© Libro N° 6009.
Lady Miranda. Miranda IV.
Wilde, Jennifer. Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © Lady Miranda. Miranda IV. Jennifer Wilde 1750
Versión Original: © Lady Miranda. Miranda IV. Jennifer Wilde 1750
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
LADY MIRANDA
MIRANDA IV
Jennifer Wilde
1750
1
El
pavo real de lord Markham chilló estridentemente al tiempo que cruzaba en
actitud majestuosa el césped de Markham House, con mucho la más elegante de
todas las elegantísimas mansiones de la plaza Grosvenor. Puñetero pavo real,
pensé yo echando una rápida mirada por la ventana. Estaba precioso con las
plumas de la cola extendidas, por supuesto, pero aun así yo disfrutaría
sobremanera pegándole un tiro. Aquel pájaro se pasaba el día chillando y
graznando, a menudo picoteaba en el cristal de mi ventana y me miraba desde el
otro lado con ojos arrogantes. Desde luego, yo tenía mucha suerte de poder
alquilar Dower House, una pequeña joya de casa que lord Markham había edificado
en la parte de atrás de su finca, a la derecha de la casa grande y separada de
ésta por una espaciosa extensión de césped, pero aquel maldito pájaro se había
convertido para mí en un motivo de irritación constante. Volvía locos a todos
los vecinos, ya lo creo, pero el poderoso lord Markham se hacía el sordo ante
cualquier tipo de queja.
Construida
en su origen por lord Markham como regalo de bodas para su hija, prometida por
aquel entonces con un joven noble y pulido por cuyas venas corría la más azul
de las sangres, Dower House tenía un paseo de entrada independiente y jardín
propio, de modo que resultaba ciertamente exquisita. Constaba de un salón,
comedor, cocina y despensa en el piso bajo; eh el vestíbulo había una pequeña
escalera de caracol que conducía al dormitorio y al cuarto de estar, situados
en el piso de arriba. Aunque las habitaciones eran pequeñas, todas ellas
estaban decoradas con mucho gusto y magnificencia, en un estilo lujosísimo y
con una grandeza sutil reducida a escala. Era un marco elegante y discreto
amorosamente creado para los que pronto serían los recién casados. Pero, ay, la
hija de lord Markham no supo apreciar en lo que valían los esfuerzos de su
padre. Después de dejar plantado sin motivo alguno a su aristocrático
prometido, se había fugado a Roma con un pintor italiano muy apuesto, pero
pobre como un paria, y había acabado por sucumbir víctima de las fiebres. Dower
House había sido conservada cuidadosamente durante veinte años, pero siempre
había permanecido vacía hasta que lord Markham decidió alquilármela a mí con un
contrato anual.
De
setenta y ocho años de edad, quejumbroso, irritable y terriblemente excéntrico,
lord Markham había encontrado particular deleite en tocarle la nariz a sus
altivos y aristocráticos vecinos alquilando Dower House a la célebre y notoria
M. J., la autora de aquellos relatos escandalosos y del libro, aún más
escandaloso, llamado Duquesa Annie, la más chocante y triunfadora novela en
muchos años. Los otros residentes en Grosvenor Square quedaron absolutamente
horrorizados por el hecho de tener semejante criatura entre ellos, pues era de
sobra sabido que Duquesa Annie tenía una gran parte de autobiografía, así como
que yo me había criado en St. Giles, había sido ratera, amante del rebelde Cam
Gordon y Dios sabe cuántas cosas más. Cuando la novela salió a la venta dos
años atrás, había resultado imposible mantener en secreto mi identidad, y los
caballeros de la calle Fleet habían escrito resmas y resmas de papel sobre la
descarada niña abandonada que había emergido de los barrios bajos para escribir
el libro más popular del año. Yo me había mostrado totalmente franca con ellos
desde el comienzo, y ellos habían quedado absolutamente encantados,
considerándome la más fascinante personalidad de todo Londres, una gran belleza
más elegante y refinada que las damiselas de la mejor cuna, y llenando, en
resumen, todos los periódicos con floridas y aduladoras tonterías que
consiguieron intrigar al público, deleitaron a mi editor y a mí me divirtieron
sobremanera.
Yo,
Miranda, era una celebridad. Aquello era la cosa más asombrosa del mundo. La
gente se me quedaba mirando y cuchicheaba en las raras ocasiones en que yo
aparecía en público. Mi retrato, hecho por Hogart poco después de que
apareciese mi novela, se había publicado en todos los periódicos, y miles de
reproducciones del mismo se habían vendido en las papelerías de todo Londres.
Yo era un fenómeno, un monstruo, y las anfitrionas más famosas me bombardeaban
constantemente con invitaciones, rivalizando entre ellas con la esperanza de
poder exhibirme en sus salones. Pero yo rehusaba con firmeza y me negaba a ser
agasajada. Llevaba una vida muy tranquila, salía en raras ocasiones y dedicaba
casi todo mi tiempo a Las chicas de Betty, la novela que estaba a punto de
terminar en cuanto aquel estridente pájaro se decidiese a cerrar el pico de una
vez.
Volvió
a graznar, ahora más cerca de la casa. Estuve tentada de abrir la ventana y
arrojarle el tintero. Aquel animal era una puñetera lata, y yo intentaba
trabajar en el último capítulo del libro. ¡Otro ruido! ¿Qué sería esta vez? ¿Es
que acaso estaba destinada a que me hicieran perder el juicio? Betty había
muerto y el burdel había sido asaltado por una banda de aristócratas jaraneros
que violaron a las chicas y le prendieron fuego a la casa. Molly y Jili habían
sido secuestrada por Big John Cantrell y obligadas a trabajar para él, y Nancy,
Mary y la pequeña y patética Bella fueron abandonadas a su suerte y tuvieron
que enfrentarse al frío helado del invierno. Estaban más unidas que si fueran
hermanas, perdidas sin la amorosa protección de Betty, aferrándose entre ellas
como... ¡Más ruidos! Golpes en el piso de arriba, pisadas estrepitosas que
bajaban las escaleras, un repiqueteo en las blancas y negras baldosas de mármol
del vestíbulo. ¿Qué diantres estaba pasando?
- ¡
Hey, señorita Miranda! Seguís ahí sentada ante ese escritorio llenando las
páginas de palabras y ya son más de las seis. ¿En qué estáis pensando?
- En
poca cosa, con tanto alboroto como hay por aquí -repliqué-. ¿Qué estás haciendo
aquí, Millie?
-Me
ha mandado la señora Boresford. Me ha dicho que esta noche tenéis invitados, y
que os dispusiese el baño y os ayudase a vestiros. La cocinera está preparando
un comida de chuparse los dedos, de mucho lujo. A las siete y media Bob y Tom
lo traerán todo y Pearson vendrá a servir la cena.
-
¡Maldición! Se me había olvidado por completo que Sheppard y Bancroft vienen
esta noche.
- Se
os olvidaría la cabeza si no la tuvieseis bien sujeta - comentó agriamente
Millie -. Si no estuviéramos nosotros para cuidaros, no sé qué pasaría. Dejad
ya esas páginas. Tenéis que daros mucha prisa.
Gruñí.
Millie no llegaba al metro y medio de estatura, tenía una cara muy seria llenas
de pecas y llevaba una cofia blanca torcida encima de los rizos de color
zanahoria; siempre era muy mandona y se comportaba de un modo poco ceremonioso,
una tirana con ojos verdes del tamaño de media pinta. Aunque necesitaba pocos
cuidados, pues se pasaba la mayor parte del tiempo viajando por el extranjero,
lord Markham mantenía sin embargo toda una plantilla de sirvientes. Convencido
de que no tenían bastante trabajo, y considerándolos por principio unos vagos a
todos ellos, les había ordenado que se encargasen de cuidar de Dower House y de
su inquilina, además de las otras obligaciones. Solos en la casa grande nueve
de cada doce meses mientras su amo viajaba de acá para allá cuidándose
enfermedades inexistentes, el personal de Markham House me abrumaba con sus
constantes atenciones y amorosos cuidados. Yo era su adorada mascota, lo que
decididamente tenía sus desventajas cuando una servidora intentaba ponerse a
trabajar.
- No
me había dado cuenta de que era tan tarde - dije dejando a un lado la pluma.
-
¡Ya lo creo que no! El sol está empezando a ponerse, la luz se hace cada vez
más escasa y vos seguís ahí forzando la vista. No sé por qué queréis pasaros
todo el tiempo aquí encerrada... no es sano. Con todos estos vestidos preciosos
que tenéis arriba colgados en el armario, y con el señor Garrick suplicándoos
que salgáis con él, y a vos no se os ocurre otra cosa que pasaros el tiempo
escribiendo libros... lo entendería si fuerais vieja y fea, señorita Miran-da,
pero...
Volví
a gruñir y me puse en pie. A pesar de todas aquellas réplicas y de ser tan
mandona, Millie hubiese ido con gusto a la hoguera por mí, y muchas veces yo
hubiera tenido mucho gusto en ser quien encendiese la leña. Esta era una de
esas veces.
- Os
tengo el baño preparado, el agua caliente y perfumada, el jabón y las toallas
están dispuestos. Os he elegido uno de los vestidos y...
-
Soy perfectamente capaz de elegir mi propio vestido, Millie - le informé en un
tono helado-. Ahora puedes irte. Ya no te necesitare más.
- Si
que me necesitaréis - replicó-. Tengo que peinaros.
-
¡Jesús!
-
Nadie sabe peinaros como yo, eso es algo que tenéis que admitir. Tengo un toque
especial. Vos corred arriba a bañaros, que yo os arreglaré un poco lo de aquí
abajo y subiré a peinaros dentro de media hora más o menos.
- ¡
No te atrevas a tocar mi manuscrito! - le advertí.
- No
se me ocurriría ni en sueños, señorita. La última vez que moví una de esas
hojas me estuvisteis gritando durante más de una semana.
Le
lancé una mirada exasperada y subí al dormitorio, cruzando al hacerlo el
pequeño y elegante vestíbulo con el suelo revestido dc mármol negro y blanco,
las paredes cubiertas de seda azul muy pálido, el techo blanco con molduras y
una lámpara pequeña, pero suntuosa, con colgantes de cristal que relucían igual
que diamantes. Las paredes del dormitorio estaban cubiertas de la misma seda
azul pálido, el mismo azul que un cielo despejado de verano, y disponía de una
chimenea de mármol blanco. Las ventanas daban a una terraza en miniatura con
una balaustrada también de mármol blanco. A través de ellas yo veía la verde
extensión de césped, ahora salpicada de sombras, y parte de la plaza.
El
agua estaba caliente y maravillosamente perfumada, y encontré un gran placer
metiéndome en ella después de haberme pasado interminables horas ante el
escritorio del salón del piso de abajo. Sonreí por la regañina con que me había
obsequiado Millie. ¿Que por qué me estaba allí “encerrada” y me negaba a salir
excepto en raras ocasiones? ¿Que por qué me pasaba todo el tiempo escribiendo
libros? Porque aquello era precisamente lo que yo quería hacer. Escribir había
sido mi salvación cuando Cam Gordon huyó a Francia abandonándome, y durante el
año que yo había pasado en la reducida casita de campo a las afueras de
Stratford, me había dado cuenta de cuánto significaba para mí el hecho de
escribir. Era algo sólo mío, algo que nadie podía arrebatarme, y traspasar el
umbral que conducía a aquel mundo que yo creaba en el papel hacía que el mundo
real, con sus penas, su angustia, su dolor y sus desengaños, me resultara mucho
más fácil de soportar.
Millie
nunca seria capaz de comprender aquello, desde luego. Poca gente podría
entenderlo, pensé mientras salía de la bañera de porcelana y procedía a
secarme. Yo poseía algo especial con lo que poca gente estaba bendecida, y
ello... era una compensación maravillosa por todas las cosas que me faltaban en
la vida. Puede que yo no fuera feliz, es cierto, pero sólo los tontos esperan
vivir siempre en un lecho de rosas, en un perpetuo estado de felicidad. Yo me
hallaba contenta y complacida con mi vida, orgullosa de los logros obtenidos, y
si bien no había dicha tampoco había turbulencias ni tormentos. Me había ganado
con mucho esfuerzo la serenidad y la calma en las que ahora transcurrían mis
días. Estaba sola, pero a cambio era independiente, no me encontraba sujeta a
nadie. En ocasiones me sentía triste, pero me había convertido en un éxito y
todo lo había hecho por mí misma. ¿Cuántas mujeres en aquella época y momento
podían decir lo mismo que yo?
Millie
me había preparado el vestido de brocado, uno de color bronce, un modelo
maravilloso que no había estrenado todavía. Me puse las delicadas enaguas color
verde hoja que iban con el vestido, cuyo corpiño era ajustado y extremadamente
escotado; diez faldas caían formando vuelo desde la ceñida cintura y formaban
remolinos en sucesivas capas de gasa marrón. No más ropa de segunda mano para
Miranda. No más vestidos de ocasión para la notoria M.J. Madame Valentina
creaba toda mi ropa especialmente para mí, vestidos increíblemente bonitos,
trajes preciosos, y, al contrario que las duquesas, condesas y damas de alta
alcurnia que se apiñaban en su establecimiento, yo pagaba puntualmente las
facturas. Ropa y libros eran los únicos lujos que me permitía, aunque tenía
escasas ocasiones de lucir la primera ocupada como estaba en dedicar mi poco y
precioso tiempo libre en leer los últimos.
Sentada
ante el elegante tocador contemplé mi imagen, que se reflejaba en el espejo
plateado. La mujer que me devolvía la mirada conservaba escasa semejanza con la
ingenua y vivaz muchacha que Cam Gordon había abandonado tres años atrás. El
descaro había desaparecido, aquel radiante brillo de juventud había dejado paso
a la suave pátina de la madurez. Los ojos azul zafiro que en un tiempo
brillaran de ira y chispearan de gozo estaban ahora llenos de una nueva
sabiduría obtenida a base de observar el mundo sin ilusión, y la carnosa y
rosada boca tenía una suave y triste curva que también era nueva en ellos. Una
gran belleza, afirmaban los periodistas, fría, serena, con los pómulos altos y
bien esculpidos y nariz patricia. Qué tontería, pensé mientras levantaba el
cepillo hacia las ricas ondas color cobrizo que lanzaban destellos de oro a la
luz de las velas.
- Yo
lo haré -exclamó Millie entrando como una exhalación en la habitación-. Vos
quedaos ahí quieta y sentada, relajaos y poned buena cara. Qué pelo, igualito
que el cobre derretido. ¿Dónde están las horquillas? ¿Y las tenacillas? Vais a
quedar preciosa, señorita Miranda.
Suspiré
con cansancio y permití que se saliera con la suya. Millie estuvo trabajando
alegremente con el cepillo, el peine y los rizadores, colocándome las suaves y
abundantes ondas en lo alto de la cabeza de modo que formaran un modelo de
peinado maravilloso y dejándome tres tirabuzones sueltos por detrás. Las velas
lanzaban a su alrededor un suave resplandor que llenaba el aposento de un halo
de color ámbar. La noche ya había caído del todo en el exterior, y la fría
brisa vespertina penetraba por el salón y removía las cortinas que colgaban
ante las ventanas abiertas.
-
¡Ya está! -afirmó dando una última palmadita a los tirabuzones-. Precioso,
¿verdad?
-
Eres una maravilla, Millie.
-
Bob y Tom han traído la cena y la mantienen caliente en las fuentes de plata
poniendo velas encendidas debajo de ellas, Pearson se encuentra abajo; se ha
puesto su mejor levita de terciopelo negro, de modo que está de lo más cursi e
importante Vamos, os ayudaré a poneros el vestido.
Me
lo deslice por la cabeza y lo alisé hacia abajo, y Millie comenzó a abrochar
los diminutos corchetes invisibles de la espalda, El lujoso brocado de color
bronce tenía bordado en seda de color bronce más oscuro un dibujo de flores. El
tejido lanzó ricos reflejos cuando desplegué la amplia falda sobre las enaguas
de gasa color verde hoja, Madame Valentina era una artista por derecho propio,
creaba un estilo especial para cada una de sus clientes. Desdeñando las largas
mangas ajustadas, los pañuelos de encaje, los frunces y las faldas con
entretelas que estaban tan de moda por entonces, insistía en que mis modelos
fueran de una elegante sencillez, Las mangas cortas y estrechas salían de los
hombros, el corpiño tenía un gran escote y las faldas se acampanaban desde el
ceñido talle,
-Parecéis...
parecéis una visión - me aseguró Millie retrocediendo unos pasos -. Nunca he
visto a nadie más bonita, lo digo en serio.
-
Gracias, Millie.
- Es
una lástima desperdiciarlo con un viejo caballero y ese rubio grandote y
presumido que os lleva los negocios. Ese tipo es un engreído. Demasiado
bromista. ¿Sabéis lo que hizo la última vez que estuvo aquí? Me pellizcó el
trasero, eso hizo, extendió la mano y me dio un pellizco que me dolió bastante
cuando lo estaba haciendo pasar a la casa.
-Oh.
¿Y tú que hiciste?
- Le
sonreí - confesó ella - No puedo evitar que me caiga bien, aunque no sea muy
caballeroso. Lo que quiero decir, sin embargo, es que vos deberíais estar
vistiéndoos para un amante, señorita Miranda, no para cenar con vuestro editor
y vuestro banquero.
-Ya
basta, Millie.
Lo
dije con voz seca, para informarle con la mayor seriedad de que había llegado
demasiado lejos. Pero mientras bajaba por la preciosa escalera de mármol blanco
tuve que esforzarme por reprimir una triste sonrisa. Millie no era ni la mitad
de descarada de lo que yo había sido unos cuantos años atrás, y su insolencia
estaba movida por un auténtico cariño y preocupación por mi bienestar. Me
detuve un momento en el vestíbulo y contemplé la fría y patricia mujer ataviada
con un suntuoso vestido de reluciente bronce que le dejaba los hombros al
descubierto, el corpiño ajustado, la cintura ceñida, la amplia falda que
resaltaba la alta y esbelta silueta. ¿Quién era? No la duquesa Randy. Ni la
muchacha enferma de amor de Greenbriar Court. Puede que los demás la viesen
como una célebre y escandalosa criatura que había tenido un desenfrenado éxito
en el campo por ella elegido, pero aquella atractiva imagen no tenía nada que
ver con la mujer que se pasaba un gran número de horas al día afanándose ante
el escritorio con los dedos manchados de tinta y el pelo revuelto.
Si
yo no era Randy, ni la ingenua Miranda, ni tampoco la notoria M.J. imaginada
por el público, ¿quién... quién era yo? Una mujer solitaria y trabajadora de
veintidós años, aunque mucho más vieja dé espíritu y de corazón. ¿Solitaria?
Sí, solitaria, me confesé a mí misma mientras avanzaba hacia el salón. A veces
me sentía muy sola, pero a cambio tenía amigos, tenía mi trabajo y estaba...
estaba situada mucho mejor económicamente de lo que hubiera sido de esperar. No
tenía ningún amante, cierto, pero era porque yo lo había preferido así. Existía
una gran cantidad de hombres que se sentirían encantados de asumir ese papel, y
uno de ellos en particular había estado galanteándome durante tres años, aunque
en vano. Yo no quería un amante. La señora Wooden predecía aciagamente que
acabaría convirtiéndome en una solterona marchita si no enmendaba mis
costumbres, y me describía ese estado al detalle, horriblemente. Pero, ¿era
algo tan espantoso, tan trágico, ser dueña de la propia vida? Yo no necesitaba
un hombre en el que apoyarme, no me hacía falta un hombre que me cuidase y que
me dificultase la vida.
“Te
has vuelto demasiado introvertida últimamente, Miranda, encanto - me regañaba a
mí misma-. Probablemente porque el libro está tocando a su fin y todavía no has
empezado a pensar en el próximo. Mejor harías planeando un tercer M.J. que
pasarte la vida examinándote melancólicamente el alma. Eres condenadamente
afortunada, no lo olvides. Aunque te falte algo en esta vida tienes mucho más
de lo que te mereces, así que espabílate y deja de estar tan puñeteramente
pensativa.”
Se
oyeron voces en el vestíbulo y un momento después un Pearson de aspecto solemne
que llevaba una levita de terciopelo negro penetró en la habitación para
anunciar con tono sepulcral al “honorable Richard Bancroft”. Dick entró
apresuradamente detrás de él, lleno de energía y de sincero buen humor. A pesar
de tener un poco más de peso que hacía tres años, seguía estando
maravillosamente atractivo con las calzas y la levita de terciopelo marrón
suave. Esbozaba una amplia sonrisa en los labios. Con aquellos acogedores y
centelleantes ojos de color castaño y el cabello rubio oscuro brillándole a la
luz de la velas, parecía más que nunca un cachorro próspero y pulcro. Me dio la
impresión de que atravesaba la habitación dando botes y me abrazó con tal
fuerza que a punto estuvo de romperme las costillas.
-No
estamos en un campo de juego, Dick -me quejé mientras me alisaba un mechón de
cabello que el abrazo me había descolocado-, y yo no soy tu contrincante. Mira
lo que acabas de hacerme en el pelo.
-Está
mejor así -me aseguró-. Dios mío, Miranda, ese vestido que llevas es... ¿estás
segura de que es legal enseñar tanta carne?
-
Madame Valentina me ha asegurado que las damas en Francia enseñan mucho más.
-
Tendré que acercarme a París en cuanto me sea posible para verlo por mí mismo.
¿No ha llegado todavía ese tacaño chapado a la antigua? Probablemente estará en
su oficina contando las ganancias que Duquesa Annie y el libro de relatos
continúan reportándole.
- Te
comportas de una forma terriblemente dura con el pobre Sheppard -le comenté.
- No
me queda más remedio que hacerlo. Desde que me hice cargo de la administración
de tus bienes, ese hombre se ha convertido en mi enemigo. Debo mantenerlo bien
vigilado. Si no lo vigilo de cerca es capaz de robarte hasta dejarte sólo con
lo que llevas puesto. ¿Vas a comportarte como una anfitriona como es debido y
ofrecerme una copa de vino, o vas a permitir que me muera de sed mientras
esperamos que ese tipo irrumpa aquí trotando?
Le
hice una mueca y me acerqué al armario blanco esmaltado para buscar el vino.
Con las manos metidas en los bolsillos y balanceándose ligeramente sobre
los talones, Bancroft rezumaba energía,
confianza y buen animo, y el salón, con sus paredes blancas y marrones, la
chimenea de mármol y el techo blanco realzado con hermosas molduras, parecía
demasiado pequeño para contener su persona. Mi colección de grabados de Hogarth
colgaba en las paredes, todos ellos enmarcados sencillamente en negro y con
passe-partout de color azul pálido, e ilustraban escenas que yo había escrito.
El retrato que me había hecho estaba colgado encima de la chimenea. Bancroft lo
examinó mientras se bebía el vino a sorbos.
-
Ese tipo hizo un trabajo magnífico con tu retrato - comentó finalmente-. Nunca
deja de asombrarme lo lleno de vida que parece.
Hogarth
me había pintado sentada ante el escritorio con la pluma en la mano. Yo llevaba
un vestido azul intenso y el cabello un poco despeinado; mis ojos azules
parecían pensativos mientras examinaban el manuscrito que tenía delante. El
fondo del cuadro estaba hecho de sombras brumosas en azules, grises y negro;
representaba, a mi izquierda, una sórdida calle de St. Giles, y a mi derecha,
ligeramente más abajo que el otro lado, una ajetreada vista de la calle Fleet.
El rico azul del vestido, el rojo cobrizo y brillante del pelo, el color rosa
de los labios y los tonos cremosos. de la carne resplandecían contra los otros
colores, más sobrios, que había detrás de mí. La pintura había causado
sensación cuando el artista la expuso, y yo había tenido que pujar ensañadamente
con David Garrick para conseguirla. Al final me vi obligada a pagar el doble de
lo que valía, y me hubiera costado aún más si él no hubiese terminado por ceder
de mala gana.
- ¿Y
cómo está el ardiente señor Garrick? -inquirió Bancroft. Debía estar leyéndome
el pensamiento.
-
Representando commedia dell'arte (2) en
el Drury Lane... La reina Mab para ser más precisos. Creo que hace un Arlequín
de lo más importante, todo energía, vitalidad y audacia. Johnson lo llama el
gran Arlequín del siglo.
-
¿Aún te persigue? - me preguntó Brancroft.
-
Yo... lo veo de vez en cuando, pero ni mucho menos tan a menudo como a él le
gustaría. Le tengo mucho afecto, como sabes, pero... Davy no se conforma con
dejarlo todo en una buena amistad.
- No
puedo decir que lo culpe por ello, no mientras andes poniéndote delante de él
con vestidos como el que llevas puesto ahora. Todo el mundo de Londres sabe que
ese hombre se muere por ti, que padece de amor no correspondido.
- Al
señor Garrick le encanta representar cualquier papel, y de momento le divierte
el de pretendiente rechazado. Ve a otras mujeres con mucha mayor frecuencia que
a mí. De hecho ahora está muy ocupado con la joven esa que es la protegida de
lady Burlington.
-
¿Esa bailarina austriaca?
-
Mademoiselle Violette... ése es el nombre artístico, claro está. En realidad se
llama Eva Maria Veigel, y tengo entendido que es encantadora y además preciosa.
Pues
no te llega ni a la suela del zapato, muchacha. La he visto bailar en alguna
ocasión. Es muy bonita, sí, siempre, claro está, que te gusten llenitas y
atractivas, pero nadie le dedicaría ninguna mirada si tú te hallases en la
misma habitación que ella.
Eres
un buen amigo, Dick.
-Y
también un juez puñeteramente bueno en todo lo que a cuestiones femeninas se
refiere. Tengo bastante experiencia en ese campo.
Bancroft
apuró el vino, dejó el vaso sobre la mesa y me dirigió una larga mirada
escrutadora con aquellos cálidos ojos marrones, muy serios ahora. Sabía que
deseaba hablarme del pasado y de todo lo sucedido tres años atrás, pero existía
un silencioso entendimiento entre nosotros para que el nombre de Cam Gordon
nunca fuera mencionado. Yo estaba segura de que aquellos dos hombres se habían
mantenido en contacto continuamente desde que Cam huyera del país - Bancroft lo
había dado a entender sutilmente en más de una ocasión-, pero me negaba a
hacerle preguntas. Sólo deseaba olvidar.
-A
veces me preocupas, Miranda. Creo que estás demasiado sola.
- Me
encuentro bastante satisfecha de mi suerte, Dick.
Frunció
el ceño.
-Ya
lo sé. Y eso es lo que me preocupa. Te has ido recluyendo cada vez más hasta
acabar encerrándote en ti misma. Aún eres muy joven, Miranda... ¿cuántos años
tienes? ¿Veintidós? ¿Veintitrés? Lo mismo podrías tener cuarenta. Entiendo
perfectamente que no quieras comprometerte en serio con un tipo como Garrick,
pero... - Titubeó un poco, buscando las palabras apropiadas para continuar y
sintiéndose extraordinariamente incómodo.
-
Aprecio que te preocupes por mí, Dick - le dije en tono ligero-. Pero... no es
necesario que lo hagas. Soy la mujer más afortunada de Londres, en gran parte
gracias a tu sagaz dirección.
-Sólo
hago mi trabajo -masculló él.
-
Has conseguido hacer de mí una mujer muy rica -añadí-. E, incidentalmente, has
llevado a mí editor a la desesperación. Eres un verdadero encanto, Dick, el
hombre más amable del mundo, pero cuando se trata de negocios... entonces te
conviertes en un auténtico tiburón.
- No
me queda más remedio que serlo. Hay que tirarse a fondo cuando se trata con
alguien como Sheppard, si no te comen vivo. Cuando me pediste que me hiciese
cargo de la administración de tus negocios además de manejar tu dinero, y vilo
que ese hombre te estaba haciendo...
Bancroft
puso mala cara y movió la cabeza de un lado al otro. Sonreí para mis adentros.
Ya que había cambiado hábilmente de tema, le ofrecí más vino. Thomas Sheppard
llegó pocos minutos después, con un aspecto pulcro e inusitadamente solemne,
luciendo un atuendo de velarte negro azulado y una corbata de seda blanca que
le proporcionaba un toque de alivio. El cabello arenoso era algo más escaso y
el cutis semejaba un pergamino viejo. Me saludó con una cálida sonrisa y se
colocó los anteojos de montura dorada. Cuando vio a Bancroft de pie ante la
chimenea la sonrisa se le desvaneció de los labios y asumió la cansada
expresión de alerta que ponía siempre que mi jovial, aunque tan duro como el
acero, representante se hallaba presente. Bancroft le saludó entonces con una
amable inclinación de cabeza. Sheppard emitió un martirizado suspiro.
-Bancroft
-dijo.
-
Sheppard.
-
Veo que habéis venido a ver si podéis amedrentarme un poco mas.
-No
lo había planeado así, Thomas.
-
Sois la mitad de joven que yo y me dobláis en tamaño, Bancroft. Creo que
deberíais sentir vergüenza de quererme aterrorizar y de utilizar como víctima a
un tipo tan frágil como yo aprovechándoos de mi quebradiza salud y del hecho de
que me falla la memoria.
-Vos
sois tan frágil como pueda serlo una barracuda, Thomas. Y en lo que se refiere
a la memoria... seguro que podéis dar cuenta precisa de cada penique que
cualquier desventurado escritor de los que trabajan para vos os ha hecho ganar,
así como de relatar al detalle cómo lo habéis invertido. Y además frotándoos
las manos mientras lo hacéis - añadió-. Puede que no llevéis cuchillo, pero
sois tan avaricioso como cualquier asesino de los que andan sueltos por
Londres, y probablemente tengáis aún peores intenciones.
-
¡Eso me ofende! -protestó Sheppard.
A
los dos hombres les gustaban tremendamente aquellos combates dialécticos y los
consideraban un deporte maravilloso y estimulante. Aunque adversarios
encarnizados en apariencia, cada uno de ellos albergaba en secreto una cariñosa
consideración hacia el otro, y cada uno recibía todo el respeto que un digno
oponente pueda merecer. Cuando Bancroft se hizo cargo de mis asuntos, llevó a
cabo un detallado estudio del negocio editorial; luego se fue a ver a Sheppard
para hacerle una propuesta revolucionaria y - a ojos de este último -
absolutamente escandalosa. Hasta entonces era práctica común en la calle Fleet
que el autor del libro recibiese una suma global por éste, suma que se basaba
en los éxitos y ventas obtenidos en el pasado. Una vez que dicha cantidad se
pagaba, el autor no volvía a recibir ni un penique por mucho éxito que el libro
consiguiera. Bancroft rechazó aceptar una cantidad global por Duquesa Annie,
insistiendo, en cambio, en que yo debía recibir un porcentaje por cada ejemplar
vendido. Sheppard se puso a protestar con frenéticos alaridos, sosteniendo que
sentar un precedente así pondría en peligro los mismísimos cimientos que
sostenían la calle Fleet. Pero al final Bancroft había ganado; se había firmado
el acuerdo y yo me había convertido en el escritor más acaudalado de Londres.
-
Miranda ya casi ha terminado Las chicas de Betty - comentó Bancroft -. He leído
lo que tiene escrito. Es realmente notable.
-No
lo dudo.
-Va
a causar sensación otra vez. Se atreve a sugerir que las prostitutas tienen
corazón, que tienen alma y sienten dolor, pena y angustia como el resto de
nosotros. Tiene la temeridad de insinuar que a menudo no son más que víctimas
patéticas de la sociedad, en lugar de ser su azote. Se va a vender aún mejor
que Annie.
- Ya
vais a empezar a retorcerme el brazo de nuevo - gruñó Sheppard -. Lo veo en
vuestros ojos. Tenéis intención de tiranizarme y...
- Ya
os permitimos que nos robaseis a placer con Annie, Thomas. Accedimos a aceptar
un miserable quince por ciento de cada ejemplar vendido. Por Las chicas de
Betty espero que al menos nos deis el veinticinco. Vais a ganar miles de libras
con ese libro, cientos de miles, si se vende tan bien como yo me imagino que se
venderá, y lo único que hago es procurar que mi cliente...
Las
mejillas de Sheppard habían palidecido. La voz de Bancroft había asumido un
matiz casi brutal, los ojos le brillaban a causa del cruel placer que sentía
mientras contemplaba cómo sufría su víctima. Sheppard respiró hondo, cuadró los
hombros y se preparó para el combate. Les recordé con suavidad que aquélla era
una reunión social y que no era el momento de hablar de negocios. Ambos
parecieron decepcionados, como si les hubiera interrumpido en mitad de una
partida de ajedrez que estuviera especialmente emocionante, aunque los dos se
mostraron con toda la amabilidad que era de desear cuando entramos en el
comedor.
La
cocinera de lord Markham se había superado a sí misma aquella noche. Había sopa
de rabo de buey, un maravilloso filete de lenguado, asado de cordero, muy
jugoso y sonrosado, y diminutas codornices doradas con mantequilla, todo ello
acompañado de guarnición de verduras y de vinos adecuados para cada plato. De
postre había hecho un suntuoso pudding flambeado con salsa de brandy, algo
tremendamente delicioso. Servida por el oficioso pero impecable Pearson, con
Tom y Bob de pie ataviados con su mejor librea, fue una cena soberbia. La
conversación resultó tan satisfactoria como la comida, y mis dos invitados se
hallaban de excelente humor cuando, al terminar, volvimos al salón.
-
Por cierto - dijo Sheppard mientras yo le servía una copa de brandy-,
últimamente he visto bastante a una de vuestras amistades.
Le
entregué a Bancroft la copa y luego me di la vuelta en redondo.
-¡Oh!
¿Y de quién se trata?
- De
la señora Marcelon Wooden. Vino a la tienda hace un par de semanas a buscar más
ejemplares de Duquesa Annie para regalárselos a algunos actores conocidos
suyos, y por alguna razón le pareció que, puesto que es vuestra amiga más
antigua y más querida, no tenía ninguna necesidad de pagarlos. Casualmente yo
pasaba por la tienda cuando ella estaba discutiendo sobre el asunto con el
dependiente, y entonces ella se... eh... se abalanzó sobre mí.
-
Esa es nuestra Marcie -observó Bancroft.
- Me
dijo que estaba encantada de volver a verme... yo sólo la había visto en una
ocasión, cuando estábamos... eh... cuando vos partisteis para Stratford... de
modo que le indiqué que estaría encantado de regalarle algunos ejemplares del
libro como favor; y entonces ella se sintió obligada a devolverme el favor
obsequiándome con unas entradas para que fuera a ver su obra y... bueno, una
cosa nos fue llevando a otra y nosotros... eh... nos hemos estado viendo
bastante a menudo desde entonces. Es una mujer muy notable.
-
Claro que lo es - convine yo.
-
Pero absolutamente intolerable desde que hizo El camino del mundo - añadió
Bancroft -. Robó la obra, como ya sabéis. Pobre señora Cibber, ni el propio
Garrick tuvo la menor oportunidad de hacerse notar una vez que ella irrumpió en
escena y se puso a disparar cohetes.
-
¡Estuvo maravillosa, Dick! -protesté yo.
-Yo
no he dicho que no lo estuviese. Sólo afirmo que se ha vuelto intolerable desde
que se convirtió en la “sensación de la temporada”, por citar lo que decían los
periódicos. Yo manejo también sus finanzas -le explicó a Sheppard-, y permitid
que os diga una cosa: tiene unas ideas muy excéntricas acerca de los bancos.
-Tú
la adoras -le dije yo.
- Yo
también voy encaneciendo. Tened cuidado, Sheppard. Esa dama considera un crimen
que cualquier hombre haya sobrepasado los veinte años permaneciendo soltero. Al
pobre comandante Barnaby no le quedó otro remedio que salir huyendo del país
para poder librarse de ella.
-
Regresó a la India para refrescar la memoria y reunir el material necesario
para escribir sus memorias - le corregí yo al punto.
-
Esa mujer lo tenía cogido en sus garras, eso es todo. El pobre hombre consiguió
escaparse en el último momento.
-No
le hagáis caso, Thomas. Marcie es un encanto. Yo no sé lo que haría sin ella.
Sheppard
parecía un poco incómodo ante el giro que había tomado la conversación, pero
sin embargo sus labios mostraban una sonrisa irónica mientras pensaba en la
exuberante y colorida criatura que había entrado como una tromba en su vida y
amenazaba con desbaratar sus formales y exigentes costumbres de solterón. El
éxito obtenido por Marcie me había proporcionado un gran deleite. Desde su
asombrosa actuación como lady Wishfort en la obra de Congreve, la habían
solicitado constantemente diversos directores ansiosos por montar producciones
adecuadas al talento sin par de aquella mujer. Nadie se hacía ilusiones sobre
sus dotes interpretativas - era, en verdad, una actriz atroz, como se
apresuraron a señalar los críticos -, pero tenía cierta cualidad escandalosa,
audaz y más grande que la vida misma que lograba hechizar al público y que la
había convertido en una de las mayores personalidades de la escena inglesa. Era
ardientemente adorada por las multitudes, que atestaban el teatro siempre que
ella actuaba en una obra.
- Se
me está haciendo tarde - comentó Sheppard echando un rápido vistazo al reloj -.
Tengo que terminar de leer un manuscrito esta noche. Creo que será mejor que me
marche, Miranda.
-
Tengo el coche en la puerta, viejo - dijo Bancroft Yo os llevare.
Sheppard
pareció dudar. Bancroft sonrió.
-
Nada de tácticas secretas, os lo prometo. Ni siquiera hablaremos de negocios.
-
Bueno...
Bancroft
le echó un brazo por los hombros al diminuto hombrecillo y le dio un campechano
apretón.
-Vamos,
Thomas. Miranda parece un poco cansada. Ha sido una velada encantadora, cariño.
La comida estaba deliciosa, la anfitriona arrebatadora y la conversación ha
sido muy estimulante. Lo he pasado muy bien.
- Yo
también - consiguió a decir a duras penas Sheppard mientras Bancroft lo sacaba
casi a rastras de la habitación-. Nos mantendremos en contacto.
- Lo
mismo digo - indicó Bancroft.
Los
acompañé hasta la puerta y allí nos dijimos de nuevo adiós. El césped parecía
haber sido barrido con plata pálida. La plaza tenía un aspecto negro, plateado
y gris azulado, y brumosas luces doradas brillaban en las ventanas. Bancroft y
Sheppard se encaminaron hacia el coche, que aguardaba allí afuera; formaban dos
siluetas negras contra la plata de la hierba. Volví a entrar en el vestíbulo.
Pearson se presentó para preguntarme si lo necesitaba para algo más. Le indiqué
que no con un movimiento de cabeza, le di las gracias y, una vez Se hubo
marchado, apagué las velas del piso de abajo y subí con actitud cansada las
escaleras hasta el dormitorio.
Millie
me había preparado la cama y me había dispuesto sobre ella el camisón. Las
ventanas estaban abiertas. Una suave brisa nocturna hacía ondear las tenues
cortinas de seda, que producían un sonido susurrante mientras me quitaba el
vestido de color bronce y las enaguas a juego y colgaba ambas prendas en el
lujoso armario Bouile. Tras ponerme el delicado camisón de gasa color crema me
senté ante el tocador, me solté el pelo y comencé a cepillármelo. Las cortinas
continuaban produciendo susurros. El reloj lanzaba tranquilamente su tic-tac...
Ya era más de media noche. Quedaban seis horas y media para el amanecer. Volvió
a invadirme aquella melancolía que se apoderaba de mí cuando me quedaba sola
por la noche. Durante el día me encontraba bien. Los días se llenaban con el
trabajo y ni siquiera había tiempo para llevar a cabo todo lo que yo deseaba
hacer, pero las noches las noches estaban llenas de una tristeza sutil y
persistente que, aunque nunca llegaba a hacerse demasiado aguda siempre se
hallaba presente, esperando allí para reclamarme.
Tras
apagar todas las velas del dormitorio excepto las de la mesita de noche, me
metí en la cama, me acomodé en las almohadas y cogí el último volumen de Tom
Jones. Cuando saliera a la venta el año anterior había causado casi tanta
sensación como Duquesa Annie, escandalizando a los lectores y vendiéndose
enormemente bien... El autor, Henry Fielding, había sido magistrado en la calle
Bow durante el último año y medio y sufriendo ya de una salud bastante
precaria, se estaba matando prácticamente con sus esfuerzos por tratar de
establecer una fuerza de policía respetable y limpiar la corrupción que reinaba
en nuestro sistema legal. Esforzado compasivo Fielding estaba haciendo unas
tremendas reformas que servirían para beneficiar a todo el mundo en Inglaterra hombres
mujeres y niños, y al mismo tiempo escribía sus “pequeñas tonterías épicas”
meramente para relajarse Yo sospechaba que las novelas que él consideraba una
tontería se leerían mucho después de que su obra de la calle Bow se olvidas e
por completo.
Aunque
me encantaba el libro y lo estaba leyendo por segunda vez, las “Divertidas
aventuras del joven marido inclusero” creado por Fielding no lograban
distraerme aquella noche. Dejé a un lado el volumen, apagué las velas y me puse
a contemplar las manchas plateadas que empezaban a danzar en el techo. Las
cortinas ondeaban hacia adentro y hacia afuera, una y otra vez, sin dejar de
susurrar; la tristeza me invadió de nuevo. La cama era grande y fría, y no
había ningún cuerpo junto al mío al que poder abrazar-me, al que poder
acariciar. Yo no era más que la mitad de un todo, y el hombre que una vez
lograra completarme estaba... estaba allá afuera, en algún recóndito rincón del
mundo, y nunca volvería a verle.
Me
había sobrepuesto. Sí, sí, claro que lo había hecho. Se me había endurecido el
corazón. Las heridas habían terminado por cicatrizar. El dolor, aquella triste
angustia, habían acabado por desaparecer, y yo podía pensar en él sin aquella
sensación desgarradora y violentamente dolorosa que sintiera antes, pero la
tristeza aún aparecía, y... y también el deseo; incluso ahora, incluso después
de tres anos. Contemplé el techo y observé las manchas plateadas de la luz de
la luna danzando en el negro azulado, y los recuerdos volvieron, por más que yo
tratara de resistirme. “No, Miranda - me advertía a mí misma-. No te acuerdes.
Piensa en el libro. Piensa en...” Maldita sea. Maldita sea. ¿Por qué no podría
odiarlo, como había intentado hacer a menudo? ¿Por qué no podría olvidar? ¿Por
qué? Los recuerdos acudían sin cesar; por fin me dormí y los recuerdos se
convirtieron en sueños.
2
Brandy
ladró vigorosamente cuando la ayudante de Madame Valentina entró llevando los
dos vestidos en los brazos. La célebre y terriblemente exclusiva modista forzó
una débil sonrisa e hizo un leve comentario sobre lo adorable que era aquel
animalito. Marcelon se encendió a causa del orgullo. Brandy hacía cabriolas
sobre la mullida alfombra, y su imagen se reflejaba en los múltiples espejos.
La ayudante hizo un gesto de desagrado. Pepe estaba enroscado, profundamente
dormido, sobre un rollo de terciopelo azul, y Sarge se hallaba muy atareado
destrozando un pedazo de encaje inservible que Valentina le había dado. Estaba
claro que la modista detestaba los caniches y que se hubiese sentido encantada
de echarlos de aquel magnífico probador, pero ni siquiera Valentina se atrevía
a ofender a la famosa y muy querida señora Wooden, cuya influencia le
proporcionaba una gran cantidad de clientes. Además Marcie y yo éramos dos de
las pocas clientes que teníamos por costumbre pagarle puntualmente y al
contado.
- ¡
Estupendo! - exclamó Marcelon cuando la ayudante le tendió a Valentina uno de
los dos vestidos y colgó el otro-. ¡Absolutamente estupendo! ¡Vamos, estate
quieto ya, Brandy! Confiaba en que se calmase a medida que se fuera haciendo
mayor -confesó-, pero sigue tan juguetón como siempre. Vete a jugar con tu
hermanito, cariño.
Valentina
esbozó otra sonrisa forzada, le hizo señas a la ayudante con la mano para que
se marchara y me ayudó a ponerme el suntuoso vestido de terciopelo color miel
cuyo corpiño, así como el borde de la falda, estaban ribeteados de una lustrosa
piel de zorro negro. Alta y delgada, con el rostro enjuto muy maquillado y los
cabellos, de un rubio plateado, apilados en lo alto de la cabeza en
desordenadas ondas, Valentina vestía invariablemente de negro, y el único
adorno que se permitía era un par de pendientes con impresionantes esmeraldas.
Astuta, aguda, esnob y rapaz, era una soberbia negociante que había luchado
durante años para alcanzar la posición que ocupaba ahora en el mundo de la
moda, y estaba dispuesta a luchar como un gato callejero si veía dicha posición
amenazada. Era, sin lugar a dudas, la mejor modista de Inglaterra, mejor
incluso que muchas de Francia, y sus honorarios iban en consonancia con su
calidad.
-
¡Es un verdadero sueño, Miranda! -me aseguró Marcie mientras Valentina
terminaba de abrocharme el vestido a la espalda-. Ese terciopelo... nunca había
visto nada igual
-
Importado especialmente - nos informó Valentina-. Y pieza única. La duquesa de
Hartford estaba decidida a comprárselo como fuera, dijo que le era
absolutamente necesario tener un vestido de este terciopelo. Pero le expliqué
que estaba reservado. Entonces me dijo que eso no le importaba, que estaba
dispuesta a pagarme el doble. Finalmente logré convencerla de que el color no
le favorecía.
-
Eso creo yo - intervino Marcie-. Tiene el cutis igual que un limón.
-
Esa mujer me buscará la ruina - nos indicó Valentina lanzando un suspiro al
tiempo que retrocedía para observarme-. Se empeña en vestir como si tuviera
veinte anos... de seda rosa o azul pálido y con volantes, fajines o guirnaldas
de encaje. Y ya va para los setenta, la pobre. Me hace falta todo el tacto del
mundo para evitar que se la vea ridícula. Perfecto, Miranda - me dijo
entornando aquellos astutos ojos verdes-. Casi perfecto. Normalmente no me
gusta que lleves manga larga, pero las que he pensado para este vestido van a
quedar perfectas.
Me
contemplé en los espejos. Aunque me encantaba comprar aquellas exquisitas
creaciones, las pruebas se convertían siempre en un martirio. Estarse de pie un
tiempo interminable mientras alguien le da tirones a uno, levanta de aquí,
cuelga de allá y no para de poner alfileres en la tela, no era precisamente la
idea que yo tenía de la gloria. El espléndido terciopelo de color miel relucía
lanzando un rico brillo marrón dorado. Las largas mangas caían desde los
hombros y se ajustaban como guantes; con el ceñido corpiño, muy escotado, el
talle ajustado y una falda de mucho vuelo, no se podía negar que aquel vestido
era una auténtica obra maestra. Las lustrosas pieles negras que bordeaban el
corpiño y el dobladillo de la falda le añadían un toque de distinción.
-
Pero falta algo - se quejó Valentina aún con los ojos entornados-. Es
maravilloso, desde luego... sobre todo porque lo llevas tú, querida Miranda. Es
un auténtico gozo trabajar con alguien que tiene una figura tan magnífica como
la tuya... pero necesita... - Produjo un chasquido con la lengua y asintió
levemente con la cabeza-. Más pieles, sus puños deberían estar ribeteados de
pieles, como el corpiño y la falda. ¿No estáis de acuerdo, señora Wooden?
-
Completamente - repuso Marcie -. ¡ Estaos quietos de una vez, muchachos! Se
están peleando por el trozo de encaje. ¡Déjaselo, Brandy! Eso es. Hoy se están
portando peor que nunca. Debo pediros disculpas.
-
Quizás fuera conveniente que una de las chicas se los llevase a dar un paseo -
sugirió Valentina con otra sonrisa forzada.
-
¡Cielos, no! Hay demasiado tráfico.
- No
había pensado en eso - mintió Valentina.
Brandy
y Sarge se apaciguaron. Pepe continuó rascando mientras Valentina llevaba a
cabo unos cuantos ajustes de poca importancia en el vestido y me ayudaba a
quitármelo. Brandy le gruñó a la costurera cuando ésta se llevaba el vestido de
vuelta al taller. Marcie se cambió de postura en la silla, lo que hizo que el
tafetán a rayas azules y grises crujiera. Ajustándose más alrededor de los
hombros el chal de encaje negro, suspiró y me miró con ojos cariñosos.
Considerablemente más rolliza que tres años antes, seguía llevando la alta
peluca pompadour muy empolvada y adornada aquel día con diminutos lazos de
terciopelo negro. El maquillaje de la cara era tan escandaloso como siempre:
labios pintados de color rosa chillón, párpados azul pálido, mucho colorete y
polvos, y un lunar de satén negro en forma de corazón pegado en una mejilla.
- Yo
también tendría que comprarme un par de vestidos - me confió -. Últimamente
salgo bastante, y nunca adivinarás con quién.
-Con
Thomas Sheppard -le dije yo alisándome la combinación de las enaguas de seda
color crema-. Bancroft y él vinieron a cenar a casa la semana pasada. Me lo
contó todo.
-¿De
verdad? Oh, cielos. ¿Qué te dijo?
-
Que eras una mujer muy notable. Tengo la impresión de que ese hombre está
chalado por ti, Marcie.
-
¿De veras? Es un amor de hombre, querida, tan tímido, tan atento, tan
considerado y, sobre todo, tan rico. Es un poco bajito, eso es verdad, me
siento como un gigante a su lado, pero debo confesar que ese hombre me gusta
terriblemente. Me regala bombones en cajas de lujo, me manda flores al
camerino; es tan dulce conmigo... no se parece en nada a aquel detestable
comandante Barnaby.
-
Thomas es un encanto. Y también un solterón empedernido - añadí.
- No
lo será por mucho tiempo, querida. He hecho planes para él, ya puedo
confesártelo. Un hombre así no saca nada en limpio estando soltero, y yo ya me
estoy cansando de mi estado de soltería. Tengo mi carrera, desde luego, y
resulta maravillosamente satisfactoria... no sé qué haría yo sin mi trabajo...
los aplausos, las risas, todo ese amor que se difunde por entre las
candilejas... pero una mujer necesita algo más, querida. ¿De veras?
-
Davy está loco por ti, y cuando veo a esa horrible bailarina austriaca que le
va ahora siempre detrás... - Movió la cabeza y la peluca pompadour se le ladeó
un poco-. Ya anda por ahí dándose aires, piensa que va a conseguir echarle el
lazo. Davy se la sacaría de encima en un instante si tú le dieras a él la
menor...
- Te
adoro, cariño, pero a veces esa manía tuya de hacer de casamentera me saca de
quicio.
-
Sólo deseo que seas feliz, Miranda.
-Ya
soy feliz -protesté.
-
Estás contenta, querida, que no es lo mismo, ni mucho menos.
Marcie
se colocó la peluca pompadour al tiempo que Valentina regresaba y me ayudaba a
ponerme el segundo vestido. Brandy, encantado, hacia trizas el pedazo de encaje
que Sarge había abandonado para ir a admirarse en uno de los espejos. Se puso a
ladrar. El caniche del espejo le devolvió el ladrido. Sarge corrió a esconderse
bajo las amplias faldas de Marcie, se asomó luego por debajo del tafetán y
gruñó amenazadoramente en dirección al espejo. Valentina hizo una mueca y
fingió que aquello le hacía tanta gracia como a la propietaria de aquel perro
tonto.
-
Esta seda viene de Lyon - me dijo-, y sé de buena tinta que la mismísima madame
Pompadour le había echado el ojo. Es espléndida, y con ese pelo tuyo...
-Valentina chascó la lengua para indicar que le parecía algo excepcional.
La
tela era en verdad espléndida, de un rico color crema con finísimas rayas rosas
y anaranjadas y, entre ellas, filas de diminutas flores de colores orín, rosa y
marrón, colores que resultaban suaves y tenues sobre el crema del fondo. El
vestido tenía mangas acampanadas, un escote pronunciado en forma de corazón y
el corpiño muy ajustado. Me di la vuelta a uno y otro lado y la amplísima falda
se acampanó crujiendo con una encantadora música de seda.
-
Pensé en ponerle unos lazos de terciopelo de color naranja - dijo Valentina-, o
quizás un fajín de terciopelo marrón, pero no, no, me dije, esa tela es tan
rica y espectacular que cualquier adorno desviaría la atención. La modista de
madame Pompadour la iba a festonear con guirnaldas de flores de seda, tiras de
encaje y toda clase de perifollos. Los franceses nunca han entendido la moda,
en realidad... ¡ Sencillez! ¡Ahí está el secreto!
-
¡Señor! -exclamó Marcie-. ¡Estás que quitas el sentido, querida! Nunca la había
visto tan bonita. Es vuestra obra maestra, Valentina, no hay duda. Ojalá
pudiera yo ponerme un vestido así.
-
Vos tenéis vuestro propio estilo - le aseguró Valentina.
-Ay,
ya me doy cuenta, ya. Demasiado. A base de mangas largas y pañoletas de encaje,
pues tengo que esconder el cuello y cubrirme los brazos. Oh, quien volviera a
tener veinte años. Bueno, quien tuviera cincuenta, si vamos a eso. El tiempo se
cobra su precio, ya lo creo.
-
Hay que hacer unos cuantos arreglos sin importancia, Miranda. Quiero estrechar
un poco el talle y redondear el dobladillo por la parte de atrás. Ambos
vestidos estarán listos en un par de días. Te los enviaré.
Me
quité el vestido y me puse el de seda azul, muy sencillo, que había llevado
puesto a la tienda, y pocos minutos después Marcelon y yo nos alejábamos de
allí en el elegante carruaje cerrado de mi amiga, con cochero y lacayo de
librea. Pepe, enroscado sobre mi regazo, me daba lametazos somnolientos en la
mano de vez en cuando. Sarge tenía las patas delanteras colgando fuera del
carruaje y miraba por la ventana mientras Brandy mordisqueaba subrepticiamente
el borde del chal de encaje negro de Marcie.
-
¡Qué vestidos tan preciosos! -dijo ésta lanzando un suspiro-. ¿Y qué vas a
hacer con todos ellos? Colgarlos en el armario con todos los demás, y nadie
tendrá ocasión de verte nunca con ellos puestos. Aún es temprano, querida, y no
tengo que estar en el teatro hasta las siete. ¿Por qué no vuelves conmigo a
Greenbriar Court para tomar el té? Tengo bizcocho de ciruelas, como siempre, y
esa chica que trabaja para mí hace unos maravillosos sandwiches de pepino y
berros.
-Yo...
preferiría no ir, Marcie.
-
Hace meses que intento que vayas por allí. No reconocerías la casa, con paneles
blancos por todas partes, gruesas alfombras azules y espejos de marco dorado.
¡Y qué lámparas, querida! Cortinas de seda a rayas grises y rosas, sillones
tapizados de la misma seda. He descubierto un ebanista maravilloso, Thomas
Chippendale. Abrió el taller en Long Acre hace unos años y va a convertirse en
un furor, ya lo verás. ¡ Qué simplicidad, qué elegancia de líneas! Tienes que
venir, Miranda.
Marcie
sonrió y me dirigió una mirada disgustada, pero no insistió, pues comprendía
demasiado bien las razones que yo tenía para no querer volver a Greenbriar
Court. Yo sabía que no sería capaz de pasar por aquel estrecho pasaje de
ladrillos, no soportaría ver aquella casa de color gris añejo con el
melocotonero delante, sin que una riada de recuerdos me invadiera. El dolor, la
angustia que casi me había destruido en aquellos primeros meses había sido
finalmente controlada, contenida, encerrada dentro de mí, y no me atrevía a
correr el riesgo de volver a abrir las heridas.
Los
tres perros ladraron de placer cuando abrí la puerta principal y les franqueé
la entrada a la casa. Saltaron por el vestíbulo y entraron en tropel en el
salón, esperando con ansiedad las deliciosas golosinas que siempre recibían en
casa de Miranda. No sólo venían a visitarme dos o tres veces por semana, sino
que era yo la que siempre los cuidaba cuando Marcelon se iba de gira a
representar una de sus obras. Millie acudió a toda prisa desde la casa grande
cuando nos vio llegar, y quince minutos después apareció con una bandeja
profusamente cargada: una tetera de plata, dos delicadas tazas de porcelana,
bollos, mermelada de fresa, crema de Devonshire, emparedados de pan y
mantequilla, lonchas de jamón, lonchas de lengua. Los caniches estaban
extasiados.
-
Los mimas demasiado - se quejó Marcie-. Luego, cada vez que vuelven de tu casa,
están imposibles durante horas.
- Ya
estaban terriblemente mimados mucho antes de que yo los conociera. Venid,
preciosos, tomad otro pedacito de lengua. Vosotros dos también. No hay
zanahorias, Brandy. Tendrás que conformarte con esto.
Marcie
amontonó gruesos grumos de nata y mermelada de fresa sobre un bollo.
-
¿Has empezado algún libro nuevo? - me preguntó.
- He
terminado Las chicas de Betty la semana pasada... aún me encuentro
completamente agotada.
-
Dice Thomas que es todavía mejor que Duquesa Annie. Asegura que va a ser un
gran éxito.
-
Piensa llevarla a la imprenta en breve. Supongo que otra vez me veré acosada
por periodistas, por pintores que querrán retratarme, por lectores deseosos de
que les firme un ejemplar y por anfitriones de la alta sociedad que se
empeñarán en exhibirme en sus salones. Si puedo me escaparé de todo eso.
-
Ser popular tiene sus inconvenientes -convino Mar-cíe-. Yo a menudo tengo que
pelear para poder salir del teatro a causa de todas esas hordas de adoradores
que saltan a mi alrededor y estiran el cuello sólo para verme un instante.
Siempre les lanzo besos con la mano -me confesó.
- A
ti te encanta que te presten atención. Yo lo detesto. Marcelon meneó la cabeza
y volvió a amontonar mermelada y nata sobre otro bollo.
-
Nunca conseguiré entenderte, Miranda. Con toda la fama, la aclamación de la
crítica y la riqueza que has conseguido, y sin embargo te estás siempre
encerrada en tu casa como una prisionera. Eres aún muy joven y muy bonita, y
estás dejando que la vida pase.
- Ya
he obtenido bastante de la vida - le informe-. Prefiero mi trabajo y mis
propias diversiones. Tengo libros para leer, amigos con los que hablar, un
lugar encantador donde vivir, y...
-
Tienes que olvidarte de él - me dijo entonces llanamente.
-No
sé de qué me hablas.
Marcelon
dejó la taza de té y adoptó una expresión muy severa.
-
Sabes perfectamente de qué te estoy hablando. Hablo de Cam Gordon. Sé que no
quieres que ninguno de nosotros pronuncie ese nombre, pero creo que ya va
siendo hora de que te enfrentes a la verdad.
-Y
dime, por favor, ¿cuál es esa verdad?
- La
verdad es que estás arruinándote la vida por un hombre que nunca fue digno de
ti, desde un principio. Te trató de un modo abominable, te utilizó
deplorablemente; era una persona agria, temperamental, violenta, que nunca te
apreció en lo que valías. Te mantuvo cerca porque le convenía, y...
-Ya
está bien, Marcelon.
-Y
luego encima de que le salvaste la vida, te culpó por ello y te abandonó sin el
menor escrúpulo.
-
Tenía que salir del país inmediatamente. Él...
-
Claro - me interrumpió-. Y habría podido llevarte a ti con él. Yo me alegro de
que no lo hiciera, naturalmente, pero si te hubiese amado de verdad nunca
habría...
-
¡No me gusta hablar de ello!
-Y a
mí me importa un comino que te guste o no. Nunca ha intentado ponerse en
contacto contigo, ni te ha enviado nunca un mensaje, ni...
- Es
un rebelde. Tiene la cabeza puesta a precio. Nunca se atrevería a pisar suelo
inglés.
- Lo
ha hecho ya varias veces - me informó.
-¿Qué...
qué quieres decir? - le pregunté. La voz me sonaba apenas como un susurro.
- No
quieres hablar de ello - me dijo Marcelon airada-. Me acabaré el té y me
marcharé.
El
pavo real graznó en el exterior. Los perros ladraban. Marcelon se llevó la taza
de té a los labios y me miró muy satisfecha de si misma. Yo habría podido
tirarle la tetera de plata a la cabeza, pero en lugar de eso me puse
tranquilamente a partir la lengua en trocitos aún más pequeños. Los tres
caniches se me acercaron presurosos y me agarraron la falda ansiosamente. Les
di los trocitos de lengua fingiendo que ignoraba a la engreída de su ama.
- Se
ha mantenido en contacto con Bancroft - continuó Marcelon.
-
¿Ah, sí? - Me mostré terriblemente indiferente y concentré toda mi atención en
los perros.
-
Dick me lo contó el otro día mientras comíamos juntos. En estos últimos años ha
recibido varias cartas. Gordon utilizó siempre un nombre falso por si el correo
de Dick estaba intervenido.
Terminé
de darles la lengua a los cachorros. Luego me puse en pie y me acerqué a una de
las ventanas. Retiré las cortinas y miré hacia la extensión de césped, ahora
bañada por el sol; el verde oscuro de la hierba estaba teñido de plata.
Marcelon continuó charlando y yo fingiendo que no la escuchaba, aunque absorbía
cada palabra y le agradecía que hubiera roto por fin el silencio. Deseaba
desesperadamente tener noticias de Gordon y no había pasado ni un día sin que
me preguntara qué sería de él, qué estaría haciendo, pero el orgullo siempre me
había impedido pedirle información a Bancroft.
- El
príncipe Charlie tiene su propia corte en Francia -me dijo ella-, está rodeado
de sus leales seguidores. Es una especie de espina que tienen clavada los
franceses, una molestia sin la cual podrían pasarse perfectamente, pero lo
acogieron con los brazos abiertos y no les queda más remedio que continuar
tolerando su presencia, aunque sea de mala gana. Al parecer el Hermoso Príncipe
es algo así como un grano en el culo; ni es brillante, ni valiente, ni mucho
menos la heroica figura que sus paisanos creen. Es un malcriado, un estúpido,
un arrogante y miserable cobarde... eso es algo de reconocimiento público. De
todos modos, Gordon y su amigo Robbie Bruce pasaron un tiempo precioso en la
corte del Hermoso Príncipe.
Hizo
una pausa. Pude oír el crujido del tafetán y el tintineo de la porcelana al
servirme otra taza de té. El pavo real caminaba con paso majestuoso por el
césped con las plumas de la cola desplegadas. La casa grande ponía suaves
sombras grises y azuladas en parte de la hierba. Dos de los lacayos de lord
Markham haraganeaban cerca de la puerta trasera sin quitarle el ojo de encima a
una de las doncellas que estaba sacudiendo la alfombra.
-
Estuvieron allí menos de tres meses - continuó Marcie -, y luego se hicieron a
la mar rumbo a las colonias americanas; con nombre falso, por supuesto. Lady
Arabella Dunston se marchó a Roma aproximadamente por la misma época. Al
parecer conoció a un noble italiano joven, rico y, por añadidura, muy apuesto.
Se casaron, según tengo entendido, y ahora ella es la niña mimada de la alta
sociedad romana. Vive en un suntuoso palazzo (2) con fuentes, jardines y
criados en abundancia. Las cosas no les fueron tan bien a Gordon y al joven
Robbie en Virginia. Se marcharon sin un penique, naturalmente. Robbie se metió
a aprendiz de herrero, y Gordon acabó de capataz en una plantación de tabaco.
La
doncella había terminado ya de sacudir la alfombra. Emprendió el camino de
regreso a la casa. Uno de los lacayos que la habían estado mirando le pellizcó
el trasero. El otro la atrajo hacia sus brazos y le dio un lujurioso beso. La
muchacha entabló un forcejeo simbólico, luego se derritió contra el hombre que
la sujetaba mientras el otro le acariciaba la parte de su anatomía que acababa
de pellizcar. Finalmente entraron los tres juntos en la casa dejando la
alfombra abandonada en los escalones de la parte trasera; me imaginé que iban a
pasar un par de horas deliciosas en cualquiera de los espaciosos armarios que
había bajo las escaleras. Sentí un pinchazo de algo que era muy parecido a la
envidia.
-
¡Pórtate bien, Brandy! Ya sabes que Miranda no te permite mordisquear los
cojines del sofá. ¿Por qué no vas a echarte una siesta, como Pepe? Como te iba
diciendo - continuó con voz cansada-, Gordon pronto se dio cuenta de que no
podría triunfar en América si no disponía de capital Así que hace un año se
decidió a volver a Francia y se unió a una banda de hombres que tienen un
negocio tremendamente rentable, aunque en extremo peligroso.
Marcelon
hizo una pausa para buscar un mayor efecto dramático y esperó a que yo dijese
algo. Tras unos momentos de silencio me aparté de la ventana y le dirigí una
mirada impaciente. Ella sonrió.
-Ya
sabía yo que esto iba a intrigarte.
-Bueno,
¿qué más?
-
¡Se ha hecho contrabandista, querida! Trabaja en la costa de Cornualles
introduciendo mercancías procedentes de Francia en medio de la noche. La banda
a la que pertenece es muy notoria, una pandilla de asesinos sedientos de
sangre, al parecer poco menos que piratas. Los pobres moradores de Cornualles
están confabulados con ellos, desde luego, y la región se encuentra plagada de
agentes del Rey cuya misión consiste en capturar a los contrabandistas y poner
fin a ese contrabando que le está costando al trono una buena cantidad de
ingresos. Un ejército entero de casacas rojas patrulla sin cesar por la costa,
una cuadrilla formada por los hombres más despiadados al servicio del Rey, y un
buen número de ellos han aparecido ya con la garganta abierta.
No
hice ningún comentario. Marcelon se puso en pie y se alisó las faldas.
-
Por lo visto Gordon está haciendo dinero a manos llenas como contrabandista, y
pronto habrá reunido el suficiente para volver a América y establecerse allí
por todo lo alto... si es que antes no acaban con él los casacas rojas, desde
luego. Siempre supe que ese hombre era un criminal... aquellas novelas que
escribía rebosaban violencia. Estás mejor sin él, Miranda.
-
¿Qué opina Dick de todo esto? - inquirí.
-
Oh, está horrorizado, desde luego. Dice que Gordon es un maldito loco, pero no
puede hacer nada. Ni siquiera ponerse en contacto con él, pues Gordon nunca le
ha dado su dirección. Las cartas han ido llegando periódicamente a una media de
una cada tres meses más o menos.
-Ya.
- Me
pareció que debías saberlo, querida - me comunicó, ahora evidentemente
preocupada-. Espero de veras no haberte disgustado al decírtelo.
- En
absoluto - repuse yo-. Me alegro de que me lo hayas contado, Marcie.
-
Olvídalo, querida - dijo ella con voz ronca.
“Llevo
tres años intentándolo”, pensé para mis adentros. Le di un apretón de manos y
la acompañé de regreso al carruaje mientras los caniches hacían cabriolas a
nuestro alrededor. Le prometí que pensaría detenidamente en todo lo que me
había contado, que dejaría de rumiar y que saldría más a menudo. Marcie se
asomó por la ventanilla del carruaje para darme un beso en la mejilla; luego el
vehículo se alejó y regresé a Dower House. Me puse a pensar en Gordon y sentí
al instante el mismo dolor de siempre, la misma pena de siempre. Era
contrabandista, formaba parte de una famosa banda y estaba con frecuencia en
Cornualles, arriesgando la vida cada vez que ponía los pies en suelo inglés.
Cientos de casacas rojas infestaban toda la costa intentando sorprender a los
contrabandistas... Aquel hombre iba a buscarse la perdición.
¡
Maldito! ¡ Maldito! Exaltado, impetuoso, temerario. ¿Es que Cam no era capaz de
hacer nada sensato? No, él no podía buscarse un trabajo seguro y respetable, no
podía contentarse con algo tan prosaico. Había tenido que convertirse en un
puñetero contrabandista y pasarse la vida desembarcando en medio de la noche,
trepando a oscuras por aquellas traicioneras rocas con una caja de mercancía
ilegal al hombro, tratando con animales, abriéndole la garganta a cualquier
casaca roja con el que se tropezase. Los libros que había escrito con tanta
facilidad no eran más que temas clásicos de su fantasía masculina, y había
saboreado con emoción cada página sangrienta que escribiera. Y ahora, por Dios,
estaba viviendo realmente una de aquellas fantasías. El muy loco. ¡El muy
puñetero idiota y loco! Cualquier noche caería en medio de un nido de casacas
rojas, lo capturarían y... ¡Al infierno con él!
Marcie
tenía razón. Yo aún era joven. Tenía la vida entera por delante y necesitaba
empezar a vivir de nuevo. Estaba contenta, era cierto, y el trabajo me
proporcionaba grandes satisfacciones y una sensación de realización, pero me
encontraba demasiado sola y corría el peligro de convertirme en una reclusa
total, haciéndome más excéntrica cada día. La vida de sociedad no me atraía en
absoluto, pero cuando al día siguiente recibí una elaborada invitación, con
incrustaciones doradas, de lady Julia Copeland solicitando mi presencia en una
recepción que se celebraba en honor del deán de Southwark, contesté aceptando.
Lady Julia era una voraz cazadora de celebridades, siempre sedienta de nuevos
nombres famosos con los que adornar su salón, y yo llevaba tres meses
rechazando sus invitaciones. Seguro que habría mucha gente en aquella recepción
y que sería una velada espantosa, pero me convencí a mí misma de que asistir me
resultaría beneficioso.
Y
cuando, el domingo siguiente, Davy Garrick apareció ante mi puerta y me suplicó
que fuese a comer con él en el parque, acepté igualmente, y me apresuré a
ponerme aquel maravilloso vestido nuevo de seda crema con el estampado de
flores diminutas y finas listas anaranjadas y rosadas. Se puso en pie cuando
regresé al salón y la expresión que vi en sus ojos me dijo que el vestido era
tan sorprendente como yo esperaba que fuera. Me había cepillado el pelo a toda
prisa y lo llevaba suelto y moviéndose en el aire. Davy me contempló durante
unos largos momentos; luego adoptó una dolorida ex presión y movió la cabeza.
-¿Pasa
algo malo? -le pregunté.
-Me
consume el pesar -repuso.
-¿El
pesar?
- El
pesar de ser un tipo decente. Si fuese el canalla que tengo fama de ser, os
violaría aquí mismo. Vuestra belleza, me temo, ha conseguido volverme loco por
completo, hasta el punto de que tengo que hacer un verdadero esfuerzo por
reprimirme, os lo aseguro.
-¿De
qué obra es eso? -inquirí.
-Soy
sincero, Miranda.
- No
habéis sido sincero ni un solo día de toda vuestra existencia, David Garrick.
Habéis usado ese mismo trozo de diálogo docenas de veces antes, estoy segura.
-
Suele funcionar - se quejó -. Sois una mujer fría y sin corazón, señorita
James. Cientos de mujeres preciosas e inmorales se me arrojarían a los brazos
al instante, ansiosas por acostarse con el gran David Garrick, y yo tengo que
ir a enamorarme de la única mujer virtuosa de Londres.
-
Pobrecillo - dije.
-
Sin corazón, absolutamente sin corazón. No sabéis el daño que me ha hecho
vuestro rechazo.
-
Dudo seriamente de que vuestra autoestima corra ningún riesgo real. La opinión
que tenéis de vos mismo no se cambia en un instante.
-
Eso duele - dijo como si se sintiera herido.
Sonreí.
El esbozó aquella maravillosa sonrisa irónica, me apretó las manos y me condujo
hasta el espléndido carruaje descubierto que estaba tapizado de terciopelo
color castaño claro; el cochero se encontraba encaramado en la parte delantera
e iba ataviado con una librea de elegantes colores tostado y dorado, y dos
musculosos caballos ruanos piafaban en sus puestos. Era un día radiante; la luz
del sol, de un brillante color blanco plateado, adornaba las copas de los
árboles y el cielo presentaba un hermoso tono azul blanquecino. Davy estuvo
charlando en tono amistoso, con aquel ingenio y calor tan maravillosamente
seductores, mientras nos dirigíamos al parque. Estaba más guapo que nunca, con
levita y calzas de terciopelo azul oscuro y un gallardo chaleco de satén blanco
bordado con flores de lis plateadas y azules. Llevaba los cabellos rubio oscuro
retirados hacia atrás y atados holgadamente con un lazo de terciopelo azul, y
tenía las facciones animadas; irradiaba vivacidad y aquel increíble encanto que
lo había convertido en el ídolo de la escena inglesa.
-
Nos están mirando - dijo cuando llegamos al Mar y descendimos del carruaje en
un lugar donde los olmos esparcían sombras sobre el paseo.
-Es
que vos sois muy famoso -le indiqué-. Y siempre os miran.
-No
es a mí a quien miran. Es a vos. Sois una de las Grandes Bellezas.
- No
debéis dar crédito a todo lo que leáis en los periódicos, Davy.
-
Hacemos una pareja impresionante: el famoso actor y la encantadora escritora.
Todo el mundo da por sentado que nos acostamos juntos... ¡Si supieran! ¿Davy
Garrick sosteniendo una relación platónica con una mujer hermosa? Mi imagen
saldría irreparablemente maltrecha. Sonreí y él me miró con ojos alicaídos que
pronto volvieron a chispear. El Malí estaba atestado de hombres y mujeres con
suntuosos atuendos a la moda; la flor y nata de la sociedad londinense se
codeaba con las cortesanas más elegantes. Paseando por la avenida o montados en
carruajes descubiertos como nosotros, formaban un conjunto resplandeciente, y
se me hacia difícil comprender que yo también formaba parte de aquel magnífico
desfile y que la gente me miraba con la boca abierta igual que yo me había
quedado mirando boquiabierta a lady Arabella la primera vez que la viera.
-
¿Qué... qué se siente al ser tan famoso? - le pregunté a Davy.
-
¿Queréis saber la verdad?
-Desde
luego.
-
Para mí no significa nada. Ahí está ese tipo deslumbrante, David Garrick; es
digno de admiración, un hombre encantador que representa su papel y hace lo que
el público espera de él, pero ese tipo en realidad no tiene nada que ver con
Davy. Davy trabaja mucho y suda cantidad, lleva ropa gastada y se pregunta qué
significa todo este lío. En realidad es un hombre muy serio que a menudo se
siente melancólico, aunque se tome mucho trabajo en disimularlo.
-
Creo que podría llegar a caerme bien - dije.
-
Alguna vez os lo presentaré - me prometió.
El
cochero detuvo el carruaje y bajamos de él. Davy me dio la mano y me llevó más
allá del Malí, donde se hallaba todo aquel enjambre de gente elegante. Nos
adentramos en el parque propiamente dicho, donde la gente más humilde se
divertía en aquella preciosa tarde de domingo. Pasamos junto a grupos de niños
ruidosos que correteaban por el césped, junto a obreros y sus muchachas
sentados bajo los árboles, junto a familias de clase media que merendaban a la
orilla de los estanques. La hierba, de un verde esmeralda, estaba bruñida por
la luz solar y salpicada por las sombras de los árboles. Los cisnes se
deslizaban elegantemente por los estanques y los patos graznaban cerca de las
orillas. Todos los macizos de vegetación estaban en flor. Dominaba un ambiente cordial
y festivo y yo me sentía allí mucho más a mis anchas que en el Malí.
-
Compraremos panecillos rellenos de salchicha en cualquiera de los tenderetes. Y
también un poco de cerveza - me informó a continuación Davy -. Y si os portáis
bien, podréis tomar de postre un helado de limón. Me temo que ésta va a ser una
comida muy barata.
- Me
encantan los panecillos de salchicha. Sin embargo, me pasaré sin la cerveza.
- No
os parece bastante buena para vos, ¿verdad? Esperabais champán, como todas las
demás bellezas malcriadas. A mí me horroriza ese maldito brebaje., Tengo unos
gustos bastante vulgares... sólo soy un trabajador, ¿sabéis? Me esfuerzo en mi
profesión como haría un estibador, un pescadero o cualquier empleado de una
compañía de transportes, y, ay, suelo estar escaso de dinero.
-Yo
pagaría la comida con mucho gusto - bromeé.
-
Puede que yo sea pobre, pero tengo mi orgullo. Pagaré yo, muchas gracias. ¿Os
apetece un cucurucho de patatas fritas para acompañar el panecillo de
salchicha?
- Me
encantan.
Davy
compró la comida y me condujo hasta un punto apartado junto a uno de los
estanques. Los sauces llorones nos dieron cobijo, y vimos una familia de patos
marrones y negros que chapoteaban cerca de la orilla. La hierba de aquel lugar
era suave y había un fuerte olor a musgo y barro. Davy apartó las cortinas que
formaban los frondosos sauces e hizo un gesto para indicarme que me sentara en
el suelo, como si se tratase de un mullido sofá. Me senté y extendí las faldas
de seda. Tras entregarme el panecillo de salchicha y el grasiento cucurucho de
patatas fritas, Davy se dejó caer junto a mí y dio un buen trago de cerveza.
-
Ah, qué maravilla - afirmó-. ¿Qué mejor manera de pasar un domingo? ¿Quién
necesita las hordas de admiradores? ¿Qué tal está el bocadillo de salchicha?
-
Delicioso. Tiene montones de mostaza.
Me
sentía maravillosamente relajada y contenta mientras comíamos allí, junto al
agua, con los patos haciendo cabriolas delante nuestro; las frondosas ramas de
color verde jade del sauce reflejaban el sol y se colaban por todo nuestro
alrededor. Los dos estábamos absurdamente elegantes para una salida como
aquélla, pero eso también formaba parte del encanto. Me comí las patatas fritas
y la mitad de las de Davy, me acabé el bocadillo de salchicha y me limpié las
manos en la hierba. Davy se echó hacia atrás, puso las manos debajo de la
cabeza y se quedó contemplando fijamente los sauces mientras expresaba su
satisfacción. El agua daba lenguetazos contra la musgosa orilla. Las hojas
crujían. Podíamos oír los ruidosos gritos de los niños a lo lejos.
-
Los placeres sencillos son siempre los mejores - dijo perezosamente.
- De
acuerdo.
-
Parecemos un cuadro de Wateau, yo vestido de fino terciopelo y vos con vuestras
sedas, y ambos disfrutando de la vida sencilla.
- En
ese caso yo debería estar haciendo una guirnalda de flores.
- Y
yo debería estar mirándoos con ojos ardientes y contemplando vuestro busto
firme y joven con una lasciva sonrisa en los labios.
-Wateau
siempre fue un poco vulgar.
-
Pornografía elegante. De hecho, yo a menudo sí que contemplo vuestro busto
firme y joven.
-¿Ah,
si?
-Anhelo
poseeros desde la primera vez que os vi en el estudio de Marcie; entonces me
parecisteis una muda hermosa y misteriosa.
-Pobre
Davy -bromee'.
- Lo
digo en serio - protestó.
-
Sois un mariposón incorregible que está muy mal acostumbrado a fuerza de
recibir siempre atenciones de las mujeres. Se podrían llenar volúmenes con la
lista de vuestras conquistas. Prefiero que se me recuerde en el futuro como la
única mujer que no se acostó con David Garrick. Será toda una distinción.
Se
incorporó apoyándose sobre un codo y me dirigió una mirada llena de disgusto.
Allí, recostado en la hierba con aquel espléndido atuendo, parecía un pachá
indolente y guapo. Arranqué una hierba y le acaricié con ella la mejilla; Davy
lanzó un suspiro. Sentía por él un gran cariño y también una gran admiración,
porque verdaderamente era un hombre muy trabajador que estaba dedicado por
completo a su arte. Si me lo permitiese a mí misma ¿llegaría a sentir algo más
por él? No es que no me afectara su inmenso atractivo sexual, pero me negaba
firmemente a pensar en él de aquel modo.
-
¿Acaso soy tan poco apetecible? - me preguntó-. Para que os acostéis conmigo,
quiero decir.
-
Eso... probablemente resultaría muy apetecible. No me cabe la menor duda de que
sois tan diestro como se dice por ahí, pero...
Titubeé
y bajé la vista hacia el musgoso margen del estanque. Las frondas del sauce se
mecían suavemente impulsadas por la brisa y brillaban a la luz del sol. Davy se
sentó y se abrazó las rodillas.
-
Pero aún estáis enamorada de Cam Gordon - dijo.
- No
es eso, Davy. Sólo que... no estoy emocionalmente preparada para una aventura
frívola y casual. Sería distraído, sí, y probablemente muy divertido, pero...
tengo en mucha mayor estima vuestra amistad.
-
¿Es eso lo que creéis que quiero? ¿Una aventura frívola y casual?
-¿No
es así?
Davy
frunció el ceño. Cogió una piedrecita plana y la hizo rebotar sobre la
superficie del agua. Los patos graznaron y se alejaron nadando, indignados.
Pasó un momento antes de que Davy respondiese al fin.
-
Supongo que eso es lo que era - me confesó - al principio. Os veía sólo como
una mujer hermosa más, y deseaba añadiros a la lista de la que hablabais antes.
Os encontraba excitante, intrigante, un auténtico desafío; pero luego...
Esta
vez le tocó a él titubear.
-¿Y
luego? -le animé yo.
- No
se me dan muy bien estas cosas - me dijo-. Sólo soy un humilde actor, y sin un
autor que me proporcione las palabras y un director que me indique los
movimientos, soy tan inepto como un patán.
-
Exageráis.
- Y
luego... luego os empecé a conocer bien - continuó -. Descubrí vuestra
inteligencia, vuestra fuerza, vuestra compasión. Os fui admirando cada vez más,
y aquel fuerte deseo inicial de poseeros se convirtió en algo... algo mucho más
turbador. Vos consideráis que vuestra independencia es un auténtico tesoro. A
mí me pasa lo mismo con la mía, y hasta ahora no he estado dispuesto a contraer
un auténtico compromiso con nadie, igual que os sucede a vos, ¿Qué tal me está
saliendo?
- Lo
estáis haciendo muy bien.
-
También os fui respetando cada vez más, y os respetaba demasiado como para
recurrir a una seducción barata... no dudo de que podría haberos seducido,
preciosa mía. No sois tan fuerte, y yo sé ponerme muy persuasivo.
-
Eso he oído decir.
-Ya...
ya no soy precisamente joven, Miranda -dijo en tono sombrío.
-Ya
lo sé. Cualquier día empezaréis a crujir de viejo -le dije bromeando.
Davy
ignoró el chiste. Me quité una hoja que me había caído en la falda y me retiré
un rizo castaño de la sien.
- He
disfrutado de mi libertad, Miranda. He disfrutado siendo adorado por todas las
damas, arrancándolas como si fueran capullos de rosa, pero ahora me encuentro
preparado para sentar la cabeza. Estoy dispuesto a que el gallardo Davy
desaparezca y a dedicar el resto de mi vida a una sola mujer.
-Ya.
-
Ese tipo del que os estaba hablando antes... el que trabaja duro y suda mucho
haciéndolo, ése que es serio de corazón y a menudo se siente melancólico...
ahora os lo estoy presentando, Miranda.
Me
miró con ojos graves y oscuros y supe que realmente tenía ante mí a otro Davy,
a un hombre cariñoso y serio, de mediana edad, que añoraba la estabilidad
hogareña por medio de la cual conseguiría el equilibrio que, a medida que
pasaban los años, cada vez necesitaba con más fuerza. La deslumbrante y
espléndida personalidad que se ponía encima como si fuera una prenda de ropa
había desaparecido en un momento, y lo que yo veía ahora era un hombre
básicamente sencillo, bueno, dedicado a su trabajo y dispuesto a trabajar diez
veces más que cualquier otro con tal de sobresalir en su profesión. Tenía el
rostro surcado de atractivas arrugas e impregnado de carácter, y la ropa
gastada le iba mucho mejor a este Davy que el fino traje de terciopelo y el
chaleco de satén bordado.
-
Pocas personas lo conocen - continuó -. Me temo que sea más bien un tipo
pesado.
- A
mí me gusta muchísimo.
-
¿Creéis que podríais amarlo?
-Davy,
yo...
-Os
amo, Miranda. Quiero que seáis mi esposa. No, no... no me deis una respuesta en
este momento. Pensad en ello con calma. Davy es un bribón, un sinvergüenza
ostentoso y lleno de tonterías realmente indigno de vos, pero el otro tipo
haría todo aquello que estuviera en su mano para hacer de vos la mujer más
feliz de Londres. Yo estaba conmovida y halagada al mismo tiempo.
Cuando
se lo dije, Davy suspiró y meneó la cabeza, mirando a todas partes como un niño
al que un maestro particularmente severo acabara de echar de clase. Se puso en
pie y, dándome la mano, me ayudó a levantarme. Ahora actuaba como el antiguo
Davy, todo vitalidad y encanto.
-
Ese ha sido el discurso más difícil que he pronunciado en mi vida -me confesó-.
Espero no haberme embarullado demasiado. Me he sentido terriblemente incómodo
por no tener un guión que seguir. El poderoso David Garrick tartamudeando y
atascándose como un adolescente lunático... ¡cómo les gustaría a mis rivales
haberme visto!
- No
necesitabais guión - le dije.
- Un
poco de ensayo no me habría venido mal. Creo recordar que os prometí un helado
de limón. ¿Aún os apetece?
-
Desesperadamente.
- A
mí me iría mejor algo un poco más fuerte, pero... que sea helado de limón.
Davy
me guió a través de la cortina de ramas de sauce, por el césped, sujetándome
flojamente por el codo. Un fornido obrero y su rolliza enamorada se abrazaban
apasionadamente bajo uno de los árboles mientras una gozosa familia disfrutaba
de su merienda no muy lejos. Un niño de pelo rubio y lanudo pasó corriendo
junto a nosotros en persecución de un perrito blanco y negro que lanzaba
continuos y agudos ladridos de contento. Davy se acercó despacio a uno de los
tenderetes, compró los helados y me tendió uno de ellos.
-
Ahí desapareció el último penique que me quedaba -me dijo quejándose-. Este
tren de vida no puede llevarme más que a la bancarrota.
-
Está delicioso.
-Vos...
eh... vos no pensaréis en mi como en un pelmazo, ¿verdad?
-
Creo que probablemente seáis el hombre más agra-dable que he conocido en mi
vida.
-¿Y?
- Me
siento muy honrada, pero.
- ¡
No digáis nada ahora! - se apresuró a decir cortándome en seco-. No quiero que
me deis una respuesta todavía. Sólo... sólo prometedme que os lo pensaréis.
Le
dije que lo haría, y Davy pareció más aliviado cuando nos dirigíamos con paso
majestuoso hacia el Malí. Su manera de caminar era ligera, su actitud bromista
y atenta, y yo sentí otra oleada de cariño. Era el hombre más famoso de
Londres, ya una leyenda a pesar de tener sólo treinta y tantos años.
Radiantemente guapo, generoso, bueno; era todo lo que una mujer podía desear.
Tenía que ser muy estúpida para rechazarlo, pero... lo pensaría. Era lo menos
que podía hacer.
3
Una
hilera de resplandecientes carruajes avanzaba centímetro a centímetro por la
plaza Berkeley; todos ellos se detenían delante de la majestuosa fachada de
mármol blanco del que estaba hecha la imponente y ostentosa casa de lady Julia
Copeland. Los pasajeros se apeaban con gran dignidad, y lacayos con pelucas
empolvadas, levitas de satén azul y calzas blancas sostenían en alto antorchas
a ambos lados del estrecho paseo que conducía al pórtico, semejante al de un
templo griego. Llamas anaranjadas ondeaban en la oscuridad lanzando sombras
sobre los rostros de los invitados que avanzaban como una procesión por el
paseo. Todas las ventanas de la casa se veían resplandecientes de luz, y un
confuso ruido de voces se difundía en medio de la noche cuando descendí del
mejor carruaje que tenía lord Markham y avancé entre aquellas filas de lacayos
silenciosos e inmóviles.
¿Por
qué habría accedido a venir? El aburrimiento que me esperaba acabaría por
convertirse en un suplicio. Me sentiría completamente desgraciada. Una de las
mujeres más ricas de Londres, lady Julia, hacia ostentación de ese hecho con
asombrosa vulgaridad. La casa era ridícula y dominaba la plaza con aquel tamaño
y esplendor, lo que la hacia parecer aún más absurda comparada con las
sencillas y elegantes casas que la rodeaban. Los adornos dorados y los espejos
me deslumbraron cuando penetré en el vestíbulo, donde tres opulentas lámparas
de cristal derramaban ríos de una luz brillante; los colgantes resplandecían
como cascadas de diamantes. Una multitud de personas suntuosamente ataviadas
que charlaban sin parar ocupaba el lugar igual que si fuesen ganado, moviéndose
lentamente hacia las ornamentadas puertas del salón don de nuestra anfitriona y
su intimidado y apocado marido saludaban a cada invitado que llegaba.
Yo
no deseaba asistir; había estado rezongando todo e] rato mientras Millie me
peinaba con esmero, me sujetaba los rizos rojizos en lo alto de la cabeza y me
arreglaba los largos tirabuzones que me caían por detrás. Millie se había
encargado de elegirme el vestido, uno de rico brocad negro con estrechas rayas
doradas, rosas y plateadas tenía amplias mangas abombadas que me dejaban los hombros al descubierto, y el ajustado
corpiño sólo me tapaba la mitad de los pechos. La falda formaba una gran
campana desde la estrecha cintura y caía sobre media docena de enaguas de gasa
negra. Una auténtica maravilla, me había asegurado Millie. Ella sabía bien que
yo iba a ser la mujer más deslumbrante de la fiesta, y apenas podía esperar a
que yo regresara a casa para contárselo todo.
“Ha
sido una equivocación, Miranda -me dije-. Será mejor que te escapes ahora que
todavía estás a tiempo. Dos horas metida en medio de este sofocante gentío será
suficiente para que te desmayes.”
Me
di media vuelta con la firme intención de marchar-me a casa. Una mano firme y
manchada de tinta me cogió del brazo y me detuvo.
-
¡No, no vais a hacer eso que intentáis! -me advirtió con voz malhumorada -. Si
yo voy a soportar esta abominación, vos también.
Una
cara hosca, rechoncha y marcada de viruelas me miraba con expresión ceñuda, y
unos ojos oscuros e inteligentes me desafiaban a que protestase.
- ¡
Johnson! - exclamé-. Nunca hubiera esperado encontrarnos precisamente aquí.
-
Soy una celebridad - gruñó -. He venido a comer mi acostumbrado cupo de
cristianos.
-
Supongo que yo estaré la primera en el menú - repliqué.
-
Vos sois una colega - contestó-, mal que me pese admitirlo. Siempre he
sostenido que una mujer que escribe un libro es como un perro que camina con
dos patas. No lo hace bien, pero lo más sorprendente de todo es que lo haga.
-Típico
de vos, Johnson.
-A
este paso no sé dónde vamos a llegar -se quejó Johnson moviendo a ambos lados
aquella gran cabeza lanuda-. Mujeres que escriben libros y que además lo hacen
puñeteramente bien. Seguro que el siguiente paso será que a los hombres nos
destierren a la cocina.
-
Pues no creáis que sería mala idea. Eso dejaría a las mujeres libres para
llevar a cabo todas esas cosas que son perfectamente capaces de hacer. Habría
menos guerras y mucha menos corrupción.
- Y
estragos en la cocina - añadió él-. Debo confesar que encontré Duquesa Annie
condenadamente merecedora dé ser leída. Hasta derramé alguna lágrima.
-No
os creía capaz de semejante cosa -bromeé.
Johnson
sonrió.
-
Tras esta fachada agria, imponente y ofensiva me temo que late el corazón de un
lloriqueante sentimental. Cuando no estoy gruñendo y tratando de morder a algún
idiota, no soy más que un blandengue descarado. Este mundo, ay, está lleno de
idiotas, y por lo visto la mayoría de ellos se han dado cita aquí esta noche.
-
Intentemos escabullirnos - le supliqué.
-
¿Acaso sois una llorona cobarde? ¿No podéis enfrentaros al fuego? Muy típico de
vuestro sexo, claro está, pero esperaba algo más de la célebre M. J. No será
tan aburrido -me dijo-. Esa vieja tiene la casa llena a rebosar de idiotas, y
ella parlotea como un chimpancé en celo; pero ofrece los más finos manjares y
el mejor vino de Londres. Pienso atiborrarme como un cerdo, y luego
emborracharme hasta perder el sentido. Es lo que hago siempre en estas
circunstancias.
Johnson
gruñó ominosamente cuando la multitud nos empujó para que avanzásemos. En medio
de aquel brillante enjambre Johnson era un espectáculo digno de verse por su
rareza; con las medias blancas remendadas, las calzas marrones muy arrugadas y
la levita, también marrón, que le iba grande por todas partes y tenía los
bolsillos deforma-dos y los puños desgastados, era algo digno de verse. La gran
peluca gris distaba mucho de estar limpia y la llevaba un poco torcida en lo
alto de la cabeza. El gran tamaño de aquel hombre y sus andares pesados
aumentaban la impresión que uno tenía de estar viendo a un oso hosco y pesado
disfrazado de persona.
- No
tengo ni idea de por qué estoy aquí - me quejé mientras avanzábamos unos
centímetros en dirección a las puertas del salón-. Ni siquiera sé quién es el
deán de Southwork, y estoy convencida de que no me va a caer nada bien.
-
¿Qué? -exclamó Johnson-. ¿Nunca habéis oído hablar del presumido deán Jordon?
Es el clérigo más de moda de todo Londres, mimado y adorado por las damas
elegantes que se reúnen a oír sus pláticas de color rosa y sus patéticas
homilías. Pulcro, pelirrojo, es el encanto de los salones. Un clérigo mundano
es algo que siempre resulta tranquilizador. El tipo ese ha escrito un libro de
sermones. Se está vendiendo muy bien por toda la ciudad, ya han salido la
tercera y cuarta ediciones y tienen la quinta y la sexta en preparación.
-
¿Lo habéis leído? - inquirí.
-Y
me produjo una aguda indigestión -repuso-. Como si me hubiese comido una enorme
caja de bombones. Precisamente la clase de papilla que las mujeres devoran,
todo azúcar y sin nada de sustancia. El tipo es además un poco musical, me
temo. Toca el órgano con acompañamiento de cuerda.
- No
pensará tocar esta noche.
-
Lady Julia ha instalado un órgano en la sala de música la semana pasada, según
tengo entendido Una cosa monstruosamente grande, como un mastodonte, y con los
tubos de oro y plata, desde luego.
-Jesús
-susurre.
Poco
a poco nos fueron empujando hacia la puerta del salón y unos minutos después
nos encontramos cara a cara con lady Julia y su marido, un hombrecillo diminuto
vestido de marrón que parecía hacerse totalmente invisible al lado de su
extravagante esposa. Lady Julia era alta en extremo y lo parecía aún más con
las tres largas plumas de garceta que, a un lado de la empolvada peluca,
llevaba sujetas con un broche de diamantes y esmeraldas. Flaca hasta parecer
casi demacrada, tenía la nariz como el pico de un ave, la boca semejante a una
gran porcelana rosa y los ojos, azules y muy saltones, recordaban los de una
jirafa asustada. Yo no había visto nunca tantos diamantes y esmeraldas
juntos... y además todos ellos necesitaban con urgencia una buena limpieza, según
advertí.
-
¡Señorita James! -exclamó cogiéndome una mano-. ¡Qué honor me hacéis! Nos
moríamos de ganas de teneros entre nosotros, ¿no es cieno, James? ¡Me
entusiasmó vuestra novela, tan pícara, tan fiel a la vida!
-
Gracias por vuestra invitación - dije yo dulcemente.
-
Debemos encontrar unos minutos para charlar a solas, mi niña. A mi me interesa
mucho la literatura... incluso estoy pensando en escribir un libro yo misma.
Tenéis que decirme cómo se hace.
Emití
unas cuantas palabras educadas mientras ella, mirando más allá de mí, se fijaba
en Johnson; tras soltarme la mano, atrapó la de él y empezó a hablarle con
grandes muestras de efusión. Johnson puso primero una cara feroz; se soltó la
mano de un tirón y luego preguntó dónde estaba la comida. Lady Julia se echó a
reír disimuladamente, encantada con aquella grosería. ¡ Qué excéntrico tan
maravilloso era aquel hombre! ¡Qué genial por su parte gruñir y morder de
semejante modo! Ella estaba completamente segura de que su diccionario sería un
enorme éxito cuando por fin estuviese terminado, y tenía intención de comprar
un ejemplar.
-Comprad
diez -gruñó él-. Podéis usarlos como tope para las puertas.
-
¿No es divino? - dijo ella con voz chillona.
-
Qué desgracia de mujer - masculló Johnson cuando de nuevo avanzábamos hacia el
interior del salón-. Siempre anda cotorreando como una cacatua, sin un solo
pensamiento dentro de esa cabeza hueca. ¿Por casualidad habéis alcanzado a
olerle el aliento?
-
Estoy segura de que todo lo hace con buena intención -le dije yo.
Johnson
hizo otra mueca, se ajustó la grasienta peluca gris y se alisó las solapas de
la raída levita marrón, malhumorado, lanzando chispas por los ojos en dirección
a los demás invitados. Yo tenía la fuerte sospecha de que aquella actitud
gruñona y grosera era sólo una pantalla de humo para ocultar una timidez
innata. Davy juraba que, en privado, Johnson era muy bueno y caritativo, un
acogedor oso viejo que en realidad era el hombre más blando de la ciudad a la
hora de darle sablazos. Siempre se estaba vaciando los bolsillos por algún
amigo necesitado.
-
Todos los charlatanes y estafadores de la ciudad deben de estar aquí esta noche
- gruñó -. Ahí está la comida. Venid conmigo, señorita James, lleguémonos hasta
esas mesas antes de que este gentío acabe con todo.
El
salón era tan grande como una sala de baile; el techo estaba adornado con
molduras de hojas doradas y de él colgaba una gran profusión de lámparas. Las
paredes se hallaban cubiertas con brocados rosa pálido y de ellas pendían
enormes cuadros. Plantas gigantescas se veían por doquier y había muchas
estatuas griegas puestas en nichos. A causa del tamaño del salón, el número de
personas no parecía tan grande. Johnson me guió hasta las tres mesas cubiertas
con manteles de lino, donde un maravilloso despliegue de comida deslumbraba la
vista. Aunque yo protesté diciendo que no tenía hambre, Johnson insistió en
llenarme un plato.
-Gambas,
aspic, una loncha de este cordero, espárragos... luego probaremos los pasteles.
¿De modo que estáis decidida a romperle el corazón a mi amigo Davy? -me
preguntó al tiempo que empujaba el plato hacia mí.
-¿Qué
os hace pensar tal cosa? -inquirí yo cogiendo el plato-. En serio, cómo queréis
que sea capaz de comerme todo este...
-Yo
os ayudaré -rezongó él-. Tomad, aguantad también este plato. Intentaré echar
mano a alguno de esos lacayos absurdamente vestidos que circulan por ahí con
bandejas repletas de bebidas. ¿Champán?
-Yo...
-
Será mejor que toméis un poco. Vais a necesitarlo. Buscad un buen lugar para
los dos junto a la pared. Me reuniré con vos en cuanto consiga las bebidas.
Johnson
se alejó muy despacio hacia uno de los lacayos, y yo me quedé allí de pie,
sosteniendo en equilibrio los dos platos y sintiéndome extrañamente ridícula.
Debía de haber setenta y cinco personas en aquella estancia, y me daba la
impresión de que todas me miraban fijamente cuando por fin me decidí a
acercarme a una de las enormes estatuas griegas. Tras colocar los platos en el
borde del pedestal de mármol negro, que me llegaba a la altura de la cintura,
consideré seriamente la posibilidad de llevar a cabo una escapada rápida antes
de que Johnson regresase. El ruido era ensordecedor: voces confusas, el sonido
de la porcelana al chocar, música a todo volumen en la habitación contigua,
Bach. Aunque una hilera de ventanales, que daban al jardín, se hallaba abierta,
el aire se notaba fétido, fuertemente cargado de olor a sudor, a polvos rancios
y a perfumes empalagosos.
-
Aquí tenéis el champán - dijo Johnson-. Una copa de oporto para mí. ¿Dónde está
mi plato?
-Ahí,
en el pedestal.
Johnson
cogió el plato, dejó la copa de oporto y alzó la mirada hacia la desnuda y
decapitada estatua de mármol que se alzaba ante nosotros.
- Un
gusto abominable - masculló -. Ni siquiera es auténtica, como tampoco lo son
esos Van Dyck que festonean las paredes. Los de Nell Gwynn y Barbara
Castlemaine son auténticos, pero decididamente de segunda fila. Decidme, ¿qué
es esa tontería de que vais a casaros con mi amigo Davy?
Su
mirada era acusadora, y el tono hosco, casi hostil. Cogida por sorpresa, me
quedé mirándolo en silencio durante un momento, y cuando hablé mi voz sonaba lo
bastante fría como para dejar helado a cualquiera.
- En
efecto, Davy me ha pedido que me case con él, señor Johnson, pero sinceramente
creo que eso no es asunto de vuestra incumbencia.
-Y
tanto que lo es. Davy es como un hermano para mí. Por cierto, estas Gambas son
de primera calidad. ¿No os las vais a comer? El está dispuesto a sentar la
cabeza y anhela una vida hogareña, tranquila y bien ordenada... y eso es
exactamente lo que le hace falta. Si va a continuar trabajando en el teatro
necesita un hogar tranquilo y sereno, con alguien que le haga las comidas, le
tenga la ropa en orden, pague las facturas, cuide de su salud y le proteja del
público. En resumen, alguien dispuesta a dedicar el resto de su vida al cuidado
y mantenimiento de Davy Garrick.
-
Estoy de acuerdo - dijo yo crispada-. Eso es precisamente lo que necesita.
Johnson
se acabó la comida del plato, señaló hacia el mío, me dirigió una mirada
inquisitiva y, cuando me vio mover la cabeza negativamente, empezó a dar buena
cuenta de su contenido. Di un sorbo de champán. Notaba que el color me había
subido a las mejillas y me resultaba extraordinariamente difícil no perder los
estribos. Puede que aquel hombre fuera un genio, el Primer Caballero de las
Letras de Londres, embarcado actualmente en una empresa titánica que iba a
revolucionar el idioma, pero a mí aquella franqueza que rayaba en la grosería
me resultaba del todo ofensiva.
- Lo
que resulta evidente es que él no necesita otra artista -continuó Johnson-, y
vos sois una verdadera artista, señorita James, tan excelente en vuestro campo
como él en el suyo, sospecho. Duquesa Annie logró conmoverme de veras, me
emocionó hasta el llanto, pues era una declaración perfectamente válida sobre
la condición humana. Tengo entendido que vuestro nuevo libro es todavía mejor.
Debéis enviarme un ejemplar tan pronto como salga.
-Señor
Johnson...
-
Llamadme Sam. Todos mis amigos lo hacen, y siento amistad por vos, niña. Dos
personalidades fuertes y creativas bajo el mismo techo... -Johnson hizo una
pausa, tomó un trago de oporto y sacudió la cabeza-. Una situación imposible,
como estoy seguro convendréis conmigo.
-No
veo lo que eso...
-Claro
que lo veis -me interrumpió bruscamente-. Sois una joven en extremo
inteligente... y ése es uno de los mayores problemas, también. Davy no necesita
una mujer inteligente. Necesita una mujer mediocre y abnegada que se conforme
con sentarse a sus pies, lo mire con ojos amorosos y lo alimente, no alguien
que piense por sí mismo y tenga que realizar sus propios esfuerzos creativos.
Cada palabra que digo es cierta, y vos lo sabéis, niña.
Tenía
razón, y eso precisamente era lo que lo hacía tan irritante. Yo había estado
pensando mucho en la proposición de Davy y había llegado a las mismas
conclusiones por mi cuenta. Aquel hombre, peludo y mugriento como un oso viejo,
que tenía a mi lado, no hacía más que expresar con palabras mis propias
conclusiones. Di un sorbo de champán. Johnson decidió terminarse toda la
comida, levantando de vez en cuando la vista para mirar con ojos amenazadores a
los invitados que osaban acercarse demasiado.
-
¡Delicioso! -afirmó al acabar-. Tengo que tomar un poco más de este cordero y
otro plato de aspic. Davy está enamorado de vos, niña, verdaderamente enamorado
por primera vez en su vida, y eso es lo malo para él. El amor es una
distracción maravillosa y enloquecedora, pero acostumbra a resultar mortal para
el auténtico artista; le mina las fuerzas, le consume todas las energías
creativas. Lo aleja de lo único que es verdaderamente importante... su trabajo.
Me
acabé el champán y, haciéndole una seña a uno de los lacayos, deposité la copa
en la bandeja y cogí otra llena hasta el borde de aquel chispeante líquido de
color ámbar. Johnson se colocó bien otra vez la peluca y se sacudió las migas
de la solapa.
- El
matrimonio sería algo desastroso para ambos -me dijo-. El trabajo de Davy se
resentiría. Y el vuestro también. En lugar de coserle las camisas, limpiarle
las botas y hacerle la comida, pasaríais el día escribiendo algún libro, y a él
eso le molestaría. En lugar de apoyaros y comprenderos cuando tuvieseis un
tropiezo en vuestro libro, se frotaría las manos y se quejaría de los problemas
que le ocasionaba la obra que estuviera produciendo, de lo mala que era la
actriz con la que hubiera tenido que cargar, de lo ineptos que eran los
tramoyistas que se ocuparan del escenario, y del condenado discurso del segundo
acto que nunca saldría bien.
“Otra
vez tenéis razón, viejo cabrón”, pensé. Di otro buen trago de champán.
-
Supongo que ya le tenéis elegida la esposa ideal - comenté acremente.
-
Pues sí, en efecto, Mademoiselle Violette, esa gordezuela bailarina austriaca
que bebe los vientos por él. Pertenece al mundo del teatro, sí, pero no tiene
mucha dedicación y lo dejaría todo de lado en un minuto para convertirse en la
esposa de Davy. Es dulce, mediocre y carece por completo de exigencias, y
además adora a Davy. Eva Maria, para llamarla por su nombre verdadero, no es en
el fondo más que una flemática ama de casa alemana. Sería perfecta para él.
Davy no la ama, pero le tiene bastante aprecio y no me cabe la menor duda de
que, con el tiempo, él acabaría siéndole completamente fiel.
-Vos...
vos lo tenéis todo pensado, ¿no es cierto?
Johnson
asintió.
-Quiero
a Davy como a un hermano. Deseo lo mejor para él. Tiene mucho que ofrecer al
mundo, lo mismo, querida mía, que vos. Me gustaría que ambos fuerais felices.
La
voz le sonaba ahora extrañamente gentil, y aquellos ojos que cuando querían
podían ser tan feroces e imponentes estaban ahora llenos de compasión, eran los
ojos de un hombre bueno que estaba verdaderamente preocupado por su amigo. Me
dio una palmadita en el brazo y me dijo que sentía mucho haber sido tan
directo, y que esperaba no haber herido demasiado mis sentimientos. Durante un
momento vislumbré al Sam Johnson que Davy y otros muchos amaban tanto. La
irritación me desapareció por completo.
-
Aún no le he dado ninguna respuesta a Davy - le dije tranquilamente.
-
Como ya os he dicho, sois una mujer extraordinariamente inteligente... estoy
seguro de que vuestra respuesta será la adecuada.
-Así
será -repuse.
-Os
he estado monopolizando demasiado tiempo, niña - dijo amablemente-... Ya es
hora de que vaya a comerme crudos a algunos cristianos... Lady Julia se
sentiría terriblemente estafada si yo no insultase por lo menos a la mitad de
sus invitados. ¿Seguro que no queréis que os traiga otro plato de comida?
Negué
con un movimiento de cabeza. Johnson se dio unas palmaditas en la peluca, se
alisó las solapas y, adoptando el papel de viejo cascarrabias, se alejó
arrastrando los pies para ir a cumplir con sus extrañas obligaciones sociales.
Pronto se vio rodeado por un grupo de hembras revoloteantes que retrocedían
horrorizadas cada vez que él hacía un comentario. Abandonando la estatua
griega, cogí otra copa de champán y pronto también me encontré rodeada de
gente. Sonreí amablemente y respondí a todas aquellas preguntas insulsas
esforzándome por mostrarme civilizada. Si, escribir libros era una tarea
difícil. No, no encontraba en absoluto que fuera algo poco femenino. Sí,
acababa de terminar otra novela. No, ésta no era autobiográfica. Trataba de
prostitutas.
Una
rolliza matrona vestida de terciopelo azul jadeó. El latoso caballero con
monóculo palideció. Una actriz se echó a reír con disimulo. Un refinado pintor
francés esbozó una sonrisa obscena y me preguntó si yo consideraría la
posibilidad de posar para él au naturel
(3) Le pregunté a mi vez si le gustaría que le diese un rodillazo en la
ingle. Durante todo este rato yo había notado que alguien me observaba
fijamente, una sensación inconfundible que resultaba casi física. Sentía que
unos ojos estaban clavados en mi espalda y, cuando me di media vuelta, aquel
alto y musculoso soldado de calzas ajustadas y casaca roja seguía mirándome
abierta y arrogantemente con innegable hostilidad.
Lady
Julia se precipitó hacia mi con las manos cargadas de anillos y con aquellos
ojos saltones suyos parpadeando; volvió a decirme lo emocionada que estaba de
que yo hubiera asistido a su fiesta. Siguió abrumándome con un torrente de
palabras sus buenos cinco minutos; parecía una jirafa alta y falta de
respiración; iba vestida de satén blanco sucio y cubierta de esmeraldas y
diamantes polvorientos. Completamente inofensiva aunque, de momento, en extremo
irritante. Sin embargo yo había aceptado su invitación, motivo por el que le
dediqué toda mi atención y me mostré tan encantadora como pude. Lady Julia me
hizo las preguntas de costumbre y se convenció de que éramos almas gemelas.
-Ahora
debo ir a saludar a los demás invitados. Ay... ser una buena anfitriona es un
trabajo tan espantoso que preferiría hacer algo más creativo. Vos y yo debemos
tener en breve una verdadera conversación sin todas estas preocupantes
distracciones.
-
Verdaderamente creo que tenemos que hacerlo - dije dándole la razón.
-
Estoy deseando que conozcáis al deán Jordon... él también es escritor, ¿no lo
sabíais? El libro de sermones que ha escrito es muy inspirador, totalmente
elevado. Y no creáis que es un hombre en absoluto remilgado... resulta muy
confortante verlo bromear, coquetear y beber vino exactamente igual que
cualquier persona normal.
-
Estoy deseando conocerle. Por cierto... ¿quién es ese soldado alto que está
ahí, delante del sofá rosa? Se parece muchísimo a... a un antiguo amigo mío.
Lady
Julia miró con ojos de miope hacia el otro lado del salón; era evidente que no
tenía buena vista.
-
¡Oh! Ese es el capitán Ramsey... el capitán Jon Ramsey, un hombre fascinante.
Uno de los agentes del Rey más digno de confianza; dicen que es totalmente
despiadado, y que está destinado en no sé qué punto del país para llevar a cabo
una misión muy importante... no me acuerdo bien de los detalles. Ahora se
encuentra de permiso. Un soldado apuesto y serio es siempre un punto a favor en
una reunión como ésta.
-
Desde luego.
-
Siempre me esfuerzo para que haya variedad. ¡ Es terriblemente abrumador tener
que acertar siempre con la combinación adecuada!
Lady
Julia se alejó revoloteando para caer por sorpresa sobre un prominente
historiador, y me tomé el resto del champán. Se me estaba empezando a subir a
la cabeza. La habitación parecía estar aún más cargada. El ruido era cada vez
mayor. Las resplandecientes luces, los colores brillantes y los nocivos olores
estaban empezando a hacer presa en mí, y me sentía como si me hallase metida en
medio de un llamativo caleidoscopio. Avancé unos pasos hacia los ventanales y
me quedé junto a ellos saboreando el fresco aire de la noche y preguntándome si
me sería posible escabullirme en el caso de que cruzara los jardines, escalara
el muro y huyera.
-
¿Cómo estáis, señorita James?
La
voz era culta, a todas luces de alguien perteneciente a la clase alta, con una
dureza subyacente que resultaba a la vez brusca y exigente. Me di media vuelta.
El capitán Jon Ramsey se hallaba a menos de un metro de distancia y me miraba
fijamente con aquellos ojos azules brillantes y fríos como el hielo; tenía
fruncidas las cejas rubias, que formaban un profundo surco entre ellas. Media
al menos un metro ochenta de altura; el cuerpo, en una forma excelente,
resaltaba dentro del ceñido uniforme, y las facciones de aquel hombre, fuertes
y homogéneas, habrían podido estar esculpidas en granito, de tan duras y
despiadadas como eran. Tenía labios finos y una perfecta nariz romana; los
pómulos eran planos y anchos. Rubios rizos cortos y apretados le cubrían la
cabeza como si de una ajustada gorra se tratara, lo que me hizo recordar la
cabeza de Apolo. Era la suya una cara cruel y atractiva que intimidaba a sus
hombres y fascinaba a cierta clase de mujeres.
- No
creo que nos hayan presentado - dije con rígida arrogancia.
-
Capitán Jon Ramsey, a vuestro servicio. Yo ya sé quién sois vos, naturalmente.
Todo el mundo conoce a la famosa Miranda James.
-
¿Os interesa la literatura, capitán Ramsey?
-Me
interesan los escritores... sobre todo uno en particular.
-¡Oh!
Aquellos
ojos azules brillantes y helados me miraron fijamente con manifiesta
hostilidad; las cejas formaban una línea recta y hosca por encima de ellos.
Rara vez me había mirado alguien con aquella intensidad. El capitán Ramsey no
hacia el menor esfuerzo por disimular la opinión que yo le merecía, pues era
evidente que aquellos ojos me juzgaban y condenaban. Deseé que el vestido de
brocado no fuese tan escotado y deseé también poder controlar el rubor que me
teñía las mejillas.
- ¿Y
de qué escritor se trata? -inquirí.
- De
Cam Gordon, naturalmente. Tengo entendido que vos fuisteis su amante.
No
contesté. Notaba que la rabia empezaba a hervir en mi interior.
-Todavía
se le busca -continuó Ramsey.
- Me
doy perfecta cuenta de ello.
-
¿Habéis estado en contacto con él?
- No
tengo por qué contestar a vuestra pregunta, capitán Ramsey.
-
Las últimas noticias que nos han llegado dicen que se ha mezclado con una banda
de contrabandistas que operan en la costa de Cornualles. Se le ha visto y ha
sido identificado como uno de ellos.
-No
veo qué pueda tener eso que ver conmigo.
-Al
contrario -dijo echando fuego por los ojos-. Sospecho que quizá tenga mucho que
ver con vos.
Si
yo no hubiera sido una dama, si no hubiese sido una invitada en casa de una
desconocida, le habría abofeteado la cara con tanta fuerza que los oídos le
hubiesen estado zumbando durante horas. Pero yo ya no era la feroz golfilla
callejera de otro tiempo. Ahora era un digna persona adulta, así que me limité
a clavar los ojos en aquel hombre y a sostenerle la mirada con una ceja
levemente levantada. El capitán Ramsey curvó los finos labios y fijó a su vez
los ojos en los míos, mientras en la habitación, a nuestras espaldas, se oían
las voces, el tintineo de la porcelana y las risas que ahogaban la música que
salía de la otra estancia.
-
Repito, ¿habéis estado en contacto con él?
-Tengo
una sugerencia que haceros, capitán Ramsey -le dije. La voz me sonaba muy
educada.
-¿Cuál
es? -se burló él.
-Os
sugiero que cojáis vuestras preguntas y os las metáis por el culo.
Ramsey
no se inmutó. Apretó los puños con fuerza e hizo lo mismo con los finos labios.
Le habría gustado tirarme al suelo de un golpe y dejarme llena de moretones de
una paliza; y también le habría gustado hacer algo más. Lo leí en sus ojos. Yo
sabia muy bien cómo trataban los de su calaña a cualquier pobre mujer que
tuviera la desgracia de caer en sus manos. Disfrutaban infligiendo dolor, y
sólo la violación más brutal era capaz de apaciguar su particular apetito.
-
Puede que seáis una famosa escritora, señorita James, y también es posible que
estéis bajo la protección de ricos e influyentes amigos, pero a mis ojos seguís
apareciendo como la ramera de un hombre perseguido por la justicia, y no será
ésta la última vez que me veáis.
-
Prestaré atención por si acaso llegáis haciendo estruendo -le dije-. Y mientras
tanto, ¿por qué no os vais a tomar por el culo?
El
capitán Ramsey me miró con ira durante quizás treinta segundos más; luego giró
en redondo y se alejó con paso marcial, con las hombreras doradas brillando y
ondeando sobre aquellos hombros tan anchos. El encuentro había conseguido
alterarme mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir, y deseaba otra copa
de champán aunque sabía que tomármela seria un error desastroso. Recordé todas
aquellas preguntas con las que me habían bombardeado tres años atrás. Dios mío,
¿aún no había acabado todo aquello? Pasaron varios minutos en los que estuve
sumergida en las brumas; el caleidoscopio cambiaba de forma, los colores
giraban como un remolino, y me sorprendí mirando fijamente el rostro de lady
Julia, con aquellos ojos saltones y la boca abriéndose y cerrándose como una
gran trampilla rosa.
-...
sé que os encantará - me estaba diciendo-. Es su pieza favorita. Nada de Bach
para el deán Jordon, sólo este Albi. . . Albey... sólo ese compositor veneciano
una y otra vez. ¿Todavía no lo habéis conocido? ¿No? Claro, me temo que las
demás lo han estado monopolizando. Me ocuparé de que lo conozcáis después de
que haya tocado.
-Yo...
realmente, lady Julia, no creo que yo...
-Venid
conmigo, niña -me dijo ella alegremente-. Sé que querréis tener un buen
asiento.
Me
encontré siguiéndola como en trance. Salimos del amplio salón y entramos en
otro casi igual de grande. Las molduras del techo eran de un pálido color crema
rosáceo, con dibujos circulares de pan de oro; de tres enormes lámparas caían
filas de colgantes de cristal. Las paredes eran de un color azul pálido, con
paneles rosados y adornados con delicadas hojas verdes, guirnaldas de rosas y
rollizos querubines que tañían diferentes instrumentos musicales. Cincuenta
delicadas sillas doradas se hallaban alineadas en filas de diez, y en un
extremo de la habitación, sobre una tarima baja de palo de rosa, se alzaba un
enorme órgano cuyos grandes tubos dorados resplandecían bajo las luces. Una
docena de hombres vestidos de negro afinaban sus instrumentos de cuerda, y un
atractivo hombre pelirrojo con alzacuello de clérigo se afanaba por todas
partes dando instrucciones de última hora.
Un
grupo de invitados bastante numeroso había tenido más suerte que yo y se habían
escapado antes de que diera comienzo la actuación. Sólo la mitad de las sillas
se hallaban ocupadas, y yo fui una de las últimas personas en entrar en el
salón. No se veía por ninguna parte al capitán Ramsey. Aquel hombre
difícilmente encontraría placer en la música, pensé todavía un poco aturdida.
Pero Sam Johnson no se contaba entre los que se habían marchado apresuradamente
de allí. Al verme de pie junto al marco de la puerta, saltó de la silla que
ocupaba y se acercó pesadamente hacia mí.
-
Creí que finalmente habríais conseguido escabulliros -murmuró-. Esas condenadas
mujeres con las que yo estaba charlando me han metido aquí a la fuerza, una
tirándome del brazo izquierdo y otra del derecho mientras una tercera
sinvergüenza muy empolvada me empujaba por detrás; todas se reían a cada
instante como urracas dementes. Venid, niña, tomaremos asiento en la última
fila.
Me
senté en una de las sillas doradas y extendí la falda del brocado a rayas, cuya
seda produjo un crujido seco. Johnson se sentó a mi lado, y la frágil silla
produjo a su vez ominosos crujidos cuando él removió todo aquel enorme volumen
para ponerse cómodo. La gente hablaba en voz baja, las mujeres jugueteaban con
los abanicos y muchos caballeros tomaban rapé de cajitas enjoyadas, de las que
ningún hombre a la moda carecía. Los músicos seguían afinando los instrumentos;
los violines hacían un ruido nasal, como grillos. Lady Julia correteaba de un
lado a otro hablando con diferentes invitados, mientras las altas plumas que
llevaba prendidas en el pelo se bamboleaban como extraños tentáculos.
-
Odio tener que admitirlo -comentó Johnson-, pero Jordon es realmente muy bueno;
habría podido ser músico profesional si no hubiese decidido tomar los hábitos.
Sin embargo siempre toca, invariablemente, la misma pieza, el Adagio en Sol
menor de Albinoni; es una obra maestra, pero dudo de que conozca alguna más.
Faramalla sentimentaloide, nada con el contenido intelectual que se encuentra
en Bach, por ejemplo, pero supongo que es una
-...
melodía bastante agradable. A mí me gustan composiciones más cerebrales.
Yo
apenas le oía. El encuentro con el capitán Jon Ramsey me había turbado
muchísimo, pero no por las razones obvias. El hombre en sí y su hostilidad
manifiesta no me preocupaban lo más mínimo; había encontrado mucha hostilidad a
lo largo de mi vida como para que aquello me molestase; pero sus preguntas me
habían hecho recordar de nuevo todo. ¿Es que yo nunca podría ser libre? ¿Me
estaría persiguiendo el fantasma de Cam Gordon el resto de mi vida? ¿Sentiría
aquella tristeza, aquella terrible sensación de pérdida, cada vez que yo...
cada vez que recordara aquel cuerpo alto y esbelto, aquella boca, aquellos
penetrantes ojos azules, el tupido mechón negro caído sobre la frente? Maldito
fuese. Maldito. ¿Por qué tenía yo que recordar, por qué tenía que desear aún a
aquel hombre con todas las fuerzas de mi ser?
El
deán Jordon seguía muy atareado sobre la tarima hablando con los músicos y
garabateando de vez en cuando una nota en las partituras que éstos tenían
delante sobre elegantes atriles de palo de rosa. Ágil y atractivo, un poco más
bajo de lo normal, llevaba el pelo rojo pulcramente peinado hacia atrás y
recogido en la nuca con una delgada cinta de terciopelo negro. Aunque iba
sobriamente vestido de negro y con el alzacuello blanco en torno a la garganta,
tenía sin embargo un aspecto muy acicalado. Las calzas, el chaleco y la levita
negros tenían ese corte impecable que sólo el mejor sastre es capaz de
proporcionar, y el paño era mucho más fino de lo que uno habría esperado
encontrar en un clérigo. Southwark era, desde luego, una parroquia opulenta y
de moda, pensé tratando de distraerme. El deán Jordon ciertamente ya no era tan
joven -debía de andar por lo menos en los cuarenta, razoné-, pero en cierto
modo me recordaba a un muchacho alegre y travieso que se sintiera
desmesuradamente complacido por el hecho de ser capaz de exhibirse ante aquel
público opulento y ostentoso. Ahora estaba tomando asiento ante el órgano. Se
hizo el silencio entre la gente que ocupaba las sillas doradas. Rara vez había
tenido yo oportunidad de escuchar buena música. Quizás me ayudase a alejar
aquellos recuerdos. Empezó, agradable y armoniosa, una melodía que fue
creciendo, creciendo, menguando, volviendo a crecer, una música que era
indescriptiblemente intensa, como si... como si las más intimas emociones
humanas se hubiesen transformado mágicamente en melodía... como si la tristeza
y el anhelo que había dentro de mi hubiesen sido capturados y transformados en
sonidos. El órgano aumentó el volumen. Los violines cantaban suave, dulcemente,
tristes, muy tristes, bonitos, muy bonitos, una y otra vez, hasta que uno
sentía que la música lo invadía en oleadas. Cam, Cam. Allí, ante mí, con los
ojos resplandecientes. Abrazándome, acariciándome, haciéndome el amor...
desapareciendo; yo tendía los brazos, pero sólo encontraba el vacío, el deseo,
el amor que era substituido por angustia a medida que la música se iba apagando
hacia un acorde final; sonaron las últimas notas. Silencio al fin, pero la
tristeza aún se mecía en el aire.
Yo
tenía lágrimas en los ojos. Me las limpié. Johnson refunfuñó a mi lado,
enjugándose también él los ojos, tan conmovido como yo pero poco dispuesto a
admitirlo.
-
Fanfarrias sentimentaloides - masculló -, efectos emocionales baratos, pero ni
un asomo de verdadero contenido. - Luego añadió que se le había metido una mota
en un ojo.
El
deán Jordon se había puesto en pie y hacia humildes reverencias de
agradecimiento ante los aplausos que el público le dedicaba. La gente se
levantó y comenzó a charlar. El hechizo mágico se había roto.
-
¡Más champán! -exclamó lady Julia-. ¡Todo el mundo tiene que tomar más champán!
Johnson
se puso en pie y me dio la mano. Me sentía débil, emocionalmente agotada.
-Yo...
en realidad no me encuentro muy bien -le dije-. Debo... tengo que irme a casa.
-Venid
conmigo -me ordenó malhumorado.
Me
cogió por un brazo, me sacó de la sala de música y me llevó a través del salón,
gruñendo muy enfadado a todos los que se nos acercaban e intentaban detener
nuestro avance con preguntas o comentarios efusivos. Me condujo hasta el
vestíbulo, que estaba desierto, y me dijo que esperase allí un momento, que
haría que me trajesen el carruaje hasta la puerta principal, y que como
tardaría más o menos cinco minutos, los pasase haciendo respiraciones
profundas. ¿Iba a desmayarme? Le contesté que no con la cabeza. Me dirigió una
mirada preocupada y se alejó no sin antes echar otra mirada amenazadora a los
dos lacayos de empolvadas pelucas que había apostados a ambos lados de la
puerta. Permanecí de pie bajo una de las lámparas; en los espejos se reflejaba
la imagen de una mujer alta y pálida, con el abundante cabello de color cobre
peinado en esculpidas ondas; largos tirabuzones le caían por la espalda y el
vestido, de brocado negro con delgadas rayas doradas, rosas y plateadas, era
rico y suntuoso. ¿Quién sería aquella mujer? ¿Qué estaba haciendo en aquel
lugar?
-¿Honora?
Me
volví. El deán Jordon estaba de pie a unos metros de mí y me contemplaba,
incrédulo, con aquellos ojos castaños. Sacudió la cabeza, parpadeó, volvió a
mirarme y se llevó la palma de la mano a la frente.
-Debéis...
debéis perdonarme -dijo-. No podía ser, naturalmente. Durante un momento... -Se
detuvo en seco y volvió a sacudir la cabeza como para despejar alguna turbadora
imagen-. Perdonadme -repitió.
-Vos...
vos me habéis llamado Honora.
- Me
recordasteis... os parecéis mucho a una dama que conocí hace bastantes años,
una dama encantadora. Vuestro pelo es de un color diferente, y vuestros ojos
también, pero las facciones... las facciones son asombrosamente parecidas.
Podríais ser su hermana gemela. La última vez que la vi tendría más o menos
vuestra misma edad. Toqué el órgano en su boda. Albinoni, claro, de hecho la
misma pieza que acabáis de escuchar. Yo sólo era un muchacho por aquel
entonces... debió de ser hace veintitrés o veinticuatro años.
El
deán Jordon se me acercó, observándome aún el rostro como si no diera crédito a
lo que veía. Los dos lacayos que había junto a la puerta estaban inmóviles y
nos miraban con cara de indiferencia. De cerca el deán seguía pareciendo un
muchacho travieso, pero las tenues líneas en torno a los ojos y la boca
denotaba su verdadera edad. Tenía cara de bueno, una boca generosa, los ojos
bondadosos y una gran profusión de pecas por la nariz y los pómulos.
-
¿Se llamaba Honora? - Mi voz apenas era un susurro.
-
Honora James. Se casó con Jeffrey Mowrey. Nunca he visto una pareja tan
enamorada. Su historia es como un cuento de hadas, pero, ay, con un final muy
triste. El murió justo después de la boda, y ella...
-Yo
soy Miranda James -le dije.
El
deán Jordon dio un paso hacia atrás, estremecido. Los ojos se le abrieron aún
más a causa de la incredulidad.
-No.
No, es... es demasiado... es imposible que vos seáis la niña que... - Se llevó
de nuevo la palma de la mano a la frente, como para comprobar que no tenía
fiebre-. Ella desapareció, al parecer se desvaneció en el aire. Mi tío, el
reverendo Williams, vino a Londres en cuanto leyó el manuscrito de Honora. Ella
ya había muerto por aquel entonces. Y la niña se había escapado. Mi tío se pasó
casi tres semanas en St. Giles intentando localizarla.
- Mi
madre murió - dije-. Iban a enviarme al asilo parroquial. Me escapé. Yo...
tenía una amiga. Ella me ocultó de las autoridades.
Mi
voz parecía venir de muy lejos, como si perteneciera a otra persona. Las
resplandecientes lámparas de cristal, los adornos de oro, los lacayos con
calzas de satén negro, libreas azules y pelucas empolvadas, el sonido de las
risas y las charlas, que se oían remotas desde el vestíbulo. La mujer del
espejo, la pelirroja vestida de negro... nada de todo aquello era real. El deán
Jordon me tomó las manos entre las suyas y me las apretó con fuerza.
-
Hija mía, estáis pálida. Probablemente yo también lo esté. Nunca creí... el
tipo de suerte que habría podido correr aquella niña es algo que me ha
atormentado durante más de dos décadas, y ahora... -Titubeó un instante y me
apretó con más fuerza las manos-. Aún conservo el manuscrito que vuestra madre
escribió. Se lo envió a mi tío, a Cornualles, y se hallaba entre sus cosas
cuando éste murió.
Johnson
traspasó la puerta y adoptó una actitud de lo más beligerante cuando vio al
deán cogiéndome las manos.
-
Realmente no se podía llamar a aquello una carta -continuó el deán Jordon-.
Ella quería... quería que mi tío conociese toda la historia para que pudiera
explicárosla a vos cuando alcanzaseis la edad suficiente...
-
¿Qué es esto? -ladró Johnson-. La señorita James no se encuentra bien. No está
en condiciones de escuchar vuestra charla acerca de cualquier...
-Os
lo llevaré mañana -me dijo el deán-. A las cuatro de la tarde. ¿Os parece una
hora apropiada?
Asentí.
-
Grosvenor Square. Es en Dower House, la propiedad de lord Markham; está en la
parte de atrás de Markham House.
-
Hija mía... esto es asombroso. Aún no puedo creer...
Johnson
me acompañó y me ayudó a subir al carruaje, insistiendo luego en venir conmigo
hasta mi casa. Recuerdo vagamente haberle dicho adiós cuando llegamos y haberle
enviado de regreso a su casa en el carruaje. Millie había acudido en seguida,
pues me esperaba ansiosa por oír todos los detalles de mi maravillosa salida
nocturna. Moví negativamente la cabeza, incapaz de hablar. Me ayudó a
desnudarme y a meterme en la cama. El champán, el enfrentamiento con Ramsey, la
música, los recuerdos, el asombroso encuentro con el deán Jordon, todo ello
había acabado haciendo mella en mí, de modo que me hundí inmediatamente en un
sueño pesado y, para bendición mía, libre de pesadillas.
Estuve
durmiendo hasta la mañana siguiente a las diez, hora en que me desperté sumida
en un estado de estupor. Millie me trajo una cafetera de café caliente y una
bandeja de bollos con mantequilla, y estuvo revoloteando a mi alrededor como
una gallina clueca. Yo tenía la cabeza a punto de estallar. Le dije que se
marchase. El café era muy fuerte. Me sentó francamente bien. Hacia las once ya
me encontraba algo mejor. A las doce ya me había bañado, tenía el pelo lavado y
cepillado y me había puesto un vestido amarillo de seda, de corte sencillo pero
muy elegante. Cuando llegó el deán Jordon a las cuatro, yo lo estaba esperando
en el salón, tranquila, compuesta y absolutamente dueña de mí misma.
- Me
siento obligada a pediros disculpas por lo de anoche - le dije una vez que
Millie lo hizo pasar al salón-. Me temo que no era yo misma.
- Ni
yo - confesó él-. La impresión de todo lo sucedido me desconcertó. Después de
tantos anos... es asombroso, niña, realmente asombroso.
Llevaba
un grueso paquete envuelto en papel marrón. Me lo entregó, y yo lo dejé sobre
el escritorio. El deán iba vestido exactamente igual que la noche anterior, con
ropas sobrias pero caras, de exquisito corte, y un alzacuello blanco muy limpio
alrededor de la garganta. Sobrio o no, tenía una lustrosa pátina en torno a su
persona, un encanto difícil de definir, y se le notaba una exuberante energía
cuidadosamente reprimida, una cierta alegría juvenil oculta bajo la superficie.
-¿Puedo
ofreceros una copa de vino? -le pregunté.
- Me
encantaría. Tenéis una casa preciosa, señorita James. Ese Hogarth... estoy
seguro de que lo he visto antes en algún lugar.
- Se
vendieron reproducciones en todo Londres - le dije mientras le servia un poco
de resplandeciente vino blanco en una copa de cristal.
-Ya
sé quién sois, desde luego, Miranda James... M. J. anoche no se me ocurrió. He
leído Duquesa Annie, naturalmente. Sospecho que en gran parte es
autobiográfica... una huérfana que se cría en las calles, se convierte en
ratera y luego conoce a un artista que se la lleva a su casa.
-
Yo... utilicé algunas experiencias propias, sí.
-
También he leído vuestros relatos. Sois una joven de mucho talento.
-
Gracias.
-¿No
me acompañáis a beber? -inquirió cuando le tendí la copa.
- Me
temo que no me es posible. No estoy acostumbrada a beber, y anoche tomé más
champán de la cuenta. Era la única manera de soportar la velada.
-
Las cosas tienden a ponerse más bien febriles en casa de lady Julia, pero en
realidad ella es una dama encantadora. Tiene muy buena fe, aunque a veces
resulte un poco empalagosa. También es una mujer en extremo caritativa. Eso es
muy importante en mi trabajo.
-
Habéis sido muy amable al venir hoy, deán Jordon. Sé que debéis de tener un
programa muy apretado.
-
Hay un horrible montón de demandas -confesó-, pero todo sea por el Señor.
Anoche releí el manuscrito de vuestra madre... es un documento muy notable.
Todo está ahí, hasta mi pequeña participación. Me temo que me ha cautivado. Es
natural que hayáis heredado su talento literario.
-
Estoy deseando... leerlo.
El
deán Jordon tomó el último sorbo de vino y dejó la copa. El abundante pelo rojo
le brillaba a la luz del sol que entraba a raudales por las ventanas. Las pecas
eran de un marrón dorado y añadían un todo picaresco a aquel rostro juvenil de
mediana edad. Me cogió las manos como hiciera la noche antes y me las sostuvo
con increíble fuerza. Me dirigió una agradable sonrisa y asintió con la cabeza;
me apretó las manos y me las soltó un instante después.
-
Claro que lo estáis - dijo tranquilamente-, y yo no voy a impedíroslo. Me
siento encantado de haberos encontrado al fin, hija mía, y espero que vengáis a
visitarme pronto. Tenemos muchas cosas de que hablar.
-Así
lo haré -le prometí.
Le
acompañé hasta la puerta. Un carruaje le estaba esperando en el paseo. Aguardé
allí de pie, en el umbral de la puerta, hasta que se hubo alejado, mientras el
sol trazaba dibujos plateados en el césped. Luego entré en la casa. Le dije a
Millie que no deseaba que nadie me molestase. Pasé al salón, me senté ante el
escritorio y desenvolví poco a poco el paquete que el deán Jordon me había
llevado. Las páginas estaban viejas y quebradizas, empezaban ya a amarillear un
poco a causa del tiempo y la tinta se había descolorido en parte, pero las
palabras todavía resultaban bastante bien legibles. Titubeé al sentir una
sensación extraña y trémula que se acrecentaba en mi interior, y luego empecé a
leer:
“Hay
tantas cosas que decir y queda tan poco tiempo... tantas cosas que Miranda debe
comprender, tantas cosas que debe saber y que un día sabrá, al menos en eso
confío. Un día llegará en que será lo bastante madura como para comprender y
perdonar. Me gustaría tomarla en este instante entre mis brazos y explicárselo
todo de viva voz, para que, a través de mis ojos, viera lo que hay en mi
corazón. Pero no me atrevo...”
4
El
cielo se extendía por encima de mi cabeza, interminable y diáfano, blanco, con
una leve insinuación de azul; el terreno era accidentado y rocoso, inhóspito,
gris, marrón o verde grisáceo con zonas de un negro alquitranado. Había toques
de un tono púrpura claro y descolorido, y la luz del sol, pura y blanca, bañaba
la corta hierba gris y los enormes cantos rodados del mismo color. Las gaviotas
volaban en lo alto contrastando con el cielo, y graznaban con enojo mientras mi
carruaje, enjaezado con cuatro robustos caballos que pisaban firmemente, se
abría camino; el coche daba sacudidas y se balanceaba a causa del terreno
irregular por el que tenían que pasar las ruedas. Lo había alquilado en
Londres. Habíamos tenido que cambiar varias veces de caballos y me daba la
impresión de que llevaba una eternidad en la carretera, pasando las noches en
rústicas posadas. Ahora el viaje estaba a punto de tocar a su fin. Llegaría a
la mansión Mowrey antes del mediodía.
Las
ventanillas del coche estaban abiertas y el aire limpio y vigorizador de
Cornualles me tenía maravillada. Estaba impregnado de un fuerte sabor salado y
cargado de penetrantes olores a tierra que creí reconocer instintivamente.
Aquello de allí era turba, sí, y aquello otro tenía que ser liquen. Aquél era
el olor de la hierba bañada por el sol, y aquello otro era roca musgosa, arena
húmeda y algas marinas. Aún no había divisado el mar, pero podía notar
claramente su presencia más allá del horizonte que se extendía a mi izquierda;
era un extenso cuerpo de agua que confería a esta parte del país un carácter
único, dominando la tierra y proporcionando alternativamente sustento y
estragos a sus habitantes. A pesar de que, en cierto modo, pudiese resultar inhóspito,
Cornualles tenía su propia clase de belleza, pensé, una belleza pura, limpia y
abierta. Había también una curiosa sensación de grandeza, algo que se sentía
sin llegar a verse, de siglos pasados, de rituales ancestrales, de violencia y
supervivencia, como si la tierra retuviese en su seno impresiones invisibles de
todo lo acontecido en otros tiempos sobre ella.
Recostada
contra el raído asiento de cuero y dando botes mientras el carruaje pasaba con
estruendo sobre una rodera particularmente mala, traté de reprimir la tensión
que había ido en aumento desde el momento en que saliera de la posada aquella
mañana. Me había preparado cuidadosamente, y había elegido para la ocasión un
vestido de seda color azul zafiro con estrechas rayas negras. Llevaba guantes
largos de terciopelo negro, un sombrero de ala ancha de la misma tela con un
gran lazo azul zafiro en el lado izquierdo de la copa y una cascada de plumas
que caían por el lado derecho. Caro, elegante y discreto, pero no sobrio.
Cuando por fin me encontrase cara a cara con mi tío quería que él viese ante sí
a una mujer fuerte, serena y autosuficiente, alguien enteramente capaz de
manejar su propia vida. Cuando conociera al hombre que había destruido la vida
de mí madre deseaba hacerle saber que no estaba viéndoselas con una muchacha
timorata a la que podía intimidar como había hecho con aquella delicada y joven
institutriz que un día, casi veinticinco años atrás, temblara ante su fría
mirada.
No
tenía ni idea de lo que iba a decir ni de lo que iba a hacer. Sólo sabía que
tenía que ver a aquel hombre y enfrentarme a él con lo que yo sabía. Había
dejado cerrada la casa de Londres y almacenado todas mis pertenencias, y las
maletas que había apiladas en la parte superior del coche en tres pesados
montones contenían toda la ropa que yo poseía. ¿Me marcharía al cabo de tres o
cuatro días? ¿Me quedaría indefinidamente en Cornualles para pelearme con mi
tío por una parte de la herencia que yo ni siquiera necesitaba? No lo sabía
aún, pero me había despedido de Marcelon, de Bancroft y de Sheppard como si
tuviese intención de permanecer ausente durante mucho tiempo, y le había
escrito una carta larga y dolorosa a Davy dándole aquella respuesta que yo sabía
era la acertada incluso antes de mi conversación con Johnson, deseándole lo
mejor que esta vida puede ofrecer y añadiendo que confiaba en que continuáramos
siendo siempre amigos. Aquella carta sin duda le habría hecho bastante daño,
pero Davy se recuperaría pronto y con el tiempo llegaría a darse cuenta de que
haber seguido adelante con aquello habría sido un desastre para ambos.
Qué
asombroso fue enterarme de que en un tiempo, cuando yo era una niña traviesa y
descarada que daba migas a los patos y “paseaba por Lichfield como un rayo de
luz, retozando con otros niños, incitándolos”, había conocido a Davy Garrick.
El joven Davy decía que yo era la picaruela más bonita que había visto, y a los
cuatro años yo había anunciado que me casaría con él cuando fuese mayor.
Ironías de la vida, pensé mientras el coche saltaba y daba tumbos sobre los
baches. También había conocido a Sam Johnson, había perseguido de cerca al
desgarbado y torpe hijo del librero y lo había martirizado con bastante
crueldad junto a los demás niños. ¡Cuántos cambios habían tenido lugar en la
vida de los tres con el correr de los años! Y ahora la mía había vuelto a cambiar
dramáticamente.
Contemplé
el exterior por la ventanilla del carruaje, pensando en aquel notable documento
que mi madre había escrito al borde de sus fuerzas. Qué diferente habría sido
mi vida si ella hubiese podido terminarlo y enviarlo por correo dos o tres
semanas antes, o si el reverendo Williams hubiera llegado a St. Giles unos días
más pronto... Cuánto había llorado yo al leer aquella desgarradora y triste
historia. Había abierto las puertas de mi memoria como si fuese una llave
mágica, y cientos de incidentes largo tiempo olvidados regresaron a mi mente
como un torrente. Recordé Lichfield, recordé el estanque, la catedral, vi
aquella niñita alegre y alborotada, aquella amorosa mujer, triste y hermosa,
que se mostraba tan tierna, tan paciente conmigo y hablaba con tanta dulzura.
Recordé los primeros años pasados en Londres cuando, siendo aún una niña feliz,
apenas me había percatado de la horrible lucha que mi madre había de sostener
cada día para sobrevivir, hasta que finalmente acabamos en St. Giles sumidas
por completo en la indigencia. Ahora conocía todo lo que había acontecido antes
de aquello y, por fin, sabía quién era yo.
Antes
de partir de Londres había ido a visitar al deán Jordon a su ostentosa
parroquia, y habíamos estado conversando durante varias horas. Me estuvo
contando todo lo que pudo sobre mi madre, mi padre, mi tío y sobre aquella gran
casa de piedra gris con ventanas emplomadas donde ocurriera la tragedia. Siendo
un hombre inteligente y comprensivo, y con una sincera dedicación a su trabajo
a pesar de los perifollos y de la fachada frívola, el deán Jordon se mostró de
acuerdo en que yo viajara a Cornualles para encontrar mis raíces, pero había
añadido que no debía ir por motivos equivocados. Tenía que sacarme todo el odio
de la cabeza, tenía que comprender que mi tío había estado soportando un
terrible castigo durante todos aquellos años. Su vida había quedado completamente
destruida al perder a su hermano, mi padre, que era la única persona en el
mundo a quien él había amado. Yo no debía odiarle, me dijo el deán Jordon.
Debía tenerle lástima y tratar de comprenderlo.
Ya
podían verse los acantilados, y al tomar una curva del camino vislumbré por
primera vez el mar, olas de color gris acero que se agitaban turbulentas,
coronadas de blanca espuma que, aquel día, no tenían ni un solo toque de azul.
Por encima del resonar de los cascos de los caballos y el traqueteo de las
ruedas oía un sonido silbante y profundo, así como las explosiones que
producían las olas al chocar contra las rocas del fondo del acantilado
salpicándolo todo. Las gaviotas graznaban en el cielo y describían círculos en
el aire como aleteantes tiras de papel blanco. Ahora el olor a sal era mucho
más fuerte, se había hecho penetrante y agudo. También olía a roca mojada y a
arena, a musgo y a excremento de gaviota, y todo ello me resultaba de algún
modo estimulante. El aire de Cornualles tenía una cualidad vigorizante y tónica
en contraste con Londres y con los nocivos olores en medio de los cuales uno se
acaba acostumbrando a vivir.
La
carretera se dirigió otra vez hacia el interior. Minutos después vi las
canteras de arcilla, grandes excavaciones de color gris polvoriento abiertas en
la tierra, que estaban adornadas con una endeble red de rampas de maderos
marrones podridos. Las canteras estaban abandonadas y vacías, y tenían el
aspecto de feas monstruosidades. La fábrica situada detrás de ellas se hallaba
también abandonada; era una horrible estructura achaparrada con varias ventanas
rotas y las altas chimeneas negras surcadas de chorretones de orín. Los
edificios exteriores se hallaban en unas condiciones penosas, y varios de los
cobertizos estaban medio derruidos. Allí, bajo el brillante sol, el lugar
parecía haber estado abandonado desde hacía al menos una docena de años. ¿De
modo que la fábrica de cerámica de los Mowrey había cerrado? ¿Qué harían ahora
los lugareños para ganarse la vida?
Poca
cosa, al parecer, porque cuando el coche llegó a la aldea poco rato después, el
lugar presentaba un aspecto deprimido y tenía una evidente apariencia de
pobreza. Todo estaba descuidado, venido a menos. Un aire funesto parecía estar
suspendido por encima del lugar, y la gente que vi a través de las ventanillas
del coche tenía un aire derrotado, como si hubiesen abandonado ya toda
esperanza de una vida mejor. Había pasado casi un cuarto de siglo desde que mi
madre llegase allí por primera vez para albergarse en aquella posada de aspecto
desolado que ahora tenía el cartel de madera medio roto y los colores desvaídos
desde hacía mucho tiempo. En los últimos veinticinco años había habido muchos
cambios, y ninguno de ellos para mejor.
El
cochero se detuvo ante la posada para preguntar el camino hacia la mansión
Mowrey. Yo me quedé esperando en el coche y fui objeto de muchas miradas
curiosas y... ¿hostiles? “¿Quién será esta mujer con tanto equipaje colocado
encima del coche?”, parecían preguntarse aquellos hombres de aspecto severo y
piel curtida por las inclemencias del clima. Las mujeres, con ropas gastadas y
rostros arrugados, se preguntaban claramente qué haría una criatura tan
extravagantemente ataviada en aquella parte de Cornualles. Notaba la envidia
que yo despertaba, y no pude evitar sentir alivio cuando el cochero trepó otra
vez al pescante y seguimos nuestro camino.
A un
kilómetro del pueblo nos cruzamos con cuatro soldados que cabalgaban sobre
robustos caballos negros de regreso a la ciudad. Eran hombres rudos y de
aspecto fiero con lustrosas botas negras, ceñidas calzas blancas y casacas
rojas; tenían los rostros bronceados, cautos, y la mirada dura. Uno de ellos
tiró de las riendas y se detuvo, dándose media vuelta para mirar con ojos
llenos de sospecha el coche que se alejaba por la tortuosa carretera. Al
asomarme por la ventanilla lo vi detrás nuestro, inmóvil, vigilante, haciéndose
cada vez más pequeño a medida que aumentaba la distancia que nos separaba. ¿Se
imaginaría que lo que a mí me llevaba allí era alguna funesta misión? A la
mierda con aquel hijo de puta. Le habría hecho un gesto obsceno con el dedo si
él no se hubiese hallado ya demasiado lejos para distinguirlo. Pensé que
saltaba a la vista que Cornualles no era un lugar acogedor. Pero de todos modos
yo no había ido allí para hacer nuevas amistades.
Pasaron
cinco minutos; de nuevo acantilados a nuestra izquierda, en cuyo fondo
resonaban las olas al romper. A la derecha el terreno era escabroso; otra vez
la carretera hizo un giro. Vila mansión Mowrey por primera vez. Era exactamente
como mi madre la había descrito, un lugar grandísimo con ventanas emplomadas y
la piedra gris descolorida por los elementos. Los jardines estaban en un estado
silvestre, flores de vívidos colores se asfixiaban a causa de la enmarañada
maleza; los árboles estaban torcidos por el viento. El lugar tenía un aspecto
verdaderamente siniestro, y al acercarnos más observé que varias ventanas
estaban rotas. El tejado necesitaba arreglos con urgencia. ¿Estaría también
abandonada la mansión Mowrey? Así lo parecía al menos. ¿Habría recorrido yo
todo aquel camino para nada? El carruaje avanzó por el paseo. El cochero lo
detuvo justo delante de aquel macizo pórtico. De pronto noté que tenía la
garganta seca.
Salté
del coche. La enorme y pesada mole de la casa se alzaba sobre mí amenazadora,
como si fuese a aplastarme. Las oscuras ventanas emplomadas parecían mirarme
como ojos hostiles. Aunque aún brillaba el sol, allí no se notaba, pues la
enorme casa llenaba el paseo de sombras. Alcé la vista y contemplé la mansión
procurando no ponerme a temblar. “Muy bien, Miranda -me dije-. Ya estás aquí.
Adelante. No vas a dejarte intimidar precisamente ahora.” Me coloqué el
sombrero y me sacudí el polvo de la falda, tras lo cual me volví hacia el
cochero con fría compostura.
-Espere
aquí -le dije-. No sé cuánto tardare.
El
conductor asintió con un movimiento de cabeza. Subí los peldaños y penetré en
el macizo pórtico; luego llamé a la gran puerta de roble. Pasaron unos
instantes. Volví a llamar a la puerta. Sí, yo tenía mucho valor; y sí, mantenía
alta la barbilla. Pero de todos modos un temblor nervioso me recorría por
dentro. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué iba a hacer? ¿Para qué había venido? Con el
ceño fruncido continué dando golpes a la puerta, esta vez con impaciencia. No
había nadie en la casa. Casi me sentí aliviada por ello. “No, aguarda, eso que
suenan son pasos, apenas audibles desde fuera.” Se oyó el fuerte sonido
metálico que produjo el cerrojo cuando alguien lo descorrió. La puerta se abrió
rechinando con fuerza.
Un
hombre alto de complexión sólida y cuarenta y tantos años se me quedó mirando
con cautelosos ojos marrones. El pelo castaño le caía sobre la frente, ancha y
baja, como el tupido flequillo de un monje. Tenía unas facciones fuertes y
rugosas, y habría podido resultar atractivo de no ser porque se notaba que se
había roto la nariz al menos dos veces. Curtido, musculoso, con unas manos
enormes y anchísimas espaldas, parecía un pugilista retirado que estuviera
deseando volver de nuevo al ring. Llevaba un endeble delantal de cuero negro
sobre una camisa blanca de tosco tejido, y unas calzas marrones; olía a ajo y a
cera para muebles. Tenía la mejilla izquierda tiznada de hollín. Me miró
echando chispas por los ojos como si yo hubiese venido a atracar la casa.
-
¿Sí? - me preguntó con tono malhumorado.
-
Deseo ver a lord Mowrey - le dije.
-¿Ah,
sí? ¿Para qué?
-
Eso a vos no os importa - le contesté con rudeza.
Uno
se puede comportar con buena educación hasta cierto límite. No iba a dejarme
tratar con aquel atrevimiento por un criado malhumorado que parecía haberse
pasado la mayor parte de su vida en un ring de boxeo. Frunció el ceño. Cerró
los puños. ¿Pensaría pegarme? Me quedé mirándolo con imperiosos ojos azules,
desafiándole a que lo intentase. ¿Era una insinuación de sonrisa irónica lo que
vi aparecer en aquellos amplios y sonrosados labios?
-
Supongo que no seréis un cobrador - dijo.
-
¿Pensáis ir a buscar a lord Mowrey o tendré que ir a buscarlo yo misma?
-
Primero tendréis que pasar sobre mi.
-No
me sería difícil, os lo aseguro.
Fue
una sonrisa irónica. Aquellos oscuros ojos castaños se mostraron divertidos.
Obviamente, el bestia aquel era un perro guardián, y a juzgar por el aspecto
del lugar probablemente tenía que poner a menudo mala cara a un buen número de
cobradores. Estaba claro que la riqueza de los Mowrey se había evaporado. El
gran vestíbulo que había a la entrada se hallaba en un estado deplorable, y el
salón al que el hombre me condujo se encontraba aún en peores condiciones. El
descolorido brocado blanco y amarillo que revestía las paredes estaba hecho
jirones. El suelo carecía de alfombras. Hasta los objetos de menos valor habían
desaparecido, y los muebles que quedaban estaban viejos y gastados. Había polvo
por todas partes. Antiquísimas cenizas grises llenaban las chimeneas,
derramándose por todo el hogar. Realmente lord Robert Mowrey estaba pasando por
momentos difíciles.
-
Esperad aquí - me indicó el perro guardián-. Iré a buscarlo. ¿Quién le digo que
ha venido a visitarlo?
-
Prefiero no dar mi nombre. Que sea una sorpresa.
-
Oh, se sorprenderá, desde luego. No robéis la plata - me advirtió.
Conseguí
por los pelos reprimir una réplica agria y gráfica cuando el hombre salió
desenfadadamente y a paso lento de la estancia. Le oí subir pesadamente las
escaleras que salían del corredor. ¿Qué habría sido de la fortuna familiar?
¿Por qué habrían cerrado la fábrica? La casa era una ruina. ¿Sería también lord
Robert Mowrey una ruina, o aún se mantendría delgado, duro y frío como el hielo
y siempre vestido de negro? Oí de nuevo pasos en las escaleras, esta vez
bajando, unos pasos más ligeros que parecían rebotar hacia abajo. Me di la
vuelta. Un joven absolutamente deslumbrante que llevaba una camisa blanca de
seda raída y viejas calzas grises entró a paso vivo y rítmico en el salón y se
detuvo bruscamente al verme de pie junto a la chimenea.
-
¡Jesús! -exclamó-. ¡Ned tenía razón! Sois realmente algo que quita el habla.
-Tú...
tú debes de ser Douglas -le dije. La voz me sonaba extrañamente tensa.
Sonrió
y me hizo una burlona reverencia. Era alto y delgado en extremo, un joven
larguirucho y suelto de alegres ojos grises y una espléndida mata de pelo rubio
que le caía sobre la frente en ondas rebeldes. Aquellas facciones viriles y
maravillosamente atractivas eran las de un ángel bueno, aunque sin duda
travieso. Tendría ya veintiocho años, pero parecía más joven. Mi hermano. Me
quedé mirándolo, incapaz de articular palabra, y me sentí sacudida por unas
emociones que no había sentido nunca antes. Mi hermano. Todo un hombre ya. Sin
inmutarse lo más mínimo por el modo tan directo y fijo en que yo lo observaba,
me devolvió la mirada y me contempló arqueando una ceja hacia arriba.
-Yo...
he venido a ver a lord Robert Mowrey -logré tartamudear al fin.
- Me
temo que llegáis un poco tarde.
-
¿Tarde?
-Mi
tío murió hace cinco años.
-¿Está...
está muerto?
-Casi
os lo podría asegurar -dijo.
-Y...
¿tú estás solo del todo?
-
Este lugar tiene un aspecto horripilante, ya lo sé, pero tengo a Ned para que
me proteja.
-Ya...
ya veo.
Yo
no estaba actuando con mucho sentido común. Me daba cuenta de ello. A él debía
de parecerle una auténtica idiota. Me quedé mirándolo, temblorosa. Tenía ganas
de echarme a llorar. De pronto me sentí muy tímida, me entró miedo de decirle
quién era yo. Douglas se me acercó y comenzó a observarme atentamente; las
cejas fruncidas comenzaron a formar un bello arco. Los ojos grises se llenaron
de reconocimiento y el rostro adoptó la misma expresión que el de un niño
desconcertado, con la boca abierta y el surco entre las cejas cada vez más
profundo. Sin que él me lo pidiera, me quité el sombrero de ala ancha y plumas
sobresalientes y lo aparté para que mi hermano pudiera verme mejor, sin
obstáculos.
-
No... no es posible - susurró
-
Douglas...
- ¡
Pero si no puede ser!
Me
cogió por la muñeca, me condujo con rudeza fuera de la habitación y me llevó
escaleras arriba. Demasiado sobresaltada para protestar, le seguí mientras él
mantenía los dedos, como anillos de hierro, clavados en mi muñeca. Me tropecé.
El ni lo notó. Absorto en su propio nerviosismo, Douglas me arrastraba tras él
escaleras arriba y luego a lo largo de otro pasillo; finalmente abrió de par en
par una puerta y me hizo entrar de un tirón en una larga habitación cuyas
ventanas daban a un lado de los jardines y al campo que había más allá; el mar
apenas era visible entre los árboles retorcidos por el viento. El polvo era tan
denso que nuestra entrada provocó una gran polvareda. Las paredes se veían
festoneadas de telarañas que colgaban del techo formando sedosos dibujos.
Douglas
me soltó de la muñeca y empezó a abrir puertas de armario con una expresión
atenta y decidida en los ojos. Reconocí la habitación, el cuarto de los niños,
por las descripciones de mi madre. Allí estaba la vieja mesa de trabajo, la
librería llena de polvorientos y apretados volúmenes. Allí estaba el globo
terráqueo que ella había utilizado, y de la pared colgaban los dibujos que mi
hermano hiciera de niño... un árbol torcido, un caballo que más bien parecía un
búfalo, una gigantesca manzana roja. El papel ya estaba amarillo y quebradizo a
causa del tiempo, pero los colores aún eran vivos. Soltando una maldición,
cerró un armario de un portazo y abrió otro.
-
¡Sé que está por aquí, en alguna parte! Lo he guardado siempre como un
tesoro... Hace años que no entro aquí, pero estoy seguro de que no lo he
tirado...
Entonces
lanzó un grito de triunfo y sacó un papel al que sopló para quitarle el polvo.
Lo estuvo contemplando con ternura y luego se volvió para mostrármelo. Era el
pequeño y bellamente coloreado dibujo recortado de una mujer de ojos tristes y
grises y pelo castaño rojizo. Yo hubiera podido ser la modelo, de tan
sorprendente como era el parecido.
-
Ella es... sois exactamente... - Douglas se interrumpió bruscamente-. No,
vuestro pelo es más rojo que el de ella, y ella tenía los ojos grises en vez de
azules, pero... sois... a no ser que seáis... podríais ser su hermana gemela.
-
Era mi madre - dije yo quedamente.
-
Honora era vuestra...
Asentí,
y una lágrima me rodó lentamente por la mejilla al contemplar aquella preciosa
figura de papel.
-
Miranda - susurré.
-
¿Cómo supisteis que se llamaba...?
-Yo
también me llamo Miranda.
Douglas
volvió a guardar el dibujo en el armario, colocándolo cuidadosamente junto a
una polvorienta réplica en cartón del Teatro Globe. Cerró la puerta del armario
y me dirigió una larga mirada; una nueva clase de reconocimiento apareció en
aquellos hermosos ojos grises. La luz del sol se filtraba por entre las sucias
ventanas creando un suave halo amarillo que llenaba la vieja habitación de los
niños. El pasado estaba allí con nosotros, los dos pensábamos en el alborotado
y sensible niño y en la encantadora y recatada joven que había sido su
institutriz.
-
Eres mi hermana - dijo.
Asentí
de nuevo, sin atreverme a hablar.
-Yo...
aquel día ella... estuvo ausente mucho rato. Yo la quería muchísimo, ¿sabes?, y
al ver que no venía... - Se quedó callado, recordando-. Cuando por fin volvió a
casa yo me encontraba aquí, en el cuarto de los niños, mirando la muñeca de
papel de Miranda. Ella... Honora me dijo que tenía una gran sorpresa para mí, y
más tarde, después de comer, me explicó que íbamos a hacer un viaje juntos y
que mi padre también vendría, y luego...
Se
calló en seco con los ojos llenos de dolor a causa de los recuerdos.
-
Luego tu padre se enzarzó en una terrible discusión con tu tío -continué yo-.
Hubo un accidente. El... la barandilla se rompió y él se cayó al suelo, y... El
y mi madre habían ido al pueblo aquella tarde. Se casaron en la iglesia. El
reverendo Williams fue quien celebró la ceremonia. Por eso discutían. Yo... mi
madre ya me estaba esperando cuando...
No
pude continuar. Douglas me cogió las manos y me las apretó con tanta fuerza que
casi me hizo gritar.
-
Siempre me hice preguntas - me confió -. Perdí a mi padre y perdí a Honora, y
siempre sospeché que había algo... algo que yo no sabía. Mi tío nunca quiso
decirme nada, ¿sabes? Y había prohibido a los criados que pronunciasen el
nombre de tu madre. Todos estos años he pensado en ello... y ahora, ahora tengo
una hermana.
Nos
miramos en silencio y el vínculo hizo acto de presencia entre nosotros,
uniéndonos. Los dos lo advertimos y cualquier tipo de barrera entre ambos
desapareció. Mi hermano me dio un abrazo tan efusivo que estuvo a punto de
quebrarme la espalda. No era de los que intentan disimular los sentimientos, mi
hermano, y estaba claro que no era muy consciente de su propia fuerza. Si las
cosas continuaban por aquel camino me dejaría todo el cuerpo magullado y
terriblemente maltrecho. Me separé de él haciendo un esfuerzo, me arreglé el
pelo y traté de conservar un mínimo de dignidad.
-
Puede que seas mi hermano -le dije con enojo-, pero eso... eso no te da derecho
a destrozarme.
-¿No?
- Ni
siquiera nos conocemos todavía.
Douglas
sonrió irónicamente.
-
Parece que mi hermana tiene genio.
-Ya
lo creo que si.
- ¡
Maravilloso! Se supone, según tengo entendido, que lo normal es que los
hermanos se peleen mucho con las hermanas. Es la tradición.
-No
lo sabía.
-
¡Ven conmigo! -exclamó-. Iremos abajo, le diré a Ned que nos prepare un poco de
té y me contarás todo sobre ti y yo te contaré todo sobre mí. ¡ Podremos hacer
planes! Tú te quedas aquí, en casa, naturalmente. No es una casa demasiado
cómoda y se me está empezando a caer encima, pero ahora que te he encontrado no
pienso perderte de vista.
-Yo...
tengo un coche aguardando a la puerta. El cochero está esperando. Mi
equipaje... puede que sea mejor que me aloje en la posada y...
Volvió
a tirar de mí escaleras abajo, maltratándome con aquel rudo cariño. Me empujó
hasta un sofá que había en el salón y corrió otra vez hasta el vestíbulo para
llamar a gritos al criado. Le oí ladrarle amigables órdenes con una voz alegre
y profunda, y luego escuché más ruidos y más voces. Metieron todos mis bultos
en la casa y los llevaron al piso de arriba. Douglas apareció por fin para
informarme de que todo estaba bajo control. Me ordenó que me quedase allí
quieta, sentada. Así lo hice, y con gusto, aturdida e incapaz de pensar con
claridad.
-
Nunca había visto tantas maletas juntas - comentó mi hermano cuando regresó a
la habitación unos minutos después-. He despedido al cochero. Dijo que ya le
habían pagado, lo cual, tengo que añadir, ha sido una buena cosa.
-
Parece que voy a quedarme aquí.
-
Claro.
-
Puede que yo hubiese hecho otros planes. Puede que...
-No
nos metamos en una pelea todavía, por lo menos no antes de tomarnos el té.
Le
dirigí una mirada malhumorada. Douglas sonrió y apoyó un hombro en la chimenea,
ganduleando allí como un diablillo larguirucho y viril. Probé a enfadarme. No
pude. Mi hermano resultaba demasiado atractivo.
-
Ned está haciendo té - me informó-, y luego va a prepararte la habitación.
-Tú...
¿sólo tienes ese criado?
Mi
hermano asintió frotándose una mota de polvo de la mejilla. La gastada camisa
de seda blanca estaba un poco húmeda a causa de todos los esfuerzos que Douglas
acababa de hacer, y le quedaba flojamente metida en la cintura de las ajustadas
calzas grises. De verdad era deslumbrantemente guapo, pensé, pero estaba
demasiado flaco y larguirucho. Me pregunté si tendría lo suficiente para comer.
-
Ned está siempre a mi lado, en las duras y en las maduras... y eso que hace
mucho tiempo que sólo son duras. Sí fue quien me crió, prácticamente. Trabajaba
como lacayo aquí en la casa y era el único capaz de manejarme cuando la señora
Rawson se marchó para casarse con el herrero... tú no sabes quién era ella,
claro...
Lo
sabía, pero no le interrumpí.
- De
todos modos, cuando ella se marchó Ned se encargó de educarme... se ocupaba de
todas mis necesidades, me llevaba a pescar, me enseñó a boxear... él había
practicado un poco el boxeo de adolescente, fue campeón amateur de Cornualles,
aunque eso no impidió que de todos modos le rompieran la nariz. Tuve varios
tutores, desde luego, y aquí había muchos criados, pero Ned era el único que me
zurraba en el trasero cuando me portaba mal y se sentaba a la cabecera de la
cama cuando yo tenía fiebre. Mi tío le subió el sueldo y me puso en sus manos.
El... mi tío no tenía mucho tiempo para dedicarlo a mí, ¿sabes? Yo no le
interesaba en absoluto - añadió en voz baja.
El
fornido criado de nariz rota entró trayendo el té; tazas, tetera, una jarrita
para la crema y un azucarero, todo ello en una deslustrada bandeja de plata.
Aunque la porcelana era muy fina, las dos tazas estaban bastante
desportilladas. No había pan con mantequilla, ni pastas, sólo té, y para eso
bastante flojo. Douglas se sentó perezosamente en un sillón tapizado de seda
amarilla y me estuvo observando detenidamente mientras yo servía el té.
-
Ahora - me dijo cuando le tendí la taza - quiero que me lo cuentes todo: ¿cómo
has vivido, por qué no has intentado ponerte en contacto conmigo antes?
- No
he sabido de tu existencia hasta hace dos semanas. Lo descubrí... por
casualidad.
-
Pues cuéntamelo - insistió.
Y
así lo hice, hablando tranquilamente y sin que la voz delatara la emoción que
sentía. Le conté todo lo que había descubierto leyendo el documento de mi
madre, le hablé de los años que pasé en St. Giles vagabundeando como una
golfilla callejera y desvalijando bolsillos para poder vivir. Quedó a todas
luces horrorizado, pero también fascinado; estuvo escuchando atentamente, sin
interrumpirme apenas. Le hablé del año que había pasado con Cam Gordon y él
aceptó el hecho sin levantar siquiera una ceja y sin emitir juicio alguno. Le
describí mi aprendizaje de escritora y la publicación de los primeros relatos
hasta llegar a escribir Duquesa Annie. Le conté la recepción a la que yo había
asistido en casa de lady Julia, mi encuentro con el deán Jordon y las cosas de
las que me había enterado a través de él.
-
Cuando acabé de leer las páginas escritas por mi madre, yo... me di cuenta de
que tenía que venir aquí. Pensé que podría conocer a mi tío. Creí... yo quería
ver...
Entonces
guardé silencio; la cuidadosa compostura me empezaba a fallar. Douglas también
se quedó callado, con aquellos encantadores ojos grises de nuevo pensativos. Se
había emocionado profundamente con mi relato. Me daba cuenta de ello. Puede que
fuese vivaz, bullicioso y que siempre estuviera de buen humor, pero también
había en él una profunda sensibilidad. El niño acerca del que había escrito mi
madre había crecido hasta convertirse en un hombre viril y atractivo, pero gran
parte de lo que había sido aquel niño aún persistía. A Douglas no le daban
miedo las emociones ni le asustaba mostrarías. Me miró y movió lentamente la
cabeza a ambos lados.
-
Es... es una historia increíble.
-
Supongo que eso le debe de parecer a mucha gente.
-
Creo que nos han estafado a los dos - dijo mientras un profundo surco le
fruncía otra vez el ceño-. Si yo hubiera estado allí, ninguna de esas cosas te
habrían sucedido... yo te habría protegido. Y si tú hubieses estado aquí, yo
habría... habría tenido a alguien además de Ned. No me habría sentido tan solo,
tan perdido, tan poco querido.
Se
quedó callado de nuevo, triste, dolido, todavía perplejo por esta repentina
aparición de una hermana a la que nunca había conocido. Estiró las largas
piernas y se quedó contemplando el interior de la ennegrecida chimenea de
mármol blanco llena de montones de ceniza gris. Un rayo de sol brumoso le
iluminaba la cara y le acariciaba el espeso cabello rubio. Al cabo de unos
momentos dio un profundo suspiro y, volviendo a sacudir la cabeza, regresó al
presente.
-
¿Un poco más de té? - le pregunté-. El mío está ya bastante frío.
- El
mío también - repuso-, pero me temo que no hay más. Mandaré a Ned al pueblo y
le diré que intente camelarse al tendero para que nos conceda un poco más de
crédito. Si no da resultado, lo más probable es que Ned se lo saque por las
malas amenazándolo con estrangularlo.
-
Por lo que voy viendo, Ned es un hombre que está lleno de recursos.
-Ya
lo creo. No podría pasarme sin él.
-Tú...
no andas muy bien de dinero, ¿verdad?
-
Eso es una forma muy suave de decirlo - admitió-. Durante los últimos años de
su vida mi tío hizo algunas inversiones que resultaron francamente imprudentes.
Había perdido interés por la fábrica, de modo que acabó por cerrarla. Cuando
murió... bueno, hablando claro, todo lo que yo poseo es una fábrica abandonada
y la mansión Mowrey. Y ya ves en qué estado se encuentra. Todos los objetos que
tenían algo de valor se han ido vendiendo pieza a pieza... Los muebles buenos,
los cuadros, la vajilla de plata, las alfombras... es una larga y espantosa
historia. Ya te la contaré otro rato. Ahora voy a llevarte a tu cuarto y
dejarte allí para que recuperes el aliento.
- Me
gustaría refrescarme un poco.
-
Eso suponía. Ven conmigo.
La
habitación que mi hermano me había asignado estaba en la segunda planta, y era
el único dormitorio, además del suyo, que se mantenía en unas mínimas
condiciones de habitabilidad. Grande, con ventanas que daban al paseo de la
parte delantera, disponía de una cama, un tocador y un armario de roble dorado
que había sido pulido hasta adquirir un brillo color miel. La colcha y las
cortinas eran de brocado amarillo desvaído y estaba bordado con pequeñas flores
de seda blanca. El suelo se hallaba desnudo, y la madera del mismo había
adquirido un tono marrón negruzco a causa del tiempo. La habitación olía a
cera, a limón y a alcanfor y, aunque limpia, era evidente que no se había
utilizado desde hacía mucho tiempo. Mis maletas se hallaban amontonadas junto
al armario.
-
Conservo esta habitación en buen estado para los invitados - me dijo Douglas-.
Aunque últimamente no han venido muchos. ¿Tienes hambre?
-No.
-
Estupendo. Le diré a Ned que se olvide de preparar la comida. Yo nunca como a
mediodía. Hay agua, un aguamanil y todo lo demás detrás de ese gran biombo
blanco. Yo estaré en el piso de abajo... si necesitas algo grita, y Ned o yo
vendremos corriendo a cumplir tus órdenes.
Sonrió
y salió con paso tranquilo y airoso de la habitación. Dos horas más tarde,
descansada y fresca después de haber deshecho uno de los baúles y de haberme
puesto un vestido de muselina marrón claro estampado con florecillas rosas y
marrones, volví al piso de abajo para reunirme con mi hermano. Como no pude
encontrarlo, aproveché la oportunidad para explorar alguna de aquellas enormes
habitaciones. Despojadas de cualquier objeto valioso y llenas de polvo y
telarañas en su mayor parte, conservaban aún su sólida estructura y enormes
proporciones. Pude verlas con la imaginación tal como habrían sido veinticuatro
años atrás, cuando mi madre le daba clases al joven y revoltoso Doug y le había
entregado el corazón al padre de éste.
Tras
salir de la biblioteca y cruzar el vestíbulo, abrí una puerta y penetré en el
antiguo despacho de mi tío. Sobre la chimenea colgaba un cuadro, toscamente
pintado, que representaba la fábrica de cerámica Mowrey. Había un estante con
tazas, platos y fuentes de loza azul barata, un juego de platos más caros de
porcelana de color blanco cremoso que estaban decorados con flores naranjas y
ribeteados de oro. Allí se hallaba también el escritorio donde lord Robert
Mowrey repasaba las cuentas. Ahora se hallaba atestado de papeles, y un gran
libro de contabilidad encuadernado en cuero yacía abierto sobre él. Aunque
desordenado - había bolas de papel por el suelo, un par de botas manchadas de
barro en un rincón, el corazón de una manzana y un pedacito de queso seco en un
plato desconchado junto al libro de contabilidad-, el despacho se encontraba
libre de polvo. Ninguna telaraña sedosa festoneaba las paredes.
-
¿Has descansado bien?
Solté
un gritito y giré en redondo. Mi hermano me sonreía. Se encontraba en un
pequeño despacho contiguo a aquél en el que estaba yo. La puerta de
comunicación entre ambos se hallaba abierta. No lo había oído entrar.
-
¿Te he asustado?
-Yo...
estaba pensando en el pasado.
-
Llevas un vestido muy bonito.
-Gracias.
He... he bajado hace media hora. Te estuve llamando. Pero nadie me contestó.
- Le
dije a Ned que fuera al pueblo a ver si podía convencer, por las buenas o por
las malas, al tendero a fin de que nos fiara algunas provisiones. He estado en
el antiguo despacho de Parks, fantaseando.
-
¿Fantaseando?
-
Permitiéndome sueños tontos. Ven, te lo enseñaré.
Me
dio la mano y me condujo hasta el otro despacho, más pequeño. Había sido
despojado de todos los muebles excepto de un gran escritorio desvencijado que
se hallaba cubierto de una salvaje aglomeración de grandes pliegos de papel
blanco. Eran dibujos, por lo que pude ver... algunos a lápiz, otros a
carboncillo, otros coloreados. Una caja de acuarelas y una taza de agua sucia
descansaban al borde de la mesa, y dos pinceles mojados goteaban sobre el
suelo. Douglas levantó un papel todavía húmedo y me lo tendió.
-Mi
fantasía -dijo.
Era
un diseño para un plato, el plato más hermoso que yo había visto en mi vida,
exquisitamente pintado a h acuarela. Guirnaldas de diminutas flores azul pálido
y delicadas hojas de color jade decoraban el plato, cuyo borde estaba trazado
en dorado. El centro del plato era blanco, salpicado levemente con las mismas
flores y hojas, como si una de las guirnaldas hubiese sido sacudida hasta
deshacerse. Lo contemplé con algo parecido a un temor respetuoso, sorprendida
del soberbio detalle y de la increíble destreza.
-Tú...
¿esto lo has hecho tú?
-
Eso me temo. También tengo diseños para tazas, platillos, fuentes, teteras,
bandejas, lo que quieras... todos con el mismo dibujo. Hay también otros
modelos, pero éste es mi favorito. También he diseñado loza nueva. No es tan
delicada, claro, pero es mucho más bonita que esos tristes cacharros azules que
solía fabricar el tío Robert.
Me
fue tendiendo hoja tras hoja; cada uno de los dibujos estaba tan hermosamente
dibujado como el que me había enseñado en primer lugar, y me quedé aún más
maravillada. Había soperas, fuentes de verdura, cafeteras, platos soperos... un
despliegue interminable de porcelana fina ejecutada al detalle y de forma
maravillosa.
-Pero...
esto es asombroso -le dije-. Nunca había visto una cosa así.
-Tú
escribes libros. Yo diseño porcelana. Eso me mantiene ocupado.
-
Estás increíblemente bien dotado.
-
Siempre me interesó la fábrica - confesó-. Incluso cuando era niño. Mi tío no
conseguía alejarme de ella. Aprendí todo lo que pude del negocio; trabajaba con
los obreros cuando mi tío no me veía y, más tarde, en lugar de ir a Oxford me
marché a Francia, donde pasé cuatro años de aprendiz con los maestros de allá.
-
¿Por qué a Francia? -le pregunté.
- La
fábrica de Vincennes produce la mejor porcelana del mundo, mejor que la de
Dresden, mejor que la de Meissen. Es la favorita de madame Pompadour... piensa
trasladar la fábrica a Sévres, el pueblo que se encuentra junto a su propiedad
en Bellevue, para de ese modo poder supervisarlo todo personalmente. Han creado
nuevos colores: Rose Pompadour) Blue du Rol, verde manzana. Han probado formas
distintas y altamente originales, también: formas aflautadas, bordes
festoneados, filigrana de porcelana que recuerda a la plata. Todas las cosas
que yo tuve ocasión de aprender allí...
Douglas
suspiró y en sus ojos apareció una mirada triste de derrota al tiempo que
empezaba a apilar ordenadamente las hojas de papel sobre la mesa.
-
Soñaba con convertir nuestra fábrica en... algo parecido a aquello, aunque en
menor escala, desde luego. ¿Por qué no puede ser la loza inglesa tan fina como
la francesa? Me lo he estado preguntando continuamente. Tenía intención de
llevar a cabo muchos cambios una vez que me hiciese cargo de la fábrica. Cuando
mi padre contaba la misma edad que yo tenía entonces, ya había diseñado unos
planos para renovar la fábrica, modernizarla y hacer-la mas segura y saludable
para los obreros. Había hecho también una lista de propuestas para aliviar los
apuros de los obreros dándoles más incentivos. Los encontré un día en el fondo
de un cajón del escritorio de mi tío, todo encorvado y amarillo por el tiempo.
-El
también soñaba -le dije en voz baja.
-Y
yo esperaba convertir ese sueño en realidad. Confiaba en poder renovar la
fábrica, en hacer todos esos cambios como... como una especie de tributo a
él... y realizar mi propio sueño a la vez.
Doug
apartó los papeles y se volvió hacia mí con una sonrisa en los labios.
-
Pero las cosas no iban a salir como yo deseaba -dijo-. Cuando volví de Francia
el tío Robert ya había abandonado la fábrica de cerámica. El... las cosas
habían ido empeorando cada vez más desde la muerte de mi padre. El tío Robert
se sumergió en el trabajo, pero había perdido ya todo interés e iniciativa. La
fábrica ya no le importaba, sencillamente. Aquello fue de mal en peor y...
bueno, acabó por cerrarla. Toda aquella gente se quedó sin trabajo...
Por
la expresión de su rostro me di cuenta de que la fatal suerte de aquellos
hombres y mujeres que se habían quedado sin empleo era algo que le tenía
enormemente preocupado. Estaba claro que Douglas poseía el mismo carácter
compasivo y la misma preocupación por sus semejantes que había tenido Jeffrey
Mowrey. Lanzó otro profundo suspiro y se apartó de la frente la mata de ondas
rubias.
-Está'
muy cargada la atmósfera aquí dentro -dijo-. Vamos a dar un paseo.
- Me
encantaría ver los páramos.
-
Pues los verás.
Douglas
me guió por el pasillo, pasamos junto a las escaleras y luego franqueamos una
puerta estrecha y nos encontrábamos en el gran vestíbulo de la parte trasera,
donde anteriores generaciones de Mowreys habían entrenado sus caballos en los
días de mal tiempo. Era como una caverna vasta y muy fría, pensé. El suelo de
piedra que antaño sirviera para ejercitar los caballos rezumaba un olor acre.
Supuse que habría murciélagos colgando del techo. Después de la fantasmal
penumbra de aquel vestíbulo trasero, el sol del exterior parecía mucho más
brillante, aunque ahora había palidecido, y la brillante plata se había trocado
en una tenue luz amarillenta.
-
¿Qué pasó después? - le pregunté cuando avanzábamos por los jardines.
-
¿Después de que mi tío cerrara la fábrica? Murió a los pocos meses. Creo que se
alegró de marcharse. El... yo tenía la sensación de que mi tío sólo había
estado esperando eso desde la muerte de mi padre. Mi tío era un hombre muy
desgraciado, extrañamente retorcido.
Habíamos
dejado atrás los jardines, y ahora los páramos se extendían ante nosotros en
todo su esplendor, elevándose lentamente hacia las colinas donde las legiones
romanas tuvieran antaño sus campamentos. El cielo estaba de un color blanco
grisáceo, todo bañado en luz de sol, y se arqueaba en lo alto sobre aquella
rugosa extensión de tierra desigual que se hallaba cubierta de hierba grisácea
con un ligero tinte púrpura y ciénagas tan negras como el alquitrán, lo que
producía un agudo contraste. Había enormes cantos rodados grises surcados de
orín y musgo verde y seco. Al caminar sobre aquella tierra esponjosa, una suave
brisa me hacía ondear la falda y me alborotaba las sedosas hebras de pelo
cobrizo que me cruzaban las mejillas. Mi hermano caminaba con paso amplio,
largo y saltarín, inclinado hacia delante y con las manos metidas en los
bolsillos de las calzas.
- No
había dinero - continuó -. Yo tenía la fábrica y la casa, pero apenas disponía
de lo suficiente para comprar comida. Yo... me aferraba a esto. Empecé a vender
cosas, cuadros, muebles y relojes de oro, todo aquello por lo que existiera la
menor posibilidad de que me dieran unas cuantas libras. Seguía creyendo que
algún día, como fuera, podría volver a abrir la fábrica. He recibido varias
ofertas para comprármela... la arcilla de aquí es soberbia, de las mejores de
Inglaterra. Los dueños de otras fábricas han visitado este lugar, han visto el
potencial que tiene y me han hecho ofertas generosas con la esperanza de
expandirse, pero...
-Tú
te has negado a vender -le dije yo.
-Supongo
que tendré que acabar vendiéndola. Ned y yo hemos ido arañando aquí y allá
durante estos años, pero me doy cuenta de que la cosa no puede durar mucho más.
Y además ahora tengo que pensar en ti.
El
terreno empezaba a hacerse cuesta arriba ahora, elevándose poco a poco; nos
detuvimos junto a una gran roca plana de color gris. Me senté en ella,
desplegando la falda de muselina a mi alrededor, y Douglas se quedó de pie, con
las manos aún metidas en los bolsillos, contemplando pensativamente el paisaje
que nos rodeaba. Un gran pájaro marrón - ¿se trataría de alguna especie de
halcón? - describía lentamente círculos en el cielo, haciéndose cada vez más
pequeño. La mansión Mowrey, a lo lejos, parecía una casa de juguete, un feo
bloque gris que se erigía en medio de aquellos enmarañados jardines. Pensé en
mis padres, recordé aquella merienda campestre en los páramos sobre la que mi
madre había escrito y en la cual, mientras Douglas correteaba buscando piedras
de colores, mi padre le había contado a ella un sueño.
Sentí
una curiosa serenidad por el hecho de estar allí con mi hermano. Me parecía tan
normal, tan natural que estuviésemos juntos, ya íntimos, que me daba la
impresión de que todos aquellos años que nos separaban no habían existido
nunca. Estaba segura de que Douglas sentía lo mismo que yo. El lazo que existía
entre nosotros había sido reconocido inmediatamente por ambos. Ahora se volvió
hacia mí, con el bello rostro muy serio y los preciosos ojos mirándome con
expresión solemne.
- Te
lo han estafado todo, Miranda - me dijo-. Pienso compensarte. No sé cómo,
pero... lo haré. Voy a cuidar de ti de ahora en adelante.
-
Siempre he sabido cuidar de mí misma - le indiqué.
-
Puede que sea así, pero ahora me tienes a mí.
La
voz le sonaba llena de resolución, y tenía el semblante severo. Yo estaba
conmovida y, en el fondo, también divertida ante aquella actitud. Le había
contado a Douglas que yo me dedicaba a escribir, pero no le había dicho nada
del alcance de mi éxito. Aquel guapo joven que no sabía de dónde iba a sacar la
comida siguiente no tenía ni idea de que su recién hallada hermana era una
mujer muy rica, y con perspectivas de serlo aún más cuando saliera a la venta
el nuevo libro. Sonreí para mis adentros. Douglas me dio la mano y me ayudó a
ponerme en pie. Las ondas rubias le caían por la frente.
-
Será mejor que emprendamos el regreso. Ned ya habrá vuelto de la aldea... y
supongo que no con las 'manos vacías, si es que conozco a Ned. Nos preparará la
comida. Seguro que tienes hambre.
- Un
poco - le confesé.
-
Probablemente habrá estofado y pan integral, y a lo mejor una botella de vino.
-Me
parece delicioso.
-No
vas a volver a Londres -me dijo cuando nos pusimos a caminar en dirección a la
casa-. No estoy dispuesto a permitírtelo. Tu sitio está aquí, conmigo.
Encontraré alguna clase de trabajo. Yo... venderé la fábrica si es preciso,
pero me voy a encargar de ti.
-
Douglas, hay algo que yo...
-
Sin discusiones - dijo poniéndose serio-. Acabo de tomar la decisión por ti.
Para eso están los hermanos mayores. Ahora por fin estamos juntos, Miranda. Sé
que las cosas han sido difíciles para los dos y puede que lo sean más en el
futuro, pero venceremos.
No
quise discutir. Habría sido en vano. Mi hermano tenía la intención de que yo me
quedase y me quedaría. Los dos permanecimos en silencio mientras caminábamos
despacio por aquellos inhóspitos y curiosamente hermosos páramos y avanzábamos
hacia la casa que se erguía en la lejanía. Douglas me condujo alrededor de un
gigantesco canto rodado, y pasamos junto a una ciénaga alquitranada ambos
profundamente sumergidos en nuestros pensamientos. Experimenté una maravillosa
sensación de parentesco y también una firme resolución. Un plan estaba
empezando a forjarse en mi mente. Lo primero que haría a la mañana siguiente
sería escribirle una carta a Bancroft.
5
Bancroft
se negó sencilla y llanamente a permitir que invirtiera mi dinero en la fábrica
de cerámica. Nada más recibir mi carta viajó hasta Cornualles para inspeccionar
la fábrica, y mantuvo largas conversaciones con Douglas amén de una acalorada
discusión conmigo. Le comuniqué con actitud inexorable que aquel puñetero
dinero era mío que podía hacer con él lo que me diera la gana, pero Bancroft
afirmó resueltamente que se había estado pelando el culo para hacer de mí una
mujer rica y que no estaba dispuesto a dejar que me arruinase de un solo golpe.
Douglas permaneció al margen con una divertida sonrisa dibujada en los labios,
pues él y Bancroft ya se habían puesto de acuerdo acerca de cómo sería más
conveniente llevar el asunto. La fábrica era, en efecto, una fuente en potencia
de dinero, particularmente si se ponían en práctica los planes de renovación de
mi padre, se adoptaban sus propuestas y se utilizaban los diseños de Douglas
junto con las nuevas técnicas que éste había aprendido en Vincennes. Pero semejante
empresa no sólo requería hasta el último penique que yo poseía, sino también se
llevaría los posibles beneficios que yo pudiera conseguir con Las chicas de
Betty.
-
¡No me importa! El dinero es mío. Y voy a emplearlo como me dé la gana.
-
¡Será pasando sobre mi cadáver!
-
¡Maldito seas, Dick Bancroft, eso es algo que tiene fácil arreglo! ¡Si tuviera
un trabuco en las manos te volaría ahora mismo la cabeza!
-
Tienes una hermana encantadora - le comentó Bancroft a Douglas.
-
Empiezo a darme cuenta.
-
¡Tú mismo dijiste que la fábrica podía convertirse en la mejor de Inglaterra,
que los inversores harían una fortuna con ella! Y si ése es el caso no veo por
qué...
-
Inversores. En plural. Esa es la palabra clave. Si dejases de gritar como una
pescadera y me permitieras decir unas palabras, te explicaría las cosas. Tu
hermano y yo ya hemos hecho planes. Usaremos tu dinero para cubrir
aproximadamente la mitad de los costos, y tú y Douglas, aquí presente, seréis
propietarios del cincuenta y uno por ciento del negocio. El resto del dinero lo
aportarán inversores individuales, que comprarán las acciones restantes.
-Ya
sabes que yo no entiendo todos esos... detalles técnicos, Bancroft. Nosotros
somos los dueños de la fábrica, y ahora dices que se supone que tenemos...
-¿Crees
que podríamos amordazaría? -le preguntó Bancroft a mi hermano.
-Quizá
no sea mala idea -repuso Douglas.
-
¡Sois un par de cabrones!
-Yo
mismo pienso comprar el diez por ciento de las restantes cuarenta y nueve
acciones - continuó Dick haciendo caso omiso a mi insulto-. En realidad habrá
más de cien acciones... habrá miles, y cada acción costará tanto... estoy
intentando explicártelo de una manera sencilla para no confundirte. Tú y
Douglas tendréis el control, seréis...
- ¡
Detalles!
- Lo
hemos pensado todo muy bien. Tu hermano, por cierto, es un buen negociante... y
ésa es una de las razones por las que estoy decidido a invertir algo de mi
propio dinero en este asunto. En resumen, querida y atolondrada Miranda, la
fábrica volverá a abrirse según lo planeado, pero sólo emplearemos la mitad de
tu dinero. Con el resto no estoy dispuesto a correr riesgos.
-
¿No te parece que podrías darme unas cuantas libras para reparar la casa y
amueblaría?
-
Creo que eso podría arreglarse.
-
¡Cuánta generosidad la tuya, Dick Bancroft!
-
Pienso vigilar de cerca todos y cada uno de los gastos, fíjate bien en lo que
digo.
Lo
miré echando chispas por los ojos; Bancroft y Douglas sonrieron mientras yo
salía de estampida de la habitación. Bancroft regresó a Londres dos días
después, y las semanas siguientes se convirtieron en un completo caos al
iniciarse los trabajos en la fábrica. La casa se vio completamente invadida por
equipos de limpieza y obreros, la mayoría de ellos gente del pueblo. Se
limpiaron las habitaciones, se ventilaron, se pulieron los suelos y las
maderas, trabajo que corrió a cargo de un equipo de charlatanas mujeres del
pueblo que no acababan de dar crédito a su buena suerte; sus maridos e hijos
tapizaron o pintaron las paredes. Se reparó el tejado, se cambiaron las
ventanas rotas y se enlucieron los techos. Aquella sombría y decrépita casa
vieja adquirió un nuevo y brillante resplandor tanto por dentro como por fuera,
pues los jardines también se limpiaron, se cortó el césped, se volvieron a
plantar los parterres de flores y se instalaron nuevos enrejados.
La
luz del sol llenó las oscuras habitaciones. No resultaba nada fácil convertir
la mansión Mowrey en un lugar alegre, pero hice un titánico esfuerzo y decidí
emplear cientos de litros de pintura blanca; elegí telas de colores blanco lino
y limón pálido para las paredes. Vendedores de Londres acudieron en tropel con
gran variedad de muestras y catálogos, y también elegí las cortinas y las
alfombras. Encargué muebles nuevos, la mayoría de los cuales procedían del
taller de Thomas Chippendale, cuyos muebles eran tan elegantes como en cierta
ocasión me asegurara la señora Wooden. Bancroft, en efecto, vigiló muy de cerca
todos los gastos y me hizo llegar de vez en cuando groseras protestas por
correo; pero las arcas que tan rápidamente se vaciaban se llenaron con igual
rapidez cuando, dos meses después de mi llegada a Cornualles, “Thomas Sheppard
& Company” pusieron a la venta Las chicas de Betty.
Mientras
yo me hallaba tan atareada con la casa y contrataba toda una plantilla de
criados entre la gente del pueblo, Douglas y un equipo de expertos que éste
había mandado llamar estaban muy ocupados haciendo innovaciones en la fábrica e
instalando las mejoras. Una vez que el trabajo estuvo encarrilado y le fue
posible ausentarse, Douglas realizó un apresurado viaje a Francia donde, a base
de su encanto, de promesas y de tener los bolsillos bien repletos de dinero,
convenció a tres de los mejores maestros artesanos de Vincennes para que
desertasen y se viniesen a Cornualles; los trajo de regreso con un aire de
jubiloso triunfo. Dicen que aquel traicionero acto obligó a la Pompadour a
guardar cama durante días afectada de una migraña atroz.
Las
obras de la casa estaban casi terminadas y yo acababa de contratar una
plantilla completa de criados cuando, una tarde, recibí una visita inesperada.
Varios fornidos trabajadores estaban descargando un carro de muebles que
acababa de llegar de Londres y metiendo las elegantes piezas en el vestíbulo.
Yo llevaba puesto un vestido azul de algodón que era lo peor que podía llevar,
pues había estado trabajando con él puesto todo el día y se encontraba en un
estado deplorable. Tenía el pelo húmedo y revuelto, muy despeinado, y habría
apostado a que también llevaba la cara manchada. Estaba indicándoles a los
trabajadores dónde debían colocar los muebles; lacayos, doncellas y la nueva
ama de llaves andaban presurosos de un lado a otro, y yo no estaba en absoluto
preparada para recibir una visita. La señorita Morrison llamó a la puerta, que
estaba abierta. En medio de todo aquel barullo nadie la oyó. Tras dar
instrucciones a los hombres para que transportasen el espléndido escritorio
nuevo a mi gabinete, que se encontraba en la parte de atrás, y ordenarle a uno
de los lacayos que los acompañase, lancé un suspiro, levanté la vista y
entonces la vi allí de pie, junto al quicio de la puerta, fría, compuesta y
verdaderamente bonita con aquel vestido a rayas rosas y grises.
- Me
temo que he venido en un mal momento - me dijo-. Habría hecho mejor en
proseguir mi camino al ver ese carro detenido ante la puerta.
-Yo...
¿cómo estáis? -tartamudeé-. Tendréis que perdonarme. Yo... hemos tenido un día
muy agitado y...
-Lo
entiendo perfectamente -repuso. Tenía la voz tranquila y bonita, innegablemente
patricia-. Volveré en cualquier otro momento que sea más oportuno.
-Vos...
-
Soy Linda Morrison. Mi familia y yo vivimos en el condado vecino. Conozco a
vuestro hermano desde que éramos niños.
-No...
no os marchéis, señorita Morrison. Por lo menos dejad que os ofrezca una taza
de té, ya que habéis hecho un recorrido tan largo.
-No
queda tan lejos, lady Mowrey, y me gusta mucho salir por el campo conduciendo
yo misma la carreta. No hay demasiadas cosas que hacer por aquí.
Los
trabajadores volvieron sudorosos al vestíbulo a causa del esfuerzo. Sólo
quedaba un mueble por meter en la casa. Les indiqué que lo pusieran en la
biblioteca y le dije a una de las doncellas que se ocupase de que les dieran
algo de beber antes de que se marchasen. Luego le pedí al ama de llaves que se
hiciera cargo personalmente de que nos llevaran té al salón a la señorita
Morrison y a mi.
- No
quisiera interrumpir - protestó la señorita Morrison -. Veo que estáis muy
ocupada y puedo volver fácilmente en cualquier otro momento.
-
No, no... a decir verdad a mí también me vendrá muy bien una taza de té. Por
favor, quedaos un rato.
Vaciló
un instante, indecisa; luego asintió y me siguió hasta el salón. Yo nunca había
conocido a una joven con aquella bella y sosegada compostura. Era
extremadamente reservada, podría decirse que casi estirada, aunque yo advertía
cierta cordialidad innata tras aquella fachada de buena educación. Llevaba el
largo cabello, negro como el azabache, cepillado con pulcritud, y los ojos
azules y transparentes ponían en evidencia una gran dosis de inteligencia.
Alta, esbelta, con facciones frías y encantadoras, no era tan joven como me
pareciera al principio. El esplendor de la primera juventud había dejado paso a
una inconfundible madurez.
-
Habéis tenido que hacer una labor increíble con esta vieja casa - comentó
echando una ojeada a la recién amueblada habitación.
-No
ha resultado nada fácil.
-
Tengo entendido que este lugar se hallaba prácticamente en ruinas. Hace muchos
años que no entro en la mansión Mowrey. La última vez que lo hice aún vivía
vuestro tío. Mi madre y yo vinimos a visitarlo.
-
¿Conocéis a mi hermano? - inquirí.
- No
muy bien. Para ser sincera, hace más de diez años que no nos vemos. Se marchó a
Francia, y cuando volvió yo ya me había ido a Bruselas para enseñar inglés en
un colegio de señoritas. Vuestro hermano y yo nos conocimos casualmente cuando
éramos niños.
-
Sentaos, por favor, señorita Morrison.
Linda
Morrison tomó asiento en el sofá y cruzó las manos sobre la falda. Se sentó muy
erguida, compuesta y recatada, con los hombros derechos y la espalda rígida. Me
acomodé en una silla frente a ella; me sentía un poco incómoda y trataba de que
no se me notase.
- Y
para serle aún más franca - continuó-, mi superficial amistad con vuestro
hermano me ha servido como pretexto para venir a visitaros. Me temo que los
motivos que me han empujado a ello no sean del todo admirables.
Estaba
deseando conocer a la célebre Miranda James.
-Ya
comprendo...
-Sois
la comidilla de la comarca, lady Mowrey. Todo el mundo conoce ya vuestra
historia completa... en este tipo de lugares no se puede guardar un secreto; y
algunos recibimos los periódicos de Londres, aunque sea con retraso. Han estado
dando mucho bombo al encuentro que ha tenido lugar entre vos y vuestro hermano
después de tantos años.
Maldito
Thomas Sheppard, pensé, y no por primera vez. Había dejado que la historia se
filtrase hasta llegar a oídos de los caballeros de la calle Fleet justo un día
o dos antes de que se publicase Las chicas de Betty, y desde luego era cierto
que le habían dado mucho bombo, apodándome “lady Miranda” y explotando el hecho
con generosidad. Algunos de los periódicos más importantes habían enviado
periodistas a Cornualles para entrevistarme, y me había visto obligada a
tratarlos con amabilidad y a responder a todas sus preguntas, aunque de mala
gana. Podía comprender los motivos que había tenido Sheppard - Las chicas de
Betty se estaba vendiendo como rosquillas a consecuencia de todo aquello, iba
ya por la séptima edición y el libro se había publicado sólo un mes y medio
antes-, pero en mi opinión había algunas cosas que debían de quedarse en el
dominio privado.
-
¿De manera que todo el mundo sabe quién soy? - le pregunté-. Supongo que la
gente de esta comarca estará totalmente escandalizada.
-
Son un grupo de mente más bien estrecha, lady Mowrey; buenos en conjunto, pero
intolerantes hasta la médula. Les consume la curiosidad acerca de vos, por
supuesto, pero ni siquiera soñarían con venir a visitaros. Son demasiado
respetables para ir a visitar a una mujer que ha vivido abiertamente con un
hombre sin recibir antes el beneficio del matrimonio, una mujer que en un
tiempo desvalijó bolsillos para poder comer.
- ¿Y
vos, señorita Morrison? ¿Por qué os habéis decidido a venir?
La
voz me sonó bastante más crispada de lo que me había propuesto. Linda Morrison
me miró y una levísima insinuación de sonrisa le jugueteó en los labios. Pero
justo entonces una de las doncellas trajo la bandeja del té y la depositó sobre
la mesa que había delante del sofá; mi invitada esperó educadamente a que la
doncella hubiera salido antes de responder a mi pregunta.
-Al
contrario que mis murmuradores vecinos, yo he leído vuestra novela, y me ha
gustado muchísimo. Me pareció un libro valiente y hermoso. Resulta que no
comparto los prejuicios de mis vecinos, lady Mowrey.
Me
levanté para servir el té. La señorita Morrison cogió una taza y me dio las
gracias con una leve inclinación de cabeza. Me senté a su lado en el sofá, y
ella se giró un poco para quedar de frente a mí. El largo y pulcro cabello tan
concienzudamente cepillado era suave y brillaba lanzando ricos reflejos
azulados; las facciones patricias estaban bellamente moldeadas, los pómulos
eran altos, la nariz recta, la boca tenía un color rosa pálido suave. Aquellos
ojos azules y claros me miraban directamente y desprovistos por completo de
malicia.
-
También he leído todos vuestros relatos - continuo-. Creo que sois una mujer
extraordinaria, lady Mowrey. Haber sabido sobresalir por encima de vuestro
entorno, haber logrado todo lo que habéis logrado es algo que resulta casi
increíble, particularmente cuando se trata de una mujer. Se supone que nosotras
no podemos alcanzar tales logros. Eso hace que los hombres se sientan
incómodos.
- Ya
lo creo. Verdaderamente es así - repuse.
-
Tenía tanta curiosidad por vos como los demás, desde luego, pero quería
visitaros y daros las gracias por haber escrito unas obras tan conmovedoras y
compasivas.
-Yo...
no sé qué decir.
-También
deseaba daros la bienvenida a Cornualles.
-
Sois muy amable, señorita Morrison.
- Si
alguna vez os apetece alejaros de la mansión Mowrey durante unas horas, mi
padre y yo estaríamos encantados de que vinieseis a visitarnos. Morrison Place
no es nada del otro mundo, pero tenemos unos jardines preciosos.
La
voz era fría, pero me di cuenta de que la invitación era sincera. Comprendí
entonces que aquella joven había necesitado una gran cantidad de valor para
venir a verme. Puede que la señorita Linda Morrison no compartiese los
prejuicios de sus vecinos, pero desde luego resultaba evidente que era una
joven muy respetable, y la pequeña aristocracia del lugar iba a quedarse
horrorizada cuando se enterase de que ella se había atrevido a venir a
visitarme. Al ver aquel porte y aquella confianza en sí misma, al mirar
aquellos inteligentes ojos azules, dudé de que ese hecho la preocupase mucho.
Aunque marcada por los convencionalismos de su clase, la señorita Morrison
tenía algo de rebelde en su persona.
Le
ofrecí más té y titubeó un momento antes de aceptar. De pronto me di cuenta de
que ella también se había sentido incómoda e insegura de ser bien recibida.
-Por
favor, quedaos un poco más -le dije amablemente-. Sois la primera visita que
recibo y me sentiré muy incómoda si os vais tan precipitadamente.
Me
miró para intentar determinar si yo lo decía sinceramente. Sonreí. Linda
Morrison me devolvió la sonrisa, y entonces vislumbré la encantadora joven que
se ocultaba tras aquella fachada más bien remilgada. Tomamos más té y empecé a
preguntarle cosas sobre ella, confiando en que así se animara a hablar. Se
relajó un poco y empezó a dejarme ver la afabilidad y el humor que acompañaban
aquella inteligencia.
Su
familia, me contó, era una de las más antiguas y respetadas de Cornualles,
aristocracia terrateniente desde los días de la Buena Reina Bess. Pero su
abuelo, ay, había dilapidado tristemente las tierras, que había ido vendiendo
parcela a parcela cada vez que las deudas de juego se le hacían imposibles de
saldar de otro modo. El padre de Linda había recibido por toda herencia media
docena de granjas pobres en arrendamiento que apenas reportaban los ingresos
suficientes para permitirle conservar Morrison Place y mantener a su esposa y
sus tres hijas. Linda, que era la mayor, había pasado una temporada en Londres,
se había aburrido de la monótona ronda de fiestas y bailes y había rechazado a
los jóvenes casquivanos que habían procurado atraer su atención.
- La
idea era que yo atrapase un marido rico cuya fortuna pudiese salvar a la
familia de la miseria, ¿sabéis? Mi madre apostó todo lo que teníamos en aquella
temporada en la capital: resultaba terriblemente caro alquilar una casa y un
carruaje, pagarme los vestidos, dar el obligado baile. Cuando regresamos a
Cornualles yo seguía sin marido y nos habíamos quedado sin un solo penique.
La
señorita Morrison sonrió con ironía y dio otro sorbo de té. Las hermanas
menores habían quedado muy desilusionadas, pues sabían perfectamente que el
fracaso de Linda significaba que ellas no tendrían la misma oportunidad. Fue
entonces cuando Linda decidió ganarse la vida, y escandalizó a todo el mundo al
aceptar un empleo en aquel colegio para señoritas que estaba situado en
Bruselas. Las mujeres de buena familia no hacían ese tipo de cosas -era
preferible subsistir en aquella pobreza elegante y respetable-, y la conducta
no convencional de la señorita Morrison se consideró como una especie de
traición a los de su clase.
- Me
las arreglé para enviar a casa la mitad de lo que ganaba - continuó -, de modo
que con el tiempo mis hermanas tuvieron también su temporada en Londres.
Millicent se casó con un vicario de Kent, y Lucinda consiguió pescar al hijo de
un conde, por desgracia un segundón. Ahora vive en Bombay, donde su marido
intenta hacer fortuna trabajando para la “Compañía de las Indias Orientales”.
La
madre de Linda hacía seis meses que había fallecido; sucumbió finalmente a la
consunción que la había estado atormentando durante los últimos tres años.
Linda había vuelto a casa para cuidarla en aquellos últimos y tristes días, y
luego se había quedado en Cornualles para cuidar de su padre, cuya salud
también se estaba deteriorando a pasos agigantados. Era ella la que ahora
dirigía las granjas en arrendamiento que les quedaban, escandalizando aún más a
la aristocracia del lugar por el hecho de recorrer las tierras en su carreta
varios días a la semana para supervisar el trabajo. Alguien tenía que hacerlo,
y su padre ya no estaba en condiciones. A mi me resultó difícil imaginarme a
aquella encantadora y recatada joven echando fertilizante en la tierra, haciendo
reparar los graneros o supervisando el esquileo de las ovejas, pero a medida
que Linda continuaba hablando la admiración que yo sentía por ella aumentaba
por momentos.
- Me
temo que ya os he aburrido bastante - dijo finalmente dejando la taza sobre la
bandeja-. No acostumbro a hablar de mí misma de este modo. Por favor,
perdonadme por haberme extendido tanto.
Se
puso en pie y se alisó la falda del vestido a rayas rosas y grises, una prenda
suave y bonita que, a juzgar por el corte, tenía ya varios años. Probablemente
fuese lo mejor que tenía, pensé mientras me ponía en pie.
- He
disfrutado muchísimo con vuestra visita, señorita Morrison -le dije-. Espero
que vengáis a visitarme... con frecuencia.
-Y
yo confío en que vengáis a Morrison Place. Mi padre es un hombre que lee
bastante. No tiene demasiadas cosas que hacer además de eso. También es un gran
admirador vuestro.
-
Estoy deseando conocer...
Me
detuve en seco al oír que la puerta principal se abría ruidosamente y de par en
par; un estruendo de pasos resonó en el vestíbulo.
-
¡Miranda! -me llamó Douglas a gritos-. ¿Dónde está mi hermana?
Una
doncella le dijo que me encontraba en el salón y un instante después Douglas
irrumpió allí, con las botas sucias, las ajustadas calzas en un estado
deplorable y la camisa de seda blanca, que amenazaba con salírsele, formando
bolsas descuidadamente por encima del cinturón. Se detuvo con brusquedad al
vernos a las dos en pie frente al sofá, y el atractivo rostro de mi hermano
reflejó la sorpresa que se había llevado.
-
¡Jesús! -exclamó entonces-. No esperaba que tuvieras ninguna visita.
Noté
que Linda Morrison se erizaba a mi lado. Horrorizada por la grosería de mi
hermano, fue incapaz de hablar durante unos momentos. Douglas se apartó de los
ojos una espesa onda rubia de pelo y examinó detenidamente a la señorita
Morrison mientras un profundo surco se le iba formando por encima del puente de
la nariz.
-Yo
os conozco -dijo-. Estoy seguro de que os conozco de algo.
-
Linda Morrison - se presentó ella crispadamente -. Ha pasado mucho tiempo.
-
¿Linda? ¿Linda? ¿Aquella niña flaca con la que yo solía encontrarme en los
páramos hace muchos años?
-
Aquella niña flaca a la que solíais atormentar tan cruelmente - replicó ella.
-Siempre
llevabais un libro, lo recuerdo bien. Siempre sentada en una roca contemplando
el cielo con aire soñador. ¿Qué ha sido de aquellas largas trenzas? ¿Qué ha
sido de aquellas pecas?
- Lo
mismo que de vuestros pantalones cortos y vuestro tirachinas. He crecido.
-
Creo que, en efecto, tenía un tirachinas. Me parece recordar que lo utilizaba
para... -Vaciló y luego sonrió burlón-. Creo que en aquella época yo no era lo
que se dice un ángel, precisamente.
Ni
mucho menos -le aseguró ella.
La
voz de la muchacha era decididamente fría, y sus modales estaban a un paso de
ser hostiles. La sonrisa irónica que seguía jugueteando en los labios de mi
hermano no ayudaba en nada a arreglar las cosas.
-Creí
que estabais en Bruselas -dijo Douglas.
-
Hace un año que regrese.
-
¿De verdad? No lo sabía. He pasado mucho tiempo sin tener contacto con nadie.
¿Sabéis que volvemos a abrir la fábrica? Acabamos de instalar las cintas
transportadoras... eso era lo que venía a decirte, Miranda. ¡Tienes que ir a
verlas! Esas cintas tan grandes y largas... están sujetas a unas poleas,
¿sabes?, y por ellas subirá la arcilla en cubetas y... ¡es fantástico! Yo mismo
he estado en las canteras ayudando a los hombres a instalarías y...
Le
dirigí una mirada severa. Douglas consiguió refrenar su entusiasmo.
-
Tendréis que perdonarme - le dijo mi hermano a Linda-. Me temo que a veces me
dejo llevar. ¡ Es todo tan emocionante! ¿De modo que habéis vuelto a
Cornualles? Supongo que os habréis cansado de enseñar inglés a esas señoritas
aburridas. Debe haber sido una experiencia terriblemente espantosa para vos.
Bueno, para empezar, nunca entendí por qué os empeñasteis en hacer una cosa
así.
-
Estoy segura de que no lo entenderíais -repuso ella secamente-. Bien, debo
marcharme ya, lady Mowrey.
-
Dentro de dos semanas celebraremos los actos de inauguración -dijo Douglas
desenfadadamente-. Va a ser todo un acontecimiento... comida y cerveza para los
aldeanos y un espectáculo de marionetas para los niños; vendrán inversores de
toda Inglaterra y habrá montones de festejos. Miranda cortará la cinta para
inaugurar la empresa oficialmente y yo encenderé un horno. A lo mejor os
gustaría venir.
Linda
Morrison no contestó, pero la mirada que le dirigió a mi hermano fue suficiente
respuesta. Douglas se encogió de hombros y se acercó con indiferencia y paso
majestuoso a la chimenea. Acompañé a mi invitada hasta la pequeña carreta,
curiosamente bien cuidada, que tenía un atractivo rucio enganchado. El caballo
relinchó. Linda le acarició el cuello y me dijo que lo había pasado muy bien y
que esperaba no haber sido inoportuna. Le aseguré que para mi había sido un
placer. Subió a la carreta, cogió las riendas y las hizo sonar con destreza. La
estuve observando mientras se alejaba y luego entré a echarle una bronca a mi
hermano.
-
¡Nunca había visto tanta grosería! -le grité-. ¡Es algo imperdonable!
-
¿Grosero? ¿ Yo? Te estás imaginando cosas.
-Has
irrumpido aquí como un loco, cubierto de tierra como un... rufián fuera de si,
y luego te quedas mirándola y la tratas como si fuera una intrusa y...
-
Debes estar hablando de otra persona - empezó a protestar mi hermano.
- ¡Y
luego te pones a tomarle el pelo! Eres... te lo juro, Douglas Mowrey, a veces
me doy cuenta de que te comportas como un auténtico patán.
-¡Eso
duele!
-
¡No la culparía si no volviera a dirigirte la palabra en toda su vida!
-
Pues a mí no me importaría lo más mínimo - repuso él-. Las mujeres
intelectuales me hacen sentir incómodo, nunca he podido soportarlas. Qué me
importa a mí que una solterona de veintiocho años haya conseguido ganarse la
vida...
- ¡
Douglas!
-
Muy bien, muy bien... ¡ Lo siento!
Le
miré furiosa, y él me dirigió una mirada exasperada que indicaba claramente que
no sabía bien a qué venia tanto alboroto. Sentí ganas de arrojarle cualquier
cosa, a ser posible algo pesado.
-
Está muy feo de tu parte hacer comentarios de esa índole - continué-. Resulta
que yo también soy una solterona, si hay que usar ese término denigrante, y la
mayoría de la gente diría asimismo que soy una intelectual. ¿También yo hago
que te sientas incómodo?
- En
este momento... mucho.
-
¡Maldito seas, Douglas! ¡Este encanto tuyo de duende dura bastante poco! Da la
casualidad de que Linda Morrison es una joven encantadora que ha tenido que
pasar por unos momentos extremadamente difíciles. Si no fuera porque no es
propio de una dama, te sacudiría por tratarla de esa manera tan desconsiderada
y poco caballe...
-
Muy bien, Miranda. ¿Qué quieres que haga?
-
Quiero que te disculpes. Quiero que subas a darte un buen baño y que te pongas
la ropa nueva que hice que te compraras en Londres cuando ibas de camino a
Francia. Quiero que te cepilles bien el pelo, que cojas un ramo de flores del
jardín y que vayas a Morrison Place a...
-¡Jesús!
-
¡Lo digo en serio, Douglas!
-
Hoy no puedo - replicó-. Tengo que volver a la fábrica. Probablemente me
quedaré allí hasta... oh, bueno, seguro que hasta después de que se haga de
noche. Lo haré mañana por la tarde.
-
Más te valdrá - le advertí.
De
modo que, a la tarde siguiente, bajó de mala gana por las escaleras
maravillosamente ataviado con una levita y calzas de color tostado, un chaleco
marrón claro y una corbata de seda amarilla. Las rebeldes ondas de pelo
parecían controladas de momento. Douglas tenía una expresión de arrepentimiento
en los ojos grises y el semblante convenientemente solemne, aunque yo
sospechaba que en gran parte aquella actitud se debía a mi presencia. Hizo que
el nuevo mozo le trajera el caballo, cogió, mohíno, un gran ramo de flores y se
alejó al galope. Estuvo ausente un rato decididamente largo, y regresó a casa
justo a tiempo para cenar. Cuando le pregunté admitió a su pesar que la
señorita Morrison era verdaderamente encantadora, aunque eso sí, algo brusca, y
afirmó también que se había convertido en una mujer de espléndida figura. Era
una rosa, de acuerdo, siempre que a uno se gusten las rosas con espinas, pero a
él aquella joven no le interesaba en absoluto.
-
Las mujeres así se empeñan en tenerle a uno en un puño -gruñó.
- En
tu caso, querido hermano, ya empieza a ser hora de que alguien lo haga.
-
¡Mujeres! ¡No te conceden ni un solo momento de tranquilidad!
Sin
embargo, durante la semana siguiente fue dos veces a caballo hasta Morrison
Place y manifestó su asombro por el hecho de que una mujer pudiera hacer tantas
cosas, ser tan eficiente. Las granjas que los Morrison tenían arrendadas se
habían convertido en las mejores del condado, las más limpias, las más
productivas y Linda se encargaba de supervisarlo todo personalmente saliendo en
aquella carreta que tenía, con un aspecto encantador y femenino y sin levantar
nunca la voz. Los granjeros la adoraban, trabajaban como diablos para ella y
parecía no importarles en absoluto el hecho de recibir órdenes de una mujer.
Uno no podía por menos que admirarla, aunque fuera una mujer fría, reservada y
demasiado cerebral para que un hombre se sintiera realmente cómodo con ella.
Bancroft
llegó una semana después con un aspecto pulcro, próspero y optimista. Tras
darme un efusivo abrazo y a Douglas un sincero apretón de manos, nos informó de
que las cosas iban viento en popa. Ya se había corrido la voz de que la fábrica
de cerámica Mowrey iba a abrir sus puertas en breve y de que tenía un gran
potencial, y ya se había visto obligado a rechazar algunos inversores, astutos
hombres de negocios que olían que allí había un buen asunto y querían
participar en él. Si quisiera, ahora podía vender su diez por ciento de
participación en el negocio por el doble, puede que por el triple del dinero
que había puesto en él, pero no tenía intención de hacerlo. Douglas lo llevó a
hacer un último recorrido por la fábrica antes de la inauguración oficial que
iba a tener lugar a la mañana siguiente, y aquella misma tarde Bancroft me
comunicó que, a juzgar por el aspecto que iban adquiriendo las cosas, estaba
destinada a convertirme en una mujer aún más rica al cabo de unos cuantos años.
-Va
a ser un gran éxito, Miranda. Puede que ese hermano tuyo sea un caprichoso en
muchos aspectos, pero en lo referente a negocios sabe muy bien lo que se hace.
- Me
doy perfecta cuenta de ello.
-
Astuto, inteligente... e increíblemente dotado, además. Vas a sentirte muy
orgullosa de él.
-Ya
lo estoy, Dick.
Me
sentí especialmente orgullosa de él durante la mañana siguiente, cuando
tuvieron lugar los actos de inauguración y los festejos. Atractivo, con levita
y calzas grises, chaleco de brocado azul oscuro y corbata azul celeste, se
mostró amistoso pero comedido, muy en su papel de hombre de negocios. Había
allí una enorme cantidad de gente. Casi todas las personas del pueblo habían
asistido, porque la fábrica ya había transformado sus vidas y a la mayoría de
ellos iba a proporcionarles un saneado medio de vida. Aquellos rostros alegres
y sonrientes eran muy diferentes de las taciturnas caras que había visto yo
cuatro meses atrás, al llegar a Cornualles. Varios de los inversores habían
venido para la ocasión, alojándose en la posada, y algunos miembros de la aristocracia
local llegaron en sus mejores carruajes, al ser más fuerte la curiosidad que
sentían por la renovada fábrica de lord Mowrey que los prejuicios que tenían en
contra de su escandalosa hermana.
Linda
acudió conduciendo su carreta, muy elegante con un precioso vestido de seda
rosa y un sombrero de paja de ala ancha ribeteado con lazos de terciopelo rosa.
La multitud me vitoreó cuando corté la cinta de satén azul extendida a lo ancho
de la puerta principal, y volvieron a romper en vítores cuando Douglas encendió
el primer horno, quemándose casi los dedos al hacerlo. Trajeron rodando varios
barriles de cerveza. Las mesas estaban repletas de comida. Acto seguido comenzó
la ruidosa diversión. Los niños consumían limonada y gritaban riendo las
gracias de las marionetas. Se brindó repetidamente por Douglas y por mí, y
también por Bancroft; los tres franceses de la fábrica de Vincennes recibieron
robustos abrazos a pesar de que no eran más que unos puñeteros extranjeros que
no sabían ni una palabra de inglés. La afabilidad y el bullicio reinaban bajo
el claro cielo azul grisáceo de Cornualles, y las cosas se pusieron aún más
alborotadas cuando, más tarde, se celebró un combate de boxeo amateur con Ned como
árbitro.
Yo
llevaba un vestido de satén a rayas de colores crema y orín, y el pelo cobrizo
me caía sobre los hombros en ondas sueltas y naturales. Le sonreía a todo el
mundo y daba apretones de manos a los aldeanos; aceptaba sus muestras de
agradecimiento “por salvarnos a todos, eso es un hecho”. Rescaté a los
franceses, me ocupé de que les dieran vino blanco y estuve charlando
amigablemente con los inversores, hombres resueltos y más bien adustos que se
encontraban descaradamente fuera de lugar en medio de aquel ruidoso festejo
provinciano. Al pasar noté que Douglas le dedicaba muchas atenciones a Linda
Morrison, enseñándole todo personalmente y explicándole aquellos puntos de
mayor interés. La aristocracia local, observé, fueron los primeros en atacar
las mesas de comida. Me miraban con curiosidad, y las mujeres cotilleaban
ocultándose tras los abanicos. Yo saludaba atentamente a todos con la cabeza,
con tanta educación que casi resultaba doloroso.
Tomé
champán con los inversores. Bebí una jarra de cerveza con los aldeanos. Pasé
más de media hora en compañía de los niños mirando las marionetas, que estaban
instaladas bajo un toldo de rayas de colores chillones. Me dolía bastante la
espalda. Ser encantadora y bien educada en todo momento resultaba una cosa
puñeteramente difícil, pensé ansiando sentarme en un lugar tranquilo. Sonreí.
Estreché más manos. Charlé con Linda durante unos minutos hasta que Douglas se
la llevó para enseñarle sus diseños. Eran más de las tres de la tarde cuando
Bancroft acudió por fin a rescatarme.
-
Tienes un aspecto verdaderamente andrajoso, muchacha - me comentó.
-
Siempre has sabido cómo darle confianza a una chica, Bancroft. Si quieres que
te diga la verdad, realmente me siento andrajosa.
-¿Por
qué no me dejas que te acompañe hasta la mansión Mowrey? -me preguntó-. Esto
tiene todo el aspecto de ir a durar hasta la noche... y mañana es el primer día
de trabajo en la fábrica - añadió-. No estoy seguro de que toda esa cerveza
haya sido una buena idea.
-
Siempre pensando en la buena marcha de tus inversiones, ¿no es cierto?
-
Por eso soy un hombre rico.
-
¿Crees de veras que estaría bien que me marchase?
-Tu
hermano ya lo ha hecho. El y esa atractiva morena que va vestida de rosa se han
marchado en la carreta de ella hace más de una hora. Ahí se está cociendo algo,
sospecho. Ven conmigo, Miranda. Si sigues aquí empezarás a dar cortes a la
gente, a ponerte brusca y a mostrar tu verdadero carácter. Te conozco,
muchacha.
-Ser
una dama tiene sus inconvenientes.
-
Difícil, ¿eh?
-No
te haces idea -le dije.
Me
cogió de la mano y me guió entre la multitud hacia la zona reservada a los
carruajes. El magnífico vehículo descubierto en el que habíamos venido estaba
allí, entre los demás, y un muchacho de cabello muy rubio y gran cantidad de
pecas vigilaba los caballos. Bancroft le lanzó una moneda, se sentó a mi lado
en el pescante y cogió las riendas. En pocos minutos dejamos atrás el ruido y
la confusión y avanzamos lentamente por la tortuosa carretera que cruzaba la
aldea. Aquella tarde se hallaba virtualmente desierta; ya empezaba a mostrar
síntomas de prosperidad. Habían remozado la posada, habían blanqueado la
fachada y, encima de la puerta, un letrero llamativamente pintado se balanceaba
movido por el aire. Los cascos de los caballos resonaban en la calle empedrada.
El sonido producía un eco fantasmal por todo el pueblo.
-
¿Contenta? - me preguntó Bancroft.
-Mucho
-repuse-. Sobre todo por mi hermano. Para él es un sueño convertido en
realidad. Me alegro de haber podido ayudarle a conseguirlo.
-
También ése era el sueño de tu padre - me hizo notar Bancroft.
-
Eso además.
-
Tus padres se habrían sentido muy orgullosos de los dos, Miranda. Le has hecho
mucho bien a la gente. Mira este pueblo. Mira toda esa gente que hemos dejado
atrás.
-
Ojalá pudiera sentirme noble por ello. De momento sólo me siento exhausta.
Estos últimos cuatro meses han sido... increíblemente agitados.
Pero
has hecho maravillas.
-Creo
que sí.
Ya
habíamos salido del pueblo y avanzábamos por la misma carretera donde yo en
cierta ocasión viera los casacas rojas. Era una tarde preciosa. El sol brillaba
y se reflejaba en el agua produciendo dibujos plateados sobre el azul. Las olas
bañaban tranquilamente la arena y las gaviotas describían perezosos círculos en
el cielo. Permanecimos un rato en silencio, Bancroft sosteniendo apenas las
riendas. A lo lejos se veía la mansión Mowrey luciendo su nuevo esplendor con
orgullo. El césped estaba primorosamente recortado, y los jardines en flor.
Costaba creer que tan poco tiempo antes aquél hubiese sido un lugar tan sombrío
y hostil.
-¿Echas
de menos Londres? -me preguntó Bancroft.
-
Pues... no se qué decirte, Dick.
-¿Ah,
no?
-Quiero
mucho a mi hermano, pero... él tiene que vivir su propia vida y yo no estoy
segura de poder...
-
Titubeé-. No estoy segura de poder encajar en ella. Por fin he descubierto
quién soy, es cierto, pero...
- No
estás segura de que eso sea precisamente lo que tú quieres ser - apuntó.
-Qué
bien me conoces, Bancroft. Demasiado bien. Es posible que lo que sucede sea que
he tenido que pasarme demasiados años arañando y luchando para sobrevivir como
para convertirme ahora en la graciosa lady de la mansión Mowrey. Es mi
herencia, pero... no estoy segura de llevarlo en la sangre. ¿Estoy diciendo
tonterías?
-En
absoluto -me aseguró.
-
Supongo que lo que digo parecerá ingratitud por mi parte después de todas las
cosas buenas que me han sucedido. Pero no soy una desagradecida. No se trata de
eso.
-Ya
lo sé, muchacha.
El
carruaje avanzaba ahora por el paseo. Los macizos de rododendros que crecían
delante de la casa, a ambos lados del pórtico, estaban en flor; los capullos,
de colores azul y púrpura, hacían un suave contraste con la desgastada piedra
gris. Me llegó la sutil fragancia de las flores al tiempo que Dick tiraba
suavemente de las riendas y detenía los caballos ante la ancha escalinata de
piedra. Se apeó, me dio la mano para ayudarme a bajar y se quedó de pie en los
escalones durante unos minutos. Tenía que volver a la fiesta para entrevistarse
con los inversores, pero estaría de regreso a la hora de cenar y pasaría allí
la noche. Yo odiaba pensar que a la mañana siguiente Bancroft tenía que partir
para Londres. Aquel atractivo hombre, alto y fornido, con toda su fuerza, su
calor y su prudencia, significaba mucho para mí, y le iba a echar terriblemente
de menos. Probablemente él era la persona que mejor me conocía del mundo, y
comprendía perfectamente lo que yo sentía. Y también conocía los motivos.
-
Has llegado muy lejos, Miranda -me dijo.
-Creo
que si.
-
Cuesta creer que hace un tiempo fueras una golfilla de cara sucia con la voz
igual que el graznido de un pato.
-
Nunca tuve la voz tan fea, hijo de puta.
-Claro
que si. Nunca olvidaré aquella mañana en Tyburn cuando me desvalijaste los
bolsillos. Vaya picaruela habilidosa estabas hecha. Aunque no tan habilidosa, a
juzgar por lo que pasó después. Sucia, mal hablada, completamente salvaje... y
mírate ahora.
Recordé
aquellos tiempos, y no contesté. Noté que la tristeza me invadía por dentro, y
procuré por todos los medios atajarla. Se suponía que aquel día tenía que ser
uno de los más felices de mi vida. Debía sentirme llena de júbilo por todo lo
que habíamos conseguido. Bancroft me cogió una mano y me la apretó. Los cálidos
ojos marrones de aquel hombre eran comprensivos y estaban llenos de cariño.
-Anímate,
muchacha -me dijo-. Todo va a salir bien.
-Ya
ha salido bien. Puede que ése sea precisamente mi problema.
-
Esto no es el final, Miranda. Es simplemente el comienzo. A ti te pasan cosas
-eres de esa clase de personas-, y tengo la impresión de que van a seguir
pasándote. Los periodistas afirman que tu vida ha sido como un cuento de hadas.
Supongo que lo ha sido en cierto modo, pero el cuento aún no ha terminado,
muchacha.
-
¿Qué haría yo sin ti? -le pregunté con voz queda.
Bancroft
se permitió una sonrisa irónica.
- Lo
más probable es que te metieran en la cárcel a causa de las deudas, si
atendemos a la forma en que has estado gastándote el dinero últimamente. Vete a
casa, muchacha. Descansa un poco. Las cosas te parecerán mejor mañana.
Me
dio un abrazo, volvió a subir al carruaje y se alejó. Me quedé de pie en los
escalones mirando cómo el vehículo se hacía cada vez más pequeño a medida que
avanzaba por el paseo. Y de nuevo me invadió aquella vieja tristeza, ahora con
mucha más fuerza que en los últimos tiempos. Yo lo tenía todo... y no tenía
nada. Maldición, pensé. Maldición, maldición, maldición. ¿Por qué no podía ser
feliz? ¿Por qué tenía que seguir anhelando...? No, no iba a pensar en él. No
iba a hacerlo. Ahora era lady Miranda y no necesitaba a nadie, mucho menos a un
malhumorado y volátil escocés que... Lo maldije en silencio y luego entré en la
casa para continuar mi vida.
6
Tres
semanas después me encontraba muy atareada en la biblioteca clasificando libros
y poniéndolos en montones. Les había estado quitando el polvo a todos, había
limpiado como es debido aquellas magníficas encuadernaciones de cuero, y luego
los había vuelto a poner en los estantes de cualquier manera, sin respetar
autores ni temas. Historias de Grecia junto a diarios isabelinos. Libros de
botánica apoyados amistosamente en memorias de la Restauración. Ponerlos en
algo que fuese remotamente parecido al orden era una tarea de titanes, más
complicada incluso por el hecho de que todos mis libros acababan de llegar de
Londres. Llevaba días dedicándole varias horas a aquel trabajo y, a decir
verdad, estaba agradecida de tenerlo. Douglas se pasaba la mayor parte del día
en la fábrica y casi todas las tardes en Morrison Place, de modo que lo veía
muy poco. Las obras de la casa habían finalizado al fin. Los criados que había
contratado resultaron ser muy eficientes, todo marchaba sobre ruedas y yo no
tenía gran cosa que hacer.
Los
días pasaban uno tras otro, serenos y tranquilos, preciosos días soleados que
eran perfectos para dar largos paseos, pero sólo se puede pasear hasta cierto
punto. Ahora yo ya estaba completamente familiarizada con los páramos, hasta
había ido en peregrinación a las ruinas romanas; había paseado por el borde de
los acantilados y bajado por las rocas para caminar por la playa. Inquieta y
vagamente insatisfecha, me daba la impresión de vivir en un estado de
provisionalidad, esperando que sucediese algo... aunque no sabía qué. Trabajar
en la biblioteca me ayudaba. Alineé los libros de geología en un estante vacío
y a su lado coloqué los que trataban de minería del estaño. Ya eran más de las
tres; el brillo del sol entraba oblicuamente por las ventanas y formaba manchas
plateadas en el fino suelo de parquet. Tiré de la cuerda del timbre y, pocos
instantes después, una agradable y rolliza doncella entró en la habitación con
las sonrosadas mejillas muy sofocadas y el pelo, negro y acerado, evidentemente
desarreglado bajo una cofia blanca puesta a toda prisa.
-
Hola, Polly - la saludé-. ¿Quieres hacerme el favor de traerme una taza de té?
-
¡Oh, sí señora! -exclamó-. Ahora mismo os la traigo. No deberíais seguir
trabajando de ese modo. Nan y yo estaríamos muy contentas de poner de nuevo
esos libros en las estanterías.
-
Estoy segura de ello, Polly. Te agradezco el ofrecimiento, pero prefiero
hacerlo yo misma.
- No
está bien que la señora de la casa cargue con todos esos libros y sude de esa
manera.
- El
té, Polly.
- La
cocinera acaba de hacer unos bollos; todavía están calientes. ¿Queréis que os
traiga unos cuantos con mantequilla y mermelada de fresa? ¿Os los traigo con el
té? Hoy no habéis comido, lady Miranda.
- No
tengo hambre, de verdad. Sólo té, es lo que me irá mejor.
Polly
me dirigió una mirada de desaprobación y salió de la biblioteca. Los criados
que contratara estaban tan preocupados por mi bienestar como lo habían estado
los de lord Markham, y deseaban mimarme de la misma manera que mimaban a
Douglas. A él, desde luego, le encantaba que le colmasen de atenciones, y
trataba a la servidumbre con una amabilidad y desenfado que inspiraban en todos
ellos algo cercano a la adoración. Yo era un enigma para ellos, ni severa ni
dictatorial, ni inútil e incompetente. Me mostraba educada y amable y mantenía
las cosas bajo una eficiente vigilancia, pero había dejado el gobierno de la
mansión Mowrey en manos de Ned, quien, con una plantilla completa de criados
bajo su mando, se hallaba en su elemento y hacía un trabajo soberbio, aunque yo
sospechaba que allí abajo, en las dependencias de la servidumbre, se comportaba
como un auténtico tirano.
Tras
rodear varias pilas de libros, me senté en uno de los cómodos sillones de cuero
que había junto a la chimenea. Una caja de embalaje a medio vaciar se
encontraba junto al sillón; empecé a sacar los libros que contenía y examiné
con cariño los volúmenes de Tom Jones y el ejemplar de La vida de Richard
Savage que Sam Johnson me había dedicado personalmente. Después de dejarlos en
la mesita que había al otro lado del sillón, saqué las obras de teatro que
Marcelon me había regalado y un ajado pero muy querido ejemplar de Moll
Flanders. Extraje tres libros más de la caja, y entonces el corazón me dio un
vuelco. La maldición de Hesketh, James el gentilhombre, El extranjero que vino
del Japón. ¿Por qué los habría conservado? Oh, Dios mío, ¿por qué no me habría
deshecho de ellos? Sentí una sensación de vacío en la boca del estómago y una
seca tirantez en la garganta. Los tres volúmenes actuaron como un catalizador y
todos los recuerdos volvieron a mí en torrente; un dolor igual de fuerte, igual
de real al que había sufrido tres años y medio antes cuando Cam Gordon saliera
de mi vida.
La
maldición de Hesketh... yo lo estaba leyendo aquel día en el desvencijado piso
de la calle Holywell cuando Bancroft y Cam entraron; Bancroft expresó gran
sorpresa al ver que yo sabía leer. Entonces me había lanzado a hacer una
crítica de las obras de Roderick Cane, y Cam se fue poniendo cada vez más
glacial a medida que yo le iba dando mi opinión. Recordé su ira, y también mi
consternación al descubrir que Roderick Cane y el agrio escocés con el que me
ataba un contrato de aprendizaje eran la misma persona. James el
gentilhombre... qué feliz había sido yo mientras Cam escribía aquel libro,
total y apasionadamente enamorada por primera y única vez en mi vida,
descubriendo todas aquellas nuevas y exquisitas sensaciones, jubilosa,
cautivada y subida a una nube dorada de felicidad, atendiéndole en cuerpo y
alma y además encantada de poder hacerlo. El extranjero que vino del Japón...
yo había empezado a escribir por mi cuenta y Cam estaba profundamente implicado
con su primo, Robbie y todos los demás rebeldes, y siempre de un humor de
perros; fue una época de constantes tensiones y peleas, y Cam terminó el libro
justo antes de aquella espantosa noche en que... Aparté los libros y cerré los
ojos durante un momento, intentando luchar contra las emociones que se apoderaban
de mí.
“No
vas a ponerte a llorar, maldita sea. ¡No! El no se lo merece. No se lo merece.
Ningún hombre vale el que se pase por esta clase de angustia. Amaste a un hijo
de perra con toda tu alma y tu corazón, le entregaste ambas cosas y él rechazó
aquel regalo, te abandonó sin dudarlo un solo instante y nunca, nunca, volverá
a encontrar a nadie que lo ame de ese modo. Se sentirá desgraciado y solo hasta
que un día se dará cuenta de lo que dejó escapar, y tú... a ti te va mucho
mejor sin él. Has conseguido sobrevivir. Te has labrado una nueva vida.
Sobreponte, Miranda. Ya ha pasado.”
-El
té, milady -dijo Polly.
-
¡Oh! No... no te había oído entrar.
- Me
he tomado la libertad de traeros unos cuantos bollos de los que os hablé, y
también mantequilla y un tarro de mermelada de fresa. Pensé que así a lo mejor
sentíais la tentación, aunque dijeseis que no los queríais.
-
Muchas gracias, Polly.
-Y
además una sorpresa. Una carta. Viene de Londres, nada menos. Un tipo del
pueblo la ha traído hace unos minutos. Va dirigida a vos, no a lord Mowrey.
Pensé que os gustaría verla inmediatamente.
Puso
a mi lado la bandeja con el té y me entregó la carta, con una ardiente
curiosidad que apenas conseguía disimular. Que una carta pudiera venir nada
menos que de Londres era algo que resultaba sorprendente para una muchacha como
Polly. Volví a darle las gracias con voz impaciente y ella abandonó la
habitación, aunque de mala gana. Me serví una taza de té. Empecé a beberlo
despacio. Estaba muy caliente y cargado. Me vino francamente bien. Volví a
meter los tres libros de Roderick Cane en la caja de embalaje y procuré
apartarme de la cabeza a Cam Gordon. Tras servirme otra taza de té, abrí la
última misiva de Marcelon.
¡Querida
mía!
Tengo
muchas cosas que contarte y, como siempre, tengo también mucha prisa; además, y
para empezar, ¡no se me da muy bien escribir cartas! Estas últimas semanas han
sido absolutamente frenéticas, pues con la nueva producción que tenemos en
marcha... Wycherley, querida, en el Haymarket, una farsa alegre de la
Restauración; deberías ver mis trajes, podrías venir a Londres mientras aún
esté en cartel. Además, y ésta es la noticia realmente importante que quería
darte ¡ Thomas y yo nos hemos decidido al fin! ¡Nos hemos casado!
Al
hombre casi se le quedan los pies paralizados -tuve que arrastrarlo hasta el
altar en el último minuto-, ¡ pero todo ha sido pura dicha desde entonces!
Tiene mucha paciencia, es muy tolerante y adora a los perros, incluso los lleva
de paseo al parque cada mañana. Tuve que dejar la casa de Greenbriar Court, por
desgracia, sencillamente no era apropiada, y hemos ido a vivir a la casa de él,
que es más grande y cómoda y que ahora estoy volviendo a decorar por completo.
Thomas
es muy gruñón y tiene un montón de manías latosas que le estoy quitando poco a
poco, pero somos muy felices. (Entre nous), no hay mucho romanticismo en
nuestro matrimonio, ya sabes a qué me refiero, pero los dos hemos llegado a una
edad en que la compañía es mucho más importante.)
Thomas
anda por ahí dándose importancia como un pavo real, está muy orgulloso de sí
mismo por haber publicado Las chicas de Betty. El libro todavía se vende de
locura, querida, y proporciona toneladas de dinero, del que, según tengo
entendido, te llevas una sabrosa parte. Johnson afirma que es el libro más
importante del año, como probablemente ya sabrás -te mandé todos aquellos
recortes de periódico, ¿no?-, pero añadió que era conveniente guardarlo bajo
llave para evitar que caiga en manos impresionables e inocentes. ¡Eso, claro
está, hizo que las ventas se disparasen todavía más! Lo verdaderamente
importante es que Las chicas de Betty ha causado gran revuelo entre un
importante número de personas públicas, que están horrorizadas por las
condiciones en que viven esas desgraciadas criaturas y están formando comités
para ver qué puede hacerse a fin de ayudarlas y también para evitar que otras
muchas lleguen a encontrarse en la misma situación. El deán Jordon encabeza uno
de los comités, y yo he prestado mi nombre, aunque estoy demasiado ocupada con
Wycherley para ser de verdadera ayuda.
Supongo
que habrás tenido noticias d Davy. Por fin se casó con aquella bailarina
austriaca, que se ha retirado del teatro y se dedica por entero a cuidar y dar
de comer a D. Garrick. El se quedó desolado cuando te fuiste de Londres,
Miranda, y Mademoiselle Violette, Eva Maria o como quiera que se llame, estaba
allí para cogerle la mano, consolarlo e invadirlo. A mí ella nunca me ha
gustado mucho, es demasiado fría, demasiado germánica, pero al parecer es
exactamente lo que Davy necesita, y aunque no formen una pareja
extraordinariamente dichosa, sí es una cosa sensata para ambos. Davy ya se ha
convertido en una persona plácida y hogareña, se queda en casa en zapatillas y
con un ponche caliente; se acabó para él el salir mucho por Londres, se acabó
el pasarse las noches en los cafés hasta altas horas de la madrugada. Guarda
todas las energías para el trabajo, lo cual, aunque resulte aburrido, es
sumamente prudente.
Así
que... espero que todo te vaya muy bien, Miranda, querida. Bancroft me contó
todo sobre la inauguración de la fábrica de cerámica cuando regresó de
Cornualles. (Por cierto, fue él quien me entregó en la boda; un poco con
demasiada ilusión, tengo que añadir.) No hace más que hablar con gran
entusiasmo de tu hermano. Lord Mowrey, dice, es tan agudo como una tachuela,
muy brillante y un magnífico negociante, y además se ve que es también un
diseñador de gran talento. Dick afirma que va a tener un éxito terrible.
¡Resulta increíble que os hayáis encontrado después de tantos años! (Le eché
una bronca terrible a mi marido por filtrar la historia a la prensa, querida,
aunque ello haya generado unas ventas increíbles. De todos modos ahora eres
“lady Miranda”, y más famosa que nunca. Todavía siguen escribiendo artículos
sobre ello.)
Ahora
tengo que marcharme a toda prisa. Los tres perros están ladrando y Thomas me
espera pacientemente para llevarme a cenar; la nueva doncella a convertido mi
armario en un absoluto caos. Escríbeme, querida, y procura venir pronto a
Londres... trae contigo ese fascinante hermano tuyo. Todos te queremos mucho,
Miranda, y te echamos terriblemente de menos. Adiós por ahora, preciosa.
Era
como si Marcelon hubiese estado allí conmigo en la habitación, pues aquel
brillante torrente de palabras captaba por completo su excéntrica y lucida
personalidad. Yo también la echaba de menos, y finalmente admití para mis
adentros que también echaba de menos Londres, todo el ajetreo y la emoción que
sólo aquella ciudad abarrotada de gente, ruidosa y sucia podía proporcionar.
Cornualles tenía su propia y especial grandeza, es cierto - los misteriosos
páramos, la escarpada y magnífica costa-, pero el acre sabor de la sal y los
estridentes chirridos de las gaviotas no podían sustituir los olores nocivos y
el alborotado estruendo que confería a Londres su bulliciosa y particular
personalidad.
A la
tarde siguiente, al volver de un largo paseo por los páramos, aún seguía
pensando en la carta de Marcie. Era un día triste, el cielo tenía el mismo
color que el peltre viejo, el poco sol que había caía en tenues rayos blancos.
La hierba rígida de color gris desvaído que cubría los páramos tenía un manto
púrpura pálido y los surcos que se veían en los cantos rodados me recordaban la
sangre seca. El tiempo se estaba poniendo frío. Un viento cortante me revolvía
el pelo y hacía que la falda de mi vestido azul violeta me azotase las piernas.
La pesada capa azul que llevaba puesta se levantaba con el viento y flotaba
detrás mío como alas de color índigo.
Parecía
que Marcie era muy feliz, pues estaba rebosante de energía y vitalidad, más
entusiasta que nunca. Me alegraba mucho por ella y también por Thomas, porque
los dos, a pesar de sus éxitos, habían sido esencialmente personas solitarias.
Ahora se tenían el uno al otro y sus años otoñales se llenarían de colorido y
calor al sentirse acompañados. Con toda seguridad Marcie le estaría dando la
lata constantemente, con alegría. Y Thomas sin duda le gruñiría y
despotricaría, pero seguro que los dos iban a disfrutar hasta el último momento
alborotado y bullicioso. Thomas necesitaba unos cuantos fuegos artificiales en
su vida, y Marcie, en cambio, necesitaba un poco de sobriedad. Se
complementarían de un modo hermoso, en mi opinión, y deseaba poder estar allí para
abrazarles a los dos y ofrecerles una espléndida fiesta.
El
cielo se estaba poniendo aún más oscuro, un evidente matiz púrpura teñía el
gris peltre y las nubes aparecían muy cargadas y proyectaban sombras en
movimiento sobre el páramo. Aunque no podían ser mucho más de las cuatro, el
sol se desvanecía rápidamente, cada vez era más tenue. “Se está levantando una
tormenta”, pensé mientras me apartaba un sedoso mechón de pelo de la mejilla.
Aquel tiempo triste y amenazador era un bienvenido alivio después de todas
aquellas semanas de deslumbrante claridad. Caminé despacio sobre el suelo
esponjoso, rodeando los ancestrales cantos rodados grises y esquivando las
manchas de ciénaga que brillaban con aquel color negro y alquitranado a la
fantasmal luz blanquecina. A lo lejos se alzaba la mansión Mowrey, una sólida
mole gris rodeada por el verde de la hierba y los arbustos.
También
me alegraba por Davy, porque se había casado con la mujer que al parecer le
convenía, una mujer que le proporcionaría la estabilidad que él necesitaba para
concentrarse en lo más importante de todo: su trabajo. Davy me había amado, yo
lo sabia bien, y mi carta rechazando su proposición de matrimonio le había
hecho daño, pero al herirlo yo le había ahorrado un mal mucho mayor. Siempre le
tendría cariño, pero nunca habría podido amarlo como él se merecía ni habría
podido proporcionarle la vida hogareña que la nueva señora Garrick le daría.
Davy era un genio auténtico, y un hombre con una naturaleza tan compleja como
la suya requería una dedicación total y una atención constante. Y eso, a juzgar
por las apariencias, era precisamente lo que le estaba dando su esposa, de modo
que él acabaría por ser mucho más feliz de lo que hubiera podido ser nunca
conmigo.
La
capa me azotaba la espalda cuando dejé atrás el páramo y me adentré en el
césped situado detrás de la casa; pasé junto a los nuevos emparrados cubiertos
de hojas color verde oscuro que se agitaban a causa del viento produciendo un
fuerte susurro. Abrí la puerta trasera y penetré en el enorme vestíbulo que los
Mowrey utilizaran en otro tiempo para ejercitar los caballos. Aunque lo habían
limpiado por completo y habían cubierto el suelo con esteras de juncos, seguía
siendo un lugar sombrío, feo y algo siniestro. Pensé que no había forma de
alegrar un vestíbulo tan sobrecogedor, grande y cavernoso como aquél. Las
sombras envolvían las paredes y el olor acre a humedad todavía no se había
disipado del todo. Seguía produciéndome escalofríos, vaya que sí, y con cierto
alivio abrí la estrecha puerta de madera y entré en el corredor que bordeaba la
escalera principal, pasando a toda prisa por el lugar donde mi padre se había
estrellado hallando la muerte hacia casi un cuarto de siglo.
- ¡
Por fin habéis venido, señora! - exclamó Polly corriendo a mi encuentro-. Nos
habéis tenido en vilo, ya lo creo que sí. Nadie sabía dónde estabais. Le dije a
la señora Clemson que probablemente habríais ido a dar un paseo, pero ella
estaba muy disgustada, no paraba de ir de un lado para otro como una gallina
clueca... Ya sé que no debería deciros esto, siendo ella el ama de llaves y
todo eso, ¡pero es la verdad!
Tenía
los oscuros ojos muy brillantes a causa de la excitación y el semblante agitado
en extremo; noté que me echaba a temblar, alarmada.
-¿Qué
sucede, Polly? ¿Qué ocurre? Mi hermano... le ha pasado algo a...
-
Está en la fábrica - repuso ella rápidamente-. La señora Clemson pensó que
quizás deberíamos mandar a buscarlo, pero es a vos a quien quiere ver ese
militar. Preguntó, e hizo hincapié en ello, por “lady Miranda Mowrey”, y Ned...
- A Polly le subieron los colores y comenzó a retorcer nerviosamente el borde
del delantal.
-¿Sí,
qué pasa? -la animé yo.
-
Brown le dijo que no estabais en casa -continuó-, pero el soldado le contestó
que esperaría a que vinieseis. Ahora se encuentra en el salón. Lleva más de una
hora ahí.
- En
ese caso no le importará esperar un poco más -dije yo-. Subiré a cambiarme.
Dile que no tardaré en bajar.
Polly
corrió pasillo adelante, muy agobiada por el desliz que había cometido. Sonreí
tristemente mientras subía a mi habitación. Nuestro Ned Brown era un completo
Lotario, pensé al tiempo que me quitaba la capa y luego el vestido azul
violeta. Sabía que se estaba trajinando a Mary, la rubia frescachona que hacía
la colada, y una vez me lo había tropezado en la despensa abrazando
calurosamente a Coral, una de las doncellas, pero no sabía nada de que también
estuviera prestándole servicios a Polly. Al parecer aquel hombre tenía un harén
particular, pero mientras continuase dirigiendo la casa con tal seria eficacia
como hasta ahora, sus expansiones sexuales no eran de mi incumbencia.
Diez
minutos después, vestida con un traje de seda de un rico color granate y con el
pelo, que había cepillado pulcramente, lanzando reflejos cobrizos, bajé de
nuevo y entré en el salón para saludar a mi misterioso huésped. Este se hallaba
de pie ante la ventana, de espaldas a mí, y miraba fijamente el cielo gris. Era
alto y de una soberbia constitución; la casaca escarlata le acentuaba los
hombros anchos y la esbelta cintura, y las calzas, muy ajustadas, le cubrían
las musculosas piernas como una segunda piel. Las botas negras que llegaban
hasta la rodilla estaban muy lustrosas, y tenía la cabeza cubierta de rizos
rubios, cortos y apretados. Me aclaré la garganta. El se dio la vuelta.
-Volvemos
a vernos -dijo el capitán Jon Ramsey.
Aquellos
brillante ojos azules eran fríos como el hielo, igual que en aquella otra
ocasión anterior en que me lo encontrara en la recepción de lady Julia; el
cruel y atractivo rostro seguía igual de hostil que entonces. Aquel turbador
encuentro casi se me había olvidado durante los meses transcurridos desde que
había tenido lugar, pero me vino de golpe a la memoria cuando lo vi allí de
pie, delante de la ventana, con las piernas muy separadas y los puños apoyados
en los muslos. Lo miré fijamente y una sensación de alarma, por completo
irracional, se agitó dentro de mí. Pasaron unos momentos antes de que
consiguiera controlarla por completo.
-Capitán
Ramsey -dije entonces-. Qué visita tan... tan inesperada.
-¿Ah,
sí? -inquirió.
Aquello
más que una pregunta, era casi una acusación. La voz le sonaba igual que un
sable que sesgara el aire.
-
¿No queréis tomar asiento, capitán Ramsey? Ordenaré a uno de los criados que
traiga té. ¿O quizás preferís algo un poco más fuerte?
- Me
temo que ésta no es precisamente una visita social, señorita James.
-Ya
no soy la señorita James -le informé.
-Eso
he leído en los periódicos. Por lo visto ahora os habéis convertido en una
dama.
- Os
agradeceré que lo tengáis presente - le indiqué con acritud.
Esbozó
una débil sonrisa sarcástica, satisfecho al comprobar que me había sacado de
quicio, y me maldije por haber mordido el anzuelo tan rápidamente. El capitán
Ramsey tenía una figura imponente, eso era innegable, ataviado con aquellas
relucientes botas negras, los ajustados calzones blancos y una casaca escarlata
de corte impecable, con hombreras y galones de oro. Duro, arrogante, sin duda
alguna era capaz de inspirar terror a sus hombres, pero yo no estaba dispuesta
a dejarme intimidar. Me acerqué al sofá y apoyé una mano en el curvo respaldo,
pero no me senté
-
Supe que habíais venido a Cornualles - me dijo.
- No
lo he mantenido en secreto, capitán Ramsey.
- Me
encargué de averiguarlo por mi cuenta. Os he tenido estrechamente vigilada y he
podido seguir todos vuestros movimientos.
-¿De
veras?
-
Supe cuándo os marchasteis de Londres. Supe cuándo llegasteis aquí, incluso la
hora exacta. Uno de mis hombres vio vuestro carruaje y se apresuró a
informarme. Hemos estado vigilándoos. Y hemos vigilado también esta casa.
-
Debe de haber resultado muy aburrido para vos
-
repliqué entonces.
-Vos
no lo sabíais, naturalmente. Nadie lo sabía. Había puesto a dos de mis mejores
hombres en esa tarea. No iban de uniforme, naturalmente. Han pasado
perfectamente desapercibidos en el escenario.
-
Qué inteligente - observé.
-
Uno de ellos hasta llegó a solicitar un empleo de lacayo aquí, pero
desgraciadamente ese hombre que tenéis a vuestro servicio, Brown, lo rechazó.
Gracias
a Dios, pensé yo. Mientras contrataba a la señora Clemson y a todas las
doncellas, le encargué a Ned que se ocupase personalmente de contratar a
lacayos y mozos de cuadras. Me sentía muy perturbada, mucho más de lo que
estaba dispuesta a admitir, pero el capitán Ramsey no iba a darse cuenta de
ello si podía evitarlo. Lo contemplé con altanería, muy en mi papel de gran
señora de la mansión solariega.
-Supongo
que ya sabéis por qué estoy aquí -me dijo.
- Al
contrario, no tengo la menor idea.
-
Mentís.
-
¿Cómo os atrevéis...?
-
Soy un agente del Rey, señorita James. El duque de Cumberland en persona me
asignó esta misión. No ha olvidado el intento de asesinato que tuvo lugar hace
tres años y medio... ni mucho menos. Está más decidido que nunca a acorralar a
todos y cada uno de los implicados.
No
me digné a responder. Jon Ramsey se acercó a mí hirviendo de hostilidad en un
intento de acobardarme, pero yo no tenía nada que ocultar. Se detuvo a unos
pasos de mí y cruzó los brazos sobre el pecho, lo que hizo que los flecos de
las hombreras se balancearan adelante y atrás y relucieran de forma muy
deslumbrante. Los ojos azules ya no eran fríos como el hielo. Ahora ardían
reflejando un odio asesino. Me mantuve firme, tratando desesperadamente de
controlar la alarma que sentía. En mis tiempos había tenido encuentros con
hombres peligrosos, pero, comparados con el capitán Ramsey, Black Jack Stewart
y su banda parecían unos buenazos.
-Quiero
encontrar a Cam Gordon -dijo.
- Me
temo que yo no sé donde está.
-
Sabéis muy bien que forma parte de una pandilla de contrabandistas que opera en
la costa de Cornualles.
-Eso
he oído, sí.
-Y
supongo que esperáis que me crea que vuestra venida a Cornualles no ha sido más
que pura coincidencia.
-Ya
sé que esto probablemente os causará una gran sorpresa, capitán Ramsey, pero no
podría importarme menos lo que vos creáis o dejéis de creer.
Aquello
no le gustó. No le gustó nada. Dio un paso hacia mí, descruzando los brazos,
separando las piernas otra vez y colocándose los puños en los muslos. A mí se
me había secado la garganta y el corazón me empezaba a latir con demasiada
rapidez, pero aún así lo contemplé con fría altivez, negándome con decisión a
manifestar el menor signo de intimidación.
-
Han estado operando en la costa a cincuenta kilómetros de aquí -continuó-.
Naturalmente, un grueso de nuestras fuerzas se ha concentrado en aquella zona,
aunque he tenido la precaución de mantener vigiladas todas las aldeas de esta
parte de Cornualles.
-Sabia
decisión, estoy segura.
-
Los dos habéis sido muy listos - continuó.
-
¿Listos?
-
Sin embargo no habéis conseguido engañarme ni siquiera un momento. Vos lleváis
en Cornualles cuatro meses y medio. Durante todo este período de tiempo Cam
Gordon ha estado entrando y saliendo furtivamente del país, y sólo a cincuenta
kilómetros de distancia de aquí. ¿Vais a decirme que no habéis establecido
contacto con él?
-No
voy a deciros nada.
-No
sé cómo lo habéis conseguido... os hemos vigilado a vos, hemos vigilado la
casa... pero yo sé que, de un modo u otro, habéis establecido en secreto
contacto con él. No creo en las coincidencias, señorita James. Y encuentro muy
raro que un joven aristócrata sin un céntimo tenga de repente el dinero
necesario para abrir una fábrica de cerámica que llevaba años cerrada y para
remozar por completo la mansión familiar.
-
Los asuntos financieros de mi hermano no son de la incumbencia de...
-
Estoy seguro de que muchos hombres mantendrían gustosamente una ramera en su
casa por esa cantidad de dinero haciéndola pasar por una hermana largo tiempo
extraviada. Puede que haya mucha gente que se ha tragado vuestra pequeña
charada, pero yo no.
Con
mucha calma, con toda la calma que pude, me acerqué a la chimenea y tiré del
largo cordón azul que colgaba junto a la misma.
-
Voy a ignorar lo que acabáis de decir, capitán Ramsey - afirmé al tiempo que me
daba la vuelta para quedar frente a él-. No voy a abofetearos. No voy a hacer
que mis criados os echen de la casa. Voy a permitir que os vayáis en paz. En
este mismo momento.
-
Vuestra charada ya casi ha tocado a su fin - me aseguró-. Ayudar a un hombre al
que busca la ley es un delito. No me sorprendería nada ver cómo os ahorcan
justo al lado de vuestro amante.
Volví
a tirar del cordón de la campanilla, esta vez quizás con demasiada violencia.
No estaba dispuesta a perder el control. No pensaba hacerlo. No iba a
proporcionarle semejante satisfacción.
-
Hace un par de noches tuvimos una pequeña escaramuza con la pandilla de
contrabandistas - continuó Ramsey -. Cayeron todos en una emboscada que les
habíamos tendido. Era una noche muy oscura y hubo una enorme confusión, mucho
ruido, refulgir de puñales, derramamiento de sangre, disparos y humo. No se
supo qué fue lo que les hirió. Tres de ellos pudieron ser capturados. Otros
siete han muerto.
Me
observó atentamente para ver cuál era mi reacción ante aquella noticia. No
mostré ninguna en absoluto, me limité a mirarle fijamente con una fría
compostura que ocultaba por completo el torbellino que se agitaba en mi
interior. Cam no, me dije. Cam no. Si Cam hubiese estado entre ellos, Ramsey no
se encontraría ahora en mi casa. Por favor, Dios mío, Cam no. Los labios
delgados de Ramsey se elevaron por una de las comisuras formando una media
sonrisa cruel mientras los ojos azules le brillaban siniestramente.
-Yo
mismo maté a dos de ellos -me informó-. Resultó muy satisfactorio. Por
desgracia ninguno de los dos era Cam Gordon. El y otro hombre lograron escapar
en medio de la confusión que se formó.
No
dije nada. Ramsey se acercó a mí.
-
Esta mañana capturamos a su compañero a menos de ocho kilómetros de aquí.
Intentaba deslizarse sin ser visto hacia una granja con intención de robar
comida. Por lo visto Gordon y él se habían escondido en una de las muchas cueva
o túneles que abundan por esta parte de la costa. Hice que condujeran a aquel
hombre a mí presencia, decidido a hacerle hablar hasta que revelara el paradero
de Gordon, pero me temo que puse demasiado celo en el interrogatorio. No estará
en condiciones de hablar al menos durante veinticuatro horas.
Ahora
se hallaba de pie ante mí, tan cerca que si yo hubiera extendido una mano
habría podido tocar aquella cara cruel, y no por ello exenta de atractivo, de
apretados rizos rubios. Eché la cabeza hacia atrás y le miré a los ojos azules,
que ahora ardían motivados por una perversa lujuria. Tenía tensa la piel de los
pómulos, los delgados labios apretados con fuerza, lo que me hizo reprimir un
estremecimiento. Yo lo sabia casi todo acerca de aquel tipo de hombres. Solían
acudir en tropel a St. Giles, al burdel que regentaba Mother Redcoat, para
satisfacer sus brutales apetitos.
-Tengo
a cincuenta hombres registrando la zona en un intento de encontrar a Gordon -
me dijo-. Cinco de ellos están esperando ahí fuera en este momento. Se me
ocurrió que quizás él hubiese logrado burlar la vigilancia de mis hombres y
entrar en la casa. Pienso registrarla de arriba abajo.
- ¡Y
una mierda, vais a hacer!
Se
me había acabado la compostura. Lady Miranda se había evaporado en un instante
y en su lugar la duquesa Randy estaba dispuesta a dar patadas y arañazos para
hacer cuanto más daño mejor. Ramsey lo notó. Volvió a sonreír, satisfecho de
haber podido quebrantar por fin mi tranquila fachada. Lo miré con furia, la
misma gata salvaje de antaño.
-
Sugiero que cooperéis, señorita James.
- ¡Y
yo sugiero que os vayáis a tomar por culo! ¡Fuera de esta casa ahora mismo!
-Quien
ha sido ramera una vez lo será siempre. Ardo en deseos de entendérmelas con vos
personalmente cuando todo esto haya acabado. Va a...
Le
crucé la cara de una bofetada tan fuerte que perdió el equilibrio, se tambaleó
y cayó hacia atrás. Cogí uno de los candelabros de plata como quien enarbola
una porra, enteramente dispuesta a aplastarle el cráneo. Ramsey estaba
aturdido, y una huella rosácea le ardía en un lado de la cara.
-¡Perra!
Voy a...
-
¿Tenéis algún problema, lady Miranda? - me preguntó entonces Ned.
Había
entrado en la habitación como quien no quiere la cosa, más que nunca con
aspecto de pugilista a causa del ceñido uniforme negro que resaltaba los
fuertes músculos. Llevaba una corbata de seda blanca pulcramente anudada por
encima del chaleco negro y tenía abierta la levita, también negra, que le
aleteaba un poco al andar. Aquel rostro irregular, con la nariz rota y
flequillo de fraile formado de espeso pelo marrón, se mostraba imperturbable, y
los ojos castaños tenían un aire bovino, como sino tuviera nada de particular
el hecho de encontrarse a la señora de la casa empuñando con todas sus fuerzas
un candelabro y dispuesta a aporrear con él a un visitante.
- El
capitán Ramsey se marchaba - le indiqué con voz crispada.
-
¿Queréis que lo acompañe a la puerta?
-
Por favor.
-
¡No pienso marcharme! ¡No hasta que haya registrado a fondo toda esta casa!
Ahora mismo voy a decirles a mis hombres que entren y...
-
Parece que vamos a tener un pequeño problema -le interrumpió Ned.
La
voz le sonó lenta y aletargada; Ned mantenía el semblante absolutamente
impasible, aunque tanto la una como el otro rezumaban fuerza bruta y una
innegable amenaza. Ramsey vaciló, lanzando rayos de fuego azul por los ojos;
luego se incorporó y asumió un aire de acerada hostilidad.
-Yo
de ti no me metería en esto, Brown. Soy agente del Rey, respondo directamente
ante el duque de Cumberland. Tengo cinco hombres ahí afuera. Van completamente
armados. Si te metes en mi camino te encontrarás con serios problemas.
Ned
esbozó una amplia sonrisa; los ojos marrones se le llenaron de perezosa
diversión al contemplar a aquel oficial elegantemente vestido cuyo pelo formaba
apretados rizos rubios. Ramsey estaba desconcertado y un poco incómodo. Ned no
contestó en seguida. Dejó que la sonrisa le aumentara y luego meneó a ambos
lados la cabeza.
- No
sé qué clase de autoridad será la que tenéis - le dijo perezosamente-, pero
estoy seguro de que no alcanza para registrar la casa de un lord sin
autorización. Yo en vuestro lugar me marcharía de inmediato... mientras aún le
sea posible caminar.
-
¿Me estás amenazando?
-
Supongo que podrá decirse que sí. Me proporcionaría un placer considerable
rompeos el cuello y dejar sin jefe a esos soldaditos de plomo que tenéis ahí
fuera. Empezad a moveros, capitán.
Ramsey
titubeó mientras medía mentalmente al hombre que tenía enfrente, apreciando la
poderosa constitución, la nariz rota, aquellos oscuros ojos castaños que
parecían disfrutar ya por anticipado del placer que acababa de mencionar.
Palideció, y la marca encarnada que se le había formado en la mejilla se le
destacó aún con más viveza. Como tantos otros tiranos de poca monta, Ramsey
estaba acostumbrado a intimidar con facilidad a aquellos que eran más débiles
que él o, como en el caso de sus hombres, a aquellos que no se hallaban en
situación de hacerle frente. Ante alguien como Ned, el cobarde que en realidad
era se ponía de manifiesto.
-
¡Te arrepentirás de esto, Brown!
Ramsey
giró en redondo y me dirigió una mirada llena de ira. No dijo nada. No hacía
falta. Aquella boca apretada, aquellos asesinos ojos azules lo decían todo por
sí solos; reprimí otro escalofrío cuando el capitán Ramsey torció los labios en
un gesto de rabia y salió a grandes zancadas de la habitación. Ned le siguió
caminando con calma. Oí que la puerta principal se abría y se cerraba y también
algunas voces; pocos minutos después escuché el resonar de los cascos de varios
caballos que se alejaban al galope por el paseo. Volví a poner el candelabro en
la repisa de la chimenea y respiré profundamente, haciendo desesperados
esfuerzos por recobrar la compostura. Ned volvió a entrar en la habitación con
la levita aleteando.
-
¿Os encontráis bien, lady Miranda?
-
Sí, estoy muy bien, Ned. ¿Se... se han marchado?
-
Sólo se han alejado. Supongo que a partir de ahora tendrán la casa
estrechamente vigilada. Habrá por lo menos una docena de hombres vigilándola,
puede que más.
-Yo...
será mejor que te lo explique todo, Ned.
- No
necesitáis explicarme nada, lady Miranda. Creo que ya sé a qué viene todo esto.
Ese tipo, Gordon, al que Ramsey está tan ansioso por capturar, es el mismo con
el que vos vivíais antes. Operaba con unos contrabandistas.
-Hace
dos noches hubo...
- Lo
sé todo. Gordon y un hombre llamado Hawkins lograron escapar. A Hawkins lo han
capturado esta mañana. Gordon todavía anda suelto, y Ramsey cree que lo más
seguro es que vos lo estéis ocultando.
-
Hace varios años que no le veo, Ned. No he tenido noticias suyas. Él... él ni
siquiera sabe que estoy en Cornualles. Ramsey...
- No
tenéis que preocuparos por nada, lady Miranda -me aseguró.
La
voz sonaba serena y tranquilizadora, aunque tenía los ojos castaños llenos de
preocupación; me sentí mucho mejor sabiendo que lo tenía de mi lado. Puede que
Ned presentara el aspecto de un bruto, puede que a veces se comportara de forma
extraña y fuera engreído, pero había dedicado la mayor parte de su vida de
adulto a mi hermano, cuidando de él con una leal dedicación a la que sólo podía
darse el nombre de paternal. De su persona emanaba una fuerza tranquila que
nada tenía que ver con su tamaño. Ahora yo lo estaba empezando a notar. Parecía
que me arrastrase.
-No
quiero que mi hermano se entere de esto -le dije-. No quiero que se preocupe.
- No
hay necesidad de ello -convino Ned.
-Si
ve a los soldados, si por casualidad descubre que Ramsey ha estado aquí, le
diremos sencillamente que están buscando a... a uno de los contrabandistas que
se cree se halla escondido en esta zona.
-Muy
bien -repuso-. Ninguno de los criados le dirá nada, os lo prometo.
-
Gracias, Ned. No sé lo que hubiera hecho yo si no hubieras entrado tan
oportunamente.
Ned
volvió a sonreír.
- Lo
más probable es que le hubieseis aplastado la cabeza. Empuñabais un candelabro,
lady Miranda. No me gustaría haceros enfadar por nada del mundo.
Me
dirigió una mirada llena de admiración sin dejar de sonreír; luego, en broma,
hizo una servil reverencia y salió de la habitación. Subí a mi dormitorio, tomé
un prolongado baño caliente y me lavé el pelo, esforzándome todo lo que pude
por apartar de la mente aquel incidente. Después me puse unas finas enaguas de
color crema y encima media docena de faldas de gasa bordeadas de volantes, me
sequé el pelo y me senté frente al tocador. Me estuve cepillando el cabello
hasta que me cayó por los hombros en cascadas flotantes y sueltas, lleno de
brillantes reflejos rojos y cobrizos. Tenía las mejillas muy pálidas. Con mucho
cuidado me apliqué una sutil capa de colorete rosa, y un toque de lápiz de
labios también rosa; me quedé contemplando la extraña que se reflejaba en el
espejo con unos ojos color zafiro oscuro que parecían obsesionados y cuyos
párpados estaban teñidos de una sombra azul grisácea.
El
viento ululaba en el exterior y azotaba la casa por los cuatro costados, como
si tratase de irrumpir en ella. Los marcos de las ventanas traqueteaban
furiosamente, y los truenos se encadenaban a lo lejos como disparos de cañón.
Aquello no contribuía en absoluto a aliviarme los nervios. Fruncí el ceño y
dejé a un lado el lápiz de labios. “No vas a pensar más en ello -me dije con
firmeza-. Quizás Cam Gordon se encuentre por estos alrededores, pero no es por
tu causa. Ni siquiera sabe que estás aquí. Involucrarse con una banda de
contrabandistas y arriesgar su puñetero cuello de esa forma... el muy hijo de
perra no ha cambiado ni un ápice. Le estaría bien empleado que lo capturasen.
¡El muy idiota! Dios mío, haz que pueda escaparse.” Cerré los ojos y me sujeté
con fuerza al borde del tocador al tiempo que me veía sacudida por todas
aquellas sensaciones.
Media
hora después, ataviada con un vestido de rico satén color crema a rayas doradas
muy finas, saludé a Douglas con una serena sonrisa y lo acompañé hasta el
comedor. Seguía con los nervios de punta y estaba emocionalmente exhausta;
pero, decidida a que él no sospechase nada, conseguí como buenamente pude
presentar ante mi hermano un aspecto muy compuesto. Douglas estaba muy exaltado
con el nuevo color rosa que los artesanos venidos de Francia habían conseguido
perfeccionar ya, un rosa oscuro muy rico, nada parecido a ningún otro rosa que
se hubiese visto hasta entonces. Según mi hermano las cosas marchaban
fantásticamente bien en la fábrica, fantásticamente bien. El primer juego
fabricado con la nueva porcelana estaría expuesto dentro de un día o dos, y ya
empezaban a llegar pedidos de los más importantes distribuidores, con todos los
cuales Bancroft se había puesto en contacto. La mayoría de las tiendas más
importantes de Londres querían adquirirlo, y también algunas de Bath; y la loza
más barata iba a venderse ¡en toda Inglaterra! Mi hermano dudaba seriamente que
la fábrica pudiera atender todos los pedidos.
Estuvo
charlando sin cesar durante toda la cena, tan arrebatado a causa del entusiasmo
que sentía que probablemente no habría notado nada si a mí se me hubiese puesto
el pelo blanco de repente. Habló de los diversos procesos que estaban
empleando, entró en detalles técnicos más allá de lo que a mí me resultaba
comprensible y describió con gran lujo de detalles qué se hacía exactamente y
lo importante que era conseguir el grado adecuado de calor para hacer cocer los
colores, el enorme cuidado que había que tener cuando se utilizaba oro, la
temperatura ideal a la que debían estar los hornos... Yo escuchaba todo aquello
en silencio, asentía y me daban ganas de tirarle el salero a la cabeza. Douglas
se dio cuenta por fin y entonces me dirigió una tímida sonrisa.
- Me
parece que a veces me comporto como un verdadero latoso -comentó.
-¿Tú?
-Arqueé una ceja-. Ni hablar.
- En
cierto modo me siento culpable de ir cada día a la fábrica a pasármelo allí tan
bien mientras tú te quedas aquí sola. Para ti debe de ser espantosamente
aburrido.
-
Pocas veces.
-
Estás más guapa que nunca esta noche con ese vestido de crema dorado que llevas
-me dijo-. Aunque es un poco atrevido, ¿no te parece?
-Así
es como se llevan ahora. ¿Postre? -inquirí-. Creo que Cook ha hecho un pastel
de chocolate.
-
Tentador - dijo Douglas-, pero tengo que darme mucha prisa. Le prometí al padre
de Linda que esta noche me pasaría por allí para charlar un rato.
-Oh.
De manera que a quien cortejas ahora es al padre de Linda.
- ¡
Es un tipo muy interesante! - protestó Doug -. Se va muy pronto a dormir.
-¿Y
luego?
-Linda
también es una persona muy interesante. Un poco fría y cortante para mí gusto,
pero conmigo se muestra siempre muy simpática.
Sonreí.
Douglas volvió a esbozar una sonrisa irónica y ambos salimos al vestíbulo; el
roce de mi falda de satén producía una música suave. Mi hermano se había puesto
su mejor traje antes de cenar y tenía un aspecto realmente deslumbrante. Le
alisé las solapas, le coloqué bien la corbata de seda y le atusé los mechones
rubios que le caían por la frente. Douglas me sonrió, impaciente por todas
aquellas atenciones y ansioso por marharse. El viento seguía ululando con
fuerza y los truenos retumbaban sin cesar.
-
Ten mucho cuidado -le dije-. Va a haber tormenta.
- No
soy una criatura, Miranda. Además, puede que pasen varias horas antes de que
caiga una gota de lluvia. Seguramente volveré tarde.
-
Siempre vuelves bastante tarde. Dale recuerdos a Linda de mi parte.
Se
marchó, y yo entré despacio en la biblioteca. Las velas estaban encendidas y
arrojaban un cálido resplandor ámbar sobre las ricas encuadernaciones de cuero.
Uno de los lacayos se presentó y me preguntó si deseaba que encendiese el
fuego. Le indiqué que sí con la cabeza, pues la habitación estaba más bien
fría, y pronto consiguió encender un fuego resplandeciente. Miré con
desesperación los montones de libros que había en el suelo y las dos cajas de
embalaje que contenían mis propios libros y que aún no me había decidido a
abrir. Lancé un suspiro y me puse a trabajar, aunque no iba vestida para ello.
Mejor seria estar ocupada, lo más ocupada posible. Tenía los nervios a punto de
estallar y sabía que si me permitía pensar en lo que había sucedido me desmoronaría
por completo. “Trabaja -me dije-. No pienses en nada. Trabaja hasta que estés a
punto de caerte de agotamiento.”
Eso
fue lo que hice. El reloj dio las ocho. Separé los libros, los coloqué en los
estantes, los ordené. Las ocho y media, las nueve. Empecé otra pila de libros.
Los truenos eran cada vez más fuertes. La casa entera parecía temblar. Douglas
no debería haber salido en una noche como aquélla, pensé mientras llevaba en
los brazos una carga de libros encuadernados en piel y los colocaba en un
estante. Virgilio, Livio, Suetonio. Junto a éstos pondría los tres volúmenes de
Josephus. Las nueve y cuarto. Las nueve y media. Entonces el viento aulló con
fuerza un momento para luego cesar bruscamente y quedar en una calma total.
Siguió un silencio espectral, como si la propia tierra estuviese conteniendo la
respiración. Luego se oyó el ensordecedor estallido de un trueno y empezó el
diluvio. Se puso a llover a cántaros; el agua resonaba, azotaba la casa en
furiosas cortinas de agua.
Seguí
trabajando e ignorando el furor de la tormenta; a las once ya había colocado
todos los libros en montones y vaciado la caja de embalaje que estaba abierta;
puse las novelas de Roderick Cane en un estante del fondo, al lado de las otras
novelas. La tormenta no había amainado ni un ápice. En todo caso había
aumentado, pues las cortinas de lluvia azotaban las ventanas como olas
enfadadas. A Douglas le resultaría imposible llegar a casa con aquel tiempo.
Tendría que quedarse a pasar la noche en Morrison Place. Yo me sentía agotada y
sabía que no me quedaban fuerzas para abrir el resto de las cajas que me habían
enviado de Londres. El fuego se había ido consumiendo, había quedado ya
reducido a un montón de brasas de carbón. Las velas empezaban a chisporrotear.
Arqueé la espalda, me estiré y me aparté una espesa onda de pelo que me caía
sobre la sien. A lo mejor ahora conseguía dormir.
Excepto
una vela que conservé en un pequeño candelabro de plata para iluminar el camino
cuando subiese, apagué las restantes y salí al vestíbulo. Allí estaba muy
oscuro, y todas las paredes se veían cubiertas de sombras que parecían oscilar
y flotar como fantasmales nubes negras; la parpadeante llama que yo llevaba era
la única iluminación. La lluvia resonaba y azotaba con frenesí, llenando la
casa de ecos y crujidos como si una banda de demonios la hubiese invadido.
Hacía frío. Había mucha corriente. La vela se me apagó. Me quedé dudando un
momento en medio de la oscuridad y proferí una palabra muy poco adecuada para
una dama. Luego se oyó un estallido capaz de romper los tímpanos, un estridente
ruido semejante a un alarido. El vestíbulo se llenó de un resplandor azul y
plateado que sólo duró un instante.
Un
rayo. Había alcanzado a uno de los árboles de la parte de atrás. Pasé a toda
prisa a las escaleras y me encaminé hacia la estrecha puerta que conducía al
enorme vestíbulo trasero. Me pregunté cómo podrían dormir los criados en medio
de aquel estruendo. Hacía horas que se habían retirado todos, sin duda estarían
bien calentitos metidos en sus camas. Dejé el candelabro en una mesita, abrí la
puerta y me adentré en el cavernoso vestíbulo de atrás. La larga fila de
ventanas que daban a aquella parte de la casa no tenían cortinas, la lluvia
resbalaba torrencial-mente por las ventanas y los constantes relámpagos
producían un extraño efecto luminoso, azul plateado, negro y otra vez plateado,
en un frenético parpadeo. Me acerqué a una de las ventanas y escudriñé el
exterior; al cabo de un momento vi el árbol partido en dos, visible sólo un
instante a la luz de los relámpagos. Al ver que no había fuego ni peligro
aparente volví sobre mis pasos, pero entonces los relámpagos cesaron y me quedé
allí en medio de la completa oscuridad.
- ¡
Maldición! - exclamé.
Allí
hacia un frío glacial y estaba tan oscuro que apenas si veía un paso por
delante de mí. Probablemente me tropezaría con la alfombra de junco y me
rompería el cuello. “Lista, Miranda, muy lista, andar rondando a oscuras en
medio de la peor tormenta que se ha producido en años.” Avancé con gran cautela
hacia la estrecha puerta que había dejado abierta, sin saber exactamente cuál
era la dirección correcta. El aire helado me acariciaba las mejillas, los
brazos y los hombros desnudos. “Tenias que llevar esta noche uno de los
vestidos más escotados que tienes, ¿verdad? Seguramente te morirás de frío.”
Las capas de oscuridad parecían abrirse ante mi, pero entonces me detuve de
repente, paralizada por completo. Una forma oscura se erguía a unos pasos
delante de mi, sólida e inmóvil.
-¿Quién
es?
Mi
voz apenas fue un susurro ronco. Ahora notaba aquella presencia, unos ojos
fijos en mí. Se me tensó la garganta. No podía respirar bien. No podía moverme.
Sólo era capaz de mirar fijamente aquella forma alta y oscura, negra contra un
fondo negro, inconfundiblemente humana. Nunca en mi vida había experimentado
semejante terror. Furiosas ráfagas de viento lanzaban contra las ventanas
cortinas de lluvia que golpeaban los vidrios. De repente la puerta trasera se
abrió de par en par y golpeó contra la pared. La habían asegurado con cerrojo,
como cada día. Alguien la había forzado y luego no la había vuelto a cerrar
bien. La lluvia entraba con violencia por la abertura y salpicaba el suelo. Se
produjo otro relámpago y, en medio de la breve y cegadora explosión de color
azul plateado, vi al intruso. Grité. El se precipitó hacia mí. Me tambaleé. Me
cogió en brazos y yo comencé a debatirme violentamente; entonces otro relámpago
estalló y le vi el rostro.
-Hola,
Miranda -me dijo.
7
Eché
el pie hacia atrás y le golpeé en la espinilla con todas mis fuerzas. El rugió
de sorpresa y de dolor. Conseguí liberarme los brazos, cerré los puños y comencé a darle golpes en el pecho;
se tambaleó hacia atrás. Los relámpagos estallaban ahora sin cesar, como una
extraña luz azul plateada que se encendiese y apagase una y otra vez, y aquel
rostro mostró perplejidad y alarma cuando vio que yo le daba otra patada. Se
dobló hacia delante. Le agarré del pelo y tiré de él con todas mis fuerzas.
Lanzó un grito. Entonces decidió ponerse a pelear a su vez. Me sujetó con
fuerza por las muñecas y me las retorció. Le solté el pelo. Me obligó a dar la
vuelta, balanceándome y apretándome contra él y haciendo que mi espalda chocara
contra su pecho. Me echó los brazos en torno a la cintura de forma que me
aprisionó los míos a ambos costados, y me abrazó con tanta fuerza que hubo un
momento en que creí que me ahogaría. Levanté el pie izquierdo y le pisé el suyo
con tanta fuerza como pude, y él lanzó un grito de dolor.
-¿Has
perdido el puñetero juicio o qué? ¡Soy yo!
Volví
a pisotearle el pie. Se apresuró a soltarme. Me di la vuelta en redondo. Aquel
hombre tenía los ojos henchidos de un profundo dolor. Le abofeteé la cara más
fuerte aún que a Ramsey. Casi me rompí la muñeca al hacerlo. Cam Gordon
retrocedió y se apartó de mi cojeando. La lluvia resonaba al golpear con fuerza
las ventanas y entrar con violencia por la puerta abierta. Los truenos
retumbaban. Un rayo cayó en otro árbol. Se produjo de nuevo un relámpago que
iluminó todo con una brillante luz de color naranja plateado.
-¡Hijo
de perra! -le grité-. ¡Puñetero hijo de perra! ¡ Tienes menos cerebro que un
faisán! ¡Toda la puñetera región está plagada de casacas rojas, y debe haber
por lo menos veinte de ellos vigilando esta casa!
-Sí
-dijo-, tos he visto.
¡Maldito
seas, Cam Gordon!
-
Sigues siendo la Miranda de siempre
afirmo -. Creí que a lo mejor habrías cambiado. Tenía miedo de que en
este tiempo te hubieras convertido en aquella dama fría y elegante que siempre
quisiste ser.
-
¡Soy una dama, hijo de puta!
Cam
arqueó una ceja.
-
¿Ah, sí? Pues lo disimulas muy bien, te lo aseguro.
-Voy
a matarte. ¡Voy a matarte!
-
¡Jesús! Verdaderamente me guardas rencor, ¿no es así? Atrás. ¡Atrás! ¡Me has
convencido!
Y
entonces me eché a llorar, lo que supuso una auténtica humillación para mí. Las
lágrimas me cayeron profusamente por las mejillas. Empecé a sollozar. Cam se
acercó a mí y me puso una mano sobre el brazo. Le propiné otra bofetada. Me
atrajo hacia sí y me abrazó; seguí sollozando con la cabeza apoyada en su
hombro. Me meció suavemente y el esplendor de aquel momento me hizo llorar aún
más. Sentí la presión de aquel cuerpo contra el mío, de aquellos brazos que me
estrechaban con fuerza. Tanto tiempo. Tanto tiempo. Había pasado tanto tiempo.
Yo me había mantenido viva sólo a medias. Me deleité en la dicha que me
producía la proximidad de aquel hombre, y al cabo de un breve rato alcé la
cabeza y miré aquel flaco rostro que era tan querido para mí.
-
¿Te encuentras mejor? - me preguntó.
-Estás
chorreando -le dije apartándome de él-. Tienes el pelo aplastado y la ropa
empapada.
-
Eso es lo que hace una buena tormenta.
Eres
un condenado loco Cam Gordon. Mantengo todo lo que te he dicho.
-Te
creo.
-
Ramsey sabe que andas por esta zona. Cree que tu... cree que nosotros hemos
estado en contacto. Piensa que por eso me he venido a Cornualles... por
........
-No
nos preocupemos de Ramsey ahora.
-
¿Cómo te has enterado de que yo estaba aquí?
-No
lo supe hasta hace dos semanas. Pensaba que tendría que ir a buscarte a
Londres, pero luego, por casualidad, vi un periódico de Londres... yo estaba en
Francia por entonces... de modo que decidí llevar a cabo una última excursión
con los contrabandistas.
-
Tienes que marcharte ahora mismo.
-
¿Con esta tormenta?
-Con
esta tormenta -repuse.
-
Toda la maldita región es un hormiguero de casacas rojas; por lo menos hay
veinte vigilando esta casa.
-
¡No me hagas burla, so cabrón!
-
¡Ya estás mejor!
Erguí
los hombros y me aparté el pelo de la cara asumiendo de nuevo el aire de
dignidad que momentáneamente había perdido. Los tres años y medio últimos había
estado sumida en un estado de estupor, una parte de mí había permanecido
completamente aletargada; pero ahora volvía a estar absoluta y gloriosamente
viva, cada fibra de mi ser cantaba a la vida. Lo admitía con naturalidad, pero
no estaba dispuesta a permitir que Cam Gordon sospechase cuáles eran mis
sentimientos. Lo contemplé con frialdad a la constante luz de los relámpagos,
majestuosa e imperiosa.
-
¿Por qué has venido? - le pregunté.
-Creo
que ya lo sabes.
-
Necesitas dinero. Necesitas ayuda.
-Te
necesito a ti.
-Y
una mierda. Me volviste la espalda hace tres años y medio. Me rompiste el
corazón, hijo de perra. Te daré dinero. Por los viejos tiempos haré todo lo que
pueda para ayudarte a huir, pero no es necesario que te pongas a darme coba
para que lo haga. No tienes que fingir...
-
¿De verdad tenemos que discutirlo aquí? - me preguntó-. Como muy bien has
observado hace un momento, estoy totalmente empapado. Y también muerto de
hambre. Me caigo a causa del agotamiento, y además me duele todo el cuerpo
debido al calor de tus efusiones.
-No
esperes compasión de mí, cabrón.
- Lo
digo en serio, Miranda. Si no como algo pronto, es posible que me desmaye. Hace
dos días que no pruebo bocado. ¿Crees que sería posible que dejases de actuar
como una condesa de culo tieso y me prestases un poco de ayuda?
Entonces
cesaron los relámpagos. Nos quedamos sumidos en una total oscuridad. La lluvia
seguía azotando las ventanas y entrando por la puerta abierta, pero la tormenta
parecía haber perdido parte de su furor. Pasaron unos instantes sin que ninguno
de los dos hablase, y los ojos se me fueron acostumbrando poco a poco a la
oscuridad; empecé a distinguir vagas formas y perfiles. Cam estaba tiritando.
-Creo
que no tengo dónde elegir -le dije-. Supongo que no me queda más remedio que
ayudarte. Nadie debe saber que estás aquí. Te llevaré arriba, a mi habitación.
- Es
terriblemente amable por tu parte.
-Ya
he aguantado bastante tu sarcasmo, Cam Gordon. Vigila la lengua. ¿Entendido?
-
Entendido - repuso.
-
Tenias que romper la maldita puerta, ¿verdad? Entra la lluvia a cántaros.
- No
la he roto. Sólo he forzado la cerradura. Supongo que después no la he cerrado
bien.
-
Pues ciérrala - le ordené-. No podemos dejarla abierta de ese modo.
-
Estoy demasiado débil - protestó-. Volveré a calarme hasta los huesos. Yo...
- Si
crees que voy a ser yo la que va a calarse y a echar a perder este vestido de
satén, es que has perdido el puñetero juicio.
-
¡Muy bien! -dijo bruscamente.
Se
fue hacia la puerta dando tumbos, y cuando la cogió oleadas de lluvia lo
alcanzaron y lo empaparon de nuevo. Cerró violentamente la puerta y echó de
golpe el cerrojo; soltó una fuerte maldición al resbalar en el suelo, y a punto
estuvo de caerse. Regresó a tientas hasta el lugar donde yo me encontraba; le
di la mano y lo guié hacia la estrecha puerta que daba al vestíbulo principal.
Avanzamos a oscuras junto a la escalera, Cam venia detrás de mi con paso
vacilante. Rogué para que los sirvientes siguieran en la cama. Sujetándole con
fuerza de la mano, lo conduje escaleras arriba y luego a lo largo del pasillo
hasta llegar a mi dormitorio. Varias velas ardían en los candelabros de pared
con las llamas protegidas por globos de cristal, y aquella pálida luz amarilla
arrojaba sombras que correteaban por las paredes.
-
Entra aquí - le dije a Cam abriendo la puerta del dormitorio.
Tiré
de él hacia dentro. Las velas estaban encendidas. La chimenea también, aunque
el fuego ya estaba bajo, y me habían abierto la cama. Ahora me sentía llena de
júbilo, llena de fuerza, muy animada. Realmente Cam presentaba un aspecto débil
y patético, pensé. No llevaba levita. Tenía la delgada camisa blanca pegada al
cuerpo y las ajustadas calzas negras parecían aún más ceñidas a causa de la
lluvia. Cam seguía tiritando, y me pareció que tenía la piel de un tenue matiz
azulado. Le solté la mano, eché otro leño al fuego y removí las brasas hasta
que empezaron a arder con viveza; luego me encaré con Cam, toda eficiencia y
frialdad.
-Ven
junto al fuego -le dije con voz crispada-. Quítate en seguida esa ropa mojada.
Iré a la habitación de mi hermano y te traeré una bata suya.
-Comida
-susurró.
-
También te traeré comida - le indiqué-. Pero haz lo que te digo.
-
Jesús, te has convertido en una mandona descarada, ¿no? Si no estuviera medio
muerto te...
-
Cierra la boca - le dije-. Y bébete esto.
Le
había servido una copa de brandy de la licorera que había en mi mesilla de
noche. Se la tendí. Me dirigió una mirada inquisitiva.
-
¿Te has hecho borrachina además de mandona?
No
le contesté. Encendí la vela que había en un candelabro de plata sobre la
repisa de la chimenea y, llevándomela conmigo, recorrí a paso vivo el pasillo
en dirección al dormitorio de mi hermano, que estaba situado al otro lado de la
casa. La lluvia salpicaba contra los vidrios de las ventanas y aún se oía a lo
lejos el retumbar encadenado de los truenos, pero la furia de la tormenta había
disminuido considerablemente. La habitación de Douglas estaba a oscuras. La
vela que yo llevaba desprendía un ondeante halo de luz amarillo-anaranjada que
se iba ensanchando poco a poco y penetraba en las capas de oscuridad. Abrí la
puerta del armario y saqué el primer batín que encontré, uno de suntuoso
brocado azul marino con unas hojas bordadas en seda negra y forrado de satén
también negro. Me lo colgué del brazo, cogí el candelabro y salí cerrando la
puerta tras de mí procurando no hacer ruido.
La
sangre me hormigueaba. Me daba la impresión de que todo el cuerpo me
resplandecía. Era como si me hubiese bebido una botella de dos litros del mejor
champán. Me invadía un regocijo que no podía controlar, y una maravillosa
música interior guiaba mis pasos cuando regresé por el pasillo. El estaba allí.
Me esperaba en la habitación. Apenas podía creérmelo. Era un idiota temerario e
imprudente, e iba a echarle una bronca de todos los demonios por correr
semejante riesgo, pero... me detuve en seco. Alguien subía por las escaleras.
Vi un círculo de luz que se iba agrandando y haciéndose cada vez más brillante
a medida que los pasos se acercaban.
Ned
apareció en el pasillo. Me vio allí de pie, con la bata colgada del brazo y el
candelabro en la mano; yo debí de poner una terrible cara de culpabilidad. Me
saludó con una educada inclinación de cabeza y con la cara por completo carente
de expresión.
-
¿Todo va bien, lady Miranda? - inquirió.
-Todo
va... perfectamente, Ned. Estaba... mi hermano me había pedido que... que le
remendase esta bata que tiene un roto, y como con esta tormenta no hay forma de
poder dormir... pensé que esta noche era una buena ocasión para hacerlo. Tú...
¿no estabas durmiendo?
Dijo
que no con un movimiento de cabeza.
- La
tormenta ha sido muy mala. Había pensado echar un vistazo por la casa antes de
irme a dormir. ¿Todo está bien aquí arriba?
-Todo
en orden-le contesté temblorosa.
-
¿Necesitaréis algo más? - me preguntó.
-
Pues... yo... en realidad, Ned, yo... tengo muchísima hambre. No tomé gran cosa
esta noche a la hora de cenar. ¿Te importaría subirme un poco de comida en una
bandeja?
-
Claro.
-Tengo
mucha hambre, Ned. Tráeme comida en abundancia.
Asintió
con la cabeza y volvió a bajar las escaleras. Dejé escapar un suspiro de
alivio, muy agitada. No había salido muy airosa del paso, pensé mientras volvía
al dormitorio, pero al menos había conseguido que la comida estuviera ya en
camino. Abrí la puerta y entré en la habitación. Cam, alto, delgado y
completamente desnudo, se hallaba situado delante de la chimenea. Había
extendido la ropa delante del fuego, y las prendas empezaban ya a echar vapor.
Las botas descansaban junto al hogar, tiradas allí de cualquier manera y todas
llenas de barro. Cam se había secado el pelo y se lo había cepillado, y las
espesas mechas de pelo liso lanzaban unos reflejos tan negros como el acero a
la luz del fuego. Le tendí el rico batín de brocado sin pronunciar una palabra.
Se lo puso, se ajustó los sedosos pliegues alrededor del cuerpo desnudo y se
ató la banda de satén en torno a la cintura.
- ¿Y
la comida? - preguntó con exigencia.
-
¡Ya tendrás tu jodía comida! - me apresuré a contestarle con brusquedad.
- El
genio no te ha mejorado lo más mínimo, por lo que veo. Puede que ahora, con
tanto adorno cursi, seas la elegante lady Miranda que dicen, pero constato que
aquella peleona golfilla callejera sigue acechando bajo la superficie. Acabas
de comerte una
-Vete
al infierno -le dije.
-Allí
precisamente es donde he pasado estos últimos tres años y medio.
-
¿Qué se supone que quieres decir con eso?
-Creo
que ya lo sabes.
Estaba
aún más delgado, pensé, los planos y los ángulos de la cara parecían más
afilados que nunca; estaba guapo, aunque de un modo severo. El espeso mechón
negro seguía cayéndole sobre la frente como una torcida cuya punta señalaba por
encima de la ceja derecha, y los ojos azules me miraban con perezoso
distanciamiento. El batín de brocado produjo un sedoso roce cuando Cam levantó
una mano para alisarse hacia atrás el mechón de pelo; los pliegues de aquel
suntuoso batín de color azul marino lanzaron reflejos, las hojas de seda negra
parecieron ondularse. Noté que se me hacía un nudo en la garganta y también
advertí un dolor interior que se me extendió por todo el cuerpo como si de una
fiebre se tratase.
-A
ti te ha ido muy bien -me dijo.
-
Pues sí, verdaderamente.
-
Eres mucho más hermosa de lo que recordaba. Nunca había tenido ocasión de verte
con un vestido como ése. ¿Te lo ha comprado tu hermano?
- Me
lo he comprado yo sola. Se da la circunstancia de que soy una mujer
inmensamente rica.
- Ya
he leído cosas acerca de tu éxito - me confesó -Siempre que tengo oportunidad
leo los periódicos de Londres. Al parecer están llenos de noticias de M. J.
Tuve oportunidad de leer Duquesa Annie... un tipo de Bretaña tenía un ejemplar
y me lo prestó. Resulta obvio que Norman Lloyd soy yo... y no lo trataste con
mucha amabilidad que digamos. Lo presentaste como un auténtico hijo de puta.
-Tan
real como la vida misma.
-Además
fue un maldito estúpido por abandonar a Annie como lo hizo, volviéndole de ese
modo la espalda a lo único bueno que le había ocurrido en toda su vida. El
libro quizá profundice demasiado, quizá llegue muy cerca del hueso. A mí me
ofendió amargamente.
- No
me sorprende.
- Me
ofendió por que me di cuenta de que yo nunca podría escribir algo que fuese la
mitad de bueno que aquello, y porque hacía que los puñeteros melodramas que yo
solía escribir parecieran la basura que siempre fueron. Me molestó el éxito, la
fama y la fortuna que el libro te reportó, y me di cuenta de que yo era
exactamente igual de estúpido que tu Norman Lloyd, un desgraciado hijo de perra
que no se merecía a alguien tan especial como Annie.
-
Ned debe estar a punto de subir con la comida - le dije yo con voz tan fría
como pude-. Será mejor que salga a esperarlo al pasillo y le coja la bandeja.
No es conveniente que te encuentre aquí.
Aquellos
transparentes ojos azules me observaron con atención y escudriñaron el interior
de mi alma, y yo sentí una conmoción de pánico.
-
¿Te disgusta mi confesión? - quiso saber.
-A
mi tu “confesión” me importa un rábano. Eres un desgraciado hijo de perra, Cam
Gordon, y lo único que me preocupa ahora es darte de comer y tenerte fuera de
mi casa lo antes posible.
Y
entonces me di la vuelta y salí de la habitación. “No vas a dejarte engañar por
esa clase de patrañas -me dije-¡Ni pensarlo! Ese hijo de puta te destrozó el
corazón y te lo arrojó a la cara, y no vas a permitir que vuelva a hacerlo.
Tienes que mostrarte fría, distante y ... y tienes que ignorar todos esos
sentimientos que se agitan en tu interior. Vas a tratar con todas tus fuerzas
de reprimirlos. Lo deseas, si. El mero hecho de mirarlo hace que te debilites
por completo, ese hombre te hace temblar y te mueres de ganas de tocar esa
enjuta mejilla y de sentir otra vez esos brazos en torno tuyo, pero tienes que
luchar contra ello.”
Ned
se acercó por el pasillo con la bandeja de comida cubierta por una fina
servilleta de lino blanco. Se la cogí, le di las gracias con voz temblorosa y
le dije que ya no necesitaba nada más. Me dirigió una mirada llena de
curiosidad y titubeó un instante antes de hacer una inclinación de cabeza y
encaminarse de nuevo hacia las escaleras. La bandeja pesaba mucho. Me dirigí al
dormitorio, empujé la puerta con el pie para abrirla y la cerré detrás mío de
un enérgico puntapié. Cam me aligeró al instante el peso de la bandeja y se la
llevó hasta la alfombra que había delante de la chimenea; la puso en el suelo y
luego se sentó al lado. Los pliegues de la bata se le cayeron hacia atrás y
dejaron al descubierto las piernas desnudas y la mayor parte del pecho.
-
Mmmm - exclamó después de apartar la servilleta-. Pollo frío. Lonchas de jamón.
Lonchas de asado. Pan. Mantequilla. Un trozo de queso. Una tetera... con té
caliente, además. ¿Y esto qué es? Parecen tortas de albaricoque espolvoreadas
con azúcar. Un verdadero banquete.
Luego
empezó a comer ignorándome por completo; yo me quedé de pie al otro lado de la
habitación, observándolo, mirando cómo las amplias mangas de la bata le
resbalaban hacia atrás sobre los antebrazos, cómo el pelo liso y espeso
brillaba lanzando reflejos azules a la luz del fuego, cómo hundía los dientes
en un pedazo de pollo y le arrancaba la carne desde el hueso. Las velas ardían
bajas, chisporroteando quedamente y llenando la habitación de una difusa luz
dorada que se fue convirtiendo en penumbra a medida que, una tras otra, se
apagaban las velas con un suave crepitar de cera. Todo parecía un sueño, la
agonizante luz, el hombre sentado delante de la chimenea, el firme golpeteo de
la lluvia, pero el dolor que yo sufría por dentro era bastante real y aumentaba
por momentos.
Cam
terminó un trozo de pollo y cogió otro.
-Delicioso
-comentó-. ¿Quieres un poco?
-No,
gracias.
-¿Una
taza de té?
No
me molesté en contestarle. Me acerqué a una de las ventanas, aparté las
cortinas y me puse a contemplar la noche. La lluvia iba amainando. Las nubes
estaban desapareciendo, ya casi era visible la luna. ¿Qué podía hacer yo? ¿Cómo
iba a echar a Cam en mitad de la noche sabiendo que lo más seguro era que la
propiedad estuviese plagada de soldados? Había conseguido deslizarse entre
ellos en medio del fragor de la tormenta, pero ahora los casacas rojas estarían
de nuevo alerta. A Cam se le veía débil y agotado, casi extenuado. Lo pondría
en una de las habitaciones de invitados, le permitiría pasar allí la noche y...
y ya me preocuparía del resto al día siguiente. Había que sacarlo de la casa,
sí, pero primero tenía que conseguir sacarlo de aquella habitación donde el
fuego que crujía calladamente, el pálido resplandor dorado y la gran cama
abierta invitaban a quedarse.
Recordé
entonces otra cama y aquel cuerpo magro y duro, la boca que cubría la mía en la
oscuridad, el peso y el calor de aquella piel, el olor acre, el furor de las
emociones que aumentaba cuando aquel cuerpo presionaba y aplastaba el mío y mis
manos recorrían la curva de la espalda y de las apretadas y firmes nalgas.
Estrechando la cortina con tanta fuerza que estuve a punto de romperla, recordé
la penetración dura y pujante, las sensaciones que estallaban al tiempo que una
acometida sucedía a otra y los pozos de dicha se desbordaban como generosas
fuentes que nos regaban de esplendor. Me mordí el labio inferior tratando de
apartar aquel recuerdo de la mente. La cortina se rasgó produciendo un gran
ruido. La solté, maldiciéndome a mí misma por aquella locura.
-
Estás espantosamente tensa -observó Cam.
Me
di la vuelta. Cam había extendido de nuevo la servilleta sobre la bandeja y
había apartado ésta a un lado, y ahora estaba bebiéndose una taza de té con el
pulgar enganchado en el asa y el resto de los fuertes dedos curvados laxamente
alrededor de la taza de porcelana azul. Se la llevó a los labios y dio un largo
y profundo sorbo sin apartar los ojos de mí. Avancé con desasosiego hacia la
cama y volví a cerrarla alisando la colcha sobre las almohadas.
-
¿Se supone que con eso quieres darme a entender algo? -me preguntó.
-
¿Has terminado de comer?
-
Por ahora. Probablemente comeré algo más después.
Dio
otro sorbo de té tan largo que vació la taza. Jugueteó con ella durante un
rato, acariciando la lisa porcelana, y luego esbozó una enigmática sonrisa y
colocó la taza en la bandeja. La espesa honda le caía hasta muy abajo, le
cubría casi toda la frente. Cam tenía los ojos oscuros, casi de un negro
azulado, bajo aquella tenue luz, y la cara le aparecía surcada de sombras a
causa de las llamas que crepitaban en la chimenea, como diminutas lenguas
anaranjadas que lamiesen los leños con avidez. A Cam se le había deshecho el
nudo del cinturón. La bata le caía suelta por la espalda y un pliegue le cubría
descuidadamente los muslos. Yo me sentía tan tensa que creí que iba a ponerme a
gritar. Me serví una copa de brandy, pero luego decidí no tomármela y la dejé
sobre la mesa con tanto brío que el liquido se derramó por encima del borde.
-¿Por
qué has venido, Cam? ¿Por qué?
- He
venido a buscarte, Miranda.
-
¿Después de tanto tiempo? ¿Esperas que me lo crea?
Se
puso lentamente en pie y el suave satén negro del forro, muy resbaladizo,
estuvo a punto de hacer que se le cayera la bata. Se la colocó bien y se anudó
el cinturón, ignorando mi pregunta y concentrándose en lo que hacía; luego me
miró, una mirada fría y autosuficiente. Cuando por fin habló la voz le sonaba
llana.
-
Abandonarte fue el error más grande de mi vida, Miranda. Me di cuenta
inmediatamente. Y me maldije por ello. Me maldije por ser el mayor loco de este
mundo. Era un rebelde, un hombre proscrito que no tenía ni un puñetero
penique...
- No
tenias ninguna necesidad de quedarte sin un penique. No hubiera hecho falta que
cogieses aquel dinero y llegases a un acuerdo con Bancroft para dejarme la vida
resuelta. Yo hubiera podido...
-Ya
es bastante difícil todo esto, Miranda. Te agradeceré que no me interrumpas.
-No
tienes que darme explicaciones. Sólo... sólo quiero que te vayas de aquí.
-Te
culpé por lo que sucedió aquella noche. Me convencí a mi mismo de que había
sido culpa tuya que las cosas salieran mal. Me dije que si no me hubieras dado
aquel vino drogado, si yo hubiese estado allí, con los demás, habría podido...
- Titubeó durante un instante, recordando, y luego continuó con el mismo tono
de voz llano-. Unas semanas en la corte del Hermoso Príncipe bastaron para
convencerme de que habíamos sido unos malditos y locos idiotas, para empezar, y
que nuestras intrigas no habían sido más que una descabellada locura. Me di
cuenta de que, si no hubiera sido por ti, probablemente habría muerto como un
estúpido, y por ninguna causa en realidad. En resumen, que recobré U buen
juicio.
Mantuve
un silencio helado y lo contemplé sin ninguna expresión en el rostro.
-Te
echaba de menos -continuó-. Te necesitaba. Mi vida estaba vacía sin ti. Acabé
por confesarme a mí mismo que te amaba, y ello me dolió mucho; estaba molesto
contigo por desbaratarme la vida. Me marché a América con la esperanza de
olvidarte. Pero no funcionó. Supe que tenía que recuperarte, y supe también que
tenía que convertirme en alguien para ser digno de ti...
-
Por eso te hiciste contrabandista - le indiqué en un tono helado.
-
América es una tierra maravillosa, pero un hombre debe tener algo firme a lo
que agarrarse si quiere triunfar allá, triunfar de verdad. Regresé a Francia,
miré a mi alrededor y me di cuenta de que meter mercancías de contrabando era
el camino más rápido para conseguir hacerme con el dinero que necesitaba. He
hecho mucho dinero, y lo he transferido todo a un banco de Filadelfia.
Otra
vela crepitó y luego se apagó. Ahora sólo quedaban tres encendidas, y las
sombras danzaban en las paredes al tiempo que las llamas saltaban y
chisporroteaban al estallar la cera. Cam atravesó la habitación y se acercó a
mí con la bata ondeando y crujiendo. A mí el corazón me latía a toda velocidad.
Notaba las muñecas débiles, como si el peso de las manos fuera excesivo para
ellas, y también sentía débiles las rodillas. No podría aguantar mucho más
tiempo de pie. Estaba segura de que iba a desplomarme de un momento a otro.
- En
principio había pensado comprar una plantación de tabaco - continuó Cam -, pero
hace unos meses conocí a un caballero de Filadelfia que es el propietario de un
periódico y quiere venderlo. He llevado a cabo las gestiones necesarias para
comprarlo.
-Tú...
¿vas a dirigir un periódico?
- Es
algo que me agrada más que cultivar tabaco. América... el espíritu que se
respira allí es joven, fresco y vigoroso. A nadie le importa quién sea uno ni
de dónde venga. Son fieramente independientes y ya empiezan a resentirse del
yugo impuesto por un monarca lejano. La vida allí, la gente... es un lugar
extraordinario, Miranda, que está en constante crecimiento. Yo quiero formar
parte de ese crecimiento. Quiero empezar en un nuevo país y quiero que estés a
mi lado.
-Ahora
tengo mi propia vida, Cam.
- Me
doy perfecta cuenta de ello.
-Tengo
un hogar, un hermano, una... una profesión en la que pienso continuar
trabajando. Voy a seguir escribiendo libros. Yo...
- En
América también publican libros.
-Tienes...
tienes un valor del demonio al pensar que voy a dejar todo aquello por lo que
he trabajado tanto para irme por ahí a dar traspiés a ciegas... ¡Has perdido el
poco juicio que tenias! Me abandonaste. ¡Estuviste a punto de arruinarme la
vida! Yo te amaba, cabrón, y...
-Y
todavía me amas.
-
¡Te detesto!
-
Mientes, Miranda.
Me
cogió por los hombros. Intenté apartarme. aquellos dedos me apretaron y me
estrujaron la carne con tanta fuerza que me hicieron jadear. Deseaba luchar con
él de nuevo, golpearle, hacerle daño, pero me sentía demasiado débil, demasiado
débil. Cam me miró a los ojos; los suyos estaban llenos de determinación.
- He
hecho dinero. Lo he arreglado todo para comprar el periódico. Pensaba ir a
Londres a buscarte, pero entonces, por casualidad, vi el periódico de Londres y
me enteré de que estabas en Cornualles. Decidí hacer la última travesía con los
contrabandistas ya que ellos desembarcaban a menos de cincuenta kilómetros de
aquí...
-
¡Arriesgando el puñetero cuello!
- Me
daba perfecta cuenta del riesgo que corría.
- ¡Y
aun así tuviste que venir a la carga! ¡Eres un maldito loco, Cam Gordon!
-
Puede que lo sea. Seguramente lo soy, pero se da la circunstancia de que te
amo, Miranda. Ya está, ya lo he dicho y me duele como el demonio haberlo hecho,
pero lo volveré a decir... Te amo.
Contuve
la respiración. La debilidad se desvaneció y me sentí llena de júbilo y de una
nueva y gloriosa energía. Me aparté de él. Me froté los hombros allí donde me
había apretado con tanta fuerza.
-
Pues mira que te ha costado tiempo averiguarlo - le dije con brusquedad.
Puso
mala cara, y la ira hizo desaparecer la fría autosuficiencia. Los ojos le
relampaguearon con aquella vieja violencia de siempre. Las aletas de la nariz
se le movían. Retrocedí, llena de regocijo.
-
¡Maldita sea, Miranda! -rugió-. ¡Arriesgo mi estúpida vida para conseguir
llegar hasta ti! ¡Caigo en una emboscada en la que he estado a punto de dejar
la piel! Me paso dos días merodeando por la comarca sin comida, escondido en
una cueva húmeda y asquerosa, y finalmente consigo pasar entre un batallón de
soldados, en medio de una enfurecida tormenta, para llegar hasta ti y abrirte
mi corazón, y tú me haces este desaire... ¡Maldita seas!
-Yo
no te he pedido que hagas ninguna de esas cosas.
- ¡
Eres una perra exasperante e irritante capaz de volver loco a cualquiera! ¡
Debo de haber perdido el juicio!
-
Eso lo he dicho yo bastante a menudo.
Me
había pasado de la raya. La furia lo poseía. Se abalanzó sobre mí con la bata
revoloteando a sus espaldas. Solté un grito. Me sujetó, y cuando yo hubiera
jurado que iba a estrangularme aplastó de golpe la boca contra la mía, me
estrujó contra él y me devoró los labios con los suyos. Me debatí con malicia,
haciendo el mismo juego de antaño. Me sometió salvajemente y yo le apresé el
pelo con las manos, tiré de él y luego lo solté y le recorrí con las palmas los
hombros y la espalda. Finalmente lo apreté contra mí al tiempo que mil
sensaciones estallaban en pedazos en mi interior. Volvió a besarme una y otra
vez, me recorrió con los labios la garganta, la curva de los hombros, el busto.
Yo continuaba abrazándolo, cautiva ahora de aquellas sensaciones que llevaba
tanto tiempo, tanto tiempo dormidas, sensaciones que sólo él lograba despertar
en mí. Recostada hacia atrás en el brazo con el que me sujetaba fuertemente por
la cintura, le acaricié la nuca y le pasé los dedos por aquel sedoso y
abundante pelo negro, perdida, perdida, brillante en un intermitente vacío de
éxtasis.
Mi
escocés. Mi salvaje escocés, otra vez mío, allí, en mis brazos; no era un
sueño, aquel cuerpo sólido, fuerte y cargado de energía, los labios firmes y
cálidos que me quemaban la piel y cubrían de nuevo los míos, separándolos,
acometiendo con la lengua mientras todos mis sentidos se tambaleaban, se
estremecían, y la realidad retrocedía. Nada era real excepto la enorme dicha
del momento y el esplendor que se extendía por mis venas. Me soltó, yo me
tambaleé y estuve a punto de caerme, pero Cam me cogió por los hombros, me
obligó a darme la vuelta y empezó a hurgar en los diminutos corchetes de la
espalda del vestido, impaciente, todo él manos, incapaz de desabrocharlos. Por
fin lo consiguió y me despojó del corpiño; mis pechos quedaron libres, los
pezones pugnaban por liberarse de aquella prisión de tela. El satén crujió
cuando Cam tiró del vestido y me lo bajó hasta la cintura. Le ayudé con las
manos, salí de aquel círculo de satén y me quedé sólo con las delicadas
enaguas, con las ondeantes faldas de gasa, con los volantes que revolotearon
cuando él volvió a darme la vuelta y empezó a abrazarme y a besarme con
frenesí.
El
esplendor fue extendiéndose y mezclándose con una dolorosa urgencia que crecía
cada vez más hasta que la tormenta sobrepasó el límite y se hinchó por dentro
lanzándome a un delirio que con seguridad me haría pedazos si no se saciaba
pronto. Cam cogió los dos finos tirantes de las enaguas y tiró de ellos hacia
abajo; mis pechos se liberaron del último freno. Me retorcí en brazos de mi
escocés mientras él me arrancaba a tirones las enaguas, rasgando la tela al
hacerlo. Se hincó de rodillas llevándose con él las capas de gasa,
desgarrándolas hasta que por fin me las quitó y quedé completamente desnuda,
temblando atormentada. Me cogió por detrás de las pantorrillas y empezó a mover
las manos hacia arriba, besándome las piernas, apretándome las nalgas, estrujándomelas
con fuerza. Movió los labios hacia arriba, quemándome. Me estremecí y le tiré
del pelo con violencia haciéndole levantar lentamente, y él me besó el
estómago, el ombligo, los dos pechos. Separé los labios y eché hacia atrás la
cabeza, lo que hizo que el pelo me cayera por la espalda, y Cam me besó un lado
de la garganta, me levantó en brazos, me llevó a la cama y me tendió sobre ella
de través, de modo que las almohadas me quedaban a la derecha y los pies de la
cama a la izquierda.
La
última vela se apagó con un chisporroteo y quedó sólo la luz del fuego mientras
Cam, al lado de la cama, me miraba con pasión. Arqueé la espalda, la colcha de
satén estaba lisa y resbaladiza debajo de mi. Encogió los hombros. La bata cayó
al suelo produciendo un suave roce y Cam quedó de pie, desnudo, erecto, tan
arrebatado como yo, presa de un íntimo furor que exigía inmediata liberación.
Tenía la boca apretada y los pómulos tensos. Los ojos le lanzaban un brillo
oscuro. Los troncos de la chimenea producían un resplandor entre naranja y
rosa, y crepitaban antes de partirse en dos. Ardientes chispas cayeron como una
lluvia sobre mí cuando él se me puso encima y me aprisionó las muñecas,
abriéndome los brazos y sumergiéndose en mi cuerpo con un empuje tan poderoso
que me hizo gritar. Levanté las piernas y las cerré en torno a sus nalgas al
tiempo que el colchón se hundía y los muelles del somier rechinaban formando
una violenta y estridente sinfonía; empujó una y otra vez, la colcha comenzó a
resbalar y nuestros cuerpos con ella hasta que caímos al suelo abrazados,
enredados en pliegues de satén, apenas conscientes al hacerse trizas los
sentidos mientras una oleada tras otra nos sacudía y nos lanzaban a la dichosa
orilla de la realización.
Más
tarde, mucho rato después, Cam volvía a estar otra vez ante la chimenea
devorando, satisfecho, la última tarta de albaricoque, y un nuevo tronco ardía
brillantemente y llenaba la habitación de un acogedor calor. Con la bata de mi
hermano puesta - ahora estaba tristemente arrugada-, se hallaba por completo
absorto y no se dio cuenta de que yo salía del cuarto de aseo vistiendo un fino
camisón de algodón blanco. Una vez realizadas las abluciones, encendí unas
cuantas velas, recogí el vestido y las enaguas y los guardé en el armario. Cam
se terminó la tarta, se chupó los dedos uno por uno y luego levantó la vista,
perezoso y letárgico.
-Me
has echado a perder las enaguas -le informé.
-Eres
una mujer rica -dijo con voz lenta-. Puedes permitirte comprar unas nuevas.
-Veo
que te has terminado la comida que quedaba.
-Sí.
Y no me iría mal otra taza de té. Queda un poco, pero está frío.
-
Supongo que esperas que vaya a oscuras hasta la cocina y haga más té.
-No
te haría ningún daño -replico.
-Ya
no soy tu criada, señor Gordon. Ahora la gente me sirve a mí.
-Oh,
la, la -se mofó él-. ¿Quién lo hubiera pensado? Recojo de la calle a una
golfilla mal hablada y con la cara sucia, me la llevo a casa y resulta que al
final tiene la sangre más azul que la mía.
-Considerablemente
más azul, so cabrón.
Me
acerqué al tocador, me senté ante el espejo, cogí el cepillo y comencé a
peinarme el pelo. Me sentía magullada y maltrecha, me dolía todo el cuerpo a
causa de ese maravilloso dolor que sigue al orgasmo, pero el buen juicio me
había vuelto y con él la calma y la resolución. Me pasé el cepillo por las
largas ondas de color cobrizo que brillaban lanzando reflejos de un oscuro
color dorado a la luz de las velas. Hacia rato que había dejado de llover, pero
el agua seguía goteando del alero con un golpeteo monótono y constante. Cam
encogió las rodillas y se las rodeó con los brazos, sin dejar de mirarme
fijamente. Le veía reflejado en el espejo, con la suave luz de la chimenea
detrás de él.
- He
echado de menos eso - dijo perezosamente al tiempo que señalaba la cama con la
cabeza.
-
Han pasado tres años y medio, Cam. No me digas que no ha habido otra mujer.
- No
te lo digo. Pero ninguna de ellas era como tú.
-
¿Cuántas?
-Una
o dos.
-
Eres un mentiroso hijo de puta.
-
Cinco o seis, entonces. Pero me cansaban terriblemente. Tú me has
malacostumbrado para sentirme a gusto con cualquier otra mujer, descarada.
Dejé
el cepillo sobre el tocador y me puse las manos en la nuca para levantarme las
ondas cobrizas, un suave peso en mis manos. Lancé un suspiro y dejé caer el
pelo sobre los hombros; lanzaba resplandores de oro oscuro. Mis ojos,
reflejados en el espejo, tenían un oscuro color zafiro, los párpados estaban
cubiertos de sombras grises y malvas y las mejillas teñidas de un suave color
rosa. Tenía que mostrarme fuerte, tenía que ser muy fuerte... pero, ¿de dónde
iba a sacar la fuerza necesaria?
-¿Y
tú? -inquirió-. Debes de haber estado muy solicitada desde que se publicó el
libro... joven, guapa, rica y famosa de la noche a la mañana. Supongo que los
hombres se habrán arremolinado en manada a tu alrededor.
-Pues
si, en efecto.
- En
particular ese maricón de Garrick.
-En
particular Davy -le dije-. Incluso intentó casarse conmigo.
-
Puñetero cabrón. Ojalá le hubiera aplastado la nariz cuando tuve oportunidad.
- No
ha habido otros hombres en mi vida, Cam - le confesé quedamente-. Yo no puedo
entregarme si no... si no siento algo profundo.
-Y
yo te he echado a perder para cualquier otro hombre.
Se
puso en pie. Los pliegues del pesado brocado azul marino produjeron un roce
cuando Cam se acercó y se quedó de pie justamente detrás de mi; nuestras
miradas se encontraron en el espejo. Me puso las manos en los hombros desnudos
y empezó a frotarme la carne con suavidad.
- Te
vienes a América conmigo - me dijo.
-No,
Cam.
-Ya
he reservado pasajes en Le Dauphine... zarpa de Cherburgo dentro de dos
semanas. Reservé pasajes para los dos, Miranda.
-
Has dado por hechas demasiadas cosas.
Me
presionó la nuca con los pulgares y con el resto de los dedos me acarició los
lados del cuello. Los ojos de Cam, reflejados en el espejo, estaban llenos de
ternura, de sentimientos que yo nunca había visto antes en ellos. ¿Sería
posible que hubiese cambiado de verdad? Arqueé la espalda cuando deslizó los
pulgares hacia abajo y me presionó con ellos la columna vertebral, removiendo
las cenizas de la sensación de bienestar, avivándolas. Una languidez dulce como
la miel empezó a extenderse y a crecer poco a poco hasta que finalmente me
llenó por completo.
-No
podría vivir sin ti, Miranda.
-
Pues tendrás que hacerlo, Cam. Tengo una nueva vida y.. estoy muy contenta con
ella. No voy a... - Cerré los ojos, y recé pidiendo las fuerzas que necesitaba
entonces-. No voy a tirarlo todo por la ventana por una... por una locura.
Se
había inclinado sobre mí y me acariciaba el lóbulo de la oreja con los labios
mientras me recorría la espina dorsal arriba y abajo con la mano.
-
Basta, Cam. Por favor, basta.
-Te
he echado de menos, Miranda. Dios, cómo te he echado de menos.
Curvó
un brazo en torno a mi garganta y apoyó la enjuta mejilla en la mía. Percibí el
olor de aquel pelo, de aquella piel. Temblé de deseo, aunque sabía que debía
resistir. Debía hacerlo. Debía hacerlo.
- No
voy a dejar que me lastimes otra vez, Cam.
-Nunca
te haré daño -murmuró.
-Yo...
conseguí sobrevivir una vez. No sé cómo me las arreglé para sobreponerme a lo
que me hiciste, para recomponer los pedazos y seguir viviendo, pero... es algo
que no podría hacer otra vez.
-
Palabras. Sólo palabras. Tú me amas.
Me
cogió por los hombros y me hizo darme la vuelta hasta quedar de frente a él. La
luz de las velas parpadeaba. El fuego crepitaba en la chimenea. Me ayudó a
ponerme en pie y me enlazó en un flojo abrazo.
-Tú
me amas -repitió.
- No
lo niego. No esto satisfecha de ello, pero... Sí, te amo, y ojalá no fuera así.
De ese modo todo resultaría mucho más sencillo.
Con
el brazo con el que me ceñía la cintura me atrajo más hacia sí y mis muslos
quedaron pegados a los suyos. Noté su virilidad hinchada, palpitante, haciendo
presión contra mi. Me besó la sien sujetándome la barbilla con la mano que
tenía libre y me inclinó la cabeza hacia atrás para obligarme a mirarle
directamente a los ojos.
- Yo
dirigiré el periódico, y será el mejor periódico de América; me convertiré en
un ciudadano respetable y sólido, el señor James Ingram -ése es el nombre que
utilizo ahora-, y tendremos una casa estupenda. Tú podrás seguir escribiendo
todas las novelas que quieras y yo escribiré brillantes editoriales, y...
-No,
Cam.
-
Serás la hermosa señora de James Ingram y yo la envidia de todos los hombres de
Filadelfia.
No
respondí. Aparté los ojos de los suyos, imaginándome todo aquello pero sabiendo
que era un sueño irrealizable. Cam no había cambiado en nada. En el fondo
seguía siendo un rebelde sediento de aventuras; se encontraría a mucha gente
como él en América y empezarían a conspirar contra el distante monarca. Habría
problemas y yo no podría soportar que volviese a romperme el corazón.
- Lo
que acabo de hacer es pedirte que te cases conmigo, Miranda.
- No
daría resultado, Cam.
Entonces
me besó, un beso largo y lento, y me atrajo más hacia él; sentí que me dolían
los huesos y que la sangre me hormigueaba a medida que el esplendor se extendía
de nuevo. Hice un valiente esfuerzo por luchar contra él; temblando por dentro.
Cam levantó la cabeza, me miró a los ojos y sonrió. Sacudí la cabeza cuando me
cogió por los hombros y me obligó a retroceder lentamente hacia la cama.
-Supongo
que tendré que convencerte.
-
Es... está a punto de amanecer... - Mi voz apenas era audible-. Tienes que
vestirte y...
Mis
corvas rozaron el colchón, cedieron, y él me empujó con suavidad hacia atrás
hasta que quedé extendida en la cama con los pechos pugnando por salírseme del
ribeteado escote del camisón blanco. Cam permaneció un paso más atrás, su
silueta se recortaba a contraluz ante las velas, mi tormento, mi sino. Levantó
las manos y se abrió las solapas de la bata. Esta le resbaló de los hombros y
cayó suavemente en el suelo.
-Te
amo -me dijo con voz ronca- y tú también me amas. No hay otra mujer en el mundo
para mí... ni existe otro hombre para ti. Me parece que eso ha quedado
definitivamente claro hace un rato. ¿Crees que tendremos que volver a intentar
ponerlo en claro?
-No,
Cam... -le supliqué.
Apagó
las velas y volvió a la cama a la luz del fuego; se sentó a mi lado, me cogió
en sus brazos y me rozó ligeramente la frente con los labios.
-Otra
vez -susurró.
- No
servirá de na...
-
Otra vez, Miranda.
8
Una
difusa luz gris que hacía que los colores no se distinguieran aún llenaba la
casa cuando subí con el café que yo misma había preparado en la cocina. Ninguno
de los criados estaba levantado a aquella temprana hora y la casa se hallaba
muy quieta y silenciosa, tanto que mis pasos parecían resonar enormemente a
pesar de que me movía casi con sigilo; el roce de mi falda de seda era como el
crujido de las hojas secas. Pálidos rayos blancos entraban en diagonal por las
ventanas que había al final del pasillo del piso de arriba, rayos blancos en
los que se arremolinaban las motas de polvo. La oscuridad se había desvanecido
ya, pero el sol aún no había salido para disolver el gris que precede al alba.
Avancé despacio por el pasillo sosteniendo la bandeja con mucho cuidado. Las
paredes estaban de un gris oscuro, casi negro, el suelo gris ceniza, y
brillantes manchas de un gris blanquecino aparecían allí donde los rayos de luz
se derramaban y extendían. “La realidad es gris, y esto es la realidad -pensé-.
Anoche fue la furia, los fuegos artificiales y el esplendor, pero la noche ha
pasado ya y ahora debo enfrentarme a la gris realidad.”
La
realidad eran cincuenta soldados peinando la comarca, y por lo menos media
docena vigilando la casa. La realidad era el capitán Jon Ramsey, decidido a
capturar al hombre que estaba en mi alcoba. El día anterior había conseguido
echarlo, pero no me cabía la menor duda de que volvería, posiblemente aquella
misma mañana. Tenía que sacar a Cam de la casa a toda costa y ponerlo a salvo
camino de Francia. De momento no tenía idea de cómo podría hacerlo, pero sin
duda lo conseguiría. Ya lo había salvado una vez y lo salvaría otra haciendo lo
que fuera necesario, sin importarme el riesgo ni lo que costase. A Cam no iban
a cogerlo. No. Yo lo salvaría del modo que fuera, él saldría del país y no nos
volveríamos a ver nunca más. Había tomado ya una decisión, y aquélla también
era la realidad. La locura, la magia y la maravilla de la noche anterior me
habían embotado los sentidos, me habían transportado a un reino de estremecidas
emociones, pero ahora la emoción estaba contenida bajo un fuerte control y me
veía capaz de utilizar la cabeza.
Cam
se había sumido en un sueño profundo después de nuestro segundo encuentro
amoroso, rodeándome con los brazos y con una pierna sobre las mías, como solía
hacer en los viejos tiempos. Yo había permanecido despierta escuchando cómo
respiraba, oliendo su piel, su sudor, saboreando el calor de su cuerpo y la
incomodidad en que me dejaba cuando se revolvía en sueños, me clavaba los
huesos en la carne y me aplastaba bajo su peso. No hice ningún esfuerzo por
desprenderme de él. Con la vista fija en la oscuridad, estuve llorando en
silencio y tomé la única decisión sensata que podía tomar. Al cabo de un rato,
cuando la oscuridad se fue convirtiendo poco a poco en penumbra, me levanté por
fin, eché otro leño al fuego, calenté agua, me bañé, me cepillé el pelo y me
puse un vestido muy escotado de seda color bronce con mangas de vuelo que
salían desde el hombro y un talle muy ceñido; la falda se abría extendiéndose
sobre varias capas de enaguas color bronce también. Me sentía lo
suficientemente vanidosa como para querer mostrar mi mejor aspecto durante las
pocas horas que nos quedaban a Cam y a mí de estar juntos. Luego bajé a hacer
el café.
Entré
en el dormitorio, cerré la puerta tras de mí y coloqué la bandeja sobre el
tocador. El fuego aún ardía, muy bajo ya. Manchas ondeantes de difusa luz
blanca entraban oblicuamente por las ventanas con un sutilísimo toque de rosa
anaranjado, una tenue sugerencia de color. Cam continuaba profundamente dormido
con las piernas enredadas en la ropa de la cama y la cabeza enterrada en una
almohada a la que abrazaba con fuerza, como si se tratase de un rival de lucha
al que hubiese vencido tras grandes esfuerzos. La espalda desnuda le brillaba
debido a una capa de humedad, y el pelo también lo tenía húmedo, lo que hacía
que pareciese más oscuro, con abundantes mechones tan negros como la tinta
derramados sobre la frente y pegados a la nuca. Me serví una taza de café para
mí. Cam gimió en sueños y frunció el entrecejo; se cambió de postura, se aferró
a la almohada y apartó con las piernas las sábanas a patadas.
La
habitación estaba caliente. Abrí una ventana. Un pájaro trinaba a lo lejos. El
sol empezaba a salir y algunas franjas doradas y rojas se extendían por el
horizonte. Volví al tocador, me senté en el taburete y me tomé a sorbos el café
observando a mi escocés mientras dormía. Me sentía tranquila, compuesta y llena
de resolución, pero esta última empezó a tambalearse cuando pensé en la segunda
vez, en la perezosa deliberación que Cam había puesto en la manera de hacerme
el amor y en aquella increíble ternura, que era una auténtica maravilla. Atento
sólo a mi propio placer, había entregado lo que nunca antes entregase,
murmurando preciosas palabras de amor durante todo el tiempo, y así había
continuado hasta que el arrobamiento se convirtió en una agonía de dicha que me
hizo sumergir en un éxtasis de inconsciencia. Me amaba, era cierto, si. Me
había convencido de ello, pero eso no cambiaba en nada las cosas. Yo no debía
permitirlo. Tenía que escuchar lo que me dictaba la cabeza y no hacer caso de
lo que decía el corazón.
Los
rayos oblicuos se habían hecho de un color naranja pálido, ya no eran blancos,
y el gris empezaba a desvanecerse. Dejé la taza en el plato. Produjo un fuerte
tintineo.
Cam
soltó un bufido, frunció el ceño y abrió los ojos. Se sentó en la cama, apoyó
la espalda en el cabezal y parpadeó al tiempo que se quitaba los mechones
húmedos de la frente. La luz se iba haciendo más fuerte por momentos, el
brillante naranja rosáceo se convertía en un brumoso dorado y éste se tornaba
en plateado. Cam me miró con ojos somnolientos, volvió a parpadear y sonrió.
Dio unas palmaditas en el colchón, a su lado. Me negué a acercarme con un
movimiento de cabeza. Frunció el entrecejo de nuevo. Serví una taza de café, se
la acerqué y luego volví a sentarme en el taburete mientras la luz se hacía aún
más brillante. Cam tomó un sorbo de café.
-
Delicioso - dijo-. Además está muy fuerte, justo como a mí me gusta. Te
acordabas, ¿verdad?
-
Date prisa y termínatelo. Tienes que vestirte. Hay que sacarte de aquí.
-La
voz te suena muy crispada hoy.
-Lo
siento. Bébete el café.
-
¿No hay huevos? ¿Ni tostadas? ¿Ni arenque ahumado?
-No
tenemos tiempo.
-
Estás muy fría, tranquila y eficiente esta mañana -me comentó-. Y también
increíblemente preciosa. Con esta luz el pelo te brilla como si fuera fuego de
cobre. Y ese vestido de color bronce... nunca podré comprarte vestidos así
cuando lleguemos a América. Tendrás que pagarte tú la ropa.
No
dije nada. Se bebió el café mirándome con cariño. Noté un agudo pinchazo
interior, me levanté y comencé a andar de un lado a otro recogiendo del suelo
la bata de mi hermano, ordenando las cosas, haciendo lo que fuera con tal de
mantenerme ocupada en algo. Doblé la ropa de Cam, la coloqué sobre una silla y
recogí las botas del suelo. Estaban llenas de barro hasta la caña. Volví a
ponerlas en el suelo, me di la vuelta y Cam me tendió la taza de café.
-Sólo
una taza más -le dije con brusquedad-. Tendrás que bebértelo de prisa.
-
¿Estás enfadada por algo?
Le
llené la taza de nuevo y se la tendí.
-No,
Cam. No estoy enfadada.
- ¿Y
entonces a qué se deben esos modales tan bruscos? ¿Por qué esa voz tan
cortante?
- Lo
que sucede es que estoy tratando de ser sensata. Uno de los dos tiene que
serlo. Tú permaneces ajeno por completo al hecho de que eres un proscrito, un
hombre condenado a una segura y dolorosa muerte en caso de que te capturen.
Pareces indiferente al hecho de que Ramsey, el agente de Cumberland, está sobre
tu pista, y es muy probable que aparezca por aquí de un momento a otro con un
pelotón de soldados. Perdóname si no estoy de humor para charlas superficiales.
-Hay
algo más -me dijo.
Dejó
la taza en la mesita de noche, se puso en pie y se envolvió en la bata sin
dejar de mirarme a los ojos mientras se ataba el cinturón. Tenía en el rostro
una expresión seria y se le notaba la ira a flor de piel. No tenía ganas de
hacer una escena. No sabría controlarla bien. Le supliqué en silencio que lo
dejara correr, pero Cam estaba totalmente decidido a sacar el tema a relucir.
-
Has tomado una decisión, ¿no es eso?
-
Sí, Cam. - La voz me sonaba cansada.
-Yo
no me voy sin ti, Miranda.
-Tendrás
que hacerlo.
-
Pero... - Se le notaba la perplejidad en los ojos-. Anoche... creí que habíamos
decidido....
-No
decidimos nada, Cam. Lo de anoche fue... no fue más que emoción desenfrenada.
Algo que siempre existió entre nosotros. Pero en la vida hay algo más que eso.
No puedo vivir siempre con los nervios de punta. No puedo vivir en... en un
constante torbellino de emociones, y así es como sería nuestra vida en común,
así es como siempre fue.
-Tú
me amas, Miranda.
-
Sí... sí, te amo, y probablemente te amaré siempre, pero ahora tengo una
identidad propia. Me ha costado mucho tiempo establecer esa identidad, Cam, ser
capaz de vivir mi propia vida, no... no una vida dedicada por entero a ti.
Ahora ya no puedo volver atrás. No puedo tirar por la ventana todo aquello que
tanto me ha costado construir.
Cam
estaba a punto de estallar de tanta ira como sentía, y se notaba que hacia
grandes esfuerzos por controlarse. Tenía la mandíbula tensa. Una vena le latía
en la sien. Los ojos se le notaban sombríos y una profunda arruga le había
aparecido entre las cejas. No había comprendido ni una sola palabra de todo lo
que yo le había dicho, ni siquiera lo había intentado, sino que estaba
preparándose para otra escena explosiva y ello, por sí mismo, era una prueba de
lo cierto que era lo que yo acababa de decir. La vida con Cam sería siempre
tumultuosa, llena de tambaleantes y constantes altos y bajos, igual que antes,
y yo no tenía fuerzas para soportarla.
-
Hay una palangana de agua caliente en el cuarto de aseo - le indiqué-. También
encontrarás jabón, toallas y una navaja de afeitar. Tú... supongo que querrás
lavarte y afeitarte antes de marcharte.
-
Miranda...
-No
voy a discutir, Cam. -Ahora la voz me sonaba tranquila, fría-. Te sugiero que
ahorres energías.
-
¿Entonces todo lo que sucedió anoche no ha significado nada para ti?
Cobré
fuerzas de flaqueza.
-Lo
pasé muy bien -le contesté.
Me
dirigió una prolongada mirada, herido, deseando devolverme el golpe, y luego
pasó junto a mi sin pronunciar palabra, entró en el aseo y cerró la puerta. La
habitación se hallaba ahora inundada de una amarillenta luz plateada. Me quedé
de pie inmóvil, rechazando las emociones, negándome a que se apoderasen de mí.
Se oyó un alboroto abajo. Fruncí el ceño y me puse a escuchar.
Pasaron
unos minutos y luego se oyeron pasos en el pasillo y unos golpes fuertes en la
puerta de mi habitación. Fui a abrir. Ned se hallaba de pie en el pasillo con
el uniforme negro pulcramente cepillado y una corbata de seda blanca. Tenía una
imperturbable expresión en el rostro, pero percibí cierta excitación contenida.
-¿Qué...
qué ocurre, Ned?
- Me
temo que se trate otra vez de Ramsey, lady Miranda. Está esperando en la
escalinata de la puerta principal con siete hombres, decidido a registrar toda
la casa. Por cierto, la mansión está completamente rodeada. Tiene toda la
guarnición ahí afuera.
-Ya.
- He
conseguido retrasarlo un rato. Le he dicho que lord Mowrey tendrá que
concederle permiso para el registro, y que no volvería hasta dentro de una hora
más o menos. Ramsey ha accedido a esperar a que regrese, aunque de muy mala
gana, tengo que añadir. Me he tomado la libertad de enviar un carruaje a buscar
a lord Mowrey.
-
Douglas tiene el caballo. No necesitará...
- Me
doy perfecta cuenta de eso - dijo Ned -. Pero tengo un plan, lady Miranda.
-¿Tú...
lo sabes?
- Os
vi llevarlo arriba anoche. No les tengo una gran simpatía a los casacas rojas,
lady Miranda, ni tampoco a los Hanover, en particular a Cumberland. Si me lo
permitís, yo... eh... bueno, creo que podría arreglar las cosas a vuestra
entera satisfacción.
-Ned...
-
Hay un túnel, lady Miranda, un pasaje secreto. Ni siquiera lord Mowrey conoce
su existencia. Nos fue muy útil durante el último conflicto civil. Los Mowrey
eran ardientes legitimistas, ¿sabéis? Y Cornualles estaba plagada de rivales
políticos. También hay algunas habitaciones secretas detrás de un falso paño de
pared en el ala este, pero no creo que las necesitemos. Lo mejor será sacarlo
de la casa lo antes posible.
Había
una tenue chispa de excitación en aquellos ojos marrones, pero la voz sonaba
perfectamente llana y natural. Lo mismo hubiera podido estar comentando el menú
del desayuno. Una vez más la fuerza de aquel hombre me daba fuerzas a mí, y su
calma me ayudaba a conservar la mía. Respiré profundamente y reprimí el pánico
que sentía.
- El
túnel está en la bodega, detrás de una estantería. Es bastante largo y conduce
a una mina de estaño abandonada cuya salida queda a un kilómetro de aquí. El
carruaje le estará esperando allí. El señor Gordon y yo iremos en él hasta una
aldea de pescadores que hay a veinticinco kilómetros costa arriba, donde un
buen amigo mío tiene una barca bastante grande, lo suficientemente grande como
para cruzar el Canal. En realidad creo que ya lo ha hecho varias veces, y me
temo que no siempre legalmente.
-
Gracias a Dios que estás tú con nosotros, Ned. Gracias a Dios por ti.
-Me
pareció que podíamos preparar un... eh... un poco de diversión para alejar al
capitán Ramsey de la escena. Ya conocéis al joven Tim, naturalmente.
-
¿El nuevo lacayo que contrataste la semana pasada?
- Un
muchacho muy capaz... primo segundo mío, debo confesarlo, pero necesitaba un
empleo y siempre he tenido cierta debilidad por su madre. Lo importante es...
que él es un completo desconocido por estos contornos, ni siquiera ha tenido
ocasión aún de visitar el pueblo. Es extremadamente alto y flaco y tiene un
mechón rebelde de pelo negro. Cuenta sólo diecinueve años, pero parece mayor.
-No
estarás sugiriendo que nosotros... -Sacudí la cabeza-. Nunca podría permitir
que lo expusieras a...
- No
habrá ningún peligro. Como sabéis, una diligencia sale de la posada a las
nueve. El joven Tim se marchará de esta casa simulando que va a hacer un
recado, con uniforme, para no levantar sospechas. Pasará caminando junto a los
soldados, y una vez se haya alejado de la casa se quitará el uniforme, bajo el
cual llevará la ropa de Gordon. Continuará hacia el pueblo, comprará un billete
para Dover y, en el momento propicio, Ramsey recibirá un mensaje informándole
de que un individuo alto de pelo negro que responde a la descripción de Gordon
ha cogido la diligencia hacia Dover, después de lo cual seguro que saldrá de
inmediato en su persecución.
- ¿Y
cuando lo alcancen?
-No
lo harán. Es una diligencia muy veloz. El cómplice que tengo en el pueblo no
hará llegar la noticia hasta que hayan pasado por lo menos dos horas. Entonces
Ramsey irá a la posada, confirmará el informe y saldrá a galope tendido
llevándose con él a sus hombres. El joven Tim se pasará un día en Dover
holgazaneando, como un inocente y joven campesino, y luego volverá a casa.
-No
sé, Ned. Es...
-Os
sugiero que lo dejéis todo en mis manos, lady Miranda -dijo con voz firme-.
Tengo... eh... cierta experiencia en este tipo de cosas. Si me dais la ropa del
caballero, se la bajaré al joven Tim y después traeré algunas prendas de lord
Mowrey para vuestro amigo.
Dudé
sólo un instante. Luego cogí la ropa de Cam y se la entregué a Ned. Este hizo
una cortés inclinación de cabeza y se alejó, sin ninguna prisa pero con mucho
aplomo, por el pasillo. Cerré la puerta, me di la vuelta y me encontré a Cam de
pie junto al marco de la puerta del cuarto de aseo; estaba recién afeitado, con
el pelo pulcramente cepillado e igual de frío e imperturbable que Ned.
-¿Lo
has oído? -le pregunté.
-Lo
he oído.
-La
casa está rodeada, Cam. Los soldados...
-Lo
he oído todo, Miranda -me dijo cortante-. Ponerse histérico no va a servir de
nada.
- No
estoy histérica. Ni lo más mínimo. Oh, Dios, sabía que iba a pasar esto.
Tenemos que sacarte de aquí. Oh, Dios. Nunca debiste venir aquí. No debiste
correr ese riesgo.
-
¿Hasta qué punto es de confianza ese criado tuyo?
-Yo
le confiaría mi vida.
-
Entonces supongo que tendré que confiarle la mía -dijo Cam con calma.
Allí
de pie, a la brillante luz amarillo plateada del sol que le bruñía el lustroso
pelo negro y con la bata de mi hermano puesta, Cam me miró sin emoción y con el
ademán helado y remoto. Lo había herido profundamente y se había refugiado tras
aquel muro invisible, y estaba bien, pensé, era lo que le convenía. Había
muchas cosas más que yo quería decir, pero ahora las palabras ya serían en
vano. Cam volvió a entrar en el aseo. Pocos minutos después regresó Ned con los
calzones y la levita marrones de mi hermano, y también trajo algunas otras
prendas. Yo estaba tan tensa que no podía mantenerme de pie, ni sentarme, ni
soportar un minuto más aquella inactividad. Cogí las botas sucias de Cam, las
llevé abajo, las limpié y les saqué brillo yo misma, escandalizando con ello al
lacayo que me había traído el cepillo y el betún.
Polly
me interceptó en las escaleras cuando yo regresaba con las botas en la mano. La
muchacha tenía los ojos abiertos de par en par a causa de la excitación y me
informó sin aliento de que un peligroso criminal andaba suelto, que el capitán
que había estado allí el día anterior pensaba que a lo mejor se había metido en
la casa a escondidas la noche pasada durante la tormenta y que los soldados
iban a registrar la mansión en cuanto volviera lord Mowrey y les diera permiso
para ello. Tenía un disgusto tan grande que no sabía qué hacer.
-Ahora
mismito están ahí afuera esperando a lord Mowrey, y son una pandilla de brutos
alborotados, milady. Ese capitán no hace más que pasearse arriba y abajo y
darse golpes en las botas con la fusta. ¡Ojalá se dé prisa lord Mowrey! ¡ En
este preciso momento puede haber un contrabandista asesino escondido en el
desván!
- Lo
dudo, Polly.
-
Oh, lady Miranda. ¿Qué vamos a hacer?
-
Cooperar con los soldados - le informé-. Dile a Cook que haga unas cuantas
cafeteras, y cuando el café esté listo quiero que tú y Nan lo saquéis y se lo
sirváis a los soldados. Hace una mañana muy fría.
- ¡A
Nan le encantará! -exclamó Polly-. Lleva todo el rato asomándose a la ventana y
diciéndome lo guapísimos que son algunos de los casacas rojas. Yo, vamos, los
encuentro a todos de lo más desagradables, incluso a ese pelirrojo de espaldas
muy anchas y unos maliciosos ojos marrones, pero si tengo que salir ahí afuera,
ponerme a hablar con ellos y servirles café, creo que lo haré.
Salió
corriendo escaleras abajo, más alborotada que nunca, y yo regresé al dormitorio
y me encontré a Cam completamente vestido excepto las botas. Estaba frío y
maravillosamente atractivo con la levita y las calzas marrones, el chaleco de
satén blanco con flores de seda marrones y negras y la corbata de seda color
crema. La ropa le sentaba extraordinariamente bien, aunque la levita le venía
un poco amplia. Le entregué en silencio las botas. Se sentó en el taburete del
tocador y se las puso, y al inclinarse el espeso mechón de pelo negro le cayó
sobre la frente.
-
¿Tienes dinero? - le pregunté quedamente.
-Ni
un céntimo.
-Te
daré algo.
-No,
Miranda.
-
¡No seas tan puñeteramente testarudo! - le dije con brusquedad.
Se
puso en pie y se apartó el mechón de la frente. Me acerqué al escritorio y
saqué el monedero de cuero que guardaba en el cajón superior en recuerdo del
tarro de jengibre que en los viejos tiempos teníamos sobre la repisa de la
chimenea. El monedero estaba muy abultado, repleto de billetes doblados, por lo
menos habría cien libras, puede que más, pues no me molesté en mirarlo. Cam lo
cogió sin pronunciar palabra y se lo metió en el bolsillo interior de la
levita. Oí el galope de un caballo que se acercaba por el paseo, un sonido
apagado, apenas audible. Pasaron unos momentos. Ninguno de los dos habló, pues
un muro invisible se alzaba entre nosotros.
- Te
devolveré el dinero - dijo Cam al fin. Tenía la voz muy cortante.
- No
hace falta que te tomes la molestia.
- Se
lo mandaré a Bancroft, él se ocupará de hacértelo llegar. Enviaré también lo
suficiente para pagarle esta ropa a tu hermano.
-
Eres un frío hijo de perra, Cam Gordon.
-Ya
has tomado una decisión, Miranda. Supongo que tendrás tus razones para elegir
esa solución, pero no esperes que te corresponda con tiernas promesas de amor
eterno. No esperes que te suplique.
- No
espero nada de ti.
- Si
por casualidad cambiases de parecer, zarparé de Cherburgo dentro de dos semanas
en Le Dauphine, como te expliqué anoche. Ya tienes el pasaje reservado.
La
voz le sonaba fría e indiferente. Hubiera podido ser la hoja de un cuchillo,
pues cada una de aquellas palabras era como una puñalada en mi corazón, pero no
demostré reacción alguna. Mantuve una expresión tan helada como la de él.
Habríamos podido ser dos desconocidos, fríos y distantes, cada uno apenas capaz
de tolerar la presencia del otro. Y sin embargo tan sólo la noche anterior
nosotros... No debía de pensar en la noche pasada. Vi que tenía una mancha de
betún negro en el pulgar. Me la limpié. Cam se acercó al espejo para colocarse
bien la corbata de seda de color crema. Yo estaba a punto de ponerme a gritar.
No podría reprimirme más.
Entonces
se oyeron unos impacientes golpes en la puerta. Corrí a abrir y cuando lo hice
oí fuertes voces en el pasillo de abajo y el sonido de muchas pisadas. El ruido
subía por el hueco de la escalera y reverberaba contra las paredes. Noté que
las mejillas se me ponían pálidas. Ramsey ladraba órdenes. Le reconocí la voz.
Las pisadas resonaban, se arrastraban y golpeaban. Me sentí débil, mareada.
Estaba a punto de desmayarme. Cam se acercó a mí por detrás y me sujetó el codo
con fuerza mirando a Ned por encima de mi cabeza.
-Ya
están dentro de la casa -dijo Ned-. Tenemos que darnos prisa.
-Bien
-dijo Cam.
-Oh,
Dios -susurré-. Oh, Dios.
-
¡Serénate, Miranda!
-No
hay por qué alarmarse, lady Miranda. Iremos por las escaleras de la parte de
atrás.
Cam
me apartó a un lado y salió al pasillo con Ned.
-Quédate
aquí, en tu habitación -me dijo brevemente-, y procura no delatarnos. Sólo con
mirarte la cara...
Se
interrumpió en seco al oír fuertes pasos que resonaban escaleras arriba.
- Me
temo que milady tendrá que acompañarnos a la bodega - le indicó Ned -. Alguien
tendrá que ocuparse de volver a poner en su sitio la estantería después de que
nosotros hayamos entrado en el túnel.
Cam
me cogió la mano.
-
¡Entonces ven, de prisa!
El
corazón me latía velozmente y estaba más mareada que nunca cuando Cam me apretó
la mano con fuerza y me dio un tirón. Recorrimos el pasillo a toda velocidad
con Ned abriendo la marcha. Las pisadas de los casacas rojas se hacían cada vez
más fuertes y resonaban en las escaleras. Debían de ser por lo menos tres
soldados. Irrumpirían en el pasillo en cualquier momento. ¡Nos verían! Jadeé,
me tambaleé, y a punto estuve de dar un traspiés. Cam volvió a tirarme
violentamente de la mano y me arrastró tras él. Mi falda color bronce flotaba
en el aire produciendo un ruidoso roce. Las escaleras de atrás se encontraban
en el extremo más distante del pasillo, a la izquierda. Los anchos peldaños de
piedra iban a dar al enorme vestíbulo trasero. ¡ Nunca lo conseguiríamos! Ahora
oía las voces con claridad, unas voces rudas y excitadas de cazadores ávidos
por alcanzar la presa. Ned se lanzó como una flecha hacia la izquierda y Cam me
dio otro poderoso tirón de la muñeca. Nos hallábamos de pie en las sombras,
justo en lo alto de las escaleras, cuando los soldados irrumpieron con
estruendo en el pasillo.
-Quedaos
aquí -susurró Ned-. No hagáis ruido.
Cam
se aplastó contra la pared del fondo y me atrajo a su lado al tiempo que Ned,
sin ninguna prisa, volvía a adentrarse en el pasillo para interceptar a los
soldados que avanzaban en nuestra dirección, cuyas pisadas resonaban
fuertemente. La respiración me salía en jadeos entrecortados. El pecho me subía
y me bajaba rápidamente. Estaba tiritando. Cam frunció el ceño y me rodeó los
hombros con un brazo, sujetándome con firmeza. Hubiera podido estar hecho de
piedra.
-
¡Eh tú! -ladró una voz. Sonaba espantosamente cerca.
-
Soy el mayordomo, señor. Me llamo Brown. Acabo de subir por la escalera de
atrás. Lord Mowrey me ha pedido que os ayude en todo lo que pueda, caballeros.
Supongo que estáis buscando las escaleras que conducen al desván.
-
Rondando por aquí, apareciendo de la nada... ¡ Esto no me gusta un pelo!
-resonó otra voz-. ¡Parece que este tipo oculta algo!
-
Oh, no, señor - protestó Ned. La voz le sonaba servil en exceso, llena de
inocencia ofendida-. Sólo he estado consolando a una de las doncellas. Tiene un
susto de muerte, la pobre. Dice que ha oído algo en el desván cuando llevaba la
ropa blanca. Le dije que no había de qué preocuparse ahora que los caballeros
ya estaban aquí.
-
¿Que ha oído algo en el desván? - inquirió de inmediato la primera voz.
-
Eso dice, pero es que se trata de una chica más bien bobalicona, siempre ve
fantasmas en las escaleras y oye rechinar cadenas. Yo, por mi parte, estoy
seguro de que no hay nadie en el desván, no es posible que una persona haya
subido hasta allí sin que alguien...
-
¡Te digo que oculta algo! -rugió la segunda voz.
-Venga,
Kemp -dijo un tercer soldado-. Este tipo no es más que el mayordomo. Tienes la
mente igual que Ramsey; hacernos perder el tiempo de esta manera. A estas horas
Gordon ya debe de estar camino de Francia.
Gordon
no estaba a más de diez metros de distancia, apoyado contra la pared y con el
pétreo rostro muy tenso. A mí el corazón me latía tan fuerte que estaba segura
de que los soldados iban a oírlo. Contuve la respiración y el brazo de Cam se
cerró brutalmente en torno a mi hombro. Me tapó la boca con la mano. Entonces
ya no puede respirar en absoluto. El pánico se apoderó de mí. Empecé a verlo
todo negro.
-¿Dónde
está ese famoso desván? -preguntó el primer soldado-. ¿Cómo se llega hasta
allí?
- La
escalera se encuentra al otro extremo del pasillo, una estrecha escalera de
madera; no tiene pérdida. Me gustaría subir con vos, señores. Eso me haría
aparecer como un héroe delante de las doncellas, ya lo creo. Si hubiese alguien
allí arriba y yo me encontrase con vos cuando...
- ¡
No será necesario! - le interrumpió una voz con brusquedad-. Vamos, Rogers.
Venga, Kemp. Adelante. Ramsey ha dicho que tenemos que registrar hasta el
último rincón de esta puñetera casa. ¡Seguro que tendremos que pasarnos aquí
todo el día!
-
Sigo creyendo que este...
-
¡Vamos, Kemp! ¡Es una orden!
La
mano seguía apretada contra mi boca, el borde del dedo índice me tapaba la
nariz y me cortaba el aire mientras que la yema del pulgar me apretaba
dolorosamente el costado de la nariz. Una niebla negra me envolvía haciéndose
cada vez más densa y oscura, tragándome: Tenía los miembros entumecidos. Los
pulmones me ardían. Iba a morirme allí mismo si Cam no quitaba la mano. Traté
de revolverme, pero no conseguí moverme. Ahora empezaba a formar parte de la
niebla, flotando, adentrándome a la deriva en la negrura, y a lo lejos, como en
el más nebuloso de los sueños, oí unos pasos que retrocedían y vi una difusa
silueta negra que se acercaba a mi.
-
Perdón, señor, pero me parece que la estáis asfixiando a milady.
-¿Qué?
-dijo Cam.
Me
quitó la mano de la boca. Aspiré una bocanada de precioso aire, las rodillas me
cedieron y me desplomé hacia adelante; Cam me cogió y me abrazó mientras la
cabeza me daba vueltas vertiginosamente. Pasó un largo momento en que yo,
flácida en sus brazos e incapaz de tenerme en pie, sólo pude jadear y tragar
saliva. La cabeza se me fue aclarando poco a poco, la sangre empezó a correrme
por las venas y el entumecimiento se me pasó. Me aparté de él, tambaleándome.
Ned me cogió de un brazo para sostenerme. Oíamos las distantes pisadas de los
casacas rojas alejándose con alboroto por el pasillo.
-Qué
descuido por mi parte -dijo Cam.
- ¡Y
tú que lo digas! -siseé con mala idea-. ¡Tentada estoy de delatarte, maldito
cabrón!
Ned
arqueó una ceja, sorprendido por mi lenguaje y sobresaltado por el acento de
St. Giles que me había salido de forma inconsciente. El rostro de Cam seguía
tan pétreo como antes, y yo deseaba clavarle las uñas. Jadeé, recuperando poco
a poco las fuerzas a medida que el aire me llenaba los pulmones. Por fin me
liberé de la mano de Ned y me aparté un mechón de pelo de la frente.
-Ya
estoy bien -dije en tono patricio-. Sugiero que sigamos adelante. Quiero sacar
de la casa a este hijo de perra lo más pronto posible.
-
Muy bien, milady.
Ned
abría el camino escaleras abajo. Estas eran cerradas, había muy poca luz,
sombras de color gris oscuro llenaban el hueco de las escaleras con un tenue
cuadrado de luz al fondo. Descendimos lentamente y con cautela, Cam a mi lado,
Ned delante de nosotros. La casa estaba llena de soldados. Los oía llamándose
unos a otros, abriendo puertas, pasando de habitación en habitación. La
estrecha puerta que daba al vestíbulo delantero se hallaba abierta, Ned levantó
un brazo. Nos quedamos petrificados a unos diez peldaños del final de la
escalera. Unas pisadas hacían crujir la alfombra de junco con que estaba
cubierto el suelo allá abajo, y distinguí tres pares de piernas, que era todo
lo que se hacía visible desde el ángulo en que nos encontrábamos, dos de ellas
ataviadas con calzas blancas y botas relucientes, el otro par con calzas
azules, medias de seda blanca y elegantes zapatos negros.
-
Sólo un vestíbulo grande y vacío - decía mi hermano-. No me imagino a nadie
escondiéndose aquí atrás, pero sois libres de registrarlo todo.
-
¡Eso pensamos hacer!
-Y
digo yo, ¿realmente pensáis que ese tipo se encuentra en la casa? Espero que mi
hermana no se encuentre demasiado trastornada con todo esto. Supongo que
seguirá en su dormitorio... es muy temprano.
-Aquí
no hay nadie, Peters.
-
Mira detrás de esa cómoda grande, Barnes. Un hombre podría agazaparse con
facilidad ahí detrás.
-
Qué desconcertante es esto. Llegar a casa y encontrarse una tropa de soldados
acampados a la entrada porque al parecer un peligroso criminal se ha ocultado
dentro. Me he llevado un buen sobresalto.
- No
está detrás de la cómoda, Peters.
-
¡Mira dentro! -ordenó Peters.
-Claro,
Andy, eso haré. A lo mejor resulta que es un puñetero enano.
-
Bueno, amigos, buscad hasta que estéis satisfechos - dijo Douglas-. Volveré al
salón y trataré de entretener a vuestro capitán Ramsey. Un tipo poco
comunicativo, sólo me ha dicho que necesitaba mi permiso para registrar la casa
y que no aceptaba un no por respuesta. ¿Por qué iba a querer yo negarle el
permiso? Si hay un criminal peligroso agazapado en el armario, me gustaría que
lo encontraseis.
-Tampoco
está dentro de la cómoda, Andy.
Douglas
regresó al vestíbulo principal tranquila y majestuosamente y los dos soldados
continuaron rondando por allí; nosotros permanecimos de pie en las escaleras,
semiocultos entre las sombras. Cam y Ned estaban tensos, dispuestos a alcanzar
la salida peleando si no había otro remedio. Me dio la impresión de que pasaba
una eternidad antes de que los dos pares de piernas volvieran a hacerse
visibles de nuevo al pie de las escaleras. Ned y Cam intercambiaron una mirada.
Cam curvó un brazo ante sí y tiró bruscamente hacia atrás, sugiriendo en
silencio una posible maniobra. Ned vaciló, luego asintió con la cabeza y se
dispusieron a deslizarse hacia abajo para tomar a los soldados por sorpresa.
- Tú
quédate aquí de guardia, Barnes - sugirió Peters -. Puede que intente salir por
este lugar. Volveré a la parte delantera a ver si necesitan ayuda para
registrar las despensas.
-
Claro, Andy, ve, y de paso le das a esa rolliza morenita un beso de mi parte.
¿Me oyes?
-
¡Cuidado con lo que dices, Barnes! ¡Soy tu superior, no lo olvides!
-
Porque tienes un puñetero galón te crees con derecho a comportarte como un
maldito tirano. ¡Pues métetelo por el culo, amigo!
Peters
se fue a grandes zancadas cerrando al salir la estrecha puerta de un violento
golpe. Barnes se quedé parado al pie de las escaleras, de espaldas a nosotros,
canturreando en voz baja y dando golpecitos nerviosos con el pie. Ned echó a
andar hacia abajo. Le cogí de un brazo y le detuve. Cam me dirigió una mirada
furiosa.
- Yo
lo distraeré - susurré-. Cuando haya atraído su atención, vosotros dos podéis
seguir adelante y escurriros hasta la bodega. Me reuniré con vosotros allí.
-
¡No hagas locuras! -siseó Cam.
- Ni
tú, cabrón - repliqué yo.
Bajé
por los peldaños haciendo ruido, y el pobre soldado se asustó tanto que dejó
caer el rifle. Lo recuperó con torpeza, aterrorizado, convencido de que le iban
a abrir la garganta. Salí al vestíbulo y le dirigí una inquisitiva mirada
cuando me apuntó con el rifle. Tenía los hombros muy anchos, el pelo de un
color rojo brillante y los ojos castaños muy abiertos a causa de la alarma,
pero exentos de malicia. Con seguridad Barnes debía de ser el soldado del que
se había encaprichado Polly cuando ella y Nan estuvieron atisbando ocultas tras
las cortinas de las ventanas.
-
¿No iréis a dispararme? - le dije.
-Eh...
¡Jesús! No... no señora, ni se me pasaría por la cabeza, pero me habéis dado un
susto de muerte. Vos... vos debéis de ser...
-Soy
lady Miranda.
-Os
ruego que me disculpéis, desde luego -dijo bajando el rifle-. No hay nada de
qué preocuparse, señora. Lo tenemos todo bajo control. Si ese tipo se encuentra
por aquí, lo haremos salir, seguro.
No
podía tener más de veintiuno o veintidós años, pensé, y estaba claro que no
tenía ni idea de que a mí se me suponía cómplice del hombre que buscaban. Trató
de ofrecer un aspecto severo y tranquilizador cuando eché una mirada asustada
en torno al vestíbulo. Le dije que me había parecido oír golpear la puerta de
atrás la noche anterior durante la tormenta, y le pedí que me ayudase a
comprobar el cerrojo. El soldado se agarró a aquella oportunidad y me siguió
mientras le conducía al otro lado del vestíbulo. Inclinado sobre el cerrojo,
probó el pomo de la puerta y realizó una gran demostración de eficiencia
masculina; vi que Cam y Ned bajaban sigilosamente las escaleras restantes y
luego desaparecían tras una alejada esquina.
-Yo
creo que está bien -dijo Barnes dando fuertes tirones del pomo-. Parece un poco
flojo, pero agarra.
Haciéndome
la hembra vulnerable, me las arreglé para parecer a la vez confusa y aliviada;
Barnes sonrió, extremadamente satisfecho de sí mismo. Le dirigí una graciosa
sonrisa y le di las gracias con gran efusión; luego puse cara de desamparo y
angustia y le dije que me había dejado el libro que estaba leyendo la tarde
anterior en el banco que se encontraba debajo del distante emparrado, que
esperaba que la tormenta no lo hubiese estropeado del todo, y que, Oh, Dios
mío, me gustaría ir a buscarlo pero temía que la tierra estuviese fangosa y se
me estropeasen los zapatos. Barnes respondió con prontitud, como era de
esperar, y se ofreció galantemente a ir a buscarme el libro; me sentí abrumada
por recibir tantas atenciones de su parte y volví a darle las gracias todavía
más profusamente; el soldado abrió la puerta y se dirigió directamente al
emparrado que yo le indicara.
Sentí
un gran alivio mientras Barnes corría por el vestíbulo. No iba a encontrar
ningún libro, claro, y probablemente se vería en problemas por haber abandonado
su puesto, pero lo más seguro era que mi pequeña estratagema le hubiera salvado
la vida. Cam y Ned estaban dispuestos a matarlo y esconder el cuerpo; me
estremecí ante aquella idea al tiempo que doblaba la esquina y empezaba a bajar
por el inclinado y estrecho tramo de escalones que conducía a la bodega. Esta
estaba separada de los sótanos y tenía un acceso independiente. Recé para que
Ramsey y sus hombres registrasen los sótanos antes de venir allí. Los escalones
bajaban más y más, las paredes de piedra a ambos lados estaban húmedas y
pegajosas. El aire también era pegajoso y tan frío como el hielo. Al fondo, una
antorcha ardía en una abrazadera de pared. El parpadeante resplandor anaranjado
que producía bañaba las paredes de piedra gris y una maciza puerta de roble
ennegrecida por el tiempo. Crujió fuertemente cuando la abrí de un empujón.
Cam
y Ned me esperaban justo al otro lado. Ned llevaba en la mano un candelabro de
peltre. La tenue llama de la vela les iluminaba el rostro y despedía bailarinas
sombras por aquel laberinto de altas estanterías llenas de botellas
polvorientas. Las telarañas ondeaban en el aire glacial. Cam seguía con la cara
pétrea, pero percibí cierta tensión que crepitaba bajo la superficie. Ned me
recibió con la educada inclinación de cabeza de siempre.
-
¿Todo bien, lady Miranda?
Asentí,
tiritando a causa del frío.
-
¿Te ha visto bajar aquí? - me preguntó Cam.
-
Concédeme cierta dosis de sentido común, por lo menos -le contesté-. Lo he
mandado al jardín a buscar un libro. Nadie me ha visto bajar aquí.
-Será
mejor que nos demos prisa -dijo Ned.
Nuestras
pisadas resonaban con fuerza en el frío suelo de piedra mientras nos abríamos
camino entre el laberinto de estanterías. Nunca me había fijado en la enorme
extensión de la bodega; miles de botellas descansaban en los estantes con los
corchos inclinados hacia arriba y varias cubas grandísimas de madera se alzaban
contra las paredes. Ned nos condujo hasta una estantería de la parte oeste y,
tras dejar el candelabro, apartó una botella marrón e introdujo el brazo en el
hueco. Se oyó un suave chasquido. La estantería se balanceó hacia afuera, los
goznes oxidados chirriaron con un sonido estridente y metálico que resonó con
fantasmal eco en los cerrados confines de la bodega. La pared de piedra gris
que había detrás estaba húmeda y surcada de goterones marrones de moho, y la
puerta de piedra se hallaba tan inteligentemente disimulada que apenas
resultaba perceptible a simple vista. Ned apoyó el hombro contra la puerta y se
puso a empujar. Corrientes de aire helado nos azotaron cuando la puerta cedió
hacia dentro y dejó al descubierto el túnel que había más allá.
-
Cerraré la puerta por dentro, lady Miranda - explicó Ned -, y vos lo único que
tendréis que hacer es volver a empujar la estantería hasta la pared, aseguraos
de que se oye el click que indica que queda ajustada en su sitio y luego volved
a poner la botella.
-
Comprendo.
- Si
tenéis la bondad de pasarme el candelabro, señor.
Cam
le dio el candelabro y Ned usó la llama para prender una antorcha que había
sacado de un nicho situado en el interior del túnel. Olió a algo acre cuando el
material empezó a arder. El humo se elevó en el aire. Ned me tendió el
candelabro y esperó dentro del túnel a que Cam se reuniera con él. A mí me
temblaba un poco la mano, lo que hacía que la llama de la vela oscilase. Cam me
miró; yo me esforcé por sostenerle la mirada con ojos tranquilos. No podía
soportar aquello. No podía. El corazón me iba a saltar del pecho otra vez.
-Cherburgo
-me recordó-. Le Dauphine. Zarpa dentro de dos semanas.
-Adiós,
Cam.
-Te
amo, Miranda. Recuérdalo.
Lo
dijo con voz serena, sin qué aquel rostro duro y atractivo denotase emoción
alguna. Vaciló durante un momento más, mirándome a los ojos, y luego se dio la
vuelta y entró en el túnel. Ned cerró la puerta y la luz de la vela que yo
sostenía bañó la húmeda pared de piedra. “Mañana -me dije-. Mañana lloraré.
Mañana me moriré de pena. Ahora no puedo permitirme ese lujo.” Volví a poner la
estantería en su sitio. Era sorprendentemente pesada. Se oyó un suave chasquido
al quedar fija en su lugar y coloqué de nuevo la polvorienta botella en el
hueco. Emprendí el regreso a través de aquel laberinto, mientras el dolor me
punzaba vivamente por dentro y me destruía las entrañas.
Ahora
Cam estaba a salvo. Eso era lo único que importaba. Con la ayuda de Ned
llegaría a la aldea de pescadores, cogería la barca y cruzaría el Canal, y
luego ya no correría ningún peligro. Avancé lentamente entre las estanterías de
botellas, cuyas telarañas ondeaban en el aire y se me enganchaban en la cara y
en el pelo. Me las limpié. Cam estaba a salvo y los soldados continuarían
registrando la casa; luego Ramsey recibiría el recado del pueblo y se irían
todos camino de Dover. Me detuve a escasa distancia de la puerta y reprimí un
sollozo al sentir que la pena me invadía. Cerré los ojos y envié al cielo una
silenciosa plegaria pidiendo fuerzas. Pasaron varios minutos de agonía antes de
que por fin abandonase la bodega y subiera a reunirme con mi hermano.
9
¿Por
qué había de tener el cielo aquel puro color azul pálido desplegándose en lo
alto como fina seda y reverberando con la plateada luz solar? ¿Por qué había de
ser el aire claro, cortante y limpio, teñido todo él de plata y
maravillosamente vigorizador? El sol ponía un manto dorado sobre las rocas
grises, les confería un brillo plateado y formaba ondulados resplandores en el
agua. El mar estaba tranquilo, las olas bañaban suavemente la costa bajo los
acantilados; tenía un azul más oscuro que el del cielo y, en el horizonte,
estaba teñido de un púrpura intenso. Las gaviotas parecían tener las alas
plateadas aquel día, describían círculos y se remontaban hacia lo alto contra
el azul del cielo como si estuviesen celebrando un día señalado y radiante.
¿Por qué, si yo tenía el alma descolorida, la naturaleza habría de extenderse
ante mí aquella tarde con toda su belleza, como si se burlara de mí? Yo paseaba
por el borde de los acantilados con el corazón entumecido por la pena mientras
la suave brisa me lanzaba hebras de cabello castaño rojizo contra las mejillas
y hacía que la falda rosada me ondease sobre las enaguas de volantes.
Me
detuve un momento para contemplar, allá donde termina el agua, aquella brumosa
línea en la que el mar y el cielo se encuentran en una confusión de azules y
púrpuras. Habían pasado tres días y Cam se hallaba ya a salvo en Francia
esperando el día de la partida hacia una nueva tierra, hacia una nueva vida.
Ned había regresado el día de la huida a última hora de la tarde para
informarme de que todo había salido bien, sin un solo tropiezo. Habían ido por
el túnel hasta la mina de estaño abandonada, y allí les estaba esperando el
carruaje. Antes de que Ramsey y sus hombres hubiesen terminado el registro de
la casa, Cam y Ned habían llegado a la aldea de pescadores donde hicieron todos
los arreglos oportunos con el amigo contrabandista de éste último, un hombre
que se había prestado de muy buena gana a “ayudar a salir del paso a un colega
y de paso darles un chasco a los casacas rojas”. El y Cam habían zarpado
inmediatamente en la sólida barca sobre las aguas lisas y en calma tras la
tormenta de la noche anterior, y Ned los estuvo contemplando desde el malecón
hasta que la barca no fue más que un punto en el horizonte. Poco después de la
una de la tarde Ramsey había recibido la noticia, de parte de un preocupado
aldeano, de que un hombre que respondía a la descripción de Cam había comprado
un billete para Dover y había tomado la diligencia de las nueve. Entonces el
capitán y sus hombres habían salido precipitadamente hacia el pueblo para
con-firmar el mensaje antes de lanzarse en persecución de la diligencia.
No
habían conseguido darle alcance. El joven Tim había regresado a casa el día
siguiente por la tarde para regalar a su tío con divertidas anécdotas del caos
que se había organizado en Dover cuando los casacas rojas recorrieron la ciudad
y la volvieron del revés en su ansiedad por encontrar al hombre que buscaban.
Ramsey se hallaba presa del pánico, según contó Tim. El muchacho se había
ofrecido audazmente para ayudar a los soldados a registrar los muelles,
riéndose para sus adentros mientras Ramsey, con el rostro ceniciento, ladraba
órdenes y desplegaba a sus hombres en todas direcciones. Ramsey sabía bien que
si fracasaba en capturar al rebelde Gordon la ira de Cumberland no conocería
límites. A mí me proporcionaba una gran satisfacción imaginarme aquel encuentro
en el cual el nervioso capitán le daría su informe al lívido y apopléjico
príncipe. La degradación que con toda seguridad conseguiría sena la menor de
sus preocupaciones.
Ahora
todo había pasado. Dentro de once días el barco zarparía de Cherburgo llevando
al señor James lngram camino de su nueva posición de propietario de un
periódico de Filadelfia, y el rebelde Cam Gordon ya no existiría más que en mi
corazón. Tras abandonar los acantilados inundados de sol, fui caminando
despacio hacia los árboles que los separaban de la mansión Mowrey. Cam sería un
editor brillante, reflexioné. Todo el fuego y la furia que había puesto en sus
novelas los dedicaría ahora al periódico, y éste sería un hervidero de
controversias. Qué emocionante iba a ser todo para él, qué estimulante y
desafiante. James Ingram se haría pronto un nombre por sí mismo, y yo estaba
segura de que tendría un enorme éxito; sería un revoltoso más en una tierra de revoltosos,
un rebelde en un país donde la rebelión era la norma. Habría crisis constantes?
pero nunca resultaría aburrido.
La
luz del sol se filtraba oblicuamente entre las ramas de los árboles esparciendo
sobre el suelo sombras de un gris azulado. Un pájaro trinaba alegremente en lo
alto. Toqué el tronco de un árbol cuya corteza gris estaba punteada de manchas
color orín con protuberancias de liquen dorado oscuro. ¿Y yo? No más crisis, no
más confusión, no más aquellos terribles altos y bajos. Escribiría otro libro,
luego otro, y otro, y... y mi trabajo me sostendría. Seguiría desempeñando mi
papel de señora de la mansión Mowrey, y así la vida discurriría tranquila,
apacible, los días serenos y... y cada uno más monótono que el anterior. Yo
tenía mi propia identidad, era cierto, pero ahora, mientras acariciaba la
rugosa corteza del árbol y escuchaba el pájaro, me di cuenta de que aquella
identidad que tanto esfuerzo me había costado conseguir era algo hueco y tenía
poco que ver con la mujer que había dentro de mí.
Yo
era una Mowrey de nacimiento, lady Miranda por derecho, pero la duquesa Randy,
una mujer dura y audaz, se había criado en St. Giles, viviendo del ingenio y
pasando hambre a menudo, siempre alerta ante el peligro, y la educación que
había recibido en las calles era parte integral de esa mujer. M. J. había
trabajado sin tregua para perfeccionar su talento, se había esforzado por
alcanzar una meta, y la necesidad de trabajar estaba ahora profundamente
arraigada en mí, igual que la necesidad de realización. Mientras arreglaba la
casa y ayudaba a mi hermano a realizar el sueño de nuestro padre, yo había sido
capaz de desempeñar el papel de lady Miranda con relativa facilidad, pero
ahora... ahora me daba cuenta de que nunca podría ser la criatura elegante y refinada
en la que me habría convertido si mi padre no hubiese muerto, si mi tío no
hubiera echado a mi madre de casa. Puede que yo hubiese nacido Mowrey, pero el
destino había decretado que me convirtiera en la mujer que era hoy.
Y
aquella mujer sólo vivía a medias. Parte de ella había muerto al cerrarse la
puerta de piedra de la bodega y quedar encajada en su sitio. Una fuerza vital y
vigorosa había cesado de existir de repente y alguna llama se había apagado,
porque el destino también había decretado que yo amase a Cam Gordon. Sin él yo
estaba incompleta, una parte de mí - quizás la parte más importante- era
sencillamente incapaz de funcionar. Había logrado sobrevivir tres años y medio,
y durante ese tiempo había realizado grandes logros, pero había estado viviendo
en un estado de provisionalidad, con aquella parte de mi ser adormecida. Hacía
cuatro noches, en el negro vestíbulo, mientras la tormenta arreciaba con furia,
había brotado de nuevo a la vida, salvaje, gloriosa, apasionadamente viva, con
todas las fibras de mi ser alerta y radiantes. Mientras el sol penetraba entre
los árboles en ondeantes columnas plateadas y las sombras de color gris azulado
se extendían bajo ellos, me enfrenté a aquella verdad. Había utilizado la cabeza,
sí, y me había condenado a mí misma a una vida en el limbo.
Tras
abandonar el cobijo de los árboles me encaminé hacia la mansión Mowrey cruzando
los jardines. La casa se alzaba descolorida y gris, pero revestida de su propia
grandeza rugosa. Detrás de ella se extendían los páramos, grises y tostados,
marrones y de color verde musgo, teñidos aquella tarde por una difusa pátina de
plata; las rocas resplandecían, las llanas zonas de ciénaga presentaban un
negro plateado. Podía distinguir las ruinas romanas en lo alto de la colina,
meras manchas a lo lejos, y pensé en mi madre y en aquella tarde de tormenta en
la que se había convertido en mujer en los brazos de Jeffrey Mowrey. Para
Honora, como para mí, no había existido más que un solo hombre, pero... pero a
ella no se le había concedido una segunda oportunidad.
-
¡Miranda!
Al
volverme vi a mí hermano que salí precipitadamente de la casa y echaba a correr
hacia mí con aquel rebelde mechón de cabello aleteándole sobre la frente. Los
faldones de la levita marrón también aleteaban y le daban golpes por detrás, y
Douglas balanceaba un estuche plano de cuero que sostenía por el asa. Al pasar
como una exhalación junto a una hilera de rododendros se golpeó con ellos en el
hombro, por lo que esparció por el sendero numerosos capullos de colores lila
pálido y lila rosado. El cuerpo magro y larguirucho de mi hermano se prestaba
soberbiamente al esfuerzo, suelto y ágil aunque no fuera precisamente un
retrato de la donosura en movimiento.
- Te
estuve buscando por todas partes - dijo irritado cuando se detuvo ante mí.
-
Decidí salir a dar un paseo. ¿Por qué no estás en la fábrica?
-Me
marché temprano. Tengo algo que enseñarte.
La
irritación era mera pose. Exuberante, desbordando excelente humor, me sonrió
con ironía mientras los ojos le brillaban a causa de la excitación. Sentí una
maravillosa oleada de cariño por aquella criatura exasperante y simpática que
parecía mucho más joven que yo. Sonriendo, alcé una mano para colocarle los
pliegues de la corbata de seda amarilla, que luego metí otra vez en la parte
superior del chaleco color trigo. Douglas hizo una mueca, deseoso de soltar de
una vez la sorpresa que me traía.
-Tengo
que enseñarte una cosa.
-Ya
me lo has dicho.
-
Podrías demostrar un poco de interés.
- Me
interesa con locura, Douglas.
-
Estos últimos tres días has andado por ahí muy alicaída; te vas a dar
interminables paseos, silenciosa y triste. Ni siquiera has vuelto a discutir
conmigo... estoy muy preocupado por ti, Miranda.
-No
tienes por qué estarlo.
- No
soy tan espeso y poco observador como te piensas. ¿Para qué es un hermano si no
puedes hablar con él y dejar que te consuele, te aconseje y.. .?
-
Acabas de decir que tenias una cosa que enseñarme -le interrumpí.
- En
realidad tendríamos que celebrarlo por todo lo alto. Deberíamos abrir una
botella de champán y estar bien contentos, pero tenía tantas ganas de
enseñártelo que no he podido esperar un minuto más. Te he buscado por toda la
casa y no te he encontrado en ninguna parte; luego me topé con Polly y ella me
dijo que te habías ido a dar otro de tus melancólicos paseos, de modo que he
salido corriendo a buscarte. Este es un momento muy feliz, Miranda.
-¿De
verdad?
- ¡Y
tanto que lo es, puñetas!
Ahora
estaba irritado de verdad; me miró con exasperación, a punto de ponerse de mal
humor. Sonreí de nuevo, le acaricié la mejilla y le pedí que me perdonase. Al
cabo de un momento sonrió, de nuevo en brillante disposición. Abrió el estuche
plano de cuero con considerable ceremoniosidad y sostuvo la tapa hacia atrás
para que yo viera bien lo que contenía. Dentro, descansando en un nido de
terciopelo color crema oscuro, estaba el plato cuyo dibujo yo viese el día de
mi llegada. Resplandecía contra el terciopelo como un tesoro sin precio. Era
increíblemente bello. Lo estuve contemplando durante unos minutos, sin
decidirme a hablar.
-¿Qué
te parece? -me preguntó Douglas.
-...
Douglas, es aún más bello de lo que yo imaginaba que seria.
Lo
era de verdad. Ribeteado de oro, el borde rosa tenía un color muy rico, oscuro,
que no se parecía en nada a cualquier otro que yo hubiese visto antes, un rosa
suntuoso que brillaba con fuerza de tan cálido como era; las diminutas
guirnaldas de flores azul pálido y las hojas de color jade estaban hechas
exquisitamente, con todo lujo de detalles; eran dos colores delicados y
distintos, y las flores y hojas diseminadas sutilmente por el liso centro
blanco del plato parecían haber caído allí como por casualidad, tan
soberbiamente realizadas estaban. Acariciado por el sol de la tarde, con el oro
brillando y los colores radiantes, el plato era tan bonito que noté que las
lágrimas se me agolpaban en los ojos.
- El
resto de la vajilla también está terminado ya... nuestro primer juego
completo... pero sólo te he traído uno de los platos.
-
Este diseño va a hacerte famoso, Douglas.
Mi
hermano no cabía en sí, lleno de orgullo.
-
Verdaderamente lo hemos hecho bien - admitió-. Y a ti también va a hacerte
famosa, Miranda... es decir, más de lo que ya eres.
- ¿A
qué te refieres?
Douglas
volvió a sonreír al tiempo que cerraba el estuche con mucho cuidado y se
aseguraba de que quedara bien cerrado; luego lo sostuvo por la gruesa asa de
cuero, y la sonrisa se hizo más radiante.
-
Como sabes, aún no había decidido qué nombre le pondría a este diseño. Ahora he
encontrado uno. He llegado a la conclusión de que hay que ponerle “lady
Miranda”. Tú eres la única responsable de que exista, Miranda. Si no hubiera
sido por ti nada de esto se podría haber hecho.
Yo
estaba emocionada, tan emocionada que las lágrimas se me desbordaron. Douglas
me miró con aquellos cariñosos ojos grises, satisfecho del honor que me acababa
de otorgar, y pareció un poco sobresaltado cuando me vio mover negativamente la
cabeza. Yo no podía aceptar aquel honor. No. El honor le correspondía a otra
persona, a la persona que era la verdadera responsable de todo. El honor
pertenecía a la mujer que había venido a la mansión Mowrey hacía tantos años,
que había cuidado a mi hermano con tanto cariño, que se había entregado a
nuestro padre aquella tarde en las ruinas romanas, a la mujer que me había
traído al mundo como fruto de aquel amor que la había sostenido hasta la
muerte.
Me
limpié las lágrimas y me dio la impresión de que ella se encontraba en el
jardín con nosotros, una amorosa presencia invisible que nos observaba a los
dos. Douglas también la sintió, y volvió la cabeza para seguir la dirección de
mi mirada, dirigiendo los ojos conmigo hacia las ruinas situadas en lo alto de
las lejanas colinas. Comprendió. Me cogió una mano y me la apretó con fuerza,
recordando quizás una tranquila tarde en la habitación de los niños, un niño de
cinco años y una gentil y joven institutriz que coloreaba pacientemente el
diminuto recortable de una figura que se parecía mucho a la hermana que tenía
ahora a su lado.
-
Ella fue la única responsable, Douglas - le comenté yo quedamente-. El diseño
debería llamarse “Honora”.
Asintió,
aceptándolo en silencio, y permanecimos de pie unos momentos mientras el pájaro
trinaba de nuevo en un árbol detrás nuestro y la suave brisa agitaba las flores
de los rododendros y perfumaba el aire con su fragancia.
Mi
hermano suspiró y me dio otro apretón en la mano, luego la soltó. Un rayo de
sol le acariciaba el espeso pelo rubio confiriendo a aquellos mechones rebeldes
un brillo entre dorado y plateado. Tenía una pensativa expresión en los ojos.
- Es
extraño, ¿no te parece? Vino aquí hace casi un cuarto de siglo y se enamoró de
mi padre, y gracias a ella... gracias a ella el sueño de nuestro padre se ha
convertido por fin en realidad. Y el mío también.
-
Ella se habría sentido muy orgullosa de ti, Douglas -le dije-. Los dos se
habrían sentido muy orgullosos.
Se
apartó unos mechones rebeldes de la frente y volvió a suspirar apretando el asa
del estuche. La falda de color rosa que yo llevaba ondulaba movida por la
brisa, la seda se aplastaba contra las enaguas produciendo un suave crujido.
Ahora mi hermano tenía en los ojos una expresión de duda, y pronto pareció
sentirse bastante incómodo. Le dirigí una mirada inquisitiva. Frunció el ceño.
-
Yo... eh... tengo otra cosa que decirte - me confesó.
-Ya
me lo imaginaba.
-Se
trata de Linda.
-También
me lo imaginaba.
-
¡Maldición, Miranda! ¡Tengo algo muy importante que decir, y te agradecería que
no te rieras de mí!
- Es
que no puedo evitarlo, cariño. Te has puesto tan solemne...
-
Sucedió algo la otra noche... la noche de la tormenta. Como sabes, me vi
obligado a pasar la noche en Morrison Place, y... bueno, me temo que mi
comportamiento fue el de un puñetero estúpido.
-¿Ah,
sí?
- El
padre de Linda se retiró temprano. Habíamos estado hablando de Shakespeare y de
otro tipo llamado Marlowe; él se había tomado dos copas enteras de oporto y
empezó a dar cabezadas... a mí me supuso un gran alivio que le sucediese
aquello, pues Shakespeare no es mi mejor tema de conversación, y... bueno, al
cabo de un rato él se fue a la cama y nos dejó a Linda y a mí solos en el
salón.
-Ya.
-
Había fuego encendido en la chimenea y afuera llovía a cántaros; todo estaba
muy acogedor y romántico, y ella llevaba un vestido rosa... no el que llevaba
el día que inauguramos la fábrica, otro distinto. Le dejaba los hombros y parte
del pecho al descubierto, y estaba tan bonita que yo... bueno, me porté como un
loco.
-
¿Qué hiciste?
-Me
abalancé sobre ella. La abracé y la besé de un modo bastante salvaje... nunca
la había besado antes. Yo deseaba besarla, desde luego, pero siempre he
conseguido reprimirme. Linda... Linda no es de esa clase de chicas a las que
uno agarra y las besa.
-
Eso me parecía.
-
Hay que andarse con mucho ojo con una muchacha como Linda. No conviene ir
demasiado de prisa. Es un pura sangre, y los pura sangre se asustan con
facilidad, ¿sabes?
Reprimí
una sonrisa. A pesar de la experiencia que él tenía -y yo sospechaba que había
sido muy extensa, principalmente con camareras y otras muchachas por el
estilo-, mi hermano sabía muy poco de mujeres. A este respecto no era muy
diferente de la mayoría de los hombres.
-¿Y
qué hizo el pura sangre? -le animé.
- Me
besó a su vez. - Movió la cabeza, todavía sin salir de su asombro-. Me preguntó
por qué puñetas había tardado tanto en decidirme. Me habría caído redondo sólo
con que me hubiesen tocado con una pluma.
-¿Y
luego?
-
Luego le puse una mano en el pecho y le di un apretón. Me propinó una bofetada
tan fuerte que me estuvieron zumbando los oídos durante diez minutos. Me dijo
que nada de eso hasta que no estuviéramos casados como es debido.
-Chica
lista -dije yo.
-Así
que como un puñetero idiota le pedí que se casara conmigo; ella dijo que sí y
yo me pasé toda la noche en la habitación de invitados sintiéndome atrapado y
desgraciado al máximo. ¡Jesús! ¡Un solo beso y Linda ya espera que me case con
ella!
Parecía
completamente abatido, igual que un niño al que se estuviese castigando por
motivos por él desconocidos, y yo me permití sonreír abiertamente. Al verlo
Douglas puso mala cara, y le noté que estaba a punto de estallar. Le di un
abrazo. Se quedó quieto sin responder al abrazo, con un mohín en la boca y un
profundo surco por encima del puente de la nariz. Retrocedí sin dejar de
sonreír.
-
¡Ya puedes sonreír, ya! -me dijo con brusquedad-. ¡ No eres tú quien se
encuentra en la trampa!
-Ella
te ama, Douglas.
Me
dirigió una mirada llena de dudas.
-¿De
veras lo crees?
-
Eres adorable en extremo, tonto. Claro que te ama, y tú también la amas.
Lo
pensó durante un momento y luego asintió.
-Creo
que... puede que sí-dijo al fin-. No he sido capaz de pensar nada a derechas
desde aquel día en que vino en la carreta, tan fría, cortante y autosuficiente.
Yo quería ponerla en su lugar. Yo quería...
Se
cortó en seco y un suave rubor rosa le sofocó las mejillas. Me imaginaba cómo
habría terminado aquella frase. Suspiró profundamente y se dio un fuerte tirón
de la corbata, intentando acostumbrarse a los sentimientos que había estado
experimentando durante todo aquel tiempo y que se negaba a reconocer.
- Me
alegro mucho por ti, Douglas. Me alegro por vosotros dos.
- Es
sólo la impresión que me ha producido todo este asunto. Es decir... ¡yo nunca
pensé en casarme con ella!
-
Los hombres raramente lo hacéis.
-Yo...
sé que esto va a parecer una idiotez -continuó -, pero no me imagino pasarme el
resto de mi vida sin ella. Nada tendría verdadero sentido si Linda no estuviese
a mi lado para compartirlo conmigo.
-No
me parece ninguna idiotez -le dije-. Tiene sentido. Sentido completo - repetí.
Y el
entumecimiento se alejó de mí; la tristeza desapareció y un glorioso júbilo
empezó a agitarse en mi interior y a crecer por momentos, chispeando y
extendiéndose hasta que sentí ganas de gritar de alegría. ¡Qué estúpida había
sido! ¡Qué puñeteramente estúpida! A mi madre no se le había dado una segunda
oportunidad, pero a mí sí... ¡Y yo había estado a punto de desperdiciarla!
Sabía exactamente lo que Douglas quería decir. No me imaginaba el resto de mi
vida sin Cam Gordon -por muy puñetero escocés que fuese y por mucho que me
sacase de quicio-, y nada tendría verdadero significado sin él. ¡ Malditos
fueran sus ojos! Yo amaba a aquel hijo de perra; la vida sería tumultuosa y
viviría siempre con los nervios en tensión, pero por lo menos estaría viva. El gozo
siguió chispeando y extendiéndose; aquella vibrante, vital y magnífica alegría
de vivir corría por mis venas como el más fino de los vinos. Mi hermano me miró
sin comprender. Le sonreí. Frunció el ceño.
-
¿Te pasa algo, Miranda?
-No...
todo está bien. ¡Todo está maravillosamente bien! Yo por poco... he sido una
puñetera tonta, tan lista, tan sensata, tan puñeteramente sensata...
Ahora
Douglas estaba auténticamente preocupado. Me sujetó por un brazo y me miró con
la alarma reflejada en los ojos grises.
-
Creo que será mejor que entremos.
-
¡Sí! -repuse yo-. No hay un momento que perder.
-No
estarás disgustada por lo de Linda, ¿verdad? Es cierto que ella se convertirá
en la señora de la casa, pero... nunca podrá suplantarte. Siempre habrá un
lugar para ti en la mansión Mowrey, Miranda. A Linda le caes muy bien, a ti te
cae bien Linda y..
Sonreí
y moví la cabeza, ahora impaciente, ansiosa por marcharme. Tenía que hacer el
equipaje y debería detenerme en Londres un día para ver a Marcie y a Thomas y
arreglar algunos asuntos con Bancroft, pero si me ponía en camino al día
siguiente por la mañana tendría tiempo de sobra para ello. Douglas seguía
charlando sin parar, pero yo no oía ni una sola palabra de lo que decía. Ahora
sabia quién era yo, por fin lo sabía. Era la mujer de Cam Gordon, ésa era mi
verdadera identidad. El era mi hombre y la vida con él difícilmente sería
serena, pero aquel hijo de puta obtendría lo mismo que él me diera a mí, ya me
encargaría yo de eso.
-...
no hay razón para que no podamos vivir todos felices y cómodos juntos. Linda
necesita seis semanas para llevar a cabo todos los preparativos, insiste en que
hagamos una boda gigantesca con todos los requisitos oportunos y además tiene
que hacerse con el ajuar... ¡las mujeres siempre pensando en la ropa! Tú serás
la dama de honor, desde luego, Linda ya me lo ha dicho, y...
- No
estaré aquí, Douglas.
-
¿Qué? ¿Qué estás diciendo?
- Me
voy de la mansión Mowrey. Me marcho mañana a primera hora. Mi trabajo aquí ha
terminado, Douglas. Ahora que tienes a Linda no hay nada... nada que me retenga
aquí. Estoy emocionada y muy contenta por vosotros dos, créeme. Linda es
exactamente la mujer que necesitas, será la perfecta señora de la mansión
Mowrey, algo que yo nunca podría ser. Pero tengo mi propia vida por...
-
¡Has perdido el juicio!
-Nada
más lejos de la realidad; lo he recuperado por fin. De verdad que no puedo
perder más tiempo aquí, Douglas. Tengo que empezar a hacer el equipaje y...
- Es
ese puñetero escocés, ¿no es eso?
Asentí
y eché a andar rápidamente por el sendero hacia la mansión Mowrey. Mi hermano
venía trotando a mi lado; me sujetó por un brazo y me obligó a detenerme junto
a los rododendros. Lo miré con impaciencia, notando apenas su presencia y con
la mente puesta en otras cosas. Me apretó dolorosamente el brazo con los dedos,
frenándome cuando traté de avanzar.
- No
te creas que no estoy al corriente de que estuvo aquí la otra noche. No soy tan
ingenuo como te imaginas, querida hermana. Soldados por todas partes, mi mejor
traje que desaparece, Ned ausente todo el día... sé sumar dos y dos. No te dije
nada porque pensé que cuanto menos hablase sería mejor, pero si te piensas que
voy a permitir que salgas corriendo y arruines tu vida por un...
- Lo
amo, Douglas. Y él me ama. Cam quería que me fuese con él, pero yo me negué y
rechacé el ofrecimiento... lo rechacé como una idiota.
-
Maldita sea, Miranda. Ese tipo es un puñetero...
- Se
marcha a América. El barco zarpa de Cherburgo dentro de once días. Tengo que
detenerme un día en Londres, pues necesito arreglar unos asuntos y...
-
¡Te vas a América con él!
-No
puedes impedírmelo, Douglas.
-
¡Jesús! -exclamó entonces-. ¿Estás segura de que quieres hacerlo?
-Nunca
he estado más segura de nada.
- En
ese caso de acuerdo. Pero no voy a permitir que salgas de estampida tú sola.
Pienso acompañarte a Londres y luego a Cherburgo. Quiero conocer a ese hombre y
hacerle saber que tendrá que vérselas conmigo si...
Me
soltó el brazo. Corrí sendero arriba golpeándome contra los rododendros y
esparciendo sus flores por el suelo como consecuencia. Douglas echó a correr
detrás mío tratando de alcanzarme.
- ¡Y
te voy a decir otra cosa! - me gritó-. ¡ Puede que tú no estés aquí para mi
boda, pero yo sí estaré en la tuya! ¡Si ese hijo de puta piensa que te va a
llevar a América sin casarse contigo antes, va a llevarse una buena sorpresa!
Usaré la pistola si hace falta, pero...
Yo
no le escuchaba, oía la música que sonaba en mi interior, una jubilosa música
que me llenaba el alma de esplendor. Con las faldas revoloteando detrás mío y
el pelo también flotando al aire, corrí hacia la casa; mi hermano me perseguía
sin dejar de gritarme mientras yo me apresuraba a subir los escalones y corría
hacia los brazos del futuro.
(1)
En italiano en el original (N. de los T.)
(2)
En italiano en el original (N. de los T.)
(3)
En francés en el original. (N. de los T.)

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