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Título original: © Una Casa De Granadas. Oscar Wilde

 

Versión Original: © Una Casa De Granadas. Oscar Wilde

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UNA CASA DE GRANADAS

Oscar Wilde

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL JOVEN REY

 

Era la noche que precedía al día fijado para la coro¬nación, y el joven rey estaba solo en su hermoso apo¬sento. Sus cortesanos se habían despedido todos de él, inclinando la cabeza hasta el suelo, conforme a la cos¬tumbre ceremoniosa de la época, y se habían retirado al gran salón de palacio para recibir unas últimas lecciones del maestro de ceremonias, habiendo entre ellos algunos que todavía tenían modales completamente naturales, lo que en un cortesano, apenas necesito decirlo, es una ofensa muy grave.

El muchacho -pues era sólo un muchacho, teniendo no más de dicieséis años- no sintió que se marcharan, y se había arrojado con un hondo suspiro de alivio sobre los mullidos almohadones de su diván bordado, y yacía allí reclinado, con los ojos agrestes y la boca abierta, como un oscuro fauno de los bosques, o algún joven ani-mal de la selva recién atrapado por los cazadores.

Y, en verdad, eran los cazadores los que le habían en¬contrado, descubriéndole casi por casualidad cuando des¬calzo y arremangado y con su caramillo en la mano se¬guía al rebaño del pobre cabrero que le había criado y de quien siempre se había imaginado que era hijo.

Hijo era de la única hija del anciano rey, fruto de un matrimonio secreto con alguien muy por debajo de su rango -un forastero, decían algunos, que con la magia maravillosa de los sones de su laúd había conseguido que la princesa le amara; mientras que otros hablaban de un artista de Rímini, a quien la princesa había otorgado mu¬cho honor, quizá demasiado, y que había desaparecido repentinamente de la ciudad, dejando inacabada su obra en la catedral-. Una semana tan sólo después de su na¬cimiento le habían robado del lado de su madre, mientras ella dormía, y le habían entregado a los cuidados de un vulgar campesino y de su mujer, que no tenían hijos pro¬pios y que vivían en una parte remota del bosque, a más de un día a caballo desde la ciudad.

El dolor, o la peste, como dictaminó el médico de la corte, o, como sugirieron algunos, un veneno italiano de acción rápida suministrado en una copa de vino con es¬pecias mató una hora después de despertar a la blanca joven que le había dado a luz. Y mientras un fiel men¬sajero llevaba al niño atravesado en su arzón y llamaba a la ruda puerta de la cabaña del cabrero, el cuerpo de la princesa descendía a una tumba abierta que había sido cavada en un cementerio solitario, más allá de las puertas de la ciudad; una tumba en la que, se decía, yacía tam¬bién otro cuerpo, el de un joven de belleza admirable y de otras tierras, cuyas manos estaban atadas a la espalda con una cuerda con nudos, y cuyo pecho estaba apuña¬lado con múltiples heridas rojas.

Tal era, al menos, la historia que se cuchicheaban los hombres unos a otros.

Lo cierto era que el viejo rey en su lecho de muerte, bien movido por el remordimiento de su gran pecado, o bien meramente deseando que el reino no pasara de su linaje, había ordenado que fueran a buscar al muchacho, y en presencia del Consejo le había reconocido como su heredero.

Y parece que desde el primer momento de ser reco¬nocido había mostrado signos de esa extraña pasión por la belleza que estaba destinada a tener una influencia tan grande sobre su vida. Los que le acompañaron a las es¬tancias instaladas para su servicio hablaban a menudo del grito de placer que brotó de sus labios cuando vio la ropa delicada y las ricas joyas que le habían sido preparadas, y de la alegría casi feroz con que arrojó a un lado su áspera túnica de cuero y su tosca capa de piel de oveja. A veces echaba en falta, es verdad, la hermosa libertad de su vida en los bosques, y siempre estaba predispuesto a irritarse en las aburridas ceremonias de la corte que ocupaban tanto tiempo cada día, pero el palacio mara¬villoso -Joyeuse era llamado- del que ahora se encon¬traba dueño y señor le parecía que era un mundo nuevo recién creado para su deleite, y en cuanto podía esca¬parse de la mesa del Consejo o de la sala de audiencias descendía corriendo la gran escalinata, con sus leones de bronce sobredorado y sus gradas de brillante pórfido, y vagaba dando vueltas de sala en sala y de corredor en corredor, como si tratara de buscar en la belleza un cal¬mante al dolor, una especie de cura de la enfermedad.

En estos viajes de descubrimiento, como solía llamarlos y, en verdad, eran para él verdaderos viajes a través de un país de maravillas-, a veces le acompañaban los es-beltos pajes de la corte, de rubios cabellos, con sus capas flotantes y sus alegres cintas revoloteantes; pero más a menudo prefería estar solo, sintiendo con un fino instinto certero, que era casi una adivinación, que los secretos del arte se aprenden mejor en secreto, y que la belleza, lo mismo que la sabiduría, ama al que le rinde culto en so¬litario.

 

Muchas historias curiosas corrían sobre él en ese tiempo. Se decía que un grueso burgomaestre que había ido a pronunciar una florida pieza de oratoria en nombre de los ciudadanos le había visto arrodillado en verdadera adoración ante un gran cuadro que acababan de llevar de Venecia, y que parecía ser el heraldo del culto a nuevos dioses. En otra ocasión, se le había echado en falta du¬rante varias horas, y después de una larga búsqueda se le había encontrado en una pequeña cámara de una de las torretas septentrionales del palacio, contemplando, como si estuviera en trance, una gema griega en la que estaba tallada la figura de Adonis. Se le había visto -así cir¬culaba la historia- con sus labios tibios apretados sobre la frente de mármol de una estatua antigua que se había descubierto en el lecho de un río, con motivo de la cons¬trucción del puente de piedra, y que llevaba inscrito el nombre del esclavo bitinio de Adriano 1. Había pasado toda una noche observando el efecto de la luz de la luna sobre una imagen de plata de Endimión.

1. El nombre de este esclavo, famoso por su belleza, era Antino. Se ahogó en el Nilo en el año 130.

Todos los materiales raros y costosos ejercían cierta¬mente una gran fascinación sobre él, y en su avidez en procurárselos había enviado a buscarlos a muchos mer-caderes; a unos, a traficar en ámbar con los toscos pes¬cadores de los mares del Norte; a otros, a Egipto, a bus¬car esa curiosa turquesa verde que se encuentra única-mente en las tumbas de los reyes, y se dice que posee propiedades mágicas; a algunos, a Persia, a por tapices de seda y cerámica decorada, y a otros, a la India, a com¬prar gasa y marfil teñido en colores, adularias y braza¬letes de jade, madera de sándalo y esmalte azul y chales de fina lana.

Pero lo que le había tenido más ocupado era la ropa que iba a llevar en su coronación, la túnica de tisú de oro y la corona engastada de rubíes y el cetro, con sus hileras y anillas de perlas. Ciertamente, era en eso en lo que es¬taba pensando esa noche mientras estaba reclinado en su lujoso diván contemplando el gran leño de madera de pino que ardía y se consumía en la chimenea. Los dise¬ños, que eran obra de los más famosos artistas de la época, le habían sido sometidos a su aprobación muchos meses antes, y él había dado la orden de que los arte¬sanos se afanaran día y noche para hacerlos, y de que en el mundo entero se buscaran joyas que fueran dignas de su trabajo. Se veía a sí mismo en su imaginación de pie ante el altar mayor de la catedral con el hermoso atavío de un rey, y una sonrisa retozaba y se demoraba en sus labios adolescentes e iluminaba con brillante resplandor sus oscuros ojos montaraces.

Después de algún tiempo se levantó de su asiento, y apoyado en la repisa esculpida de la chimenea miró en derredor suyo el aposento tenuemente iluminado. De los muros pendían ricos tapices que representaban el triunfo de la belleza. Un gran armario, con incrustaciones de ágata y lapislázuli, ocupaba un ángulo, y frente a la ven¬tana había una vitrina curiosamente labrada con paneles de laca trabajada en pan de oro formando una especie de mosaico, y en la que estaban colocados unos vasos de¬licados de cristal de Venecia y una copa de ónice de vetas oscuras. En la colcha de seda del lecho estaban bordadas amapolas pálidas, como si hubieran caído de las manos cansadas del sueño, y esbeltas columnillas estriadas de marfil sostenían el baldaquino de terciopelo, del que sur¬gían grandes penachos de plumas de avestruz, como es¬puma blanca de la pálida plata del techo trabajado en calados. Una estatua de bronce verde de Narciso rién¬dose sostenía sobre su cabeza un espejo bruñido. En la mesa había una copa plana de amatista.

Fuera podía ver la enorme cúpula de la catedral, que surgía como una burbuja sobre las casas en sombra, y a los cansados centinelas marchando arriba y abajo en la terraza que daba al río, envuelta en neblina. Allá lejos, en un huerto, cantaba un ruiseñor. Entraba una tenue fragancia de jazmín por la ventana abierta. Apartó de su frente los rizos castaños y tomando un laúd dejó que sus dedos vagaran por las cuerdas. Sus párpados cayeron pe¬sados y una extraña languidez se apoderó de él. Nunca había sentido antes de un modo tan agudo ni con una alegría tan exquisita la magia y el misterio de las cosas hermosas.

Cuando sonaron las doce campanadas de la mediano¬che en el reloj de la torre tocó una campanilla y entraron los pajes y le desvistieron con mucha ceremonia, vertiéndole agua de rosas en las manos y esparciendo flores en su almohada. A los pocos minutos de que salieran de la habitación se quedó dormido.

Y mientras dormía tuvo un sueño, y he aquí lo que soñó:

Soñó que estaba en un desván largo y bajo de techo, en medio del zumbido y el estrépito de muchos telares. Entraba una escasa luz del día a través de ventanas en-rejadas que le permitía ver las flacas figuras de los teje¬dores, inclinadas sobre sus bastidores. Niños pálidos, de aspecto enfermizo, estaban acurrucados sobre las enor-mes vigas transversales. Cuando las lanzaderas se lanza¬ban a través de la urdimbre, ellos levantaban las pesadas barras de madera, y cuando las lanzaderas se detenían, dejaban caer las barras y apretaban los hilos. Tenían la cara descolorida por el hambre y les temblaban poco fir¬mes las manos delgadas. Unas mujeres ojerosas cosían sentadas alrededor de una mesa. Inundaba el lugar un olor horrible; el aire era viciado y pesado, y las paredes goteaban y chorreaban de humedad.

El joven rey se aproximó a uno de los tejedores y se quedó junto a él y le observó.

Y el tejedor le miró airadamente y le dijo:

-¿Por qué os quedáis mirándome? ¿Sois un espía que ha puesto nuestro amo contra nosotros?

-¿Quién es tu amo? -preguntó el joven rey.

-¡Mi amo! -exclamó el tejedor con amargura-. Es un hombre como yo. Ciertamente no hay más que esta diferencia entre nosotros: que él lleva ropa fina mientras que yo voy vestido de harapos, y que mientras yo estoy debilitado por el hambre, él padece no poco por comer demasiado.

-La tierra es libre -dijo el joven rey-, y no eres es¬clavo de ningún hombre.

-En la guerra -replicó el tejedor-, los fuertes hacen esclavos a los débiles, y en la paz, los ricos esclavizan a los pobres. Nosotros tenemos que trabajar para vivir y ellos nos dan pagas tan miserables que nos morimos. No¬sotros trabajamos agotadoramente para ellos a lo largo de todo el día y ellos amontonan oro en sus cofres, y nuestros hijos se ajan antes de tiempo, y las caras de los que amamos se vuelven duras y malvadas. Nosotros pi¬samos las uvas y otro se bebe el vino. Nosotros sembra¬mos el trigo y nuestra mesa está vacía. Tenemos cadenas, aunque ninguna mirada las contemple; y somos esclavos, aunque los hombres nos llamen libres.

-¿Les ocurre eso a todos? -preguntó.

-Eso les ocurre a todos -respondió el tejedor-, a los jóvenes lo mismo que a los viejos, a las mujeres lo mismo que a los hombres, a los niños pequeños lo mismo que a los que están cargados de años. Los mercaderes nos oprimen, y tenemos por necesidad que hacer lo que nos ordenan. El sacerdote pasa a caballo rezando el ro-sario, y ningún hombre se preocupa por nosotros. Por nuestras callejas sin sol se arrastra la pobreza con sus ojos hambrientos, y el pecado, con su cara embrutecida por el alcohol, la sigue, pisándole los talones. La miseria nos despierta por la mañana y la vergüenza se sienta a ha¬cernos compañía por la noche. Pero ¿qué pueden impor-taros estas cosas? No sois uno de los nuestros. Tenéis una cara demasiado feliz.

Y se volvió de espaldas ceñudo y lanzó la lanzadera a través de la urdimbre, y el joven rey vio que estaba en¬hebrada con hilo de oro.

Y un gran terror se apoderó de él, y dijo al tejedor: -¿Qué vestido es este que estás tejiendo?

-Es la túnica para la coronación del joven rey -res¬pondió-; ¿qué os importa?

Y el joven rey lanzó un fuerte grito, y despertó, y he aquí que estaba en su propia cámara, y a través de la ventana veía la gran luna color de miel suspendida en el aire oscuro de la noche.

 

Y se durmió de nuevo y soñó, y he aquí lo que soñó: Soñó que estaba tendido en cubierta de una enorme galera en la que remaban cien esclavos. En una alfombra, a su lado, estaba sentado el patrón de la galera. Era ne¬gro como el ébano y su turbante era de seda carmesí. Grandes pendientes de plata pendían de los gruesos ló¬bulos de sus orejas, y en las manos tenía una balanza de marfil.

Los esclavos estaban desnudos, salvo el calzón hara¬piento, y cada hombre estaba encadenado a su vecino. El sol ardiente caía deslumbrador sobre ellos, y los negros corrían arriba y abajo entre las hileras de los bancos y los azotaban con látigos de cuero. Ellos extendían sus brazos flacos y golpeaban los pesados remos a través del agua. Volaba de las palas la lluvia de sal.

Por fin llegaron a una pequeña ensenada y empezaron a sondearla. Un viento ligero soplaba de la costa y cubría la cubierta y la gran vela latina triangular de un fino polvo rojo. Salieron tres árabes montados en asnos mon¬taraces y les arrojaron lanzas. El patrón de la galera tomó en sus manos un arco pintado y le disparó a uno de ellos en la garganta. Cayó pesadamente en el rompiente de las olas, y sus compañeros se fueron al galope. Una mujer envuelta en un velo amarillo les seguía lentamente a ca¬mello, echando una mirada atrás de vez en cuando al ca¬dáver.

En cuanto echaron el ancla y arriaron la vela, los ne¬gros bajaron a la bodega y sacaron una larga escala de cuerda, con pesado lastre de plomo. El patrón de la ga-lera la lanzó sobre la borda, sujetando los extremos a dos puntales de hierro. Entonces los negros cogieron al más joven de los esclavos, le arrancaron los grilletes y le lle¬naron de cera los orificios de la nariz y de los oídos, y le ataron una gran piedra alrededor de la cintura. Se arras¬tró pesadamente escaleras abajo y desapareció en el mar. Subieron unas burbujas donde él se había sumergido. Al-gunos de los otros esclavos miraron con curiosidad por encima de la borda. En la proa de la galera estaba sen¬tado un encantador de tiburones batiendo monótona-mente un tambor.

Pasado un tiempo, el buceador salió del agua y se abrazó jadeante a la escala; llevaba una perla en la mano derecha. Los negros se la cogieron y volvieron a lanzarle al agua. Los esclavos se quedaron dormidos sobre sus remos.

Una y otra vez subió, y llevaba consigo cada vez una bella perla. El patrón de la galera las pesaba y las metía en una pequeña bolsa de cuero verde.

El joven rey intentó hablar, pero parecía que se le pe¬gaba la lengua al paladar, y sus labios se negaban a mo¬verse. Los negros charlaban unos con otros, y empezaron a pelearse por una hilera de cuentas brillantes. Dos gru¬llas volaban dando vueltas y más vueltas alrededor del navío.

Luego, el buceador emergió por última vez, y la perla que llevaba consigo era más hermosa que todas las perlas de Ormuz, pues tenía una forma semejante a la luna llena y era más blanca que el lucero del alba. Pero su rostro estaba extrañamente pálido, y cuando cayó en cu¬bierta le manó sangre de los oídos y de la nariz; se es-tremeció durante un momento, y luego se quedó inmóvil. Los negros se encogieron de hombros y arrojaron el cuerpo por encima de la borda.

Y el patrón de la galera se reía, y alargando la mano cogió la perla, y cuando la vio la apretó contra su frente e inclinó la cabeza.

-Será -dijo- para el cetro del joven rey.

E hizo señas a los negros de que levaran anclas.

Y cuando el joven rey oyó esto lanzó un fuerte grito, y despertó, y a través de la ventana vio los largos dedos grises de la aurora asiéndose a las estrellas que se iban apagando.

 

Y se durmió de nuevo y soñó, y he aquí lo que soñó: Soñó que vagaba por un bosque sombrío, en el que pendían frutas extrañas y bellas flores venenosas. Las ví-boras le silbaban cuando pasaba, y loros abigarrados vo¬laban gritando de rama en rama. Enormes tortugas yacían dormidas en el lodo cálido. Los árboles estaban lle-nos de monos y de pavos reales.

Él seguía y seguía, hasta que llegó al lindero del bos¬que, y allí vio a una inmensa multitud de hombres que se afanaban fatigosamente en el lecho seco de un río y se apiñaban arriba en los riscos como hormigas. Cavaban hondos pozos en el suelo y bajaban a ellos. Algunos hen¬dían las rocas con grandes hachas; otros buscaban a gatas en la arena. Arrancaban los cactus de raíz y pisoteaban las flores escarlata. Se apresuraban, llamándose, y ningún hombre estaba ocioso.

Desde la oscuridad de una caverna, la Muerte y la Ava¬ricia les vigilaban, y la Muerte decía:

-Estoy cansada; dame un tercio de ellos y deja que me vaya.

Pero la Avaricia meneaba la cabeza:

-Son siervos míos -replicaba.

Y la Muerte le dijo:

-¡,Qué tienes en la mano?

-Tres granos de trigo -respondió-. ¿Qué más te da a ti?

-Dame uno de ellos -exclamó la Muerte- para plantarlo en mi jardín; sólo uno de ellos, y me iré.

-No te dará nada -dijo la Avaricia.

Y escondió la mano en los pliegues de su túnica.

Y la Muerte se rió, y tomó una copa y la sumergió en un charco de agua, y de la copa salió la fiebre malaria. Pasó entre la gran multitud, y la tercera parte cayó muerta. La seguía una fría neblina, y las culebras de agua corrían a su lado.

Y cuando vio la Avaricia que un tercio de la multitud había muerto se golpeó el pecho y lloró. Golpeó su pecho estéril y gritó con voz sonora:

-Has matado a un tercio de mis siervos -gritó-, ¡vete! Hay guerra en las montañas de Tartaria y te in¬vocan los reyes de los dos bandos. Los afganos han ma¬tado al buey negro y marchan al combate. Han batido los escudos con las lanzas y se han puesto los yelmos de hie¬rro. ¡,Qué significa para ti mi valle para que te detengas en él? ¡Vete y no vuelvas más!

-No -respondió la Muerte-; hasta que no me hayas dado un grano de trigo no me iré.

Pero la Avaricia cerró la mano y apretó los dientes.

-No te daré nada -susurró.

Y la Muerte se rió. Cogió una piedra negra y la arrojó al bosque, y de una mata de cicuta salió la fiebre, con túnica de llamas. Pasó entre la multitud y la tocó, y moría cada hombre a quien tocaba. La hierba se secaba bajo sus pies según caminaba.

Y la Avaricia se estremeció, y puso ceniza sobre su ca¬beza.

-Eres cruel -gritaba-, eres cruel. Hay hambre en las ciudades amuralladas de la India, y se han agotado las cisternas de Samarcanda. Hay hambre en las ciudades amuralladas de Egipto, y las langostas han salido del de¬sierto. El Nilo no ha inundado sus orillas, y los sacerdotes han maldecido a Isis y a Osiris. Vete adonde te necesitan y déjame a mis siervos.

-No -respondió la Muerte-; hasta que no me hayas dado un grano de trigo no me iré.

-No te daré nada -dijo la Avaricia.

Y la Muerte se rió de nuevo, y silbó llevándose los de¬dos a los labios y llegó una mujer volando por los aires. Llevaba en la frente escrito: «plaga», y una gran bandada de flacos buitres volaba en círculo en torno suyo. Ella cu¬brió el valle con sus alas y no quedó vivo ningún hombre. Y la Avaricia huyó gritando a través del bosque, y la Muerte saltó a su caballo rojo y se fue galopando, y su galopar era más raudo que el viento.

Y del légamo del fondo del valle salían arrastrándose dragones y cosas horribles con escamas, y llegaron los chacales corriendo a lo largo de la arena olfateando el aire con las fauces.

Y el joven rey lloró, y dijo:

-¿Quiénes eran esos hombres y qué estaban bus¬cando?

-Rubíes para la corona de un rey -respondió alguien que estaba detrás de él.

Y el joven rey se sobresaltó, y volviéndose vio a un hombre vestido de peregrino que llevaba en la mano un espejo de plata. Y palideció y dijo:

-¿Para qué rey?

Y el peregrino respondió: -Mirad en este espejo y le veréis.

Y miró en el espejo, y al ver su propio rostro lanzó un fuerte grito y despertó. Y la brillante luz del sol inundaba la estancia, y en los árboles del jardín cantaban los pá-jaros gozosamente.

Y entraron el chambelán y los altos dignatarios del Es¬tado a rendirle pleitesía, y los pajes le llevaron la túnica de tisú de oro y pusieron ante él la corona y el cetro.

Y el joven rey los miró, y eran hermosos. Más her¬mosos eran que todo lo que había visto en su vida. Pero recordó sus sueños y dijo a sus nobles:

-Retirad estas cosas, pues no quiero ponérmelas.

Y los cortesanos estaban asombrados, y algunos de ellos se reían, pues pensaban que estaba bromeando. Pero les habló gravemente de nuevo y dijo:

-Retirad estas cosas y ocultadlas de mi vista. Aunque sea el día de mi coronación no quiero ponérmelas. Pues, en el telar del pesar, las blancas manos del dolor han te-jido esta túnica mía. Hay sangre en el corazón del rubí y muerte en el corazón de la perla.

Y les contó sus tres sueños.

Y cuando los cortesanos los oyeron se miraron y mur¬muraron, diciendo:

-Con toda seguridad está loco, pues ¿qué es un sueño más que un sueño y una visión más que una visión? No son cosas reales a las que se deba prestar atención. ¿Y qué tenemos nosotros que ver con la vida de los que se afanan trabajando para nosotros? ¿Es que un hombre no ha de comer pan hasta que no haya visto al sembrador y no ha de beber vino hasta que no haya hablado con el viñador?

Y el chambelán habló al joven rey y dijo:

-Majestad, os ruego que alejéis esos negros pensa¬mientos vuestros, y que vistáis esta hermosa túnica y os pongáis esta corona sobre vuestras sienes. Pues ¿cómo va a saber la gente que sois rey si no lleváis el atavío de rey?

Y el joven rey le miró.

-¿Es así, en verdad? -preguntó-. ¿No me recono¬cerán como rey si no llevo el atavío de rey?

-No os reconocerán, Majestad -exclamó el cham¬belán.

-Yo creía que había hombres que tenían porte de re¬yes -respondió-, pero puede que sea como decís. A pe¬sar de todo, no vestiré esta túnica ni me coronarán con esta corona, sino que lo mismo que llegué a este palacio así saldré de él.

Y rogó a todos que se retiraran, a excepción de un paje a quien retuvo como compañero, un muchacho un año más joven que él. Le retuvo para su servicio. Y, después de haberse bañado sin ayuda de nadie en agua clara, abrió un gran cofre decorado en colores y sacó de él la túnica de cuero y la burda capa de piel de oveja que lle¬vaba cuando cuidaba en la colina las cabras peludas del cabrero. Estas prendas se puso, y en la mano tomó su rudo cayado de pastor.

Y el pajecillo abrió asombrado sus grandes ojos azules, y dijo sonriendo:

-Majestad, veo vuestra túnica y vuestro cetro, pero ¿dónde está vuestra corona?

Y el joven rey arrancó una rama de espino silvestre que trepaba por el balcón y la curvó e hizo un círculo con ella, y se la puso sobre las sienes.

-Esta será mi corona -respondió.

Y así ataviado salió de su aposento y entró en el gran salón, donde los nobles estaban esperándole.

Y los nobles se echaron a reír, y algunos le gritaron: -Majestad, la gente espera a su rey y vos vais a mos¬trarles a un mendigo.

Y otros se encolerizaron y dijeron:

-Trae la vergüenza a nuestro Estado y es indigno de ser nuestro señor.

Pero él no les respondió una palabra y siguió su ca¬mino; y descendió la escalinata de brillante pórfido y atravesó las puertas de bronce, y montó en su caballo y cabalgó hacia la catedral, y el pajecillo iba corriendo junto a él.

Y la gente se reía y decía:

-El que va a caballo es el bufón del rey. Y hacían mofa de él.

Y él detenía al caballo, sujetándolo por la brida, y decía:

-No. Yo soy el rey.

Y les contaba sus tres sueños.

Y salió un hombre de entre la multitud y le habló amargamente:

-Majestad, ¿no sabéis que del lujo de los ricos viene la vida de los pobres? Por vuestra pompa nos nutrimos y vuestros vicios nos dan el pan. Trabajar penosamente para un amo duro es amargo, pero no tener un amo para quien trabajar es más amargo todavía. ¿Pensáis que nos van a alimentar los cuervos? ¿Y qué remedio tenéis para estas cosas? ¿Diréis al comprador: «Comprarás a tanto», y al vendedor: «Venderás a este precio»? No lo creo. Por tanto, volved a vuestro palacio y poneos vuestra púrpura y vuestro lino fino. ¿Qué tenéis que ver vos con nosotros y con nuestros sufrimientos?

-¿No somos hermanos los pobres y los ricos? -pre¬guntó el rey joven.

-Sí -respondió el hombre-, y el hermano rico se llama Caín.

Y al joven rey se le llenaron los ojos de lágrimas, y siguió cabalgando entre los murmullos de la gente. Y al pajecillo le entró miedo y le abandonó.

Y cuando llegó al gran pórtico de la catedral, los sol¬dados le cerraron el paso con sus alabardas y le dijeron:

-¿Qué buscas aquí? Nadie entra por esta puerta más que el rey.

Y su rostro se encendió de ira, y les dijo:

-Yo soy el rey.

Y apartó sus alabardas y entró.

Y cuando el anciano obispo le vio llegar con sus ropas de cabrero se levantó asombrado de su sitial y fue a su encuentro y le dijo:

-Hijo mío, ¿es este un atavío de rey? ¿Y con qué co¬rona os voy a coronar, y qué cetro voy a poner en vuestra mano? Con toda certeza este debiera ser para vos un día de alegría y no un día de humillación.

-¿Debe llevar la alegría lo que ha moldeado el dolor? -dijo el joven rey.

Y le contó sus tres sueños.

Y cuando el obispo los hubo escuchado frunció las cejas y dijo:

-Hijo mío, soy un hombre viejo y estoy en el invierno de mis días, y sé que se hacen muchas cosas perversas en el ancho mundo. Los ladrones desalmados bajan de las montañas y arrebatan a los niños pequeños, y los venden a los moros. Los leones acechan a las caravanas y saltan sobre los camellos. El jabalí arranca de raíz la semilla del trigo en el valle, y las zorras roen las viñas en el collado. Los piratas asolan la costa marina y queman los barcos de los pescadores, y les quitan las redes. En las marismas viven los leprosos; tienen cabañas hechas con juncos en¬tretejidos, y nadie puede acercarse a ellos. Los mendigos merodean por las ciudades y comen su alimento con los perros. ¿Podéis hacer que no ocurran estas cosas? ¿Vais a tomar al leproso por compañero de lecho y a poner al mendigo a vuestra mesa? ¿Va a hacer el león lo que le ordenéis, y os va a obedecer el jabalí? ¿El que creó la miseria no es más sabio de lo que sois vos? Por tanto, no os alabo por lo que habéis hecho, y os ruego, en cambio, que cabalguéis otra vez a palacio, y alegréis vuestro ros¬tro, y os pongáis las vestiduras propias de un rey; y con la corona de oro os coronaré y el cetro de perlas lo pon¬dré en vuestra mano. Y en cuanto a vuestros sueños, no penséis más en ellos. La carga de este mundo es demasiado grande para que la lleve un solo hombre, y el dolor del mundo, demasiado pesado para que lo sufra un solo corazón.

-¿,Decís eso en esta casa? -dijo el joven rey.

Y pasó delante del obispo y subió las gradas del altar, y permaneció en pie ante la imagen de Cristo. Permaneció en pie ante la imagen de Cristo, y a su mano derecha y a su izquierda estaban los maravillosos vasos de oro, el cáliz con el vino dorado, y el frasco con los sagrados óleos. Se arrodilló ante la imagen de Cristo, y los grandes cirios ardían con un vivo resplandor junto al sagrario, cubierto de piedras preciosas, y el humo del incienso se enrollaba en finas volutas azules escalando la bóveda. Inclinó la cabeza en oración, y los sacerdotes con sus rígidas capas pluviales se retiraron sigilosamente del altar.

Y, de pronto, llegó desde la calle un tumulto feroz, y entraron los nobles con sus espadas desenvainadas y agi¬tando sus penachos y blandiendo sus escudos de acero bruñido.

-¿,Dónde está el soñador? -gritaron-. ¿Dónde está el rey que se viste de mendigo, ese muchacho que acarrea la vergüenza a nuestro Estado? Le mataremos, cierta-mente, pues es indigno de gobernar sobre nosotros.

Y el joven rey inclinó la cabeza de nuevo y oró, y cuando hubo concluido sus plegarias se alzó y, volvién¬dose, les miró con tristeza.

Y, ¡oh, milagro! A través de las vidrieras de colores entró el sol y le inundó de luz, y los rayos del sol tejieron en torno de él una vestidura que era más hermosa que la vestidura que le habían confeccionado para su placer. El cayado floreció, y le nacieron azucenas que eran más blancas que las perlas. Floreció el espino seco, y dio rosas que eran más rojas que rubíes. Más blancas que perlas finas eran las azucenas, y sus tallos eran de plata bri¬llante. Más rojas que rubíes púrpura eran las rosas, y sus hojas eran de oro batido.

Estaba allí con el atavío de rey, y se abrieron de par en par las puertas del sagrario, cubierto de piedras pre¬ciosas, y del cristal del viril de la custodia, rematada de múltiples rayos, resplandeció una luz maravillosa y mís¬tica. Estaba él allí con el atavío de rey, y la gloria de Dios llenaba el lugar, y los santos en sus nichos tallados pa¬recían moverse. Con el hermoso atavío de rey estaba él ante ellos, y el órgano salmodiaba su música, y los he¬raldos hicieron sonar sus trompetas, y cantaron los niños del coro.

Y el pueblo cayó de rodillas sobrecogido de temor, y los nobles envainaron las espadas y rindieron homenaje, y el rostro del obispo se tornó pálido, y le temblaron las manos.

-Uno más grande que yo os ha coronado -exclamó.

Y se arrodilló ante él.

Y el joven rey bajó del altar mayor y regresó a palacio pasando entre su pueblo. Pero nadie se atrevió a mirar su rostro, pues era como el rostro de un ángel.

 

EL CUMPLEAÑOS DE LA INFANTA

 

Era el cumpleaños de la infanta. Cumplía doce años, ni más ni menos, y lucía el sol resplandeciente en los jar¬dines de palacio.

Aunque era princesa real e infanta de España, sólo te¬nía un cumpleaños al año, exactamente igual que los hijos de la gente más pobre, así que era, naturalmente, un asunto de gran importancia para todo el reino que tu¬viera ella un día muy hermoso en tal ocasión. Y cierta¬mente hacía un día hermoso. Los esbeltos tulipanes ra¬yados se erguían en sus tallos, como largas filas de sol¬dados, y miraban desafiantes a través del césped a las rosas, y les decían:

-Somos ahora igual de espléndidos que vosotras. Las mariposas púrpura revoloteaban alrededor, con polvo de oro en las alas, haciendo una visita a cada flor una tras otra; las lagartijas salían arrastrándose de las hendiduras del muro y se tumbaban a tomar el sol a plena luz blanca deslumbradora; y las granadas se abrían y estallaban por el calor, y mostraban sus rojos corazones sangrantes. Hasta los limones amarillo pálido, que col¬gaban con tal profusión de las espalderas casi desmoradas y a lo largo de las arcadas sombrías, parecía que habían tomado un color más intenso de la maravillosa luz del sol, y los magnolios abrían sus grandes flores semejantes a globoso de marfil macizo, y llenaban el aire de una densa fragancia dulzona.

La princesita paseaba arriba y abajo por la terraza con sus compañeros, y jugaba al escondite alrededor de los jarrones de piedra y de las viejas estatuas cubiertas de musgo. En días ordinarios sólo le estaba permitido jugar con niños de su propio rango, así que siempre tenía que jugar sola, pero su cumpleaños era una excepción, y el rey había dado órdenes para que pudiera invitar a cual¬quiera de sus amiguitos que tuviera a bien que fueran a divertirse con ella. Había una gracia majestuosa en los suaves movimientos de aquellos esbeltos niños españoles; los muchachos, con sus sombreros de gran airón y sus capas cortas revoloteantes; las niñas, recogiéndose la cola de sus largos vestidos de brocado y protegiéndose los ojos del sol con enormes abanicos negro y plata. Pero la in¬fanta era la más grácil de todos y la que iba ataviada con más gusto, según la moda algo recargada de aquella época. Su vestido era de raso gris, con la falda y las an¬chas mangas abullonadas bordadas en plata, y el rígido corselete guarnecido de hileras de perlas finas. Dos cha¬pines diminutos con grandes escarapelas color de rosa le asomaban debajo del vestido al andar. Rosa y perla era su gran abanico de gasa, y en los cabellos, que como una aureola de oro desvaído brotaban espesos en torno a su carita pálida, llevaba una hermosa rosa blanca.

Desde una ventana del palacio el triste rey melancólico les contemplaba. En pie, detrás de él, estaba su hermano, don Pedro de Aragón, a quien el rey odiaba, y sentado a su lado estaba su confesor, el Gran Inquisidor de Gra¬nada. Más triste aún que de costumbre estaba el rey, pues cuando miraba a la infanta haciendo reverencias con gra¬vedad infantil a los cortesanos allí reunidos, o riéndose detrás de su abanico de la severa duquesa de Albur¬querque, que la acompañaba siempre, le venía al pensa¬miento la joven reina, su madre, que hacía tan sólo poco tiempo -así le parecía a él- había llegado de la alegre Francia, y se había marchitado en el sombrío esplendor

de la corte española, muriendo seis meses justos después del nacimiento de su hija, y antes de haber visto florecer dos veces los almendros del vergel o de haber recogido el segundo año el fruto de la vieja higuera retorcida que crecía en el centro del patio, cubierto ahora de maleza. Tan grande había sido su amor por ella, que no había soportado que ni siquiera la tumba se la ocultara. Había sido embalsamada por un médico moro, a pesar de que le había condenado ya, se decía, el Santo Oficio por he¬rejia y por la sospecha de que practicaba la magia. Y el cuerpo de la reina todavía yacía en su catafalco montado sobre tapices, en la capilla de mármol negro de palacio, exactamente igual que como lo habían dejado allí los monjes aquel día ventoso de marzo, hacía casi doce años. Una vez al mes entraba el rey, embozado en un manto oscuro y con una linterna sorda en la mano, y se arro¬dillaba junto a ella, llamándola a gritos:

-¡Mi reina! ¡Mi reina!1.

1. En español en el original. Las siguientes expresiones en español van también en letra cursiva, con las correcciones necesarias en el caso de error del autor.

 

Y, a veces, rompiendo el protocolo que gobierna en España todos los actos particulares de la vida y pone lí¬mites incluso al sufrimiento de un rey, estrechaba las lí¬vidas manos enjoyadas con una agonía irreprimida de do¬lor, e intentaba despertar a fuerza de besos enloquecidos el frío rostro maquillado.

Ese día le parecía que volvía a verla, como la había visto por vez primera en el Castillo de Fontainebleau, cuando sólo contaba él quince años y ella era aún más joven. Habían sido formalmente desposados por el nun¬cio papal en presencia del rey de Francia y de toda la corte, y él había regresado a El Escorial, llevando consigo un pequeño bucle de cabellos dorados y el recuerdo de dos labios infantiles inclinados para besarle la mano cuando montaba él en su carroza. Después había seguido la boda, celebrada apresuradamente en Burgos, una peque¬ña ciudad situada en la frontera entre los dos países2, y la gran entrada pública en Madrid con la celebración acostumbrada de una Misa Mayor en la iglesia de Ato¬cha, y un auto de fe más solemne que lo acostumbrado, en el que se había entregado al brazo secular casi tres¬cientos herejes, entre los que se contaba un buen número de ingleses, para que los quemara en la hoguera.

2. No hemos considerado oportuno corregir este error geográfico, ni tampoco otras inexactitudes en la recreación poética que hace Oscar Wilde de la España de los Austrias.

 

Verdaderamente la había amado con locura, para ruina -pensaban muchos- de su país, que estaba en¬tonces en guerra con Inglaterra por el dominio del Nuevo Mundo. Apenas le habían permitido que se apartara un momento de su vista; por ella había olvidado, o parecía haber olvidado, todos los graves asuntos de Estado; y, con la terrible ceguera que la pasión acarrea a sus esclavos, no se había dado cuenta de que las complicadas cere¬monias con las que procuraba complacerla no hacían sino agravar el extraño mal que la aquejaba. Cuando ella murió, él estuvo por un tiempo como si hubiera perdido la razón. En verdad, no cabe duda alguna de que hubiera abdicado solemnemente y se hubiera retirado al monas¬terio trapense de Granada, del que era ya prior titular, si no hubiera temido dejar a la pequeña infanta a merced de su hermano, cuya crueldad era notoria incluso en un país como España, y que muchos sospechaban que había causado la muerte de la reina, por medio de un par de guantes emponzoñados que le había ofrecido como re¬galo cuando visitó su castillo de Aragón. Incluso después de que expiraron los tres años de luto oficial que había ordenado por edicto real a lo ancho y a lo largo de todos sus dominios, no permitió nunca que sus ministros habla¬ran de una nueva alianza; y cuando el emperador mismo le envió a su sobrina, la hermosa archiduquesa de Bo¬hemia, y le ofreció su mano en matrimonio, rogó a los embajadores que dijeran a su señor que el rey de España estaba ya desposado con la aflicción, y que aunque era esta una esposa estéril, la amaba más que a la hermosura; una respuesta que costó a su corona las ricas provincias de los Países Bajos, que pocos después, a instigación del emperador, se alzaron contra él bajo el liderazgo de al¬gunos fanáticos de la Iglesia reformada.

Toda su vida matrimonial, con sus intensas alegrías apasionadas y la terrible agonía de su final repentino, pa¬recía volver a él en este día, mientras contemplaba a la infanta, que jugaba en la terraza. Tenía toda la bonita pe¬tulancia de modales de la reina, el mismo modo volun¬tarioso de mover la cabeza, la misma bella boca de altivas curvas, la misma sonrisa maravillosa -vrai sourire de France3, en verdad-, al alzar la mirada de vez en cuando a la ventana, o cuando tendía su pequeña mano para que se la besaran los majestuosos hidalgos espa¬ñoles.

Pero la risa aguda de los niños hería los oídos del rey y el despiadado sol deslumbrador se mofaba de su dolor, y una fragancia densa de especias extrañas, especias tales como las que usan los embalsamadores, parecía viciar -¿o era su imaginación?- el aire limpio de la mañana. Ocultó su rostro entre las manos, y cuando la infanta le¬vantó de nuevo la mirada se habían dejado caer los cor¬tinajes, y el rey se había retirado.

Ella hizo un pequeño mohín4 de desencanto, y alzó los hombros. Bien podía haberse quedado con ella el día de su cumpleaños. ¡,Qué importaban los estúpidos asuntos de Estado? ¿O había ido a aquella lóbrega capilla en la que ardían siempre cirios y donde nunca se le permitía a ella entrar? ¡Qué tonto era!, ¡cuando brillaba él sol tan resplandeciente, y todo el mundo era tan dichoso! Ade¬más, se perdería el simulacro de corrida de toros para la que ya estaba sonando la trompeta, por no decir nada de las marionetas y de las otras cosas maravillosas. Su tío y el Gran Inquisidor eran mucho más sensatos; habían sa¬lido a la terraza y le hacían bonitos cumplidos. Así que sacudió su linda cabeza y, tomando a don Pedro de la mano, descendió lentamente las gradas hacia un largo pa¬bellón de seda púrpura que habían levantado al fondo del jardín, siguiendo los demás niños en orden estricto de precedencia, yendo primero los que tenían apellidos más largos.

3. «Verdadera sonrisa de Francia.» En francés en el original.

4. El texto original da el término en francés: moue.

 

Un cortejo de niños nobles, vestidos fantásticamente de toreros5, salió a su encuentro, y el joven conde de Tierra¬Nueva, un muchacho de unos catorce años, de extraor¬dinaria belleza, descubriéndose con toda la gracia de un hidalgo de cuna y grande de España, la condujo solem¬nemente a un pequeño sitial decorado en oro y marfil, colocado sobre un alto estrado que dominaba el ruedo. Las niñas se agruparon en derredor suyo, haciendo re¬volotear sus grandes abanicos y cuchicheando unas con otras, y don Pedro y el Gran Inquisidor se quedaron de pie y riendo a la entrada. Incluso la duquesa -la ca¬marera mayor, como se la llamaba-, una mujer enjuta y de facciones duras, con gorguera amarilla, no se mostraba tan malhumorada como de costumbre, y algo parecido a una fría sonrisa vagaba en su rostro arrugado y contraía sus delgados labios descoloridos.

5. Toreadors, en el texto, con el término usual francés.                                          

Era ciertamente una corrida maravillosa, y mucho más bonita, pensaba la infanta, que la corrida de verdad a la que la habían llevado en Sevilla con ocasión de la visita del duque de Parma a su padre. Algunos de los mucha¬chos hacían cabriolas montados en caballos de juguete ri¬camente enjaezados, blandiendo largas picas anudadas con alegres caídas de cintas brillantes; les seguían otros a pie que movían sus capotes escarlata delante del toro y saltaban con ligereza la barrera cuando les embestía. Y en cuanto al toro mismo, era exactamente como un toro vivo, aunque estaba hecho sólo de mimbre y cuero ten¬sado, y a veces insistiera en correr dando la vuelta al ruedo sobre las patas traseras, lo que jamás se le hubiera ocurrido hacer a ningún toro vivo. Se prestó espléndi¬damente a la lidia, también, y los niños se excitaron tanto que se pusieron de pie en los bancos, y agitando sus pa¬ñuelos de encaje gritaban: ¡Bravo toro! ¡Bravo toro; con la misma seriedad que si hubieran sido personas adultas. Finalmente, sin embargo, después de una lidia prolon¬gada durante la cual varios de los caballos de cartón fue¬ron atravesados a cornadas y sus jinetes desmontados, el joven conde de Tierra-Nueva hizo humillar al toro y, ha-biendo obtenido permiso de la infanta para darle el golpe de gracia6, hundió su estoque de madera en el cuello del animal, con tal violencia que arrancó la cabeza de un tajo, y descubrió el rostro risueño del pequeño monsieur de Lorraine, hijo del embajador francés en Madrid.

6. En francés en el original: coup de grâce.

Despejaron entonces el ruedo en medio de grandes aplausos, y los caballos de juguete muertos fueron reti¬rados, arrastrados solemnemente por dos pajes moros con librea amarilla y negra, y después de un breve inter¬medio, durante el cual un acróbata francés hizo ejercicios en la cuerda floja, aparecieron unas marionetas italianas representando la tragedia semiclásica de Sofonisba en el escenario de un teatrillo que había sido construido con ese propósito. Actuaron tan bien, y sus gestos eran tan extremadamente naturales, que al final de la obra los ojos de la infanta estaban completamente empañados por las lágrimas. Realmente algunos de los niños lloraron de veras, y hubo que consolarles con dulces, y el mismo Gran Inquisidor estuvo tan afectado que no pudo por menos de decir a don Pedro que le parecía intolerable que cosas hechas simplemente de madera y dé cera de colores, y movidas mecánicamente con alambres, fueran tan desgraciadas y tuvieran infortunios tan terribles.

Siguió un malabarista africano que llevaba una gran cesta plana cubierta con un paño rojo, y habiéndola co¬locado en el centro del redondel sacó del turbante una curiosa flauta de caña y se puso a tocarla. A los pocos instantes empezó a moverse el paño, y a medida que el sonido de la flauta se hacía más y más agudo, dos ser-pientes verde y oro sacaron sus extrañas cabezas de forma de cuña y se alzaron lentamente, balanceándose al ritmo de la música como se balancea una planta en el agua. Los niños, sin embargo, estaban bastante asustados de sus capuchas moteadas y sus lenguas de movimientos veloces como saetas, y estuvieron mucho más contentos cuando el malabarista hizo que brotara de la arena un naranjo diminuto y diera bonitas flores blancas y racimos de fruta de verdad; y cuando cogió el abanico de la hijita del marqués de Las Torres y lo convirtió en un pájaro azul que voló dando vueltas por el pabellón cantando, su delicia y su asombro no conocieron límites. También fue encantador el solemne minué bailado por los niños dan¬zantes de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar. La in¬fanta no había visto nunca en su vida esta admirable ce¬remonia, que tiene lugar todos los años en mayo ante el altar mayor de la Virgen y en su honor; y en verdad nin¬guno de los miembros de la familia real española había vuelto a entrar en la gran basílica de Zaragoza desde que un sacerdote demente, que algunos suponían que había sido pagado por Isabel de Inglaterra, había intentado dar de comulgar con una forma envenenada al príncipe de Asturias. Así es que ella conocía sólo de oídas la «danza de Nuestra Señora», como se la llamaba, y ciertamente era un hermoso espectáculo. Los niños llevaban trajes de corte de terciopelo blanco, a la moda antigua, y sus cu¬riosos tricornios iban ribeteados de plata y rematados por enormes airones de plumas de avestruz; y cuando se mo¬vían bajo la luz del sol se acentuaba aún más la blancura deslumbradora de sus trajes, en contraste con sus rostros morenos y sus cabellos negros. Todo el mundo quedó fas¬cinado por la grave dignidad con que se movían siguiendo las intrincadas figuras de la danza y por la gracia minu¬ciosa de sus lentos gestos y majestuosas reverencias, y cuando terminaron su actuación y se descubrieron qui¬tándose los grandes sombreros con airones ante la in¬fanta, ella correspondió con una gran gentileza a su plei¬tesía, e hizo voto de enviar un gran cirio de cera al altar de Nuestra Señora del Pilar, a cambio del placer que ella le había proporcionado.

Un grupo de hermosos egipcios -como se llamaba en aquellos tiempos a los gitanos- avanzó luego en el re¬dondel y, sentándose en círculo con las piernas cruzadas, empezaron a tocar suavemente sus cítaras, moviendo el cuerpo a su ritmo y cantando en un murmullo a boca ce¬rrada, casi para sus adentros, en notas graves, una me¬lodía soñadora. Cuando vieron a don Pedro le miraron ceñudos, y algunos parecieron aterrorizados, pues hacía solamente unas semanas que había hecho ahorcar por he¬chicería a dos de su tribu en la plaza del mercado de Se¬villa. Pero les encantó la bella infanta, que estaba incli¬nada hacia atrás y miraba por encima de su abanico con sus grandes ojos azules; y tuvieron la seguridad de que alguien tan hermoso como era ella no podría ser nunca cruel con nadie. Así es que siguieron tocando muy sua¬vemente, rozando apenas las cuerdas de las cítaras con sus largas uñas puntiagudas, y empezaron a mover la ca¬beza de arriba abajo como si se estuvieran quedando dor¬midos. De pronto, con un grito tan agudo que se sobre-cogieron todos los niños y don Pedro echó mano al pomo de ágata de su daga, se pusieron en pie de un salto y dieron vueltas locamente alrededor del recinto, haciendo sonar las panderetas y salmodiando una frenética canción de amor en su extraña lengua gutural. Luego, a una nueva señal, se lanzaron todos otra vez al suelo y se que¬daron tendidos allí, completamente inmóviles, siendo el rasgueo apagado de las cítaras el único sonido que rom¬pía el silencio. Después de haber hecho esto varias veces desaparecieron un momento, y volvieron llevando a un oso pardo peludo, que conducían con una cadena, y sobre los hombros, pequeños monos de Berbería. El monos puso cabeza abajo con la mayor gravedad, y los monos de piel rugosa hicieron toda clase de juegos divertidos con dos chicos gitanos que parecían sus amos; se batieron con espadas diminutas, dispararon mosquetones e hicie¬ron la instrucción exactamente igual que la propia guar¬dia del rey. Los gitanos tuvieron realmente un gran éxito.

Pero la parte más divertida de todos los festejos de la mañana fue indudablemente el baile del enanito. Cuando entró en el redondel dando traspiés, contoneándose sobre sus piernas torcidas y meneando de un lado a otro su enorme cabeza deforme, los niños lanzaron un fuerte grito de complacencia, y la misma infanta se rió tanto que la camarera mayor se vio obligada a recordarle que aun¬que había muchos precedentes en España de que llorara la hija de un rey ante sus iguales, no había ninguno de que una princesa de sangre real se divirtiera en presencia de los que eran inferiores suyos en alcurnia. El enano, no obstante, era en realidad completamente irresistible, e in¬cluso en la corte española, notable siempre por cultivar su pasión por lo horrible, nunca se había visto un pe¬queño monstruo tan fantástico. Era su primera aparición, además. Le habían descubierto sólo la víspera, corriendo salvaje por el bosque, dos nobles que cazaban a la sazón en una parte remota del gran bosque de alcornoques que circundaba la ciudad, y se le habían llevado a palacio para dar una sorpresa a la infanta; alegrándose mucho su padre, que era un pobre carbonero, de librarse de un hijo tan feo y tan inútil. Quizá lo más divertido en él era su completa inconsciencia de su propio aspecto grotesco. Pa¬recía en verdad absolutamente feliz y lleno de optimismo. Cuando los niños se reían, él se reía tan espontánea y alegremente como ellos, y al final de cada danza les hacía a cada uno la más divertida de las reverencias, sonriendo y saludándoles con la cabeza como si fuera realmente uno de ellos, y no un pequeño ser deforme que la na¬turaleza, con cierto sentido del humor, había producido para que se burlaran los demás. En cuanto a la infanta, le fascinaba absolutamente. No podía apartar los ojos de ella, y parecía bailar para ella sola; y cuando al final de la sesión, recordando ella cómo había visto a las grandes damas de la corte arrojar ramilletes de flores al famoso tenor italiano Caffarelli, a quien había enviado el Papa de su propia capilla a Madrid para que curara al rey de su melancolía con la dulzura de su voz, se desprendió del cabello la hermosa rosa blanca y, en parte por broma, en parte por hacer de rabiar a la camarera, se la arrojó a través del redondel con su sonrisa más dulce. El lo tomó completamente en serio, y apretando la flor contra sus ásperos labios toscos se llevó la mano al corazón e hincó una rodilla en tierra, sonriendo en una mueca de oreja a oreja y chispeándole de placer los ojillos brillantes.

Esto hizo perder de tal modo la gravedad a la infanta, que siguió riéndose mucho tiempo después de que el ena¬nito hubiera salido corriendo del redondel, y expresó a su tío el deseo de que se repitiera inmediatamente el baile. La camarera, no obstante, bajo pretexto de que el sol era demasiado fuerte, decidió que sería mejor que su alteza volviera sin demora al palacio, donde ya se le había preparado un maravilloso festín, que incluía una tarta de cumpleaños con sus iniciales grabadas por encima con al¬míbar de color y un hermoso banderín de plata ondeando en lo alto. La infanta se puso pues en pie con mucha dig¬nidad y, habiendo ordenado que el enanito volviera a bai¬lar para ella después de la hora de la siesta, y después de haber dado las gracias al joven conde de Tierra-Nueva por su encantadora recepción, volvió a sus aposentos, si¬guiéndola los niños en el mismo orden en el que habían entrado.

Ahora bien, cuando el enanito oyó que tenía que bailar por segunda vez en presencia de la infanta y por orden expresa suya, se puso tan orgulloso que salió corriendo al jardín, besando la rosa blanca en un absurdo arrebato de placer y haciendo los gestos de complacencia más tos¬cos y desmañados.

Las flores estaban completamente indignadas de su atrevimiento a meterse en su hermoso hogar, y cuando le vieron hacer cabriolas arriba y abajo de los paseos y mo-ver los brazos por encima de la cabeza de un modo tan ridículo, no pudieron contener por más tiempo sus sen¬timientos.

-Realmente es demasiado feo para que se le permita jugar en el mismo sitio en que estamos nosotros -excla¬maron los tulipanes.

-Debiera beber jugo de adormideras y quedarse dor¬mido durante mil años -dijeron los grandes lirios escar¬lata, y se pusieron acalorados y furiosos.

-¡Es un perfecto horror! -chilló el cactus-. ¡Mirad, es torcido y achaparrado, y tiene la cabeza completa¬mente desproporcionada con las piernas! Realmente hace que se me pongan todos los pinchos de punta por el mal¬humor, y si se acerca a mí le pincharé con mis púas.

-Y de hecho ha cogido una de mis mejores flores -exclamó el rosal blanco-. Yo mismo se la di a la in¬fanta esta mañana, de regalo de cumpleaños, y él se la ha robado.

Y se puso a gritar lo más alto que pudo:

-¡Ladrón, ladrón, ladrón!

Hasta los geranios rojos, que no solían darse impor¬tancia, y se sabía que tenían muchos parientes pobres, se enrollaron en un gesto de repugnancia al verle, y cuando las violetas hicieron mansamente la observación de que aunque ciertamente era en extremo vulgar, sin embargo, no podía remediarlo, replicaron, con toda justicia, que ese era su principal defecto, y que no había razón alguna por la que se debiera admirar a una persona porque fuera incurable; y, en verdad, entre las violetas mismas al¬gunas tenían la sensación de que la fealdad del enanito era casi ostentosa, y que hubiera dado pruebas de mucho mejor gusto si hubiera tenido un aspecto triste, o al menos pensativo, en vez de ir dando saltos alegremente y agitándose con actitudes tan grotescas e insensatas.

En cuanto al viejo reloj de sol, que era un individuo extremadamente notable, y había dicho antaño la hora nada menos que al mismo emperador Carlos V, se quedó tan desconcertado con la aparición del enanito que casi se olvidó de señalar dos minutos enteros con su largo dedo de sombra, y no pudo por menos de decir al gran pavo real, blanco como la leche, que estaba tomando el sol en la balaustrada, que todo el mundo sabía que los hijos de los reyes eran reyes, y que los hijos de los car-boneros eran carboneros, y que era absurdo pretender que no fuera así; una afirmación con la que estuvo com¬pletamente de acuerdo el pavo real, que gritó: «cierta¬mente, ciertamente», con una voz tan penetrante y áspera que las carpas que vivían en el cuenco de la fresca fuente chapoteante sacaron la cabeza del agua y preguntaron a los enormes tritones de piedra que diablos ocurría.

Pero en cambio a los pájaros les gustaba. Le habían visto a menudo en el bosque, danzando como un duen¬decillo tras las hojas que el viento llevaba en remolino, o subido acurrucado en la concavidad de algún viejo roble, compartiendo las bellotas con las ardillas. No les impor¬taba ni pizca que fuera feo. ¡Cómo!, el mismo ruiseñor, que cantaba tan melodiosamente por la noche en los na¬ranjales que a veces la luna se inclinaba para escuchar, no era gran cosa a la vista, al fin y al cabo; y además, él había sido bueno con ellos, y durante aquel invierno te¬rriblemente crudo, en que no había bayas en los arbustos y el suelo estaba tan duro como el hierro y los lobos ha-bían bajado hasta las mismas puertas de la ciudad en busca de alimento, él no les había olvidado ni una sola vez, sino que por el contrario les había dado siempre mi-gajas de su pequeño rebojo de pan negro, y había repar¬tido con ellos el pobre desayuno que tuviera.

Así que volaban dando vueltas y más vueltas a su al¬rededor, rozándole la mejilla con las alas al pasar, y parlo¬teaban unos con otros; y el enanito estaba tan complacido que no podía por menos de mostrarles la hermosa rosa blanca y de decirles que la infanta misma se la había dado porque le amaba.

Ellos no entendían una sola palabra de lo que él decía, pero eso no importaba, pues ladeaban la cabeza y to¬maban el aire de sabios, lo que viene a valer tanto como entender una cosa, y es mucho más fácil.

También las lagartijas le tenían cariño, y cuando se cansó de correr y se tumbó en la hierba a descansar, ju¬garon y retozaron por encima de él, y trataron de diver¬tirle del mejor modo que pudieron.

-Todo el mundo no puede ser tan guapo como una lagartija -exclamaban-, eso sería esperar demasiado. Y, aunque parezca absurdo decirlo, al fin y al cabo no es tan feo, con tal, claro está, de que uno cierre los ojos y no le mire.

Las lagartijas eran extremadamente filosóficas por na¬turaleza, y a menudo se quedaban sentadas todas juntas pensando durante horas y más horas, cuando no había nada más que hacer, o cuando el tiempo era demasiado lluvioso para salir.

Las flores, sin embargo, estaban excesivamente moles¬tas por su comportamiento, y por el comportamiento de los pájaros.

-Esto muestra únicamente -decían- qué efecto tan vulgar tiene ese incesante moverse y volar precipitada¬mente. La gente bien educada siempre se queda exacta-mente en el mismo sitio, como hacemos nosotras. Nadie nos vio nunca saltando arriba y abajo por los paseos, ni galopando alocadamente por el césped persiguiendo a las libélulas. Cuando queremos cambiar de aires avisamos al jardinero y él nos lleva a otro parterre. Esto tiene dig¬nidad, como debiera ser. Pero los pájaros y las lagartijas no tienen sentido de reposo y, en verdad, los pájaros ni siquiera tienen un domicilio permanente. Son meros va¬gabundos, como los gitanos, y debiera tratárselos exac¬tamente de la misma manera.

Así es que irguieron la cabeza y tomaron aspecto al¬tanero, y estuvieron encantadas cuando, después de un rato, vieron al enanito levantarse de la hierba y dirigirse al palacio atravesando la terraza.

-Ciertamente debieran encerrarle en casa durante el resto de sus días -dijeron-. ¡Mirad su joroba y sus pier¬nas torcidas! -y empezaron a reírse con disimulo.

Pero el enanito no sabía nada de todo esto. Le gus¬taban muchísimo los pájaros y las lagartijas, y pensaba que las flores eran las cosas más maravillosas del mundo entero, a excepción naturalmente de la infanta, pero es que ella le había dado la bella rosa blanca y le amaba, y eso era muy diferente. ¡Cómo deseaba volver a estar con ella! Le haría ponerse a su derecha y le sonreiría, y él nunca se apartaría de su lado, sino que la tendría por compañera de juegos y le enseñaría toda clase de trave-suras deliciosas. Pues, aun cuando él no había estado nunca antes en un palacio, sabía muchas cosas maravillo¬sas. Sabía hacer jaulitas con juncos para que cantaran dentro los grillos y hacer con larga caña nudosa de bambú la flauta que le gusta oír al dios Pan. Conocía el grito de todas las aves, y podía llamar a los estorninos de la copa de los árboles y a la garza real de la laguna. Co¬nocía el rastro de todos los animales, y podía rastrear a la liebre por sus huellas delicadas y al oso por las hojas holladas. Todas las danzas del viento las conocía: la danza con blancas guirnaldas de nieve en el invierno y la danza de las flores a través de los vergeles en primavera. Sabía dónde hacían el nido las palomas torcaces, y en una ocasión en que un cazador había cogido en una trampa a los padres, él mismo había criado a los pichones y había construido para ellos un pequeño palomar en la hendi¬dura de un olmo desmochado. Eran completamente man¬sas y solían comer en su mano todas las mañanas. A ella le gustarían, y los conejos que corrían veloces en los lar¬gos helechos, y los arrendajos con sus plumas aceradas y su pico negro, y los erizos, que podían hacerse un ovillo convirtiéndose en una bola de púas, y las grandes tortu¬gas sabias que iban arrastrándose lentamente, moviendo la cabeza a derecha y a izquierda y mordisqueando las hojas tiernas. Sí, ciertamente ella debía ir al bosque a ju¬gar con él. Le daría su propia camita, y él vigilaría afuera al pie de la ventana hasta el amanecer, para ver que no le hicieran daño las reses bravas ni se deslizaran los lobos flacos acercándose demasiado a la cabaña. Y al alba daría unos golpecitos en las contraventanas y la despertaría, y saldrían a danzar juntos todo el día.

El bosque, en realidad, no era nada solitario. A veces lo atravesaba un obispo montado en su mula blanca, le¬yendo en un libro ilustrado con dibujos de colores. Otras veces pasaban los halconeros con su gorra de terciopelo verde y sus jubones de gamuza curtida, con halcones en¬capuchados al puño. En tiempo de la vendimia llegaban los que pisaban la uva, con manos y pies de púrpura, co¬ronados de hiedra satinada y llevando pellejos de vino que goteaban; y los carboneros, que hacían carbón de leña, sentados alrededor de sus inmensas hogueras por la noche, vigilando cómo se carbonizaban los leños secos lentamente en el fuego, y asando castañas en las cenizas, y los ladrones salían de sus cuevas y pasaban buenos ratos con ellos. En una ocasión, también, había visto un her¬moso cortejo seperteando en la larga calzada polvorienta que iba a Toledo. Iban delante los monjes cantando dul-cemente, y llevando pendones brillantes y cruces de oro, y luego, con armadura de plata, con mosquetones y picas, venían los soldados, y en medio de ellos caminaban tres hombres descalzos, con extrañas túnicas amarillas pinta¬das todo por encima con figuras maravillosas, y llevando cirios encendidos en la mano. Ciertamente había mucho que ver en el bosque; y cuando ella estuviera cansada en¬contraría para ella un suave terraplén cubierto de musgo, o la llevaría en brazos, pues él era muy fuerte, aunque sabía que no era alto. Le haría un collar de rojas bayas de brionia, que. serían igual de bonitas que las bayas blan¬cas que llevaba en el vestido, y cuando se cansara de ellas podría tirarlas, y él le encontraría otras. Le llevaría copas de bellota y anémonas empapadas de rocío y gusanos de luz diminutos para que fueran estrellas en el oro pálido de su cabello.

Pero ¿dónde estaba ella? Preguntó a la rosa blanca, y esta no le respondió. Todo el palacio parecía dormido, e incluso donde no habían cerrado las contraventanas, ha-bían corrido pesados cortinajes sobre las ventanas para que no entrara la luz deslumbradora. Dio vueltas todo alrededor buscando algún sitio por el que poder entrar, y al fin vio una pequeña puerta de servicio que estaba abierta. La atravesó cautelosamente, y se encontró en un salón espléndido, mucho más espléndido, se temía, que el bosque, pues había muchas más cosas doradas por to¬das partes, y hasta el suelo estaba hecho de grandes pie¬dras de colores, dispuestas en una especie de dibujo geo¬métrico. Pero la pequeña infanta no estaba allí; sólo ha¬bía unas maravillosas estatuas blancas que le miraban desde sus pedestales de jaspe, con tristes ojos vacíos y labios que sonreían de modo extraño.

Al fondo del salón pendía un cortinaje de terciopelo negro ricamente bordado, recamado de soles y estrellas, los emblemas favoritos del rey, y bordados en su color preferido. ¿Quizá estaba ella escondida detrás? Probaría, de todos modos.

Así es que llegó hasta allí sigilosamente y descorrió el cortinaje. No, había sólo otra estancia, aunque más bo¬nita, pensó, que la que acababa de dejar. Los muros es-taban cubiertos con tapices de Arras, hechos a trabajo de aguja, con muchas figuras que representaban una cacería, obra de artistas flamencos que habían empleado más de siete años en su confección. Había sido antaño el apo¬sento de Juan el Loco7, como llamaban a aquel rey de¬mente, tan enamorado de la caza, que a menudo había intentado en su delirio montar en los enormes caballos encabritados y abatir al ciervo sobre el que estaban sal¬tando los grandes podencos, haciendo sonar su cuerno de caza y clavándole la daga al pálido ciervo que huía. Se usaba ahora de sala del Consejo, y en la mesa del centro estaban las carpetas de los ministros, selladas con los tu¬lipanes de oro de España y con las armas y emblemas de la casa de Habsburgo.

7. En francés en el original: Jean le Fou.

El enanito miraba asombrado todo a su alrededor, y estaba medio asustado de seguir. Los extraños jinetes silenciosos que galopaban tan velozmente por los largos claros sin hacer ruido le parecían como los terribles fan¬tasmas de los que había oído hablar a los carboneros -los comprachos-, que cazan sólo de noche y que si encuentran a un hombre le convierten en ciervo, y le cazan. Pero pensó en la bonita infanta, y se armó de valor. Quería encontrarla sola y decirle que él también la amaba. Tal vez estaría en la sala contigua.

Corrió sobre las mullidas alfombras morunas y abrió la puerta. ¡No! No estaba allí tampoco. La estancia estaba completamente vacía.

Era el salón del trono, que servía para la recepción de embajadores extranjeros, cuando el rey, cosa que no ocu¬rría con frecuencia últimamente, accedía a concederles una audiencia personal; la misma estancia en que, mu¬chos años antes, se habían presentado legados venidos de Inglaterra para hacer los acuerdos concernientes a las nupcias de su reina, entonces una de las soberanas ca¬tólicas de Europa, con el hijo primogénito del empera¬dor. Las colgaduras eran de cordobán trabajado en oro, y una pesada araña sobredorada con brazos para tres¬cientas velas colgaba del techo blanco y negro. Bajo un gran dosel de tejido de oro, en el que estaban bordados en aljófares los castillos y leones de Castilla, estaba el trono mismo, cubierto con un rico dosel de terciopelo negro recamado de tulipanes de plata y orlado con una complicada cenefa de plata y perlas. En la segunda grada del trono estaba colocado el escabel de la infanta, con su cojín forrado de tisú de plata y, por debajo de este y fuera del dosel, estaba el asiento del nuncio del Papa, el único que tenía derecho a sentarse en presencia del rey con ocasión de ceremonias públicas, y cuyo capelo car¬denalicio estaba colocado delante, en un taburete8 de púrpura, con su maraña de borlas escarlata. En el muro, frente al trono, colgaba un retrato de tamaño natural de Carlos V en traje de caza, con un gran mastín a su lado, y un retrato de Felipe II recibiendo el homenaje de los Países Bajos ocupaba el centro de otro de los muros. En¬tre las ventanas había un bargueño de negro ébano, con incrustaciones de placas de marfil, en las que estaban gra¬badas las figuras de La danza de la muerte, de Holbein -de mano, se decía, del famoso maestro mismo.

8. En francés en el original: tabouret.

Pero al enanito no le interesaba nada toda esta mag¬nificencia. Él no hubiera dado su rosa por todas las perlas del dosel, ni un solo pétalo blanco de su rosa por el trono mismo. Lo que él quería era ver a la infanta antes de que bajase al pabellón y decirle que se fuera con él cuando hubiera terminado su baile. Aquí, en el palacio, el aire era denso y pesado, pero en el bosque el viento soplaba libre, y el sol apartaba con manos errantes de oro las hojas trémulas. Había flores también en el bosque, no tan espléndidas acaso como las flores del jardín, pero más dulcemente perfumadas, en cambio: jacintos al comienzo de la primavera, que inundaban de púrpura ondulate las frescas cañadas y los oteros cubiertos de hierba, velloritas amarillas, que se apretaban en pequeños ramilletes alre¬dedor de las raíces retorcidas de los robles, brillante ce¬lidonia, y verónica azul, e iris color lila y oro. Había amentos grises sobre los avellanos, y las dedaleras azules se inclinaban por el peso de sus corolas moteadas llenas de abejas. El castaño tenía sus capiteles de estrellas blan¬cas, y el espino sus pálidas lunas de belleza. ¡Sí, seguro que ella iría, con tal de que pudiera encontrarla! Iría con él al hermoso bosque, y todo el día bailaría él para delicia suya. Una sonrisa le iluminó los ojos al pensar en ello, y pasó al salón siguiente.

De todas las estancias esta era la más radiante y la más hermosa. Los muros estaban cubiertos de damasco de Lucca estampado en tono rosa con un diseño de pájaros y salpicado de delicadas flores de plata, los muebles eran de plata maciza, festoneada con guirnaldas de flores y Cupidos meciéndose; delante de las dos grandes chime¬neas había magníficos guardafuegos con loros y pavos reales bordados, y el suelo, que era de ónice verde mar, parecía extenderse a lo lejos en la distancia. No estaba él solo. De pie, bajo la sombra del quicio de la puerta, al fondo de la habitación, vio una pequeña figura que le es¬taba mirando. Su corazón tembló, un grito de alegría se escapó de sus labios, y se movió, poniéndose en la zona iluminada por los rayos del sol. Al hacerlo, la figura se movió también y la vio claramente.

¡Sí, sí, la infanta! Era un monstruo, el monstruo más grotesco que había visto él en su vida. Sin forma apro¬piada, como la de las demás personas, sino jorobado y de piernas torcidas, con una enorme cabeza que colgaba y crines de pelo negro. El enanito frunció el ceño, y el monstruo lo frunció también. Se rió, y rió con él, y se puso en jarras exactamente como él lo estaba haciendo. Le hizo una inclinación burlesca, le devolvió una pro¬funda reverencia. Fue hacia él, y vino a su encuentro, co¬piando cada paso que daba, y parándose cuando se pa¬raba él. Gritó divertido, y echó a correr hacia adelante, y extendió la mano, y la mano del monstruo tocó la suya, y estaba tan fría como el hielo. Le entró miedo, e hizo un movimiento con la mano, y la mano del monstruo lo siguió rápidamente. Trató de empujarlo, pero algo liso y duro le detuvo. La cara del monstruo estaba ahora pe¬gada a la suya y parecía llena de terror. Se apartó el pelo de los ojos. Le imitó. Lo golpeó, y le devolvió golpe por golpe. Le dio muestras de que lo abominaba, y le hizo a él horribles muecas. Se echó hacia atrás y el monstruo retrocedió.

¿Qué era aquello? Reflexionó un momento y miró en derredor suyo el resto del salón. Era extraño, pero pa¬recía que todo tenía su doble en ese muro invisible de agua clara. Sí, cuadro por cuadro estaba repetido, y sofá por sofá. El fauno dormido que yacía en su hornacina junto al umbral de la puerta tenía su hermano gemelo que dormitaba, y la Venus de plata iluminada por la luz del sol tendía los brazos a una Venus tan hermosa como ella misma.

¿Era el eco? Él le había llamado una vez en el valle, y le había contestado palabra por palabra. ¿Podría hacer burla a los ojos lo mismo que hacía burla a la voz? ¿Po-dría hacer un mundo de imitación exactamente igual al mundo real? ¿Podría tener color y vida y movimiento la sombra de las cosas? ¿Podría ser que...?

Se sobresaltó, y sacando del pecho la hermosa rosa blanca se dio la vuelta y la besó. ¡El monstruo tenía una rosa suya, igual, pétalo a pétalo! La besaba con besos pa¬recidos y la apretaba contra el corazón con gestos ho¬rribles.

Cuando la verdad se hizo luz en él, dio un grito salvaje de desesperación y cayó al suelo sollozando. ¡Así que era él el deforme y jorobado, insoportable a la vista y gro¬tesco! Él mismo era el monstruo, y era de él de quien todos los niños se habían estado riendo; y la princesita que él había creído que le amaba, también ella había es¬tado simplemente burlándose de su fealdad y regociján¬dose por sus miembros torcidos. ¿Por qué no le habían dejado en el bosque donde no había espejos que le di¬jeran lo repugnante que era? ¿Por qué no le había ma¬tado su padre antes que venderle para vergüenza suya? Lágrimas abrasadoras rodaron por sus mejillas, e hizo pe¬dazos la rosa blanca. El monstruo tumbado en el suelo hizo lo mismo y diseminó en el aire los delicados pétalos. Se arrastró por el suelo, y, cuando el enanito lo miró, se le quedó mirando con una cara contraída por el dolor. Se apartó arrastrándose para no verlo, y se cubrió los ojos con las manos. Avanzó a rastras, como una criatura he¬rida, hasta la sombra, y se quedó allí tendido gimiendo.

Y en ese momento entró la propia infanta con sus compañeros por la puerta-ventana abierta, y cuando vie¬ron al feo enanito tendido en el suelo y golpeándolo con los puños cerrados, del modo más fantástico y exagerado, estallaron en alegres carcajadas, y rodeándole se le que¬daron mirando.

-Su baile era divertido -dijo la infanta-; pero su manera de actuar es más divertida aún. Verdaderamente es casi tan bueno como las marionetas, sólo que, desde luego, no es tan natural.

E hizo revolotear su abanico y aplaudió.

Pero el enanito no alzaba nunca la vista, y sus sollozos iban siendo cada vez más débiles y, de pronto, dio una curiosa boqueada y se apretó el costado. Y volvió a caer hacia atrás y se quedó completamente inmóvil.

-¡Eso es magnífico! -dijo la infanta, después de una pausa-; pero ahora tienes que bailar para mí.

-Sí -gritaron todos los niños-, tienes que levantarte y bailar, pues eres tan hábil como los monos de Berbería, y mucho más ridículo.

Pero el enanito no se movía.

Y la infanta golpeó el suelo con el pie, y llamó a su tío, que estaba paseando en la terraza con el chambelán, y leía unos despachos que acababan de llegar de México, donde se había establecido recientemente el Santo Ofi¬cio.

-Mi divertido enanito está mohíno -exclamó-, te¬néis que despertarle y decirle que baile para mí.

Cruzaron una sonrisa, y entraron con calma, y don Pedro se inclinó y dio un golpecito al enano en la mejilla con su guante bordado.

-Tienes que bailar -dijo-, pequeño monstruo9. Tie¬nes que bailar. La infanta de España y de las Indias desea que se la divierta.

9. «Pequeño monstruo». En francés en el original: petit monstre.

Pero el enanito no se movió a pesar de todo. -Debieran llamar al encargado de los azotes -dijo con talante molesto.

Y se volvió a la terraza.

Pero el chambelán tomó un aire grave, y se arrodilló junto al enanito y le puso la mano sobre el corazón. Y después de unos instantes se encogió de hombros y se levantó, y habiendo hecho una profunda reverencia a la infanta, dijo:

-Mi bella princesa, vuestro divertido enanito nunca volverá a bailar. Es lástima, pues es tan feo que puede que hubiera hecho sonreír al rey.

-¿Pero por qué no volverá a bailar? -preguntó la in¬fanta, riendo.

-Porque se le ha roto el corazón -respondió el chambelán.

Y la infanta frunció el ceño, y sus delicados labios de hoja de rosa se curvaron en un bonito gesto de desdén.

-En el futuro, que los que vengan a jugar conmigo no tengan corazón -exclamó.

Y salió corriendo al jardín.

 

EL PESCADOR Y SU ALMA

 

Todas las tardes salía al mar el joven pescador y arro¬jaba sus redes al agua. Cuando el viento soplaba de tie¬rra, no cogía nada, o poca cosa, en el mejor de los casos, pues era un viento cortante de alas negras, y olas en¬crespadas subían a su encuentro. Pero cuando soplaba el viento hacia la costa, salían los peces de las profundida¬des y entraban nadando en la trampa de sus redes, y él los llevaba al mercado para venderlos.

Todas las tardes salía al mar, y una tarde la red pesaba tanto que apenas podía arrastrarla para subirla a la barca. Y riéndose se dijo:

-Seguramente he cogido todos los peces que nadan, o he atrapado a algún monstruo torpe que será una cosa asombrosa para los hombres, o algo horroroso que la reina deseará tener.

Y juntando todas sus fuerzas tiró de las ásperas cuer¬das hasta que, como líneas de esmalte azul alrededor de un jarrón de bronce, resaltaron las largas venas de sus brazos. Tiró de las cuerdas delgadas, y más y más se acer¬caba el círculo de corchos planos, y la red subió al fin a la superficie del agua.

Pero no había dentro pez alguno, ni monstruo ni cosa que diera horror, sino solamente una sirenita profunda¬mente dormida.

Tenía los cabellos como húmedo vellón de oro, y era cada cabello por separado como un hilo de oro fino en una copa de cristal. Su cuerpo parecía de blanco marfil, y su cola era de plata y perla.

Plata y perla era su cola, y las verdes algas marinas se enroscaban en ella; y como conchas marinas eran sus ore¬jas, y sus labios como el coral del mar. Las frías olas rom¬pían sobre sus pechos fríos, y brillaba la sal sobre sus pár¬pados.

Tan bella era, que cuando el joven pescador la vio se llenó de asombro, y extendió la mano y atrajo la red junto a él, y apoyándose en la borda la cogió en sus bra¬zos. Y, al tocarla, lanzó ella un grito como una gaviota asustada y despertó, y le miró aterrorizada con sus ojos de amatista malva, y forcejeó para escapar. Pero él la tenía sujeta, y no consintió que se marchara.

Y cuando vio ella que no podía escapar en modo al¬guno de él, se echó a llorar y dijo:

-Te suplico que me dejes que me vaya, pues soy la hija única de un rey, y mi padre es anciano y está solo. Pero el joven pescador respondió:

-No te dejaré ir a no ser que me hagas la promesa de que siempre que te llame vendrás a cantar para mí, pues a los peces les deleita escuchar el canto de los que habitan en el mar, y así se llenarán mis redes.

-¿De verdad dejarás que me vaya si te lo prometo? -exclamó la sirena.

-De verdad que dejaré que te vayas -dijo el joven pescador.

Así es que ella le prometió lo que él deseaba, y lo juró con el juramento de los habitantes del mar. Y él aflojó los brazos en torno de ella, y la sirena se sumergió en el agua, temblando con un extraño temor.

Todas las tardes salía al mar el joven pescador y lla¬maba a la sirena; y salía ella del agua y cantaba para él. Dando vueltas y más vueltas en torno suyo nadaban los delfines, y las ariscas gaviotas hacían círculos por encima de su cabeza.

Y ella cantaba un canto maravilloso, pues cantaba acerca de los habitantes del mar que conducen a sus re¬baños de cueva en cueva, y llevan a los ternerillos sobre los hombros; de los tritones de largas barbas verdes y pe¬cho velludo, que tocan caracolas retorcidas cuando pasa el rey; del palacio del rey, todo de ámbar, con tejado de esmeralda clara y suelo de perla reluciente; y de los jar¬dines del mar, donde los grandes abanicos de filigrana de coral ondean todo el día, y los peces pasan raudos como pájaros de plata, y se abrazan las anémonas a las rocas, y florecen los claveles en la arena amarilla festoneada. Cantaba, y su canción era sobre las grandes ballenas que bajan de los mares del Norte y llevan agudos carámbanos colgándoles de las aletas; de las sirenas, que cuentan co¬sas hasta tal punto maravillosas que los mercaderes tie¬nen que taponarse los oídos con cera, pues si las oyeran saltarían al agua y se ahogarían; y era también su canción sobre los galeones hundidos con sus altos mástiles, y los marineros congelados adheridos a las jarcias, y las caba¬llas entrando y saliendo a nado por las portillas; sobre las pequeñas lapas, que son grandes viajeras y se adhieren a las quillas de los barcos y van dando vueltas alrededor del mundo; y sobre las jibias que viven en los flancos de los acantilados y extienden sus largos brazos negros, y pue¬den hacer que venga la noche cuando quieren. Cantó al nautilo, que tiene su propia barca, talada en un ópalo, y está propulsada por una vela de seda; a los felices trito¬nes que tocan el arpa y pueden hacer dormir por encan¬tamiento al gran Kraken; a los niños pequeños que su¬jetan a las resbaladizas marsopas y cabalgan. sobre ellas riendo; a las sirenas que se acuestan en la espuma blanca y tienden los brazos a los marineros; y a los leones de mar con sus colmillos curvos, y a los hipocampos con sus crines flotantes.

Y, mientras cantaba, todos los atunes llegaban desde las profundidades a escucharla, y el joven pescador arro¬jaba las redes en torno a ellos y los cogía, y a otros los capturaba con un arpón. Y cuando su barca estaba bien cargada, la sirena se sumergía en el mar, sonriéndole. No obstante, nunca quiso acercarse a él tanto que pu¬diera tocarla. Él a menudo la llamaba y le rogaba, pero ella no se acercaba; y cuando intentaba cogerla se zam¬bullía en el agua como pudiera hacerlo una foca, y no volvía a verla ese día. Y cada día el sonido de su voz se hacía más dulce a sus oídos. Tan dulce era su voz que olvidaba sus redes y su astucia, y no se cuidaba de su oficio.

Con aletas bermellón y ojos tachonados de oro pasa¬ban en bancos los atunes, pero él no les prestaba aten¬ción: su arpón yacía a su lado sin uso alguno, y estaban vacías sus nasas de mimbre trenzado. Con los labios abiertos y los ojos empañados por el asombro, se que¬daba sentado ocioso en su barca y escuchaba; escuchaba hasta que la neblina del mar se arrastraba en torno suyo, y la luna merodeadora teñía de plata sus miembros mo¬renos.

Y un atardecer la llamó y le dijo:

-Sirenita, sirenita, te amo. Acéptame por esposo, pues te amo.

Pero la sirenita negó con la cabeza.

-Tú tienes un alma humana -respondió-. Si quisie¬ras arrojar tu alma lejos de ti, podría amarte.

Y el joven pescador se dijo: «¿De qué me sirve el alma? No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco. Ciertamente la arrojaré lejos de mí, y será mía una gran alegría.»

Y estalló en sus labios un grito de júbilo y, poniéndose en pie en su barca pintada, tendió sus brazos a la sirena.

-Arrojaré mi alma lejos de mí -gritó-, y tú serás mi novia y yo seré tu novio en los esponsales, y juntos viviremos en lo profundo del mar, y todo aquello que has cantado me lo mostrarás, todo lo que tú desees yo lo haré, y nuestras vidas no habrán de separarse.

Y la sirenita rió de placer y ocultó el rostro entre las manos.

-Pero ¿cómo arrojaré el alma fuera de mí? -exclamó el joven pescador-. Dime cómo puedo hacerlo, y ¡hala!, lo haré.

-¡Ay! No lo sé -dijo la sirenita-; los habitantes del mar no tienen alma.

Y se sumergió en la profundidad, mirándole anhelante.

 

Y a la mañana siguiente temprano, antes de que el sol hubiera recorrido el espacio de la mano de un hombre por encima del collado, el joven pescador fue a casa del sacerdote y llamó tres veces a la puerta.

El novicio miró por el postigo, y, cuando vio quién era, descorrió el pestillo y dijo:

-Entra.

Y entró el joven pescador, y se puso de rodillas en los junquillos del suelo, que exhalaba un suave olor, y dijo a gritos al sacerdote, que estaba leyendo el libro sagrado:

-Padre, estoy enamorado de una que habita en el mar y mi alma me impide realizar mi deseo. Decidme cómo puedo arrojar mi alma lejos de mí, pues en verdad no la necesito para nada. ¿Qué valor tiene mi alma para mí? No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco.

Y el sacerdote se dio golpes de pecho y exclamó:

-¡Ay, ay! Tú estás loco o has comido alguna hierba venenosa, pues el alma es la parte más noble del hombre, y nos la dio Dios para que la usáramos noblemente. No existe cosa de más precio que un alma humana, y no hay cosa terrena con la que pueda ponerse en la misma ba¬lanza. Vale lo que todo el oro que hay en el mundo, y es de más precio que los rubíes de los reyes. Por tanto, hijo mío, no pienses más en este asunto, pues es un pe¬cado que no puede ser perdonado. Y en cuanto a los que habitan en el mar, están condenados, y los que mantienen trato con ellos están perdidos también. Son como las bes¬tias del campo que no distinguen el bien del mal, y por ellos no ha muerto el Señor.

Al joven pescador se le llenaron los ojos de lágrimas al oír las amargas palabras del sacerdote, y se puso en pie y le dijo:

-Padre, los faunos viven en el bosque y están alegres, y en las rocas se sientan los tritones con sus arpas de oro de ley. Dejadme que sea como ellos, os lo suplico, pues sus días son como los días de las flores. Y en cuanto a mi alma, ¿de qué me aprovecha, si se interpone entre lo que amo y yo?

-El amor del cuerpo es vil -exclamó el sacerdote, frunciendo las cejas-, y viles y perversas son esas cosas que Dios tolera que vaguen por el mundo suyo. ¡Malditos sean los faunos del bosque, y sean malditas las que can¬tan en el mar! Las he oído de noche y han intentado ser un señuelo que me apartara de mi rosario. Dan quedos golpes a la ventana y ríen. Musitan en mi oído la historia de sus gozos peligrosos. Me inducen con tentaciones y, cuando quiero rezar, me hacen muecas. Están condena¬das, te digo, están condenadas. Para ellas no hay cielo ni hay infierno, y en ninguno de los dos alabarán el nombre de Dios.

-Padre -exclamó el joven pescador-, no sabéis lo que decís. Una vez atrapé en mi red a la hija de un rey. Es más hermosa que el lucero del alba, y más blanca que la luna. A cambio de su cuerpo daría mi alma, y por su amor renunciaría al cielo. Decidme lo que os pregunto, y dejad que vaya en paz.

-¡Fuera! ¡Fuera! -gritó el sacerdote-; tu amada está condenada, y tú te condenarás con ella.

Y sin darle su bendición le condujo fuera de su puerta.

Y el joven pescador bajó a la plaza del mercado, y ca¬minaba lentamente y con la cabeza baja, como quien está abatido por el dolor.

Y cuando le vieron llegar los mercaderes, empezaron a cuchichear unos con otros, y uno de ellos avanzó a su encuentro, le llamó por su nombre y le dijo:

-¿Qué tienes que vender?

-Te venderé mi alma -respondió-. Te ruego que la compres y te la lleves lejos de mí, pues estoy harto de ella. ¿De qué me sirve el alma? No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco.

Pero los mercaderes se burlaban de él, y decían:

-¿Para qué queremos un alma humana? No vale lo que una moneda hendida de plata. Véndenos tu cuerpo como esclavo, y te vestiremos de púrpura marina y te pondremos un anillo en el dedo, y te haremos favorito de la gran reina. Pero no hables del alma, pues no es nada para nosotros, ni tiene valor alguno para nuestro servicio.

Y el joven pescador se dijo por lo bajo:

«¡Qué cosa tan extraña es esta! El sacerdote me dice que el alma vale todo el oro del mundo y los mercaderes dicen que no vale ni una moneda de plata hendida.»

Y salió de la plaza del mercado y bajó a la playa del mar, y se puso a meditar en lo que debía hacer.

 

Y a mediodía recordó cómo uno de sus compañeros, que recogía hinojo marino, le había hablado de cierta he¬chicera joven que vivía en una cueva a la entrada de la bahía y era muy ingeniosa en sus hechicerías. Y se en¬caminó allí echándose a correr, tan ansioso estaba de li¬brarse de su alma; y una nube de polvo le seguía cuando iba presuroso por la arena de la playa. Por el picor de la palma de su mano supo la joven bruja su llegada, y rió y se soltó la roja cabellera. Con su roja cabellera cayendo en torno suyo, estaba en pie a la entrada de la cueva, y en la mano tenía una ramita de cicuta silvestre que estaba floreciendo.

-¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? -gritó, mientras él subía la pendiente jadeante, y se inclinaba ante ella¬¿Peces para tu red, cuando el viento es insoportable? Tengo un pequeño caramillo hecho con una caña, y cuando lo toco los salmonetes vienen nadando á la bahía. Pero tiene un precio, hermoso muchacho, tiene un pre¬cio. ¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? ¿Una tormenta que haga zozobrar los barcos y arrastre a la playa los cofres de ricos tesoros? Yo tengo más tormentas de las que tiene el viento, pues sirvo a uno que es más fuerte que el viento, y con un cedazo y un cubo de agua puedo en¬viar a las grandes galeras al fondo del mar. Pero tengo un precio, hermoso muchacho, tengo un precio. ¿Qué ne¬cesitas? ¿Qué necesitas? Conozco una flor que crece en el valle, y nadie la conoce más que yo. Tiene hojas de púrpura y una estrella en el corazón, y su jugo es tan blanco como la leche. Si tocaras con esa flor los labios endurecidos de la reina, te seguiría por todo el mundo. Del lecho del rey se levantaría y saldría, y por el mundo entero te seguiría. Y tiene un precio, hermoso muchacho, tiene un precio. ¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? Puedo machacar un sapo en un mortero, y hacer caldo con él, y dar vueltas al caldo con la mano de un hombre muerto. Rocía con ello a tu enemigo mientras duerme, y se con-vertirá en víbora negra, y su propia madre le matará. Con una rueda puedo arrastrar la luna del firmamento, y en un cristal puedo mostrarte a la muerte. ¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? Dime tu deseo, y yo te lo concederé; y tú me pagarás un precio, hermoso muchacho, me pagarás un precio.

-Mi deseo es tan sólo una cosa muy pequeña -dijo el joven pescador-; sin embargo, el sacerdote se ha eno¬jado conmigo y me ha echado. No es más que una cosa pequeña, y los mercaderes se han burlado de mí y me la han negado. Por tanto, he venido a ti, aunque los hom¬bres te llaman perversa, y sea cual sea el precio lo pagaré.

-¿Qué es lo que quieres? -preguntó la hechicera, acercándose a él.

-Quisiera arrojar mi alma lejos de mí -respondió el joven pescador.

La hechicera se puso pálida y se estremeció, y ocultó el rostro en su manto azul.

-Hermoso muchacho, hermoso muchacho -mu¬sitó-, esa es una cosa terrible de hacer.

Él sacudió sus rizos castaños y se rió.

-Mi alma no es nada para mí -respondió-. No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco.

-¿Qué me darás si te lo digo? -preguntó la hechi¬cera, bajando a él la mirada de sus bellos ojos.

-Cinco monedas de oro -dijo él-, y mis redes, y la casa de zarzo en que vivo, y la barca pintada en que na¬vego. Dime sólo cómo librarme de mi alma, y te daré todo lo que poseo.

Ella se rió mofándose de él, y le dio un golpecito con la rama de cicuta.

-Puedo convertir las hojas de otoño en oro -respon¬dió-, y puedo tejer con los pálidos rayos de la luna un tejido, si quiero. Aquel a quien sirvo es más rico que to-dos los reyes de este mundo y posee los dominios de ellos.

-¿Qué debo darte entonces -exclamó él-, si tu pre¬cio no es oro ni plata?

La hechicera le rozó el cabello con su delgada mano blanca.

-Debes danzar conmigo, hermoso muchacho -mur¬muró.

Y le sonrió mientras le hablaba.

-¿Nada más que eso? -exclamó el joven pescador lleno de asombro, y se puso en pie.

-Nada más que eso -repuso ella, y volvió a sonreírle.

-Entonces, a la puesta del sol bailaremos juntos en algún lugar secreto -dijo él-, y después de haber bai¬lado me dirás la cosa que deseo saber.

Ella negó con la cabeza.

-Cuando haya plenilunio, cuando haya plenilunio -musitó.

Luego escudriñó todo en derredor suyo, y escuchó. Un pájaro azul se levantó chillando de su nido e hizo círculos sobre las dunas, y tres aves moteadas hicieron crujir la hierba gris y áspera y se silbaron una a otra. No había otro sonido, salvo el sonido de una ola que desgastaba los lisos guijarros abajo. Así que extendió ella la mano, y le atrajo cerca de él y puso sus labios secos junto a su oído.

-Esta noche has de venir a la cima de la montaña -cuchicheó-. Hay aquelarre, y él estará allí.

El joven pescador se sobresaltó y la miró, y ella le mos¬tró sus dientes blancos al reírse.

-¿De quién hablas cuando dices «él»? -preguntó.

-No importa -respondió ella-. Ve esta noche, y ponte bajo las ramas del carpe, y espera mi llegada. Si corre hacia ti un perro negro, golpéale con una vara de sauce, y se irá. Si te habla una lechuza, no le des res¬puesta alguna. Cuando llene la luna estaré contigo, y dan¬zaremos juntos sobre la hierba.

-¿Pero quieres jurarme que me dirás cómo puedo arrojar mi alma lejos de mí? -inquirió él.

Se movió ella, poniéndose a plena luz del sol, y a través de su cabellera roja susurraba el viento.

-Por las pezuñas del macho cabrío lo juro -dijo ella como respuesta.

-Eres la mejor de las brujas -exclamó el joven pes¬cador-, y bailaré contigo esta noche en la cima de la montaña. Preferiría verdaderamente que me hubieras pe¬dido oro o plata. Pero tal y como es tu precio lo tendrás, pues es muy poca cosa.

Y se descubrió ante ella, quitándose la gorra, e inclinó la cabeza en un profundo saludo, y volvió corriendo a la ciudad lleno de gran alegría.

Y la hechicera le contempló mientras se iba, y cuando le hubo perdido de vista entró en su cueva, y sacando un espejo de una caja de madera de cedro tallada, lo puso en alto en un marco, y quemó ante él flor de verbena sobre carbones encendidos, y examinó las volutas del humo. Y después de un rato apretó los puños llena de ira.

-Debiera haber sido mío -musitó-; yo soy tan her¬mosa como ella.

 

Y aquel atardecer, cuando salió la luna, subió el joven pescador a la cima de la montaña, y se puso bajo las ra¬mas del carpe. Como un escudo de metal bruñido, el mar redondo yacía a sus pies, y las sombras de las barcas pes¬queras se movían en la pequeña bahía. Una lechuza, de amarillos ojos de sulfuro, le llamó por su nombre, pero él no le dio respuesta alguna. Corrió hacia él un perro negro y gruñó. Le golpeó con una vara de sauce, y se fue quejumbroso.

A medianoche llegaron las brujas volando por el aire como murciélagos.

-¡Fiuu! -gritaban, cuando se posaban en el suelo-; ¡hay alguien a quien no conocemos!

Y olfateaban alrededor y parloteaban unas con otras y se hacían señas. La última de todas fue la joven hechi¬cera, con sus cabellos rojos ondeando al viento. Llevaba un vestido de tisú de oro con bordado de ojos de pavo real, y tenía en la cabeza un gorrito de terciopelo.

-¿Dónde está, dónde está? -chillaron las brujas cuando la vieron.

Pero ella sólo reía, y corrió al carpe, y tomando al pes¬cador de la mano le sacó a la luz de la luna, y empezó a danzar.

Giraban y giraban dando vueltas y más vueltas, y la jo¬ven hechicera saltaba tan alto que podía ver él los taco¬nes escarlata de sus zapatos. Luego llegó, precisamente a través de los bailarines, el ruido del galope de un caballo, pero no se veía caballo alguno, y él sintió miedo.

-¡Más deprisa! -gritó la hechicera.

Y le echó los brazos alrededor del cuello, y él sintió sobre su rostro el cálido aliento de ella.

-¡Más deprisa, más deprisa! -gritaba.

Y parecía que la tierra daba vueltas bajo sus pies, y se le turbó el cerebro, y le sobrecogió un gran terror, como una sensación de algo perverso que le estuviera vigilando; y al fin fue consciente de que bajo la sombra de un pe¬ñasco había una figura que no estaba allí antes. Era un hombre vestido con un traje de terciopelo negro, cortado a la moda española. Su rostro era extrañamente pálido, pero tenía los labios como una altiva flor roja. Parecía cansado, y apoyaba la espalda, jugueteando de un modo lánguido con el pomo de su daga. En la hierba, a su lado, había un sombrero con un airón de plumas y un par de guanteletes de montar con puño de encaje dorado, y con un extraño emblema bordado con aljófares. Colgaba de su hombro una capa corta forrada de piel de cebellina, y sus delicadas manos blancas estaban enjoyadas con ani¬llos. Caían sobre sus ojos unos párpados pesados.

El joven pescador se le quedó mirando, como quien está atrapado en un conjuro. Finalmente cruzaron la mi¬rada, y dondequiera que bailara le parecía que los ojos del hombre estaban fijos sobre él. Oyó reír a la hechicera, y la tomó por el talle y giró con ella dando vueltas y más vueltas.

De pronto, aulló un perro en el bosque, y los que bai¬laban se detuvieron y, yendo de dos en dos, se arrodilla¬ron y besaron las manos del hombre. Según lo hacían, una pequeña sonrisa tocaba sus labios orgullosos, a la manera que el ala de un pájaro roza el agua y la hace reír. Pero había desdén en aquella sonrisa. No hacía más que mirar al joven pescador.

-¡Ven, adorémosle! -susurró la hechicera.

Y le llevó; y a él le entró un gran deseo de hacer lo que ella le pedía, y la siguió. Pero cuando estuvo cerca, y sin saber por qué lo hacía, hizo sobre su pecho la señal de la cruz, e invocó el nombre santo.

Apenas lo había hecho, cuando chillaron las brujas como halcones y huyeron, y el pálido rostro que había estado observándole se retorció en un espasmo de dolor. El hombre se dio la vuelta hacia un bosquecillo y silbó. Un caballo ligero de raza española corrió a su llamada. Al saltar a la silla se volvió y miró al joven pescador con tristeza.

Y la hechicera de cabello rojo intentó escapar también, pero el pescador la cogió por las muñecas y la sujetó.

-¡Suéltame -gritaba ella-, y deja que me vaya! Pues tú has nombrado lo que no se debe nombrar, y has mos¬trado la señal que no se puede mirar.

-No -replicó él-, no dejaré que te vayas hasta que no me hayas dicho el secreto.

-¿Qué secreto? -dijo la hechicera, forcejeando con él como un gato salvaje, y mordiéndose los labios salpi¬cados de espuma.

-Ya lo sabes -respondió él.

Sus ojos del color de la hierba verde se enturbiaron por las lágrimas, y dijo al pescador:

-Pídeme cualquier cosa menos esa.

Él se rió y la sujetó con más fuerza.

Y cuando vio ella que no podría liberarse, le susurró:

-Con toda seguridad yo soy tan hermosa como las hi¬jas del mar, y tan gentil como las que moran en las aguas azules.

Y le acarició, y puso la cara junto a la suya.

Pero él la apartó frunciendo el ceño, y le dijo:

-Si no cumples la promesa que me hiciste, te mataré por bruja falsa.

Ella se volvió gris como una flor del árbol que unos llaman de Judas y otros del amor1, y se estremeció.

1. Judas-tree, en inglés.

-Sea -musitó-. Es tu alma y no la mía. Haz con ella lo que quieras.

Y sacó de su cinto una navajilla con mango de piel de víbora verde, y se la dio.

-¿De qué me servirá esto? -le preguntó él, sorpren¬dido.

Se quedó ella silenciosa durante unos instantes, y se extendió sobre su rostro un aire de terror. Luego se apartó el cabello de la frente, y sonriendo de un modo extraño le dijo:

-Lo que llamáis los hombres la sombra del cuerpo no es la sombra del cuerpo, sino que es el cuerpo del alma. Ponte en pie en la playa de espaldas a la luna y recorta alrededor de tus pies tu sombra, que es el cuerpo de tu alma, y pide a tu alma que te abandone, y lo hará.

El joven pescador tembló. -¿Es verdad eso? -murmuró.

-Es verdad, y preferiría no habértelo dicho -excla¬mó ella.

Y se abrazó a las rodillas de él llorando.

Él la apartó de sí y la dejó sobre la hierba tupida, y yendo hasta la pendiente de la montaña se puso la navaja en el cinturón y empezó a descender.

Y su alma, que estaba en su interior, le llamaba y le decía:

-¡Ay! He vivido contigo todos estos años, y he sido sierva tuya. No me arrojes de ti ahora, pues ¿qué mal te he hecho?

Y el joven pescador reía.

-No me has hecho ningún mal, pero no te necesito para nada -respondía-. El mundo es ancho, y hay un cielo además y un infierno, y esa morada en tenue pe-numbra que está entre los dos. Ve donde quieras, pero no me molestes, pues mi amor me está llamando.

Y su alma le suplicaba lastimeramente, pero él no le hacía caso, sino que iba saltando de risco en risco, siendo como era de pies firmes como una cabra montés y, finalmente, llegó a la tierra llana y al borde amarillo del mar.

Fornido y con miembros de bronce, como una estatua esculpida por un griego, estaba en la arena de espaldas a la luna, y de la espuma salían brazos blancos que le llamaban haciéndole señas, y de las olas emergían formas difuminadas que le rendían homenaje. Ante él yacía su sombra, que era el cuerpo de su alma, y detrás de él es¬taba la luna suspendida en el aire color de miel.

Y su alma le dijo:

-Si de verdad tienes que arrojarme lejos de ti, no me envíes sin darme un corazón. El mundo es cruel, dame tu corazón para llevarlo conmigo.

Él sacudió la cabeza y sonrió.

-¿Con qué amaría a mi amor si te diera el corazón? -exclamó.

-Sé compasivo -dijo su alma-; dame tu corazón, pues el mundo es cruel y tengo miedo.

-Mi corazón es de mi amada -respondió-; por tanto, no te hagas la remolona y vete.

-¿No debiera yo también amar? -preguntó su alma.

-¡Vete!, pues no te necesito -exclamó el joven pes¬cador.

Y cogió la navajita con el mango de piel de víbora verde, y recortó la sombra alrededor de sus pies, y la sombra se puso en pie y se plantó ante él y le miró, y era exactamente igual a él.

Él se echó lentamente hacia atrás, y se puso rápida¬mente la navaja en el cinto, y le embargó un sentimiento de pavor.

-¡Vete! -murmuró-, y que no vea más tu cara!

-No; debemos volver a vernos -dijo el alma.

Su voz era apagada y parecida a la de la flauta, y ape¬nas movía los labios para hablar.

-¿Cómo nos encontraremos? -exclamó el joven pesca¬dor-. ¿No irás a seguirme a las profundidades del mar?

-Una vez al año vendré a este lugar, y te llamaré -dijo el alma-. Puede ocurrir que me necesites.

-¿Para qué voy a necesitarte? -exclamó el joven pes¬cador-; pero sea como deseas.

Y se sumergió en el agua, y los tritones hicieron sonar sus caracolas, y la sirenita emergió para recibirle, y le echó los brazos al cuello y le besó en la boca.

Y el alma se quedó en la playa solitaria y los miró. Y cuando se sumergieron en el agua se fue llorando por las marismas.

Y al cabo de un año bajó el alma a la orilla del mar y llamó al joven pescador, y este salió del abismo y dijo;

-¿Por qué me llamas?

Y el alma respondió:

-Acércate más, para que pueda hablar contigo, pues he visto cosas asombrosas.

Así que se acercó y se tendió en las aguas poco pro¬fundas, y apoyó la cabeza en la mano y escuchó.

Y el alma le dijo:

-Cuando me separé de ti volví el rostro hacia al oriente y emprendí el camino. Del oriente viene todo lo que es sabio. Seis días viajé, y en la mañana del séptimo día llegué a una colina del país de los tártaros. Me senté a la sombra de un tamarindo para resguardarme del sol. La tierra estaba reseca y requemada por el calor. Las gentes iban de acá para allá en la llanura semejantes a moscas arrastrándose sobre un disco de cobre bruñido.

Cuando llegó el mediodía subió del borde llano de la tierra una nube de polvo rojo. Al verla, los tártaros ten¬saron sus arcos pintados y, después de saltar a sus pe-queños caballos, galoparon a su encuentro. Las mujeres huyeron gritando a las carretas, y se ocultaron detrás de las cortinas de fieltro.

Al crepúsculo regresaron los tártaros, pero faltaban cinco, y de los que volvían no pocos habían sido heridos. Engancharon los caballos a las carretas y se fueron apre-suradamente.

Salieron tres chacales de una cueva y se pusieron a mi¬rar detrás de ellos; y olfatearon el aire y se fueron tro¬tando en dirección opuesta.

Cuando salió la luna vi un fuego de campamento que ardía en la llanura, y fui hacia él. Alrededor había un grupo de mercaderes sentados sobre alfombras. Detrás de ellos estaban sus camellos atados a estacas, y los ne¬gros que tenían por siervos estaban armando sobre la arena tiendas de piel curtida, y haciendo una alta cerca con nopales.

Al acercarme a ellos, el jefe de los mercaderes se le¬vantó y sacó la espada, y me preguntó qué me llevaba allí. Yo respondí que era príncipe en mi propia tierra, y que había escapado de los tártaros, que habían intentado hacerme su esclavo. El jefe se sonrió, y me mostró cinco cabezas clavadas en largas cañas de bambú.

Luego me preguntó quién era el profeta de Dios, y le respondí que era Mahoma.

Cuando oyó el nombre del falso profeta, inclinó la ca¬beza y me tomó de la mano, y me colocó a su lado. Un negro me llevó leche de yegua en una escudilla de ma-dera, y un pedazo de carne de cordero asada.

Al rayar el día proseguimos el viaje. Yo cabalgaba en un camello de pelo rojizo, junto al jefe, y un corredor corría delante de nosotros llevando una lanza. Iban los guerreros a ambos lados, y seguían las mulas con la mer¬cancía. Había cuarenta camellos en la caravana, y el nú¬mero de mulas era dos veces cuarenta.

Del país de los tártaros fuimos al país de los que mal¬dicen a la luna. Vimos a los grifos guardando su oro so¬bre las rocas blancas, y a los dragones durmiendo en sus cavernas. Al pasar por las montañas conteníamos la res¬piración para que no cayeran las nieves sobre nosotros, y todos los hombres se anudaban un velo de gasa delante de los ojos. Cuando pasábamos por los valles, los pigmeos nos disparaban flechas desde las concavidades de los ár¬boles, y de noche oíamos a los salvajes que redoblaban los tambores. Al llegar a la Torre de los Monos pusimos frutas ante ellos, y no nos hicieron daño. Cuando llega¬mos a la Torre de las Serpientes, les dimos leche caliente en cuencos de latón, y nos dejaron pasar. Tres veces en nuestro viaje llegamos a las orillas del Oxo; lo cruzamos en balsas de madera con grandes vejigas de pellejo hin¬chado. Los hipopótamos se llenaban de rabia contra no¬sotros e intentaban matarnos, y al verlos los camellos temblaban.

Los reyes de todas las ciudades nos hacían pagar im¬puestos, pero no solían tolerar que entráramos por sus puertas. Nos arrojaban pan por encima de las murallas, bollitos de maíz cocidos con miel y bizcochos de flor de harina rellenos de dátiles. Por cada cien cestos les dá¬bamos una cuenta de ámbar.

Al vernos llegar, los habitantes de los pueblos enve¬nenaban las fuentes y huían a las cumbres de las colinas. Luchamos con los magadenses, que nacen viejos y se vuelven jóvenes cada año que pasa y mueren cuando son niños pequeños; y con los lactros, que se dicen hijos de los tigres, y se pintan de negro y amarillo; y con los au-rantes, que entierran a sus muertos en las copas de los árboles, y viven ellos en cavernas oscuras para que no los mate el sol, que es su dios; y con los crimnianos, que ado¬ran a un cocodrilo, y le regalan pendientes de cristal verde, y le alimentan con mantequilla y aves recién ma¬tadas; y con los agazombanos, que tienen cara de perro; y con los sibanos, que tiene pies de caballo, y corren más raudos que ellos. Un tercio de nuestro grupo murió en el combate, y un tercio murió de necesidad. El resto mur¬muraba contra mí, y decía que yo les había llevado una fortuna adversa. Saqué a una víbora con cuernos de de¬bajo de una piedra y dejé que me picara, y cuando vieron que no enfermaba les entró miedo.

Al cuarto mes llegamos a la ciudad de Illel. Era de no¬che cuando llegamos a la arboleda que hay fuera de sus muros, y el aire era sofocante, pues la luna estaba en su curso por Escorpión. Cogimos las granadas maduras de los árboles, y las abrimos y bebimos su dulce jugo. Luego nos echamos en nuestras alfombras y esperamos al alba.

Y al alba nos levantamos y llamamos a las puertas de la ciudad. Eran de bronce rojo y llevaban esculpidos dra¬gones marinos y dragones con alas. Los centinelas nos miraron desde las almenas y nos preguntaron qué que¬ríamos. El intérprete de la caravana respondió que ha¬bíamos llegado de la isla de Siria con abundante mercan-cía. Tomaron rehenes, y nos dijeron que nos abrirían la puerta a mediodía, y nos pidieron que nos quedáramos allí hasta entonces.

Al mediodía abrieron la puerta, y cuando entramos sa¬lió la gente en tropel de las casas para mirarnos; y un pregonero recorrió la ciudad voceando a través de una caracola. Nosotros estábamos en la plaza del mercado, y los negros desataron los fardos de tela estampada con fi¬guras y abrieron los cofres tallados de madera de sico¬moro. Y cuando hubieron terminado su tarea, sacaron los mercaderes sus extrañas mercancías: el lino encerado de Egipto y el lino pintado del país de los etíopes, las es¬ponjas púrpura de Tiro y los tapices azules de Sidón, las copas de frío ámbar y las finas vasijas de cristal y las cu¬riosas vasijas de arcilla cocida y quemada. Desde la azo¬tea de una casa un grupo de mujeres nos observaba. Una de ellas llevaba una máscara de cuero sobredorado.

Y el primer día vinieron los sacerdotes y comerciaron con nosotros, y el segundo día vinieron los nobles, y el tercer día, los artesanos y los esclavos. Y esta es la cos-tumbre que tienen respecto a todos los mercaderes mien¬tras están en la ciudad.

Y permanecimos allí durante una luna, y cuando la luna estaba en el cuarto menguante, me cansé y me puse a vagar por las calles de la ciudad, y llegué al jardín de su dios. Los sacerdotes, con sus túnicas amarillas, se mo¬vían silenciosamente entre los verdes árboles, y sobre un pavimento de mármol negro se levantaba la casa de color rojo rosado en la que el dios tenía su morada. Sus puer¬tas estaban revestidas de laca, y toros y pavos reales es¬taban esculpidos en ellas en relieves de oro pulido. El tejado era de tejas de porcelana verde mar, y las cornisas, muy salientes, están festoneadas de campanillas. Al pasar volando las palomas, sus alas tropezaban con las cam¬panas y las hacían repiquetear.

Delante del templo había un estanque de agua clara pavimentado con ónice veteado. Yo me recosté junto a él, y con mis dedos pálidos toqué las anchas hojas. Uno de los sacerdotes vino hasta donde yo estaba y se quedó de pie detrás de mí. Tenía sandalias en los pies, una de suave piel de serpiente y la otra de plumas de ave. En la cabeza llevaba una mitra de fieltro negro adornado con dibujos de la media luna en plata. Siete tonos diferentes de amarillo estaban tejidos en su túnica, y su cabello crespo estaba teñido con antimonio.

Después de una breve pausa me habló, y me preguntó qué deseaba.

Le dije que mi deseo era ver al dios.

-El dios está cazando -dijo el sacerdote, mirándome con extrañeza con sus pequeños ojos oblicuos.

-Dime en qué bosque y cabalgaré con él -res¬pondí. Él peinó los suaves flecos de su túnica con sus largas uñas puntiagudas.

-El dios está dormido -susurró.

-Dime en qué lecho, y velaré junto a él -respondí yo.

-El dios está en el festín -exclamó.

-Si el vino es dulce lo beberé con él, y si es amargo, lo beberé con él también -fue mi respuesta.

Inclinó la cabeza admirado y, tomándome de la mano, me alzó, y me condujo al templo.

Y en la primera cámara vi un ídolo sentado en un trono de jaspe bordeado de grandes perlas orientales. Es¬taba tallado en ébano, y su estatura era la estatura de un hombre. En su frente había un rubí, y óleo espeso go¬teaba de su cabello hasta los muslos. Tenía los pies en¬rojecidos con la sangre de un cabrito recién sacrificado y la cintura ceñida con un cinturón de cobre tachonado con siete berilos.

Y dije al sacerdote:

-¿Es este el dios?

Y él me respondió:

-Este es el dios.

-Enséñame el dios -grité-, o ten por seguro que te mataré.

Y le toqué la mano y esta se secó.

Y el sacerdote me rogaba diciendo:

-Que mi señor cure a su siervo y le mostraré el dios.

Así que exhalé mi aliento sobre su mano, y volvió a estar sana, y él, temblando, me condujo a la segunda cá¬mara, y vi un ídolo en pie sobre un loto de jade del que pendían grandes esmeraldas. Estaba tallado en marfil y su tamaño era dos veces la estatura de un hombre. En la frente tenía una gema olivina, y sus pechos estaban un-gidos con mirra y canela. En una mano sostenía un cetro de jade en forma de gancho, y en la otra un redondo cristal. Llevaba coturnos de bronce, y su grueso cuello es¬taba rodeado por un collar de selenitas.

Y dije al sacerdote:

-¿Es este el dios?

Y me respondió:

-Este es el dios.

-Muéstrame el dios -grité-, o ten por seguro que te mataré.

Y le toqué los ojos y se quedó ciego.

Y el sacerdote me suplicó, diciendo:

-Que mi señor cure a su siervo y le mostraré el dios.

Así que exhalé mi aliento sobre sus ojos, y volvió a ellos la vista, y él tembló de nuevo, y me condujo a la tercera cámara, y, ¡qué sorpresa!, no había ídolo alguno en ella, ni imagen de ninguna clase, sino sólo un espejo de metal redondo puesto sobre un altar de piedra.

Y dije al sacerdote:

-¿Dónde está el dios?

Y me respondió:

-No hay más dios que este espejo que ves, pues este es el Espejo de la Sabiduría, y refleja todas las cosas del cielo y de la tierra, excepto solamente el rostro del que mira en él. Este no lo refleja, de modo que el que mira en él puede ser sabio. Otros muchos espejos hay, pero son espejos de opinión. Este sólo es el Espejo de la Sa-biduría, y quienes poseen este espejo conocen todo, no hay nada que les esté oculto. Y los que no lo poseen no tienen sabiduría. Por tanto, es el dios, y nosotros lo ado-ramos.

Y miré en el espejo, y era exactamente como me había dicho.

E hice una cosa extraña, pero lo que hice no viene al caso, pues en un valle que está no más que a un día de viaje de este lugar he escondido yo el Espejo de la Sa-biduría. Permíteme sólo que entre de nuevo en ti y que sea tu sierva, y serás el más sabio de todos los sabios, y la sabiduría será tuya. Permíteme que entre en ti, y nadie será tan sabio como tú.

Pero el joven pescador se rió.

-El amor es mejor que la sabiduría -exclamó-, y la sirenita me ama.

-No, no hay nada mejor que la sabiduría -dijo el alma.

-El amor es mejor -respondió el joven pescador.

Y se sumergió en el abismo, y el alma se fue llorando por las marismas.

 

Y cuando hubo transcurrido el segundo año bajó el alma a la orilla del mar y llamó al joven pescador, y él salió del abismo y dijo:

-¿Por qué me llamas?

Y el alma respondió:

-Acércate más para que pueda hablar contigo, pues he visto cosas maravillosas.

Así que se acercó más y se tendió en las aguas poco profundas, y apoyó la cabeza en la mano y escuchó.

Y el alma le dijo:

-Cuando me separé de ti volví mi rostro hacia el Sur y emprendí el camino. Del Sur viene todo lo que es pre¬cioso. Seis días viajé a lo largo de las rutas que conducen a la ciudad de Aster, a lo largo de los caminos polvo¬rientos teñidos de rojo por los que van los peregrinos viajé yo; y en la mañana del séptimo día levanté los ojos, y, ¡oh sorpresa!, la ciudad yacía a mis pies, pues está en un valle.

Hay nueve puertas en esta ciudad, y delante de cada puerta hay un caballo de bronce que relincha cuando bajan los beduinos de las montañas. Las murallas están revestidas de cobre, y las torres vigía de las murallas están cubiertas con tejado de latón. En cada torre hay un arquero con un arco en la mano. Y a la salida del sol percute con una flecha sobre un gong, y a la puesta del sol sopla en un cuerno de asta.

Cuando traté de entrar, los centinelas me detuvieron y me preguntaron quién era. Yo les respondí que era un derviche, en camino a la Meca, donde había un velo verde en el que estaba bordado el Corán con letras de plata por manos de los ángeles. Se llenaron de asombro, y me rogaron que entrara.

Dentro, la ciudad es semejante a un bazar. Cierta¬mente debieras haber estado conmigo. A través de las ca¬lles estrechas, alegres farolillos de papel revolotean como grandes mariposas; cuando sopla el viento sobre los te¬jados se alzan y caen como burbujas pintadas. Delante de sus puestos se sientan los mercaderes sobre alfombras de seda. Llevan barba negra lacia, y el turbante cubierto de lentejuelas doradas, y largas sartas de ámbar y hue¬sos de melocotón se deslizan entre sus dedos fríos. Al¬gunos venden gálbano y nardo, y extraños perfumes de las islas del océano Índico; y el bálsamo denso de rosas rojas y mirra y clavo menudo. Cuando se para uno a ha¬blar con ellos, echan una pizca de incienso en un brasero de carbón vegetal y perfuman el aire. Vi a un sirio que tenía en .las manos una varilla delgada como una caña, hebras grises de humo salían de ella, y su fragancia al arder era la fragancia de la flora rosa del almendro en primavera. Otros venden brazaletes de plata cubiertos de turquesas azul cremoso engastadas en relieve todo por encima, y ajorcas para los tobillos de hilo de bronce bor¬deado de perlas, y garras de tigre engarzadas en oro, y garras de ese felino de oro, el leopardo, montadas tam¬bién en oro, y pendientes de esmeraldas taladradas, y ani¬llos de jade hueco. De las casas de té llega el son de la guitarra, y los fumadores de opio, con sus blancos rostros sonrientes, miran a los transeúntes.

-En verdad debieras haber estado conmigo. Los ven¬dedores de vino se abren paso a codazos entre la multi¬tud, llevando grandes odres negros sobre los hombros. La mayoría de ellos venden vino de Chiraz, que es dulce como la miel. Lo sirven en pequeñas tazas de metal y esparcen hojas de rosa sobre él. En la plaza del mercado están en pie los vendedores de fruta, y la venden de todas clases: higos maduros, con su pulpa púrpura magullada; melones, oliendo a almizcle y amarillos como topacios; cidras y pomarrosas, y racimos de uvas blancas; redondas naranjas de oro rojizo, y limones ovalados de oro verde. En una ocasión vi pasar a un elefante; llevaba la trompa pintada de bermellón y cúrcuma, y sobre las orejas llevaba una red de cordón de seda carmesí. Se paró delante de uno de los puestos y empezó a comerse las naranjas, y el hombre no hizo otra cosa que reírse. No puedes ima¬ginarte qué gente tan extraña es. Cuando están alegres van a los que venden pájaros y les compran un pájaro enjaulado y lo ponen en libertad para que aumente su alegría, y cuando están tristes se azotan con espinas para que su dolor no decrezca.

Una tarde encontré a unos negros que llevaban un pe¬sado palanquín a través del bazar. Era de bambú sobre¬dorado, y las varas eran de laca bermellón tachonadas con pavos reales de bronce. De las ventanillas colgaban finos visillos de muselina bordada con alas de escarabajo y con aljófares diminutos, y al pasar, una circasiana de pálido rostro se asomó y me sonrió. Yo la seguí, y los negros apresuraron el paso y fruncieron el ceño. Pero no me importó. Sentía una gran curiosidad. Al fin se detu¬vieron ante una casa blanca cuadrada. No tenía ventanas, sólo una puerta pequeña como la puerta de una tumba. Dejaron en el suelo el palanquín y golpearon tres veces con un martillo de cobre. Un armenio con caftán de cuero verde miró por el postigo, y al verles les abrió, y extendió una alfombra en el suelo, y la mujer salió. Al entrar se volvió y volvió a sonreírme. Nunca había visto a nadie tan pálido.

Cuando salió la luna regresé al mismo lugar y busqué la casa, pero ya no estaba allí. Al ver eso supe quién era la mujer y por qué me había sonreído.

Ciertamente deberías haber estado conmigo. En la fiesta de la luna nueva salió el joven emperador de su palacio y entró en la mezquita para orar. Tenía los ca¬bellos y la barba teñidos con hojas de rosa, y las mejillas empolvadas con fino polvo de oro. Las palmas de sus pies y de sus manos estaban amarillas por el azafrán.

A la salida del sol salió de palacio con túnica de plata, y al ocaso volvió a él de nuevo con túnica de sol. La gente se lanzaba a tierra y escondía el rostro, pero yo no quise hacerlo. Me quedé de pie junto al puesto de un vendedor de dátiles y esperé. Cuando me vio el emperador alzó las cejas pintadas y se detuvo. Yo estaba completamente in¬móvil, y no le rendí pleitesía. La gente se maravilló de mi osadía y me aconsejó que huyera de la ciudad. No les hice caso alguno, sino que fui a sentarme con los que vendían dioses extranjeros, que a causa de su negocio son abominados. Cuando les conté lo que había hecho me dieron un dios cada uno y me rogaron que me apartara de ellos.

Aquella noche, cuando estaba recostado en un cojín en la casa de té que está en la calle de las Granadas, entra¬ron los guardias del emperador y me llevaron a palacio. Según avanzaba, iban cerrando cada puerta que pasaba, y ponían una cadena atravesándola. Dentro había un gran patio con una columnata todo alrededor; los muros eran de alabastro blanco, combinado acá y allá con azulejos azules y verdes; los pilares eran de mármol verde y el pavimento de una clase de mármol del color de la flor del melocotón. Nunca en mi vida había visto nada se¬mejante.

Cuando atravesaba el patio, dos mujeres con el rostro oculto por un velo miraron hacia abajo desde un balcón y me maldijeron. Los guardias se apresuraron, y el ex-tremo de sus lanzas sonaba sobre el suelo pulido. Abrieron una puerta de marfil tallado, y me encontré en un jardín regado, colgante en siete terrazas. Tenía plantados tuli¬panes y grandes margaritas, y áloes tachonados de plata. Como una grácil caña de cristal, un surtidor estaba sus¬pendido en el aire oscuro. Eran los cipreses como antor¬chas apagadas; en uno de ellos cantaba un ruiseñor.

Al fondo del jardín había un pequeño pabellón. Al acercanos a él, dos eunucos salieron a nuestro encuentro. Sus cuerpos obesos se balanceaban al andar, y me mi-raban con curiosidad con sus ojos de párpados amarillos. Uno de ellos tomó en un aparte al capitán de la guardia, y le cuchicheó en voz baja. El otro no dejaba de mascar pastillas olorosas, que sacaba con un gesto afectado de una caja ovalada de esmalte lila.

Después de unos instantes despachó el capitán de la guardia a los soldados, que volvieron al palacio, siguién¬doles los eunucos lentamente y arrancando moras dulces de los árboles al pasar.

El mayor de los dos se volvió una vez, y me sonrió con malévola sonrisa.

Luego, el capitán de la guardia me hizo ir hasta la en¬trada del pabellón. Caminé sin temblar, y apartando a un lado el pesado cortinaje entré.

El joven emperador estaba tendido en un diván de piel de león teñida, y tenía encaramado en el puño un gran halcón. Detrás de él estaba en pie un nubio con turbante de latón, desnudo hasta la cintura, y con pesados pen¬dientes en las orejas abiertas. En una mesa junto al diván había una enorme cimitarra de acero.

Al verme, el emperador frunció el ceño y me dijo:

-¿Cómo te llamas? ¿No sabes que soy el emperador de esta ciudad?

Pero yo no le di respuesta alguna.

Señaló con el dedo la cimitarra, y el nubio la cogió y avanzando rápidamente me atacó con ella con gran vio¬lencia. La hoja me atravesó silbando, y no me hizo daño alguno. El hombre cayó derribado al suelo y, cuando se levantó, le castañeteaban los dientes de terror y se es¬condió detrás del diván.

El emperador se puso en pie de un salto, y tomando una lanza de una panoplia me la arrojó. La cogí al vuelo, y rompí el fuste en dos pedazos. Me lazó una flecha, pero yo extendí las manos y la detuve en el aire. Entonces sacó una daga de un cinturón de cuero blanco y apuñaló al nubio en la garganta, no fuera que el esclavo contara su deshonor. El hombre se retorció como una culebra pisoteada, y una espuma roja salió a borbotones de sus labios.

En cuanto hubo muerto, el emperador se volvió hacia mí y, después de enjugarse el sudor brillante de la frente con un pequeño paño de seda púrpura con orla, me dijo:

-¿Eres un profeta, para que no pueda hacerte daño, o el hijo de un profeta, para que no me sea posible he¬rirte? Te ruego que abandones mi ciudad esta noche, pues mientras estés tú en ella yo no soy ya su señor.

Y yo le respondí:

-Me iré a cambio de la mitad de tus tesoros. Dame la mitad de tus tesores y me marcharé.

Me tomó de la mano y me condujo al jardín. Cuando el capitán de la guardia me vio se quedó sorprendido. Cuando me vieron los eunucos les temblaron las rodillas y cayeron al suelo llenos de temor.

Hay una cámara en el palacio que tiene ocho muros de pórfido rojo y techo con láminas de bronce del que penden lámparas. Tocó el emperador uno de los muros y se abrió, y pasamos a un pasadizo que estaba iluminado con muchas antorchas. En nichos, a ambos lados, había grandes jarros de vino llenos hasta los bordes de monedas de plata. Cuando llegamos a la mitad del pasadizo, el em¬perador profirió la palabra que no puede proferirse y se abrió de par en par una puerta de granito con un resorte secreto, y él se llevó las manos al rostro para no quedar deslumbrado.

No podrías creer qué lugar tan maravilloso era. Había enormes conchas de tortuga llenas de perlas, y adularias cóncavas de gran tamaño amontonadas con rojos rubíes. El oro estaba almacenado en cofres de piel de elefante, y el oro en polvo en redomas de cuero. Había ópalos y zafiros, aquellos en copas de cristal, y estos en copas de jade. Verdes esmeraldas redondas estaban alineadas or¬denadamente sobre diáfanas bandejas de marfil, y en un rincón había bolsas de seda repletas, algunas de turquesas y otras de berilos. Los cuerpos de marfil estaban llenos hasta los bordes de amatistas púrpura, y los cuernos de bronce, de calcedonias y cornalinas. Los pilares, que eran de cedro, tenían colgadas hileras de piedras lincurias amarillas. En los planos escudos ovalados había carbun¬clos, de color de vino y de color de hierba. Y, a pesar de todo lo que te he contado, no te he dicho más que la décima parte de lo que había allí.

Y después de que el emperador hubo retirado las ma¬nos de delante del rostro me dijo:

-Esta es mi cámara del tesoro, y la mitad de lo que hay en ella es tuyo, justamente como te lo prometí. Y te daré camellos y camelleros, y cumplirán tus órdenes y lle-varán tu parte del tesoro a cualquier parte del mundo a que desees ir. Y esto se hará esta noche, pues no quisiera que el sol, que es mi padre, viera que hay en la ciudad un hombre al que no puedo matar.

Pero yo le respondí:

-El oro que hay aquí es tuyo, y la plata es tuya tam¬bién, y tuyas son las joyas preciosas y las cosas de valor. En cuanto a mí, no las necesito. No tomaré nada de ti excepto el pequeño anillo que llevas en el dedo de la mano.

Y el emperador frunció el ceño.

-Es sólo un anillo de plomo -exclamó-, y no tiene ningún valor. Toma por tanto la mitad de mis tesoros y vete de mi ciudad.

-No -respondí-, no cogeré más que ese anillo de plomo, pues sé lo que hay escrito en su interior, y con qué propósito.

Y el emperador tembló, y me suplicó diciendo:

-Toma mis tesoros y vete de mi ciudad. La mitad que era mía será tuya también.

Yo hice una cosa extraña, pero lo que hice no viene al caso, pues en una cueva que está sólo a un día de camino de este lugar he escondido el Anillo de las Riquezas. Está sólo a un día de camino de este lugar, y espera tu llegada. El que posee este anillo es más rico que todos los reyes del mundo. Ven, por tanto, y tómalo, y serán tuyas las riquezas del mundo.

Pero el joven pescador se rió.

-El amor es mejor que las riquezas -exclamó-, y la sirenita me ama.

-No, no hay nada mejor que las riquezas -dijo el alma.

-El amor es mejor -respondió el joven pescador.

Y se sumergió en el abismo, y el alma se fue llorando por las marismas.

 

Y cuando hubo transcurrido el tercer año bajó el alma a la orilla del mar y llamó al joven pescador, y él salió del abismo y dijo:

-¿Por qué me llamas?

Y el alma respondió:

-Acércate más, para que pueda hablar contigo, pues he visto cosas maravillosas.

Así es que se acercó más, y se tendió en las aguas poco profundas, y apoyó la cabeza en la mano y escuchó.

Y el alma le dijo:

-En una ciudad que yo conozco hay una posada que está junto a un río. Allí me senté con marineros que be¬bían vino de dos colores diferentes, y que comían pan de cebada y pescaditos salados servidos en hojas de laurel con vinagre. Y mientras estábamos sentados divirtiéndo¬nos, entró allí un anciano que llevaba una alfombra de cuero y un laúd que tenía dos cuernos de ámbar. Y cuando hubo extendido la alfombra en el suelo, pulsó con una púa de pluma de ave las cuerdas de su laúd; y entró corriendo una muchacha con el rostro cubierto por un velo y empezó a danzar delante de nosotros. Tenía el ros¬tro velado con un velo de gasa, pero llevaba los pies des¬nudos. Desnudos tenía los pies, y se movían sobre la al¬fombra como pequeñas palomas blancas. Nunca he visto nada tan maravilloso; y la ciudad en la que danza está sólo a un día de camino de esta ciudad.

Y cuando el joven pescador oyó las palabras de su alma, recordó que la sirenita no tenía pies y no podía bailar. Y se apoderó de él un gran deseo, y se dijo a sí mismo:

«Está sólo a un día de camino, y puedo volver junto a mi amor.»

Y rió, y se puso de pie en las aguas poco profundas, y fue a grandes pasos hacia la playa. Y cuando hubo lle¬gado a la orilla seca volvió a reír, y tendío los brazos a su alma. Y su alma dio un gran grito de alegría y corrió a reunirse con él, y entró dentro de él, y el joven pes¬cador vio extendida ante él sobre la arena esa sombra del cuerpo que es el cuerpo del alma.

Y su alma dijo:

-No nos detengamos, y salgamos de aquí inmediata¬mente, pues los dioses del mar son celosos, y tienen monstruos que cumplen sus mandatos.

 

Así es que se apresuraron, y toda aquella noche via¬jaron bajo la luna, y todo el día siguiente viajaron bajo el sol, y al atardecer de aquel día llegaron a una ciudad.

Y el joven pescador dijo a su alma:

-¿Es esta la ciudad en la que danza aquella de quien me hablaste?

Y su alma le respondió:

-No es esta ciudad, sino otra. Entremos, no obstante. Entraron, pues, y atravesaron las calles, y al pasar por la calle de los joyeros el joven pescador vio una hermosa copa de plata que exhibían en un puesto. Y su alma le dijo:

-Coge esa copa de plata y escóndela.

Así que cogió la copa de plata y la escondió entre los pliegues de su túnica, y salieron apresuradamente de la ciudad.

Y cuanto hubieron recorrido una legua desde la ciu¬dad, el joven pescador frunció el ceño, arrojó la copa y dijo a su alma:

-¿Por qué me dijiste que cogiera esa copa y la escon¬diera, siendo una mala acción?

Pero su alma le respondió:

-No te inquietes, no te inquietes.

Y al atardecer del segundo día llegaron a una ciudad, y el joven pescador dijo a su alma:

-¿Es esta la ciudad en la que danza aquella de quien me hablaste?

Y su alma le respondió:

-No es esta ciudad, sino otra. Entremos, sin embargo. Entraron, pues, y atravesaron las calles, y al pasar por la calle de los vendedores de sandalias el joven pescador vio a un niño que estaba de pie junto a un cántaro de agua. Y el alma le dijo:

-Pega a ese niño.

Así es que pegó al niño hasta que se echó a llorar, y cuando lo hubo hecho salieron apresuradamente de la ciudad.

Y después de que hubieron recorrido una legua desde la ciudad el joven pescador se puso furioso, y dijo a su alma:

-¿Por qué me dijiste que pegara al niño, siendo una mala acción?

Pero su alma le respondió:

-No te inquietes, no te inquietes.

Y al atardecer del tercer día llegaron a una ciudad, y el joven pescador dijo a su alma:

-¿Es esta la ciudad en la que danza aquella de quien me hablaste?

Y el alma le respondió:

-Puede que sea esta ciudad, por tanto entremos. Entraron, pues, y atravesaron las calles, pero en nin¬guna parte pudo el joven pescador encontrar el río ni la posada que estaba junto a él. Y la gente de la ciudad le miraba con curiosidad, y él tuvo miedo y dijo a su alma:

-Vayámonos de este lugar, pues no está aquí la que danza con pies blancos.

Pero su alma respondió:

-No, quedémonos, pues está la noche oscura y habrá ladrones en el camino.

Así es que se sentó en la plaza del mercado a descan¬sar, y después de un rato pasó un mercader con cabeza encapuchada que llevaba un manto de paño de Tartaria y una linterna de asta perforada al extremo de una caña nudosa. Y el mercader le dijo:

-¿Por qué estás sentado en la plaza del mercado, viendo que están cerrados los puestos y encordados los fardos?

Y el joven pescador le respondió:

-No puedo encontrar posada en esta ciudad, ni tengo ningún pariente que pudiera darme albergue.

-¿No somos todos hermanos? -dijo el mercader-. ¿Y no nos hizo un mismo Dios? Ven por tanto conmigo, pues tengo un aposento para invitados.

Así que el joven pescador se levantó y siguió al mer¬cader a su casa. Y cuando hubieron cruzado un jardín de granados y entrado en la casa, el mercader le llevó agua de rosas en una jofaina de cobre para que se lavara las manos, y melones en sazón para que apagara la sed, y puso ante él un cuenco de arroz y un pedazo de cabrito asado.

Y cuando hubo terminado, el mercader le llevó a la alcoba de los invitados, y le pidió que durmiera y des¬cansara. Y el joven pescador le dio las gracias y besó el anillo de su mano, y se dejó caer en las alfombras de pelo de cabra teñido. Y cuando se hubo cubierto con una manta de lana de cordero negro cayó dormido.

Y tres horas antes del alba, y siendo de noche todavía, le despertó su alma y le dijo:

-Levántate y vete al aposento del mercader, al apo¬sento mismo en el que duerme y mátale, y cógele su oro, pues lo necesitamos.

Y el joven pescador se levantó y fue sigilosamente hasta la habitación del mercader, y sobre los pies del mercader había una espada curva, y la bandeja que había al lado del mercader tenía nueve bolsas de oro. Y exten¬dió la mano y tocó la espada, y al tocarla se sobresaltó el mercader y se despertó, y levantándose de un salto agarró la espada y gritó al joven pescador:

-¿Devuelves mal por bien y pagas derramando sangre la bondad que he mostrado contigo?

Y su alma dijo al pescador: -Golpéale.

Y le golpeó hasta que perdió el conocimiento, y cogió entonces las nueve bolsas de oro y huyó apresuradamente a través del jardín de granados, y orientó su rostro a la estrella que es el lucero del alba.

Y cuando hubieron recorrido una legua desde la ciu¬dad, el joven pescador se dio golpes de pecho y dijo a su alma:

-¿Por qué me ordenaste que matara al comerciante y cogiera su oro? Tengo por seguro que eres malvada.

Pero su alma le respondió:

-No te inquietes, no te inquietes.

-No -gritó el joven pescador-. No puedo dejar de inquietarme, pues todo lo que me has hecho hacer lo aborrezco. A ti también te aborrezco, y te ordeno que me digas por qué te has portado conmigo de este modo.

Y su alma le respondió:

-Cuando me echaste al mundo no me diste corazón, así que aprendí a hacer todas estas cosas y a amarlas.

-¿Qué dices? -murmuró el joven pescador.

-Ya lo sabes -respondió su alma-; lo sabes muy bien. ¿Has olvidado que no me diste corazón? Yo creo que no. Así que no te inquietes ni me inquietes, y qué¬date tranquilo, pues no hay dolor que no hayas de arrojar lejos de ti ni placer que no hayas de gozar.

Y cuando el joven pescador oyó estas palabras se puso a temblar, y dijo a su alma:

-No; eres perversa, y me has hecho olvidar a mi amor, y me has tentado con tentaciones, y has puesto mis pies en las sendas del pecado.

Y su alma le respondió:

-No habrás olvidado que cuando me echaste al mundo no me diste corazón. Ven, vayamos a otra ciudad, y regocijémonos, pues tenemos nueve bolsas de oro.

Pero el joven pescador cogió las nueve bolsas de oro y las tiró al suelo, y las pisoteó.

-No -exclamó-, y no quiero tener nada que ver contigo, ni quiero viajar contigo a ninguna parte, sino que lo mismo que te arrojé lejos de mí antes, te arrojaré ahora, pues no me has hecho ningún bien.

Y se volvió de espaldas a la luna, y con la navajilla que tenía el mango de piel de víbora verde se esforzó en re¬cortar de sus pies la sombra del cuerpo que es el cuerpo del alma.

Sin embargo, su alma no se movió de él, ni hizo caso de su mandato, sino que le dijo:

-El conjuro que te dijo la hechicera ya no te sirve, pues yo no puedo dejarte, ni me puedes echar tú. Una vez en la vida puede un hombre arrojar su alma lejos de sí, pero el que vuelve a recibir su alma tiene que que¬darse con ella para siempre, y este es su castigo y su re¬compensa.

Y el joven pescador se puso lívido, y apretando los pu¬ños exclamó:

-Era una hechicera falsa, pues no me dijo eso. -No -respondió su alma-, era fiel a aquel a quien adora, y cuya esclava será para siempre.

Y cuando supo el joven pescador que ya no podría li¬brarse de su alma, y que era un alma perversa, y que mo¬raría siempre con él, se arrojó al suelo llorando amar-gamente.

 

Y cuando fue de día se levantó el joven pescador y dijo a su alma:

-Me ataré las manos para no hacer tus mandatos, y cerraré los labios para no decir tus palabras, y volveré al lugar donde tiene su morada la que amo. Al mar es adonde volveré, y a la pequeña bahía en la que acostum¬braba ella a cantar, y yo la llamaré y le diré el mal que he hecho y el mal que tú me has hecho.

Y su alma le tentó y dijo:

-¿Quién es tu amada para que vuelvas a ella? El mundo tiene muchas más hermosas. Están las bailarinas de Samaris, que imitan la danza de todos los pájaros y de todos los animales. Tienen los pies pintados con al¬heña, y llevan en las manos campanillas de cobre. Ríen al danzar, y su risa es tan clara como la risa del agua. Ven conmigo y te las mostraré. Pues, ¿qué sentido tiene esa inquietud tuya sobre las cosas que son pecado? ¿No se han hecho las cosas sabrosas para el que come? ¿Hay veneno en lo que es dulce al beber? No te inquietes y ven conmigo a otra ciudad. Hay otra pequeña ciudad muy cerca con un jardín de tulíperos. Y habitan en ese lindo jardín pavos reales blancos y pavos reales de pecho azul. Su cola, cuando hacen la rueda al sol, es como un disco de marfil y como un disco de oro. Y la que les da el alimento danza para placer de ellos, y a veces danza sos¬teniéndose en las manos y otras veces danza sobre los pies. Tiene los ojos sombreados con antimonio y las ale¬tas de su nariz tienen la forma de las alas de una golon¬drina. Colgada de un ganchito en una de las aletas de su nariz pende una flor tallada en una perla. Ríe mientras danza, y las ajorcas de plata que rodean sus tobillos re¬pican como campanas de plata. Así que no te inquietes más, y ven conmigo a esa ciudad.

Pero el joven pescador no respondió a su alma, sino que selló sus labios con el sello del silencio, y con una cuerda apretada ató sus manos, y emprendió el camino de vuelta al lugar del que había salido, a aquella pequeña bahía en que su amor solía cantar. Y siempre le tentaba su alma en el camino, pero él no le respondía, ni quiso hacer ninguna de las maldades que intentaba que hiciera, ¡tan grande era la fuerza del amor que había dentro de él!

Y cuando hubo llegado a la orilla del mar, desató la cuerda de sus manos, y rompió el sello de silencio de sus labios, y llamó a la sirenita. Pero ella no acudió a su lla¬mada, aunque la llamó durante todo el día suplicándole.

Y su alma se burlaba de él y decía:

-Ciertamente tienes poca alegría con tu amor. Eres semejante a quien en tiempo de escasez vierte agua en una vasija rota; rechazas lo que tienes y no se te da nada a cambio. Más te valdría venir conmigo, pues sé dónde está el Valle del Placer, y las cosas que allí existen.

Pero el joven pescador no respondió a su alma, y en una hendidura de la roca se construyó una casa de zarzo, y habitó allí por espacio de un año. Y cada mañana lla-maba a la sirena, y cada mediodía la volvía a llamar, y por la noche pronunciaba su nombre. No obstante, ella nunca salió del mar a su encuentro, ni en ningún lugar del mar pudo encontrarla, aunque la buscó en las grutas y en el agua verde, en los charcos que forma la marea y en los pozos del fondo del abismo.

Y siempre su alma le tentaba con el mal, y le musitaba cosas terribles. Sin embargo, no prevalecía contra él, ¡tan grande era la fuerza de su amor!

Y después de transcurrido el año, pensó el alma en su interior:

«He tentado a mi dueño con el mal, y su amor es más fuerte que yo. Le tentaré ahora con el bien, y puede que quiera venirse conmigo.»

Así es que habló al joven pescador y dijo:

-Te he hablado de la alegría del mundo, y me has prestado oídos sordos. Permíteme ahora que te hable del sufrimiento del mundo, y puede que quieras escuchar. Pues, en verdad, el sufrimiento es el señor de este mundo, y no hay nadie que escape de sus redes. Hay quien carece de vestido, y quien carece de pan. Hay viudas que se sien¬tan cubiertas de púrpura, y viudas que se sientan cubier¬tas de harapos. De acá para allá en las tierras pantanosas van los leprosos y son crueles los unos con los otros. Los mendigos recorren arriba y abajo los caminos con las bol¬sas vacías. Por las calles de las ciudades pasea el hambre, y a sus puertas se sienta la plaga. Ven, vayamos a poner remedio a esas cosas, y a hacer que no existan. ¿Por qué habrías de quedarte aquí llamando a tu amor, viendo que ella no acude a tu llamada? i.Y qué es el amor para que no pongas esta noble causa por encima de él?

Pero el joven pescador no le respondió, ¡tan grande era la fuerza de su amor! Y cada mañana llamaba a la sirena, y cada mediodía volvía a llamarla, y de noche pronun¬ciaba su nombre. Sin embargo, nunca salió ella del mar a su encuentro, ni en ningún lugar del mar pudo encon¬trarla, aunque la buscó en los ríos del mar, y en los valles que están bajo las olas, en el mar que la noche convierte en púrpura, y en el mar que el alba torna gris.

Y después de transcurrido el segundo año, dijo el alma al joven pescador una noche, cuando estaba solo sentado en su hogar de zarzo:

-¡Mira!, te he tentado con el mal y te he tentado con el bien, y tu amor es más fuerte que yo. Por tanto, no te tentaré más, pero te ruego que me permitas entrar en tu corazón para que sea uno contigo como era antes.

-Ciertamente puedes entrar -dijo el joven pesca¬dor-, pues en los días en que fuiste sin corazón por el mundo debiste sufrir mucho.

-¡Ay! -exclamó el alma-, no puedo encontrar nin¬guna entrada, tan cercado por el amor está este corazón tuyo.

-Y, sin embargo, quisiera poder ayudarte -dijo el joven pescador.

Y cuando así hablaba vino del mar un grito de duelo, semejante al grito que oyen los hombres cuando muere uno de los que habitan en el mar. Y el joven pescador se puso en pie de un salto, y salió de su casa de zarzo y bajó corriendo a la orilla. Y las negras olas se apresu¬raron hacia la playa, llevando consigo una carga que era más blanca que la plata. Blanca como el rompiente de las olas era, y como una flor se movía en las aguas. Y el rompiente la tomó de las olas, y la espuma la tomó del rompiente, y la recibió la playa; y, yaciendo a sus pies, el joven pescador vio el cuerpo de la sirenita. Muerto a sus pies yacía.

Llorando como quien ha sido herido por el dolor se lanzó junto a ella, y besó el rojo frío de su boca, y ju¬gueteó con el ámbar húmedo de sus cabellos. Se lanzó junto a ella en la arena, llorando como quien tiembla de alegría, y en sus brazos morenos la sostuvo junto a su pecho.

Fríos eran los labios, no obstante él los besaba. Salada era la miel de los cabellos; sin embargo la saboreaba con amarga alegría. Besaba los párpados cerrados, y la es-puma bravía que había sobre las cuencas de sus ojos era menos salada que sus lágrimas.

Y al cadáver hizo él su confesión. En las conchas de sus oídos vertió el vino acerbo de su historia. Puso las pequeñas manos en torno a su cuello, y tocó con sus dedos la esbelta caña de su garganta. Amargo, amargo era su gozo, y lleno de extraña alegría era su dolor.

El negro mar vino más cerca, y la blanca espuma gemía como un leproso. Con blancas garras de espuma buscaba el mar a tientas en la playa. Desde el palacio del rey del mar llegaba de nuevo el grito de duelo, y a lo lejos, en alta mar, los grandes tritones tocaban broncamente sus caracolas.

-¡Huye! -dijo su alma-, pues cada vez se acerca más el mar, y si te detienes te matará. ¡Huye!, que tengo miedo, viendo que tu corazón está cerrado para mí por razón de la grandeza de tu amor. Huye a un lugar seguro. ¿No querrás ciertamente mandarme al otro mundo sin corazón?

Pero el joven pescador no escuchaba a su alma, sino que llamaba a la sirenita y decía:

-El amor es mejor que la sabiduría, y de más precio que las riquezas, y más hermoso que los pies de las hijas de los hombres. Las llamas no pueden destruirlo ni pue¬den las aguas apagarlo. Te llamé al alba, y tú no acudiste a mi llamada. La luna oyó tu nombre; sin embargo, tú no me hiciste caso. Pues con maldad te abandoné yo, y para mi propio daño me fui a merodear. No obstante, siempre tu amor permaneció conmigo, y siempre fue fuerte y no prevaleció nada contra él, aunque contemplé el mal y contemplé el bien. Y ahora que has muerto, te digo en verdad que moriré yo también contigo.

Y su alma le suplicó que se fuera, pero él no quiso, ¡tan grande era su amor! Y el mar llegó más cerca, y trató de cubrirle con sus olas, y cuando él supo que el final estaba próximo besó con labios enloquecidos los la¬bios fríos de la sirena, y su corazón se hizo pedazos. Y cuando por la plenitud de su amor se rompió su corazón, encontró el alma una entrada, y entró, y fue una con él igual que antes.

Y el mar cubrió con sus olas al joven pescador.

 

Y a la mañana siguiente fue el sacerdote a bendecir el mar, pues había estado turbulento. Y con él fueron los monjes, y los músicos, y los que portaban los cirios, y los que hacían oscilar los incensarios, y una gran con¬currencia.

Y cuando el sacerdote llegó a la orilla del mar vio al joven pescador que yacía ahogado en el rompiente de las olas y, estrechado entre sus brazos, el cuerpo de la sire¬nita. Y retrocedió frunciendo el ceño y, después de hacer la señal de la cruz, gritó con voz sonora y dijo:

-No quiero bendecir el mar ni a nada de lo que hay en él. ¡Malditos sean los que habitan en el mar, y sean malditos los que trafican con ellos! Y en cuanto a aquel que por amor abandonó a Dios y yace aquí con su amada, y a quien el juicio de Dios dio muerte, llevaos su cuerpo y el cuerpo de su amada, y enterradlos en el rin¬cón del Campo de los Bataneros, y no pongáis marca al¬guna sobre ellos ni señal de ninguna clase; que no sepa nadie el lugar de su descanso, pues fueron malditos en su vida y serán también malditos en su muerte.

E hicieron lo que ordenó; y en el rincón del Campo de los Bataneros, donde no crecen hierbas frescas, ca¬varon una honda fosa y dejaron en ella los cadáveres.

Y transcurrido el tercer año, y un día que era sagrado, subió el sacerdote a la capilla para mostar al pueblo las llagas del Señor y hablarle de la ira de Dios.

Y cuando vestido con los ornamentos sagrados hubo entrado y se hubo prosternado ante el altar, vio que estaba el altar cubierto de extrañas flores que nunca había visto antes. Extrañas eran a la mirada y de extraña be¬lleza, y su belleza le turbó, y su fragancia era dulce a su olfato. Y se sentía alegre, y no comprendía por qué es¬taba alegre.

Y después de haber abierto el sagrario, e incensado el viril de la custodia que había en él, y mostrado al pueblo la blanca hostia, y de haberla ocultado de nuevo tras el velo de los velos, empezó a hablar al pueblo, deseando hablarles de la ira de Dios. Pero la belleza de las flores blancas le turbaba, y la fragancia era dulce a su olfato; y otra palabra vino a sus labios, y habló, no de la ira de Dios, sino del Dios cuyo nombre es Amor. Y por qué hablaba así, no lo sabía.

Y cuando hubo terminado su homilía lloraba el pueblo; y el sacerdote volvió a la sacristía, y tenía los ojos llenos de lágrimas. Y los diáconos entraron y empezaron a des¬pojarle de sus ornamentos, y le quitaron el alba y el cín¬gulo, el manípulo y la estola. Y él estaba como quien está en sueños.

Y después de que le hubieron despojado de los orna¬mentos, les miró y dijo:

-¿Cuáles son las flores que están en el altar, y de dónde vienen?

Y le respondieron:

-Qué flores son no podemos decirlo, pero proceden del rincón del Campo de los Bataneros.

Y el sacerdote se puso a temblar, y regresó a su casa y oró.

Y a la mañana siguiente, cuando era todavía el alba, fue con los monjes, y los músicos, y los que portaban los cirios, y los que hacían oscilar los incensarios, y una gran concurrencia; llegó a la orilla del mar y bendijo el mar y a todos los seres libres que hay en él. A los faunos tam¬bién los bendijo, y a los pequeños seres que danzan en el bosque, y a las criaturas de ojos brillantes que miran a través de las hojas. A todas las cosas del mundo del Señor bendijo, y la gente estaba llena de alegría y de asombro. No obstante, nunca en el rincón del Campo de los Bataneros brotaron otra vez flores de ninguna espe¬cie, sino que el campo se volvió estéril lo mismo que era antes. Ni vinieron los habitantes del mar a la bahía como solían hacer, pues se fueron a otra parte del mar.

 

EL NIÑO-ESTRELLA

 

Había una vez dos pobres leñadores que volvían a su casa a través de un gran pinar. Era invierno, y hacía una noche de intenso frío. Había una espesa capa de nieve en el suelo y en las ramas de los árboles; la helada hacía chasquear continuamente las ramitas a ambos lados a su paso; y cuando llegaron a la cascada de la montaña la encontraron suspendida inmóvil en el aire, pues la había besado el rey del hielo.

Tanto frío hacía que ni siquiera los pájaros ni los de¬más animales entendían lo que ocurría.

-¡Uf! -gruñía el lobo, mientras iba renqueando a tra¬vés de la maleza con el rabo entre las patas-, hace un tiempo enteramente monstruoso. ¿Por qué no toma me¬didas el gobierno?

-¡Uit!, ¡uit!, ¡uit! -gorjeaban los verdes pardillos-, la vieja tierra se ha muerto, y la han sacado afuera con su blanca mortaja.

-La tierra se va a casar, y este es su traje de novia -se decían las tórtolas una a otra cuchicheando. Tenían las patitas rosas llenas de sabañones, pero sen¬tían que era su deber tomar un punto de vista romántico sobre la situación.

-¡Tonterías! -refunfuñó el lobo-. Os digo que la culpa la tiene el gobierno, y si no me creéis os comeré.

El lobo tenía una mente completamente práctica, y siempre tenía a punto un buen razonamiento. -Bueno, por mi parte -dijo el picoverde, que era un filósofo nato- no me interesa una teoría pormenorizada de explicaciones. Las cosas son como son, y ahora hace un frío terrible.

Y un frío terrible hacía, ciertamente. Las pequeñas ar¬dillas, que vivían en el interior del alto abeto, no hacían más que frotarse mutuamente el hocico para entrar en calor, y los conejos se hacían un ovillo en sus madrigue¬ras, y no se aventuraban ni siquiera a mirar afuera. Los únicos que parecían disfrutar eran los grandes búhos con cuernos. Tenían las plumas completamente tiesas por la escarcha, pero no les importaba, y movían en redondo sus grandes ojos amarillos, y se llamaban unos a otros a tra¬vés del bosque:

-¡Tu-uit! ¡Tu-ju! ¡Tu-uit! ¡Tu-ju! ¡Qué tiempo tan de¬licioso tenemos!

Los dos leñadores seguían su camino, soplándose con fuerza los dedos y golpeando con sus enormes botas con refuerzos de hierro la nieve endurecida. En una ocasión se hundieron en un ventisquero profundo y salieron tan blancos como molineros cuando las muelas están mo¬liendo; y una vez resbalaron en el hielo duro y liso donde estaba helada el agua de la tierra pantanosa, y se les ca¬yeron los haces de su carga, y tuvieron que recogerlos y volverlos a atar; y otra vez pensaron que habían perdido el camino, y se apoderó de ellos un gran terror, pues sa¬bían que la nieve es cruel con los que duermen en sus brazos. Pero pusieron su confianza en el buen San Mar¬tín, que vela por todos los viajeros, y volvieron sobre sus pasos, y caminaron con cautela, y al fin llegaron al lin¬dero del bosque, y vieron allá abajo en el valle, a sus pies, las luces del pueblo en el que vivían.

Tan gozosos estaban de haber salido, que se pusieron a reír a carcajadas, y la tierra les pareció como una flor de plata, y la luna como una flor de oro. Sin embargo, después de haberse reído se pusieron tristes, pues recor¬daron su pobreza, y uno de ellos dijo al otro:

-¿Por qué nos hemos alegrado, viendo que la vida es para los ricos, y no para los que son como nosotros? Más valdría que nos hubiéramos muerto de frío en el bosque, o que alguna bestia salvaje hubiera caído sobre nosotros y nos hubiera matado.

-Verdaderamente -contestó su compañero-, mucho se les da a unos y poco se les da a otros. La injusticia ha parcelado el mundo, y nada está dividido por igual, si no es el sufrimiento.

Pero mientras estaban lamentándose mutuamente de su miseria ocurrió una cosa extraña: cayó del cielo una estrella muy brillante y hermosa. Se deslizó por el fir-mamento, dejando atrás a las otras estrellas en su curso, y, mientras la miraban asombrados, les pareció que se hundía detrás de un bosquecillo de sauces que había muy cerca de un pequeño redil, no más que a un tiro de pie¬dra de distancia.

-¡Mira! ¡Vaya una vasija llena de oro para el que la encuentre! -gritaron.

Y se echaron a correr, ¡tanta ansia tenían por el oro! Y uno de ellos corrió más deprisa que su compañero, y le adelantó, y abriéndose paso a través de los sauces salió al otro lado, y ¡qué maravilla!; había de verdad algo que era de oro sobre la nieve blanca. Así que se fue apri¬sa hacia ello, y agachándose puso las manos encima, y era un manto de tisú de oro, extrañamente tejido con estre¬llas y doblado en muchos pliegues. Y gritó a su camarada que había encontrado el tesoro que había caído del cielo; y cuando llegó su compañero se sentaron en la nieve y deshicieron los dobleces del manto para repartirse las monedas de oro. Pero, ¡ay!, dentro no había oro, ni plata, ni en verdad ningún tesoro de ninguna clase, sino sólo un niño pequeño que estaba dormido.

Y uno de ellos dijo al otro:

-Este es un amargo final de nuestras esperanzas, y no tenemos buena fortuna, pues ¿de qué provecho es un niño para un hombre? Dejémoslo aquí y sigamos nuestro camino, dado que somos hombres pobres y tenemos hijos propios cuyo pan no podemos dar a otro.

Pero su compañero le replicó:

-No, sería una mala acción dejar al niño perecer aquí en la nieve, y aunque yo soy tan pobre como tú y tengo muchas bocas que alimentar y muy poco en la olla, sin embargo, me lo llevaré a casa conmigo, y mi mujer le cuidará.

Así que levantó al niño con mucha ternura, y le en¬volvió en el manto para protegerle del frío crudo, e hizo el camino al pueblo bajando la colina, con su compañero muy sorprendido de su necedad y blandura de corazón. Y cuando llegaron al pueblo su compañero le dijo:

-Tú tienes el niño; por tanto, dame el manto, pues estaba convenido que nos lo repartiríamos.

Pero él le replicó:

-No, pues el manto no es ni mío ni tuyo, sino sólo del niño.

Y le dijo que fuera con Dios, y fue a su propia casa y llamó a la puerta.

Y cuando su mujer abrió la puerta y vio que su marido había vuelto sano y salvo, le echó los brazos al cuello y le besó, y le quitó de la espalda la carga de haces de leña, y le quitó con un cepillo la nieve de las botas, y le pidió que entrara.

Pero él le dijo:

-He encontrado algo en el bosque y te lo he traído para que los cuides.

Y no se movió del umbral.

-¿Qué es? -exclamó ella-. Enséñamelo, pues la casa está vacía y necesitamos muchas cosas.

Y él retiró el manto y le mostró al niño dormido.

-¡Ay, buen hombre! -murmuró-, ¿no tenemos bas¬tantes hijos propios, para que tú tengas que traer otro ajeno abandonado que se siente al amor de la lumbre? ¿Y quién sabe si no nos traerá la desgracia? ¿Y cómo le vamos a mantener?

Y se puso furiosa contra él.

-Es un niño-estrella -replicó él.

Y le contó el modo extraño en que le habían encon¬trado.

Pero ella no quiso apaciguarse, sino que se burlaba de él, y le habló muy enfadada, y gritó:

-Nuestros hijos no tienen pan, ¿y vamos a dar de co¬mer a un hijo ajeno? ¿Quién se preocupa por nosotros? ¿Y quién nos da de comer?

-No, no. Dios cuida hasta de los gorriones, y los ali¬menta -respondió él.

-¿No se mueren los gorriones de hambre en el in¬vierno? -preguntó ella-. ¿Y no es invierno ahora?

Y el hombre no contestó nada, pero no se meneó del umbral.

Y un viento cortante del bosque entraba por la puerta abierta, y le hacía a ella tiritar; y se estremeció y dijo:

-¿No quieres cerrar la puerta? Entra en la casa un viento cortante, y tengo frío.

-En una casa donde hay un corazón duro ¿no entra siempre un viento cortante?

Y la mujer no contestó nada, pero se deslizó más cerca del fuego.

Y al cabo de un rato se volvió y le miró, y tenía los ojos llenos de lágrimas. Y él entró a toda prisa, y le puso al niño en los brazos, y ella le besó, y le acostó en una camita donde estaba acostado el más pequeño de sus pro¬pios hijos. Y por la mañana el leñador, cogió el curioso manto de oro y lo metió en un gran cofre, y una cadena de ámbar que llevaba el niño alrededor del cuello la co¬gió su mujer y la metió en el cofre también.

Así es que el niño-estrella se crió con los hijos del le¬ñador, y se sentaba a la misma mesa con ellos, y era su compañero de juegos. Y cada año se volvía más hermoso a la mirada, de modo que todos los que vivían en el pue¬blo estaban llenos de asombro, pues mientras que todos ellos eran morenos y de pelo negro, él era blanco y delicado como el marfil de los cisnes, y sus rizos eran como los anillos del asfódelo. Sus labios, también, eran como los pétalos de una flor roja, y eran sus ojos como violetas junto a un río de agua pura, y su cuerpo como el narciso de un campo al que no va el segador.

Sin embargo, su belleza le acarreó el mal, pues se vol¬vió orgulloso, cruel y egoísta. A los hijos del leñador y a los otros niños del pueblo los despreciaba, diciendo que eran de familia de poca monta, mientras que él era noble, habiendo nacido de una estrella; y se hacía su señor y les llamaba siervos suyos. No tenía compasión de los pobres, ni de los ciegos, ni de los lisiados, ni de los que estaban de algún modo afligidos, sino que acostumbraba a tirarles piedras y echarles al camino, y solía decirles que se fue¬ran a otra parte a mendigar el pan; así que nadie, a ex¬cepción de los proscritos, iba dos veces a aquel pueblo a pedir limosna. Verdaderamente estaba como prendado de la belleza, y se burlaba de los achacosos y de los poco favorecidos, y se chanceaba de ellos; y estaba enamorado de sí mismo; y en verano, cuando los vientos estaban en calma, solía recostarse junto al pozo del huerto del cura y mirar la maravilla de su propio rostro, y reír por el pla¬cer que encontraba en su propia belleza.

Con frecuencia le reprendían el leñador y su mujer, y decían:

-A ti no te hemos tratado como tratas tú a los que están afligidos y no tienen a nadie que les socorra. ¿Por qué eres tan cruel con todos los que necesitan compa-sión?

A menudo le mandaba llamar el viejo sacerdote, e in¬tentaba enseñarle el amor a las criaturas vivientes, di¬ciéndole:

-La mosca es hermana tuya, no le hagas daño. Las aves del campo que vagan por el bosque tienen su liber¬tad, no las cojas a lazo para tu placer. Dios hizo al gusano ciego y al topo, y cada uno tiene su puesto. ¡,Quién eres tú para llevar el sufrimiento al mundo de Dios? Hasta el ganado del campo le alaba.

Pero el niño-estrella no hacía caso de sus palabras, sino que solía fruncir el ceño y burlarse, y volver con sus com¬pañeros a capitanearles. Y sus compañeros le seguían, pues era hermoso y tenía los pies ligeros, y sabía bailar, tocar el caramillo y hacer música. Y adondequiera que el niño-estrella les dirigiera, le seguían, y cualquier cosa que el niño-estrella les dijera, la hacían. Y cuando atravesó con una caña afilada los ojos turbios del topo, se rieron, y cuando tiraba piedras a los leprosos, se reían también. Y en todas las cosas les gobernaba; y se volvieron duros de corazón, como era él.

 

Y pasó un día por el pueblo una pobre mendiga. Lle¬vaba la ropa desgarrada y harapienta, y le sangraban los pies por lo áspero del camino en el que había caminado, y estaba en un estado lamentable. Y sintiéndose cansada se sentó al pie de un roble a descansar.

Pero cuando la vio el niño-estrella, dijo a sus compa¬ñeros:

-¡Mirad! Ahí está una pordiosera asquerosa sentada bajo ese árbol hermoso de hojas verdes. ¡Venid!, vamos a echarla de ahí, pues es fea y desagradable.

Así es que se acercó y la apedreó, y se mofó de ella; y ella le miró con terror en los ojos, y no apartaba la vista de él. Y cuando vio el leñador, que estaba partien¬do leños en una leñera cercana, lo que estaba haciendo el niño-estrella, se echó a correr y le reprendió, dicién¬dole:

-Verdaderamente eres duro de corazón y no conoces la compasión, pues ¡,qué mal te ha hecho esta pobre mujer para que la trates de este modo?

Y el niño-estrella se puso rojo de ira y dio una patada en el suelo, y dijo:

-¿Quién eres tú para preguntarme a mí lo que hago? No soy hijo tuyo para que tenga que hacer lo que tú me mandes.

-Dices verdad -replicó el leñador-; sin embargo, yo te mostré compasión cuando te encontré en el bosque.

Y al oír la mujer estas palabras lanzó un fuerte grito y cayó desmayada. Y el leñador se la llevó a su casa, y su mujer la cuidó, y cuando volvió en sí del desmayo pu¬sieron ante ella comida y bebida y le pidieron que re¬cobrara fuerzas.

Pero ella no quiso ni comer ni beber, y dijo al leñador:

-¿No dijiste que el niño fue encontrado en el bosque? ¿Y no ocurrió eso hoy hace diez años?

Y el leñador contestó:

-Sí, fue en el bosque donde le encontré, y eso ocurrió hoy hace diez años.

-¿Y qué señales encontraste con él? -exclamó ella-. ¿No llevaba al cuello una cadena de ámbar? ¿No tenía envolviéndole un manto de tisú de oro con estrellas bordadas?

-Así es en verdad -contestó el leñador-; fue como dices.

Y sacó el manto y la cadena de ámbar del cofre donde estaban y se los enseñó.

Y cuando ella los vio lloró de alegría y dijo:

-Es mi hijito al que perdí en el bosque. Te ruego que le mandes llamar en seguida, pues en su busca he vagado por el mundo entero.

Así que el leñador y su mujer salieron y llamaron al niño-estrella, y le dijeron:

-Entra en casa y encontrarás allí a tu madre, que te está esperando.

Entró, pues, corriendo, lleno de sorpresa y con gran alegría. Pero cuando vio a la que estaba esperando allí, se rió desdeñosamente y dijo:

-Y bien, ¿dónde está mi madre? No veo a nadie aquí más que a esta asquerosa mendiga.

Y la mujer le replicó:

-Yo soy tu madre.

-Tú estás loca para decir tal cosa -gritó el niño-es¬trella furioso-. Yo no soy hijo tuyo, pues tú eres una mendiga fea y harapienta. Así que ¡vete de aquí!, ¡y que no vea más tu sucia cara!

-No, tú eres de verdad mi hijito, a quien di a luz en el bosque -exclamó.

Y cayó de rodillas y le tendió los brazos.

-Los ladrones te robaron llevándote de mi lado y te abandonaron para que murieras -murmuró-, pero yo te reconocí en cuanto te vi, y las señales también las he reconocido: el manto de tisú de oro y la cadena de ámbar. Por tanto, te ruego que vengas conmigo, pues por el mundo entero he vagado en busca tuya. ¡Ven conmigo, hijo mío!, porque tengo necesidad de tu cariño.

Pero el niño-estrella no se movió de su sitio, sino que cerró para ella las puertas de su corazón; ni tampoco se oyó sonido alguno, excepto el que hacía la mujer llorando de aflicción. Y al fin le habló él, y su voz era dura y amarga:

-Si de verdad eres mi madre -dijo-, hubiera sido mejor que te hubieras quedado lejos y no hubieras venido aquí a avergonzarme, puesto que yo creía que era hijo de alguna estrella, y no el hijo de una mendiga, como me dices que soy. Por tanto, vete de aquí y que no te vea más.

-¡Ay, hijo mío! -exclamó ella-, ¿no quieres be¬sarme antes de que me vaya?, pues he sufrido mucho para encontrarte.

-No -dijo el niño-estrella-, eres demasiado repug¬nante para mirarte, y preferiría besar a una víbora o a un sapo mejor que a ti.

Así es que la mujer se levantó y se fue al bosque llo¬rando amargamente; y cuando el niño-estrella vio que se había ido se alegró, y volvió corriendo con sus compa-ñeros de juegos para jugar con ellos. Pero al verle llegar, se burlaron de él y dijeron:

-¡Mira!, eres tan feo como un sapo, y tan repugnante como una víbora. Vete de aquí, pues no te dejaremos jugar con nosotros.

Y le echaron del jardín.

Y el niño-estrella frunció el ceño y se dijo por lo bajo: «¿Qué es lo que me dicen? Iré al pozo de agua y me miraré en él, y él me hablará de mi belleza.»

Así que fue al pozo de agua y miró en él, y ¡vaya sor¬presa!, su cara era como la cara de un sapo, y su cuerpo tenía escamas como el de una víbora. Y se arrojó sobre la hierba y se echó a llorar, y se dijo a sí mismo:

«Seguro que esto me ha pasado por mi pecado, pues he renegado de mi madre y la he echado, y he sido or¬gulloso y cruel con ella. Por tanto, iré a buscarla por el mundo entero y no descansaré hasta que no la haya en¬contrado.»

Y vino a él la hija pequeña del leñador, y poniéndole la mano en el hombro le dijo:

-¿Qué importa que hayas perdido tu hermosura? Quédate con nosotros, y yo no me reiré de ti.

Y él le dijo:

-No; he sido cruel con mi madre, y como castigo se me ha enviado este mal. Por ello debo irme de aquí, y vagar por el mundo hasta que la encuentre y me perdone.

Así que se fue corriendo al bosque y llamó a su madre para que acudiera adonde él estaba, pero no hubo nin¬guna respuesta. Todo el día la estuvo llamando, y cuando se puso el sol se echó a dormir en un lecho de hojas, y los pájaros y los demás animales huían de él, porque re¬cordaban su crueldad; y estaba solo, a excepción del sapo que le miraba y de la lenta víbora que pasaba arrastrán¬dose.

Y a la mañana se levantó, y recogió moras amargas de los árboles y las comió, y emprendió el camino a través del gran bosque, llorando con gran aflicción. Y a todos los seres que veía les preguntaba si por casualidad habían visto a su madre.

Le dijo al topo:

-Tú que puedes meterte dentro de la tierra, dime: ¿está mi madre allí?

Y el topo replicó:

-Tú has cegado mis ojos, ¿cómo habría de saberlo yo? Le dijo al pardillo:

-Tú que puedes volar sobre las copas de los altos ár¬boles y puedes ver el mundo entero, dime: ¿puedes ver a mi madre?

Y el pardillo replicó:

-Tú me has cortado las alas para divertirte, ¿cómo podría yo volar?

Y a la pequeña ardilla que vivía en el abeto y estaba sola le dijo:

-¿Dónde está mi madre?

Y la ardilla contestó:

-Tú has matado a la mía. ¿Estás intentando matar a la tuya también?

Y el niño-estrella lloraba y bajaba la cabeza, y pedía perdón a las criaturas de Dios, y seguía a través del bos¬que buscando a la mendiga. Y al tercer día llegó al otro lado del bosque y bajó a la llanura.

Y cuando pasaba por los pueblos los niños se reían de él y le tiraban piedras, y los campesinos no le dejaban ni siquiera dormir en los graneros, no fuera que llevara el moho al grano almacenado, tan repugnante era a la vista; y los jornaleros le echaban, y no había nadie que se com¬padeciera de él. Ni podía tener noticias en ninguna parte de la mendiga que era su madre, aunque por espacio de tres años vagó por el mundo, y con frecuencia le parecía que la veía en el camino enfrente de él, y solía llamarla y correr tras ella hasta que los guijarros cortantes le ha¬cían sangrar los pies. Pero no podía alcanzarla, y los que vivían al borde del camino siempre negaban haberla visto, o haber visto a alguien que se pareciera a ella, y se bur¬laban de su dolor.

Por espacio de tres años vagó por el mundo, y en el mundo no había para él ni amor ni tierna bondad ni ca¬ridad, sino que era un mundo tal como el que se había hecho para sí en los días de su gran orgullo.

Y un atardecer llegó a la puerta de una ciudad fuer¬temente amurallada, situada junto a un río, y aunque es¬taba cansado y con los pies doloridos quiso entrar en ella. Pero los soldados que estaban de guardia cruzaron la en¬trada con sus alabardas y le dijeron con brusquedad: -¿Qué te trae por la ciudad?

-Estoy buscando a mi madre -contestó-, y os ruego que me permitáis pasar, pues puede que esté en esta ciu¬dad.

Pero ellos se burlaron de él, y uno sacudió su negra barba, dejó en el suelo su escudo y exclamó:

-Verdaderamente, tu madre no se va a poner con¬tenta cuando te vea, pues eres más feo que el sapo de las tierras encharcadas, o que la víbora que se arrastra en el pantano. ¡Fuera de aquí!, ¡fuera de aquí! Tu madre no vive en esta ciudad.

Y otro, que tenía un pendón amarillo en la mano, le dijo:

-¿Quién es tu madre y por qué la estás buscando?

Y él contestó:

-Mi madre es una mendiga, lo mismo que yo, y la he tratado mal, y os ruego que me permitáis pasar para que ella me perdone, si es que se aloja en esta ciudad.

Pero no quisieron, y le pincharon con sus lanzas.

Y al volverse llorando, llegó uno, cuya armadura llevaba incrustadas flores doradas y en cuyo yelmo ha¬bía un león con alas tumbado, y preguntó a los sol¬dados quién era el que pedía entrada. Y ellos le dijeron:

-Es un mendigo, hijo de una mendiga, y le hemos echado.

-No -exclamó riendo-; venderemos a este ser re¬pugnante como esclavo, y su precio será el precio de un cuenco de vino dulce.

Y un viejo mal encarado que pasaba por allí les gritó y dijo:

-Le compro por ese precio.

Y cuando hubo pagado el precio tomó al niño-estrella de la mano y le condujo dentro de la ciudad.

Y después de que hubieron atravesado muchas calles llegaron a una puertecilla de una tapia que estaba cu¬bierta por un granado. Y el viejo tocó la puerta con un anillo de jaspe grabado y se abrió, y bajaron cinco esca¬lones de bronce y entraron en un jardín lleno de ador¬mideras negras y de verdes jarros de barro cocido. Y el viejo sacó entonces de su turbante una banda de seda es¬tampada con figuras, y tapó con él los ojos del niño-es¬trella, y le llevó por delante de él. Y cuando le quitaron la banda de los ojos, el niño-estrella se encontró en una mazmorra que estaba iluminada por una linterna de asta.

Y el viejo le puso ante él pan enmohecido en un tajo de madera, y dijo:

-Come.

Y agua salobre en una taza, y dijo:

-Bebe.

Y cuando hubo comido y bebido, salió el viejo, ce¬rrando la puerta tras él y asegurándola con una cadena de hierro.

 

Y a la mañana, el viejo, que era en realidad el más sutil de los magos de Libia y había aprendido su arte de uno que moraba en las tumbas del Nilo, entró donde él estaba y, frunciendo el ceño, le dijo:

-En un bosque que está cerca de la puerta de esta ciudad de infieles hay tres monedas de oro. Una es de oro blanco, y otra es de oro amarillo, y el oro de la ter-cera es rojo. Hoy me traerás la moneda de oro blanco, y si no me la traes cuando vuelvas, te daré cien latigazos. Vete deprisa, y a la puesta del sol te estaré esperando a la puerta del jardín. Mira de traer el oro blanco, o lo pasarás mal, pues eres mi esclavo, y te he comprado por el precio de un cuenco de vino dulce.

Y le vendó los ojos al niño-estrella con la banda de seda estampada con figuras, y le guió a través de la casa y a través del jardín de adormideras, y le hizo subir las cinco gradas de bronce. Y habiendo abierto la puertecilla con el anillo le puso en la calle.

Y el niño-estrella salió de la puerta de la ciudad, y llegó al bosque del que le había hablado el mago.

Y este bosque era muy hermoso si se le veía desde afuera, y parecía lleno de aves canoras y de flores de suave fragancia, y el niño-estrella entró en él alegremente. Sin embargo, de poco le sirvió esa belleza, pues dondequiera que iba brotaban del suelo duros escara¬mujos y espinos y le cercaban, y le picaban ortigas ve¬nenosas, y el cardo le pinchaba con sus dagas, de modo que estaba con dolorosa angustia. Y no podía encontrar en ninguna parte la moneda de oro blanco de que había hablado el mago, aunque la estuvo buscando desde la mañana hasta el mediodía y desde el mediodía hasta la puesta del sol. Y a la puesta del sol volvió su rostro hacia la casa, llorando amargamente, pues sabía qué destino le esperaba.

Pero cuando había llegado al lindero del bosque oyó un grito que venía de la maleza, como de quien está presa del dolor. Y olvidando su propio sufrimiento volvió corriendo a aquel lugar, y vio allí a una pequeña liebre cogida en una trampa que algún cazador le había ten¬dido.

Y el niño-estrella se compadeció de ella y la soltó; y le dijo:

-Yo mismo no soy más que un esclavo, pero, sin em¬bargo, puedo darte a ti la libertad.

Y la liebre le contestó:

-Ciertamente, tú me has dado la libertad, ¿y qué voy a darte yo a cambio?

Y el niño-estrella le dijo:

-Estoy buscando una moneda de oro blanco, y no puedo encontrarla en ninguna parte, y si no se la llevo a mi amo me pegará.

-Ven conmigo -dijo la liebre-, y te llevaré hasta ella, pues sé dónde está escondida y con qué fin.

Así que el niño-estrella se fue con la liebre, y, ¡vaya sorpresa!, en la cavidad de un gran roble vio la moneda de oro blanco que estaba buscando. Y se llenó de alegría y la cogió, y dijo a la liebre:

-El servicio que yo te he prestado tú me lo has de¬vuelto con creces, y la bondad que te mostré me la has pagado cien veces.

-No, no -replicó la liebre-; según me trataste, así te traté yo.

Y se fue corriendo velozmente, y el niño-estrella se fue hacia la ciudad.

Ahora bien: a la puerta de la ciudad estaba sentado uno que era leproso. Sobre el rostro llevaba colgado un capuchón de lino gris, y a través de las aberturas le bri-llaban los ojos como carbones encendidos. Y al ver llegar al niño-estrella, golpeó en una escudilla de madera, e hizo sonar la campanilla, y le llamó a gritos, y dijo:

-Dame una moneda, o me moriré de hambre, pues me han arrojado de la ciudad y no hay nadie que se apiade de mí.

-¡Ay! -exclamó el niño-estrella-. No tengo más que una moneda en mi bolsa, y si no se la llevo a mi amo me pegará, pues soy su esclavo.

Pero el leproso le imploró y le rogó, hasta que el niño¬estrella se apiadó y le dio la moneda de oro blanco.

Y cuando llegó a casa del mago, le abrió él, y le con¬dujo dentro y le dijo:

-¿Tienes la moneda de oro blanco?

Y el niño-estrella contestó:

-No la tengo.

Así es que el mago se arrojó sobre él y le pegó, y le puso delante un tajo vacío, y dijo:

-Come.

Y una taza vacía, y dijo:

-Bebe.

Y le volvió a arrojar a la mazmorra.

Y a la mañana fue el mago en su busca, y dijo:

-Si no me traes hoy la moneda de oro amarillo, te aseguro que seguiré teniéndote como esclavo y te daré trescientos latigazos.

Así que el niño-estrella fue al bosque, y a lo largo de todo el día estuvo buscando la moneda de oro amarillo, pero en ninguna parte pudo encontrarla. Y a la puesta del sol se sentó y se echó a llorar, y cuando estaba llorando se le acercó la pequeña liebre que había rescatado de la trampa.

Y la liebre le dijo:

-¿Por qué lloras? ¿Y qué estás buscando en el bosque?

Y el niño-estrella contestó:

-Estoy buscando una moneda de oro amarillo que está escondida aquí, y si no la encuentro mi amo me pe¬gará, y hará que siga siendo esclavo.

-Sígueme -exclamó la liebre.

Y corrió por el bosque hasta que llegó a una charca de agua. Y en el fondo de la charca estaba la moneda de oro amarillo.

-¿Cómo he de darte las gracias? -dijo el niño-estre¬lla-, pues, ¡mira!, esta es la segunda vez que has venido en mi socorro.

-No, no. Tú te compadeciste de mí primero -dijo la liebre.

Y se fue corriendo velozmente.

Y el niño-estrella cogió la moneda de oro amarillo y la metió en su bolsa, y fue presuroso a la ciudad. Pero el leproso le vio llegar y corrió a su encuentro, se puso de rodillas y gritó:

-Dame una moneda o me moriré de hambre.

Y el niño-estrella le dijo:

-No tengo más que una moneda de oro amarillo en mi bolsa, y si no se la llevo a mi amo me pegará, y hará que siga siendo su esclavo.

Pero el leproso le imploró dolorosamente, de modo que el niño-estrella se apiadó de él y le dio la moneda de oro amarillo.

Y cuando llegó a casa del mago, le abrió él, y le hizo entrar, y le dijo:

-¿Tienes la moneda de oro amarillo?

Y el niño-estrella le dijo:

-No la tengo.

Así es que el mago se arrojó sobre él y le pegó, y le cargó de cadenas y le echó de nuevo a la mazmorra.

Y al día siguiente llegó a él el mago, y dijo:

-Si hoy me traes la moneda de oro rojo te daré la libertad, pero si no la traes ten por seguro que te mataré.

Así que el niño-estrella se fue al bosque, y a lo largo de todo el día estuvo buscando la moneda de oro rojo, pero no pudo encontrarla en parte alguna. Y al atardacer se sentó y se echó a llorar, y cuando estaba llorando se le acercó la pequeña liebre.

Y la liebre le dijo:

-La moneda de oro rojo que buscas está en la caverna que hay detrás de ti. Por tanto, no llores más y ponte alegre.

-¿Cómo he de recompensarte? -exclamó el niño-es¬trella-, pues, ¡mira!, esta es la tercera vez que has ve¬nido en mi socorro.

-No, no. Tú te compadeciste de mí primero -dijo la liebre.

Y se fue corriendo velozmente.

Y el niño-estrella entró en la caverna, y en el rincón del fondo encontró la moneda de oro rojo. Así es que la metió en su bolsa y se fue presuroso a la ciudad. Y el leproso al verle llegar se puso en medio del camino, y le dijo a grandes gritos:

-Dame la moneda de oro rojo, o de lo contrario tengo que morir.

Y el niño-estrella volvió a apiadarse de él, y le dio la moneda de oro rojo diciendo:

-Tu necesidad es mayor que la mía.

No obstante, tenía el corazón oprimido, pues sabía la suerte que le esperaba.

 

Pero, ¡oh, maravilla!, al pasar por la puerta de la ciu¬dad, los centinelas se inclinaron y le rindieron pleitesía, diciendo:

-¡Qué hermoso es nuestro señor!

Y una multitud de ciudadanos le seguía y gritaba:

-¡Ciertamente no hay nadie tan hermoso en el mundo entero!

Así que el niño-estrella se puso a llorar, y se decía: «Se están mofando de mí, y tomando a broma mi tris¬teza.»

Y tan grande era la concurrencia de gente, que perdió el camino, y se encontró finalmente en una gran plaza, en la que había un palacio real.

Y la puerta del palacio se abrió, y los sacerdotes y los altos dignatarios de la ciudad corrieron a su encuentro, y se prosternaron ante él, y le dijeron:

-Tú eres nuestro señor, a quien esperábamos, y el hijo de nuestro rey.

Y el niño-estrella les respondió y dijo:

-Yo no soy hijo de rey, sino hijo de una pobre men¬diga. i,Y cómo decís que soy hermoso, sabiendo como sé que soy horrible a la vista?

Entonces, aquel cuya armadura llevaba incrustadas flo¬res doradas y en cuyo yelmo había un león con alas tum¬bado, sostuvo en alto un escudo, y exclamó:

-¿Cómo dice mi señor que no es hermoso?

Y el niño-estrella miró, y ¡qué prodigio! Su rostro era lo mismo que había sido en otro tiempo, y había vuelto su belleza; y vio en sus ojos lo que no había visto antes.

Y los sacerdotes y los altos dignatarios hincaron la ro¬dilla y le dijeron:

-Estaba profetizado desde antiguo que en este día lle¬garía el que había de gobernar sobre nosotros. Por tanto, tome vuestra señoría esta corona y este cetro, y sea en justicia y en misericordia nuestro rey sobre nosotros.

Pero él les dijo:

-Yo no soy digno, pues he renegado de la madre que me dio el ser, y no puedo descansar hasta que la haya encontrado, y sepa que me perdona. Por tanto, dejad que me vaya, pues debo seguir vagando por el mundo, y no puedo detenerme aquí aunque me deis la corona y el cetro.

Y mientras así hablaba apartó el rostro de ellos y lo volvió hacia la calle que conducía a la puerta de la ciudad y, ¡oh, sorpresa!, entre la multitud que se apiñaba alre¬dedor de los soldados vio a la mendiga que era su madre, y a su lado el leproso que estaba sentado a la vera del camino.

Y un grito de alegría se escapó de sus labios, y se echó a correr, y arrodillándose besó las heridas de los pies de su madre y los bañó con sus lágrimas. Humilló la cabeza en el polvo y, sollozando como quien tiene el corazón a punto de romperse, le dijo:

-Madre, renegué de ti en la hora de mi orgullo. Acép¬tame en la hora de mi humildad. Madre, yo te di odio. ¿Me darás tú amor, madre? Yo te rechacé. Recibe ahora a tu hijo.

Pero la mendiga no le respondía una palabra.

Y él tendió las manos y abrazó los blancos pies del le¬proso, y le dijo:

-Tres veces tuve misericordia de ti, ruega a mi madre que me hable una vez.

Pero el leproso no le respondió palabra alguna.

Y él volvió a sollozar y dijo:

-Madre, mi sufrimiento es mayor de lo que puedo so¬portar. Dame tu perdón y deja que me vuelva al bosque.

Y la mendiga le puso la mano sobre la cabeza y le dijo:

-¡Levántate!

Y el leproso le puso la mano sobre la cabeza y le dijo también:

-¡Levántate!

Y se puso en pie y les miró, y, ¡oh, maravilla!: eran un rey y una reina.

Y la reina le dijo:

-Este es tu padre a quien tú has socorrido.

Y dijo el rey:

-Esta es tu madre, cuyos pies has bañado con tus lágrimas.

Y se arrojaron a su cuello y le besaron, y le llevaron a palacio, y le vistieron con hermosos ropajes, y le pusieron la corona en la cabeza y el cetro en la mano. Y sobre la ciudad que estaba edificada junto al río gobernó, y fue su señor. Mucha justicia y misericordia mostró a todos, y al mago malvado le desterró, y al leñador y a su mujer les envió muchos ricos dones, y a sus hijos les concedió altos honores. Y no consintió que nadie fuera cruel con los pájaros ni con ningún animal; por el contrario, enseñó el amor y la tierna bondad y la caridad, y a los pobres les dio pan, y a los desnudos les dio vestido, y hubo paz y abundancia en el país.

No obstante, no gobernó mucho tiempo; tan grandes habían sido sus sufrimientos, y tan amargo el fuego de su prueba, que murió al cabo de tres años.

Y el que le sucedió gobernó perversamente.

 

 

 

 

 

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