© Libro N° 6011.
La Esfinge. Wilde, Oscar.
Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © La Esfinge. Oscar Wilde
Versión Original: © La Esfinge. Oscar Wilde
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA ESFINGE
Oscar Wilde
Presentación
La Esfinge, ese poema «para perversos y curiosos», «ese poema pernicioso»,
según lord Alfred Douglas, a pesar de que él mismo le señale más adelante «como
la obra principal, en verso de Wilde» (la Balada de la cárcel
de Reading está escrita
post-cárcel), es un poema pulido y retocado, en el que Wilde no dejó el cincel
de la mano (como si tallase amorosamente las facetas de una piedra preciosa o
como si modelase el cuerpo mórbido y sensual de una diosa imperecedera), pues
lo comenzó cuando tenía veintitantos años y lo consideró como terminado
cumplidos ya los treinta y ocho. Por eso La Esfinge apareció en 1894, aunque estaba concluida dos o tres años
antes. Sobre este poema, en el que Wilde vaga con delectación por el viejo
Egipto, a orillas del Nilo, de aguas verdosas y turbulentas, contemplando sus
animales enigmáticos y el cielo violeta claro de sus noches, respirando su aire
cálido, cargado de aromas y de podredumbres; sobre este poema hay momentos en
que nos parece ver cernirse a gran altura el admirable y único Cuervo de Poe...
A Marcel Schowb, en
testimonio amistad y de admiración.
Desde un ángulo obscuro de mi estancia, durante más tiempo del
que puedo imaginarme, una Esfinge bella y silenciosa me acecha a través de las
tinieblas ondulantes.
Intangible y quieta, no se alza ni hace el menor movimiento.
Poco le importan las lunas de plata y los soles remolinantes.
En el aire el rojo substituye al gris; las oleadas de luz de
Luna vienen y se van, pero cuando llega el alba, ella no se va y cuando vuelve
la noche, sigue ahí.
La aurora sigue a la aurora y las noches declinan, y durante
todo ese tiempo esta extraña gata permanece extendida sobre el tapiz chino, con
sus ojos de raso con orla de oro.
Permanece acostada sobre el tapiz, espiando oblicuamente, y
sobre su pecho moreno y dorado ondea su piel suave y sedosa, con
estremecimientos que llegan a veces hasta sus orejas puntiagudas.
Acércate ya, mi hermoso senescal, que dormitas en tu postura
estatuaria. Acércate ya, ser de una extravagancia exquisita, mitad mujer, mitad
animal.
Acércate, encantadora y lánguida Esfinge mía, ven a colocar tu
cabeza sobre mi rodilla y déjame acariciar tu pecho y observar tu cuerpo
moteado como el de un lince.
Déjame tocar esas garras ganchudas, amarillo pálido, y coger a
manos llenas esa cola que, semejante a una monstruosa serpiente, se enrolla
alrededor de tus patas aterciopeladas.
Un millar de siglos lentos te pertenecen, cuando yo, en cambio,
he visto apenas veinte estíos despojarse de su verde librea para vestir la
librea abigarrada del otoño.
Pero tú sabes leer los jeroglíficos en los grandes obeliscos de
granito, has conversado con los basiliscos y has mirado frente a frente a los
hipogrifos.
¡Oh! Dime, ¿estabas tú presente cuando Isis se arrodillaba
delante de Osiris, y viste a la Egipcia cuando hacía disolver la perla para
Antonio,
y bebía aquel vino embriagado todo de la joya, e inclinaba la
cabeza con un terror fingido para ver al colosal procónsul sacar de la espuma
el atún salado?
¿Y espiaste a la Cipriota cuando besaba al blanco Adonis, sobre
su lecho fúnebre? ¿Seguiste a Amenalk, dios de Heliópolis?
¿Hablaste con Thoth y oíste llorar a Io, coronada de cuernos
lunares? ¿Conociste a los reyes pintados que duermen bajo la Pirámide
poliédrica?
Alza tus grandes ojos de raso negro, semejantes a almohadones en
los que uno se hunde. Ven a estirarte a mis pies, fantástica Esfinge, y
cuéntame tus recuerdos.
Cántame de la Virgen judía que caminaba errante con el Niño
Sagrado, y dime cómo les guiaste a través del desierto y cómo durmieron bajo tu
sombra.
Cántame de aquel verde atardecer cargado de perfumes, cuando
acostada junto a la ribera viste elevarse de la barca dorada de Adriano la risa
de Antinoo.
Y cuéntame cómo bebiste en la corriente calmando tu sed y cómo
contemplaste con una mirada ávida y ardiente el cuerpo de marfil de aquel joven
y bello esclavo cuya boca parecía una granada.
Cántame del laberinto que servía de establo al toro de doble
forma. Háblame de la noche en que te arrastrabas sobre el plinto granítico del
templo,
en donde el ibis escarlata revoloteaba por los corredores
tapizados de púrpura, chillando asustado, y del horrible rocío que caía gota a
gota de las mandrágoras dolientes,
y del enorme soñoliento cocodrilo que vertía lágrimas cenagosas
en tu estanque y que, arrancando las joyas prendidas en sus orejas, volvía
hacia el Nilo con movimientos vacilantes.
Cuéntame cómo te maldecían los sacerdotes, en salmos entonados
con voz chillona, el día en que cogiste entre tus garras a su jefe, y cómo te
deslizaste a rastras para saciar tu pasión bajo las palmeras temblorosas.
¿Quiénes eran entonces tus amantes, quiénes eran los que
luchaban por ti en el polvo? ¿Cuál era el instrumento de lujuria, quién era tu
amante cotidiano?
¿Era uno de aquellos lagartos gigantes que venían a enroscarse
ante ti, entre los cañaverales de la ribera? ¿Venían a arrojarse sobre ti,
sobre tu lecho revuelto, los grifos de grandes costados de metal?
¿Venían monstruosos hipopótamos a abrazarse contigo entre la
bruma? ¿Eran los dragones de escamas plateadas los que se retorcían de pasión
en nudos complicados, cuando pasabas junto a ellos?
¿Y qué horrible quimera fue la que salió del sepulcro licio, de
ladrillos, con sus cabezas espantosas y sus temibles llamas para hacer
engendrar a tu seno nuevas maravillas?...
¿Es que albergabas inconfesables huéspedes secretos o es que
arrastrabas a tu mansión a alguna Nereida envuelta en la espuma ambarina, con
unos senos extraños de cristal de roca?
¿Es que ibas, hollando con tu pie la espesa bruma, a visitar a
la bronceada sidonia y a pedirle noticias de Leviatán o de Behemot?
¿O es que subías, cuando el Sol había desaparecido, por la
pendiente bordeada de cactos, al encuentro de tu negro Etíope, cuyo cuerpo era
de pulido azabache?
¿Es que ibas, mientras los barcos de barro cocido encallaban en
los pantanos del Nilo, al atardecer, cuando los murciélagos de vuelo incierto
giraban alrededor de los triglifos del templo,
es que ibas con furtivo paso hasta el borde de la ribera, para
atravesar a nado el lago silencioso, y desde allí, deslizándote en la bóveda,
hacer de la Pirámide tu lupanar,
hasta el punto de hacer salir de cada uno de los negros
sarcófagos al muerto, pintado y vendado? ¿O es que atraías a tu lecho al
Tragelaphos de cuernos de marfil?
¿Es que amaste al Dios de las Moscas que atormentó a los Hebreos
y que estaba manchado de vino hasta la cintura, o a Pasht, que tenía dos
berilos verdes por ojos?
¿Quizá fue a aquel joven Dios, al Tirio, que era más amoroso que
la paloma de Astaroth?
¿O amaste al Dios del Asirio, cuyas alas, semejantes a una
extraña y transparente mica, rebasaban ampliamente su cabeza con un pico de
halcón, que estaba pintada de plata y de rojo, rodeada de fajas de oricalco?
¿O acaso el enorme Apis saltó de su carro para arrojar a tus
plantas las gruesas flores del nenúfar que tenía el aroma y el color de la
miel?...
¡Qué sutil es tu sonrisa! ¿Entonces es que no has amado a nadie?
No; bien sé que el gran Ammón fue tu compañero de lecho. Se tendió junto a ti a
orillas del Nilo.
Los caballos acuáticos que frecuentan los pantanos hicieron
resonar sus trompetas cuando le vieron venir, todo perfumado de gálbano de
Siria, todo impregnado de nardo y de tomillo.
Él siguió la orilla del río, parecido a una vasta galera de
velas de plata. Caminaba a largos pasos por las aguas armado de belleza y las
aguas se abrían ante él.
Caminaba a largos pasos por la arena del desierto. Llegó al
valle en que tú estabas acostada. Esperó a la aurora y entonces tocó con su
mano tus negros senos.
Tú besaste su boca con los labios de brasa. Hiciste tu presa del
dios cornudo. Te mantenías en pie detrás de su trono y le llamabas por su
nombre secreto.
Murmurabas monstruosos oráculos en las conchas de sus oídos, y
con sangre de cabras y de toros le enseñaste a hacer monstruosos milagros.
Mientras fue Ammón tu compañero de lecho, vuestra cámara nupcial
era el Nilo cubierto de vapores, y con tu sonrisa arcaica de sinuoso contorno
mirabas crecer y disminuir su pasión.
Su frente relucía de óleos sirios, y sus miembros de mármol,
extendidos, desplegados como una tienda al mediodía, hacían palidecer la Luna y
añadían un nuevo brillo al día.
Su larga cabellera medía nueve codos de envergadura; tenía color
de esa gema amarilla que los mercaderes del Kurdistán llevan cosida en la orla
de sus mantos.
Su faz era como el mosto que cubre una cuba de vino nuevo. Los
mares no podrían añadir nada a la perfección del zafiro de sus ojos. Su cuello,
fuerte y suave, era blanco como la leche.
Su pelo, una fina trama de venas azules; y extrañas perlas, que
parecían rocío congelado, estaban bordadas sobre la seda flotante...
Sobre su pedestal de nácar y de pórfido brillaba con demasiada
intensidad para poder contemplársele, pues sobre su pecho de marfil centelleaba
la maravillosa esmeralda del océano,
esa misteriosa joya, de reflejos lunares, que algún buceador de
los abismos de Cólchide encontró entre las olas cada vez más negras, y llevó a
la maga de Colchis.
Ante su carro dorado, corrían unos coribantos desnudos con
guirnaldas de pámpano, y filas de altivos elefantes se arrodillaban para
arrastrar su carro,
y filas de nubios negros llevaban su litera, mientras él corría
la gran avenida pavimentada de granito, entre los abanicos de movibles plumas
de pavo real.
Los mercaderes que vienen de Sidón en sus navíos abigarrados le
traían esteatita. La más inferior de las copas que tocaban sus labios estaba
hecha de un crisólito.
Los mercaderes le traían cajas de cedro llenas de ropajes
suntuosos y atados con cuerdas. La cola de su vestido era llevada por señores
de Memfis; reyes jóvenes sentíanse dichosos de su hospitalidad.
Mil sacerdotes rapados se arrodillaban noche y día ante el altar
de Ammón. Mil lámparas balanceaban su luz en la morada esculpida de Ammón;
y ahora la serpiente impura y la víbora moteada, con sus crías,
se arrastran de piedra en piedra, porque la morada está en ruinas y el gran
monolito de mármol rosa se ladea.
El asno salvaje o el chacal errabundo vienen a guarecerse en las
puertas vacilantes. Sátiros feroces se llaman a través de los fustes estriados
que yacen por el suelo,
y en la cúspide del edificio está colgado el mono de rostro
azul, de Horus, que chilla mientras la higuera resquebraja los pilares del
peristilo.
El Dios yace aquí y allí en pedazos, profundamente escondido en
la arena que el viento agita. He visto su testa granítica de gigante,
convulsionada aún en su impotente desesperación;
y muchas caravanas errantes de negros de aire imponente, con
chales de seda, al atravesar el desierto, se detienen aterrados ante ese cuello
demasiado ancho para poder abrazarle.
Y muchos beduinos barbudos abren sus albornoces de rayas
amarillas para lanzar una larga mirada sobre los músculos titánicos de aquel
que fue en otro tiempo su paladín...
Así es que ve a buscar los pedazos por la llanura y lávalos en
el rocío de la noche y rehaz juntando piezas, una por una, a tu amante
mutilado.
Ve a buscar allí donde yacen abandonados, y con esos trozos, con
esos restos, reconstruye tu compañero despedazado y despierta locas pasiones en
la piedra insensible.
Hechiza su pesado oído con himnos sirios. Él amó tu cuerpo. ¡Oh,
sé buena! Vierte nardo sobre su cabellera y enrolla suaves bandas de lino
alrededor de sus miembros.
Ata en torno de su cabeza el collar de monedas y devuelve a los
pálidos labios su color, con frutos rojos. Teje púrpura para sus caderas
enflaquecidas y púrpura también para sus riñones descarnados.
Marcha presurosa hacia Egipto. Nada temas. No ha habido más que
un Dios que muriese, no ha habido más que un Dios que dejó a un soldado
hundirle su lanza en el costado.
Esos amantes tuyos no han muerto, y Anubis con la cara de perro,
permanece en su puesto de honor, junto a la puerta de cien codos, con la mano
llena de lirios de loto para tu cabeza,
y, en lo alto de su trono de púrpura, el gigante Memnón dirige
siempre sus ojos sin párpados al espacio vacío y, cada claridad amarillenta del
alba, grita buscándote.
Y el Nilo con los restos de tu cuerpo, yace en su lecho de
légamo, negro y, mientras tú no acudas, no desbordará sus aguas sobre el trigo
que se agosta.
Bien sé que tus amantes no han muerto. Se volverán a levantar.
Oirán tu voz. Agitarán ruidosamente tus símbolos. Se regocijarán. Vendrán a
besar tu boca.
Por eso, apareja tus flotas, engancha caballos a tu carro de
ébano, y ponte en marcha hacia el Nilo. O si te has cansado de divinidades
fenecidas,
sigue el rastro de algún león errante a través de la llanura
cobriza, alcánzale, y cogiéndole por la melena invítale a servirte de amante.
Tiéndete junto a sus costados sobre el césped, y clava tus
dientes blancos en su pecho. Y cuando oigas el estertor de su agonía, azota tus
largos flancos de bronce pulido,
y toma por compañero a un tigre, cuyos flancos color ámbar
tienen franjas negras, y monta su dorada grupa y franquea triunfalmente la
puerta de Tebas,
y revuélcate con él en amorosos juegos, y cuando se vuelva y
gruña y enseñe los dientes, hiérele entonces mortalmente con tus garras
jaspeadas o tritúrale, estrechándole contra tus senos de ágata.
¿A qué tardar? Vete de aquí, estoy cansado de tus gestos de
languidez, cansado de tu mirada siempre fija, de tu soñolienta magnificencia.
Tu aliento pesado y horrible hace vacilar la luz de la lámpara y
sobre mi frente siento su humedad y los terribles rocíos de la noche y de la
muerte.
Tus ojos son como lunas fantásticas que tiemblan en un lago
estancado. Tu lengua es como una serpiente escarlata que baila al son de unos
aires fantásticos.
Tu pulso late en melodías envenenadas y tu negra boca es como el
agujero que dejan una antorcha o unas brasas sobre unos tapices sarracenos.
Vete. Las estrellas de tonalidades sulfúreas huyen veloces por
la puerta del poniente. ¡Vete o quizá sea demasiado tarde para subir en sus
silenciosos carros de plata!
Ves: la aurora tiembla en torno de los grises campanarios que
ostentan un dorado cuadrante; y la lluvia corre sobre cada vitral tallado como
un diamante y sus lágrimas empatan el día ya descolorido.
¿Qué furia de cabellos de serpientes, recién salida del
Infierno, ha podido huir con gestos de fealdad y de impudor, lejos de la reina,
aletargada con adormideras, e introducirla en la celda de un estudiante?
¿Qué fantasma criminal tan desprovisto de canto como de voz, se
ha deslizado a través de las cortinas de la noche, y viendo arder tan
intensamente mi vela, ha llamado y te ha invitado a entrar?
¿No hay otros más malditos y de una lepra más blanca que la mía?
¿Se han secado quizá el Albana y el Farbar para que hayas venido hasta aquí a
apagar tu sed?
¡Esfinge falaz! Esfinge falaz: cerca de los cañaverales de la
Estigia, el viejo Carón, apoyado en su remo, espera mi óbolo. Parte tú antes y
déjame ante mi crucifijo,
desde donde el Pálido abrumado de dolor, pasea sobre el Mundo su
mirada desfallecida y llora por cada alma que muere: y llora en vano.

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