© Libro N° 6164.
¿Por qué E = mc2?. Cox, Brian y Forshaw, Jeff. Emancipación. Junio 29
de 2019.
Título
original: © ¿Por qué E = mc2?.Cox, Brian y Forshaw, Jeff
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
¿POR QUÉ E = MC2?
Brian Cox y Jeff Forshaw
CONTENIDO
Agradecimientos
Prefacio
1.
Espacio y tiempo
2.
La velocidad de la luz
3.
Relatividad especial
4.
Espacio-tiempo
5.
¿Por qué E = mc2?
6.
¿Y por qué debería importarnos?
7.
El origen de la masa
8.
La curvatura del espacio-tiempo
Por qué E=mc2
Brian Cox y Jeff Forshaw
A
nuestras familias, en especial a Gia, Mo, George,
David, Barbara, Sandra, Naomi,
Isabel, Sylvia, Thomas y Michael
Agradecimientos
Queremos
darles las gracias a nuestros agentes y representantes, Susan, Diane y George,
y a nuestros editores, Ben y Cisca. De entre nuestros colegas científicos,
estamos particularmente agradecidos a Richard Battye, Fred Loebinger, Robin
Marshall, Simone Marzani, Ian Morison y Gavin Smith. Queremos extender un
agradecimiento especial a Naomi Baker, en particular por sus comentarios sobre
los primeros capítulos, y a Gia Milinovich, por plantear la pregunta.
Prefacio
El
objetivo de este libro es describir la teoría de Einstein sobre el espacio y el
tiempo de la forma más sencilla posible y poner de manifiesto su profunda
belleza. Esto nos permitirá llegar a su famosa ecuación E = mc2utilizando
matemáticas apenas más complicadas que el teorema de Pitágoras (no te preocupes
si no recuerdas este teorema, porque también lo explicaremos). Otra motivación
importante de este breve libro es tratar de que todos aquellos que lo terminen
entiendan qué es lo que los físicos modernos piensan sobre la naturaleza y cómo
construyen sus teorías, extraordinariamente útiles y capaces de cambiarnos la
vida. Al desarrollar su modelo del espacio y del tiempo, Einstein abrió el
camino para llegar a entender cómo brillan las estrellas, reveló el fundamento
profundo del funcionamiento de los motores y generadores eléctricos y, en
última instancia, colocó los cimientos sobre los que se erige toda la física
moderna. Este libro también pretende ser provocativo y estimulante. La física
en sí no se cuestiona: las teorías de Einstein están firmemente establecidas y
cuentan con el respaldo de una enorme cantidad de evidencias experimentales,
como iremos viendo a lo largo del libro. Es muy importante hacer hincapié en
que, llegado el momento, es posible que el modelo de Einstein tenga que cederle
el lugar a una representación aún más precisa de la naturaleza. En ciencia no
existen las verdades universales, sino únicamente formas de ver el mundo que
aún no hemos podido demostrar que sean falsas. Lo único que podemos afirmar con
seguridad es que, de momento, la teoría de Einstein funciona. La provocación
reside, pues, en la forma en la que la ciencia nos espolea a pensar sobre el
mundo que nos rodea. Seamos científicos o no, cada uno de nosotros posee intuición,
y todos inferimos cosas sobre el mundo a partir de nuestras experiencias
cotidianas. No obstante, si sometemos nuestras observaciones al escrutinio frío
y preciso del método científico, descubrimos con frecuencia que la naturaleza
engaña a nuestra intuición. A lo largo del libro, descubriremos que cuando los
objetos se mueven de aquí para allá a grandes velocidades nuestras ideas
preconcebidas sobre el espacio y el tiempo saltan en mil pedazos, siendo
reemplazadas por algo completamente nuevo, inesperado y elegante. Es una
oportuna lección de humildad, que provoca en muchos científicos una sensación
de asombro: el universo es mucho más rico de lo que nuestras experiencias
cotidianas nos dan a entender. Quizá lo más importante de todo sea el hecho de que
la nueva física, con toda su riqueza, rebosa de una elegancia matemática
arrebatadora.
Por difícil que a veces parezca, la ciencia no es, en esencia, una disciplina
complicada. Podríamos incluso decir que se trata de un intento de deshacernos
de nuestros prejuicios innatos y así poder observar el mundo de la manera más
objetiva posible. Se acercará más o menos a ese objetivo, pero pocos pueden
poner en duda su capacidad para enseñarnos cómo «funciona» el universo. Lo que
realmente nos cuesta es aprender a desconfiar de lo que preferiríamos creer que
es sentido común. Al enseñarnos a aceptar la naturaleza tal y como es, y no
como nuestros prejuicios nos llevan a pensar que debería ser, el método
científico ha engendrado el mundo tecnológico moderno. En una palabra,
funciona.
En
la primera mitad del libro deduciremos la ecuación E = mc2.
Con «deducir» nos referimos a que veremos cómo Einstein llegó a la conclusión
de que la energía es igual a la masa multiplicada por la velocidad de la luz al
cuadrado, que es lo que dice la ecuación. Si te paras un momento a pensarlo,
puede parecer muy raro. Quizá la forma más conocida de energía sea la energía
del movimiento: si alguien te tira una pelota de críquet a la cara, te dolerá.
Un físico diría que el lanzador le suministró energía a la pelota, que se
transfiere a tu cara cuando esta detiene el movimiento de la pelota. La masa es
una medida de la cantidad de materia que compone un objeto. Una pelota de
críquet tiene más masa que una pelota de tenis de mesa, pero menos que un
planeta. Lo que E = mc2 dice es
que la energía y la masa son intercambiables, como los dólares y los euros son
intercambiables, y que la velocidad de la luz al cuadrado es el tipo de cambio.
¿Cómo pudo Einstein llegar a esta conclusión y cómo es posible que la velocidad
de la luz apareciese en una ecuación sobre la relación entre la energía y la
masa? No asumimos ningún conocimiento científico previo y evitaremos las
matemáticas siempre que podamos. No obstante, sí buscamos ofrecer al lector una
explicación real de la ciencia, y no una mera descripción. En este sentido en
particular, confiamos en ofrecer algo nuevo.
En
la parte final del libro, veremos cómo E = mc2 constituye
la base de nuestra manera de entender el funcionamiento del universo. ¿Por qué
brillan las estrellas? ¿Por qué la energía nuclear es mucho más eficiente que
el carbón o el petróleo? ¿Qué es la masa? Esta pregunta nos llevará a
adentrarnos en el mundo de la física de partículas moderna, el gran
colisionador de hadrones del CERN, en Ginebra, y la búsqueda de la partícula de
Higgs, que podría proporcionarnos una explicación del origen mismo de la masa.
El libro termina con el extraordinario descubrimiento, que debemos a Einstein,
de que la estructura del espacio y del tiempo es en última instancia
responsable de la fuerza de gravedad, y la extraña idea de que la Tierra está
cayendo «en línea recta» alrededor del Sol.
Capítulo
1
Espacio y tiempo
¿Qué
significan para ti las palabras «espacio» y «tiempo»? Puede que te imagines el
espacio como la oscuridad que ves entre las estrellas cuando alzas la mirada
hacia el firmamento en una fría noche de invierno. O quizá te imagines una nave
espacial revestida de aluminio dorado que surca el vacío entre la Tierra y la
Luna, engalanada con la bandera estadounidense, pilotada hacia la desolada
inmensidad por exploradores de cabeza rapada con nombres como Buzz. El tiempo
puede ser el tictac de tu reloj o la manera que tienen las hojas de teñirse de
rojo cuando el recorrido anual de la Tierra alrededor del Sol hace que las
sombras se alarguen sobre las latitudes septentrionales por cinco
milmillonésima vez. Todos sentimos intuitivamente el tiempo y el espacio, forman
parte del tejido de nuestra existencia. Nos movemos a través del espacio sobre
la superficie de nuestro planeta azul viendo pasar el tiempo.
Durante
los últimos años del siglo XIX, una serie de avances científicos en campos
aparentemente muy distintos entre sí obligaron a los físicos a revisar esta
imagen sencilla e intuitiva del espacio y el tiempo. A principios del siglo XX,
Hermann Minkowski, colega y mentor de Albert Einstein, sintió la necesidad de
escribir su famoso obituario de ese escenario dentro del cual los planetas
orbitaban y donde se emprendían grandes viajes: «De ahora en adelante, el
espacio por sí mismo y el tiempo por sí mismo están destinados a desvanecerse
entre las sombras, y solo una especie de mezcla de ambos tendrá una existencia
independiente».
¿A
qué se refería Minkowski con una mezcla del espacio y el tiempo? Entender esta
frase, con un toque místico, equivale a entender la teoría de la relatividad
especial de Einstein, la teoría que dio al mundo la ecuación más famosa de
todas, E = mc2, y puso para siempre en primer plano de
nuestra forma de ver el universo la magnitud que se oculta tras el
símbolo c, la velocidad de la luz.
La
teoría de la relatividad especial de Einstein es básicamente una descripción
del espacio y el tiempo. Para la teoría es fundamental la idea de una velocidad
especial, que nada en el universo, por muy potente que sea, puede superar. Es
la velocidad de la luz: 299.792.458 metros por segundo en el vacío del espacio
intergaláctico. A esta velocidad, un destello de luz emitido desde la Tierra
tarda unos ocho minutos en llegar al Sol, 100.000 años en atravesar nuestra
propia galaxia, la Vía Láctea, y más de dos millones de años en alcanzar la
galaxia más próxima, Andrómeda. Esta noche, los mayores telescopios que existen
en la Tierra levantarán la vista hacia la oscuridad del espacio y captarán la
antigua luz de soles distantes y muertos hace mucho tiempo, situados en los
confines del universo observable. Esta luz inició su recorrido hace más de
10.000 millones de años, varios miles de millones de años antes de que el
colapso de una nube de polvo interestelar diese lugar a la formación de la
Tierra. La velocidad de la luz es alta, pero no es, ni remotamente, infinita.
Comparada con las enormes distancias que separan las estrellas y las galaxias,
su lentitud puede ser frustrante; hasta tal punto que nosotros mismos somos
capaces de acelerar objetos diminutos hasta velocidades extraordinariamente
próximas a la de la luz con máquinas como el gran colisionador de hadrones, de
27 kilómetros de longitud, en el Centro Europeo de Investigación Nuclear
(CERN), en la ciudad de Ginebra, en Suiza.
La existencia de esa velocidad especial, un límite de velocidad cósmico, es una
idea extraña. Como descubriremos más adelante en el libro, vincular esta
velocidad especial con la velocidad de la luz resulta ser en cierta manera una
cortina de humo. De hecho, desempeña un papel todavía mucho más importante en
el universo de Einstein, y existen motivos de peso por los que la velocidad de
la luz es la que es. Eso lo veremos más adelante, de momento bastará con decir
que, cuando los objetos se aproximan a esa velocidad especial, empiezan a pasar
cosas extrañas. ¿Cómo es posible si no que un objeto no pueda superar esa
velocidad? Es como si existiese una ley universal de la física que impidiese
que tu coche pasase de los 120 kilómetros por hora, por muy potente que fuese
su motor. No obstante, a diferencia del límite de velocidad, esta ley no
necesitaría que una policía etérea garantizase su cumplimiento. El propio
tejido del espacio y el tiempo está construido de tal manera que, por fortuna,
es absolutamente imposible incumplir esta ley, pues de lo contrario las
consecuencias serían desagradables. Más adelante veremos que, si fuese posible
superar la velocidad de la luz, podríamos construir máquinas capaces de
transportarnos a cualquier instante del pasado. Podríamos viajar a un momento
anterior a nuestro nacimiento y, conscientemente o no, hacer que nuestros
padres no se llegasen a conocer nunca. Todo esto constituye un excelente
material para la ciencia ficción, pero no es forma de construir un universo, y
Einstein descubrió que, en efecto, el universo no estaba hecho así. El espacio
y el tiempo están cuidadosamente entretejidos de tal manera que paradojas como
estas no pueden darse. Sin embargo, esto tiene un precio: debemos abandonar
nuestras ideas profundamente arraigadas sobre el espacio y el tiempo. En el
universo de Einstein los relojes en movimiento marcan el tiempo más despacio,
los objetos en movimiento se encogen, y podemos viajar a miles de millones de
años en el futuro. Es un universo en el que la duración de una vida humana puede
estirarse casi indefinidamente. Podríamos presenciar la muerte del Sol, ver
cómo los océanos terrestres se evaporan y cómo nuestro sistema solar se sumerge
en una oscuridad perpetua. Podríamos contemplar el nacimiento de estrellas a
partir de remolinos de polvo cósmico, la formación de planetas y quizá incluso
los orígenes de la vida en mundos nuevos, aún inexistentes. El universo de
Einstein nos permite viajar hacia el futuro lejano, pero mantiene las puertas
del pasado firmemente cerradas.
En la última parte del libro, veremos cómo Einstein no tuvo más remedio que
llegar a esa fantástica visión de nuestro universo, y cómo muchos experimentos
científicos y aplicaciones tecnológicas han demostrado que esa imagen es
correcta. El sistema de navegación por satélite de tu coche, por ejemplo, está
diseñado de forma que tiene en cuenta que el tiempo transcurre a una velocidad
distinta en los satélites que orbitan alrededor de la Tierra que sobre su
superficie. La visión de Einstein es radical: el espacio y el tiempo no son lo
que parecen.
Pero
nos estamos adelantando. Para entender y valorar el descubrimiento fundamental
de Einstein, primero tenemos que pensar con mucho detenimiento sobre los dos
conceptos que forman el núcleo de la teoría de la relatividad: el espacio y el
tiempo.
Imagina que estás leyendo un libro mientras viajas en avión. A las 12.00 miras
tu reloj, decides dejar de leer, te levantas y vas a hablar con tu amigo,
sentado diez filas por delante de ti. A las 12.15 vuelves a tu sitio, te
sientas y retomas el libro. El sentido común te dice que has vuelto al mismo
sitio. Has tenido que recorrer las mismas diez filas para volver a tu asiento,
y al hacerlo te has encontrado el libro donde lo habías dejado. Detente un
momento en la idea de «el mismo lugar». Puede parecer algo puntilloso, porque
es intuitivamente obvio a qué nos referimos cuando hablamos de un lugar.
Podemos llamar a un amigo y quedar en un bar para tomar algo, y cuando
lleguemos allí el bar seguirá en su sitio. Estará en el mismo lugar donde lo
habíamos dejado, muy probablemente la noche anterior. Muchas de las cosas que
veremos en este capítulo inicial parecerán puntillosas en un primer momento,
pero verás que tienen su sentido. Pensar con detenimiento sobre estos conceptos
aparentemente obvios nos permitirá seguir los pasos de Aristóteles, Galileo
Galilei, Isaac Newton y Einstein. ¿Cómo podríamos, pues, definir con precisión
lo que queremos decir con «el mismo lugar»? Sabemos cómo hacerlo en la
superficie terrestre: dibujando sobre un globo terráqueo una cuadrícula formada
por líneas de latitud y longitud. Se puede definir cualquier punto de la
superficie terrestre mediante dos números, que representan su posición en la
cuadrícula. Por ejemplo, la ciudad de Manchester, en el Reino Unido, está
situada a 53 grados y 30 minutos de latitud norte y 2 grados y 15 minutos de
longitud oeste. Estos dos números nos indican con precisión dónde se encuentra
Manchester, suponiendo que nos hayamos puesto de acuerdo sobre la ubicación del
ecuador y el meridiano de Greenwich. Por tanto, trazando una sencilla analogía,
una forma de especificar la ubicación de cualquier punto, tanto en la
superficie de la Tierra como fuera de ella, sería imaginando una cuadrícula
tridimensional que se extendiese hacia el cielo desde la superficie terrestre.
De hecho, la cuadrícula también continuaría hacia el centro de la Tierra y
saldría por el extremo opuesto del planeta. Entonces, podríamos utilizar su
posición relativa respecto a la cuadrícula para describir dónde se encuentra
cualquier objeto en el mundo, tanto si está en el aire como en la superficie o
bajo tierra. De hecho, no tendríamos por qué limitarnos a nuestro planeta. La
cuadrícula podría extenderse hacia la Luna, pasar por Júpiter, Neptuno y Plutón
y dejar atrás la galaxia de la Vía Láctea para llegar hasta los confines más
lejanos del universo. Tomando como referencia nuestra cuadrícula gigante,
infinita incluso, podemos determinar dónde están todos los objetos, algo que,
parafraseando a Woody Allen, es muy útil si eres de los que nunca recuerdan
dónde han dejado las cosas. Nuestra cuadrícula define, por tanto, el escenario
dentro del cual existen todas las cosas, una especie de caja gigante que
contiene todos los objetos del universo. Es posible incluso que nos sintamos
tentados de llamar a este escenario «espacio».
Volvamos a la pregunta de qué es lo que queremos decir con «el mismo lugar» y
al ejemplo del avión. Puedes pensar que a las 12.00 y a las 12.15 estabas en el
mismo punto del espacio. Imagina ahora cómo vería la sucesión de acontecimientos
una persona que mirase al avión desde el suelo. Al ver cómo el avión la
sobrevuela a unos 1.000 kilómetros por hora, ella diría que entre las 12.00 y
las 12.15 te has desplazado casi 250 kilómetros. Dicho de otro modo, a las
12.00 y a las 12.15 tú estabas en distintos puntos del espacio. ¿Quién tiene
razón? ¿Quién se ha movido y quién ha permanecido inmóvil?
Si no tienes respuesta para esta pregunta aparentemente sencilla, no eres el
único. Aristóteles, uno de los grandes pensadores de la antigua Grecia, se
equivocó por completo. Aristóteles no habría dudado en decir que eres tú, el
pasajero del avión, el que se está moviendo. Aristóteles pensaba que la Tierra
estaba inmóvil en el centro del universo. El Sol, la Luna, los planetas y las
estrellas giraban a su alrededor, acoplados a cincuenta y cinco esferas
cristalinas concéntricas, que estaban encajadas las unas dentro de las otras
como muñecas rusas. Compartía, pues, con nosotros la idea intuitivamente
satisfactoria de que el espacio es como un escenario o estadio que ocupan la
Tierra y las esferas. Desde la perspectiva de la modernidad, esta idea de un
universo formado únicamente por la Tierra y un conjunto de esferas giratorias
resulta algo pintoresca. Pero imagina por un momento qué pensarías si nadie te
hubiese contado que la Tierra gira alrededor del Sol y que las estrellas son
soles lejanos, algunas de ellas muchos miles de veces más brillantes que
nuestra estrella, pero a miles de millones de kilómetros de distancia. Desde
luego, no sentimos que la Tierra esté a la deriva en un universo de un tamaño
inconcebible. Nos ha costado un gran esfuerzo llegar a la forma moderna de ver
el mundo, que muchas veces va contra nuestra intuición. Si la imagen del
universo que hemos ido construyendo a lo largo de miles de años de experimentos
y reflexión fuese evidente, los grandes pensadores de la historia, como
Aristóteles, la habrían deducido por sí mismos. Esto es algo que conviene tener
presente si alguno de los conceptos del libro te resulta difícil de entender:
es muy probable que a las mentes más brillantes de la antigüedad les hubiese
pasado lo mismo.
Para ver dónde está el error en la respuesta de Aristóteles, demos por buena su
imagen del universo por un momento y veamos adónde nos lleva. Según
Aristóteles, deberíamos rellenar el espacio con una cuadrícula de líneas
imaginarias centradas en la Tierra y, tomándola como referencia, podríamos
definir la posición de todos los objetos y determinar quién se está moviendo.
Si aceptamos esta visión del universo como una caja llena de objetos en cuyo
centro se encuentra fija la Tierra, entonces es evidente que tú, que vas en el
avión, has cambiado de posición en la caja, mientras que la persona que te ve
pasar por el aire desde la superficie terrestre se encuentra inmóvil en el
espacio. Un objeto está en movimiento absoluto si, con el tiempo, varía su
posición en el espacio en relación con la cuadrícula imaginaria fija respecto
al centro de la Tierra.
Evidentemente,
uno de los problemas de esta representación es que la Tierra no está inmóvil en
el centro del universo, sino que es una bola que gira sobre sí misma mientras
describe una órbita alrededor del Sol. De hecho, la Tierra se mueve a más de
100.000 kilómetros por hora respecto al Sol. Si te vas a la cama por la noche y
duermes ocho horas, cuando te despiertes habrás recorrido más de 800.000
kilómetros. Incluso podrías decir que, en unos 365 días, habrás vuelto
exactamente al mismo punto en el espacio, ya que la Tierra habrá completado una
órbita alrededor del Sol. Podrías entonces decidir modificar ligeramente esta
visión, manteniendo intacto el espíritu de Aristóteles. ¿Por qué no situar el
centro de la cuadrícula en el Sol? Es una idea sencilla, pero errónea, porque
el propio Sol también orbita alrededor del centro de la galaxia de la Vía
Láctea. La Vía Láctea es nuestra isla de más de 200.000 millones de soles y,
como puedes imaginar, es tan enorme que se tarda mucho tiempo en dar una vuelta
a su alrededor. El Sol, con la Tierra a rastras, se desplaza por la Vía Láctea
a unos 780.000 kilómetros por hora, a una distancia de 250.000 billones de
kilómetros de su centro. A esa velocidad, se tardan 226 millones de años en
completar una órbita. Entonces, quizá bastaría un paso más para preservar a
Aristóteles. Si hiciésemos coincidir el centro de la cuadrícula con el de la
Vía Láctea, podría pasar por la cabeza otra idea evocadora: tumbado en tu cama,
imagina cómo sería el mundo la última vez que la Tierra estuvo «aquí», en este
punto preciso del espacio. Un dinosaurio pastaba al amanecer, comiendo hojas
prehistóricas en el lugar donde ahora está tu dormitorio. Un nuevo error. De
hecho, las propias galaxias se alejan unas de otras a gran velocidad, mayor
cuanto más grande es la distancia que las separa. Parece realmente difícil
dilucidar cómo nos movemos entre la enorme multitud de galaxias que componen el
universo.
Así pues, Aristóteles tiene un problema, porque parece imposible definir
exactamente qué significa «estar inmóvil». En otras palabras, parece imposible
precisar dónde habría que centrar la cuadrícula imaginaria que nos serviría
para determinar la posición de todas las cosas y decidir así cuáles se están
moviendo y cuáles no. El propio Aristóteles nunca tuvo que enfrentarse a este
problema, porque su visión de una Tierra inmóvil rodeada por esferas giratorias
no se puso verdaderamente en entredicho durante casi 2.000 años. Quizá debería
haber sucedido antes, pero, como ya hemos dicho, estas cosas distan mucho de
ser evidentes incluso para las mentes más preclaras. Claudio Ptolomeo trabajó
en la Biblioteca de Alejandría, en Egipto, en el siglo II de nuestra era. Era
un observador atento del cielo nocturno y le interesaba el movimiento
aparentemente extraño a través del firmamento de las cinco «estrellas errantes»
(ese es el significado de la palabra «planeta») que se conocían por aquel
entonces. Si se observan desde la Tierra a lo largo de muchos meses, los
planetas no siguen una trayectoria regular sobre el fondo estrellado, sino que
describen tirabuzones en el cielo. Este extraño recorrido se denomina
movimiento retrógrado, y ya era conocido miles de años antes de Ptolomeo. Los
antiguos egipcios se referían a Marte como «el planeta que se mueve hacia
atrás». Ptolomeo coincidía con Aristóteles al afirmar que los planetas giraban
alrededor de una Tierra inmóvil, pero para explicar su movimiento retrógrado se
vio abocado a acoplarlos a pequeñas ruedas giratorias excéntricas, conectadas a
su vez a las esferas giratorias. Este complicado modelo permitía explicar el
movimiento de los planetas a través del firmamento nocturno, aunque distaba
mucho de ser elegante. Para llegar a la explicación correcta del movimiento
retrógrado hubo que esperar hasta mediados del siglo XVI, cuando Nicolás
Copérnico propuso una descripción más elegante (y más correcta), según la cual
la Tierra no se encuentra estacionaria en el centro del universo, sino que
orbita alrededor del Sol, junto con el resto de los planetas. El trabajo de
Copérnico se topó con importantes detractores y estuvo incluido en el índice de
libros prohibidos por la Iglesia católica hasta 1835. Las precisas mediciones
realizadas por Tycho Brahe, junto con el trabajo de Johannes Kepler, Galileo y
Newton, no solo demostraron finalmente que Galileo estaba en lo cierto, sino
que dieron pie a una teoría del movimiento planetario, en la forma de las leyes
de Newton del movimiento y de la gravedad. Estas leyes constituyeron nuestra
mejor descripción del movimiento de las estrellas errantes, y de hecho de
cualquier objeto bajo la influencia de la gravedad, de las galaxias en rotación
a los proyectiles de artillería, hasta la aparición de la teoría de la
relatividad general de Einstein en 1915.
La continua evolución de nuestra forma de entender la posición de la Tierra y
de los planetas y su movimiento por el firmamento debería servir de lección
para cualquiera que esté absolutamente convencido de que sabe algo. En el mundo
hay muchas cosas que a primera vista parecen evidentemente ciertas, y una de
ellas es que estamos inmóviles en el universo. Siempre cabe la posibilidad de
que las observaciones futuras nos sorprendan, cosa que sucede con frecuencia.
Aunque probablemente no debería sorprendernos demasiado el hecho de que la
naturaleza en ocasiones no le resulte intuitiva a una tribu de observadores
descendientes de simios, compuestos de carbono, que se pasean por la superficie
de un mundo rocoso que orbita alrededor de una estrella de mediana edad situada
en los confines de la galaxia de la Vía Láctea. Las teorías del espacio y del
tiempo que veremos en este libro bien podrían resultar aproximaciones de una
teoría más fundamental aún por descubrir (de hecho, es probable que acaben
siéndolo). La ciencia es una disciplina que celebra la duda, y la clave de su
éxito radica en admitirlo.
Galileo Galilei nació veinte años después de que Copérnico propusiese su modelo
heliocéntrico del universo, y reflexionó en profundidad sobre lo que
significaba el movimiento. Su intuición probablemente coincidía con la nuestra:
nos parece que la Tierra está quieta, aunque el movimiento de los planetas en
el firmamento indica insistentemente lo contrario. La ocurrencia genial de
Galileo consistió en extraer una conclusión profunda de esta aparente paradoja.
Parece que estamos quietos, aunque sabemos que nos movemos en órbita alrededor
del Sol, porque no hay manera, ni siquiera en principio, de decidir qué es lo
que está quieto y qué lo que se mueve. Dicho de otro modo, solo tiene sentido
hablar del movimiento relativo respecto a algo. Esta idea es de una importancia
extraordinaria. En cierto sentido puede parecer obvia, pero para apreciar
completamente su contenido es necesario detenerse a pensar lo que implica.
Puede parecer obvia porque, claramente, cuando te sientas en el avión con tu
libro, este no se mueve respecto a ti. Si dejas el libro en la mesilla,
permanece a una distancia constante de ti. Y, por supuesto, desde el punto de
vista de alguien que se encuentre en el suelo, el libro se desplaza por el aire
junto con el avión. El verdadero contenido de la idea de Galileo es que esto es
lo único que puede afirmarse. Si todo lo que puedes hacer es hablar de cómo el
libro se mueve respecto a ti cuando estás sentado en el avión, o respecto al
suelo, o respecto al Sol, o respecto a la Vía Láctea, pero siempre respecto a
algo, entonces el concepto de movimiento absoluto es superfluo.
Esta provocativa afirmación suena superficialmente profunda, a la manera de las
frases de inspiración zen tan típicas de los videntes. No obstante, en este
caso la idea resulta ser verdaderamente genial; la reputación de Galileo es
merecida. Para ver por qué, supongamos que queremos saber si la cuadrícula de
Aristóteles, mediante la cual podríamos precisar si algún objeto está en
movimiento absoluto, es útil desde un punto de vista científico, lo que implica
determinar si la idea tiene consecuencias observables, es decir, si tiene algún
efecto que pueda detectarse a través de un experimento. Con «experimento» nos
referimos a cualquier medida de lo que sea; la oscilación de un péndulo, el
color de la luz que emite la llama de una vela o las colisiones de partículas
subatómicas en el gran colisionador de hadrones (LHC, Large Hadron Collider)
del CERN (volveremos sobre este experimento más adelante). Si una idea no tiene
consecuencias observables, entonces no es necesaria para entender el
funcionamiento del universo, aunque podamos darle algún supuesto valor al hecho
de que nos reconforte.
Esta es una forma muy eficaz de separar el grano de la paja en un mundo pleno
de ideas y opiniones diversas. En su analogía de la tetera de porcelana, el
filósofo Bertrand Russell pone de manifiesto la futilidad de aferrarse a
conceptos que carecen de consecuencias observables. Russell afirma que él cree
que entre la Tierra y Marte orbita una tetera de porcelana tan pequeña que ni
siquiera el más potente de los telescopios puede detectarla. Si se construyese
un telescopio aún mayor y, tras rastrear detenida y exhaustivamente todo el
firmamento, siguiese sin encontrar rastro alguno de la tetera, Russell diría
entonces que esta es algo más pequeña de lo que cabía esperar, pero que sigue
existiendo. Esto es lo que se conoce comúnmente como cambiar las reglas a mitad
del juego. Aunque la tetera nunca se llegue a observar, dudar de su existencia
es para Russell de una «presuntuosidad intolerable» por parte de la humanidad.
De hecho, el resto de la humanidad debería respetar su opinión, por muy
ridícula que parezca. Lo que Russell busca no es reafirmar su derecho a que le
dejen tranquilo con sus delirios personales, sino poner de manifiesto que
carece de sentido elaborar una teoría que no puede probarse ni refutarse
mediante observaciones, en la medida en que no permite aprender nada, por muy
convencido que estés de su validez. Puedes concebir cualquier objeto o idea,
pero si no hay forma de observarlos, directamente o a través de sus
consecuencias, no has contribuido a la comprensión científica del universo.
Asimismo, la idea del movimiento absoluto solo tendrá algún sentido en un
contexto científico si podemos imaginar algún experimento para detectarlo. Por
ejemplo, podríamos instalar un laboratorio de física en un avión y realizar
medidas de alta precisión de cualquier fenómeno físico, en un último y osado
intento de detectar nuestro movimiento. Podríamos poner en movimiento un
péndulo y medir el tiempo que tarda en completar una oscilación, podríamos
llevar a cabo experimentos eléctricos con baterías, generadores y motores, o
podríamos ver cómo se producen reacciones nucleares y realizar mediciones de la
radiación emitida. En principio, si tuviésemos una aeronave lo suficientemente
grande, podríamos llevar a cabo prácticamente cualquiera de los experimentos
que se han realizado a lo largo de la historia de la humanidad. La idea clave
que constituye la base de este libro y es también una de las piedras angulares
de la física moderna es que, suponiendo que el avión no acelera ni desacelera,
ninguno de los experimentos permitirá saber si nos estamos moviendo. Ni
siquiera el hecho de mirar por la ventana nos dará información al respecto,
porque es igualmente correcto decir que es el suelo el que se mueve a casi
1.000 kilómetros por hora, mientras nosotros estamos inmóviles. Todo lo que
podemos decir es que «permanecemos estacionarios respecto al avión» o que «nos
movemos respecto al suelo». Este es el principio de relatividad de Galileo: no
existe el movimiento absoluto, porque no se puede detectar experimentalmente.
Es muy probable que esto no te sorprenda, porque en realidad ya lo sabemos de
manera intuitiva. Un buen ejemplo es la experiencia de estar sentados en un
tren parado mientras el tren de la vía contigua empieza a salir lentamente de
la estación. Durante unas décimas de segundo nos parece que somos nosotros
quienes nos movemos. Nos cuesta detectar el movimiento absoluto porque no
existe tal cosa.
Todo esto puede parecer bastante filosófico, pero lo cierto es que este tipo de
reflexiones llevan a conclusiones profundas sobre la naturaleza del propio espacio,
y nos permiten dar el primer paso en el camino hacia las teorías de la
relatividad de Einstein. Entonces, ¿qué conclusión sobre el espacio cabe
extraer del razonamiento de Galileo? La siguiente: si en principio es imposible
detectar el movimiento absoluto, la idea de una cuadrícula especial que define
lo que significa «en reposo» carece de valor alguno, y tampoco lo tiene, por
tanto, el concepto de espacio absoluto.
Esto es importante, así que lo estudiaremos con más detalle. Ya hemos visto
que, si fuese posible definir una cuadrícula aristotélica especial que cubriese
todo el universo, el movimiento respecto a ella podría definirse como absoluto.
También hemos razonado que, puesto que no es posible diseñar un experimento que
nos permita saber si estamos en movimiento, deberíamos abandonar la idea de la
cuadrícula, sencillamente porque nunca podríamos determinar a qué debería
acoplarse. Pero entonces, ¿cómo deberíamos definir la posición absoluta de un
objeto? En otras palabras, ¿dónde nos encontramos en el universo? Sin la
cuadrícula especial de Aristóteles, estas preguntas no tienen significado
científico. Solo podemos hablar de las posiciones relativas de los objetos. Por
tanto, no hay forma de especificar posiciones absolutas en el espacio, y es a eso
a lo que nos referimos cuando decimos que la propia idea de espacio absoluto
carece de significado. Imaginar el universo como una caja gigante dentro de la
cual las cosas se mueven de un sitio a otro es superfluo para los experimentos.
No podemos insistir lo suficiente en la importancia de este razonamiento. El
gran físico Richard Feynman dijo una vez que, sea cual sea tu nombre, por muy
inteligente que seas, por muy bella que sea tu teoría, si no concuerda con los
experimentos es errónea. En esta afirmación radica la clave de la ciencia.
Dándole la vuelta, si un concepto no puede ponerse a prueba experimentalmente
no tenemos manera de saber si es correcto o erróneo, pero en cualquier caso
carece de importancia. Obviamente, esto significa que podríamos suponer que una
idea es cierta aunque no haya forma de demostrarlo, pero al hacerlo corremos el
riesgo de entorpecer futuros avances al aferrarnos a un prejuicio innecesario.
Por lo tanto, puesto que no hay manera posible de identificar una cuadrícula
especial, quedamos liberados de la idea del espacio absoluto, así como del
concepto de movimiento absoluto. ¿Y eso qué implica? Para Einstein, quitarse de
encima la cruz del espacio absoluto fue fundamental en el desarrollo de su
teoría del espacio y del tiempo, pero para verlo habrá que esperar hasta el
capítulo siguiente. De momento, hemos alcanzado la libertad, pero aún no nos
hemos comportado como científicos libres. Para abrir boca, empecemos por dejar
claro que, si no existe el espacio absoluto, no hay ningún motivo por el que
dos observadores deban ponerse necesariamente de acuerdo en el tamaño de un
objeto determinado. Esto debería resultarte muy extraño —si una pelota tiene un
diámetro de 4 centímetros, no hay más que hablar—, pero sin el espacio absoluto
no tiene por qué ser así.
Hasta ahora hemos tratado con cierto detalle la conexión entre el movimiento y
el espacio. ¿Qué hay del tiempo? El movimiento se expresa a través de la
velocidad, y la velocidad se mide en kilómetros por hora (es decir, la
distancia recorrida en el espacio en un determinado intervalo de tiempo). Así
que la idea del tiempo ya ha entrado en nuestros razonamientos. ¿Tenemos algo
que decir sobre el tiempo? ¿Podemos hacer algún experimento para demostrar que
el tiempo es absoluto, o también deberíamos abandonar esta idea, aún más
arraigada? Aunque Galileo desechó la idea del espacio absoluto, su razonamiento
no tiene nada que aportarnos en lo que se refiere al tiempo absoluto. Según
Galileo, el tiempo es inmutable, lo que significa que es posible imaginar
pequeños relojitos perfectos, todos sincronizados entre sí, que marcan el mismo
tiempo en todos los puntos del universo. Habría un reloj en el avión, otro en
el suelo, otro (resistente) en la superficie del Sol y otro en órbita alrededor
de una galaxia lejana y, suponiendo que sean perfectamente regulares, todos
marcarían la misma hora para siempre. Para nuestro asombro, resulta que esta
suposición aparentemente obvia entra en contradicción con la afirmación de
Galileo según la cual no existe experimento que nos permita saber si estamos en
movimiento absoluto. Aunque pueda parecer increíble, la evidencia experimental
que le dio la puntilla a la idea del tiempo absoluto provino de un experimento
como los que muchos de nosotros hicimos en clase de física en el colegio:
baterías, cables, motores y generadores. Para poder tratar la idea del tiempo
absoluto, antes tenemos que hacer una parada en el siglo XIX, la edad dorada de
los descubrimientos en electricidad y magnetismo.
Capítulo
2
La velocidad de la luz
Michael
Faraday, hijo de un herrero del condado de Yorkshire, nació en el sur de
Londres en 1791. Autodidacta, dejó la escuela a los catorce años para aprender
el oficio de encuadernador. Se las ingenió para entrar en el mundo de la
ciencia profesional tras asistir a una conferencia que ofreció en Londres en
1811 el científico sir Humphry Davy. Faraday le envió a Davy
las notas que había tomado durante la conferencia, y este quedó tan
impresionado por su diligente transcripción que lo nombró su ayudante científico.
Faraday llegó a ser uno de los gigantes de la ciencia del siglo XIX, comúnmente
reconocido como el mejor físico experimental de la historia. Se dice que Davy
afirmó que Faraday había sido su mayor descubrimiento científico.
Como científicos del siglo XXI, es fácil sentir envidia al volver la vista
hacia principios del siglo XIX. Faraday no necesitaba colaborar con otros
10.000 científicos e ingenieros en un CERN o poner en órbita un telescopio
espacial del tamaño de un autobús de dos pisos para realizar descubrimientos
reveladores. El «CERN» de Faraday cabía de sobra en su mesa de trabajo, y a
pesar de ello fue capaz de llevar a cabo observaciones que condujeron
directamente al abandono de la idea del tiempo absoluto. No cabe duda de que la
dimensión de la ciencia ha cambiado a lo largo de los siglos, en parte porque
los campos de la ciencia cuya observación no requiere de equipos
tecnológicamente avanzados ya han sido objeto de estudios exquisitamente
detallados. Eso no significa que no podamos encontrar en la ciencia actual
ejemplos de experimentos sencillos que obtienen resultados importantes, pero sí
quiere decir que suele ser necesario utilizar máquinas complejas para producir
avances significativos en todas las disciplinas. En el Londres de principios de
la era victoriana, Faraday no necesitó nada más exótico o más caro que unas
bobinas de cable, unos imanes y una brújula para producir la primera evidencia
experimental de que el tiempo no es lo que parece. La obtuvo haciendo lo que
mejor saben hacer los científicos. Dispuso todos los aparatos relacionados con
la recién descubierta electricidad, jugueteó con ellos y observó con atención.
Uno casi puede oler el oscuro barniz de su mesa de trabajo, moteada de sombras
de rollos de cable girando a la luz del gas, porque, aunque el propio Davy
había asombrado a su público con demostraciones de luces eléctricas en 1802 en
la Royal Institution, el mundo tendría que esperar hasta mucho más avanzado el
siglo para que Thomas Edison perfeccionase la bombilla eléctrica hasta hacer
posible su difusión. A principios del siglo XXI, la electricidad constituía la
frontera de nuestro conocimiento en física e ingeniería.
Faraday descubrió que, al mover un imán a través de una bobina de cable, fluía
por este una corriente eléctrica, siempre que el imán siguiese moviéndose.
También observó que, si enviaba un pulso de corriente eléctrica por un cable,
la aguja de una brújula cercana se desviaba durante el pulso. Una brújula no es
más que un detector de imanes: si no fluye electricidad por el cable, la aguja
se alinea con la dirección del campo magnético terrestre, señalando hacia el
polo norte. El pulso eléctrico debe, por tanto, crear un cambio magnético como
el de la Tierra, aunque más potente, pues la aguja de la brújula se desvía del
norte magnético durante el breve instante en que pasa el pulso. Faraday se dio
cuenta de que estaba observando una conexión profunda de algún tipo entre el
magnetismo y la electricidad, dos fenómenos que, a primera vista, no parecen
tener ninguna relación entre sí. ¿Qué tiene que ver la corriente eléctrica que
fluye a través de una bombilla cuando pulsas el interruptor del salón con la
fuerza que hace que las letras magnéticas se peguen a la puerta de tu nevera?
Desde luego, la conexión no es obvia, y a pesar de ello Faraday, gracias a sus
detalladas observaciones de la naturaleza, descubrió que las corrientes
eléctricas crean campos magnéticos, y que los imanes en movimiento generan
corrientes eléctricas. Estos dos sencillos fenómenos, que hoy en día se conocen
como inducción electromagnética, son la base de la producción de electricidad
en todas las centrales eléctricas del mundo, y de todos los motores eléctricos
que usamos a diario, desde la bomba que hay en el interior de tu nevera al mecanismo
de «expulsión» del reproductor de DVD. El valor de la contribución de Faraday
al crecimiento del mundo industrial es incalculable.
Sin embargo, los avances en física fundamental rara vez se deben únicamente a
los experimentos. Faraday quería entender el mecanismo que subyacía a sus
observaciones. ¿Cómo era posible, preguntó, que un imán fuese capaz de provocar
una corriente eléctrica en un cable con el que no estaba físicamente conectado?
¿Y cómo podía un pulso de corriente eléctrica hacer que la aguja de una brújula
se desviase del norte magnético? Algún tipo de influencia debía atravesar el
espacio vacío entre el imán, el cable y la brújula; la bobina de cable debía
sentir cómo el imán la atravesaba y la brújula debía sentir la corriente. Esta
influencia es lo que se conoce como campo electromagnético. Ya hemos utilizado
la palabra «campo» en el contexto del campo magnético terrestre, aunque es
posible que ni siquiera te dieses cuenta, porque es una palabra de uso
cotidiano. De hecho, el concepto de campo es uno de los más abstractos de la
física, pero también uno de los más necesarios y fructíferos para alcanzar una
comprensión más profunda. Las ecuaciones que mejor describen el comportamiento
de los billones de partículas subatómicas que componen el libro que estás
leyendo, la mano con la que lo sostienes frente a tus ojos, e incluso tus
propios ojos, son ecuaciones de campo. Faraday visualizaba sus campos como un
conjunto de líneas, que él llamó líneas de flujo, que emanaban de los imanes y
de los cables por los que fluía corriente. Si alguna vez has puesto un imán
bajo un papel sobre el que previamente has espolvoreado virutas de hierro,
habrás podido verlas por ti mismo. Un ejemplo fácil de una magnitud cotidiana
que puede representarse mediante un campo es la temperatura del aire en tu
habitación. Cerca del radiador, la temperatura será más caliente; junto a la
ventana será más fría. Podrías imaginarte midiendo la temperatura en cada punto
de la habitación e introduciendo esta enorme sucesión de números en una tabla,
que sería entonces una representación del campo de temperaturas en tu
habitación. En el caso del campo magnético, podrías imaginarte anotando la
desviación de la aguja de una pequeña brújula en cada punto, y construyendo así
una representación del campo magnético en la habitación. El campo de una
partícula subatómica es aún más abstracto. Su valor en un punto del espacio te
informa sobre la probabilidad de que encuentres la partícula en ese punto si la
buscas. Volveremos a ver estos campos en el capítulo 7.
Es normal que te plantees por qué nos molestamos en introducir esta idea tan
abstracta de campo. ¿Por qué no limitarnos a las cosas que podemos medir: la
corriente eléctrica y las desviaciones de la aguja de la brújula? La idea le
resultó atractiva a Faraday porque en el fondo era un hombre práctico, un rasgo
que comparte con muchos de los grandes científicos e ingenieros de la
revolución industrial. Su instinto le llevó a desarrollar una imagen mecánica
de la conexión entre los imanes en movimiento y las bobinas de cable, pues los
campos le permitían salvar la distancia entre ellos y establecer la conexión
física que, según sus experimentos, debía existir. No obstante, hay una razón
más profunda por la que los campos son necesarios, y por la que, para los
físicos modernos, son de hecho tan reales como la corriente eléctrica y las
desviaciones de la brújula. La clave para esta visión más profunda de la
naturaleza radica en el trabajo del físico escocés James Clerk Maxwell. En
1931, con ocasión del centenario de su nacimiento, Einstein describió la obra
de Maxwell sobre la teoría del electromagnetismo como «la más profunda y
fructífera que ha dado la física desde la época de Newton». En 1864, tres años
antes de la muerte de Faraday, Maxwell logró escribir un conjunto de ecuaciones
que describían todos los fenómenos eléctricos y magnéticos que Faraday y muchos
otros habían observado y documentado meticulosamente durante la primera mitad
del siglo XIX.
Las ecuaciones son la herramienta más potente de que disponen los físicos en su
intento de entender la naturaleza. También se encuentran entre las cosas que
más intimidan a la mayoría de la gente en sus años de formación. Por este
motivo, antes de continuar, nos parece necesario dirigirle unas breves palabras
al lector aprensivo. Desde luego, somos conscientes de que no todo el mundo
siente lo mismo hacia las matemáticas, por lo que rogamos un poco de paciencia
a los lectores que se manejan bien con ellas, y esperamos que no interpreten lo
siguiente como un signo de condescendencia. Al nivel más básico, una ecuación
permite predecir los resultados de un experimento sin tener que llevarlo a cabo
en la práctica. Un ejemplo muy sencillo, que utilizaremos más adelante en el
libro para demostrar toda clase de resultados increíbles sobre la naturaleza
del tiempo y del espacio, es el famoso teorema de Pitágoras, que relaciona las
longitudes de los lados de un triángulo rectángulo. Pitágoras dice que «el
cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los otros dos
lados». Utilizando símbolos matemáticos, podemos escribir el teorema de
Pitágoras como x2 + y2 = z2,
donde z es la longitud de la hipotenusa, que es el lado más
largo del triángulo rectángulo, y x e y son
las de los otros dos lados. La figura 1 ilustra la situación. Se entiende que
los símbolos x, y y z sustituyen
a las longitudes reales de los lados, y x2 es la
notación matemática para expresar x multiplicado por x.
Por ejemplo, 32 = 9, 72 = 49, etcétera. El
hecho de que utilicemos x, y y z no
tiene ningún significado especial; podríamos utilizar cualquier otro símbolo en
su lugar. Puede que el teorema de Pitágoras resultase más simpático si lo
escribiésemos como
En
este caso, el símbolo de la sonrisa representa la longitud de la hipotenusa. He
aquí un ejemplo de aplicación del teorema: si los dos lados más cortos del
triángulo miden 3 y 4 centímetros (cm), respectivamente, el teorema nos dice
que la longitud de la hipotenusa es igual a 5 centímetros, puesto que 32 +
42 = 52. Evidentemente, los números no tienen por
qué ser enteros. Medir las longitudes de los lados de un triángulo es un
experimento, aunque bastante aburrido. Pitágoras nos evitó tener que hacerlo al
escribir su ecuación, que nos permite calcular fácilmente la longitud del
tercer lado de un triángulo si conocemos las de los otros dos. Lo más
importante es entender que, para un físico, las ecuaciones expresan relaciones
entre «cosas» y son una forma de hacer afirmaciones precisas sobre el mundo
real.
Figura 1
Las
ecuaciones de Maxwell son bastante más complicadas desde un punto de vista
matemático, pero básicamente sirven para lo mismo. Pueden, por ejemplo,
permitirte saber, sin necesidad de ver la brújula, en qué dirección se desviará
su aguja si envías un pulso de corriente eléctrica a través de un cable. Lo
maravilloso de las ecuaciones, sin embargo, es que también pueden revelar
conexiones profundas entre magnitudes que no son inmediatamente evidentes a
partir de los resultados de los experimentos, y al hacerlo pueden llevar a una
comprensión mucho más profunda de la naturaleza. No cabe ninguna duda de que
eso es lo que sucede con las ecuaciones de Maxwell. En su descripción
matemática de los fenómenos eléctricos y magnéticos son fundamentales los
campos abstractos, eléctrico y magnético, que Faraday imaginó por primera vez.
Maxwell escribió sus ecuaciones en el lenguaje de los campos porque no tenía
otra opción. Era la única manera de reunir en un único conjunto unificado de
ecuaciones el enorme abanico de fenómenos eléctricos y magnéticos que Faraday y
sus colegas habían observado. Igual que el teorema de Pitágoras expresa la
relación entre las longitudes de los lados de un triángulo, las ecuaciones de
Maxwell reflejan las relaciones entre las cargas y corrientes eléctricas y los
campos eléctricos y magnéticos que crean. La genialidad de Maxwell radicó en
hacer que los campos saliesen de las penumbras y pasasen a ocupar el centro del
escenario. Si, por ejemplo, le preguntases a Maxwell por qué una batería hace
que una corriente fluya por un cable, te diría: «Porque la batería provoca un
campo eléctrico en el cable y este hace que la corriente fluya». O, si le
preguntases por qué la aguja de una brújula se desvía al acercarla a un imán,
diría: «Porque alrededor del imán hay un campo magnético y eso hace que la
aguja se mueva». Si le preguntases por qué un imán en movimiento da lugar a una
corriente dentro de una bobina de cable, puede que te contestase que dentro del
cable enrollado existe un campo magnético variable que propicia la aparición en
el cable de un campo eléctrico que a su vez provoca la corriente. La
descripción de cada uno de estos diversos fenómenos remite siempre a la
presencia de campos eléctricos y magnéticos, y a la interacción de los campos entre
sí. Esto es algo habitual en física: la introducción de un nuevo concepto
unificador permite alcanzar una visión más simple y satisfactoria de muchos
fenómenos diversos que a primera vista no parecían tener ninguna relación entre
sí. De hecho, esto puede entenderse como la razón del éxito de la ciencia en su
conjunto. En el caso de Maxwell, condujo a una visión sencilla y unificada de
todos los fenómenos eléctricos y magnéticos observados que funcionaba a la
perfección, en el sentido de que permitía predecir y entender los resultados de
todos y cada uno de los innovadores experimentos de sobremesa de Faraday y sus
colegas. Este era un gran logro en sí mismo, pero en el proceso que condujo a
la deducción de las ecuaciones correctas sucedió algo todavía más notable.
Maxwell se vio obligado a añadir a sus ecuaciones un elemento adicional que no
venía impuesto por los experimentos. Desde el punto de vista de Maxwell, era
necesario únicamente para hacer que las ecuaciones fuesen matemáticamente
consistentes. Esta última frase contiene una de las ideas más profundas y en
cierto sentido misteriosas sobre el funcionamiento de la ciencia moderna. El
comportamiento de los objetos físicos en el mundo real puede predecirse
recurriendo prácticamente a las mismas leyes matemáticas básicas que Pitágoras
tal vez ya conocía cuando se propuso calcular las propiedades de los
triángulos. Este es un hecho empírico que no puede decirse, en absoluto, que
sea obvio. En 1960, el físico teórico Eugene Wigner, ganador del premio Nobel,
escribió un famoso artículo titulado «The Unreasonable Effectiveness of
Mathematics in the Natural Sciences» («La irrazonable eficacia de las
matemáticas en las ciencias naturales») en el que afirmó que «no es algo en
absoluto natural que existan las leyes de la naturaleza, y mucho menos aún que
el hombre tenga la capacidad de descubrirlas». La experiencia nos enseña que,
efectivamente, existen leyes en la naturaleza, regularidades en el
comportamiento de los objetos, y que la mejor manera de expresar estas leyes es
mediante el lenguaje de las matemáticas. Esto abre la interesante posibilidad
de que la consistencia matemática pueda servirnos de guía, junto con la
observación experimental, para llegar a las leyes que describen la realidad
física, algo que se ha repetido una y otra vez a lo largo de la historia de la
ciencia. Veremos cómo sucede a lo largo del libro, y el hecho de que sea así
constituye uno de los maravillosos misterios del universo.
Volviendo
a nuestra historia, en su búsqueda de consistencia matemática, Maxwell
incorporó el elemento adicional, conocido como corriente de desplazamiento, a
la ecuación que describía las observaciones experimentales de Faraday sobre la
desviación de la aguja de la brújula provocada por el flujo de una corriente
eléctrica a través de un cable. La corriente de desplazamiento no era necesaria
para describir las observaciones de Faraday y, tanto con ella como sin ella,
las ecuaciones describían los datos experimentales de la época. Sin embargo,
sin que Maxwell fuese consciente de ello en un principio, gracias a este
sencillo añadido sus hermosas ecuaciones eran capaces de mucho más que
describir el funcionamiento de los motores eléctricos. La introducción de la
corriente de desplazamiento revela una profunda relación entre los campos
eléctrico y magnético. En concreto, las nuevas ecuaciones pueden reformularse
en forma de lo que se conoce como ecuaciones de onda que, como su propio nombre
indica, describen el movimiento de unas ondas. Las ecuaciones que describen la
propagación de las ondas sonoras en el aire son ecuaciones de onda, como
también lo son las que describen la trayectoria de las olas del mar hasta la
costa. Sorprendentemente, la descripción matemática que Maxwell realizó de los
experimentos de Faraday con cables e imanes predijo la existencia de un tipo de
ondas viajeras. Pero, mientras que las olas del mar son perturbaciones que se
propagan por el agua, y las ondas sonoras se producen por la vibración de las
moléculas del aire, las ondas de Maxwell están compuestas por la oscilación de
campos eléctricos y magnéticos.
¿Qué son estos misteriosos campos oscilantes? Imagina un campo eléctrico que
empieza a crecer porque Faraday genera un pulso de corriente eléctrica en un
cable. Ya sabemos que cuando el pulso de corriente eléctrica recorre el cable,
se genera un campo magnético (recuerda que Faraday observó cómo se desviaba la
aguja de una brújula situada en las inmediaciones del cable). En palabras de Maxwell,
el campo eléctrico variable genera un campo magnético variable. Faraday también
nos dice que, cuando hacemos que varíe un campo magnético al mover un imán a
través de una bobina de cable, se genera un campo eléctrico, que hace que una
corriente fluya por el cable. Maxwell diría que un campo magnético variable
genera un campo eléctrico variable. Imagina que ahora quitamos las corrientes y
los imanes, de forma que solo nos queden los propios campos, que oscilan
repetidamente, a medida que las variaciones en cada uno de ellos provocan
cambios en el otro. Las ecuaciones de onda de Maxwell describen cómo los dos
campos están conectados entre sí, oscilando de un lado a otro. También predicen
que las ondas deben avanzar con una velocidad determinada. No te extrañará
saber que esta velocidad viene definida por las cantidades que midió Faraday.
En el caso de las ondas sonoras, la velocidad de la onda es de aproximadamente
330 metros por segundo, algo mayor que la de un avión de pasajeros. La
velocidad del sonido está determinada por los entresijos de las interacciones
entre las moléculas de aire que transportan la onda. Varía en función de las
condiciones atmosféricas de presión y temperatura, que a su vez reflejan la
distancia a la que se encuentran las moléculas de aire entre sí y con qué
velocidad salen despedidas cuando chocan entre ellas. En el caso de las ondas
de Maxwell, la velocidad viene dada por la relación entre las intensidades de
los campos eléctrico y magnético, algo que puede medirse con mucha facilidad.
La intensidad del campo magnético puede calcularse midiendo la fuerza que se
ejerce entre dos imanes. La palabra «fuerza» aparecerá de vez en cuando, y con
ella nos referimos a la magnitud con que se tira o se empuja algo. Dicha
magnitud puede cuantificarse y medirse, y si estamos intentando entender cómo
funciona el mundo, parece razonable pensar que nos interesará saber cómo se
originan estas fuerzas. De forma igualmente sencilla, la intensidad del campo
eléctrico puede medirse haciendo que dos objetos adquieran carga eléctrica y
midiendo cuál es la fuerza que existe entre ellos. Es posible que, sin ser
consciente de ello, tú mismo hayas experimentado este proceso de «carga». Puede
que te hayas paseado sobre una alfombra de nailon en un día seco y después
hayas notado un calambre al tratar de abrir una puerta con pomo metálico. Esta
desagradable experiencia se produce porque al arrastrar tus pies por la
alfombra le has arrancado electrones, las partículas fundamentales de la
electricidad, que han pasado a las suelas de tus zapatos. Has acumulado una
carga eléctrica, lo que significa que existe un campo eléctrico entre el pomo
de la puerta y tú. Cuando agarras el pomo, el campo hace que fluya una
corriente eléctrica, como Faraday demostró en sus experimentos.
Mediante experimentos tan sencillos como estos, los científicos pueden medir
las intensidades de los campos eléctricos y magnéticos, y las ecuaciones de
Maxwell indican que la proporción entre ambas intensidades es igual a la
velocidad de las ondas. ¿Cuál es entonces la respuesta? ¿Cuál fue el valor de
la velocidad de las ondas electromagnéticas que predijeron los experimentos de
Faraday, combinados con el genio matemático de Maxwell? Este es uno de los
muchos momentos clave de nuestra historia, y un ejemplo maravilloso de por qué
la física es una disciplina hermosa, poderosa y profunda: las ondas de Maxwell
viajan a una velocidad de 299.792.458 metros por segundo. Sorprendentemente,
esta es la velocidad de la luz. Sin buscarla, Maxwell había encontrado una
explicación de la propia luz. Puedes ver el mundo que te rodea porque el campo
electromagnético de Maxwell se propaga a través de la oscuridad hasta tus ojos,
a una velocidad que podemos predecir usando tan solo una bobina de cable y un
imán. Las ecuaciones de Maxwell son la rendija en la puerta a través de la cual
la luz entra en nuestra historia con tanta preeminencia como los
descubrimientos de Einstein a los que dio lugar. La existencia en la naturaleza
de esta velocidad especial, única e invariable, de 299.792.458 metros por
segundo, nos conducirá en el siguiente capítulo, como hizo con Einstein, a
desechar la idea del tiempo absoluto.
El lector atento se habrá dado cuenta de que aquí hay algo que no cuadra, o de
que hemos cometido algún descuido al escribir. Teniendo en cuenta lo que hemos
dicho en el capítulo 1, evidentemente no tiene ningún sentido hablar de una
velocidad sin especificar respecto a qué se define, cosa que las ecuaciones de
Maxwell no hacen. La velocidad de las ondas —es decir, la velocidad de la luz—
aparece como una constante de la naturaleza, dada por la relación entre las
intensidades relativas de los campos eléctrico y magnético. En esta elegante
estructura matemática no hay lugar para la velocidad de la fuente o del receptor
de las ondas. Sin duda, Maxwell y sus contemporáneos eran conscientes de ello,
pero no les preocupó demasiado porque la mayoría de los científicos de la
época, por no decir todos, creían que las ondas, incluida la luz, debían
propagarse a través de alguna clase de medio. «Algo real» tenía que «ondear».
Eran personas prácticas, en la línea de Faraday, y para ellas las cosas no
podían oscilar por sí mismas sin ningún tipo de soporte. Las olas solo pueden
existir en presencia de agua, y las ondas sonoras solo se propagan en presencia
de aire o alguna otra sustancia, pero sin duda no en el vacío: «En el espacio
nadie escucha tus gritos».
Así que, a finales del siglo XIX, la idea dominante era que la luz debía
propagarse a través de algún medio, conocido como éter. La velocidad que
aparecía en las ecuaciones de Maxwell tenía una interpretación muy evidente:
era la velocidad de la luz respecto al éter. Algo exactamente análogo a la
propagación de ondas sonoras por el aire. Si el aire está a una temperatura y una
presión fijas, el sonido siempre viaja a velocidad constante, que depende
únicamente de los entresijos de la interacción entre las moléculas de aire y no
tiene nada que ver con el movimiento de la fuente de las ondas.
Pero el éter tenía que ser una sustancia bastante peculiar. Debía permear todo
el espacio, puesto que la luz atraviesa el vacío entre el Sol y la Tierra y
entre las estrellas y las galaxias lejanas. Al ir por la calle, tendrías que
moverte por el éter, igual que haría la Tierra en su recorrido anual alrededor
del Sol. Cualquier cosa que se mueva en el universo debería hacerlo a través
del éter, que apenas ofrecería resistencia al movimiento de objetos sólidos,
incluidos algunos tan grandes como los planetas. Porque, de no ser así, el movimiento
de la Tierra habría ido ralentizándose a lo largo de sus 5.000 millones de
órbitas alrededor del Sol, como se detiene una bola de metal si la soltamos en
un tarro de melaza, y la duración de los años terrestres habría variado
gradualmente. La única suposición razonable sería que la Tierra y el resto de
los objetos se moviesen a través del éter sin impedimentos. Quizá creas que
esto haría que fuese imposible detectarlo, pero si por algo se caracterizaban
los experimentalistas victorianos era por su ingenio, y en una serie de
experimentos de alta precisión realizados a partir de 1881, Albert Michelson y
Edward Morley se propusieron detectar lo aparentemente indetectable. La idea en
la que se basaron era hermosa por su sencillez. En su excelente libro sobre la
relatividad, escrito en 1925, Bertrand Russell compara el movimiento de la
Tierra a través del éter con dar un paseo circular un día de viento: harás
parte del recorrido a favor del viento y otra parte con él en contra. De una
forma similar, puesto que la Tierra se movía a través del éter al describir su
órbita alrededor del Sol, y ambos se desplazaban juntos por el éter en su
recorrido alrededor de la Vía Láctea, en algún momento del año la Tierra debía
moverse en contra del viento de éter, y en otros, a favor. E incluso en el
improbable caso de que el sistema solar en su conjunto estuviese en reposo
respecto al éter, el movimiento de la Tierra alrededor del Sol seguiría dando
lugar a un viento de éter, igual que uno siente el movimiento del aire en su cara
al sacar la cabeza por la ventana del coche aunque ese día no haya viento.
Michelson
y Morley se marcaron el objetivo de medir la velocidad de la luz en distintos
momentos del año. Ellos, como todos los demás, estaban convencidos de que la
velocidad cambiaría a lo largo del año, aunque la variación sería muy pequeña,
porque la velocidad de la Tierra (y de su experimento con ella) respecto al
éter debería cambiar de manera continua. La sensibilidad de los experimentos
era muy elevada, gracias a una técnica llamada interferometría, que Michelson y
Morley fueron refinando durante seis años, hasta que, en 1887, publicaron sus
resultados, que fueron inequívocamente negativos: no se observó ninguna
diferencia en la velocidad de la luz en ninguna dirección o momento del año.
Si
la hipótesis del éter era correcta, era muy difícil explicar este resultado.
Imagina, por ejemplo, que te lanzas a un río que fluye a gran velocidad y te
pones a nadar a favor de la corriente. Si nadas a 5 kilómetros por hora y el
río baja a 3 kilómetros por hora, tu velocidad respecto a la orilla será de 8
kilómetros por hora. Si ahora das media vuelta y empiezas a nadar a
contracorriente, lo harás a 2 kilómetros por hora con respecto a la orilla. El
experimento de Michelson y Morley es completamente análogo: tú, el nadador,
eres el rayo de luz, el río es el éter a través del cual se supone que se
propaga la luz, y la orilla es el equipo experimental, que está en reposo sobre
la superficie terrestre. Ahora podemos entender por qué el resultado de Michelson-Morley
fue tan sorprendente. Era como si siempre te movieses a 5 kilómetros por hora
respecto a la orilla, independientemente de la velocidad con que el río fluyese
y de la dirección en la que decidieses nadar.
Por
lo tanto, Michelson y Morley fracasaron en su intento de detectar la presencia
del éter que fluía supuestamente a través de sus equipos. He aquí un nuevo
desafío para nuestra intuición: teniendo en cuenta lo que hemos visto hasta
ahora, lo más atrevido sería abandonar la idea del éter porque sus efectos no
pueden medirse, como hemos hecho con la idea de espacio absoluto en el capítulo
1. Por otra parte, desde una perspectiva filosófica, el éter siempre había sido
un concepto poco atractivo, porque permitiría establecer una referencia en el
universo respecto a la cual se podría definir un movimiento absoluto, lo que
iría en contra del principio de relatividad de Galileo. Desde una perspectiva
histórica, es probable que este fuese el punto de vista personal de Einstein,
porque parece que no estaba más que marginalmente al tanto de los resultados
experimentales de Michelson y Morley cuando tomó la arriesgada decisión de
abandonar el éter al formular su teoría de la relatividad especial en 1905. No
obstante, no cabe ninguna duda de que esas sutilezas filosóficas no pueden
servir como guía fiable para entender el funcionamiento de la naturaleza y que,
en última instancia, la razón principal para rechazar la idea del éter es que
los resultados experimentales no lo hacían necesario. [1]
Aunque
este rechazo resulte estéticamente satisfactorio y esté fundamentado en los
datos experimentales, si decidimos dar este salto habremos de enfrentarnos a un
problema serio: las ecuaciones de Maxwell predicen con gran precisión la
velocidad de la luz, pero no contienen información alguna sobre qué se debe
tomar como referencia para medirla. Seamos atrevidos por un momento, aceptemos
lo que parecen decirnos las ecuaciones y veamos adónde nos conduce este viaje
intelectual. Si llegamos a un resultado absurdo, siempre podemos dar marcha
atrás y explorar otra hipótesis, con la conciencia tranquila por haber hecho
ciencia de calidad. Las ecuaciones de Maxwell predicen que la luz siempre viaja
a una velocidad de 299.792.458 metros por segundo, y no hay en ellas ningún
lugar donde introducir la velocidad de la fuente o del receptor de la luz. En
realidad, parecen decir que siempre mediremos el mismo valor para la velocidad
de la luz, por muy elevada que sea la velocidad con que la fuente y el receptor
se mueven la una respecto al otro. Parece que las ecuaciones de Maxwell nos
dicen que la velocidad de la luz es una constante de la naturaleza. Esta es una
afirmación verdaderamente extraña, así que vamos a dedicar algo más de tiempo a
explorar su significado.
Imagina
que tenemos una linterna que emite luz. El sentido común nos dice que si
corremos lo suficientemente rápido podríamos alcanzar el principio del haz de
luz mientras este avanza hacia delante. El sentido común también nos sugiere
incluso que, si fuésemos capaces de correr a la velocidad de la luz, podríamos
avanzar en paralelo al extremo delantero del haz. Pero si hacemos caso a lo que
dicen literalmente las ecuaciones de Maxwell, por muy rápido que corramos el
haz se aleja de nosotros a una velocidad de 299.792.458 metros por segundo. De
no ser así, la velocidad de la luz sería distinta para la persona que corre y
para la que tiene la linterna, lo que entraría en contradicción con los
resultados experimentales de Michelson y Morley y con nuestra afirmación de que
la velocidad de la luz es una constante de la naturaleza, un mismo número,
independientemente del movimiento de la fuente o del observador. Parece que
hemos llegado a una conclusión absurda. Evidentemente, el sentido común nos
aconsejaría que rechazásemos, o al menos modificásemos o reinterpretásemos, las
ecuaciones de Maxwell, que puede que solo sean aproximadamente correctas. No
parece una idea descabellada, ya que el movimiento de cualquier equipo
experimental real solo provocaría una minúscula variación en los 300 millones
de metros por segundo que aparecen en las ecuaciones de Maxwell. Tan minúscula
que quizá habría pasado desapercibida en los experimentos de Faraday. La
alternativa es aceptar la validez de las ecuaciones de Maxwell y la estrafalaria
idea de que nunca podremos alcanzar el haz de luz. Esa idea no solo choca
frontalmente con el sentido común, sino que, como veremos en el capítulo
siguiente, implica que deberíamos rechazar la propia idea de un tiempo
absoluto.
Cortar
nuestros vínculos con el tiempo absoluto es algo tan difícil de asumir hoy en
día como lo fue para los científicos del siglo XIX. Nuestra intuición se
inclina con tanta fuerza a favor de un espacio y un tiempo absolutos que es
difícil ir en su contra, pero debemos tener claro que la intuición no es más
que eso, intuición. Por otra parte, las leyes de Newton asumen estas ideas
incondicionalmente y, todavía a día de hoy, estas leyes constituyen la base del
trabajo de muchos ingenieros. En el siglo XIX, las leyes de Newton parecían
intocables. Mientras Faraday exponía el comportamiento de la electricidad y el
magnetismo en la Royal Institution, Isambard Kingdom Brunel construía para la
Great Western Railway el tren que uniría Londres con Bristol. El emblemático
puente colgante de Clifton, obra también de Brunel, se completó en 1864, el
mismo año en que Maxwell logró su grandiosa síntesis del trabajo de Faraday y
desveló el secreto de la luz. El puente de Brooklyn se inauguró ocho años más
tarde, y en 1889 la torre Eiffel ya se elevaba por encima de los tejados
parisinos. Todos los grandes logros de la era del vapor se diseñaron y se
construyeron utilizando los conceptos que Newton estableció. La mecánica
newtoniana distaba mucho de ser una ensoñación matemática abstracta. Los
símbolos de su éxito se erigían por todo el planeta en una creciente
celebración del dominio humano de las leyes de la naturaleza. Imagina la
consternación que debieron de sentir los científicos de finales del siglo XIX
al enfrentarse a las ecuaciones de Maxwell y a su ataque implícito a los
cimientos mismos de la imagen newtoniana del mundo. Era evidente que solo podía
haber un ganador. Newton y la idea del tiempo absoluto se impondrían. Sin
embargo, el siglo XX amaneció bajo la sombra que proyectaban las oscuras nubes
del problema de la constancia de la velocidad de la luz: no era posible que
tanto Maxwell como Newton tuviesen razón. Hubo que esperar hasta 1905 para que
el trabajo de un físico hasta entonces desconocido llamado Albert Einstein
demostrase definitivamente que la naturaleza estaba del lado de Maxwell.
Capítulo
3
Relatividad especial
En
el capítulo 1 hemos conseguido probar que la visión aristotélica del espacio y
el tiempo, tan intuitiva, arrastraba un exceso de equipaje. Es decir, hemos
demostrado que no hay necesidad de ver el espacio como la estructura fija,
inmutable y absoluta donde suceden las cosas. También hemos visto cómo Galileo
comprendió la futilidad de aferrarse a la idea del espacio absoluto, aunque
siguió creyendo firmemente en la existencia de un tiempo universal. En el
capítulo anterior hemos hecho parada en la física del siglo XIX, con Faraday y
Maxwell como protagonistas, donde hemos aprendido que la luz no es otra cosa
que la simbiosis de unos campos eléctrico y magnético que avanzan oscilando, en
perfecto acuerdo con las hermosas ecuaciones de Maxwell. ¿Adónde nos lleva todo
esto? Si hemos de abandonar la idea de un espacio absoluto, ¿qué ocupará su
lugar? ¿A qué nos referimos con el colapso de la idea de un tiempo absoluto? El
objetivo de este capítulo es dar respuesta a estas preguntas.
No cabe duda de que Albert Einstein es la figura emblemática de la ciencia
moderna. Su pelo blanco desaliñado y su aire despistado constituyen hoy en día
la viva imagen del «profesor». Pídele a un niño que represente a un científico
y muy probablemente dibujará a alguien parecido al viejo Einstein. Sin embargo,
las ideas que figuran en este libro son las de un hombre joven. A principios
del siglo XX, cuando Einstein reflexionaba sobre la naturaleza del espacio y el
tiempo, tenía poco más de veinte años, mujer y familia. No ocupaba ningún
puesto académico en una universidad o centro de investigación, aunque solía
debatir sobre física con un reducido grupo de amigos, a menudo hasta altas
horas de la madrugada. Una desafortunada consecuencia del aparente aislamiento
de Einstein respecto a las principales instituciones científicas es la
tentación moderna de verlo como un díscolo que se enfrentó con éxito al mundo
científico tradicional; desafortunada porque sirve de inspiración a muchos
chiflados que creen que han descubierto por su cuenta una nueva teoría del
universo y son incapaces de entender por qué nadie les hace caso. De hecho,
Einstein mantenía relaciones relativamente fluidas con las altas esferas del
mundo científico, aunque lo cierto es que su carrera científica no tuvo unos
comienzos fáciles.
Sorprende su perseverancia al seguir explorando los grandes problemas
científicos de la época pese a que no se le tuviese en cuenta de cara a ocupar
un puesto académico universitario. Tras graduarse en la Escuela Politécnica
Federal (ETH) de Zurich, a la edad de veintiún años, habiéndose especializado
en ciencia y matemáticas, estuvo dando clases como profesor interino en varios
lugares, lo que le dejaba tiempo para trabajar en su tesis doctoral. Durante
1901, mientras impartía clases en una escuela privada en Schaffhausen, en el
norte de Suiza, presentó su tesis doctoral en la Universidad de Zurich, que fue
rechazada. Tras esa decepción, Einstein se trasladó a Berna y, como es bien
sabido, comenzó su carrera como experto técnico de tercera clase en la oficina
de patentes de Suiza. La relativa estabilidad económica y la libertad que esta
situación le ofrecía dieron lugar a los años más productivos de su vida, muy
probablemente los más productivos de cualquier científico a lo largo de la
historia.
La mayor parte de este libro trata sobre el trabajo de Einstein que desembocó
en su año dorado, 1905, en el que escribió por primera vez la ecuación E = mc2,
obtuvo por fin su doctorado, y terminó de escribir un artículo sobre el efecto
fotoeléctrico, por el que acabaría recibiendo el premio Nobel. Curiosamente, en
1906 Einstein seguía trabajando en la oficina de patentes, donde la recompensa
que obtuvo por cambiar para siempre nuestra manera de entender el universo fue
un ascenso a experto técnico de segunda clase. Fue en 1908 cuando por fin
obtuvo, en Berna, un puesto académico «propiamente dicho». Aunque resulte
tentador imaginar lo que Einstein habría podido conseguir si durante esos años
no hubiese tenido que relegar la física a la condición de pasatiempo, él
siempre guardó muy gratos recuerdos de esa época en Berna. En su libro El
Señor es sutil, Abraham Pais, biógrafo y amigo de Einstein, describió los
años que este pasó en la oficina de patentes como «lo más parecido al paraíso
en la Tierra», porque pudo dedicar tiempo a pensar en la física.
La
inspiración que condujo a Einstein hacia E = mc2 surgió
de la belleza matemática de las ecuaciones de Maxwell, que le impresionaron
hasta tal punto que decidió tomarse en serio la predicción de que la velocidad
de la luz es constante. Científicamente, no parece que este paso sea muy
controvertido: las ecuaciones de Maxwell se construyeron sobre los cimientos de
los experimentos de Faraday, ¿quiénes somos nosotros para rebatir sus
consecuencias? Lo único que se interpone en nuestro camino son los prejuicios
contra la idea de que algo pueda moverse a la misma velocidad
independientemente de lo rápido que nosotros corramos tras ello. Imagina que
vas en el coche a 60 kilómetros por hora y que te adelanta un coche que va a 80
kilómetros por hora. Parece bastante evidente que verás al coche alejarse a una
velocidad neta de 20 kilómetros por hora. Pensar que esto es «evidente» es el
tipo de prejuicio al que hemos de resistirnos si queremos acompañar a Einstein
y aceptar que la luz siempre se aleja de nosotros a la misma velocidad,
independientemente de lo rápido que nos estemos moviendo. Aceptemos de momento,
como Einstein, que nuestro sentido común puede confundirnos y veamos adónde nos
llevaría una velocidad de la luz constante.
En
el núcleo de la teoría de la relatividad especial de Einstein se encuentran dos
proposiciones, que en el lenguaje de la física se llaman axiomas. Un axioma es
una proposición que se asume como cierta. Partiendo de los axiomas, podemos
deducir sus consecuencias en el mundo real, que comprobaremos mediante la
realización de experimentos. La primera parte de este método se remonta de
hecho a la antigua Grecia. Como es bien sabido, Euclides la explica en
sus Elementos, donde desarrolla el sistema geométrico que aún hoy
se sigue enseñando en los colegios. Para construir su geometría, Euclides se
basó en cinco axiomas, que él consideraba verdades manifiestas. Como veremos
más adelante, la euclidiana es en realidad solo una entre muchas geometrías
posibles: la de un espacio plano, como la superficie de una mesa. La geometría
de la superficie terrestre no es euclidiana y viene definida por un conjunto de
axiomas diferente. Otro ejemplo todavía más importante para nosotros, como
enseguida veremos, es la geometría del espacio y del tiempo. La segunda parte,
la comprobación de las consecuencias en la naturaleza, no fue algo que los
griegos practicasen mucho. De haberlo hecho, es posible que el mundo fuese hoy
en día un lugar muy diferente. Este paso, aparentemente sencillo, lo
introdujeron los científicos musulmanes en el siglo XI y no arraigó en Europa
hasta mucho después, en los siglos XVI y XVII. Partiendo de la sólida
referencia de los experimentos, la ciencia pudo al fin progresar rápidamente, y
llegaron así los avances tecnológicos y la prosperidad.
El primero de los axiomas de Einstein es que las ecuaciones de Maxwell son
ciertas, en el sentido de que la luz siempre viaja por el espacio vacío a la
misma velocidad, independientemente de cuál sea el estado de movimiento de la
fuente o del observador. El segundo axioma sostiene que hemos de seguir los
pasos de Galileo cuando afirmó que nunca se podrá llevar a cabo ningún
experimento que permita identificar un estado de movimiento absoluto. Provistos
únicamente con estas proposiciones, podemos ahora proceder como buenos físicos
e investigar cuáles son sus consecuencias. Como sucede siempre en la ciencia,
la prueba definitiva de la teoría de Einstein, derivada de sus dos axiomas, es
su capacidad para predecir y explicar los resultados de los experimentos.
Citando a Feynman, más extensamente esta vez: «En general, para buscar una ley
nueva seguimos este proceso. Primero, planteamos una hipótesis. Después,
extraemos las consecuencias de nuestra suposición para ver qué implicaría la
teoría si fuese correcta. A continuación, comparamos el resultado de nuestras
deducciones con la naturaleza, mediante experimentos o experiencias, o
directamente a través de observaciones, para ver si concuerda. Si no está de
acuerdo con los experimentos, es errónea. En esta sencilla afirmación radica la
clave de toda la ciencia. No importa lo hermosa que sea tu hipótesis. Da igual
lo inteligente que seas, quién plantee la hipótesis, o cómo se llame. Si no
concuerda con el experimento, es errónea. Eso es todo». Esta magnífica cita
pertenece a una clase grabada en 1964 que te recomendamos que busques en
YouTube.
Por
lo tanto, nuestro objetivo en las páginas que siguen es extraer las
consecuencias que se derivan de los axiomas de Einstein. Empezaremos empleando
una técnica que era del agrado del propio Einstein: el experimento mental. En
particular, queremos estudiar las consecuencias de suponer que la velocidad de
la luz es constante para todos los observadores, independientemente de cómo se
muevan unos respecto a otros. Para hacerlo, vamos a imaginarnos un reloj de
aspecto rudimentario, llamado reloj de luz, que consta de dos espejos entre los
que rebota repetidamente un haz de luz. Podemos utilizarlo como reloj si
contamos cada rebote del haz de luz como un pulso del segundero. Por ejemplo,
si los espejos están a 1 metro de distancia, la luz tarda aproximadamente 6,67
nanosegundos en hacer un recorrido de ida y vuelta.[2]Puedes
comprobar esta cifra tú mismo: la luz debe recorrer 2 metros y lo hace a una
velocidad de 299.792.458 metros por segundo. Se trataría de un reloj de muy
alta precisión, pues daría alrededor de 150 millones de pulsos por cada latido
de un corazón humano.
Imagina ahora que colocamos el reloj de luz en un tren que pasa a toda
velocidad frente a una persona situada en el andén de una estación. La pregunta
del millón es: ¿a qué velocidad marca el tiempo el reloj del tren según la
persona que se encuentra en el andén? Antes de Einstein, todo el mundo daba por
hecho que lo hacía al mismo ritmo, un pulso cada 6,67 nanosegundos.
La
figura 2 muestra cómo ve un pulso del reloj en el tren la persona que está en
el andén. Como el tren se está moviendo, desde el andén se observa que la luz
debe recorrer una distancia mayor en cada pulso. Dicho de otra manera, para la
persona que está en el andén, el punto inicial del recorrido del haz de luz no
está en el mismo lugar que su punto final, porque el reloj se ha movido durante
el pulso.
Para que el reloj marcase el tiempo al mismo ritmo que cuando está en reposo,
la luz debería viajar un poco más rápido, pues de lo contrario no completará un
recorrido más largo en 6,67 nanosegundos. Eso es exactamente lo que sucede en
el mundo tal y como lo veía Newton, porque la luz recibía el impulso del
movimiento del tren.
Figura 2
Pero
—este es el paso fundamental— aplicar la lógica de Einstein implica que la luz
no puede acelerarse porque la velocidad de la luz debe ser la misma para todo
el mundo. Esto tiene la perturbadora consecuencia de que el reloj en movimiento
debe marcar el tiempo realmente más despacio, simplemente porque la luz tiene
que recorrer una distancia mayor, desde el punto de vista de la persona que se
encuentra en el andén. Este experimento mental nos muestra que, si hemos de
sostener que la velocidad de la luz es una constante de la naturaleza, como
parece que Maxwell nos quiere decir, de ello se desprende que el tiempo pasa a
ritmos diferentes dependiendo de cómo nos movemos respecto a otra persona. En
otras palabras, el tiempo absoluto no es compatible con la idea de una
velocidad de la luz universal. Es muy importante hacer hincapié en que esta
conclusión no es válida únicamente para los relojes de luz. No existen
diferencias importantes entre un reloj de luz y uno de péndulo, que funciona
haciendo que «rebote» el péndulo entre dos posiciones una vez por segundo. O,
de hecho, con un reloj atómico, que genera los pulsos al contar el número de
picos y valles de una onda de luz emitida desde un átomo. Incluso la tasa de
desintegración de las células de tu cuerpo podría servir como reloj, y la
conclusión sería la misma, porque todos estos dispositivos miden el paso del
tiempo. En realidad, el reloj de luz es una manera, algo manida, de explicar
esta teoría de Einstein, origen de innumerables y confusas discusiones, al
tratarse de un tipo de reloj tan poco familiar. Es tentador atribuir la
chocante conclusión a la que acabamos de llegar a esta falta de familiaridad,
en lugar de aceptar que se trata de la naturaleza del tiempo en sí. Hacerlo
supondría cometer un grave error, pues la única razón para utilizar un reloj de
luz en lugar de uno de cualquier otro tipo es que así podemos sacar provecho, a
la hora de extraer conclusiones, de la extraña exigencia de que la luz debe
viajar a la misma velocidad para todo el mundo. Cualquier conclusión a la que
lleguemos al pensar en relojes de luz debe ser válida también para cualquier
otro tipo de reloj, por lo siguiente: imagina que nos encerramos dentro de una
caja sellada con un reloj de luz y otro de péndulo, los sincronizamos y los
ponemos en funcionamiento. Si son muy precisos, permanecerán sincronizados y
siempre marcarán la misma hora. Ahora, subamos la caja al tren en movimiento.
De acuerdo con el segundo axioma de Einstein, no deberíamos ser capaces de
saber si nos estamos moviendo. Pero, si el reloj de luz se comportase de una
manera diferente que el de péndulo, dejarían de estar sincronizados y, desde
dentro de la caja sellada, podríamos saber sin lugar a dudas que nos estamos
moviendo.[3]Por
lo tanto, un reloj de péndulo y uno de luz deben marcar el tiempo de la misma
manera, lo que significa que, si el reloj de luz en movimiento lo marca más
despacio para la persona que lo ve desde el andén, lo mismo sucederá con
cualquier otro reloj en movimiento. No se trata de una ilusión óptica: para una
persona situada en el andén, el paso del tiempo en el tren en movimiento se
ralentiza.
El resultado es que podemos elegir entre aferrarnos a la reconfortante idea de
un tiempo absoluto y desechar las ecuaciones de Maxwell, o bien abandonar el
tiempo absoluto en favor de Maxwell y Einstein. ¿Cómo podríamos cerciorarnos de
que escogemos la opción correcta? Tenemos que encontrar un experimento en el
que, si Einstein tiene razón, observaremos cómo el tiempo efectivamente se
ralentiza para los objetos en movimiento.
Para diseñar un experimento así, antes necesitamos calcular a qué velocidad
debe moverse algo para poner de manifiesto el efecto que buscamos. Debemos
tener muy claro que, si un coche va a 100 kilómetros por hora por la autopista,
eso no hará que el tiempo vaya mucho más despacio, porque sabemos que no es
verdad que, al volver de hacer la compra, nos encontremos con que nuestros
hijos han envejecido más que nosotros mientras estábamos fuera. Por tonto que
parezca, tomarse en serio lo que dice Einstein implica aceptar que eso es justo
lo que ocurre y, si nos moviésemos a una velocidad suficientemente alta,
notaríamos la diferencia. Pero ¿qué significa una velocidad suficientemente
alta? Desde el punto de vista de la persona que está en el andén de la
estación, la luz viaja a lo largo de los dos lados del triángulo que se ve en
el dibujo. El argumento de Einstein es que, como esta distancia es mayor que la
que la luz recorrería si el reloj estuviese en reposo, el tiempo pasará más
despacio porque el pulso tarda más en producirse. Todo lo que tenemos que hacer
ahora es calcular cuánto más (para una determinada velocidad del tren) y
tendremos la respuesta. Podemos hacerlo con una pequeña ayuda de Pitágoras.
Si no quieres seguir el desarrollo matemático, puedes saltar al párrafo
siguiente, pero entonces tendrás que dar por buena nuestra palabra de que los
números cuadran. Lo mismo sucederá con cualquier otro razonamiento matemático
que aparezca a lo largo del libro. Siempre cabe la posibilidad de saltárselo y
despreocuparse: las matemáticas ayudan a alcanzar una comprensión más profunda
de la física, pero no son absolutamente imprescindibles para seguir el
desarrollo del libro. Nosotros preferiríamos que les dieses una oportunidad a
las matemáticas incluso si no tienes ninguna experiencia previa. Hemos tratado
de hacerlas accesibles. Puede que la mejor manera de enfrentarse a ellas sea
sin darles mucha importancia. Los rompecabezas lógicos que aparecen en los
periódicos son mucho más difíciles de resolver que cualquier cosa que hagamos
en este libro. Dicho lo cual, a continuación veremos uno de los razonamientos
matemáticos más complicados de todo el libro. Pero el resultado merece la pena.
Échale otro vistazo a la figura 2 e imagina que el tiempo que tarda en
producirse medio pulso en el reloj que está en el tren, tal y como lo mide la
persona que se encuentra en el andén, es igual a T. Es el tiempo
que tarda la luz en ir del espejo inferior al superior. Nuestro objetivo es
calcular el valor de T y multiplicarlo por dos para obtener la
duración de un pulso del reloj para la persona que está en el andén. Si
conociésemos T, podríamos calcular la longitud del lado más largo
del triángulo (la hipotenusa) como cT, es decir, la velocidad de la
luz (c) multiplicada por el tiempo que tarda la luz en llegar desde el
espejo inferior al superior (T). Recuerda que la distancia que recorre
un objeto se obtiene al multiplicar su velocidad por la duración del recorrido.
Por ejemplo, la distancia que recorre en una hora un coche que se desplaza a
100 kilómetros por hora es 100 × 1 = 100 kilómetros. No es difícil calcular el
resultado para un viaje de dos horas. Lo único que estamos haciendo aquí es
recurrir a la fórmula
«distancia
= velocidad × tiempo».
Conociendo T,
también podríamos calcular la distancia que recorre el reloj en medio pulso. Si
el tren se mueve a una velocidad v, el reloj recorre una
distancia vT cada medio pulso. De nuevo, no hemos hecho más
que utilizar la fórmula «distancia = velocidad × tiempo». Esta distancia es la
longitud de la base de un triángulo rectángulo y, puesto que conocemos la
longitud de su lado más largo, podemos utilizar el teorema de Pitágoras para
calcular la distancia entre los dos espejos. Pero ya sabemos cuál es esa
distancia: un metro. Por lo tanto, el teorema de Pitágoras nos dice que
(cT)2 =
12 + (vT)2
Fíjate
en los paréntesis: en matemáticas se utilizan para indicar qué operaciones se
realizan antes. En este caso, (vT)2 significa
«multiplicamos v por T y después elevamos el
resultado al cuadrado». Nada más que eso.
Ya casi hemos acabado. Conocemos c, la velocidad de la luz, y supondremos que
también sabemos cuánto vale v, la velocidad del tren. Podemos entonces utilizar
esta ecuación para calcular T. La forma más rudimentaria de hacerlo sería
probar con un valor de T y ver si satisface la ecuación. Lo más probable es que
no sea así y haya que probar con un valor distinto. Poco a poco, podríamos ir
aproximándonos a la respuesta correcta. Por suerte, podemos evitar ese proceso
tedioso porque la ecuación se puede «resolver». La respuesta es
T2 =
1/(c2 - v2)
que
significa «calculamos primero c2 - v2 y
después dividimos 1 por ese número». La barra inclinada es el símbolo que
utilizaremos para denotar «dividir por». Así, 1/2 = 0,5 y a/b significa
«a dividido por b», etcétera. Si sabes algo de matemáticas, probablemente ya
estés aburrido de todo esto. Si no, quizá te preguntes cómo hemos llegado
a T2 = 1/(c2 - v2).
Este no es un libro de matemáticas, así que tendrás que confiar en que no nos
hemos equivocado (siempre puedes comprobar que lo hemos hecho bien introduciendo
números en la ecuación y haciendo los cálculos). De hecho, lo que tenemos es el
resultado paraT2, que significa «T multiplicado
por T». Para obtener T calculamos la raíz
cuadrada. Matemáticamente, la raíz cuadrada de un número es otro número tal
que, cuando lo multiplicamos por sí mismo, obtenemos de nuevo el número
original. Por ejemplo, la raíz cuadrada de 9 es 3, y la de 7 es aproximadamente
2,646. La mayoría de las calculadoras tienen un botón para calcular raíces
cuadradas. Normalmente está marcado con el símbolo «√» y se suelen escribir
cosas como 3 = √9 .Como puedes ver, calcular la raíz cuadrada es la operación
inversa de elevar al cuadrado: 42 = 16 y √ 16 = 4
Volviendo a la tarea que tenemos entre manos, ahora podemos expresar el tiempo
que dura un pulso en el reloj, tal y como lo observa una persona que se
encuentre en el andén: es el tiempo que tarda la luz en subir hasta el espejo
superior y en volver a bajar; es decir, 2T. Tomando la raíz cuadrada en
la expresión que hemos obtenido antes para T2 y
multiplicándola por 2, obtenemos: 2T = 2/√( c2 - v2)
Esta ecuación nos permite calcular el tiempo que dura un pulso, medido por la
persona que está en el andén, si conocemos la velocidad del tren, la velocidad
de la luz y la distancia entre los dos espejos (1 metro). Pero la duración de
un pulso para alguien que se encuentre en el tren, junto al reloj, es
simplemente igual a 2/c, porque para él la luz sencillamente recorre 2
metros a una velocidad c (puesto que distancia = velocidad ×
tiempo, entonces tiempo = distancia / velocidad). Dividiendo estos dos
intervalos de tiempo entre sí obtenemos cuánto se retrasa el reloj del tren,
tal y como lo mide alguien que esté en el andén. Va más despacio en un factor
de c/√(c2 - v2), que,
reordenando los términos, también puede escribirse como 1/√(1 v2/c2).
Esta es una cantidad muy importante en la teoría de la relatividad, que suele
representarse con la letra griega γ (que se llama «gamma»). Date cuenta de que
γ es mayor que 1, siempre y cuando el reloj se mueva a una velocidad menor que
la de la luz, puesto que v/c será entonces menor que 1.
Cuando v es mucho menor que la velocidad de la luz (como, por
ejemplo, la mayoría de las velocidades habituales, ya que, en unidades a las
que los motoristas están más acostumbrados, la velocidad de la luz es de 1.079
millones de kilómetros por hora), el valor de γ es muy próximo a 1. Solo cuando
la magnitud de v es comparable a la de la velocidad de la luz
γ empieza a desviarse significativamente de 1.
Ya hemos acabado con las matemáticas. Hemos conseguido calcular exactamente
cuánto se dilata el tiempo en el tren para alguien que se encuentra en el
andén. Pongamos números para hacernos una idea de cómo son las cosas. Si el
tren se mueve a 300 kilómetros por hora, puedes comprobar que v2/c2 es
un número muy pequeño: 0,000000000000077. Para obtener el valor del factor γ de
«dilatación temporal», hemos de calcular 1/√(1 - 0.00000000000007) =
1,000000000000039. Como cabía esperar, el efecto es minúsculo: si viajases
durante 100 años en el tren, tu amigo en el andén vería cómo tu vida se
alargaría únicamente 0,0000000000039 años, apenas algo más de una décima de
milisegundo. No obstante, el efecto no sería tan minúsculo si el tren viajase a
un 90 por ciento de la velocidad de la luz. El factor de dilatación temporal
sería en ese caso mayor de 2, lo que significa que el reloj en movimiento
marcaría el tiempo a un ritmo menor de la mitad del reloj de la estación, según
la persona que se encontrase en el andén. Esta es la predicción de Einstein y,
como buenos científicos, para creérnosla tenemos que comprobarla
experimentalmente. Desde luego, en este momento resulta un poco increíble.
Antes de comentar el experimento que zanja la discusión, parémonos a
reflexionar sobre el resultado que acabamos de descubrir. Veamos de nuevo el
experimento desde el punto de vista de la pasajera del tren que se encuentra
junto al reloj. Para ella, el reloj no se está moviendo y la luz simplemente
rebota arriba y abajo, como lo haría para quien estuviese junto al mismo reloj
en la cafetería de la estación. La pasajera debe ver que el reloj marca un
pulso cada 6,67 nanosegundos, 150 millones de veces por cada latido de un
corazón humano, porque tiene toda la razón al pensar que el reloj no se mueve
respecto a ella, siguiendo a Galileo. Mientras tanto, la persona que está en el
andén afirma que el reloj en el tren ha tardado algo más de 6,67 nanosegundos
en dar un pulso. Después de 150 millones de pulsos del reloj en movimiento, su
corazón habrá dado algo más de un latido. Esto es asombroso: la persona que
está en el andén ve cómo envejece más rápido que la pasajera del tren.
Como acabamos de ver, el efecto es minúsculo para los trenes de verdad, que no
se mueven a velocidades ni remotamente próximas a la velocidad de la luz, pero
no deja de ser real. En un mundo imaginario en el que el tren recorriese una
vía muy larga a una velocidad cercana a la de la luz, el efecto sería mayor y
no cabría ninguna duda: desde su punto de vista, la persona que está en el andén
envejecería más rápido.
En los experimentos reales, si queremos demostrar la quiebra del tiempo
absoluto, necesitamos buscar la manera de estudiar objetos que se muevan a
velocidades próximas a la de la luz, ya que solo entonces el factor de
dilatación temporal γ será apreciablemente mayor que 1. Idealmente, también nos
gustaría analizar un objeto que tenga un tiempo de vida, es decir, que muera.
Así, podríamos ver si es posible prolongar su tiempo de vida simplemente
haciendo que se mueva rápido.
Por suerte para los científicos, esos objetos existen. De hecho, los propios
científicos están formados por ellos. Las partículas elementales son diminutos
objetos subatómicos que, debido a su reducido tamaño, es fácil acelerar a
velocidades enormes. Se dice que son elementales porque, hasta donde sabemos
gracias a la tecnología de la que disponemos actualmente, son los componentes
más pequeños de todo lo que existe en el universo. Más adelante en el libro
hablaremos largo y tendido sobre las partículas elementales. De momento, nos
gustaría describir solo dos: el electrón y el muón.
El electrón es una partícula a la que todos le debemos mucho, porque estamos
compuestos por ellos. Es también la partícula que fluye por los cables
eléctricos para hacer que nuestras bombillas brillen y nuestros hornos
calienten. Es la partícula de la electricidad. El muón es idéntico al electrón
en todos los aspectos, salvo en que es más pesado. Los físicos realmente no
entienden por qué la naturaleza decidió darnos una copia del electrón en
apariencia redundante si lo único que quería era formar planetas y personas.
Sea cual fuere la razón de la existencia del muón, es muy útil para los
científicos que desean comprobar la teoría de la relatividad de Einstein,
porque su tiempo de vida es muy corto y es fácil acelerarlo hasta velocidades
muy elevadas. Por lo que sabemos, los electrones nunca mueren, mientras que un
muón que estuviese en reposo junto a ti viviría unos 2,2 microsegundos (un
microsegundo es una millonésima de segundo). Cuando un muón muere, casi siempre
se transforma en un electrón y en otro par de partículas subatómicas llamadas
neutrinos, pero esta información adicional no nos hace falta. Todo lo que
necesitamos saber es que el muón muere. Las instalaciones del sincrotrón de
gradiente alterno (AGS, Alternating Gradient Synchrotron) en el Laboratorio
Nacional de Brookhaven de Long Island, en Nueva York, nos proporcionan una
buena manera de comprobar la teoría de Einstein. A finales de la década de
1990, los científicos de Brookhaven construyeron una máquina que producía haces
de muones y los hacía circular alrededor de un anillo de 14 metros de diámetro
a una velocidad del 99,94 por ciento de la de la luz. Si los muones solo
viviesen 2,2 microsegundos mientras recorren el anillo, únicamente podrían dar
15 vueltas antes de morir. [4] En
la práctica, los muones dan unas 400 vueltas, lo que significa que su tiempo de
vida se multiplica por 29, hasta alcanzar algo más de 60 microsegundos. Es un
hecho experimental. Parece que Einstein va por buen camino, pero ¿con cuánta
precisión?
Es aquí donde las matemáticas que hemos desarrollado en la primera parte del
capítulo nos serán muy útiles. Hemos hecho una predicción precisa sobre la
magnitud del retraso de un pequeño reloj que se mueve a una determinada
velocidad respecto a otro que se encuentre en reposo. Por lo tanto, podemos
utilizar nuestra ecuación para predecir cuánto debería ralentizarse el tiempo
cuando se viaja a un 99,94 por ciento de la velocidad de la luz, y ver así en
qué proporción debería ampliarse el tiempo de vida del muón. Einstein predice
que el tiempo de vida de los muones de Brookhaven debería ampliarse en un
factor γ = 1/√(1 − v2/c2), con v/c =
0,9994. Si tienes una calculadora a mano, introduce los números y mira lo que
pasa. La fórmula de Einstein da 29, exactamente el mismo resultado que los
experimentos de Brookhaven.
Merece la pena dedicar un momento a reflexionar sobre lo que ha pasado.
Utilizando únicamente el teorema de Pitágoras y la suposición de Einstein sobre
la constancia de la velocidad de la luz, hemos deducido una fórmula matemática
que nos ha permitido predecir la extensión del tiempo de vida de una partícula
subatómica llamada muón cuando esta se acelera en la máquina de Brookhaven
hasta un 99,94 por ciento de la velocidad de la luz. Nuestra predicción era que
debería vivir 29 veces más tiempo que un muón en reposo, lo que concuerda
exactamente con lo que observaron los científicos de Brookhaven. Cuanto más lo
piensas, más asombroso es. ¡Bienvenido al mundo de la física! Evidentemente, la
teoría de Einstein ya estaba bien consolidada a finales de la década de 1990.
Los científicos de Brookhaven querían estudiar otras propiedades de sus muones;
los efectos de la teoría de Einstein sobre la extensión de su tiempo de vida
supusieron una recompensa adicional, pues significaban que tendrían más tiempo
para observarlos.
Debemos, por tanto, concluir, porque así nos lo dice el experimento, que el
tiempo es maleable. La velocidad con la que pasa varía de una persona a otra (o
de un muón a otro), dependiendo de cómo se muevan.
Por si este desconcertante comportamiento del tiempo no fuese suficiente, nos
espera algo más, que el lector atento quizá ya haya detectado. Volvamos a los
muones que dan vueltas a toda velocidad en el AGS. Pongamos una pequeña línea
de meta en el anillo y contemos cuántas veces la cruzan los muones antes de
morir. Para la persona que los observa, la cruzan 400 veces porque su tiempo de
vida ha aumentado. ¿Cuántas veces cruzarías la meta si pudieses acompañar a los
muones en su recorrido circular? Tendrían que ser también 400, desde luego; si
no, el mundo no tendría ningún sentido. El problema es que, según tu reloj,
cuando te mueves con los muones por el anillo, estos viven únicamente 2,2
microsegundos, porque los muones están en reposo respecto a ti, y ese es el
tiempo que viven los muones en reposo. Sin embargo, tanto el muón como tú
conseguís dar unas 400 vueltas al anillo antes de que el muón finalmente
expire. ¿Qué ha pasado? Cuatrocientas vueltas en 2,2 microsegundos no es algo
que parezca posible. Por suerte, este dilema tiene solución. La circunferencia
del anillo podría reducirse desde el punto de vista del muón. Para ser del todo
consistentes, la longitud del anillo, tal y como la veis el muón y tú, debe
reducirse exactamente en la misma proporción en que se extiende el tiempo de
vida del muón. De forma que ¡el espacio también ha de ser maleable! Como sucede
con la dilatación temporal, este efecto asimismo es real. Los objetos reales se
encogen cuando se mueven. Como un ejemplo extraño, imagina un coche de 4 metros
de largo que intenta encajar en un garaje de 3,9 metros de longitud. Einstein
predice que si el coche se mueve a más del 22 por ciento de la velocidad de la
luz, se encogerá lo justo para caber en el garaje, al menos durante un instante,
antes de volver a chocar con las paredes. Repetimos: si has seguido el
desarrollo matemático, podrás comprobar que la cifra es efectivamente del 22
por ciento. Si el coche se mueve aún más rápido, se encogerá hasta medir menos
de 3,9 metros; si va más despacio, no se encogerá lo suficiente.
El descubrimiento de que el paso del tiempo puede ralentizarse y las distancias
pueden encogerse ya es suficientemente extraño cuando se aplica al mundo de las
partículas subatómicas, pero el razonamiento de Einstein es igualmente válido
para objetos del tamaño de los seres humanos. Puede que un día tengamos que
recurrir a este chocante comportamiento para poder sobrevivir. Imagina la vida
en la Tierra en un futuro lejano. En unos pocos miles de millones de años, el
Sol ya no podrá proporcionar constantemente la iluminación suficiente para
hacer posible la vida en nuestro mundo, y se convertirá en una estrella
monstruosa en ebullición inestable, perfectamente capaz de engullir nuestro
planeta cuando se hinche y se aproxime a sus rojizos estertores finales. Si
para entonces no nos hemos extinguido por algún otro motivo, los humanos
tendremos que escapar de nuestro hogar ancestral y emprender viaje hacia las
estrellas. La Vía Láctea, nuestra propia isla espiral de 100.000 millones de
soles, tiene un diámetro de 100.000 años luz, lo que significa que la luz tarda
100.000 años en atravesarla, para alguien que se encuentre en la Tierra.
Esperamos que sea evidente por qué es necesario introducir este último matiz,
teniendo en cuenta todo lo que hemos estado diciendo. Podría parecer que los
posibles destinos de la humanidad dentro de la Vía Láctea quedarían por siempre
restringidos a la diminuta proporción de estrellas muy próximas a nuestro hogar
(a escala astronómica), porque cuesta imaginar que fuésemos capaces de
emprender un viaje hacia los remotos confines de la galaxia adonde la propia
luz tardaría 100.000 años en llegar. Pero es aquí donde Einstein acude a
nuestro rescate. Si pudiésemos construir una nave espacial que nos transportase
por el espacio a velocidades muy próximas a la de la luz, las distancias a las
estrellas se reducirían en una proporción que aumentaría cuanto más nos
acercásemos a la velocidad de la luz. Si lográsemos movernos a un 99,99999999
por ciento de la velocidad de la luz, podríamos salir de la Vía Láctea y llegar
a nuestra vecina galaxia de Andrómeda, que se encuentra a casi 3 millones de
años luz de distancia, en apenas cincuenta años. Hay que reconocer que no
parece una tarea menor, y en efecto no lo es. La mayor dificultad radica en
encontrar la manera de propulsar una nave espacial de forma que consiguiese
llegar a velocidades tan altas, pero lo cierto es que, si incorporamos a
nuestro pensamiento la curvatura del tiempo y el espacio, podemos imaginar
viajes a lugares remotos del universo que antes parecían imposibles. Si
formases parte de la primera expedición de la humanidad hacia Andrómeda, que
llegaría a una nueva galaxia tras un viaje de cincuenta años, tus hijos,
nacidos en el espacio, podrían querer volver a su mundo de origen y contemplar
la Tierra con sus propios ojos por primera vez. Para ellos, el Planeta Azul, no
sería más que un cuento infantil espacial. Si diesen media vuelta a la nave y
volviesen a la Tierra, el viaje entero de ida y vuelta a Andrómeda habría
durado cien años. Sin embargo, cuando volviesen a entrar en la órbita
terrestre, para los habitantes del planeta habría pasado la alucinante cantidad
de seis millones de años. Quién sabe si la civilización de sus antepasados habría
siquiera sobrevivido. Einstein nos ha abierto los ojos a un mundo extraño y
maravilloso.
Capítulo
4
Espacio-tiempo
En
los capítulos anteriores, hemos seguido el recorrido histórico que condujo a la
relatividad, y de hecho nuestro razonamiento no ha sido muy distinto del que
Einstein expuso originalmente. Nos hemos visto obligados a aceptar que el
espacio no es ese gran escenario en el que tienen lugar los sucesos de nuestras
vidas, como tampoco el tiempo es algo universal y absoluto. En su lugar, hemos
pasado a una imagen del espacio y el tiempo mucho más maleable y subjetiva. El
gran reloj celeste y, en cierto sentido, el propio cielo, han sido desterrados.
Podemos creer que el mundo es una caja dentro de la cual nos afanamos en
nuestros quehaceres, porque esa imagen nos permite darle sentido rápida y
eficientemente. La capacidad de referir el movimiento de los objetos a una
cuadrícula imaginaria es lo que podríamos llamar visión espacial, algo
obviamente importante si uno quiere escapar de sus depredadores, encontrar
comida y sobrevivir en un entorno peligroso y hostil. Pero no hay razón por la
que este modelo, bien arraigado en nuestros cerebros y reforzado a lo largo de
millones de años de selección natural, no sea más que eso, un modelo. Si cierta
forma de pensar sobre el mundo confiere ventajas de cara a la supervivencia,
esa forma de pensar se hará ubicua. Su exactitud científica es irrelevante. Lo
importante es que, al optar por aceptar los resultados de los experimentos que
Faraday realizó sobre su mesa de trabajo llena de manchas y las explicaciones
codificadas por Maxwell, nos hemos comportado como científicos y hemos
rechazado el cómodo modelo del espacio y el tiempo que permitió a nuestros
antepasados sobrevivir y prosperar en las antiguas llanuras africanas. Este
modelo se ha ido incrustando y reforzando en lo más profundo de nuestra psique
debido a nuestras experiencias a lo largo de millones de años, y desecharlo
puede resultar desconcertante. Esa vertiginosa sensación de confusión, cuando
(con algo de suerte) viene seguida de una epifanía de claridad, constituye el
regocijo de la ciencia. Si el lector siente ahora lo primero, esperamos que al
final del libro hayamos conseguido también que experimente lo segundo.
Este
no es un libro de historia. Nuestro objetivo es describir el espacio y el
tiempo de la manera más esclarecedora posible, y pensamos que el recorrido
histórico que condujo a la relatividad no es necesariamente el mejor camino
hacia la comprensión. Desde un punto de vista moderno, más de un siglo después
de la revolución de Einstein, hemos aprendido que hay una manera más profunda y
satisfactoria de pensar sobre el espacio y el tiempo. En lugar de seguir
profundizando en la perspectiva de los libros de texto antiguos, empezaremos
desde cero, y al hacerlo comprenderemos lo que quería decir Minkowski cuando
afirmó que el espacio y el tiempo debían combinarse en una única entidad. Una
vez que hayamos desarrollado una representación más elegante, nos encontraremos
en una buena posición para lograr nuestro objetivo principal: estaremos en
condiciones de deducir E = mc2.
Este
es el punto inicial. Las teorías de Einstein pueden construirse prácticamente
en su totalidad a partir del lenguaje de la geometría. Es decir, no se necesita
mucha álgebra, sino únicamente imágenes y conceptos. Básicamente, la cuestión
se reduce a tres conceptos fundamentales: invariancia, causalidad y distancia.
A menos que seas físico, es muy probable que las dos primeras palabras no te
resulten familiares y, aunque la tercera sí lo sea, tiene sus matices, como
veremos.
La
invariancia es un concepto fundamental para la física moderna. Levanta la vista
del libro y mira a tu alrededor. Ahora date la vuelta y mira en la dirección
contraria. El aspecto de tu habitación será diferente cuando la mires desde
distintos puntos de vista, por supuesto, pero las leyes de la naturaleza son
las mismas. Da igual que estés mirando hacia el norte, el sur, el este o el
oeste, la gravedad sigue teniendo la misma intensidad y sigue manteniendo tus
pies pegados al suelo. Tu televisor sigue funcionando cuando lo giras, y tu
coche sigue arrancando aunque lo hayas aparcado en Londres, Los Ángeles o
Tokio. Todos estos son ejemplos de invariancia en la naturaleza. Si se expresa
así, parece que la invariancia es poco más que una obviedad. Pero resulta que
obligar a que nuestras teorías científicas cumplan con el requisito de
invariancia es algo asombrosamente fructífero. Acabamos de ver dos formas
distintas de invariancia. El requisito de que las leyes de la naturaleza no
varíen si cambiamos de orientación y las definimos mirando en una dirección
diferente es lo que se denomina invariancia rotacional. El requisito de que las
leyes no varíen si nos movemos de un lugar a otro es lo que se llama
invariancia traslacional. Estos requisitos aparentemente triviales revelaron su
asombrosa potencia en manos de Emmy Noether, a quien Albert Einstein describió
como la mujer más importante en toda la historia de las matemáticas. En 1918
Noether publicó un teorema que puso de manifiesto una conexión profunda entre
la invariancia y la conservación de determinadas cantidades físicas. Más
adelante, volveremos a hablar sobre las leyes de conservación en la física,
pero por ahora nos limitaremos a exponer el profundo descubrimiento de Noether.
Cuando las leyes de la naturaleza permanecen invariables independientemente de
la dirección en la que miremos, la cantidad que se conserva es el momento
angular. En el caso de la invariancia traslacional, la cantidad que se conserva
se denomina momento lineal. ¿Por qué habría de ser importante esto? Saquemos un
interesante hecho físico de nuestra chistera metafórica y expliquémoslo.
La
Luna se aleja 4 centímetros de la Tierra cada año. ¿Por qué? Imagina que la
Luna permaneciese estacionaria sobre la superficie de la Tierra mientras ésta
rota. El agua de los océanos que se encontrasen directamente bajo la Luna se
elevaría un poco hacia ella, porque la gravedad lunar está tirando de ella, y
la Tierra daría una vuelta completa sobre sí misma en un día, bajo esta
protuberancia. Esta es la causa de las mareas. La fricción existente entre el
agua y la superficie terrestre hace que la velocidad de rotación de la Tierra
se ralentice. El efecto es muy pequeño, pero puede medirse: el día terrestre se
está alargando progresivamente dos milésimas de segundo cada cien años. Para
medir la velocidad de rotación, los físicos utilizan el momento angular, por lo
que podemos decir que el momento angular de la Tierra está disminuyendo con el
paso del tiempo. Noether nos dice que, debido a que el mundo tiene el mismo
aspecto en todas las direcciones (para ser más precisos, las leyes de la
naturaleza son invariantes bajo rotación), el momento angular se conserva, lo
que significa que la cantidad total de rotación no debe variar. ¿Qué sucede
entonces con el momento angular que la Tierra pierde debido a la fricción de
las mareas? La respuesta es que se transfiere a la Luna, que se acelera en su
órbita alrededor de la Tierra para compensar por la ralentización de la
rotación terrestre. Esto hace que se aleje ligeramente de la Tierra. Dicho de
otro modo, para garantizar que el momento angular total del sistema compuesto
por la Tierra y la Luna se conserva, esta última debe desplazarse a una órbita
más alejada de la Tierra para compensar por el hecho de que la velocidad de
rotación de la Tierra está disminuyendo. Es un efecto extraordinario y muy
real. La Luna es grande y, con cada año que pasa, se está alejando de la Tierra
para conservar el momento angular. Al novelista italiano Ítalo Calvino esto le
pareció tan maravilloso que escribió un cuento corto, titulado «La distancia de
la Luna», en el que imaginó una época remota en la que nuestros antepasados
podían hacerse a la mar cada noche en barcas, acercarse a la Luna cuando esta
se ponía y trepar a su superficie usando escaleras. La Luna se fue alejando con
los años y llegó una noche en la que los amantes de la Luna tuvieron que elegir
entre quedar atrapados para siempre en ella o volver a la Tierra. Este
sorprendente y, gracias a Calvino, extrañamente romántico fenómeno tiene su
explicación en el abstracto concepto de invariancia y en la profunda conexión
entre esta y la conservación de cantidades físicas.
Es difícil exagerar la importancia de la idea de invariancia en la ciencia
moderna. En el núcleo de la física está el deseo de crear un marco intelectual
universal en el que las leyes no sean nunca objeto de debate. Como físicos,
buscamos descubrir las propiedades invariantes del universo porque, como bien
sabía Noether, nos conducen a revelaciones reales y tangibles. Sin embargo,
esta no es en absoluto una tarea fácil, porque la simplicidad y la belleza
subyacentes de la naturaleza están normalmente ocultas.
En ninguna área de la ciencia es esto más cierto que en la moderna física de
partículas. La física de partículas consiste en el estudio del mundo
subatómico, es decir, en la búsqueda de los constituyentes fundamentales del
universo y de las fuerzas de la naturaleza que los mantienen unidos. Ya nos
hemos topado con una de las fuerzas fundamentales, el electromagnetismo.
Entenderlo nos ha conducido a una explicación de la naturaleza de la luz que
nos ha dado impulso en el camino hacia la relatividad. En el mundo subatómico
se dejan sentir otras dos fuerzas de la naturaleza. La fuerza nuclear fuerte
hace que el núcleo permanezca unido en el centro del átomo, y la fuerza nuclear
débil permite que las estrellas brillen y es la responsable de ciertos tipos de
desintegración nuclear. Por ejemplo, la utilización de la datación por
radiocarbono para calcular la antigüedad de los objetos se basa en la fuerza
nuclear débil. La cuarta fuerza es la gravedad, probablemente la que nos
resulta más familiar, pero también, con mucha diferencia, la más débil. La
mejor teoría de la gravedad de la que disponemos hoy en día sigue siendo la
teoría de la relatividad general de Einstein, que, como veremos en el capítulo
final, es una teoría del espacio y del tiempo. Estas cuatro fuerzas actúan
entre solo doce partículas fundamentales para dar lugar a todo lo que existe en
el mundo visible, incluidos el Sol, la Luna, las estrellas, todos los planetas
del sistema solar y, de hecho, nuestros propios cuerpos. Todo esto constituye
una asombrosa simplificación de lo que, a primera vista, se muestra como un
universo casi infinitamente complicado.
Mira por la ventana. Quizá veas los reflejos deformados de una ciudad, cuando
la luz vespertina se dispersa al incidir sobre láminas de acero y cristal, o
ganado blanquinegro pastando en campos perfectamente vallados. Ya sea urbano o
rural, lo más asombroso es que, desde prácticamente cualquier ventana del
mundo, se observa en el paisaje la huella de la intervención humana. Nuestra
civilización ha llegado a todos los lugares, y aun así la física del siglo XXI
nos dice que, en esencia, todo se reduce a un baile matemático en el que
participan un puñado de partículas subatómicas, orquestado por tan solo cuatro
fuerzas de la naturaleza durante más de 13.700 millones de años. La complejidad
de los cerebros humanos y los productos de la intensa síntesis entre conciencia
y refinada habilidad que podemos observar desde nuestra ventana enmascaran la
simplicidad y elegancia subyacentes en la naturaleza. La tarea del científico
es encontrar las propiedades que actúan como piedra de Rosetta y nos permiten
descifrar el lenguaje de la naturaleza y revelar su belleza.
La herramienta que nos permite buscar estas propiedades de la naturaleza y
sacar provecho de ellas son las matemáticas. En sí misma, esta es una frase que
da lugar a preguntas profundas, y se han escrito libros enteros para intentar
encontrar motivos plausibles por los que habría de ser así. Citando de nuevo a
Eugene Wigner: «El milagro de la idoneidad del lenguaje de las matemáticas para
la formulación de las leyes de la física es un regalo maravilloso que ni
comprendemos ni merecemos». Es posible que nunca lleguemos a entender el
verdadero carácter de la relación entre las matemáticas y la naturaleza, pero
la historia nos ha enseñado que las matemáticas nos permiten organizar nuestro
pensamiento de una manera que resulta ser una guía fiable hacia un conocimiento
más profundo.
Como nos hemos esforzado en recalcar, para continuar en esta senda, los físicos
escriben ecuaciones que no hacen más que expresar relaciones entre distintas
«cosas» del mundo real. Un ejemplo de una ecuación es velocidad =
distancia/tiempo, que hemos visto en el capítulo anterior cuando hablábamos de
los relojes de luz: con símbolos, v = x/t,
donde v es la velocidad, x la distancia
recorrida y t el tiempo necesario para recorrer dicha
distancia x. Es muy sencillo: recuerda que, si recorres 100
kilómetros en una hora, te habrás movido a una velocidad de 100 kilómetros por
hora. Las ecuaciones más interesantes serán aquellas capaces de proporcionar
una descripción de la naturaleza con la que todo el mundo esté de acuerdo. Es
decir, en ellas solo deberíamos encontrar cantidades invariantes. Así, todos
podríamos estar de acuerdo en lo que estamos midiendo, con independencia del
lugar desde el que miremos al universo. El sentido común nos dice que la distancia
entre dos puntos en el espacio debería ser una de esas cantidades invariantes,
y antes de Einstein lo era. Pero ya hemos visto en el capítulo anterior que no
lo es. Recuerda: el sentido común no siempre es de fiar. De una forma similar,
el paso del tiempo se ha convertido en algo subjetivo que varía dependiendo de
la velocidad con la que los relojes se mueven entre sí. Einstein ha alterado el
orden de las cosas de forma que ya ni siquiera podemos basarnos en la distancia
y el tiempo para construir una representación fiable del universo. Por tanto,
desde el punto de vista de un físico que busca las leyes fundamentales de la
naturaleza, la ecuación v = x/t no es
muy útil, porque no expresa una relación entre cantidades invariantes. Al minar
el valor del espacio y el tiempo, hemos socavado los cimientos mismos de la
física. ¿Qué podemos hacer ahora?
Una posibilidad es tratar de restablecer el orden a partir de una conjetura.
Conjetura es una forma elegante de decir «hipótesis» y los científicos las
proponen continuamente. No se dan premios a la teoría subyacente más brillante;
una hipótesis bien fundamentada y efectiva también servirá, siempre que
concuerde con los experimentos. Nuestra conjetura es radical: el espacio y el
tiempo pueden combinarse en una única entidad, que llamaremos «espacio-tiempo»,
en la que las distancias son invariantes. Es una afirmación atrevida, cuyo
significado irá quedando claro a medida que avancemos. Si te paras a pensarlo,
quizá te parezca menos osada que al principio. Si hemos de dar por perdidas las
antiguas certezas de las distancias espaciales absolutas e invariables y del
imperturbable paso con el que el gran reloj celestial marcaba los años, quizá
lo único que podamos hacer sea buscar algún tipo de unificación de esos dos
conceptos aparentemente tan distintos. Por lo tanto, nuestra tarea inmediata es
la de buscar una nueva medida de la distancia en el espacio-tiempo que no varíe
en función de cómo nos movamos unos respecto a otros. Tendremos que avanzar con
cuidado, para entender bien cómo funciona la síntesis del espacio-tiempo. Pero
¿qué significa exactamente buscar una distancia en el espacio-tiempo?
Supongamos que me levanto a las 7 a. m. y termino de desayunar a las 8 a. m.
Las siguientes afirmaciones son ciertas, pues son consecuencia de los
experimentos: (1) Mido la distancia espacial entre mi cama y la cocina y es de
10 metros, pero alguien que pase volando a gran velocidad mediría una distancia
diferente; (2) Mi reloj indica que he tardado una hora en desayunar, pero, para
el observador que pase a toda velocidad, la duración será diferente. Nuestra
conjetura es que la distancia en el espacio-tiempo entre cuando me levanto de
la cama y cuando termino de desayunar es algo en lo que todos podemos estar de
acuerdo, es decir, es invariante. La existencia de este consenso es crucial,
porque queremos construir un conjunto de leyes utilizando únicamente objetos de
este tipo. Evidentemente, solo estamos suponiendo que las cosas son así, aún no
hemos probado nada. Ni siquiera hemos decidido cómo calcular distancias en el
espacio-tiempo. Pero, para seguir avanzando, primero tenemos que explicar el
significado de la segunda de nuestras tres palabras clave, la causalidad.
El de causalidad es otro concepto en apariencia obvio cuya aplicación tiene
profundas consecuencias. Es sencillamente el requisito según el cual la
importancia de la causa y el efecto es tal que su orden no puede invertirse. Tu
madre te dio a luz, y no existe representación consistente del espacio-tiempo
en la que fuese posible que tú hubieses nacido antes que ella. Construir una
teoría del universo en la que pudieses haber nacido antes sería absurdo y
llevaría a contradicciones. Cuando se expone así, es difícil presentar
argumentos en contra del requisito de causalidad.
No obstante, conviene tener en cuenta que los humanos somos capaces de
ignorarlo a diario. Por ejemplo, pensemos en las profecías. Figuras como la de
Nostradamus son idolatradas, incluso hoy en día, por haber sido supuestamente
capaces de prever, en sueños o en un estado místico similar al trance,
acontecimientos que sucederían en el futuro. En otras palabras, acontecimientos
que sucedieron siglos después de la muerte de Nostradamus fueron visibles
mientras estuvo vivo, al menos para él. Nostradamus murió en 1566, pero se le
atribuye haber visto el Gran Incendio de Londres de 1666, la ascensión de
Napoleón y de Hitler, los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados
Unidos y, nuestro favorito, el advenimiento del anticristo en Rusia en 1999. El
anticristo aún no ha aparecido, pero puede que él/ella aún esté ascendiendo
desde el infierno y llegue a tiempo de presentarse antes de que el libro se
imprima, lo que nos obligaría a rectificar.
Dejando aparte entretenidas tonterías, necesitamos introducir varios términos
importantes. La muerte de Nostradamus fue un «evento», como también lo fueron
el nacimiento de Adolf Hitler y el Gran Incendio de Londres. Para que
Nostradamus hubiese podido observar un evento como el Gran Incendio, que tuvo
lugar tras su muerte, sería necesario que el orden de los dos eventos se
invirtiese. Decirlo explícitamente es casi una tautología: Nostradamus murió
antes del Gran Incendio, y por tanto no pudo haberlo visto. Para observarlo, el
evento que es el Gran Incendio tendría que haberse podido ver antes que el
evento que es la muerte de Nostradamus, y por lo tanto el orden de los eventos
tendría que haberse invertido. Hay un matiz importante: Nostradamus pudo haber
causado el Gran Incendio. Podríamos imaginar que hubiese dejado una suma de
dinero en una cuenta bancaria para incitar a alguien a provocar un fuego en
Pudding Lañe poco después de la medianoche del 2 de septiembre de 1666. Esto
establecería una relación causal entre los eventos asociados con la vida y la
muerte de Nostradamus y los eventos asociados con el Gran Fuego de Londres.
Como veremos más adelante, el orden de los eventos conectados de este modo
(eventos conectados causalmente) es de hecho el único que no puede invertirse.
Causa y efecto son sagrados en el universo de Einstein.
Otros eventos se producen a una distancia suficiente, espacial y temporal, como
para que no puedan tener ninguna influencia entre sí. Sorprendentemente, el
orden de este tipo de eventos sí puede invertirse. La teoría de Einstein saca
provecho del resquicio que permite que se altere el orden de los eventos
siempre que ello no tenga ninguna incidencia en absoluto en el funcionamiento
del universo. Más adelante explicaremos qué queremos decir con «una distancia
suficiente». De momento, hemos introducido el concepto de causalidad como un
axioma que utilizaremos para construir nuestra teoría del espacio-tiempo.
Evidentemente, la capacidad de la teoría para predecir el resultado de los
experimentos será su juez último. Por cierto, Nostradamus sí acertó con una de
sus predicciones. Mientras sufría los efectos de un brote de gota
particularmente agudo, le dijo a su secretario: «No me verás con vida al
amanecer». A la mañana siguiente lo encontraron muerto en el suelo.
¿Qué tiene que ver la causalidad con el espacio-tiempo, y en particular con las
distancias en el espacio-tiempo? Pronto descubriremos que obligar a que el
universo sea causal impone restricciones en la estructura del espacio-tiempo,
hasta tal punto que únicamente deja una opción posible. Solo existirá una
manera de combinar el espacio y el tiempo para crear el espacio-tiempo que
preserve el orden causal de las cosas. Cualquier otra forma violaría la
causalidad y nos permitiría hacer cosas extraordinarias, como retroceder en el
tiempo para impedir nuestro propio nacimiento o, en el caso de Nostradamus,
quizá evitar un estilo de vida que le llevó a sufrir de gota.
Figura 3
Retomemos
la tarea de desarrollar el concepto de distancia en el espacio-tiempo. Para ir
calentando, de momento dejaremos a un lado el tiempo y reflexionaremos sobre la
idea de distancia en el espacio tridimensional habitual, un concepto al que
todos estamos acostumbrados. Supongamos que intentamos medir la distancia más
corta entre dos ciudades en un mapa plano de la Tierra. Como sabe cualquiera
que haya tomado un vuelo de largo recorrido y haya visto cómo avanzaba en el
mapa que aparece en las pantallas de vídeo, la distancia más corta entre dos
puntos de la superficie terrestre aparece como una curva. Esa línea es lo que
se conoce como un gran círculo. La figura 3 representa un mapa de la Tierra
sobre el que hay dibujada una línea que corresponde a la distancia más corta
entre Manchester y Nueva York. Es fácil entender la forma de esta línea sobre
un globo terráqueo, pero a primera vista sorprende ver que una línea curva
represente la distancia más corta entre dos puntos. Esto se debe a que la
superficie terrestre no es plana, sino curva. Para ser más específicos, la
Tierra es una esfera. La naturaleza curva de la superficie terrestre es también
la razón por la que, en algunos mapas planos, Groenlandia parece mucho más
grande que Australia, cuando en realidad es mucho más pequeña. El mensaje es
claro: las líneas rectas representan la distancia más corta entre dos puntos
únicamente en un espacio plano. La geometría del espacio plano se conoce
habitualmente como geometría euclidiana. Sin embargo, lo que Euclides no sabía
en su época, y en realidad no se vio con claridad hasta el siglo XIX, era que
su geometría del espacio plano es solo un ejemplo concreto de una familia
entera de geometrías posibles, cada una de ellas matemáticamente consistente y
algunas de las cuales se pueden utilizar para describir la naturaleza. Un muy
buen ejemplo es la superficie de la Tierra, que es curva y por tanto se
describe mediante una geometría no euclidiana. En particular, la distancia más
corta entre dos puntos no es una línea recta euclidiana.
Existen otras propiedades euclidianas a las que estamos acostumbrados y que no
se cumplen en la superficie terrestre. Por ejemplo, los ángulos interiores de
un triángulo ya no suman 180 grados, y las líneas que son paralelas y tienen
dirección norte-sur en el ecuador se cruzan en los polos. Si ya no se puede
aplicar la geometría euclidiana, necesitamos encontrar la manera de calcular
distancias en un espacio curvo como el de la superficie terrestre. Una forma de
hacerlo sería medir las distancias directamente con un trozo de cuerda sobre un
globo terráqueo. De esta manera, estaríamos teniendo debidamente en cuenta la
curvatura de la Tierra. Un piloto de avión podría tender un pedazo de cuerda
entre dos ciudades del globo, medir su longitud con una regla, y después
simplemente multiplicar el resultado por la proporción entre el tamaño del
globo y el de la Tierra. Pero puede que no tengamos un globo a mano, o que
necesitemos desarrollar un programa informático de navegación para aviones. En
cualquier caso, tenemos que conseguir algo mejor que un trozo de cuerda y
encontrar una ecuación que nos diga la distancia entre dos puntos cualesquiera
de la superficie terrestre a partir únicamente de sus longitudes y latitudes y
de la forma y tamaño de la Tierra. No es tan difícil encontrar una ecuación así
y, si sabes algo de matemáticas, puedes incluso intentarlo tú mismo. No
necesitamos escribirla aquí, pero lo importante es que existe una ecuación, y
que no se parece mucho a la geometría euclidiana de un tablero plano. No
obstante, sí permite calcular la distancia más corta entre dos puntos en una
esfera de una manera bastante similar a como el teorema de Pitágoras se utiliza
para obtener la distancia más corta entre dos puntos (la hipotenusa) en un tablero,
a partir de las distancias desde una esquina medidas a lo largo de los bordes
de la mesa. Como las líneas rectas pertenecen al dominio de Euclides,
introduciremos una nueva expresión para la distancia más corta entre dos puntos
que es válida tanto para un espacio plano como para uno curvo. Esta línea se
denomina geodésica: un gran círculo es una geodésica en la superficie terrestre
y una línea recta lo es en un espacio plano. Hasta aquí las distancias en el
espacio tridimensional. Ahora tenemos que decidir cómo medir distancias en el
espacio-tiempo, para lo cual hemos de complicar las cosas e incorporar el
tiempo a la combinación.
En la escena en la que nos levantábamos de la cama y desayunábamos en la
cocina, ya hemos introducido los conceptos que vamos a necesitar ahora. No es
incorrecto decir que la distancia espacial entre la cama y la cocina es de 10
metros. También podríamos decir, aunque suene algo extraño, que la distancia
temporal entre cuando nos levantamos de la cama y cuando terminamos de desayunar
es de una hora. No es así como solemos pensar en el tiempo, porque no estamos
acostumbrados a describirlo con el lenguaje de la geometría. Preferiríamos
decir: «Ha pasado una hora entre el momento en que me he levantado de la cama y
cuando he terminado de desayunar». De la misma manera, normalmente no diríamos:
«Han pasado 10 metros entre que me he levantado de la cama y me he sentado en
la cocina». El espacio es el espacio y el tiempo es el tiempo, y nunca se han
de entremezclar. Pero nos hemos impuesto la tarea de tratar de combinar el
espacio y el tiempo entre sí, porque sospechamos que es la única manera de
reconstruir las cosas para que encajen con lo que afirman Maxwell y Einstein.
Sigamos adelante, pues, y veamos adónde nos conduce esto. Si no eres
científico, esta puede ser la parte más complicada del libro hasta ahora,
porque operaremos de una manera totalmente abstracta. La capacidad de
pensamiento abstracto es lo que le confiere a la ciencia su potencia, pero
quizá también su reputación de complicada, porque no es una facultad que
necesitemos demasiado en nuestra vida diaria. Ya nos hemos encontrado con un
difícil concepto abstracto en la forma de los campos eléctrico y magnético y,
de hecho, comparado con eso, es probable que la abstracción necesaria para
combinar el espacio y el tiempo no sea para tanto.
Lo que estamos haciendo implícitamente al hablar de la «distancia temporal» es
tratar el tiempo como una dimensión adicional. Estamos acostumbrados a la
expresión «3-D», por tridimensional, utilizada para referirse al hecho de que
el espacio tiene tres dimensiones: arriba y abajo; izquierda y derecha; hacia
delante y hacia atrás. Si intentamos añadir el tiempo al esquema, para poder
definir distancias en el espacio-tiempo, estamos de hecho creando un espacio de
cuatro dimensiones. Hemos de tener claro que la dimensión temporal se comporta
de manera diferente a las dimensiones espaciales. En el espacio tenemos
completa libertad de movimientos, mientras que en el tiempo solo nos movemos en
una dirección, y el tiempo nos parece completamente distinto del espacio. Pero
eso no tiene por qué ser un obstáculo insalvable. Pensar en el tiempo como
«solo una dimensión más» es el salto abstracto que hemos de dar. El truco,
aunque pueda sonar muy confuso, es imaginar cómo te sentirías si fueses una
criatura que solo pudieses moverte hacia delante y hacia atrás, o a izquierda o
derecha y que nunca hubieses experimentado arriba y abajo, porque vivieses en
un mundo plano. Si alguien te pidiese que imaginases una tercera dimensión, tu
mente plana sería incapaz de hacerlo. Pero, si tuvieses inclinaciones
matemáticas, podrías aceptar la posibilidad gustosamente y, en cualquier caso,
siempre podrías seguir los razonamientos matemáticos aunque no pudieses representar
en tu cabeza la misteriosa dimensión adicional. A medida que nuestra historia
vaya avanzando, debería ser más fácil pensar en el tiempo como «solo una
dimensión más». Si hay algo que intentamos enseñar a nuestros alumnos cuando
llegan a la Universidad de Manchester, dispuestos a aprender a ser físicos, es
que todo el mundo se siente desconcertado y se bloquea. Muy poca gente entiende
los conceptos difíciles la primera vez que se topa con ellos, y la manera de
alcanzar una comprensión más profunda pasa por ir avanzando paso a paso. En
palabras de Douglas Adams: « ¡Que no cunda el pánico!».
Prosigamos ahora en un tono más ligero dando cuenta de algo muy sencillo: las
cosas suceden. Nos levantamos, preparamos el desayuno, nos lo comemos,
etcétera. Denominaremos «evento espaciotemporal» a la ocurrencia de una cosa.
Podemos describir unívocamente un evento en el espacio-tiempo mediante cuatro
números: tres coordenadas espaciales, que señalan dónde ha sucedido, y una
coordenada temporal, que indica cuándo ha sucedido. Las coordenadas espaciales
se pueden especificar utilizando cualquier sistema tradicional de medida. Por
ejemplo, longitud, latitud y altitud podrían servir si el evento se produce en
las inmediaciones de la Tierra. Tus coordenadas cuando estás en la cama podrían
ser 53° 28' 2,28" N, 2° 13' 50,52" O y 38 metros por encima del nivel
del mar. La coordenada temporal se especifica mediante un reloj (como el tiempo
no es universal, para evitar ambigüedades tendríamos que identificar qué reloj
utilizamos) y podría ser 7 a. m. GMT [5] en
el momento en que suena la alarma y te despiertas. Así pues, tenemos cuatro
números que localizan unívocamente cualquier evento en el espacio-tiempo.
Fíjate en que las coordenadas que hemos elegido no tienen nada de particular.
De hecho, estas coordenadas en concreto se miden respecto a una línea que
atraviesa Greenwich, en Londres, Inglaterra. Veinticinco países se pusieron de
acuerdo en esta convención, que se acordó en octubre de 1884 con la única voz
discordante de Santo Domingo (Francia se abstuvo). La idea de que no debería
haber ninguna diferencia entre elegir unas coordenadas u otras es algo muy
importante.
Tomemos el momento en el que me despierto en la cama como nuestro primer evento
espaciotemporal. El segundo podría ser el evento que marca el final del
desayuno. Hemos dicho que la distancia espacial entre los dos eventos es de 10
metros y que la distancia temporal es de 1 hora. Para evitar ambigüedades,
tendríamos que decir algo como: «He medido la distancia entre mi cama y la mesa
donde desayuno utilizando una cinta métrica que se extendía directamente desde
la cama a la mesa» y: «He medido el intervalo temporal utilizando el reloj de
la mesilla de noche y el que hay en la cocina». No olvides que ya sabemos que
estas dos distancias, la espacial y la temporal, no son cosas sobre las que
exista un acuerdo universal. Alguien que pasase en un avión por encima de tu
casa diría que tu reloj avanza más despacio y que la distancia entre tu cama y
la mesa se reduce. Nuestro objetivo es encontrar una distancia en el
espacio-tiempo con la que todo el mundo esté de acuerdo. La pregunta del millón
es, pues: «¿Cómo partimos de los 10 metros y la hora para construir una
distancia invariante en el espacio-tiempo?». Tenemos que ir con pies de plomo
y, como en el caso de las distancias sobre la superficie terrestre, no
asumiremos una geometría euclidiana.
Si vamos a calcular distancias en el espacio-tiempo, hemos de resolver un
problema urgente. Si la distancia espacial se mide en metros y la distancia
temporal en segundos, ¿cómo podemos siquiera pensar en combinarlas? Es como
sumar manzanas y peras, porque no son cantidades del mismo tipo. Sin embargo,
podemos convertir distancias y tiempos, y viceversa, utilizando la ecuación que
hemos visto antes, v = x/t. Con un poquito
de álgebra, podemos escribir el tiempo como t = x /v,
o la distancia como x = vt. Dicho de otra manera,
la distancia y el tiempo pueden intercambiarse utilizando algo con dimensiones
de velocidad. Introduzcamos, pues, una velocidad de conversión, que
llamaremos c. Podremos entonces medir el tiempo en metros, siempre
que multipliquemos cualquier intervalo temporal por nuestra velocidad de
conversión. En este punto de nuestro razonamiento, c podría
ser cualquier velocidad, ya que aún no nos hemos decidido por ningún valor en
particular. De hecho, este truco de intercambiar tiempo y distancia es muy
habitual en astronomía, donde la distancia a las estrellas y a las galaxias se
suele medir en años luz, que es la distancia que la luz recorre en un año. No
nos parece tan extraño porque estamos acostumbrados, pero en realidad se trata
de una distancia medida en años, que es una unidad de tiempo. En el caso de la
astronomía, la velocidad de conversión es la velocidad de la luz.
Figura 4
Hemos
avanzado: nuestros intervalos espaciales y temporales ya tienen las mismas
dimensiones. Por ejemplo, ambos podrían venir dados en metros, o millas, o años
luz, o lo que fuese. La figura 4 representa dos eventos en el espacio-tiempo,
marcados con pequeñas cruces. Lo fundamental es que queremos encontrar una
regla para calcular la distancia entre los dos eventos en el espacio-tiempo.
Viendo la figura, queremos saber la longitud de la hipotenusa, dadas las de los
otros dos lados. Para ser algo más precisos, denominaremos x a
la longitud de la base del triángulo, mientras que la altura será ct.
Eso significa que los dos eventos están a una distancia x en
el espacio y a una distancia ct en el tiempo. Nuestro
objetivo, por tanto, es responder a la pregunta: « ¿Cuánto mide la
hipotenusa, s, en función de x y ct?».
Retomando nuestro ejemplo anterior, x = 10 metros es la
distancia espacial desde la cama a la mesa de la cocina y t =
1 hora es la distancia temporal. Hasta ahora, como c es
arbitraria, ctpuede tomar cualquier valor y no parece que hayamos
avanzado mucho. Aun así, prosigamos.
Tenemos que decidir cómo vamos a medir la longitud de la hipotenusa, la
distancia entre dos eventos en el espacio-tiempo. ¿Deberíamos optar por el
espacio euclidiano, en cuyo caso podríamos aplicar el teorema de Pitágoras, o
por algo más complicado? Quizá nuestro espacio debería ser curvo, como la
superficie terrestre, o tener otra forma más complicada. De hecho, podríamos
imaginar infinitas maneras de calcular distancias. Seguiremos el procedimiento
que suelen emplear los físicos y propondremos una hipótesis. Para ello,
aplicaremos un principio muy útil e importante, conocido como la navaja de
Ockham, en honor del pensador inglés Guillermo de Ockham, que vivió a principios
del siglo XIV. Exponer la idea que contiene es fácil, pero trasladarla a la
vida cotidiana es mucho más difícil. Se podría resumir como: «No compliquemos
las cosas más de lo necesario». Ockham lo expresó como: «La pluralidad no se
debe postular sin necesidad», que suscita una pregunta: ¿por qué no siguió su
propia regla a la hora de construir frases? Se presente como se presente, el
principio de la navaja de Ockham tiene mucha fuerza, es incluso brutal, si se
aplica a los razonamientos sobre el mundo natural. En realidad, dice que se
debe probar primero con la hipótesis más sencilla, y solo si esta fracasa se
debe ir aumentando la complejidad poco a poco hasta que la hipótesis encaje con
la evidencia experimental. En nuestro caso, la manera más sencilla de construir
una distancia pasa por asumir que al menos la parte espacial de nuestro
espacio-tiempo debería ser euclidiana; en otras palabras, el espacio es plano.
Esto significa que la manera habitual de calcular la distancia en el espacio
entre los objetos que se encuentran en la habitación donde estamos leyendo este
libro se transpone intacta a nuestro nuevo esquema. ¿Podría haber algo más
sencillo? La pregunta, entonces, es cómo deberíamos incluir el tiempo. Otra
suposición que simplifica nuestra tarea es la de que nuestro espacio-tiempo no
varía y es igual en cualquier lugar. Son suposiciones importantes. De hecho,
Einstein decidió en un momento dado relajarlas, y hacerlo le permitió
contemplar la alucinante posibilidad de que la presencia de materia y energía
pudiese alterar constantemente el espacio-tiempo. Eso le condujo a la teoría de
la relatividad general, que, a día de hoy, sigue siendo la mejor teoría de la
gravedad de que disponemos. Llegaremos a la relatividad general en el capítulo
final, pero de momento podemos ignorar estas complicaciones. Una vez que nos
dejamos guiar por Ockham y aplicamos estas dos suposiciones simplificadoras,
nos quedan únicamente dos posibles maneras de calcular distancias en el
espacio-tiempo. La longitud de la hipotenusa debe ser
s2 =
(ct)2 + x2,
o
bien
s2 =
(ct)2 − x2.
No
existe otra opción. Aunque no lo hemos demostrado, nuestra suposición de que el
espacio-tiempo no debe variar y debe ser igual en cualquier lugar nos lleva a
estas dos únicas posibilidades, y hemos de elegir entre el signo positivo y el
negativo. Evidentemente, con demostración o sin ella, podemos ser pragmáticos y
ver qué sucede cuando nos probamos cada una de ellas para ver cómo nos quedan.
Cambiar el signo implica que las matemáticas dejan de ser una extensión de la
ya conocida ecuación de Pitágoras. Nuestra tarea consiste en dilucidar si
deberíamos quedarnos con la versión de Pitágoras, con signo positivo, o pasar a
la versión de la ecuación con signo negativo. Quizá a primera vista parezca
raro darle vueltas a esta idea. ¿Qué motivo podría haber para siquiera
plantearse usar la ecuación de Pitágoras con signo negativo? Pero esa no es la
mejor manera de pensar. La fórmula para calcular distancias sobre una esfera
tampoco se parece nada a la de Pitágoras, así que lo único que estamos haciendo
es barajar la posibilidad de que el espacio-tiempo no sea plano, en el sentido
euclidiano del término. De hecho, puesto que la versión con signo negativo es
la única opción, aparte de la que tiene signo positivo (teniendo en cuenta los
supuestos de los que partimos), no existe un motivo lógico por el que debamos
descartarla a estas alturas. Por tanto, deberíamos seguir con ella y explorar
sus consecuencias. Si ninguna de las dos versiones, positiva o negativa, nos
sirve y no conseguimos construir una medida viable de la distancia en el
espacio-tiempo, tendremos que volver a empezar.
Estamos a punto de embarcarnos en un razonamiento muy elegante, pero quizá
también delicado. Cumpliremos nuestra promesa de no usar nada más complicado
que el teorema de Pitágoras, pero puede que tengas que leerlo más de una vez
para entenderlo. Merecerá la pena, porque si lo sigues con detenimiento puede
que experimentes una sensación que el biólogo Edward O. Wilson describe como el
hechizo jónico. Proviene de la obra de Tales de Mileto, a quien Aristóteles,
dos siglos después, atribuye el mérito de haber puesto los cimientos de las
ciencias físicas, en Jonia en el siglo VI antes de Cristo. Esta expresión
poética describe la creencia de que la complejidad del mundo puede explicarse
mediante un número reducido de sencillas leyes naturales porque, en esencia, el
mundo es ordenado y sencillo (lo que nos hace pensar en el ensayo de Wigner).
La tarea del científico es la de aislarse de la complejidad que vemos a nuestro
alrededor para mostrar esa simplicidad subyacente. Cuando el proceso tiene
éxito, y revela la simplicidad y unidad del mundo, experimentamos el hechizo
jónico. Imagina por un momento que cae en la palma de tu mano un copo de nieve.
Es una estructura elegante y bella, de una simetría cristalina irregular. No
hay dos copos iguales y, a primera vista, este hecho parece hacer imposible una
explicación sencilla. La ciencia nos ha permitido saber que la aparente
complejidad de los copos de nieve oculta una exquisita simplicidad subyacente;
cada copo resulta de la ordenación de miles de millones de moléculas de agua, H2O.
Un copo no es más que eso, y sin embargo, cuando esas moléculas de agua se unen
en la atmósfera de nuestro planeta en una fría noche de invierno, emerge una
abrumadora complejidad de estructura y forma.
Para zanjar la cuestión del signo positivo o negativo, hemos de dirigir nuestra
mirada hacia la causalidad. Supongamos primero que la de Pitágoras es la
ecuación correcta para las distancias en el espacio-tiempo; es decir, que s2 =
(ct)2 + x2. Volvamos una vez más
a nuestros dos eventos: despertarse en la cama a las 7 a. m. y terminar de
desayunar en la cocina a las 8 a. m. Haremos algo que quizá te dé escalofríos
al recordar las clases de matemáticas del colegio y cómo mirabas por la ventana
los campos de fútbol, inmaculados y sugerentes bajo la luz de la tarde
primaveral: llamaremos O al evento del despertar y A al
del final del desayuno. Lo hacemos únicamente por brevedad, sin ninguna
intención de volver a vestir pantalones cortos y cubrirnos de polvo de tiza.
Sabemos que la distancia espacial entre O y A es x =
10 metros, y que la distancia temporal entre los dos eventos es t =
1 hora, si soy yo quien las mido. Aún no hemos decidido cuál es el valor
de c, pero cuando lo hagamos conoceremos ct y
podremos entonces utilizar la ecuación para la distancia para calcular s,
la separación entre los eventos O yA en el
espacio-tiempo. Nuestra hipótesis es que, aunque x y t serán
diferentes cuando los mida alguien que pase en un avión a una velocidad próxima
a la de la luz, la distancia s será la misma. Dicho de otro
modo, x y t pueden variar, y lo harán, pero
de tal manera que s nunca cambiará. Aun a riesgo de resultar
demasiado insistentes, queremos recordarte que nuestro objetivo siempre es
erigir las leyes de la física utilizando objetos invariantes en el
espacio-tiempo, y la distancia s es uno de ellos. Por si acaso
suena demasiado abstracto, lo repetiremos de nuevo utilizando un lenguaje
matemático menos rebuscado: las reglas de la naturaleza deben expresar
relaciones entre cosas reales, y esas cosas viven en el espacio-tiempo. Algo
que vive en el espacio-tiempo es similar a un objeto que está en una
habitación. El espacio-tiempo (o la habitación) es el escenario donde esa cosa
vive. La naturaleza de las cosas reales no es una cuestión de opinión, y en ese
sentido decimos que es invariante. Un ejemplo tridimensional de algo que no es
invariante podría ser la sombra titilante de un objeto que está en una
habitación donde arde un fuego que lo ilumina.
Figura 5
Es
evidente que la sombra varía dependiendo de cómo arda y de dónde se encuentre
el fuego, pero en ningún caso nos cabe la duda de que la proyecta un objeto
real e invariable. Utilizando el espacio-tiempo, nuestro propósito es elevar la
física por encima de las sombras y encontrar las relaciones entre objetos
reales.
El hecho de que dos observadores diferentes puedan no estar de acuerdo sobre
los valores de x y t, siempre que s sea
la misma, tiene una consecuencia muy importante, que es muy fácil visualizar.
La figura 5 representa un círculo centrado en O, el evento del
despertar, con radio s. Como, de momento, estamos usando la forma
pitagórica de la ecuación de la distancia, todos los puntos que están sobre la
circunferencia del círculo se encuentran a la misma distancia s respecto
a O. Esto resulta evidente: la distancia s es el
radio del círculo. Los puntos en el exterior del círculo están más alejados
de O, mientras que los puntos en su interior estás más próximos
a O. Pero nuestra hipótesis es que s es la
distancia en el espacio-tiempo entre los eventos O y A.
En otras palabras, el evento Apodría estar en cualquier punto de la
circunferencia del círculo y encontrarse a una distancia espaciotemporal s de O.
¿En qué punto del círculo debería encontrarse el evento A? Eso
depende de quién esté midiendo x y t. Sabemos
exactamente cuál es ese punto para mí, que estoy en la casa, ya que x =
10 metros y t = 1 hora. Eso es lo que hemos representado en el
diagrama marcado con la etiqueta A. Para una persona que sobrevolase
la casa en un cohete a alta velocidad, la distancia espacial x y
la distancia temporal t cambiarían, pero, si sha
de ser la misma, el evento seguirá estando en algún punto del círculo. Por lo
tanto, observadores diferentes obtendrán distintas posiciones en el espacio y
en el tiempo por separado para el mismo evento, pero siempre sujetas a la
restricción de que únicamente desplazamos el punto alrededor del círculo. Hemos
marcado dos posibles posiciones como A' y A". Con
la posición A' no sucede nada especialmente interesante, pero
fíjate en la posición A". Aquí sí que sucede algo
espectacular: la distancia temporal entre A" y O es
negativa. En otras palabras, A" sucedió antes que O.
Se encuentra ahora en el pasado de O. ¡Este es un mundo en el que
terminas de desayunar antes de despertarte! Algo así es una clara violación de
nuestro apreciado axioma de la causalidad.
Por cierto, las imágenes como las que se muestran en las figuras 4 y 5 se
llaman «diagramas espaciotemporales» y suelen servirnos para entender qué es lo
que sucede. En realidad, son muy sencillos. Las cruces en un diagrama
espaciotemporal denotan eventos; desde el evento se puede trazar verticalmente
una recta hasta la línea marcada como «espacio» (el eje espacial) para calcular
la distancia espacial entre el evento y O. Análogamente, una recta
horizontal desde el evento hasta la línea marcada como «tiempo» (el eje
temporal) nos permite conocer la diferencia temporal entre el evento y O.
Podemos interpretar el área que existe por encima del eje espacial como el
futuro de O (porque t es positivo para
cualquier evento en esa región) y el área por debajo como el pasado
(porque t es en ese caso negativo). El problema con el que nos
hemos encontrado es que hemos construido una definición de la distancia
espaciotemporal s entre los eventos O y A que
permite que este último se encuentre tanto en el pasado como en el futuro
de O, dependiendo de cómo se mueva la persona que observa los
eventos. Dicho de otra forma, hemos descubierto que el requisito de causalidad
está estrechamente relacionado con la manera en que definimos la distancia en
el espacio-tiempo, y que la sencilla definición pitagórica con el signo
positivo no nos sirve.
Nos encontramos frente a lo que el biólogo inglés Thomas Henry Huxley
célebremente definió como «la gran tragedia de la ciencia, el asesinato de una
bella hipótesis por un hecho horrible». Una vez, William Wilberforce le
preguntó a Huxley, conocido como el bulldog de Darwin por su encendida defensa
de la evolución, si, cuando decía que descendía del mono, era por parte de su
abuelo o de su abuela. Se dice que Huxley respondió que no se avergonzaría de
tener un mono como antepasado, pero sí le daría vergüenza que lo relacionasen
con un hombre que utilizaba sus grandes dones para ocultar la verdad. La
trágica verdad en nuestro caso es que debemos rechazar la hipótesis más
sencilla si queremos preservar la causalidad, y pasar a algo un poco más
complicado.
Figura 6
Nuestra
siguiente hipótesis, la única que nos queda, es que la distancia entre puntos
en el espacio-tiempo se calcula utilizando s2 = (ct)2 − x2. A diferencia
de la versión con el signo positivo, este es un mundo en el que la geometría
euclidiana no es válida, como sucede con la geometría de la superficie
terrestre. Los matemáticos tienen un nombre para un espacio en el que la
distancia entre dos puntos se rige por esta ecuación: espacio hiperbólico. Los
físicos tienen un nombre distinto. Lo llaman espacio-tiempo de Minkowski. El
lector puede tomar este hecho como un indicio de que vamos por el buen camino.
Nuestra máxima prioridad debe ser dilucidar si el espacio-tiempo de Minkowski
viola las exigencias de la causalidad.
Para responder a esta pregunta debemos, una vez más, fijarnos en las líneas que
se encuentran a una distancia espaciotemporal constante de O. Es
decir, queremos estudiar el equivalente a los círculos en el espacio-tiempo
euclidiano. El signo negativo es el que supone una gran diferencia. En la
figura 6 se muestran los mismos eventos de siempre, O y A,
junto con la línea de puntos que se encuentran a la misma distancia
espaciotemporal s respecto a O. Es de crucial
importancia el hecho de que los puntos ya no forman un círculo, sino que se
encuentran sobre una curva que los matemáticos denominan hipérbola. En términos
matemáticos, todos los puntos de la curva satisfacen nuestra ecuación para la
distancia (esto es, s2 = ( ct)2 − x2).
Fíjate en que la curva tiende hacia las líneas de puntos que forman ángulos de
45 grados con los ejes. Ahora, la situación desde el punto de vista de los
observadores que van en un cohete es completamente diferente respecto a la
versión con signo positivo, porque el evento A siempre se
encuentra en el futuro del evento O. Podemos desplazar A a
un lado o a otro, pero nunca hacia el pasado de O. En otras
palabras, todo el mundo está de acuerdo en que nos despertamos antes de
terminar de desayunar. Podemos suspirar aliviados: en el espacio-tiempo de
Minkowski no se viola la causalidad.
Conviene repetirlo, porque es una de las ideas más importantes del libro. Si
optamos por definir la distancia espaciotemporal entre dos eventos O y Autilizando
la ecuación de Pitágoras pero con un signo negativo, entonces,
independientemente de cómo vea los eventos cualquier otra persona, A nunca
entra en el pasado de O; solo se mueve a lo largo de la hipérbola.
Eso significa que si, según un observador, el evento A está en
el futuro de O, cualquier otro observador también verá que A se
encuentra en el futuro de O. Como la hipérbola nunca entra en el
pasado de O, todo el mundo está de acuerdo en que uno toma el
desayuno después de despertarse.
Acabamos de completar un razonamiento delicado. Desde luego, no significa que
acertásemos con nuestra hipótesis original de que debía existir una distancia
«invariante» en el espacio-tiempo en la que todos los observadores pudiesen
coincidir. Lo que sí significa, sin embargo, es que nuestra hipótesis ha pasado
una prueba importante: ha cumplido con el requisito de causalidad. Pero no
hemos acabado, porque no nos limitamos a juguetear con las matemáticas. Somos
físicos y estamos tratando de construir una teoría que describa cómo funciona
el mundo. La prueba definitiva y decisiva de nuestra teoría será si es o no
capaz de ofrecer predicciones que concuerden con los experimentos, y aún no
estamos preparados para hacer una predicción, porque no conocemos el valor de
la velocidad de conversión, c. Si no tenemos un número, simplemente
no podemos hacer las sumas.
Figura 7
Recuerda,
necesitábamos conocer c para tener alguna posibilidad de
definir la distancia en el espacio-tiempo, porque teníamos que medir el espacio
y el tiempo en las mismas dimensiones, pero de momento no tenemos ni idea de lo
que representa realmente. ¿Es la velocidad de algo interesante? La clave para
la respuesta se encuentra en una enigmática propiedad del espacio-tiempo de
Minkowski que acabamos de construir. Esas líneas a 45 grados son importantes.
En la figura 7 hemos trazado varias curvas más, cada una a una distancia
espaciotemporal constante con respecto a O. Lo importante es que en
realidad podemos dibujar cuatro tipos de curva. Una que se encuentre
completamente en el futuro del evento O, otra que esté siempre en
el pasado y dos más que estén a izquierda y derecha. Resultan un poco
inquietantes, porque cruzan la línea horizontal, como hacían los círculos en la
versión de la ecuación de Pitágoras con signo positivo. En aquel caso, eso nos
condujo a descartar la hipótesis porque implicaba que se violaba la causalidad.
¿Sucede algo parecido con la versión de signo negativo? ¿Hemos fracasado? No,
nos queda una salida. La figura 7 muestra un evento B que se
encuentra en la región problemática. Está en el pasado de O, según
la figura. Pero la hipérbola de distancia constante desde Opara
este evento corta al eje espacial, lo que implica que es posible que para
algunos observadores B suceda en el futuro de O,
mientras que para otros lo hará en su pasado. No lo olvides: todos los
observadores deben medir la misma distancia espaciotemporal entre los eventos,
incluso en el caso de que no midan las mismas distancias espacial y temporal
por separado. Parece una quiebra de la causalidad, pero por suerte no es así,
en absoluto.
¿Cómo podemos recomponer la causalidad en nuestra teoría del espacio-tiempo?
Para responder a esta pregunta, necesitamos pensar con algo más de detenimiento
sobre lo que entendemos por causalidad. En el razonamiento siguiente aparecerán
cohetes espaciales y láseres, así que, si el razonamiento abstracto de las
secciones anteriores te han dejado agotado, ahora te podrás relajar un poco.
Pensemos de nuevo en el evento O: despertarse en la cama por la
mañana. Para ser algo más precisos, el evento podría hacer referencia al
momento en que empieza a sonar mi despertador. Poco antes, en un planeta en
Alfa Centauri, el sistema estelar más cercano a la Tierra, situado a poco más
de 4 años luz, despega una nave espacial en dirección a la Tierra. ¿Debería
todo el mundo estar de acuerdo en que la nave ha comenzado su viaje antes de
que yo me despertase? Desde el punto de vista de la causalidad, la cuestión
depende fundamentalmente de si la información puede viajar a velocidad infinita
o no. Si puede ir a velocidad infinita, la nave extraterrestre podría ser capaz
de disparar un haz de láser que llegase a la Tierra en un instante y destruyese
mi despertador, con el resultado de que me quedaría dormido y no llegaría a
tiempo al desayuno. Perderme el desayuno sería el menor de mis problemas en una
situación como esa, pero estamos haciendo un experimento mental, así que
ignoraremos las consecuencias emocionales de que un láser extraterrestre
volatilice mi despertador y seguiremos adelante. El disparo del láser de la
nave ha hecho que me saltase el desayuno, y por tanto el orden de los eventos
no puede alterarse sin violar nuestra doctrina de protección de la causalidad.
Es fácil verlo, porque, si algún observador pudiese llegar a la conclusión de
que la nave espacial ha despegado después de que yo me despertase, tendríamos
una contradicción, porque no puedo quedarme dormido si ya me he despertado.
Estamos obligados a aceptar que, si la información puede viajar a velocidades
arbitrariamente altas, entonces nunca se puede permitir la alteración del orden
temporal de dos eventos sin que ello viole la ley de causa y efecto. Pero
nuestro razonamiento tiene un resquicio que permite que el orden de ciertos
pares de eventos se intercambie, pero solo si se encuentran fuera de las líneas
de 45 grados. La importancia de estas líneas empieza a ser patente.
Pensemos de nuevo en el incidente del láser alienígena que destruye mi
despertador, pero ahora sujeto a un límite de velocidad cósmico. Es decir, no
permitiremos que el rayo láser viaje infinitamente rápido desde la nave a
nuestro despertador. Cubriéndonos por última vez con una fina capa de polvo de
tiza, llamaremos al disparo del láser evento B, como se ilustra en
la figura 7. Si la nave ha disparado el láser (evento B ) muy
poco antes de que el despertador empezase a sonar (evento O ),
desde una distancia enorme, no hay manera de que la nave pudiera impedir que me
despertase, simplemente porque el láser no tiene tiempo suficiente para llegar
desde la nave al reloj. Eso es lo que debe suceder si el láser no puede superar
cierto límite de velocidad cósmico. Si esta es la situación, se dice que los
eventos O y B están causalmente
desconectados.
Como se ve en la figura, estamos suponiendo que B sucede justo
antes que O, de forma que se encuentra en la región triangular a la
derecha del diagrama, que es la zona «peligrosa» para la causalidad. Distintos
observadores no estarán en general de acuerdo sobre si B sucede
antes o después de O, porque sus distintos puntos de vista se
corresponden con desplazar B a lo largo de la hipérbola, lo
que puede hacer que cruce el eje espacial y pase del futuro al pasado. Esto es
inevitable, pero causa y efecto seguirán intactos si el evento B no
puede influir de ninguna manera sobre el evento O. Dicho de otra
manera, ¿a quién le importa si B sucede en el pasado o en el
futuro de O si eso no cambia nada, porque B y Ono
pueden influirse entre sí? En el espacio-tiempo de Minkowski existen cuatro
regiones diferenciadas, separadas por las líneas de 45 grados. Si queremos
preservar la causalidad, cualquier evento que suceda en las regiones
triangulares de la izquierda o de la derecha no ha de poder nunca enviar una
señal capaz de llegar a O.
Para interpretar el significado de las líneas de separación, volvamos a
nuestros diagramas espaciotemporales. El eje horizontal representa la distancia
espacial y el eje vertical, la distancia temporal. Las líneas de 45 grados
corresponden, por lo tanto, a eventos cuya distancia espacial respecto a O es
igual a su distancia temporal (ct). ¿A qué velocidad debe viajar una
señal proveniente de O si pretende influir sobre un evento que
se encuentra exactamente sobre la línea de 45 grados? Si el evento está a 1
segundo en el futuro de O, la señal debe recorrer una
distancia c × 1 segundo. Si está a 2 segundos, deber
recorrer c × 2 segundos. En otras palabras, debe viajar a una
velocidad c. Por lo tanto, para que una señal vaya de B a O debe
viajar a una velocidad mayor que c. Y, a la inversa, es posible que
eventos cualesquiera que se encuentren entre las líneas de 45 grados, pero en
las regiones triangulares superior e inferior, se comuniquen entre ellos y con
el evento O mediante señales que vayan a una velocidad menor
que c.
Por fin hemos conseguido interpretar qué es la velocidad c: es el
límite de velocidad cósmico. Nada puede ir más rápido que c porque,
de ser así, se podría utilizar para transmitir información susceptible de
violar el principio de causa y efecto. Fíjate también en que, si todos han de
estar de acuerdo en medir la misma distancia espaciotemporal entre dos eventos
cualesquiera, también han de estar de acuerdo en que el límite de velocidad
cósmico es c, independientemente de cuál sea su estado de
movimiento en el espacio-tiempo. Por lo tanto, la velocidad c posee
una interesante propiedad adicional: independientemente de cómo se muevan dos
observadores distintos, siempre medirán un mismo valor de c. La
velocidad c está empezando a parecerse mucho a otra velocidad
especial con la que nos hemos encontrado en este libro: la velocidad de la luz.
Pero aún no hemos demostrado la conexión.
Nuestra conjetura original sigue viva y coleando. Hemos conseguido construir
una teoría del espacio y el tiempo que parece capaz de reproducir la física con
la que nos hemos encontrado en el capítulo anterior. Desde luego, la existencia
de un límite de velocidad universal es prometedora, sobre todo si podemos
interpretarlo como la velocidad de la luz. Tenemos también un espacio-tiempo en
el que ni el espacio ni el tiempo son ya absolutos. Han sido sacrificados en
favor del espacio-tiempo absoluto. Para convencernos de que hemos construido
una posible descripción del mundo, veamos si conseguimos reproducir la
ralentización de los relojes en movimiento que hemos visto en el capítulo 3.
Imagina que vuelves a estar a bordo del dichoso tren, sentado en un vagón y
llevando un reloj de pulsera. Para ti, lo más cómodo es medir las distancias en
relación con tu propia posición y los tiempos utilizando tu reloj. Tu viaje en
tren dura dos horas, de estación a estación. Como no te levantas del asiento en
ningún momento del viaje, has recorrido una distancia x= 0. Este es
el principio que hemos establecido al comienzo del libro. No es posible
dilucidar quién se está moviendo y quién no, y por lo tanto es perfectamente
aceptable que tú, sentado en un tren, decidas que no te estás moviendo. En ese
caso, el tiempo es lo único que pasa. Como tu viaje dura dos horas, desde tu
punto de vista, solo has viajado en el tiempo. Por lo tanto, en el
espacio-tiempo has viajado una distancia s, dada por s = ct,
donde t = 2 horas (porque la distancia en el espacio que mides
tú es x = 0). Todo esto es fácil de ver. Piensa ahora en tu
viaje desde el punto de vista de tu amigo, que no está en el tren, sino en
algún lugar sobre el suelo (no importa dónde se encuentre en concreto, solo que
está en reposo respecto a la Tierra mientras tú vas a toda velocidad en el
tren). Tu amigo preferiría medir los tiempos utilizando su propio reloj y las
distancias respecto a sí mismo. Para simplificar un poco las cosas, supongamos
que tu tren recorre una vía completamente recta. Si viajas durante 2 horas a
una velocidad v = 100 kilómetros por hora, tu amigo ve que, al final del viaje,
has recorrido una distancia X = vT. Usamos letras
mayúsculas cuando nos referimos a las distancias y los tiempos que mide tu
amigo, para distinguirlos de las cantidades correspondientes que mides tú (es
decir, x = 0 y t = 2 horas). Por lo tanto,
según tu amigo, has recorrido una distancia espaciotemporal s dada por s2 =
(cT)2 − (vT)2.
Esta es la parte crítica de todo el argumento: los dos tenéis que medir la
misma distancia espaciotemporal para tu viaje. Según tus mediciones, no te has
movido (x = 0) y tu viaje ha durado 2 horas (t = 2
horas), mientras que tu amigo dice que has recorrido una distancia devT (donde v =
100 kilómetros por hora), en un tiempo T. Tenemos que igualar las
correspondientes distancias espaciotemporales, y así: (ct)2 =
(cT) 2 − (vT)2. Jugando con esta
fórmula obtenemos T = ct/√(c2 − v2).
Así que, aunque nuestro reloj indica que el viaje ha durado 2 horas, según
nuestro amigo ha sido algo más largo. El factor de aumento es igual a c/√(c2 − v2)
= 1/√(1 − v2/c2), que es exactamente
lo que hemos obtenido en el capítulo anterior, pero solo si interpretamos c como
la velocidad de la luz.
¿Empiezas a sentir el hechizo jónico? Hemos deducido la misma fórmula que ha
aparecido al pensar en relojes de luz y triángulos en el capítulo anterior. En
este caso, lo que nos ha llevado a pensar en relojes de luz ha sido la
brillante síntesis de Maxwell de los resultados experimentales de Faraday y
otros, que ofrecía poderosos indicios de que la velocidad de la luz debía ser
la misma para todos los observadores. Los trabajos experimentales de Michelson
y Morley reforzaron esta conclusión, que Einstein asumió sin cuestionarla. En
este capítulo hemos llegado exactamente a la misma conclusión, pero sin hacer
referencia a la historia o a los experimentos. Ni siquiera hemos tenido que
darle a la velocidad de la luz un papel especial. En cambio, hemos introducido
el espacio-tiempo y, en consecuencia, hemos hecho hincapié en que debería
existir una distancia invariante entre eventos. Además, hemos exigido que se
respetasen la causa y el efecto. Hemos construido entonces la medida de la
distancia más sencilla y, sorprendentemente, hemos llegado a la misma respuesta
que Einstein. Este razonamiento es quizá uno de los más hermosos ejemplos de la
irrazonable eficacia de las matemáticas en las ciencias físicas. Tales estaría
tan hechizado que ya se estaría reclinando en un baño de leche de burra
mientras se dejaba frotar por eunucos. Para que sus concubinas entrasen en el
cuarto de baño portando vino e higos, todo lo que tenemos que hacer es
demostrar que c debe ser la velocidad de la luz utilizando un
argumento que sea completamente independiente del razonamiento histórico que
hemos visto en el capítulo anterior. El clímax llegará en el capítulo
siguiente, por ahora podemos tomarnos un descanso de las matemáticas, dejar a
Tales a la expectativa, y disfrutar del hecho de haber conseguido revelar una
forma completamente nueva de pensar sobre la teoría de Einstein. Parece que el
espacio-tiempo realmente funciona, que la idea de un espacio y un tiempo
unificados tiene sentido, exactamente como Minkowski había predicho.
¿Cómo hemos de imaginarnos el espacio-tiempo? El espacio-tiempo real tiene
cuatro dimensiones, pero esta naturaleza tetradimensional supone un obstáculo
para nuestra imaginación, porque los cerebros humanos no pueden imaginar
directamente objetos en más de tres dimensiones. Además, el hecho de que una de
estas dimensiones sea el tiempo suena realmente extraño. Una imagen que puede
ayudar a hacerlo todo un poco menos esotérico es imaginar una motocicleta
vagando entre las colinas de la campiña. Las carreteras se entrecruzan sobre el
paisaje, lo que permite que la moto deambule de un lado a otro. El
espacio-tiempo se parece a esa campiña ondulada. El equivalente del motorista
cuando se dirige directamente hacia el norte sería un objeto que se mueve a
través del espacio-tiempo solo en la dirección temporal. En otras palabras, el
objeto estaría estacionario en el espacio. Evidentemente, afirmaciones como
«estacionario en el espacio» son subjetivas, por lo que debemos entender que la
identificación de «directamente hacia el norte» con «la dirección temporal»
implica un punto de vista determinado, pero eso no es problema; basta con que
lo tengamos siempre en cuenta. Ninguno de los caminos que se entrecruzan sobre
el paisaje espaciotemporal puede formar un ángulo mayor de 45 grados con la
dirección norte; los caminos que se dirigen justo hacia el este o hacia el
oeste no están permitidos, porque para desplazarse por ellos nuestro
«motorista» espaciotemporal tendría que superar el límite de velocidad cósmico
en el espacio. Piénsalo así: si el motorista pudiese ir directamente hacia el
este, entonces podría moverse a la velocidad que quisiese sin que transcurriese
ningún tiempo, porque no recorrería ninguna distancia en dirección norte. Esto
correspondería a una velocidad espacial infinita; iría de a a b instantáneamente.
Los caminos se han trazado de forma que el motorista no pueda ir demasiado
rápido ni hacia el este ni hacia el oeste.
La analogía se puede llevar todavía más lejos. Enseguida veremos que todo viaja
a la misma velocidad por el espacio-tiempo. Es como si nuestro motorista
tuviese un dispositivo que mantiene fijo el acelerador de su moto, de forma que
siempre se mueve a la misma velocidad por el paisaje espaciotemporal. Aquí
debemos ser un poco cuidadosos, porque cuando hablamos de un límite de
velocidad en el espacio-tiempo, no es lo mismo que un límite de velocidad en el
espacio. La velocidad espacial puede tener cualquier valor, siempre que no
exceda el límite de velocidad cósmico; es decir, nuestro motorista puede tomar una
carretera con rumbo prácticamente nordeste, y al hacerlo se estaría acercando
lo máximo posible al límite de velocidad cósmico. En cambio, una carretera que
se dirigiese aproximadamente hacia el norte no implicaría mucho movimiento
hacia el este o el oeste, lo que significaría que el recorrido se hace a una
velocidad bastante inferior al límite. La afirmación de que todo se mueve a la
misma velocidad en el espacio-tiempo parece bastante profunda, y quizá resulte
algo desconcertante. Significa que mientras lees este libro sentado, te
desplazas por el paisaje espaciotemporal a la misma velocidad exactamente que
el resto del universo. Visto así, el movimiento a través del espacio no es más
que una sombra de otro movimiento más universal, a través del espacio-tiempo.
En un sentido muy real, como ahora te demostraremos, eres exactamente igual que
el motorista con el acelerador fijo. Mientras lees este libro, te estás
moviendo a través del paisaje espaciotemporal con el acelerador fijo. Como
estás sentado, tu recorrido sigue exclusivamente la carretera que va hacia el
norte. Si miras tu reloj, verás cómo va pasando la distancia temporal. Esto
suena muy raro, así que vamos a repasarlo con detenimiento.
¿Por qué todas las cosas se mueven a la misma velocidad a través del
espacio-tiempo? Piensa de nuevo en el motorista e imagina que, según el reloj
que lleva en su muñeca, transcurre un segundo. En ese tiempo, habrá recorrido
una cierta distancia en el espacio-tiempo. Pero la magnitud de esa distancia
será la misma para todo el mundo, porque las distancias espaciotemporales son
universales y no son objeto de discusión. Eso significa que podemos preguntarle
al motorista qué distancia cree que ha recorrido sobre el paisaje
espaciotemporal y la respuesta que nos dé será la correcta. El motorista puede
elegir calcular las distancias espaciotemporales respecto a sí mismo, y desde
su punto de vista no se habrá movido en el espacio-tiempo. Es exactamente como
la persona que viaja en el avión en el capítulo 1, que no se levanta del
asiento y que por tanto afirma que no se ha movido. Puede que se haya
desplazado respecto a otra persona (por ejemplo, respecto a alguien que vea
pasar el avión desde el suelo), pero eso no es lo importante. Por lo tanto,
desde el punto de vista de nuestro motorista, él no se ha movido en el espacio
aunque haya pasado un segundo. Así, puede utilizar la ecuación para la
distancia espaciotemporal, s2 = (ct)2 − x2,
con x = 0 (porque no se ha movido en el espacio) y t =
1 segundo, para calcular cuál ha sido realmente la magnitud de su
desplazamiento espaciotemporal. La respuesta es una distancia igual a c multiplicada
por 1 segundo. El motorista nos dice, pues, que ha recorrido una distancia
de c (multiplicada por 1 segundo) por cada segundo que
transcurre según su reloj, que es simplemente otra manera de decir que su
velocidad a través del espacio-tiempo es igual a c. Si has seguido
de cerca el razonamiento, podrías objetar que el transcurso de un segundo se ha
medido en el reloj del motorista, y que alguien que se esté moviendo respecto a
él medirá un tiempo diferente. Es cierto, pero el reloj del motorista tiene
algo de especial, porque él no se mueve respecto a sí mismo (algo bastante
evidente). Por tanto, podemos sustituir x = 0 en la ecuación
para la distancia, de forma que el tiempo que transcurre en su reloj nos
permite medir directamente la distancia espaciotemporal, s. Este es
un bonito resultado: el tiempo que pasa en el reloj del motorista es igual a la
distancia espaciotemporal recorrida dividida por c. En cierto
sentido, su reloj es un aparato para medir distancias en el espacio-tiempo.
Como todo el mundo mide la misma distancia espaciotemporal y también el mismo
valor de c, sin darse cuenta, el motorista ha utilizado su reloj
para medir algo cuyo valor será el mismo para todos los observadores. La
velocidad espaciotemporal c que deduce es también por lo tanto
una cantidad que no depende de quién la mida.
Así, la velocidad espaciotemporal es una magnitud universal, en la que todo el
mundo coincide. Esta nueva forma de pensar sobre cómo se mueven las cosas a
través del espacio-tiempo nos puede servir para tener una perspectiva diferente
sobre la razón por la que los relojes en movimiento se retrasan. Según esta
forma espaciotemporal de pensar, un reloj en movimiento dedica parte de su
velocidad espaciotemporal, que es fija, a su movimiento espacial, lo que le
deja una cantidad menor para su movimiento a través del tiempo. Dicho de otro
modo, un reloj en movimiento no se desplaza tan rápido a través del tiempo como
uno que esté estacionario, lo que equivale a decir que en él el tiempo
transcurre más despacio. En cambio, un reloj que esté en reposo se mueve a velocidad c en
la dirección temporal, sin ningún desplazamiento espacial. Por tanto, marca el
tiempo lo más rápido posible.
Dotados del espacio-tiempo, ya estamos listos para enfrentarnos a uno de los
maravillosos rompecabezas de la relatividad especial: la paradoja de los
gemelos. Previamente, hemos visto cómo la teoría de Einstein nos permite
contemplar la posibilidad de viajar a lugares remotos del universo. A
velocidades muy próximas a la de la luz, nos hemos imaginado viajando a la
galaxia de Andrómeda en el tiempo de una vida humana, por mucho que la luz
tarde casi 3 millones de años en hacer ese recorrido. Aquí nos topamos con una
paradoja que antes nos ha pasado desapercibida. Imagina dos gemelas, una de las
cuales se entrena para ser astronauta y se embarca en la primera misión humana
hacia Andrómeda, mientras que su hermana se queda en la Tierra. La gemela
astronauta se desplaza a una gran velocidad respecto a la Tierra, y por lo
tanto su vida se ralentiza respecto a la de su hermana gemela que sigue aquí.
Pero hemos dedicado una parte importante del libro a argumentar que no existe
el movimiento absoluto. Dicho de otra manera, la respuesta a la pregunta «
¿quién se está moviendo?» es «quien tú elijas». Cualquiera puede decidir que él
está quieto y es la otra persona la que se mueve por el universo a toda
velocidad. Lo mismo sucede para la gemela astronauta, que bien puede decir que
ella está completamente quieta en su cohete espacial, viendo cómo la Tierra se
aleja a toda velocidad. Para ella, por lo tanto, es la gemela que está en la
Tierra la que envejece más despacio. ¿Quién tiene razón? ¿Es posible realmente
que cada una de las gemelas envejezca más despacio que la otra? Tiene que ser
así, es lo que dice la teoría. Aún no hemos llegado a la paradoja, porque todos
los problemas que tengas para creer que cada gemela ve cómo la otra envejece
más despacio no son reales, sino que se deben al hecho de que sigues
aferrándote a la idea del tiempo universal. Pero ya hemos visto que el tiempo
no es universal, lo que significa que no hay contradicción. Esta es la aparente
paradoja: ¿qué sucede si la gemela astronauta vuelve a la Tierra en algún
momento futuro y se encuentra con su hermana? Evidentemente, no es posible que
cada una de ellas sea más joven que la otra. ¿Qué está pasando? ¿Realmente una
de ellas es más vieja que la otra? Si es así, ¿cuál?
La respuesta la encontraremos en nuestra forma de entender el espacio-tiempo.
En la figura 8 vemos las trayectorias espaciotemporales que han seguido las
gemelas, medidas con relojes y reglas en reposo respecto a la Tierra. La
trayectoria de la gemela que permanece en nuestro planeta solo sigue el eje
temporal. En otras palabras, consume prácticamente toda la velocidad
espaciotemporal que le corresponde en su desplazamiento temporal. Su gemela
astronauta, por su parte, se aleja a una velocidad próxima a la de la luz.
Volviendo a la analogía del motorista, eso significa que sale disparada en una
dirección cercana al nordeste, utilizando casi toda su velocidad espaciotemporal
para aproximarse todo lo posible al límite de velocidad cósmico en su recorrido
espacial. En el diagrama espaciotemporal que se muestra en la figura 8, esto
significa que se mueve próxima a la línea de 45 grados. Sin embargo, en algún
momento tendrá que dar la vuelta y volver a la Tierra. Según la figura,
suponemos que vuelve hacia aquí también a una velocidad próxima a la de la luz,
pero esta vez en una dirección aproximadamente noroeste. Queda claro que las
gemelas siguen recorridos diferentes en el espacio-tiempo, aunque empiecen y
acaben en el mismo punto.
Figura 8
Igual
que sucede con las distancias espaciales, las longitudes de dos recorridos
diferentes en el espacio-tiempo pueden ser distintas. Insistimos: aunque todo
el mundo debe medir la misma longitud para cada recorrido espaciotemporal en
particular, las longitudes de recorridos diferentes no tienen por qué
coincidir. En realidad, esto no es muy distinto de decir que la distancia de
Chamonix a Courmayeur depende de si atraviesas el túnel del Mont Blanc o haces
el trayecto a pie subiendo a los Alpes. Obviamente, subir a una montaña implica
que recorres una distancia mayor que si pasas por el túnel que la atraviesa. En
el ejemplo del motorista que se movía por el espacio-tiempo, hemos visto que el
tiempo que medía su reloj nos ofrecía una manera directa de medir la distancia
espaciotemporal que recorría: solo teníamos que multiplicar el tiempo
transcurrido por c para obtener la distancia espaciotemporal.
Podemos darle la vuelta a este razonamiento y decir que, si conocemos la
distancia espaciotemporal que ha recorrido cada una de las gemelas, podemos
calcular el tiempo que transcurre para cada una de ellas. Es decir, podemos
imaginar que cada gemela es una viajera espaciotemporal, y que sus respectivos
relojes miden la distancia que recorren a través del espacio-tiempo.
Aquí
está la idea clave. Fíjate de nuevo en la fórmula de la distancia
espaciotemporal, s2 = (ct)2 − x2.
Esta es mayor si podemos seguir un camino para el que x = 0.
Cualquier otro recorrido debe ser más corto, porque tendremos que restar la
contribución de x2, que siempre es positiva. Pero la
gemela que permanece en la Tierra se desplaza a lo largo de la dirección
temporal, con xpróxima a cero, por lo que su recorrido ha de ser el
más largo posible. En realidad, esto no es más que otra manera de decir lo que
ya sabemos: que la gemela que se queda en la Tierra se mueve a través del
tiempo lo más rápido posible, y por tanto es la que más envejece.
Hasta ahora, para nuestra explicación hemos tomado el punto de vista de la
gemela que permanece en la Tierra. Para quedarnos completamente satisfechos y
aceptar que no hay paradoja, deberíamos ver las cosas también desde el punto de
vista de la gemela astronauta. Para ella, su hermana es la que se mueve,
mientras que ella se desplaza por su propio eje temporal. Parece que volvemos a
encontrarnos con la paradoja: como la gemela astronauta está en reposo respecto
a su nave espacial, da la impresión de que debería moverse a la máxima
velocidad temporal y por tanto envejecer más que su hermana. Pero aquí llegamos
a un punto muy sutil. La ecuación de la distancia no se aplica si utilizamos
los relojes y las reglas de la gemela astronauta para medir tiempos y
distancias. Más precisamente, deja de funcionar cuando la gemela astronauta
sufre la aceleración que hace que su nave dé media vuelta. ¿Por qué deja de
funcionar? Los argumentos que hemos ofrecido cuando la hemos obtenido parecían
bastante sólidos, pero si uno utiliza un sistema acelerado de relojes y reglas
para realizar medidas, como tendría que hacer la gemela astronauta, entonces la
suposición de que el espacio-tiempo no varía y es el mismo en cualquier lugar,
que nos ha servido para deducir la ecuación de la distancia, es errónea.
Durante el tiempo que dura la aceleración, la gemela astronauta sentirá un
tirón hacia atrás en su asiento, algo muy parecido a lo que sientes cuando
pisas el acelerador de un coche. Para empezar, eso distingue inmediatamente una
dirección especial en el espacio: la de la aceleración. La ecuación para la
distancia debe tener en cuenta la existencia de esa fuerza, y aquí es donde
está la grieta en nuestro razonamiento. Es demasiado complicado para que
entremos en los detalles matemáticos, pero el resultado es que, cuando la nave
enciende sus propulsores para dar media vuelta, la gemela que está en la Tierra
envejece más rápido que su hermana astronauta y eso compensa con creces el
hecho de que envejezca más despacio durante las fases de la expedición en las
que no se produce aceleración. La paradoja no es tal.
No podemos resistirnos a la tentación de poner números, porque el efecto puede
ser llamativo. Los viajes espaciales les resultan más cómodos a quienes van en
la nave si se activan los propulsores de forma que se mantenga una aceleración
constante de «un g». Eso significa que los viajeros espaciales
sienten su propio peso dentro del cohete. Imaginemos un viaje de 10 años con
esa aceleración, seguidos por otros 10 años desacelerando al mismo ritmo, al
término de los cuales la nave da media vuelta para dirigirse hacia la Tierra,
acelerando durante 10 años más y desacelerando durante los últimos 10 años de
su recorrido hasta acabar de nuevo en nuestro planeta. En total, los viajeros
habrán permanecido 40 años en la nave. La pregunta es: ¿cuántos años han
transcurrido en la Tierra? Nos limitaremos a poner aquí el resultado, porque
los cálculos superan (solo un poco) el nivel de este libro. El resultado es que
en la Tierra habrán pasado nada menos que ¡59.000 años!
Esperamos que el lector nos haya seguido en este formidable viaje hacia el
mundo del espacio-tiempo. Ahora estamos preparados para dirigirnos directamente
hacia E = mc2. Provistos con el
espacio-tiempo y de nuestra definición invariante de distancia, nos planteamos
una pregunta sencilla pero muy importante: ¿existen otras cantidades invariantes
que también describen las propiedades de los objetos reales en el mundo real?
Obviamente, las distancias no son lo único importante. Los objetos tienen masa,
pueden ser duros o blandos, calientes o fríos, sólidos, líquidos o gaseosos.
Puesto que todos los objetos viven en el espacio-tiempo, ¿es posible describir
todo lo que existe en el mundo mediante magnitudes invariantes? En el capítulo
siguiente descubriremos que sí lo es, y eso tiene profundas consecuencias, pues
este es el camino que nos conduce directamente hasta E = mc2.
Capítulo
5
¿Por qué E = mc2?
En
el capítulo anterior hemos visto que combinar el espacio y el tiempo para dar
lugar al espacio-tiempo es una muy buena idea. Una de las ideas clave de toda
nuestra investigación era la de que las distancias espaciotemporales son
invariantes, lo que significa que existe un consenso a lo largo y ancho de todo
el espacio-tiempo respecto a las longitudes de los recorridos
espaciotemporales. Podríamos incluso considerarla una de las características
definitorias del espacio-tiempo. Hemos sido capaces de redescubrir la teoría de
Einstein, pero solo bajo la condición de interpretar el límite de velocidad
cósmico, c, como la velocidad de la luz. Aún no hemos demostrado
que c tenga de hecho algo que ver con la velocidad de la luz,
pero en este capítulo profundizaremos mucho más en lo que significa c.
Sin embargo, en cierto sentido ya hemos empezado a desmitificar la velocidad de
la luz. Puesto que la velocidad de la luz aparece en E = mc2,
a menudo parece como si la propia luz fuese muy importante para la estructura
del universo. Pero si miramos la situación desde el punto de vista
espaciotemporal, vemos que no lo es tanto. Sutilmente, se restablece la
democracia, en el sentido de que todas las cosas se mueven por el
espacio-tiempo a la misma velocidad, c, incluido tú mismo, el
planeta Tierra, el Sol y las galaxias lejanas. Lo único que sucede es que la
luz emplea toda su velocidad espaciotemporal en desplazarse a través del
espacio, y, al hacerlo, viaja a la velocidad que marca el límite de velocidad
cósmico: la aparente particularidad de la luz es una creación de nuestra
tendencia humana a pensar en el tiempo y el espacio como entidades distintas.
De hecho, existe un motivo por el que la luz se ve obligada a comportarse así,
que está estrechamente relacionado con nuestro objetivo de comprender E = mc2.
Estamos a punto de dejar al descubierto las dos piezas restantes para llegar
a E= mc2. La primera de ellas no debería
sorprenderte: solo nos van a interesar los vectores en las cuatro dimensiones
del espacio-tiempo.
Figura 9
Eso
es fácil de decir, pero se trata de un concepto extraño: de la misma manera que
un vector puede estar dirigido hacia el «norte», ahora cabe la posibilidad de
que apunte «en la dirección temporal». Como suele ser habitual cuando hablamos
del espacio-tiempo, no es algo que seamos capaces de visualizar mentalmente,
pero eso es problema nuestro, no de la naturaleza. La analogía del paisaje
espaciotemporal que hemos empleado en el capítulo anterior puede ayudarte a
construir una representación mental (al menos, de un espacio-tiempo
simplificado, con una sola dimensión espacial). Los vectores tetra
dimensionales vienen descritos por cuatro números. El vector arquetípico es el
que conecta dos puntos del espacio-tiempo. En la figura 9 se pueden ver dos
ejemplos. Por conveniencia, hemos hecho que uno de ellos apunte exactamente en
la dirección temporal y que ambos partan del mismo punto. En general, deberías
pensar que siempre existe una flecha que une dos puntos cualesquiera del
espacio-tiempo. Los vectores como estos no son objetos totalmente abstractos.
El hecho de que te acuestes a las 10 de la noche y te despiertes a las 8 de la
mañana define una flecha que une ambos eventos en el espacio-tiempo; tiene una
longitud de «10 horas multiplicadas por c» y señala enteramente en
la dirección temporal. De hecho, a lo largo del libro ya hemos usado vectores
espaciotemporales, aunque sin emplear esa terminología hasta ahora. Por
ejemplo, hemos visto un vector muy importante cuando hablábamos del intrépido motorista,
que viajaba por el accidentado paisaje espaciotemporal con el acelerador de su
moto fijo. Hemos llegado a la conclusión de que ese motorista siempre se mueve
a través del espacio-tiempo a una velocidad c, y lo único que puede
elegir es la dirección en la que apunta su moto (aunque ni siquiera ahí su
libertad es completa, porque no puede formar un ángulo mayor de 45 grados
respecto al norte). Podemos representar este movimiento mediante un vector de
longitud fija, c, que señala en la dirección en la que viaja por el
paisaje espaciotemporal. Ese vector tiene un nombre: es el vector velocidad
espaciotemporal. Si queremos emplear la terminología correctamente, diríamos
que el vector velocidad siempre tiene longitud c y que solo
puede apuntar dentro del cono de luz futuro. Cono de luz es una manera elegante
de referirse al área contenida entre las dos líneas a 45 grados del norte que
tanta importancia tienen para preservar la causalidad. Podemos describir completamente
cualquier vector en el espacio-tiempo si especificamos en qué medida apunta en
la dirección temporal y cuánto lo hace en la dirección espacial.
A estas alturas, ya somos conscientes de que las distancias temporales y
espaciales entre eventos son diferentes para observadores que se mueven los
unos respecto a los otros, pero deben variar de tal forma que la distancia
espaciotemporal siga siendo la misma. Debido a la extraña geometría de
Minkowski, esto implica que la punta del vector puede moverse a lo largo de una
hipérbola situada en el cono de luz futuro. Si queremos ser mucho más
concretos, si los dos eventos son «acostarse a las 10 de la noche» y
«despertarse a las 8 de la mañana», para un observador que esté en la cama, el
vector distancia espaciotemporal apunta hacia arriba según su eje temporal,
como se puede ver en la figura 9, y su longitud viene dada simplemente por el
tiempo transcurrido en su reloj (10 horas) multiplicado por c.
Alguien que pase volando a gran velocidad podría interpretar que la que se
mueve es la persona que está en la cama. En ese caso, debería añadir un poco de
movimiento espacial cuando viese a la persona en la cama, lo que haría que la
punta del vector se alejase de su eje temporal. Como la longitud de la flecha
no puede cambiar, debe permanecer sobre la hipérbola. En la figura 9 también
está representada esta segunda flecha, inclinada. Como puedes ver, la
proporción del vector que apunta en la dirección temporal ha aumentado, lo que
significa que el observador en movimiento llega a la conclusión de que ha
transcurrido más tiempo entre los dos eventos (es decir, en su reloj han pasado
más de 10 horas). Esta es otra manera más de representar el extraño efecto de
la dilatación del tiempo.
Hasta aquí, de momento al menos, los vectores (enseguida recurriremos de nuevo
al vector velocidad espaciotemporal). Dedicaremos los siguientes párrafos a la
segunda pieza fundamental del rompecabezas que es E = mc2.
Imagina que eres un físico que intenta entender cómo funciona el universo. Te
manejas bien con los vectores, y de vez en cuando los incorporas a las
ecuaciones que escribes. Supón que alguien, quizá un colega, te dice que existe
un vector muy especial que tiene la propiedad de que nunca cambia,
independientemente de lo que le suceda a la parte del universo a la que se
refiere. Tu primera reacción puede ser mostrar desinterés: si nada cambia, es
poco probable que ese vector pueda representar la esencia del asunto en
cuestión. Quizá tu colega conseguiría despertar tu interés si te dijese que ese
único vector especial se construye al reunir un montón de vectores, cada uno
asociado con una parte distinta de la cosa que estás intentando entender. Las
diversas partes de la cosa pueden sacudirse y, al hacerlo, cada uno de los
vectores individuales puede variar, pero siempre de tal manera que todos los
vectores se suman para dar el mismo vector especial inmutable. Por cierto,
sumar vectores es fácil, enseguida lo veremos.
Para demostrar lo útil que puede ser esta idea de vectores inmutables, pensemos
en una tarea bien sencilla. Queremos entender lo que sucede cuando dos bolas de
billar chocan frontalmente. Un ejemplo así no es que tenga precisamente una
importancia extraordinaria, pero los físicos suelen elegir ejemplos bastante
ordinarios, como este, no porque solo sean capaces de estudiar fenómenos tan
sencillos, o porque les guste el billar, sino porque a menudo es más fácil
entender los conceptos por primera vez a través de ejemplos sencillos.
Figura 10
Volvamos
al billar: tu colega te explica que deberías asociar un vector a cada bola, que
debería apuntar en la dirección de su movimiento. Lo que pretendemos es que, al
sumar los dos vectores (uno por cada bola) obtengamos el vector especial
inmutable. Eso significa que, pase lo que pase en la colisión, podemos tener la
certeza de que los dos vectores asociados a las bolas tras el choque se
combinarán para dar lugar precisamente al mismo vector que se formaba a partir
de las dos bolas antes de la colisión. Esta puede ser una idea muy importante.
La existencia del vector especial impone una severa restricción sobre los
posibles resultados de la colisión. Nos impresionaría especialmente la
afirmación de nuestro colega en el sentido de que «la conservación de estos
vectores» tiene lugar en cualquier sistema de objetos en todo el universo,
desde el choque de las bolas de billar a la explosión de una estrella.
Probablemente no te sorprenda saber que los físicos no van por ahí llamándolos
vectores especiales, sino que hablan del vector momento lineal, y la
conservación de los vectores se conoce más habitualmente como conservación del
momento lineal.
Hemos dejado un par de puntos pendientes: ¿cuál es la longitud de las flechas
del momento lineal y cómo hemos de sumarlas, exactamente? Sumarlas no es
difícil: la regla es colocar todas las flechas que queramos añadir una a
continuación de la otra. El resultado es una flecha que une el principio de la
primera de las flechas de la cadena con el final de la última flecha. La figura
10 muestra un ejemplo de lo anterior con tres flechas elegidas arbitrariamente.
La flecha grande es la suma de las pequeñas. La longitud del vector momento
lineal es algo que podemos determinar de manera experimental, y así fue como se
llegó a él históricamente. El concepto tiene más de mil años de antigüedad
porque es útil. A grandes rasgos, expresa la diferencia entre que te golpee una
pelota de tenis o un tren expreso cuando ambos van a 100 kilómetros por hora.
Como ya hemos visto, está estrechamente relacionado con la velocidad y, como el
ejemplo anterior ilustra a la perfección, también debería tener alguna relación
con la masa. Antes de Einstein, la longitud del vector momento lineal venía
dada simplemente por el producto de la masa y la velocidad. Como ya hemos
dicho, apunta en la dirección del movimiento. Por otro lado, la manera moderna
de entender el momento lineal como una magnitud que se conserva tiene su origen
en el trabajo de Emmy Noether, como ya hemos visto antes. Más adelante descubrimos
la conexión profunda entre la ley de la conservación del momento lineal y la
invariancia traslacional en el espacio. Expresado con símbolos, el tamaño del
momento de una partícula de masa m que se mueve a una
velocidad v puede escribirse como p = mv,
donde p es el símbolo que se utiliza habitualmente para el
momento lineal.
Hasta ahora lo cierto es que no hemos hablado de lo que es la masa en realidad,
así que antes de continuar tendremos que ser algo más precisos. Una idea
intuitiva de la masa podría ser que es una medida de la cantidad de materia que
contiene un objeto. Por ejemplo, dos bolsas de azúcar tienen el doble de masa
que una sola bolsa. Si quisiésemos, podríamos medir todas las masas en función
de la de una bolsa de azúcar estándar, utilizando una balanza tradicional. Así
es como se solían comprar los alimentos en las tiendas. Si quisieses comprar un
kilo de patatas, colocarías las patatas en un brazo de la balanza y una bolsa
de un kilo de azúcar en el otro, y todo el mundo aceptaría que habías comprado
la cantidad correcta de patatas.
Obviamente, hay muchos tipos diferentes de «materia», por lo que «cantidad de
materia» es una expresión tremendamente imprecisa. Esta es una definición
mejor: podemos saber cuál es la masa si medimos el peso. Es decir, las cosas
más pesadas tienen más masa. ¿Es así de sencillo? Pues sí y no. Aquí en la
Tierra, podemos determinar la masa de un objeto pesándolo, y eso es lo que
hacen las básculas que tenemos en el baño. Todos estamos acostumbrados a
«pesar» en kilogramos y gramos (o libras y onzas). Pero los científicos no
estarían de acuerdo. La confusión surge porque la masa y el peso son
proporcionales entre sí cuando se miden cerca de la superficie terrestre.
Podrías plantearte qué pasaría si llevases la báscula del baño a la Luna. Lo
que sucedería es que allí pesarías unas seis veces menos que en la Tierra.
Realmente pesas menos en la Luna, aunque tu masa no haya cambiado. Lo que ha
cambiado es la tasa de conversión entre masa y peso, aunque el doble de masa siempre
tendrá el doble de peso, se mida donde se mida (decimos que el peso es
proporcional a la masa).
Otra forma de definir la masa surge al darnos cuenta de que cuesta más empujar
o tirar de las cosas más masivas. Esta característica de la naturaleza quedó
plasmada matemáticamente en la segunda ecuación más famosa de la física
(tras E = mc2, por supuesto): F = ma,
publicada por primera vez por Isaac Newton en 1687, en sus Principia
mathematica. La ley de Newton simplemente dice que, si empujas algo con una
fuerza F, esa cosa empieza a acelerarse con una aceleración a.
La m se refiere a la masa, y por tanto puedes determinar
experimentalmente la masa de un objeto midiendo cuánta fuerza necesitas aplicar
sobre él para producir una determinada aceleración. Esta es una definición tan
buena como cualquier otra, así que de momento nos quedaremos con ella. Aunque,
si tienes un espíritu crítico, es posible que te preocupe cómo deberíamos
definir exactamente «fuerza». Es algo importante, pero no lo veremos ahora. Supondremos
que sabemos cómo medir la cantidad de empuje o tirón, también conocida como
fuerza.
Hemos dado un buen rodeo y, aunque realmente no hemos dicho qué es la masa en
un sentido fundamental, sí hemos dado una definición «de manual». En el
capítulo 7 expondremos una visión más profunda del propio origen de la masa,
pero de momento simplemente supondremos que «está ahí», como una propiedad
inherente a las cosas. Lo importante aquí es que vamos a suponer que la masa es
una propiedad intrínseca de un objeto. Es decir, que tiene que existir una
cantidad en el espacio-tiempo, igual para todos los observadores, llamada masa.
Debería por tanto ser una de nuestras cantidades invariantes. Aún no hemos
expuesto ningún argumento para convencer al lector de que esta cantidad debería
ser necesariamente la misma que la masa de la ecuación de Newton, pero, como
con muchas de nuestras hipótesis, comprobaremos si es válida o no una vez que
hayamos extraído las pertinentes consecuencias. Volvamos ahora a las bolas de billar.
Si las dos bolas chocan frontalmente y tienen la misma velocidad y la misma
masa, sus vectores momento lineal tienen la misma longitud pero direcciones
opuestas, por lo que, si los sumamos, se anulan por completo. Tras la colisión,
la ley de conservación del momento lineal predice que, pase lo que pase con las
partículas, deben salir con velocidades iguales y en direcciones opuestas. De
no ser así, el momento lineal neto tras la colisión no se anularía. La ley de
conservación del momento lineal, como ya hemos dicho, no se limita a las bolas
de billar, sino que se cumple en cualquier lugar del universo, y ahí radica su
importancia. El retroceso de un cañón tras disparar una bala o la dispersión de
partículas en todas las direcciones tras una explosión satisfacen la
conservación del momento lineal. De hecho, el caso del cañón merece un poco más
de atención.
Antes de que se dispare el cañón, el momento neto es cero y la bala está en
reposo en el interior del tambor, que a su vez está también inmóvil en lo alto
de un castillo. Cuando se dispara el cañón, la bala sale despedida a gran
velocidad, mientras que el propio cañón, por fortuna para los soldados que lo
dispararon desde el castillo, aunque recula un poco, se queda prácticamente
donde estaba. El momento lineal de la bala de cañón viene dado por su vector
momento lineal, una flecha cuya longitud es igual a la masa de la bala
multiplicada por su velocidad, y cuya dirección indica hacia dónde vuela al
alejarse del cañón. La conservación del momento lineal nos dice que el propio
cañón debe recular con una flecha del momento lineal de longitud exactamente
igual y dirección opuesta a la asociada a la bala. Pero, como el cañón es mucho
más pesado que la bala, retrocede a una velocidad mucho menor. Cuanto más pese
el cañón, menor será la velocidad con la que recule. Por lo tanto, las cosas
grandes y lentas pueden tener el mismo momento que las pequeñas y rápidas. Por
supuesto, tanto el cañón como la bala van perdiendo velocidad (y, por
consiguiente, también pierden momento lineal), y el momento de la bala también
varía debido al efecto de la gravedad. Sin embargo, esto no significa que no se
cumpla la conservación del momento lineal. Si pudiésemos tener en cuenta el
momento que reciben las moléculas de aire que chocan con la bala y las
moléculas del interior de los rodamientos del cañón, junto con el hecho de que
el momento lineal de la propia Tierra cambia ligeramente al interactuar con la
bola a través de la gravedad, llegaríamos a la conclusión de que el momento lineal
total en su conjunto se conserva. Normalmente, los físicos no pueden hacer un
seguimiento de adónde se va todo el momento cuando han de tener en cuenta
aspectos como el rozamiento y la resistencia del aire, y en consecuencia la ley
de conservación del momento lineal solo suele aplicarse cuando las influencias
externas no son importantes. Esto limita ligeramente su alcance, pero no
debería restarle ninguna importancia como ley fundamental de la física. Dicho
lo cual, veamos si podemos terminar nuestra partida de billar, que ya está
durando demasiado.
Para simplificar las cosas, imaginemos que las fuerzas de rozamiento
desaparecen por completo, de manera que solo nos tenemos que preocupar de las
bolas de billar que chocan. La ley de conservación del momento lineal que
acabamos de descubrir es muy útil, pero no es la panacea. De hecho, es
imposible calcular la velocidad de las bolas de billar tras su colisión
sabiendo únicamente que el momento lineal se conserva y conociendo las masas y
las velocidades de las bolas antes del choque. Para poder calcularla,
necesitamos recurrir a otra ley de conservación muy importante.
Hemos introducido la idea de que los objetos en movimiento se pueden describir
mediante un vector momento lineal, y que la suma de todos los momentos lineales
permanece siempre constante. Es esencial que quede claro que la importancia del
momento lineal para los físicos radica precisamente en que se conserva. Si no
te gusta la expresión «momento lineal», piensa que sería mucho peor tener que
decir «esa flecha que se conserva». Las magnitudes que se conservan son, como
estamos empezando a descubrir, bastante habituales y extremadamente útiles en
física. Por lo general, cuantas más leyes de conservación tengas a tu
disposición a la hora de enfrentarte a un problema, más fácil te será encontrar
una solución. Una ley de conservación destaca por encima del resto, debido a su
gran utilidad. Los ingenieros, los físicos y los químicos la fueron dejando al
descubierto muy lentamente a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX. Nos
referimos a la ley de conservación de la energía.
En primer lugar, el concepto de energía es más fácil de asimilar que el de
momento lineal. Como sucede con el momento, los objetos pueden tener energía,
pero, a diferencia del momento, la energía no tiene dirección. Se parece más a
la temperatura, en cuanto a que basta para especificarla un único número. Pero
¿qué es la «energía»? ¿Cómo la definimos? ¿Qué es lo que mide? En este sentido,
con el momento lineal lo teníamos más fácil: una flecha que señala en la
dirección del movimiento y cuya longitud es igual al producto de la masa por la
velocidad. La energía es más difícil de precisar, porque puede presentarse de
muy diversas formas, pero la conclusión es bastante clara: pase lo que pase, la
suma total de toda la energía en cualquier proceso debe permanecer invariable,
independientemente de cómo cambien las cosas. Una vez más, Noether nos brindó
la explicación fundamental: la conservación de la energía es una consecuencia
de que las leyes de la física no cambian con el tiempo. Esta afirmación no
implica que las cosas no sucedan, lo cual sería obviamente ridículo, sino que
significa que, si las leyes de Maxwell son válidas hoy, también habrán de serlo
mañana. Puedes sustituir «las leyes de Maxwell» con cualquier otra ley física
fundamental, como por ejemplo los postulados de Einstein.
No obstante, como ocurrió con la conservación del momento lineal, la
conservación de la energía se descubrió por medios experimentales. Para esbozar
su historia hemos de seguir los meandros de la revolución industrial. Fue fruto
del trabajo de muchos experimentalistas prácticos que, en su búsqueda de la
Jerusalén industrial, se encontraron con una inmensa variedad de fenómenos
mecánicos y químicos, de hombres como el desafortunado conde Rumford de Baviera
(nacido como Benjamin Thompson en Massachusetts en 1753), cuyo trabajo
consistía en fabricar cañones para el duque de Baviera. Un día, mientras estaba
trabajando, se dio cuenta de que el metal del cañón y el del taladro que
utilizaba para perforarlo se ponían al rojo vivo, y supuso correctamente que el
rozamiento estaba haciendo que el movimiento de rotación del taladro se
transformase en calor. Es lo contrario de lo que sucede en un motor de vapor,
en el que el calor se transforma en el movimiento de rotación de las ruedas del
tren. Resultaba natural asociar una magnitud común con el calor y con el
movimiento de rotación, ya que, aunque aparentemente diferentes, ambos parecían
intercambiables. Esta magnitud es la energía. Rumford tiene fama de desgraciado
porque se casó con la viuda de otro gran científico, Antoine Lavoisier, después
de que este fuese decapitado durante la Revolución francesa, creyendo,
equivocadamente, que haría por él lo que había hecho antes por Lavoisier:
obedecerle y tomar notas sumisamente, como buena esposa del siglo XVIII.
Resultó que solo había sido sumisa bajo el yugo de la voluntad de hierro de
Lavoisier. En su fascinante libro La búsqueda del cero absoluto,
Kurt Mendelssohn cuenta cómo vivió «un infierno en vida» (el libro es de 1966,
lo que explica esta curiosa expresión). La idea clave es que la energía siempre
se conserva, y eso es lo que hace que sea interesante.
Si le pides a cualquiera por la calle que te explique qué es la energía,
obtendrás una respuesta sensata o bien una sarta de disparates propios de la
nueva era. El amplio uso de la palabra «energía» es la razón por la que tiene
asociados una gran variedad de significados. Debe quedar claro que la energía
tiene una definición realmente muy precisa, y no puede utilizarse para explicar
las líneas ley,[6]la
curación con cristales, la vida después de la muerte o la reencarnación. Una
persona sensata respondería que la energía se puede almacenar en una batería
esperando en suspensión hasta que alguien «cierre el circuito» y puede ser
también una medida de la cantidad de movimiento, según la cual los objetos más
rápidos tendrían más energía que los más lentos. La energía almacenada en el
mar o en el viento es un ejemplo muy representativo. O quizá te diría que las
cosas calientes tienen más energía que las frías. Un volante de inercia gigante
en una central eléctrica puede almacenar energía y liberarla después en la red
eléctrica para satisfacer la demanda de una población ávida de energía. También
se puede liberar la energía almacenada en el núcleo de un átomo para generar
energía nuclear. Estas son tan solo algunas de las formas en que nos podemos
encontrar la energía en nuestra vida diaria. Los científicos son capaces de
cuantificarlas todas y utilizarlas para que cuadren las cuentas y asegurarse de
que el efecto neto de cualquier proceso es tal que la energía total permanece
constante.
Para ver la conservación de la energía en acción en un sistema sencillo,
volvamos por última vez al choque de las bolas de billar. Antes de la colisión,
cada bola tiene una energía debida a su movimiento. Los físicos la llaman
energía cinética. El diccionario de la Real Academia Española define «cinética»
como: «perteneciente o relativa al movimiento», por lo que ese nombre tiene
sentido. Antes hemos supuesto que las bolas se movían a la misma velocidad y
tenían masas iguales. Tras el impacto, saldrían despedidas a velocidades
iguales, pero en direcciones opuestas. Eso es lo que nos dice la conservación
del momento lineal. Un estudio más detallado nos permite saber que la velocidad
de salida es un poco menor que la que llevaban antes del impacto. La razón es
que parte de la energía inicial se ha disipado en la colisión. La disipación
más evidente se produce mediante la emisión de sonido. Al chocar, las bolas
agitan las moléculas del aire que las rodea, y esta perturbación llega a
nuestros oídos. Por lo tanto, parte de la energía inicial se escapa, lo que
hace que la cantidad que queda en las bolas sea algo menor. Para nuestros
fines, en realidad no necesitamos saber cómo cuantificar la energía en todas
sus diferentes manifestaciones, aunque la fórmula para la energía cinética sí
que nos será útil más adelante. Cualquiera que haya tenido contacto con la
ciencia en el instituto la llevará grabada a fuego en su cabeza: energía cinética
= ½ mv2. Lo más importante es darse cuenta de que la
energía se puede cuantificar mediante un único número y que, si hacemos las
cuentas con cuidado, la energía total del sistema permanece siempre constante.
Retomemos el hilo principal de nuestro razonamiento. Hemos introducido el
momento lineal como ejemplo de una magnitud descrita mediante una flecha y cuya
utilidad, como sucede también con la energía, radica en el hecho de que se
conserva. Todo eso está muy bien, pero podemos entrever cómo se cierne sobre
nosotros un enorme dilema. El momento lineal es una flecha que vive únicamente
en las tres dimensiones de nuestra vida cotidiana. Por lo general, una flecha
de momento lineal puede apuntar hacia arriba, hacia abajo, hacia el sudeste o
en cualquier otra dirección del espacio. Esto es así porque los objetos pueden
moverse en cualquier dirección espacial, y el momento lineal refleja la
dirección del movimiento. Pero la idea fundamental del capítulo anterior era
poner de manifiesto que nuestra tendencia a separar el espacio y el tiempo nos
llevaba a engaño. Necesitamos flechas que apunten en las cuatro dimensiones del
espacio-tiempo, pues de lo contrario nunca seremos capaces de construir
ecuaciones fundamentales que respeten los postulados de Einstein. Insistimos:
las ecuaciones fundamentales deberían construirse con objetos que vivan en el
espacio-tiempo, y no en el espacio o en el tiempo por separado, porque los
objetos como estos últimos dependen del observador. Recuerda que ni la longitud
espacial de un objeto ni el intervalo temporal entre dos eventos son cantidades
cuyo valor sea independiente del observador. A eso es a lo que nos referimos
cuando decimos que son subjetivas. De forma análoga, el momento lineal es una
flecha que apunta en una dirección únicamente espacial. Ese sesgo en contra del
tiempo siembra las semillas de su destrucción. ¿Anuncia el espacio-tiempo la
quiebra de esta ley, una de las más fundamentales de la física? Es cierto que
la estructura espaciotemporal que acabamos de descubrir siembra las semillas de
la destrucción, pero también indica cómo hemos de proceder: tenemos que
encontrar una magnitud invariante que ocupe el lugar del antiguo momento lineal
tridimensional. Este es un punto clave de nuestra historia: existe una magnitud
así.
Figura 11
Fijémonos
con más detenimiento en el vector momento lineal tridimensional. La figura 11
representa una flecha en el espacio. Podría ser la magnitud del desplazamiento
de una pelota al rodar sobre una mesa. [7] Para
ser más precisos, supongamos que a mediodía la pelota se encuentra en un
extremo de la flecha y que 2 segundos más tarde está en el otro extremo. Si la
pelota se mueve 1 centímetro cada segundo, la longitud de la flecha será de 2
centímetros. Es fácil calcular el vector momento lineal. Se trata de una flecha
que apunta exactamente en la misma dirección que la flecha de la figura 11,
pero cuya longitud es igual a la velocidad de nuestra bola (en este caso, 1
centímetro por segundo) multiplicada por su masa, que podemos suponer que es de
10 gramos. Un físico diría que el vector momento lineal de la bola tiene una
longitud de 10 gramos por centímetro partido por segundo (que, en forma
abreviada, escribiría como 10 g · cm/s). De nuevo, será preferible que seamos
un poco más abstractos y utilicemos símbolos en lugar de limitarnos a unos
valores determinados de la masa y la velocidad. Evidentemente, no tenemos
ninguna intención de convertirnos en nuestros profesores de matemáticas del
colegio, pero… si Δx representa la longitud de la flecha, Δt es
el intervalo temporal y m es la masa de la bola (en nuestro
ejemplo, Δx = 2 centímetros, Δt = 2 segundos y m =
10 gramos), entonces la longitud del vector momento lineal es igual a mΔx/Δ t.
En física se suele utilizar el símbolo griego Δ («delta») para representar una
«variación». Así, Δt hace referencia a la variación del tiempo, o
intervalo temporal entre dos eventos, y Δx a la longitud de un
objeto, en este caso la distancia espacial entre las mediciones inicial y final
de la posición de la bola.
Figura 12
Hemos
conseguido construir el vector momento lineal de una bola en el espacio
tridimensional, aunque no es algo muy emocionante que digamos. Ahora vamos a
atrevernos a dar el paso de construir el vector momento lineal en el
espacio-tiempo, y lo haremos de una manera completamente análoga al caso
tridimensional. La única restricción es que solo utilizaremos objetos
universales en el espacio-tiempo.
De nuevo, partiremos de una flecha, que en esta ocasión apunta en una dirección
en el espacio-tiempo tetradimensional, como se muestra en la figura 12. Uno de
sus extremos especifica dónde se encuentra nuestra bola en un instante y el
otro indica dónde está en otro instante posterior. La longitud de la flecha
debe calcularse mediante la fórmula de Minkowski para la distancia
espaciotemporal, y por tanto viene dada por (Δs)2 = (cΔt)2 −
(Δx) 2. Recuerda que Δs es la única longitud
que es igual para cualquier observador (cosa que desde luego no sucede con Δx y
Δt por separado) y, como tal, es la medida que debemos utilizar
para la distancia, ocupando así el lugar que Δx tiene en la
definición del momento lineal tridimensional. Pero ¿qué será lo que ocupe el
lugar del intervalo temporal, Δt? (Recuerda que estamos intentando
encontrar un sustituto tetradimensional para mΔ x/Δt).Aquí
está la clave: no podemos utilizar Δt porque no es una invariante
espaciotemporal. No todos los observadores miden los mismos intervalos
temporales, como ya hemos dicho una y otra vez, y por tanto debemos evitar
utilizarlos en nuestra búsqueda del momento lineal tetradimensional. ¿Qué
opciones tenemos? ¿Por qué magnitud podríamos dividir la longitud de la flecha
para calcular la velocidad de la bola a través del espacio-tiempo?
Queremos construir algo que suponga una mejora respecto al antiguo momento
lineal tridimensional. Cuando tratemos con objetos que se muevan a velocidades
pequeñas respecto a la de la luz, el nuevo momento lineal habrá de ser, al
menos aproximadamente, equivalente al antiguo. Para que esto suceda, debemos
dividir la longitud espaciotemporal de nuestra flecha, Δ s, por
alguna magnitud que sea del mismo tipo que un intervalo temporal. De lo
contrario, el nuevo momento lineal tetradimensional sería algo completamente
diferente del antiguo momento tridimensional. Los intervalos temporales se
pueden medir en segundos, por lo que también nos gustaría encontrar algo que
pueda medirse en segundos. Si partimos de nuestras cantidades invariantes en el
espacio-tiempo, la velocidad de la luz, c, y la distancia, Δs,
solo existe una combinación viable: el número que se obtiene al dividir la
longitud de la flecha (Δs) entre la velocidad c. Dicho de
otra forma, si Δ s se mide en metros y la velocidad c se
mide en metros por segundo, Δs/c se mide en segundos. Este
debe ser el número entre el que hemos de dividir la longitud de nuestra flecha,
ya que es la única cosa invariante de la que disponemos que se mide en las
unidades apropiadas. Procedamos, pues, a dividir Δs entre el tiempo
definido por Δs/c. El resultado es simplemente c (por
la misma razón por la que 1 dividido entre ½ es igual a 2). En otras palabras,
el análogo tetradimensional de la velocidad en nuestra fórmula tridimensional
para el momento lineal es el límite de velocidad universal, c.
No es sorprendente que esto te resulte familiar. Todo lo que hemos hecho es
calcular la velocidad espaciotemporal de un objeto (una bola, en nuestro
ejemplo), obteniendo como resultado c. Hemos llegado exactamente a
la misma conclusión en el capítulo anterior cuando hemos estudiado el
movimiento del motorista por el paisaje espaciotemporal. En este capítulo,
hemos hecho bastante más que eso, porque también hemos dado con un vector
velocidad espaciotemporal susceptible de ser utilizado en una nueva definición
de nuestro momento lineal tetradimensional. La velocidad de un objeto que se
desplaza a través del espacio-tiempo siempre tiene longitud c y
señala en la dirección espaciotemporal en la que el objeto se mueve.
Para completar la construcción de la nueva flecha para el momento lineal
tetradimensional, todo lo que nos queda por hacer es multiplicar el vector
velocidad espaciotemporal por la masa m. Por lo tanto, la flecha
que proponemos siempre tendrá una longitud igual a mc y
apuntará en la dirección en la que el objeto viaja por el espacio-tiempo. En
una primera impresión, esta nueva flecha de momento lineal es aburrida, porque
su longitud espaciotemporal siempre es la misma. Parece que no empezamos muy
bien, pero no dejemos que esto nos detenga. Aún está por ver si el vector
momento lineal espaciotemporal que acabamos de construir tiene alguna relación
con el antiguo momento lineal tridimensional e, incluso, si nos será de alguna
utilidad en este nuevo mundo espaciotemporal.
Para profundizar un poco más, ahora vamos a echar un vistazo a las componentes
de nuestro nuevo vector momento lineal espaciotemporal que apuntan en las
direcciones espacial y temporal. Para hacerlo, es absolutamente inevitable
recurrir a las matemáticas. No nos queda más remedio que pedir disculpas al
lector poco avezado en el uso de las matemáticas y prometerle que iremos muy
despacio. Recuerda, siempre cabe la opción de pasar por encima de las
ecuaciones hasta llegar al final de la historia. Las matemáticas hacen que el razonamiento
sea más convincente, pero es perfectamente posible seguir leyendo sin detenerse
en los detalles. Asimismo, nos vemos obligados a pedir disculpas al lector que
maneje con soltura las matemáticas por dedicarle tanto tiempo a este asunto. En
Manchester tenemos un dicho: «No se puede tener todo». Puede que este refrán
sea más difícil de entender que las matemáticas.
Recuerda que habíamos obtenido una expresión para la longitud del vector
momento lineal en el espacio tridimensional, mΔx/Δ t.
Acabamos de argumentar por qué hemos de reemplazar Δx por Δs y
Δt por Δs/c para formar el vector momento lineal
tetradimensional, cuya longitud, que no parece muy interesante, es mc.
Permítenos dedicarle un párrafo más y escribir la expresión completa del
sustituto de Δt, Δs/c, que es √(cΔr)2 −
(Δx)2/ c. Parece enrevesado, pero con un poco de
manipulación matemática podemos reescribirla de una forma más sencilla: es
equivalente a Δt/γ, donde γ = 1/√(1 − v2/c2).
Para llegar hasta ahí, hemos aprovechado que v = Δ x/Δt es
la velocidad del objeto. γ no es otra que la magnitud que ya nos hemos
encontrado en el capítulo 3, que cuantifica en qué medida se ralentiza el
tiempo para alguien que ve cómo el reloj pasa volando a una cierta velocidad.
Estamos ya muy cerca de nuestro objetivo. Hemos desarrollado este razonamiento
matemático para poder determinar cuál es la proporción exacta en la que el
vector momento lineal señala por separado en las direcciones espacial y
temporal. Antes, repasemos el tratamiento que le hemos dado al vector momento
lineal en el espacio tridimensional. La figura 11 nos ha ayudado a hacernos una
idea. El vector momento lineal tridimensional señala exactamente en la misma
dirección que la flecha de la figura 11, porque lo hace en la dirección en que
se mueve la bola. La única diferencia es que, para obtener su longitud, hemos
de multiplicar la velocidad por la masa de la bola y dividirla por el intervalo
de tiempo. La situación en el caso tetradimensional es completamente análoga.
Aquí, el vector momento lineal apunta en la dirección espaciotemporal en la que
se mueve la bola, que es la de la flecha de la figura 12. De nuevo, para
obtener el momento, necesitamos redimensionar la longitud de la flecha, pero
esta vez tenemos que multiplicarla por la masa y dividirla por la magnitud
invariante Δ s/c(que, como hemos visto en el párrafo
anterior, es igual a Δt/γ). Si te fijas en la flecha de la figura 12,
verás que si queremos cambiar su longitud sin variar la dirección en la que
señala, tenemos que modificar en la misma proporción la componente que apunta
en la dirección x (Δx) y la que lo hace en la dirección
temporal (cΔt). De esta forma, la longitud de la parte del vector
momento lineal que apunta en dirección espacial es simplemente Δ x multiplicada
por m y dividida por Δt/γ, lo que puede escribirse como
γmΔx/Δt. Si tenemos en cuenta que v = Δx/Δt es
la velocidad espacial del objeto, llegamos al resultado siguiente: la parte del
vector momento lineal espaciotemporal que apunta en la dirección espacial tiene
una longitud de γmv.
Esto es realmente interesante (el vector momento lineal en el espacio-tiempo
que hemos construido no tiene nada de aburrido). Si la velocidad de nuestro
objeto, v, es mucho menor que la de la luz, c, entonces
γ dista muy poco de la unidad. En ese caso, recuperamos el momento antiguo,
dado por el producto de la masa por la velocidad: p = mv.
Esto es muy alentador, así que nos incita a proseguir. De hecho, lo que hemos
conseguido va mucho más allá de traducir el antiguo momento al nuevo marco
tetradimensional. Por una parte, tenemos una fórmula que cabe suponer más
precisa, ya que γ solo es exactamente igual a uno cuando la velocidad es nula.
Figura 13
Más
interesante que el hecho de haber modificado p = mv es
lo que sucede cuando nos fijamos en la parte del vector momento lineal que
apunta en la dirección temporal. Después de todo el trabajo que hemos hecho, no
nos costará calcularla. El resultado aparece en la figura 13. La parte del
nuevo vector momento lineal que señala en la dirección temporal tiene una
longitud igual a cΔt multiplicada porm y
dividida de nuevo por Δt/γ, lo que es equivalente a γ mc.
Recuerda que el momento lineal nos interesa porque se conserva. Nuestro
objetivo ha sido encontrar un nuevo momento lineal tetradimensional que se
conserve en el espacio-tiempo. Podemos imaginarnos un montón de vectores
momento lineal en el espacio-tiempo, cada uno apuntando en una dirección, que
representen, por ejemplo, los momentos lineales de varias partículas a punto de
chocar entre sí. Tras la colisión, habrá un nuevo conjunto de vectores momento
lineal, que señalarán en direcciones distintas. Pero la ley de conservación del
momento lineal nos dice que la suma total de todas las nuevas flechas debe ser
exactamente igual a la suma total de las flechas originales. Esto a su vez
significa que la suma total de las partes de las flechas que señalan en la
dirección espacial se debe conservar, igual que la suma de las partes que
apuntan en la dirección temporal. Por lo tanto, si sumamos los valores de γmv para
cada partícula, el total debería ser el mismo antes y después de la colisión.
Lo mismo sucede para las partes temporales, pero en este caso lo que se
conserva ahora es la suma total de los valores de γmc. Parece que
tenemos dos nuevas leyes de la física: γmv y γmc son
cantidades que se conservan. Pero ¿a qué corresponden estas dos cosas en
particular? A primera vista, no hay mucho con lo que poder entusiasmarse. Si
las velocidades son bajas, γ es muy cercano a la unidad y γmvse
convierte prácticamente en mv. Recuperamos así la antigua ley de
conservación del momento lineal. Esto es tranquilizador, porque confiábamos en
llegar a algo que los físicos de la época victoriana pudiesen reconocer. Desde
luego, Brunel y los otros grandes ingenieros del siglo XIX se las apañaron a la
perfección sin el espacio-tiempo, por lo que nuestra nueva definición del
momento lineal tenía que conducirnos a resultados prácticamente iguales a los
que se obtuvieron durante la revolución industrial, siempre que las cosas no se
moviesen a velocidades demasiado cercanas a la de la luz. Al fin y al cabo, el
puente colgante de Clifton no se hundió súbitamente cuando a Einstein se le
ocurrió la relatividad.
¿Qué podemos decir respecto a la conservación de γmc? Como c es
una constante universal cuyo valor es el mismo para todos, la conservación de γmcequivale
a la conservación de la masa. Esto no parece muy sorprendente y concuerda con
nuestra intuición, aunque es interesante que haya aparecido como por arte de
magia. Por ejemplo, parece querer decir que después de quemar carbón en un
fuego, la masa de las cenizas (más la de la materia que se ha escapado por la
chimenea) debería ser igual a la del carbón antes de que el fuego se
encendiese. El hecho de que γ no sea exactamente igual a uno no parece
preocupante, y podríamos caer en la tentación de seguir adelante sin más,
satisfechos por haber conseguido ya mucho. Hemos definido el momento lineal de
manera que tuviese sentido en el espacio-tiempo y, como resultado, hemos
deducido unas correcciones (habitualmente minúsculas) respecto a la definición
decimonónica del momento lineal, a la vez que deducíamos la ley de conservación
de la masa. ¿Qué más podríamos pedir?
Hemos tardado mucho en llegar hasta este punto, pero nuestra historia aún nos
reserva una sorpresa final. Vamos a fijarnos con más detenimiento en la parte
del vector momento lineal que señala en la dirección temporal, y al hacerlo
descubriremos, casi milagrosamente, la ecuación más famosa de Einstein. El
colofón se aproxima. Tales de Mileto se reclina en su baño, preparándose para
el hechizo definitivo. Si has llegado hasta aquí, es muy probable que al leer
esta frase sientas que estás haciendo complicados malabarismos mentales. No es
baladí, porque has aprendido gran parte de lo que se espera que un físico
profesional sepa sobre los vectores tetra dimensionales y el espacio-tiempo de
Minkowski. Ya estamos listos para el gran momento.
Hemos demostrado que γmc debería conservarse. Debemos dejar claro
lo que esto significa. Imagina una partida de billar relativista, en la que
cada bola tiene su propio valor de γmc. Súmalos todos. El valor total,
sea cual sea, no varía. Juguemos ahora a lo que en principio parece un juego
sin ningún sentido. Si γmcse conserva, también lo hace γ mc2,
porque c no es más que una constante. Enseguida verás el
porqué de lo anterior. Ahora bien, γ no es exactamente igual a uno y, para
velocidades pequeñas, se puede sustituir aproximadamente por la expresión γ = 1
+ ½(v2/ c2).
Tabla 5.1
Con
una calculadora, puedes comprobar tú mismo que esta expresión funciona bastante
bien para velocidades pequeñas respecto a c.[8]Si
no tienes una calculadora a mano, esperamos que la tabla de la página siguiente
te convenza. Fíjate en que la expresión aproximada (con la que hemos calculado
los números de la tercera columna) es de hecho muy precisa incluso para
velocidades de hasta una décima parte de la velocidad de la luz (v/c =
0,1), es decir, de unos 30 millones de kilómetros por segundo, normalmente
inalcanzables.
Teniendo en cuenta esta simplificación, γmc2 es
aproximadamente igual a mc2 + ½mv2.
Ahora ya somos capaces de apreciar la profunda importancia de las consecuencias
de lo que hemos estado haciendo. Para velocidades pequeñas en comparación
con c, hemos demostrado que la magnitud mc2 +
½mv2 se conserva. Para ser más precisos, lo que se
conserva es la magnitud γmc2, pero, en este punto, la primera
ecuación es mucho más reveladora. ¿Por qué? Porque, como ya hemos visto, el
producto ½mv2 es la energía cinética con la que nos
hemos encontrado en el ejemplo del choque de las bolas de billar, que mide la
cantidad de energía que tiene un objeto de masa m por el hecho
de moverse a una velocidad v. Hemos descubierto que existe una cosa
que se conserva que es igual a algo ( mc2) más la
energía cinética. Parece razonable referirse a ese «algo que se conserva» como
la energía, pero ahora consta de dos partes. Una es ½mv2 y
la otra es mc2. No dejes que te confunda el hecho de que
lo hayamos multiplicado todo por c. Solo lo hemos hecho para que el
resultado final incluyese el término ½mv2 en lugar de
½ mv2/c2, ya que la primera expresión
es lo que los científicos desde hace siglos han denominado energía cinética. Si
quieres, puedes darle a ½mv2/c2 el
nombre de «masa cinética» o cualquier otro que se te ocurra. Eso es lo de menos
(incluso aunque lleve asociada la carga de la palabra «energía»). Lo importante
es que es la «componente temporal del vector momento lineal en el
espacio-tiempo», y que se conserva. Hay que reconocer que la ecuación «la
componente temporal del vector momento lineal en el espacio-tiempo es igual
a mc» no tiene tanto gancho como E = mc2,
pero la física es la misma.
Sorprendentemente, hemos demostrado que la conservación del momento lineal en
el espacio-tiempo no solo conduce a una versión nueva y mejorada de la
conservación del momento lineal en tres dimensiones, sino también a una
revisión de la ley de conservación de la energía. Acabamos de ver que, si
tenemos un sistema de partículas agitándose, al sumar la energía cinética de
todas las partículas junto con las masas de cada una de ellas multiplicadas
por cal cuadrado, obtenemos algo que no varía. En la época
victoriana habría bastado con la afirmación de que la suma de la energía
cinética no variaba, y también con decir que tampoco lo hacía la suma total de
las masas (multiplicar por c al cuadrado carece de importancia
cuando aquello de lo que hablamos no varía). Nuestra nueva ley es coherente con
esa situación, pero va mucho más allá. Resulta que no hay nada que impida que
parte de la masa se convierta en energía cinética y viceversa, siempre que la
suma de ambas cosas se conserve. Hemos descubierto que la masa y la energía son
potencialmente intercambiables y que la cantidad de energía que podemos extraer
de una masa m en reposo (en ese caso, γ es igual a uno) viene
dada por la ecuación E = mc2.
Nuestro amigo Tales de Mileto puede por fin experimentar el hechizo en todo su
esplendor. Sale de su bañera, la leche de burra goteando sobre el suelo, y da
la bienvenida a sus concubinas.
Resumiendo: queríamos encontrar un objeto en el espacio-tiempo que hiciese las
veces del momento lineal en el espacio tridimensional, porque el momento lineal
es una cantidad que se conserva, y por tanto útil. Hemos conseguido
encontrarlo, construyéndolo únicamente a partir de cosas que son iguales para
todos los observadores, como la distancia espaciotemporal, el límite de
velocidad universal y la masa. El vector momento lineal en el espacio-tiempo ha
resultado ser muy interesante. Fijándonos en la parte que señala en la
dirección espacial, hemos vuelto a descubrir la antigua ley de conservación del
momento lineal, con un ajuste para los objetos que se mueven a velocidades
cercanas a la de la luz. Pero el verdadero hallazgo se ha producido cuando nos
hemos fijado en la parte del vector que apunta en la dirección temporal, que
nos ha ofrecido una versión completamente nueva de la ley de conservación de la
energía. En ella aparece la antigua energía cinética, ½mv2,
pero también figura una parte completamente nueva: mc2.
Así, incluso si un objeto está en reposo, tiene una energía asociada, que viene
dada por la famosa ecuación de Einstein: E = mc2.
¿Qué significa todo esto? Hemos demostrado que la energía es una magnitud
interesante porque se conserva: «Puedes aumentar la energía por aquí siempre
que la disminuyas por allí». Más aún, hemos demostrado que la propia masa de un
objeto constituye una fuente potencial de energía. Podemos imaginar que tomamos
un pedazo de materia, por ejemplo un kilogramo de «algo» (sea lo que sea) y
«hacemos algo con ello» de forma que después ya no tengamos ese kilogramo de
materia. No queremos decir con esto que hayamos machacado el kilogramo de
materia hasta hacerlo pedazos, sino que ha desaparecido. De hecho, podemos
imaginar una situación extrema en la que se consume toda la masa inicial. En su
lugar debería crearse el equivalente de un kilogramo en energía (más la energía
que hayamos empleado en «hacer algo con ello»). Esta energía podría tomar la
forma de masa (por ejemplo, se podrían crear unos pocos cientos de gramos de
«materia» nueva), y el resto existiría bajo la forma de energía cinética: la
nueva materia se movería a toda velocidad. Evidentemente, todo esto nos lo
acabamos de inventar, era una situación imaginaria. La idea que conviene
resaltar es que es algo que la teoría de Einstein permite. Antes de Einstein,
nadie había soñado que la masa pudiese destruirse y convertirse en energía,
porque la masa y la energía parecían entidades completamente inconexas. Después
de Einstein, todo el mundo tuvo que aceptar que son manifestaciones diferentes
del mismo tipo de cosa. Esto es así porque hemos descubierto que la energía, la
masa y el momento lineal deben combinarse en un solo objeto en el
espacio-tiempo al que nos hemos venido refiriendo como vector momento lineal
espaciotemporal. En realidad, entre los físicos el nombre más habitual es
cuadrimomento. Igual que hemos visto que no deberíamos pensar en el espacio y
el tiempo como entidades separadas, hemos descubierto que la energía y el
momento lineal no son más que sombras de un objeto más fundamental, el
cuadrimomento. La fuerte inclinación de nuestra intuición a separar el espacio
y el tiempo es la que nos lleva a pensar en ellos como entidades distintas e
inconexas. Lo verdaderamente importante es que la naturaleza sí que aprovecha
la oportunidad: es posible convertir masa en energía. Si no fuese así, ni
siquiera existiríamos.
Antes de desentrañar esta rotunda afirmación, puede que sea conveniente
explicar un poco mejor lo que queremos decir con «destruido». En este contexto,
«destrucción» no se refiere a lo que sucede cuando un valioso jarrón cae al
suelo y se hace añicos. Tras una destrucción de ese tipo, apesadumbrado,
podrías barrer los pedazos, pesarlos, y comprobar que no se ha producido un
cambio significativo en la masa. Cuando decimos que el jarrón se ha destruido,
lo que queremos decir es que, tras el acto de la destrucción, hay menos átomos
que antes, y que, por lo tanto, la masa es menor. Quizá te parezca algo nuevo y
discutible. La idea de que la materia está formada por pequeñas piezas y que
podemos trocearlas y reordenarlas está muy arraigada, y se remonta al menos a
Demócrito, en la antigua Grecia. La teoría de Einstein le da un vuelco a esa
manera de ver el mundo para conducirnos a uno en el que la materia es más ambigua,
y puede aparecer y desaparecer, dejando de existir. De hecho, actualmente, ese
ciclo de destrucción y creación tiene lugar a diario en los aceleradores de
partículas. Más adelante volveremos sobre esto.
Y ahora el gran colofón. Por desgracia, se nos han acabado las cosas que Tales
podría hacer en buena compañía, pero esto va a ser realmente maravilloso.
Queremos completar la identificación de c con la velocidad de
la luz. Hemos venido insistiendo en que lo fundamental de la manera
espaciotemporal de pensar sobre las cosas es que c es un
límite de velocidad cósmico universal, no el hecho de que sea la velocidad de
la luz. En el capítulo anterior hemos logrado identificar c como
la velocidad de la luz, pero solo tras haberla comparado con los resultados que
hemos obtenido en el capítulo 3. Ahora podemos hacerlo sin necesidad de
recurrir a ideas ajenas al marco espaciotemporal. Trataremos de encontrar una
interpretación alternativa de la c que aparece en E = mc2,
distinta de la del límite de velocidad cósmico.
La solución se encuentra en otra característica extraña y oculta de la ecuación
de Einstein para la masa y la energía. Para seguir investigando, necesitamos
olvidar las aproximaciones que hemos hecho antes y escribir las expresiones
exactas de las partes espacial y temporal del cuadrimomento. La energía de un
objeto, que es la parte temporal del cuadrimomento (multiplicada por c),
es igual a γmc2, y el momento lineal, que es la parte
espacial, es γmv. Ahora nos plantearemos una pregunta que en principio puede
parecer muy extraña: ¿qué pasa si un objeto tiene masa nula? Un vistazo rápido
podría sugerir que, si la masa es cero, el objeto tendría energía nula y
momento nulo, en cuyo caso nunca influiría sobre ningún otro objeto, y sería
como si no existiese. Pero no es así, gracias a una sutileza matemática. El
detalle tiene que ver con γ. Recuerda que γ = 1/√(1 − v2/ c2).
Si el objeto se mueve a la velocidad de la luz, el factor γ se hace infinito,
porque tenemos que dividir uno entre cero (la raíz cuadrada de cero es cero).
Así que, para el caso muy particular en que la masa es cero y la velocidad
es c, tenemos una situación extraña. En las expresiones matemáticas
del momento lineal y de la energía, acabamos teniendo infinito multiplicado por
cero, lo cual es una indeterminación matemática. Dicho de otro modo, las
ecuaciones tal y como las conocemos no son útiles pero, lo que es muy
importante, no podemos concluir que, para partículas sin masa, la energía y el
momento lineal son necesariamente nulos. Sí podemos, no obstante, preguntarnos
qué sucede con la proporción entre el momento y la energía. Dividiendo E =
γmc2 entre p = γmv obtenemos E/p = c2/v,
lo que, para el caso especial en que v = c,
resulta en la ecuación E = cp, que sí tiene
sentido. Por lo tanto, la conclusión es que es posible que tanto la energía
como el momento lineal sean distintos de cero incluso para un objeto cuya masa
sea nula, pero solo si se mueve a la velocidad c. Así, la teoría de
Einstein contempla la posibilidad de que existan partículas sin masa. Es aquí
donde los experimentos nos son útiles. Gracias a ellos sabemos que la luz está
compuesta por partículas llamadas fotones, cuya masa, hasta donde sabemos, es
nula. Por consiguiente, deben moverse a la velocidad de la luz. Esto es
importante: ¿qué haríamos si en el futuro un experimento demuestra que los
fotones en realidad poseen una masa minúscula? Por suerte, ya puedes contestar
a esa pregunta. La respuesta es que no haríamos nada, salvo volver al segundo
postulado de Einstein en el capítulo 3 y sustituirlo por la afirmación de que
«la velocidad de las partículas sin masa es una constante universal».
Evidentemente, los nuevos datos experimentales no alterarían el valor de c,
pero sí harían que ya no pudiésemos identificarla con la velocidad a la que
viaja la luz.
Esto es algo muy profundo. La c en E = mc2 tiene
algo que ver con la luz debido únicamente al hecho experimental de que resulta
que las partículas de luz no tienen masa. Históricamente, esto tuvo una
importancia extraordinaria, porque permitió que los experimentalistas, como
Faraday, y los teóricos, como Maxwell, tuviesen acceso directo a un fenómeno
que se desplazaba a una velocidad que coincide con el límite universal: las
ondas electromagnéticas. Este hecho fue tan importante para el desarrollo de
las ideas de Einstein, que es posible que, de no ser por esta coincidencia, no
hubiese descubierto la relatividad. Nunca lo sabremos. Puede que «coincidencia»
sea la palabra apropiada, porque, como veremos en el capítulo 7, no existe una
razón fundamental que obligue a que la masa del fotón sea nula. Lo que es más,
existe un mecanismo, conocido como mecanismo de Higgs, que quizá podría, en un
universo diferente, haber hecho que el fotón tuviese una masa no nula. Sería
más correcto interpretar la c en E = mc2 como
la velocidad de las partículas sin masa, que están estrictamente obligadas a
moverse por el universo a esta velocidad. Desde un punto de vista espaciotemporal, c se
introdujo para que pudiésemos definir la manera de calcular distancias en la
dirección temporal. Por lo tanto, está integrada en el propio tejido del
espacio-tiempo.
Como habrás visto, la energía asociada a una masa determinada incluye un factor
de la velocidad de la luz al cuadrado. Puesto que la velocidad de la luz es tan
enorme en comparación con las velocidades ordinarias y cotidianas (la v en
½mv2), no te sorprenderá saber que la energía acumulada
dentro de masas incluso muy pequeñas es descomunal. Aún no podemos decir que
hayamos demostrado que se puede tener acceso directo a esta energía. Pero, si
lo lográsemos, tendríamos ante nosotros, literalmente, una fuente de energía
enorme. Podemos incluso dar una cifra, ya que disponemos de las fórmulas
necesarias. Sabemos que la energía cinética de una partícula de masa m que
se mueve a una velocidad v es aproximadamente igual a ½mv2,
y que la energía almacenada en su masa es igual a mc2 (supondremos
que v es mucho más pequeña que c, pues de lo contrario
tendríamos que utilizar la fórmula γmc2, que es más
complicada). Pongamos números para hacernos una mejor idea de lo que significan
en realidad estas ecuaciones.
Una bombilla normal irradia 100 julios de energía por segundo. Un julio es la
unidad de energía, llamada así en honor de James Joule, una de las grandes
figuras de Manchester cuyo ímpetu intelectual impulsó la revolución industrial.
Cien julios por segundo son 100 vatios, llamados así en memoria del ingeniero
escocés James Watt. El siglo XIX fue una época de fantásticos avances
científicos, que ahora conmemoramos cada vez que medimos magnitudes cotidianas.
Si una ciudad tiene 100.000 habitantes, parece razonable estimar que necesita
un suministro de corriente eléctrica de alrededor de 100 millones de vatios
(100 megavatios). Incluso para generar solo 100 julios se necesita una buena
cantidad de esfuerzo mecánico. Es aproximadamente igual a la energía cinética
de una pelota de tenis que se mueve a unos 215 kilómetros por hora, la velocidad
a la que saca un tenista profesional. Puedes hacer los cálculos tú mismo. La
masa de una pelota de tenis es de unos 57 gramos (o 0,057 kilogramos) y 215
kilómetros por hora equivalen aproximadamente a 60 metros por segundo. Si
introducimos estos números en ½mv2, obtenemos una energía
cinética igual a ½ × 0,057 × 60 × 60 julios. Se puede definir un julio como la
energía cinética de una masa de 2 kilogramos que se mueve 1 metro por segundo.
Compruébalo tú mismo. Haría falta un aluvión constante de pelotas de tenis (una
por segundo) para alimentar una sola bombilla eléctrica. En realidad, las
pelotas deberían ir todavía más rápido, o llegar con mayor frecuencia, porque
tendríamos que extraerles la energía cinética, convertirla en energía eléctrica
(mediante un generador) y transferírsela a la bombilla. Queda claro que sería
muy costoso alimentar una bombilla de esta manera.
¿Con cuánta masa podríamos realizar el mismo trabajo si supiésemos cómo aplicar
la teoría de Einstein para convertirla completamente en energía? La respuesta
es que la masa debería ser igual a la energía dividida por la velocidad de la
luz al cuadrado: 100 julios divididos dos veces entre 300 millones de metros
por segundo. El resultado es 0,000000000001 gramos o, expresado en palabras,
una millonésima de millonésima (una billonésima) de un gramo. A ese ritmo,
bastaría con que destruyésemos únicamente 1 microgramo de material por segundo
para alimentar a una ciudad. En un siglo hay aproximadamente 3.000 millones de
segundos, por lo que solo necesitaríamos 3 kilogramos de material para mantener
la ciudad en funcionamiento durante cien años. Una cosa está clara: la cantidad
potencial de energía acumulada en la materia es de una magnitud muy diferente
de cualquier otra cosa de las que experimentamos a diario, y si pudiésemos
liberarla resolveríamos todos los problemas energéticos de la Tierra.
Antes de seguir adelante, comentaremos una última cuestión. A nosotros, aquí en
la Tierra, la cantidad de energía acumulada en la masa nos parece completamente
astronómica. Aunque resulta tentador, nos equivocaríamos por completo si
pensásemos que esto se debe a que la velocidad de la luz es un número muy
grande. Lo que sucede es que ½mv2 es muy pequeño en
comparación con mc2porque las velocidades a las que
estamos acostumbrados son mucho menores que el límite de velocidad cósmico. La
razón de que nuestra existencia se desarrolle a unas energías relativamente
bajas tiene que ver en última instancia con las intensidades de las fuerzas de
la naturaleza, en particular con la intensidad relativamente baja de las
fuerzas electromagnética y gravitatoria. Lo estudiaremos con más detalle en el
capítulo 7, cuando nos adentremos en el mundo de la física de partículas.
Después de Einstein, los seres humanos tardaron medio siglo en encontrar la
manera de extraer cantidades importantes de energía de la masa que compone la
materia. Hoy en día, la destrucción de la masa se emplea en las centrales
nucleares. Por su parte, la naturaleza lleva miles de millones de años sacando
provecho de E = mc2. En un sentido muy
real, es la semilla de la vida, porque sin ella el Sol no brillaría y la Tierra
estaría para siempre sumida en la oscuridad.
Capítulo
6
¿Y por qué debería importarnos?
Sobre
átomos, ratoneras y la energía de las estrellas
Hemos
visto cómo la famosa ecuación de Einstein nos obliga a repensar nuestra forma
de entender la masa. Nos hemos dado cuenta de que la masa no es únicamente una
medida de la cantidad de materia de que consta un objeto, sino que es también
una medida de la energía latente acumulada en la propia materia. También hemos
visto que, si somos capaces de liberarla, dispondríamos de una fuente de
energía extraordinaria. Pasaremos parte de este capítulo explorando las maneras
en que puede liberarse la energía almacenada en forma de masa. Pero antes de
pasar a cosas más prácticas, nos gustaría dedicar algo más de tiempo a hablar
de la ecuación que acabamos de descubrir, E = mc2 +
½mv2, con más detenimiento.
Recuerda que esta versión de E = γmc2 es
tan solo una aproximación, aunque bastante buena para velocidades de hasta el
20 por ciento de la velocidad de la luz. Escribirla de esta manera pone de
manifiesto la separación entre la energía debida a la masa y la energía
cinética. Recuerda asimismo que podemos construir un vector en el
espacio-tiempo cuya longitud en la dirección espacial representa una magnitud
que se conserva, que, para velocidades pequeñas en comparación con la de la
luz, se reduce a la antigua ley de conservación del momento lineal. Igual que
se conserva la longitud del nuevo vector momento lineal espaciotemporal en la
dirección espacial, también se conserva su longitud en la dirección temporal,
que es igual a mc2 + ½ mv2.
Hemos reconocido ½mv2 como la expresión de una magnitud
que los científicos conocen desde hace mucho tiempo, la energía cinética, y por
tanto identificamos la magnitud conservada con la energía. Es muy importante el
hecho de que no nos hemos propuesto encontrar la conservación de la energía,
sino que ha aparecido por sorpresa mientras tratábamos de encontrar una versión
espaciotemporal de la ley de conservación del momento lineal.
Imagina un cubo lleno de ratoneras ya armadas, que almacenan energía en sus
muelles. Sabemos que los muelles en tensión acumulan energía porque cuando la
trampa salta suena un golpe fuerte (que es energía liberada en forma de sonido)
y la trampa puede salir por los aires (energía convertida en energía cinética).
Imagina ahora que una de las trampas salta y provoca que lo hagan también las
demás. Se oye un enorme estruendo cuando la energía almacenada en los muelles
se libera y las ratoneras se cierran con un chasquido. Lo que es más, puesto
que todas las trampas estaban inicialmente en reposo, la energía total debe ser
igual a mc2, donde m es la masa total
del cubo de trampas preparadas. Después tenemos un montón de trampas ya
disparadas y la energía que se ha liberado. Para que la energía total antes y
después sea la misma, la masa del cubo con las ratoneras armadas ha de ser
mayor que cuando las ratoneras se han disparado. Veamos otro ejemplo, esta vez
relacionado con la contribución a la masa debida a la energía cinética. Una
caja llena de gas caliente tiene una masa mayor que una caja idéntica que
contenga la misma cantidad de gas a una temperatura más baja. La temperatura da
una medida de la velocidad a la que las moléculas se agitan dentro de la caja:
cuanto más caliente está el gas, más rápido se mueven las partículas que lo
componen. Puesto que se mueven más rápido, tienen una mayor energía cinética
(es decir, el resultado de sumar los valores de ½mv2 para
todas las moléculas es mayor para el gas caliente) y, por lo tanto, la caja
tiene una masa mayor. Esta lógica se aplica a todo lo que almacena energía. Una
batería nueva tiene más masa que una usada, un termo con café caliente tiene
más masa que uno frío, un pastel de carne y patata recién hecho, comprado
durante el descanso del partido en el campo del Oldham Athletic una lluviosa
tarde de sábado tiene más masa que el mismo pastel, intacto, al final del
partido.
Como vemos, la conversión de masa en energía no es un proceso tan insólito.
Sucede continuamente. Cuando descansas junto a un fuego crepitante estás
absorbiendo calor proveniente de las brasas ardientes, lo que hace que
disminuya la energía del carbón. A la mañana siguiente, cuando el fuego se ha
extinguido, podrías recoger con diligencia toda la ceniza y pesarla en una
balanza de una precisión inalcanzable, e incluso en el caso de que,
milagrosamente, consiguieses aglutinar todos los átomos de ceniza, comprobarías
que esta pesa menos que el carbón original. La diferencia sería igual a la
cantidad de energía liberada dividida por la velocidad de la luz al cuadrado,
como predice E = mc2; es decir,
según m = E/c2. Es muy fácil
calcular lo minúscula que sería la variación de la masa para un fuego como el
que encenderías para calentar tu casa al anochecer. Si el fuego genera 1.000
vatios de potencia durante 8 horas, la producción total de energía es igual a
1.000 vatios × (8 × 60 × 60) julios (porque tenemos que utilizar segundos, en
lugar de horas, para que el resultado venga dado en julios), lo que equivale a
algo menos de 30 millones de julios. La pérdida de masa correspondiente debe
ser, por lo tanto, igual a 30 millones de julios divididos entre la velocidad
de la luz al cuadrado, lo que equivale a menos de una millonésima de gramo.
Esta minúscula reducción de la masa es consecuencia directa de la conservación
de la energía. Antes de encender el fuego, la energía total del carbón es igual
a su masa total multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado. Al arder,
el fuego desprende energía. Finalmente, el fuego se extingue y solo queda la
ceniza. Según la ley de conservación de la energía, la energía total de la
ceniza debe ser menor que la del carbón en una magnitud igual a la energía que
se ha invertido en calentar la habitación. La energía de la ceniza es igual a
su masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado, y debe ser más
ligera que el carbón original en la proporción que acabamos de calcular.
El proceso de convertir masa en energía, y viceversa, es, por lo tanto,
absolutamente fundamental en el funcionamiento de la naturaleza, es un fenómeno
cotidiano. Para que cualquier cosa suceda en el universo, deben producirse
trasvases continuos entre la masa y la energía. ¿Cómo es posible que alguien
consiguiese explicar cualquier cosa relacionada con la energía antes de que
tuviésemos conocimiento de lo que parece ser uno de los elementos básicos del
funcionamiento de la naturaleza? Merece la pena recordar que Einstein escribió
por primera vez la ecuación E = mc2 en
1905, en un mundo que distaba mucho de ser primitivo. El primer tren
interurbano de pasajeros, propulsado por locomotoras de vapor alimentadas a
base de carbón, se había inaugurado en 1830 entre Liverpool y Manchester. Los
transatlánticos de vapor llevaban casi setenta años surcando el Atlántico, y la
era del carbón había llegado a su apogeo, con la inminente botadura de buques
propulsados por modernos sistemas de turbinas de vapor, como el Mauritania y
el Titanic. No cabe duda de que en la Inglaterra victoriana sabían
cómo quemar carbón de forma eficiente y con resultados espectaculares, pero
¿cómo pensaban los científicos de la época sobre la física de la combustión
antes de Einstein? Un ingeniero del siglo XIX habría dicho que el carbón
contiene una energía latente (similar a la energía acumulada en un montón de
ratoneras en miniatura) y que las reacciones químicas que se producen durante
su combustión hacen que las ratoneras salten, liberando la energía. Esta
representación es útil, y permite hacer cálculos con la precisión necesaria
para diseñar máquinas tan magníficas como un transatlántico o una locomotora de
vapor. La visión posterior a Einstein no sustituye dicha representación, sino
que la complementa. Es decir, ahora entendemos que la energía latente está
indisociablemente ligada al concepto de masa. Cuanta más energía latente
contiene un objeto, mayor es su masa. Antes de Einstein, a los científicos no se
les habría ocurrido imaginar que existía un vínculo entre la masa y la energía,
porque no había nada que les indicase que era así. La visión que tenían de la
naturaleza era lo suficientemente precisa como para permitirles explicar el
mundo que observaban y resolver los problemas a los que se enfrentaban, porque
las variaciones en la masa eran tan minúsculas que no necesitaban saber que
estas se producían.
Esta es otra idea importante sobre el funcionamiento de la ciencia: cada nuevo
nivel de comprensión da lugar a una representación del mundo más precisa. Nunca
podemos llegar a afirmar que la visión actual es correcta, puesto que uno de
los pilares de la ciencia es que en su seno no tienen cabida las verdades
absolutas. El acervo científico en cualquier momento determinado de la
historia, incluido el actual, es simplemente el conjunto de teorías y
representaciones del mundo que aún no se ha demostrado que sean erróneas.
Los ejemplos que acabamos de ver implican variaciones de la masa
proporcionalmente muy pequeñas, pero es evidente que la cantidad de energía
liberada en cada caso puede ser muy importante. Un fuego nos calienta y un
pastel recién hecho es mucho más sabroso que uno frío. En el caso de la
combustión del carbón, la energía almacenada es al principio energía química.
Las moléculas que componen el carbón se reorganizan y se convierten en ceniza
como resultado de la reacción química en cadena que da comienzo cuando se
enciende una cerilla. A medida que los enlaces entre las moléculas van rompiéndose
y volviéndose a formar, y los átomos se recombinan entre sí para dar lugar a
nuevas moléculas, se libera energía y la masa disminuye. La energía química
tiene su origen en la estructura de los átomos. El ejemplo más sencillo es un
solo átomo de hidrógeno, compuesto por un único electrón que orbita alrededor
de un solo protón. Es lo suficientemente sencillo como para que los físicos
hayan podido aplicar la física cuántica para calcular cómo ha de variar la masa
del átomo con el movimiento orbital del electrón. Existe un límite inferior
para la masa del átomo de hidrógeno, un valor en extremo minúsculo de
0,00000000000000000000000000000000002 kilogramos menos que la suma de las masas
de un electrón y un protón cuando están muy alejados el uno del otro. No obstante,
esa diferencia, si se transforma en energía, es muy relevante. Puedes
preguntarle a cualquier químico o experimentar su efecto tú mismo si te sientas
junto a ese hermoso fuego de carbón.
Los físicos de partículas son tan vagos como cualquiera, y no les gusta
escribir números muy pequeños con montones de ceros y cifras decimales, por lo
que normalmente no utilizan el kilogramo como unidad de masa. En su lugar
emplean una unidad denominada electronvoltio, que en realidad sirve para medir
energías. Un electronvoltio es la cantidad de energía que adquiere un electrón
cuando es acelerado por una diferencia de potencial de un voltio. Parece algo
enrevesado, y corremos el riesgo de volver a acabar cubiertos de polvo de tiza.
En palabras más sencillas: si tienes una batería de 9 voltios y construyes con
ella un pequeño acelerador de partículas, podrás proporcionarle 9
electronvoltios de energía a un electrón. El electronvoltio se convierte en
masa dividiéndolo por c2 (recuerda que E = mc2).
Utilizando este vocabulario, más apropiado, el límite inferior para la masa del
átomo de hidrógeno es de 13,6 eV/c2 menos que las masas
del protón (938.272,013 eV/c2) y del electrón (510,998 eV/c2)
juntas (1 eV es la abreviatura para una energía de 1 electronvoltio). Fíjate en
que, al mantener un factor de c2 «en las unidades»,
es fácil calcular la energía almacenada en un protón en reposo. Puesto que la
energía se obtiene multiplicando la masa por c2, ambos
factores se cancelan entre sí y la energía es simplemente 938.272,013 eV.
Fíjate también en que la masa de un átomo de hidrógeno es menor, no mayor, que
la suma de sus componentes. Es como si el átomo almacenase algún tipo de
energía negativa. En este contexto, la energía negativa no tiene nada de
extraño: «Energía negativa almacenada» significa simplemente que descomponer el
átomo cuesta un esfuerzo, que suele denominarse «energía de enlace». El
siguiente valor mínimo de la masa del átomo de hidrógeno es de 10,2 eV/c2,
menos que la suma de las masas de sus componentes.[9]El
enigmático nombre de la teoría cuántica, sujeta con frecuencia a
interpretaciones erróneas, proviene precisamente del hecho de que masas como
estas toman valores discretos («cuantizados»). Por ejemplo, no existe un átomo
de hidrógeno que tenga una masa 2 eV/c2 mayor que el
límite inferior. Este es todo el misterio de la palabra «cuántico». Las
distintas masas corresponden de hecho a distintas órbitas de los electrones
alrededor del núcleo atómico, que en el caso del hidrógeno está compuesto por
un solo protón.
Dicho lo cual, hemos de ser muy cuidadosos al imaginarnos las órbitas de los
electrones, porque en realidad no son como las de los planetas alrededor del
Sol. En términos generales, en el átomo con la masa más pequeña de todas, el
electrón se encuentra más próximo al protón que en el átomo cuya masa tiene el
valor justo por encima del mínimo. El átomo de hidrógeno en el que el electrón
está lo más cerca posible del protón, y cuya masa es la menor de todas las
posibles, se dice que se encuentra en su «estado fundamental». Si se le
proporciona la cantidad de energía apropiada, el electrón saltará a la
siguiente órbita disponible y el átomo se volverá un poco más pesado,
sencillamente porque se le ha añadido una pequeña cantidad de energía. En ese
sentido, suministrar energía a un átomo es como tensar el muelle de una
ratonera.
Todo esto nos lleva a plantearnos la siguiente pregunta: ¿cómo es que conocemos
con tanto detalle el comportamiento de los átomos de hidrógeno? Desde luego, no
será porque nos dedicamos a medir esas minúsculas diferencias de masa con
básculas, ¿verdad? En el núcleo de la teoría cuántica se encuentra la
denominada ecuación de ondas de Schrödinger, que podemos utilizar para predecir
el valor de las masas. Dice la leyenda que Schrödinger descubrió la ecuación,
una de las más importantes de la física moderna, durante una estancia en los
Alpes con su amante en las Navidades de 1925. Lo que los libros de texto no
suelen contar es cómo le explicó la situación a su mujer. Cabe suponer que su
amante disfrutó de los frutos de su trabajo tanto como generaciones enteras de
estudiantes de física que se saben su ecuación de memoria. El cálculo no es
demasiado complicado para un átomo tan simple como el del hidrógeno, y ha hecho
acto de presencia en innumerables hojas de exámenes universitarios desde
entonces. Pero el hecho de que se puedan realizar los cálculos matemáticos
tiene poco valor si no disponemos de las evidencias experimentales que los
corroboren. Por suerte, es relativamente sencillo observar las consecuencias de
la naturaleza cuántica de la estructura atómica. En la teoría cuántica existe
una regla general que dice aproximadamente así: si se deja a su suerte, algo
más pesado se transformará en algo más ligero, siempre que dicha transformación
sea posible. No es tan difícil de entender: si el objeto se deja a su suerte,
no es posible que se convierta en algo más pesado, puesto que no se le
suministra energía, mientras que siempre cabe la posibilidad de que desprenda
energía y se vuelva más ligero. Evidentemente, la tercera opción es que no haga
nada y siga igual, cosa que a veces sucede. En el caso del átomo de hidrógeno,
esto significa que la versión más pesada en algún momento se desprenderá de
parte de su masa. Al hacerlo, emite una única partícula de luz, el fotón con el
que nos hemos topado antes. Por ejemplo, un átomo de hidrógeno en el segundo
estado menos pesado en un momento dado se transformará espontáneamente en un
átomo en el estado menos pesado, debido a una variación en la órbita del
electrón. El exceso de energía se expulsa mediante la emisión de un fotón.[10]También
puede darse el proceso inverso. Un fotón que se encuentre en las proximidades
del átomo puede ser absorbido por este, que saltará entonces a un estado de
mayor masa, porque la energía absorbida hace que el electrón pase a una órbita
más alta.
Quizá la forma más habitual de suministrar energía a los átomos sea
calentándolos, lo que provoca que los electrones salten a órbitas más altas
para después volver a saltar hacia abajo, emitiendo fotones al hacerlo (esta es
la base física de las farolas de vapor de sodio). La energía que transportan
estos fotones es igual a la diferencia de energía entre las órbitas, y, si
fuésemos capaces de detectarlos, nos permitirían asomarnos directamente a la
estructura de la materia. Por suerte, estamos detectándolos continuamente,
porque nuestros ojos no son ni más ni menos que detectores de fotones, cuya
energía se registra en forma de colores. El azul celeste de un mar tropical
salpicado de islas, el amarillo jaspeado de las estrellas de Van Gogh y el
color rojo que el hierro le da a tu sangre son el resultado de la medición
directa que tus ojos realizan de la estructura cuantizada de la materia. La
búsqueda del origen de los colores que emiten los gases calientes fue una de
las razones que llevaron al descubrimiento de la teoría cuántica a principios
del siglo XX. El nombre que hemos dado al gas del que están rellenos los globos
de las fiestas de cumpleaños es nuestra manera de honrar los años que
innumerables científicos dedicaron diligentemente a la cuidadosa observación de
la luz emitida por casi cualquier sustancia. «Helio» proviene del término
griego «helios», que significa «sol», porque la primera vez que se observó la
traza de este átomo, por el astrónomo francés Pierre Janssen en 1868, fue en la
luz proveniente de un eclipse solar. Así fue como se descubrió el helio en
nuestra estrella antes de hacerlo en la Tierra. Hoy en día, para tratar de
encontrar indicios de vida en mundos remotos, los astrónomos buscan la traza
característica del oxígeno en la luz estelar que atraviesa las atmósferas de
los planetas que se cruzan en su trayectoria desde las estrellas hasta
nosotros. La espectroscopia, que es como se denomina esta rama de la ciencia,
es una potente herramienta para la exploración del universo, tanto dentro como
fuera de nuestro planeta.
Todos los átomos de la naturaleza poseen una torre de energías (o masas)
característica, que depende de dónde se encuentran los electrones y, puesto
que, salvo en el caso del hidrógeno, todos los átomos tienen más de un electrón,
la luz que emiten cubre todos los colores del arco iris y va más allá, motivo
por el que, en última instancia, nuestro mundo es tan colorido. La química es,
a grandes rasgos, la parte de la ciencia que estudia lo que sucede cuando
montones de átomos se aproximan entre sí (pero no demasiado). A medida que dos
átomos de hidrógeno se acercan el uno al otro, los protones se repelen, puesto
que ambos tienen carga positiva, pero la atracción entre el electrón de cada
átomo y el protón del otro se sobrepone a esa repulsión. El resultado es que
existe una configuración óptima en la que se forma un enlace entre ambos
átomos, que forman una molécula de hidrógeno. Los átomos están ligados en el
mismo sentido en que lo está el electrón que orbita alrededor del núcleo de un
solo átomo de hidrógeno. El hecho de que estén ligados significa simplemente
que es necesario «hacer un esfuerzo» para separarlos, que no es sino una manera
imprecisa de decir que hace falta suministrar cierta cantidad de energía. Si
necesitamos suministrar energía simplemente para romper la molécula, esta debe
tener una masa menor que los dos átomos de hidrógeno originales, igual que la
masa del átomo de hidrógeno es menor que la suma de las masas de sus
componentes. En ambos casos, la energía de enlace se debe a la fuerza
electromagnética de la que hemos hablado al principio del libro.
Como sabe cualquiera que haya tenido un profesor de química distraído en el
instituto y haya pasado por un laboratorio de química con una caja de cerillas,
las reacciones químicas a veces dan lugar a la producción de energía. Un fuego
de carbón es un ejemplo perfecto y controlado; un pequeño impulso en forma de
cerilla encendida hace que se libere energía de forma constante y durante
horas. Mucho más espectacular es la explosión de un cartucho de dinamita, que
libera una cantidad de energía similar que el fuego, pero lo hace mucho más
rápido. La energía no proviene de la cerilla que prende el fuego o el cartucho,
sino que está almacenada en los materiales que arden. La conclusión es que, si
se libera alguna cantidad de energía, la masa total de los productos de la
reacción ha de ser menor, en todos los casos, que la masa inicial.
Un último ejemplo puede servir para ilustrar la idea de la liberación de
energía a través de reacciones químicas. Imagina que estamos en una habitación
llena de moléculas de hidrógeno y de oxígeno. Deberíamos poder respirar
perfectamente y, a primera vista, cabría pensar que es un lugar seguro y
agradable, ya que para separar los dos átomos que componen una molécula de
hidrógeno hace falta energía. Esto parece indicar que el hidrógeno molecular
debería ser una sustancia estable. Sin embargo, se puede descomponer mediante
una reacción química que genera una impresionante cantidad de energía: tan impresionante,
de hecho, que el hidrógeno gaseoso es muy peligroso. Es altamente inflamable en
contacto con el aire, pues un pequeño chispazo basta para desencadenar el
desastre. Gracias al vocabulario que acabamos de aprender, podemos analizar el
proceso con algo más de detalle. Supón que mezclamos un gas de moléculas de
hidrógeno (dos átomos de hidrógeno ligados) con uno de moléculas de oxígeno
(dos átomos de oxígeno ligados). Es muy posible que te ponga nervioso saber que
la masa conjunta de dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno es mayor que la
de dos moléculas de agua juntas, cada una de las cuales está compuesta por dos
átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. En otras palabras, la masa de los cuatro
átomos de hidrógeno y los dos átomos de oxígeno que al principio formaban parte
de sendas moléculas es mayor que la de las dos moléculas de H2O. El
exceso de masa es de aproximadamente 6 eV/ c2. Las
moléculas de hidrógeno y de oxígeno preferirán por lo tanto reorganizarse para
formar dos moléculas de agua. La única diferencia será la configuración de los
átomos (y sus correspondientes electrones). A primera vista, la energía que
libera cada molécula es minúscula, pero en una habitación caben del orden de 1026 moléculas,[11]lo
que se traduce en alrededor de 10 millones de julios de energía, más que
suficientes para, como efecto colateral, reorganizar las moléculas que
constituyen tu propio cuerpo. Por suerte, si tenemos cuidado evitaremos acabar
carbonizados porque, aunque la masa de los productos finales es menor que la de
los iniciales, es necesario algo de esfuerzo para colocarlos, a ellos y a sus
electrones, en la configuración adecuada. Es parecido a tirar un autobús por un
precipicio: hace falta empujar un poco para que empiece a caer, pero una vez
que está en movimiento ya no hay forma de pararlo. Dicho lo cual, sería muy
poco aconsejable encender una cerilla, cosa que proporcionaría energía más que
suficiente para desencadenar el proceso de reorganización molecular que daría
lugar a la producción de agua.
La liberación de energía química al reordenar átomos o de energía gravitatoria
al reordenar objetos pesados (como, por ejemplo, enormes cantidades de agua en
las centrales hidroeléctricas) es uno de los medios por los que nuestra
civilización genera energía útil. También estamos desarrollando la capacidad de
aprovechar los abundantes recursos en forma de energía cinética que la
naturaleza pone a nuestra disposición. Cuando sopla el viento, acelera las
moléculas de aire, y podemos convertir esa energía cinética descontrolada en
energía útil si colocamos una turbina en su trayectoria. Las moléculas chocan
con las palas de la turbina, lo que hace que pierdan velocidad al transmitir su
energía cinética a la turbina, que empieza a rotar (por cierto, este es otro
ejemplo de conservación del momento lineal). De esta forma, la energía cinética
del viento se transforma en energía rotatoria de la turbina, que a su vez puede
utilizarse para alimentar un generador. La manera de aprovechar la energía del
mar es muy similar, con la salvedad de que, en este caso, la energía cinética
que se transforma en energía útil es la de las moléculas de agua. Desde un
punto de vista relativista, todas las formas de energía contribuyen a la masa. Imagina
una caja gigante llena de pájaros volando. Podrías colocar la caja sobre una
balanza y pesarla, lo que te permitiría inferir la masa total de los pájaros y
la caja. Como los pájaros están volando, poseen energía cinética y, por
consiguiente, la caja pesará un poquito más que si todos los pájaros estuviesen
durmiendo.
La energía liberada mediante reacciones químicas ha sido la principal fuente de
energía para nuestra civilización desde la época prehistórica. La cantidad de
energía que puede liberarse a partir de una determinada cantidad de carbón,
petróleo o hidrógeno viene determinada, al nivel más fundamental, por la
intensidad de la fuerza electromagnética, ya que es esta fuerza la que fija la
intensidad de los enlaces entre átomos y moléculas que se rompen y se
recomponen en las reacciones químicas. Sin embargo, en la naturaleza existe
otra fuerza con el potencial de proporcionar una cantidad mucho mayor de
energía para una determinada cantidad de combustible, sencillamente porque es
mucho más intensa.
En las profundidades del átomo se encuentra su núcleo, un conjunto de protones
y neutrones que se mantienen unidos gracias al pegamento de la fuerza nuclear
fuerte. Al estar pegados entre sí, cuesta un esfuerzo separar un núcleo, igual
que los átomos que forman una molécula, y su masa es, por lo tanto, menor que
la suma de las masas de los protones y neutrones individuales que lo componen.
Trazando una analogía perfecta con lo que sucede en las reacciones químicas,
podemos preguntarnos si es posible hacer que los núcleos interactúen entre sí
de tal manera que esa diferencia de masa pueda emitirse en forma de energía
útil. Romper los enlaces químicos y liberar la energía almacenada en los átomos
puede ser tan sencillo como encender una cerilla, pero liberar la energía
acumulada en un núcleo atómico es algo muy diferente. Suele ser complicado
acceder a ella, para lo cual hacen falta normalmente ingeniosos aparatos.
Aunque no siempre es así: en ocasiones, la energía nuclear se libera de forma
natural y espontánea, con consecuencias inesperadas y extremadamente
importantes para el planeta Tierra.
El uranio, un elemento pesado, tiene 92 protones y, en la más estable de sus
formas que existen en la naturaleza, 146 neutrones. Esta variedad tiene una
vida media de 4.500 millones de años, lo que significa que en ese tiempo la
mitad de los átomos de un pedazo de uranio se habrán dividido espontáneamente y
habrán dado lugar a elementos más ligeros (el más pesado de los cuales es el
plomo), liberando energía en el proceso. En términos de E = mc2,
diremos que el núcleo de uranio se divide en dos núcleos más pequeños, cuya
masa conjunta es algo menor que la del núcleo original. Esta pérdida de masa es
la que se manifiesta como energía nuclear. El proceso por el cual un núcleo
pesado se divide en dos más ligeros se denomina fisión nuclear. Junto con la
forma del uranio que contiene 146 neutrones, también existe en la naturaleza
otra menos habitual que consta de 143 neutrones, que se divide en una forma
distinta del plomo, con una vida media de 704 millones de años. Estos elementos
se pueden utilizar para medir con precisión la edad de rocas casi tan antiguas
como la propia Tierra, que tiene unos 4.500 millones de años.
La técnica es de una hermosa sencillez. Existe un mineral llamado circonio cuya
estructura cristalina, de forma natural, contiene uranio pero no plomo. Por lo
tanto, se puede suponer que todo el plomo presente en el mineral proviene de la
desintegración radiactiva del uranio, lo que permite medir con gran precisión
la edad de la formación del circonio, con tan solo contar el número de núcleos
de plomo que existen, conociendo la velocidad de desintegración del uranio. El
calor que se genera durante la división del uranio también es muy importante
para mantener la temperatura terrestre, y está detrás de la fuerza que mueve
las placas tectónicas y da lugar a la creación de nuevas montañas. Sin este
impulso, alimentado con energía nuclear, la tierra se desmoronaría en el mar
como resultado de la erosión natural. No diremos más sobre la fisión nuclear.
Ha llegado el momento de adentrarnos en el núcleo atómico y aprender un poco
más sobre la energía que almacena y sobre el otro proceso importante que, de
producirse, puede propiciar que se libere: la fusión nuclear.
Imaginemos dos protones (sin electrones a su alrededor esta vez, para eliminar
la posibilidad de que se unan en una molécula de hidrógeno). Si los dejásemos a
su suerte, saldrían disparados en direcciones opuestas, ya que ambos tienen una
carga eléctrica positiva. Así pues, podríamos pensar que no tiene sentido
acercar los protones entre sí. No obstante, supongamos que lo hiciésemos y
veamos qué sucedería. Una forma de hacerlo sería lanzar un protón contra el
otro a gran velocidad. La fuerza de repulsión entre los protones aumenta a
medida que estos se acercan entre sí. De hecho, su intensidad se duplica cada
vez que la distancia se reduce a la mitad. Parece, por tanto, que nuestros
protones siempre estarían abocados a salir despedidos. Sin duda, eso sería lo que
sucedería si la repulsión eléctrica fuese la única fuerza de la naturaleza.
Pero esta debe competir con las fuerzas nucleares, fuerte y débil. Cuando los
protones están tan cerca que casi se tocan sucede algo extraordinario (como los
protones no son bolas macizas, podemos incluso imaginar que se superponen). No
ocurre siempre, pero a veces, al acercar dos protones así, uno de ellos se
transforma de manera espontánea en un neutrón y el exceso de carga eléctrica
positiva (el neutrón, como su propio nombre indica, es eléctricamente neutro)
se desprende en forma de una partícula llamada positrón. Los positrones son
exactamente iguales que los electrones, salvo por el hecho de que tienen carga
positiva. También se emite una partícula denominada neutrino. Comparados con el
protón y el neutrón, cuyas masas son muy parecidas, el electrón y el neutrino
son muy ligeros y se alejan rápidamente, dejando atrás al protón y al neutrón.
Conocemos muy bien los detalles de este proceso de transmutación gracias a la
teoría de las interacciones débiles, desarrollada por los físicos de partículas
en la segunda mitad del siglo XX. En el capítulo siguiente veremos cómo
funciona. Lo único que necesitas saber de momento es que el proceso puede
suceder, y sucede. Al no existir entre ellos repulsión eléctrica, el protón y
el neutrón pueden aproximarse bajo el influjo de la fuerza nuclear fuerte.
Ligados de esta forma, un protón y un neutrón dan lugar a lo que se denomina un
deuterón, y el proceso por el que un protón se transforma en un neutrón con la
emisión de un positrón (o viceversa, con la emisión de un electrón, cosa que
también es posible) se conoce como desintegración beta.
¿Cómo encaja todo esto con nuestra idea de energía? Los dos protones originales
tienen cada uno una masa de 938,3 MeV/c2. 1 MeV es igual a 1
millón de eV (la «M» significa «mega», o «millón»). La conversión entre MeV/c2 y
kilogramos es bastante fácil: 938,3 MeV/c2 corresponden
a una masa de 1,673 × 10−27kilogramos.[12]Los
dos protones originales tienen una masa conjunta de 1.876,6 MeV/c2.
El deuterón tiene una masa de 1.875,6 MeV/ c2, y el
positrón y el neutrino se llevan la 1 MeV restante. De esta, alrededor de la
mitad se invierte en crear el positrón, ya que su masa es aproximadamente ½
MeV/c2 (los neutrinos casi no tienen masa). Por lo
tanto, cuando dos protones se transforman en un deuterón, una parte
relativamente minúscula (alrededor de 1/40 de un 1 por ciento) de la masa total
se destruye y se transforma en la energía cinética del positrón y del neutrino.
Juntar dos protones para crear un deuterón es una manera de liberar la energía
asociada a la fuerza nuclear fuerte, y constituye un ejemplo de fusión nuclear.
El término «fusión» se utiliza para describir cualquier proceso que libere
energía como resultado de la unión de dos o más núcleos. A diferencia de la
energía que se libera en una reacción química, que se debe a la fuerza
electromagnética, la fuerza nuclear fuerte genera una enorme energía de enlace
nuclear. Compara, por ejemplo, el ½ MeV que se libera cuando se forma un
deuterón con los 6 eV liberados en la explosión del hidrógeno y el oxígeno.
Conviene recordar lo siguiente: la energía que se libera en una reacción
nuclear es normalmente un millón de veces mayor que la correspondiente a una
reacción química. El motivo por el que la fusión no está presente en absoluto
en nuestra experiencia cotidiana aquí en la Tierra es que, como la fuerza
nuclear fuerte únicamente opera a distancias cortas, solo entra en acción
cuando los componentes están muy cerca unos de otros y decae enseguida para
distancias muy superiores a un femtómetro (que es aproximadamente el tamaño del
protón). Pero no es fácil acercar protones a esa distancia, debido a su
repulsión electromagnética. Una forma de conseguirlo requiere que los protones
se muevan a velocidades extremadamente altas, lo que a su vez implica
temperaturas muy elevadas, ya que la temperatura es básicamente una medida de
la velocidad media de las cosas; las moléculas en una taza de té caliente se
agitan más que las de una jarra de cerveza fría. Para que dé comienzo la fusión
es necesario alcanzar una temperatura de al menos unos 10 millones de grados,
aunque es preferible que sea mucho más alta. Por suerte para nosotros, existen
lugares en el universo donde las temperaturas alcanzan, e incluso superan, los
valores necesarios para la fusión nuclear: el interior de los núcleos de las
estrellas.
Retrocedamos en el tiempo a la edad media cósmica, menos de 500 millones de
años tras el big bang, cuando el universo solo contenía hidrógeno, helio y
pequeñas cantidades de los elementos químicos más ligeros. Lentamente, a medida
que continuaba la expansión del universo, los gases primigenios empezaron a
condensarse en cúmulos bajo el influjo de la gravedad, que se aceleraban a
medida que se iban acercando unos a otros, como este libro se aceleraría hacia
el suelo si lo dejases caer. Que el helio y el hidrógeno se moviesen cada vez
más rápido significaba que estaban cada vez más calientes, por lo que las
grandes bolas de gas se volvieron aún más calientes y densas. A una temperatura
de unos 10.000 grados, los electrones abandonan sus órbitas alrededor de los
núcleos, dejando tras ellos un gas de protones y neutrones denominado plasma. Electrones
y protones siguen cayendo juntos de manera inexorable, cada vez más rápido, en
un colapso continuamente acelerado. El plasma escapa a esta caída en apariencia
inevitable cuando, al alcanzar los 10 millones de grados, sucede algo muy
importante, algo que transforma la ardiente bola de protones y electrones en la
luz y la vida del universo, una espléndida fuente de energía nuclear: una
estrella. Los protones individuales se fusionan en deuterones, que a su vez se
fusionan con otros protones para producir helio, liberando en cada paso valiosa
energía de enlace. Así, la nueva estrella transforma lentamente una pequeña
parte de su masa original en energía, lo que hace que su núcleo se caliente y
le permite detener y resistir el colapso gravitatorio, al menos durante unos
pocos miles de millones de años, durante los cuales los planetas fríos y
rocosos se mantienen calientes, el agua fluye, los animales evolucionan y las
civilizaciones emergen.
Nuestro Sol es una estrella que se encuentra actualmente en una plácida fase
intermedia de su vida: está quemando hidrógeno y generando helio. Durante este
proceso, pierde 4 millones de toneladas de masa cada segundo de cada día de
cada milenio, al transformar 600 millones de toneladas de hidrógeno en helio
cada segundo. Este despilfarro, del que depende nuestra existencia, no puede
continuar indefinidamente, ni siquiera en nuestra propia bola de plasma, un
millón de veces más grande que la Tierra. ¿Qué sucede entonces cuando se agota
el suministro de hidrógeno en el núcleo de una estrella? Sin la fuente de
presión nuclear hacia el exterior, la estrella empezará de nuevo a colapsar
sobre sí misma, y al hacerlo se irá calentando. En un momento dado, a una
temperatura de unos 100 millones de grados, el helio comienza a arder y el
colapso se detiene de nuevo. Estamos utilizando el verbo «arder», pero eso no
es muy preciso. Lo que en realidad queremos decir es que tiene lugar la fusión
nuclear y que la masa neta de los productos finales es menor que la masa del
material original que se fusiona. La pérdida de masa da lugar a la producción
de energía, según E = mc2.
El proceso de combustión del helio es digno de verse en detalle. Cuando se
fusionan dos núcleos de helio, dan lugar a una determinada forma de berilio, el
berilio 8, compuesta por cuatro protones y cuatro neutrones y que solo vive una
diezmillonésima de milmillonésima de segundo antes de descomponerse de nuevo en
dos núcleos de helio. La vida del berilio 8 es tan fugaz que la probabilidad de
que tenga tiempo de fusionarse con cualquier otra cosa es muy reducida. De
hecho, sin ayuda externa, eso es exactamente lo que sucedería siempre, lo que
impediría la progresión hacia la síntesis de elementos más pesados en el
interior de las estrellas. En 1953, cuando apenas se empezaba a comprender la
física nuclear de las estrellas, el astrónomo Fred Hoyle se dio cuenta de que
el carbono tenía que haberse formado en su interior, con independencia de lo
que dijesen los físicos teóricos, pues estaba firmemente convencido de que no
podía haberse creado en ningún otro lugar del universo. Junto a su sagaz
observación de que los astrónomos existen, propuso que esto solo sería posible
si existía a su vez un tipo de núcleo de carbono ligeramente más pesado, que se
habría formado tras un proceso de fusión muy eficiente entre el fugaz berilio 8
y un tercer núcleo de helio. Hoyle calculó que, para que su teoría funcionase,
el carbono pesado debía tener una masa 7,7 MeV/c2 mayor
que el carbono normal. Una vez que esta nueva forma del carbono se hubiese
creado en la estrella, el camino hacia los elementos más pesados quedaba
despejado. En esa época no se conocía ninguna forma del carbono como la que
proponía, pero, espoleados por las predicciones de Hoyle, los científicos no
tardaron ni un instante en empezar a buscarla. Apenas días después de que Hoyle
hiciese su predicción, los físicos nucleares del laboratorio Kellogg del
Instituto de Tecnología de California (Caltech) la confirmaron sin ningún
género de dudas. Es una historia extraordinaria, en buena medida porque asienta
nuestra confianza en la idea que tenemos de cómo funcionan las estrellas: no
hay mejor justificación de una bella teoría que la verificación experimental de
una de sus predicciones.
Hoy en día disponemos de muchas más evidencias que respaldan la teoría de la
evolución estelar. Encontramos un ejemplo llamativo en el estudio de los
neutrinos que se producen cada vez que un protón se transforma en un neutrón en
el proceso de fusión. Los neutrinos son partículas fantasmagóricas que apenas
interactúan con nada y, por eso mismo, la mayoría de ellos salen despedidos del
Sol en cuanto se producen, sin ningún impedimento. De hecho, el flujo de
neutrinos es tal que, cada segundo, alrededor de 100.000 millones atraviesan
cada centímetro cuadrado de la Tierra. Es fácil leerlo, pero cuesta imaginarlo.
Levanta la mano y mírate la uña del dedo pulgar. Cada segundo, la atraviesan
100.000 millones de partículas subatómicas provenientes del núcleo de nuestra
estrella. Por suerte para nosotros, y de hecho para la Tierra en su conjunto,
es como si no existiesen. No obstante, muy de vez en cuando, un neutrino
interactúa, y el truco consiste en construir experimentos capaces de detectar
estos eventos tan poco frecuentes. El experimento Super-Kamiokande, en las
profundidades de la mina Mozumi, cerca de la ciudad de Hida, en Japón, es uno
de ellos. Super-Kamiokande es un enorme cilindro de 40 metros de diámetro y
otros 40 de altura, que contiene 50.000 toneladas de agua pura y está rodeado
por más de 10.000 tubos fotomultiplicadores capaces de detectar los destellos
de luz muy tenues que se producen cuando un neutrino choca con un electrón en
el agua. Como resultado, el experimento es capaz de «ver» los neutrinos que
llegan desde el Sol, y el número que detecta coincide con el esperado, que se
basa en la teoría según la cual son el resultado de procesos de fusión en el
interior del Sol.
Llegará un momento en que a la estrella se le agote el suministro de helio y
comience a colapsarse aún más. Cuando la temperatura de su núcleo supere los
500 millones de grados, será posible la combustión del carbono, lo que
producirá toda una variedad de elementos más pesados, hasta llegar al hierro.
Tu sangre es roja porque contiene hierro, el punto final de los procesos de
fusión que tienen lugar en el núcleo de las estrellas. Los elementos más
pesados que el hierro no se pueden crear mediante fusión en el núcleo, porque
esta sigue una ley de rendimientos decrecientes y los núcleos más pesados que
el del hierro no liberarían energía al fusionarse con otros núcleos. Dicho de
otro modo, añadir protones o neutrones a un núcleo de hierro solo hará que sea
más pesado (no más ligero, como tendría que ser para que la fusión actuase como
fuente de energía). Los núcleos más pesados que el del hierro prefieren en
cambio desprenderse de protones o neutrones, como hemos visto antes para el
uranio. En estos casos, la suma total de las masas de los productos es menor
que la masa del núcleo inicial y, por lo tanto, cuando un núcleo pesado se
divide se libera energía. El hierro es el caso particular que se sitúa entre
ambas situaciones, lo que significa que es extraordinariamente estable.
Como no dispone de ninguna otra fuente de energía que pueda evitar lo
inevitable, una estrella cuyo núcleo es rico en hierro se encuentra en realidad
en el punto de no retorno, y la gravedad retoma su implacable tarea. A la
estrella solo le queda una última oportunidad de escapar al colapso definitivo.
Se vuelve tan densa que, como consecuencia del principio de exclusión de Pauli,
los electrones que habían estado circulando libremente desde que fueron
arrancados de los átomos de hidrógeno durante su nacimiento se resisten a
seguir compactándose. Este es un principio importante dentro de la teoría
cuántica, crucial para la estabilidad y estructura de los átomos. En pocas
palabras, afirma que existe un límite a partir del cual los electrones no se
pueden comprimir más. En una estrella densa, los electrones ejercen una presión
hacia fuera que aumenta a medida que la estrella se colapsa, llegando a tener
la fuerza suficiente para contrarrestar el hundimiento gravitatorio. Una vez
que esto sucede, la estrella queda atrapada en un estado disminuido pero
extraordinariamente duradero. No tiene combustible que gastar (esa es la razón
por la que se estaba colapsando) y la presión de los electrones evita que siga
hundiéndose. Este tipo de estrella se llama enana blanca —un monumento en honor
de una majestuosidad irremediablemente mermada y que se desvanece con
lentitud—, el brillante lugar donde tiempo atrás se crearon los elementos de la
vida, cuyos restos han quedado reducidos al tamaño de un planeta pequeño. En un
futuro mucho más lejano que la edad actual del universo, las enanas blancas se
habrán enfriado tanto que llegarán a desvanecerse. Esto nos recuerda las
hermosas reflexiones del padre de la teoría del big bang, Georges Lemaître, al
pensar sobre el inexorable viaje universal de la luz a las tinieblas, del que
ni siquiera las estrellas podrán escapar: «La evolución del universo se asemeja
a un espectáculo de fuegos artificiales que acaba de terminar: unos pocos
vestigios luminosos, cenizas y humo. Desde un frío cúmulo de cenizas,
contemplamos cómo los soles se desvanecen mientras tratamos de rememorar el
brillo desaparecido del origen de los mundos». A lo largo de este libro hemos
pretendido explicar con detalle por qué las cosas son como son y proporcionar
argumentos y evidencias mientras avanzábamos. La descripción que aquí ofrecemos
de cómo funciona una estrella puede parecer caprichosa, y no cabe duda de que
nos hemos alejado de nuestro estilo riguroso y expositivo. Podrías incluso
objetar que, puesto que no es posible realizar experimentos de laboratorio
directamente con estrellas, no se sabe a ciencia cierta cuál es su
funcionamiento. Pero esta no es la razón de nuestra parquedad. Si no nos hemos
extendido más es porque entrar en detalles nos habría desviado demasiado de
nuestro camino. El extraordinario trabajo de Hoyle y el éxito de experimentos
como el Super-Kamiokande tendrán que bastar como evidencia, junto con una
última predicción del físico indio Subrahmanyan Chandrasekhar. A principios de
la década de 1930, provisto únicamente de la física establecida, predijo que
debía existir un límite superior para cualquier estrella enana blanca (que no
rotase sobre sí misma). Chandrasekhar estimó en un primer momento que este
límite era de aproximadamente una masa solar (es decir, la masa del Sol), y
cálculos más refinados condujeron tiempo después a un valor de 1,4 masas
solares. En la época en que Chandrasekhar publicó sus trabajos, solo se habían
observado unas pocas enanas blancas. Hoy en día, este número asciende a unas
10.000, cuya masa es normalmente del orden de la del Sol. Ni una sola de ellas
tiene una masa superior al valor máximo de Chandrasekhar. Una de las mayores
alegrías que la física nos proporciona es la de comprobar cómo leyes
descubiertas en experimentos de sobremesa, en la penumbra del laboratorio en la
Tierra, tienen validez a lo largo y ancho del universo, y Chandrasekhar
aprovechó esta universalidad para hacer su predicción, por la que recibió el
premio Nobel en 1983. La confirmación de su predicción es una de las evidencias
que permiten a los físicos tener una gran confianza en que entienden realmente
cómo funcionan las estrellas.
¿Comparten todas las estrellas el destino de acabar convertidas en enanas
blancas? El párrafo anterior parece indicar que es así, pero lo cierto es que
solo cuenta parte de la historia, y da una pista de cuál es la situación real.
Si no puede existir una enana blanca cuya masa supere 1,4 veces la del Sol,
¿qué les sucede a las estrellas que sí la superan? Aparte de la posibilidad de
que las estrellas grandes se desprendan de parte de su material para evitar
superar el límite de Chandrasekhar, el destino les depara dos alternativas. En
ambos casos, una gran masa inicial implica que, a medida que el colapso avanza,
los electrones en algún momento empezarán a agitarse a velocidades próximas a
la de la luz. Una vez que eso sucede, ya no cabe otra posibilidad: su presión
nunca será suficiente para contrarrestar la fuerza gravitatoria. Para estas
estrellas masivas, el estadio siguiente es una estrella de neutrones, en la que
la fusión nuclear vuelve a entrar en acción por última vez. Los protones y los
neutrones se mueven tan rápido que llega un momento en que su energía es
suficiente para iniciar la fusión entre protón y electrón, dando lugar a un
neutrón. Es la reacción opuesta al proceso de desintegración beta, en el cual
un neutrón se descompone espontáneamente en un protón y un electrón, con la
emisión de un neutrino. De esta manera, todos los protones y los electrones se
transforman progresivamente en neutrones, y la estrella acaba convertida en una
gran bola de neutrones. La densidad de una estrella de neutrones es
extraordinaria: una pequeña cucharada de materia de la estrella pesa más que
una montaña. Son más masivas que el Sol, aunque apenas ocupan el tamaño de una
ciudad. [13] Muchas
de las estrellas de neutrones que conocemos giran a velocidades asombrosas,
emitiendo al espacio haces de radiación cual faros cósmicos. Estas estrellas,
auténticas maravillas del universo, se denominan púlsares. Algunos de los
púlsares conocidos tienen masas que casi doblan la del Sol, diámetros de tan
solo 20 kilómetros, y dan más de 500 vueltas por segundo. Imagina la violencia
de las fuerzas que deben existir en objetos como esos. Hemos descubierto
maravillas que van más allá de nuestra imaginación.
Más allá de las estrellas de neutrones, un destino final espera a las estrellas
más grandes. Igual que los electrones pueden alcanzar velocidades próximas a la
de la luz en las enanas blancas, los neutrones que componen una estrella de
neutrones pueden toparse con el límite que impuso Einstein. Cuando esto ocurre,
no existe fuerza conocida capaz de evitar el colapso total, y la estrella
acabará dando lugar a un agujero negro. A día de hoy, el conocimiento que
tenemos de la física del espacio y el tiempo dentro de un agujero negro es
incompleto. Como veremos en el capítulo final, la presencia de la masa hace que
el espacio-tiempo se curve, distanciándose del espacio-tiempo de Minkowski que
ya conocemos, y, en el caso de un agujero negro, esta curvatura es tal que ni
siquiera la luz puede escapar de sus garras. En entornos tan extremos, las
leyes de la física tal y como las conocemos en la actualidad dejan de tener
validez. Uno de los grandes retos a los que ha de hacer frente la ciencia del
siglo XXI es precisamente el de encontrar la manera de seguir progresando, ya
que solo entonces podremos contar la historia de las estrellas de principio a
fin.
Capítulo
7
El origen de la masa
El
descubrimiento de E = mc2 supuso
un punto de inflexión en la manera que los físicos tenían de ver la energía, ya
que nos enseñó que existe una enorme cantidad de energía almacenada en el
interior de la propia masa. Es una cantidad muchísimo mayor de lo que nadie
había osado imaginar: la energía que contiene la masa de un solo protón es casi
mil millones de veces superior a la que se libera en una reacción química
típica. A primera vista, parece que hemos dado con la solución para los
problemas energéticos del mundo y, en cierta medida, puede que a largo plazo
así sea. Pero con una importante salvedad: es muy difícil destruir la masa por
completo. En una central eléctrica de fisión nuclear, únicamente se destruye
una fracción muy pequeña del combustible original; el resto se transforma en
elementos más ligeros, algunos de los cuales constituyen residuos altamente
tóxicos. Incluso en el interior del Sol, los procesos de fusión son
extraordinariamente poco efectivos a la hora de convertir masa en energía, y esto
no se debe solo a que la proporción de masa que se destruye sea muy pequeña: la
probabilidad de que tenga lugar la fusión de un protón en particular es
extremadamente baja, porque el paso inicial de convertir un protón en un
neutrón es extraordinariamente poco habitual (tanto que, de hecho, un protón en
el núcleo del Sol tarda de media alrededor de 5.000 millones de años en
fusionarse con otro protón para dar lugar a un deuterón, desencadenando así la
liberación de energía). En realidad, el proceso ni siquiera llegaría a
producirse nunca de no ser porque a escalas tan pequeñas la teoría cuántica es
soberana: en la imagen del mundo anterior a la cuántica, la temperatura del Sol
no era suficiente como para comprimir a los protones tanto como para que la fusión
tuviese lugar (debería haber estado unas 1.000 veces más caliente que la
temperatura actual de su núcleo, de unos 10 millones de grados). Cuando el
físico británico sir Arthur Eddington propuso por primera vez,
en 1920, la hipótesis de que la fusión era la fuente de la energía del Sol,
enseguida se le planteó esta posible objeción a su teoría. Sin embargo,
Eddington estaba convencido de que la fusión del hidrógeno para dar helio era
la fuente de energía, y confiaba en que se tardaría poco en resolver el enigma
de la temperatura. «El helio que manejamos se ha tenido que crear en algún
momento y en algún lugar —dijo—. No buscamos llevarle la contraria a quien
argumenta que las estrellas no tienen la temperatura suficiente para este
proceso, pero sí le sugerimos que busque un lugar más caliente».
La conversión de protones en neutrones es tan laboriosa que, «kilogramo por
kilogramo», el Sol es varios miles de veces menos eficiente que el cuerpo
humano a la hora de transformar masa en energía. Un kilogramo del Sol genera de
media únicamente 1/5.000 vatios de potencia, mientras que el cuerpo humano
suele generar algo más de 1 vatio por kilogramo. Evidentemente, el Sol es muy
grande, cosa que compensa más que de sobra su relativa ineficiencia.
Como no nos hemos cansado de repetir a lo largo del libro, la naturaleza se
rige por leyes. No tiene mucho sentido entusiasmarse demasiado con una ecuación
que solo nos dice, como E = mc2, lo que
podría suceder. Hay una enorme diferencia entre nuestra imaginación y lo que en
realidad ocurre y, aunque nos fascinen las posibilidades que E = mc2 nos
ofrece, debemos saber cuál es el proceso por el que las leyes de la física
permiten que se destruya la masa y se libere la energía. Desde luego, la
ecuación por sí sola no implica necesariamente que tengamos la posibilidad de
transformar masa en energía a nuestro antojo.
Uno de los asombrosos avances de la física en el último siglo ha sido la
constatación de que, en apariencia, bastan unas pocas leyes para explicar
prácticamente toda la física, al menos en principio. Eso mismo fue lo que creyó
que había logrado Newton cuando, a finales del siglo XVII, escribió sus leyes
del movimiento. Y durante los doscientos años siguientes escasearon las
evidencias científicas que le llevasen la contraria. Newton, más bien modesto a
ese respecto, dijo una vez: «Era como un niño jugando a la orilla del mar,
distraído constantemente con una piedra más pulida o una concha más hermosa de
lo habitual, mientras que el gran océano de la verdad permanecía ante mí, aún
por descubrir». Estas frases reflejan perfectamente el asombro y la humildad
que la práctica de la física puede provocar. Frente a la belleza de la
naturaleza, parece innecesario, por no decir ridículo, pretender que hemos
descubierto la teoría definitiva. A pesar de lo apropiado de esta modestia
filosófica respecto a la empresa científica, la visión del mundo después de
Newton afirmaba que todas las cosas estaban compuestas por pequeñas partes que
obedecían fielmente las leyes de la física que Newton había articulado. Nadie
negaba que quedaban aún por resolver varias cuestiones en apariencia menores:
¿cómo se mantienen unidas las cosas entre sí en realidad? ¿De qué están
compuestas realmente esas pequeñas partes? Pero poca gente dudaba de que la
teoría de Newton fuese el centro de todo, y que solo era cuestión de ir
completando los detalles. Sin embargo, a lo largo del siglo XIX se fueron
observando nuevos fenómenos cuya explicación contradecía a Newton, y que
acabarían dando pie a la relatividad de Einstein y a la teoría cuántica. Newton
fue derrocado, o, para ser más exactos, sus ideas pasaron a considerarse una
aproximación de una visión más precisa de la naturaleza y, cien años más tarde,
henos aquí de nuevo, ignorando tal vez las lecciones del pasado y afirmando que
disponemos de una teoría de (casi) todos los fenómenos naturales. Es muy
posible que nos equivoquemos de nuevo, lo cual no sería malo. Merece la pena
recordar una vez más que la historia con frecuencia ha demostrado no solo que la
arrogancia científica es absurda, sino también lo perjudicial que ha sido y
probablemente será siempre para el intelecto humano la pretensión de que
sabemos lo suficiente, no digamos ya todo lo que hay que saber, sobre el
funcionamiento de la naturaleza. En una conferencia que ofreció en 1810,
Humphry Davy lo expresó magníficamente: «Nada hay tan perjudicial para el
progreso de la mente humana como suponer que nuestra visión de la ciencia es
definitiva; que ya no existen misterios por descubrir en la naturaleza; que
nuestras victorias son completas; que no quedan nuevos mundos por conquistar».
Puede que toda la física que conocemos no sea más que la punta del iceberg,
como también es posible que nos estemos aproximando realmente a una «teoría del
todo». Sea como sea, lo cierto es que disponemos de una teoría que, gracias al
concienzudo trabajo de miles de científicos de todo el mundo, se ha demostrado
que permite explicar una amplia variedad de fenómenos. Es una teoría cuya
capacidad de unificación resulta asombrosa, y cuya ecuación central cabe en una
servilleta.
Ecuación 7.1
Nos
referiremos a esta ecuación central como la ecuación maestra, que constituye el
núcleo de lo que se conoce como modelo estándar de la física de partículas.
Aunque es poco probable que, a primera vista, la ecuación les diga algo a la
mayoría de nuestros lectores, no podemos resistirnos a reproducirla aquí.
Evidentemente, solo los físicos profesionales entenderán en detalle qué es lo
que representa la ecuación, pero no es a ellos a quienes se la queremos
enseñar. En primer lugar, queríamos mostrar una de las ecuaciones más
maravillosas de la física (enseguida dedicaremos un rato a explicar por qué es
tan maravillosa). Pero también es posible hacerse una idea de qué es lo que
representa simplemente hablando sobre los símbolos sin tener ningún
conocimiento de matemáticas. Para entrar en calor, empezaremos describiendo el
alcance de la ecuación maestra: ¿cuál es su función? ¿Para qué sirve? Su
función es especificar las reglas según las cuales interactúan entre sí dos
partículas cualesquiera en cualquier lugar del universo. La única excepción es
que, por desgracia, no permite dar cuenta de la gravedad. A pesar de esta
limitación, su alcance sigue siendo admirablemente ambicioso. Haber llegado a
deducir la ecuación maestra constituye sin duda uno de los grandes logros de la
historia de la física.
Aclaremos a qué nos referimos con la interacción entre dos partículas. Queremos
decir que, como consecuencia de esta interacción, algo le sucede al movimiento
de las partículas. Por ejemplo, dos partículas pueden dispersarse mutuamente,
cambiando de dirección al hacerlo. O pueden también orbitar la una alrededor de
la otra, atrapándose recíprocamente en lo que los físicos denominan un «estado
ligado». Un átomo es un ejemplo de ello y, en el caso del hidrógeno, un solo electrón
y un solo protón están ligados según las reglas que establece la ecuación
maestra. La ecuación maestra incorpora las reglas para calcular la energía de
enlace de un átomo, molécula o núcleo atómico, de la que tanto hemos oído
hablar en el capítulo anterior. En cierto sentido, conocer las reglas del juego
significa que estamos describiendo la forma en que opera el universo a un nivel
muy fundamental. ¿Cuáles son entonces esas partículas de las que están
compuestas todas las cosas, y cómo interactúan entre ellas?
El modelo estándar parte de la existencia de la materia. Para ser más precisos,
supone la existencia de seis tipos de «quarks», tres clases de «leptones
cargados», entre los que se cuenta el electrón, y tres tipos de «neutrinos».
Puedes ver cuáles son las partículas de materia que aparecen en la ecuación
maestra: se representan mediante el símbolo ψ (que se pronuncia «psi»). Para
cada partícula debe existir también la antipartícula correspondiente. La
antimateria no es ciencia ficción, sino que es uno de los componentes
necesarios del universo. El físico teórico británico Paul Dirac fue el primero
en constatar, a finales de la década de 1920, la necesidad de la antimateria,
al predecir la existencia de un compañero del electrón llamado positrón, que
debía tener exactamente la misma masa, pero una carga eléctrica opuesta. Ya nos
hemos topado con los positrones, como subproductos del proceso por el que dos
protones se fusionan para dar lugar a un deuterón. Una de las características
más convincentes de una teoría científica válida es su capacidad para predecir
algo que nunca antes se haya visto. La posterior observación de ese «algo» en
un experimento proporciona una evidencia concluyente de que hemos comprendido
algo real sobre el funcionamiento del universo. Llevando este argumento un poco
más allá, cuantas más predicciones sea capaz de ofrecer una teoría, más
impresionados deberíamos estar si los experimentos la confirman. En sentido
contrario, si los experimentos no encuentran ese «algo» que cabía esperar, la
teoría no puede ser correcta y hemos de abandonarla. En esta tarea intelectual
no cabe la discusión: el experimento tiene la última palabra. El momento de
gloria de Dirac llegó apenas unos años después, cuando Carl Anderson,
utilizando rayos cósmicos, realizó la primera observación directa de los
positrones. Dirac compartió el premio Nobel de 1933, que Anderson también logró
en 1936. Aunque el positrón pueda parecer muy esotérico, se utiliza
habitualmente en los hospitales de todo el mundo. Los escáneres PET (siglas de
Positron Emission Tomography, «tomografía por emisión de positrones») utilizan
positrones para permitir a los médicos recrear mapas tridimensionales del
cuerpo humano. Parece poco probable que Dirac tuviese en mente sus aplicaciones
médicas cuando trataba de dar forma a la idea de la antimateria. Una vez más,
se pone de manifiesto lo útil que puede ser entender cuáles son los mecanismos
internos del universo.
Hay otra partícula cuya existencia se presume, aunque nos precipitaríamos si la
mencionásemos a estas alturas. Se representa mediante el símbolo griego φ (que
se pronuncia «fi») y su presencia puede sentirse en las líneas tercera y cuarta
de la ecuación maestra. Salvo por esta «otra partícula», todos los quarks,
leptones y neutrinos (y sus respectivas partículas de antimateria) se han
detectado en los experimentos. Evidentemente, no han sido ojos humanos los que
las han visto, sino detectores de partículas, similares a cámaras de alta
resolución que permiten captar imágenes de las partículas elementales durante
sus fugaces existencias. Muy a menudo, el hecho de detectar alguna de ellas ha
venido acompañado de un premio Nobel. La última en descubrirse fue el neutrino
tau, en el año 2000. Este misterioso primo de los neutrinos electrónicos que
fluyen desde el Sol como consecuencia del proceso de fusión completó el
conjunto de las doce partículas de materia conocidas.
Los quarks más ligeros, que forman los neutrones y los protones, se denominan
up («arriba») y down («abajo»). Los protones están compuestos básicamente por
dos quarks up y un quark down, mientras que los neutrones están formados por
dos quarks down y un quark up. La materia ordinaria está formada por átomos,
que a su vez constan de un núcleo atómico compuesto por protones y neutrones,
rodeado, a una distancia relativamente grande, por electrones. Por lo tanto,
los quarks up y down, junto con los electrones, son las partículas que más
abundan en la materia ordinaria. Por cierto, los nombres de las partículas
carecen por completo de significado técnico. El físico estadounidense Murray
Gell-Mann tomó la palabra «quark» de Finnegan'sWake, una novela del
escritor irlandés James Joyce. Gell-Mann necesitaba tres quarks para poder
explicar las partículas que se conocían en esa época, y este breve pasaje de
Joyce le pareció apropiado:
Tres
quarks para Muster Mark!
Seguro que no tiene una gruesa corteza,
y seguro que la que tiene le sirve de bien poco.
Gell-Mann
ha explicado que su idea original era que la palabra se pronunciase «cuorc», y
de hecho ya tenía ese sonido en mente cuando se topó con la cita de Finnegan's Wake.
Puesto que, en el original en inglés, «quark» ha de rimar con «Mark» y «bark»
(«corteza»), esto resultó algo problemático. Gell-Mann optó entonces por
argumentar que la palabra podía significar «cuarto» («quart»), una unidad de
volumen de líquidos, en lugar de su sentido más habitual, que es el de
«graznido de gaviota», lo que le permitió mantener la pronunciación original.
Quizá nunca lleguemos a saber cómo debería pronunciarse. El descubrimiento de
tres quarks adicionales, que culminó en 1995 con el del quark top («cima»), ha
hecho que la etimología de la palabra sea aún menos precisa, y podría servir de
lección para los físicos que en el futuro sientan la tentación de buscar
oscuras referencias literarias para dar nombre a sus hallazgos.
A pesar de los problemas con el nombre, la hipótesis de Gell-Mannde que los
protones y los neutrones están compuestos por objetos más pequeños se confirmó
cuando un acelerador de partículas en Stanford, en California, detectó
finalmente los quarks en 1968, cuatro años después de la predicción teórica.
Tanto Gell-Mann como los físicos que obtuvieron la evidencia experimental
recibieron el premio Nobel por sus trabajos.
Aparte de las partículas de materia de las que acabamos de hablar, y del
misterioso φ, existen otras partículas que debemos mencionar. Son las
partículas W y Z, el fotón y el gluón,
responsables de las interacciones entre todas las demás partículas. Sin ellas,
los objetos no interaccionarían entre sí, y el universo sería entonces un lugar
tremendamente aburrido. Se dice que su tarea es la de transportar la fuerza de
las interacciones entre las partículas de materia. El fotón es la partícula
encargada de comunicar la fuerza entre las partículas con carga eléctrica, como
los electrones y los quarks. Puede decirse que forma la base de toda la física
que descubrieron Faraday y Maxwell y, además, constituye la luz visible, las
ondas de radio, de infrarrojo y de microondas, y los rayos X y gamma. Es
perfectamente correcto imaginar que una bombilla emite un haz de fotones, que
rebota en la página del libro y fluye hasta tus ojos, que no son más que
sofisticados detectores de fotones. Un físico diría que la fuerza
electromagnética está mediada por el fotón. La presencia del gluón no es tan
habitual en nuestra vida diaria como la del omnipresente fotón, pero no por
ello su papel es menos importante. En el interior de cada átomo se encuentra el
núcleo atómico, una bola de carga eléctrica positiva (recuerda que los protones
poseen carga eléctrica, pero los neutrones no), en el que, como sucede cuando
tratas de juntar los polos iguales de dos imanes, los protones se repelen entre
sí debido a la fuerza electromagnética. Aunque no les gusta estar juntos, y
preferirían salir disparados en distintas direcciones, por suerte no es eso lo
que sucede, y los átomos sí existen. El gluón es el intermediario de la fuerza
que mantiene los protones «pegados» en el interior del núcleo, de ahí su
ridículo nombre,[14]y
también se encarga de mantener unidos los quarks que componen los protones y
los neutrones. La intensidad de esta fuerza debe ser superior a la de la
repulsión electromagnética entre los protones, y por esa razón se denomina
fuerza fuerte. Desde luego, no nos estamos cubriendo de gloria al poner
nombres.
En el contexto de este libro, podemos tratar conjuntamente las partículas W y Z.
Sin ellas, las estrellas dejarían de brillar. En concreto, la partícula W es
la encargada de la interacción que transforma un protón en un neutrón durante
la formación del deuterón en el núcleo solar. Convertir protones en neutrones
(y viceversa) no es lo único que hace la fuerza débil. También es la
responsable de cientos de interacciones distintas entre las partículas elementales
de la naturaleza, muchas de las cuales se estudian en experimentos como los que
se llevan a cabo en el CERN. Salvo porque se encargan de hacer que el Sol
brille, la presencia del W y del Z es tan
poco evidente en nuestra vida cotidiana como la del gluón. Los neutrinos solo
interactúan a través de las partículas W y Z, lo
que hace que sean realmente escurridizos. Como hemos visto en el capítulo
anterior, miles de millones de ellos atraviesan tu cabeza cada segundo sin que
sientas nada, porque la fuerza que transmiten las partículas W y Z es
extremadamente débil. Ya habrás adivinado que ese es precisamente su nombre.
Hasta ahora hemos hecho poco más que recitar la lista de las partículas que
«viven» en la ecuación maestra. Las doce partículas de materia deben
introducirse en la teoría a priori, y ni siquiera sabemos por qué
son precisamente doce. Las observaciones de la desintegración de
partículas Z en neutrinos, realizadas en el CERN en los años
noventa, nos proporcionaron evidencias de que no son más de doce, pero, puesto
que parece que con cuatro (los quarks up y down, el electrón y el neutrino
electrónico) basta para construir un universo, la existencia de las otras doce
es todo un misterio. Sospechamos que desempeñaron un papel importante en los
primeros instantes del universo, pero la manera en la que afectan o han
afectado a nuestra existencia actual es una de las grandes cuestiones de la
física que aún están por resolver. De momento, Humphry Davy puede estar
tranquilo.
En lo que se refiere al modelo estándar, las doce son partículas elementales,
es decir, que no pueden dividirse en partes más pequeñas; son los elementos
básicos. Esto parece ir en contra del sentido común, que nos dice que sería
perfectamente natural que una pequeña partícula pudiese, en principio, partirse
por la mitad. Pero la teoría cuántica no funciona así. Una vez más, nuestro
sentido común no nos sirve de guía para la física fundamental. Por lo que
respecta al modelo estándar, las partículas no tienen subestructura. Se dice que
son «puntuales» y con eso se zanja la cuestión. Evidentemente, es posible que
con el tiempo los experimentos revelen que los quarks pueden dividirse en
partes más pequeñas, pero lo importante es que no tiene por qué ser así. Podría
darse el caso de que las partículas sean realmente puntuales y que no tenga
ningún sentido preguntarse sobre su subestructura. Resumiendo, sabemos que
nuestro mundo está compuesto por un montón de partículas y que la ecuación
maestra es la clave para entender cómo interactúan entre sí.
Hay un detalle que no hemos comentado: aunque seguimos hablando de partículas,
en realidad este nombre es algo engañoso. No son partículas en el sentido
tradicional de la palabra, no rebotan unas con otras como bolas de billar en
miniatura, sino que interaccionan de una manera muy parecida a como lo hacen
las ondas en el agua, produciendo sombras en el fondo de la piscina. Es como si
las partículas tuviesen carácter de ondas, aunque sigan siendo partículas. De
nuevo, se trata de una representación muy poco intuitiva, que proviene de la
teoría cuántica. Precisamente, lo que hace la ecuación maestra es establecer
con rigor (es decir, matemáticamente) la naturaleza de estas interacciones
entre ondas. Pero ¿cómo llegamos a saber qué teníamos que escribir en la
ecuación maestra? ¿Cuáles son los principios en los que se basa? Antes de
responder a estas cuestiones, cuya relevancia es evidente, revisaremos con algo
más de detalle la ecuación maestra y trataremos de extraer al menos parte de su
significado.
La primera línea representa le energía cinética de las partículas W y Z,
el fotón y el gluón, y nos dice cómo interactúan entre sí. Aún no habíamos
mencionado esa posibilidad, pero existe: los gluones pueden interactuar con
otros gluones, las partículas W y Z pueden
interaccionar entre sí, y la partícula W puede hacerlo también
con el fotón. En esta lista no figura la posibilidad de que los fotones
interactúen entre sí, porque, por suerte, no lo hacen, ya que si no sería muy
difícil ver las cosas. En cierto sentido, el hecho de que puedas leer este libro
es algo extraordinario. Lo extraordinario es que la luz que viaja de la página
hacia tus ojos no sea desviada por toda la luz que pasa a través de ella,
procedente de todas las cosas que te rodean, cosas que podrías ver si girases
la cabeza. Los fotones se atraviesan literalmente los unos a los otros,
ignorándose mutuamente.
La segunda línea de la ecuación maestra es la más interesante: nos dice cómo
interactúa cada partícula de materia en el universo con todas las demás.
Contiene las interacciones mediadas por fotones, por partículas W y Z y
por gluones, así como las energías cinéticas de todas las partículas de
materia. De momento, no veremos las líneas tercera y cuarta.
Hemos hecho hincapié en que, a excepción de la gravedad, en la ecuación maestra
se encuentran reflejadas todas las leyes fundamentales de la física que
conocemos. Ahí está (agazapada entre las dos primeras líneas) la ley de la
repulsión electrostática, que Charles-Augustin de Coulomb determinó a finales
del siglo XVIII, y también están la electricidad y el magnetismo. Basta con que
«le preguntemos» a la ecuación maestra cómo interactúan entre sí las partículas
con carga eléctrica para que aparezcan todo el conocimiento acumulado por
Faraday y las hermosas ecuaciones de Maxwell. Y, por supuesto, toda la
estructura está sólidamente basada en la teoría de la relatividad especial de
Einstein. De hecho, la parte del modelo estándar que explica cómo interactúan
la luz y la materia se denomina electrodinámica cuántica. El término «cuántica»
nos recuerda que la teoría cuántica tuvo que modificar las ecuaciones de
Maxwell. Las modificaciones son normalmente muy pequeñas y dan cuenta de
efectos sutiles, que fueron investigados por primera vez a mediados del siglo
XX, entre otros por Richard Feynman. Como hemos visto, la ecuación maestra
también contiene la física de las fuerzas débil y fuerte. Las propiedades de
estas tres fuerzas de la naturaleza se especifican con todo detalle, lo que
significa que se establecen las reglas del juego con precisión matemática y sin
ambigüedad ni redundancia. Así que, con la salvedad de la gravedad, parece que
tenemos algo que se parece a una gran teoría unificada. Ningún experimento en
ningún lugar, ninguna observación del cosmos, han permitido nunca encontrar
evidencias de que exista una quinta fuerza en el universo. La mayoría de los
fenómenos cotidianos pueden explicarse completamente mediante las leyes del
electromagnetismo y de la gravedad. La fuerza débil hace que el Sol arda, pero,
aparte de eso, apenas se deja sentir en la vida cotidiana en la Tierra, y la
fuerza fuerte mantiene los núcleos atómicos intactos, pero apenas se extiende
más allá del núcleo, por lo que su enorme intensidad no llega a nuestro mundo
macroscópico. La fuerza electromagnética es la que nos hace creer que cosas tan
sólidas como las mesas y las sillas son realmente sólidas. En realidad, la
materia es en su mayor parte espacio vacío. Imagina que nos acercásemos tanto a
un átomo que llegásemos a ver el núcleo del tamaño de un guisante. Los
electrones serían granos de arena moviéndose a gran velocidad a su alrededor,
aproximadamente a un kilómetro de distancia. El resto estaría vacío. Puede que
la analogía del «grano de arena» no sea del todo apropiada, ya que debemos
recordar que se comportan más como ondas que como granos de arena, pero lo
importante es que quede clara la diferencia de tamaño entre el átomo y su
núcleo. La solidez se pone de manifiesto si tratamos de acercar la nube de
electrones que se agita alrededor del núcleo a la de otro átomo vecino. Como
los electrones poseen carga eléctrica, las nubes se repelen e impiden que los
átomos se atraviesen los unos a los otros, pese a estar compuestos en su mayor
parte por espacio vacío. Encontramos un claro indicio de lo vacía que está la
materia si miramos a través del cristal de la ventana. Aunque parece sólido, la
luz lo atraviesa sin problemas, lo que nos permite ver el mundo exterior. En
realidad, lo verdaderamente sorprendente es que un pedazo de madera sea opaco y
no transparente.
Es realmente impresionante que una sola ecuación pueda contener tanta física.
Dice mucho sobre la «la irrazonable eficacia de las matemáticas» de la que
habló Wigner. ¿Qué es lo que hace que el mundo natural no sea mucho más
complejo? ¿Qué es lo que nos permite condensar tanta física en una ecuación
como esta? ¿Cómo es que no tenemos que catalogar todas las cosas en enormes
bases de datos y enciclopedias? Nadie sabe a ciencia cierta por qué podemos
sintetizar la naturaleza de esta manera, y no cabe duda de que la elegancia y
simplicidad aparentemente fundamentales constituyen uno de los motivos por los
que los físicos se dedican a esto. Aunque no debemos olvidar que es posible que
llegue el momento en que la naturaleza deje de permitir esta prodigiosa
simplificación, no podemos más que maravillarnos ante la belleza subyacente que
hemos descubierto. Pese a todo lo que acabamos de decir, aún no hemos
terminado. Todavía no hemos mencionado el mayor logro del modelo estándar. No
solo incorpora en su interior las interacciones electromagnética, fuerte y
débil, sino que unifica dos de ellas. A primera vista, parece que los fenómenos
electromagnéticos y los asociados a la interacción débil no tienen nada que ver
entre sí. El electromagnetismo es el fenómeno cotidiano por antonomasia, del
que todos tenemos una idea intuitiva, mientras que la fuerza débil permanece
oculta en el turbio mundo subatómico. No obstante, sorprendentemente, el modelo
estándar nos dice que ambas son en realidad manifestaciones distintas de la
misma cosa. Vuelve a leer la segunda línea de la ecuación maestra. Sin saber
nada de matemáticas, puedes «ver» las interacciones entre las partículas de
materia. Las partes de la segunda línea en las que intervienen las partículas W, By G (de
gluón) aparecen entre dos partículas de materia, ψ, lo que significa que este
es el lugar donde la ecuación maestra nos dice cómo «se acoplan» las partículas
de materia con los mediadores de las fuerzas, pero con un detalle: el fotón se
aloja en parte en el símbolo «W» y en parte en «B», que es donde
se encuentra también la Z. La partícula W se aloja
por completo en «W». Es como si, para las matemáticas, los objetos
fundamentales fuesen W yB, que se combinan para dar
lugar al fotón y a la partícula Z. El resultado es que la fuerza
electromagnética (mediada por el fotón) y la fuerza débil (mediada por las
partículas W y Z) están entrelazadas. Eso
significa que las propiedades que se miden en los experimentos que tratan con
fenómenos electromagnéticos deberían estar relacionadas con las que se miden en
los que traten con fenómenos débiles. Esta predicción del modelo estándar es
impresionante. Y fue de hecho una predicción: los artífices del modelo estándar
(Sheldon Glashow, Steven Weinberg y Abdus Salam) compartieron un premio Nobel
por sus trabajos, ya que su teoría fue capaz de predecir las masas de las
partículas W y Z mucho antes de que fuesen
descubiertas en el CERN en los años ochenta. Todo cuadra estupendamente, pero
¿cómo supieron Glashow, Weinberg y Salam qué era lo que debían escribir? ¿Cómo
llegaron a la conclusión de que «las partículas W y Bse
combinan para dar lugar al fotón y a la partícula Z»? Para
encontrar la respuesta a esta pregunta, tendremos que hacer una incursión en el
hermoso núcleo de la física de partículas moderna. No se limitaron a proponer
hipótesis, disponían de un importante indicio: la naturaleza es simétrica.
La simetría que nos rodea salta a la vista. Deja que un copo de nieve caiga
sobre tu mano y podrás observar la más hermosa de las esculturas de la
naturaleza. Sus formas se repiten con regularidad matemática, como si se
reflejasen en un espejo. Algo más mundano, como una pelota, tiene el mismo
aspecto la mires desde donde la mires, y un cuadrado se puede invertir a lo
largo de su diagonal, o respecto a un eje que pase por su centro, sin que
cambie su apariencia. En física, la simetría se manifiesta de una manera muy
similar. Si manipulamos una ecuación y esta no varía, se dice que lo que hemos
hecho es una simetría de la ecuación. Es todo un poco abstracto, pero recuerda
que las ecuaciones son la forma que tienen los físicos de expresar las
relaciones entre objetos reales. Una simetría sencilla pero de importancia que
poseen todas las ecuaciones importantes de la física refleja el hecho de que,
si colocamos al físico en un tren en movimiento, los resultados del experimento
no se verán alterados, siempre que el tren no esté acelerando. Esta idea nos
resulta familiar: es el principio de la relatividad de Galileo, que constituye
la base de la teoría de Einstein. Utilizando el vocabulario de la simetría,
diremos que las ecuaciones que describen nuestro experimento no dependen de si
este se realiza sobre el andén de la estación o dentro del tren, por lo que el
hecho de que el experimento se mueva es una simetría de la ecuación. Hemos
visto cómo este hecho sencillo condujo a Einstein al descubrimiento de su
teoría de la relatividad. Es algo habitual: las simetrías sencillas tienen
consecuencias profundas.
Estamos en condiciones de hablar de la simetría de la que Glashow, Weinberg y
Salam hicieron uso cuando descubrieron el modelo estándar de la física de
partículas. Tiene un nombre llamativo: simetría de gauge. ¿Y qué es un gauge?
Antes de intentar explicarlo, diremos para qué nos sirve. Imaginemos que somos
Glashow, Weinberg o Salam, y estamos devanándonos los sesos buscando una teoría
que explique cómo interactúan los objetos. Decidimos que vamos a empezar por
construir una teoría para las partículas diminutas e indivisibles. De los
experimentos, sabemos cuáles son las partículas que existen, y haríamos bien en
crear una teoría que las incluya todas, pues de lo contrario no sería más que
una teoría a medias. Evidentemente, podríamos devanarnos los sesos aún más
tratando de comprender por qué habrían de ser esas partículas en particular las
que componen todo el universo, o por qué habrían de ser indivisibles, pero no
nos conduciría a nada. En realidad, son dos preguntas muy buenas, para las que
a día de hoy no tenemos respuesta. Una de las cualidades de un buen científico
es saber elegir las preguntas que ha de plantearse para poder seguir adelante,
y cuáles conviene dejar para otro día. Así pues, demos por buenos los
ingredientes y veamos si somos capaces de encontrar la manera en que las
partículas interactúan entre sí. Si no interaccionasen, el mundo sería
realmente aburrido: cualquier objeto podría atravesar a cualquier otro, nada
atraería a nada, y nunca tendríamos núcleos, átomos, animales o estrellas.
Pero, muy a menudo, la física consiste en dar pequeños pasos, y no es tan
complicado escribir una teoría de partículas cuando estas no interactúan entre
sí, basta con escribir la segunda línea de la ecuación maestra, eliminando las
partes en las que aparecen W, B y G.
Esto es: una teoría cuántica del todo, pero sin ninguna interacción. Hemos dado
nuestro primer pasito. Aquí llega la magia: impondremos el requisito de que el
mundo, y por lo tanto nuestra ecuación, tenga simetría de gauge y obtendremos
un resultado asombroso: el resto de la segunda línea, y toda la primera línea,
aparecen «gratis». En otras palabras, si queremos satisfacer las exigencias de
la simetría de gauge, nos vemos obligados a modificar la versión «sin
interacciones» de la teoría y pasamos de pronto de la teoría más aburrida del
mundo a una en la que el fotón, las partículas W y Z y
el gluón no solo existen, sino que son los encargados de mediar en las
interacciones entre las partículas. Dicho de otra manera, hemos llegado a una
teoría capaz de describir la estructura de los átomos, el brillo de las
estrellas y, en última instancia, la composición de objetos tan complejos como
los seres humanos, todo ello gracias a la aplicación del concepto de simetría.
Ya tenemos las dos primeras líneas de nuestra teoría de casi todo, ahora solo
nos queda entender qué es en realidad esa milagrosa simetría y explicar las dos
últimas líneas.
La simetría de un copo de nieve es geométrica, y la puedes ver con los ojos. La
simetría que subyace bajo el principio de relatividad de Galileo no la puedes
ver con tus ojos, pero tampoco es difícil de entender, aunque sea abstracta. La
simetría de gauge es similar al principio de Galileo, en el sentido de que es
abstracta, aunque con un poco de imaginación tampoco es difícil de comprender.
Para ayudar a establecer la relación entre las descripciones que hemos ido
presentando y sus fundamentos matemáticos, hemos hecho repetidas referencias a
la ecuación maestra. Hagámoslo de nuevo. Hemos dicho que las partículas de
materia se representan en la ecuación mediante el símbolo griego ψ. Ha llegado
el momento de profundizar un poco más. ψ es lo que se llama un campo. Podría
ser el campo de electrones, o de quarks up, o, de hecho, el campo de cualquier
otra de las partículas de materia del modelo estándar. Allí donde el campo sea
más grande, mayor es la probabilidad de que se encuentre la partícula. De
momento nos concentraremos en los electrones, pero la historia es la misma para
el resto de las partículas, de los quarks a los neutrinos. Si el campo se anula
en algún lugar, la partícula no se encontrará allí. Puedes imaginar un campo
real, cubierto de hierba. O quizá sería mejor pensar en un paisaje ondulado,
con sus colinas y sus valles. El campo es más grande en las colinas y más
pequeño en los valles. Estamos intentando que crees un campo de electrones
imaginario en tu mente. Quizá te sorprenda que la ecuación maestra sea tan
vaga. No sirve para ciertas magnitudes, y ni siquiera podemos seguirle la pista
al electrón. Lo único que podemos decir es que es más probable que lo
encontremos aquí (en la montaña) que allí (en el campamento base en el valle).
Podemos asociar números concretos a la probabilidad de encontrar el electrón
aquí o allí, pero nada más. La vaguedad de nuestra descripción del mundo a las
escalas más diminutas se debe a que esos son los dominios propios de la teoría
cuántica, que se expresa exclusivamente mediante las probabilidades de que las
cosas sucedan. A escalas muy reducidas, conceptos como los de posición o
momento lineal parecen llevar la incertidumbre intrínsecamente asociada a
ellos. Dicho sea de paso, a Einstein no le gustaba nada el hecho de que el
mundo se comportase siguiendo las leyes de la probabilidad, lo que dio lugar a
su famosa frase de que «Dios no juega a los dados». No obstante, se vio
obligado a aceptar el enorme éxito de la teoría cuántica, que explica todos los
experimentos que se han realizado en el mundo subatómico, y sin la cual no
tendríamos ni idea de cómo funcionan los microchips que se encuentran en el
interior de los ordenadores modernos. Puede que en el futuro alguien idee una
teoría aún mejor, pero de momento la teoría cuántica constituye nuestro mayor
logro. Como no nos hemos cansado de repetir a lo largo del libro, cuando nos
aventuramos más allá de nuestra experiencia cotidiana, no existe ninguna razón
en absoluto por la que la naturaleza deba comportarse de acuerdo con las reglas
que nos dicta el sentido común. Nuestra propia evolución se ha producido en el
marco de la mecánica macroscópica, no de la mecánica cuántica.
Volviendo a la tarea que tenemos entre manos, puesto que es la teoría cuántica
la que define las reglas del juego, estamos obligados a hablar de campos de
electrones. Pero, aunque hemos especificado nuestro campo y hemos esbozado el
paisaje, aún tenemos trabajo por hacer. Las matemáticas de los campos cuánticos
nos deparan una sorpresa. Existe cierta redundancia. Para cada punto del
paisaje, ya sea una colina o un valle, las matemáticas dicen que debemos
especificar no solo el valor del campo en un punto en concreto (por ejemplo,
continuando con nuestra analogía con un campo real, la altura sobre el nivel del
mar), que correspondería a la probabilidad de encontrar la partícula ahí, sino
que también hemos de especificar una cosa llamada «fase» del campo. La
representación más sencilla de la fase consiste en imaginar la esfera de un
reloj (o de un indicador) con una sola manecilla. Las doce en punto sería una
posible fase, la hora y media sería otra fase distinta. Imaginemos que
colocamos un reloj diminuto en cada punto de nuestro paisaje, que nos dice cuál
es la fase del campo en ese punto. Obviamente, no son relojes de verdad (y, por
supuesto, no miden el tiempo). La existencia de la fase es algo que los físicos
ya sabían mucho antes de que apareciesen Glashow, Weinberg y Salam. Todo el
mundo sabía también que lo importante no eran los valores absolutos, sino la
fase relativa entre distintos puntos del campo. Por ejemplo, podríamos
adelantar diez minutos todos los minúsculos relojes y nada cambiaría. Lo
importante es que todos los relojes se adelanten o se retrasen en la misma
medida. Si olvidásemos adelantar uno de ellos, estaríamos describiendo un campo
de electrones distinto. Esto parece indicar que existe cierta redundancia en la
descripción matemática del mundo.
En 1954, varios años antes de que Glashow, Weinberg y Salam propusiesen el
modelo estándar, dos físicos que compartían despacho en el laboratorio de
Brookhaven, Chen Ning Yang y Robert Mills, expusieron su opinión sobre el
posible significado de esta redundancia en la determinación de la fase. Es
habitual que se produzcan avances en la física cuando la gente juega con ideas
sin ningún motivo aparente, que es precisamente lo que hicieron Yang y Mills.
Se plantearon la cuestión de qué sucedería si a la naturaleza no le importase
en absoluto la fase. Dicho en otras palabras, jugaron con la ecuación matemática,
cambiando sin ton ni son todas las fases, y trataron de ver cuáles serían las
consecuencias. Puede parecer extraño, pero, si sientas a un par de físicos en
un despacho y los dejas a su aire, acabarán haciendo cosas como esta. Volviendo
a la analogía con el paisaje, puedes imaginártelo como si te movieses por el
campo, modificando al azar el valor que marcan los pequeños relojes. A primera
vista, está claro lo que sucede: no puedes hacerlo, no es una simetría de la
naturaleza.
Para ser más precisos, fijémonos de nuevo únicamente en la segunda línea de la
ecuación maestra. Dejemos de lado todas las partes que se refieren a las
partículas W, B y G. Lo que nos queda
entonces es la teoría de partículas más sencilla que cabría imaginar:
partículas que permanecen en reposo y nunca interactúan entre sí. Claramente,
esa pequeña parte de la ecuación maestra no permanece inalterada si de pronto
modificamos los valores que marcan todos los relojes diminutos (aunque esto no
es algo que uno pueda deducir simplemente mirando la ecuación). Yang y Mills lo
sabían, pero siguieron insistiendo y se plantearon una gran pregunta: ¿cómo
podemos modificar la ecuación de forma que no varíe? La respuesta es
fantástica: tenemos que volver a incorporar las partes de la ecuación maestra
que acabamos de eliminar, no cabe ninguna otra posibilidad. Al hacerlo,
invocamos a los mediadores de las fuerzas y pasamos súbitamente de un mundo sin
interacciones a una teoría capaz de describir el mundo real. El hecho de que a
la ecuación maestra no le importen cuáles sean los valores que marquen los
relojes (o los indicadores) es lo que llamamos simetría de gauge. Lo
sorprendente es que el requisito de la simetría de gauge hace que, al escribir
la ecuación, no tengamos más que una sola opción: la simetría de gauge conduce
inevitablemente a la ecuación maestra. Como corolario, deberíamos añadir que
Yang y Mills fueron quienes nos indicaron el camino a seguir, pero su trabajo
tenía un interés eminentemente matemático y apareció mucho antes de que los físicos
supiesen cuáles eran las partículas que la teoría fundamental debía describir.
Fueron Glashow, Weinberg y Salam quienes, partiendo de sus ideas, tuvieron la
visión suficiente para aplicarlas al mundo real.
Hemos visto, por lo tanto, cómo se pueden escribir las dos primeras líneas de
la ecuación maestra en la que se basa el modelo estándar de la física de
partículas, y confiamos en haber transmitido también cierta idea de su alcance
y su contenido. Asimismo, hemos visto que no se trata de una ecuación ad
hoc, sino que la simetría de gauge nos conduce a ella inexorablemente.
Ahora que tenemos una idea más aproximada de esta importantísima ecuación,
podemos retomar la tarea original que nos ha traído hasta aquí. Estábamos
tratando de entender hasta qué punto las reglas de la naturaleza contemplan la
posibilidad de que la masa se transforme realmente en energía, y viceversa.
Evidentemente, la respuesta se encuentra en la ecuación maestra, que es la que
dicta las reglas del juego. Pero existe una manera mucho más sugerente de
entender lo que sucede y de comprender cómo interactúan las partículas entre
sí. Fue Richard Feynman quien introdujo en la física esta perspectiva, que se
basa en el uso de diagramas.
Figura 14
¿Qué
sucede cuando se aproximan dos electrones? ¿Y si son dos quarks? ¿Y si un
neutrino se acerca a un anti muón?… Lo que sucede es que las partículas
interaccionan, siguiendo escrupulosamente lo que dicta la ecuación maestra. Dos
electrones se repelen, porque ambos tienen la misma carga eléctrica, mientras
que un electrón y un antielectrón se atraen, porque sus cargas son opuestas.
Toda esta física está contenida en las dos primeras líneas de la ecuación
maestra, y se resume en unas pocas reglas que podemos representar gráficamente.
En realidad es algo muy fácil de entender, aunque llegar a apreciar los
detalles requiere algo más de esfuerzo. Nos limitaremos a ver lo más básico.
Figura 15
Si
nos fijamos de nuevo en la segunda línea, vemos que el término en el que
aparecen dos símbolos ψ y un G es la única parte de la
ecuación que tiene relevancia para la interacción entre quarks por medio de la
fuerza fuerte. Lo que nos dice la ecuación maestra es que, en el mismo punto
del espacio-tiempo, interaccionan dos campos de quarks y un gluón. Y no solo
eso, sino que esa es la única forma en la que pueden interaccionar. Una vez que
hemos decidido hacer que nuestra teoría posea simetría de gauge, esa parte de
la ecuación maestra nos indica con precisión cómo interaccionan los quarks y
los gluones. No tenemos ninguna libertad de elección en el asunto. Feynman se
dio cuenta de que todas las interacciones básicas son, en esencia, tan
sencillas como esta, y se puso a dibujar gráficos para cada una de las posibles
interacciones que la teoría contempla. La figura 14 muestra cómo representan
habitualmente los físicos de partículas la interacción entre quark y gluón. La
línea rizada representa un gluón, mientras que la línea recta representa un
quark o un anti quark. La figura 15 representa el resto de las interacciones
permitidas en el modelo estándar, que se derivan de las dos primeras líneas de
la ecuación maestra. No te detengas en los detalles de los gráficos. La idea es
que podemos dibujarlos y que no son demasiados. Las partículas de luz (fotones)
se representan con el símbolo γ, y las partículas W y Z aparecen
marcadas como tales. Los seis quarks figuran bajo la etiqueta genérica q,
los neutrinos se representan como ν (que se pronuncia «nu») y los tres leptones
con carga eléctrica (electrón, muón y tau) aparecen como l. Las
antipartículas se distinguen trazando una línea sobre el símbolo de la
partícula correspondiente. Ahora viene lo bueno. Estos diagramas representan lo
que los físicos de partículas denominan vértices de interacción, que pueden
conectarse entre sí para crear diagramas más grandes. Cualquier diagrama que
dibujes representa un proceso que puede darse en la naturaleza y, en sentido
contrario, si no puedes dibujar un diagrama es porque el proceso no se puede
producir.
Figura 16
Feynman
no se limitó a introducir los diagramas, sino que asoció con cada vértice una
regla matemática derivada directamente de la ecuación maestra. En los diagramas
compuestos, las reglas se multiplican unas por otras, lo que permite a los
físicos calcular la probabilidad de que el proceso asociado a un determinado
diagrama tenga lugar. Por ejemplo, cuando se encuentran dos electrones, el
diagrama más sencillo que podemos dibujar es el que aparece en la figura 16(a).
En ese caso, decimos que los electrones se dispersan mediante el intercambio de
un fotón. Este diagrama se construye a partir de dos vértices electrón-fotón.
Puedes verlo como que los electrones vienen desde la izquierda, se dispersan
como consecuencia del intercambio del fotón, y después se alejan por la
derecha. En realidad, disimuladamente, hemos añadido una regla más: puedes
sustituir una partícula por su antipartícula (y viceversa), siempre que la
conviertas en una partícula e inviertas el sentido de su movimiento. La figura
16(b) muestra otra manera posible de combinar los vértices. Es algo más
enrevesada que la anterior, pero corresponde a otra posible interacción entre
los electrones. Si lo piensas un momento, verás que el número de diagramas
posibles es infinito. Todos ellos representan las distintas maneras en que
pueden dispersarse dos electrones, pero, por suerte para quienes tenemos que
calcular qué es lo que sucede, algunos de los diagramas son más importantes que
otros. De hecho, es muy fácil enunciar la regla: en general, los diagramas más
importantes son aquellos con el menor número de vértices. Por lo tanto, en el
caso del par de electrones, el diagrama de la figura 16(a) es el más
importante, porque solo tiene dos vértices. Eso significa que podemos hacernos
una idea bastante aproximada de lo que sucede si calculamos únicamente este
diagrama mediante las reglas de Feynman. Es muy gratificante ver cómo lo que
surge de las matemáticas es la física de la interacción entre dos partículas
cargadas, tal y como la descubrieron Faraday y Maxwell. Pero ahora podemos
afirmar que entendemos mucho mejor el origen de esa física, pues la hemos
derivado a partir de la simetría de gauge. Los cálculos realizados utilizando
los diagramas de Feynman nos ofrecen mucho más de lo que cualquier otra manera
de entender la física del siglo XIX nos puede dar. Para la interacción entre
dos electrones, podemos incluso calcular las correcciones a las predicciones de
Maxwell, pequeñas modificaciones que mejoran los resultados de sus ecuaciones y
se aproximan más a los resultados experimentales. La ecuación maestra abre así
nuevas vías de investigación, que apenas empezamos a atisbar. Como hemos venido
diciendo, el modelo estándar describe todo lo que sabemos sobre la interacción
entre partículas, y constituye una teoría completa de las fuerzas fuerte, débil
y electromagnética, capaz incluso de unificar dos de ellas. Únicamente la
gravedad queda fuera de este ambicioso marco de comprensión de todas las
interacciones del universo.
Figura 17
Pero
no perdamos de vista nuestro objetivo. ¿Cuál es el mecanismo por el que las
reglas de Feynman, que condensan el contenido esencial del modelo estándar,
dictan las maneras en que podemos destruir la masa y transformarla en energía?
¿Cómo podemos utilizarlas para sacar el máximo provecho de E = mc2?
Antes de nada, recordemos un resultado importante del capítulo 5: la luz está
compuesta por partículas sin masa. En otras palabras, los fotones carecen de
masa alguna. Podemos, pues, dibujar un diagrama interesante, que aparece en la
figura 17: un electrón y un antielectrón (positrón) chocan y se aniquilan para
dar lugar a un solo fotón (para mayor claridad, hemos llamado e− al
electrón y e+ al positrón). Las reglas de Feynman
lo permiten. Este diagrama merece nuestra atención, porque representa un caso
en el que partimos de una determinada masa (la que poseen un electrón y un
positrón) y acabamos sin ella (un fotón). Es el proceso de destrucción completa
de la materia, en el que toda la energía acumulada en la masa del electrón y el
positrón se libera como energía del fotón. Pero hay un problema: la
aniquilación en un solo fotón no cumple la regla según la cual todo lo que
sucede debe satisfacer tanto la ley de conservación de la energía como la de
conservación del momento lineal, cosa que este proceso no puede hacer (no es
algo completamente obvio, pero no nos molestaremos en probarlo). Es un problema
que tiene fácil solución: crear dos fotones. La figura 18 muestra el diagrama
de Feynman correspondiente, en el que, de nuevo, la masa inicial se destruye
por completo y se transforma totalmente en la energía de los dos fotones, en
este caso. Procesos como este fueron fundamentales en los primeros momentos del
universo, cuando la materia y la antimateria se destruyeron mutuamente casi por
completo mediante interacciones como esta. Hoy en día podemos observar los
vestigios de esa destrucción. Los astrónomos han observado que, por cada
partícula de materia, en el universo existen 100.000 millones de fotones. Dicho
de otro modo, de cada 100.000 millones de partículas de materia creadas
inmediatamente después del big bang, solo ha sobrevivido una. Las demás
aprovecharon la oportunidad que se les ofreció, representada gráficamente en
los diagramas de Feynman, de deshacerse de su masa y convertirse en fotones.
Figura 18
En
un sentido muy concreto, la materia de que están compuestas las estrellas, los
planetas y las personas no es más que un minúsculo residuo de la inmensa
aniquilación de masa que tuvo lugar en los orígenes de la historia del
universo. Es un hecho feliz, casi milagroso, que quedase algo en absoluto. A
día de hoy, seguimos sin saber a ciencia cierta por qué sucedió. Aún no sabemos
cómo responder a la pregunta de: « ¿Por qué el universo no está repleto de luz
y nada más?», aunque en varios lugares del mundo se están preparando
experimentos para tratar de darle respuesta. No es que no tengamos ideas
inteligentes con las que probar, sino que aún no hemos dado con la evidencia
experimental decisiva que nos permita afirmar que las teorías son erróneas. El
famoso disidente ruso Andréi Sajárov llevó a cabo los primeros trabajos en este
campo, siendo el primero en exponer los criterios que debía satisfacer
cualquier teoría que pretendiese dar respuesta a la pregunta de por qué sigue
habiendo materia tras el big bang.
Hemos aprendido que la naturaleza dispone de un mecanismo para destruir la
masa, pero por desgracia su uso en la Tierra no es muy práctico, porque
necesitaríamos generar y almacenar antimateria (que sepamos, no hay ningún
lugar del que podamos extraerla, ni existen cúmulos de antimateria flotando en
el espacio exterior). Como fuente de energía no parece muy útil, sencillamente
porque no disponemos del combustible. La antimateria se puede crear en el
laboratorio, pero solo tras invertir grandes cantidades de energía. Así que,
aunque el proceso de la aniquilación de materia y antimateria es un mecanismo
inmejorable para convertir masa en energía, no nos va a servir para resolver la
crisis energética mundial.
¿Y qué hay de la fusión, el proceso que utiliza el Sol para producir energía?
¿Cómo se expresa en el lenguaje del modelo estándar? La clave está en
concentrar nuestra atención en el vértice de Feynman en el que interviene una
partícula W. La figura 19 representa lo que sucede cuando se crea un deuterón a
partir de la fusión de dos protones. Recuerda que los protones están
compuestos, en una muy buena aproximación, por tres quarks: dos quarks up y un
quark down. El deuterón está formado por un protón y un neutrón, y este último,
a su vez, está compuesto, de forma muy aproximada, por tres quarks: un quark up
y dos quarks down. El diagrama representa cómo uno de los protones se convierte
en un neutrón y, como puedes ver, la clave es la partícula W. Uno de los quarks
up que componen el protón ha emitido una partícula W y, como consecuencia, se
ha convertido en un quark down, haciendo que el protón se transforme en un
neutrón. Según el diagrama, la partícula W no se queda por ahí, sino que muere
y da lugar a un antielectrón y un neutrino. [15] Las
partículas W que se emiten durante la formación de un deuterón siempre mueren
y, de hecho, nadie ha conseguido nunca observar partículas W si no es a través
de los objetos en que se convierten al desaparecer. Por regla general, casi
todas las partículas elementales mueren, porque suele existir un diagrama de
Feynman que lo permite. La excepción se produce cuando es imposible que se
conserven la energía o el momento lineal, lo que normalmente significa que solo
persisten las partículas más ligeras. Este es el motivo por el que los
protones, los electrones y los fotones predominan en la materia ordinaria.
Sencillamente, no tienen en qué desintegrarse: los quarks up y down son los
quarks más ligeros, el electrón es el más ligero de los leptones con carga y el
fotón no tiene masa. Por ejemplo, el muón es prácticamente idéntico al
electrón, salvo por el hecho de que es más pesado. Recuerda que ya nos lo hemos
encontrado antes, cuando hemos hablado del experimento de Brookhaven. Puesto
que inicialmente tiene más energía que un electrón, su desintegración en un
electrón no viola la conservación de la energía. Además, como se puede ver en
la figura 20, las reglas de Feynman permiten que esto suceda y, puesto que
también se emiten un par de neutrinos, tampoco hay impedimento para que se
conserve el momento. El resultado es que los muones efectivamente se
desintegran, con una fugaz vida media de 2,2 microsegundos.
Figura 19
Por
cierto, este es un tiempo muy largo si lo comparamos con la escala temporal de
la mayoría de los procesos interesantes de la física de partículas. Por el
contrario, el electrón es la partícula más ligera del modelo estándar y no
tiene en qué desintegrarse. Por lo que sabemos, un electrón nunca se
desintegrará espontáneamente, y la única manera de que desaparezca es haciendo
que se aniquile junto con su correspondiente partícula de antimateria.
Volviendo al deuterón, la figura 19 explica cómo se puede formar a partir de la
colisión de dos protones, y nos dice que cabe esperar la aparición de un
antielectrón (positrón) y un neutrino por cada evento de fusión. Como ya hemos
mencionado, los neutrinos interactúan con las demás partículas del universo
solo de manera muy débil. La ecuación maestra nos dice que esto es así, puesto
que los neutrinos son las únicas partículas que interaccionan exclusivamente a
través de la fuerza débil. En consecuencia, los neutrinos creados en las
profundidades del núcleo solar pueden escapar sin demasiados problemas; salen
en todas direcciones y algunos de ellos se dirigen hacia la Tierra. Como sucede
con el Sol, la Tierra les resulta prácticamente transparente y la atraviesan
sin siquiera notar su presencia. No obstante, cada neutrino tiene una pequeña
probabilidad de interaccionar con un átomo terrestre, y experimentos como el de
Super-Kamiokande los han logrado detectar, como ya hemos comentado antes.
¿Qué confianza podemos tener en que el modelo estándar es correcto, habida cuenta
de la precisión actual de nuestros experimentos? A lo largo de todos estos
años, el modelo estándar ha venido superando las pruebas más rigurosas en
varios laboratorios de todo el mundo. No nos debe preocupar que los científicos
sean víctimas de un sesgo favorable hacia la teoría: quienes llevan a cabo los
experimentos desearían fervientemente demostrar que el modelo estándar no es
válido o adolece de algún tipo de deficiencia, y se afanan por ponerlo a prueba
hasta llegar a su destrucción. Su sueño es vislumbrar nuevos procesos físicos
que abran insólitas y deslumbrantes perspectivas con magníficas vistas sobre
los mecanismos internos del universo. Pero, hasta ahora, el modelo estándar ha
resistido todos sus intentos.
Figura 20
La
última de las enormes máquinas que se han utilizado para ponerlo a prueba es el
gran colisionador de hadrones (LHC, Large Hadron Collider) del CERN. Esta
colaboración entre científicos a escala mundial pretende confirmar o desbaratar
el modelo estándar. Volveremos a ella enseguida. El predecesor del LHC fue el
gran colisionador de electrones y positrones (LEP, Large Electron Positron
Collider), donde se llevaron a cabo algunos de los experimentos más precisos
realizados hasta la fecha. El LEP estaba albergado en un túnel circular de 27
kilómetros que corría bajo la ciudad de Ginebra y varios pintorescos pueblos
franceses, y exploró el mundo del modelo estándar durante once años, entre 1989
y 2000. Utilizaba enormes campos eléctricos para acelerar haces de electrones
en una dirección, y de positrones en la dirección contraria. A grandes rasgos,
la aceleración de partículas cargadas por medio de campos eléctricos se asemeja
al mecanismo que se empleaba para disparar electrones y producir las imágenes
en los antiguos televisores con tubo de rayos catódicos. Los electrones se
emitían en la parte trasera del aparato, motivo por el cual este tipo de
televisores solía ser más voluminoso. Después, mediante un campo eléctrico, los
electrones se aceleraban hacia la pantalla. Un imán permitía curvar el haz y
recorrer con él la pantalla para reconstruir la imagen.
En el LEP también se utilizaban campos magnéticos, en este caso para desviar
las partículas de manera que su recorrido por el túnel siguiese una trayectoria
circular. El objetivo de todo este montaje era hacer que los dos haces chocasen
frontalmente. Como ya hemos aprendido, la colisión de un electrón y un positrón
puede conducir a su aniquilación mutua, con la consiguiente transformación de
su masa en energía. Esta energía es precisamente lo que más interesaba a los
científicos del LEP, porque, según las reglas de Feynman, podría dar lugar a
partículas más pesadas. Durante la primera fase del funcionamiento de la
máquina, las energías del electrón y el positrón se escogieron con gran
precisión para que maximizasen la probabilidad de obtener una partícula Z (si
revisas la lista de las reglas de Feynman para el modelo estándar comprobarás
que permiten la aniquilación de un par electrón-positrón en una partícula Z).
En comparación con otras partículas, la Z es bastante pesada:
su masa es casi 100 veces mayor que la del protón, unas 200.000 veces mayor que
la del electrón y el positrón. En consecuencia, el electrón y el positrón
debían acelerarse hasta alcanzar prácticamente la velocidad de la luz para que
tuviesen la energía suficiente como para dar lugar a la partícula Z.
Es evidente que la energía acumulada en sus masas y que se libera cuando se
aniquilan no se aproxima ni remotamente a la necesaria para crear la
partícula Z.
El objetivo inicial del LEP era sencillo: producir partículas Z a
partir de repetidas colisiones entre electrones y positrones. Cada vez que
chocan los dos haces de partículas, existe una probabilidad razonable de que un
electrón de uno de ellos se aniquile contra un positrón del otro, dando lugar a
una partícula Z. Disparando los haces a ráfagas, a lo largo de todo
su período de operación el LEP consiguió crear 20 millones de partículas Z mediante
la aniquilación de pares electrón-positrón.
Figura 21
Igual
que las demás partículas pesadas del modelo estándar, la Z no
es estable, y solo vive durante unos brevísimos 10−25 segundos.
La figura 21 ilustra varios de los procesos posibles en los que interviene la
partícula Z y en los que tanto interés tenían los
aproximadamente 1.500 físicos que trabajaban en el LEP, por no mencionar a los
muchos miles más de todo el mundo que esperaban con impaciencia sus resultados.
Mediante inmensos detectores de partículas que rodeaban el punto donde el
electrón y el positrón se aniquilaban, los físicos pudieron capturar e
identificar los productos de la desintegración de la partícula Z.
Los detectores de partículas modernos, como los que se utilizaron en el LEP,
parecen enormes cámaras digitales, de muchos metros de diámetro y de muchos
metros de altura, que permiten hacer un seguimiento de las partículas que los
atraviesan. Los detectores, como los propios aceleradores, constituyen
gloriosas hazañas de la ingeniería moderna. En cavernas del tamaño de
catedrales, son capaces de medir la energía y el momento de una sola partícula
subatómica con una precisión exquisita. Llevan hasta el límite nuestras
capacidades de ingeniería, lo que los convierte en hermosos monumentos de
nuestro deseo colectivo de explorar el funcionamiento del universo.
Provistos con estos detectores y enormes baterías de ordenadores de alto
rendimiento, uno de los objetivos principales de los científicos se basaba en
una estrategia muy sencilla: necesitaban hacer una criba de todos sus datos
para identificar las colisiones en las que se había producido una
partícula Z y, a continuación, para cada una de esas
colisiones, calcular cómo se había desintegrado la partícula. Algunas veces lo
hacía creando un par electrón-positrón; otras, dando lugar a un par
quark-antiquark, o incluso un muón y un antimuón (mira de nuevo la figura 21).
Su tarea consistía en llevar un recuento del número de veces en que la
partícula Z se desintegraba según cada uno de los mecanismos
posibles de acuerdo con el modelo estándar y comparar los resultados con los
números que predecía la teoría. Con más de 20 millones de partículas Z a
su disposición, sometieron el modelo estándar a una prueba rigurosa y,
obviamente, las evidencias demostraron que la teoría funciona perfectamente.
Este ejercicio se conoce como medición de las anchuras parciales, y fue una de
las pruebas más importantes del modelo estándar que el LEP posibilitó. A lo
largo de los años se realizaron muchos otros experimentos, y en todos ellos se
pudo comprobar que el modelo estándar funcionaba. Cuando el LEP cerró sus
puertas definitivamente en el año 2000, sus datos ultra precisos habían
permitido probar el modelo estándar con un margen de error del 0,1 por ciento.
Antes de abandonar el asunto de las pruebas del modelo estándar, no nos podemos
resistir a comentar otro ejemplo de un experimento muy distinto. Los electrones
(y muchas otras partículas elementales) se comportan como imanes diminutos, y
se han diseñado experimentos muy hermosos para medir sus efectos magnéticos. Estos
experimentos, muy ingeniosos, no se llevan a cabo en los colisionadores, ni
requieren colisiones brutales de materia y antimateria, pero permiten a los
científicos medir el magnetismo con un increíble margen de error de una parte
por billón, que equivale a medir la distancia entre Londres y Nueva York con un
error mucho menor que el grosor de un pelo humano. Por si eso no fuese
suficiente, los físicos teóricos, por su parte, también han trabajado de lo
lindo, haciendo cálculos de ese mismo fenómeno. Estos cálculos antes solían
hacerse con lápiz y papel, pero hoy en día hasta los teóricos necesitan
utilizar ordenadores potentes.
No obstante, partiendo del modelo estándar y con la mente despejada, los
teóricos han calculado sus predicciones, y sus resultados coinciden exactamente
con los de los experimentos. A día de hoy, teoría y experimento concuerdan con
un margen de error de una cienmillonésima parte, lo que supone una de las
pruebas más precisas en toda la historia de la ciencia. A estas alturas, gracias
en buena medida al LEP y a los experimentos sobre el magnetismo de los
electrones, tenemos una gran confianza en que el modelo estándar de la física
de partículas va por buen camino. Nuestra teoría de casi todo tiene buena
pinta, salvo por un último detalle, que es de hecho muy importante: ¿a qué se
refieren las dos últimas líneas de la ecuación maestra?
Asumimos la culpa de haber ocultado un dato que es absolutamente crucial para
la búsqueda que dio sentido a este libro. Ha llegado el momento de descubrir el
pastel. Parece que la simetría de gauge exige que ninguna de las partículas del
modelo estándar tenga masa, lo cual es completamente erróneo. Las cosas tienen
masa, y para demostrarlo no hace falta ningún complicado experimento
científico. Llevamos todo el libro hablando de ella y hemos deducido la
ecuación más famosa de la física, E = mc2,
que claramente contiene una «m». Las dos últimas líneas de la ecuación
maestra nos ayudarán a resolver este problema. Cuando las hayamos comprendido,
podremos dar por finalizado nuestro recorrido, pues habremos llegado a una
explicación del origen mismo de la masa.
Es muy fácil definir cuál es el problema con la masa. Si tratamos de incorporar
la masa directamente en la ecuación maestra, tendremos que renunciar
inevitablemente a la simetría de gauge. Pero, como hemos visto, la simetría de
gauge constituye el núcleo de la teoría. A partir de ella, hemos sido capaces
de hacer que surgieran todas las fuerzas de la naturaleza. Lo que es aún peor,
los teóricos demostraron en los años setenta que no es posible desechar la
simetría de gauge, porque eso desbarataría la teoría y haría que dejase de
tener sentido. En 1964, tres grupos independientes de investigadores
consiguieron sacarnos de este aparente punto muerto. Tanto François Englert y
Robert Brout, que trabajaban en Bélgica, como Gerald Guralnik, Carl Hagen y Tom
Kibble, en Londres, y Peter Higgs, desde Edimburgo, publicaron sendos trabajos
fundamentales que condujeron a lo que más tarde acabó conociéndose como
mecanismo de Higgs.
¿Cómo podría explicarse la masa? Supongamos que partimos de una teoría de la
naturaleza en la que la masa no apareciese por ninguna parte. En una teoría
así, la masa sencillamente no existiría, y nadie inventaría una palabra para
referirse a ella. Como hemos visto, todo se movería a la velocidad de la luz.
Supongamos ahora que, dentro de esa teoría, sucede algo que hace que, a partir
de ese momento, varias partículas empiecen a moverse a distintas velocidades,
todas menores que la de la luz. Podría perfectamente decirse que ese evento era
el responsable de la aparición de la masa. Esa «cosa» es el mecanismo de Higgs,
y ha llegado el momento de explicar en qué consiste.
Imagina que tienes los ojos vendados y que sostienes un hilo del que cuelga una
pelota de ping pong. Si la sacudes, llegarás a la conclusión de que en su
extremo hay algo con poca masa. Supón ahora que en lugar de oscilar libremente,
la pelota está sumergida en denso sirope de arce. Si vuelves a mover el hilo
encontrarás una resistencia mayor y supondrás, razonablemente, que lo que
cuelga de él es algo mucho más pesado que una pelota de ping pong. Es como si
la bola fuese más pesada porque el sirope la lastra. Imagina ahora que un
sirope cósmico impregna todo el espacio, llegando a cualquier rincón, a
cualquier rendija, tan omnipresente que ni siquiera sabemos que está ahí. En
cierto sentido, es el escenario en el que todo sucede.
Evidentemente, la analogía con el sirope no es completa. Por una parte, tiene
que ser un sirope selectivo, que frena los quarks y los leptones, pero permite
que los fotones se muevan sin impedimentos. Podrías llevar la analogía un poco
más allá, y tratar de incorporar esta característica, pero creemos que se
entiende la idea, y no hemos de olvidar que, a fin de cuentas, es solo una
analogía. Por supuesto, en los artículos que publicaron Higgs y los demás el
sirope no se menciona.
Lo que sí mencionan es lo que ahora llamamos el campo de Higgs. Igual que el
campo de electrones, lleva asociada una partícula: la partícula de Higgs. Como
el campo de electrones, el campo de Higgs fluctúa y, allí donde es mayor, más
alta es la probabilidad de encontrar la partícula de Higgs. Pero hay una
diferencia: el campo de Higgs no se anula ni siquiera cuando no hay partículas
de Higgs, y eso es lo que hace que se asemeje al sirope omnipresente. Todas las
partículas del modelo estándar se mueven con el campo de Higgs de fondo, y
algunas se ven más afectadas por él que otras. Las dos líneas finales de la
ecuación maestra reflejan este hecho. El campo de Higgs viene representado por
el símbolo φ, y las partes de la tercera línea en la que aparece φ por partida
doble, junto con una Bo una W (que, en nuestra
notación compacta, están ocultas dentro del símbolo Den la tercera
línea de la ecuación maestra), son los términos que generan las masas de las
partículas W y Z. La teoría está ingeniosamente
construida de tal manera que el fotón siga careciendo de masa (en la tercera
línea, la parte del fotón que reside en B se anula con la
parte que está en W; como ya hemos dicho, todo esto está oculto
dentro del símbolo D) y, puesto que el campo de gluones (G)
no ha aparecido en ningún momento, este tampoco tiene masa.
Figura 22
Todo
esto concuerda con los experimentos. Al incorporar el campo de Higgs, hemos
podido generar las masas de las partículas sin desbaratar la simetría de gauge,
pues las masas se generan como consecuencia de la interacción con el propio
campo de Higgs. Aquí radica la magia de la idea: podemos conseguir que las
partículas adquieran masa sin necesidad de pagar por ello el precio de la
pérdida de la simetría de gauge. En la cuarta línea de la ecuación maestra es
donde el campo de Higgs genera las masas para el resto de las partículas del
modelo estándar.
Esta fantástica representación tiene un problema: ningún experimento ha logrado
observar una partícula de Higgs. Todas las demás partículas del modelo estándar
se han producido en los experimentos, por lo que la de Higgs es sin duda la
pieza que falta en el rompecabezas. Si existe, tal y como predice el modelo
estándar, este habrá logrado un nuevo triunfo, y podrá sumar la explicación del
origen de la masa a su impresionante lista de éxitos. Como hace con todas las
demás partículas de interacción, el modelo estándar determina exactamente cómo
habría de manifestarse la partícula de Higgs en los experimentos. Lo único que
no nos dice es cuál debería ser su masa, aunque, una vez conocidas las de la
partícula Wy el quark top, sí predice el intervalo dentro del cual
debería encontrarse. El LEP podría haber observado el bosón de Higgs si este
hubiese estado en el extremo más ligero de dicho intervalo, pero, puesto que no
fue así, podemos suponer que es demasiado pesado como para haberse producido en
el LEP (recuerda que se necesita más energía para generar las partículas más
pesadas, en consonancia con E = mc2).
Mientras escribimos estas líneas, el colisionador Tevatrón del Laboratorio
Nacional Fermi (Fermilab), cerca de Chicago, está tratando de encontrar el
bosón de Higgs, de momento sin éxito. Es muy probable que la energía del
Tevatrón sea también insuficiente para obtener una señal clara del bosón de
Higgs, aunque no se puede descartar que lo encuentre. El LHC es la máquina más
potente jamás construida, y debería zanjar definitivamente la cuestión de la
existencia del bosón de Higgs, porque su energía es más que suficiente para
rastrear todo el intervalo del modelo estándar. En otras palabras, el LHC
confirmará el modelo estándar, o bien será su tumba. Enseguida explicaremos por
qué estamos tan convencidos de que el LHC conseguirá lo que máquinas anteriores
no fueron capaces de hacer, pero antes nos gustaría explicar cómo espera
generar las partículas de Higgs.
El LHC se construyó en el interior del mismo túnel circular de 27 kilómetros de
largo en el que antes estuvo el LEP, pero, salvo por el propio túnel, todo lo
demás era diferente. Un acelerador completamente nuevo ocupa el espacio donde
antes estaba el LEP. Es capaz de acelerar protones en direcciones opuestas
alrededor del túnel hasta alcanzar una energía igual a 7.000 veces la de su
masa. Conseguir que los protones choquen entre sí a esas energías lleva la
física de partículas a una nueva era y, si el modelo estándar está en lo
cierto, producirá grandes cantidades de partículas de Higgs. Los protones están
compuestos por quarks, por lo que, si queremos entender qué debería suceder en
el LHC, todo lo que tenemos que hacer es identificar los diagramas de Feynman pertinentes.
Figura 23
Los
vértices más importantes correspondientes a interacciones entre partículas
ordinarias del modelo estándar y la de Higgs se pueden ver en la figura 22,
donde el bosón de Higgs se representa mediante una línea de puntos que
interactúa con el quark más pesado, el top (que se marca con una t),
y con las partículas W y Z, también bastante
pesadas. No te sorprenderá saber que la partícula responsable del origen de la
masa prefiere interaccionar con las partículas más masivas. Sabiendo que los
protones constituyen una fuente de quarks, nuestra tarea consiste en averiguar
cómo incorporar el vértice del bosón de Higgs en un diagrama de Feynman más
amplio. Entonces habremos encontrado la manera de fabricar partículas de Higgs
en el LHC. Puesto que los quarks interaccionan con los bosones W (o Z),
es fácil calcular cómo podrían producirse mediante partículas W (o Z).
El resultado se muestra en la figura 23: un quark de cada uno de los protones
que intervienen en la colisión (marcados como «p») emite una
partícula W (o Z), y estas se fusionan para dar
lugar al bosón de Higgs. El proceso se denomina fusión de bosones débiles, y se
espera que sea crucial en el LHC.
Figura 24
El
caso del mecanismo de producción de quarks top es algo delicado. Los quarks top
no existen dentro de los protones, por lo que necesitamos encontrar una manera
de pasar de los quarks ligeros (up y down) a los quarks top. Estos últimos
interactúan con aquellos a través de la fuerza fuerte (es decir, mediante la
emisión y absorción de un gluón). El resultado se muestra en la figura 24. Es
bastante parecido al proceso de fusión de bosones débiles, con la diferencia de
que intervienen gluones en lugar de las partículas W o Z.
De hecho, como este proceso tiene lugar a través de la interacción fuerte, es
la manera que ofrece una mayor probabilidad de producir partículas de Higgs en
el LHC. Se denomina fusión de gluones.
Este es, por lo tanto, el mecanismo de Higgs, la teoría sobre el origen de la
masa en el universo que goza actualmente de una mayor aceptación. Si todo
transcurre como está previsto, el LHC confirmará la descripción que hace el
modelo estándar del origen de la masa, o bien demostrará que es errónea. Esta
es la razón por la que los próximos años van a ser muy emocionantes para la
física. Nos encontramos en la típica situación en la que tenemos una teoría que
predice en detalle lo que debería suceder en un experimento, y por tanto saldrá
reforzada o se desmoronará en función de los resultados del mismo. Pero ¿qué
pasa si el modelo estándar es erróneo? ¿Podría suceder algo totalmente
diferente e inesperado? Puede que el modelo estándar esté equivocado y que no
exista la partícula de Higgs. No se puede negar que cabe esta posibilidad. Los
físicos de partículas están entusiasmados porque saben que el LHC
necesariamente desvelará algo nuevo. La posibilidad de que el LHC no observe
nada nuevo no se contempla porque, sin el bosón de Higgs, el modelo estándar
deja de tener sentido a las energías que el LHC es capaz de generar, y sus
predicciones simplemente se vienen abajo. El LHC es la primera máquina que se
adentra en este territorio inexplorado. Para ser más precisos, si nos vemos
obligados a desechar las partes de la ecuación maestra que hacen referencia al
bosón de Higgs, perdemos la capacidad de calcular qué es lo que ocurre cuando
dos partículas W chocan a energías superiores a mil veces la
energía de la masa del protón, como sin duda sucederá en el LHC. Volver a
introducir el bosón de Higgs hace que las ecuaciones funcionen, pero esta no es
la única opción, existen otras formas de hacer que tenga lugar el proceso de
dispersión de partículas W. Sea cual sea la posibilidad por la que
la naturaleza se decante, es absolutamente inevitable que el LHC observe algo
que no hayamos visto nunca antes. No es habitual que los físicos lleven a cabo
un experimento con una garantía tal de que aparecerán cosas interesantes, y eso
es lo que convierte al LHC en el experimento que ha despertado más expectación
en muchos años.
Capítulo
8
La curvatura del espacio-tiempo
Hasta
ahora hemos imaginado que el espacio-tiempo era fijo e invariable, como un
decorado o un escenario tetradimensional en el que «pasan cosas». También hemos
aprendido que el espacio-tiempo posee una geometría claramente distinta de la
geometría euclidiana. Hemos visto cómo la idea del espacio-tiempo conduce de
forma natural a E = mc2 y cómo
esta sencilla ecuación y la física que representa se han convertido en los
cimientos tanto de nuestras modernas teorías de la naturaleza como del mundo
industrializado. Una última pregunta, fruto de nuestra curiosidad, nos acercará
aún más al giro final de nuestra historia: ¿es posible que la curvatura del
espacio-tiempo sea distinta en diferentes lugares del universo?
La idea del espacio curvo no nos debería pillar de nuevas. El espacio
euclidiano es plano, pero el de Minkowski es curvo, lo que significa que en
este último no tiene validez el teorema de Pitágoras, sino que en su lugar se
aplica la versión con signo negativo de la ecuación para la distancia. Sabemos
asimismo que la distancia entre dos puntos en el espacio-tiempo es análoga a la
distancia entre distintos puntos sobre un mapa de la Tierra, puesto que la
distancia más corta entre dos puntos no es una línea recta en el sentido
habitual de la palabra. Así, el espacio-tiempo de Minkowski y la superficie
terrestre son ejemplos de espacios curvos. A la vista de lo anterior, la
distancia entre dos puntos en el espacio-tiempo de Minkowski siempre satisface
que s2 = (ct)2 − x2,
lo que significa que su curvatura es la misma en todos sus puntos. Lo mismo
puede decirse de la superficie terrestre. No obstante, ¿podría tener sentido
hablar de una superficie cuya curvatura varía de un punto a otro? ¿Qué aspecto
tendría el espacio-tiempo si esto fuese posible, y qué implicaría para los
relojes, las reglas y las leyes físicas? Para explorar esta posibilidad,
ciertamente enigmática, bajaremos una vez más de las abrumadoras cuatro
dimensiones a solo dos, mucho más manejables, y centraremos nuestra atención en
la superficie de una esfera.
La curvatura de una bola pulida es la misma en todos sus puntos. Hasta aquí
todos de acuerdo. Pero no sucede lo mismo con una pelota de golf, con sus
hoyuelos. De la misma manera, la superficie terrestre tampoco es una esfera
perfecta. Si la vemos de cerca, encontraremos valles y colinas, montañas y
océanos. La ley de la distancia entre dos puntos de la superficie terrestre es
solo aproximadamente la misma en toda ella. Para tener una respuesta más
precisa, necesitamos saber cómo varía la superficie cuando nuestro recorrido
nos lleva por valles y montañas. ¿Podría ser que el espacio-tiempo tuviera
hoyuelos como los de una pelota de golf, o valles y montañas como la Tierra?
¿Es posible que «se combe» entre dos puntos?
Cuando deducíamos la ecuación para la distancia en el espacio-tiempo, parecía
que no cabía la posibilidad de que variase de un lugar a otro. De hecho, hemos
argumentado que la expresión precisa de la ecuación de la distancia venía
determinada por los requisitos que imponía la causalidad. Pero hemos aceptado
una suposición muy importante. Hemos supuesto que el espacio-tiempo es igual en
todas partes. Se puede afirmar que esta suposición funciona muy bien y las
evidencias experimentales la avalan en buena medida, puesto que ha sido crucial
para poder llegar a E = mc2, pero quizá
no hemos prestado suficiente atención a los detalles. ¿Es posible que el
espacio-tiempo no sea igual en todas partes? ¿Podría esto tener consecuencias
observables? La respuesta es un sí rotundo. Para llegar a esta conclusión,
sigamos los pasos de Einstein por última vez. Este camino supuso para él diez
años de duras luchas, hasta llegar a otro destino majestuoso: la teoría de la
relatividad general.
El recorrido que condujo a Einstein a la relatividad especial tuvo su punto de
partida en una pregunta sencilla: ¿qué significaría el hecho de que la
velocidad de la luz fuese la misma para todos los observadores? El camino hacia
la relatividad general, mucho más tortuoso, partió de una observación
igualmente sencilla que le impresionó tanto que no se quedó tranquilo hasta que
comprendió su verdadero significado. El hecho es el siguiente: todas las cosas
caen hacia el suelo con la misma aceleración. Eso es todo. Eso es lo que
provocó su entusiasmo. Hay que tener una cabeza como la suya para intuir la
profundidad de lo que se oculta tras un hecho aparentemente tan trivial.
En realidad, se trata de un hecho famoso de la física, conocido mucho antes de
Einstein. Se atribuye a Galileo el mérito de ser el primero en darlo por cierto.
Dice la leyenda que subió a lo alto de la Torre Inclinada de Pisa, dejó caer
desde allí dos bolas de distintas masas y vio cómo llegaban al suelo a la vez.
Lo importante no es si realizó el experimento o no, sino que dedujo
correctamente que ese sería su resultado. Sabemos sin lugar a dudas que el
experimento se acabó realizando, aunque no en Pisa, sino en la Luna, en 1971,
por el comandante del Apolo 15, David Scott, que dejó caer una pluma y un
martillo y observó cómo llegaban al suelo al mismo tiempo. No podemos realizar
el experimento en la Tierra porque una pluma siente el efecto del viento, que
ralentiza su caída, pero su resultado es espectacular cuando se lleva a cabo en
el alto vacío existente en la superficie lunar. Obviamente, no es necesario ir
a la Luna para comprobar que Galileo estaba en lo cierto, pero eso no le resta
ningún encanto al vídeo de la demostración del Apolo 15, que merece mucho la
pena. Lo importante es que, si pueden despreciarse los factores que complican
la situación, como el aire, todo cae a la misma velocidad. La pregunta evidente
es: ¿por qué es así? ¿Por qué caen a la misma velocidad, y por qué le estamos
dando a esto tanta importancia?
Imagina que estás en un ascensor inmóvil. Tus pies pisan el suelo con firmeza y
la cabeza te pesa sobre los hombros. Tu estómago está en su sitio, en el
interior de tu cuerpo. Ahora imagina que tienes la mala suerte de encontrarte
dentro de un ascensor que cae en picado hacia el suelo porque se han cortado
los cables. Puesto que todas las cosas caen a la misma velocidad, tus pies ya
no se apoyan sobre el suelo, la cabeza no te pesa sobre los hombros y tu
estómago flota libremente dentro de tu cuerpo. En resumen, están en ingravidez.
Esto es muy importante, porque es exactamente como si alguien hubiese pulsado
un botón para apagar la gravedad. Es lo mismo que sentiría un astronauta que
flotase libremente en el espacio. Para ser más precisos, mientras el ascensor
cae no puedes realizar en su interior ningún experimento que te permita distinguir
entre las posibilidades de que estés cayendo hacia la Tierra o flotando en el
espacio exterior. Obviamente, sabes cuál es la respuesta, porque has entrado en
el ascensor, y es posible que el indicador luminoso esté acercándose al «piso
bajo» a una velocidad alarmante, pero eso no es lo importante. Lo importante es
que las leyes físicas son idénticas en ambos casos. Esto es lo que le afectó
tan profundamente a Einstein. La universalidad de la caída libre tiene un
nombre: se denomina principio de equivalencia.
En general, la gravedad varía de un lugar a otro. Es más fuerte cuanto más
cerca de la Tierra estés, aunque no hay demasiada diferencia entre el nivel del
mar y la cima del Everest. Es mucho más débil en la Luna, porque su masa es
mucho menor que la de la Tierra. Análogamente, la intensidad de la gravedad del
Sol es mucho mayor que la de la Tierra. Pero, independientemente del lugar del
sistema solar donde te encuentres, la fuerza de la gravedad en tus
inmediaciones no variará demasiado. Imagina que estás de pie en el suelo. La
gravedad en tus pies es ligeramente más intensa que en tu cabeza, pero la
diferencia es muy pequeña. De hecho, será menor para una persona baja que para
una alta. Recurramos una vez más a un experimento mental e imaginemos cosas
cada vez más pequeñas, hasta llegar a un «ascensor» diminuto, tan pequeño que
podemos suponer que la gravedad en su interior es constante. Dentro del
ascensor diminuto hay físicos aún más diminutos cuya tarea consiste en realizar
experimentos dentro de él. Imaginemos ahora que el ascensor está en caída
libre. En ese caso, ninguno de los diminutos físicos pronunciaría jamás la
palabra «gravedad». Una descripción del mundo basada en las observaciones
realizadas por este grupo de diminutos físicos en caída libre tiene la
sorprendente cualidad de que la gravedad sencillamente no existe. Nadie
pronunciaría con voz aguda la palabra «gravedad» porque dentro del ascensor no
se podría efectuar ninguna observación que indicase que tal cosa existe. Pero
¡espera un momento! Está claro que hay algo que hace que la Tierra orbite
alrededor del Sol. ¿Se trata tan solo de un juego de manos, o hay aquí algo
importante?
Dejemos por un momento la gravedad y el espacio-tiempo y volvamos a la analogía
con la curvatura de la superficie terrestre. Un piloto que tenga intención de
viajar de Manchester a Nueva York evidentemente necesita tener en cuenta que la
superficie terrestre es curva. Por el contrario, cuando vas del salón a la
cocina puedes ignorar sin problemas la curvatura de la Tierra y suponer que la
superficie es plana. Dicho de otro modo, la geometría es (muy aproximadamente)
euclidiana. Esta es la razón, en definitiva, por la que los humanos tardamos
tanto tiempo en descubrir que la Tierra no es plana, sino esférica: su radio de
curvatura es mucho mayor que las distancias que manejamos habitualmente en
nuestra vida diaria. Imagina que troceásemos la superficie terrestre en un
montón de pequeños pedazos cuadrados, como se muestra en la figura 25. Cada uno
de los pedazos es prácticamente plano, y cuanto más pequeños los hagamos, más
planos serán. En cada pedazo, es válida la geometría euclidiana: las líneas
paralelas no se intersecan y el teorema de Pitágoras funciona. La curvatura de
la superficie solo se pone de manifiesto cuando tratamos de cubrir un área más
extensa de la superficie terrestre con nuestros pedazos euclidianos.
Necesitamos coser juntos montones de estos pequeños remiendos para reconstruir
fielmente la superficie curva de la Tierra.
Figura 25
Volvamos
ahora a nuestro pequeño ascensor en caída libre e imaginemos que hay muchos
otros como él, uno en cada punto del espacio-tiempo. El espacio-tiempo dentro
de cada uno de ellos es aproximadamente el mismo en todos los puntos, y esta
aproximación mejora si disminuye el tamaño del ascensor. Recuerda que en el
capítulo 4 hemos tenido la precaución de indicar que estábamos suponiendo que
el espacio-tiempo debía ser «invariable e igual en todas partes», y que eso fue
fundamental para poder desarrollar la fórmula para la distancia en el
espacio-tiempo de Minkowski. Puesto que espacio-tiempo dentro de cada ascensor
diminuto es también «invariable e igual en todas partes», se deduce que podemos
aplicar la fórmula de Minkowski para la distancia dentro de cada uno de los
ascensores.
Afortunadamente, empieza a atisbarse la analogía con la esfera. Donde antes
decíamos «pedazo plano de la superficie terrestre», ahora diremos «ascensor en
caída libre en el espacio-tiempo», y donde decíamos «superficie curva de la Tierra»,
diremos ahora «espacio-tiempo curvo». De hecho, esta es la razón por la que los
físicos suelen referirse al espacio-tiempo de Minkowski como «espacio-tiempo
plano». El espacio-tiempo de Minkowski desempeña en esta analogía el papel del
espacio plano euclidiano. En el libro, hemos reservado el uso de la palabra
«plana» para la geometría euclidiana, y el signo negativo en la versión de
Minkowski del teorema de Pitágoras nos ha llevado a utilizar el término
«curvo». A veces, el uso del lenguaje no es tan sencillo como nos gustaría. Por
lo tanto, la unión de los pequeños ascensores en el espacio-tiempo es análoga a
la de los pequeños pedazos de la esfera. La gravedad ha desaparecido de cada
uno de los ascensores, pero podemos imaginar que unimos los pequeños pedazos de
Minkowski para formar un espacio-tiempo curvo, como hemos hecho con los pedazos
planos euclidianos para reconstruir la superficie curva de la Tierra. Si no
hubiese gravedad, nos bastaría un único gran ascensor cuya geometría sería la
de Minkowski. Así, lo que acabamos de aprender es que, si la gravedad está
presente en los alrededores, podemos hacer que desaparezca, pero solo a costa
de hacer que el espacio-tiempo se curve.
Dándole la vuelta, parece que hemos descubierto que la fuerza de la gravedad no
es en realidad más que una señal de que el espacio-tiempo es curvo. ¿Es
realmente así? ¿Cuál es la causa de la curvatura? Puesto que la gravedad está
presente en las inmediaciones de la materia, podríamos llegar a la conclusión
de que el espacio-tiempo se curva también en las inmediaciones de la materia y,
puesto que E = mc2, de la energía. El
grado de curvatura es algo sobre lo que de momento no hemos hablado. Y no
pensamos decir mucho al respecto porque, como suelen decir los físicos, no es
trivial. En 1915, Einstein escribió una ecuación capaz de cuantificar con
precisión cuánta curvatura debía existir en presencia de materia y energía. Su
ecuación supone una mejora respecto a la antigua ley de gravitación de Newton,
porque satisface automáticamente los requisitos de la teoría de la relatividad
especial (cosa que no sucede con la ley de Newton). Por supuesto, en la mayoría
de los casos que nos encontramos en nuestra vida cotidiana, los resultados que
da esta nueva ecuación son muy similares a los de la teoría de Newton, pero
pone de manifiesto que esta no es más que una aproximación de aquella. Para
entender las distintas formas de pensar sobre la gravedad, veamos cómo
describirían Newton y Einstein el movimiento orbital de la Tierra alrededor del
Sol. Newton diría algo como: «La Tierra se ve atraída hacia el Sol por la
fuerza de la gravedad, y esa atracción evita que salga despedida hacia el
espacio y la obliga a moverse describiendo una enorme trayectoria
circular». [16] Es
parecido a hacer girar alrededor de tu cabeza una bola atada a una cuerda. La
bola seguirá una trayectoria circular porque la tensión de la cuerda impide que
haga otra cosa, pero, si la cortases, la bola continuaría en línea recta. De
manera análoga, si apagases súbitamente la gravedad solar, según Newton la
Tierra saldría despedida en línea recta hacia el espacio exterior. La
descripción de Einstein es muy diferente, y dice así: «El Sol es un objeto con
masa y, como tal, deforma el espacio-tiempo en sus inmediaciones. La Tierra se
mueve libremente a través del espacio-tiempo, pero la curvatura de este hace
que la Tierra se mueva en círculos».
Para ver cómo es posible que una fuerza aparente no sea más que una
consecuencia de la geometría, podemos pensar en dos amigos que caminan sobre la
superficie terrestre. Se les indica que partan del ecuador y caminen en
paralelo en dirección norte, según dos líneas perfectamente rectas, cosa que
hacen obedientemente. Un tiempo después, verán que se van acercando y, si
continúan andando durante el tiempo suficiente, sus caminos se cruzarán en el
Polo Norte. Habiendo comprobado que ninguno de los dos ha hecho trampas y se ha
desviado de su trayectoria, bien podrían llegar a la conclusión de que entre
ellos había actuado una fuerza que los había atraído entre sí mientras
caminaban hacia el norte. Esta es una forma de entender la situación, pero,
obviamente, existe otra explicación: la superficie de la Tierra es curva. La
Tierra hace prácticamente lo mismo mientras gira alrededor del Sol.
Para entender mejor de qué estamos hablando, fijémonos de nuevo en uno de
nuestros intrépidos caminantes sobre la superficie terrestre. Como antes, se le
pide que camine siempre en línea recta. A escala local, puede seguir esta
instrucción sin ninguna confusión, porque en cualquier punto de la Tierra puede
suponer que la geometría euclidiana es perfectamente válida y, en consecuencia,
tiene muy clara la idea de una línea recta. Aun así, su recorrido acaba siendo
circular, aunque podamos pensar que el círculo está compuesto por innumerables
pequeñas líneas rectas. Volvamos ahora al caso de la gravedad y el
espacio-tiempo. La idea de una línea recta a través del espacio-tiempo curvo es
completamente análoga a la de una línea recta sobre la superficie terrestre. La
dificultad surge porque el espacio-tiempo es una «superficie» tetradimensional,
mientras que la superficie terrestre tiene solo dos dimensiones. Pero, una vez
más, la dificultad tiene más que ver con lo limitada que es nuestra imaginación
que con una mayor complejidad matemática. De hecho, las matemáticas de la
geometría sobre la superficie de una esfera no son más difíciles que las de la
geometría en el espacio-tiempo. Partiendo de la idea de las líneas rectas
(también llamadas geodésicas) en el espacio-tiempo, nos atreveremos a sugerir
cómo funciona la gravedad. Hemos visto que podemos hacer que la gravedad
desaparezca a cambio de introducir el espacio-tiempo curvo, y que, localmente,
este es el espacio-tiempo «plano» de Minkowski. A estas alturas del libro,
sabemos muy bien cómo se mueven los objetos en un entorno como ese. Por
ejemplo, si una partícula está en reposo seguirá así (a menos que aparezca algo
que la empuje o tire de ella). Eso significa que sigue una trayectoria espaciotemporal
en la que se desplaza únicamente a lo largo del eje temporal. De la misma
manera, los objetos que se mueven con velocidad constante seguirán moviéndose
en la misma dirección y a la misma velocidad (a menos, de nuevo, que aparezca
algo que los empuje o tire de ellos). En este caso, se moverán trazando líneas
rectas inclinadas respecto al eje temporal en el diagrama espaciotemporal. Así,
en cada uno de los diminutos pedazos de espacio-tiempo, todos los objetos
deberían describir líneas rectas, a menos que sobre ellos actúe alguna
influencia externa. La imagen completa de la gravedad se pone de manifiesto
cuando unimos todos los pequeños pedazos, pues es en ese momento cuando las
líneas rectas individuales se juntan para dar lugar a algo más interesante,
como la órbita de un planeta alrededor del Sol. No hemos dicho cómo se han de
unir los pedazos para dar lugar a la curvatura del espacio-tiempo, algo que
viene exactamente determinado por la ecuación de Einstein de 1915. Pero el
resultado final no podría ser mucho más sencillo: hemos hecho que la gravedad
desaparezca y la hemos sustituido por geometría pura.
Por lo tanto, la gravedad es geometría y todas las cosas se mueven describiendo
líneas rectas en el espacio-tiempo, a menos que algo las desvíe. Pero por
cualquier punto dado del espacio-tiempo pasa un número infinito de geodésicas,
exactamente igual que por cualquier punto de la superficie terrestre (o de
cualquier superficie, en realidad) pasan infinitas líneas rectas. ¿Cómo
calcularemos entonces la trayectoria espaciotemporal que seguirá un objeto? La
respuesta es muy sencilla: las circunstancias son las que la dictan. Por
ejemplo, la persona que camina alrededor del mundo podría echar a andar en
cualquier dirección. Elige qué camino seguir. De la misma manera, si se deja
caer cerca de la superficie terrestre un objeto que estaba inicialmente en
reposo, empezará a describir una geodésica, mientras que si otro objeto se
lanza, la geodésica que describa será diferente. Si conocemos la dirección en
la que se mueve un objeto a través del espacio-tiempo en un punto determinado,
sabremos por tanto cuál es su trayectoria completa. Más aún, todos los objetos
que se mueven en esa misma dirección describen necesariamente la misma
trayectoria, con independencia de sus propiedades internas (como la masa o la
carga eléctrica). Simplemente siguen una línea recta, eso es todo. Así, la
imagen de la gravedad que ofrece el espacio-tiempo curvo recoge perfectamente
el principio de equivalencia que tanto intrigó a Einstein.
Nuestras cavilaciones sobre la naturaleza del espacio y del tiempo nos han
llevado a entender que la Tierra no hace otra cosa que caer en línea recta
alrededor del Sol. Lo único que sucede es que esta línea recta se encuentra en
un espacio-tiempo curvo, y se manifiesta como una órbita (casi) circular en el
espacio. No hemos llegado a demostrar que el Sol deforma el espacio-tiempo de
tal manera que la Tierra cae describiendo una geodésica cuya sombra en el
espacio tridimensional es (casi) circular. Y no lo hemos hecho simplemente
porque requiere demasiadas matemáticas. También requiere que hagamos una
afirmación sobre la manera en que los objetos curvan el espacio-tiempo, algo
que hemos tratado de evitar. La complejidad matemática es la razón principal
por la que Einstein tardó diez años en desarrollar la teoría. La relatividad
general es bastante sencilla conceptualmente, pero matemáticamente es difícil,
aunque no cabe duda de que esta dificultad no empaña su belleza. De hecho,
muchos físicos consideran que la teoría de la relatividad general de Einstein
es la más bella de todas nuestras teorías de la naturaleza.
Es muy probable que hayas caído en la cuenta de que nada de lo que hemos dicho
se refería a ningún tipo de objeto en concreto. En particular, la propia luz
también debería moverse a través del espacio-tiempo según una geodésica. En
cada uno de los pedazos de espacio-tiempo que atraviesa, la luz se desplaza a
lo largo de una de las líneas de 45 grados que hemos visto en el capítulo 4,
pero, cuando unimos todos los pedazos, obtenemos una trayectoria que se curva
en el espacio. Esta curvatura simplemente refleja la manera en que la presencia
de masa y de energía hace que el espacio-tiempo se combe. Igual que en el caso
de la órbita terrestre alrededor del Sol, su trayectoria a través del espacio
es una sombra de su geodésica tetradimensional. El alcance del principio de
equivalencia y de la curvatura de la luz que este implica queda de manifiesto
en el siguiente experimento mental.
Imagina que estás en la Tierra y disparas un haz de láser en dirección
horizontal. ¿Qué le sucede? El principio de equivalencia nos da la respuesta:
la luz cae hacia el suelo con la misma velocidad exactamente que cualquier otro
objeto que, partiendo del reposo, se soltase en el preciso momento en que se
dispara el láser. Einstein predice que, si Galileo hubiese dispuesto de un
láser y lo hubiese disparado horizontalmente desde la Torre Inclinada de Pisa
en el mismo instante en que dejó caer la bola de cañón, el haz de láser habría
llegado al suelo a la vez que la bola. El problema con este experimento en la
práctica es que la curvatura de la superficie terrestre hace que esta se aleje
muy rápidamente y el láser nunca llegaría a tocar el suelo, porque este se
acabaría antes. Si, en lugar de lo anterior, imaginamos que la Tierra es plana,
el problema desaparece y cabría esperar que el láser llegase al suelo
exactamente a la vez que la bola de cañón, aunque a muchísima distancia de
esta. De hecho, si la bola tardase un segundo en caer, el láser tocaría el
suelo a una distancia de un segundo luz de la torre, que equivale a
prácticamente 300.000 kilómetros.
No cabe duda de que la descripción de la gravedad como geometría es enormemente
satisfactoria y permite sacar conclusiones sorprendentes, pero, como hemos
venido repitiendo a lo largo del libro, carecería de utilidad en última
instancia si no diese lugar a predicciones que puedan ser comprobadas
experimentalmente. Por fortuna para Einstein, solo tuvo que esperar cuatro años
para ver cómo se confirmaban sus insólitas predicciones.
La primera gran prueba de la nueva teoría de Einstein llegó en 1919, cuando
Arthur Eddington, Frank Dyson y Charles Davidson publicaron un trabajo titulado
«A Determination of the Deflection of Light by the Sun's Gravitational Field,
from Observations Made at the Total Eclipse of May 29, 1919» («Una
determinación de la desviación de la luz por el campo gravitatorio solar, a
partir de las observaciones realizadas durante el eclipse total del 29 de mayo
de 1919»). El trabajo se publicó en las Philosophical Transactions de
la Royal Society de Londres y contiene estas palabras imperecederas: «Ambos
apuntan a la desviación total de 1,75 segundos de arco que predice la teoría de
la relatividad general de Einstein». De la noche a la mañana, Einstein se
convirtió en una superestrella global. Los nada desdeñables esfuerzos de
Eddington, Dyson y Davidson habían refrendado su esotérica teoría sobre el
espacio-tiempo curvo: para ver el eclipse tuvieron que organizar expediciones a
Sobral, en Brasil, y Príncipe, en la costa occidental de África. El eclipse les
permitió observar las estrellas que normalmente quedan ocultas por la luz del
Sol. La luz de estas estrellas es la más apropiada para comprobar la teoría de
Einstein, ya que es la que debería sufrir una mayor desviación, pues la
curvatura del espacio-tiempo es mayor cuanto más cerca está uno del Sol.
Básicamente, Eddington, Dyson y Davidson querían ver si variaba la posición de
las estrellas a medida que el Sol se desplazaba por el firmamento. En un
sentido muy literal, el Sol hace que el espacio-tiempo se curve y actúa como
una lente que distorsiona la distribución de las estrellas en el firmamento.
Hoy en día, la teoría de Einstein se ha comprobado con gran precisión gracias a
unos de los objetos más extraordinarios del universo: las estrellas de
neutrones giratorias llamadas púlsares. Las estrellas de neutrones y los
púlsares, de los que ya hemos hablado al final del capítulo 6, abundan en el
universo. De entre todos los objetos que podemos estudiar en detalle desde la
Tierra utilizando telescopios, las estrellas de neutrones giratorias destacan
porque nos permiten observar distorsiones importantes del espacio-tiempo con un
preciso patrón temporal, cuya estabilidad está a la altura de los mejores
relojes atómicos. Si quisiésemos imaginar un objeto que nos ofreciese un
entorno ideal en el que poner a prueba la teoría general de la relatividad, nos
costaría encontrar uno mejor que el púlsar. Los púlsares marcan su patrón temporal
mediante la emisión de haces de ondas de radio mientras giran. Puedes
imaginártelo como un faro, cuyo fino haz de luz barre el horizonte alrededor de
una vez por segundo. Estos objetos maravillosos y útiles fueron descubiertos
accidentalmente en 1967 por Jocelyn Bell Burnell y Tony Hewish. Te preguntarás
cómo es posible toparse con una estrella de neutrones por accidente. La
respuesta es que Bell Burnell estaba buscando fluctuaciones en la intensidad de
las ondas de radio emitidas por objetos lejanos llamados cuásares. Se sabía que
las fluctuaciones se debían a los vientos solares que soplan en el espacio
interestelar. Como buena científica, Bell siempre estaba buscando cosas
interesantes en sus datos y, una noche de noviembre, detectó una señal regular
que, naturalmente, tanto ella como su director de tesis, Hewish, supusieron que
era de origen humano. Observaciones posteriores los convencieron de que no
podía ser así, y de que la señal debía provenir de una fuente extraterrestre.
«Me fui a casa esa noche muy contrariada —contaría más tarde Bell sobre sus
observaciones—. Ahí estaba yo, tratando de sacar una tesis doctoral mediante la
aplicación de una técnica nueva, y a unos estúpidos hombrecitos verdes se les
tenía que ocurrir elegir mi antena y mi frecuencia para comunicarse con
nosotros».
Aunque los púlsares son bastante habituales en el universo, solo conocemos un
caso de dos púlsares que orbiten uno alrededor del otro. Los radioastrónomos
probaron su existencia en 2004, y observaciones posteriores han dado lugar a la
comprobación más precisa de la teoría de Einstein que se ha llevado a cabo
hasta la fecha.
El púlsar doble es algo extraordinario. Ahora sabemos que está formado por dos
estrellas de neutrones que distan alrededor de un millón de kilómetros entre
sí. Imagina la violencia de un sistema así. Dos estrellas, cada una con la masa
del Sol comprimida en el tamaño de una ciudad, que rotan cientos de veces por
segundo y se persiguen mutuamente a una distancia apenas tres veces mayor que
la que separa a la Tierra de la Luna. La ventaja de poder utilizar dos púlsares
para comprobar la teoría de Einstein es que las ondas de radio que emite uno de
ellos a veces pasan muy cerca del otro. Esto significa que el haz de ondas de
radio extremadamente periódico atraviesa una región del espacio-tiempo de gran
curvatura, lo que lo ralentiza. Observaciones detalladas permiten medir el
retardo y así confirmar la teoría de Einstein.
Otra ventaja del sistema del púlsar doble es que las estrellas, al orbitar la
una alrededor de la otra, inducen ondulaciones en el espacio-tiempo que se
propagan hacia fuera. Las ondulaciones detraen energía del movimiento rotatorio
del par de estrellas, lo que provoca que estas se vayan acercando poco a poco
en un movimiento en espiral. Estas ondulaciones se denominan ondas
gravitatorias, y su existencia constituye otra predicción de la teoría de
Einstein (en la gravitación newtoniana no existen). En lo que supone uno de los
mayores éxitos de la ciencia experimental, utilizando el telescopio Parkes (de
64 metros), en Australia, el telescopio Lovell (de 76 metros), situado en
Jodrell Bank, en el Reino Unido, y el Green Bank (de 100 metros), ubicado en
Virginia Occidental, han medido la velocidad a la que las dos estrellas del
púlsar se acercan en su movimiento en espiral, obteniendo un valor de tan solo
7 milímetros al día, que concuerda con la predicción de la relatividad general.
La hazaña es asombrosa. Se trata de estrellas de neutrones giratorias que
orbitan la una alrededor de la otra a una distancia de un millón de kilómetros
entre sí, y a 2.000 años luz de la Tierra. Su comportamiento se predijo
milimétricamente aplicando una teoría desarrollada en 1915 por un hombre que
quería entender por qué dos pedazos de materia que se habían soltado desde una
torre inclinada en Pisa tres siglos antes habían llegado al suelo en el mismo
instante.
Por muy ingeniosas y misteriosas que resulten las mediciones del púlsar doble,
la relatividad general también se deja notar aquí en la Tierra en un fenómeno
mucho más ordinario. El correcto funcionamiento del sistema de satélites GPS,
que cubre todos los rincones del mundo, depende de la precisión de las teorías
de Einstein. Se trata de una red de veinticuatro satélites, cada uno de los
cuales orbita alrededor de la Tierra a 20.000 kilómetros de altitud y completa
dos vueltas al planeta por día. Los satélites incorporan relojes de alta
precisión que utilizan para «triangular» posiciones en la Tierra. En sus
órbitas a gran altitud, los relojes experimentan un campo gravitatorio más
débil, lo que significa que para ellos la curvatura del espacio-tiempo es
distinta que para relojes similares que se encuentren en la Tierra. Este efecto
hace que los relojes se adelanten unos 45 microsegundos cada día. Aparte del
efecto gravitatorio, debido a la alta velocidad a la que se desplazan los
satélites (alrededor de 14.000 kilómetros por hora), la dilatación temporal que
predice la teoría especial de Einstein hace que los relojes se retrasen 7
microsegundos al día. En conjunto, los dos efectos resultan en un adelanto neto
de 38 microsegundos al día. No parece mucho, pero ignorarlo llevaría en unas
pocas horas a un fallo total del sistema GPS. La luz recorre unos 30
centímetros en un nanosegundo, que es una milmillonésima de segundo. Por tanto,
38 microsegundos equivalen a desviaciones de unos 10 kilómetros en la posición
cada día, lo que haría que la navegación no fuese precisa en absoluto. La
solución es muy sencilla: los relojes de los satélites se retrasan 38 microsegundos
cada día, lo que permite que el sistema funcione con imprecisiones del orden de
metros, en lugar de kilómetros.
El adelanto de los relojes de los satélites GPS respecto a los de la superficie
terrestre se puede entender fácilmente utilizando lo que hemos aprendido en
este capítulo. De hecho, la aceleración de los relojes es en realidad una
consecuencia del principio de equivalencia. Para entender cómo se produce,
retrocedamos en el tiempo hasta 1959, y entremos en un laboratorio de la
Universidad de Harvard. Robert Pound y Glen Rebka se han propuesto diseñar un
experimento para «dejar caer» luz desde lo alto de su laboratorio hasta el
sótano, 22,5 metros más abajo. Si la luz cae siguiendo estrictamente el
principio de equivalencia, entonces, al caer, su energía debería aumentar
exactamente en la misma proporción que para cualquier otro objeto que
cayese. [17] Necesitamos
saber qué le sucede a la luz a medida que va ganando energía. En otras
palabras, ¿qué es lo que Pound y Rebka esperarían encontrar cuando la luz
llegase al extremo inferior de su laboratorio? Solo hay una manera de que se
incremente la energía de la luz. Sabemos que su velocidad no puede aumentar,
porque ya alcanza el límite de velocidad universal, pero sí puede hacerlo su
frecuencia. Recuerda que podemos pensar que la luz sigue un movimiento
ondulatorio, una serie de picos y valles como los de las ondas que se producen
en el agua cuando lanzamos una piedra a un estanque en reposo. La frecuencia de
las ondas es simplemente el número de picos (o valles) que pasan por un
determinado punto cada segundo, y estos picos y valles se pueden utilizar para
marcar el paso de un reloj. En particular, en el experimento de Pound y Rebka
podríamos imaginar a Pound sentado junto a la fuente de luz en lo alto de la
torre. Puede contar cuántos picos de luz se emiten por cada latido de su
corazón. Supongamos ahora que en el sótano Rebka está sentado junto a una
fuente de luz idéntica. También él puede contar cuántos picos se corresponden
con cada latido de su corazón, y debería obtener el mismo resultado que su
colega, porque los relojes de las fuentes de luz son idénticos, y los corazones
también. Vale, solo obtendrán exactamente el mismo número si tienen corazones
realmente idénticos, cosa que no sucederá, pero, para nuestro razonamiento,
podemos suponer que sus corazones laten al unísono. Pensemos ahora en cómo ve
Rebka, sentado en el sótano, la luz que proviene de la fuente que maneja Pound
en lo alto. Como la energía de la luz ha aumentado, y con ella su frecuencia,
Rebka verá que los picos se suceden más rápido de lo que lo harían si tuviese
la fuente de luz al lado. Pero los picos están sincronizados con el corazón de
su colega, lo que significa que según Rebka, que está en el sótano, el corazón
de Pound estaría latiendo a mayor velocidad, y por tanto envejecería más
rápido. El efecto es minúsculo, equivalente a un adelanto de un 1 segundo cada
13 millones de años. El hecho de que Pound y Rebka lograsen diseñar un
experimento capaz de detectarlo demuestra su habilidad y su ingenio. Esta
aceleración del tiempo es precisamente la que se produce en los relojes de los
satélites GPS. Están a una altitud muy superior a los 22,5 metros del
laboratorio de Harvard, pero la idea fundamental es la misma: los relojes van
más rápido cuando los campos gravitatorios son más débiles.
La teoría de la relatividad general de Einstein, maravillosamente confirmada
por los experimentos, ha hecho que veamos el espacio-tiempo no como una
combinación invariable del espacio y el tiempo, sino como una entidad más
dinámica, que puede verse afectada por la presencia de materia y, puesto que,
gracias a E = mc2, sabemos que la masa
y la energía son intercambiables, también por la de energía. A su vez, la
estructura dinámica del espacio-tiempo rige la manera en que los objetos se
mueven en él. Ya no podemos pensar en el espacio como un escenario inerte en el
que las cosas suceden, y en el tiempo como el avance inmutable y absoluto de un
reloj gigante en el firmamento. Quizá la lección más importante que pueda
extraerse de esta revisión radical es que no conviene extrapolar nuestras
experiencias cotidianas más allá de su ámbito natural. ¿Por qué razón deberían
los objetos que se mueven muy rápido seguir las mismas leyes que los objetos
con los que nos encontramos en la vida diaria, que se mueven a velocidades
bajas? En el mismo sentido, ¿por qué habríamos de poder inferir el
comportamiento de objetos muy masivos a partir del estudio de los muy ligeros?
Parece evidente que nuestras experiencias cotidianas no nos han servido bien
como guías y, como Einstein nos ha hecho ver, la imagen de la naturaleza a un
nivel más fundamental es mucho más elegante. Al combinar conceptos tan dispares
como la masa y la energía, el espacio y el tiempo, y, en última instancia, la
gravedad, las teorías especial y general de Einstein perdurarán eternamente
como dos de los mayores logros del intelecto humano. Es muy posible que, en el
futuro, nuevas ideas, basadas en nuevas observaciones y experimentos, hagan
necesaria una revisión de los planteamientos que hemos presentado aquí. De
hecho, muchos físicos ya vislumbran un nuevo orden, en su búsqueda de teorías
más precisas y de más amplio alcance. La lección de humildad de que no debemos
extrapolar más allá de las pruebas que tengamos no se limita a la relatividad.
El otro gran avance de la física del siglo XX fue el descubrimiento de la
teoría cuántica, que rige el comportamiento de todos los objetos a escala
atómica, o más pequeña aún. Nadie habría podido imaginar nunca cómo funciona la
naturaleza a distancias pequeñas basándose únicamente en la experiencia
cotidiana. Para los seres humanos, cuyas observaciones directas se limitan a
las «cosas grandes», la teoría cuántica es completamente contraria a nuestra
intuición, pero es tan determinante para una parte tan importante de nuestras
vidas en este siglo XXI, desde las imágenes médicas a las últimas tecnologías
de computación, que hemos de aceptarla, tanto si nos gusta como si no.
Hoy en día los físicos se enfrentan a un dilema. La teoría de la relatividad
general de Einstein, nuestra mejor teoría de la gravitación, no encaja con la
teoría cuántica. Alguna de las dos, o ambas, han de revisarse. ¿«Se descompone»
el espacio-tiempo a escalas diminutas? Quizá ni siquiera existe como tal, sino
que es tan solo una ilusión creada por el creciente conjunto de «cosas que
pasan». ¿Son los objetos fundamentales de la naturaleza diminutas vibraciones
de energía llamadas cuerdas? ¿O la solución se encuentra en otra teoría aún por
descubrir? Esta es la frontera de la física fundamental y, para quienes la
pueblan, dirigir su mirada hacia lo desconocido es emocionante y apasionante.
Al terminar un libro sobre las teorías de la relatividad de Einstein, es muy
fácil contribuir al desafortunado culto a la personalidad que rodea al gran
hombre, pero no es esa nuestra intención. De hecho, es probable que ese culto
dificulte el progreso en el futuro, porque puede dar la impresión de que la
ciencia es el coto privado de superhombres dotados de mentes privilegiadas a
las que el resto de nosotros no tenemos acceso. Nada más lejos de la realidad.
La relatividad no fue obra de un solo hombre, aunque un libro dedicado a ella
pueda a veces dar esa impresión. Einstein fue sin duda uno de los grandes
practicantes del arte de la ciencia, pero, como hemos repetido a lo largo del
libro, llegó a su revisión radical del espacio y el tiempo gracias a la
curiosidad y el ingenio de muchos otros. No fue una anomalía de la naturaleza,
ni su inteligencia era sobrenatural. Fue simplemente un gran científico que
hizo lo que hacen los científicos: se tomó en serio las cosas sencillas y llevó
hasta el final sus consecuencias lógicas. Su genio radica en asumir con todas
sus consecuencias la constancia de la velocidad de la luz, resultante de las
ecuaciones de Maxwell, y el principio de equivalencia, ya enunciado por
Galileo.
Esperamos haber escrito un libro que permita que los no científicos comprendan
las hermosas teorías de Einstein. Esta comprensión está al alcance de los no
expertos porque la ciencia en realidad no es tan difícil. Si partimos desde el
lugar apropiado, el camino hacia una comprensión más profunda de la naturaleza
se recorre con pasos pequeños y cuidadosos. La ciencia es fundamentalmente una
tarea modesta, y esta modestia es la clave de su éxito. Las teorías de Einstein
inspiran respeto porque, hasta donde sabemos, son correctas, pero no son libros
sagrados. Se mantendrán en pie, por decirlo claramente, hasta que aparezca algo
mejor. Asimismo, a las grandes mentes científicas no se las venera como
profetas, sino como diligentes mediadores en nuestra comprensión de la
naturaleza. Algunos de sus nombres son muy populares, pero, por brillante que
sea su reputación, ninguna puede mantener sus teorías a salvo de la severa
crítica de los experimentos. La naturaleza no respeta las reputaciones.
Galileo, Newton, Faraday, Maxwell, Einstein, Dirac, Feynman, Glashow, Salam,
Weinberg… todos son grandes, pero los cuatro primeros solo tuvieron razón de
manera aproximada, y es probable que el resto corran la misma suerte a lo largo
del siglo XXI.
Pese a lo anterior, no nos cabe absolutamente ninguna duda de que las teorías
especial y general de la relatividad de Einstein se recordarán siempre como dos
de los mayores logros del intelecto humano, en buena medida porque ponen de
manifiesto lo potente que puede llegar a ser nuestra imaginación. A partir de
una inspirada combinación de pensamiento puro y unos pocos datos
experimentales, un hombre fue capaz de cambiar nuestra manera de entender el
tejido mismo del universo. Que la física de Einstein sea satisfactoria tanto
estética como filosóficamente, a la par que extremadamente útil, nos ofrece una
importante lección, cuyo verdadero significado rara vez se aprecia. La ciencia
en todo su esplendor es el fruto de mentes curiosas con libertad para soñar,
capacidad técnica y disciplina de pensamiento. Si la sociedad en la que
floreció Einstein hubiese decidido que necesitaba una nueva fuente de energía
para satisfacer las necesidades de sus ciudadanos, no parece posible imaginar
que algún político iluminado hubiese destinado fondos públicos a la exploración
de la naturaleza del espacio y el tiempo. Pero, como hemos visto, fue
precisamente este camino el que condujo a E = mc2 y
permitió encontrar la llave con la que liberar el potencial del núcleo atómico.
Partiendo de la idea más sencilla —que la velocidad de un haz de luz debe ser
la misma para cualquiera en el universo— se descubrió un tesoro de riquezas.
«Partiendo de la idea más sencilla»… si tuviésemos que escribir un epitafio
para las mayores hazañas científicas de la humanidad, podría perfectamente
comenzar con estas seis palabras. El deleite en la observación y el estudio de
los detalles más pequeños y aparentemente insignificantes de la naturaleza ha
llevado una y otra vez a las conclusiones más majestuosas. Estamos rodeados de
maravillas y, si somos capaces de abrir nuestros ojos y nuestras mentes para
verlas, nuestras posibilidades son ilimitadas. A Albert Einstein se le
recordará mientras los seres humanos sigan existiendo en el universo, como
fuente de inspiración y como ejemplo para todos los que sienten la curiosidad
natural de entender el mundo que los rodea.
Notas:
[1] Tras
los experimentos de Michelson y Morley, ha habido muchos más intentos de
detectar el éter, pero todos han dado resultados negativos.
[2] Un
nanosegundo es una milésima parte de un microsegundo, es decir, 0,000000001
segundos.
[3] La
caja está sellada únicamente para evitar que nos distraiga la idea de que
podríamos mirar por la ventana del tren para saber si nos estamos moviendo.
Evidentemente, es algo irrelevante: mirar por la ventana solo nos permitiría
confirmar que nos movemos respecto al suelo del exterior.
[4] Puedes
comprobarlo tú mismo, sabiendo que la circunferencia de un círculo es igual al
diámetro multiplicado por π (pi), y que π es aproximadamente igual a 3,142.
[5] GMT
(Greenwich Mean Time, «tiempo medio de Greenwich») es el tiempo solar medio en
el Real Observatorio de Greenwich, en Londres, que por convención está a 0
grados de longitud. (N. del T.)
[6] Puntos
de la Tierra que supuestamente resuenan con «energía psíquica».
[7] La
bola no tiene nada de particular, podría tratarse de cualquier otro objeto.
[8] Es
decir, proporciona casi el mismo valor que la expresión exacta: γ = 1/√(1
− v2/c2).
[9] Eso
no es estrictamente así. La masa puede tomar también un valor apenas 0,000006
eV/c2 por encima de su valor mínimo. Esa minúscula
diferencia es muy importante para los radioastrónomos pero, en lo que a
nosotros respecta, supondremos que está tan cerca del mínimo valor posible que
la diferencia no es significativa.
[10] La
energía que se lleva el fotón es igual a 13,6 eV menos 10,2 eV, es decir, 3,4
eV.
[11] 101 =
10, 102 = 100, etcétera. Por lo tanto, 1026 es
igual a 100.000.000.000.000.000.000.000.000, lo que pone de manifiesto la razón
por la que se inventó una notación más compacta.
[12] 10−1 =
0,1, 10−2 = 0,01, etcétera. Por lo tanto, 10−27 tiene
veintiséis ceros tras la coma decimal.
[13] Es
posible calcular un límite superior para la masa de las estrellas de neutrones
de manera análoga al límite de Chandrasekhar para la de una enana blanca, esto
es, suponiendo que, para que formen una estrella de neutrones, los neutrones no
pueden alcanzar velocidades cercanas a la de la luz.
[14] Gluón»
proviene de la palabra glue, que significa «pegamento» en inglés. (N.
del T.)
[15] En
sentido estricto, se trata de un neutrino electrónico, porque se produce junto
con un antielectrón
[16] En
realidad se mueve trazando una elipse, una circunferencia ligeramente achatada,
pero muy similar a un círculo.
[17] Si
sabes que la energía potencial es igual a «mgh», puedes ver fácilmente
que el pequeño incremento es igual a gh/ c2,
donde g es la aceleración debida a la gravedad y h la
altura de la caída.

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