© Libro N° 6010.
Una Casa De Granadas. Wilde, Oscar. Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © Una Casa De Granadas. Oscar Wilde
Versión Original: © Una Casa De Granadas. Oscar Wilde
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UNA CASA DE GRANADAS
Oscar Wilde
EL
JOVEN REY
Era
la noche que precedía al día fijado para la coro¬nación, y el joven rey estaba
solo en su hermoso apo¬sento. Sus cortesanos se habían despedido todos de él,
inclinando la cabeza hasta el suelo, conforme a la cos¬tumbre ceremoniosa de la
época, y se habían retirado al gran salón de palacio para recibir unas últimas
lecciones del maestro de ceremonias, habiendo entre ellos algunos que todavía
tenían modales completamente naturales, lo que en un cortesano, apenas necesito
decirlo, es una ofensa muy grave.
El
muchacho -pues era sólo un muchacho, teniendo no más de dicieséis años- no
sintió que se marcharan, y se había arrojado con un hondo suspiro de alivio
sobre los mullidos almohadones de su diván bordado, y yacía allí reclinado, con
los ojos agrestes y la boca abierta, como un oscuro fauno de los bosques, o
algún joven ani-mal de la selva recién atrapado por los cazadores.
Y,
en verdad, eran los cazadores los que le habían en¬contrado, descubriéndole
casi por casualidad cuando des¬calzo y arremangado y con su caramillo en la
mano se¬guía al rebaño del pobre cabrero que le había criado y de quien siempre
se había imaginado que era hijo.
Hijo
era de la única hija del anciano rey, fruto de un matrimonio secreto con
alguien muy por debajo de su rango -un forastero, decían algunos, que con la
magia maravillosa de los sones de su laúd había conseguido que la princesa le
amara; mientras que otros hablaban de un artista de Rímini, a quien la princesa
había otorgado mu¬cho honor, quizá demasiado, y que había desaparecido
repentinamente de la ciudad, dejando inacabada su obra en la catedral-. Una
semana tan sólo después de su na¬cimiento le habían robado del lado de su
madre, mientras ella dormía, y le habían entregado a los cuidados de un vulgar
campesino y de su mujer, que no tenían hijos pro¬pios y que vivían en una parte
remota del bosque, a más de un día a caballo desde la ciudad.
El
dolor, o la peste, como dictaminó el médico de la corte, o, como sugirieron
algunos, un veneno italiano de acción rápida suministrado en una copa de vino
con es¬pecias mató una hora después de despertar a la blanca joven que le había
dado a luz. Y mientras un fiel men¬sajero llevaba al niño atravesado en su
arzón y llamaba a la ruda puerta de la cabaña del cabrero, el cuerpo de la
princesa descendía a una tumba abierta que había sido cavada en un cementerio
solitario, más allá de las puertas de la ciudad; una tumba en la que, se decía,
yacía tam¬bién otro cuerpo, el de un joven de belleza admirable y de otras
tierras, cuyas manos estaban atadas a la espalda con una cuerda con nudos, y
cuyo pecho estaba apuña¬lado con múltiples heridas rojas.
Tal
era, al menos, la historia que se cuchicheaban los hombres unos a otros.
Lo
cierto era que el viejo rey en su lecho de muerte, bien movido por el
remordimiento de su gran pecado, o bien meramente deseando que el reino no
pasara de su linaje, había ordenado que fueran a buscar al muchacho, y en
presencia del Consejo le había reconocido como su heredero.
Y
parece que desde el primer momento de ser reco¬nocido había mostrado signos de
esa extraña pasión por la belleza que estaba destinada a tener una influencia
tan grande sobre su vida. Los que le acompañaron a las es¬tancias instaladas
para su servicio hablaban a menudo del grito de placer que brotó de sus labios
cuando vio la ropa delicada y las ricas joyas que le habían sido preparadas, y
de la alegría casi feroz con que arrojó a un lado su áspera túnica de cuero y
su tosca capa de piel de oveja. A veces echaba en falta, es verdad, la hermosa
libertad de su vida en los bosques, y siempre estaba predispuesto a irritarse
en las aburridas ceremonias de la corte que ocupaban tanto tiempo cada día,
pero el palacio mara¬villoso -Joyeuse era llamado- del que ahora se encon¬traba
dueño y señor le parecía que era un mundo nuevo recién creado para su deleite,
y en cuanto podía esca¬parse de la mesa del Consejo o de la sala de audiencias
descendía corriendo la gran escalinata, con sus leones de bronce sobredorado y
sus gradas de brillante pórfido, y vagaba dando vueltas de sala en sala y de
corredor en corredor, como si tratara de buscar en la belleza un cal¬mante al
dolor, una especie de cura de la enfermedad.
En
estos viajes de descubrimiento, como solía llamarlos y, en verdad, eran para él
verdaderos viajes a través de un país de maravillas-, a veces le acompañaban
los es-beltos pajes de la corte, de rubios cabellos, con sus capas flotantes y
sus alegres cintas revoloteantes; pero más a menudo prefería estar solo,
sintiendo con un fino instinto certero, que era casi una adivinación, que los
secretos del arte se aprenden mejor en secreto, y que la belleza, lo mismo que
la sabiduría, ama al que le rinde culto en so¬litario.
Muchas
historias curiosas corrían sobre él en ese tiempo. Se decía que un grueso
burgomaestre que había ido a pronunciar una florida pieza de oratoria en nombre
de los ciudadanos le había visto arrodillado en verdadera adoración ante un
gran cuadro que acababan de llevar de Venecia, y que parecía ser el heraldo del
culto a nuevos dioses. En otra ocasión, se le había echado en falta du¬rante
varias horas, y después de una larga búsqueda se le había encontrado en una
pequeña cámara de una de las torretas septentrionales del palacio,
contemplando, como si estuviera en trance, una gema griega en la que estaba
tallada la figura de Adonis. Se le había visto -así cir¬culaba la historia- con
sus labios tibios apretados sobre la frente de mármol de una estatua antigua
que se había descubierto en el lecho de un río, con motivo de la cons¬trucción
del puente de piedra, y que llevaba inscrito el nombre del esclavo bitinio de
Adriano 1. Había pasado toda una noche observando el efecto de la luz de la
luna sobre una imagen de plata de Endimión.
1.
El nombre de este esclavo, famoso por su belleza, era Antino. Se ahogó en el
Nilo en el año 130.
Todos
los materiales raros y costosos ejercían cierta¬mente una gran fascinación
sobre él, y en su avidez en procurárselos había enviado a buscarlos a muchos
mer-caderes; a unos, a traficar en ámbar con los toscos pes¬cadores de los
mares del Norte; a otros, a Egipto, a bus¬car esa curiosa turquesa verde que se
encuentra única-mente en las tumbas de los reyes, y se dice que posee
propiedades mágicas; a algunos, a Persia, a por tapices de seda y cerámica
decorada, y a otros, a la India, a com¬prar gasa y marfil teñido en colores,
adularias y braza¬letes de jade, madera de sándalo y esmalte azul y chales de
fina lana.
Pero
lo que le había tenido más ocupado era la ropa que iba a llevar en su
coronación, la túnica de tisú de oro y la corona engastada de rubíes y el
cetro, con sus hileras y anillas de perlas. Ciertamente, era en eso en lo que
es¬taba pensando esa noche mientras estaba reclinado en su lujoso diván
contemplando el gran leño de madera de pino que ardía y se consumía en la
chimenea. Los dise¬ños, que eran obra de los más famosos artistas de la época,
le habían sido sometidos a su aprobación muchos meses antes, y él había dado la
orden de que los arte¬sanos se afanaran día y noche para hacerlos, y de que en
el mundo entero se buscaran joyas que fueran dignas de su trabajo. Se veía a sí
mismo en su imaginación de pie ante el altar mayor de la catedral con el hermoso
atavío de un rey, y una sonrisa retozaba y se demoraba en sus labios
adolescentes e iluminaba con brillante resplandor sus oscuros ojos montaraces.
Después
de algún tiempo se levantó de su asiento, y apoyado en la repisa esculpida de
la chimenea miró en derredor suyo el aposento tenuemente iluminado. De los
muros pendían ricos tapices que representaban el triunfo de la belleza. Un gran
armario, con incrustaciones de ágata y lapislázuli, ocupaba un ángulo, y frente
a la ven¬tana había una vitrina curiosamente labrada con paneles de laca
trabajada en pan de oro formando una especie de mosaico, y en la que estaban
colocados unos vasos de¬licados de cristal de Venecia y una copa de ónice de
vetas oscuras. En la colcha de seda del lecho estaban bordadas amapolas
pálidas, como si hubieran caído de las manos cansadas del sueño, y esbeltas
columnillas estriadas de marfil sostenían el baldaquino de terciopelo, del que
sur¬gían grandes penachos de plumas de avestruz, como es¬puma blanca de la
pálida plata del techo trabajado en calados. Una estatua de bronce verde de
Narciso rién¬dose sostenía sobre su cabeza un espejo bruñido. En la mesa había
una copa plana de amatista.
Fuera
podía ver la enorme cúpula de la catedral, que surgía como una burbuja sobre
las casas en sombra, y a los cansados centinelas marchando arriba y abajo en la
terraza que daba al río, envuelta en neblina. Allá lejos, en un huerto, cantaba
un ruiseñor. Entraba una tenue fragancia de jazmín por la ventana abierta.
Apartó de su frente los rizos castaños y tomando un laúd dejó que sus dedos
vagaran por las cuerdas. Sus párpados cayeron pe¬sados y una extraña languidez
se apoderó de él. Nunca había sentido antes de un modo tan agudo ni con una
alegría tan exquisita la magia y el misterio de las cosas hermosas.
Cuando
sonaron las doce campanadas de la mediano¬che en el reloj de la torre tocó una
campanilla y entraron los pajes y le desvistieron con mucha ceremonia,
vertiéndole agua de rosas en las manos y esparciendo flores en su almohada. A
los pocos minutos de que salieran de la habitación se quedó dormido.
Y
mientras dormía tuvo un sueño, y he aquí lo que soñó:
Soñó
que estaba en un desván largo y bajo de techo, en medio del zumbido y el
estrépito de muchos telares. Entraba una escasa luz del día a través de
ventanas en-rejadas que le permitía ver las flacas figuras de los teje¬dores,
inclinadas sobre sus bastidores. Niños pálidos, de aspecto enfermizo, estaban
acurrucados sobre las enor-mes vigas transversales. Cuando las lanzaderas se
lanza¬ban a través de la urdimbre, ellos levantaban las pesadas barras de
madera, y cuando las lanzaderas se detenían, dejaban caer las barras y
apretaban los hilos. Tenían la cara descolorida por el hambre y les temblaban
poco fir¬mes las manos delgadas. Unas mujeres ojerosas cosían sentadas
alrededor de una mesa. Inundaba el lugar un olor horrible; el aire era viciado
y pesado, y las paredes goteaban y chorreaban de humedad.
El
joven rey se aproximó a uno de los tejedores y se quedó junto a él y le
observó.
Y el
tejedor le miró airadamente y le dijo:
-¿Por
qué os quedáis mirándome? ¿Sois un espía que ha puesto nuestro amo contra
nosotros?
-¿Quién
es tu amo? -preguntó el joven rey.
-¡Mi
amo! -exclamó el tejedor con amargura-. Es un hombre como yo. Ciertamente no
hay más que esta diferencia entre nosotros: que él lleva ropa fina mientras que
yo voy vestido de harapos, y que mientras yo estoy debilitado por el hambre, él
padece no poco por comer demasiado.
-La
tierra es libre -dijo el joven rey-, y no eres es¬clavo de ningún hombre.
-En
la guerra -replicó el tejedor-, los fuertes hacen esclavos a los débiles, y en
la paz, los ricos esclavizan a los pobres. Nosotros tenemos que trabajar para
vivir y ellos nos dan pagas tan miserables que nos morimos. No¬sotros
trabajamos agotadoramente para ellos a lo largo de todo el día y ellos
amontonan oro en sus cofres, y nuestros hijos se ajan antes de tiempo, y las
caras de los que amamos se vuelven duras y malvadas. Nosotros pi¬samos las uvas
y otro se bebe el vino. Nosotros sembra¬mos el trigo y nuestra mesa está vacía.
Tenemos cadenas, aunque ninguna mirada las contemple; y somos esclavos, aunque
los hombres nos llamen libres.
-¿Les
ocurre eso a todos? -preguntó.
-Eso
les ocurre a todos -respondió el tejedor-, a los jóvenes lo mismo que a los
viejos, a las mujeres lo mismo que a los hombres, a los niños pequeños lo mismo
que a los que están cargados de años. Los mercaderes nos oprimen, y tenemos por
necesidad que hacer lo que nos ordenan. El sacerdote pasa a caballo rezando el
ro-sario, y ningún hombre se preocupa por nosotros. Por nuestras callejas sin
sol se arrastra la pobreza con sus ojos hambrientos, y el pecado, con su cara
embrutecida por el alcohol, la sigue, pisándole los talones. La miseria nos
despierta por la mañana y la vergüenza se sienta a ha¬cernos compañía por la
noche. Pero ¿qué pueden impor-taros estas cosas? No sois uno de los nuestros.
Tenéis una cara demasiado feliz.
Y se
volvió de espaldas ceñudo y lanzó la lanzadera a través de la urdimbre, y el
joven rey vio que estaba en¬hebrada con hilo de oro.
Y un
gran terror se apoderó de él, y dijo al tejedor: -¿Qué vestido es este que
estás tejiendo?
-Es
la túnica para la coronación del joven rey -res¬pondió-; ¿qué os importa?
Y el
joven rey lanzó un fuerte grito, y despertó, y he aquí que estaba en su propia
cámara, y a través de la ventana veía la gran luna color de miel suspendida en
el aire oscuro de la noche.
Y se
durmió de nuevo y soñó, y he aquí lo que soñó: Soñó que estaba tendido en
cubierta de una enorme galera en la que remaban cien esclavos. En una alfombra,
a su lado, estaba sentado el patrón de la galera. Era ne¬gro como el ébano y su
turbante era de seda carmesí. Grandes pendientes de plata pendían de los
gruesos ló¬bulos de sus orejas, y en las manos tenía una balanza de marfil.
Los
esclavos estaban desnudos, salvo el calzón hara¬piento, y cada hombre estaba
encadenado a su vecino. El sol ardiente caía deslumbrador sobre ellos, y los
negros corrían arriba y abajo entre las hileras de los bancos y los azotaban
con látigos de cuero. Ellos extendían sus brazos flacos y golpeaban los pesados
remos a través del agua. Volaba de las palas la lluvia de sal.
Por
fin llegaron a una pequeña ensenada y empezaron a sondearla. Un viento ligero
soplaba de la costa y cubría la cubierta y la gran vela latina triangular de un
fino polvo rojo. Salieron tres árabes montados en asnos mon¬taraces y les
arrojaron lanzas. El patrón de la galera tomó en sus manos un arco pintado y le
disparó a uno de ellos en la garganta. Cayó pesadamente en el rompiente de las
olas, y sus compañeros se fueron al galope. Una mujer envuelta en un velo
amarillo les seguía lentamente a ca¬mello, echando una mirada atrás de vez en
cuando al ca¬dáver.
En
cuanto echaron el ancla y arriaron la vela, los ne¬gros bajaron a la bodega y
sacaron una larga escala de cuerda, con pesado lastre de plomo. El patrón de la
ga-lera la lanzó sobre la borda, sujetando los extremos a dos puntales de
hierro. Entonces los negros cogieron al más joven de los esclavos, le
arrancaron los grilletes y le lle¬naron de cera los orificios de la nariz y de
los oídos, y le ataron una gran piedra alrededor de la cintura. Se arras¬tró
pesadamente escaleras abajo y desapareció en el mar. Subieron unas burbujas
donde él se había sumergido. Al-gunos de los otros esclavos miraron con
curiosidad por encima de la borda. En la proa de la galera estaba sen¬tado un
encantador de tiburones batiendo monótona-mente un tambor.
Pasado
un tiempo, el buceador salió del agua y se abrazó jadeante a la escala; llevaba
una perla en la mano derecha. Los negros se la cogieron y volvieron a lanzarle
al agua. Los esclavos se quedaron dormidos sobre sus remos.
Una
y otra vez subió, y llevaba consigo cada vez una bella perla. El patrón de la
galera las pesaba y las metía en una pequeña bolsa de cuero verde.
El
joven rey intentó hablar, pero parecía que se le pe¬gaba la lengua al paladar,
y sus labios se negaban a mo¬verse. Los negros charlaban unos con otros, y
empezaron a pelearse por una hilera de cuentas brillantes. Dos gru¬llas volaban
dando vueltas y más vueltas alrededor del navío.
Luego,
el buceador emergió por última vez, y la perla que llevaba consigo era más
hermosa que todas las perlas de Ormuz, pues tenía una forma semejante a la luna
llena y era más blanca que el lucero del alba. Pero su rostro estaba
extrañamente pálido, y cuando cayó en cu¬bierta le manó sangre de los oídos y
de la nariz; se es-tremeció durante un momento, y luego se quedó inmóvil. Los
negros se encogieron de hombros y arrojaron el cuerpo por encima de la borda.
Y el
patrón de la galera se reía, y alargando la mano cogió la perla, y cuando la
vio la apretó contra su frente e inclinó la cabeza.
-Será
-dijo- para el cetro del joven rey.
E
hizo señas a los negros de que levaran anclas.
Y
cuando el joven rey oyó esto lanzó un fuerte grito, y despertó, y a través de
la ventana vio los largos dedos grises de la aurora asiéndose a las estrellas
que se iban apagando.
Y se
durmió de nuevo y soñó, y he aquí lo que soñó: Soñó que vagaba por un bosque
sombrío, en el que pendían frutas extrañas y bellas flores venenosas. Las
ví-boras le silbaban cuando pasaba, y loros abigarrados vo¬laban gritando de
rama en rama. Enormes tortugas yacían dormidas en el lodo cálido. Los árboles
estaban lle-nos de monos y de pavos reales.
Él
seguía y seguía, hasta que llegó al lindero del bos¬que, y allí vio a una
inmensa multitud de hombres que se afanaban fatigosamente en el lecho seco de
un río y se apiñaban arriba en los riscos como hormigas. Cavaban hondos pozos
en el suelo y bajaban a ellos. Algunos hen¬dían las rocas con grandes hachas;
otros buscaban a gatas en la arena. Arrancaban los cactus de raíz y pisoteaban
las flores escarlata. Se apresuraban, llamándose, y ningún hombre estaba
ocioso.
Desde
la oscuridad de una caverna, la Muerte y la Ava¬ricia les vigilaban, y la
Muerte decía:
-Estoy
cansada; dame un tercio de ellos y deja que me vaya.
Pero
la Avaricia meneaba la cabeza:
-Son
siervos míos -replicaba.
Y la
Muerte le dijo:
-¡,Qué
tienes en la mano?
-Tres
granos de trigo -respondió-. ¿Qué más te da a ti?
-Dame
uno de ellos -exclamó la Muerte- para plantarlo en mi jardín; sólo uno de
ellos, y me iré.
-No
te dará nada -dijo la Avaricia.
Y
escondió la mano en los pliegues de su túnica.
Y la
Muerte se rió, y tomó una copa y la sumergió en un charco de agua, y de la copa
salió la fiebre malaria. Pasó entre la gran multitud, y la tercera parte cayó
muerta. La seguía una fría neblina, y las culebras de agua corrían a su lado.
Y
cuando vio la Avaricia que un tercio de la multitud había muerto se golpeó el
pecho y lloró. Golpeó su pecho estéril y gritó con voz sonora:
-Has
matado a un tercio de mis siervos -gritó-, ¡vete! Hay guerra en las montañas de
Tartaria y te in¬vocan los reyes de los dos bandos. Los afganos han ma¬tado al
buey negro y marchan al combate. Han batido los escudos con las lanzas y se han
puesto los yelmos de hie¬rro. ¡,Qué significa para ti mi valle para que te
detengas en él? ¡Vete y no vuelvas más!
-No
-respondió la Muerte-; hasta que no me hayas dado un grano de trigo no me iré.
Pero
la Avaricia cerró la mano y apretó los dientes.
-No
te daré nada -susurró.
Y la
Muerte se rió. Cogió una piedra negra y la arrojó al bosque, y de una mata de
cicuta salió la fiebre, con túnica de llamas. Pasó entre la multitud y la tocó,
y moría cada hombre a quien tocaba. La hierba se secaba bajo sus pies según
caminaba.
Y la
Avaricia se estremeció, y puso ceniza sobre su ca¬beza.
-Eres
cruel -gritaba-, eres cruel. Hay hambre en las ciudades amuralladas de la
India, y se han agotado las cisternas de Samarcanda. Hay hambre en las ciudades
amuralladas de Egipto, y las langostas han salido del de¬sierto. El Nilo no ha
inundado sus orillas, y los sacerdotes han maldecido a Isis y a Osiris. Vete
adonde te necesitan y déjame a mis siervos.
-No
-respondió la Muerte-; hasta que no me hayas dado un grano de trigo no me iré.
-No
te daré nada -dijo la Avaricia.
Y la
Muerte se rió de nuevo, y silbó llevándose los de¬dos a los labios y llegó una
mujer volando por los aires. Llevaba en la frente escrito: «plaga», y una gran
bandada de flacos buitres volaba en círculo en torno suyo. Ella cu¬brió el
valle con sus alas y no quedó vivo ningún hombre. Y la Avaricia huyó gritando a
través del bosque, y la Muerte saltó a su caballo rojo y se fue galopando, y su
galopar era más raudo que el viento.
Y
del légamo del fondo del valle salían arrastrándose dragones y cosas horribles
con escamas, y llegaron los chacales corriendo a lo largo de la arena
olfateando el aire con las fauces.
Y el
joven rey lloró, y dijo:
-¿Quiénes
eran esos hombres y qué estaban bus¬cando?
-Rubíes
para la corona de un rey -respondió alguien que estaba detrás de él.
Y el
joven rey se sobresaltó, y volviéndose vio a un hombre vestido de peregrino que
llevaba en la mano un espejo de plata. Y palideció y dijo:
-¿Para
qué rey?
Y el
peregrino respondió: -Mirad en este espejo y le veréis.
Y
miró en el espejo, y al ver su propio rostro lanzó un fuerte grito y despertó.
Y la brillante luz del sol inundaba la estancia, y en los árboles del jardín
cantaban los pá-jaros gozosamente.
Y
entraron el chambelán y los altos dignatarios del Es¬tado a rendirle pleitesía,
y los pajes le llevaron la túnica de tisú de oro y pusieron ante él la corona y
el cetro.
Y el
joven rey los miró, y eran hermosos. Más her¬mosos eran que todo lo que había
visto en su vida. Pero recordó sus sueños y dijo a sus nobles:
-Retirad
estas cosas, pues no quiero ponérmelas.
Y
los cortesanos estaban asombrados, y algunos de ellos se reían, pues pensaban
que estaba bromeando. Pero les habló gravemente de nuevo y dijo:
-Retirad
estas cosas y ocultadlas de mi vista. Aunque sea el día de mi coronación no
quiero ponérmelas. Pues, en el telar del pesar, las blancas manos del dolor han
te-jido esta túnica mía. Hay sangre en el corazón del rubí y muerte en el
corazón de la perla.
Y
les contó sus tres sueños.
Y
cuando los cortesanos los oyeron se miraron y mur¬muraron, diciendo:
-Con
toda seguridad está loco, pues ¿qué es un sueño más que un sueño y una visión
más que una visión? No son cosas reales a las que se deba prestar atención. ¿Y
qué tenemos nosotros que ver con la vida de los que se afanan trabajando para
nosotros? ¿Es que un hombre no ha de comer pan hasta que no haya visto al
sembrador y no ha de beber vino hasta que no haya hablado con el viñador?
Y el
chambelán habló al joven rey y dijo:
-Majestad,
os ruego que alejéis esos negros pensa¬mientos vuestros, y que vistáis esta
hermosa túnica y os pongáis esta corona sobre vuestras sienes. Pues ¿cómo va a
saber la gente que sois rey si no lleváis el atavío de rey?
Y el
joven rey le miró.
-¿Es
así, en verdad? -preguntó-. ¿No me recono¬cerán como rey si no llevo el atavío
de rey?
-No
os reconocerán, Majestad -exclamó el cham¬belán.
-Yo
creía que había hombres que tenían porte de re¬yes -respondió-, pero puede que
sea como decís. A pe¬sar de todo, no vestiré esta túnica ni me coronarán con
esta corona, sino que lo mismo que llegué a este palacio así saldré de él.
Y
rogó a todos que se retiraran, a excepción de un paje a quien retuvo como
compañero, un muchacho un año más joven que él. Le retuvo para su servicio. Y,
después de haberse bañado sin ayuda de nadie en agua clara, abrió un gran cofre
decorado en colores y sacó de él la túnica de cuero y la burda capa de piel de
oveja que lle¬vaba cuando cuidaba en la colina las cabras peludas del cabrero.
Estas prendas se puso, y en la mano tomó su rudo cayado de pastor.
Y el
pajecillo abrió asombrado sus grandes ojos azules, y dijo sonriendo:
-Majestad,
veo vuestra túnica y vuestro cetro, pero ¿dónde está vuestra corona?
Y el
joven rey arrancó una rama de espino silvestre que trepaba por el balcón y la
curvó e hizo un círculo con ella, y se la puso sobre las sienes.
-Esta
será mi corona -respondió.
Y
así ataviado salió de su aposento y entró en el gran salón, donde los nobles
estaban esperándole.
Y
los nobles se echaron a reír, y algunos le gritaron: -Majestad, la gente espera
a su rey y vos vais a mos¬trarles a un mendigo.
Y
otros se encolerizaron y dijeron:
-Trae
la vergüenza a nuestro Estado y es indigno de ser nuestro señor.
Pero
él no les respondió una palabra y siguió su ca¬mino; y descendió la escalinata
de brillante pórfido y atravesó las puertas de bronce, y montó en su caballo y
cabalgó hacia la catedral, y el pajecillo iba corriendo junto a él.
Y la
gente se reía y decía:
-El
que va a caballo es el bufón del rey. Y hacían mofa de él.
Y él
detenía al caballo, sujetándolo por la brida, y decía:
-No.
Yo soy el rey.
Y
les contaba sus tres sueños.
Y
salió un hombre de entre la multitud y le habló amargamente:
-Majestad,
¿no sabéis que del lujo de los ricos viene la vida de los pobres? Por vuestra
pompa nos nutrimos y vuestros vicios nos dan el pan. Trabajar penosamente para
un amo duro es amargo, pero no tener un amo para quien trabajar es más amargo
todavía. ¿Pensáis que nos van a alimentar los cuervos? ¿Y qué remedio tenéis
para estas cosas? ¿Diréis al comprador: «Comprarás a tanto», y al vendedor:
«Venderás a este precio»? No lo creo. Por tanto, volved a vuestro palacio y
poneos vuestra púrpura y vuestro lino fino. ¿Qué tenéis que ver vos con
nosotros y con nuestros sufrimientos?
-¿No
somos hermanos los pobres y los ricos? -pre¬guntó el rey joven.
-Sí
-respondió el hombre-, y el hermano rico se llama Caín.
Y al
joven rey se le llenaron los ojos de lágrimas, y siguió cabalgando entre los
murmullos de la gente. Y al pajecillo le entró miedo y le abandonó.
Y
cuando llegó al gran pórtico de la catedral, los sol¬dados le cerraron el paso
con sus alabardas y le dijeron:
-¿Qué
buscas aquí? Nadie entra por esta puerta más que el rey.
Y su
rostro se encendió de ira, y les dijo:
-Yo
soy el rey.
Y
apartó sus alabardas y entró.
Y
cuando el anciano obispo le vio llegar con sus ropas de cabrero se levantó
asombrado de su sitial y fue a su encuentro y le dijo:
-Hijo
mío, ¿es este un atavío de rey? ¿Y con qué co¬rona os voy a coronar, y qué
cetro voy a poner en vuestra mano? Con toda certeza este debiera ser para vos
un día de alegría y no un día de humillación.
-¿Debe
llevar la alegría lo que ha moldeado el dolor? -dijo el joven rey.
Y le
contó sus tres sueños.
Y
cuando el obispo los hubo escuchado frunció las cejas y dijo:
-Hijo
mío, soy un hombre viejo y estoy en el invierno de mis días, y sé que se hacen
muchas cosas perversas en el ancho mundo. Los ladrones desalmados bajan de las
montañas y arrebatan a los niños pequeños, y los venden a los moros. Los leones
acechan a las caravanas y saltan sobre los camellos. El jabalí arranca de raíz
la semilla del trigo en el valle, y las zorras roen las viñas en el collado.
Los piratas asolan la costa marina y queman los barcos de los pescadores, y les
quitan las redes. En las marismas viven los leprosos; tienen cabañas hechas con
juncos en¬tretejidos, y nadie puede acercarse a ellos. Los mendigos merodean
por las ciudades y comen su alimento con los perros. ¿Podéis hacer que no
ocurran estas cosas? ¿Vais a tomar al leproso por compañero de lecho y a poner
al mendigo a vuestra mesa? ¿Va a hacer el león lo que le ordenéis, y os va a
obedecer el jabalí? ¿El que creó la miseria no es más sabio de lo que sois vos?
Por tanto, no os alabo por lo que habéis hecho, y os ruego, en cambio, que cabalguéis
otra vez a palacio, y alegréis vuestro ros¬tro, y os pongáis las vestiduras
propias de un rey; y con la corona de oro os coronaré y el cetro de perlas lo
pon¬dré en vuestra mano. Y en cuanto a vuestros sueños, no penséis más en
ellos. La carga de este mundo es demasiado grande para que la lleve un solo
hombre, y el dolor del mundo, demasiado pesado para que lo sufra un solo
corazón.
-¿,Decís
eso en esta casa? -dijo el joven rey.
Y
pasó delante del obispo y subió las gradas del altar, y permaneció en pie ante
la imagen de Cristo. Permaneció en pie ante la imagen de Cristo, y a su mano
derecha y a su izquierda estaban los maravillosos vasos de oro, el cáliz con el
vino dorado, y el frasco con los sagrados óleos. Se arrodilló ante la imagen de
Cristo, y los grandes cirios ardían con un vivo resplandor junto al sagrario,
cubierto de piedras preciosas, y el humo del incienso se enrollaba en finas
volutas azules escalando la bóveda. Inclinó la cabeza en oración, y los
sacerdotes con sus rígidas capas pluviales se retiraron sigilosamente del
altar.
Y,
de pronto, llegó desde la calle un tumulto feroz, y entraron los nobles con sus
espadas desenvainadas y agi¬tando sus penachos y blandiendo sus escudos de
acero bruñido.
-¿,Dónde
está el soñador? -gritaron-. ¿Dónde está el rey que se viste de mendigo, ese
muchacho que acarrea la vergüenza a nuestro Estado? Le mataremos, cierta-mente,
pues es indigno de gobernar sobre nosotros.
Y el
joven rey inclinó la cabeza de nuevo y oró, y cuando hubo concluido sus
plegarias se alzó y, volvién¬dose, les miró con tristeza.
Y,
¡oh, milagro! A través de las vidrieras de colores entró el sol y le inundó de
luz, y los rayos del sol tejieron en torno de él una vestidura que era más
hermosa que la vestidura que le habían confeccionado para su placer. El cayado
floreció, y le nacieron azucenas que eran más blancas que las perlas. Floreció
el espino seco, y dio rosas que eran más rojas que rubíes. Más blancas que
perlas finas eran las azucenas, y sus tallos eran de plata bri¬llante. Más
rojas que rubíes púrpura eran las rosas, y sus hojas eran de oro batido.
Estaba
allí con el atavío de rey, y se abrieron de par en par las puertas del
sagrario, cubierto de piedras pre¬ciosas, y del cristal del viril de la
custodia, rematada de múltiples rayos, resplandeció una luz maravillosa y
mís¬tica. Estaba él allí con el atavío de rey, y la gloria de Dios llenaba el
lugar, y los santos en sus nichos tallados pa¬recían moverse. Con el hermoso
atavío de rey estaba él ante ellos, y el órgano salmodiaba su música, y los
he¬raldos hicieron sonar sus trompetas, y cantaron los niños del coro.
Y el
pueblo cayó de rodillas sobrecogido de temor, y los nobles envainaron las
espadas y rindieron homenaje, y el rostro del obispo se tornó pálido, y le
temblaron las manos.
-Uno
más grande que yo os ha coronado -exclamó.
Y se
arrodilló ante él.
Y el
joven rey bajó del altar mayor y regresó a palacio pasando entre su pueblo.
Pero nadie se atrevió a mirar su rostro, pues era como el rostro de un ángel.
EL
CUMPLEAÑOS DE LA INFANTA
Era
el cumpleaños de la infanta. Cumplía doce años, ni más ni menos, y lucía el sol
resplandeciente en los jar¬dines de palacio.
Aunque
era princesa real e infanta de España, sólo te¬nía un cumpleaños al año,
exactamente igual que los hijos de la gente más pobre, así que era,
naturalmente, un asunto de gran importancia para todo el reino que tu¬viera
ella un día muy hermoso en tal ocasión. Y cierta¬mente hacía un día hermoso.
Los esbeltos tulipanes ra¬yados se erguían en sus tallos, como largas filas de
sol¬dados, y miraban desafiantes a través del césped a las rosas, y les decían:
-Somos
ahora igual de espléndidos que vosotras. Las mariposas púrpura revoloteaban
alrededor, con polvo de oro en las alas, haciendo una visita a cada flor una
tras otra; las lagartijas salían arrastrándose de las hendiduras del muro y se
tumbaban a tomar el sol a plena luz blanca deslumbradora; y las granadas se
abrían y estallaban por el calor, y mostraban sus rojos corazones sangrantes.
Hasta los limones amarillo pálido, que col¬gaban con tal profusión de las
espalderas casi desmoradas y a lo largo de las arcadas sombrías, parecía que
habían tomado un color más intenso de la maravillosa luz del sol, y los
magnolios abrían sus grandes flores semejantes a globoso de marfil macizo, y
llenaban el aire de una densa fragancia dulzona.
La
princesita paseaba arriba y abajo por la terraza con sus compañeros, y jugaba
al escondite alrededor de los jarrones de piedra y de las viejas estatuas
cubiertas de musgo. En días ordinarios sólo le estaba permitido jugar con niños
de su propio rango, así que siempre tenía que jugar sola, pero su cumpleaños
era una excepción, y el rey había dado órdenes para que pudiera invitar a
cual¬quiera de sus amiguitos que tuviera a bien que fueran a divertirse con
ella. Había una gracia majestuosa en los suaves movimientos de aquellos
esbeltos niños españoles; los muchachos, con sus sombreros de gran airón y sus
capas cortas revoloteantes; las niñas, recogiéndose la cola de sus largos
vestidos de brocado y protegiéndose los ojos del sol con enormes abanicos negro
y plata. Pero la in¬fanta era la más grácil de todos y la que iba ataviada con
más gusto, según la moda algo recargada de aquella época. Su vestido era de
raso gris, con la falda y las an¬chas mangas abullonadas bordadas en plata, y
el rígido corselete guarnecido de hileras de perlas finas. Dos cha¬pines
diminutos con grandes escarapelas color de rosa le asomaban debajo del vestido
al andar. Rosa y perla era su gran abanico de gasa, y en los cabellos, que como
una aureola de oro desvaído brotaban espesos en torno a su carita pálida,
llevaba una hermosa rosa blanca.
Desde
una ventana del palacio el triste rey melancólico les contemplaba. En pie,
detrás de él, estaba su hermano, don Pedro de Aragón, a quien el rey odiaba, y
sentado a su lado estaba su confesor, el Gran Inquisidor de Gra¬nada. Más
triste aún que de costumbre estaba el rey, pues cuando miraba a la infanta
haciendo reverencias con gra¬vedad infantil a los cortesanos allí reunidos, o
riéndose detrás de su abanico de la severa duquesa de Albur¬querque, que la
acompañaba siempre, le venía al pensa¬miento la joven reina, su madre, que
hacía tan sólo poco tiempo -así le parecía a él- había llegado de la alegre
Francia, y se había marchitado en el sombrío esplendor
de
la corte española, muriendo seis meses justos después del nacimiento de su
hija, y antes de haber visto florecer dos veces los almendros del vergel o de
haber recogido el segundo año el fruto de la vieja higuera retorcida que crecía
en el centro del patio, cubierto ahora de maleza. Tan grande había sido su amor
por ella, que no había soportado que ni siquiera la tumba se la ocultara. Había
sido embalsamada por un médico moro, a pesar de que le había condenado ya, se
decía, el Santo Oficio por he¬rejia y por la sospecha de que practicaba la
magia. Y el cuerpo de la reina todavía yacía en su catafalco montado sobre
tapices, en la capilla de mármol negro de palacio, exactamente igual que como
lo habían dejado allí los monjes aquel día ventoso de marzo, hacía casi doce
años. Una vez al mes entraba el rey, embozado en un manto oscuro y con una
linterna sorda en la mano, y se arro¬dillaba junto a ella, llamándola a gritos:
-¡Mi
reina! ¡Mi reina!1.
1.
En español en el original. Las siguientes expresiones en español van también en
letra cursiva, con las correcciones necesarias en el caso de error del autor.
Y, a
veces, rompiendo el protocolo que gobierna en España todos los actos
particulares de la vida y pone lí¬mites incluso al sufrimiento de un rey,
estrechaba las lí¬vidas manos enjoyadas con una agonía irreprimida de do¬lor, e
intentaba despertar a fuerza de besos enloquecidos el frío rostro maquillado.
Ese
día le parecía que volvía a verla, como la había visto por vez primera en el
Castillo de Fontainebleau, cuando sólo contaba él quince años y ella era aún
más joven. Habían sido formalmente desposados por el nun¬cio papal en presencia
del rey de Francia y de toda la corte, y él había regresado a El Escorial,
llevando consigo un pequeño bucle de cabellos dorados y el recuerdo de dos
labios infantiles inclinados para besarle la mano cuando montaba él en su
carroza. Después había seguido la boda, celebrada apresuradamente en Burgos,
una peque¬ña ciudad situada en la frontera entre los dos países2, y la gran
entrada pública en Madrid con la celebración acostumbrada de una Misa Mayor en
la iglesia de Ato¬cha, y un auto de fe más solemne que lo acostumbrado, en el
que se había entregado al brazo secular casi tres¬cientos herejes, entre los
que se contaba un buen número de ingleses, para que los quemara en la hoguera.
2.
No hemos considerado oportuno corregir este error geográfico, ni tampoco otras
inexactitudes en la recreación poética que hace Oscar Wilde de la España de los
Austrias.
Verdaderamente
la había amado con locura, para ruina -pensaban muchos- de su país, que estaba
en¬tonces en guerra con Inglaterra por el dominio del Nuevo Mundo. Apenas le
habían permitido que se apartara un momento de su vista; por ella había
olvidado, o parecía haber olvidado, todos los graves asuntos de Estado; y, con
la terrible ceguera que la pasión acarrea a sus esclavos, no se había dado
cuenta de que las complicadas cere¬monias con las que procuraba complacerla no
hacían sino agravar el extraño mal que la aquejaba. Cuando ella murió, él
estuvo por un tiempo como si hubiera perdido la razón. En verdad, no cabe duda
alguna de que hubiera abdicado solemnemente y se hubiera retirado al
monas¬terio trapense de Granada, del que era ya prior titular, si no hubiera
temido dejar a la pequeña infanta a merced de su hermano, cuya crueldad era
notoria incluso en un país como España, y que muchos sospechaban que había
causado la muerte de la reina, por medio de un par de guantes emponzoñados que
le había ofrecido como re¬galo cuando visitó su castillo de Aragón. Incluso
después de que expiraron los tres años de luto oficial que había ordenado por
edicto real a lo ancho y a lo largo de todos sus dominios, no permitió nunca
que sus ministros habla¬ran de una nueva alianza; y cuando el emperador mismo
le envió a su sobrina, la hermosa archiduquesa de Bo¬hemia, y le ofreció su
mano en matrimonio, rogó a los embajadores que dijeran a su señor que el rey de
España estaba ya desposado con la aflicción, y que aunque era esta una esposa
estéril, la amaba más que a la hermosura; una respuesta que costó a su corona
las ricas provincias de los Países Bajos, que pocos después, a instigación del
emperador, se alzaron contra él bajo el liderazgo de al¬gunos fanáticos de la
Iglesia reformada.
Toda
su vida matrimonial, con sus intensas alegrías apasionadas y la terrible agonía
de su final repentino, pa¬recía volver a él en este día, mientras contemplaba a
la infanta, que jugaba en la terraza. Tenía toda la bonita pe¬tulancia de
modales de la reina, el mismo modo volun¬tarioso de mover la cabeza, la misma
bella boca de altivas curvas, la misma sonrisa maravillosa -vrai sourire de
France3, en verdad-, al alzar la mirada de vez en cuando a la ventana, o cuando
tendía su pequeña mano para que se la besaran los majestuosos hidalgos
espa–oles.
Pero
la risa aguda de los niños hería los oídos del rey y el despiadado sol
deslumbrador se mofaba de su dolor, y una fragancia densa de especias extrañas,
especias tales como las que usan los embalsamadores, parecía viciar -¿o era su
imaginación?- el aire limpio de la mañana. Ocultó su rostro entre las manos, y
cuando la infanta le¬vantó de nuevo la mirada se habían dejado caer los
cor¬tinajes, y el rey se había retirado.
Ella
hizo un pequeño mohín4 de desencanto, y alzó los hombros. Bien podía haberse
quedado con ella el día de su cumpleaños. ¡,Qué importaban los estúpidos
asuntos de Estado? ¿O había ido a aquella lóbrega capilla en la que ardían
siempre cirios y donde nunca se le permitía a ella entrar? ¡Qué tonto era!,
¡cuando brillaba él sol tan resplandeciente, y todo el mundo era tan dichoso!
Ade¬más, se perdería el simulacro de corrida de toros para la que ya estaba
sonando la trompeta, por no decir nada de las marionetas y de las otras cosas
maravillosas. Su tío y el Gran Inquisidor eran mucho más sensatos; habían
sa¬lido a la terraza y le hacían bonitos cumplidos. Así que sacudió su linda
cabeza y, tomando a don Pedro de la mano, descendió lentamente las gradas hacia
un largo pa¬bellón de seda púrpura que habían levantado al fondo del jardín,
siguiendo los demás niños en orden estricto de precedencia, yendo primero los
que tenían apellidos más largos.
3.
«Verdadera sonrisa de Francia.» En francés en el original.
4.
El texto original da el término en francés: moue.
Un
cortejo de niños nobles, vestidos fantásticamente de toreros5, salió a su
encuentro, y el joven conde de Tierra¬Nueva, un muchacho de unos catorce años,
de extraor¬dinaria belleza, descubriéndose con toda la gracia de un hidalgo de
cuna y grande de España, la condujo solem¬nemente a un pequeño sitial decorado
en oro y marfil, colocado sobre un alto estrado que dominaba el ruedo. Las
niñas se agruparon en derredor suyo, haciendo re¬volotear sus grandes abanicos
y cuchicheando unas con otras, y don Pedro y el Gran Inquisidor se quedaron de
pie y riendo a la entrada. Incluso la duquesa -la ca¬marera mayor, como se la
llamaba-, una mujer enjuta y de facciones duras, con gorguera amarilla, no se
mostraba tan malhumorada como de costumbre, y algo parecido a una fría sonrisa
vagaba en su rostro arrugado y contraía sus delgados labios descoloridos.
5.
Toreadors, en el texto, con el término usual francés.
Era
ciertamente una corrida maravillosa, y mucho más bonita, pensaba la infanta,
que la corrida de verdad a la que la habían llevado en Sevilla con ocasión de
la visita del duque de Parma a su padre. Algunos de los mucha¬chos hacían
cabriolas montados en caballos de juguete ri¬camente enjaezados, blandiendo
largas picas anudadas con alegres caídas de cintas brillantes; les seguían
otros a pie que movían sus capotes escarlata delante del toro y saltaban con
ligereza la barrera cuando les embestía. Y en cuanto al toro mismo, era
exactamente como un toro vivo, aunque estaba hecho sólo de mimbre y cuero
ten¬sado, y a veces insistiera en correr dando la vuelta al ruedo sobre las
patas traseras, lo que jamás se le hubiera ocurrido hacer a ningún toro vivo.
Se prestó espléndi¬damente a la lidia, también, y los niños se excitaron tanto
que se pusieron de pie en los bancos, y agitando sus pa–uelos de encaje
gritaban: ¡Bravo toro! ¡Bravo toro; con la misma seriedad que si hubieran sido
personas adultas. Finalmente, sin embargo, después de una lidia prolon¬gada
durante la cual varios de los caballos de cartón fue¬ron atravesados a cornadas
y sus jinetes desmontados, el joven conde de Tierra-Nueva hizo humillar al toro
y, ha-biendo obtenido permiso de la infanta para darle el golpe de gracia6,
hundió su estoque de madera en el cuello del animal, con tal violencia que
arrancó la cabeza de un tajo, y descubrió el rostro risueño del pequeño
monsieur de Lorraine, hijo del embajador francés en Madrid.
6.
En francés en el original: coup de grâce.
Despejaron
entonces el ruedo en medio de grandes aplausos, y los caballos de juguete
muertos fueron reti¬rados, arrastrados solemnemente por dos pajes moros con
librea amarilla y negra, y después de un breve inter¬medio, durante el cual un
acróbata francés hizo ejercicios en la cuerda floja, aparecieron unas
marionetas italianas representando la tragedia semiclásica de Sofonisba en el
escenario de un teatrillo que había sido construido con ese propósito. Actuaron
tan bien, y sus gestos eran tan extremadamente naturales, que al final de la
obra los ojos de la infanta estaban completamente empañados por las lágrimas.
Realmente algunos de los niños lloraron de veras, y hubo que consolarles con
dulces, y el mismo Gran Inquisidor estuvo tan afectado que no pudo por menos de
decir a don Pedro que le parecía intolerable que cosas hechas simplemente de
madera y dé cera de colores, y movidas mecánicamente con alambres, fueran tan
desgraciadas y tuvieran infortunios tan terribles.
Siguió
un malabarista africano que llevaba una gran cesta plana cubierta con un paño
rojo, y habiéndola co¬locado en el centro del redondel sacó del turbante una
curiosa flauta de caña y se puso a tocarla. A los pocos instantes empezó a
moverse el paño, y a medida que el sonido de la flauta se hacía más y más
agudo, dos ser-pientes verde y oro sacaron sus extrañas cabezas de forma de
cuña y se alzaron lentamente, balanceándose al ritmo de la música como se
balancea una planta en el agua. Los niños, sin embargo, estaban bastante
asustados de sus capuchas moteadas y sus lenguas de movimientos veloces como
saetas, y estuvieron mucho más contentos cuando el malabarista hizo que brotara
de la arena un naranjo diminuto y diera bonitas flores blancas y racimos de
fruta de verdad; y cuando cogió el abanico de la hijita del marqués de Las
Torres y lo convirtió en un pájaro azul que voló dando vueltas por el pabellón
cantando, su delicia y su asombro no conocieron límites. También fue encantador
el solemne minué bailado por los niños dan¬zantes de la iglesia de Nuestra
Señora del Pilar. La in¬fanta no había visto nunca en su vida esta admirable
ce¬remonia, que tiene lugar todos los años en mayo ante el altar mayor de la
Virgen y en su honor; y en verdad nin¬guno de los miembros de la familia real
española había vuelto a entrar en la gran basílica de Zaragoza desde que un
sacerdote demente, que algunos suponían que había sido pagado por Isabel de
Inglaterra, había intentado dar de comulgar con una forma envenenada al príncipe
de Asturias. Así es que ella conocía sólo de oídas la «danza de Nuestra
Señora», como se la llamaba, y ciertamente era un hermoso espectáculo. Los
niños llevaban trajes de corte de terciopelo blanco, a la moda antigua, y sus
cu¬riosos tricornios iban ribeteados de plata y rematados por enormes airones
de plumas de avestruz; y cuando se mo¬vían bajo la luz del sol se acentuaba aún
más la blancura deslumbradora de sus trajes, en contraste con sus rostros
morenos y sus cabellos negros. Todo el mundo quedó fas¬cinado por la grave
dignidad con que se movían siguiendo las intrincadas figuras de la danza y por
la gracia minu¬ciosa de sus lentos gestos y majestuosas reverencias, y cuando
terminaron su actuación y se descubrieron qui¬tándose los grandes sombreros con
airones ante la in¬fanta, ella correspondió con una gran gentileza a su
plei¬tesía, e hizo voto de enviar un gran cirio de cera al altar de Nuestra
Señora del Pilar, a cambio del placer que ella le había proporcionado.
Un
grupo de hermosos egipcios -como se llamaba en aquellos tiempos a los gitanos-
avanzó luego en el re¬dondel y, sentándose en círculo con las piernas cruzadas,
empezaron a tocar suavemente sus cítaras, moviendo el cuerpo a su ritmo y
cantando en un murmullo a boca ce¬rrada, casi para sus adentros, en notas
graves, una me¬lodía soñadora. Cuando vieron a don Pedro le miraron ceñudos, y
algunos parecieron aterrorizados, pues hacía solamente unas semanas que había
hecho ahorcar por he¬chicería a dos de su tribu en la plaza del mercado de
Se¬villa. Pero les encantó la bella infanta, que estaba incli¬nada hacia atrás
y miraba por encima de su abanico con sus grandes ojos azules; y tuvieron la
seguridad de que alguien tan hermoso como era ella no podría ser nunca cruel
con nadie. Así es que siguieron tocando muy sua¬vemente, rozando apenas las
cuerdas de las cítaras con sus largas uñas puntiagudas, y empezaron a mover la
ca¬beza de arriba abajo como si se estuvieran quedando dor¬midos. De pronto,
con un grito tan agudo que se sobre-cogieron todos los niños y don Pedro echó
mano al pomo de ágata de su daga, se pusieron en pie de un salto y dieron
vueltas locamente alrededor del recinto, haciendo sonar las panderetas y
salmodiando una frenética canción de amor en su extraña lengua gutural. Luego,
a una nueva señal, se lanzaron todos otra vez al suelo y se que¬daron tendidos
allí, completamente inmóviles, siendo el rasgueo apagado de las cítaras el
único sonido que rom¬pía el silencio. Después de haber hecho esto varias veces
desaparecieron un momento, y volvieron llevando a un oso pardo peludo, que
conducían con una cadena, y sobre los hombros, pequeños monos de Berbería. El
monos puso cabeza abajo con la mayor gravedad, y los monos de piel rugosa
hicieron toda clase de juegos divertidos con dos chicos gitanos que parecían
sus amos; se batieron con espadas diminutas, dispararon mosquetones e hicie¬ron
la instrucción exactamente igual que la propia guar¬dia del rey. Los gitanos
tuvieron realmente un gran éxito.
Pero
la parte más divertida de todos los festejos de la mañana fue indudablemente el
baile del enanito. Cuando entró en el redondel dando traspiés, contoneándose
sobre sus piernas torcidas y meneando de un lado a otro su enorme cabeza
deforme, los niños lanzaron un fuerte grito de complacencia, y la misma infanta
se rió tanto que la camarera mayor se vio obligada a recordarle que aun¬que
había muchos precedentes en España de que llorara la hija de un rey ante sus
iguales, no había ninguno de que una princesa de sangre real se divirtiera en
presencia de los que eran inferiores suyos en alcurnia. El enano, no obstante,
era en realidad completamente irresistible, e in¬cluso en la corte española,
notable siempre por cultivar su pasión por lo horrible, nunca se había visto un
pe¬queño monstruo tan fantástico. Era su primera aparición, además. Le habían
descubierto sólo la víspera, corriendo salvaje por el bosque, dos nobles que
cazaban a la sazón en una parte remota del gran bosque de alcornoques que
circundaba la ciudad, y se le habían llevado a palacio para dar una sorpresa a
la infanta; alegrándose mucho su padre, que era un pobre carbonero, de librarse
de un hijo tan feo y tan inútil. Quizá lo más divertido en él era su completa
inconsciencia de su propio aspecto grotesco. Pa¬recía en verdad absolutamente
feliz y lleno de optimismo. Cuando los niños se reían, él se reía tan
espontánea y alegremente como ellos, y al final de cada danza les hacía a cada
uno la más divertida de las reverencias, sonriendo y saludándoles con la cabeza
como si fuera realmente uno de ellos, y no un pequeño ser deforme que la
na¬turaleza, con cierto sentido del humor, había producido para que se burlaran
los demás. En cuanto a la infanta, le fascinaba absolutamente. No podía apartar
los ojos de ella, y parecía bailar para ella sola; y cuando al final de la
sesión, recordando ella cómo había visto a las grandes damas de la corte
arrojar ramilletes de flores al famoso tenor italiano Caffarelli, a quien había
enviado el Papa de su propia capilla a Madrid para que curara al rey de su
melancolía con la dulzura de su voz, se desprendió del cabello la hermosa rosa
blanca y, en parte por broma, en parte por hacer de rabiar a la camarera, se la
arrojó a través del redondel con su sonrisa más dulce. El lo tomó completamente
en serio, y apretando la flor contra sus ásperos labios toscos se llevó la mano
al corazón e hincó una rodilla en tierra, sonriendo en una mueca de oreja a
oreja y chispeándole de placer los ojillos brillantes.
Esto
hizo perder de tal modo la gravedad a la infanta, que siguió riéndose mucho
tiempo después de que el ena¬nito hubiera salido corriendo del redondel, y
expresó a su tío el deseo de que se repitiera inmediatamente el baile. La
camarera, no obstante, bajo pretexto de que el sol era demasiado fuerte,
decidió que sería mejor que su alteza volviera sin demora al palacio, donde ya
se le había preparado un maravilloso festín, que incluía una tarta de
cumpleaños con sus iniciales grabadas por encima con al¬míbar de color y un
hermoso banderín de plata ondeando en lo alto. La infanta se puso pues en pie
con mucha dig¬nidad y, habiendo ordenado que el enanito volviera a bai¬lar para
ella después de la hora de la siesta, y después de haber dado las gracias al
joven conde de Tierra-Nueva por su encantadora recepción, volvió a sus
aposentos, si¬guiéndola los niños en el mismo orden en el que habían entrado.
Ahora
bien, cuando el enanito oyó que tenía que bailar por segunda vez en presencia
de la infanta y por orden expresa suya, se puso tan orgulloso que salió
corriendo al jardín, besando la rosa blanca en un absurdo arrebato de placer y
haciendo los gestos de complacencia más tos¬cos y desmañados.
Las
flores estaban completamente indignadas de su atrevimiento a meterse en su
hermoso hogar, y cuando le vieron hacer cabriolas arriba y abajo de los paseos
y mo-ver los brazos por encima de la cabeza de un modo tan ridículo, no
pudieron contener por más tiempo sus sen¬timientos.
-Realmente
es demasiado feo para que se le permita jugar en el mismo sitio en que estamos
nosotros -excla¬maron los tulipanes.
-Debiera
beber jugo de adormideras y quedarse dor¬mido durante mil años -dijeron los
grandes lirios escar¬lata, y se pusieron acalorados y furiosos.
-¡Es
un perfecto horror! -chilló el cactus-. ¡Mirad, es torcido y achaparrado, y
tiene la cabeza completa¬mente desproporcionada con las piernas! Realmente hace
que se me pongan todos los pinchos de punta por el mal¬humor, y si se acerca a
mí le pincharé con mis púas.
-Y
de hecho ha cogido una de mis mejores flores -exclamó el rosal blanco-. Yo
mismo se la di a la in¬fanta esta mañana, de regalo de cumpleaños, y él se la
ha robado.
Y se
puso a gritar lo más alto que pudo:
-¡Ladrón,
ladrón, ladrón!
Hasta
los geranios rojos, que no solían darse impor¬tancia, y se sabía que tenían
muchos parientes pobres, se enrollaron en un gesto de repugnancia al verle, y
cuando las violetas hicieron mansamente la observación de que aunque
ciertamente era en extremo vulgar, sin embargo, no podía remediarlo,
replicaron, con toda justicia, que ese era su principal defecto, y que no había
razón alguna por la que se debiera admirar a una persona porque fuera
incurable; y, en verdad, entre las violetas mismas al¬gunas tenían la sensación
de que la fealdad del enanito era casi ostentosa, y que hubiera dado pruebas de
mucho mejor gusto si hubiera tenido un aspecto triste, o al menos pensativo, en
vez de ir dando saltos alegremente y agitándose con actitudes tan grotescas e insensatas.
En
cuanto al viejo reloj de sol, que era un individuo extremadamente notable, y
había dicho antaño la hora nada menos que al mismo emperador Carlos V, se quedó
tan desconcertado con la aparición del enanito que casi se olvidó de señalar
dos minutos enteros con su largo dedo de sombra, y no pudo por menos de decir
al gran pavo real, blanco como la leche, que estaba tomando el sol en la
balaustrada, que todo el mundo sabía que los hijos de los reyes eran reyes, y
que los hijos de los car-boneros eran carboneros, y que era absurdo pretender
que no fuera así; una afirmación con la que estuvo com¬pletamente de acuerdo el
pavo real, que gritó: «cierta¬mente, ciertamente», con una voz tan penetrante y
áspera que las carpas que vivían en el cuenco de la fresca fuente chapoteante
sacaron la cabeza del agua y preguntaron a los enormes tritones de piedra que
diablos ocurría.
Pero
en cambio a los pájaros les gustaba. Le habían visto a menudo en el bosque,
danzando como un duen¬decillo tras las hojas que el viento llevaba en remolino,
o subido acurrucado en la concavidad de algún viejo roble, compartiendo las
bellotas con las ardillas. No les impor¬taba ni pizca que fuera feo. ¡Cómo!, el
mismo ruiseñor, que cantaba tan melodiosamente por la noche en los na¬ranjales
que a veces la luna se inclinaba para escuchar, no era gran cosa a la vista, al
fin y al cabo; y además, él había sido bueno con ellos, y durante aquel
invierno te¬rriblemente crudo, en que no había bayas en los arbustos y el suelo
estaba tan duro como el hierro y los lobos ha-bían bajado hasta las mismas
puertas de la ciudad en busca de alimento, él no les había olvidado ni una sola
vez, sino que por el contrario les había dado siempre mi-gajas de su pequeño
rebojo de pan negro, y había repar¬tido con ellos el pobre desayuno que
tuviera.
Así
que volaban dando vueltas y más vueltas a su al¬rededor, rozándole la mejilla
con las alas al pasar, y parlo¬teaban unos con otros; y el enanito estaba tan
complacido que no podía por menos de mostrarles la hermosa rosa blanca y de
decirles que la infanta misma se la había dado porque le amaba.
Ellos
no entendían una sola palabra de lo que él decía, pero eso no importaba, pues
ladeaban la cabeza y to¬maban el aire de sabios, lo que viene a valer tanto
como entender una cosa, y es mucho más fácil.
También
las lagartijas le tenían cariño, y cuando se cansó de correr y se tumbó en la
hierba a descansar, ju¬garon y retozaron por encima de él, y trataron de
diver¬tirle del mejor modo que pudieron.
-Todo
el mundo no puede ser tan guapo como una lagartija -exclamaban-, eso sería
esperar demasiado. Y, aunque parezca absurdo decirlo, al fin y al cabo no es
tan feo, con tal, claro está, de que uno cierre los ojos y no le mire.
Las
lagartijas eran extremadamente filosóficas por na¬turaleza, y a menudo se
quedaban sentadas todas juntas pensando durante horas y más horas, cuando no
había nada más que hacer, o cuando el tiempo era demasiado lluvioso para salir.
Las
flores, sin embargo, estaban excesivamente moles¬tas por su comportamiento, y
por el comportamiento de los pájaros.
-Esto
muestra únicamente -decían- qué efecto tan vulgar tiene ese incesante moverse y
volar precipitada¬mente. La gente bien educada siempre se queda exacta-mente en
el mismo sitio, como hacemos nosotras. Nadie nos vio nunca saltando arriba y
abajo por los paseos, ni galopando alocadamente por el césped persiguiendo a
las libélulas. Cuando queremos cambiar de aires avisamos al jardinero y él nos
lleva a otro parterre. Esto tiene dig¬nidad, como debiera ser. Pero los pájaros
y las lagartijas no tienen sentido de reposo y, en verdad, los pájaros ni
siquiera tienen un domicilio permanente. Son meros va¬gabundos, como los
gitanos, y debiera tratárselos exac¬tamente de la misma manera.
Así
es que irguieron la cabeza y tomaron aspecto al¬tanero, y estuvieron encantadas
cuando, después de un rato, vieron al enanito levantarse de la hierba y
dirigirse al palacio atravesando la terraza.
-Ciertamente
debieran encerrarle en casa durante el resto de sus días -dijeron-. ¡Mirad su
joroba y sus pier¬nas torcidas! -y empezaron a reírse con disimulo.
Pero
el enanito no sabía nada de todo esto. Le gus¬taban muchísimo los pájaros y las
lagartijas, y pensaba que las flores eran las cosas más maravillosas del mundo
entero, a excepción naturalmente de la infanta, pero es que ella le había dado
la bella rosa blanca y le amaba, y eso era muy diferente. ¡Cómo deseaba volver
a estar con ella! Le haría ponerse a su derecha y le sonreiría, y él nunca se
apartaría de su lado, sino que la tendría por compañera de juegos y le
enseñaría toda clase de trave-suras deliciosas. Pues, aun cuando él no había
estado nunca antes en un palacio, sabía muchas cosas maravillo¬sas. Sabía hacer
jaulitas con juncos para que cantaran dentro los grillos y hacer con larga caña
nudosa de bambú la flauta que le gusta oír al dios Pan. Conocía el grito de
todas las aves, y podía llamar a los estorninos de la copa de los árboles y a
la garza real de la laguna. Co¬nocía el rastro de todos los animales, y podía
rastrear a la liebre por sus huellas delicadas y al oso por las hojas holladas.
Todas las danzas del viento las conocía: la danza con blancas guirnaldas de
nieve en el invierno y la danza de las flores a través de los vergeles en
primavera. Sabía dónde hacían el nido las palomas torcaces, y en una ocasión en
que un cazador había cogido en una trampa a los padres, él mismo había criado a
los pichones y había construido para ellos un pequeño palomar en la hendi¬dura
de un olmo desmochado. Eran completamente man¬sas y solían comer en su mano
todas las mañanas. A ella le gustarían, y los conejos que corrían veloces en
los lar¬gos helechos, y los arrendajos con sus plumas aceradas y su pico negro,
y los erizos, que podían hacerse un ovillo convirtiéndose en una bola de púas,
y las grandes tortu¬gas sabias que iban arrastrándose lentamente, moviendo la
cabeza a derecha y a izquierda y mordisqueando las hojas tiernas. Sí,
ciertamente ella debía ir al bosque a ju¬gar con él. Le daría su propia camita,
y él vigilaría afuera al pie de la ventana hasta el amanecer, para ver que no
le hicieran daño las reses bravas ni se deslizaran los lobos flacos acercándose
demasiado a la cabaña. Y al alba daría unos golpecitos en las contraventanas y
la despertaría, y saldrían a danzar juntos todo el día.
El
bosque, en realidad, no era nada solitario. A veces lo atravesaba un obispo
montado en su mula blanca, le¬yendo en un libro ilustrado con dibujos de
colores. Otras veces pasaban los halconeros con su gorra de terciopelo verde y
sus jubones de gamuza curtida, con halcones en¬capuchados al puño. En tiempo de
la vendimia llegaban los que pisaban la uva, con manos y pies de púrpura,
co¬ronados de hiedra satinada y llevando pellejos de vino que goteaban; y los
carboneros, que hacían carbón de leña, sentados alrededor de sus inmensas
hogueras por la noche, vigilando cómo se carbonizaban los leños secos
lentamente en el fuego, y asando castañas en las cenizas, y los ladrones salían
de sus cuevas y pasaban buenos ratos con ellos. En una ocasión, también, había visto
un her¬moso cortejo seperteando en la larga calzada polvorienta que iba a
Toledo. Iban delante los monjes cantando dul-cemente, y llevando pendones
brillantes y cruces de oro, y luego, con armadura de plata, con mosquetones y
picas, venían los soldados, y en medio de ellos caminaban tres hombres
descalzos, con extrañas túnicas amarillas pinta¬das todo por encima con figuras
maravillosas, y llevando cirios encendidos en la mano. Ciertamente había mucho
que ver en el bosque; y cuando ella estuviera cansada en¬contraría para ella un
suave terraplén cubierto de musgo, o la llevaría en brazos, pues él era muy
fuerte, aunque sabía que no era alto. Le haría un collar de rojas bayas de
brionia, que. serían igual de bonitas que las bayas blan¬cas que llevaba en el
vestido, y cuando se cansara de ellas podría tirarlas, y él le encontraría
otras. Le llevaría copas de bellota y anémonas empapadas de rocío y gusanos de
luz diminutos para que fueran estrellas en el oro pálido de su cabello.
Pero
¿dónde estaba ella? Preguntó a la rosa blanca, y esta no le respondió. Todo el
palacio parecía dormido, e incluso donde no habían cerrado las contraventanas,
ha-bían corrido pesados cortinajes sobre las ventanas para que no entrara la
luz deslumbradora. Dio vueltas todo alrededor buscando algún sitio por el que
poder entrar, y al fin vio una pequeña puerta de servicio que estaba abierta.
La atravesó cautelosamente, y se encontró en un salón espléndido, mucho más
espléndido, se temía, que el bosque, pues había muchas más cosas doradas por
to¬das partes, y hasta el suelo estaba hecho de grandes pie¬dras de colores,
dispuestas en una especie de dibujo geo¬métrico. Pero la pequeña infanta no
estaba allí; sólo ha¬bía unas maravillosas estatuas blancas que le miraban
desde sus pedestales de jaspe, con tristes ojos vacíos y labios que sonreían de
modo extraño.
Al
fondo del salón pendía un cortinaje de terciopelo negro ricamente bordado,
recamado de soles y estrellas, los emblemas favoritos del rey, y bordados en su
color preferido. ¿Quizá estaba ella escondida detrás? Probaría, de todos modos.
Así
es que llegó hasta allí sigilosamente y descorrió el cortinaje. No, había sólo
otra estancia, aunque más bo¬nita, pensó, que la que acababa de dejar. Los
muros es-taban cubiertos con tapices de Arras, hechos a trabajo de aguja, con
muchas figuras que representaban una cacería, obra de artistas flamencos que
habían empleado más de siete años en su confección. Había sido antaño el
apo¬sento de Juan el Loco7, como llamaban a aquel rey de¬mente, tan enamorado
de la caza, que a menudo había intentado en su delirio montar en los enormes
caballos encabritados y abatir al ciervo sobre el que estaban sal¬tando los
grandes podencos, haciendo sonar su cuerno de caza y clavándole la daga al
pálido ciervo que huía. Se usaba ahora de sala del Consejo, y en la mesa del
centro estaban las carpetas de los ministros, selladas con los tu¬lipanes de
oro de España y con las armas y emblemas de la casa de Habsburgo.
7.
En francés en el original: Jean le Fou.
El
enanito miraba asombrado todo a su alrededor, y estaba medio asustado de
seguir. Los extraños jinetes silenciosos que galopaban tan velozmente por los
largos claros sin hacer ruido le parecían como los terribles fan¬tasmas de los
que había oído hablar a los carboneros -los comprachos-, que cazan sólo de
noche y que si encuentran a un hombre le convierten en ciervo, y le cazan. Pero
pensó en la bonita infanta, y se armó de valor. Quería encontrarla sola y
decirle que él también la amaba. Tal vez estaría en la sala contigua.
Corrió
sobre las mullidas alfombras morunas y abrió la puerta. ¡No! No estaba allí
tampoco. La estancia estaba completamente vacía.
Era
el salón del trono, que servía para la recepción de embajadores extranjeros,
cuando el rey, cosa que no ocu¬rría con frecuencia últimamente, accedía a
concederles una audiencia personal; la misma estancia en que, mu¬chos años
antes, se habían presentado legados venidos de Inglaterra para hacer los
acuerdos concernientes a las nupcias de su reina, entonces una de las soberanas
ca¬tólicas de Europa, con el hijo primogénito del empera¬dor. Las colgaduras
eran de cordobán trabajado en oro, y una pesada araña sobredorada con brazos
para tres¬cientas velas colgaba del techo blanco y negro. Bajo un gran dosel de
tejido de oro, en el que estaban bordados en aljófares los castillos y leones
de Castilla, estaba el trono mismo, cubierto con un rico dosel de terciopelo
negro recamado de tulipanes de plata y orlado con una complicada cenefa de
plata y perlas. En la segunda grada del trono estaba colocado el escabel de la
infanta, con su cojín forrado de tisú de plata y, por debajo de este y fuera
del dosel, estaba el asiento del nuncio del Papa, el único que tenía derecho a
sentarse en presencia del rey con ocasión de ceremonias públicas, y cuyo capelo
car¬denalicio estaba colocado delante, en un taburete8 de púrpura, con su
maraña de borlas escarlata. En el muro, frente al trono, colgaba un retrato de
tamaño natural de Carlos V en traje de caza, con un gran mastín a su lado, y un
retrato de Felipe II recibiendo el homenaje de los Países Bajos ocupaba el
centro de otro de los muros. En¬tre las ventanas había un bargueño de negro
ébano, con incrustaciones de placas de marfil, en las que estaban gra¬badas las
figuras de La danza de la muerte, de Holbein -de mano, se decía, del famoso
maestro mismo.
8.
En francés en el original: tabouret.
Pero
al enanito no le interesaba nada toda esta mag¬nificencia. Él no hubiera dado
su rosa por todas las perlas del dosel, ni un solo pétalo blanco de su rosa por
el trono mismo. Lo que él quería era ver a la infanta antes de que bajase al
pabellón y decirle que se fuera con él cuando hubiera terminado su baile. Aquí,
en el palacio, el aire era denso y pesado, pero en el bosque el viento soplaba
libre, y el sol apartaba con manos errantes de oro las hojas trémulas. Había
flores también en el bosque, no tan espléndidas acaso como las flores del
jardín, pero más dulcemente perfumadas, en cambio: jacintos al comienzo de la
primavera, que inundaban de púrpura ondulate las frescas cañadas y los oteros
cubiertos de hierba, velloritas amarillas, que se apretaban en pequeños
ramilletes alre¬dedor de las raíces retorcidas de los robles, brillante
ce¬lidonia, y verónica azul, e iris color lila y oro. Había amentos grises
sobre los avellanos, y las dedaleras azules se inclinaban por el peso de sus
corolas moteadas llenas de abejas. El castaño tenía sus capiteles de estrellas
blan¬cas, y el espino sus pálidas lunas de belleza. ¡Sí, seguro que ella iría,
con tal de que pudiera encontrarla! Iría con él al hermoso bosque, y todo el
día bailaría él para delicia suya. Una sonrisa le iluminó los ojos al pensar en
ello, y pasó al salón siguiente.
De
todas las estancias esta era la más radiante y la más hermosa. Los muros
estaban cubiertos de damasco de Lucca estampado en tono rosa con un diseño de
pájaros y salpicado de delicadas flores de plata, los muebles eran de plata
maciza, festoneada con guirnaldas de flores y Cupidos meciéndose; delante de
las dos grandes chime¬neas había magníficos guardafuegos con loros y pavos
reales bordados, y el suelo, que era de ónice verde mar, parecía extenderse a
lo lejos en la distancia. No estaba él solo. De pie, bajo la sombra del quicio
de la puerta, al fondo de la habitación, vio una pequeña figura que le es¬taba
mirando. Su corazón tembló, un grito de alegría se escapó de sus labios, y se
movió, poniéndose en la zona iluminada por los rayos del sol. Al hacerlo, la
figura se movió también y la vio claramente.
¡Sí,
sí, la infanta! Era un monstruo, el monstruo más grotesco que había visto él en
su vida. Sin forma apro¬piada, como la de las demás personas, sino jorobado y
de piernas torcidas, con una enorme cabeza que colgaba y crines de pelo negro.
El enanito frunció el ceño, y el monstruo lo frunció también. Se rió, y rió con
él, y se puso en jarras exactamente como él lo estaba haciendo. Le hizo una
inclinación burlesca, le devolvió una pro¬funda reverencia. Fue hacia él, y
vino a su encuentro, co¬piando cada paso que daba, y parándose cuando se
pa¬raba él. Gritó divertido, y echó a correr hacia adelante, y extendió la
mano, y la mano del monstruo tocó la suya, y estaba tan fría como el hielo. Le
entró miedo, e hizo un movimiento con la mano, y la mano del monstruo lo siguió
rápidamente. Trató de empujarlo, pero algo liso y duro le detuvo. La cara del
monstruo estaba ahora pe¬gada a la suya y parecía llena de terror. Se apartó el
pelo de los ojos. Le imitó. Lo golpeó, y le devolvió golpe por golpe. Le dio
muestras de que lo abominaba, y le hizo a él horribles muecas. Se echó hacia
atrás y el monstruo retrocedió.
¿Qué
era aquello? Reflexionó un momento y miró en derredor suyo el resto del salón.
Era extraño, pero pa¬recía que todo tenía su doble en ese muro invisible de
agua clara. Sí, cuadro por cuadro estaba repetido, y sofá por sofá. El fauno
dormido que yacía en su hornacina junto al umbral de la puerta tenía su hermano
gemelo que dormitaba, y la Venus de plata iluminada por la luz del sol tendía
los brazos a una Venus tan hermosa como ella misma.
¿Era
el eco? Él le había llamado una vez en el valle, y le había contestado palabra
por palabra. ¿Podría hacer burla a los ojos lo mismo que hacía burla a la voz?
¿Po-dría hacer un mundo de imitación exactamente igual al mundo real? ¿Podría
tener color y vida y movimiento la sombra de las cosas? ¿Podría ser que...?
Se
sobresaltó, y sacando del pecho la hermosa rosa blanca se dio la vuelta y la
besó. ¡El monstruo tenía una rosa suya, igual, pétalo a pétalo! La besaba con
besos pa¬recidos y la apretaba contra el corazón con gestos ho¬rribles.
Cuando
la verdad se hizo luz en él, dio un grito salvaje de desesperación y cayó al
suelo sollozando. ¡Así que era él el deforme y jorobado, insoportable a la
vista y gro¬tesco! Él mismo era el monstruo, y era de él de quien todos los
niños se habían estado riendo; y la princesita que él había creído que le
amaba, también ella había es¬tado simplemente burlándose de su fealdad y
regociján¬dose por sus miembros torcidos. ¿Por qué no le habían dejado en el
bosque donde no había espejos que le di¬jeran lo repugnante que era? ¿Por qué
no le había ma¬tado su padre antes que venderle para vergüenza suya? Lágrimas
abrasadoras rodaron por sus mejillas, e hizo pe¬dazos la rosa blanca. El
monstruo tumbado en el suelo hizo lo mismo y diseminó en el aire los delicados
pétalos. Se arrastró por el suelo, y, cuando el enanito lo miró, se le quedó
mirando con una cara contraída por el dolor. Se apartó arrastrándose para no
verlo, y se cubrió los ojos con las manos. Avanzó a rastras, como una criatura
he¬rida, hasta la sombra, y se quedó allí tendido gimiendo.
Y en
ese momento entró la propia infanta con sus compañeros por la puerta-ventana
abierta, y cuando vie¬ron al feo enanito tendido en el suelo y golpeándolo con
los puños cerrados, del modo más fantástico y exagerado, estallaron en alegres
carcajadas, y rodeándole se le que¬daron mirando.
-Su
baile era divertido -dijo la infanta-; pero su manera de actuar es más
divertida aún. Verdaderamente es casi tan bueno como las marionetas, sólo que,
desde luego, no es tan natural.
E
hizo revolotear su abanico y aplaudió.
Pero
el enanito no alzaba nunca la vista, y sus sollozos iban siendo cada vez más
débiles y, de pronto, dio una curiosa boqueada y se apretó el costado. Y volvió
a caer hacia atrás y se quedó completamente inmóvil.
-¡Eso
es magnífico! -dijo la infanta, después de una pausa-; pero ahora tienes que
bailar para mí.
-Sí
-gritaron todos los niños-, tienes que levantarte y bailar, pues eres tan hábil
como los monos de Berbería, y mucho más ridículo.
Pero
el enanito no se movía.
Y la
infanta golpeó el suelo con el pie, y llamó a su tío, que estaba paseando en la
terraza con el chambelán, y leía unos despachos que acababan de llegar de
México, donde se había establecido recientemente el Santo Ofi¬cio.
-Mi
divertido enanito está mohíno -exclamó-, te¬néis que despertarle y decirle que
baile para mí.
Cruzaron
una sonrisa, y entraron con calma, y don Pedro se inclinó y dio un golpecito al
enano en la mejilla con su guante bordado.
-Tienes
que bailar -dijo-, pequeño monstruo9. Tie¬nes que bailar. La infanta de España
y de las Indias desea que se la divierta.
9.
«Pequeño monstruo». En francés en el original: petit monstre.
Pero
el enanito no se movió a pesar de todo. -Debieran llamar al encargado de los
azotes -dijo con talante molesto.
Y se
volvió a la terraza.
Pero
el chambelán tomó un aire grave, y se arrodilló junto al enanito y le puso la
mano sobre el corazón. Y después de unos instantes se encogió de hombros y se
levantó, y habiendo hecho una profunda reverencia a la infanta, dijo:
-Mi
bella princesa, vuestro divertido enanito nunca volverá a bailar. Es lástima,
pues es tan feo que puede que hubiera hecho sonreír al rey.
-¿Pero
por qué no volverá a bailar? -preguntó la in¬fanta, riendo.
-Porque
se le ha roto el corazón -respondió el chambelán.
Y la
infanta frunció el ceño, y sus delicados labios de hoja de rosa se curvaron en
un bonito gesto de desdén.
-En
el futuro, que los que vengan a jugar conmigo no tengan corazón -exclamó.
Y
salió corriendo al jardín.
EL
PESCADOR Y SU ALMA
Todas
las tardes salía al mar el joven pescador y arro¬jaba sus redes al agua. Cuando
el viento soplaba de tie¬rra, no cogía nada, o poca cosa, en el mejor de los
casos, pues era un viento cortante de alas negras, y olas en¬crespadas subían a
su encuentro. Pero cuando soplaba el viento hacia la costa, salían los peces de
las profundida¬des y entraban nadando en la trampa de sus redes, y él los
llevaba al mercado para venderlos.
Todas
las tardes salía al mar, y una tarde la red pesaba tanto que apenas podía
arrastrarla para subirla a la barca. Y riéndose se dijo:
-Seguramente
he cogido todos los peces que nadan, o he atrapado a algún monstruo torpe que
será una cosa asombrosa para los hombres, o algo horroroso que la reina deseará
tener.
Y
juntando todas sus fuerzas tiró de las ásperas cuer¬das hasta que, como líneas
de esmalte azul alrededor de un jarrón de bronce, resaltaron las largas venas
de sus brazos. Tiró de las cuerdas delgadas, y más y más se acer¬caba el
círculo de corchos planos, y la red subió al fin a la superficie del agua.
Pero
no había dentro pez alguno, ni monstruo ni cosa que diera horror, sino
solamente una sirenita profunda¬mente dormida.
Tenía
los cabellos como húmedo vellón de oro, y era cada cabello por separado como un
hilo de oro fino en una copa de cristal. Su cuerpo parecía de blanco marfil, y
su cola era de plata y perla.
Plata
y perla era su cola, y las verdes algas marinas se enroscaban en ella; y como
conchas marinas eran sus ore¬jas, y sus labios como el coral del mar. Las frías
olas rom¬pían sobre sus pechos fríos, y brillaba la sal sobre sus pár¬pados.
Tan
bella era, que cuando el joven pescador la vio se llenó de asombro, y extendió
la mano y atrajo la red junto a él, y apoyándose en la borda la cogió en sus
bra¬zos. Y, al tocarla, lanzó ella un grito como una gaviota asustada y
despertó, y le miró aterrorizada con sus ojos de amatista malva, y forcejeó
para escapar. Pero él la tenía sujeta, y no consintió que se marchara.
Y
cuando vio ella que no podía escapar en modo al¬guno de él, se echó a llorar y
dijo:
-Te
suplico que me dejes que me vaya, pues soy la hija única de un rey, y mi padre
es anciano y está solo. Pero el joven pescador respondió:
-No
te dejaré ir a no ser que me hagas la promesa de que siempre que te llame
vendrás a cantar para mí, pues a los peces les deleita escuchar el canto de los
que habitan en el mar, y así se llenarán mis redes.
-¿De
verdad dejarás que me vaya si te lo prometo? -exclamó la sirena.
-De
verdad que dejaré que te vayas -dijo el joven pescador.
Así
es que ella le prometió lo que él deseaba, y lo juró con el juramento de los
habitantes del mar. Y él aflojó los brazos en torno de ella, y la sirena se
sumergió en el agua, temblando con un extraño temor.
Todas
las tardes salía al mar el joven pescador y lla¬maba a la sirena; y salía ella
del agua y cantaba para él. Dando vueltas y más vueltas en torno suyo nadaban
los delfines, y las ariscas gaviotas hacían círculos por encima de su cabeza.
Y
ella cantaba un canto maravilloso, pues cantaba acerca de los habitantes del
mar que conducen a sus re¬baños de cueva en cueva, y llevan a los ternerillos
sobre los hombros; de los tritones de largas barbas verdes y pe¬cho velludo,
que tocan caracolas retorcidas cuando pasa el rey; del palacio del rey, todo de
ámbar, con tejado de esmeralda clara y suelo de perla reluciente; y de los
jar¬dines del mar, donde los grandes abanicos de filigrana de coral ondean todo
el día, y los peces pasan raudos como pájaros de plata, y se abrazan las
anémonas a las rocas, y florecen los claveles en la arena amarilla festoneada.
Cantaba, y su canción era sobre las grandes ballenas que bajan de los mares del
Norte y llevan agudos carámbanos colgándoles de las aletas; de las sirenas, que
cuentan co¬sas hasta tal punto maravillosas que los mercaderes tie¬nen que
taponarse los oídos con cera, pues si las oyeran saltarían al agua y se
ahogarían; y era también su canción sobre los galeones hundidos con sus altos
mástiles, y los marineros congelados adheridos a las jarcias, y las caba¬llas
entrando y saliendo a nado por las portillas; sobre las pequeñas lapas, que son
grandes viajeras y se adhieren a las quillas de los barcos y van dando vueltas
alrededor del mundo; y sobre las jibias que viven en los flancos de los
acantilados y extienden sus largos brazos negros, y pue¬den hacer que venga la
noche cuando quieren. Cantó al nautilo, que tiene su propia barca, talada en un
ópalo, y está propulsada por una vela de seda; a los felices trito¬nes que
tocan el arpa y pueden hacer dormir por encan¬tamiento al gran Kraken; a los
niños pequeños que su¬jetan a las resbaladizas marsopas y cabalgan. sobre ellas
riendo; a las sirenas que se acuestan en la espuma blanca y tienden los brazos
a los marineros; y a los leones de mar con sus colmillos curvos, y a los
hipocampos con sus crines flotantes.
Y,
mientras cantaba, todos los atunes llegaban desde las profundidades a
escucharla, y el joven pescador arro¬jaba las redes en torno a ellos y los
cogía, y a otros los capturaba con un arpón. Y cuando su barca estaba bien
cargada, la sirena se sumergía en el mar, sonriéndole. No obstante, nunca quiso
acercarse a él tanto que pu¬diera tocarla. Él a menudo la llamaba y le rogaba,
pero ella no se acercaba; y cuando intentaba cogerla se zam¬bullía en el agua
como pudiera hacerlo una foca, y no volvía a verla ese día. Y cada día el
sonido de su voz se hacía más dulce a sus oídos. Tan dulce era su voz que
olvidaba sus redes y su astucia, y no se cuidaba de su oficio.
Con
aletas bermellón y ojos tachonados de oro pasa¬ban en bancos los atunes, pero
él no les prestaba aten¬ción: su arpón yacía a su lado sin uso alguno, y
estaban vacías sus nasas de mimbre trenzado. Con los labios abiertos y los ojos
empañados por el asombro, se que¬daba sentado ocioso en su barca y escuchaba;
escuchaba hasta que la neblina del mar se arrastraba en torno suyo, y la luna
merodeadora teñía de plata sus miembros mo¬renos.
Y un
atardecer la llamó y le dijo:
-Sirenita,
sirenita, te amo. Acéptame por esposo, pues te amo.
Pero
la sirenita negó con la cabeza.
-Tú
tienes un alma humana -respondió-. Si quisie¬ras arrojar tu alma lejos de ti,
podría amarte.
Y el
joven pescador se dijo: «¿De qué me sirve el alma? No puedo verla. No puedo
tocarla. No la conozco. Ciertamente la arrojaré lejos de mí, y será mía una
gran alegría.»
Y
estalló en sus labios un grito de júbilo y, poniéndose en pie en su barca
pintada, tendió sus brazos a la sirena.
-Arrojaré
mi alma lejos de mí -gritó-, y tú serás mi novia y yo seré tu novio en los
esponsales, y juntos viviremos en lo profundo del mar, y todo aquello que has
cantado me lo mostrarás, todo lo que tú desees yo lo haré, y nuestras vidas no
habrán de separarse.
Y la
sirenita rió de placer y ocultó el rostro entre las manos.
-Pero
¿cómo arrojaré el alma fuera de mí? -exclamó el joven pescador-. Dime cómo
puedo hacerlo, y ¡hala!, lo haré.
-¡Ay!
No lo sé -dijo la sirenita-; los habitantes del mar no tienen alma.
Y se
sumergió en la profundidad, mirándole anhelante.
Y a
la mañana siguiente temprano, antes de que el sol hubiera recorrido el espacio
de la mano de un hombre por encima del collado, el joven pescador fue a casa
del sacerdote y llamó tres veces a la puerta.
El
novicio miró por el postigo, y, cuando vio quién era, descorrió el pestillo y
dijo:
-Entra.
Y
entró el joven pescador, y se puso de rodillas en los junquillos del suelo, que
exhalaba un suave olor, y dijo a gritos al sacerdote, que estaba leyendo el
libro sagrado:
-Padre,
estoy enamorado de una que habita en el mar y mi alma me impide realizar mi
deseo. Decidme cómo puedo arrojar mi alma lejos de mí, pues en verdad no la
necesito para nada. ¿Qué valor tiene mi alma para mí? No puedo verla. No puedo
tocarla. No la conozco.
Y el
sacerdote se dio golpes de pecho y exclamó:
-¡Ay,
ay! Tú estás loco o has comido alguna hierba venenosa, pues el alma es la parte
más noble del hombre, y nos la dio Dios para que la usáramos noblemente. No
existe cosa de más precio que un alma humana, y no hay cosa terrena con la que
pueda ponerse en la misma ba¬lanza. Vale lo que todo el oro que hay en el
mundo, y es de más precio que los rubíes de los reyes. Por tanto, hijo mío, no
pienses más en este asunto, pues es un pe¬cado que no puede ser perdonado. Y en
cuanto a los que habitan en el mar, están condenados, y los que mantienen trato
con ellos están perdidos también. Son como las bes¬tias del campo que no
distinguen el bien del mal, y por ellos no ha muerto el Señor.
Al
joven pescador se le llenaron los ojos de lágrimas al oír las amargas palabras
del sacerdote, y se puso en pie y le dijo:
-Padre,
los faunos viven en el bosque y están alegres, y en las rocas se sientan los
tritones con sus arpas de oro de ley. Dejadme que sea como ellos, os lo
suplico, pues sus días son como los días de las flores. Y en cuanto a mi alma,
¿de qué me aprovecha, si se interpone entre lo que amo y yo?
-El
amor del cuerpo es vil -exclamó el sacerdote, frunciendo las cejas-, y viles y
perversas son esas cosas que Dios tolera que vaguen por el mundo suyo.
¡Malditos sean los faunos del bosque, y sean malditas las que can¬tan en el
mar! Las he oído de noche y han intentado ser un señuelo que me apartara de mi
rosario. Dan quedos golpes a la ventana y ríen. Musitan en mi oído la historia
de sus gozos peligrosos. Me inducen con tentaciones y, cuando quiero rezar, me
hacen muecas. Están condena¬das, te digo, están condenadas. Para ellas no hay
cielo ni hay infierno, y en ninguno de los dos alabarán el nombre de Dios.
-Padre
-exclamó el joven pescador-, no sabéis lo que decís. Una vez atrapé en mi red a
la hija de un rey. Es más hermosa que el lucero del alba, y más blanca que la
luna. A cambio de su cuerpo daría mi alma, y por su amor renunciaría al cielo.
Decidme lo que os pregunto, y dejad que vaya en paz.
-¡Fuera!
¡Fuera! -gritó el sacerdote-; tu amada está condenada, y tú te condenarás con
ella.
Y
sin darle su bendición le condujo fuera de su puerta.
Y el
joven pescador bajó a la plaza del mercado, y ca¬minaba lentamente y con la
cabeza baja, como quien está abatido por el dolor.
Y
cuando le vieron llegar los mercaderes, empezaron a cuchichear unos con otros,
y uno de ellos avanzó a su encuentro, le llamó por su nombre y le dijo:
-¿Qué
tienes que vender?
-Te
venderé mi alma -respondió-. Te ruego que la compres y te la lleves lejos de
mí, pues estoy harto de ella. ¿De qué me sirve el alma? No puedo verla. No
puedo tocarla. No la conozco.
Pero
los mercaderes se burlaban de él, y decían:
-¿Para
qué queremos un alma humana? No vale lo que una moneda hendida de plata.
Véndenos tu cuerpo como esclavo, y te vestiremos de púrpura marina y te
pondremos un anillo en el dedo, y te haremos favorito de la gran reina. Pero no
hables del alma, pues no es nada para nosotros, ni tiene valor alguno para
nuestro servicio.
Y el
joven pescador se dijo por lo bajo:
«¡Qué
cosa tan extraña es esta! El sacerdote me dice que el alma vale todo el oro del
mundo y los mercaderes dicen que no vale ni una moneda de plata hendida.»
Y
salió de la plaza del mercado y bajó a la playa del mar, y se puso a meditar en
lo que debía hacer.
Y a
mediodía recordó cómo uno de sus compañeros, que recogía hinojo marino, le
había hablado de cierta he¬chicera joven que vivía en una cueva a la entrada de
la bahía y era muy ingeniosa en sus hechicerías. Y se en¬caminó allí echándose
a correr, tan ansioso estaba de li¬brarse de su alma; y una nube de polvo le
seguía cuando iba presuroso por la arena de la playa. Por el picor de la palma
de su mano supo la joven bruja su llegada, y rió y se soltó la roja cabellera.
Con su roja cabellera cayendo en torno suyo, estaba en pie a la entrada de la
cueva, y en la mano tenía una ramita de cicuta silvestre que estaba
floreciendo.
-¿Qué
necesitas? ¿Qué necesitas? -gritó, mientras él subía la pendiente jadeante, y
se inclinaba ante ella¬¿Peces para tu red, cuando el viento es insoportable?
Tengo un pequeño caramillo hecho con una caña, y cuando lo toco los salmonetes
vienen nadando á la bahía. Pero tiene un precio, hermoso muchacho, tiene un
pre¬cio. ¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? ¿Una tormenta que haga zozobrar los
barcos y arrastre a la playa los cofres de ricos tesoros? Yo tengo más
tormentas de las que tiene el viento, pues sirvo a uno que es más fuerte que el
viento, y con un cedazo y un cubo de agua puedo en¬viar a las grandes galeras
al fondo del mar. Pero tengo un precio, hermoso muchacho, tengo un precio. ¿Qué
ne¬cesitas? ¿Qué necesitas? Conozco una flor que crece en el valle, y nadie la
conoce más que yo. Tiene hojas de púrpura y una estrella en el corazón, y su
jugo es tan blanco como la leche. Si tocaras con esa flor los labios
endurecidos de la reina, te seguiría por todo el mundo. Del lecho del rey se
levantaría y saldría, y por el mundo entero te seguiría. Y tiene un precio,
hermoso muchacho, tiene un precio. ¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? Puedo
machacar un sapo en un mortero, y hacer caldo con él, y dar vueltas al caldo
con la mano de un hombre muerto. Rocía con ello a tu enemigo mientras duerme, y
se con-vertirá en víbora negra, y su propia madre le matará. Con una rueda
puedo arrastrar la luna del firmamento, y en un cristal puedo mostrarte a la
muerte. ¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? Dime tu deseo, y yo te lo concederé; y
tú me pagarás un precio, hermoso muchacho, me pagarás un precio.
-Mi
deseo es tan sólo una cosa muy pequeña -dijo el joven pescador-; sin embargo,
el sacerdote se ha eno¬jado conmigo y me ha echado. No es más que una cosa
pequeña, y los mercaderes se han burlado de mí y me la han negado. Por tanto,
he venido a ti, aunque los hom¬bres te llaman perversa, y sea cual sea el
precio lo pagaré.
-¿Qué
es lo que quieres? -preguntó la hechicera, acercándose a él.
-Quisiera
arrojar mi alma lejos de mí -respondió el joven pescador.
La
hechicera se puso pálida y se estremeció, y ocultó el rostro en su manto azul.
-Hermoso
muchacho, hermoso muchacho -mu¬sitó-, esa es una cosa terrible de hacer.
Él
sacudió sus rizos castaños y se rió.
-Mi
alma no es nada para mí -respondió-. No puedo verla. No puedo tocarla. No la
conozco.
-¿Qué
me darás si te lo digo? -preguntó la hechi¬cera, bajando a él la mirada de sus
bellos ojos.
-Cinco
monedas de oro -dijo él-, y mis redes, y la casa de zarzo en que vivo, y la
barca pintada en que na¬vego. Dime sólo cómo librarme de mi alma, y te daré
todo lo que poseo.
Ella
se rió mofándose de él, y le dio un golpecito con la rama de cicuta.
-Puedo
convertir las hojas de otoño en oro -respon¬dió-, y puedo tejer con los pálidos
rayos de la luna un tejido, si quiero. Aquel a quien sirvo es más rico que
to-dos los reyes de este mundo y posee los dominios de ellos.
-¿Qué
debo darte entonces -exclamó él-, si tu pre¬cio no es oro ni plata?
La
hechicera le rozó el cabello con su delgada mano blanca.
-Debes
danzar conmigo, hermoso muchacho -mur¬muró.
Y le
sonrió mientras le hablaba.
-¿Nada
más que eso? -exclamó el joven pescador lleno de asombro, y se puso en pie.
-Nada
más que eso -repuso ella, y volvió a sonreírle.
-Entonces,
a la puesta del sol bailaremos juntos en algún lugar secreto -dijo él-, y
después de haber bai¬lado me dirás la cosa que deseo saber.
Ella
negó con la cabeza.
-Cuando
haya plenilunio, cuando haya plenilunio -musitó.
Luego
escudriñó todo en derredor suyo, y escuchó. Un pájaro azul se levantó chillando
de su nido e hizo círculos sobre las dunas, y tres aves moteadas hicieron
crujir la hierba gris y áspera y se silbaron una a otra. No había otro sonido,
salvo el sonido de una ola que desgastaba los lisos guijarros abajo. Así que
extendió ella la mano, y le atrajo cerca de él y puso sus labios secos junto a
su oído.
-Esta
noche has de venir a la cima de la montaña -cuchicheó-. Hay aquelarre, y él
estará allí.
El
joven pescador se sobresaltó y la miró, y ella le mos¬tró sus dientes blancos
al reírse.
-¿De
quién hablas cuando dices «él»? -preguntó.
-No
importa -respondió ella-. Ve esta noche, y ponte bajo las ramas del carpe, y
espera mi llegada. Si corre hacia ti un perro negro, golpéale con una vara de
sauce, y se irá. Si te habla una lechuza, no le des res¬puesta alguna. Cuando
llene la luna estaré contigo, y dan¬zaremos juntos sobre la hierba.
-¿Pero
quieres jurarme que me dirás cómo puedo arrojar mi alma lejos de mí? -inquirió
él.
Se
movió ella, poniéndose a plena luz del sol, y a través de su cabellera roja
susurraba el viento.
-Por
las pezuñas del macho cabrío lo juro -dijo ella como respuesta.
-Eres
la mejor de las brujas -exclamó el joven pes¬cador-, y bailaré contigo esta
noche en la cima de la montaña. Preferiría verdaderamente que me hubieras
pe¬dido oro o plata. Pero tal y como es tu precio lo tendrás, pues es muy poca
cosa.
Y se
descubrió ante ella, quitándose la gorra, e inclinó la cabeza en un profundo
saludo, y volvió corriendo a la ciudad lleno de gran alegría.
Y la
hechicera le contempló mientras se iba, y cuando le hubo perdido de vista entró
en su cueva, y sacando un espejo de una caja de madera de cedro tallada, lo
puso en alto en un marco, y quemó ante él flor de verbena sobre carbones
encendidos, y examinó las volutas del humo. Y después de un rato apretó los
puños llena de ira.
-Debiera
haber sido mío -musitó-; yo soy tan her¬mosa como ella.
Y
aquel atardecer, cuando salió la luna, subió el joven pescador a la cima de la
montaña, y se puso bajo las ra¬mas del carpe. Como un escudo de metal bruñido,
el mar redondo yacía a sus pies, y las sombras de las barcas pes¬queras se
movían en la pequeña bahía. Una lechuza, de amarillos ojos de sulfuro, le llamó
por su nombre, pero él no le dio respuesta alguna. Corrió hacia él un perro
negro y gruñó. Le golpeó con una vara de sauce, y se fue quejumbroso.
A
medianoche llegaron las brujas volando por el aire como murciélagos.
-¡Fiuu!
-gritaban, cuando se posaban en el suelo-; ¡hay alguien a quien no conocemos!
Y
olfateaban alrededor y parloteaban unas con otras y se hacían señas. La última
de todas fue la joven hechi¬cera, con sus cabellos rojos ondeando al viento.
Llevaba un vestido de tisú de oro con bordado de ojos de pavo real, y tenía en
la cabeza un gorrito de terciopelo.
-¿Dónde
está, dónde está? -chillaron las brujas cuando la vieron.
Pero
ella sólo reía, y corrió al carpe, y tomando al pes¬cador de la mano le sacó a
la luz de la luna, y empezó a danzar.
Giraban
y giraban dando vueltas y más vueltas, y la jo¬ven hechicera saltaba tan alto
que podía ver él los taco¬nes escarlata de sus zapatos. Luego llegó,
precisamente a través de los bailarines, el ruido del galope de un caballo,
pero no se veía caballo alguno, y él sintió miedo.
-¡Más
deprisa! -gritó la hechicera.
Y le
echó los brazos alrededor del cuello, y él sintió sobre su rostro el cálido
aliento de ella.
-¡Más
deprisa, más deprisa! -gritaba.
Y
parecía que la tierra daba vueltas bajo sus pies, y se le turbó el cerebro, y
le sobrecogió un gran terror, como una sensación de algo perverso que le
estuviera vigilando; y al fin fue consciente de que bajo la sombra de un
pe¬ñasco había una figura que no estaba allí antes. Era un hombre vestido con
un traje de terciopelo negro, cortado a la moda española. Su rostro era
extrañamente pálido, pero tenía los labios como una altiva flor roja. Parecía
cansado, y apoyaba la espalda, jugueteando de un modo lánguido con el pomo de
su daga. En la hierba, a su lado, había un sombrero con un airón de plumas y un
par de guanteletes de montar con puño de encaje dorado, y con un extraño
emblema bordado con aljófares. Colgaba de su hombro una capa corta forrada de
piel de cebellina, y sus delicadas manos blancas estaban enjoyadas con
ani¬llos. Caían sobre sus ojos unos párpados pesados.
El
joven pescador se le quedó mirando, como quien está atrapado en un conjuro.
Finalmente cruzaron la mi¬rada, y dondequiera que bailara le parecía que los
ojos del hombre estaban fijos sobre él. Oyó reír a la hechicera, y la tomó por
el talle y giró con ella dando vueltas y más vueltas.
De
pronto, aulló un perro en el bosque, y los que bai¬laban se detuvieron y, yendo
de dos en dos, se arrodilla¬ron y besaron las manos del hombre. Según lo
hacían, una pequeña sonrisa tocaba sus labios orgullosos, a la manera que el
ala de un pájaro roza el agua y la hace reír. Pero había desdén en aquella
sonrisa. No hacía más que mirar al joven pescador.
-¡Ven,
adorémosle! -susurró la hechicera.
Y le
llevó; y a él le entró un gran deseo de hacer lo que ella le pedía, y la
siguió. Pero cuando estuvo cerca, y sin saber por qué lo hacía, hizo sobre su
pecho la señal de la cruz, e invocó el nombre santo.
Apenas
lo había hecho, cuando chillaron las brujas como halcones y huyeron, y el
pálido rostro que había estado observándole se retorció en un espasmo de dolor.
El hombre se dio la vuelta hacia un bosquecillo y silbó. Un caballo ligero de
raza española corrió a su llamada. Al saltar a la silla se volvió y miró al
joven pescador con tristeza.
Y la
hechicera de cabello rojo intentó escapar también, pero el pescador la cogió
por las muñecas y la sujetó.
-¡Suéltame
-gritaba ella-, y deja que me vaya! Pues tú has nombrado lo que no se debe
nombrar, y has mos¬trado la señal que no se puede mirar.
-No
-replicó él-, no dejaré que te vayas hasta que no me hayas dicho el secreto.
-¿Qué
secreto? -dijo la hechicera, forcejeando con él como un gato salvaje, y
mordiéndose los labios salpi¬cados de espuma.
-Ya
lo sabes -respondió él.
Sus
ojos del color de la hierba verde se enturbiaron por las lágrimas, y dijo al
pescador:
-Pídeme
cualquier cosa menos esa.
Él
se rió y la sujetó con más fuerza.
Y
cuando vio ella que no podría liberarse, le susurró:
-Con
toda seguridad yo soy tan hermosa como las hi¬jas del mar, y tan gentil como
las que moran en las aguas azules.
Y le
acarició, y puso la cara junto a la suya.
Pero
él la apartó frunciendo el ceño, y le dijo:
-Si
no cumples la promesa que me hiciste, te mataré por bruja falsa.
Ella
se volvió gris como una flor del árbol que unos llaman de Judas y otros del
amor1, y se estremeció.
1.
Judas-tree, en inglés.
-Sea
-musitó-. Es tu alma y no la mía. Haz con ella lo que quieras.
Y
sacó de su cinto una navajilla con mango de piel de víbora verde, y se la dio.
-¿De
qué me servirá esto? -le preguntó él, sorpren¬dido.
Se
quedó ella silenciosa durante unos instantes, y se extendió sobre su rostro un
aire de terror. Luego se apartó el cabello de la frente, y sonriendo de un modo
extraño le dijo:
-Lo
que llamáis los hombres la sombra del cuerpo no es la sombra del cuerpo, sino
que es el cuerpo del alma. Ponte en pie en la playa de espaldas a la luna y
recorta alrededor de tus pies tu sombra, que es el cuerpo de tu alma, y pide a
tu alma que te abandone, y lo hará.
El
joven pescador tembló. -¿Es verdad eso? -murmuró.
-Es
verdad, y preferiría no habértelo dicho -excla¬mó ella.
Y se
abrazó a las rodillas de él llorando.
Él
la apartó de sí y la dejó sobre la hierba tupida, y yendo hasta la pendiente de
la montaña se puso la navaja en el cinturón y empezó a descender.
Y su
alma, que estaba en su interior, le llamaba y le decía:
-¡Ay!
He vivido contigo todos estos años, y he sido sierva tuya. No me arrojes de ti
ahora, pues ¿qué mal te he hecho?
Y el
joven pescador reía.
-No
me has hecho ningún mal, pero no te necesito para nada -respondía-. El mundo es
ancho, y hay un cielo además y un infierno, y esa morada en tenue pe-numbra que
está entre los dos. Ve donde quieras, pero no me molestes, pues mi amor me está
llamando.
Y su
alma le suplicaba lastimeramente, pero él no le hacía caso, sino que iba
saltando de risco en risco, siendo como era de pies firmes como una cabra
montés y, finalmente, llegó a la tierra llana y al borde amarillo del mar.
Fornido
y con miembros de bronce, como una estatua esculpida por un griego, estaba en
la arena de espaldas a la luna, y de la espuma salían brazos blancos que le
llamaban haciéndole señas, y de las olas emergían formas difuminadas que le
rendían homenaje. Ante él yacía su sombra, que era el cuerpo de su alma, y
detrás de él es¬taba la luna suspendida en el aire color de miel.
Y su
alma le dijo:
-Si
de verdad tienes que arrojarme lejos de ti, no me envíes sin darme un corazón.
El mundo es cruel, dame tu corazón para llevarlo conmigo.
Él
sacudió la cabeza y sonrió.
-¿Con
qué amaría a mi amor si te diera el corazón? -exclamó.
-Sé
compasivo -dijo su alma-; dame tu corazón, pues el mundo es cruel y tengo
miedo.
-Mi
corazón es de mi amada -respondió-; por tanto, no te hagas la remolona y vete.
-¿No
debiera yo también amar? -preguntó su alma.
-¡Vete!,
pues no te necesito -exclamó el joven pes¬cador.
Y
cogió la navajita con el mango de piel de víbora verde, y recortó la sombra
alrededor de sus pies, y la sombra se puso en pie y se plantó ante él y le
miró, y era exactamente igual a él.
Él
se echó lentamente hacia atrás, y se puso rápida¬mente la navaja en el cinto, y
le embargó un sentimiento de pavor.
-¡Vete!
-murmuró-, y que no vea más tu cara!
-No;
debemos volver a vernos -dijo el alma.
Su
voz era apagada y parecida a la de la flauta, y ape¬nas movía los labios para
hablar.
-¿Cómo
nos encontraremos? -exclamó el joven pesca¬dor-. ¿No irás a seguirme a las
profundidades del mar?
-Una
vez al año vendré a este lugar, y te llamaré -dijo el alma-. Puede ocurrir que
me necesites.
-¿Para
qué voy a necesitarte? -exclamó el joven pes¬cador-; pero sea como deseas.
Y se
sumergió en el agua, y los tritones hicieron sonar sus caracolas, y la sirenita
emergió para recibirle, y le echó los brazos al cuello y le besó en la boca.
Y el
alma se quedó en la playa solitaria y los miró. Y cuando se sumergieron en el
agua se fue llorando por las marismas.
Y al
cabo de un año bajó el alma a la orilla del mar y llamó al joven pescador, y
este salió del abismo y dijo;
-¿Por
qué me llamas?
Y el
alma respondió:
-Acércate
más, para que pueda hablar contigo, pues he visto cosas asombrosas.
Así
que se acercó y se tendió en las aguas poco pro¬fundas, y apoyó la cabeza en la
mano y escuchó.
Y el
alma le dijo:
-Cuando
me separé de ti volví el rostro hacia al oriente y emprendí el camino. Del
oriente viene todo lo que es sabio. Seis días viajé, y en la mañana del séptimo
día llegué a una colina del país de los tártaros. Me senté a la sombra de un
tamarindo para resguardarme del sol. La tierra estaba reseca y requemada por el
calor. Las gentes iban de acá para allá en la llanura semejantes a moscas
arrastrándose sobre un disco de cobre bruñido.
Cuando
llegó el mediodía subió del borde llano de la tierra una nube de polvo rojo. Al
verla, los tártaros ten¬saron sus arcos pintados y, después de saltar a sus
pe-queños caballos, galoparon a su encuentro. Las mujeres huyeron gritando a
las carretas, y se ocultaron detrás de las cortinas de fieltro.
Al
crepúsculo regresaron los tártaros, pero faltaban cinco, y de los que volvían
no pocos habían sido heridos. Engancharon los caballos a las carretas y se
fueron apre-suradamente.
Salieron
tres chacales de una cueva y se pusieron a mi¬rar detrás de ellos; y olfatearon
el aire y se fueron tro¬tando en dirección opuesta.
Cuando
salió la luna vi un fuego de campamento que ardía en la llanura, y fui hacia
él. Alrededor había un grupo de mercaderes sentados sobre alfombras. Detrás de
ellos estaban sus camellos atados a estacas, y los ne¬gros que tenían por
siervos estaban armando sobre la arena tiendas de piel curtida, y haciendo una
alta cerca con nopales.
Al
acercarme a ellos, el jefe de los mercaderes se le¬vantó y sacó la espada, y me
preguntó qué me llevaba allí. Yo respondí que era príncipe en mi propia tierra,
y que había escapado de los tártaros, que habían intentado hacerme su esclavo.
El jefe se sonrió, y me mostró cinco cabezas clavadas en largas cañas de bambú.
Luego
me preguntó quién era el profeta de Dios, y le respondí que era Mahoma.
Cuando
oyó el nombre del falso profeta, inclinó la ca¬beza y me tomó de la mano, y me
colocó a su lado. Un negro me llevó leche de yegua en una escudilla de ma-dera,
y un pedazo de carne de cordero asada.
Al
rayar el día proseguimos el viaje. Yo cabalgaba en un camello de pelo rojizo,
junto al jefe, y un corredor corría delante de nosotros llevando una lanza.
Iban los guerreros a ambos lados, y seguían las mulas con la mer¬cancía. Había
cuarenta camellos en la caravana, y el nú¬mero de mulas era dos veces cuarenta.
Del
país de los tártaros fuimos al país de los que mal¬dicen a la luna. Vimos a los
grifos guardando su oro so¬bre las rocas blancas, y a los dragones durmiendo en
sus cavernas. Al pasar por las montañas conteníamos la res¬piración para que no
cayeran las nieves sobre nosotros, y todos los hombres se anudaban un velo de
gasa delante de los ojos. Cuando pasábamos por los valles, los pigmeos nos
disparaban flechas desde las concavidades de los ár¬boles, y de noche oíamos a
los salvajes que redoblaban los tambores. Al llegar a la Torre de los Monos
pusimos frutas ante ellos, y no nos hicieron daño. Cuando llega¬mos a la Torre
de las Serpientes, les dimos leche caliente en cuencos de latón, y nos dejaron
pasar. Tres veces en nuestro viaje llegamos a las orillas del Oxo; lo cruzamos
en balsas de madera con grandes vejigas de pellejo hin¬chado. Los hipopótamos
se llenaban de rabia contra no¬sotros e intentaban matarnos, y al verlos los
camellos temblaban.
Los
reyes de todas las ciudades nos hacían pagar im¬puestos, pero no solían tolerar
que entráramos por sus puertas. Nos arrojaban pan por encima de las murallas,
bollitos de maíz cocidos con miel y bizcochos de flor de harina rellenos de
dátiles. Por cada cien cestos les dá¬bamos una cuenta de ámbar.
Al
vernos llegar, los habitantes de los pueblos enve¬nenaban las fuentes y huían a
las cumbres de las colinas. Luchamos con los magadenses, que nacen viejos y se
vuelven jóvenes cada año que pasa y mueren cuando son niños pequeños; y con los
lactros, que se dicen hijos de los tigres, y se pintan de negro y amarillo; y
con los au-rantes, que entierran a sus muertos en las copas de los árboles, y
viven ellos en cavernas oscuras para que no los mate el sol, que es su dios; y
con los crimnianos, que ado¬ran a un cocodrilo, y le regalan pendientes de
cristal verde, y le alimentan con mantequilla y aves recién ma¬tadas; y con los
agazombanos, que tienen cara de perro; y con los sibanos, que tiene pies de
caballo, y corren más raudos que ellos. Un tercio de nuestro grupo murió en el
combate, y un tercio murió de necesidad. El resto mur¬muraba contra mí, y decía
que yo les había llevado una fortuna adversa. Saqué a una víbora con cuernos de
de¬bajo de una piedra y dejé que me picara, y cuando vieron que no enfermaba les
entró miedo.
Al
cuarto mes llegamos a la ciudad de Illel. Era de no¬che cuando llegamos a la
arboleda que hay fuera de sus muros, y el aire era sofocante, pues la luna
estaba en su curso por Escorpión. Cogimos las granadas maduras de los árboles,
y las abrimos y bebimos su dulce jugo. Luego nos echamos en nuestras alfombras
y esperamos al alba.
Y al
alba nos levantamos y llamamos a las puertas de la ciudad. Eran de bronce rojo
y llevaban esculpidos dra¬gones marinos y dragones con alas. Los centinelas nos
miraron desde las almenas y nos preguntaron qué que¬ríamos. El intérprete de la
caravana respondió que ha¬bíamos llegado de la isla de Siria con abundante
mercan-cía. Tomaron rehenes, y nos dijeron que nos abrirían la puerta a
mediodía, y nos pidieron que nos quedáramos allí hasta entonces.
Al
mediodía abrieron la puerta, y cuando entramos sa¬lió la gente en tropel de las
casas para mirarnos; y un pregonero recorrió la ciudad voceando a través de una
caracola. Nosotros estábamos en la plaza del mercado, y los negros desataron
los fardos de tela estampada con fi¬guras y abrieron los cofres tallados de
madera de sico¬moro. Y cuando hubieron terminado su tarea, sacaron los
mercaderes sus extrañas mercancías: el lino encerado de Egipto y el lino
pintado del país de los etíopes, las es¬ponjas púrpura de Tiro y los tapices
azules de Sidón, las copas de frío ámbar y las finas vasijas de cristal y las
cu¬riosas vasijas de arcilla cocida y quemada. Desde la azo¬tea de una casa un
grupo de mujeres nos observaba. Una de ellas llevaba una máscara de cuero
sobredorado.
Y el
primer día vinieron los sacerdotes y comerciaron con nosotros, y el segundo día
vinieron los nobles, y el tercer día, los artesanos y los esclavos. Y esta es
la cos-tumbre que tienen respecto a todos los mercaderes mien¬tras están en la
ciudad.
Y
permanecimos allí durante una luna, y cuando la luna estaba en el cuarto
menguante, me cansé y me puse a vagar por las calles de la ciudad, y llegué al
jardín de su dios. Los sacerdotes, con sus túnicas amarillas, se mo¬vían
silenciosamente entre los verdes árboles, y sobre un pavimento de mármol negro
se levantaba la casa de color rojo rosado en la que el dios tenía su morada.
Sus puer¬tas estaban revestidas de laca, y toros y pavos reales es¬taban
esculpidos en ellas en relieves de oro pulido. El tejado era de tejas de
porcelana verde mar, y las cornisas, muy salientes, están festoneadas de
campanillas. Al pasar volando las palomas, sus alas tropezaban con las
cam¬panas y las hacían repiquetear.
Delante
del templo había un estanque de agua clara pavimentado con ónice veteado. Yo me
recosté junto a él, y con mis dedos pálidos toqué las anchas hojas. Uno de los
sacerdotes vino hasta donde yo estaba y se quedó de pie detrás de mí. Tenía
sandalias en los pies, una de suave piel de serpiente y la otra de plumas de
ave. En la cabeza llevaba una mitra de fieltro negro adornado con dibujos de la
media luna en plata. Siete tonos diferentes de amarillo estaban tejidos en su
túnica, y su cabello crespo estaba teñido con antimonio.
Después
de una breve pausa me habló, y me preguntó qué deseaba.
Le
dije que mi deseo era ver al dios.
-El
dios está cazando -dijo el sacerdote, mirándome con extrañeza con sus pequeños
ojos oblicuos.
-Dime
en qué bosque y cabalgaré con él -res¬pondí. Él peinó los suaves flecos de su
túnica con sus largas uñas puntiagudas.
-El
dios está dormido -susurró.
-Dime
en qué lecho, y velaré junto a él -respondí yo.
-El
dios está en el festín -exclamó.
-Si
el vino es dulce lo beberé con él, y si es amargo, lo beberé con él también
-fue mi respuesta.
Inclinó
la cabeza admirado y, tomándome de la mano, me alzó, y me condujo al templo.
Y en
la primera cámara vi un ídolo sentado en un trono de jaspe bordeado de grandes
perlas orientales. Es¬taba tallado en ébano, y su estatura era la estatura de
un hombre. En su frente había un rubí, y óleo espeso go¬teaba de su cabello
hasta los muslos. Tenía los pies en¬rojecidos con la sangre de un cabrito
recién sacrificado y la cintura ceñida con un cinturón de cobre tachonado con
siete berilos.
Y
dije al sacerdote:
-¿Es
este el dios?
Y él
me respondió:
-Este
es el dios.
-Enséñame
el dios -grité-, o ten por seguro que te mataré.
Y le
toqué la mano y esta se secó.
Y el
sacerdote me rogaba diciendo:
-Que
mi señor cure a su siervo y le mostraré el dios.
Así
que exhalé mi aliento sobre su mano, y volvió a estar sana, y él, temblando, me
condujo a la segunda cá¬mara, y vi un ídolo en pie sobre un loto de jade del
que pendían grandes esmeraldas. Estaba tallado en marfil y su tamaño era dos
veces la estatura de un hombre. En la frente tenía una gema olivina, y sus
pechos estaban un-gidos con mirra y canela. En una mano sostenía un cetro de
jade en forma de gancho, y en la otra un redondo cristal. Llevaba coturnos de
bronce, y su grueso cuello es¬taba rodeado por un collar de selenitas.
Y
dije al sacerdote:
-¿Es
este el dios?
Y me
respondió:
-Este
es el dios.
-Muéstrame
el dios -grité-, o ten por seguro que te mataré.
Y le
toqué los ojos y se quedó ciego.
Y el
sacerdote me suplicó, diciendo:
-Que
mi señor cure a su siervo y le mostraré el dios.
Así
que exhalé mi aliento sobre sus ojos, y volvió a ellos la vista, y él tembló de
nuevo, y me condujo a la tercera cámara, y, ¡qué sorpresa!, no había ídolo
alguno en ella, ni imagen de ninguna clase, sino sólo un espejo de metal
redondo puesto sobre un altar de piedra.
Y
dije al sacerdote:
-¿Dónde
está el dios?
Y me
respondió:
-No
hay más dios que este espejo que ves, pues este es el Espejo de la Sabiduría, y
refleja todas las cosas del cielo y de la tierra, excepto solamente el rostro
del que mira en él. Este no lo refleja, de modo que el que mira en él puede ser
sabio. Otros muchos espejos hay, pero son espejos de opinión. Este sólo es el
Espejo de la Sa-biduría, y quienes poseen este espejo conocen todo, no hay nada
que les esté oculto. Y los que no lo poseen no tienen sabiduría. Por tanto, es
el dios, y nosotros lo ado-ramos.
Y
miré en el espejo, y era exactamente como me había dicho.
E
hice una cosa extraña, pero lo que hice no viene al caso, pues en un valle que
está no más que a un día de viaje de este lugar he escondido yo el Espejo de la
Sa-biduría. Permíteme sólo que entre de nuevo en ti y que sea tu sierva, y
serás el más sabio de todos los sabios, y la sabiduría será tuya. Permíteme que
entre en ti, y nadie será tan sabio como tú.
Pero
el joven pescador se rió.
-El
amor es mejor que la sabiduría -exclamó-, y la sirenita me ama.
-No,
no hay nada mejor que la sabiduría -dijo el alma.
-El
amor es mejor -respondió el joven pescador.
Y se
sumergió en el abismo, y el alma se fue llorando por las marismas.
Y
cuando hubo transcurrido el segundo año bajó el alma a la orilla del mar y
llamó al joven pescador, y él salió del abismo y dijo:
-¿Por
qué me llamas?
Y el
alma respondió:
-Acércate
más para que pueda hablar contigo, pues he visto cosas maravillosas.
Así
que se acercó más y se tendió en las aguas poco profundas, y apoyó la cabeza en
la mano y escuchó.
Y el
alma le dijo:
-Cuando
me separé de ti volví mi rostro hacia el Sur y emprendí el camino. Del Sur
viene todo lo que es pre¬cioso. Seis días viajé a lo largo de las rutas que
conducen a la ciudad de Aster, a lo largo de los caminos polvo¬rientos teñidos
de rojo por los que van los peregrinos viajé yo; y en la mañana del séptimo día
levanté los ojos, y, ¡oh sorpresa!, la ciudad yacía a mis pies, pues está en un
valle.
Hay
nueve puertas en esta ciudad, y delante de cada puerta hay un caballo de bronce
que relincha cuando bajan los beduinos de las montañas. Las murallas están
revestidas de cobre, y las torres vigía de las murallas están cubiertas con
tejado de latón. En cada torre hay un arquero con un arco en la mano. Y a la
salida del sol percute con una flecha sobre un gong, y a la puesta del sol
sopla en un cuerno de asta.
Cuando
traté de entrar, los centinelas me detuvieron y me preguntaron quién era. Yo
les respondí que era un derviche, en camino a la Meca, donde había un velo
verde en el que estaba bordado el Corán con letras de plata por manos de los
ángeles. Se llenaron de asombro, y me rogaron que entrara.
Dentro,
la ciudad es semejante a un bazar. Cierta¬mente debieras haber estado conmigo.
A través de las ca¬lles estrechas, alegres farolillos de papel revolotean como
grandes mariposas; cuando sopla el viento sobre los te¬jados se alzan y caen
como burbujas pintadas. Delante de sus puestos se sientan los mercaderes sobre
alfombras de seda. Llevan barba negra lacia, y el turbante cubierto de
lentejuelas doradas, y largas sartas de ámbar y hue¬sos de melocotón se
deslizan entre sus dedos fríos. Al¬gunos venden gálbano y nardo, y extraños
perfumes de las islas del océano Índico; y el bálsamo denso de rosas rojas y
mirra y clavo menudo. Cuando se para uno a ha¬blar con ellos, echan una pizca
de incienso en un brasero de carbón vegetal y perfuman el aire. Vi a un sirio
que tenía en .las manos una varilla delgada como una caña, hebras grises de
humo salían de ella, y su fragancia al arder era la fragancia de la flora rosa
del almendro en primavera. Otros venden brazaletes de plata cubiertos de
turquesas azul cremoso engastadas en relieve todo por encima, y ajorcas para
los tobillos de hilo de bronce bor¬deado de perlas, y garras de tigre
engarzadas en oro, y garras de ese felino de oro, el leopardo, montadas
tam¬bién en oro, y pendientes de esmeraldas taladradas, y ani¬llos de jade
hueco. De las casas de té llega el son de la guitarra, y los fumadores de opio,
con sus blancos rostros sonrientes, miran a los transeúntes.
-En
verdad debieras haber estado conmigo. Los ven¬dedores de vino se abren paso a
codazos entre la multi¬tud, llevando grandes odres negros sobre los hombros. La
mayoría de ellos venden vino de Chiraz, que es dulce como la miel. Lo sirven en
pequeñas tazas de metal y esparcen hojas de rosa sobre él. En la plaza del
mercado están en pie los vendedores de fruta, y la venden de todas clases:
higos maduros, con su pulpa púrpura magullada; melones, oliendo a almizcle y
amarillos como topacios; cidras y pomarrosas, y racimos de uvas blancas;
redondas naranjas de oro rojizo, y limones ovalados de oro verde. En una
ocasión vi pasar a un elefante; llevaba la trompa pintada de bermellón y
cúrcuma, y sobre las orejas llevaba una red de cordón de seda carmesí. Se paró
delante de uno de los puestos y empezó a comerse las naranjas, y el hombre no
hizo otra cosa que reírse. No puedes ima¬ginarte qué gente tan extraña es.
Cuando están alegres van a los que venden pájaros y les compran un pájaro
enjaulado y lo ponen en libertad para que aumente su alegría, y cuando están
tristes se azotan con espinas para que su dolor no decrezca.
Una
tarde encontré a unos negros que llevaban un pe¬sado palanquín a través del
bazar. Era de bambú sobre¬dorado, y las varas eran de laca bermellón tachonadas
con pavos reales de bronce. De las ventanillas colgaban finos visillos de
muselina bordada con alas de escarabajo y con aljófares diminutos, y al pasar,
una circasiana de pálido rostro se asomó y me sonrió. Yo la seguí, y los negros
apresuraron el paso y fruncieron el ceño. Pero no me importó. Sentía una gran
curiosidad. Al fin se detu¬vieron ante una casa blanca cuadrada. No tenía
ventanas, sólo una puerta pequeña como la puerta de una tumba. Dejaron en el
suelo el palanquín y golpearon tres veces con un martillo de cobre. Un armenio
con caftán de cuero verde miró por el postigo, y al verles les abrió, y
extendió una alfombra en el suelo, y la mujer salió. Al entrar se volvió y
volvió a sonreírme. Nunca había visto a nadie tan pálido.
Cuando
salió la luna regresé al mismo lugar y busqué la casa, pero ya no estaba allí.
Al ver eso supe quién era la mujer y por qué me había sonreído.
Ciertamente
deberías haber estado conmigo. En la fiesta de la luna nueva salió el joven
emperador de su palacio y entró en la mezquita para orar. Tenía los ca¬bellos y
la barba teñidos con hojas de rosa, y las mejillas empolvadas con fino polvo de
oro. Las palmas de sus pies y de sus manos estaban amarillas por el azafrán.
A la
salida del sol salió de palacio con túnica de plata, y al ocaso volvió a él de
nuevo con túnica de sol. La gente se lanzaba a tierra y escondía el rostro,
pero yo no quise hacerlo. Me quedé de pie junto al puesto de un vendedor de
dátiles y esperé. Cuando me vio el emperador alzó las cejas pintadas y se
detuvo. Yo estaba completamente in¬móvil, y no le rendí pleitesía. La gente se
maravilló de mi osadía y me aconsejó que huyera de la ciudad. No les hice caso
alguno, sino que fui a sentarme con los que vendían dioses extranjeros, que a
causa de su negocio son abominados. Cuando les conté lo que había hecho me
dieron un dios cada uno y me rogaron que me apartara de ellos.
Aquella
noche, cuando estaba recostado en un cojín en la casa de té que está en la
calle de las Granadas, entra¬ron los guardias del emperador y me llevaron a
palacio. Según avanzaba, iban cerrando cada puerta que pasaba, y ponían una
cadena atravesándola. Dentro había un gran patio con una columnata todo
alrededor; los muros eran de alabastro blanco, combinado acá y allá con
azulejos azules y verdes; los pilares eran de mármol verde y el pavimento de
una clase de mármol del color de la flor del melocotón. Nunca en mi vida había
visto nada se¬mejante.
Cuando
atravesaba el patio, dos mujeres con el rostro oculto por un velo miraron hacia
abajo desde un balcón y me maldijeron. Los guardias se apresuraron, y el
ex-tremo de sus lanzas sonaba sobre el suelo pulido. Abrieron una puerta de
marfil tallado, y me encontré en un jardín regado, colgante en siete terrazas.
Tenía plantados tuli¬panes y grandes margaritas, y áloes tachonados de plata.
Como una grácil caña de cristal, un surtidor estaba sus¬pendido en el aire
oscuro. Eran los cipreses como antor¬chas apagadas; en uno de ellos cantaba un
ruiseñor.
Al
fondo del jardín había un pequeño pabellón. Al acercanos a él, dos eunucos
salieron a nuestro encuentro. Sus cuerpos obesos se balanceaban al andar, y me
mi-raban con curiosidad con sus ojos de párpados amarillos. Uno de ellos tomó
en un aparte al capitán de la guardia, y le cuchicheó en voz baja. El otro no
dejaba de mascar pastillas olorosas, que sacaba con un gesto afectado de una
caja ovalada de esmalte lila.
Después
de unos instantes despachó el capitán de la guardia a los soldados, que
volvieron al palacio, siguién¬doles los eunucos lentamente y arrancando moras
dulces de los árboles al pasar.
El
mayor de los dos se volvió una vez, y me sonrió con malévola sonrisa.
Luego,
el capitán de la guardia me hizo ir hasta la en¬trada del pabellón. Caminé sin
temblar, y apartando a un lado el pesado cortinaje entré.
El
joven emperador estaba tendido en un diván de piel de león teñida, y tenía
encaramado en el puño un gran halcón. Detrás de él estaba en pie un nubio con
turbante de latón, desnudo hasta la cintura, y con pesados pen¬dientes en las
orejas abiertas. En una mesa junto al diván había una enorme cimitarra de
acero.
Al
verme, el emperador frunció el ceño y me dijo:
-¿Cómo
te llamas? ¿No sabes que soy el emperador de esta ciudad?
Pero
yo no le di respuesta alguna.
Señaló
con el dedo la cimitarra, y el nubio la cogió y avanzando rápidamente me atacó
con ella con gran vio¬lencia. La hoja me atravesó silbando, y no me hizo daño
alguno. El hombre cayó derribado al suelo y, cuando se levantó, le
castañeteaban los dientes de terror y se es¬condió detrás del diván.
El
emperador se puso en pie de un salto, y tomando una lanza de una panoplia me la
arrojó. La cogí al vuelo, y rompí el fuste en dos pedazos. Me lazó una flecha,
pero yo extendí las manos y la detuve en el aire. Entonces sacó una daga de un
cinturón de cuero blanco y apuñaló al nubio en la garganta, no fuera que el
esclavo contara su deshonor. El hombre se retorció como una culebra pisoteada,
y una espuma roja salió a borbotones de sus labios.
En
cuanto hubo muerto, el emperador se volvió hacia mí y, después de enjugarse el
sudor brillante de la frente con un pequeño paño de seda púrpura con orla, me
dijo:
-¿Eres
un profeta, para que no pueda hacerte daño, o el hijo de un profeta, para que
no me sea posible he¬rirte? Te ruego que abandones mi ciudad esta noche, pues
mientras estés tú en ella yo no soy ya su señor.
Y yo
le respondí:
-Me
iré a cambio de la mitad de tus tesoros. Dame la mitad de tus tesores y me
marcharé.
Me
tomó de la mano y me condujo al jardín. Cuando el capitán de la guardia me vio
se quedó sorprendido. Cuando me vieron los eunucos les temblaron las rodillas y
cayeron al suelo llenos de temor.
Hay
una cámara en el palacio que tiene ocho muros de pórfido rojo y techo con
láminas de bronce del que penden lámparas. Tocó el emperador uno de los muros y
se abrió, y pasamos a un pasadizo que estaba iluminado con muchas antorchas. En
nichos, a ambos lados, había grandes jarros de vino llenos hasta los bordes de
monedas de plata. Cuando llegamos a la mitad del pasadizo, el em¬perador
profirió la palabra que no puede proferirse y se abrió de par en par una puerta
de granito con un resorte secreto, y él se llevó las manos al rostro para no
quedar deslumbrado.
No
podrías creer qué lugar tan maravilloso era. Había enormes conchas de tortuga
llenas de perlas, y adularias cóncavas de gran tamaño amontonadas con rojos
rubíes. El oro estaba almacenado en cofres de piel de elefante, y el oro en
polvo en redomas de cuero. Había ópalos y zafiros, aquellos en copas de
cristal, y estos en copas de jade. Verdes esmeraldas redondas estaban alineadas
or¬denadamente sobre diáfanas bandejas de marfil, y en un rincón había bolsas
de seda repletas, algunas de turquesas y otras de berilos. Los cuerpos de
marfil estaban llenos hasta los bordes de amatistas púrpura, y los cuernos de
bronce, de calcedonias y cornalinas. Los pilares, que eran de cedro, tenían
colgadas hileras de piedras lincurias amarillas. En los planos escudos ovalados
había carbun¬clos, de color de vino y de color de hierba. Y, a pesar de todo lo
que te he contado, no te he dicho más que la décima parte de lo que había allí.
Y
después de que el emperador hubo retirado las ma¬nos de delante del rostro me
dijo:
-Esta
es mi cámara del tesoro, y la mitad de lo que hay en ella es tuyo, justamente
como te lo prometí. Y te daré camellos y camelleros, y cumplirán tus órdenes y
lle-varán tu parte del tesoro a cualquier parte del mundo a que desees ir. Y
esto se hará esta noche, pues no quisiera que el sol, que es mi padre, viera
que hay en la ciudad un hombre al que no puedo matar.
Pero
yo le respondí:
-El
oro que hay aquí es tuyo, y la plata es tuya tam¬bién, y tuyas son las joyas
preciosas y las cosas de valor. En cuanto a mí, no las necesito. No tomaré nada
de ti excepto el pequeño anillo que llevas en el dedo de la mano.
Y el
emperador frunció el ceño.
-Es
sólo un anillo de plomo -exclamó-, y no tiene ningún valor. Toma por tanto la
mitad de mis tesoros y vete de mi ciudad.
-No
-respondí-, no cogeré más que ese anillo de plomo, pues sé lo que hay escrito
en su interior, y con qué propósito.
Y el
emperador tembló, y me suplicó diciendo:
-Toma
mis tesoros y vete de mi ciudad. La mitad que era mía será tuya también.
Yo
hice una cosa extraña, pero lo que hice no viene al caso, pues en una cueva que
está sólo a un día de camino de este lugar he escondido el Anillo de las
Riquezas. Está sólo a un día de camino de este lugar, y espera tu llegada. El
que posee este anillo es más rico que todos los reyes del mundo. Ven, por
tanto, y tómalo, y serán tuyas las riquezas del mundo.
Pero
el joven pescador se rió.
-El
amor es mejor que las riquezas -exclamó-, y la sirenita me ama.
-No,
no hay nada mejor que las riquezas -dijo el alma.
-El
amor es mejor -respondió el joven pescador.
Y se
sumergió en el abismo, y el alma se fue llorando por las marismas.
Y
cuando hubo transcurrido el tercer año bajó el alma a la orilla del mar y llamó
al joven pescador, y él salió del abismo y dijo:
-¿Por
qué me llamas?
Y el
alma respondió:
-Acércate
más, para que pueda hablar contigo, pues he visto cosas maravillosas.
Así
es que se acercó más, y se tendió en las aguas poco profundas, y apoyó la
cabeza en la mano y escuchó.
Y el
alma le dijo:
-En
una ciudad que yo conozco hay una posada que está junto a un río. Allí me senté
con marineros que be¬bían vino de dos colores diferentes, y que comían pan de
cebada y pescaditos salados servidos en hojas de laurel con vinagre. Y mientras
estábamos sentados divirtiéndo¬nos, entró allí un anciano que llevaba una
alfombra de cuero y un laúd que tenía dos cuernos de ámbar. Y cuando hubo
extendido la alfombra en el suelo, pulsó con una púa de pluma de ave las
cuerdas de su laúd; y entró corriendo una muchacha con el rostro cubierto por
un velo y empezó a danzar delante de nosotros. Tenía el ros¬tro velado con un
velo de gasa, pero llevaba los pies des¬nudos. Desnudos tenía los pies, y se
movían sobre la al¬fombra como pequeñas palomas blancas. Nunca he visto nada
tan maravilloso; y la ciudad en la que danza está sólo a un día de camino de
esta ciudad.
Y
cuando el joven pescador oyó las palabras de su alma, recordó que la sirenita
no tenía pies y no podía bailar. Y se apoderó de él un gran deseo, y se dijo a
sí mismo:
«Está
sólo a un día de camino, y puedo volver junto a mi amor.»
Y
rió, y se puso de pie en las aguas poco profundas, y fue a grandes pasos hacia
la playa. Y cuando hubo lle¬gado a la orilla seca volvió a reír, y tendío los
brazos a su alma. Y su alma dio un gran grito de alegría y corrió a reunirse
con él, y entró dentro de él, y el joven pes¬cador vio extendida ante él sobre
la arena esa sombra del cuerpo que es el cuerpo del alma.
Y su
alma dijo:
-No
nos detengamos, y salgamos de aquí inmediata¬mente, pues los dioses del mar son
celosos, y tienen monstruos que cumplen sus mandatos.
Así
es que se apresuraron, y toda aquella noche via¬jaron bajo la luna, y todo el
día siguiente viajaron bajo el sol, y al atardecer de aquel día llegaron a una
ciudad.
Y el
joven pescador dijo a su alma:
-¿Es
esta la ciudad en la que danza aquella de quien me hablaste?
Y su
alma le respondió:
-No
es esta ciudad, sino otra. Entremos, no obstante. Entraron, pues, y atravesaron
las calles, y al pasar por la calle de los joyeros el joven pescador vio una
hermosa copa de plata que exhibían en un puesto. Y su alma le dijo:
-Coge
esa copa de plata y escóndela.
Así
que cogió la copa de plata y la escondió entre los pliegues de su túnica, y
salieron apresuradamente de la ciudad.
Y
cuanto hubieron recorrido una legua desde la ciu¬dad, el joven pescador frunció
el ceño, arrojó la copa y dijo a su alma:
-¿Por
qué me dijiste que cogiera esa copa y la escon¬diera, siendo una mala acción?
Pero
su alma le respondió:
-No
te inquietes, no te inquietes.
Y al
atardecer del segundo día llegaron a una ciudad, y el joven pescador dijo a su
alma:
-¿Es
esta la ciudad en la que danza aquella de quien me hablaste?
Y su
alma le respondió:
-No
es esta ciudad, sino otra. Entremos, sin embargo. Entraron, pues, y atravesaron
las calles, y al pasar por la calle de los vendedores de sandalias el joven
pescador vio a un niño que estaba de pie junto a un cántaro de agua. Y el alma
le dijo:
-Pega
a ese niño.
Así
es que pegó al niño hasta que se echó a llorar, y cuando lo hubo hecho salieron
apresuradamente de la ciudad.
Y
después de que hubieron recorrido una legua desde la ciudad el joven pescador
se puso furioso, y dijo a su alma:
-¿Por
qué me dijiste que pegara al niño, siendo una mala acción?
Pero
su alma le respondió:
-No
te inquietes, no te inquietes.
Y al
atardecer del tercer día llegaron a una ciudad, y el joven pescador dijo a su
alma:
-¿Es
esta la ciudad en la que danza aquella de quien me hablaste?
Y el
alma le respondió:
-Puede
que sea esta ciudad, por tanto entremos. Entraron, pues, y atravesaron las
calles, pero en nin¬guna parte pudo el joven pescador encontrar el río ni la
posada que estaba junto a él. Y la gente de la ciudad le miraba con curiosidad,
y él tuvo miedo y dijo a su alma:
-Vayámonos
de este lugar, pues no está aquí la que danza con pies blancos.
Pero
su alma respondió:
-No,
quedémonos, pues está la noche oscura y habrá ladrones en el camino.
Así
es que se sentó en la plaza del mercado a descan¬sar, y después de un rato pasó
un mercader con cabeza encapuchada que llevaba un manto de paño de Tartaria y
una linterna de asta perforada al extremo de una caña nudosa. Y el mercader le
dijo:
-¿Por
qué estás sentado en la plaza del mercado, viendo que están cerrados los
puestos y encordados los fardos?
Y el
joven pescador le respondió:
-No
puedo encontrar posada en esta ciudad, ni tengo ningún pariente que pudiera
darme albergue.
-¿No
somos todos hermanos? -dijo el mercader-. ¿Y no nos hizo un mismo Dios? Ven por
tanto conmigo, pues tengo un aposento para invitados.
Así
que el joven pescador se levantó y siguió al mer¬cader a su casa. Y cuando
hubieron cruzado un jardín de granados y entrado en la casa, el mercader le
llevó agua de rosas en una jofaina de cobre para que se lavara las manos, y
melones en sazón para que apagara la sed, y puso ante él un cuenco de arroz y
un pedazo de cabrito asado.
Y
cuando hubo terminado, el mercader le llevó a la alcoba de los invitados, y le
pidió que durmiera y des¬cansara. Y el joven pescador le dio las gracias y besó
el anillo de su mano, y se dejó caer en las alfombras de pelo de cabra teñido.
Y cuando se hubo cubierto con una manta de lana de cordero negro cayó dormido.
Y
tres horas antes del alba, y siendo de noche todavía, le despertó su alma y le
dijo:
-Levántate
y vete al aposento del mercader, al apo¬sento mismo en el que duerme y mátale,
y cógele su oro, pues lo necesitamos.
Y el
joven pescador se levantó y fue sigilosamente hasta la habitación del mercader,
y sobre los pies del mercader había una espada curva, y la bandeja que había al
lado del mercader tenía nueve bolsas de oro. Y exten¬dió la mano y tocó la
espada, y al tocarla se sobresaltó el mercader y se despertó, y levantándose de
un salto agarró la espada y gritó al joven pescador:
-¿Devuelves
mal por bien y pagas derramando sangre la bondad que he mostrado contigo?
Y su
alma dijo al pescador: -Golpéale.
Y le
golpeó hasta que perdió el conocimiento, y cogió entonces las nueve bolsas de
oro y huyó apresuradamente a través del jardín de granados, y orientó su rostro
a la estrella que es el lucero del alba.
Y
cuando hubieron recorrido una legua desde la ciu¬dad, el joven pescador se dio
golpes de pecho y dijo a su alma:
-¿Por
qué me ordenaste que matara al comerciante y cogiera su oro? Tengo por seguro
que eres malvada.
Pero
su alma le respondió:
-No
te inquietes, no te inquietes.
-No
-gritó el joven pescador-. No puedo dejar de inquietarme, pues todo lo que me
has hecho hacer lo aborrezco. A ti también te aborrezco, y te ordeno que me
digas por qué te has portado conmigo de este modo.
Y su
alma le respondió:
-Cuando
me echaste al mundo no me diste corazón, así que aprendí a hacer todas estas
cosas y a amarlas.
-¿Qué
dices? -murmuró el joven pescador.
-Ya
lo sabes -respondió su alma-; lo sabes muy bien. ¿Has olvidado que no me diste
corazón? Yo creo que no. Así que no te inquietes ni me inquietes, y qué¬date
tranquilo, pues no hay dolor que no hayas de arrojar lejos de ti ni placer que
no hayas de gozar.
Y
cuando el joven pescador oyó estas palabras se puso a temblar, y dijo a su
alma:
-No;
eres perversa, y me has hecho olvidar a mi amor, y me has tentado con
tentaciones, y has puesto mis pies en las sendas del pecado.
Y su
alma le respondió:
-No
habrás olvidado que cuando me echaste al mundo no me diste corazón. Ven,
vayamos a otra ciudad, y regocijémonos, pues tenemos nueve bolsas de oro.
Pero
el joven pescador cogió las nueve bolsas de oro y las tiró al suelo, y las
pisoteó.
-No
-exclamó-, y no quiero tener nada que ver contigo, ni quiero viajar contigo a
ninguna parte, sino que lo mismo que te arrojé lejos de mí antes, te arrojaré
ahora, pues no me has hecho ningún bien.
Y se
volvió de espaldas a la luna, y con la navajilla que tenía el mango de piel de
víbora verde se esforzó en re¬cortar de sus pies la sombra del cuerpo que es el
cuerpo del alma.
Sin
embargo, su alma no se movió de él, ni hizo caso de su mandato, sino que le
dijo:
-El
conjuro que te dijo la hechicera ya no te sirve, pues yo no puedo dejarte, ni
me puedes echar tú. Una vez en la vida puede un hombre arrojar su alma lejos de
sí, pero el que vuelve a recibir su alma tiene que que¬darse con ella para
siempre, y este es su castigo y su re¬compensa.
Y el
joven pescador se puso lívido, y apretando los pu¬ños exclamó:
-Era
una hechicera falsa, pues no me dijo eso. -No -respondió su alma-, era fiel a
aquel a quien adora, y cuya esclava será para siempre.
Y
cuando supo el joven pescador que ya no podría li¬brarse de su alma, y que era
un alma perversa, y que mo¬raría siempre con él, se arrojó al suelo llorando
amar-gamente.
Y
cuando fue de día se levantó el joven pescador y dijo a su alma:
-Me
ataré las manos para no hacer tus mandatos, y cerraré los labios para no decir
tus palabras, y volveré al lugar donde tiene su morada la que amo. Al mar es
adonde volveré, y a la pequeña bahía en la que acostum¬braba ella a cantar, y
yo la llamaré y le diré el mal que he hecho y el mal que tú me has hecho.
Y su
alma le tentó y dijo:
-¿Quién
es tu amada para que vuelvas a ella? El mundo tiene muchas más hermosas. Están
las bailarinas de Samaris, que imitan la danza de todos los pájaros y de todos
los animales. Tienen los pies pintados con al¬heña, y llevan en las manos
campanillas de cobre. Ríen al danzar, y su risa es tan clara como la risa del
agua. Ven conmigo y te las mostraré. Pues, ¿qué sentido tiene esa inquietud
tuya sobre las cosas que son pecado? ¿No se han hecho las cosas sabrosas para
el que come? ¿Hay veneno en lo que es dulce al beber? No te inquietes y ven
conmigo a otra ciudad. Hay otra pequeña ciudad muy cerca con un jardín de
tulíperos. Y habitan en ese lindo jardín pavos reales blancos y pavos reales de
pecho azul. Su cola, cuando hacen la rueda al sol, es como un disco de marfil y
como un disco de oro. Y la que les da el alimento danza para placer de ellos, y
a veces danza sos¬teniéndose en las manos y otras veces danza sobre los pies.
Tiene los ojos sombreados con antimonio y las ale¬tas de su nariz tienen la
forma de las alas de una golon¬drina. Colgada de un ganchito en una de las
aletas de su nariz pende una flor tallada en una perla. Ríe mientras danza, y
las ajorcas de plata que rodean sus tobillos re¬pican como campanas de plata.
Así que no te inquietes más, y ven conmigo a esa ciudad.
Pero
el joven pescador no respondió a su alma, sino que selló sus labios con el
sello del silencio, y con una cuerda apretada ató sus manos, y emprendió el
camino de vuelta al lugar del que había salido, a aquella pequeña bahía en que
su amor solía cantar. Y siempre le tentaba su alma en el camino, pero él no le
respondía, ni quiso hacer ninguna de las maldades que intentaba que hiciera,
¡tan grande era la fuerza del amor que había dentro de él!
Y
cuando hubo llegado a la orilla del mar, desató la cuerda de sus manos, y
rompió el sello de silencio de sus labios, y llamó a la sirenita. Pero ella no
acudió a su lla¬mada, aunque la llamó durante todo el día suplicándole.
Y su
alma se burlaba de él y decía:
-Ciertamente
tienes poca alegría con tu amor. Eres semejante a quien en tiempo de escasez
vierte agua en una vasija rota; rechazas lo que tienes y no se te da nada a
cambio. Más te valdría venir conmigo, pues sé dónde está el Valle del Placer, y
las cosas que allí existen.
Pero
el joven pescador no respondió a su alma, y en una hendidura de la roca se
construyó una casa de zarzo, y habitó allí por espacio de un año. Y cada mañana
lla-maba a la sirena, y cada mediodía la volvía a llamar, y por la noche
pronunciaba su nombre. No obstante, ella nunca salió del mar a su encuentro, ni
en ningún lugar del mar pudo encontrarla, aunque la buscó en las grutas y en el
agua verde, en los charcos que forma la marea y en los pozos del fondo del
abismo.
Y
siempre su alma le tentaba con el mal, y le musitaba cosas terribles. Sin
embargo, no prevalecía contra él, ¡tan grande era la fuerza de su amor!
Y
después de transcurrido el año, pensó el alma en su interior:
«He
tentado a mi dueño con el mal, y su amor es más fuerte que yo. Le tentaré ahora
con el bien, y puede que quiera venirse conmigo.»
Así
es que habló al joven pescador y dijo:
-Te
he hablado de la alegría del mundo, y me has prestado oídos sordos. Permíteme
ahora que te hable del sufrimiento del mundo, y puede que quieras escuchar.
Pues, en verdad, el sufrimiento es el señor de este mundo, y no hay nadie que
escape de sus redes. Hay quien carece de vestido, y quien carece de pan. Hay
viudas que se sien¬tan cubiertas de púrpura, y viudas que se sientan cubier¬tas
de harapos. De acá para allá en las tierras pantanosas van los leprosos y son
crueles los unos con los otros. Los mendigos recorren arriba y abajo los
caminos con las bol¬sas vacías. Por las calles de las ciudades pasea el hambre,
y a sus puertas se sienta la plaga. Ven, vayamos a poner remedio a esas cosas,
y a hacer que no existan. ¿Por qué habrías de quedarte aquí llamando a tu amor,
viendo que ella no acude a tu llamada? i.Y qué es el amor para que no pongas
esta noble causa por encima de él?
Pero
el joven pescador no le respondió, ¡tan grande era la fuerza de su amor! Y cada
mañana llamaba a la sirena, y cada mediodía volvía a llamarla, y de noche
pronun¬ciaba su nombre. Sin embargo, nunca salió ella del mar a su encuentro,
ni en ningún lugar del mar pudo encon¬trarla, aunque la buscó en los ríos del
mar, y en los valles que están bajo las olas, en el mar que la noche convierte
en púrpura, y en el mar que el alba torna gris.
Y
después de transcurrido el segundo año, dijo el alma al joven pescador una
noche, cuando estaba solo sentado en su hogar de zarzo:
-¡Mira!,
te he tentado con el mal y te he tentado con el bien, y tu amor es más fuerte
que yo. Por tanto, no te tentaré más, pero te ruego que me permitas entrar en
tu corazón para que sea uno contigo como era antes.
-Ciertamente
puedes entrar -dijo el joven pesca¬dor-, pues en los días en que fuiste sin
corazón por el mundo debiste sufrir mucho.
-¡Ay!
-exclamó el alma-, no puedo encontrar nin¬guna entrada, tan cercado por el amor
está este corazón tuyo.
-Y,
sin embargo, quisiera poder ayudarte -dijo el joven pescador.
Y
cuando así hablaba vino del mar un grito de duelo, semejante al grito que oyen
los hombres cuando muere uno de los que habitan en el mar. Y el joven pescador
se puso en pie de un salto, y salió de su casa de zarzo y bajó corriendo a la
orilla. Y las negras olas se apresu¬raron hacia la playa, llevando consigo una
carga que era más blanca que la plata. Blanca como el rompiente de las olas
era, y como una flor se movía en las aguas. Y el rompiente la tomó de las olas,
y la espuma la tomó del rompiente, y la recibió la playa; y, yaciendo a sus
pies, el joven pescador vio el cuerpo de la sirenita. Muerto a sus pies yacía.
Llorando
como quien ha sido herido por el dolor se lanzó junto a ella, y besó el rojo
frío de su boca, y ju¬gueteó con el ámbar húmedo de sus cabellos. Se lanzó
junto a ella en la arena, llorando como quien tiembla de alegría, y en sus
brazos morenos la sostuvo junto a su pecho.
Fríos
eran los labios, no obstante él los besaba. Salada era la miel de los cabellos;
sin embargo la saboreaba con amarga alegría. Besaba los párpados cerrados, y la
es-puma bravía que había sobre las cuencas de sus ojos era menos salada que sus
lágrimas.
Y al
cadáver hizo él su confesión. En las conchas de sus oídos vertió el vino acerbo
de su historia. Puso las pequeñas manos en torno a su cuello, y tocó con sus
dedos la esbelta caña de su garganta. Amargo, amargo era su gozo, y lleno de
extraña alegría era su dolor.
El
negro mar vino más cerca, y la blanca espuma gemía como un leproso. Con blancas
garras de espuma buscaba el mar a tientas en la playa. Desde el palacio del rey
del mar llegaba de nuevo el grito de duelo, y a lo lejos, en alta mar, los
grandes tritones tocaban broncamente sus caracolas.
-¡Huye!
-dijo su alma-, pues cada vez se acerca más el mar, y si te detienes te matará.
¡Huye!, que tengo miedo, viendo que tu corazón está cerrado para mí por razón
de la grandeza de tu amor. Huye a un lugar seguro. ¿No querrás ciertamente
mandarme al otro mundo sin corazón?
Pero
el joven pescador no escuchaba a su alma, sino que llamaba a la sirenita y
decía:
-El
amor es mejor que la sabiduría, y de más precio que las riquezas, y más hermoso
que los pies de las hijas de los hombres. Las llamas no pueden destruirlo ni
pue¬den las aguas apagarlo. Te llamé al alba, y tú no acudiste a mi llamada. La
luna oyó tu nombre; sin embargo, tú no me hiciste caso. Pues con maldad te
abandoné yo, y para mi propio daño me fui a merodear. No obstante, siempre tu
amor permaneció conmigo, y siempre fue fuerte y no prevaleció nada contra él,
aunque contemplé el mal y contemplé el bien. Y ahora que has muerto, te digo en
verdad que moriré yo también contigo.
Y su
alma le suplicó que se fuera, pero él no quiso, ¡tan grande era su amor! Y el
mar llegó más cerca, y trató de cubrirle con sus olas, y cuando él supo que el
final estaba próximo besó con labios enloquecidos los la¬bios fríos de la
sirena, y su corazón se hizo pedazos. Y cuando por la plenitud de su amor se
rompió su corazón, encontró el alma una entrada, y entró, y fue una con él
igual que antes.
Y el
mar cubrió con sus olas al joven pescador.
Y a
la mañana siguiente fue el sacerdote a bendecir el mar, pues había estado
turbulento. Y con él fueron los monjes, y los músicos, y los que portaban los
cirios, y los que hacían oscilar los incensarios, y una gran con¬currencia.
Y
cuando el sacerdote llegó a la orilla del mar vio al joven pescador que yacía
ahogado en el rompiente de las olas y, estrechado entre sus brazos, el cuerpo
de la sire¬nita. Y retrocedió frunciendo el ceño y, después de hacer la señal
de la cruz, gritó con voz sonora y dijo:
-No
quiero bendecir el mar ni a nada de lo que hay en él. ¡Malditos sean los que
habitan en el mar, y sean malditos los que trafican con ellos! Y en cuanto a
aquel que por amor abandonó a Dios y yace aquí con su amada, y a quien el
juicio de Dios dio muerte, llevaos su cuerpo y el cuerpo de su amada, y
enterradlos en el rin¬cón del Campo de los Bataneros, y no pongáis marca
al¬guna sobre ellos ni señal de ninguna clase; que no sepa nadie el lugar de su
descanso, pues fueron malditos en su vida y serán también malditos en su
muerte.
E
hicieron lo que ordenó; y en el rincón del Campo de los Bataneros, donde no
crecen hierbas frescas, ca¬varon una honda fosa y dejaron en ella los
cadáveres.
Y
transcurrido el tercer año, y un día que era sagrado, subió el sacerdote a la
capilla para mostar al pueblo las llagas del Señor y hablarle de la ira de
Dios.
Y
cuando vestido con los ornamentos sagrados hubo entrado y se hubo prosternado
ante el altar, vio que estaba el altar cubierto de extrañas flores que nunca
había visto antes. Extrañas eran a la mirada y de extraña be¬lleza, y su
belleza le turbó, y su fragancia era dulce a su olfato. Y se sentía alegre, y
no comprendía por qué es¬taba alegre.
Y
después de haber abierto el sagrario, e incensado el viril de la custodia que
había en él, y mostrado al pueblo la blanca hostia, y de haberla ocultado de
nuevo tras el velo de los velos, empezó a hablar al pueblo, deseando hablarles
de la ira de Dios. Pero la belleza de las flores blancas le turbaba, y la
fragancia era dulce a su olfato; y otra palabra vino a sus labios, y habló, no
de la ira de Dios, sino del Dios cuyo nombre es Amor. Y por qué hablaba así, no
lo sabía.
Y
cuando hubo terminado su homilía lloraba el pueblo; y el sacerdote volvió a la
sacristía, y tenía los ojos llenos de lágrimas. Y los diáconos entraron y
empezaron a des¬pojarle de sus ornamentos, y le quitaron el alba y el cín¬gulo,
el manípulo y la estola. Y él estaba como quien está en sueños.
Y
después de que le hubieron despojado de los orna¬mentos, les miró y dijo:
-¿Cuáles
son las flores que están en el altar, y de dónde vienen?
Y le
respondieron:
-Qué
flores son no podemos decirlo, pero proceden del rincón del Campo de los
Bataneros.
Y el
sacerdote se puso a temblar, y regresó a su casa y oró.
Y a
la mañana siguiente, cuando era todavía el alba, fue con los monjes, y los
músicos, y los que portaban los cirios, y los que hacían oscilar los
incensarios, y una gran concurrencia; llegó a la orilla del mar y bendijo el
mar y a todos los seres libres que hay en él. A los faunos tam¬bién los
bendijo, y a los pequeños seres que danzan en el bosque, y a las criaturas de
ojos brillantes que miran a través de las hojas. A todas las cosas del mundo
del Señor bendijo, y la gente estaba llena de alegría y de asombro. No
obstante, nunca en el rincón del Campo de los Bataneros brotaron otra vez
flores de ninguna espe¬cie, sino que el campo se volvió estéril lo mismo que
era antes. Ni vinieron los habitantes del mar a la bahía como solían hacer,
pues se fueron a otra parte del mar.
EL
NIÑO-ESTRELLA
Había
una vez dos pobres leñadores que volvían a su casa a través de un gran pinar.
Era invierno, y hacía una noche de intenso frío. Había una espesa capa de nieve
en el suelo y en las ramas de los árboles; la helada hacía chasquear
continuamente las ramitas a ambos lados a su paso; y cuando llegaron a la
cascada de la montaña la encontraron suspendida inmóvil en el aire, pues la
había besado el rey del hielo.
Tanto
frío hacía que ni siquiera los pájaros ni los de¬más animales entendían lo que
ocurría.
-¡Uf!
-gruñía el lobo, mientras iba renqueando a tra¬vés de la maleza con el rabo
entre las patas-, hace un tiempo enteramente monstruoso. ¿Por qué no toma
me¬didas el gobierno?
-¡Uit!,
¡uit!, ¡uit! -gorjeaban los verdes pardillos-, la vieja tierra se ha muerto, y
la han sacado afuera con su blanca mortaja.
-La
tierra se va a casar, y este es su traje de novia -se decían las tórtolas una a
otra cuchicheando. Tenían las patitas rosas llenas de sabañones, pero sen¬tían
que era su deber tomar un punto de vista romántico sobre la situación.
-¡Tonterías!
-refunfuñó el lobo-. Os digo que la culpa la tiene el gobierno, y si no me
creéis os comeré.
El
lobo tenía una mente completamente práctica, y siempre tenía a punto un buen
razonamiento. -Bueno, por mi parte -dijo el picoverde, que era un filósofo
nato- no me interesa una teoría pormenorizada de explicaciones. Las cosas son
como son, y ahora hace un frío terrible.
Y un
frío terrible hacía, ciertamente. Las pequeñas ar¬dillas, que vivían en el
interior del alto abeto, no hacían más que frotarse mutuamente el hocico para
entrar en calor, y los conejos se hacían un ovillo en sus madrigue¬ras, y no se
aventuraban ni siquiera a mirar afuera. Los únicos que parecían disfrutar eran
los grandes búhos con cuernos. Tenían las plumas completamente tiesas por la
escarcha, pero no les importaba, y movían en redondo sus grandes ojos
amarillos, y se llamaban unos a otros a tra¬vés del bosque:
-¡Tu-uit!
¡Tu-ju! ¡Tu-uit! ¡Tu-ju! ¡Qué tiempo tan de¬licioso tenemos!
Los
dos leñadores seguían su camino, soplándose con fuerza los dedos y golpeando
con sus enormes botas con refuerzos de hierro la nieve endurecida. En una
ocasión se hundieron en un ventisquero profundo y salieron tan blancos como
molineros cuando las muelas están mo¬liendo; y una vez resbalaron en el hielo
duro y liso donde estaba helada el agua de la tierra pantanosa, y se les
ca¬yeron los haces de su carga, y tuvieron que recogerlos y volverlos a atar; y
otra vez pensaron que habían perdido el camino, y se apoderó de ellos un gran
terror, pues sa¬bían que la nieve es cruel con los que duermen en sus brazos.
Pero pusieron su confianza en el buen San Mar¬tín, que vela por todos los
viajeros, y volvieron sobre sus pasos, y caminaron con cautela, y al fin llegaron
al lin¬dero del bosque, y vieron allá abajo en el valle, a sus pies, las luces
del pueblo en el que vivían.
Tan
gozosos estaban de haber salido, que se pusieron a reír a carcajadas, y la
tierra les pareció como una flor de plata, y la luna como una flor de oro. Sin
embargo, después de haberse reído se pusieron tristes, pues recor¬daron su
pobreza, y uno de ellos dijo al otro:
-¿Por
qué nos hemos alegrado, viendo que la vida es para los ricos, y no para los que
son como nosotros? Más valdría que nos hubiéramos muerto de frío en el bosque,
o que alguna bestia salvaje hubiera caído sobre nosotros y nos hubiera matado.
-Verdaderamente
-contestó su compañero-, mucho se les da a unos y poco se les da a otros. La
injusticia ha parcelado el mundo, y nada está dividido por igual, si no es el
sufrimiento.
Pero
mientras estaban lamentándose mutuamente de su miseria ocurrió una cosa
extraña: cayó del cielo una estrella muy brillante y hermosa. Se deslizó por el
fir-mamento, dejando atrás a las otras estrellas en su curso, y, mientras la
miraban asombrados, les pareció que se hundía detrás de un bosquecillo de
sauces que había muy cerca de un pequeño redil, no más que a un tiro de pie¬dra
de distancia.
-¡Mira!
¡Vaya una vasija llena de oro para el que la encuentre! -gritaron.
Y se
echaron a correr, ¡tanta ansia tenían por el oro! Y uno de ellos corrió más
deprisa que su compañero, y le adelantó, y abriéndose paso a través de los
sauces salió al otro lado, y ¡qué maravilla!; había de verdad algo que era de
oro sobre la nieve blanca. Así que se fue apri¬sa hacia ello, y agachándose
puso las manos encima, y era un manto de tisú de oro, extrañamente tejido con
estre¬llas y doblado en muchos pliegues. Y gritó a su camarada que había
encontrado el tesoro que había caído del cielo; y cuando llegó su compañero se
sentaron en la nieve y deshicieron los dobleces del manto para repartirse las
monedas de oro. Pero, ¡ay!, dentro no había oro, ni plata, ni en verdad ningún
tesoro de ninguna clase, sino sólo un niño pequeño que estaba dormido.
Y
uno de ellos dijo al otro:
-Este
es un amargo final de nuestras esperanzas, y no tenemos buena fortuna, pues ¿de
qué provecho es un niño para un hombre? Dejémoslo aquí y sigamos nuestro
camino, dado que somos hombres pobres y tenemos hijos propios cuyo pan no
podemos dar a otro.
Pero
su compañero le replicó:
-No,
sería una mala acción dejar al niño perecer aquí en la nieve, y aunque yo soy
tan pobre como tú y tengo muchas bocas que alimentar y muy poco en la olla, sin
embargo, me lo llevaré a casa conmigo, y mi mujer le cuidará.
Así
que levantó al niño con mucha ternura, y le en¬volvió en el manto para
protegerle del frío crudo, e hizo el camino al pueblo bajando la colina, con su
compañero muy sorprendido de su necedad y blandura de corazón. Y cuando
llegaron al pueblo su compañero le dijo:
-Tú
tienes el niño; por tanto, dame el manto, pues estaba convenido que nos lo
repartiríamos.
Pero
él le replicó:
-No,
pues el manto no es ni mío ni tuyo, sino sólo del niño.
Y le
dijo que fuera con Dios, y fue a su propia casa y llamó a la puerta.
Y
cuando su mujer abrió la puerta y vio que su marido había vuelto sano y salvo,
le echó los brazos al cuello y le besó, y le quitó de la espalda la carga de
haces de leña, y le quitó con un cepillo la nieve de las botas, y le pidió que
entrara.
Pero
él le dijo:
-He
encontrado algo en el bosque y te lo he traído para que los cuides.
Y no
se movió del umbral.
-¿Qué
es? -exclamó ella-. Enséñamelo, pues la casa está vacía y necesitamos muchas
cosas.
Y él
retiró el manto y le mostró al niño dormido.
-¡Ay,
buen hombre! -murmuró-, ¿no tenemos bas¬tantes hijos propios, para que tú
tengas que traer otro ajeno abandonado que se siente al amor de la lumbre? ¿Y
quién sabe si no nos traerá la desgracia? ¿Y cómo le vamos a mantener?
Y se
puso furiosa contra él.
-Es
un niño-estrella -replicó él.
Y le
contó el modo extraño en que le habían encon¬trado.
Pero
ella no quiso apaciguarse, sino que se burlaba de él, y le habló muy enfadada,
y gritó:
-Nuestros
hijos no tienen pan, ¿y vamos a dar de co¬mer a un hijo ajeno? ¿Quién se
preocupa por nosotros? ¿Y quién nos da de comer?
-No,
no. Dios cuida hasta de los gorriones, y los ali¬menta -respondió él.
-¿No
se mueren los gorriones de hambre en el in¬vierno? -preguntó ella-. ¿Y no es
invierno ahora?
Y el
hombre no contestó nada, pero no se meneó del umbral.
Y un
viento cortante del bosque entraba por la puerta abierta, y le hacía a ella
tiritar; y se estremeció y dijo:
-¿No
quieres cerrar la puerta? Entra en la casa un viento cortante, y tengo frío.
-En
una casa donde hay un corazón duro ¿no entra siempre un viento cortante?
Y la
mujer no contestó nada, pero se deslizó más cerca del fuego.
Y al
cabo de un rato se volvió y le miró, y tenía los ojos llenos de lágrimas. Y él
entró a toda prisa, y le puso al niño en los brazos, y ella le besó, y le
acostó en una camita donde estaba acostado el más pequeño de sus pro¬pios
hijos. Y por la mañana el leñador, cogió el curioso manto de oro y lo metió en
un gran cofre, y una cadena de ámbar que llevaba el niño alrededor del cuello
la co¬gió su mujer y la metió en el cofre también.
Así
es que el niño-estrella se crió con los hijos del le¬ñador, y se sentaba a la
misma mesa con ellos, y era su compañero de juegos. Y cada año se volvía más
hermoso a la mirada, de modo que todos los que vivían en el pue¬blo estaban
llenos de asombro, pues mientras que todos ellos eran morenos y de pelo negro,
él era blanco y delicado como el marfil de los cisnes, y sus rizos eran como
los anillos del asfódelo. Sus labios, también, eran como los pétalos de una
flor roja, y eran sus ojos como violetas junto a un río de agua pura, y su
cuerpo como el narciso de un campo al que no va el segador.
Sin
embargo, su belleza le acarreó el mal, pues se vol¬vió orgulloso, cruel y
egoísta. A los hijos del leñador y a los otros niños del pueblo los
despreciaba, diciendo que eran de familia de poca monta, mientras que él era
noble, habiendo nacido de una estrella; y se hacía su señor y les llamaba
siervos suyos. No tenía compasión de los pobres, ni de los ciegos, ni de los
lisiados, ni de los que estaban de algún modo afligidos, sino que acostumbraba
a tirarles piedras y echarles al camino, y solía decirles que se fue¬ran a otra
parte a mendigar el pan; así que nadie, a ex¬cepción de los proscritos, iba dos
veces a aquel pueblo a pedir limosna. Verdaderamente estaba como prendado de la
belleza, y se burlaba de los achacosos y de los poco favorecidos, y se chanceaba
de ellos; y estaba enamorado de sí mismo; y en verano, cuando los vientos
estaban en calma, solía recostarse junto al pozo del huerto del cura y mirar la
maravilla de su propio rostro, y reír por el pla¬cer que encontraba en su
propia belleza.
Con
frecuencia le reprendían el leñador y su mujer, y decían:
-A
ti no te hemos tratado como tratas tú a los que están afligidos y no tienen a
nadie que les socorra. ¿Por qué eres tan cruel con todos los que necesitan
compa-sión?
A
menudo le mandaba llamar el viejo sacerdote, e in¬tentaba enseñarle el amor a
las criaturas vivientes, di¬ciéndole:
-La
mosca es hermana tuya, no le hagas daño. Las aves del campo que vagan por el
bosque tienen su liber¬tad, no las cojas a lazo para tu placer. Dios hizo al
gusano ciego y al topo, y cada uno tiene su puesto. ¡,Quién eres tú para llevar
el sufrimiento al mundo de Dios? Hasta el ganado del campo le alaba.
Pero
el niño-estrella no hacía caso de sus palabras, sino que solía fruncir el ceño
y burlarse, y volver con sus com¬pañeros a capitanearles. Y sus compañeros le
seguían, pues era hermoso y tenía los pies ligeros, y sabía bailar, tocar el
caramillo y hacer música. Y adondequiera que el niño-estrella les dirigiera, le
seguían, y cualquier cosa que el niño-estrella les dijera, la hacían. Y cuando
atravesó con una caña afilada los ojos turbios del topo, se rieron, y cuando
tiraba piedras a los leprosos, se reían también. Y en todas las cosas les
gobernaba; y se volvieron duros de corazón, como era él.
Y
pasó un día por el pueblo una pobre mendiga. Lle¬vaba la ropa desgarrada y
harapienta, y le sangraban los pies por lo áspero del camino en el que había
caminado, y estaba en un estado lamentable. Y sintiéndose cansada se sentó al
pie de un roble a descansar.
Pero
cuando la vio el niño-estrella, dijo a sus compa¬ñeros:
-¡Mirad!
Ahí está una pordiosera asquerosa sentada bajo ese árbol hermoso de hojas
verdes. ¡Venid!, vamos a echarla de ahí, pues es fea y desagradable.
Así
es que se acercó y la apedreó, y se mofó de ella; y ella le miró con terror en
los ojos, y no apartaba la vista de él. Y cuando vio el leñador, que estaba
partien¬do leños en una leñera cercana, lo que estaba haciendo el
niño-estrella, se echó a correr y le reprendió, dicién¬dole:
-Verdaderamente
eres duro de corazón y no conoces la compasión, pues ¡,qué mal te ha hecho esta
pobre mujer para que la trates de este modo?
Y el
niño-estrella se puso rojo de ira y dio una patada en el suelo, y dijo:
-¿Quién
eres tú para preguntarme a mí lo que hago? No soy hijo tuyo para que tenga que
hacer lo que tú me mandes.
-Dices
verdad -replicó el leñador-; sin embargo, yo te mostré compasión cuando te
encontré en el bosque.
Y al
oír la mujer estas palabras lanzó un fuerte grito y cayó desmayada. Y el
leñador se la llevó a su casa, y su mujer la cuidó, y cuando volvió en sí del
desmayo pu¬sieron ante ella comida y bebida y le pidieron que re¬cobrara
fuerzas.
Pero
ella no quiso ni comer ni beber, y dijo al leñador:
-¿No
dijiste que el niño fue encontrado en el bosque? ¿Y no ocurrió eso hoy hace
diez años?
Y el
leñador contestó:
-Sí,
fue en el bosque donde le encontré, y eso ocurrió hoy hace diez años.
-¿Y
qué señales encontraste con él? -exclamó ella-. ¿No llevaba al cuello una
cadena de ámbar? ¿No tenía envolviéndole un manto de tisú de oro con estrellas
bordadas?
-Así
es en verdad -contestó el leñador-; fue como dices.
Y
sacó el manto y la cadena de ámbar del cofre donde estaban y se los enseñó.
Y
cuando ella los vio lloró de alegría y dijo:
-Es
mi hijito al que perdí en el bosque. Te ruego que le mandes llamar en seguida,
pues en su busca he vagado por el mundo entero.
Así
que el leñador y su mujer salieron y llamaron al niño-estrella, y le dijeron:
-Entra
en casa y encontrarás allí a tu madre, que te está esperando.
Entró,
pues, corriendo, lleno de sorpresa y con gran alegría. Pero cuando vio a la que
estaba esperando allí, se rió desdeñosamente y dijo:
-Y
bien, ¿dónde está mi madre? No veo a nadie aquí más que a esta asquerosa
mendiga.
Y la
mujer le replicó:
-Yo
soy tu madre.
-Tú
estás loca para decir tal cosa -gritó el niño-es¬trella furioso-. Yo no soy
hijo tuyo, pues tú eres una mendiga fea y harapienta. Así que ¡vete de aquí!,
¡y que no vea más tu sucia cara!
-No,
tú eres de verdad mi hijito, a quien di a luz en el bosque -exclamó.
Y
cayó de rodillas y le tendió los brazos.
-Los
ladrones te robaron llevándote de mi lado y te abandonaron para que murieras
-murmuró-, pero yo te reconocí en cuanto te vi, y las señales también las he
reconocido: el manto de tisú de oro y la cadena de ámbar. Por tanto, te ruego
que vengas conmigo, pues por el mundo entero he vagado en busca tuya. ¡Ven
conmigo, hijo mío!, porque tengo necesidad de tu cariño.
Pero
el niño-estrella no se movió de su sitio, sino que cerró para ella las puertas
de su corazón; ni tampoco se oyó sonido alguno, excepto el que hacía la mujer
llorando de aflicción. Y al fin le habló él, y su voz era dura y amarga:
-Si
de verdad eres mi madre -dijo-, hubiera sido mejor que te hubieras quedado
lejos y no hubieras venido aquí a avergonzarme, puesto que yo creía que era
hijo de alguna estrella, y no el hijo de una mendiga, como me dices que soy.
Por tanto, vete de aquí y que no te vea más.
-¡Ay,
hijo mío! -exclamó ella-, ¿no quieres be¬sarme antes de que me vaya?, pues he
sufrido mucho para encontrarte.
-No
-dijo el niño-estrella-, eres demasiado repug¬nante para mirarte, y preferiría
besar a una víbora o a un sapo mejor que a ti.
Así
es que la mujer se levantó y se fue al bosque llo¬rando amargamente; y cuando
el niño-estrella vio que se había ido se alegró, y volvió corriendo con sus
compa-ñeros de juegos para jugar con ellos. Pero al verle llegar, se burlaron
de él y dijeron:
-¡Mira!,
eres tan feo como un sapo, y tan repugnante como una víbora. Vete de aquí, pues
no te dejaremos jugar con nosotros.
Y le
echaron del jardín.
Y el
niño-estrella frunció el ceño y se dijo por lo bajo: «¿Qué es lo que me dicen?
Iré al pozo de agua y me miraré en él, y él me hablará de mi belleza.»
Así
que fue al pozo de agua y miró en él, y ¡vaya sor¬presa!, su cara era como la
cara de un sapo, y su cuerpo tenía escamas como el de una víbora. Y se arrojó
sobre la hierba y se echó a llorar, y se dijo a sí mismo:
«Seguro
que esto me ha pasado por mi pecado, pues he renegado de mi madre y la he
echado, y he sido or¬gulloso y cruel con ella. Por tanto, iré a buscarla por el
mundo entero y no descansaré hasta que no la haya en¬contrado.»
Y
vino a él la hija pequeña del leñador, y poniéndole la mano en el hombro le
dijo:
-¿Qué
importa que hayas perdido tu hermosura? Quédate con nosotros, y yo no me reiré
de ti.
Y él
le dijo:
-No;
he sido cruel con mi madre, y como castigo se me ha enviado este mal. Por ello
debo irme de aquí, y vagar por el mundo hasta que la encuentre y me perdone.
Así
que se fue corriendo al bosque y llamó a su madre para que acudiera adonde él
estaba, pero no hubo nin¬guna respuesta. Todo el día la estuvo llamando, y
cuando se puso el sol se echó a dormir en un lecho de hojas, y los pájaros y
los demás animales huían de él, porque re¬cordaban su crueldad; y estaba solo,
a excepción del sapo que le miraba y de la lenta víbora que pasaba
arrastrán¬dose.
Y a
la mañana se levantó, y recogió moras amargas de los árboles y las comió, y
emprendió el camino a través del gran bosque, llorando con gran aflicción. Y a
todos los seres que veía les preguntaba si por casualidad habían visto a su
madre.
Le
dijo al topo:
-Tú
que puedes meterte dentro de la tierra, dime: ¿está mi madre allí?
Y el
topo replicó:
-Tú
has cegado mis ojos, ¿cómo habría de saberlo yo? Le dijo al pardillo:
-Tú
que puedes volar sobre las copas de los altos ár¬boles y puedes ver el mundo
entero, dime: ¿puedes ver a mi madre?
Y el
pardillo replicó:
-Tú
me has cortado las alas para divertirte, ¿cómo podría yo volar?
Y a
la pequeña ardilla que vivía en el abeto y estaba sola le dijo:
-¿Dónde
está mi madre?
Y la
ardilla contestó:
-Tú
has matado a la mía. ¿Estás intentando matar a la tuya también?
Y el
niño-estrella lloraba y bajaba la cabeza, y pedía perdón a las criaturas de
Dios, y seguía a través del bos¬que buscando a la mendiga. Y al tercer día
llegó al otro lado del bosque y bajó a la llanura.
Y
cuando pasaba por los pueblos los niños se reían de él y le tiraban piedras, y
los campesinos no le dejaban ni siquiera dormir en los graneros, no fuera que
llevara el moho al grano almacenado, tan repugnante era a la vista; y los
jornaleros le echaban, y no había nadie que se com¬padeciera de él. Ni podía
tener noticias en ninguna parte de la mendiga que era su madre, aunque por
espacio de tres años vagó por el mundo, y con frecuencia le parecía que la veía
en el camino enfrente de él, y solía llamarla y correr tras ella hasta que los
guijarros cortantes le ha¬cían sangrar los pies. Pero no podía alcanzarla, y
los que vivían al borde del camino siempre negaban haberla visto, o haber visto
a alguien que se pareciera a ella, y se bur¬laban de su dolor.
Por
espacio de tres años vagó por el mundo, y en el mundo no había para él ni amor
ni tierna bondad ni ca¬ridad, sino que era un mundo tal como el que se había
hecho para sí en los días de su gran orgullo.
Y un
atardecer llegó a la puerta de una ciudad fuer¬temente amurallada, situada
junto a un río, y aunque es¬taba cansado y con los pies doloridos quiso entrar
en ella. Pero los soldados que estaban de guardia cruzaron la en¬trada con sus
alabardas y le dijeron con brusquedad: -¿Qué te trae por la ciudad?
-Estoy
buscando a mi madre -contestó-, y os ruego que me permitáis pasar, pues puede
que esté en esta ciu¬dad.
Pero
ellos se burlaron de él, y uno sacudió su negra barba, dejó en el suelo su
escudo y exclamó:
-Verdaderamente,
tu madre no se va a poner con¬tenta cuando te vea, pues eres más feo que el
sapo de las tierras encharcadas, o que la víbora que se arrastra en el pantano.
¡Fuera de aquí!, ¡fuera de aquí! Tu madre no vive en esta ciudad.
Y
otro, que tenía un pendón amarillo en la mano, le dijo:
-¿Quién
es tu madre y por qué la estás buscando?
Y él
contestó:
-Mi
madre es una mendiga, lo mismo que yo, y la he tratado mal, y os ruego que me
permitáis pasar para que ella me perdone, si es que se aloja en esta ciudad.
Pero
no quisieron, y le pincharon con sus lanzas.
Y al
volverse llorando, llegó uno, cuya armadura llevaba incrustadas flores doradas
y en cuyo yelmo ha¬bía un león con alas tumbado, y preguntó a los sol¬dados
quién era el que pedía entrada. Y ellos le dijeron:
-Es
un mendigo, hijo de una mendiga, y le hemos echado.
-No
-exclamó riendo-; venderemos a este ser re¬pugnante como esclavo, y su precio
será el precio de un cuenco de vino dulce.
Y un
viejo mal encarado que pasaba por allí les gritó y dijo:
-Le
compro por ese precio.
Y
cuando hubo pagado el precio tomó al niño-estrella de la mano y le condujo
dentro de la ciudad.
Y
después de que hubieron atravesado muchas calles llegaron a una puertecilla de
una tapia que estaba cu¬bierta por un granado. Y el viejo tocó la puerta con un
anillo de jaspe grabado y se abrió, y bajaron cinco esca¬lones de bronce y
entraron en un jardín lleno de ador¬mideras negras y de verdes jarros de barro
cocido. Y el viejo sacó entonces de su turbante una banda de seda es¬tampada
con figuras, y tapó con él los ojos del niño-es¬trella, y le llevó por delante
de él. Y cuando le quitaron la banda de los ojos, el niño-estrella se encontró
en una mazmorra que estaba iluminada por una linterna de asta.
Y el
viejo le puso ante él pan enmohecido en un tajo de madera, y dijo:
-Come.
Y
agua salobre en una taza, y dijo:
-Bebe.
Y
cuando hubo comido y bebido, salió el viejo, ce¬rrando la puerta tras él y
asegurándola con una cadena de hierro.
Y a
la mañana, el viejo, que era en realidad el más sutil de los magos de Libia y
había aprendido su arte de uno que moraba en las tumbas del Nilo, entró donde
él estaba y, frunciendo el ceño, le dijo:
-En
un bosque que está cerca de la puerta de esta ciudad de infieles hay tres
monedas de oro. Una es de oro blanco, y otra es de oro amarillo, y el oro de la
ter-cera es rojo. Hoy me traerás la moneda de oro blanco, y si no me la traes
cuando vuelvas, te daré cien latigazos. Vete deprisa, y a la puesta del sol te
estaré esperando a la puerta del jardín. Mira de traer el oro blanco, o lo
pasarás mal, pues eres mi esclavo, y te he comprado por el precio de un cuenco
de vino dulce.
Y le
vendó los ojos al niño-estrella con la banda de seda estampada con figuras, y
le guió a través de la casa y a través del jardín de adormideras, y le hizo
subir las cinco gradas de bronce. Y habiendo abierto la puertecilla con el
anillo le puso en la calle.
Y el
niño-estrella salió de la puerta de la ciudad, y llegó al bosque del que le
había hablado el mago.
Y
este bosque era muy hermoso si se le veía desde afuera, y parecía lleno de aves
canoras y de flores de suave fragancia, y el niño-estrella entró en él
alegremente. Sin embargo, de poco le sirvió esa belleza, pues dondequiera que
iba brotaban del suelo duros escara¬mujos y espinos y le cercaban, y le picaban
ortigas ve¬nenosas, y el cardo le pinchaba con sus dagas, de modo que estaba
con dolorosa angustia. Y no podía encontrar en ninguna parte la moneda de oro
blanco de que había hablado el mago, aunque la estuvo buscando desde la mañana
hasta el mediodía y desde el mediodía hasta la puesta del sol. Y a la puesta
del sol volvió su rostro hacia la casa, llorando amargamente, pues sabía qué
destino le esperaba.
Pero
cuando había llegado al lindero del bosque oyó un grito que venía de la maleza,
como de quien está presa del dolor. Y olvidando su propio sufrimiento volvió
corriendo a aquel lugar, y vio allí a una pequeña liebre cogida en una trampa
que algún cazador le había ten¬dido.
Y el
niño-estrella se compadeció de ella y la soltó; y le dijo:
-Yo
mismo no soy más que un esclavo, pero, sin em¬bargo, puedo darte a ti la
libertad.
Y la
liebre le contestó:
-Ciertamente,
tú me has dado la libertad, ¿y qué voy a darte yo a cambio?
Y el
niño-estrella le dijo:
-Estoy
buscando una moneda de oro blanco, y no puedo encontrarla en ninguna parte, y
si no se la llevo a mi amo me pegará.
-Ven
conmigo -dijo la liebre-, y te llevaré hasta ella, pues sé dónde está escondida
y con qué fin.
Así
que el niño-estrella se fue con la liebre, y, ¡vaya sorpresa!, en la cavidad de
un gran roble vio la moneda de oro blanco que estaba buscando. Y se llenó de
alegría y la cogió, y dijo a la liebre:
-El
servicio que yo te he prestado tú me lo has de¬vuelto con creces, y la bondad
que te mostré me la has pagado cien veces.
-No,
no -replicó la liebre-; según me trataste, así te traté yo.
Y se
fue corriendo velozmente, y el niño-estrella se fue hacia la ciudad.
Ahora
bien: a la puerta de la ciudad estaba sentado uno que era leproso. Sobre el
rostro llevaba colgado un capuchón de lino gris, y a través de las aberturas le
bri-llaban los ojos como carbones encendidos. Y al ver llegar al niño-estrella,
golpeó en una escudilla de madera, e hizo sonar la campanilla, y le llamó a
gritos, y dijo:
-Dame
una moneda, o me moriré de hambre, pues me han arrojado de la ciudad y no hay
nadie que se apiade de mí.
-¡Ay!
-exclamó el niño-estrella-. No tengo más que una moneda en mi bolsa, y si no se
la llevo a mi amo me pegará, pues soy su esclavo.
Pero
el leproso le imploró y le rogó, hasta que el niño¬estrella se apiadó y le dio
la moneda de oro blanco.
Y
cuando llegó a casa del mago, le abrió él, y le con¬dujo dentro y le dijo:
-¿Tienes
la moneda de oro blanco?
Y el
niño-estrella contestó:
-No
la tengo.
Así
es que el mago se arrojó sobre él y le pegó, y le puso delante un tajo vacío, y
dijo:
-Come.
Y
una taza vacía, y dijo:
-Bebe.
Y le
volvió a arrojar a la mazmorra.
Y a
la mañana fue el mago en su busca, y dijo:
-Si
no me traes hoy la moneda de oro amarillo, te aseguro que seguiré teniéndote
como esclavo y te daré trescientos latigazos.
Así
que el niño-estrella fue al bosque, y a lo largo de todo el día estuvo buscando
la moneda de oro amarillo, pero en ninguna parte pudo encontrarla. Y a la
puesta del sol se sentó y se echó a llorar, y cuando estaba llorando se le
acercó la pequeña liebre que había rescatado de la trampa.
Y la
liebre le dijo:
-¿Por
qué lloras? ¿Y qué estás buscando en el bosque?
Y el
niño-estrella contestó:
-Estoy
buscando una moneda de oro amarillo que está escondida aquí, y si no la
encuentro mi amo me pe¬gará, y hará que siga siendo esclavo.
-Sígueme
-exclamó la liebre.
Y
corrió por el bosque hasta que llegó a una charca de agua. Y en el fondo de la
charca estaba la moneda de oro amarillo.
-¿Cómo
he de darte las gracias? -dijo el niño-estre¬lla-, pues, ¡mira!, esta es la
segunda vez que has venido en mi socorro.
-No,
no. Tú te compadeciste de mí primero -dijo la liebre.
Y se
fue corriendo velozmente.
Y el
niño-estrella cogió la moneda de oro amarillo y la metió en su bolsa, y fue
presuroso a la ciudad. Pero el leproso le vio llegar y corrió a su encuentro,
se puso de rodillas y gritó:
-Dame
una moneda o me moriré de hambre.
Y el
niño-estrella le dijo:
-No
tengo más que una moneda de oro amarillo en mi bolsa, y si no se la llevo a mi
amo me pegará, y hará que siga siendo su esclavo.
Pero
el leproso le imploró dolorosamente, de modo que el niño-estrella se apiadó de
él y le dio la moneda de oro amarillo.
Y
cuando llegó a casa del mago, le abrió él, y le hizo entrar, y le dijo:
-¿Tienes
la moneda de oro amarillo?
Y el
niño-estrella le dijo:
-No
la tengo.
Así
es que el mago se arrojó sobre él y le pegó, y le cargó de cadenas y le echó de
nuevo a la mazmorra.
Y al
día siguiente llegó a él el mago, y dijo:
-Si
hoy me traes la moneda de oro rojo te daré la libertad, pero si no la traes ten
por seguro que te mataré.
Así
que el niño-estrella se fue al bosque, y a lo largo de todo el día estuvo
buscando la moneda de oro rojo, pero no pudo encontrarla en parte alguna. Y al
atardacer se sentó y se echó a llorar, y cuando estaba llorando se le acercó la
pequeña liebre.
Y la
liebre le dijo:
-La
moneda de oro rojo que buscas está en la caverna que hay detrás de ti. Por
tanto, no llores más y ponte alegre.
-¿Cómo
he de recompensarte? -exclamó el niño-es¬trella-, pues, ¡mira!, esta es la
tercera vez que has ve¬nido en mi socorro.
-No,
no. Tú te compadeciste de mí primero -dijo la liebre.
Y se
fue corriendo velozmente.
Y el
niño-estrella entró en la caverna, y en el rincón del fondo encontró la moneda
de oro rojo. Así es que la metió en su bolsa y se fue presuroso a la ciudad. Y
el leproso al verle llegar se puso en medio del camino, y le dijo a grandes
gritos:
-Dame
la moneda de oro rojo, o de lo contrario tengo que morir.
Y el
niño-estrella volvió a apiadarse de él, y le dio la moneda de oro rojo
diciendo:
-Tu
necesidad es mayor que la mía.
No
obstante, tenía el corazón oprimido, pues sabía la suerte que le esperaba.
Pero,
¡oh, maravilla!, al pasar por la puerta de la ciu¬dad, los centinelas se
inclinaron y le rindieron pleitesía, diciendo:
-¡Qué
hermoso es nuestro señor!
Y
una multitud de ciudadanos le seguía y gritaba:
-¡Ciertamente
no hay nadie tan hermoso en el mundo entero!
Así
que el niño-estrella se puso a llorar, y se decía: «Se están mofando de mí, y
tomando a broma mi tris¬teza.»
Y
tan grande era la concurrencia de gente, que perdió el camino, y se encontró
finalmente en una gran plaza, en la que había un palacio real.
Y la
puerta del palacio se abrió, y los sacerdotes y los altos dignatarios de la
ciudad corrieron a su encuentro, y se prosternaron ante él, y le dijeron:
-Tú
eres nuestro señor, a quien esperábamos, y el hijo de nuestro rey.
Y el
niño-estrella les respondió y dijo:
-Yo
no soy hijo de rey, sino hijo de una pobre men¬diga. i,Y cómo decís que soy
hermoso, sabiendo como sé que soy horrible a la vista?
Entonces,
aquel cuya armadura llevaba incrustadas flo¬res doradas y en cuyo yelmo había
un león con alas tum¬bado, sostuvo en alto un escudo, y exclamó:
-¿Cómo
dice mi señor que no es hermoso?
Y el
niño-estrella miró, y ¡qué prodigio! Su rostro era lo mismo que había sido en
otro tiempo, y había vuelto su belleza; y vio en sus ojos lo que no había visto
antes.
Y
los sacerdotes y los altos dignatarios hincaron la ro¬dilla y le dijeron:
-Estaba
profetizado desde antiguo que en este día lle¬garía el que había de gobernar
sobre nosotros. Por tanto, tome vuestra señoría esta corona y este cetro, y sea
en justicia y en misericordia nuestro rey sobre nosotros.
Pero
él les dijo:
-Yo
no soy digno, pues he renegado de la madre que me dio el ser, y no puedo
descansar hasta que la haya encontrado, y sepa que me perdona. Por tanto, dejad
que me vaya, pues debo seguir vagando por el mundo, y no puedo detenerme aquí
aunque me deis la corona y el cetro.
Y
mientras así hablaba apartó el rostro de ellos y lo volvió hacia la calle que
conducía a la puerta de la ciudad y, ¡oh, sorpresa!, entre la multitud que se
apiñaba alre¬dedor de los soldados vio a la mendiga que era su madre, y a su
lado el leproso que estaba sentado a la vera del camino.
Y un
grito de alegría se escapó de sus labios, y se echó a correr, y arrodillándose
besó las heridas de los pies de su madre y los bañó con sus lágrimas. Humilló
la cabeza en el polvo y, sollozando como quien tiene el corazón a punto de
romperse, le dijo:
-Madre,
renegué de ti en la hora de mi orgullo. Acép¬tame en la hora de mi humildad.
Madre, yo te di odio. ¿Me darás tú amor, madre? Yo te rechacé. Recibe ahora a
tu hijo.
Pero
la mendiga no le respondía una palabra.
Y él
tendió las manos y abrazó los blancos pies del le¬proso, y le dijo:
-Tres
veces tuve misericordia de ti, ruega a mi madre que me hable una vez.
Pero
el leproso no le respondió palabra alguna.
Y él
volvió a sollozar y dijo:
-Madre,
mi sufrimiento es mayor de lo que puedo so¬portar. Dame tu perdón y deja que me
vuelva al bosque.
Y la
mendiga le puso la mano sobre la cabeza y le dijo:
-¡Levántate!
Y el
leproso le puso la mano sobre la cabeza y le dijo también:
-¡Levántate!
Y se
puso en pie y les miró, y, ¡oh, maravilla!: eran un rey y una reina.
Y la
reina le dijo:
-Este
es tu padre a quien tú has socorrido.
Y
dijo el rey:
-Esta
es tu madre, cuyos pies has bañado con tus lágrimas.
Y se
arrojaron a su cuello y le besaron, y le llevaron a palacio, y le vistieron con
hermosos ropajes, y le pusieron la corona en la cabeza y el cetro en la mano. Y
sobre la ciudad que estaba edificada junto al río gobernó, y fue su señor.
Mucha justicia y misericordia mostró a todos, y al mago malvado le desterró, y
al leñador y a su mujer les envió muchos ricos dones, y a sus hijos les
concedió altos honores. Y no consintió que nadie fuera cruel con los pájaros ni
con ningún animal; por el contrario, enseñó el amor y la tierna bondad y la
caridad, y a los pobres les dio pan, y a los desnudos les dio vestido, y hubo
paz y abundancia en el país.
No
obstante, no gobernó mucho tiempo; tan grandes habían sido sus sufrimientos, y
tan amargo el fuego de su prueba, que murió al cabo de tres años.
Y el
que le sucedió gobernó perversamente.

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