© Libro N° 6162.
El Arte Y La Ciencia De No Hacer Nada. Smart, Andrew. Emancipación. Junio 29 de 2019.
Título
original: © El Arte Y La Ciencia De No Hacer Nada. Andrew Smart
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL ARTE Y LA CIENCIA DE NO HACER NADA
Andrew Smart
CONTENIDO
Introducción
Ese
horrendo monstruo llamado «ocio»
Ruido,
sólo ruido
Momentos
de inspiración y autoconocimiento
Rilke
y la vida ociosa examinada
Somos
un sistema que se organiza a sí mismo
Revolución
o suicidio
La
señal es el ruido
Seis
sigma es una crisis convulsiva
El
trabajo está destruyendo el planeta
Agradecimientos
Bibliografía
Introducción
«Con
frecuencia me pregunto si esos días en que nos vemos obligados a permanecer
ociosos no son, justamente, los días en los que nos involucramos en la
actividad más profunda; si nuestras acciones, aun a pesar de suceder en algún
momento posterior, no son sino las últimas reverberaciones de un vasto
movimiento que se produce en nuestro interior en los días de ocio. Como sea, es
fundamental entregarse al ocio con confianza, con devoción, incluso, tal vez,
con alegría. Los días en que ni siquiera nuestras manos se mueven son tan
increíblemente silenciosos que apenas es posible levantarlas sin que oigamos un
ruido atronador».
Rainer María Rilke
Este
libro trata sobre el ocio. El ocio es una de las actividades más importantes de
la vida; me he decidido a compartir mis ideas sobre el tema, con la esperanza
de convencer a otras personas, a pesar de que en el mundo entero el horario
laboral está en crecimiento y de que todos los libros sobre administración del
tiempo que se ofrecen en el mercado aseguran que se puede, y se debe, «hacer
más». El mensaje de este libro es, precisamente, el opuesto. Sobre la base de
los datos disponibles, las neurociencias argumentan que el cerebro necesita
descansar. Si bien como resultado de la evolución, el cerebro humano se
encuentra exquisitamente preparado para la actividad intensa, para poder
funcionar con normalidad también necesita estar ocioso, y buena parte del
tiempo, según parece.
Siempre
actuamos con un propósito, con un objetivo determinado: deberíamos permitirnos
actuar más a menudo con piloto automático. En la aviación, el piloto automático
es un sistema para controlar una aeronave sin la intervención del piloto; se
ideó porque pilotar un avión en forma manual requiere de la atención absoluta y
constante de la persona que lo conduce. Cuando los aviones empezaron a volar a
mayor altura, mayor velocidad y durante periodos más extendidos, el vuelo
manual se volvió causa de graves (y peligrosos) niveles de fatiga en los
pilotos. La invención del piloto automático hizo posible que los pilotos
pudieran dejar de controlar físicamente la aeronave y ahorrar, de ese modo, su
energía mental para las etapas más arriesgadas del vuelo, como el despegue y el
aterrizaje. En la actualidad, los pilotos automáticos utilizan programas de
software para llevar las aeronaves.
El aspecto negativo del piloto automático es que, en ocasiones, los pilotos no
saben con claridad si son ellos o el piloto automático quienes comandan la
nave, un fenómeno denominado «mode confusion»[1] que ha
dado como resultado accidentes fatales.
El cerebro también cuenta con piloto automático. Cuando se entra en estado de
reposo y se abandona el «control manual» sobre la propia vida, el piloto
automático del cerebro se activa. El piloto automático sabe dónde queremos ir
en realidad y qué deseamos hacer. Pero el único modo de averiguar qué sabe el
piloto automático es dejar de gobernar la aeronave y permitir que sea el piloto
automático el que guíe el camino. Así como los pilotos alcanzan niveles peligrosos
de fatiga cuando vuelan en modo manual, todos nosotros necesitamos tomarnos un
descanso y dejar que sea el piloto automático el que guíe nuestra aeronave
durante un tiempo mayor: el truco consiste en evitar la «mode confusion»
tomándonos las cosas con tranquilidad, abandonando nuestra agenda y no haciendo
nada.
Diversas
investigaciones psicológicas mostraron que los seres humanos, en especial los
estadounidenses, tienden a sentir terror ante el ocio. No obstante, las mismas
investigaciones también indican que si las personas no tienen una justificación
para estar ocupadas, preferirían estar ociosas. Nuestro contradictorio temor al
ocio junto con nuestra preferencia por la pereza puede ser un vestigio de
nuestra historia evolutiva. Durante la mayor parte de nuestra evolución,
conservar la energía constituyó la prioridad número uno, por la mera razón de
que obtener alimento suficiente constituía un desafío físico monumental. En la
actualidad, sobrevivir no requiere de mucho (o ningún) esfuerzo físico, por lo
que hemos inventado ocupaciones fútiles de todo tipo. Dado el motivo menos
importante o, incluso, una razón especiosa para hacer algo, las personas se
abocan a la tarea. Quienes disponen de demasiado tiempo libre tienden a
deprimirse o aburrirse. No obstante, el ocio puede constituir el único camino
verdadero al autoconocimiento, como veremos en el presente volumen. Lo que se
le presenta a la conciencia mientras se está ocioso puede muchas veces provenir
de las profundidades del yo inconsciente, y esa información puede no ser
siempre agradable. Sin embargo, es probable que el cerebro tenga buenas razones
para llamar nuestra atención sobre esos datos. Gracias al ocio, grandes ideas
enterradas en el inconsciente tienen ocasión de abrirse paso a la conciencia.
Nuestra
«fobia al ocio» de larga data nos ha conducido casi inexorablemente a nuestra
actual cuasi obsesión con estar ocupados. En una profética nota editorial
publicada en 2006 en la revista Medical Hypotheses, Bruce Charlton
postuló que la sociedad moderna se encuentra dominada por empleos cuya
característica fundamental reside en el ajetreo. El ajetreo remite al multitasking:
desempeñar numerosas labores secuenciales y cambiar con frecuencia de una a
otra según un plan impuesto externamente. En la mayoría de las carreras
profesionales, la única vía hacia el progreso radica en el domino aparente del
ajetreo. Es conocida la historia de Francis Crick, uno de los descubridores de
ADN y ganador del Premio Nobel, quien se negó a ascender recorriendo la jerarquía
administrativa del mundo académico porque detestaba el ajetreo que tal ascenso
le hubiera impuesto.
La
definición de ocio que exploro en este libro es la antítesis del exceso de
actividad: hacer, quizás, una o dos cosas por día según un programa impuesto
internamente. El ajetreo crónico es perjudicial para el cerebro y a largo
plazo, puede entrañar consecuencias de gravedad para la salud. A corto plazo,
el ajetreo destruye la creatividad, el autoconocimiento, el bienestar
emocional, la capacidad social y puede dañar la salud cardiovascular.
Desde
la perspectiva de las neurociencias, estudiar el ocio en el laboratorio es
sencillo. Y en rigor, la increíble actividad cerebral que se produce solo
durante el ocio se descubrió por accidente, cuando ciertos sujetos sometidos a
estudios de escaneo cerebral se encontraban tumbados en las máquinas soñando
despiertos. Amplío la definición de laboratorio del término «ocio» con la
inclusión de cualquier momento del día en que un individuo no se encuentra
sujeto a un horario impuesto externamente y tiene ocasión de no hacer nada o
bien cuenta con la libertad de dejar vagar el pensamiento hacia donde sea que
lo lleven las ideas que se presenten en la conciencia en ausencia de
ocupaciones. Las verdaderas percepciones, sean artísticas o científicas,
emocionales o sociales, solo pueden producirse en esos raros momentos de ocio.
* *
* *
Hasta
los científicos reconocen que es probable que nunca comprendan de manera cabal
algunos de los conceptos recurrentes de las neurociencias: simplemente se
habitúan a esas nociones. No obstante, resulta de utilidad adquirir cierta
familiaridad con esas ideas desde los primeros pasos del presente análisis,
aunque solo sea porque forman parte de la excusa que podrá esgrimir el lector
para tomarse las cosas con tranquilidad. Si para explicar su pereza alguien
dispara una oración como: «Estoy dejando oscilar el centro de mi red
predeterminadamente para ver qué quiero hacer con mi vida», seguramente nadie
le molestará. Y conocer esos conceptos permite situar muchos datos sobre el
cerebro en el contexto.
Lo
que ofreceré a continuación puede considerarse un curso acelerado sobre teoría
de la complejidad y ciencias neuronales. El cerebro humano es una máquina
creativa, un objeto natural complejo, no lineal, con las siguientes
características:
·
No linealidad o caos:
dependencia exponencialmente sensible de las condiciones iniciales. ¿Qué
significa? La mayoría de los sistemas con los que trabajan los ingenieros son
lineales o deterministas. Incluso en los casos en que no son lineales, los
sistemas suelen modelarse como si lo fueran porque de ese modo resulta más
sencillo (o posible) efectuar cálculos. Un sistema lineal es tal que, dado un
conocimiento suficiente de los valores de las variables que describen el
sistema en un momento dado y dado un conocimiento suficiente acerca del modo en
que se modifican esas variables, es posible predecir con gran precisión el
futuro del sistema. Si en un sistema lineal se introduce una «señal de
entrada», es posible saber con exactitud cuál será la «señal de salida». Es
evidente que tal característica resulta muy útil cuando se procura diseñar una
red de comunicaciones, un dique o un avión. En los sistemas no lineales, en
cambio, aunque se cuente con información exhaustiva sobre el estado del sistema
en un momento particular y con un modelo muy bueno del modo en que las
variables interactúan, es imposible predecir el futuro del sistema. El motivo
reside en que cambios pequeños en las condiciones iniciales del sistema pueden
amplificarse a lo largo del proceso y provocar cambios enormes en una etapa
posterior. Por lo tanto, cuanto más lejanas sean las predicciones, menor será
el grado de exactitud. Es más, una señal de entrada pequeña introducida en un
sistema no lineal puede causar una salida inmensa. O quizás, no provocar salida
alguna. El mejor ejemplo de un sistema no lineal es el clima. Es posible
estimar la probabilidad de que el clima se encuentre en cierto estado en el
futuro, y el estado actual del sistema es una función de estados pasados (es
decir, el sistema tiene memoria), pero sin embargo no podemos predecir su
trayectoria futura con certidumbre. Por fortuna para nosotros y por desgracia
para los científicos, los cerebros son no lineales. En la naturaleza no existen
sistemas lineales fuera del mundo mineral.
·
Umbral: valor
que una vez alcanzado hace que un sistema excitable abandone su trayectoria
dinámica e ingrese en un estado de excitación o actividad. En la vida
cotidiana, abundan los ejemplos de umbrales. Un termostato es una buena
ilustración de un dispositivo que utiliza umbrales. El termostato se configura
con cierto valor y cuando el termómetro desciende por debajo de ese valor, se
empieza a recibir calor. El valor con el que se configura el termostato es un
umbral. Las neuronas, en cambio, son dispositivos con umbrales no lineales.
Cada neurona tiene un umbral para activar su potencial de acción. Las neuronas
tienen un estado de reposo y un umbral definido por las propiedades eléctricas
y químicas de cada neurona. El valor del umbral de las neuronas se modifica con
el tiempo. Muy sucintamente, las señales que llegan desde otras neuronas
convergen en una neurona determinada, y cuando una cantidad suficiente de
señales del tipo adecuado llega en el momento preciso, se alcanza el umbral y
se activa la neurona. La neurona luego requiere lo que se denomina un «periodo
refractario» para recuperarse, después de haberse activado. En otras palabras,
existe un límite superior a la velocidad a la que una neurona puede alcanzar su
pico.
·
Auto organización: inquietante
tendencia de los sistemas no lineales a reorganizarse de tal modo que
desarrollen correlaciones temporales y espaciales de largo alcance. En otras
palabras, cuando se observa una colonia de hormigas, lo que se percibe es la
apariencia de una estructura y una organización globales. Sin embargo, cada
hormiga de la colonia solo interactúa localmente con otras hormigas que se
encuentran en su vecindad inmediata. Ninguna hormiga es consciente de la
existencia de la colonia en cuanto totalidad, sin embargo, como resultado de
las interacciones simples de las hormigas individuales, surge la colonia. Lo
mismo ocurre con las neuronas. Las neuronas del cerebro no saben que son parte
de un cerebro, mucho menos parte de una persona. La clave radica en que la auto
organización surge a partir de la dinámica interna del sistema, sin que exista
una «señal didáctica» externa. La auto organización solo puede presentarse a
partir de sistemas no lineales. Pueden mencionarse, como ejemplo, los cerebros,
las sociedades, las economías y las colonias de hormigas. A partir de la
interacción de elementos simples que constituyen un sistema auto organizado,
puede surgir un comportamiento muy complejo. Algunas colonias de hormigas
cuentan con millones de integrantes, y las colonias en sí exhiben
comportamientos complejos y muy organizados: aprenden con el transcurso del
tiempo. No obstante, cada hormiga es un organismo relativamente simple que
sigue rastros químicos dejados por otras hormigas. La auto-organización es la
razón por la que el cerebro y la noción del yo se mantienen casi constantes de
un día para otro. La-auto organización también es el motivo por el que los
climas conservan una estabilidad relativa y cambian de manera muy gradual. Un
umbral no lineal es la razón por la que hasta un aumento pequeño en términos
relativos del volumen de dióxido de carbono puede significar un inmenso cambio
en el clima.
·
Oscilaciones:
cualquier señal periódica o rítmica. Una oscilación describe el movimiento
ascendente o descendente de una señal, como un electroencefalograma, un abanico
que se mueve hacia atrás y adelante o la bolsa de valores. Las neuronas
individuales oscilan, y es posible medir la actividad oscilatoria de varias
neuronas como la suma de corriente eléctrica en un área del cerebro. Uno de los
rasgos más notables de las neuronas es que tienden a oscilar espontáneamente.
Las oscilaciones en diferentes frecuencias son mecanismos clave que permiten
que diferentes regiones del cerebro o diferentes neuronas se comuniquen entre
sí.
·
Estructura de red: el
cerebro tiene unos cien mil millones de neuronas y se estima que las conexiones
entre neuronas rondan los doscientos billones (sí, decimos billones). Basta con
imaginar lo que significaría tratar de tender el cableado de una red
informática con doscientos billones de conexiones. A pesar de estas cifras
incomprensiblemente inmensas, cada neurona se encuentra a una distancia de unas
pocas conexiones de las demás, debido a la arquitectura del cerebro. Se ha
estimado que una neurona solo necesita enviar una señal a través de una
distancia promedio de siete vías para llegar a cualquier otra neurona. Esto es
lo que se denomina una red de «mundo pequeño» y es, exactamente, como el número
de Kevin Bacon[2] o los
seis grados de separación. Estas redes cuentan con agrupamientos locales
denominados centros, por los que pasan numerosas conexiones. Buena parte de la
acción se encuentra bajo los dictados de solo algunos grupos importantes.
Imaginen el centro de la compañía aérea FedEx en Memphis: todos los vuelos de
FedEx pasan por el centro de Memphis, sin importar dónde se originen, lo que
reduce en gran medida la cantidad de conexiones necesarias para llevar un
paquete de una ciudad del mundo a otra.
·
Aleatoriedad o ruido. El
ruido es bueno. Tal vez sea esta una de las nociones más contraintuitivas que
es necesario comprender respecto del cerebro. Casi siempre, el ruido se concibe
como algo malo o perjudicial, en especial en los sistemas lineales ideados por
el hombre, como las líneas telefónicas. No obstante, en los sistemas complejos
no lineales como el cerebro, resulta que cierta cantidad de ruido es, en
realidad, útil. En virtud de un fenómeno denominado «resonancia estocástica»,
el ruido en el cerebro controla el inicio del orden. Si el ruido es demasiado
escaso, las neuronas no pueden recoger las señales que envían otras neuronas;
si el ruido es excesivo, las neuronas no pueden detectar las señales correctas.
Con el volumen adecuado de ruido, el cerebro funciona normalmente. El ruido
solo puede ser beneficioso en sistemas no lineales. Si se ingresa ruido como
entrada en un sistema lineal, la única salida será más ruido; si se ingresa
ruido en un sistema no lineal como el cerebro, puede obtenerse una sinfonía o
una novela. Bart Kosko, investigador dedicado al tema del ruido que descubrió
muchos de los principios de la resonancia estocástica, denomina el «Zen del
ruido» a este fenómeno. En páginas posteriores, volveremos a la importante
función que desempeña el ruido en relación con nuestra creatividad.
·
Variabilidad. Cada
vez que el cerebro se enfrenta a algo como la exhibición intermitente de una
forma simple en la pantalla de un equipo informático, la respuesta neuronal es
ligeramente distinta. La variabilidad en las respuestas neuronales es lo que le
otorga a nuestro cerebro la flexibilidad y adaptabilidad necesarias para
sobrevivir en nuestras sociedades y entornos complejos. Puesto que el cerebro
es un sistema no lineal, la reducción de su variabilidad es, en realidad, una
señal de la presencia de alguna patología. Durante una convulsión epiléptica,
las neuronas de una zona del cerebro se encuentran «hiper sincronizadas», es
decir, pierden variabilidad. Una convulsión es la ausencia total de
variabilidad en una región cerebral. En el capítulo 7 explico que muchos
enfoques de administración del tiempo como Seis Sigma (Six Sigma) inducen
convulsiones organizacionales al suprimir la variabilidad donde es sumamente
necesaria. De este modo, podría concebirse a Seis Sigma como un agente patógeno
organizacional.
·
Sincronización: denominada
también resonancia. Si bien la «variabilidad saludable» es decisiva para que el
cerebro se mantenga en estado crítico perpetuo (homeostático pero siempre listo
y anticipando su entorno), es necesario transmitir información en el cerebro.
Existe una competencia entre variabilidad y sincronización en el cerebro. En
términos muy simples y aproximados, resulta que cuando una neurona envía una
señal que recorre un axón y atraviesa la hendidura sináptica hasta llegar a las
dendritas de la siguiente neurona, esa neurona objetivo solo puede recibir la
señal si ambas neuronas se encuentran sincronizadas. Sincronización se denomina
al fenómeno de que dos o más osciladores no lineales acoplados (la palabra
sofisticada que usan los físicos para decir «conectados») empiecen a seguirse
mutuamente al mismo ritmo. El científico holandés Christian Huygens observó por
primera vez este fenómeno en el siglo XVIII. Se dice que Huygens, aquejado de
fiebre, guardaba reposo en cama y se puso a observar los péndulos de dos
relojes. Notó que después de un rato los péndulos empezaban a oscilar en la
misma fase. Incluso cuando detuvo uno de los péndulos para que se saliera de
fase respecto del otro, ambos relojes volvieron a sincronizarse nuevamente
transcurrido cierto tiempo. Esto solo ocurría cuando los relojes de péndulo se
encontraban sobre la misma pared, a causa de pequeñas vibraciones del muro que
eran suficientemente grandes para permitir que cada ritmo afectara al otro. Las
vibraciones o el ruido proporcionaban el mecanismo de acople entre osciladores.
Así que resulta que nuestro viejo conocido, el ruido, ayuda a lograr la
sincronización. No obstante, como señalé antes, si la sincronización es
excesiva, puede sobrevenir una crisis convulsiva, pero si es demasiado poca
puede no establecerse ningún tipo de comunicación. Y este es un ejemplo más de
un gran descubrimiento científico que tiene lugar mientras el científico en
cuestión se encontraba sin hacer nada (en este caso, recuperándose de su
enfermedad).
Veremos
más adelante de qué modo se relacionan con el ocio y la creatividad cada uno de
estos conceptos científicos que acabamos de describir, y por qué el ocio podría
conducir a una mayor creatividad. Cada una de las áreas mencionadas en líneas
anteriores constituye un campo activo de investigación de vanguardia con la
participación de miles de científicos. Al final del libro, se incluyen varias
referencias excelentes para profundizar la lectura. El desarrollo de cada uno
de los temas mencionados ocupa semestres completos en los cursos de posgrado;
algunos científicos dedican toda su vida profesional al estudio de esas áreas
de investigación. No obstante, los científicos todavía saben muy poco acerca de
cómo funciona el cerebro. Es más, la aplicación de estas ideas al estudio del
cerebro constituye un desarrollo bastante reciente en los campos de la
psicología y las neurociencias. Por lo tanto, si el lector puede empezar a
comprender algunas de las ideas que aquí exponemos, así como el modo en que se
relacionan con el cerebro, bien puede considerarse al tanto de los
conocimientos científicos de vanguardia.
Permitir que el cerebro repose abre el sistema para que sea posible aprovechar
los mecanismos de no linealidad y aleatoriedad, y amplifica la tendencia
natural del cerebro a combinar percepciones y recuerdos y convertirlos en
conceptos nuevos. Datos no sistemáticos obtenidos a partir de la observación de
escritores y artistas, así como investigaciones psicológicas recientes
constituyen la base de la idea de que, con el fin de aprovechar a fondo el
potencial creativo del cerebro, un sistema complejo no lineal, debemos
permitirnos gozar de periodos extensos e ininterrumpidos de ocio. Como mínimo,
es posible que el descanso sea tan importante para la salud cerebral como lo es
la actividad mental dirigida, si no más.
Capítulo 1
Ese horrendo monstruo llamado «ocio»[3]
«Sé
diligente en tus vocaciones y no dediques tiempo al ocio, y ejecuta tus labores
con pensamientos sagrados, para la gloria de Dios y obedeciendo sus
mandamientos».
Richard Baxter,
Un directorio cristiano
Al
menos desde Homero, hemos mantenido una actitud ambivalente respecto del ocio.
En Odisea, los lotófagos pasaban el día echados «comiendo loto»,
eran hospitalarios y se sentían, en apariencia, satisfechos con su existencia.
Sin embargo, representaban una amenaza para Ulises y su tripulación. Cuando
llegó a la tierra de los lotófagos, el capitán, adicto al trabajo, envió a un
par de hombres a investigar a los pobladores locales. Los lotófagos «no los
dañaron», pero ofrecieron a los hombres enviados por Ulises un poco de su
alimento, tan embriagador que los griegos olvidaron cualquier idea de volver al
hogar. Ulises, la personificación del heroico director ejecutivo de una
empresa, obligó a los hombres afectados por el loto a regresar al barco y luego
los amarró a los bancos de la nave. Advirtió que si el resto de la tripulación
probaba la droga, jamás dejarían la isla y ordenó levantar amarras. En la
traducción de Samuel Butler, los hombres «ocuparon su lugar y los remos
azotaron el gris mar».
A pesar del estereotipo occidental de China como nación en la que el trabajo,
la productividad y la industria se reverencian como los mayores ideales, en
épocas de Confucio el ocio no constituía una subcultura sino que formaba parte
integral de la cultura. Los caballeros del periodo se dejaban crecer las uñas
como prueba de que no necesitaban trabajar con las manos. A decir verdad, el
confucianismo despreciaba el trabajo arduo e idealizaba, en cambio, el ocio y
la falta de esfuerzo. Según Lawrence E. Harrison, un investigador de larga
trayectoria de la Universidad de Tufts, «para los chinos, Sísifo no es una
tragedia sino una broma hilarante». Harrison señala que el principio filosófico
fundamental del taoísmo es wu-wei, no esfuerzo, lo que significa
que una persona verdaderamente iluminada en el terreno espiritual o intelectual
vive con el gasto mínimo de energía. En asuntos militares, los antiguos chinos
sostenían que un buen general obliga al enemigo a agotarse y espera la
oportunidad adecuada para atacar, usa las circunstancias para su propia ventaja
y desarrolla la menor actividad posible. Esta noción es la opuesta a la idea
occidental de tratar de lograr algún objetivo predefinido con un inmenso
despliegue de fuerzas y esfuerzo. Resulta paradójico, en consecuencia, que a
pesar de la extensa historia de China en lo que respecta a aceptar el ocio, esa
nación se conciba en la actualidad como la fábrica del mundo. La razón podría
ser que, tal como un físico chino me dijo hace muy poco, China logró «superar»
el confucianismo en la última mitad de siglo.
En Occidente, con la llegada de la Ilustración y la deshumanización,
mecanización y burocratización del trabajo, los filósofos contraatacaron. En el
momento en que el sistema capitalista mundial iniciaba un periodo de expansión
sin precedentes, la cultura occidental popularizó el concepto del «noble
salvaje», uno de cuyos atributos particulares consistía en holgazanear y
alimentarse de las frutas que caían en su regazo. El incomparable Samuel
Johnson publicó una serie de ensayos acerca de los beneficios del ocio en el
periódico The Idler, entre 1758 y 1760. Señaló: «Es posible gozar
del ocio […] sin perjudicar a nadie; y por tanto no debe ponerse a la par del
Fraude, que pone en riesgo la propiedad, ni del Orgullo, que por naturaleza
busca su gratificación en la inferioridad del otro. El ocio es una cualidad
silenciosa y pacífica, que no provoca envidia por ostentación ni odio por
oposición, y por lo tanto nadie debe ocuparse de censurarlo ni detectarlo».
El capitalismo, sin embargo, era imposible de detener. El siglo XIX vio nacer
la economía industrial mundial; los seres humanos se volvían engranajes de la
compleja máquina denominada fábrica. Fue entonces cuando Frederick Taylor,
padre de la eficiente ética del trabajo estadounidense, presentó a los gerentes
capitalistas la «administración científica» a través de su obra, Los
principios de la administración científica. Su objetivo radicaba en
integrar la vida del trabajador con la vida de la empresa por medio de lo que
entonces se consideraba la comprensión científica de los seres humanos. Taylor
procuró incrementar la eficiencia productiva midiendo con toda precisión los
tiempos y los movimientos involucrados en cada tarea. Anticipando modas
modernas en materia de productividad, como Seis Sigma (de la que nos ocuparemos
en el capítulo 8), Taylor trató de reemplazar el conocimiento y la experiencia
del obrero especializado por una técnica estandarizada y «científica» para
realizar el trabajo. Si bien el taylorismo fue y sigue siendo inmensamente
popular entre los integrantes de la clase empresarial, los principios no
despertaron el entusiasmo de los humanistas en general. En 1920, tal vez como
reacción frente a la creciente taylorización, el dramaturgo checoslovaco Karel
Čapek introdujo el concepto del robot, un obrero totalmente mecanizado, sin
alma, deshumanizado en los aspectos físico y espiritual. La palabra «robot»
significa «obrero» en checoslovaco. Ese mismo año, el humorista estadounidense
Christopher Morley publicó su ahora clásico ensayo On Laziness: «El
hombre que es verdadera, cabal y filosóficamente perezoso es el único hombre
feliz por completo. Quien se beneficia del mundo es el hombre feliz. La
conclusión es evidente».
Lenin dijo acerca de la filosofía de Taylor: «… el famoso sistema de Taylor,
tan difundido en los Estados Unidos, es famoso justamente porque es la última
palabra en explotación capitalista. Es fácil comprender por qué el sistema se
enfrenta a un odio y una protesta tan intensos por parte de los trabajadores».
A pesar de ver al taylorismo como lo que era, una nueva tecnología de
explotación, Lenin adoptó muchas de las técnicas de Taylor para organizar las
fábricas soviéticas.
Con la llegada de la década de 1980 y la llegada de Ronald Reagan, se instaló
en la sociedad el mantra de que la productividad era esencial para la
autoestima. Lo que es bueno para los Estados Unidos, es bueno para las
empresas. La holgazanería, en cambio, era antiestadounidense: en fecha
reciente, en 2012, el Estado de Carolina del Sur incluyó la holgazanería como
causa para imponer las leyes de identificación de los votantes.[4] Los
holgazanes no merecen votar. En 1985, Ken Blanchard y Spencer Johnson
procuraron convencer a los empleados de que «las personas que se sienten bien
consigo mismas consiguen buenos resultados», en el icónico ¿El ejecutivo al
minuto?[5] El libro,
una parábola espiritual ligera, cuyo objetivo no es alcanzar la iluminación
interior sino lograr un capitalismo eficiente, narra la historia de un joven
brillante que desea convertirse en un gerente eficaz. El protagonista recorre
el mundo y conoce a diferentes tipos de gerentes, entre ellos el opresivo
«autócrata» y el amable «demócrata»; finalmente, llega a la trascendente
comprensión de que un ejecutivo eficiente es aquel a quien le importan las
personas y los resultados. Por último, el joven conoce al Ejecutivo al Minuto,
quien le explica que es posible alcanzar el nirvana gerencial aplicando tres
técnicas sencillas: la previsión de objetivos en un minuto, los halagos en un
minuto y las reprimendas en un minuto. Con el tiempo, el joven logra
convertirse en un verdadero Ejecutivo al Minuto, rico y amado.
No obstante, el ocio persiste, a pesar del surgimiento de la «administración
científica». Al igual que los lotófagos, los pensadores modernos nos recuerdan
el sabor de la dulce fruta del ocio y de tomarse las cosas con tranquilidad.
Tom Hodgkinson, editor de la revista anual The Idler, es autor del
best-seller británico How to Be Idle: A Loafer’s Manifesto. Tom
Lutz ofrece una crónica de la historia del ocio en su fantástico Doing
Nothing: A History of Loafers, Slackers, Loungers, Slackers, and Bums in
America. La película Slacker, de Richard Linklater, inspiró a
algunos de mis coetáneos en su decisión de abandonar los estudios
universitarios. En The Art of Doing Nothing, Véronique Vienne
ofrece una sólida defensa del descanso y la distensión. Incluso Bertrand
Russell, uno de los matemáticos y filósofos más prolíficos del siglo XX,
escribió El elogio de la ociosidad,[6] donde
dice: «Quiero decir, con toda seriedad, que la creencia en la virtud del
trabajo está provocando un gran daño en el mundo moderno y que el camino a la
felicidad y la prosperidad reside en una disminución organizada del trabajo».
Las obras mencionadas y muchas otras promueven con notable efectividad (para
haber sido escritas, a menudo, por autores que se autodefinen como holgazanes)
los aspectos positivos y la significación de permanecer ocioso. Algunos de los
autores proponen recurrir al ocio como un mero medio más para lograr el éxito;
otros sugieren permanecer ociosos por el solo hecho de estar ociosos; un tercer
grupo invita a usar el ocio como herramienta política para combatir el sistema
capitalista. Si bien apoyo con entusiasmo cualquier tipo de razón que se
esgrima para estar ocioso, en este libro llevo la defensa del ocio un paso más
lejos al presentar datos novedosos y sorprendentes que provienen del campo de
las neurociencias acerca de lo que hace el cerebro mientras no hacemos nada.
Postulo la tesis (que bien pueden refutar ejecutivos y neurocientíficos por
igual) de que no hacer nada —real y verdaderamente nada— conduce a un mejor
funcionamiento cerebral.
Según reza la leyenda, Descartes (que habitualmente se levantaba tarde) ideó
los ejes X e Y que constituyen las coordenadas ortogonales (hoy la pesadilla de
tantos escolares que pierden horas de sueño estudiando sus propiedades),
mientras holgazaneaba en su cama y observaba una mosca posada en el techo. Los
mayores avances científicos y las obras de arte más maravillosas — en suma,
muchas de las ideas más grandes de la historia— pueden no ser el resultado de
un trabajo arduo y persistente. Más bien, las oleadas repentinas de comprensión
o los momentos en los que se nos enciende la ampolleta suelen sobrevenir
durante lo que Rilke elocuentemente describió como «las últimas reverberaciones
de un vasto movimiento que se produce en nuestro interior en los días de ocio».
Resulta que podría existir una explicación neurocientífica del fenómeno.
Rilke no pudo haber sabido cuán acertado resultaría ser, casi un siglo más
tarde, el uso metafórico de la palabra «reverberaciones» para la neurociencia
moderna. Como veremos, conjuntos de neuronas de nuestro cerebro literalmente
reverberan, incluso cuando no hacemos nada. En rigor, algunos grupos de
neuronas situados en los «centros» de las numerosas redes que existen en el
cerebro reverberan con mayor intensidad durante el reposo. Se trata de un
descubrimiento reciente que, por lo que sé, no ha llegado aún al público en
general. Este libro propone tomar con seriedad la noción de reverberación… y
usar la neurociencia como la excusa definitiva para entregarse al ocio. Una de
las grandes paradojas de la vida moderna radica en que la tecnología, a pesar
de sus ventajas, está quitándonos en realidad nuestro tiempo para el ocio.
Ahora estamos conectados las veinticuatro horas del día, los siete días de la
semana. El ocio se ha vuelto anacrónico.
La «red de estado de reposo» (RSN) o «red neural por defecto» (DMN por sus
siglas en inglés: default-mode-network), como se denomina, fue descubierta por
el neurocientífico Marcus Raichle, de la Universidad de Washington, St. Louis,
en 2001. Esta red se activa cuando no hacemos nada. Raichle observó que cuando
sus sujetos yacían en un equipo de resonancia magnética efectuando las
exigentes tareas cognitivas requeridas para sus experimentos, había áreas
cerebrales cuya actividad, en realidad, disminuía. El hallazgo fue
sorprendente, pues hasta entonces se sospechaba que durante el desempeño de
tareas cognitivas la actividad cerebral debía aumentar en comparación con la
correspondiente a otra tarea o a una «línea isoeléctrica». Raichle, entonces,
investigó qué ocurría en el cerebro en el periodo que transcurría entre las
tareas experimentales. Lo que halló fue una red específica que incrementaba la
actividad cuando los sujetos parecían desentenderse del mundo exterior. Cuando
se debe desempeñar una tarea tediosa en un experimento realizado en un
resonador magnético, por ejemplo memorizar una lista de palabras, ciertas zonas
del cerebro aumentan la actividad y otras la disminuyen, lo cual no parece ser
peculiar. Sin embargo, si todo lo que el sujeto hace es permanecer con los ojos
cerrados o mirar fijamente la pantalla, la actividad cerebral no disminuye,
sino que simplemente cambia de lugar. La zona que se desactiva durante la
ejecución de tareas aumenta su actividad durante el reposo: se trata de la red
de estado de reposo. Desde entonces, se han publicado cientos de artículos científicos
que examinan la actividad cerebral durante el reposo. El descubrimiento de la
red neural por defecto ha generado gran entusiasmo y controversia.
Muchas zonas del cerebro están especializadas para ciertas funciones. Por
ejemplo, la corteza visual procesa información visual temprana, y la amígdala
genera advertencias y nos ayuda a decidir si ofrecemos batalla o huimos. La red
de estado de reposo está especializada para esos momentos en que no es
necesario preocuparse por huir de un asaltante o revisar si llegó un mensaje al
teléfono móvil. Cuando no hay nada especial para hacer, la red de estado de
reposo se activa y empieza a hablar consigo misma (es decir, con el individuo).
Esta red cuenta con una estructura coherente respecto del cerebro; existe escasa
variación de una persona a otra. La red de estado de reposo interviene en los
momentos en que se deja vagar la mente o se sueña despierto. Se activa cuando
estamos echados en el césped una tarde de sol, cuando cerramos los ojos o
cuando miramos por la ventana mientras estamos en el trabajo (si tenemos la
fortuna de tener una ventana en el lugar de trabajo). Lo más interesante,
quizá, es que esos raros momentos en que exclamamos « ¡Eureka!» pueden ser más
frecuentes entre las personas que permiten que sus redes de estado de reposo
dispongan de tiempo para reverberar.
Para muchos psicólogos experimentales y neurocientíficos, aceptar la idea de
una red de estado de reposo no es fácil, puesto que un supuesto fundacional de
la neurociencia cognitiva consiste en que a menos que se estimule el cerebro
con una señal externa, cualquier actividad cerebral detectable no es más que
ruido. ¿Cómo es posible que exista una red cerebral coherente dedicada a no
hacer nada? En la actualidad, la importancia de la red neural por defecto es
tema de controversia en los campos de la psicología y las neurociencias. Para
algunos psicólogos, el cerebro es básicamente reflexivo y su único motor son
las demandas momentáneas del entorno.
Como resultado, algunos científicos consideran que estudiar el cerebro en
reposo es una pérdida de tiempo. Más extremo aun es el supuesto de que las
respuestas cerebrales a eventos externos emergen a partir de la denominada
«línea isoeléctrica». En otras palabras, creen que no hay posibilidad alguna de
que lo que hace el cerebro cuando el individuo no hace nada revista interés
desde una perspectiva científica: si la persona no hace nada, el cerebro
tampoco. Existen numerosas razones por las que fue y todavía hoy es difícil
erradicar estos supuestos; una de las de mayor peso es que resulta conveniente
suponer que todo lo que ocurre fuera del marco de eventos experimentales
cuidadosamente controlados es ruido que el científico puede ignorar sin
problema alguno. Otra razón puede residir en que la mayoría de los psicólogos y
neurocientíficos tienden a oponer resistencia a las ideas respecto de la
función cerebral que tienen su origen en fuentes que no pertenecen a sus
campos: la red del modo predeterminado se encuadra a la perfección en lo que se
denomina teoría de la complejidad, tema del que nos ocuparemos en el capítulo
5.
Sin embargo, resulta que el cerebro no se limita a estar a la espera del
próximo estímulo, sino que se encuentra activo siempre y espontáneamente:
mantiene, interpreta, responde y anticipa. De hecho, el cerebro utiliza más
energía para desarrollar su actividad espontánea e intrínseca que para ejecutar
tareas específicas como multiplicar ocho por siete o rellenar las celdas de una
planilla de cálculo. Según el prestigioso especialista en neurociencias György
Buzáki, profesor del Centro Rutgers de Neurociencia Molecular y Comportamental,
la mayor parte de la actividad cerebral se genera intrínsecamente. Los
estímulos externos suelen causar solo perturbaciones menores en el programa
cerebral, que se controla internamente. Pero no nos equivoquemos: las
perturbaciones externas son decisivas para que el cerebro se desarrolle con
normalidad. No existe cerebro que pueda desarrollarse en aislamiento: necesita
«calibrarse» respecto del mundo externo a través de la experiencia. No
obstante, el cerebro en cuanto sistema complejo mantiene su equilibrio mediante
patrones que el cerebro mismo genera. Como señalé, los conceptos que
permitieron alcanzar esta comprensión de la función cerebral provienen de campos
que no son la psicología ni las neurociencias, sino de la ciencia de los
sistemas complejos y la física. Apenas estamos empezando a comprender qué
significa, en realidad, la actividad espontánea del cerebro. En los capítulos 2
y 5, se explora con mayor detalle el cerebro en reposo y su función en la
creatividad.
Lo que surge, sin embargo, es la idea de que las percepciones, los recuerdos,
las asociaciones y los pensamientos pueden necesitar de una mente en reposo
para abrirse paso en nuestro cerebro y establecer nuevas conexiones. Las
tradiciones orientales incorporan desde hace miles de años esta noción en sus
prácticas de meditación. En el budismo, los monjes procuran calmar su mente. La
sociedad occidental ha inculcado en nosotros la creencia de que es necesario
llenar con actividad todos los momentos de todos los días. En rigor, en los
Estados Unidos, es prácticamente una obligación moral estar tan ocupado como
sea posible. Procuraré mostrar que, para ciertas cosas que al cerebro le gusta
hacer (por ejemplo, ocurrírsele soluciones creativas) puede ser necesario estar
haciendo poco o nada.
Cuando el cerebro recibe un bombardeo de estímulos como mensajes de correo
electrónico, llamadas telefónicas, mensajes de texto, actualizaciones de
Facebook, encargos, conducir, hablar con el jefe, revisar una lista de tareas
pendientes, etc., está ocupado respondiendo lo que el especialista en
neurociencias Scott Makeig, director del Centro Swartz de Neurociencias
Computacionales de La Jolla, California, denomina «el desafío del momento». Sin
duda, es muy importante ser capaz de responder a las demandas del momento. A
veces la supervivencia depende de la capacidad de enfrentar con éxito ese
desafío. Sin embargo, si ese momento se convierte en todos los minutos de todos
los días de todos los meses de todos los años, al cerebro no le queda tiempo
disponible para establecer nuevas conexiones entre cuestiones en apariencia
inconexas, identificar patrones y elaborar nuevas ideas: en otras palabras, no
le queda tiempo para ser creativo.
Pensadores como Bertrand Russell, Rilke y Oscar Wilde tal vez hayan aprovechado
algo que la neurociencia moderna recientemente está empezando a descubrir. Esos
pensadores, y muchos más, sostuvieron a lo largo de sus vidas que una persona
solo podía realizar su potencial con plenitud a través del ocio. Puede sonar
paradójico: después de todo, nos enseñan desde una edad muy temprana alguna
variante del dicho «el diablo encuentra trabajo para las manos ociosas». Pero,
dada la concepción del cerebro que está naciendo del trabajo de las
neurociencias modernas, puede no ser accidental que a medida que nuestros
horarios laborales se extienden, nuestro bienestar mental y nuestra salud
física disminuyen.
El cerebro humano es único en el reino animal por contar con capacidad para
idear soluciones innovadoras para los problemas. Los animales, en especial los
primates no humanos, son, sin duda, creativos. Sin embargo, su creatividad está
restringida a los estrechos límites de sus mundos perceptuales y cognitivos.
Los seres humanos han inventado tecnologías que permiten extender la percepción
a porciones no visibles del espectro electromagnético y es probable que pronto
podamos, incluso, extender nuestra memoria y nuestra cognición mediante
neurotecnología. Muchos especialistas en neurociencias argumentan que los seres
humanos son únicos en su grado de conciencia. Además, son la única especie que
ha creado sistemas de comunicación que permiten crear arte y adquirir Corpus
complejos de conocimientos.
Ahora estamos usando el cerebro para entender el cerebro. Otra característica
singular de los seres humanos es que pueden darse el lujo de ser holgazanes
gracias a la tecnología y la cultura. Podríamos pensar que un elefante marino
echado en la arena de una playa californiana haraganea; sin embargo, nada
estaría más alejado de la verdad: está preservando su valiosa grasa corporal y
energía para cuando deba cazar en aguas heladas o eludir tiburones.
* *
* *
¿Cómo
fue que adquirimos la convicción de que el ocio es puro mal? En los Estados
Unidos, el ocio fue siempre objeto de temor. Los puritanos creían que trabajar
con empeño era la única manera de servir a Dios. En la Europa del siglo XVI,
donde tiene sus raíces el puritanismo, Calvino y Lutero tenían la convicción de
que Dios había ordenado el trabajo continuo e instaban a los fieles a elegir un
trabajo y trabajar «como si fuera el puesto de un centinela, sin abandonarlo a
la ligera». Incluso alentaban el trabajo forzoso de pobres y desocupados como
un modo de mantenerlos «en la senda de la vida justa». En la época de Lutero,
Europa empezaba a urbanizarse y la población se multiplicaba con rapidez. Como
resultado, creció el hacinamiento, el desempleo y la inflación. La pobreza
urbana se multiplicó de manera explosiva en sitios como Londres, Venecia y
Ámsterdam. Incapaces de comprender el funcionamiento de la macroeconomía,
fanáticos como Lutero vieron a las nuevas masas pobres urbanas como «holgazanes
indolentes» cuyo pecado original de la holgazanería debía castigarse con
trabajo arduo.
Podemos rastrear las raíces de nuestra obsesión actual con el trabajo y la
eficacia a la equivocada idea luterana de que la pobreza es producto de la
holgazanería, en lugar de pensarla como resultado de complejas circunstancias
socioeconómicas.[7] La
holgazanería se consideró un mal. Si Lutero hubiera estudiado sociología,
tendríamos más de dos semanas de vacaciones al año.[8]
Las consecuencias de la furibunda filosofía antiocio de Lutero, en especial en
los Estados Unidos, se evidencian en nuestras absurdamente cortas vacaciones y
nuestra ética del trabajo compulsivo. (Los Estados Unidos no están solos en
esta obsesión: los japoneses han acuñado el término «karoshi», que significa
«muerte por exceso de trabajo»).
La extensión del horario laboral también resulta sorprendente, en particular si
se considera la reciente explosión de libros y seminarios sobre administración
del tiempo y sobre «cómo organizarse con eficacia» que se observa en el
mercado. En Amazon, encontré más de noventa y cinco mil libros sobre
administración del tiempo. Habría que tener una notable capacidad de
administración del tiempo para leer todos los libros sobre administración del
tiempo que se ofrecen en Amazon. Si suponemos que un libro tiene un promedio de
doscientas páginas, entonces habría unos diecinueve millones de páginas de
material sobre administración del tiempo para leer. Sería necesario leer unos
tres libros por día durante setenta y dos años.
Si esos libros cumplen su objetivo de volvernos más eficaces, ¿por qué tenemos
que trabajar más horas? ¿Por qué todas las investigaciones indican que estamos
más estresados, tenemos peores relaciones familiares, pesamos más y somos menos
felices porque trabajamos demasiado? ¿No resulta extraño que mientras la
industria de la administración del tiempo vende más libros, la cantidad de
horas de trabajo aumente? Para citar a Bertrand Russell, «¿es posible imaginar
algo más descabellado?»
¿Será que no entendemos el mensaje? ¿Necesitaremos más libros sobre
administración del tiempo y cursos de Seis Sigma? Eso es, exactamente, lo que
quiere hacemos creer la industria de la administración del tiempo. ¿Es verdad
que si lográramos ser más eficientes podríamos disponer de más tiempo libre?
Muy por el contrario, creo que existe una contradicción fundamental que subyace
en la relación entre nuestra cultura de la administración del tiempo y la
cantidad de horas que los profesionales trabajan. Cuanto más eficientes somos,
mayor es la presión de producir: se trata de un ciclo sin fin, que deriva de
nuestra creencia de que el tiempo jamás debe perderse. No obstante, el tiempo
perdido no es un valor absoluto como la masa. Solo es posible perder tiempo en
relación con un contexto u objetivo. Mientras el lector lee este libro, pierde
tiempo en relación con su objetivo de ir a una tienda a comprar algo antes de
pasar a recoger a sus hijos. En rigor, siempre se pierde tiempo desde alguna
perspectiva.
La concepción científica del cerebro es incompatible con la concepción luterana
o cristiana del hombre y con la ética del trabajo. La muy mentada ética del
trabajo es, como la esclavitud, una invención cultural sistemática resultante
de una idea difundida, aunque errada, respecto de los seres humanos. En una
mirada retrospectiva, el sistema esclavista resulta abominable e insensato.
Hoy, para nosotros, la sola idea de la esclavitud constituye a todas luces un
craso error. Algún día, es posible que veamos nuestra actual ética del trabajo
del mismo modo. El día en que se corrijan ciertos errores de los que adolecen
nuestras creencias respecto del cerebro, la idea de nuestra sociedad recargada
de trabajo resultará abominable e insensata para las generaciones futuras.
A principios de la década de 1990, Steve Sampson, un ex profesor mío de
antropología, fue contratado como asesor por una empresa danesa de informática.
Una firma de Rumania había contratado, a su vez, a la danesa para modernizar
sus operaciones. Los daneses instalaron ordenadores y crearon un departamento
de informática. Todo parecía funcionar según lo planeado, pero se presentó un
problema: después de que se puso en marcha el sistema informático y se capacitó
a los empleados, el personal empezó a salir del trabajo a mediodía. Intrigados,
los daneses preguntaron por qué los empleados salían del trabajo a mitad del
día; los rumanos les explicaron que los ordenadores les permitían completar la
labor de un día en medio día, de modo que cuando terminaban con el trabajo, se
iban a sus casas. Mi profesor, antropólogo, fue convocado para resolver la
crisis. A los daneses los desconcertaba que los rumanos no desearan hacer el
doble de trabajo ahora que disponían de ordenadores; los rumanos consideraban
que los daneses estaban totalmente locos por esperar que su volumen de trabajo
aumentara al doble solo porque contaban con la posibilidad de trabajar más
rápido. Este constituye un ejemplo claro de brecha cultural, pero también del
hecho de que una tecnología, como los ordenadores, que supuestamente nos da más
tiempo libre en realidad reduce o elimina el tiempo dedicado al ocio.
Muchos de nosotros leemos las notas sobre investigaciones científicas del campo
de la salud que se publican en revistas de circulación masiva o en periódicos
como The New York Times. Algunos procuramos poner en práctica los
consejos que los investigadores brindan: cómo comer de manera más saludable,
cómo incorporar la actividad física, cómo evitar el deterioro cognitivo a medida
que envejecemos, cómo educar a nuestros hijos, cómo dormir mejor, cómo evitar
la diabetes, cómo evitar los problemas de rodillas que ocasiona la actividad de
correr, etc. Así es como debemos leer este libro: como un libro con consejos
acerca de cómo no hacer nada. Serán necesarias algunas explicaciones respecto
del porqué, pues el ocio podrá ser un monstruo horrendo, pero no obstante
debemos conocerlo a fondo.
* *
* *
Desde
una perspectiva evolutiva, si nos remontamos varios millones de años al periodo
en que las especies del tipo homo sapiens empezaban a desarrollar culturas más
avanzadas, es posible encontrar un rasgo que nos distinguió de los simios: la
capacidad de elaborar planes para el futuro.
Por ejemplo, es sabido que los simios son usuarios competentes de herramientas,
pero solo parecen utilizar las herramientas que se encuentran en su vecindad
inmediata. Es frecuente que los chimpancés usen ramitas que recogen del sitio
donde se encuentren para apartar hormigas de una colonia; sin embargo, no hay
registro de chimpancés que lleven consigo ramas durante varios kilómetros
anticipando la posibilidad de tener hambre más tarde y de encontrarse con una
colonia de hormigas por el camino.
La primera especie de homínidos empezó a llevar herramientas a sitios en los
que esos objetos podrían resultarle de utilidad (en lugar de limitarse a usar
las herramientas que se encontraran en la vecindad). Este cambio indica que
esos homínidos tenían un cerebro que había desarrollado la capacidad para
representar el hecho de que en el futuro podrían tener hambre, a pesar de que
en el momento no la tuvieran. Por lo tanto, en lugar de actuar en respuesta a
estados actuales, por ejemplo no hambre, los primeros seres humanos empezaron a
prepararse para estados futuros.
Esta capacidad requiere, de manera necesaria, más memoria para representar el
pasado y el futuro. La capacidad de elaborar planes para responder a estados de
hambre, frío o sed futuros en lugar de reaccionar meramente a deseos inmediatos
es, quizá, lo que dio inicio al rápido avance cultural de los seres humanos.
Es interesante reflexionar acerca del momento en que el concepto de trabajo se
consolidó en la cultura humana. Cabe suponer que ese desarrollo haya tenido
lugar después de la evolución del lenguaje. Es dudoso que los chimpancés
cuenten con una noción de trabajo, pero son individuos muy sociales y existen
ciertos datos que indican que pueden elaborar planes para el futuro en grado
muy limitado.
Nuestra línea homínida se alejó de los chimpancés entre cinco y siete millones
de años atrás; hace un millón ochocientos mil años, empezó a conformarse algo
similar a la cultura humana. El lenguaje es más reciente. Entonces, ¿en qué
momento reemplazó el «trabajo» en cuanto carga obligatoria al hecho de estar
activo en función de estímulos externos o internos? Seguramente es necesario
algún tipo de reflexión consciente de orden elevado para que sea posible decir
que se está trabajando y que esa actividad es diferente de no hacer nada o
tratar de satisfacer meramente el apetito.
La contracara de la noción de que el ocio es bueno para el cerebro es que
nuestros cerebros tienen limitaciones inherentes. Así como James Cameron no
podría haber realizado la película Ávatar en un ordenador
común, el cerebro humano solo puede manejar cierta cantidad de información.
A nuestros cerebros les llevó millones de años evolucionar en entornos de tipos
muy diferentes a, por ejemplo, una oficina moderna. Los seres humanos no
empezaron a leer y escribir hasta hace unos cinco mil años; este es el motivo
por el que sigue resultándonos tan arduo aprender a leer. Carecemos de
estructuras neuronales especificadas genéticamente para leer, y nuestro cerebro
debe reciclar otras estructuras cerebrales para ese aprendizaje. La capacidad
de hablar, en cambio, fue un resultado muy anterior de la evolución; por ese
motivo, normalmente no necesitamos esforzarnos para aprender a hablar. Hay
estadios de la adquisición del lenguaje que tienen lugar cuando un cerebro
normal se desarrolla en el contexto de una comunidad de lenguaje, por ejemplo
inglés, español o chino.
Contamos con estructuras cerebrales especializadas para la comprensión y
producción de lenguaje hablado. Cuando llegamos a la adolescencia, dominamos
nuestra lengua nativa sin necesidad de recibir instrucciones especiales. No
obstante, en contraste, muchas personas sanas cuyos cerebros funcionan
normalmente alcanzan la adultez sin saber leer.
Es importante señalar este hecho porque nuestro estilo moderno de vida y
nuestra ética del trabajo son invenciones culturales todavía mucho más
recientes que la lectura. El neurocientífico sueco Torkel Klingberg señala que
«un cerebro de la Edad de Piedra debe hacer frente a la Era de la Información».
No contamos, por ejemplo, con estructuras cerebrales especificadas
genéticamente para la multitarea (multitasking), y diversos estudios
indican que al desarrollar varias tareas en simultáneo, nuestro rendimiento es
peor en todas ellas.
En una famosa serie de investigaciones, Clifford Nass, profesor de
Comunicaciones de la Universidad de Stanford, procuró identificar qué
capacidades proporciona la multitarea. Al profesor Nass le causaba asombro la
habilidad de sus colegas y amigos que decían ser expertos en la multitarea,
personas capaces de hablar por chat con otras tres personas al mismo tiempo,
mientras responden correos electrónicos y navegan por Internet.
En un experimento, el profesor Nass mostró, por un breve instante, un par de
triángulos rojos rodeados por dos, cuatro o seis rectángulos azules a sujetos
que podían desempeñar muchas tareas a la vez y a otros que no (personas que no
procuran hacer más de una cosa por vez). A continuación, volvió a mostrar la
misma imagen, modificando en ocasiones la posición de los triángulos rojos.
Se indicó a los sujetos no prestar atención a los rectángulos azules y
establecer si los triángulos rojos habían cambiado su posición. Lo que Nass
halló fue que quienes no solían desempeñar varias tareas a la vez no tuvieron
problema alguno con la tarea; las personas con capacidad para la multitarea, en
cambio, tuvieron un resultado pobre: no podían pasar por alto los rectángulos
azules y tampoco distinguir si se había modificado la posición de los
triángulos rojos. Esto significa que quienes pueden ejecutar diversas tareas a
la vez no pueden filtrar y eliminar información no pertinente porque su
atención se encuentra sobrecargada con tareas que no están ejecutando. En otras
palabras, una persona capaz de desempeñar diversas tareas al mismo tiempo no
puede distinguir información importante de información no importante, porque en
realidad no sabe qué está haciendo en cada momento determinado.
La prueba más clara son las dos mil seiscientas muertes y los trescientos
treinta mil heridos que según se estima resultan anualmente de accidentes
provocados por conductores que hablan por teléfono móvil mientras conducen. La
multitarea es una conducta compulsiva que en realidad produce una perturbación
muy similar al Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH).
El médico psiquiatra Edward Hallowell denominó a este trastorno «rasgo de
déficit de atención» para describir lo que les ocurre a quienes no pueden
evitar realizar varias tareas a la vez. También sostiene que el modo en que se
administran los entornos de trabajo modernos contribuye a este problema, por el
cual personas que en condiciones normales logran altos rendimientos
experimentan dificultades para organizar sus tareas, se distraen con facilidad
y se abstraen. En promedio, los trabajadores modernos se ven interrumpidos por
mensajes instantáneos, alertas que anuncian la llegada de un correo electrónico
o llamadas telefónicas cada tres minutos. Se ha estimado que en el trabajo, se
gasta del veinticinco por ciento al cincuenta por ciento del día recuperándose
de las interrupciones y preguntándose: « ¿En qué estaba?». Una investigación
llevada a cabo por Intel halló que los efectos de las interrupciones le cuestan
a esa empresa mil millones de dólares al año en productividad perdida. La
tecnología moderna puede atontarnos, literalmente.
Podemos elegir tomar conciencia de nuestras limitaciones y vivir dentro de esos
límites. Eliminar esos factores de estrés aumenta el gozo de vivir y lleva a
una reducción mayor del estrés. Como señala Klingberg: «Cuando establecemos
nuestros límites y encontramos un equilibrio óptimo entre exigencia y capacidad
cognitiva… no solo logramos una satisfacción profunda, sino que además
desarrollamos la capacidad de nuestro cerebro al máximo». Este proceso
constituye un círculo de retroalimentación positivo, que también constituye una
característica de los sistemas no lineales. Una parte fundamental de ese
proceso reside en permanecer ocioso.
Nuestros cuerpos funcionan de manera óptima con dietas ricas en proteínas y
periodos extendidos de actividad física de baja intensidad, como caminar o
correr, alternados con periodos de ocio. Tratar de extender permanentemente la
capacidad mental más allá de sus límites conduce a peor desempeño laboral,
fatiga y, con el tiempo, a enfermedad psicológica y física crónica.
En la vida del hombre de Cromagnon había, en realidad, más ocio que trabajo.
Entonces, el trabajo consistía en cazar o recolectar alimentos. Existe amplia
aceptación de la idea de que la capacidad de ocio del hombre de Cromagnon fue
una condición de la «explosión creativa» que tuvo lugar en la evolución humana.
En términos biológicos, nuestro cerebro es casi idéntico al de aquel hombre.
Una vez que se satisfacían las necesidades básicas —alimento, abrigo,
protección frente a los elementos y la adversidad— no era necesario trabajar.
A continuación, ofreceré una exploración de lo que hacen nuestros increíbles
cerebros cuando no hacemos nada. Mi objetivo consiste en proporcionar excusas
científicas a prueba de toda refutación para entregarse al ocio. Pero también
ofrezco posibles interpretaciones neurocientíficas de la relación entre ocio y
creatividad. Por último, espero estar dando los primeros pasos para enterrar la
insufrible industria de la administración del tiempo.
«Revelar
los misterios de fenómenos naturales que antes parecían mero ruido es un tema
recurrente de la ciencia».
Alfred Bedard hijo y Thomas George
Retomemos
la cuestión del cerebro en reposo. El descubrimiento de una red de estado de
reposo es muy reciente: se lo ha comparado al descubrimiento de la omnipresente
«energía oscura» del universo.
Así como resulta inquietante imaginar que pueda existir en realidad un «lado
oscuro de la fuerza» del que no sabemos casi nada, también provoca cierto
escozor pensar que el cerebro desarrolla una gran actividad mientras miramos la
nada. Durante buena parte de la historia de la ciencia moderna, lo que pareció
ser mero ruido era, en realidad, alguna verdad profunda que aún no
comprendíamos. En los campos de la neurociencia y la psicología, la actividad
espontánea del cerebro se consideró ruido hasta hace muy poco. Pero podría
ocurrir que ese ruido, en realidad, constituyera la clave para comprender de
manera cabal nuestra mente.
Científicos como Buzáki y Raichle estiman que alrededor del noventa por ciento
de la energía del cerebro se destina a sostener la actividad basal, lo que
significa que, sin importar qué tarea se realice, el cerebro en descanso
representa la vasta mayoría del consumo energético total cerebral. Se trata de
lo que se conoce como actividad intrínseca del cerebro. Cuando se activa la red
neural por defecto al no hacer nada, esa red adquiere robustez y coherencia.
Por lo tanto, nuestro cerebro parece violar de algún modo la segunda ley de la
termodinámica que establece que, libradas a sí mismas, las cosas en general
tienden a desordenarse y perder calor: es lo que se denomina «entropía». Este
es el motivo por el que el desorden de la cocina aumenta cuanto más tiempo se
pasa sin ordenarla y limpiarla. Pero el viejo adagio «los platos no se lavan
solos» no se puede aplicar al cerebro.
Muy por el contrario, cuando grandes porciones del cerebro quedan desatendidas
porque nos tumbamos en el césped a gozar de una tarde de sol, esas áreas del
cerebro que se encuentran en la red neural por defecto aumentan su organización
y actividad. En el cerebro, los platos se lavan solos si los dejamos en paz.
Resulta que el cerebro jamás se entrega al ocio; en rigor, es probable que
trabaje más cuando no estamos haciendo nada.
Con el tiempo, los físicos tuvieron que aceptar que si nuestro conocimiento del
universo no era totalmente erróneo, entonces el universo estaba constituido en
su casi totalidad de energía oscura. De manera similar, es posible que la
psicología y las neurociencias cognitivas estén dejando fuera de su foco de
estudio buena parte del cerebro.
Los experimentos psicológicos basados en imágenes cerebrales tienen por objeto
poner a prueba niveles de activación cerebral durante la realización de tareas
específicas para averiguar qué hacen ciertas estructuras cerebrales mientras se
ejecutan esas tareas. Antes señalé que, en las neurociencias, se adopta el supuesto
de que cualquier actividad detectada que no haya surgido por efecto de
manipulaciones experimentales no es más que ruido. Hasta que se comprobó su
existencia, la red de estado de reposo solía considerarse mero ruido. Es
necesario advertir que no debe confundirse esto con el mito de que solo usamos
el diez por ciento del cerebro. La ciencia ha revelado que usamos la totalidad
del cerebro, solo que no del modo en que muchas personas suponen.
Durante la ejecución de una tarea mental, como añadir algo a la lista de tareas
pendientes, solo se producen perturbaciones menores en la actividad basal del
cerebro. Por ejemplo, la energía neural requerida para presionar un botón cada
vez que se enciende una luz roja en un experimento de laboratorio no es más que
una pequeña fracción (solo 0,5 por ciento) de la energía total que el cerebro
gasta en cualquier momento.
En cambio, el modo predeterminado del cerebro utiliza un porcentaje mucho mayor
de la energía cerebral total. Tratar de elucidar qué está haciendo el cerebro
para consumir toda esa energía cuando el sujeto no hace absolutamente nada, es
la labor a la que se han empezado a entregar Marcus Raichle y otros
especialistas en neurociencias.
Uno de los aspectos sorprendentes del cerebro es que, en términos de consumo
energético, es tan ávido como Goldman Sachs. El cerebro representa alrededor
del dos por ciento del peso corporal total, y sin embargo consume el veinte por
ciento de la energía corporal: es el equivalente biológico de la élite
socioeconómica. En otras palabras, el cerebro es glotón y egoísta. Esta podría
ser una de las razones por las que los atletas de resistencia pueden empezar a
sufrir alucinaciones después de correr ochenta kilómetros o cuando participan
en pruebas de ciclismo tan arduas como Race Across America, en la que recorren
casi sin descanso la distancia que separa a California de Maryland.
Cuando los niveles de azúcar en la sangre descienden durante la ejecución de
algún descabellado reto de alta resistencia, por ejemplo, y hay privación del
sueño, la conciencia es el primer aspecto corporal que resulta afectado. Esto
ocurre en general, pero más especialmente durante la ejercitación física.
Las operaciones innecesarias para la supervivencia inmediata, como el
pensamiento coherente, se sacrifican para que el cerebro pueda mantener
funciones vitales como respirar durante un periodo de deficiencia de glucosa,
electrolitos o agua. La confusión y las alucinaciones también son advertencias
de nuestro cerebro respecto de que nos encontramos peligrosamente cerca de
dañar nuestro cuerpo. El siguiente paso es el desvanecimiento, el último
recurso desesperado al que apela el cerebro para proteger al cuerpo de morir
por exceso de ejercitación.
Sin embargo, la estrategia no siempre funciona. Todos los años, varios
participantes de maratones mueren porque, sin advertirlo, exigen a su cerebro y
a su cuerpo más allá de ciertos límites críticos. El cerebro trata de seguir
consumiendo la enorme proporción de energía corporal que requiere; ese es el
motivo por el que cuando el cuerpo se queda sin energía, nos convertimos en
zombis.
Imaginemos ahora que correr hasta morir en un maratón es una versión abreviada
de nuestra vida. Durante el maratón, cuando nos acercamos al límite de la
capacidad de nuestro cuerpo para soportar el estrés, el cerebro no dejará de
enviarnos advertencias. Los músculos se fatigan y empezamos a experimentar una
necesidad incontenible de detenernos. Podemos sentirnos desorientados y sufrir
fallas momentáneas de la conciencia.
Algunas personas pueden pasar por alto esas advertencias y seguir adelante
hasta alcanzar un punto en el que ya no hay vuelta atrás. A lo largo de la
vida, con menos intensidad pero no con menor insidia, el cerebro nos advierte
una y otra vez que trabajamos demasiado. En el plazo de una vida, el estrés
constante que resulta del exceso de trabajo aumenta el riesgo de depresión,
enfermedad cardíaca, ataque cerebro vascular y ciertos tipos de cáncer: la
lista es larga y horrenda.
No obstante, nos sentimos obligados a poner en riesgo nuestra salud a largo
plazo para trabajar muchísimo en trabajos que no disfrutamos en particular, con
el fin de comprar cosas que no deseamos demasiado: esto es lo que se conoce
como capitalismo de libre mercado. Según políticos, directores ejecutivos de
empresas y banqueros, se trata, además, de la forma de organización social más
excelsa que los seres humanos han logrado.
Pocas personas temen al sobrepeso tanto como al terrorismo, aun a pesar de que,
estadísticamente, la obesidad es una amenaza mucho mayor para la vida que el
terrorismo. Desconocemos cuánto estrés y exceso de trabajo tienen como
resultado el acortamiento de la duración de la vida, aunque es sabido que la
obesidad y estar sentado frente a un escritorio el día entero con un nivel bajo
continuo de estrés son factores que contribuyen a ello. Si supiéramos que
mantenernos ociosos (preferentemente mientras estamos echados sobre una manta
bajo un árbol con una botella de buen vino) más horas al día pudiera añadir
años a nuestra vida, ¿qué haríamos?
* *
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Lo
sorprendente de la DMN (el tema del presente libro) es que su actividad aumenta
cuando no hacemos nada. ¿Qué significa esto exactamente? Desde la perspectiva
de un investigador que utiliza imágenes cerebrales obtenidas con equipos de
resonancia magnética, significa que la actividad que desarrolla esa red alcanza
su pico cuando los sujetos yacen en la camilla del equipo sin hacer
absolutamente nada.
Hay mayor irrigación sanguínea que proporciona oxígeno a la red neural por
defecto, que además consume más glucosa y otros metabolitos del cerebro. Y la
actividad de cada región de la red se encuentra correlacionada. Es posible
medir científicamente el flujo de información en el modo predeterminado
utilizando lo que se conoce como «teoría de grafos».
La teoría de grafos es una rama de las matemáticas creada en el siglo XVIII. En
épocas recientes, adquirió particular utilidad en el análisis de todo tipo de
redes complejas, en especial el cerebro.
Las redes están constituidas por nodos. Los nodos se conectan mediante aristas,
que no son más que líneas abstractas (o físicas) entre nodos. La presencia de
una arista entre dos nodos significa que existe una relación entre los nodos,
es decir, que la información puede fluir entre esos nodos. A veces, la
información solo puede fluir en una dirección: es el caso de las aristas
dirigidas. En cambio, cuando la información puede fluir en dirección de ida y
vuelta entre nodos, se habla de arista no dirigida. La verdadera utilidad de la
teoría de grafos reside en que se puede usar para estudiar cuestiones tan
diferentes como el tráfico aéreo, Internet y las redes sociales.
Cuando los componentes de un sistema forman una red compleja, lo que importa no
es su estructura microscópica concreta, sino la relación entre las partes.
En el cerebro, los nodos están constituidos por estructuras distintas desde el
punto de vista anatómico. Los nodos se encuentran conectados por aristas que
adoptan la forma de axones. Las zonas del cerebro que se encuentran conectadas
físicamente se denominan «redes estructurales». Tal como el cuerpo está
constituido por diferentes partes —el corazón o los pulmones, por ejemplo—, así
también ocurre con el cerebro. Las diferentes partes del cerebro se conectan
mediante estructuras similares a dedos de extraterrestres denominadas vías
fibrosas. La red estructural del cerebro se encuentra densamente poblada por
agolpamientos locales, que están interconectados entre sí y con la red general.
Es probable que el lector haya oído mencionar algunas regiones conocidas del
cerebro como la corteza prefrontal.
Podemos imaginar los nodos como aeropuertos: todos conocemos aeropuertos que
funcionan como centros, por ejemplo Chicago, Heathrow o Frankfurt. Esos
aeropuertos son inmensos comparados con los regionales y reciben mucho más
tráfico aéreo que los más pequeños. No es posible volar en forma directa desde
Portland, Oregón, a Columbus, Ohio, sino que habitualmente es necesario hacer
escala en Chicago (o incluso en algún centro alejado como Atlanta).
El cerebro funciona de la misma manera. Existen ciertas estructuras del cerebro
que reciben muchas más conexiones que otras zonas: se trata de los centros.
Cuando estamos ociosos, los «centros cerebrales» se encienden, plenos de
actividad. Al estar relajados y empezar a vagar con la mente, se incrementa el
flujo de sangre, portadora de oxígeno, y de azúcar hacia los centros que
integran la red neural por defecto.
En los últimos veinte años, tecnologías como la resonancia magnética y la
tomografía por emisión de positrones permitieron a los científicos observar
cerebros vivos y tomar instantáneas de la actividad cerebral, además de medir
la cantidad de energía consumida por partes determinadas del cerebro mientras
un sujeto ejecuta tareas experimentales. Hoy sabemos que cada estructura
cerebral distinta anatómicamente está especializada en la realización de tareas
diferentes.
Pensemos, por ejemplo, en el corazón. Se trata de un órgano que hace circular
la sangre. Dentro del corazón, hay componentes más pequeños, cada uno de los
cuales desempeña una función más específica. Por ejemplo, el ventrículo
izquierdo bombea sangre oxigenada hacia la aorta, que la envía al resto del
cuerpo.
De manera similar, en el cerebro, la corteza prefrontal interviene en lo que se
denomina cognición «de alto nivel», como el razonamiento, la memoria a corto
plazo, el control de las emociones, la planificación de actividades y la
evocación de recuerdos pertinentes a la conciencia. Otra región del cerebro
denominada hipocampo (algunas partes del hipocampo se activan durante el
reposo) es responsable de la creación de recuerdos de largo plazo y su
almacenamiento en otra región del cerebro denominada neocórtex.
La corteza prefrontal decide cuándo es pertinente evocar recuerdos o
información almacenada en el neocórtex. Cada una de esas regiones se
subdividen, a su vez, en subregiones más pequeñas que, en conjunto, desempeñan
tareas más específicas como «recordar el nombre de esa mujer que también lleva
a su hijo a la guardería donde lo llevo yo y que veo a diario y sabe mi
nombre».
Por ejemplo, supongamos que una persona se encuentra con su tía Lisa: ha
almacenado en el neocórtex toda clase de información sobre ella. Esa
información se encuentra distribuida en toda la corteza y es necesario reunirla
al recuperarla. Cuando ve a Lisa, esa persona recuerda que su tía tiene perros
de raza Basenji, que vive en Milwaukee y que está casada con el tío Juan. La
corteza prefrontal ayuda a traer esa información a la conciencia porque de
pronto adquiere relevancia en el diálogo con la tía Lisa.
Inversamente, toda la información nueva que esa persona obtenga de su tía Lisa,
incluido el episodio actual del encuentro, va de la conciencia (que involucra
muchas regiones del cerebro) al hipocampo. Después, si duerme bien durante la
noche o tiene oportunidad de distenderse por un rato o bien toma una siesta, el
hipocampo se ocupa de registrar esos nuevos recuerdos en el neocórtex, que
aloja los recuerdos a largo plazo y adquiere importancia fundamental cuando se
adquieren ideas o habilidades nuevas. Por lo tanto, lo más indicado después de
adquirir nueva información es tomar una siesta o, al menos, entregarse al ocio.
La corteza prefrontal, el hipocampo y algunas zonas del neocórtex deben hablar
entre sí para lograr llevar a cabo ese proceso. Uno de los modos en que las
neuronas y las regiones cerebrales envían y reciben información es a través de
la sincronización de su actividad eléctrica oscilatoria. De modos que todavía
no se comprenden cabalmente, cuando la información debe transmitirse entre
nodos, se codifica en diferentes frecuencias que luego se encabalgan unas sobre
otras, como olas marinas.
Las ondas de alta frecuencia solo pueden recorrer distancias cortas, pero las
de baja frecuencia, en cambio, se trasladan extensiones mucho mayores. Así,
parece que la información codificada en frecuencias más altas «monta» las ondas
de frecuencia más baja, que pueden llevar la información a regiones distantes
del cerebro. Un ejemplo fascinante de percepción de ondas de frecuencia
ultra-baja que recorren grandes distancias está constituido por la huida de
elefantes y otros animales en reacción al tsunami que se acercaba a las costas
de Tailandia, en 2004. Horas antes de que cualquier ser humano advirtiera las
vibraciones de frecuencia ultra-baja generadas por la ola gigante, los
elefantes las percibieron y se dirigieron a las montañas, mucho antes de que
llegara el destructivo tsunami. El motivo es que los elefantes oyen y perciben
frecuencias muy por debajo del umbral humano. Esas ondas de sonido de baja
frecuencia pueden viajar cientos de kilómetros.
Las neuronas humanas oscilan, típicamente, entre 0,5 Hz y hasta más de 100. No
obstante, parece que la mayor parte de la actividad cerebral tiene lugar con
frecuencias de entre 1 y 40 Hz. La frecuencia dominante se denomina «alfa», y
es de unos 10 Hz. En las redes cerebrales, el nodo receptor de información debe
oscilar en sincronía al menos parcial con el nodo que envía la información.
Cuando la corteza prefrontal, por ejemplo, debe recuperar algunas asociaciones
de la memoria semántica, sincroniza al instante sus oscilaciones con parte del
lóbulo temporal, sitio donde se almacena el significado de las palabras. Es
todavía un misterio cómo se logra esa sincronización.
El momento preciso y el alcance espacial de la sincronización constituyen lo
que se conoce como «código neuronal»: es el lenguaje secreto del cerebro. El
santo grial de la neurociencia radica en descifrar ese código neuronal, que
utiliza señales eléctricas y químicas organizadas en patrones complejos:
gracias a ese código, hablamos, leemos, pensamos, recordamos, caminamos,
escribimos, tenemos hijos y, por supuesto, nos entregamos al ocio.
Cuando regiones anatómicamente distintas del cerebro trabajan en colaboración,
como durante el encuentro con la tía Lisa, forman «redes funcionales»
temporales. Esas redes son funcionales porque se forman para llevar a cabo una
tarea específica, como almacenar algún dato nuevo sobre tía Lisa; pueden durar
muy poco tiempo, por ejemplo algunos cientos de milisegundos. Una cuestión no
resuelta en el campo de las neurociencias es si las redes funcionales
temporales pueden o no alterar las redes estructurales que subyacen en ellas.
En otras palabras, si el tráfico aéreo que llega y sale de Bozeman, Montana, aumentara
hasta superar la capacidad de ese aeropuerto, ¿ampliaría la ciudad su
aeropuerto, lo cual podría conducir a un incremento ulterior del tráfico?
Existen datos que indican que los músicos, a diferencia de otros individuos no
dedicados a la actividad musical, cuentan con enorme plasticidad: tienen
estructuras neuronales mucho más grandes que representan sus manos y dedos en
la corteza motora. Cabe suponer, sin embargo, que esos cambios hayan tenido
lugar después de muchos años de entrenamiento. Lo mismo se aplica a las
personas bilingües, que cuentan con estructuras neuronales adicionales para los
idiomas en las regiones temporales del cerebro. Es sabido que el hipocampo de
los conductores de taxi londinenses tiene un tamaño superior al normal, específicamente,
las regiones que permiten recorrer y recordar ubicaciones espaciales. Es como
si el cerebro decidiera ampliar los aeropuertos en áreas donde se registra un
incremento de la demanda del tráfico. Se desconoce cuánto tiempo puede llevar
una modificación estructural de ese tipo en el cerebro. Lo que sabemos es que
la plasticidad del cerebro es posible durante la totalidad de la vida. Por lo
tanto, nunca es demasiado tarde para aprender un nuevo instrumento, un nuevo
idioma o para cambiar la forma de vida de manera radical: el cerebro cambiará
también.
Es probable que si esos cambios se producen en la adultez, el estrés que
provoquen sea mayor; sin embargo, a menudo son beneficiosos para la salud del
cerebro a largo plazo. También se desconoce si las redes neurales por defecto
de las personas holgazanas son o no más grandes o si desarrollan mayor
actividad. ¿Sería esa la causa o el resultado del ocio? Si se necesitan diez
mil horas de práctica para ser un violinista consumado, ¿cuántas horas de ocio
se requieren para convertirse en maestro de la holgazanería?
La medida del grado en que los nodos que integran la red neural por defecto se
comunican entre sí se denomina «conectividad funcional». La conectividad
funcional se utiliza para indicar si la red neural por defecto funciona
correctamente; esa medida brinda información sobre la salud cerebral en
general, comparable al grado en que los aviones viajan rápidamente y sin
riesgos entre aeropuertos.
Cuando estamos en reposo, los datos obtenidos mediante imágenes de resonancia
pueden utilizarse para comprobar si los nodos de la red neural por defecto se
encuentran activos. Es posible ver si aumenta o disminuye al mismo tiempo el
oxígeno que porta la sangre a esas regiones. Si tenemos un cerebro sano y
estamos en reposo, la conectividad funcional en la red neural por defecto será
elevada. A medida que envejecemos, si no dormimos lo suficiente o si padecemos
de enfermedad de Alzheimer o hemos sufrido un derrame cerebral, la conectividad
funcional del cerebro disminuye, quizá como resultado del daño de los nodos que
integran la red.
De lo anterior se desprende que una vida de superproductividad y ocupación sin
sentido también podría disminuir la conectividad funcional de la red neural por
defecto. Hasta que Marcus Raichle descubrió la existencia de esta red, las
únicas redes funcionales o estructurales que los neurocientíficos consideraban
relevantes eran aquellas que constituían su objeto de estudio, que se activaban
durante la realización de experimentos controlados. La razón de esa limitación
es que tanto las neurociencias como la psicología parten del supuesto de que el
propósito primario del cerebro radica en procesar información externa.
Hasta hace muy poco, solo era posible estudiar la respuesta de los seres
humanos a estímulos externos. No fue sino hasta que se desarrollaron
tecnologías que permitieron ver el interior de un cerebro vivo y estudiar su
actividad durante el ocio que pudo descubrirse que la mayor parte de la
actividad cerebral está dedicada a operaciones internas.
Tal descubrimiento, sin embargo, no reduce en modo alguno la importancia de lo
que sabemos respecto del modo en que los distintos sistemas cerebrales
responden al entorno. El sistema motor, por ejemplo, genera y ejecuta comandos
dirigidos a los nervios y músculos de las extremidades para que se lleven a
cabo acciones o se responda a eventos del mundo exterior, por ejemplo un saque
del contrincante en un partido de tenis. Este sistema ha sido objeto de estudio
durante décadas. Pero resulta que cuando el sistema motor interviene y le
indica al brazo que mueva la raqueta después (o antes) de que el sistema visual
haya informado que nuestro rival efectuó un saque, es probable que solo use una
fracción diminuta de la energía cerebral total.
Si bien es de vital importancia que las neurociencias obtengan el mayor
conocimiento posible acerca del sistema motor, es probable que solo logre
rasguñar la superficie al concentrarse en áreas discretas del cerebro e ignorar
el «ruido» generado por el resto de las regiones. El ruido, desde el punto de
vista técnico, es una señal no deseada que suele interferir de manera aleatoria
con la señal que se encuentra en estudio, cualquiera que sea. Pero la red
observada por Raichle parecía «desactivarse» durante la concentración activa en
un estímulo determinado y no actuaba de manera aleatoria. Tampoco interfería
con otras señales de interés. Se comportaba con total regularidad: cuando un
sujeto empezaba a pensar activamente en algo en particular, la red se desactivaba.
¿Por qué habría de disminuir su actividad una red cerebral durante la
realización de una tarea mental dirigida, como recordar una lista de palabras?
Más misterioso aún es el hecho de que la red disminuya su actividad sin
importar cuál sea la tarea mental en cuestión. Observando muchas condiciones
experimentales diferentes, se comprobó que la situación se repetía: la red se
desactivaba en cuanto el sujeto empezaba a ejecutar una tarea experimental.
Como es natural, Raichle se preguntó qué ocurría con la red cuando las personas
se limitaban a no hacer nada. Resultó que el ruido del cerebro no era «ruido»
en lo más mínimo.
Lo que Raichle halló fue tan sorprendente que muchos científicos dudan todavía
de que sea posible: sostienen que se trata de un error de medición, algún
problema técnico o un efecto accidental del modo en que se analizan los datos
obtenidos a partir de imágenes por resonancia magnética. Cuando los sujetos se
limitaban a yacer en la camilla de un equipo resonador y dejaban vagar la
mente, la misma red que se desactivaba durante las tareas experimentales
empezaba a bullir de actividad.
Asimismo, en el periodo en que el sujeto dejó vagar la mente, la actividad de
los nodos de la red mostró un alto grado de correlación: cada parte de la red
neural por defecto se comportó de igual forma. Es importante señalar que la red
predeterminada que se activa durante el ocio se encuentra en correlación casi
perfectamente inversa con la red que entra en actividad durante la ejecución de
tareas que requieren atención. El lector probablemente adivinará qué significa
«correlación inversa»: es lo opuesto de «correlación». Si X e Y están
inversamente relacionadas, cuando el valor de X aumenta el de Y disminuye, y
viceversa.
Cuando se utilizan datos obtenidos a partir de imágenes por resonancia
magnética, la señal que los neurocientíficos usan para medir la actividad de
una región cerebral determinada se denomina contraste dependiente del nivel de
oxígeno en la sangre (BOLD, por sus siglas en inglés). Sin entrar en detalles
complicados, esa señal indica de manera aproximada cuánta sangre y oxígeno
fluye hacia una región cerebral activa. Cuando las neuronas incrementan su
actividad, usan más sangre y oxígeno (al igual que los músculos). El aumento de
la señal BOLD indica un aumento de la actividad cerebral.
Si bien la red que el cerebro emplea para prestar atención activamente solo
requiere una pequeña fracción de la energía cerebral total, cuando esa red se
activa, la red neural por defecto reduce su actividad. Y eso es lo que
significa inversamente correlacionado: cuando la red de atención se activa, la
red predeterminada se desactiva. Cuando corremos a tontas y locas en nuestra
vida cotidiana tratando de cumplir nuestro horario, tratando de responder a
todos los dispositivos móviles que tenemos, publicando mensajes en Twitter y
Facebook, recibiendo mensajes de texto, escribiendo mensajes de correo
electrónico y revisando listas de tareas pendientes, suprimimos la actividad de
la que tal vez sea la red más importante del cerebro.
Las dos redes que describí hasta aquí también se conocen como la «red orientada
a tareas» (TPN, por sus siglas en inglés) y la «red no orientada a tareas»
(TNN, por sus siglas en inglés). La red no orientada a tareas es la misma que
la red neural por defecto. La red orientada a tareas es la que se activa cuando
tratamos frenéticamente de organizamos y administrar nuestro tiempo.
El significado de todo lo dicho hasta aquí es que cuando nos echamos y dejamos
vagar la mente —o en el extraño lenguaje de la literatura neurocientífica,
entregarse al «pensamiento independiente del estímulo»— el cerebro se organiza
más que cuando estamos tratando de concentrarnos en alguna tarea como asignar
un código de colores al calendario de Outlook. Por lo tanto, cuando nos
desconectamos, la información empieza a fluir entre los nodos de la red neural
por defecto. La actividad en esas regiones, y en la red en su totalidad,
aumenta. Más adelante veremos los motivos por los que este hecho podría
revestir importancia decisiva para la creatividad y la salud en general.
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¿Dónde
está y qué es, exactamente, la red neural por defecto? La red se constituye con
un conjunto de regiones cerebrales: posterior, medial, medial anterior y
parietal lateral. «Posterior» significa «detrás»; «medial» significa «en el
medio»; «medial anterior» significa «al frente, en el medio»; y «parietal
lateral» remite a regiones que están a ambos lados de la cabeza, hacia la parte
superior y posterior. Las regiones específicas que constituyen la red neural
por defecto se denominan: corteza prefrontal medial, corteza cingulada
anterior, precúneo, hipocampo y corteza parietal lateral.
Es importante comprender que esas regiones constituyen nodos en la muy extensa
y esparcida red neural por defecto: esos nodos son centros de actividad
cerebral. Es como si la red neural por defecto incluyera los aeropuertos
O’Hare, JFK, Heathrow y Frankfurt. Juntos, esos nodos conforman el epicentro de
la actividad cerebral.
El precúneo se sitúa en la parte posterior del cerebro. Es una estructura
cerebral que queda oculta, próxima a la línea de división del cerebro en
hemisferios; parte del precúneo se encuentra incluido dentro del cerebro.
El estudio del precúneo ha presentado dificultades debido a la ubicación de
esta región y al hecho de que no es frecuente que se produzcan lesiones que lo
afecten de manera exclusiva. Por lo tanto, no es posible estudiar a pacientes
que hayan sufrido un accidente cerebro vascular que haya afectado su precúneo
para averiguar qué funciones se han visto afectadas. Lo que sabemos es que
interviene en el razonamiento espacial y la conciencia. Resulta interesante
que, además, el precúneo participe en operaciones de procesamiento de uno
mismo, como reflexionar y mantener la perspectiva de primera persona. Estudios
recientes realizados en el marco de la teoría de grafos indican que, al margen
de formar parte de la red neural por defecto, el precúneo es un nodo central.
Como los aeropuertos de O’Hare o Hartsfield, en Atlanta, tiene mucho tráfico.
Durante la ejecución de tareas experimentales o en la vida cotidiana, cuando
centramos la atención, por ejemplo, en una presentación de PowerPoint sobre
gestión del riesgo, el precúneo exhibe una disminución de la actividad. Cuando
nos estresamos en el trabajo a causa del retraso en el cronograma de un proyecto
o tratamos de averiguar por qué fracasó un producto, esta región se desactiva.
En otras palabras: al precúneo no le importa nada de eso.
Sin embargo, el precúneo es, también, una de las regiones que exhibe la mayor
tasa metabólica en reposo entre las regiones del cerebro, lo cual significa
que, en estado de reposo, el precúneo devora glucosa como un colibrí
enloquecido. Por lo tanto, si podemos desconectarnos de nuestro «eficiente»
entorno laboral, este centro de la red neural por defecto se activará y
empezará a cobrar velocidad. ¿En qué reside la importancia de este hecho? El
precúneo parece intervenir en la autorreflexión. Una de las mejores maneras de
conocerse es buscar un sitio silencioso o confortablemente ruidoso, mirar las
estrellas, desconectarse un rato y ver a dónde nos lleva el precúneo.
Como el precúneo, la corteza parietal también está involucrada en la
representación de nosotros mismos, que a veces se denomina «metacognición». La
capacidad de pensar en nosotros y lograr algún tipo de respuesta proviene, en
parte, de nuestra corteza parietal lateral. La vida no tendría sentido si se
careciera de la conciencia de sí.
Es probable que, junto con el lenguaje, las representaciones conscientes y
coherentes de nuestro propio yo sean una característica exclusiva de la
cognición humana. ¿Sabe la rana que es rana? Nuestras propias identidades se
basan, obviamente, en esas representaciones. La corteza parietal lateral nos
permite saber si somos góticos, punk, hipsters o neurocientíficos. Asimismo, es
un nodo que integra la red predeterminada y, por lo tanto, disminuye su
actividad cuando se ejecutan tareas inducidas externamente. Como el precúneo,
la corteza parietal lateral es un nodo céntrico de actividad.
Esta podría ser una de las razones por las que cuando empezamos a soñar
despiertos en el trabajo, cuando deberíamos estar rastreando las horas
destinadas en el último plan de lanzamiento de un producto a establecer una
relación sinérgica entre planes de comercialización implementados por todas las
unidades de negocios, nuestro pensamiento invariablemente desemboca en
preguntas como «¿por qué una persona maravillosa y vital como yo terminó
haciendo algo tan estúpido, sin sentido, poco estimulante y tedioso?». La red
neural por defecto nos conoce mejor que nadie, incluso que nuestro yo
organizado y eficiente.
El siguiente componente de la red neural por defecto, denominado corteza
cingulada anterior, requiere de una breve digresión. Ya sabemos que nuestro
cerebro se divide en dos mitades, denominadas hemisferios. Los hemisferios se
conectan mediante un tracto fibroso denominado cuerpo calloso.
El cuerpo calloso permite que la información circule de un hemisferio a otro. A
veces, este tracto fibroso se secciona quirúrgicamente para prevenir crisis
convulsivas en las personas que sufren epilepsia intratable. Envolviendo el
cuerpo calloso, como un cuello, se encuentra la corteza cingulada anterior;
está conectada con la corteza prefrontal.
Una de las funciones fundamentales de la corteza cingulada anterior consiste en
monitorizar nuestro comportamiento respecto de la retroalimentación proveniente
del entorno y en informarnos cuando cometemos un error; es lo que se denomina
«detección de errores». De modo similar, cuando no hacemos nada, la corteza
cingulada anterior también monitorea el subconsciente en busca de soluciones
posibles a los errores.
Cuando la corteza cingulada anterior descubre conceptos remotamente asociados
que podrían combinarse en una idea novedosa, dirige nuestra atención a esa
idea, impulsando de ese modo su activación para que la idea pueda ingresar a la
conciencia. Como parte de la red neural por defecto, la corteza cingulada
anterior funciona mejor cuando nos relajamos y mantenemos una actitud positiva.
En los periodos de ocio, parece estar pronta para ayudarnos a encontrar
soluciones ingeniosas e idear pensamientos creativos. Cuando nos estresamos y
nos preocupamos por cuestiones externas, la actividad de la corteza cingulada
anterior disminuye.
Si avanzamos en dirección al centro del cerebro, encontramos el hipocampo. Se
trata de una de las regiones del cerebro que más se ha estudiado porque nos
permite formar recuerdos. De hecho, existe una revista académica dedicada por
completo al estudio del hipocampo que lleva el nombre, nada sorprendente y muy
poco imaginativo, de Hippocampus.
El hipocampo es una estructura con forma de caballo situada en la profundidad
de la parte media del cerebro. Consta de dos partes, que se encabalgan sobre el
hemisferio izquierdo y derecho del cerebro. Tal como ocurre con todas las
regiones cerebrales, el hipocampo parece tener una función primaria —formación
de recuerdos— pero sus subregiones desempeñan tareas especializadas que van
desde aprender a recorrer espacios desconocidos hasta crear nuevos recuerdos
autobiográficos.
Cuando se pierden porciones del hipocampo, es probable que se pierda también la
capacidad de crear nuevos recuerdos. Se sabe bastante acerca de las funciones
del hipocampo gracias a que ha sido posible estudiar pacientes de epilepsia
intratable a quienes se les extirparon partes de la región para evitar crisis
convulsivas que se originaban en esa zona. A menudo, cuando se quitan ciertas
partes, los pacientes no pueden formar recuerdos nuevos.
Así, por ejemplo, cuando se conoce por primera vez a un paciente a quien se le
han extraído partes del hipocampo, ese individuo no nos recuerda la próxima vez
que lo vemos, ni la siguiente: no puede recordar que ya nos conoce, sin
importar cuántas veces lo veamos. Partes del hipocampo que parecen intervenir
en la creación y recuperación de recuerdos autobiográficos también se activan
en la red neural por defecto. Esta es la razón por la que cuando dejamos vagar
la mente, podemos empezar a pensar en montar en bicicleta como cuando éramos
niños, la última presentación que ofrecimos en el trabajo o el desequilibrado
mental que nos abordó en el metro esa misma mañana.
Todos esos recuerdos deben pasar por el hipocampo cuando se crean y se recrean
al evocarlos. Es más, cuando reflexionamos sobre nuestra vida pasada, la red
neural por defecto parece usar con gran solvencia esos recuerdos para generar
proyecciones futuras y crear imágenes de nosotros mismos en situaciones
futuras. La capacidad de reflexionar sobre nuestra situación actual, nuestro
pasado y nuestro futuro se encuentran íntimamente relacionados. Las personas
que pueden darse el lujo de destinar tiempo a esa reflexión al entregarse al
ocio tienden a ser más creativas y a gozar de mejor salud mental en general.
Si avanzamos hacia la parte anterior de la cabeza, llegamos a la corteza
prefrontal. Desde el punto de vista evolutivo, esta fue una de las últimas
regiones en desarrollarse. De manera similar, es una de las últimas regiones
cerebrales que madura durante el desarrollo. En rigor, en los hombres, la corteza
prefrontal no termina de madurar hasta la edad aproximada de veinticinco años.
Mencioné con anterioridad que esta región es responsable de habilidades como
toma de decisiones, planificación, control de impulsos y autorreflexión,
habilidades de las que los hombres de menos de veinticinco años carecen.
Una de las funciones primordiales de la corteza prefrontal en la vida cognitiva
del cerebro es poner la información almacenada en este órgano a disposición
para la manipulación y la acción: cuando la información llega a la corteza
prefrontal, es probable que adquiramos conciencia de ella. La corteza
prefrontal es, por lo tanto, considerada necesaria pero no suficiente para la
conciencia.
No es la corteza prefrontal el único origen de la conciencia, pues para que
adquiramos conciencia de algo deben activarse muchas áreas del cerebro. Sin
embargo, es necesaria la intervención de la corteza prefrontal para procesar
información de manera distintivamente humana y significativa.
Una vez que un dato ha llegado a nuestra conciencia, podemos llevar a cabo
procesos con esa información, por ejemplo, pensar sobre ella, tomar una
decisión o simplemente dejar que pase de la conciencia al inconsciente, como en
la meditación. La cantidad de información que es posible mantener en la
conciencia en cualquier momento dado depende de cuán bien funcione la corteza
prefrontal. Parecería establecerse algún tipo de equilibrio en el cerebro entre
la capacidad de almacenar mucha información en la memoria de corto plazo y la
flexibilidad cognitiva o creatividad.
Con frecuencia utilizamos una curva en forma de u invertida para describir ese
equilibrio: el extremo de un brazo de la u es la rigidez total con alta
capacidad de almacenamiento; el otro es la flexibilidad completa, sin capacidad
de almacenamiento. Resulta que el ocio puede ayudar a que el cerebro encuentre
un equilibrio natural entre esos dos extremos.
La corteza prefrontal consta de numerosas partes. La región de la corteza
prefrontal que es parte de la red neural por defecto se denomina corteza
prefrontal medial. A esta altura, el lector no se sorprenderá al saber que
también esa área tiene una muy elevada tasa metabólica en reposo. El flujo de
sangre hacia la corteza prefrontal en estado de reposo es, de igual modo,
elevado, lo cual es fundamental para la conciencia y para los pensamientos
generados de manera espontánea.
Como parte de la red neural por defecto, la corteza prefrontal medial
típicamente empieza a apagarse cuando actuamos como personas eficientes: cuando
vamos de nuestra sesión matinal en el gimnasio a la oficina, revisamos las
diapositivas de nuestra próxima presentación en PowerPoint, vamos a una
reunión, presentamos un informe, «tragamos» el almuerzo mientras revisamos el
correo electrónico, tomamos otro café, revisamos el calendario, marcamos con
puntos rojos los documentos que ya leímos, respondemos llamadas, organizamos
programas para nuestros hijos, y así ad infinitum.
No obstante, en el momento en que nuestro pensamiento empiezan a replegarse, la
corteza prefrontal medial se enciende e inicia una conversación con sus socios
en el ocio: el precúneo, la corteza cingulada anterior y el córtex parietal
lateral. La corteza prefrontal medial también parece intervenir en una especie
de vigilancia de las operaciones internas del cerebro, de modo que cuando
dejamos de desarrollar actividades y nos entregamos al ocio, esta región del
cerebro puede informar de lo que está sucediendo en los rincones más profundos
de la mente.
En pocas palabras, cuando holgazaneamos, se establece una red amplia e inmensa
en el cerebro que empieza a enviar y recibir información entre las regiones que
la constituyen. Las mariposas salen a jugar cuando hay quietud y silencio: ante
cualquier movimiento abrupto, se esfuman.
La red neural por defecto da sustento al autoconocimiento, los recuerdos
autobiográficos, procesos sociales y emocionales, y también a la creatividad.
Persiste en tanto se mantenga el estado de relajación. Es necesario recordar
que cuando estamos ocupados leyendo la lista de tareas pendientes,
asegurándonos de que hemos pagado una factura, adoptando una actitud productiva
en el trabajo o mejorando nuestras habilidades de organización, la actividad de
la red neural por defecto cesa.
Las neuronas que integran la red disminuyen la cantidad de disparos y, por
ende, las áreas cerebrales involucradas necesitan menor cantidad de glucosa y
sangre. Tal vez el lector haya notado que cada uno de los nodos que constituyen
la red neural por defecto interviene, además, en el pensamiento acerca de uno
mismo, la reflexión sobre el pasado y la introspección. Es más, estas regiones
cerebrales se encuentran involucradas en la conciencia.
Además de la cantidad desproporcionada de energía que el cerebro requiere para
mantener su actividad basal, también la estructura cerebral subyace en la
función de mantener un estado «metaestable». «Metaestable», en este contexto,
remite al equilibrio que el cerebro debe lograr entre estabilidad y
flexibilidad. A fin de sobrevivir y reproducirnos, necesitamos evitar depredadores,
acondicionadores de aire que fallen y conductores que conduzcan mientras hablan
por teléfono celular.
Sin embargo, constituiría una escasa ventaja evolutiva que cada vez que
hiciéramos un movimiento brusco para evitar a un conductor distraído, nuestra
personalidad desapareciera o cambiara por completo. Para sentirnos sanos y
entender el mundo, necesitamos percibirnos como un «yo» coherente y continuo.
¿Cómo logra el cerebro ese equilibrio entre un estado estable que no
experimenta modificaciones y una flexibilidad altamente sensible y reactiva que
pueda responder en cuestión de milisegundos a cambios en el medio ambiente?
Una posibilidad que las neurociencias están explorando es que la estructura del
cerebro, es decir el modo en que se encuentra organizado desde el punto de
vista anatómico, sea la que establece esa metaestabilidad. Las partes del
cerebro que constituyen la red neural por defecto parecen desempeñar un papel
decisivo en lo que respecta a mantener una representación interna de nosotros
mismos.
Aún no comprendemos de manera cabal la importancia del hecho de que la red
neural por defecto esté constituida por nodos centrales. Dado que la
información se halla distribuida por todo el cerebro, los centros de la red
cerebral resultan decisivos para que esa información fluya de manera eficiente
desde y hacia la conciencia. La estructura de centros de la red cerebral es lo
que permite que los recuerdos se reconstruyan de manera casi instantánea cuando
ingresan en la conciencia.
Lo que se nos presenta como un recuerdo unificado debe, en realidad,
reensamblarse con datos que provienen de diversas regiones cerebrales cada vez
que evocamos un recuerdo. Las reducidas trayectorias entre centros de la red
ayudan a que este proceso sea tan rápido y automático que lo damos por sentado.
En efecto, nuevos datos indican que en las enfermedades neurodegenerativas como
el mal de Alzheimer, se producen trastornos en la red neural por defecto, que
como consecuencia exhibe menor nivel de activación. Este podría ser uno de los
motivos por los que a los pacientes con enfermedad de Alzheimer se les
dificulta evocar recuerdos: la información almacenada en el cerebro no puede
recorrer la red.
Inversamente, en pacientes de esquizofrenia, se observa hiperactividad e
hiperconectividad en la red neural por defecto. Si la red neural por defecto
está demasiado activa, y sus nodos establecen demasiadas conexiones, puede
dificultarse la diferenciación entre realidad y fantasía. La relación entre
genialidad y locura ha sido objeto de estudio desde hace muchísimo tiempo:
muchos investigadores sostienen que la línea que las separa es muy fina.
El hecho de que la actividad anormal de la red neural por defecto se encuentre
vinculada con la enfermedad mental ilustra su índole fundamental. No obstante,
al igual que en el caso de la enfermedad de Alzheimer, la perturbación de la
actividad de la red neural por defecto puede ser un síntoma antes que una
causa. Entre ambos extremos del espectro se sitúa el nivel óptimo de actividad
de la red neural por defecto, que propicia nuestra sensación de bienestar,
nuestra salud física y nuestra creatividad.
Por fortuna, el único camino para alcanzar ese nivel óptimo de actividad de la
red neural por defecto radica en poner los pies sobre la mesa, buscar una buena
almohada, recostarse y abandonar la actividad orientada a la realización de
tareas. Disfrutar de buenas obras de arte, escuchar nuestra música favorita y
garabatear puede ayudar a facilitar el proceso.
Por desgracia, la holgazanería se encuentra tan estigmatizada en los Estados
Unidos que todo el mundo sabe lo que significa. El secreto reside en aprender a
adoptar, defender y exigir el derecho a la holgazanería como requisito
indispensable de una buena vida y una sociedad sana, y admitir, además, que las
increíbles ideas que pueden ocurrírseles a quienes cuentan con redes de modo
predeterminado especialmente robustas no son anomalías, sino la norma.
Capítulo 3
Momentos de inspiración y autoconocimiento
«El
15 de abril de 1726, visité a Sir Isaac en su casa, situada en el conjunto de
edificios Orbell, en Kensington, comí con él y pasé el día con él a solas…
Después de la comida, como el tiempo estaba agradable, salimos al jardín a
tomar el té, bajo la sombra de unos manzanos, solos, él y yo. En medio de otra
conversación, me dijo que se encontraba en la misma situación, como cuando
antes se le había ocurrido la idea de la gravitación. Había sido provocada por
la caída de una manzana mientras se hallaba entregado a una actitud
contemplativa».
William Stuckley
«Un
genio es alguien que descubre que la piedra que cae y la luna que no cae
representan un solo y mismo fenómeno».
Ernesto Sábato
Todos
conocen la historia de la manzana de Newton. La teoría de la gravedad es, en la
actualidad, el principio científico más básico. Sin embargo, en la época de
Newton la noción de la gravedad en cuanto fuerza fundamental del universo
resultaba extraña. De hecho, para la mayoría de las personas de aquel entonces,
las fuerzas invisibles que actuaban sobre las cosas a distancia eran o
demoníacas o divinas.
Para el mismo Newton resultó difícil aceptar la realidad de la «acción a
distancia». En rigor, desalentó a otros que procuraban indagar en la causa
verdadera de la gravedad y los instó, en cambio, a que solo se concentraran en
el hecho de que sus propios cálculos y experimentos funcionaban correctamente,
sin intentar saber por qué.
Visto a través de la lente de nuestra cultura contemporánea de la
administración del tiempo, sentarse en el jardín y entregarse a una «actitud
contemplativa» es una total pérdida de tiempo. Semejante (falta de) actividad
le indicaría a cualquier empleado de Recursos Humanos que Newton podría no ser
un empleado en el que confiar. ¿Habrá escrito Newton: «5 pm.: sentarse en el
jardín, contemplar objetos que caen» en su lista de tareas pendientes? ¿Puede
creer alguna persona razonable que Newton haya tenido una lista de tareas
pendientes?
Newton era, de hecho, famoso por su ética obsesiva del trabajo. Podía sentarse
en el jardín sin hacer nada porque jamás se le hubiera ocurrido que sentarse en
el jardín y entregarse a la contemplación fuera una pérdida de tiempo.
Hoy día, encontramos muchas revistas de gran circulación que nos hablan de la
necesidad de programar el «tiempo de inactividad», porque las exigencias de los
horarios controlados por las corporaciones son inhumanas. Por supuesto, nadie
menciona de manera explícita la raíz del problema. Nos aconsejan «programar» el
tiempo libre, siempre que no entre en conflicto con nuestras obligaciones. El
tiempo de inactividad se promueve, en realidad, como una manera de optimizar la
productividad.
En el sentido más literal, Newton era su propio jefe. Trabajaba cuando quería y
se sentaba en el jardín cuando le placía. Seguramente, el lector dirá que, en
la economía moderna, tal actitud resultaría inviable y poco realista. Y yo
responderé que, entonces, merecemos la falta de dinamismo intelectual a la que
nuestra economía nos obliga.
Antes de Newton, las ciencias naturales se encontraban en una fase de
transformación. El periodo que va de fines del siglo XV al siglo XVIII es el
que muchos consideran como la etapa crucial de revolución científica en la
historia humana. En esa época, Copérnico, Kepler, Galileo, Brahe y Newton
realizaron aportes fundamentales al avance de las ciencias. En el siglo XVII,
en especial, tuvo lugar una explosión intelectual que significó un incremento
repentino y cuantioso de nuestra comprensión del universo. El conocimiento del
mundo natural empezó a expandirse a un ritmo caracterizado por una aceleración
continua, que aún no se ha detenido. La comprensión humana de la naturaleza
pasó de la creencia supersticiosa a la ciencia verdadera.
En el transcurso de esa revolución, nació una comunidad científica que empezó a
publicar revistas especializadas y a mantener reuniones muy similares a los
congresos actuales. En los siglos que transcurrieron desde la época de Newton,
las ciencias naturales realizaron avances increíbles. En general, pensamos en
Newton frente a la manzana que cae como una especie de momento afortunado en la
historia de la ciencia. Cualquiera que sea el origen real de la historia,
después de ver caer la manzana y elaborar su teoría, Newton escribió uno de los
trabajos científicos más importantes de la historia, Philosophiæ
Naturalis principia mathematica, donde presenta la teoría formal de la
gravedad.
Newton no se encerró en su escritorio, arrancándose los pelos, tratando de
descubrir por qué los objetos se mueven hacia la Tierra y los planetas giran
alrededor del Sol, desesperado por la proximidad de un plazo inminente. Tampoco
había un experto en productividad espiándolo y observándolo para asegurarse de
que estuviera trabajando con eficiencia. Bien podemos imaginar que mientras
descansaba relajado en una tarde templada en su jardín, rodeado del sonido
reconfortante del trino de los pájaros y el susurro de las hojas acunadas por
la brisa, habrá cerrado los ojos o se habrá quedado con la mirada perdida, sin
fijarla en nada en especial.
Podemos pensar que lo habrá invadido un sentimiento de bienestar y lo habrán
inundado emociones positivas, todo lo cual seguramente lo habrá llevado a una
«actitud contemplativa». Su red neural por defecto habrá empezado a incrementar
la actividad; habrá empezado a fluir sangre en dirección al precúneo, a la
corteza parietal lateral, la corteza prefrontal medial y la corteza cingulada
anterior en el momento en que esas regiones empezaban a consumir oxígeno y
glucosa a mayor ritmo.
La red neural por defecto empezaba a precalentarse; las neuronas de las
regiones involucradas aumentaban su actividad. La corteza anterior le habrá
enviado al sistema nervioso parasimpático la indicación de que todo estaba en
orden y, entonces, la presión arterial habrá disminuido. El ritmo cardíaco
habrá disminuido y el tiempo entre latidos se habrá vuelto algo más variable.
Esa reacción fisiológica habrá empezado a enviar señales de retroalimentación
al cerebro, por lo que el estado de relajación puede haberse profundizado. En
ese estado de ocio y en ausencia de tareas inducidas desde el exterior, el
cerebro de Newton se puso a trabajar: la mente empezó a vagar; el pensamiento
se replegó y se volvió reflexivo.
Los nodos de la red neural por defecto de Newton estuvieron, entonces, listos
para comunicarse. Los millones de neuronas presentes en esas regiones empezaron
a sincronizar parcialmente su actividad eléctrica oscilatoria a frecuencias
diferentes, de modo que los mensajes neuronales de la red pudieran transmitirse
por la totalidad de su cerebro. Puesto que los nodos de la red neural por
defecto son centros, pueden obtener información de casi cualquier región del
cerebro. Esta red también tiene acceso a recuerdos y asociaciones, así como a
conceptos matemáticos y espaciales, que se almacenan en regiones conectadas con
la corteza parietal. Esos conceptos empiezan, en ese momento, a ingresar a la
conciencia de Newton, a medida que la corteza prefrontal medial informa al
resto de la red neural por defecto que se encuentra en actividad qué ocurre en
las zonas más lejanas de su subconsciente.
Los informes respecto de los vastos conocimientos de física que Newton almacena
en su memoria a largo plazo, ausentes en condiciones normales de su conciencia,
ahora ingresan en su mente, porque el cerebro no necesita ocuparse de hablar,
programar reuniones, planificar las actividades del día o administrar el
tiempo.
Los movimientos de los planetas, la ley cuadrática inversa, la atracción, la
masa y la aceleración: todos los conceptos que Newton ha adquirido podrían
estar circulando por su conciencia. Es probable que, antes de sentarse en el
jardín esa tarde en particular, Newton no hallara relación alguna entre esos
conceptos, porque no tendrían oportunidad de ingresar en su conciencia durante
el desarrollo de sus actividades cotidianas. De manera similar, también existen
datos que indican que la red neural por defecto funciona inconscientemente, de
modo que en estado de ocio, el cerebro descubre conexiones entre conceptos sin
que se adquiera conciencia.
Y luego, por motivos que por ahora no comprendemos, a veces esos pensamientos
llegan a la conciencia. Lo importante es que durante el reposo, la red neural
por defecto puede abrir conexiones entre regiones del cerebro que suelen estar
demasiado ocupadas tratando de mantenerse al ritmo de nuestra vida, llena de
actividades, como para poder establecer una conversación mutua. Este es el
momento en que la verdadera creatividad e inspiración pueden presentarse. En
este punto, la corteza cingulada anterior de Newton, muy ocupada normalmente en
detectar errores y supervisar el resultado de la conducta, se encuentra libre
para detectar relaciones débiles y extrañas entre números, fuerzas, objetos y
el espacio.
En tal estado de relajación, es probable que Newton apenas haya notado la
manzana que caía del árbol. No obstante, su cerebro seguramente haya registrado
el suceso. Un suceso mundano en apariencia trivial, como una manzana que cae de
un árbol, puede haber disparado una cascada de actividad neuronal que permitió
que los conceptos que Newton venía considerando se sintetizaran en una idea
totalmente nueva. Todos los relojes daban la hora al mismo tiempo, porque no
les estaban dando cuerda.
La mecánica newtoniana se utiliza aún hoy como base para la ingeniería moderna.
Puentes, edificios, aeronaves y automóviles son todavía producto de los
cálculos de ingeniería efectuados aplicando las leyes de Newton. El «newton» es
una unidad de medida indispensable que indica cuánta fuerza debe aplicarse para
mover una masa de un kilogramo a una velocidad de un metro por segundo al
cuadrado.
Estar sentados sin hacer nada en actitud contemplativa no es algo que la
escuela o el mundo del trabajo modernos toleren. Debemos preguntarnos cuántos
posibles Isaac Newton estamos sofocando solo para poder controlarlos, en la
escuela o el hogar. ¿En qué medida la noción de que los niños deben
concentrarse y organizarse no tiene su origen en nuestra vida como adultos,
obsesivamente organizada? ¿Y por qué es que nuestra vida como adultos debe
estar obsesivamente organizada?
Calificamos a los adultos que se entregan a la contemplación de excéntricos,
ausentes o haraganes. Pero para que el cerebro haga mejor su trabajo, es
necesario darse al ocio. Si deseamos que se nos ocurran ideas geniales o tan
solo queremos conocernos a nosotros mismos, debemos dejar de tratar de
organizamos. Al menos, las neurociencias modernas están acumulando rápidamente
una enorme cantidad de datos que indican que el estado de reposo es
indispensable para la salud del cerebro.
Capítulo 4
Rilke y la vida ociosa examinada
«El
único viaje es el interior»
Rainer M. Rilke
Rilke
era una persona sensible, no compatible con su época. La Europa de los primeros
años del siglo XX fue testigo del nacimiento brutal de la economía industrial
moderna y de los horrores de la Primera Guerra Mundial. Durante ese periodo,
también nació la creciente obsesión de la clase capitalista por medir el tiempo
y maximizar la eficiencia del trabajador. Y fue entonces también cuando los
primeros atisbos de la naciente industria de la administración del tiempo
empezaron a envolver la cultura con sus tentáculos. Por primera vez, se
multiplicaban los relojes en oficinas, fábricas y hogares. Los trabajadores se
concebían como máquinas insertas en un sistema ideado para producir ganancias
para los propietarios de la economía. Con ese telón de fondo, el introspectivo
y sensible Rilke sacrificó el amor romántico, la familia y las comodidades
materiales en aras de su arte.
Rilke sabía que dedicar tiempo a no hacer nada era fundamental para su proceso
creativo. Aspiraba a entregarse al ocio con alegría, lo que para nuestros oídos
de un siglo XXI sobrecargado de trabajo y atiborrado de tareas suena
sorprendente. Gozar del ocio es anatema a nuestra creencia cultural de que si
no desarrollamos una continua actividad, no aprovechamos al máximo nuestro
potencial, creencia que nos enseñan de manera implícita desde nuestra infancia.
Las neurociencias modernas tal vez nos muestren que, en rigor, la verdad es la
contraria: nuestro verdadero potencial solo puede realizarse si disponemos de
periodos en los que no hacemos nada. Como señala Oscar Wilde en El alma
del hombre bajo el socialismo: «… la Humanidad se divierte o goza de un
descanso cultivado —que esa es la finalidad del hombre, y no la tarea—, o
haciendo hermosas cosas, o leyéndolas, o simplemente contemplando el mundo con
admiración y delicia».
Investigaciones recientes han revelado que es probable que algunas formas de
autoconocimiento solo se nos presenten en estado de ocio. La red neural por
defecto se activa solo cuando estamos en reposo, pero también cuando centramos
nuestra atención en nosotros mismos y nos entregamos a la introspección. La
mente empieza a vagar, y los contenidos de nuestro inconsciente se filtran en
la conciencia. La red neural por defecto nos permite procesar información
vinculada con relaciones sociales, nuestro lugar en el mundo, nuestras
fantasías respecto del futuro y, por supuesto, las emociones.
Rilke pasó buena parte de su vida adulta recorriendo Europa en busca del sitio
ideal —tanto física como espiritualmente— para escribir poesía. Viajó a Rusia y
conoció a Tolstoi; pasó un tiempo en Suecia, Italia, España, Francia y, por
último, terminó en Suiza. Su trabajo revestía tamaña importancia para algunos
de sus mecenas, personas adineradas que le pagaban a Rilke para que viviera en
sus mansiones o castillos mientras trabajaba o, mejor dicho, no trabajaba.
De hecho, Rilke dejó pasar quince años entre la publicación de sus obras
poéticas mayores: desde Nuevos poemas, publicada en 1907, hasta las
que podrían considerarse los logros más importantes de su obra, Elegías
de Duino y Sonetos a Orfeo, ambas publicadas en 1922.
Durante esos años, escribió algunos poemas, pero los denominaba poemas
«ocasionales». Tardó casi diez años para terminar Elegías. Los
grandes poemas de Rilke se le ocurrieron en un momento de inspiración; los
consideraba regalos, tal vez de ángeles. Describía la experiencia de escribir
un poema como tomar un dictado. Uno de sus grandes traductores, el poeta
estadounidense Robert Bly, señala que Rilke a veces se equivocaba en una rima
al tratar de capturar un poema porque no podía escribir tan rápidamente.
Desde una perspectiva neurocientífica, Rilke estaba aprendiendo a permitir que
regiones cerebrales, como la corteza prefrontal medial, informara acerca de
imágenes y asociaciones provenientes de regiones cerebrales como el hipocampo y
el neocórtex, cuyos contenidos más profundos no ingresan, a veces, en la
conciencia. En nuestra lucha continua por alcanzar el éxito o incluso conservar
nuestro trabajo, usamos las partes de nuestro cerebro que procesan los eventos
externos inmediatos. Esa red, centrada en el exterior, apaga la red neural por
defecto y nos impide acceder a lo que puede ocurrir en el resto del cerebro. No
obstante, nuestro cerebro está generando emociones y respondiendo a ellas de
manera continua, y toda esa energía emocional debe disiparse en algún lugar.
Rilke también debió lidiar con ciertos accesos de depresión, debidos
posiblemente a su implacable actitud respecto de sí mismo en el auto examen:
permitía que todos los aspectos desagradables de su mundo interno afloraran a
la conciencia para poder analizarlos. Y aquí vemos la delgada línea que separa
la cumbre de la genialidad del abismo de la depresión y la locura. Rilke vivió
buena parte de su vida adulta en las proximidades de esa línea.
* *
* *
«El
holgazán no se interpone en el camino del progreso. Cuando ve que el progreso
se aproxima a toda máquina, se aparta con agilidad de su camino».
Christopher Morley, Acerca de la holgazanería
Rilke
contaba con una capacidad notable para explorar su inconsciente y sacar a la
luz escenas y emociones de la juventud largamente olvidadas, capacidad que bien
puede haber sido resultado de dar lugar a la actividad de la red neural por
defecto mediante el ocio.
Para muchas personas, esa experiencia puede resultar aterradora. Es probable
que nuestro inconsciente guarde contenidos que preferiríamos dejar donde están.
¿Podría ser que esos materiales incómodos que suprimimos, llenando de
actividades nuestra agenda para olvidarlos, estén llamando a la puerta de la
conciencia por algún motivo? La noción de sentido común respecto de los
«adictos al trabajo» es que no soportan el ocio y la inactividad porque eluden
el dolor emocional mediante el trabajo continuo.
Cuando los niños empiezan la escuela (y cada vez más, antes de iniciar su
escolaridad), los padres llenan sus vidas con una inacabable serie de
actividades: deportes, clases de música de iniciación temprana, escuela de
chino con inmersión en la lengua extranjera, campamentos de verano, tareas de
voluntariado en organizaciones caritativas, clases de equitación, teatro,
preparación para olimpíadas matemáticas y talleres de ciencias. Cierta clase de
padres parece experimentar un temor ubicuo y profundo de que sus hijos puedan
disponer de tiempo para no hacer nada y ser niños. Los padres se ven en la
necesidad de trabajar cada vez más horas, a veces por el mismo salario.
Obligamos a nuestros hijos a soportar un bombardeo interminable de actividades
que ofician de padres sustitutos, como una manera de convencernos de que
todavía participamos en la vida de nuestros hijos de algún modo significativo.
Podemos recibir el informe de los maestros o de los entrenadores y profesores
acerca de los avances de nuestros hijos, sin haberlos visto jamás llevar a cabo
la actividad en la que los inscribimos. Después de todo, tenemos cosas más
importantes que hacer, como trabajar. No debería sorprendernos que a medida que
las «citas de juego» hayan reemplazado la actividad de pasar el rato con amigos
y jugando al aire libre, los índices de angustia y depresión infantil se hayan
disparado por las nubes, así como la obesidad infantil.
Es posible que la actual generación de niños sea la primera que tenga menor
esperanza de vida que la generación anterior. Más allá del volumen de datos
epidemiológicos y clínicos que esperemos ver para convencernos de que esta
posibilidad es real, la causa subyacente es bastante sencilla: los niños que no
pasan varias horas todos los días corriendo al aire libre, compartiendo con
amigos, sin hacer nada en especial y, en cambio, destinan cada instante del día
a tareas y clases inducidas por sus padres, a verse con sus amigos con horario,
comer alimentos procesados y jugar a los videojuegos para explorar sus mundos
virtuales, aumentan de peso y se deprimen.
Existen cientos de libros y artículos de revistas acerca de la administración
del tiempo infantil, con títulos como Organización; Administración del
tiempo y habilidades de estudio para niños; Tarde, perdido y sin preparación:
guía para padres sobre cómo ayudar a sus hijos con las funciones ejecutivas;
y ¡Organiza a tu hijo!
Para esos padres y estudiantes obsesionados con el éxito para los cuales la
manipulación farmacológica innecesaria con medicación para el TDAH derivada de
las anfetaminas no es financiera ni moralmente problemática, existen, en
apariencia, muchísimos médicos que no le huyen al dopaje académico y estarán
dispuestos a recetar medicamentos para tratar el TDAH a estudiantes a quienes
no se les ha diagnosticado el trastorno, para que puedan lograr una
concentración artificial agudísima y aplastar a sus competidores en sus
exámenes.
Esos médicos en nada se diferencian, desde el punto de vista ético, de los
oscuros médicos del submundo del doping que suelen encontrarse en los deportes
profesionales. Y sostendría que es la misma cultura de «ganar a cualquier
precio» la que alimenta el deseo de usar cualquier medio necesario para lograr
resultados en pruebas que, en esencia, nada significan.
Obligar a un niño a ser un miniadulto hiperorganizado, estimulado
farmacéuticamente, a una edad temprana anula la sensación de control sobre su
propio mundo de ese niño. La depresión y la angustia se encuentran fuertemente
correlacionadas con la sensación de falta de control de la propia vida de un
individuo.
Hace largo tiempo que los psicólogos utilizan un cuestionario denominado Escala
de Locus de Control Interno-Externo de Rotter para evaluar el grado de control
que las personas consideran que tienen sobre su propia vida. Si la puntuación
obtenida se aproxima al extremo interno de la escala, el sujeto siente que
controla su vida; si la puntuación se aproxima al extremo externo, el sujeto
siente que su vida es controlada por alguien o algo exterior a él.
Varios estudios han mostrado que cuanto más cercano al extremo interno de la
escala se encuentra el sujeto, menos probable es que se deprima y angustie.
Cuando se analizaron datos obtenidos con la Escala de Rotter a lo largo de un
periodo de cuarenta y dos años (1960 a 2002), se halló que las puntuaciones se
habían desplazado del extremo interno al externo. El desplazamiento había sido
tan marcado que la puntuación obtenida por un joven promedio en 2002 era más
externa (el joven consideraba que su vida estaba bajo el control de fuerzas
externas) que la obtenida por el ochenta por ciento de los jóvenes en la década
de 1960.
En 2010, la revista Newsweek publicó un artículo dedicado a lo
que denominó «La crisis de la creatividad», que suscitó una atención
moderada. Newsweek informó que las puntuaciones obtenidas en
pruebas psicológicas diseñadas para evaluar la creatividad infantil habían
declinado de manera sostenida desde 1990.
A pesar de esa disminución, el cociente intelectual (CI) se encuentra en
ascenso. Después de analizar datos correspondientes acerca de trescientos mil
niños y adultos, Kyng Hee Kim, un investigador de William & Mary, halló que
esa declinación en creatividad era más pronunciada en el grupo etario del que
se esperaría la mayor creatividad: desde el jardín de infancia hasta sexto
grado. A medida que los niños se ven sujetos a más horarios y mediciones, a más
gestiones orientadas a multiplicar sus logros, y se vuelven más rehenes de los
medios digitales, su creatividad disminuye.
Rilke describió el ingreso a la escuela como el ingreso a la cautividad. Los
padres modernos están más obsesionados con las actividades orientadas a
promover el desarrollo que, en teoría, mejoran las probabilidades de que sus
hijos alcancen el éxito aun antes de que empiece la escuela, un éxito que se
define en función de títulos obtenidos, sueldos futuros y distinciones.
En el poema «Biografía imaginaria», Rilke describe el horror de empezar la
escuela; mi experiencia personal incluyó el llanto, en el momento en que mi
madre me dejó en la fila junto a otros niños aparentemente felices frente a la
puerta del jardín de infantes:
Primero
una infancia sin lindes y sin renuncia ni meta. Oh delicia inconsciente.
De pronto miedo, barreras, escuela, vasallaje y caída en la tentación y la
pérdida.
Irónicamente,
para una cultura obsesionada con optimizar el desarrollo infantil, es cada día
más cuantioso el volumen de datos que indican que para que el cerebro se
desarrolle de manera adecuada, es crucial su actividad sin metas dirigidas
externamente.
Como resultado de las constantes demandas y actividades externas en que los
niños se ven obligados a participar, sumadas a incontables horas destinadas al
uso de dispositivos digitales, es cada vez menos el tiempo del que disponen
para la introspección, el procesamiento de experiencias sociales y emocionales
y la autorreflexión.
Es más, puede ocurrir que los niños adquieran una relación de incomodidad con
su yo ocioso, como muchos adultos. Cuando esto sucede, el ocio induce
inicialmente un sentimiento muy similar al que experimenta un fumador que ansia
tabaco: desesperación e inquietud. El niño buscará obtener estimulación externa
en los dispositivos digitales, la aprobación de sus maestros u otros adultos.
En un artículo científico de publicación reciente titulado «Descanso no es
ocio: implicaciones del modo predeterminado del cerebro para el desarrollo y la
educación humanos», las psicólogas Mary Helen Immordino-Yang, Joanna
Christodoulu y Vanessa Singh postulan la tesis de que es esencial para el
desarrollo de las habilidades sociales permitir que los niños se entreguen a la
ensoñación libre y otros tipos de estados no atencionales.
Las autoras repasan los datos obtenidos en la última década en relación con la
red neural por defecto y analizan sus implicaciones para el desarrollo humano
en etapas tempranas de la vida y la educación. Argumentan que si la vida del
niño se encuentra llena de «demandas de atención ambiental sistemáticamente
elevadas», el proceso de desarrollo de la capacidad para reflexionar, interpretar
la experiencia y reconciliar recuerdos con experiencias actuales resulta
afectado. El cerebro infantil necesita tiempo para procesar lo que ocurre a
diario, consolidar esas experiencias e integrarlas al yo que se encuentra en
proceso de formación durante la infancia.
El único modo de permitir que este proceso tenga lugar es entregarse al ocio.
Los niños necesitan «apagar» el mundo exterior durante una cantidad importante
de tiempo todos los días, sin demandas ni expectativas. Para gozar de salud
mental en la adultez, podría ser necesario tener una niñez cuya mayor parte
estuviera dedicada a soñar despiertos libremente, jugar sin propósito y
experimentar un goce irreflexivo.
En una de sus Cartas a un joven poeta, Rilke escribe: «Cuanto más
callados, cuanto más pacientes y sinceros sepamos ser en nuestra tristezas,
tanto más resueltamente se adentra una nueva revelación en nosotros, tanto
mejor la hacemos nuestra. Así, cuando más tarde surge el día en que “acontece”
—cuando se manifiesta en nuestra respuesta a otra persona— sentimos que
pertenece a nuestro ser más interior».
Immordino-Yang et al. señalan que el tiempo y las habilidades para lo que
denominan la «reflexión interna constructiva» benefician el aprendizaje
emocional y el bienestar. También argumentan que cuando un niño pasa la
totalidad del día con la atención dirigida al mundo exterior, su capacidad de
entender «qué significa algo para el mundo y para el modo en que vivo mi vida»
se ve debilitada.
Así como los músculos necesitan tiempo para recuperarse después de
ejercitarlos, nuestros cerebros requieren de tiempo para recuperarse después de
interactuar con el mundo exterior. Por ejemplo, la investigación indica que los
jóvenes que envían mensajes de texto con frecuencia excesivos tienden a obtener
puntuaciones más bajas en pruebas que miden la capacidad de reflexión moral. El
motivo podría ser que con cada nuevo mensaje, la red orientada a tareas se
activa, con la consiguiente supresión de actividad en la red neural por
defecto. Empezamos a identificarnos más con el teléfono que llevamos en el
bolsillo que con la mente que tenemos sobre los hombros.
Sin duda, la meta a largo plazo de la crianza orientada a lograr el desempeño
sobresaliente de los niños reside en lograr que los hijos ingresen en una
universidad de primer nivel. En los Estados Unidos, el ingreso a una casa de
estudios superiores de esas características constituye uno de los símbolos de
prestigio más importantes. Una vez allí, los estudiantes viven en un mundo de
actividad y ajetreo frenéticos, desconocidos hasta entonces para ellos. En un
artículo publicado en la revista Harvard Magazine acerca de
los «estudiantes de grado superhéroes» de la Universidad de Harvard, Craig
Lambert cita a una alumna que dice: «El estudio universitario aquí es como
desafiarse a una misma a nadar un largo de piscina sin respirar. Cada largo es
un semestre. Quiero hacer todo lo que me sea posible hacer». Como es natural,
terminará extenuada. Su fatiga tiene varios niveles: primero, «una sensación de
torpeza, como estar ebria todo el tiempo; uno no está muy seguro de qué está
sucediendo». Luego, señala, «hay otro nivel de agotamiento, uno se siente como
si detrás de los ojos, estuviera muerto. Las últimas cuatro semanas me sentí
así. Me enfermo muchísimo». Enfermarse «mucho» se considera una señal de que
uno se está exigiendo realmente hasta el límite más absoluto: si uno no se
enferma, entonces no se está esforzando lo suficiente.
Otro estudiante de Harvard citado en el artículo se sorprende de la escasa
cantidad de debates intelectuales que tienen lugar fuera del aula. En
apariencia, si no está en juego ningún tipo de beneficio académico que goce de
reconocimiento oficial, entonces debatir no tiene sentido. Incluso dedicar
energía a los intereses personales tiene un nombre, «estudio independiente», de
modo que se trata de una actividad que puede incluirse en el currículum vitae,
aunque los estudiantes que en efecto tienen algún interés más allá de abultar
su CV son escasos. Los estudiantes no quieren verse en situación de tener que
explicar «vacíos» en sus currículum vitae.
La mayoría de estos estudiantes no parece tener idea acerca de qué es el ocio,
mucho menos sobre cómo disfrutarlo. Consideran que sentarse en un café varias
horas con un amigo discutiendo sobre el cine francés carece de valor
intrínseco. Resulta irónico que muchas de las personas que esos alumnos deben
estudiar durante su estancia en Harvard hayan sido maestros del ocio.
Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir pasaban horas sentados en bares
discutiendo entre sí o con cualquiera que quisiera unírseles. Con frecuencia,
esos debates encendidos fueron punto de partida de alguna de las grandes obras
de la pareja. En cambio, el tiempo de esos estudiantes con credenciales
académicas impecables y miles de horas de actividades extracurriculares
meticulosamente planificadas siempre estuvo organizado con tareas con objetivos
claros desde que eran muy pequeños.
La actual generación de estudiantes universitarios de grado que cursan carreras
en universidades de élite ha sido preparada, administrada, entrenada y dirigida
sin disponer jamás de tiempo para reflexionar sobre sus verdaderos intereses.
Según el artículo mencionado, cuando la Universidad de Harvard no organiza una
cantidad suficiente de actividades sociales, los alumnos y sus padres se ponen
ansiosos.
La actividad alocada y constante de este tipo suprime la actividad cerebral de
las redes neuronales más importantes. Sabemos, además, que la depresión y la
angustia se encuentran asociadas con anormalidades de la red neural por
defecto. Si bien no existe un estudio con una muestra numerosa que vincule
estas cuestiones, considero que puede argumentarse con razones fundadas que el
modo en que estamos criando a nuestros hijos —con el objetivo de que sean jóvenes
con desempeño sobresaliente hipercompetitivos— aumentará a largo plazo el
riesgo de enfermedad física y mental.
La crianza orientada a lograr el desempeño sobresaliente de los niños ya es
motivo de una disminución de la creatividad, la sociabilidad y, potencialmente,
la moral de nuestros hijos. Es probable que el ocio, en especial durante la
infancia, sea decisivo para alcanzar un desarrollo adecuado como individuos
sociales y morales. ¿Qué podemos aprender de Rilke y Newton, dos figuras
sobresalientes de la literatura y la ciencia? Ambos hombres sacrificaron sus
relaciones personales y, a menudo, su bienestar en pos de una meta intelectual
más elevada. En el caso de Newton, su labor radicó en transformar la ciencia y
la matemática, de modo que incluso hoy influye en nuestra vida, tres siglos más
tarde. Es obvio que Isaac Newton poseía dotes singulares que le permitieron ver
relaciones entre conceptos de la física y la matemática que muy pocas personas
podían comprender en su época, o incluso hoy día. La meta de Rilke fue explorar
las profundidades del inconsciente para descubrir verdades universales acerca
de la humanidad.
En nuestra carrera histérica por ganar dinero, alcanzar un mejor estatus,
competir por puestos de trabajo escasos y ascensos, convertir a nuestros hijos
en genios atléticos e intelectuales y organizar nuestra vida hasta el último
segundo, estamos suprimiendo la habilidad natural con que cuenta el cerebro
para dotar de sentido a la experiencia. La creatividad profunda y verdadera
solo puede surgir como resultado de la increíble capacidad natural de
interpretación de nuestro cerebro. Y cada vez es más evidente que el estado de
reposo del cerebro cumple una función decisiva en relación con ese proceso.
Si Rilke o Newton hubieran vivido en nuestros días, sus aportes a la ciencia y
las artes se habrían visto gravemente en riesgo como resultado de la exigencia
de productividad.
Capítulo 5
Somos un sistema que se organiza a sí mismo
«Autoorganización:
el surgimiento de estructura u orden sin un agente externo que lo imponga».
Francis Heylighen
«…
Pronto comprendí que en el trabajo serio, el mando y la disciplina son de poca
utilidad».
Peter Kropotkin
La
idea de autoorganización contradice nuestra intuición mecanicista respecto de
la causación. El sentido común nos dice que si algo está organizado ha de
deberse a la intervención de alguna fuerza externa inteligente, porque el orden
no puede ocurrir de manera espontánea. Sin embargo, esa creencia no es
correcta.
En la naturaleza, la autoorganización adaptativa no es la excepción sino la
regla. La ciencia y la ingeniería han descubierto que es muy difícil, si no
imposible, controlar los sistemas que se autoorganizan. En el campo de la
ciencia, se han realizado ingentes esfuerzos por controlar eventos como el
clima, las crisis epilépticas o los movimientos sociales espontáneos. No
obstante, todos los intentos fueron en vano.
Podemos describir y predecir la actividad del clima, el cerebro y los
movimientos sociales de manera bastante acertada; sin embargo, no podemos
explicarlos. ¿Por qué a lo largo de la historia resultó tan difícil para
gobernantes, jefes, gerentes, dictadores, capitalistas y gurúes de la administración
del tiempo controlar los sistemas autoorganizados más avanzados?
Muchos científicos postulan que nuestra economía es un sistema autoorganizado,
por ejemplo. Pero veremos que cuando, como resultado de fuerzas externas, los
sistemas de esas características llegan mucho más allá del estado denominado
«criticidad», pueden colapsar o modificar por completo el modo en que responden
al entorno.
Ya sea que el sistema del que hablemos sea un ser humano, una sociedad o el
clima, permanecer dentro de ciertos límites es esencial para su estabilidad. En
el caso de los seres humanos, este podría ser el motivo por el que el ocio es
tan importante: permite al sistema retornar a lo que se denomina «dinámica
estable».
Según los físicos polacos Jaroslaw Kwapien y Stanislaw Drozdz, un sistema
complejo autoorganizado «está constituido por un gran número de componentes que
interactúan de manera no lineal, exhiben comportamiento colectivo y, debido a
un intercambio de energía o información con el medio ambiente, pueden modificar
con facilidad su estructura interna y sus patrones de actividad». Ejemplos de
estos sistemas son las masas de aire convectivas, las turbulencias, las costas
fractales y, por supuesto, los cerebros.
Lamentablemente, en la bibliografía del campo del liderazgo organizacional,
existe tendencia a usar la ciencia de la complejidad con el éxito comercial
como propósito. Resulta extraño que nadie haya sugerido aún que deberíamos
utilizar el comportamiento autoorganizado del cerebro, en cambio, como modelo
para argumentar contra la imposición de cualquier tipo de organización externa
sobre la propia vida, pues es esa la característica que refleja de manera más
adecuada la composición y la dinámica cerebrales.
La autoorganización es un rasgo de la complejidad, que a veces se denomina
«emergencia»: significa que el comportamiento complejo de un sistema exhibe
características macroscópicas que ninguno de los componentes del sistema posee.
En el nivel sistémico, puede emerger un comportamiento extremadamente complejo
como resultado de la interacción de partes simples del sistema. Un ejemplo
intuitivo y muy ilustrativo es el de las colonias de hormigas. En el libro de
E. O. Wilson The Superorganism[9], se describen
las increíbles sociedades que las hormigas y otros insectos sociales
construyen. Esas sociedades de insectos se denominan «superorganismos» porque a
pesar de estar constituidas por miles o incluso millones de individuos, se
adaptan y comportan como si fueran una sola entidad.
Las hormigas se cuentan entre las especies más exitosas del planeta. Se ha
estimado que la cantidad de hormigas vivas en cualquier momento dado ronda los
diez mil billones. Y dado que un ser humano pesa, aproximadamente, entre uno y
dos millones de veces lo que pesa una hormiga, hormigas y seres humanos tienen
en términos aproximados la misma biomasa global.
Las colonias de hormigas exhiben comportamientos muy complejos. Pueden, por
ejemplo, aprender. Una colonia encuentra con rapidez la mejor ruta a una fuente
de alimento, al mejor lugar para desechar hormigas muertas e incluso aprende a
regular la temperatura interna de un nido. Sin embargo, una hormiga tiene un
cerebro diminuto: las hormigas, como individuos, no tienen la menor idea de qué
están haciendo. ¿Cómo surge el comportamiento complejo extremadamente
organizado de las colonias de hormigas de los millones de hormigas tontas que
desarrollan su actividad sin importar qué haga el resto, en particular dado que
en una colonia no existe estructura de mando ni control?
Una hormiga sigue varias reglas muy sencillas cuando lleva a cabo sus tareas
cotidianas, según sea obrera, voladora o soldado. Los algoritmos
comportamentales parecen heredarse a través de la genética. Por ejemplo, las
hormigas siguen una regla muy simple cuando se encuentran con un objeto en
movimiento y pasan las antenas sobre él: si el objeto huele como ellas, lo
siguen; si el objeto huele diferente, lo matan. A veces, aplican esta regla al
punto de seguirse entre sí hasta la muerte, en lo que se conoce como un
«vórtice de hormigas».
Las hormigas, además, difunden información mediante rastros químicos. Cuando
siguen a otras hormigas, saben en qué dirección girar a partir del olor. Las
hormigas exploradoras que encuentran fuentes de alimento empiezan a dejar un
rastro químico para informar al resto que debe seguirlas. Pronto una columna de
hormigas se dirige al alimento.
De ese modo, la información acerca de la ubicación de una fuente de alimento se
difunde con velocidad en una colonia. Cada hormiga sigue muchas de esas reglas
sencillas utilizando sus órganos sensoriales. Cuando millones de hormigas
interactúan, surge la complejidad autoorganizada de la colonia. Por ejemplo,
muchas hormigas pueden desarrollar un comportamiento suicida para defender a la
colonia. La colonia cuenta con capacidad para procesar el conocimiento
adaptativo y la información, pero los individuos carecen de tal capacidad; por
lo tanto, existen ciertos atributos de la colonia que no se observan en ninguna
hormiga.
Pensemos en el caso de un equipo de fútbol: el equipo tiene propiedades que sus
integrantes no tienen, una de las cuales es ser un equipo de fútbol constituido
por once jugadores. Ciertos comportamientos solo son visibles cuando el nivel
descriptivo es el de la colonia. Sin embargo, si examinamos a cada hormiga,
encontramos una criatura bastante simple capaz de tomar decisiones rápidas. Si
bien cada hormiga está programada para realizar una cantidad limitada de tareas
en función del contexto (buscar y llevar alimento, seguir o atacar a otras
hormigas), una colonia puede aprender cuál es la mejor ruta a una fuente de
alimento, construir redes inmensas de túneles y nidos, e incluso cultivar
hongos en elaborados jardines subterráneos.
Tanto las colonias de hormigas como los cerebros son ejemplos de un orden
macroscópico que surge de manera espontánea a partir de un vasto océano de
partes que interactúan en forma aleatoria en el nivel microscópico. Cuando
millones de simples hormigas obedecen unas pocas reglas, los resultados
posibles de la interacción de esas hormigas pueden ser inmensos.
En rigor, una hormiga «de computadora» que solo sigue dos reglas simples se
comporta como un sistema dinámico complejo. En ciencias de la computación,
existe un modelo de autómata celular conocido como la hormiga de Langton.
Imaginemos una hormiga llamada Langton que camina de manera aleatoria por una
cuadrícula de casilleros blancos o negros. Langton solo tiene dos reglas que
seguir: (1) cuando cae en un casillero blanco, debe girar noventa grados hacia
la derecha, cambiar el color del casillero a negro y adelantar un casillero;
(2) cuando cae en un casillero negro, debe girar noventa grados hacia la
izquierda, cambiar el color del casillero a blanco y adelantar una unidad. Sin
importar cómo se configure la cuadrícula inicialmente, es decir, cuál sea la
distribución de casilleros blancos y negros, después de unos diez mil pasos,
Langton empezará a trazar un patrón repetitivo, una «autopista» de ciento
cuatro pasos que se repite indefinidamente.
En otras palabras, sin importar cuál sea el punto de partida, los caminos que
siga Langton convergerán en este patrón complejo. Y esta es solo una hormiga
con dos reglas. Langton brinda una idea de la espectacularidad que puede
alcanzar el comportamiento de las colonias de hormigas en el mundo real. Un
ejemplo de comportamiento autoorganizado en una colonia de hormigas que resulta
particularmente intrigante es el de las colonias de hormigas ejército
tropicales del Nuevo Mundo.
Resultaría una pérdida de energía construir nidos, que requieren muchísimo
trabajo, para los momentos del día en que la colonia descansa (sí, hasta las
hormigas se entregan al ocio). En su lugar, las hormigas forman un refugio,
denominado «vivac», usando sus propios cuerpos para proteger a la reina y a las
crías de intrusos: conectan sus cuerpos entre sí y forman una especie de tienda
de campaña, sin necesidad de que haya un jefe que les indique qué hacer.
Dentro del refugio, la temperatura y la humedad se regula al detalle mediante
el ajuste de la forma y la posición del vivac. Para buscar alimento, una
columna de cientos de miles de hormigas sale del refugio, caza cualquier objeto
en movimiento y cambia de dirección para volver a la colonia, actuando como un
único organismo que alarga el brazo. Durante la noche, el refugio se dispersa y
la colonia avanza hasta el próximo sitio.
Es importante comprender que las hormigas no pueden tener la menor idea de que
forman parte de una estructura general de vivac, mucho menos que son
integrantes de una colonia. Para el individuo, lo que ocurre simplemente es que
se conecta con sus vecinos porque la hora, la temperatura u otros indicios
ambientales han superado un umbral que dispara el cumplimiento de la regla
«conectarse con el cuerpo del vecino».
De manera similar, las neuronas individuales del cerebro no saben que forman
parte del cerebro o que constituyen un «yo». La conciencia es muy similar al
vivac de las hormigas ejército. Una de las persistentes ilusiones filosóficas
que hemos albergado durante siglos es que en algún sitio del cerebro, una
personita llamada Homunculus controla las acciones cerebrales. O que incluso
sin Homunculus, hay una parte específica del cerebro que de alguna manera
funciona como centro de comando y control, y dicta lo que el cerebro debe
hacer.
Las neurociencias han revelado que no existe tal centro de control en el
cerebro. Hay centros en las redes cerebrales cuya actividad es más importante,
pero no existe un único centro que dirija la acción. El cerebro, en cambio, es
mucho más parecido a una colonia de hormigas: miles de millones de neuronas
colaboran para dar origen a nuestro yo, sin la mediación de ningún agente
externo o interno. En otras palabras, somos un fenómeno autoorganizado
emergente.
Las neuronas, como las hormigas, siguen algoritmos y toman decisiones binarias
rápidas en función de las señales que reciben. Cuando una neurona recibe
señales que alcanzan cierto umbral electroquímico y oscila en sincronía parcial
con sus vecinas, dispara un potencial de acción que se propaga a otras neuronas
con las cuales se encuentra conectada. Esta actividad puede hacer que otras
neuronas que se encuentran en la trayectoria disparen o no, según cuál sea su
contexto. La emergencia de una organización extremadamente compleja surge de la
interacción de miles de millones de partes más pequeñas y simples, igual que el
refugio de las hormigas ejército, salvo que el cerebro no se disuelve en
neuronas individuales que migren, en conjunto, al siguiente cráneo… aunque
después de todo ¿qué es el lenguaje?
La interacción de miles de millones de neuronas individuales que usan billones
de conexiones hace posible la emergencia de la variedad infinita de la
creatividad humana, tal como la colonia de hormigas, que es mucho más creativa
y adaptativa que la hormiga individual. Como es natural la comparación entre
hormigas y seres humanos solo puede llegar hasta aquí. Y como ya señalé en
páginas anteriores, la analogía solo es válida en lo que atañe a las neuronas
cerebrales. Un ser humano individual no puede compararse con una hormiga
obrera, voladora o soldado. Se desconoce la cantidad de reglas del
comportamiento que sigue cada ser humano, cantidad que bien podría ser
infinita.
Además, podemos adquirir conciencia respecto de qué reglas seguimos y ejercer
un buen grado de elección al respecto. Y lo que es más importante, los seres
humanos pueden crear reglas nuevas. No obstante, hay un aspecto fundamental en
el que colonias de hormigas y cerebros son muy similares: en cuanto sistemas
autoorganizados complejos, ambos se han adaptado a ciertos parámetros. Cuando
esos parámetros se exceden en demasía, por ejemplo como resultado del cambio
climático, las colonias pueden colapsar.
Puesto que las hormigas individuales gozan de grados muy escasos de libertad en
su comportamiento, su conducta colectiva guarda un alto grado de armonía con el
medio ambiente. Lo mismo ocurre con las neuronas del cerebro: viven en armonía
dentro del cráneo. A diferencia de una hormiga, el cerebro humano como
totalidad cuenta con un grado de libertad potencialmente ilimitado, lo que nos
dota de inteligencia y creatividad únicas. También puede ser esa la razón que
nos impide disfrutar de la esclavitud, a diferencia de las hormigas.
Bertrand Russell definió dos tipos de trabajo: el primero, modificar la
disposición de la materia que se encuentra en la superficie de la Tierra o
cerca de ella, a partir de otra materia dada; el segundo, ordenar a otros que
lo hagan. Añadió que el primer tipo de trabajo es desagradable y está mal
pagado, mientras que el segundo es agradable y muy bien remunerado.
Capítulo 6
Revolución o suicidio
«Este
es el motivo por el que los empleados de Foxconn pueden arrojarse al vacío
desde un edificio pero no “causar problemas”».
Empleado de Foxconn
«La
especialización es para los insectos».
Bart Kosko, profesor de USC; autor de Noise
La
colectivización de las granjas soviéticas en la década de 1930 y el desarrollo
agrícola de las colonias estadounidenses constituyeron claros intentos
verticalistas de imposición de estructuras para beneficio de quienes detentaban
el poder. Con el objetivo de amasar mayor poder simbólico o económico, un grupo
reducido en cada una de esas sociedades implemento un sistema de orden
autoritario que procuró imponer a diversos grupos humanos.
Los individuos no participaron en esos proyectos de manera voluntaria: para
asegurarse de que trabajaran, tuvieron que amenazarlos con castigos severos y
vigilarlos en forma continuada.
Con frecuencia, la naturaleza se resiste a que la administren. La «silvicultura
científica», por ejemplo, se inventó en Alemania en el siglo XVIII con la
intención de obtener control sobre los rebeldes bosques naturales. Ciertos
burócratas gubernamentales querían aumentar el rendimiento de algunas especies,
lo que no podían tener la certeza de lograr con bosques de ejemplares
centenarios. Además, necesitaban medir y cuantificar con toda precisión el
rendimiento del bosque.
El antropólogo James C. Scott describe el surgimiento de la silvicultura
científica en su influyente libro Seeing Like a State. Los
especialistas en silvicultura reemplazaron los complejos ecosistemas de los
bosques naturales con bosques «científicos» simplificados para maximizar el
rendimiento de ciertos tipos de madera. Plantaron los bosques como si se
tratara de una planilla de cálculo de Excel: hilera tras hilera de árboles del
mismo tipo prolijamente ordenados, es decir, un monocultivo. En la primera
generación, la técnica funcionó de maravillas: los rendimientos aumentaron, la
madera era fácil de cosechar y los burócratas pudieron contar los árboles con
eficiencia para elaborar predicciones para el futuro.
Como era inevitable, los bosques se rebelaron. En una generación, el
rendimiento de algunas especies decreció el treinta por ciento. Los alemanes,
perplejos, inventaron una palabra para describir lo sucedido: Waldsterben
(muerte del bosque), es decir, la alteración del ciclo de nutrientes del suelo
más allá del punto de reparación como resultado del monocultivo. En los peores
casos, la totalidad del bosque murió. El motivo por el que la «silvicultura
científica» se enfrentó con el fracaso radicó en la total ignorancia del modo
en que funcionan los bosques.
Los bosques, también, son sistemas autoorganizados. Su salud se mantiene como
resultado de la interacción, compleja en extremo, entre diversos tipos de
suelo, animales, insectos (como hormigas), plantas, hongos, árboles y el clima.
Al alterar este sistema, exquisitamente equilibrado y armonioso, a través de la
uniformidad y los intentos de volverlo «productivo», la silvicultura científica
logró que el ecosistema del bosque se derrumbara. ¿Estamos seguros de que los
principios de la «silvicultura científica» quedaron relegados a la pila de
cenizas de la historia? Pensemos en Apple. ¿Estamos seguros de que Apple, la
empresa más valiosa del mundo, el fabricante de los dispositivos digitales más
geniales que ha conocido la humanidad, evita los anticuados principios de la
silvicultura alemana?
El lector seguramente habrá oído hablar de las pésimas condiciones en las que
las fábricas chinas producen la casi totalidad de nuestros equipos
electrónicos. Su preocupación pasajera podría haberse mitigado con los
recientes anuncios de que las fábricas están procurando mejorar las condiciones
de trabajo de sus obreros. Foxconn, una empresa taiwanesa radicada en China,
fabrica los productos de Apple. Se enorgullece de aplicar lo que se denominan
técnicas de «administración científica» de sus millones de trabajadores.
La justificación es siempre la misma: un grupo pequeño de poderosos desea
controlar sistemas que son intrínsecamente incontrolables para lograr que esos
sistemas lleven a cabo actividades que de otro modo no realizarían. Tales
soluciones a corto plazo siempre se reciben como revelaciones. Y sin duda,
producen resultados a corto plazo espectaculares.
Pero ya sea que hablemos de bosques o seres humanos, el hecho científico
respecto de esos sistemas es que son autoorganizados y, por lo tanto, un agente
externo no puede controlarlos. Obligarlos a suprimir sus fluctuaciones y
complejidades naturales en nombre de la productividad desembocará, de manera
inevitable, en revolución, crisis o colapso. En el caso de los bosques, lo que
se obtiene es Waldsterben; en el de los seres humanos, el suicidio es un
resultado posible: puede provocarse el derrumbe de una corporación o de un
sector completo de fabricación.
El enfoque de la administración adoptado por Foxconn es muy sencillo: hacer que
cada obrero ejecute una tarea repetitiva muy especializada para que no sea
necesario ningún tipo de pensamiento o habilidad. Esta clase de trabajo
especializado funciona sin inconvenientes en las colonias de hormigas porque
las hormigas son criaturas simples y están genéticamente especializadas en la
realización de ciertas tareas sin que les sea necesario pensar.
Los seres humanos son, a decir verdad, terribles cuando se trata de
especialización. Este es el motivo por el que todos los intentos de convertir a
los seres humanos en insectos-obreros, para el beneficio de los más ricos, han
dado como resultado la miseria generalizada. Terry Gou, director ejecutivo de
Foxconn, así lo admite al decir que quienes desean obtener un ascenso deben
memorizar que: «El sufrimiento es el hermano gemelo del crecimiento».
En una investigación notable sobre la reciente racha de suicidios registrados
en el proveedor de Apple, Pun Ngai y Jenny Chan describen el caso de Tian Wu,
una empleada de diecisiete años que el 17 de marzo de 2010 se arrojó desde el
cuarto piso del dormitorio que compartía con otras obreras.[10]
Tian acababa de llegar de Hubai, una aldea rural, para trabajar en la fábrica
de Foxconn, situada en Longhua. Quienes la conocieron antes de lo que ella
denomina «su accidente», la describen como una joven despreocupada que amaba
las flores.
Después de trabajar en la sede de Foxconn en Longhua treinta y siete días,
intentó suicidarse. A diferencia de otros catorce compañeros de trabajo que
también intentaron suicidarse en un periodo de dos meses en 2010 y 2011, Tian
sobrevivió. Muy probablemente, deberá seguir en silla de ruedas el resto de su
vida.
Foxconn tiene un programa de producción que abarca las veinticuatro horas del
día, todos los días de la semana; a menudo, se obliga a los obreros a cumplir
horas extra. Los trabajadores viven en dormitorios custodiados por guardias
armados; las habitaciones son tan pequeñas que la privacidad personal es casi
inexistente. La asignación de los trabajadores a las habitaciones es aleatoria;
ese proceso rompe las redes sociales existentes y reduce la organización de los
obreros al mínimo. No se permiten visitantes que se queden durante la noche. La
vida de un trabajador de Foxconn está dedicada a la producción de equipos
electrónicos a bajo costo, en su mayoría para consumo occidental.
En el último tiempo, se ha intensificado la presión sobre empresas de
tecnología como Apple y otras para que revisen su relación con proveedores
chinos como Foxconn. Sin embargo, sostengo que es la naturaleza fundamental del
trabajo lo que impulsa a los individuos al suicidio. Trabajar en Foxconn es el
extremo lógico de la administración del tiempo. La administración programa el
aseo, la alimentación y el sueño de modo tal que coincidan con plazos de
producción y maximicen la eficiencia de la rotación de turnos.
En Occidente, nos enorgullecemos de nuestra nueva economía, cuya base es la
movilidad, y de nuestra revolución de la información. Pareceríamos considerar
que la producción industrial es una pintoresca reliquia de mediados del siglo
XX, como si ahora nos hubiéramos liberado de la fealdad y la poca «onda» de la
fabricación. Todos vivimos en la nube. Y en rigor, Foxconn es el empleador
privado más grande de China: emplea a más de un millón cuatrocientos mil
personas; en una sola de las instalaciones de la empresa, trabajan cuatrocientos
mil personas: cuatrocientos mil personas —casi la población de Minneapolis—
trabajando en una sola fábrica.
Hace poco, The Fair Labor Association llevó a cabo una investigación de la
empresa Foxconn, con las siguientes conclusiones: «Las fábricas trabajaban sin
respetar los límites legales y estatutarios en lo atinente a horas de trabajo;
no registraban ni pagaban correctamente las horas extra trabajadas fuera de
horario; permitían que los empleados trabajaran horas extra en violación de lo
establecido por las reglamentaciones vigentes en China y, en periodos pico, los
trabajadores debían trabajar hasta más de siete días seguidos sin un día de
descanso. Además, la investigación registró numerosos problemas de insalubridad
e inseguridad, y halló que, a pesar de que existe un sindicato y un acuerdo de
negociación colectiva, ese acuerdo no se adecua a los estándares
internacionales o nacionales».
Un trabajador de Foxconn comenta: «Nos gritan todo el tiempo. Es muy difícil
todo por aquí. Estamos atrapados en un “campo de concentración” de la
disciplina laboral: Foxconn nos dirige aplicando el principio “obediencia,
obediencia y obediencia absoluta”. ¿Debemos sacrificar nuestra dignidad como
personas en aras de la eficiencia en la producción?» En este ambiente inhumano,
el estudio conducido por Ngai encontró actos de resistencia de parte de los
trabajadores, como robo de productos, trabajo a desgana, interrupción de
labores, huelgas de pequeña escala y, en ocasiones, sabotajes, que retrasan la
producción. Y después, claro, está también el suicidio, la última opción que
les queda a los trabajadores para ejercer control sobre sus vidas. El sistema
—en este caso, el cerebro del trabajador— procura inyectar variación en su vida
—robo y sabotaje— para encontrar un ámbito más estable en el que la dinámica
intrínseca del sistema se encuentre en equilibrio con el medio ambiente.
Los sistemas complejos existen en las proximidades del límite entre orden y
desorden; esa cercanía se denomina «criticidad autoorganizada» y permite la
adaptación a nuevos entornos. Al filo del caos, los sistemas modifican con
rapidez sus estructuras internas hasta que encuentran un estado estable. Sin
embargo, esa adaptabilidad tiene límites, que no son lineales. Al superar un
umbral, el sistema se derrumba, catastrófica y completamente. Un ejemplo
notable de ese fenómeno es el derretimiento de los glaciares: los glaciares
soportan cierta cantidad de calentamiento, pero cuando el proceso de
derretimiento llega a cierto umbral (el término común para ese umbral es
«momento crítico»), el glaciar empieza a desaparecer, aunque la temperatura
vuelva a descender.
Los apilamientos de arena suelen usarse como ejemplo para ilustrar el hecho de
que los sistemas autoorganizados se sitúan en el límite entre orden y desorden,
así como para esclarecer el concepto de umbral no lineal. Imaginemos una
superficie totalmente plana sobre la cual se vierte arena a una velocidad
constante. Los granos de arena caen de manera aleatoria hacia uno u otro lado
de la pila, a medida que la pila va creciendo en altura. Al principio, la pila
es pequeña, de modo que el ángulo de la pendiente es muy reducido. Al seguir
agregando arena, la pila se limitará a ganar altura.
Al llegar a cierto punto, el ángulo de la pila se volverá tan pronunciado que
la adición de más arena provocará pequeñas avalanchas. Finalmente, el ángulo de
la pila y la frecuencia de las avalanchas convergerán en un equilibrio tal que
la forma general de la pila se mantendrá. Sin embargo, la clave de ese
equilibrio reside en que haya una disipación abierta de arena, que dejará la
pila para compensar la nueva arena que se vierte. Si se sigue añadiendo arena,
el ángulo de la pila se volverá tan empinado que al agregar un solo grano más,
se producirá una avalancha catastrófica que hará desaparecer la pila. Gracias a
la eficiencia y la productividad de China, los occidentales contamos con una
provisión infinita de dispositivos digitales móviles a bajo precio, lo que nos
ha permitido convertirnos en una economía que opera las veinticuatro horas de
todos los días de la semana.
Trabajar sin cesar se ha convertido en una nueva medalla de honor entre la
clase profesional digital. Circulamos cargando con todos nuestros artefactos
tratando de definir nuestra propuesta de valor. La compulsión de permitir que
sean las empresas quienes organicen nuestra vida mediante aplicaciones y
calendarios proviene de una profunda ignorancia del modo en que en realidad
funciona el cerebro. Nos negamos a admitir que nuestro cerebro es, de por sí,
un milagro de la organización compleja.
En un ensayo escrito en 1949 con el título Why Socialism? que
recibió muy escasa atención, Albert Einstein señaló: «Si nos preguntamos cómo
debería modificarse la estructura de la sociedad y la actitud cultural del
hombre para que la vida humana fuera lo más satisfactoria posible, tendríamos
que tener siempre presente que existen ciertas condiciones que no podemos
alterar. Como ya se mencionó, para todos los fines prácticos, la naturaleza
biológica del hombre no se encuentra sujeta a cambios».
Si bien nuestra comprensión de «la naturaleza biológica del hombre» se
actualiza a diario, Einstein estaba en lo cierto al señalar que nuestro cerebro
tiene límites. Aunque nuestras vidas son más fáciles, existimos en el mismo
espectro que los trabajadores chinos: el precio del logro es el mismo para
ambos. Con frecuencia cada vez mayor, las empresas de nuestra sociedad de la
información procuran que su organización sea «plana». Sin embargo, cuanto menos
explícita es la jerarquía en los puestos de trabajo, mayor es la
responsabilidad que se espera que asuma cada trabajador. La línea entre la vida
y el trabajo se desdibuja cuando una lista interminable de tareas empieza a
distribuirse entre todo el mundo por igual.
Los dispositivos móviles garantizan que estaremos disponibles las veinticuatro
horas de los siete días de la semana para atender solicitudes relacionadas con
el trabajo. Ya no existe un lugar físico en el que no podamos trabajar. La
mente jamás puede descansar. Un trabajador moderno de la sociedad de la
información puede sentir que jamás deja de trabajar. Desde el punto de vista de
los inversores capitalistas, inducir el temor de perder en una competencia que
no tiene fin es más efectivo que emplear jefes que intimiden a los trabajadores.
La coacción a trabajar es una forma de orden impuesto externamente y puede
adoptar la forma de un cronograma de trabajo, una lista de tareas pendientes,
un proceso comercial, proyectos vanos, actividades de administración del tiempo
o indicaciones de un cliente que esperaba obtener resultados seis meses antes.
En el otro extremo del espectro, encontramos trabajadores como Tian Wu en las
plantas de Foxconn en China. Pagan el precio de nuestra movilidad digital, a
veces con su vida. Mijaíl Bakunin, un pensador anarquista, escribió: «La
libertad de todos es esencial para mi libertad»: si existen algunos esclavos,
nadie es verdaderamente libre.
En La riqueza de las naciones, Adam Smith dice: «El trabajo duro,
ya sea de la mente o del cuerpo, continuado durante varios días, es seguido en
la mayoría de los hombres por un gran deseo de relajación, que, de no ser
sofocado por la fuerza o alguna necesidad profunda, es casi irresistible. Es la
llamada de la naturaleza, que requiere ser satisfecha mediante cierta
indulgencia, a veces solo de descanso, pero en otras ocasiones también de
disipación y diversión. Si esto no se cumple, las consecuencias a menudo son
peligrosas y en ocasiones fatales, y casi siempre, más tarde o más temprano,
acarrean la dolencia peculiar del oficio. Si los patrones siempre escucharan
los dictados humanitarios y de la razón, con frecuencia tendrían ocasión de
moderar antes que acicatear la aplicación de muchos de sus trabajadores».
Debemos preguntarnos por qué y para quién trabajamos tanto. Recordemos que
nuestro cerebro tiene cien mil millones de neuronas conectadas, cada una de
ellas, mediante doscientos billones de sinapsis. Su actividad se encuentra
regulada por una orquesta sublime de actividad eléctrica que sincroniza y desincroniza
neuronas y regiones cerebrales para generar la compleja armonía que nos permite
ser seres humanos.
Un supuesto que subyace en la administración del tiempo y la productividad es
que el modo en que los seres humanos trabajan naturalmente debe suprimirse por
el bien de la organización y la productividad. Por ejemplo, la estrategia de
aumento de la productividad diseñada por el especialista en administración del
tiempo David Alien consiste en eliminar los pensamientos no esenciales del
cerebro. Nos insta a quitarnos del cerebro todo aquello que pueda provocarnos
algún tipo de estrés para introducirlo en cualquier administrador de tareas
pendientes, preferentemente automático, como las innumerables aplicaciones de
productividad que ofrecen los iPhone: trámites, mensajes de correo electrónico
para responder, facturas por pagar, cuentas que administrar, inventarios que
revisar, planes estratégicos de marketing orientados a aumentar la sinergia y
todo aquello que pueda presentársenos en el curso de nuestros ajetreados días.
Cuando tenemos un registro físico de esas tareas, ya no tienen por qué ocupar
espacio de memoria en el cerebro, la probabilidad de olvidarlas disminuye y,
por ende, no hay motivo para preocuparse por ellas.
Jamás sugiere Alien, al desarrollar su imperativo de «convertirse en mago de la
productividad», que si necesitamos recurrir de manera ineludible a una perpetua
gimnasia mnemónica y digital para lograr llegar al fin de cada día, podría
ocurrir, tal vez, que tengamos demasiadas cosas que hacer. Como ya señalé, el
cerebro tiene límites. Una de las concepciones científicas modernas del cerebro
indica que cada uno de nosotros cuenta con un orden y una estructura que le son
peculiares, que debemos aprender a entender tanto en el ocio como en la actividad.
Esa peculiaridad es, además, lo que nos une. Reconocer lo que es universal en
el ser humano —la autoorganización, la complejidad y la no linealidad— debe
liberarnos. La dinámica de la autoorganización es fundamental en lo que
respecta al modo en que el cerebro procesa la información. Nuestro sistema
nervioso también es un sistema dinámico no lineal conectado con el cerebro. La
capacidad con que cuenta el corazón para responder con flexibilidad a los
cambios de actividad es lo que previene los accidentes cerebrovasculares o los
infartos. La reducción de la variabilidad del ritmo cardíaco es un muy buen
predictor de falta de salud cardíaca.
Y resulta ser que algunas porciones de la red neural por defecto del cerebro se
encuentran estrechamente vinculadas con la regulación del ritmo cardíaco
variable. La corteza cingulada anterior, entre otras regiones, desempeña un
importante papel en la regulación del estrés que se transfiere al corazón. El
ocio permite que la corteza cingulada anterior y nuestro sistema nervioso
encuentren dinámicas estables y variables. El estrés reduce la variabilidad del
ritmo cardíaco: un nivel bajo y continuo de ansiedad obliga al corazón a
mantenerse en estado de aprestamiento, estado que no es posible conservar por
tiempo indefinido.
Un ejemplo extremo de perturbación de este sistema es el trastorno de estrés
postraumático. Las personas afectadas por este trastorno se sienten en estado
de vigilia permanente: no pueden relajarse por temor a que vuelva a ocurrirles
algo violento. Por lo tanto, su corazón se mantiene en estado de alerta, lo que
reduce la variabilidad del ritmo. El trabajo excesivo continuo puede concebirse
como una forma leve de trastorno de estrés postraumático.
Como señaló Einstein, todos deberíamos contar con la libertad de permitir que
nuestro propio orden y estructura se manifiesten naturalmente, y de pasar
nuestros días según deseemos. Todos odiamos trabajar para otras personas. Y
estar enloquecidamente ocupado todo el día no solo es malo para nosotros
mismos, sino que además nos impide descubrir el ser humano que podríamos ser.
Capítulo 7
La señal es el ruido
«Iba
y venía y, de pronto, se detuvo, pues pareció oír una voz que lo llamaba en
medio del rugido del viento».
Donald Prater, A Ringing Glass: the Life of Rainer Maria. Rilke
En
1912, Rilke pasó una temporada en el castillo italiano de Duino, propiedad de
una princesa checoslovaca. Antes de llegar a Duino, había experimentado un
periodo de crisis: seguía tratando de aprender a escuchar su inconsciente para
lograr lo que denominaba el siguiente «giro» de su vida.
Durante su estancia en el castillo, Rilke destinaba varias horas diarias a
caminar cerca de los acantilados de setenta metros de altura, frente al mar
embravecido. Varios años habían transcurrido sin que escribiera ningún poema
significativo. Una mañana, recibió una carta comercial, irritante y tediosa.
Molesto, decidió salir a caminar por el sendero de acceso al castillo, rodeado
de dos almenas gigantes de concreto, cerca del escarpado barranco que caía al
mar. Soplaba un fuerte viento del Adriático, denominado bora en italiano.
Como relata Donald Prater, Rilke oyó una voz que lo llamaba en medio del rugido
del viento. Lo que esa voz le dijo se convirtió en uno de los versos más
famosos del poeta: «Wer, wennichschriee, hörte mich denn aus der Engel
Ordnungen?»
i>¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes / angélicas?
¿Oyó Rilke «hablar» al viento aquel día, en el castillo junto al mar? Sugiero
que el mecanismo de «resonancia estocástica» ayudó a Rilke a ingresar a un
estado de conciencia agudizada.
El término «resonancia estocástica» describe todo fenómeno en el que la
presencia de ruido, interno o externo, en un sistema no lineal lleva al sistema
a responder mejor que si el ruido estuviera ausente. En sistemas dinámicos no
lineales, como el cerebro, la presencia de ruido puede propiciar el
comportamiento más ordenado del sistema. También puede amplificar señales
internas o externas débiles de modo tal que nuestros órganos sensoriales e
incluso nuestra conciencia los detecten. El ruido y la resonancia estocástica
desempeñan un papel fundamental en relación con la conciencia.
Cuando Rilke salió a caminar por el sendero del castillo aquella mañana en
medio del rugido del viento, es probable que el ruido haya amplificado una
señal débil proveniente de lo más profundo de la mente del poeta: ¿Quién, si yo
gritara, me escucharía?
Rilke escribió este verso en un pequeño cuaderno de notas que siempre llevaba
consigo. Regresó a su habitación y, al llegar la noche, había compuesto la
primera elegía completa. Escribió con furia, tratando de capturar el torrente
de palabras que ahora inundaban su conciencia. Era como si la represa que
contenía su cerebro hubiera estallado en mil pedazos.
Casi siempre consideramos que el ruido es negativo: es una forma de
interferencia, una molestia. Demasiado ruido puede, con el tiempo, provocar
pérdida de la audición. Los ingenieros eléctricos han tratado de eliminar el
ruido de sus sistemas desde la invención del teléfono y la computadora. Sobre
los fabricantes de motores a chorro para aeronaves pesan importantes
restricciones respecto del nivel de ruido que pueden alcanzar los motores en
las cercanías de los aeropuertos. Hoy día, las aerolíneas comerciales son un
cincuenta por ciento más silenciosas que hace solo veinte años.
Nate Silver, en su gran libro The Signal and the Noise, dice acerca
del ruido: «La señal es la verdad. El ruido es lo que nos distrae de la
verdad». Si bien la caracterización que ofrece Silver refleja la intuición que
nos dicta el sentido común respecto del ruido, existen numerosas circunstancias
en las que la adición de la cantidad adecuada de ruido intensifica, de hecho,
la señal.
Dada la ubicuidad del ruido en el cerebro y el entorno, no debe sorprendernos
que la evolución haya dotado a los sistemas biológicos de la capacidad de
utilizar el ruido para encontrar la señal. De hecho, si nuestros cerebros
carecieran de aleatoriedad, no podrían funcionar.
Lo maravilloso de nuestro cerebro es que, a través de la evolución, desarrolló
la capacidad de encontrar las señales y la verdad sin que debamos realizar
grandes esfuerzos. En rigor, al cerebro le sale mejor la tarea de buscar
nuestra verdad cuando estamos ociosos.
En los últimos treinta años, la resonancia estocástica se ha convertido en una
importante área de investigación dentro del campo del ruido. Esta es la
revelación fundamental: en sistemas no lineales, la adición de cierto volumen
óptimo de ruido incrementa la relación señal-ruido. En otras palabras, agregar
ruido a una señal débil puede, en efecto, fortalecerla.
Roberto Benzi, un físico italiano de la Escuela Internacional de Climatología
de la OTAN, ideó la noción de resonancia estocástica a principios de la década
de 1980 para explicar la recurrencia del ciclo de las eras glaciales en la
Tierra, ciclo que tiene lugar cada cien mil años: ese es, también, el ciclo de
la excentricidad de la órbita terrestre. La idea consiste, sencillamente, en
que existen dos «pozos de potencial» o un doble pozo que representa dos estados
del clima —bajas y altas temperaturas— entre los cuales oscila la Tierra.
Cuando la Tierra se encuentra en un pozo, las temperaturas son, en promedio,
más altas; cuando está en el otro pozo, las temperaturas promedio son mucho más
bajas. Benzi postuló que la combinación de excentricidad y perturbaciones
aleatorias o «estocásticas» en la órbita —en otras palabras, el ruido— era lo
que causaba el ciclo climático. Denominó a la combinación de excentricidad y
ruido «resonancia estocástica» para indicar que el ruido amplificaba el efecto
de la excentricidad. En el caso de la Tierra, el origen del ruido eran los
pequeños bamboleos aleatorios de la órbita excéntrica que empujaban el estado
del clima hacia uno u otro extremo.
Analicemos los siguientes diagramas:
Imaginemos
que el punto negro del diagrama representa el estado del clima en cualquier
momento dado.
La línea sobre la que se apoya el punto representa la órbita terrestre. Cuando
el clima se encuentra en uno de los pozos (+1 o -1), nos encontramos ante una
era glacial o un periodo cálido. Cuando la magnitud tiempo (t) = 0 (extremo
superior derecho), la probabilidad de que el clima pase al estado opuesto es
muy baja.
Supongamos ahora que animamos los gráficos y las líneas curvas suben y bajan,
además de sacudirse aleatoriamente. ¿Qué hace que el punto salte de una
depresión a la otra?
La resonancia se produce cuando el ruido y la órbita se combinan a la
perfección para generar un gran cambio: el punto negro supera el umbral, lo
cual no podría ocurrir en ausencia de ruido.
Una de las demostraciones más conocidas del funcionamiento de la resonancia
estocástica en el campo de la biología provino de investigaciones llevadas a
cabo por un grupo dirigido por Frank Moss, en la Universidad de Missouri, sede
St. Louis, que mostraron que el pez espátula usa el ruido eléctrico para
localizar su presa en aguas turbias.
El pez espátula de los Estados Unidos se alimenta del plancton que obtiene en
el río. La turbulencia y el limo generan condiciones de visibilidad nula. Y el
plancton es diminuto. La «espátula» del pez espátula es, en realidad, una
antena electro sensible que responde a los campos eléctricos de baja frecuencia
que emite el plancton.
Los conjuntos grandes de plancton provocan ruido de fondo en el agua. El grupo
de Moss halló que cuando inyectaban una cantidad óptima de ruido eléctrico en
el agua, los peces espátula encontraban bancos de plancton más alejados. Esta
intensificación que resulta del ruido también se observó en receptores
mecánicos de cangrejos, antenas de grillos y cerebros de ratas.
Las neuronas humanas y animales son dispositivos con umbrales no lineales y,
como tales, se benefician con el ruido. En rigor, es probable que sin ruido, no
funcionaran. Cuando un estímulo excita el cerebro hasta cierto nivel, el
cerebro modifica su dinámica por completo en forma temporaria. En el caso de
una neurona, pasa del reposo a disparar un potencial de acción.
Nuestras neuronas se comunican entre sí por medio de una coreografía
increíblemente compleja que involucra la coordinación eléctrica y química de
patrones de disparos entre neuronas. Las señales van y vienen, sincronizando o
desincronizando en parte su actividad, según sea necesario. Cada neurona cuenta
con un umbral dinámico para disparar potenciales de acción. En otras palabras,
los umbrales pueden cambiar con el tiempo. Las neuronas responden de manera
aleatoria y diferente ante los estímulos, y esta respuesta luego se integra
azarosamente a la red a la cual pertenece la neurona.
Con unos cien mil millones de neuronas atestadas en el cráneo, cada una de las
cuales dispara cientos de veces por segundo, el cerebro está lleno de ruido.
Cabe preguntarse, sin embargo, si ese ruido es perjudicial. Podría ocurrir que
la actividad intrínseca, espontánea, de la red neural por defecto proporcionara
el necesario ruido de fondo para que el cerebro esté en condiciones de procesar
información. El funcionamiento anormal de la red neural por defecto podría
generar demasiado o demasiado poco ruido cerebral.
El ruido puede ayudar a las neuronas a detectar señales débiles del entorno o
de otras neuronas.
La
figura anterior muestra una onda senoidal típica representada por la línea
ondulada, es decir, «la señal». Esa onda podría corresponder a un sonido, una
imagen, un tren de potenciales de acción de otras neuronas o quizá, incluso, un
poema genial en el inconsciente. La línea de puntos representa el umbral de
disparo de la neurona.
Es importante señalar que la línea ondulada no cruza el umbral. Por lo tanto,
la línea que se encuentra por encima de la línea de puntos y representa la
salida de la neurona no registra cambios. Se trata de una señal débil sin
ruido: no es detectable.
Observemos
ahora qué ocurre cuando agregamos el nivel correcto de ruido a la señal
ondulada, representado por la línea garabateada y con picos. Parte del ruido
cruza el umbral de la neurona (línea de rayas) y, como resultado, la neurona
dispara potenciales de acción, representados por las barras verticales
continuas situadas arriba de la línea de puntos de la salida.
Nótese que cuando el ruido cruza el umbral y hace que la neurona dispare, el
ritmo de disparo se corresponde con la frecuencia de la señal subyacente. Por
lo tanto, la salida toma las características de la señal débil.
La información es transmitida por medio del ruido.
Este mecanismo también funciona en el nivel sensorial, de modo tal que el ruido
amplifica los sonidos que se sitúan por debajo del umbral. El ruido también
puede resaltar imágenes débiles. Una imagen conocida de la bibliografía
relativa a la percepción visual de la resonancia estocástica es la del Big Ben
de Londres (reproducida de Simonotto, 1998).
En
la imagen de la izquierda, el Big Ben se encuentra digitalizado en una escala
de grises de 256 valores con una resolución de 256 x 256 pixeles.
Cada pixel de la imagen se dispara cuando cruza un umbral, utilizando la misma
clase de algoritmo que las neuronas cerebrales. Si se aumenta ligeramente el
ruido incrementando los valores aleatorios máximos y mínimos, se produce la
imagen del medio: esta es la intensidad del ruido resonante.
El nivel de ruido sumado a la señal —la imagen débil del Big Ben— crea la
imagen nítida del medio. La cantidad adecuada de ruido mejora la relación
señal-ruido. Sin embargo, si se aumenta el ruido en demasía, se crea la imagen
degradada de la derecha. Cuando se plotea esa imagen en un gráfico, se obtiene
lo que se denomina una curva en u invertida.
* *
* *
«¿No
estabas todavía distraído por las expectativas como si todo te anunciara una
amada?»
Rilke, de la primera Elegía de Duino
Cuando
cursaba estudios de posgrado en Suecia, estudié el modo en que el ruido puede
ayudar a los niños que sufren trastorno por déficit de atención con
hiperactividad, junto con el psicólogo Sverker Sikström. Sikström elaboró un
modelo de la interacción de la resonancia estocástica con el sistema dopamínico
del cerebro, sobre la base del descubrimiento contraintuitivo llevado a cabo
por el psicólogo Göran Söderlund respecto de que el ruido ambiental ayuda, en
realidad, a los niños que sufren TDAH a recordar una lista de instrucciones.
Postulamos la hipótesis de que el ruido podría reemplazar a las anfetaminas.
Las personas con TDAH suelen tener capacidades de memoria a corto plazo muy
limitadas. «Memoria a corto plazo» remite a la capacidad para retener
temporalmente información en el cerebro una vez que desaparece del entorno.
Alguien dice su número de teléfono: ¿cuánto tiempo podemos recordar los siete
dígitos? ¿Cuáles recordamos y cuánto tiempo?
Gracias a la tecnología móvil, rara vez debemos recurrir a la memoria a corto
plazo. Sin embargo, esa memoria constituye una función cognitiva fundamental.
Si nuestra memoria de corto plazo es deficiente, es probable que seamos también
deficientes en otras cosas, como en la administración del tiempo.
El déficit de memoria de corto plazo que se observa en el TDAH podría estar
relacionado con la función dopamínica de la corteza prefrontal. La dopamina es
uno de los neurotransmisores que se sintetizan en el cerebro. Sin esos
neurotransmisores, no podríamos sentir ni pensar nada. Otros neurotransmisores
son la serotonina, la norepinefrina y la acetilcolina.
La dopamina se encuentra en la base de muchas funciones cerebrales
fundamentales como el aprendizaje, la memoria, el placer y la motivación. Los
niños con TDAH deben estar sumamente motivados para llevar a cabo cualquier
actividad que requiera su atención. La idea es que debido a mutaciones
genéticas que conducen a que los niveles de dopamina tónica (el nivel constante
de dopamina que está presente en el cerebro entre sinapsis) sean bajos, las
personas con TDAH exhiben una respuesta de dopamina fásica exagerada a la
estimulación interna o externa.
El cerebro siempre procura mantener la homeostasis; por ese motivo, si se
produce algún desequilibrio, a menudo se resuelve mediante algún mecanismo
compensatorio. En el caso de los bajos niveles de dopamina tónica, el cerebro
con TDAH compensa liberando una respuesta dopamínica fásica cuantiosa ante
cualquier señal.
Se trata de una explosión de dopamina, similar a la que se obtiene cuando se
lleva a cabo una acción gratificante como fumar un cigarrillo, beber una copa
de whisky, hacer el amor, aspirar cocaína, beber vino, comer chocolate de muy
buena calidad o, por supuesto, no hacer nada. La oleada de dopamina invade el
cerebro con TDAH, que ya no puede evitar concentrarse.
En las personas con TDAH, casi cualquier estímulo externo puede provocar una
explosión de dopamina. Resulta incluso más desconcertante que sus propios
pensamientos e impulsos también puedan, a veces, provocar esa liberación
cuantiosa de dopamina. En cerebros «normales», la dopamina extra que resulta
liberada en los espacios entre las sinapsis por un estímulo gratificante se
reabsorbe, para que se mantenga el equilibrio entre dopamina tónica y fásica.
Sin embargo, el nivel tónico o constante de dopamina se mantiene elevado, lo
que permite conservar la concentración y la motivación.
En un cerebro con TDAH, la dopamina que se reabsorbe es demasiada, de modo que
queda una cantidad escasa en los espacios intersinápticos y se libera un exceso
en respuesta a los eventos. Por lo tanto, los niños con TDAH son hipersensibles
a los estímulos ambientales, lo que podría explicar muchos de los
comportamientos exhibidos por esos niños: distracción, falta de control de
impulsos, dificultades para mantener la concentración y desorganización.
Oscilan permanentemente entre dos extremos de un espectro, en ciclos que van y
vienen del entusiasmo extremo al desinterés absoluto.
Las anfetaminas y la cocaína bloquean la recaptación de dopamina y aumentan la
liberación del neurotransmisor. Las dosis pequeñas de medicamentos derivados de
las anfetaminas calman a las personas que sufren de TDAH y les permiten
concentrarse. Al bloquear la recaptación excesiva de dopamina en el cerebro con
TDAH, estas drogas elevan el nivel tónico de dopamina a la vez que reducen la
intensidad de las explosiones fásicas del neurotransmisor.
La cocaína resulta placentera porque no solo bloquea la recaptación de
dopamina, sino que además incrementa el flujo de dopamina liberada. Con el
tiempo, el cerebro deja de sintetizar y liberar dopamina porque su
funcionamiento se adapta a la existencia de una fuente artificial.
Sin dopamina, la vida no es interesante ni gratificante. No sabemos aún cuáles
serán los efectos a largo plazo de los medicamentos para el tratamiento del
TDAH, en especial en cerebros sanos y jóvenes. Es por completo posible que
tenga lugar algún tipo de adaptación y que se produzca una cantidad menor de
dopamina, lo que podría ocasionar problemas como depresión en etapas
posteriores de la vida.
Nos preguntamos si el ruido de fondo ambiental tendría un efecto similar al que
ejerce la anfetamina en los niños con TDAH. La idea es que el aumento del ruido
ambiental permitiría que el nivel tónico de dopamina en el cerebro con TDAH
facilitara un mejor rendimiento de la memoria. En otras palabras, los niños con
TDAH requerirían un mayor nivel de ruido ambiental que los niños sin ese
trastorno para concentrarse.
Cuando administramos a los niños con TDAH una prueba en la que debían ejecutar
una tarea de memoria visual que consistía en recordar la ubicación de una
secuencia de casilleros en una cuadrícula después de verlos un segundo, la
mayoría pudo recordar la ubicación de solo tres o cuatro casilleros. Sin embargo,
cuando durante la prueba hubo ruido de fondo, lograron recordar entre cinco y
hasta siete ubicaciones, que es la capacidad de memoria retentiva
visual-espacial típica para los niños en edad escolar.
Utilizando exámenes de electroencefalogramas, observamos un aumento marcado de
la fuerza de la respuesta cerebral cuando los niños con TDAH estaban en un
ambiente con ruido. El aumento de la respuesta neuronal podría significar que
los cerebros con TDAH necesitan que el ruido de fondo les brinde mayor estimulación
para poder ejecutar las tareas de la vida diaria. El ruido, como las
anfetaminas, proporciona un mejor nivel tónico de dopamina que permite a los
niños prestar atención más sostenida a información pertinente a las tareas que
deben realizar. Sospecho que existe un fuerte componente cultural y económico
que influye en los índices crecientes de casos de TDAH. En la medida en que las
exigencias de nuestra economía se intensifican de maneras muy poco saludables,
la proporción de niños que en el pasado no se habrían visto arrojados al
extremo del espectro TDAH hoy son incapaces de sobrellevar las presiones.
Mientras que entre un dos y un diez por ciento de los niños en edad escolar
sufren TDAH, hasta el cuarenta por ciento de los reclusos en cárceles padecen
el trastorno. Los niños con TDAH no tratado tienen mayor riesgo de desarrollar
adicción a las drogas en la adultez. Es probable que esas personas, que pueden
no haber sido detectadas a tiempo a causa de las numerosas deficiencias de los
sistemas educativo y sanitario, se auto mediquen con sustancias y dosis que
fácilmente pueden afectarles el cerebro.
Es interesante que los niños con TDAH también exhiben menor integridad en su
red neural por defecto. Según parece, uno de los nodos de esa red, el precúneo,
no se encuentra bien integrado a la red. En estado de reposo, las fluctuaciones
espontáneas en la red neural por defecto de niños con TDAH parecen oscilar a
mayor velocidad que en los niños «normales». En otras palabras, estos niños
están, en realidad, en una frecuencia de onda diferente. Los niños con TDAH
experimentan gran dificultad para «desconectar» su red neural por defecto:
deben esforzarse para descansar.
Así como el ruido ayuda a la órbita terrestre a cambiar de ciclo climático en
una escala temporal de miles de años, tal vez también le sirva al cerebro con
TDAH para alternar entre redes orientada y no orientada a tareas en una escala
temporal de segundos, a través del mecanismo de la resonancia estocástica. Si
el lector cuenta con un equipo de resonancia magnética, encefalógrafos, veinte
o treinta niños con TDAH, algunos programadores de primera, un sábado libre,
una cantidad colosal de paciencia, algunos dulces para los niños y un poco de
whisky para los adultos, tal vez pueda llevar a cabo este experimento. Después
me gustaría conocer los resultados.
* *
* *
«Por
lo tanto, parece que ha llegado el momento de dejar de pensar que el ruido es
una molestia y empezar a verlo como una virtud».
Thomas Wellens, físico especializado en ruido
Aunque
no suframos de TDAH, las anfetaminas mejoran la memoria y la concentración
mientras dura la elevación de los niveles de dopamina. Muchos estudiantes ya
descubrieron ese efecto y abusan de los medicamentos para el TDAH, derivados de
las anfetaminas, para sostener sesiones de estudio ultra maratónicas.
Sabemos que las personas con TDAH tienden a tener una creatividad excepcional,
lo cual probablemente se deba a que su debilidad en el aula, la sala de
conferencias, la oficina o un trabajo tedioso es, en realidad, su punto fuerte
en un estudio de música, un taller de pintura, un laboratorio científico o una
conversación interesante.
Para alcanzar las nobles alturas de nuestra sociedad, es necesario contar con
un poder de concentración casi psicótico. Y esa capacidad de concentrarse se
obtiene al precio de ser incapaz de percibir relaciones nuevas entre conceptos
no vinculados. Los pensamientos que son a todas luces no pertinentes para la
tarea que ejecutamos cuando estamos concentrados son señales débiles del
inconsciente tratando de decirnos: «Lo que estás haciendo en este momento es
aburrido».
Lo que es malo para la administración del tiempo es bueno para el arte. Pero
cuando tenemos una idea creativa, necesitamos contar con la capacidad de
suspender nuestro generador de ideas para poder concentrarnos en dar forma
física a esa idea. Y resulta que el ruido podría ayudarnos a permanecer en el
rango cognitivo óptimo para ser creativos y contar con capacidad de
concentración, tengamos o no TDAH.
En un artículo reciente publicado en el Journal of Consumer Research con
el título «Is Noise Always Bad? Exploring the Effects of Ambient Noise on
Creative Cognition» («¿Es el ruido siempre malo? Exploración de los efectos del
ruido ambiental sobre la cognición creativa»), Ravi Mehta, Rui (Juliet) Zhu y
Amar Cheema informaron que, como resultado de sus investigaciones, hallaron que
un nivel moderado de ruido ambiental mejoraba el desempeño de los sujetos en la
Prueba de Asociación Remota (RAT, por sus siglas en inglés), un test muy
utilizado por los psicólogos para medir el pensamiento creativo.
La prueba RAT presenta una tarea sencilla, similar a un programa de la
televisión estadounidense denominado «10.000 Dollar Pyramid», en el que los
concursantes trataban de que sus compañeros de equipo adivinaran una palabra
ofreciendo pistas. En la prueba RAT, el sujeto recibe tres o cuatro palabras
estímulo que se encuentran relacionadas de algún modo con la palabra «secreta»,
por ejemplo, «estante», «leer» y «final» si la palabra que hubiera que adivinar
fuera «libro».
Los resultados obtenidos por los investigadores mostraron que con un nivel
moderado de ruido blanco ambiental de unos setenta decibelios, los sujetos
respondían significativamente más rápido con la palabra correcta y lograban más
aciertos que con niveles de ruido bajos o elevados. En otras palabras, un nivel
de ruido moderado mejora la creatividad, y un nivel de ruido elevado degrada la
creatividad (según la mide la prueba RAT).
Considero que esos resultados pueden explicarse a la perfección mediante la
resonancia estocástica. He señalado que las regiones del cerebro se comunican
sincronizando sus oscilaciones. Así, se forman redes cerebrales temporales para
llevar a cabo ciertas funciones, como percibir una escena, escuchar una canción
o preparar una presentación en PowerPoint.
Por medio de esta sincronización, la información puede propagarse por la red.
Si se añade la cantidad correcta de fluctuación aleatoria al sistema, se
facilita la sincronización neuronal. Si el ruido es demasiado poco, la
sincronización no es suficiente para formar una red funcional; si el ruido es
excesivo, la sincronización puede resultar destruida: tal como ocurre con la
imagen del Big Ben.
Por efecto del ruido, la salida de las neuronas posteriores se sincroniza con
la frecuencia de las anteriores. En el nivel de la red, que abarca millones de
neuronas, este mecanismo de sincronía inducido por el ruido establece una
diferencia casi constante entre las fases de esos osciladores (es decir, neuronas)
débilmente conectados. Esto es lo que nos permite pensar con coherencia. Si la
sincronización es excesiva, sobreviene una crisis convulsiva; si es
insuficiente, no hay pensamiento.
Lawrence Ward es un neurocientífico de la Universidad de Columbia Británica
pionero en el estudio de la resonancia estocástica en el cerebro humano. En
2010, él y sus colegas publicaron un estudio revolucionario denominado
«Stochastic Resonance Modulates Neural Synchronization within and between
Cortical Sources» («La resonancia estocástica modula la sincronización neuronal
en y entre fuentes corticales»), lo que significa que el ruido influye en el
modo en que diferentes grupos de neuronas sincronizan su actividad dentro de
una región cerebral y también en la manera en que regiones cerebrales distintas
se sincronizan entre sí.
Varios estudios previos mostraron que es probable que la resonancia estocástica
mejore la sincronización neuronal en los seres humanos. No obstante, esos
estudios solo habían logrado mostrar la sincronización a partir de datos
obtenidos con electrodos de electroencefalógrafos aplicados sobre el cráneo.
Por lo tanto, se desconocía en qué sitio exacto del cerebro tenían lugar los
efectos de la resonancia estocástica, así como el alcance de la sincronización
dentro de una región cerebral.
Como parte de un diseño experimental muy ingenioso, basado en investigaciones
anteriores de la atención auditiva, Ward expuso a los sujetos a series de
sonidos muy cercanos al umbral de audición. Los sonidos presentados al oído
izquierdo se denominaron «estándares izquierdos», y los correspondientes al
oído derecho, «estándares derechos». A intervalos aleatorios, se incluyeron en
el flujo de sonidos presentados a los sujetos otros sonidos de mayor intensidad
denominados «desvíos»; se instruyó a los sujetos para que respondieran a esos
sonidos pulsando un botón cada vez que los oyeran por el oído izquierdo,
exclusivamente. Como resultado de esas instrucciones, los sujetos solo
prestarían atención a la serie de sonidos del oído izquierdo e ignorarían los
sonidos captados por el oído derecho. Al mismo tiempo, Ward enviaba diferentes
niveles de ruido blanco al oído izquierdo.
Utilizando los algoritmos de localización de fuentes del EEG, Ward identificó
las regiones del cerebro que se activaban con esa tarea en la mayoría de sus
sujetos. Esas regiones cerebrales no incluían solo la corteza auditiva, sino
también regiones cerebrales no sensoriales como el cingulado posterior, que
como el lector recordará, forma parte de la red neural por defecto.
Por último, Ward midió el nivel de sincronización en y entre esas regiones
cerebrales como función del nivel de ruido presentado al oído izquierdo de sus
sujetos. Los resultados mostraron marcados efectos de la resonancia estocástica
sobre la sincronización en y entre regiones cerebrales involucradas en el
procesamiento de las señales auditivas. En otras palabras, con el nivel de
sonido correcto, el nivel de sincronización entre esas regiones cerebrales
alcanzaba su valor máximo: el cerebro respondía mejor al flujo continuo de
sonidos con la adición de ruido que sin él.
Sospecho que el mecanismo neuronal que Lawrence Ward identificó en su paradigma
auditivo no es más que la punta del iceberg en lo relativo al modo en que la
cantidad adecuada de ruido ambiental y ruido dentro del cerebro realza las
habilidades cognitivas y aumenta la creatividad. La labor de este investigador
proporciona una explicación biológica y física muy plausible de los resultados
obtenidos en experimentos similares, como los que he conducido yo mismo.
Sobre la base de mi propio trabajo en el tema de la resonancia estocástica y el
TDAH, así como de investigaciones anteriores sobre el ruido y la creatividad,
sabemos que algunos tipos de personas necesitan más ruido para beneficiarse con
la resonancia estocástica neuronal estimulada externamente. En particular, las
personas que obtienen puntuaciones elevadas en medidas de originalidad,
creatividad o pensamiento divergente parecen tener mejores resultados en la
realización de tareas cuando se ven expuestas a niveles más elevados de ruido.
Es probable que ese resultado se encuentre relacionado con la función
dopamínica de regiones cerebrales clave como la corteza prefrontal. Es más,
podría ocurrir que en algunos individuos fuera necesario un mayor nivel de
ruido para aumentar la coherencia funcional de la red neural por defecto. Es
sorprendente que ninguno de los estudios psicológicos conducidos en el terreno
del ruido y la creatividad en los últimos treinta años incorpore la noción de
resonancia estocástica. Casi todos esos estudios hallan indicios psicológicos o
comportamentales de resonancia estocástica de manera no intencional. En otras
palabras, si volvemos a esos estudios y construimos un modelo con los
resultados obtenidos aplicando la resonancia estocástica, surge un patrón
coherente: una cantidad moderada de ruido mejora el desempeño de muchas tareas.
El ocio, entonces, podría ser un modo de incrementar el nivel de ruido interno
del cerebro y habilitaría lo que se conoce como «resonancia de coherencia» en
la red neural por defecto.
El ruido que se origina dentro del sistema induce orden y mejora la función
cerebral, a través del mismo mecanismo de la resonancia estocástica. Es
probable que trabajar sin descanso y mantenerse ocupado siempre reduzca el
ruido interno a un nivel subóptimo. Si bien todavía no contamos con un modo de
medir la resonancia estocástica dentro del cerebro vivo, las técnicas que Ward
está empleando podrían aplicarse al cerebro ocioso y a la red neural por
defecto.
Volvamos ahora a Rilke caminando por la almena del castillo aquel día ventoso,
en el norte de Italia. Los años de paciente ocio vividos por el poeta
permitieron que la actividad de su red neural por defecto se filtrara a la
conciencia de tanto en tanto, de modo que esa conciencia estaba preparada para
recibir mensajes. Esa mañana en particular, en el Duino, el potente viento que
soplaba desde el mar proporcionó la suma justa de ruido externo que el cerebro
necesitaba para brindarle a Rilke la inspiración de una de sus grandes obras.
Es probable que el poeta, sumamente creativo y original, haya necesitado más
ruido externo para que su cerebro entrara en resonancia estocástica y obtuviera
los beneficios que la acompañan.
En el inconsciente de Rilke, se había estado elaborando este poema, que podría
considerarse una señal débil que, como ya vimos, sin ruido es imposible de
detectar. Es probable que esa mañana, mientras el poeta caminaba en medio del
viento tempestuoso, el mecanismo de sincronización neuronal intensificada por
el ruido descrito por Lawrence Ward haya hecho posible la sincronización de
porciones decisivas del cerebro de Rilke.
Como resultado, puede haberse formado una red funcional transitoria que llevó a
que esta maravillosa obra de la poesía se le presentara a Rilke. En presencia
del viento, la señal débil del poema atravesó la red hasta llegar a la
conciencia del poeta. La fuerza de la señal ha de haberse intensificado hasta
superar el umbral crítico para que fuera posible su ingreso a la conciencia. A
Rilke, la señal se le habrá presentado como una voz que lo llamaba en medio del
viento diciéndole:
¿Quién,
si yo gritara, me escucharía entre las órdenes / angélicas?
Lawrence
Ward y otros científicos están arrojando luz sobre los mecanismos precisos a
través de los cuales el ruido ayuda al cerebro a lograr algunas de sus más
increíbles hazañas de creatividad. Por lo tanto, más que combatir el ruido o
considerarlo un obstáculo que nos distrae de la verdad, pronto podríamos
descubrir que nuestro cerebro necesita, en realidad, el ruido para hallar la
verdad. Al aceptar el ocio, aceptamos el ruido de nuestro subconsciente. El
viento sopla en nuestro interior y nos permite oír la verdad que está en el
viento que nos toma por sorpresa, el viento que queremos oír.
Capítulo 8
Seis sigma es una crisis convulsiva
«Ahora
quiero decirles algo y lo digo con la mejor y más inofensiva de las
intenciones: no creo en el método. De hecho, cuando entrevisto a un candidato a
empleado y me dice “lo que importa es el método”, lo considero una mala señal…
El problema radica en que en muchas grandes empresas, el método pasa a ser
sustituto del pensamiento. Nos alientan a comportarnos como un pequeño
engranaje en una máquina compleja. Sinceramente, permite tener gente que no es
muy inteligente ni muy creativa».
Elon Musk, fundador de Space-X y Tesla Motors
Si
el lector trabaja en alguna empresa de tamaño considerable, seguramente se
habrá visto obligado a soportar una capacitación Seis Sigma o, al menos, alguna
versión atemperada de esa técnica. Tal vez el instructor le haya recordado,
como me ocurrió a mí, a un fanático religioso que acaba de convertirse y
procura difundir su nueva fe, una suerte de cruce entre un seguidor de la
Cienciología y un testigo de Jehová, vestido con buen gusto en estilo informal.
Los devotos de Seis Sigma se refieren a sus cinturones de yudocas para denotar
su dominio sobre los aparentemente infinitos niveles del mundo Seis Sigma. Se
empieza como «cinturón verde» y, si uno es un verdadero creyente que se
esfuerza con ahínco, puede lograr ser «cinturón negro». También existe un nivel
de «Maestro», que parece casi inalcanzable para los seres humanos normales.
Según la descripción oficial, Seis Sigma es un método sistemático y organizado
para mejorar procesos estratégicos así como el desarrollo de nuevos productos y
servicios, que recurre a métodos estadísticos y científicos para lograr
reducciones drásticas en las tasas de defectos informadas por los clientes.
Nadie debe preocuparse por tratar de entender qué significa esa descripción:
resulta que ni siquiera los Maestros Cinturón Negro de Seis Sigma entienden qué
quiere decir. Seis Sigma no es estadístico ni científico: cualquiera puede
superar con éxito la capacitación fingiendo que entiende de qué se trata, así
que finjamos.
En un artículo de investigación sobre Seis Sigma publicado en Journal
of Operations Management, en 2008, R.G. Schroeder identifica varias
definiciones: Seis Sigma es «un enfoque de alto rendimiento, basado en datos,
que analiza las causas raíz de los problemas de negocios y los soluciona».
Asimismo, es un «proceso de negocios que permite a las empresas mejorar de
manera drástica sus resultados mediante el diseño y la supervisión de todas las
actividades de negocios de modo que permiten minimizar el desperdicio y el
consumo de recursos, al tiempo que incrementan la satisfacción del cliente»;
también es «un enfoque disciplinado y basado en datos estadísticos para mejorar
la calidad de productos y procesos», además de «una estrategia de gestión que
requiere cambios culturales en la organización».
Después de algunas semanas de capacitación en Seis Sigma, aprendí, básicamente,
a escribir mi nombre en un pedazo de cartón, dibujar en una cartulina y
pasarles papelitos a otros integrantes de mi grupo. Mientras tanto, el
instructor nos proporcionaba información cuestionable sobre estadísticas.
También aprendí que hacerle preguntas acerca de las estadísticas conducía a
prolongadas digresiones sobre su perro, que estaba en Arizona.
¿Dónde se originó Seis Sigma? ¿Será un programa gubernamental secreto
malogrado? La leyenda dice que Seis Sigma se desarrolló en Motorola, en los
primeros años de la década de 1980, para estudiar y controlar defectos en la
fabricación de chips semiconductores… y ahí, probablemente, debió haberse
quedado. Es de lamentar que, como ocurrió con algún virus contagioso
desarrollado en un laboratorio del Centro para el Control y la Prevención de
Enfermedades de los EE.UU., haya logrado escapar de la fábrica Motorola. Y
ahora se ha convertido en una horrenda epidemia corporativa.
En la década de 1980, Motorola se propuso producir semiconductores perfectos en
el menor tiempo posible y ahorrar, a la vez, miles de millones de dólares.
Cuando se fabrican chips semiconductores, es natural procurar reducir al mínimo
los defectos. Por lo tanto, una vez que se ha identificado el proceso más
eficiente para producir los chips, se busca codificar el proceso y
automatizarlo. Cada vez que una máquina o un obrero ejecutan una acción durante
el proceso de producción, debe ser exactamente igual a las anteriores y las
futuras. En otras palabras, no debe haber variaciones en el proceso. ¿Pero qué
significa «sigma»? Y ¿por qué está precedida la palabra del número seis?
Sigma o «σ» es la letra griega que se emplea en estadística para representar el
desvío estándar respecto de la media (la media es el punto medio). Sin entrar
en mucho detalle, el desvío estándar representa la magnitud de la diferencia
promedio de mediciones individuales respecto de esa media.
Una manera sencilla de ilustrar el concepto es mediante la altura de las
personas. Por ejemplo, si medimos la altura de mil hombres estadounidenses,
sumamos los resultados obtenidos y dividimos por la cantidad de mediciones (es
decir, mil), el promedio podría rondar un metro setenta y ocho centímetros. Por
lo tanto, la mitad de las personas, aproximadamente, miden menos y el resto,
más de un metro setenta y ocho centímetros. Pero no sabemos si se calculó un
promedio entre algunas personas que miden tres metros y otras que solo alcanzan
medio metro o si la mayoría de las personas rondaba un metro setenta y ocho
centímetros.
El desvío estándar nos dice en qué medida la mayoría de las personas se desvía
de ese promedio. Porque la población está constituida en su mayoría por
personas de tamaño regular, las mediciones de alturas tienen un pequeño desvío
estándar de alrededor de ocho centímetros. Asimismo, porque la altura parece
adoptar una distribución normal, también conocida como «curva de campana», es
posible estudiarla utilizando estadísticas tradicionales.
Cabe señalar que no existe una única distribución denominada «la curva de
campana», sino una gama infinita de curvas de campana. Pero al determinar un
promedio y un desvío estándar, podemos estimar cuáles sean las alturas
probables de las personas más alta y más baja de la población.
Un sigma, o un desvío estándar, de la media en lo que atañe a la altura
cubriría, tal vez, al sesenta y cinco por ciento de las personas. Puesto que el
sigma es de ocho centímetros, se trataría de personas que miden un metro
setenta centímetros (en el extremo más bajo) o un metro ochenta y seis
centímetros (en el extremo más alto). Dos sigma de la media incluiría menos
personas, quizá solo el diez por ciento, pues nos alejamos de la media hacia
los extremos alto y bajo del espectro: se trataría de personas que miden,
aproximadamente, un metro sesenta y dos centímetros y un metro noventa y cuatro
centímetros.
Cuanto más alejada en desvíos estándar se encuentra una persona respecto de la
distribución normal, más inusual es. Si se encontrara a «seis sigma» (o seis
desvíos estándar) de la altura promedio, sería extremadamente rara: dos metros
y veintiocho centímetros: estamos en el territorio de Yao Ming, ex jugador de
básquetbol profesional. Hay solo unas pocas personas tan altas en el mundo. El
objetivo de Seis Sigma es que los errores en el proceso de negocios sean tan
raros como Yao Ming.
Es sencillo ver cómo puede aplicarse esta manera de pensar a procesos altamente
automatizados como la fabricación de microchips o automóviles. El propósito es
diseñar el sistema de producción de modo que se produzcan unidades falladas en
tan raras ocasiones que solo ocurran con una frecuencia de Seis Sigma, es
decir, nunca.
Si se analiza cada paso de un proceso y se encuentra la manera de medir
entradas y salidas, es posible obtener un promedio del proceso, tal como si se
midiera la altura. Con ese dato, es posible calcular el desvío estándar del
proceso. Si el desvío estándar es importante, entonces hay demasiada variación
en el proceso, que debe modificarse para producir un desvío estándar menor. En
otras palabras, debería haber tan poca variación en un proceso como sea
posible. El supuesto subyacente es que la variación conduce a errores.
No obstante, en lugar de considerar a Seis Sigma solo como un método para
estandarizar la producción, las empresas empezaron a aplicarlo a todos los
procesos de negocios y a tratar a los seres humanos como una serie de entradas
y salidas, en lugar de criaturas conscientes. El objetivo más importante de
Seis Sigma reside en reducir la variación en los procesos organizacionales
mediante el uso de vectores de enfermedad que le permitan propagarse por la
empresa: esos vectores son especialistas en mejoras, un método estructurado y
mediciones del desempeño.
Esta reducción de la variabilidad es similar a lo que les ocurre a las neuronas
con la epilepsia. Durante una crisis convulsiva, la variación de las neuronas
se reduce, lo cual resulta devastador para el cerebro. Aplicado a la totalidad
de una empresa, el proceso Seis Sigma es análogo a una crisis convulsiva
organizacional.
Si se elaboran vacunas, aspirinas, piezas para la industria automovilística,
motores aeronáuticos, escáneres de resonancia magnética o cualquier otro
producto fabricado en forma masiva que pueda poner en riesgo la vida humana, es
natural desear evitar los defectos. En ese tipo de procesos de fabricación
altamente automatizados, Seis Sigma tiene sentido. De hecho, tiene sentido usar
robots para llevar a cabo la mayor parte del proceso de fabricación. No hay
duda de que cuando se trata de tareas automatizadas repetitivas en las que la
toma de decisiones es casi nula, los robots superan a los seres humanos en
cuanto a desempeño.
El objetivo de Seis Sigma consiste en que los seres humanos sean lo más
eficientes posible: previsibles, confiables, prácticamente a salvo de errores y
con mínima interferencia de pensamientos externos. Desde su adopción en General
Electric por parte de Jack Welch, el enfoque Seis Sigma se difundió a muchas
empresas destacadas del sector industrial y otros. Algunas de las corporaciones
que padecen crisis epilépticas de Seis Sigma son Fiat, Honeywell, Dow Chemical,
Cameron, Sony, Johnson &Johnson, Bank of America y Whirlpool.
El cerebro humano, en realidad, busca la variación propia y se desarrolla
gracias a ella. Con cada nueva experiencia, nuestro cerebro cambia de manera
irreversible. Esos cambios se vuelven más profundos y estables si descansamos
entre una y otra experiencia. Ese reposo permite que nuestro cerebro consolide
lo que acaba de absorber y lo integre a nuestro sentido del yo, y dote de ese
modo de significado a la experiencia. El proceso es diferente para cada
experiencia y para cada persona. Las neurociencias están descubriendo que es
esencial para este proceso dar tiempo a la red neural por defecto para
activarse; para ello, es necesario que el cerebro esté en reposo.
Cada cerebro tiene su propio ritmo, que puede alterarse, por ejemplo, viajando
en avión a Europa. Después de un periodo de jet lag, el ritmo circadiano se
habrá modificado para adaptarse a una nueva zona horaria. Sin embargo, una vez
superado el jet lag, se recupera el ritmo diario de la zona anterior: si se
trata de una persona que acostumbra levantarse temprano en Nueva York, también
lo hará en París. El motivo probable es que el cerebro genera su propio patrón
interno, que en gran medida puede ser hereditario.
Nuestro cerebro responde de maneras ligeramente distintas a cada situación, en
función de numerosos factores: humor, nivel de fatiga y motivación. La
capacidad de prestar atención también tiene un ritmo natural y fluctúa en el
transcurso del día. Como ya vimos, la actividad de la red neural por defecto
oscila alternándose con la red orientada a tareas. Cuando no permitimos que los
ritmos cerebrales fluctúen de manera natural, las consecuencias para el
individuo pueden ser graves: la fatiga de los pilotos, por ejemplo, es una de
las principales causas de accidentes de aviación.
Los aspectos naturales, no lineales, fluctuantes y, a menudo, impredecibles de
los seres humanos resultan problemáticos para las corporaciones. Los directores
ejecutivos ansían la certidumbre y la previsibilidad. En la jerarquía
corporativa, cada escalón debe producir altos niveles de previsibilidad y
certidumbre. En los últimos diez años, el enfoque de Seis Sigma ha sido objeto
de fuertes críticas. Varias empresas de gran envergadura observaron que, cuando
Seis Sigma se implementaba religiosamente, la innovación se enlentecía hasta
casi detenerse. Michael Tushman, profesor de la Escuela de Negocios de Harvard,
señaló: «Estas… metodologías sustentadas en la reducción de la variabilidad se
encuentran inversamente asociadas con lo que llamamos innovación exploratoria.
Tales metodologías propician la innovación incremental».
En el curso de una década, la proporción de productos 3M nuevos o de menos de
cinco años que se encontraban en el mercado bajó de un tercio a un cuarto. En
otras palabras, antes de la implementación de Seis Sigma, el treinta por ciento
de los productos 3M eran nuevos; después de la introducción de esa metodología,
el porcentaje cayó al veinticinco por ciento. En lugar de eliminar Seis Sigma
de sus procesos, la empresa prefirió dejar de relevar el porcentaje de
productos nuevos.
Motorola, la empresa en la que estalló el primer brote de Seis Sigma, gozaba de
un indiscutido liderazgo en el mercado de la telefonía móvil. Su posición
dominante en el mercado se ha evaporado. El mercado de los dispositivos móviles
es uno de los más cambiantes e innovadores: al parecer, obligar a la
competencia a adoptar Seis Sigma es una buena estrategia para inmovilizarla.
Las corporaciones capitalistas deben ejecutar un extraño malabarismo entre dos
polos paradójicos de un espectro. Por un lado, deben esforzarse por obtener
beneficios inmediatos para sus accionistas, de ahí la adopción de la táctica
Seis Sigma. Por otro lado, necesitan generar ideas para producir productos
innovadores. Los dos aspectos contradictorios son fundamentales para alcanzar
la escurridiza «ventaja competitiva».
El único sistema del universo que, según sabemos, puede ser innovador es el
cerebro humano. Pero el cerebro necesita libertad, largos periodos de ocio,
emociones positivas, bajos niveles de estrés, aleatoriedad, ruido y un grupo de
amigos compartiendo un té en el jardín para ser creativo. La verdad es que no
es posible tenerlo todo. Hasta que descubramos la manera de dotar a los robots
de un «modo creativo», los seres humanos seguirán siendo la única fuente de
innovación en el futuro inmediato. Pero la vasta mayoría de los procesos de
negocios no necesitan el pensamiento humano. Así como muchas estrategias de
administración del tiempo nos instan a sacarnos cosas de la cabeza y
registrarlas, en cambio, en un organizador físico, Seis Sigma desearía reducir
al mínimo la variación humana dentro de las organizaciones.
* *
* *
Le
epilepsia mata cincuenta mil personas al año solo en los Estados Unidos.
Alrededor de cincuenta millones de personas sufren de esta enfermedad en el
mundo entero; el treinta por ciento de esas personas experimentan crisis
convulsivas mal controladas a pesar de tomar dosis máximas de medicación.
Existen muchas causas diferentes de epilepsia, pero el síntoma común es
experimentar algún tipo de actividad convulsiva. La epilepsia puede heredarse o
adquirirse como resultado de una enfermedad o un trauma cefálico: todos esos
traumatismos craneoencefálicos que padecimos alguna vez pueden regresar y
amenazarnos. La actividad convulsiva puede durar unos instantes y ser muy leve,
y manifestarse como un cambio sutil en el estado cognitivo.
El paciente, incluso, puede no percibir que sufre una convulsión: podría
simplemente «ausentarse» unos instantes y luego reconectarse sin advertir qué
ocurrió. Las formas más graves pueden provocar convulsiones incapacitantes y,
en los casos más graves, la muerte.
La descarga neuronal sincrónica anormal en una o varias áreas del cerebro
provoca la crisis epiléptica. Recordemos que el modo en que las neuronas se
comunican es a través de la sincronización de su actividad que permite el flujo
de información entre neuronas y entre regiones que integran la red cerebral.
Sin embargo, la sincronización neuronal normal que hace posible el estado de
conciencia es muy sutil y se basa en grupos de neuronas que se sincronizan y
desincronizan según sea necesario. El funcionamiento cognitivo cotidiano
depende de la variación de la actividad normal.
A veces, la sincronización es parcial dentro de un área del cerebro. Esta
compleja interacción de neuronas que se activan, en forma conjunta o no,
constituye la base de la comunicación entre diferentes partes del cerebro. El
proceso es sumamente variable, no lineal, dependiente del contexto, ruidoso y
exhibe muchas de las características de complejidad y autoorganización que se
observan en otras redes complejas.
En la actividad convulsiva, parte del cerebro está en hipersincronía. El
término refiere al hecho de que existe sincronización excesiva entre un grupo
de neuronas o entre regiones cerebrales. En el registro electroencefalográfico,
tal hipersincronización se manifiesta como puntas ictales, que se ven como
grandes grupos de ondas cerebrales que suben y bajan en conjunto. En un primer
momento, pueden aparecer como ondas de alta frecuencia y poca amplitud, que
luego dejan lugar a ondas de baja frecuencia y gran amplitud.
El significado de esas manifestaciones es que hay un área cerebral en la que
todas las neuronas empiezan a activarse al mismo tiempo y no se detienen. Esa
hipersincronía puede propagarse a otras regiones cerebrales y hacer que una
persona pierda la conciencia o sufra una convulsión. En casos graves e
intratables, en los que la medicación no logra impedir las convulsiones, puede
ser necesaria neurocirugía para extirpar la parte del cerebro que no deja de
hipersincronizarse.
Quienes padecen de epilepsia, a menudo perciben un «aura» que antecede la
convulsión; puede adoptar muchas formas diferentes, desde alucinaciones
visuales hasta instantes fugaces de lucidez pura. Dostoievski sufría de
epilepsia y describía los instantes previos a las convulsiones como momentos de
pleno goce y armonía: «Durante varios minutos, experimentaba un goce tal que
resultaría inimaginable en la vida común, un goce que nadie más podría
concebir. Sentía la más absoluta armonía dentro de mí y en el mundo entero, y
ese sentimiento era tan poderoso y dulce que, por esos segundos de felicidad,
daría diez o más años de mi vida, incluso, quizá, mi vida entera».
Ese tipo de experiencia no es poco frecuente entre las personas que sufren de
epilepsia y llevó a que en las últimas décadas, la ciencia haya tratado de
anticipar las crisis epilépticas a partir de registros electroencefalográficos
de los pacientes. Hasta el momento, esos esfuerzos no rindieron frutos,
probablemente debido al modo variable y no lineal en que la actividad ictal o
convulsiva interactúa con la actividad eléctrica normal del cerebro, que
también es ruidosa, variable y no lineal.
Una estrategia de gestión rígida es comparable a una convulsión. Uno de los
objetivos fundamentales de las estrategias de productividad radica en reducir
la variación presente en cualquier proceso empresarial. Cuando las variaciones
de las neuronas se suprimen en exceso, y esa reducción se propaga como
resultado de la hipersincronía, sobreviene una convulsión que fácilmente puede
difundirse al resto de la empresa y provocar una convulsión general. El cerebro
ya no puede hacer absolutamente nada. Una organización que sufre una convulsión
deja de ser creativa y adaptativa, y un lugar humano de trabajo.
Por ejemplo, contratar empleados nuevos constituye un proceso importante en
cualquier empresa. Si una persona utilizara el enfoque Seis Sigma, realizaría
un escrutinio del procedimiento y crearía lo que se denomina «mapa del
proceso». A continuación, identificaría las partes del proceso que no son
productivas; para ello, utilizaría cosas denominadas «mapeo del flujo de valor»
y «herramientas para flujo del proceso» con el fin de identificar los tramos
«con valor agregado» y «sin valor agregado» del proceso de selección.
Nuestro usuario de Seis Sigma descubriría, probablemente, que cada gerente que
contrata personal tiene su propio modo de hacerlo: eso es lo que se denomina
variación, que para Seis Sigma es muy perjudicial. La variación lleva a muchas
actividades sin valor agregado, como mantener extensas conversaciones con los
candidatos. A continuación, desarrollaría un proceso que trataría de ser lo más
«eficiente» posible, es decir, que no genere desperdicio.
Por ejemplo, podría elaborar un conjunto de preguntas estándar, que todos los
gerentes que estén seleccionando personal deberían aprender y utilizar en las
entrevistas. De ese modo, el gerente no podría inyectar ruido personal en el
proceso. Todo procedimiento que no pueda definirse, analizarse, controlarse o
mejorarse se desecharía. Luego, nuestro usuario de Seis Sigma diseñaría un proceso
de selección que todos los integrantes de la organización deberían ejecutar de
igual modo. En otras palabras, convertiría el proceso de selección en un
procedimiento que cualquier sistema automatizado podría ejecutar.
El usuario de Seis Sigma podrá medir el proceso y juzgar si está aplicando las
mismas herramientas Seis Sigma empleadas para diseñarlo, como si midiera una
regla con otra regla. No existe un método verificable independientemente que
permita evaluar los resultados de Seis Sigma. Entonces, ¿por qué las empresas
siguen adoptando esa metodología?
La reducción de la variación es perjudicial para muchos sistemas naturales. Las
consecuencias ecológicas de la drástica reducción de la biodiversidad mundial
son devastadoras; probablemente, nos encontremos en medio de un proceso de
extinción masiva. En el nivel individual, la variación del ritmo cardíaco,
estrechamente conectada con la variación natural del cerebro, es fundamental
para nuestra salud. La variabilidad del ritmo cardíaco (HRV, por sus siglas en
inglés) es la variación en el tiempo del periodo entre latidos consecutivos. La
HRV refleja la capacidad del corazón para adaptarse rápidamente a
circunstancias cambiantes mediante la detección de estímulos impredecibles. Una
HRV baja indica que existe un riesgo elevado de accidente cerebro-vascular o
muerte súbita por paro cardíaco. Por lo tanto, las fluctuaciones naturales del
ritmo cardíaco están muy conectadas con la salud del corazón. La regla general
es que cuanto menos lineal es el corazón, mejor está funcionando el sistema
nervioso autónomo.
El propósito de la ciencia radica en comprender la realidad tratando de
desmentir teorías mediante experimentos. Las modas en lo relativo a métodos de
gestión empresarial utilizan conceptos y métodos que fueron desarrollados en su
origen dentro de campos científicos, pero que al no ser aplicados a la
consecución de una finalidad científica, se tergiversan y se utilizan
erróneamente. La ciencia no tiene objetivos, sino que es un acto creativo cuyo
propósito es el mismo que el del arte: liberar el espíritu humano.
Capítulo 9
El trabajo está destruyendo el planeta
«La
medida decisiva del éxito de la humanidad en cuanto especie es su capacidad
para incrementar la producción mundial de bienes y servicios en al menos el
cinco por ciento anual. El problema es que cada día es más evidente que si
seguimos mucho tiempo por el mismo camino, es probable que destruyamos todo lo
que existe».
David Graeber
«La supervivencia de los seres humanos y otras especies en el planeta Tierra,
en mi opinión, solo puede garantizarse mediante una transición oportuna a un
estado estacionario, una economía mundial sin crecimiento».
Peter Custers
Existe
un fenómeno bien conocido en el campo de la psicología denominado «saciedad
semántica». Si repetimos la palabra «búfalo» una y otra vez, llega un momento
en que no sabemos con certeza qué significa. Cuando olvidamos transitoriamente
el significado de la palabra «búfalo», puede ocurrir que nos asustemos un
poquito y pensemos que tal vez estemos sufriendo un derrame cerebral.
La misma saciedad semántica tiene lugar en relación con la frase «crecimiento
económico». Si elegimos un periódico cualquiera, un día cualquiera, veremos que
la frase se repite en todas sus páginas. Se supone que «crecimiento económico»
significa que, año tras año, incrementamos el volumen de bienes y servicios en
el mundo entero.
Los economistas emplean varios parámetros diferentes para medir ese incremento
de bienes y servicios, entre los cuales el más común es, sin duda, el Producto
Interno Bruto (PIB), que de alguna manera mide cuántos «bienes y servicios» se
crean en una sociedad determinada o en todas las sociedades del mundo (en ese
caso, PIB mundial).[11][
Nos dicen que sin crecimiento económico, miles de millones de personas que
viven sumidas en la pobreza extrema jamás lograrían salir de su situación o la
verían agravada; no obstante, según la inmensa mayoría de las medidas, la
cantidad mundial de pobres sigue en aumento. Para lograr sacar a esas personas
de la pobreza y evitar una catástrofe climática mundial, lo que en realidad
necesitamos es encoger nuestras economías. Pero ¿cómo lo logramos?
La mayoría de los puestos de trabajo que los políticos viven prometiendo crear
son sin lugar a dudas espantosos. Para las personas que carecen de educación
formal, los innumerables puestos de trabajo que cada partido asegura poder
ofrecer son trabajos tediosos y empobrecedores en lugares como los centros de
servicio al cliente de Amazon, con sueldos insuficientes para cubrir arriendos,
atención de la salud, alimento, facturas telefónicas, jardines infantiles o un
automóvil. Para quienes cuentan con estudios, se ofrecen puestos de trabajo
mecánicos, en los que la única destreza necesaria consiste en dominar la jerga
necia del negocio para lograr la apariencia de que se está haciendo algo útil.
Los antiguos griegos consideraban que cualquiera que tuviera que trabajar para
ganarse la vida era un esclavo. En la sociedad moderna, casi todos trabajamos
para ganarnos la vida porque todos debemos dinero a alguien o tenemos alguna
factura próxima a vencer.
El crecimiento económico beneficia de manera desproporcionada a las personas
que no necesitan trabajar, es decir, aquellos que nos otorgan nuestros créditos
para estudiar, hipotecas, créditos para la compra de automóviles y tarjetas de
crédito. Ese grupo de actores incluye corporaciones, políticos que sirven a los
intereses de esas corporaciones y, por supuesto, las personas que trabajan en
el campo de las finanzas internacionales.
Tomemos en consideración, por ejemplo, la crisis de 2008. ¿Por qué se
encontraron los bancos en condiciones de provocar tanta desgracia? Crearon
dinero de la nada, se lo entregaron a solicitantes desafortunados de créditos
y, luego, cuando esa gente dejó de devolver ese dinero inventado, los bancos
obligaron al Estado a pagarles el dinero que ellos mismos habían «inventado».
Picaron la deuda en trozos microscópicos, reunieron algunos de esos pedacitos
al azar y negociaron esa deuda entre ellos, con el resultado de que crearon una
red gigante e impenetrable de derivados financieros e intercambio de deudas en
default. ¿Por qué nadie anticipó esa crisis? Porque la gente dejó de creer en
el fracaso: cuanto más creemos en la imposibilidad del fracaso, más probable es
que sobrevenga. Esa es, de hecho, la primera ley de la predicción de Arthur C.
Clarke: «Cuando un científico distinguido pero ya mayor afirma que algo es
posible, casi seguramente está en lo cierto. Cuando señala que algo es
imposible, es muy probable que esté errado».
Deseo postular la afirmación radical de que porque nuestro sistema social se
funda en la creencia mayoritaria en la necesidad fundamental del trabajo, un
aumento marcado del ocio, el ausentismo, la haraganería y la no laboriosidad,
podría ser la manera más eficaz de generar un cambio social y político
positivo.
Evocando a Bartleby, un «preferiría no hacerlo» colectivo infundiría un temor
más profundo en el corazón de banqueros y directores ejecutivos que cualquier
movimiento político organizado. Como es natural, las personas necesitan
solventar una vivienda, alimentación y atención de la salud decentes para sí y
sus familias. No obstante, la vasta mayoría de los trabajos del mundo existen,
sencillamente, para generar más dinero para cierto grupo de personas, con lo
cual incrementan su privilegio relativo.
No solo es imposible para la mayoría de las personas elegir a conciencia la
intensidad y la índole de su empleo, sino que además, una vez que están
trabajando, la industria de la administración del tiempo les informa que hay
maneras correctas e incorrectas de desplegar sus habilidades. Y después les
dicen que deberían considerarse felices por el hecho de tener trabajo.
* *
* *
«Las
formas suaves son muy poco frecuentes en la naturaleza, pero sumamente
importantes en la torre de marfil y en la fábrica».
Benoit Mandelbrot
Hace
muy poco, Ross Douthat, columnista de The New York Times, escribió
un ensayo titulado Un mundo sin trabajo. Allí señaló: «Imaginemos,
como los utopistas del siglo XIX, una sociedad tan rica que muy poca gente
debiera trabajar, una sociedad en la que el ocio estuviera al alcance de todos,
donde los trabajos a tiempo parcial reemplazaran la reglamentada semana laboral
y donde los niveles de vida aumentaran continuamente, a pesar de que más gente
dejara de formar parte de la fuerza de trabajo. Si esa utopía fuera posible,
uno podría esperar que primero se lograra en la clase alta y luego se
extendiera en forma gradual por la jerarquía social hacia las clases más
bajas».
En primer lugar, Douthat supone que tal utopía no es posible. Se trata de un
excelente ejemplo de lo que Graeme Webb, un investigador de la Universidad
Simón Fraser, denomina el colapso de la imaginación social. En un artículo de
investigación reciente acerca de la reintroducción del radicalismo en la
sociedad de la mano del Movimiento Okupa, Webb señala que el discurso del
individualismo, el fundamentalismo de mercado y el consumismo domina nuestra
sociedad en una medida tal que no podemos concebir que la sociedad pueda estar
organizada de ningún otro modo. En nuestra atomizada y desesperada lucha por el
bienestar material individual, percibimos «que la sociedad que tenemos hoy es
la única sociedad posible: hemos perdido la imaginación». Webb afirma que hemos
abandonado por propia voluntad la idea de la utopía; el pensamiento utópico se
desestima y denigra.
En segundo lugar, Douthat sugiere que la felicidad ociosa llegaría a los ricos
antes que a nadie. Cabe suponer que este hecho se debería a que los ricos son
los únicos que cuentan con posibilidades significativas de elección en la
cuestión. En su magnanimidad, según Douthat, los ricos trabajarían menos y,
luego, extenderían el regalo del ocio «en forma gradual por la jerarquía social
hacia las clases más bajas». Douthat presenta su teoría del derrame del ocio
sin ironía; su supuesto es que los ricos deben darnos a los demás permiso para
trabajar menos. Resulta revelador que Douthat parezca implicar que si los ricos
contaran con medios para dejar de trabajar (como, en efecto, ocurre), no
elegirían trabajar. Pero señala que los ricos trabajan más que los pobres. Nina
Easton, elocuente defensora de las clases pudientes en Fortune,
escribió en 2012: « ¿Qué pasaría si les dijera que hay un grupo de adictos al
trabajo, ambiciosos y llenos de energía, que aportan un nivel de talento y
conocimientos a su trabajo que atrae los mejores sueldos en la economía
mundial?» Según Douthat, si la utopía fuera posible, esos «adictos al trabajo,
ambiciosos y llenos de energía» trabajarían cada vez menos horas y, con el
tiempo, dejarían que sus subalternos —nosotros— trabajaran menos horas también.
Porque, como todos sabemos, los ricos son tan generosos…
Los teóricos utópicos del siglo XIX a los que Douthat se refiere —Marx,
Rousseau y Fourier— sostenían que los miembros de la clase trabajadora
revolucionaria que empezaba a despertar abrirían las puertas a una era de
utopía y organizarían la sociedad en la que el trabajo sería beneficioso, una
fuente de alegría y de sustento para todos por igual.
Douthat señala que los pobres están dejando el mercado de trabajo y
sobreviviendo sin trabajo fijo en lo que denomina «post-empleo». El problema,
como asegura la antropóloga Sarah Kendzior, radica en que: «La crisis económica
es una crisis de las expectativas administradas. Se está condicionando a los
estadounidenses a aceptar su propia explotación como si fuera normal. Cargados
de deudas desde el momento en que terminan sus estudios universitarios,
compiten por el privilegio de trabajar sin sueldo».
Si existe algo peor que trabajar por el sueldo, es trabajar sin sueldo. La
solución radica en crear una verdadera sociedad post-trabajo que libere las
energías humanas. Si bien el camino no está a la vista, tengo fe en que la
respuesta está a nuestro alcance en miles de millones de mentes ociosas y que
los más inteligentes entre nosotros deben darse cuenta de que lo que en
realidad necesitan es un recreo, una oportunidad de descansar, la posibilidad
dorada de no hacer nada.
«Los
estudiosos se avergüenzan del ocio. Pero hay algo noble en la ociosidad y el no
hacer nada. Si la ociosidad es, en realidad, la madre de todos los vicios,
también está en todo caso en la cercanía de todas las virtudes: el hombre
ocioso es siempre un hombre mejor que el activo. Pero cuando hablo de ocio, ¿no
creerán que me refiero a ustedes, holgazanes?»
Friedrich Nietzsche
Este
libro no habría sido posible sin mi increíble esposa, Sonja Schmer-Galunder:
ella es mi sparring intelectual y una fabulosa fuente de ideas. Su lógica aguda
y su perspicacia, derribaron muchas de las ideas ridículas que se me ocurrieron
para este libro, por lo cual estoy profundamente agradecido. Asimismo, su
generosidad me permitió trabajar en el libro durante las noches y los fines de
semana, a pesar de que teníamos dos niños pequeños con pañales. Este libro le
pertenece tanto como a mí.
También debo agradecer a mi madre, Caryl Briscoe. No existe persona menos
egoísta en el universo. Mi madre siempre albergó una sólida (tal vez, ilusoria)
creencia en mí, y se lo agradezco enormemente. Si este libro es audaz, lo es en
gran parte porque me ayudó a confiar en que podía ser osado. Este libro está
dedicado también a ella. La vi trabajar sumisamente en una empresa que aplicaba
muchas de las técnicas de gestión que critico en este libro. En su trabajo, mi
madre debió lidiar con los vanos y arbitrarios dictados que la mafia de los MBA
pergeñaba para mejorar el rendimiento, y eso me enojaba. Me gusta pensar en
parte este libro como la venganza de mi mamá por los años que debió soportar el
sonsonete corporativo sin sentido en su lugar de trabajo.
Gracias a mis tres hermosos hijos, Marie, Niklas y Jonas: ustedes son mi mayor
fuente de inspiración y motivación.
Gracias a mi hermana, Sarah Smart, por estar siempre presente.
También desearía agradecer a mi padrastro, el abogado Frank Briscoe, por
hacerme amante del ciclismo, por alentarme a asumir riesgos y por ser una base
firme e inamovible de apoyo en mi vida. Y por permitirme tratar de leer a
Kierkegaard cuando estaba en primer año de la escuela secundaria.
Quiero agradecer, además, a mi padre John Smart, adicto al trabajo, y a mi
madrastra, Holly Smart, su amor y apoyo incondicionales, por inculcarme un
espíritu viajero insaciable y por transmitirme su fascinación con las grandes
maquinarias.
Debo agradecer también a mi socio en la escritura y mejor amigo, Arya Senboutaraj,
por ser una gran fuente de inspiración, por mi retrato y por alentarme a seguir
adelante. Vamos encaminados.
Tengo, asimismo, una inmensa deuda filosófica, política, emocional y práctica
con Anthony Troy Fiscella; sin él, este libro sería poco más que algunas ideas
mal conectadas. Bueno, tal vez todavía sea solo unas ideas mal conectadas, pero
gracias a la honestidad y la mente crítica de Troy, hay cientos de artículos de
investigación detrás de esas ideas. Debo agradecer a mis compañeros de laboratorio,
Trent Reusser y Stephen Whitlow, por hacer agradable y muy divertido nuestro
entorno de trabajo, y por enseñarme a programar.
Desearía dar las gracias a Leyla Kader Dahm por brindar orientación a un
escritor ingenuo. Estoy en deuda con Sarah Douglas, editora de la sección
cultural de The Observer, de Nueva York, por acercarme a la lectura
de Rilke en la escuela secundaria y por ser mi amiga desde que teníamos doce
años.
El sendero que me llevó a la ciencia del ocio fue largo y complicado, y quiero
agradecer a los científicos que ejercieron una influencia personal en mí a lo
largo del tiempo: Jonathan Friedman, David Graeber, Steven Sampson, Sverker
Sikström, Petter Kallioinen, Kristoffer Åberg, Jonas Olofsson, Scott Makeig,
Rey Ramirez, Liina Pylkkänen, Hakwan Lau, Stanislas Dehaene y Santosh Mathan.
Por último, el agradecimiento más importante por convertir este libro en
realidad lo dedico a John Oakes, de O/R Books. John respondió mi primer mensaje
de correo electrónico en el que resumía la idea de este libro con una sola
palabra: « ¡Guau!». A lo largo del proceso de escritura, constituyó un gran
aliento y una enorme fuente de inspiración. Me siento honrado y orgulloso de
trabajar con tan maravilloso director editorial.
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2012,
Notas:
[1] Denominación
utilizada en la aeronáutica internacional para expresar la confusión y los
problemas que se producen cuando el piloto físico interactúa con el piloto
automático, de forma que al piloto humano se le presenta una confusión, al no
saber con certeza si es él quien lleva el control o el piloto automático. [N.
del E.]
[2] El
número de Bacon es una adaptación al mundo del cine del número de Erdös, que
mide la separación colaborativa entre cualquier matemático y el matemático
húngaro Paul Erdös. Y ambos son ejemplos de la teoría de los seis grados de
separación, que propone que todo el mundo en la Tierra está separado por una
cadena de conocidos de seis personas como mucho. El motivo de que se use a
Kevin Bacon es que una vez declaró que había trabajado con todo el mundo en
Hollywood. Todos los actores tienen asociado un número de Bacon. Si el actor ha
participado en una película con Kevin Bacon, su número de Bacon es 1. Si no ha
compartido película con él, pero sí con un actor que haya trabajado con él,
será 2. Y de esta manera, el número de Bacon mide la «distancia», es decir, el
número de actores y películas que separa a cualquier actor del propio Kevin
Bacon.
[3] Robert
Hitchcock, citado en Worthy Efforts; Attitudes to Work and Workers in
Pre-Industrial Europe, de Catharina Lis y Hugo Solys (Brill, Boston, 2012).
En 1580, Hitchcock, «un aristócrata de Oxfordshire», propuso crear una flotilla
de cuatrocientos barcos pesqueros para dar trabajo a diez mil pobres.
[4] http://goo.gI/KdcJJ6
[5] Debolsillo,
2010
[6] Edhasa,
2004.
[7] Sería
como atribuir la crisis financiera a la holgazanería de los banqueros.
[8] En
E.E.U.U. las vacaciones no son un derecho establecido sino que un beneficio que
negocia cada empleador. El estatuto federal Fair Labor Standards Act, de 1938,
regula un sinfín de aspectos laborales pero no hay ninguna mención al tiempo
libre remunerado ni a las licencias remuneradas por enfermedades. [N. del. E]
[9] Edición
española: El superorganismo, Bert Höldobler y Edward Wilson, Clave
Intelectual/Katz, 2014.
[10] El
estudio, «Global Capital, the State, and Chinese Workers: The Foxconn
Experience» (Capital global, el Estado y los trabajadores chinos: la
experiencia de Foxconn), describe en detalle las horrendas condiciones en las
que los trabajadores que fabrican productos para Apple deben vivir y trabajar.
Revela que la empresa cuenta con la complicidad de Apple en lo que respecta a
mantener los salarios bajos y los derechos laborales en su nivel mínimo. Antes
de que el lector adquiera su próximo supergenial producto de Apple o lea la
emotiva biografía de Steve Jobs escrita por Walter Isaacson, le recomiendo
enfáticamente leer esta investigación, disponible online en forma gratuita.
[11] Como
científico, me interesa medir cosas. Hace casi quince años que analizo
mediciones, en serio. Suelo medir cosas como ondas cerebrales. No soy
economista, sin embargo, y cuando trato (sin demasiado ahínco, porque es
aburrido) de entender medidas como el PIB, me doy cuenta del porqué del poco
interés que despiertan: me resulta imposible comprender qué es lo que se mide
en realidad o cómo se lo mide. Por ejemplo, a menudo oímos que China viene
experimentando un crecimiento económico excepcional. Ese país ha incrementado
su producción de bienes y servicios a un ritmo aproximado del diez por ciento
anual. Según esa medida, cada año hay en China un diez por ciento más de bienes
y servicios que el año anterior. ¿Incluye ese incremento cosas como
hamburguesas, masajes, bodas y traficantes de drogas? China también ofrece un
excelente ejemplo del tema que aborda el presente capítulo: el crecimiento
económico incontrolado conduce al desastre ambiental, incluso a corto plazo.

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