de publicaciones similares; y los
resúmenes en inglés que antaño editaban las revistas técnicas rusas ya no
llegan. The Journal of Physics, una publicación soviética que se
editaba en idioma inglés, fue suspendida poco después del término de la guerra.
(Esta revista fue fundada, y durante una época editada, por un físico
austríaco, Alexander Weissberg. Fue detenido por la K.N.U.D. en 1937. Después
de tres años en prisiones soviéticas consiguió escapar; más tarde escribió un
relato altamente informativo de sus experiencias, The Accused [El
acusado], publicado en 1951.)
En Rusia se hicieron enormes concesiones a los físicos nucleares. Jóvenes y
oscuros científicos, muchos de ellos miembros del Partido, recibieron altos
nombramientos administrativos. Y esto, como resulta fácil imaginar, convirtió
en auténtica crisis la controversia que hasta entonces no había adquirido mayor
importancia.
Lo que ha venido ocurriendo desde entonces corre en paralelo en muchos aspectos
con lo que ocurrió en el campo de la genética rusa. Motivados por su inflexible
devoción hacia los dogmas contenidos en discusiones de física teórica a cargo
de Marx, Engels y Lenin (escritos, desde luego, mucho antes de que la
investigación condujera a los principios de Heisenberg y Bohr), por un deseo de
ejercer el poder recién adquirido así como, quizás, por recelo profesional, los
físicos del Partido declararon la guerra abierta a lo que llamaron «tendencias
idealistas reaccionarias burguesas» de sus colegas menos jóvenes. Y los
científicos más jóvenes están ganando sin esfuerzo.
Un indicio precoz de la tormenta que se avecinaba fue un artículo de M. Mitin,
miembro de la Academia de Ciencias (la más alta entidad científica de la
U.R.S.S.), publicado el 20 de noviembre de 1948 en la revista Literaturnaya
Gazeta. Tras discutir el triunfo de las ideas de Lysenko sobre la biología
reaccionaria burguesa, Mitin dirige su atención hacia la batalla similar que se
está lidiando en física. El principio de incertidumbre es atacado en calidad de
doctrina obscurantista promulgada por «incompetentes reaccionarios del
imperialismo angloamericano en el campo de la ciencia». La contienda ha pasado
a ser irreconciliable, declara, y «tan sólo un materialismo consistente puede
limpiar la física de tendencias idealistas».
En el mismo número de la citada revista, otro artículo cita como base para un
«programa de acción militante» estas palabras de Andrei Zhdanov: «Todas las
fuerzas del oscurantismo y la reacción se encuentran hoy día establecidas al
servicio de la lucha contra el marxismo… Los subterfugios de los físicos
atómicos burgueses contemporáneos les conducen a conclusiones acerca de la
“libertad de albedrío” de los electrones. ¡Quiénes sino nosotros —la tierra del
victorioso marxismo y sus filósofos— son los más indicados para estar a la
cabeza de la batalla contra la depravada e infame ideología burguesa! ¡Quién,
pues, sino nosotros, debe asestar el golpe destructor!» (Esta traducción
pertenece al excelente capítulo dedicado a la ciencia soviética en The
Country of the Blind [El país de los ciegos], de George S. Counts y
Nucia Lodge.)
Los científicos atómicos soviéticos en seguida tomaron nota. En 1949 apareció
una edición revisada de la Introducción a la mecánica cuántica de
D. I. Blokhinlsev, un relevante texto soviético en este campo. Se había añadido
un nuevo capítulo dedicado a la relación entre física y materialismo
dialéctico. Contenía un ataque violento al «oscurantismo» e «idealismo
subjetivo» de lo que se denominaba la reaccionaria escuela de Copenhague de
Bohr.
Otros físicos nucleares se apresuraron a adherirse a la línea del Partido, que
se definía a pasos agigantados. Antes de juzgar a estos hombres con demasiada
dureza, debemos recordar, como podemos estar seguros que ellos recordaban
entonces, lo que había pasado con los genetistas soviéticos que se opusieron a
las teorías de Lysenko. En 1936, cuando empezó el movimiento en contra de la
teoría genética de la herencia, el genetista Agol desapareció de escena.
Progresaba el «idealismo de Menshevik» en materia de biología. Al año siguiente
el Instituto Médico-Genético, el mejor de su especie en el mundo, fue atacado
por Pravda, y pronto disuelto. Solomon Levit, director del
Instituto, confesó su culpa y desde entonces no se ha vuelto a saber nada de
él.
En 1939, Trofim Lysenko (cuyas ideas, según el profesor H. J. Muller, genetista
premio nobel, son «puras bobadas») sustituyó a Nikolai I. Vavilov en todos los
cargos administrativos que ostentaba este último. Vavilov, destacado genetista
ruso internacionalmente reconocido como tal, persistió en mantener aquellas
ideas que fuera de la Unión Soviética gozaban de aceptación universal. Fue
detenido en 1940 como espía británico y enviado a un campo de trabajo
siberiano, donde murió en desgracia. Durante la guerra, la muerte por causas
desconocidas alcanzó a cuatro distinguidos genetistas: Karpechenko, Loltsov,
Serebrovsky y Levitsky.
«Lo cierto es —escribe el profesor Muller— que a partir de 1936 los genetistas
soviéticos de todos los niveles se vieron envueltos en una vida de terror. La
mayoría de los que no fueron encarcelados, desterrados o ejecutados fueron
obligados a emprender otras líneas de trabajo. La gran mayoría de aquellos a
quienes se permitió continuar en sus laboratorios se vieron forzados a
modificar la dirección de sus investigaciones, de manera que pareciera que
estaban tratando de demostrar la corrección de las anticientíficas ideas
oficialmente aprobadas. Durante el caótico período anterior al término de la
guerra, algunos consiguieron escapar a Occidente. Sin embargo, a pesar de todo,
otros han permanecido en sus puestos, retenidos como piezas de museo para hacer
ver que la U.R.S.S. aún tiene algunos genetistas trabajando.»
Tras la histórica conferencia de 1948, cuando Lysenko anunció su respaldo
formal por parte del gobierno comunista, el último genetista de reconocida
competencia que quedaba, Dubinin, fue cesado de su cargo y privado de su
excelente laboratorio.
A la vista de estos acontecimientos, no resulta difícil entender la carta del
profesor S. E. Khaikin, uno de los más notables físicos maduros de la U.R.S.S.,
publicada en marzo de 1950 en Uspekhi Fizicheskikh Nauk (El
progreso de las ciencias físicas), una revista no técnica que todavía puede
adquirirse en este país. Esta comunicación es típica de muchas «confesiones»
recientes de destacados físicos soviéticos que han sido acusados de tendencias
idealistas burguesas.
El profesor Khaikin empieza diciendo que su libro de texto de mecánica,
especialmente la segunda edición, ha sido criticado recientemente por miembros
de la Facultad de Física de la Universidad de Moscú y por el órgano del Partido
del Instituto Físico de la Academia de Ciencias. Desgraciadamente, dice, las
críticas son ciertas y «me han ayudado a distinguir claramente las deficiencias
metodológicas de mi libro». Continúa diciendo que considera su deber aclarar
esto lo más posible, en la esperanza de que contribuya a que los estudiantes
escapen a los errores que pueda causar su «incompleta, inexacta y falsa»
exposición.
La filosofía del materialismo dialéctico, escribe, y la ciencia de la física se
dan fuerza mutuamente. La física profundiza en el entendimiento de la
filosofía, y el «materialismo dialéctico es la única filosofía que permite
reflexionar sobre la física y entenderla correctamente». Por esta razón, dice,
Lenin dedicó tantos de sus escritos a la física. Un libro de texto de física
debe afianzar la creencia de los estudiantes en el materialismo dialéctico.
Pasa a decir luego que su error le condujo a un punto de vista que reflejaba la
«agresión idealista» de las naciones capitalistas contra la filosofía de Marx,
Engels, Lenin y Stalin. En su libro no consiguió dejar claros los fundamentos
materialistas de las leyes físicas. Esto puede conducir fácilmente al
idealismo, y espera que su carta acabe con cualquier influencia perniciosa que
el libro pudiera haber ejercido.
¿Por qué cometió estos errores? «Porque cuando escribí este libro no me dejé
guiar por el principio de Lenin de lealtad al Partido en materia de ciencia.»
Además, tampoco prestó la atención suficiente al gran papel desarrollado por
científicos soviéticos en el campo de la mecánica. A continuación aparece una
larga lista de nombres que ha olvidado mencionar antes —nombres completamente
desconocidos para los científicos de fuera de la Unión Soviética.
A título de réplica ante las críticas de Korolev, el profesor Khaikin dice que
su crítica fue acertada en todos los casos, pero que no consiguió hacerla tan
convincente como podía haber hecho. Se citan dos afirmaciones de Lenin,
afirmaciones que el profesor Khaikin considera que aportan convicción al
argumento. Se apresura a añadir que de ningún modo desea minimizar los errores
de su libro criticando a su crítico. «Veo muy claramente los defectos
—concluye—. Considero mi deber eliminarlos a la primera oportunidad.»
No disponemos de espacio aquí para detallar las críticas específicas (todas a
cargo de hombres oscuros y menores) de que fue objeto el libro de texto del
profesor Khaikin. Aparecen en el mismo número de la citada revista, y en
números posteriores, y rezan en los términos explicados antes en este mismo
artículo. Sin embargo, merece la pena destacar que el editor de la revista se
disculpa por su error al permitir la publicación, en 1948, de una recensión que
ensalzaba el libro de Khaikin. Manifiesta su temor de que el profesor tenga
muchos amigos ideológicos en la U.R.S.S. que hayan aceptado servilmente los
puntos de vista de científicos extranjeros.
El 2 de enero de 1950, Pravda publicaba un discurso de un
físico casi desconocido, el profesor D. N. Nasledov, que resulta aún más
revelador. Pronunciado en una conferencia del Partido en Leningrado, constituye
un duro ataque contra uno de los físicos teóricos más famosos de Rusia, el
profesor J. I. Frenkel. Las citas que aparecen a continuación proceden de una
traducción que apareció en la revista americana Physics Today.
«En nuestro Instituto Físico-Técnico de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S.
en Leningrado —declaraba Nasledov—, durante mucho tiempo se expresaron
abiertamente concepciones idealistas y se negó la factibilidad de una
aplicación fructífera del método marxista a las ciencias naturales. Estos
errores idealistas permitidos por algunos científicos no fueron sometidos a una
crítica profunda y seria, como tampoco fueron objeto de oposición por parte de
un pensamiento materialista vigoroso, exponiendo la avanzada ciencia de la
física soviética a diversos ataques de nuestros enemigos en el extranjero.»
El transgresor más importante, continúa diciendo, fue el profesor Frenkel, que
presentaba una «actitud negativa» hacia el materialismo dialéctico, y cuyos
escritos reflejaban opiniones de los físicos burgueses. Era necesario, por
tanto, que las opiniones del profesor Frenkel fueran sometidas a dura crítica.
«El resultado de esta crítica fue que el profesor Frenkel admitió sus errores
ideológicos y en su declaración afirmó haber llegado a la conclusión de que la
teoría marxista-leninista posee la máxima importancia en las ciencias
naturales, y especialmente en la ciencia de la física. El profesor Frenkel ha
prometido corregir los errores admitidos en todo su trabajo subsecuente y
reescribir algunos de sus libros de texto en la línea del espíritu
materialista. Consideramos esta declaración como un gran logro del trabajo de
la organización de nuestro Partido, que encontró el modo de llamar al orden a
un científico tan eminente como el profesor Frenkel. Nuestro deber en el futuro
es ayudar al profesor Frenkel a no desviarse nunca más.»
La línea ortodoxa en materia de física nuclear soviética, a diferencia de la
línea Lysenko en genética, no se limitó únicamente a la U.R.S.S. Es cierto que
la inmensa mayoría de los físicos de todo el mundo aceptan la nueva visión
«estadística» de la teoría cuántica. Pero unos cuantos científicos occidentales,
sobre todo Einstein, están a favor del antiguo enfoque determinista. Como
hombre religioso, en el sentido en que Spinoza era religioso, para Einstein
resulta imposible imaginar un cosmos en el que las unidades últimas no estén
danzando conforme a rígidas leyes predecibles. «Muchos de nosotros consideramos
esto como una tragedia —ha escrito recientemente el físico Max Born—, para él,
que recorre a tientas su camino en solitario; y para nosotros, que perdemos a
nuestro líder y portaestandarte.» Resulta interesante destacar que Bertrand
Russell, a quien nadie puede acusar de simpatías soviéticas, cree con Einstein
y los científicos rusos que el azar de la teoría cuántica se debe tan sólo a
ignorancia provisional, y que desaparecerá cuando sepamos más acerca del
electrón. Max Planck, Louis de Broglie y David Bohm también comparten esta
esperanza.
El hecho de que Einstein se encuentre prácticamente sólo entre los científicos
occidentales en su oposición a las opiniones que prevalecen en materia de
teoría cuántica, pero se encuentre fuertemente respaldado por los físicos
soviéticos ortodoxos, puede que constituya el factor psicológico que le impide
ver la monstruosa tiranía del régimen soviético. Otro factor pudo ser la
influencia de su buen amigo Leopold Infeld, matemático polaco que colaboró con
él en 1942 en la preparación de un libro titulado The Evolution of
Physics (La evolución de la Física). En 1950, el profesor Infeld
renunció a su puesto en la Universidad de Toronto para permanecer en Polonia
(había sido profesor en la Universidad de Varsovia) y, como él decía, «trabajar
por la paz».
Pero Einstein no es un héroe en la U.R.S.S. Aunque los físicos soviéticos han
aceptado muchos aspectos de sus teorías sobre la relatividad, siempre han
mostrado importantes reservas. En los últimos años, han aumentado notablemente
los ataques a la teoría de la relatividad en general, y a Einstein en
particular. El profesor M. S. Eigenson, en su artículo «La crisis de la
cosmología burguesa» publicado en julio de 1950 en Priroda (Naturaleza),
ataca al concepto einsteniano de «cosmos cerrado» —es decir, un cosmos finito
que se cierra sobre sí mismo a través de la cuarta dimensión. El profesor
Eigenson considera el universo finito como producto del idealismo capitalista
íntimamente relacionado con el declive de la cultura burguesa y como vuelta a
los desfasados modelos cósmicos de Ptolomeo y Aristóteles. Aún peor, escribe,
es el «universo en expansión» de Eddington, que limita al cosmos en materia de
tiempo y de espacio, sugiriendo un momento de «creación» y por lo tanto
violando el principio de conservación de la materia descubierto por el físico
ruso M. V. Lomonosov (todos los científicos de fuera de la U.R.S.S. atribuyen
este principio al químico francés Lavoisier).
En 1952, el periódico de la marina soviética, Krasny Flot,
publicaba un artículo de A. Maximov que calificaba las ideas de Einstein de
«reaccionarias, anticientíficas, antimaterialistas e idealistas» y añadía que
Einstein no tenía excusa porque, a diferencia de otros «físicos burgueses»,
conocía los escritos de Marx, Engels, y Lenin. Maximov comparaba las ideas de
Einstein con las de Erns Mach, de quien Lenin había escrito: «La filosofía de
Mach es para la ciencia lo que el beso de Judas para Cristo.» La nueva edición
del Diccionario filosófico soviético, publicado en 1952, califica
la teoría de la relatividad de Einstein de «distorsión reaccionaria y
anticientífica de la realidad» y colma de desprecio a «esos místicos y
obscurantistas que charlan sobre la cuarta dimensión, el carácter finito del
universo, y disparates similares».
Queda por considerar otra cuestión importante. ¿Retrasarán los rusos la
investigación sobre armas atómicas por el hecho de que la línea del Partido
haga hincapié en materias relacionadas con la física teórica? Resulta difícil
contestar a eso. El conflicto pertenece a un nivel tan abstracto que puede
tener bien poco efecto sobre áreas inferiores y más técnicas donde el trabajo
está en marcha. Por otra parte, la intromisión política de comisarios
científicamente analfabetos puede conducir indirectamente al mismo tipo de
chapucería que caracterizó al intento alemán de fabricar una bomba atómica y,
más recientemente, al fantástico patrocinio temporal de Perón sobre el pseudo
científico austríaco Ronald Richter.
Samuel Goudsmith, en su interesante libro Alsos, describe una
divertida imagen de lo que él llama «desorganización» de la ciencia alemana
bajo el mandato de Hitler. Alsos era el nombre de código de la
misión que entró en Alemania después de la guerra para determinar hasta dónde
habían avanzado los nazis en la investigación atómica. Para sorpresa de la
mayoría de los físicos americanos, la respuesta resultó ser «prácticamente
hasta ninguna parte». En opinión del profesor Goudsmith (era el científico que
iba al frente de la misión), la promoción de científicos de segunda fila, pero
ardientemente pro-nazis, a puestos de autoridad jugó un papel muy importante en
el deterioro de la física alemana.
La investigación en el ejército alemán, por ejemplo, estuvo dirigida por un
físico mediocre cuyas únicas obras publicadas son unos cuantos trabajos sobre
las vibraciones de las cuerdas de piano. Aunque los nazis carecían de tradición
en el terreno del materialismo, al que sentían que debían adherir su ciencia,
su desconfianza hacia la relatividad (Einstein no era ario) obligó a los
mejores físicos a ocupar horas y horas explicando a sus inferiores que la
relatividad había sido ampliamente verificada y que lo único que traería
consigo abandonarla sería un serio perjuicio para su trabajo. La ignorancia de
los administradores desperdició fondos y energías en proyectos inútiles.
Únicamente en las Fuerzas Aéreas la investigación estuvo eficientemente
organizada debido, en gran medida, según opina Goudsmith, a la relativamente
mayor libertad que Goering permitió a los científicos.
En 1951 apareció una indicación de las confusiones soviéticas en el campo de la
investigación atómica en un artículo publicado en Bolshevik y
escrito por el hijo del finado Andrei Zhdanov. (Véase el New York Times de
24 de diciembre de 1951, p. 1.) Este artículo fue el primer rechazo oficial del
descubrimiento «soviético» previo de que los rayos cósmicos contenían unas
partículas básicas denominadas «varitrones». Dos físicos rusos habían recibido
el Premio Stalin de primera clase en 1948 por este descubrimiento, que fue
extensamente publicado como prueba de la superioridad de la ciencia soviética.
Zhdanov ataca a los físicos rusos que defendían la teoría del varitrón, y
también repudia otro «descubrimiento» atómico por el que el profesor Georgi
Latyshev había recibido el Premio Stalin en 1949. Ambos rechazos coinciden con
las ideas de los científicos occidentales. De todo esto se puede concluir que,
cuando una teoría científica es lo suficientemente descabellada, incluso un
comisario soviético puede llegar a abandonarla. Existe la posibilidad de que
incluso el lisenquismo esté sufriendo algún tipo de modificación. Lysenko ha
sido denunciado varias veces en publicaciones soviéticas desde la muerte de
Stalin, aunque fundamentalmente por incompetencia personal y desviaciones
menores, más que por errores teóricos básicos.
La portada de Alsos ilustra el laboratorio alemán tipo «Oak
Ridge». Era del tamaño de una pequeña choza. Por supuesto, sabemos que los
laboratorios atómicos rusos son mucho mayores. La explosión de Hiroshima les
convenció de que las bombas no eran idealistas sueños burgueses, y el éxito de
sus agentes de espionaje les ha ahorrado muchos años de difícil investigación.
Resultaría temerario suponer a los científicos rusos incapaces de reproducir
los logros de los físicos occidentales. No obstante, existen fundamentos que
permiten esperar que, a medida que los científicos rusos vayan buscando a
tientas armas más eficaces, la mano de hierro de control del Partido quizás
ejerza el mismo efecto mortífero que tuvo en Alemania sobre nuevas y noveles
líneas de investigación.
Anexo
La gran campaña soviética contra Niels Bohr dio comienzo en 1947, cuando A. A.
Zhdanov pronunció su famoso discurso sobre la influencia «vil y corrupta» del
idealismo burgués sobre la ciencia, especialmente las «distorsiones kantianas»
de los físicos cuánticos. La idea de Bohr era calificada de «desecho» que
«debía ser tirado a un desagüe» en una batalla que descargara «golpes mortales»
contra el idealismo.
Hasta varios años después de la muerte de Stalin en 1953, no empezó a
recuperarse la ciencia soviética. La teoría de la relatividad fue objeto de
aceptación oficial mediada la década de los cincuenta, posteriormente el
universo en expansión, y por último la complementariedad de Bohr. Einstein y
Bohr se convirtieron en grandes héroes en la U.R.S.S. y hoy día todavía lo son.
En 1961 Leopold Infeld denunció con fuerza a aquellos teóricos marxistas que
habían condenado a Einstein, Bohr, Linus Pauling y otros sin tener conocimiento
alguno de su obra. En 1962 Peter Kapitza formuló observaciones similares. Si
los científicos soviéticos hubieran seguido escuchando a los filósofos
marxistas, decía Kapitza, la exploración soviética del espacio hubiera
resultado imposible.
Trofim Lysenko, un pseudo botánico a quien ya dediqué un capítulo de Fads
and Fallacies, finalmente fue desposeído de su poder y falleció en
desgracia en 1976. Aunque los filósofos de la U.R.S.S., como los de cualquier
otra parte, continúan argumentando sobre el modo de interpretar la mecánica
cuántica, ya se ha interrumpido el flujo de denuncias vitriólicas de la
interpretación de Copenhague. Los controles burocráticos quizás continúen
obstaculizando la investigación, como siempre lo hacen, pero esto está
equilibrado por el masivo respaldo gubernamental de la misma, especialmente en
lo que se refiere al trabajo relacionado con la tecnología bélica. La filosofía
de la ciencia contemporánea de la U.R.S.S. es compleja, y no conozco referencia
mejor que Science and Philosophy in the Soviet Union (Knopf,
1972) de Loren R. Graham. Véase también el excelente trabajo de S.
Muller-Markus «Niels Bohr in the Darkness and Light of Soviet Philosophy»
(Niels Bohr, la oscuridad y la luz de la filosofía soviética), publicado
en Inquiry, vol. I, primavera 1966, pp. 73-93.
He sido criticado por llamar a Einstein «ciego» ante las realidades del
stalinismo. Por mucho que yo venere a Einstein, no puedo por menos que decir
que, como tantos otros intelectuales de los años treinta, no realizó más que un
mínimo esfuerzo por conocer la verdad sobre Stalin. A continuación cito una
carta que Einstein escribió a Max Born, y que se encuentra publicada en la
página 130 de The Born-Einstein Letters (Correspondencia
Born-Einstein), 1971, editado por Born:
A
propósito, cada vez hay más indicios de que los juicios rusos no están
falseados, sino que existe una trama entre aquellos que consideran a Stalin
como un estúpido reaccionario que ha traicionado las ideas de la revolución.
Aunque encuentro difícil imaginar esta especie de conflicto interno, aquellos
que conocen Rusia mejor son todos más o menos de la misma opinión. Yo estaba
firmemente convencido al principio de que se trataba de una muestra de los
actos despóticos de un dictador, basados en mentiras y engaños, pero esto no
era así.
En
mi opinión, los comentarios de Born son muy oportunos:
Los
juicios rusos eran las purgas de Stalin, con las que pretendía consolidar su
poder. Como la mayoría de la gente en Occidente, yo creía que estos juicios
espectaculares no eran sino actos arbitrarios de un dictador cruel. Einstein
parecía tener una opinión diferente: él creía que cuando Hitler les amenazó,
los rusos no tenían otra elección que destruir tantos enemigos como fuera
posible dentro de su propio campo. Encuentro difícil reconciliar este punto de
vista con los sentimientos tan humanitarios y gentiles de Einstein.
3. El Ars Magna de Ramón Llull[8]
Cerca
de la ciudad de Palma, en la isla de Mallorca, la mayor de las Baleares, se
eleva abruptamente sobre una cadena de lomas y colinas bajas, de monótona
uniformidad, una montaña semejante a una enorme silla de montar, el monte
Randa. Fue a esta desolada montaña adonde Ramón Llull, teólogo y visionario, se
retiró en 1274, en busca de renovación espiritual. Tras muchos días de ayuno y
contemplación, Llull experimentó una iluminación divina, en la cual Dios le
reveló el «gran arte» con el que podría confundir a los infieles y establecer
con certidumbre los dogmas de su fe. Según una de las muchas antiguas leyendas
que relatan este acontecimiento, las hojas de un lentisco (un pequeño arbusto
que se da todavía en la región) quedaron milagrosamente grabadas con los
caracteres alfabéticos de muchos idiomas: los idiomas en que estaba destinado
el Ars Magna de Llull a ser enseñado.
Después de su iluminación, Llull se retiró a un monasterio, donde completó su
famosa Ars Magna, el primero de unos cuarenta tratados dedicados al
funcionamiento y aplicación de su extravagante método. Fue el suyo el primer
intento de la historia de la lógica formal que se valió de diagramas
geométricos al objeto de descubrir verdades no matemáticas, y fue también la
primera tentativa de utilizar un dispositivo mecánico —una especie de
rudimentaria maquinaria lógica— para facilitar el manejo de sistemas lógicos.
Durante el resto de su quijotesca y extraordinaria vida, y durante siglos
después de su muerte, el Arte de Llull fue centro de una tormentosa polémica.
La jerarquía franciscana (Llull pertenecía a una rama lega de esta Orden) trató
su método con complacencia; los dominicos, por el contrario, lo consideraron
siempre obra de un demente. En una carta a su hijo Pantagruel (Rabelais, Gargantúa
y Pantagruel, libro II, capítulo 8), Gargantúa le recomienda dominar la
astronomía, pero «desechar la astrología y el arte divinatorio de Lullius, por
no ser sino vanidad e impostura». En forma semejante ridiculizó el Ars Francis
Bacon, en dos pasajes de casi idéntica fraseología, uno, enThe Advance of
Learning (libro II), el otro, en De augmentis scientiarum,
que es versión corregida y aumentada del primero. El pasaje de De
augmentis (libro VI, capítulo 2) reza como sigue:
Y
empero, no debo omitir mencionar que algunas personas, con mayor ostentación
que sabiduría, han elaborado un método que no merece ser lícitamente llamado
método, por ser más bien método de impostura, el cual, no obstante, sería muy
aceptable a ciertos espíritus mediocres. Es su objeto rociar en torno a sí
gotitas de ciencia, de modo que cualquier pedante pueda así hacer ostentación
de sabiduría. Tal fue el Arte de Lullius; tal la Tiposcomía, que otros han
escudriñado; y ello, por no ser sino masa y amontonamiento de términos de todas
las artes, con la finalidad de que aquellos que adquieran familiaridad con los
términos puedan pensar que comprenden las artes propiamente dichas. Tales
colecciones son como la tienda del trapero, que tiene restos de todo, pero nada
de valor.
Se
cree que Swift estaba pensando en el Ars de Llull cuando
describió la máquina inventada por un profesor de Laputa ( Viajes de
Gulliver, parte III, capítulo 5). El artilugio en cuestión consistía en un
marco cuadrado de unos seis metros de lado, que contenía centenares de
diminutos cubos enfilados en alambres. En cada cara de cada cubo estaba escrita
una palabra del idioma laputano. Dándole vueltas a un manubrio se hacían girar
los cubos, produciéndose combinaciones aleatorias de sus caras. En cuanto unas
pocas palabras podían formar frases con sentido, eran copiadas; después, a
partir de estas frases contrahechas se componían tratados eruditos. Así,
explicaba Swift, «la persona más ignorante podía, con un dispendio razonable y
un poco de trabajo corporal, escribir libros de filosofía, de poesía, de
política, derecho, matemáticas, o teología, y ello, sin el menor auxilio del
genio o del estudio».
En la opinión contraria encontramos a Giordano Bruno, el gran mártir
renacentista, que califica a Llull de «omnisciente, y casi divino». Bruno
escribió tratados fantásticamente elaborados acerca del Ars luliano,
arte que enseñaba a los ricos y poderosos nobles venecianos, donde había
llegado a ser una locura de moda. Más tarde nos tropezamos con Leibniz,
fascinado de joven por el método de Llull. A los 19 años escribía Leibniz
su Dissertio de arte combinatoria (Leipzig, 1666), en donde
descubre en el trabajo de Llull el germen de una álgebra universal, gracias a
la cual todo conocimiento —verdades morales y teológicas incluidas— podría
algún día quedar encuadrado en un único sistema deductivo[9]. «Si hubieran
de surgir controversias —declaraba posteriormente Leibniz, en un pasaje muchas
veces citado— no habría necesidad de mayor disputa entre dos filósofos que
entre dos contables. Pues bastaría que, tomando en sus manos el lápiz, se
sentaran frente a sus pizarras, y se dijeran (con un amigo como testigo, si así
lo deseaban): Calculemos.»
Estas especulaciones de Leibniz han llevado a muchos historiadores a atribuir a
Llull el mérito de haber prefigurado el desarrollo de la moderna lógica
simbólica y el sueño «de la unidad de la ciencia» tan caro a los empiristas.
¿Es merecida semejante fama? ¿No será el método luliano sino la obra fantástica
de un chiflado con talento, pero tan baladí como los diseños geométricos de la
brujería medieval? Antes de explicar y tratar de evaluar el abigarrado Ars luliano,
convendrá, sin duda, esbozar sucintamente la extraordinaria y casi increíble
carrera de su inventor[10].
Ramón Llull nació en Palma, probablemente en 1232. Alrededor de los catorce
años llegó a ser paje al servicio del rey Jaime I de Aragón, en cuya corte
pronto alcanzó una posición influyente. Se casó joven, y tuvo dos hijos, pero
su vida de cortesano fue notoriamente disoluta. «La belleza de las mujeres, ¡oh
Señor! —recordaba Llull a la edad de cuarenta años—, ha sido una plaga y una
tribulación para mis ojos, pues a causa de la belleza de las mujeres no he
prestado la atención debida a Vuestra gran bondad, ni a la belleza de Vuestras
obras.»
La historia de la conversión de Llull es la más novelesca de las muchas y
pintorescas leyendas que a él se refieren, y entre los ejemplos célebres de
conversiones tras una vida de indulgencia sólo cede el puesto a la de San
Agustín. Comienza con la pasión adúltera que Llull sentía por una mujer casada,
muy bella y pía, que había siempre rechazado sus insinuaciones y ofrecimientos.
Un día, yendo Llull a caballo por la calle, vio a la dama, que iba a la misa
mayor, entrar en la catedral. Llull entró al galope tras ella, acabando por ser
arrojado por los indignados fieles. Afligida por esta escena, la dama resolvió
poner fin al acoso de Llull. Tras invitarlo a su cámara, ella descubrió sus
senos, tan ensalzados por él en sus poemas, y le mostró un pecho parcialmente
consumido por un cáncer. «¡Ved, Ramón —exclamó—, la vileza de este cuerpo que
ha merecido vuestro afecto! ¡Cuán mejor no haríais poniendo vuestro amor en
Jesucristo, de quien podríais recibir un premio que es eterno!»
Llull se retiró con gran vergüenza y agitación. A poco de este incidente,
estando en su alcoba componiendo unos versos amorosos, se vio sorprendido por
la visión de Cristo colgado de la Cruz. En cuatro ocasiones posteriores, sigue
narrando la historia, intentó terminar los versos, siendo todas las veces
interrumpido por la misma visión. Tras una noche de contrición y examen de
conciencia, marchó apresurado a una confesión, muy de mañana, convertido en
cristiano penitente y entregado.
La conversión de Llull fue seguida por el ardiente deseo de ganar para la
cristiandad nada menos que todo el mundo islámico. Esta obsesión dominó el
resto de sus días, y acabó trayéndole una muerte violenta. Como paso primero y
necesario para tan ambicioso proyecto misionero, Llull emprendió un intenso
estudio del idioma y la teología árabes. Compróse un esclavo sarraceno, que
durante nueve años vivió en su casa, para que le instruyese en el idioma. Se
dice que un día Llull pegó en la cara a su esclavo, tras oírle blasfemar del
nombre de Cristo. Poco después, el moro quiso vengarse, y atacó a Llull con un
cuchillo. Llull consiguió desarmarle, y el esclavo fue puesto en prisión,
mientras Llull deliberaba sobre el castigo que debería imponérsele. Convencido
de que sería matado, el esclavo se ahorcó con la cuerda que le ataba.
Antes de este desdichado incidente, Llull había conseguido terminar, en árabe
probablemente, el Libro de contemplación (Libre de contemplació en Déu).
Es una obra inmensa y farragosa, que a lo largo de varios miles de páginas
busca demostrar, por medio de «razones necesarias», todas las verdades
fundamentales del cristianismo. Tomás de Aquino había trazado ya una cuidadosa
distinción entre las verdades de la teología natural, que creía podían ser
demostradas mediante la sola razón, y las verdades de revelación, que
únicamente podían ser conocidas por la fe. Llull encontró innecesaria esta
distinción. Estaba convencido de que todos los principales dogmas del
cristianismo, incluidos los de la Trinidad y la Encarnación, podían ser
demostrados mediante razonamientos irrefutables, si bien hay pruebas de que
Llull consideraba que la «fe» sería una valiosa ayuda para entender tales
demostraciones.
Aunque Llull no había descubierto todavía su Ars Magna, el Libro
de contemplación sí revela su temprana preocupación por una alegoría
numérica, característica de muchos eruditos de la época. La obra está dividida
en cinco partes, para honrar las cinco llagas de Cristo. Sus cuarenta
subdivisiones aluden a los cuarenta días que Cristo pasó haciendo penitencia en
el desierto. Los 366 capítulos están concebidos para ser leídos a razón de uno
por día; el último capítulo debe consultarse tan sólo en años bisiestos. Cada
capítulo consta de diez parágrafos (los diez mandamientos); cada parágrafo, de
tres partes (la Trinidad), lo que hace un total de treinta secciones por
capítulo (las treinta monedas de plata). En ocasiones aparecen, con papeles
metafóricos, ángulos, triángulos y circunferencias. Especialmente interesante
para los lógicos modernos es el hábito luliano de valerse de letras para
denotar ciertas palabras y frases, con lo que los razonamientos quedan
condensados hasta punto cercano a la notación algebraica. Por ejemplo, en el
capítulo 335, Llull utiliza una notación de 22 símbolos, pudiendo encontrarse
pasajes como éste:
Si
en Vuestras propiedades no hubiera diferencia… la demostración daría la D a
la H de la A con la F y
la G como hace con la E, y no obstante, la K no
daría significado a la H de ningún defecto en la F o
en la G ; pero dado que la diversidad está probada en la
demostración que la D hace de la E y de
la F y de la G con la I y
la K, así pues, la H tiene cierto conocimiento
científico de Vuestra sagrada y gloriosa Trinidad [11].
Hay
inconfundibles signos e indicios de autovaloración paranoide en la importancia
que el propio Llull asigna a su propia obra en el capítulo final. No sólo les
demostrará a los infieles que es el cristianismo la única fe verdadera,
proclama Llull, sino que dará también al lector que siga sus enseñanzas cuerpo
y mente más fuertes, aparte de todas las virtudes morales. Llull expresa su
deseo de que su libro sea «diseminado por toda la extensión del mundo», y
asegura a sus lectores no disponer «de tiempo ni lugar suficiente para recontar
los diversos modos en que este libro es bueno y grande».
Esta clase de inmodestos sentimientos son característicos de casi todos los
excéntricos que se han convertido en fundadores de cultos, y no es sorprendente
oír ecos parecidos en los seguidores del arte luliano de siglos posteriores.
Muchos lulistas debieron considerar que el Antiguo Testamento era obra de Dios
Padre, el Nuevo Testamento, obra de Dios Hijo, y los escritos de Llull, obra de
Dios Espíritu Santo. Una coplilla frecuentemente repetida proclamaba que:
Tres
sabios hubo en el mundo
Adán, Salomón y Raimundo.
Los
escritos posteriores de Llull son superlativamente numerosos, si bien muchos de
ellos son breves y, con frecuencia, repetición y picadillo de razonamientos
anteriores. Algunas autoridades antiguas estimaron que Llull debió escribir
varios miles de libros; los especialistas modernos consideran exagerada
semejante cifra, pero hay buenas razones para suponer que más de doscientas de
las obras a él atribuidas son realmente suyas (se sabe, por ejemplo, que las
obras de alquimia que llevan su nombre son espurias). La mayor parte de sus
libros son de carácter polemizante, y buscan probar la validez de las doctrinas
cristianas por argumentos de «razón necesaria», o bien combatir el averroísmo,
el judaísmo u otras doctrinas de infieles. Algunas de sus obras son de carácter
enciclopédico, como su Árbol de ciencia (Arbre de Sciència),
de 1.300 páginas, donde se confiesa forzado a «hablar de las cosas en forma
abreviada». Muchos de sus libros adoptan la forma de diálogos socráticos. Otros
son colecciones de pulcros aforismos, como su Libro de proverbios,
que recoge unos seis mil. Tratados menores, relativos en su mayoría a la
aplicación de su Ars Magna están dedicados a casi todas las
materias que interesaron a sus contemporáneos: astronomía, química, física,
medicina, leyes, psicología, mnemónica, táctica militar, gramática retórica,
matemáticas, zoología, arte de caballería, ética política…
Muy pocas de estas obras, polémicas o pseudocientíficas, han sido traducidas de
sus versiones originales, en catalán o latín, e incluso en España están hoy
prácticamente olvidadas. Si Llull es todavía admirado por sus compatriotas es,
sobre todo, como poeta y autor de romances alegóricos. Sus poemas en catalán, y
especialmente la colección de poemas acerca de Los cien nombres de Dios,
están conceptuados de gran calidad, y sus obras de ficción, por su ideación tan
asombrosa como imaginativa, son parte imperecedera de la temprana literatura
hispánica. La principal de estas obras alegóricas es Blanquerna[12] ; en
ella, el protagonista, que nos recuerda mucho al autor, va trepando por los
diversos peldaños de la organización eclesial hasta llegar a papa, para luego
renunciar, entre los llantos de sus cardenales, y hacerse ermitaño
contemplativo.
En Blanquerna se contiene la más conocida de las obras de
Llull, el Libro de amigo y de amado (Libre d’amic e d’amat),
que se supone salido de la pluma del ermitaño[13]. Más que en
ninguno de los otros libros de Llull, éste emplea los términos del amor humano
como símbolos del amor divino —práctica que tan común fuera en la literatura
musulmana anterior a Llull, como más tarde habría de serlo en los escritos de
Santa Teresa y de otros místicos españoles. Los aficionados al psicoanálisis
podrán disfrutar buscando simbología erótica en el Libro de amigo y de
amado, donde hallarán campo feraz. El ardiente y apasionado carácter de
Llull encuentra aquí plena vía expresiva en la descripción de la relación
íntima entre el amante (él mismo) y su Amado (Cristo).
En otra de las grandes obras de ficción de Llull, Félix o Libro de
maravillas (Libre de meravelles), lo encontramos describiendo escenas
de amor profano de tan repulsivo realismo que chocarían incluso a los
admiradores de las novelas de Henry Miller. Cuesta trabajo creer que las
actitudes de Llull en materia sexual después de su conversión no tuvieran mucho
que ver con su vigorosa defensa de la doctrina de la Inmaculada Concepción, en
una época en que los tomistas eran contrarios a ella, y desde luego, mucho
antes de que llegara a ser dogma de la Iglesia Católica.
Tras su iluminación del monte Randa, la convicción de Llull de que en su arte
había encontrado un arma poderosa para la conversión de los gentiles creció sin
cesar. El fracaso de las Cruzadas había hecho dudar de la eficacia de la
espada. Llull estaba convencido de que la discusión racional, ayudada por su
método, podría convertirse en el nuevo medio de que Dios se valiera para la
difusión de la fe. El resto de sus días lo consumió en incansable vaivén, en
febril actividad evangélica y misionera. Renunció a las grandes posesiones
heredadas de su padre, y repartió sus pertenencias entre los pobres. Abandonó
mujer e hijos, mas no sin proveer por su bienestar. Realizó peregrinaciones sin
cuento buscando ayuda en príncipes y papas para fundar monasterios donde
pudiera enseñarse su Ars Magna junto con el aprendizaje de las
lenguas de los gentiles. La enseñanza a los misioneros de las lenguas
orientales fue uno de los objetivos prioritarios de Llull, y es por ello con
razón considerado fundador de los estudios orientales en la educación europea.
El carácter esotérico de su arte parece haber ejercido un fuerte atractivo
mágico. Tan rápidamente creció el número de escuelas y discípulos lulistas que
pronto fueron en España tan numerosos como los tomistas. Llull llegó incluso a
enseñar en varias ocasiones en la gran Universidad de París —honor muy señalado
para un hombre que no poseía a la sazón título académico alguno. Se cuenta una
divertida anécdota de su estancia en la Sorbona. Asistía Llull a una lección
impartida por Duns Scotus, en aquel tiempo, hombre joven y henchido de sus
recientes éxitos en Oxford. Al parecer, Scotus estaba molesto por el viejo que
entre su auditorio persistía en hacer signos de disconformidad con lo que se
decía. Con intención sarcástica, Scotus le preguntó algo tan superlativamente
simple como «¿Qué parte de la oración es “Señor”?». Llull le replicó inmediatamente:
«El Señor no es parte, sino el Todo», y procedió seguidamente a ponerse en pie
y proclamar en alta voz una encendida oración sobre las perfecciones de Dios.
La anécdota es verosímil, porque Llull se comportó siempre como poseído de la
verdad, inspirada e irrefutable.
En tres ocasiones viajó Llull a África para cruzar el acero de sus palabras con
los teólogos sarracenos, y para predicar sus opiniones por las calles de las
ciudades musulmanas. En las dos primeras visitas, a duras penas escapó con
vida. Por fin, a los ochenta y tres años, blanca como la nieve la luenga barba,
y ardientes los ojos con el deseo de la corona del martirio, una vez más
embarcó hacia la costa norte de África. En 1315, en las calles de Bugía,
comenzó a exponer en alta voz los errores de la fe musulmana. Los árabes se
sintieron comprensiblemente vejados, tras haber por dos veces expulsado a aquel
tozudo viejo. Apedreado por una multitud indignada, parece ser que murió a
bordo de un barco genovés al que fue trasladado su cuerpo malherido[14]. Cuenta una
leyenda que antes de fallecer tuvo una visión del continente americano, y que
profetizó que un descendiente (es decir, Colón) de uno de los mercaderes
descubriría algún día el nuevo mundo.
«… ningún español ha desde entonces condensado en su persona en forma tan
brillante todas las cualidades que integran el ser de España —escribía Havelock
Ellis (en un capítulo dedicado a Llull en The Soul of Spain,
1908)—. Amante, soldado, un tanto de hereje, un mucho de santo, tal ha sido
siempre el español típico.» Las reliquias de Llull descansan ahora en la
capilla de la iglesia de San Francisco, veneradas como las de un santo, a pesar
de que jamás fue canonizado.
Al volver la mirada hacia el Ars Magna luliano[15], resulta
casi imposible evitar una fuerte sensación de anticlímax. Desearíamos que fuese
de otro modo. Nos gustaría verdaderamente descubrir que el método de Llull
hubiera sido injustamente difamado durante siglos, y que recurriendo
directamente a la exposición del maestro pudiéramos dar con elementos valiosos,
merecedores de ser rescatados del olvido en que han caído. Los propios
medievalistas han expresado de cuando en cuando estas mismas esperanzas. «Hemos
excluido también el trabajo de Ramón Llull —escribía Philotheus Boehner en la
introducción de su Medieval Logic, 1952—, pues hemos de confesar
que no estamos suficientemente familiarizados con su peculiar lógica para
poderla tratar mejor de lo que la valoración habitual de los historiadores
podría hacernos creer.» ¿Está justificada esta sospecha, o más bien hemos de
concluir con Etienne Gilson (History of Christian Philosophy in the Middle
Ages, 1955) que cuando intentamos hoy usar las tablas lulianas «chocamos
con las peores dificultades, y no podemos evitar preguntarnos si el propio
Llull fue alguna vez capaz de utilizarlas»?
En esencia, el método de Llull era como sigue. Opinaba que en cada rama del
conocimiento hay un pequeño número de principios, o categorías simples y
básicas, que es preciso admitir sin discusión. Agotando todas las posibles
combinaciones de estas categorías podremos explotar todo el conocimiento que
nuestras mentes finitas son capaces de comprender. Para construir tablas de
posibles combinaciones recurrimos a la ayuda de diagramas y círculos
rotatorios. Por ejemplo, podemos disponer en dos columnas verticales sendos
conjuntos de categorías (figura 1), y agotar después todas las combinaciones,
sin más que dibujar todas las líneas de conexión que se muestran. O bien,
podemos disponer en círculo un sistema de términos (figura 2), trazar las
líneas de enlace en la forma que se indica, y leyendo después en torno a la
circunferencia, obtener rápidamente la tabla de variaciones binarias.
Figuras 1 y 2
Un
tercer método, del que Llull se sentía muy ufano, consistía en situar dos o más
conjuntos de términos en círculos concéntricos, como muestra la figura 3.
Haciendo girar el círculo interior obtenemos fácilmente una tabla de
combinaciones. Cuando haya muchos sistemas de términos a combinar, este método
mecánico es mucho más eficiente que los otros. En tiempos de Llull, los
círculos se hacían de pergamino o metal, y se pintaban de vivos colores para
distinguir las diferentes subdivisiones de los términos. No cabe duda de que al
utilizar estos extraños y multicolores artilugios se creaba una impresionante
aureola de misterio en torno a las enseñanzas de Llull, que debía dejar
profundamente intrigados a hombres de pocas luces, ansiosos por dar con un
atajo que les permitiera dominar las intrincadas complejidades del
escolasticismo. Encontramos hoy un atractivo semejante en el «diferencial
estructural» inventado por el conde Alfred Korzybski para ilustrar ciertos
principios de la semántica general. Quizás se dé incluso una pincelada del
mismo respetuoso temor en la reverencia con que algunos filósofos dirigen sus
miradas hacia la lógica simbólica como instrumento de análisis filosófico.
Figura 3
Antes
de introducirnos en aspectos más complicados del método luliano, demos alguna
ilustración concreta de cómo se valía Llull de sus círculos. La primera de sus
siete «figuras» fundamentales es llamada A. La letra «A»,
que representa a Dios, está situada en el centro de dieciséis compartimentos (camarae,
los llamaba Llull), situamos ahora las dieciséis letras de B a R (omitiendo
la J que no existía en el latín de la época). Estas letras
denotan dieciséis atributos divinos —la B, bondad (bonitas), C,
la grandeza ( magnitudo), la D, la eternidad (eternitas),
y así sucesivamente. Trazando líneas de enlace (figura 4), obtenemos 240
variaciones binarias de las letras, o 120 combinaciones de dos términos, que
pueden quedar pulcramente dispuestas según el triángulo que aquí vemos:
Cada
una de las combinaciones anteriores nos dice una nueva verdad acerca de Dios.
Así, gracias a ellas aprendemos que Su Bondad es grande (BC ), y
también, que es eterna (BD). O bien, tomando en orden inverso las mismas
combinaciones de letras, que Su Grandeza es buena (CB) y análogamente Su
Eternidad (DB). Reflexionando en estas combinaciones nos veremos
llevados a la solución de muchos problemas teológicos. Nos damos cuenta, por
ejemplo, de que predestinación y libre albedrío han de estar combinadas de cierta
forma misteriosa que escapa a nuestro discernimiento, pues Dios es a un tiempo
infinitamente sabio e infinitamente justo; por tanto, Él tiene que conocer el
futuro en cada uno de sus detalles, pero al mismo tiempo, tiene que ser incapaz
de impedir a ningún pecador el privilegio de elegir la vía de salvación. Llull
analizaba este caso per aequiparantium o sea, por medio de
relaciones equivalentes. En lugar de enlazar ideas encadenadamente, en
relaciones de causa y efecto, lo que hacemos es remontarnos hasta el origen
común. El libre albedrío y la predestinación emanan y brotan de atributos
divinos igualmente necesarios, como dos varas crecidas en ramas que parten del
tronco de un único árbol.
Figuras 4 a la 9, ordenadas de izquierda a derecha, y de arriba abajo.
(Tomadas de la Enciclopedia universal ilustrada, Barcelona, 1923.)
La
segunda de las figuras lulianas se refiere al alma, y está designada por la
letra S. Se utilizan cuatro cuadrados de distintos colores para
representar otros tantos estados del alma. El cuadrado azul, de vértices B,
C, D, E, significa el alma normal y saludable. Las letras significan
memoria, que recuerda (B); intelecto, que conoce ( C),
voluntad, que ama (D), y la unión de estas tres facultades (E).
El cuadrado negro (FGHI) es el estado que se produce cuando el alma odia
de modo normal, como por ejemplo, al odiar el pecado. Tal facultad está
simbolizada por la letra H. Las F y G denotan
las mismas facultades que B y C, e I denota
la unión de F, G y H. El cuadrado rojo (KLMN)
simboliza una condición del alma en el cual la memoria olvida (K), la
mente es ignorante (L), y la voluntad odia de modo anormal ( M).
Estas tres facultades degeneradas se unen en N. El cuadrado verde (OPQR)
es el cuadrado de la ambivalencia, o duda. R es la conjunción
de una memoria que retiene y que olvida (O ), de una mente que al
mismo tiempo conoce e ignora (P), y de una voluntad que ama y que odia (Q).
Llull consideraba esta última situación como la más insalubre de las cuatro.
Ahora superponemos los cuatro cuadrados (figura 5) de modo tal que sus vértices
coloreados formen un círculo de dieciséis letras. Tal disposición es más
ingeniosa de lo que en principio se pudiera suponer. Pues además de las cuatro
letras de las esquinas, E, I, N, R, que son uniones de los otros
tres vértices de sus cuadrados respectivos, descubrimos también que las
facultades O, P y Q son uniones de las tres
facultades que las anteceden al recorrer en sentido horario el contorno de la
figura. El círculo de dieciséis letras puede ahora hacerse girar por dentro de
un anillo dividido en compartimentos que contienen las mismas facultades,
obteniéndose las 136 combinaciones de facultades.
Sería imposible, y nada provechoso, describir toda la multitud de figuras
ideadas por Llull, aunque sí podemos, tal vez, hacernos idea de su complejidad.
Su tercera figura, T, se ocupa de las relaciones entre cosas. Se
superponen en ella cinco triángulos equiláteros de otros tantos colores
distintos, formando un círculo de quince letras, una por cada uno de los
vértices de los triángulos (figura 6). Al igual que en la figura anterior, las
letras se encuentran en compartimentos pintados del mismo color que el polígono
cuyos vértices denotan. Los significados de las letras son: Dios, criatura, y
operación (triángulo azul); diferencia, semejanza y contrariedad (verde);
comienzo, medianía y fin (rojo); mayoría, igualdad y minoría (amarillo);
afirmación, negación y duda (negro). Al hacer girar este disco por dentro de un
anillo que lleva inscritas las mismas quince nociones básicas (descompuestas en
elementos adicionales) obtenemos 120 combinaciones, excluidos los pares de
términos idénticos (como BB, CC, etc.). Podemos de este modo
explorar cuestiones tales como la del comienzo y fin de Dios; las diferencias y
semejanzas entre animales, etc. Posteriormente, Llull vio necesaria una segunda
figura T, compuesta por cinco triángulos iluminados a media tinta,
cuyos vértices expresan conceptos como antes, después, superior, inferior,
universal, particular, etc. Aquí también la figura giraba por dentro de una
corona circular, generando otras 120 combinaciones. Por fin, Llull combinó en
uno los dos conjuntos de conceptos, treinta en total. Situándolos en dos
círculos consiguió formar 465 diferentes combinaciones.
La cuarta figura luliana, que él llamó V, trata de las siete
virtudes y de los siete pecados capitales. Las catorce categorías están
alternadamente dispuestas en círculo, en compartimentos rojos las pecaminosas,
y en azules las virtuosas (figura 7). Trazando líneas de conexión, o haciendo
girar el disco dentro de un anillo rotulado en forma semejante, podemos
fijarnos en cuestiones tales como cuándo sería prudente enojarse, cuándo es la
lujuria resultado de la pereza, y otras del mismo jaez. La figura X de
Llull utiliza ocho pares de términos tradicionalmente opuestos, como los de ser
(esse) y la carencia ( privatio), dispuestos en
compartimentos alternativamente azules y verdes (figura 8). Las figuras Y y Z son
círculos indivisos, que significan, respectivamente, verdad y falsedad. Llull
utilizó ocasionalmente estas letras en relación con otras figuras, para denotar
la veracidad o falsedad de ciertas combinaciones de términos.
En modo alguno agota lo expuesto el uso que Llull hacía de sus ruedas
giratorias. Apenas si queda ciencia o materia que se libre de ser analizada por
él según su método. Llegó incluso a producir un libro donde explicaba cómo
podrían los predicadores valerse de su Ars para buscar nuevos
temas para sus sermones; en el mismo libro se facilitaban al lector 100
sermones de muestra, ¡obtenidos mediante las ruedas giratorias! La técnica es
en todos los casos la misma: hallar los elementos básicos y combinarlos mecánicamente
consigo mismos o con los elementos de otras figuras. Docenas de sus libros
tratan de aplicaciones del Arspresentando en cada ocasión un sinfín
de minúsculas variaciones de términos y símbolos. Algunas de estas obras son
introducciones a tratados más extensos. Otras son versiones breves, populares,
destinadas a lectores de más reducida formación intelectual, para quienes
resultaban demasiado difíciles las figuras más elaboradas. Por ejemplo, el
número de categorías de ciertas figuras básicas es rebajado de seis a nueve
(véase la figura 9). Son estos círculos nonarios los que encontramos en los
escritos de Bruno, de Kircher, y de otros autores renacentistas, en la
descripción que da Hegel del Ars (Lectures on the History
of Philosophy, vol. 3) y en la mayoría de las historias del pensamiento que
logran encontrar espacio para tratar del método luliano. Dos de los tratados de
Llull acerca de su Ars fueron escritos por completo en verso,
en catalán.
Uno de los círculos nonarios de Llull se ocupa de los objetos del conocimiento:
Dios, ángel, cielo, hombre, la imaginación, lo sensible, lo negativo, lo
elemental, y lo instrumental. Otro plantea las nueve preguntas: ¿cuál de
ambos?, ¿qué?, ¿de dónde?, ¿por qué?, ¿cuánto?, ¿de qué clase?, ¿cuándo?,
¿dónde?, ¿cómo? Muchos de los libros de Llull dedican considerable espacio a
cuestiones planteadas por estos círculos y otros similares. En el libro
llamado Liber de maoire fine et intellectus amoris et honoris,
valiéndose de un círculo dividido en doce partes y de otro dividido en cinco,
que son aplicados a ocho categorías (piedra, llama, planta, animal, hombre,
cielo, ángel, Dios), se consideran enigmas científicos tales como ¿adónde se va
la llama cuando se apaga el candil?, o ¿por qué la pesadumbre fortalece los
ojos y las cebollas los debilitan?, y ¿adónde se va el frío cuando se calienta
una piedra?
En otra interesante obra, Llull se vale de su Ars para
explicar a un ermitaño el significado de algunas Sentencias de
Petrus Lombardus. El libro se plantea típicos problemas medievales, como
¿pudieron Adán y Eva haber cohabitado antes de comer sus primeros alimentos? Si
un niño no nacido muere en el seno materno, por sufrir su madre martirio,
¿alcanzará la salvación por bautismo de sangre? ¿Pueden los ángeles hablarse
entre sí? ¿Cómo hacen para desplazarse instantáneamente de unos lugares a
otros? ¿Puede Dios crear materia sin forma? ¿Podrá Él condenar a Pedro y salvar
a Judas? ¿Puede arrepentirse un ángel caído? En uno de sus libros, el Árbol
de ciencia (Arbre d’sciència), se plantean ¡más de cuatro mil
cuestiones como éstas! En ocasiones, Llull da la combinación de términos en la
que puede hallarse la respuesta, junto con un comentario totalmente razonado.
En otras, se limita a indicar qué figuras deben emplearse dejando al cuidado
del lector la tarea de encontrar por sí las combinaciones correctas. Y en
otras, deja la cuestión totalmente abierta.
El número de círculos concéntricos que deben utilizarse en la misma figura
varía de una a otra ocasión; lo más corriente es que sean dos o tres. El método
alcanza su clímax con un variopinto artilugio de metal, la figura
universalis, que tiene nada menos que catorce círculos concéntricos. Da
vértigo pensar en la complejidad de los tópicos que pueden ser explorados
mediante tan fantástico instrumento.
Antes de entrar en la evaluación del método luliano, es preciso mencionar que
Llull también se valió con frecuencia de diagramas arbóreos para indicar
subdivisiones en géneros y especies. Para Llull estos árboles servían tanto por
su valor ilustrativo como mnemotécnico. Sus Principios de medicina,
por ejemplo, representan tal materia mediante un árbol de cuatro raíces (los
cuatro humores) y dos troncos (la medicina antigua y moderna). Los troncos se
escinden en diversas ramas y varas, en las que eclosionan flores, cada una con
un valor simbólico (aire, ejercicio, alimento, sueño, etc.). También ligados a
las ramas están triángulos, cuadrados y otras figuras lulianas de diversos
colores.
Ninguno de los escritos científicos lulianos, y menos que ninguno sus obras de
carácter médico, aportaron nada al conocimiento científico de su tiempo. En tal
respecto, Llull no iba ni por delante ni por detrás de sus contemporáneos.
Desdeñó por inútiles la alquimia y la geomancia. La necromancia, arte de
comunicarse con los difuntos, la aceptó en un sentido habitual entre sus
contemporáneos, que hoy pervive en las actitudes de muchos eclesiásticos
ortodoxos: no se niega la posibilidad de resultados milagrosos, pero se les
considera de origen demoníaco. Llull llegó incluso a utilizar el éxito de los
necrománticos como una especie de prueba de la existencia de Dios. No podrían
existir ángeles caídos, argüía, si Dios no los hubiera creado.
No hay duda de que Llull aceptó totalmente la astrología. Sus llamados escritos
astronómicos son en realidad de carácter astrológico, y muestran cómo utilizar
sus círculos para revelar combinaciones favorables y desfavorables de los
planetas entre los signos del Zodíaco. En uno de sus libros aplica la
astrología a la medicina. Por medio de su Arte obtiene dieciséis combinaciones
de los cuatro elementos (tierra, aire, fuego, agua) y de las cuatro propiedades
(caliente, frío, seco, húmedo), que son luego combinadas con los signos del
Zodíaco para responder a cuestiones médicas concernientes a la dieta, evacuación,
preparación de medicinas, fiebres, color de la orina, etc.
No hay indicaciones de que Ramón Llull, el Doctor Iluminado, como más tarde
sería conocido, llegase alguna vez a poner seriamente en duda que su Ars fuera
realmente producto de iluminación divina. No obstante, un notable poema, Desconort (Desconsuelo),
sugiere que en ocasiones pudo sentirse atormentado por el temor de que su Ars pudiera
carecer de valor. El poema, ingeniosamente escrito en sesenta y nueve estrofas
de doce versos monorrimos, da comienzo con las amargas reflexiones de Llull,
quien durante treinta años ha fracasado en el logro de todos sus proyectos
misioneros. Buscando consuelo en los bosques, se tropieza con el inevitable
ermitaño, a quien hace saber la naturaleza de sus cuitas. Es un hombre
solitario, a quien nadie toma en cuenta. Las gentes se ríen de él, y lo tienen
por loco. Su gran «arte» es ridiculizado y desdeñado. En lugar de compadecerse,
el ermitaño intenta hacer ver a Llull que es merecedor del ridículo que padece.
Si sus libros sobre el «arte» son leídos por los hombres «tan deprisa como un
gato al correr sobre brasas», tal vez sea porque los dogmas de la fe no pueden
ser demostrados por la razón. Si pudieran serlo, ¿qué mérito habría en
creerlos? Además, arguye el ermitaño, si tan valioso es el método de Llull,
¿cómo no se les ocurrió a los antiguos filósofos? Y si realmente viene de Dios,
¿qué razón hay para pensar que pudiera llegar a perderse?
Tanta es la elocuencia con que responde Llull a estas objeciones, que pronto
encontramos al ermitaño pidiendo perdón por cuanto ha dicho, ofreciéndose a
Llull para unirse a sus afanes, e incluso lamentándose por no haber aprendido
el «arte» en momento más temprano de su vida.
Tal vez la más llamativa y chocante ilustración de lo mucho que valoraba Llull
su método sea la leyenda de cómo dio en ingresar en la Tercera Orden
Franciscana. Llull había hecho todos los preparativos para su primer viaje
misionero al norte de África, pero en el último momento, atormentado por
temores de encarcelamiento y muerte, dejó que el barco se hiciera a la mar sin
él. Ello fue desencadenante de una crisis nerviosa que lo sumió en un estado de
profunda depresión. Fue trasladado a una iglesia de los dominicos; mientras
oraba vio una luz semejante a una estrella, oyó que una voz desde lo alto le
decía: «En esta Orden te salvarás.» Llull dudaba en ingresar en la Orden de
Sto. Domingo, porque sabía que los dominicos sentían por su Ars escaso
interés, mientras que los franciscanos lo habían considerado valioso. Una
segunda vez le habló la voz desde la luz, amenazadora en esta ocasión: «¿Acaso
no te dije que solamente en la Orden de Predicadores encontrarías la
salvación?» Finalmente, Llull llegó a la conclusión de que era preferible
padecer la condenación eterna que arriesgar al olvido su Ars,
gracias al cual podrían otros salvarse. Desdeñando la visión, ingresó en los
franciscanos.
Salta a la vista en los escritos de Llull su convencimiento de que su método
poseía grandes méritos. Los diagramas y círculos ayudan al entendimiento,
porque con ellos es fácil ver los elementos que intervienen en un razonamiento
dado. Tienen además un gran valor mnemotécnico, aspecto del Ars que
atrajo con fuerza a los admiradores renacentistas de Llull. Tienen valor
retórico, no sólo por suscitar el interés en razón de su carácter pintoresco y
cabalístico, sino también por ayudar en las demostraciones y en la enseñanza de
doctrinas. Es un arte investigativo e inventivo. Al combinar ideas de todos los
modos posibles, las combinaciones nuevas conducen al pensamiento por nuevos
canales, y nos vemos llevados a descubrir argumentos y verdades originales, o a
nuevos inventos. Finalmente, el Ars posee una especie de
fuerza deductiva.
No obstante, Llull no considera su método como sustitutivo de la lógica formal
de Aristóteles y de los escolásticos. Dominaba a fondo la lógica tradicional, y
en sus escritos llega incluso a incluir los populares diagramas medievales de
inferencia inmediata, y las diversas figuras y modos silogísticos. Es seguro
que no pensaba que la mera yuxtaposición de términos proporcionase por sí sola
una demostración por «razones necesarias». Sí opinaba, por otra parte, que a
través de la combinación mecánica de términos se podrían descubrir los
elementos constructivos necesarios a partir de los cuales elaborar
razonamientos válidos. Al igual que sus colegas escolásticos, estaba convencido
de que cada rama del saber descansa sobre un número relativamente pequeño de
principios evidentes por sí mismos, que formaban la estructura de todo el
conocimiento, de modo análogo a como se formaban los teoremas geométricos a
partir de axiomas básicos. Para Llull era natural suponer que agotando todas
las combinaciones de tales principios se podrían explorar todas las posibles
estructuras de la verdad, y obtener así conocimiento universal.
Hay, como es obvio, un sentido en el cual el método de exploración luliano sí
posee carácter deductivo formal. Si deseamos agotar todas las posibles
combinaciones de conjuntos de términos dados, el método de Llull hará por
nosotros el trabajo, y de modo irrefutable. Matemáticamente considerada, tal
técnica es válida, pero incluso en su día era esencialmente trivial. La
tabulación de combinaciones de términos era un proceso con el que estaban
familiarizados los matemáticos, remontándose, por lo menos, hasta los griegos,
y sería verdaderamente sorprendente que a nadie, antes que a Llull, se le
hubiera ocurrido utilizar como instrumento para la creación de tales tablas
algún dispositivo de círculos móviles. El error de Llull, en gran parte
producto del sentir filosófico de su tiempo, consistió en suponer que su método
combinatorio tenía aplicación útil en materias donde hoy vemos claramente que
no podía tenerlas. Como es natural, al elegir sus categorías, Llull seleccionó
las implícitas en los dogmas que él deseaba establecer. El resultado, como
Chesterton pudiera haber dicho, fue que los círculos de Llull le condujeron
muchas veces a demostraciones circulares. Evidentemente, otros escolásticos
pecaron con frecuencia de petición de principio, pero es distinción específica
de Llull haber fundado este tipo de razonamientos en una técnica tan
artificiosa y mecánica, que virtualmente equivalía a una sátira del
escolasticismo, una especie de hilarante caricatura de la argumentación
medieval.
Hemos mencionado ya que fue Leibniz el primero en ver en el método de Llull una
posibilidad de aplicación a la lógica formal[16]. Por
ejemplo, en su Dissertio de arte combinatoria, Leibniz construye
una tabla exhaustiva de todas las combinaciones de premisas y conclusiones del
silogismo tradicional. Se eliminan después todos los silogismos falsos, con lo
que no queda duda acerca del número de silogismos verdaderos, si bien con ello
no descubre nada que no le fuera ya familiar a Aristóteles. Una técnica de
eliminación similar fue utilizada por Jevons en su «alfabeto lógico» y en su
máquina lógica, todavía utilizada hoy para la construcción de tablas
matriciales en problemas de lógica simbólica. Sin embargo, al igual que Llull,
Leibniz fue incapaz de ver lo restringidas que eran las aplicaciones de tal
técnica, y su visión, la de reducir todo conocimiento a términos compuestos
construidos a partir de elementos simples, que admitieran ser manipulados como
si de símbolos matemáticos se tratase, es tan descabelladamente visionaria como
lo fuera el sueño de Llull. Tan sólo en el más tenue y matizado sentido puede
decirse que Leibniz fuera precursor de la moderna lógica simbólica; en el caso
de Llull tal prefiguración es tan remota que apenas sí merece ser mentada.
No obstante, sí hay algo que decir en favor de ciertas aplicaciones
restringidas de los círculos lulianos, aunque es forzoso confesar que tales
aplicaciones conciernen a cuestiones que Llull hubiera considerado frívolas.
Por ejemplo, unos padres que busquen nombres compuestos para su recién nacido
podrían encontrar útil escribir en círculo todos los primeros nombres
aceptables, y en un círculo mayor, todos los segundos. Haciendo girar el
primero dentro del segundo podrían explorar todas las combinaciones. Antiguos
artilugios de codificación y descodificación de claves secretas hacían uso de
ruedas semejantes a las lulianas. A veces, pintores y decoradores se valen de
ruedas multicolores para examinar combinaciones tonales. Los juegos de palabras
de tipo anagrama pueden resolverse fácilmente utilizando círculos lulianos, a
fin de permutar rápidamente las letras. Hay un juguete infantil, en cartulina,
que consiste en un círculo giratorio con figuras de animales a lo largo de la
circunferencia, con medio animal en el círculo y otro medio en la hoja que lo
sujeta. Al hacer girar el disco se producen divertidas combinaciones: una
cabeza de jirafa sobre un cuerpo de hipopótamo, y cosas por el estilo. Asimismo
nos recuerda a la famosa paradoja de Sam Loyd bautizada «¡Fuera de la Tierra!».
En cierta ocasión, Renan calificó de «mágicos» los círculos de Llull; al hacer
girar el disco de Loyd, la figura de un guerrero chino se esfuma y desaparece
ante nuestros ojos[17]. Resulta
divertido imaginar cómo hubiera Llull analizado la paradoja de Loyd, pues su
aptitud para el pensamiento matemático no era demasiado grande.
Todavía más próximo al espíritu del método luliano estaba un antiguo artilugio
que hace muchos años se vendía para escritores de cuentos e historias de
ficción, llamado, si recuerdo correctamente, «Plot Genii». Haciendo girar unos
círculos concéntricos se podían obtener diversas combinaciones de elementos
argumentales. (Tiene uno la sospecha de que Aldous Huxley construía sus
primeras novelas con ayuda de uno de estos artilugios, con diferentes tipos de
personajes neuróticos. Huxley se limitaba a hacer rodar, a modo de ruleta, las
ruedas, hasta atinar con alguna combinación explosiva y divertida de personajes
invitados a una mansión inglesa.) También es obligado mencionar el libro Plotto,
publicado a expensas propias en 1928 por William Wallace Cook, prolífico autor
de novelas de olla y bolla. Aunque Plotto no recurría a ruedas
giratorias, era esencialmente luliano en su técnica de combinación de elementos
argumentales, y al parecer hubo muchos escritores dispuestos a pagar el precio
de 75 dólares que inicialmente le señaló su autor.
En la filosofía actual nos topamos a veces con nociones a las que un artilugio
luliano les vendría al pelo. Por ejemplo, Charles Morris nos dice que un signo
dado (por ejemplo, una palabra) puede ser analizado en términos de tres tipos
de significación: sintáctica, semántica y pragmática. Cada significación tiene
a su vez una significación sintáctica, una semántica y otra pragmática; este
análisis trimodal puede proseguirse indefinidamente. Para dar mayor énfasis a
este proceso dialéctico podríamos utilizar una serie de círculos giratorios,
que portasen cada uno las palabras «sintáctico», «semántico», y «pragmático»,
con la letra Sen el centro de la rueda más interna para denotar el
signo que está siendo analizado.
Así mismo las ciencias presentan raras ocasiones en las que pudiera resultar
útil una técnica luliana. El diagrama arbóreo es sin duda una forma adecuada de
mostrar la evolución. La tabla periódica puede ser considerada como una tabla
luliana que agota todas las combinaciones permisibles de ciertos principios
primitivos, mediante la cual los químicos han sido capaces de predecir las
propiedades de elementos antes incluso de que fueran descubiertos. La burda
anticipación de Llull consistía en un círculo, donde se habían grabado los
cuatro elementos tradicionales, que podía girar dentro de un anillo
análogamente rotulado.
Puede haber ocasiones en las que a un investigador le sirvan de algo los
círculos móviles. Resulta habitual que una situación experimental requiera
ensayar todas las posibles combinaciones de un número finito de sustancias o
técnicas. ¿Qué es la inventiva, en última instancia, sino el arte de crear
combinaciones nuevas y útiles de principios antiguos? Cuando Thomas Edison
procedió sistemáticamente a ensayar casi todas las sustancias disponibles,
buscando filamentos idóneos para su lámpara de incandescencia, estaba siguiendo
un proceso que seguramente Llull hubiera considerado prolongación del suyo
propio. Un científico americano, ingeniero de acústica y mago semiprofesional,
Dariel Fitzkee, llegó a publicar en 1944 un libro titulado The Trick
Brain, donde explica una técnica de combinación de ideas, a la manera
luliana, con el propósito de inventar nuevos trucos de ilusionismo.
Si el lector se tomara la molestia de construir unos cuantos círculos lulianos
relacionados con alguna materia de su interés, y se dedicase a jugar con ellos
durante un rato, encontraría una vía eficaz de aproximarse al pensamiento de
Llull. Hacer girar las ruedas y dejar luego al pensamiento demorarse en la
consideración de las extrañas combinaciones resultantes, produce una
fascinación innegable. Nuestra estancia comenzará a quedar bajo el influjo del
lulismo medieval, percatándonos por vez primera de por qué el culto lulista
pervivió por tantos siglos.
Porque pervivió[18]. Cincuenta
años después de la muerte de Llull, tenía fuerza suficiente como para provocar
enérgicos ataques en su contra, encabezados por los inquisidores dominicos,
quienes lograron hacer condenar a Llull como hereje mediante bula papal, si
bien más tarde funcionarios eclesiales decidieron que la bula había sido
falsificada. Las escuelas lulistas, sostenidas principalmente por franciscanos,
florecieron a lo largo de la Alta Edad Media y del Renacimiento; en España
sobre todo, pero también en Europa. Hemos mencionado el intenso interés de
Bruno por el Ars. Este gran ex-dominico consideraba que, aunque
estaba mal aplicado, el método luliano era de inspiración divina. En su
opinión, por ejemplo, Llull desbarraba al suponer que verdades de la fe, como
la Encarnación, o la Trinidad, podían ser establecidas mediante «razones
necesarias». La primera y la última de las obras publicadas por Bruno, así como
otras muchas intermedias, estuvieron dedicadas a corregir y perfeccionar el
método, especialmente The Compendious Building and Completion of the
Lullian Art.
El 1923, el Museo Británico adquirió un reloj de sol portátil con brújula,
fabricado en Roma en 1593 con forma de libro (figura 10). En las «cubiertas»
delantera y trasera, de cobre chapado en oro, están grabados los círculos
lulianos que vemos en las figuras 11 a 14. Para la explicación de tales
figuras, el lector debe consultar el artículo de O. M. Dalton «A Portable Dial
in the Form of a Book, with Figures Derived from Ramón Lul», Archeologia,
vol. 74, segunda serie, Oxford, 1925, pp. 89-102.
Figura 10. Reloj de sol portátil, con grabados lulianos, del siglo XVI.
(Tomado de Archaeologia, Oxford, 1925.)
Los
siete diagramas menores de la figura 12 están todos tomados de escritos de
Llull[19] y tal
vez merezcan algún comentario. El cuadrado del ángulo superior izquierdo está
ideado con el fin de mostrar cómo puede la mente concebir verdades geométricas
que no resultan obvias a los sentidos. Una diagonal divide el cuadrado en dos
grandes triángulos, uno de los cuales está subdividido, para formar los
triángulos menores B y C. Cada triángulo contiene
tres ángulos; así pues nuestros sentidos perciben inmediatamente un total de
nueve ángulos. Sin embargo, podemos fácilmente imaginar que también el triángulo
grande está subdividido, haciendo así cuatro triángulos pequeños, o sea, doce
ángulos en total. Los tres ángulos adicionales existen «en potencia» en el
triángulo A. No los vemos con nuestros ojos, pero sí podemos verlos
con la imaginación. De este modo, el intelecto, auxiliado por la imaginación,
alcanza nuevas verdades geométricas.
Figuras 11 a 14, de izquierda a derecha, y de arriba abajo. Círculos
utilizados por los lulistas del Renacimiento. (Tomado de Archaeologia, Oxford,
1925.)
El
cuadrado superior derecho está destinado a demostrar que hay tan sólo un
universo y una pluralidad de mundos. Los círculos representan otros tantos
cosmos. Vemos enseguida que ciertas partes de A y B se
encuentran más cercanas entre sí que otras. Pero, según dice Llull, «lejos» y
«cerca» son nociones carentes de significado cuando no existe en el espacio que
media entre A y Bnada en absoluto. Nos vemos
obligados a concluir que son imposibles dos universos.
Yo pienso que, dicho con palabras de hoy, lo que Llull quiso decir aquí es que
no podemos concebir dos universos sin que entre ellos medie algún tipo de
relación espacio-temporal, y que tan pronto los pongamos en relación los
habremos hecho integrarse en un todo común, no pudiendo ya considerarlos como
universos separados. Llull puntualiza su razonamiento explicando que tan sólo
es aplicable a la existencia física real, y no a más altas formas del ser, que
Dios podría crear a voluntad, dado que su poder es infinito.
Los cuatro círculos secantes son de interés, porque prefiguran, si bien
vagamente, la utilización de círculos para representar clases, como se hace en
los diagramas de Venn y Euler. Las cuatro letras que los rotulan
significan Esse (el ser), Unum (lo que es
uno), Verum (lo verdadero) y Bonum (lo
bueno). Unum, verum y bonum son los tres
«trascendentales» tradicionales de la filosofía escolástica. La superposición
de los círculos indica que las cualidades son inseparables. Nada puede existir
sin poseer unidad, veracidad y bondad.
El círculo dividido en tres sectores representa el universo creado, pero no
estoy seguro del significado de las letras, que al parecer representan las
partes. El cuadrado inferior izquierdo ilustra un problema práctico de
navegación. La nave se encamina hacia el este, pero se ve obligada a viajar con
fuerte viento norte. El cuadrado inferior derecho es, obviamente, una tabla
luliana, que nos presenta las doce permutaciones de ABCD tomadas
de dos en dos letras.
El diagrama restante, en la parte central de la banda básica, es un primitivo
procedimiento de cuadratura del círculo, muy corriente en obras
pseudomatemáticas medievales. Primero inscribimos y circunscribimos cuadrados;
después trazamos un tercer cuadrado, a medio camino entre ambos. El tercer
cuadrado, afirma equivocadamente Llull, tiene un perímetro igual al de la
circunferencia del círculo, y también su área es igual a la del círculo. El
análisis que Llull hace de esta figura (en su Ars magna et ultima)
revela cuán rezagado estaba respecto de la geometría de su tiempo[20]. Su método
no proporciona siquiera una buena aproximación del perímetro o área del
cuadrado requerido[21].
A lo largo del siglo XVII proliferaron los libros dedicados al arte luliano,
muchos de los cuales portaban insertas hojas de círculos recortables, e incluso
círculos giratorios permanentemente prendidos a la hoja por el centro. Se
atribuyeron al método los más exagerados méritos. El jesuita alemán Athanasius
Kircher (1601-1680), científico, matemático, criptógrafo y estudioso de los
jeroglíficos egipcios, fue además lulista confirmado. En 1669 publicó en
Amsterdam un gran volumen de casi 500 páginas, titulado Ars magna
sciendi sive combinatoria, que abunda en figuras y círculos lulianos,
grabados con ingeniosos símbolos pictográficos de invención propia[22].
El siglo XVIII volvió a ser testigo de renovada oposición a las enseñanzas de
Llull en Mallorca y de la publicación de muchos libros y monografías españolas
unas veces en contra y otras a favor. En el segundo volumen de sus Cartas
eruditas y curiosas, Benito Feijóo ridiculizó con tanto éxito el arte de
Llull que provocó una réplica en dos volúmenes, publicados en 1749-50, por el
monje cisterciense Antonio Raymundo Pasqual, profesor de filosofía en la
Universidad Lulliana de Mallorca, obra a la que siguió en 1778 Vinciciae
luliana, también de Pasqual, una de las primeras y más importantes
biografías en defensa de Llull. Los siglos XIX y XX han visto declinar
gradualmente el interés por el Arte, con el correspondiente incremento de
atención hacia la figura de Llull como místico y poeta. Una publicación
dedicada a estudios lulianos, la Revista luliana, floreció de 1901
a 1905. Hay en nuestros días abundantes admiradores de Llull en Mallorca y en
otros puntos de España, pero la práctica de su Arte ha desaparecido por
completo.
La Iglesia ha aprobado la beatificación de Llull, pero parece poco verosímil
que llegue a canonizarlo. Hay tres razones principales que lo impiden. Mucho de
cuanto contienen sus libros podría ser considerado herético. Su martirio parece
haber sido provocado por una conducta tan irreflexiva y temeraria que adquiere
ribetes de suicidio. Y finalmente, su insistencia en el origen divino de su
Arte, junto con su obcecación en la indispensabilidad del Arte como instrumento
de conversión de los infieles, confiere a su personalidad un carácter
ciertamente fantástico, e incluso un toque de locura.
El propio Llull tenía plena conciencia de lo mucho que de fantástica tenía su
vida. Llegó incluso a escribir un libro titulado Disputa de un clérigo
y Ramón el fantástico, en el cual un sacerdote y él se esfuerzan
respectivamente en demostrar que es el otro quien ha llevado una vida más
ridícula y absurda. En otras ocasiones alude a sí mismo como «Ramón el tonto».
Fue sin duda un joglarde la fe, un trovador, que cantó a su Amado
en apasionadas baladas amorosas, que hizo dar vueltas a sus círculos
multicolores lo mismo que el malabarista hace equilibrios con sus platos, más
para diversión o enfado de sus paisanos que para su edificación. No debemos
lamentar que finalmente se haya puesto punto final a la controversia sobre su
Gran Arte, pues con ello el mundo puede admirar sin trabas a Llull como primero
de los grandes poetas en lengua catalana, y como religioso quijote, único y
singular en la historia de la España medieval.
Anexo
El interés por Llull, aunque sea menor por su Ars magna que
por otros aspectos de su vida y obras, continúa siendo mayor en Europa que en
Estados Unidos. El segundo Congreso Internacional Lulista tuvo lugar en El
Encinar y Miramar, Mallorca, en 1976, reuniendo eminentes estudiosos lulistas
procedentes de todas partes del mundo. En 1972, Oxford University Press editó
la monografía de J. N. Hillgarth titulada Ramon Llull and Lullismo in
Fourteenth Century France (Ramón Llull y el lulismo en la Francia del
siglo catorce), de 504 páginas, aunque dice bien poco sobre el arte de Llull.
Constituye otra referencia reciente el artículo sobre Llull publicado por
Robert D. F. Pring-Mill en el Dictionary of Scientific Biography (Diccionario
de biografías científicas) de Scribner, vol. 7, 1973.
David Kahn, en su trabajo publicado en Isis (vol. 71, n.° 256,
1980), «On the Origin of Polyalphabetic Substitution», afirma que los círculos
de Llull fueron los que sugirieron a Alberti, en 1289, la idea del uso de
discos rotatorios para generar cifras de sustitución.
Otro método para explorar todas las combinaciones de conjuntos de conceptos
básicos consiste en etiquetar los lados de una matriz rectangular, con forma de
ladrillo, o superdimensional con los conceptos. Así, cada célula de la matriz
representa una combinación n-múltiple de dichos conceptos. En su
libro The Fourth Dimension (La cuarta dimensión), 1904,
Charles Howard Hinton utiliza un hipercubo 4 X 4 X 4 X 4 en esta misma línea
para modelar silogismos. Considero que Leibnitz se habría sentido intrigado por
el modelo de Hinton, aunque sospecho que Llull lo habría encontrado difícil de
entender.
En las últimas décadas el uso de mapas críticos de este tipo para visualizar lo
que se denomina el «producto cartesiano» de sistemas de coordenadas n-dimensionales,
ha adquirido mucha popularidad entre ciertos autores especializados en
pensamiento creativo. La idea es que dicha visualización permite inspeccionar
combinaciones con mayor rapidez y eficacia que las ruedas giratorias. Se supone
que la meditación sobre grotescas combinaciones conduce a la mente del
meditante hacia senderos inexplorados. El máximo exponente de esta técnica es
Fritz Zwicky, astrofísico americano que la denomina «método morfológico».
Comenzó a cantar sus alabanzas en los años cuarenta, y finalmente dedicó un
libro entero al tema, Discovery, Invention, Research: Trhough the
Methodological Approach (Descubrimiento, invención, investigación:
Hacia un enfoque metodológico) (Macmillan, 1969). En palabras de Zwicky, este
libro pretende demostrar «cómo el enfoque metodológico inspira a la imaginación
visiones y avances totalmente nuevos, y cómo se revelan casi automáticamente
las vías más seguras de descubrimiento e invención, así como nuevos caminos
para la investigación».
Un artilugio luliano aún más extravagante, denominado «depósito de
pensamiento», fue objeto de amplia publicidad en 1975 por parte de la World
Future Society, sea esto lo que sea, en Washington, D. C. Por 45 dólares se
podía adquirir una esfera de plástico giratoria de 20 cm de ancho, con un
contenido de 13.000 palabras diferentes impresas sobre unas diminutas
laminillas de plástico. Supongamos que alguien tiene un problema que desea
resolver de un modo creativo nuevo. Lo primero que debe hacer es dar vueltas al
bombo hasta desordenar las palabras; a continuación deberá mirar a través de su
ventana circular y verá un conjunto de palabras aparentemente irrelevantes.
«Pero lo irrelevante adquiere relevancia —decía un anuncio del artilugio— tan
pronto como se empieza a establecer asociaciones con la palabra y a aplicarlas
a la situación problemática… No busquen palabras adecuadas. Tomen las que
obtengan y aprovéchenlas; de lo contrario destruirían el efecto del azar y
hallarían una solución obvia. Y ésta no es la manera de generar ideas nuevas.
El objetivo es producir numerosas y diversas ideas hasta que aparece una idea
EUREKA. Posteriormente se pueden evaluar y seleccionar ideas que resulten
factibles o comercialmente interesantes.»
Con el depósito se vende un folleto de instrucciones de 90 páginas, cuyo autor
es Edward de Bono, autor británico de muchos libros sobre creatividad. Explica
el modo en que el depósito sirve de herramienta inestimable de pensamiento
«lateral» o en «zig-zag» que sintoniza la mente con nuevos canales. El depósito
en sí está fabricado por su inventor, Savo Bojicic, industrial canadiense que
emigró de Yugoslavia. La revista canadiense Quest, noviembre de
1975, publicó un perfil suyo titulado «Sí, Vd. también puede proyectar su manera
de conseguir riqueza, felicidad y éxito».
Como ya he dicho antes, existe un sentido trivial en el que todo pensamiento
creativo, tanto en las artes como en las ciencias y en la vida cotidiana, puede
considerarse combinatorio. La música es una combinación de tonos, una novela es
una combinación de palabras, y así sucesivamente. Einstein dijo una vez: «Las
entidades psíquicas que parecen servir como elementos del pensamiento son
ciertos signos e imágenes más o menos claros que pueden reproducirse o combinarse
a voluntad. Este juego combinatorio parece constituir el rasgo característico
fundamental del pensamiento productivo.»
La gran pregunta —y fue suscitada por Llull— es si constituye una ayuda genuina
al pensamiento creativo la producción mecánica de todas las combinaciones, o de
una selección de combinaciones al azar. En la mayoría de los casos el número de
combinaciones posibles de conceptos primitivos resulta enorme. Exceptuando un
porcentaje mínimo, las combinaciones carecen de sentido y utilidad. La tarea
difícil, y aquí es donde descansa el oscuro misterio de la creatividad,
consiste en indagar el conjunto extremadamente pequeño de combinaciones útiles.
Desde luego, hay casos en los que la generación mecánica de combinaciones puede
constituir una ayuda a la creatividad. Un poeta, por ejemplo, puede ser incapaz
de encontrar en su memoria una palabra que posea una combinación adecuada en
materia de significado, métrica y rima. Un diccionario de rimas permite al
poeta examinar rápidamente todas las posibilidades. Y seguramente es cierto,
como dice el matemático Stanislaw Ulam en su autobiografía, que la necesidad de
encontrar una palabra que rime «fuerza nuevas asociaciones y casi garantiza
desviaciones de cadenas de rutina o trenes de pensamiento. Paradójicamente se
convierte en una especie de mecanismo automático de originalidad». Pero dejando
a un lado estos casos especiales, y algunos otros mencionados en páginas
anteriores, la técnica combinatoria luliana me parece de un valor
extremadamente limitado.
4. Algunas tendencias pseudocientíficas[23]
En
el año 1952, en un libro titulado In the Name of Science (En
nombre de la ciencia), examiné diversos aspectos de la pseudociencia
contemporánea. El libro fue publicado inicialmente por Putnam, se agotó, y
posteriormente fue editado por Dover como libro de bolsillo bajo el título
de Fads and Fallacies (Modas y falacias). Aquí aparecía un
nuevo capítulo dedicado al caso Bridey Murphy. ¿Recuerdan a Bridey? Millones de
lectores se tomaron en serio el libro de Morey Bernstein, hasta que un diario
de Chicago descubrió que la Sra. Virginia Tighe, que en estado hipnótico
parecía ser la reencarnación de una muchacha irlandesa llamada Bridey Murphy,
lo único que estaba haciendo era desempolvar sus recuerdos de una Bridey Murphy
auténtica que vivía en Chicago en la acera de enfrente de la casa donde
Virginia había pasado su infancia. Aquello fue el fin de Bridey.
Pero, desde luego, no fue el fin de la pseudociencia. Desde la desaparición de
Bridey ha sucedido lo suficiente como para llenar otro libro sobre el tema. No
tengo ninguna intención de escribir semejante libro, pero la petición de un
artículo por parte del editor de este volumen me proporciona la oportunidad de
comentar brevemente algunos de los más interesantes desarrollos acontecidos
recientemente en esta curiosa zona crepuscular.
A John Campbell, editor de Analog Science Fiction, le gusta
fomentar la circulación de su revista introduciendo alguna nueva insensatez
científica de vez en cuando. Sus lectores (si confiamos en los estudios del
propio Campbell) se las tragan con gran avidez. Primero fue la dianética, esa
gran aproximación nueva a la psiquiatría forjada por L. Ron Hubbard, en la que
la neurosis se remonta a lo que el embrión tiene ocasión de escuchar en el
vientre de su madre. Después llegó la psiónica: máquinas electrónicas dedicadas
a la ejecución de hazañas de percepción extrasensorial. Una vez agotada la
superchería psiónica, Campbell dirigió sus pasos al impulso espacial de Dean.
Este artilugio fantástico rota pesos de tal manera que, según se dice, da lugar
a una tracción espacial. Cuando se coloca este artilugio en la báscula del
cuarto de baño y se le conecta, parece perder peso: Campbell lo calificó de
auténtico «alzador del elástico de la bota»[24]. El padre de
este invento fue Norman L. Dean, un hombre que tasaba hipotecas para la
Administración Federal de la Vivienda en Washington, y al que Campbell dio
publicidad por primera vez en un artículo publicado en el número de junio de
1960 de la revista Analog. «No quiero insistir en el hecho de estar
indiscutiblemente en lo cierto —escribía Campbell, en un inusual arrebato de
humildad—, pero mi opinión es que…» y pasaba a decir que la negativa del
gobierno a tomarse en serio la máquina de Dean era equivalente al desprecio con
que en su día tratamos al sistema solar.
¡Oh,
máquina de Dean, máquina de Dean!,
¿Por qué? Si la instalas en un submarino,
éste vuela tan alto que la vista no lo alcanza.
¡Maravillosa, maravillosa máquina de Dean!
Escribió
Damon Knight en una divertida revista de ciencia ficción. (El resto de su poema
constituye una burla de otros entusiasmos de Campbell.) Los lectores leales a
Campbell quizás continúen pensando que la ortodoxia científica es demasiado
inflexible como para aceptar el hecho de que haya que revisar las leyes
newtonianas del movimiento, pero el propio Campbell ha permanecido tan callado
últimamente en lo que se refiere al impulso de Dean, que provoca la sospecha de
que incluso ha llegado a convencerse de que no funciona[25]. El actual
silencio sobre el tema en Analog resulta ominoso. ¿Cuál será
la siguiente puerta que abra John?
En el campo de la medicina, el acontecimiento más digno de mención, relevante
de cara al tema que nos ocupa, es el descubrimiento de la Food and Drug
Administration de que el krebiozeno, que ha sido objeto de tanta publicidad
como droga anticancerosa, no es más que pura creatina. La creatina es un
producto químico bastante barato que cuesta 30 centavos el gramo. La mayor
parte de los 5.000 pacientes que han ingerido K, como se le llama, durante los
últimos 13 años han hecho una «donación» de 9,50 $ por dosis, y cada dosis
contiene unas 100 milésimas de gramo. Algunos años atrás, los partidarios del K
citaron al gobierno un precio de 170.000$ por gramo. Un hombre normal posee
unos 120 gramos en su cuerpo, y la investigación previa realizada ha demostrado
que esta sustancia química no ejerce efecto alguno sobre células cancerosas.
Los partidarios del K continúan insistiendo en que el K no es
creatina, pero la postura del gobierno parece firme. El «Dr.» Carlton
Frederick, conocido comentarista de radio en materia de dietas, se consagró en
cuerpo y alma al K a comienzos de 1963. Nunca le escuché, por lo que no puedo
informar sobre cómo respondió al descubrimiento de la F.D.A. (Pongo «Dr.» entre
comillas porque la mayor parte de los seguidores de Frederick piensan que es
médico, o al menos especialista en nutrición. Es doctor en filosofía, por la
Facultad de Educación de la Universidad de Nueva York, con una tesis sobre las
respuestas de sus oyentes femeninas a sus propios programas de radio[26].)
En materia de publicación de libros, el gran escándalo de estos últimos años ha
sido la promoción de Simon y Schuster del infame bestseller del
Dr. Herman Taller, Calories Don’t Count (Las calorías no
cuentan). Los editores de S.S., viendo en el manuscrito la posibilidad de un
éxito financiero, tuvieron la precaución de no enviarlo a ningún experto para
su evaluación (práctica que normalmente se sigue tratándose de libros de carácter
científico). Fue hábilmente reescrito por Roger Kahn, un redactor deportivo freelance.
Y lo que es todavía peor, a un ayudante de uno de los editores se le pidió que
insertara en el manuscrito ciertas referencias a unas cápsulas de aceite de
cártamo, así como que mencionara que podían comprarse en Cove Pharmaceuticals,
una compañía de Nueva York. Dos vicepresidentes de S.S. eran accionistas de la
compañía.
Las cápsulas fueron consideradas sin valor por la F.D.A. Debido a que la
ligazón existente entre el libro y las cápsulas inducía a engaño en el
etiquetado del producto, la F.D.A. secuestró los ejemplares del libro junto con
los suministros de cápsulas. Desde entonces S.S. suprimió la referencia a Cove
Pharmaceuticals, pero el libro continúa vendiéndose ampliamente como libro de
bolsillo, haciendo creer a cientos de miles de lectores obesos que pueden
reducir peso sin recortar su ingestión de calorías. El Dr. Taller, ginecólogo,
hizo una fortuna con este libro, así que imagínense la que haría S.S. Fue su
libro más rentable en 1962.
La última muestra de inmadurez científica ha aparecido en las páginas de Harper’s
Magazine. En el número de enero de 1950 de Harper’s, Eric
Larrabee, que entonces era uno de los editores, expuso al público por vez
primera las grotescas fantasías cosmológicas de Immanuel Velikovsky. El primer
libro de Velikovsky, Worlds in Collision (Mundos en colisión),
fue publicado por Macmillan con mucha fanfarria. Posteriormente, bajo la
presión de algunos científicos, Macmillan traspasó el libro a Doubleday. Trece
años después, un anuncio de toda una página en el New York Times Book
Review (28 de julio, 1963) anunciaba que Larrabee atacaba de nuevo. En
un artículo publicado en el número de agosto argumentaba que, aunque los
científicos «ortodoxos» (esas obstinadas almas sesgadas que rehúsan leer a
Velikovsky con una mente abierta) todavía no habían reconocido la teoría de
Velikovsky, respetables científicos de aquí y allá estaban empezando a tomarse
en serio partes de ella. El artículo es una obra maestra del argumento evasivo.
El corazón de la teoría de Velikovsky es que, en época histórica, irrumpió un
cometa gigantesco procedente de Júpiter, el cual finalmente se asentó para
luego convertirse en el planeta Venus; pero antes de hacerlo pasó muy cerca de
la tierra, haciendo que su rotación se decelerara o posiblemente se parara.
(Así encuentra Velikovsky explicaciones científicas para relatos bíblicos tales
como el exitoso esfuerzo de Josué por detener el movimiento del sol y la luna
en el cielo.) Naturalmente, semejante interrupción en la continuidad de la
rotación de la tierra causaría enormes efectos inerciales sobre la superficie
entera de la tierra. Velikovsky opina que en aquel momento la tierra también
invirtió sus polos magnéticos.
Los geólogos nunca han negado que hayan ocurrido todo tipo de acontecimientos
catastróficos en el pasado geológico de la tierra, incluyendo muchas
inversiones de los polos magnéticos. Lo que convierte la idea de Velikovsky en
algo tan descabellado es su insistencia, absolutamente vital para la teoría, en
el hecho de que tales catástrofes ocurrieran hacia el 1500 antes de Cristo. Voy
a exponer únicamente un ejemplo de la técnica de Larrabee: cita un párrafo de
un artículo sobre el magnetismo de la tierra que apareció en el número de
septiembre de 1955 de Scientific American. El autor, S. K. Rankin,
escribe que los polos magnéticos de la tierra de hecho han sufrido inversiones
en el pasado. Lo que Larrabee astutamente oculta al lector es que Rankin está
considerando acontecimientos ocurridos durante el período Terciario de la
tierra, que él mismo data entre 60 y 1 millones de años atrás.
El hecho de que quizás se produjera una catástrofe sísmica mundial, a la escala
requerida por la teoría de Velikovsky, aproximadamente en torno al 1500 a. de
C., está tan absolutamente descartado por la evidencia geológica que ni un solo
geólogo respetable ha tomado semejante idea en serio.
Los editores de Harper’s tuvieron la amabilidad de permitir a
Donald Menzel, astrónomo de Harvard, que explicara en su número de diciembre
por qué los astrónomos ignoraban a Velikovsky, pero Larrabee gozó de la última
palabra en una página de réplicas. Este mismo número de la citada revista
contiene un artículo de Upton Sinclair titulado «Mi dieta antijaquecas». Según
parece, Sinclair sufrió continuas jaquecas por espacio de cincuenta años.
Intentó acabar con ellas primero haciéndose vegetariano, y luego un entusiasta
de la comida cruda. Pero un libro firmado por alguien llamado Salisbury le
convenció de que la comida cruda le estaba haciendo un «boquete» en el estómago;
así pues, probó la dieta milagrosa de Salisbury a base de carne fresca y bien
picada. El milagro no se produjo. Sinclair pasó a continuación a una «cura de
ayuno», manteniéndose durante 11 días a base de agua y zumo de naranja. Esto
tampoco funcionó. Leyó en alguna parte que a los soldados del rey Ciro se les
obligaba a sudar todos los días, por lo que emprendió una «cura de sudor».
Finalmente, a la edad de 76 años, dejó de tener jaquecas. Como es natural,
Sinclair (cuyos conocimientos de nutrición están a la par con los conocimientos
de geología de Larrabee) atribuye su «curación» al sistema de alimentación que
seguía en ese momento: una dieta de arroz integral y fruta fresca. Describe
esta maravillosa dieta, recomendándosela a todos los lectores de Harper’s que
padezcan jaquecas.
Libros sobre ocultismo y fenómenos psíquicos continúan siendo publicados por
las casas editoriales más grandes y respetables del país. En los últimos años
se ha producido una acusada tendencia al interés por el ocultismo por parte de
los psicoanalistas americanos. El propio Freud creía en la telepatía mental, y
durante muchos años estudió seriamente las visiones numerológicas de su más
querido amigo, el Dr. Wilhelm Fliess. También resultan conocidas las creencias
ocultistas de Jung. El número de verano de 1963 de Psychoanalytic
Review contiene un artículo del ocultista Nandor Fodor (miembro del
consejo editorial de la revista) en el que defiende que Jung era un médium
capaz, en ocasiones, de inducir fenómenos paranormales. En Inglaterra, Mark
Hansel, profesor de psicología de la Universidad de Manchester, ha investigado
tests clásicos de PES (percepción extrasensorial), pruebas supervisadas por J.
B. Rhine en los Estados Unidos, y en Inglaterra por S. G. Soal[27]. Los
estudios de Hansel han descubierto pruebas que inducen firmemente a sospechar
fraudes deliberados en muchos casos en los que anteriormente no se habían
sospechado. Se podría esperar que este tipo de descubrimiento apareciera
ampliamente reflejado en periódicos y revistas de los Estados Unidos. ¿Por qué
no es así? La respuesta es muy simple: la evidencia negativa de PES carece del
valor dramático que poseen las noticias de evidencia positiva.
Así es. Pasará mucho tiempo antes de que el ciudadano medio esté lo
suficientemente bien informado en materia de ciencia como para convertir en
algo improductivo la promoción de libros pseudocientíficos escritos a nivel
popular. Y en tanto en cuanto sigan siendo productivos, podemos estar seguros
de que se seguirán escribiendo e imprimiendo.
Anexo
Escribí esto a petición de un amigo, Ricky Jay, que hoy día es un destacado
mago profesional y autor de un libro muy divertido, Cards as Weapons (Las
cartas como armas) (Darien House, 1977). En la época en que escribí este
artículo, Ricky era editor de The Quid, una publicación de su
escuela superior. Aquí he recuperado los dos últimos párrafos, que entonces
fueron recortados por falta de espacio, y he añadido las notas.
5. Manifiesto del Instituto de Ecléctica General[28]
1.
Se admitirá en el Instituto sólo a los eróticos anales que tengan fuertes
impulsos de coleccionar, preservar y clasificar ideas filosóficas.
2. El axioma básico del Instituto será que todos los sistemas
filosóficos coinciden en lo fundamental, surgiendo las diferencias aparentes de
formulaciones verbales variables y/o énfasis variables. Bajo diferencias
superficiales de color, forma, textura, olor, los sistemas son manifestaciones
de una materia unificada, simple, básica.
3. Se exigirá a los miembros que adquieran y lean Science and
Sanitation(Ciencia y Sanidad), del difunto conde Aulayore Beeyemski,
fundador de la Ecléctica General, con el fin de alcanzar un conocimiento
exhaustivo de las innumerables razones del conde para oponerse al intento
positivista contemporáneo de purgar la filosofía eliminando sistemas
metafísicos «obsoletos».
4. El símbolo del Instituto, que deberá aparecer en todos los membretes de
papel de cartas, publicaciones, etc., será el huevo órfico —forma
primordial del cosmos y unidad hacia la que tiende toda la creación. Como
objeto común, fácil de aprehender, liso, incoloro, simétricamente perfecto, y
cuya forma resulta tan interesante como la de una esfera, el huevo simboliza la
accesibilidad, unidad, claridad, simplicidad, y simetría del pensamiento
filosófico ecléctico.
5. Como los diferentes sistemas filosóficos no son sino diferentes formaciones
verbales del mismo huevo órfico, todos los debates metafísicos deben ser
considerados tan insustanciales como la guerra de los Viajes de Gulliver librada
sobre la manera de romper un huevo.
6. El axioma básico aparecerá simbolizado por un artilugio pedagógico
llamado el similarium estructural, consistente en una serie de
cuentas ovales de plástico de diferentes tamaños y colores, enfiladas en un
cordón. Este artilugio también jugará ciertos papeles indispensables en varios
rituales sexuales secretos del Instituto.
7. A los miembros masculinos se les exigirá que afeiten sus cabezas
diariamente, para que la apariencia de huevo de las mismas sirva como
recordatorio de la unidad básica de toda especulación intelectual[29].
8. A los miembros del Instituto les está prohibido pertenecer a cualquier
organización religiosa. Cada domingo deberán asistir a los servicios de una
secta diferente hasta haber agotado todas las sectas accesibles, punto en el
que deberán repetirse las visitas, y esta práctica se prolongará a lo largo de
toda la vida del miembro.
9. A los miembros del Instituto les está prohibido albergar ideas políticas de
cualquier partido. Durante las campañas electorales, los miembros deberán
llevar distintivos de todos los partidos políticos y el día de la elección
deberán emitir un voto ecléctico a todos los candidatos. En tiempo de guerra,
los miembros deberán permanecer neutrales. En el caso de que exista la
posibilidad de que sean alistados, deberán manifestarse como objetores de
conciencia.
10. A los miembros del Instituto les está prohibido formular «juicios de valor»
sobre cualquier cuestión estética o moral. Todas las culturas deberán
considerarse igualmente buenas, y todas las obras de arte igualmente bellas. En
los actos sociales del Instituto, deberán servirse todas las variaciones
posibles de cocktails. Se establecerá una cámara de compensación a
través de la cual los miembros podrán intercambiar periódicamente posesiones
tales como corbatas, sombreros, artículos de plata, joyería, libros, discos,
cuadros, niños, esposas, etcétera.
11. El Instituto proyecta la publicación de un diccionario en virtud del cual
se traducirán afirmaciones de un lenguaje filosófico a afirmaciones de otro:
por ejemplo, Platón-Aristóteles, Kant-James, Russell-Dewey, Freud-Barth,
Carnap-Sartre, etc. Se fijarán fondos para la investigación del desarrollo de
máquinas electrónicas destinadas a la elaboración de sistemas filosóficos, al
diseño de nuevos sistemas, y a la traducción rápida y precisa de un sistema a
otro.
12. Asimismo se proveerán fondos para la publicación de una Summa Summa
Dialectica aproximadamente en mil volúmenes, que combinará la pasión
de Aristóteles por el análisis y la clasificación con la pasión de Platón por
la mezcla y la síntesis, tal como aparece esbozado en la obra del conde
Beeyemski Prolegómenos a una Futura Summa Summa. La Summa
Summa Dialecticaexplorará dialécticamente todas las expresiones posibles de
todos los sistemas posibles de todas las ideas metafísicas posibles.
13. El Instituto publicará un Museo de Idénticos en el que se
dramatizarán identidades notables de expresiones filosófico-literarias para
divertimento público. Ejemplos: la discusión del concepto de George Herbert
Mead de «ponerse en el papel del otro» y la popular canción «Tú no eres nadie
si nadie te ama»; la novela de D. H. Lawrence Women in love (Mujeres
enamoradas) y la canción «Sólo deseo un compañero, no un amante»; las obras
completas de Santayana y el libro del Dr. Seuss Mulberry Street.
14. El Instituto deberá mantener un periódico mensual titulado But (Pero);
este título se deriva de las últimas líneas de la canción de Humpty Dumpty que
aparece en el capítulo 6 de A través del espejo:
And
when I found the door was shut (Y cuando descubrí que la puerta estaba
cerrada,)
I tried to turn handle, but- (intenté girar el picaporte, pero)
Los
miembros del Instituto deberán cultivar el hábito de finalizar sus frases con
un «pero», para sugerir que todas las expresiones tienen una parte anversa,
trasera, tan auténtica, bella y buena como la delantera.
15. Se destinarán fondos adicionales para una investigación más intensiva de
los efectos catárticos de la formación en materia de Ecléctica General sobre
los neuróticos y psicóticos, cuyos rígidos dogmatismos e incapacidad para
afrontar actitudes alternativas constituyen causas importantes de su estreñimiento
mental.
16. La secretaria del Instituto deberá ser una mujer llamada Barbara,
por el nombre tradicional del silogismo: Todo A es B, todo B es C, por lo tanto
todo A es C.
17. Cuando los miembros del Instituto sean acusados de profesar la erótica
anal, su respuesta deberá ser: «¡Oh sí, erótico anal, a mí pero!»[30].
Anexo
Esta alegre pieza satírica, escrita para una publicación de ciencia-ficción,
está dirigida en parte al conde Alfred Korzybski y su Instituto de Semántica
General y en parte a las ideas eclécticas de un filósofo que prefiero no
nombrar.
6. La percepción dermo-óptica: La visualización nasal[31]
La
información científica que aparece en periódicos y revistas de circulación
masiva en Estados Unidos es más precisa y está más desprovista de
sensacionalismo que nunca, ahora que la pseudociencia se encuentra confinada
fundamentalmente a los libros. Sin embargo, en la Unión Soviética se está
produciendo una situación inversa. Exceptuando los libros que defendían las
teorías de Lysenko, los libros soviéticos siempre se han caracterizado por su
carencia de pseudociencia y, ahora que Lysenko se encuentra desautorizado, la
genética occidental se está infiltrando a pasos agigantados en los nuevos
libros de texto rusos de biología. Entre tanto, los periódicos y revistas
populares rusos están sensacionalizando la ciencia en la misma medida en que lo
hicieran nuestros suplementos dominicales en la década de 1920. El ciudadano
soviético se ha encontrado recientemente con informes de peces devueltos a la
vida tras haber estado congelados 5.000 años, monstruos de las profundidades
marinas que dejan gigantescos rastros a través del fondo del océano, absurdos
artilugios de movimiento perpetuo, científicos extraterrestres que han
utilizado un chorro de láser para abrir un enorme cráter en Siberia, y cantidad
de historias similares.
Por ahora, la prensa estadounidense no se ha tomado en serio este género de la
literatura científica soviética. Pero en 1963 y 1964 sí prestó gran atención a
una repentina reaparición, en la prensa popular rusa, de antiguas proclamas de
que ciertas personas están dotadas de la facultad de «ver» con sus dedos.
Este revival dio comienzo con un informe publicado en el
verano de 1962 en el periódico de Sverdlovsk, Uralsky Rabochy.
Isaac Goldberg, del First City Hospital de Lower Tagil, había descubierto que
una paciente epiléptica, una joven de 22 años de edad llamada Rosa Kuleshova,
podía leer algo impreso con sólo desplazar la yema de los dedos sobre las
líneas. Rosa fue a Moscú para ser sometida a más pruebas, y aparecieron
artículos sensacionalistas sobre sus habilidades en Izvestia y
otros periódicos y revistas populares. El primer informe al respecto se publicó
en Estados Unidos en el Time del 25 de enero de 1963.
La primera vez que vi la fotografía de Time en la que aparecía
Goldberg escuchando a Rosa, que tenía los ojos vendados, al observar su dedo
corazón sobre la página de un periódico, no pude evitar soltar una gran
carcajada. Para explicar aquella risa, debo extenderme un poco. Durante 30
años, mi principal afición ha sido la magia. Colaboro con revistas
nigrománticas, escribo tratados sobre manipulación de cartas, invento trucos y,
en resumen, estoy en contacto con todas las ramas de este curioso arte del
ilusionismo, incluyendo una rama llamada «mentalismo».
Por espacio de medio siglo los mentalistas profesionales —artistas, como Joseph
Dunninger, que dicen poseer poderes mentales poco frecuentes— han estado
entreteniendo al público con actos de «visión ciega». Normalmente el mentalista
primero pide a un miembro del público que vende sus ojos con cinta adhesiva.
Sobre cada ojo se coloca algo opaco, como por ejemplo una polvera o un dólar de
plata. Después se aplica en torno a los ojos un gran trapo negro que forma un
ceñido vendaje. Kuda Bux, mahometano que procede de Kashmir, quizás sea
actualmente el más conocido de este tipo de artistas. Se presenta con ambos
ojos cubiertos de grandes bolas de pasta y muchos centímetros de tela enrollada
como un turbante que cubre su cara entera desde la parte de su frente hasta la
barbilla. A pesar de todo esto, Kuda Bux es capaz de leer libros, resolver
problemas matemáticos en una pizarra, y describir los objetos que se le pongan
delante.
Quede claro que yo no deseo poner en peligro mi posición dentro de la fraternidad
mágica revelando demasiado, pero permítanme decir que Kuda Bux y otros
mentalistas que representan la visión ciega obtienen, mediante triquiñuelas,
algún modo de ver. Se han diseñado muchos métodos ingeniosos, pero el más viejo
y sencillo, sorprendentemente poco conocido excepto por los magos, recibe el
nombre gremial de «visualización nasal». Si el lector se detiene en este punto
y pide a alguien que le vende los ojos, quedará sorprendido al descubrir que
resulta imposible, sin dañar sus ojos, preparar una venda que no permita una
diminuta abertura a cada lado de la nariz, a través de la cual pueda entrar luz
a cada ojo. Dirigiendo los ojos hacia abajo se puede ver, con cualquiera de los
dos ojos, una pequeña área bajo la nariz y extenderla hacia delante a un ángulo
de 30 a 40 grados desde la vertical. Lo mismo sucede con los antifaces que se
usan para dormir; no ajustan lo suficientemente cerca de la nariz. Además, una
ligera presión sobre la parte alta de la máscara, con el pretexto de rascarse
la frente, separa aún más el borde inferior, permitiendo aberturas aún más
amplias.
El gran mago francés Robert Houdin (de quien tomó su nombre Houdini), en sus
memorias[32], cuenta cómo
vio a otro mago realizar cierto truco de cartas mientras tenía los ojos
vendados. El vendaje, escribe Robert Houdin, «era una precaución inútil… porque
por mucho esmero que se ponga en privar a una persona de la visión de esta
manera, la proyección de la nariz siempre deja un vacío suficiente para ver
claramente». Colocando almohadillas de algodón o tela en las dos aberturas no
se consigue nada. Mientras se hace como que se ajusta la venda siempre se puede
insertar el pulgar formando un pequeño espacio bajo el almohadillado. Este
incluso puede constituir una ventaja a la hora de mantener una abertura más
amplia de lo que podría haberse mantenido sin él. No voy a entrar en detalles
de métodos más sutiles utilizados actualmente por mentalistas para superar
aparentes obstáculos tales como cintas adhesivas cruzadas sobre los párpados,
bolas de pasta, etc.
Cuando el mentalista obtiene información a través de la visualización nasal
(hay otros métodos), debe tener la precaución de evitar lo que se ha llamado la
postura de «olfateo». Cuando la cabeza de una persona con los ojos vendados se
encuentra en una posición normal, la visión por debajo de la nariz abarca
cualquier cosa que esté colocada en el borde cercano de la mesa a la que esté
sentada esa persona. Pero para extender la visualización nasal más todavía
resulta necesario elevar la nariz ligeramente, como cuando alguien está
olfateando algo. Los expertos evitan esta postura de olfateo inclinando
suavemente la cabeza simulando algún gesto, como por ejemplo afirmando con la
cabeza en respuesta a una pregunta, rascándose el cuello, y otros gestos
comunes.
Uno de los grandes secretos del éxito en estas actuaciones con los ojos
vendados consiste en realizar la visualización nasal por adelantado, oculta en
un gesto, memorizar rápidamente cualquiera información que se vea, y después
—quizás muchos minutos más tarde— explotar esta información bajo la pretensión
de que se está obteniendo en ese momento. ¿Quién podría esperar que los
observadores recuerden exactamente lo que ha ocurrido cinco minutos antes? De
hecho, tan sólo un mentalista entrenado, que actuara como observador, sabría
exactamente en qué fijarse.
Ocultar el «olfateo» requiere mucha inteligencia y experiencia. En 1964, en un
telefilm estadounidense, a una muchacha que decía tener poderes de visión ciega
se le pedía que describiera, con los ojos vendados, el aspecto de un extraño
que se encontraba ante ella. Empezó por sus zapatos, y luego pasó a sus
pantalones, camisa y corbata. A medida que su descripción iba hacia arriba, así
también lo hacía su nariz. La fotografía de Time mostraba a
Rosa con un vendaje de ojos convencional. Aparecía sentada, con una mano sobre
un periódico, y olfateando. Toda la página del periódico se encuentra
cómodamente dentro del ámbito de una simple operación de visualización nasal.
Tras la publicidad sobre Rosa, mujeres rusas de todas las extracciones dirigían
la nariz hacia arriba, realizando proezas de visión ciega aún más
sensacionalistas. La más célebre de ellas fue Ninel Sergyeyevna Kulagina. El
periódico de Leningrado Smena del 16 de enero de 1964
informaba sobre su notable demostración pública celebrada en el Departamento
Psiconeurológico del Distrito Lenin-Kirovsk. El comité que examinó el vendaje
de ojos de Ninel estaba formado por S. G. Fajnberg (descubridor de Ninel), A.
T. Alexandrov, rector de la Universidad de Leningrado, y Leonid Vasiliev, cuyo
laboratorio en esta Universidad constituye el centro de la investigación
parapsicológica en Rusia. Por supuesto, no hubo ningún mago presente mientras
«con los ojos vendados a cal y canto» Ninel leía de una revista y realizaba
otras sensacionales proezas. El periódico decía que Vasiliev había descrito
aquella demostración como «un gran acontecimiento científico».
Aparecieron docenas de personas que también decían gozar de percepción
dermo-óptica (PDO). La revista USSR (ahora Soviet Life),
publicada en Estados Unidos en inglés, dedicó cuatro páginas a algunas de ellas
en su número de febrero de 1964[33]. El artículo
decía que los experimentos realizados con Rosa no dejaban irrefutablemente
claro que sus dedos reaccionaran a la luz común como tampoco a los rayos de
calor infrarrojos. Se utilizaron filtros que pudieran bloquear la luz o el
calor. Rosa era incapaz de «ver» cuando la luz (no el calor) era bloqueada.
«Veía» claramente cuando eran los rayos de calor (y no la luz) los bloqueados.
«Los dedos tienen retina», afirmaba el biofísico Mikhail Smirnov, queriendo
decir que «los dedos ven la luz».
También aparecieron informes de mujeres en publicaciones científicas. Goldberg
contribuyó con un informe sobre su trabajo con Rosa para Voprossy
Psikhologii en 1963[34]. El
biofísico N. D. Nyuberg escribió un artículo sobre Rosa para Priroda,
mayo de 1963[35]. Nyuberg
afirmaba que los dedos de Rosa, lo mismo que el ojo humano, eran sensibles a
tres modos de color y que, tras un entrenamiento especial en el instituto
neurológico, ella «conseguía preparar sus dedos para distinguir el blanco del
negro». Asimismo, aparecieron otros comentarios en torno a las hazañas de Rosa
en revistas soviéticas de filosofía y psicología.
Rosa no solamente leía con sus dedos, sino que además describía ilustraciones
de revistas, de papeles de cigarrillos, y de sellos postales. Un corresponsal
de Lifeinformaba de que incluso había leído su carnet profesional
tocándolo con el codo. Leía letra impresa bajo cristal y celofán. En una
prueba, tras vendarle los ojos «a cal y canto», los científicos colocaron ante
ella un libro verde, y luego lo inundaron de luz roja. Rosa exclamó: «¡El libro
ha cambiado de color!» Los profesores quedaron atónitos. La aparición de Rosa
en un programa de televisión llamado «Relay» derrotó a nuevos rivales.
Nedelya, el suplemento de Izvestia, encontró en Kharkov una
niña de nueve años, Lena Bliznova, que dio que pensar a un grupo de
científicos, leyendo letra impresa (y los ojos «vendados a cal y canto»)
situando los dedos a unos cuantos centímetros de la página. Más aún, Lena leía
con la misma facilidad utilizando los dedos de los pies y los hombros. Separaba
las piezas de ajedrez blancas de las negras sin un solo error. Describía una
fotografía cubierta por un grueso montón de libros (véase mis notas sobre la
explotación de información previamente memorizada).
En Estados Unidos, Life (12 de junio de 1964) publicó un largo
artículo ajeno a toda crítica firmado por Albert Rosenfeld[36], el escritor
cuyo carnet había leído Rosa con el codo. En él aparece recogida la labor rusa
en este campo y celebrada como avance científico importante. En una de las
páginas aparecen impresos símbolos de colores destinados a que el lector pueda
hacerse a sí mismo una prueba de PDO. Se citan frases de Gregory Razran, que
dirige el departamento de psicología de Queens College, Nueva York, en las que
dice que quizás lo que se ha detectado sea «alguna especie de fuerza o
radiación completamente nueva». Razran esperaba asistir a «un arranque
explosivo de la investigación en este campo… ver sin utilizar los ojos
—¡imaginemos lo que podría significar esto para un hombre ciego!».
Esperemos que Razran, en su investigación, buscara ayuda en los mentalistas
inteligentes. En una fotografía de una de sus pruebas de PDO, publicada en un
artículo de Life, la sujeto lleva puesto un antifaz convencional
para dormir, con las aberturas usuales. Ella atisba a través de un agujero en
la tela el centro de una mampara opaca con el fin de captar una de dos placas
de diferente color. Pero no hay nada que pueda impedirla ayudarse con la otra
mano, abriendo la tela un poquito más con la muñeca, y logrando visualización
nasal a través de la abertura.
Lo más divertido acerca de este tipo de diseños experimentales es que existe un
modo muy simple, pero que nunca se usa, de asegurarse la eliminación de todas
las pistas visuales. Un vendaje de ojos, en cualquier caso, resulta totalmente
inútil, pero se puede construir una caja de aluminio que pese poco y se ajuste
a la cabeza del sujeto descansando sobre unas almohadillas colocadas en los
hombros. Puede estar perforada arriba y detrás para facilitar la respiración,
pero el metal debe cubrir por completo la cara y los lados, y descender completamente
hasta debajo de la barbilla para ajustar ciñéndose al cuello. Dicha caja
elimina de golpe la necesidad de un vendaje, la engorrosa pantalla con
orificios para los brazos, diversos artilugios tipo babero para debajo de la
barbilla, y otras incómodas piezas de aparatos diseñados por psicólogos poco
familiarizados con los métodos mentalistas. Ninguna prueba realizada sin contar
con esta caja colocada sobre la cabeza merece la pena ser tenida en cuenta. Es
el único modo que conozco que permite descartar todas las pistas visuales.
Desde luego, hay otros métodos de engaño, pero son más complicados y no es
probable que sean conocidos fuera de los círculos del mentalismo profesional.
En su artículo de 1964 Life no hacía mención a sus lectores de
las tres páginas que había dedicado, en 1937, a Pat Marquis, «el muchacho de
los ojos con rayos X»[37]. Pat tenía
entonces 13 años y vivía en Glendale, California. Un médico local, Cecil
Reynolds, descubrió que Pat podía «ver» con los ojos cerrados, pegados con
cinta adhesiva y vendados. Pat fue sometido a minuciosas pruebas por parte de
periodistas y profesores, decía Life, quienes no pudieron encontrar
truco alguno. Hay fotografías de Pat, «con los ojos vendados a cal y canto»,
jugando al ping-pong, jugando al billar y realizando otras proezas similares.
Naturalmente también leía. El informe decía que Reynolds opinaba que el
muchacho «veía» con unos receptores de luz situados en su frente. Los poderes
de Pat fueron objeto de amplia publicidad en aquel momento por parte de otras
revistas y medios de difusión. Finalmente accedió a ser sometido a prueba por
J. B. Rhine, de la Duke University, quien le sorprendió atisbando por la nariz[38].
La verdad es que aparecen proclamas de visión ciega más o menos con la misma
regularidad que las historias de serpientes marinas. En 1898, A. N. Khovrin, un
psiquiatra ruso, publicaba un trabajo sobre «Una rara forma de hiperestesia de
los órganos sensoriales superiores»[39], en el que
describía las proezas en materia de PDO de una mujer rusa llamada Sophia. Hay
muchos informes anteriores de personas ciegas que podían decir de qué color era
una cosa con sólo tocarla con los dedos, pero «ceguera» es un término relativo,
y hoy día no hay modo de estar seguro del grado de ceguera que padecían en
realidad estas personas. Resulta significativo que no haya casos recientes de
personas totalmente ciegas conocidas que se arroguen la capacidad de leer letra
impresa, o incluso la de detectar colores, con sus dedos, aunque todo indica
que precisamente tendría que ser un ciego el primero en descubrir y desarrollar
estos talentos si fueran posibles.
Poco después de la Primera Guerra Mundial el novelista francés Jules Romains,
interesado por lo que él llamaba «visión paraóptica», realizó una extensa serie
de pruebas con mujeres francesas que conseguían leer con los ojos vendados. Su
libro Vision Extra-Rétinienne debe ser leído atentamente por
todo aquel psicólogo que se sienta tentado a tomar en serio las proclamas rusas[40], porque
describe prueba por prueba exactamente las mismas que siguen practicando los
rusos de hoy. Hay la misma falta de control, la misma ignorancia de los métodos
mentalistas, las mismas especulaciones sobre la apertura de nuevas fronteras
científicas, las mismas predicciones indiscretas acerca de la forma en que el
ciego puede algún día aprender a «ver», el mismo desprecio por aquellos que
permanecen escépticos. Romains comprobó que la PDO era más intensa en los
dedos, pero también se hallaba presente en la piel de cualquier parte del
cuerpo. Lo mismo que los actuales defensores de la PDO, Romains estaba
convencido de que la piel humana contiene órganos sensibles a la luz ordinaria.
Sus sujetos actuaban pobremente con poca luz, y no podían ver nada en la
oscuridad. Romains pensaba que la mucosa que reviste la nariz es especialmente
sensible a los colores, porque cuando había poca luz, cuando resultaba difícil
ver los colores, sus sujetos presentaban una marcada tendencia a «olfatear
espontáneamente».
Las técnicas de vendaje que utilizaba Romains son similares a las utilizadas
por los investigadores más recientes. Cruzaba cinta adhesiva sobre los ojos
cerrados, luego colocaba rectángulos de seda negra y encima el vendaje. A veces
metía algodón en rama en el espacio contiguo a la nariz; otras veces situaba un
babero de protección bajo la barbilla. (Nunca una caja sobre la cabeza.)
Anatole France fue testigo (comentándolo favorablemente) de parte del trabajo
de Romains. Inspira simpatía el hecho de que el novelista se quejara a un
reportero estadounidense de que tanto los psicólogos rusos como los americanos
habían ignorado sus hallazgos y simplemente habían «repetido una veinteava
parte de los descubrimientos que yo he realizado y descrito»[41].
Probablemente fue el libro de Romains lo que animó a los magos de los Estados
Unidos a diseñar actos de visión ciega. Harlan Tarbell, de Chicago, trabajó en
una destacable actuación de este tipo que ejecutaba frecuentemente[42]. Stanley
Jaks, mentalista profesional suizo, desarrolló su propio método para copiar la
firma de un extraño, de arriba abajo y hacia atrás[43] tras
haber pegado con cinta adhesiva unas borlas de polvera sobre sus ojos y añadido
un vendaje[44]. En este
momento, los aficionados de todas partes están capitalizando la nueva ola de
interés por la PDO. Tengo archivado un informe sobre Ronald Coyne, un muchacho
de Oklahoma que perdió su ojo derecho en un accidente a la edad de siete años.
Con el ojo izquierdo «vendado a cal y canto», la cuenca vacía de su ojo derecho
lee letra impresa sin ninguna vacilación. El joven Coyne ha hecho su aparición
en todo tipo de encuentros para poner de manifiesto su milagroso poder.
«Durante trece años se ha prolongado la visión donde no hay ojo», dice un
anuncio de una reunión de la Asamblea de Dios publicado en un periódico de
Miami. «Realmente podemos decir: “Mis ojos han visto la gloria de Dios”.»
Patricia Stanley es quien más publicidad ha provocado en Estados Unidos por su
presunta capacidad de PDO. Richard P. Youtz, del departamento de psicología de
Barnard College, se hallaba en una ocasión hablando sobre la labor soviética en
materia de PDO durante un almuerzo en la Facultad. Alguien que había dado
clases en Owensboro, Kentucky, recordó que Patricia, cuando era estudiante,
había asombrado a todos por su capacidad para identificar objetos y colores con
los ojos vendados. Youtz siguió a Patricia hasta Flint, Michigan, y en 1963
realizó varias visitas a Flint, la sometió a prueba por espacio de un total de
más de sesenta horas, y obtuvo sensacionales resultados. Estos resultados
fueron ampliamente publicados por la prensa y revistas de ocultismo como, por
ejemplo,Fate[45]. El
informe más sereno, escrito por el comentarista científico Robert K. Plumb,
apareció en el New York Times del 8 de enero de 1964[46]. Mrs.
Stanley no leía letra impresa, pero parecía capaz de identificar los colores de
las cartas de prueba y de trozos de tela frotándolos con sus dedos. El trabajo
de Youtz, junto con el de los rusos, proporcionó a Leonard Wallace Robinson el
trampolín para su artículo «Tenemos más de cinco sentidos», que apareció en
el New York Times del domingo 15 de marzo de 1964.
La primera ronda de pruebas de Youtz, en mi opinión, estaba tan pobremente
diseñada para eliminar pistas visuales que no puede ser tomada en serio. Mrs.
Stanley llevaba un antifaz convencional de los que se utilizan para dormir. No
se realizó intento alguno de tapar las inevitables aberturas. Se introducían
sus manos a través de unos manguitos de terciopelo negro con elásticos en las
muñecas, en una cámara oscura construida de madera terciada y pintada de negro.
La cámara se podía abrir por el otro lado, lo que permitía insertar el material
de prueba. Nada impedía a Mrs. Stanley mirar la carta o los trozos de telas de
colores, empujando una esquinita hacia abajo del elástico de un manguito, y
viendo la esquina expuesta mediante una simple operación de visualización
nasal. Youtz utilizó una disposición de doble manguito que podía haber hecho
esto más difícil, pero su informe sobre la primera ronda de pruebas, en las que
Mrs. Stanley se defendió mejor, indica que solamente empleó tal disposición en
raras ocasiones en las que aplicó un tubo foto-multiplicador[47].
Precauciones como el doble manguito, o la continua y minuciosa observación
desde atrás, parecían innecesarias porque Mrs. Stanley tenía los ojos vendados
a cal y canto. Además, no había nada que impidiera a Mrs. Stanley observar,
mediante visualización nasal, el material de prueba mientras lo introducían en
la cámara oscura.
He aquí una descripción de la actuación de Mrs. Stanley escrita por un
informador del New York Times que la observó: «Mrs. Stanley se
concentra intensamente durante los experimentos… Algunas veces tarda hasta tres
minutos en componer su mente… Apoya su frente vendada contra la caja negra como
si la estuviera estudiando atentamente. Mientras se concentra mueve los
músculos de su mandíbula»[48]. Durante la
concentración mantiene un flujo uniforme de conversación con los observadores,
pidiéndoles pistas sobre cómo lo está haciendo.
Youtz regresó a Flint a finales de enero de 1964 para una segunda ronda de
pruebas, esta vez armado de más conocimiento sobre las posibilidades de evasión
de los vendajes (intercambiamos varias cartas sobre ello) y de planes de
controles más rigurosos[49]. No conseguí
convencerle de que adoptara una cámara para colocar sobre la cabeza, pero
incluso sin esta precaución, los resultados de la segunda ronda no superaron la
expectativa del azar. Estos resultados negativos fueron publicados por el New
York Times, pero no aparecieron en ningún otro periódico ni revista de los
que habían publicado los resultados positivos de la primera ronda de pruebas.
Youtz sufrió una gran decepción, pero atribuyó el fracaso al frío[50].
El 20 de abril se llevó a cabo una tercera serie de pruebas ante un comité de
observación formado por cuatro científicos. Los resultados volvieron a ser
negativos. Bajo el calor propio del mes de junio, Youtz sometió a prueba a Mrs
Stanley por cuarta vez, durante un período de tres días. De nuevo, el
rendimiento no sobrepasó el nivel del azar. Youtz atribuye este último fracaso
a la fatiga de Mrs Stanley. Continúa convencido de que posee la capacidad de
detectar colores con los dedos y sospecha que lo hace a través de cierta
sensibilidad a delicadas diferencias de temperatura[51]. Aunque los
investigadores rusos habían eliminado esto como explicación de los poderes de
Rosa, Youtz cree que su trabajo con Mrs Stanley, y después con alumnos menos
habilidosos de Barnard, confirmará finalmente esta hipótesis. Se niega
rotundamente a llamar a este fenómeno «visión». Ninguno de sus sujetos ha
demostrado poseer la más leve capacidad para leer con los dedos.
En Rusia, las pruebas mejor controladas a que se ha sometido a Rosa han
apuntado firmemente hacia la visualización nasal. Varios artículos lo han
sugerido, sobre todo los de L. Teplov, autor de un conocido libro sobre
cibernética, publicados en el número 17 de marzo de 1964 de Nedelya,
y en el número del 25 de mayo de la Literaturnaya Gazeta de
Moscú. Ninel Kulagina, principal rival de Rosa, fue sometida a minuciosas
pruebas en el Instituto de Investigación Científica Psiconeurológica Bechterev
de Leningrado. B. Lebedev, director del Instituto, y sus colegas, resumen sus
hallazgos como sigue[52] :
Básicamente,
a Kulagina se le pusieron las mismas tareas que antes, pero bajo condiciones de
control más estrictas y de acuerdo con un plan preparado de antemano. Y éste
era el plan; alternar experimentos en los que esta mujer posiblemente podría
atisbar y fisgonear con experimentos donde la visualización nasal resultara
imposible. La sujeto, por supuesto, no sabía esto. Como era de esperar, su
fenomenal capacidad quedó demostrada tan solo en el primer caso. En el segundo
caso (bajo controles) Kulagina no podía distinguir ni colores ni formas. Así
pues el examen minucioso reveló por completo el sensacional «milagro». No había
milagro de ningún tipo. Lo que había era un fraude vulgar.
En
una carta a Science, Joseph Zubin, investigador biométrico del
Departamento de Higiene Mental del Estado de Nueva York, informó de los
resultados negativos de su estudio de un adolescente que «leía con soltura» con
los ojos vendados y las orillas del vendaje pegadas con cinta adhesiva[53]. Las pruebas
realizadas anteriormente por varios científicos habían demostrado la ausencia
total de evidencia de pistas visuales. Sin embargo, saltaba a la vista que el
sujeto tensaba los músculos del área vendada hasta «hacer aparecer una
insignificante y diminuta ranura entre el vendaje y la piel. La colocación de
un disco opaco delante de dicha ranura provocaba la interrupción de la lectura,
pero no inmediatamente. El sujeto poseía una excelente memoria y normalmente
continuaba durante una frase o dos más, después de que se le bloqueara la
lectura del material». La aplicación de un ungüento de cinc sobre los bordes de
la cinta adhesiva tan sólo resultaba temporalmente efectiva, porque la tensión
muscular producía nuevas ranuras (más fáciles de detectar gracias al ungüento
blanco). Zubin informa que participó en estas investigaciones un mago
profesional. No dice su nombre, pero era James Randi.
La mayoría de los psicólogos, tanto en Estados Unidos como en la Unión
Soviética, se han mantenido impasibles ante la última resurrección del interés
por la PDO. A la vista de los fracasos de los sujetos en lo que se refiere a la
demostración de su PDO una vez tomadas las precauciones necesarias para
descartar atisbos a través de diminutas ranuras, y a la vista de la falta de
precauciones adecuadas en las pruebas que han arrojado resultados positivos,
este escepticismo que prevalece parece estar intensamente justificado.
Anexo
La percepción dermo-óptica continúa siendo tomada en serio por los patanes de
lo paranormal tanto en Estados Unidos como en otros puntos. Fate continúa
publicando artículos para promocionarla (véanse los números de septiembre de
1967, mayo de 1976 y julio de 1976). La Fundación de Parapsicología de Nueva
York publicó The Paranormal Perception of Color (La percepción
paranormal del color), de Yvonne Duplessis, en 1975.
En la U.R.S.S., Nina Kulagina ha proseguido con demostraciones aún más
sensacionales de sus habilidades psíquicas y hoy día es la psíquica que goza de
mayor publicidad en Rusia. Rosa Kuleshova, tras actuar durante un tiempo en un
circo, falleció en 1978; su fama resultó eclipsada por Nina. En una ocasión,
hace ya algunos años, almorcé con Albert Rosenfeld, cuando era editor
científico de Saturday Review y, aunque no hablamos sobre su
artículo de Life, le encontré firmemente convencido de la capacidad
de Uri Geller para doblar y romper objetos metálicos mediante psicocinesis.
Gregory Razran falleció en 1972.
Ronald Coyne, el evangelista tuerto de Tulsa que ve con su cuenca vacía, sigue
pisando fuerte en los circuitos de la resurrección de Pentecostés. Para quien
desee documentarse más sobre él, hay un librito de 77 páginas, When God
Smiled on Ronald Coyne (Cuando Dios sonrió a Ronald Coyne), escrito
por su madre, Mrs. R.R. Coyne. Fue publicado por primera vez en Tulsa, en 1952.
Y también hay un disco de larga duración en el que Coyne cuenta su historia. En
1966 tanto el libro como el disco podían obtenerse en el Centro Evangélico, Box
640 Cloverdale, British Columbia, Canadá, y en Ronald Coyne Revivals, Tulsa,
Oklahoma.
Youtz respondió a mi artículo de Science con una larga carta
que también apareció en Science, el 20 de mayo de 1966, página
1.108. Dos años después continuaba defendiendo la visión de las yemas de los
dedos en un artículo, «Can Fingers See Color?», en Psychology Today,
febrero de 1968.
Un informe de noticias UPI publicado el 15 de febrero de 1980, hablaba de un
brote de visión ciega en China. «Utilizando el conocimiento científico de que
disponemos hoy —decía la revista china Nature—, no podemos explicar
todavía este tipo de fenómeno.» El artículo hablaba de la habilidad de dos
hermanas de Pekín, Wang Bingn, de 11 años de edad, y Wang Quiang, de 13, para
identificar letras chinas sobre el papel colocándose el mismo bajo sus axilas.
En Shanghái, decía el mismo artículo, hay niños capaces de leer letra impresa
sobre papel colocándose éste en los oídos.
El psíquico israelí Uri Geller solía realizar lo que los magos llaman el «paseo
ciego» —conducir un coche con los ojos vendados— y continúa empleando un tosco
truco de visualización nasal durante la parte ciega de su actuación mágica
estándar. (Véase Further Confessions of a Psychic [Confesiones
de un psíquico], de Uriah Fuller, 1980.) En una entrevista publicada en el
número de otoño de 1980 de Metascience Quarterly, Uri negaba, como
de costumbre, haber utilizado alguna vez trucos de mago. Interrogado sobre sus
paseos ciegos, Uri respondía: «Era una forma de telepatía… Dejé de hacer esto
porque puede imitarlo fácilmente cualquier mago.» Carl Sagan y yo estamos señalados
como «personas sucias y negativas».
El reverendo Richard Ireland, de Tucson, Arizona, ha venido realizando una
tosca actuación de visión ciega durante décadas, con la acostumbrada cinta
adhesiva sobre los ojos y un vendaje «a cal y canto». Únicamente el National
Enquirer le prestó cierta atención hasta diciembre de 1980, fecha en
que de pronto surgió del anonimato como el «psíquico» que había ayudado al
petrolero de Dallas Jerry Conser a encontrar dos colosales bolsas de petróleo.
Mr. Conser, quien cree que el repentino ascenso actual de los poderes psíquicos
anuncia la Segunda Venida de Cristo, ha creado la Millennium Foundation, con
sede en San Francisco, dotada con un millón de dólares para investigación
parapsicológica.
7. La máquina docente de percepción extrasensorial de Targ[54]
En
los experimentos actuales sobre percepción extrasensorial (PES), la
probabilidad y la estadística desempeñan papeles indispensables a la hora de
determinar la existencia real de acontecimientos de PES. Se establecen los
objetivos, los sujetos realizan un gran número de conjeturas, y después se
analizan los resultados para ver si se han producido desviaciones
significativas de la casualidad. Estos resultados suelen registrarse a mano, lo
que ha dado lugar a persistentes críticas. Como aquellos que se ocupan del
registro de datos de PES casi siempre son firmes creyentes en la existencia de
ésta, a menudo con un gran interés personal en la presencia de datos
favorables, la posibilidad de que esa creencia sesgue los resultados alcanza
proporciones destacables.
Este sesgo puede ser, por supuesto, absolutamente inconsciente. Una y otra vez
se ha puesto de manifiesto que personas con una firme creencia cometen
inconscientemente errores de registro que tienden a favorecer su creencia. En
pruebas de psicocinesis (PC), por ejemplo, cuando los sujetos tratan de influir
sobre la caída de los dados, la presencia de cámaras secretas ha demostrado que
los registros manuales efectuados por «ovejas» (creyentes) presentan errores
significativos en favor de la PC, mientras que registros similares efectuados
por «cabras» (escépticos) presentan un sesgo equivalente pero en dirección
contraria.
Con la aparición de la electrónica y la tecnología de las computadoras, se les
ocurrió naturalmente a muchos investigadores del campo de la PES que un modo
muy sencillo de protegerse de los errores inconscientes de registro era
automatizar el proceso en la medida de lo posible. Dejemos que la máquina, una
vez que le hayamos incorporado un eficiente elemento de azar, seleccione los
objetivos, y diseñemos la máquina de manera que efectúe un registro permanente
e inalterable tanto de los objetivos como de los ensayos de conjetura. Lo
cierto es que estas máquinas no son a prueba de fraude; recuérdese el escándalo
que se produjo el pasado año cuando Walter J. Levy, Jr., director del Instituto
de Parapsicología J. B. Rhine, reconoció, cuando le descubrieron, que había
estado manipulando el aparato para mejorar los resultados. Sin embargo, dejando
aparte estos casos de abierta trapacería, un aparato electrónico representa una
excelente manera de eliminar sesgos inconscientes.
A partir de los últimos años de la década de 1930, se empezaron a utilizar
varios artilugios algo toscos para contrastar PES en determinadas ocasiones,
pero las primeras pruebas importantes con una máquina electrónica se realizaron
en 1962. Se llevaron a cabo utilizando un sistema denominado VERITAC, que había
sido diseñado y construido por un empleado de los laboratorios de investigación
de las Fuerzas Aéreas en Cambridge. Este sistema selecciona al azar dígitos del
0 al 9. Imprime un registro del dígito elegido, la conjetura del sujeto acerca
del dígito de que se trata, el tiempo que dura cada ensayo y el intervalo de
tiempo que transcurre entre la selección del objetivo y la conjetura. Los
contadores de la consola de control proporcionan información instantánea de los
resultados, pero estos contadores pueden desconectarse si así se desea. Tras
cada ronda de ensayos, VERITAC se bloquea y permanece bloqueado hasta que un
teletipo imprime los datos.
El aparato puede prepararse para uno de tres modos. En el modo clarividente, el
sujeto tiene que adivinar el número una vez seleccionado. En el modo
precógnito, la conjetura precede a la selección. Y en el modo de percepción
extrasensorial general (PESG), el objetivo es observado por alguien que actúa
como emisor telepático a un sujeto que se encuentra en otra habitación. De ahí
que un acierto pueda ser resultado de telepatía, de clarividencia, o de ambas.
En el experimento de 1962, cada uno de los 37 sujetos completó cinco rondas de
100 ensayos cada una para cada uno de los tres modos, realizando un total de
55.000 ensayos. Cuando se analizaron los resultados, empleando la conocida
prueba x2 de significación estadística, no apareció
desviación alguna del azar, ni a nivel de grupo ni a nivel individual. Tampoco
había diferencias significativas entre las puntuaciones obtenidas por «ovejas»
y «cabras».
C.E.M. Hansel, en su análisis de este experimento histórico en su libro ESP:
A Scientific Evaluation (PES: Evaluación Científica) (Scribner’s,
1966), señalaba que la información instantánea de los resultados al sujeto,
propia de VERITAC, la convertía en una máquina docente ideal. «Con la máquina
VERITAC, los sujetos podrían recibir largas sesiones prácticas, de manera que
cualquier capacidad de PES que pudiera existir llegara a intensificarse. Así
pues, los parapsicólogos tendrían a la vez una máquina de contrastación y de
entrenamiento. También podría sufrir algunas modificaciones y proporcionar una
recompensa después de cada acierto y un castigo, como por ejemplo un calambre
suave, después de cada error. Constituiría, pues, toda una máquina de
condicionamiento…»
«Si doce meses de investigación sobre VERITAC pueden establecer la existencia
de PES —escribía Hansel en la última página de su libro—, toda la investigación
del pasado no habrá sido en vano. De no establecerse la PES, podrían ahorrarse
muchos esfuerzos y muchos científicos jóvenes tendrían la posibilidad de
enfocar su trabajo hacia investigaciones que merezcan más la pena.»
La mayoría de los parapsicólogos no miraron con buenos ojos ese tipo de
contrastación de PES. Constituyó una excepción Russell Targ, entonces físico de
Sylvania Electric Products, especializado en investigación de láser y plasma.
En 1966, año en que apareció el libro de Hansel, una breve nota publicada
en Electronics (26 de diciembre, p. 36) decía que Targ estaba
trabajando sobre una caja docente de PES diseñada por David B. Hurt, ingeniero
de Fairchied Camera and Instrument. Asimismo, la nota decía que el sujeto debía
tratar de adivinar cuál de cuatro botones iba a encenderse, y la caja «emite su
refuerzo aplicando un castigo o, en su caso, un premio».
Cinco años después, con una beca de la Parapsychology Foundation (fundada por
la conocida médium Eileen J. Garrett), Targ y Hurt diseñaron y construyeron un
artilugio docente de PES más avanzado. En 1972 Targ fue contratado por el
Laboratorio de Electrónica y Bioingeniería del Instituto de Investigación
Stanford (SRI). Desde entonces él y su socio Harold E. Puthoff, físico y
cientólogo que se había incorporado a la plantilla del SRI un año antes, han
venido dedicándose a la investigación parapsicológica. Estos dos hombres han
adquirido la mayor parte de la fama que poseen gracias a su estudio de Uri
Geller, el mago israelí que afirma gozar de poderes paranormales. Aquí, sin
embargo, vamos a ocuparnos únicamente del experimento de la máquina docente de
PES. Marca el segundo hito en el intento de aplicación de un aparato electrónico
con el fin de establecer la existencia de facultades de PES en el hombre.
Esta investigación resultó posible gracias a una subvención de 80.000 $
concedida por la N.A.S.A., y cuya administración corrió a cargo del Laboratorio
de propulsión a chorro del Instituto Tecnológico de California. El informe
final de 61 páginas fue publicado por el S.R.I. en agosto del pasado año, con
el título «Development of Techniques to Enhance Man/Machine Communication»
(Desarrollo de técnicas para realizar la comunicación hombre/máquina). Los
autores son Targ, Phyllis Cole y Puthoff. Como Targ era el investigador de más
veteranía, de aquí en adelante sólo utilizaré su nombre.
El informe no está clasificado. En su portada se dice que fue elaborado para su
distribución «en interés del intercambio de información». Como el trabajo fue
financiado con fondos públicos, cualquiera que se interese por él puede
solicitar un ejemplar al S.R.I. La dirección es Menlo Park, Calif. 94025. Me he
enterado de que solamente se imprimieron 50 ejemplares del informe y que hace
mucho que se distribuyeron, pero el S.R.I. tiene autorización para imprimir en
cualquier momento que lo desee. Es de esperar que así lo haga, porque
constituye un informe importante, al que debería tener acceso todo estudioso de
la parapsicología que se precie.
Pasemos a la máquina de Targ (véase ilustración más adelante). Los modelos de
la misma son fabricados por Asuarius Electronics, Albion, California.
(Actualmente hay otras compañías trabajando en la fabricación de modelos
similares y más compactos.) Presenta cuatro paneles cuadrados, y cada uno de
ellos puede exhibir una transparencia en color. Sin embargo, antes de mostrar
cualquier imagen, un elemento de azar de la máquina selecciona una de las
cuatro imágenes como objetivo. El sujeto trata de adivinar éste, indicando su
selección al presionar el botón cuadrado más próximo a ese panel. Tan pronto
como el sujeto indica su elección, se enciende una luz tras la imagen objetivo
correcta con el fin de aportar retroalimentación y refuerzo. Cuando el sujeto
ha acertado, suena un timbre. Un contador situado a la derecha de los paneles
indica el número de ensayo (de 1 a 25). Un segundo contador muestra el número
de aciertos.
Cuando el sujeto cree que no «sabe» cuál es el botón adecuado, puede presionar
el botón de «paso» situado bajo los paneles, y la máquina no registrará
conjetura alguna. Hay otro botón a la derecha del botón de «paso» que devuelve
los contadores a la posición de cero. Sobre los paneles hay cinco «luminosos de
estímulo» para aportar refuerzo adicional. El primer rótulo «Buen comienzo», se
enciende tan pronto como se acumulan seis aciertos, y se apaga cuando se llega
a ocho. Entonces se enciende el segundo: «Presenta capacidad de PES». «Muy útil
en Las Vegas», aparece a los 10 aciertos. A los doce se enciende «Capacidad de
PES sobresaliente», y a los 14 aciertos «Psíquico, médium, oráculo».
A la izquierda de los paneles hay un interruptor giratorio. Durante este
proyecto de la N.A.S.A. la máquina estaba dispuesta para medir clarividencia,
pero este interruptor también puede situarse en posición de precognición y
telepatía. Para contrastar telepatía, es necesario conectar un «adaptador
telepático» al modelo. Esta caja-accesorio, conectada a la máquina docente mediante
un cable de unos ocho metros, presenta las imágenes objetivo a un emisor
telepático situado en otra habitación, quien las ve antes de que el sujeto
efectúe su elección. En un artículo de Puthoff y Targ, que constituye el
capítulo 22 de la antología Psychic Exploration (Putnam,
1974), del astronauta Edgar D. Mitchell y John White, aparece un informe del
uso de un primer modelo de la máquina en su modo precógnito.
Sujeto trabajando con la máquina docente de PES de Targ.
Los
autores presentan su teoría de que los acontecimientos envían ondas que se
propagan hacia atrás en el tiempo pero que decaen rápidamente. Cuanto más se
acerca el acontecimiento a la precognición, más intensa es la última; por ello
la máquina está diseñada para seleccionar su objetivo con un cuarto de segundo
a un segundo de demora tras la formulación de una elección. Los autores opinan
que «el conocido fenómeno de déjà vu constituye la forma más
común de precognición», no (como ciertos parapsicólogos han argumentado) la
vaga reminiscencia de una experiencia de una encarnación anterior. Asimismo
están convencidos de que despertarse inmediatamente antes de que suene el
despertador constituye otro ejemplo familiar de precognición. Dado que éste es
un «acontecimiento extenso, puntual y desagradable», su onda hacia atrás en el
tiempo produce una fuerte impresión sobre la mente durmiente.
Volvamos a la clarividencia. La primera fase del proyecto de la N.A.S.A. de
Targ consistió en someter a prueba a dos individuos en condiciones informales.
El sujeto A1, identificado únicamente como el hijo de un científico del S.R.I.,
trabajó en su casa con la máquina, y su padre registró los datos en las hojas
de protocolo. El sujeto A2, identificado tan sólo como un científico no
perteneciente al S.R.I., trabajó con la máquina en el laboratorio pero anotó él
mismo sus propios datos. El sujeto A1 realizó 9.600 ensayos, obteniendo una
puntuación media de 26,06 aciertos por 100. La pendiente ascendiente de su
curva de aprendizaje era de 0,077. El sujeto A2 alcanzó una puntuación media de
30,50 sobre 1.400 ensayos y una pendiente de aprendizaje de 0,714. Eran
resultados estimulantes, pero debido a la falta de elementos de control se
denominó a esto Fase 0 y pasó a representar únicamente un estudio piloto.
La Fase 1 engrosó un poco los elementos de control, incorporando una impresora
a la máquina. En la ilustración de la página siguiente aparece una
representación gráfica típica. La impresora cuenta el número de ensayos de 1 a
25 (deteniendo la cuenta en cada «paso»), registra la elección del objetivo por
parte de la máquina (de 0 a 3), registra la conjetura y lleva la cuenta del
total de aciertos.
De los 145 sujetos voluntarios con que contó la Fase 1, 100 eran «empleados,
parientes y amigos» del S.R.I. (79 adultos y 21 niños menores de 15 años).
Todos realizaron su trabajo solos en un laboratorio del S.R.I., tomando sus
propios registros.
Registro en papel de un ensayo realizado en la máquina de PES.
Cada
uno trabajó en dos o más máquinas situadas en puntos diferentes. A 22 sujetos,
que cursaban estudios de secundaria inferior, o aún más jóvenes, en una escuela
privada, les asistió un experimentador en su propia escuela. Los restantes 23
sujetos eran alumnos de enseñanza secundaria inferior en un centro público,
donde las pruebas fueron supervisadas por los profesores.
Las puntuaciones globales de los 145 sujetos no pasaron del nivel de
casualidad, ni en lo que se refiere a PES ni en materia de aprendizaje. Un
cuestionario aplicado a los alumnos del centro privado puso de manifiesto que
15 de los 22 alumnos de hecho trataban de obtener puntuaciones bajas. «Esta
tendencia a experimentar con diferentes modos de interacción con la máquina
—escribe Targ—, no fue tomada en cuenta a la hora de registrar o analizar los
datos.» Nueve de los 145 sujetos presentaban pendientes de aprendizaje
ligeramente ascendentes y 11 mostraban una PES significativa. Nadie mostraba un
declive significativo en materia de aprendizaje.
Targ era bien consciente de que los elementos de control de la Fase 1 eran
demasiado laxos como para justificar la inversión de la N.A.S.A. en el estudio.
Aunque él no lo estudiara, resulta fácil ver por dónde pudo deslizarse el
sesgo. En primer lugar, la impresora no lleva registro alguno del número total
de ensayos realizados por cada sujeto. No hubo supervisión alguna de los 100
empleados, parientes y amigos del S.R.I. Se puede suponer que una elevada
proporción de ellos eran «ovejas». Suponiendo que nadie hiciera trampa
conscientemente, ¿cómo pudo operar su sesgo inconsciente?
El modo más obvio es mediante las decisiones sobre si una serie, registrada en
papel, debe mantenerse o descartarse. Supongamos que se produce una
perturbación repentina: alguien entra en la habitación, pasa un camión de
bomberos por allí cerca, o suena el teléfono. Cuando la serie presenta pocos
aciertos, podría producirse una fuerte sensación de que el ruido ha perturbado
la PES y de que por lo tanto no debería tenerse en cuenta esa serie. O podría
darse una perturbación interna que justificara la anulación total de la serie.
Al sujeto se le duerme un pie, empieza a dolerle la cabeza, pasan por su mente
ideas que le distraen, etc. Podría enredársele el dedo y darle la impresión de
haber presionado el botón que no es. Imagínense a sí mismos actuando como
sujetos sin supervisión alguna. Supongan ahora que se les presenta cualquiera
de las perturbaciones antes mencionadas como posibles bases plausibles para
descartar una serie. Y supongan, sin embargo, que la serie presenta un índice
elevado de aciertos. ¿La descartarían?
Supongan que deciden, pero sólo de una manera vaga, realizar una serie para
practicar. A medida que observan cómo se acumulan los aciertos en el contador,
¿no les resultará cada vez más difícil convencerse de que lo que habían pensado
hacer no era más que una serie de prácticas después de todo? Se quedan con la
serie. Pero si el número de aciertos hubiera sido bajo, la habrían descartado.
Todo esto también se aplica, como es obvio, a los estudiantes. En la escuela
privada ¿con qué minuciosidad supervisaría el experimentador a los sujetos?
¿Estaría atento siempre, se pondría de vez en cuando a leer un libro, o saldría
en alguna ocasión de la sala? Y ¿se habría opuesto enérgicamente el
experimentador a un alumno que le explicara sus motivos para no querer quedarse
con una determinada serie?
En la escuela pública, ¿cómo supervisarían los profesores a los sujetos? Targ
nos dice que muchos sujetos «se quejaban del ruido y la confusión que reinaba
en el lugar donde se encontraban». Y es más: «Varias docenas de participantes
en la Fase 1 se habían quejado de que les distraía el traqueteo de la
impresora.» No creo equivocarme mucho al decir que los registros en papel de la
Fase 1 que le entregaron a Targ no serían sino unas cuantas piezas inconexas.
Targ es claramente consciente de la debilidad de su diseño experimental en esta
fase. Es el diseño de un físico entrenado para investigar leyes físicas —leyes
que no presentan desviaciones psicológicas. Un psicólogo experimental habría
construido una impresora que mantuviera un registro inalterable de todos los
ensayos. Se habría pedido a los sujetos que empezaran por el Ensayo 1,
continuaran hasta un límite determinado de antemano de común acuerdo entre
experimentador y sujeto, y luego entregaran una cinta sin cortes. VERITAC
estaba minuciosamente diseñado para evitar sesgos por el simple recurso de
efectuar un registro temporal de todos los ensayos. Debemos decir en defensa de
Targ que nunca consideró la Fase 1 como algo más que un relajado proceso de
exploración destinado a señalar sujetos con elevadas puntuaciones en la
preparación de la crucial Fase 2, durante la cual debía eliminarse todo sesgo
psicológico posible.
Para eliminarlo, se conectó al sistema un teletipo Modelo 33, de manera que,
además de la impresión en papel de todos los ensayos se llevara un registro en
cinta perforada. Esta cinta perforada no solamente era necesaria para mantener
un registro total inalterable, sino también para facilitar la lectura y el
análisis en el ordenador. La cinta perforada era introducida en un ordenador
ensayo por ensayo. El ordenador analizaba los datos mientras se iban efectuando
las elecciones.
Únicamente se utilizaron los mejores sujetos de la Fase 0 y la Fase 1. Eran 12
en total. Entre ellos estaba el sujeto A2 de la Fase 0. (El sujeto A1, un
estudiante, había abandonado la zona para volver a la escuela.) Se eligieron 11
sujetos de la Fase 1. Debido a las quejas del ruido de la impresora que se
habían producido durante la Fase 1, se la situó en otra habitación con el
teletipo. De hecho, tanto la impresora como el teletipo se encontraban en el
despacho del experimentador, donde resultaban inaccesibles para los sujetos.
El resultado final de la Fase 2 debió disgustar a Targ. Ningún sujeto superó el
nivel de la casualidad con su número de aciertos. Ningún sujeto mostró curva de
aprendizaje significativa alguna. En resumen, el experimento fue un fracaso.
Hay una característica de la Fase 2 que posee un destacado interés. El sujeto
A13, que había «demostrado cierta capacidad paranormal en otras pruebas
realizadas en el S.R.I.», recibió la siguiente oferta de recompensas: 1$ por
cada 10 aciertos en 25 ensayos, 2$ por 11, 5$ por 12, 10$ por 13, y 20$ por 14.
Rhine ha manifestado continuamente su convicción de que la motivación económica
(entre otras) incrementa en gran medida la PES. «La motivación del sujeto a
puntuar alto —escribió en 1964— se ha destacado claramente como la variable
mental que parece más estrechamente relacionada con la cantidad del
efecto psíquico mostrado en resultados de pruebas.» Para respaldar esta
hipótesis, Rhine recuerda invariablemente aquella famosa ocasión, en 1932, en
que Hubert Pearce, su sujeto estrella, realizó una serie de 25 aciertos de
cartas de PES —todo un milagro se utilice el criterio estadístico que se
utilice. Rhine motivó a Pierce ofreciéndole 100$ por cada acierto. La suma
final de 2.500$ era tan grande que Rhine tuvo que decirle a Pearce que en
realidad no había querido decírselo. Esto siempre me ha parecido un sucio truco
para jugar con Pearce, que necesitaba dinero en aquellos días de la Depresión.
Desde entonces Rhine ha informado de muchos otros casos de series perfectas de
25, normalmente tras algún tipo de motivación. El caso más notable se produjo
en 1936, cuando uno de los ayudantes de Rhine estaba sometiendo a prueba a
Lillian, una niña de nueve años que había alcanzado la puntuación más alta
entre un grupo de niños. Rhine contaba en 1944:
Un
día, tras alcanzar una puntuación inusualmente elevada, se puso a mirar por la
ventana, esbozando una alegre sonrisita en su rostro.
«No digas nada —dijo—. Estoy intentando una cosa.»
El alerta experimentador cortó de nuevo las cartas, nada más que para estar
seguro.
Antes de comenzar la niña suspiró, extendió las cartas, y con los ojos
cerrados, movió sus labios como hablando consigo misma. A continuación enumeró
las cartas sin mirar aparentemente los dorsos.
Parece
ser que Rhine había oído hablar de los riesgos que acarreaba la oferta de
dinero. En este caso se le habían prometido a Lillian 50 centavos si conseguía
una ejecución perfecta. Es de suponer que se le pagaran. A la semana siguiente,
en el laboratorio de Rhine, los poderes de Lillian fallaron cuando trató de
acertar cartas de PES introducidas en sobres cerrados. Aun cuando en una de
estas pruebas cometió 24 errores, Rhine considera esto un caso «prácticamente
significativo» de «ausencia psíquica», o evitación PES del objetivo.
Hay otros ejemplos de sujetos que obtenían resultados perfectos en los que, en
opinión de Rhine, normalmente jugaba un importante papel una motivación muy
fuerte. En ninguna ocasión reconoce la posibilidad de que esa motivación tan
fuerte también pueda impulsar a los sujetos inteligentes al fraude. Los magos
pueden citar hasta 20 métodos fáciles para obtener rendimientos perfectos con
cartas de PES. Estos métodos van desde ver los símbolos de PES reflejados en
las gafas del experimentador (en determinadas condiciones incluso pueden verse
reflejadas en las córneas de personas que no lleven gafas) hasta muescas
diminutas casi imperceptibles en los bordes de las cartas e incluso métodos más
sutiles que prefiero no descubrir (pero que puede reinventar fácilmente
cualquier niño ingenioso). Merece la pena destacar que ni una sola serie de 25
aciertos se ha conseguido bajo condiciones de control absoluto, a pesar de la
fe persistente de Rhine en que en los casos no controlados las oportunidades de
éxito eran genuinamente 1/525, o sea una entre
298.023.223.876.953.125.
Caben pocas dudas de que el dinero que Targ ofreció al sujeto A13 le
proporcionara un fuerte incentivo. Como dice el propio Targ, «estaba altamente
motivado para generar ensayos». De más de 20.000 ensayos, unos 13.000 se
llevaron a cabo bajo acuerdo de pago. Lástima que estas ofertas no tuvieran
efecto. Las puntuaciones del sujeto A13, fidedignamente registradas en una
cinta perforada inalterable, no sobrepasaron el nivel del azar.
Estos resultados confirmaron numerosas pruebas realizadas por «cabras», que han
demostrado la ausencia de correlación entre motivación y PES. Estos fracasos
generalmente no se le exponen al público porque no son noticia. Richard C.
Sprinthall y Barry S. Lubetkin expusieron los resultados de una de estas
pruebas en el Journal of Psychology (vol. 60, 1965, pp.
313-318). A 25 estudiantes voluntarios se les pidió que adivinaran una serie de
25 cartas de PES, y a otros 25 estudiantes voluntarios se les aplicó una prueba
idéntica, exceptuando que una empresa ofrecía 100$ a todo aquel que llegara a
20 aciertos. La puntuación más elevada entre los 50 fue de 10. La puntuación
global no sobrepasó el nivel del azar. La puntuación media correspondiente al
grupo no motivado fue de 5,56, ligeramente superior a la del grupo motivado,
que fue 5,40.
Siempre que un experimento importante, como por ejemplo la prueba del S.R.I. de
la máquina de PES de Targ, constituye un notable fracaso, los parapsicólogos
adquieren una fuerte motivación para encontrar razones a dicho fracaso. Si la
prueba ha sido supervisada por un psicólogo escéptico, o incluso si ha estado
presente alguna «cabra» como mero observador, la excusa favorita consiste en
invocar una especie de Regla 22: el escepticismo destruye la sutil operación de
la psique. Se trata de una regla únicamente válida en parapsicología. En otras
ciencias, el fracaso de un científico dudoso a la hora de reproducir un
experimento se considera evidencia en contra. Sin embargo, como se dice que los
poderes psíquicos resultan adversamente influidos por la duda, los
parapsicólogos no se dan por aludidos ante el fracaso de réplica alguna, a no
ser que haya sido obtenido por una «oveja». En este caso no se hallaba presente
ninguna «cabra», por lo que Targ pasó a acogerse a la Regla 23.
La Regla 23 establece que los poderes psíquicos resultan negativamente
influidos por la complejidad. Como Rhine dijo en una ocasión, «… las
preocupaciones elaboradas tienen su precio. Los experimentadores que llevamos
mucho tiempo trabajando en este campo hemos observado que la tasa de puntuación
va encontrando obstáculos a medida que el experimento se va haciendo más
complicado, pesado y lento. Las medidas de precaución normalmente constituyen
elementos de distracción en sí mismas». La Regla 23 logra un resultado
verdaderamente notable. Consigue que sea imposible establecer poderes psíquicos
mediante pruebas que resulten convincentes para las «cabras», que son la
inmensa mayoría de los psicólogos profesionales. En la medida en que la
contrastación sea informal y esté sometida a controles chapuceros, se obtendrán
resultados. En cuanto se intensifiquen los elementos de control, el experimento
adquirirá inevitablemente complejidad y las puntuaciones descenderán.
Pasemos a examinar el modo en que Targ lo expuso:
Para
empezar, los sujetos eran decididamente conscientes de que se encontraban en
una situación de prueba, a pesar de los intentos de proporcionarles una
atmosfera tranquila, agradable, y nada amenazadora. Todos sabían que habían
sido seleccionados para participar porque habían mostrado buenos resultados
durante el proceso de exploración, y este conocimiento creaba diversos grados
de tensión.
Los sujetos de este experimento se han quejado de manera unánime de las nuevas
condiciones experimentales diciendo que «es totalmente diferente, al estar
conectados a una computadora» a pesar del hecho de que las nuevas condiciones
de trabajo eran mucho más tranquilas y cómodas que las de los estudios piloto.
Hemos dedicado un periodo considerable de tiempo a entrevistar a los más
destacados de entre nuestros sujetos con elevadas puntuaciones previas. A
partir de estas conversaciones, hemos determinado que poseen niveles de
confianza más bajos cuando trabajan con la impresora conectada a la máquina
docente que cuando trabajan bajo la asistencia de un experimentador. Y sienten
el mínimo confort cuando trabajan con la perforadora en operación. No hemos
hecho estudios incuestionables para confirmar estas percepciones, pero desde
luego están respaldadas por el descenso de la tasa de puntuación que hemos
observado a medida que hemos ido avanzando a través de las tres técnicas de
registro empleadas en el programa.
En
ningún momento Targ considera la hipótesis de que la Fase 2 descartara la
existencia de poderes clarividentes: «Basándonos en los argumentos de E. P.
Wigner —dice Targ—, podemos formular la hipótesis de que el incremento de la
complejidad del sistema de observación para un acontecimiento hace que dicho
acontecimiento sea cada vez más sensible a efectos del “observador”. Por lo
tanto, quizás nos encontremos en una situación donde, cuanto más compleja sea
la configuración de la observación del rendimiento del sujeto, mayor
perturbación sufrirá su canal perceptivo.»
Desde luego, ésa es la voz de un físico familiarizado con los efectos del
observador en la mecánica cuántica. No es la voz de un psicólogo. En este caso,
el «observador» ni siquiera es una persona ¡Es una computadora que se encuentra
en otra habitación!
¿Qué hizo Targ? Con un experimento importante demostrando la ausencia de
resultados, era lógico que buscara un modo de «rehabilitar» (son sus palabras)
algunos de los marcadores buenos de los dos estudios piloto. ¿Qué método mejor
para ello que abandonar los «complejos» controles de la Fase 2 y regresar a la
ausencia de controles de la Fase 0?
En la Fase 3 se utilizaron ocho sujetos. Siete de ellos no manejaron impresoras
de ningún tipo, simplemente fueron observados por un experimentador. Sus
resultados no sobrepasaron el nivel del azar. El octavo sujeto, A3 de la Fase
1, pidió utilizar la impresora y trabajó sin observador. Se le permitió
practicar todo lo que quiso. De hecho, efectuó 4.500 conjeturas de práctica
frente a 2.500 conjeturas «de verdad». Su puntuación no sobrepasó el nivel del
azar en las series de práctica. En las series «de verdad» mostró una ligera PES
y una moderada pendiente ascendente de aprendizaje.
Este sujeto parcialmente rehabilitado es el único sujeto identificado en el
informe. Se trata de Duane Elgin, analista de política de investigación en el
SRI. El informe finaliza con un apéndice en el que Elgin declara su fe firme en
la PES y comenta su reacción ante el fracaso de la Fase 2. Lo que más le
perturbaba, escribe, era su constante confusión sobre si se encontrara en un
estado mental clarividente o precognitivo. Cuando hacía una conjetura, ¿estaba
adivinando la imagen recién seleccionada o se dirigía ya su mente hacia la imagen
que iba a ser seleccionada a continuación? Targ se reconoce responsable de gran
parte de esta confusión, que esperaba poder minimizar en futuros experimentos.
Uno se pregunta por qué Elgin no se preocupaba también por la posibilidad de
que sus poderes de PC pudieran ser los causantes de que el elemento de azar
seleccionara la imagen que él pensaba que iba a ser la próxima. (Esta
posibilidad no había sido descartada por Targ. En 1972 había anunciado que esta
hipótesis de PC «sería objeto de una futura investigación».) Elgin finaliza
exponiendo su opinión de que estas pruebas han constituido valiosos ejercicios
para sus «músculos psíquicos». Se siente mucho mejor ahora que en «otras
situaciones donde podía utilizar facultades de PES, concretamente, telepatía,
precognición, y clarividencia».
La historia del fracaso de este caro experimento es casi un paradigma de lo que
ha sucedido muchas otras veces en la investigación de la PES. Sujetos con
elevadas puntuaciones son identificados al principio mediante exploraciones
apenas sin control, y después cuando se procede a su contrastación, bajo
controles mejores (es decir, más complejos), sus poderes psíquicos se
desvanecen misteriosamente. Además de las Reglas 22 y 23, los parapsicólogos
poseen toda una retahíla de ellas. La Regla 24 dice que, por razones que nadie
entiende, los sujetos con elevadas puntuaciones tienden a perder sus poderes.
Las facultades del sujeto A3 regresaron. A pesar de eso, e independientemente
del deseo de Targ de repetir las pruebas evitando de alguna manera la terrible
complejidad de una computadora «observando» los ensayos a distancia, la
N.A.S.A. decidió no aportar fondos adicionales.
Anexo
Mi artículo publicado en Scientific American fue
comprensiblemente mal recibido por los creyentes genuinos. Gertrude Schmeidler
fue quien escribió la carta más amistosa, fundamentalmente increpándome por no
mencionar el uso de la máquina de registro de Helmut Schmidt y Charles Tart.
Tart se enfadó porque yo no había sancionado su trabajo con máquinas,
especialmente con su instructor de 10 elecciones (véanse capítulos 18 y 30), y
porque llamé cientólogo a Puthoff.
«¿Significaría eso —preguntaba Tart— que debemos sospechar de todo científico
asociado a ideas ajenas a la ortodoxia científica? De ser así, tendremos que
dejar de leer Scientific American y la mayoría de las revistas
científicas, porque sé de buena tinta que muchos de los autores que aparecen en
esas publicaciones son cristianos, judíos, etc., y por lo tanto creyentes en
todo tipo de cosas científicamente absurdas.» Entre nosotros, Tart es un devoto
luterano, pero yo nunca he utilizado eso en su contra. Está claro que la
cientología es asunto distinto. A diferencia de las religiones tradicionales,
exige una fuerte creencia en los poderes psíquicos y ostenta muchas ideas
científicas que son absurdas. Decir que Puthoff es un cientólogo no es en
absoluto lo mismo que decir que Tart es luterano; se parece más a la afirmación
de que un físico pertenece a una sociedad que defiende que la tierra es plana.
La carta mencionada de Puthoff y Tart apareció en Scientific American,
en enero de 1976:
Estimados
Sres.:
Nos gustaría aprovechar esta oportunidad para responder a los comentarios de
Martin Gardner en su crítica de nuestro informe de investigación de la N.A.S.A.
Esta investigación incluye el uso de una máquina automática, de circuitos
integrados, que selecciona al azar entre cuatro tarjetas ocultas, mientras el
sujeto trata de elegir la misma tarjeta seleccionada. La máquina proporciona
retroalimentación inmediata con respecto al estado de la misma, y suena un
timbre tras cada respuesta correcta del sujeto, lo que le permite intentar
hacer uso de esta retroalimentación, así como refuerzo para mejorar su
marcador. De los 147 sujetos voluntarios, fueron identificados seis cuyo
rendimiento en materia de aprendizaje era significativo al nivel 0,01 o aún
mejor, la probabilidad de que esto ocurriera por azar es inferior a 0,004. Por
otra parte, ningún sujeto presentaba una pendiente negativa de aprendizaje de
significación equivalente. En nuestro informe tomamos estos datos preliminares
para indicar que «existe evidencia de funcionamiento paranormal a partir de
nuestro trabajo con la máquina docente de PES». Esta evidencia incluye a un
sujeto que logró puntuaciones al nivel de significación p <
10-6 en sus 2.800 ensayos.
La crítica más importante de Gardner sobre estos experimentos está basada en un
error fáctico, a saber; su concepción equivocada de la manera en que se
recopilaron los datos. Los sujetos hacían series de 25 ensayos. Estos eran
automáticamente impresos sobre una banda de papel continua, que transporta un
registro permanente de todos los ensayos, el estado de la máquina, y el número
de ensayo. Tras una sucesión de 8 a 10 series, el sujeto presentaba la banda
continua a los experimentadores para que la incorporaran al registro
experimental. Las cintas siempre nos llegaban intactas con todas las series
registradas. Nunca nos eran enviadas en «trozos inconexos», como afirma Gardner
(implicando que un individuo podría post hocseleccionar las series
a entregar). Como estábamos interesados en la evidencia de aprendizaje dentro
de la sesión de cada día, tenía una importancia especial para nosotros mantener
intacta la cinta completa.
Russell TARG
Harold PUTHOFF
Sobre
el mismo tema versaba una carta de Phyllis Cole, el tercer miembro del equipo
de investigación:
Estimados
Sres.:
En calidad de científico que, de hecho, ha dirigido esta investigación, debo
responder a la crítica de Martin Gardner en lo que se refiere al estudio de la
máquina docente de PES.
El ataque de Gardner a dicha investigación está basado en numerosas
equivocaciones. Primeramente, los datos no eran tomados de cintas partidas a
capricho del sujeto y/o experimentador en «trozos inconexos». Las cintas de
datos de papel eran cortadas únicamente al término de cada sesión diaria, el
registro de cada sesión llegaba íntegro a mis manos. En segundo lugar, la
investigación correspondiente a la Fase 3 realizada con Mr. Elgin se llevó a
cabo igualmente con todos los demás sujetos de la Fase 3; yo me sentaba al lado
del sujeto y registraba sus puntuaciones leyendo el número total de aciertos
por serie de 25 ensayos a partir de la visualización digital, de cara a la
máquina. Y tercero, antes de iniciarse cada una de las sesiones de la Fase 3,
Mr. Elgin especificaba cuantas sesiones de «prácticas» de 25 ensayos deseaba
hacer. En ningún caso ésta fue una decisión caprichosamente basada en el
resultado de una serie. La puntuación media de Mr. Elgin a lo largo de los
2.500 ensayos experimentales de la Fase 3 presentaba una probabilidad de 5 X
10 -4, no ciertamente una «ligera PES», como afirma Gardner.
Consideremos satisfactoria esta réplica de su trabajo previo con una impresora
como aparato de registro, en el que p < 10-6
Phyllis M. COLE
La
elipsis final de la carta de Cole pertenece a un párrafo en el que cita un
pasaje de mi Fads and Fallacies (1952), tan citado por los
parapsicólogos, en el que yo decía que compartía «hasta cierto punto» el
«irracional prejuicio» de los psicólogos americanos frente a la PES. Con esto
no quise hacer referencia nada más que a esa especie de prejuicio que los
parapsicólogos presentan ante la realidad de la PES. Piensan que la evidencia
garantiza la creencia en ella, y yo no estoy de acuerdo. Mi uso de la palabra
«irracional» constituyó una mala elección de adjetivo. Aprovecho la ocasión
para disculparme. Tengo un prejuicio racional, lo mismo que Puthoff, Targ y
Cole.
Respondí a las cartas de Puthoff, Targ y Cole pero antes de hacerlo envié una
carta a Puthoff, con copias para su superior, Earle Jones, y para Ron Deutsch,
entonces director del gabinete de relaciones públicas del S.R.I.
Estimado
Dr. Puthoff:
Acabo de leer con gran interés la carta que Vd. y el Dr. Targ enviaron aScientific
American . Si he leído correctamente, Vd. afirma que todos los datos de
la Fase 1 se encuentran registrados en una cinta completa y continuada, y que
se tomaron las precauciones suficientes como para garantizar la inclusión e
incorporación de todas las series efectuadas por los 147 participantes en los
datos publicados.
Entiendo, desde luego, que éste era el diseño experimental, pero su descripción
del modo en que funcionó en la práctica se encuentra en acusado conflicto con
la información que yo he recibido de una fuente que considero completamente
fiable. Ha sido esta fuente la que me ha animado a escribir; «No estoy
conjeturando cuando…»
Estas dos descripciones del estado de los registros resultan tan incompatibles
que me gustaría preguntar lo siguiente: ¿sería posible llegar a un acuerdo para
contratar a un estadístico especializado, aceptable para todos nosotros, y
pedirle que examine las cintas originales y nos envíe un informe
detallado?
Martin GARDNER
Esta
carta nunca obtuvo respuesta. He aquí mi réplica a Puthoff, Gardner y Targ
publicada en Scientific American:
Estimados
Sres.:
El informe de Targ y Puthoff sobre el modo en que se tomaron los datos en la
Fase 1 de su malograda prueba de la máquina docente de PES de Targ difiere
radicalmente de la información suministrada por cierta fuente fiable, que tuvo
acceso a los registros originales. En consecuencia, escribí al Dr. Puthoff el
día 16 de octubre, pidiéndole que permitiera a Scientific
American contratar a un estadístico aceptable para todas las partes
para inspeccionar las cintas originales. No he recibido respuesta alguna.
Incluso en aquellos casos en que el sujeto registrara sus respuestas en una
cinta ininterrumpida, no hay manera de determinar si se han omitido otras
series, ya que la impresora de la máquina no cuenta lasseries .
Cuenta únicamente conjeturas de 1 a 25 en cada serie. No dudo que la Fase 1
estuviera diseñada con la expectativa de registrar cintas completas de todas
las series realizadas por los 147 participantes. Lo que yo cuestiono es que
funcionara de ese modo. La información que yo tengo es que algunos
participantes, incomodados por el traqueteo de la impresora, dejaban de
utilizarla y se pasaban a los registros manuales. Hasta que las cintas
originales sean examinadas por un experto ajeno al estudio, mantengo mi
afirmación de que se encuentran «a trozos».
Ms. Cole corrige un error importante. Yo había dicho que en la Fase 3, cuando
Duane Elgin fue «rehabilitado», sus puntuaciones fueron registradas en
impresora. Los hechos son: Elgin puntuó significativamente en la Fase 1,
mientras se utilizó la impresora. En la Fase 2, cuando la computadora se hizo
cargo de la defensa frente al sesgo inconsciente, su puntuación descendió hasta
el nivel del azar. En la Fase 3 no se imprimieron registros de ningún
tipo . Ms. Cole se sentó a su lado y llevó un registro manual de sus
7.000 conjeturas, de las que 4.500 no se contaron por haberse decidido (de
antemano) que eran series de práctica.
Aquí tenemos un ejemplo clásico de un firme creyente observado por otro firme
creyente, ambos con un intenso interés en un resultado favorable. La prueba no
era ni siquiera «tuerta»[55]. Ninguno de
los tres investigadores ha hecho comentario alguno sobre el punto central de mi
artículo: que los resultados de la Fase 2, la única fase con garantías
adecuadas, fueron absolutamente negativos.
Martin GARDNER
Se
recibieron otras cartas interesantes. Dale Ann Kagan descubrió una curiosa
anomalía en la ilustración que muestra una serie de 25 elecciones y que yo
reproduje del informe oficial de S.R.I. (véase reproducción anterior del
listado). Leyendo de abajo a arriba, nótese que el tercer objetivo de la
máquina, 2, coincide con la elección del sujeto dos pasos más adelante.
Continuando hacia arriba, cada quinta elección de la máquina coincide con la
elección del sujeto dos pasos más adelante. Cinco aciertos de ésos, sobre lo
que los parapsicólogos llaman Objetivos 2, no son significativos en una serie
de 25 elecciones, ahora bien, ¿espaciados a intervalos iguales? ¿Estaba
siguiendo el sujeto una estrategia de conjetura, o es pura coincidencia? Yo
creo que más bien esto último, pero todo ello demuestra lo fácil que resulta
encontrar patrones sorprendentes en el análisis post hoc de
datos de PES.
Richard V. Hoppe, psicólogo del Kenyon College, me recordó que el valor p, tan
citado por los parapsicólogos, no constituye indicación alguna de la intensidad
de la relación que se pretende contrastar. Este valor depende de muchas
variables, de las cuales solamente una es la diferencia entre la puntuación
esperada y la puntuación real. «El número de ensayos, que en el trabajo
relativo a PES generalmente es enorme comparado con los estándares
psicológicos, constituye un importante factor determinante del valor p.»
Cuando Cole niega que la puntuación de Elgin en su prueba final mostrara una
«ligera PES», respalda su afirmación con un valor p basado en
7.000 conjeturas, de las que 2.500 estaban destinadas (de antemano) a series no
consideradas de prácticas por Elgin y Cole. No se hallaba presente ninguna
tercera persona que garantice que esas 4.500 series hubieran sido declaradas
ejercicios prácticos de antemano, lo cual constituye un notable fallo del
diseño experimental, pero dejémoslo pasar, confiando en la honestidad de ambos
participantes. Incluso con 2.500 conjeturas legítimas, simplemente un error de
registro ocasional podría hacer llegar el valor p a la altura
declarada. Y si hubo tales errores, el valor p no sería más
que una medida del sesgo experimental.
Tanto Tart como Schmeidler me dieron un curso por correo sobre el método en
virtud del cual los parapsicólogos excluyen rutinariamente errores de registro,
limitándose a impedir al que realizara el registro ver las selecciones de
objetivos. De esta manera, los errores de registro obedecen al azar y ejercen
bien poco efecto sobre los resultados globales. Schmeidler llegó a añadir:
«Dudo que cualquiera de las dos revistas americanas importantes de
parapsicología aceptara una investigación en la que no se hubiera respetado
esta norma.»
Aparentemente tanto a Tart como a Schemeidler les había despertado el error que
cometí al decir que la prueba final de Elgin había sido sometida a registro
automático. Elgin también escribió protestando por este error, sin darse cuenta
de que yo no lo había corregido por no perjudicar más a Puthoff, Targ y Cole.
Imagínense la situación. La Fase 2 del experimento, cuando los controles fueron
los adecuados, no produjo ningún resultado. Puthoff, Targ y Cole necesitaban
desesperadamente justificar la subvención de la N.A.S.A. Su «rehabilitación» de
Elgin consistió en permitirle formular 2.500 conjeturas, todas ellas
registradas a mano con C., uno de los investigadores, sentado al lado de Elgin
y ¡observando tanto los objetivos como las conjeturas! Lo mínimo que Puthoff y
Targ podían haber hecho era que el registro lo hubiera llevado a cabo un observador
sin interés emocional alguno en el resultado.
No sé lo que será de Elgin en la actualidad, pero el número del 27 de diciembre
de 1976 de New York Magazine publicaba una sensacionalista
entrevista con él, firmada por William K. Stukey, y titulada «Psychic Power:
The Next Superweapon?» (El poder psíquico: ¿La próxima superarma?). Elgin era
entonces un «futurólogo» de 33 años de edad al servicio del S.R.I. El artículo
consiste básicamente en un largo informe de Elgin en el que predice el
desarrollo de una importante guerra civil en la década de 1990 entre la mayoría
no psíquica del complejo militar-industrial y una pequeña banda de psíquicos
radicales que destruirá computadoras, sistemas de armamento, redes de
comunicaciones, y quizás incluso las mentes de sus oponentes, utilizando sus
fantásticos poderes de PC. Opina que la única esperanza para los americanos es
aceptar la realidad de la psique y utilizarla con fines pacíficos y
terapéuticos. Elgin cree firmemente en sus poderes psíquicos. Se recomienda a
los lectores que echen un vistazo a esta increíble entrevista así como también
que lean «Powers of Mind: The Promise and the Threat» (Los poderes de la mente:
promesas y amenazas), de Elgin, en New Realites, vol. 1, núm. 1,
1977.
En su libro Mind-Reach, que comentamos en el capítulo 30, Puthoff y
Targ dedican un capítulo a la «Leal Oposición» en el que yo soy duramente
castigado por mi artículo de Scientific American. La sección
dedicada a este tema (págs. 180-181) constituye una obra maestra de literatura
falaz. Niegan enérgicamente que su experimento subvencionado por la N.A.S.A.
fuera un fracaso, afirmando que Elgin logró puntuaciones que dejarían atrás a
uno entre un millón. No aparece una sola palabra acerca del fracaso total de la
prueba durante la única fase que contó con controles adecuados, y tampoco
acerca de la vergonzosa manera en que se logró la «rehabilitación» de Elgin.
Puthoff y Targ cometen el error de afirmar que yo acusé a los sujetos de
fraude, cuando no pude señalar con mayor claridad la facilidad con que podía
operar el sesgo inconsciente. Reproducen su carta dirigida a Scientific
American, sin hacer mención alguna a mi réplica ni a mi solicitud previa de
la oportunidad de disponer de un observador que examinara las cintas
originales. Mientras esas cintas no sean inspeccionadas por alguien que goce de
mi respeto, no puedo aceptar la pretensión de que respalden los datos de la
Fase 1. Aun cuando así suceda, y mi fuente de información resulte estar
equivocada, el fracaso de la Fase 2 es lo único que importa, y continúa siendo
el núcleo de este desafortunado experimento.
8. Magia y parafísica[56]
La
finalidad de la magia, al menos en la mayor parte de las ocasiones, es
entretener al público pretendiendo violar las leyes naturales. Resulta curioso
que esto tenga algo en común con la conducta del universo. Cuando una persona
queda desconcertada por algún buen truco de magia, se debe a que no puede
averiguar cómo lo ha conseguido el mago. Cuando un físico queda desconcertado
ante una observación inesperada, se debe a que no puede averiguar cómo ha
logrado hacer eso el universo.
La gran diferencia, por supuesto, es que el universo juega limpio. Es posible
que sus trucos funcionen en virtud de principios de increíble sutileza, y que
nunca lleguemos a descubrirlos todos, pero continúa ejecutando sus ilusiones
una y otra vez, utilizando siempre los mismos métodos. O así lo parece. Cuando
un científico intenta descubrir uno de esos métodos, el universo, por lo que
sabemos, no se desvía de su camino para embaucarle. «Puede que Dios sea sutil,
pero Él no es malicioso», es una frase de Einstein que se cita a menudo. O,
como escribió en una ocasión en una carta; «La naturaleza oculta sus secretos a
través de su intrínseca grandeza, pero no mediante engaños».
El mago, por el contrario, es un embustero. Sus principios, prestados en parte
de la física y de la psicología (pero en su mayoría sui generis),
están bien impregnados de deliberada falsificación del tipo más reprensible. No
se trata tanto de lo que dice el mago, como de lo que quiere decir. Mostrará la
reina de corazones, le dará la vuelta sobre la mesa, y aparentemente la dejará
sobre ella. Puede decir incluso, «y colocaremos aquí la reina», sabiendo muy
bien que la carta que está poniendo allí ya no es la reina. Pero la mayor parte
de las veces el engaño está en lo que el mago hace, no en lo que dice. Puede
golpear un objeto para demostrar que es sólido cuando únicamente es sólido el
punto donde da el golpe. Puede enseñar descuidadamente la palma de su mano para
demostrar que no tiene nada escondido cuando tiene algo oculto en el dorso de
la misma mano.
Cualquier mago les dirá que los científicos son las personas más fáciles de
engañar del mundo. No resulta difícil entender por qué. En sus laboratorios el
instrumental es exactamente lo que parece. No hay espejos ocultos ni
compartimentos secretos, ni imanes escondidos. Si un ayudante coloca el
producto químico A en un vaso de ensayo (normalmente) no lo convierte
subrepticiamente en el producto químico B. El pensamiento de un científico es
racional, se basa en toda una vida de experiencia con un mundo racional. Pero
los métodos del mago son irracionales y totalmente ajenos a la experiencia del
científico.
El público en general nunca ha entendido esto. La mayoría de la gente supone
que si un hombre posee una mente brillante, está cualificado para detectar el
fraude. Esto no es cierto. A menos que haya sido exhaustivamente entrenado en
el arte secreto de la magia, y conozca sus peculiares principios, será más
fácil de engañar que un niño.
Algunos físicos tampoco han entendido esto. A finales del siglo XIX y principios
del XX, numerosos científicos destacados (Oliver Lodge, William Crookes, John
Rayleigh, Charles Richet, Alfred R. Wallace y otros) estaban firmemente
convencidos de que los médiums, ayudados por «agentes» inmateriales, podían
levitar mesas, materializar objetos y convocar espíritus audibles e incluso
fotografiables de las inmensas profundidades. Un astrofísico austríaco, Johann
Zollner, escribió un libro titulado Transcendental Physics (Física
trascendental) sobre un médium americano, Henry Slade, cuya especialidad era
producir insípidos mensajes procedentes de los muertos escritos con tiza sobre
una pizarra, y nudos en un cordón[57]. Zollner
creía que Slade podía mover el cordón dentro y fuera de un espacio de cuatro
dimensiones. Nadie consiguió convencer a Zollner de que un hombre tan
encantador como Slade pudiera ser un mago, como resultó imposible para Houdini
convencer a Conan Doyle de que no realizaba sus escapadas (Houdini)
desmaterializando su cuerpo.
Y hoy día está ocurriendo de nuevo la desdichada historia, con Uri Geller en el
centro de un ciclón de irracionalismo que agita a todo el mundo occidental.
Geller es un joven israelí de agradable aspecto, que inició su espectacular
carrera realizando lo que llaman los magos un «acto mental» en clubs nocturnos
israelíes. Un parapsicólogo americano, Andrija Puharich, le descubrió, y le
presentó a Edgar Mitchell, el astronauta que antaño pisó la luna y hoy día
posee su propia organización dedicada a investigar fenómenos paranormales.
Mitchell financió el viaje de Geller a Estados Unidos y le dispuso una prueba
en el Stanford Research Institute a cargo de Harold Puthoff y Russell Targ, dos
ex físicos especializados en láser dedicados a una serie de experimentos
pobremente diseñados, Puthoff y Targ publicaron un informe favorable en Nature.[58]
Aunque Puthoff y Targ están personalmente convencidos de la capacidad de Geller
para doblar metales mediante PC (psicocinesis) y ejecutar milagros aún más
notables, su informe en Nature se limitó al poder de PES
(percepción extrasensorial) de Geller. Su proeza más sensacional era adivinar
correctamente, ocho veces sucesivamente, el número que aparecía en un dado que
había sido tirado dentro de un archivador metálico por «uno de los
experimentadores». Más tarde resultó que a Geller se le había permitido manipular
el archivador, y que había realizado muchos ensayos de prueba. Como los
experimentadores siempre sacudían el archivador antes de que Geller pudiera
tocarlo, la manipulación de Geller parecía irrelevante, por lo que no se
mencionaba en el informe de Nature. Este detalle aparentemente
trivial dio a Geller la espléndida oportunidad de obtener información mediante
una técnica conocida por los prestidigitadores[59]. De haber
conocido Puthoff y Targ esta técnica, les habría resultado fácil dar los pasos
oportunos para excluirla. El hecho de que no lo hicieran inutiliza el
experimento de los dados.
Puthoff y Targ destacan entre un pequeño grupo de físicos preparados, algunos
incluso con doctorados, que se hacen llamar «parafísicos». La mayoría de ellos
desarrolla su actividad en el campo de la investigación psíquica y publica
libros y artículos populares. Todos están convencidos de que los fenómenos
psíquicos han sido firmemente demostrados por los parapsicólogos. El hecho de
que una abrumadora mayoría de psicólogos nieguen esto es considerado como
prejuicio inflexible de la ciencia oficial contra lo que Thomas Kuhn denomina
un nuevo «paradigma». Los parafísicos se consideran a sí mismos en vanguardia
de una nueva revolución científica que resquebraja mayor número de viejos
paradigmas que la revolución copernicana. Después de todo, dicen, ¿no persiguió
la oficialidad a Galileo?
En Inglaterra el más conocido de esta nueva hornada de físicos es John Taylor,
un físico matemático del King’s College de Londres. Cuando New
Scientist realizó un sondeo de opinión entre sus lectores en 1975, se
descubrió que Taylor estaba considerado ¡como uno de los veinte científicos más
importantes del mundo! Las razones de esta estima son las frecuentes
apariciones de Taylor en la emisora de televisión de la BBC, sus populares
libros (incluyendo uno sobre agujeros negros), y su conocida adhesión al
«efecto Geller». Su último libro, Superminds(Supermentes), no
solamente defiende que Geller puede doblar cucharas, llaves y barras de metal
con el poder de su mente, sino que cientos de niños superdotados británicos,
adolescentes e incluso más jóvenes, pueden hacer lo mismo[60].
Curiosamente, Taylor nunca ve de hecho nada doblado, ni tampoco ha conseguido
captar en vídeo el momento en que se dobla. Él llama a esto el «efecto
timidez». La curvatura únicamente suele producirse cuando no hay nadie mirando.
Les dio a sus niños unos tubos toscamente tapados con una barra metálica recta
en su interior. Se llevaron los tubos a casa y se los devolvieron con la barra
doblada. Por alguna razón, que Taylor es incapaz de imaginar, los niños lo
consiguen únicamente cuando los tubos están mal tapados.
En la Universidad de Bath, dos psicólogos diseñaron una sencilla prueba para
seis jóvenes dobla-cucharillas. Se dijo al observador que bajara la guardia
transcurridos veinte minutos. Todas las varillas y cucharas que había por allí
quedaron «gellerizadas» mientras los movimientos de los confiados niños estaban
siendo filmados en vídeo secretamente a través de los espejos unidireccionales.
En todos los casos en que algo aparecía doblado, se veía cómo los niños lo
doblaban utilizando «medios palpablemente normales». Una niña tuvo que colocar
una de las varillas bajo sus pies para poder doblarla. Otras colocaban la
cuchara bajo la mesa y utilizaban las dos manos[61]. Taylor
nunca pensó que merecía la pena diseñar esta prueba, porque él ya había
decidido que todos sus niños eran honestos.
Taylor no está seguro de cuál es la fuerza misteriosa que produce el efecto
Geller. En Superminds considera muchas posibilidades: la
gravedad, la fuerza débil, los neutrinos, los taquiones, los bosones
intermedios, los quarks. Algunos de ellos ya habían sido propuestos por otros
parafísicos como fuente de fenómenos psíquicos. Taylor termina optando por el
electromagnetismo. Esto es objeto de las burlas de los parapsicólogos porque,
de acuerdo con J. B. Rhine, opinan que la fuerza psíquica es un enigma para la
ciencia. La posibilidad de que el efecto Geller pueda tener su origen en el
engaño es, desde luego, descartada por Taylor, quien afirma haberlo presenciado
personalmente.
Resulta posible hacerse una idea de lo ingenuos que pueden ser los físicos
cuando sienten una fuerte inclinación a creer en fenómenos paranormales,
considerando un teatral acontecimiento que tuvo lugar en el Birkbeck College de
Londres, el 21 de junio de 1974. Uri Geller estaba haciendo una demostración de
sus poderes ante un pequeño grupo de físicos. La figura más destacada entre los
presentes era David Bohm, experto de fama mundial en el terreno de la mecánica cuántica.
También se hallaban presentes los parafísicos John Hasted, Keith Birkinshaw,
Ted Bastin y Jack Sarfatt (que de entonces a acá ha recuperado su apellido
familiar, Sarfatti), y el investigador psíquico Brendan O’Regan, que era quien
había organizado la demostración.
El increíble logro de Geller consistió en producir una «fuerte descarga en un
tubo contador Geiger que tenía en la mano. La creación del reventón sucedió
casi simultáneamente con la manifestación de Geller de su intención de crearlo…
La creación de la descarga se correlacionaba con una respiración intensa y
signos de gran agotamiento físico por parte de Geller». Cito de un provocativo
comunicado de prensa firmado por Sarfatti[62]. Geller
repitió el número del contador Geiger al día siguiente para el escritor Arthur
Koestler y otros. «Koestler informó de una fuerte sensación simultánea al
estallido del tubo Geiger», dice Sarfatti, y estuvo «visiblemente agitado
durante varios minutos». El autor de ciencia-ficción Arthur C. Clarke, que
también se encontraba allí, dijo que ya era hora de que los magos «descubrieran
el engaño o callaran para siempre».
«Mi estimación personal como doctor en física —concluye Sarfatti— es que Geller
puso de manifiesto en Birkbeck una capacidad psicoenergética genuina, más allá
de la duda de cualquier hombre razonable, y bajo unas condiciones
experimentales relativamente bien controladas y repetibles»[63].
Nótese la clara implicación presente en el artículo de Sarfatti de que su
doctorado en física le convierte en alguien especialmente cualificado para
descartar el engaño. Pues bien, ¿cómo habría reaccionado un mago sin doctorado
alguno, pero con ciertos conocimientos no poseídos por Sarfatti, de haber
estado allí presente? Aunque no soy profesional, la magia ha constituido mi
principal afición por espacio de cincuenta años. Cuando leí el informe de
Sarfatti, lo primero que se me ocurrió fue que Geller quizás llevaba oculta en
alguna parte de su persona cierta cantidad de una sustancia radioactiva
inofensiva. Mientras se agitaba en un simulado estado de tensión física, podía
haber acercado simplemente el tubo a su fuente de rayos beta. Podía llevarla en
la punta de un zapato, sobre su rodilla, en la boca, detrás de una oreja,
debajo de su collar, pegada al pecho, en el anverso de su cinturón. No resulta
difícil obtener una fuente de rayos beta. El dial de un reloj luminoso produce
un excelente crujido en un contador Geiger. En una ocasión en que Phillip
Morrison preguntó a Sarfatti si alguien había examinado a Geller para comprobar
si llevaba una fuente de rayos beta, Sarfatti respondió que nadie había
considerado semejante posibilidad, y que era una «idea ingeniosa». Para
cualquier mago esta respuesta resulta hilarante.
¿Era éste un experimento «repetible» como afirma Sarfatti en su artículo?
Quizás fuera repetible ante los doctores parafísicos, pero no ante un grupo de
magos experimentados[64]. De hecho,
los métodos de Geller son tan anticuados como conocidos. El lector interesado
puede adquirir más información sobre ellos leyendo las referencias que se citan
en las notas 58 y 59.
Hasta el momento la publicación de los métodos de Geller apenas ha surtido
efecto sobre las mentalidades de los parafísicos. Su reacción es exactamente la
misma que la que manifestaron sus colegas en torno al año 1900, cuando se
enfrentaban al fraude obvio de un médium físico. En primer lugar, dicen, el
hecho de que un mago pueda reproducir un acontecimiento psíquico no significa
que el psíquico lo haga de la misma manera. Segundo, aun cuando algunas
veces lo haga de ese modo, no significa que lo haga así siempre.
Todos los parafísicos de hoy reconocen que Geller de vez en cuando hace
trampas. Después de todo, ¿no se encuentra el pobre chico sometido a la
terrible presión de producir resultados, especialmente en televisión? ¿Cómo se
le puede acusar de utilizar algo de prestidigitación cuando el poder psíquico
no esté a su alcance? Si alguien sorprende a Geller haciendo trampas, como ha
sucedido muchas veces, ¿qué? Luego ha hecho trampas. Pero
cuando nadie le pilla, lo que hace es auténtico. Este es uno de esos viejos
argumentos «cara, yo gano; cruz, tú pierdes» que los parafísicos parecen
encontrar satisfactorio.
Actualmente, Sarfatti es director de lo que él llama Grupo de Investigación
Física/Conciencia, una organización no lucrativa y exenta de impuestos de San
Francisco. Este grupo fue fundado por Werner Erhard, excientólogo (la iglesia
le expulsó en 1971) que ahora dirige un movimiento propio llamado E.S.T.
(Erhard Seminars Training), destinado a despertar la conciencia de todo aquel
que desee pagar por su grotesco aprendizaje[65].
Sarfatti es un teórico destacado entre los parafísicos de Estados Unidos. De
acuerdo con su autobiografía, escrita en 1975 para una nueva revista de Ken
Kesey, Spit in the Ocean, nació en Brooklyn en 1939 y obtuvo su
doctorado en el State College de San Diego. Hace unos diez años comenzó a tener
«extrañas experiencias subliminales», que él atribuye a la «comunicación con
otros modos de conciencia». Descubrió que podía practicar la «escritura
automática» (escritura sin control consciente de la mano) y, según dice, varios
de sus trabajos científicos publicados fueron escritos de ese modo.
También descubrió que gozaba de «una especie de experiencia mental colectiva»
con su socio y «camarada en la exploración psíquica» el físico Fred Wolf.
Mientras su conciencia no dejaba de encumbrarse, le era de gran ayuda el método
E.S.T. En una carta dirigida en 1975 al mago James Randi, afirma estar en
posesión de una «información seria que indica una elevada probabilidad de que
se estén efectuando contactos extraterrestres». Esta información procede «de
personas sensatas y con formación científica que no van detrás de un fin
interesado», como J. Allen Hynek, el astrónomo que actualmente despliega tanta
actividad en materia de investigación sobre OVNIS. Sarfatti y Wolf son autores,
junto con Bob Toben, de un entusiástico libro de bolsillo, Space-Time
and Beyond (Espacio-Tiempo y el más allá) (Dutton, 1975). El texto y
las ilustraciones cuentan todo lo que hay sobre los cimientos teóricos de cosas
como el viaje en el tiempo, la levitación, la precognición y la facultad de
doblar cucharas.
La teoría de Sarfatti sobre la psique parte del intento de David Bohm de
escapar de las terribles discontinuidades de la mecánica cuántica. En teoría
cuántica un acontecimiento parece influir sobre otro sin transmisión alguna de
energía a través del espacio o el tiempo. Estas discontinuidades básicas
resultan completamente diferentes de las que se producen a nivel macroscópico.
Hagan girar un haz luminoso y se desplazará un punto a lo ancho de la pared,
superará el borde, y luego saltará rápidamente a otra pared más distante. Pero
este salto se explica fácilmente considerando la fuente del haz. Las
discontinuidades a nivel cuántico no pueden explicarse de ese modo. Un
acontecimiento sucede en el punto A, otro acontecimiento en el punto B, pero no
se propaga nada entre uno y otro. No podemos hacer algo mejor que «explicar» el
acontecimiento invocando las leyes estadísticas. La teoría cuántica
convencional no deja sitio para «variables ocultas» —algo más sobre la
naturaleza, hasta ahora desconocido para nosotros, que restablecería la
causalidad.
A Einstein no le gustaba esta visión de «Dios jugando a los dados» (como él la
llamaba) y a Bohm, aunque no propone deidad alguna, tampoco le gusta. En la
visión de Bohm el universo posee infinitos niveles estructurales, como un
inmenso mar sin fondo. En cada nivel existen discontinuidades que se desvanecen
cuando percibimos los patrones del nivel inferior siguiente. Bajo las entidades
de la mecánica cuántica, se encuentran las entidades subcuánticas de las que
todavía no tenemos conocimiento. Las entidades que conocemos son como puntas de
iceberg. Las relacionamos mediante leyes estadísticas únicamente porque todavía
no captamos su relación de causalidad a un nivel más profundo. Cuando
finalmente alcanzamos a comprender ese nivel más profundo, volvemos a
encontrarnos ante sus discontinuidades y mágicas violaciones de causa y efecto,
que tan sólo pueden explicarse avanzando hacia una mayor profundidad. A juzgar
por lo que sabemos, estos niveles pueden proseguir a perpetuidad. Nuestra pobre
mecánica cuántica no es más que un estrato superior de lo que Milton llamaba el
«oscuro abismo infinito sin fondo» del mundo.
Sarfatti desarrolla esto. Si pudiéramos contemplar el universo en lo que Bohm
ha denominado su «totalidad ininterrumpida», podríamos ver que cada partícula
se encuentra conectada a las demás partículas, cada acontecimiento a los demás
acontecimientos, sin importar la longitud de su distancia en el tiempo o el
espacio. Sacude tu dedo, y sacudirás el universo. Cuando movemos algo, todo se
mueve. Donde Sarfatti difiere de otros físicos es en el lenguaje que elige para
describir el nivel subcuántico. Sarfatti lo denomina «conciencia». Así pues, se
coloca en la tradición clásica del idealismo filosófico. Detrás de la loca y
paradójica experiencia cotidiana, detrás del aún más loco mundo de la
micro-física, está la Mente.
En su antigua visión, Sarfatti mezcla varios ingredientes modernos: la paradoja
«Einstein-Rosen-Podolsky», los agujeros de gusano de John Wheeler y el
superespacio, la interpretación de «muchos mundos» que hace Hugh Everett de la
mecánica cuántica, y especialmente de las implicaciones de un argumento
formulado por John S. Bell[66]. Bell ha
demostrado que no existe ninguna teoría local con variables
ocultas (es decir, ningún conjunto de ecuaciones que describa las propiedades
locales en el espacio y en el tiempo) que sea consistente con la mecánica
cuántica. Sin embargo, esto deja abierta la posibilidad de que una teoría no
local con variables ocultas —una que se aplique al universo entero— resulte ser
consistente con la mecánica cuántica. No existe ni la más ligera evidencia de
semejante teoría, pero su posibilidad lógica —en la que Dios nojuegue
a los dados— permite a Sarfatti y a otros propugnarla.
Consideremos al mundo como un inmenso e intrincado espectáculo de títeres. Todo
lleva sujeta una «cuerda», y todas las cuerdas son manejadas por el Gran
Titiritero. Parece como si el títere A arrojara una partícula al títere B, pero
es una ilusión. El titiritero mueve el brazo de A, luego lleva la partícula
hasta B y mueve el brazo de B para que la coja. Independientemente del grado de
azar y falta de causalidad que parezcan tener los acontecimientos a nivel
microscópico, la casualidad queda restablecida postulando la existencia del
Gran Titiritero. Jung llama a esto «sincronicidad». Leibniz lo llamó «armonía
pre-establecida». Comoquiera que llamemos al Titiritero —Dios, Ser, Tao, Brahman,
o el Absoluto— sus cuerdas infinitas proporcionan la conexión que permite la
transferencia de información a velocidades instantáneas a través del espacio y
del tiempo.
Nadie debe pensar que dicha transferencia viola el dictado de la relatividad,
que dice que las señales no pueden ir más deprisa que la luz. No existen las
señales instantáneas en el sentido de que la energía se transfiera. Nada «se
mueve». El tiempo no «pasa». Es lo que Sarfatti llama «transferencia
superlumínica instantánea» de información mediante «conexión hiperdinámica». En
nuestra metáfora, un títere tira de una cuerda aquí, y el Gran Titiritero
instantáneamente tira de otra cuerda allí.
El concepto es simple, pero el parafísico lo disfraza de concepto científico,
incorporándole jerga técnica. La «medida de información», según Sarfatti, es
«el grado de orden presente en la energía ya existente en un lugar determinado.
Este tipo de información es codificada directamente a las ondas superlumínicas
cuántico-materiales de De Broglie». Sarfatti está convencido de que la mente
humana posee detectores naturales de ondas de De Broglie a nivel molecular
cuántico. «La introducción de este tipo de información cuántica directa en la
conciencia despierta a menudo aparece como “paranormal” o “psíquica”.
Determinados tipos de estados alterados de conciencia… parecen facilitar la
captación de información cuántica directa…»[67]. Pero hay
más, el psíquico no solamente puede captar información instantáneamente de
cualquier parte del universo, sino que también puede transmitirla de modo
instantáneo. Se limita a utilizar sus poderes de PC para mover aquí una función
de ondas —posiblemente alterando el estado de espín de un sistema cuántico— y
es de presumir que ese movimiento obedecerá a algún tipo de código. Como esto
lo mueve todo, el psíquico receptor puede captarlo instantáneamente. Cuando un
físico del establishment no comulga con esto, Sarfatti y sus
amigos le consideran desesperadamente atascado en el «chauvinismo
electromagnético». (Pobre John Taylor. A pesar de su calidad de hermano
parafísico, también él se encuentra atascado en el chauvinismo
electromagnético.)
He aquí, finalmente, una teoría maravillosamente cierta para explicar todos los
portentos psíquicos que adivinan el pensamiento y doblan cucharas. Puede
transmitirse información instantáneamente al cráneo de cualquiera, sobre todo
si ese cualquiera es psíquico, desde cualquier parte del universo, desde
cualquier punto del pasado, presente o futuro. La telepatía, clarividencia,
psicocinesis, adivinación, precognición, cura psíquica, experiencias
extracorpóreas, etc., ya no adolecerán más de la falta de una teoría física.
Nuestra conciencia, según Sarfatti y los demás, puede percibir al instante e
influir sobre cualquier parte del universo. Puede abandonar el cuerpo y vagar,
más deprisa que un fotón, a través de ámbitos infinitos del espacio y del
tiempo. Si una superinteligencia de cierta galaxia distante desea comunicarse
con Uri Geller y darle su poder para doblar cucharas, no hay razón por la que
no pueda hacerlo. De hecho, esto es exactamente lo que Puharich defiende como
fuente del poder de Geller[68]. El propio
Geller lo ha reafirmado en entrevistas de televisión, así como en una
autobiografía realizada por el periodista John G. Fuller[69].
Este no es lugar para entrar en más detalles sobre la gran teoría de Sarfatti
de la «transferencia superlumínica de información». Deseo considerar un asunto
mucho más modesto. Antes de que el parafísico emprenda el desarrollo de
elaboradas teorías para explicar cómo dobla Geller una cuchara, ¿no sería
prudente asegurarse primero de que Geller realmente puede doblar
una cuchara? Mediante PC, quiero decir. No es mi deseo ahora buscarme problemas
con mis amigos magos, exponiendo métodos empleados por honestos charlatanes,
pero quizás me perdonen si considero con detalle la proeza más publicitaria de
Geller. ¿Cómo dobla Geller una llave de coche?
En primer lugar, resulta importante saber que no existe ningún método sencillo.
Hay docenas de maneras de doblar llaves de coche, algunas de ellas
desarrolladas por magos después de que Geller hiciera popular este truco, y que
Geller nunca utiliza porque son demasiado complicadas e inadaptables a su
casual e improvisado estigma de magia. Pero el propio Geller posee muchos modos
de doblar llaves, según las circunstancias. Cuando lo realice para una sola
persona, digamos un periodista o algún admirador que le haya pedido una
demostración privada, lo hará de una manera. Cuando se encuentre ante un gran
auditorio adoptará otros procedimientos. El método a emplear depende de quién
esté observando, cuántos estén observando, y a qué distancia estén observando.
Si sospecha que hay un mago entre el público, no doblará la cuchara de ninguna
manera.
He aquí un escenario típico, basado en la observación de muchos amigos, algunos
de ellos magos, que Geller no sabía que estaban presentes y que, de hecho,
vieron sus «movimientos» exactos. Vamos a suponer que Geller se encuentra en un
despacho con un grupo de científicos reunidos para presenciar sus aterradores
poderes. Algunos de ellos creen que Geller posee esos poderes. Otros son
escépticos pero curiosos. Ninguno sabe mucho sobre magia.
Al actuar ante una audiencia como ésta, Geller tiene una abrumadora ventaja
psicológica sobre cualquier mago: actúa como psíquico. De un mago se espera que
realice sus milagros con rapidez y pulcritud, sin ningún fallo, mientras todo
el mundo atiende como un halcón para ver dónde pillan el truco. Ningún mago,
cuando sale a escena, se atreve a decir: «Lo siento, señoras y señores.
Pretendía mostrarles mi gran truco de hacer flotar una bombilla encendida por
toda la habitación, pero desgraciadamente no me sale. Hay escépticos entre
ustedes. Las vibraciones no me son favorables.»
El psíquico, por su parte, no tiene obligación ninguna, y Geller juega este
papel con una habilidad soberbia. Empieza diciendo que está muy nervioso al
hallarse en tan distinguida compañía, y que no sabe si sucederá algo o no. Todo
lo que puede hacer es intentarlo. Es más probable que las cosas ocurran, dice,
cuando alguien quiere que ocurran. El poder que posee no es únicamente suyo.
Todo el mundo lo tiene. Así pues, si todo el mundo pone todo de su parte para
que las cosas ocurran, puede que así suceda. Pero nadie debe disgustarse si no
es así.
Este pequeño discurso ejerce el efecto de desanimar a los escépticos en la
manifestación de sus dudas. También cura en salud a Geller, en el caso de que
no encuentre condiciones que le permitan hacer gran cosa. La mayor parte de las
veces le permite realizar los trucos más triviales. Posiblemente, ningún mago
conseguiría que la gente esperara media hora a que doblara una llave, pero esto
sucede a menudo con Geller. Pedirá prestada una llave de coche, la golpeará y
no pasará nada. La dejará a un lado y lo intentará más tarde. De nuevo no
ocurre nada. Quizá al tercer o cuarto intento se doblará.
La razón de esta demora es que Geller no puede doblar la llave mientras no
consiga la distracción suficiente como para doblarla en secreto. Esta operación
dura tan sólo un instante. La mayor parte de las llaves de coche doblan
fácilmente, sobre todo cuando son largas y tienen el corte de las muescas bajo.
Geller se enorgullece de su fuerza (trabaja hasta con palanquetas de gimnasio,
nos dice Puharich). Si ustedes tienen fuerza en los dedos, pueden doblar la
mayoría de las llaves de coche simplemente apoyándolas en sentido perpendicular
a los dedos y presionando firmemente con el pulgar. Las llaves más resistentes
requieren que la presión se aplique sobre su punta contra el costado de una
silla, o cualquier superficie firme que se encuentre a mano. En cualquier caso,
la curvatura se puede llevar a cabo en una fracción de segundo. Desde luego,
debe hacerse en un momento en el que no haya nadie mirando.
Para obtener la distracción necesaria, Geller crea un volumen de caos máximo,
moviéndose por toda la habitación y pasando rápidamente de un experimento a
otro. He aquí algunos de los trucos que ha empleado para conseguir la
distracción necesaria:
1. Geller ha intentado dos veces doblar una llave sin éxito. Lo intenta una
tercera vez, permitiendo a alguien sostener la base de la llave mientras la
golpea suavemente con el dedo. De nuevo, no ocurre nada. Geller finge estar
disgustado. Todo el mundo se disgusta. Empieza a colocar la llave a un lado una
vez más. Nadie está prestando mucha atención porque el truco ha fallado. En ese
instante alguien que se encuentra en la habitación hace un comentario gracioso.
Todo el mundo se vuelve hacia él y se ríe. Ese es el momento que Geller
esperaba. Su mano cae a un lado de la silla mientras él también se ríe. ¿Quién,
excepto un mago experto, está mirando su mano en ese instante? Geller pone
inmediatamente la llave a un lado, colocándola con mucho cuidado en un punto
donde queda parcialmente oculta para que nadie pueda ver que ya está doblada.
Puede que no vuelva a intentar doblar la llave por espacio de otros diez
minutos.
2. Geller está actuando para una persona. Ambos se encuentran sentados en
sillas. La llave no se dobla. Quizás, dice Geller, estamos sentados demasiado
separados. Al acercar su silla, las manos de Geller caen a los lados de ésta.
Mientras la mueve, presiona la punta de la llave contra la pata de su silla.
3. Geller se encuentra en su apartamento entreteniendo a un invitado. Se sienta
en un sofá, delante del cual hay una mesita baja con la superficie superior de
cristal. No parece haber nada detrás de él que pueda utilizar como elemento de
presión. ¿Quién sospecharía que el grueso cristal de la mesita sirve admirablemente
como tal? Tan pronto como se produzca un mínimo de distracción, y se disperse
la atención del espectador, la llave será doblada contra el borde del cristal.
4. Geller está entreteniendo a un grupo de personas en una oficina. Le están
mirando desde una distancia demasiado corta como para lograr la distracción que
necesita. Geller se muestra apologético. Dice que algunas veces eso contribuye
a que el metal se doble, siempre que haya por allí cerca gran cantidad de
metal. Señala a lo ancho de la habitación y pregunta: ¿Eso es un archivador
metálico? Si se encuentra en una sala de estar, apunta hacia un radiador. Todo
el mundo vuelve la cabeza. En ese instante esconde las manos y las pone a
trabajar. Cuando la llave es blanda, la dobla con la mano. Todo lo que tiene
que hacer a continuación es sostener la llave por un extremo, ocultando la
parte por donde está doblada, caminar hacia el archivador, dejar que alguien
sostenga un extremo de la llave y luego doblarla milagrosamente.
5. En muchas ocasiones Geller considera necesario abandonar la habitación para
obtener una distracción considerable. En 1974, en una ocasión en que estaba
actuando para un grupo de personas en Ottawa, un amigo mío que se encontraba
entre dicho grupo me dijo que, tras muchos fracasos a la hora de doblar la
llave, Geller preguntó si había un ascensor en el vestíbulo. Dijo que podría
servir de ayuda la gran cantidad de metal contenida en el hueco del ascensor.
Geller procedió a encaminarse hacia el vestíbulo, arrastrando a sus espectadores.
Con toda seguridad, la llave se dobló delante de la puerta del ascensor.
6. Otra de las excusas favoritas de Geller para salir de la sala donde se
encuentre es decir que el agua corriente ayuda a doblar la llave. De hecho
utilizó esta ridícula excusa ante los parafísicos del Birkbeck College.
Permítanme citar el pasaje relevante del extático comentario de prensa de
Sarfatti:
Geller
consiguió doblar varias piezas metálicas mediante acción psicoenergética. Entre
estas piezas se encontraba la hoja de un cuchillo y una llave que pertenecía a
Bohm. El flujo de agua de un grifo sobre el metal parecía facilitar la
producción del doblamiento.
Para
un mago esto significa que los parafísicos estaban mirando desde demasiado
cerca. Geller sugirió lo del agua corriente. Todo el mundo se desplazó hasta un
punto donde la llave pudiera colocarse bajo un grifo. En el proceso de llegar
hasta allí, Geller consiguió la distracción necesaria. Pudo haber doblado la
llave con la mano, contra el quicio de una puerta al pasar por ella, o de una
docena de maneras distintas. La cuestión es que nadie esté mirando mientras va
en dirección al sumidero.
Resulta importante destacar que Geller dobla la llave antes, y algunas veces
mucho antes, del momento en que pretende que se está produciendo el
doblamiento. Supongamos que encuentra la ocasión de doblar la llave después de
un segundo fracaso. La llave ha sido colocada a un lado, pero detrás de algo o
parcialmente tapada de manera que no resulte visible que ya está doblada. Diez
minutos después, cuando vuelve a coger la llave, la sostiene de manera que
únicamente salga de sus dedos la mitad de ésta. Como esa mitad visible está
derecha, todo el mundo supone que la llave entera está derecha. Algunas veces
frota la llave doblada hacia atrás y hacia adelante sobre la superficie de una
mesa. Esta acción y el sonido que produce fortalecen la impresión de que la
llave está recta. A continuación Geller ofrece a alguien sostener la llave por
un extremo, mientras él oculta la parte doblada entre sus dedos.
Mientras Geller frota suavemente la llave suele preguntar a la persona que la
sujeta si empieza a sentirla más caliente. Desde que la empezó a sujetar, estámás
caliente, pero la mayoría de la gente responde en seguida a la sugestión e
imagina que la llave está mucho más caliente. Geller continúa frotando la
llave. Lentamente aparta los dedos y deja ver la parte doblada. Realmente
parece como si la llave se estuviera doblando en ese momento, especialmente
cuando eso es lo que el espectador está convencido de que está ocurriendo.
Geller es un maestro creando esta ilusión. Procurará que el lado plano de la
llave mire hacia la audiencia a medida que va apartando sus dedos. Luego
retorcerá la llave poco a poco, dejando lentamente al descubierto el
doblamiento. Al mismo tiempo gritará con gran excitación: «¡Miren, está
empezando a doblarse!» Todo esto se combina, creando una sólida ilusión. Mucha
gente jurará después haber visto cómo la llave se doblaba lentamente, de igual
modo que se dobla una cerilla ardiendo.
Algunas veces Geller cogerá una llave, ya doblada tras un «fracaso» previo ante
un espectador. Si no hay nadie más presente, quizás Geller le pida que sostenga
la llave por su extremo más delgado pero por encima de su cabeza, donde no
pueda ver que ya está doblada. Geller anunciará entonces que va a intentar algo
que rara vez intenta. Va a desplazarse al otro lado de la habitación, a unos
tres metros de distancia, e intentar doblar la llave sin tocarla siquiera.
La persona que sostiene la llave naturalmente cree que no está doblada. Geller,
a tres metros de distancia, hace grandes esfuerzos por doblarla. Se acerca,
examina la llave doblada, y se muestra tremendamente disgustado. ¡No ha
ocurrido nada! Antes de que el espectador examine la llave —¿por qué va a
examinarla si está claro que no ha conseguido doblarla?— Geller está ansioso
por intentarlo una vez más. La llave vuelve a la mano de dicho espectador, que
la eleva. Geller se aleja esta vez seis metros. ¡Ahora siente el poder que
emana de él! Respira pesadamente y parece hallarse sometido a una tensión
considerable. Sí. ¡Sabe que la llave se está doblando! «¿Siente Vd.
cómo se dobla?» Si el espectador se deja llevar por la sugestión, imagina
sentirlo. Geller le dice que mire la llave. ¡Mirabile dictu! ¡Está
doblada 30 grados! Mientras viva, el espectador insistirá en que Geller estaba
a seis metros de distancia cuando hizo que la llave se doblara. Más aún,
insistirá asimismo en que Geller nunca tocó la llave. Una y otra
vez, los informadores cuyas llaves han sido dobladas por Geller de esta manera
han escrito que Geller dobló sus llaves sin tocarlas. Lo que quieren decir es
que Geller no estaba tocando las llaves en el momento en que ellos supusieron
que las estaba doblando. El hecho de que Geller manipulara las llaves tantas
veces antes de que ocurriera el gran milagro les parece totalmente irrelevante.
De hecho, se olvidan de esto por completo.
Estas son algunas de las trampas que Geller utiliza para nada más que uno de
sus pequeños milagros. No he mencionado todas sus técnicas para doblar llaves.
Por ejemplo, no he dicho nada de la manera en que Geller puede recibir en
secreto la ayuda de su amigo Shipi Shtrang, que a menudo le acompaña, y que a
veces aparece disfrazado de uno de sus inocentes espectadores. Geller tiene
además otros amigos íntimos que de vez en cuando «hacen el papelón» de
espectadores inquietos. El uso de preguntones preparados, término que utilizan
los magos para referirse a sus ayudantes secretos, constituye una rama de la
magia en sí. Y he omitido otros métodos, en los que no se utilizan preguntones,
porque están siendo empleados por amigos magos que son mucho más habilidosos
doblando llaves que Geller.
Los magos padecen, desde luego, la enorme desventaja de ser considerados magos.
En consecuencia, se espera que doblen una llave en condiciones bastante más
rigurosas que las que se le exigen a Geller. Un «gellerita» se acercará al
sorprendente Randi con una llave dentro de su puño cerrado. «Vd. dice que puede
hacer algo que Geller hace —le dirá—. Muy bien, tengo la llave de mi coche en
esta mano. Ahora demuéstreme que puede doblarla.
»¿Puedo examinar la llave? —pregunta Randi.
»No puede —responde el airado «gellerita».
»La llave está dentro de mi puño. Dóblela sin tocarla. Eso es exactamente lo
que hizo Geller cuando la dobló.»
¿Qué puede hacer Randi? Puede protestar débilmente diciendo que ésas no eran
las condiciones en las que Geller dobló la llave, pero ¿es que va a creerle el
gellerita?
Hay dos rasgos que caracterizan al auténtico gellerita. Es una persona de
enorme credulidad, de esa credulidad que se ve fortalecida por un enorme
impulso a creer. Y es una persona incapaz de reconocer el absurdo. (Si es
físico, yo añadiría un tercer rasgo: el egotismo de creer en su competencia
para detectar fraudes.) En los días del máximo auge del espiritismo, a los
físicos que estaban convencidos de que los espíritus podían hacer flotar
trompetas en el aire, no les hacía ninguna gracia el hecho singular de que los
espíritus pudieran hacerlo únicamente en condiciones de total oscuridad. ¿Por
qué los seres queridos que se han ido operan solamente en la oscuridad? Para un
mago la respuesta es obvia.
Si Geller posee el poder de doblar los metales, ¿por qué resulta necesario
doblarlos únicamente en condiciones de ejecución mágica? Si Geller posee
poderes paranormales, ¿por qué se manifiestan de un modo tan insignificante
como el doblamiento de cucharas? Si Geller puede doblar una barra de metal
mediante PC, ¿por qué no puede enderezarla de nuevo?
Las proezas realizadas por importantes rivales de Geller son todavía más
divertidas. Ted Serios, un mozo de hotel de Chicago, convenció a parapsicólogos
tan destacados como Thelma Moss, Charles Tart, Gertrude Schmeidler, William Cox
y Jule Eisenbud de que podía hacer que su recuerdo de viejas fotografías se
registrara en película Polaroid, simplemente mirando al interior del objetivo a
través de un rollo de papel que él mismo sostenía delante del mismo. En cuanto
dos magos explicaron lo fácilmente que Serios podía haberles engañado, éste
perdió su poder y desapareció de la escena de los psíquicos[70]. Sin
embargo, ninguno de los parapsicólogos antes mencionados cambió de opinión
acerca de la autenticidad del poder de Serios.
La psicocinética más destacada en Rusia es Nina Kulagina, que consigue que los
objetos se desplacen a lo largo y ancho de la superficie de una mesa y que las
pelotas de ping-pong floten en el espacio. A los magos americanos, que
solamente la han visto actuar en películas, no les ha impresionado nada[71]. Dean Kraft,
un muchacho de Brooklyn, causó gran sensación hace dos años cuando apareció un
artículo sobre él en Village Voice[72]. Su
especialidad era hacer que una pluma le siguiera a través de una alfombra y que
trozos de un pastel saltaran fuera de la fuente donde se hallaban. En seguida
dio el salto (demasiado de un tirón, según él) y se convirtió en curandero
psíquico. Curar enfermedades le parece mucho más fácil que mover plumas. Ahora
trata, según afirmaciones suyas, a unos 30 pacientes diarios. Sus curas son
totalmente «gratis», pero los pacientes envían sus donativos a un fondo creado
para él por Judy Skutch, uno de los primeros pilares financieros de Geller.
Otra maravilla de la PC que se ha manifestado recientemente en los Estados
Unidos es Felicia Parise, ex auxiliar de clínica en el Maimonides Hospital de
Brooklyn. Después de ver una película sobre Kulagina, Parise descubrió que
también ella podía conseguir que corchos, trozos de papel de aluminio y
botellas se desplazaran y rodaran por una mesa. Fue descubierta por Charles
Honorton, entonces director de investigación en materia de parapsicología del
Maimonides Medical Center. Según Honorton, Parise ponía una botellita de
plástico sobre la placa de formica del mostrador de su cocina, se concentraba,
y la botellita se alejaba de ella unos cinco centímetros. «Yo examiné el
mostrador —decía este distinguido parapsicólogo a un informador—. Prácticamente
lo levanté para asegurarme de que no había ninguna ayuda mecánica a la que ella
pudiera haber sacado provecho… Pero no encontré ninguna.» ¿Ha descubierto
Parise los invisibles hilos de nylon que a veces utilizan los magos? Honorton
no realizó esfuerzo alguno por someterla a la observación de un mago
cualificado[73].
«Me parece —escribió Conan Doyle en The Coming of the Fairies (La
llegada de las hadas)— que con un mayor conocimiento y medios nuevos de visión,
estas personas están destinadas a convertirse en algo tan sólido y real como
los esquimales».
Estas «personas», a las que Doyle se refería, eran diminutas criaturas con
finísimas alas que habían fotografiado dos muchachas en los bosques de
Yorkshire[74].
Sustituyan «personas» por «energías psíquicas» y «esquimales» por «leyes de la
física de nuestros días», y tendrán el espíritu de lo que los parafísicos están
intentando decirnos[75].
Anexo
La siguiente carta de Harold Puthoff y Russell Targ apareció publicada en Technology
Review, octubre/noviembre de 1976.
En
el artículo de Martin Gardner sobre «Magia y parafísica» aparecían ciertas
referencias al trabajo realizado con Uri Geller en el Stanford Research
Institute. Desgraciadamente, las afirmaciones de Gardner sobre lo que ocurrió
en el S.R.I. y lo que nosotros publicamos constituyen un craso error. Por lo
tanto, deseamos informar a sus lectores de los hechos en cuestión, siendo
posible verificar todo ello independientemente sobre la base de la información
de dominio público.
Para empezar, Gardner afirma que «aunque Puthoff y Targ están personalmente
convencidos de la capacidad de Geller para doblar metales mediante PC
(psicocinesis) y ejecutar milagros aún más notables, su informe publicado
en Nature se limita al poder de PES (percepción
extrasensorial) de Geller».
Gardner está equivocado en ambos puntos. En realidad no estamos
convencidos de la capacidad de Geller para doblar metales, y nuestros hallazgos
negativos fueron publicados en el mismo artículo de Nature al
que Gardner se refiere (R. Targ y H. Puthoff, vol. 252, n.° 5.476, p. 604): «Se
ha extendido ampliamente la información de que Geller ha puesto de manifiesto
su capacidad para doblar metales por medios paranormales. Aunque hemos
observado a Geller doblando metales en nuestro laboratorio, no hemos conseguido
combinar tales observaciones con unas condiciones experimentales adecuadamente
controladas, para obtener datos suficientes para apoyar la hipótesis
paranormal.» Una declaración más detallada aparece en la película del
S.R.I., Experiments with Uri Geller (Experimentos con Uri
Geller), cuyo texto fue hecho público el 6 de marzo de 1973 en una comunicación
presentada a un coloquio de física en la Universidad de Columbia. Con respecto
al doblamiento de metales, el texto dice: «Uno de los principales atributos de
Geller que ya conocíamos era su facultad para doblar metales. En el laboratorio
no conseguimos comprobar que lo hiciera… Viendo esta película resulta evidente
que la interpretación de una simple foto no basta para determinar si el metal
es doblado por medios normales o paranormales… No está claro si la cuchara se
dobla porque Geller tiene unos dedos extraordinariamente fuertes y un buen
control de movimientos micromanipulativos, o si de hecho la cuchara “se
convierte en plástico” en sus manos, como él dice.»
Al comentar nuestro experimento de la caja-dado, Gardner pasa a decir que la
serie de conjeturas correctas, en lo que se refiere al resultado que iba a
aparecer en la cara superior del dado, estaba seleccionada a partir de una
serie más larga que incluía «muchas series de ensayos previos». Esto es
completamente falso. Los hechos son exactamente tal como aparecen descritos en
el trabajo de Nature y en la película del S.R.I. El
experimento se realizó diez veces, con Uri pasando dos y dando una respuesta
correcta las ocho restantes. Estos diez ensayos fueron los únicos diez;
no fueron seleccionados de otra serie más larga; no hubo
ensayos previos ni ensayos posteriores, como dice Gardner.
Los errores de Gardner parecen deberse a su aceptación al pie de la letra de
las erróneas especulaciones del autoproclamado detractor de Geller, el
sorprendente Randi.
Mi
réplica a esta carta aparecía en el mismo número:
Profeso
una enorme admiración hacia la experiencia de Puthoff y Targ en un campo: el de
la ofuscación verbal. Permítanme comentar cada uno de sus dos puntos por
separado:
Punto 1.—Cuando digo que Puthoff y Targ están «personalmente convencidos» de la
capacidad de Uri para doblar metales, utilizo la frase en el sentido del
lenguaje común, como cuando un astrónomo dice estar personalmente convencido de
que en nuestra galaxia no hay quasares. Se trata de un cálculo probabilístico,
como toda opinión científica. Cuando Puthoff y Targ niegan estar convencidos de
que Geller pueda doblar metales, quieren decir que no están «convencidos»
porque no han probado dicha capacidad en su laboratorio. A título privado, en
cartas y conversaciones, han expresado su creencia personal de que Geller posee
dicha capacidad. Si Puthoff y Targ desean precisar sus actuales opiniones
acerca de los poderes de PC de Uri Geller, permítanme hablar en términos de
cálculo probabilístico: ¿en cuánto tasan ahora la probabilidad de que Geller posea
capacidad de PC? Si la tasan bajo, significa que han cambiado de idea.
En mi artículo yo decía que Jack Sarfatti, el primer parafísico que apostó su
reputación a los poderes de PC de Uri Geller, pero que recientemente ha tachado
a éste de fraude, «no dudaba» de que otros tuvieron capacidad de PC. Sarfatti
me telefoneó para decirme que esto no es cierto. El duda de la existencia de
PC. Además añadió que dudaba de «todo», excepto de la existencia de sí mismo.
Esto me sorprendió, porque yo dudo incluso de mi propia existencia —quizás yo
no sea más que una ficción del sueño del Rey Rojo (consúltese A través del
Espejo de Lewis Carroll). Cuando he dicho que Sarfatti no duda de la PC, lo he
dicho en el sentido del lenguaje común, como cuando un físico dice que no duda
del electromagnetismo.
Punto 2.—En mi artículo no dije que en la prueba de la caja-dado Puthoff y Targ
seleccionaran diez conjeturas de una serie más larga. Dije que se habían
realizado muchas «series de ensayos previos». Una serie de ensayos, en lenguaje
común, es una serie de práctica. Sin embargo, siempre que alguien señala que se
realizaron series de prácticas con la caja-dado, Puthoff y Targ se empeñan en
negar que esas diez conjeturas se «seleccionaran» a partir de ensayos previos.
No fueron seleccionadas.
Pero ésa no es la cuestión. La cuestión es que se realizó un gran número de
series de práctica durante las que se permitió a Geller manejar la caja. Esto
le proporcionó el tiempo necesario para diseñar un método de engaño para cuando
tuviera que realizar la prueba definitiva de diez ensayos. Esto es todo lo que
dije y quería decir.
Cualquiera que lea la carta de Puthoff y Targ supondría que no hubo sesiones de
práctica. Sin revelar información privada alguna, me doy por satisfecho con los
siguientes datos publicados:
— En el número de Psychic correspondiente a julio de 1973, aparecen dos
fotografías de Geller llevando a cabo la prueba de la caja-dado. En la primera
vemos a Geller registrando su conjetura de la cara del dado, con la caja cerrada
a un metro de distancia de su mano, y bajo la mirada atenta de Targ. En la
segunda, vemos a Geller abriendo la caja para comprobar si ha acertado.
Suponemos que ésta es la caja empleada en la famosa prueba porque vemos el
membrete S.R.I. impreso en su parte superior. En el ofuscante dialecto de
Puthoff y Targ, éste no es un «ensayo de seguimiento» porque no forma parte de
la prueba de la que ellos informaron.
— En el libro minuciosamente documentado de John Wilhelm, The Search for
Superman, recién publicado por Pocket Books, aparece un informe sobre las
pruebas con cajas de dados llevadas a cabo en la habitación de un motel por
Geller. Este realizó todas las tiradas, aunque Puthoff insiste en que lo hacía
con la fuerza suficiente como para «garantizar la honradez de las tiradas».
Comentaba Targ: «Es como un niño cuando tiene algo que hace mucho ruido y no
deja de moverlo y moverlo.» Targ también dijo a Wilhelm que, en la famosa serie
de diez, se permitió a Geller colocar sus manos sobre la caja al estilo de los
zahoríes.
Targ dijo a Wilhelm que el S.R.I. posee una cinta de vídeo de buena calidad de
otra prueba con dados en la que Geller, cinco veces seguidas, apuntó
correctamente el número del dado antes de que la caja fuera agitada. Targ
sacudía primero la caja, luego Geller la cogía y sacaba el dado. Como los magos
familiarizados con trucos de dados conocen diversos modos de controlar un dado
limpio al sacarlo de una caja, ¿por qué no dejar que algunos magos vean esta
valiosa grabación? ¿Por qué guardarla con tanto secreto? Targ quedó tan
impresionado por esta prueba que transmitió a Wilhelm su sospecha de que,
incluso durante la serie de diez de la que informaron, Geller utilizara
probablemente precognición, y no clarividencia, para adivinar el número que más
tarde «vería al abrir la caja». Nota: Targ dijo que ¡era Geller quien abría la
caja!
En la banda sonora de la película del S.R.I. que Puthoff y Targ citan en su
carta, se escucha lo siguiente: «He aquí otro experimento ciego en el que se
coloca un dado en una caja de archivador metálico… Se tira la caja sin que el
experimentador ni Geller sepan dónde está el dado o cómo ha caído. Este es un
experimento vivo —en este caso, Geller adivinaba que había salido un cuatro,
pero primero había pasado porque no estaba muy confiado. Notarán que estaba en
lo cierto y se alegró bastante de haber acertado, pero esta prueba concreta no
forma parte de nuestras estadísticas.»
Hasta ahora, que yo sepa, ni Puthoff ni Targ han revelado si este ensayo, que
fue grabado en cinta de vídeo, formaba parte de la prueba de diez ensayos. En
el caso de no ser así, entonces seguramente formaba parte de una serie de
práctica. Y, de ser así, entonces es de presumir que toda la prueba de los
dados fuera grabada completa en cinta. En interés de la verdad científica,
Puthoff y Targ deberán someter esta grabación completa a la inspección de algún
mago. Entonces se podría determinar de forma inequívoca si es viable o no la
teoría, sugerida por James Randi, de que Geller podría haber hecho trampa.
Adelante, señores, veamos la cinta completa. Si estamos equivocados, lo
reconoceremos humildemente.
Martin GARDNER
Mucho
ha llovido desde entonces. Taylor ha cambiado su opinión en lo que se refiere
al doblamiento de metales (véase capítulo 16 de este libro). Puthoff y Targ
están haciendo todo lo posible por olvidarse de Uri, ya que ahora dedican sus
energías a investigar sobre la clarividencia, o lo que ellos prefieren llamar
la «visión remota» (véase capítulo 30). De manera incidental, Puthoff expuso
recientemente a un amigo mío cierta información nueva y alarmante sobre la
famosa prueba de dados a diez tiradas. No tuvo lugar de una vez, dijo Puthoff,
¡sino que se prolongó a lo largo de varios días!
Esto responde a la tercera de las once preguntas que el psicólogo Richard
Kammann (que se esmeró en obtener información para The Psychology of
the Psychic, Prometheus Books, 1980, libro que escribió con David Marks)
dirigió a Puthoff en 1978. Algunas de las demás preguntas eran:
¿Qué
ensayos fueron realmente grabados y cuáles filmados? ¿Qué ensayos no fueron ni
grabados ni filmados, y cuáles fueron ambas cosas?
¿Se llevaron a cabo todos los ensayos en una sala del S.R.I., o algunos se
realizaron en otras salas? ¿Se hizo alguna prueba en la habitación del motel de
Uri?
¿Se grababan las cintas o las películas de manera continua durante cada ensayo,
o eran interrumpidas en algún momento?
¿Hay alguna razón por la que ustedes eligieran la inclusión de un ensayo de
«paso» en la película del S.R.I. sobre Geller? ¿Fue éste uno de los dos ensayos
de paso de los que informaba el artículo de Nature?
¿Resulta posible saber el tiempo que tardó Geller en responder en cada ensayo,
una vez tirado el dado?
Esta
carta nunca obtuvo respuesta. Constituyó un elemento típico más de una larga
historia de evasiones y silencios que Kammann y Marks sufrieron a manos de
Puthoff y Targ, incluyendo su persistente negativa a suministrar transcripción
alguna de pruebas de visión remota. Probablemente nunca sabremos exactamente lo
que ocurrió durante la prueba del dado, a menos que Uri algún día decida
contarlo todo.
Sarfatti respondió a mi artículo con una larga carta dirigida a Technology
Review(marzo-abril, 1977):
Deseo
comentar el artículo de Martin Gardner «Magia y parafísica», que contiene
extensas descripciones de mi investigación, opiniones y especulaciones.
1. No he pasado de llamarme Sarfatt a Sarfatti, sino que he recuperado
oficialmente mi apellido original. Mi padre se llamaba Hyman Sarfatti.
2. Mi doctorado en física no procede de San Diego State College, que no imparte
ese grado. Lo obtuve en la Universidad de California en Riverside. (Fui
profesor ayudante de física en San Diego State College.) También he estudiado
con David Bohm en la Universidad de Londres y con Abdus Salam en el Centro
Internacional de Física Teórica de Trieste.
3. Estoy abierto a la posibilidad de comunicación extraterrestre procedente de
civilizaciones avanzadas. Sin embargo, no creo de manera ciega o dogmática que
tales comunicaciones con una inteligencia superior se estén produciendo de
hecho. Mantengo un sano escepticismo ante el flujo creciente de evidencia
subjetiva y circunstancial aportada por personas situadas en posiciones responsables,
que aluden a contactos extraterrestres por medios distintos de las señales
electromagnéticas. En definitiva, constituye toda una tergiversación
identificar mi postura con la de Andrija Puharich y Uri Geller.
Comparen mi visión de la cuestión extraterrestre con la del Dr. Frank Drake,
director del Centro Nacional de Astronomía e Ionosfera de Cornell. En su
artículo «On Hands and Knees in Search of Elysium» (Technology Review, junio,
1976) encontramos afirmaciones como ésta: «Todas las personas de S.E.T.I.
(Search for Extraterrestrial Life) nos hemos visto atormentadas por la creencia
de que hay señales de radio alienígenas atravesando nuestros despachos y
hogares, que podrían detectarse ahora con el instrumental existente, siempre
que supiéramos en qué dirección y en qué frecuencia escuchar» (p. 25).
La postura del Dr. Drake sobre la posibilidad de comunicación extraterrestre es
mucho más clara que la mía.
Tanto S.E.T.I. como mi organización, el Grupo de Investigación
Física/Conciencia (P.C.R.G.), coinciden fundamentalmente en que todo intento de
comunicación con inteligencias extraterrestres es sano y deseable. S.E.T.I.
piensa que los extraterrestres existen casi con seguridad, que se comunicarán
mediante señales electromagnéticas y que ningún terrícola ha recibido todavía
dichas señales.
P.C.R.G. contempla la posibilidad de que los extraterrestres existan y puedan
elegir el empleo de otros medios aparentemente posibles dentro de la estructura
formal de la mecánica cuántica, a saber, la comunicación supraluminal cuántica.
Un experimento que actualmente está realizando Aspect (su diseño aparece en
Physics Letters, 54A, 25 de agosto de 1975) puede refutar la posibilidad de
comunicación supraluminal cuántica. En el caso de que los resultados experimentales
de Aspect sean negativos y confirmados, el P.C.R.G. dejará de contemplar la
posibilidad supraluminal.
4. Niego la afirmación de Gardner; «Sarfatti no duda de la existencia de
poderes de PC». Dudo de la existencia de poderes de PC —y de la transferencia
supraluminal de información—. Sin embargo, acepto la posibilidad de su
existencia, ya que la mecánica cuántica parece tener sitio para ellas, véanse
por ejemplo las interpretaciones «participativa» y «consciente» que hacen de la
mecánica cuántica John A. Wheeler y Eugene Wigner, respectivamente.
El reciente trabajo de Henry P. Stapp, «Are Superluminal Connections
Necessary?» (Lawrence Berkeley Laboratory 5559, 8 de noviembre de 1976) aporta
un fuerte respaldo a la interpretación de transferencia supraluminal de
información dentro de la teoría cuántica. Así escribe el profesor Stapp; «Si
son ciertas las predicciones estadísticas de la teoría cuántica en general y si
el mundo macroscópico no es radicalmente diferente del que se observa, entonces
lo que ocurre macroscópicamente en una región del tiempo-espacio debe depender
en determinados casos de variables controladas por experimentadores situados en
lejanas regiones espacialmente separadas. El misterio central de la teoría
cuántica es “¿cómo se transmite la información tan deprisa?”. ¿Cómo se consigue
recopilar la información sobre lo que está ocurriendo en todas las demás partes
para determinar lo que es probable que ocurra aquí? Los fenómenos cuánticos
aportan prima facie evidencia de que la información se extiende de un modo que
no corresponde a las ideas clásicas. Así pues, la idea de que la información se
transmita supraluminalmente no resulta, a priori, nada irracional.»
De existir la transferencia supraluminal de información, seguramente sería
utilizada para sus comunicaciones por una civilización extraterrestre avanzada
que no deseara esperar años entre una transmisión de información y otra. De
acuerdo con esto, ¿por qué no gastar unos cuantos millones en investigar
realmente la posibilidad cuántica supraluminal antes de gastar miles de
millones de dólares en estudios electromagnéticos como el Proyecto Cyclops?
S.E.T.I., en su ignorancia de la posible alternativa cuántica, parece querer
sentar cátedra sobre la existencia de formas rivales de comunicación
extraterrestre sin debate. P.C.R.G. no piensa permitir que esto ocurra. Si el
Proyecto Cyclops fuera de gran valor por razones puramente científicas,
independientemente de la cuestión extraterrestre, entonces quizás debiera ser
apoyado. Pero los creadores del proyecto no han aclarado esto al público.
5. Mr. Gardner escribe: «… el concepto (de transferencia supraluminal de
información) es sencillo, pero el parafísico le da un cariz científico
arropándolo con jerga técnica. La “medida de información”, según Sarfatti, es
el grado de orden presente en la energía existente en un determinado punto…»
Esto es más que un mero arropamiento de jerga técnica. Por ejemplo, David
Hawkins escribe: «…el concepto físico de trabajo, a diferencia del de energía,
posee en sí mismo un aspecto de información. El ejercicio de “trabajo útil” …
consiste en producir una situación que tenga un orden o una información
determinados. Consiste en informar de alguna manera a un sistema físico, de
transferirle orden o información. Decir que la energía libre es energía
disponible para trabajo externo equivale a decir que no puede surgir orden ex
nihilo, sino únicamente mediante transferencia» (Language of Nature, p. 216).
En el siglo XIX, lord Kelvin dejó bien establecida la noción de orden como
cualidad termodinámica de la energía. La nueva idea que yo presento se refiere
a la transferencia supraluminal (es decir, de género espacial), no local, de la
cualidad de la energía, no de la cantidad de la misma. Sugiero que la esencia
de la teoría cuántica es la transferencia no dinámica del orden (es decir, de
la cualidad de la energía) sin transferencia dinámica de energía a través del
espacio. Como Schrödinger escribió sobre el efecto Einstein-Rosen-Podolsky:
«Resulta bastante desalentador que la teoría (cuántica) permita a un sistema
ser gobernado o pilotado en uno u otro tipo de estado a merced del
experimentador, a pesar de que éste no tenga acceso a él» (Proceedings of the
Cambridge Philosophical Society, 31, 555 [1935]).
6. El apoyo de Werner Erhard al P.C.R.G. no implica que Mr. Erhard o E.S.T.
(Erhard Seminars Training) respalden plenamente toda acción y política del
P.C.R.G., ni viceversa. P.C.R.G. no forma parte de E.S.T. Mr. Erhard y yo
compartimos una cordial relación personal, que enriquece nuestras vidas
independientemente de nuestras creencias ideológicas y científicas.
Jack SARFATTI
En
una ocasión mencioné a un alto responsable de E.S.T. que Sarfatti había
terminado una carta diciendo que Werner Erhard y él compartían una «cordial
relación personal». El citado responsable se echó a reír y dijo: «Werner no
mantiene una cordial relación personal con nadie.» En cualquier caso, después
de que E.S.T. echara abajo la petición de Sarfatti, éste se convirtió en un
cruel enemigo de E.S.T., enviando innumerables notas de prensa acusando a
Erhard de fascista nato. Durante estos últimos años Sarfatti ha estado
promocionando un invento, para el que ha solicitado patente, diseñado para
transmitir información codificada más deprisa que la luz. No conozco ningún
otro físico que piense que va a funcionar. Si lo hace, Sarfatti se convertirá
en uno de los físicos más grandes de todos los tiempos.
Mientras escribo esto, Bantam Books está a punto de reimprimir Space-Time
and Beyond. No conozco ningún volumen tan comecocos como éste. Incluso
Sarfatti piensa así ahora. Ha roto con sus dos antiguos colaboradores y se ha
negado a que aparezca su nombre en la nueva edición, revisada por Toben. El
agente, dicho sea de paso, que vendió el libro original a Ditton fue nada menos
que Ira Einhorn, hoy día fugitivo de la justicia, tras haber desaparecido en
libertad bajo fianza en 1981, mientras esperaba ser juzgado en Filadelfia por
el asesinato de su novia, Holly Maddux.
Escribí a John Macral III, presidente de Ditton, para obtener confirmación de
sus planes de autorizar a Bantam la reedición. Su respuesta contiene una clásica
afirmación que merece la pena airear. «El hecho de que el libro sea o no serio,
o, como Vd. dice, carezca de valor, sobrepasa mi capacidad de juicio.» No hay
duda. Pero ¿no están obligadas las editoriales responsables, que no se sientan
competentes para juzgar libros científicos, a enviarlos a profesionales para su
evaluación antes de publicarlos? Moralmente obligadas, quizás, pero esta
práctica rara vez se sigue cuando se trata de un manuscrito de un oligofrénico,
que presenta un gran potencial de cara a satisfacer el hambre de bazofia
científica del público.
Wilbur Franklin, parafísico del estado de Kent que mencioné en mi última nota a
este capítulo, falleció inesperadamente en la primavera de 1978. Su pretensión
psíquica más sensacional ha sido un artículo reproducido en The Geller
Papers, editado por Charles Panati. Utilizando un microscopio electrónico,
había examinado una fractura que Uri había producido en un anillo de platino y
concluyó que aquellas inusuales superficies de fractura únicamente podían haber
sido originadas por medios paranormales. Hasta 1977 no descubrió su error. Para
inmenso desánimo de Franklin, un nuevo examen de la fractura reveló que ésta se
había producido en una soldadura incompleta, donde el joyero había unido la caña
del anillo a la parte del mismo que sostenía la piedra. Franklin concedió que
podía haber causado fácilmente la rotura una mera presión mecánica, aunque
continuaba creyendo que Geller había roto el anillo de modo paranormal. Su
apenada carta relatando su error apareció en el Humanist,
septiembre-octubre de 1977.
Aquel mismo año el Chicago Journal obtuvo una cuchara rota por
Uri ante el público. Uri había seleccionado esta cuchara de un montón de unas
30 cucharas que había sobre una mesa. Se rompió entonces otra cuchara de tipo
similar, doblándola hacia atrás y hacia adelante hasta que el fatigado metal se
quebró. Las dos cucharas fueron enviadas a una empresa consultora, para su
examen con microscopio electrónico. El examen no consiguió demostrar diferencia
alguna entre ambas fracturas. Los detalles aparecieron publicados en el número
del 19 de junio de 1977 del Journal. El método usual de Uri para
doblar cucharas en escena consiste en tener a uno de sus ayudantes, disfrazado
de espectador, con una o más cucharas previamente fatigadas hasta el punto de
que cualquier golpe haría que la cuchara se doblara y partiera por el punto
debilitado. Ningún mago que se precie en algo se rebajaría a realizar este tipo
de proezas de guardería, pero los crédulos gelleritas piensan que están
presenciando un milagro.
9. La irrelevancia de Conan Doyle[76]
Algunos
árboles, Watson, crecen hasta determinada altura y de pronto desarrollan cierta
excentricidad repugnante. Lo verás a menudo entre los seres humanos.
CONAN DOYLE, La aventura de la casa vacía
¿Qué tiene que ver ese eminente espiritista… con Sherlock Holmes?
T. S. ELIOT
Pueden
formularse preguntas similares a la de Eliot sobre muchos otros plumíferos
famosos, cuyos nombres han quedado asociados a personajes presuntamente
ficticios. ¿Qué tiene que ver aquel soldado manco español del siglo XVI con Don
Quijote y Sancho Panza? ¿Qué tiene que ver aquel francés mulato, de pelo rizado
y cara redonda, libertino, manirroto y peón de las letras con Athos, Portos,
Aramis y D’Artagnan?
La respuesta, desde luego, es «nada». El caso de Cervantes resulta
particularmente instructivo, porque posee mucho en común con el de Conan Doyle.
Los dos libros de aventuras del Caballero de la Mancha cuentan la historia de
una larga amistad entre un soñador —y, sin embargo, hombre de acción— y su fiel
compañero con los pies en la tierra. Ahora sabemos, gracias a los últimos
esfuerzos de eruditos españoles, que estas aventuras no fueron escritas por
Cervantes, sino por Sancho Panza. Tras la muerte de su amo, Sancho vendió sus
memorias a Cervantes, quien, con mucha picardía, las ocultó hasta que también hubo
fallecido Sancho.
Debería haberse sospechado esto mucho antes de que saliera a relucir la verdad.
Cervantes tenía poco interés en Don Quijote. De lo que estaba orgulloso era de
su poesía y sus comedias, todas ellas escritas en un estilo clásico y
minucioso. Únicamente porque tenía fuertes deudas permitió que su nombre
apareciera en la relajante y descuidadamente escrita obra de Sancho.
Sancho era, desde luego, mucho mejor escritor que Cervantes. Distaba mucho de
ser la persona torpe que él mismo configuró, pero, al igual que James Boswell y
John Watson, se asignó a sí mismo modestamente un papel inferior, con el fin de
brindar un mayor homenaje a su amigo.
Desgraciadamente, escribió sus recuerdos de Don Quijote a una edad avanzada,
cuando su memoria ya empezaba a fallar, y están llenos de lapsus que Cervantes
nunca habría dejado en el manuscrito si se hubiera molestado en repasarlo
cuidadosamente. Cervantes tenía tan poco interés en la primera parte de las
memorias de Sancho, que hasta diez años más tarde, cuando volvió a necesitar
dinero desesperadamente, no consideró la publicación de la segunda. Esta vez
cuidó más la edición, añadiendo pasajes en los que trataba de explicar las
contradicciones que no había conseguido captar en el volumen anterior.
Hay muchas razones para creer que Doyle tenía tan poco que ver con los
manuscritos de Watson como Cervantes con los de Sancho Panza. De igual modo que
Cervantes, Doyle carecía de interés por —y de hecho, sentía desprecio por— los
relatos que firmó como suyos. Pero tan pronto como empezaron a convertirse en
grandes éxitos populares, empezaron asimismo a crearle una creciente necesidad
de otros proyectos, que dejó que continuaran apareciendo con su firma,
retocándolos aquí y allá, pero editándolos tan apresuradamente que quedaban sin
salvar muchas de las contradicciones de Watson, igual que ocurría con las de
Sancho.
La evidencia interna más fuerte de que ni Cervantes ni Doyle escribieron las
obras que les dieron fama es, sencillamente, el enorme contraste existente
entre la mentalidad y perspectiva filosófica del supuesto autor y las del
héroe. Don Quijote era un hombre de firme fe católica y elevados principios
morales, con gran pasión por la caballería. Cervantes odiaba la caballería.
Dejó que su nombre apareciera en los libros de Sancho porque se equivocó al
considerarlos todo un ataque contra la fe y la caballería. Sus infidelidades
conyugales, los episodios relacionados con sus amantes, los asuntos de su hija,
todo ello era tan sórdido que los primeros biógrafos de Cervantes recurrían al
latín a la hora de suministrar detalles.
El contraste igualmente grande existente entre las mentes de Holmes y Doyle
también ha sido advertido con frecuencia. ¿Fue Gilbert Chesterton el primero en
señalar cuánto tenía en común Doyle con el Dr. Watson? Es verdad que tanto
Doyle como Watson eran médicos, reposados pensadores, buenos escritores y
sensibles a la poesía de Londres; sin embargo, había una abrumadora diferencia
entre ambos que, en mi opinión, no ha sido suficientemente destacada: me
refiero al permanente respeto de Watson hacia la racionalidad, la ciencia y el
sentido común.
Se ha señalado en numerosas ocasiones que las llamadas deducciones de Holmes,
de hecho, no eran sino inducciones. Como el científico cuando trata de resolver
un misterio de la naturaleza, Holmes empezaba reuniendo toda la evidencia que
pudiera resultar relevante para su problema. A veces realizaba experimentos
para obtener datos recientes. Luego examinaba la evidencia total a la luz de
sus enormes conocimientos criminalistas, así como de las ciencias relacionadas
con el crimen, hasta llegar a la hipótesis más probable. De dicha hipótesis
partían las deducciones; a continuación volvía a contrastarse la teoría con
nuevas evidencias y se la revisaba si era necesario, hasta que finalmente
surgía la verdad con una probabilidad próxima a la certidumbre.
Aunque Watson rara vez jugaba papel alguno en este complejo proceso, asistía a
su desarrollo con un enorme respeto. Frecuentemente desconcertado ante la velocidad
y eficiencia del método de Holmes, nunca dejaba de admirarle y de aceptar sus
resultados finales, y en alguna ocasión, después de que Holmes le explicara el
procedimiento, de exclamar: «¡Qué absurdamente simple!»
Nada podía quedar más lejos de la mentalidad del presunto creador de Watson.
Doyle dedicó los doce últimos años de su vida a una incansable cruzada contra
la ciencia y la racionalidad. Se trata de un período normalmente descrito por
encima y muy deprisa en las biografías de Doyle pero, a la vista de la actual
explosión de interés por el espiritismo y todas las cosas ocultas, conviene
repasarlo a título de lección práctica. Sobre todo, aporta una abrumadora
evidencia de que Doyle no tuvo casi nada que ver ni con Holmes ni con Watson.
Se ha dicho que la conversión de Doyle al espiritismo, como el reciente caso
del obispo James Pike, constituyó una reacción emocional a la muerte de su
hijo. No es cierto. Incluso cuando todavía era un muchacho católico irlandés,
Doyle profesaba un fuerte interés por los fenómenos psíquicos. Su cruzada en
pro del espiritismo dio comienzo en 1916, dos años antes de que su hijo
falleciera. Aunque fueron varios los científicos británicos a quienes dio por
la misma locura, sobre todo Oliver Lodge y William Crookes, Doyle se convirtió
en seguida en el jefe de filas más influyente del movimiento. Dio conferencias
y celebró debates en todas partes. Sus esfuerzos literarios por la causa fueron
prodigiosos. Además de innumerables panfletos, artículos en revistas,
introducciones a libros de otros, cartas, y recensiones de libros, salieron de
su pluma los siguientes volúmenes de apologética espiritista: The New
Revelation (La nueva revelación), The Vital Message (El
mensaje vital),The Wanderings of a Spiritualist (Andanzas de un
espiritista),Our American Adventure (Nuestra aventura americana),Our
Second American Adventure (Nuestra segunda aventura americana), The
Case for Spirit Photography (Defensa de la fotografía de
espíritus), Psychic experiences(Experiencias psíquicas), The
Mystery of Spiritualism (El misterio del espiritismo),The Land of
Mist[77] (El
país de la bruma), The Edge of the Unknown (El límite de lo
desconocido) y la no menos monumental obra en dos volúmenes History of
Spiritualism (Historia del espiritismo).
No se puede decir que Doyle empezara a dar muestras de senilidad. Está claro
que no era así. Sus últimos años fueron considerablemente vigorosos y
productivos. Su último libro, The Edge of the Unknown, publicado en
1930, el año en que falleció a la edad de setenta y un años, constituye un
modelo de prosa lúcida y magníficamente estructurada. Miles de personas
resultaron profundamente influidas por sus libros y conferencias. Hay unas
declaraciones del Dr. Joseph B. Rhine, eminente parapsicólogo, en las que
afirma que fue una charla de Doyle lo que le inspiró por primera vez la idea de
dejar la botánica, que era su profesión, para dedicarse al estudio de los
fenómenos psíquicos.
En Memories and Adventures (Memorias y aventuras, pp. 392-94),
Doyle expone un dramático resumen de las razones por las que cree en el
espiritismo. Había visto a su madre y sobrino, fallecidos, con tanta claridad
que pudo haber contado las arrugas de la primera y las pecas del segundo. Había
hablado largo y tendido con voces de espíritus. Había olido ese «peculiar olor
a ozono del ectoplasma». Había oído profecías que se habían cumplido
rápidamente. Había «visto el centelleo de la muerte sobre una placa
fotográfica» no tocada por ninguna mano a excepción de la suya. Su esposa,
médium cuyos dedos escribían guiados por el control de un espíritu, había
producido «cuadernos llenos de información… muy por encima del alcance de sus
conocimientos». Había visto objetos pesados «flotando en el aire, sin que
ninguna mano humana los tocara». Había visto «espíritus paseando por la
habitación a plena luz y participando en la conversación de quienes allí
hubiera». En la pared había un cuadro pintado por una mujer sin formación
artística ninguna, pero que había sido poseída por un espíritu artístico.
Había leído libros escritos por médiums analfabetas que transmitían la obra de
escritores muertos, y él había reconocido el estilo de cada escritor, «que
ningún periodista podía haber copiado, y que estaba escrito de su propio puño y
letra». Había oído «cantar más allá del poder terrenal, y silbar sin hacer
pausa alguna para la inspiración de aire». Había visto objetos «desde cierta
distancia proyectados en una habitación con las puertas y ventanas cerradas».
Un hombre que haya experimentado todo esto, concluye Doyle, ¿por qué debe
prestar atención a la charlatanería de periodistas irresponsables, o al
comecocos del científico inexperto? Son bebés en esta materia y no le llegan a
la suela de los zapatos.
Esas son las palabras enérgicas de un hombre profundamente sincero. También son
las palabras de un hombre con un temperamento ajeno al de Holmes y al de
Watson. La amarga realidad es que Doyle era un incompetente observador de
supuestos acontecimientos psíquicos. Ignoraba incluso lo más rudimentario en
materia de magia e ilusionismo, era desesperadamente ingenuo, capaz de creer
cualquier cosa, sin importar el grado de debilidad de la evidencia. Una y otra
vez, los grandes médiums del momento que producían fenómenos psíquicos fueron
pillados en fraude por los Holmes y Watson de la ciencia. Una y otra vez, Doyle
se negó a reconocer siquiera la posibilidad de fraude, excepto en algunos casos
en que éste era tan patentemente obvio que todo el mundo relacionado con el
movimiento espiritista lo reconocía. Incluso en estos casos raros, Doyle
siempre estaba dispuesto a explicar el engaño como una aberración provisional
de parte de la psíquica genuina. ¿Acaso no estaban abocados a la charlatanería
por las incesantes demandas de los escépticos de provocar fenómenos que no
siempre se podían producir a voluntad?
En muchos casos Doyle se negó en redondo a creer a médiums fraudulentos, aun
cuando hicieran confesiones completas y explicaran con detalle exactamente cómo
realizaron el engaño. La más sensacional de este tipo de confesiones fue la de
Margaret Fox, una de las hermanas Fox del estado de Nueva York, cuya habilidad
para producir llamadas de espíritus haciendo crujir la primera falange del dedo
gordo de uno de sus pies había iniciado la nueva locura espiritista. La
interesante confesión de Margaret Fox, efectuada en 1888 cuando tenía ochenta y
un años, apareció en elWorld de Nueva York del 21 de octubre, y se
puede leer en A Magician Among the Spirits (Un mago entre
espíritus) de Harry Houdini. Aquella noche, en el escenario de la Academia de
la Música de Nueva York, bajo el riguroso escrutinio de tres físicos, Margaret
se descalzó, puso un pie sobre un taburete e hizo una demostración de su
técnica para hacer crujir el dedo ante aquel silencioso auditorio.
¿Cómo reaccionó Doyle ante su confesión? De igual modo que otros eminentes
espiritistas, se negó a creerla. Tampoco creyó a Houdini cuando el mago intentó
convencerle de que destacados prestidigitadores del momento, que capitalizaban
el movimiento espiritista arrogándose poderes paranormales, no eran psíquicos
genuinos. Los hermanos Davenport, por ejemplo, eran amigos de Houdini. Él
conocía bien sus métodos, pero fue incapaz de convencer a Doyle de que eran
unos embaucadores. Julius Zancig, otro mago y amigo de Houdini, había
perfeccionado un código secreto, que le permitía transmitir información a su
esposa con gran rapidez. De igual modo que algunos magos de nuestros días
pretenden ser auténticos lectores de la mente, porque eso realza su reputación
e incrementa sus ganancias, los Zancig descubrieron que podían hacer más dinero
presentándose como psíquicos que haciendo magia honradamente. Doyle nunca dudó
de la autenticidad de sus facultades telepáticas. Para los magos esto resultó
tan gracioso entonces como les resulta hoy cuando algún escritor o científico
famoso declara creer que cierto mago convertido en psíquico posee poderes
supra-normales.
De hecho, Doyle incluso se negó a creer las repetidas negaciones del propio
Houdini cuando éste le decía que no era psíquico. El ensayo de Doyle «The
Riddle of Houdini»[78] (El
enigma de Houdini), constituye uno de los documentos más absurdos de la
historia de la parapsicología. Aquí, el supuesto creador de Sherlock Holmes
defiende juiciosamente que su amigo Houdini, en realidad, ¡era un médium que
realizaba sus evasiones desmaterializando su cuerpo!
Las protestas de Houdini fueron a parar a oídos sordos. Doyle se prestó a
admitir que Houdini era un hábil prestidigitador, pero defendió que las
evasiones del mago se hallaban en un «plano tan absolutamente diferente» de las
de otros magos que constituía un «ultraje al sentido común pensar lo
contrario». Si Houdini era un psíquico genuino, ¿por qué negaba sus singulares
poderes? «¿No resulta perfectamente evidente —se respondía Doyle a sí mismo—
que si no los negara hace tiempo que Houdini se habría quedado sin trabajo?
¿Qué tendrían que decir sus hermanos magos a un hombre que admitiera realizar
la mitad de sus trucos mediante lo que ellos considerarían poderes ilícitos?
¡Eso habría sido el fin de Houdini!»[79].
Apenas hay una página en cualquiera de los libros de Doyle sobre ocultismo que
no le revele como la antítesis de Holmes. Su credulidad no tenía límites. Su
idea de lo que constituye evidencia científica se hallaba al mismo nivel que la
de los miembros de la sociedad «la tierra es plana» de Londres. Consideren, por
ejemplo, el relato que cuenta en The Coming of the Fairies[80].
En 1917, en la villa de Cottingley, Yorkshire, una muchacha de dieciséis años
llamada Elsie Wright recibía la visita de su prima de diez años, Frances
Griffiths. Elsie era una jovencita soñadora a la que durante años había gustado
dibujar retratos de hadas. Tenía un gran talento artístico, había realizado
algunos diseños para un joyero, y en una ocasión trabajó durante unos meses
para un fotógrafo. A las dos muchachas les gustaba pasar horas y horas en una
hondonada que había tras su casa donde, según contaban al señor y a la señora
Wright, a menudo jugaban a hadas.
Un día las jovencitas le pidieron prestada su cámara al señor Wright, y Elsie
hizo una foto a Frances entre los árboles. Cuando el señor Wright reveló el
negativo, se quedó atónito al ver a cuatro campanillas semidesnudas, con
grandes alas de mariposa, revoloteando alegremente en el aire bajo la barbilla
de Frances. Dos meses después, Frances hizo una fotografía a Elsie, en la que
se la veía haciendo señas a un diminuto gnomo con calzas negras y sombrero
puntiagudo (un sombrero rojo vivo, recordaban las niñas) para que saltara a su
regazo.
Las dos fotografías llegaron a manos de Doyle, a través de Edward L. Gardner,
teosofista y periodista especializado en ocultismo. Doyle escribió a Houdini
con gran excitación: «Tengo algo… precioso, dos fotos, una de un duende, la
otra de cuatro hadas en un bosque de Yorkshire. ¡Un fraude!, dirás. No, no
señor, yo creo que no. Sin embargo, se harán todas las investigaciones
necesarias. No me está permitido enviártelas. Las hadas son de unos veinte
centímetros de altura. En una de las fotos aparece un duendecillo bailando. En
la otra, cuatro hermosas criaturas luminosas. Sí, se trata de una revelación.»
En el número de diciembre de 1920 de Strand Magazine, revista
mensual que había publicado ya tantos de los maravillosos cuentos de Watson,
Doyle y Gardner firmaban en colaboración «An Epoch-Making Event-Fairies
Photographed». El artículo levantó toda una tempestad. Varios periódicos
atacaron a estas fotografías, calificándolas de fraude, pero cientos de
lectores escribieron a Doyle, contándole cosas de hadas y de cómo también ellos
las habían visto en sus jardines. Tres años después de que se tomaran aquellas
dos primeras fotografías de hadas, Gardner llevó a las dos primas de nuevo a la
misma hondonada (las muchachas insistieron en que las hadas «no saldrían» a
menos que ellas estuvieran juntas) y les prestó su cámara. Finalmente las
jóvenes consiguieron obtener tres fotos más de hadas. Gardner no estuvo
presente durante ninguna de las tomas fotográficas. ¿Por qué? Porque las niñas
le convencieron de que las hadas eran extremadamente tímidas y no aparecerían
ante un extraño.
Las tres nuevas fotos aparecieron en Strand en 1921, y al año
siguiente Doyle reprodujo las cinco en su libro The Coming of the
Fairies. De las tres nuevas fotos, una muestra a un hada con alas amarillas
(las muchachas siempre aportaron detalles sobre los colores) ofreciendo un
ramillete de «etéreas campanillas» a Elsie. Una segunda muestra a una dama
joven casi desnuda, con alas de lavándula, saltando hacia la nariz de Elsie.
En la tercera fotografía no aparece ninguna de las dos jóvenes. Se ve un hada
con alas a la izquierda, y otra a la derecha. Ambas se encuentran parcialmente
ocultas tras unas ramas, o más bien las ramas se ven a través de sus cuerpos
transparentes. Las jóvenes recordaban haber visto a estas dos criaturas, pero
decían haber advertido únicamente un brillo nebuloso entre ellas. En la
fotografía, este brillo resultó ser simplemente algo así como un trocito de
seda colgando entre unas ramas. De acuerdo con el encabezamiento de Doyle en la
primera edición británica de su libro, «se trata de un baño magnético,
entretejido con gran rapidez por las hadas, y utilizado después del tiempo gris
y especialmente en otoño. Los rayos de sol que atraviesan la envoltura parecen
magnetizar el interior y proporcionar así un “baño” que restablece la vitalidad
y el vigor».
Doyle estaba firmemente convencido de que las hadas no eran «formas pensadas»
proyectadas en la cámara por las muchachas, como las fotografías que Jule
Eisenbud, en su World of Ted Serios (El mundo de Ted Serios)
(William Morrow, 1967), afirma que fueron proyectadas en película Polaroid por
un mozo de hotel de Chicago. Doyle pensaba que las hadas pertenecían a «una
población que puede ser tan numerosa como la raza humana… y a la que solamente
separa de nosotros cierta diferencia de vibraciones».
Más aún, Doyle estaba convencido de que una revelación de la existencia de esta
gente menuda contribuiría a combatir el materialismo que dominaba la ciencia
moderna, preparando así el camino de la aceptación de una mayor revelación
espiritista. En 1920 escribía a Gardner:
Estoy
orgulloso de nuestra asociación en torno a este incidente que marcará una
época. Durante algún tiempo, en nuestras sesiones hemos recibido continuos
mensajes de que se aproximaba un signo visible —y quizás era esto a lo que se
referían. La raza humana no merece una evidencia tan pura… Sin embargo,
nuestros amigos del más allá son mucho más compasivos y caritativos que yo,
porque tengo que confesar que mi alma está llena de un frío desprecio hacia la
estúpida indiferencia y la cobardía moral que contemplo a mi alrededor.
Doyle
señaló que una de las cuatro hadas, en la primera fotografía tomada por las
jóvenes, aparece tocando una flauta doble. El gnomo de la segunda fotografía
sostiene en su mano una flauta similar. ¿No es ésta la tradicional flauta de
Pan? De acuerdo con las jóvenes, producía un «insignificante tintineo» que
apenas podía percibirse en la más completa quietud. Y si las hadas tienen
flautas, ¿por qué no otras pertenencias? «¿No sugiere esto un abanico completo
de utensilios e instrumentos? —pregunta Doyle—. Me parece a mí que con mayor
conocimiento y medios de visión más avanzados, estas personillas están
destinadas a convertirse en algo tan sólido y real como los esquimales.»
Uno de los aspectos más divertidos (y más tristes) del absurdo libro de Doyle
es que las cinco fotografías que con tanto orgullo exhibe no son siquiera
fraudes inteligentes. La falta de modelado en las figuras de las hadas, y sus
marcadas siluetas, indican que Elsie simplemente las había dibujado en
cartulina, luego las dos muchachas las habían recortado y posteriormente las
clavaron entre la hierba o las sujetaron en el aire con alambres o hilos
invisibles. (Estas fotografías se podían haber simulado de otras maneras pero
ésta parece la más probable.) Las pequeñas hadas presentaban peinados muy de
moda en aquella época. No existe el más ligero trazo de sus alas revoloteando.
En todas las fotografías las hadas aparecen tan planas como muñecas de papel.
A diferencia del Dr. Watson, Doyle nunca podría haber exclamado para sí: «¡Qué
absurdamente simple!» Nunca dudó del carácter genuino de las fotos de las
hadas, aunque reconoció que la prueba de su autenticidad era menos «abrumadora»
que la de la autenticidad de fotografías de espíritus del «otro mundo». Las dos
niñas nunca volvieron a obtener ninguna fotografía más de hadas. Doyle habla de
una visita realizada en 1921 a la hondonada de Cottingley por un clarividente
llamado Geoffrey Hodson. Le acompañaban las dos niñas. Aquel lugar estaba
plagado de duendes, gnomos, hadas, ángeles, trasgos, ninfas acuáticas y otras
criaturas fantásticas, todas ellas vistas y vívidamente descritas por Hodson y
las niñas, pero esta gente menuda se negó a aparecer en ningún negativo
fotográfico más[81].
En 1971, tanto Elsie como Frances fueron entrevistadas por la B.B.C. Las dos
ancianas damas insistieron en que su padre no había trucado las fotografías.
Cuando preguntaron abiertamente a Elsie si ella o Frances las habían trucado,
declinó negarlo. «Ya les he dicho a Vds. que eran fotografías de ficciones de
nuestra imaginación —dijo—, y eso es a lo que yo me atengo.» Se le formuló la
misma pregunta a Frances, que fue entrevistada por separado. Frances preguntó
entonces cómo había respondido Elsie. Cuando se lo dijeron, declaró que no
tenía nada más que añadir[82].
¿Qué se puede pensar de un eminente escritor que creía que Houdini
desmaterializaba su cuerpo para efectuar sus fugas y que las hondonadas
inglesas rebosaban de diminutos personajes, que ahora y luego se dejan ver y
fotografiar por nosotros, mortales? Sea cual sea la respuesta, una cosa es
cierta: un hombre así no podría haber construido nunca, como producto de suimaginación,
al fríamente racional Holmes o a su admirador, Dr. Watson.
No creo que fuera Doyle quien creara a esta inmortal pareja. Más bien debió ser
al revés. Holmes y Watson, en su intento de preservar su privacidad,
permitieron a sir Arthur capitalizar su invención. Al hacerlo, le dotaron de
esa inmortalidad terrenal que sus auténticas pero anodinas obras literarias
nunca le habrían proporcionado.
Anexo
Jerome Clark, en sus fatuos artículos de Fate (anteriormente
citados en la nota 81), defendía la autenticidad de las fotos de hadas. En una
publicación posterior («The Cottingley Fairies: the Last Word», Fate,
noviembre 1978) Clark se ve obligado a cantar la palinodia. La razón es un
descubrimiento que el periodista especializado en ocultismo Fred Gittings
publica en Ghosts in Photographs(Harmony Books, 1978).
Gittings halló en un libro para niños, Princess Mary’s Gift Book,
publicado en Inglaterra en 1915 por Hodler y Stoughton, la misma casa (ironías
del destino) a que posteriormente diera publicidad el tratado de Doyle sobre
las hadas. En este libro infantil aparece un poema de Alfred Noyes titulado «A
Spell for a Fairy» (Hechizo para hadas) que dice cómo conjurar a estas
diminutas criaturas. La ilustración final del poema muestra a tres hadas
bailando. Si las comparamos con las tres hadas que aparecen en la primera
fotografía de Cottingley, en seguida veremos que éstas no son sino copias fieles.
Obviamente, una de las jovencitas las había dibujado en cartulina, añadiéndoles
unas alas, y después las había recortado. Luego entre las dos las colocaron
entre la hierba tal como los escépticos habían dicho siempre.
Esta revelación convenció a Clark de que las fotos eran ciertamente un engaño.
¿Se convencerá Jule Eisenbud? Lo dudo. Se comprobó que muchas de las supuestas
fotografías de Ted Serios correspondían punto por punto a fotografías
publicadas. Pero esto no perturbó a Eisenbud en absoluto. Continúa creyendo
firmemente que Ted vio aquellas imágenes en revistas, quedando impresas en su
mente, y luego, años después, consiguió proyectarlas mediante sus poderes
psíquicos en película Polaroid. De modo similar, se puede argumentar que ambas
muchachas vieron las imágenes de hadas en el libro infantil, las almacenaron en
su memoria, y más tarde proyectaron psíquicamente tres de las danzarinas damas
sobre las placas de una cámara. Las hipótesis paranormales nunca mueren. Tan
sólo se desvanecen momentáneamente, con el único fin de resurgir de nuevo con
plena intensidad.
El artículo de Robert Sheaffer «The Cottingley Fairies: A Hoax?» ( Fate,
junio 1978) fue escrito antes del descubrimiento de Gittings, pero presenta una
sólida evidencia adicional de la existencia de fraude. Sheaffer había
protagonizado anteriormente un engaño delicioso. Su «Cottingley Photographs:
Winged Astronauts?» sugería que las hadas podían haber sido criaturas
procedentes de OVNIS. Este artículo fue publicado en Official UFO
Magazine, octubre 1977, por unos editores demasiado estúpidos como para
darse cuenta de que Sheaffer les estaba tomando el pelo.
Frances y Elsie fueron entrevistadas de nuevo, y sus observaciones aparecieron
esta vez en el número correspondiente al 25 de octubre de 1975 de la revista
británica Woman. Las señoras empuñaban sus armas psíquicas.
Para reproducciones de la ilustración copiada por las muchachas, véase el libro
de Gittings, el apologético artículo de Clarke, o el reciente Flim-Flam! de
James Randi (Lippincott & Crowell, 1980).
10. Grandes fraudes de la ciencia
De
los políticos, agentes de la propiedad, vendedores de coches de segunda mano y
publicitarios se espera que orienten sus actividades en su propio provecho,
pero aquellos científicos que falsifican sus resultados reciben de sus colegas
la consideración de delincuentes inexcusables. Y sin embargo la triste realidad
es que la historia de la ciencia está plagada de casos de fraude ostensible,
así como de ejemplos de científicos que inconscientemente han distorsionado su
obra, al mirarla a través de la óptica de sus apasionadas creencias.
Gregor Johann Mendel, cuyos experimentos con guisantes revelaron por vez
primera las leyes básicas de la herencia, se convirtió en un héroe de la
ciencia moderna hasta el punto de que los científicos de los años treinta se
quedaron atónitos al enterarse de que este piadoso monje probablemente había
adulterado sus datos. R. A. Fisher, famoso estadístico británico, examinó los
informes de Mendel minuciosamente. Concluyó que existía una proporción de
10.000 a 1 de que Mendel hubiera dado un informe inexacto de sus experimentos[83].
El hermano Mendel era un fraile católico que vivía en una abadía en Brünn, hoy
día territorio de Checoslovaquia. Hace más de un siglo, trabajando sólo en el
huerto del monasterio, comprobó que sus plantas se reproducían de acuerdo con
unas precisas leyes de probabilidad. Posteriormente estas leyes fueron
explicadas por la teoría de los genes (que hoy sabemos son secciones repartidas
a lo largo de una molécula helicoidal de A.D.N.), pero fue el hermano Mendel
quien sentó las bases de lo que luego se denominó genética mendeliana. Su gran
obra fue totalmente ignorada por los botánicos de su época, y falleció sin
sospechar la fama que más tarde alcanzaría.
Este monje realizó la mayor parte de su trabajo con guisantes del huerto. Las
semillas de plantas de guisantes enanas siempre dan enanas, pero las plantas de
guisantes altas son de dos tipos. Las semillas de uno de esos tipos producen
tan sólo plantas altas. Las semillas del otro tipo producen tanto plantas altas
como plantas enanas. Mendel comprobó que cuando cruzaba altas de pura cepa con
enanas, sólo conseguía altas. Cuando autopolinizaba estas híbridas altas
obtenía una mezcla de ¼ de altas de pura cepa, ¼ de enanas, y la mitad restante
de altas que no eran de pura cepa.
Hoy día se dice que la altura de los guisantes de huerto es dominante, y el
enanismo es recesivo. Este experimento de reproducción realizado por Mendel
viene a ser como agitar una mezcla de cuentas rojas y azules en un sombrero,
sacando luego un par. La probabilidad de sacar rojo-rojo es de ¼, la de sacar
azul-azul es de ¼, y la de sacar rojo-azul es de ½. Estas sin embargo, son
probabilidades «a la larga». Hagan esta prueba tan sólo una vez, con (digamos)
200 cuentas mezcladas de manera irregular y las probabilidades se mostrarán
marcadamente en contra de que ustedes obtengan exactamente 25
pares rojos, 25 azules y 50 mezclados. Cualquier estadístico albergaría
profundas sospechas si ustedes informaran de unos resultados tan precisos.
Las cifras de Mendel resultan sospechosas precisamente por esta razón. Son
demasiado buenas para ser ciertas. ¿Compuso el fraile conscientemente sus
datos? Seamos caritativos. Quizás fuera culpable únicamente de «visión deseada»
cuando clasificaba y contaba sus plantas altas y enanas.
Los geólogos encuentran cosas raras en el suelo, pero ninguna tan extraña como
los «fósiles» desenterrados por Johann Beringer, un erudito profesor de
ciencias de la Universidad de Würzburg. Los protestantes alemanes de comienzos
del siglo XVIII, así como muchos fundamentalistas americanos de hoy, podrían no
creer que estos fósiles fueran restos de una vida que floreció millones de años
atrás. El profesor Beringer tenía una teoría inusual. Algunos fósiles, admitía,
podrían ser restos de una vida que pereció en el diluvio universal de Noé, pero
la mayor parte de ellos eran «piedras peculiares» talladas por el propio Dios
cuando experimentaba con los tipos de vida que pensaba crear.
Beringer entró en éxtasis cuando sus adolescentes ayudantes comenzaron a
excavar cientos de piedras que apoyaban su hipótesis. Representaban imágenes de
los cuerpos de extraños insectos, aves y peces nunca vistos sobre la tierra.
Había un ave con cabeza de pez —idea que Dios parecía haber descartado—. Otras
piedras mostraban el sol, la luna, estrellas de cinco puntas y cometas con
colas encendidas. Empezó a encontrar piedras con inscripciones hebreas. Una de
ellas tenía cincelada la palabra «Jehovah».
En 1726 Beringer publicó un enorme tratado sobre estos maravillosos
descubrimientos. Estaba escrito en latín y gráficamente ilustrado con láminas
grabadas. Sus colegas trataron de hacer aparecer a Beringer como un embaucador,
pero él se defendía ignorando esta «chocarrería rencorosa» de sus obstinados
enemigos oficialistas.
Nadie sabe qué fue lo que finalmente hizo cambiar de idea al profesor. Se dijo
que encontró una piedra con su propio nombre grabado en ella. Se llevó a cabo
una investigación, y uno de sus ayudantes confesó. Salió a la luz que las
piedras peculiares habían sido talladas por dos colegas peculiares, un
bibliotecario de la universidad y un profesor de geografía.
El pobre confiado y estúpido Beringer, arruinada su carrera, dedicó los ahorros
de toda su vida a comprar ejemplares de su necio libro y a quemarlos. Pero su
obra se convirtió en un monumento tan famoso al fraude geológico, que
veintisiete años después de la muerte de Beringer se publicó una nueva edición
en Alemania. En 1963, apareció una excelente traducción publicada por
University of California Press. Beringer se ha convertido en alguien importante
únicamente por ser víctima de un cruel engaño[84].
¿Fue Paul Kammerer víctima de un engaño similar, o fue él mismo quien lo
perpetró? En cualquier caso, cuando alguien aplicó tinta china (o quizás la
inyectó) en los pies de varias de las ranas de Kammerer, precipitó el
deshonroso fin de la carrera de uno de los biólogos vieneses más respetados.
Kammerer era el último gran bastión de una teoría de la evolución denominada
lamarckismo. Según esta corriente, así llamada en honor del naturalista francés
Jean Lamarck, los rasgos adquiridos se transmiten de algún modo a los
descendientes: cuando las jirafas estiraron sus cuellos para alcanzar las hojas
de las alturas, su descendencia empezó a nacer con cuellos más largos. El
propio Darwin era lamarckiano. La genética moderna descarta esta teoría,
sustituyéndola por la idea mendeliana de que la selección natural opera sobre
las variaciones producidas por mutaciones fortuitas.
En 1910, el lamarckismo continuaba siendo la concepción de la «oficialidad»,
pero la nueva teoría mendeliana ganaba terreno rápidamente. Como vehemente
defensor que era de la antigua teoría (había escrito un libro sobre ella
titulado The Inheritance of Adquired Characteristics [La
herencia de las características adquiridas]), Kammerer diseñó un sencillo
experimento con una especie de rana conocida como «sapo partero».
La mayoría de los sapos se aparean en el agua. Para mantenerse firmemente
agarrados al resbaloso cuerpo de la hembra, el sapo macho desarrolla una
especie de «almohadillas nupciales» oscuras sobre los pies. El sapo partero
macho que se aparea en tierra, carece de tales almohadillas. Fue un estúpido
experimento, porque de haber tenido éxito, los mendelianos lo habrían explicado
simplemente como el mero resurgir de un plano genético. Nada tan complicado
como una almohadilla nupcial podía haberse desarrollado tan sólo en unas
cuantas generaciones.
Pero Kammerer siguió adelante con su plan y pronto informó de su gran éxito.
Las almohadillas negras habían aparecido. La noticia era sensacional,
especialmente en Rusia donde el lamarckismo dominaba entonces la biología por
completo. Los científicos rusos quedaron tan impresionados que ofrecieron a
Kammerer un puesto en la Universidad de Moscú.
No había terminado Kammerer de aceptar esta oferta cuando se descubrió que sus
especímenes de sapo habían sido crudamente manipulados. Fue el mayor escándalo
científico de la década. Kammerer acusó de ello a un ayudante, pero nadie le
creyó. En 1926, a la edad de 46 años, se hizo con una pistola y se disparó un
tiro en la cabeza.
Kammerer continuó siendo un gran héroe en la Unión Soviética a lo largo de todo
el período en que Joseph Stalin y el cultivador de plantas Lysenko, ambos
entusiastas lamarckianos, procuraron que los genetistas mendelianos fueran
desterrados a Siberia. Ahora que Lysenko está muerto y la genética soviética ha
pasado a ser mendeliana, resulta difícil encontrar un biólogo en alguna parte
del mundo que se tome en serio el lamarckismo.
The Case of the Midwife Toad (El caso del sapo partero) (Random
House, 1971), de Arthur Koestler, defiende la tesis de que Kammerer
probablemente no tuviera participación alguna en el fraude, así como que el
lamarckismo sigue siendo una teoría viable. Desde luego Koestler pudiera tener
razón, aunque por el momento parece poco probable. Dos informes sobre
desarrollos recientes, que presentan resonancias lamarckianas, pueden verse en
«Lamarck Lives —in the Immune System», de Colin Tudge, en New Scientist (19
de febrero, 1981), y «Fighting Lamarck’s Shadow», de Susan West, en Science
News (14 de marzo, 1981).
¿Poseen vida psíquica los huevos? ¿Puede un huevo fecundado emplear sus poderes
de PC (psicocinesis) para influir sobre máquinas electrónicas? Destacados
parapsicólogos de todo el mundo así lo pensaron hasta que el gran escándalo de
1974, en el célebre Instituto de Parapsicología del Dr. J. B. Rhine, en Durham,
Carolina del Norte, desplazó estos extraordinarios[85] resultados
al cesto de los papeles.
Cuando Time publicó un artículo en portada titulado «Los
psíquicos», en 1974, la carta más persuasiva dirigida al editor científico,
Leon Jaroff, protestando por las «injustas» acusaciones de fraude en la
investigación de la PES, estaba firmada por el Dr. Walter J. Levy, Jr. Levy
tenía entonces 26 años y era el director del Instituto de Rhine. Tres meses
después, Levy cayó en desgracia.
Rhine se había mostrado extremadamente orgulloso de los sensacionales
resultados que su brillante y juvenil protegido había obtenido utilizando
computadoras para registrar y evaluar datos. El experimento más representativo
de Levy se realizó con unos huevos de pollo fertilizados y colocados en una
incubadora que se desconectaba y conectaba a intervalos fortuitos mediante un
dispositivo de azar. Las leyes de probabilidad dictaban la aplicación de calor
durante la mitad del tiempo, pero los registros de la computadora indicaban que
la incubadora estaba conectada más tiempo que desconectada. Estaba claro que
los huevos habían influido sobre el dispositivo de azar mediante PC. Cuando
Levy empleaba huevos bien cocidos, no se producía PC. Sus descubrimientos
aparecieron publicados en la revista de Rhine bajo el título «Possible PK by
Chicken Embryos to Obtain Warmth» (Posible psicocinesis en embriones de pollo
con el fin de obtener calor) (Journal of Parapsychology, vol. 34, 1970,
p. 303).
La ruina del Dr. Levy fue una última prueba de PC que realizó con ratas. Se
habían implantado electrodos en los cerebros de los roedores para que cuando el
dispositivo de azar dejara pasar cierta corriente, las ratas recibieran
intensas descargas de placer. Levy descubrió que las ratas utilizaban sus
poderes de PC para conseguir sus placeres el 55 por 100 de las veces. Esto
reforzaba sus resultados anteriores en materia de psique animal sobre las
facultades de PC de ratas del desierto y hamsters para evitar descargas no
placenteras.
Tres de los antiguos colaboradores de Levy empezaron a oler a gato encerrado.
Uno de ellos, mientras observaba desde un lugar oculto, vio cómo Levy tiraba
repetidas veces de una clavija del aparato de registro que provocaba el
registro de aciertos únicamente. Un instrumental secreto, instalado sin que
Levy tuviera conocimiento de ello, registró la anodina puntuación esperada del
50 por 100.
Cuando se le presentó esta evidencia, Levy lo admitió todo. Confesó su pecado
de exceso de trabajo y obsesión por obtener resultados. No se ha vuelto a oír
hablar de este joven parapsicólogo desde que fue pillado, dicho en términos de
cierto escritor científico, con los dedos en la circuitería[86].
¿Cómo se encuentran entre sí los insectos de sexo opuesto, incluso durante la
noche? La respuesta es que uno de ellos emite un fuerte olor sexual denominado
feromona. Nosotros no podemos olerlo, pero el insecto sí puede.
En 1976, un químico de la Universidad del estado de Pensilvania informó de que
los olores sexuales de ciertos insectos dependen de lo que coman. La
Universidad dio mucha publicidad a este asombroso resultado, que amenazaba con
revolucionar el control de las plagas, hasta que otros químicos de la misma
universidad repitieron el experimento y obtuvieron resultados negativos.
Esto sucede una y otra vez en destacadas universidades y célebres centros de
investigación. Un científico, excesivamente ansioso de reconocimiento y deseoso
de lograr ayudas económicas para su investigación, sale de repente con una
afirmación sorprendente. Sus colegas tratan de reproducir el experimento.
Fallan. Y esas grandes afirmaciones desaparecen en el olvido.
El caso reciente más notorio, en 1973, se convirtió rápidamente en todo un
Watergate médico. William T. Summerlin, jefe de inmunología de trasplantes en
el mundialmente famoso Instituto de Investigación del Cáncer, Sloan-Kettering,
en la ciudad de Nueva York, anunció un estupendo avance. Declaró haber injertado
un trozo de piel de un ratón negro al dorso de un ratón blanco, sin muestra
alguna de rechazo por parte del último. La piel había sido cuidadosamente
preparada mediante técnicas especiales. De ser cierto, los beneficios médicos
hubieran sido enormes —no solamente de cara a injertos y trasplantes, sino
también para el control del cáncer.
Summerlin gozaba del respaldo de su jefe, Robert Good, presidente del
Sloan-Kettering y coautor de muchos de los trabajos de Summerlin. El gran
descubrimiento se estrelló contra un muro cuando se comprobó que los trozos de
piel negra eran tan falsos como las almohadillas nupciales de Kammerer.
Summerlin los había pintado sobre el ratón blanco para convencer a sus colegas
de algo en lo que él creía firmemente. Era un caso de libro. Los trozos de piel
perdieron su color en cuanto se les aplicó alcohol. Good apenas podía dar
crédito a sus ojos. «Yo confiaba en él —dijo—. Vino aquí con fama de científico
respetable.»
Summerlin causó baja para someterse a tratamiento psiquiátrico, y nunca volvió.
Actualmente se encuentra ejerciendo la medicina en una pequeña ciudad de
Louisiana. Aun cuando sus métodos de injerto resultaran ser válidos algún día,
su carrera como investigador científico está acabada[87].
Resulta fácil entender la manera en que un científico puede adulterar o falsear
sus resultados, pero se podría pensar que este tipo de asunto es materialmente
imposible en el ámbito de la matemática pura. Nada más lejos de la realidad. Es
bastante célebre el caso de un matemático italiano, conocido por el nombre de
Lazzarini, que debe su fama a haber informado, en 1901, de la realización de un
cálculo experimental de los decimales del número 10, el más ubicuo de todos los
números irracionales.
El curioso método que empleó Lazzarini había sido descubierto previamente por
el naturista francés conde de Buffon, y es conocido entre los matemáticos por
el nombre de «aguja de Buffon». Tracen una serie de líneas paralelas sobre una
hoja de papel, dejando entre línea y línea el mismo espacio de separación k.
Obtengan una aguja más corta que k. Llamen a su longitud n.
Si dejan ustedes caer la aguja sobre el entramado, de manera que caiga en una
posición fortuita, la probabilidad de que cruce una línea será de 2n/πk.
Cuando la separación entre dos líneas y la longitud de la aguja coinciden, la
probabilidad se reduce a un simple 2/π. Sigan dejando caer la aguja,
manteniendo un registro de aciertos y errores, y pueden ustedes utilizar la
fórmula para calcular el número π. Cuantas más veces dejen ustedes caer la
aguja, más cerca estarán de obtener el número π correcto.
Lazzarini dejó caer la aguja 3.408 veces. A partir de esta operación obtuvo un
valor de π igual a 3,1415929 que es correcto hasta el sexto decimal (el séptimo
decimal debería ser 6 y no 9). De igual modo que sucedía con los datos de
Mendel, este resultado de Lazzarini era demasiado bueno para ser cierto. Las
probabilidades en contra de la obtención de su valor de π en tan sólo 3.408
tiradas son de millones a una. No cabe duda de que Lazzarini adulteró sus
resultados, pero a nadie se le ocurrió cuestionarlos hasta el año 1960[88].
Anexo
Escribí este artículo sobre fraudes científicos a petición de Enquire.
Aquí lo he reproducido básicamente tal como lo escribí en su momento, sin los
recortes que le aplicaron los editores para hacer sitio a las grandes
ilustraciones en color que introdujeron en su número de octubre de 1977. La
revista no publicó los dos últimos ejemplos.
Desde luego, hay muchos otros grandes fraudes que yo podía haber incluido. He
aquí algunos:
— El hombre de Piltdown. Este cráneo, supuestamente hallado en 1911 en un
cascajal próximo a Londres por Charles Dawson, un anticuario, fue considerado
durante décadas el más antiguo de todos los fósiles humanos. En 1953, un grupo
de científicos del Museo Británico realizaron unas pruebas químicas, que
arrojaron el resultado de que aquello no era más que una falsificación bien
hecha: el cráneo de un hombre fósil combinado con la mandíbula de un antropoide
moderno. La mandíbula había sido coloreada para darle un aspecto antiguo, y sus
dientes afilados para que parecieran dientes humanos. Posteriormente, el museo
descubrió que otras cinco antigüedades procedentes tanto de Dawson como de su
viuda también eran falsificaciones. Y por si fuera poco, gran parte de la
historia en dos volúmenes que Dawson había escrito sobre Hastings, resultó ser
copia de un manuscrito inédito que se encontraba en el Museo Hastings.
— Sir Cyril Burt. Este distinguido psicólogo fue editor del British
Journal of Statistical Psychology y un ardiente promotor de la
parapsicología. Era muy conocido por sus estudios de gemelos idénticos criados
por separado. Estos estudios demostraban que la herencia jugaba un papel casi
absoluto a la hora de determinar la inteligencia de una persona. Burt fue el
primer psicólogo inglés en ser nombrado caballero. En 1976 se llevaron a cabo
unas investigaciones que demostraron que Burt había falseado sus datos
vergonzosamente. Incluso se había inventado dos mujeres míticas que
supuestamente le habían ayudado en su investigación. La mayoría de las
puntuaciones de sus pruebas estaban prefabricadas. Puede leerse todo lo
relativo a este tema en Cyril Burt, Psychologist, de L. S.
Hearnshaw (Cornell University Press, 1979).
— Dr. Samuel G. Soal. Cuando falleció, en 1975, Soal estaba considerado como el
más destacado parapsicólogo británico. Rhine calificó su obra de «hito en la
investigación de la PES». De acuerdo con el filósofo C. D. Broad, la obra de
Soal fue «notable». «Las precauciones adoptadas para evitar el fraude
deliberado [fueron] absolutamente herméticas», decía Broad. Muchos
parapsicólogos y científicos que, como Cyril Burt, aceptaban los resultados de
la parapsicología, consideraban la obra de Soal como la más convincente y
respetable de las presentes en los anales de la investigación psíquica. Muy
poco antes de su muerte empezaron a correr rumores y acusaciones de que Soal
había falsificado algunos datos en uno de sus experimentos más famosos. Estos
rumores se intensificaron cuando Soal reveló que las hojas de protocolo
originales correspondientes al experimento en cuestión se habían perdido.
Destacados parapsicólogos defendieron vehementemente a Soal hasta que la
estadística Betty Markwick demostró, sin dejar la más mínima sombra de duda,
que Soal había cometido fraude de manera deliberada (véase capítulo 19).
— El último escándalo relacionado con la falsificación de datos apareció
descrito en el New York Times del 28 de junio de 1980. El Dr.
John Long, del departamento de patología de la Escuela de Medicina de la
Universidad de Harvard, había realizado investigaciones sobre ciertos
anticuerpos con la ayuda de una beca de 150.000 $. Dimitió de su puesto tras
admitir haber falseado sus resultados.
— ¿Se encuentra más extendido este tipo de fraude en el ámbito de la
parapsicología que en el de la ciencia «ortodoxa»? No lo sé. Las presiones en
pro de la producción probablemente sean mayores en determinadas áreas de la
ciencia tradicional que en la parapsicología, por la sencilla razón de que la
ayuda económica es mayor y existe más competencia por el botín. Por otra parte,
la tentación de falsificar datos puede ser menor en áreas de la ciencia
ortodoxa porque los científicos aceptan sus fallos a la hora de reproducir un
resultado como evidencia en contra de una hipótesis, facilitando así el
descrédito de la investigación falseada. La parapsicología se encuentra
prácticamente sola en su considerable capacidad para ignorar un fracaso de
reproducción atribuyéndolo a cierto factor como, por ejemplo, el escepticismo
de un científico, que ha inhibido la operación de los poderes paranormales.
Además, cuando un científico sostiene una creencia altamente excéntrica, su
apremio por convencer a los colegas ortodoxos, que quizás le miren con cierto
desdén, puede aportar motivos extraordinariamente fuertes tanto para la
falsificación consciente como para el autoengaño. Mi impresión general es que
el fraude y el autoengaño son mayores en la parapsicología que en la mayoría de
las ciencias, especialmente las ciencias físicas, pero no por mucha diferencia.
11. Fliess, Freud y el biorritmo[89]
En
Aussee conozco un bosque maravilloso, lleno de helechos y de hongos, en el que
habrás de revelarme los secretos del mundo de los animales inferiores y de los
niños. Nunca me he sentido tan atónito y embobado ante tus comunicaciones, pero
espero que seré el primero en oírlas y que, en lugar de un breve artículo, nos
obsequiarás dentro de un año con un pequeño libro que resuelva todos los
secretos orgánicos, reduciéndolos a períodos de 28 y de 23.
Sigmund FREUD, en una carta a Wilhelm Fliess, 1897
Uno
de los episodios más absurdos y extraordinarios de la historia de la
pseudociencia numerológica tiene que ver con la obra de un cirujano berlinés
llamado Wilhelm Fliess. Fliess estaba obsesionado con los números 23 y 28.
Estaba convencido y convenció a otros de que detrás de todo fenómeno biológico,
y quizás de la naturaleza inorgánica, había dos ciclos fundamentales: uno
masculino de 23 días y otros femenino de 28. Trabajando con múltiplos de estos
números —a veces sumando, otras restando— logró imponer este esquema a casi
cualquier cosa. Su obra provocó en Alemania gran revuelo durante los primeros
años de este siglo. Varios discípulos suyos adoptaron el sistema, elaborándolo
y modificándolo en libros, panfletos y artículos. En los últimos años el movimiento
ha arraigado en los Estados Unidos.
La numerología de Fliess tiene interés para la matemática recreativa y para los
estudiosos de la ciencia patológica; pero probablemente no se recordaría hoy a
Fliess de no ser por un hecho casi increíble: durante toda una década fue el
mejor amigo y confidente de Sigmund Freud. En el período de máxima creatividad
de Freud, aproximadamente de 1890 a 1900, que culminó con la publicación
de La interpretación de los sueños (1900), le unió a Fliess
una relación extraña y neurótica que tenía —como muy bien sabía Freud— fuertes
corrientes homosexuales soterradas. Las primeras figuras del psicoanálisis
conocían naturalmente la historia, pero del resto de la gente pocos eran los
que habían oído hablar de ella hasta que se publicó en 1950 una selección de
168 cartas de Freud a Fliess, de un total de 284 que el segundo había
conservado cuidadosamente. Freud, anonadado al saber que las cartas seguían
existiendo, rogó a su propietaria (la analista Marie Bonaparte) que no permitiera
su publicación. Cuando aquélla preguntó a Freud dónde estaba la correspondencia
que había recibido de Fliess, contestó: «Todavía no sé si la destruí o la
escondí ladinamente.» Se supone que la destruyó. La historia completa de la
amistad entre Fliess y Freud la narra Ernest Jones en su biografía del segundo.
Cuando los dos hombres se encontraron por primera vez en Viena en 1877, Freud
tenía treinta y un años, era relativamente desconocido, feliz en su matrimonio
y poseía una experiencia modesta en psiquiatría. Fliess tenía una consulta
mucho más boyante como cirujano de garganta y nariz en Berlín. Era dos años más
joven que Freud, soltero (más tarde casó con una vienesa adinerada), apuesto,
vanidoso, brillante, ingenioso y bien informado en temas médicos y científicos.
Freud inició su correspondencia con una carta lisonjera. Fliess respondió con
un regalo, recibiendo después una fotografía de Freud que había pedido. En 1892
habían cambiado el Sie (usted) formal por el íntimo du (tú).
Freud escribía a Fliess con más frecuencia que éste a aquél y se atormentaba
cuando tardaba en contestarle. Mientras su esposa esperaba el quinto hijo,
Freud decidió que se llamaría Wilhelm. De hecho hubiese bautizado así a
cualquiera de sus dos vástagos menores, pero, como dice Jones, «afortunadamente
los dos fueron niñas».
Los fundamentos de la numerología de Fliess fueron dados a conocer al mundo por
primera vez en 1897 con la publicación de su monografía Die Beztehungen
zwischen Nase und weibliche Geschlechtsorganen in ihrer biologischen
Bedeutungen dargestellt (Las relaciones entre la nariz y los órganos
sexuales femeninos desde el punto de vista biológico). Fliess mantenía que
cualquier persona es realmente bisexual. El componente masculino está
sintonizado con el ciclo rítmico de 23 días, el femenino con el de 28. (El
ciclo femenino no debe confundirse con el menstrual, aunque ambos están
relacionados en su origen evolutivo.) El ciclo masculino es el dominante en los
machos normales, estando reprimido el femenino. En las hembras normales ocurre
lo contrario.
Los dos ciclos están presentes en cualquier célula viva y por consiguiente
juegan sus papeles dialécticos en todas las cosas animadas. En el hombre y en
los animales los dos ciclos comienzan con el nacimiento. El sexo del niño viene
determinado por el ciclo que se transmite primero. Los períodos continúan a lo
largo de la vida, manifestándose en los altos y bajos de la vitalidad física y
mental, y determinando finalmente el día de la muerte. Por otro lado, ambos
ciclos están íntimamente relacionados con la mucosa de la nariz. Fliess pensó
que había encontrado una relación entre las irritaciones nasales y toda clase
de síntomas neuróticos e irregularidades sexuales. Diagnosticaba estas
enfermedades inspeccionando la nariz y las trataba aplicando cocaína a los
«puntos genitales» del interior de la misma. Informó de casos en que se habían
producido abortos por anestesiar la nariz y sostenía que, tratando ésta, podía
controlar las menstruaciones dolorosas. En dos ocasiones operó a Freud de la
nariz. En un libro posterior sostuvo que los zurdos están dominados por el
ciclo del sexo opuesto; cuando Freud expresó sus dudas, le acusó de ser zurdo
sin saberlo.
Freud tomó al principio la teoría de los ciclos de Fliess por uno de los mayores
avances en biología. Envió a Fliess informaciones sobre los ciclos de 23 y 28
días de su propia vida y los de los miembros de su familia y vio las
alteraciones de su salud como fluctuaciones de estos dos períodos. Creyó que
con ellos podía explicarse la distinción que había encontrado entre neurastenia
y neurosis de angustia. En 1898 rompió sus relaciones editoriales con una
revista por negarse ésta a retirar una dura recensión de uno de los libros de
Fliess.
Hubo una época en que Freud sospechó que el placer sexual era una liberación de
energía del ciclo de 23, y el displacer sexual del de 28. Durante mucho tiempo
creyó que moriría a los 51 años porque era la suma de 23 y 28, y Fliess le
había dicho que ésta sería su edad más crítica. En el libro sobre los sueños
escribió Freud: «los cincuenta y un años parecen ser particularmente peligrosos
para los hombres». «Conozco muchos colegas que han muerto repentinamente a esta
edad. Entre ellos uno a quien después de grandes demoras se le concedió una cátedra
solamente unos cuantos días antes de su muerte.»
Sin embargo, la aceptación por parte de Freud de la teoría cíclica de Fliess no
era todo lo entusiasta que éste esperaba. Anormalmente sensible a la más ligera
crítica, creyó haber detectado en una carta que Freud le escribió en 1896
ligeras sospechas acerca de su sistema: fue el momento en que comenzó a surgir
lentamente una hostilidad latente entre ambos. La anterior actitud de Freud
hacia Fliess había sido la de una dependencia casi de adolescente hacia una
figura paterna, mientras que ahora desarrollaba teorías propias acerca de los
orígenes de la neurosis y los métodos para tratarla. A Fliess le agradó muy
poco esto. Dijo que las curas imaginarias de Freud no eran más que las
fluctuaciones de la enfermedad mental siguiendo los ritmos masculino y
femenino. El choque entre los dos hombres era inevitable.
Fue Fliess quien inició la retirada, como era de prever por las anteriores
cartas. La grieta creciente hundió a Freud en una profunda neurosis, de la que sólo
salió después de años de penoso autoanálisis. Los dos acostumbraban a reunirse
frecuentemente en Viena, Berlín, Roma o en cualquier otro lugar para celebrar
lo que Freud denominaba alegremente sus «congresos». En 1900, cuando la
distancia era ya insalvable, escribía aún Freud: «Nunca ha habido un semestre
en el que haya deseado tanto estar junto a ti y a tu familia. Me alborozó mucho
tu idea de encontrarnos en Pascua… No es sólo mi anhelo casi infantil de la
primavera y de la hermosura del paisaje: eso lo cambiaría de buen grado por la
satisfacción de tenerte cerca durante tres días… Hablaríamos razonable y
científicamente y tus bellos y a buen seguro biológicos descubrimientos
despertarían en mí la más profunda —aunque impersonal— envidia.»
Freud rechazó, sin embargo, la invitación y los dos hombres no volvieron a
encontrarse hasta finales de ese verano. Fue su última reunión. Más tarde
Fliess escribió que había sido objeto de un violento y no provocado ataque
verbal por parte de Freud. Durante los dos siguientes años, Freud trató de
curar la herida. Le propuso colaborar en un libro sobre bisexualidad. Le
sugirió reunirse de nuevo en 1902. Fliess no atendió ninguna de los dos
invitaciones. Además, en 1904, escribió violentas acusaciones contra Freud, diciendo
que por él se habían filtrado algunas de sus ideas, que Hermann Swoboda, uno de
los jóvenes pacientes de Freud, había publicado como propias.
La disputa final parece que tuvo lugar en el restaurante del hotel Park de
Munich. En dos ocasiones posteriores, hallándose Freud en este mismo lugar por
celebrarse reuniones del movimiento analítico, tuvo fuertes ataques de
angustia. Jones recuerda que en 1912 un grupo que incluía a Freud y a Jung
estaba almorzando en el mismo salón. La ruptura entre los dos era inminente. En
medio de una discusión Freud se desmayó de pronto. Jung lo llevó a un sofá.
Cuando Freud volvía en sí dijo: «Qué dulce debe de ser morir.» Más tarde confió
a Jones la razón de su desmayo.
Fliess escribió muchos libros y artículos sobre su teoría de los ciclos. Su
obra magna fue un volumen de 584 páginas titulado Der Ablauf des
Lebens: Grundlegung zur Exakten Biologie (El decurso de la vida:
Fundamentos de una biología exacta), publicado en Leipzig en 1906 (segunda
edición, Viena, 1923). El tratado es una obra maestra de excentricidad
germánica. La fórmula básica de Fliess puede escribirse así: 23x +
28y, siendo x e y enteros positivos o
negativos. Página a página la aplica a fenómenos naturales que van desde la
célula al sistema solar. Por ejemplo, la luna da la vuelta a la tierra en 28
días; el ciclo de una mancha solar es de casi 23 años.
El apéndice del libro está repleto de tablas tales como los múltiplos de 365
(días del año), múltiplos de 23, de 28, de 232, de 28 2,
de 644 (que es 23 × 28). Ciertas constantes importantes tales como 12.167 [23 ×
232]; 24.334 [ 2 × 23 × 232]; 36.501 [3 × 23 × 232];
21.952 [28 × 282]; 43.904 [2 × 28 × 282], etc, van
impresas en negritas. En una tabla se recogen los números del 1 al 28
expresados como diferencias entre múltiplos de 28 y 23 (por ejemplo, 13 = (21 ×
28) - (25 × 23). Otra contiene los números del 1 al 51 [23 + 28] como sumas y
diferencias de los múltiplos de 23 y 28 [por ejemplo, 1 = (1/2 × 28) + (2 × 28)
- (3 × 23)].
Freud admitió con frecuencia que era desesperadamente inepto para cualquier
habilidad matemática. Fliess conocía la aritmética elemental y poco más. No se
dio cuenta de que si los números 23 y 28 de su fórmula básica se sustituyen por
dos enteros positivos cualquiera, es posible expresar cualquier entero
positivo. ¡No era una maravilla que la expresión pudiera adaptarse sin
dificultad a los fenómenos naturales! Puede verse fácilmente operando en varios
ejemplos con el 23 y el 28. En primer lugar determinemos qué valores de x e y pueden
dar a la fórmula el valor 1. Son x = 11 e y =
-9:
(23
× 11) + (28 × -9) = 1
Es
muy sencillo obtener el entero positivo que se desee siguiendo el procedimiento
que se indica:
[23
× (11 × 2)] + [28 × (-9 × 2)] = 2
[23
× (11 × 3)] + [28 × (-9 × 3)] = 3
[23
× (11 × 4)] + [28 × (-9 × 4)] = 4, etc.
Como
señaló recientemente Roland Sprague en un libro de pasatiempos alemán, es
posible expresar todos los enteros positivos superiores a un cierto valor
incluso si se excluyen los valores negativos de x e y.
Sprague pregunta: ¿cuál es el mayor número perteneciente al conjunto finito de
los enteros positivos que no pueden expresarse mediante esta
fórmula? Dicho de otro modo: ¿cuál es el mayor número que no puede obtenerse
sustituyendo x e y por enteros no negativos
en la expresión 23x + 28y?
Freud cayó finalmente en la cuenta de que los resultados superficialmente
sorprendentes de Fliess no eran otra cosa que malabarismos numerológicos. Tras
la muerte de Fliess en 1928 (obsérvese el obligado 28), el físico alemán J.
Aelby publicó un libro que refutaba por completo sus dislates. Pero a esas
alturas había echado ya raíces el culto al 23-28 en Alemania. Swoboda, que
vivió hasta 1963, fue la segunda figura en importancia. Como psicólogo de la
Universidad de Viena dedicó mucho tiempo a investigar, defender y escribir
acerca de la teoría de los ciclos de Fliess. En su propia obra maestra, un
libro de 576 páginas intitulado Das Siebenjahr (El año del
Siete), informa de sus estudios de cientos de árboles genealógicos para
demostrar que acontecimientos tales como los ataques al corazón, muertes y
enfermedades graves tienden a producirse en ciertos días críticos que pueden
calcularse tomando como base los ciclos masculino y femenino. Aplicó la teoría
cíclica al análisis de los sueños, práctica que criticó Freud en una nota a pie
de página, de 1911, en su libro sobre los sueños. Swoboda ideó la primera regla
de cálculo para determinar los días críticos, sin cuya ayuda la labor es
tediosa y difícil.
Por increíble que parezca, en 1960 el sistema de Fliess tenía todavía un
pequeño pero devoto círculo de adeptos en Alemania y Suiza. Había doctores en
varios hospitales suizos que determinaban los días apropiados para las
intervenciones quirúrgicas en base a los ciclos de Fliess. (La práctica se
remonta a Fliess. Cuando uno de los pioneros del análisis, Karl Abraham, hubo
de ser operado en 1925 de la vesícula, insistió en que la intervención tuviese
lugar en uno de los días favorables calculados por Fliess.) A los ciclos
masculino y femenino primitivos han añadido los modernos fliessianos un tercero
al que denominan intelectual y que tiene una longitud de 33 días.
La editorial Crown ha publicado en Estados Unidos dos libros sobre el sistema
suizo: Biorhytm, por Hans J. Wernli, y Is this your day?,
1964, de George Thommen. Este último es presidente de una compañía que fabrica
calculadoras y tablas para trazar los ciclos de una persona.
Los tres ciclos comienzan con el nacimiento y continúan con absoluta
regularidad a lo largo de toda la vida, aunque su amplitud decrece con la edad.
El masculino controla caracteres tales como el vigor físico, la confianza, la
agresividad y la fortaleza; el femenino, rasgos como los sentimientos, la
intuición, la creatividad, el amor, la cooperación y la alegría; el
intelectual, los poderes mentales que son comunes a ambos sexos: inteligencia,
memoria, concentración, rapidez de pensamiento.
En aquellos días en los que el ciclo está por encima de la línea cero de la
gráfica se descarga la energía controlada por él. Son los períodos de más alta
vitalidad y eficacia. Se recarga energía cuando el ciclo está por debajo de la
línea: son los días de vitalidad reducida. Cuando el ciclo masculino está alto
y los otros dos están bajos, la persona puede realizar admirablemente trabajos
físicos, pero la sensibilidad y la lucidez mental serán bajas. Un buen día para
visitar un museo es aquel en el que el ciclo femenino está alto y el masculino
bajo, pero lo más probable es que la fatiga aparezca con rapidez. Las
aplicaciones de otras combinaciones cíclicas a los distintos acontecimientos de
la vida pueden ser intuidas fácilmente por el lector. Omito detalles acerca de
los procedimientos para predecir el sexo de los niños en gestación o computar
la «compatibilidad» rítmica entre dos individuos.
Los momentos más peligrosos son aquellos en los que el ciclo corta la línea
horizontal, especialmente si se trata de los de 23 ó 28 días. Los días en los
que se verifica la transición de una fase a otra se llaman «días de cambio». Un
hecho que simplifica las cosas es que los puntos de cambio del ciclo de 28 días
caen siempre en el mismo día de la semana, porque el ciclo dura exactamente
cuatro veces siete días. Si su punto de cambio del ciclo de 28 días cae, por
ejemplo, en martes, cada dos martes será un día crítico en toda su vida en lo
que se refiere a energía femenina.
Si los puntos de cambio de dos ciclos coinciden en el mismo día, éste será
«doblemente crítico», y si coinciden los tres «triplemente crítico». Los libros
de Thommen y Wernli contienen numerosos ritmogramas en los que se muestra que
muchas personas famosas murieron en días en los que coincidían dos o más ciclos
en su punto de cambio. Dos de ellos coincidieron en este punto los dos días en
los que Clark Gable sufrió un ataque al corazón, el segundo de ellos fatal. El Aga
Khan murió en un día triplemente crítico. Arnold Palmer ganó el Torneo Abierto
de Golf británico en julio de 1962, en un período alto, y perdió el de la
Asociación Profesional de Golf, dos semanas más tarde, en uno triplemente bajo.
El boxeador Benny (Kid) Paret murió en un día triplemente crítico, en un
combate, después de ser noqueado. Ni que decir tiene que los fliessianos se
preocupan de preparar cartas del comportamiento de sus ciclos futuros de manera
que puedan tomar precauciones especiales los días críticos; sin embargo, como
influyen también otros factores, no se pueden hacer predicciones seguras.
El ritmograma de cualquier persona se repetirá al cabo de un cierto intervalo
de ndías, ya que cada ciclo dura un número entero de días. El
intervalo es el mismo para todos. Por ejemplo, n días después
del nacimiento los tres ciclos pasarán simultáneamente por la línea cero en
fase ascendente comenzando de nuevo todo el proceso. Dos personas cuyas edades
se diferencien exactamente en n días vivirán sobre ciclos
perfectamente sincronizados. El lector no tendrá dificultades para calcular el
valor de n, que es una constante importante en el sistema de
Fliess.
Anexo
El presidente de la Biorhythm Computers, Inc., 298 Fifth Avenue, Nueva York,
aparece ocasionalmente en la radio y en la televisión promoviendo con vigor sus
productos. El mago James Randi actuó de moderador en un programa de radio
nocturno a mediados de los sesenta, al que asistió por dos veces Thommen. Randi
me contó que después de una de ellas una señora de Nueva Jersey le dio su fecha
de nacimiento y le pidió que le construyera su carta biorrítmica para los dos
años siguientes. Tras enviarle una carta real, pero basada en una fecha de
nacimiento diferente, Randi recibió una carta efusiva de la señora
diciéndole que la información contenida en el documento se adaptaba exactamente
a sus días altos y bajos. Randi le escribió disculpándose de haber errado su
fecha de nacimiento y le adjuntó otra «correcta», que en realidad tampoco lo
era. La dama le contestó inmediatamente diciéndole que la segunda era aún más
exacta que la primera.
En el discurso pronunciado por Thommen en la XXXVI convención anual del Consejo
de Seguridad del Gran Nueva York dijo que se estaban preparando proyectos de
investigación sobre el biorritmo en las Universidades de Nebraska y de
Minnesota y que el médico jefe del Departamento de Salud Pública de Tokio, el
doctor Tatai, había publicado un libro, Biorhythm and Human Life (Biorritmo
y vida humana) en el que empleaba su sistema. Añadió que con motivo del
accidente de un Boeing 727 ocurrido en Tokio en 1966, Tatai había trazado la
carta del piloto y comprobado que se había estrellado en uno de sus días bajos.
Japón parece haber recibido con más entusiasmo la teoría del biorritmo que los
Estados Unidos. Según la revista Time del 10 de enero de 1972,
página 48, la Ohmi Railway Co., de Japón, calculó los biorritmos de sus 500
conductores de autobuses, aconsejándoles que fueran especialmente prudentes en
sus días «malos». El número de accidentes descendió el 50 por 100.
La revista Fate, en el número de febrero de 1975, páginas 109-110,
informa de una conferencia sobre «Biorritmo, salud y fotografía Kirlian»,
celebrada en Evanston, 111., en octubre de 1974. Michael Zaeske, que patrocinó
la conferencia, reveló que las curvas biorrítmicas tradicionales son realmente
la «derivada primera» de las verdades y que todas las cartas conocidas
contienen «un error de varios días». Otra ponencia informó de la existencia de
un cuarto ciclo y de que todos ellos podían relacionarse con «los cuatro tipos
de personalidad establecidos por Jung».
El número del 18 de enero de 1975 de Science News, en su página 45,
publicó un gran anuncio sobre los nuevos instrumentos biorrítmicos (11,50$) de
la Edmund Scientific Company, entre los que se encontraba una calculadora
Dialgraf de precisión. Se ofrecía además una carta biorrítmica «calculada con
exactitud y personalizada», para 12 meses, a todo lector que indicase su fecha
de nacimiento y enviase 15,95 dólares. Me pregunto si Edmund estará empleando
los gráficos tradicionales (posiblemente desfasados tres días) o los
procedimientos más refinados de Zaeske.
Un libro ridículo, Biorhytm: A Personal Science, de Bernard
Gitelson, fue publicado en 1975 por Arco, y posteriormente por Werner Books en
edición rústica. Pocket Books entró en acción también con Biorhytm (1976),
de Arbie Dale. Reader’s Digest (septiembre de 1977) propinó a
la «ciencia» una asistencia importante con el desvergonzado artículo de
Jennifer Bolch, «Biorhytm: A Key to Your Ups and Downs» (Biorritmo: la clave de
tus altibajos).
Hacia 1980 el biorritmo había adquirido tanta popularidad entre los crédulos
que media docena de empresas se hallaban fabricando artilugios mecánicos,
computadoras electrónicas, e incluso relojes preparados para decir a creyentes
genuinos lo que podían esperar cada día. Puede verse publicidad al efecto
en Fate. Science 80, en su número de enero/febrero de 1980,
presentaba un artículo de Russell Schoch titulado «The Myth of Sigmund Freud»,
que incluía una bella fotografía de Freud y Fliess juntos en su época de
juventud.
Pueden hallar un excelente artículo desenmascarador en «Biorhytm: Evaluating a
Pseudoscience», de William Sims Bainbridge, publicado enSkeptical Inquirer,
primavera/verano de 1979. En Zetetic Scholar, vol. n.° 1, 1978,
apareció una lista de trece artículos que informaba de pruebas fallidas en su
intento de confirmar cualquiera de las descabelladas pretensiones lanzadas en
torno al biorritmo. Véase el capítulo 8, «The Great Fliess Fleece», de Flim-Flam! de
James Randi (Lippincott & Crowell, 1980).
12. Una visión escéptica de la parapsicología[90]
El
Dr. Scott Rogo, en su lucha por representar a la parapsicología como una
ciencia sometida a un rápido proceso de adquisición de respetabilidad, ha
adoptado una conocida táctica. No dice nada en absoluto sobre las temerarias y
absurdas afirmaciones realizadas recientemente por destacados profesionales de
este campo. En lugar de eso, describe unos cuantos experimentos conservadores
realizados por Charles Honorton y Helmut Schmidt. «Espero haber dejado claro
—concluye— que los parapsicólogos no se pasan el tiempo… emulando a Uri
Geller.»
No hay manera de que escéptico alguno pueda comentar significativamente los
experimentos de Honorton y Schmidt, porque no hay manera, ahora que las pruebas
ya están completas, de saber exactamente cuáles eran los elementos de control
que de hecho intervenían. Una evaluación precisa, a cargo de un psicólogo
escéptico, requeriría meses de intenso estudio, de analizar los datos en bruto
todavía disponibles, de entrevistar a todos los participantes, y así
sucesivamente. Ningún psicólogo importante dispone de tiempo para semejante
tarea, a menos que goce de una sustanciosa financiación; y aun así, podría no
considerar que mereciera la pena. En los pocos casos en que se ha seguido este
proceso —la investigación de C.E.M. Hansel de las pruebas clásicas de
Pearce-Pratt, por ejemplo— han salido a relucir grandes lagunas en lo que se
refiere a los elementos de control. En lugar de reconocer dichas lagunas, los
parapsicólogos han reaccionado con enorme indignación.
Un enfoque más prometedor consiste en intentar reproducir experimentos
importantes. Desgraciadamente, siempre que un escéptico hace esto y obtiene
resultados negativos, los parapsicólogos invocan su favorito Punto 22, que dice
que el escepticismo inhibe la psique. En vano recorrerán ustedes los escritos
de periodistas psíquicos, como Rogo, buscando referencias a estos fracasos de
reproducción. Se han producido, por ejemplo, varios fracasos importantes a la
hora de repetir los experimentos de sueño de Maimónides (véase el libro de
Adrian Parker, States of Mind). En algunos casos, estos resultados
negativos han sido obtenidos por los propios investigadores iniciales durante
su trabajo en colaboración con observadores escépticos.
Los lectores de The Humanist quizás estén interesados en unos
cuantos hechos relativos a Honorton y Schmidt, que Rogo no menciona porque
contradicen su tesis de que la parapsicología moderna no se encuentra
contaminada por el «gellerismo». Hace unos años, Honorton declaró que había
descubierto a una joven, Felicia Parise, que era capaz de hacer rodar un
frasquito de pastillas a través de un mostrador de cocina mediante
psicocinesis. Este gran acontecimiento tan sólo fue presenciado por Honorton y
un fotógrafo aficionado, Norman Moses, que grabó una película del suceso.
Lo primero que se le ocurrió al mago James Randi, cuando vio la película, fue
que a través del mostrador de formica había un hilo de nylon tensado en sentido
horizontal. Encima de él se sostenía un frasquito de pastillas vacío. Cuando
las largas uñas de Felicia, situadas al otro lado del frasquito, lo empujaban
hacia delante, debía ser bien simple para ella hacerlo rodar contra el hilo. El
hilo fino de nylon es absolutamente invisible, incluso desde bastante cerca,
pero se rompe fácilmente y tiende a ser elástico. Cuando Randi reprodujo la
prueba, comprobó que el hilo de nylon se tensaba cuando presionaba contra la
botella, provocando que ésta se desplazara hacia delante de manera espasmódica,
exactamente tal como veía en la película rodada por Moses. El año pasado, Randi
repitió la hazaña para un programa de televisión de la B.B.C. en Londres,
utilizando un hilo más fuerte y una pesada botella de vino.
Desde luego, del hecho de que Felicia pudiera haber utilizado
un hilo de nylon, no se sigue el que realmente hiciera uso de él. Se sigue que,
como Honorton no disponía de la información suficiente sobre magia como para
evaluar lo que ocurría, su informe del acontecimiento no puede ser tomado en
serio. No obstante, defiende con resolución su opinión de que asistió a una
proeza paranormal. «Examiné el mostrador», dijo a un informador del National
Enquirer(véase el número correspondiente al 30 de diciembre de 1975, y su
titular de primera página: «Primer americano que mueve objetos con su mente»).
«Prácticamente lo desmonté para asegurarme de que aquella joven no había podido
utilizar ayuda mecánica alguna para desplazar el frasco. No encontré nada.
Incluso examiné la chapa superior del mostrador para ver si resbalaba. Comprobé
que presentaba una cierta pendiente, pero ¡el frasco, de hecho, se había
desplazado en contra de dicha pendiente!»
Honorton también estuvo presente durante las pruebas realizadas por Felicia en
el laboratorio de Rhine en 1972, cuando desplazó la aguja de una brújula
mediante psicocinesis. (Véase «Apparent Psychokinesis on Static Objects by a
“Gifted” Subject» de Honorton, en Research in Parapsichology, 1973,
editado por W. G. Roll y otros.) Resulta divertido que Honorton, que es un
escéptico de la facultad de PC de Uri Geller, haya dedicado tanto tiempo a
estudiar los poderes de Felicia y a defenderlos en artículos y conferencias. La
señorita Parise, dicho sea de paso, dejó de hacer demostraciones de sus
habilidades psíquicas hace varios años y ya no es susceptible de más
investigaciones. Contribuye otro fait accompli, el que ningún
parapsicólogo pueda reproducir sus logros cuando se encuentra entre los
presentes un mago experto.
Demos un rápido repaso a Schmidt. Nunca oiremos decir a Rogo que Schmidt ha
admirado a Geller durante mucho tiempo. «Otra fuente de efectos particularmente
intensos de PC quizás se encuentre en unos cuantos sujetos altamente
seleccionados… —escribió Schmidt en Psychic Exploration de
Edgar Mitchell—. Una de estas personas es Uri Geller… Geller puede muy bien
igualar las proezas de los espectaculares sujetos que han sido estudiados por
otros investigadores de este campo. Investigadores críticos… han visto a Geller
doblar objetos metálicos pesados “mentalmente”, tan sólo tocándolos ligeramente
o incluso sin tocarlos siquiera.»
En 1970, Schmidt informó de uno de los mayores avances de la parapsicología
moderna. Declaró que las cucarachas probablemente disponían de la facultad de
PC necesaria para hacer que un generador de azar conectara un aparato y les
administrara descargas eléctricas con mayor frecuencia de la que facilita el
azar puro. Sin embargo, como a Schmidt le repugnan personalmente las
cucarachas, admite que su experimento no resultó concluyente. Podría ser que
su propia mente influyera sobre el distribuidor de azar.
Walter J. Levy, antiguo director del laboratorio de J. B. Rhine, descubrió que
los huevos de pollo fecundados también podían influir sobre un generador de
azar. En este caso el aparato controlaba una fuente de calor. Los huevos «que
atinaban psíquicamente» mantenían el calor más tiempo del que dictaba la
casualidad, mientras que los huevos «que fallaban psíquicamente» influían sobre
el generador de azar de otra manera. Cuando se introdujeron juntos los dos
tipos de huevos en la misma caja, se anularon sus poderes de PC, y Levy obtuvo
resultados fortuitos. Desde que Levy dimitió de su cargo tras ser sorprendido
falseando sus registros, los parapsicólogos han dejado de citar sus resultados
con huevos como referencia. Sin embargo, se siguen albergando sospechas de que
las cucarachas tengan poderes psíquicos.
La afirmación de Rogo de que los parapsicólogos no pierden el tiempo ocupándose
de Geller simplemente no es cierta. Harold Puthoff y Russell Targ dedicaron
inmensas cantidades de tiempo a Geller y finalmente declararon que éste era un
clarividente genuino. Thelma Moss es otra discípula de Geller que le alaba
continuamente. Gertrude Schmeidler es conocida por observaciones similares a
éstas, sin mencionar sus conocidas pruebas de los poderes de PC del principal
rival de Uri, Ingo Swann.
Todos conocemos la admiración de Andrija Puharich hacia Geller —escribió un
libro entero sobre él—. Su próximo libro constituirá un informe sobre su
investigación realizada con un grupo de lo que él llama «niños de Geller». Uno
de ellos, según declaró Puharich el pasado mes de mayo en un simposio celebrado
en el Harvard Science Center («Towards a Physics of Consciousness» [Hacia una
física de la conciencia]) consiguió materializar un árbol. Seis de los niños de
Geller, dijo, fueron teletransportados a su casa en Ossining, Nueva York, nada
menos que desde Suiza. Puharich fue seguido por E. Harris Walker, un físico que
explica los poderes de PC de Geller a través de una teoría propia relacionada
con la mecánica cuántica. John Taylor, parapsicólogo británico, considera
electromagnético el «efecto Geller». Puharich lo atribuye a los taquiones,
supuestas partículas que se desplazan a mayor velocidad que la luz. Pero la
teoría más popular, de momento, es la explicación teórica cuántica de Walker.
El socio de Rhine, William Cox, es uno de los más tenaces defensores de Geller.
Ha escrito sobre las condiciones «rígidamente controladas», bajo las que Uri
hizo que el reloj de Cox empezara a funcionar después de que Cox hubiera detenido
el péndulo con una cuña de papel de estaño, y sobre el modo en que Uri hizo que
su llave se doblara «como una cerilla ardiendo». He intercambiado varias cartas
largas con Cox acerca del suceso del reloj. Tan sólo estaba presente Cox, y
dejó a Uri que manipulara el reloj poco antes de que comenzara a funcionar.
¿Pudo Uri, amparándose en la distracción que le ha hecho tan famoso, haber
abierto la carcasa con una uña y desplazado el papel de estaño? De ninguna
manera, dice Cox. Aunque yo confesé libremente que Uri «podría» haber realizado
este milagro mediante poderes psíquicos (si bien le concedo una probabilidad
muy baja), nunca conseguí obtener de Cox la admisión comparable de que Uri,
con algúngrado de probabilidad, pudiera haberle engañado con un
truco.
Me pregunto si Rogo considera «parapsicólogo» a Edgar Mitchell. Mitchell ha
descrito a menudo la forma en que Uri materializaba parte de un alfiler de
corbata, perdido hacía tiempo, en un bocado de helado. De hecho, resulta
difícil recordar muchos parapsicólogos que no hayan sido admiradores de Geller.
Debo añadir que durante los últimos meses su silencio sobre Uri ha pasado a
resultar ensordecedor, a medida que se convierte en algo obvio el hecho de que
Uri no posee más facultades psíquicas que artistas como Charles Hoy, Kreskin,
Dean Kraft, Nina Kulagina y Mattew Manning.
Rogo finaliza su artículo comparando los supuestos controles férreos de la
moderna parapsicología con los controles más débiles de otras ciencias. Aquí
olvida un punto fundamental. En experimentos destinados a demostrar resultados
ordinarios no se exigen controles extraordinarios. Si, por ejemplo, un
psicólogo busca determinar si las ratas del desierto pueden hacer rodar pelotas
de ping-pong con sus hocicos, no se requieren controles fuera de lo normal. Las
ratas del desierto no engañan. Pero si alguien dice poder desplazar un frasco
de pastillas de plástico con poderes de PC, esa afirmación resulta tan
extraordinaria que exige precauciones igualmente extraordinarias. A la vista de
la larga e irrisoria historia del fraude y la credulidad en la investigación
psíquica, resulta necesaria como mínimo la participación del único experto en
este tipo de engaños: un mago experimentado.
La incapacidad de Rogo para distinguir entre estos dos tipos de
investigaciones, con sus diferentes exigencias de control, es lo que le ha
convertido en un informador tan ingenuo y poco fiable de la escena psíquica.
Aunque comparte con Honorton una pobre opinión de Geller, ha dedicado muchos
años al estudio de casas encantadas. En su libro An Experience of
Phantoms (1974), Rogo defiende que todo el mundo posee un doble
etéreo, que no solamente sobrevive a la muerte de cada persona, sino que puede
proyectarse en forma de fantasma mientras esa persona todavía se encuentra en
este mundo. «Las apariciones, más que ningún otro fenómeno —escribe—, sacan a
relucir que el hombre es un ser espiritual.»
En un artículo publicado en 1970 en Psychic, «Photography by the
Mind», Rogo ensalza los controles del laboratorio de Jule Einsenbud,
psicoanalista que demostró la facultad de Ted Serios para proyectar
pensamientos en película Polaroid. «Ted Serios —escribe Rogo— representa el
primer caso de fotografía psíquica con el que se enfrentan los pasapsicólogos
en varios años.» Rogo lamenta que la facultad de Serios «parece haberse
deteriorado», pero evita cuidadosamente cualquier mención a la famosa
exposición Popular Photography(octubre 1967) y a la facilidad con
que Ted pudo haber cometido fraude con un artilugio óptico que manipulaba a merced
de su «gismo». Casi todo el mundo (excepto Rogo y el Dr. Eisenbud) actualmente
opina que Ted dejó de realizar fotografías de ideas tan sólo porque tres magos
descubrieron el sencillo método que estaba empleando, y el pobre Ted ha sido
incapaz de volver a discurrir otro método mejor.
En un artículo más reciente publicado en New Realities (nuevo
nombre de la revista Psychic), Rogo comenta informes sobre imágenes
de la Virgen que sangran por las palmas de las manos o derraman lágrimas
humanas. ¿Alberga Rogo alguna duda sobre la realidad de estos fenómenos
paranormales? No. Su único problema consiste en decidir si la sangre y las
lágrimas (nunca sudor, aparentemente las imágenes de María no transpiran) son
milagros cristianos o una forma de brujería.
Y en el último número de Fate…; pero debo ahorrar al lector más
disertaciones sobre los entusiasmos adolescentes de Rogo. Mi opinión es que su
búsqueda de fantasmas está más cerca de las preocupaciones de los más conocidos
parapsicólogos de hoy que de los escasos experimentos saneados, poco
espectaculares, y altamente dudosos que él cita en su artículo.
Anexo
Escribí este artículo como réplica a «The Case for Parapsychology» de D. Scott
Rogo, publicado en el mismo número de Humanist. La carta de Rogo
sobre mi artículo apareció en el número correspondiente a enero/febrero de
1978:
No
deseo responder a «A Skeptic’s View of Parapsychology» de Martin Gardner,
réplica a mi artículo «The Case for Parapsichology», que apareció en el mismo
número. La mayoría de sus argumentos no necesitan refutación alguna. De hecho,
no son más que argumentos ad hominem . En
lugar de discutir los puntos que yo defiendo, Mr. Gardner intenta atacar a
algunos de los investigadores que yo menciono y no se refiere a su trabajo. Sin
embargo, me gustaría corregir algunos de los errores fácticos de Mr. Gardner,
tan sólo para que conste.
Mr. Gardner afirma que no hice mención a la polémica «exposición»Popular
Photography de Ted Serios en mi artículo, publicado en Psychicen
1970, sobre fotografía psíquica. Como cuestión de hecho, comenté este asunto
bastante abiertamente en mi artículo ( Psychic , abril 1970,
p. 42)… En segundo lugar, Mr. Gardner también afirma que tan sólo el Dr. Jule
Eisenbud y yo parecemos considerar seriamente la obra de Serios. Esto, con
franqueza, no es cierto. Esta investigación continúa gozando de la elevada
consideración de muchos parapsicólogos.
Por último, en mi artículo pretendía hacer una «defensa de la parapsicología».
Mr. Gardner únicamente trata de formular una «acusación contra Rogo» por vía de
réplica. Y lo hace criticando algunas de mis publicaciones anteriores.
Sobrepasa mi alcance lo que esto tenga que ver con el valor científico de la
parapsicología. Sin embargo, admito libremente haber investigado y escrito
sobre encantamientos, experiencias extracorpóreas, milagros religiosos, y ¡muchas
otras cosas aún peores! He hecho todo eso porque he llegado a la conclusión de
que éstos son fenómenos que debemos estudiar seriamente. Me sorprende que Mr.
Gardner me critique de hecho tan sólo por mi buen sentido al mantener una
mentalidad abierta sobre muchas materias. No voy a hacer ninguna defensa de
esto. Me apena de verdad que Mr. Gardner me critique de hecho tan sólo por mi
buen sentido al mantener una mentalidad abierta sobre muchas materias. No voy a
hacer ninguna defensa de esto. Me apena de verdad que Mr. Gardner opine que
mantener una mentalidad abierta resulta vergonzoso para un científico.
D. SCOTT ROGO
Mi
contestación fue:
Mr.
Rogo tiene razón en lo que se refiere al primero de mis dos «errores». Es
cierto que hizo mención a Popular Photography en
su artículo de Psychic sobre la ideografía. Había dos frases
sobre el tema, que a continuación cito completas:
«Dos fotógrafos, C. Reynolds y D. G. Eisendrath, presentaron a Popular
Photography la prueba de que eran capaces de falsificar ideografías
bajo la supervisión de Eisenbud. Sin embargo, no fueron capaces de reproducir
los efectos obtenidos por Serios.»
Esto es tan impreciso que se pasa rápidamente sobre ello en un largo artículo y
me había olvidado que Rogo lo mencionaba. Pasemos ahora a examinar tres errores
que Rogo consiguió agrupar en sus dos frases. Primero, uno trivial: la inicial
central de David Eisendrath es B. Segundo, estos dos fotógrafos no falsificaron
ideografía alguna bajo la supervisión de Eisenbud, ni dijeron haberlo hecho.
Tercero, posteriormente reprodujeron con precisión los efectos
obtenidos por Serios. El Sorprendente Randi realiza hoy día el truco de la Polaroid
todavía mejor de lo que Ted solía hacerlo y bajo condiciones de mayor control.
Obsérvese también que Rogo no menciona el número (octubre, 1976) en el que
aparecía la exposición.
Permítanme contar algo sobre este artículo, que ilustra lo difícil que resulta
para los escépticos obtener la cooperación de investigadores psíquicos cuando
investigan a alguien como Serios. Cuando Reynols y Eisendrath salieron de Nueva
York para reunirse con Ted en Colorado, cometí la estúpida equivocación de
mencionar, en una carta dirigida al Dr. J. B. Rhine, que tres de mis amigos
estaban organizando una sesión con Ted. (La tercera persona era el estadístico
Persi Diaconis. Tanto Reynolds como Eisendrath son magos expertos.) Rhine envió
al instante una copia de mi carta por correo urgente al Dr. Eisenbud,
avisándole de que estos tres hombres que iban a ir a verle poseían
conocimientos de magia. Así pues, cuando llegaron, se encontraron con mi carta,
situación que casi echó por tierra la reunión.
Dicha reunión se celebró, pero, por supuesto, Ted estaba alerta. Se realizaron
cientos de disparos sin una sola ideografía. Por último, al término de la
última sesión, Reynolds y Diaconis (Eisendrath había regresado ya a Nueva
York), cada uno por separado, vieron que Ted parecía tener algo dentro de la
mano y pasárselo de una mano a otra de una manera muy familiar para los magos.
Una vez que se realizó un disparo (sin resultados), Diaconis preguntó a
continuación si podía examinar el «gismo». (El «gismo» de Ted era un cilindro de
papel negro que siempre tenía colocado delante del objetivo de la cámara.) Ted
preguntó por qué, retrocedió, e introdujo el «gismo» en su bolso. Luego lo sacó
y se lo dio al Dr. Eisenbud.
El Dr. Eisenbud había dicho muchas veces que el «gismo» podía examinarlo quien
lo deseara en cualquier momento. Al llegar el momento, sin embargo, Ted se
mostró enfadado, y el Dr. Eisenbud reprendió a Diaconis por haber trastornado
al «psíquico». El Dr. Eisenbud podía haber dicho: «Ted, nuestros invitados
piensan que tenías algo oculto en la mano y ahora lo has introducido en tu
bolsillo. ¿Podemos examinar el bolsillo?»
Pero el Dr. Eisenbud no dijo tal cosa, y Ted se negó a ser examinado, por lo
que la reunión de dos días terminó sin la producción de una sola ideografía. EL
Dr. Eisenbud invocó el consabido Punto 22: el escéptico había distraído a Ted;
de hecho, posteriormente dijo a Reynolds que aquella visita había trastornado
al investigador psíquico para cincuenta años.
Mí segundo error, según dice Rogo, es mi afirmación de que «casi todo el mundo»
está actualmente de acuerdo en que Ted ha dejado de hacer ideografías porque
su modus operandi fue descubierto. Cuando Rogo afirma por el
contrario que «muchos parapsicólogos» consideran todavía abierto el caso
Serios, supongo que querrá decir que todavía creen que lo más probable es que
Ted gozara antaño del genuino poder de fijar su mirada en una cámara Polaroid e
implantar sobre su película una réplica exacta de una fotografía que había
visto años atrás enNational Geographic.
Estaría muy agradecido a Rogo si respaldara esta afirmación enumerando los
nombres de destacados parapsicólogos que todavía piensen así, además, desde
luego, de él mismo y el Dr. Eisenbud. Las únicas personas de esta opinión que
yo conozco son Jan Ehrenwald, Thelma Moss y Stanley Krippner, pero quizás haya
otras. Rogo debe consultar con esas «otras» primero, pienso yo, antes de hablar
de ellas. Sería especialmente interesante saber lo que piensa Rhine en la
actualidad.
A juzgar por la última frase de Rogo, resulta evidente una vez más lo poco que
comprende el método científico. Desde luego, un científico debe tener una
mentalidad abierta, pero hay grados de probabilidad en torno a la importancia
de diversas investigaciones. Por ejemplo, hay que tener una mentalidad abierta
en torno a la realidad de las hadas. Después de todo, Conan Doyle escribió un
libro entero sobre ellas, lleno de excelentes fotografías. El fenómeno de
captar espíritus en película, ¿sugiere la realidad de éstos hasta el punto de
interesar al gobierno por la financiación de su investigación? La incapacidad
de Rogo para distinguir grados de credibilidad, a lo largo del espectro que va
desde la ciencia seria hasta Ted Serios, es lo que hace que sus
sensacionalistas libros resulten tan irrisoriamente sin importancia.
Martin GARDNER
Ahora,
en 1980, debo aceptar que Rogo acertaba en un punto: la fe en la autenticidad
de la ideografía de Ted Serios ha persistido entre muchos destacados
parapsicólogos más tiempo del que yo había considerado posible. A aquellos que
mencioné en mi carta como defensores de que Ted no era un charlatán, debo
añadir los nombres de Gertrude Schmeidler y Charles Tart. Cuando, en un
intercambio de correspondencia con Schmeidler, tuve ocasión de preguntarla por
Ted, me respondió: «Mi impresión de Serios es que no tiene el talento
suficiente para embaucar a Jule Eisenbud, ni bebido ni sobrio, y yo confío en
Jule. Y le respeto. Y lo mismo opina Patt, que ha trabajado también con Serios,
y ha obtenido resultados afirmativos.» Tart, en conversaciones con dos de mis
amigos, ha defendido repetidas veces la solidez de los controles a los que
Eisenbud sometía a Ted.
En lo que respecta a Rogo, continúa vendiendo disparates. Una de sus últimas
monstruosidades, realizada en colaboración con Raymond Bayles, es un libro
titulado Phone Calls from the Dead (Llamadas telefónicas de
los muertos), Prentice-Hal, 1979. Es un informe que relata conversaciones con
almas descarnadas, a través del teléfono y otros artilugios electrónicos.
«¡Hemos tropezado con un método totalmente nuevo de comunicación psíquica!»,
exclama Rogo.
Desde luego que sí. Y él y Bayles han dado con una treta totalmente nueva para
desconcertar ignorantes. Rogo, por si ustedes no lo saben, fue concertista de
oboe. Debería dedicarse a soplar su oboe y dejar de intentar soplar las mentes
de sus lectores.
No se cuál será la opinión definitiva de Rhine sobre Serios. La última carta
que yo le envié (antes mencionada) la escribí en un momento en que esperaba
hacer la recensión del libro de Eisenbud para Scientific American,
recensión que no llegué a escribir. He aquí mi carta a Rhine, con fecha del 28
de mayo de 1967:
Aunque
ostentamos posturas opuestas en lo que se refiere a nuestra actitud frente a la
PES, espero que no le importe que vuelva a escribirle por una cuestión de mutuo
interés. Usted recordará nuestra correspondencia de hace unos años en torno a
Pat Marquis, el muchacho de los ojos con rayos X. Usted me ayudó a desbaratar
el artículo que Life publicó sobre él, y me contó cosas sobre las
pruebas a que le sometió, de todo lo cual hice buen uso en mi artículo de Sciencesobre
la PDO. Al menos, podemos estar de acuerdo, desde nuestros puntos de vista
respectivos, que es bueno desenmascarar lo que consideremos un fraude evidente.
Ahora le escribo porque Scientific American me ha pedido que
haga una larga recensión del reciente libro de Eisenbud The World of
Ted Serios(El mundo de Ted Serios). Mis amigos magos (entre ellos el
fotógrafo David Eisendrath, a quien usted conoce) y yo hemos discurrido muchos
métodos sencillos que Ted ha podido utilizar para obtener sus resultados,
ninguno de los cuales queda descartado tras una minuciosa lectura del ridículo
libro de Eisenbud. Actualmente estamos tratando de articular algunas pruebas, a
las que uno o más de nosotros podríamos presentarnos como observadores, aunque
yo dudo mucho que Ted esté dispuesto a actuar si sospecha de la presencia de
algún observador competente. Se me ocurre que quizás usted haya escrito algo
sobre Ted Serios, que podría enviarme; o, si no, quizás disponga de alguna
información sobre él que no le importe compartir. Quiero añadir que cualquier
cosa que usted me diga quedará en el más estricto terreno confidencial, a menos
que usted me conceda autorización de manera explícita para citarle como fuente.
Así pues, si desea expresar su opinión personal sobre Ted, o sobre Eisenbud, le
ruego indique en su carta si puedo o no citarle en mi recensión.
Para terminar, si carece de información de primera mano sobre Serios, quizás
conozca a alguien (del lado escéptico) que posea esa información, y a quien yo
pudiera escribir.
Martin GARDNER
Como
Rhine me dio permiso para citarle únicamente si citaba su carta completa, en la
página siguiente aparece una copia de ésta. Obsérvese que Rhine se muestra
demasiado cauteloso a la hora de dar su opinión sobre Ted, pero expresa su
elevada consideración hacia Eisenbud. Desde luego, resulta imposible considerar
a Serios como un fraude y al mismo tiempo alabar a Eisenbud por su «habilidad»
en el campo de la investigación psíquica. Si Ted utilizaba un artilugio óptico
secreto —y la evidencia de que así lo hacía resulta abrumadora— Eisenbud es tan
crédulo y autoembaucador como Conan Doyle.
FRNM
Foundation for Research on the Nature of Man
THE INSTITUTE FOR PARAPSYCHOLOGY
PARAPSYCHOLOGY PRESS
BOX
6847, COLLEGE STATION
DURHAM. N. C. 27706
30 de mayo de 1967
Mr. Martin Gardner
10 Euclid Avenue
Hastings-on-Hudson
New
York 10706
Estimado Mr. Gardner:
No he escrito nada sobre Ted Serios ni le he visto nunca.
Conozco al Dr. Jule Eisenbud desde hace más de veinte años. No siempre estamos
de acuerdo, y no quiero precipitarme en llegar a una postura concluyente en lo
que concierne a su libro sobre Ted; sin embargo, admiro enormemente al Dr.
Eisenbud por la paciencia, el ánimo y la habilidad con que ha llevado a cabo
esta investigación de Serios. Su gran sacrificio y esfuerzo han aportado a las
ciencias un nuevo desafío —lo que se supone bien recibido por los científicos.
Contemplare cautelosamente posteriores desarrollos, desde luego, pero con el
más ardiente interés.
Como siempre, usted parece estar prejuzgando estos nuevos desarrollos. The
Scientific American debe tener miedo del tema para asignar la recensión a un
detractor profesional.
Naturalmente, usted no deseará citar literalmente lo aquí escrito, y yo querría
que no se refiriera a mí en relación con este asunto, a menos que citara mis
declaraciones completas.
Sinceramente suyo,
J. B. RHINE
La
esposa de Rhine, Louisa, se mantiene indecisa cuando trata sobre la polémica en
torno a Ted Serios en Mind Over Matter (1970) y, brevemente,
en Psi: What is It? (1975). Está claro que ella quiere creer.
La afirmación de Serios fue «cuidadosa y extensamente investigada» por
Eisenbud, escribe, quien «informó de sólida evidencia». Pero rodea estos
elogios de tanto reconocimiento de la posibilidad de fraude, que su conclusión
final es que la cuestión «sigue abierta y no hay decisión posible».
13. Einstein y la PES[91]
Einstein
aparece frecuentemente mencionado en la literatura parapsicológica como un gran
científico que, en contraste con tantos y tantos de sus colegas, creía que la
obra de J. B. Rhine y sus sucesores había demostrado la existencia de fenómenos
psíquicos. En 1930, año en que Upton Sinclair publicó su libro Mental
Radio, Einstein aportó un breve prólogo a la edición alemana. En la edición
americana, el prólogo dice así:
He
leído el libro de Upton Sinclair con gran interés y estoy convencido de que
merece la más atenta consideración, no sólo por parte de los legos, sino
también de los psicólogos profesionales. Los resultados de los experimentos
telepáticos minuciosa y exhaustivamente expuestos en este libro, desde luego
van mucho más allá de lo que considera imaginable un investigador de la
naturaleza. Por otra parte, en el caso de un observador y escritor tan
meticuloso como Upton Sinclair, está absolutamente descartada la posibilidad
del ejercicio de fraude consciente del mundo sometido a estudio; su buena fe y
confiabilidad no admiten ninguna duda. Así pues, si de alguna manera los hechos
que aquí se exponen carecen de base telepática, pero tienen su origen en cierta
influencia hipnótica inconsciente entre dos personas, eso también sería de un
gran interés psicológico. En ningún caso, los círculos interesados en materia
de psicología deben ignorar este libro.
Los
parapsicólogos y periodistas que escriben sobre lo paranormal, a menudo hacen
referencia a este prólogo, y algunas veces reproducen citas del mismo, como
evidencia de la creencia de Einstein en la PES. R. A. McConnell, por ejemplo,
en su influyente artículo «Parapsychology and Physicists» (Journal of
Parapsychology, vol. 40, septiembre, 1976), enumera a Einstein, junto con
William Crookes, Oliver Lodge y otros físicos, calificándoles de «titanes»
simpatizantes de la investigación psíquica. Asimismo cita una parte del prólogo
de Einstein.
Otra cita aún más larga aparece en el capítulo 7 de Mind-Reach,
libro recientemente publicado por Russell Targ y Harold Puthoff. Este capítulo
está dedicado a su trabajo con Uri Geller —más pruebas que según los autores
demostraban por encima de toda duda los poderes de clarividencia del psíquico
israelí—. Para dar perspectiva a sus experimentos con Geller, y argumentar que
la facultad de éste no es única, sacan a colación el libro de Sinclair, citan
el prólogo de Einstein, y preguntan: «¿Por qué este tesoro hallado de libro ha
sido ignorado durante los últimos cuarenta y cinco años?»
No pretendo explicar aquí por qué no creo que el libro de Sinclair deba ser
tomado en serio, por la sencilla razón de que he recogido mis motivos en el
capítulo 25 de mi libro publicado en 1952 Fads and Fallacies in the
Name of Science. Si el lector desea consultar el índice de materias de este
libro en busca de las referencias a Sinclair, comprenderá por qué le considero
sincero y honesto, pero increíblemente crédulo. Poseía tan sólo una mínima
comprensión del método científico y (en mi opinión) era un observador e
informador poco fiable de las incontroladas e informales pruebas de PES que
realizaba con su esposa.
Lo que pretendo es simplemente reproducir, con permiso de los herederos de
Einstein, una carta que éste escribió en 1946 a Jan Ehrenwald, y que vino a
parar a mis manos a través de los físicos John Stachel y E. T. Newman. El Dr.
Ehrenwald es un psicoanalista británico, que actualmente vive en la ciudad de
Nueva York, donde desempeña la función de asesor psiquiátrico en el Roosevelt
Hospital. Por espacio de treinta años ha venido estudiando los fenómenos
psíquicos y buscando su base neurológica. Es el más distinguido de un trío de
psicoanalistas vivos (los otros dos son Jule Eisenbud y Montague Ullman) que
son firmes creyentes en los fenómenos psíquicos. El año próximo Basic Books
publicará el último libro de Ehrenwald, The ESP Experience: A
Psychiatrie Validation (La experiencia de PES: validación
psiquiátrica).
He aquí una traducción (el original está en alemán) de la carta de Einstein:
13
mayo 1946
Estimado
Dr. Ehrenwald:
He leído con gran interés la introducción a su libro[92], así como el
relato de todas las experiencias desagradables que ha padecido, como tantos
otros de los nuestros. Me alegra mucho que haya conseguido emigrar a este país,
y espero que encuentre aquí las posibilidades de realizar una labor fructífera.
Hace varios años leí el libro del Dr. Rhine. No he conseguido encontrar
explicación a los hechos que él enumeraba. Considero muy extraño que la
distancia espacial entre dos sujetos (telepáticos) carezca de relevancia de
cara al éxito de los experimentos estadísticos. Esto me sugiere un indicio muy
firme de la posibilidad de implicación de una fuente no identificada de errores
sistemáticos.
Elaboré la introducción al libro de Upton Sinclair debido a mi amistad personal
con el autor, y lo hice sin revelar mi falta de convicción, pero también sin
ser deshonesto. Admito francamente mi escepticismo con respecto a todas estas
creencias y teorías, escepticismo que no es producto de un conocimiento
adecuado de los hechos experimentales relevantes, sino más bien del trabajo de
toda una vida dedicada a la física. Más aún, debo admitir que jamás he tenido
ninguna experiencia que arroje luz alguna sobre la posibilidad de comunicación
entre dos seres humanos que no estuviera basada en procesos mentales normales.
Me gustaría añadir que, dado que el público tiende a conceder más peso a mis
afirmaciones de lo que está justificado, debido a mi ignorancia en tantas y
tantas áreas de conocimiento, me siento en la necesidad de practicar la máxima
cautela y limitación en el campo que nos ocupa. Sin embargo, me alegraría mucho
recibir un ejemplar de su publicación.
Un amistoso saludo,
Albert EINSTEIN
Merece
la pena destacar que la razón principal del escepticismo de Einstein es el
hecho, frecuentemente subrayado por Rhine, de que las supuestas fuerzas
psíquicas no disminuyan con la distancia. Las cuatro fuerzas de la naturaleza
que conocemos —gravedad, electromagnetismo, la fuerza fuerte y la fuerza débil—
pierden intensidad a medida que se alejan de su fuente. Rhine siempre ha
considerado esto como prueba de que las fuerzas psíquicas caen enteramente
fuera de los límites de las leyes físicas conocidas. En estos últimos años, ha
cambiado el modo de explicar la independencia psíquica de la distancia (¡así
como del tiempo!) —los intentos con tal fin, de moda en la actualidad, se basan
en la mecánica cuántica— pero ninguno ha resultado ser satisfactorio o
susceptible de confirmación. Einstein encontró más fácil aplicar la navaja de
Occam y adoptar la explicación más simple: a saber, que una especie de sesgo,
del que no tenían conocimiento los experimentadores, se introducía en los
diseños de los experimentos psíquicos y daba cuenta de los resultados
estadísticos. De ser así, resultaría fácil explicar ese fallo de que la psique
no disminuya con la distancia y el tiempo.
Einstein mencionaba en su prólogo una posible fuente de sesgo en las pruebas de
Upton Sinclair. A saber: quizás la señora Sinclair sugiriera inconscientemente
a su marido lo que debía deducir, o él se lo sugiriera inconscientemente a su
esposa. Por poner otro ejemplo, considérese el posible papel de los errores
registrados a mano en los primeros y pobremente controlados experimentos de PC
realizados por Rhine con dados. Si el sesgo era introducido por errores de
registro cometidos por los ayudantes que conocían el número acertado (pruebas
realizadas por psicólogos han demostrado lo corrientes que son estos errores de
registro), resulta obvio que no importaría lo más mínimo si el sujeto se
hallaba a dos metros de los cubiletes, o a cinco kilómetros, en un submarino a
diez brazas de profundidad, o en una nave espacial a cinco mil kilómetros de distancia.
Ni siquiera importaría si los dados se agitaban y tiraban diez horas después de
que el sujeto hubiera concentrado su energía de PC sobre el objetivo.
Esta independencia psíquica del tiempo y del espacio continúa siendo un
aspecto, y preocupante, de la investigación psíquica. Las últimas pruebas de
visión remota realizadas por Puthoff y Targ proporcionan un espléndido ejemplo.
En su proyecto «Deep Quest», las superestrellas psíquicas Hella Hammid e Ingo
Swann fueron introducidas en un minisubmarino sumergido en la costa de la isla
Catalina. Describieron los lugares propuestos como objetivos, a 500 millas de
tierra, con tanta precisión como habían hecho en pruebas anteriores realizadas
en tierra cerca de los objetivos correspondientes. En Mind-Beach los
autores informan de que Ms. Hammid también dio buena muestra de su visión
remota cuando se le seleccionaron los objetivos al azar después de
que ella hubiera hecho su informe.
En su estilo característicamente sencillo, humilde y de puro sentido común,
Einstein fue directamente al meollo del asunto. Tras un siglo de informes de
resultados a cargo de parapsicólogos, la indiferencia de la psique hacia todas
las reglas que gobiernan las fuerzas conocidas sigue siendo (junto con fracasos
de reproducción a cargo de descreídos) una razón importante por la que la
mayoría de los psicólogos se mantienen, como Einstein, extremadamente
escépticos ante los supuestos resultados extraordinarios.
14. Una segunda carta de Einstein sobre la PES[93]
El
capítulo anterior no era sino una nota sobre la actitud de Einstein frente a la
breve introducción que escribió para el libro Mental Radio de
Upton Sinclair. Esta nota incluía una carta que Einstein había dirigido al
psicoanalista y parapsicólogo Dr. Jan Ehrenwald.
El Dr. Ehrenwald ha tenido la amabilidad de facilitarme una copia de una
segunda carta que recibió de Einstein, y que contiene más comentarios sobre la
parapsicología. He obtenido autorización de los herederos de Einstein para
publicar la siguiente traducción:
8-julio-1946
Estimado
Mr. Ehrenwald:
He leído su libro con gran interés. Indudablemente representa un buen modo de
situar su tema en un contexto contemporáneo, y no dudo que alcanzará un amplio
círculo de lectores. Únicamente puedo juzgarlo desde mi posición de lego, y no
puedo decir que haya llegado a conclusión positiva o negativa alguna. En
cualquier caso, me parece que no tenemos derecho, desde un punto de vista
físico, a negar a priori la posibilidad de la existencia de la telepatía. De
cara a ese tipo de negaciones los fundamentos de nuestra ciencia son demasiado
inseguros e incompletos.
Mis impresiones en lo que se refiere al enfoque cuantitativo de experimentos
con cartas, etc., son las siguientes. Por una parte, no tengo objeción alguna
con respecto a la fiabilidad del método. Pero encuentro sospechoso que (las
pruebas de) «clarividencia» arrojen las mismas probabilidades que «telepatía»,
y que la distancia entre el sujeto y las cartas o el «emisor» de que se trate
carezca de influencia sobre el resultado. Esto, a priori, resulta improbable en
grado máximo, y como consecuencia el resultado es dudoso.
Interesantísimo, o por lo menos para mí poseen el máximo interés, son los
experimentos con niñas de nueve años retrasadas mentales y las pruebas
realizadas por Gilbert Murray. Los resultados que esbozan tienen más peso para
mí que esos experimentos estadísticos a gran escala, donde el descubrimiento de
un pequeño error metodológico puede desbaratarlo todo.
Considero importantes sus observaciones de que la productividad del paciente en
el tratamiento psicoanalítico está claramente influida por la «escuela» del
analista. Esta parte de su libro por sí sola merece una minuciosa atención. No
puedo dejar de destacar que algunas de las experiencias que usted menciona
suscitan en el lector la sospecha de que pueden entrar en juego influencias
inconscientes a lo largo de los canales sensoriales, en lugar de influencias
telepáticas.
En cualquier caso, su libro me ha resultado muy estimulante, y ha «suavizado»
algo mi actitud inicialmente bastante negativa hacia la totalidad de este
complejo de cuestiones. No conviene recorrer el mundo con las anteojeras
puestas.
No puedo escribir una introducción, porque no me siento suficientemente
competente para hacerlo. Debería hacerla un psicólogo experimentado. Puede
usted mostrar esta carta privadamente a quien desee.
Atentamente,
A. EINSTEIN
El
libro, que el Dr. Ehrenwald había enviado a Einstein en forma de galeradas y
cuya introducción Einstein declinó escribir, era Telepathy and Medical
Psychology. Fue publicado en Inglaterra por Allen and Unwin en 1947 y en
los Estados Unidos al año siguiente por W. W. Noroton. Escribió la introducción
Gardner Murphy. (El último libro del Dr. Ehrenwald, The ESP Experience,
fue publicado en 1978 por Basic Books.)
Permítaseme añadir que considero absolutamente admirables las observaciones de
Einstein. Se muestra menos dogmático en su actitud negativa hacia la
parapsicología de lo que se había mostrado cuando escribió la carta anterior.
Opina que debe mantenerse una mentalidad abierta, pero le aparta claramente la
alegada evidencia de que la PES no disminuye con la distancia. Con gran tacto y
corrección informa al Dr. Ehrenwald de que quizás sean canales sensoriales
inconscientes pero bastante normales, en lugar de ESP, los responsables de los
efectos que el Dr. Ehrenwald atribuye en su libro al contacto telepático entre
analista y paciente. Por último, con su humildad característica, señala que
todo este campo queda fuera de su competencia.
Deseo manifestar mi agradecimiento a Martin Ebon por haberme proporcionado una
traducción de la carta de Einstein. El Dr. Ehrenwald la ha aprobado y editado.
Después que yo publicara las dos cartas de Einstein en Skeptical
Inquirer, Jan Ehrenwald volvió a publicarlas, junto con su larga y nunca
enviada respuesta a Einstein. Véase «Einstein Skeptical of ESP? PostScript to a
Correspondence», de Ehrenwald, en Journal of Parapsychology, vol.
42, junio 1978, pp. 137-142.
15. Geller, los crédulos y el nitinol[94]
Uri
presenta desde luego un 25 por 100 de fraude y otro 25 por 100 de showman, pero
el 50 por 100 restante es auténtico. Por ejemplo, el nitinol reapareció con una
estructura diferente…
Arthur KOESTLER (citado por Adam Smith en la revista New York, 27 de diciembre
de 1976)
Resultaría
difícil inventar un título más grandioso para un libro sobre Uri Geller
que The Geller Papers. La imagen mental que sugiere es la de un
monumental desarrollo nuevo en materia de ciencia, tan revolucionario que se ha
reunido un congreso mundial de expertos para analizar el fenómeno. Se presentan
trabajos técnicos, recogidos en un impresionante volumen publicado el año
pasado por Hounghton Mifflin, y cuidadosamente editado por Charles Panati,
antes físico y ahora redactor científico de Newsweek.
El subtítulo de Panati es aún más pomposo: «Observaciones científicas sobre los
poderes paranormales de Uri Geller». La frase no permite la más mínima chispa
de duda. Viene a querer decir que a la comunidad científica no le preocupa si
Uri Geller, ese joven artista israelí tan elegante, posee o no poderes
paranormales. Eso ya ha quedado resuelto. No deben cuestionarse las habilidades
psíquicas de Uri. A sugerencia del subtítulo, ahora la tarea consiste en
observar dichos poderes en el laboratorio, analizarlos, y desarrollar teorías
viables para explicarlos. Uno abre el libro de Panati con dedos temblorosos.
Entre los veintidós trabajos reunidos en este volumen, hay uno que destaca
sobre todos los demás. Esta es la opinión de Panati. Una y otra vez, en
entrevistas tanto de radio como de televisión, Panati ha declarado que el
capítulo más importante de su libro es el trabajo de Eldon Byrd, «Influencia de
Uri Geller sobre la aleación metálica Nitinol». Ostentan esta misma opinión
casi todas las recensiones del libro que yo haya visto. Resulta muy típica la
de D. Scott Rogo publicada en Psychic (septiembre 1976): «A
pesar del hecho de que este libro probablemente no sea demasiado convincente
para el escéptico consumado —escribe Rogo—, incluye algunos trabajos que, a mi
modo de ver, ofrecen la evidencia más fuerte publicada hasta el momento en
apoyo de las pretensiones de Geller. Estas contribuciones se encuentran en
agudo contraste con la tónica general de los demás informes. Uno de estos
trabajos es el de Eldon Byrd.»
Hasta el propio Uri está explotando el trabajo de Byrd. En Variety (27
de octubre, 1976) aparece una página entera de publicidad de Uri, que presenta
cuatro recuadros con sus respectivos testimonios a favor de aquél al lado de su
fotografía: uno de Werner von Braun, otro de Harold Puthoff y Russell Targ (los
físicos del Stanford Research Institute que afirman haber certificado la
capacidad de PES de Uri pero no sus poderes de PC); otro de Friedbert Karger,
del Instituto Max Planck de Física del Plasma, en Munich; el cuarto es una cita
de Byrd: «Geller ha alterado la estructura de una aleación metálica de un modo
que no puede repetirse. No existe actualmente ninguna explicación científica
sobre esto.»
Según parece, Byrd ha escrito un artículo de inapreciable valor científico. Su
importancia aparece subrayada por Panati en su introducción, así como en unos
breves comentarios situados antes y después del artículo de Byrd. Panati
escribe que el artículo de Byrd «aparece aquí con la aprobación oficial del
Centro de Armamento Naval de Superficie… Este trabajo representa la primera vez
que una investigación parapsicológica realizada en instalaciones del gobierno
ha recibido la autorización correspondiente del Departamento de Defensa para
ser publicada».
¿Investigación parapsicológica en un laboratorio del gobierno? ¿Oficialmente
aprobada por un departamento de la Marina de los Estados Unidos? Este informe
no debe ser considerado en modo alguno a la ligera. Pero antes de examinar de
cerca lo que transpiraba exactamente de él, resultará de gran ayuda una breve
introducción a Byrd.
Nació en 1939 en Winchester, Indiana. Tras graduarse en ingeniería en Purdue,
pasó a cursar estudios de ingeniería médica en la George Washington University.
A partir de 1968 ha trabajado como analista de operaciones en el Laboratorio
White Ook del Centro de Armamento Naval de Superficie (antiguamente Laboratorio
de Ordenanza Naval) en Silver Spring, Maryland. Es oficial de la Reserva Naval,
miembro de Mensa (club de C. I. elevados), y mormón. Afirma la existencia de
una fuerte conexión entre sus ideas mormonas y su creencia en los fenómenos
paranormales. Es el autor de How Things Work (Cómo funcionan
las cosas), publicado por Prentice-Hall en 1973.
Byrd lleva mucho tiempo interesándose por todos los aspectos de lo paranormal,
desde el triángulo de las Bermudas hasta los OVNIS. En 1975, dio un curso sobre
fenómenos psíquicos en un centro de ocultismo de Silver Spring, que
mencionaremos de nuevo más adelante. Me cuenta que considera a Geller «básicamente
honrado». Mantiene una postura abierta en lo que se refiere a la cuestión del
famoso teletransporte de Geller desde Manhattan hasta Ossinig, Nueva York, tal
como Uri cuenta en su autobiografía My Story. Está convencido de
que «cientos» de niños, muchos de ellos en Canadá, actualmente pueden doblar
metales «mejor que Geller», y ha accedido a formar parte de un comité para
realizar una serie de pruebas a esos niños si llega a obtenerse la financiación
necesaria.
El primer trabajo de Byrd sobre el «efecto Backster» —la capacidad de las
plantas para responder a pensamientos y emociones humanos— aparece detallado en
las páginas 40-42 de The Secret Life of Plants (La vida
secreta de las plantas), de Peter Tompkins y Christopher Bird (Harper and Row,
1973). «Byrd consiguió, en la televisión, demostrar la reacción de una planta a
varios estímulos, incluyendo un intento de quemarla. Ante la
cámara, Byrd logró que una planta respondiera agitando una araña en una caja de
pastillas… También consiguió una fuerte reacción cuando cortó una hoja de otra
planta.»
Estos informes ya han quedado obsoletos. Byrd sufrió el más terrible desencanto
con respecto al efecto Backster cuando descubrió que obtenía las mismas
reacciones realizando pruebas similares con trozos de goma espuma. Ahora cree
que los efectos medidos por Cleve Backster no son producto de la «consciencia»
de la planta, sino de los campos eléctricos que rodean a las personas. Philip
J. Klass, editor más antiguo de Aviation Week y autor de un
excelente libro, UFO’s Explained (Los OVNIS, explicados)
(Random House, 1975), me cuenta que en una ocasión preguntó a Byrd por qué
descartaba de forma tan dogmática la posibilidad de que la goma espuma pudiera
poseer una conciencia de grado inferior similar a la de la planta. «Porque
—contestó Byrd— eso es ridículo.»
El primer encuentro de Byrd con Uri tuvo lugar en la tarde del 19 de octubre de
1973, en un laboratorio de Silver Spring llamado Centro Isis. Panati lo
identifica como «Centro Isis del Centro de Armamento Naval de Superficie». ¿No
es Isis un nombre peculiar para un laboratorio naval? Esta
divinidad egipcia fue adorada por miembros de uno de los muchos cultos
misteriosos que florecieron en la antigua Roma durante la decadencia de las
creencias religiosas tradicionales que precedió a la caída del imperio. También
trae a la memoria aquel tratado teosófico monumental de Madame Blavatsky, Isis
Unveiled (Isis, al descubierto).
Cuando pregunté a Byrd cómo había adquirido el Centro Isis tan exótico nombre,
su respuesta aclaró rápidamente el misterio. El Centro Isis, que desapareció en
1975, no tenía conexión alguna con la Armada. Su nombre completo era «Centro
Isis de Investigación y Estudio de las Artes y Ciencias Esotéricas». Había sido
constituido por un grupo de ocultistas locales, encabezados por Jean Byrd (sin
ninguna relación con Eldon), quien se considera a sí misma una posible
reencarnación de Isis. El centro, enclavado en la calle Fenton de Silver
Spring, había contratado a Uri para una demostración en el Auditorio Lisner de
la George Washington University. Byrd había pedido al centro que dispusiera una
sesión con Uri antes de que éste partiera para su show mágico.
Esto es lo que ocurrió. Byrd presentó a Uri dos trozos de alambre de nitinol y
un pequeño bloque de nitinol. El nitinol es una curiosa aleación de níquel y
titanio, desarrollada muchos años atrás por un metalúrgico de la Armada, que
tiene «memoria». Sometiendo a intenso calor un trozo de nitinol podemos darle
una forma determinada. Al enfriarse, podemos alterar dicha forma; pero cuando
vuelve a ser sometido a calor, regresa a su forma inicial. Ha sido empleado
para antenas de satélites. El alambre de nitinol puede enrollarse en un área
reducida. Una vez que el satélite está en órbita, el calor hace que el alambre
se expanda hasta alcanzar la configuración deseada. Esta aleación posee muchos
otros usos, tanto militares como comerciales.
Byrd estaba interesado en comprobar si Uri podía alterar alguna de las
propiedades del nitinol. Primero dio a Uri el minúsculo bloque. Uri «manipuló
el bloque durante algún tiempo», pero no consiguió modificarlo. Según dijo, no
se había «compenetrado» con aquel material.
Byrd se guardó en un bolsillo el bloque y dio a Uri un trozo recto de alambre
de nitinol de un diámetro aproximado de 1,5 mm. De nuevo Uri «lo manipuló
durante un rato» pero sin resultado alguno.
A continuación, Byrd dio a Uri otro trozo de alambre de nitinol de unos 13 cm
de longitud y 0,5 mm de diámetro. Este alambre es negro, muy fino, y
extremadamente flexible. Uri emprendió su rutina habitual a la hora de doblar
llaves, clavos, cucharas, y lo que se tercie[95]. Tras veinte
segundos de masaje, produjo una pequeña protuberancia en el centro del alambre.
Excitado por este dramático acontecimiento paranormal, Byrd le acercó un
recipiente de agua hirviendo. Normalmente un trozo de alambre de nitinol,
doblado con la mano, volvería a su forma recta al ser sumergido en agua
hirviendo, o incluso en café caliente. En lugar de eso, el alambre perdió su
protuberancia y adoptó una forma en ángulo recto. «Este fue un descubrimiento
excitante —escribe Byrd—. Encendí una cerilla y la sostuve sobre el doblez,
pero el alambre siguió sin enderezarse.» (Byrd se muestra ambiguo en su uso del
término doblez —a veces se refiere a la protuberancia que
apareció al principio, y otras veces al marcado ángulo que se produjo al
calentar el alambre. Yo emplearé «doblez» para referirme al ángulo.)
Posteriormente, Byrd intentó provocar un doblez similar en un trozo de alambre.
Fue incapaz de hacerlo, escribe, «sin utilizar el mechero Bunsen y los
alicates».
No me cabe la menor duda de que la descripción de Byrd de lo que tuvo lugar en
el Centro Isis obedece a un máximo esfuerzo de memoria por su parte.
Desgraciadamente, el recuerdo de un hecho mágico por parte de alguien ajeno a
la magia resulta notablemente poco fiable. Incluso los magos pueden equivocarse
al recordar un truco que sólo han visto una vez. Me considero un estudiante
entendido en el campo de la magia, y sin embargo me encuentro frecuentemente
desconcertado por nuevos trucos. Siempre que tengo una sesión con Jerry Andrus,
un creativo mago que vive en Oregón, me enloquece por completo. Cuando me
cuenta lo que ha hecho, a veces me sorprende lo defectuoso de mi memoria con
respecto a lo que recuerdo haber visto. Sin embargo, dejando a un lado la
escasa fiabilidad de la memoria de Byrd, su informe contiene varias
afirmaciones engañosas.
Ítem 1 : Byrd escribe que en la época de su prueba con Uri, «el
nitinol en general no era algo accesible para el público». Lo que quiere decir
es que Uri, que podría haber conocido de antemano (a través de amigos mutuos)
el interés de Byrd por el nitinol, habría tenido grandes dificultades para
obtener muestras. Y no es cierto. La Edmund Scientific Company, que se
anunciaba entonces, como ahora, en revistas populares, ofrecía un «kit nitinol»
al precio de cinco dólares en sus catálogos correspondientes a 1971, 1972 y
1973. Por un dólar más se podía obtener un Nitinol Book de la
NASA, de 96 páginas, que incluía todo tipo de detalles sobre las propiedades de
esta aleación. Durante aquellos años, el laboratorio de Ordenanza Naval
distribuyó muestras de alambre de nitinol en sus exhibiciones experimentales a
la gente que visitaba el laboratorio o solicitaba información al respecto por
correo.
Y no solamente eso, sino que, además, los magos estaban familiarizados con el
nitinol. En 1972, un aficionado de Nueva York, Charles Kalish, desconcertaba a
sus amigos con un truco de su invención que posteriormente vendió un proveedor
de magia londinense. Un espectador selecciona una cifra entre el uno y el
nueve. Se coloca un clip (que sea de nitinol) dentro de un sobre y se quema el
sobre. Buscando entre las cenizas se comprueba que el alambre ha adoptado la
forma del número elegido.
Ítem 2 : El breve informe de Byrd sobre las pruebas del Centro Isis
no arroja indicio alguno de la confusión que reinó en el «laboratorio» de Isis
cuando Geller dobló el alambre. Además de Byrd y Uri, entre los presentes se
hallaban Jean Byrd, dos de sus secretarias, Andrija Puharich y Shipi Shtrang.
Puharich es el parapsicólogo que descubrió a Uri en Israel y dispuso su entrada
en los Estados Unidos. Es el autor de Uri, un libro que pone de
manifiesto la forma en que Uri deriva sus poderes de computadoras situadas en
un platillo volante. Shipi es un frecuente acompañante de Uri. Según Hannah,
hermana de Shipi, ella y Shipi eran compinches que hacían señales a Uri
pasándole información durante sus actuaciones en Israel[96]. El propio
Uri ha dicho que sus poderes mejoran cuando Shipi se encuentra cerca. Los magos
están de acuerdo. Opinan que en muchas ocasiones es Shipi quien ayuda
secretamente a Uri; por ejemplo, «poniéndose manos a la obra» antes de que Uri
doble una cuchara.
Byrd ha admitido libremente, en cartas dirigidas a mí, que las condiciones del
Centro Isis carecían de control, hasta el punto de que pudo haber ocurrido
«casi cualquier cosa». Las distracciones eran tan grandes, me escribió, que
incluso pudo tener lugar un «cambio de alambre».
Ítem 3 : En su artículo, Byrd dice que «varios metalúrgicos» del
centro naval intentaron deshacer el doblez en ángulo recto del alambre
gellerizado sometiendo dicho alambre «a tensión en una cámara de vacío» y
calentándolo hasta la incandescencia. Al enfriarse el alambre, volvió a
aparecer el doblez. «No encontraron explicación a esta conducta.»
Según el Centro de Armamento Naval de Superficie, esta prueba nunca fue
realizada. De hecho, este centro quedó tan anonadado ante la falsa afirmación
de Panati de que el Centro Isis era un laboratorio del gobierno, que pidió a su
gabinete de relaciones públicas que elaborara un memorándum de cuatro páginas
(con fecha del 19 de julio de 1976) con que poder responder a graves
acusaciones. Este memorándum manifestaba que los experimentos con Uri «eran
realizados por Mr. Byrd a nivel de interés personal, disponiendo de su propio
tiempo, y sin suponerle coste alguno al gobierno».
En la página 4 de su introducción, Panati escribe que Geller puso de manifiesto
sus poderes «ante el físico Elton Byrd del Centro de Armamento Naval de
Superficie», y en la página 5, «Geller llegó al Centro de Armamento Naval de
Superficie en octubre de 1973». «Esto es un error —afirma el memorándum—.
Geller nunca ha pisado dependencia alguna del Centro de Armamento Naval de
Superficie.» El capítulo de Byrd había sido revisado por el Laboratorio de
Ordenanza Naval, tan sólo desde el punto de vista de la precisión relativa a
las propiedades del nitinol y de la observancia de las normas de seguridad
militar. El laboratorio, según dice el memorándum, «no asumió responsabilidad
alguna en cuanto al resultado o las posibles implicaciones de los experimentos
de Mr. Byrd». Se limitó a aprobar la publicación del trabajo de Byrd, «sin
confirmar ni negar los aspectos parapsicológicos» de dicho trabajo.
Con respecto a la declaración de Byrd de que «varios metalúrgicos» habían
intentado eliminar el doblez en una cámara de vacío, el memorándum dice: «La
realización de esa prueba no pudo quedar confirmada por los registros del
laboratorio ni por los metalúrgicos del mismo.» El Dr. Frederick E. Wang,
máximo experto en nitinol de la marina, fue el hombre que según Byrd había
realizado la mencionada prueba. Wang no consigue recordar haberla realizado.
Como no había ningún mago presente durante la caótica sesión en la que Uri
golpeó y dobló un trozo de alambre, resulta imposible hacer algo más que
especular en torno a posibles explicaciones no paranormales. Un modo de
actuación podría ser que Uri tuviera preparadas de antemano unas muestras de
alambre dobladas de modo permanente (del modo que luego explicaremos) y que
después las enderezara[97]. No aceptó
alambre de diámetro mayor porque no se había traído alambre de esas
dimensiones. Uri, o Shipi, hacía el cambio del alambre de diámetro menor con el
de muestra de Byrd. Entonces Uri provocaba una protuberancia en el alambre
mientras lo golpeaba, lo que resulta muy fácil de hacer presionando con la uña
del pulgar. A continuación, cuando Byrd calentaba el alambre, éste perdía la
protuberancia y asumía su doblez permanente.
Sin embargo, no es necesario suponer que Uri acudiera con alambre preparado. El
alambre de nitinol es ahora más difícil de obtener que en 1973, pero al final
conseguí una muestra de unos 0,5 mm de diámetro y 30 cm de longitud
aproximadamente. Corté un trozo pequeño, y juro por lo más sagrado que mi
primer experimento tuvo un éxito colosal. Utilizando dos pequeños pares de
pinzas doblé el alambre formando un ángulo agudo. Enderecé el alambre, y
después, sosteniéndolo entre el pulgar y los dos primeros dedos, y presionando
con mi uña del dedo pulgar, provoqué una protuberancia en el centro del
alambre. Lo puse en un recipiente y vertí agua hirviendo sobre él. La
protuberancia se desvaneció y el alambre asumió la forma de un ángulo, casi de
90°, con un marcado vértice. El ángulo no sufrió alteración alguna al serle
aplicada la llama de una cerilla.
Excitado por este inesperado éxito, traté de producir un ángulo más agudo (en
unos 3°), pero al enderezar el alambre se me rompió por la mitad. Entonces
repetí el experimento con un tercer pedazo, esta vez sin usar nada más que dos
monedas para sujetar el alambre, y una tercera moneda para forzar un ángulo
agudo. Enderecé el alambre, dejando que el ángulo quedara a un lado de la
protuberancia. Al verter agua hirviendo sobre el alambre, la protuberancia
desapareció y éste asumió un ángulo con un vértice agudo de unos 75°. Lo tengo
ante mí mientras escribo esto. Es indistinguible del alambre que aparece en la
lámina 4 del libro de Panati.
No aparece signo alguno de raspadura en el alambre. Desde luego, la colocación
de un paño sobre el alambre eliminaría toda posibilidad de raspadura.
Un examen riguroso del doblez más obtuso del primer alambre que yo doblé
muestra que dicho doblez resulta indistinguible de la sombrografía de la lámina
5 de Panati. Una vez más, la cerilla no ejercía efecto alguno sobre el doblez
de 75°, aunque el alambre alcanzara la incandescencia entre la llama. ¡En menos
de diez minutos de experimentación, sin mechero Bunsen, yo había alterado de
modo permanente la memoria de dos alambres de nitinol!
Pero quizás los lectores se pregunten ¿cómo pudo Geller tener preparado el
alambre de este modo bajo la mirada de águila de Byrd? Hay varias explicaciones
posibles. Mientras Uri trata sin éxito de alterar un trozo de alambre, Shipi
coge subrepticiamente el otro trozo, se excusa para dirigirse al cuarto de
baño, prepara el alambre, lo endereza, y luego vuelve y deja el alambre donde
estaba. Uri descarta el alambre que no le inspira ninguna «emoción», coge el
otro, y crea la protuberancia al golpearlo. Cuando Byrd introduce el alambre en
agua hirviendo, se dobla.
Lámina 4 de Panati: Dos trozos de alambre de nitinol. Arriba: Su forma antes
de que Geller lo doblara. Abajo: Su forma después de que lo doblara y calentara
para restablecer su configuración recta. El alambre se encuentra ahora
permanentemente deformado. Lámina 5: Sombrografía de un trozo de nitinol
doblado por Geller. Se comprobó que el radio de curvatura era inferior a 1 mm.
Lámina 6: Este trozo de nitinol doblado por Geller desarrolló múltiples
dobleces permanentes bidimensionales. Lámina 7: La influencia de Geller sobre
este trozo de nitinol indujo un doblez permanente tridimensional. Después de
que Geller lo doblara, adoptó la forma de una elipse. El único modo conocido de
obtener este resultado es retorcer el alambre formando una elipse, mantenerlo así,
y luego calentarlo a unos 500° C.
Otra
posibilidad: Byrd había obtenido el trozo de 13 cm, según dice en su trabajo,
cortando un trozo más largo de alambre en tres partes. Supongamos que mientras
está trabajando con Uri los otros dos trozos se encuentran en el punto X,
Shipi coge uno, lo lleva al lavabo, donde se pone manos a la obra, vuelve, y en
el momento adecuado lo sustituye por el alambre más próximo a Uri. A
continuación vuelve a colocar en el punto X el alambre que
acaba de coger.
Un tercer modo de actuación: en el alambre de nitinol no se puede provocar un
doblez en ángulo con los dedos porque este alambre forma una curvatura que debe
ser rebajada por dos superficies duras. Esto es fácil de hacer con los dientes,
pero los dedos no son lo suficientemente firmes. Sin embargo, sería posible
realizar esta tarea con un artilugio diminuto, fácil de ocultar en la palma de
la mano. Todo lo que se necesita es un trozo de apoyo de plástico duro, con la
superficie acanalada para evitar que el alambre gire. No hay más que torcer el
centro del alambre formando una pequeña onda, aplicar al doblez redondeado un
pellizco, y ya está todo hecho.
Tres experimentos de Gardner con nitinol. 1: Doblez permanente producido con
pinzas. 2: Doblez permanente producido con monedas. 3: Doblez permanente
producido a base de golpes.
Este
doblez es permanente en el sentido de que pasa a ser la nueva memoria del
alambre. Sin embargo, siempre resulta posible introducir dicho alambre doblado
en una cámara de vacío o de gas, y bajo un extremado calor volver a templarlo
de manera que su memoria vuelva a enderezarse. Esta es la prueba que Byrd creyó
que había realizado el Dr. Wang. De haber sido así, Uri habría alterado la
memoria del alambre de un modo que, en palabras de Byrd, «sobrepasa la
tecnología»; dicho de otra manera, una hazaña inexplicable para la ciencia,
incluso suponiendo que Uri pudiera haber cometido fraude. El Dr. Wang no estaba
dispuesto a realizar dicha prueba sin ayuda financiera, por lo que Byrd envió
el alambre a su amigo Ronald S. Hawke del Lewrence Livermore Laboratory, de
Livermore, California.
La gran prueba se realizó por fin el 31 de enero de 1977. Hawke eliminó el
doblez. De este modo, la declaración más sensacionalista del trabajo de Byrd
—en definitiva, el «hecho» más sensacionalista del libro de Panati— resultó ser
un error. Geller no había hecho nada que «sobrepasara la tecnología». El doblez
que produjo en el alambre de Isis no era diferente del que puede practicar un
niño mordiendo alambre de nitinol.
¿Traían Uri o Shipi alambres preparados cuando llegaron al Centro Isis, o
doblaba Uri o Shipi el alambre cuando Byrd estaba atento a alguna otra cosa?
¿Quién lo sabe? Dado que el propio Byrd considera fuera de control las
condiciones de la prueba de Isis, no es necesario que perdamos más tiempo
especulando sobre ella.
El segundo experimento de Byrd con Uri tuvo lugar un mes después. Esta vez Uri
produjo cambios de memoria permanentes en dos trozos de alambre de nitinol. Las
láminas 6 y 7 del libro de Panati muestran el aspecto que presentaban los
alambres después de ser «suavemente golpeados por Uri Geller», tal como puede
verse en la ilustración. Cualquier lector de dicho libro, a juzgar por el texto
de Byrd y las fotografías de Panati, supondría que el propio Byrd había
presenciado esta hazaña paranormal.
Para satisfacer mi curiosidad por saber quién más estuvo presente durante este
segundo milagro, escribí a Byrd pidiéndole detalles. Apenas podía creer lo que
veían mis ojos cuando leí su respuesta. ¡Byrd no lo sabía! Le había dado a Uri
unas muestras de alambre cuando estuvo en el Centro Isis. Uri se las llevó a su
casa, y posteriormente volvió a traer dos con las distorsionadas formas que
muestran las láminas. ¿Cómo sabían Byrd y Panati que los alambres habían
sufrido alteraciones al ser frotados suavemente por Uri? ¡Porque eso es lo que
Uri dijo que había ocurrido!
El hecho de no decir al lector que Uri se había llevado esos alambres a casa
constituye el tipo de omisión que, en cualquier informe que pretenda ser
científico, califica al autor de ingenuo, de inhábil, o de ambas cosas. Como
suele decir el sociólogo Marcello Truzzi, los resultados de laboratorio
extraordinarios que violan todas las leyes conocidas de la ciencia, exigen
controles más que extraordinarios; exigen un cuidado extraordinario a la hora
de informar. Como esta segunda prueba obviamente no dispuso de
controles, podemos ignorarla sin más.
Pasemos ahora a la tercera prueba, el clímax de nuestra comedia. Byrd insiste
en que es la única prueba que gozó de controles de la máxima rigidez. Este gran
experimento tuvo lugar en octubre de 1974, un año después de la prueba de Isis.
¿En qué laboratorio? Tuvo lugar en una casa que posee en Connecticut el
escritor John G. Fuller. Como todos los espectadores de Geller saben, Fuller es
el autor más destacado de libros de ocultismo. Su Arigo: Surgeon of the
Rusty Knife(Arigo: Cirujano de bisturí oxidado) habla de un cirujano
psíquico brasileño que operaba siguiendo las instrucciones que susurraba a su
oído izquierdo un médico alemán ya fallecido. El último libro de Fuller, The
Ghost of Flight 401 (El Fantasma del Vuelo 401), cuenta cómo el
espíritu de un empleado de Eastern Airlines, muerto en un accidente aéreo, se
aparece una y otra vez en algunos vuelos de la mencionada compañía aérea.
Fuller es el hombre que «editó» la impetuosa autobiografía de Uri. Es quien
inspira la columna que firma Uri en un periódico. Es un confirmado gellerita
que cree prácticamente en todas las facetas del actual escenario psíquico.
¿Quién se hallaba presente en casa de Fuller aquel día memorable? Uri, Byrd y
su esposa, Fuller, Ronald Hawke y dos amigas de Uri: Solvej Clark y Melanie
Toyofuko. Hawke es el parafísico del Lawrence Livermore Laboratory que
recientemente había vuelto a templar el alambre doblado de Uri. Además
contribuyó al libro de Panati con un breve trabajo sobre una prueba que realizó
en su laboratorio en 1974, cuando Geller borró el patrón de una tarjeta
magnética de un programa. En casa de Fuller, tan sólo Byrd y Hawke asistieron a
las pruebas del nitinol con Uri.
Byrd trajo consigo tres trozos de alambre de nitinol de 0,5 cm, cada uno de los
cuales medía aproximadamente diez centímetros. En este trabajo escribe que
cortó esos trozos de alambre antes de salir para Connecticut. Esto no concuerda
con lo que Byrd dijo a Klass durante una conversación telefónica que ambos
mantuvieron el 11 de octubre de 1976. Byrd dijo varias veces en dicha ocasión
que el alambre fue cortado en cuatro trozos en casa de Fuller. Cuando Klass le
preguntó si Uri se hallaba en la sala cuando se cortó el alambre, Byrd
respondió que no se acordaba. Durante una segunda conversación telefónica con
Klass, el 29 de noviembre de 1976, cuando éste recordó lo que había dicho en su
trabajo, Byrd volvió a las andadas diciendo que el alambre había sido cortado antes
de viajar a Connecticut.
Tal como Byrd lo recordaba en noviembre, el alambre original medía unos 50 cm
de longitud. Cortó un trozo de 10 cm aproximadamente, que dejó en su
laboratorio como «control». En Nueva York, donde (como veremos) pasó la noche
antes de salir para Connecticut, cortó el trozo restante de alambre en cuatro
trozos. Uno de éstos quedó apartado de nuevo como un segundo trozo
de control. Fue a parar a un sobre en el interior de su maletín.
El trabajo de Byrd no menciona ese segundo trozo de control. «Antes de partir
para Connecticut —escribe—, había cortado el alambre en cuatro trozos… uno de
ellos fue utilizado como control y no lo llevé a Connecticut.» Según sus
recuerdos de ahora, había cinco trozos de alambre, dos de los cuales quedaron
para control. Uno de ellos permaneció en Silver Spring. El otro viajó hasta
Connecticut, pero no fue tocado por Uri. Estos no son detalles triviales,
porque ponen de relieve el cuidado con que Byrd describió el «experimento» y el
proceso de confusión de su recuerdo de los detalles.
En casa de Fuller, Uri golpeó los tres alambres en la forma acostumbrada y
produjo marcados dobleces en cada uno de ellos. Byrd no informa de
protuberancias esta vez, sólo de dobleces. Pero en una carta dirigida a mí,
Byrd afirma de modo explícito que fue una protuberancia lo que se formó en cada
uno de los alambres, exactamente igual que en el Centro Isis. Esta
protuberancia se convertía en doblez cuando Byrd aplicaba la llama de una
cerilla. En su trabajo, Byrd dice que sostuvo el primer alambre por ambos
extremos, el segundo por uno, y el tercero «se lo dio a Geller para que hiciera
con él lo que quisiera. Lo enrolló entre su dedo pulgar y su dedo índice y lo
dobló notablemente (véase lámina 4)». Los tres dobleces, según le dijo a Klass,
eran de unos 60°, 90° y 110°. Lo que no sabemos es cuánto tiempo duró esta
prueba.
«¿Cómo logró Geller estos resultados? —pregunta Byrd en su trabajo—.
Actualmente carecemos de explicación científica alguna de lo que ocurrió…
Podemos decir que la posibilidad de fraude por parte de Geller prácticamente
puede descartarse.»
El informe de Byrd sobre esta prueba resulta notable, fundamentalmente por sus
deficiencias a la hora de suministrar detalles sobre los controles. Sus
descripciones de las pruebas 1 y 2, que no arrojan indicio alguno de las
caóticas condiciones que reinaban en el Centro Isis, así como ninguna
indicación de que él no había observado lo que Uri hizo en la prueba 2,
difícilmente inspiran alguna confianza en que constituyan un informe preciso de
lo que sucedió en casa de Fuller. Se limita a asegurarnos que adoptó
«precauciones extra». Grabó toda la sesión en audio. Esto no es que
constituya una gran ayuda para los magos que intentan reconstruir explicaciones
no paranormales. Hawke se niega a discutir el tema de los controles con nadie,
al haber decidido que Byrd es el único interlocutor válido. Una vez más, nos vemos
obligados a confiar en la fácilmente perturbable memoria de un físico que antes
de dar comienzo la prueba veía firmemente que Uri poseía poderes paranormales,
y que tenía entonces el mismo deseo de reivindicar esa fe que ahora de defender
sus controles.
En mi correspondencia con Byrd, y repasando las cuidadosas notas tomadas por
Klass de sus conversaciones telefónicas con éste, salen a la luz muchos hechos
que proyectan serias dudas sobre la adecuación de los controles de Byrd. Son
hechos que deberían aparecer en el trabajo de Byrd, pero que no debió
considerar lo suficientemente importantes como para mencionarlos.
La noche anterior a la prueba, Byrd y su esposa y la señorita Toyofuko
durmieron en un apartamento de Manhattan, propiedad de un amigo de Melanie que
no se encontraba en la ciudad. El alambre de prueba (o alambres) estaba dentro
de un maletín. Hubiera sido una cuestión bien sencilla para Melanie cambiar
esos alambres por otros preparados de antemano, y con la misma longitud, el
mismo diámetro, y con las mismas marcas de troquel[98]. También
hubiera sido fácil para Melanie coger un momento los alambres y prepararlos
ella misma. Cuando Byrd y su esposa abandonaron el apartamento en compañía de
Melanie, para cenar fuera, el maletín se quedó en el apartamento… ¿Quién iba a
evitar que Shipi entrara en él y preparara los alambres? Por supuesto, Byrd
está convencido de que los amigos de Uri nunca tomarían parte en semejante
artimaña. Pero según la hermana de Shipi, éste es muy capaz de una cosa así;
además, la mera posibilidad pone de manifiesto la calidad de las «precauciones
extra» de Byrd.
Byrd me dice en una carta que su intervención en casa de Fuller consistió en
exigir a todos que mantuvieran a Uri bajo estrecha vigilancia, para estar
seguros de que éste no tenía acceso a los alambres de prueba que estaban en el
maletín de Byrd. ¿Incluía también esta intervención la exigencia de control
minucioso de las dos jóvenes damas? ¿Acaso Hawke y Byrd seguían atentamente,
como halcones a sus presas, los pasos de las señoritas Toyofuko y Clark cada
vez que una de ellas iba al cuarto de baño? Pregunté a Byrd si su protocolo
incluía esto. Nunca me respondió.
Byrd no dedica ni una línea de su trabajo a la contrastación de la memoria de
cada alambre antes de permitir a Uri manipularlo, pero en cartas dirigidas a
mí, insiste con firmeza en que él sometió a prueba cada alambre con la llama de
una cerilla. ¿Cuánta confianza merece la memoria de Byrd sobre este punto?
Traté de obtener confirmación de esta contrastación pre-doblez en la persona de
Hawke, pero tampoco contestó a mi carta.
Concedamos a Byrd el beneficio de la duda, y supongamos que realmente contrastó
cada uno de los tres alambres con la llama de una cerilla antes de que Uri los
tocara. Esta contrastación habría resultado aconsejable, no solamente para
asegurarse de que los alambres no habían sido cambiados, sino también para
ponerlos en una posición perfectamente derecha (pues se habrían curvado
ligeramente durante el transporte). Uri seguramente se habría anticipado a
esto. Su plan sería cambiar cada alambre tras haber sido
enderezados por la llama de una cerilla. ¿Cuál son los modos de actuación más
plausibles?
Uno obvio es que la noche antes, mientras Byrd y su esposa estaban cenando
fuera en compañía de Melanie, alguien entrara en el apartamento, abriera el
maletín de Byrd, y sustituyera sus muestras de alambre por otras exactamente
iguales, con memorias rectas. Los alambres de Byrd habían sido objeto de doblez
permanente por medios mecánicos, y luego, o bien enderezados, o enderezados con
una pequeña protuberancia en el centro.
Cuando la señorita Clark llevó a los Byrd y a Melanie a casa de Fuller a la
mañana siguiente, pudo llevar consigo los alambres «preparados» y pasárselos en
secreto a Uri. Esta había estado nadando en el río que había detrás de la casa
de Fuller cuando los Byrd llegaron y (según lo que Byrd dijo a Klass) entró en
la casa llevando puesto tan sólo un bañador. Uri ahora tiene ya los alambres
originales en su poder, ocultos bajo el cinturón de su bañador o quizás entre
el cabello[99].
No me cabe la menor duda de que Byrd y Hawke negarán enérgicamente que Uri
pudiera haber cambiado los alambres contrastados por Byrd bajo la llama por
otros alambres con la memoria alterada. Estarían menos seguros de su capacidad
para detectar un cambiazo como ése, si pasaran varias horas observando de cerca
a un buen mago realizando trucos que llevan consigo sustituciones así. El
cambiazo se ha convertido en todo un arte sutil. Los que no son magos
sencillamente no saben lo que tienen que buscar o cuándo tienen que buscarlo; y
como cualquier mago les dirá, los científicos son más fáciles de engañar que
los niños.
Imaginen que Byrd hubiera sacado de su sobre el primer alambre para
contrastarlo. No es el alambre original, pero nadie podrá decirlo a menos que
utilice un microscopio electrónico; y ni siquiera cierta similitud en las
marcas del troquel garantizaría que se trata del original. Contrasta el alambre
bajo la llama de una cerilla, lo deja enfriar, y sin soltarlo de ambos extremos
permite a Uri golpearlo. Pero no sucede nada. Uri simula hallarse tremendamente
disgustado. Todavía no consigue «sentirlo». ¿Podría darle alguien un vaso de
agua? Byrd deja por un momento que Uri sostenga el alambre mientras se acerca a
por el vaso que está a un extremo de la mesita de café. En ese momento de
distracción —momento de lo que las echadoras de cartas denominan «sombra»— Uri
efectúa el cambio. No hay ninguna razón absolutamente por la que Byrd pudiera
recordar haber soltado momentáneamente el alambre. En aquel momento le
parecería totalmente irrelevante, y es absolutamente honrado cuando dice,
haciendo un gran esfuerzo memorístico, que «nunca soltó el alambre». Cientos de
personas cuyas llaves han sido dobladas por Randi dirán lo mismo: que nunca
soltaron la llave, cuando, de hecho, sí lo hicieron. Los detalles aparentemente
irrelevantes desaparecen en seguida de la memoria. Uri es un maestro
precisamente en esta especie de secuencia temporal «anticipada», seguida de
observaciones cuidadosamente diseñadas para dejar un falso recuerdo de lo que
ocurrió.
Los magos han diseñado docenas de maneras de sustituir objetos pequeños. No me
importa tener problemas con mis amigos magos por decir aquí demasiadas cosas,
así que permítanme poner tan sólo un ejemplo de lo que Uri pudo haber hecho.
Llevaba el alambre duplicado escondido en la palma de la misma mano que había
empleado para golpear el alambre. Cuando Byrd llevó a cabo cualquier cosa que
Uri le pidiera para hacerse con su momento de sombra, la mano de Uri descendió
instantáneamente y el alambre no preparado cayó al suelo de manera
imperceptible. En mis experimentos con nitinol, accidentalmente dejé caer en
una ocasión un trozo de 10 cm aproximadamente sobre una alfombra. Cayó sin
hacer ningún ruido, rebotó, y me costó unos cinco minutos recuperarlo. El
alambre de nitinol de 0,5 mm es más fino que una horquilla. Un aspirador lo
alza como si se tratara de un trozo de hilo.
Byrd volvió a asir inmediatamente el alambre, y hoy día no recuerda en modo
alguno haberlo soltado. El estaba agarrando uno de sus alambres originales,
pero con la memoria doblada. También puede que tuviera una protuberancia en el
centro. Sin soltar el alambre, Byrd le aplicó la llama de una cerilla y aquél
describió su doblez.
Siguiendo en nuestra línea de especulación en torno a posibles trucos,
imaginemos una historia diferente para el segundo alambre. Alentado por el
éxito, Uri abolló el segundo alambre (que Byrd sostenía por uno solo de sus
extremos) casi inmediatamente. Byrd estaba deseando aplicarle la llama de una
cerilla. Ahora seguramente utiliza las dos manos para abrir una caja de
cerillas, saca una, cierra la caja, y enciende[100]. ¿Dónde
estaba el alambre mientras? ¿Estaba sobre la mesa? ¿En la mano de Uri? ¿Pasó
Uri el alambre a Hawke? En cada caso resulta evidente la oportunidad de
efectuar el cambiazo. Byrd aplicó la llama, y el alambre se dobló. A
continuación fue introducido en otro sobre para su contrastación en el
laboratorio.
En lo que respecta al tercer alambre, no hay ningún problema a la hora de
averiguar cuándo hizo Uri el cambio, porque el propio Byrd escribió en su
trabajo que este alambre «se le dio a Geller para que hiciera con él lo que
quisiera». Nuestro argumento no contiene nada que sobrepase la habilidad de un
mago inteligente. Concuerda por completo con los hechos tal como Byrd los
narra. ¿Es así como Geller lo manipuló? No es ésa la cuestión. La cuestión es que
estos argumentos convierten en una tontería la afirmación de Byrd de que las
pruebas realizadas en casa de Fuller estuvieron minuciosamente controladas.
La posibilidad de distracciones que permitieron el cambiazo surge de lleno
cuando nos enteramos de que durante aquella tarde de otoño en casa de Fuller
ocurrieron muchas más cosas de las que nos cuenta el trabajo de Byrd. En sus
conversaciones con Klass, Byrd ha mencionado otras cuatro pruebas más, y quizás
también hubiera allí otras personas más que no ha considerado conveniente
mencionar. En el primer experimento del día, según dijo a Klass, se empleó un
cristal de germanio del tamaño y la forma de un bombón de chocolate Hershey.
Parte de él se quebró en manos de Uri, pero esto sucedió cuando no se hallaban
mirando ni Byrd ni Hawke. Esta tendencia de las cosas a gellerizarse cuando no
hay nadie mirando es tan común que John Taylor, eminente gellerita británico,
lo llama el «efecto timidez». «¡Oh, miren! —exclamó Uri—. ¡Se ha roto!»
Posteriormente, las pruebas que se realizaron en el laboratorio no mostraron
cambio alguno en el cristal. Esta prueba fue declarada un fracaso.
Otra prueba se llevó a cabo con una oblea muy fina de silicona. Previamente
había sido pulverizada en miles de trocitos, que habían sido recogidos en un
saquito. Se dejó fuera un trocito para control. «¿Qué queréis que haga?»,
preguntó Uri. «Bueno —dijo Byrd—, si consiguieras reunir de nuevo estos trozos,
sería algo magnífico.» Uri, según Byrd, sonrió levemente. No ocurrió nada con
los trozos. Posteriores pruebas de laboratorio demostraron que no habían
sufrido ningún cambio. Esta prueba constituyó el fracaso número dos.
Una tercera prueba, que Byrd describió tanto a Klass como a mí, se realizó con
una gran llave de latón del despacho de Byrd. Hawke la sostenía por un extremo.
Después de que Uri frotara la llave, se observó que su caña parecía hallarse
ligeramente curvada. Se colocó la llave sobre una hoja de papel en la banqueta
del piano, donde Byrd y Hawke la observaron durante medio minuto. Byrd me dice
que la llave continuó doblándose «visiblemente» mientras ellos la observaban.
Este fenómeno ha sido relatado muchas veces. Después de doblar una llave, Uri
suele colocarla a un lado, señalar hacia ella, y gritar: «¡Mirad, sigue
doblándose!». Exclama esto de manera tan convincente que la gente imagina de
verdad que ve cómo la llave sigue doblándose. Randi consigue exactamente los
mismos resultados cuando dobla una llave para alguien tremendamente ingenuo y
que cree que Randi la ha doblado mediante alguna fuerza misteriosa que continúa
actuando sobre ella. Si el lector tiene alguna duda sobre el efecto de la fe
sobre lo que «ve» incluso un científico preparado, le sugiero que examine
alguno de los libros del astrónomo Percival Lowell sobre los canales de Marte,
que él «vio» con tanta claridad que no le resultó difícil trazar mapas
detallados de los mismos.
El éxito de la llave inspiró a Uri la declaración de que se estaba «calentando»
y ahora ya estaba dispuesto a operar con el nitinol. No sabemos cuánto tiempo
transcurrió hasta que se realizaron las pruebas con el alambre, ni cuánto
tiempo duraron éstas. Byrd dijo a Klass que estuvo con Uri unas cinco horas, de
las cuales tres estaban registradas en cinta. No sabemos si la habitación donde
se realizaron las pruebas del nitinol se hallaba cerrada. No sabemos con qué
frecuencia Byrd, Hawke, o Geller fueron interrumpidos por otros que estuvieran
mirando atentos o entrando y saliendo de la habitación.
Lo que sí sabemos, por las conversaciones de Byrd con Klass, es que en algún
momento a lo largo de aquellas cinco horas Uri ejecutó otro pequeño milagro.
Dobló las pinzas del cuchillo del ejército suizo de Hawke. Esta vez Uri empleó
su conocido truco «bajo el agua». Cuando la gente está observando atenta desde
demasiado cerca, Uri a menudo dice que los objetos a veces se doblan mejor bajo
el agua. Al desplazarse hasta la pila de agua más próxima, obtiene la sombra
necesaria. Según cuenta Byrd, Uri sostuvo las pinzas bajo un grifo, y pudo
observarse cómo se «retorcían» las hojas bajo el agua corriente.
Hasta ahora, he aportado únicamente modos de actuación que exigen la
sustitución, pero quizás estemos subestimando la destreza de Uri. Había
transcurrido ya casi un año desde que Byrd hubiera dado a Uri las muestras de
nitinol que se llevó a su casa. Geller tuvo tiempo de sobra para construir un
pequeño artilugio, tal como he descrito antes, pero hecho de un modo aún más
ingenioso. Debemos considerar ahora la posibilidad de que Uri, en el mismo acto
de golpear el alambre, utilizara dicho artilugio para realizar el truco.
Artilugio[101] es un
término que utiliza el mago para referirse a cualquier pequeño dispositivo que
pueda ocultarse al público pero que resulta fundamental para la realización de
un truco. Queda fuera de toda duda el hecho de que Uri utiliza estos artilugios
algunas veces. Bob McAllister, un mago de Nueva York, observó un imán oculto en
la palma de la mano de Uri en una ocasión en que cambió de hora un reloj
digital. Cuando Uri hizo saltar la aguja de una brújula, en un programa de
televisión, era obvio a juzgar por los movimientos de su mano que llevaba un
imán bien en la boca o bien en la ropa más próxima a su barbilla. Cuando
produjo una descarga en el contador Geiger en el Birkbeck College de Londres,
su artilugio probablemente era una fuente oculta de radiación beta. No podemos,
por lo tanto, descartar la posibilidad de que Uri utilizara un artilugio oculto
en la palma de su mano para doblar el alambre mientras lo frotaba.
Los magos conocen muchos modos de diseñar un artilugio de manera que resulte
posible ocultarlo entre los dedos. Desde luego, hay que pintarlo de color carne
para que resulte difícil verlo aun cuando pueda observarse esporádicamente el
interior de la mano. En el acto de frotar el alambre, el artilugio provocaría
un pequeño doblez, que luego el pulgar de Uri convertiría en una protuberancia,
utilizando el doblez como parte de la misma. La otra mano podría emprender el
frotamiento, permitiendo a la mano con el artilugio deshacerse de él de
distintas maneras familiares para los magos. Ambas manos, pues, estarían
«limpias» desde el primer momento en que se mostrara la protuberancia.
Si Uri disponía de tal artilugio, probablemente no lo utilizaría la primera vez
que golpeó un alambre. Habría esperado a que Byrd y Hawke obtuvieran una clara
visión del lado oculto de la palma de ambas manos. Cuando éstos ya no
destinaran ningún esfuerzo a inspeccionar sus manos, Uri pudo haber introducido
el artilugio momentos después.
La existencia de semejante artilugio seguramente era inconcebible para Byrd y
Hawke. ¿Por qué, entonces, habrían de pensar en inspeccionar las manos de Uri?
Supongamos, sin embargo, que Byrd hubiera diseñado su experimento de forma más
cuidadosa, y que sus protocolos exigieran una rigurosa inspección de las manos
de Uri cada vez que empezaba a frotar un alambre. ¿Qué habría hecho Uri? La
respuesta es sencilla: nada. A diferencia de los magos, cuyos trucos siempre
deben funcionar, los psíquicos no se encuentran bajo este hándicap. El poder
paranormal viene y se va por caminos misteriosos, llevando a cabo sus
maravillas. Uri es, sobre todo, un oportunista que toma las cosas tal como
vienen y juega con ellas del modo más indicado según las circunstancias. Cuando
no sucede nada extraordinario, los gelleritas lo aprovechan como evidencia de
que Uri es un psíquico genuino y no un mago.
Cientos de inteligentes artilugios han sido diseñados para exhibiciones de
magia y en las manos de un buen ejecutante nunca son detectados. Sin embargo,
mi opinión personal es que Uri no utilizó ningún artilugio.
Posee una enorme habilidad para la desviación psicológica. Cuando sus
espectadores creen en él, puede conseguir cosas que ningún mago osaría
intentar. No hay ninguna evidencia de que Uri sea particularmente hábil con las
manos, y yo sospecho que el uso de un artilugio sobrepasaría sus facultades de
manipulación. El argumento anterior, según el cual los alambres originales de
Byrd son tomados prestados y posteriormente devueltos, resultaría más fácil de
llevar a cabo para Uri, y más de su estilo.
Desde luego, no hay modo de saber exactamente lo que hizo Uri. Sobre este
punto, permítanme citar un maravilloso ensayo de Luciano, escritor satírico
griego del siglo segundo. Su «Alejandro vendedor de oráculos» constituye una
exposición detallada de los métodos empleados por los Uri Geller de su época.
Cuando escribe sobre la actuación de Alejandro ante un grupo de «lerdos»
pánfilos, Luciano añade: «Era una ocasión para Demócrito… un hombre cuya
inteligencia estaba acorazada frente a tales asaltos mediante el escepticismo y
la intuición, y que, cuando no podía detectar la impostura precisa,
de todos modos estaba perfectamente seguro de que, aunque ésta escapara a su
alcance, la cuestión en su conjunto era una mentira y una imposibilidad.»
Permítanme resumir: Byrd describe, de modo elíptico e inadecuado, tres pruebas
informales y chapuceramente diseñadas de la capacidad de Geller para influir
sobre el nitinol. La primera prueba casi carecía de controles. La segunda no
tenía controles de ningún tipo. La tercera, que Byrd insiste ingenuamente en
que disponía de rígidos controles, resulta ser tan toscamente controlada como
la primera. Casi todo lo que Panati dice sobre el trabajo de Byrd está
equivocado, aunque hay una cosa en la que tiene razón: el trabajo de Byrd es lo
más impresionante del libro.
Anexo
La carta de Eldon Byrd comentando mi artículo fue publicada en el Humanist,
septiembre/octubre, 1977:
Casi
ignoré la invitación a responder al artículo de Martin Gardner «Geller, los
crédulos y el nitinol», pero decidí que era necesario dejar claro que no estoy
de acuerdo con él al 100 por 100. Para empezar, no estoy seguro de si el título
tenía algo que ver con un artículo anterior que Mr. Gardner había escrito sobre
Puthoff y Targ o estaba dirigido a mi punto de vista «mormón».
Creo que hay ciertos principios físicos que todos los acontecimientos
terráqueos deben cumplir, pero esto no quiere decir que conozcamos cuáles son
todos esos principios físicos. Los fundamentos de la ciencia incluyen la
relatividad, la mecánica cuántica y el principio de incertidumbre. Estos
parecen constituir el equivalente mecanicista del existencialismo, el
irracionalismo y la irresponsabilidad.
El método científico constituye una técnica estrecha para llegar a la verdad.
Sin duda es la herramienta más ampliamente útil que ha diseñado el hombre para
solucionar sus problemas; sin embargo, no carece de imperfecciones. La propia
base sobre la que enfocamos ciertos problemas con el método impide el
acercamiento a la verdad. Por ejemplo, el método dicta qué hipótesis deben
contrastarse tras la observación de un acontecimiento o la formulación de una
teoría. Esto implica que los científicos que observen un acontecimiento
efectúen, sobre esta base, conjeturas sobre cuáles son los posibles mecanismos
que lo han producido. Si el acontecimiento es «paranormal» y el científico
«cree» en tales cosas, sus experimentos son susceptibles de sesgarse buscando
apoyo para su hipótesis. Si no cree, sus experimentos se inclinarán buscando
también apoyo para su hipótesis. Por lo tanto, resulta razonable esperar que
los Martin Gardner del mundo generen hipótesis y «experimentos» que parezcan
diferentes de los de otros con una mentalidad más abierta en torno a la posible
existencia de acontecimientos que todavía no entendemos.
La historia ha demostrado que el hombre siempre ha estado rodeado de cosas que
no comprendía. A medida que se incrementa el conocimiento, descubrimos que lo
«místico» se convierte en algo conocido. Creo que esto mismo terminará
ocurriendo con los actuales acontecimientos «paranormales». Pero no si la gente
se empeña en gritar bien fuerte desde las azoteas más altas que no hay necesidad
de examinar exhaustivamente las cosas que no conocemos. La actitud de «si puedo
generar un argumento lógico alternativo, eso demuestra que el acontecimiento es
conocido» no nos llevará a ninguna parte. Ese tipo de personas de estrecha
mentalidad siempre ha existido, pero afortunadamente no han detenido el
progreso, sólo lo han hecho algo más lento.
El mero hecho de que Martin Gardner diga que Uri es un fraude no demuestra que
lo sea. El mero hecho de que «demuestre» que es posible que sea un fraude, no
demuestra que lo sea. El mero hecho de que yo crea que existe una posibilidad
de que ocurran acontecimientos inexplicados no significa que así sea. Tan sólo
espero que la investigación necesaria para averiguarlo no se apague por causa
de personas como Martin Gardner.
Hay muchos errores en el artículo de Mr. Gardner. Algunos son muy fáciles de
cometer, tales como decir que yo soy analista de operaciones en lugar de físico
y deletrear Ordnance como «Ordinance». Sin embargo, hay otros que presentan la
finalidad de confundir al lector. Probablemente la mayoría de sus lectores no
conozcan las técnicas periodísticas de Martin Gardner porque quizás compartan
sus puntos de vista. Imagino que Martin Gardner cree que si consigue
desacreditar la labor de alguien que respalde la posibilidad de que Uri Geller,
o cualquier otro como él, pueda producir acontecimientos «paranormales»,
entonces el fin justifica los medios. (Sea haciendo uso de una «licencia»
periodística o reclutando la ayuda de un tercero, como Mr. Klass, que actúe
como colector de inteligencia.)
Tuve oportunidad de preguntar a Hannah (hermana de Shipi Strang) si había dicho
alguna vez haber ayudado a Uri a embaucar al público. Dudo que Martin Gardner
le preguntara eso directamente, más bien creo que se apoya en informaciones de
una tercera persona. Pienso que cuando Hannah fue abordada por el reportero
israelí, ni siquiera querría hablar con él. Por lo tanto, una posibilidad
alternativa a la nota 2 de pie de página del artículo de Mr. Gardner [nota 96
de este epub] es que el reportero debió inventarse la historia porque Hannah no
quiso decirle ni una palabra.
Hay otro error en la referencia al Dr. Hawke como parafísico. Y otro más en la
afirmación de que yo dije a Mr. Klass que quizás había dicho a Geller que disponía
de metal con memoria, pero que no recordaba si le había dicho de manera
específica que se trataba de nitinol. Nunca tuve contacto alguno con Uri Geller
antes de la reunión de octubre de 1973 celebrada en el Centro Isis.
Sin embargo, aún existe un tercer tipo de error en el artículo de Mr. Gardner,
que resulta inexcusable. Mr. Gardner sabía que los comentarios editoriales de
Charles Panati en The Geller Papers estaban equivocados, y deliberadamente
sugiere al lector que yo los pasé por alto. Hay otros errores que podría citar,
pero únicamente servirían para añadir más sobre lo mismo.
No estoy tratando de demostrar al mundo que Uri Geller es «auténtico», ni
tampoco pretendo decir que mis técnicas científicas sean perfectas. Sin
embargo, resulta evidente que hay quienes están empeñados firmemente en seguir
un curso de acción similar a la caza de brujas de Salem, para tratar de
convencer a la gente de que los Uri Geller del mundo y sus amigos deben ser
sofocados.
Eldon A. BYRD
Mi
réplica a Byrd apareció en el mismo número:
Mr.
Byrd habla de la presencia de «muchos errores» en mi artículo. Enumera los seis
que imagino que considera más horrendos. Comentaré brevemente cada uno:
1. Mr. Byrd aparece mencionado frecuentemente en la literatura paracientífica
como «analista de operaciones». Cito un ejemplo de la gran obra científica de
Peter Tompkins The Secret Life of Plants (p. 40): «Eldon Byrd, analista de
operaciones de la plantilla de Análisis y Planificación Avanzada del
Laboratorio de Ordenanza Naval de Silver Spring.»
2. Sí, Ordnance se deletrea «Ordnance».
3. El propio Uri ha explicado la entrevista de Hannah como resultado de su
locura por él durante aquella época. Los lectores deberán examinar la
entrevista en el libro de James Randi The Magic of Uri Geller, y decidir por
ellos mismos si el reportero miente. Parece ser que Mr. Byrd cree cualquier
cosa que le digan Uri, Shipi o Hannah.
4. Un «parafísico» es un físico que investiga lo paranormal. El Dr. Hawke es un
físico del Lawrence Livermore Laboratory. Contribuyó al libro de Panati con un
trabajo de investigación sobre la facultad paranormal de Geller de borrar
patrones magnéticos. Si él no es parafísico, ¿qué significa este término?
5. Cuando Mr. Byrd dice que «nunca tuvo contacto alguno con Uri Geller», debe
querer decir que no se había visto previamente con él en persona. ¿Va a negar
haberse comunicado con Geller, a través de una tercera persona, antes de la
reunión de octubre de 1973? De ser así, tengo información de lo contrario.
6. Es cierto que yo sabía que los comentarios editoriales de Panati estaban
equivocados, pero no hasta que Mr. Byrd me lo dijo. En ninguna parte he
sugerido que Byrd pasara por alto esos errores.
Byrd escribe: «No estoy tratando de demostrar al mundo que Uri Geller sea
“auténtico”, ni tampoco pretendo decir que mis técnicas científicas sean
perfectas.» Esta es una afirmación doblemente falsa. Su artículo es el
argumento más fuerte del libro de Panati a favor del carácter genuino de los
poderes de Geller. En cartas dirigidas a mí, hace referencia repetidas veces a
sus pruebas con Uri en casa de John Fuller como «rigurosamente controladas».
Hasta hoy, no ha admitido la más ligera imperfección en su diseño experimental.
La triste realidad es que Mr. Byrd es otra de las víctimas de Uri Geller. Le ha
utilizado del mismo modo que a muchos otros científicos sinceros pero
extremadamente crédulos, y es una tragedia que Mr. Byrd continúe sin tener el
valor de admitirlo.
Martin GARDNER
16. El extraordinario doblez mental del profesor Taylor[102]
Nadie
puede decir que John Taylor, profesor de matemáticas de Kings College,
Universidad de Londres, no sea una personalidad brillante y pintoresca. Nació
en el año 1931 en Hayes, Kent, hijo de un químico orgánico. Tras doctorarse en
la Universidad de Cambridge, dio clase de matemáticas y física en numerosos
centros docentes británicos y estadounidenses, incluyendo su tarea como
profesor de física en la Universidad de Rutgers. Sus artículos técnicos (más de
cien) exhiben un amplio abanico de intereses que incluyen la matemática pura,
física de partículas, cosmología e investigación cerebral.
Hay otra faceta más del profesor Taylor que podría caracterizar como la de un
actor histriónico que se nutre de la adulación de las masas y de la publicidad
personal. Durante su estancia en Estados Unidos, estudió interpretación en el
Berghof Herbert Studio, en Manhattan, y durante una temporada fue «asesor
sexológico» de la revista Forum. En Inglaterra, sus constantes
apariciones en programas de radio y televisión le convirtieron en tal
celebridad que en el año 1975, cuando la prestigiosa revista británica New
Scientist realizó un sondeo entre sus lectores para determinar los
veinte científicos más importantes del mundo, Taylor estaba en la lista. En la
portada de la revista aparecía su fotografía junto a los rostros de
¡Arquímedes, Darwin, Einstein, Galileo, Newton y Pasteur!
Taylor se ocupa, asimismo, de escribir libros de divulgación científica, de los
que el más conocido fue el best-seller internacional Black
Holes (Agujeros negros) (1973). No es una mala introducción a la
teoría del agujero negro, pero hacia el final del libro Taylor da rienda suelta
a cantidad de caprichosas conjeturas. Considera bastante posible, por ejemplo,
que la tierra fuera visitada por extraterrestres en un pasado lejano, y éstos
vinieran en naves espaciales conducidas por «generadores de potencia de agujero
negro». Igualmente, nos dice que Saturno es el planeta que con mayor
probabilidad pudieron utilizar aquellos «alienígenas de elevada gravedad» como
estación intermediaria en sus exploraciones de nuestro sistema solar.
En su último capítulo, Taylor considera la posibilidad de que nuestras almas
sean formas estructuradas de energía capaces de pasar de un cuerpo a otro. Nos
recuerda que el universo posee dos destinos posibles. Puede expandirse a
perpetuidad hasta morir de la conocida «muerte por calor» termodinámica, o
puede entrar en una fase de contracción y acabar siendo eliminado de la
existencia por un agujero negro. En cualquier caso, independientemente de lo
que quede «lo que sí puede decirse con gran realismo es que merece la pena
tener alma». Sin embargo, el universo puede resurgir tras el gran crujido. «La
única posibilidad de inmortalidad entonces está en un universo oscilante. Y aun
en él, la vida eterna no tendrá la forma usual, sino que será una vida que no
permita relación alguna entre un ciclo y el siguiente, debido al enorme
revoltillo de materia de la fase colapsada. Es posible que las almas tengan que
echar a suertes a cuáles, de entre la diversidad de cuerpos, van a habitar en
vidas subsiguientes. Esto, desde luego, a menos que intervenga la mano de Dios
para llevar a cabo sus maravillas.»
Hay otra posibilidad de inmortalidad. Según Taylor, cuando alguien cae en un
agujero negro, podría emerger en un universo paralelo. Esto, sin embargo,
presenta un gran inconveniente. Cuando dos «amigos íntimos» caen en agujeros
diferentes, podrían encontrarse en universos separados sin posibilidad alguna
de reunión. «Así que siempre existe la posibilidad de que la inmortalidad
obtenida tras caer en un agujero negro rotativo sea muy solitaria.»
A la vista de una especulación tan caprichosa como ésta, a nadie sorprendió que
en 1973, cuando Taylor apareció en un programa de televisión de la B.B.C. con
Uri Geller, quedara tan asombrado por la magia de Geller que se convirtiera en
un instante a la realidad de la PES y PC. Geller hizo su conocido truco de
duplicar un dibujo que se hallaba dentro de un sobre cerrado. «Ningún método
conocido por la ciencia puede explicar su revelación de ese dibujo», escribió
Taylor con su acostumbrado dogmatismo. La mandíbula del profesor se arqueó aún
más cuando Geller rompió un tenedor dándole un golpecito. «Esta forma de doblar
el metal es demostrablemente reproducible —declaraba Taylor más tarde—, y
ocurre casi siempre que Geller lo desea. Además, parece ser que puede
transmitirse a otros lugares, incluso a cientos de millas de distancia.»
«Me sentí —dijo Taylor en sus declaraciones más frecuentemente citadas— como si
todo el esquema que yo tenía del mundo se hubiera venido abajo de repente. Me
veía a mí mismo desnudo y vulnerable, rodeado por un universo hostil e
incomprensible. Transcurrieron muchos días antes de que yo consiguiera hacer
frente a esta sensación.»
Aunque Taylor presentaba una ignorancia suprema en lo que concierne a métodos
de magia, y tampoco es que hiciera el más mínimo esfuerzo por ilustrarse, sin
pensarlo dos veces se puso a trabajar, examinando a niños pequeños que hubieran
desarrollado cierto talento para doblar metales después de ver a Geller en la
televisión. Los controles de Taylor eran increíblemente inadecuados. Por
ejemplo, los niños debían introducir clips en sus bolsillos y posteriormente
sacar uno retorcido. No obstante, Taylor estaba convencido de que cientos de
muchachos en Inglaterra tenían el poder mental necesario para deformar objetos
metálicos. Curiosamente, Taylor nunca vio de hecho doblar
nada. En un momento dado una cuchara estaba derecha, y posteriormente aparecía
retorcida. Taylor llamó a esto el «efecto timidez». Se colocaban varillas
metálicas en el interior de unos tubos de plástico lacrados y los niños se los
llevaban a casa. Luego regresaban con los tubos aún lacrados y las varillas
dobladas. Un muchacho asombró a Taylor materializando un billete de cinco
libras esterlinas dentro de un tubo.
Uno de los muchachos que Taylor, en Superminds, dijo que podían doblar
metales.
Tan
seguro estaba Taylor de que su elevado CI, combinado con sus conocimientos de
física, le conferían la habilidad suficiente para detectar cualquier tipo de
fraude, que emprendió la preparación de un gran libro titulado Superminds(Supermentes)
(publicado en EE.UU. por Viking en 1975)[103].
Seguramente pasará a la historia de la literatura pseudocientífica como uno de
los libros más divertidos y simplones jamás escrito por un científico reputado.
Resulta incluso más divertido que Trascendental Physics del
profesor Johann Zöllner, inspirado por la magia psíquica del médium americano
Henry Slade. El libro de Taylor está repleto de fotografías de niños sonrientes
sosteniendo cubiertos que se supone han doblado mediante PC, mesas y personas
flotando en el aire durante antiguas sesiones espiritistas, resplandores de
fantasmas ectoplásmicos, cirujanos psíquicos operando en las islas Filipinas,
Rosemary Brown mostrando una composición musical que le dictó el espíritu de
Federico Chopin, y otras numerosas maravillas.
Un aspecto no menos peculiar del volumen de Taylor fue su argumento de que
todos los hechos paranormales, incluyendo los milagros religiosos, resultan
explicables por electromagnetismo. «El efecto Geller es un caso representativo.
¿Resultará acaso que los milagros de Jesucristo también se disuelven en
especulación científica…? Este libro ha presentado el caso de un “milagro”
moderno, el efecto Geller, para el que existe una explicación
científica racional. También se dice que esta explicación nos permite entender
otros fenómenos aparentemente milagrosos: fantasmas, duendes, médiums y
curación psíquica. ¿Qué ocurre, entonces, con otros milagros? ¿Pueden ser
también explicados en virtud de estos recién descubiertos poderes del cuerpo y
la mente humanos, así como de las propiedades de la materia ampliamente
descritas en el libro?»
Después de escribir Superminds, de lo que esperemos esté ahora muy
avergonzado, Taylor empezó poco a poco a descubrir algunos principios del
parvulario del ilusionismo. Cuando el Sorprendente Randi visitó Inglaterra en
1973, Taylor se negó a verle, pero Randi se ocupó de conseguirlo por todos los
medios, disfrazado de reportero gráfico. Encontrarán un divertido relato de
este encuentro en el capítulo 10 de la edición rústica de Ballantine, The
Magic of Uri Geller, de Randi. Taylor demostró ser más fácil de engañar que
un niño pequeño, y sus tubos «lacrados» resultaron estar tan toscamente
lacrados que Randi no tuvo ningún problema para destapar uno y volverlo a tapar
de nuevo mientras Taylor no se hallaba mirando. Randi incluso consiguió doblar
una barra de aluminio en un momento en que la atención de Taylor estaba fija en
otra cosa, inscribiendo en ella con la uña «Doblado por Randi», y colocarla
entre los artefactos psíquicos de Taylor sin que éste lo advirtiera.
Otro golpe duro para la ingenua fe de Taylor en Geller fue una prueba del
«efecto timidez» realizada por dos científicos de la Universidad de Bath.
Introdujeron a seis niños que doblaban metales en una habitación con un
observador al que se dijo que relajara la vigilancia tras un breve período de
tiempo. Al momento se produjeron todo tipo de doblamientos. Ninguno fue visto
por el observador, pero la acción había sido filmada en secreto a través de un
espejo unidireccional. En la película se veía, tal como los decepcionados
investigadores escribieron en Nature(vol. 257, 4 de septiembre de
1975, p. 8): «A coloca la varilla bajo su pie para doblarla; B,
E y F emplearon las dos manos para doblar la cuchara…
mientras Dtrataba de ocultar sus manos bajo una mesa para doblar
otra cuchara.»
Poco a poco, a medida que aumentaba la evidencia de que Geller era un charlatán
y de que el «efecto Geller» nunca se produce bajo condiciones controladas,
Taylor empezó a albergar insistentes dudas. Tras varios años de silencio, de
pronto anunció su apostasía. Desde luego, él no lo llamó así. En lugar de eso,
junto con un colega del Kings College escribió un artículo técnico para Nature,
«Can Electromagnetism Account for Extrasensory Phenomena?» (¿Puede explicar el
electromagnetismo los fenómenos extrasensoriales?) (vol. 276, 2 de nov., 1978,
pp. 64-67; también en Skeptical Inquirer, primavera de 1979, p. 3).
En Superminds, tras considerar todas las maneras posibles de
explicar fenómenos psíquicos mediante leyes conocidas, Taylor concluía que
únicamente el electromagnetismo ofrecía una posibilidad viable. El trabajo
de Nature refuerza esta idea. Según decisión de los autores,
el electromagnetismo «es la única fuerza conocida que podría pensarse que se
halla implicada». A continuación pasan a informar sobre una serie de pruebas
cuidadosamente controladas de PES y PC realizadas con sujetos dotados. No se
produjo ningún fenómeno psíquico. Cuando se relajaron los controles, tuvieron
lugar los fenómenos, pero los experimentadores no pudieron detectar rastro
alguno de radiación electromagnética. Su conclusión es que todos los fenómenos
que investigaron, y el doblamiento de metales en particular, poseen
explicaciones normales.
Pero todavía hubo más. En Nature (vol. 279, 14 de junio de
1979) los mismos autores publicaron una continuación a su primer trabajo. En
esta segunda parte, titulada «Is there Any Scientific Explanation of the
Paranormal?» (¿Existe alguna explicación científica de lo paranormal?), vuelven
a subrayar el hecho de que «a nivel teórico, la única explicación científica
(de las fuerzas psíquicas) podría ser el electromagnetismo». Su conclusión es
que ni el electromagnetismo «ni ninguna otra teoría científica», incluyendo la
mecánica cuántica, puede explicar la rabdomancia, la clarividencia, o la
telepatía. «Concretamente no hay razón alguna para respaldar la afirmación
común de que todavía puede que quede alguna explicación científica sin
descubrir. El fructífero enfoque reduccionista de la ciencia descarta tal
posibilidad, a no ser mediante la utilización de energías a las que no puede
acceder el cuerpo humano por un factor de miles de millones. Tan sólo podemos
concluir que la existencia de cualquiera de los fenómenos psíquicos que hemos
considerado resulta muy dudosa.»
Ahora resulta muy agradable para los escépticos como yo, que también considero
posibles los fenómenos psíquicos aunque «muy dudosos», dar la bienvenida a
Taylor de vuelta a nuestras filas. Pero seguramente sus razones son tan poco
firmes como aquellas que le convirtieron a lo paranormal hace seis años. La
historia de la ciencia está llena de fenómenos observados que eran genuinos
pero han tenido que esperar siglos hasta que una buena teoría los ha explicado.
El magnetismo de una piedra-imán fue magia pura hasta que se formuló la moderna
teoría del magnetismo, e incluso hoy día ningún físico sabe por qué la
aceleración de las cargas eléctricas dentro de los átomos origina efectos
magnéticos. Ni siquiera se sabe por qué la electricidad se da en unidades de
carga positiva y negativa, o si los monopolos magnéticos existen tal como la
teoría parece exigir.
Kepler decidió muy acertadamente, sobre la base de correlaciones confirmables,
que la luna origina mareas; pero en ausencia de una teoría al respecto, incluso
el gran Galileo se negó a creer en ello. Se podrían añadir cientos de otros
casos en los que un fenómeno ha sido refrendado mucho tiempo antes de que una
teoría lo «explicara». En este punto estoy totalmente de acuerdo con J. B.
Rhine y otros parapsicólogos, que no consideran la falta de una teoría física
como obstáculo alguno de cara a la aceptación de lo psíquico.
La ciencia no puede de ninguna manera descartar la posibilidad de nada, pero
puede asignar grados bajos de probabilidad a afirmaciones poco usuales. A mi
modo de ver, que es el modo de ver de la mayor parte de los psicólogos, los
clásicos experimentos psíquicos pueden ser explicados de la manera más sencilla
y plausible en términos de sesgo inconsciente del experimentador, indicio
sensorial inconsciente, fraude por parte de los sujetos deseosos de demostrar
sus poderes psíquicos, y, en raras ocasiones (tales como las recientemente
divulgadas en torno a S. G. Goal), fraude deliberado por parte de prestigiosos
investigadores.
La cuestión central es ésta: cuando la ciencia asigna un grado bajo de
credibilidad a una afirmación extraordinaria, lo hace a base de evaluar la
evidencia empírica. Geller y los niños que doblan cucharas son desde luego un
fraude, pero las razones que inducen a pensar esto no tienen nada que ver con
el hecho de que el supuesto «efecto Geller» no esté respaldado por una adecuada
teoría física. Se debe a que hoy día son muy conocidas las técnicas de
prestidigitación para doblar metales de modo fraudulento, y a que el metal
invariablemente se niega a doblarse siempre que los controles guardan
proporción con la intemperancia de la afirmación.
17. Teoría cuántica y charlatanería[104]
A
comienzos del presente año, en la reunión anual de la Asociación Americana para
el Progreso de la Ciencia, el Dr. John Archibald Wheeler sobrecogió a su
auditorio al pedir a dicha asociación que reconsiderara su decisión (tomada
hace diez años a raíz de la insistencia de Margaret Mead) de dignificar la
parapsicología confiriendo a sus investigadores el status de
afiliados a la asociación. He aquí los antecedentes de estas explosivas
observaciones de Wheeler.
John Wheeler, director del Centro de Física Teórica de la Universidad de Texas,
es uno de los más destacados físicos teóricos del mundo. En 1939 él y Niels
Bohr publicaron un trabajo sobre «El mecanismo de la fisión nuclear» que colocó
los cimientos de la bomba atómica y de la de hidrógeno. Posteriormente Wheeler
desempeñó importantes papeles en el desarrollo de las mismas. Dio nombre al
agujero negro. En 1968 recibió el Premio Enrico Fermi por sus «aportaciones
pioneras» a la ciencia nuclear. Cuando Richard Feynman aceptó el Premio Nobel
por su «visión espacio-temporal» de la mecánica cuántica (MC), puso de
manifiesto que había sacado su idea básica al respecto de una conversación
telefónica con Wheeler siendo alumno suyo en Princeton.
Nadie sabe más sobre física moderna que Wheeler, y pocos físicos han propuesto
ideas especulativas más desafiantes. Durante los últimos años ha venido
interesándose cada vez más por el curioso mundo de la MC y sus muchas paradojas
que sugieren que, a nivel microscópico, la realidad se parece más a la magia
que a la naturaleza a nivel macroscópico. Nadie desea revivir un solipsismo que
diga que un árbol no existe a menos que alguna persona (o alguna vaca) lo esté
mirando, pero un árbol está hecho de partículas como son los electrones, y
cuando un físico mira un electrón ocurre algo extremadamente desconcertante. El
acto de observación altera el estado de la partícula.
En MC una partícula es una cosa vaga, fantasmagórica e informe, de la que ni
siquiera puede decirse que tenga determinadas propiedades, hasta que al
medirlas se produzca el «colapso de su paquete de ondas». («Paquete de ondas»
hace referencia al conjunto total de ondas, definido en un espacio
multidimensional abstracto, que constituye todo lo que se sabe sobre una
partícula.) En ese momento la naturaleza toma la decisión puramente fortuita y
gratuita de dar a una propiedad (digamos la posición del electrón o su momento)
un valor determinado, predicho por las probabilidades especificadas en la
función de la onda de esa partícula. Como Wheeler suele decir, no podemos
seguir considerando al universo como algo que está «ahí», como si se encontrara
separado de nosotros por una gruesa lámina de vidrio. Para medir una partícula,
debemos hacer pedazos ese vidrio y alterar lo que medimos. El físico no es un
mero observador. Participa activamente. «De algún extraño modo —ha dicho
Wheeler— el universo es un universo participativo[105].»
Esta sugerencia no es nueva, porque Niels Bohr recalca constantemente la
necesidad de redefinir la realidad a nivel microscópico, apresurándose siempre
a añadir que al nivel macroscópico del laboratorio la física clásica continúa
valiendo. Sin embargo, resulta fácil entender el atractivo que debe tener la MC
para los físicos que profesan religiones orientales y/o la parapsicología.
Consideremos el ejemplo de una cuchara. Como sus moléculas están hechas de
partículas puede ser considerada un sistema cuántico. Si las partículas son
objeto de influencia por la observación, ¿no podemos suponer que un
superpsíquico que observe una cuchara pueda alterar de algún modo misterioso el
sistema y conseguir que la cuchara se doble?
En el pasado, los parapsicólogos han padecido una extraordinaria falta de éxito
en sus intentos de explicar fenómenos «psíquicos» —es decir, parapsicológicos—
a través de fuerzas conocidas, como son el electromagnetismo y la gravedad. Una
dificultad —que constituyó la razón principal del escepticismo de Einstein en
torno a la psique— consiste en que todas las fuerzas conocidas se debilitan con
la distancia, mientras que, si los resultados de la parapsicología son válidos,
la PES no disminuye con la distancia. ¿Es posible que la MC llegue a aportar
una teoría factible de la psique?
Los parapsicólogos que no son físicos (J. B. Rhine, por ejemplo) adoptan
concepciones confusas a la hora de explicar la psique mediante algún aspecto de
la física, pero existe un número cada vez mayor de parafísicos —físicos que
creen en, e investigan, fenómenos paranormales— para los que la MC ofrece
excitantes posibilidades. Este enfoque fue impulsado hace ya unos cuantos años
por los experimentos que implicaban una famosa paradoja de la MC conocida como
paradoja EPR, por las iniciales de Einstein y sus amigos Boris Podolsky y
Nathan Rosen. En 1935 publicaron un «experimento ideal» destinado a probar que
la MC no constituye una descripción completa de la naturaleza a nivel
microscópico, sino que necesita ser incorporada a una teoría más profunda, de
modo similar a como la física newtoniana se incorporó a la teoría de la
relatividad.
La paradoja EPR implica pares de partículas «correlacionadas». Por ejemplo,
cuando un electrón y un positrón se encuentran y destruyen, dos fotones, A y B,
parten en direcciones opuestas. Independientemente de la distancia que los
separe, siguen correlacionados en el sentido de que determinadas propiedades
deben tener valores opuestos. Si se mide A para la
propiedad x, su paquete de ondas se colapsa y x adquiere
el valor de digamos +1. El valor correspondiente para B se
sabe inmediatamente que es -1, aun cuando no se haya medido B. Al
medir A parece solaparse de algún modo el paquete de ondas
de B, ¡aun cuando A y B no
guarden ninguna relación causal en absoluto!
Einstein esperaba que esta paradoja pudiera ser resuelta por una teoría de
variables ocultas —una teoría que suponga un mecanismo dentro de ambas
partículas que las mantenga en correlación como dos peonzas lanzadas
simultáneamente hacia izquierda y derecha con ambas manos de manera que giren
en sentidos opuestos. Una persona que vea una peonza y advierta que ésta gira
en el sentido de las agujas del reloj, instantáneamente sabe que la otra peonza
está girando en sentido inverso aun cuando nadie la vea. Lástima que el
formalismo de las reglas de la MC descarte esta posibilidad. Si, por ejemplo,
dos partículas correlacionadas tienen espines opuestos, no se puede decir que
la partícula A tenga uno u otro tipo de espín mientras no se
mida. Sólo en el instante de la medida, la naturaleza «decide» qué espín darle.
En 1965 J. S. Bell atinó con una ingeniosa prueba, hoy conocida como «teorema
de Bell», de que ninguna variable local oculta (local significa en
la partícula o en su proximidad) podía explicar las correlaciones EPR. Deja
abierta la posibilidad de que las partículas permanezcan conectadas, aun cuando
las separen años luz, por un nivel subcuántico no local que nadie conoce. Más aún,
el teorema de Bell aportó por primera vez un modo de verificar las
correlaciones EPR en el laboratorio. Muchas de estas pruebas se han llevado a
cabo y casi todas confirman la paradoja EPR. A la mayoría de los físicos les
interesa muy poco tratar de explicar la paradoja —simplemente aceptan la MC
como una herramienta que funciona— pero los físicos interesados en
interpretaciones teóricas de la MC manifiestan una gran incertidumbre en torno
a cómo entender los nuevos resultados.
Para muchos parafísicos la paradoja EPR sugiere que la información cuántica
puede transferirse instantáneamente (o casi) desde una parte del universo a
cualquier otra, de otro modo ¿cómo «sabe» una partícula lo que sucede cuando se
mide su gemela? (No se viola la teoría de la relatividad porque no se
transfiere energía, tan sólo información.) Esta es la opinión del parafísico
Jack Sarfatti, que dirige una pequeña organización en San Francisco denominada
Grupo de Investigación Física/Conciencia, inicialmente financiada por Werner
Erhard de E.S.T. (Sarfatti y Erhard han mantenido desde entonces un violento
enfrentamiento, y Sarfatti dedica gran parte de su tiempo a tachar a Erhard de
«fascista» nato.) Para conocer la desmadrada concepción al respecto de
Sarfatti, véase su artículo «Las raíces físicas de la conciencia» que aparece
en el estrafalario libro de Jeffrey Mishlove Las raíces de la
conciencia (publicado por Random House en un arrebato de enajenación
mental), así como una entrevista con Sarfatti publicada en Oui,
marzo 1979. El año pasado Sarfatti solicitó una patente (número de expediente
071165) para un aparato suyo que espera pueda enviar mensajes a velocidad
superior a la de la luz a cualquier parte del universo.
Hace unos cinco años el interés por la MC como base para lo psíquico estaba tan
extendido que, a sugerencia de Arthur Koestler, se celebró en Ginebra, en otoño
de 1974, una conferencia internacional sobre MC y parapsicología. Las Actasfueron
publicadas al año siguiente por la Parapsychology Foundation, en la ciudad de
Nueva York. Este original volumen se abre con un largo trabajo de Evan Harris
Walker, físico americano que ha realizado el intento más elaborado de
desarrollar una teoría de MC aplicada a la conciencia y la psique. Gerald
Feinberg, de la Universidad de Columbia, hablaba de precognición. Harold
Puthoff y Russell Targ, los dos físicos del Stanford Research Institute que
«verificaron los poderes de clarividencia del mago israelí Uri Geller», también
aportaron trabajos. Ambos están convencidos de que la MC es la explicación más
probable de la psique. Entre otros ponentes figuraban Ted Bastin, Helmut
Schmidt y O. Costa de Beauregard.
Costa de Beauregard, un físico francés, posee la más excéntrica de todas las
explicaciones de la paradoja EPR. Cree que la información procedente de la
medida de la partícula A viaja hacia atrás en el tiempo hasta
el origen del par de partículas, y luego hacia delante en el tiempo hasta la
partícula B, llegando allí en el mismo instante en que ha partido
de A. Entre los físicos destacados que no asistieron a la reunión
de Ginebra pero que creen que la MC está detrás de la psique figuran el premio
nobel británico Brian Josephson y Richard Mattuck, de la Universidad de
Copenhague.
¿Qué tiene todo esto que ver con Wheeler? La respuesta es importante y
divertida. Durante muchos años, las ideas de Wheeler sobre la MC han sido
ampliamente citadas por parapsicólogos para respaldar las suyas. Si echan un
vistazo al artículo de Sarfatti antes mencionado, comprobarán que aparece
constantemente la invocación del nombre de Wheeler. Wheeler ha encontrado esto
cada vez más irritante. Cuando le pidieron que hablara en Houston, durante la
reunión anual celebrada el pasado mes de enero, de la AAAS (Asociación
Americana para el Progreso de la Ciencia), eligió el tema «No es la conciencia,
sino la distinción entre el aparato de investigación y lo investigado, el
elemento central del acto de observación cuántica elemental». Wheeler esperaba
poder dejar clara su coincidencia con Niels Bohr en la idea de que los actos de
medida de MC son realizados por aparatos que pueden ser controlados por
ordenador, y de ese modo separarse de aquellos que defienden que la conciencia
humana resulta fundamental para la observación en MC. Para su asombro, se
encontró compartiendo un panel con Puthoff y Targ, así como con el parapsicólogo
Charles Honorton, del Centro Médico Maimónides de Brooklyn.
En su ponencia, Wheeler entró en considerables detalles sobre la paradoja EPR y
sus desconcertantes implicaciones. Constituye un maravilloso y sutilmente
argumentado ensayo elaborado en torno al tema central: «ningún fenómeno
elemental es un fenómeno mientras no es un fenómeno observado». Wheeler cerró
su exposición con estas fuertes palabras: «Y no utilicemos el experimento de
Einstein-Podolsky-Rosen para afirmar que la información puede transmitirse a
velocidad superior a la de la luz, ni para postular ninguna “interconexión
cuántica” entre dos conciencias separadas. Ambas afirmaciones son infundadas.
Ambas son puro misticismo. Ambas son disparates.»
Dos apéndices que Wheeler añadió a su ponencia han sacudido al mundo de la
parapsicología más que cualquier otra observación realizada por un distinguido
científico a lo largo del último medio siglo. He aquí estos apéndices,
acompañados de una carta de Wheeler dirigida al presidente de la Asociación
Americana para el Progreso de la Ciencia:
FUERA
LO PSEUDO DEL TALLER DE LA CIENCIA
J. A. WHEELER
El
autor no sería nada franco si no confesara que quiso retirarse de este simposio
cuando —demasiado tarde— se enteró de que la llamada percepción extrasensorial
(PES) sería considerada en una de las ponencias. ¿Cómo puede nadie alegrarse
ante la compañía de una pretenciosa pseudociencia, cuando lo que desea es
debatir cuestiones reales, acerca de observaciones reales, en el seno de la
ciencia real? ¿Cómo puede la pseudociencia no aprovechar el intento de obtener
prestigio y aceptación estando en la misma plataforma que la ciencia? ¿Y cómo
no va a perderlos la ciencia? Esta es la razón por la que el autor, que
entonces pertenecía al Consejo Directivo de la AAAS, votó en contra de la
mayoría del Consejo, mucho más numeroso en aquella época, y en contra de la
admisión de la «parapsicología» como una nueva división de la Asociación
Americana para el Progreso de la Ciencia, en su reunión celebrada en Boston en
1969. Esta es la razón por la que, una vez pasada esta década de permisividad,
el autor sugiere al Consejo y a la Junta Directiva que harían un gran servicio
a la ciencia expulsando a la «parapsicología» de la AAAS.
Esta propuesta no pretende ni mucho menos impedir a nadie trabajar sobre
«parapsicología», si así lo desea. Tampoco es deseo del autor faltar a nadie al
respeto, dado el idealismo y las buenas intenciones de algunos que ha conocido
en este campo. Y tampoco hay en esta propuesta intención alguna de negar a los
investigadores plena libertad de expresión y un foro para sus fruslerías.
Bastante foro hay ya en un país que puede acoger a 20.000 astrólogos y tan sólo
a 2.000 astrónomos. Bastante foro hay ya con una Asociación Parapsicológica,
una Sociedad de Boston para la Investigación Psíquica, una Sociedad Americana
para la Investigación Psíquica, una Sociedad Internacional para la
Investigación Psicotrónica y una Fundación de Parapsicología. A nadie se le
ocurriría pensar en interferir con la libertad que cualquiera tiene de publicar
en International Journal of Parapsychology, Journal of the American Society for
Psychical Research, o Journal of Parapsychology . Tampoco forma parte de esta
propuesta interferir con la financiación que mantiene a la parapsicología en
los Estados Unidos rondando entre el millón y los 20 millones de dólares al año[106]. Se puede
perseguir a los que curan por la fe, se puede enviar a prisión a los
embaucadores, pero nadie se atrevería a proponer que se impidiera a los
parapsicólogos solicitar algo, aun cuando fuera solicitar apoyo del gobierno.
Pero ¿por qué permitir que la denominación «miembro de la AAAS» confiera a
estas solicitudes un aire de legitimidad?
¿Es seguro que cuando se escribe tanto sobre cucharas dobladas, parapsicología,
telepatía, triángulo de las Bermudas, rabdomancia, y cuando otros escriben
sobre «etéreos cuantificados», bioactocrónica, levitación y química oculta,
debe haber alguna realidad detrás de esas palabras? ¿Seguro que donde hay humo
es porque hay fuego? No, donde hay tanto humo no hay más que humo.
Toda ciencia que de verdad sea ciencia posee cientos de resultados
significativos; pero no conseguirán encontrar uno sólo en la «parapsicología».
¿No sería justo, y para crédito de la ciencia, que exigiera a la
«parapsicología» que aportase uno, dos o tres hallazgos bien verificados como
condición para su integración en la AAAS?
Auto-engaño o fraude consciente fue el diagnóstico de Houdini para los
fenómenos psíquicos. «Lanzó un desafío… ofreciendo cinco mil dólares a
cualquier médium si no conseguía reproducir cualquier fenómeno de presuntos
espíritus por sí mismo… En 1926, Houdini viajó a Washington para solicitar la
ayuda del presidente Coolidge en su campaña para abolir la práctica delictiva
de los médiums espiritistas y otros charlatanes, que engañaban y desplumaban a
personas desconsoladas con presuntos mensajes»[107]
Hudson Hoagland, en un editorial de la revista Science[108] nos
dice: «Un caso célebre fue el de una médium de Boston en la década de 1920, que
tuvo amplias consecuencias. Se trataba de la esposa de un eminente cirujano que
afirmaba comunicarse con su hermano ya fallecido. La antigua revista Scientific
American había ofrecido un premio de 5.000 dólares a quien pudiera poner de
manifiesto un fenómeno psíquico supranormal a un comité de su elección. A
petición suya, esta señora fue sometida a investigación en 1924 por este
comité, compuesto por varios profesores de Harvard y del MIT junto con Harry
Houdini, el mago. El comité informó de que la evidencia de sus poderes
supranormales no era concluyente, aunque Houdini la denunció como fraudulenta.
»Tras una amplia campaña de publicidad en prensa, un grupo de Harvard, del que
yo formaba parte, la sometió a investigación una vez más en una serie de
sesiones en los laboratorios psicológicos y comprobó no sólo que los fenómenos
obedecían a trucos, sino también la forma en que realizaba dichos trucos.
Nuestros descubrimientos, publicados en un artículo firmado por mí en el
Atlantic Monthly de noviembre de 1925, dieron lugar a violentas recriminaciones
y denuncias que cayeron sobre nosotros desde panfletos y declaraciones de
prensa procedentes de sus seguidores. Nuestra exposición reforzó su publicidad
y obtuvo más adhesiones. Tuvo la habilidad de modificar su modo de operar,
dependiendo de la credibilidad de su auditorio y otras circunstancias. En
varias ocasiones subsiguientes también fue descubierta por otros científicos,
pero en todo momento, hasta el fin de sus días, tuvo un círculo, cada vez
menor, de creyentes devotos.
»La dificultad básica inherente a cualquier estudio de fenómenos como estos de
la investigación psíquica o de los OVNI consiste en que resulta imposible para
la ciencia llegar a demostrar una negativa absoluta. Habrá casos que
permanezcan inexplicados debido a la falta de datos, falta de respetabilidad,
información falsa, exceso de fe, observadores engañados, rumores, mentiras y
fraude. Un residuo de casos inexplicados no constituye justificación para
continuar una investigación después de que la evidencia abrumadora ha
descartado la hipótesis de supranormalidad, tales como las de seres del espacio
exterior o comunicaciones procedentes de los muertos. Los casos inexplicados
son simplemente eso. Nunca pueden constituir evidencia a favor de ninguna
hipótesis.»
Admitamos que la parapsicología pase, o trate de pasar, la prueba de Houdini y
Scientific American con uno, dos o tres de sus hallazgos. ¿Hay algún otro procedimiento
de hacer una primera estimación de si hay algo en la parapsicología que sea
digno de ulterior escrutinio?
Para cada fenómeno que ha resultado ser producto de autoengaño, fraude o mala
interpretación de la física y la biología cotidianas perfectamente naturales,
aparecen en su lugar tres nuevos fenómenos de «ciencia patológica». El
embaucador es capaz de engañar a una persona tras otra porque con frecuencia la
víctima está demasiado avergonzada de su credulidad o demasiado atemorizada en
su «alto, estafador» como para avisar a otros. Afortunadamente, ahora existe
una revista llamada Skeptical Inquirer[109] que
proporciona una relación de algunos de los ítems de esa ciencia patológica
actualmente en boga. Algunas otras referencias que es posible que el lector
desee consultar se encuentran en Fads and Fallacies[110] (Caprichos
y falacias) de Gardner («Las curiosas teorías de los modernos pseudocientíficos
y los extraños, divertidos y alarmantes cultos que les rodean; un estudio de la
credulidad humana en el que se incluyen temas como los platillos volantes, la
Atlántida, Bridey Murphy, Alfred Kovzybski, excéntricas teorías sexuales, el
Dr. W. H. Bates, Wilhelm Reich, L. Ron Hubbard, máquinas psiónicas»),
Scientific Study of Unidentified Flying Objects[111] (Estudio
científico de objetos volantes no identificados) de Condon, y Error and
Eccentricity in Human Belief[112] (El
error y la excentricidad en las creencias humanas) de Jastrow («el autor narra
un episodio tras otro sacados del registro de la credulidad humana… para
respaldar su idea central: que el hombre tiende a configurar sus creencias
conforme a sus deseos, y no de acuerdo con el pensamiento racional»).
El artículo[113] de
Robert Buckhout sobre «Eyewitness Testimony» (Testimonio de testigos oculares)
señala que «aunque este testimonio es frecuentemente desafiado, continúa
aceptándose que es más fiable que otros tipos de evidencia. Sin embargo,
numerosos experimentos demuestran que está considerablemente sujeto a error».
La charla que pronunció Irving Langmuir en el Laboratorio[114] de
Investigación Knolls de la General Electric Company el 8 de diciembre de 1953,
habla de su experiencia personal investigando engaños, conscientes e
inconscientes. Langmuir analiza el efecto Davis-Barnes, los rayos N (acerca de
los cuales véanse de manera especial las célebres disputas entre R. W. Wood[115] y R.
Blondlot), los rayos mitogenéticos, los síntomas característicos de la ciencia
patológica, el efecto Allison (véase también un comentario reciente)[116], la
percepción extrasensorial y los platillos volantes. La tabla de síntomas de
ciencia patológica de Langmuir resulta tan apropiada hoy día como cuando la
expuso en su conferencia de 1953:
1. El máximo efecto que se observa es producido por un agente causante de
intensidad apenas detectable, y la magnitud del efecto es sustancialmente
independiente de la intensidad de la causa.
2. El efecto es de una magnitud que permanece próxima al límite de
detectabilidad; o sea, que son necesarias muchas medidas debido a la bajísima
significación estadística de los resultados.
3. [Hay] pretensiones de gran precisión.
4. Teorías fantásticas, contrarias a la experiencia.
5. Las críticas son afrontadas mediante excusas ad hoc, discurridas de repente.
6. La proporción entre defensores y críticos asciende a una cantidad próxima al
50 por 100 y luego disminuye gradualmente hasta el olvido.
No hay maldita la cosa sobre la que no se pueda investigar. La investigación
guiada por un mal juicio constituye un agujero negro para el buen dinero. Nadie
puede evitar decir las verdades del barquero a quien ha visto defraudar 10.000
dólares a un buen amigo, hacer polvo 100.000 dólares de una distinguida
organización benéfica de investigación, y hacer desaparecer 1.000.000 de
dólares procedentes de los contribuyentes americanos —todo en aras de la
«investigación» en materia de ciencia patológica.
Donde hay miel, acuden las moscas. Nada atrae más a los devotos de lo
«paranormal» que la teoría cuántica de la medida. Distinguir en qué consiste
definir una observación, clasificar lo que significa decir que «ningún fenómeno
elemental es un fenómeno mientras no es un fenómeno observado» resulta bastante
difícil sin estar rodeados de murmullos de «telecinesis», «señales propagadas a
velocidad superior a la de la luz» y «parapsicología».
Ha llegado el momento de que todo aquel que crea en la regla de la razón le
cante las cuarenta a la ciencia patológica y sus proveedores.
UNA
DÉCADA DE PERMISIVIDAD
Dr. William D. Carey
Asociación Americana para el Progreso de la Ciencia
1776 Massachusetts Avenue, Nw.
Washington, D. C. 20036
Estimado
Bill:
Bastante inocentemente por mi parte, me he visto envuelto en polémica en la
sesión sobre Ciencia y Conciencia de la reunión de la Asociación Americana para
el Progreso de la Ciencia, celebrada en Houston en la mañana del lunes, 8 de
enero. Se me había pedido que hablara de la relación entre mecánica cuántica y
conciencia. Descubrí para mi consternación, una vez elaborado el programa,
concretamente que Eugene Wigner y yo, dos personas pertenecientes al mundo de
la física, habíamos sido colocados juntos en un panel que presentaba a varios
parapsicólogos. Y lo que es más, uno de ellos y muchos miembros del auditorio
estaban dispuestos a invocar las ideas más extremas sacadas de la física.
Escribo esto como miembro interesado de la AASS, como antiguo miembro de la
junta directiva y como ex presidente de la Sociedad Americana de Física, con el
fin de solicitar que la junta directiva y el consejo designen conjuntamente un
comité de revisión de cinco personas destinado a revisar la labor de la sección
de parapsicología de la AAAS y determinar:
a. Si este campo de investigación ha producido por ahora algún«resultado
verificado tras controversia».
b. Informar sobre las ventajas obtenidas en materia de financiación por los que
trabajan en el campo de la parapsicología gracias a su asociación con la AAAS.
c. Informar acerca del efecto de esta asociación sobre la imagen pública de la
AAAS.
d. Asesorar en torno al tema de si esta sección debe dejarse «como está»,
suspendida hasta que dicho campo haya producido algún resultado «verificado
tras controversia» o expulsada sin reservas de la AAAS.
Sé que las ideas de nuestra desaparecida y querida Margaret Mead apoyaban
firmemente la admisión de la parapsicología en la AAAS. Estuve presente en la
reunión en que las expuso. Mi opinión y la de muchos otros quedó contrarrestada
por la permisividad del momento. Quizás no se emplearan esas palabras, pero la
idea fue la de aquella vieja frase: «Cásate con él y así podrás reformarle».
Ahora la década de permisividad ya ha pasado.
Más aún, en la teoría cuántica de la observación, mi actual campo de trabajo,
considero que el trabajo honesto está casi abrumado por el barullo de ideas
absolutamente locas propuestas con objeto de establecer un vínculo entre la
mecánica cuántica y la parapsicología —como si existiera algo como la
«parapsicología»—. Una persona joven que desee trabajar en este campo corre ese
riesgo. Corre el peligro de ganar, no reputación, sino sonrisas irónicas. En
este sentido la asociación de la «parapsicología» con la AAAS pone freno al
progreso de un importante campo de investigación. Ese es el origen de mi
preocupación y la razón por la que apelo a tus buenos oficios, solicitando la
formación de un «Comité Revisor de la Parapsicología dentro de la AAAS».
Podrá encontrarse más fundamento para esta carta en los apéndices A y B del
trabajo adjunto: «No es la conciencia, sino la distinción entre el aparato de
investigación y lo investigado, el elemento crucial para el acto cuántico
elemental de observación».
Ya tenemos bastante charlatanería en este país hoy día, sin necesidad de que
una organización científica se prostituya. La AAAS debe plantearse si lo que
busca es la popularidad o si es estrictamente una organización científica. El
almirante Hyman G. Rickover acaba de telefonearme hace unos minutos para
respaldar mi postura propugnando una clara ruptura entre la AAAS y la
parapsicología, y me ha autorizado a citarle.
Muchas gracias por tu consideración.
John Archibald WHEELER
Director
Centro de Física Teórica
Universidad de Texas en Austin
Austin, Texas
Anexo
Cuatro físicos profesionales, todos ellos firmes creyentes en la realidad de la
PES, incluyendo la precognición, así como en la realidad de la PC, firmaron la
siguiente carta, que fue publicada en NYR el 26 de junio de
1980:
A
los editores:
En un artículo reciente[117], J. A.
Wheeler ha atacado violentamente a la parapsicología, acusándola de «ciencia
patológica» y de «pretenciosa pseudociencia», y sugiere que «sería un gran
servicio para la ciencia expulsar a la “parapsicología” de la Asociación
Americana para el Progreso de la Ciencia». Además, critica a los físicos que
están investigando una posible conexión entre la teoría cuántica y la
parapsicología[118], afirmando
que «en la teoría cuántica de la observación, mi actual campo de trabajo,
considero que el trabajo honesto está casi abrumado por el barullo de ideas
absolutamente locas propuestas con objeto de establecer un vínculo entre la
mecánica cuántica y la parapsicología —como si existiera algo como la
"parapsicología"—», y que «Donde hay miel acuden las moscas. Nada
atrae más a los devotos de lo “paranormal” que la teoría cuántica de la
medida». Este ataque de Wheeler ha sido reproducido en un artículo de Martin
Gardner, titulado «Teoría cuántica y charlatanería», publicado en The New York
Review of Books.
Los autores de la presente nota somos todos físicos que llevan algunos años
dedicados a la investigación de una posible conexión entre mecánica cuántica y
parapsicología. Estamos muy afectados por las observaciones de Wheeler, que
consideramos no muestran rastro alguno de la racional, imaginativa y abierta
aproximación a la ciencia por la que Wheeler es tan conocido. A continuación
vamos a proceder a responder a las objeciones de Wheeler una por una.
1. Wheeler califica a la parapsicología de «pseudociencia» o ciencia
«patológica», apoyándose en que «toda ciencia que real- [¿…?] nueva que
presente «cientos de resultados significativos» durante [¿…?] no hay manera de
encontrar uno solo de ellos en la parapsicología».
En nuestra opinión, no se puede esperar de ninguna ciencia nueva que presente
«cientos de resultados significativos» durante su infancia. Hay ciencias
incluso más antiguas y aceptadas que no satisfacen este criterio, por ejemplo,
la relatividad general, donde únicamente hay tres o cuatro confirmaciones
«significativas» de la teoría. Lo que autoriza a un campo de investigación a
llamarse «ciencia» no son los «resultados significativos», sino más bien la
atención y el cuidado con que se llevan a cabo sus investigaciones, así como la
competencia de sus investigadores. Pensamos que existen varias piezas de
investigación en parapsicología que satisfacen estos criterios. Por ejemplo, la
investigación del Dr. C. Crussard y el Dr. J. Bouvaist sobre el médium francés
Jean Pierre Girard[119]. Girard
producía grandes cambios en las propiedades físicas de barras metálicas, sin
utilizar agente físico alguno, bajo, a lo que parece, eran unas condiciones
rigurosamente controladas. Por ejemplo, incrementaba la dureza de una barra de
aluminio en casi un 10 por 100, sin ayuda de ningún medio físico conocido. Este
experimento fue repetido cuatro veces en tres diferentes laboratorios, dos en
Francia y uno en Inglaterra.
Un segundo ejemplo es la investigación del doblamiento remoto producido por
unos escolares[120] británicos,
realizada por el profesor J. B. Hasted, director del departamento de física del
Birkbeck College, Universidad de Londres. En condiciones controladas, estos
niños producían grandes señales de doblamiento y estiramiento en objetos
metálicos, equipados con manómetros de tensión y sin entrar en contacto con los
objetos. A juzgar por el carácter de estas señales, no podían haber sido
producidas por ninguna fuerza física conocida en aquellas condiciones
experimentales concretas. Un tercer ejemplo es la investigación realizada por
el Dr. H. Schmidt sobre la influencia de sujetos selectos sobre la salida de un
generador numérico aleatorio basado en la desintegración radiactiva[121]. Por
ejemplo, en experimentos rigurosamente controlados, Schmidt comprobó que había
dos sujetos que, mediante un esfuerzo de voluntad, podían conseguir que la
salida del generador no fuera aleatoria. La probabilidad de que el resultado
obedeciera a la pura casualidad era inferior a una entre diez millones. Un
cuarto ejemplo es da investigación realizada por el Dr. H. Puthoff y R. Targ
sobre visión remota[122]. En sus
experimentos, varios sujetos eran capaces de adquirir cantidades
estadísticamente significativas de información acerca de objetivos
aleatoriamente elegidos y bloqueados para la percepción ordinaria por razones
de distancia o apantallamiento.
Si Wheeler tiene alguna crítica concreta que hacer a los experimentos
anteriores, nos gustaría oírla. Más aún, desafiamos a cualquier mago a que
reproduzca estos resultados bajo las condiciones de control dadas.
2. Wheeler habla de «ideas locas propuestas con objeto de establecer un vínculo
entre la mecánica cuántica y la parapsicología —como si existiera algo como la
“parapsicología”». Pensamos que experimentos anteriores poseen la calidad
suficiente como para justificar el supuesto de la existencia de la parapsicología.
Sin embargo, al aceptar la existencia de fenómenos paranormales, parecemos
carecer de un modo de situar estos fenómenos dentro de nuestra imagen presente
del universo físico. De hecho, esta carencia probablemente sea una de las
razones principales de los ataques irracionales de que es objeto la
parapsicología. Por lo tanto, pensamos que resulta imperativo tratar de ampliar
el marco de la física moderna —en particular, de la mecánica cuántica— con el
fin de incluir estos nuevos fenómenos de un modo racional y coherente.
Consideramos que esto requiere una nueva aproximación a la física en la que la
conciencia desempeñe un papel importante, y estamos intentando encontrar esa
aproximación[123]. Las
teorías sobre las que estamos trabajando son completamente racionales, y
conducen a resultados que pueden ser contrastados en el laboratorio, aunque
hasta ahora tan sólo se han realizado algunos intentos preliminares en este
sentido.
3. Wheeler expone su creencia de que «no es la conciencia, sino la distinción
entre el aparato de investigación y lo investigado el elemento crucial para el
acto cuántico elemental de observación». Es decir, en contraposición a
nosotros, la conciencia no forma parte del modelo de Wheeler. De hecho afirma:
«Me habría sentido muy incómodo si Bohr hubiera empleado el término
“conciencia” para definir el acto elemental de observación. No habría sabido lo
que quería decir[124]. Por lo
tanto, consideramos bastante lamentable que, como Gardner señala, «las ideas de
Wheeler sobre mecánica cuántica hayan sido ampliamente citadas por algunos
parapsicólogos a título de respaldo propio». Esto sirve solamente para
confundir la cuestión y simpatizamos plenamente con la irritación de Wheeler en
este punto. Tal como nosotros la vemos, la cuestión es la siguiente: Suponiendo
que los fenómenos de la parapsicología sean reales, ¿qué modelo —el de Wheeler,
el nuestro, o algún otro modelo— ofrece la mejor descripción de estos
fenómenos? Pensamos que esta pregunta únicamente puede contestarse mediante
experimentos ulteriores, y no intentando legislar la exclusión de la
parapsicología de los campos de investigación respetables, apartándola de la
AAAS.
4. Wheeler afirma que «la tabla de síntomas de la ciencia patológica» de
Langmuir resulta adecuada para la parapsicología. No pensamos lo mismo. Por
ejemplo, un «síntoma» es que «el efecto posee una magnitud que se aproxima al
límite de detectabilidad». Como señalábamos antes en 1, Girard producía un
cambio fácilmente detectable en la dureza de una barra metálica. Las señales de
doblamiento de Hasted también se situaban por encima del nivel de ruido. Otro
síntoma es «teorías fantásticas que contradicen la experiencia». ¿Habrá que
recordar a Wheeler que muchas teorías nuevas parecían «fantásticas» cuando
fueron propuestas por primera vez —por ejemplo, la relatividad y la teoría
cuántica? El criterio de aceptación o rechazo de una teoría no es su apariencia
de «sentido común» o «fantasía», sino más bien su forma de describir los datos
observados y darles coherencia y significado.
Sería una buena idea que Wheeler echara un vistazo a la página 38 de su propio
libro Gravitation[125]. En dicha
página aparece una cita del gran físico Galileo Galilei, ridiculizando la
creencia de Kepler de que la luna es el origen de las mareas:
Todo lo que han dicho antes e imaginado otras personas (sobre las mareas), en
mi opinión no tiene ninguna validez. Pero entre los grandes hombres que han
filosofado sobre este maravilloso efecto de la naturaleza el que más sorpresa
me ha producido ha sido Kepler. Fue una persona que destacó entre las demás por
la independencia de su genio, su agudeza, y tuvo en sus manos el movimiento de
la tierra. Posteriormente aguzó el oído y empezó a interesarse por la acción de
la luna sobre el agua, así como por otros fenómenos ocultos, y niñerías
similares.
Galileo GALILEI (1632)
Wheeler está corriendo un riesgo bastante semejante al ridiculizar a la
parapsicología.
5. Wheeler escribe que la parapsicología «chupa» entre uno y veinte millones de
dólares al año de los contribuyentes americanos. Nos gustaría señalar que esta
suma es insignificante comparada con la cantidad de dinero que se destina a
otras áreas de la ciencia. Calculando que haya unos 50.000 científicos
trabajando en todos los demás campos de la ciencia, con un coste medio de
100.000 dólares anuales por científico, se obtiene una cantidad de 5.000
millones de dólares. Así pues, es menos de la mitad del 1 por 100 del dinero
dedicado a la investigación lo que va a parar a la parapsicología en los
Estados Unidos.
En conclusión, consideramos que la afirmación de Wheeler de que la
parapsicología es una «pseudociencia» o una ciencia «patológica» no tiene
fundamento. A menos que consiga demostrar que los experimentos que hemos
descrito en el punto 1 de esta réplica fueron realizados de manera
incompetente, pensamos que su argumentación carece de base. Considerando su ataque
inmoderado a una ciencia en fase embrionaria, creemos que Wheeler corre el
grave peligro de repetir el error del gran químico francés Lavoisier, quien
declaró, tras examinar un meteorito que otros habían visto caer sobre un prado
el 13 de septiembre de 1768: «Debemos concluir por lo tanto que la piedra no ha
caído del cielo. La opinión que nos parece más probable y acorde con los
principios aceptados en física es que esta piedra ha sido desprendida por un
rayo.»
Finalmente, Wheeler concluye con un «ha llegado el momento de que todo aquel
que crea en la regla de la razón le cante las cuarenta a la ciencia patológica
y sus proveedores». Por el contrario, nosotros pensamos que todos aquellos que
crean en la «regla de la razón» deberán examinar la investigación de fenómenos
paranormales con mentalidad abierta, y ponerse a pensar en la manera de ampliar
los límites de nuestras teorías presentes con el fin de poder incluir estos
fenómenos.
Olivier COSTA DE BEAUREGARD
Instituí Henri Poincaré
Universidad de París, París, Francia
Richard D. MATTUCK
Laboratorio de Física I
Universidad de Copenhague
Copenhague, Dinamarca
Brian D. JOSEPHSON
Laboratorio Cavendish
Universidad de Cambridge
Cambridge, Inglaterra
Evan HARRIS WALKER
Departamento de Mecánica y Ciencias de Materiales
Universidad Johns Hopkins
Baltimore, Maryland, y
Laboratorio de Investigación Balística,
Aberdeen, Maryland
A
esta carta yo respondí:
Se
puede profesar el máximo respeto hacia los firmantes de la carta anterior —uno
de ellos, Brian Josephson, es premio nobel— y al mismo tiempo reconocer que el
conocimiento de la física no cualifica más a un científico para evaluar
pretensiones psíquicas de lo que lo haría el conocimiento del ajedrez o del
latín medieval.
La comparación entre la parapsicología y la relatividad general resulta
singularmente inadecuada. La relatividad especial fue confirmada en un
principio por cientos de pruebas. La relatividad general, que ampliaba la
teoría hasta el movimiento acelerado, presentaba una enorme elegancia y un gran
poder de unificación (sólo la equivalencia de la gravedad y la inercia la hizo
persuasiva); así pues, pronto fue también confirmada por todas las pruebas
capaces de refutarla. Más aún, fue confirmada hasta por los escépticos. En
contraste, tras un siglo de investigación, la parapsicología únicamente
presenta vagas sugerencias de teorías, y todavía no ha producido un solo
experimento que pueda ser fiablemente reproducido por los incrédulos.
Los firmantes de esta carta citan cuatro investigaciones que consideran
notables. Se trata de una lista curiosa. Primero aparece el estudio de
Jean-Pierre Girard realizado por Charles Crussard, un metalúrgico francés. Lo
mismo que Uri Geller, Girard comenzó su carrera como prestidigitador. El
artículo de Marcel Blanc «Fading Spoon Bender» (New Scientist, 16 de febrero de
1978) reproduce una foto de Girard sacada del Magician’s Annual 1975/76 en la
que aparece realizando el actual-truco-estándar-de-la-llave-doblada. En las
notas autobiográficas adjuntas, Girard dice que su especialidad es «diseñar
trucos basados en ilusiones ópticas». Gerard Majax, mago francés, revela en su
reciente libro sobre el engaño en la parapsicología que Girard le contó una vez
que estaba tramando una broma gigantesca para demostrar lo fácilmente que se
puede engañar a los más destacados científicos.
El mago americano James Randi no tuvo ninguna dificultad para detectar los
sencillos métodos de Girard cuando vio las películas de Crussard, y en 1977, en
una serie de pruebas basadas en controles propuestos por Randi, Girard no
consiguió doblar una sola pieza metálica. (Véase el artículo de Blanc y el
libro de Randi Flim-Flam!). Crusard sigue convencido del poder de Girard. Y ha
afirmado que Randi también lo tiene, ¡empleándolo en secreto para inhibir a
Girard durante las pruebas de 1977! Al igual que Geller, Girard realiza una
diversidad de proezas mágicas estándares, tales como conducir un coche «con los
ojos vendados a cal y canto». Que estos cuatro distinguidos físicos lleguen a
considerarle un «médium francés», resulta casi increíble.
Merece la pena destacar que si su carta se hubiera escrito hace unos años,
Geller habría sido proclamado demostrador estelar del «efecto Geller»
(doblamiento psíquico de metales). En Quantum Physics and Parapsychology
(Parapsychological Foundation, 1975), actas de una conferencia celebrada en
Suiza en 1974, nunca aparece mencionado el nombre de Geller sin respeto. En la
página 274 Walker, uno de los firmantes de la carta, alaba la capacidad de PC
de Uri, y en la página 279 cuenta que en una ocasión vio a Geller no conseguir
producir efectos de PC porque las «poderosas voluntades» de los incrédulos que
había entre el auditorio estaban «dirigidas en el sentido opuesto».
Los cuatro firmantes han aportado artículos (dos de ellos aparecen citados en
sus notas 4 y 7 [220 y 223 del epub]) a The Iceland Papen, una antología
editada por Andrija Puharich. ¿Este es el Puharich cuyo libro notorio, Uri,
afirma que Uri obtiene sus poderes de una estación espacial extraterrestre, y
que cree que Uri en una ocasión se teletransportó desde Manhattan al porche
trasero de su casa (de Puharich) en Ossining? ¿Por qué se evita tan descaradamente
nombrar en esta carta a Geller, que fue el pionero del truco de doblar metales?
¿Tal vez porque Geller ya está desacreditado mientras que Girard todavía es
casi desconocido fuera de Francia?
En segundo lugar, se nos habla de los niños ingleses que doblaban cucharas, tal
como informa John Hasted en el libro de Puharich. Sugiero a los lectores
interesados que examinen este divertido artículo y juzguen por sí mismos si
Hasted es un investigador psíquico competente. El físico John Taylor, colega
londinense de Hasted, quedó tan embaucado por Uri y los jovencitos que doblaban
cucharas que escribió un libro entero sobre el tema: Superminds. Como resultado
de haber aprendido algunos trucos de magia elementales, y de haber realizado
algunas pruebas mejor controladas, Taylor actualmente está convencido de que el
efecto Geller no existe, así como de que no hay evidencia alguna de su PES y
PC. Véase su libro recién publicado por Dutton Science and the Supernatural, en
el que detalla su desencanto. Echa por tierra la labor de Hasted señalando que
éste olvidó tener en cuenta la amplificación por sus sensibles indicadores de
tensión de ligeras cargas estáticas producidas por movimientos del cuerpo.
A continuación nos encontramos con el test de Helmut Schmidt de psíquicos que
parecen influir sobre sus generadores numéricos aleatorios. Este trabajo es
considerado «rígidamente controlado» tan sólo por él mismo y los que de verdad
creen en él. Schmidt rara vez trabaja con otro investigador; los escépticos no
han tenido nunca acceso a sus hojas de datos, ni tampoco han sido capaces de
reproducir sus experimentos. Tampoco han conseguido reproducirlos ciertos
parapsicólogos simpatizantes. Para demostración de la debilidad de los diseños
experimentales de Schmidt véase ESP and Parapsychology: A Scientific
Reevaluation (La PES y la parapsicología: Una re-evaluación científica) de
C.E.M. Hanseí, recientemente publicado por Prometheus Books, pp. 220-233.
Schmidt es muy conocido en los círculos psíquicos por su investigación de los
poderes de PC de gatos y cucarachas. Además, antaño fue gellerita. En su
aportación a la antología de Edgar Mitchell Psychic Explorations, habla de Uri
como una fuente de PC «particularmente fuerte», cuya capacidad para doblar
«“mentalmente” pesados objetos metálicos, tan sólo tocándolos ligeramente o
incluso sin tocarlos» ha sido observada por «investigadores críticos».
Por último tenemos los experimentos de visión remota (clarividencia) de Harold
Puthoff y Russell Targ. No aparece ninguna alusión a la literatura cada vez más
abundante sobre el carácter descuidado de este trabajo, especialmente tal como
lo detallan los psicólogos Dick Kammann y David Marks en The Psychology of the
Psychic (La psicología de lo psíquico). El último fracaso de reproducción fue un
experimento extremadamente riguroso, que seguía todos los protocolos
originales, a cargo de cuatro investigadores del Metropolitan State College, de
Denver. Informaron de sus resultados negativos en la convención anual de la
Asociación Americana para el Progreso de la Ciencia celebrada en San Francisco
en enero de 1980.
Los recuerdos de la ridiculización de Kepler por Galileo, y de otros
científicos incapaces de creer que caían piedras del cielo, eran clichés ya
gastados en 1952, cuando yo los mencioné en mi libro Fads and Fallacies.
Únicamente demuestran lo que todo el mundo sabe: que los grandes científicos
pueden equivocarse. Pero dada la fuerte evidencia acumulada a favor de la
teoría lunar de las mareas, de las órbitas planetarias elípticas (que Galileo
también se negó a aceptar) y de la caída de meteoritos, nadie sugirió que la
creencia en ellas fuera necesaria para confirmarlas. Este Punto 22 es muy
peculiar de la parapsicología, dificultando en principio a los escépticos el
refutar cualquier afirmación.
En lugar de considerarse en posesión de grandes intuiciones como las de Kepler,
los autores de esta carta deberían ponderar su estrecho parecido con aquellos
eminentes físicos que no hace mucho tiempo estaban convencidos de que los
médiums podían fotografiar los rostros de espíritus de ultratumba y exudar
ectoplasma luminoso de sus narices. Si las cuatro investigaciones enumeradas en
su carta constituyen la mejor evidencia que pueden aportar a favor de la
realidad de la psique, su carta representa un triste refuerzo de lo que John
Wheeler hubo de decir.
Martin GARDNER
Las
observaciones que formulé aquí sobre Charles Crussard provocaron la siguiente
carta de Crussard y su socio. Apareció en NYR, el 18 de diciembre
de 1980.
Tras
ser desafiados por Mr. Martin Gardner en un artículo que apareció recientemente
en su revista, bajo el título de «Parapsychology: An Exchange», nos gustaría
utilizar nuestro derecho de réplica para completar la información de sus
lectores sobre nuestros experimentos, ya que las observaciones formuladas por
Mr. Gardner resultan asombrosamente incompletas y únicamente presentan visiones
parciales de aspectos incidentales del problema.
Los experimentos realizados con J. P. Girard constituyen la materia de un
informe científico aceptado por el comité de lectura de una revista
especializada[126], que
termina con una declaración de un académico y ex presidente de la Academia de
Ciencias en la que dice, concretamente, «en ausencia de prueba alguna en
contra, no resulta posible proporcionar una explicación racional de todos estos
experimentos, la mayoría de los cuales fueron registrados en vídeo con una
considerable profusión de controles… Habiendo tenido oportunidad de seguir
estos experimentos bastante de cerca, tengo a bien añadir estas pocas líneas
simplemente para responder del rigor científico con que fueron llevados a cabo
por los autores».
Diversos factores excluyen cualquier posibilidad de fraude:
— Algunas veces el experimento fue filmado de principio a fin con una cámara de
vídeo: así sucedió en una ocasión en que J. P. Girard dobló un objeto que se
hallaba dentro de un tubo cerrado: la persona que realizaba el experimento fue
quien recuperó el tubo cerrado de manos de J. P. Girard al término de la
prueba, destapó el tubo sacando él mismo el objeto de su interior, y advirtió
que había sido doblado.
— Algunas veces la barra metálica de la prueba era de tales dimensiones que ni
siquiera un hombre muy fuerte (de 140 kg de peso) podía doblarla con las dos
manos. Sin embargo J. P. Girard dobló fuertes barras de aleación ligera de 17
mm de diámetro en cuatro ocasiones.
— En otros casos, la propia naturaleza del fenómeno excluye el fraude. Esto es
aplicable a varios especímenes de prueba en los que J. P. Girard produjo
transformaciones estructurales sin deformación, transformación martensítica o
endurecimiento, introduciendo numerosos puntos de dislocación en el metal.
Llevaría demasiado tiempo describir aquí los experimentos y pruebas de control
llevados a cabo, pero es importante destacar que fueron estas pruebas y estos
controles lo que más convenció a los metalúrgicos.
Más aún, se adoptaron precauciones con el fin de asegurar que no había
posibilidad de la sustitución que los ilusionistas pretenden ver en todas
partes, y aquéllas aparecen descritas en un pasaje de nuestro informe como
sigue: «Se habían practicado marcas en el cuerpo de la barra, y se habían
observado las posiciones de pequeños defectos característicos. La barra se
había transportado a la estación experimental en un coche diferente del que
había traído J. P. Girard… [Después del experimento] se empezó por verificar en
el laboratorio que todas las marcas, raspaduras y defectos inicialmente
presentes en la barra también se hallaban en la barra devuelta tras el
experimento, de manera que puede afirmarse inequívocamente que no se había producido
sustitución alguna.»
Los ocho experimentos descritos en este informe fueron seleccionados de entre
unas veinte pruebas altamente significativas, a su vez seleccionadas a partir
de unas 150 pruebas realizadas con J. P. Girard. Como es natural, entre todas
estas pruebas, algunas fallaron, fueron menos seguras, o sospechosas. En contra
de lo que algunas personas parecen pensar, nosotros sabíamos desde el principio
todo lo relativo al talento de J. P. Girard como ilusionista y, con toda
honradez, él nos había puesto al corriente previamente. Consultamos a otros
ilusionistas antes y después de nuestras pruebas y nos enteramos de los trucos
que ellos emplean para imitar la psicocinesis.
Nuestras demostraciones realizadas con J. P. Girard a menudo fueron seguidas
por más de siete ilusionistas conocidos, que contemplaban las deformaciones del
metal, pero eran incapaces de hallar signo alguno de fraude, y así lo han
testificado.
El hecho más importante es que durante los dos años y pico que hace que
apareció nuestro artículo, nadie ha sugerido ningún truco ni explicación normal
alguna para nuestro fenómeno —¡ni siquiera Mr. Gardner!
C. CRUSSARD y J. BOUVAIST
A lo
anterior respondí como sigue:
Como
nadie a quien yo considere experto conocedor de los métodos que emplean los
charlatanes psíquicos se hallaba presente durante las pruebas descritas por
Charles Crussard, tan sólo puedo efectuar comentarios generales.
Cuando informé de que Jean-Pierre Girard, superpsíquico de Crussard, era un
ex-mago, lo hice únicamente porque la carta que yo en aquel momento estaba
comentando (firmada por cuatro parafísicos) mencionaba a Girard sólo como
«médium francés». Cuando un mago se convierte en «psíquico» no solamente es
importante dar a conocer al público sus dotes de prestidigitación, es más
importante no realizar pruebas con él que no estén cuidadosamente diseñadas por
un mago bien informado, y con ese mago allí como observador. Siempre que se ha
seguido este procedimiento, Girard no ha conseguido producir resultados. Varias
de estas pruebas controladas son mencionadas por Marcel Blanc en su artículo
sobre Girard «Fading Spoon Bender», en New Scientist, 16 de febrero de 1978.
Crussard está firmemente convencido de que tanto Girard como su colega Uri
Geller poseen genuinos poderes psíquicos, pero como ambos son ex magos, algunas
veces hacen trampas para no defraudar a su auditorio. En un ofensivo
pseudo-documental de la NBC, «Exploring the Unknown» (Explorando lo
desconocido) (en el que figura como narrador ese eminente científico que es
Burt Lancaster), Girard aparece doblando una barra de aluminio lentamente.
Resulta evidente para cualquier mago que el tubo estaba sujeto al principio de
manera que no pudiera verse que ya estaba doblado, y luego mientras una mano
acariciaba el aire por encima de él, la otra mano hacía girar el tubo
lentamente en ángulo recto hasta dejar el doblez a la vista. La posición de
Crussard en materia de engaño psíquico se reduce a esto: cuando un psíquico es
sorprendido haciendo uso de fraude, entonces es cuando utiliza éste; cuando no
es sorprendido, entonces es cuando emplea poderes psíquicos genuinos.
Crussard habla de siete magos que «contemplaron las deformaciones… pero fueron
incapaces de encontrar signo alguno de fraude». Nótese lo cuidadosamente que
está redactada esta frase. No nos dice quiénes eran los magos, si colaboraron o
no en el diseño de las pruebas, ni siquiera si se encontraban allí durante el
acto de doblamiento. La visualización de una cinta de vídeo de un milagro no
sustituye al hecho de estar presente mientras ocurre el mismo.
Crussard tipifica una pequeña y triste clase de científicos, expertos en sus
respectivos campos, apasionados creyentes en las fuerzas psíquicas,
supremamente ignorantes de los métodos de engaño y, sin embargo, convencidos de
su habilidad para detectar fraudes. Observarán a un prestidigitador hacer
desaparecer un elefante sobre un escenario lleno de luces y admitirán sin
ningún problema no poder explicar cómo lo ha hecho. Al día siguiente observarán
a un ex mago desplazar un frasquito de píldoras vacío seis centímetros y ¡al
instante declararán que aquél no puede haber empleado técnica de
prestidigitación alguna!
Pero estoy perdiendo el tiempo. Crussard está tan convencido de la habilidad de
Girard para producir el «efecto Geller», que todos los esfuerzos por
desencantarle que estemos dispuestos a hacer resultarán inútiles. Sin embargo,
sospecho que está proliferando rápidamente entre los parapsicólogos mejor
informados, engatusados durante años por falsos dobladores de metales, el
sentimiento cada vez más fuerte de que los Geller y Girard del mundo están
haciendo más daño a su causa que cualquier cosa que pueda decir un escéptico.
Martin GARDNER
La
carta de Crussard y su ayudante iba acompañada de la siguiente carta del
parafísico John Hasted:
Escribo
esto para defenderme contra su corresponsal, el autor Martin Gardner, que pone
en cuestión mi competencia en su bastante desfasada réplica a la carta de
cuatro físicos que tuvieron la amabilidad de mencionar mis experimentos con el
indicador de tensión dinámica sin contacto en niños con poderes paranormales
para doblar metales.
Al margen de su presunta hilaridad, el único rasgo característico de estos
experimentos que se menciona de manera específica es que el matemático John
Taylor, también londinense, los echa por tierra señalando que «Hasted olvidó
tener en cuenta la amplificación por sus sensibles indicadores de tensión (sic)
de ligeras cargas estáticas producidas por movimientos del cuerpo».
Para demostrar que estas señales sin contacto del indicador de tensión eran de
origen electrostático, haría falta demostrar también que se generaban cargas
triboeléctricas y que éstas se acoplaban de modo capacitivo a la parte sensible
de la circuitería. Este segundo factor resulta crucial.
Naturalmente empezamos por tomar las precauciones de protección mediante
apantallamiento y tomas de tierra, y realizamos nuestras propias pruebas de los
artefactos tanto con electricidad corriente como con triboelectricidad. Con los
niños y yo situados a unos tres metros del metal, no podían detectarse
triboefectos normales. Cualquier físico experimental haría lo mismo, y ni
siquiera se molestaría en mencionarlo en sus artículos, ya que muchos censores
se muestran reacios a la inclusión de detalles que forman parte de la práctica
estándar.
Sin embargo, al producir subsiguientemente los niños efectos en su mayoría a
distancias más cortas, a aproximadamente treinta centímetros del metal, se
consideró necesario adoptar ciertas precauciones. Por lo tanto, incluimos un
indicador de tensión y un amplificador simulados, sensibles a los artefactos
eléctricos pero no a la tensión. Las escasas señales del indicador de tensión
sincrónicas con las señales del canal simulado siempre eran rechazadas. En
fecha posterior se incluyó un canal de modo común, más como protección contra
el contacto que contra los artefactos eléctricos.
La experiencia con el canal de modo común de hecho ha puesto de manifiesto la
ausencia de contacto con los artefactos eléctricos, pero debido al reducido
tamaño del área de los indicadores de tensión miniaturizados, aquéllos rara vez
aparecen de modo sincrónico en los canales del indicador de tensión. Además
estos artefactos no sincronizan con los movimientos del cuerpo, y aparecen
solamente en presencia de sujetos niños; ocasionalmente van acompañados de una
sensación de escozor o comezón en las manos de los sujetos, y presentan una
duración en el tiempo completamente diferente a los efectos de la emisión
(normal) de iones por parte de la piel humana, que también estamos estudiando.
Aparecen incluso en una habitación eléctricamente apantallada con suelo y
mobiliario metálico, y se podría argumentar que constituían un fenómeno
paranormal en sí mismos. Sus estructuras temporales difieren de las de la
mayoría de las señales del indicador de tensión. John Taylor no ha discutido
ninguno de estos desarrollos, ya que no ha tenido contacto alguno con mis
experimentos, y ha operado independientemente, a pesar del abandono que ha
sufrido de varias familias de niños (o quizás debido a eso), cuyos padres han
criticado sus métodos descuidados, y que se han venido conmigo.
Tanto en Inglaterra como en otros países, físicos experimentales e ingenieros
han reproducido el método de detección de indicadores de tensión sin contacto,
con diferentes niveles de éxito. Varios de ellos han estado presentes en mis
sesiones.
Gran parte de la réplica de Gardner demuestra que todavía no ha salido de la
etapa de informar, de segunda o tercera mano, de afirmaciones formuladas por
investigadores no cualificados, prestidigitadores, o divulgadores, que se
perderían totalmente en la instrumentación de micro-efectos. Pero la ciencia,
como es costumbre, ha avanzado, y sería prudente reconocerlo.
J. B. HASTED
Mi
respuesta a la carta de Hasted fue:
La
carta de Hasted pretende abrumar al profano con detalles técnicos imposibles de
comprobar sin estar allí. Recientemente envié a James Randi los diagramas del
circuito de su montaje, más algunos detalles adicionales relativos a sus
últimos protocolos. Randi tenía este material, junto con trabajos publicados de
Hasted, evaluados por el Dr. Paul Horowitz, un físico de Harvard experto en
tecnología de indicadores de tensión. La opinión de Horowitz era que Hasted no
pasaba de tener un insignificante conocimiento de la manera de utilizar estos
sensibles aparatos. Para más detalles, véase el libro de Randi Flim-Flam!
En el artículo de Hasted sobre «Paranormal Metal-Bending» de The Iceland Papers
(editado y publicado por Andrija Puharich), la ilustración más divertida es una
foto de un globo de vidrio que contiene docenas de clips paranormalmente
«amasados» en una desordenada maraña de alambres retorcidos por «Andrew G», uno
de los superniños de Hasted. ¿Por qué hay un agujero en el globo? Todo lo que
aclara Hasted es: «Hemos considerado necesario dejar un pequeño orificio en los
globos de vidrio en los que se doblan alambres».
¿Ha visto alguien realmente los clips en el acto de doblarse, o lo ha
registrado en cinta de vídeo? No, el muchacho se lleva el globo a su casa, o se
traslada a otra habitación, y vuelve ya con el amasijo hecho. Misteriosamente,
los clips nunca se amasan en globos sin agujero, ni cuando hay alguien presente
además del niño. Otros experimentadores no han tenido ninguna dificultad en
retorcer clips e introducirlos en estos globos, donde se entrelazan formando
apretados amasijos, y lo han hecho en muy pocos minutos.
El teletransporte acompaña algunas veces al doblamiento de metales. Hasted
informa de que «en condiciones de adecuado testimonio» se «observó» cómo una
docena de cristales se teletransportaban dentro y fuera de pequeñas cápsulas.
Bueno, realmente no fueron vistas entrando y saliendo. En dos extractos del
inédito «Geller Notebooks» de Hasted, en The Geller Papers, se puede leer cómo
la mitad de una fina hoja de carburo de vanadio desapareció de una cápsula en
el transcurso de unas pruebas realizadas por Hasted con el primer doblador de
metales, Uri Geller. Cuán trivial parece esto ahora a la luz de la capacidad de
Geller para teletransportar un perro a través de las paredes de la casa de
Puharich, como el propio Puharich «observó», sin mencionar el teletransporte de
Uri de sí mismo desde Manhattan hasta la casa de Puharich en Ossining.
Durante años, la infinita credulidad y los chapuceros experimentos de Hasted
han resultado casi tan vergonzosos para los parapsicólogos como para sus
colegas de Birkbeck. Hasta que sus pruebas con el indicador de tensión sean
fiablemente reproducidas por físicos competentes y escépticos, y no por un
puñado de fieles creyentes, ¿quién excepto Crussard y unos cuantos ingenuos
parafísicos más podrán tomárselas en serio?
Martin GARDNER
Existe
un modo ridículamente fácil de contrastar la hipótesis, propugnada por
nosotros, escépticos tozudos, de que los niños extraen los clips de los globos
de Hasted, los retuercen, y luego los vuelven a introducir. No hay más que
filmar el fenómeno en secreto a través de un espejo unidireccional. Hasted no
indica en ninguna parte haber hecho esto nunca. En el caso de que lo hiciera,
no ha proporcionado información alguna sobre el resultado.
Para lectores poco familiarizados con la MC y que deseen aprender más sobre sus
paradojas e implicaciones filosóficas, no conozco ningún libro no técnico mejor
y más actualizado que Other Worlds (Otros mundos) de Paul
Davies (Simon and Schuster, 1981). Sobre la paradoja EPR y el teorema de Bell,
véase el espléndido artículo de Bernard d’Espagnat «Quantum Theory and
Reality», en Scientific American (octubre de 1979), y el
trabajo más técnico «Bell’s Theorem: Experimental Tests and Implications», de
J. F. Clauser y Abner Shimony, en Reports on the Progres of Physics (vol.
41, 1978, pp. 1.881-1.927).
En mi artículo sobre «Parapsychology and Quantum Mechanics», en Science
and the Paranormal, editado por George O. Abell and Barry Singer
(Scribner’s, 1981), hallarán un comentario sobre las dos clases de psique —la
psique del parapsicólogo y la función psíquica de la MC—. Consúltese también el
capítulo 36 del presente libro.
De hecho, ocurren cosas bien extrañas y terribles al nivel microscópico del
universo. No sabemos todavía si las paradojas de la MC se resolverán algún día
de un modo que se ajuste mejor a nuestras intuiciones del espacio, del tiempo,
y de la causalidad, o si el universo, a nivel de partículas, se comporta de tal
modo, que nunca se liberará de su aspecto irracional. Todo lo cual no tiene
absolutamente nada que ver con ex magos y niños habilidosos que doblan cucharas
y retuercen clips utilizando métodos tan toscos que cualquier prestidigitador
que se precie se avergonzaría de utilizarlos.
18. Réplica fallida de Tart[127]
Un
trabajo reciente del Dr. Charles T. Tart, parapsicólogo de la Universidad de
California en Davis, proyecta cierta luz reveladora tanto sobre Tart como sobre
un sensacional experimento previo suyo que fue objeto de un fogoso debate en
1977, en dos números de The New York Review (véase capítulo
31).
El debate empezó con mi nota, «ESP/at Random» (NYR, 14 de julio), en la
que yo criticaba el libro de Tart, Learning to Use Extrasensory
Perception (Aprendiendo a usar la percepción extrasensorial)
(University of Chicago Press, 1976). En este libro Tart informaba de un éxito
en la cuenta de PES, que en gran medida superaba cualquier otro obtenido hasta
entonces en la historia de la parapsicología.
Mi nota reproducía una carta de tres de los colegas de Tart en Davis, los
matemáticos Aaron Goldman, Sherman Stein y Howard Weiner. Impresionados por los
resultados que describía el libro de Tart, habían solicitado ver los datos
originales. Al examinarlos comprobaron que el presunto artilugio de números
aleatorios no producía tales números para la secuencia «blanco». «Mientras este
experimento no se realice de nuevo —escribían en su carta—, estamos en la
posición de un químico que al término de un experimento descubre que su tubo de
ensayo estaba sucio… El experimento ha de ejecutarse con un tubo limpio.»
Mi nota también señalaba un defecto evidente del diseño experimental de Tart.
Su «Instructor de Diez Elecciones» (TCT) estaba construido de manera que
cualquier «emisor» y «receptor» que desearan hacer trampa podrían hacerlo
fácilmente, usando como señal lo que los magos conocen como código de retardo
temporal.
Para comprender la manera en que pudo haber sido empleado este código, resulta
necesario descubrir de nuevo el funcionamiento básico del TCT. El emisor se
encuentra en una habitación delante de una consola que visualiza un círculo de
naipes desde el as hasta el diez. Cerca de cada una de las cartas hay un botón
y un piloto luminoso. Cuando el artilugio de azar electrónico selecciona un
número de naipe, el emisor pulsa el botón que enciende la luz de la carta
correspondiente. Esto activa una «luz de salida» en una consola igual que hay
en otra habitación, donde se encuentra el receptor. Tan pronto como el receptor
ve la luz de salida inicia una búsqueda PES de la carta «blanco», normalmente
moviendo una mano en torno al dial. El emisor observa este barrido en un
monitor de TV situado encima de su consola. Se pretende que esta disposición le
ayuda a «estimular» telepáticamente al receptor a detenerse en el blanco. Cuando
el receptor ha efectuado una elección, pulsa el botón que corresponda a la
carta. La luz piloto de la carta blanco se enciende inmediatamente y suena un
carillón si la respuesta es correcta. Esta retroacción inmediata se supone que
mantiene el elevado interés del receptor y estimula el adiestramiento de sus
poderes psíquicos.
En mi nota de 1977, yo explicaba cómo un emisor podía transmitir el número de
cada carta variando el tiempo transcurrido entre la última elección del
receptor y la activación de la luz de salida. Sin embargo, sería una tontería
enviar números individuales porque lo que se desea no es un registro perfecto
sino únicamente un registro significativo. Esto permite una codificación tan
simple que no es necesario siquiera un reloj de pulsera, basta con un poco de
práctica en contar segundos mentalmente. Por ejemplo, una demora de menos de
diez segundos podría significar una carta par, y una demora de más de diez
segundos una carta impar. La transmisión de este único bit de información eleva
el registro esperado de 50 aciertos a 100. Si las cartas se dividen en tres
grupos, el código es casi igual de simple. Esto incrementaría la expectativa de
50 a 150 aciertos. Aumentar el registro aún más, resultaría demasiado
sospechoso.
El propio Tart reconoció la posibilidad de codificación mediante retardo
temporal en una nota de pie de página que empieza diciendo: «Tras finalizar el
Estudio de Instrucción, me he dado cuenta de que este procedimiento permite
cierta posibilidad de apunte sensorial. Si un determinado experimentador
mostrara un retardo temporal diferencial entre la lectura del resultado del
generador de números al azar y, el encendido de diversos blancos seleccionados
recientemente, el sujeto podría hacerse sensible a esto e incrementar artificialmente
su registro… Esta posibilidad debería quedar eliminada en el trabajo futuro.»
La superestrella de Tart fue una muchacha identificada únicamente como S3. Su
registro global de TCT superaba bastante al de cualquier otro sujeto: 124
aciertos cuando únicamente se esperaban 50 por azar. Su emisor-experimentador
era Gaines Thomas, un alumno de Tart. John Sladek, un comunicante de Londres,
me envió una conjetura plausible que se deriva del vívido informe de Thomas
sobre su manera de fijar los objetivos en su mente. Primero colocaba el número
sobre una hoja de registro, luego «repetía el número en silencio» para sí.
Finalmente, «situaba» la carta en su mente emplazándola justo «detrás de la
parte superior de mis orejas». El éxito, añade, «con frecuencia coincidía con
una sensación de entumecimiento en ese punto. Una vez que yo sentía haber
colocado el número, pasaba a conectar el interruptor adecuado…».
¿Es posible, pregunta Sladek, que Thomas tardase menos tiempo en fijar detrás
de sus orejas la imagen de una carta con un valor bajo? Ciertamente resulta más
fácil visualizar una de las cinco o seis cartas más bajas que visualizar un
siete, un ocho, un nueve o un diez. Si éste fuera el caso, un receptor sensible
podría aprender inconscientemente, a medida que continuara la prueba, la
correlación existente entre determinadas cartas y una demora corta o larga. Los
cinco sujetos de Thomas, cada uno de cuyos registros era mejor que los de
cualquier estudiante que trabajara con otros emisores, presentaban una expectativa
global de 250 aciertos. Un código binario elevaría esto a 500. Los aciertos
reales fueron 466. S3 sería la estudiante poseedora de la máxima habilidad para
captar, subliminalmente o como fuera, el patrón de retardo temporal de Thomas.
Una vez que Tart tomó conciencia de la codificación del retardo temporal,
examinó los registros de los cinco sujetos de Thomas sin hallar ningún patrón
consistente «con respecto a sobre qué blancos registraron mejor o peor». Pero
desde luego dicho examen no captaría un código binario, a menos que alguien
llevara un control de la demora correspondiente a cada blanco, que Tart parece
ser que no lleva. Sin embargo, señala Sladek, debería hacerse la siguiente
inspección de los datos originales: examinar los errores, para ver si esas
cartas suelen estar relacionadas con el blanco mediante una bipartición de los
diez números.
La división más probable que Thomas haría de manera inconsciente sería cartas
altas versus cartas bajas. Si un sujeto respondía a este
agrupamiento, los errores tenderían a desplazarse una corta distancia en el
sentido de las agujas del reloj o en contra del sentido de las agujas del reloj
alrededor del dial. Esto fue lo que sucedió. Tart informa de significativos
registros «desplazados» a cartas adyacentes. Para Tart éste fue el resultado de
un pobre «enfoque» de PES, pero tales desplazamientos resultan igualmente
fáciles de explicar mediante un código binario. Sladek realizó una prueba de
simulación con 500 ensayos, empleando un código binario. Tras sesenta y siete
ensayos, su sujeto había dividido correctamente los números en dos grupos. Los
resultados en lo que se refiere a aciertos, así como a desplazamiento positivo
y negativo a un número adyacente, fueron notablemente próximos a los registros
globales de los cinco sujetos de Thomas.
Thomas también nos dice que durante el barrido (de imagen) del sujeto, mientras
lo seguía por el monitor, a veces «acariciaba oralmente la imagen en la
pantalla, o maldecía los errores cercanos». El cubículo del receptor estaba
justo al otro lado de un pasillo de poco más de un metro de ancho. (Las puertas
de los dos cubículos estaban a tres metros una de otra.) Es de suponer que el
cubículo del emisor, al que Tart denomina jaula de Faraday «de sonido
atenuado», estaba lo suficientemente insonorizada como para evitar que un
sujeto de oído fino oyera las maldiciones de Thomas, aunque no dispongo del
informe de ninguna persona ajena al experimento que contrastara esto. Supongo
que depende de lo fuerte que maldijera Thomas. Desde luego, cualquier tipo de
retroalimentación sensorial procedente de Thomas explicaría los elevados
registros tanto en aciertos directos como en blancos desplazados con la misma
facilidad que la hipótesis del retardo temporal. En cualquier caso, resulta significativo
que los cinco estudiantes de Thomas registraran 466 aciertos cuando solamente
se esperaban 250, mientras que los otros cinco estudiantes que realizaron la
prueba de TCT, que tenían otros emisores, registraron 256 aciertos cuando se
esperaban 250.
Tart respondió a mi nota de NYR con una carta ( NYR,
13 de octubre de 1977) a la que yo replicaba en el mismo número. Yo preguntaba
si se habían grabado cintas de vídeo de la actuación de S3. De ser así, un
estudio de las mismas confirmaría o refutaría la teoría del retardo temporal.
De no haberse realizado esas filmaciones, esto constituiría otro defecto más
del diseño. Yo pedía que S3 fuera sometida a prueba en condiciones mejor
controladas y en otro laboratorio. Supongo que las cintas de vídeo no se grabaron
y que la muchacha no fue sometida a prueba de nuevo, aun cuando sus registros,
de estar basados en PES genuina, la convertirían en una de las psíquicas más
dotadas en la historia de la parapsicología.
Cuando Tart escribió sobre su experimento de TCT en la revista Psychic («ESP
Training», marzo-abril, 1976) empezó como sigue:
La
investigación en materia de PES ha sido objeto de fuertes críticas a lo largo
de estos años porque estos fenómenos no se podían repetir con regularidad. Como
no era posible, los escépticos gozaban diciendo que no existían.
Ahora, un gran avance de la investigación puede arrinconar en poco tiempo esa
crítica. Un estudio realizado bajo mi dirección en el Departamento de
Psicología de la Universidad de California en Davis ha supuesto un gran paso
hacia la repetibilidad de la PES, contribuyendo a que la gente conozca cómo
funciona ésta y cómo puede ser controlada.
Tart
reprodujo su «gran avance», y el informe «Effects of Immediate Feedback on ESP
Performance: A second Study», de Tart y dos colegas, John Palmer y Dana
Redington, apareció en The Journal of the American Society for
Psychical Research (vol. 73, abril 1979, páginas 151-65). El estudio
fue financiado por E.S.T. y la Fundación de Parapsicología de Nueva York.
Participaron dieciséis estudiantes. Fueron seleccionados mediante un examen de
sujetos con elevados registros entre 2.424 personas sometidas a prueba. Los
registros globales de cara al proceso de examen fueron los niveles de azar.
Como dicen los propios autores: «No hay evidencia alguna de que los perceptores
alcanzaran registros significativamente superiores al azar más de lo que sería
de esperar en el caso de que no estuviera operando la PES.»
Los sujetos con registros altos fueron utilizados para reproducir el
experimento inicial, aun cuando el examen previo no proporcionó base alguna
para suponer que fueran mejores en materia de PES que los demás. Esta
reproducción empleó tres máquinas: un instructor de cuatro elecciones
denominado Aquarius, el TCT en su forma más perfeccionada, y el ADEPT (Advanced
Decimal Extrasensory Perception Trainer: Instructor Decimal Avanzado de
Percepción Extrasensorial) que Tart describe como una máquina de diez
elecciones, similar al TCT pero con una circuitería más sofisticada.
Los resultados globales con respecto a ambas máquinas de diez elecciones no
diferían significativamente del azar. Existía cierta evidencia de mejoras en la
PES por parte de algunos sujetos que utilizaron el Aquarius, pero como
solamente terminaron esta parte del experimento tres estudiantes, esto no
aportó nada que tuviera valor estadístico.
A la vista del asombroso contraste entre los resultados aleatorios de esta
réplica y los casi milagrosos registros del experimento original, hubiera sido
de esperar que Tart finalizara su informe retirando sus primeros resultados.
Cualquier químico o físico se hubiera sentido éticamente obligado a ello,
especialmente después de habérsele señalado fallos en el experimento original.
Por el contrario, Tart manifestaba su opinión de que el segundo experimento
fracasó fundamentalmente porque «el proceso de examen previo seleccionó
perceptores demasiado poco dotados».
He aquí las tres razones que en opinión de Tart justifican el fracaso:
Con
respecto a interpretaciones psicológicas, varias personas que han mantenido un
estrecho contacto con los estudiantes de la Universidad de California, en
Davis, durante los últimos tres o cuatro años, nos han hablado de un cambio
drástico en las actitudes de dichos estudiantes en el transcurso de ese
período. Durante el último o los dos últimos años, estos estudiantes se han
vuelto más serios, competitivos y ambiciosos de lo que eran en la época del
primer experimento. Tales actitudes «perfeccionistas» son menos compatibles con
un interés y una motivación fuertes por explorar o desarrollar un talento
«inútil» como es la PES. De hecho, advertimos que algunos de nuestros
perceptores en el presente experimento no parecían «meterse» realmente en el
mismo y estaban desando «pasarlo».
La situación también era diferente para los alumnos experimentadores en ambos
experimentos. Los experimentadores del primer experimento podían sentir de un
modo legítimo que estaban emprendiendo una nueva aventura. A pesar de nuestros
esfuerzos por crear ese mismo entusiasmo en el segundo grupo de
experimentadores, no se podía negar el hecho de que les estábamos pidiendo que
se limitaran a repetir un experimento diseñado y ejecutado por otros antes de
que ellos hubieran entrado en escena. Resulta comprensible que no se sintieran
implicados en el experimento con la misma intensidad que el primer grupo de
experimentadores, y este factor podría haber sido responsable de la
relativamente pobre ejecución de sus perceptores. De hecho, varios de los
experimentadores más seriamente implicados posteriormente le dijeron a C. T. T.
(Charles T. Tart) que se hallaban bastante molestos por la actitud de algunos
otros experimentadores que «únicamente deseaban terminar».
Por último, constantemente nos vimos acosados por averías de la máquina… y esto
constituyó una fuente de continuos fastidios e inconvenientes que a todos
afectaban.
Permítanme
que resuma. Tart describió en un libro, escrito con infinita confianza,
resultados tan extraordinarios que superaban bastante a los obtenidos en
pruebas similares a cargo de cualquier otro investigador. Su máquina TCT
resultó tener un mecanismo de azar defectuoso, y un diseño que permitía la
codificación del retardo temporal. Una réplica del experimento, una vez
eliminados ambos defectos, no mostró diferencias significativas con el propio
azar. Tart atribuye esto fundamentalmente a su incapacidad para encontrar
estudiantes suficientemente psíquicos. En lo que respecta al experimento
original: «Dado que el nivel de los registros en el primer experimento fue tan
elevado, resultaría absurdo argumentar que los resultados del segundo
experimento significan que los resultados del primero fueron una mera carambola
estadística.» En ninguna parte menciona siquiera la posibilidad de que el
primer experimento no fuera válido debido a algún defecto del mecanismo de
azar, a fraude, a retardo temporal inconsciente, o a alguna pista sensorial.
Esta última afirmación de Tart me deja tan anonadado que únicamente puedo
responder con una parábola. Un parapsicólogo descubre a un psíquico que puede
hacer levitar una mesa doce metros. Investiga esto en condiciones pobremente
controladas, pero está tan convencido de que el fenómeno es genuino que escribe
un libro sobre ello. El libro es publicado por una crédula editorial
universitaria. Cuando los magos escépticos —¡esos terribles metomentodo!—
explican pacientemente cómo esa levitación pudo haber estado acompañada de
algún truco, el parapsicólogo accede a volver a someter a prueba al psíquico,
esta vez con controles adecuados. La mesa no se levanta en absoluto. El
parapsicólogo escribe entonces un informe formal que concluye: «En vista de la
altura a la que se elevaba la mesa durante el primer experimento, resultaría
absurdo pretender que el fracaso del segundo experimento proyecta alguna duda
sobre mis observaciones previas.»
Durante el año académico 1978-79, Tart abandonó Davis para trabajar con Harold
Puthoff y Russell Targ, en el Stanford Research Institute, en experimentos de
visión remota (clarividencia) presumiblemente financiados por el ejército. El
S.R.I. es una organización de investigación privada no afiliada a la
Universidad de Stanford. Su política no incluye revelar los patrocinadores de
sus proyectos de investigación. Los experimentos de parapsicología, que todavía
tiene que establecerse a sí misma como ciencia, deberían estar sometidos al
escrutinio de la comunidad científica. Cuando una investigación abierta en
materia de parapsicología es llevada a cabo de un modo que no es trigo limpio,
tenemos derecho a preocuparnos por la calidad de la investigación clandestina
en materia de PES. Por lo que conocemos de su trabajo anterior, la subvención
que respalde la nueva labor realizada por Targ y Puthoff probablemente será un
total desperdicio. Desgraciadamente, el dinero procede de contribuyentes como
ustedes y yo.
Anexo
La respuesta de Tart a mi crítica de su réplica fallida apareció en NYR (19
de febrero de 1981):
Veo
que Martin Gardner está utilizando de nuevo su popular revista literaria como
vehículo para atacar mi investigación científica de la que hablaba en mi
Learning to Use Extrasensory Perception (University Of Chicago Press, 1976)
[NYR, 15 de mayo]). Como científico en activo, estoy obligado a informar y
ocuparme de todos los hechos que se produzcan en mis estudios, coincidan con
mis apreciadas creencias o no. Los datos son lo primero. Gardner, por el
contrario, parece saber lo que es verdad y lo que es mentira de un modo
absoluto, por lo que cuando unos hechos inconvenientes discurren en contra de
sus creencias los suprime o los racionaliza a distancia. Él sabe que la PES es
imposible, por lo que cuando se le presenta evidencia de la misma, imagina que
los experimentadores son bobos, cometen fraude, o ambas cosas. Mr. Gardner no
necesita evidencia fáctica de esto, sus sospechas son suficientes. La mayoría
de la gente consideraría su casual y gratuita acusación de fraude contra uno de
mis más brillantes experimentadores, Gaines Thomas (en la actualidad psicólogo
profesional), como un libelo malicioso, pero supongo que Mr. Gardner cree estar
protegiéndonos a nosotros, personas crédulas, de nosotros mismos.
Gardner pone de relieve cómo sus absolutas convicciones le permiten tomarse la
libertad de protegernos de nosotros mismos presentando su teoría aparentemente
ingeniosa de un código deliberado de secuencia temporal empleado por un
experimentador fraudulento, responsable del elevado nivel de PES demostrado en
mi estudio. Cita una publicación mía y de mis colegas en el Journal of the
American Society for Psychical Research (1979, 73, 151-165), indicando su
familiaridad con ese Journal, pero no menciona varias comunicaciones anteriores
mías publicadas en ese mismo Journal (véase 1977, 71, 81-102; 1978, 72, 81-87;
1979, 73, 44-60) informando de efectos precognitivos de la PES en el
experimento que él ataca, que no podrían ser explicados de ningún modo por su
modelo de código temporal. De nuevo subrayo la obligación que tienen los
científicos genuinos (y los críticos genuinos) de ocuparse de todos los hechos
relativos a un caso, no solamente de los que consideran convenientes. Gardner
ha presentado una teoría claramente inadecuada a un auditorio literario como si
fuera válida. Invito al lector interesado a examinar las comunicaciones
anteriores con el fin de que averigüe los hechos por sí mismo. Hay otros
falseamientos en el artículo de Gardner que no deseo perder nuestro tiempo
corrigiendo aquí: desgraciadamente, son típicos de los escritos de Gardner
sobre parapsicología.
Cuando un verdadero científico tiene algo que criticar de la obra de otro, el
procedimiento estándar consiste en remitir esas críticas a la revista técnica
adecuada. Estas críticas son examinadas por otros científicos de cara a su
competencia básica y relevancia, y luego publicadas. Dudo que el artículo de
Mr. Gardner hubiera superado este proceso de arbitraje en una revista
científica legítima. El lector precavido podría empezar a preguntarse, entonces,
por qué Mr. Gardner presenta una imagen tan deformada y selectivamente
incompleta de una investigación científica seria a un auditorio general
representado por los lectores de esta Review.
Las implicaciones de la PES de cara al conocimiento de la naturaleza humana son
enormes, y exigen una extensa investigación científica de alta calidad. Un
reciente estudio mío mostraba apenas una docena de científicos trabajando a
jornada completa, con un inadecuado presupuesto de tan sólo medio millón de
dólares al año para todo Estados Unidos. Esta materia es demasiado importante y
está demasiado subinvestigada como para perder más tiempo con pseudocríticos
como Mr. Gardner que encubiertamente trata de manipular la opinión pública en
lugar de aportar algo al progreso científico.
Charles T. TART
A
esta carta de Tart siguió mi réplica:
Lo
divertido de la carta de Tart es que dedica su mayor parte a calificar mi
artículo de engañoso, malicioso y falseado, pero en ninguna parte responde a su
punto central; a saber, que su primer experimento presentaba importantes
defectos; corrigió algunos de ellos, repitió la prueba, obtuvo resultados
negativos, pero ha rehusado retractarse de sus sensacionalistas pretensiones
originales.
La precognición es la percepción paranormal de acontecimientos futuros. La
carencia psíquica está produciendo un registro tan bajo en la prueba de PES que
ello indica inhibición paranormal. Cuando Tart repasó los datos de su
defectuosa prueba inicial de clarividencia comprobó que sujetos que habían
actuado extremadamente bien en lo que a «acertar» cartas seleccionadas se
refiere, alcanzaban registros significativamente bajos en la siguiente carta
por seleccionar.
Existe una explicación sencilla. Uno de los grandes defectos del primer
experimento de Tart era que su máquina no anotaba automáticamente los números
seleccionados por su mecanismo de azar. Cuando los matemáticos hallaron una
extraña ausencia de dobletes (es decir, 2, 2, 7, 7) en sus secuencias de
objetivos, Tart explicó esto diciendo que cuando sus ayudantes pulsaban el
botón para obtener un nuevo número, y advertían que el número visualizado no
cambiaba, a veces pensaban que no habían pulsado lo suficientemente fuerte,
¡por lo que pulsaban de nuevo antes de anotar a mano el número! Está claro que
esta libertad de pulsación permite a un emisor volver a pulsar cuando el número
visualizado coincide con la última conjetura del sujeto. El propio Tart nos
dice que los sujetos casi nunca conjeturaban el mismo número dos veces en la
misma fila. Sabiendo esto, los emisores debían presentar un fuerte estímulo
inconsciente de alterar un número aleatorio cuando coincidía con la última
conjetura. Si lo hacían siempre producirían cero coincidencias de conjeturas
con +1 objetivos. Si lo hacían de vez en cuando, reducirían significativamente
los aciertos precognitivos en +1 cartas así como aumentarían los aciertos en
objetivos «de tiempo real». Tart tiene la desfachatez de pretender que, como
descubrió alguna carencia psíquica precognitiva en ambos experimentos, esto
transforma el obvio fracaso de su réplica ¡en un éxito insultante! Mi mente se
inclina ante su capacidad de autoengaño.
Hay dos afirmaciones falsas en la carta de Tart. En primer lugar, me acusa de
saber que la PES es imposible. Yo no sé tal cosa. Creo firmemente que es
posible. Simplemente no creo que haya quedado demostrada mediante evidencia en
proporción con la naturaleza extraordinaria de sus pretensiones.
En segundo lugar, Tart dice que yo he acusado a su antiguo ayudante, Gaines
Thomas, de fraude deliberado. Yo no he dicho nada de eso. He demostrado que el
primer experimento de Tart descuidó la protección frente a sencillos códigos de
retardo temporal, y que en forma binaria tales códigos pudieron operar sin que
emisor ni sujeto tuvieran conciencia de su uso. Si hubo confabulación entre
emisor y sujeto, que lo dudo, la libertad de pulsar el botón del mecanismo de
azar también proporciona interminables métodos sencillos de alterar un
registro.
Cuando un científico prestigioso corrige defectos en un experimento que ha
producido resultados fantásticos, y luego no consigue obtener esos mismos
resultados al repetir la prueba con esos defectos corregidos, retira sus
afirmaciones iniciales. No las defiende argumentando de manera irrelevante que
esa réplica fallida ha tenido éxito en otro sentido, ni lanzando ataques
destemplados contra cualquiera que se atreva a criticar su competencia.
Martin GARDNER
Segunda
parte
19. PES: Una evaluación científica[128]
Desde
el primer momento en que Joseph Banks Rhine, botánico convertido en
parapsicólogo, emprendió su estudio sistemático de los psifenómenos (término
que utiliza para referirse a los fenómenos «psíquicos») ha disfrutado de una
prensa tan desacostumbradamente favorable a nivel popular como desfavorable en
el terreno académico. Durante décadas enteras han aparecido largos artículos
laudatorios en torno a él en revistas de circulación masiva (por ej., «A Case
for ESP» de Aldous Huxley, Life, 11 de enero de 1954). Arthur
Koestler ha comparado los descubrimientos de Rhine con la revolución
copernicana. Los científicos escépticos de hoy, dice Koestler en The
Sleepwalkers (Los sonámbulos), se asemejan a aquellos filósofos
italianos que se negaban a mirar las lunas de Júpiter a través del telescopio
de Galileo, porque sabían de antemano que tales lunas no existían. Yo diría que
muchas personas, por lo demás sofisticadas, dan por sentado que la PES y otros
poderes psíquicos han sido puestos de manifiesto de forma concluyente por
investigadores de este campo, y que tan sólo unos cuantos profesores obstinados
se niegan a mirar hacia las altas montañas de la evidencia científica a través
del telescopio de Rhine.
Por espacio de treinta años los psicólogos profesionales, haciendo uso de
sofisticadas técnicas modernas, han intentado reproducir los experimentos de
los parapsicólogos y aún no se muestran convencidos. Desgraciadamente, sus
resultados habitualmente negativos son demasiado aburridos como para interesar
a Time o a Newsweek/; para tener conocimiento de
los mismos hay que suscribirse a las revistas académicas. El año pasado, por
ejemplo, la revista Journal of Psychology (vol. 60, páginas
313-18) informaba de una serie de pruebas de PES minuciosamente diseñada por
Richard C. Sprinthall y Barry S. Lubetkin. Cincuenta sujetos fueron repartidos
en dos grupos iguales y a cada grupo se le aplicó una prueba estándar de PES.
Uno de los grupos realizaba la prueba sin «motivación»; al otro se le dijo que
todo aquel que acertara veinte de veinticinco naipes en una prueba de PES
recibiría inmediatamente cien dólares. Nadie consiguió dinero alguno. No hubo
diferencia significativa alguna en los resultados obtenidos en los dos grupos,
ni se demostró evidencia alguna de PES.
Esta prueba había sido propiciada por repetidas afirmaciones de Rhine de que la
recompensa económica aporta una fuerte motivación de cara a la PES, así como de
que «la motivación del sujeto para lograr una elevada puntuación hace tiempo
que se ha revelado como la variable mental que parece más estrechamente
relacionada con el volumen de efecto psíquico mostrado en los resultados de una
prueba». De hecho, el resultado más sensacional jamás obtenido por Rhine se
produjo durante la época de depresión cuando ofreció a Hubert Pearce, uno de
sus sujetos estrella, cien dólares por cada carta que pudiera acertar de una
baraja de PES. Detuvieron la prueba de mutuo acuerdo después de que Pearce
hubiera nombrado correctamente veinticinco cartas seguidas. Nadie más se hallaba
presente en aquella ocasión, y los informes publicados por Rhine en torno a lo
que ocurrió exactamente resultan imprecisos. (En una ocasión traté de conseguir
unos cuantos detalles fáciles de recordar poniéndome en contacto con Pearce por
correspondencia —hoy día es ministro metodista en Arkansas— pero se negó
rotundamente a comentar el incidente.) No obstante, Rhine siempre cita esto en
sus conferencias como la demostración de clarividencia más notable que jamás
haya presenciado, dando las probabilidades de 298.023.223.876.953.125 a 1 de lo
que podría haber ocurrido por puro azar. (Siempre he sentido pena por Pearce en
lo que respecta a este acontecimiento. En aquel momento era pobre y necesitaba
dinero, pero cuando la prueba hubo terminado, y Rhine le debía 2.500 dólares,
éste le explicó que todo había sido una broma.)
Nadie puede negar el hecho de que algunos de los resultados más notables de la
historia de la investigación psíquica han sido obtenidos con sujetos
fuertemente motivados. ¿Puede ser que esos sujetos intensamente motivados a
menudo se encuentren intensamente motivados a engañar? Esta es la opinión de
C.E.M. Hansel, profesor de psicología de la Universidad de Manchester, y autor
de ESP: A Scientific Evaluation (PES: Una evaluación
científica) (Scribner’s, 1966). Tras un minucioso estudio de los experimentos
de PES más importantes realizados por Rhine y su colega británico S. G. Soal,
Hansel ha llegado a la conclusión de que ha habido todavía más superchería de
lo que los escépticos sospechan.
Considérese la clásica serie de pruebas que Soal realizó en los años cuarenta
con un fotógrafo llamado Basil Shackleton. Cuando Hansel sometió los registros
a análisis estadístico, surgió una curiosa anomalía. Las hojas de puntuación de
Soal habían sido marcadas con una línea doble cada cinco espacios en blanco, y
los «aciertos» de Shackleton se hallaban concentrados (con probabilidades
superiores a 100 a 1 contra dicha concentración) en las líneas tercera y cuarta
de cada grupo de cinco. Resulta difícil imaginar alguna razón por la que la PES
pudiera ajustarse al patrón de líneas marcadas en las hojas de puntuación, pero
fácil entender que alguien había repasado las puntuaciones con idea de
corregirlas un poco y había sido demasiado estúpido como para realizar la
corrección al azar. El descubrimiento de Hansel provocó una ruidosa polémica
entre los investigadores psíquicos británicos cuando apareció publicado
en Nature, en 1960, aunque no se leyó ni una línea sobre esto en la
prensa estadounidense. Cuando Hansel trató de echar un vistazo a las hojas de
protocolo iniciales de Soal, sobre las que pruebas químicas revelarían, por
supuesto, cualquier manipulación, el propio Soal le dijo que las había perdido
en un tren en 1946. (Soal había escrito en 1954 que estos registros originales
se hallaban bien guardados y «podrían ser examinados por cualquiera en el
futuro».) Más aún, una de las ayudantes de Soal en las pruebas de Shackleton
contó a Hansel que había estado mirando por un agujerito que había en una
pantalla y había visto a Soal alterar las cifras.
Cuando llegaron a oídos de Rhine estas declaraciones, invitó a Hansel a visitar
su laboratorio, entonces perteneciente a la Universidad de Duke, y a
examinar susregistros. Esto resultó ser una mala ocurrencia. Hansel
visitó el laboratorio de Rhine, y permaneció allí hasta que le pidieron que se
fuera. Toda serie importante de pruebas que investigaba en profundidad,
resultaba tener puntos flacos enormes hasta entonces inadvertidos (o
silenciados) por Rhine, que hubiera permitido el tipo de engaño más elemental.
La serie de pruebas más célebre de Rhine, a la que hace referencia
constantemente en sus últimos artículos, fue una serie de pruebas a distancia
realizada con Pearce, y dirigida en 1933-34 por el ayudante más veterano de
Rhine, Joseph Gaither Pratt. Pearce y Pratt se reunieron en el despacho de
Pratt, sincronizaron sus relojes, fijaron el momento de iniciación de la prueba,
y a continuación Pearce atravesó el campus de Duke, caminando hasta la
biblioteca, donde se sentó en un cuartito del almacén. Pratt examinó
detenidamente un surtido de cincuenta cartas de PES, tomándolas una a una y
colocando cada una de ellas boca abajo delante de él durante un minuto
completo. Posteriormente dio la vuelta a todas las cartas, efectuó dos
registros de su orden, y metió uno de ellos en un sobre que cerró y envió a
Rhine. Pearce también efectuó dos registros de sus conjeturas y envió uno a
Rhine. Acertó treinta y siete posiciones. Desde luego, la puntuación de Pearce
era demasiado elevada para ser explicada por el azar.
Cualquiera que lea los informales informes de las pruebas Pearce-Pratt, en los
libros de Rhine y Pratt, no puede evitar quedar impresionado por la cantidad de
espacio que Rhine dedica a descartar cualquier confabulación entre Pratt y
Pearce. Pero lo que ni Pratt ni Rhine descartaron fue la posibilidad de que
Pearce no permaneciera en su cuartito. Pudo recorrer furtivamente el campus en
dirección contraria, entrar en una sala vacía del pasillo donde se hallaba el
despacho de Pratt, subirse a una silla, y mirar a través de la claraboya o de
una ventana que daba al corredor, situada justo detrás del hombro de Pratt,
para lograr una adecuada visión de las cartas mientras Pratt las registraba. En
una ocasión en que Hansel se hallaba en Duke, pidió a uno de los investigadores
de Rhine que fuera pasando una baraja de cartas de PES mientras él (Hansel) se
encerraba en un despacho al final del pasillo. Hansel se dio la vuelta de
puntillas, se subió a una silla, y espió a través de una rendija que había
encima de la puerta. Alcanzó veintidós aciertos de veinticinco cartas, para la
absoluta confusión del investigador. Hansel no dice que Pearce cometiera engaño
de manera similar, ni de ninguna otra fácilmente permitida por el diseño
amateur del experimento. Lo que dice es que, debido a que un factor de sesgo
tan obvio como éste no se había previsto, la serie completa Pearce-Pratt
resulta altamente sospechosa. Hansel lo expone de este modo:
Se
podría esperar que cualquiera en la posición de Pratt habría examinado
minuciosamente la habitación y habría adoptado elaboradas precauciones con el
fin de que nadie pudiera ver su interior. Al menos podría haber cubierto las
ventanas que daban al pasillo. Además, las cartas deberían haber sido barajadas
tras su registro, y la puerta del despacho debería haberse hallado bien cerrada
durante y después de las pruebas. Estos experimentos no eran un ejercicio de
primer curso. Pretendían aportar pruebas concluyentes de PES y sacudir los
fundamentos de la propia ciencia. Si Pratt tuvo ciertos descuidos, no existe
evidencia alguna de que los haya manifestado nunca… Insisto, Rhine podría
haberse mostrado muy cauteloso en lo que se refiere a trampería, puesto que ni
él ni Pratt eran principiantes en materia de investigación psíquica.
El
libro de Hansel alcanza su clímax en el capítulo dedicado a la última gran
serie de pruebas de Soal: sus experimentos con dos muchachos galeses que eran
primos, Glyn y Ieuan Jones. Soal expuso sus resultados en un libro
titulado The Mind Readers (Los lectores de la mente), que fue
objeto de comentarios favorables por parte de todos los diarios importantes de
Inglaterra exceptuando el Manchester Guardian. Incluso el
distinguido sir Cyril Burt, editor del Journal of Statistical Bychology,
alabó a Soal por el cuidado con que había dirigido sus pruebas y las calificó
de «sin rival en todo el corpus de la investigación psíquica».
No tenían rival, es cierto, pero no precisamente en lo que se refiere a
«cuidado». Los muchachos Jones fueron sorprendidos repetidas veces haciéndose
señales mutuamente, empleando diversos códigos visuales y auditivos. Tan pronto
como estos muchachos mejoraron sus métodos de señalización, Soal se apresuró a
concluir que había conseguido convencerles de que dejaran de hacer trampas. El análisis
del libro de Soal realizado por Hansel destruye todo, excepto la triste, cómica
e inintencionada revelación de uno de los casos más extraordinarios de
ingenuidad por parte del parapsicólogo.
La obra publicada de Rhine sobre PC (psicocinesis), término que él aplica a la
capacidad de la mente para mover objetos tales como un dado que cae, o levitar
una mesa, resulta todavía más revolucionaria que su obra sobre PES. Ni siquiera
Soal ha sido capaz de hallar evidencia de PC, y desde hace bastante tiempo
circula entre los psicólogos el dicho gracioso de que por alguna razón la PC no
consigue funcionar en los laboratorios británicos. Los escépticos siempre están
preguntando a Rhine: si la PC es lo suficientemente fuerte como para controlar
la caída de un dado, ¿cómo es que no puede desplazar una pestaña sobre una
superficie lisa en el vacío, o hacer girar una aguja diminuta, suspendida por
magnetismo para que no exista prácticamente fricción? Hansel escribe que cuando
le preguntaron esto a Rhine en el año 1950, tras una conferencia que pronunció
en Manchester, respondió diciendo que dicha prueba era una idea espléndida y
que pensaría en realizarla en alguna ocasión. Hansel se enteró más tarde de que
Rhine había estado efectuando este tipo de pruebas durante años, de nuevo en
Duke, pero cuando Rhine obtiene resultados negativos le gusta guardarlos a buen
recaudo. Hasta hoy, el fracaso de la PC a la hora de manifestarse de un modo
tan sencillo y directo constituye uno de esos sutiles misterios psíquicos que
los verdaderos creyentes consideran más difíciles de explicar.
A la fría luz del análisis de Hansel, ¿cuál debe ser la actitud del lego hacia
las pretensiones de la parapsicología? En primer lugar, debe darse cuenta de
que son precisamente eso, pretensiones, no teoría. No existe ninguna
teoría de los fenómenos psíquicos. Si estos hechos son ciertos, son
independientes de todas las leyes conocidas de la ciencia, y no se ha formulado
ninguna nueva ley para explicarlos. En segundo lugar, debe darse cuenta de que estos
hechos son cuestiones históricas. Los experimentos psíquicos no son repetibles,
en el sentido en que lo son los experimentos de física o de psicología. Los
sujetos estrella tales como Pearce y Singleton pierden invariable e
inexplicablemente sus poderes iniciales. La pregunta no es «¿es clarividente
este ministro metodista, Hubert Pearce?», sino «¿en determinado momento de su
juventud, identificó Pearce veinticinco cartas de PES correctamente por
clarividencia?». Esta pregunta es del mismo tipo que «¿flotó realmente el
médium D. D. Home, en 1868, en sentido horizontal, traspasando una ventana
abierta de un tercer piso de Londres, dándose la vuelta en el aire y flotando
de nuevo de regreso, con los pies por delante?». Afirmaciones de este tipo
deben ser enfocadas de acuerdo con el espíritu recomendado por David Hume en su
famoso ensayo sobre los milagros: hay que preguntarse si la evidencia presente
a favor del presunto acontecimiento es tan fuerte que cualquier otra
explicación de dicha evidencia resultaría aún más milagrosa.
Asimismo, es importante darse cuenta de que la actitud de uno hacia la
parapsicología debe ser completamente independiente de la metafísica de uno.
Sigmund Freud, que creía en la PES, era ateo. La mayoría de las personas que yo
sé que admiran a Rhine son ateas. Por otra parte, en una ocasión escuché a un
teísta devoto argumentar que uno de los mayores regalos que Dios ha hecho a la
humanidad es el cerebro aislado, en el que los pensamientos pueden tenerse
inviolados. Las preguntas que suscita la parapsicología deben responderse del
único modo en que pueden responderse, considerando toda la evidencia que
presentan y efectuando un cálculo de la probabilidad de PES ajeno a todo sesgo
emocional. Dado que las pretensiones de la parapsicología van tan intensamente
en contra de todo el Corpus de leyes físicas conocidas, la carga de su
demostración recae con seguridad sobre los que ostentan esas pretensiones.
Puede que logren conquistar a la mayoría de los legos por medio de informes
inexactos publicados en la prensa popular, pero resulta improbable que
impresionen a otros psicólogos, mientras no produzcan evidencia suficientemente
fuerte como para justificar que Koestler esté absolutamente en lo cierto al
denominar a esto (si los hechos son ciertos) una «revolución copernicana».
Hasta el momento, la evidencia más fuerte ha procedido del trabajo de Rhine y
Soal, pero no creo que nadie con una mentalidad abierta pueda leer el libro de
Hansel y considerar esa evidencia apremiante. Existe un nuevo desarrollo
esperanzador. Los laboratorios de Investigación de las Fuerzas Aéreas de los
Estados Unidos han diseñado un tipo de experimento de PES en el que un
ordenador llamado VERITAC sustituye al experimentador y sus ayudantes, con el
fin de descartar esas fuentes de sesgo tan comunes como el fraude y los errores
de registro. «Si 12 meses de investigación a cargo del VERITAC pueden
establecer la existencia de PES —concluye Hansel—, toda la investigación
anterior no habrá sido en vano.» Si la PES no queda establecida podrían
ahorrarse muchos esfuerzos y encaminarse las energías de muchos científicos
jóvenes hacia investigaciones más productivas.
Anexo
En el New York Review of Books del 28 de julio de 1966
aparecieron dos cartas atacando mi recensión, una firmada por Bob Brier y otra
por J. G. Pratt:
Mr.
Gardner dice que «los psicólogos profesionales, utilizando sofisticadas
técnicas modernas, han estado intentando repetir los experimentos de los
parapsicólogos, y siguen sin estar convencidos». El comentarista implica que
existe una dicotomía entre parapsicólogo y psicólogo profesional. Mr. Gardner
no se ha parado a pensar o bien ignora el hecho de que eruditos como el Dr.
Gardner Murphy, el Dr. R. H. Thouless, la Dra. Gertrude Schmeidler, el Dr. Hans
Bender, el Dr. J. G. Pratt, el Dr. Maurice Marsh, etc., no son más que algunos
de los «psicólogos profesionales» que han realizado importantes aportaciones al
campo de la parapsicología. Así pues, hay muchos psicólogos profesionales a los
que no hay que «convencer». No existe esa laguna entre el psicólogo y el
parapsicólogo como Martin Gardner desearía que creyeran sus lectores. Es poco
afortunado el hecho de que Mr. Gardner asumiera la responsabilidad de dirigirse
a psicólogos profesionales.
También resulta lamentable que se refiera al Dr. J. B. Rhine en tono
despectivo, calificándole de «botánico convertido en parapsicólogo». El Dr.
Rhine posee una buena formación en materia de psicología, y Mr. Gardner ignora
el hecho de que Rhine ha enseñado durante veinte años psicología, no botánica,
en la Universidad de Duke.
Las distorsiones arriba mencionadas resultan superficiales en comparación con
el error metodológico creado por Hansel y perpetuado por Gardner. Mr. Gardner
menciona que Hansel descubrió que las puntuaciones del experimento del Dr. Soal
conformaba un curioso patrón y que esto sería «fácil de entender si alguien
había repasado las puntuaciones para corregirlas un poco y había sido demasiado
estúpido como para efectuar la corrección al azar». No hay razón de profundizar
tanto para una explicación. Si alguien toma unos datos y los examina buscando
todas las anomalías posibles, siempre estará casi seguro de distinguir algo que
parece inusual. Esto se debe simplemente al azar. Por esta misma razón, los
experimentos parapsicológicos, para ser considerados válidos, predicen
precisamente qué tipo de anomalía va a aparecer. Tanto Hansel como Gardner
cometen un error en el procedimiento experimental básico. Hansel examinó los
datos y descubrió una anomalía. El azar obliga a esperar anomalías; esto no
indica fraude alguno. Resulta sorprendente que el autor de una columna
relacionada con las matemáticas cometa tal error de estadística.
La recensión contiene otros errores más, pero la intención de esta carta no es
corregir todos los errores cometidos. Más bien me gustaría simplemente señalar
que la parapsicología es una disciplina rígida que emplea el método científico.
No es culpable de cometer los errores que los inexpertos en este campo se
hallan tan dispuestos a criticar.
Bob BRIER
Un método reducido de críticos de la parapsicología siempre han enfocado esta
materia como si PES significara necesariamente «error en alguna parte». La
recensión realizada por Martin Gardner del libro de C. E. M. Hansel parece
indicar que el comentarista pertenece, junto con el autor, a este grupo
minoritario. Ambos escriben como si estuvieran rindiendo a la humanidad el gran
servicio de contribuir a limpiar a la ciencia de la falacia de la PES y que
cualquier medio es digno en la persecución de este fin. Desde luego, sus
lectores podrían comprobar fácilmente que muchas de las críticas que aparecen
en la recensión de Mr. Gardner sobrepasan los límites éticos y científicos
propiamente dichos. En otros casos, por ejemplo, los hechos únicamente resultan
conocidos para un introducido en materia de parapsicología. ¿Puedo poner
algunos ejemplos?
Mr. Gardner dice: «En una ocasión traté de conseguir algunos detalles fáciles
de recordar poniéndome en contacto con Pearce por correspondencia…» ¿Fáciles de
recordar, después de más de veinte años? Los psicólogos saben desde hace mucho
que los detalles relacionados incluso con las experiencias más vívidas no se
recuerdan con precisión transcurrido un período de tiempo. ¿Qué podría haber
dicho Pearce, aparte de manifestar su confianza en el experimentador y su
informe, y qué finalidad válida podría haber tenido que hubiera intentado hacer
más?
El comentarista continúa: «… pero se negó rotundamente a comentar el
incidente». Debo agradecer a Mr. Gardner por informarme acerca de su
correspondencia de 1951-56 con Pearce. Hubert respondió con una carta en la que
afirmaba no desear escribir nada sobre su trabajo de PES en Duke. Cuando Pearce
recibió la segunda carta, la mencionada en la recensión, parece ser que no
respondió. Pero seguramente hay muchas razones inocentes por las que quizá no
lo hiciera, incluyendo el hecho de que en su carta anterior ya le hubiera
respondido. Dadas las circunstancias, su negativa a escribir de nuevo a duras
penas fue una negativa rotunda a comentar el asunto. Sin embargo, en la
recensión, esta omisión está considerada —¿acaso podría alguien ignorar la
implicación?— como indicio de conciencia culpable.
El comentarista acepta a pies juntillas la afirmación de Hansel de que Hubert
quizá espió con objeto de ver las cartas, escondiéndose en una sala al otro
lado del pasillo de donde se hallaba el despacho del experimentador en la serie
de Pearce-Pratt. Hansel muestra un plano de las habitaciones y el pasillo, que
según él mismo admite «no es a escala». Pero ¿cómo va a saber el lector que en
ese plano se han cambiado las posiciones de las ventanas de iluminación y que
un auténtico plano de la planta mostraría que ese supuesto espionaje era
imposible?
Protesto enérgicamente contra el tono de toda la recensión, que es de desprecio
y escarnio para un campo de investigación en marcha que el recensor no ha
aceptado. Mr. Gardner tiene todo el derecho, por supuesto, a sus opiniones.
Pero ¿soy yo el único que opina que el tipo de ataque crítico ejemplificado por
su recensión es ajeno al espíritu de la investigación científica? Los métodos
que emplea (tanto él como Mr. Hansel) para defender las actuales fronteras de
la ciencia contra la PES podrían impedir el paso a nuevos descubrimientos que
exigirían modificaciones revolucionarias en nuestras concepciones de la
naturaleza del universo.
J. G. PRATT
Respondí
a ambas cartas como sigue:
El
primer punto de Mr. Brier es puramente lingüístico. Pretendía llamar la
atención sobre el hecho suficientemente conocido de que una abrumadora mayoría
de psicólogos profesionales no solamente se muestran escépticos frente a la
PES, sino que además han practicado actuaciones en pruebas de PES, de las que
han informado con regularidad las revistas, que no han conseguido respaldar los
hallazgos de la parapsicología. Aquellos psicólogos que son también
parapsicólogos han realizado, naturalmente, pruebas que respaldan la
parapsicología, pero sus resultados son publicados casi por completo en
revistas de parapsicología. La laguna entre este pequeño grupo, y el gran grupo
de psicólogos que no son parapsicólogos, no solamente existe, sino que es tan
grande que constituye el objeto de constantes quejas por parte de los propios
parapsicólogos.
En la segunda parte, acepto que Mr. Brier está en lo cierto. No hay ninguna
razón por la que una persona licenciada en botánica, como lo fue Rhine en su
día, no pueda convertirse en un competente psicólogo experimental.
Y está en lo cierto también cuando dice que cuando alguien repasa una tabla de,
digamos, números al azar, y profundiza lo suficiente en busca de anomalías
estadísticas, resulta probable que las encuentre. Esta es una cuestión que yo
subrayo en el capítulo sobre Rhine de mi libro Fads and Fallacies, donde
destaco (pp. 304-305) que muchos de los resultados positivos declarados por
Rhine pueden realmente no ser más que anomalías estadísticas de este mismo
tipo. La cuestión de la fuerza que deba tener un patrón así, con el fin de ser
tomado en serio como indicador de sesgo en una situación experimental, es una
cuestión que ronda aspectos profundos de la lógica inductiva. No hay respuestas
simples. Supongamos que alguien ha registrado mil lanzamientos de un dado y
comprobado que sale el as más a menudo de lo que debiera. La hipótesis de que
el dado está cargado posee una probabilidad, o lo que Carnap llama un «grado de
confirmación», que depende del número de veces que el dado mostrara el as. Si
hubiera mostrado mil ases, ese grado estaría próximo a la certidumbre de que el
dado no es imparcial. Sin embargo, supongamos que el sesgo sea pequeño.
Entonces descubrimos, tras examinar los registros más detenidamente, que el
sesgo está limitado por completo a cada décima tirada, y que los registros se
encuentran representados en una hoja que divide las puntuaciones en grupos de
diez. Esta anomalía resultaría bastante más difícil de explicar que el sesgo
total. Como no hay conexión alguna entre las simetrías de la situación
experimental y el número 10, todo apuntaría hacia hipótesis relacionadas con
las hojas de puntuación más que con el dado.
Esta situación es similar a la presentada por las hojas de puntuación de Soal.
El propio Soal, en su réplica pública a las críticas de Hansel, no ha
considerado esta anomalía como algo meramente accidental. La califica de efecto
de «predominancia segmentada» de origen desconocido. Hansel informa en su libro
de una prueba que realizó con un grupo de estudiantes, a los que pidió que
situaran puntos al azar en espacios de forma semejante a las hojas de
puntuación de Soal. Los patrones que produjeron mostraban efectos de
predominancia similares a los de los registros de Soal en las pruebas con Shackleton.
Desde luego, esto no prueba nada. Pero sugiere la hipótesis de que los
registros quizá fueron corregidos por alguien que no efectuó dicha corrección
de manera suficientemente aleatoria; sugerencia que gana credibilidad merced a
la afirmación de Soal de que perdió los registros originales, así como a las
acusaciones de Mrs. Gretl Albert, que fue una de las tres colaboradoras de Soal
en estas pruebas. (Los otros dos fueron su esposa y su peluquero.)
Me equivoqué al decir que Mrs. Albert dijo a Hansel personalmente que había
visto a Soal corrigiendo los registros. En realidad a quien dijo esto fue a
Mrs. K. M. Goldney, colaboradora de Soal y miembro del consejo de la Sociedad
de Investigación Psíquica. Esta sociedad no hizo pública la acusación de Mrs.
Albert hasta cerca de dieciocho años más tarde, cuando apareció en las páginas
de su revista (vol. 40, p. 378, 1960) junto con la réplica de Soal. (Se dijo en
aquella época que Soal era objeto de acoso por parte de sus dos enemigos,
Hansel y Gretl.) Tampoco estaba en lo cierto cuando dije que Rhine había
conminado a Hansel a que diera por terminada su visita a la Universidad de
Duke. En alguna ocasión Hansel me ha dicho que se fue una semana antes de lo
que estaba previsto, porque Rhine se negó a seguir permitiéndole el acceso a
las hojas de datos originales, a menos que firmara un documento
comprometiéndose a no publicar nada relacionado con ellas sin autorización de
Rhine. Hansel se negó a firmar. Y como ya no tenía sentido permanecer allí, se
fue.
El profesor Pratt excusa a Pearce de replicar a mi carta del 7 de septiembre de
1953, basándose en que no debe ser nada fácil para Pearce recordar detalles de
aquella ocasión histórica en la que, a solas con Rhine, nombró correctamente 25
cartas de PES sin verlas. Dado que ésta fue sin ninguna duda la demostración de
PES más sensacional que Rhine había presenciado nunca, tan inequívocamente
inexplicable a través de las leyes naturales conocidas, no deja de ser
escandaloso que ni Rhine ni Pearce registraran inmediatamente todos los
detalles con objeto de poder describir posteriormente el acontecimiento con
gran precisión. En su irritadoramente vaga descripción, Rhine afirma que «se
reintegró cada carta a la baraja y se cortó». Pregunté a Pearce si esto quería decir
que, cada vez que él acertaba la carta, Rhine tenía en la mano esa carta y
estaba mirándole a la cara. Resulta difícil creer que Pearce no recordara este
aspecto del procedimiento. Pratt escribe que Pearce «aparentemente» no
respondió a mi carta. A juzgar por mi correspondencia posterior, que fotocopié
y envié a Pratt, está bastante claro que Pearce no respondió a esa carta.
En su primera carta, Pearce había dicho que estaría encantado de hacer
cualquier cosa que pudiera ayudarme, pero añadía que sus réplicas tendrían que
ser confidenciales, pues las altas jerarquías de su iglesia (Pearce es ministro
metodista) no miraba con buenos ojos su relación con el trabajo de PES. Yo no
le hubiera escrito una segunda vez a menos que considerara que él estaba dispuesto
a responder a algunas preguntas off the record. Soy responsable del mal
entendido de Pratt sobre este punto, ya que no incluí mi primer intercambio de
correspondencia con Pearce en el grupo de cartas subsiguientes que fotocopié.
En lo que se refiere a los planos de la planta donde se hallaba el antiguo
despacho de Pratt, Hansel dice en su libro que durante su estancia en Duke
había pedido detalles de las modificaciones estructurales. «Esos detalles me
fueron prometidos —escribe Hansel—, pero nunca los recibí. Volví a solicitarlos
por escrito, pero no obtuve respuesta alguna.» Si Pratt posee el «plano de la
planta auténtico», sería de gran ayuda que lo pusiera a disposición de Hansel.
De hecho, descartar todas las posibilidades de espionaje del interior de la
sala era tan fundamental de cara a la prueba de Pratt con Pearce, que su
omisión del plano de la planta donde estaba el despacho, cuando publicó por
primera vez sus resultados, sigue constituyendo un grave fallo de ese informe.
Sin embargo, ahora el plano exacto de la planta ha pasado a considerarse
divertidamente irrelevante. Aun cuando no hubiera sido posible para Pearce
situarse al otro lado del pasillo, en otro despacho, y espiar a través de una
claraboya el despacho de Pratt, no había nada en el torpe diseño experimental
de Pratt destinado a evitar que Pearce, o cualquier colaborador, se subiera a
una silla del pasillo y espiara directamente a través de la claraboya del
propio despacho de Pratt.
Mi
respuesta provocó otro intercambio de correspondencia entre Pratt y yo. Esto
aparecía en el número de la NYR del día 22 de septiembre de
1966:
Me
ha alegrado mucho comprobar que mi carta sobre el ataque Hansel-Gardner contra
la PES se ha publicado a pesar de las demoras causadas por mi recorrido
parapsicológíco por todo el mundo. Asimismo me ha alegrado comprobar por la
réplica de Mr. Gardner que las limitaciones de espacio a las que Mr. Brier y yo
tuvimos que someternos han desaparecido, ya que hay unas cuantas cosas más que
debo decir a título de contestación a la carta de Mr. Gardner.
Dicho sea de paso, dedica admirablemente más de la mitad de su réplica a
admitir cierto número de errores en su recensión. ¿Por qué no sugerirle la
feliz alternativa de abreviar sencillamente retirando la recensión completa? De
haberlo hecho así, se habría ahorrado la turbación por ulteriores errores como
los que ha cometido ahora en su réplica a mi carta.
Mr. Gardner dice: «Tampoco estaba en lo cierto cuando dije que Rhine había
conminado a Hansel a que diera por terminada su visita a la Universidad de
Duke. En alguna ocasión Hansel me ha dicho que se fue una semana antes de lo
que estaba previsto, porque Rhine se negó a seguir permitiéndole el acceso a
las hojas de datos originales, a menos que firmara un documento
comprometiéndose a no publicar nada relacionado con ellas sin autorización de
Rhine. Hansel se negó a firmar. Y como ya no tenía sentido permanecer allí, se
fue.»
He hablado con el Dr. Rhine en Durham, N.C., esta mañana y le he leído la cita
anterior. Me ha dado permiso para hacer público su categórico rechazo de las
nuevas afirmaciones del profesor Hansel.
Mr. Gardner dice que las fotocopias que me envió de su última correspondencia
con el reverendo Pearce dejan «bastante claro que Pearce no contestó a esa
carta (anterior)». Es cierto que la carta que Mr. Gardner le dirigió tres años
después contiene la afirmación: «No contestó Vd. a mi carta del 7 de septiembre
de 1953.» Pero la respuesta del reverendo Pearce a esta carta no hace
referencia alguna a su omisión de respuesta a la anterior. Como científico,
hago uso de la justificación que me confieren estas circunstancias únicamente
para decir que Pearce «aparentemente no contestó». ¿Cómo podría yo saber que
Pearce no escribió una carta que se había perdido en el correo? O ¿cómo podría
yo saber que Gardner no recibió una carta que luego perdió y olvidó? La única
importancia que posee esta cuestión menor estriba en su capacidad de
ilustración de la diferencia entre el científico, que debe elegir
cuidadosamente sus palabras y el escritor de divulgación científica, que puede
tomarse mayores libertades en el uso del lenguaje.
Mr. Gardner se equivoca al implicar que yo dije tener un «plano de la planta
auténtico». Examiné el pasillo cuando el profesor Hansel ofreció por primera
vez su plano «aproximado» para su publicación en el Journal of Parapsychology
(junio, 1961), y no me hizo falta ningún plano de la planta para comprobar que
aquellas dos ventanas no se hallaban alineadas tal como el profesor Hansel
decía. Es cierto que esta cuestión no resulta relevante para la evaluación del
experimento; pero sí es relevante de cara a la evaluación de la objetividad y
atención mostrados por el profesor Hansel a la hora de efectuar su evaluación
«científica» de la PES.
Ahora bien, Mr. Gardner prefiere colocar a Pearce (o a un colaborador) subido a
una silla en un concurrido pasillo, espiándome a través de mi propia claraboya
mientras yo registraba las cartas. ¿Está Mr. Gardner lo bastante seguro de que
la puerta de mi despacho tenía claraboya? De ser así, ¿cómo lo sabía? Y si no
está convencido, ¿no se sentiría más seguro imaginando a Pearce o su
colaborador desplazando la silla unos cuantos metros a lo largo del pasillo y
espiando a través de la ventanilla de iluminación? Pero ni siquiera el profesor
Hansel podría rebajarse a proponer semejante muestra pública vulgar de engaño,
y ésta es la razón por la que modificó la colocación de las ventanas, para dar
la impresión de que alguien pudo ocultarse al otro lado del hall y espiar sin
tener que merodear por los rincones.
No está bien que Mr. Gardner continúe imaginando rendijas en mi puerta. El
profesor Hansel ya la ha inspeccionado y no ha encontrado ninguna; y para su
demostración de su propia capacidad de mentira y engaño, tuvo que elegir una
sala con alguna partición interna provisional y hendiduras en la puerta y tuvo
que embaucar a un miembro de la plantilla del laboratorio para que le hiciera
el favor de dar la vuelta a las cartas, a pesar del hecho de que el miembro de
la plantilla en cuestión protestó diciendo que este procedimiento no tenía nada
que ver con ningún experimento. Esta persona no se hallaba «desorientada» en
absoluto. En cuanto Hansel alcanzó su registro de 22 aciertos obtenidos a base
de espiar, el miembro de la plantilla del laboratorio preguntó (riendo, y sin
ninguna muestra de sorpresa): «Muy bien, ¿cómo lo hace Vd.?» El profesor Hansel
respondió inmediatamente que había estado espiando a través de la rendija de la
puerta.
Como el profesor Hansel agradece en su libro que yo le ayudara con todos los
medios a mi alcance, ¿por qué no reprodujo conmigo los resultados de Hubert
Pearce en mi vieja sala de experimentación y contando con las mismas
condiciones que se daban en la serie Pearce-Pratt? ¿Por qué, por el contrario,
necesita elegir una sala completamente diferente y adopta como pretendida
victima de su intento de engaño a un miembro de la plantilla que nunca había
realizado antes un experimento ni mucho menos publicado un informe científico?
Mr. Gardner no ha dicho nada sobre el párrafo final (y el más importante) de mi
carta que trataba de su abuso (y el del profesor Hansel) del privilegio de la
crítica científica.
J. G. PRATT
A lo
que repliqué:
La
referencia de Pratt a cierta «afirmación revisada» de Hansel resulta un poco
resbaladiza. Obviamente yo revisé mi propia afirmación a la luz de una carta de
Hansel. Es evidente que Pratt cree, como ha dicho el Dr. Rhine, que la cuestión
ha quedado resuelta.
Pratt sugiere que Pearce pudo haber respondido a mi carta de 1953 pero también
pudo perderse dicha respuesta en el correo, o quizá la perdí yo. Tan sólo puedo
decir que si alguien me escribiera y dijera «No ha contestado Vd. a mi carta
de…», cuando en realidad yo sí lo había hecho, aclararía este punto en mí
respuesta a la segunda carta. Pratt no se muestra «científico», sino meramente
retórico.
Cuando Pratt dijo en su carta anterior publicada en New York Review que
«mostraría un plano de la planta auténtico…» yo supuse que tenía dicho plano.
Pero parece ser que no es así. Cuando Hansel estuvo en Duke, realizó ímprobos
esfuerzos por obtener detalles acerca de las considerables modificaciones que
se habían introducido en los antiguos despachos de Pratt, así como por
enterarse de quién los había solicitado. Recibió promesas de que se le
enviarían esos detalles. Nunca llegaron, como tampoco obtuvo respuesta una
segunda carta de Hansel reclamándolos. Ante la pregunta de Pratt «¿está lo
bastante seguro, Mr. Gardner, de que la puerta de mi despacho tenía
claraboya?», me limitaré a adoptar la técnica de la indirecta de Pratt y
contratacar con un «¿está lo bastante seguro, Mr. Pratt, de que no la tenía?».
La claraboya que tiene ahora es de vidrio transparente. Si Pratt tuviera
pruebas, o por lo menos se acordara, de que no tenía claraboya en 1933-34,
habría sido de gran ayuda que lo hubiera dicho abiertamente, y no lo dejara
entrever formulando preguntas.
De hecho, Pratt empleo dos despachos distintos durante sus pruebas con Pearce.
Para más de la mitad de estas pruebas, Pratt utilizó un despacho (en el
edificio de medicina) que ahora presenta una claraboya de vidrio esmerilado en
la parte superior de la puerta. (Véase el libro de Hansel, página 76.) ¿Está
seguro, Mr. Pratt, de que esta claraboya era de vidrio esmerilado en 1933? Si
lo era, ¿podía abrirse dicha claraboya? Estas no son preguntas triviales. Un
investigador competente las consideraría en sus informes originales. Como Pratt
no lo hizo así, y no disponemos de detalles relacionados con las modificaciones
sufridas por los despachos, únicamente podemos hacer conjeturas, y
maravillarnos del descuido de Pratt.
Pratt sugiere que nadie se habría arriesgado a permanecer subido a una silla en
medio de un «concurrido pasillo». Lo que no dice es cuántas pruebas se llevaron
a cabo a última hora de la tarde (más de la mitad, según creo), cuando los
pasillos del exterior de ambos despachos se encontrarían prácticamente vacíos.
Además, ambos despachos presentaban ventanas al pasillo (las modificaciones
suprimieron la ventana de uno de los despachos; el otro tiene ahora una ventana
de vidrio esmerilado) a través de las cuales cualquier persona de elevada
estatura pudo espiar. La ventana de vidrio transparente suprimida de uno de los
despachos tenía el borde inferior aproximadamente a 1,75 metros del suelo.
Resulta difícil de creer, pero lo cierto es que Pratt no consideró necesario
cubrir esta ventana mientras daba la vuelta a sus cartas de PES.
Mi respuesta a los últimos párrafos de ambas cartas de Pratt es que no admito
que Hansel y yo hayamos abusado de los privilegios de la crítica científica.
Hansel ha demostrado en su libro que los experimentos de Pratt con Pearce
estaban casi tan chapuceramente diseñados como aquella famosa prueba de Rhine
con Lady Wonder, el caballo que leía la mente, pero Pratt carece del valor
necesario para admitirlo. Nadie está ya interesado en lo que Pratt tenga que
decir sobre estas viejas pruebas; ésta es una afirmación de Pearce que uno anhela
se produzca. Por ejemplo, ¿qué ponía en esa carta de la que Rhine habla con
tanta cautela en la página 98 de su New Frontiers of the Mind, carta recibida
por Pearce y que le molestó tanto que desde ese día en adelante no ha vuelto a
conseguir demostrar sus anteriores talentos en materia de PES? Un informe
completo del reverendo Hubert Pearce, sobre su sensacional e incomparable
trabajo de PES mientras cursaba sus estudios en Duke, constituiría un libro
dramático. (Tomen nota los editores. Pueden entablar contacto con él en la
Primera Iglesia Metodista de Cameron, Missouri, donde es pastor.) Como la
verdad científica también es la verdad de Dios, me parece a mí que dicho
informe serviría tanto a Dios como a los hombres. Pero mi precognición me dice
que Pearce nunca lo escribirá.
Martin GARDNER
Las
conjeturas de Hansel acerca de la facilidad con que Pearce pudo haber cometido
fraude provocaron numerosas y airadas adhesiones a las cartas de Pratt aquí
reproducidas. Ian Stevenson, conocido por sus investigaciones sobre la
capacidad de determinadas personas para recordar encarnaciones anteriores,
atacó duramente el libro de Hansel en una recensión publicada en el Journal
of the American Society for Psychical Research (vol. 61, 1967, pp.
254-267). Stevenson admite que Hansel señalara correctamente inconsistencias
flagrantes en los nueve informes más importantes publicados sobre las pruebas
Pearce-Pratt, pero opina que ninguno de estos descuidos invalida los
experimentos. En 1967 Stevenson obtuvo de Pearce un documento notarial que reza
así:
Con
referencia a las sugerencias formuladas en relación a los experimentos que el
Dr. Gaither Pratt y yo realizamos en la Universidad de Duke, afirmo con plena
convicción que en ningún momento me levanté de mi pupitre en la biblioteca
durante las pruebas, que ni yo ni persona alguna que yo sepa (aparte del
experimentador o experimentadores) tenía ningún conocimiento del orden de las
cartas antes de que yo entregara mi lista de denominaciones al Dr. Pratt o al
Dr. Rhine, y que desde luego no hice ningún esfuerzo por obtener un
conocimiento normal espiando a través de la ventana del despacho del Dr. Pratt
—ni por ningún otro medio.
Hubert E. PEARCE
Pearce
falleció en 1973, y Pratt en 1979. Ignoro si Pearce cometió fraude en sus
pruebas con Pratt, pero a la vista de las discrepancias que aparecen en los
primeros informes, el hecho de que no salgan a la luz detalles cruciales hasta
veinte años más tarde y, sobre todo, el hecho de que nadie se molestara en
comprobar el paradero de Pearce durante las pruebas, se suman a los ya
chapuceros controles de manera que nadie hoy día consideraría las pruebas de
Pearce-Pratt como una buena evidencia de PES.
En New Frontiers of the Mind (1937) Rhine dice que una de las
dificultades que planteaba trabajar con Pearce era que le gustaba disponer los
detalles de una prueba y no solía realizarla bien a menos que se siguieran
todas sus sugerencias. Por ésta y otras razones, una de las ayudantes de Rhine,
Sara Ownbey, albergaba fuertes sospechas de que Pearce hacía trampas. (Más
tarde, miss Ownbey y George Zirkle lograron juntos sensacionales registros de
PES en Duke, pero tras su boda se evaporaron sus poderes psíquicos.)
Aunque no constituye prueba alguna de trampería, pienso que merece la pena
destacar que los charlatanes psíquicos son célebres por su ansia de control
sobre los protocolos cuando se les somete a prueba. Harold Puthoff y Russell
Targ tuvieron esta dificultad a la hora de someter a prueba a Uri Geller. Como
la mayoría de los parapsicólogos, que opinan que deben capitular cuando
examinan a temperamentales psíquicos auto-declarados, Puthoff y Targ tragaron
con muchas de las desacostumbradas exigencias de Uri sobre la base de que, de
no hacerlo así, podrían perturbar sus facultades psíquicas. Una razón por la
que permitieron al amigo de Geller, Shipi Shtrang rondar por allí, fue su
creencia en que los poderes de Geller podían resultar afianzados al tener a su
amigo cerca, ¡como de hecho resultaron!
Ahora que Pearce, Pratt y Rhine ya no viven, nunca conoceremos muchas de las
circunstancias relevantes que rodearon a las polémicas pruebas Pearce-Pratt, ni
tampoco sabremos con precisión bajo qué condiciones obtuvo Pearce sus famosos
25 aciertos adivinando cartas de PES. Es bastante improbable que lleguemos a
saber si Pearce cometió fraude. Pero a la vista de lo fácil que hubiera sido
que lo cometiera (puedo enumerar diez modos completamente diferentes en que
pudo haber conocido las 25 cartas de PES, ninguno de ellos descartado por
ninguna de las breves descripciones de este milagro elaboradas por Rhine),
resulta difícil respetar hoy día a cualquier parapsicólogo que defienda que
alguno de los logros de Pearce estuvo adecuadamente controlado.
En el British Journal of Psychiatry (vol. 114, 1968, pp.
1471-1480) aparecieron un grupo de enérgicas cartas de parapsicólogos que
criticaban severamente a Hansel, todas ellas atacando una recensión favorable
del libro de Hansel firmada por Eliot Slater. Estas cartas fueron seguidas de
inteligentes réplicas, tanto por parte de Hansel como de Slater.
En su aportación a este debate Stevenson dice que, a diferencia de Hansel, no
tuvo ninguna dificultad en la Universidad de Duke para obtener planos del
despacho de Pratt antes de que se realizaran modificaciones. Yo tuve la misma
dificultad que Hansel. Pratt me escribió pidiéndome copias de toda mi
correspondencia con Pearce, ofreciendo «corresponderme» de algún modo por mi
cooperación. Cuando le envié estas copias, le propuse que me enviara a su vez
los planos. Nunca volví a saber nada de él.
Mi impresión de Pratt siempre ha sido que era un individuo honesto cuya
incompetencia era superada únicamente por su credulidad. Aceptaba prácticamente
todo lo que procediera del frente paranormal: exorcistas, dobladores de
metales, ideografía, e incluso perros con PES. Entre todos los creyentes
auténticos que clamaron sonoramente en protesta contra la evidencia de Hansel
de que Soal había corregido sus datos sobre Shackleton, nadie lo hizo más alto
que Pratt. De hecho, no tiró la toalla hasta que la estadística Betty Markwick,
en su famoso trabajo «The Soal-Goldney y Experiments with Basil Shackleton: New
Evidence of Data Manipulation» ( Proceedings of the Society for
Psychical Research, vol. 56, mayo 1978, pp. 250-277), aportó evidencia
indiscutible de que Soal de hecho había cometido fraude.
Pero en realidad Pratt sólo había tirado la toalla a medias. Tras el artículo
de Markwick aparece una afirmación de Pratt que yo considero una de las más
divertidas de los anales de la parapsicología. Empieza calificando la
investigación de Markwick de «ejemplar» y lamenta tener que reconocer que
«debemos dejar a un lado, al menos por el momento, todos los hallazgos experimentales
de Soal como carentes de validez científica». En lo que respecta a sus propias
colaboraciones con Soal, «De momento debo dejar a un lado todo este trabajo,
destinado a ir a parar al cubo de la basura». A continuación aparecen algunas
observaciones que apenas podía creer estarlas leyendo cuando lo hice.
Para entender estas observaciones de Pratt, debo empezar explicando que
Markwick descubrió que Soal, al preparar su lista de dígitos al azar desde 1
hasta 5 (que empleó para sortear las cinco figuras de animales que utilizó en
su prueba con Shackleton), había insertado periódicamente dígitos falseados.
Aproximadamente tres cuartas partes de estos dígitos falsos correspondían a
aciertos. Cuando se entresacan de los datos esos dígitos falsos y sus
conjeturas correspondientes, la puntuación de Shackleton desciende a los
niveles de azar. Markwick estimaba que las probabilidades en contra de una
elevada puntuación en esos dígitos falsos era de miles de millones a uno.
¿Significa esto que Soal cometió fraude? Según Pratt, no necesariamente. Pratt
sugiere que Soal, mientras preparaba su lista de números al azar, quizá «se
sirviera de su precognición para insertar dígitos en las columnas de números
que estaba copiando, eligiendo inconscientemente números que luego puntuarían
como aciertos en las respuestas que el sujeto daría más tarde. Para mí, esta
explicación “psíquica del experimentador” tiene más sentido, psicológicamente
hablando, que decir que Soal falsificó conscientemente sus propios registros».
En 1980, Prometheus Books publicó una edición revisada y actualizada del libro
de Hansel bajo el nuevo título de ESP and Parapsychology: A Critical
Re-Evaluation (PES y Parapsicología: reevaluación crítica).
20. Ideas en conflicto[129]
La
ciencia heterodoxa es como un espectro. A un extremo aparece la labor creativa
e innovadora que nadie considera extravagante. Richard P. Feynman, por ejemplo,
desarrolló la extremadamente heterodoxa teoría de que el positrón puede ser
considerado como un electrón retrocediendo en el tiempo. Ello condujo a su
famosa «concepción espacio-temporal» de la mecánica cuántica, gracias a la que
compartió un Premio Nobel de Física. Al otro extremo del espectro aparece la
labor ignorante, trivial y a veces patológica. Aquí podemos situar a los que
predican que la tierra es plana, o que la tierra es hueca, a los locos de los
platillos que viajan a Marte y Venus, a los trisectores de ángulos, a los
inventores del movimiento perpetuo, y así sucesivamente.
En el centro del espectro se encuentra una inmensa y confusa mezcolanza de
pretensiones sobre las que resulta difícil emitir juicios. Obviamente no se
puede trazar una línea marcada por ninguna parte. No obstante, existe una
diferencia cualitativa entre las regiones próximas a los extremos de cualquier
espectro, y cuando esas regiones se solapan y se consideran en los mismos
términos, únicamente se produce confusión.
Theodore J. Gordon, joven ingeniero espacial de la Douglas Aircraft Company, ha
escrito Ideas in Conflict (Ideas en conflicto) (St. Martin,
1966) haciendo referencia a nueve áreas de la ciencia heterodoxa contemporánea.
El libro resulta informativo y divertido. Aporta excelentes introducciones a
las nueve heterodoxias, con simpatía hacia ellas. Pero presenta un defecto
notorio: trata con igual seriedad la labor próxima a ambos polos del espectro
de la heterodoxia.
Presenta un agradable capítulo dedicado a James McConnell, psicólogo de la
Universidad de Michigan que conmocionó el mundo biológico hace unos años con
sus célebres experimentos de canibalismo realizados con la planaria. Mr.
McConnell y sus ayudantes adiestraron a un grupo de estos diminutos
platelmintos bizcos a asociar descargas eléctricas a estallidos repentinos de
luz. Transcurrido algún tiempo, la luz por sí solo producía una reacción
convulsa. Una vez adiestradas, estas lombrices pasaban a ser troceadas y
posteriormente ingeridas por planarias no adiestradas. Cuando se enseñaba a los
caníbales la reacción ante la luz, aprendían, según insiste Mr. McConnell, en
un período de tiempo significativamente más corto. Su teoría es que en las
proteínas del cuerpo de la planaria se almacena de alguna manera una memoria
primitiva; y que una parte de esta memoria se puede transmitir a otras
planarias por vía de alimentación.
Desgraciadamente, éste y otros experimentos similares presentan un carácter
estadístico, y es muy fácil que el entusiasmo o los prejuicios del
experimentador sesguen sus observaciones. A la hora de contar el número de
platelmintos convulsos ante la luz, puede ocurrir que dos observadores no estén
de acuerdo sobre si determinada lombriz ha respondido o no. Ciertos
investigadores independientes han confirmado los resultados de Mr. McConnell.
Otros, incluyendo el Premio Nobel Melvin Calvin, han intentado reproducir los
resultados de McConnell sin éxito. La investigación continúa abierta y el tema
dista mucho de estar zanjado. Puede que Mr. McConnell nunca llegue a ganar un
Premio Nobel, pero probablemente pertenezca al extremo del espectro donde se
encuentra Feynman.
Lo que sí es cierto es que Mr. McConnell ha sido objeto de oposición por parte
del establishment. A la vista del carácter revolucionario de sus
afirmaciones, apenas podría haber sido de otro modo. La mayoría de las ideas
heterodoxas son falsas, y la ciencia organizada se haría añicos de no colocar
el peso de la verdad sobre sus revolucionarios. Pero Mr. Gordon debería
saberlo, mejor que comparar las altas jerarquías científicas de hoy con los
tribunales que persiguieron a hombres como Galileo y quemaron en la hoguera a
Bruno y Servet. Los tres fueron perseguidos por entrar en conflicto con una
religión establecida. Servet fue incinerado por un tribunal protestante que le
acusaba de atacar la doctrina de la Trinidad. Ninguna iglesia de los Estados
Unidos ha presionado a la Universidad de Michigan por quemar a Mr. McConnell.
Ninguna oficina gubernamental ha decretado que se silencien sus ideas. Sus
artículos han aparecido en revistas del establishment y él
mismo edita un delicioso periódico, The Worm Runner’s Digest, del
que soy suscriptor y colaborador. Sus ideas han sido consideradas con la mayor
seriedad y actualmente se están contrastando en todo el mundo.
De haber consagrado Mr. Gordon su libro a los McConnells de la heterodoxia (se
les puede encontrar en todos los campos), quizá hubiera hecho una gran
aportación a la psicología y sociología de la ciencia moderna.
Desgraciadamente, otros capítulos de su libro se ocupan, con el mismo lenguaje
y espíritu, de hombres que se encuentran próximos al otro extremo
del espectro. Hay, por ejemplo, un capítulo muy serio sobre el reverendo
Franklin Loehr, cuyo libro El poder del predicador sobre las plantas fue
publicado por Doubleday en 1959. No hay sentido alguno en el que poder
calificar a Mr. Loehr de científico de ninguna clase. Su libro deja bien claro
que no tiene la más ligera noción de cómo diseñar un experimento. Nadie habría
oído jamás hablar de él de no ser porque el editor vio en su manuscrito la ocasión
de hacer su agosto lanzándolo a un público crédulo y hambriento de milagros.
Lo mismo reza para el capítulo de Mr. Gordon sobre R. C. W. Ettinger, quien
opina que todo el mundo debe disponer la hibernación de su cuerpo para después
de la muerte, de manera que dentro de un siglo o así, cuando la ciencia haya
encontrado el modo de resucitar cadáveres congelados, se pueda salir de la
tumba como Lázaro. Cuando un pariente fallece de una enfermedad incurable, hay
que congelar el cuerpo sea como sea, dice Mr. Ettinger. Para cuando sea
devuelto a la vida, la ciencia médica quizá pueda curarle. Otro capítulo trata
de Immanuel Velikovsky, quien continúa teniendo defensores más que seguidores,
y cuyas ideas, de ser correctas, exigirían reescribir la física, la astronomía,
la geología y la historia antigua.
En algún punto próximo al centro del espectro aparecen otras heterodoxias de
Mr. Gordon: teorías sobre el modo en que la vida llegó a la tierra en
meteoritos, las teorías psicodélicas de Timothy Leary, las ideas de Albert
Schatz, un químico especializado en suelo que está convencido de que las
cavidades de los dientes no son causadas por los ácidos que producen los
microbios, sino por los propios microbios que atacan directamente el esmalte
igual que atacan el suelo. El capítulo dedicado a la investigación de la vida
extraterreste me parece fuera de lugar, pues se ocupa casi por completo de
especulaciones ortodoxas. Y no falta el inevitable capítulo sobre el Dr. J. B.
Rhine y la PES.
Es en el capítulo sobre el Dr. Rhine donde resultan más evidentes las propias
creencias ocultas de Mr. Gordon. Da por supuesto que Edgar Cayce, el
clarividente de Kentucky que diagnosticaba enfermedades médicas y prescribía
remedios grotescos, era un auténtico psíquico, y Mr. Gordon se muestra un poco
enojado con el Dr. Rhine por no estar de acuerdo. Mr. Gordon también se toma en
serio escritos proféticos tales como los de Nostradamus, y pasa revista a
numerosas anécdotas personales que implican precognición.
Escribe: «Clasificaría a mi suegra cerca de Nostradamus, el profeta.» «Mi
suegra es bruja. Lee en las hojas de té.» A continuación describe varias de sus
notables predicciones con las hojas de té que luego se cumplieron. La primera
vez que leí esta parte pensé que Mr. Gordon trataba simplemente de hacer reír.
No era así. Mis propias hojas de té me dicen que los lectores más impresionados
por su libro serán fundamentalmente aquellos que estén indignados con las
Fuerzas Aéreas por retener información sobre platillos volantes, los que estén
furiosos contra el gobierno por perseguir al Dr. Andrew Ivy, y los que no
puedan entender por qué el Departamento de Estado no contrata a Jeane Dixon, la
adivina, como asesora de política extranjera.
21.PES, videntes y psíquicos[130]
Nuestro
país, como todo el mundo sabe, pasa por la angustia de una entusiasta
resurrección del interés del público por todos los aspectos del ocultismo. En
un momento de acumulación de ansiedades, coincidiendo con una erosión de la fe
en religiones tradicionales y de creciente hostilidad hacia la ciencia y la
tecnología, millones de personas, hambrientas de milagros, se devuelven hacia
la astrología, el espiritismo, la percepción extrasensorial y otras creencias
psíquicas en busca de algún tipo de solaz. Se pueden contar con los dedos las
empresas editoras importantes que no se han aprovechado de esta hambre
publicando al menos un libro de ocultismo.
A la vista de este tendencia, representa un soplo de aire fresco encontrar una
obra que examine la escena del ocultismo con calma y escepticismo
amigable. ESP, Seers and Psychics (PES, videntes y psíquicos)
(Crowell, 1970), de Milbourne Christopher, no ejercerá influencia alguna sobre
los creyentes genuinos. No es probable que venda ni la décima parte que la autobiografía
de Jeane Dixon. El que crea en la astrología y las brujas se mostrará tan
hostil ante el punto de vista de Christopher como el que cree que la tierra es
plana ante las concepciones de los astrólogos oficiales. Pero para esos pocos
que distinguen la evidencia científica de la charlatanería emocional, el libro
de Christopher resulta maravillosamente instructivo.
Christopher es un mago profesional extremadamente experto en métodos de
ilusionismo, y es este conocimiento de entendido lo que confiere a su libro una
autenticidad que de otro modo no podría tener. La triste realidad es que la
historia del ocultismo está sembrada de falsos profesionales. Sería de esperar
que los distinguidos filósofos y psicólogos que desarrollan una gran pasión por
la investigación psíquica dedicarán un año o dos al estudio del curioso arte
del ilusionismo (es decir, mágico) antes de señalarse a sí mismos como
autoridades en materias en las que, obviamente, el fraude puede juzgar un
enorme papel. Nunca sucede así. Una y otra vez cualquier investigador de
fenómenos ocultos bien intencionado y bien educado, pero ignorante en el
terreno de la magia, será embaucado por los métodos más sencillos y antiguos.
Consideremos el caso del Dr. Joseph B. Rhine. Su primer artículo erudito
informaba de su investigación realizada con Lady Wonder, un caballo
que leía la mente cerca de Richmond, Virginia. Rhine estaba completamente
convencido de la capacidad psíquica de Lady para adivinar
números escritos en una almohadilla. «El acontecimiento más grande desde la
invención de la radio», escribió el propietario del caballo. Christopher dedica
un entretenido capítulo a la historia de animales célebres por sus facultades
para el cálculo y la lectura del pensamiento —no solamente caballos, sino también
perros, cerdos e incluso dos ilustrados gansos londinenses— así como a los
métodos sutiles que se emplearon para adiestrar a estos animales. El propio
Christopher, empleando un nombre falso, celebró una sesión con Lady.
Un ruso inteligente demostró de manera concluyente que el dueño del caballo
«leía el lápiz» —antigua técnica para determinar lo que escribe una persona
siguiendo los movimientos de un lápiz— y luego se lo indicaba a la yegua
empleando métodos tradicionales. ¿Ha reconocido Rhine alguna vez su
indiscreción de juventud? En absoluto. Ha admitido que llegado un momento el
propietario de Lady recurrió a un descarado método de
señalización, pero únicamente después de que la pobre yegua hubiera perdido
misteriosamente sus antiguos poderes psíquicos.
Esto no es más que un bocado del revelador libro de Christopher. El lector
podrá enterarse de las colosales meteduras de pata de Jeane Dixon, profecías
que después no se cumplieron pero que ella y sus admiradores olvidaron
convenientemente. No hay un solo registro escrito de su tan vanagloriada
predicción del asesinato de John Kennedy. (Lo que predijo exactamente
es citado por Christopher, y resulta estupendamente anodino.) PES,
Seers and Psychicscontiene excelentes capítulos sobre la levitación de
mesas, el tablero Ouija (que está dando millones a los hermanos Parker),
varillas y péndulos de zahorí, casas encantadas, personas que caminan sobre el
fuego, proyección astral, duendes (que, curiosamente, casi siempre practican
sus travesuras en hogares ocupados por algún adolescente), enterrados vivos y
médiums tales como Eusapia Palladino, Daniel Dunglas Home (que casi destruyó el
matrimonio de Robert y Elizabeth Brawning; ella a favor, él en contra), y otros
charlatanes internacionalmente conocidos. Los horripilantes acontecimientos que
rodearon la muerte del lector de pensamientos Washington Irving Bishop,
mientras actuaba en un Lambs Club Gambol de Manhattan, impresionaron incluso a
muchos magos.
Un tema crucial que se desprende de las fantásticas páginas de Christopher es
la increíble credulidad de hombres inteligentes que no saben nada del arte del
ilusionismo. La lista incluye filósofos y clérigos tan eminentes como Henry
Sidgwick, William James, y el obispo James Pike; psicólogos del calibre de
Gardner Murphy, escritores tan importantes como sir Arthur Conan Doyle, y
personalidades de la televisión como Mrev Griffin y David Susskind. No resulta
nada irrelevante que entre los moderadores televisivos escépticos figuren
Johnny Carson y Dick Cavett, ambos ex magos profesionales, y Hugh Downs, buen
amigo de muchos prestidigitadores. Fue Susskind, por ejemplo, quien
produjo Maurice Woodruff Predice, seguramente una de las series
televisivas más tontas de 1969. Christopher ha abarcado todo esto con
fascinante detalle y documentación y aportado un abanico de técnicas suficiente
como para que los lectores se hagan una idea de cómo funcionan las cosas,
evitando hábilmente cualquier posible problema con sus colegas magos.
Hace pensar bastante que la Alemania nazi estuviera imbuida de obsesiones
relacionadas con la astrología y otras insensateces ocultistas, siendo Hitler
el maniático más grande de todos ellos. Sería un signo de esperanza para
América que leyeran PES, Seers and Psychics la mitad de los
analfabetos científicos que han devorado el reciente tropel de libros sobre
Edgar Cayce. Sin embargo, de momento esto parece tan improbable como la
posibilidad de que General Motors desarrolle un motor limpio o de que un millar
de periódicos supriman sus columnas de astrología antes del término de los
locos años setenta.
Anexo
Milbourne Christopher, viejo amigo y colega mago (él es profesional; yo,
amateur y novato), ha escrito desde entonces otros dos libros más sobre
ocultismo que yo recomiendo sinceramente: Mediums, Mystics and the
Occult (Médiums, místicos y ocultismo) (Crowell, 1975) y Search
for the Soul (La búsqueda del alma (Crowell, 1979).
22. Las raíces de la coincidencia[131]
Lo
más curioso de Arthur Koestler es que cree en Dios. No en la deidad
trascendente y personalizada de Moisés y Jesús, sino en una deidad más
semejante al Dios abstracto de Alfred North Whitehead. Su fe es una especie de
panteísmo neoplatónico. Tras el universo sombrío y fragmentario existe una
inmensa e inimaginable unidad, con leyes tan sutiles que la ciencia todavía no
las ha formulado, aun cuando caen en parte dentro de su ámbito. En su metáfora
final y más rotunda, Koestler llama a los científicos «mirones por el ojo de la
cerradura de la eternidad». Sólo con que se limiten a sacar el «relleno» —sus
prejuicios dogmáticos contra la investigación psíquica— del ojo de la
cerradura, pueden iniciar una revolución científica que transformará al mundo.
Resulta importante comprender estos impulsos metafísicos más allá de la
creciente preocupación de Koestler por la parapsicología. Los creyentes
religiosos de todas las épocas han tratado de reforzar la fe con evidencia
material. Santo Tomás de Aquino quizá no habría sido canonizado si la Iglesia
no hubiera estado convencida de que en una ocasión había flotado en el aire
mientras rezaba. Hoy día, cuando los milagros cristianos se han reducido a la
curación por la fe y al don de lenguas, los teístas cristianos que buscan
signos (utilizando la frase condenatoria de Jesús) los están encontrando en la
parapsicología. Y no son signos triviales. Si la mente puede influir sobre la
caída de unos dados, el crecimiento de las plantas y la curación de lesiones en
ratones; si la telepatía, clarividencia y precognición son fenómenos
auténticos, Koestler tiene razón. Joseph Banks Rhine, si no es el profeta de un
despertar religioso, sí, es al menos, el Copérnico de una nueva revolución en
la historia de la ciencia.
Ningún escritor actual presenta mayores dotes de polemista que Koestler. Sus
primeros libros persuadieron a incontables lectores, entre los que me incluyo,
de que las cosas distaban mucho de ser como pensábamos que eran en la Rusia de
Stalin. Siempre lo he agradecido. Pero ¿cómo le irá con esta nueva retórica más
positiva? A la luz del actual entusiasmo por la astrología y el ocultismo,
sospecho que le irá extremadamente bien.
The Roots of Coincidence (Las raíces de la coincidencia) (Random
House, 1972) es un libro pequeño con cinco animados capítulos llenos de
colorido. El primero, «El ABC de la PES», reseña algunos trabajos recientes en
ese campo y sugiere que tanto en los programas espaciales de Rusia como de
Estados Unidos la telepatía tendrá «importantes usos estratégicos como método
de comunicación directa». El capítulo 2, «La perversidad de la Física»,
defiende que algunas teorías sobre el espacio, el tiempo y la materia son tan
descabelladas que las hipótesis de la parapsicología palidecen por comparación.
El tercer capítulo, «Serialidad y sincronicidad», esboza una aproximación a la
coincidencia, sobre la que volveré más adelante.
El capítulo 4, «Janus», introduce el concepto de Koestler del «holón». La
naturaleza es un sistema «multinivelado, jerárquicamente organizado» de
sub-todos, encajados uno dentro de otro como cajas chinas. Cada parte, u holón,
es hasta cierto punto, autónoma, aun cuando esté subordinada a holones
superiores. Una célula de nuestro corazón es algo por derecho propio, pero
depende del corazón, que a su vez depende de nosotros, y a su vez de nuestra
familia, y así sucesivamente hacia arriba, pasando por los holones de la
ciudad, la región, la nación y la humanidad hasta llegar al Atman, el gran alma
del mundo en la filosofía hindú. Lo mismo que Janus, cada holón posee dos
caras: la del «todo auto-afirmativo, y arrogante» y la de «humilde parte
integrada».
El capítulo final de Koetsler, «El país de los ciegos», aplica el título del
relato corto más importante de H. G. Wells a toda la civilización moderna. Los
científicos obcecados continúan centrándose sobre el mundo físico, ignorantes
de las poderosas ráfagas de conocimiento nuevo que emiten los resquicios
abiertos por unos cuantos valerosos investigadores psíquicos.
Es probable que los lectores con escasa información en materia de psicología
contemporánea, y poco conocedores de los métodos de diseño de sus experimentos,
queden fascinados por la persuasiva prosa de Koestler y terminen de leer el
libro sin albergar sospecha alguna de sus muchos defectos. Su fallo más
ostensible es que no proporciona información de ningún tipo sobre la cuidada
investigación, realizada durante décadas, que va en contra de las pretensiones
de destacados parapsicólogos. Le molesta la sugerencia de que los primeros investigadores
cometieron errores de registro inconscientes, pero no cita un solo trabajo
sobre pruebas de PES y PC efectuadas por psicólogos escépticos que indique el
predominio de tales errores. Koestler muestra aún mayor desprecio por la
acusación de fraude. C. E. M. Hansel, cuyo libro ESP: A Scientific
Evaluation(1966) documenta un caso importante de predominio de fraude en
PES, es denominado «el más belicoso» entre los científicos hostiles, y su
valioso libro es menospreciado como ejemplo de «resistencia hasta el último
cartucho». (Véase capítulo 19.)
La investigación contemporánea en materia de parapsicología no muestra
evidencia alguna de incremento de su rigor, si exceptuamos los laboratorios con
el ojo de la cerradura tapado de los escépticos, donde los resultados son
monótonamente negativos. La chapuza más reciente del mundo de lo psíquico fue
realizada por Jule Eisenbud, psicoanalista de la Universidad de Colorado, con
su absurdo libro The World of Ted Serios (1967). Serios, un
muchacho de Chicago, tenía un talento verdaderamente delicioso. El miraba, por
ejemplo, una fotografía publicada en el National Geographic. Años
después, una vez olvidada aquella fotografía, alguien le enfocaba con una
cámara Polaroid, le sacaba una foto (utilizando flash y con el objetivo
enfocado al infinito) y, diez segundos más tarde, aparecería impresa una
fotografía ¡línea por línea exacta a la del National Geographic!.
Cuando Life decidió hablar de Ted Serios en su número del 22 de
septiembre de 1967, el autor del artículo omitió un elemento crucial de
información. No explicaba en ninguna parte que, antes de que se le
fotografiara, Ted siempre sostenía un pequeño tubo de papel de unos 2,5 cm de
ancho (que él denominaba su «gismo») delante de la lente de la cámara, se
supone que para centrar la radiación psíquica procedente de su cráneo. Los
fotógrafos David B. Eisendrath y Charles Reynolds, ambos también magos amateur,
no tuvieron dificultad alguna para construir un sencillo artilugio óptico que,
secretamente introducido en un gismo y posteriormente manipulado, podría
producir todas las fotografías que aparecían en el libro de Eisenbud. El
artilugio no es nada más que un minúsculo cilindro con la transparencia
positiva de una fotografía en un extremo y una lente en el otro. La luz que
rebota de la camisa y la cara de quien sostiene el gismo cargado delante de la
cámara Polaroid es lo suficientemente fuerte como para producir excelentes
imágenes sobre la película. Desde la sensacional revelación de estos fotógrafos
en Popular Photography, octubre 1967, Ted ha desaparecido discreta
y felizmente de la escena psíquica.
Permítaseme citar otro ejemplo del «rigor» de la moderna parapsicología. Quizá
el trabajo reciente más respetado sea el que están realizando Stanley Krippner
y Montagne Ullman en el Laboratorio de Sueño del Centro Médico Maimónides de
Manhattan. (Véase su libro, Dream Studies and Telepathy [Estudios
de sueño y telepatía], 1970.) Koestler cita sus hallazgos en las páginas 37-38,
y Renée Haynes, en su anexo a The Roots of Coincidence, también
elogia el libro en las páginas 146-147.
¿Qué fiabilidad nos merece Krippner? A título de respuesta indirecta, pasemos
ahora a «La Parapsicología en la Unión Soviética», un artículo periodístico de
Krippner y Ullman que apareció en Saturday Review (18 de marzo
de 1972). En la primera página aparece una fotografía de Ninel Kulagina,
identificada como «destacada sensitiva rusa», que hace flotar en el aire una
«esfera de plástico». (La esfera no es más que una pelota de ping-pong, lo
suficientemente ligera como para poder ser levitada por diversidad de técnicas
conocidas de los magos.) Según los autores, «una sublime luminiscencia
biológica parece irradiar de sus ojos mientras actúa».
Krippner sabe muy bien que la señora Kulagina es una bonita charlatana de ojos
oscuros, bajita y regordeta que adoptó el nombre artístico de Ninel porque es
Lenin deletreado al revés. No es más sensitiva que Kreskin, y lo mismo que el
afable embaucador americano, toda ella es puro show. En 1964,
cuando se produjo en Rusia aquella gran excitación en torno a ciertas señoras
que conseguían leer Pravda con las yemas de sus dedos, Ninel
se convirtió en la segunda lectora con los dedos más célebre del país. Sin
embargo, los psicólogos del establishment soviético la
sorprendieron cometiendo fraude, empleando técnicas familiares para cualquier
mago, e incluso familiares para el Dr. Rhine, quien tenía una leve idea de esta
práctica. (Véase capítulo 6.)
El 21 de mayo de 1968, en una noticia procedente de Moscú, el New York
Timesinformaba de que Ninel —que ahora utilizaba el pseudónimo de Nelya
Mikhailova— había vuelto a ser descubierta. Fue sorprendida empleando imanes
ocultos para hacer creer «a los científicos y periodistas soviéticos que poseía
la facultad de mover objetos clavando la vista en ellos». (Los imanes son
únicamente parte del cuento pero no me atrevo a divulgar secretos del gremio.)
Según revelaba el mismo informe, Ninel había sido condenada cuatro años antes a
una pena de cuatro años de prisión.
De acuerdo con Sheila Ostrander y Lynn Schroeder, en su libro Psychic
Discoveries Behind the Iron Curtain (Descubrimientos psíquicos tras el
telón de acero) (1970), el delito de Ninel había sido el estraperlo. El difunto
Leonid L. Vasiliev, destacado parapsicólogo soviético (Koestler elogia su obra)
había intervenido en su favor, por lo que en lugar de ir a la cárcel, Ninel fue
a parar a un hospital. Vasiliev la había sometido a prueba personalmente y
había declarado genuinos sus poderes.
Vasiliev dedicó sus últimos años a trabajar sobre la visión con los dedos. La
«sujeto estrella» de este campo, como la llama Krippner, es Rosa Kuleshova. Es
una habilidosa ejecutora de trucos de naipes, a la que satisface «mostrarlos a
todo el que acuda»; así escribe G. Bashkirova en un artículo favorable sobre
ella, reproducido en el International Journal of Parapsychology,
otoño 1965. Bashkirova admite que Rosa a menudo comete fraude, aparentemente
sólo para ayudarse. En una demostración adivinó correctamente el color de
ciertos objetos sentándose sobre ellos. «Desde luego —añade
Bashkirova—, miraba.» (Lo que no dice es con qué.)
Desgraciadamente, Krippner no consiguió nunca ver a Rosa. En su artículo antes
mencionado escribe que ella desapareció y se incorporó a un circo. Krippner no
dice a sus lectores lo que seguramente sabe —que el New York Times del
11 de octubre de 1970 explicaba que Rosa también había sido sorprendida
cometiendo fraude por científicos soviéticos (sin duda científicos con ojos de
cerradura tan apretadamente obturados como los que tan inteligentemente habían
atrapado a Ninel). Koestler profesaba un gran respeto por la labor pionera de
la Unión Soviética en materia de parapsicología. Resulta difícil entender que,
después de haber leído la bazofia que presenta el libro de Ostrander, pudiera
imaginar que algún trabajo ruso merecía ser tomado en serio.
Pero el aspecto más curioso del libro de Koestler es su argumento de que las
«coincidencias significativas» (que dan título al libro) quizá tengan
explicaciones «acausales» más allá de las leyes conocidas de la física y las
matemáticas. Dedica muchas páginas a citar párrafos de un estudio sobre
coincidencias no traducido y realizado por Paul Kammerer, biólogo austríaco que
defendió apasionadamente el lamarquismo, y sobre cuya obra, y de acuerdo con
ella, Koestler acaba de escribir un libro, The Case of the Midwife Toad (El
caso del sapo partero). (Véase capítulo 10.)
Según parece, Kammerer dedicó mucho tiempo al registro de coincidencias
significativas, así como a tratar de explicarlas sobre bases no fortuitas. Por
ejemplo, registra un día del año 1910 en que su cuñado acudió a un concierto,
se sentó en la butaca 9, y le dieron el ticket número 9 del guardarropa. Al día
siguiente este mismo familiar fue a otro concierto donde le acomodaron en la
butaca 21 y le dieron el ticket número 21. Kammerer llama a esto una «serie de
segundo orden», porque se repitió la coincidencia anterior.
Todo el mundo ha pasado por experiencias así, y la explicación es bien
sencilla. El número de acontecimientos en los que participamos durante un mes,
o incluso una semana, es tan enorme que la probabilidad de advertir alguna
correlación notable resulta bastante elevada, especialmente si nos mantenemos
alerta. Por la misma razón un numerólogo, que disponga de un gran suministro de
palabras y números con los que jugar, puede desvelar correlaciones increíbles.
Supongamos que el alfabeto es un círculo cerrado, con la Z unida a la A.
Girando un paso hacia atrás cada letra de OZ obtendrémos NY, abreviatura del
estado donde vivió L. Frank Baum, creador de la Serie OZ. Para
coincidencia de segundo orden, giremos un paso hacia delante cada letra de OZ.
Obtendremos PA, abreviatura del estado donde vivió Ruth Plumly Thompson, que
prolongó la Serie OZ tras la muerte de Baum. Las coincidencias
numéricas y alfabéticas de este tipo han sido consideradas con la máxima
seriedad por parte de numerosos grupos, desde los pitagóricos griegos y los
cabalistas hebreos hasta sectas cristianas (algunas todavía florecientes en
nuestros días), que han encontrado el 666 («número de la Bestia») en los
nombres de eminentes adversarios.
Kammerer se sentaba durante horas en los parques públicos, recopilando
información sobre los que pasaban: edad, vestimenta, sexo, lo que
transportaban, etc. Descubrió una extraña tendencia de las cosas similares a
arracimarse. Por ejemplo, pasaba una mujer vestida de rojo y a continuación,
inexplicablemente, pasaban por delante de él otros vestidos rojos. Kammerer
creía firmemente en la operación de leyes superiores, en que había un «mosaico
del mundo… que, a pesar de constantes mezcolanzas y redisposiciones, se
preocupa asimismo de volver a unir lo semejante».
Resulta difícil de creer, pero Koestler está impresionado por esta teoría. La
vincula a ideas similares avanzadas por Jung, y argumenta que los fenómenos
paranormales también pueden ser una serie de «acontecimientos confluentes» que
constituyan «manifestaciones acausales de la Tendencia Integradora» (página
122). Así pues, parece que los dados arrojados en las pruebas de PC de Rhine
únicamente son manipulados por la voluntad del experimentador. En lenguaje
religioso obsoleto, las plegarias de un jugador no influyen directamente sobre
los dados. Son atendidas por un intermediario divino.
Invito a Koestler a hacer el sencillo experimento siguiente. Fue inventado por
A. D. Moore, profesor retirado de ingeniería eléctrica de la Universidad de
Michigan. Lo denomina «mosaico de nomparelles» porque utiliza grandes
cantidades de unas diminutas bolitas de colores llamadas nomparelles, un tipo
de caramelo que se fabrica en Milwaukee. Introduzcan en un recipiente miles de
estas bolitas, la mitad rojas y la otra mitad verdes. Sacudan bien, y luego
miren por los costados del recipiente. ¿Ven una mezcla íntima y homogénea? No.
Verán un maravilloso mosaico: grandes racimos irregulares de rojo
entremezclados con racimos similares de verde. El patrón resulta tan inesperado
que la mayoría de los físicos, cuando lo ven, sospechan un efecto
electrostático, o, en palabras de Kammerer, una «atracción casi gravitatoria
entre semejantes».
Lo único que funciona aquí son las leyes elementales del azar. Con una baraja
de naipes se puede hacer una demostración menos drástica, pero más sencilla, de
lo que los estadísticos llaman a veces el «efecto ristra». Dispongan las cartas
alternando una roja y una negra. Barajen sin parar, tantas veces como lo
deseen, y luego extiendan las cartas. El arristramiento será obvio. Las hileras
de cuatro o cinco cartas del mismo color resultan muy comunes, e incluso otras
hileras más largas, de siete cartas o más, se producen con mayor frecuencia de
la que la mayoría de la gente podría esperar.
A pesar de todas estas críticas, considero al libro de Koestler bastante por
encima de la basura que caracteriza a la mayoría de los libros populares de
parapsicología. Resume particularmente bien algunas teorías recientes de los
físicos de partículas, atrevidas conjeturas sobre los quarks, masa negativa,
antimateria, retroceso del tiempo, etc. De hecho, la ciencia moderna suscita en
todos nosotros cierta humildad ante la inmensidad de lo inexplicado y cierta
tolerancia hacia hipótesis descabelladas. Pero en lo que se refiere a la
parapsicología, Koestler constituye una guía bastante pobre. Está demasiado
sesgado por compromisos emocionales. Tiene muy poca información de los
excepcionales tipos de control necesarios en un campo en el que el engaño,
consciente e inconsciente, es demasiado familiar.
Evidentemente, Kostler está convencido de que los fenómenos paranormales
prestan credibilidad a su panteología, a pesar del número de ateos (por
ejemplo, Freud) que han estado y están de su parte. Confieso tener una
mentalidad diferente. Considero una bendición espiritual que otros y yo
tengamos cerebros aislados. Me alegra no poder comunicarme por PES, que no
podamos ver a través de las paredes ni mover objetos mediante PC, que los
espíritus no vuelvan del mundo de los muertos para perseguirnos, como aquella
cabeza con medio rostro que vio Jung en su almohada mientras dormía en una casa
encantada de Buckinghamshire. (Véase el libro de Koestler, p. 93.)
No creo que tuvieran nada que ver las tendencias integradoras cuando Adam
Clayton Powell falleció el día del aniversario del asesinato de Martin Lutero
King, ni cuando el Apolo 16 salió para la Luna el 16 de abril desde Cabo
Kennedy (Cape Kennedy), habiendo exactamente dieciséis letras entre la A y
la P ambas inclusive. Por encima de todo, estoy agradecido a
los dioses que sea por ocultarnos misericordiosamente el futuro.
Anexo
En la revista World (10 de octubre de 1972) apareció una carta
de Arthur Koestler sobre mi recensión:
¿Puedo
solicitar la hospitalidad de sus columnas para replicar a una recensión de mi
libro, The Roots of Coincidence, realizada por Martin Gardner?
Soy un viejo entusiasta de la obra de Martin Gardner; leer su columna mensual
del Scientific American proporciona el mismo placer que repasar jugadas de
Bobby Fisher. Yo fui el más disgustado cuando descubrí hace muchos años que
Gardner albergaba prejuicios contra la PES que, estoy seguro, era lo
suficientemente sincero como para admitir. En su libro ln the Name of Science,
publicado en 1952, escribió:
Resulta obvio que existe un enorme prejuicio irracional por parte de la mayoría
de los psicólogos americanos —mucho mayor que en Gran Bretaña, por ejemplo—
incluso contra la posibilidad de poderes mentales extrasensoriales. Se trata de
un prejuicio que yo mismo, hasta cierto punto, comparto. De igual modo que
deben tenerse en cuenta las firmes creencias de Rhine a la hora de leer sus
extremadamente persuasivos libros, así también deben tener en consideración mi
prejuicio cuando lean lo que sigue (pp. 299-300).
Lo que sigue es un informe autoconfesadamente sesgado de la labor pionera
realizada a lo largo de los veinte años anteriores en la Universidad de Duke.
Aunque admitía desde el principio que Rhine era «un hombre intensamente
sincero», la versión de Gardner de los experimentos de Rhine era una caricatura
que hacía aparecer a éste como una víctima de la ineptitud científica combinada
con auto-engaño. Todos los demás capítulos de este libro de Gardner trataban de
charlatanes y chiflados; y a pesar de las afirmaciones de Gardner de que Rhine
era un hombre honorable, su inclusión en esta galería de pícaros ejercía el
efecto de establecer cierta culpa por asociación en la mente del lector.
Me ha apenado mucho observar que al reseñar The Roots of Coincidence Gardner ha
seguido el mismo método. Aproximadamente una tercera parte de la recensión está
dedicada a la burla de diversos presuntos charlatanes americanos y soviéticos,
transmitiendo así la impresión de que juegan algún papel en el libro que se
reseña. Si no, ¿por qué insistir tanto en ellos? El hecho es que ni uno solo de
esos personajes —Ted Serios, Ninel Kulagina, Rosel Kuleshova, etc.— aparece
citado, analizado, ni mencionado en mi libro. Pero como Gardner se extiende
tanto hablando de ellos en su recensión —siempre señalando que Koestler es un
hombre honorable— vuelve a dar cierta impresión de culpa por asociación con tan
dudosa compañía.
Y todavía me ha molestado más una grave tergiversación. Gardner me cita diciendo
que en los futuros programas espaciales rusos y americanos, la telepatía tendrá
«importantes usos estratégicos como método de comunicación directa». Yo no he
dicho eso, y además no lo creo. La frase entre comillas aparece en la página 16
de mi libro y hace referencia a una creencia que aparentemente sostienen
ciertas personas pertenecientes a agencias espaciales rusas y americanas. La
razón por la que no comparto esta idea es precisamente la rara y caprichosa
naturaleza de los fenómenos de PES; y su dependencia de factores emocionales y
motivacionales, que parece excluir la posibilidad de su explotación con fines
utilitarios.
Arthur KOESTLER
Koestler
me acusa de atribuirle la idea de que la PES puede tener importantes
aplicaciones como método de comunicación en programas espaciales. Niega haber
dicho eso, añadiendo que la afirmación citada por mí representaba únicamente la
opinión de determinadas personas pertenecientes a agencias espaciales.
En la página 16 de su libro Koestler nos dice que Vasiliev citaba una frase de
un pionero de los cohetes soviéticos, que decía: «Los fenómenos de la telepatía
no pueden seguir siendo cuestionados.» Koestler añade luego, de su pluma: «Esto
venía a decir para cualquier científico soviético acostumbrado a leer entre
líneas que la PES, una vez dominada su técnica y funcionando con cierta
fiabilidad, podría tener importantes aplicaciones estratégicas como método de
comunicación directa. Esta idea aparentemente fantástica fue confirmada ya en
1963 por un alto cargo de la NASA.»
Aparece a continuación una larga cita en la que este alto cargo habla del gran
valor potencial de la PES como nueva técnica de comunicación en sistemas de
vuelo. En ninguna parte manifiesta Kestler duda alguna en torno a semejante
posibilidad. Juzgue el que lea las páginas 16-18 si acaso he tergiversado algo
al escribir que Koestler «sugiere» la validez del uso de la PES en comunicación
espacial. Desde luego, me ha alegrado tener conocimiento de su escepticismo
—escepticismo que contrasta notablemente con las ideas de muchos
parapsicólogos, cuyas últimas investigaciones en materia de comunicación por
PES han sido financiadas por agencias gubernamentales.
La razón de que yo dedicara tanto tiempo a Ted Serios, Nina (como se llama
ahora) Kulagina y Rosa Kuleshova estriba en que un tema básico del libro de
Koestler es que la parapsicología se ha convertido finalmente en una ciencia
«rigurosa» en contraste con los laxos controles de sus primeros días. Rhine y
otros aprendieron, de hecho, estrechar sus controles (con el consiguiente
declive notable en resultados sensacionales), pero durante las dos últimas
décadas la tendencia ha ido por otros derroteros. Para puntualizar esto,
introduje las extraordinarias pretensiones de Ted, Nina y Rosa. (Uri Geller
todavía no había entrado en escena.)
Como dije en mi recensión, Koestler había señalado a Stanley Krippner y a
Montague Ullman como ejemplos de la nueva hornada de parapsicólogos que estaban
realizando una labor «rigurosa» en este campo. Sin embargo, ambos estaban
firmemente convencidos de los poderes psíquicos de Rosa, Nina y Ted. La
cubierta de The World of Ted Serios de Eisenbud lleva un
entusiasta comentario de John Beloff, uno de los parapsicólogos más respetados
de Gran Bretaña. (En el capítulo 12, cito otros destacados parapsicólogos que
hasta el momento se niegan a creer que Ted es un charlatán.)
En la época en que escribí mi recensión es probable que Koestler todavía no
tuviera noticias de la capacidad de Ted y su aceptación en los círculos
psíquicos más selectos. Sería interesante saber lo que piensa ahora del libro
de Eisenbud. Sabemos que Koestler creía firmemente en los poderes de PC de Uri
después de presenciar una actuación suya en el Birbeck College (véase capítulo
27). No es nada irrelevante, de cara a la afirmación de Koestler de que la
parapsicología se ha convertido en una ciencia rigurosa, discutir hasta qué
punto destacados parapsicólogos actuales (y el propio Koestler) han sido
embaucados por los trucos más obvios y simples.
Debo una disculpa a Krippner por haber dicho que sabía muy bien que Nina era
una charlatana. Cometí el error de sobrevalorar su perspicacia. Supuse que lo
sabía porque las noticias sobre el fraude de Nina habían sido ampliamente
divulgadas, pero Krippner ha aclarado recientemente que todavía no «sabe» que
Nina engaña. Consideraba genuinos sus poderes cuando escribió con Ullman su
ingenuo artículo para Saturday Review.
El concepto del «holón» de Koestler quizá haya potenciado la actual popularidad
de la palabra «holista», especialmente con referencia a la «medicina holista».
No hay nada nuevo sobre el «holismo». Sus ideas básicas fueron exhaustivamente
exploradas por filósofos de la escuela de la «evolución creadora» —Henri
Bergson, Samuel Alexander, C. Lloyd Morgan, y muchos otros. Véase especialmente
el libro Holism and Evolution (Holismo y evolución) de Jan
Christian Smuts (1926) para consultar concepciones metafísicas casi iguales a
la de Koestler.
Koestler afirma estar disgustado por mi ceguera hacia la realidad de lo
psíquico, y yo me siento halagado por este interés. Pero por mi parte me
entristece aún más el hecho de que un hombre de la inteligencia de Koestler,
que tuvo el valor y la visión suficientes para escapar de un «país de los
ciegos», ahora se haya dejado cegar por la increíble mezquindad de la
investigación parapsicológica de todo el mundo, y especialmente de la Unión
Soviética. Tan sólo me cabe esperar que vuelva a escaparse.
Para más información sobre las coincidencias y sus explicaciones naturales,
véase mi columna del Scientific American de octubre de 1972, y
las muchas coincidencias numéricas de mi Incredible Dr. Matrix (El
increíble Dr. Matriz) (Scribner, 1976). Norman T. Gridgeman, en su recensión
del libro de Koestler para Philosophy Forum (vol. 14, 1975,
pp. 307-316), terminaba citando dos de sus coincidencias favoritas:
Una
es que William McDougall, aquel lamarquiano que realizó un experimento de 14
años de duración sobre la herencia de unas pautas de conducta aprendidas en
ratas —experimento que después ha quedado totalmente desacreditado— fue
asistido en aquella empresa por el Dr. J. B. Rhine, el futuro decano de la
parapsicología. Y la otra se refiere a un bioalquimista austríaco del siglo
XVIII que creó, alimentó y exhibió a diez homúnculos. ¡Sensacional! Pero un
testigo cínico los describió como «sapos repugnantes». El ayudante y secretario
de aquel bioalquimista, a quien debemos la historia, se apellidaba Kaumerer.
23. Arthur Ford[132]
El
espiritismo moderno nació en 1848 en Hydesville, Nueva York, cuando las
hermanas Fox descubrieron que podían convocar a los espíritus haciendo crujir
los dedos de sus pies. El movimiento creció rápidamente, alcanzando su cota
máxima durante el período de la Reconstrucción y extendiéndose hasta
Inglaterra, donde ganó adeptos tan distinguidos como Conan Doyle, Oliver Lodge
y William Crookes. Hacia 1960 había decaído tanto en Estados Unidos, que
resultaba casi imposible encontrar algún médium dispuesto a producir fenómenos
físicos, a menos que se acudiera a un acuartelamiento espiritista como, por
ejemplo, Lily Dale, al norte del estado de Nueva York.
De repente, en 1967, el espiritismo inició su rehabilitación. Desde luego esto
fue consecuencia de la gran Explosión del Ocultismo, pero el impulso más fuerte
corrió a cargo de tres hombres: el difunto Obispo James Pike, el también
fallecido Reverendo Arthur Ford y Allen Spraggett, pastor fundamentalista
canadiense que se convirtió en periodista especializado en ocultismo.
Para apreciar la significación del último libro de Spraggett, Arthur
Ford: The Man who Talked with the Dead (Arthur Ford: el hombre que
hablaba con los muertos), escrito con la ayuda de William V. Rauscher (New
American Library, 1973), es necesario esbozar brevemente primero la triste y
atribulada vida de Pike. Después de estudiar durante dos años en un seminario
católico, perdió la fe y decidió cursar estudios de derecho. Trabajó para
la Securities and Exchange Commision, se volvió a casar (tras
obtener la anulación de su primer matrimonio), recuperó la fe y fue ordenado
pastor episcopal. De una iglesia en Poughkeepsie se trasladó a la Universidad
de Columbia, donde dirigió el departamento de religión hasta que fue nombrado
deán de ese edificio monstruoso próximo a Columbia, la catedral de San Juan el
Divino. En 1958 fue nombrado obispo de California.
Volvió a sus viejas dudas doctrinales, proclamándolas todas con gran fanfarria
pública. La Concepción y la Trinidad fueron las primeras en desfilar. Después
la Encarnación. Pike se inscribió en Alcohólicos Anónimos. Se adhirió al
análisis jungiano. Cuando Spraggett le conoció en 1963 (Pike tenía cincuenta
años entonces) su impresión fue que tenía ante sí un hombre «increíblemente
viejo… bien al borde del agotamiento absoluto, o bien afectado por una
enfermedad fatal». En 1966, James, Jr., el mayor de sus cuatro hijos, se
suicidó de un disparo a la edad de veinte años. Pike renunció a su ministerio
para incorporarse al Centro de Instituciones Democráticas de Santa Bárbara.
Como miles de ministros protestantes de hoy, sedientos de señales, Pike fue
obsesionándose cada vez más con la parapsicología. Aunque ya no se
autodenominaba cristiano (decía que la Iglesia estaba «enferma y agonizante»),
conservaba una firme fe en Dios y la vida eterna. Consumido por sus
sentimientos de culpa por el suicidio de su hijo, ansiaba obtener pruebas
fehacientes de que Jim era feliz en el Más Allá.
Y las encontró. Dos semanas después de la muerte de su hijo, sucedieron una serie
de acontecimientos sobrenaturales en el apartamento de Cambridge, Inglaterra,
donde vivía entonces. Comprobó que los libros se hallaban misteriosamente
cambiados de sitio. Un espejo de afeitar se cayó del estante donde se hallaba.
La leche se cortó. Un despertador se paró a las 8.19, hora de Londres, que
seguramente fue cuando Jim puso fin a su vida en Nueva York. Asimismo encontró
imperdibles abiertos justamente en el mismo ángulo que describen las agujas de
un reloj a las 8.19.
Convencido de que Jim trataba de llegar a él, Pike recurrió a la ayuda de una
médium londinense, Ena Twigg. En dos sesiones con Mrs. Twigg, y varias más que
celebró después en California con George Daisley, otro médium londinense
afincado en Santa Bárbara, Pike habló con el espíritu de su hijo. Su relato de
estas sesiones, en su libro The Other Side (El Más Allá),
constituyó una auténtica mina para Daisley. Este médium se trasladó de una
habitación diminuta a una casa de 70.000 dólares hoy día convertida en el
cuartel general de su Asociación Sagrada de Curación Espiritual y Oración. En
1972 el precio de una sesión eran 30 dólares, y había una lista de espera de
seis meses.
En 1967 Pike celebró su encuentro más dramático con Jim. En Lily Dale,
Spraggett se había visto con Arthur Ford, un médium americano casi olvidado, y
había quedado anonadado por los poderes de clarividencia de Ford. ¿Por qué no
reunir a Pike y Ford para una sesión y televisarla? La sesión se grabó en vídeo
en Toronto, el 3 de septiembre. Dos semanas después, el primer canal canadiense
emitió una parte de media hora de la sesión de dos horas. Fue el mayor
acontecimiento en lo que se refiere a noticias psíquicas desde Bridey Murphy.
Comparado con los grandes médiums del pasado, con sus panderetas discordantes,
trompetas flotantes y ectoplasmas relucientes, Ford ponía en escena una fría
actuación. Como era su costumbre, cubría sus ojos con un paño de seda negra,
entraba en trance, e inmediatamente era poseído por Fletcher, su control
espiritual desde 1924. Después de introducir varios espíritus de clérigos que
Pike había conocido, Fletcher presentó a un «muchacho» que resultó ser Jim.
«Este muchacho —dijo Fletcher— desea que entienda que ni usted ni ningún otro
miembro de su familia tiene el más mínimo derecho a sentir que usted le ha
fallado en modo alguno.»
Pike quedó profundamente conmovido. «Gracias, Jim», dijo. Tres meses después
celebró una sesión privada con Ford que le conmovió todavía más. En Other
Sideentra en detalles sobre su material «de evidencia». Queda descartada la
teoría de la PES (tan querida de aquellos parapsicólogos que no pueden creer en
el mundo de los espíritus) según la cual Ford habría penetrado en la mente de
Pike; en aquella época el propio Pike desconocía demasiados datos de evidencia.
En 1968, tras divorciarse de su segunda esposa, Pike se casó con Diane Kennedy,
su secretaria, que le había ayudado a escribir The Other Side. Al
año siguiente, durante un viaje que Diane y él hicieron a Tierra Santa, se
perdieron en el desierto del Mar Muerto y Pike falleció al caerse mientras
Diane se hallaba en busca de ayuda. Spragget no perdió tiempo y escribió
rápidamente The Bishop Pike Story (La historia del obispo
Pike) (1970). Tampoco perdió el tiempo Diane y escribió en seguida Search (Búsqueda)
(1970), su relato de la muerte de Pike en el desierto.
Ford falleció en Miami, el 4 de enero de 1971. Al día siguiente de su muerte,
su espíritu comenzó inmediatamente a dictar un libro sobre la vida eterna a
Ruth Montgomery. Fue publicado a finales de ese mismo año bajo el título
de A World Beyond (El mundo del más allá). Ford había legado
sus escritos al reverendo Canon William V. Rauscher, rector de la Iglesia
Episcopal de Cristo, Woodbury, Nueva Jersey, espiritualista convencido y amigo
de toda la vida. Este propuso a Spraggett la colaboración de ambos en lo que la
cubierta del libro denominaba la «biografía autorizada del médium más grande
del mundo».
¿El más grande del mundo? Quizá Ford fuera el médium autóctono más conocido de
las últimas décadas, pero los médiums modernos resultan bastante
insignificantes en comparación con los gigantes de antes. Recordemos a los
hermanos Davenport, con su maravillosa puesta en escena; a Daniel Dunglas Home,
que pasaba flotando de una ventana a otra; a Eusapia Palladino, aquella señora
italiana gordita que levitaba pesadas mesas; a Henry Slade, el que escribía en
mineral de pizarra; a Margery, la «bruja rubia de Boston»; y a montones de
otros más. ¡Estos eran médiums que realmente hacían cosas!
La triste historia de Ford da comienzo con su nacimiento en 1897 en Titusville,
Florida. A los diecisiete años estudiaba para ministro de la Iglesia de los
Discípulos de Cristo, en su Transylvania College (¡cuidado con el Conde
Drácula!), Lexington, Kentucky. Lo dejó todo para enrolarse en el ejército. En
su autobiografía, Nothing So Strange (Nada tan extraño), así
como en su libro de recuerdos Unknown But Known (Desconocido
pero conocido), Ford decía claramente que nunca había cruzado el océano, pero
Spraggett cita cuatro entrevistas publicadas en las que Ford habla de sus
experiencias psíquicas en las trincheras francesas. (Más tarde Ford dijo haber
tenido un hijo que murió durante le Segunda Guerra Mundial, pero Spraggett y
Rauscher, al no conseguir evidencia alguna de que Ford hubiera tenido tal hijo,
no mencionan nada de esto en su libro.) Después de la guerra, Ford regresó a
Lexington y se ordenó, pero pronto abandonó su iglesia para convertirse en
médium profesional. Fue en Nueva York, en 1924, cuando Fletcher pasó a constituirse
en su control para toda la vida.
Spraggett no oculta el hecho de que Ford emitió informes contradictorios sobre
la personalidad de Fletcher. En Nothing So Strange decía que
Fletcher era un canadiense francófono que había conocido cuando ambos tenían
quince años, pero que no se habían vuelto a ver desde entonces. El canadiense
había resultado muerto durante la Primera Guerra Mundial. En 1928, en una
revista psíquica, Ford publicaba un relato diferente. El y Fletcher habían sido
condiscípulos en un colegio. En otro artículo de revista llamaba a Fletcher,
«aquel chico canadiense con el que fui al colegio y cursé estudios superiores».
A lo largo de toda su vida Ford tuvo colgada en la pared una fotografía
enmarcada de Fletcher. Esta fotografía, en la que aparece un joven elegante con
el pelo oscuro y ondulado, está reproducida en el libro de Spraggett.
Un antiguo secretario de Ford (Spraggett le describe como «de mediana edad» y
«afeminado») contó a Spraggett que los trances de Ford eran fingidos, y que
Fletcher no era más que «pura invención». Según él, la foto de Fletcher «seguía
la misma línea. ¿No podría haber sido algún muy, muy buen amigo que Ford
hubiera tenido muchos años atrás? Ya saben ustedes lo que quiero decir». (El
libro presenta muchas de estas indirectas, casi insinuaciones socarronas de la
homosexualidad de Ford y otros.)
Aunque gozó de gran popularidad en los círculos espiritistas durante los años
veinte, Ford apenas fue conocido del público hasta 1928, cuando se vio envuelto
en una loca controversia. Esta historia aparece relatada en los últimos
capítulos de dos biografías de Harry Houdini (la de William Gresham y la de
Milbourne Christopher), pero al volver a contarla Spraggett ha añadido nuevos
detalles interesantes.
Cuando falleció Houdini en 1926, su esposa, Bess, declaró que su marido le
había dejado un mensaje secreto. Bess ofreció diez mil dólares al médium que
fuera capaz de revelarlo. Después de recibir miles de conjeturas incorrectas,
retiró la oferta.
En 1928, durante una sesión en el apartamento de Ford, Fletcher dijo a Bess que
la madre de Houdini le había pedido que le comunicara la palabra «perdón».
Bess se quedó helada. Este no era el mensaje de Houdini, pero era una palabra
en clave que habían acordado Houdini y su madre. Según dijo a la prensa,
ninguna persona viva, excepto ella misma, conocía aquella palabra. Sin embargo,
en seguida se descubrió (y lo hizo Conan Doyle ¡nada menos!) que un año antes
Bess había contado a un reportero del Brooklyn Eagle todo
sobre la palabra «perdón». Doyle se apresuró a añadir que no creía que Ford
supiera nada de esto. A pesar de todo, el hecho de que la palabra hubiera sido
publicada y Bess aparentemente se hubiera olvidado de ello, debilitaba el valor
probatorio de la revelación de Fletcher.
Fletcher volvió a intentarlo. Esta vez, hablando por los labios de Ford en una
serie de ocho sesiones (ninguna con Bess), localizó al propio Houdini. El
mensaje era «Rosabelle, cree». Bess solicitó una sesión privada. En su
apartamento, el 7 de enero de 1929, Fletcher repitió el mensaje. Bess firmó una
declaración de que era correcto.
El 10 de enero el New York Evening Graphic, un tabloide
sensacionalista, presentaba grandes titulares calificando de engaño dicha
revelación. Rea Jaure, una reportera del Graphic, decía que Ford le
había dicho que él y Bess habían preparado todo para dar publicidad a una gira
de conferencias que ambos habían planeado. Ford y Bess lo negaron. Walter
Winchell publicó una larga y pesarosa carta de la señora Houdini, defendiéndose
a sí misma y a Ford. Joseph Dunninger (que luego se convertiría en un conocido
mentalista de televisión) entró en acción. Declaró que Houdini había mantenido
relaciones íntimas con una ayudante pelirroja del mago, Daisy White, quien
conocía el mensaje secreto y se lo había transmitido a Ford. (Dunninger ha
refundido recientemente su versión del asunto en Fate, noviembre de
1971.) Bess nunca negó que el mensaje de Ford fuera correcto, pero años después
insistió en que nunca había recibido comunicación espiritual alguna de su
marido. Mi opinión es que Bess, enferma y alcoholizada en 1928, había divulgado
el secreto, pero nunca fue capaz de admitirlo después.
De la cumbre de Houdini a la cumbre de Pike, la carrera de Ford pasó
desapercibida. Viajó por todo el mundo, instruyendo a creyentes, dando
conferencias públicas y sesiones privadas para famosos y no tan famosos. Vivió
una temporada en Hollywood —«una ciudad adorablemente loca», decía. Se
alcoholizó. Inmediatamente antes de su segundo divorcio, se emborrachó en
California, perdió el conocimiento y se despertó en Florida. Se unió a la A. A.
(Alcohólicos Anónimos). Se drogaba. Temeroso de la oscuridad, siempre dormía
con una luz encendida.
Spraggett y Rauscher no llegaron a ver todos los escritos de Ford, porque una
secretaria, siguiendo instrucciones de Ford, había destruido una cantidad
desconocida. Pero había montones de cartas, diarios, y álbumes de recortes para
examinar. Al analizar este material Spraggett y Rauscher efectuaron un
horripilante descubrimiento.
Ford había investigado exhaustivamente a Pike antes de la sesión televisada.
Durante la misma, Fletcher había introducido al reverendísimo Karl Morgan
Block, predecesor de Pike como obispo de California. (Fletcher: «El nombre es
algo así como Black, o algo parecido… Charl…, Carl, Blac, Block…».) Block
mencionó varios hechos tan oscuros que Pike estaba seguro de que no era posible
que se hubiera realizado investigación alguna sobre ellos. Pero entre los
papeles de Ford había un recorte —la necrológica de Block sacada del New
York Times— en el que aparecían esos hechos. Y había otras necrológicas más
de otros fallecidos que, a través de Fletcher, habían impresionado a Pike con
sus datos probatorios.
Escandalizados e indignados, Spraggett y Rauscher cavaron más hondo. Ford
guardaba las necrológicas a miles. Su archivo sobre Pike se remontaba a años.
Había un fragmento de un cuaderno destruido conteniendo datos mecanografiados
sobre algunos clientes.
Había notas escritas de puño y letra de un investigador psíquico y amigo
dándole a Ford datos sobre miembros de una iglesia donde el médium había sido
contratado para efectuar una demostración de clarividencia. Había también una
nota de Ford una semana después: «Gracias por todo lo que hiciste por mí…
Siempre estaré en deuda contigo.»
Uno de los muchos secretarios de Ford dijo a Spraggett que éste «nunca acudiría
a una sesión como las de Pike sin realizar antes una investigación secreta.
Realizaba estas investigaciones personalmente. Me enseñó cómo hacerlo. Iba a la
biblioteca de Filadelfia… acudía a los archivos de la Facultad. ¿Sabe?… Una
mujer le envió una vez quinientos dólares por adelantado para comprometer una
sesión. Yo estaba con él cuando realizó la investigación…
»En una ocasión le dije a Arthur: “¿Estás leyendo tus poemas?” Esta era la
denominación en clave de sus notas… Mantenía sus poemas actualizados, sin dejar
de leer los periódicos constantemente y recortar las necrológicas de todos los
Estados Unidos.
»Llevaba siempre consigo estos poemas en un maletín que solíamos ocultar bajo
el asiento delantero de mi coche.»
Estas revelaciones, tan comunes en la historia del espiritismo ¿echan por
tierra la confianza de Spraggett y Rauscher? En absoluto. No hacen sino
convertir a Ford en un personaje aún más enigmático ante sus ojos. Concluyen
que fue «un psíquico genuinamente dotado que, por diversas razones, escrutables
e inescrutables, cayó en la trampería cuando tuvo que hacerlo». ¿Cuándo tuvo que
hacerlo? La implicación (bastante respetable) es que son los clientes los que
obligan a los médiums a cometer fraude, dadas sus incesantes demandas de
información probatoria.
Sin embargo, el libro presenta un villano, y ¿a que no adivinan quién? ¡Se
trata del animador de televisión Kreskin! Los autores se muestran llenos de
indignación hacia este «adolescente tardío» y «pobre hombre de Duminger» por
presentarse como «sensitivo» cuando todo lo que hace son trucos de magia.
Engaña al público. Proyecta dudas, ¿sabe usted?, sobre clarividentes genuinos
como Ford.
Una de las razones más fuertes para creer que los médiums no hablan con los
muertos siempre ha sido la de que jamás presentan a un muerto que hable mucho.
Seguramente, suponiendo que exista vida más allá de la tumba, y que Dios
permita contactos con el Más Allá, los muertos no se vuelven imbéciles. Sin
embargo, todo lo que consiguen decir es que son felices, que todo allí es
tranquilo y lleno de luz, etc. Recitan una metafísica de jardín de infancia.
Como Spraggett recuerda a sus lectores, los controles espirituales se muestran
notoriamente indecisos incluso en lo que se refiere a una cuestión tan simple
como la de la reencarnación. Y ¿quién podría saber más que ellos sobre eso?
Tampoco están de acuerdo sobre la naturaleza de Cristo. De hecho, no están de
acuerdo en nada.
Cuando Ford realizó una sensacional aparición escénica en Londres, tras ser
introducido por Doyle, he aquí algunos de los maravillosos mensajes que hizo
llegar a la audiencia procedentes de seres queridos. «Envían afectuosos
saludos.» «Dice ¡tranquilos! y todo irá bien.» «Sí, está creciendo mucho [un
niño fallecido]. Él quería decíroslo. Y no os preocupéis por su madre. Ella
estará estupendamente. Os lo aseguro.»
¿Puede alguien en su sano juicio suponer que los muertos hablarían a los vivos
de esta forma tan pueril? Quizá una razón por la que Spraggett no menciona para
nada el arte de la «lectura fría» —el arte en virtud del cual alguien hace que
su interlocutor le comunique inconscientemente, a través de sus reacciones, lo
que va a decir a continuación— es el hecho de que Ford nunca fuera muy bueno en
él. He conocido quirománticos, de los que actúan en barracas de carnaval, que
aportan lecturas mejores.
La verdad es que Ford fue un mediocre charlatán. Estaría completamente olvidado
si no hubiera sido por Bess Houdini y por su suerte de atrapar al pobre Pike en
un momento de angustia mental aguda. No existe ningún profundo misterio en
torno a Ford. Resulta más fácil de entender que Spraggett y Rauscher.
Anexo
Esta carta de Allen Spraggett se publicó en el número del NYR correspondiente
al 11 de octubre de 1973:
Con
respecto a la recensión de Martin Gardner de nuestro libro Arthur Ford: The Man
Who Talked with the Dead, permítame replicar en el nombre de mi colaborador,
William Rauscher, y en el mío propio.
Dado que Gardner, cuya inteligencia le ha convertido en una reconocida
autoridad en el terreno de los juegos y rompecabezas, confiesa (en una de sus
doce o más obritas de ciencia pop) «un enorme e irracional prejuicio contra la
PES», me gustaría saber por qué se ocupa ahora de reseñar la biografía de un
psíquico. ¿No es un poco como pedir a un miembro del Partido Nazi Americano que
reseñe El violinista en el tejado, o a un eunuco que efectúe una crítica en
profundidad de un manual sexual?
Esta explosión menopáusica de Mr. Gardner dice más sobre él y su «irracional
prejuicio», que ha ido a peor con la edad, que sobre nuestro libro. Sabemos por
ejemplo, que es audaz en el ataque una vez que la víctima ha fallecido, como en
el caso de sus despectivas observaciones sobre el obispo James Pike.
Mr. Gardner parece alucinar citas, o puede ser que posea PES. En cualquier
caso, mi colaborador y yo nunca hemos dicho haber encontrado «miles» de
necrológicas en los archivos de Ford. Nunca hemos dicho haber encontrado en sus
archivos necrológicas de ningún presunto comunicante de las sesiones
televisadas de Pike, a excepción de una: la del reverendísimo Karl Morgan
Block.
En ninguna parte decimos, o damos a entender, que el obispo Pike albergara «una
firme creencia en la vida después de la muerte» en la época del suicidio de su
hijo y, por lo tanto, que pudiera haber esperado recibir un mensaje. De hecho,
Pike había renegado públicamente de toda creencia similar algún tiempo antes de
la muerte de su hijo. Cuando Mr. Gardner describe al notoriamente escéptico
James Pike como un hombre «sediento de señales», está apoyándose en esa vívida
imaginación suya, tan evidente a lo largo de toda la recensión.
En ninguna parte decimos tampoco que Canon Rauscher, pastor de la Iglesia
Episcopal, sea o haya sido nunca «espiritista» —error casi tan extravagante
como la sugerencia de que Martin Gardner deba ser tomado en serio como recensor
de libros sobre PES.
En ninguna parte decimos o damos a entender que el descubrimiento del fraude de
Arthur Ford en sus actividades como médium no haya «echado por tierra» nuestra
confianza en él. El hecho de que nuestra confianza fue sacudida queda lo
bastante claro en el libro como para que lo capte incluso un recensor lleno de
prejuicios, por muy irracionales que éstos sean. Sin embargo, procedemos a
explicar que resurgió en nosotros una creencia cualificada en los poderes de
Ford, sobre la base de pruebas sólidas de que —a pesar de algunas trampas
ocasionales— estaba genuinamente dotado psíquicamente.
Mr. Gardner ignora estas pruebas, por supuesto. Obviamente el psíquico que
impresionara a un escritor de la categoría de Aldous Huxley, a un psicólogo de
la talla de William McDougall, a un premio Pulitzer como el novelista Upton
Sinclair, y a un astronauta, Edgar Mitchell, no podía engañar como a un chino a
un experto en juegos y rompecabezas tan despierto.
Mr. Gardner es un experto en el arte de la calumnia. Tergiversa textos para
crear la impresión de que mi colaborador y yo revelamos de mala gana los
desafortunados hechos que rodean al engaño de Ford. Que nosotros no «ocultamos
los hechos» es su retorcida manera de decirlo.
La verdad es que Rauscher y yo somos quienes hemos descubierto pruebas de que
Ford cometía fraude y lo hemos revelado en el libro abiertamente, sin coacción
alguna. Sin embargo, el haber dicho simplemente eso parece haber sido demasiado
para el recensor y su «prejuicio irracional». Pobre viejo amargado.
Allen SPRAGGETT
A
esta carta, respondí:
Es
típico de Spraggett iniciar su ataque con una cita falsa. Un párrafo de mi
libro de 1952, Fads and Fallacies in the Name of Science, empieza diciendo: «Es
obvio que existe un enorme prejuicio irracional por parte de la mayoría de los
psicólogos americanos —mucho mayor que en Inglaterra, por ejemplo— en contra
siquiera de la posibilidad de la existencia de poderes mentales
extrasensoriales. Este es un prejuicio que yo mismo, hasta cierto punto,
comparto.» El punto hasta el que yo lo compartía entonces, como ahora, es
insignificante. Obviamente la PES es una posibilidad. Como la mayoría de los
psicólogos, la considero una posibilidad poco probable.
Spraggett afirma correctamente que no dijo haber hallado miles de necrológicas
en los archivos de Ford. Nunca dije que lo hubiera dicho. Por el contrario,
informé de la declaración de Spraggett de que una parte desconocida de los
archivos de Ford había sido destruida por uno de sus secretarios después de la
muerte de aquél. Mi afirmación «Ford guardaba miles de necrológicas» estaba
parcialmente (no completamente) basada en el libro de Spraggett. Un antiguo
secretario de los Ford dijo a Spraggett que su jefe empleaba el nombre en clave
de «poemas» para referirse a sus necrológicas, las llevaba consigo en un maletín,
y «mantenía actualizados sus poemas leyendo constantemente los periódicos y
recortando necrológicas procedentes de todos los Estados Unidos». El propio
Spraggett escribe (p. 248): «Los archivos privados de Arthur Ford revelaban su
marcada tendencia a recortar necrológicas…». He sido corregido en un punto
trivial. Únicamente era una (no varias) la necrológica que contenía la
información probatoria sobre la que Ford se apoyó en su famosa sesión con el
obispo Pike.
Es cierto que durante un breve período anterior a la muerte de su hijo, Pike
proclamó sus dudas acerca de la inmortalidad. Pero le duraron poco tiempo. Dos
semanas después del suicidio de su hijo, Pike estaba convencido de que éste
intentaba llegar hasta él desde más allá de la tumba. Teniendo en cuenta el
prolongado ministerio cristiano de Pike, sus dudas temporales únicamente
profundizaron su ansia de pruebas sólidas de que el alma de su hijo no había
desaparecido por completo.
Pasemos ahora a la palabra «espiritista». A Canon Rauscher no le gusta que le
califiquen de espiritista, porque eso implicaría su pertenencia a una iglesia
espiritista. Que yo no empleé la palabra en este sentido resulta evidente a
partir del hecho de que llamé a Rauscher «espiritista convencido»
inmediatamente después de identificarle como pastor episcopal. El último New
Collegiate Dictionary de Webster define espiritismo como «la creencia de que
los espíritus de los muertos se comunican con los vivos, normalmente a través
de un médium». Canon Rauscher cierra su introducción al libro de Spraggett
escribiendo: «Si, después de leer este libro… me preguntaran: “¿Cree usted que
Arthur Ford hablaba con los muertos?”, mi respuesta sería que sí.» Pido
disculpas si mi empleo de letras mayúsculas en la palabra «espiritista» ha conducido
a algunos lectores a suponer que quería referirme a algo más que a la firme
convicción de Rauscher de que los médiums efectivamente hablan con los muertos.
Resulta palpable la lástima que inspiran a Spraggett quienes no comparten su
adolescente entusiasmo por el ocultismo protestante. En cierto sentido, es de
envidiar su capacidad para creerse casi todo. En su libro The Unexplained (Lo
inexplicado) —el obispo Pike, en su prólogo, lo califica de «libro cuidado», y
Norman Vincent Peale, en la cubierta, dice que se trata de «prácticamente el
mejor libro sobre el fenómeno de la PES que ha aparecido en mucho tiempo»—,
comprobarán que Spraggett cree en la astrología, el teletransporte, las casas
encantadas, el crecimiento de las plantas asistido con oraciones, la milagrosa
curación de una víctima del cáncer realizada por Kathryn Kuhlman (Spragett
escribió después todo un libro sobre esta curación por la fe), la capacidad de
Ted Serios para proyectas ideografías sobre una película Polaroid y montones de
milagros aún más increíbles en torno a los que tantos de nosotros, viejos
escépticos amargados, tenemos nuestras dudas. [Conste que yo tenía 59 años
cuando Spraggett me llamó «pobre anciano amargado».]
Una última puntualización. De los cuatro hombres citados por Spraggett como
«impresionados» por Ford, únicamente McDougall era científico. Aunque Spraggett
cita a McDougall diciendo que Ford tenía «poderes sobrenaturales», no da la
fuente de esta cita, y en la página 226 afirma que el psicólogo se hallaba «no
excesivamente impresionado» por una sesión de Ford. En lo que se refiere a los
otros tres, sus capacidades de creencia al margen de toda crítica tan sólo se
ven superadas por la de Spraggett. Huxley escribió un libro entero para
promocionar las ideas inútiles del Dr. William («tiren sus gafas») Bates (véase
el capítulo 19 de mi Fads and Fallacies), y hasta el día de su muerte, Sinclair
defendió las alocadas teorías del Dr. Albert Abrams, el matasanos más divertido
de este país (véase el capítulo 17 de Fads and Fallacies). Sabremos todo sobre
las ideas de Mitchell cuando Putnom publique el libro que está escribiendo
sobre fenómenos psíquicos. Entretanto, ha venido apareciendo en programas de
televisión manifestando su fe en la capacidad del mago israelí Uri Geller para
doblar clavos de hierro mediante psicocinesis.
Martin GARDNER
El
mejor relato del encuentro del obispo Pike con esos tres benditos —Ford,
Spraggett y Rauscher— puede leerse en las páginas 207-240 de The Death
and Life of Bishop Pike (Muerte y vida del obispo Pike) (Doubleday,
1976), escrito por dos amigos y admiradores de Pike, William Stringfellow y
Anthony Towne. La viuda de Pike, Diane, autorizó esta biografía y escribió su
introducción. También recomiendo una excelente recensión de este libro, firmada
por Raymond Schroth en el New York Times Book Review del 1 de
agosto de 1976.
El libro está lleno de detalles inéditos hasta entonces sobre Pike y Ford. Por
él sabrán cómo mantenía Ford cerrada su bolsa de viaje (que contenía sus
«poemas») con correas de cuero, cada una de ellas con su candado. Se enterarán
del intento de suicidio de la hija de Pike. Se enterarán también del suicidio
de la amante de Pike, Maren Bergrud. Tras una acalorada discusión a las 2 de la
madrugada, Pike le puso en la mano un frasco de pastillas para dormir y dijo:
«Toma tus pastillas y vete». Ella se fue, se tomó cincuenta y cinco pastillas y
falleció a la mañana siguiente. Dejó una nota en la que decía que, aunque
finalmente había aceptado el hecho de que Pike no la amaba, se había plegado en
todo a sus deseos, y terminaba diciendo: «Yo necesitaba esperanza. Tú nunca me
la ofreciste; jamás me la ofreciste.» Pike halló la nota, cortó la parte que se
refería a él, y la escondió para que no la viera la policía. Más tarde dio esta
nota a Diane, y ella, a su vez, se la pasó a Stringfellow y Towne para que la
imprimieran. Estos autores defendieron a capa y espada su creencia en que Maren
Bergrud, enferma, neurótica, y drogodependiente, estaba confabulada con el
médium George Daisley y que fue ella quien simuló los fenómenos fantasmagóricos
del departamento de Pike en Cambridge.
Asimismo, conocerán por este libro la causa real de la muerte del hijo de Pike.
No fueron tanto las drogas como la intensa angustia y depresión que siguieron a
su descubrimiento de que era homosexual. El propio Pike había tenido alguna
experiencia homosexual cuando estudiaba derecho en Yale. Se lo había contado a
Diane, y le había dicho a un amigo suyo homosexual desde hacía mucho tiempo que
no había encontrado nada «desagradable ni desabrido» este episodio. Para pesar
de los autores, parece ser que Pike no le contó nunca a su hijo esta
experiencia. Ellos creen que la iglesia de Pike, con su reprobación oficial de
la homosexualidad, fue «cómplice cruel» del auto-asesinato del joven.
Rauscher dio a Stringfellow y Towne la impresión de profesar una pasión por el
espiritismo «genuina… Tenía una estrecha relación personal con Arthur Ford.
Ambos hombres eran buenos amigos. Ofició el servicio fúnebre de Ford. El padre
Rauscher nos parece excesivamente ingenuo. Es ese tipo de socio fácilmente
utilizable por parte de cómplices astutos».
Rauscher fue presidente y director de la Spiritual Frontiers Fellowship, Inc.,
fundada en 1956 como una casi-corporación para la que Ford siempre estaba
buscando donativos. Rauscher colaboró con Spragget en The Spiritual
Frontier (La frontera del espíritu) (Doubleday, 1975), y escribió la
introducción a un libro de un médium fraudulento reformado, M. Lamar Keene
(según dijo a Spraggett), publicado en 1976 por St. Martin’s Press bajo el
título The Psychic Magia (La magia de los psíquicos). Rauscher
es un adivino amateur que da espectáculos ocasionales. He tenido algún contacto
esporádico con él gracias a nuestra común afición a la magia, y mi opinión de
él coincide con la expresada por Stringfellow y Towne. Le veo sinceramente
convencido de que el cristianismo debe ir emparejado al espiritismo y a las
ideas de la parapsicología, pero (como su amigo Spraggett) me parece un hombre
infinitamente ingenuo y de gran ignorancia científica.
Stringfellow y Towne son menos amables con Spraggett. Describen su libro sobre
Pike como un libelo en el que ha violado la confianza de muchos. Afirman que
gran parte de él está «toscamente plagiada» de su libro anterior The
Bishop Pike Affair. También estoy de acuerdo con ellos en la imagen que
trazan de Spraggett. Me parece un cómico hiperactivo, un oportunista con un ego
enorme y fuertes anhelos de fama y fortuna.
Spraggett nació en Toronto en 1932, y estudió en la Queen’s University de
Kingston. Fue predicador fundamentalista del fuego del infierno y aporreador de
la Biblia hasta 1962, fecha en que pasó a ser editor religioso del Toronto
Daily Star. Dejó el Star seis años después para escribir
una columna sobre ocultismo que se titulaba «The Unexplained» (Lo inexplicado),
en un periódico de amplia difusión en Canadá y Estados Unidos. Sus populares
libelos sobre temas de ocultismo, sus programas de radio y televisión y sus
entusiastas conferencias pronto le convirtieron en el pregonero más conocido de
Canadá en lo referente a la astrología y a todo lo paranormal.
Mencioné en mi recensión que la homosexualidad aparece como una fuga sutil a lo
largo de todo el libro de Spraggett y Rauscher (véase, por ejemplo, su cruel
nota de pie de página sobre Keskin, en la página 171). Hablan del alcoholismo
de Ford y sus estados de ánimo maníaco-depresivos. Hay muchas citas sobre las
preferencias sexuales de Ford, pero no dicen abiertamente que Ford fuera
homosexual —o quizá bisexual sería la palabra más indicada.
Irónicamente, en 1979, Spraggett, junto con otros seis varones canadienses,
fueron objeto de sanción por parte de la policía de Winniper y obligados a
pagar una multa por haber realizado prácticas homosexuales con dos muchachos de
14 y 15 años de edad en un hotel de Winnipeg en 1978. Spraggett negó
categóricamente conocer a dichos muchachos, así como haber tenido relación
homosexual alguna en su vida. En 1980, cinco meses después de darse por
finalizado su sensacionalista juicio, un juez le declaró inocente. Pero la
publicidad negativa dio al traste con su programa de radio sobre astrología y
su popular programa semanal en la cadena CBC de televisión, Beyond
Reason (Más allá de la razón), en el que aparecían tres psíquicos que
adivinaban la profesión de dos invitados ocultos. Spraggett, en la actualidad
plenamente rehabilitado, ha manifestado su intención de escribir un libro sobre
lo que él llama su crucifixión y resurrección.
La turbulenta unión de la parapsicología y la Cristología alcanzó sus máximas
cotas de insipidez en 1965, cuando el propio Jesús empezó a dictar a una mujer
conocida como Helen sin más, que en aquella época era profesora ayudante de
psicología médica en la Universidad de Columbia. El resultado, diez años
después, fue una Revelación de medio millón de palabras titulada A
Course in Miracles(Sobre los milagros), publicada en 1975 por Judy Skutch,
acaudalada patrocinadora de Uri Geller, Dean Kraft y otros psíquicos y causas
psíquicas. Se puede leer todo sobre este libro en el artículo de Brian Van der
Horst, «Simple, Dumb, Boring —and a Course in Miracles» (New Realites,
vol. 1, núm. 1, 1977); en otro artículo sobre el tema del mismo autor,
«Miracles Come of Age» (vol. 3, núm. 1, 1979»; y en «The Gospel According to
Helen», de John Koffend publicado en Psychology Today, septiembre
de 1980.
Este «Jesús» que dictó semejante mamotreto de obra, permite a L. Ron Hubbard y
Werner Erhard proclamarse como teólogos profundos. La introducción del Course puede
resumirse en dos etéreos versos:
Nada
real puede verse amenazado.
Nada irreal existe.
24. Los predicadore[133]
Imaginemos
una animada discusión de un grupo de estudiantes en pleno campus de la
Universidad de California, en Berkeley. ¿Estarán discutiendo sutiles
diferencias entre el maoísmo y el castrismo? Escuchemos con atención. Están
hablando del «éxtasis». «Los salvadores se elevarán en el aire con Jesús cuando
se produzca su Segunda Venida, o el éxtasis tendrá lugar antes de
esa Segunda Venida?
Este resurgir inesperado del fundamentalismo protestante entre la juventud
(¿qué sociólogo lo había predicho?) constituye uno de los aspectos más locos
del escenario americano actual. Se supuso que la «desmitologización» —la purga
del cristianismo de la historicidad de sus grandes mitos— atraería a los
jóvenes hacia las iglesias liberales. Pero tuvo el efecto contrario. Lo que
querían era mitología, no buenos sermones que incitaran al sueño. Querían que
les hablaran del cielo y el infierno, de Dios y Satanás, del pecado y la
redención.
Ahora las iglesias liberales están medio llenas los domingos por la mañana, en
su mayor parte por ancianos sin sonrisa que acuden generalmente por puro
hábito. Cantan himnos disonantes con frases vacías. Recitan monótonos credos en
los que ya no creen. Beben un vino de comunión que ha perdido hasta su sabor
simbólico. Al otro lado de la ciudad, las iglesias de Pentecostés están
repletas de jóvenes vivarachos que entonan a coro viejos cantos melodiosos
sobre la Cruz, gritando «¡Gracias, Jesús!» y manteniendo maravillosa- [¿…?]
mente que predica que los «dones del Pentecostés, especialmente la curación por
la fe y la glosolalia, no estaban limitados a la Iglesia antigua, sino que, de
hecho, todavía constituyen signos del poder del Espíritu Santo. El
pentecostalismo moderno estuvo restringido a las sectas fundamentalistas
protestantes hasta hace algunos años, en que de pronto se puso de moda entre
los católicos romanos y episcopalistas conservadores.
En lo alto de la cresta de esta nueva ola, en parte fomentándola, aparecen los
grandes evangelistas. ¿Quiénes son? ¿Qué quieren? James Morris, que se crió en
Tulsa, ha escrito The Preachers (Los predicadores) (St.
Martin’s, 1973), un asombroso y divertido informe sobre nueve de estos
gigantes. «Denominaciones únicas», los llama Morris. Venden sus cándidos libros
por millones y sus revistas a todo color gozan de mayor circulación que Playboy.
En un día, los curanderos de la fe a golpes de Biblia hacen desaparecer más
enfermedades psicosomáticas que todos los psiquiatras en un año, y
probablemente las curas duren lo mismo.
Consideremos el caso de Tulsa, que en tiempos fue la orgullosa «capital
petrolífera del mundo». Hoy día es la «capital fundamentalista del mundo». Oral
Roberts y Billy James Hargis, dos de las denominaciones únicas de más éxito en
el país, residen allí. Roberts, el más extravagante de los dos, en la
actualidad sólo es superado por Billy Graham en fama, fortuna y lisonjas. El
capítulo que Morris le dedica, minuciosamente documentado, cuenta una curiosa
historia.
La historia comienza en 1918 en una granja próxima a Ada, Oklahoma. Este fue el
año en que nacieron tanto Roberts como Graham. Aunque los padres de Oral eran
feligreses devotos de la Santa Iglesia Pentecostal, Oral no se tomó en serio su
religión hasta un día en que estaba jugando al baloncesto en la escuela
superior y se cayó al suelo, sangrando por la nariz. Los médicos le
diagnosticaron una tuberculosis avanzada de ambos pulmones. Algún tiempo
después, en el campamento de un predicador local, un evangelista tocó la cabeza
de Oral. Le envolvió un destello cegador y saltó de su silla, gritando «¡Estoy
curado!»[134]
Roberts se hizo ministro pentecostalista a los diecisiete años. Once años
después, mientras dirigía una iglesia en Georgia, descubrió que él también
poseía poder para curar. A uno de sus diáconos le había caído en un pie un
motor pesado. En una de sus muchas autobiografías, Roberts describe cómo manaba
sangre del zapato de aquel hombre, «que tenía casi amputado el pie». Roberts
tocó el zapato y gritó: «¡Jesús curará!» «Asombrado —escribe Roberts—, le vi
quitarse el zapato, plantar el píe… y vi con mis propios ojos que su pie había
quedando reparado instantáneamente.»
Fue el primero de los muchos milagros de Roberts. El poder divino parecía fluir
a través de su cuerpo únicamente cuando establecía lo que él llamaba un «punto
de contacto» con el paciente. Cuando era en persona, Roberts le tocaba con su
mano. Cuando únicamente se hallaba en la radio o en la televisión, pedía al
público que tocaran el altavoz o la pantalla. El hermano Roberts también llegó
a ser un hábil exorcista. «Primero, siento la presencia de Dios, normalmente a
través de mi mano —dijo en una entrevista—. Luego, capto la respiración de la
persona (poseída por el demonio): tendrá el hedor de un cuerpo putrefacto. A
continuación me fijo en sus ojos. Son, son como los ojos de una serpiente.»
A finales de los años cuarenta, Roberts creó la compañía Healing Waters, Inc.
(Aguas curativas) en Tulsa. Mediada la década de los cincuenta había superado
con creces a su rival más próximo, Jack Coe el curandero de Dallas, en el
tamaño de sus campamentos, ventas de literatura, número de programas de radio y
cantidad de dinero conseguido. En 1956 Healing Waters empleaba a 287
trabajadores, fundamentalmente destinados a abrir sobres y contar dinero. El
año pasado un banquero de Tulsa estimaba el líquido anual de Roberts en quince
millones de dólares.
Se produjeron las tragedias inevitables. Una mujer diabética, curada por
Roberts, abandonó la insulina y en seguida falleció. Una señora con cáncer de
médula expiró a los pocos días de testificar sobre su curación. Roberts fue
objeto de críticas cada vez más numerosas de médicos y clérigos no
pentecostalistas.
Poco a poco el hermano Roberts empezó a cambiar. Suprimió sus curaciones por
televisión. Cerró su enorme campamento. La ropa arrugada dio paso a los trajes
bien cortados. Un banco de Tulsa le nombró director. La Cámara de Comercio
también. Se inscribió en el Club Rotario. Asimismo, se inscribió en el club de
campo más selecto de la ciudad.
Estableció la ORU (Universidad de Oral Roberts) en una gran franja de terreno
de las afueras de Tulsa. Billy Graham fue el orador que la inauguró. La moderna
y deslumbrante arquitectura de esta universidad se ve dominada por una Torre de
Plegarias de unos 60 metros de altura, con una «corona de espinas» en torno a
su cubierta de observación y una llama perpetua en lo más alto para representar
al Espíritu Santo. Todo los días y todas las noches, los siete días de la
semana, había «compañeros orantes» en la torre dando consejo a quienes
telefoneaban de todas partes del mundo.
Hace tres años, para horror de sus viejos socios pentecostalistas, Roberts
—ahora Dr. Roberts— se ordenó ministro metodista y se incorporó a una rica y
famosa iglesia metodista moderada de Tulsa, situada en la Boston Avenue. ¿Acaso
el Dr. Roberts, el millonario más distinguido de Tulsa, alberga algún plan
secreto de gran alcance? Nadie lo sabe. De momento, su mayor interés parece
estar en sus espectáculos musicales en televisión, donde aparecen importantes
invitados y el sonido «actual» de su hijo cantante, Richard. En ninguno de
estos programas habla la Lengua Desconocida.
Billy James Hargis, palabrero número dos de Tulsa, poseía una formación más
seria exteriormente que Roberts; se graduó en el Ozark Bible College de
Bentonville, Arkansas, para ordenarse ministro de la Iglesia Católica a los
dieciocho años. Hargis no practica la curación por la fe. Su fuerte es la lucha
contra el comunismo. La Santa Cruzada, de acuerdo con su idea al respecto,
constituye el mayor movimiento anti-rojos, centrado en Cristo, de la tierra. De
hecho, a su lado el Partido Comunista Americano palidece de pura
insignificancia. La magnífica catedral de Tulsa atrae casi tantos visitantes
como la Torre de las Plegarias de Roberts. Billy posee su propia universidad en
Tulsa: el American Christian College. La Cruzada también alcanza a escuelas
superiores de Colorado y Maine, Puede que los newyorquinos consideren a este
regordete y carirredondo habitante de Tulsa como un bufón todavía mayor que
Roberts, pero en el medio oeste es una celebridad muy admirada. La mansión de
medio millón de dólares donde vive, situada sobre una colina de Tulsa, posee
noventa líneas de teléfono[135].
Kathryn Kuhlman, evangelista de Pittsbursh entrada en años (tiene más de
sesenta, aunque no los represente), es la única predicadora que aparece en el
libro de Morris. Aunque no tiene nada que hacer comparada con Aimee Semple
McPherson, Miss Kuhlman es sin ninguna duda la curandera de más renombre en
América. Uno de los pasajes mejor escritos de Morris es la descripción que hace
de su aparición triunfal en Tulsa en 1971, con el Dr. Roberts en la tarima, y
los sordos, lisiados y ciegos «acogidos por el Señor» al tocarles Miss
Kuhlmann.
Allen Spraggett, fundamentalista canadiense que abandonó la predicación para
escribir absurdos libelos sobre ocultismo, es el biógrafo más destacado de Miss
Kuhlman. Spraggett cree que los médiums hablan con los muertos, así como en
todos los demás aspectos de la actual escena psíquica. Su publicación de
1970, Kthryn Kuhlman: The Woman Who Believes in Miracles (Kathryn
Kuhlman: la mujer que cree en los milagros), posee un interés especial, según
Morris, porque enfoca los milagros de Miss Kuhlman desde el punto de vista de
la parapsicología.
Spraggett tiene una baja opinión de Roberts, pero considera a Miss Kuhlman una
santa. Lo que más le impresiona es que muchos de los que ella cura no son
creyentes. ¿Podría ser, pregunta, que lo que Miss Kuhlman llama el Espíritu
Santo en realidad sea un «fenómeno de campo», es decir que su curación sea
menos un acto de Dios que un acontecimiento parapsicológico? Esta mezcolanza
del cristianismo con el ocultismo es una tendencia de rápido crecimiento, no
solamente entre los psíquicos profesionales como Jeane Dixon sino también entre
destacados protestantes liberales como Norman Vincent Peale y el difunto obispo
James Pike, desde luego, éste ha sido un artículo muy vendido por médiums como
Arthur Ford, a quien Spraggett también ha dedicado un libro[136].
El capítulo más divertido del libro de Morris habla del octogenario profeta de
Pasadena Herbert W. Armstrong. Parece imposible que un solo hombre, con una
oratoria mediocre y un mosaico de antiguas herejías, haya podido construir todo
un imperio fundamentalista, que en la actualidad está manejando fondos aún
mayores que el de Roberts. De algún modo lo consiguió el anciano, y lo hizo
todo desde la radio sin pedir dinero jamás. Se limita a recitar alguna profecía
bíblica y a hablar del «maravilloso mundo del mañana», y después ofrece la
suscripción a su revista, Plain Truth, así como folletos que
arremeten contra la evolución y otras doctrinas falsas, «todo ello
absolutamente gratis». Esta ausencia de petición de dinero constituye una de
sus innovaciones más inteligentes. Espera pacientemente hasta que sus conversos
se encuentran firmemente enganchados a su Iglesia Mundial de Dios, y luego los
somete a un riguroso diezmo.
Las revelaciones de Armstrong resultan increíblemente anticuadas. Los pueblos
anglosajones son los auténticos descendientes de las tribus perdidas de Israel.
No existe la Trinidad. Los muertos están verdaderamente muertos hasta el Día
del Juicio, día en que Dios los devolverá a la vida con un cuerpo nuevo. (Esta
doctrina de la «inmortalidad condicionada» ha tenido muchos defensores
distinguidos: John Milton y Karl Barth, por no citar más que a dos. Constituye
un dogma central del Adventismo del Séptimo Día, Testigos de Jehová, y otras
sectas.) Deben observarse las normas de alimentación del Antiguo Testamento.
Las «fiestas paganas» como el domingo, la Navidad y la Pascua de Resurrección,
son tabú.
Escuchando las explicaciones de Armstrong sobre Daniel y la Revelación, resulta
difícil concebir que nadie pudiera suponer que este hombre sencillo, sonriente,
de cabello blanco y grandes ojos es la única persona sobre la tierra con
comunicación directa con el Todopoderoso. Pero su Iglesia de Dios tiene miles
de conversos. Durante una época pensé que Bobby Fisher se negaba a jugar al
ajedrez en sábado porque era judío. Pero no es así. Como seguidor de Armstrong,
Bobby comparte con los adventistas del Séptimo Día la convicción de que Dios
nunca autorizó el descanso del domingo.
¿Qué hay del elegante hijo de Herbert, Gorner Ted, cuya voz suena tan
curiosamente parecida a la de su padre? ¿Cree realmente en las tonterías que
dice, o le preocupa simplemente el imperio multimillonario en dólares, que
pronto heredará si se esfuerza por mantener la fe y Jesús demora su próxima
venida unas cuantas décadas más?
The Preachers presenta divertidas descripciones de otros destacados
trituradores de la Biblia. A. A. Allen tuvo que abandonar sus planes de
resucitar a los muertos cuando se dio cuenta de que los creyentes empezaban a
enviarle cadáveres. C. W. Burpo dedicó en una ocasión un programa de radio
entero a revelar que H. Rap Brown no era otro que John Green, un agente
encubierto del Comité de Expropiaciones del Senado. (Burpo había leído esto en
la columna de Russell Baker, y no sabía que era una broma.) Y no olvidemos al
reverendísimo padre en Dios, Su Divina Eminencia, el Dr. Frederik J.
Eikerenkoetter II, más conocido como reverendo Ike. Ike es un evangelista negro
oriundo de Carolina del Sur, cuya revelación más importante es que Dios desea
que nos hagamos ricos. Ike incluso ha encontrado respaldo a esto en el Libro de
Dios: «Para exultar se hacen las fiestas y el vino alegra la vida, pero el
dinero sirve para todas las cosas» (Eclesiastés 10:19). Hay también un capítulo
dedicado a Carl Mclntire, el irascible fundamentalista de New Jersey que ha
aparecido recientemente en los periódicos porque el gobierno le está poniendo
difíciles sus emisiones de radio piratas.
Billy Graham, el más grande de los grandes, es el único predicador sobre el que
Morris no tiene ningún despropósito que contar. Graham realmente practica lo
que predica. Otros le atacan a diestro y siniestro, pero él pone la otra
mejilla y sigue su camino, firmemente convencido por su enorme orgullo e
ignorancia de que él, Billy Graham, igual que Billy Runday, su predecesor,
posee la auténtica verdad de Dios. Si fuera un charlatán inteligente resultaría
más interesante. Pero la triste realidad es que Graham no es un charlatán.
Incluso puede que esté convencido, Dios nos asista, de que su amigo Richard Nixon
juega con él al golf no para levantar su imagen política, sino porque de hecho
comparte su fe evangélica.
A pesar de sus cómicos pasajes, The Preachers es un libro
triste y nostálgico, y después de leerlo, uno se plantea grandes interrogantes.
¿Por qué ha ocurrido todo eso? ¿Cómo es posible que hoy día, con la ciencia y
la medicina avanzando en miles de frentes espectaculares, la gente parezca
atrapada en todas las variedades imaginables de irracionalidad? Esta nueva
irracionalidad parece extenderse a nivel mundial. Es posible encontrarla en
Inglaterra, Japón, Francia, Alemania, incluso en Rusia. En un número reciente
de Times (8 de octubre, página 102) aparece un artículo
asombroso sobre el modo en que el pentecostalismo se está «extendiendo como una
especie de sarpullido espiritual» por todo el globo, especialmente ¡en Corea!
Una opinión hábilmente defendida por el padre Andrew Greeley en su reciente
libro Unsecular Man (El hombre religioso), es que el
porcentaje de personas, en cualquier tiempo o lugar, que no puede vivir sin fe
en lo sobrenatural es una cantidad constante relativamente fija. Únicamente
varían los mitos. Lo que ahora estamos presenciando no es un incremento de esa
fe en lo sobrenatural; son meramente ruidosas alteraciones del contenido de
dicha fe. A medida que el protestantismo liberal gira hacia el humanismo, y el
catolicismo gira hacia el protestantismo, las almas religiosas de Occidente
empiezan a buscar por doquier —en el pasado y en Oriente— dioses y magia.
Otros opinan que la superstición ciertamente fluctúa en materia de intensidad,
como el ciclo del comercio; que una combinación de fuerzas sociales —la bomba
atómica, las guerras, la ciencia, el shock del futuro, el deterioro de la
educación, el declive de las iglesias establecidas, etc.— han producido un
auténtico ascenso repentino de la fe acrítica. Sea cual sea el verdadero estado
de cosas y las razones que lo hayan originado, al protestantismo americano le
están ocurriendo cosas muy extrañas, y en este momento su futuro parece tan
ampliamente impredecible como el futuro de la propia América.
Anexo
Desde que escribí la recensión de The Preachers, el resurgir
fundamentalista ha ganado con sorprendente rapidez tanta estridencia como poder
político. Si Morris quisiera escribir una segunda parte, tendría que dedicar
capítulos a Pat Robertson y su Club 700, a Jim Bakker y su Club PTL, a Rex
Humbard, James Robinson, Robert Schuler, Jerry Falwell, y al advenedizo
aporreador de pianos Jimmy Swaggart, por mencionar únicamente a algunos de los
más conocidos predicadores de la «iglesia electrónica». Charles Colson y Jeb
Stuart Magruder, tan célebres como el asunto Watergate, han vuelto a nacer.
Eldridge Cleaver ha visto la luz. Mark Hatfield y Harold Hughes siguen siendo
los congresistas evangélicos más destacados de la nación.
Los libros fundamentalistas se venden más deprisa que la pornografía. Recientes
listas de supervenías incluyen la monografía de Billy Graham sobre los ángeles,
los libelos de Half Lindsey sobre la Segunda Venida, Born Again (Renacido)
de Charles Colson, The Total Woman (La mujer total) de Marabel
Morgan, y Man in Black (El hombre de negro) de Johnny Cash.
La elección de Jimmy Carter en 1976 estuvo fuertemente influida por el
incremento del voto de los renacidos, especialmente entre los negros. Pero en
1980, desencantados por la actitud de Jimmy hacia cosas tales como el aborto y
los capellanes escolares, los fundamentalistas se congregaron en torno a Ronald
Reagan, que hizo cuanto pudo para aparecer incluso como más renacido todavía
que Carter. Dirigiéndose a una reunión de fundamentalistas en agosto de 1980,
declaró que la teoría de la evolución «no es más que una teoría» y que estaba
llena de «grandes defectos». Dijo que favorecería la enseñanza del creacionismo
en las escuelas como teoría alternativa. John Anderson discrepaba. Como
cristiano renacido, Anderson reconocía que la Biblia era la palabra de Dios,
pero señalaba que los «días» del Génesis podían considerarse largos períodos de
tiempo.
Jimmy Carter, respondiendo a una pregunta de Scientific American,
expresó un comentario de lo más iluminado sobre la evolución. Lo cito de Scientific
American, noviembre 1980, pág. 80:
Resulta
convincente la evidencia científica de que la tierra se formó hace unos cuatro
mil quinientos millones de años y que la vida se ha desarrollado a lo largo de
este período de tiempo. Creo que la ciencia responsable y la religión trabajan
mano a mano para aportar importantes respuestas concernientes a nuestra
existencia sobre la tierra. Mi propia fe personal me induce a creer que Dios
controla la marcha de los procesos de la creación. Pero en lo que concierne a
la enseñanza en las escuelas, los consejos escolares estatales y locales deben
ejercer esa responsabilidad de una manera consistente con el mandato
constitucional de la separación entre iglesia y estado.
Esta
declaración de Carter sugiere lo lejos que estaban sus convicciones religiosas
de las de los fundamentalistas que construyeron este nuevo «orden cristiano».
Resulta un comentario extraño sobre nuestros días que los tres candidatos
presidenciales de las elecciones de 1980 profesaran el cristianismo evangélico
y que quien ganó dichas elecciones, no solamente duda de la teoría de la
evolución, sino que además cree en la astrología (Reagan y Nancy son buenos
amigos de las astrólogas Carroll Rishter y Jeane Dixon) y en los resultados de
la parapsicología. En una entrevista realizada por Angela Fox Dunn (véase
el Washington Post del 13 de julio de 1980) Reagan declaró que
consultaba la columna del horóscopo de Righter todos los días. «Creo que usted
se dará cuenta —le dijo— de que el 80 por 100 de las personas pertenecientes al
Hall of Fame de Nueva York son Acuario» (Reagan, que nació el 6 de febrero de
1911, es Acuario). En resumen, nuestro país ha elegido un presidente que
sostiene opiniones fundamentalistas protestantes y cree en la astrología y en
la PES.
Jerry Sholes, antiguo socio de Oral Roberts, arremetió contra éste en un
revelador libro titulado Give Me that Prime Time Religión (Dadme
aquella religión de antaño) (1979). Primero fue publicado en rústica a nivel
privado en Tulsa, y después fue editado por Hawthorn. Desde el año 1977 Oral ha
venido batallando con los líderes cívicos de Tulsa en torno a sus planes de
construir un descomunal complejo médico de 100 millones de dólares enfrente de
la ORU (Oral Roberts University). Desea que el hospital tenga 777 habitaciones.
Los donativos tienen que ser en cantidades que repitan el siete: 7,77 dólares,
77,77 dólares, 777,77 dólares, etc. Cuando se puso la primera piedra en 1977,
se soltaron 77 palomas blancas. Este hospital hará hincapié en la «medicina
holista», lo que significa para Oral una combinación de la medicina tradicional
y la curación divina. Los médicos de Tulsa defienden que lo único que su ciudad
no necesita es un nuevo hospital, pero Oral sigue insistiendo en eso porque,
según dice, Dios le ordenó que construyera un hospital igual que le dijo a Noé
que construyera el Arca.
Oral tiene una fijación con el número 7. ¿Será porque el 777 ha sido
tradicionalmente el símbolo numerológico de Cristo, en contraste con el 666, el
número de la Bestia, o porque «Roberts» tiene siete letras? La dirección de la
ORU es 7777 South Lewis Avenue, y el número de teléfono de «La Torre de las
Plegarias» (The Prayer Tower = 2x7 letras es el 492-7777. «La Ciudad de la Fe»,
nombre que ha impuesto Oral a su complejo médico, también tiene 2x7 letras (The
City of Faith), y lo mismo ocurre con la frase favorita de Oral «Esperen un
milagro» (Expect a Miracle). El título de su autobiografía de 1961 My
Story tiene siete letras, y lo mismo su autobiografía de 1972, The
Call (La llamada). Muchos de los títulos de sus libros se deletrean en
múltiplos de siete letras, como por ejemplo The Miracle of Seed-Faith (El
milagro de la semilla de la fe) y A Daily Guide to Miracles (Guía
cotidiana de milagros).
Puede leerse un buen informe de los problemas del hospital de Oral en «And God
Said to Oral Build a Hospital» (Science, 18 de abril de 1980, págs. 267
y siguientes). Funcionarios del National Health Planning and Resource
Development Act (Robert piensa que se ocupan de realizar el trabajo del
demonio) están intentando obligar a Oral a reducir el número de camas de su Ciudad
de la Fe de 777 a 294.
Como Christopher Nelson Sinback señalaba en una carta (Science, 16 de
mayo de 1980), 294 es igual a (7x7x7) — (7x7), lo que lo hace dos sietes mejor
que 777, aunque es poco probable que esto impresione a Oral.
En septiembre de 1980 los medios de difusión informaron de que un jugador
desconocido, en vaqueros y botas de montar, había entrado en el Horseshoe Club
de Las Vegas, había colocado una sola apuesta de 777.000 dólares sobre la mesa
de juego, había ganado, y se había ido con más de millón y medio de dólares.
Sospecho que esto no era más que un acontecimiento publicitario preparado por
el casino, pero si así no fuera, ¿podría haber sido Oral después de que Dios le
aconsejara la apuesta que debía hacer?
Un mes más tarde el New York Times informaba (17 de octubre)
de que en su última petición de ayuda económica Oral había dicho a sus «socios»
financieros en una carta que, exactamente a las siete de la tarde del día 25 de
mayo (5 + 2 = 7), mientras se hallaba orando en silencio en su Ciudad de la Fe,
se le había aparecido un Jesús de 270 metros de altura:
«Sentí
una abrumadora presencia que me envolvía. Cuando abrí los ojos, allí estaba Él,
con una estatura de unos 270 metros, mirándome. Sus ojos; ¡oh, Sus ojos!
Sobresalía unos 90 metros por encima de los 180 de la Ciudad de la Fe. Allí
estaba yo, cara a cara con Jesucristo, el Hijo de Dios Vivo». [137]
Y
Dios dijo a Oral: «Te dije que hablaría con tus socios y, a través de ellos, lo
construiría.» Según un relato de Associated Press, Roberts añadió: «Si
obedecéis, no será difícil terminar la segunda mitad de la Ciudad de la Fe.» He
sabido por un funcionario de la ORU que le están lloviendo los millones.
Oral no se prestó a entrevistas del New York Times ni de
Associated Press, pero George Stovall, vicepresidente ejecutivo de la ORU dijo
en su momento: «Lo que él dice haber visto, lo ha visto.»
Le creo. Muchos de los responsables médicos de Tulsa están convencidos de que
Oral es un fraude completo. Todo es posible, pero en mi opinión Oral es un
fraude completo. Pienso que vio lo que dijo haber visto, lo mismo que pienso
que Pablo vio lo que dijo haber visto en el camino de Damasco, y que Juana de
Arco vio y oyó lo que dijo haber visto y oído.
Billy Hargis tuvo su Waterloo particular en 1974, cuando cinco alumnos de Su
Centro, cuatro de ellos varones, le acusaron de mantener relaciones sexuales
con ellos. Uno de los alumnos, según informaba Times (16 de
febrero, 1976, pág. 52), dijo que Billy justificaba su conducta citando la
amistad de David y Jonás en el Antiguo Testamento. Tras un triste sermón de
despedida, Hargis dejó el centro en manos de su vicepresidente, pero pronto
regresó a Tulsa para proseguir su Cruzada Cristiana y atacar la laxitud sexual
de América. Tiene mujer y cuatro hijos. «He cometido más que mi parte de
errores —dijo a través de su abogado—. No estoy orgulloso de ellos. Incluso el
Apóstol Pablo dijo: “Cristo murió para salvar a los pecadores, de los que soy
el primero”.»
Los problemas de Kathryn Kuhlman empezaron en 1975, cuando Paul Bartholomew, su
antiguo agente de televisión y administrador personal, la demandó por medio
millón de dólares, acusándola de malversar los fondos de su fundación exenta de
impuestos para uso particular. El cuñado de Bartholomew, Dino Karsonakis, que
había sido pianista y compañero de Kathryn, había roto con ella anteriormente,
alegando que era dueña de joyas por valor de un millón de dólares y que su
patrimonio en materia de obras de arte y antigüedades bien valía otro millón.
La demanda de Bartolomew fue retirada de los tribunales a cambio de una suma no
revelada. Algunos meses después, Kathryn ingresó en un hospital de Tulsa para
someterse a una operación a corazón abierto. Falleció en Tulsa en 1976, dos
meses más tarde.
Herbert Armstrong comenzó a tener problemas en 1977, cuando ciertos
armstrongitas desilusionados publicaron Ambassador Report, un
trabajo de 89 páginas editado con formato de revista. Contenía una entrevista
con el gran maestro del ajedrez Bobby Fischer, en la que éste hablaba de su
desencanto con respecto a Herbert después de haberle dado unos 100.000 dólares
a lo largo de un período de quince años. Bobby se enfadó tanto por la
publicación de sus notas grabadas en cinta, que fue en busca de una de las
señoras implicadas y parece ser que la golpeó dos veces. Ella presentó una
denuncia por agresión, que fue retirada tras un arreglo económico.
La entrevista de Fischer en el Ambassador Report daba paso a
un artículo más sensacionalista todavía: «En la cama con Gardner Ted». La foto
de la portada mostraba a Ted sonriendo y diciendo: «Y saludos a los mamones de
todo el mundo…» El artículo contenía pruebas tan irrefutables de las actividades
amatorias de Ted que ni su padre pudo dejar de darles crédito. Excomulgó a Ted,
que se retiró a Texas, donde ha estado luchando por dejar fuera de combate a su
rival, la Internacional Iglesia de Dios. Herbert ha denunciado a los defensores
de Ted por seguir a un «hombre sin más» en lugar de a Dios.
El imperio multimillonario en dólares de Armstrong (que incluye pequeñas
posesiones tan curiosas como la revista Quest[138] )
está en manos de un converso reciente, Stanley R. Rader, antiguo contable y
abogado de Herbert. En 1977, Herbert, a sus ochenta y tantos años, se casó con
la secretaria de Rader, de 40 años de edad. Viven en Tucson, Arizona. Si Jesús
no viene pronto, Rader es la persona con más probabilidades de heredar el
imperio, a menos que Ted se haya guardado algún truco legal en sus pringadas
mangas sacerdotales.
Para mayor desgracia de Herbert, el fiscal general de California está atacando
actualmente a la Iglesia Mundial de Dios, diciendo que Armstrong y Rader han
vendido propiedades y, por lo tanto, han sacado de la iglesia millones para su
uso privado. Para dar su versión (la versión de Dios, desde luego) de la
historia, Herbert ha utilizado anuncios de páginas enteras en el New
York Times, con el increíble texto rodeando bien su propio rostro, bien el
de Rader. Rader ha escrito un libro sobre todo esto, titulado Against
the Gates of Hell (Contra las puertas del infierno) (Everest House,
1980).
Antes se solía ver mucho a Herbert y a Gardner Ted viajando en avión. Ahora
únicamente se ve a Herbert, con el tesorero Rader esperando pacientemente entre
bastidores. Noche tras noche en la radio, y todas las semanas en su programa de
televisión, Herbert continúa recitando las mismas doctrinas machaconas,
diciendo a sus oyentes que «despierten y sacudan el polvo de sus Biblias» y se
den cuenta que él y sólo él está predicando el auténtico evangelio. Herbert no
dice nunca nada sobre el Adventismo del Séptimo Día, con el que estuvo antaño
tan relacionado, ni que durante mucho tiempo ha predicado doctrinas de
Armstrong tan fundamentales como el descanso sabático, el inminente regreso de
Jesús, el letargo del alma hasta el día del juicio, y la aniquilación perpetua
de los malvados.
De cualquier modo, pienso que este anciano cree realmente todo lo que dice.
Pertenece a un tipo demasiado común en la historia de las sectas cristianas. En
lo que respecta a Gardner Ted y Stanley Rader, bueno, ¡hay mucho dinero por
medio! Y mucho dinero descenderá asimismo como el maná sobre quienquiera que
herede el imperio de Oral Roberts. Preveo que «algo bueno va a suceder» al
heredero forzoso de Oral, su hijo cantante Richard (siete letras). Oral le
excomulgará cualquier día de estos.
Billy Graham sigue los canales acostumbrados; continúa pareciendo más atractivo
que todos sus rivales e insiste más fuerte que la mayoría de ellos en la
inminente aparición del anticristo, que irá seguida de la Segunda Venida y la
derrota final de Satanás. Jonny Cash ha escrito una excitante canción sobre
ello, que le he oído cantar en una reciente cruzada de Graham: «Mateo 24 está
llamando a la puerta». Este era el título del texto del sermón de
fuego-y-azufre de Billy.
Billy quedó profundamente traumatizado por el asunto Watergate —no tanto por la
conducta de su amigo Nixon, como por aquellas palabras de cuatro letras que oyó
en las cintas. ¡Dick nunca había hablado de ese modo durante un partido de
golf! Pero el viejo Nixon ha renacido, ha vuelto, según nos asegura ahora
Billy, y está arrepentido de sus pecados.
Otro tema es el reverendo Sol Luna, el gran mesías nuevo procedente de Corea,
que ha aparecido en el escenario americano rodeado de sus sonrientes niños con
la cabeza hueca. Pero ésa es otra historia, todavía más divertida que las sagas
de Oral Roberts y los Armstrong.
Resulta
difícil decidir cuál de estos dos libros — Uri: A Journal of the
Mistery of Uri Geller (Doubleday, 1974), de Andrija Puharich, y Arigo:
Surgeon of the Rusthy Knife (Crowell, 1974), de John G. Fuller— es más
disparatado, pero no se puede negar que el libro de Puharich es el más
divertido. La comedia empieza en 1952. Andrija Henry Puharich, ex católico
graduado en medicina por la Northwestern University, está iniciando su andadura
como parapsicólogo destacado. A través de un médium de Poona, India, efectúa su
primer contacto con los Nueve. Los Nueve son las mentes más elevadas del
universo, aproximadamente equivalentes a lo que todo el mundo llama Dios. Sus
mensajes son confirmados parcialmente por otro médium que informa a Puharich a
través de un tal Dr. Laughead (Cabeza de risa [sic] de Whipple,
Arizona).
Han pasado ya diecinueve años desde aquello. Puharich se ha traído a América a
un psíquico holandés, ha estudiado los hongos alucinógenos, ha patentado
cincuenta artilugios para ayuda de los sordos, ha investigado al curandero
psíquico brasileño Arigo, ha fotografiado ovnis y ha escrito dos libros
editados por Doubleday: Beyond Telepathy (Más allá de la
telepatía) y The Sacred Mushroom(El hongo sagrado). En 1971 llega
el climaterio de su carrera. Se encuentra con Uri Geller.
¿Hay algún lector que no haya visto nunca a Uri Geller en
televisión? Su aparición más sensacional del año pasado tuvo lugar en No
sólo para mujeres, cuando hizo que una cuchara, sostenida por Barbara
Walters, se doblara en ángulo recto. En el Mike Douglas Show dobló
un clavo que sostenía Tony Curtis (que, irónicamente, fue quien representó el
papel de Houdini) y Hugh Downs mostró la llave de su coche, que Geller había
doblado entre bastidores. En el programa de Merv Griffin dejó atónito a Merv
escogiendo el único tubo no vacío de entre diez tubos de carretes fotográficos.
Su único tropezón fue en el programa Tonight Show. Jonny Carson, ex
mago, se había tomado la molestia de establecer algunos sencillos controles
entre bastidores.
El otoño pasado, en una gira triunfal por Inglaterra, Uri obtuvo una publicidad
más favorable que cualquier sensitivo desde el médium D. D. Home. La fotografía
de Geller había sido portada dePsychic, Fate, It is Divine (órgano
oficial del gurú Maharaji) yDer Spiegel de Alemania. Podría haber
sido portada también de Timede no haberse interpuesto la cordura
del editor científico Leon Jaroff. La parapsicóloga Gertrude Schmeidler, en una
conferencia sobre psicocinesis que pronunció el pasado mes de marzo en la
Universidad de Nueva York, concluyó diciendo que la innovación más excitante
que se ha producido en este campo es la aparición de sensitivos como Geller,
que pueden poner de manifiesto la PC a voluntad. Geller es, con mucho, la
figura más resplandeciente del mundo de la escena psíquica de nuestros días.
Volviendo a nuestra historia: Puharich se convence rápidamente de que Uri
Geller es un auténtico «sensitivo», aun cuando éste se gane la vida en Israel
representando en un club nocturno trucos de magia similares a los de Dunninger
y Kreskin. Uri y Puharich se hacen amigos. En estado hipnótico, Geller emite
extrañas voces que se graban en cinta. Estas cintas después se auto-destruyen
misteriosamente. ¿Qué había en esas cintas que se perdían? ¡Nada menos que una
nueva Revelación de los Nueve!
Puharich se entera de la existencia de unos subordinados de los Nueve, los
Controladores, que se ocupan de supervisar innumerables civilizaciones
planetarias. El Controlador de la Tierra es Hoova. Cada 6.000 años Hoova
interviene en la historia de la Tierra. La última vez fue hace 6.000 años.
Ahora se ha establecido un nuevo contacto. La revelación se produce a través de
una nave espacial llamada Spectra que permanece estacionada
sobre la Tierra durante 800 años. Posee las dimensiones de una ciudad y está
ocupada por superordenadores. Enormes inteligencias del futuro, bajo el control
de Hoova, han recorrido millones «años luz» hacia atrás en el tiempo para
entrar en los ordenadores de Spectra. Uri ha sido elegido para ser
el portador del nuevo mensaje de Hoova a la humanidad. Puharich ha sido elegido
para ser testigo, guardián y escriba de Uri. «Durante los próximos cincuenta
años no utilizaremos a nadie sobre la Tierra a excepción de ti y de Uri», dicen
los ordenadores a Puharich.
El libro está repleto de visiones de OVNIS, mensajes grabados procedentes
de Spectra e informes de cientos de milagros que Geller
realiza con ayuda de la energía del ordenador. Resulta asombrosa la
insignificancia de esas maravillas. En comparación con caminar sobre el agua y
hacer salir a gente de su tumba, las hazañas de Uri presentan un aspecto
mezquino y grotesco, más en consonancia con la labor de un charlatán listo que
con la de un mesías. Desaparece de la pluma estilográfica de Puharich el
cargador, y tres días después aparece en una mano de Geller mientras contempla
un OVNI en un descampado de Tel Aviv. El día del vigesimoquinto cumpleaños de
Uri, en Abraham’s Oak, Mamre, Uri sostiene en alto el reloj de pulsera de
Puharich. Puharich pide a Spectra una señal. Comprueban que las
manecillas del reloj se han adelantado veintinueve minutos. Los huevos se han
cocido milagrosamente. El estuche de una cámara de fotos dejado por Puharich en
su casa de Ossining, Nueva York, aparece en la cama de Uri en Israel. Un
cinturón vibratorio que Uri desea para perder exceso de peso, le es enviado a
pesar de que nadie lo ha pedido. Puharich cree que su reloj se encuentra sobre
un aparador. Uri da un grito. Y el reloj aparece en la muñeca de Uri.
Uri materializa una bola de cristal, levita una cámara, convierte en oro el
alambre de plomo. La concha de una caracola situada sobre un estante próximo a
Uri cae «lentamente» al suelo. Una vagoneta es detenida por el poder de Uri. En
Munich detiene una escalera mecánica. La pistola Derringer de Uri desaparece y
vuelve a aparecer en su funda. El magnetofón de Puharich y la bufanda de una
señora resultan trasladados al asiento de un coche cerrado. Después de una
pelea verbal con Uri —Uri «grita y muestra una violencia y cólera abusivas»—
Puharich se da cuenta de que sobre su mesa se han colocado solas nueve plumas
deletreando ¿POR QUE?[140]
Puharich hace acudir a Geller a su estudio para mostrarle este conmovedor
mensaje de los Nueve. «Nos miramos el uno al otro con cariño y comprensión
fraternal, y sentimos arrepentimiento.» Poco después desaparece una pesada
vitrina del estudio de Puharich y aparece en un dormitorio. Las nueve plumas se
disponen de nuevo crípticamente describiendo seis líneas verticales y un
triángulo.
Esto no es más que una muestra diminuta de los milagros que acompañan a Geller
por doquier. En escena reproduce dibujos que se encuentran en el interior de
sobres cerrados, dobla clavos y objetos de plata, pone en marcha relojes
parados, hace que se muevan sus manecillas, adivina números, colores y ciudades
pensados por alguien del público, etc. Sus métodos son muy conocidos para
aquellos magos especializados en una rama de la magia conocida como
«mentalismo».
Fuera del escenario, el reclamo de Uri es la translocación de objetos. Mi
milagro favorito de Geller se produjo en Ossing cuando Uri transportó a Wellington,
el perdiguero labrador negro de Puharich. Puharich, Uri, Shipi Shtrang, amigo
israelí de Uri, y la ayudante de Puharich, Melanie Toyofuko, estaban
desayunando. Cuando Puharich se levantó a atender una llamada telefónica en la
cocina, advirtió que Wellington ya no estaba en la puerta de
acceso a la misma. Momentos después, Geller indicaba que el perro se hallaba
fuera de la casa. «Esta demostración del poder de Hoova causó una profunda
impresión en todos nosotros. Ahora nos damos perfecta cuenta de que es posible
transportar un ser vivo en condiciones de seguridad.»
Y uno no puede evitar preguntarse: ¿es que mientras Puharich estaba en la
cocina, no podía Geller haber cogido a Wellington y haberlo
sacado por la puerta delantera o por la ventana? Algunos días después Wellington,
sin razón aparente alguna, propinó un soberbio mordisco a Uri en la muñeca.
Al final del libro, dista mucho de verse claro el futuro inmediato de Uri.
Hoova ha pedido que la señora Toyofuko realice un documental de Uri. Pronto
será revelado el Libro del Conocimiento Primero a Shipi,
después a Uri, y luego a Puharich. En seguida tendrán lugar aterrizajes masivos
de OVNIS, aunque éstos quizá sean invisibles. Un ordenador llamado Rhombus 4D
ha dado permiso a Puharich para escribir su libro. Dos físicos del Stanford
Research Institute han investigado a Uri y han quedado muy impresionados. Uno
de ellos, Harold Puthoff, ha constituido un fuerte pilar de la cientología,
pero ¿puede L. Ron Hubbard doblar las llaves de un coche? La banda sonora de la
película del SRI sobre Uri se vende como apéndice del libro de Puharich. El
astronauta Edgar Mitchell se ha convertido en uno de los defensores más
entusiastas de Uri.
Ciertos acontecimientos producidos desde que se escribió el libro han empañado
todavía más la venida de Uri. A comienzos del presente año un periódico
británico, el New Scientist, se puso en contacto con Geller para
someterle al examen minucioso de un comité del que formaba parte un mago
profesional. A ultima hora, Geller se negó a comparecer. Según declaró a la
prensa, ominosas amenazas de muerte le obligaron a ocultarse. Heinemann, editor
inglés, ha anunciado que Geller está escribiendo una autobiografía para su casa
editorial. Doubleday está indignada, y afirma que Geller está obligado a
promocionar sulibro.
Nadie sabe cómo se las va a arreglar Geller. ¿Repudiará a Puharich,
exponiéndose al desencanto de su viejo camarada? ¿Apoyará a éste, declarando
que Hoova le ha pedido que abandone los trucos triviales (después de todo, sus
poderes han sido revalidados por el prestigioso SRI), emprenda la curación
psíquica y funde una nueva religión? Lo que sí es cierto es que tiene mejor
aspecto, más músculos y más inteligencia que el gurú Maharashi. Por otra parte,
posee un ego monstruoso, un punto de ebullición muy bajo, y una enfermiza
pasión por la fama y el dinero que le podría abocar al desastre. Si fuera más
prudente cortaría el rollo y colaboraría con la señora Toyofuko en la
elaboración de un documental sobre sí mismo, pero yo no apostaría por ello.
John Grant Fuller, autor de Arigo, es un antiguo columnista
de Saturday Review y ha escrito además dos lucrativos libros
sobre platillos volantes y el recientemente publicado Fever! (Fiebre).
Cuando vio las películas en color que Puharich había tomado de las actividades
de Arigo, advirtió en ellas algo aún más desconcertante que una nave espacial
extraterrestre y quizá [¿…?] vinculado a las mismas. «¿Era capaz (Arigo) de
proyectar más allá de sí mismo un campo de energía tipo computadora…?» Pregunta
Fuller. Hoy día todos sabemos, desde luego, dónde se encuentra localizado ese
campo de energía. El epílogo de Puharich, en el libro de Fuller, finaliza con
un homenaje a Geller y una suplica a la humanidad para que deje de perseguir a
estos dos mensajeros «de los poderes superiores del universo». Así pues, estos
dos libros se superponen y refuerzan entre sí.
José Pedro de Freitas, popularmente conocido como Ze Arigo (lo que significa
paisano jovial), era un labriego brasileño que vivía en la aldea de Congonhas
de Campso, en las montañas situadas al norte de Río de Janeiro. Durante veinte
años este hombre, cuya educación se había detenido en la escuela primaria,
practicó la medicina ilegal, tratando a una media de 300 pacientes al día,
diagnosticando, prescribiendo medicamentos y realizando operaciones de cirugía
mayor. Era toda una leyenda en Brasil cuando en 1971, conduciendo bajo una
intensa lluvia, estrelló su Opala azul contra un camión. En Uri,
Puharich cita una comunicación procedente de Spectra que
revela que Arigo no sufrió entonces ningún dolor. Había abandonado su cuerpo
inmediatamente antes del choque. Las noticias de la muerte de Arigo llegaron a
Puharich a través de una misteriosa llamada telefónica que se produjo quince
minutos antes del accidente.
Arigo era un hombre fornido, de gran mostacho negro e ilimitada energía y
bilioso temperamento. Aunque tanto él como su mujer y sus cinco hijos eran
católicos devotos, Arigo también era un adepto del kardecismo, secta ocultista
muy popular entre las clases sociales menos ignorantes de Brasil. Allen Kardec,
su fundador, fue un francés de mediados del siglo XIX que combinó el
espiritualismo, o espiritismo como él prefería llamarlo, con la reencarnación.
El movimiento que ostenta su pseudónimo (su nombre auténtico era Denizard
Rivail) tuvo poca resonancia en Inglaterra y Estados Unidos, pero siempre ha
constituido la secta espiritista dominante en Francia.
El espíritu controlador de Arigo era Adolphe Fritz, un médico alemán que
falleció en 1918. Arigo insistía en que cuando trabajaba sobre un paciente
siempre se encontraba en estado de trance, y era incapaz de recordar después lo
que había hecho. Mientras estaba poseído por el Dr. Fritz su voz presentaba un
gutural acento germano. Fritz siempre hablaba al oído izquierdo de Arigo. A
veces Arigo acoplaba una mano en torno a su oreja para oír mejor los dictados
médicos de Fritz. Arigo no entendía alemán, pero, afortunadamente, Fritz le
hablaba en portugués.
Al servicio de cientos de pacientes que acudían diariamente a su clínica
espiritista, Arigo pronunciaba iluminados diagnósticos rápidos con sólo echar
una ojeada, dictando prescripciones al instante y realizando operaciones en
menos de un minuto. Sus instrumentos eran cortaplumas sin esterilizar,
cuchillos de cocina y tijeras. Nada de anestesia. Sin transfusiones de sangre,
sin dolor, nada más que un poco de hemorragia. Cuando ésta se producía, Arigo
la detenía con una «seca orden verbal». Nada de antisépticos. En una ocasión,
nos cuenta Fuller, en que Arigo enjugó un cuchillo lleno de sangre en la camisa
de un paciente, milagrosamente no dejó mancha alguna. Nunca
aceptaba dinero. Corrían persistentes rumores sobre la relación con los
traficantes de drogas locales, pero Fuller nos asegura que nunca llegaron a
verificarse.
A Arigo le gustaba poner de manifiesto sus poderes realizando un «examen
ocular» del paciente independientemente de sus quejas. Este examen consistía en
insertar una hoja de cuatro pulgadas en la cavidad del ojo del paciente y hacer
palanca sobre el globo ocular hasta conseguir que sobresaliera de la cuenca. En
una ocasión dejó que Puharich hiciera esto guiándole la mano. Puharich sintió
una inexplicable fuerza repelente. Su idea es que Arigo corta la carne con esta
fuerza, porque a veces empleaba el lado romo del cuchillo o incluso únicamente
un dedo.
Echemos una ojeada a algunas de las operaciones más importantes de Arigo. El
senador brasileño Lucio Bittencourt tiene cáncer de pulmón. Él y Arigo se
encuentran alojados en el mismo hotel. Después de una noche cargada de cerveza,
el senador intenta dormir. Se abre la puerta y aparece Arigo, con los ojos
vidriosos y sosteniendo una navaja de afeitar. Bittencourt se desmaya. A la
mañana siguiente encuentra sangre en las sábanas y una incisión en su espalda[141]. En Río,
un «doctor» desconocido afirma que el tumor del pulmón del Senador ha sido
extraído «mediante una técnica quirúrgica extraordinaria que, según parece, no
se conoce en Brasil».
Una mujer con cáncer de útero acaba de recibir la extremaunción. Arigo trae un
cuchillo de la cocina. «Apartando las sábanas, (Arigo) separó las piernas de la
mujer e introdujo el cuchillo directamente en la vagina, clavándolo
violentamente… A continuación sacó la hoja, introduciendo su mano en la
abertura… En cuestión de segundos, extrajo la mano, sacando con ella un enorme
tumor uterino lleno de sangre…»
Sonja tiene cáncer de hígado. Arigo practica un corte en su abdomen, inserta
las tijeras, y aparta la mano. Las tijeras se mueven solas. Llega
hasta el tumor y lo extrae. Cuando limpia la incisión, sus bordes se unen al
instante. Arigo coloca un crucifijo sobre la herida. Otra mujer padece cáncer
de ovarios. Arigo introduce tres tijeras y dos cuchillos en su vagina. Allí
dentro, las tijeras empiezan a moverse. Arigo detiene la hemorragia diciendo:
«Señor, haz que no mane más sangre». Saca de la abertura un trozo de tejido de
unos 80 cm por 40 cm. La operación concluye en pocos minutos.
Arigo también está especializado en cirugía oftalmológica. Despojaba a un
paciente de sus cataratas a base de tijeretazos con unas tijeritas de manicura.
Nos cuenta Fuller que nadie necesitaba gafas para su ojo operado porque éste se
«acomodaba» sin necesidad del cristalino. La acomodación es el proceso que
corre a cargo del cristalino cuando el músculo ciliar altera la convexidad del
mismo. Afirmar que un ojo se acomoda sin cristalino equivale a decir que una
mano a la que se le han amputado los dedos no tiene problema alguno a la hora
de tocar la flauta.
Algunas veces Arigo vomitaba entre dos operaciones. En una ocasión, después de
haber dado numerosas arcadas, Arigo explicó que el hombre que le había abordado
estaba poseído por espíritus malignos y él, Arigo, los había atraído hacia sí
mismo. El hombre en cuestión mostró a Arigo un infinito agradecimiento. Arigo,
dicho sea de paso, creyó hace tiempo estar poseído por el demonio y se sometió
de hecho a un exorcismo católico en toda regla.
El libro de Fuller carece de valor como estudio documentado. En la mayoría de
los casos no da nombres de los doctores que diagnostican, ni de los que
examinan a un paciente más adelante. Simplemente dice que los médicos
«encontraron» o que «los rayos X revelaron». Obsequia al lector con unos
cuantos retazos del estudio de Puharich sobre 1.000 pacientes de Arigo, pero
después de leer Uri¿quién puede tomar en serio a Puharich? Aunque
Arigo fue objeto de violenta oposición por parte de la Iglesia Católica y de
los médicos brasileños, no aparece en el libro párrafo alguno que presente
opiniones de personas informadas que no acepten la mística de Arigo. ¿Qué
americano se preocuparía de desplazarse hasta Brasil para entrevistar a médicos
y examinar los archivos judiciales en busca de las dos sentencias de cárcel que
pesan sobre Arigo? ¿Qué editor publicaría semejante libro?
Esto nos sitúa ante una cuestión moral muy seria. El libro de Fuller es lo
suficientemente persuasivo como para convencer a ciertos lectores ignorantes,
con padecimientos curables, de que dejen de acudir a sus médicos y viajen a
Brasil o a Filipinas para ser destrozados por curanderos psíquicos. Los
kardecistas de Brasil controlan varios hospitales, según nos informa Fuller,
donde los «doctores» operan sobre el «cuerpo etéreo». Realizan una pantomima
quirúrgica, moviendo sus manos varios centímetros por encima de la piel. «Un
número enorme de casos con éxito —cito a Fuller— ha sido verificado por
doctores responsables.» Eli, hermano menor de Arigo, ha declarado que los
espíritus de Arigo y del Dr. Fritz le han visitado y apremiado a que continúe
su labor. Más de un lector del libro de Fuller puede morir innecesariamente por
haberlo leído.
Permítaseme que hable claro. Como creyente acérrimo en las libertades
democráticas, me opongo a que una legislación federal o estatal prohíba la
publicación de horrores como Arigo. Pero Thomas Y. Crowell es una
empresa editorial distinguida y con solera. A diferencia de Doubleday, ha hecho
su primera incursión en el periodismo médico despreciable. El libro quizá
produzca grandes cantidades de dinero, pero no puedo evitar sentir desprecio
por aquellos responsables de Crowell que no se avergüencen de este libro tan
burdo.
Anexo
John Fuller, comprensiblemente furioso contra mi recensión, envió la siguiente
carta, que NYR publicó en su número del 18 de julio de 1974:
En
algún momento de mi pasado he oído decir que la única respuesta a la calumnia
es el silencio. Pero la recensión de mi próximo libro, Arigo: Surgeon of the
Rusty Knife…, realizada por Martin Gardner, ha ido bastante más allá de la
calumnia y no puede quedar sin respuesta.
Existe todo un mundo de diferencias entre la crítica sana y el ataque
difamatorio y maligno. En efecto, ha «censurado» el libro antes incluso de
haberlo leído, escribiendo a mis editores hace varios meses una larga carta
condenatoria en línea con su actual recensión, simplemente porque había oído
que iba a salir el libro.
En mi nota al principio de Arigo, menciono que el relato resulta extraño e
increíble, pero que hay hechos indiscutibles que no pueden ser alterados ni por
el escéptico más obstinado. A continuación esa nota introductoria pasa a decir:
Es un hecho comprobado que Ze Arigo, el cirujano-curandero rural brasileño,
podía cortar la carne y las vísceras con un cuchillo de cocina sucio, o una
navaja, sin dolor y sin hemostasis —separación de los vasos sanguíneos— y sin
necesidad de puntos. Es un hecho que podía detener el flujo de sangre con una
seca orden verbal. Es un hecho que no se producía luego ninguna infección, aun
cuando no se utilizaban antisépticos.
Es un hecho que escribía con facilidad las prescripciones más sofisticadas de
la farmacología moderna, aun cuando nunca pasó de primaria y jamás estudió este
material. Es un hecho que conseguía efectuar casi al instante diagnósticos
claros, precisos y confirmables o lecturas de presión sanguínea apenas echando
una ojeada al paciente.
Es un hecho que tanto médicos brasileños como americanos han verificado
curaciones de Arigo y han tomado películas en color de su trabajo y sus
operaciones. Es un hecho que Arigo ha tratado más de trescientos pacientes al
día durante casi dos décadas y nunca ha cobrado por sus servicios.
Es un hecho que entre sus pacientes ha habido destacados ejecutivos, hombres de
Estado, abogados, científicos, aristócratas de muchos países, así como también
pobres y desolados.
Es un hecho que el primer presidente de Brasil, Juscelino Kubitschek, creador
de la ciudad capital de Brasilia y él mismo médico, llevó a su hija a Arigo
para que la tratara. Es un hecho que Arigo ha conseguido curaciones médicamente
confirmadas en casos de cáncer y otras enfermedades mortales que habían sido
deshauciadas por destacados médicos y hospitales en algunos de los países más
avanzados del mundo occidental.
Pero ninguno de estos hechos, todos ellos cuidadosamente recopilados y estudiados,
puede equivaler a una explicación. Y esta es la razón de que este relato sea
tan difícil de escribir…
Fue difícil de escribir. Pero ni la mitad de difícil que encontrarse con una
histérica diatriba (que no crítica) de una persona que tiene tanto miedo de
enfrentarse a los hechos y a la historia que desciende a niveles de calumnia
sin precedentes.
Este recensor parece querer reescribir la historia brasileña, y pretender que
Arigo nunca ha existido. Ignora el conservadurismo con que está escrito el libro,
y el espíritu central del relato completo: Existen ciertos fenómenos que
todavía no ha explicado nadie. La ciencia no está sino empezando a explorar
estos huecos pasados por alto. Deben ser cuidadosamente explorados mediante
controles meticulosos.
Esto es exactamente lo que dice el libro. Sin embargo, su revisor utiliza dos
columnas y media de su espacio para vilipendiar documentados registros que no
son sino hechos simples y llanos. Me esmeré en no extrapolar.
Hay dos recensiones distintas, pertenecientes a revistas prestigiosas
actualmente en el mercado, que parecen sostener un punto de vista totalmente
diferente con respecto al libro:
Publisher’s Weekly: «La forma en que Arigo hizo lo que hizo sigue siendo
materia de asombro y conjetura. El lector de este documentado estudio
difícilmente dudará de que fuera un curandero psíquico con fenomenales
poderes.»
The Kirkus Reviews: «… Su informe inmaculadamente objetivo enervará a los
escépticos más firmes… Fuller no hace proselitismo…»
Pero no es simplemente una divergencia de opinión lo que sobresale aquí. Su
recensor ha formulado afirmaciones que sobrepasan de tal manera los límites de
la decencia que me sorprende que alguien pueda descender hasta semejante nivel.
Citaré una frase de su recensor, que resulta tan horrorosa que no puedo creer
que permitieran ustedes que apareciera. Dice así: «Más de un lector del libro
de Fuller puede morir innecesariamente por haberlo leído.»
Cuando vi impresa esta frase sólo puedo decir que quedé en estado de shock.
¿Cómo puede alguien, por muy trastornada que esté su mente, efectuar semejante
declaración después de haber leído el libro?
Su recensor antecede dicha afirmación con la siguiente frase: «El libro de
Fuller es lo suficientemente persuasivo como para convencer a ciertos lectores
ignorantes, con padecimientos curables, de que dejen de acudir a sus médicos y
viajen a Brasil o a Filipinas para ser destrozados por curanderos psíquicos…»
Al afirmar esto, su recensor ha puesto de manifiesto su ignorancia de las
siguientes afirmaciones contenidas en mi libro:
Hay muchos informes procedentes de Filipinas sobre hazañas quirúrgicas
realizadas allí por psíquicos ignorantes y poco preparados, pero su trabajo
siempre ha presentado una constante exposición de ardides. Además, su falta de
cooperación con investigadores médicos convierte su defensa en algo
insostenible (página viii).
En Filipinas habían surgido psíquicos que afirmaban realizar una cirugía
similar a la de Arigo, pero siempre habían sido fácilmente desautorizados como
fraudes, y habían rehusado la observación directa a plena luz del día (página
249).
A lo largo de esta recensión, su autor da a entender que el libro sobre Arigo
es irresponsable y no está documentado; que presta un apoyo incondicional a la
práctica incontrolada de la medicina; que recomienda a la gente que deje de
acudir a su médico en favor de esas prácticas que Arigo procesa.
Al implicar todo esto, su recensor resulta francamente difamatorio. El libro
Arigo no es sino el registro de un fenómeno fáctico histórico. Está escrito en
tono restringido y con poca o ninguna extrapolación. Dice muy sencillamente:
Arigo debió haber sido objeto, antes de su muerte, de un estudio médico
objetivo realizado por científicos altamente cualificados.
Su recensor ignora afirmación tras afirmación del libro, que cualifican
minuciosamente el material contenido en él. Considero importante citar aquí
algunas de ellas.
«Estuve considerando este asunto durante mucho tiempo. Era obvio que, a pesar
de la gran cantidad de registros médicos disponibles, tendría que viajar a
Brasil y cotejar el relato de forma detallada. Nada podía ser de segunda mano
en un relato como éste. Era una crónica que había que verificar en todos sus
aspectos.
«Pero había otro problema. Si el relato resultaba comprobado, y el libro
alcanzaba amplia difusión, ¿qué pasaría con Arigo y su trabajo? ¿Gastaría
grandes sumas de dinero para ir a Brasil gente desesperadamente enferma de los
Estados Unidos —únicamente para encontrar a Arigo tan desbordado y agotado por
la afluencia de pacientes adicionales que no podría atenderles a todos?»
(página 242).
Por esta razón descarté la idea de escribir el libro.
Únicamente después de que Arigo se matara, decidí que esta historia debía ser
contada, ya que no había absolutamente ninguna posibilidad de que nadie
renegara de la medicina convencional. Además, Arigo trabajaba con los médicos,
no contra ellos. Sencillamente no habría escrito el libro si él continuara
vivo, y repetí esto hasta la saciedad a los editores durante los dos años que
transcurrieron desde que tuve conocimiento de la historia hasta que decidí
escribirla. Esta fue otra razón para que me causara un shock tan grande la
lectura del comentario sin escrúpulos ni principios de su recensor cuando hacía
referencia a que algún lector podría sufrir una «muerte innecesaria» a causa
del libro. No deja de pasarme por la cabeza este pensamiento: ¿Cómo pudo
alguien escribir esto sobre un autor? ¿Qué motivos puede tener? Esto no es
crítica literaria, esto no es más que una crueldad intolerable.
Examinando concienzudamente los voluminosos registros de procesos, comprobé que
en ellos invariablemente consta que no había testimonio alguno de que Arigo
hubiera perjudicado a nadie en su cuarto de siglo de ejercicio. Además, su
recensor ignora el hecho de que he recogido y cito las opiniones de muchos
médicos y científicos que observaron e investigaron a Arigo.
He aquí algunas aseveraciones contenidas en el libro que refutan las
desaprensivas acusaciones de su recensor:
«Incluso aquellos que estaban convencidos de la validez de Arigo comprendían
que no podía ejercer su trabajo en una situación abierta, descontrolada.
Inspirados por Arigo, proliferarían por todo el país numerosos charlatanes sin
escrúpulos, con los consiguientes resultados desastrosos para el público»
(página 122).
«Kharter (un periodista brasileño) estaba convencido de que en lugar de ser
perseguido, Arigo debía ser respaldado con fondos destinados a un estudio
científico especial. A este fin, Arigo tendría que someterse al control de
doctores autorizados —paso necesario— (cursiva añadida) para evitar la
proliferación de charlatanería incontrolada…» (página 133).
«La única posibilidad sería solicitar una sentencia de suspensión, con una
orden judicial que situara a Arigo bajo la custodia de un grupo de doctores en
medicina competentes, que trabajaran con el tratado de desvelar el misterio de
sus poderes…» (página 142).
«Estos planes ya estaban tomando forma bajo el amparo de varios médicos
brasileños, que pensaban construir un hospital en Conghonas, donde se obtendría
permiso para que Arigo continuara su labor bajo la supervisión directa de
médicos brasileños. Si hubiera habido alguna manera de alentar este tipo de
proyecto en el momento del primer proceso judicial, quizá ya se habría
dispuesto de algún indicio real de la extraña eficacia de Arigo… (página 209).
Quizá el Dr. Oswaldo Conrado, especialista en cardiología de Sao Paulo, resumió
la actitud más interesante desde el punto de vista de la profesión médica
cuando dijo: «Si los médicos fueran capaces de ofrecer una esperanza nueva a
sus pacientes, sería una experiencia maravillosa. Cuando me doy cuenta de que
me enfrento directamente a un caso desesperado, y cuando todo camino médico
posible está cerrado, no veo ninguna razón para no buscar otros medios. No
seríamos humanos si no lo hiciéramos.
»Los hechos que rodean a Arigo existen. Han ocurrido, de forma simple y
natural. Debe estudiarlo una comisión de científicos libres de ideas
preconcebidas, y estudiarlo exhaustivamente. Podríamos estar a punto de
descubrir unos recursos terapéuticos completamente nuevos y extremadamente
beneficiosos» (página 219).
Afirmaciones de este tipo, ¿parecen de un libro que podría hacer que un lector
«muriera sin necesidad por haberlo leído»? ¿Dan a entender que el libro
recomienda a los pacientes que dejen de acudir a sus médicos para visitar a
Arigo, en el caso de que estuviera vivo? ¿Representan un «periodismo médico
despreciable», como ha escrito su recensor y quiere hacer creer a sus lectores?
John G. FULLER
A
esta carta respondí:
No
hay otra manera de responder adecuadamente a Mr. Fuller que escribiendo un
libro sobre método científico, ética del periodismo médico y formas de
distinguir entre anécdotas y hechos. Si Mr. Fuller puede creer que está
exponiendo un «hecho llano y simple» cuando describe una operación durante la
cual Arigo abre de piernas a una mujer, introduce en su vagina un par de
tijeras y luego contempla cómo las tijeras animadas por una fuerza misteriosa,
desconocida para la ciencia, se mueven solas hasta extirpar un tumor maligno;
si puede creer que su colección de cuentos milagrosos, desprovistos de nota
alguna de humor o escepticismo, está «debidamente documentada» y es
«inmaculadamente objetiva», es que su mentalidad es tan diferente de la mía (o
de la de cualquiera que yo conozca) que la comunicación resulta imposible.
Es cierto que ningún lector del libro de Mr. Fuller puede desplazarse hasta
Brasil para ser tratado directamente por Arigo, porque Arigo ha muerto. Y
también es cierto que Mr. Fuller tiene una pobre opinión de los cirujanos
psíquicos de Filipinas. Pero Mr. Fuller habla extensamente en su libro de otros
«doctores» brasileños que profesan la cirugía espiritista de Arigo, y cualquier
lector impresionado por el libro de Mr. Fuller también resultará impresionado
por los informes igualmente repugnantes, confeccionados por periodistas de la
misma respetabilidad, sobre curanderos filipinos. (Véase Psychic Surgery, de
Tom Valentine, publicado por Regnery, o el informe de Harold Sherman sobre
«Psychic Surgery in the Phillppines» en la antología de Martin Ebon The Psychic
Reader) Tanto los cirujanos psíquicos brasileños como los filipinos se
encuentran entre los muchos charlatanes a los que algún que otro pobre lector
del libro de Mr. Fuller, que padezca alguna desgracia, estará intentando
localizar.
No son difíciles de encontrar. De hecho, el rival de Arigo, el cirujano
espiritista Lourival de Freitas, está considerado por muchos estudiosos del
ocultismo como un curandero aún más sensacional que Arigo. Anne Dooley, en su
artículo sobre «Psychic Surgery in Brazil» en Psychic, enero de 1973, dedica la
mayor parte del mismo a de Freitas. Lo mismo que Arigo, somete a sus pacientes
a «chequeos oculares» (forzando el globo del ojo hacia fuera con un cuchillo).
Lo mismo que Arigo opera bajo la dirección de espíritus sin cuerpo. Lo mismo
que Arigo, no acepta honorarios. Lo mismo que Arigo, es un gran bebedor. Si Mr.
Fuller cree haber escrito un informe objetivo sobre Arigo, podría esperarse que
se sintiera obligado a llamar la atención también sobre las facultades
similares de este curandero. Sin embargo, en ninguna página de Arigo aparece
siquiera mencionado Lourival de Freitas. Si Mr. Fuller considera a este hombre
un fraude, sería interesante conocer los criterios que emplea para distinguir
entre los cuentos milagrosos que corren en torno a ambos personajes.
Martin GARDNER
Fuller
afirma correctamente que yo escribí a T. Y. Crowell antes de que se publicara
su libro. Envié una carta a Robert Crowell, presidente de la empresa, a quien
yo conocía, explicándole por qué renunciaba a un contrato. Crowell me acababa
de ofrecer un contrato para un libro, y únicamente tenía que firmarlo para
obtener una cantidad adelantada. Quedé tan horrorizado por Arigo que
devolví el contrato sin firmar, como protesta personal. Mr. Crowell limitó su
respuesta a dos breves frases. Dijo que me entendía, y que admiraba mis
principios.
Cynthia Vartan, editora de Fuller en Crowell, no fue tan correcta. Disparó una
carta vitriólica a NYR, que no imprimieron porque Fuller había
dicho lo mismo extendiéndose aún más. La mayoría de los editores de Crowell se
quedaron asombrados de que alguien pudiera suponer que se hallaba implicada una
cuestión moral en la publicación de un libro que era un insulto para la
comunidad médica. Sin embargo, al menos un editor estuvo de mi parte, y más
tarde me enteré de que el presidente de Crowell lamentaba haber aceptado el
libro. Reader’s Digest, dicho sea de paso, condensó Arigo en
su número de marzo de 1975.
El informe más completo de Anne Dooley sobre la cirugía psíquica del rival de
Arigo, Lourival, se encuentra en su libro Every Wall a Door (En
todas las paredes una puerta) (Dutton, 1974). Otros capítulos del mismo libro
están dedicados a Arigo y a los hospitales espiritistas de Brasil. Ni Dooley ni
Fuller mencionan el modo en que Arigo hizo su dinero. En contra de la imagen
que Fuller ofrece de un Arigo pobre, devoto católico que «nunca cobró por sus
servicios», Arigo murió siendo un hombre rico y dueño de extensas propiedades.
Su hermano llevaba la farmacia de la aldea donde se satisfacían las inútiles
prescripciones de fármacos de Arigo, unas mil a la semana. Su hermano también
poseía el hotel más caro del lugar, donde se alojaban ricos pacientes venidos
de fuera. ¿Sabía Fuller todo esto? De ser así, fue un engaño consciente
omitirlo en su libro. De no ser así, constituye una prueba de la escasa calidad
de su «investigación».
La autobiografía de Uri Geller a My Story, escrita en realidad por
Fuller, fue publicada por Praeger en 1975. El siguiente libro de Fuller
fue We Almost Lost Detroit (Casi perdimos Detroit). Este libro
fue objeto de recensiones de todo tipo. Puede encontrarse una fuerte crítica
en WE Did Not Almost Lose Detroit (Casi no perdimos Detroit),
un folleto de Aorl M. Page, publicado por Detroit Edison en 1976.
De entonces acá Fuller se ha convertido en un espiritista entusiasta. Su Ghost
of Flight 401 (Putnam, 1976) trata de la caza de varios aviones de
Eastern Airlines a manos de los espíritus del piloto e ingeniero de vuelo del
401 de Eastern, después de que éste se estrellara en 1972. En 1979 Putnam editó
el libro de Fuller The Airmen who Would Not Die (Aviadores
inmortales). No he leído este gran tratado científico, pero según la página
publicitaria dedicada a Putnam en el New York Times Book Review,
trata del estallido del dirigible británico R101, ocurrido en 1930. «Basándose
en evidencia plenamente documentada —dice el anuncio—, Fuller revela asombrosos
fenómenos sobrenaturales que rodearon al desastre: desde la previsión de la
famosa médium Eileen Garreh, que predijo la calamidad con todo detalle técnico,
hasta la sesión celebrada dos días después del accidente, cuando el fallecido
comandante del R101 recreó los últimos momentos de la agonía de la tripulación…
Constituye un informe completo y auténticamente fáctico de la tragedia humana y
la profecía suprahumana…» Reader’s Digestpublicó un extracto del
libro en junio de 1979.
En marzo de 1979 Fuller y su nueva esposa, Elizabeth, ex azafata de vuelo, de
33 años, que había ayudado a Fuller a escribir su último libro, se unieron a
una expedición al Himalaya. Benjamin Franklin, durante una noche heladora,
empezó de pronto a dictarle una serie de nuevos proverbios. Anotó algunos de
ellos mediante «escritura automática» (como si un espíritu fuera guiando su
mano); otros los grabó en una cinta. En la actualidad 124 de ellos se
encuentran recopilados en un libro titulado Poor Elizabeth’s Almanac.
En 1980 Elizabeth viajaba recorriendo los Estados Unidos promocionando su
volumen.
Los aforismos son tan inteligentes como los siguientes: «Ninguna religión es
convecina de Dios. Él es dueño de todo el bloque», y «desciende una pulgada
para ayudar a un amigo y te elevarás un pie». Un relato transmitido por las
ondas de Associated Press el 13 de octubre de 1980, citaba a Elizabeth diciendo
que nunca había confeccionado un proverbio hasta que estas nuevas frases de Ben
empezaron a sonar en su cerebro.
No he intentado ponerme al día de las últimas aventuras psíquicas de Puharich.
En mis archivos hay un reportaje de Marc Seifer (del Journal of Occult
Studies, agosto de 1977) del Simposium Toward a Psysics of Consciousness
(Hacia una física de la consciencia) celebrado en el Harvard Science Center,
Cambridge, Massachusetts, del 6 al 8 de mayo de 1977. Este simposio fue
coordinado por Ira Einhorn, que había vivido en casa de Puharich en Ossining,
Nueva York, durante el período en que Uri estaba allí y recibía sus mensajes
extraterrestres de Hoova. En el capítulo de agradecimientos de Uri,
Puharich manifiesta su gratitud hacia Einhorn, cuya «imaginación contribuyó a
formular este libro y a llamar sobre él la atención de los editores», aunque
añade que su «mayor deuda es para con Uri, por haberme ofrecido el privilegio
de ser su escriba». Einhorn escribió la introducción a Beyond Telepathy (Más
allá de la telepatía) de Puharich (Doubleday, 1962) y es el autor de un libro
sobre sí mismo titulado 78-187880 (el título es su numero de
catálogo en la Biblioteca del Congreso), publicado por Doubleday en 1972 en
edición rústica y de lujo.
Ira inició la conferencia con un discurso programático en el que recalcó la
necesidad del mundo occidental de un renacimiento espiritual basado en la
religión oriental y la parapsicología. Dos años después fue detenido en
Filadelfia como presunto asesino de su novia, cuyo cuerpo fue encontrado dentro
de un baúl en el armario de Einhorn. (Véase la noticia de portada de Albert
Robbins, «Binded by the Light», en Village Voice, 23 de julio de
1979.) En el momento en que escribo esto, Einhorn se ha fugado estando bajo
fianza y se desconoce su actual paradero.
Puharich habló en la conferencia sobre sus recientes investigaciones en torno a
los «niños del espacio» que conseguían doblar metales mediante PC. Y tenían
otros poderes. Uno de ellos, según dijo Puharich, había materializado un árbol.
Seis de ellos se habían teletransportado a su casa (que, dicho sea de paso, más
tarde ardió por razones nunca reveladas) nada menos que desde Suiza. Puharich
dijo que pensaba que estos niños se hallaban en comunicación psíquica, como
Geller, con civilizaciones de orden superior, y que había «localizado unas 30
civilizaciones diferentes aparte de Hoova…» Calculaba que el número de «niños
de Geller» sobre la tierra era del orden de millón y medio. Todos ellos elegían
antes de nacer venir aquí desde otras dimensiones para cumplir misiones
especiales.
Vuelve a la escena psíquica ese ridículo conjunto de entidades psíquicas que
son los Nueve, ahora con mayor fuerza que nunca. Una joven médium londinense,
Jenny O’Connor, afirma estar en contacto con los Nueve. Son unos estúpidos de
ocho millones de años de edad, procedentes de la estrella Sirius. En 1979 Jenny
fijó su residencia en Esalen, donde rápidamente alcanzó una gran celebridad.
Los miembros de las fuerzas vivas de Esalen se toman a los Nueve muy en serio.
Según dice Jeffrey Klein, en su artículo «Esalen Slides off the Cliff» (Mother
Jones, diciembre de 1979):
Bajo
los auspicios de los Nueve, el consejo directivo del instituto despidió a su
encargado jefe de finanzas y reorganizó toda su estructura directiva. Asimismo,
los Nueve han actuado como colíderes tanto en reuniones abiertas como en
seminarios de Gestalt. Incluso han proporcionado consejo sobre la planta física
de Esalen…
La gente de Esalen intercalaba el nombre de los Nueve en su conversación con el
mismo trato de falsa intimidad con que cualquiera podría mencionar a un
personaje famoso que recientemente se hubiera casado con alguien de su familia.
«Bueno, ya sabes, los Nueve dicen que…»
Puharich
y Fuller, como Esalen, también están resbalando por el precipicio, porque
creen, y creen de verdad, en las porquerías que escriben. Pero Uri no. ¡Cómo
debe reírse a carcajadas de los tontos que suponen, o que alguna vez han
supuesto, que sus pretensiones son genuinas!
26. La nueva insensatez y Supersentidos[142]
Nuestra
nación se encuentra actualmente envuelta en un entusiasmo sin precedentes por
creencias que los astrólogos medievales hubieran considerado una pura locura.
Dicho entusiasmo resulta más alarmante que divertido. Cuando escribí Fads
and Fallacies en 1952, comparé este fervor con la extravagancia
alemana anterior a Hitler. Charles Fair, neurocientífico y poeta, encuentra
similitudes aún más marcadas con la Francia prenapoleónica, cuando todo el
mundo fue mesmerizado por el mesmerismo, y con Roma, invadida por extraños
cultos misteriosos antes de su caída. «Resulta difícil imaginar un Napoleón o
un Hitler surgiendo en este país —escribe Fair en The New Nonsense (La
nueva insensatez) (Simón & Schuster, 1974)—, pero las precondiciones
psicológicas… desde luego parecen existir…»
Aunque el libro de Fair está lleno de buen sentido y sólida erudición, no va a
ejercer efecto alguno sobre esta marea ascendente. De hecho, muchos lo leerán
sólo para descubrir qué nuevos cultos «se llevan». Por cada lector que coincida
con las ideas de Fair, habrá dos que queden tan cautivados por sus ataques
contra, digamos, el control mental de Silva que se apresurarán a inscribirse en
un curso de Silva.
¿Por qué está sucediendo esto? Seguramente Fair está en lo cierto cuando apunta
hacia dos causas importantes: la decadencia de la ortodoxia religiosa y el
desencanto con respecto a la ciencia. Tras varias décadas de desmitificación
del cristianismo, ¿resulta tan sorprendente que el populacho persiga nuevos
mitos? Contemplemos el panorama de objetos de nueva fe: gurú Maharaj Ji, Hare
Krishna, meditación transcendental, parapsicología, terapia de encuentro,
terapia de grito, Roffing, I Ching —la lista de Fair es
interminable. Los cultos revolotean (en palabras de Fair) como llamativas
mariposas otoñales, «naciendo a medida que mueren las viejas ortodoxias, pero
antes siquiera de haber tomado forma las venideras».
En casi un mes, una docena de ejemplos representativos de esta nueva insensatez
han sido lanzados por editoriales respetables hasta ese momento. Un espécimen
valioso es Supersenses (Supersentidos) de Charles Panati
(Quadrangle, 1974), publicado, el cielo nos asista, por el New York
Times. Su tema: la parapsicología se está alejando de la superstición
callejera y entrando en laboratorios respetables, rígidamente controlados.
Es cierto que ahora los parapsicólogos juegan con instrumental electrónico,
cámaras de Faraday y computadoras, pero sus diseños experimentales son más
inestables que una casa de naipes de PES. Panati, antes físico y ahora escritor
científico en Newsweek, presenta una forma tímida de ocuparse de
este deterioro. Sencillamente lo ignora.
Por ejemplo, no escribe una línea sobre el trabajo sensacional del Dr. Jule
Eisenbud con Ted Serios, aquel muchacho de Chicago que pudo proyectar
pensamientos en una película Polaroid hasta que dos magos explicaron cómo lo
hacía. Panati tiene una baja opinión de Eisenbud, por lo que se limita a no
hablar de él. ¿Cómo van a saber los lectores que los héroes más importantes de
Panati —Thelma Moss, Stanley Krippner, Edgar Mitchell y otros— han dejado
constancia firme de su defensa de los poderes de Ted?
Considérese el curioso caso del Dr. Walter J. Levy. En las páginas 220-221,
246-248, Panati describe el gran trabajo realizado por Levy y sus colegas sobre
las facultades precognitivas de las aves y sus crías. Todas las referencias de
las notas de pie de página remiten a trabajos de Levy, pero Levy no aparece
mencionado para nada en el texto ni en el índice. ¿Por qué? Pues porque
inmediatamente antes de que el libro de Panati se imprimiera, Levy, sorprendido
retocando registros de la computadora, fue despedido por su jefe, el Dr. J. B.
Rhine.
Lo que Panati incluye ya es suficientemente descabellado. Dedica varias páginas
a la habilidad psicocinética de la psíquica rusa Nelya Mikhailova para separar
la yema de la clara en huevos crudos. Nunca sabrá nadie por Panati que Nelya,
bajo su nombre artístico anterior de Ninel Kulagina, fue sorprendida (por
científicos del establishment soviético) utilizando imanes
ocultos e hilos invisibles para mover y levitar objetos, condenada a prisión
por actividades de mercado negro, y antes de todo eso también había sido
descubierta cometiendo fraude en pruebas de su habilidad para leer Pravda con
las yemas de los dedos.
Uri Geller, réplica occidental de Ninel, también aparece en el libro. Panati
admite que Uri es un mago. Pero, no obstante, Uri posee un don psíquico
«auténtico y considerable». Esto ha quedado demostrado, dice Panati, mediante
«pruebas rigurosas» realizadas en el Stanford Research Institute. (Panati
califica a las pruebas de «rigurosas» aun cuando siempre describe informes que
nunca pasarían un examen de la licenciatura de psicología.) El «blanqueador»
informe de Panati tampoco permite a nadie tener conocimiento del triste libro
de Andrija Puharich sobre Geller, aunque el pobre Puharich aparece por todas
partes en Supersenses como un distinguido experto. Asimismo,
por este libro nunca sabrá nadie que el Dr. Harold Puthoff, que sometió a
prueba a Geller en el SRI, escribió un prólogo a Scientology: A
Religión de L. Ron Hubbard y en 1970 describió la cientología como «un
sistema altamente sofisticado y tecnológico… característico de la planificación
corporativa más moderna…».
Verdaderamente, después de haber leído Supersenses nadie se
habrá enterado de nada que no sepa cualquier suscriptor de la revista Psychic.
Anexo
Charles Panati es joven, bien parecido, agradable, sincero, brillante y
enormemente ingenuo. Antes de dejar Newsweek para trabajar por
su cuenta, me llamó por teléfono para decirme que iba a ver personalmente a Uri
Geller por primera vez. ¿Qué consejo podía darle yo? Le aconsejé que acudiera
acompañado de un mago. No lo hizo, y un día o dos más tarde volvió a llamarme
para contarme lo tremendamente impresionado que estaba. De hecho, tal fue la
impresión que en seguida editó The Geller Papers (Houghton
Mifflin, 1976), una ridícula antología que he comentado en el capítulo
15.
The Geller Papers fue seguida de una novela de terror psíquico de
Panati, Links(Vínculos) (Houghton Mifflin, 1978). Su último
libro, Breakthrouphs (Avances) (Houghton Mifflin, 1980),
afortunadamente no se ocupa de temas psíquicos, sino de nuevos desarrollos de
la medicina. Actualmente, Panati se encuentra considerablemente desencantado en
lo que respecta a Uri, pero como sucedió con John Taylor (véanse capítulos 16 y
27) tendrá que pasar mucho tiempo antes de que consiga recuperar su reputación
como escritor científico después de haberse tomado en serio el «efecto Geller».
27. Supermentes y La magia de Uri Geller[143]
Imaginen
que sospechan que alguien hace trampas habitualmente cuando juega a las cartas.
¿A quién contratarían ustedes como observador secreto para dilucidar la
cuestión? ¿A un físico?
Alguien que se autodenomina psíquico, realiza milagros exactamente igual que
realizan sus proezas los magos especializados en lo que el gremio llama
«mentalismo». Ustedes sospechan que el psíquico hace trampas. ¿A quién
acudirían ustedes en calidad de testigo experto? ¿A un físico?
Uno de los aspectos más tristes y persistentes de la historia de los presuntos
fenómenos psíquicos es que siempre ha habido un pequeño y ruidoso grupo de
científicos que, combinando un enorme egotismo con una credulidad todavía
mayor, imaginan de verdad que pueden detectar el fraude
psíquico. Vamos a echar una rápida ojeada a un valioso espécimen: Johann
Zöllner quedó desbordado por los milagros de un médium americano, Henry Slade.
Slade era un atractivo truhán cuyo truco más exótico consistía en hacer aparecer
nudos en lazos cerrados de cuerda. También era un virtuoso haciendo aparecer,
sobre pizarras vacías, insípidos mensajes escritos con tiza procedentes de
espíritus del «otro mundo». Ondeaba su mano sobre una brújula y conseguía que
la aguja girara. A su lado solían salir por los aires pequeños objetos, a veces
agua.
Nunca llegó a plantearse Zöllner en serio la hipótesis de que un caballero tan
encantador como Slade pudiera ser un fraude. De hecho, Zöllner se lanzó a
imprimir un libro entero sobre Slade, Transcendental Physics, en el
que argumentaba que el espacio físico tiene cuatro dimensiones y Slade poseía
una supermente capaz de desplazar los materiales de prueba hacia dentro y fuera
de dicho espacio.
El libro es un ejemplo clásico, escrito por un pedagogo honesto pero estúpido.
Los magos lo leen hoy día con hilaridad, porque los métodos de Slade son muy
conocidos y leyendo entre líneas se puede reconstruir lo que hacía. Yo mismo,
eterno aprendiz de mago, nunca esperé contemplar otro volumen posterior que
pusiera de relieve, con tanto humor inconsciente, lo fácilmente que un
científico puede ser embaucado por el más sencillo de los engaños.
Hasta que leí Superminds (Supermentes) (Viking, 1979) de John
Taylor. Este libro grande y lustroso, cubierto de sensacionales fotografías de
mesas levitadas y médiums, y tenedores doblados por las supermentes de
sonrientes niños y bellas señoritas, hay que verlo para creerlo. El hecho mismo
de que haya sido escrito, y encima por un hombre que ahora corre el riesgo de
ser recordado únicamente como el papanatas británico del siglo, resulta más
improbable que cualquier «milagro» de los que describe. El libro se subtitula:
«Un científico en busca de lo paranormal». Debería subtitularse: «Un científico
embobado por Uri Geller», porque Geller, el joven y atractivo prestidigitador
israelí que insiste en que jamás hace prestidigitación, constituye la causa
inmediata del libro así como su superestrella.
Todo empezó en noviembre de 1973, cuando John Taylor, que entonces tenía
cuarenta y dos años, apareció en un programa de televisión de la BBC junto a
Uri. Taylor, un respetado físico matemático del Kings College de Londres,
esperaba no recibir ninguna impresión especial. En lugar de eso, acabó con los
ojos como platos. Uri llevó a cabo su pequeño repertorio de trucos, ahora tan
conocido y cada vez más tedioso. Hizo doblarse un tenedor. Puso en marcha un
reloj parado. Reprodujo un dibujo que se hallaba dentro de un sobre cerrado.
Los magos que presenciaron el programa no quedaron impresionados en absoluto.
Pero el Dr. Taylor y sus amigos, quienes a veces se autodenominan «físicos
contraculturales», padecen un síndrome peculiar que yo llamo EPP (eyaculación
psíquica precoz). En lugar de esperar a que un psíquico sea sometido a prueba
por psicólogos escépticos, ayudados de magos competentes, siempre que un FCC
(físico contracultural) ve a un autodenominado psíquico hacer unos cuantos
trucos de magia, inmediatamente habla de auténticas proezas y se lanza a
escribir notas de prensa, artículos o un libro. Así es como Taylor describe sus
emociones después de someter a prueba a Uri en su laboratorio:
La
observación clara de Geller en acción ejerció un efecto sobrecogedor en mí.
Sentí como si todo el esquema de trabajo con el que yo contemplaba el mundo
hubiera quedado destruido de repente. Me veía desnudo y vulnerable, rodeado de
un universo hostil e incomprensible. Me costó muchos días ser capaz de
familiarizarme con esta sensación.
Después
de que Taylor recuperara la compostura, descubrió que se había convertido en un
auténtico gellerita. No solamente Uri posee una supermente (la mejor), sino que
cientos de niños británicos (en opinión de Taylor) también pueden producir el
«efecto Geller»: conseguir que determinados objetos se doblen o rompan mediante
un poder de la mente. Igual que sus amigos FCC, Taylor está menos interesado en
demostrar la existencia del efecto Geller (después de todo, ¿no lo ha
presenciado él personalmente?) que en medirlo y desarrollar una
teoría al respecto. ¿Cuál es la fuerza de la naturaleza responsable? ¿La
gravedad? ¿La fuerza débil? ¿Los neutrinos? ¿Presuntas partículas tales como
los taquiones, bosones intermedios, monopolos magnéticos, quarks? Al final se
decide por el electromagnetismo como candidato más probable.
La ignorancia de Taylor en lo que a magia se refiere es prácticamente absoluta.
Describiendo las reproducciones de Uri de dibujos introducidos en sobres,
escribe: «Ningún método que la ciencia conozca puede explicar su revelación de
ese dibujo…» Vale, ¿pero qué hay de los métodos que la ciencia no conoce?
Puedo asegurar al profesor Taylor que hay más de treinta técnicas distintas
mediante las cuales un mentalista puede realizar esa proeza, variando los
métodos según las condiciones en las que el artista se vea obligado a actuar[144].
Después de ver cómo Geller hacía girar la aguja de una brújula ondeando su mano
sobre ella, Taylor intentó imitar los movimientos de Uri. Incluso lo intentó
pateando el suelo. No sucedió nada. «Tampoco Geller pudo haber utilizado un
imán —escribe con increíble presunción—, a menos que consiguiera ocultarlo en
la palma de la mano con una destreza consumada…»
Jamás se le ocurrió a Taylor —¿por qué se le iba a ocurrir?— que no es
necesario ocultar en la palma de la mano el imán para hacer que se mueva la aguja
de una brújula. Cuando Slade realizaba este viejo truco llevaba el imán en la
punta de un zapato. Cruzaba las piernas, y cuando quería que la aguja girara
simplemente levantaba la punta de su zapato hasta la altura de la superficie
interior de la mesa[145]. Otro
sitio cómodo para ocultar el imán es debajo de los pantalones, en la rodilla.
Hoy día se pueden obtener pequeños imanes flexibles y muy potentes, que son muy
finos y fáciles de esconder en la boca entre los dientes de abajo y el
carrillo. Cuando Uri hizo moverse la aguja de la brújula en el programa Tomorrow(14
de agosto de 1975) de Tom Sonyder, llevaba el imán en la boca o cosido al
cuello de su camisa. Esto saltaba a la vista por el hecho de que, cada vez que
la aguja se movía, la cabeza de Uri se precipitaba muy cerca de la brújula, Uri
desviaba la atención de su cabeza. Después colocó la brújula en el suelo, la
cámara bajó lentamente para acercar el plano, y ningún espectador pudo
ver dónde estaba la cabeza de Uri.
Pero seguro que ya voy a tener problemas con mis amigos magos por haber
revelado demasiado. En la página 52 Taylor describe un milagro con pelos y
señales. Geller produjo descargas ruidosas en un contador Geiger. ¿Se le
ocurrió a Taylor o a cualquiera de los demás brillantes FCC inspeccionar
después a Geller para ver si llevaba alguna sustancia radiactiva inofensiva
escondida en su persona? ¡A ninguno se le ocurrió!
Los magos se muestran comprensiblemente reacios a desvelar los métodos de
Geller. Incluso hay un pequeño grupo de mentalistas que consideran a Uri como
«uno de los suyos», sin diferencia alguna con respecto a Kreskin y otros
profesionales, a excepción de que al desempeñar el papel de psíquico de forma
más convincente, e introducir innovaciones tales como doblar llaves de coche y
cubiertos de plata, Uri está haciendo más dinero que ellos.
No estoy de acuerdo. En mi opinión hay una diferencia cualitativa entre la
carrera de Uri y la de los grandes mentalistas del pasado. Uri no pertenece a
la tradición de animadores como Anna Eva Fay y Joseph Dunninger. Uri sigue la
línea de los grandes médiums físicos del siglo XIX. Es cierto que los espíritus
de los difuntos han desaparecido ya de la mayoría de los laboratorios psíquicos
de hoy, pero sus lugares los ocupan energías misteriosas «desconocidas por la
ciencia», posiblemente procedentes de supermentes dei espacio exterior. El daño
es el mismo para la ciencia y para las vidas de los individuos.
Consideremos algunos de los efectos del afán ilimitado de Uri por el dinero y
la adulación. Andrija Puharich, antaño respetado por sus colegas
parapsicólogos, ha visto su carrera seriamente dañada. Destacados periodistas y
científicos, así como un valiente astronauta, que caminó sobre la Luna, han
quedado casi como retrasados mentales. Miles de personas, sobre todo entre la
juventud, han quedado tan deslumbrados por Uri que le consideran en vanguardia
de una nueva revolución de la conciencia humana.
Por estas otras razones no puedo estar de acuerdo con esos magos que atacan a
James Randi, mago profesional, por su obra recién publicada, The Magic
of Uri Geller (La magia de Uri Geller) (Ballantine, 1975). Es un libro
excelente, sensible, documentado, ingenioso, compasivo y absolutamente
devastador. Uri ha declarado con frecuencia que cualquiera que le ataque corre
el peligro de ser castigado por sus grandes poderes. De hecho, en el mentecato
libro de Puharich, Uri, Geller manifiesta estar muy preocupado por
una ocasión en la que se enfadó con alguien, deseó que le sucediera algo malo,
y el pobre hombre obedientemente se murió. Pero Randi no se asusta
fácilmente.
The Magic of Uri Geller es una colección de artículos reveladores
firmados por escépticos, adornada con divertidos comentarios ácidos del
Increíble Randi. Joe Hanlon, que escribió el excelente número especial
que New Scientist dedicó a Geller (17 de octubre de 1974),
expone sus razones para creer que Uri es un charlatán. El artículo de Andrew
Weil publicado en Psychology Today en dos partes también está:
en la 1.ª parte cuenta cómo le embaucó Uri, y en la 2.ª parte expone su
desencanto después de ver a Randi doblar llaves más de prisa y en mejores
condiciones de control. Los pormenores del fracaso de Uri en su intento de
impresionar a Leon Jaroff y otros editores de Time aparecen
relatados de modo fidedigno, en contraste con el confuso informe de Puharich.
¿Se teletransportó Uri desde un sofá desde la casa de Puharich en Ossining
hasta las calles de Río, y luego regresó con un billete de mil cruceiros? Uri
dice que sí, pero ¡lean el capítulo 8 de Randi! Yale Joel, un fotógrafo
de Life, explica cómo fue sorprendido Uri falsificando una foto
supuestamente tomada de sí mismo sin quitar la tapa del objetivo de la cámara.
¿Cómo repara Uri los relojes «rotos»? Véase el capítulo 12. ¿Por qué reventó
Uri el show de Jonny Carson? Fue porque Uri estaba nervioso, o
porque Jonny, ex mago, jamás permitió a Uri ni a sus amigos el acceso a los
materiales de prueba antes de que empezara el programa? ¿Cómo consiguió Uri
«fundir» una cuchara de forma tan convincente para Barbara Walters que durante
un año alteró su visión de la vida?
Uno de los logros más sensacionales de Uri en materia de clarividencia, cuando
fue sometido a prueba en el Stanford Research Institute, consistió en acertar
ocho veces seguidas la cara superior de un dado agitado dentro de un cajón
metálico de un archivador por «uno de los experimentadores». ¿Hay algún modo
sencillo mediante el cual Uri pudo cometer fraude? Desde luego que lo hay.
Joaquín Argamasilla, un joven mago español, convenció a muchos FCC de que los
«rayos X de los ojos» podían ver a través de cajas de acero y de plata. Houdini
expuso la técnica del español en un curioso panfleto que Randi reproduce; a
continuación Randi pasa a elaborar una astuta conjetura en torno a la posibilidad
de que Uri empleara el mismo método básico.
Quizá el capítulo más demoledor del explosivo libro de Randi sea la traducción
de un artículo sobre Uri publicado el año pasado por un semanario de Tel Aviv.
Itzhaak Sabah, antiguo amigo de Uri que trabajó para él como chófer en Israel,
contaba al reportero cómo había servido a Uri de «bufón» en alguna ocasión,
transmitiéndole en secreto información desde una butaca de las primeras filas,
a lo largo de actuaciones de Uri ante público. Hannah Shtrang, hermana mayor
del inseparable compañero de Uri, Shipi, cuenta cómo empezaron Uri y Shipi a
interesarse por la magia, cómo desarrollaron los números escénicos de Uri, y
cómo Shipi se convirtió en el compinche número uno de Uri. En aquellos días Uri
presentaba a Shipi como hermano suyo. Se negaba a actuar a menos que su
«hermano pequeño» se hallara sentado en la primera fila. La propia Hannah
asumió tareas de señalización en algunas ocasiones.
«Uri y Shipi solían ensayar juntos durante largas horas —decía Hannah—, incluso
cuando ya era famoso, insistiendo juntos en el dibujo y la reproducción de
determinados objetos después de haberles echado tan sólo una rápida ojeada.»
Sabah mostró al reportero cómo emplea Uri la habilidad de sus manos para
cambiar las manecillas de un reloj, aparentemente «sin tocarlo en modo alguno».
Cuando alguien menciona a los científicos que han certificado a Geller, el
reportero escribe, Sabah «reacciona con una dilatada mueca de sabelotodo».
Las partes más divertidas del libro de Randi son aquellas en las que habla de
sus aventuras en Gran Bretaña a comienzos del presente año mientras reunía
material para su libro. Haciéndose pasar por James Zwinge (su verdadero
nombre), supermente canadiense, Randi visitó la redacción de Psychic
News, destacada publicación psíquica londinense. La redacción entera quedó
conmocionada en cuanto Zwinge emprendió la «gellerización» de objeto tras
objeto. El resultado: una fotografía de Zwinge en la portada del número del 26
de julio, y un gran relato sobre los extraordinarios poderes de este hombre
extraño «con barba gris e intensos ojos» que «parecía irradiar un aura
magnética».
Una cuchara se dobló y rompió. La llave de una vitrina quedó retorcida. Un
abrecartas se dobló formando un ángulo de 45 grados. «Todos podían atestiguar
que Zwinge ni siquiera se había acercado a él», decía Psychic News.
Un reloj que había en la pared se adelantó dos horas. Otro reloj de la
redacción se adelantó dos horas y media. «Desde luego Zwinge no tuvo
oportunidad alguna de interferir su marcha. Estuvo sometido a vigilancia
constante… Yo estuve absolutamente pendiente de cualquier movimiento
sospechoso. Pero Zwinge no hizo ninguno.»
Randi telefoneó a Taylor. El profesor le respondió con un «Tengo toda la
evidencia que necesito» y colgó. Pero Taylor desconocía el aspecto de Randi, y
el rostro de Zwinge todavía no había empezado a adornar los kioscos de
periódicos londinenses. Haciéndose pasar por reportero de Time,
Randi no tuvo ninguna dificultad para conseguir la entrevista que quería. Lo que
ocurrió después en el despacho de Taylor constituye uno de los pasajes más
divertidos del libro.
Echen una ojeada a la fotografía que aparece en la página 159 de Superminds.
En ella aparece la reliquia más sagrada de Taylor: un tubo de plástico, tapado
y lacrado a ambos extremos. En su interior hay una tira de aluminio
inicialmente recta, y ahora doblada en forma de S por la supermente de un
muchacho adolescente. ¿Vio Taylor realmente cómo se doblaba? Pues
no. Esto, para que lo sepan, es lo que el profesor denomina «efecto timidez»
(que Dios nos ayude). Las cosas se doblan solamente cuando no hay nadie
mirándolas. El super-muchacho se llevó el tubo a casa, y luego regresó con la
tira doblada. Ahora, amigos estudiosos, pasemos al relato de Randi de lo que
ocurrió cuando examinó este tubo subrepticiamente. Mientras fingía admirar la
sagrada reliquia, Randi tiró de uno de los tapones de caucho, e ¡inmediatamente
cayó en su mano! Taylor no se dio cuenta, por lo que Randi encajó de nuevo
rápidamente el tapón en su sitio. «La precaución de tapar y lacrar con cera no
tenía ningún valor —comenta Randi—. Era un elemento de preparación muy pobre…»
Después de que Randi escribiera su libro, dos investigadores de la Bath
University diseñaron sin problemas una prueba sencilla destinada a seis jóvenes
supermentes. El observador debía bajar la guardia transcurridos veinte minutos.
Varillas y cucharas se gellerizaban maravillosamente mientras los inocentes
niños eran captados en secreto por una cámara de vídeo tras un espejo
unidireccional. «A colocaba la varilla bajo sus pies para
doblarla; B, E y F utilizaban ambas manos
para doblar una cuchara… Podemos afirmar que no observamos en ningún caso que
una varilla o una cuchara fueran dobladas por otros medios que los
palpablemente normales» (Nature, 4 de septiembre de 1975, página 8).[146]
Taylor no es más que el último de las muchas víctimas que los buscavidas
psíquicos dejan tras sus luminosos senderos. ¿Contribuirá el libro de Randi a
que disminuya el número de víctimas en el futuro? Lo dudo. Las mentalidades de
los creyentes genuinos llegan tan lejos que, aun cuando Uri estuviera dispuesto
a confesarlo todo, no le creerían. ¿Recuerdan a Margaret Fox, que dio vida al
espiritismo moderno chasqueando los dedos de sus pies? (Dicho sea de paso, sus
rasgos faciales se asemejaban tanto a los que Uri que dan que pensar en la
reencarnación.) Ninguno de los defensores de Margaret la creyó
cuando confesó.
Uri dijo en una ocasión a Stefan Kanfer, de Time: «Randi tiene
celos de mí porque soy joven y bien parecido y tengo un bonito pelo ondulado.»
«Bien —concluye Randi su libro—, ya no soy tan joven como preferiría ser, y la
mayor parte de mi cabello me ha abandonado durante estos años, eso es cierto.
Pero yo duermo muy bien, Uri.»
Anexo
Desde que escribí la recensión de Superminds, el profesor John Taylor
se ha convertido en uno de los basculadores más rápidos y divertidos de la
historia de la investigación psíquica. No solamente ahora considera a Uri un
fraude, sino que además ha decidido que la PES y la PC no existen siquiera. En
el capítulo 16 pueden leer mi apreciación del libro en el que Taylor formula
esas retracciones, aunque con la ausencia notable de apologías o encomio alguno
para aquellos escépticos que hicieron todo lo posible por impedirle hacer el
borrico.
El nuevo libro de James Randi, Flim-Flam! (Lippincott &
Crowell, 1980), entra en más detalles sobre la carrera de Uri y las carreras de
otros psíquicos fraudulentos o autoengañados.
28. Los poderes de la mente[147]
La
contracultura pop de nuestros días, especialmente entre los jóvenes, constituye
una curiosa mezcla de máxima insensatez, mínima conciencia histórica, y un
patético anhelo por los caminos de rosas (citando a Chico Marx). Para romper
con las religiones establecidas, con la ciencia, la filosofía, la economía y la
política, con las artes liberales y con cualquier cosa que exija tiempo y
esfuerzo, dedíquense al rock, desordenen su vida sexual, mediten y claven una
foto del Ruidoso Fromme en la pared.
George Jerome Waldo Goodman, alias Adam Smith, posee una mente clara, un gran
talento y un notable olfato para detectar la última porquería de moda. Su
primer best-seller, The Money Game (El juego del dinero), fue
devorado por lectores de clase media ansiosos por dar un rápido salto de potro
sobre el ascendente mercado de valores. Su nuevo best-seller, Powers of
Mind (Los poderes de la mente) (Random House, 1975), será devorado por
lectores de clase media ansiosos por encontrar la salud y la felicidad al
instante.
Por supuesto, no se nombra la felicidad. Se habla de avivar la conciencia,
expandir el espacio interior, intensificar la actividad vital. Para conferir
falsa credibilidad a su breve recorrido de lo que él llama el «circuito de la
conciencia», Smith practica la vieja técnica de inspeccionarse primero
rápidamente a sí mismo. George Plimpton dedicó un tiempo considerable a hacer
amistad con destacados atletas y a desarrollar sus mismas actividades antes de
escribir sobre ello, pero Smith tiene más prisa. Un día aquí, otro allí,
examina superficialmente referencias, hace llamadas telefónicas, enfatiza
historias, improvisa algunas nuevas. ¿Que un «Indio Loco» dio a Smith unas
flores en la estación de Pensilvania y éste recorrió luego el vagón entregando
a todo el mundo una flor y diciendo «Namaste», que según le había contado el
indio significaba «saludo a la luz que hay dentro de ti»? Perdóneme, Smith,
pero lo dudo.
Ese estilo ametralladora de Smith es exactamente el adecuado para el reducido
ámbito de atención de sus lectores. Tipo Black Mask[148].
Apresurado, escueto y chistoso. Con profusión de frases de una sola palabra:
«¡Tremendo!», «Peliagudo», «Sí». Aparecen continuamente nombres de pensadores
de moda: Wittgenstein, Heidegger, Jung, Gurdjieff, Huxley (Aldous, por
supuesto), Chomsky, Thomas Kuhn, Robert Ornstein, Teilhard de Chardin… Me
olvidaba del Conde Korzybski, pero Smith debe admirarle porque también aparece
allí. Cuando terminé de leer el libro me pregunté por qué no me había
encontrado con el nombre de Karl Popper, pero resulta que en el apéndice del
libro, la nota de pie de página número 21 (sobre el «paradigma» de Kuhn)
termina diciendo: «Ninguna referencia a la historia de la ciencia, por pequeña
que sea, debe omitir a Karl Popper y Michael Polanyi, especialmente a este
último.»
Las maravillas anecdóticas de Smith se encadenan como los chistes de un número
de Henny Youngman. «Recuerdo algo muy divertido que me ocurrió de camino al
Centro de Meditación…» «A título de prolegómeno», Stewart Alsop presenta una
inexplicable remisión de su cáncer iniciada después de un extraño sueño en el
que se negaba a bajar de un tren en Baltimore. Norman Cousins se cura a sí
mismo de una misteriosa enfermedad viendo viejas películas de los Hermanos
Marx. Las palmas de las manos de una niña negra de diez años comenzaron a
sangrar después de que leyera el relato de la Crucifixión. Un hombre drogado
con LSD, que creía estar exponiendo sus argumentos a Sócrates, hablaba en
griego clásico, ¡idioma que desconocía!» (La cursiva y el signo de
exclamación aparecen en el original.)
Algunos médicos dan a Smith pequeñas conferencias sobre placebos, sobre drogas,
sobre el efecto Rumpelstiltskin (hablar de dolencias hace que el paciente se
sienta mejor) y sobre investigaciones en materia de cirugía cerebral. Tras
recibir instrucción de un maestro en I Ching, Smith pide su
beneplácito para el libro sobre inversiones en una sesión de «rolfing». Más
tarde, la propia Ida Rolf le dijo que no podía soportar a osteópatas y
quiroprácticos y que los dos únicos «rolfistas» competentes en todo el mundo
eran Ida Rolf y su hijo. Sigue un curso de biorretroalimentación. Prueba con el
yoga. Colabora con Montagne Ullman en el Laboratorio del Sueño del Maimónides
en lo de las pelotas de ping-pong cortadas y colocadas sobre los ojos. Flota en
el depósito de privación sensorial de John Lilly. Medio practica la TM y revela
(¡qué vergüenza!) su mantra secreto.
Dedica varios capítulos a los deportes zen: el fútbol zen, el golf zen, el
tenis zen (¿por qué no los bolos zen?). El gurú Maharaj Ji y el reverendo Sol
Luna son tratados un poco por encima porque Smith no consiguió ponerse en
contacto con ellos, pero sí logró verse con Uri Geller, y piensa que
también con el evasivo Carlos Castañeda. No está seguro porque el hombre con el
que habló le dijo que era el doble de Carlos. Esto no significa, entiéndanme
bien, que este hombre simplemente se pareciera a Carlos. El
«doble», citando un libro reciente de Doubleday sobre EEC (experiencias
extra-corpóreas), «es el segundo cuerpo compacto: un organismo vivo, que
respira, y es idéntico en aspecto y conducta al cuerpo físico». Se le puede
fotografiar.
Baba Ram Dass juega un gran papel. Ram Dass es Richard Alpert, antiguo amigo
inseparable de Tim Leary en Harvard antes de que ambos salieran tarifando.
Alpert se fue a la India, y se hizo gurú. Hoy día es muy admirado en el
circuito estudiantil de la conciencia, aun cuando su padre (presidente de la
New Haven Railroad) le llama Rum Dum y su hermano mayor le llama Rammed Ass.
Ingo Swan, cientólogo newyorkino que, como Uri Geller, ha sido declarado
psíquico genuino por Puthoff y Targ (ambos físicos especializados en láser que
realizan investigaciones psíquicas para el Stanford Research Institute), cuenta
a Smith cómo proyectó su conciencia hasta Júpiter y Mercurio. Cuando Smith
telefoneó a un funcionario de la NASA para preguntar si tenía conocimiento del
viaje de Ingo a Mercurio, la respuesta fue: «No, no sabíamos nada, ni queremos
saberlo y, por favor, no vuelva a llamar. No hemos patrocinado nada de eso. Todas
nuestras exploraciones emplean viejos cohetes regulares.»
Ingo aseguró a Smith que el 95 por 100 de la totalidad de los llamados
psíquicos son fraudes. Eso no reza, por supuesto, para él ni para Harold
Sherman, el vidente de Arkansas cuya conciencia acompañó a Ingo en ambas
exploraciones. No oirán ustedes hablar mucho del viaje a Júpiter porque lo
único que allí vieron que no aparecía en todo texto elemental de astronomía
fueron enormes montañas en la superficie del planeta. Esto ocurrió
inmediatamente antes de que un vuelo Pioneer revelara que Júpiter carece de
superficie. Swann ha sido contratado recientemente para detectar petróleo. No
utiliza ninguna horquilla, simplemente camina sobre el terreno y siente las
vibraciones.
El capítulo más triste del libro, «El elevado valor de la nada», trata sobre el
último y más candente de los nuevos caminos de rosas. EST no son las iniciales
de T. S. Eliot al revés. Es el acrónimo de Erhard Seminars Training. ¿Erhard?
Al principio fue Jack Rosenberg, quien se crió cerca de Filadelfia y fue
durante mucho tiempo director de ventas a domicilio de una enciclopedia
de Parents Magazine. Más tarde se incorporó a la cientología, pero
esta distinguida iglesia le expulsó de su seno y se puso a trabajar para Mind
Dynamics (Dinámica Mental), una empresa californiana hoy día fuera del mercado.
Entonces fue cuando se le ocurrió lo de la EST.
El nombre no deja de ser interesante. Se parece a ESP (PES-percepción
extra-sensorial), y rima con REST y ZEST[149] y
sobre todo, suena casi igual que MEST, gran acrónimo de la cientología que
abarca Materia, Energía, (e)Spacio y Tiempo. Según L. Ron Hubbard, los antiguos
titanes, omnipotentes e inmortales, estaban aburridos de la eternidad. Para
divertirse a sí mismos comenzaron a crear universos a base de MEST. Poco a
poco, a lo largo de trillones de años, fueron enredándose en uno de sus mundos,
y ¿quiénes son esos dioses caídos que han olvidado su procedencia? ¡Somos
nosotros!
«Pero ha ocurrido algo —escribe Christopher Evans en su clarificador informe
sobre la cientología que aparece en Cults of Unreason (Cultos
de la sinrazón)—. Un hombre, Lafayette Ronald Hubbard, ha tropezado con el
secreto, ha recordado todo lo relativo a él y nos conducirá de regreso hasta
que dejemos de ser peones de ajedrez y recuperemos nuestra herencia de
jugadores.»
La cientología es complicada. Hoy que leer muchos libros para captar la idea
importante. Erhard dispone de un atajo más corto. EST significa «es» en latín.
Lo que es, es. Lo que no es, no es. El universo es lo que es. No puede ser nada
más. Es perfecto. Cada uno de ustedes es una de sus máquinas. Ustedes son lo
que son. Ustedes también son perfectos. Poseen «libre albedrío», pero en
sentido paradójico. Ustedes tienen que elegir lo que eligen. El secreto del
satori es relajarse y disfrutar. «La idea global de hacerlo —dijo Erhard a
Smith— es un moñigo.» De hecho, todo es un moñigo, incluyendo la EST. Una vez
que has reconocido esta gran verdad y que no hay nada que conseguir, «lo consigues».
Pierdes, desde luego, la cuota de iniciación de 250$. Eso es lo que consigue la
EST.
La idea de que la paz viene de la mano de la aceptación constituye una de las
nociones más antiguas en materia de religión y filosofía. Miles de eminentes
ateos, panteístas y teístas han afirmado esto mucho mejor que Erhard. Spinoza,
por ejemplo, escribió elocuentemente en torno al modo en que la verdadera
libertad acude únicamente a la persona que sabe que no tiene libertad. «En su
voluntad está nuestra paz», escribía Dante.
No obstante, hay almas pobres, deseosas de estar informadas sobre los últimos
caminos, que están pagando dinero para que se les hable de esto. Y se les está
hablando en idiomas plagiados de una docena de cultos más y de forma
cuidadosamente calculada para producir el máximo impacto, escándalo y la máxima
publicidad. Una vez pagada la cuota de iniciación le encierran a uno en una
habitación con todos los demás caminantes. No se puede fumar, ni comer, ni
salir al cuarto de baño.
Cada sujeto es un tubo. Los alimentos sólidos y líquidos entran por un lado y
salen por otro. «Les hacemos considerar su “tubitud” —dice Erhard a Smith—. Si
no les permitimos hacer pis, por lo menos empezamos a lograr su atención.»
Son ustedes menos que un tubo. Son un ojete mecánico. Una dama de cabellos
grises alza su mano para decir al instructor que podía manifestarse con menos
vulgaridad. Smith está garabateando notas.
«Fern, cariño —dice el instructor— no son más que palabras… ¿Por
qué les concedes a las palabras el poder de hacerte efecto, Fern? ¡No hay
ninguna diferencia entre joder y espagueti!»
Fern se queda pasmada.
«Y para cuando termine este curso —sigue diciendo el instructor—, ¡serás capaz
de ir a Mamma Leone’s y pedir un plato de joder! ¡O de cantar a voz en grito
una canción obscena!»
A la mañana siguiente Fern se levanta y canta la única canción obscena que
conoce. Aplausos. Fern se ríe. Está empezando a conseguirlo.
«Sospecho que la EST continuará en alza porque la demanda es mayor que la
oferta —dice Erhard a Smith—. Pero no quiero que me entienda mal. Yo no creo
que el mundo necesite la EST, no creo que el mundo necesite nada, el mundo ya
es y eso es perfecto.»
«Si nadie lo necesita, ¿por qué lo hace?»
«Yo hago lo que hago porque lo hago.»
Y porque, igual que Hubbard antes que él, Erhard (adviértase la coincidencia de
las últimas letras de ambos apellidos) se está haciendo rico. Y ¿por qué no?
Está envasando autoconocimiento instantáneo. Sin alboroto. Sin ejercicios. Sin
necesidad de buscar la sabiduría del pasado, ni siquiera la de Hubbard. Sin
instrucciones por escrito. Sólo paga la cuota, «consíguelo», díselo a tus
amigos. Naturalmente, hay seminarios avanzados. Y cuestan más. El mes pasado
leí que Erhard había donado una gran suma de dinero a un grupo de físicos
contraculturales de California que desean investigar las leyes naturales que
hay tras cosas tales como el doblamiento de cucharas de Uri. Acudan a la EST
para adentrarse cada vez más en la PC. Es una buena PR.
¿Cómo resumiría yo mi reacción ante este libro superficial y plagado de
oropeles? Resulta imposible adivinar cuáles son las ideas de Smith. La
impresión global que produce es que están ocurriendo cosas extrañas que
sobrepasan los límites del dominio de la ciencia establecida. No tiene nada
serio ni interesante que decir acerca de ninguna de ellas. Habrá quien desee
leer el libro para enterarse de las trampas en que pueden caer sus parientes y
amigos. Pero muy bien podrían esperar a que se editara en rústica.
Anexo
Adam Smith, por supuesto, no se preocupó por mi recensión. Me envió una airada
carta personal y escribió otra mucho más suave a NYR que esta
revista publicó en su número del 22 de enero de 1976:
Martin
Gardner da a entender, en su recensión de Powers
of Mind , que he escrito un libro rápido sobre un tema de moda. Cuando
yo empecé a trabajar en este campo, el tema no estaba en absoluto de moda.Powers
of Mind me llevó más de tres años de investigación, parte de ella en
materia de psicología y fisiología, que Mr. Gardner no menciona. Me hicieron
falta los tres años para asistir a muchos cursos, realizar más de trescientas
entrevistas, y recopilar más de mil referencias. Entretanto, aparecieron
oleadas de libros sobre meditación trascendental, la «respuesta de la
relajación», la aplicación del zen y las artes marciales a los deportes y así
sucesivamente —temas a cada uno de los cuales dedico un capítulo, o parte de un
capítulo, en Powers of Mind . Si hubiera querido hacer algo
rápido y de moda, ciertamente disponía del material suficiente para media
docena de libros, ninguno de los cuales sería muy diferente de ciertos best-sellers actuales.
No me opongo a la venta de libros por parte de los editores —que se da por
supuesto acontece— pero obviamente ésta no era mi única intención.
A lo
que respondí:
Cuando
Adam Smith afirma que el tema de su libro no estaba en absoluto de moda tres
años antes de que lo terminara, no puedo evitar preguntarme dónde vivía él
entonces. La tendencia al encumbramiento de la conciencia (aproximadamente en
paralelismo con la revolución del ocultismo y la de la vuelta al
fundamentalismo) nació mediada la década de los sesenta y se hallaba en plena
forma cuando Smith inició su investigación. Considérese un simple dato:
Cosmopolitan dedicó un número especial a la creciente preocupación de este país
por la exploración de lo desconocido. Un artículo de este número se titula «Las
drogas y los poderes ocultos de la mente». ¿La fecha? Enero de 1960. El zen y
el yoga se habían puesto de moda, por supuesto, mucho antes de eso.
Casi todos los cultos que aparecen en el libro de Smith (excepto la EST) eran
tema de conversaciones de cóctel en Manhattan a finales de los sesenta,
especialmente en círculos teatrales y literarios. Todavía no se habían
extendido a puntos como Houston y Omaha. En lo que se refiere a la «rapidez» de
la investigación de Smith, solamente mencionaré que su larga bibliografía no
contiene libros ni artículos críticos de ninguno de los movimientos o asertos
científicos sobre los que escribe.
Martin GARDNER
Desde
que se publicó esta recensión mía, se han escrito tantos libros y artículos
atacando y defendiendo la est (ahora suele escribirse en letras minúsculas) que
renuncio a intentar siquiera ofrecer una bibliografía. El mejor libro entre los
que defienden a Erhard, lamento decirlo, está escrito por William Warren
Bartley III, un filósofo que debería informarse mejor. Mantiene la tesis de que
la est curó su insomnio. Sé de Bartley que es un devoto carrolliano y autor
de Lewis Carroll’s Symbolic Logic (Lógica simbólica de Lewis
Carroll), publicado por la misma editorial (Clarkson Potter) que más tarde
publicaría su Werner Erhard-The Transformation of a Man: The Founding
of est (Werner Erhard. La transformación de un hombre: Fundamento de
la est) (1978). En una ocasión recordé a Barthey que el obispo Berkeley había
escrito un libro ensalzando las grandes virtudes medicinales del agua de
alquitrán, pero no pudo ver semejanza alguna entre ese libro y su tributo a
Erhard y a la est.
Para aquellos lectores que se hayan gastado un buen dinero en est, en TM, o en
cualquiera otro culto nuevo teñido de misticismo oriental, y no hayan
conseguido encontrar la paz ni la felicidad, les recomiendo el ejercicio
siguiente. Durante veinte minutos, cada mañana y cada tarde, colóquense en
posición de loto, cierren los ojos, dejen flotar en su conciencia una imagen de
su gurú favorito, y canturreen una y otra vez ese antiguo mantra hindú: Owah-Tanah-Siam.
Piensen en ello, Erhard podría aprobarlo incluso.
29. El don de la curación interior[150]
Hace
un año pocos de los asistentes a las reuniones evangélicas de Ruth Carter
Stapleton sabían que ésta es hermana de Jimmy Carter. Ahora todo el mundo sabe
que fue ella quien abrió los ojos de su hermano y le hizo comprender la
necesidad que tenía de renacer.
Corría el año 1967. Deprimido ante su fracaso en el intento de derrotar a
Lester Maddox, Jimmy Carter paseaba con Ruth por el bosque de pinos próximo a
su granja. ¿Por qué, preguntó Ruth, no lo dejaba todo por Cristo, incluyendo la
política? No, respondió Jimmy. Luego hundió su rostro entre sus manos y rompió
a llorar. Este episodio condujo a su segundo nacimiento —esa experiencia cumbre
que, para todos los evangelistas, significa el reconocimiento de que uno no es
más que un miserable pecador salvado por la gracia de la reparadora muerte de
Cristo.
Como todos los curanderos por la fe carismática, a la señora Stapleton no le
gusta que le llamen curandera por la fe. Únicamente Jesús, a través del
Espíritu Santo, cura. Su primer libro, The Gift of Inner Healing (El
don de la curación interior) (Word Books, 1976), constituye una defensa escrita
con mucha gracia de su desacostumbrada técnica para cooperar con Jesús en la
pacificación de aquellos cristianos que padecen angustia mental.
El libro da comienzo con un testimonio personal. Cuando Ruth se casó a los 19
años, carecía absolutamente, según dice ella misma, de preparación para la
vida. El amor y la protección de su padre no habían resultado «totalmente
saludables». Como era su favorita, la había enseñado a creer que era la persona
más bella, inteligente y bien dotada que había nacido jamás. Como su madre
trataba a todos sus hijos por igual, Ruth se sentía rechazada por ella.
La crisis le sobrevino cuando tuvo su primer hijo, seguido en rápida sucesión
de otros tres más. Un accidente de automóvil la sumió en la más oscura
desesperación. Cuando un amigo innominado rezó por ella en el hospital,
reprimió su ira contra sus padres y comenzó a dejar de hacerles reproches. Su
curación fue completa en un «campamento centrado en Cristo» donde recibió el
bautismo del Espíritu de Pentecostés. Más tarde habló la lengua desconocida.
Después de su renacimiento se dio cuenta de que podía ayudar a otros que se
hallaran sumidos en graves problemas mentales. Fuertemente influida por el
libro de terapia de moda del Dr. W. Hugh Missildine, Your Inner Child
of the Past (Tu niño interior del pasado), empezó a convencerse de que
la mayoría de las enfermedades mentales tienen su origen en dolorosos recuerdos
reprimidos de la mente inconsciente del «niño interior». Para redespertar y
curar esos perturbadores recuerdos, ella utiliza una técnica que denomina
«imaginación con fe».
Empieza diciendo al paciente que cierre los ojos. A continuación, en una suave
voz hipnótica, la señora Stapleton devuelve al paciente al momento de su
nacimiento en un acto de imaginación ensoñadora. Retrata la vida de la persona
como una estrecha escalera iluminada por la luz de Jesús. Cada escalón es un
año. Cuando el paciente llega al año en que se produjo el acontecimiento
traumático en cuestión, Jesús perdona a las partes ofensoras. Al paciente, a su
vez, se le pide amor y perdón.
Consideremos el caso de la señora Z. Había entrado y salido de diversas
instituciones mentales por espacio de treinta años. Cuando Ruth la situó en el
peldaño número 12, empezó a gritar. Acababa de recordar que fue violada por su
padre. («Ella nunca se lo había contado a ningún terapeuta».) La señora
Stapleton describe cómo Jesús deja caer su mano sobre el hombro del pobre padre
de la señora Z. «Jesús está perdonando a tu padre. ¿Le perdonas tú?» La señora
Z afirma con la cabeza y susurra, «¡Oh, papá, te perdono!»
¡Y eso es todo! La curación es completa. El marido de la señora Z no puede
creer la historia que le cuenta su mujer. Desea que vuelva a ponerse en manos
de sus psiquiatras, pero ella se niega.
Jody, un curioso joven homosexual, requiere muchas sesiones de imaginación con
fe para ser encarrilado por el camino adecuado. Ayudado por el monótono
soniquete de Ruth, se ve a sí mismo cuando era niño y a Jesús proporcionándole
las experiencias masculinas que él echó de menos. Jesús juega con él al
béisbol. Jesús le lleva a pescar. «Como es natural (Jody) cogía el pez más
grande, y el mejor, lo que agradaba a su compañero de pesca como si fuera su
padre.» (La señora Stapleton da por sentado que la homosexualidad siempre es
una enfermedad. Cita a alguien que dijo: «Muéstrame a un homosexual feliz, y te
mostraré un cadáver contento.»)
También da por supuesto que las personas pueden ser poseídas por ángeles
caídos, pero defiende que los síntomas de posesión diabólica genuina
normalmente son fáciles de distinguir de los de enfermedades mentales.
No existe antagonismo entre ambos tipos de curación. ¿No practicaba Jesús
ambas?
La curación mental de la señora Stapleton a menudo va acompañada de la curación
de enfermedades psicosomáticas y, a veces, de algunas que ella cree no son
psicosomáticas. En alguna ocasión ella ha dicho haber presenciado la curación
de una persona ciega de nacimiento. En una entrevista de televisión celebrada
el pasado mes de mayo, habló de un niño nacido sin ninguno de los órganos
internos de la audición. Empezó a oír en cuanto hubo rezado con él.
Su libro es uno de los más tristes que he leído jamás. Triste porque la autora
es una mujer de notable belleza e inteligencia, de un gran encanto y un
profundo compromiso espiritual. Ninguna de las nubes de soflamería que se
proyectan sobre Aimee Semple McPherson y Kathryn Kuhlman, así como sobre el
Oral Roberts de los primeros tiempos, oscurecen su brillo. Entonces, ¿por qué
triste? Porque la señora Stapleton, sin ninguna formación psiquiátrica y con
mínimos conocimientos en este campo, está practicando una psicoterapia de
increíble ingenuidad.
Ella ve claramente cómo ha ayudado a aquellos que podían recibir ayuda, pero
una curiosa bruma espiritual le impide ver a esos demonios gemelos que
persiguen a todos los curanderos de Pentecostés. Siempre hay almas confiadas en
ellos que, en éxtasis provisional, evitan toda ayuda médica hasta que es
demasiado tarde. Y siempre hay quienes, cuando la ayuda de arriba no llega, o
no perdura, creen que es porque carecen de la fe suficiente. Esta es una
convicción que sólo puede hacer más profunda la desesperación.
En ningún momento muestra la señora Stapleton el más mínimo interés por
confirmar lo que los pacientes le cuentan. ¿Cómo sabe ella que la señora Z fue
realmente violada por su padre? (Según descubrimientos de Freud, tales
fantasías resultan comunes entre los enfermos mentales.) ¿Con qué grado de
escrupulosidad examina, años más tarde, la integridad de curaciones antiguas?
Sus pacientes creen, a menudo, que Jesús acude de verdad a ellos en sus
ensueños. ¿Nunca ha atormentado a la señora Stapleton el pensamiento de que
quizá a Jesús no le haga ninguna gracia ser utilizado de esta manera?
Anexo
El New York Times omitió por error dos líneas de texto de
mi recensión, que se encuentran repuestas en el artículo anterior, y suprimió,
esta vez adrede, un último párrafo, que decía así:
Seguramente
Dios debe desear que la señora Stapleton obtenga todos los conocimientos
médicos que pueda. A medida que aumente su fama, crecerá el número de personas
trastornadas en busca de su ayuda, y su responsabilidad será terrible. No será
fácil resistirse a la tentación de dejar de aprender, de entregarse a la
adulación, de ampliar su programa de Behold, Inc. —en resumen, a la tentación
de convertirse en otra Kuhlman.
Desde
que se publicara mi recensión, Ruth Carter ha escrito dos libros más. The
Experience of Inner Healting (La experiencia de la curación interior)
fue publicado en 1977 por el editor de su primer libro, y al año siguiente
Harper and Row editó Brother Billy (Hermano Billy). Su fama
como curandera carismática continúa creciendo. Numerosas revistas han publicado
sensacionales historias acerca de ella, de las que las más notables han sido
«First Sister» de Dotson Rader (revista New York, 27 de marzo de
1978), y «Ruth» de Rudy Maxa ( Washington Post Magazine, 8 de
octubre de 1978). Otro artículo de Maxa sobre Ruth, «Hustling for the Lord»,
había aparecido anteriormente en Washington Post Magazine, el 8 de
enero de 1978. En él aparecía una fotografía del editor buscavidas Larry
Flynt, con la bragueta en primer plano, sosteniendo un cuadro en el que
aparecía representado Jesús riéndose. Una revista psíquica destacada a nivel
nacional, New Realities, dedicó un número a «Holistic Health», con
el rostro de Ruth en la portada anunciando el artículo titulado «Ruth Carter
Stapleton, Spiritual Therapist».
La compañía Behold, Inc., de Ruth, sin fines lucrativos, continúa publicando su
periódico Behold… and Be Whole, y se dice que cada año es necesario
reclutar más voluntarios para hacer frente a los numerosos envíos por correo.
Robert Stapleton, el marido de Ruth, lleva los libros. Es un hombre alto, un
sumiso veterinario retirado, oriundo de Fayettville, Carolina del Norte. Los
Stapleton han comprado treinta acres de terreno en Argyle, Texas, cerca de
Dallas, donde están construyendo un centro de curación interior llamado
Holovita, que significa «vida integral». La Behold, Inc. financia los muchos
viajes de Ruth por todo el mundo, destinados a dar conferencias y visitar
personas con trastornos mentales.
La historia más sensacional en torno a Ruth surgió en 1977, cuando se supo que
ella y Larry Flynt se habían hecho amigos. Larry declaró que era un cristiano
renacido. Después de que Flynt fuera tiroteado por un presunto asesino
desconocido, Ruth se apresuró a colocarse a la cabecera de su cama en el
hospital. Los cínicos no están seguros de si la conversión de Larry fue un
hecho real o únicamente un truco para intentar librarse de la multa que pesaba
sobre él en Cincinnati, donde tenía un juicio por fomentar la pornografía. En
cualquier caso, las páginas de Hustler no han reflejado cambio
alguno en las primitivas actitudes de Larry hacia las mujeres, el sexo y Jesús.
Algunos detalles de la vida de Ruth están saliendo a la luz. El centro
cristiano donde quedó curada por completo de su depresión fue el Camp Farthest
Out, en Carolina del Norte, y el joven psicólogo que tanta ayuda le proporcionó
(diciéndole que era una magnífica persona, después de tenerla en vela toda una
noche detallando sus pecados) fue Norman Elliott. Ruth habla a menudo en varias
lenguas y posee sobre ellas tal control que en alguna ocasión consideró el
celebrar sus oficios en la Lengua Desconocida. Su marido también habla en
varias lenguas desde que renació, y su hijo Michael rompió a hablar en la
lengua de los ángeles el día que cumplió nueve años, en cuanto le dieron una
bicicleta que había estado pidiendo en sus oraciones.
Ruth está envejeciendo maravillosamente. Sigue siendo una mujer
considerablemente bella, con un tipo muy bien formado, un precioso cabello
rubio, un maquillaje muy adecuado y una sonrisa Carter de ganador, mostrando
los dientes menos que su hermano Jimmy. Esta sonrisa airea unas bellas arrugas
desde los rincones de sus ojos verde mar. Añadan a esto su voz suave,
susurrante e íntima, y se hallarán ante una mujer de considerable atractivo.
El 13 de enero de 1977 escuché en la emisora de radio WOR-AM de New York City
una entrevista que le hacía Patricia McCann. No mencionaron mi nombre, pero
Patricia disponía de una copia de mi recensión y leyó el párrafo en el que yo
decía que Ruth practicaba la psicoterapia en personas mentalmente enfermas
aunque «carecía de formación psiquiátrica».
Ruth respondió primero diciendo que el mío era el único comentario negativo que
había recibido su libro y que, que ella supiera, ningún médico ni psicólogo lo
había criticado. En lo referente a su falta de formación en materia de
psiquiatría, simplemente no era cierto. ¡Había seguido unos cursos de
psicología en el colegio! (Ruth se graduó en arte en la Universidad de Carolina
del Norte, y durante una temporada enseñó inglés en un centro de segunda
enseñanza.)
«Así que el hombre que ha escrito ese artículo está mal informado», dijo
Patricia. «Sí», respondió Ruth con una ligera risa. Y luego añadió: «Pero no
pasa nada.»
Consideré que este «nada» significaba que Ruth me perdonaba por mi terrible
ignorancia. En un momento de la entrevista Ruth mencionó que alguien había
estado en una casa de locos. ¿Han oído ustedes a algún psiquiatra utilizar una
expresión así durante los últimos cincuenta años? Yo también seguí unos cursos
de psicología en el colegio, pero nunca me consideraría preparado en materia de
psiquiatría. En otro momento de la entrevista Patricia pasó a hacer una especie
de anuncio de un libro de Gayerlord Hauser, un excéntrico de la alimentación
sobre el que escribí en mi Fads and Fallacies. Ruth dijo que había
leído y admirado todos sus libros. Asimismo, me quedé asombrado cuando oí decir
a Ruth que para su hermano Jimmy había sido un «gran shock» enterarse por los
periódicos de que ella se dedicaba a la curación espiritual. Tuve la impresión
de que ella y Jimmy se encuentran bastante alejados en sus opiniones
religiosas.
Esta impresión tomó fuerza tras la lectura del libro de Ruth sobre Billy. Su
hermano Billy aparece como un amable, cariñoso, generoso y alegre pillastre
propenso a la cólera. Jimmy es descrito como un sólido hermano mayor, que nunca
dio a Billy los azotes que merecía. Jimmy, dicho sea de paso, parece ser que ha
dicho «no poder recordar» haber llorado cuando Ruth le habló en el bosque. ¿Es
que Ruth tiene tendencia a exagerar? Algunas de sus anécdotas acerca de Billy
parecen aproximar los hechos hasta el punto de la incredulidad.
Existe algo llamado megalomanía espiritual, y al leer los dos primeros libros
de Ruth, que se suponen centrados en Jesús, yo los he encontrado
abrumadoramente centrados en Ruth. Hagan el experimento siguiente. Recorran la
vista a lo largo de todo el libro y tracen un círculo alrededor de todos los
pronombres personales que encuentren. Sumen los círculos y dividan por el
número de páginas para obtener la media. Quedarán sorprendidos. Los dos
manuales de instrucción del segundo libro presentan idénticas introducciones
que empiezan diciendo: «Cuando yo empecé a darme cuenta…» y las nueve primeras
líneas contienen nueve pronombres personales. Su folleto de 30 páginas Power
Through Release (El poder a través de la liberación) (Macalester Park
Publishing Company, 1968) está dedicado a «mi marido y mis hijos, cuyo amor me
ha quedado demostrado en forma de amabilidad, paciencia y comprensión». Incluso
la dedicatoria de su primer libro está tan destinada a sí misma como a otros:
«A todos aquellos cuyo ministerio me ha ayudado a abrir las puertas del
significado en mi propia vida.»
El rostro amable de Ruth abre la primera edición de su primer libro, y también
adorna una de las solapas de la cubierta. En la parte de atrás de la cubierta
de la primera edición de su segundo libro, aparece una fotografía en color de
Ruth sonriendo. Su fotografía aparece también en las reediciones en rústica que
ha hecho Bantam de ambos libros. La cubierta de Brother Billy muestra
fotografías de Ruth con Billy y Ruth con Jimmy en la portada, y de Ruth sola en
la contraportada.
RUTH
CARTER STAPLETON
HOLOVITA
Octubre 1980
Querido:
Durante el pasado año han ocurrido muchas cosas en Holovita que nos han
inspirado la idea de extender nuestro programa aquí y en el extranjero. Esta
carta va destinada especialmente a agradecerle su apoyo para hacer posible todo
esto. A través de Curación Interna de Holovita han recibido ayuda cientos de
personas, y se cuentan por miles los que, como yo, han recorrido el país y el
mundo entero divulgando las buenas nuevas del Amor reparador de Cristo.
Hemos incorporado nuevas instalaciones de adecuación física y sanitaria, como
son una piscina y un balneario; vamos a restaurar una vieja casa de huéspedes
para los que acuden al centro; estamos construyendo una capilla subterránea que
aportará un lugar tranquilo para la meditación; hemos limpiado el pequeño lago
próximo a la entrada, y mediante un molino de viento funcional, empleado en
combinación con el lago, tendremos el principio de un sistema de irrigación; el
nuevo huerto frutal, que tiene diversidad de árboles, ha sobrevivido a la
intensa sequía que ha sufrido Texas el pasado verano, y hemos plantado también
en la finca nuevos arbustos.
Mes tras mes, nuestros retiros han inspirado a todos aquellos que han acudido.
Estamos ampliando estas experiencias con rapidez, para satisfacer el interés
internacional así como el nacional y local. Asistentes procedentes de Japón,
India, Inglaterra e Irlanda han aportado un importante grado de intercambio y
comunicación a la expansión del programa internacional.
Insisto en manifestarle mi más profundo agradecimiento por el apoyo que nos ha
prestado hasta ahora haciendo posible todo esto. Sus plegarias y donativos nos
han estimulado en todo lo que se ha llevado a cabo.
Esta carta es un ruego urgente de que ayude a Behold Incorporated a través de
Holovita, y respalde la prolongación de su expansión. Sírvase acusar recibo de
la presente con una oferta para 1981, y participará en esta labor que resulta
tan importante para todas las gentes de esta nación y del mundo.
Si lo desea, podemos enviarle un ejemplar del presupuesto correspondiente a
1981.
Juntos en Cristo
Ruth
RUTH STAPLETON
Deseando
ver un ejemplar del periódico de Ruth, Behold… and Be Whole,
escribí a Holovita preguntando cuánto me costaría suscribirme a él. La
respuesta que obtuve fue el modelo de carta que reproduzco más arriba. Nótese
lo inteligentemente que la formula «Querido» permite enviar esa carta a
cualquier persona. Como no habían respondido a mí pregunta, escribí de nuevo el
21 de octubre, enviando esta breve súplica:
Me
gustaría obtener un ejemplar del último número de su periódico, Behold… and Be
Whole. Adjunto un donativo de diez dólares.
Sinceramente,
Martin GARDNER
Esto
dio lugar a otro modelo de carta, con la diferencia que ahora empezaba diciendo
«Querido Martin». Ruth me agradecía profusamente mi donativo, me bendecía, pero
tampoco hacía mención a mi interés por su periódico. (Supongo que existe,
porque sino Ruth no hablaría de él en sus entrevistas.) En once líneas conté
once pronombres de Ruth.
Pero no pasa nada.
30. El alcance de la mente y La búsqueda del superhombre[151]
Mind-Reach (El alcance de la mente) (Delacorte, 1976) es el último y
más sensacionalista de un aguacero de libros nuevos firmados por «parafísicos»,
estirpe en rápido crecimiento de físicos preparados que han asumido la
investigación psíquica. Margaret Mead escribe la entusiasta introducción.
Richard Bach, autor de Juan Salvador Gaviota, aporta un prólogo
igualmente embelesado. Eleanor Friede, editora y copublicadora de Mind-Reach,
es la antigua editora de Macmillan que promocionó el libro de Bach.
En el caso de que alguien se preguntara entonces por qué aquella ridícula
historia de Bach se convirtió en un best-seller, la respuesta ahora
está clara. Trata de un ave que eleva su conciencia hasta que consigue realizar
proezas tan paranormales como volar a través de sólidas rocas. La supergaviota[152] cautivó
la fantasía de millones de supercrédulos de «la generación del yo», deseosos de
expandir su espacio interior. Bach se inspiró para escribir este relato después
de oír una «voz clara y profunda» pronunciando el nombre del ave mientras se
hallaba solo en la playa. Desde entonces ha aportado decenas de miles de
dólares a Harold Puthoff y Russell Targ, autores de Mind-Reach, y
se ha convertido en uno de los sujetos psíquicos con más talento.
La fama de P. y T., como se les llama a menudo, reposa fundamentalmente sobre
su validación de los poderes de PES de Uri Geller en el Stanford Research
Institute. Esto les aterra. Su trabajo con Uri, dicho por ellos repetidas
veces, supuso únicamente un 3 por 100 de su investigación psíquica. La mayor
parte del libro trata de lo que ellos consideran bastante más revolucionario:
sus experimentos sobre «visión remota», la percepción clarividente de objetivos
distantes. Están convencidos de que todo el mundo posee esa habilidad. «Hasta
el momento no hemos encontrado una sola persona que no pueda practicar la
visión remota de forma satisfactoria.»
Los protocolos son sencillos. Un sujeto se encuentra sentado en el laboratorio
junto a un experimentador mientras uno o más experimentadores visitan una
secuencia de puntos elegidos al azar a lo largo de un recorrido de media hora
en coche. Tanto el sujeto como el experimentador situados en el laboratorio
ignoran los puntos elegidos. Cuando los experimentadores de fuera del
laboratorio se encuentran en el punto A, el sujeto registra en cinta
magnetofónica sus impresiones y esboza a grandes rasgos lo que «ve». Estos
registros, sin redactar ni clasificar, se barajan de modo aleatorio y se le
pasan a un «juez», normalmente analista de investigación del SRI y amigo y
promotor de P. y T. Este juez es conducido hasta los puntos A, B, C… donde hace
lo que puede por correlacionar los registros con los objetivos. Asimismo,
pondera cada coincidencia con un número del uno al nueve para indicar el grado
de correspondencia que, en su opinión, se da entre cada registro y su objetivo.
A continuación, se realiza un análisis estadístico de la «coincidencia ciega».
P. y T. afirman haber sometido a esta prueba a más de veinte sujetos y que en
todos los casos los jueces hallaron una correspondencia entre registros y
objetivos que violaba las leyes del azar. Más aún, cuando un registro presenta
una correspondencia correcta, P. y T. defienden que la precisión de los esbozos
supera con mucho lo que permitiría esperar el azar. Su libro está lleno de
dibujos junto a fotografías de objetivos. Desde luego las correspondencias son
notables.
Surge inmediatamente una pregunta. ¿Estas fotografías fueron tomadas antes o
después de que alguien hiciera esos esbozos? Resulta típico de la exasperante
vaguedad del libro el hecho de que en ninguna parte podamos encontrar respuesta
a eso. Los objetivos son amplios: «Aeropuerto de Palo Alto», «Campo de
minigolf, Menlo Park», «Marina, Redwood City», etc. Anulando algún aspecto de
un escenario complicado, y fotografiándolo desde el mejor de los ángulos,
resulta posible obtener fotos extremadamente ambiguas.
Consideremos los tres esbozos que aparecen en la página 83 realizados por Duane
Elgin, un analista del SRI que cree firmemente poseer poderes psíquicos. Su
descripción grabada de quince minutos de un objetivo deja bien claro que él
pensaba que el experimentador de fuera se hallaba en un museo. Su tercer esbozo
muestra los trazos de una persona en una gran sala circular con cuatro dibujos
indefinidos a su alrededor que podrían ser cabinas de exhibición. A los
rectángulos curvilíneos del fondo se les denomina «ventanas». Sin embargo, el
objetivo real era una pista de tenis. P. y T. reproducen este esbozo debajo de
una de las pistas, haciendo coincidir las ventanas de Elgin con las vallas
rectangulares de la parte de atrás.
El segundo dibujo de Elgin muestra a dos personas llamadas H. y P. (suponemos
que son las iniciales de dos experimentadores) situadas a ambos lados de lo que
parecía un panel de exhibición. Pero resulta que el panel se convierte en una
red cuando se le coloca debajo de una fotografía de una pista de tenis. El
primer esbozo muestra una figura sosteniendo algo que parece un gigantesco
diapasón. Al imprimirlo debajo de una fotografía de un jugador de tenis empuñando
una raqueta, la mente descarta al instante la imagen del «diapasón» e
interpreta el ambiguo objeto como una raqueta.
Un ejemplo maravilloso de lo fácil que resulta encontrar algo en una amplia
zona objetivo que coincidirá casi con cualquier dibujo, viene dado en el esbozo
de arriba de la página 9: una cúpula con dos arcos. P. y T. la colocan junto a
una fotografía de un pequeño tiovivo en una zona de recreo, tomada con un
ángulo de cámara tal que las barras curvas del tiovivo coinciden con los dos
arcos del esbozo. Pasen ahora a las fotografías de otros dos objetivos (páginas
49 y 85) y adviertan en ambas la parte más alta de la torre Hoover de la
Universidad de Stanford. Se trata de una coincidencia mucho más estrecha con el
esbozo. Con la ayuda de una lupa se puede leer lo que el sujeto, un científico
visitante, anotó junto a sus esbozos. Sus comentarios se ajustan a la torre, y
no al tiovivo.
«¡Dios mío, de verdad funciona!», exclamó el científico anónimo cuando le
llevaron a la zona objetivo. Sospecho que hubiera mostrado la misma reacción si
le hubieran conducido hasta cualquier otro punto donde hubiera habido muchos
tipos de estructuras (¡un campo de minigolf!), pero ése no es el tipo de
experimento que P. y T. desean realizar.
Quizá las fotografías fueran tomadas por los experimentadores la primera vez
que visitaban las áreas objetivo. En ese caso, habrían tenido que tomarse
muchas, o de otro modo un sujeto podría responder a una fotografía en lugar de
al escenario completo. La selección de la foto a imprimir junto al esbozo
realizado supondría, pues, el mismo tipo de engaño. Esto no explica, desde
luego, los resultados no fortuitos de la coincidencia ciega. En una prueba
realizada con Hella Hammid, psíquica amiga de Targ, se da una probabilidad en contra
de la coincidencia de 500.000 a 1. La cuestión es que no decir cuándo se
tomaron las fotos constituye ese tipo de omisión que, para los psicólogos
escépticos (es decir, la mayoría de los psicólogos profesionales) confiere a
los informes de P. y T. aspecto de amateurismo.
P. y T. afirman que su trabajo respalda firmemente la idea prevalente de que la
PES no disminuye con la distancia. Una de sus pruebas con éxito hacía
referencia a áreas objetivo situadas en Costa Rica, que fueron visitadas por
Puthoff mientras tres sujetos respondían en California. Otra serie de pruebas,
realizadas con el psíquico newyorkino Ingo Swann, consistió en la elección al
azar de coordenadas sobre un mapa mundi, y las correspondientes descripciones
de Swann de lo que «veía» en cada lugar. P. y T. consideran estos resultados
abrumadoramente positivos. Distanciándose aún más, P. y T. dirigieron un sondeo
espacial en el que Swann (desde el SRI) y el psíquico de Arkansas Harold
Sherman (desde Arkansas) tenían que ver Júpiter simultáneamente. Los resultados
fueron decepcionantes pero una exploración posterior de Mercurio realizada por
los mismos psíquicos resulta para P. y T. «intrigante». Como existen
«excelentes datos estadísticos» de que los psíquicos pueden ver cualquier punto
remoto del globo, P. y T. no ven ninguna razón por la que esto no pueda
aplicarse de modo fructífero a la exploración del espacio.
La visión remota también es independiente del tiempo. Un capítulo sobre este
tema empieza con una narración de Targ de cuatro de sus sueños precognitivos.
«Animados por estas experiencias de primera mano», P. y T. repitieron sus
pruebas de visión remota cuatro veces con la señora Hammid, empleando
exactamente los mismos protocolos a excepción de una modificación. Se pidió a
la señora Hammid que describiera cada uno de los cuatro objetivos veinte
minutos antes de que fueran seleccionados al azar. Tres jueces
por separado calificaron de correcta la coincidencia con los cuatro objetivos.
P. y T. consideran este experimento «uno de los más exitosos que hemos
realizado hasta la fecha».
Si pudiéramos confiar en la descripción de P. y T. desde luego esta prueba
resultaría impresionante. Sin embargo, como ya hemos visto y seguiremos viendo,
P. y T. tienen una gran facilidad para redactar informes elípticos y engañosos.
El «asesor profesional en materia de ingeniería» convocado para «observar de
forma independiente y registrar los acontecimientos» era David B. Hurt,
creyente genuino que había diseñado la primera máquina electrónica de Targ para
la enseñanza de PES —a duras penas un colaborador imparcial—. No aparece la
identidad de ninguno de los tres jueces. Aunque el experimento, de ser válido,
constituiría uno de los mayores avances científicos del siglo, su descripción
resulta tan descuidada, y tan carente de información, que resultaría imposible
de evaluar.
En un capítulo dedicado a Geller, P. y T. lamentan haber sido incapaces de
confirmar sus poderes para doblar metales. En contra de lo que dice Uri, nunca
le vieron doblar nada sin tocarlo. «Vimos muchas cosas disparatadas y
maravillosas. Rodamos nueve mil metros de película de 16 mm y treinta horas de
cinta de vídeo, aunque nunca conseguimos fotografiar lo que nos proponíamos
observar.»
Los informes sobre estas «cosas disparatadas y maravillosas» no dejan duda
alguna sobre la firme creencia de los autores en los poderes psicocinéticos de
Uri. «Hemos visto moverse, doblarse y romperse docenas de objetos», describen,
pero por alguna razón no consiguieron captar esos milagros con la cámara. Recuerdan
al lector que en la mecánica cuántica el «observador» afecta a lo que está
siendo observado. ¿Podría correr a cargo de esto la responsabilidad de lo que
John Taylor, eminente gellerita británico, denomina el «efecto timidez»? ¡Los
metales solamente se doblan cuando no hay ninguna persona (ni cámara) mirando!
El hecho de que los magos puedan repetir los trucos de un psíquico (el
Increíble Randi dobla llaves ya mejor que Geller) naturalmente no demuestra que
los psíquicos los realicen de la misma manera. Cuando Margaret Mead repite esto
en su introducción, me pregunto si se está dando cuenta de lo que es una
perogrullada. Siempre que Randi dobla una llave, algún gellerita sale con esta
vieja observación. Siempre que Houdini descubría algún falso médium los
espiritistas decían lo mismo. Una y otra vez la historia ha puesto de relieve
la existencia de un tipo de personalidad neurótica que consigue ser admirada
por sus poderes psíquicos y que hará lo imposible por perfeccionar sus métodos
de engaño. (Lectura recomendada para la señora Mead: Alejandro, el
traficante de oráculos de Luciano.) El que los magos puedan reproducir
el repertorio de trucos de un psíquico no demuestra que éste sea un charlatán,
pero incrementa enormemente la probabilidad de que lo sea, y obliga a la
presencia de un mago experto en cualquier prueba de laboratorio de ese psíquico
con pretensiones de ser tomada en serio.
Los poderes precognitivos de Uri le fallan en la ruleta, dice él, pero Swann y
Puthoff carecen de tales impedimentos. P. y T. nos cuentan que Swann, empleando
una rueda de ruleta, «elevó lentamente su puntuación media de un 50 por 100
(azar) hasta un 80 por 100». Swann y Puthoff fueron después al lago Tahoe,
donde Ingo se embolsó varios cientos de dólares. Puthoff, apostando de forma
más conservadora, ganó unos cien.
P. y T. están convencidos de que las predicciones del futuro pueden ampliarse
mediante una técnica similar a las empleadas para el realce por ordenador de
señales procedentes de sondas espaciales. La idea consiste en repetir una señal
muchas veces hasta que «desaparece el ruido y emerge la señal». Sentados en una
habitación de hotel, Puthoff y su esposa, así como un patrocinador también con
su esposa, aplicaron esta técnica a la rueda de la ruleta del hotel preconizando
que tras el primer cero doble que apareciera una vez que ellos entraran en la
sala, daría comienzo una serie rojo-negro. Los cuatro jugaron una y otra vez,
hasta que obtuvieron una ampliación de la predicción hasta las once jugadas.
«Pasamos a la mesa.» Acertaron todos menos dos de los colores predichos. «Los
dos que no acertamos, el séptimo y el noveno, aparecieron a caballo de un cero
doble… ¿Quizá un factor de confusión?» Estas proezas de casino, continúan
diciendo P. y T., «de hecho han dado pie a investigaciones científicas y a la
publicación de trabajos. Para aquellos que estén interesados, incluimos aquí la
descripción de una estrategia probada y publicada… que ha proporcionado a
numerosos conocidos nuestros la oportunidad de tener éxito en el casino y salir
de él con dinero en los bolsillos como testimonio de sus proezas psíquicas».
Los que compren Mind-Reach, pues, tendrán una mina de oro: un
sistema «probado» de ganar a la ruleta. Y éstos son los dos hombres a quienes
la Naval Electronics Systems Command ha dado recientemente, según información
sacada del libro de Wilhelm, ¡47.000 dólares para más investigación psíquica!
No resulta difícil entender por qué está interesado el gobierno. Amplía los
poderes de un grupo de psíquicos y tendrás una técnica de espionaje sin
precedentes. Y si un psíquico puede doblar una cuchara, quizá un grupo de
psíquicos podría desencadenar una explosión nuclear en una cabeza de misil.
Julio César tenía sus oráculos. Hitler tenía sus astrólogos. Nuestro complejo militar
tiene al SRI.
También los hombres de negocios pueden sacar beneficios de la formación
psíquica. P. y T. dedican muchas páginas a la «PES ejecutiva». Esta sugiere la
«posibilidad de la predicción de las tendencias económicas, sociales y
políticas del futuro». Swann y el Dr. Willis W. Harmon, del Centro de
Investigación de Política Educativa del SRI, de hecho realizaron un estudio
piloto sobre esto en 1973. Ingo y dos psíquicos anónimos reunieron sus fuerzas
psíquicas para confeccionar una predicción oracular que termina con un
misterioso cataclismo en 1985, que «acabará con los actuales conceptos del
hombre». (¿La Segunda Venida?) Para más detalles, véase la autobiografía de
Swann, To Kiss Earth Goodbye(Despidamos a la tierra con un beso).
La mejor documentación, no obstante, en lo que se refiere a la incompetencia de
P y T se encuentra en The Search for Superman (La búsqueda del
superhombre). El autor, John Wilhelm, es un antiguo corresponsal científico
de Time. Se inclina a creer en lo psíquico. Tras extensas
conversaciones con P. y T., así como con varios de sus socios, decide registrar
tan objetivamente como le sea posible todo lo que ha aprendido.
Su libro resulta extremadamente valioso por muchas razones. Da detalles acerca
de la financiación gubernamental de proyectos de P. y T. que hasta el momento
habían permanecido muy en secreto. Está lleno de interesantes revelaciones
sobre hechos que deberían aparecer en Mind-Reach, pero no aparecen.
Ejemplo. Hace años los magos explicaron lo fácilmente que el compañero
inseparable de Geller, Shipi Shtrang, podía haber conseguido información sobre
determinados objetivos y habérsela comunicado a Uri. El astronauta Edgar
Mitchell, que contribuyó a financiar pruebas realizadas en el SRI con Geller,
se quejó en una ocasión de que siempre que intentaba hacer algo con Geller,
«allí estaba Shipi». Eso es cierto, admiten P. y T., pero no tiene nada que ver
con sus pruebas porque Shipi fue cuidadosamente «excluido del área objetivo».
Cualquiera podría pensar que esto significa que Shipi no se encontraba en el
laboratorio mientras se realizaban las pruebas. Pero P. y T. poseen un modo
especial de utilizar las palabras. Lo que quieren decir es que Shipi se quedaba
fuera de la habitación en la que se «enviaban» las imágenes
objetivo. Seguía estando bien cerca. Durante algunas pruebas incluso estuvo
encerrado dentro de la habitación blindada con Uri. «Parte de nuestro diseño
secreto —dijo Puthoff a Wilhelm— consistía en ver si Geller trabajaba mejor
cuando Shipi estaba con él. Queríamos saber si Shipi operaba como amplificador
psicotrónico.»
En el transcurso de algunas pruebas Shipi se hallaba en las proximidades del
exterior de la sala donde Targ y su ayudante, Jean Mayo, preparaban los dibujos
objetivo. Targ y Mayo a menudo hacían comentarios sobre ellos. Ante la
insistencia de Uri los dibujos fueron fijados sobre una pared. (No está claro
qué pared.) «Shipi se acababa de sentar en un pupitre», dijo Puthoff a Wilhelm.
Ni siquiera fue visto. «Cuando Geller se hallaba en el interior de la cámara de
Faraday del segundo piso —continúa Wilhelm—, Shipi estaba dentro con él,
vigilado por Puthoff. ¿Dónde, pues, estaba Hannah?»
¿Hannah? Hannah Shtrang, hermana de Shipi y antigua amiga de Uri, también se
encontraba en el SRI. Posteriormente rompió con Uri y declaró a un periodista
israelí que tanto ella como Shipi acostumbraban a ayudar a Uri en Israel
mediante un código de señales secreto. (En el libro de Randi The Magic
of Uri Geller, editado en la colección de bolsillo de Ballantine, aparece
una traducción del artículo publicado en hebreo.)
Resulta difícil de creer, pero en el famoso informe de P. y T. sobre su trabajo
con Uri Geller, publicado en Nature, no aparece mención alguna a
los muchos otros que participaron. En realidad, las pruebas fueron como
actuaciones en escena. En palabras de Wilhelm: «En muchas ocasiones anduvieron
por allí personas no asociadas con los experimentos, observando los
procedimientos. Algunas veces se encontraban allí observando miembros de la
escala directiva de la jerarquía del SRI… Otras veces la audiencia estaba
formada simplemente por partidarios de lo psíquico.» Swann lo resumió así:
«Parecía aquello una jaula de monos.»
Según afirma Wilhelm, un asombroso número de los que acudían al laboratorio
eran cientólogos. El propio Puthoff es un devoto seguidor de L. Ron Hubbard.
Primero alcanzó el status de «puro» —persona libre de todo
«engrama». (Los engramas son patrones generadores de neurosis impresos en la
mente inconsciente de cada uno en virtud de lo que oye durante su etapa
embrionaria.)— Posteriormente avanzó hasta Zetan Operativo de Tercera Clase.
Escribió el prefacio a Scientology: A Religion (La
cientología: una religión) de Hubbard. Se casó por la Iglesia Cientológica. Eli
Primrose, que colaboró en las pruebas de Geller, es una cientóloga casada con
un ministro de la cientología. George W. Church, Jr., cuya Fundación de
Investigación Científica Ilimitada (SURF) proporcionó el respaldo financiero
inicial a P. y T., también es cientólogo.
Estos hechos no carecen de relevancia, ya que los cientólogos creen
apasionadamente en todas las formas de lo psíquico. Así pues, la obra de
Puthoff constituye un firme respaldo de sus doctrinas y las de su Iglesia. Jean
Mayo, quien hizo muchos de los dibujos objetivo, no es cientóloga, pero se
define a sí misma como psíquica y es una gellerita devota. Le dijo a Wilhelm
que era responsabilidad suya ayudar a «enviar» los objetivos a Uri.
Ingo Swann, el primer superpsíquico descubierto por P. y T., también es un
activo cientólogo. Es Zetan Operativo de 7.ª Clase. (Hay catorce «puros»
trabajando en el SRI, según dijo Swann a Wilhelm.) La segunda superestrella del
SRI era Pat Price, un hombre de negocios que falleció en 1975. También era
cientólogo-Zetan Operativo 4.a Clase.
En el hilarante libro de Wilhelm, P. y T. aparecen como una pareja de
fanfarrones de Keystone, creyentes fervientes, orgullosos de su habilidad para
detectar cualquier tipo de fraude que sin embargo, violan una y otra vez los
cánones más simples de un diseño experimental adecuado. Sus informes sobre
visión remota (que Wilhelm toca únicamente de pasada) suscitan docenas de
preguntas. ¿Exactamente cuántas personas (incluyendo las mecanógrafas) conocían
la selección de cada objetivo? No solamente hay que controlar a la
superestrella, sino también a sus amigos. No es suficiente con guardar las selecciones
en un lugar seguro. Hay que guardar el secreto del propio proceso de selección,
tomando medidas como la de evitar que alguien pueda coger el papel carbón de
las papeleras. Los electrones y las ratas no engañan. Los psíquicos
profesionales, sí.
Los «jueces» de los experimentos de «visión remota» trabajan con guiones a
máquina sin editar. Si un mecanógrafo copiaba los informes antes de que fueran
barajados, el decrecimiento del negro de las letras y el incremento de los
errores de mecanografía podría proporcionar pistas de la secuencia temporal
original. Sólo se han publicado breves extractos de unos cuantos informes.
¿Podemos estar seguros de que el sujeto, al vagar alrededor de cada objetivo,
no proporcionaba sutiles pistas del orden en el tiempo?
Ray Hyman, un psicólogo que junto con Randi, yo, y otros es severamente atacado
por P. y T. en un capítulo plagado de distorsiones sobre la «leal oposición»,
ha señalado otra posible fuente de sesgo. Los objetivos correspondientes a un
experimento son elegidos con la mínima superposición escénica. Supongan que el
objetivo A es una cancha de tenis. El sujeto, normalmente trasladado al lugar
nada más realizar su informe, para ofrecerle un refuerzo inmediato, ahora sabe
que en los objetivos que quedan puede evitar «ver» una cancha de tenis. El
objetivo B es, digamos, la torre Hoover. Ahora ya sabe que es una buena apuesta
evitar ver tanto canchas de tenis como torres altas. Después de todo, el número
de gestalts básicas en el escenario natural no es tan elevado.
Para frenar el sesgo procedente de este proceso de eliminación, los sujetos no
deberían ser conducidos a los objetivos hasta haber finalizado la serie
completa de pruebas.
Cuando un juez era conducido a los lugares objetivo con el fin de comparar los
informes con aquéllos, ¿estas visitas estaban ordenadas al azar? Y ¿se
aseguraban P. y T. de que la persona que le conducía aquí y allá no tenía
conocimiento del orden en el tiempo de los objetivos o los informes? ¿Pueden
imaginarse a un creyente ocultando completamente sus sentimientos cada vez que
un juez anunciaba una decisión tentativa. Debe suponerse que P. y T. tomaran en
consideración todas estas precauciones, pero eso no es lo importante. Los
resultados de laboratorio extraordinarios no solamente requieren controles
extraordinarios, sino también un extraordinario cuidado a la hora de informar.
Omitir detalles como ésos resulta inexcusable.
El futuro de la visión remota es predecible. Todos los creyentes genuinos del
mundo reproducirán estos experimentos con resultados positivos. Los psicólogos
escépticos, si es que se molestan en intentarlo, obtendrán resultados
negativos. El público en general no querrá oír el lado negativo. Es una
historia demasiado aburrida. P. y T. acusarán a sus oponentes de negarse
tercamente a efectuar un «cambio de paradigma» de tal magnitud que la
revolución copernicana palidecería ante él. Incluso puede que invoquen el
Principio 22 que dice que el escepticismo por sí mismo inhibe la psique.
De momento, las dos superestrellas supervivientes del SRI, Swann y Geller,
parecen estar perdiendo brillo, no porque los escépticos estén ganando terreno
(¡nada más lejos!) sino porque la gente está ahora más intoxicada con los
ángeles, el anticristo y el regreso de Jesús. En palabras de una canción del
renacido Jonny Cash, sacadas del texto de un reciente sermón de Billy Graham,
«Mateo 24 está llamando a la puerta». Sin embargo, podemos estar seguros de que
pronto volverán a surcar el firmamento esas nuevas supergaviotas[153] (y
cisnes), con nuevas bolsas de trucos psíquicos bajo sus alas.
Anexo
Cuando Robert Ornstein redactó la recensión de Mind-Reach para New
York Times Review (13 de marzo de 1977) se mostró moderadamente
critico. El libro está «agradablemente escrito», decía, «pero presenta escasa
evidencia firme». Puthoff y Targ «casi siempre van más allá de la evidencia y
afirman haber demostrado sus ideas cuando no han hecho nada por el estilo. Al
escribir este libro, los autores han hecho quizá más daño que otra cosa a su
propia postura y a su campo de estudio».
Ornstein decía haber hecho todo lo posible por reproducir uno de los
experimentos de visión remota, con la cooperación plena de Puthoff y Targ y
empleando uno de sus sujetos con más éxito. Sin ningún resultado. Puthoff y
Targ respondieron con una carta que apareció en el número correspondiente al 10
de abril de 1977, acusando a Ornstein de un «inexcusable faux pas».
Su carta provocó que Ornstein se arrepintiera de haber sido demasiado generoso
en su recensión.
Quizá el intercambio con Ornstein tuviera algo que ver con que Puthoff y Targ
no enviaran una carta al NYR, o quizá fuera que me consideraran un
caso desesperado. Sin embargo, tuve ocasión de ver una carta que enviaron a
Marcello Truzzi en la que me criticaban únicamente por sugerir la posibilidad
de que la mecanografía de las transcripciones fuera (de una a la siguiente) más
débil. Insistían en descartar esto en virtud del hecho de que todas las
mecanógrafas del SRI utilizan las cintas una sola vez.
Lo acepto. Pero cuando yo mencioné la posibilidad de la presencia de pistas en
la transcripción, no estaba haciendo conjeturas, porque en el extracto de una
transcripción publicada en el libro aparece una pista colosal. En la página 65,
Pat Price, dando vueltas alrededor de un objetivo, dice: «Yo diría que está
cerca; a menos de la mitad de la distancia a la que ellos estaban de la marina
(orilla del mar).» Price se está refiriendo a una prueba anterior en la que el
objetivo era la marina. Cualquier juez que leyera esto se daría cuenta al
instante de que Price no podía estar describiendo ahora la marina. Más aún,
como el sujeto era transportado al lugar correspondiente después de la prueba,
él o ella estarían fuertemente inclinados a dar descripciones posteriores que no fueran
aplicables a ningún lugar visitado antes. Esto solo sesgaría la habilidad de
los jueces para emparejar objetivos y transcripciones.
En la transcripción que estamos considerando, Price obviamente cree estar
viendo un campo de minigolf, el lugar correspondiente a un objetivo de otro
experimento. Menciona varias veces un pequeño molino de viento tipo holandés,
«como el que casi siempre puede verse en un campo de minigolf». El «molino de
viento» aparece mencionado siete veces, y «campo de golf», cinco. El objetivo
real era un mercado de artesanía al aire libre. Ni golf, ni molino de viento.
Sin embargo, Puthoff y Targ califican esta transcripción de «precisa en casi
todos sus detalles».
Lo importante es que la transcripción inédita contenga una pista obvia que
ayude a los jueces en su emparejamiento. El libro de Wilhelm contiene una
transcripción de la descripción de Price de otro objetivo. Targ, que está
sentado junto a Price, de hecho dice (página 217): «He intentado representar en
mi mente el lugar donde fuisteis ayer de excursión…». Esto indica claramente al
juez que no empareje la transcripción con la excursión a la Reserva Natural
Baylands, objetivo anterior.
Cuando estas pistas fueron señaladas por primera vez, Puthoff y Targ replicaron
que, por supuesto, todas ellas habían sido minuciosamente eliminadas de las
transcripciones antes de pasárselas a los jueces. Podríamos dar crédito a esto
de no ser por David Marks y Richard Kammann que, en sus investigaciones previas
a la edición de su libro, The Psychology of the Psichic (Prometeus
Books, 1980), lograron hacerse con cinco transcripciones de Price.
Izquierda: Russell Targ y Harold Puthoff (foto de la cubierta de Mind-Reach,
1976). Derecha: David Marks y Richard Kammann (foto de la cubierta de The
Psychology of the Psychic, 1980).
Estas
transcripciones, inéditas hasta entonces en su totalidad, habían sido empleadas
en un experimento en el que Arthur Hastings, amigo de Puthoff y Targ y creyente
genuino, había actuado como juez. Kammann y Marks hallaron estas
transcripciones (las que les dio Hastings) plagadas de pistas sobre objetivos
anteriores. De hecho, había tantas pistas que resultaba igual de fácil para un
psíquico que para cualquiera el emparejar las cinco transcripciones
correctamente con sus respectivos objetivos sin necesidad de visitar ninguno de
ellos. Pueden leer sobre esto en el capítulo 3 del libro de Marks y Krammann.
Después de que Marks y Krammann publicaran estos hechos en Nature (vol.
274, 1978, pp. 680-681), ¿qué hicieron Puthoff y Targ? Entregaron el conjunto
completo de nueve transcripciones (de las que Marks y Krammann habían visto
sólo cinco) a su amigo Charles Tart, quien hizo entonces lo que se debería
haber hecho desde el principio. Suprimió todas las pistas y, a continuación,
pasó las transcripciones lavadas a un juez «ajeno al experimento». En Nature (vol.
284, 1980), apareció publicada una carta sobre este tema firmada por Tart y por
Puthoff y Targ. No revelan el nombre del juez, pero se refieren al mismo como
«ella», y se nos dijo que había sido seleccionada tras una serie de pruebas
destinadas a dar con una persona «competente en materia de emparejamiento
ciego».
La nueva juez emparejó correctamente siete de las nueve transcripciones con sus
respectivos objetivos, Puthoff y Targ consideran esto una vindicación del
experimento original. No existe ni un solo indicio de reconocimiento de que el
experimento original estaba tan plagado de pistas en las transcripciones que el
más novato en materia de investigación psíquica se habría dado cuenta del gran
sesgo que introducían en el proceso de emparejamiento. No tenemos ninguna forma
de saber hasta qué punto Tart suprimió por completo las pistas, porque las
transcripciones en cuestión no han sido publicadas. Y ¿cómo podemos estar
seguros de que la nueva juez era completamente «ajena» al experimento, teniendo
en cuenta que cuatro de las nueve transcripciones ya habían sido parcialmente
publicadas?
En mi recensión dediqué varios párrafos al sistema del libro para emplear la
precognición con ideas de ganar a la ruleta. Basé estas observaciones en las
galeradas encuadernadas que nos enviaron a los recensores. Cuando se publicó el
libro, comprobé para mi sorpresa que las páginas que hacían referencia a la
ruleta habían sido eliminadas por completo del capítulo 9. Se me dijo que esto
obedecía a la insistencia de Margaret Mead. No sé si ella pondría objeciones a
esto porque pensara que el sistema no iba a funcionar o porque considerara
imprudente publicarlo.
John Wilhelm me cuenta que los abogados de la Iglesia Cientológica trataron de
persuadir a Pocket Books de que suprimiera su capítulo titulado «El mundo de
los Zetanes» y únicamente se me ocurre especular en torno a si no habrá tenido
algo que ver con la extremadamente escasa distribución del libro la tan
conocida táctica de hostigamiento de esta iglesia. Pocket Books afirma que el
libro de Wilhelm oficialmente no está agotado, pero a nadie le resultará fácil
hacerse con un ejemplar.
Un indicio maravilloso de lo difícil que resulta conocer exactamente las
condiciones en las que Puthoff y Targ realizaron sus pruebas aparece en su
trabajo sobre «Visión remota de objetivos naturales» en Quantum Phisics
and Parapsychology (actas de una conferencia internacional celebrada
en Ginebra, 26-27 de agosto de 1974), editado por Laura Oteri (1975). En la
página 156, bajo el encabezamiento «Resumen de los experimentos», Puthoff y
Targ describen lo que denominan «cuatro experimentos». En el «primer
experimento» H. H. (Hella Hammid) daba una descripción que coincidía
notablemente con el objetivo: una diminuta escuela roja en un campo de
minigolf. Se incluye una fotografía de la «escuela».
La misma fotografía aparece tres años después en Mind-Reach, en la
página 95. Ahora sabemos que durante esta prueba el experimentador que se
hallaba en el lugar del objetivo, Puthoff, se comunicaba con Hammid a través de
un walkie-talkie. Este experimento se ha convertido en un
«experimento de pega», no es un experimento genuino. En una carta que Puthoff
me escribió en 1978, me decía: «Si empleáramos walkie-talkies en
los experimentos, resultaría más fácil inducir a los sujetos a la respuesta
correcta, y ¡eso es tan obvio para nosotros como para cualquiera! Aunque hemos
empleado walkie-talkie de vez en cuando, en fases de
entrenamiento, nunca, nunca, nunca —ni siquiera una vez— hemos utilizado
un walkie-talkie durante un experimento.»
Está bien, pero ¿por qué ni los asistentes a la conferencia ni los que después
leyeron las actas dijeron que el primero de los «cuatro experimentos» no era
auténtico sino únicamente un experimento de pega utilizando un walkie-talkie?
¿No constituye un poco de engaño omitir este hecho tan crucial? Esto es típico
de los informes de Puthoff y Targ sobre sus «experimentos». Aquellos de
nosotros que no estuvimos allí nos cuesta años obtener información esencial
relativa a los controles, o mejor, a la falta de controles.
Merece la pena mencionar otro aspecto más de la visión remota. ¿Cómo saben
Puthoff y Targ que es clarividencia lo que están sometiendo a prueba? Desde su
punto de vista podría ser: 1) telepatía del experimentador (que también puede
tener poderes clarividentes), situado en el objetivo, hacia el sujeto; 2)
precognición del sujeto de visitas posteriores al lugar del objetivo; 3)
influencia psicocinética del sujeto y/o los experimentadores sobre el
dispositivo de azar que selecciona los objetivos; 4) PES de los jueces (que a
menudo eran personas como Duane Elgin, que se consideran a sí mismas poseedoras
de elevados poderes psíquicos) a la hora de emparejar objetivos con transcripciones.
Hoy día existen ya muchos informes de intentos de reproducir la visión remota
copiando los protocolos de Puthoff y Targ con la mayor exactitud posible. Tal
como predije, los creyentes genuinos obtienen resultados positivos, y Puthoff
me envía en seguida sus trabajos. Los escépticos obtienen resultados negativos,
y Puthoff nunca, nunca, nunca me envía sus trabajos. El número de réplicas
fallidas es ya lo suficientemente grande como para desacreditar aquella
temeraria afirmación inicial de Puthoff y Targ de que todo el mundo posee la
facultad de la visión remota y que las reproducciones resultan sencillas y
fáciles. Pueden hallar un fuerte ataque reciente a Puthoff y Targ en el
capítulo 7, «Los Laurel y Hardy de lo psíquico», de Flim-Flam! de
James Randi (Lippincott & Crowell, 1980).
31. Aprendiendo a usar la percepción extrasensorial[154]
Mi
recensión de Mind-Reacb, de Russell Targ y Harold Puthoff —un libro
sobre la verificación de la clarividencia— apareció en el número deNew York
Reviewcorrespondiente al 17 de marzo. Poco después NYR recibió
una interesante carta de Aaron Goldman, Sherman Stein y Howard Weiner, tres
destacados matemáticos de la Universidad de California en Davis. Aunque su
carta no hace referencia a P. y T. (como se suele llamar a Puthoff y Targ), se
ocupa de la labor estrechamente relacionada con ellos de Charles Tart, colega
de los tres matemáticos de Davis.
La reputación de Tart como parapsicólogo resulta aún mayor que la de P. y T.
Cuando se publicó su último libro, Learning to Use Extransensory
Perception(Aprendiendo a usar la percepción extrasensorial) (University of
Chicago Press, 1976) el pasado año bajo el imprimatur de la
University of Chicago Press, fue ampliamente aclamado como avance muy
importante (véase el artículo del New Yorker «Talk of the
Town», 13 de diciembre de 1976). Tart comparte con P. y T. la convicción de que
los poderes de PES pueden ser notablemente intensificados mediante el uso de
máquinas docentes electrónicas. El trabajo más amplio realizado por P. y T. en
este campo, posible gracias a una beca de 80.000 dólares de la NASA, fue una
máquina de cuatro elecciones diseñada por Targ. En mi columna de Scientific
American de octubre de 1975, discutí esta prueba, considerada en
fracaso casi por todo el mundo a excepción de P. y T.
El trabajo de Tart es más elaborado. Utiliza una máquina adiestradora de diez
elecciones, o TCT como él la llama, de su propia invención. La considera
superior a la máquina de Targ. De hecho, su libro contiene severas críticas
tanto de la máquina de Targ como de los protocolos de P. y T. en sus
experimentos de la NASA.
La TCT de Tart funciona del siguiente modo. Un «emisor» se encuentra sentado en
una sala frente a una consola que presenta un círculo de naipes que van desde
el as hasta el diez. Al lado de cada carta hay un botón y un piloto luminoso.
Un dispositivo de azar electrónico selecciona un dígito (contando el cero por el
diez), y después el emisor presiona el botón que hace encenderse la luz próxima
a la carta seleccionada.
El «receptor» se encuentra sentado delante de otra consola exactamente igual en
otra sala del otro extremo del pasillo. Una luz de «preparado» le informa
cuando ha sido elegida ya la carta. Después de mover su mano en torno al anillo
formado por los naipes, en busca del que está «caliente», pulsa un botón para
registrar su elección. Este procedimiento se repite en sesiones de veinticinco
elecciones cada una, y veinte sesiones por prueba. Se registran automáticamente
los aciertos y errores. No hay registro alguno del tiempo que se tarda en
pulsar ningún botón.
Tan pronto como se efectúa la elección, una luz situada junto a la carta
objetivo que corresponde pasa a proporcionar retroalimentación al instante. Si
la elección constituye un acierto, en el interior de la consola suena un
«agradable campanilleo». Encima de la consola hay una cámara de televisión
conectada por cable a una pantalla de TV situada encima de la consola del
emisor. En esta pantalla el emisor puede ver la mano del receptor mientras
busca la carta caliente. Así es como el emisor puede concentrarse más
intensamente sobre el punto donde desea que se detenga la mano, aunque Tart
concede que no hay modo de decir si el receptor obtiene la información del
objetivo por telepatía o por clarividencia. Emisores y receptores suelen ser
estudiantes universitarios, voluntarios que no cobran nada pero algunas veces
reciben crédito académico por su colaboración.
La superestrella de Tart era una muchacha anónima que alcanzaba puntuaciones
tan altas que sus resultados frente a las probabilidades normales eran de mil
millones a uno. Operaba con una desacostumbrada lentitud, tardando unos
cuarenta y cinco minutos en completar cada sesión.
He aquí la carta enviada por los tres matemáticos:
A
los editores:
Los lectores de la recensión sobre la investigación de PES publicada en el
número del New York Review of Books correspondiente al 17 de marzo de 1977,
quizá estén interesados en los detalles de un experimento de PES realizado por
Charles Tart, colega nuestro de la Universidad de California en Davis.
Analizado de manera mucho más fácil, guarda relación con la transmisión y
recepción de diez dígitos…
Aquí
he omitido un párrafo en el que se describe la TCT-M.G.
Diez
receptores de este experimento de Tart tuvieron un total de 722 aciertos en
5.000 intentos. Estadísticamente esto se encuentra bastante por encima del
azar, que rondaría los 500 aciertos (ya que hay una posibilidad entre diez de
adivinar el dígito). La sencillez del experimento, junto con nuestra natural
curiosidad en torno a la PES, nos condujo a pedir a Tart los datos en bruto,
que resultaron aún más espectaculares que las sesiones. Un receptor tenía 124
aciertos en 500 intentos, bastantes más de los cincuenta esperados. Esto era
verdaderamente asombroso.
Luego, a medida que fuimos examinando los dígitos objetivo producidos por el
generador de números al azar, nos dimos cuenta de que parecía escasear la
repetición de números —es decir, un dígito cero después de un cero, o un uno
seguido de otro uno, etc. Como hay un 10 por 100 de probabilidades de que la
máquina, una vez producido el dígito X, vuelva a producir X inmediatamente,
debería haber unas 500 de estas repeticiones en cada sesión de 5.000. En lugar
de ello, había únicamente 193. Sin embargo, cuando examinamos el generador, al
presionar el botón cada tres segundos, aparecían aproximadamente el 10 por 100
de las veces. No obstante, cuando presionamos el botón a intervalos de noventa
segundos —que corresponden más estrechamente al ritmo del experimento real de
PES— el generador volvió a enviar las repeticiones como lo había hecho durante
el experimento.
No está claro cuántos de los 222 aciertos por encima de los esperados por azar
pueden «explicarse» en virtud de las peculiaridades del generador. De hecho, la
razón de algunos de esos 222 aciertos puede ser la PES. Sin embargo, los datos
en bruto dificultan la cuantificación de la proporción relativa de aciertos
debidos a la actuación no fortuita de la máquina y aciertos debidos a la PES.
Una manera de indicar la delicadeza del análisis necesario es destacar que hubo
4.278 errores mientras el azar puro arroja unos 4.500, en el caso de que los
generadores fueran aleatorios.
Tart está deseando repetir el experimento, empleando la tabla de Rand de
números al azar, y esperamos poder colaborar con él. Mientras el experimento no
se realice de nuevo, nos hallamos en la misma posición que un químico que al
término de un experimento descubre que su tubo de ensayo estaba sucio. Si
estaba sólo un poco contaminado o lo estaba mucho, no tiene importancia. El
experimento debe hacerse con el tubo de ensayo limpio. Tart espera llevar a
cabo el experimento modificado antes de fin de año.
Se
me ocurren varios comentarios.
Tart había reconocido antes anomalías en el funcionamiento de su dispositivo de
azar, aunque no se daba cuenta de que algunas de ellas aparecían también cuando
el dispositivo de azar funcionaba en condiciones ajenas a las de prueba. En
algunas conferencias recientes ha atribuido estas anomalías a la facultad de
sujetos fuertemente psíquicos para influir en el dispositivo de azar mediante
psicocinesis, alterando literalmente el funcionamiento del dispositivo con la
mente.
Tart admite también en su libro (p. 164) un método inteligente mediante el cual
el emisor y el receptor podrían haber cometido fraude, aunque defiende que esto
resulta improbable. Supóngase que el emisor, inmediatamente después de que el
receptor registre la elección del objetivo, opera el dispositivo de azar.
Supóngase que selecciona el siete. El emisor multiplica siete por, digamos,
cinco para obtener treinta y cinco, y luego espera exactamente treinta y cinco
segundos antes de pulsar el botón del objetivo siguiente. El receptor,
observando el segundero de su reloj de pulsera, conoce el objetivo antes de
empezar a mover la mano.
«Habría que eliminar esta posibilidad del trabajo futuro —escribe Tart en una
exposición muy incompleta (p. 104)— estableciendo un tiempo fijo para la demora
entre el encendido de un objetivo y la selección del siguiente, ajeno al
control del experimentador.» Las técnicas de transmisión secreta de información
a base de lapsos de tiempo resultan archiconocidas para los magos familiarizados
con el «mentalismo» moderno. De haber consultado Tart con un experto, podría
haber puesto remedio al defecto más visible de su máquina antes de emprender la
experimentación.
Hay que alabar a Tart por su buena disposición a la hora de proporcionar datos
en bruto, en marcado contraste con la actitud de P. y T. En 1975 Scientific
Americansolicitó permiso para que un estadístico inspeccionara los datos en
bruto de su experimento de la NASA. El permiso fue denegado (véase la sección
de cartas del número de Scientific American correspondiente a
enero de 1976). También es digno de alabanza el candor de que hace gala Tart
cuando describe en su libro un defecto importante de su diseño experimental.
En un artículo sobre «Adiestramiento de la PES» publicado en la revista Psychic,
en marzo de 1976, Tart escribía: «Para los 10 sujetos de TCT, el número medio
de aciertos por sesión era superior al azar con una probabilidad en contra del
mismo de un millón de trillones a uno» (La cursiva es de Tart).
Jamás ha sido proclamado por un parapsicólogo profesional nada tan
sensacionalista. Los hechos antes mencionados dejan bien claro que mientras
Tart no repita sus experimentos en condiciones de control —con un dispositivo
de azar adecuado y la exclusión rigurosa de todo posible método (¡hay más!) de
codificación secreta entre sujeto y emisor— los chocantes resultados reflejados
en su libro no pueden ser tomados en serio ni siquiera por otros
parapsicólogos.
Anexo
El comentario de Tart sobre mi crítica fue publicado en NYR, el 13
de octubre de 1977:
Martin
Gardner, en su recensión publicada en New York Review del 14 de julio, me
representa como un crítico severo de la investigación de Harold Puthoff y
Russell Targ sobre adiestramiento de la PES mediante el uso de máquinas
electrónicas de retroalímentación, y aunque aparentemente me tiene en más alta
estima que a Puhoff y Targ, termina concluyendo que «mientras Tart no repita
sus experimentos en condiciones de control —con dispositivo de azar adecuado a
la exclusión rigurosa de todo posible método (¡hay más!) de codificación
secreta entre sujeto y emisor— los chocantes resultados reflejados en su libro
no pueden ser tomados en serio ni siquiera por otros parapsicólogos». Discrepo
con esos tres puntos y sus conclusiones.
En primer lugar, mi revisión (en mi Learning to Use Extrasensory Perception,
University of Chicago Press, 1976) de los estudios de Puthoff y Targ era
positiva en general. Lo único que yo criticaba era la posibilidad (no la
evidencia) de fraude por parte de un sujeto sólo en uno de sus estudios, donde
únicamente se utilizó un sujeto pero yo señalaba que sus datos no indicaban el
uso de un defecto de la máquina Aquarius de cuatro elecciones para inflar las
puntuaciones. La máquina Aquarius se utilizó de modo que no fuera posible que
un defecto operara en ninguno de sus otros estudios. Gardner también deja de
informar del hecho de que la mitad de mi propia investigación llevaba consigo
el uso de la máquina Aquarius, y de que quince sujetos alcanzaron una
puntuación global de 2.006 aciertos, cuando se esperaban por azar 1.869. Esto
ocurriría por puro azar sólo cuatro entre 10.000 veces, e indicaba buenos
resultados de PES con aquella máquina, en condiciones estrechamente
controladas.
En segundo lugar, creo que la carta de mis colegas matemáticos, profesores
Goldman, Stein y Weiner, que fue escrita en una etapa intermedia de nuestra
fructífera colaboración, resultó algo prematura y da la errónea impresión de
que mis resultados pueden ser fácilmente «entendibles». Este no es lugar para
una larga discusión técnica, pero la cuestión básica es si podían haber sido
predichos algunos de los objetivos por sujetos que utilizaran la inferencia
matemática y el conocimiento de objetivos anteriores en lugar de la PES. Un
buen jugador de cartas puede realizar adivinaciones, por encima del azar, de
las cartas que no ve, guardando la cuenta de lo que se ha jugado, y ése es el
tipo de cuestión que nosotros investigábamos. Una prueba de esta posibilidad,
mediante un ordenador muy poderoso, ha sido recientemente llevada a cabo por
otro colega, Eugene Dronek, de la Universidad de California en Berkeley, y yo,
y hemos comprobado que dicha predicción matemática no puede explicar el grueso
de mis resultados: aun cuando los sujetos trataran de predecir de ese modo, aún
queda una enorme cantidad de PES. Sacando de nuevo la analogía del «tubo de
ensayo sucio», se ha estimado que los efectos de los contaminantes son mínimos.
En tercer lugar, Gardner tergiversa mis palabras cuando dice, «Tart también
admite en su libro (página 164) un método inteligente a través del cual el
emisor y el receptor podrían haber cometido fraude…» (La cursiva es mía). Yo
señalaba cómo un emisor podía haber dado pistas al sujeto de forma
inintencionada e inconsciente; pero yo no hallé prueba alguna de que así
ocurriera: no poseo evidencia alguna de que mis experimentadores o mis sujetos
cometieran fraude. Gardner adopta una postura que yo encuentro moralmente
repelente así como científicamente inválida, a saber, que si un crítico puede
imaginar algún modo en que un sujeto y/o experimentador pudieran haber cometido
fraude para obtener aparentes resultados de PES, independientemente de si hay o
no evidencia de engaño, entonces los resultados experimentales no tienen por
qué ser tomados en serio.
En materia de ciencia, una explicación debe ser capaz de «improbar» así como de
probar. Sin embargo, no hay experimento, en ningún campo de la ciencia, que no
pueda ser falseado. La crítica de Gardner demuestra que no acepta la disciplina
del método científico. Aunque desde luego tiene derecho a defender su sistema
de creencias personales empleando los medios que desee, espero que los lectores
de New York Review no confundan eso con ciencia. La posibilidad que suscita mi
trabajo de adiestrar de manera fiable a la gente en el uso de la PES, es una
cuestión demasiado importante como para ser descartada mediante implicaciones y
tergiversaciones. La respuesta científica adecuada consiste en que otros
investigadores lleven a cabo trabajos similares que puedan confirmar, refutar,
o modificar mis hallazgos.
Charles TART
Esta
fue mi respuesta:
Comentaré
cada uno de los tres puntos:
1) Las críticas que formula Tart sobre los experimentos de Puthoff y Targ
(páginas 26-31 del libro de Tart) con la máquina docente de PES son, a mi
juicio, «severas». El primer sujeto del estudio piloto era un niño, el segundo
un científico. El niño mostró un leve incremento de su capacidad de PES, y el
científico un incremento notable. Tart añade: «Desgraciadamente, este sujeto,
el científico, registró él mismo sus datos, mientras que los datos del primer
sujeto fueron registrados por su padre. Dado el carácter que tiene de regla
general de la investigación parapsicológica no permitir nunca a los sujetos
ninguna oportunidad de efectuar el registro de errores ni de engañar, estos
resultados deben ser considerados tentativos» (p. 27, la cursiva es de Tart).
Tart está acusando adecuadamente a P. y T. de violar los cánones más
elementales del diseño experimental.
Tart pasa a resumir las tres fases del experimento financiado por la NASA que
siguió al estudio piloto. En lo que se refiere a la Fase 1: «El número total de
aciertos del grupo en total fue casi exactamente el mismo que cabía esperar por
puro azar.» Sin embargo, hubo un sujeto que puntuó alto. (Era Duane Elgin,
autodenominado psíquico y amigo de P. y T. que entonces era «futurólogo» del
SRI.) Tart acepta esto como PES genuina, equilibrada con «carencias
significativas de PES» (puntuaciones desusadamente bajas) por parte de otros.
P. y T. estaban convencidos de que estos resultados globales pobres se debían
al martilleo de la impresora de datos de su máquina.
Con respecto a la Fase II, P. y T. suprimieron la impresora y por primera vez
en su experimento todas las puntuaciones fueron registradas automáticamente por
un ordenador silencioso. Como ya he señalado en algún otro sitio, esto
eliminaba posibles fuentes de sesgo de la Fase I. Los resultados no mostraron
desviación alguna del azar ni en el número de aciertos ni en las pendientes de
las curvas de aprendizaje. En resumen, la única fase adecuadamente controlada
del experimento no mostraba signo alguno de PES.
Para la Fase III, P. y T. relajaron los controles, suprimieron el ordenador y
volvieron al primitivo registro a mano. De los ocho sujetos, únicamente Elgin
volvió a tener éxito. Tart resume el proyecto completo como sigue: «La mayoría
de sus sujetos no mostraba PES alguna, y entre aquellos que sí la mostraban,
pocos fueron capaces de mantenerla en estudios posteriores».
P. y T. emplearon una adiestradora de cuatro elecciones denominada Aquarius
Model 100. Tart utilizó esta misma máquina en sus primeros estudios. Sin
embargo, cuenta que su hijo descubrió un modo de engañar a la máquina cuando se
hallaba en su modo precognitivo (adivinando el sujeto los objetivos antes de
que fueran seleccionados), y durante uno de los experimentos de Tart la máquina
«se averió y empezó a repetir un objetivo con una frecuencia muy alta». Aunque
Tart informa de resultados positivos con esta máquina, completó su trabajo con
una adiestradora de diez elecciones, de su propia invención, que él considera
claramente una inmensa mejora del modelo Aquarius. Fue con su propia máquina
con la que Tart obtuvo los resultados de PES más sensacionales que jamás haya
registrado un parapsicólogo.
2) Estoy completamente de acuerdo con Tart en que el defecto del dispositivo de
azar de su máquina no basta para explicar sus resultados de «un millón de
trillones a uno» en contra del azar. Nunca he sugerido lo contrarío.
3) Tart me acusa de no conocer el método científico. Según dice, dado que
cualquier resultado puede ser falseado, no hay razón para echar por tierra un
experimento psíquico simplemente por el hecho de que una ambigüedad en el
diseño pueda dar cabida al engaño. A menos que se pueda demostrar que un sujeto
ha cometido engaño, Tart considera «moralmente repugnante criticar esos
resultados».
Cuando leí estas afirmaciones apenas podía dar crédito a mis ojos. En ningún
punto de su carta indica tener Tart conciencia alguna de la enorme diferencia
cualitativa existente entre la verificación psíquica de poderes paranormales y
la experimentación en todas las demás ramas de la ciencia. Los glóbulos de la
sangre, las moléculas de ADN, las ratas del desierto y los fotones, no engañan.
La auténtica esencia de un fiable diseño experimental en materia de parapsicología
radica en eliminar todo tipo de ambigüedades que faciliten el engaño, y eso
debido al largo y triste registro (que se remonta hasta la antigüedad) de
engaños constantes a cargo de autodenominados psíquicos. Mientras no se
eliminen esas ambigüedades, ningún experimento que apunte hacia poderes
psíquicos sensacionales merece ser publicado. El propio Tart (en el pasaje
citado en mi primer párrafo) considera la tarea de P. y T. sobre estas bases.
Cuando los sujetos son objetos o criaturas que no pueden engañar, la única
posibilidad de fraude puede venir de un experimentador. Esto sucede algunas
veces en todas las ramas de la ciencia, normalmente con resultados desastrosos.
Recientemente hemos tenido varios casos tristes: la falsificación de
especímenes de ratones a cargo de un respetado doctor de Sloane-Kettering, por
ejemplo, y el escándalo que salpicó al director del laboratorio de J. B. Rhine,
quien fue sorprendido alterando registros. Estos casos no son frecuentes. Pero
el engaño por parte de psíquicos autodidactas sí es frecuente. Esta es la razón
de que sean necesarias salvaguardas extraordinarias en la investigación
psíquica que no resultan necesarias en otros campos.
Permítaseme adoptar la técnica de Tart y repetir la frase mía que cita, pero
colocando la letra cursiva en otra palabra: «Tart también admite en su libro
(página 164) un método inteligente mediante el cual el emisor y el receptor
podrían haber cometido fraude…». Este fue el método que describí, porque no
muchos parapsicólogos lo conocen. No tengo idea sobre si se utilizó, o si un
emisor aislado —llevado por su entusiasmo de guiar telepáticamente la mano del
sujeto hasta la carta objetivo— empezó a saltar, transmitiendo así la vibración
del piso al sujeto que se hallaba al otro extremo del pasillo quien,
conscientemente, o no, pudo utilizarlo como una pista.
La cuestión no es si se emplearon o no estos métodos (¡hay más!). La cuestión
es que el diseño experimental de Tart, al permitir modos tan fáciles de engaño,
era increíblemente pobre —de hecho, tan pobre que resultó prematuro que Tart
escribiera un libro sobre ello y la University of Chicago Press hizo gala de un
juicio desusadamente malo al publicarlo.
Ahora bien, serviría de gran ayuda que Tart revelara más sobre sus datos en
bruto. Por ejemplo, dado un sujeto con puntuaciones excepcionales, ¿se obtenían
esas mismas puntuaciones cuando ese sujeto actuaba como emisor? De ser así, la
hábil pareja debería ser sometida a prueba con mejores medidas de control en el
laboratorio de algún otro. ¿Se grabaron vídeos de alguna de las sesiones de
elevada puntuación? De ser así, un minucioso estudio de las cintas confirmaría
o degeneraría la influencia del código del lapso temporal que he descrito. Si
no se grabaron cintas de vídeo he ahí otro defecto de diseño, porque nos
habrían proporcionado datos inestimables. También sería de gran ayuda que en
toda prueba que realice Tart en el futuro, contrate un mago experto y escéptico
para observar los experimentos de cerca.
La réplica de Tart a mi nota revela una colosal equivocación en lo que respecta
a la naturaleza de los controles que resultan obligados a la hora de verificar
presuntos poderes psíquicos. No obstante, me da la impresión de que los
conocimientos de diseño experimental de Tart están muy por encima de los de la
mayoría de sus colegas.
Martin GARDNER
32. Siete libros sobre agujeros negros[155]
Los
agujeros negros están que arden. Aunque esto es literalmente cierto (de acuerdo
con las últimas teorías) de algunos agujeros negros, me refiero a que
constituyen un tema candente. Los libros que aquí se reseñan no son más que
fragmentos de la cosecha de este año que tratan por completo o en parte de los
agujeros negros. ¿Por qué este interés obsesivo por objetos astronómicos que
quizá ni siquiera existan y que en ningún caso pueden ser entendidos plenamente
sin conocer la teoría general de la relatividad y la mecánica cuántica?
Permítanme citar el primer párrafo del libro de Isaac Asimov The
Collapsing Universe (El universo en colapso) (Walker, 1977) para
sintonizar con lo que yo creo que constituye la respuesta.
A
partir del año 1960 el universo ha adoptado un rostro totalmente nuevo. Ha
pasado a ser más excitante, más misterioso, más violento y más extremado al
compás de la expansión repentina de nuestro conocimiento sobre él. Y el
fenómeno más excitante, más misterioso, más violento, y más extremado de todos
posee el nombre más simple, escueto, sereno y apacible —nada más que «agujero
negro».
Negro.
El negro es bonito, el negro es ominoso, el negro es aterrador, el negro es
apocalíptico, el negro está vacío. «Un agujero no es nada —continúa Asimov—, y
si es negro, ni siquiera podemos verlo. ¿Debemos excitarnos por una nada
indivisible?»
La nada. ¿Por qué existe algo? ¿Por qué no sólo la nada? Esta es la cuestión
metafísica superúltima. Obviamente nadie puede responder a ella, aunque en
algunas ocasiones (en algunas personas) esta cuestión puede llegar a sobrecoger
el alma con tanta fuerza y angustia como para inducir la náusea. De hecho, éste
es el tema central de la gran novela de Sartre La náusea.
De pronto se nos dice que cuando una estrella llegue a ser lo suficientemente
grande, se producirá un colapso rápido que terminará haciendo desaparecer
completamente de la existencia la materia de esa estrella. Y no solamente eso,
sino que todo nuestro universo puede dejar poco a poco de expandirse, entrar en
una fase de contracción, y finalmente desaparecer en un agujero negro como un
elefante acrobático saltando hacia el interior de su ano. Existe la
especulación (no tomada en serio por ningún experto) de que todo agujero negro
está unido a un «agujero blanco» —un agujero que derrama energía en lugar de
absorberla. Ambos agujeros se encuentran supuestamente conectados por un
«puente Einstein-Rosen» o «agujero de oruga». Cuando un sol enorme se colapsa
en un agujero negro, prosigue la conjetura, aparece al instante el agujero
blanco correspondiente en algún otro punto del espacio-tiempo. Esto podría explicar
el increíble chorreo de energía procedente de los quasares, esos objetos
misteriosos aparentemente ajenos a nuestra galaxia, que nadie conoce todavía.
¿Fue la gran detonación que creó nuestro universo el agujero blanco que explotó
a la existencia tras un universo anterior colapsado en su agujero negro?
Resulta fácil comprender por qué a las personas con inclinaciones religiosas
les entusiasma esta cosmología tan especulativa y turbulenta. Los cielos
declaran la gloria de Dios y el firmamento enaltece su obra. No resulta difícil
comprender por qué aquellos que se encuentran dentro de la filosofía oriental,
cultos pseoudorientales, parapsicología y ciencia heterodoxa también se
muestran fascinados. Siguiendo la argumentación, si el universo puede estar así
de loco, ¿por qué preocuparse cuando el Maharashi declara, como ha hecho
recientemente, que la meditación trascendental puede capacitarle a uno para
levitar y hacerse invisible? Los agujeros negros son los últimos símbolos del
misterio impenetrable. Estoy convencido de que el interés del público hacia
ellos no constituye ningún indicio de interés por la ciencia, sino más bien un
peculiar subproducto del espectro de lo sobrenatural que actualmente está
invadiendo Norteamérica.
Para aquellos lectores que carezcan de conocimientos sobre relatividad y teoría
cuántica —es decir, el lector medio— el libro de Asimov constituye lo mejor del
lote. El viejo maestro escribe con su inagotable claridad, humor, informalidad
y entusiasmo. Como todos los escritores destacados de ciencia ficción, sabe
exactamente dónde trazar la línea que separa la ciencia seria de la fantasía.
Periódicamente recuerda a sus lectores que todavía no se dispone de evidencia
observacional clara de la existencia de agujeros negros y que «casi todo lo que
sugieren algunos astrónomos en materia de agujeros negros es denegado por otros
astrónomos».
Cautelosamente, paso a paso, Asimov esboza los antecedentes necesarios para
conocer las propiedades del agujero negro. Empieza con la gravedad, esa fuerza
suave, omni-penetrante y escasamente conocida que mantiene unida la materia de
las galaxias, estrellas y planetas. En los centros de los cuerpos planetarios
la presión de la gravedad resulta insuficiente para hacer frente a la fuerza
electromagnética oponente que liga las moléculas de la materia en el núcleo, y
la materia permanece intacta. Sin embargo, cuando el cuerpo es lo
suficientemente grande (aproximadamente del tamaño de Júpiter) la presión de la
gravedad llega a ser tan fuerte que desencadena una reacción de fusión de
hidrógeno. El cuerpo se convierte en un sol.
Un sol puede morir de tres maneras distintas. Cuando una estrella esté próxima
al tamaño de nuestro sol agotará su combustible de hidrógeno, crecerá
alcanzando el tamaño de una gigante roja, y después poco a poco se contraerá al
tamaño de una enana negra, un cuerpo permanentemente embalsamado que nunca
varía a menos que sea ingerido por un agujero negro.
Cuando una estrella alcanza un tamaño moderadamente mayor que nuestro sol, su
destino resulta más interesante. Es probable que explote en una supernova;
después, parte de su masa disminuirá instantáneamente a un tamaño menor que el
de la tierra. Tan grande es la densidad de este cuerpo que su fuerza
gravitatoria supera la fuerza electromagnética oponente y la estructura de la
materia de la estrella se desintegra. Se convierte en una estrella de neutrones
de rotación rápida.
La mayoría de los astrónomos están convencidos de que los pulsares son
estrellas de neutrones. Estos son pequeños objetos estelares de nuestra galaxia
que emiten pulsos absolutamente regulares de radioondas, y algunas veces pulsos
de luz visible. Probablemente haya millones de ellas en la Vía Láctea que caen
dentro del alcance de los radiotelescopios actuales.
Cuando una estrella es mucho más grande que nuestro sol, se espera que expire
de una manera tan fantástica que su destino continúa enredado en el misterio.
Una vez completa su implosión catastrófica, ni siquiera los neutrones pueden
soportar la enorme compresión gravitatoria. Todas las partículas quedan
completamente destruidas, y las leyes de la física dejan de tener sentido. La
estrella ha entrado en un agujero negro.
Los agujeros negros fueron toscamente anticipados en 1798 por el matemático
francés Pierre Simon de Laplace. Su predecesor Isaac Newton pensaba que la luz
consta de partículas que resultan afectadas por la gravedad. Laplace señaló que
cuando una estrella es lo suficientemente grande, su fuerza gravitatoria
evitará que toda la luz escape de ella. Esto no es rigurosamente cierto. En la
física newtoniana la velocidad de la luz próxima a una estrella,
independientemente de su tamaño, se vería acelerada en tan gran medida que
podría rebotar en una superficie reflectora y escapar.
En la teoría de la relatividad, la luz también consta de partículas (fotones)
que resultan afectados por la gravedad, pero su velocidad es una constante que
no puede verse superada. Unos meses después de que Einstein publicara su teoría
general de la relatividad, un astrónomo alemán, Karl Schwarzschild, efectuaba
cálculos exactos de lo que hoy día se llama el «radio Schwerzschild». Este es
el radio de un cuerpo, dada su masa, por debajo del cual la gravedad es lo
suficientemente fuerte como para evitar el escape de luz, materia o cualquier
tipo de señal. Es el radio crítico por debajo del cual la materia se convierte
en un invisible agujero negro. Para una masa igual a la de nuestro sol, el
radio es de unos pocos kilómetros. Para una gasa igual a la de la tierra, es
igual al radio de un guisante grande.
En 1939, J. Robert Oppenheimer y su alumno Hartland Snyder, efectuaron algunos
cálculos sorprendentes. Suponiendo la certeza de la relatividad, no hay ley que
pueda evitar que el colapso gravitatorio de un sol lo suficientemente grande
comprima la materia del mismo dentro del radio de Schworzschild y constituya un
agujero negro. Además, estos cálculos conducen a algo todavía más alucinante.
En el núcleo de todo agujero negro tiene que haber una «singularidad»
espacio-tiempo, término que utilizan los matemáticos para designar un punto en
el que sucede algo catastrófico a la solución de una ecuación. En este caso,
los cálculos demuestran que la curvatura espacio-tiempo llega a ser infinita,
lo que equivale a decir que aquél pasa a convertirse en un punto único. En ese
punto, la fuerza gravitatoria y la densidad (masa por unidad de volumen)
también pasan a ser infinitas.
Cuando se produce esa singularidad espacio-tiempo y resulta observable, recibe
el nombre de «singularidad desnuda». Hasta el momento, nadie ha visto nunca una
singularidad desnuda. Quizá sus ecuaciones solamente cuenten parte de la
historia y haya fuerzas aún desconocidas que eviten la existencia de
singularidades. Roger Penrose, brillante físico teórico de la Universidad de Oxford
y arquitecto destacado de agujeros negros, cree que las singularidades
espacio-tiempo pueden producirse, pero que hay un «censor
cósmico» que les impide desnudarse. Las esconde, por decirlo así, dentro de un
«horizonte de acontecimientos» que les impide todo tipo de interacción con el
universo.
Por espacio de veinte años los cálculos de Oppenheimer y Snyder fueron
considerados como meros ejercicios excéntricos para estudiantes graduados.
Posteriormente, en 1962, se descubrieron los quasares, y cinco años después los
púlsares. De pronto, los astrofísicos se dieron cuenta de que quizá estuvieran
contemplando objetos en las etapas finales de ese tipo de colapso catastrófico
que se había descrito sobre el papel. Al principio se esperó poder evitar la
singularidad desequilibrando un poco la masa colapsada de una estrella grande.
Pero Penrose demostró lo contrario. La singularidad es inevitable.
Independientemente del tamaño, la forma, o la constitución química de un sol,
si es lo suficientemente grande como para colapsarse en un agujero negro,
contará con esa tremenda singularidad en su centro. En lo que respecta al
agujero en sí mismo, todas las peculiaridades estructurales del sol que lo
formó quedarán borradas. «Los agujeros negros no tienen pelo», dice un teorema,
lo que significa que todos los agujeros negros, dejando a un lado la masa, el
espín y la carga eléctrica, son idénticos.
Como Philip Morrison y otros cosmólogos han subrayado, es posible que existan
leyes aún no conocidas que evitan la formación de agujeros negros. Lo cierto es
que hay algunos puntos en el cielo donde determinados astrónomos creen observar
que ocurre algo que sólo puede ser explicado por un agujero negro —a saber, la
fuerte radiación de rayos X procedente de las inmediaciones de una estrella
gigante de la constelación del Cisne— pero lo que observan bien pueden ser
objeto de explicaciones convencionales. No existe una evidencia firme, aunque
la opinión predominante es que los agujeros negros existen. Algunos astrónomos
sospechan de la presencia de un agujero negro gigante agazapado en silencio
mientras engulle lentamente soles cercanos. Sin embargo, por el momento, los
agujeros negros son construcciones teóricas apoyadas fundamentalmente por el
hecho de que la teoría de la relatividad los necesita, por la regla de que
cualquier cosa que la teoría no excluya probablemente exista, y por fenómenos
observados en el cielo que no pueden explicarse de mejor manera. Se dice que o
bien los agujeros negros son algo real, o bien es la relatividad la que tiene
agujeros.
No tiene, desde luego, nada de erróneo la construcción de modelos teóricos de
estructuras antes de observarlas. Sir Arthur Stanley Eddington señaló en una
ocasión, sólo medio en broma: «No se puede creer en observaciones astronómicas
mientras no estén confirmadas por la teoría.» Eddington, dicho sea de paso,
unos cuantos años antes de los cálculos de Oppenheimer, estuvo
considerablemente cerca de la construcción de un modelo de agujero negro.
«La estrella —escribía Eddington— parece tener que continuar radiando y
contrayéndose hasta que, supongo yo, desciende a un radio de pocos kilómetros,
momento en que la gravedad llega a ser lo suficientemente fuerte como para
sujetar la radiación, y la estrella puede hallar finalmente la paz.» Hasta
aquí, ¡cuán profético! Pero Eddington continuaba diciendo: «Me siento abocado a
la conclusión de que esto era casi una reductio ad absurdum de
la fórmula relativista de la degeneración. Pueden invertir diversos accidentes
para salvar a la estrella, pero yo deseo mayor protección que todo eso. Pienso
que debe haber una ley de la naturaleza que impida a la estrella comportarse de
esa manera absurda.»
Es demasiado pronto para saber si la conclusión de Eddington es correcta o
errónea. Dentro de algunos años la evidencia astronómica de la existencia de
agujeros negros puede ser abrumadora. O quizá ocurra lo contrario. Hoy día los
agujeros negros son los juguetes de moda de los astrofísicos inteligentes.
Mañana quizá se colapsen sus modelos y terminen alistándose en las filas del
flogisto y los epiciclos de Ptolomeo…
La más sensacionalista de las últimas conjeturas al respecto es la de que todo
nuestro universo en expansión está destinado a entrar en un agujero. Si existe
la materia suficiente en el universo (gran parte de ella podría hallarse oculta
en el interior de agujeros negros), la gravedad detendrá la expansión y el
universo empezará a marchar en otra dirección. Los cosmólogos no pueden
imaginar nada que impida que este colapso introduzca el cosmos en un agujero
negro, pero lo que va a ocurrir después, ¿quién lo sabe?
Aquellos lectores que deseen profundizar en la estructura de los agujeros
negros hallarán conveniente la adquisición del libro de Robert Wald, Space,
Time and Gravity (University of Chicago, 1977). El autor es un físico
del Fermi Institute de la Universidad de Chicago, y su libro está basado en una
serie de conferencias que dio en esa Universidad en 1976. Abarca el mismo
terreno que el libro de Asimov, pero con más información técnica. El último
capítulo resume particularmente bien los últimos descubrimientos del joven
físico matemático de Cambridge Stephen Hawking.
La combinación de coraje, optimismo y virtuosismo intelectual de Hawking
resulta ya legendaria. Durante años ha permanecido casi totalmente paralizado
por una enfermedad nerviosa y muscular progresiva. Aunque puede desplazarse en
una silla de ruedas a motor, no puede escribir, y habla con enorme dificultad.
Pero su mente continúa trabajando con transparente claridad, y sus cálculos
continúan asombrando a sus colegas.
El descubrimiento más importante de Hawking es que los agujeros negros no son
negros. Resulta que la teoría cuántica implica que en el poderoso campo
gravitatorio que rodea a un agujero negro se produce una constante creación de
partículas (de todo tipo) y sus antipartículas. Algunas de estas partículas
caen dentro del agujero, y otras escapan en forma de radiación. De este modo se
produce una pérdida constante de energía, y podría observarse un flujo en torno
al agujero.
Cuando los agujeros negros son grandes, esta pérdida de energía es lenta e
insignificante. Sin embargo, Hawking opina que la gran explosión pudo haber
sido lo suficientemente caótica como para haber fabricado millones y millones
de agujeros negros microscópicos, cada uno de ellos menor que un protón, pero
con un contenido de masa de unos cuantos cientos de miles de toneladas. Estos
miniagujeros «primitivos» se encontrarían ahora en sus etapas finales de
evaporación. Pasarían a estar cada vez más calientes, a ser cada vez más
pequeños, y finalmente explotarían en un tremendo estallido de partículas y
rayos gamma.
El abultado y elegante libro The Key of the Universe (La llave
del universo) (Viking, 1977) de Nigel Calder, dedica solamente dos capítulos a
los agujeros negros, pero ambos constituyen excelentes sumarios no técnicos, y
los demás capítulos representan una excelente introducción a las últimas
teorías sobre la materia. Calder es uno de los escritores científicos
británicos más fiables. Su libro, basado en un popular programa de televisión
de la BBC, que escribió y presentó el pasado mes de enero, aparece
abundantemente ilustrado con diagramas y fotografías, incluyendo retratos de
físicos famosos cuyos rostros el público rara vez tiene ocasión de contemplar.
Calder posee una habilidad insólita para explicar la teoría del quark y la
razón de que esté ganando terreno rápidamente a su rival más próxima, la teoría
del «cordón del zapato» («Bootstrap»). La hipótesis del «Bootstrap» representa
la concepción «democrática» de que ninguna de las partículas que constituyen la
materia resulta más fundamental que otra. Cada una es simplemente la
interacción de un conjunto de otras partículas. La familia completa se apoya
así en sí misma en medio del aire, igual que un hombre que tira de los cordones
de sus zapatos o alguien que practica la meditación trascendental en posición
de loto suspendido unos cuantos centímetros por encima del suelo.
La teoría del quark constituye la concepción aristocrática de que las
partículas son combinaciones de unidades más elementales, que Murray GellMann
denominó quarks por el verso de Finnegans Wake, «¡Tres quarks para
Mister Mark!». Al principio solamente se consideraron necesarios tres tipos de
quark: arriba, abajo, y extraño, junto con sus antipartículas. Estos tres tipos
son denominados «sabores». Hoy día existen razones para pensar que existe un
cuarto sabor: «encanto». Cada sabor aparece en tres «colores». En Estados
Unidos los colores son naturalmente rojo, blanco y azul. (Las láminas de Calder
emplean rojo, azul y verde, con malva, turquesa y amarillo para los
anticolores.) Esto hace doce quarks en total, con sus doce antiquarks.
Color y encanto son, desde luego, términos caprichosos desligados de su
significado usual, aunque la mezcla de colores de los quarks corresponde
fielmente (como muestra Calder) a la mezcla de los colores de verdad. Algunos
teóricos piensan que los quarks poseen otras propiedades más como verdad,
belleza y bondad. Abdus Salam, destacado físico paquistaní, promociona
actualmente un «movimiento de liberación del quark» que considera a los quarks
hechos de «pre-quarks» o «preones». En Pekín hay un grupo de físicos jóvenes
que poseen una concepción similar a base de «estratanes», que constituyen un
nido infinito semejante a un juego de cajas chinas.
En el libro de Calder aparecen esbozados con gran habilidad los fundamentos de
estos debates. Calder conduce a sus lectores hasta la misma orilla de las
nuevas y excitantes «teorías gauge» que quizá algún día unifiquen las fuerzas
fuerte, débil y electromagnética —quizá incluso también la gravedad— en una
sola teoría fundamental.
El libro Space and Time in the Moderne Universe (El espacio y
el tiempo en el universo moderno) (Cambridge University Press, 1977) de P.C.W. Davies,
aunque también contiene un excelente informe sobre agujeros negros, constituye
fundamentalmente un sumario de concepciones modernas sobre el tiempo y el
espacio confeccionado por un físico británico. A Davies le ha preocupado
durante mucho tiempo la razón de que en nuestro universo los acontecimientos
únicamente sigan una dirección en el tiempo. Su libro anterior, The
Physics of Time Asymetry (La física de la asimetría temporal), era
bastante técnico. Este volumen abarca el mismo campo, pero a un nivel más
accesible para el profano.
El tiempo posee al menos cinco «flechas» diferentes:
1. La flecha del tiempo psicológico —nuestra conciencia del flujo de
acontecimientos desde el pasado hasta el futuro.
2. La flecha de ciertas interacciones débiles que llevan consigo mesones K.
Todas las demás interacciones de partículas son «reversibles en el tiempo» en
el sentido de que, si tomamos una película de ellas y la proyectamos al revés,
no observaremos nada que indique que la película ha sido invertida.
Inexplicablemente, los acontecimientos de mesón K violan esta reversibilidad.
3. La flecha de la entropía —el movimiento de macrosistemas tales como las
galaxias hacia un desorden creciente (comparable a la destrucción del orden de
una baraja de naipes al barajar al azar).
4. La flecha de la radiación desde un centro, tal como, por ejemplo, la
expansión de círculos concéntricos producidos por una piedra arrojada a un
estanque, o la radiación de luz procedente de un sol.
5. La monstruosa flecha de la expansión del universo.
La forma en que se relacionan esas cinco flechas entre sí, y el interrogante
sobre si pueden existir universos con una o más (quizá todas) flechas señalando
hacia direcciones opuestas a las de nuestro propio universo, constituyen un
relato singular, en ninguna parte mejor contado que en el libro de
Davies.
Ten Faces of the Universe (Diez rostros del universo) (W. H.
Freeman, 1977) de Fred Hoyle es el último de sus aparentemente interminables
estudios de astronomía moderna, todo él profusamente ilustrado y escrito en un
estilo muy ameno. A Hoyle le gusta hacer sonar bien fuerte los tambores de sus
propias invenciones, pero no importa, porque sus especulaciones nunca
resultarán aburridas. Debe haber constituido para él una experiencia trágica
contemplar cómo su amada teoría del estado estacionario del universo se fue al
traste cuando la teoría de la gran explosión ganó aceptación, pero esto no
parece haber disminuido su energía mental ni su querencia hacia teorías
divertidas. El libro de Hoyle tiene menos que decir sobre agujeros negros que
los demás, pero esto se debe a que pica más alto. El libro incluye capítulos
sobre geología de la tierra, biología, y sobre la importancia del control
demográfico. (Ve en el crecimiento demográfico incontrolado la mayor de las
amenazas para la humanidad.)
Los dos libros que nos quedan por comentar, totalmente dedicados a agujeros
negros y materias afines, están impregnados de una fantasía desbordante. Adrian
Berry, escritor científico de un periódico de Londres, no hace más que un débil
intento de separar hechos de conjeturas razonables, o conjeturas razonables de
conjeturas excéntricas. The Iron Sun (El sol de hierro)
(Dutton, 1977) es mejor leerlo en plan novela de ciencia ficción de Asimov. De
hecho, algunas de las novelas de Asimov anticipan mucho de lo que Berry tiene
que decir.
A Berry le interesa fundamentalmente la conjetura de que todo agujero negro está
ligado por un «agujero de oruga» a un agujero blanco situado en alguna otra
parte del cosmos, o a un agujero blanco de otro cosmos completamente diferente.
Quizá ese «otro» mundo esté hecho de antimateria, como la Antiterra de la
novela de Nabokov Ada. La materia se introduce en nuestros agujeros
negros para emerger como antimateria en los agujeros blancos del otro mundo,
mientras que su antimateria se introduce en sus agujeros negros para emerger de
nuestros agujeros blancos (en forma de materia).
Ciertos cálculos recientes han sugerido la posibilidad de que una nave espacial
consiga introducirse en un agujero negro y evitar que se produzca la terrible
singularidad. Berry imagina un futuro en el que las naves espaciales utilizarán
los agujeros negros y blancos como entradas y salidas para viajes instantáneos
a través de enormes distancias. Cuando esto llegue a resultar posible, escribe,
la humanidad podrá recorrer y colonizar el universo entero. Los héroes de
ciencia ficción llevan haciendo esto varias décadas, pero Berry lo reviste de
la jerga más reciente, y su libro resulta divertido de leer siempre que no se
lo tome uno en serio.
El libro de John Gribbin sobre agujeros blancos lleva este tipo de fantasía a
cotas aún más altas. De hecho, su libro es casi tan divertido como Black
Holes(Agujeros negros) de John G. Taylor, publicado en 1973. Taylor es el
físico matemático de la Universidad de Londres cuyo último libro, Superminds,
describe a unos niños británicos que convencieron a Taylor de ser capaces de
doblar cucharas mediante poderes paranormales superiores a los de Uri Geller.
La fuerza psíquica probablemente sea electromagnética, afirma Taylor. Su libro
sobre agujeros negros es menos descabellado, pero utiliza el agujero negro como
trampolín de especulaciones ocultistas. (Sobre el cambio de opinión posterior
de Taylor, véase capítulo 16.)
Gribbin, que posee un doctorado en astrofísica, es coautor de un libro anterior
de cuasi-ciencia, The Jupiter Effect (El efecto Júpiter). Esta
gran obra explica por qué «pueden caber pocas dudas» de que en 1982 Los Ángeles
constituirá la sede del «temblor de tierra más grande experimentado en este
siglo». En 1982 los nueve planetas se encontrarán al mismo lado con respecto al
sol. La atracción de Júpiter sobre el sol se verá aumentada, pues, por los
demás planetas. Esto originará una actividad de mancha solar inusual que
agitará la atmósfera de la Tierra. Esto a su vez agitará la corteza de la
Tierra, especialmente a lo largo de la falla de San Andrés. «Pueden caber pocas
dudas» es la frase que debería haber prevenido al bueno del Dr. Asimov antes de
escribir su introducción a este libro.
El pasaje más absurdo del nuevo libro de Gribbin, White Holes (Agujeros
Blancos) (Delacorte, 1977), dedicado a los agujeros blancos, especula en torno
al modo en que los taquiones pueden explicar el doblamiento de cucharas
psíquico. Los taquiones son unas supuestas partículas que se desplazan más de
prisa que la luz. No existe la más mínima evidencia de que existan, pero, sí lo
hicieran, según ciertos observadores se desplazarían hacia atrás en el tiempo.
Gribbin escribe:
Quizá
esa espectacular producción de cucharas dobladas produzca una onda de asombro
en el público, liberando un diluvio de taquiones que viajan hacia atrás en el
tiempo haciendo que las cucharas se doblen inmediatamente antes de haber
producido la causa de sorpresa. Si este proceso pudiera ser desencadenado
deliberadamente, se explicarían los fenómenos telepáticos como comunicación
taquiónica directa entre dos mentes, pero algo tan físico como doblar una
cuchara parece exigir el esfuerzo de muchas mentes —excepto, según John Taylor,
cuando se trata de niños. Esto no debe causar sorpresa alguna a la vista de lo
anterior; los niños poseen imaginaciones más vividas que la mayoría de los
adultos, con emociones más poderosas que liberan vibraciones taquiónicas más
fuertes. ¡Quizá este vínculo taquiónico llegue a proporcionar alguna pista de
cara a misterios tales como los duendes!
Agujeros
negros y cucharas dobladas. El lado sano de esta locura del agujero negro es
que nos recuerda lo poco que sabe la ciencia, y lo grande que es el ámbito
sobre el que la ciencia no sabe nada. El lado enfermo del boom del
agujero negro es la apropiación de misterios astrofísicos para amparar
doctrinas de cultos pseudo-científicos, o las pobres actuaciones de artistas
psíquicos baratos.
Actualmente Penrose está realizando investigaciones y publicando artículos
sobre una entidad matemática de su invención, denominada «twistor», que espera
que aclare algunos problemas espinosos relativos a la vinculación entre la
gravedad y la teoría cuántica. Un twistor es un tipo de
«espinor», operador matemático que calcula lo que ocurre cuando se combinan
rotaciones. Los twistors de Penrose son una especie de
elemento equidistante entre las partículas y la geometría pura. No me
sorprendería nada enterarme de que ahora mismo algún periodista de a pie
estuviera trabajando en un artículo para Reader’s Digest titulado:
«Los twistors:¿portadores cósmicos de energía psíquica?» Con un
poco de ayuda por parte de los medios de comunicación, los twistors podrían
convertirse en un tema más candente aún que los agujeros negros.
Anexo
John Gribbin, en una carta publicada en NYR (8 de diciembre de
1977), insistía en que sus disparatadas especulaciones científicas debían ser
todas tomadas a broma:
Resulta
muy peligroso pedir a una persona —por muy brillante que sea— que comente siete
libros simultáneamente. Es posible, quizá incluso probable, que no todos los
libros sean leídos con la misma atención que les prodigaría el recensor si se
ocupara de cada uno de ellos por separado. Esto parece haber ocurrido con la
reciente recensión efectuada por Martin Gardner de un buen puñado de obras en
el que se encuentra incluido mi White Holes, y agradecería mucho disponer de la
oportunidad de comentar sus extrañísimas observaciones.
Desde luego, es privilegio del recensor decidir comentar no mi libro actual,
sino un libro publicado hace tres años y que trata de un tema completamente
ajeno, The Jupiter Effect. Me agrada saber que Gardner ha leído por lo menos
una de mis publicaciones. Pero sus comentarios sobre White Holes resultan
cómicos.
Incluso en el pasaje sobre doblamiento de cucharas que se cita, cualquier
lector inteligente —como lo es el lector típico de su revista— seguramente se
dará cuenta de que mis comentarios sobre los taquiones y el doblamiento de
cucharas están expresados humorísticamente. Se trata de una broma, Sr. Gardner.
Permítanme citar la frase que aparece inmediatamente a continuación del párrafo
que Gardner ha elegido: «Hasta aquí lo que se refiere a ciencia ficción…».
Hasta el más tonto habría captado a partir de estas palabras, de haberlas leído
en su totalidad, cuál es mi opinión del culto a la cuchara doblada.
Si Gardner tiene algún comentario serio que hacer sobre el libro, me gustaría oírlo.
Por ahora, a la vista de la incompetencia de su llamada «recensión», creo que
lo mínimo que se puede hacer es pedir a alguien —a cualquiera— que lea de
verdad el libro y después aporte una recensión genuina, que no presente como
creencias mías propias aquellas ideas que he comentado con el único fin de
ridiculizarlas.
John GRIBBIN
Sorprendido
ante esta inesperada ofensiva, respondí como sigue:
El
señor Gribbin cita únicamente la primera mitad de la frase que según él
demuestra que el pasaje que yo citaba estaba escrito en broma. La frase
completa es: «Hasta aquí lo que se refiere a ciencia ficción, por el momento al
menos.»
Ahora bien, esta frase no basta para establecer que la teoría presentada por
Gribbin —los taquiones como explicación del doblamiento psíquico de cucharas—
pretendía ser una broma. La razón es sencilla. El ochenta por ciento de las
teorías comentadas en White Holes son «ciencia ficción, por el momento al
menos». La idea de que algún día seremos capaces de viajar en cohete alrededor
del universo entrando y saliendo por agujeros blancos y negros constituye la
más descabellada ciencia ficción. De hecho, el mismo concepto de agujero blanco
es «ciencia ficción, por el momento al menos».
¿Considera Gribbin que los taquiones son una broma? En la introducción de su
libro Gribbin escribe: «El concepto de taquiones —partículas más veloces que la
luz— todavía no ha sido objeto de aceptación general… Me pregunto ¿cuánto
tiempo habrá de transcurrir antes de que este nuevo e imaginativo salto sea
utilizado por ingenieros serios para diseñar comunicadores que nos permitan
transmitir y recibir mensajes que atraviesan la galaxia a mayor velocidad que
la luz?»
Enviar un mensaje a mayor velocidad que la luz significa hacerlo retroceder en
el tiempo, y esto conduce directamente a contradicciones lógicas. Si A envía un
mensaje taquiónico a B que se encuentra en otra galaxia, y B responde
taquiónicamente, A obtendrá la respuesta antes de haber enviado el mensaje.
Gribbin no menciona en ninguna parte esta conocida paradoja, que convierte a
los taquiones (si es que existen) en algo inútil de cara a la comunicación,
pero quizá ya sepa todo esto y sólo pretenda que sus observaciones sobre los
taquiones sean tomadas en sentido humorístico.
Viene bien saber que Gribbin considera el doblamiento psíquico de cucharas como
una broma y que sus varias páginas sobre el tema (con muchas referencias a su
colega John Taylor que escribió un libro extremadamente serio sobre el «efecto
Geller») están destinadas únicamente a «ridiculizar» el doblamiento de
cucharas. Pero ahora estoy perplejo ante el resto del libro. ¿Es posible que
Gribbin también pretenda ridiculizar los agujeros blancos y que todo su libro
sea una broma?
Martin GARDNER
Mi
sospecha de que quizá el libro entero de Gribbin fuera una broma era buena. En
dos cartas personales posteriores, Gribbin aclaraba su postura. «Considero toda
ciencia teórica abstracta como una broma.» Añade que considera a los taquiones
especialmente divertidos.
Dudo que muchos admiradores de su último libro, Timewarps (Recovecos
del tiempo) (Delacorte Press/ Eleanor Friede, 1979), consideren este libro como
otra broma. Lo mismo que antes, no hay nada en el texto que sugiera que Gribbin
se expresa humorísticamente. Defiende a capa y espada la reencarnación, citando
el caso de Bridey Murphy como evidencia sólida, sin mencionar para nada cómo se
desenmascaró a Bridey. Alaba los libros de Michael Gauquelin, el francés que
posee su propio sistema astrológico peculiar (correlaciona profesiones con
posiciones planetarias en el momento de nacer), alaba los libros del periodista
especializado en ocultismo Lyall Watson, ensalza las teorías de Jack Sarfatti
(recomendando encarecidamente el libro loco en cuya autoría participó
Sarfatti, Space-Time and Beyond (Espacio-Tiempo y más allá),
considera «probada» la realidad de la PES y la precognición (página 140),
encuentra «convincente» la evidencia de la telepatía onírica (página 142), y
así sucesivamente. De los taquiones escribe que «la balanza de la evidencia
está ahora a su favor» (página 109), lo que seguramente debe saber que es
totalmente falso. El libro está lleno de naves espaciales que recorren agujeros
negros hacia otros universos y algunos de estos universos retroceden en el
tiempo.
La historia de su Efecto Júpiter, escrito en colaboración con
Stephen Plagemann, constituye un ejemplo clásico del poco esfuerzo que realizan
los editores por someter excéntricos manuscritos científicos a la consulta de
expertos. El libro no contiene ilustración alguna que muestre la Gran
Alineación de los planetas de 1982. Como resultado, los lectores se imaginaron
que «alineación» quería decir que los nueve planetas se colocarían
aproximadamente en línea recta. De hecho, cuando Library of Science se hizo
cargo de este libro, su sensacionalista catálogo afirmaba que por primera vez
en 179 años, «todos los planetas estarían perfectamente alineados al mismo lado
del sol».
Lo que los autores realmente querían decir era que los planetas se encontrarían
dentro de un mismo semicírculo. En ninguna parte decían que estarían en línea.
Me sorprendió recibir otra carta de Gribbin en 1978, en la que decía que él y
Plagemann habían descubierto que los planetas se agruparían aún mejor en
diciembre de 1980; ésta era ahora su fecha preferida, con noviembre de 1982 en
segundo lugar. Me decía que podía contar con plena libertad para «divulgar esta
predicción».
Cuando apareció el libro, ningún geofísico o astrónomo con reputación se mostró
impresionado. Time (7 de octubre de 1974) citaba comentarios
de expertos que hacían referencia a «astrología solapada» y «fantasía pura». Un
examen de los 179 años anteriores a 1982 no mostró ninguna actividad sísmica
irregular en ninguna zona de la tierra propensa a temblores. El astrónomo
George Abell señaló que Júpiter y Saturno son tan grandes que la suma de sus
masas equivale a doce veces la masa de todos los demás planetas juntos y, sin
embargo, sus frecuentes formaciones en línea no se correlacionan con ningún terremoto
ni actividad solar. Para fuertes críticas del libro véanse dos artículos de
Jean Meeus: «Comments on the Jupiter Effect» ( Icarus, vol. 26,
1975, pp. 257-268) y «Planets, Sunspots, and Earthquakes» (Mercury,
julio-agosto, 1979, pp. 72-74); «The Jupiter Effect», de D. Anderson (American
Scientist, noviembre-diciembre, 1974 p. 72); y «The Great Earthquake Hoax»,
de E. Upton (Grifftith Observer, enero, 1975).
Me parecía sorprendente que, a pesar de que el Book of the Month Club lo
hubiera rechazado después de que los expertos dijeran que no merecía la pena,
el libro fuera aceptado por un club de libros ¡de ciencia! En una
ocasión pregunté a una editora de Random House, que había comprado los derechos
para una reproducción de bolsillo, si había sometido el libro a la consulta de
algún astrónomo. Ella me pareció sorprendida. «No, ¿por qué habría de hacerlo?
Gribbin es doctor en astrofísica.»
El clímax de esta comedia joviana fue un artículo de Gribbin sobre el «Inefecto
Júpiter», publicado en Omni, en junio de 1980. Gribbin rechaza
totalmente el efecto. «El libro ha resultado ahora estar equivocado; la base
global de la predicción de 1982 ha desaparecido… ahora no hay ninguna razón
para esperar ninguna perturbación sísmica desacostumbrada en 1982 a partir de
las causas que se exponen en el libro. Desde luego, esto no descarta la
posibilidad de que se produzcan grandes temblores de tierra para entonces. Pero
si desean una predicción astrológica, me temo que tendrán que pedírsela a
otro.»
¿Qué fue lo que le hizo cambiar de idea? El sol. En 1979 la actividad del sol
aumentó con gran rapidez y se esperaba que superara su pico para finales de
1980. «Plasemann y yo decididamente nos hemos equivocado de año… Todo hace
suponer que 1982 será más tranquilo que 1979 y 1980 en términos sísmicos… Si
Los Ángeles continúa en pie al término del año, el resto de nuestra predicción
habrá quedado invalidada.»
Gribbin incluso admite que sus críticos tenían razón. «Ahora soy más viejo, y
espero que más sabio.» Lamenta haber sostenido con sus ideas a «cultos a medio
cocer» y «fatalistas». Sin embargo, sigue creyendo que los temblores de tierra
se correlacionan con la actividad solar y cierra sus excusas con un: «Fíjense,
mientras el sol continúe siendo activo este año, voy a mantener mis dedos
cruzados por Los Ángeles.»
Yo predigo que si Los Ángeles resulta destruida antes de que finalice el año
1982, Gribbin encontrará un modo inteligente de resucitar el efecto Júpiter. Y
de no ser así, bueno, ¿no nos dijo él en 1980 que su teoría había quedado
desacreditada?
33. Encuentros en la Tercera Fase[156]
Encuentros en la Tercera Fase empieza con una
explosión. Al principio los títulos se encienden y apagan en medio de un
pavoroso silencio, y después un tenue sonido va aumentando poco a poco de
volumen hasta que explota. ¿Será un símbolo de la explosión que creó el
universo? ¿Esperarán los productores que la película deje boquiabierto a todo
el mundo?
Es demasiado pronto para saber si el joven Steven Spielberg (de unos treinta
años), el director que nos ofreció Tiburón, lo ha vuelto a
conseguir, esta vez sin un solo pezón desnudo ni un solo chorro de sangre. La
deslumbrante fotografía de esta película, su elevado nivel de decibelios, y una
interpretación tolerable, consiguen que resulte difícil ver lo mala que es
realmente aquélla, pero desde luego ése es el secreto de los «bombazos».
Douglas Trumbull, que creó los efectos especiales de 2001: Una odisea
en el espacio, es todo un genio, y sus aportaciones a Encuentros son
todo lo que dice la publicidad de la película. Sin embargo, bajo el malabarismo
visual se extiende una inverosímil y manoseada trama que había quedado
despachada en las revistas de ciencia ficción y películas de tercera categoría
de los años cincuenta.
Esto resulta más fácil de comprender cuando se lee la fantasmagórica versión de
Spielberg Close Encounters (Encuentros), publicada por
ediciones de bolsillo Dell, en 1977, como anuncio de enlace de la película.
Aquí, en estas páginas sin vida, libres de sonidos estridentes y colores
centelleantes, se puede saborear el insulso relato de la película, los
acartonados personajes y el monótono diálogo en toda su más pura, limpia y
adolescente banalidad. Sin embargo, tanto la novela como la película tienen una
cosa a su favor, que podría convertir a esta última en un éxito tan colosal
como La Guerra de las Galaxias. Mejor que ninguna otra novela o
película de ciencia ficción, reflejan hasta qué punto la ufología se ha
convertido en una religión pop.
Millones de americanos, desencantados de la ciencia y de la política, están
deseando ardientemente un apocalipsis —una explosión mística que resuelva al
instante los problemas del mundo e inicie una nueva era de amor—. Para los
protestantes que no han abandonado el cristianismo evangélico, o que están
dispuestos a volver a él, aumenta rápidamente la expectativa de la Segunda
Venida. Billy Graham insiste sin descanso sobre el tema de un mundo
desesperadamente corrupto, firmemente manejado por Satán, pero algún día
—¡seguramente pronto!— el Señor volverá. Los cultos excéntricos basados en la
proximidad de la Parusía están floreciendo como nunca. Se venden por millones
libros tan gastados como Late Great Planet Earth (El último
gran planeta Tierra) de Hal Lindsey.
Para aquellos que no pueden creer en la Segunda Venida, ni en las esperanzas
mesiánicas del judaísmo ortodoxo, ¡están los OVNIS! Si la Tierra está siendo
visitada por extraterrestres, si el cielo (como señala un sadhu indú en Encuentros)
está cantando para nosotros, seguramente los aliens deben ser amistosos o ya
nos habríamos enterado de lo contrario. Esta posibilidad infantil es la que ha
mantenido en el candelero a los platillos volantes durante treinta años.
¡Treinta años! Exactamente la edad del Sr. Spielberg.
Verdaderamente, siempre han ocurrido cosas extrañas en el firmamento, pero la
primera «oleada» de platillos volantes tuvo un inicio preciso. Sucedió el 24 de
junio de 1947. Kenneth Arnold, volando en su avión privado cerca del monte
Rainier, vio nueve objetos en forma de disco que revoloteaban por el
firmamento. Un hombre del servicio de telégrafos los denominó «platillos», a
esto siguieron ráfagas de nuevas visiones, y nació la ufología.
La prensa y la radio salieron rápidamente al paso del creciente interés del
público por los OVNIS y, como siempre, los libros y artículos de revistas
sensacionalistas promocionaron aún más esta locura. Al principio algunos
gobernantes y oficiales del ejército se tomaron en serio los platillos, pero
después de veinte años de investigación el Ejército del Aire decidió finalmente
que no había nada extraordinario viajando sobre nuestras cabezas. Para dejar
saldada la cuestión, un físico distinguido, Edward U. Condon, recibió medio
millón de dólares del Ejército del Aire para producir el Informe Condon
definitivo —un documento de 1.000 páginas que se puede resumir en una sola
frase. No hay ningún OVNI que no pueda ser explicado en términos de engaños,
alucinaciones, u honestas identificaciones erróneas de objetos tan naturales
como meteoros, Venus, enormes dirigibles, avionetas convencionales, satélites
de regreso e ilusiones atmosféricas.
Desde luego el Informe Condon, que se publicó en 1968, no dejaba el asunto más
zanjado de lo que el informe de la Comisión Warren dejó zanjada la cuestión de
quién mató al presidente. De hecho, incluso antes de que el Informe Condon se
publicara, un destacado periodista especializado en ocultismo, John G. Fuller,
lo atacó vigorosamente en un artículo publicado en Look: «The
Flying Saucer Fiasco».
Obviamente no hay modo de que el Ejército del Aire o quienquiera que sea pueda
demostrar que no nos visitan naves espaciales alienígenas. ¿Existe el Ratón
Pérez? Por más casos en los que se haya pillado a una persona mayor colocando
unas monedas bajo la almohada de un chiquillo, no constituirán nunca una
evidencia negativa irrefutable. Siempre se da un pequeño residuo de casos en
los que las personas mayores no son sorprendidas, y la aparición del dinero a
la mañana siguiente sigue siendo misteriosa. Independientemente del número de
visiones de OVNIS que hayan resultado tener explicaciones naturales, siempre
queda un residuo —¿cómo podría ser de otro modo?— de casos para cuyo juicio no
se dispone de la información suficiente.
La tendencia mental de los creyentes genuínos en los OVNIS alienígenas resulta
notablemente similar a la de los creyentes genuinos en el espiritismo cuando
estuvo en su apogeo. No importaba un comino el número de médiums que fueran
sorprendidos cometiendo fraude. Cada vez que esto sucedía, sir Arthur Conan
Doyle, que creía en la realidad de las hadas y de los fantasmas, suspiraba y
decía, como si reprendiera a un niño, que algunos médiums de hecho engañan,
pero no todos ellos ni en todas las ocasiones. Siempre ese residuo de lo
inexplicado.
El Dr. J. Allen Hynek, profesor de astronomía en la Universidad Northwestern,
es el Conan Doyle de la ufología. Comenzó siendo un desmitificador, pero ahora
está firmemente convencido de que hay algo paranormal —no sabe exactamente qué—
detrás de las oleadas de OVNIS. En su último libro, The Hynek UFO
Report (El informe Hynek sobre OVNIS), publicado por Dell en 1977, en
compañía de la «novela» de Spielberg, escribe:
Hoy
día no dedicaría yo ni un solo momento más al tema de los OVNIS si no creyera
muy en serio que el fenómeno OVNI es real y que todo esfuerzo por investigar
sobre él y conocerlo, y finalmente resolverlo, podría ejercer un profundo
efecto —quizá incluso podría constituir el trampolín hacia una revolución de la
idea del hombre sobre sí mismo y su lugar en el universo.
El
título de la película de Spielberg procede de un libro de Hynek del año
1972, The UFO Experience. Los encuentros en la primera fase son
meras visiones. En la segunda son interacciones físicas. En la tercera son
encuentros con los alienígenas. Spielberg, entusiasta de los OVNIS desde hace
mucho tiempo, contrató a Hynek como asesor técnico. Realmente, en esa escena
culminante de la película en la que se produce el gran encuentro en la tercera
fase, aparece el propio Dr. Hynek, de pie entre los observadores, chupando
contemplativamente una pipa y con aspecto nada sorprendido.
El Hynek UFO Report no contiene nada sustancial que Hynek no
haya dicho antes muchas veces. Admite alegremente que cuatro quintas partes de
la totalidad de informes sobre OVNIS resultan fáciles de explicar. ¡Pero ese
condenado residuo! Ataca al gobierno una vez más por «suprimir» datos. El
Informe Condon vuelve a ser tachado de enorme fraude, cuya influencia «fría y
viscosa» quedó disipada por la última gran oleada de OVNIS del otoño de 1973,
cuando cuatro planetas se mostraron excepcionalmente brillantes, y se
difundieron ampliamente unas declaraciones de dos pescadores de Pascagoula,
Mississippi, que afirmaban haber sido secuestrados por un platillo volante. Los
libros en contra de la existencia de los OVNIS redactados por destacados
científicos y escritores son despreciados como vanos esfuerzos del establishment por
barrer la verdad hacia debajo de la alfombra. Hynek compara a sus detractores
con aquellos que se negaron a mirar a través del telescopio de Galileo por
miedo a contemplar algo que pudiera dañar sus «sistemas de creencias».
La mejor muestra del sistema de creencias del propio Hynek puede obtenerse
leyendo una entrevista publicada en el número de junio de 1976 de Fate,
una escandalosa y charra revista de ocultismo que hace treinta años fue la
primera en publicar artículos sobre la calidad de objetos extraterrestres de
los OVNIS. Hynek era partidario antaño de la teoría «tuercas y tornillos»,
según la cual los OVNIS son físicos, pero ahora afirma inclinarse por la idea
(propuesta por Jung) de que son proyecciones psíquicas. «Quizá una civilización
avanzada conozca la interacción entre mente y materia… Quizá se trata de una
noción ingenua pensar que haya de construirse algo físico, lanzarlo con vigor y
entusiasmo a que cruce inmensas distancias y finalmente aterrice aquí… Hay
otros planos de existencia —el plano astral, el plano etéreo, etc.»
«Opino —continúa diciendo— que el mundo está inmerso en una revolución psíquica
de la que la mayoría de nosotros no somos conscientes. Y los menos conscientes
son los científicos del establishment… Las piezas nuevas del
rompecabezas nos las está dando la escena parapsicológica global —la PES, la
telepatía, los fenómenos de Uri Geller, la curación psíquica y especialmente la
cirugía psíquica.»
Pero ahora Hynek está preocupado por una aparente contradicción. Si los OVNIS
son constructos psíquicos, ¿cómo es que dejan rastros físicos? «Los OVNIS
rompen ramas de árboles, aparecen en el radar y son fotografiados. Quizá
constituyen un ejemplo de fenómenos tipo Uri Geller en los que se producen
efectos físicos aparentemente sin causas físicas…»
¿Los alienígenas proceden de más allá de Plutón, o de «mundos paralelos o
interconectados»? Hynek desearía saberlo. (Las hadas, según creía Conan Doyle,
viven en un mundo interconectado de «vibraciones» diferente del nuestro. Véase
su libro, The Coming of the Fairies, con sus espléndidas fotos de
esas criaturas aladas, bastante más convincentes que las borrosas fotos tan
fáciles de falsificar de la ufología.)
Hynek decía en Yate:
Acabo
de tropezar recientemente con dos casos de contactos en los que los testigos
afirmaban haber sido empujados a hacer algo; eran empujados al sonambulismo, a
levantarse de sus camas y dirigirse a donde les estaba esperando la nave
espacial. Allí vieron a las criaturas. Carecían de voluntad propia y sufrieron
efectos muy negativos tras la experiencia —náuseas, dolores de cabeza, etc. El
psiquiatra moderno quizá etiquetara a estas personas como «perturbadas». Desde
luego que están perturbadas. Pero ¿por qué?
Las
observaciones de Hynek esbozan la trama central de Close Encounters.
Roy Neary (¿cerca[157] de la
Gran Verdad?), interpretado por Richard Dreyfuss, también
protagonista de Tiburón, es un encargado de reparaciones de una
compañía eléctrica de Muncie, Indiana —la «ciudad media» elegida por los Lynds
para su estudio sociológico clásico del americano común. (Sin duda los
alienígenas leen ese libro en la guardería.) Cuando Roy es enviado a investigar
un misterioso apagón, tiene un dramático encuentro en la segunda fase. De nuevo
en casa, se encuentra cada vez más obsesionado por la silueta de una montaña.
Al principio la ve en una burbuja de crema de afeitar, y a la hora de la cena
trata de construirla con puré de patatas, mientras los ojos de uno de sus hijos
se llenan de lágrimas. Piensa que su pobre padre está perdiendo los papeles.
Unos cuantos días después Neary aparece arrancando arbustos para adornar un
gran modelo de montaña que ha construido en su cuarto de trabajo. Su
enloquecida esposa, prototipo del contumaz escéptico en materia de OVNIS, mete
a los niños en un coche y se va.
Por suerte, Roy ve en un programa de TV la misma montaña que él ha modelado. Se
trata de la Torre del Diablo, una escarpada mesa de Wyoming. Parece ser que ha
habido un descarrilamiento, y la zona ha sido evacuada porque un gas
neurotóxico ha contaminado la región. Roy se siente empujado a ir allí.
Una joven viuda, Jillian Guiler, vive no muy lejos de Roy en compañía de su
hijo de cuatro años, Barry. Una noche, al sobrevolar su tejado un OVNI, todos
los juguetes y aparatos eléctricos de la casa se encienden y se vuelven locos.
(Esto, dicho sea de paso, es algo nuevo en materia de ufología. Será
interesante comprobar si se ha informado de acontecimientos similares en la
oleada de OVNIS predicho para 1978, como consecuencia de la película.) Barry,
divertido por el alegre espíritu maligno sale corriendo de la casa. Jill
consigue cogerle al final, pero no antes de que los dos casi resulten
atropellados por Neary, que persigue a una cadena de OVNIS por una peligrosa
curva.
Algunas noches después, cuando vuelve el OVNI, la fuerza del interior de la
casa de Jill es aún más temible. Ella trata de cerrar puertas y ventanas, pero
la fuerza tira de Barry a través de la entrada de la cocina para el perro. Esta
vez, por razones que nunca llegan a aclararse, los alienígenas lo secuestran.
Ahora Jill está obsesionada por la silueta de la montaña. También ella, al ver
las noticias, no puede evitar emprender viaje a Wyoming. Cerca de la Torre del
Diablo, Jill y Roy vuelven a encontrarse.
El escape químico no es más que una tapadera para el Proyecto Mayflower. Los
alienígenas han establecido contacto por ordenador con un grupo internacional
de ufólogos, encabezado por un elegante experto representado por el director de
cine francés François Truffaut. Spielberg pensaba en Jacques Vallee, un ufólogo
nacido en Francia que colaboró con Hynek en su libro de 1975 sobre OVNIS The
Edge of Reality (El borde de la realidad).
¿Qué está pasando en el Diablo? Bueno, pues los alienígenas desean una cita
sobre la Torre del Diablo. Los técnicos han despejado una zona de la montaña y
la han rodeado de reflectores, ordenadores, cámaras de televisión, cuartos de
baño portátiles, etc. Un sintetizador Moog está conectado a una gran pantalla
de visualización sobre la que cada tono ilumina un rectángulo de diferente color.
El personal del proyecto intenta desalojar a Roy y a Jill de la zona, junto con
un pequeño grupo de «don nadies» que inexplicablemente también había acudido
allí, pero la pareja consigue escapar. Tras ímprobos esfuerzos finalmente
llegan al desmonte, justo en el momento en que se escucha por los altavoces el
siguiente aviso: «Tomen posiciones, por favor. Esto no es un ejercicio.»
Para demostrar lo amistosos que son, los alienígenas representan un estupendo
espectáculo aéreo. Para empezar forman estrellas en el oscuro cielo que
duplican la Osa Mayor. Después su pequeña nave, aparentemente hecha toda ella
de luces de colores, desciende aquí y allá, volando de un lado a otro y a
través de la mesa al estilo de Juan Salvador Gaviota.
La nave madre, una monstruosa rueda de luz, se coloca lentamente sobre el
desmonte y queda allí suspendida como una enorme araña victoriana. Se mece a
poca altura la bella carroza. En la novela genera un campo de gravedad
negativa, que hace que todo el mundo se sienta un 40 por 100 más ligero. La
nave madre es una visión beatífica de Spielberg, su réplica pobre de la visión
de Dante de la Divinidad en el último canto de La Divina Comedia.
Algunos observadores de hecho caen de rodillas aterrorizados.
En el sintetizador Moog un músico interpreta un tema cursi de cinco notas que
los alienígenas han enseñado a los terrícolas como una especie de contraseña.
La nave madre rompe en profundos tonos de órgano. Un ordenador entra en acción,
y se produce una jam session de lo más tonta, que Spielberg
describe como «una música muy extraña —ahora melódica y luego atonal, a veces
similar al jazz, y después al estilo country del oeste…».
Pauline Kael, en el New Yorker, denomina a éste «uno de los
momentos más incomparables de la historia del cine —reafirmante desde el punto
de vista espiritual, mágico, y divertido al mismo tiempo». Parece ser que la
Sra. Kael asistió a la proyección de la película con los ojos como platos,
hallando en ella una fantasía inocente de «un encanto tan inmenso» que solamente
podía compararla a la de El Mago de Oz. «Está tratando de
enseñarnos algo —dice un técnico durante el momento más incomparable de la
película—. ¡Es el primer día de escuela, compañeros»!
Lo mismo que en el caso de Dante, el deseo y la voluntad de Roy se encuentran
ahora rodando con la rueda divina del amor cósmico. ¿Su esposa e hijos? Quién
se preocupa. Truffaut, captando el deseo de Roy, le recluta en seguida para que
se incorpore a un equipo de doce astronautas (¿los doce apóstoles?) que están
esperando con sus cascos y trajes espaciales para subir a bordo.
La nave vomita un grupo de aturdidos hombres de la Armada de los Estados
Unidos, ¡sorpresa! Constituyen la tripulación de la famosa patrulla perdida del
Vuelo 19, un escuadrón de cinco bombarderos Avenger que se desvaneció en el
Triángulo de las Bermudas en 1945.
Alguien dice: «Teniente, bienvenido a casa. A sus órdenes». Sería difícil
superar esto en materia de ridiculez, pero Spielberg lo hace. «¡Ni siquiera han
envejecido! —grita un civil—. Einstein estaba en lo cierto!» A
lo que un cabecilla del grupo responde: «Probablemente Einstein fuera uno de
ellos.»
Y ahora, saliendo a saltitos de la nave madre, sin dejar de disfrutar de la
diversión y de jugar, aparece el pequeño Barry. Jill se precipita hacia
adelante, acompañada por los aplausos del auditorio.
Empiezan a salir criaturas de elevada estatura. Apenas podemos verlas,
silueteadas contra una cegadora luz blanca, pero podemos imaginar enormes
cabezas, largos cuellos, y brazos y piernas de gran flexibilidad similares a
boquillas de pipa. Aparecen seguidos de sus hijos —unas pequeñas cosas
temblorosas y adorables que se empeñan en tocar a todo el mundo, «palpando
ingles humanas, rostros humanos, traseros humanos». Es el grupo de exploración
de Esalen. «Cuando el humano no quería, se dirigían a otro que se dejara… una
orgía de contactos, palpaciones, sensaciones, caricias.»
Los trece astronautas (porque ahora Roy se encuentra entre ellos) vestidos de
rojo avanzan solemnemente hacia el interior de la nave madre. Es de presumir
que volverán a salir más tarde, sea cual sea el sitio adonde vayan, imbuidos de
una sabiduría trascendente. La Era de Acuario ha comenzado. Jill contempla la
escena entre lágrimas de alegría, disparando fotos con su Instamatic, y está
muy lejos de sospechar que cuando Roy regrese ella será ya una señora mayor y
él continuará teniendo treinta y dos años.
Al final se acerca un alienígena. Posee un gran globo por cara, con unos
enormes ojos de muñeca Kewpie. Respondiendo a la noble y transfigurada
expresión de Truffaut, la cara esboza una amable sonrisa torcida antes de
volver a la nave madre. Termina la película, y no con una explosión, sino con
una embobada sonrisa.
Antes de que los valientes astronautas suban a bordo se celebra un tosco
servicio eclesiástico, durante el que un sacerdote entona: «Dios te ha dado el
cuidado de sus ángeles sobre ti.» ¿Podrían ser estos amistosos humanoides los
ángeles de la Biblia? Billy Graham y el padre Andrew Greeley no querrán
creerlo, pero millones de protestantes indiferentes no tendrán ningún problema
en alojar esta idea en sus cerebros, junto a los demonios y otros desgastados
vestigios de la mitología cristiana.
Este pretencioso, y casi religioso, final tipo Nirvana puede muy bien impedir
que el ridículo guión de Spielberg haga caer en picado al producto de Columbia
Pictures. O quizá no. Puede que haya las suficientes almas comunes, incluso en
Muncie, capaces de olfatear el fraude espiritual que constituye toda la obra.
Porque no es Dios quien viene a rescatar a la humanidad, sino otra raza de
humanoides.
«Se me ocurre pensar —declaró Spielberg a Newsweek— que cuando
morimos no vamos al cielo sino al espacio, a Alfa Centauri, y allí se nos da
una espada láser y un coche neumático.» ¿Es que esto no lo dice todo? ¡Caramba,
compañeros! Jesús (¿un superhumanoide procedente de otra galaxia?) oró en una
ocasión (Lucas, 10:21): «Te doy gracias, oh Padre, Señor de cielos y tierra,
porque has ocultado estas cosas al sabio y al prudente, y las has revelado a
los infantes.» Esta es la razón de que los alienígenas estén tan interesados en
Barry y otros simples don nadies como Neary. Esta es la razón de que los
científicos prudentes no quieran mirar a través del telescopio psíquico de
Hynek.
En la versión original de la película Encuentros, en la mente de
Roy flota una canción de su infancia justo antes de entrar en la carroza
celestial. Puede que no lo crean, pero la canción pertenece a Pinocho de
Walt Disney, y sus estrofas adornan las últimas páginas de la novela.
Cuando
pidas un deseo a una estrella,
no importa quién seas,
cualquier cosa que tu corazón desee
llegará… hasta… ti.
Cuando
Roy, con los ojos brillantes, avanza como un osezno scout hacia
el Gran Misterio, otra estrofa llama la atención de su mente:
Como
el relámpago surgiendo del cielo,
el destino aparece y mira a tu través.
Cuando pidas un deseo a una estrella,
tu sueño… se hará… realidad.
Después
de que esta escena provocara resoplidos burlescos en una proyección preliminar
en Texas, Spielberg tuvo el suficiente sentido como para admitir que su efecto
era más o menos el mismo que haber metido a Roy en la letra de «On the Good
Ship Lollipop». Apostaría un centavo a que incluso el Dr. Hynek se alegró de
ver a Pinocho marcharse.
Lo que queda no es mucho mejor. Ahora está de moda describir a Spielberg como
un prodigio terriblemente dotado pero inocente, apasionado por los sucesos
extraños y perdido en los mágicos mundos de la moderna tecnología y la pantalla
cinematográfica. Será interesante, concluía Newsweek, vigilar su
crecimiento. Sí. Y a medida que crezca es menos probable que realice otro
«bombazo».
Anexo
En su número del 23 de marzo de 1978, NYR publicaba la
siguiente carta de Budd Hopkins:
Los
maestros de la demolición retórica deben saber no sólo dónde colocar los obuses
sino, lo que es más importante, cómo encadenar a los enemigos de uno a hombres
de paja claramente visibles. En su trabajo del 26 de enero titulado «The Third
Coming» (La tercera venida), Martin Gardner ofrecía una entera demostración de
estas habilidades. No le había gustado la película Encuentros en la Tercera
Fase y utilizaba esto para atacar un libro reciente, The Hynek UFO Report, uno
de los tres ítems enumerados para someter a recensión en su artículo. El autor,
Dr. J. Allen Hynek, es presentado simplemente como «profesor de astronomía de
la Universidad del Noroeste… Comenzó siendo un desmitificador pero ahora está
firmemente convencido de que hay algo paranormal —no sabe exactamente qué—
detrás de las oleadas de OVNIS». A continuación Gardner dispara sus obuses,
siendo el blanco de su ataque una entrevista periodística informal e
intrascendente con Hynek, publicada en otra parte. Gardner también presenta
como evidencia de la estupidez del fenómeno OVNI esta información: «… tras
veinte años de investigación el Ejército del Aire decidió finalmente que no
había nada extraordinario viajando sobre nuestras cabezas».
Al lector inocente quizá le habría gustado saber que durante esos veinte años
este mismo profesor Hynek fue el asesor científico del Ejército del Aire en
materia de OVNIS, que dedicó gran parte de aquellos años a ser el
desmitificador oficial más importante —¿recuerdan el «gas de los pantanos», una
de sus explicaciones menos inspiradas?— y que ahora se toma el fenómeno OVNI
muy en serio precisamente debido a la persuasiva evidencia que ha acumulado a
través de estos veinte años de investigación para el Ejercito del Aire.
Gardner podría habernos contado otra cosa sobre el contenido de este libro
presuntamente revisado por él. The Hynek UFO Report constituye un estudio y
análisis estadístico de los propios archivos del Ejercito del Aire sobre OVNIS,
un examen de los 13.134 informes reunidos durante los veinte años que Hynek
sirvió como asesor. Como tal, el libro es un documento importante y
rigurosamente enfocado, escrito por uno de sus participantes.
Ocultar el contenido del libro sometido a revisión y olvidar mencionar la
posición ventajosa y credenciales únicas de su autor ya son detalles
suficientemente malos, pero el uso que hace Gardner de una película que no le
ha gustado para atacar algo tan complejo y variopinto como el fenómeno OVNI,
resulta absurdo. Es algo así como emplear la banalidad de The Defiant Ones (El desafío)
de Stanley Kramer para desacreditar el movimiento sudista pro derechos civiles,
o aprovechar películas de Meliès y ficciones de H. G. Wells para atacar los
proyectos más complicados de la NASA.
La desinformación y prestidigitación retórica abundan en la recensión de
Gardner: «el Informe Condon puede resumirse en una sola frase: No hay ningún
OVNI que no pueda ser explicado en términos de engaños, alucinaciones y
honestas identificaciones erróneas». El hecho es que más de un 25 por 100 de
los informes de OVNIS estudiados por los científicos del Condon se quedaron sin
identificar. Las conclusiones de cada caso estudiado uno a uno resultan
especialmente reveladoras, como sucede en este ejemplo: «aunque no pueden
descartarse explicaciones convencionales o naturales, dicha probabilidad parece
baja en este caso, y la probabilidad de que al menos se encontrara implicado un
OVNI genuino parece extremadamente alta». Otra, «Parece que esta visión desafía
toda explicación a cargo de los medios convencionales». Y una «solución»
maravillosamente sofisticada «Esta visión insólita debe, por tanto, ser
asignada a la categoría de algunos fenómenos que casi ciertamente nunca han
sido registrados antes» —en otras palabras, no me gustan las implicaciones de
este informe, así que me inventaré un milagro «natural» en lugar de otro
perturbador, posiblemente «antinatural».
El artículo de Gardner también da a entender la existencia de cierto consenso
ante científicos en el sentido de que el fenómeno OVNI no merece ser considerado,
pero de nuevo este consenso es una invención retórica. Recientemente los 2.611
miembros de la Sociedad Astronómica Americana han recibido cuestionarios sobre
el tema OVNIS. Más de la mitad han respondido, un 53 por 100 de ellos han dicho
que el fenómeno OVNI «probablemente» o «ciertamente» merece estudio científico
(un 17 por 100 ha dicho «probablemente no» y no más de un 3 por 100 ha dicho
«ciertamente no»).
El ataque de Gardner llevaba consigo un intento de vincular el fenómeno OVNI a
todo lo que va desde la teología cristiana hasta el Ratón Pérez, pero el
problema es que los astronautas Slyton, Cooper y McDivitt informaron de
visiones de OVNIS, no del Ratón Pérez. El presidente Carter, que yo sepa, nunca
ha afirmado haber visto un ángel, aunque sí archivó un informe sobre OVNIS
mientras fue gobernador de Georgia. Ninguna investigación científica a gran
escala, que yo sepa, ha emprendido jamás el estudio de duendes y fantasmas, ni
los cientos de astrónomos antes mencionados sugerirían «probablemente» ni
«ciertamente» que se emprendiera dicha investigación. El Sr. Gardner encuentra
más cómodo considerar la película de Spielberg como si constituyera el problema
de los OVNIS, en lugar de los datos del Ejército del Aire que Hynek presenta.
Debería haberse saltado la película y haber leído el libro.
Budd HOPKINS
A
esto respondí:
La
muestra más evidente de la ofuscación verbal de Budd Hopkins es precisamente lo
que yo trataba de aclarar en mi recensión. Una cosa es decir que hay un objeto
«no identificado» en el cielo, y otra bastante diferente catalogarlo como nave
espacial extraterresre. Los partidarios de los OVNIS siempre están señalando
que los astronautas han informado sobre OVNIS. Esto causa impresión hasta que
uno se da cuenta de que no significa nada más que el hecho de que han informado
haber visto algo que no han podido identificar. En este sentido literal, casi
todo el mundo, incluyendo Jimmy Carter, ha visto OVNIS. Yo mismo vi uno
aterrador cuando tenía unos diez años, mientras miraba por una ventana, tumbado
despierto una noche de verano en Oklahoma. Mi sospecha ahora es que vi un
meteorito (dividido en dos partes, cada una de las cuales continuaba avanzando
a través del cielo), pero ¿cómo puedo estar seguro?
El desdibujamiento de Hopkins de la distinción entre «no identificado» y «nave
espacial extraterrestre» va más allá de su objeción a mi resumen del Informe
Condon. Yo no he dicho que este informe dijera que todos los datos habían sido
explicados. Yo dije exactamente que el Informe concluía que todos los datos
podían ser explicados. Me tomé considerables molestias con el fin de dar
razones por las que la naturaleza del caso es que hay muchas visiones acerca de
las que la información disponible resulte insuficiente para dar una explicación
precisa. No se sigue más que estos OVNIS sean naves espaciales alienígenas de
lo que se sigue de un ruido inidentificado en un radio-telescopio que los
alienígenas estén intentando comunicarse con nosotros.
Mi afirmación de que existe cierto consenso entre científicos en el sentido de
que los OVNIS no son naves espaciales alienígenas no ha sido desmentida en
absoluto por los astrónomos que respondieron al cuestionario citado por
Hopkins. Sobre este estudio véanse de Philip Klass y John Robinson en el número
de otoño/invierno de 1977 de Zetetic, con réplicas de P. A. Sturrock, el
ufólogo que realizó el estudio. Entre aquellos que se molestaron en responder
al cuestionario de elección múltiple, un 23 por 100 pensaba que «el problema de
los OVNIS ciertamente merece estudio científico», un 30 por 100 pensaba que
«probablemente», un 27 por 100 señaló «posiblemente», un 17 por 100 señaló
«probablemente no», y el 3 por 100 restante señaló «ciertamente no».
De haber tenido que responder a este cuestionario, yo habría señalado sin dudar
«ciertamente lo merece». Nadie duda de la existencia del «problema de los
OVNIS». Creo que merece un estudio serio por parte de psicólogos y sociólogos,
como todas las creencias maniáticas de larga duración similares. Hopkins no
añade que otra parte del mismo cuestionario ofrecía a los astrónomos una
elección de ocho explicaciones para los OVNIS. Un 90 por 100 afirmaron que
tenían explicaciones «prosaico-terrestres», otro 7 por 100 señalaron «una causa
que el que responde no puede especificar», y el otro 3 por 100 señaló la
hipótesis de una tecnología extraterrestre. Nótese el perfecto balance. Un 3
por 100 eran creyentes genuinos como el Dr. Hynek, y otro 3 por 100 opinaba que
era una pérdida de tiempo investigar los informes sobre OVNIS.
El uso que hace Hopkins de este estudio para dar la impresión de que un 53 por
100 de astrónomos americanos comparten las disparatadas ideas del Dr. Hynek
constituye un claro ejemplo del modo en que los resultados del estudio han sido
distorsionados por los creyentes, y de lo que se queja el propio Sturrock en
sus réplicas a sus críticos.
Martin GARDNER
Mientras
escribo esto, Close Encounters vuelve a aparecer en las
carteleras. Spielberg ha suprimido quince minutos y añadido veinte minutos de
viejas tomas de exteriores y nuevo metraje, fundamentalmente para incorporar
escenas en el interior de la nave madre y sugerir una conclusión. Yo no he
visto la versión corregida.
Tuve ocasión de ver a Hynek, junto con Edgar Mitchell, Betty Hill, George
Barski y Robert Jastrow, en calidad de invitado al programa de televisión de
Stanley Seigel, el 30 de diciembre de 1977. Mitchell dijo que consideraba
«probable» que los OVNIS fueran extra-terrestres, que él era un hombre
«religioso», y que los OVNIS «podrían» haber venido para ayudar a la humanidad.
Hynek, sin embargo, se mostró más cauteloso. Admitió que Close
Encounters era demasiado dramática, pero elogió los conocimientos de
ufología de Spielberg y dijo que todo lo que aparecía en la película estaba
basado en informes reales.
Betty Hill, cuyo encuentro (junto con su marido ahora fallecido, Barrey)
constituyó la base de un libro de John G. Fuller, volvió a contar su
descabellado relato por enésima vez. Describió el tipo de cabeza de una de las
criaturas que la había «arrastrado a bordo» del OVNI, y dijo que la cabeza de
muñeca Kewpie que aparece en Close Encounters estaba basada en
aquélla. Uno de los alienígenas le había hablado en inglés, y ella guarda un
vestido rasgado para demostrar que luchó con ellos. Tanto Mitchell como Hynek
parecían incómodos mientras ella parloteaba sobre el asunto, aunque ninguno de
ellos emitió una sola observación de crítica.
Barski, un caballero de edad madura que posee un almacén de licores, contó el
relato de su encuentro en la segunda fase. Todo lo que hizo fue observar desde
su coche mientras diez criaturas, o más, procedentes de un OVNI cilíndrico
tomaban muestras de la Tierra. Medían aproximadamente un metro de altura y
parecían, según dijo, niños en traje espacial.
Jastrow señaló que si existen seres inteligentes en alguna parte del universo
probablemente estarán millones de años por delante de nosotros y por lo tanto
resulta extremadamente improbable que tengan aspecto de niños humanos en traje
espacial. El problema con todas las historias de contactos, dijo con mucha
sensatez, es que las criaturas nunca hablan ni se comportan de un modo que
corresponda a seres avanzados. Yo diría que hablan y actúan exactamente como se
imagina la gente ignorante que lo hacen las criaturas de otros mundos.
La amistad entre Hynek y Vallee se enfrió de repente en 1979, pero permítame
primero retroceder un poco y resumir la extraña carrera de Vallee. Sus dos
primeros libros de ufología, Anatomy of a Phenomenon (Anatomía
de un fenómeno) (Regnery, 1965) y Challenge to Science (Desafío
a la ciencia) (Regnery, 1966), se mostraron claramente a favor de la idea, que
entonces prevalecía entre los partidarios de los OVNIS, de que éstos son naves
espaciales alienígenas. El segundo libro, que Vallee escribió con la
colaboración de su esposa, Janine, presenta una introducción de Hynek.
Vallee se hizo ciudadano de los Estados Unidos en 1967 y en la actualidad vive
cerca de San Francisco, donde dirige su Infomedia Corporation. Posee una
licenciatura francesa en astrofísica y un doctorado de la Universidad
Northwestern en informática.
En 1969 Regnery publicó el tercer libro de Vallee, Passport to Magonia (Pasaporte
a Magonia), que marcaba su primera gran incursión en el espacio mental.
Defendía que los OVNIS probablemente no sean naves espaciales
de verdad. Es más probable que se trate de fenómenos paranormales, como sugirió
Jung. Vallee los comparaba de forma explícita a las hadas que todo el mundo
parecía ver en la época de Conan Doyle.
El siguiente libro de Vallee, The Invisible College (La
escuela invisible) (Dutton, 1975), introdujo su concepto de «sistema de
control». Los OVNIS son mitos creados por fuerzas paranormales desconocidas. El
título del libro hace referencia a una red secreta de personas, organizada por
Vallee, dedicada a estudiar seriamente los OVNIS. La misma hipótesis paranormal
domina The Edge of Reality (El borde de la realidad) (Regnery,
1975), que Vallee escribió en colaboración con Hynek. «Existe un objeto físico
—dijo Vallee en una entrevista publicada en Fate (febrero de
1978)—. Quizá sea un platillo volante o quizá sea una proyección, o tal vez
algo completamente diferente.» Sea lo que sea, «tiene la habilidad de crear una
distorsión del sentido de la realidad o de sustituir las sensaciones reales por
otras artificiales… Se encuentra implicada una extraña especie de ilusión».
¡Ilusión! Esta idea temeraria alcanzó su punto culminante en el último libro de
Vallee, Messengers of Deception (Mensajeros de la ilusión)
(And/or Press, 1979). En esta estúpida obra paranoide, Vallee expone la
hipótesis de que los OVNIS sean el producto de una ilusión humana
deliberadamente creada por altos responsables gubernamentales, posiblemente un
esfuerzo conjunto de los gobiernos más importantes del mundo similar a las
tretas que utilizaron contra Hitler durante las Segunda Guerra Mundial. El
propósito de la trama es extender la irracionalidad por todo el mundo, una
irracionalidad que podría echar a perder a la humanidad y conducir a otra Edad
del Obscurantismo. Los OVNIS no proceden del espacio exterior. Están creados
aquí en la tierra gracias a una «tecnología psicotrónica» avanzada. Son algo
real, desde luego, y pueden realizar todo tipo de terribles cosas físicas, como
por ejemplo, mutilar ganado. ¿Qué es exactamente un OVNI? «No sé lo que es
—respondió Vallee a Christopher Evans en una entrevista para Omni (enero
de 1980)—. Parece que se trata de un montón de energía electromagnética en
forma de microondas, en un espacio pequeño, y una intensa luz de color.»
Hynek no comulga con esta teoría basada en una conspiración terrestre. Le
exaspera especialmente la sugerencia de Vallee de que hay agentes de la Gran
Trama infiltrados en numerosas organizaciones y actividades relacionadas con
los OVNIS, ¡incluyendo el propio Centro de Hynek para estudiosos sobre OVNIS!
Esto fue demasiado. Hynek demolió la teoría de la trama en su artículo
«Messengers of Deception, Or Who’s Manipulating Whom?», en Second Look (mayo
de 1979). (Mensajeros de la ilusión o ¿Quién está manipulando a quién?)
Hynek afirma no saber lo que son los OVNIS. En su conferencia titulada «What I
Really Believe About UFOS» ( Proceedings of the First International UFO
Congress, recopilada y editada por Curtís G. Fuller, Warner Paperback,
1980), Hynek decía sencillamente lo siguiente: «Existe evidencia firme de que
los OVNIS son naves espaciales de verdad controladas por ETI (Inteligencia
extraterrestre), así como evidencia igualmente firme de que son fenómenos
psíquicos controlados por EDI (inteligencia extradimensional de alguna realidad
paralela)». Hynek propone una tercera posibilidad: «Son tanto físicos como psíquicos,
tanto materiales como mentales.»
Hynek declara que no «apoya» ninguna de estas teorías. Fueron encarecidamente
debatidas en el congreso de 1977 en el que habló Hynek, congreso que fue
patrocinado por la gran «revista científica» Fate. Las actas, a menos
que el lector sea un creyente acérrimo de los OVNIS, resultan más divertidas
que un libro de Velikovsky. Hynek no quería ofender a nadie de los que le
escuchaban, pero no dejó ninguna duda sobre su creencia en que los OVNIS
plantean un profundo misterio a la ciencia y en que nos hallamos en una
posición similar a la de Galileo intentando comprender las manchas solares.
Estamos en el umbral de un importante avance científico, aunque Hynek desconoce
exactamente cuál será. Afirma que la gente de los siglos venideros volverá sus
ojos hacia nosotros y dirá: «Realmente eran estúpidos en aquella época. Ni
siquiera sabían lo que eran los OVNIS.» Doyle se sentía exactamente de la misma
forma con respecto a sus fantasmas y hadas, pero en lugar de que la gente ahora
mire hacia atrás y diga que los escépticos eran estúpidos —ni siquiera conocían
las hadas ni el ectoplasma— miran hacia atrás y se maravillan de lo estúpido
que era Doyle.
En lo que respecta a escépticos estúpidos como Carl Sagan, Phil Klass, y yo
mismo, que consideramos la locura de los OVNIS nada más que un fenómeno
socio-psicológico, somos lo que Vallee llama «idiotas útiles», que nos dejamos
manipular por cualquier gobierno o ejército diabólico que esté detrás de la
gran ilusión de los OVNIS. ¿Se cree Vallee realmente todo esto? Me gustaría
poder decir que no y acusarle de charlatán interesante, pero me temo que la
respuesta es sí[158].
No estoy tan seguro con respecto a Charles Berlitz. Hizo su primer montón de
dinero con El triángulo de las Bermudas y ahora vuelve a
intentarlo con The Roswell Incident (Grosset & Dunlap,
1980), en el que tanto él como su co-autor nos hablan del platillo volante que
se estrelló cerca de Roswell, Nuevo México, en 1947. El Ejército del Aire
continúa diciendo que aquello fue sólo un globo meteorológico y su instrumental,
pero Berlitz sabe muy bien lo que fue. Fue una nave procedente del espacio
exterior, y la CIA oculta los restos materiales y los cuerpos de los
extraterrestres en un almacén secreto de Virginia. Sí, Virginia, los
alienígenas están precisamente allí, y «nos encontramos a las puertas del
relato de la noticia más importante del siglo veinte…».
Decía Discoverer (en su recensión de octubre de 1980 de esta
última muestra de tontería ufológica); «Cualquiera que crea que un secreto así
pudo ser guardado por seis administraciones diferentes en una ciudad tan
cotilla como Washington se merece a Charles Berlitz.»
34. Cuatro argumentos en defensa de la eliminación de la
televisión[159]
Hace
varios años leí algo sobre un hombre que estaba tan harto de las monsergas en
su televisor que voló la pantalla de un disparo. De entonces acá, las monsergas
son peores —no hay mal que por bien no venga— y ahora aparece Four
Arguments for the Elimmation of Televisio (Cuatro argumentos en
defensa de la eliminación de la televisión) (Morrow, 1978), escrito por un ex
ejecutivo publicitario con el inverosímil nombre de Jerry Mander, que nos dice
exactamente lo que tenemos que hacer. Destruir un solo televisor no resolverá
el problema. Mander dice que debemos exterminar la televisión
totalmente.
No está de broma. Mander defiende que la naturaleza de la televisión es tan
insidiosa que «no es reformable». La compara al armamento militar. No se puede
rehabilitar una bomba. «La televisión debe ser eliminada por completo.» De lo
contrario la sociedad irá derecha hacia las pesadillas de Un mundo
feliz y 1984.
En opinión de Mander los Estados Unidos ya son una dictadura de castas. El Gran
Hermano es el Gran Comercio. Únicamente el Gran Comercio tiene acceso a las
cadenas de televisión. Esto le permite controlar la programación y emplear la
televisión para reducir a los espectadores a robots. Incapaz de distinguir
entre realidad y fantasía televisiva, el homogeneízado y magnetizado público
sufre un lavado de cerebro dirigido a la compra de un sinfín de productos que
nadie necesita. El rico se hace aún más rico mientras que los embaucados
consumidores, sentados como en trance ante las pantallas de sus televisores, van
deteriorándose poco a poco, mental, emocional y físicamente.
Si Mander hubiera escrito únicamente su primer capítulo sobre los efectos
nocivos de la televisión, y luego hubiera utilizado el resto del libro para
mostrar por qué no se puede reformar la televisión, para explicar cómo
eliminarla definitivamente y explorar las implicaciones de un paso tan radical,
su libro podría haber sido digno de ser leído. En lugar de eso, Mander da
muchos rodeos, detallando males que ya conocemos y mezclándolos con males dudosos
que ignoramos.
Todos nosotros tenemos conocimiento del monstruoso poder publicitario de la
televisión. Todos sabemos que la televisión corrompe la democracia, ocultando
el verdadero carácter de los líderes políticos tras unas imágenes televisivas
cuidadosamente ideadas. Todos sabemos que cada año son más las personas que se
colocan durante largos períodos pegados a la caja tonta. ¿Quién duda que los
niños teleadictos estarían más sanos jugueteando al aire libre y al sol?
Desgraciadamente, Mander no se contenta con lo obvio; tiene que insistir en sus
argumentos hasta el límite de la pseudociencia.
Consideren a John Ott, un ex banquero que publicó un libro en 1973
titulado Health and Light (Salud y luz). Según Ott, todas las
luces artificiales son perjudiciales, pero algunas lo son más que otras. La luz
fluorescente es particularmente nociva. Cuando es rosa hasta puede producir
cáncer en ratas. La televisión en color emite luz visible menos peligrosa que
la televisión en blanco y negro porque la luz de aquélla abarca un más amplio
espectro, pero nos perjudica más porque también emite rayos X. Si examinan la
sección dedicada a Ott en el gran tratado científico The Secret Life of
Plants[160] (La
vida secreta de las plantas), obtendrán más detalles sobre la razón por la que
Ott considera la «desiluminación» tan peligrosa como la desnutrición. Su
«instituto de investigación» de Sarasota ha demostrado que la televisión en
color convierte a los niños en seres hiperactivos, marchita las plantas de
judías y reduce las camadas de las ratas que viven en un radio de cuatro metros
y medio. Mander se toma todo esto en serio. Considera absolutamente posible que
la televisión en color pueda producir cáncer en el hombre.
Y eso no es todo. Comentando el libro de Anne Kent Rush Moon, Moon (Luna,
luna), explica la existencia de cierta correlación entre las longitudes de onda
de la luz y las «resonancias» de la comida. A menos que la luz que nos llegue
presente las longitudes de onda adecuadas, el hierro o calcio de nuestros
alimentos no será beneficioso. También son importantes los colores de los
alimentos. Para dolencias de pulmón es bueno comer alimentos blancos como los
nabos. Para problemas de corazón, se deben comer alimentos rojos como las
remolachas. Los intestinos necesitan alimentos rosas, y el bazo los necesita
verdes. Mander se lo traga todo. Sospecha que la luz fosforescente que emite la
televisión en color, «proyectada a 25.000 voltios directamente a los ojos
humanos y de ahí al sistema endocrino», nos está perjudicando.
La televisión no solamente está inundando nuestros cuerpos de horrendas
vibraciones, sino que también satura nuestras mentes de terribles imágenes
—imágenes que destacan la guerra sobre la paz, la violencia sobre la no
violencia, el carisma sobre la producencia, el sexo sobre el amor, lo bizarro
sobre lo normal, y así sucesivamente. A título de refuerzo de sus ideas de que
tales imágenes pueden dañar nuestra salud («ver Kojak significa
absorber su carácter»), Mander cita la «terapia autógena» de J. H. Shultz. Esta
novedad curativa europea conduce a la gente a través de imaginarios recorridos
por su interior, «descubriendo visualmente sus órganos… e imaginándolos funcionales
y sanos». Carl Simonton emplea una «terapia de imagen» similar para curar el
cáncer[161]. Las
buenas imágenes curan; las malas nos hacen enfermar.
Mander alcanza las máximas cotas de absurdo cuando acusa a la pantalla de
televisión de constituir un substituto artificial del mundo real. Para empezar,
la pantalla es plana. Mander también nos recuerda, que Dios me ayude, que no
puede aportarnos sabor, olor ni tacto. (Quizá ustedes pensarán que señalaría
cómo la televisión en color es mucho mejor que las películas en blanco y negro,
pero su libro está desprovisto de sutilezas como ésa.)
Y lo que es peor, las imágenes televisivas cambian continuamente de forma
abrupta para mantener nuestra atención. El mundo real no se comporta así. Hasta
el movimiento en la pantalla, explica, es falso; es una ilusión producida por
pequeños puntos que centellean a medida que la pantalla es explorada por un haz
de electrones. Nunca se le ha ocurrido a Mander que fijar la vista sobre una
página impresa, cosa que me vi obligado a hacer durante varias horas con el fin
de terminar su mentecato e irrelevante libro, significa mirar fijamente a algo
aún menos parecido al mundo real que la televisión.
Cerca del final de la diatriba de Mander, quedé muy sorprendido cuando llegué a
su revelación del modo en que la sociedad puede abolir la televisión sin abolir
la tecnología. Resulta que él también desea abolir la tecnología. Bueno, no
tanto: sólo la que sobrepasa una determinada línea. ¿Y dónde está esa línea? Se
trata de la línea más allá de la cual las operaciones de la tecnología resultan
«demasiado complejas de entender para la mayoría de la gente».
Mander se da cuenta de que esto supone un gran alarde. Desea acabar del todo
con la energía nuclear, la comunicación por satélite, la tecnología de
microondas, la tecnología del láser, los bancos de datos, la ingeniería
genética y «miles de procesos más». Tendríamos que renunciar seguramente a los
ordenadores, coches, aviones, barcos, teléfonos, radios y películas. Tendrían
que desaparecer las lavadoras (¿quién sabe cómo funcionan sus programadores?),
incluso los modernos retretes con cisterna. ¿Conoce Mander lo suficientemente
bien su máquina de escribir como para repararla? ¿Escribió su libro con una
pluma de ave?
Mander es plenamente consciente de que la tecnología avanzada no puede ser
abolida sin derrocar al capitalismo. Una revolución como esa, admite Mander con
su alegre candor característico, resultaría más fácil que reformar la
televisión. Podríamos asimismo, según sus poco afortunadas palabras, ir por el
mal camino.
Una vez derrocado el capitalismo, ¿qué ocupará su lugar? El socialismo no,
porque Mander nos asegura que el control estatal de la televisión, como sucede
en la democrática Suecia o en la totalitaria Unión Soviética, es tan malo o
peor que el control del Gran Hermano Comercio. No obstante, finaliza su libro
sin dar más pistas acerca de la naturaleza del nuevo orden que tan
apasionadamente desea, de las que podría haber expresado cualquiera de los
líderes de la vieja Izquierda Nueva. Sólo podemos hacer conjeturas. Es de
presumir que se trate de alguna forma de anarquía agraria —todo el mundo a las
granjas, a vivir una vida sencilla.
Natural de Nueva York y graduado en la Wharton School de Finanzas y Comercio,
Mander dedicó quince santos años a las relaciones públicas y la publicidad
antes de descubrir el yoga, los mandalas, el movimiento ecológico y lo mucho
que odiaba su trabajo. Su agencia de publicidad de San Francisco fue
responsable del gran concurso de aviones de papel de Scientific
American, y el único libro anterior de Mander trata del modo de hacer
juguetes de esos. Al menos el hombre que disparó sobre su televisor destruyó un
aparato. Los destructores de maquinaria británicos se encargaron de machacar
cientos de sus odiadas máquinas. En la contraportada del libro de Mander, el
editor de Film Quarterly le compara a David y su honda. Es una
metáfora ingenua. El libro se parece más a un bombardero de papel hecho con
un kleenex doblado y lanzado contra el viento en la dirección
general de la Madison Avenue.
35. Cuatro libros sobre la teoría de catástrofes[162]
Si
el blanco y negro se mezclan, unen y amalgaman de mil maneras, ¿no hay ya negro
ni blanco?
POPE, Ensayo sobre el hombre
«Todas
las cosas —dijo Charles Peirce— nadan en continuos.» ¿A qué longitud de onda el
azul se convierte en verde? ¿Cuándo se convierte un niño en un púber? ¿Viven
los virus? ¿Piensan las vacas? También resulta obvio que hay «cosas» discretas
que nadan en estos espectros, y a veces saltan de una parte de un espectro a
otra. El día se desvanece en la noche, pero cuando se da a un interruptor, se
produce oscuridad al instante. Uno se puede imaginar a un hipopótamo
convirtiéndose a pasos imperceptibles en una violeta, pero, como en una ocasión
preguntó Charles Fort, ¿quién enviaría a una dama un ramito de hipopótamos?
El mundo abstracto de la matemática pura muestra la misma mezcla alocada de
continuos y discretos. Los números enteros aparecen a saltos, pero los números
reales forman un continuo tan denso que no tiene sentido preguntar qué número
real viene después de un número entero cualquiera. Entre 2 y 2.000…1, donde los
puntos representan, digamos, diez mil millones de ceros, existe una incontable
infinidad de otros números reales. Las funciones continuas a menudo se
representan como curvas con máximos y mínimos bien definidos, así como con
singularidades que pueden ser más pronunciadas que puntas de lanza.
Las continuidades y discontinuidades de la matemática, por razones que
preocupan a los filósofos, se ajustan al mundo real con increíble precisión.
Sumen dos gatos a dos gatos. ¡Ajajá! Tienen cuatro gatos. Apliquen el cálculo a
los movimientos uniformes de la tierra, el sol y la luna y podrán predecir con fantástica
precisión el abrupto comienzo de un eclipse.
Constituye un error ingenuo suponer que el cálculo únicamente se ocupa de la
uniformidad. Igual que el mundo real, también opera con la brusquedad. Lancen
una pelota de aquí a allí. En la parte más alta de su trayectoria aparece una
singularidad, allí donde efectúa un cambio brusco de un tipo de conducta
(subir) a otro (caer). En el idioma del cálculo, la derivada que mide su tasa
de cambio vertical pasa a ser cero. Acontecimientos más complicados pueden
implicar muchas variables cambiando cada una de ellas de manera uniforme, pero
el sistema puede alcanzar puntos críticos en los que se lanzará repentinamente
de un estado a otro. Durante siglos los matemáticos aplicaron el cálculo a
estas singularidades, pero no fue hasta mediados los sesenta cuando René Thom,
un distinguido topólogo francés del Institute des Hautes Etudes Scientifiques,
cercano a París, acertó con un enfoque nuevo sorprendente. Thom llamó a estas
discontinuidades «catástrofes». Su obra en este campo, así como la obra de sus
discípulos, en seguida se dio a conocer como «teoría de catástrofe» o TC, para
abreviar.
El descubrimiento fundamental de Thon fue que en determinadas condiciones
definidas de forma precisa no hay más que siete tipos de catástrofes
elementales. Cada una de ellas lleva consigo un máximo de cuatro variables y
puede ser modelada en lo que los físicos llaman un «espacio físico» (en TC se
trata de un «espacio conductual») de dos a seis dimensiones. En estos espacios
abstractos la variación de un sistema se representa mediante el recorrido de un
solo punto que se desplaza sobre una «superficie conductual» uniforme. La
catástrofe sucede cuando el punto es obligado por la estructura a saltar de una
cara de la superficie a otra.
Los siete tipos de Thom aparecen definidos topológicamente, lo que significa
que las magnitudes reales de cada variable son irrelevantes. La topología es
una rama de la geometría que se ocupa únicamente de las propiedades que siguen
siendo las mismas independientemente de cómo se deforme una figura en un
espacio continuo. Imagínense una figura dibujada en una hoja de goma. Aunque
estiren, contraigan o doblen la hoja las propiedades topológicas de la figura
permanecen inalteradas; por ejemplo, si los puntos de una línea están
etiquetados como 1, 2, 3, 4, no pueden perder este orden. No hay forma de
deformar la hoja de modo que 3 deje de estar entre 2 y 4. Las siete catástrofes
elementales son como mapas sin escala trazados sobre superficies de goma. A su
manera son tan hermosos como los cinco sólidos platónicos.
La pelota lanzada ilustra la más sencilla de las siete. Thom la llamó
catástrofe «doblada» porque puede ser representada sobre una hoja corriente de
papel plegada por una línea que atraviese la singularidad de la curva. La
conducta de la pelota aparece mostrada por un punto que se desplaza por esta
curva. Cuando cruza el pliegue salta de ir hacia arriba a ir hacia abajo.
La siguiente catástrofe más simple, la «cúspide», es menos trivial. Su modelo
es tridimensional: una superficie bidimensional de modo que cuando es
proyectada sobre un plano, el pliegue proyecta una curva en forma de cúspide.
(Un ejemplo familiar de cúspide es la línea brillante, en forma de la parte de
arriba de un corazón, que a veces se ve en la superficie de una taza de café
bajo una fuerte luz sesgada. En el dibujo inferior, la cúspide aparece en la
parte más baja del diagrama.) La catástrofe «de cola de golondrina» aparece
modelada en cuatro dimensiones. Las catástrofes «mariposa», «umbilical
hiperbólica», y «umbilical elíptica» son pentadimensionales. La «umbilical
parabólica» requiere seis dimensiones. Hay infinitas catástrofes en espacios
superiores, pero todas las que presenten cuatro variables o menos son
topológicamente equivalentes a una de estas siete.
Modelo de catástrofe de cúspide de Zeeman que representa un perro provocado.
El pliegue en la superficie de la conducta M proyecta una cúspide sobre la
superficie de control C, donde el eje horizontal representa rabia versus miedo
y el eje vertical representa el cambio de la conducta neutral hasta el ataque o
la huida. Cuando el perro se siente provocado, su conducta resulta modelada por
un punto que recorre la superficie conductual. Su recorrido proyecta una
trayectoria sobre la superficie de control que aparece abajo. El punto parte de
3. A medida que el perro va sintiéndose más provocado, el punto tiene más
probabilidades de entrar en la cara de lucha a la derecha o en la de huida a la
izquierda. Pero en determinadas circunstancias, cuando el miedo y la rabia
tienden a ser iguales, el punto atraviesa un borde del pliegue donde se ve
obligado a saltar bruscamente hacia abajo, a huida, o hacia arriba, a lucha. En
la superficie inferior, estas trayectorias aparecen representadas como los
recorridos P1 y P2. Los puntos Q1 y Q2, donde una trayectoria corta la cúspide,
son los puntos de catástrofe en los que la conducta del perro se altera de
pronto.
Thom
comenta su obra y sus implicaciones biológicas en un libro notable, Structural
Stability and Morphogenesis (Estabilidad estructural y morfogénesis),
publicado en francés (por W. A. Benjamin, Reading, Mass.) en 1972 con un
prólogo de C. H. Waddington, genetista británico, ya fallecido, que fue el
primer científico destacado que acogió la TC con entusiasmo. (En 1975 Benjamin
publicó una traducción inglesa de D. H. Fowler.) E. Christopher Zeeman, actual
director del Mathematics Institute de la Universidad de Warwick, fue otro amigo
británico de Thom que se entusiasmó con su teoría. Un poco más joven que Thom,
también se había especializado en topología; se doctoró con una tesis sobre la
teoría de nudos. Tras algunos años de escribir y leer mucho sobre la TC, Zeeman
se convirtió en el primer jefe de fila de la teoría. En 1977 Addison-Wesley
publicó su Catastrophe Teory: Selected Papers 1972-1977.
Y en este momento ocurrió una cosa muy divertida en la historia de la
matemática moderna. El acontecimiento puede modelarse —el propio Zeeman así lo
hizo con mucha guasa— como catástrofe. Lo que normalmente hubiera sido un
descubrimiento técnico menor en materia de topología, de pronto se convirtió en
un culto de cruzados.
Todo empezó en Inglaterra en 1975 con un estallido publicitario. El programa de
televisión de la BBC Horizon proclamó la TC como gran avance
científico. El New Scientist, un popular semanario, anunció la
teoría en una portada que Alexander Woodcock y Monte Davis describen en su
libro Catastrophe Theory (Dutton, 1978), como algo semejante
al anuncio de una película truculenta de Hollywood. En Estados Unidos, la
teoría tuvo su primer gran empujón en Newsweek con un artículo
a doble página de Charles Panati, un periodista de lo paranormal a quien
debemos esa gran antología científica, The Geller Papers. Panati
subrayaba la aplicación de la TC a la conducta humana, citaba el sonoro
pronunciamiento de Zeeman «La teoría de catástrofes constituye un paso
importante hacia la conversión de las ciencias inexactas en exactas», y
declaraba que la TC era el desarrollo más importante acontecido en las
matemáticas después del cálculo. En abril de 1976 un artículo de Zeeman
en Scientific American sobre la TC añadió más prestigio a este
movimiento.
En mi opinión son tres las variables principales que subyacen a este
extraordinario brote de interés. «Al principio —como apuntan en su libro Tim
Poston y Ian Stewart (Catastrophe Theory and Its Applications,
Fearon-Pitmon, 1978)—, era Thom.» Su libro es una provocativa mezcolanza de
matemáticas, ciencias en todos los campos, metafísica nebulosa, especulación
impenetrable y propaganda sensacionalista. Aunque modesto en sus expectativas
de aplicaciones inmediatas, Thom ofrecía la TC como un nuevo «idioma» para la
ciencia, un nuevo «paradigma» que acabaría teniendo consecuencias
revolucionarias.
El segundo factor importante en el auge repentino de la TC fue la personalidad
carismática e ingeniosa de Zeeman. Hacía las delicias de sus alumnos
mostrándoles su «máquina catastrófica» —un disco giratorio de cartón con dos
bandas de goma— que representa la conducta de una cúspide. En 1975 se lanzó a
la primera batalla importante de la teoría aplicándola a un motín que había
tenido lugar en 1972 en la cárcel británica de Gartree. Su entusiasmo resultó
tan pegadizo como el descontento de los presos. Pronto apareció una pequeña
banda de seguidores, algunos de ellos alumnos suyos, que hacía sonar los
tambores de la catástrofe con el fervor de una banda callejera del Ejército de
Salvación.
El tercer factor fue la interacción entre la terminología de la TC y las
condiciones del momento. La palabra «catástrofe» suena a esperanzas y temores
apocalípticos. Uno piensa en bombas atómicas, grandes explosiones cosmológicas,
agujeros negros, terrorismo político, accidentes, incendios, revoluciones,
encuentros en la tercera fase y la Segunda Venida. ¡Teoría de catástrofes! ¿Qué
propagandista experto podría haber inventado un nombre mejor? De haberla
llamado Thom «teoría de la discontinuidad», probablemente sólo habrían oído
hablar de ella los matemáticos.
Dado que cualquier cambio brusco que surja de una confluencia de variables de
cambio uniforme puede ser descrito mediante un modelo de catástrofe, de ahí se
desprende que la TC puede invadir cualquier rama de la ciencia. En óptica se ha
aplicado con el éxito máximo a las cáusticas, curvas producidas por reflexión o
refracción, como por ejemplo la cúspide de una taza de café. Un arco iris es
una cáustica de colores modelada por la trivial catástrofe de doblez. Las
líneas blancas rizadas que se ven en el fondo de las piscinas son cáusticas.
Uno de los primeros triunfos de la TC fue probar que estas líneas fluctuantes
no se parecen a las grietas de desecación, sino que son triángulos alargados
con cúspide en los vértices.
La TC se aplica a cualquier tipo de flexión repentina, como por ejemplo el
pandeo de vigas cuando un puente se derrumba. Woodcock y Davis presentan como
ejemplo de catástrofe de cúspide una novedad muy conocida denominada disco
saltarín. Este disco de metal ligeramente combado se calienta, y la presión del
pulgar desplaza la curvatura hacia fuera. Colocado en el suelo, el disco se
mantiene estable hasta que el enfriamiento hace volver hacia dentro la
curvatura y envía al disco varios metros hacia arriba. Los magos realizan un
truco similar con una pelota de tenis. Practiquen un diminuto respiradero de
manera que la presión del dedo pulgar produzca un pequeño hoyuelo en la
superficie de la pelota. Coloquen la misma sobre un plano ligeramente inclinado,
en equilibrio sobre la concavidad invisible. A medida que el aire vuelva a
entrar lentamente en la pelota, desaparecerá el hoyuelo y la pelota empezará a
rodar de repente hacia abajo.
Cualquier transición de fase o simple fenómeno de umbral en física se debe a la
TC: la repentina congelación o ebullición del agua, la onda de choque producida
por el chasquido de un látigo o de un avión al romper la barrera del sonido y
así sucesivamente. Un terremoto constituye un ejemplo obvio. Los fenómenos
biológicos a los que Zeeman y otros han intentado aplicar la TC vienen
totalmente a cuento: la alteración de las proteínas cuando hervimos un huevo,
la repentina división de una célula, el disparo de un impulso nervioso, el
latido del corazón, mutaciones, plagas de insectos, la rápida evolución de una
especie nueva o la desaparición de otra vieja, la diferenciación de las células
embrionarias, el orgasmo.
La conducta animal está plagada de catástrofes. El ejemplo favorito de Zeeman
es la conducta de cúspide de un perro provocado poco a poco. Los impulsos
conflictivos de rabia y miedo no se anulan produciendo una conducta neutral. De
acuerdo con Zeeman y el modelo de cúspide, la conducta del perro diverge en una
de las dos direcciones que conducen o bien al ataque brusco o bien a la huida
repentina (véase la ilustración un poco antes, en este capítulo).
****HASTA
AQUÍ*****
Los
catastrofistas se ocupan de investigar fenómenos psicológicos del tipo
subrayado por la escuela de la Gestalt: inversiones de la perspectiva en
ilusiones ópticas, explosiones de ira, estallidos en lágrimas, decisiones
rápidas de casarse o divorciarse, ataques de nervios, reacciones «¡ajá!» en
materia de pensamiento creativo. Cuando Arquímedes corría desnudo por la calle
gritando «¡Eureka!» estaba celebrando una catástrofe cerebral. Zeeman ha
aplicado la mariposa a la psicosis denominada anorexia nerviosa (ayuno
compulsivo). John Allen Paulos, de la Universidad de Temple, está escribiendo
un libro sobre la TC y el humor —la construcción lenta de una broma hasta un
límite de fuerza que desencadena la carcajada explosiva. Dormirse y despertarse
son transiciones bruscas con modelos de cúspide. No puedo resistirme a la
tentación de citar un jugoso párrafo que descubrí en los Principles of
Psycology de William James, sobre la decisión catastrófica de
levantarse una fría mañana.
Sabemos
lo que es salir de la cama una heladora mañana en una habitación sin chimenea,
y cómo el mismo principio vital que hay dentro de nosotros protesta contra esta
severa experiencia. Probablemente la mayoría de la gente ha permanecido
acostada en determinadas mañanas hasta una hora más, pues en ese momento no era
capaz de animarse a tomar una determinación. Pensamos lo tarde que será, las
obligaciones que sufriremos durante el día; decimos, «debo levantarme», «esto
es vergonzoso», etc.; pero el cálido lecho resulta demasiado delicioso, el frío
del exterior demasiado cruel, y la resolución desaparece y se pospone una y
otra vez justo cuando parecíamos hallarnos a punto de agotar la resistencia y
pasar a emprender el acto decisivo. Ahora bien, ¿cómo acabamos levantándonos en
tales circunstancias? Si se me permite generalizar a partir de mi experiencia
propia, la mayoría de las veces nos levantamos sin ninguna lucha ni decisión de
ningún tipo. De repente descubrimos que nos hemos levantado. Se produce un afortunado
lapso de conciencia; olvidamos tanto el calorcito como el frío; caemos dentro
de alguna fantasía relacionada con la vida cotidiana, en el curso de la cual se
nos presenta la idea, «¡Caramba! No debo quedarme aquí más tiempo» —idea que en
ese afortunado instante no despierta sugerencias contradictorias ni
paralizantes, y en consecuencia produce inmediatamente sus efectos motores
apropiados. Era nuestra aguda conciencia tanto del calorcito como del frío
durante el período de lucha, lo que paralizaba nuestra actividad y mantenía
nuestra idea de levantarnos en la condición de deseo, y no de voluntad. En el
momento en que estas ideas inhibitorias han cesado, la idea original ha
ejercido sus efectos.
Las
ciencias sociales no se han escapado. Se han aplicado modelos de la TC a
quiebras de la bolsa, decisiones sindicales de ir a la huelga, cambios bruscos
de la opinión pública sobre algo, la conducta de pánico de las multitudes,
revoluciones, alteraciones del estatus social por matrimonio, la caída del
Imperio Romano, etc. La repentina subida de la Bolsa el pasado 14 de abril
constituyó una catástrofe económica. Robert Holt, experto en ciencias políticas
de la Universidad de Minnesota, opina que puede resultar de gran utilidad
analizar el comienzo y el fin de la Primera Guerra Mundial con modelos
catastróficos. Behavioral Sciencededicó su número de septiembre de
1978 a la TC.
Es importante destacar que ningún matemático discute la elegancia de los
modelos de Thom, ni niega su valor como metáforas descriptivas. Sin embargo,
una cosa es describir la naturaleza de una forma nueva, y otra bastante
diferente aplicar modelos que conduzcan a explicaciones y predicciones
significativas. No resulta difícil entender por qué la ausencia de tales
resultados, especialmente en las aplicaciones de la TC a las ciencias
«blandas», condujo a una segunda catástrofe —una enconada reacción de oposición
tanto por parte de matemáticos como de científicos.
En los Estados Unidos, el primer informe sobre esta reacción fue el artículo de
Gina Bari Kolata publicado en Sciences en 1977 (vol. 196, 15
de abril, 287 y ss.). En su escrito sobre «Teoría de catástrofes: El emperador
desnudo», Kolata revelaba que un gran número de eminentes matemáticos ostentaba
una baja opinión sobre la TC aplicada. Apuntaban la existencia de ramas bien
arraigadas de las matemáticas como, por ejemplo, la teoría de las ondas de
choque, la mecánica cuántica y la teoría de la bifurcación complejas. Aplicar
la TC a la biología y a la conducta humana supone poco más, según su opinión,
que describir una estructura familiar con una terminología nueva llena de
colorido. Estas nuevas descripciones son demasiado vagas y no cuantitativas
como para conducir a ideas que merezcan la pena. No nos dicen nada, según
opinión de los mismos críticos, que no sepamos ya.
Me viene a la memoria Kurt Lewin, el psicólogo alemán de la escuela de la
Gestalt que se apasionó de tal forma por los diagramas topológicos en los años
treinta que los aplicó a cientos de acontecimientos conductuales humanos. Igual
que la TC, la «psicología topológica» de Lewin hizo conversos temporales, e
incluso hubo una escuela de sociología topológica. Recientemente he releído a
algunos de los que eran partidarios y contrarios en este debate y me ha
sorprendido el gran parecido que guarda la retórica de entonces con la de la
actual controversia en torno a la TC. Incluso el espacio conductual de la TC
tiene su análogo en el «espacio vital» de Lewin. Sus diagramas parecían
prometedores en aquella época, pero en seguida resultó evidente que eran poco
más que estériles reafirmaciones de lo obvio.
Esta es exactamente la crítica que ahora se eleva contra los diagramas
topológicos más complicados de la TC. «No veo que ajustar la superficie de una
cúspide a un fenómeno que implique discontinuidad constituya un enorme avance
conceptual» ha señalado el topólogo John Guckenheimer, uno de los críticos más
suaves. Stephen Smale (que, como Thom, ha ganado la Fields Medal, el máximo
honor que puede recibir un matemático) ha declarado: «En cierto sentido rechazo
la teoría de catástrofes completamente. Tiene más de filosofía que de
matemática, y ni siquiera como filosofía puede aplicarse al mundo real.» Marc
Kac, otro destacado matemático, ha tachado al artículo de Zeeman en Scientific
American de «el colmo de la irresponsabilidad científica».
Hector Sussmann y Raphael Zahler, ambos de Rutgers, son los críticos más
descarados de la TC. No niegan que la TC tenga muchas aplicaciones útiles en
las ciencias físicas, pero dudan de su aplicabilidad a las ciencias biológicas
y sociales. «Los que proponen la teoría de catástrofes —han declarado
recientemente— han abrumado al público con un montón de pretensiones, pero la
realidad no consigue respaldarlas. Los grandes logros de la teoría de
catástrofes no son más que ilusiones… Consideramos que los proponentes… cometen
sistemáticamente errores matemáticos fundamentales, llegan a conclusiones que o
bien son falsas, vagas, sin sentido, o triviales, y a menudo tergiversan la
evidencia empírica.» En el próximo número de Synthese (volumen
37) aparecerá un largo y detallado ataque contra la TC aplicada firmado por
Sussman y Zahler.
Hasta aquí la tesis y la antítesis. Es demasiado pronto para saber qué forma
adoptará la síntesis (si es que llega a hacerlo), pero la mayoría de los
matemáticos en este momento están de parte de los críticos. Aquellos profanos
que carezcan de conocimientos en materia de TC, pero estén interesados en esa
sarcástica zacapela, no pueden hacer nada mejor que leer Catastrophe
Theory(Teoría de Catástrofes), el librito del biólogo Woodcock y el
escritor científico Davis. No se trata de un libro técnico, y aunque los
autores son firmes defensores de la TC aplicada, tratan de ofrecer un informe
imparcial de la oposición. Admiten que la TC hasta ahora ha demostrado poca
perfección excepto en física, pero son optimistas. «Algún día —escriben— quizá
llegue a ser tan natural hablar de una “situación cúspide”, o de un “compromiso
mariposa” como lo es hoy en día hablar del “punto de retorno decreciente” o de
un “salto cuántico”.» En contraste con el libro de estilo popular de Dutton, el
volumen de Poston y Stewart constituye un laborioso libro de texto de 491
páginas, pensado fundamentalmente para científicos firmemente asentados en el
cálculo e interesados en la aplicación de la TC a sus respectivos campos de
investigación. El libro está profusamente ilustrado, claramente escrito y
asombrosamente actualizado, considerando la rapidez con que proliferan trabajos
sobre la TC. Una valiosa bibliografía enumera más de 400 referencias.
La mitad del libro versa sobre las matemáticas de la TC y la otra mitad sobre
aplicaciones. Subraya las aplicaciones en física, dedicando atención especial a
aquellas áreas donde la TC está pasando de sus anteriores análisis puramente
cualitativos hacia métodos cuantitativos. Hay secciones dedicadas a la
aplicación de la TC a la estabilidad de navíos (con algunos resultados
recientes en embarcaciones de costados verticales como son las plataformas
perforadoras de petróleo), espejismos, ondas oceánicas, termodinámica,
magnetismo, y física del láser. Se presta escasa atención a las aplicaciones
biológicas, aunque los autores creen que la TC acabará desempeñando un papel
importante en este área. En el último capítulo se analizan las ciencias de la
conducta. «Si hay algún método matemático que pueda contribuir
al crecimiento de este tipo de sabiduría —predice la última frase del libro—,
la teoría de catástrofe formará parte del mismo».
Poston y Stewart no hacen ningún esfuerzo por responder con detalle a las
críticas de Sussmann y Zahler. Tampoco aparece en el índice, aunque hacen
mención a su próximo trabajo en Synthese diciendo que «ha
disfrutado de cierta notoriedad, pero su utilidad se ve seriamente echada a
perder por repetidos errores». A lo largo de todo el volumen la TC aparece
considerada como una poderosa herramienta nueva que acabará siendo útil en
todas las ciencias. El libro está dedicado «A Christopher Zeeman, a cuyos pies
nos sentamos, sobre cuyos hombros nos apoyamos» —una curiosa postura que no
parece muy estable[163].
Para cualquiera que esté interesado en las aplicaciones de la TC a la biología
y las ciencias sociales, la colección de trabajos de Zeeman resulta
indispensable. El libro es una fotocomposición de los artículos originales, más
una bibliografía y un índice general. El libro de Thom, que fue el que inició
todo esto, es mejor leerlo después de familiarizarse con las ideas básicas de
la TC. Tan probable es que su idiosincrática mezcla de matemáticas técnicas,
ciencia y meditaciones filosóficas inspire admiración, como desprecio o
frustración ante sus opacidades.
Aunque Thom no resulta fácil de entender, el centro de su visión está bastante
claro. Es el opuesto a una famosa afirmación de Paul Dirac que Thom cita como
sigue: «El objeto principal de los sistemas físicos no es la aportación de
descripciones, sino la formulación de leyes que gobiernan fenómenos, así como
la aplicación de esas leyes al descubrimiento de nuevos fenómenos. Si existe
una descripción, tanto mejor; pero la cuestión de si existe o no una descripción,
posee tan sólo una importancia secundaria.»
Para Thom la descripción posee una importancia fundamental. «Estoy seguro
—escribe— de que la mente humana no estaría plenamente satisfecha con un
universo en el que todo fenómeno estuviera gobernado por un proceso matemático
coherente pero totalmente abstracto. ¿Acaso no nos hallamos en el país de las
maravillas?» Describir simplemente un estado paradójico de cosas, como sucede
por ejemplo en tantas áreas de la mecánica cuántica, y dejarlo como está, equivale
para Thom a «sumergirse en una resignada incomprensión» —hábito que ahoga el
progreso científico porque conduce a la indiferencia. Debemos, recomienda Thom,
buscar constantemente modelos geométricos. «El dilema planteado por toda
explicación científica es éste: magia o geometría.» A un nivel más profundo,
incluso la geometría con éxito es magia en el sentido de que milagrosamente se
ajusta al mundo externo. Y toda la magia con éxito, añade Thom, es geometría.
Así pues, Thom considera la TC como una nueva manera de modelar lo que quizá
sea una realidad infinitamente compleja y básicamente incognoscible. Rompiendo
con los modelos cuantitativos y haciendo uso de la topología de espacios
dimensionales superiores e incluso infinitos, opina que por primera vez en la
historia disponemos de un método que, en último término, puede modelarlo todo.
«No cabe duda de que en el plano filosófico estos modelos poseen el máximo
interés inmediato», escribe Thom. Ofrecen el primer modelo rigurosamente
monista del ser humano y reducen la paradoja del alma y el cuerpo a un solo
objeto geométrico. Asimismo, en el plano de la dinámica biológica, combinan
causalidad y finalidad en un continuo topológico puro, contemplado desde
diferentes ángulos.
«¿Hacia dónde vamos?», como titulan Poston y Ste-wart su capítulo final.
Resulta concebible que la TC, como la teoría de la información y la teoría de
juegos, llegue a convertirse en una valiosa herramienta para las ciencias
conductuales. También es posible que, como las descripciones topológicas de
Lewin, esté destinada a morir igual que cualquier otro esfuerzo prematuro por
aplicar la geometría en áreas donde ello resulta trivial o equivocado. Lo más
probable es que su trayectoria tome un camino más discreto que rodee algún
lugar topológicamente intermedio.
Anexo
Considerando la naturaleza de mi recensión, recibí cartas inusualmente
cordiales de Tim Poston e Ian Stewart, así como de Monte Davis. Davis no estaba
de acuerdo con mi comparación entre la TC y la psicología topológica de Kurt
Lewin: no era matemática y no había ningún contenido matemático nuevo en sus
aventuradas aplicaciones de su «desleída, e incluso entonces obsoleta,
topología». Los tres afirmaban que la mayoría de los matemáticos ni estaban a
favor ni en contra de la TC, sino que profesaban una actitud de esperar y ver,
quizá un poco desconcertados por los entusiasmos de Zeeman y, al mismo tiempo,
disgustados por el tono airado de los críticos de la TC. Yo había sacado de
Davis la comparación de las siete catástrofes elementales con los sólidos
platónicos. Davis consideraba más indicada la analogía con las cuatro curvas de
sección cónica, especialmente dado que la transición de, digamos, un cometa de
una órbita elíptica a una trayectoria hiperbólica constituye una catástrofe.
Poco después de que apareciera mi recensión, vi un programa de televisión, a
cargo de Tom Stoppard, sobre el control político de los profesores en
Checoslovaquia. En una escena aparecía un filósofo palabrero discurseando sobre
las aplicaciones de la TC a la ética. Hace tiempo que los filósofos y teólogos
se apropiaron de la teoría de juegos, y supongo que sólo será cuestión de
tiempo que los teólogos protestantes, deseosos de estar al día, empiecen a
aplicar la TC a la Biblia. Puede que la TC contribuya a explicar por qué Jehová
decidió tan de repente ahogar a todos los hombres, mujeres, niños y animales
del mundo excepto a Noé y su familia. ¿La Cúspide del Calvario? ¿La Cola de
Golondrina de la Resurrección?
John Paulos, en lugar de escribir un libro sobre la TC y los chistes, ha sacado
un pequeño volumen de carácter más general titulado Mathematics and
Humor(Matemáticas y Humor) (University of Chicago Press, 1980). El capítulo
5 se titula «Modelo de la Teoría de Catástrofes para los chistes y el humor».
Los chistes son excelentes. Pero aparte de recordarnos que la línea de empuje
de un chiste desencadena esa loca convulsión que denominamos risa, considero
las aplicaciones de la TC que efectúa Paulos a sus chistes singularmente
desacertadas y casi tan divertidas como ellos.
36. Los maestros danzantes de Wu Li y Marea de vida[164]
Gary
Zuvak es un joven escritor que se ha adentrado de tal manera en las maravillas
psicodélicas de la relatividad y la mecánica cuántica (MC) que ha sentido la
necesidad de escribir un libro popular sobre ellas titulado The Dancing
Wu Li Masters (Los maestros danzantes de Wu Li) (Morrow, 1979). El
resultado es de lo más admirable. Zuvak es un expositor tan hábil, posee un
estilo tan agradable, que resultaría difícil imaginar a un profano que no
encontrara este libro delicioso e informativo.
Ahora unas palabras de atención. La mayoría de los amigos a los que Zuvak da
las gracias por haberle iniciado en los misterios de la física moderna están
profundamente relacionados con la filosofía oriental y/o la parapsicología.
Como resultado, todo el libro aparece profusamente coloreado de puntos de vista
que sostiene únicamente una pequeña minoría de físicos. Hace unos años el
físico Fritjof Capra escribió un libro similar,The Tao of Physics (El
Tao de la Física), en torno al leitmotiv de que la física
teórica está avanzando rápidamente hacia las ideas de la filosofía oriental. La
danza de Shiva, de la mitología hindú, era la dramática metáfora de Capra. Para
Zuvak, la metáfora pasa a los movimientos rítmicos del cuerpo propios del T’ai-chi.
Wu Li es una expresión china que hace referencia a la física. Zuvak ve
a los físicos de hoy no tratando ya de explicar la realidad última, el
incognoscible Tao, sino disfrutando únicamente de una especie de danza Wu
Li en armonía con las ondas y partículas danzantes del universo.
En ambos libros la danza está teñida de un idealismo y subjetivismo orientales.
A nivel microscópico, un sistema cuántico resulta radicalmente alterado siempre
que es observado. Un electrón, por ejemplo, no posee una posición definitiva
hasta que ésta resulta medida. Hasta el momento de la medida la naturaleza no
«decide» qué posición darle, asignando esta posición de un modo completamente
fortuito y acausal, pero de acuerdo con las probabilidades dadas en la función
de la onda del electrón. Desde aquí se salta fácilmente a la concepción de que
la física es, de algún modo, fundamentalmente un estudio de la conciencia, esa
magnífica expresión de reclamo de la contracultura. Se trata de un enfoque
«intimista» de la física. Uno de los capítulos de Zuvak de hecho se titula «El
papel del yo». «No se sorprendan —escribe— si el programa de la carrera de
física del siglo XXI incluye clases de meditación.»
Ningún físico niega que la medida de los sistemas cuánticos altere a éstos,
pero ello no quiere decir que no haya algo «ahí fuera», independiente de
nuestras mentes, que resulte alterado. Esta es una distinción que Zuvak empaña
constantemente. La mayoría de los físicos de hoy, así como la mayoría de los
filósofos de la ciencia, son «realistas» que encontrarán la epistemología
subjetiva de Zuvak tan vagamente definida como irritante.
Zuvak explica muy bien las clásicas paradojas de la MC que parecen sugerir una
visión subjetiva de la realidad, como el experimento de la doble rendija, la
paradoja del «gato de Schrödinger» (que no está vivo ni muerto hasta que
alguien lo mira) y la paradoja del «amigo de Wigner», en la que Eugene Wigner
(un famoso físico), que mira al gato, no es «real» hasta que un amigo le
observa, y así sucesivamente hasta una infinita regresión de observadores.
Resulta lamentable que tan sólo una pequeña nota de pie de página ofrezca la
concepción standard de que cuando se produce un acontecimiento irreversible
(como, por ejemplo, la muerte de un gato, el click de un contador geiger, o la
fotografía de la trayectoria de un electrón) dicho acontecimiento adquiere una
estructura tan independiente de la observación como un árbol o una estrella. El
libro es divertido de leer, pero en mi opinión comete el error de sacar
conclusiones metafísicas de la MC, igual que los antiguos escritos de sir James
Jeans y otros cometían el error de sacar conclusiones similares de la
relatividad.
La lectura de Lifetide (Marea de vida) de Lyall Watson (Simon
and Schuster, 1979) no resulta divertida, a menos que el lector sea tan crédulo
como el autor y se crea cincuenta cosas imposibles antes del desayuno. Según
dice la solapa, Watson posee un doctorado del Zoo de Londres, y éste es su
cuarto libro sobre lo paranormal. El título, Lifetide, procede de
la observación de Freud de que el ocultismo es una «marea negra». Watson no ve
nada negro en ello. Para él es el elan vital del filósofo
Henri Bergson, la fuerza vital que empapa a toda la naturaleza y es responsable
de la evolución y (atención al reclamo) la conciencia. Sus mareas surgen a
través de nuestro inconsciente, proporcionándole la fuerza oculta detrás de la
PES, precognición, psicocinesis y todas las demás maravillas psíquicas.
Convierte al universo en un solo organismo, «siempre móvil y vivo, espiritual y
material al mismo tiempo».
Lifetide es una especie de cajón de sastre en el que Watson arroja
cualquier cosa que se le ocurre que puede gustar a sus lectores. El principio
es típico. Una muchachita de Venecia coge una pelota de tenis, hace algo con
ella, y de repente la pelota que tiene en la mano ¡está completamente vuelta
del revés! Watson no consigue ver ningún agujero ni rendija. La pelota rebota.
Al cortarla comprueba que tiene dentro el esponjoso exterior. Más tarde la
joven repite el truco y Watson afirma haber tenido la milagrosa pelota sobre la
repisa de su chimenea durante dos días.
¿Qué ocurrió con la pelota? ¿Tuvo Watson el buen sentido de llevarla a un
laboratorio? De ser genuina, constituiría un artefacto de increíble
importancia. De ser un fraude, se podría detectar con gran facilidad. Sin
embargo, la pelota vuelta del revés desaparece de la narrativa de Watson y éste
pasa a relatar algo igualmente ridículo.
El libro alcanza sus cotas más altas de faramalla en una sección dedicada a los
platillos volantes. Siguiendo la pista de Carl Gustav Jung (Jung es el héroe
del libro —su nombre aparece en todas las páginas), Watson está convencido de
que los OVNIS son proyecciones psíquicas del inconsciente colectivo, no naves
con tuercas y tornillos procedentes del espacio exterior. No supongan que esto
significa que son etéreas. Cuando las ve un número suficiente de personas
adoptan la solidez de los objetos reales. Derriban árboles, abrasan la hierba,
derriten el asfalto, funden tejados de hojalata.
Watson cree todo lo que oye, y suponiendo ciertos los pavorosos poderes de la
«marea de vida», consigue explicarlo todo. Consideren el caso de las «hadas»
aladas que aparecían en unas fotografías tomadas por dos niñas y sobre el que
Sir Arthur Conan Doyle escribió un libro hace muchos años. La idea de que estas
dos niñas falsificaron aquellas fotos sobrepasa la escasa comprensión del Dr.
Watson. Para Watson, las niñas proyectan formas de pensamiento sobre la
película del mismo modo que, Ted Serios, aquel muchacho de Chicago ahora
olvidado, proyectaba antaño imágenes de pensamiento en película Polaroid —hasta
que su sencillo método fue descubierto en un número de Popular
Photography en 1960.
Pero aún hay más. El inconsciente colectivo también puede fabricar monstruos
como, por ejemplo, las serpientes de mar y los abominables hombres de las
nieves que, como los OVNIS, también se convierten en seres físicamente reales
cuando los ve la gente suficiente. Watson cita con aprobación a un
autodenominado físico de Alabama: «…en el lago Ness acabará viviendo una
familia de plesiosaurios».
¡Rápido, Watson, la aguja de acupuntura! Quiero comprobar si estoy dormido y
soñando con tu extravagante libro, o si realmente ha sido publicado por Simon
and Schuster, quienes dicen aquí en la solapa que se trata de un «brillante
enfoque ecléctico» de nuevas fronteras de la ciencia a cargo de un «dotado y
perceptivo autor».
Anexo
Entre las muchas recensiones que se han hecho del libro de Zuvak, una de las
mejores ha sido la de Jeremy Bernstein (New Yorker, 8 de octubre de
1979). Resumía perfectamente los volúmenes de Capra y Zuvak diciendo: «Un
físico que lea estos libros podría tener la misma sensación que alguien que al
pasar por una calle que le es familiar descubre que todas las casas viejas de
repente se han vuelto de color malva».[165] Lyall
Watson tuvo su primer éxito paranormal con Supernature (Doubleday,
1973). Continuó luego con The Romeo Error (El error de Romeo)
(Doubleday, 1974), y Gifts of Unknown Things (Los dones de lo
desconocido) (Simon and Schuster, 1977). The Romeo Error defiende
la reencarnación, las experiencias extracorpóreas y otras maravillas
relacionadas con la supervivencia después de la muerte. El libro de 1977 revela
casos como el de una muchachita de la isla volcánica de Nus Tarian, Indonesia,
que gozaba de tales poderes de curación psíquica que llegó a resucitar a un
muerto. Para escapar de la persecución de los musulmanes locales se convirtió
en marsopa. Los anuncios a toda página de este libro en New York Times
Book Reviewpresentaban citas delirantes de Adam Smith y Colin Wilson acerca
del mismo.
Watson siempre coloca el «Doctor en Filosofía» (Ph. D.) detrás de su nombre en
sus introducciones. Quedé asombrado al descubrir que realmente tiene ese
título. El Westfield College, de la Universidad de Londres, en realidad le dio
un título de Ph. D. en la rama de zoología en 1964. Que no decaiga la fiesta.
37. El cerebro de Broca[166]
Los
divulgadores científicos son una casta de chapuceros. En raras ocasiones un
gran científico cuya obra haya constituido un punto clave en la historia, como
por ejemplo Charles Darwin, ha sido un habilidoso escritor de libros que
cualquier profano podría leer con gusto. Sin embargo a la mayoría de los genios
de la ciencia les resulta difícil la escritura de divulgación, y aunque los
editores a veces les convencen de que lo intenten, los resultados rara vez son
notables. El mejor libro de Einstein para legos fue una colaboración con
Leopold Infeld. Niels Bohr luchó por explicar la mecánica cuántica a los
mortales comunes pero su estilo resultaba casi impenetrable. Al otro extremo
hallamos escritores como el legendario Isaac Asimov, quien, aun gozando de formación
científica, admite que su talento no estriba en hacer descubrimientos sino en
escribir sobre la ciencia con tal entusiasmo y tal obediencia a esa admirable
máxima de «evitar la ofuscación», que sus libros han hecho más por el
conocimiento público de la ciencia que veinte universidades.
En algún punto intermedio se encuentran aquellos que persiguen una distinguida
carrera científica además de poseer cierto don para la escritura descriptiva.
Piensen en T. H. Huxley, ese gran divulgador científico de nuestros días, y en
una larga cadena de astrónomos británicos —Robert Ball, Arthur Stanley
Eddington, James Jeans, Fred Hoyle, Dennis Sciama, por nombrar algunos— que
restaron dedicación a sus labores profesionales para explicar la astronomía al
público.
En Estados Unidos los dos astrónomos más conocidos entre los que actualmente
escriben libros para un público general son Robert Jastrow y Carl Sagan.
Jastrow, sin embargo, ha limitado su atención a la astronomía, mientras que
Sagan hace de todo. Dragons of Eden (Los dragones del Edén),
obra por la que recibió el Premio Pulitzer, trata sobre la evolución de la
inteligencia humana. Su libro recién publicado, Broca’s Brain (El
cerebro de Broca) (Random House, 1979), contiene veinticinco ensayos cortos, a
cuál más concreto y elocuente.
El ensayo que titula y abre el libro constituye un ejemplo típico de la
facilidad de Sagan para mezclar ciencia y filosofía. Entre los «innards» del
Musée de l’Homme, en París, escondido del público, se sorprende al encontrarse
con una larga colección de cerebros humanos. Fue iniciada por Paul Broca,
famoso neurólogo y antropólogo francés, y padre de la cirugía cerebral. El
«área de Broca», en la corteza cerebral próxima a la sien izquierda, es una
parte del cerebro que controla el habla. Sagan nos recuerda que el
descubrimiento de Broca de este área fue uno de los primeros descubrimientos de
las diferencias funcionales existentes entre los hemisferios derecho e
izquierdo del cerebro.
La etiqueta de un frasco atrapa la mirada de Sagan: «P. Broca». Sí, el propio
cerebro de Broca ha encontrado su camino en esta colección. Al coger el
recipiente en sus manos da comienzo una secuencia de pensamientos fantásticos
en el cerebro vivo de Sagan. ¿Sigue estando allí Broca en
algún sentido? ¿Encontrará la ciencia algún día el modo de explorar un cerebro
conservado y extraer sus recuerdos? ¿Sería buena semejante «ruptura definitiva
de la intimidad»?
Y a continuación Sagan se pregunta si existen cuestiones científicas que no
debieran plantearse. Considera un buen ejemplo. Si la humanidad fuera a
destruirse a sí misma en una guerra nuclear, ¿no sería mejor no hacerse
preguntas sobre la energía atómica? Todas las investigaciones científicas
llevan consigo riesgos, pero Sagan decide finalmente que a largo plazo lo mejor
es preguntarlo todo. El capítulo termina con Sagan preguntándose si esta idea
misma no podría «estar ahí, empapada en formol, en el cerebro de Broca».
En el segundo ensayo del libro, la microestructura de un grano de sal provoca
en Sagan la meditación en torno a qué porción del universo resulta cognoscible.
No es ninguna coincidencia que el capítulo siguiente verse sobre Albert
Einstein, porque Einstein consideró en profundidad esta misma cuestión, y en un
esbozo autobiográfico escribió sobre el modo en que su intento de conocer una
diminuta porción del inmenso universo, resplandeciente ante él como «un gran
enigma eterno», había sido la pasión dominante de su vida. (Los ensayos de
Sagan son independientes entre sí pero, ya nos lo dice él, están cuidadosamente
dispuestos.)
«En elogio de la Ciencia y la Tecnología» es un capítulo en el que Sagan no ve
la manera de invertir la dirección del peligroso camino por el que la ciencia
nos está impulsando. «Somos la primera especie que tenemos la evolución en
nuestras manos.» Junto a este poder también se encuentra, como sabemos
demasiado bien, el poder de autodestrucción. Que tomemos un ramal u otro
depende en parte del conocimiento público de la ciencia. Es aquí, afirma Sagan
rotundamente, donde los agentes más indicados para esa educación —la
televisión, las películas y la prensa— nos han fallado. No solamente su ciencia
es «a menudo espantosa, imprecisa, grave y toscamente caricaturizada», sino que
a veces incluso resulta hostil frente a la ciencia. Esta acusación nos
transporta a la siguiente sección del libro: «Los paradójicos».
Paradójico es un término amable y pasado de moda. Los científicos de hoy,
cuando hablan entre ellos, no dudan en hablar de chiflados y fanáticos. En
alocuciones más públicas los denominan pseudocientíficos. Estos no son
científicos con ideas excéntricas —esas ideas se publican constantemente en
revistas «establecidas»— sino excéntricos ignorantes que trabajan en áreas
bastante vistosas donde cualquier afirmación extraordinaria va acompañada de
sonoros clamores de trompeta con una extraordinaria ausencia de evidencia. En
este momento nuestro país está experimentando dos importantes tendencias
paradójicas.
Una es un subproducto de la nueva ola de fundamentalismo protestante. Está
generando un diluvio de libros y periódicos chiflados, que atacan la evolución
y reviven antiguas creencias en brujerías, espíritus malignos y posesiones
demoníacas. El gran éxito de El Exorcista y sus imitaciones
refleja esta ruin tendencia, y ahora tenemos El difunto Gran Planeta
Tierra narrado por (el universal) Orson Welles. Esta película, basada
en el descabellado libro del mismo nombre de Hal Lindsey (ventas: ¡10 millones
de ejemplares!), cuenta cómo nuestra vieja Tierra pronto fenecerá con la
aparición del Anti-Cristo, la batalla de Armagedon y la Segunda Venida. Están
floreciendo como nunca las fes apocalípticas más destacadas de América
—Adventismo del Séptimo Día, Testigos de Jehová, Mormones y todo un surtido de
denominaciones unipersonales que enfatizan la inminente Parusía (por ejemplo,
Billi Graham). (La Iglesia Mundial de Dios de Herbert Armstrong, que se hizo
fabulosamente rica ridiculizando la evolución y predicando una trivial variante
del Adventismo del Séptimo Día, parece haber sufrido un revés desde que el gran
padre excomulgó a su oriápico hijo y heredero, Garner Ted.)
Galopando junto al despertar fundamentalista, aparece la «explosión del
ocultismo» —la obsesión del público por la astrología[167], la
pseudociencia y todo lo paranormal. Estas dos tendencias se solapan, porque los
cristianos que creen en Satanás pueden aceptar todo lo que guarde relación con
presuntos fenómenos ultrajantes y atribuir la mayoría de ellos a ángeles
caídos, en lugar de a Dios o a la ciencia. Pocos científicos se molestan en
hablar claro de una u otra tendencia, y no resulta difícil entender por qué.
Considérese el caso curioso de Immanuel Velikovsky, cuyos libros están
estrechamente vinculados al revival fundamentalista. Creyente
devoto del judaísmo ortodoxo, el Dr. Velikovsky (con formación psicoanalítica)
se impuso a sí mismo la tarea de revisar las leyes de la astronomía y de la
física así como de reescribir enormes tochos de historia antigua, hasta dar
forma a un increíble relato acerca del planeta Venus, que «explicaría» los
milagros más importantes del Antiguo Testamento. La profusa publicidad que hizo
McMillan del primer libro de Velikovsky, Wolds in Collision (Mundos
en colisión), dejaba bien claro que el libro respaldaba la historicidad de los
milagros del Antiguo Testamento. No cabe duda de que este libro nunca habría
encontrado un importante editor, ni habría llegado a ser un best-seller, de no
haber tenido un gran atractivo para los religionarios de los viejos tiempos.
Velikovsky afirma que alrededor del año 1500 a. C., un enorme cometa, que
anteriormente había sido arrojado de Júpiter, rozó la Tierra en una o dos
ocasiones, explicando con ello el éxito de Josué cuando logró detener el Sol y
la Luna, el éxito de Moisés cuando dividió el mar Rojo, el origen del maná que
cayó del cielo, la plaga de langostas extraterrestres (estas langostas fueron
transportadas por el cometa), el diluvio de Noé y muchos otros acontecimientos
asombrosos del Antiguo Testamento, sin mencionar la formación de montañas y
depósitos de petróleo conocidos hace millones de años. Finalmente, el cometa
gigante, de alguna manera igualmente desconocida para los astrónomos, cambió
bruscamente su excéntrica órbita elíptica por una casi circular y se convirtió
en Venus. ¡Todo esto tan sólo hace unos cuantos miles de años!
Tanto para los astrónomos como para los físicos, sin excepción, el escenario de
Velikovsky resulta tan loco que la mayoría de ellos no ha encontrado ninguna
razón para perder el tiempo siquiera leyéndole. A favor de Sagan tenemos que
decir que percibió la aparición del culto a Velikovsky (en vociferosos
artículos en Harper’s, Reader’s Digest, miserables revistillas de
ocultismo como Fate, periódicos pseudoeruditos dedicados a Velikovsky
y así sucesivamente) como síntoma de una tendencia deplorable. A diferencia de
la mayoría de sus colegas, incluso para consternación de alguno que pensó que
estaba arriesgando su reputación, Sagan se molestó no solamente en leer a
Velikovsky sino también en descifrar, en un lenguaje que cualquiera pudiera
comprender, las meteduras de pata fundamentales del escenario central de
Velikovsky.
El capítulo de Sagan «Venus y el Dr. Velikovsky» constituye una pieza maestra
de retórica anti-anticiencia. No se me ocurre ningún trabajo en inglés que
pueda comparársele a excepción, quizá, del librito de H. G. Wells Mr.
Belloc Objets (Mr. Belloc objeta), en el que Wells desmenuzaba el
mal-informado esfuerzo de Hilaire Belloch por refutar la evolución.
Naturalmente, los admiradores de Velikovsky criticarán el ensayo de Sagan, y
exhalarán indignación por el dogmatismo de la ciencia establecida y la
«persecución» de un moderno Galileo. Incluso Belloc replicó a Wells con un
libro titulado Mr. Belloc Still Objects (Mr. Belloc sigue
objetando), en el que se mostraba a sí mismo más ignorante en materia de
ciencia de lo que anteriormente había parecido. Nadie que posea unos
conocimientos módicos de astronomía y física puede leer este capítulo de Sagan
sin captar el hecho de que no existe ningún desafío
velikovskyiano a la astronomía, nunca existió y nunca existirá. El gran clamor
es simplemente el ruido de un público ignorante en estado de ser poseído.
Aunque Sagan dedica más espacio a Velikovsky que a ningún otro paradójico, su
capítulo sobre «Paseantes nocturnos y vendedores de misterios» constituye un
divertido estudio del todavía creciente interés del público por lo paranormal.
Empieza hablando de Alejandro, el Uri Geller de los días de Marco Aurelio, un
hermoso charlatán psíquico sobre el que Lucio escribió un famoso
desenmascaramiento. Antes de haber terminado, Sagan ha tratado ligeramente el
espiritismo, la proyección astral, la reencarnación, los sueños precognitivos,
las teorías infantiles de Erich von Däniken, los caballos que leen la mente, el
Gigante de Cardiff de P. T. Barnum (un célebre fraude de un fraude), el
Triángulo de las Bermudas, la astrología, los OVNIS extraterrestres y la
parapsicología. Destacados parapsicólogos objetarán vigorosamente el hecho de
verse agrupados junto a la mayoría de estas cosas; sin embargo, ellos mismos
contribuyen a grotescos libros y periódicos en los que todas estas nociones
andan juntas. Para el público en general, la voz de Sagan causa mucha menos
impresión que las voces de Burt Lancaster y Raymond Burr, cada uno de los
cuales ha narrado uno de los dos peores documentales de televisión que se han
hecho jamás sobre lo paranormal. Las grandes cadenas, respondiendo al ansia del
público por lo oculto, proporcionan así la retroalimentación que acelera la
tendencia.
Destacados editores de libros, con raras excepciones, están facilitando la
misma retroalimentación irresponsable. A Sagan le resultó irónicamente
divertido que un editor en jefe de una destacada editorial, a propósito de una
discusión en torno al informe de H. R. Haldeman sobre Watergate, declarara:
«Creemos que un editor tiene la obligación de comprobar la precisión de
determinadas obras polémicas que no sean de ficción. Nuestro procedimiento
consiste en encargar una lectura objetiva del libro a una autoridad
independiente del campo.»
«Esto —añade Sagan— lo dice un editor cuya firma de hecho ha publicado parte de
la más egregia pseudociencia de las últimas décadas.» Sagan no los enumera,
pero sería bien fácil nombrar cincuenta libros de ciencia despreciables que en
los últimos años han hecho ganar fortunas a sus autores y editores, ninguno de
los cuales fue enviado a un experto para su evaluación. El libro de Lippincott
sobre la clonación de David Rorvik (la distinguida genetista Beatrice Mintz
tachó a Rorvik de «fraude y asno») no es más que uno de los últimos ejemplos de
este débil género sacaperras.
Uno de los ensayos sobreparadójicos de Sagan trata acerca de una reciente
pasada (con ocasión de un libro de Robert Temple, The Sirius Mistery )
sobre los Dogon, una tribu africana cuyas leyendas incluyen cierta información
astronómica asombrosamente precisa que no podrían haber adquirido sin
telescopios. La tesis de Temple es que las leyendas Dogon respaldan la idea de
contactos con astronautas extraterrestres. Sagan defiende la idea bastante más
plausible de que sus mitos se derivan de contactos recientes con visitantes
europeos. Otro capítulo paradójico analiza la ingeniosa numerología de Norman
Bloom, líder del culto de los Hijos de Dios. Bloom ha inventado varias pruebas
nuevas de Dios basadas en coincidencias astronómicas tales como la de que la
luna y el sol, vistos desde la tierra, posean discos casi de idéntico tamaño.
La sección paradójica se cierra con un nostálgico tributo a la primera
ciencia-ficción y el elogio de algunos autores de ciencia-ficción
contemporáneos. Lo mismo que Ray Bradbury, Sagan quedó prendado cuando era un
muchacho de las novelas de Marte de Edgar Rice Burroughs, sólo para, años más
tarde, llevarse una gran desilusión cuando se dio cuenta de lo poco que
Burroughs sabía de la ciencia. Señala algunos temas de ciencia-ficción que
fueron favoritos de los escritores pioneros, pero que dejaron de ser
utilizables: la zona crepuscular que rodea a Mercurio, las vaporosas junglas de
Venus, los canales de Marte.
Los ensayos de la Sección 3 informan sobre recientes descubrimientos del
sistema solar. Sagan continúa esperando que se escondan organismos primitivos
en algún lugar de Marte. Defiende que pueden flotar formas de vida en las
atmósferas de Júpiter y Saturno, y que quizá florezcan en Titán, la luna más
grande de Saturno. Titán es mayor que Mercurio y casi tan grande como Marte, y
su atmósfera se parece más a la nuestra que la de cualquier otro cuerpo del
sistema solar.
La Sección 4, «El Futuro», comenta las increíbles velocidades de desplazamiento
que se dan en la tierra y en el espacio, la vida de Robert Goddard (pionero de
los cohetes a propulsión), la rapidez con que la astronomía se está
convirtiendo en una ciencia experimental, modos de búsqueda de inteligencia
extraterrestre, y el poder cada vez mayor de la inteligencia artificial.
Cierran el volumen tres capítulos sobre «Cuestiones últimas».
«El sermón del domingo», el más filosófico de los tres, empieza con una
maravillosa anécdota que a Bertrand Russell le gustaba mucho recordar. Cuando
Russell fue a la cárcel por sus inclinaciones pacifistas durante la Primera
Guerra Mundial, un guardia de la entrada tenía que formularle algunas
preguntas. Russell se declaró agnóstico. El guardia, después de interesarse por
la forma en que se deletreaba esa palabra, suspiró y dijo: «Bueno, hay muchas
religiones pero supongo que todas veneran al mismo Dios.» Esta observación,
decía Russell, le había mantenido animado durante una semana.
Sagan también es agnóstico. Lo mismo que Huxley, quien no solamente se
autodenomina agnóstico sino que incluso inventó la palabra, Sagan no niega la
posibilidad de un Dios Creador pero, al igual que Einstein, prefiere la deidad
panteísta de Spinoza, la totalidad del ser. A medida que vamos sabiendo más
acerca del Universo, escribe Sagan, encontramos menos sitio para la
intervención de un Dios tradicional. Cada vez que explota un quasar desaparece
un millón de planetas, muchos de ellos quizá con vida inteligente. A una escala
como ésta los acontecimientos humanos parecen inconsecuentes. A todo esto un
teísta tradicional podría responder que la ciencia está revelando cada vez más
la intervención de Dios, que el hecho de que algo sea pequeño no quiere decir
que sea inconsecuente, y que la explosión de un quasar no es más difícil de
reconciliar con un Dios personal que cualquier temblor de tierra que destruya
miles de vidas humanas.
Pero no importa. Sagan termina con una declaración tan aséptica que no puedo
imaginar a nadie, desde el ateo dogmático hasta el católico conservador, en
desacuerdo. «Yo creo profundamente en que si existe algún dios parecido al tipo
tradicional, nuestra curiosidad e inteligencia tienen su origen en ese Dios.
Estaríamos despreciando ese don… si renunciáramos a nuestras pasión por
explorar el universo y a nuestra curiosidad e inteligencia constituyen las
herramientas esenciales para gestionar nuestra supervivencia. En cualquier
caso, la empresa del conocimiento es consistente tanto con la ciencia como con
la religión y resulta fundamental para el bienestar de la especie humana.»
«Gott y las tortugas» toma su título de J. Richard Gott y la interminable
formación de tortugas que sostienen la tierra en ciertos mitos asiáticos. En
1974 Gott y sus colegas publicaron evidencia sólida de que el universo carece
de la materia que necesitaría para proporcionar la gravedad suficiente para
detener su expansión. Pero, como señala Sagan, «el tema sigue estando en el
aire». Puede que ya se haya encontrado la materia que faltaba, y en las
próximas décadas «veremos si Gott se entera».
El último capítulo del libro, «El universo amniótico», salta de Gott a Grof
—Stanislav Grof, un psiquiatra checoslovaco actualmente afincado en Estados
Unidos y autor de dos libros recientes sobre el inconsciente. En la misma línea
de los primeros discípulos de Freud, Grof cree que retenemos diminutos
recuerdos inconscientes de nuestro nacimiento. Sagan especula sobre los papeles
que dichos recuerdos, si de hecho existen, podrían desempeñar en la evolución
de mitologías religiosas, quizá incluso en las cosmologías. ¿Es posible, se
pregunta, que los creadores de la actualmente desacreditada teoría del estado
fijo (según la cual el universo mantiene plácidamente su estructura global por
toda la eternidad) nacieran por cesárea? De ser así, ¡habrían escapado a esas
traumáticas etapas del nacimiento que podían haberles predispuesto para la gran
explosión!
Este es Sagan con su sentido del humor más caprichoso. Pero nadie podría estar
más seriamente preocupado por las fronteras de la ciencia del mañana. Cerca del
final de la introducción de su libro, Sagan predice que en las próximas décadas
los astrónomos quizá incluso obtengan la respuesta a esta terrible pregunta:
¿Cómo se puso en marcha nuestro cosmos?
Si Sagan no se refiere más que a la decisión entre un modelo de una sola gran
explosión y un modelo oscilante que repite explosiones y crujidos sin fin,
quizá esté en lo cierto, pero si se refiere a la solución del enigma último del
origen del universo, con todos los respetos debo poner inconvenientes. Ninguno
de los dos modelos toca el problema metafísico de la génesis. Sobre esta pregunta
nadie puede imaginar siquiera ningún progreso de la cosmología que pudiera
situar a la ciencia en mejor posición para resolver el enigma de la que gozaron
Platón o Aristóteles.
«En los cuatro mil millones de años de historia de la vida en nuestro planeta
—concluye Sagan su introducción—, en los cuatro millones de años de historia de
la familia humana, solamente una generación goza del privilegio de vivir ese
momento de transición único: esa generación es la nuestra.»
En el continuo del progreso científico de hecho se pueden delimitar períodos
únicos, pero ¿será nuestra generación la única que arroje luz sobre las
«cuestiones últimas»? ¿O más bien será única por lo impresionante de las
cuestiones científicas a las que responda? Existe un viejo chiste sobre Adán y
Eva cuando salían de la mano del (¿amniótico?) Jardín del Edén. «Querida —dijo
Adán— estamos viviendo una época de gran transición.»
Anexo
Resulta imposible escribir algo en contra de Velikovsky sin quedar sumergido
bajo docenas de cartas airadas procedentes de sus admiradores. C. Leroy
Ellenberger, ingeniero químico para el que la defensa de Velikovsky se ha
convertido en manía, lanzaba la carga más vitriólica. Estaba llena de insultos
personales y era demasiado larga como para que la reprodujera el NYR.
Publicaron (25 de octubre de 1979) una carta breve de Lynn E. Rose, profesor de
filosofía en la Universidad del Estado de Nueva York en Buffalo, y otra carta
más larga de Daniel L. Kline, del Centro Médico de la Universidad de
Cincinnati.
Durante
más de un cuarto de siglo, Martin Gardner ha venido predicando el desprecio
hacia la obra del Dr. Immanuel Velikovsky de forma enormemente mal informada y
maliciosamente irresponsable.
Una de las tácticas favoritas de Gardner consiste en describir a Velikovsky
como fundamentalista. Sobre este punto las palabras del propio Velikovsky son
claras: «No soy fundamentalista en absoluto, y me opongo al fundamentalismo.»
Nada podría estar más claro, si simplemente Gardner estuviera atento.
La última diatriba de Gardner repite algunas de sus viejas tonterías sobre el
fundamentalismo, y demuestra que ni siquiera conoce los puntos principales de
la teoría sobre la que está hablando. Por poner sólo un ejemplo, Gardner dice
que de acuerdo con la teoría de Velikovsky, Venus, en aquel tiempo un cometa
gigante, originó acontecimientos tales como «el diluvio de Noé».
En realidad, Velikovsky considera el Diluvio como uno de los efectos de una
explosión tipo nova de Saturno. ¡Venus ni siquiera existía todavía!
¿No sería el momento de que Gardner rectificara?
Lynn E. ROSE
Mi
respuesta a Rose fue la siguiente:
El
profesor Rose, intrépido colaborador de las publicaciones de Velikovsky, tiene
razón en una cosa, y está equivocado en otra. Yo nunca he dicho que Velikovsky
sea fundamentalista. ¿Cómo podría, dado que el término da nombre a un
movimiento protestante? Mi recensión caracterizaba exactamente a Velikovsky
como «creyente devoto del judaísmo ortodoxo», y señalaba acertadamente que las
fantásticas ventas de su primer libro (72 ediciones para 1974) se «hallaban
estrechamente vinculadas» al asombroso renacer actual del fundamentalismo.
En mi lista de milagros del Antiguo Testamento no debí asociar el nombre de Noé
a las inundaciones producidas por los encuentros entre la Tierra y Venus.
Espero que Rose me perdone este terrible desatino. Como Rose sabe, el Diluvio
fue una inundación mayor y más antigua que Velikovsky cree que ocurrió hace
unos nueve mil años cuando la Tierra y la Luna atravesaron una nube cósmica de
agua. Durante varios siglos tanto la Tierra como la Luna estuvieron
completamente cubiertas por el agua.
Me parece divertido que después de atacarme erróneamente por llamar
fundamentalista a Velikovsky, Rose nos recuerde que éste acepta literalmente el
relato del Génesis, según el cual la Tierra entera estuvo bajo el agua en
tiempos. Supongo que es demasiado esperar que el filósofo de Búfalo, cuando
enseñe su próximo curso sobre velikovskianismo, dé a conocer a sus alumnos
parte de la abrumadora evidencia geológica contraria a semejante disparate.
Martin GARDNER
Esto
es lo que Kline tenía que decir:
Martin
Gardner continúa su juego de títeres turnándose con Carl Sagan para golpear a
Immanuel Velikovsky en la cabeza. Dado que la teoría cósmica de Velikovsky, de
que Venus salió lanzada de Júpiter y produjo perturbaciones en la tierra que
quedaron registradas en la historia de los pueblos, está plagada de errores
infantiles en materia de química y física, me pregunto por qué continúan su
juego en lugar de dejar que la teoría sucumba ante sus propios errores.
Justifican sus ataques sobre la base de que su auténtico objetivo es el
antiintelecualismo que captan detrás del extendido atractivo del libro de
Velikovsky, World in Collision, que sigue atrayendo la atención del público
veinticinco años después de su publicación. Sin embargo, encuentro difícil aceptar
esto como explicación de sus salvajes ataques personales a Velikovsky
(«charlatán», «fraude») cuando obviamente él es un individuo sincero, aunque
esté equivocado.
Después de una lectura minuciosa de las críticas del libro de Velikovsky, me ha
llamado la atención que los críticos hayan adoptado una postura fundamentalista
que quizá explique su excesiva emotividad. Según ellos, el libro no puede tener
ningún valor, ya que el autor cae en ridículas confusiones de hidrocarburos con
carbohidratos y muestra una falta total de conocimiento de las leyes que rigen
el calor de vaporización de los sólidos. La misma conclusión, por supuesto,
puede aplicarse a la Biblia. ¿Deberemos descartar este texto antiguo porque
esté lleno de afirmaciones no científicas? ¿Es posible que Velikovsky haya dado
con el origen de parte de nuestras tradiciones aun cuando su explicación
carezca de base científica?
Afortunadamente, algunos científicos sensatos y menos implicados emocionalmente
están empezando a reconsiderar la teoría cósmica de Velikovsky y se están
preguntando, como científicos objetivos, si una idea tan estimulante podría ser
modificada de forma que no resultaran violadas las leyes básicas de la
naturaleza. En el número de Nature, una de las revistas científicas más prestigiosas
del mundo, del 9 de noviembre de 1979, el Dr. Michael Robinson, matemático, se
aventura a sugerir que tales revisiones son posibles. A título de ejemplo,
escribe que si un enorme cometa de ciclo largo fuera advertido primero cerca de
Júpiter y apareciera luego como un brillante lucero vespertino o matutino, esto
eliminaría casi todas las refutaciones planteadas contra Velikovsky. Quedaría
su evidencia sacada de textos antiguos de que este acontecimiento produjo
efectos catastróficos sobre la tierra, la parte más interesante de Worlds in
Collision. Se podrían incluso describir numerosos cuerpos tipo cometa como ese
que tendría su origen en el propio Júpiter.
No resulta fácil para mí, que soy un científico, defender a Velikovsky cuando
su causa ha sido asumida por personas que creen en los OVNIS, en que las
plantas se comunican y en tonterías similares. Sin embargo, los científicos
deben considerar las explicaciones posibles, aun cuando surjan de un improbable
barro original. Los ataques personales no tienen cabida en el debate
científico.
Daniel L. KLINE
Mi
réplica:
Acabo
de releer mi recensión del nuevo libro de Carl Sagan y no consigo encontrar
dónde acuso a Velikovsky de charlatán o de fraude, dos sustantivos que el Dr.
Kline coloca entre comillas como si Sagan y yo, o ambos, las hubiéramos
empleado. Tampoco he sido capaz de encontrar el uso de uno de estos dos
calificativos por parte de Sagan.
Estoy absolutamente de acuerdo —y pienso que también puedo hablar por Sagan— en
que Velikovsky es «obviamente un individuo sincero, aunque esté equivocado». Se
podría decir lo mismo de Trofim Lysenko o de Francis Gall, el padre de la
frenología. Todos los grandes pseudocientíficos del pasado, que se hicieron con
su correspondiente adhesión popular, fueron sinceros y estuvieron equivocados.
De hecho, la sinceridad es el atributo principal que distingue a un
pseudocientífico de un charlatán.
En lo que respecta a la segunda puntualización del Dr. Kline, estoy dispuesto a
admitir que Velikovsky no siempre está equivocado. Considerando el ámbito
científico e histórico que abarcan sus libros, resultaría extraño que de vez en
cuando no acertara en algo. Gall tenía razón cuando creía que las partes del
cerebro poseen diferentes funciones, pero eso no convierte a la frenología en
ciencia. Los astrólogos son expertos en la predicción de la localización de los
planetas, pero eso no hace de la astrología una ciencia.
Sobre la frase final del Dr. Kline, todo depende de lo que signifique «ataque
personal». Una cosa es arremeter contra el carácter o estilo de vida de un
pseudocientífico, y otra bien distinta atacar su ignorancia científica. Nunca
he leído una sola línea de Sagan o mía propia que pueda considerar un «salvaje
ataque personal» contra Velikovsky. ¿Consideraría el Dr. Kline el debate de
Thomas Huxley con el obispo Wilberforce un salvaje ataque personal, o la
retórica de Clarence Darrow en el juicio de Scopes un salvaje ataque personal
contra William Jennings Bryan? Son ataques vigorosos, sí, pero iban dirigidos a
la ignorancia del hombre, no a su integridad.
Martin GARDNER
El
profesor Rose y yo intercambiamos correspondencia de nuevo en el NYR del
6 de marzo de 1980:
La
réplica de Martin Gardner sirve únicamente para enturbiar las aguas y añadir
varios ítems nuevos a la larga lista de afirmaciones erróneas que ha formulado
acerca del Dr. Immanuel Velikovsky.
La palabra «fundamentalísta» era mía, y fue correctamente utilizada como
referencia general a cualquiera que sostenga que las Escrituras son
literalmente ciertas. La práctica de Gardner de restringir la palabra
«fundamentalista» a los protestantes (aun cuando también sean de uso común
acepciones más generales) no altera el hecho de que Gardner haya acusado
repentinamente a Velikovsky de aceptar las Escrituras como literalmente
ciertas.
El continuo y creciente interés por las teorías de Velikovsky obedece al récord
de confirmación sin precedentes de que han disfrutado estas teorías. Dicho
interés no está «estrechamente vinculado» a ningún «renacer del
fundamenalismo». Velikovsky ha recalcado repetidas veces: «No soy
fundamentalista en absoluto, y me opongo al fundamentalismo.» ¿Piensa Gardner
que los fundamentalistas son tan estúpidos como para tener por aliado a un
oponente declarado? Quizá lo piense, pero está equivocado.
Me parece divertido que Gardner dijera que «Rose nos recuerda que Velikovsky
acepta literalmente el relato del Génesis, según el cual la Tierra estuvo bajo
el agua en épocas pasadas». De hecho, lo que mi carta subraya era que
¡Velikovsky no es fundamentalista y por ello no acepta el Génesis ni ningún
otro texto antiguo literalmente!
Desafío a Gardner a que aporte alguna evidencia de que Velikovsky haya dicho
alguna vez que durante «varios siglos» la Tierra «estuvo completamente cubierta
de agua». Este «disparate», como Gardner lo llama, parece ser una de las más
recientes fantasías del propio Gardner.
¿No ha llegado el momento de que Gardner rectifique?
Lynn E. ROSE
Esta
fue mi respuesta:
En
lugar de seguir discutiendo sobre la palabra «fundamentalista», que yo nunca he
oído aplicar a nadie más que a los protestantes (y en los últimos meses a los
musulmanes), permítaseme limitarme a responder al desafío final de Rose. En su
artículo «¿Tienen las cicatrices de la luna tan sólo tres mil años de edad?» de
Velikovsky Reconsidered (Warner Books), el difunto Velikovsky decía:
A mi entender, hace menos de diez mil años, la Luna, junto con la Tierra,
atravesó una nube cósmica de agua (el Diluvio) y como consecuencia quedó
durante varios siglos cubierta de agua, que se disoció merced a los rayos
ultravioletas del sol, esparciéndose el hidrógeno por el espacio.
En la página 89 del mismo libro, Velikovsky escribe: «Hace unos nueve mil años
cayó agua sobre la Tierra y la Luna por igual (el Diluvio). Pero en la
totalidad de la superficie de la Luna… el agua se disoció cubriéndola
únicamente durante un período limitado (después del diluvio) cifrado en cientos
de años».
Pensé que esto significaba que la Tierra y la Luna quedaron igualmente
empapadas por la nube de agua que, dicho sea de paso, ¡tuvo su origen en una
explosión de Saturno! Como el agua del diluvio de Noé debió tener mucha más
dificultad para evaporarse en la Tierra que en la Luna, habría sido difícil de
entender que hubiera permanecido más tiempo en la Luna que en la Tierra. Sin
embargo, si lo que Velikovsky quería decir era que la Luna sólo quedó
completamente cubierta durante varios siglos, y que los actuales océanos de la
Tierra son producto de aquel Diluvio, entonces me declaro tan corregido como
atónito; atónito porque eso significaría que Velikovsky se adhiere al relato
bíblico del Diluvio todavía más de lo que yo había supuesto. Velikovsky afirma
ambiguamente en el mismo libro (p. 257) que todos los rasgos que hoy día
contemplamos en la Luna fueron cincelados «hace menos de tres mil años». Esta
hipótesis, convertida en necesaria por la fantasía de Velikovsky de la nube de
agua procedente de Saturno, se contradice con tal cantidad de evidencia que
sólo el Profesor Rose y sus colegas velikovskyanos pueden considerarla como
ciencia seria.
Martin GARDNER
En
el caso de que el profesor Rose enviara una tercera carta, yo no me enteré; así
que no puedo decir cuánto tiempo cree él que Velikovsky pensaba que el Gran
Diluvio había mantenido a la Tierra bajo el agua. En lo que respecta a si
Velikovsky aceptaba todo pasaje del Antiguo Testamento literalmente, yo siempre
he supuesto que no. Los fundamentalistas modernos no son tan estúpidos. Hay
pasajes bíblicos que, tomados literalmente afirman que la Tierra es plana, pero
ni siquiera Oral Roberts cree que la Tierra sea plana. Muchos fundamentalistas
de hoy piensan que los «días» del Génesis se refieren a largas épocas
geológicas y no insisten ni por un momento en que Eva fuera literalmente hecha
de una costilla de Adán o que la mujer de Lot se convirtiera en estatua de sal.
Velikovsky, permítanme decirlo claramente, no aceptaba los relatos del Antiguo
Testamento literalmente. Pero era un hombre devoto, que tenía una tienda de
alimentos preparados al estilo judío y creía que las historias de milagros del
Antiguo Testamento reflejaban acontecimientos históricos reales. No aceptaba
«literalmente» la afirmación de que el Sol y la Luna se detuvieran en una
ocasión. Consideraba que esto significaba que la Tierra se había parado.
Encuentro asombroso que ciertos partidarios de Velikovsky sean incapaces de
darse cuenta de la forma en que sus fuertes convicciones religiosas
configuraron su astronomía. No cabe duda, desde luego, de que los editores de
Velikovsky han explotado al máximo, desde el punto de vista publicitario, el hecho
de que sus teorías respaldan las doctrinas fundamentalistas. Ha sido este
respaldo, y no el mérito científico de las teorías, el principal responsable de
las fantásticas cifras de ventas de los disparatados libros de Velikovsky.
Velikovsky falleció en noviembre de 1979 a la edad de 84 años, pero pueden
estar seguros de que Doubleday hará todo lo posible por mantener vivos sus
libros, así como la llama de esta gran controversia. De hecho, en 1980
Doubleday promocionaba todos los libros del maestro haciendo uso de
desvergonzados anuncios. Los llamo desvergonzados porque en ellos se decía que
las ideas de Velikovsky están ganando a marchas forzadas un fuerte apoyo
procedente de recientes descubrimientos científicos, lo que sencillamente no es
cierto. Por cada predicción trivial de Velikovsky que ha sido confirmada, hay
cientos de ellas que han resultado falsas y cientos más que revelan sus
enclenques conocimientos de astronomía, física, química, geología y arqueología
modernas. James Oberg ha enumerado algunos de los mayores bulos en sus
artículos sobre «Ideas en Colisión» publicado en Skeptical Inquirer (otoño
de 1980). En el mismo número encontrarán un repaso equilibrado del asunto
Velikovsky a cargo de Henry H. Bauer y una relación de las ostensibles mentiras
contenidas en los anuncios de Doubleday de 1980 a cargo de Kendrick Frazier.
Según estos anuncios Velikovsky dejó los manuscritos de varios libros nuevos.
No me cabe ninguna duda de que Doubleday o alguna otra editorial se apresurará
a lanzarlos para gran contento de Ellenberg, Rose y todos los demás entusiastas
de Velikovsky, cuyo conocimiento de la ciencia moderna cabe en un dedal.
38. Dos libros sobre primates parlantes[168]
¿Recuerdan
el gran tumulto que se organizó en los años sesenta en torno a los delfines
parlantes? Dado que el cerebro de un delfín es algo mayor que el nuestro,
¿podría ser que estos animales fueran tan brillantes como nosotros, o quizá
más? John C. Lilly intentó muy en serio enseñar inglés a estos inteligentes
cetáceos pequeños y durante un tiempo creyó realmente haber enseñado a sus
delfines a imitar el habla humana. Lilly dijo en una ocasión que lo mismo que
las razas negras africanas, los puercos marinos (marsopas) estaban a punto de
resultar occidentalizados, lo cual sería una revolución con impredecibles
consecuencias. «Si los delfines llegaran a conocer nuestra guerra fría
—advertía—, no sabemos cómo decidirán actuar.»
Una vez que Lilly se convenció de que varios de sus puercos marinos de Florida
se habían suicidado, abandonó su investigación acuática para introducirse en
las junglas de la parapsicología y el misticismo oriental. Informó de
fantásticos encuentros con inteligencias extraterrestres. Declaró a la prensa
que los delfines estaban empleando PES para «infiltrarse» en mentes humanas.
Finalmente resultó evidente para casi todo el mundo, como ya hacía tiempo que
lo era para todos los biólogos del establishment, que la
investigación de Lilly era irremediablemente defectuosa, así como que la mente
de los cetáceos, por muy asombrosa y única que sea, no lo es mucho más, si
acaso, que la mente de un cerdo o de un elefante. Los adorables delfines
desaparecieron de la prensa y la televisión, dejando tras de sí un montón de
descuidados libros y documentales de televisión y seguramente la peor película
( El día del delfín) dirigida por Mike Nichols.
Cuando desapareció la fiebre del delfín, empezó a tomar fuerza un nuevo
entusiasmo de los medios de comunicación. En la Universidad de Nevada, Allen y
Beatrice Gardner consiguieron enseñar el ASL (Lenguaje de Signos Americano) a
una pequeña chimpancé llamada Washoe. Por primera vez en la
historia, según se proclamó a viva voz, un primate inferior había conseguido
dominar un lenguaje con el que podía hablar con los humanos.
«Hablar» y «lenguaje» son, por supuesto, términos difusos con amplios espectros
de significado. Un arrendajo «habla» con otros pájaros cuando les avisa de la
proximidad de un gato. Un gato «habla» cuando pide comida restregándose contra
nuestras pantorrillas. Los perros se comunican ladrando, gruñendo,
lloriqueando, sacudiendo el rabo y dejando simbólicos mensajes sobre las bocas
de riego contra incendios. Aún así, el mundo se quedó atónito ante la capacidad
de Washoe para entender cientos de signos gestuales,
especialmente ante su capacidad para combinar signos de una forma que sugería
una rudimentaria comprensión de la gramática.
El ejemplo más conocido de la invención de una frase por parte de Washoe fue
cuando su maestro, Roger Fouts, la introdujo en un bote de remos y andaba
deslizándose por allí un cisne. Fouts preguntó por señas «¿Qué es eso?». Washoe,
que conocía los signos correspondientes a agua y pájaro, respondió con un «agua
pájaro». Washoe dominaba muchas otras combinaciones de dos
palabras: Washoe pena, Roger divertido, tú bebes, y así
sucesivamente.
Otros investigadores emprendieron en seguida la enseñanza de lenguajes visuales
distintos a jóvenes chimpancés. En California, David Prenack simbolizaba
palabras con bloques de plástico de diferentes formas y colores. Su alumna
estrella, Sarah, llegó a ser casi tan famosa como Washoe.
Lo mismo que ésta, Sarah parecía crear diferentes frases. La
esposa de David, Ann, escribió un libro titulado Why Chimps Can Read? (¿Por
qué los chimpancés pueden leer?).
En Georgia, Duane Rumbaugh emprendió un nuevo rumbo. Había construido una
computadora con un teclado cuyos moldes representaban palabras. Una chimpancé
llamada Lana aprendió a hablar en este lenguaje de computadora
llamado «Yerkish» por el Yerkes Center de Atlanta donde Rambaugh realizó su
trabajo. Lana también parecía combinar signos formando
secuencias significativas. Llamaba a un pepino banana verde. A la
naranja la llamaba manzana naranja.
Los logros de Washoe, Sarah y Lana han sido
actualmente superados, según dicen, por las fabulosas proezas lingüísticas
de Koko, una gorila entrenada desde 1972 por una psicólogo,
Francine («Penny») Patterson, en Stanford. No resulta difícil entender por qué
Penny —joven, guapa, con una larga melena rubia— ha sido objeto de tan enorme
publicidad. ¿Qué podría resultar más dramático que unas fotografías en color de
la Bella y la Bestia, con las cabezas juntas, charlando extasiadamente entre
sí? Patterson escribió un artículo de portada (la foto de Koko en
la portada fue tomada por Koko) para National Geographic (octubre
de 1978) titulado «Conversaciones con un gorila». La pareja alegró también la
portada delNew York Times Magazine (12 de junio de 1977). En Koko.
A Talking Gorilla (Koko, una gorila parlante), un excitante documental
que se estrenó en diciembre del año pasado en Manhattan, Koko hace
un buen trabajo en lo que se refiere a actuar como una gorila pero, por lo
demás, la película es casi toda un fraude.
Hay otra razón que justifica la reciente fama de Penny. Sus afirmaciones sobre
la inteligencia de los primates superan bastante a las de cualquier otro
investigador. Por alguna razón, a Koko le encanta hacer
rimas: Squash wash, do blue, bear hair[169], y así
sucesivamente. (Ha aprendido vocalizaciones en inglés a base de escuchar a
Penny repetirlas y de utilizar un sintetizador del habla con máquina de
escribir diseñado por el matemático de Stanford Patrick Suppes.) En una
ocasión, Koko elaboró un poema: Flower pink, fruit
stink-fruit pink stink (Flor rosa, fruto maloliente-fruto rosa
maloliente). He aquí una muestra de la habilidad de Kokopara
inventar inteligentes metáforas: Bebé elefante (por un muñeco
Pinocho), sombrero de ojo (máscara),brazalete de dedo (anillo), tigre
blanco (cebra), boca falsa (nariz).
Un periodista preguntó a Koko a quién quería más, a Penny o a
su ayudante. Según cuenta Penny, Koko miró a su alrededor, y
después afirmó diplomáticamente por signos, «Mala pregunta.» En otra ocasión
Penny preguntó: «¿De qué tienes miedo?» Koko: «Miedo
lagarto.» Koko no había visto nunca un lagarto vivo. Penny
piensa que esto demuestra que los investigadores pueden aprender datos nuevos
sobre los antropoides ahora que ya pueden formularles preguntas.
Según dice Eugene Linden (que escribió un libro de divulgación sobre los
antropoides parlantes) en un artículo ampliamente encomiástico («Talk to the
Animáis», Omni, enero de 1980), cuando alguien preguntó a Koko adónde
iría después de su muerte, ésta respondió por señas: «Comfortable agujero
adiós.» En una ocasión en que Penny se enfadó al ver la cantidad de juguetes
que Kokohabía roto, se lamentó: «¿Por qué no puedes comportarte
normalmente, como cualquier otro niño?», a lo que Koko, según dice
Linden, respondió por señas: «Gorila.»
Desde el principio, un gran número de expertos en materia de conducta animal se
han mostrado profundamente escépticos ante estas afirmaciones extraordinarias,
pero sus animadversiones aparecían únicamente en revistas técnicas. Ahora ya no
hay tal secreto. Se han publicado dos libros, uno popular y otro técnico, que
defienden con firmeza la idea de que los antropoides no comprenden secuencias
de signos de ningún modo básicamente diferente a la comprensión de un perro de
órdenes tales como «levántate y saluda» o «vete a coger el periódico».
En ningún punto de la cubierta de Nim (Knopf, 1979) o de la
publicidad de este libro aparece ninguna afirmación del editor que dé a
entender que el libro critica severamente casi todo el trabajo realizado hasta
el momento con antropoides parlantes. Incluso el autor, Herbert Terrace, psicólogo
de la Universidad de Columbia, oculta sus dudas al comienzo del libro, aunque
hay una razón para ello. Cuando comenzó a entrenar a Nim Chimpsky,
un bebé chimpancé macho llamado así en honor a Noam Chomsky, tenía grandes
esperanzas de confirmar los descubrimientos anteriores. Su libro constituye una
narración informal, con maravillosas fotografías, de los cuatro años que tanto
él como sus ayudantes dedicaron a enseñar el ASL a Nim. Terrace no
vio la luz hasta el capítulo 13, después de que Nim regresara
a su lugar de nacimiento en Oklahoma.
El absoluto desencanto de Terrace se produjo cuando empezó a estudiar sus
extensas grabaciones de vídeo. He aquí algunas de las cosas de que se dio
cuenta:
— Nim rara vez indicaba la señalización. El noventa por ciento
de su señalización se producía en respuesta a gestos de sus profesores.
— La mitad de las señas de Nim imitaban, en parte o
totalmente, lo que el profesor acabara de señalizar. En muchos casos sus
profesores se quedaban asombrados al ver con cuánta frecuencia habían iniciado
inconscientemente un signo que Nim había advertido.
— Si Nim quería algo, primero lo cogía, señalizándolo
únicamente cuando no conseguía atraparlo. Nunca iniciaba la señalización
excepto cuando esperaba recompensas tales como comida, caricias y cosquillas.
— La mayoría de las frases de Nim eran combinaciones fortuitas
de signos, implicando normalmente mi, caricia y Nim —signos
que iban bien con casi todos los signos, y que había aprendido que solían
provocar reacciones favorables.
— A diferencia de los niños cuando aprenden a hablar, Nim interrumpía
constantemente a sus profesores. Nunca aprendió la naturaleza bidireccional de
la conversación. Algunos investigadores han atribuido tales interrupciones a la
impaciencia del antropoide por hablar.
— Los errores de Nim eran la mayoría de las veces confusiones
de signos similares en cuanto a la forma más que en cuanto al significado.
— Cuando Nim empezó a alargar frases más allá de las dos o
tres palabras se limitaba a añadir una ristra de palabras sin sentido,
normalmente repitiendo signos anteriores. Por ejemplo: «Da naranja mí come
naranjada mí tú». Esto contrasta con las frases más largas de los niños, que
amplían el sentido de las más cortas.
— Nim nunca habló por señas con ningún otro chimpancé que
conociera el ASL a menos que estuviera presente un profesor que le
halagara.
Nim Chimpsky acabó convenciendo a Terrace de que Noam Chomsky, el
más distinguido de los expertos lingüistas escépticos, tenía razón. Aunque los
antropoides poseen una memoria notable que les permite dominar cientos de
signos visuales, Terrace opina que por el momento no hay pruebas de que
entiendan ningún tipo de sintaxis. Desde luego puede que esto también sea
cierto en lo que se refiere a los niños muy pequeños, pero éstos pasan
rápidamente a formar frases que requieren una comprensión firme de las reglas
de formación. Cuando un antropoide aprende a reunir unos cuantos signos no hay
ninguna razón, según dice Terrace, para suponer que esté haciendo algo
básicamente diferente de una paloma a la que se le haya enseñado a obtener
alimento picoteando cuatro botones de diferentes colores en un determinado
orden independientemente del modo en que dichos botones estén colocados.
Cuando Terrace examinó las grabaciones de vídeo de otros investigadores
encontró los mismos rasgos inquietantes. En muchos casos de películas
destinadas al público y a la recaudación de fondos, se habían editado los
episodios de forma que no se vieran las diligencias iniciales. Un documental de
Nova titulado Los primeros signos de Washoe practicaba este
sistema de forma consistente. Las versiones íntegras de los mismos episodios
mostraban que cada una de las afirmaciones de signos múltiples de Washoe venía
precedida de signos similares a cargo de los profesores.
«¿Puede un antropoide crear una frase?» es el título de un informe de Terrace
en Science (23 de noviembre de 1979). Su respuesta resignada
es no. «Los antropoides pueden aprender muchos símbolos aislados (como pueden
hacerlo los perros, caballos y otras especies no humanas), pero no muestran
ninguna evidencia inequívoca de dominar la organización conversacional,
semántica, ni sintáctica del lenguaje.» De los investigadores antes
mencionados, únicamente Rumbaugh hasta el momento parece impresionado por el
análisis de Terrace. Su propio trabajo, según declaró al New York Times (21
de octubre de 1979), le ha ido empujando hacia ideas similares.
Speaking of Apes (Hablando de antropoides) (Ulenum, 1980), editado
por el especialista en semiótica Thomas A. Sebeok y la antropóloga Donna
Umiker-Sebeok, constituye una antología muy necesaria de artículos importantes
a ambos lados de la polémica cada vez más intensa sobre las capacidades de los
antropoides para el lenguaje. Resulta imposible comentar una diversidad tan
amplia de trabajos, así que voy a centrarme fundamentalmente en el largo
artículo que figura como introducción, «Questioning Apes», de los Sebeok. Ambos
trabajan en el Centro de Investigación del Lenguaje y Estudios Semióticos de la
Universidad de Indiana, del que Thomas Sebeok es director. Su introducción
representa la crítica impresa más vigorosa del trabajo realizado hasta el
momento sobre primates parlantes.
Los psicólogos poseen un término, «efecto del experimentador», que abarca todos
los modos insidiosos en que las firmes convicciones de un investigador puede
distorsionar los datos involuntariamente. Los Sebeok empiezan recordándonos
móviles obvios que pueden hacer que un científico de cualquier campo se
encuentre inconscientemente motivado a obtener resultados positivos. Cuanto más
sólidos sean los resultados, más rápido será el proceso de su carrera y más
probable que sus trabajos atraigan financiación. Los ayudantes están
fuertemente motivados a agradar al empresario que les paga su sueldo, y el
éxito a menudo impulsa también sus propias carreras. Cuando el trabajo es
polémico existe cierta tendencia a que los equipos de investigación formen un
grupo de iniciados profundamente suspicaces frente a los foráneos. Se
convierten, como afirman los Sebeok, en un «grupo dedicado de entusiastas
trabajadores, un grupo que constituye una comunidad social estrechamente unida
con un núcleo sólido de creencias y metas compartidas en oposición a los
visitantes foráneos… De hecho, resulta difícil imaginar que un escéptico pueda
ser admitido en un “equipo así”».
Dentro de este marco los Sebeok contemplan varios modos curiosos en los que
resulta fácil volver los resultados obtenidos con antropoides parlantes en la
dirección de la creencia. Consideremos, por ejemplo, el «efecto Hans el
Listo». El término procede de un estudio clásico realizado en 1907 por
Oskar Pfungst, un psicólogo alemán, acerca de un famoso caballo de la época que
respondía preguntas difíciles, incluyendo problemas aritméticos, dando con una
pata en el suelo. En la mayoría de los casos de estos animales (también ha
habido perros, cerdos e incluso gansos «ilustrados») un entrenador indica al
animal cuándo debe parar mediante un sistema secreto de pistas, como por
ejemplo un ligero olfateo, pero en el caso de Hans, Pfungst
consiguió probar mediante ingeniosas pruebas que el caballo había aprendido a
responder a pistas subliminales emitidas por los espectadores.
Los investigadores de los antropoides parlantes han tratado de excluir el
efecto Hans el Listo, pero los Sebeok demuestran convincentemente
que tal efecto es omnipresente. Mantienen que no existe evidencia alguna de que
estos profesores con éxito hayan pasado por ningún entrenamiento destinado a
controlar movimientos faciales inconscientes, ritmos respiratorios, tensiones y
relajaciones corporales, etc. Ciertas reacciones, como por ejemplo el tamaño de
la pupila del ojo, probablemente sean incontrolables. Pfungst informó de su
incapacidad para evitar dar pistas a Hans independientemente
del esfuerzo que hiciera por intentarlo.
Los antropoides parlantes rara vez actúan bien ante extraños. Los creyentes
explican esto aludiendo a la vinculación emocional del antropoide con
determinados profesores, pero resulta igualmente fácil de explicar suponiendo
que con el transcurso de los años los antropoides desarrollan una sensibilidad
especial a reacciones inconscientes peculiares del ser humano querido y que
naturalmente no consiguen percibir cuando alguien nuevo trata de hablar con
ellos. ¿Podría ser, preguntan los Sebeok, que los mejores entrenadores sean los
más expresivos en cuanto a formulación inconsciente de pistas? Un estudio de
películas inéditas demuestra que los profesores de antropoides son, en palabras
de los autores, «cualquier cosa… menos cara de piedra». Incluso fotografías aún
no exhibidas revelan pistas obvias. Los Sebeok citan algunos ejemplos horrendos
en las fotos que ilustran el artículo del National Geographic de
Patterson, así como del libro de la Sra. Premack.
En lo que respecta al famoso incidente de Washoe con el cisne,
tanto Terrace como los Sebeok señalan lo que debió haber resultado obvio al
instante. Washoequizá simplemente había señalizado «agua», y luego
advirtió la presencia del ave y señalizó «pájaro». Es improbable que Fouts
pudiera ocultar su júbilo. Washoe, al observar esta recompensa
social, asociaría de ahí en adelante ese signo doble al cisne.
No existe evidencia sólida alguna de que un antropoide haya inventado jamás un
signo compuesto merced al conocimiento de sus partes. En el transcurso de
varios años un antropoide reunirá signos de miles de maneras diferentes.
Resultaría sorprendente que a menudo no acertara con felices combinaciones que
provocarán una inmediata respuesta tipo Hans el Listo. Ningún
profesor se ha molestado en registrar todas las combinaciones sin sentido
producidas por un antropoide, pero es seguro que todo acierto afortunado goza
del refuerzo de indicios de aprobación y pasa a engrosar los registros,
informes, libros y conferencias del profesor.
Aun cuando un antropoide haya memorizado un signo, a menudo comete errores al
reproducirlo. Cuando esto sucede, señalan los Sebeok, los profesores del
antropoide poseen una batería de excusas. En lugar de un error pasa a
convertirse en una broma o una mentira, o un insulto. Patterson es
especialmente propensa a este tipo de evaluación subjetiva. Ella pide a Koko que
señale beber. Koko le toca una oreja. Koko está
de broma. A continuación pide a Koko que coloque un juguete
bajo una bolsa. Koko lo levanta hasta el techo. Koko sigue
la broma. Ella pide a Koko que diga algo que rime con
dulce. Koko hace el signo que corresponde a rojo, un gesto
similar al que corresponde a dulce. Koko está haciendo un
juego de palabras gestual. Ella le pide a Koko que
sonría. Kokofrunce el ceño. Koko está exhibiendo
una «comprensión de opuestos». Penny señala una fotografía de Koko y
pregunta: «¿Quién es esta gorila?» Koko señala:
«Pájaro.» Koko está haciendo el «gamberrote».
El artículo del National Geograpkic reproduce un dibujo a
lápiz realizado por Kokoque aparece subtitulado «Arte simbólico».
Sus rayajos negros, dice Penny, son arañas. Un garabateo naranja es el vaso
donde bebe Koko. Una tendencia similar a superhumanizar la conducta
del primate, aunque menos escandalosa, infecta todo el trabajo anterior.
Difiere poco de la firme creencia de algunos propietarios sentimentales de
mascotas que piensan que su amado gato, o incluso su loro, comprende casi
cualquier cosa que se le diga[170].
Desde luego, es posible que los antropoides posean escaso talento para crear
signos compuestos significativos, pero según el principio de la navaja de
Occam, insisten los Sebeok, ¿no deberíamos aceptar primero explicaciones más
simples? Hasta el momento no hay razón alguna para suponer que las
manifestaciones notables de Koko sean algo más que respuestas
a pistas involuntarias por parte de Penny, o la búsqueda de Penny entre miles
de combinaciones sin sentido de aquellas que tienen sentido para ella,
no para Koko. No se puede hacer una evaluación objetiva de una
frase como «mala pregunta» sin una grabación en vídeo de la escena que
garantice el recuerdo correcto de todos los detalles, ni sin saber cuántas
combinaciones de dos palabras espontáneas y no aprendidas del primate carecen
de sentido. De lo contrario, no tenemos nada más que una colección de
anécdotas.
Algunos investigadores, especialmente Premack, han realizado pruebas
«doblemente ciegas» para descartar efectos tipos Hans el Listo, y
siempre que estos controles eran rigurosos la habilidad del primate descendía
casi al nivel del azar. Se ha sacado mucho partido a ligeras desviaciones del
azar, pero los Sebeok enumeran diferentes modos en los que el sesgo podría
haberse deslizado en estos esfuerzos por excluirlo. No se nos dice qué
controles les fueron impuestos a los fotógrafos. Los informes a menudo no
señalan la presencia de otros que se hallaban por allí accidentalmente pero
cuya presencia se consideró demasiado irrelevante como para mencionarla. Las
ventanas unidireccionales eliminan las pistas visuales pero no las pistas
acústicas. Escasean detalles relativos a los procedimientos de selección al
azar así como a las reglas seguidas a la hora de puntuar.
Determinadas creencias religiosas —en Occidente, por ejemplo, las de la Iglesia
Católica y el conservador protestantismo— convierten en una necesidad aceptar
que los seres humanos poseemos un alma inmortal que se les ha negado a los
animales, seres perecederos. Mortimer J. Adler escribió un libro, hace algunos
años, titulado The Difference of Man and the Difference It Makes,
en el que se extendía sobre las argumentaciones tomistas de que la capacidad
para entender la sintaxis constituye uno de los principales elementos en que
difiere la mente humana de la mente de un animal. En aquella época Adler
recalcó mucho el hecho de que si alguna vez consiguiéramos conversar con un
cetáceo su tesis se vendría abajo. En el caso de que se publique una nueva
edición de este libro, pueden estar seguros de que Adler abandonará a las
marsopas y concentrará su fuego dialéctico sobre los antropoides.
Conviene saber que esta especie de objeción metafísica a los antropoides
parlantes, reforzada por la Revelación, no se halla detrás de las ideas de
Chomsky, Terrace, los Sebeok, ni ningún otro crítico importante. Lo que ellos
están diciendo es mucho más sencillo. Los seres humanos y los antropoides
contemporáneos constituyen ramas terminales del árbol de la evolución. Ya no
queda ninguno de aquellos tipos transitorios, que afloraron a lo largo de
milenios durante los que los seres humanos adquirieron la capacidad de hablar,
para poder someterlo a estudio. Chomsky opina que la evolución proporcionó a
los humanos, igual que no se la proporcionó a ninguno de los primates inferiores
vivos, una capacidad para el lenguaje, profundamente sincronizada con la
estructura hereditaria de sus cerebros.
Poco se ha sacado en limpio dándole vueltas al significado de «Lenguaje». Como
afirma Chomsky en su aportación a la antología de los Sebeok, ésta es una
cuestión conceptual y no científica. Si se define volar, escribe, como elevarse
en el aire sin la ayuda de equipo especial y tomar tierra a cierta distancia,
resulta que los saltadores de longitud pueden volar hasta unos nueve metros.
Los pollos lo hacen algo mejor —hasta unos noventa metros.
Supongamos, continúa Chomsky, que etiquetamos los cuatro colores a picotear por
las palomas con cuatro palabras: Sírvase - darme - comida.
«¿Queremos decir que las palomas poseen capacidad para el lenguaje, a un nivel
rudimentario? Esto sería como preguntar si los humanos pueden volar casi tan
bien como los pollos aunque no tan bien como los gansos del Canadá. La pregunta
no es lo suficientemente clara ni interesante como para merecer una respuesta.»
La cuestión empírica central puede plantearse muy sencillamente. ¿Poseen los
antropoides la capacidad de vincular signos visuales de algún modo que
justifique la afirmación de que emplean sintaxis? Sí, dicen la mayoría de los
investigadores y muchos foráneos. Jame H. Hill, antropóloga americana, cierra
su aportación a Speaking of Apes escribiendo: «Es improbable
que alguno de nosotros lleguemos a ver en nuestra vida otro avance científico
de implicaciones tan profundas como el momento en que Washoe…
levantó la mano y señalizó “véndame” a un ser humano que la comprendía.»
No, dicen algunos investigadores y un número cada vez mayor de foráneos. Si no,
concluye Chomsky, entonces es de esperar que el estudio de la señalización de
los antropoides arroje tan poca luz sobre el lenguaje humano, o viceversa, como
el estudio del salto humano arrojaría sobre el mecanismo del vuelo de las aves
o viceversa. Se puede enseñar a dos palomas a golpear una pelota, escribe la
señora Hill, citando un conocido aforismo, pero ¿es eso ping-pong? Ella
considera injusto aplicar este escepticismo a la investigación de los
antropoides parlantes. Chomsky sostiene la opinión contraria.
Nadie puede descartar la esperanza de que a medida que la investigación de los
antropoides parlantes continúe, con mejores controles, pueda resultar que los
antropoides poseen un leve conocimiento de la sintaxis. De ser así, los
investigadores habrán dado en el clavo aun cuando éste quizá no sea muy grande.
De momento, sin embargo, la situación parece poco diferente de la que tenían
ante sí los biólogos hace un siglo. Así lo recogía Darwin en una sección
dedicada al lenguaje en El origen del hombre:
A
medida que la voz fue utilizándose más y más, los órganos vocales fueron
fortaleciéndose y perfeccionándose gracias al principio de los efectos
hereditarios del uso; y esto debió influir sobre el poder del habla. Pero sin
duda fue bastante más importante la relación entre el uso prolongado del
lenguaje y el desarrollo del cerebro. Los poderes mentales de algún antepasado
del hombre debieron desarrollarse hasta un nivel superior que los de cualquier
antropoide vivo, incluso antes de que pudiera haber comenzado a utilizarse la
forma más imperfecta de habla…
Anexo
La respuesta de Penny Patterson a mi recensión apareció en NYR el
9 de octubre de 1980:
En
calidad de objetivo de muchos de sus vituperios, me dispongo a replicar a la
recensión de Martin Gardner acerca de Nim y Speaking of Apes. Gardner sugiere
que toda investigación sobre comunicación bidireccional con animales es fatua y
utiliza los dos libros que comenta para respaldar este punto de vista. Como
investigadora activa en este campo, me gustaría sugerir que este
desenmascaramiento puede ser mutuo. Al citar ejemplos fuera de su contexto y
desposeerlos de su correspondiente documentación experimental, los Sebeok y
Gardner son culpables de una de las formas más antiguas de engaño periodístico.
No estamos, como denuncia los Sebeok, basando nuestros informes en «nada más
que una colección de anécdotas». Estamos luchando por esbozar los límites, por
definir las diferencias del lenguaje humano y el no humano.
Decir que el uso del lenguaje de signos de un gorila es prácticamente idéntico
al del niño humano es un error; pero decir que el uso del lenguaje de signos de
un gorila no es creativo, resulta repetitivo y se produce forzado o dirigido a
base de pistas, también es un error.
El primer libro comentado es Nim, de Herbert Terrace, quien afirma que «no
disponemos todavía de evidencia de que los antropoides comprendan ningún tipo
de sintaxis». Terrace evidentemente no conoce mi publicación de evidencia
experimental (controlada en lo que se refiere a pistas) de la comprensión de
signos nuevos y secuencias de inglés hablado por un gorila (AAAS, Selected
Symposium, 16, 1978).
Gardner señala que el desencanto de Terrace con respecto a las habilidades del
chimpancé Nim surgió cuando estudió sus propias y extensas grabaciones de
vídeo. Estas «extensas grabaciones» constituyen 3,5 horas de señalización de
Nim en condiciones artificiales y de fuerte presión, que muy probablemente
contribuyeron a los altos niveles de interrupción e imitación que él observó.
Las extensas conclusiones de Terrace sobre las habilidades lingüísticas de los
gorilas están basadas en cincuenta (50) segundos de película producidos para el
consumo de los medios de comunicación de masas.
El segundo libro que Gardner comenta es Speaking of Apes, editado por Donna
Jean y Thomas Sebeok. Gardner parece aceptar indiscriminadamente todo lo que
ellos digan. Me gustaría analizar varias cuestiones críticas.
Los comentarios de los Sebeok son opiniones y conjeturas, no afirmaciones
fácticas. No han examinado mis datos, tampoco tienen experiencia de
investigación con antropoides, ni dominan el ASL.
La comunicación humana está plagada de pistas no verbales, lo mismo que la
comunicación antropoide-hombre. Cuando especulan que quizá «los mejores
entrenadores sean los más expresivos en materia de formulación de pistas
inconscientes», los Sebeok comentan que los profesores de «los antropoides son
cualquier cosa menos cara de piedra». Los movimientos faciales y las
expresiones constituyen parte integrante del lenguaje de signos —frecuentemente
poseen funciones gramaticales. Un profesor «cara de piedra» no sería un modelo
adecuado para la adquisición del lenguaje de signos ni para un niño ni para un
antropoide. En contra de la afirmación de los Sebeok, tengo que decir que
resulta bien fácil controlar pistas tales como el tamaño de la pupila del ojo y
la dirección de la mirada llevando unas gafas de sol con espejos. Nosotros
hemos empleado este elemento de control y diversos más. El resultado es que la
señalización espontánea y adecuada de los gorilas permanece invariable. La
observación en vivo y la revisión de nuestras grabaciones en video indican que
en situaciones de prueba que exigen elecciones obligadas entre objetos u otros
materiales, los gorilas están mirando los materiales, en lugar de estar
buscando pistas en nuestros rostros, casi sin excepción. Cuando emitimos
deliberadamente pistas falsas colocándonos, tocando, inclinándonos, o mirando
hacia la elección equivocada, los gorilas responden a las preguntas, no a las
pistas. Hemos reestructurado determinadas situaciones y nuestras posibles
pistas con el fin de confundir deliberadamente a los gorilas. En lugar de
preguntar el habitual «¿Dónde está tu origen?», etc., el experimentador
pregunta «¿Esta es tu oreja?», señalando a su nariz, y mirando a la nariz del
gorila. En una prueba reciente, el gorila Michael respondió en cada caso
corrigiendo al que le preguntaba e ignorando las pistas.
Los Sebeok vuelven a poner de manifiesto su ignorancia de la estructura del
lenguaje de signos en sus argumentos destinados a no tener en cuenta las
modulaciones de signos considerándolas equivocaciones. Los errores a la hora de
reproducir signos no son fortuitos para ningún ser humano o gorila usuarios del
lenguaje de signos. Al contrarío, se varía sistemáticamente un conjunto
limitado de parámetros y nunca se producen muchas variaciones posibles. Ni Koko
ni Michael cometen rutinariamente errores de articulación al emplear signos,
como por ejemplo beber. Los errores son de naturaleza conceptual —comer o
saborear pueden ser emitidos allí donde resulta apropiado beber, pero el signo
beber no deambula al azar por el espacio de señalización como pretenden los
Sebeok. Los errores de articulación aparecen entre dos signos cuya
localización, configuración y ademanes son similares y se registran como tales.
Al gesticular el signo beber a la altura de su oreja en lugar de a la de su
boca, Koko alteró su articulación de un modo que no se ajustaba a ninguno de
los patrones de error típico. A Koko nunca le había sucedido esto hasta
entonces ni tampoco volvió a colocar el pulgar de su puño cerrado a la altura
de su oreja. Los Sebeok suponen que como Koko se había negado a emplear este
signo en este día concreto con este ayudante concreto, aun cuando el profesor
había efectuado repetidas veces («¡indicando!») el signo, ella no lo había
aprendido; sin embargo beber era un signo que Koko había empleado para entonces
de manera fiable y diariamente por espacio de varios años. Cuando Koko
finalmente cedió, acompañó el distorsionado gesto con una mueca.
El humor de Koko, como el de cualquier niño pequeño, se basa en afirmaciones
discrepantes acerca de relaciones sobreaprendidas. Si se considera la
distorsión fuera de contexto, y se ignoran las limitaciones que mencionábamos
con referencia a los errores de articulación, quizá sea lo mejor interpretar el
signo «beber en la oreja» como error. Pero dados los contextos de la situación,
de la conducta de Koko antes y durante el incidente, la historia de la
adquisición del signo y el patrón de errores, la naturaleza del humor infantil,
y del temperamento del gorila (todo lo cual brilla por su ausencia en el relato
de los Sebeok), sería un error clasificar esa respuesta como error.
Existen numerosas (casi cincuenta) tergiversaciones, inconsecuencias, citas
elípticas confusas y observaciones erróneas por el estilo en el capítulo de los
Sebeok. (La recensión de Gardner está basada únicamente en este primer
capítulo, no en ningún material elaborado por estudiosos de los animales.) Hubo
una en particular que impresionó claramente a un reportero de Time. Me preguntó
una media docena de veces si yo había clasificado respuestas inadecuadas de
Koko como errores en una prueba ciega de su vocabulario. Los Sebeok afirman que
los tipos de respuestas que dio Koko para evitar la prueba doblemente ciega no
se incluyeron en las cuatro categorías de errores que yo enumeré, por lo que
«podemos suponer que, de hecho, no están representadas en esa puntuación del
sesenta por ciento» que ella consiguió. No puedo creer lo que ven mis ojos
cuando leo esto —esas respuestas ciertamente aparecen en la lista de errores
que figura precisamente ¡en la misma página que una cita de ese informe que
ellos incluyen!
Gardner afirma que «ningún profesor se ha molestado en registrar todas las
combinaciones sin sentido producidas por un antropoide…». Yo registro de forma
rutinaria todo lo que Koko señaliza en tres formatos: notas por escrito,
muestras grabadas en audio y muestras grabadas en vídeo. La mayoría de las
comunicaciones señalizadas de Koko son adecuadas a las situaciones en que se
producen (Gardner llama a esto «aciertos afortunados»).
Según Gardner, una de mis «pretensiones» excepcionales es que Koko posee
capacidad para rimar los sonidos de palabras inglesas utilizando signos. El
contexto completo de la rima de Koko «Flor rosa, fruto maloliente, fruto rosa
maloliente» fue una discusión acerca del brécol mantenida durante la cena con
dos profesores, uno de los cuales respondió «¡Estás rimando, chica!», a lo que
Koko replicó: «Amo carne dulce.» A raíz de este incidente, se sometió a prueba
su habilidad para rimar. Koko realizó con éxito una tarea en la que se la pedía
que produjera signos cuyas traducciones inglesas rimaran con la traducción
inglesa de otros signos. Por ejemplo, Koko respondió «do» a la palabra «blue»
dicha por el experimentador y «wash» a «squash». Nótese que estas parejas de
palabras no son ejemplos de rimas de Koko, como Gardner supone equivocadamente,
sino respuestas a preguntas de prueba. Ella también mostró habilidad para
seleccionar entre un abanico de objetos aquellos cuyos nombres rimaran con una
palabra inglesa dicha por el experimentador.
Otra de mis «pretensiones excepcionales», según Gardner, es que Koko genera
manifestaciones innovadoras en un sentido que raya en la metáfora. Tras
documentar numerosos ejemplos de estas frases descriptivas noveles, evaluamos
la capacidad de los gorilas para apreciar metáforas empleando una prueba
diseñada por el psicólogo de Harvard, Howard Gardner. Regida de modo ciego, la
prueba implicaba la asignación por parte de los gorilas de adjetivos
contrapuestos (tales como estrepitoso-silencioso y duro-blando) a parejas de
colores. El nivel de ejecución de ambos gorilas (un 90 por 100 de coincidencias
metafóricas) estuvo a la par con el de niños humanos de siete años de edad (82
por 100).
El gran alegato final de Gardner es una cita de un libro de Darwin publicado en
1871, presentado como evidencia de que los pronunciamientos de Terrace y Sebeok
sobre los antropoides coinciden claramente con la teoría de la evolución. Muy
pocos gorilas han conseguido ser mantenidos en cautividad y en ese lapso de tiempo
no se ha llevado a cabo ningún intento de evaluar sus facultades mentales. Esta
declaración de Darwin estaba basada en la errónea idea de que lenguaje es
sinónimo de habla vocal.
No se puede rastrear la evolución del lenguaje desde un sillón de Indiana. A
base de estudiar las capacidades cognitivas del pariente más próximo del
hombre, quizá nos acerquemos un paso más al descubrimiento de las habilidades
lingüísticas de nuestros ancestros hace cinco millones de años, cuando humanos
y gorilas emprendieron senderos evolutivos separados.
En resumen:
Se han aplicado pruebas ciegas y doblemente ciegas, y el nivel de ejecución de
los gorilas resulta significativamente superior al azar.
Los gorilas señalizan espontáneamente y de forma adecuada a ellos mismos y
entre sí.
Los gorilas señalizan y responden a preguntas adecuadamente incluso cuando
tratamos de confundirles con pistas no verbales.
Los gorilas frecuentemente inician comunicación señalizada; la mayoría de sus
expresiones tienen significado.
Francine PATTERSON
Presidente, The Gorilla Foundation
Woodside, California
Esta
carta de Patterson provocó réplicas tanto de Terrace como de los Sebeok, que se
publicaron en NYR, el 4 de diciembre de 1980:
En
su réplica a la recensión de Martin Gardner sobre mi libro, Nim, Francine
Patterson cuestiona mis conclusiones negativas en lo que respecta a la
competencia lingüística de los antropoides. Y lo hace sin afrontar los hechos
que me condujeron a cambiar mi interpretación inicial de las secuencias de
múltiples signos de Nim como frases.
La señalización de Nim, así como la de cualquiera de los demás antropoides que
señalizan, parece estar motivada más por un deseo de obtener algún objeto, o de
ocuparse en alguna actividad, que por un deseo de intercambio de información
para su propio bien. Primero el antropoide intenta obtener lo que quiere
directamente —sin señalización. Cuando su profesor le recuerda que debe
ejecutar signos, el antropoide a menudo señaliza hasta que el profesor
satisface su petición. La pregunta crítica es si el antropoide está generando
frases o simplemente prolongando la actividad de sus manos hasta que consigue
lo que quiere.
Un minucioso escrutinio de las emisiones del antropoide favorece esta última
interpretación. Considérese, por ejemplo, un intercambio típico en el que el
profesor señalizó «¿Juegas al gato?», y Nim respondió señalizando: mi Nim gato
juega. Dos de los signos del profesor aparecen combinados con dos signos de
finalidad general, signos que yo denomino «comodines» debido a su relevancia
universal. Estas y otras características del discurso del antropoide con sus
profesores se descubrieron a través de un esmerado análisis escena tras escena
de las grabaciones de vídeo. A diferencia de las frases de un niño, las
combinaciones de Nim no eran más que mezclas instructuradas de signos. Algunas
imitan la emisión anterior del profesor; otras son producto de selecciones
asitemáticas entre un pequeño grupo de signos «comodín».
Patterson rechaza esta interpretación de las secuencias de signos del
antropoide basándose en que tres horas y media de grabación de Nim con sus
profesores aportaban una muestra demasiado pequeña y que los datos que reunimos
eran artefactos de la presión ejercida por los profesores sobre Nim para
sacarle signos. Estos dos argumentos no tienen nada que ver con las
afirmaciones y los datos que aparecen en la disertación de Patterson
(Universidad de Stanford, 1979), documento que me parece la más concienzuda de
las publicaciones de Patterson sobre la señalización de Koko.
Los psicolingüistas coinciden en general en que la producción del lenguaje del
niño, en oposición a su comprehensión, aporta la evidencia más reveladora de su
competencia gramatical. Considérese la evaluación de Patterson de la producción
de signos por parte de Koko. «La mayoría de las manifestaciones de Koko no eran
espontáneas, sino solicitadas por preguntas de sus profesores y acompañantes.
Mis interacciones con Koko a menudo se caracterizaban por frecuentes preguntas
tales como “¿Qué es esto?”» (p. 153).
La disertación de Patterson contiene cinco transcripciones de una hora de
grabaciones en vídeo de la señalización de Koko con sus profesores (las únicas
transcripciones que se han publicado hasta la fecha). No he encontrado
evidencia alguna de que el uso del lenguaje de signos de Koko fuera diferente
del de Nim. Lo mismo que Nim tendía a producir largas expresiones tales como da
naranja mí da comer naranja mi comer naranja da mí comer naranja da mí tú. Koko
producía emisiones de signos estructuralmente desvinculados como, por ejemplo,
ración rojo sedienta (p. 339) y por favor leche por favor mi gusta manzana
botella (p. 345).
Mientras Patterson no publique datos que respalden su idea de que mis grabaciones
en vídeo de la señalización de Nim con sus profesores fueron obtenidas en
«condiciones artificiales y de fuerte presión que muy probablemente
contribuyeron a los altos niveles de interrupción e imitación», no veo ningún
modo de evaluar esa afirmación. También sugiero que Patterson lleve a cabo un
análisis de discurso de la señalización de Koko como el que aparece en un
documental en el que ella colaboró, Koko, a Talking Gorilla (New York Films).
Las escenas de esa película, en la que se ve tanto a Koko como a su profesora,
me dejaron (como a muchos otros espectadores) la clara impresión de que la
profesora iniciaba la mayor parte de la señalización y que la señalización de
Koko era altamente imitativa de las emisiones de la profesora.
El hecho de que Koko pudiera superar los niveles de azar en una prueba de
comprensión de signos y en inglés hablado no constituye evidencia de
competencia gramatical. Como he argumentado en otra ocasión ( Journal of The
Experimental Analysis of Behavior, vol. 31, pp. 161-175), el tipo de problema
que se planteaba en esta prueba podía resolverse aplicando estrategias no
gramaticales.
Gran parte de la carta de Patterson está dedicada a defender lo que Martin
Gardner describe como sus «excepcionales pretensiones» relativas a la
señalización de Koko. Aunque no guardan una relación directa con los
comentarios de Patterson en lo que se refiere a mis conclusiones, suscitan
preguntas acerca de sus criterios a la hora de caracterizar la señalización de
Koko como lenguaje. Totalmente ausente de la descripción de Patterson de la
habilidad de Koko para rimar, utilizar metáforas y conceptos tan abstractos
como porque e imaginar, está el tipo de entrenamiento necesario para establecer
tales destrezas lingüísticas. No se hace ninguna mención al modo en que un
gorila, que no puede producir fonemas humanos, aprende a identificar palabras
inglesas que riman entre sí. Afirmaciones como la de que un gorila es lo
suficientemente competente como para producir las mismas metáforas que un niño humano
de siete años de edad no pueden evaluarse sin saber qué tipo de entrenamiento
se ha utilizado para lograr que el gorila aprecie un uso metafórico del
lenguaje. Sin esta información, uno se queda con la impresión de que Patterson
no hace más que proyectar sobre los movimientos de las manos de sus gorilas lo
que un niño humano podría hacer en circunstancias similares. Estos y otros
aspectos de las superficiales evaluaciones que Patterson efectúa de los logros
«lingüísticos» de sus gorilas solamente pueden superarse mediante una
descripción rigurosa de sus historias de entrenamiento y verificación.
H. S. TERRACE
La carta de Francine Patterson, bastante caótica en sí misma, mezcla distintas
cuestiones, ya que parece ir dirigida, en tropel, a Herbert Terrace y a los dos
abajo firmantes, cuyos libros se están comentando, así como a Martin Gardner,
que los ha comentado. Su carta contiene citas dispersas, como en su párrafo
inicial, atribuidas a «los Sebeok», pero algunas de ellas, de hecho, no
corresponden a nuestro libro; son palabras del Sr. Gardner. Su denuncia también
presenta cierto número de peregrinas refutaciones de afirmaciones dramáticas
las cuales, que nosotros sepamos, ninguno ha formulado jamás —desde luego
ninguno de nosotros dos. Un ejemplo de esto último es la indignada protesta de
Patterson: «Decir que el uso del lenguaje de signos de un gorila es
prácticamente idéntico al del niño humano es un error…» Lo contrario no ha sido
dicho nunca por ningún estudioso, ni siquiera por el escritorzuelo más entusiasta.
El repetido lloriqueo de Patterson «No han examinado mis datos» es falso. De
hecho, hemos comprobado todo fragmento de información —con todas sus
imperfecciones— que ella ha divulgado a través de los canales científicos
normales, así como hemos revisado también todas las vulgarizaciones disponibles
de sus datos, presumiendo que ha sido ella quien ha autorizado su circulación
pública. Su disertación, tanto tiempo esperada, no llegó a nuestras manos hasta
después de que se compusiera Speaking of Apes; por esa razón, nos ocuparemos de
ella desde un punto de vista crítico en nuestro próximo artículo, «Clever Hans
and Smart Simians, the Self-Ful-filling Prophecy and Kindred Methodological
Pitfalls», actualmente en prensa y que aparecerá, a comienzos de 1981, en una
destacada revista antropológica. Sin embargo, a modo de anticipo, debemos
señalar aquí que existen discrepancias básicas y muy preocupantes entre sus
datos tal como aparecen registrados en su tesis y tal como se encuentran
publicados en sus artículos dispersos.
Patterson defiende en su carta que «la comunicación humana está plagada de
pistas no verbales, al igual que la comunicación antropoide-hombre… En contra
de la afirmación de los Sebeok, resulta fácil controlar pistas tales como el
tamaño de la pupila del ojo… llevando gafas de sol». De hecho, Sebeok dice
prácticamente lo mismo, en la página 420 de Speaking of Apes. Sin embargo,
Patterson no se ha preocupado anteriormente de informar de esta forma de
control y continúa ignorando otras fuentes de error, muchas de las cuales
enumerábamos en nuestro estudio. En los informes de Patterson, no suelen
describirse los métodos precisos de entrenamiento ni las situaciones de prueba
utilizadas, y se nos pide que aceptemos sus declaraciones acerca de las
actuaciones de sus antropoides como artículo de fe. Cuando aparecen
especificadas las condiciones experimentales, los controles suelen ser tan
débiles como para desafiar toda creencia. Su amable afirmación acerca de la
importancia de las pistas no verbales se contradice con su tratamiento continuo
del efecto Hans el Listo como una irritación metodológica menor en lugar de
admitirlo —haciendo frente a la inmensa cantidad de evidencia científica que
atestigua su penetrante influencia— como una aplicación global de la profecía
que se autocumple, incluso en situaciones donde los experimentadores no se
encuentran tan comprometidos emocionalmente con sus sujetos experimentales como
lo está Petterson, según todos los indicios, con sus gorilas.
Patterson nos censura por nuestra «ignorancia de la estructura del lenguaje de
signos», pero el zapato le aprieta en el otro pie. Ella nunca ha producido un
ápice de evidencia de que los gestos de sus antropoides sean, ciertamente,
signos, en la acepción técnica de esta unidad semiótica básica, como exponen
con mucha propiedad Petitto y Seidenberg (Brain & Language 8: 162-83,
1979). Los descubrimientos de Terrace, que actualmente se han visto
complementados por un análisis razonado de los datos presentados en la disertación
de Patterson, confirman plenamente nuestra vieja sospecha de que los toscamente
duplicativos gestos del gorila que ella persiste en llamar signos, apenas son
algo más que «significantes» sin ningún «significado» en el sentido humano.
Las repetidas sobreinterpretaciones de Patterson de la conducta de sus sujetos
como bromas, apologías, castigos, y ahora rimas en inglés (!!), constituyen
ejemplos claros de la Patética Falacia, de la que nos ocuparemos ampliamente en
nuestro estudio. En el caso del signo correspondiente a beber, sobre el que se
extiende en su carta, nos gustaría saber qué otras localizaciones fueron
empleadas por Koko con la configuración manual en cuestión. Suponiendo que,
como informa Patterson, el entrenador hubiera estado intentando durante algún
tiempo convencer a Koko de que hiciera este signo, podemos pensar que el
antropoide de hecho movería las manos en diversas direcciones durante la
sesión, y con diversas expresiones faciales concomitantes. ¿Cómo fueron
interpretados todos esos otros «signos» y expresiones? Las posibilidades, dada
la falta del tipo de información que cualquier persona sensata pediría, son
ilimitadas. A Patterson le beneficiaría inmensamente conocer a fondo los
principios de la biología —sobre todo los escritos de Jacob von Uexküll, y su
Umweltlehre— y lo mejor de la teoría lingüística contemporánea —por ej., Rules
and Representations (Reglas y representaciones) de Noam Chomsky, capítulo 6—
sin mencionar numerosos manuales de adiestramiento del circo clásico.
Patterson se queja de que nuestro capítulo introductorio presenta «numerosas»
puntualizaciones erróneas. En su carta no ofrece más que un ejemplo, que por
cierto es falso. No podemos repetir aquí nuestra crítica detallada del método
preventivo de la llamada prueba «doblemente ciega», un artilugio mágico en el
que Patterson parece haber depositado una fe conmovedora, pero que, como
nosotros y otros muchos hemos puesto de relieve, con demasiada frecuencia
resulta embarazosamente inadecuado. Por tomar un ejemplo de la obra de
Patterson, las descripciones e ilustraciones de sus artículos publicados
demuestran que la caja que ella empleó para la prueba doblemente ciega era lo
suficientemente pequeña como para que Koko hubiera podido manejarla a voluntad.
El diseño experimental de Patterson para estas pruebas no elimina en modo
alguno determinadas estrategias de conjetura por parte del antropoide y del
experimentador «ciego», dado el pequeño universo de estímulos que se puede
utilizar y la familiaridad tanto del antropoide como del hombre con estos
materiales, así como con las expresiones faciales del otro, los movimientos
corporales y cosas por el estilo. Por último, hay que decir que estas pruebas
doblemente ciegas tan sólo han sido utilizadas por Patterson en raras ocasiones.
Hemos encontrado informes publicados solamente de una serie, aplicada a Koko en
septiembre de 1975. Koko, ha admitido Patterson en letra impresa, era
extremadamente reacia a trabajar en estas condiciones.
Patterson afirma que «no se puede rastrear la evolución del lenguaje desde un
sillón de Indiana». Nuestra opinión es que, por el contrario, un
Gedanken-experiment no puede separarse nunca de sus verificaciones técnicas en
ningún campo de la ciencia, ya que sólo puede obtenerse conocimiento de la
naturaleza mediante la aplicación informada y cuidadosa de ambas cosas. La
falta de sofisticación metodológica de Patterson es atribuible de forma precisa
a su ignorancia en materia de avances teóricos fundamentales en campos
adyacentes al suyo. Sus compañeros psicólogos que poseen conocimientos acerca
de estos temas tendrán que juzgar hasta qué punto ella es una víctima del
autoengaño y por qué, cuando alguno de los más eminentes «ponguistas» ha
renegado públicamente de esta línea de investigación, ella persiste, en contra
del peso de la opinión versada y de las leyes de la probabilidad, persiguiendo
la quimera de que los antropoides son capaces de ejecuciones lingüísticas.
Aquellos que ignoran la historia milenaria del fenómeno Hans el Listo están
condenados a repetirla indefinidamente con una forma de vida animal u otra, ya
sea encarnada en el cuerpo de aves, caballos, cerdos, cetáceos, los grandes
antropoides, o, más recientemente, las maravillosas tortugas de Milwaukee.
Jean UNIKER-SEBEOK
Thomas A. SEBEOK
Anexo
En caso que ustedes piensen que me he inventado mis citas de John Lilly, las
encontrarán todas (y otras todavía más ridículas) en varios libros de Lilly
sobre delfines, así como en entrevistas publicadas en Psychology Today (diciembre
de 1971) y en Village Voice (19 de abril de 1976). La idea de
que los delfines se comunican con los seres humanos a través de PES constituye
hoy día un lugar común entre creyentes, e incluso hay organizaciones que
recaudan fondos para la investigación sobre la PES de los cetáceos. Esto no es
nada sorprendente. J. B. Rhine creía firmemente que Lady Wonder, un
caballo actor, leía su mente, y muchos parapsicólogos destacados están
convencidos de que los animales actores como Hans el Listo reaccionaban
menos a pistas visuales o auditivas que a la PES.
Cuando el dueño de Hans falleció, el caballo fue adquirido por
Karl Krall, en Elberfeld, quien adiestró a varios caballos más para que
actuaran como Hans. Su gran libro sobre esto, Denkende
Tiere (Animales parlantes), fue publicado en Leipzig en 1912. Maurice
Maeterlinck escribió un capítulo increíblemente ingenuo sobre los caballos de
Krall en su libro The Unknown Guest (El huésped desconocido).
Hablando sobre estos caballos en Fate (abril de 1980), D.
Scott Rogo supone estúpidamente que como Krall adiestraba a un caballo ciego, y
les puso vendas en los ojos a los demás caballos, ¡esto descartaba toda
posibilidad de pista! Rogo no dice nada de la demolición exhaustiva de las pretensiones
de Krall a cargo de Stefan von Màday en su Gibt es denkende Tiere? (¿Hay
animales pensantes «parlantes?) (Leipzig, 1914).
Antes y después de Hans debe haber habido montones de animales de escenario que
hayan resuelto problemas matemáticos, deletreado respuestas, etc. —no solamente
caballos (como ya he dicho anteriormente), sino también perros y cerdos;
incluso un «ganso erudito» que actuaba en Londres a finales del siglo XVIII y
dos «aves raras» que trastabillaban trucos mentales en Inglaterra a comienzos
del siglo XIX. En varios libros sobre adiestramiento de animales se han
descrito métodos para dar pistas a estos animales de escenario. Las pistas
normalmente se formulan a través de un sonido demasiado débil para ser
percibido por el oído humano. Se puede producir de muchas formas sutiles, como
por ejemplo rozando las uñas del dedo pulgar y el corazón, o con un ligero
olfateo. Los parapsicólogos, ostensiblemente desinformados acerca de estas
cosas, tienden a buscar movimientos obvios de la mano del cuerpo del
adiestrador. Rara vez se les ocurre a los investigadores de la PES animal que
cuando el propietario de un animal «psíquico» abandona la sala, la señalización
puede ser asumida por un amigo disfrazado de atónito espectador. Dos libros
recientes sobre la PES en caballos son Talking with Horses (Hablando
con los caballos) (1975) y Thinking with Horses (Pensando con
los caballos) (1977), ambos de Henry N. Blake, y publicados en Londres por
Souvenir Press.
Cuando escribí mi recensión de los libros sobre antropoides parlantes no había
leído el libro de Pfungst sobre Hans el Listo. Posteriormente
conseguí un ejemplar (Holt, Rinehart and Winston lo reimprimieron en 1965), y
debo decir que me ha impresionado la minuciosidad de la verificación de
Pfungst. Formula una defensa convincente de la hipótesis de que el dueño y
entrenador de Hans, un profesor de matemáticas retirado llamado
Wilhelm von Osten, no proporcionaba pistas a Hansconscientemente,
sino que el caballo respondía a movimientos involuntarios de la persona que le
preguntaba. La pista era fundamentalmente un ligero movimiento de la cabeza
hacia arriba, extremadamente difícil de suprimir aun cuando alguien así lo
ordene, que se produce cuando un caballo actor ha golpeado con el casco un
número correcto de veces. El movimiento era amplificado por el sombrero de ala
ancha que Von Osten acostumbraba a llevar.
Pfungst revela escasa familiaridad con los métodos de engaño utilizados por los
entrenadores de animales «parlantes», y terminé el libro con la impresión de
que Von Osten era menos inocente de lo que Pfungst creía, o quizá de lo que
quería decir en letras de molde. En cualquier caso parece que caben pocas dudas
de que Hans había sido adiestrado para responder a pistas
visuales inconscientemente aportadas por la mayoría de la gente, más que a una
señal secreta. Esto explicaría por qué el trabajo de Pfungst nunca ha sido
repetido. Quizá Hans fuera el único animal actor entrenado de
ese modo, y su réplica tendrá que esperar a que alguien esté dispuesto a
dedicar años a adiestrar a un animal de manera similar. ¿Qué adiestrador de un
animal actor se molestaría en hacer esto cuando resulta tan fácil enseñar a un
animal a responder a una pista deliberada pero sutil?
El hecho de que Von Osten lo hiciera tan difícil respalda la opinión de Pfungst
de que este adiestramiento fue involuntario por su parte, aunque cuando las
pruebas mostraron tan claramente la naturaleza de la pista, resulta difícil
creer que Von Osten no aceptara los hallazgos. En cualquier caso, concluyó
airadamente los experimentos, manteniendo hasta su muerte que Hans tenía
la facultad del «habla interior», así como capacidad para comprender la
sintaxis y realizar cálculos matemáticos.
La actual controversia entre los investigadores de animales parlantes y sus
oponentes escépticos cada vez es más encarnizada. Time concluía
su informe sobre esta controversia (10 de marzo de 1980) con la siguiente
declaración de Chomsky: «Viene a ser tan probable que un antropoide demuestre
poseer la capacidad del lenguaje como que haya por ahí una isla con una especie
de aves que no saben volar y están esperando a que los seres humanos les
enseñen a hacerlo.» Véanse también los artículos de Science News (10
de mayo de 1980), Science-80 (julio/agosto 1980) y Science (vol.
207, 21 de marzo de 1980; vol. 208, 20 de junio de 1980).
En el Roosevelt Hotel de Manhattan, los días 6 y 7 de mayo de 1980, se celebró
una «Conferencia sobre el fenómeno Hans el Listo: comunicación con
caballos, cetáceos, antropoides y personas».
Allen y Beatrice Gardner figuraban en el programa como ponentes pero no
asistieron, aduciendo que como Sabeok había organizado la conferencia tendrían
todas las cartas en contra suya. Entre los investigadores más destacados,
solamente los Rumbaugh se dejaron ver. Se intercambiaron airadas palabras en
las sesiones, y cada bando acusó al otro de mentiroso. Una adiestradora de
antropoides, experta en el lenguaje de los signos, se levantó para protestar
contra la teoría de la formulación de pistas inconsciente. Mientras habló, sus
manos estuvieron señalizando constante e inconscientemente todo lo que decía.
Me informaron de que las actas de esta conferencia serían publicadas en 1981
por la Academia de Ciencias de Nueva York, que patrocinaba la convención, como
uno de sus anales.
Pueden encontrar algo de publicidad reciente de Penny en el artículo que Garry
Hanauer publicó sobre su investigación en el número de noviembre de 1980
de Penthouse. Aparecen unas excelentes fotografías de Koko desnuda.
F I
N
Notas:
[1] Reproducido
con permiso de los editores del número de invierno 1950-51 de Antioch
Review. Copyright 1951 by The Antioch Review, Inc
[2] Véase
la referencia de Koestler a Reich en su aportación a The Good that
Failed (El dios que se equivocó), editado por Richard Crossman, 1949,
p. 43
[3] Hubbard
también considera la oposición a sus ideas como una resistencia inconsciente.
«Cualquiera que intente impedir a un individuo introducirse en la terapia
dianética —escribe—, o bien saca provecho de las aberraciones de ese individuo,
o bien tiene algo que ocultar.»
[4] Tanto
Reich como Hubbard se interesaron por la terapia del cáncer. Hubbard escribe:
«Actualmente la investigación dianética está programada para incluir el cáncer
y la diabetes. Existen numerosas razones para suponer que pueden obedecer a una
causa engramática [ engrama es el término que emplea Hubbard
para referirse al registro mental de una experiencia conscientemente olvidada],
especialmente el cáncer maligno.»
[5] Debe
subrayarse que el aislamiento de un científico, la novedad de sus teorías, o
las motivaciones psicológicas que trascienden a su investigación no
proporcionan base alguna para el rechazo de su obra por parte de otros
científicos. Este rechazo debe basarse únicamente en el fracaso de su obra a la
hora de satisfacer estándares de adecuación científica. Sin embargo, no entra
dentro del alcance de este artículo el discutir ciertos criterios técnicos, en
virtud de los cuales las hipótesis gozan de grados de confirmación altos, bajos
o negativos. Nuestro propósito era simplemente echar un vistazo sobre varios
ejemplos de un tipo de actividad científica que no consigue en absoluto
ajustarse a los estándares científicos, pero que al mismo tiempo es el resultado
de una actividad mental tan intrincada que consigue ganarse la aceptación
temporal de muchos profanos insuficientemente informados como para reconocer la
incompetencia del científico en cuestión. Aunque, obviamente, no existe ninguna
línea clara que separe la investigación competente de la incompetente, y hay
ocasiones en las que la «ortodoxia» científica puede demorar la aceptación de
ideas nuevas, el hecho es que la distancia entre la obra de científicos
competentes y las especulaciones de un Voliva o un Velikovsky es tan grande que
surge una diferencia cualitativa que justifica la etiqueta de «pseudociencia».
Desde la época de Galileo, la historia de la pseudociencia ha quedado tan
absolutamente fuera de la historia de la ciencia que las dos ramas únicamente
se tocan en casos extremadamente raros
[6] Esta
breve nota de pie de página, en la que Velikovsky hace referencia a este libro,
no indica lo mucho que éste se parece a su propia obra. La tesis de Donnelly
dice que la Era Glacial de la tierra, y épocas anteriores de diastrofismo,
fueron debidas a roces con un cometa. Hay más de 200 páginas dedicadas a
leyendas, que Donnelly, como Velikovsky, consideró recuerdos del último roce.
En la que se refiere al milagro de Josué, Donnelly escribe: «E incluso ese
acontecimiento maravilloso, tan escarnecido por el pensamiento moderno, la
detención del sol a la orden de Josué, puede ser, después de todo, una
reminiscencia de la catástrofe… En las leyendas americanas leemos que el sol se
quedó quieto, y Ovidio nos dice que "se perdió un día”. ¿Quién explicará
cuáles fueron las circunstancias que acompañaron a un acontecimiento lo
suficientemente grande como para romper el globo en inmensas figuras? No deja
de ser un hecho curioso que, según Josué (capítulo X), la detención del sol se
produjera acompañada por la caída de piedras desde el cielo que acabó con la
vida de verdaderas multitudes.»
[7] Reproducido
con permiso de Yale Review, marzo de 1954. Copyright 1954 by Yale
University
[8] De Máquinas
y diagramas lógicos, de Martin Gardner, Alianza Editorial, Madrid,
traducción de Luis Bou
[9] En
años posteriores, Leibniz se mostró muchas veces crítico al hablar de Llull,
pero siempre consideró fundado el proyecto básico que esbozó en su Dissertio
de arte combinatoria. En una carta escrita en 1714, hace los siguientes
comentarios:
«Siendo joven, me complacía el arte luliano, aunque me parecía también
encontrar en él algunos defectos, y algo dije acerca de ellos en un pequeño
ensayo que escribí en 1666, siendo yo estudiante, llamado Sobre el arte
de las combinaciones, que más tarde sería reimpreso sin autorización mía.
Pero yo nada desdeño de inmediato —excepto las artes de adivinación, que son
pura superchería— y he encontrado también en el arte de Lulio y en el Degistum
sapientiae del padre Ives, el capuchino, algo de valioso; este último
me complació grandemente, pues encontró un método para aplicar las
generalidades de Lulio a problemas particulares y útiles. Empero, me parece que
Descartes tenía una profundidad de un nivel enteramente distinto.» (Gottfried
Wilhelm von Leibnitz: Philosophical Papers and Letters , recopilación,
edición y traducción inglesa de Leroy E. Loemker, University of Chicago Press,
1956, vol. 2, p. 1.067.)
[10] Para
esbozar la vida de Llull me he basado casi exclusivamente en la espléndida
biografía de E. Allison Peers, Ramon Llull, Londres, 1929, el único
estudio adecuado que existe acerca de Lull en lengua inglesa. Una biografía
anterior, más breve, Raymond Lull, the Illuminated Doctor, fue
publicada en Londres, en 1904, por W. T. A. Barber, quien redactó también un
artículo informativo acerca de Llull para la Encyclopedia of Religion
and Ethics. Otras referencias dignas de mención en lengua inglesa son: el
artículo de Otto Zockler, en la Religious Encyclopedia; el artículo
de William Turner, en la Catholic Encyclopedia; la Introduction
to the History of Science, de George Sarton, 1931, vol. II, pp. 900 y ss.;
y A History of Magic and Experimental Science, de Lynn Thorndyke,
1923, vol. II, páginas 862 y siguientes.
Puede verse una voluminosa bibliografía de las obras de Llull, con breves
sumarios de cada una, en la Historie Littéraire de la Franee,
París, 1885, vol. XXIX, pp. 1-386, que es obra de referencia indispensable para
estudiosos de Llull. Hay también un excelente artículo sobre Llull, de P.
Ephrem Langpré, en el vol. IX del Dictionnaire de théologie Catholique,
París, 1927. Es interesante observar que una novela de 420 páginas, basada en
la vida de Llull, Le Docteur Illuminé, de Lucien Graux, fue
publicada en París en 1927.
En español, las referencias más accesibles son los artículos dedicados a Llull
en la Enciclopedia universal ilustrada, Barcelona, 1923, y el vol.
1 de la Historia de la filosofía española, Por Tomás Carreras y
Artáu, Madrid, 1939
[11] Citado
por Peers, op. cit., p. 64
[12] En
1926 se publicó una traducción inglesa, de Peers
[13] Publicada
independientemente, en traducción inglesa de Peers, en 1923
[14] La
muerte de Llull es tema de un cuento breve de Aldous Huxley, «La muerte de
Lulio», en Limbo, 1921
[15] En
lengua inglesa, la única descripción satisfactoria del método luliano es la
dada en History of Philosophy, de Johann Erdmann, traducción
inglesa, Londres, 1910. No existe traducción inglesa de ninguno de los libros
de Llull que traten de su Arte. En la biografía de Peers puede consultarse una
lista de ediciones latinas y españolas de los escritos de Llull
[16] Véase La
Logique de Leibniz, de Ruth Lydia Shaw, 1954, capítulo VIII
[17] El
capítulo 7 de mi Mathematics, Magic and Mystery, 1956, contiene una
reproducción y un análisis del rompecabezas «¡Fuera de la Tierra!», de Sam
Loyd, y de varias paradojas afines
[18]Historia
del Lulisme, de Joan Avinyó, es una historia del lulismo que abarca hasta
el siglo XVIII; fue publicada en Barcelona en 1925. Mi rápida reseña del
lulismo se basa sobre todo en la exposición de Peers
[19] A
excepción de la tabla de permutaciones, todos estos diagramas están
reproducidos y comentados en la edición latina de varias de las obras de Llull
recogidas en un solo volumen por Zetzner, publicado en Estrasburgo, 1598
[20] Bryson
de Heraclea, un discípulo de Sócrates, había observado que aumentando el número
de lados de los polígonos inscritos y circunscritos a un círculo, se van
obteniendo aproximaciones progresivamente mejores. Aplicando este método de
límites fue como Arquímedes pudo concluir que π estaba comprendido entre 3,141
y 3,142
[21] Me
han hecho observar que trazando una línea diagonal AB en el
dibujo de Llull que vemos en la figura 15, se obtiene una aproximación
sumamente buena del lado de un cuadrado cuya área es igual al área del círculo.
Figura 15
[22] Los
enormes libros de Kircher son fascinantes mezclas de ciencia y de absurdo. Al
parecer, se anticipó a la película cinematográfica, construyendo una linterna
mágica que lanzaba sobre una pantalla imágenes en rápida sucesión, para
ilustrar acontecimientos como la Ascensión de Cristo. Inventó (como hiciera
Leibnitz) una de las primeras máquinas de calcular. Por otra parte, dedicó un
tratado de 250 páginas a explicar los detalles de la construcción del Arca de
Noé.
El trabajo de Kircher acerca del arte luliano apareció tres años después que la
obra juvenil de Leibnitz de título similar (véase la nota 9). Leibnitz escribió
más tarde que esperaba encontrar estudiadas en la obra de Kircher cuestiones
importantes, y vio con desencanto que «se había limitado a revivir el arte
luliano, o algo semejante a él, pero que el autor no había ni soñado en el
análisis verdadero de los pensamientos humanos»
[23] Reproducido
con autorización de The Quid, invierno 1963-64 (Jefferson High
School, Elizabeth, N. J.)
[24] «Bootstrap
lifter», expresión popular en lengua inglesa que hace referencia al mecanismo,
obviamente imposible, de levantarse uno mismo del suelo tirando de los
elásticos de sus botas (N. del T.)
[25] Pueden
encontrarse bibliografías de artículos relativos al impulso de Dean en
«Detesters, Phasers and Dean Drives», de G. Henry Stine, en Analog.
Science Fiction, junio 1976, y «In Search of the Bootstrap Effect», de
Russell E. Adams, Jr., abril 1978. El impulso salió a relucir de nuevo en un
artículo de Stine en Destinies, octubre 1979. Véase también un
divertido debate sobre el impulso a cargo de Milton Rothman en «On Designing an
Interstellar Spaceship», Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine,
septiembre 1980
[26] Hace
unos años escuché por casualidad parte de un programa de radio de Frederick.
Hacía propaganda del Laetrile como remedio contra el cáncer. Para asombro mío
sacó a relucir su anterior defensa del krebiozeno y dijo que la defensa del
Laetrile en contra de la clase médica le proporcionaba una fuerte sensación
de déjà vu. Desde luego a mí sí que me inspiraba esa sensación
[27] Parapsicólogos
muy destacados quedaron ultrajados por la evidencia de Hansel, revelada en
varios artículos, de que Soal había falseado sus datos. Hasta que Betty
Marckwick no expuso sus sensacionales hallazgos (véanse capítulos 10 y 19) no
admitieron el carácter sospechoso de toda la obra de Soal
[28] Reproducido
con permiso de Stranger than Fact, verano 1964
[29] En
inglés americano, «head-egg» (cabeza de huevo) es sinónimo de intelectual (N.
del T.)
[30] El
autor hace un juego de palabras intraducible entre «my but!» (¡mi pero!) y la
expresión coloquial «my God!» (¡Dios mío!). Ambas suenan de forma muy parecida
en inglés americano (N. del T.)
[31] Reproducido
con permiso de Science, 11 de febrero de 1966. Copyright 1966 de la
American Association for the Advancement of Science
[32]J.
E. Robert-Houdin, Confidences d’un Prestidigitateur (Blois,
1858), cap. 5; traducción inglesa, Memoirs of Robert-Houdin:
Ambassador, Authur and Conjuror (Londres, 1859); reeditado como Memoirs
of Robert-Houdin: King of the Conjurers (Dover, Nueva York, 1964)
[33]USSR,
89, 32 (1964)
[34] Para
traducción inglesa, véase I. Goldberg, Soviet Psychol. Psychiat. 2,
19 (1963)
[35] Para
traducción inglesa, véase N. D. Nyuberg, Federation Proc., 22, T701
(1964)
[36] A.
Rosenfeld, «Seeing color with fingers», Life 1964, 102-13 (12
de junio de 1964)
[37] «Pat
Marquis of California can see without his eyes», Life, 1937, 57-59
(19 de abril de 1937)
[38] J.
B. Rhine, Parapsychol. Bull., 66, 2-4 (agosto, 1963)
[39]A.
N. Khovrin, en Contributions to Neuropsychic Medicine (Moscú, 1898)
[40] J.
Romains, Vision Extra-Rétinienne (París, 1919); traducción
inglesa, Eyeless Vision, traducido por C. K. Ogden (Putman, Nueva
York, 1924)
[41] J.
Davy, Observer, 2 de febrero de 1964
[42] Véase
H. Tarbell, «X-ray eyes and blindfold effects», en The Tarbell Course
in Magic (Tannen, Nueva York, 1954), vol. 6, páginas 251-261. Tarbell
habla de su propio trabajo dentro de este campo como resultado directo de su
interés por la obra de Romains, y describe brevemente una actuación de visión
ciega realizada por una mujer que actuaba bajo el nombre artístico de Shireen a
comienzos de la década de 1920
[43] Véase
M. Gardner, Sphinx, 12, 334-337 (febrero, 1949); Linking
Ring, 34, 23-25 (octubre, 1954); también, G. Groth, «He writes with your
hand», en Fate, 5, 39-43 (octubre, 1952)
[44] Puede
encontrarse la descripción de una antigua actuación de visión ciega de Kuda
Bux, en H. Price, Confessions of a Ghost-Hunter (Putnam, Nueva
York, 1936), capítulo 19
[45] P.
Saltazman, Fate, 17, 38-48 (mayo, 1964)
[46] R.
K. Plumb, «Woman who tells color by touch mystifies psychologist», en New
York Times, 8 de enero de 1964; véase también el artículo de Plumb, «6th
sense is hinted in ability to “see” with fingers», ibid., 26 de
enero de 1964. The Times también publicó un editorial, «Can
fingers “see”?» el 6 de febrero de 1964
[47] R.
P. Youtz, «Aphotic Digital Color sensing: A case under Study», fotocopia para
la reunión Bryn Mawr de la Sociedad Psiconómica, 29 de agosto de 1963
[48] «Housewife
es unable to repeat color “readings” with fingers», New York Times,
2 de febrero de 1964
[49] Para
intercambio de cartas publicadas, véase M. Gardner,New York Times Magazine,
5 de abril de 1964, y R. P. Youtz, ibid., 26 de abril de 1964
[50] R.
P. Youtz «The Case for Skin Sensitivity to Color with a Testable Explanatory
Hypotesis» fotocopiado para la Sociedad Psiconómica. Cataratas de Niagara,
Ontario, 9 de octubre de 1964
[51] Vease
R. P. Youtz, carta, Sci. Amer., 212, 8 10 (junio, 1965)
[52] B.
Lebedev, Leningradskaya Pravda, 15 de marzo de 1964, traducido para
mí por Albert Parry, departamento de estudios rusos, Colgate University
[53] J.
Zubin, Science., 147, 985 (1965)
[54] Este
artículo, que apareció en Scientific American, octubre de 1975, y
las cartas a Scientific American que se citan en el Anexo han
sido reproducidos con permiso del editor. Copyright 1975-76 by Scientific
American
[55] «Single
blind», se refiere a cuando el experimentador, pero no el sujeto, conoce el
dispositivo y sistemas de control de la prueba. (N. del T.)
[56] Este
artículo, que apareció en Technology Review, junio de 1976, y las
cartas que se citan en el anexo, han sido reproducidas con permiso del editor
[57] El
libro de Zollner, de obligada lectura para todos los espectadores de Uri
Geller, fue publicado por vez primera en Alemania, en 1879. La traducción
inglesa de C. C. Massey (1880) tuvo muchas ediciones británicas y americanas.
Las investigaciones de Zollner sobre Slade gozaron de la asistencia y el apoyo
de los físicos William E. Weber y Gustave Fechner, así como del matemático W.
Scheibner. Alfred Wallace y lord Rayleigh estaban firmemente convencidos de los
poderes de Slade. En defensa de Slade véase History of Spiritualism de
Conan Doyle (1926). Quien desee conocer los métodos de Slade, puede consultar
el informe de 1887 de la Comisión Seybert, que sorprendió a Slade en ostensible
fraude, J. W. Truesdell, Bottom Facts of Spiritualism (1883),
Walter Prince «A Survey of American Slate Writing Medium ship», en la sección 2
de Proceedings of the American Society for Psychical Research Inc .,
vol 15 (1921). Harry Houdini,A Magician Among the Spirits (1924), y
John Mulholland, Beware Familiar Spirits (1938)
[58] «Information
Transmission under Conditions of Sensory Shielding», de Russell Targ y Harold
Puthoff, Nature vol 251, 18 de octubre 1974 pp. 602-607. Para
una crítica moderada de este trabajo, véase el editorial de la p. 559 del mismo
número. Para una crítica fuerte véase «Uri Geller and Science», de Joseph
Hanlon, The New Scientist vol 64, 17 de octubre, 1974 paginas
170-186, y el primer capítulo de Mediums Mystics and the Occult, de
Milbourne Christopher, T. Y. Crowell (1975). Para una crítica aun más fuerte
véase The Magic of Uri Geller, de James Randi, Ballantine Books
(1975)
[59] Esta
técnica fue explicada por Houdini en un raro folleto que Randi reproduce en su
libro. También aparece explicada en Confessions of a Psychic, un
folleto anónimo publicado por Karl Fulves (1975) para su venta al gremio de la
magia. Este folleto pretende ser el diario secreto del rival más importante de
Geller, el mítico Uriah Fuller, pero contiene la explicación más detallada
hasta la fecha de los métodos de Geller
[60]Superminds se
publicó en 1975, en Inglaterra por Macmillan, y en los Estados Unidos por
Viking. Véase también el artículo de Taylor «The Spoon Benders», en Psychic,
vol. 6, diciembre (1975), pp. 8-12, y mi recensión de Superminds en New
York Review of Books, 30 de octubre, 1975, pp. 14-15
[61] Véase
«Spoon Bending: An Experimental Approach», de Brian R. Pamplin y Harry
Collins, Nature, vol. 257, 4 de septiembre, 1975, p. 8
[62] El
artículo de Sarfatti fue reproducido en revistas psíquicas de todo el mundo, y
en Science News, vol. 106, 20 de julio, 1974, p. 46
[63] Después
de que yo escribiera este artículo, Sarfatti almorzó con el mago James Randi,
quien rompió una cuchara y movió las manillas de un reloj de tal manera que
Sarfatti no halló diferencia alguna con sus observaciones de Geller. Esto
impulsó a Sarfatti a invertir su opinión y escribir otro incendiario artículo
de prensa (fechado el 19 de noviembre de 1975) que comienza: «Sobre la base de
posterior experiencia en el arte de la magia, deseo retractarme públicamente de
mi apoyo a la autenticidad de la psicoenergética de Uri Geller.» Este artículo
apareció en forma de carta en Science News, el 6 de diciembre de
1975, página 355. «No creo —escribe Sarfatti— que Geller pueda resultar de
interés serio alguno para científicos que actualmente se encuentren
investigando fenómenos parafísicos.» Sarfati no duda de la existencia de
poderes de PC. Simplemente, ahora duda que Geller los tenga
[64] Hay
que añadir lo de «experimentados» porque no hay doctorados en magia, y
obviamente cualquiera, sin importar lo pueril que pueda ser su bagaje mágico,
puede proclamarse autoridad. Varios supuestos expertos en conjura, considerados
eminentemente ignorantes por parte de otros magos, han asistido a actuaciones
de Geller y proclamado su autenticidad: por ejemplo William E. Cos, un socio de
J. B. Rhine
[65] En
materia de cientología, véase Cults of Unreason, de Christopher
Evans, Farrar, Strauss Giroux (1974). Sobre el EST, véase «The New Narcissim»,
de Peter Marin, Harper’s Magazine, octubre, 1975; «We’re Gonna Tear
You Down and Put You Back Together», de Mark Brewer, Psychology Today,
agosto de 1975; «The Führer Over EST», de Jesse Kornbluth, New Times,
19 de marzo de 1976, pp. 36-52
[66] Para
una excelente explicación semi-técnica de la paradoja E.R.P. y del teorema de
Bell, véase «Quantum Theory and Reality» de Bernard d’Espagnat, en Scientific
American, octubre de 1979
[67] Mis
citas de Sarfatti están sacadas de comunicados distribuidos por su Grupo de
Investigación Física/Conciencia y de su ensayo «The Physical Roots of
Consciousness», en The Roots of Consciousness, de Jeffrey Mishlove.
Mishlove es un estudiante graduado en filosofía por la Universidad de
California, Berkeley. Su enorme y profusamente ilustrado libro (con láminas en
color mostrando a cirujanos psíquicos extirpando del cuerpo tejidos enfermos
sin rasgar la piel) fue publicado por Random House en 1975. Constituye una
increíble mishlovemezcolanza de todos los locos aspectos de la escena psíquica
actual
[68] Véase Uri,
de Andrija Ruharich, Doubleday (1974)
[69]Uri
Geller: My Story, de Uri Geller, Praeger (1975). John G. Fuller, el verdadero
autor, no debe ser confundido con Willard Fuller, dentista psíquico de
Jacksonville, Florida (empasta muelas sin tocar la dentadura); ni con Uriah
Fuller, legendario rival de Uri Geller. John G. Fuller es autor de muchos
libros, algunos de ellos sobre OVNIS y ocultismo. Su libro Arigo:
Surgeon of the Rusty Knife, T. Y. Crowell (1974), constituye una defensa a
ultranza de un célebre medicucho brasileño cuyos procedimientos quirúrgicos
eran guiados por las instrucciones que le dictaba al oído izquierdo cierto
médico alemán ya fallecido
[70] Véase
«An Amazing Weekend with the Amazing Ted Serios», de Charles Reynolds y David
B. Eisendrath, Jr., Popular Photography, octubre de 1967, pp. 81 y
siguientes
[71] Los
parapsicólogos se tomaron a Nina Kulagina muy en serio. Empezó su carrera como
una de las muchas damas rusas que decían ser capaces de leer Pravda con
las yemas de sus dedos. Tras un corto período de tiempo en prisión (por
estraperlo), surgió como la psíquica número uno de la Unión Soviética. El
libro Psychic Discoveries Behind the Iron Curtain, de Sheila
Ostrander y Lynn Shroeder, Prentice-Hall (1970), le dedica una sección
importante. J. Gaither Pratt, antiguo socio de Rhine, es uno de los partidarios
más convencidos de la Sra. Kulagina. Véase The Psychic Realm, de
Pratt y Naomi A. Hintze, Random House (1975)
[72] «The
Brooklyn Healer», de Brian Van der Horst, Village Voice, 23 de
diciembre, 1974; reproducido en Cosmopolitan, agosto 1975
[73] Honorton
anunció su descubrimiento en su «Informe sobre la Psicocinesis de Felicia
Parise» en 1973, en una convención de la Asociación Americana para el Progreso
de la Ciencia. Sus afirmaciones fueron respaldadas por Graham Watkins, que
entonces trabajaba para Rhine. Watkins informó sobre la capacidad de Parise
para provocar el desplazamiento de la aguja de una brújula, así como para velar
una película perfectamente aislada en las proximidades de esta última —todo
ello, por supuesto, bajo «estrictas» condiciones de laboratorio, sin que
hubiera presente ningún mago.
En la mencionada convención, el físico Edwin May proyectó un documental sobre
los poderes de Parise. «La física no tiene ni idea del modo en que se producen
estos fenómenos —dijo May a un informador—. Ahora estamos intentando averiguar
de dónde proceden sus poderes.» Véase «Amazing V. I. Woman Moves Objects with
Mind Power», de Paul Bannister, National Enguiver, 30 de diciembre
de 1975, p. 4; y «Apparent Psychokinesis on Static Objects by a Gifted Subject:
A Laboratory Demonstration», de Graham K. Watkins y Anita M. Watkins, Parapsychology
Research, 1973, pp. 132-134
[74] Este
ridículo libro de Doyle fue reimprimido en 1972 por Samuel Weiser, Inc., una
importante editorial de ocultismo de Manhattan
[75] Comparen
la afirmación de Doyle con la siguiente observación de Wilbur Franklin,
profesor de física en la Kent State University y uno de los gelleritas más
destacados de la nación: «Estoy convencido de que no hay nada misterioso en
torno a Geller, ni en torno a ninguna de las proezas de otro psíquico. Una vez
que entendamos las leyes naturales que rigen tales cosas, también entenderemos
los fenómenos psíquicos con la misma claridad que ahora entendemos leyes como
la gravedad.» (The Star, 30 de diciembre de 1975, p. 17.)
[76] Reproducido
con permiso de Beyond Baker Street, ed. por Michael Harrison
(Bobbs-Menill, Nueva York, 1976). © 1976 by Bobbs-Menill
[77]The
Land of Mist en realidad es una novela, pero una novela que rezuma
toques de tambor espiritistas. El científico de las novelas de Doyle, George
Edward Challenger (del célebre Mundo Perdido), aquí es un viudo que
se convierte al espiritismo al recibir un mensaje de su esposa fallecida. Antes
de que Strand publicara la novela en serie, Doyle la
tituló The Psychic Adventures of Edward Malone (Las aventuras
psíquicas de Edward Malone).
Uno de los indicios más firmes de que Holmes no fue creación de Doyle es el
hecho de que Holmes, a diferencia del profesor Challenger, nunca fue
espiritista. Cierto es que en una ocasión señaló (en «The Adventure of the
Veiled Lodger»), reflejando uno de los temas favoritos de Doyle: «Los caminos
del destino ciertamente resultan difíciles de comprender. Como no exista
ninguna compensación después, este mundo es una broma cruel.» Pero de haber
escrito Doyle realmente este relato en el momento en que lo firmó, cuando su
interés por el espiritismo alcanzaba su punto álgido, Holmes habría dicho, sin
duda, mucho más que eso
[78] Este
ensayo se publicó por primera vez en forma de separata y serial en Strand
Magazine bajo el título «Houdini the Enigma», vol. 74, agosto y
septiembre de 1927. Aparece reproducido en The Edge of the Unknown de
Doyle (1930), actualmente en prensa como libro de bolsillo de Berkeley
[79] Sobre
la relación de Doyle con Houdini, véase Houdini and Conan Doyle: the
Story of a Strange Friendship, de Bernard M. L. Ernst y Hereward Carrington
(Nueva York: Albert y Charles Boni, 1932). Consúltese también el capítulo que
Houdini dedicaba a Doyle en A Magician Among the Spirits (Nueva
York: Harper and Brothers, 1924), y las muchas referencias a Doyle en Houdini,
the Untold Story, de Milbourne Christopher (Nueva York: Thomas Y. Crowell,
1969)
[80]The
Coming of the Fairies fue publicada por primera vez en 1922: en Londres por
Hodder y Stoughton y en Nueva York por George H. Doran. En 1928, Psychic Press
publicó en Londres una edición aumentada, a la que Doyle había añadido más
fotografías de hadas tanto británicas como de otros países. Samuel Weiser,
Nueva York, reeditó la edición de Doran en rústica en 1972
[81] Hodson
proporciona un informe completo de esto en su libro Fairies at Work and
Play, publicado en Londres por la Theosophical Society Publishing House,
1921. La misma editorial, en 1945, publicó Fairies: The Cottingley
Photographs and Their Sequel, de Edwin L. Gardner, libro que contiene las
mejores reproducciones de las cinco fotos. La cuarta edición revisada apareció
en 1966. Ambos libros siguen imprimiéndose.
La última versión del relato de Doyle y de las fotografías de hadas es
«Exploring Fairy Folklore», un artículo dividido en dos partes, publicado por
Jerome Clark en la revista Fate, septiembre y octubre de 1974
[82] Las
cintas de las entrevistas de la B.B.C. con Elsie y Frances son propiedad de
Leslie Gardner (hijo de Edward L. Gardner), que también posee mucho material
inédito de la investigación que realizó su padre sobre las fotografías de
hadas. Para comentarios relativos a las entrevistas de la B.B.C., véase la
carta de Robert H. Ashby publicada en Fate, enero 1975, pp. 129-30,
y «The Cottingley Fairy Photographs: A Re-Appraisal of the Evidence», de
Steward F. Sanderson, publicado en Folklore, vol. 84, verano 1973,
pp. 89-103. Este último artículo fue un discurso presidencial pronunciado por
Sanderson en la convención anual de la Folklore Society celebrada en Londres en
marzo de 1973. Constituye un excelente resumen de la historia de las fotos de
hadas, elaborado por un escéptico
[83] La
crítica de Mendel a cargo de Fisher aparece publicada en Annals of
Science, vol. 1, 1936, p. 113
[84] Puede
encontrarse una adecuada narración de la historia de Beringer en Scientists
and Scourndrels: A Book of Hoaxes, de Robert Silverberg (T. Y. Crowell,
1965)
[85] En
el original, «eggstraordinary», que corresponde a un juego de palabras en el
que el autor funde egg (huevo) conextraordinary (extraordinarios)
a modo de chanza (N. del T.)
[86] Algunas
referencias al escándalo de Levy son: «False Tests Peril Psychic Research», de
Boyce Rensberg, New York Times, 20 de agosto de 1974;
«Psychokinetic Fraud», Scientific American, septiembre 1974;;
«Researcher Found Cheating at Psi Lab»,Science News, 17 de agosto de
1974, y «The Psychic Scandal», Time, 26 de agosto de 1974
[87] Sobre
el fraude de Summerlin, véase Science, 10 de mayo de 1974, p. 644,
y 14 de junio de 1974, p. 1.154; Time, 29 de abril de 1974; y Science
News, 1 de junio de 1974. Con respecto a la posibilidad de que su técnica
de injerto pueda funcionar de hecho, véase «William Summerlin: Was He Right
Along?», de Lois Wingerson, en New Scientist, 26 de febrero de 1981
[88] Véase
«Geometria Probability and the Number Pi», de Norman T. Gridgeman, Scripta
Mathematica, vol. 25, noviembre 1970, pp. 183 y ss
[89] Reproducido
de Carnaval matemático, de Martin Gardner (Knopf, Nueva York,
1977), con permiso de los editores. Editado en castellano por Alianza Editorial
(Madrid, 1980), Carnaval matemático, LB. 778
[90] Reproducido
con permiso de Humanist, noviembre/diciembre 1977
[91] Reproducido
con permiso de Skeptical Inquirer, otoño-invierno, 1977
[92] El
Dr. Ehrenwald había enviado a Einstein un ejemplar de su libro Telepathy
and Medical Psychology (Londres, Allen and Unwin, 1946)
[93] Reproducido
con permiso de Skeptical Inquirer, primavera-verano, 1978
[94] Reproducido
con permiso de Humanist, mayo/junio 1977
[95] Los
mejores informes sobre los métodos de Uri para doblar objetos aparecen en The
Magic of Uri Geller, de James Randi (edición rústica de Ballantine,
1975); Mediums, Mystics, and the Occult, de Milbourne Christopher
(Crowell, 1975); y Confessions of a Psychic, de Uriah Fuller, 1975
(puede adquirirse del editor, Karl Fulves, Box 433, Teaneck, N. J. 07666)
[96] Hannah
dio esta información a un periodista israelí, que lo publicó en un periódico de
aquel país. Puede hallarse una traducción de su artículo en el libro de Randi
citado en la nota anterior. Uri ha dicho sobre esto que Hannah inventó su
historia para perjudicarle porque había dejado de considerarla su amiga número
uno
[97] El
25 de marzo de 1974 Philip Klass preguntó a Byrd si había avisado a Uri de que
traía alambre de nitinol al Centro Isis. Byrd respondió: «No creo haber
mencionado que se tratara de nitinol. Tan sólo dije que era un metal con
memoria.»
[98] Las
marcas de troquel son unas estriaciones producidas en el nitinol cuando éste se
extiende sobre un troquel. Son similares a las marcas balísticas de un
proyectil disparado y pueden verse tan sólo bajo condiciones de gran aumento,
preferiblemente mediante microscopio electrónico.
Uno de los aspectos más desconcertantes de mi correspondencia con Byrd es que,
igual que el alambre de nitinol golpeado por Uri, su memoria sufre
alteraciones. Cuando sugerí por primera vez (mayo de 1976) que Uri quizás llegó
al Centro Isis con un alambre preparado, Byrd respondió que esto quedaba
descartado porque, de haber cambiado Uri los alambres, el alambre doblado no
habría mostrado las mismas marcas de troquel que el alambre del que había sido
cortado. En una carta anterior (diciembre de 1976) pregunté a Byrd si era él
quien había comprobado la correspondencia entre las marcas de troquel del
alambre del Centro Isis y las del alambre de control. «No —respondió—, fue
Hawke.»
También pregunté si me sería posible adquirir las fotomicrografías que
mostraban la correspondencia de las marcas de troquel entre los tres alambres
de Fuller y el alambre de control. Byrd había escrito antes (junio de 1976) que
aunque Uri pudiera haber llevado alambres preparados a casa de Fuller, no era
posible la sustitución porque «las marcas de troquel del trozo doblado por Uri
eran las mismas que las de la pieza de control. La probabilidad de que él
hubiera obtenido alambre del mismo troquel del que yo conseguí mi trozo
es casi nula…» (la cursiva es mía).
Para mi inmensa sorpresa, Byrd respondió a mi solicitud de fotomicrografías
diciendo que ¡no se habían cotejado todavía las marcas de troquel de los
alambres de Fuller! En nuestro mejor modo de actuación, Byrd recupera de nuevo
sus alambres originales, por lo que se podría esperar que las marcas
coincidieran. En el caso de que no coincidieran, tendríamos una prueba positiva
de sustitución, y resultaría viable uno de los demás argumentos. Me preguntaba
por qué se había guardado un alambre de control si no se había efectuado
comprobación ninguna de las marcas de troquel.
Pregunté entonces a Byrd si estaba dispuesto a examinar las marcas de troquel
de los alambres de Fuller y a darme a conocer los resultados. Su siguiente
carta fue una sorpresa todavía mayor. Decía haberse equivocado en su carta
anterior. Un alambre de Fuller había sido examinado mediante
microscopio electrónico y «parecía pertenecer al mismo troquel».
¿Y el alambre de Isis? ¡Byrd recordaba ahora que no había sido examinado
ninguno! Como este alambre fue enviado a Hawke para que lo volviera a templar,
jamás resultará posible examinar sus antiguas marcas de troquel.
Un intercambio de correspondencia con la Oficina de Asuntos Públicos del Centro
de Armamento Naval de Superficie puso de manifiesto que cualquier semejanza en
las marcas de troquel carecía casi por completo de significación. Byrd obtuvo
todo su alambre de esta Oficina de Asuntos Públicos, donde siempre ha habido
muestras disponibles para quien las ha solicitado. La oficina mantiene un
carrete del que va cortando muestras, y cada carrete dura muchos meses. De
haber obtenido Uri (o cualquier amigo suyo) las muestras más o menos por la
misma época que Byrd, la probabilidad de que todas las muestras tuvieran las
mismas marcas de troquel resulta extremadamente elevada; no «casi nula».
En enero de 1977 pregunté a Byrd si podría examinar las marcas de troquel de
todos los alambres de Fuller con un microscopio electrónico. Respondió: «Esto
se puede hacer pero ¿qué demostraría? La mayor parte del nitinol de este
laboratorio procede del mismo troquel y, por lo tanto, no me parece interesante
hacer mucho hincapié en ello.» Vale para las marcas del troquel, pero ¿qué hay
de los rígidos «controles» de Byrd?
[99] Hasta
hoy, el ocultarse pequeños objetos en el cabello constituye una práctica común
de los psíquicos de la India especializados en «materializaciones». El objeto
oculto es escondido en la palma de la mano aprovechando un alisado descuidado
del pelo con aquélla, y luego se enseña el objeto como si viniera de otro
mundo. Uri también está especializado en la materialización de pequeños
objetos. El astronauta Edgar Mitchell está firmemente convencido de que un día,
en una cafetería de Stanford, la cabeza de un alfiler de corbata que había
perdido hacía cuatro años se materializó dentro de una cucharilla de helado que
Uri estaba a punto de tragarse
[100] El
31 de diciembre de 1976 Byrd puso a Klass por teléfono la parte de la cinta que
hablaba de las pruebas del nitinol. Según me dijo Klass, era ininteligible. Las
máquinas suelen funcionar mal cuando Uri está cerca, explicó Byrd, y por alguna
razón las voces que se oían en la cinta estaban tan distorsionadas que era
imposible obtener una transcripción mecanográfica. Aparentemente el magnetofón
(que había sido llevado por Hawke) estaba trabándose continuamente. No hay
manera de decir si el registro es continuo, o si el aparato fue parado en
determinados puntos. No se puede oír nada en torno a cuándo o cómo fueron
examinados los alambres al principio con la llama de una cerilla, o cuándo y
cómo fue aplicada la llama para doblarlos. La parte de la cinta escuchada por
Klass termina cuando Fuller entra en la habitación.
Klass preguntó a Byrd dónde estaban cada uno de los dos primeros alambres en el
momento en que él encendió la cerilla que produjo sus dobleces respectivos.
Byrd dijo que recordaba haber sostenido ambos alambres y la caja de cerillas
con una mano mientras encendía la cerilla con la otra. ¿Memoria precisa o
memoria ansiosa? Como he dicho en algún otro momento, las ratas y los
electrones no engañan. Los superpsíquicos sí. Precisamente detalles como éste
resultan cruciales a la hora de evaluar una prueba con un hombre que, como
incluso Koestler reconoce hoy, constituye «ciertamente un 25 por 100 de
fraude». Y son detalles cuya relevancia sólo puede captarla un mago
experimentado
[101] En
el original, «gimmick», término inglés perteneciente a la jerga del mago
profesional, al margen de sus connotaciones coloquiales. (N. del T.)
[102] Reproducido
de Skeptical Inquirer, invierno 1979-80
[103] Véase
mi recensión de Superminds, junto con la de The Magic of
Uri Geller de Randi posteriormente mencionado, en el capítulo 27
[104] Este
artículo, que apareció el 17 de mayo de 1979 en New York Review of
Books, así como las cartas que se citan en el Anexo, están reproducidos con
permiso de New York Review of Books. © 1979 NYREV, Inc
[105] El
problema de decir qué aspecto presenta una partícula cuántica cuando nadie la
está mirando resulta algo similar al problema de averiguar qué aspecto presenta
un espejo cuando no hay nadie mirándose en él. A continuación, paso a
reproducir por primera vez un poema que me envió en una ocasión el difunto J.
A. Lindon, de Addlestone, Inglaterra, y en el que expresaba su confusión al
respecto:
MIRA
Y VE
Pensaba
que conocía mi física, aunque mi conocimiento no sea profundo / Pero ahora me
obsesiona un problema que está arruinando mi sueño; / Paso la noche entera
dándole vueltas, clavando mis ojos en la oscuridad: / ¿Qué aspecto tiene un
espejo cuando no hay nadie en la habitación? / No puede reflejar a
su dueño, si el dueño no se encuentra allí, / Pero seguramente continuará
reflejando su mesa y su silla, / Su retrato colgado en la pared, la ventana y
la puerta, / El helecho en su maceta, la lámpara del techo, la alfombra
colocada en el suelo. / Porque ellos están ahí, entre borbotones de luz, ante
el fulgor del espejo; / Están obligados a reflejarse, siempre que sean reales y
no un sueño; / Pero todo lo reflejado forma una imagen en el cristal, / Que
parece venir y moverse y desvanecerse a tu paso. / Así es cómo tu imagen
en un espejo depende de tu posición, / Y aquí los libros pecan de una grave
omisión; / Deja a un lado «tu imagen», arrincona el «parecido»: / ¿Qué aspecto
presenta un espejo cuando se refleja a sí mismo? / Hay un espejo en
la pared, y la llama de una vela situada ante él / Se refleja con tanta
claridad que ni un gusano podría ignorarla; / Cojo mi cepillo
de dientes y mi toalla, sin dejar de preguntarme una y otra vez / Qué aspecto
tendrá para nadie cuando yo haya cerrado la puerta
[106] Orden
de magnitud de aproximadamente 200 trabajando activamente en este campo. Costes
por investigador con dedicación plena por año en la industria, aproximadamente
100.000 dólares por año; quizás la mitad de esta cantidad corresponde a trabajo
académico cuando se incluyen los costes de subordinados; las cifras
correspondientes a trabajadores con algo menos que la dedicación plena
disminuyen hasta unos cuantos miles de dólares por año; la media aproximada que
hemos adoptado aquí, es de unos 20.000 dólares al año; esto multiplicado por
aproximadamente 200 da aproximadamente 4 millones de dólares al año o, con
fluctuaciones, un numero comprendido en el rango de 1 millón a 20 millones de
dólares al año
[107] B.
R. Sugar, «Houdini», Braniff Airlines Flying Colors 5, número
2, pp. 31, 39 y 58 (1975). Los trabajos de Houdini se encuentran depositados en
la biblioteca de la Universidad de Texas en Austin
[108] Hudson
Hoagland, «Beings from outer space —corporeal and spiritual», Science,
163, p. 625 (14 de febrero de 1969)
[109]The
Skeptical Inquirer (publicado por el Comité de Investigación Científica de
Presuntos Fenómenos Paranormales), Box 29, Kensington Station, Buffalo, NY
14215
[110] M.
Gardner, Fads and Fallacies in the Name of Cience (Caprichos y
falacias en el nombre de la ciencia) (Dover, 1957; publicado por primera vez en
1952 como En el nombre de la ciencia)
[111] E.
U. Condon, Scientific Study of Unidentified Flying Objects, editado
por D. S. Gillmor (Bantam, 1969)
[112]J.
Jastrow, Error and Eccentricity in Human Belief (Dover, 1962)
[113] R.
Buckhout, «Eyewitness Testimony», Scientific American 231, pp.
23-30 (diciembre, 1974)
[114] I.
Langmuir, «Pathological Science», R. N. Hall, ed., Colloquium at the Knolls
Research Laboratory, 18 de diciembre de 1953, 13 páginas. (El depósito en la
División de Manuscritos de la Biblioteca del Congreso, en forma de grabación en
disco microsurco)
[115] R.
W. Wood, «The N Rays» (Los rayos N) (Carta exponiendo el engaño), Nature 70,
p. 530 (1940). W. Seabrook, Doctor Wood (Harcourt, Brace and
Co., 1941)
[116] H.
Mildrum y B. Schmidt, «The Allison method of Chemical analysis» (El método
Allison de análisis químico), United States Air Force Aeropropulsion Laboratory
Technical Report AFA PLTR 66-52, 1966. Contiene extensa bibliografía
[117] J.
A. Weeler, apéndice a la conferencia pronunciada en la reunión de la AAAS de
enero de 1979, reproducido en «Teoría cuántica y charlatanería» de Martin
Gardner, NYR, 17 de mayo de 1979
[118] A.
Wheeler, en una carta dirigida a Wm. D. Carey, ibid
[119] C.
Crussard y J. Bouvaist, «Etude de quelques deformations et transformations
apparemment anormales de meaux», Mémoires Scientifiques Revue
Metallurgie, febrero 1978, p. 117
[120] J.
B. Hasted, «Physical aspects of paranormal metal bending», J. Society
for Psychical Research, 49, 583 (1977); «Paranormal metal-bending»,
en The Iceland Papers (véase nota 123)
[121] H.
Schmidt, «Instrumentation in the parapsychology laboratory», p. 13, en New
Directions in Parapsychology, ed. J. Beloff, Scarecrow Press, Metuchen
(1975)
[122] H.
E. Puthoff y R. Targ, «A Perceptual Channel for Information Transfer over
Kilometer Distances: Historical Perspective and Recent Research», Proc. 1EEE,
64, p. 329 (1976); «Direct Perception of Remote Geographical Locations»,
en The Iceland Papers (véase nota 123)
[123] Véase,
por ejemplo, E. H. Walker, «Foundations of Paraphysical and Parapsychological
Phenomena», p. 1, en Quantum Physics and Parapsychology, ed. L.
Oteri, Parapsychology Foundation, 29 W. 57th St. NY (1973); O. C. de
Beauregard, «Time Symmetry and the Interpretation of Quantum Mechanics», Found.
Phys., 6, 539 (1976), «S-matrix, Feynman Zigzag and Einstein
Correlation», Phys. Lett., 67A, 171 (1978). Véase también R. D.
Mattuck y E. H. Walker, «The Action of Consciousness on Matter: A Quantum
Mechanical Theory of Psychokinesis», en The Iceland Papers:
Experimental and Theoretical Research on the Physics of Consciousness ;
Essentia Research, Amherst, Wisc. Ed. A. Puharich (1979); O. C. de Beauregard,
«The Expanding Paradigm of the Einstein Paradox», ibid.; B. D.
Josephson, «Conscious Experience and its place in Physics», ponencia presentada
al Coloquio Internacional de Ciencia y Conciencia, celebrado en Córdoba del 1
al 5 de octubre de 1979
[124] J.
A. Wheeler, «Frontiers of Time», en Problems in the Foundations of
Physics, ed. N. Toraldo di France y Bas van Fraassen, Holanda, Amsterdam,
1979 (Escuela Internacional de Física «Enrico Fermi», Varenna, Curso LXXII,
1977)
[125] C.
W. Misner, K. S. Thorne y J. A. Wheeler, Gravitation (W. H.
Freeman, San Francisco, 1975)
[126] C.
Crussard y J. Bouvaist, «Mèmoires Scientifiques», Revue de Metallurgie,
febrero 1978, p. 117
[127] Este
artículo, que apareció en New York Review of Books, 15 de mayo de
1980, y las cartas que se citan en el Anexo, han sido reproducidos con permiso
de New York Review of Books. © 1980 NYREV, Inc
[128] Esta
recensión, que apareció en New York Reviews, 26 de mayo de 1966,
así como las cartas que se citan en el Anexo, han sido reproducidas con permiso
de New York Review of Books. © 1966 NYREV, Inc
[129] Reproducido
con permiso de Book Week, 2 de octubre de 1966
[130] Esta
recensión apareció en un folleto de la Library of Science, 1970, y aquí se
reproduce con el debido permiso
[131] Esta
recensión, que apareció en la revista World del 1 de agosto de
1972, así como las cartas que se citan en el Anexo, están reproducidas con el
debido permiso
[132] Esta
recensión, publicada el 3 de mayo de 1973 en New York Review of Books,
así como las cartas que se citan en el Anexo, han sido reproducidas con permiso
de New York Review of Books. © 1973 NYREV, Inc
[133] Reproducido
del New York Review of Books, 21 de febrero de 1974, con permiso de
New York Review of Books ©. 1974 NYREV, Inc
[134] No
existe la más mínima evidencia de que Oral Roberts tuviera tuberculosis, al
margen de sus propias afirmaciones de que los médicos le habían dicho que la
padecía. Sus diversas autobiografías dan muchos detalles sobre médicos y
hospitales que, después de que Oral quedara instantáneamente
curado, informaron de que no había tenido tal tuberculosis.
Sería en vano toda búsqueda del nombre de algún facultativo que dijera a Oral
que tenía tuberculosis, así como del nombre de algún hospital donde se la
diagnosticaran
[135] Puede
hallarse otro interesante informe sobre Billy Hargis y sus actividades durante
su apogeo en el capítulo que le dedican Arnold Foster y Benjamin Epstein
en Danger on the Right (Peligro a la vista) (Random House,
1964)
[136] Véase
capítulo 23
[137] ¿Cómo
supo Oral que Jesús medía 270 metros de altura? Pueden hallarse varias
hipótesis en el análisis de Robert McAfee Brown, «Oral Roberts and the 900-foot
Jesús: Investigating the Credibility of a Claim from he Oral Tradition»,
en The Christion Century, 22 de abril, 1981, pp. 450-452. Brown
sugiere que quizá Oral confundiera 300 yardas con 300 codos, lo que daría a
Jesús una altura exactamente igual a la longitud del Arca de Noé. Deseo
manifestar mi agradecimiento al estadístico William Kruskal por llamar mi
atención sobre este importante trabajo matemático
[138] En
enero de 1981 sucedió lo inevitable. Herbert Armstrong quería publicar en Quest un
artículo suyo. Se suponía que la revista tenía que ser independiente de la
Iglesia Mundial de Dios; así que cuando Stanley Rader exigió que el artículo se
publicara, los seis editores jefe de Quest dimitieron. Fue un
gran momento. Durante cuatro años sus esfuerzos habían logrado poco más que
dignificar a uno de los papanatas más ricos del panorama protestante
[139] Esta
recensión, que apareció en New York Review of Books el 16 de
mayo de 1974, así como las cartas que se citan en el Anexo, están reproducidas
con permiso de New York Review of Books © 1974 NYREV, Inc
[140] En
el original, «WHY». (N. del T.)
[141] En
el capítulo 3, Fuller nos cuenta que el senador Bittencourt padecía cáncer de
pulmón. Arigo le operó por la espalda («una incisión limpia y nítida en el área
dorsal de la caja torácica»), extrayendo un tumor canceroso del pulmón. En el
programa de radio Long John Nebel (24 de octubre de 1974)
escuché a Fuller decir varias veces que la cicatriz se hallaba en el pecho del
senador. Ann Dooley, en el libro que cito en el Anexo, nos cuenta que el
senador sufría cáncer de colon. Arigo operó su estómago, y dejó el tumor lleno
de sangre sobre la cama. Dooley dice que su «documentado informe» está basado
en una conferencia a la que asistió en Londres y que «fue pronunciada por el
Dr. Andrija Puharich, el conocido neurólogo de Nueva York». Conflictos como
éste son típicos de este tipo de informes irresponsables, sensacionalistas y
anecdóticos de milagros en los que Fuller y Dooley se han especializado
[142] Reproducido
con permiso de Book World, 12 de enero de 1975
[143] Reproducido
de New York Review of Books, 30 de octubre de 1975, con permiso de
New York Review of Books. © 1975 NYREV, Inc
[144] Para
más detalles sobre algunos de los métodos de Uri véaseConfessions of a
Psychic y Further Confessions of a Psychic, dos folletos
anónimos que parece ser están escritos por el principal rival de Uri, Uriah
Fuller. Supongo que «Uriah» viene de Uriah Heep, el hipócrita de David
Copperfield, pero «Fuller» podría ser cualquiera de los muchos Fuller
distintos que pueblan hoy día la escena psíquica: John G. Fuller, el periodista
psíquico: Curtís Fuller, editor de Fate; el hermano Willard Fuller,
evangelista de Jacksonville, Florida, cuya especialidad es la utilización de
plegarias para colocar milagrosamente empastes de oro, plata y porcelana en los
dientes.
Para más detalles sobre el hermano Fuller véase la serie de dos artículos de
James Cranshaw, «Reverend Fuller’s Ministry of Dental Healing», en Fate,
marzo y abril de 1975. El hermano Fuller también utiliza el poder divino para
hacer salir dientes ausentes, arreglar maloclusiones y curar trastornos de las
encías. En Fate, marzo de 1975, la bella esposa del hermano Fuller,
Amelia, hacía publicidad de un libro de Daniel Fry, que sólo valía dos dólares,
titulado Can God Fill Teeth? The Real Facts About the Miracle Ministry
of Willard Fuller (¿Puede Dios empastar dientes? Todo sobre el
milagroso ministerio de Willard Fuller) (CSA Press, Lakemont, Georgia). Dudo
que el autor de los folletos de Uriah Fuller tuviera en mente a A. Buckminster
Fuller, aun cuando estos últimos años ha estado dando conferencias en favor del
EST (véase capítulo 28 para información sobre el EST).
En principio, la venta de ambos folletos sólo está destinada a magos, pero
alguien me ha dicho que todo lector interesado puede obtenerlo del editor, Karl
Fulves, Box 433, Teaneck, New Jersey, 07666
[145] Slade
fue sorprendido de hecho empleando este método (muy conocido entre los magos de
su época) por un astuto investigador que observó el pie de Slade en un espejo
que llevaba oculto en su regazo. Véase Proceedings of the American
Society for Psychical Research, vol. 15 (1921), p. 556. Los FCC rara vez
adoptan estratagemas tan hipócritas porque: 1) no saben lo suficiente de magia
como para pensar en ellas; 2) si lo hicieran, dudarían en hacer trampas, porque
ello indicaría una falta de confianza y podría perturbar la delicada operación
psíquica
[146] Antes
de que se realizara este experimento, uno de los investigadores, Harry Collins,
creía de verdad que los niños podían doblar metal mediante PC. Quizá piense
todavía que el efecto Geller es auténtico. En cualquier caso, quedó sorprendido
y decepcionado cuando descubrió que los niños cometían fraude
[147] Esta
recensión, que apareció en New York Review of Books el 11 de
diciembre de 1975, así como las cartas que se citan en el Anexo, han sido
reproducidas con permiso de New York Review of Books. © 1975-1976 NYREV, Inc
[148] Revista
sensacionalista o escandalosa que se imprime en papel barato. (N. del
T.)
[149] En
idioma inglés, REST significa descanso, reposo, yZEST,
embeleso, encanto, algo muy agradable. (N. del T.)
[150] De New
York Times Book Review, 22 de agosto de 1976. © 1976 by New York Times
Company. Reproducido con la debida autorización
[151] Reproducido
de New York Review of Books, 17 de marzo de 1977, con permiso de
New York Review of Books. © NYREV, Inc
[152] El
autor establece un divertido juego de palabras, pues tanto «supergaviota» como
«supercrédulo» corresponde a la palabra inglesa supergull. (N. del T.)
[153] Abundando
en la broma lingüística de la doble acepción de la palabra inglesa supergull,
el autor introduce aquí otro equívoco similar utilizando para ello el apellido
Swann. Swan, en inglés significa cisne. (N. del T.)
[154] Esta
recensión, que apareció en New York Review of Books el 14 de
julio de 1977, así como las cartas que se citan en el Anexo, han sido
reproducidas con permiso de New York Review of Books. © 1977, NWREV, Inc
[155] Esta
recensión, que apareció en el número de New York Revisto of Books correspondiente
al 29 de septiembre de 1977, así como las cartas que se citan en el Anexo han
sido reproducidas con permiso de la New York Review of Books. © 1977 NYREV, Inc
[156] Esta
recesión, que apareció en New York Review of Books, 26 de enero de
1978, así como las cartas que se citan en el Anexo, han sido reproducidas con
permiso de la New York Review of Books. © 1978 NYREV, Inc
[157] Aquí
el autor formula un juego de palabras, dado que cerca en inglés es «near», que
en el original aparece igualmente entre comillas. (N. del T.)
[158] Un
sí cualificado. En su prefacio a la edición de bolsillo de Bantam de Messengers
of Deception, Vallee revela que el Mayor Murphy, tantas veces citado en el
libro, es un personaje de ficción. «Lo inventé porque pensé que era necesario
aportar una perspectiva de controversia y originalidad a todo el problema de
los OVNIS»
[159] Reproducido
con permiso del número de junio de 1978 de American Film Magazine ©
1978, The American Film Institute, J. F. Kennedy Center, Washington, DC 20566
[160]The
Secret Life of Plants, de Peter Tompkins y Christopher Bird (Harper and Row, 1972),
fue seguramente uno de los libros psíquicos más divertidos de los años setenta.
Se publicaron partes del mismo en Harper’s Magazine (noviembre
de 1972). No es extraño que Harper’s se fuera luego a la
quiebra.
Peter Tompkins había escrito anteriormente Secrets of the Great Pyramid (Los
secretos de la Gran Pirámide) (Harper and Row, 1971), casi tan divertido como
su libro sobre plantas. El capítulo 21 de esta obra nos cuenta cuán pocos
modelos de la Gran Pirámide guardarán alimentos frescos y cuchillas de afeitar
afiladas. ¿Podría ser, se pregunta Tompkins, porque la forma de la pirámide
concentra energía orgánica de Wilhelm Reich? A los que sientan curiosidad por
la historia de estas locas ideas, les recomiendo el capítulo 17 de mi Incredible
Dr. Matriz (Scribner’s, 1976). Sobre la literatura anterior acerca de
la piramideología, véase el capítulo 15 de mi Fads and Fallacies
[161] O.
Carl Simonton es director médico del Cancer Counseling and Research Center de
Fort Worth. Él y su esposa son los autores de Getting Well Again,
publicado en 1978 por J. P. Tarcher, Inc. (Tarcher es el marido de Shari Lewis,
una de las mayores y, ciertamente, más bellas ventrílocuas de todos los
tiempos. Actualmente lanza unos doce libros o así al año dedicados a temas
excéntricos en materia de ciencia y salud.)
La idea de que el cáncer es fundamentalmente psicosomático lleva rodando ya
muchas décadas y con frecuencia aparece entrelazada con la fe en la PES y la
PC. Lawrence Leshan, por ejemplo, cuyo libroYou Can Fight for Your Life:
Emotional Factors in the Causation of Cancer (Puedes luchar por tu
vida: Factores emocionales en el origen del cáncer) fue publicado por M. Evans
en 1977, ha escrito varios libros sobre parapsicología y curación psíquica. La
obra de Simonton no entra dentro de este área psíquica de «salud holista», pero
él cree firmemente que el cáncer tiene su origen fundamentalmente en la tensión
emocional y lo mejor es combatirlo mediante terapia de imagen.
Según el artículo de Maggi Scarf «Images that Heal» ( Psychology Today,
septiembre 1980), la técnica de Simonton es más o menos la siguiente. Uno se
imagina a los glóbulos blancos sanos transformados en «voraces tiburones» que
atacan y matan al «asustado pececillo pardusco», que son las células malignas.
El pez muerto pasa luego a ser eliminado con los fluidos del cuerpo, y los
tiburones vuelven a ser pacíficos glóbulos blancos.
El propio Simonton tuvo un cáncer de piel en un lado de la nariz que le fue
extirpado quirúrgicamente a la edad de 16 años. Más tarde desarrolló otro
cáncer de piel en la cara. Dijo a Scarf que «lo había hecho desaparecer»
practicando su imaginativo método.
Se han realizado muchos estudios sobre la relación entre el cáncer y tensiones
emocionales previas, pero son contradictorios e inconcluyentes. Scarf hace un
buen trabajo recogiendo ambos lados de la controversia. La mayoría de los
expertos sobre el cáncer no ven con buenos ojos la obra de Simonton, y algunos
incluso le catalogan como «engaño cruel» al lado del krebiozeno y el laetrile.
Para otra defensa reciente de la terapia de «imagen mental» véase Imagery
and Cancer (Imaginería y Cáncer), de dos psicólogos de Dallas, Jeane
Achterberg y G. Frank Lawlis (Institute for Personality and Ability Testing,
1978)
[162] Reproducido
de New York Review of Books, 15 de junio de 1978, con permiso de
New York Review of Books. © 1978, NYREV, Inc
[163] Poston
y Stewart eran conscientes del carácter humorístico de esta dedicatoria.
Pensaron que una postura tan contorsionada, según me informó Poston más tarde,
era la adecuada para dedicar un libro a un teórico del nudo
[164] Reproducido
con permiso de Newsday, 27 de mayo, 1979
[165] Puede
leerse una recensión crítica de Bernstein sobre el libro de Capra en «A Cosmic
Flow», American Scholar, invierno 1978/79, pp. 6-9
[166] Esta
recensión, que apareció en New York Review of Books el 14 de
junio de 1979, así como las cartas que se citan en el Anexo, han sido
reproducidas con permiso de New York Review of Books. © 1979, NYREV, Inc
[167] El
número correspondiente a enero de 1979 del Author’s Guild Bulletin informa
que el precio más alto que se ha pagado nunca por los derechos de reproducción
en rústica de un libro no de ficción ha sido el de 2,25 millones de dólares,
precio que acaba de pagar Fawcett a Harper & Row por Linda
Goodman’s Love Signs. Bantam había ofrecido un millón de dólares, y otras
tres casas editoriales habían ofrecido más de 1,7 millones. Houghton Mifflin
actualmente anuncia Horoscopes for Dogs(Horóscopos para perros) de Jeane
Dixon, como «el libro del año ¡para todo aquel que ame a un perro!»
[168] Esta
recensión apareció en New York Review of Books. © 1980, NYREV, Inc.
[169] Por
supuesto, estas frases de dos palabras riman de forma consonante pero
pronunciadas correctamente en inglés, que es el idioma en el que la
investigadora pretende enseñar a hablar a la gorila. (N. del T.)
[170] Pueden
hallarse dos ejemplos patéticos de esta «patética falacia», en The
Language Barrier: Beasts and Men (La barrera del lenguaje: bestias y
hombres) (Holt, 1968) de la hija de Thomas Mann, Elizabeth Mann Borgese, donde
ésta relata sus experiencias con un perro, un elefante y un chimpancé; y
en Look Who’s Talking (Mira quien está hablando) (T. Y.
Crowell, 1978) de Emily Hahn

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