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© Libro N° 6009. Lady Miranda. Miranda IV. Wilde, Jennifer. Emancipación. Mayo 18 de 2019.

Título original: © Lady Miranda. Miranda IV. Jennifer Wilde 1750

 

Versión Original: © Lady Miranda. Miranda IV. Jennifer Wilde 1750

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LADY MIRANDA

MIRANDA IV

Jennifer Wilde

1750

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 

El pavo real de lord Markham chilló estridentemente al tiempo que cruzaba en actitud majestuosa el césped de Markham House, con mucho la más elegante de todas las elegantísimas mansiones de la plaza Grosvenor. Puñetero pavo real, pensé yo echando una rápida mirada por la ventana. Estaba precioso con las plumas de la cola extendidas, por supuesto, pero aun así yo disfrutaría sobremanera pegándole un tiro. Aquel pájaro se pasaba el día chillando y graznando, a menudo picoteaba en el cristal de mi ventana y me miraba desde el otro lado con ojos arrogantes. Desde luego, yo tenía mucha suerte de poder alquilar Dower House, una pequeña joya de casa que lord Markham había edificado en la parte de atrás de su finca, a la derecha de la casa grande y separada de ésta por una espaciosa extensión de césped, pero aquel maldito pájaro se había convertido para mí en un motivo de irritación constante. Volvía locos a todos los vecinos, ya lo creo, pero el poderoso lord Markham se hacía el sordo ante cualquier tipo de queja.

Construida en su origen por lord Markham como regalo de bodas para su hija, prometida por aquel entonces con un joven noble y pulido por cuyas venas corría la más azul de las sangres, Dower House tenía un paseo de entrada independiente y jardín propio, de modo que resultaba ciertamente exquisita. Constaba de un salón, comedor, cocina y despensa en el piso bajo; eh el vestíbulo había una pequeña escalera de caracol que conducía al dormitorio y al cuarto de estar, situados en el piso de arriba. Aunque las habitaciones eran pequeñas, todas ellas estaban decoradas con mucho gusto y magnificencia, en un estilo lujosísimo y con una grandeza sutil reducida a escala. Era un marco elegante y discreto amorosamente creado para los que pronto serían los recién casados. Pero, ay, la hija de lord Markham no supo apreciar en lo que valían los esfuerzos de su padre. Después de dejar plantado sin motivo alguno a su aristocrático prometido, se había fugado a Roma con un pintor italiano muy apuesto, pero pobre como un paria, y había acabado por sucumbir víctima de las fiebres. Dower House había sido conservada cuidadosamente durante veinte años, pero siempre había permanecido vacía hasta que lord Markham decidió alquilármela a mí con un contrato anual.

De setenta y ocho años de edad, quejumbroso, irritable y terriblemente excéntrico, lord Markham había encontrado particular deleite en tocarle la nariz a sus altivos y aristocráticos vecinos alquilando Dower House a la célebre y notoria M. J., la autora de aquellos relatos escandalosos y del libro, aún más escandaloso, llamado Duquesa Annie, la más chocante y triunfadora novela en muchos años. Los otros residentes en Grosvenor Square quedaron absolutamente horrorizados por el hecho de tener semejante criatura entre ellos, pues era de sobra sabido que Duquesa Annie tenía una gran parte de autobiografía, así como que yo me había criado en St. Giles, había sido ratera, amante del rebelde Cam Gordon y Dios sabe cuántas cosas más. Cuando la novela salió a la venta dos años atrás, había resultado imposible mantener en secreto mi identidad, y los caballeros de la calle Fleet habían escrito resmas y resmas de papel sobre la descarada niña abandonada que había emergido de los barrios bajos para escribir el libro más popular del año. Yo me había mostrado totalmente franca con ellos desde el comienzo, y ellos habían quedado absolutamente encantados, considerándome la más fascinante personalidad de todo Londres, una gran belleza más elegante y refinada que las damiselas de la mejor cuna, y llenando, en resumen, todos los periódicos con floridas y aduladoras tonterías que consiguieron intrigar al público, deleitaron a mi editor y a mí me divirtieron sobremanera.

Yo, Miranda, era una celebridad. Aquello era la cosa más asombrosa del mundo. La gente se me quedaba mirando y cuchicheaba en las raras ocasiones en que yo aparecía en público. Mi retrato, hecho por Hogart poco después de que apareciese mi novela, se había publicado en todos los periódicos, y miles de reproducciones del mismo se habían vendido en las papelerías de todo Londres. Yo era un fenómeno, un monstruo, y las anfitrionas más famosas me bombardeaban constantemente con invitaciones, rivalizando entre ellas con la esperanza de poder exhibirme en sus salones. Pero yo rehusaba con firmeza y me negaba a ser agasajada. Llevaba una vida muy tranquila, salía en raras ocasiones y dedicaba casi todo mi tiempo a Las chicas de Betty, la novela que estaba a punto de terminar en cuanto aquel estridente pájaro se decidiese a cerrar el pico de una vez.

Volvió a graznar, ahora más cerca de la casa. Estuve tentada de abrir la ventana y arrojarle el tintero. Aquel animal era una puñetera lata, y yo intentaba trabajar en el último capítulo del libro. ¡Otro ruido! ¿Qué sería esta vez? ¿Es que acaso estaba destinada a que me hicieran perder el juicio? Betty había muerto y el burdel había sido asaltado por una banda de aristócratas jaraneros que violaron a las chicas y le prendieron fuego a la casa. Molly y Jili habían sido secuestrada por Big John Cantrell y obligadas a trabajar para él, y Nancy, Mary y la pequeña y patética Bella fueron abandonadas a su suerte y tuvieron que enfrentarse al frío helado del invierno. Estaban más unidas que si fueran hermanas, perdidas sin la amorosa protección de Betty, aferrándose entre ellas como... ¡Más ruidos! Golpes en el piso de arriba, pisadas estrepitosas que bajaban las escaleras, un repiqueteo en las blancas y negras baldosas de mármol del vestíbulo. ¿Qué diantres estaba pasando?

- ¡ Hey, señorita Miranda! Seguís ahí sentada ante ese escritorio llenando las páginas de palabras y ya son más de las seis. ¿En qué estáis pensando?

- En poca cosa, con tanto alboroto como hay por aquí -repliqué-. ¿Qué estás haciendo aquí, Millie?

-Me ha mandado la señora Boresford. Me ha dicho que esta noche tenéis invitados, y que os dispusiese el baño y os ayudase a vestiros. La cocinera está preparando un comida de chuparse los dedos, de mucho lujo. A las siete y media Bob y Tom lo traerán todo y Pearson vendrá a servir la cena.

- ¡Maldición! Se me había olvidado por completo que Sheppard y Bancroft vienen esta noche.

- Se os olvidaría la cabeza si no la tuvieseis bien sujeta - comentó agriamente Millie -. Si no estuviéramos nosotros para cuidaros, no sé qué pasaría. Dejad ya esas páginas. Tenéis que daros mucha prisa.

Gruñí. Millie no llegaba al metro y medio de estatura, tenía una cara muy seria llenas de pecas y llevaba una cofia blanca torcida encima de los rizos de color zanahoria; siempre era muy mandona y se comportaba de un modo poco ceremonioso, una tirana con ojos verdes del tamaño de media pinta. Aunque necesitaba pocos cuidados, pues se pasaba la mayor parte del tiempo viajando por el extranjero, lord Markham mantenía sin embargo toda una plantilla de sirvientes. Convencido de que no tenían bastante trabajo, y considerándolos por principio unos vagos a todos ellos, les había ordenado que se encargasen de cuidar de Dower House y de su inquilina, además de las otras obligaciones. Solos en la casa grande nueve de cada doce meses mientras su amo viajaba de acá para allá cuidándose enfermedades inexistentes, el personal de Markham House me abrumaba con sus constantes atenciones y amorosos cuidados. Yo era su adorada mascota, lo que decididamente tenía sus desventajas cuando una servidora intentaba ponerse a trabajar.

- No me había dado cuenta de que era tan tarde - dije dejando a un lado la pluma.

- ¡Ya lo creo que no! El sol está empezando a ponerse, la luz se hace cada vez más escasa y vos seguís ahí forzando la vista. No sé por qué queréis pasaros todo el tiempo aquí encerrada... no es sano. Con todos estos vestidos preciosos que tenéis arriba colgados en el armario, y con el señor Garrick suplicándoos que salgáis con él, y a vos no se os ocurre otra cosa que pasaros el tiempo escribiendo libros... lo entendería si fuerais vieja y fea, señorita Miran-da, pero...

Volví a gruñir y me puse en pie. A pesar de todas aquellas réplicas y de ser tan mandona, Millie hubiese ido con gusto a la hoguera por mí, y muchas veces yo hubiera tenido mucho gusto en ser quien encendiese la leña. Esta era una de esas veces.

- Os tengo el baño preparado, el agua caliente y perfumada, el jabón y las toallas están dispuestos. Os he elegido uno de los vestidos y...

- Soy perfectamente capaz de elegir mi propio vestido, Millie - le informé en un tono helado-. Ahora puedes irte. Ya no te necesitare más.

- Si que me necesitaréis - replicó-. Tengo que peinaros.

- ¡Jesús!

- Nadie sabe peinaros como yo, eso es algo que tenéis que admitir. Tengo un toque especial. Vos corred arriba a bañaros, que yo os arreglaré un poco lo de aquí abajo y subiré a peinaros dentro de media hora más o menos.

- ¡ No te atrevas a tocar mi manuscrito! - le advertí.

- No se me ocurriría ni en sueños, señorita. La última vez que moví una de esas hojas me estuvisteis gritando durante más de una semana.

Le lancé una mirada exasperada y subí al dormitorio, cruzando al hacerlo el pequeño y elegante vestíbulo con el suelo revestido dc mármol negro y blanco, las paredes cubiertas de seda azul muy pálido, el techo blanco con molduras y una lámpara pequeña, pero suntuosa, con colgantes de cristal que relucían igual que diamantes. Las paredes del dormitorio estaban cubiertas de la misma seda azul pálido, el mismo azul que un cielo despejado de verano, y disponía de una chimenea de mármol blanco. Las ventanas daban a una terraza en miniatura con una balaustrada también de mármol blanco. A través de ellas yo veía la verde extensión de césped, ahora salpicada de sombras, y parte de la plaza.

El agua estaba caliente y maravillosamente perfumada, y encontré un gran placer metiéndome en ella después de haberme pasado interminables horas ante el escritorio del salón del piso de abajo. Sonreí por la regañina con que me había obsequiado Millie. ¿Que por qué me estaba allí “encerrada” y me negaba a salir excepto en raras ocasiones? ¿Que por qué me pasaba todo el tiempo escribiendo libros? Porque aquello era precisamente lo que yo quería hacer. Escribir había sido mi salvación cuando Cam Gordon huyó a Francia abandonándome, y durante el año que yo había pasado en la reducida casita de campo a las afueras de Stratford, me había dado cuenta de cuánto significaba para mí el hecho de escribir. Era algo sólo mío, algo que nadie podía arrebatarme, y traspasar el umbral que conducía a aquel mundo que yo creaba en el papel hacía que el mundo real, con sus penas, su angustia, su dolor y sus desengaños, me resultara mucho más fácil de soportar.

Millie nunca seria capaz de comprender aquello, desde luego. Poca gente podría entenderlo, pensé mientras salía de la bañera de porcelana y procedía a secarme. Yo poseía algo especial con lo que poca gente estaba bendecida, y ello... era una compensación maravillosa por todas las cosas que me faltaban en la vida. Puede que yo no fuera feliz, es cierto, pero sólo los tontos esperan vivir siempre en un lecho de rosas, en un perpetuo estado de felicidad. Yo me hallaba contenta y complacida con mi vida, orgullosa de los logros obtenidos, y si bien no había dicha tampoco había turbulencias ni tormentos. Me había ganado con mucho esfuerzo la serenidad y la calma en las que ahora transcurrían mis días. Estaba sola, pero a cambio era independiente, no me encontraba sujeta a nadie. En ocasiones me sentía triste, pero me había convertido en un éxito y todo lo había hecho por mí misma. ¿Cuántas mujeres en aquella época y momento podían decir lo mismo que yo?

Millie me había preparado el vestido de brocado, uno de color bronce, un modelo maravilloso que no había estrenado todavía. Me puse las delicadas enaguas color verde hoja que iban con el vestido, cuyo corpiño era ajustado y extremadamente escotado; diez faldas caían formando vuelo desde la ceñida cintura y formaban remolinos en sucesivas capas de gasa marrón. No más ropa de segunda mano para Miranda. No más vestidos de ocasión para la notoria M.J. Madame Valentina creaba toda mi ropa especialmente para mí, vestidos increíblemente bonitos, trajes preciosos, y, al contrario que las duquesas, condesas y damas de alta alcurnia que se apiñaban en su establecimiento, yo pagaba puntualmente las facturas. Ropa y libros eran los únicos lujos que me permitía, aunque tenía escasas ocasiones de lucir la primera ocupada como estaba en dedicar mi poco y precioso tiempo libre en leer los últimos.

Sentada ante el elegante tocador contemplé mi imagen, que se reflejaba en el espejo plateado. La mujer que me devolvía la mirada conservaba escasa semejanza con la ingenua y vivaz muchacha que Cam Gordon había abandonado tres años atrás. El descaro había desaparecido, aquel radiante brillo de juventud había dejado paso a la suave pátina de la madurez. Los ojos azul zafiro que en un tiempo brillaran de ira y chispearan de gozo estaban ahora llenos de una nueva sabiduría obtenida a base de observar el mundo sin ilusión, y la carnosa y rosada boca tenía una suave y triste curva que también era nueva en ellos. Una gran belleza, afirmaban los periodistas, fría, serena, con los pómulos altos y bien esculpidos y nariz patricia. Qué tontería, pensé mientras levantaba el cepillo hacia las ricas ondas color cobrizo que lanzaban destellos de oro a la luz de las velas.

- Yo lo haré -exclamó Millie entrando como una exhalación en la habitación-. Vos quedaos ahí quieta y sentada, relajaos y poned buena cara. Qué pelo, igualito que el cobre derretido. ¿Dónde están las horquillas? ¿Y las tenacillas? Vais a quedar preciosa, señorita Miranda.

Suspiré con cansancio y permití que se saliera con la suya. Millie estuvo trabajando alegremente con el cepillo, el peine y los rizadores, colocándome las suaves y abundantes ondas en lo alto de la cabeza de modo que formaran un modelo de peinado maravilloso y dejándome tres tirabuzones sueltos por detrás. Las velas lanzaban a su alrededor un suave resplandor que llenaba el aposento de un halo de color ámbar. La noche ya había caído del todo en el exterior, y la fría brisa vespertina penetraba por el salón y removía las cortinas que colgaban ante las ventanas abiertas.

- ¡Ya está! -afirmó dando una última palmadita a los tirabuzones-. Precioso, ¿verdad?

- Eres una maravilla, Millie.

- Bob y Tom han traído la cena y la mantienen caliente en las fuentes de plata poniendo velas encendidas debajo de ellas, Pearson se encuentra abajo; se ha puesto su mejor levita de terciopelo negro, de modo que está de lo más cursi e importante Vamos, os ayudaré a poneros el vestido.

Me lo deslice por la cabeza y lo alisé hacia abajo, y Millie comenzó a abrochar los diminutos corchetes invisibles de la espalda, El lujoso brocado de color bronce tenía bordado en seda de color bronce más oscuro un dibujo de flores. El tejido lanzó ricos reflejos cuando desplegué la amplia falda sobre las enaguas de gasa color verde hoja, Madame Valentina era una artista por derecho propio, creaba un estilo especial para cada una de sus clientes. Desdeñando las largas mangas ajustadas, los pañuelos de encaje, los frunces y las faldas con entretelas que estaban tan de moda por entonces, insistía en que mis modelos fueran de una elegante sencillez, Las mangas cortas y estrechas salían de los hombros, el corpiño tenía un gran escote y las faldas se acampanaban desde el ceñido talle,

-Parecéis... parecéis una visión - me aseguró Millie retrocediendo unos pasos -. Nunca he visto a nadie más bonita, lo digo en serio.

- Gracias, Millie.

- Es una lástima desperdiciarlo con un viejo caballero y ese rubio grandote y presumido que os lleva los negocios. Ese tipo es un engreído. Demasiado bromista. ¿Sabéis lo que hizo la última vez que estuvo aquí? Me pellizcó el trasero, eso hizo, extendió la mano y me dio un pellizco que me dolió bastante cuando lo estaba haciendo pasar a la casa.

-Oh. ¿Y tú que hiciste?

- Le sonreí - confesó ella - No puedo evitar que me caiga bien, aunque no sea muy caballeroso. Lo que quiero decir, sin embargo, es que vos deberíais estar vistiéndoos para un amante, señorita Miranda, no para cenar con vuestro editor y vuestro banquero.

-Ya basta, Millie.

Lo dije con voz seca, para informarle con la mayor seriedad de que había llegado demasiado lejos. Pero mientras bajaba por la preciosa escalera de mármol blanco tuve que esforzarme por reprimir una triste sonrisa. Millie no era ni la mitad de descarada de lo que yo había sido unos cuantos años atrás, y su insolencia estaba movida por un auténtico cariño y preocupación por mi bienestar. Me detuve un momento en el vestíbulo y contemplé la fría y patricia mujer ataviada con un suntuoso vestido de reluciente bronce que le dejaba los hombros al descubierto, el corpiño ajustado, la cintura ceñida, la amplia falda que resaltaba la alta y esbelta silueta. ¿Quién era? No la duquesa Randy. Ni la muchacha enferma de amor de Greenbriar Court. Puede que los demás la viesen como una célebre y escandalosa criatura que había tenido un desenfrenado éxito en el campo por ella elegido, pero aquella atractiva imagen no tenía nada que ver con la mujer que se pasaba un gran número de horas al día afanándose ante el escritorio con los dedos manchados de tinta y el pelo revuelto.

Si yo no era Randy, ni la ingenua Miranda, ni tampoco la notoria M.J. imaginada por el público, ¿quién... quién era yo? Una mujer solitaria y trabajadora de veintidós años, aunque mucho más vieja dé espíritu y de corazón. ¿Solitaria? Sí, solitaria, me confesé a mí misma mientras avanzaba hacia el salón. A veces me sentía muy sola, pero a cambio tenía amigos, tenía mi trabajo y estaba... estaba situada mucho mejor económicamente de lo que hubiera sido de esperar. No tenía ningún amante, cierto, pero era porque yo lo había preferido así. Existía una gran cantidad de hombres que se sentirían encantados de asumir ese papel, y uno de ellos en particular había estado galanteándome durante tres años, aunque en vano. Yo no quería un amante. La señora Wooden predecía aciagamente que acabaría convirtiéndome en una solterona marchita si no enmendaba mis costumbres, y me describía ese estado al detalle, horriblemente. Pero, ¿era algo tan espantoso, tan trágico, ser dueña de la propia vida? Yo no necesitaba un hombre en el que apoyarme, no me hacía falta un hombre que me cuidase y que me dificultase la vida.

“Te has vuelto demasiado introvertida últimamente, Miranda, encanto - me regañaba a mí misma-. Probablemente porque el libro está tocando a su fin y todavía no has empezado a pensar en el próximo. Mejor harías planeando un tercer M.J. que pasarte la vida examinándote melancólicamente el alma. Eres condenadamente afortunada, no lo olvides. Aunque te falte algo en esta vida tienes mucho más de lo que te mereces, así que espabílate y deja de estar tan puñeteramente pensativa.”

Se oyeron voces en el vestíbulo y un momento después un Pearson de aspecto solemne que llevaba una levita de terciopelo negro penetró en la habitación para anunciar con tono sepulcral al “honorable Richard Bancroft”. Dick entró apresuradamente detrás de él, lleno de energía y de sincero buen humor. A pesar de tener un poco más de peso que hacía tres años, seguía estando maravillosamente atractivo con las calzas y la levita de terciopelo marrón suave. Esbozaba una amplia sonrisa en los labios. Con aquellos acogedores y centelleantes ojos de color castaño y el cabello rubio oscuro brillándole a la luz de la velas, parecía más que nunca un cachorro próspero y pulcro. Me dio la impresión de que atravesaba la habitación dando botes y me abrazó con tal fuerza que a punto estuvo de romperme las costillas.

-No estamos en un campo de juego, Dick -me quejé mientras me alisaba un mechón de cabello que el abrazo me había descolocado-, y yo no soy tu contrincante. Mira lo que acabas de hacerme en el pelo.

-Está mejor así -me aseguró-. Dios mío, Miranda, ese vestido que llevas es... ¿estás segura de que es legal enseñar tanta carne?

- Madame Valentina me ha asegurado que las damas en Francia enseñan mucho más.

- Tendré que acercarme a París en cuanto me sea posible para verlo por mí mismo. ¿No ha llegado todavía ese tacaño chapado a la antigua? Probablemente estará en su oficina contando las ganancias que Duquesa Annie y el libro de relatos continúan reportándole.

- Te comportas de una forma terriblemente dura con el pobre Sheppard -le comenté.

- No me queda más remedio que hacerlo. Desde que me hice cargo de la administración de tus bienes, ese hombre se ha convertido en mi enemigo. Debo mantenerlo bien vigilado. Si no lo vigilo de cerca es capaz de robarte hasta dejarte sólo con lo que llevas puesto. ¿Vas a comportarte como una anfitriona como es debido y ofrecerme una copa de vino, o vas a permitir que me muera de sed mientras esperamos que ese tipo irrumpa aquí trotando?

Le hice una mueca y me acerqué al armario blanco esmaltado para buscar el vino. Con las manos metidas en los bolsillos y balanceándose ligeramente sobre los  talones, Bancroft rezumaba energía, confianza y buen animo, y el salón, con sus paredes blancas y marrones, la chimenea de mármol y el techo blanco realzado con hermosas molduras, parecía demasiado pequeño para contener su persona. Mi colección de grabados de Hogarth colgaba en las paredes, todos ellos enmarcados sencillamente en negro y con passe-partout de color azul pálido, e ilustraban escenas que yo había escrito. El retrato que me había hecho estaba colgado encima de la chimenea. Bancroft lo examinó mientras se bebía el vino a sorbos.

- Ese tipo hizo un trabajo magnífico con tu retrato - comentó finalmente-. Nunca deja de asombrarme lo lleno de vida que parece.

Hogarth me había pintado sentada ante el escritorio con la pluma en la mano. Yo llevaba un vestido azul intenso y el cabello un poco despeinado; mis ojos azules parecían pensativos mientras examinaban el manuscrito que tenía delante. El fondo del cuadro estaba hecho de sombras brumosas en azules, grises y negro; representaba, a mi izquierda, una sórdida calle de St. Giles, y a mi derecha, ligeramente más abajo que el otro lado, una ajetreada vista de la calle Fleet. El rico azul del vestido, el rojo cobrizo y brillante del pelo, el color rosa de los labios y los tonos cremosos. de la carne resplandecían contra los otros colores, más sobrios, que había detrás de mí. La pintura había causado sensación cuando el artista la expuso, y yo había tenido que pujar ensañadamente con David Garrick para conseguirla. Al final me vi obligada a pagar el doble de lo que valía, y me hubiera costado aún más si él no hubiese terminado por ceder de mala gana.

- ¿Y cómo está el ardiente señor Garrick? -inquirió Bancroft. Debía estar leyéndome el pensamiento.

- Representando commedia dell'arte  (2) en el Drury Lane... La reina Mab para ser más precisos. Creo que hace un Arlequín de lo más importante, todo energía, vitalidad y audacia. Johnson lo llama el gran Arlequín del siglo.

- ¿Aún te persigue? - me preguntó Brancroft.

- Yo... lo veo de vez en cuando, pero ni mucho menos tan a menudo como a él le gustaría. Le tengo mucho afecto, como sabes, pero... Davy no se conforma con dejarlo todo en una buena amistad.

- No puedo decir que lo culpe por ello, no mientras andes poniéndote delante de él con vestidos como el que llevas puesto ahora. Todo el mundo de Londres sabe que ese hombre se muere por ti, que padece de amor no correspondido.

- Al señor Garrick le encanta representar cualquier papel, y de momento le divierte el de pretendiente rechazado. Ve a otras mujeres con mucha mayor frecuencia que a mí. De hecho ahora está muy ocupado con la joven esa que es la protegida de lady Burlington.

- ¿Esa bailarina austriaca?

- Mademoiselle Violette... ése es el nombre artístico, claro está. En realidad se llama Eva Maria Veigel, y tengo entendido que es encantadora y además preciosa.

Pues no te llega ni a la suela del zapato, muchacha. La he visto bailar en alguna ocasión. Es muy bonita, sí, siempre, claro está, que te gusten llenitas y atractivas, pero nadie le dedicaría ninguna mirada si tú te hallases en la misma habitación que ella.

Eres un buen amigo, Dick.

-Y también un juez puñeteramente bueno en todo lo que a cuestiones femeninas se refiere. Tengo bastante experiencia en ese campo.

Bancroft apuró el vino, dejó el vaso sobre la mesa y me dirigió una larga mirada escrutadora con aquellos cálidos ojos marrones, muy serios ahora. Sabía que deseaba hablarme del pasado y de todo lo sucedido tres años atrás, pero existía un silencioso entendimiento entre nosotros para que el nombre de Cam Gordon nunca fuera mencionado. Yo estaba segura de que aquellos dos hombres se habían mantenido en contacto continuamente desde que Cam huyera del país - Bancroft lo había dado a entender sutilmente en más de una ocasión-, pero me negaba a hacerle preguntas. Sólo deseaba olvidar.

-A veces me preocupas, Miranda. Creo que estás demasiado sola.

- Me encuentro bastante satisfecha de mi suerte, Dick.

Frunció el ceño.

-Ya lo sé. Y eso es lo que me preocupa. Te has ido recluyendo cada vez más hasta acabar encerrándote en ti misma. Aún eres muy joven, Miranda... ¿cuántos años tienes? ¿Veintidós? ¿Veintitrés? Lo mismo podrías tener cuarenta. Entiendo perfectamente que no quieras comprometerte en serio con un tipo como Garrick, pero... - Titubeó un poco, buscando las palabras apropiadas para continuar y sintiéndose extraordinariamente incómodo.

- Aprecio que te preocupes por mí, Dick - le dije en tono ligero-. Pero... no es necesario que lo hagas. Soy la mujer más afortunada de Londres, en gran parte gracias a tu sagaz dirección.

-Sólo hago mi trabajo -masculló él.

- Has conseguido hacer de mí una mujer muy rica -añadí-. E, incidentalmente, has llevado a mí editor a la desesperación. Eres un verdadero encanto, Dick, el hombre más amable del mundo, pero cuando se trata de negocios... entonces te conviertes en un auténtico tiburón.

- No me queda más remedio que serlo. Hay que tirarse a fondo cuando se trata con alguien como Sheppard, si no te comen vivo. Cuando me pediste que me hiciese cargo de la administración de tus negocios además de manejar tu dinero, y vilo que ese hombre te estaba haciendo...

Bancroft puso mala cara y movió la cabeza de un lado al otro. Sonreí para mis adentros. Ya que había cambiado hábilmente de tema, le ofrecí más vino. Thomas Sheppard llegó pocos minutos después, con un aspecto pulcro e inusitadamente solemne, luciendo un atuendo de velarte negro azulado y una corbata de seda blanca que le proporcionaba un toque de alivio. El cabello arenoso era algo más escaso y el cutis semejaba un pergamino viejo. Me saludó con una cálida sonrisa y se colocó los anteojos de montura dorada. Cuando vio a Bancroft de pie ante la chimenea la sonrisa se le desvaneció de los labios y asumió la cansada expresión de alerta que ponía siempre que mi jovial, aunque tan duro como el acero, representante se hallaba presente. Bancroft le saludó entonces con una amable inclinación de cabeza. Sheppard emitió un martirizado suspiro.

-Bancroft -dijo.

- Sheppard.

- Veo que habéis venido a ver si podéis amedrentarme un poco mas.

-No lo había planeado así, Thomas.

- Sois la mitad de joven que yo y me dobláis en tamaño, Bancroft. Creo que deberíais sentir vergüenza de quererme aterrorizar y de utilizar como víctima a un tipo tan frágil como yo aprovechándoos de mi quebradiza salud y del hecho de que me falla la memoria.

-Vos sois tan frágil como pueda serlo una barracuda, Thomas. Y en lo que se refiere a la memoria... seguro que podéis dar cuenta precisa de cada penique que cualquier desventurado escritor de los que trabajan para vos os ha hecho ganar, así como de relatar al detalle cómo lo habéis invertido. Y además frotándoos las manos mientras lo hacéis - añadió-. Puede que no llevéis cuchillo, pero sois tan avaricioso como cualquier asesino de los que andan sueltos por Londres, y probablemente tengáis aún peores intenciones.

- ¡Eso me ofende! -protestó Sheppard.

A los dos hombres les gustaban tremendamente aquellos combates dialécticos y los consideraban un deporte maravilloso y estimulante. Aunque adversarios encarnizados en apariencia, cada uno de ellos albergaba en secreto una cariñosa consideración hacia el otro, y cada uno recibía todo el respeto que un digno oponente pueda merecer. Cuando Bancroft se hizo cargo de mis asuntos, llevó a cabo un detallado estudio del negocio editorial; luego se fue a ver a Sheppard para hacerle una propuesta revolucionaria y - a ojos de este último - absolutamente escandalosa. Hasta entonces era práctica común en la calle Fleet que el autor del libro recibiese una suma global por éste, suma que se basaba en los éxitos y ventas obtenidos en el pasado. Una vez que dicha cantidad se pagaba, el autor no volvía a recibir ni un penique por mucho éxito que el libro consiguiera. Bancroft rechazó aceptar una cantidad global por Duquesa Annie, insistiendo, en cambio, en que yo debía recibir un porcentaje por cada ejemplar vendido. Sheppard se puso a protestar con frenéticos alaridos, sosteniendo que sentar un precedente así pondría en peligro los mismísimos cimientos que sostenían la calle Fleet. Pero al final Bancroft había ganado; se había firmado el acuerdo y yo me había convertido en el escritor más acaudalado de Londres.

- Miranda ya casi ha terminado Las chicas de Betty - comentó Bancroft -. He leído lo que tiene escrito. Es realmente notable.

-No lo dudo.

-Va a causar sensación otra vez. Se atreve a sugerir que las prostitutas tienen corazón, que tienen alma y sienten dolor, pena y angustia como el resto de nosotros. Tiene la temeridad de insinuar que a menudo no son más que víctimas patéticas de la sociedad, en lugar de ser su azote. Se va a vender aún mejor que Annie.

- Ya vais a empezar a retorcerme el brazo de nuevo - gruñó Sheppard -. Lo veo en vuestros ojos. Tenéis intención de tiranizarme y...

- Ya os permitimos que nos robaseis a placer con Annie, Thomas. Accedimos a aceptar un miserable quince por ciento de cada ejemplar vendido. Por Las chicas de Betty espero que al menos nos deis el veinticinco. Vais a ganar miles de libras con ese libro, cientos de miles, si se vende tan bien como yo me imagino que se venderá, y lo único que hago es procurar que mi cliente...

Las mejillas de Sheppard habían palidecido. La voz de Bancroft había asumido un matiz casi brutal, los ojos le brillaban a causa del cruel placer que sentía mientras contemplaba cómo sufría su víctima. Sheppard respiró hondo, cuadró los hombros y se preparó para el combate. Les recordé con suavidad que aquélla era una reunión social y que no era el momento de hablar de negocios. Ambos parecieron decepcionados, como si les hubiera interrumpido en mitad de una partida de ajedrez que estuviera especialmente emocionante, aunque los dos se mostraron con toda la amabilidad que era de desear cuando entramos en el comedor.

La cocinera de lord Markham se había superado a sí misma aquella noche. Había sopa de rabo de buey, un maravilloso filete de lenguado, asado de cordero, muy jugoso y sonrosado, y diminutas codornices doradas con mantequilla, todo ello acompañado de guarnición de verduras y de vinos adecuados para cada plato. De postre había hecho un suntuoso pudding flambeado con salsa de brandy, algo tremendamente delicioso. Servida por el oficioso pero impecable Pearson, con Tom y Bob de pie ataviados con su mejor librea, fue una cena soberbia. La conversación resultó tan satisfactoria como la comida, y mis dos invitados se hallaban de excelente humor cuando, al terminar, volvimos al salón.

- Por cierto - dijo Sheppard mientras yo le servía una copa de brandy-, últimamente he visto bastante a una de vuestras amistades.

Le entregué a Bancroft la copa y luego me di la vuelta en redondo.

-¡Oh! ¿Y de quién se trata?

- De la señora Marcelon Wooden. Vino a la tienda hace un par de semanas a buscar más ejemplares de Duquesa Annie para regalárselos a algunos actores conocidos suyos, y por alguna razón le pareció que, puesto que es vuestra amiga más antigua y más querida, no tenía ninguna necesidad de pagarlos. Casualmente yo pasaba por la tienda cuando ella estaba discutiendo sobre el asunto con el dependiente, y entonces ella se... eh... se abalanzó sobre mí.

- Esa es nuestra Marcie -observó Bancroft.

- Me dijo que estaba encantada de volver a verme... yo sólo la había visto en una ocasión, cuando estábamos... eh... cuando vos partisteis para Stratford... de modo que le indiqué que estaría encantado de regalarle algunos ejemplares del libro como favor; y entonces ella se sintió obligada a devolverme el favor obsequiándome con unas entradas para que fuera a ver su obra y... bueno, una cosa nos fue llevando a otra y nosotros... eh... nos hemos estado viendo bastante a menudo desde entonces. Es una mujer muy notable.

- Claro que lo es - convine yo.

- Pero absolutamente intolerable desde que hizo El camino del mundo - añadió Bancroft -. Robó la obra, como ya sabéis. Pobre señora Cibber, ni el propio Garrick tuvo la menor oportunidad de hacerse notar una vez que ella irrumpió en escena y se puso a disparar cohetes.

- ¡Estuvo maravillosa, Dick! -protesté yo.

-Yo no he dicho que no lo estuviese. Sólo afirmo que se ha vuelto intolerable desde que se convirtió en la “sensación de la temporada”, por citar lo que decían los periódicos. Yo manejo también sus finanzas -le explicó a Sheppard-, y permitid que os diga una cosa: tiene unas ideas muy excéntricas acerca de los bancos.

-Tú la adoras -le dije yo.

- Yo también voy encaneciendo. Tened cuidado, Sheppard. Esa dama considera un crimen que cualquier hombre haya sobrepasado los veinte años permaneciendo soltero. Al pobre comandante Barnaby no le quedó otro remedio que salir huyendo del país para poder librarse de ella.

- Regresó a la India para refrescar la memoria y reunir el material necesario para escribir sus memorias - le corregí yo al punto.

- Esa mujer lo tenía cogido en sus garras, eso es todo. El pobre hombre consiguió escaparse en el último momento.

-No le hagáis caso, Thomas. Marcie es un encanto. Yo no sé lo que haría sin ella.

Sheppard parecía un poco incómodo ante el giro que había tomado la conversación, pero sin embargo sus labios mostraban una sonrisa irónica mientras pensaba en la exuberante y colorida criatura que había entrado como una tromba en su vida y amenazaba con desbaratar sus formales y exigentes costumbres de solterón. El éxito obtenido por Marcie me había proporcionado un gran deleite. Desde su asombrosa actuación como lady Wishfort en la obra de Congreve, la habían solicitado constantemente diversos directores ansiosos por montar producciones adecuadas al talento sin par de aquella mujer. Nadie se hacía ilusiones sobre sus dotes interpretativas - era, en verdad, una actriz atroz, como se apresuraron a señalar los críticos -, pero tenía cierta cualidad escandalosa, audaz y más grande que la vida misma que lograba hechizar al público y que la había convertido en una de las mayores personalidades de la escena inglesa. Era ardientemente adorada por las multitudes, que atestaban el teatro siempre que ella actuaba en una obra.

- Se me está haciendo tarde - comentó Sheppard echando un rápido vistazo al reloj -. Tengo que terminar de leer un manuscrito esta noche. Creo que será mejor que me marche, Miranda.

- Tengo el coche en la puerta, viejo - dijo Bancroft Yo os llevare.

Sheppard pareció dudar. Bancroft sonrió.

- Nada de tácticas secretas, os lo prometo. Ni siquiera hablaremos de negocios.

- Bueno...

Bancroft le echó un brazo por los hombros al diminuto hombrecillo y le dio un campechano apretón.

-Vamos, Thomas. Miranda parece un poco cansada. Ha sido una velada encantadora, cariño. La comida estaba deliciosa, la anfitriona arrebatadora y la conversación ha sido muy estimulante. Lo he pasado muy bien.

- Yo también - consiguió a decir a duras penas Sheppard mientras Bancroft lo sacaba casi a rastras de la habitación-. Nos mantendremos en contacto.

- Lo mismo digo - indicó Bancroft.

Los acompañé hasta la puerta y allí nos dijimos de nuevo adiós. El césped parecía haber sido barrido con plata pálida. La plaza tenía un aspecto negro, plateado y gris azulado, y brumosas luces doradas brillaban en las ventanas. Bancroft y Sheppard se encaminaron hacia el coche, que aguardaba allí afuera; formaban dos siluetas negras contra la plata de la hierba. Volví a entrar en el vestíbulo. Pearson se presentó para preguntarme si lo necesitaba para algo más. Le indiqué que no con un movimiento de cabeza, le di las gracias y, una vez Se hubo marchado, apagué las velas del piso de abajo y subí con actitud cansada las escaleras hasta el dormitorio.

Millie me había preparado la cama y me había dispuesto sobre ella el camisón. Las ventanas estaban abiertas. Una suave brisa nocturna hacía ondear las tenues cortinas de seda, que producían un sonido susurrante mientras me quitaba el vestido de color bronce y las enaguas a juego y colgaba ambas prendas en el lujoso armario Bouile. Tras ponerme el delicado camisón de gasa color crema me senté ante el tocador, me solté el pelo y comencé a cepillármelo. Las cortinas continuaban produciendo susurros. El reloj lanzaba tranquilamente su tic-tac... Ya era más de media noche. Quedaban seis horas y media para el amanecer. Volvió a invadirme aquella melancolía que se apoderaba de mí cuando me quedaba sola por la noche. Durante el día me encontraba bien. Los días se llenaban con el trabajo y ni siquiera había tiempo para llevar a cabo todo lo que yo deseaba hacer, pero las noches las noches estaban llenas de una tristeza sutil y persistente que, aunque nunca llegaba a hacerse demasiado aguda siempre se hallaba presente, esperando allí para reclamarme.

Tras apagar todas las velas del dormitorio excepto las de la mesita de noche, me metí en la cama, me acomodé en las almohadas y cogí el último volumen de Tom Jones. Cuando saliera a la venta el año anterior había causado casi tanta sensación como Duquesa Annie, escandalizando a los lectores y vendiéndose enormemente bien... El autor, Henry Fielding, había sido magistrado en la calle Bow durante el último año y medio y sufriendo ya de una salud bastante precaria, se estaba matando prácticamente con sus esfuerzos por tratar de establecer una fuerza de policía respetable y limpiar la corrupción que reinaba en nuestro sistema legal. Esforzado compasivo Fielding estaba haciendo unas tremendas reformas que servirían para beneficiar a todo el mundo en Inglaterra hombres mujeres y niños, y al mismo tiempo escribía sus “pequeñas tonterías épicas” meramente para relajarse Yo sospechaba que las novelas que él consideraba una tontería se leerían mucho después de que su obra de la calle Bow se olvidas e por completo.

Aunque me encantaba el libro y lo estaba leyendo por segunda vez, las “Divertidas aventuras del joven marido inclusero” creado por Fielding no lograban distraerme aquella noche. Dejé a un lado el volumen, apagué las velas y me puse a contemplar las manchas plateadas que empezaban a danzar en el techo. Las cortinas ondeaban hacia adentro y hacia afuera, una y otra vez, sin dejar de susurrar; la tristeza me invadió de nuevo. La cama era grande y fría, y no había ningún cuerpo junto al mío al que poder abrazar-me, al que poder acariciar. Yo no era más que la mitad de un todo, y el hombre que una vez lograra completarme estaba... estaba allá afuera, en algún recóndito rincón del mundo, y nunca volvería a verle.

Me había sobrepuesto. Sí, sí, claro que lo había hecho. Se me había endurecido el corazón. Las heridas habían terminado por cicatrizar. El dolor, aquella triste angustia, habían acabado por desaparecer, y yo podía pensar en él sin aquella sensación desgarradora y violentamente dolorosa que sintiera antes, pero la tristeza aún aparecía, y... y también el deseo; incluso ahora, incluso después de tres anos. Contemplé el techo y observé las manchas plateadas de la luz de la luna danzando en el negro azulado, y los recuerdos volvieron, por más que yo tratara de resistirme. “No, Miranda - me advertía a mí misma-. No te acuerdes. Piensa en el libro. Piensa en...” Maldita sea. Maldita sea. ¿Por qué no podría odiarlo, como había intentado hacer a menudo? ¿Por qué no podría olvidar? ¿Por qué? Los recuerdos acudían sin cesar; por fin me dormí y los recuerdos se convirtieron en sueños.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2

 

 

Brandy ladró vigorosamente cuando la ayudante de Madame Valentina entró llevando los dos vestidos en los brazos. La célebre y terriblemente exclusiva modista forzó una débil sonrisa e hizo un leve comentario sobre lo adorable que era aquel animalito. Marcelon se encendió a causa del orgullo. Brandy hacía cabriolas sobre la mullida alfombra, y su imagen se reflejaba en los múltiples espejos. La ayudante hizo un gesto de desagrado. Pepe estaba enroscado, profundamente dormido, sobre un rollo de terciopelo azul, y Sarge se hallaba muy atareado destrozando un pedazo de encaje inservible que Valentina le había dado. Estaba claro que la modista detestaba los caniches y que se hubiese sentido encantada de echarlos de aquel magnífico probador, pero ni siquiera Valentina se atrevía a ofender a la famosa y muy querida señora Wooden, cuya influencia le proporcionaba una gran cantidad de clientes. Además Marcie y yo éramos dos de las pocas clientes que teníamos por costumbre pagarle puntualmente y al contado.

- ¡ Estupendo! - exclamó Marcelon cuando la ayudante le tendió a Valentina uno de los dos vestidos y colgó el otro-. ¡Absolutamente estupendo! ¡Vamos, estate quieto ya, Brandy! Confiaba en que se calmase a medida que se fuera haciendo mayor -confesó-, pero sigue tan juguetón como siempre. Vete a jugar con tu hermanito, cariño.

Valentina esbozó otra sonrisa forzada, le hizo señas a la ayudante con la mano para que se marchara y me ayudó a ponerme el suntuoso vestido de terciopelo color miel cuyo corpiño, así como el borde de la falda, estaban ribeteados de una lustrosa piel de zorro negro. Alta y delgada, con el rostro enjuto muy maquillado y los cabellos, de un rubio plateado, apilados en lo alto de la cabeza en desordenadas ondas, Valentina vestía invariablemente de negro, y el único adorno que se permitía era un par de pendientes con impresionantes esmeraldas. Astuta, aguda, esnob y rapaz, era una soberbia negociante que había luchado durante años para alcanzar la posición que ocupaba ahora en el mundo de la moda, y estaba dispuesta a luchar como un gato callejero si veía dicha posición amenazada. Era, sin lugar a dudas, la mejor modista de Inglaterra, mejor incluso que muchas de Francia, y sus honorarios iban en consonancia con su calidad.

- ¡Es un verdadero sueño, Miranda! -me aseguró Marcie mientras Valentina terminaba de abrocharme el vestido a la espalda-. Ese terciopelo... nunca había visto nada igual

- Importado especialmente - nos informó Valentina-. Y pieza única. La duquesa de Hartford estaba decidida a comprárselo como fuera, dijo que le era absolutamente necesario tener un vestido de este terciopelo. Pero le expliqué que estaba reservado. Entonces me dijo que eso no le importaba, que estaba dispuesta a pagarme el doble. Finalmente logré convencerla de que el color no le favorecía.

- Eso creo yo - intervino Marcie-. Tiene el cutis igual que un limón.

- Esa mujer me buscará la ruina - nos indicó Valentina lanzando un suspiro al tiempo que retrocedía para observarme-. Se empeña en vestir como si tuviera veinte anos... de seda rosa o azul pálido y con volantes, fajines o guirnaldas de encaje. Y ya va para los setenta, la pobre. Me hace falta todo el tacto del mundo para evitar que se la vea ridícula. Perfecto, Miranda - me dijo entornando aquellos astutos ojos verdes-. Casi perfecto. Normalmente no me gusta que lleves manga larga, pero las que he pensado para este vestido van a quedar perfectas.

Me contemplé en los espejos. Aunque me encantaba comprar aquellas exquisitas creaciones, las pruebas se convertían siempre en un martirio. Estarse de pie un tiempo interminable mientras alguien le da tirones a uno, levanta de aquí, cuelga de allá y no para de poner alfileres en la tela, no era precisamente la idea que yo tenía de la gloria. El espléndido terciopelo de color miel relucía lanzando un rico brillo marrón dorado. Las largas mangas caían desde los hombros y se ajustaban como guantes; con el ceñido corpiño, muy escotado, el talle ajustado y una falda de mucho vuelo, no se podía negar que aquel vestido era una auténtica obra maestra. Las lustrosas pieles negras que bordeaban el corpiño y el dobladillo de la falda le añadían un toque de distinción.

- Pero falta algo - se quejó Valentina aún con los ojos entornados-. Es maravilloso, desde luego... sobre todo porque lo llevas tú, querida Miranda. Es un auténtico gozo trabajar con alguien que tiene una figura tan magnífica como la tuya... pero necesita... - Produjo un chasquido con la lengua y asintió levemente con la cabeza-. Más pieles, sus puños deberían estar ribeteados de pieles, como el corpiño y la falda. ¿No estáis de acuerdo, señora Wooden?

- Completamente - repuso Marcie -. ¡ Estaos quietos de una vez, muchachos! Se están peleando por el trozo de encaje. ¡Déjaselo, Brandy! Eso es. Hoy se están portando peor que nunca. Debo pediros disculpas.

- Quizás fuera conveniente que una de las chicas se los llevase a dar un paseo - sugirió Valentina con otra sonrisa forzada.

- ¡Cielos, no! Hay demasiado tráfico.

- No había pensado en eso - mintió Valentina.

Brandy y Sarge se apaciguaron. Pepe continuó rascando mientras Valentina llevaba a cabo unos cuantos ajustes de poca importancia en el vestido y me ayudaba a quitármelo. Brandy le gruñó a la costurera cuando ésta se llevaba el vestido de vuelta al taller. Marcie se cambió de postura en la silla, lo que hizo que el tafetán a rayas azules y grises crujiera. Ajustándose más alrededor de los hombros el chal de encaje negro, suspiró y me miró con ojos cariñosos. Considerablemente más rolliza que tres años antes, seguía llevando la alta peluca pompadour muy empolvada y adornada aquel día con diminutos lazos de terciopelo negro. El maquillaje de la cara era tan escandaloso como siempre: labios pintados de color rosa chillón, párpados azul pálido, mucho colorete y polvos, y un lunar de satén negro en forma de corazón pegado en una mejilla.

- Yo también tendría que comprarme un par de vestidos - me confió -. Últimamente salgo bastante, y nunca adivinarás con quién.

-Con Thomas Sheppard -le dije yo alisándome la combinación de las enaguas de seda color crema-. Bancroft y él vinieron a cenar a casa la semana pasada. Me lo contó todo.

-¿De verdad? Oh, cielos. ¿Qué te dijo?

- Que eras una mujer muy notable. Tengo la impresión de que ese hombre está chalado por ti, Marcie.

- ¿De veras? Es un amor de hombre, querida, tan tímido, tan atento, tan considerado y, sobre todo, tan rico. Es un poco bajito, eso es verdad, me siento como un gigante a su lado, pero debo confesar que ese hombre me gusta terriblemente. Me regala bombones en cajas de lujo, me manda flores al camerino; es tan dulce conmigo... no se parece en nada a aquel detestable comandante Barnaby.

- Thomas es un encanto. Y también un solterón empedernido - añadí.

- No lo será por mucho tiempo, querida. He hecho planes para él, ya puedo confesártelo. Un hombre así no saca nada en limpio estando soltero, y yo ya me estoy cansando de mi estado de soltería. Tengo mi carrera, desde luego, y resulta maravillosamente satisfactoria... no sé qué haría yo sin mi trabajo... los aplausos, las risas, todo ese amor que se difunde por entre las candilejas... pero una mujer necesita algo más, querida. ¿De veras?

- Davy está loco por ti, y cuando veo a esa horrible bailarina austriaca que le va ahora siempre detrás... - Movió la cabeza y la peluca pompadour se le ladeó un poco-. Ya anda por ahí dándose aires, piensa que va a conseguir echarle el lazo. Davy se la sacaría de encima en un instante si tú le dieras a él la menor...

- Te adoro, cariño, pero a veces esa manía tuya de hacer de casamentera me saca de quicio.

- Sólo deseo que seas feliz, Miranda.

-Ya soy feliz -protesté.

- Estás contenta, querida, que no es lo mismo, ni mucho menos.

Marcie se colocó la peluca pompadour al tiempo que Valentina regresaba y me ayudaba a ponerme el segundo vestido. Brandy, encantado, hacia trizas el pedazo de encaje que Sarge había abandonado para ir a admirarse en uno de los espejos. Se puso a ladrar. El caniche del espejo le devolvió el ladrido. Sarge corrió a esconderse bajo las amplias faldas de Marcie, se asomó luego por debajo del tafetán y gruñó amenazadoramente en dirección al espejo. Valentina hizo una mueca y fingió que aquello le hacía tanta gracia como a la propietaria de aquel perro tonto.

- Esta seda viene de Lyon - me dijo-, y sé de buena tinta que la mismísima madame Pompadour le había echado el ojo. Es espléndida, y con ese pelo tuyo... -Valentina chascó la lengua para indicar que le parecía algo excepcional.

La tela era en verdad espléndida, de un rico color crema con finísimas rayas rosas y anaranjadas y, entre ellas, filas de diminutas flores de colores orín, rosa y marrón, colores que resultaban suaves y tenues sobre el crema del fondo. El vestido tenía mangas acampanadas, un escote pronunciado en forma de corazón y el corpiño muy ajustado. Me di la vuelta a uno y otro lado y la amplísima falda se acampanó crujiendo con una encantadora música de seda.

- Pensé en ponerle unos lazos de terciopelo de color naranja - dijo Valentina-, o quizás un fajín de terciopelo marrón, pero no, no, me dije, esa tela es tan rica y espectacular que cualquier adorno desviaría la atención. La modista de madame Pompadour la iba a festonear con guirnaldas de flores de seda, tiras de encaje y toda clase de perifollos. Los franceses nunca han entendido la moda, en realidad... ¡ Sencillez! ¡Ahí está el secreto!

- ¡Señor! -exclamó Marcie-. ¡Estás que quitas el sentido, querida! Nunca la había visto tan bonita. Es vuestra obra maestra, Valentina, no hay duda. Ojalá pudiera yo ponerme un vestido así.

- Vos tenéis vuestro propio estilo - le aseguró Valentina.

-Ay, ya me doy cuenta, ya. Demasiado. A base de mangas largas y pañoletas de encaje, pues tengo que esconder el cuello y cubrirme los brazos. Oh, quien volviera a tener veinte años. Bueno, quien tuviera cincuenta, si vamos a eso. El tiempo se cobra su precio, ya lo creo.

- Hay que hacer unos cuantos arreglos sin importancia, Miranda. Quiero estrechar un poco el talle y redondear el dobladillo por la parte de atrás. Ambos vestidos estarán listos en un par de días. Te los enviaré.

Me quité el vestido y me puse el de seda azul, muy sencillo, que había llevado puesto a la tienda, y pocos minutos después Marcelon y yo nos alejábamos de allí en el elegante carruaje cerrado de mi amiga, con cochero y lacayo de librea. Pepe, enroscado sobre mi regazo, me daba lametazos somnolientos en la mano de vez en cuando. Sarge tenía las patas delanteras colgando fuera del carruaje y miraba por la ventana mientras Brandy mordisqueaba subrepticiamente el borde del chal de encaje negro de Marcie.

- ¡Qué vestidos tan preciosos! -dijo ésta lanzando un suspiro-. ¿Y qué vas a hacer con todos ellos? Colgarlos en el armario con todos los demás, y nadie tendrá ocasión de verte nunca con ellos puestos. Aún es temprano, querida, y no tengo que estar en el teatro hasta las siete. ¿Por qué no vuelves conmigo a Greenbriar Court para tomar el té? Tengo bizcocho de ciruelas, como siempre, y esa chica que trabaja para mí hace unos maravillosos sandwiches de pepino y berros.

-Yo... preferiría no ir, Marcie.

- Hace meses que intento que vayas por allí. No reconocerías la casa, con paneles blancos por todas partes, gruesas alfombras azules y espejos de marco dorado. ¡Y qué lámparas, querida! Cortinas de seda a rayas grises y rosas, sillones tapizados de la misma seda. He descubierto un ebanista maravilloso, Thomas Chippendale. Abrió el taller en Long Acre hace unos años y va a convertirse en un furor, ya lo verás. ¡ Qué simplicidad, qué elegancia de líneas! Tienes que venir, Miranda.

Marcie sonrió y me dirigió una mirada disgustada, pero no insistió, pues comprendía demasiado bien las razones que yo tenía para no querer volver a Greenbriar Court. Yo sabía que no sería capaz de pasar por aquel estrecho pasaje de ladrillos, no soportaría ver aquella casa de color gris añejo con el melocotonero delante, sin que una riada de recuerdos me invadiera. El dolor, la angustia que casi me había destruido en aquellos primeros meses había sido finalmente controlada, contenida, encerrada dentro de mí, y no me atrevía a correr el riesgo de volver a abrir las heridas.

Los tres perros ladraron de placer cuando abrí la puerta principal y les franqueé la entrada a la casa. Saltaron por el vestíbulo y entraron en tropel en el salón, esperando con ansiedad las deliciosas golosinas que siempre recibían en casa de Miranda. No sólo venían a visitarme dos o tres veces por semana, sino que era yo la que siempre los cuidaba cuando Marcelon se iba de gira a representar una de sus obras. Millie acudió a toda prisa desde la casa grande cuando nos vio llegar, y quince minutos después apareció con una bandeja profusamente cargada: una tetera de plata, dos delicadas tazas de porcelana, bollos, mermelada de fresa, crema de Devonshire, emparedados de pan y mantequilla, lonchas de jamón, lonchas de lengua. Los caniches estaban extasiados.

- Los mimas demasiado - se quejó Marcie-. Luego, cada vez que vuelven de tu casa, están imposibles durante horas.

- Ya estaban terriblemente mimados mucho antes de que yo los conociera. Venid, preciosos, tomad otro pedacito de lengua. Vosotros dos también. No hay zanahorias, Brandy. Tendrás que conformarte con esto.

Marcie amontonó gruesos grumos de nata y mermelada de fresa sobre un bollo.

- ¿Has empezado algún libro nuevo? - me preguntó.

- He terminado Las chicas de Betty la semana pasada... aún me encuentro completamente agotada.

- Dice Thomas que es todavía mejor que Duquesa Annie. Asegura que va a ser un gran éxito.

- Piensa llevarla a la imprenta en breve. Supongo que otra vez me veré acosada por periodistas, por pintores que querrán retratarme, por lectores deseosos de que les firme un ejemplar y por anfitriones de la alta sociedad que se empeñarán en exhibirme en sus salones. Si puedo me escaparé de todo eso.

- Ser popular tiene sus inconvenientes -convino Mar-cíe-. Yo a menudo tengo que pelear para poder salir del teatro a causa de todas esas hordas de adoradores que saltan a mi alrededor y estiran el cuello sólo para verme un instante. Siempre les lanzo besos con la mano -me confesó.

- A ti te encanta que te presten atención. Yo lo detesto. Marcelon meneó la cabeza y volvió a amontonar mermelada y nata sobre otro bollo.

- Nunca conseguiré entenderte, Miranda. Con toda la fama, la aclamación de la crítica y la riqueza que has conseguido, y sin embargo te estás siempre encerrada en tu casa como una prisionera. Eres aún muy joven y muy bonita, y estás dejando que la vida pase.

- Ya he obtenido bastante de la vida - le informe-. Prefiero mi trabajo y mis propias diversiones. Tengo libros para leer, amigos con los que hablar, un lugar encantador donde vivir, y...

- Tienes que olvidarte de él - me dijo entonces llanamente.

-No sé de qué me hablas.

Marcelon dejó la taza de té y adoptó una expresión muy severa.

- Sabes perfectamente de qué te estoy hablando. Hablo de Cam Gordon. Sé que no quieres que ninguno de nosotros pronuncie ese nombre, pero creo que ya va siendo hora de que te enfrentes a la verdad.

-Y dime, por favor, ¿cuál es esa verdad?

- La verdad es que estás arruinándote la vida por un hombre que nunca fue digno de ti, desde un principio. Te trató de un modo abominable, te utilizó deplorablemente; era una persona agria, temperamental, violenta, que nunca te apreció en lo que valías. Te mantuvo cerca porque le convenía, y...

-Ya está bien, Marcelon.

-Y luego encima de que le salvaste la vida, te culpó por ello y te abandonó sin el menor escrúpulo.

- Tenía que salir del país inmediatamente. Él...

- Claro - me interrumpió-. Y habría podido llevarte a ti con él. Yo me alegro de que no lo hiciera, naturalmente, pero si te hubiese amado de verdad nunca habría...

- ¡No me gusta hablar de ello!

-Y a mí me importa un comino que te guste o no. Nunca ha intentado ponerse en contacto contigo, ni te ha enviado nunca un mensaje, ni...

- Es un rebelde. Tiene la cabeza puesta a precio. Nunca se atrevería a pisar suelo inglés.

- Lo ha hecho ya varias veces - me informó.

-¿Qué... qué quieres decir? - le pregunté. La voz me sonaba apenas como un susurro.

- No quieres hablar de ello - me dijo Marcelon airada-. Me acabaré el té y me marcharé.

El pavo real graznó en el exterior. Los perros ladraban. Marcelon se llevó la taza de té a los labios y me miró muy satisfecha de si misma. Yo habría podido tirarle la tetera de plata a la cabeza, pero en lugar de eso me puse tranquilamente a partir la lengua en trocitos aún más pequeños. Los tres caniches se me acercaron presurosos y me agarraron la falda ansiosamente. Les di los trocitos de lengua fingiendo que ignoraba a la engreída de su ama.

- Se ha mantenido en contacto con Bancroft - continuó Marcelon.

- ¿Ah, sí? - Me mostré terriblemente indiferente y concentré toda mi atención en los perros.

- Dick me lo contó el otro día mientras comíamos juntos. En estos últimos años ha recibido varias cartas. Gordon utilizó siempre un nombre falso por si el correo de Dick estaba intervenido.

Terminé de darles la lengua a los cachorros. Luego me puse en pie y me acerqué a una de las ventanas. Retiré las cortinas y miré hacia la extensión de césped, ahora bañada por el sol; el verde oscuro de la hierba estaba teñido de plata. Marcelon continuó charlando y yo fingiendo que no la escuchaba, aunque absorbía cada palabra y le agradecía que hubiera roto por fin el silencio. Deseaba desesperadamente tener noticias de Gordon y no había pasado ni un día sin que me preguntara qué sería de él, qué estaría haciendo, pero el orgullo siempre me había impedido pedirle información a Bancroft.

- El príncipe Charlie tiene su propia corte en Francia -me dijo ella-, está rodeado de sus leales seguidores. Es una especie de espina que tienen clavada los franceses, una molestia sin la cual podrían pasarse perfectamente, pero lo acogieron con los brazos abiertos y no les queda más remedio que continuar tolerando su presencia, aunque sea de mala gana. Al parecer el Hermoso Príncipe es algo así como un grano en el culo; ni es brillante, ni valiente, ni mucho menos la heroica figura que sus paisanos creen. Es un malcriado, un estúpido, un arrogante y miserable cobarde... eso es algo de reconocimiento público. De todos modos, Gordon y su amigo Robbie Bruce pasaron un tiempo precioso en la corte del Hermoso Príncipe.

Hizo una pausa. Pude oír el crujido del tafetán y el tintineo de la porcelana al servirme otra taza de té. El pavo real caminaba con paso majestuoso por el césped con las plumas de la cola desplegadas. La casa grande ponía suaves sombras grises y azuladas en parte de la hierba. Dos de los lacayos de lord Markham haraganeaban cerca de la puerta trasera sin quitarle el ojo de encima a una de las doncellas que estaba sacudiendo la alfombra.

- Estuvieron allí menos de tres meses - continuó Marcie -, y luego se hicieron a la mar rumbo a las colonias americanas; con nombre falso, por supuesto. Lady Arabella Dunston se marchó a Roma aproximadamente por la misma época. Al parecer conoció a un noble italiano joven, rico y, por añadidura, muy apuesto. Se casaron, según tengo entendido, y ahora ella es la niña mimada de la alta sociedad romana. Vive en un suntuoso palazzo (2) con fuentes, jardines y criados en abundancia. Las cosas no les fueron tan bien a Gordon y al joven Robbie en Virginia. Se marcharon sin un penique, naturalmente. Robbie se metió a aprendiz de herrero, y Gordon acabó de capataz en una plantación de tabaco.

La doncella había terminado ya de sacudir la alfombra. Emprendió el camino de regreso a la casa. Uno de los lacayos que la habían estado mirando le pellizcó el trasero. El otro la atrajo hacia sus brazos y le dio un lujurioso beso. La muchacha entabló un forcejeo simbólico, luego se derritió contra el hombre que la sujetaba mientras el otro le acariciaba la parte de su anatomía que acababa de pellizcar. Finalmente entraron los tres juntos en la casa dejando la alfombra abandonada en los escalones de la parte trasera; me imaginé que iban a pasar un par de horas deliciosas en cualquiera de los espaciosos armarios que había bajo las escaleras. Sentí un pinchazo de algo que era muy parecido a la envidia.

- ¡Pórtate bien, Brandy! Ya sabes que Miranda no te permite mordisquear los cojines del sofá. ¿Por qué no vas a echarte una siesta, como Pepe? Como te iba diciendo - continuó con voz cansada-, Gordon pronto se dio cuenta de que no podría triunfar en América si no disponía de capital Así que hace un año se decidió a volver a Francia y se unió a una banda de hombres que tienen un negocio tremendamente rentable, aunque en extremo peligroso.

Marcelon hizo una pausa para buscar un mayor efecto dramático y esperó a que yo dijese algo. Tras unos momentos de silencio me aparté de la ventana y le dirigí una mirada impaciente. Ella sonrió.

-Ya sabía yo que esto iba a intrigarte.

-Bueno, ¿qué más?

- ¡Se ha hecho contrabandista, querida! Trabaja en la costa de Cornualles introduciendo mercancías procedentes de Francia en medio de la noche. La banda a la que pertenece es muy notoria, una pandilla de asesinos sedientos de sangre, al parecer poco menos que piratas. Los pobres moradores de Cornualles están confabulados con ellos, desde luego, y la región se encuentra plagada de agentes del Rey cuya misión consiste en capturar a los contrabandistas y poner fin a ese contrabando que le está costando al trono una buena cantidad de ingresos. Un ejército entero de casacas rojas patrulla sin cesar por la costa, una cuadrilla formada por los hombres más despiadados al servicio del Rey, y un buen número de ellos han aparecido ya con la garganta abierta.

No hice ningún comentario. Marcelon se puso en pie y se alisó las faldas.

- Por lo visto Gordon está haciendo dinero a manos llenas como contrabandista, y pronto habrá reunido el suficiente para volver a América y establecerse allí por todo lo alto... si es que antes no acaban con él los casacas rojas, desde luego. Siempre supe que ese hombre era un criminal... aquellas novelas que escribía rebosaban violencia. Estás mejor sin él, Miranda.

- ¿Qué opina Dick de todo esto? - inquirí.

- Oh, está horrorizado, desde luego. Dice que Gordon es un maldito loco, pero no puede hacer nada. Ni siquiera ponerse en contacto con él, pues Gordon nunca le ha dado su dirección. Las cartas han ido llegando periódicamente a una media de una cada tres meses más o menos.

-Ya.

- Me pareció que debías saberlo, querida - me comunicó, ahora evidentemente preocupada-. Espero de veras no haberte disgustado al decírtelo.

- En absoluto - repuse yo-. Me alegro de que me lo hayas contado, Marcie.

- Olvídalo, querida - dijo ella con voz ronca.

“Llevo tres años intentándolo”, pensé para mis adentros. Le di un apretón de manos y la acompañé de regreso al carruaje mientras los caniches hacían cabriolas a nuestro alrededor. Le prometí que pensaría detenidamente en todo lo que me había contado, que dejaría de rumiar y que saldría más a menudo. Marcie se asomó por la ventanilla del carruaje para darme un beso en la mejilla; luego el vehículo se alejó y regresé a Dower House. Me puse a pensar en Gordon y sentí al instante el mismo dolor de siempre, la misma pena de siempre. Era contrabandista, formaba parte de una famosa banda y estaba con frecuencia en Cornualles, arriesgando la vida cada vez que ponía los pies en suelo inglés. Cientos de casacas rojas infestaban toda la costa intentando sorprender a los contrabandistas... Aquel hombre iba a buscarse la perdición.

¡ Maldito! ¡ Maldito! Exaltado, impetuoso, temerario. ¿Es que Cam no era capaz de hacer nada sensato? No, él no podía buscarse un trabajo seguro y respetable, no podía contentarse con algo tan prosaico. Había tenido que convertirse en un puñetero contrabandista y pasarse la vida desembarcando en medio de la noche, trepando a oscuras por aquellas traicioneras rocas con una caja de mercancía ilegal al hombro, tratando con animales, abriéndole la garganta a cualquier casaca roja con el que se tropezase. Los libros que había escrito con tanta facilidad no eran más que temas clásicos de su fantasía masculina, y había saboreado con emoción cada página sangrienta que escribiera. Y ahora, por Dios, estaba viviendo realmente una de aquellas fantasías. El muy loco. ¡El muy puñetero idiota y loco! Cualquier noche caería en medio de un nido de casacas rojas, lo capturarían y... ¡Al infierno con él!

Marcie tenía razón. Yo aún era joven. Tenía la vida entera por delante y necesitaba empezar a vivir de nuevo. Estaba contenta, era cierto, y el trabajo me proporcionaba grandes satisfacciones y una sensación de realización, pero me encontraba demasiado sola y corría el peligro de convertirme en una reclusa total, haciéndome más excéntrica cada día. La vida de sociedad no me atraía en absoluto, pero cuando al día siguiente recibí una elaborada invitación, con incrustaciones doradas, de lady Julia Copeland solicitando mi presencia en una recepción que se celebraba en honor del deán de Southwark, contesté aceptando. Lady Julia era una voraz cazadora de celebridades, siempre sedienta de nuevos nombres famosos con los que adornar su salón, y yo llevaba tres meses rechazando sus invitaciones. Seguro que habría mucha gente en aquella recepción y que sería una velada espantosa, pero me convencí a mí misma de que asistir me resultaría beneficioso.

Y cuando, el domingo siguiente, Davy Garrick apareció ante mi puerta y me suplicó que fuese a comer con él en el parque, acepté igualmente, y me apresuré a ponerme aquel maravilloso vestido nuevo de seda crema con el estampado de flores diminutas y finas listas anaranjadas y rosadas. Se puso en pie cuando regresé al salón y la expresión que vi en sus ojos me dijo que el vestido era tan sorprendente como yo esperaba que fuera. Me había cepillado el pelo a toda prisa y lo llevaba suelto y moviéndose en el aire. Davy me contempló durante unos largos momentos; luego adoptó una dolorida ex presión y movió la cabeza.

-¿Pasa algo malo? -le pregunté.

-Me consume el pesar -repuso.

-¿El pesar?

- El pesar de ser un tipo decente. Si fuese el canalla que tengo fama de ser, os violaría aquí mismo. Vuestra belleza, me temo, ha conseguido volverme loco por completo, hasta el punto de que tengo que hacer un verdadero esfuerzo por reprimirme, os lo aseguro.

-¿De qué obra es eso? -inquirí.

-Soy sincero, Miranda.

- No habéis sido sincero ni un solo día de toda vuestra existencia, David Garrick. Habéis usado ese mismo trozo de diálogo docenas de veces antes, estoy segura.

- Suele funcionar - se quejó -. Sois una mujer fría y sin corazón, señorita James. Cientos de mujeres preciosas e inmorales se me arrojarían a los brazos al instante, ansiosas por acostarse con el gran David Garrick, y yo tengo que ir a enamorarme de la única mujer virtuosa de Londres.

- Pobrecillo - dije.

- Sin corazón, absolutamente sin corazón. No sabéis el daño que me ha hecho vuestro rechazo.

- Dudo seriamente de que vuestra autoestima corra ningún riesgo real. La opinión que tenéis de vos mismo no se cambia en un instante.

- Eso duele - dijo como si se sintiera herido.

Sonreí. El esbozó aquella maravillosa sonrisa irónica, me apretó las manos y me condujo hasta el espléndido carruaje descubierto que estaba tapizado de terciopelo color castaño claro; el cochero se encontraba encaramado en la parte delantera e iba ataviado con una librea de elegantes colores tostado y dorado, y dos musculosos caballos ruanos piafaban en sus puestos. Era un día radiante; la luz del sol, de un brillante color blanco plateado, adornaba las copas de los árboles y el cielo presentaba un hermoso tono azul blanquecino. Davy estuvo charlando en tono amistoso, con aquel ingenio y calor tan maravillosamente seductores, mientras nos dirigíamos al parque. Estaba más guapo que nunca, con levita y calzas de terciopelo azul oscuro y un gallardo chaleco de satén blanco bordado con flores de lis plateadas y azules. Llevaba los cabellos rubio oscuro retirados hacia atrás y atados holgadamente con un lazo de terciopelo azul, y tenía las facciones animadas; irradiaba vivacidad y aquel increíble encanto que lo había convertido en el ídolo de la escena inglesa.

- Nos están mirando - dijo cuando llegamos al Mar y descendimos del carruaje en un lugar donde los olmos esparcían sombras sobre el paseo.

-Es que vos sois muy famoso -le indiqué-. Y siempre os miran.

-No es a mí a quien miran. Es a vos. Sois una de las Grandes Bellezas.

- No debéis dar crédito a todo lo que leáis en los periódicos, Davy.

- Hacemos una pareja impresionante: el famoso actor y la encantadora escritora. Todo el mundo da por sentado que nos acostamos juntos... ¡Si supieran! ¿Davy Garrick sosteniendo una relación platónica con una mujer hermosa? Mi imagen saldría irreparablemente maltrecha. Sonreí y él me miró con ojos alicaídos que pronto volvieron a chispear. El Malí estaba atestado de hombres y mujeres con suntuosos atuendos a la moda; la flor y nata de la sociedad londinense se codeaba con las cortesanas más elegantes. Paseando por la avenida o montados en carruajes descubiertos como nosotros, formaban un conjunto resplandeciente, y se me hacia difícil comprender que yo también formaba parte de aquel magnífico desfile y que la gente me miraba con la boca abierta igual que yo me había quedado mirando boquiabierta a lady Arabella la primera vez que la viera.

- ¿Qué... qué se siente al ser tan famoso? - le pregunté a Davy.

- ¿Queréis saber la verdad?

-Desde luego.

- Para mí no significa nada. Ahí está ese tipo deslumbrante, David Garrick; es digno de admiración, un hombre encantador que representa su papel y hace lo que el público espera de él, pero ese tipo en realidad no tiene nada que ver con Davy. Davy trabaja mucho y suda cantidad, lleva ropa gastada y se pregunta qué significa todo este lío. En realidad es un hombre muy serio que a menudo se siente melancólico, aunque se tome mucho trabajo en disimularlo.

- Creo que podría llegar a caerme bien - dije.

- Alguna vez os lo presentaré - me prometió.

El cochero detuvo el carruaje y bajamos de él. Davy me dio la mano y me llevó más allá del Malí, donde se hallaba todo aquel enjambre de gente elegante. Nos adentramos en el parque propiamente dicho, donde la gente más humilde se divertía en aquella preciosa tarde de domingo. Pasamos junto a grupos de niños ruidosos que correteaban por el césped, junto a obreros y sus muchachas sentados bajo los árboles, junto a familias de clase media que merendaban a la orilla de los estanques. La hierba, de un verde esmeralda, estaba bruñida por la luz solar y salpicada por las sombras de los árboles. Los cisnes se deslizaban elegantemente por los estanques y los patos graznaban cerca de las orillas. Todos los macizos de vegetación estaban en flor. Dominaba un ambiente cordial y festivo y yo me sentía allí mucho más a mis anchas que en el Malí.

- Compraremos panecillos rellenos de salchicha en cualquiera de los tenderetes. Y también un poco de cerveza - me informó a continuación Davy -. Y si os portáis bien, podréis tomar de postre un helado de limón. Me temo que ésta va a ser una comida muy barata.

- Me encantan los panecillos de salchicha. Sin embargo, me pasaré sin la cerveza.

- No os parece bastante buena para vos, ¿verdad? Esperabais champán, como todas las demás bellezas malcriadas. A mí me horroriza ese maldito brebaje., Tengo unos gustos bastante vulgares... sólo soy un trabajador, ¿sabéis? Me esfuerzo en mi profesión como haría un estibador, un pescadero o cualquier empleado de una compañía de transportes, y, ay, suelo estar escaso de dinero.

-Yo pagaría la comida con mucho gusto - bromeé.

- Puede que yo sea pobre, pero tengo mi orgullo. Pagaré yo, muchas gracias. ¿Os apetece un cucurucho de patatas fritas para acompañar el panecillo de salchicha?

- Me encantan.

Davy compró la comida y me condujo hasta un punto apartado junto a uno de los estanques. Los sauces llorones nos dieron cobijo, y vimos una familia de patos marrones y negros que chapoteaban cerca de la orilla. La hierba de aquel lugar era suave y había un fuerte olor a musgo y barro. Davy apartó las cortinas que formaban los frondosos sauces e hizo un gesto para indicarme que me sentara en el suelo, como si se tratase de un mullido sofá. Me senté y extendí las faldas de seda. Tras entregarme el panecillo de salchicha y el grasiento cucurucho de patatas fritas, Davy se dejó caer junto a mí y dio un buen trago de cerveza.

- Ah, qué maravilla - afirmó-. ¿Qué mejor manera de pasar un domingo? ¿Quién necesita las hordas de admiradores? ¿Qué tal está el bocadillo de salchicha?

- Delicioso. Tiene montones de mostaza.

Me sentía maravillosamente relajada y contenta mientras comíamos allí, junto al agua, con los patos haciendo cabriolas delante nuestro; las frondosas ramas de color verde jade del sauce reflejaban el sol y se colaban por todo nuestro alrededor. Los dos estábamos absurdamente elegantes para una salida como aquélla, pero eso también formaba parte del encanto. Me comí las patatas fritas y la mitad de las de Davy, me acabé el bocadillo de salchicha y me limpié las manos en la hierba. Davy se echó hacia atrás, puso las manos debajo de la cabeza y se quedó contemplando fijamente los sauces mientras expresaba su satisfacción. El agua daba lenguetazos contra la musgosa orilla. Las hojas crujían. Podíamos oír los ruidosos gritos de los niños a lo lejos.

- Los placeres sencillos son siempre los mejores - dijo perezosamente.

- De acuerdo.

- Parecemos un cuadro de Wateau, yo vestido de fino terciopelo y vos con vuestras sedas, y ambos disfrutando de la vida sencilla.

- En ese caso yo debería estar haciendo una guirnalda de flores.

- Y yo debería estar mirándoos con ojos ardientes y contemplando vuestro busto firme y joven con una lasciva sonrisa en los labios.

-Wateau siempre fue un poco vulgar.

- Pornografía elegante. De hecho, yo a menudo sí que contemplo vuestro busto firme y joven.

-¿Ah, si?

-Anhelo poseeros desde la primera vez que os vi en el estudio de Marcie; entonces me parecisteis una muda hermosa y misteriosa.

-Pobre Davy -bromee'.

- Lo digo en serio - protestó.

- Sois un mariposón incorregible que está muy mal acostumbrado a fuerza de recibir siempre atenciones de las mujeres. Se podrían llenar volúmenes con la lista de vuestras conquistas. Prefiero que se me recuerde en el futuro como la única mujer que no se acostó con David Garrick. Será toda una distinción.

Se incorporó apoyándose sobre un codo y me dirigió una mirada llena de disgusto. Allí, recostado en la hierba con aquel espléndido atuendo, parecía un pachá indolente y guapo. Arranqué una hierba y le acaricié con ella la mejilla; Davy lanzó un suspiro. Sentía por él un gran cariño y también una gran admiración, porque verdaderamente era un hombre muy trabajador que estaba dedicado por completo a su arte. Si me lo permitiese a mí misma ¿llegaría a sentir algo más por él? No es que no me afectara su inmenso atractivo sexual, pero me negaba firmemente a pensar en él de aquel modo.

- ¿Acaso soy tan poco apetecible? - me preguntó-. Para que os acostéis conmigo, quiero decir.

- Eso... probablemente resultaría muy apetecible. No me cabe la menor duda de que sois tan diestro como se dice por ahí, pero...

Titubeé y bajé la vista hacia el musgoso margen del estanque. Las frondas del sauce se mecían suavemente impulsadas por la brisa y brillaban a la luz del sol. Davy se sentó y se abrazó las rodillas.

- Pero aún estáis enamorada de Cam Gordon - dijo.

- No es eso, Davy. Sólo que... no estoy emocionalmente preparada para una aventura frívola y casual. Sería distraído, sí, y probablemente muy divertido, pero... tengo en mucha mayor estima vuestra amistad.

- ¿Es eso lo que creéis que quiero? ¿Una aventura frívola y casual?

-¿No es así?

Davy frunció el ceño. Cogió una piedrecita plana y la hizo rebotar sobre la superficie del agua. Los patos graznaron y se alejaron nadando, indignados. Pasó un momento antes de que Davy respondiese al fin.

- Supongo que eso es lo que era - me confesó - al principio. Os veía sólo como una mujer hermosa más, y deseaba añadiros a la lista de la que hablabais antes. Os encontraba excitante, intrigante, un auténtico desafío; pero luego...

Esta vez le tocó a él titubear.

-¿Y luego? -le animé yo.

- No se me dan muy bien estas cosas - me dijo-. Sólo soy un humilde actor, y sin un autor que me proporcione las palabras y un director que me indique los movimientos, soy tan inepto como un patán.

- Exageráis.

- Y luego... luego os empecé a conocer bien - continuó -. Descubrí vuestra inteligencia, vuestra fuerza, vuestra compasión. Os fui admirando cada vez más, y aquel fuerte deseo inicial de poseeros se convirtió en algo... algo mucho más turbador. Vos consideráis que vuestra independencia es un auténtico tesoro. A mí me pasa lo mismo con la mía, y hasta ahora no he estado dispuesto a contraer un auténtico compromiso con nadie, igual que os sucede a vos, ¿Qué tal me está saliendo?

- Lo estáis haciendo muy bien.

- También os fui respetando cada vez más, y os respetaba demasiado como para recurrir a una seducción barata... no dudo de que podría haberos seducido, preciosa mía. No sois tan fuerte, y yo sé ponerme muy persuasivo.

- Eso he oído decir.

-Ya... ya no soy precisamente joven, Miranda -dijo en tono sombrío.

-Ya lo sé. Cualquier día empezaréis a crujir de viejo -le dije bromeando.

Davy ignoró el chiste. Me quité una hoja que me había caído en la falda y me retiré un rizo castaño de la sien.

- He disfrutado de mi libertad, Miranda. He disfrutado siendo adorado por todas las damas, arrancándolas como si fueran capullos de rosa, pero ahora me encuentro preparado para sentar la cabeza. Estoy dispuesto a que el gallardo Davy desaparezca y a dedicar el resto de mi vida a una sola mujer.

-Ya.

- Ese tipo del que os estaba hablando antes... el que trabaja duro y suda mucho haciéndolo, ése que es serio de corazón y a menudo se siente melancólico... ahora os lo estoy presentando, Miranda.

Me miró con ojos graves y oscuros y supe que realmente tenía ante mí a otro Davy, a un hombre cariñoso y serio, de mediana edad, que añoraba la estabilidad hogareña por medio de la cual conseguiría el equilibrio que, a medida que pasaban los años, cada vez necesitaba con más fuerza. La deslumbrante y espléndida personalidad que se ponía encima como si fuera una prenda de ropa había desaparecido en un momento, y lo que yo veía ahora era un hombre básicamente sencillo, bueno, dedicado a su trabajo y dispuesto a trabajar diez veces más que cualquier otro con tal de sobresalir en su profesión. Tenía el rostro surcado de atractivas arrugas e impregnado de carácter, y la ropa gastada le iba mucho mejor a este Davy que el fino traje de terciopelo y el chaleco de satén bordado.

- Pocas personas lo conocen - continuó -. Me temo que sea más bien un tipo pesado.

- A mí me gusta muchísimo.

- ¿Creéis que podríais amarlo?

-Davy, yo...

-Os amo, Miranda. Quiero que seáis mi esposa. No, no... no me deis una respuesta en este momento. Pensad en ello con calma. Davy es un bribón, un sinvergüenza ostentoso y lleno de tonterías realmente indigno de vos, pero el otro tipo haría todo aquello que estuviera en su mano para hacer de vos la mujer más feliz de Londres. Yo estaba conmovida y halagada al mismo tiempo.

Cuando se lo dije, Davy suspiró y meneó la cabeza, mirando a todas partes como un niño al que un maestro particularmente severo acabara de echar de clase. Se puso en pie y, dándome la mano, me ayudó a levantarme. Ahora actuaba como el antiguo Davy, todo vitalidad y encanto.

- Ese ha sido el discurso más difícil que he pronunciado en mi vida -me confesó-. Espero no haberme embarullado demasiado. Me he sentido terriblemente incómodo por no tener un guión que seguir. El poderoso David Garrick tartamudeando y atascándose como un adolescente lunático... ¡cómo les gustaría a mis rivales haberme visto!

- No necesitabais guión - le dije.

- Un poco de ensayo no me habría venido mal. Creo recordar que os prometí un helado de limón. ¿Aún os apetece?

- Desesperadamente.

- A mí me iría mejor algo un poco más fuerte, pero... que sea helado de limón.

Davy me guió a través de la cortina de ramas de sauce, por el césped, sujetándome flojamente por el codo. Un fornido obrero y su rolliza enamorada se abrazaban apasionadamente bajo uno de los árboles mientras una gozosa familia disfrutaba de su merienda no muy lejos. Un niño de pelo rubio y lanudo pasó corriendo junto a nosotros en persecución de un perrito blanco y negro que lanzaba continuos y agudos ladridos de contento. Davy se acercó despacio a uno de los tenderetes, compró los helados y me tendió uno de ellos.

- Ahí desapareció el último penique que me quedaba -me dijo quejándose-. Este tren de vida no puede llevarme más que a la bancarrota.

- Está delicioso.

-Vos... eh... vos no pensaréis en mi como en un pelmazo, ¿verdad?

- Creo que probablemente seáis el hombre más agra-dable que he conocido en mi vida.

-¿Y?

- Me siento muy honrada, pero.

- ¡ No digáis nada ahora! - se apresuró a decir cortándome en seco-. No quiero que me deis una respuesta todavía. Sólo... sólo prometedme que os lo pensaréis.

Le dije que lo haría, y Davy pareció más aliviado cuando nos dirigíamos con paso majestuoso hacia el Malí. Su manera de caminar era ligera, su actitud bromista y atenta, y yo sentí otra oleada de cariño. Era el hombre más famoso de Londres, ya una leyenda a pesar de tener sólo treinta y tantos años. Radiantemente guapo, generoso, bueno; era todo lo que una mujer podía desear. Tenía que ser muy estúpida para rechazarlo, pero... lo pensaría. Era lo menos que podía hacer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3

 

 

 

 

Una hilera de resplandecientes carruajes avanzaba centímetro a centímetro por la plaza Berkeley; todos ellos se detenían delante de la majestuosa fachada de mármol blanco del que estaba hecha la imponente y ostentosa casa de lady Julia Copeland. Los pasajeros se apeaban con gran dignidad, y lacayos con pelucas empolvadas, levitas de satén azul y calzas blancas sostenían en alto antorchas a ambos lados del estrecho paseo que conducía al pórtico, semejante al de un templo griego. Llamas anaranjadas ondeaban en la oscuridad lanzando sombras sobre los rostros de los invitados que avanzaban como una procesión por el paseo. Todas las ventanas de la casa se veían resplandecientes de luz, y un confuso ruido de voces se difundía en medio de la noche cuando descendí del mejor carruaje que tenía lord Markham y avancé entre aquellas filas de lacayos silenciosos e inmóviles.

¿Por qué habría accedido a venir? El aburrimiento que me esperaba acabaría por convertirse en un suplicio. Me sentiría completamente desgraciada. Una de las mujeres más ricas de Londres, lady Julia, hacia ostentación de ese hecho con asombrosa vulgaridad. La casa era ridícula y dominaba la plaza con aquel tamaño y esplendor, lo que la hacia parecer aún más absurda comparada con las sencillas y elegantes casas que la rodeaban. Los adornos dorados y los espejos me deslumbraron cuando penetré en el vestíbulo, donde tres opulentas lámparas de cristal derramaban ríos de una luz brillante; los colgantes resplandecían como cascadas de diamantes. Una multitud de personas suntuosamente ataviadas que charlaban sin parar ocupaba el lugar igual que si fuesen ganado, moviéndose lentamente hacia las ornamentadas puertas del salón don de nuestra anfitriona y su intimidado y apocado marido saludaban a cada invitado que llegaba.

Yo no deseaba asistir; había estado rezongando todo e] rato mientras Millie me peinaba con esmero, me sujetaba los rizos rojizos en lo alto de la cabeza y me arreglaba los largos tirabuzones que me caían por detrás. Millie se había encargado de elegirme el vestido, uno de rico brocad negro con estrechas rayas doradas, rosas y plateadas tenía amplias mangas abombadas que me dejaban  los hombros al descubierto, y el ajustado corpiño sólo me tapaba la mitad de los pechos. La falda formaba una gran campana desde la estrecha cintura y caía sobre media docena de enaguas de gasa negra. Una auténtica maravilla, me había asegurado Millie. Ella sabía bien que yo iba a ser la mujer más deslumbrante de la fiesta, y apenas podía esperar a que yo regresara a casa para contárselo todo.

“Ha sido una equivocación, Miranda -me dije-. Será mejor que te escapes ahora que todavía estás a tiempo. Dos horas metida en medio de este sofocante gentío será suficiente para que te desmayes.”

Me di media vuelta con la firme intención de marchar-me a casa. Una mano firme y manchada de tinta me cogió del brazo y me detuvo.

- ¡No, no vais a hacer eso que intentáis! -me advirtió con voz malhumorada -. Si yo voy a soportar esta abominación, vos también.

Una cara hosca, rechoncha y marcada de viruelas me miraba con expresión ceñuda, y unos ojos oscuros e inteligentes me desafiaban a que protestase.

- ¡ Johnson! - exclamé-. Nunca hubiera esperado encontrarnos precisamente aquí.

- Soy una celebridad - gruñó -. He venido a comer mi acostumbrado cupo de cristianos.

- Supongo que yo estaré la primera en el menú - repliqué.

- Vos sois una colega - contestó-, mal que me pese admitirlo. Siempre he sostenido que una mujer que escribe un libro es como un perro que camina con dos patas. No lo hace bien, pero lo más sorprendente de todo es que lo haga.

-Típico de vos, Johnson.

-A este paso no sé dónde vamos a llegar -se quejó Johnson moviendo a ambos lados aquella gran cabeza lanuda-. Mujeres que escriben libros y que además lo hacen puñeteramente bien. Seguro que el siguiente paso será que a los hombres nos destierren a la cocina.

- Pues no creáis que sería mala idea. Eso dejaría a las mujeres libres para llevar a cabo todas esas cosas que son perfectamente capaces de hacer. Habría menos guerras y mucha menos corrupción.

- Y estragos en la cocina - añadió él-. Debo confesar que encontré Duquesa Annie condenadamente merecedora dé ser leída. Hasta derramé alguna lágrima.

-No os creía capaz de semejante cosa -bromeé.

Johnson sonrió.

- Tras esta fachada agria, imponente y ofensiva me temo que late el corazón de un lloriqueante sentimental. Cuando no estoy gruñendo y tratando de morder a algún idiota, no soy más que un blandengue descarado. Este mundo, ay, está lleno de idiotas, y por lo visto la mayoría de ellos se han dado cita aquí esta noche.

- Intentemos escabullirnos - le supliqué.

- ¿Acaso sois una llorona cobarde? ¿No podéis enfrentaros al fuego? Muy típico de vuestro sexo, claro está, pero esperaba algo más de la célebre M. J. No será tan aburrido -me dijo-. Esa vieja tiene la casa llena a rebosar de idiotas, y ella parlotea como un chimpancé en celo; pero ofrece los más finos manjares y el mejor vino de Londres. Pienso atiborrarme como un cerdo, y luego emborracharme hasta perder el sentido. Es lo que hago siempre en estas circunstancias.

Johnson gruñó ominosamente cuando la multitud nos empujó para que avanzásemos. En medio de aquel brillante enjambre Johnson era un espectáculo digno de verse por su rareza; con las medias blancas remendadas, las calzas marrones muy arrugadas y la levita, también marrón, que le iba grande por todas partes y tenía los bolsillos deforma-dos y los puños desgastados, era algo digno de verse. La gran peluca gris distaba mucho de estar limpia y la llevaba un poco torcida en lo alto de la cabeza. El gran tamaño de aquel hombre y sus andares pesados aumentaban la impresión que uno tenía de estar viendo a un oso hosco y pesado disfrazado de persona.

- No tengo ni idea de por qué estoy aquí - me quejé mientras avanzábamos unos centímetros en dirección a las puertas del salón-. Ni siquiera sé quién es el deán de Southwork, y estoy convencida de que no me va a caer nada bien.

- ¿Qué? -exclamó Johnson-. ¿Nunca habéis oído hablar del presumido deán Jordon? Es el clérigo más de moda de todo Londres, mimado y adorado por las damas elegantes que se reúnen a oír sus pláticas de color rosa y sus patéticas homilías. Pulcro, pelirrojo, es el encanto de los salones. Un clérigo mundano es algo que siempre resulta tranquilizador. El tipo ese ha escrito un libro de sermones. Se está vendiendo muy bien por toda la ciudad, ya han salido la tercera y cuarta ediciones y tienen la quinta y la sexta en preparación.

- ¿Lo habéis leído? - inquirí.

-Y me produjo una aguda indigestión -repuso-. Como si me hubiese comido una enorme caja de bombones. Precisamente la clase de papilla que las mujeres devoran, todo azúcar y sin nada de sustancia. El tipo es además un poco musical, me temo. Toca el órgano con acompañamiento de cuerda.

- No pensará tocar esta noche.

- Lady Julia ha instalado un órgano en la sala de música la semana pasada, según tengo entendido Una cosa monstruosamente grande, como un mastodonte, y con los tubos de oro y plata, desde luego.

-Jesús -susurre.

Poco a poco nos fueron empujando hacia la puerta del salón y unos minutos después nos encontramos cara a cara con lady Julia y su marido, un hombrecillo diminuto vestido de marrón que parecía hacerse totalmente invisible al lado de su extravagante esposa. Lady Julia era alta en extremo y lo parecía aún más con las tres largas plumas de garceta que, a un lado de la empolvada peluca, llevaba sujetas con un broche de diamantes y esmeraldas. Flaca hasta parecer casi demacrada, tenía la nariz como el pico de un ave, la boca semejante a una gran porcelana rosa y los ojos, azules y muy saltones, recordaban los de una jirafa asustada. Yo no había visto nunca tantos diamantes y esmeraldas juntos... y además todos ellos necesitaban con urgencia una buena limpieza, según advertí.

- ¡Señorita James! -exclamó cogiéndome una mano-. ¡Qué honor me hacéis! Nos moríamos de ganas de teneros entre nosotros, ¿no es cieno, James? ¡Me entusiasmó vuestra novela, tan pícara, tan fiel a la vida!

- Gracias por vuestra invitación - dije yo dulcemente.

- Debemos encontrar unos minutos para charlar a solas, mi niña. A mi me interesa mucho la literatura... incluso estoy pensando en escribir un libro yo misma. Tenéis que decirme cómo se hace.

Emití unas cuantas palabras educadas mientras ella, mirando más allá de mí, se fijaba en Johnson; tras soltarme la mano, atrapó la de él y empezó a hablarle con grandes muestras de efusión. Johnson puso primero una cara feroz; se soltó la mano de un tirón y luego preguntó dónde estaba la comida. Lady Julia se echó a reír disimuladamente, encantada con aquella grosería. ¡ Qué excéntrico tan maravilloso era aquel hombre! ¡Qué genial por su parte gruñir y morder de semejante modo! Ella estaba completamente segura de que su diccionario sería un enorme éxito cuando por fin estuviese terminado, y tenía intención de comprar un ejemplar.

-Comprad diez -gruñó él-. Podéis usarlos como tope para las puertas.

- ¿No es divino? - dijo ella con voz chillona.

- Qué desgracia de mujer - masculló Johnson cuando de nuevo avanzábamos hacia el interior del salón-. Siempre anda cotorreando como una cacatua, sin un solo pensamiento dentro de esa cabeza hueca. ¿Por casualidad habéis alcanzado a olerle el aliento?

- Estoy segura de que todo lo hace con buena intención -le dije yo.

Johnson hizo otra mueca, se ajustó la grasienta peluca gris y se alisó las solapas de la raída levita marrón, malhumorado, lanzando chispas por los ojos en dirección a los demás invitados. Yo tenía la fuerte sospecha de que aquella actitud gruñona y grosera era sólo una pantalla de humo para ocultar una timidez innata. Davy juraba que, en privado, Johnson era muy bueno y caritativo, un acogedor oso viejo que en realidad era el hombre más blando de la ciudad a la hora de darle sablazos. Siempre se estaba vaciando los bolsillos por algún amigo necesitado.

- Todos los charlatanes y estafadores de la ciudad deben de estar aquí esta noche - gruñó -. Ahí está la comida. Venid conmigo, señorita James, lleguémonos hasta esas mesas antes de que este gentío acabe con todo.

El salón era tan grande como una sala de baile; el techo estaba adornado con molduras de hojas doradas y de él colgaba una gran profusión de lámparas. Las paredes se hallaban cubiertas con brocados rosa pálido y de ellas pendían enormes cuadros. Plantas gigantescas se veían por doquier y había muchas estatuas griegas puestas en nichos. A causa del tamaño del salón, el número de personas no parecía tan grande. Johnson me guió hasta las tres mesas cubiertas con manteles de lino, donde un maravilloso despliegue de comida deslumbraba la vista. Aunque yo protesté diciendo que no tenía hambre, Johnson insistió en llenarme un plato.

-Gambas, aspic, una loncha de este cordero, espárragos... luego probaremos los pasteles. ¿De modo que estáis decidida a romperle el corazón a mi amigo Davy? -me preguntó al tiempo que empujaba el plato hacia mí.

-¿Qué os hace pensar tal cosa? -inquirí yo cogiendo el plato-. En serio, cómo queréis que sea capaz de comerme todo este...

-Yo os ayudaré -rezongó él-. Tomad, aguantad también este plato. Intentaré echar mano a alguno de esos lacayos absurdamente vestidos que circulan por ahí con bandejas repletas de bebidas. ¿Champán?

-Yo...

- Será mejor que toméis un poco. Vais a necesitarlo. Buscad un buen lugar para los dos junto a la pared. Me reuniré con vos en cuanto consiga las bebidas.

Johnson se alejó muy despacio hacia uno de los lacayos, y yo me quedé allí de pie, sosteniendo en equilibrio los dos platos y sintiéndome extrañamente ridícula. Debía de haber setenta y cinco personas en aquella estancia, y me daba la impresión de que todas me miraban fijamente cuando por fin me decidí a acercarme a una de las enormes estatuas griegas. Tras colocar los platos en el borde del pedestal de mármol negro, que me llegaba a la altura de la cintura, consideré seriamente la posibilidad de llevar a cabo una escapada rápida antes de que Johnson regresase. El ruido era ensordecedor: voces confusas, el sonido de la porcelana al chocar, música a todo volumen en la habitación contigua, Bach. Aunque una hilera de ventanales, que daban al jardín, se hallaba abierta, el aire se notaba fétido, fuertemente cargado de olor a sudor, a polvos rancios y a perfumes empalagosos.

- Aquí tenéis el champán - dijo Johnson-. Una copa de oporto para mí. ¿Dónde está mi plato?

-Ahí, en el pedestal.

Johnson cogió el plato, dejó la copa de oporto y alzó la mirada hacia la desnuda y decapitada estatua de mármol que se alzaba ante nosotros.

- Un gusto abominable - masculló -. Ni siquiera es auténtica, como tampoco lo son esos Van Dyck que festonean las paredes. Los de Nell Gwynn y Barbara Castlemaine son auténticos, pero decididamente de segunda fila. Decidme, ¿qué es esa tontería de que vais a casaros con mi amigo Davy?

Su mirada era acusadora, y el tono hosco, casi hostil. Cogida por sorpresa, me quedé mirándolo en silencio durante un momento, y cuando hablé mi voz sonaba lo bastante fría como para dejar helado a cualquiera.

- En efecto, Davy me ha pedido que me case con él, señor Johnson, pero sinceramente creo que eso no es asunto de vuestra incumbencia.

-Y tanto que lo es. Davy es como un hermano para mí. Por cierto, estas Gambas son de primera calidad. ¿No os las vais a comer? El está dispuesto a sentar la cabeza y anhela una vida hogareña, tranquila y bien ordenada... y eso es exactamente lo que le hace falta. Si va a continuar trabajando en el teatro necesita un hogar tranquilo y sereno, con alguien que le haga las comidas, le tenga la ropa en orden, pague las facturas, cuide de su salud y le proteja del público. En resumen, alguien dispuesta a dedicar el resto de su vida al cuidado y mantenimiento de Davy Garrick.

- Estoy de acuerdo - dijo yo crispada-. Eso es precisamente lo que necesita.

Johnson se acabó la comida del plato, señaló hacia el mío, me dirigió una mirada inquisitiva y, cuando me vio mover la cabeza negativamente, empezó a dar buena cuenta de su contenido. Di un sorbo de champán. Notaba que el color me había subido a las mejillas y me resultaba extraordinariamente difícil no perder los estribos. Puede que aquel hombre fuera un genio, el Primer Caballero de las Letras de Londres, embarcado actualmente en una empresa titánica que iba a revolucionar el idioma, pero a mí aquella franqueza que rayaba en la grosería me resultaba del todo ofensiva.

- Lo que resulta evidente es que él no necesita otra artista -continuó Johnson-, y vos sois una verdadera artista, señorita James, tan excelente en vuestro campo como él en el suyo, sospecho. Duquesa Annie logró conmoverme de veras, me emocionó hasta el llanto, pues era una declaración perfectamente válida sobre la condición humana. Tengo entendido que vuestro nuevo libro es todavía mejor. Debéis enviarme un ejemplar tan pronto como salga.

-Señor Johnson...

- Llamadme Sam. Todos mis amigos lo hacen, y siento amistad por vos, niña. Dos personalidades fuertes y creativas bajo el mismo techo... -Johnson hizo una pausa, tomó un trago de oporto y sacudió la cabeza-. Una situación imposible, como estoy seguro convendréis conmigo.

-No veo lo que eso...

-Claro que lo veis -me interrumpió bruscamente-. Sois una joven en extremo inteligente... y ése es uno de los mayores problemas, también. Davy no necesita una mujer inteligente. Necesita una mujer mediocre y abnegada que se conforme con sentarse a sus pies, lo mire con ojos amorosos y lo alimente, no alguien que piense por sí mismo y tenga que realizar sus propios esfuerzos creativos. Cada palabra que digo es cierta, y vos lo sabéis, niña.

Tenía razón, y eso precisamente era lo que lo hacía tan irritante. Yo había estado pensando mucho en la proposición de Davy y había llegado a las mismas conclusiones por mi cuenta. Aquel hombre, peludo y mugriento como un oso viejo, que tenía a mi lado, no hacía más que expresar con palabras mis propias conclusiones. Di un sorbo de champán. Johnson decidió terminarse toda la comida, levantando de vez en cuando la vista para mirar con ojos amenazadores a los invitados que osaban acercarse demasiado.

- ¡Delicioso! -afirmó al acabar-. Tengo que tomar un poco más de este cordero y otro plato de aspic. Davy está enamorado de vos, niña, verdaderamente enamorado por primera vez en su vida, y eso es lo malo para él. El amor es una distracción maravillosa y enloquecedora, pero acostumbra a resultar mortal para el auténtico artista; le mina las fuerzas, le consume todas las energías creativas. Lo aleja de lo único que es verdaderamente importante... su trabajo.

Me acabé el champán y, haciéndole una seña a uno de los lacayos, deposité la copa en la bandeja y cogí otra llena hasta el borde de aquel chispeante líquido de color ámbar. Johnson se colocó bien otra vez la peluca y se sacudió las migas de la solapa.

- El matrimonio sería algo desastroso para ambos -me dijo-. El trabajo de Davy se resentiría. Y el vuestro también. En lugar de coserle las camisas, limpiarle las botas y hacerle la comida, pasaríais el día escribiendo algún libro, y a él eso le molestaría. En lugar de apoyaros y comprenderos cuando tuvieseis un tropiezo en vuestro libro, se frotaría las manos y se quejaría de los problemas que le ocasionaba la obra que estuviera produciendo, de lo mala que era la actriz con la que hubiera tenido que cargar, de lo ineptos que eran los tramoyistas que se ocuparan del escenario, y del condenado discurso del segundo acto que nunca saldría bien.

“Otra vez tenéis razón, viejo cabrón”, pensé. Di otro buen trago de champán.

- Supongo que ya le tenéis elegida la esposa ideal - comenté acremente.

- Pues sí, en efecto, Mademoiselle Violette, esa gordezuela bailarina austriaca que bebe los vientos por él. Pertenece al mundo del teatro, sí, pero no tiene mucha dedicación y lo dejaría todo de lado en un minuto para convertirse en la esposa de Davy. Es dulce, mediocre y carece por completo de exigencias, y además adora a Davy. Eva Maria, para llamarla por su nombre verdadero, no es en el fondo más que una flemática ama de casa alemana. Sería perfecta para él. Davy no la ama, pero le tiene bastante aprecio y no me cabe la menor duda de que, con el tiempo, él acabaría siéndole completamente fiel.

-Vos... vos lo tenéis todo pensado, ¿no es cierto?

Johnson asintió.

-Quiero a Davy como a un hermano. Deseo lo mejor para él. Tiene mucho que ofrecer al mundo, lo mismo, querida mía, que vos. Me gustaría que ambos fuerais felices.

La voz le sonaba ahora extrañamente gentil, y aquellos ojos que cuando querían podían ser tan feroces e imponentes estaban ahora llenos de compasión, eran los ojos de un hombre bueno que estaba verdaderamente preocupado por su amigo. Me dio una palmadita en el brazo y me dijo que sentía mucho haber sido tan directo, y que esperaba no haber herido demasiado mis sentimientos. Durante un momento vislumbré al Sam Johnson que Davy y otros muchos amaban tanto. La irritación me desapareció por completo.

- Aún no le he dado ninguna respuesta a Davy - le dije tranquilamente.

- Como ya os he dicho, sois una mujer extraordinariamente inteligente... estoy seguro de que vuestra respuesta será la adecuada.

-Así será -repuse.

-Os he estado monopolizando demasiado tiempo, niña - dijo amablemente-... Ya es hora de que vaya a comerme crudos a algunos cristianos... Lady Julia se sentiría terriblemente estafada si yo no insultase por lo menos a la mitad de sus invitados. ¿Seguro que no queréis que os traiga otro plato de comida?

Negué con un movimiento de cabeza. Johnson se dio unas palmaditas en la peluca, se alisó las solapas y, adoptando el papel de viejo cascarrabias, se alejó arrastrando los pies para ir a cumplir con sus extrañas obligaciones sociales. Pronto se vio rodeado por un grupo de hembras revoloteantes que retrocedían horrorizadas cada vez que él hacía un comentario. Abandonando la estatua griega, cogí otra copa de champán y pronto también me encontré rodeada de gente. Sonreí amablemente y respondí a todas aquellas preguntas insulsas esforzándome por mostrarme civilizada. Si, escribir libros era una tarea difícil. No, no encontraba en absoluto que fuera algo poco femenino. Sí, acababa de terminar otra novela. No, ésta no era autobiográfica. Trataba de prostitutas.

Una rolliza matrona vestida de terciopelo azul jadeó. El latoso caballero con monóculo palideció. Una actriz se echó a reír con disimulo. Un refinado pintor francés esbozó una sonrisa obscena y me preguntó si yo consideraría la posibilidad de posar para él au naturel  (3) Le pregunté a mi vez si le gustaría que le diese un rodillazo en la ingle. Durante todo este rato yo había notado que alguien me observaba fijamente, una sensación inconfundible que resultaba casi física. Sentía que unos ojos estaban clavados en mi espalda y, cuando me di media vuelta, aquel alto y musculoso soldado de calzas ajustadas y casaca roja seguía mirándome abierta y arrogantemente con innegable hostilidad.

Lady Julia se precipitó hacia mi con las manos cargadas de anillos y con aquellos ojos saltones suyos parpadeando; volvió a decirme lo emocionada que estaba de que yo hubiera asistido a su fiesta. Siguió abrumándome con un torrente de palabras sus buenos cinco minutos; parecía una jirafa alta y falta de respiración; iba vestida de satén blanco sucio y cubierta de esmeraldas y diamantes polvorientos. Completamente inofensiva aunque, de momento, en extremo irritante. Sin embargo yo había aceptado su invitación, motivo por el que le dediqué toda mi atención y me mostré tan encantadora como pude. Lady Julia me hizo las preguntas de costumbre y se convenció de que éramos almas gemelas.

-Ahora debo ir a saludar a los demás invitados. Ay... ser una buena anfitriona es un trabajo tan espantoso que preferiría hacer algo más creativo. Vos y yo debemos tener en breve una verdadera conversación sin todas estas preocupantes distracciones.

- Verdaderamente creo que tenemos que hacerlo - dije dándole la razón.

- Estoy deseando que conozcáis al deán Jordon... él también es escritor, ¿no lo sabíais? El libro de sermones que ha escrito es muy inspirador, totalmente elevado. Y no creáis que es un hombre en absoluto remilgado... resulta muy confortante verlo bromear, coquetear y beber vino exactamente igual que cualquier persona normal.

- Estoy deseando conocerle. Por cierto... ¿quién es ese soldado alto que está ahí, delante del sofá rosa? Se parece muchísimo a... a un antiguo amigo mío.

Lady Julia miró con ojos de miope hacia el otro lado del salón; era evidente que no tenía buena vista.

- ¡Oh! Ese es el capitán Ramsey... el capitán Jon Ramsey, un hombre fascinante. Uno de los agentes del Rey más digno de confianza; dicen que es totalmente despiadado, y que está destinado en no sé qué punto del país para llevar a cabo una misión muy importante... no me acuerdo bien de los detalles. Ahora se encuentra de permiso. Un soldado apuesto y serio es siempre un punto a favor en una reunión como ésta.

- Desde luego.

- Siempre me esfuerzo para que haya variedad. ¡ Es terriblemente abrumador tener que acertar siempre con la combinación adecuada!

Lady Julia se alejó revoloteando para caer por sorpresa sobre un prominente historiador, y me tomé el resto del champán. Se me estaba empezando a subir a la cabeza. La habitación parecía estar aún más cargada. El ruido era cada vez mayor. Las resplandecientes luces, los colores brillantes y los nocivos olores estaban empezando a hacer presa en mí, y me sentía como si me hallase metida en medio de un llamativo caleidoscopio. Avancé unos pasos hacia los ventanales y me quedé junto a ellos saboreando el fresco aire de la noche y preguntándome si me sería posible escabullirme en el caso de que cruzara los jardines, escalara el muro y huyera.

- ¿Cómo estáis, señorita James?

La voz era culta, a todas luces de alguien perteneciente a la clase alta, con una dureza subyacente que resultaba a la vez brusca y exigente. Me di media vuelta. El capitán Jon Ramsey se hallaba a menos de un metro de distancia y me miraba fijamente con aquellos ojos azules brillantes y fríos como el hielo; tenía fruncidas las cejas rubias, que formaban un profundo surco entre ellas. Media al menos un metro ochenta de altura; el cuerpo, en una forma excelente, resaltaba dentro del ceñido uniforme, y las facciones de aquel hombre, fuertes y homogéneas, habrían podido estar esculpidas en granito, de tan duras y despiadadas como eran. Tenía labios finos y una perfecta nariz romana; los pómulos eran planos y anchos. Rubios rizos cortos y apretados le cubrían la cabeza como si de una ajustada gorra se tratara, lo que me hizo recordar la cabeza de Apolo. Era la suya una cara cruel y atractiva que intimidaba a sus hombres y fascinaba a cierta clase de mujeres.

- No creo que nos hayan presentado - dije con rígida arrogancia.

- Capitán Jon Ramsey, a vuestro servicio. Yo ya sé quién sois vos, naturalmente. Todo el mundo conoce a la famosa Miranda James.

- ¿Os interesa la literatura, capitán Ramsey?

-Me interesan los escritores... sobre todo uno en particular.

-¡Oh!

Aquellos ojos azules brillantes y helados me miraron fijamente con manifiesta hostilidad; las cejas formaban una línea recta y hosca por encima de ellos. Rara vez me había mirado alguien con aquella intensidad. El capitán Ramsey no hacia el menor esfuerzo por disimular la opinión que yo le merecía, pues era evidente que aquellos ojos me juzgaban y condenaban. Deseé que el vestido de brocado no fuese tan escotado y deseé también poder controlar el rubor que me teñía las mejillas.

- ¿Y de qué escritor se trata? -inquirí.

- De Cam Gordon, naturalmente. Tengo entendido que vos fuisteis su amante.

No contesté. Notaba que la rabia empezaba a hervir en mi interior.

-Todavía se le busca -continuó Ramsey.

- Me doy perfecta cuenta de ello.

- ¿Habéis estado en contacto con él?

- No tengo por qué contestar a vuestra pregunta, capitán Ramsey.

- Las últimas noticias que nos han llegado dicen que se ha mezclado con una banda de contrabandistas que operan en la costa de Cornualles. Se le ha visto y ha sido identificado como uno de ellos.

-No veo qué pueda tener eso que ver conmigo.

-Al contrario -dijo echando fuego por los ojos-. Sospecho que quizá tenga mucho que ver con vos.

Si yo no hubiera sido una dama, si no hubiese sido una invitada en casa de una desconocida, le habría abofeteado la cara con tanta fuerza que los oídos le hubiesen estado zumbando durante horas. Pero yo ya no era la feroz golfilla callejera de otro tiempo. Ahora era un digna persona adulta, así que me limité a clavar los ojos en aquel hombre y a sostenerle la mirada con una ceja levemente levantada. El capitán Ramsey curvó los finos labios y fijó a su vez los ojos en los míos, mientras en la habitación, a nuestras espaldas, se oían las voces, el tintineo de la porcelana y las risas que ahogaban la música que salía de la otra estancia.

- Repito, ¿habéis estado en contacto con él?

-Tengo una sugerencia que haceros, capitán Ramsey -le dije. La voz me sonaba muy educada.

-¿Cuál es? -se burló él.

-Os sugiero que cojáis vuestras preguntas y os las metáis por el culo.

Ramsey no se inmutó. Apretó los puños con fuerza e hizo lo mismo con los finos labios. Le habría gustado tirarme al suelo de un golpe y dejarme llena de moretones de una paliza; y también le habría gustado hacer algo más. Lo leí en sus ojos. Yo sabia muy bien cómo trataban los de su calaña a cualquier pobre mujer que tuviera la desgracia de caer en sus manos. Disfrutaban infligiendo dolor, y sólo la violación más brutal era capaz de apaciguar su particular apetito.

- Puede que seáis una famosa escritora, señorita James, y también es posible que estéis bajo la protección de ricos e influyentes amigos, pero a mis ojos seguís apareciendo como la ramera de un hombre perseguido por la justicia, y no será ésta la última vez que me veáis.

- Prestaré atención por si acaso llegáis haciendo estruendo -le dije-. Y mientras tanto, ¿por qué no os vais a tomar por el culo?

El capitán Ramsey me miró con ira durante quizás treinta segundos más; luego giró en redondo y se alejó con paso marcial, con las hombreras doradas brillando y ondeando sobre aquellos hombros tan anchos. El encuentro había conseguido alterarme mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir, y deseaba otra copa de champán aunque sabía que tomármela seria un error desastroso. Recordé todas aquellas preguntas con las que me habían bombardeado tres años atrás. Dios mío, ¿aún no había acabado todo aquello? Pasaron varios minutos en los que estuve sumergida en las brumas; el caleidoscopio cambiaba de forma, los colores giraban como un remolino, y me sorprendí mirando fijamente el rostro de lady Julia, con aquellos ojos saltones y la boca abriéndose y cerrándose como una gran trampilla rosa.

-... sé que os encantará - me estaba diciendo-. Es su pieza favorita. Nada de Bach para el deán Jordon, sólo este Albi. . . Albey... sólo ese compositor veneciano una y otra vez. ¿Todavía no lo habéis conocido? ¿No? Claro, me temo que las demás lo han estado monopolizando. Me ocuparé de que lo conozcáis después de que haya tocado.

-Yo... realmente, lady Julia, no creo que yo...

-Venid conmigo, niña -me dijo ella alegremente-. Sé que querréis tener un buen asiento.

Me encontré siguiéndola como en trance. Salimos del amplio salón y entramos en otro casi igual de grande. Las molduras del techo eran de un pálido color crema rosáceo, con dibujos circulares de pan de oro; de tres enormes lámparas caían filas de colgantes de cristal. Las paredes eran de un color azul pálido, con paneles rosados y adornados con delicadas hojas verdes, guirnaldas de rosas y rollizos querubines que tañían diferentes instrumentos musicales. Cincuenta delicadas sillas doradas se hallaban alineadas en filas de diez, y en un extremo de la habitación, sobre una tarima baja de palo de rosa, se alzaba un enorme órgano cuyos grandes tubos dorados resplandecían bajo las luces. Una docena de hombres vestidos de negro afinaban sus instrumentos de cuerda, y un atractivo hombre pelirrojo con alzacuello de clérigo se afanaba por todas partes dando instrucciones de última hora.

Un grupo de invitados bastante numeroso había tenido más suerte que yo y se habían escapado antes de que diera comienzo la actuación. Sólo la mitad de las sillas se hallaban ocupadas, y yo fui una de las últimas personas en entrar en el salón. No se veía por ninguna parte al capitán Ramsey. Aquel hombre difícilmente encontraría placer en la música, pensé todavía un poco aturdida. Pero Sam Johnson no se contaba entre los que se habían marchado apresuradamente de allí. Al verme de pie junto al marco de la puerta, saltó de la silla que ocupaba y se acercó pesadamente hacia mí.

- Creí que finalmente habríais conseguido escabulliros -murmuró-. Esas condenadas mujeres con las que yo estaba charlando me han metido aquí a la fuerza, una tirándome del brazo izquierdo y otra del derecho mientras una tercera sinvergüenza muy empolvada me empujaba por detrás; todas se reían a cada instante como urracas dementes. Venid, niña, tomaremos asiento en la última fila.

Me senté en una de las sillas doradas y extendí la falda del brocado a rayas, cuya seda produjo un crujido seco. Johnson se sentó a mi lado, y la frágil silla produjo a su vez ominosos crujidos cuando él removió todo aquel enorme volumen para ponerse cómodo. La gente hablaba en voz baja, las mujeres jugueteaban con los abanicos y muchos caballeros tomaban rapé de cajitas enjoyadas, de las que ningún hombre a la moda carecía. Los músicos seguían afinando los instrumentos; los violines hacían un ruido nasal, como grillos. Lady Julia correteaba de un lado a otro hablando con diferentes invitados, mientras las altas plumas que llevaba prendidas en el pelo se bamboleaban como extraños tentáculos.

- Odio tener que admitirlo -comentó Johnson-, pero Jordon es realmente muy bueno; habría podido ser músico profesional si no hubiese decidido tomar los hábitos. Sin embargo siempre toca, invariablemente, la misma pieza, el Adagio en Sol menor de Albinoni; es una obra maestra, pero dudo de que conozca alguna más. Faramalla sentimentaloide, nada con el contenido intelectual que se encuentra en Bach, por ejemplo, pero supongo que es una

-... melodía bastante agradable. A mí me gustan composiciones más cerebrales.

Yo apenas le oía. El encuentro con el capitán Jon Ramsey me había turbado muchísimo, pero no por las razones obvias. El hombre en sí y su hostilidad manifiesta no me preocupaban lo más mínimo; había encontrado mucha hostilidad a lo largo de mi vida como para que aquello me molestase; pero sus preguntas me habían hecho recordar de nuevo todo. ¿Es que yo nunca podría ser libre? ¿Me estaría persiguiendo el fantasma de Cam Gordon el resto de mi vida? ¿Sentiría aquella tristeza, aquella terrible sensación de pérdida, cada vez que yo... cada vez que recordara aquel cuerpo alto y esbelto, aquella boca, aquellos penetrantes ojos azules, el tupido mechón negro caído sobre la frente? Maldito fuese. Maldito. ¿Por qué tenía yo que recordar, por qué tenía que desear aún a aquel hombre con todas las fuerzas de mi ser?

El deán Jordon seguía muy atareado sobre la tarima hablando con los músicos y garabateando de vez en cuando una nota en las partituras que éstos tenían delante sobre elegantes atriles de palo de rosa. Ágil y atractivo, un poco más bajo de lo normal, llevaba el pelo rojo pulcramente peinado hacia atrás y recogido en la nuca con una delgada cinta de terciopelo negro. Aunque iba sobriamente vestido de negro y con el alzacuello blanco en torno a la garganta, tenía sin embargo un aspecto muy acicalado. Las calzas, el chaleco y la levita negros tenían ese corte impecable que sólo el mejor sastre es capaz de proporcionar, y el paño era mucho más fino de lo que uno habría esperado encontrar en un clérigo. Southwark era, desde luego, una parroquia opulenta y de moda, pensé tratando de distraerme. El deán Jordon ciertamente ya no era tan joven -debía de andar por lo menos en los cuarenta, razoné-, pero en cierto modo me recordaba a un muchacho alegre y travieso que se sintiera desmesuradamente complacido por el hecho de ser capaz de exhibirse ante aquel público opulento y ostentoso. Ahora estaba tomando asiento ante el órgano. Se hizo el silencio entre la gente que ocupaba las sillas doradas. Rara vez había tenido yo oportunidad de escuchar buena música. Quizás me ayudase a alejar aquellos recuerdos. Empezó, agradable y armoniosa, una melodía que fue creciendo, creciendo, menguando, volviendo a crecer, una música que era indescriptiblemente intensa, como si... como si las más intimas emociones humanas se hubiesen transformado mágicamente en melodía... como si la tristeza y el anhelo que había dentro de mi hubiesen sido capturados y transformados en sonidos. El órgano aumentó el volumen. Los violines cantaban suave, dulcemente, tristes, muy tristes, bonitos, muy bonitos, una y otra vez, hasta que uno sentía que la música lo invadía en oleadas. Cam, Cam. Allí, ante mí, con los ojos resplandecientes. Abrazándome, acariciándome, haciéndome el amor... desapareciendo; yo tendía los brazos, pero sólo encontraba el vacío, el deseo, el amor que era substituido por angustia a medida que la música se iba apagando hacia un acorde final; sonaron las últimas notas. Silencio al fin, pero la tristeza aún se mecía en el aire.

Yo tenía lágrimas en los ojos. Me las limpié. Johnson refunfuñó a mi lado, enjugándose también él los ojos, tan conmovido como yo pero poco dispuesto a admitirlo.

- Fanfarrias sentimentaloides - masculló -, efectos emocionales baratos, pero ni un asomo de verdadero contenido. - Luego añadió que se le había metido una mota en un ojo.

El deán Jordon se había puesto en pie y hacia humildes reverencias de agradecimiento ante los aplausos que el público le dedicaba. La gente se levantó y comenzó a charlar. El hechizo mágico se había roto.

- ¡Más champán! -exclamó lady Julia-. ¡Todo el mundo tiene que tomar más champán!

Johnson se puso en pie y me dio la mano. Me sentía débil, emocionalmente agotada.

-Yo... en realidad no me encuentro muy bien -le dije-. Debo... tengo que irme a casa.

-Venid conmigo -me ordenó malhumorado.

Me cogió por un brazo, me sacó de la sala de música y me llevó a través del salón, gruñendo muy enfadado a todos los que se nos acercaban e intentaban detener nuestro avance con preguntas o comentarios efusivos. Me condujo hasta el vestíbulo, que estaba desierto, y me dijo que esperase allí un momento, que haría que me trajesen el carruaje hasta la puerta principal, y que como tardaría más o menos cinco minutos, los pasase haciendo respiraciones profundas. ¿Iba a desmayarme? Le contesté que no con la cabeza. Me dirigió una mirada preocupada y se alejó no sin antes echar otra mirada amenazadora a los dos lacayos de empolvadas pelucas que había apostados a ambos lados de la puerta. Permanecí de pie bajo una de las lámparas; en los espejos se reflejaba la imagen de una mujer alta y pálida, con el abundante cabello de color cobre peinado en esculpidas ondas; largos tirabuzones le caían por la espalda y el vestido, de brocado negro con delgadas rayas doradas, rosas y plateadas, era rico y suntuoso. ¿Quién sería aquella mujer? ¿Qué estaba haciendo en aquel lugar?

-¿Honora?

Me volví. El deán Jordon estaba de pie a unos metros de mí y me contemplaba, incrédulo, con aquellos ojos castaños. Sacudió la cabeza, parpadeó, volvió a mirarme y se llevó la palma de la mano a la frente.

-Debéis... debéis perdonarme -dijo-. No podía ser, naturalmente. Durante un momento... -Se detuvo en seco y volvió a sacudir la cabeza como para despejar alguna turbadora imagen-. Perdonadme -repitió.

-Vos... vos me habéis llamado Honora.

- Me recordasteis... os parecéis mucho a una dama que conocí hace bastantes años, una dama encantadora. Vuestro pelo es de un color diferente, y vuestros ojos también, pero las facciones... las facciones son asombrosamente parecidas. Podríais ser su hermana gemela. La última vez que la vi tendría más o menos vuestra misma edad. Toqué el órgano en su boda. Albinoni, claro, de hecho la misma pieza que acabáis de escuchar. Yo sólo era un muchacho por aquel entonces... debió de ser hace veintitrés o veinticuatro años.

El deán Jordon se me acercó, observándome aún el rostro como si no diera crédito a lo que veía. Los dos lacayos que había junto a la puerta estaban inmóviles y nos miraban con cara de indiferencia. De cerca el deán seguía pareciendo un muchacho travieso, pero las tenues líneas en torno a los ojos y la boca denotaba su verdadera edad. Tenía cara de bueno, una boca generosa, los ojos bondadosos y una gran profusión de pecas por la nariz y los pómulos.

- ¿Se llamaba Honora? - Mi voz apenas era un susurro.

- Honora James. Se casó con Jeffrey Mowrey. Nunca he visto una pareja tan enamorada. Su historia es como un cuento de hadas, pero, ay, con un final muy triste. El murió justo después de la boda, y ella...

-Yo soy Miranda James -le dije.

El deán Jordon dio un paso hacia atrás, estremecido. Los ojos se le abrieron aún más a causa de la incredulidad.

-No. No, es... es demasiado... es imposible que vos seáis la niña que... - Se llevó de nuevo la palma de la mano a la frente, como para comprobar que no tenía fiebre-. Ella desapareció, al parecer se desvaneció en el aire. Mi tío, el reverendo Williams, vino a Londres en cuanto leyó el manuscrito de Honora. Ella ya había muerto por aquel entonces. Y la niña se había escapado. Mi tío se pasó casi tres semanas en St. Giles intentando localizarla.

- Mi madre murió - dije-. Iban a enviarme al asilo parroquial. Me escapé. Yo... tenía una amiga. Ella me ocultó de las autoridades.

Mi voz parecía venir de muy lejos, como si perteneciera a otra persona. Las resplandecientes lámparas de cristal, los adornos de oro, los lacayos con calzas de satén negro, libreas azules y pelucas empolvadas, el sonido de las risas y las charlas, que se oían remotas desde el vestíbulo. La mujer del espejo, la pelirroja vestida de negro... nada de todo aquello era real. El deán Jordon me tomó las manos entre las suyas y me las apretó con fuerza.

- Hija mía, estáis pálida. Probablemente yo también lo esté. Nunca creí... el tipo de suerte que habría podido correr aquella niña es algo que me ha atormentado durante más de dos décadas, y ahora... -Titubeó un instante y me apretó con más fuerza las manos-. Aún conservo el manuscrito que vuestra madre escribió. Se lo envió a mi tío, a Cornualles, y se hallaba entre sus cosas cuando éste murió.

Johnson traspasó la puerta y adoptó una actitud de lo más beligerante cuando vio al deán cogiéndome las manos.

- Realmente no se podía llamar a aquello una carta -continuó el deán Jordon-. Ella quería... quería que mi tío conociese toda la historia para que pudiera explicárosla a vos cuando alcanzaseis la edad suficiente...

- ¿Qué es esto? -ladró Johnson-. La señorita James no se encuentra bien. No está en condiciones de escuchar vuestra charla acerca de cualquier...

-Os lo llevaré mañana -me dijo el deán-. A las cuatro de la tarde. ¿Os parece una hora apropiada?

Asentí.

- Grosvenor Square. Es en Dower House, la propiedad de lord Markham; está en la parte de atrás de Markham House.

- Hija mía... esto es asombroso. Aún no puedo creer...

Johnson me acompañó y me ayudó a subir al carruaje, insistiendo luego en venir conmigo hasta mi casa. Recuerdo vagamente haberle dicho adiós cuando llegamos y haberle enviado de regreso a su casa en el carruaje. Millie había acudido en seguida, pues me esperaba ansiosa por oír todos los detalles de mi maravillosa salida nocturna. Moví negativamente la cabeza, incapaz de hablar. Me ayudó a desnudarme y a meterme en la cama. El champán, el enfrentamiento con Ramsey, la música, los recuerdos, el asombroso encuentro con el deán Jordon, todo ello había acabado haciendo mella en mí, de modo que me hundí inmediatamente en un sueño pesado y, para bendición mía, libre de pesadillas.

Estuve durmiendo hasta la mañana siguiente a las diez, hora en que me desperté sumida en un estado de estupor. Millie me trajo una cafetera de café caliente y una bandeja de bollos con mantequilla, y estuvo revoloteando a mi alrededor como una gallina clueca. Yo tenía la cabeza a punto de estallar. Le dije que se marchase. El café era muy fuerte. Me sentó francamente bien. Hacia las once ya me encontraba algo mejor. A las doce ya me había bañado, tenía el pelo lavado y cepillado y me había puesto un vestido amarillo de seda, de corte sencillo pero muy elegante. Cuando llegó el deán Jordon a las cuatro, yo lo estaba esperando en el salón, tranquila, compuesta y absolutamente dueña de mí misma.

- Me siento obligada a pediros disculpas por lo de anoche - le dije una vez que Millie lo hizo pasar al salón-. Me temo que no era yo misma.

- Ni yo - confesó él-. La impresión de todo lo sucedido me desconcertó. Después de tantos anos... es asombroso, niña, realmente asombroso.

Llevaba un grueso paquete envuelto en papel marrón. Me lo entregó, y yo lo dejé sobre el escritorio. El deán iba vestido exactamente igual que la noche anterior, con ropas sobrias pero caras, de exquisito corte, y un alzacuello blanco muy limpio alrededor de la garganta. Sobrio o no, tenía una lustrosa pátina en torno a su persona, un encanto difícil de definir, y se le notaba una exuberante energía cuidadosamente reprimida, una cierta alegría juvenil oculta bajo la superficie.

-¿Puedo ofreceros una copa de vino? -le pregunté.

- Me encantaría. Tenéis una casa preciosa, señorita James. Ese Hogarth... estoy seguro de que lo he visto antes en algún lugar.

- Se vendieron reproducciones en todo Londres - le dije mientras le servia un poco de resplandeciente vino blanco en una copa de cristal.

-Ya sé quién sois, desde luego, Miranda James... M. J. anoche no se me ocurrió. He leído Duquesa Annie, naturalmente. Sospecho que en gran parte es autobiográfica... una huérfana que se cría en las calles, se convierte en ratera y luego conoce a un artista que se la lleva a su casa.

- Yo... utilicé algunas experiencias propias, sí.

- También he leído vuestros relatos. Sois una joven de mucho talento.

- Gracias.

-¿No me acompañáis a beber? -inquirió cuando le tendí la copa.

- Me temo que no me es posible. No estoy acostumbrada a beber, y anoche tomé más champán de la cuenta. Era la única manera de soportar la velada.

- Las cosas tienden a ponerse más bien febriles en casa de lady Julia, pero en realidad ella es una dama encantadora. Tiene muy buena fe, aunque a veces resulte un poco empalagosa. También es una mujer en extremo caritativa. Eso es muy importante en mi trabajo.

- Habéis sido muy amable al venir hoy, deán Jordon. Sé que debéis de tener un programa muy apretado.

- Hay un horrible montón de demandas -confesó-, pero todo sea por el Señor. Anoche releí el manuscrito de vuestra madre... es un documento muy notable. Todo está ahí, hasta mi pequeña participación. Me temo que me ha cautivado. Es natural que hayáis heredado su talento literario.

- Estoy deseando... leerlo.

El deán Jordon tomó el último sorbo de vino y dejó la copa. El abundante pelo rojo le brillaba a la luz del sol que entraba a raudales por las ventanas. Las pecas eran de un marrón dorado y añadían un todo picaresco a aquel rostro juvenil de mediana edad. Me cogió las manos como hiciera la noche antes y me las sostuvo con increíble fuerza. Me dirigió una agradable sonrisa y asintió con la cabeza; me apretó las manos y me las soltó un instante después.

- Claro que lo estáis - dijo tranquilamente-, y yo no voy a impedíroslo. Me siento encantado de haberos encontrado al fin, hija mía, y espero que vengáis a visitarme pronto. Tenemos muchas cosas de que hablar.

-Así lo haré -le prometí.

Le acompañé hasta la puerta. Un carruaje le estaba esperando en el paseo. Aguardé allí de pie, en el umbral de la puerta, hasta que se hubo alejado, mientras el sol trazaba dibujos plateados en el césped. Luego entré en la casa. Le dije a Millie que no deseaba que nadie me molestase. Pasé al salón, me senté ante el escritorio y desenvolví poco a poco el paquete que el deán Jordon me había llevado. Las páginas estaban viejas y quebradizas, empezaban ya a amarillear un poco a causa del tiempo y la tinta se había descolorido en parte, pero las palabras todavía resultaban bastante bien legibles. Titubeé al sentir una sensación extraña y trémula que se acrecentaba en mi interior, y luego empecé a leer:

“Hay tantas cosas que decir y queda tan poco tiempo... tantas cosas que Miranda debe comprender, tantas cosas que debe saber y que un día sabrá, al menos en eso confío. Un día llegará en que será lo bastante madura como para comprender y perdonar. Me gustaría tomarla en este instante entre mis brazos y explicárselo todo de viva voz, para que, a través de mis ojos, viera lo que hay en mi corazón. Pero no me atrevo...”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4

 

 

 

 

El cielo se extendía por encima de mi cabeza, interminable y diáfano, blanco, con una leve insinuación de azul; el terreno era accidentado y rocoso, inhóspito, gris, marrón o verde grisáceo con zonas de un negro alquitranado. Había toques de un tono púrpura claro y descolorido, y la luz del sol, pura y blanca, bañaba la corta hierba gris y los enormes cantos rodados del mismo color. Las gaviotas volaban en lo alto contrastando con el cielo, y graznaban con enojo mientras mi carruaje, enjaezado con cuatro robustos caballos que pisaban firmemente, se abría camino; el coche daba sacudidas y se balanceaba a causa del terreno irregular por el que tenían que pasar las ruedas. Lo había alquilado en Londres. Habíamos tenido que cambiar varias veces de caballos y me daba la impresión de que llevaba una eternidad en la carretera, pasando las noches en rústicas posadas. Ahora el viaje estaba a punto de tocar a su fin. Llegaría a la mansión Mowrey antes del mediodía.

Las ventanillas del coche estaban abiertas y el aire limpio y vigorizador de Cornualles me tenía maravillada. Estaba impregnado de un fuerte sabor salado y cargado de penetrantes olores a tierra que creí reconocer instintivamente. Aquello de allí era turba, sí, y aquello otro tenía que ser liquen. Aquél era el olor de la hierba bañada por el sol, y aquello otro era roca musgosa, arena húmeda y algas marinas. Aún no había divisado el mar, pero podía notar claramente su presencia más allá del horizonte que se extendía a mi izquierda; era un extenso cuerpo de agua que confería a esta parte del país un carácter único, dominando la tierra y proporcionando alternativamente sustento y estragos a sus habitantes. A pesar de que, en cierto modo, pudiese resultar inhóspito, Cornualles tenía su propia clase de belleza, pensé, una belleza pura, limpia y abierta. Había también una curiosa sensación de grandeza, algo que se sentía sin llegar a verse, de siglos pasados, de rituales ancestrales, de violencia y supervivencia, como si la tierra retuviese en su seno impresiones invisibles de todo lo acontecido en otros tiempos sobre ella.

Recostada contra el raído asiento de cuero y dando botes mientras el carruaje pasaba con estruendo sobre una rodera particularmente mala, traté de reprimir la tensión que había ido en aumento desde el momento en que saliera de la posada aquella mañana. Me había preparado cuidadosamente, y había elegido para la ocasión un vestido de seda color azul zafiro con estrechas rayas negras. Llevaba guantes largos de terciopelo negro, un sombrero de ala ancha de la misma tela con un gran lazo azul zafiro en el lado izquierdo de la copa y una cascada de plumas que caían por el lado derecho. Caro, elegante y discreto, pero no sobrio. Cuando por fin me encontrase cara a cara con mi tío quería que él viese ante sí a una mujer fuerte, serena y autosuficiente, alguien enteramente capaz de manejar su propia vida. Cuando conociera al hombre que había destruido la vida de mí madre deseaba hacerle saber que no estaba viéndoselas con una muchacha timorata a la que podía intimidar como había hecho con aquella delicada y joven institutriz que un día, casi veinticinco años atrás, temblara ante su fría mirada.

No tenía ni idea de lo que iba a decir ni de lo que iba a hacer. Sólo sabía que tenía que ver a aquel hombre y enfrentarme a él con lo que yo sabía. Había dejado cerrada la casa de Londres y almacenado todas mis pertenencias, y las maletas que había apiladas en la parte superior del coche en tres pesados montones contenían toda la ropa que yo poseía. ¿Me marcharía al cabo de tres o cuatro días? ¿Me quedaría indefinidamente en Cornualles para pelearme con mi tío por una parte de la herencia que yo ni siquiera necesitaba? No lo sabía aún, pero me había despedido de Marcelon, de Bancroft y de Sheppard como si tuviese intención de permanecer ausente durante mucho tiempo, y le había escrito una carta larga y dolorosa a Davy dándole aquella respuesta que yo sabía era la acertada incluso antes de mi conversación con Johnson, deseándole lo mejor que esta vida puede ofrecer y añadiendo que confiaba en que continuáramos siendo siempre amigos. Aquella carta sin duda le habría hecho bastante daño, pero Davy se recuperaría pronto y con el tiempo llegaría a darse cuenta de que haber seguido adelante con aquello habría sido un desastre para ambos.

Qué asombroso fue enterarme de que en un tiempo, cuando yo era una niña traviesa y descarada que daba migas a los patos y “paseaba por Lichfield como un rayo de luz, retozando con otros niños, incitándolos”, había conocido a Davy Garrick. El joven Davy decía que yo era la picaruela más bonita que había visto, y a los cuatro años yo había anunciado que me casaría con él cuando fuese mayor. Ironías de la vida, pensé mientras el coche saltaba y daba tumbos sobre los baches. También había conocido a Sam Johnson, había perseguido de cerca al desgarbado y torpe hijo del librero y lo había martirizado con bastante crueldad junto a los demás niños. ¡Cuántos cambios habían tenido lugar en la vida de los tres con el correr de los años! Y ahora la mía había vuelto a cambiar dramáticamente.

Contemplé el exterior por la ventanilla del carruaje, pensando en aquel notable documento que mi madre había escrito al borde de sus fuerzas. Qué diferente habría sido mi vida si ella hubiese podido terminarlo y enviarlo por correo dos o tres semanas antes, o si el reverendo Williams hubiera llegado a St. Giles unos días más pronto... Cuánto había llorado yo al leer aquella desgarradora y triste historia. Había abierto las puertas de mi memoria como si fuese una llave mágica, y cientos de incidentes largo tiempo olvidados regresaron a mi mente como un torrente. Recordé Lichfield, recordé el estanque, la catedral, vi aquella niñita alegre y alborotada, aquella amorosa mujer, triste y hermosa, que se mostraba tan tierna, tan paciente conmigo y hablaba con tanta dulzura. Recordé los primeros años pasados en Londres cuando, siendo aún una niña feliz, apenas me había percatado de la horrible lucha que mi madre había de sostener cada día para sobrevivir, hasta que finalmente acabamos en St. Giles sumidas por completo en la indigencia. Ahora conocía todo lo que había acontecido antes de aquello y, por fin, sabía quién era yo.

Antes de partir de Londres había ido a visitar al deán Jordon a su ostentosa parroquia, y habíamos estado conversando durante varias horas. Me estuvo contando todo lo que pudo sobre mi madre, mi padre, mi tío y sobre aquella gran casa de piedra gris con ventanas emplomadas donde ocurriera la tragedia. Siendo un hombre inteligente y comprensivo, y con una sincera dedicación a su trabajo a pesar de los perifollos y de la fachada frívola, el deán Jordon se mostró de acuerdo en que yo viajara a Cornualles para encontrar mis raíces, pero había añadido que no debía ir por motivos equivocados. Tenía que sacarme todo el odio de la cabeza, tenía que comprender que mi tío había estado soportando un terrible castigo durante todos aquellos años. Su vida había quedado completamente destruida al perder a su hermano, mi padre, que era la única persona en el mundo a quien él había amado. Yo no debía odiarle, me dijo el deán Jordon. Debía tenerle lástima y tratar de comprenderlo.

Ya podían verse los acantilados, y al tomar una curva del camino vislumbré por primera vez el mar, olas de color gris acero que se agitaban turbulentas, coronadas de blanca espuma que, aquel día, no tenían ni un solo toque de azul. Por encima del resonar de los cascos de los caballos y el traqueteo de las ruedas oía un sonido silbante y profundo, así como las explosiones que producían las olas al chocar contra las rocas del fondo del acantilado salpicándolo todo. Las gaviotas graznaban en el cielo y describían círculos en el aire como aleteantes tiras de papel blanco. Ahora el olor a sal era mucho más fuerte, se había hecho penetrante y agudo. También olía a roca mojada y a arena, a musgo y a excremento de gaviota, y todo ello me resultaba de algún modo estimulante. El aire de Cornualles tenía una cualidad vigorizante y tónica en contraste con Londres y con los nocivos olores en medio de los cuales uno se acaba acostumbrando a vivir.

La carretera se dirigió otra vez hacia el interior. Minutos después vi las canteras de arcilla, grandes excavaciones de color gris polvoriento abiertas en la tierra, que estaban adornadas con una endeble red de rampas de maderos marrones podridos. Las canteras estaban abandonadas y vacías, y tenían el aspecto de feas monstruosidades. La fábrica situada detrás de ellas se hallaba también abandonada; era una horrible estructura achaparrada con varias ventanas rotas y las altas chimeneas negras surcadas de chorretones de orín. Los edificios exteriores se hallaban en unas condiciones penosas, y varios de los cobertizos estaban medio derruidos. Allí, bajo el brillante sol, el lugar parecía haber estado abandonado desde hacía al menos una docena de años. ¿De modo que la fábrica de cerámica de los Mowrey había cerrado? ¿Qué harían ahora los lugareños para ganarse la vida?

Poca cosa, al parecer, porque cuando el coche llegó a la aldea poco rato después, el lugar presentaba un aspecto deprimido y tenía una evidente apariencia de pobreza. Todo estaba descuidado, venido a menos. Un aire funesto parecía estar suspendido por encima del lugar, y la gente que vi a través de las ventanillas del coche tenía un aire derrotado, como si hubiesen abandonado ya toda esperanza de una vida mejor. Había pasado casi un cuarto de siglo desde que mi madre llegase allí por primera vez para albergarse en aquella posada de aspecto desolado que ahora tenía el cartel de madera medio roto y los colores desvaídos desde hacía mucho tiempo. En los últimos veinticinco años había habido muchos cambios, y ninguno de ellos para mejor.

El cochero se detuvo ante la posada para preguntar el camino hacia la mansión Mowrey. Yo me quedé esperando en el coche y fui objeto de muchas miradas curiosas y... ¿hostiles? “¿Quién será esta mujer con tanto equipaje colocado encima del coche?”, parecían preguntarse aquellos hombres de aspecto severo y piel curtida por las inclemencias del clima. Las mujeres, con ropas gastadas y rostros arrugados, se preguntaban claramente qué haría una criatura tan extravagantemente ataviada en aquella parte de Cornualles. Notaba la envidia que yo despertaba, y no pude evitar sentir alivio cuando el cochero trepó otra vez al pescante y seguimos nuestro camino.

A un kilómetro del pueblo nos cruzamos con cuatro soldados que cabalgaban sobre robustos caballos negros de regreso a la ciudad. Eran hombres rudos y de aspecto fiero con lustrosas botas negras, ceñidas calzas blancas y casacas rojas; tenían los rostros bronceados, cautos, y la mirada dura. Uno de ellos tiró de las riendas y se detuvo, dándose media vuelta para mirar con ojos llenos de sospecha el coche que se alejaba por la tortuosa carretera. Al asomarme por la ventanilla lo vi detrás nuestro, inmóvil, vigilante, haciéndose cada vez más pequeño a medida que aumentaba la distancia que nos separaba. ¿Se imaginaría que lo que a mí me llevaba allí era alguna funesta misión? A la mierda con aquel hijo de puta. Le habría hecho un gesto obsceno con el dedo si él no se hubiese hallado ya demasiado lejos para distinguirlo. Pensé que saltaba a la vista que Cornualles no era un lugar acogedor. Pero de todos modos yo no había ido allí para hacer nuevas amistades.

Pasaron cinco minutos; de nuevo acantilados a nuestra izquierda, en cuyo fondo resonaban las olas al romper. A la derecha el terreno era escabroso; otra vez la carretera hizo un giro. Vila mansión Mowrey por primera vez. Era exactamente como mi madre la había descrito, un lugar grandísimo con ventanas emplomadas y la piedra gris descolorida por los elementos. Los jardines estaban en un estado silvestre, flores de vívidos colores se asfixiaban a causa de la enmarañada maleza; los árboles estaban torcidos por el viento. El lugar tenía un aspecto verdaderamente siniestro, y al acercarnos más observé que varias ventanas estaban rotas. El tejado necesitaba arreglos con urgencia. ¿Estaría también abandonada la mansión Mowrey? Así lo parecía al menos. ¿Habría recorrido yo todo aquel camino para nada? El carruaje avanzó por el paseo. El cochero lo detuvo justo delante de aquel macizo pórtico. De pronto noté que tenía la garganta seca.

Salté del coche. La enorme y pesada mole de la casa se alzaba sobre mí amenazadora, como si fuese a aplastarme. Las oscuras ventanas emplomadas parecían mirarme como ojos hostiles. Aunque aún brillaba el sol, allí no se notaba, pues la enorme casa llenaba el paseo de sombras. Alcé la vista y contemplé la mansión procurando no ponerme a temblar. “Muy bien, Miranda -me dije-. Ya estás aquí. Adelante. No vas a dejarte intimidar precisamente ahora.” Me coloqué el sombrero y me sacudí el polvo de la falda, tras lo cual me volví hacia el cochero con fría compostura.

-Espere aquí -le dije-. No sé cuánto tardare.

El conductor asintió con un movimiento de cabeza. Subí los peldaños y penetré en el macizo pórtico; luego llamé a la gran puerta de roble. Pasaron unos instantes. Volví a llamar a la puerta. Sí, yo tenía mucho valor; y sí, mantenía alta la barbilla. Pero de todos modos un temblor nervioso me recorría por dentro. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué iba a hacer? ¿Para qué había venido? Con el ceño fruncido continué dando golpes a la puerta, esta vez con impaciencia. No había nadie en la casa. Casi me sentí aliviada por ello. “No, aguarda, eso que suenan son pasos, apenas audibles desde fuera.” Se oyó el fuerte sonido metálico que produjo el cerrojo cuando alguien lo descorrió. La puerta se abrió rechinando con fuerza.

Un hombre alto de complexión sólida y cuarenta y tantos años se me quedó mirando con cautelosos ojos marrones. El pelo castaño le caía sobre la frente, ancha y baja, como el tupido flequillo de un monje. Tenía unas facciones fuertes y rugosas, y habría podido resultar atractivo de no ser porque se notaba que se había roto la nariz al menos dos veces. Curtido, musculoso, con unas manos enormes y anchísimas espaldas, parecía un pugilista retirado que estuviera deseando volver de nuevo al ring. Llevaba un endeble delantal de cuero negro sobre una camisa blanca de tosco tejido, y unas calzas marrones; olía a ajo y a cera para muebles. Tenía la mejilla izquierda tiznada de hollín. Me miró echando chispas por los ojos como si yo hubiese venido a atracar la casa.

- ¿Sí? - me preguntó con tono malhumorado.

- Deseo ver a lord Mowrey - le dije.

-¿Ah, sí? ¿Para qué?

- Eso a vos no os importa - le contesté con rudeza.

Uno se puede comportar con buena educación hasta cierto límite. No iba a dejarme tratar con aquel atrevimiento por un criado malhumorado que parecía haberse pasado la mayor parte de su vida en un ring de boxeo. Frunció el ceño. Cerró los puños. ¿Pensaría pegarme? Me quedé mirándolo con imperiosos ojos azules, desafiándole a que lo intentase. ¿Era una insinuación de sonrisa irónica lo que vi aparecer en aquellos amplios y sonrosados labios?

- Supongo que no seréis un cobrador - dijo.

- ¿Pensáis ir a buscar a lord Mowrey o tendré que ir a buscarlo yo misma?

- Primero tendréis que pasar sobre mi.

-No me sería difícil, os lo aseguro.

Fue una sonrisa irónica. Aquellos oscuros ojos castaños se mostraron divertidos. Obviamente, el bestia aquel era un perro guardián, y a juzgar por el aspecto del lugar probablemente tenía que poner a menudo mala cara a un buen número de cobradores. Estaba claro que la riqueza de los Mowrey se había evaporado. El gran vestíbulo que había a la entrada se hallaba en un estado deplorable, y el salón al que el hombre me condujo se encontraba aún en peores condiciones. El descolorido brocado blanco y amarillo que revestía las paredes estaba hecho jirones. El suelo carecía de alfombras. Hasta los objetos de menos valor habían desaparecido, y los muebles que quedaban estaban viejos y gastados. Había polvo por todas partes. Antiquísimas cenizas grises llenaban las chimeneas, derramándose por todo el hogar. Realmente lord Robert Mowrey estaba pasando por momentos difíciles.

- Esperad aquí - me indicó el perro guardián-. Iré a buscarlo. ¿Quién le digo que ha venido a visitarlo?

- Prefiero no dar mi nombre. Que sea una sorpresa.

- Oh, se sorprenderá, desde luego. No robéis la plata - me advirtió.

Conseguí por los pelos reprimir una réplica agria y gráfica cuando el hombre salió desenfadadamente y a paso lento de la estancia. Le oí subir pesadamente las escaleras que salían del corredor. ¿Qué habría sido de la fortuna familiar? ¿Por qué habrían cerrado la fábrica? La casa era una ruina. ¿Sería también lord Robert Mowrey una ruina, o aún se mantendría delgado, duro y frío como el hielo y siempre vestido de negro? Oí de nuevo pasos en las escaleras, esta vez bajando, unos pasos más ligeros que parecían rebotar hacia abajo. Me di la vuelta. Un joven absolutamente deslumbrante que llevaba una camisa blanca de seda raída y viejas calzas grises entró a paso vivo y rítmico en el salón y se detuvo bruscamente al verme de pie junto a la chimenea.

- ¡Jesús! -exclamó-. ¡Ned tenía razón! Sois realmente algo que quita el habla.

-Tú... tú debes de ser Douglas -le dije. La voz me sonaba extrañamente tensa.

Sonrió y me hizo una burlona reverencia. Era alto y delgado en extremo, un joven larguirucho y suelto de alegres ojos grises y una espléndida mata de pelo rubio que le caía sobre la frente en ondas rebeldes. Aquellas facciones viriles y maravillosamente atractivas eran las de un ángel bueno, aunque sin duda travieso. Tendría ya veintiocho años, pero parecía más joven. Mi hermano. Me quedé mirándolo, incapaz de articular palabra, y me sentí sacudida por unas emociones que no había sentido nunca antes. Mi hermano. Todo un hombre ya. Sin inmutarse lo más mínimo por el modo tan directo y fijo en que yo lo observaba, me devolvió la mirada y me contempló arqueando una ceja hacia arriba.

-Yo... he venido a ver a lord Robert Mowrey -logré tartamudear al fin.

- Me temo que llegáis un poco tarde.

- ¿Tarde?

-Mi tío murió hace cinco años.

-¿Está... está muerto?

-Casi os lo podría asegurar -dijo.

-Y... ¿tú estás solo del todo?

- Este lugar tiene un aspecto horripilante, ya lo sé, pero tengo a Ned para que me proteja.

-Ya... ya veo.

Yo no estaba actuando con mucho sentido común. Me daba cuenta de ello. A él debía de parecerle una auténtica idiota. Me quedé mirándolo, temblorosa. Tenía ganas de echarme a llorar. De pronto me sentí muy tímida, me entró miedo de decirle quién era yo. Douglas se me acercó y comenzó a observarme atentamente; las cejas fruncidas comenzaron a formar un bello arco. Los ojos grises se llenaron de reconocimiento y el rostro adoptó la misma expresión que el de un niño desconcertado, con la boca abierta y el surco entre las cejas cada vez más profundo. Sin que él me lo pidiera, me quité el sombrero de ala ancha y plumas sobresalientes y lo aparté para que mi hermano pudiera verme mejor, sin obstáculos.

- No... no es posible - susurró

- Douglas...

- ¡ Pero si no puede ser!

Me cogió por la muñeca, me condujo con rudeza fuera de la habitación y me llevó escaleras arriba. Demasiado sobresaltada para protestar, le seguí mientras él mantenía los dedos, como anillos de hierro, clavados en mi muñeca. Me tropecé. El ni lo notó. Absorto en su propio nerviosismo, Douglas me arrastraba tras él escaleras arriba y luego a lo largo de otro pasillo; finalmente abrió de par en par una puerta y me hizo entrar de un tirón en una larga habitación cuyas ventanas daban a un lado de los jardines y al campo que había más allá; el mar apenas era visible entre los árboles retorcidos por el viento. El polvo era tan denso que nuestra entrada provocó una gran polvareda. Las paredes se veían festoneadas de telarañas que colgaban del techo formando sedosos dibujos.

Douglas me soltó de la muñeca y empezó a abrir puertas de armario con una expresión atenta y decidida en los ojos. Reconocí la habitación, el cuarto de los niños, por las descripciones de mi madre. Allí estaba la vieja mesa de trabajo, la librería llena de polvorientos y apretados volúmenes. Allí estaba el globo terráqueo que ella había utilizado, y de la pared colgaban los dibujos que mi hermano hiciera de niño... un árbol torcido, un caballo que más bien parecía un búfalo, una gigantesca manzana roja. El papel ya estaba amarillo y quebradizo a causa del tiempo, pero los colores aún eran vivos. Soltando una maldición, cerró un armario de un portazo y abrió otro.

- ¡Sé que está por aquí, en alguna parte! Lo he guardado siempre como un tesoro... Hace años que no entro aquí, pero estoy seguro de que no lo he tirado...

Entonces lanzó un grito de triunfo y sacó un papel al que sopló para quitarle el polvo. Lo estuvo contemplando con ternura y luego se volvió para mostrármelo. Era el pequeño y bellamente coloreado dibujo recortado de una mujer de ojos tristes y grises y pelo castaño rojizo. Yo hubiera podido ser la modelo, de tan sorprendente como era el parecido.

- Ella es... sois exactamente... - Douglas se interrumpió bruscamente-. No, vuestro pelo es más rojo que el de ella, y ella tenía los ojos grises en vez de azules, pero... sois... a no ser que seáis... podríais ser su hermana gemela.

- Era mi madre - dije yo quedamente.

- Honora era vuestra...

Asentí, y una lágrima me rodó lentamente por la mejilla al contemplar aquella preciosa figura de papel.

- Miranda - susurré.

- ¿Cómo supisteis que se llamaba...?

-Yo también me llamo Miranda.

Douglas volvió a guardar el dibujo en el armario, colocándolo cuidadosamente junto a una polvorienta réplica en cartón del Teatro Globe. Cerró la puerta del armario y me dirigió una larga mirada; una nueva clase de reconocimiento apareció en aquellos hermosos ojos grises. La luz del sol se filtraba por entre las sucias ventanas creando un suave halo amarillo que llenaba la vieja habitación de los niños. El pasado estaba allí con nosotros, los dos pensábamos en el alborotado y sensible niño y en la encantadora y recatada joven que había sido su institutriz.

- Eres mi hermana - dijo.

Asentí de nuevo, sin atreverme a hablar.

-Yo... aquel día ella... estuvo ausente mucho rato. Yo la quería muchísimo, ¿sabes?, y al ver que no venía... - Se quedó callado, recordando-. Cuando por fin volvió a casa yo me encontraba aquí, en el cuarto de los niños, mirando la muñeca de papel de Miranda. Ella... Honora me dijo que tenía una gran sorpresa para mí, y más tarde, después de comer, me explicó que íbamos a hacer un viaje juntos y que mi padre también vendría, y luego...

Se calló en seco con los ojos llenos de dolor a causa de los recuerdos.

- Luego tu padre se enzarzó en una terrible discusión con tu tío -continué yo-. Hubo un accidente. El... la barandilla se rompió y él se cayó al suelo, y... El y mi madre habían ido al pueblo aquella tarde. Se casaron en la iglesia. El reverendo Williams fue quien celebró la ceremonia. Por eso discutían. Yo... mi madre ya me estaba esperando cuando...

No pude continuar. Douglas me cogió las manos y me las apretó con tanta fuerza que casi me hizo gritar.

- Siempre me hice preguntas - me confió -. Perdí a mi padre y perdí a Honora, y siempre sospeché que había algo... algo que yo no sabía. Mi tío nunca quiso decirme nada, ¿sabes? Y había prohibido a los criados que pronunciasen el nombre de tu madre. Todos estos años he pensado en ello... y ahora, ahora tengo una hermana.

Nos miramos en silencio y el vínculo hizo acto de presencia entre nosotros, uniéndonos. Los dos lo advertimos y cualquier tipo de barrera entre ambos desapareció. Mi hermano me dio un abrazo tan efusivo que estuvo a punto de quebrarme la espalda. No era de los que intentan disimular los sentimientos, mi hermano, y estaba claro que no era muy consciente de su propia fuerza. Si las cosas continuaban por aquel camino me dejaría todo el cuerpo magullado y terriblemente maltrecho. Me separé de él haciendo un esfuerzo, me arreglé el pelo y traté de conservar un mínimo de dignidad.

- Puede que seas mi hermano -le dije con enojo-, pero eso... eso no te da derecho a destrozarme.

-¿No?

- Ni siquiera nos conocemos todavía.

Douglas sonrió irónicamente.

- Parece que mi hermana tiene genio.

-Ya lo creo que si.

- ¡ Maravilloso! Se supone, según tengo entendido, que lo normal es que los hermanos se peleen mucho con las hermanas. Es la tradición.

-No lo sabía.

- ¡Ven conmigo! -exclamó-. Iremos abajo, le diré a Ned que nos prepare un poco de té y me contarás todo sobre ti y yo te contaré todo sobre mí. ¡ Podremos hacer planes! Tú te quedas aquí, en casa, naturalmente. No es una casa demasiado cómoda y se me está empezando a caer encima, pero ahora que te he encontrado no pienso perderte de vista.

-Yo... tengo un coche aguardando a la puerta. El cochero está esperando. Mi equipaje... puede que sea mejor que me aloje en la posada y...

Volvió a tirar de mí escaleras abajo, maltratándome con aquel rudo cariño. Me empujó hasta un sofá que había en el salón y corrió otra vez hasta el vestíbulo para llamar a gritos al criado. Le oí ladrarle amigables órdenes con una voz alegre y profunda, y luego escuché más ruidos y más voces. Metieron todos mis bultos en la casa y los llevaron al piso de arriba. Douglas apareció por fin para informarme de que todo estaba bajo control. Me ordenó que me quedase allí quieta, sentada. Así lo hice, y con gusto, aturdida e incapaz de pensar con claridad.

- Nunca había visto tantas maletas juntas - comentó mi hermano cuando regresó a la habitación unos minutos después-. He despedido al cochero. Dijo que ya le habían pagado, lo cual, tengo que añadir, ha sido una buena cosa.

- Parece que voy a quedarme aquí.

- Claro.

- Puede que yo hubiese hecho otros planes. Puede que...

-No nos metamos en una pelea todavía, por lo menos no antes de tomarnos el té.

Le dirigí una mirada malhumorada. Douglas sonrió y apoyó un hombro en la chimenea, ganduleando allí como un diablillo larguirucho y viril. Probé a enfadarme. No pude. Mi hermano resultaba demasiado atractivo.

- Ned está haciendo té - me informó-, y luego va a prepararte la habitación.

-Tú... ¿sólo tienes ese criado?

Mi hermano asintió frotándose una mota de polvo de la mejilla. La gastada camisa de seda blanca estaba un poco húmeda a causa de todos los esfuerzos que Douglas acababa de hacer, y le quedaba flojamente metida en la cintura de las ajustadas calzas grises. De verdad era deslumbrantemente guapo, pensé, pero estaba demasiado flaco y larguirucho. Me pregunté si tendría lo suficiente para comer.

- Ned está siempre a mi lado, en las duras y en las maduras... y eso que hace mucho tiempo que sólo son duras. Sí fue quien me crió, prácticamente. Trabajaba como lacayo aquí en la casa y era el único capaz de manejarme cuando la señora Rawson se marchó para casarse con el herrero... tú no sabes quién era ella, claro...

Lo sabía, pero no le interrumpí.

- De todos modos, cuando ella se marchó Ned se encargó de educarme... se ocupaba de todas mis necesidades, me llevaba a pescar, me enseñó a boxear... él había practicado un poco el boxeo de adolescente, fue campeón amateur de Cornualles, aunque eso no impidió que de todos modos le rompieran la nariz. Tuve varios tutores, desde luego, y aquí había muchos criados, pero Ned era el único que me zurraba en el trasero cuando me portaba mal y se sentaba a la cabecera de la cama cuando yo tenía fiebre. Mi tío le subió el sueldo y me puso en sus manos. El... mi tío no tenía mucho tiempo para dedicarlo a mí, ¿sabes? Yo no le interesaba en absoluto - añadió en voz baja.

El fornido criado de nariz rota entró trayendo el té; tazas, tetera, una jarrita para la crema y un azucarero, todo ello en una deslustrada bandeja de plata. Aunque la porcelana era muy fina, las dos tazas estaban bastante desportilladas. No había pan con mantequilla, ni pastas, sólo té, y para eso bastante flojo. Douglas se sentó perezosamente en un sillón tapizado de seda amarilla y me estuvo observando detenidamente mientras yo servía el té.

- Ahora - me dijo cuando le tendí la taza - quiero que me lo cuentes todo: ¿cómo has vivido, por qué no has intentado ponerte en contacto conmigo antes?

- No he sabido de tu existencia hasta hace dos semanas. Lo descubrí... por casualidad.

- Pues cuéntamelo - insistió.

Y así lo hice, hablando tranquilamente y sin que la voz delatara la emoción que sentía. Le conté todo lo que había descubierto leyendo el documento de mi madre, le hablé de los años que pasé en St. Giles vagabundeando como una golfilla callejera y desvalijando bolsillos para poder vivir. Quedó a todas luces horrorizado, pero también fascinado; estuvo escuchando atentamente, sin interrumpirme apenas. Le hablé del año que había pasado con Cam Gordon y él aceptó el hecho sin levantar siquiera una ceja y sin emitir juicio alguno. Le describí mi aprendizaje de escritora y la publicación de los primeros relatos hasta llegar a escribir Duquesa Annie. Le conté la recepción a la que yo había asistido en casa de lady Julia, mi encuentro con el deán Jordon y las cosas de las que me había enterado a través de él.

- Cuando acabé de leer las páginas escritas por mi madre, yo... me di cuenta de que tenía que venir aquí. Pensé que podría conocer a mi tío. Creí... yo quería ver...

Entonces guardé silencio; la cuidadosa compostura me empezaba a fallar. Douglas también se quedó callado, con aquellos encantadores ojos grises de nuevo pensativos. Se había emocionado profundamente con mi relato. Me daba cuenta de ello. Puede que fuese vivaz, bullicioso y que siempre estuviera de buen humor, pero también había en él una profunda sensibilidad. El niño acerca del que había escrito mi madre había crecido hasta convertirse en un hombre viril y atractivo, pero gran parte de lo que había sido aquel niño aún persistía. A Douglas no le daban miedo las emociones ni le asustaba mostrarías. Me miró y movió lentamente la cabeza a ambos lados.

- Es... es una historia increíble.

- Supongo que eso le debe de parecer a mucha gente.

- Creo que nos han estafado a los dos - dijo mientras un profundo surco le fruncía otra vez el ceño-. Si yo hubiera estado allí, ninguna de esas cosas te habrían sucedido... yo te habría protegido. Y si tú hubieses estado aquí, yo habría... habría tenido a alguien además de Ned. No me habría sentido tan solo, tan perdido, tan poco querido.

Se quedó callado de nuevo, triste, dolido, todavía perplejo por esta repentina aparición de una hermana a la que nunca había conocido. Estiró las largas piernas y se quedó contemplando el interior de la ennegrecida chimenea de mármol blanco llena de montones de ceniza gris. Un rayo de sol brumoso le iluminaba la cara y le acariciaba el espeso cabello rubio. Al cabo de unos momentos dio un profundo suspiro y, volviendo a sacudir la cabeza, regresó al presente.

- ¿Un poco más de té? - le pregunté-. El mío está ya bastante frío.

- El mío también - repuso-, pero me temo que no hay más. Mandaré a Ned al pueblo y le diré que intente camelarse al tendero para que nos conceda un poco más de crédito. Si no da resultado, lo más probable es que Ned se lo saque por las malas amenazándolo con estrangularlo.

- Por lo que voy viendo, Ned es un hombre que está lleno de recursos.

-Ya lo creo. No podría pasarme sin él.

-Tú... no andas muy bien de dinero, ¿verdad?

- Eso es una forma muy suave de decirlo - admitió-. Durante los últimos años de su vida mi tío hizo algunas inversiones que resultaron francamente imprudentes. Había perdido interés por la fábrica, de modo que acabó por cerrarla. Cuando murió... bueno, hablando claro, todo lo que yo poseo es una fábrica abandonada y la mansión Mowrey. Y ya ves en qué estado se encuentra. Todos los objetos que tenían algo de valor se han ido vendiendo pieza a pieza... Los muebles buenos, los cuadros, la vajilla de plata, las alfombras... es una larga y espantosa historia. Ya te la contaré otro rato. Ahora voy a llevarte a tu cuarto y dejarte allí para que recuperes el aliento.

- Me gustaría refrescarme un poco.

- Eso suponía. Ven conmigo.

La habitación que mi hermano me había asignado estaba en la segunda planta, y era el único dormitorio, además del suyo, que se mantenía en unas mínimas condiciones de habitabilidad. Grande, con ventanas que daban al paseo de la parte delantera, disponía de una cama, un tocador y un armario de roble dorado que había sido pulido hasta adquirir un brillo color miel. La colcha y las cortinas eran de brocado amarillo desvaído y estaba bordado con pequeñas flores de seda blanca. El suelo se hallaba desnudo, y la madera del mismo había adquirido un tono marrón negruzco a causa del tiempo. La habitación olía a cera, a limón y a alcanfor y, aunque limpia, era evidente que no se había utilizado desde hacía mucho tiempo. Mis maletas se hallaban amontonadas junto al armario.

- Conservo esta habitación en buen estado para los invitados - me dijo Douglas-. Aunque últimamente no han venido muchos. ¿Tienes hambre?

-No.

- Estupendo. Le diré a Ned que se olvide de preparar la comida. Yo nunca como a mediodía. Hay agua, un aguamanil y todo lo demás detrás de ese gran biombo blanco. Yo estaré en el piso de abajo... si necesitas algo grita, y Ned o yo vendremos corriendo a cumplir tus órdenes.

Sonrió y salió con paso tranquilo y airoso de la habitación. Dos horas más tarde, descansada y fresca después de haber deshecho uno de los baúles y de haberme puesto un vestido de muselina marrón claro estampado con florecillas rosas y marrones, volví al piso de abajo para reunirme con mi hermano. Como no pude encontrarlo, aproveché la oportunidad para explorar alguna de aquellas enormes habitaciones. Despojadas de cualquier objeto valioso y llenas de polvo y telarañas en su mayor parte, conservaban aún su sólida estructura y enormes proporciones. Pude verlas con la imaginación tal como habrían sido veinticuatro años atrás, cuando mi madre le daba clases al joven y revoltoso Doug y le había entregado el corazón al padre de éste.

Tras salir de la biblioteca y cruzar el vestíbulo, abrí una puerta y penetré en el antiguo despacho de mi tío. Sobre la chimenea colgaba un cuadro, toscamente pintado, que representaba la fábrica de cerámica Mowrey. Había un estante con tazas, platos y fuentes de loza azul barata, un juego de platos más caros de porcelana de color blanco cremoso que estaban decorados con flores naranjas y ribeteados de oro. Allí se hallaba también el escritorio donde lord Robert Mowrey repasaba las cuentas. Ahora se hallaba atestado de papeles, y un gran libro de contabilidad encuadernado en cuero yacía abierto sobre él. Aunque desordenado - había bolas de papel por el suelo, un par de botas manchadas de barro en un rincón, el corazón de una manzana y un pedacito de queso seco en un plato desconchado junto al libro de contabilidad-, el despacho se encontraba libre de polvo. Ninguna telaraña sedosa festoneaba las paredes.

- ¿Has descansado bien?

Solté un gritito y giré en redondo. Mi hermano me sonreía. Se encontraba en un pequeño despacho contiguo a aquél en el que estaba yo. La puerta de comunicación entre ambos se hallaba abierta. No lo había oído entrar.

- ¿Te he asustado?

-Yo... estaba pensando en el pasado.

- Llevas un vestido muy bonito.

-Gracias. He... he bajado hace media hora. Te estuve llamando. Pero nadie me contestó.

- Le dije a Ned que fuera al pueblo a ver si podía convencer, por las buenas o por las malas, al tendero a fin de que nos fiara algunas provisiones. He estado en el antiguo despacho de Parks, fantaseando.

- ¿Fantaseando?

- Permitiéndome sueños tontos. Ven, te lo enseñaré.

Me dio la mano y me condujo hasta el otro despacho, más pequeño. Había sido despojado de todos los muebles excepto de un gran escritorio desvencijado que se hallaba cubierto de una salvaje aglomeración de grandes pliegos de papel blanco. Eran dibujos, por lo que pude ver... algunos a lápiz, otros a carboncillo, otros coloreados. Una caja de acuarelas y una taza de agua sucia descansaban al borde de la mesa, y dos pinceles mojados goteaban sobre el suelo. Douglas levantó un papel todavía húmedo y me lo tendió.

-Mi fantasía -dijo.

Era un diseño para un plato, el plato más hermoso que yo había visto en mi vida, exquisitamente pintado a h acuarela. Guirnaldas de diminutas flores azul pálido y delicadas hojas de color jade decoraban el plato, cuyo borde estaba trazado en dorado. El centro del plato era blanco, salpicado levemente con las mismas flores y hojas, como si una de las guirnaldas hubiese sido sacudida hasta deshacerse. Lo contemplé con algo parecido a un temor respetuoso, sorprendida del soberbio detalle y de la increíble destreza.

-Tú... ¿esto lo has hecho tú?

- Eso me temo. También tengo diseños para tazas, platillos, fuentes, teteras, bandejas, lo que quieras... todos con el mismo dibujo. Hay también otros modelos, pero éste es mi favorito. También he diseñado loza nueva. No es tan delicada, claro, pero es mucho más bonita que esos tristes cacharros azules que solía fabricar el tío Robert.

Me fue tendiendo hoja tras hoja; cada uno de los dibujos estaba tan hermosamente dibujado como el que me había enseñado en primer lugar, y me quedé aún más maravillada. Había soperas, fuentes de verdura, cafeteras, platos soperos... un despliegue interminable de porcelana fina ejecutada al detalle y de forma maravillosa.

-Pero... esto es asombroso -le dije-. Nunca había visto una cosa así.

-Tú escribes libros. Yo diseño porcelana. Eso me mantiene ocupado.

- Estás increíblemente bien dotado.

- Siempre me interesó la fábrica - confesó-. Incluso cuando era niño. Mi tío no conseguía alejarme de ella. Aprendí todo lo que pude del negocio; trabajaba con los obreros cuando mi tío no me veía y, más tarde, en lugar de ir a Oxford me marché a Francia, donde pasé cuatro años de aprendiz con los maestros de allá.

- ¿Por qué a Francia? -le pregunté.

- La fábrica de Vincennes produce la mejor porcelana del mundo, mejor que la de Dresden, mejor que la de Meissen. Es la favorita de madame Pompadour... piensa trasladar la fábrica a Sévres, el pueblo que se encuentra junto a su propiedad en Bellevue, para de ese modo poder supervisarlo todo personalmente. Han creado nuevos colores: Rose Pompadour) Blue du Rol, verde manzana. Han probado formas distintas y altamente originales, también: formas aflautadas, bordes festoneados, filigrana de porcelana que recuerda a la plata. Todas las cosas que yo tuve ocasión de aprender allí...

Douglas suspiró y en sus ojos apareció una mirada triste de derrota al tiempo que empezaba a apilar ordenadamente las hojas de papel sobre la mesa.

- Soñaba con convertir nuestra fábrica en... algo parecido a aquello, aunque en menor escala, desde luego. ¿Por qué no puede ser la loza inglesa tan fina como la francesa? Me lo he estado preguntando continuamente. Tenía intención de llevar a cabo muchos cambios una vez que me hiciese cargo de la fábrica. Cuando mi padre contaba la misma edad que yo tenía entonces, ya había diseñado unos planos para renovar la fábrica, modernizarla y hacer-la mas segura y saludable para los obreros. Había hecho también una lista de propuestas para aliviar los apuros de los obreros dándoles más incentivos. Los encontré un día en el fondo de un cajón del escritorio de mi tío, todo encorvado y amarillo por el tiempo.

-El también soñaba -le dije en voz baja.

-Y yo esperaba convertir ese sueño en realidad. Confiaba en poder renovar la fábrica, en hacer todos esos cambios como... como una especie de tributo a él... y realizar mi propio sueño a la vez.

Doug apartó los papeles y se volvió hacia mí con una sonrisa en los labios.

- Pero las cosas no iban a salir como yo deseaba -dijo-. Cuando volví de Francia el tío Robert ya había abandonado la fábrica de cerámica. El... las cosas habían ido empeorando cada vez más desde la muerte de mi padre. El tío Robert se sumergió en el trabajo, pero había perdido ya todo interés e iniciativa. La fábrica ya no le importaba, sencillamente. Aquello fue de mal en peor y... bueno, acabó por cerrarla. Toda aquella gente se quedó sin trabajo...

Por la expresión de su rostro me di cuenta de que la fatal suerte de aquellos hombres y mujeres que se habían quedado sin empleo era algo que le tenía enormemente preocupado. Estaba claro que Douglas poseía el mismo carácter compasivo y la misma preocupación por sus semejantes que había tenido Jeffrey Mowrey. Lanzó otro profundo suspiro y se apartó de la frente la mata de ondas rubias.

-Está' muy cargada la atmósfera aquí dentro -dijo-. Vamos a dar un paseo.

- Me encantaría ver los páramos.

- Pues los verás.

Douglas me guió por el pasillo, pasamos junto a las escaleras y luego franqueamos una puerta estrecha y nos encontrábamos en el gran vestíbulo de la parte trasera, donde anteriores generaciones de Mowreys habían entrenado sus caballos en los días de mal tiempo. Era como una caverna vasta y muy fría, pensé. El suelo de piedra que antaño sirviera para ejercitar los caballos rezumaba un olor acre. Supuse que habría murciélagos colgando del techo. Después de la fantasmal penumbra de aquel vestíbulo trasero, el sol del exterior parecía mucho más brillante, aunque ahora había palidecido, y la brillante plata se había trocado en una tenue luz amarillenta.

- ¿Qué pasó después? - le pregunté cuando avanzábamos por los jardines.

- ¿Después de que mi tío cerrara la fábrica? Murió a los pocos meses. Creo que se alegró de marcharse. El... yo tenía la sensación de que mi tío sólo había estado esperando eso desde la muerte de mi padre. Mi tío era un hombre muy desgraciado, extrañamente retorcido.

Habíamos dejado atrás los jardines, y ahora los páramos se extendían ante nosotros en todo su esplendor, elevándose lentamente hacia las colinas donde las legiones romanas tuvieran antaño sus campamentos. El cielo estaba de un color blanco grisáceo, todo bañado en luz de sol, y se arqueaba en lo alto sobre aquella rugosa extensión de tierra desigual que se hallaba cubierta de hierba grisácea con un ligero tinte púrpura y ciénagas tan negras como el alquitrán, lo que producía un agudo contraste. Había enormes cantos rodados grises surcados de orín y musgo verde y seco. Al caminar sobre aquella tierra esponjosa, una suave brisa me hacía ondear la falda y me alborotaba las sedosas hebras de pelo cobrizo que me cruzaban las mejillas. Mi hermano caminaba con paso amplio, largo y saltarín, inclinado hacia delante y con las manos metidas en los bolsillos de las calzas.

- No había dinero - continuó -. Yo tenía la fábrica y la casa, pero apenas disponía de lo suficiente para comprar comida. Yo... me aferraba a esto. Empecé a vender cosas, cuadros, muebles y relojes de oro, todo aquello por lo que existiera la menor posibilidad de que me dieran unas cuantas libras. Seguía creyendo que algún día, como fuera, podría volver a abrir la fábrica. He recibido varias ofertas para comprármela... la arcilla de aquí es soberbia, de las mejores de Inglaterra. Los dueños de otras fábricas han visitado este lugar, han visto el potencial que tiene y me han hecho ofertas generosas con la esperanza de expandirse, pero...

-Tú te has negado a vender -le dije yo.

-Supongo que tendré que acabar vendiéndola. Ned y yo hemos ido arañando aquí y allá durante estos años, pero me doy cuenta de que la cosa no puede durar mucho más. Y además ahora tengo que pensar en ti.

El terreno empezaba a hacerse cuesta arriba ahora, elevándose poco a poco; nos detuvimos junto a una gran roca plana de color gris. Me senté en ella, desplegando la falda de muselina a mi alrededor, y Douglas se quedó de pie, con las manos aún metidas en los bolsillos, contemplando pensativamente el paisaje que nos rodeaba. Un gran pájaro marrón - ¿se trataría de alguna especie de halcón? - describía lentamente círculos en el cielo, haciéndose cada vez más pequeño. La mansión Mowrey, a lo lejos, parecía una casa de juguete, un feo bloque gris que se erigía en medio de aquellos enmarañados jardines. Pensé en mis padres, recordé aquella merienda campestre en los páramos sobre la que mi madre había escrito y en la cual, mientras Douglas correteaba buscando piedras de colores, mi padre le había contado a ella un sueño.

Sentí una curiosa serenidad por el hecho de estar allí con mi hermano. Me parecía tan normal, tan natural que estuviésemos juntos, ya íntimos, que me daba la impresión de que todos aquellos años que nos separaban no habían existido nunca. Estaba segura de que Douglas sentía lo mismo que yo. El lazo que existía entre nosotros había sido reconocido inmediatamente por ambos. Ahora se volvió hacia mí, con el bello rostro muy serio y los preciosos ojos mirándome con expresión solemne.

- Te lo han estafado todo, Miranda - me dijo-. Pienso compensarte. No sé cómo, pero... lo haré. Voy a cuidar de ti de ahora en adelante.

- Siempre he sabido cuidar de mí misma - le indiqué.

- Puede que sea así, pero ahora me tienes a mí.

La voz le sonaba llena de resolución, y tenía el semblante severo. Yo estaba conmovida y, en el fondo, también divertida ante aquella actitud. Le había contado a Douglas que yo me dedicaba a escribir, pero no le había dicho nada del alcance de mi éxito. Aquel guapo joven que no sabía de dónde iba a sacar la comida siguiente no tenía ni idea de que su recién hallada hermana era una mujer muy rica, y con perspectivas de serlo aún más cuando saliera a la venta el nuevo libro. Sonreí para mis adentros. Douglas me dio la mano y me ayudó a ponerme en pie. Las ondas rubias le caían por la frente.

- Será mejor que emprendamos el regreso. Ned ya habrá vuelto de la aldea... y supongo que no con las 'manos vacías, si es que conozco a Ned. Nos preparará la comida. Seguro que tienes hambre.

- Un poco - le confesé.

- Probablemente habrá estofado y pan integral, y a lo mejor una botella de vino.

-Me parece delicioso.

-No vas a volver a Londres -me dijo cuando nos pusimos a caminar en dirección a la casa-. No estoy dispuesto a permitírtelo. Tu sitio está aquí, conmigo. Encontraré alguna clase de trabajo. Yo... venderé la fábrica si es preciso, pero me voy a encargar de ti.

- Douglas, hay algo que yo...

- Sin discusiones - dijo poniéndose serio-. Acabo de tomar la decisión por ti. Para eso están los hermanos mayores. Ahora por fin estamos juntos, Miranda. Sé que las cosas han sido difíciles para los dos y puede que lo sean más en el futuro, pero venceremos.

No quise discutir. Habría sido en vano. Mi hermano tenía la intención de que yo me quedase y me quedaría. Los dos permanecimos en silencio mientras caminábamos despacio por aquellos inhóspitos y curiosamente hermosos páramos y avanzábamos hacia la casa que se erguía en la lejanía. Douglas me condujo alrededor de un gigantesco canto rodado, y pasamos junto a una ciénaga alquitranada ambos profundamente sumergidos en nuestros pensamientos. Experimenté una maravillosa sensación de parentesco y también una firme resolución. Un plan estaba empezando a forjarse en mi mente. Lo primero que haría a la mañana siguiente sería escribirle una carta a Bancroft.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5

 

 

 

 

Bancroft se negó sencilla y llanamente a permitir que invirtiera mi dinero en la fábrica de cerámica. Nada más recibir mi carta viajó hasta Cornualles para inspeccionar la fábrica, y mantuvo largas conversaciones con Douglas amén de una acalorada discusión conmigo. Le comuniqué con actitud inexorable que aquel puñetero dinero era mío que podía hacer con él lo que me diera la gana, pero Bancroft afirmó resueltamente que se había estado pelando el culo para hacer de mí una mujer rica y que no estaba dispuesto a dejar que me arruinase de un solo golpe. Douglas permaneció al margen con una divertida sonrisa dibujada en los labios, pues él y Bancroft ya se habían puesto de acuerdo acerca de cómo sería más conveniente llevar el asunto. La fábrica era, en efecto, una fuente en potencia de dinero, particularmente si se ponían en práctica los planes de renovación de mi padre, se adoptaban sus propuestas y se utilizaban los diseños de Douglas junto con las nuevas técnicas que éste había aprendido en Vincennes. Pero semejante empresa no sólo requería hasta el último penique que yo poseía, sino también se llevaría los posibles beneficios que yo pudiera conseguir con Las chicas de Betty.

- ¡No me importa! El dinero es mío. Y voy a emplearlo como me dé la gana.

- ¡Será pasando sobre mi cadáver!

- ¡Maldito seas, Dick Bancroft, eso es algo que tiene fácil arreglo! ¡Si tuviera un trabuco en las manos te volaría ahora mismo la cabeza!

- Tienes una hermana encantadora - le comentó Bancroft a Douglas.

- Empiezo a darme cuenta.

- ¡Tú mismo dijiste que la fábrica podía convertirse en la mejor de Inglaterra, que los inversores harían una fortuna con ella! Y si ése es el caso no veo por qué...

- Inversores. En plural. Esa es la palabra clave. Si dejases de gritar como una pescadera y me permitieras decir unas palabras, te explicaría las cosas. Tu hermano y yo ya hemos hecho planes. Usaremos tu dinero para cubrir aproximadamente la mitad de los costos, y tú y Douglas, aquí presente, seréis propietarios del cincuenta y uno por ciento del negocio. El resto del dinero lo aportarán inversores individuales, que comprarán las acciones restantes.

-Ya sabes que yo no entiendo todos esos... detalles técnicos, Bancroft. Nosotros somos los dueños de la fábrica, y ahora dices que se supone que tenemos...

-¿Crees que podríamos amordazaría? -le preguntó Bancroft a mi hermano.

-Quizá no sea mala idea -repuso Douglas.

- ¡Sois un par de cabrones!

-Yo mismo pienso comprar el diez por ciento de las restantes cuarenta y nueve acciones - continuó Dick haciendo caso omiso a mi insulto-. En realidad habrá más de cien acciones... habrá miles, y cada acción costará tanto... estoy intentando explicártelo de una manera sencilla para no confundirte. Tú y Douglas tendréis el control, seréis...

- ¡ Detalles!

- Lo hemos pensado todo muy bien. Tu hermano, por cierto, es un buen negociante... y ésa es una de las razones por las que estoy decidido a invertir algo de mi propio dinero en este asunto. En resumen, querida y atolondrada Miranda, la fábrica volverá a abrirse según lo planeado, pero sólo emplearemos la mitad de tu dinero. Con el resto no estoy dispuesto a correr riesgos.

- ¿No te parece que podrías darme unas cuantas libras para reparar la casa y amueblaría?

- Creo que eso podría arreglarse.

- ¡Cuánta generosidad la tuya, Dick Bancroft!

- Pienso vigilar de cerca todos y cada uno de los gastos, fíjate bien en lo que digo.

Lo miré echando chispas por los ojos; Bancroft y Douglas sonrieron mientras yo salía de estampida de la habitación. Bancroft regresó a Londres dos días después, y las semanas siguientes se convirtieron en un completo caos al iniciarse los trabajos en la fábrica. La casa se vio completamente invadida por equipos de limpieza y obreros, la mayoría de ellos gente del pueblo. Se limpiaron las habitaciones, se ventilaron, se pulieron los suelos y las maderas, trabajo que corrió a cargo de un equipo de charlatanas mujeres del pueblo que no acababan de dar crédito a su buena suerte; sus maridos e hijos tapizaron o pintaron las paredes. Se reparó el tejado, se cambiaron las ventanas rotas y se enlucieron los techos. Aquella sombría y decrépita casa vieja adquirió un nuevo y brillante resplandor tanto por dentro como por fuera, pues los jardines también se limpiaron, se cortó el césped, se volvieron a plantar los parterres de flores y se instalaron nuevos enrejados.

La luz del sol llenó las oscuras habitaciones. No resultaba nada fácil convertir la mansión Mowrey en un lugar alegre, pero hice un titánico esfuerzo y decidí emplear cientos de litros de pintura blanca; elegí telas de colores blanco lino y limón pálido para las paredes. Vendedores de Londres acudieron en tropel con gran variedad de muestras y catálogos, y también elegí las cortinas y las alfombras. Encargué muebles nuevos, la mayoría de los cuales procedían del taller de Thomas Chippendale, cuyos muebles eran tan elegantes como en cierta ocasión me asegurara la señora Wooden. Bancroft, en efecto, vigiló muy de cerca todos los gastos y me hizo llegar de vez en cuando groseras protestas por correo; pero las arcas que tan rápidamente se vaciaban se llenaron con igual rapidez cuando, dos meses después de mi llegada a Cornualles, “Thomas Sheppard & Company” pusieron a la venta Las chicas de Betty.

Mientras yo me hallaba tan atareada con la casa y contrataba toda una plantilla de criados entre la gente del pueblo, Douglas y un equipo de expertos que éste había mandado llamar estaban muy ocupados haciendo innovaciones en la fábrica e instalando las mejoras. Una vez que el trabajo estuvo encarrilado y le fue posible ausentarse, Douglas realizó un apresurado viaje a Francia donde, a base de su encanto, de promesas y de tener los bolsillos bien repletos de dinero, convenció a tres de los mejores maestros artesanos de Vincennes para que desertasen y se viniesen a Cornualles; los trajo de regreso con un aire de jubiloso triunfo. Dicen que aquel traicionero acto obligó a la Pompadour a guardar cama durante días afectada de una migraña atroz.

Las obras de la casa estaban casi terminadas y yo acababa de contratar una plantilla completa de criados cuando, una tarde, recibí una visita inesperada. Varios fornidos trabajadores estaban descargando un carro de muebles que acababa de llegar de Londres y metiendo las elegantes piezas en el vestíbulo. Yo llevaba puesto un vestido azul de algodón que era lo peor que podía llevar, pues había estado trabajando con él puesto todo el día y se encontraba en un estado deplorable. Tenía el pelo húmedo y revuelto, muy despeinado, y habría apostado a que también llevaba la cara manchada. Estaba indicándoles a los trabajadores dónde debían colocar los muebles; lacayos, doncellas y la nueva ama de llaves andaban presurosos de un lado a otro, y yo no estaba en absoluto preparada para recibir una visita. La señorita Morrison llamó a la puerta, que estaba abierta. En medio de todo aquel barullo nadie la oyó. Tras dar instrucciones a los hombres para que transportasen el espléndido escritorio nuevo a mi gabinete, que se encontraba en la parte de atrás, y ordenarle a uno de los lacayos que los acompañase, lancé un suspiro, levanté la vista y entonces la vi allí de pie, junto al quicio de la puerta, fría, compuesta y verdaderamente bonita con aquel vestido a rayas rosas y grises.

- Me temo que he venido en un mal momento - me dijo-. Habría hecho mejor en proseguir mi camino al ver ese carro detenido ante la puerta.

-Yo... ¿cómo estáis? -tartamudeé-. Tendréis que perdonarme. Yo... hemos tenido un día muy agitado y...

-Lo entiendo perfectamente -repuso. Tenía la voz tranquila y bonita, innegablemente patricia-. Volveré en cualquier otro momento que sea más oportuno.

-Vos...

- Soy Linda Morrison. Mi familia y yo vivimos en el condado vecino. Conozco a vuestro hermano desde que éramos niños.

-No... no os marchéis, señorita Morrison. Por lo menos dejad que os ofrezca una taza de té, ya que habéis hecho un recorrido tan largo.

-No queda tan lejos, lady Mowrey, y me gusta mucho salir por el campo conduciendo yo misma la carreta. No hay demasiadas cosas que hacer por aquí.

Los trabajadores volvieron sudorosos al vestíbulo a causa del esfuerzo. Sólo quedaba un mueble por meter en la casa. Les indiqué que lo pusieran en la biblioteca y le dije a una de las doncellas que se ocupase de que les dieran algo de beber antes de que se marchasen. Luego le pedí al ama de llaves que se hiciera cargo personalmente de que nos llevaran té al salón a la señorita Morrison y a mi.

- No quisiera interrumpir - protestó la señorita Morrison -. Veo que estáis muy ocupada y puedo volver fácilmente en cualquier otro momento.

- No, no... a decir verdad a mí también me vendrá muy bien una taza de té. Por favor, quedaos un rato.

Vaciló un instante, indecisa; luego asintió y me siguió hasta el salón. Yo nunca había conocido a una joven con aquella bella y sosegada compostura. Era extremadamente reservada, podría decirse que casi estirada, aunque yo advertía cierta cordialidad innata tras aquella fachada de buena educación. Llevaba el largo cabello, negro como el azabache, cepillado con pulcritud, y los ojos azules y transparentes ponían en evidencia una gran dosis de inteligencia. Alta, esbelta, con facciones frías y encantadoras, no era tan joven como me pareciera al principio. El esplendor de la primera juventud había dejado paso a una inconfundible madurez.

- Habéis tenido que hacer una labor increíble con esta vieja casa - comentó echando una ojeada a la recién amueblada habitación.

-No ha resultado nada fácil.

- Tengo entendido que este lugar se hallaba prácticamente en ruinas. Hace muchos años que no entro en la mansión Mowrey. La última vez que lo hice aún vivía vuestro tío. Mi madre y yo vinimos a visitarlo.

- ¿Conocéis a mi hermano? - inquirí.

- No muy bien. Para ser sincera, hace más de diez años que no nos vemos. Se marchó a Francia, y cuando volvió yo ya me había ido a Bruselas para enseñar inglés en un colegio de señoritas. Vuestro hermano y yo nos conocimos casualmente cuando éramos niños.

- Sentaos, por favor, señorita Morrison.

Linda Morrison tomó asiento en el sofá y cruzó las manos sobre la falda. Se sentó muy erguida, compuesta y recatada, con los hombros derechos y la espalda rígida. Me acomodé en una silla frente a ella; me sentía un poco incómoda y trataba de que no se me notase.

- Y para serle aún más franca - continuó-, mi superficial amistad con vuestro hermano me ha servido como pretexto para venir a visitaros. Me temo que los motivos que me han empujado a ello no sean del todo admirables.

Estaba deseando conocer a la célebre Miranda James.

-Ya comprendo...

-Sois la comidilla de la comarca, lady Mowrey. Todo el mundo conoce ya vuestra historia completa... en este tipo de lugares no se puede guardar un secreto; y algunos recibimos los periódicos de Londres, aunque sea con retraso. Han estado dando mucho bombo al encuentro que ha tenido lugar entre vos y vuestro hermano después de tantos años.

Maldito Thomas Sheppard, pensé, y no por primera vez. Había dejado que la historia se filtrase hasta llegar a oídos de los caballeros de la calle Fleet justo un día o dos antes de que se publicase Las chicas de Betty, y desde luego era cierto que le habían dado mucho bombo, apodándome “lady Miranda” y explotando el hecho con generosidad. Algunos de los periódicos más importantes habían enviado periodistas a Cornualles para entrevistarme, y me había visto obligada a tratarlos con amabilidad y a responder a todas sus preguntas, aunque de mala gana. Podía comprender los motivos que había tenido Sheppard - Las chicas de Betty se estaba vendiendo como rosquillas a consecuencia de todo aquello, iba ya por la séptima edición y el libro se había publicado sólo un mes y medio antes-, pero en mi opinión había algunas cosas que debían de quedarse en el dominio privado.

- ¿De manera que todo el mundo sabe quién soy? - le pregunté-. Supongo que la gente de esta comarca estará totalmente escandalizada.

- Son un grupo de mente más bien estrecha, lady Mowrey; buenos en conjunto, pero intolerantes hasta la médula. Les consume la curiosidad acerca de vos, por supuesto, pero ni siquiera soñarían con venir a visitaros. Son demasiado respetables para ir a visitar a una mujer que ha vivido abiertamente con un hombre sin recibir antes el beneficio del matrimonio, una mujer que en un tiempo desvalijó bolsillos para poder comer.

- ¿Y vos, señorita Morrison? ¿Por qué os habéis decidido a venir?

La voz me sonó bastante más crispada de lo que me había propuesto. Linda Morrison me miró y una levísima insinuación de sonrisa le jugueteó en los labios. Pero justo entonces una de las doncellas trajo la bandeja del té y la depositó sobre la mesa que había delante del sofá; mi invitada esperó educadamente a que la doncella hubiera salido antes de responder a mi pregunta.

-Al contrario que mis murmuradores vecinos, yo he leído vuestra novela, y me ha gustado muchísimo. Me pareció un libro valiente y hermoso. Resulta que no comparto los prejuicios de mis vecinos, lady Mowrey.

Me levanté para servir el té. La señorita Morrison cogió una taza y me dio las gracias con una leve inclinación de cabeza. Me senté a su lado en el sofá, y ella se giró un poco para quedar de frente a mí. El largo y pulcro cabello tan concienzudamente cepillado era suave y brillaba lanzando ricos reflejos azulados; las facciones patricias estaban bellamente moldeadas, los pómulos eran altos, la nariz recta, la boca tenía un color rosa pálido suave. Aquellos ojos azules y claros me miraban directamente y desprovistos por completo de malicia.

- También he leído todos vuestros relatos - continuo-. Creo que sois una mujer extraordinaria, lady Mowrey. Haber sabido sobresalir por encima de vuestro entorno, haber logrado todo lo que habéis logrado es algo que resulta casi increíble, particularmente cuando se trata de una mujer. Se supone que nosotras no podemos alcanzar tales logros. Eso hace que los hombres se sientan incómodos.

- Ya lo creo. Verdaderamente es así - repuse.

- Tenía tanta curiosidad por vos como los demás, desde luego, pero quería visitaros y daros las gracias por haber escrito unas obras tan conmovedoras y compasivas.

-Yo... no sé qué decir.

-También deseaba daros la bienvenida a Cornualles.

- Sois muy amable, señorita Morrison.

- Si alguna vez os apetece alejaros de la mansión Mowrey durante unas horas, mi padre y yo estaríamos encantados de que vinieseis a visitarnos. Morrison Place no es nada del otro mundo, pero tenemos unos jardines preciosos.

La voz era fría, pero me di cuenta de que la invitación era sincera. Comprendí entonces que aquella joven había necesitado una gran cantidad de valor para venir a verme. Puede que la señorita Linda Morrison no compartiese los prejuicios de sus vecinos, pero desde luego resultaba evidente que era una joven muy respetable, y la pequeña aristocracia del lugar iba a quedarse horrorizada cuando se enterase de que ella se había atrevido a venir a visitarme. Al ver aquel porte y aquella confianza en sí misma, al mirar aquellos inteligentes ojos azules, dudé de que ese hecho la preocupase mucho. Aunque marcada por los convencionalismos de su clase, la señorita Morrison tenía algo de rebelde en su persona.

Le ofrecí más té y titubeó un momento antes de aceptar. De pronto me di cuenta de que ella también se había sentido incómoda e insegura de ser bien recibida.

-Por favor, quedaos un poco más -le dije amablemente-. Sois la primera visita que recibo y me sentiré muy incómoda si os vais tan precipitadamente.

Me miró para intentar determinar si yo lo decía sinceramente. Sonreí. Linda Morrison me devolvió la sonrisa, y entonces vislumbré la encantadora joven que se ocultaba tras aquella fachada más bien remilgada. Tomamos más té y empecé a preguntarle cosas sobre ella, confiando en que así se animara a hablar. Se relajó un poco y empezó a dejarme ver la afabilidad y el humor que acompañaban aquella inteligencia.

Su familia, me contó, era una de las más antiguas y respetadas de Cornualles, aristocracia terrateniente desde los días de la Buena Reina Bess. Pero su abuelo, ay, había dilapidado tristemente las tierras, que había ido vendiendo parcela a parcela cada vez que las deudas de juego se le hacían imposibles de saldar de otro modo. El padre de Linda había recibido por toda herencia media docena de granjas pobres en arrendamiento que apenas reportaban los ingresos suficientes para permitirle conservar Morrison Place y mantener a su esposa y sus tres hijas. Linda, que era la mayor, había pasado una temporada en Londres, se había aburrido de la monótona ronda de fiestas y bailes y había rechazado a los jóvenes casquivanos que habían procurado atraer su atención.

- La idea era que yo atrapase un marido rico cuya fortuna pudiese salvar a la familia de la miseria, ¿sabéis? Mi madre apostó todo lo que teníamos en aquella temporada en la capital: resultaba terriblemente caro alquilar una casa y un carruaje, pagarme los vestidos, dar el obligado baile. Cuando regresamos a Cornualles yo seguía sin marido y nos habíamos quedado sin un solo penique.

La señorita Morrison sonrió con ironía y dio otro sorbo de té. Las hermanas menores habían quedado muy desilusionadas, pues sabían perfectamente que el fracaso de Linda significaba que ellas no tendrían la misma oportunidad. Fue entonces cuando Linda decidió ganarse la vida, y escandalizó a todo el mundo al aceptar un empleo en aquel colegio para señoritas que estaba situado en Bruselas. Las mujeres de buena familia no hacían ese tipo de cosas -era preferible subsistir en aquella pobreza elegante y respetable-, y la conducta no convencional de la señorita Morrison se consideró como una especie de traición a los de su clase.

- Me las arreglé para enviar a casa la mitad de lo que ganaba - continuó -, de modo que con el tiempo mis hermanas tuvieron también su temporada en Londres. Millicent se casó con un vicario de Kent, y Lucinda consiguió pescar al hijo de un conde, por desgracia un segundón. Ahora vive en Bombay, donde su marido intenta hacer fortuna trabajando para la “Compañía de las Indias Orientales”.

La madre de Linda hacía seis meses que había fallecido; sucumbió finalmente a la consunción que la había estado atormentando durante los últimos tres años. Linda había vuelto a casa para cuidarla en aquellos últimos y tristes días, y luego se había quedado en Cornualles para cuidar de su padre, cuya salud también se estaba deteriorando a pasos agigantados. Era ella la que ahora dirigía las granjas en arrendamiento que les quedaban, escandalizando aún más a la aristocracia del lugar por el hecho de recorrer las tierras en su carreta varios días a la semana para supervisar el trabajo. Alguien tenía que hacerlo, y su padre ya no estaba en condiciones. A mi me resultó difícil imaginarme a aquella encantadora y recatada joven echando fertilizante en la tierra, haciendo reparar los graneros o supervisando el esquileo de las ovejas, pero a medida que Linda continuaba hablando la admiración que yo sentía por ella aumentaba por momentos.

- Me temo que ya os he aburrido bastante - dijo finalmente dejando la taza sobre la bandeja-. No acostumbro a hablar de mí misma de este modo. Por favor, perdonadme por haberme extendido tanto.

Se puso en pie y se alisó la falda del vestido a rayas rosas y grises, una prenda suave y bonita que, a juzgar por el corte, tenía ya varios años. Probablemente fuese lo mejor que tenía, pensé mientras me ponía en pie.

- He disfrutado muchísimo con vuestra visita, señorita Morrison -le dije-. Espero que vengáis a visitarme... con frecuencia.

-Y yo confío en que vengáis a Morrison Place. Mi padre es un hombre que lee bastante. No tiene demasiadas cosas que hacer además de eso. También es un gran admirador vuestro.

- Estoy deseando conocer...

Me detuve en seco al oír que la puerta principal se abría ruidosamente y de par en par; un estruendo de pasos resonó en el vestíbulo.

- ¡Miranda! -me llamó Douglas a gritos-. ¿Dónde está mi hermana?

Una doncella le dijo que me encontraba en el salón y un instante después Douglas irrumpió allí, con las botas sucias, las ajustadas calzas en un estado deplorable y la camisa de seda blanca, que amenazaba con salírsele, formando bolsas descuidadamente por encima del cinturón. Se detuvo con brusquedad al vernos a las dos en pie frente al sofá, y el atractivo rostro de mi hermano reflejó la sorpresa que se había llevado.

- ¡Jesús! -exclamó entonces-. No esperaba que tuvieras ninguna visita.

Noté que Linda Morrison se erizaba a mi lado. Horrorizada por la grosería de mi hermano, fue incapaz de hablar durante unos momentos. Douglas se apartó de los ojos una espesa onda rubia de pelo y examinó detenidamente a la señorita Morrison mientras un profundo surco se le iba formando por encima del puente de la nariz.

-Yo os conozco -dijo-. Estoy seguro de que os conozco de algo.

- Linda Morrison - se presentó ella crispadamente -. Ha pasado mucho tiempo.

- ¿Linda? ¿Linda? ¿Aquella niña flaca con la que yo solía encontrarme en los páramos hace muchos años?

- Aquella niña flaca a la que solíais atormentar tan cruelmente - replicó ella.

-Siempre llevabais un libro, lo recuerdo bien. Siempre sentada en una roca contemplando el cielo con aire soñador. ¿Qué ha sido de aquellas largas trenzas? ¿Qué ha sido de aquellas pecas?

- Lo mismo que de vuestros pantalones cortos y vuestro tirachinas. He crecido.

- Creo que, en efecto, tenía un tirachinas. Me parece recordar que lo utilizaba para... -Vaciló y luego sonrió burlón-. Creo que en aquella época yo no era lo que se dice un ángel, precisamente.

Ni mucho menos -le aseguró ella.

La voz de la muchacha era decididamente fría, y sus modales estaban a un paso de ser hostiles. La sonrisa irónica que seguía jugueteando en los labios de mi hermano no ayudaba en nada a arreglar las cosas.

-Creí que estabais en Bruselas -dijo Douglas.

- Hace un año que regrese.

- ¿De verdad? No lo sabía. He pasado mucho tiempo sin tener contacto con nadie. ¿Sabéis que volvemos a abrir la fábrica? Acabamos de instalar las cintas transportadoras... eso era lo que venía a decirte, Miranda. ¡Tienes que ir a verlas! Esas cintas tan grandes y largas... están sujetas a unas poleas, ¿sabes?, y por ellas subirá la arcilla en cubetas y... ¡es fantástico! Yo mismo he estado en las canteras ayudando a los hombres a instalarías y...

Le dirigí una mirada severa. Douglas consiguió refrenar su entusiasmo.

- Tendréis que perdonarme - le dijo mi hermano a Linda-. Me temo que a veces me dejo llevar. ¡ Es todo tan emocionante! ¿De modo que habéis vuelto a Cornualles? Supongo que os habréis cansado de enseñar inglés a esas señoritas aburridas. Debe haber sido una experiencia terriblemente espantosa para vos. Bueno, para empezar, nunca entendí por qué os empeñasteis en hacer una cosa así.

- Estoy segura de que no lo entenderíais -repuso ella secamente-. Bien, debo marcharme ya, lady Mowrey.

- Dentro de dos semanas celebraremos los actos de inauguración -dijo Douglas desenfadadamente-. Va a ser todo un acontecimiento... comida y cerveza para los aldeanos y un espectáculo de marionetas para los niños; vendrán inversores de toda Inglaterra y habrá montones de festejos. Miranda cortará la cinta para inaugurar la empresa oficialmente y yo encenderé un horno. A lo mejor os gustaría venir.

Linda Morrison no contestó, pero la mirada que le dirigió a mi hermano fue suficiente respuesta. Douglas se encogió de hombros y se acercó con indiferencia y paso majestuoso a la chimenea. Acompañé a mi invitada hasta la pequeña carreta, curiosamente bien cuidada, que tenía un atractivo rucio enganchado. El caballo relinchó. Linda le acarició el cuello y me dijo que lo había pasado muy bien y que esperaba no haber sido inoportuna. Le aseguré que para mi había sido un placer. Subió a la carreta, cogió las riendas y las hizo sonar con destreza. La estuve observando mientras se alejaba y luego entré a echarle una bronca a mi hermano.

- ¡Nunca había visto tanta grosería! -le grité-. ¡Es algo imperdonable!

- ¿Grosero? ¿ Yo? Te estás imaginando cosas.

-Has irrumpido aquí como un loco, cubierto de tierra como un... rufián fuera de si, y luego te quedas mirándola y la tratas como si fuera una intrusa y...

- Debes estar hablando de otra persona - empezó a protestar mi hermano.

- ¡Y luego te pones a tomarle el pelo! Eres... te lo juro, Douglas Mowrey, a veces me doy cuenta de que te comportas como un auténtico patán.

-¡Eso duele!

- ¡No la culparía si no volviera a dirigirte la palabra en toda su vida!

- Pues a mí no me importaría lo más mínimo - repuso él-. Las mujeres intelectuales me hacen sentir incómodo, nunca he podido soportarlas. Qué me importa a mí que una solterona de veintiocho años haya conseguido ganarse la vida...

- ¡ Douglas!

- Muy bien, muy bien... ¡ Lo siento!

Le miré furiosa, y él me dirigió una mirada exasperada que indicaba claramente que no sabía bien a qué venia tanto alboroto. Sentí ganas de arrojarle cualquier cosa, a ser posible algo pesado.

- Está muy feo de tu parte hacer comentarios de esa índole - continué-. Resulta que yo también soy una solterona, si hay que usar ese término denigrante, y la mayoría de la gente diría asimismo que soy una intelectual. ¿También yo hago que te sientas incómodo?

- En este momento... mucho.

- ¡Maldito seas, Douglas! ¡Este encanto tuyo de duende dura bastante poco! Da la casualidad de que Linda Morrison es una joven encantadora que ha tenido que pasar por unos momentos extremadamente difíciles. Si no fuera porque no es propio de una dama, te sacudiría por tratarla de esa manera tan desconsiderada y poco caballe...

- Muy bien, Miranda. ¿Qué quieres que haga?

- Quiero que te disculpes. Quiero que subas a darte un buen baño y que te pongas la ropa nueva que hice que te compraras en Londres cuando ibas de camino a Francia. Quiero que te cepilles bien el pelo, que cojas un ramo de flores del jardín y que vayas a Morrison Place a...

-¡Jesús!

- ¡Lo digo en serio, Douglas!

- Hoy no puedo - replicó-. Tengo que volver a la fábrica. Probablemente me quedaré allí hasta... oh, bueno, seguro que hasta después de que se haga de noche. Lo haré mañana por la tarde.

- Más te valdrá - le advertí.

De modo que, a la tarde siguiente, bajó de mala gana por las escaleras maravillosamente ataviado con una levita y calzas de color tostado, un chaleco marrón claro y una corbata de seda amarilla. Las rebeldes ondas de pelo parecían controladas de momento. Douglas tenía una expresión de arrepentimiento en los ojos grises y el semblante convenientemente solemne, aunque yo sospechaba que en gran parte aquella actitud se debía a mi presencia. Hizo que el nuevo mozo le trajera el caballo, cogió, mohíno, un gran ramo de flores y se alejó al galope. Estuvo ausente un rato decididamente largo, y regresó a casa justo a tiempo para cenar. Cuando le pregunté admitió a su pesar que la señorita Morrison era verdaderamente encantadora, aunque eso sí, algo brusca, y afirmó también que se había convertido en una mujer de espléndida figura. Era una rosa, de acuerdo, siempre que a uno se gusten las rosas con espinas, pero a él aquella joven no le interesaba en absoluto.

- Las mujeres así se empeñan en tenerle a uno en un puño -gruñó.

- En tu caso, querido hermano, ya empieza a ser hora de que alguien lo haga.

- ¡Mujeres! ¡No te conceden ni un solo momento de tranquilidad!

Sin embargo, durante la semana siguiente fue dos veces a caballo hasta Morrison Place y manifestó su asombro por el hecho de que una mujer pudiera hacer tantas cosas, ser tan eficiente. Las granjas que los Morrison tenían arrendadas se habían convertido en las mejores del condado, las más limpias, las más productivas y Linda se encargaba de supervisarlo todo personalmente saliendo en aquella carreta que tenía, con un aspecto encantador y femenino y sin levantar nunca la voz. Los granjeros la adoraban, trabajaban como diablos para ella y parecía no importarles en absoluto el hecho de recibir órdenes de una mujer. Uno no podía por menos que admirarla, aunque fuera una mujer fría, reservada y demasiado cerebral para que un hombre se sintiera realmente cómodo con ella.

Bancroft llegó una semana después con un aspecto pulcro, próspero y optimista. Tras darme un efusivo abrazo y a Douglas un sincero apretón de manos, nos informó de que las cosas iban viento en popa. Ya se había corrido la voz de que la fábrica de cerámica Mowrey iba a abrir sus puertas en breve y de que tenía un gran potencial, y ya se había visto obligado a rechazar algunos inversores, astutos hombres de negocios que olían que allí había un buen asunto y querían participar en él. Si quisiera, ahora podía vender su diez por ciento de participación en el negocio por el doble, puede que por el triple del dinero que había puesto en él, pero no tenía intención de hacerlo. Douglas lo llevó a hacer un último recorrido por la fábrica antes de la inauguración oficial que iba a tener lugar a la mañana siguiente, y aquella misma tarde Bancroft me comunicó que, a juzgar por el aspecto que iban adquiriendo las cosas, estaba destinada a convertirme en una mujer aún más rica al cabo de unos cuantos años.

-Va a ser un gran éxito, Miranda. Puede que ese hermano tuyo sea un caprichoso en muchos aspectos, pero en lo referente a negocios sabe muy bien lo que se hace.

- Me doy perfecta cuenta de ello.

- Astuto, inteligente... e increíblemente dotado, además. Vas a sentirte muy orgullosa de él.

-Ya lo estoy, Dick.

Me sentí especialmente orgullosa de él durante la mañana siguiente, cuando tuvieron lugar los actos de inauguración y los festejos. Atractivo, con levita y calzas grises, chaleco de brocado azul oscuro y corbata azul celeste, se mostró amistoso pero comedido, muy en su papel de hombre de negocios. Había allí una enorme cantidad de gente. Casi todas las personas del pueblo habían asistido, porque la fábrica ya había transformado sus vidas y a la mayoría de ellos iba a proporcionarles un saneado medio de vida. Aquellos rostros alegres y sonrientes eran muy diferentes de las taciturnas caras que había visto yo cuatro meses atrás, al llegar a Cornualles. Varios de los inversores habían venido para la ocasión, alojándose en la posada, y algunos miembros de la aristocracia local llegaron en sus mejores carruajes, al ser más fuerte la curiosidad que sentían por la renovada fábrica de lord Mowrey que los prejuicios que tenían en contra de su escandalosa hermana.

Linda acudió conduciendo su carreta, muy elegante con un precioso vestido de seda rosa y un sombrero de paja de ala ancha ribeteado con lazos de terciopelo rosa. La multitud me vitoreó cuando corté la cinta de satén azul extendida a lo ancho de la puerta principal, y volvieron a romper en vítores cuando Douglas encendió el primer horno, quemándose casi los dedos al hacerlo. Trajeron rodando varios barriles de cerveza. Las mesas estaban repletas de comida. Acto seguido comenzó la ruidosa diversión. Los niños consumían limonada y gritaban riendo las gracias de las marionetas. Se brindó repetidamente por Douglas y por mí, y también por Bancroft; los tres franceses de la fábrica de Vincennes recibieron robustos abrazos a pesar de que no eran más que unos puñeteros extranjeros que no sabían ni una palabra de inglés. La afabilidad y el bullicio reinaban bajo el claro cielo azul grisáceo de Cornualles, y las cosas se pusieron aún más alborotadas cuando, más tarde, se celebró un combate de boxeo amateur con Ned como árbitro.

Yo llevaba un vestido de satén a rayas de colores crema y orín, y el pelo cobrizo me caía sobre los hombros en ondas sueltas y naturales. Le sonreía a todo el mundo y daba apretones de manos a los aldeanos; aceptaba sus muestras de agradecimiento “por salvarnos a todos, eso es un hecho”. Rescaté a los franceses, me ocupé de que les dieran vino blanco y estuve charlando amigablemente con los inversores, hombres resueltos y más bien adustos que se encontraban descaradamente fuera de lugar en medio de aquel ruidoso festejo provinciano. Al pasar noté que Douglas le dedicaba muchas atenciones a Linda Morrison, enseñándole todo personalmente y explicándole aquellos puntos de mayor interés. La aristocracia local, observé, fueron los primeros en atacar las mesas de comida. Me miraban con curiosidad, y las mujeres cotilleaban ocultándose tras los abanicos. Yo saludaba atentamente a todos con la cabeza, con tanta educación que casi resultaba doloroso.

Tomé champán con los inversores. Bebí una jarra de cerveza con los aldeanos. Pasé más de media hora en compañía de los niños mirando las marionetas, que estaban instaladas bajo un toldo de rayas de colores chillones. Me dolía bastante la espalda. Ser encantadora y bien educada en todo momento resultaba una cosa puñeteramente difícil, pensé ansiando sentarme en un lugar tranquilo. Sonreí. Estreché más manos. Charlé con Linda durante unos minutos hasta que Douglas se la llevó para enseñarle sus diseños. Eran más de las tres de la tarde cuando Bancroft acudió por fin a rescatarme.

- Tienes un aspecto verdaderamente andrajoso, muchacha - me comentó.

- Siempre has sabido cómo darle confianza a una chica, Bancroft. Si quieres que te diga la verdad, realmente me siento andrajosa.

-¿Por qué no me dejas que te acompañe hasta la mansión Mowrey? -me preguntó-. Esto tiene todo el aspecto de ir a durar hasta la noche... y mañana es el primer día de trabajo en la fábrica - añadió-. No estoy seguro de que toda esa cerveza haya sido una buena idea.

- Siempre pensando en la buena marcha de tus inversiones, ¿no es cierto?

- Por eso soy un hombre rico.

- ¿Crees de veras que estaría bien que me marchase?

-Tu hermano ya lo ha hecho. El y esa atractiva morena que va vestida de rosa se han marchado en la carreta de ella hace más de una hora. Ahí se está cociendo algo, sospecho. Ven conmigo, Miranda. Si sigues aquí empezarás a dar cortes a la gente, a ponerte brusca y a mostrar tu verdadero carácter. Te conozco, muchacha.

-Ser una dama tiene sus inconvenientes.

- Difícil, ¿eh?

-No te haces idea -le dije.

Me cogió de la mano y me guió entre la multitud hacia la zona reservada a los carruajes. El magnífico vehículo descubierto en el que habíamos venido estaba allí, entre los demás, y un muchacho de cabello muy rubio y gran cantidad de pecas vigilaba los caballos. Bancroft le lanzó una moneda, se sentó a mi lado en el pescante y cogió las riendas. En pocos minutos dejamos atrás el ruido y la confusión y avanzamos lentamente por la tortuosa carretera que cruzaba la aldea. Aquella tarde se hallaba virtualmente desierta; ya empezaba a mostrar síntomas de prosperidad. Habían remozado la posada, habían blanqueado la fachada y, encima de la puerta, un letrero llamativamente pintado se balanceaba movido por el aire. Los cascos de los caballos resonaban en la calle empedrada. El sonido producía un eco fantasmal por todo el pueblo.

- ¿Contenta? - me preguntó Bancroft.

-Mucho -repuse-. Sobre todo por mi hermano. Para él es un sueño convertido en realidad. Me alegro de haber podido ayudarle a conseguirlo.

- También ése era el sueño de tu padre - me hizo notar Bancroft.

- Eso además.

- Tus padres se habrían sentido muy orgullosos de los dos, Miranda. Le has hecho mucho bien a la gente. Mira este pueblo. Mira toda esa gente que hemos dejado atrás.

- Ojalá pudiera sentirme noble por ello. De momento sólo me siento exhausta. Estos últimos cuatro meses han sido... increíblemente agitados.

Pero has hecho maravillas.

-Creo que sí.

Ya habíamos salido del pueblo y avanzábamos por la misma carretera donde yo en cierta ocasión viera los casacas rojas. Era una tarde preciosa. El sol brillaba y se reflejaba en el agua produciendo dibujos plateados sobre el azul. Las olas bañaban tranquilamente la arena y las gaviotas describían perezosos círculos en el cielo. Permanecimos un rato en silencio, Bancroft sosteniendo apenas las riendas. A lo lejos se veía la mansión Mowrey luciendo su nuevo esplendor con orgullo. El césped estaba primorosamente recortado, y los jardines en flor. Costaba creer que tan poco tiempo antes aquél hubiese sido un lugar tan sombrío y hostil.

-¿Echas de menos Londres? -me preguntó Bancroft.

- Pues... no se qué decirte, Dick.

-¿Ah, no?

-Quiero mucho a mi hermano, pero... él tiene que vivir su propia vida y yo no estoy segura de poder...

- Titubeé-. No estoy segura de poder encajar en ella. Por fin he descubierto quién soy, es cierto, pero...

- No estás segura de que eso sea precisamente lo que tú quieres ser - apuntó.

-Qué bien me conoces, Bancroft. Demasiado bien. Es posible que lo que sucede sea que he tenido que pasarme demasiados años arañando y luchando para sobrevivir como para convertirme ahora en la graciosa lady de la mansión Mowrey. Es mi herencia, pero... no estoy segura de llevarlo en la sangre. ¿Estoy diciendo tonterías?

-En absoluto -me aseguró.

- Supongo que lo que digo parecerá ingratitud por mi parte después de todas las cosas buenas que me han sucedido. Pero no soy una desagradecida. No se trata de eso.

-Ya lo sé, muchacha.

El carruaje avanzaba ahora por el paseo. Los macizos de rododendros que crecían delante de la casa, a ambos lados del pórtico, estaban en flor; los capullos, de colores azul y púrpura, hacían un suave contraste con la desgastada piedra gris. Me llegó la sutil fragancia de las flores al tiempo que Dick tiraba suavemente de las riendas y detenía los caballos ante la ancha escalinata de piedra. Se apeó, me dio la mano para ayudarme a bajar y se quedó de pie en los escalones durante unos minutos. Tenía que volver a la fiesta para entrevistarse con los inversores, pero estaría de regreso a la hora de cenar y pasaría allí la noche. Yo odiaba pensar que a la mañana siguiente Bancroft tenía que partir para Londres. Aquel atractivo hombre, alto y fornido, con toda su fuerza, su calor y su prudencia, significaba mucho para mí, y le iba a echar terriblemente de menos. Probablemente él era la persona que mejor me conocía del mundo, y comprendía perfectamente lo que yo sentía. Y también conocía los motivos.

- Has llegado muy lejos, Miranda -me dijo.

-Creo que si.

- Cuesta creer que hace un tiempo fueras una golfilla de cara sucia con la voz igual que el graznido de un pato.

- Nunca tuve la voz tan fea, hijo de puta.

-Claro que si. Nunca olvidaré aquella mañana en Tyburn cuando me desvalijaste los bolsillos. Vaya picaruela habilidosa estabas hecha. Aunque no tan habilidosa, a juzgar por lo que pasó después. Sucia, mal hablada, completamente salvaje... y mírate ahora.

Recordé aquellos tiempos, y no contesté. Noté que la tristeza me invadía por dentro, y procuré por todos los medios atajarla. Se suponía que aquel día tenía que ser uno de los más felices de mi vida. Debía sentirme llena de júbilo por todo lo que habíamos conseguido. Bancroft me cogió una mano y me la apretó. Los cálidos ojos marrones de aquel hombre eran comprensivos y estaban llenos de cariño.

-Anímate, muchacha -me dijo-. Todo va a salir bien.

-Ya ha salido bien. Puede que ése sea precisamente mi problema.

- Esto no es el final, Miranda. Es simplemente el comienzo. A ti te pasan cosas -eres de esa clase de personas-, y tengo la impresión de que van a seguir pasándote. Los periodistas afirman que tu vida ha sido como un cuento de hadas. Supongo que lo ha sido en cierto modo, pero el cuento aún no ha terminado, muchacha.

- ¿Qué haría yo sin ti? -le pregunté con voz queda.

Bancroft se permitió una sonrisa irónica.

- Lo más probable es que te metieran en la cárcel a causa de las deudas, si atendemos a la forma en que has estado gastándote el dinero últimamente. Vete a casa, muchacha. Descansa un poco. Las cosas te parecerán mejor mañana.

Me dio un abrazo, volvió a subir al carruaje y se alejó. Me quedé de pie en los escalones mirando cómo el vehículo se hacía cada vez más pequeño a medida que avanzaba por el paseo. Y de nuevo me invadió aquella vieja tristeza, ahora con mucha más fuerza que en los últimos tiempos. Yo lo tenía todo... y no tenía nada. Maldición, pensé. Maldición, maldición, maldición. ¿Por qué no podía ser feliz? ¿Por qué tenía que seguir anhelando...? No, no iba a pensar en él. No iba a hacerlo. Ahora era lady Miranda y no necesitaba a nadie, mucho menos a un malhumorado y volátil escocés que... Lo maldije en silencio y luego entré en la casa para continuar mi vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6

 

 

Tres semanas después me encontraba muy atareada en la biblioteca clasificando libros y poniéndolos en montones. Les había estado quitando el polvo a todos, había limpiado como es debido aquellas magníficas encuadernaciones de cuero, y luego los había vuelto a poner en los estantes de cualquier manera, sin respetar autores ni temas. Historias de Grecia junto a diarios isabelinos. Libros de botánica apoyados amistosamente en memorias de la Restauración. Ponerlos en algo que fuese remotamente parecido al orden era una tarea de titanes, más complicada incluso por el hecho de que todos mis libros acababan de llegar de Londres. Llevaba días dedicándole varias horas a aquel trabajo y, a decir verdad, estaba agradecida de tenerlo. Douglas se pasaba la mayor parte del día en la fábrica y casi todas las tardes en Morrison Place, de modo que lo veía muy poco. Las obras de la casa habían finalizado al fin. Los criados que había contratado resultaron ser muy eficientes, todo marchaba sobre ruedas y yo no tenía gran cosa que hacer.

Los días pasaban uno tras otro, serenos y tranquilos, preciosos días soleados que eran perfectos para dar largos paseos, pero sólo se puede pasear hasta cierto punto. Ahora yo ya estaba completamente familiarizada con los páramos, hasta había ido en peregrinación a las ruinas romanas; había paseado por el borde de los acantilados y bajado por las rocas para caminar por la playa. Inquieta y vagamente insatisfecha, me daba la impresión de vivir en un estado de provisionalidad, esperando que sucediese algo... aunque no sabía qué. Trabajar en la biblioteca me ayudaba. Alineé los libros de geología en un estante vacío y a su lado coloqué los que trataban de minería del estaño. Ya eran más de las tres; el brillo del sol entraba oblicuamente por las ventanas y formaba manchas plateadas en el fino suelo de parquet. Tiré de la cuerda del timbre y, pocos instantes después, una agradable y rolliza doncella entró en la habitación con las sonrosadas mejillas muy sofocadas y el pelo, negro y acerado, evidentemente desarreglado bajo una cofia blanca puesta a toda prisa.

- Hola, Polly - la saludé-. ¿Quieres hacerme el favor de traerme una taza de té?

- ¡Oh, sí señora! -exclamó-. Ahora mismo os la traigo. No deberíais seguir trabajando de ese modo. Nan y yo estaríamos muy contentas de poner de nuevo esos libros en las estanterías.

- Estoy segura de ello, Polly. Te agradezco el ofrecimiento, pero prefiero hacerlo yo misma.

- No está bien que la señora de la casa cargue con todos esos libros y sude de esa manera.

- El té, Polly.

- La cocinera acaba de hacer unos bollos; todavía están calientes. ¿Queréis que os traiga unos cuantos con mantequilla y mermelada de fresa? ¿Os los traigo con el té? Hoy no habéis comido, lady Miranda.

- No tengo hambre, de verdad. Sólo té, es lo que me irá mejor.

Polly me dirigió una mirada de desaprobación y salió de la biblioteca. Los criados que contratara estaban tan preocupados por mi bienestar como lo habían estado los de lord Markham, y deseaban mimarme de la misma manera que mimaban a Douglas. A él, desde luego, le encantaba que le colmasen de atenciones, y trataba a la servidumbre con una amabilidad y desenfado que inspiraban en todos ellos algo cercano a la adoración. Yo era un enigma para ellos, ni severa ni dictatorial, ni inútil e incompetente. Me mostraba educada y amable y mantenía las cosas bajo una eficiente vigilancia, pero había dejado el gobierno de la mansión Mowrey en manos de Ned, quien, con una plantilla completa de criados bajo su mando, se hallaba en su elemento y hacía un trabajo soberbio, aunque yo sospechaba que allí abajo, en las dependencias de la servidumbre, se comportaba como un auténtico tirano.

Tras rodear varias pilas de libros, me senté en uno de los cómodos sillones de cuero que había junto a la chimenea. Una caja de embalaje a medio vaciar se encontraba junto al sillón; empecé a sacar los libros que contenía y examiné con cariño los volúmenes de Tom Jones y el ejemplar de La vida de Richard Savage que Sam Johnson me había dedicado personalmente. Después de dejarlos en la mesita que había al otro lado del sillón, saqué las obras de teatro que Marcelon me había regalado y un ajado pero muy querido ejemplar de Moll Flanders. Extraje tres libros más de la caja, y entonces el corazón me dio un vuelco. La maldición de Hesketh, James el gentilhombre, El extranjero que vino del Japón. ¿Por qué los habría conservado? Oh, Dios mío, ¿por qué no me habría deshecho de ellos? Sentí una sensación de vacío en la boca del estómago y una seca tirantez en la garganta. Los tres volúmenes actuaron como un catalizador y todos los recuerdos volvieron a mí en torrente; un dolor igual de fuerte, igual de real al que había sufrido tres años y medio antes cuando Cam Gordon saliera de mi vida.

La maldición de Hesketh... yo lo estaba leyendo aquel día en el desvencijado piso de la calle Holywell cuando Bancroft y Cam entraron; Bancroft expresó gran sorpresa al ver que yo sabía leer. Entonces me había lanzado a hacer una crítica de las obras de Roderick Cane, y Cam se fue poniendo cada vez más glacial a medida que yo le iba dando mi opinión. Recordé su ira, y también mi consternación al descubrir que Roderick Cane y el agrio escocés con el que me ataba un contrato de aprendizaje eran la misma persona. James el gentilhombre... qué feliz había sido yo mientras Cam escribía aquel libro, total y apasionadamente enamorada por primera y única vez en mi vida, descubriendo todas aquellas nuevas y exquisitas sensaciones, jubilosa, cautivada y subida a una nube dorada de felicidad, atendiéndole en cuerpo y alma y además encantada de poder hacerlo. El extranjero que vino del Japón... yo había empezado a escribir por mi cuenta y Cam estaba profundamente implicado con su primo, Robbie y todos los demás rebeldes, y siempre de un humor de perros; fue una época de constantes tensiones y peleas, y Cam terminó el libro justo antes de aquella espantosa noche en que... Aparté los libros y cerré los ojos durante un momento, intentando luchar contra las emociones que se apoderaban de mí.

“No vas a ponerte a llorar, maldita sea. ¡No! El no se lo merece. No se lo merece. Ningún hombre vale el que se pase por esta clase de angustia. Amaste a un hijo de perra con toda tu alma y tu corazón, le entregaste ambas cosas y él rechazó aquel regalo, te abandonó sin dudarlo un solo instante y nunca, nunca, volverá a encontrar a nadie que lo ame de ese modo. Se sentirá desgraciado y solo hasta que un día se dará cuenta de lo que dejó escapar, y tú... a ti te va mucho mejor sin él. Has conseguido sobrevivir. Te has labrado una nueva vida. Sobreponte, Miranda. Ya ha pasado.”

-El té, milady -dijo Polly.

- ¡Oh! No... no te había oído entrar.

- Me he tomado la libertad de traeros unos cuantos bollos de los que os hablé, y también mantequilla y un tarro de mermelada de fresa. Pensé que así a lo mejor sentíais la tentación, aunque dijeseis que no los queríais.

- Muchas gracias, Polly.

-Y además una sorpresa. Una carta. Viene de Londres, nada menos. Un tipo del pueblo la ha traído hace unos minutos. Va dirigida a vos, no a lord Mowrey. Pensé que os gustaría verla inmediatamente.

Puso a mi lado la bandeja con el té y me entregó la carta, con una ardiente curiosidad que apenas conseguía disimular. Que una carta pudiera venir nada menos que de Londres era algo que resultaba sorprendente para una muchacha como Polly. Volví a darle las gracias con voz impaciente y ella abandonó la habitación, aunque de mala gana. Me serví una taza de té. Empecé a beberlo despacio. Estaba muy caliente y cargado. Me vino francamente bien. Volví a meter los tres libros de Roderick Cane en la caja de embalaje y procuré apartarme de la cabeza a Cam Gordon. Tras servirme otra taza de té, abrí la última misiva de Marcelon.

 

 

¡Querida mía!

Tengo muchas cosas que contarte y, como siempre, tengo también mucha prisa; además, y para empezar, ¡no se me da muy bien escribir cartas! Estas últimas semanas han sido absolutamente frenéticas, pues con la nueva producción que tenemos en marcha... Wycherley, querida, en el Haymarket, una farsa alegre de la Restauración; deberías ver mis trajes, podrías venir a Londres mientras aún esté en cartel. Además, y ésta es la noticia realmente importante que quería darte ¡ Thomas y yo nos hemos decidido al fin! ¡Nos hemos casado!

Al hombre casi se le quedan los pies paralizados -tuve que arrastrarlo hasta el altar en el último minuto-, ¡ pero todo ha sido pura dicha desde entonces! Tiene mucha paciencia, es muy tolerante y adora a los perros, incluso los lleva de paseo al parque cada mañana. Tuve que dejar la casa de Greenbriar Court, por desgracia, sencillamente no era apropiada, y hemos ido a vivir a la casa de él, que es más grande y cómoda y que ahora estoy volviendo a decorar por completo.

Thomas es muy gruñón y tiene un montón de manías latosas que le estoy quitando poco a poco, pero somos muy felices. (Entre nous), no hay mucho romanticismo en nuestro matrimonio, ya sabes a qué me refiero, pero los dos hemos llegado a una edad en que la compañía es mucho más importante.)

Thomas anda por ahí dándose importancia como un pavo real, está muy orgulloso de sí mismo por haber publicado Las chicas de Betty. El libro todavía se vende de locura, querida, y proporciona toneladas de dinero, del que, según tengo entendido, te llevas una sabrosa parte. Johnson afirma que es el libro más importante del año, como probablemente ya sabrás -te mandé todos aquellos recortes de periódico, ¿no?-, pero añadió que era conveniente guardarlo bajo llave para evitar que caiga en manos impresionables e inocentes. ¡Eso, claro está, hizo que las ventas se disparasen todavía más! Lo verdaderamente importante es que Las chicas de Betty ha causado gran revuelo entre un importante número de personas públicas, que están horrorizadas por las condiciones en que viven esas desgraciadas criaturas y están formando comités para ver qué puede hacerse a fin de ayudarlas y también para evitar que otras muchas lleguen a encontrarse en la misma situación. El deán Jordon encabeza uno de los comités, y yo he prestado mi nombre, aunque estoy demasiado ocupada con Wycherley para ser de verdadera ayuda.

Supongo que habrás tenido noticias d Davy. Por fin se casó con aquella bailarina austriaca, que se ha retirado del teatro y se dedica por entero a cuidar y dar de comer a D. Garrick. El se quedó desolado cuando te fuiste de Londres, Miranda, y Mademoiselle Violette, Eva Maria o como quiera que se llame, estaba allí para cogerle la mano, consolarlo e invadirlo. A mí ella nunca me ha gustado mucho, es demasiado fría, demasiado germánica, pero al parecer es exactamente lo que Davy necesita, y aunque no formen una pareja extraordinariamente dichosa, sí es una cosa sensata para ambos. Davy ya se ha convertido en una persona plácida y hogareña, se queda en casa en zapatillas y con un ponche caliente; se acabó para él el salir mucho por Londres, se acabó el pasarse las noches en los cafés hasta altas horas de la madrugada. Guarda todas las energías para el trabajo, lo cual, aunque resulte aburrido, es sumamente prudente.

Así que... espero que todo te vaya muy bien, Miranda, querida. Bancroft me contó todo sobre la inauguración de la fábrica de cerámica cuando regresó de Cornualles. (Por cierto, fue él quien me entregó en la boda; un poco con demasiada ilusión, tengo que añadir.) No hace más que hablar con gran entusiasmo de tu hermano. Lord Mowrey, dice, es tan agudo como una tachuela, muy brillante y un magnífico negociante, y además se ve que es también un diseñador de gran talento. Dick afirma que va a tener un éxito terrible. ¡Resulta increíble que os hayáis encontrado después de tantos años! (Le eché una bronca terrible a mi marido por filtrar la historia a la prensa, querida, aunque ello haya generado unas ventas increíbles. De todos modos ahora eres “lady Miranda”, y más famosa que nunca. Todavía siguen escribiendo artículos sobre ello.)

Ahora tengo que marcharme a toda prisa. Los tres perros están ladrando y Thomas me espera pacientemente para llevarme a cenar; la nueva doncella a convertido mi armario en un absoluto caos. Escríbeme, querida, y procura venir pronto a Londres... trae contigo ese fascinante hermano tuyo. Todos te queremos mucho, Miranda, y te echamos terriblemente de menos. Adiós por ahora, preciosa.

 

 

Era como si Marcelon hubiese estado allí conmigo en la habitación, pues aquel brillante torrente de palabras captaba por completo su excéntrica y lucida personalidad. Yo también la echaba de menos, y finalmente admití para mis adentros que también echaba de menos Londres, todo el ajetreo y la emoción que sólo aquella ciudad abarrotada de gente, ruidosa y sucia podía proporcionar. Cornualles tenía su propia y especial grandeza, es cierto - los misteriosos páramos, la escarpada y magnífica costa-, pero el acre sabor de la sal y los estridentes chirridos de las gaviotas no podían sustituir los olores nocivos y el alborotado estruendo que confería a Londres su bulliciosa y particular personalidad.

A la tarde siguiente, al volver de un largo paseo por los páramos, aún seguía pensando en la carta de Marcie. Era un día triste, el cielo tenía el mismo color que el peltre viejo, el poco sol que había caía en tenues rayos blancos. La hierba rígida de color gris desvaído que cubría los páramos tenía un manto púrpura pálido y los surcos que se veían en los cantos rodados me recordaban la sangre seca. El tiempo se estaba poniendo frío. Un viento cortante me revolvía el pelo y hacía que la falda de mi vestido azul violeta me azotase las piernas. La pesada capa azul que llevaba puesta se levantaba con el viento y flotaba detrás mío como alas de color índigo.

Parecía que Marcie era muy feliz, pues estaba rebosante de energía y vitalidad, más entusiasta que nunca. Me alegraba mucho por ella y también por Thomas, porque los dos, a pesar de sus éxitos, habían sido esencialmente personas solitarias. Ahora se tenían el uno al otro y sus años otoñales se llenarían de colorido y calor al sentirse acompañados. Con toda seguridad Marcie le estaría dando la lata constantemente, con alegría. Y Thomas sin duda le gruñiría y despotricaría, pero seguro que los dos iban a disfrutar hasta el último momento alborotado y bullicioso. Thomas necesitaba unos cuantos fuegos artificiales en su vida, y Marcie, en cambio, necesitaba un poco de sobriedad. Se complementarían de un modo hermoso, en mi opinión, y deseaba poder estar allí para abrazarles a los dos y ofrecerles una espléndida fiesta.

El cielo se estaba poniendo aún más oscuro, un evidente matiz púrpura teñía el gris peltre y las nubes aparecían muy cargadas y proyectaban sombras en movimiento sobre el páramo. Aunque no podían ser mucho más de las cuatro, el sol se desvanecía rápidamente, cada vez era más tenue. “Se está levantando una tormenta”, pensé mientras me apartaba un sedoso mechón de pelo de la mejilla. Aquel tiempo triste y amenazador era un bienvenido alivio después de todas aquellas semanas de deslumbrante claridad. Caminé despacio sobre el suelo esponjoso, rodeando los ancestrales cantos rodados grises y esquivando las manchas de ciénaga que brillaban con aquel color negro y alquitranado a la fantasmal luz blanquecina. A lo lejos se alzaba la mansión Mowrey, una sólida mole gris rodeada por el verde de la hierba y los arbustos.

También me alegraba por Davy, porque se había casado con la mujer que al parecer le convenía, una mujer que le proporcionaría la estabilidad que él necesitaba para concentrarse en lo más importante de todo: su trabajo. Davy me había amado, yo lo sabia bien, y mi carta rechazando su proposición de matrimonio le había hecho daño, pero al herirlo yo le había ahorrado un mal mucho mayor. Siempre le tendría cariño, pero nunca habría podido amarlo como él se merecía ni habría podido proporcionarle la vida hogareña que la nueva señora Garrick le daría. Davy era un genio auténtico, y un hombre con una naturaleza tan compleja como la suya requería una dedicación total y una atención constante. Y eso, a juzgar por las apariencias, era precisamente lo que le estaba dando su esposa, de modo que él acabaría por ser mucho más feliz de lo que hubiera podido ser nunca conmigo.

La capa me azotaba la espalda cuando dejé atrás el páramo y me adentré en el césped situado detrás de la casa; pasé junto a los nuevos emparrados cubiertos de hojas color verde oscuro que se agitaban a causa del viento produciendo un fuerte susurro. Abrí la puerta trasera y penetré en el enorme vestíbulo que los Mowrey utilizaran en otro tiempo para ejercitar los caballos. Aunque lo habían limpiado por completo y habían cubierto el suelo con esteras de juncos, seguía siendo un lugar sombrío, feo y algo siniestro. Pensé que no había forma de alegrar un vestíbulo tan sobrecogedor, grande y cavernoso como aquél. Las sombras envolvían las paredes y el olor acre a humedad todavía no se había disipado del todo. Seguía produciéndome escalofríos, vaya que sí, y con cierto alivio abrí la estrecha puerta de madera y entré en el corredor que bordeaba la escalera principal, pasando a toda prisa por el lugar donde mi padre se había estrellado hallando la muerte hacia casi un cuarto de siglo.

- ¡ Por fin habéis venido, señora! - exclamó Polly corriendo a mi encuentro-. Nos habéis tenido en vilo, ya lo creo que sí. Nadie sabía dónde estabais. Le dije a la señora Clemson que probablemente habríais ido a dar un paseo, pero ella estaba muy disgustada, no paraba de ir de un lado para otro como una gallina clueca... Ya sé que no debería deciros esto, siendo ella el ama de llaves y todo eso, ¡pero es la verdad!

Tenía los oscuros ojos muy brillantes a causa de la excitación y el semblante agitado en extremo; noté que me echaba a temblar, alarmada.

-¿Qué sucede, Polly? ¿Qué ocurre? Mi hermano... le ha pasado algo a...

- Está en la fábrica - repuso ella rápidamente-. La señora Clemson pensó que quizás deberíamos mandar a buscarlo, pero es a vos a quien quiere ver ese militar. Preguntó, e hizo hincapié en ello, por “lady Miranda Mowrey”, y Ned... - A Polly le subieron los colores y comenzó a retorcer nerviosamente el borde del delantal.

-¿Sí, qué pasa? -la animé yo.

- Brown le dijo que no estabais en casa -continuó-, pero el soldado le contestó que esperaría a que vinieseis. Ahora se encuentra en el salón. Lleva más de una hora ahí.

- En ese caso no le importará esperar un poco más -dije yo-. Subiré a cambiarme. Dile que no tardaré en bajar.

Polly corrió pasillo adelante, muy agobiada por el desliz que había cometido. Sonreí tristemente mientras subía a mi habitación. Nuestro Ned Brown era un completo Lotario, pensé al tiempo que me quitaba la capa y luego el vestido azul violeta. Sabía que se estaba trajinando a Mary, la rubia frescachona que hacía la colada, y una vez me lo había tropezado en la despensa abrazando calurosamente a Coral, una de las doncellas, pero no sabía nada de que también estuviera prestándole servicios a Polly. Al parecer aquel hombre tenía un harén particular, pero mientras continuase dirigiendo la casa con tal seria eficacia como hasta ahora, sus expansiones sexuales no eran de mi incumbencia.

Diez minutos después, vestida con un traje de seda de un rico color granate y con el pelo, que había cepillado pulcramente, lanzando reflejos cobrizos, bajé de nuevo y entré en el salón para saludar a mi misterioso huésped. Este se hallaba de pie ante la ventana, de espaldas a mí, y miraba fijamente el cielo gris. Era alto y de una soberbia constitución; la casaca escarlata le acentuaba los hombros anchos y la esbelta cintura, y las calzas, muy ajustadas, le cubrían las musculosas piernas como una segunda piel. Las botas negras que llegaban hasta la rodilla estaban muy lustrosas, y tenía la cabeza cubierta de rizos rubios, cortos y apretados. Me aclaré la garganta. El se dio la vuelta.

-Volvemos a vernos -dijo el capitán Jon Ramsey.

Aquellos brillante ojos azules eran fríos como el hielo, igual que en aquella otra ocasión anterior en que me lo encontrara en la recepción de lady Julia; el cruel y atractivo rostro seguía igual de hostil que entonces. Aquel turbador encuentro casi se me había olvidado durante los meses transcurridos desde que había tenido lugar, pero me vino de golpe a la memoria cuando lo vi allí de pie, delante de la ventana, con las piernas muy separadas y los puños apoyados en los muslos. Lo miré fijamente y una sensación de alarma, por completo irracional, se agitó dentro de mí. Pasaron unos momentos antes de que consiguiera controlarla por completo.

-Capitán Ramsey -dije entonces-. Qué visita tan... tan inesperada.

-¿Ah, sí? -inquirió.

Aquello más que una pregunta, era casi una acusación. La voz le sonaba igual que un sable que sesgara el aire.

- ¿No queréis tomar asiento, capitán Ramsey? Ordenaré a uno de los criados que traiga té. ¿O quizás preferís algo un poco más fuerte?

- Me temo que ésta no es precisamente una visita social, señorita James.

-Ya no soy la señorita James -le informé.

-Eso he leído en los periódicos. Por lo visto ahora os habéis convertido en una dama.

- Os agradeceré que lo tengáis presente - le indiqué con acritud.

Esbozó una débil sonrisa sarcástica, satisfecho al comprobar que me había sacado de quicio, y me maldije por haber mordido el anzuelo tan rápidamente. El capitán Ramsey tenía una figura imponente, eso era innegable, ataviado con aquellas relucientes botas negras, los ajustados calzones blancos y una casaca escarlata de corte impecable, con hombreras y galones de oro. Duro, arrogante, sin duda alguna era capaz de inspirar terror a sus hombres, pero yo no estaba dispuesta a dejarme intimidar. Me acerqué al sofá y apoyé una mano en el curvo respaldo, pero no me senté

- Supe que habíais venido a Cornualles - me dijo.

- No lo he mantenido en secreto, capitán Ramsey.

- Me encargué de averiguarlo por mi cuenta. Os he tenido estrechamente vigilada y he podido seguir todos vuestros movimientos.

-¿De veras?

- Supe cuándo os marchasteis de Londres. Supe cuándo llegasteis aquí, incluso la hora exacta. Uno de mis hombres vio vuestro carruaje y se apresuró a informarme. Hemos estado vigilándoos. Y hemos vigilado también esta casa.

- Debe de haber resultado muy aburrido para vos

- repliqué entonces.

-Vos no lo sabíais, naturalmente. Nadie lo sabía. Había puesto a dos de mis mejores hombres en esa tarea. No iban de uniforme, naturalmente. Han pasado perfectamente desapercibidos en el escenario.

- Qué inteligente - observé.

- Uno de ellos hasta llegó a solicitar un empleo de lacayo aquí, pero desgraciadamente ese hombre que tenéis a vuestro servicio, Brown, lo rechazó.

Gracias a Dios, pensé yo. Mientras contrataba a la señora Clemson y a todas las doncellas, le encargué a Ned que se ocupase personalmente de contratar a lacayos y mozos de cuadras. Me sentía muy perturbada, mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir, pero el capitán Ramsey no iba a darse cuenta de ello si podía evitarlo. Lo contemplé con altanería, muy en mi papel de gran señora de la mansión solariega.

-Supongo que ya sabéis por qué estoy aquí -me dijo.

- Al contrario, no tengo la menor idea.

- Mentís.

- ¿Cómo os atrevéis...?

- Soy un agente del Rey, señorita James. El duque de Cumberland en persona me asignó esta misión. No ha olvidado el intento de asesinato que tuvo lugar hace tres años y medio... ni mucho menos. Está más decidido que nunca a acorralar a todos y cada uno de los implicados.

No me digné a responder. Jon Ramsey se acercó a mí hirviendo de hostilidad en un intento de acobardarme, pero yo no tenía nada que ocultar. Se detuvo a unos pasos de mí y cruzó los brazos sobre el pecho, lo que hizo que los flecos de las hombreras se balancearan adelante y atrás y relucieran de forma muy deslumbrante. Los ojos azules ya no eran fríos como el hielo. Ahora ardían reflejando un odio asesino. Me mantuve firme, tratando desesperadamente de controlar la alarma que sentía. En mis tiempos había tenido encuentros con hombres peligrosos, pero, comparados con el capitán Ramsey, Black Jack Stewart y su banda parecían unos buenazos.

-Quiero encontrar a Cam Gordon -dijo.

- Me temo que yo no sé donde está.

- Sabéis muy bien que forma parte de una pandilla de contrabandistas que opera en la costa de Cornualles.

-Eso he oído, sí.

-Y supongo que esperáis que me crea que vuestra venida a Cornualles no ha sido más que pura coincidencia.

-Ya sé que esto probablemente os causará una gran sorpresa, capitán Ramsey, pero no podría importarme menos lo que vos creáis o dejéis de creer.

Aquello no le gustó. No le gustó nada. Dio un paso hacia mí, descruzando los brazos, separando las piernas otra vez y colocándose los puños en los muslos. A mí se me había secado la garganta y el corazón me empezaba a latir con demasiada rapidez, pero aún así lo contemplé con fría altivez, negándome con decisión a manifestar el menor signo de intimidación.

- Han estado operando en la costa a cincuenta kilómetros de aquí -continuó-. Naturalmente, un grueso de nuestras fuerzas se ha concentrado en aquella zona, aunque he tenido la precaución de mantener vigiladas todas las aldeas de esta parte de Cornualles.

-Sabia decisión, estoy segura.

- Los dos habéis sido muy listos - continuó.

- ¿Listos?

- Sin embargo no habéis conseguido engañarme ni siquiera un momento. Vos lleváis en Cornualles cuatro meses y medio. Durante todo este período de tiempo Cam Gordon ha estado entrando y saliendo furtivamente del país, y sólo a cincuenta kilómetros de distancia de aquí. ¿Vais a decirme que no habéis establecido contacto con él?

-No voy a deciros nada.

-No sé cómo lo habéis conseguido... os hemos vigilado a vos, hemos vigilado la casa... pero yo sé que, de un modo u otro, habéis establecido en secreto contacto con él. No creo en las coincidencias, señorita James. Y encuentro muy raro que un joven aristócrata sin un céntimo tenga de repente el dinero necesario para abrir una fábrica de cerámica que llevaba años cerrada y para remozar por completo la mansión familiar.

- Los asuntos financieros de mi hermano no son de la incumbencia de...

- Estoy seguro de que muchos hombres mantendrían gustosamente una ramera en su casa por esa cantidad de dinero haciéndola pasar por una hermana largo tiempo extraviada. Puede que haya mucha gente que se ha tragado vuestra pequeña charada, pero yo no.

Con mucha calma, con toda la calma que pude, me acerqué a la chimenea y tiré del largo cordón azul que colgaba junto a la misma.

- Voy a ignorar lo que acabáis de decir, capitán Ramsey - afirmé al tiempo que me daba la vuelta para quedar frente a él-. No voy a abofetearos. No voy a hacer que mis criados os echen de la casa. Voy a permitir que os vayáis en paz. En este mismo momento.

- Vuestra charada ya casi ha tocado a su fin - me aseguró-. Ayudar a un hombre al que busca la ley es un delito. No me sorprendería nada ver cómo os ahorcan justo al lado de vuestro amante.

Volví a tirar del cordón de la campanilla, esta vez quizás con demasiada violencia. No estaba dispuesta a perder el control. No pensaba hacerlo. No iba a proporcionarle semejante satisfacción.

- Hace un par de noches tuvimos una pequeña escaramuza con la pandilla de contrabandistas - continuó Ramsey -. Cayeron todos en una emboscada que les habíamos tendido. Era una noche muy oscura y hubo una enorme confusión, mucho ruido, refulgir de puñales, derramamiento de sangre, disparos y humo. No se supo qué fue lo que les hirió. Tres de ellos pudieron ser capturados. Otros siete han muerto.

Me observó atentamente para ver cuál era mi reacción ante aquella noticia. No mostré ninguna en absoluto, me limité a mirarle fijamente con una fría compostura que ocultaba por completo el torbellino que se agitaba en mi interior. Cam no, me dije. Cam no. Si Cam hubiese estado entre ellos, Ramsey no se encontraría ahora en mi casa. Por favor, Dios mío, Cam no. Los labios delgados de Ramsey se elevaron por una de las comisuras formando una media sonrisa cruel mientras los ojos azules le brillaban siniestramente.

-Yo mismo maté a dos de ellos -me informó-. Resultó muy satisfactorio. Por desgracia ninguno de los dos era Cam Gordon. El y otro hombre lograron escapar en medio de la confusión que se formó.

No dije nada. Ramsey se acercó a mí.

- Esta mañana capturamos a su compañero a menos de ocho kilómetros de aquí. Intentaba deslizarse sin ser visto hacia una granja con intención de robar comida. Por lo visto Gordon y él se habían escondido en una de las muchas cueva o túneles que abundan por esta parte de la costa. Hice que condujeran a aquel hombre a mí presencia, decidido a hacerle hablar hasta que revelara el paradero de Gordon, pero me temo que puse demasiado celo en el interrogatorio. No estará en condiciones de hablar al menos durante veinticuatro horas.

Ahora se hallaba de pie ante mí, tan cerca que si yo hubiera extendido una mano habría podido tocar aquella cara cruel, y no por ello exenta de atractivo, de apretados rizos rubios. Eché la cabeza hacia atrás y le miré a los ojos azules, que ahora ardían motivados por una perversa lujuria. Tenía tensa la piel de los pómulos, los delgados labios apretados con fuerza, lo que me hizo reprimir un estremecimiento. Yo lo sabia casi todo acerca de aquel tipo de hombres. Solían acudir en tropel a St. Giles, al burdel que regentaba Mother Redcoat, para satisfacer sus brutales apetitos.

-Tengo a cincuenta hombres registrando la zona en un intento de encontrar a Gordon - me dijo-. Cinco de ellos están esperando ahí fuera en este momento. Se me ocurrió que quizás él hubiese logrado burlar la vigilancia de mis hombres y entrar en la casa. Pienso registrarla de arriba abajo.

- ¡Y una mierda, vais a hacer!

Se me había acabado la compostura. Lady Miranda se había evaporado en un instante y en su lugar la duquesa Randy estaba dispuesta a dar patadas y arañazos para hacer cuanto más daño mejor. Ramsey lo notó. Volvió a sonreír, satisfecho de haber podido quebrantar por fin mi tranquila fachada. Lo miré con furia, la misma gata salvaje de antaño.

- Sugiero que cooperéis, señorita James.

- ¡Y yo sugiero que os vayáis a tomar por culo! ¡Fuera de esta casa ahora mismo!

-Quien ha sido ramera una vez lo será siempre. Ardo en deseos de entendérmelas con vos personalmente cuando todo esto haya acabado. Va a...

Le crucé la cara de una bofetada tan fuerte que perdió el equilibrio, se tambaleó y cayó hacia atrás. Cogí uno de los candelabros de plata como quien enarbola una porra, enteramente dispuesta a aplastarle el cráneo. Ramsey estaba aturdido, y una huella rosácea le ardía en un lado de la cara.

-¡Perra! Voy a...

- ¿Tenéis algún problema, lady Miranda? - me preguntó entonces Ned.

Había entrado en la habitación como quien no quiere la cosa, más que nunca con aspecto de pugilista a causa del ceñido uniforme negro que resaltaba los fuertes músculos. Llevaba una corbata de seda blanca pulcramente anudada por encima del chaleco negro y tenía abierta la levita, también negra, que le aleteaba un poco al andar. Aquel rostro irregular, con la nariz rota y flequillo de fraile formado de espeso pelo marrón, se mostraba imperturbable, y los ojos castaños tenían un aire bovino, como sino tuviera nada de particular el hecho de encontrarse a la señora de la casa empuñando con todas sus fuerzas un candelabro y dispuesta a aporrear con él a un visitante.

- El capitán Ramsey se marchaba - le indiqué con voz crispada.

- ¿Queréis que lo acompañe a la puerta?

- Por favor.

- ¡No pienso marcharme! ¡No hasta que haya registrado a fondo toda esta casa! Ahora mismo voy a decirles a mis hombres que entren y...

- Parece que vamos a tener un pequeño problema -le interrumpió Ned.

La voz le sonó lenta y aletargada; Ned mantenía el semblante absolutamente impasible, aunque tanto la una como el otro rezumaban fuerza bruta y una innegable amenaza. Ramsey vaciló, lanzando rayos de fuego azul por los ojos; luego se incorporó y asumió un aire de acerada hostilidad.

-Yo de ti no me metería en esto, Brown. Soy agente del Rey, respondo directamente ante el duque de Cumberland. Tengo cinco hombres ahí afuera. Van completamente armados. Si te metes en mi camino te encontrarás con serios problemas.

Ned esbozó una amplia sonrisa; los ojos marrones se le llenaron de perezosa diversión al contemplar a aquel oficial elegantemente vestido cuyo pelo formaba apretados rizos rubios. Ramsey estaba desconcertado y un poco incómodo. Ned no contestó en seguida. Dejó que la sonrisa le aumentara y luego meneó a ambos lados la cabeza.

- No sé qué clase de autoridad será la que tenéis - le dijo perezosamente-, pero estoy seguro de que no alcanza para registrar la casa de un lord sin autorización. Yo en vuestro lugar me marcharía de inmediato... mientras aún le sea posible caminar.

- ¿Me estás amenazando?

- Supongo que podrá decirse que sí. Me proporcionaría un placer considerable rompeos el cuello y dejar sin jefe a esos soldaditos de plomo que tenéis ahí fuera. Empezad a moveros, capitán.

Ramsey titubeó mientras medía mentalmente al hombre que tenía enfrente, apreciando la poderosa constitución, la nariz rota, aquellos oscuros ojos castaños que parecían disfrutar ya por anticipado del placer que acababa de mencionar. Palideció, y la marca encarnada que se le había formado en la mejilla se le destacó aún con más viveza. Como tantos otros tiranos de poca monta, Ramsey estaba acostumbrado a intimidar con facilidad a aquellos que eran más débiles que él o, como en el caso de sus hombres, a aquellos que no se hallaban en situación de hacerle frente. Ante alguien como Ned, el cobarde que en realidad era se ponía de manifiesto.

- ¡Te arrepentirás de esto, Brown!

Ramsey giró en redondo y me dirigió una mirada llena de ira. No dijo nada. No hacía falta. Aquella boca apretada, aquellos asesinos ojos azules lo decían todo por sí solos; reprimí otro escalofrío cuando el capitán Ramsey torció los labios en un gesto de rabia y salió a grandes zancadas de la habitación. Ned le siguió caminando con calma. Oí que la puerta principal se abría y se cerraba y también algunas voces; pocos minutos después escuché el resonar de los cascos de varios caballos que se alejaban al galope por el paseo. Volví a poner el candelabro en la repisa de la chimenea y respiré profundamente, haciendo desesperados esfuerzos por recobrar la compostura. Ned volvió a entrar en la habitación con la levita aleteando.

- ¿Os encontráis bien, lady Miranda?

- Sí, estoy muy bien, Ned. ¿Se... se han marchado?

- Sólo se han alejado. Supongo que a partir de ahora tendrán la casa estrechamente vigilada. Habrá por lo menos una docena de hombres vigilándola, puede que más.

-Yo... será mejor que te lo explique todo, Ned.

- No necesitáis explicarme nada, lady Miranda. Creo que ya sé a qué viene todo esto. Ese tipo, Gordon, al que Ramsey está tan ansioso por capturar, es el mismo con el que vos vivíais antes. Operaba con unos contrabandistas.

-Hace dos noches hubo...

- Lo sé todo. Gordon y un hombre llamado Hawkins lograron escapar. A Hawkins lo han capturado esta mañana. Gordon todavía anda suelto, y Ramsey cree que lo más seguro es que vos lo estéis ocultando.

- Hace varios años que no le veo, Ned. No he tenido noticias suyas. Él... él ni siquiera sabe que estoy en Cornualles. Ramsey...

- No tenéis que preocuparos por nada, lady Miranda -me aseguró.

La voz sonaba serena y tranquilizadora, aunque tenía los ojos castaños llenos de preocupación; me sentí mucho mejor sabiendo que lo tenía de mi lado. Puede que Ned presentara el aspecto de un bruto, puede que a veces se comportara de forma extraña y fuera engreído, pero había dedicado la mayor parte de su vida de adulto a mi hermano, cuidando de él con una leal dedicación a la que sólo podía darse el nombre de paternal. De su persona emanaba una fuerza tranquila que nada tenía que ver con su tamaño. Ahora yo lo estaba empezando a notar. Parecía que me arrastrase.

-No quiero que mi hermano se entere de esto -le dije-. No quiero que se preocupe.

- No hay necesidad de ello -convino Ned.

-Si ve a los soldados, si por casualidad descubre que Ramsey ha estado aquí, le diremos sencillamente que están buscando a... a uno de los contrabandistas que se cree se halla escondido en esta zona.

-Muy bien -repuso-. Ninguno de los criados le dirá nada, os lo prometo.

- Gracias, Ned. No sé lo que hubiera hecho yo si no hubieras entrado tan oportunamente.

Ned volvió a sonreír.

- Lo más probable es que le hubieseis aplastado la cabeza. Empuñabais un candelabro, lady Miranda. No me gustaría haceros enfadar por nada del mundo.

Me dirigió una mirada llena de admiración sin dejar de sonreír; luego, en broma, hizo una servil reverencia y salió de la habitación. Subí a mi dormitorio, tomé un prolongado baño caliente y me lavé el pelo, esforzándome todo lo que pude por apartar de la mente aquel incidente. Después me puse unas finas enaguas de color crema y encima media docena de faldas de gasa bordeadas de volantes, me sequé el pelo y me senté frente al tocador. Me estuve cepillando el cabello hasta que me cayó por los hombros en cascadas flotantes y sueltas, lleno de brillantes reflejos rojos y cobrizos. Tenía las mejillas muy pálidas. Con mucho cuidado me apliqué una sutil capa de colorete rosa, y un toque de lápiz de labios también rosa; me quedé contemplando la extraña que se reflejaba en el espejo con unos ojos color zafiro oscuro que parecían obsesionados y cuyos párpados estaban teñidos de una sombra azul grisácea.

El viento ululaba en el exterior y azotaba la casa por los cuatro costados, como si tratase de irrumpir en ella. Los marcos de las ventanas traqueteaban furiosamente, y los truenos se encadenaban a lo lejos como disparos de cañón. Aquello no contribuía en absoluto a aliviarme los nervios. Fruncí el ceño y dejé a un lado el lápiz de labios. “No vas a pensar más en ello -me dije con firmeza-. Quizás Cam Gordon se encuentre por estos alrededores, pero no es por tu causa. Ni siquiera sabe que estás aquí. Involucrarse con una banda de contrabandistas y arriesgar su puñetero cuello de esa forma... el muy hijo de perra no ha cambiado ni un ápice. Le estaría bien empleado que lo capturasen. ¡El muy idiota! Dios mío, haz que pueda escaparse.” Cerré los ojos y me sujeté con fuerza al borde del tocador al tiempo que me veía sacudida por todas aquellas sensaciones.

Media hora después, ataviada con un vestido de rico satén color crema a rayas doradas muy finas, saludé a Douglas con una serena sonrisa y lo acompañé hasta el comedor. Seguía con los nervios de punta y estaba emocionalmente exhausta; pero, decidida a que él no sospechase nada, conseguí como buenamente pude presentar ante mi hermano un aspecto muy compuesto. Douglas estaba muy exaltado con el nuevo color rosa que los artesanos venidos de Francia habían conseguido perfeccionar ya, un rosa oscuro muy rico, nada parecido a ningún otro rosa que se hubiese visto hasta entonces. Según mi hermano las cosas marchaban fantásticamente bien en la fábrica, fantásticamente bien. El primer juego fabricado con la nueva porcelana estaría expuesto dentro de un día o dos, y ya empezaban a llegar pedidos de los más importantes distribuidores, con todos los cuales Bancroft se había puesto en contacto. La mayoría de las tiendas más importantes de Londres querían adquirirlo, y también algunas de Bath; y la loza más barata iba a venderse ¡en toda Inglaterra! Mi hermano dudaba seriamente que la fábrica pudiera atender todos los pedidos.

Estuvo charlando sin cesar durante toda la cena, tan arrebatado a causa del entusiasmo que sentía que probablemente no habría notado nada si a mí se me hubiese puesto el pelo blanco de repente. Habló de los diversos procesos que estaban empleando, entró en detalles técnicos más allá de lo que a mí me resultaba comprensible y describió con gran lujo de detalles qué se hacía exactamente y lo importante que era conseguir el grado adecuado de calor para hacer cocer los colores, el enorme cuidado que había que tener cuando se utilizaba oro, la temperatura ideal a la que debían estar los hornos... Yo escuchaba todo aquello en silencio, asentía y me daban ganas de tirarle el salero a la cabeza. Douglas se dio cuenta por fin y entonces me dirigió una tímida sonrisa.

- Me parece que a veces me comporto como un verdadero latoso -comentó.

-¿Tú? -Arqueé una ceja-. Ni hablar.

- En cierto modo me siento culpable de ir cada día a la fábrica a pasármelo allí tan bien mientras tú te quedas aquí sola. Para ti debe de ser espantosamente aburrido.

- Pocas veces.

- Estás más guapa que nunca esta noche con ese vestido de crema dorado que llevas -me dijo-. Aunque es un poco atrevido, ¿no te parece?

-Así es como se llevan ahora. ¿Postre? -inquirí-. Creo que Cook ha hecho un pastel de chocolate.

- Tentador - dijo Douglas-, pero tengo que darme mucha prisa. Le prometí al padre de Linda que esta noche me pasaría por allí para charlar un rato.

-Oh. De manera que a quien cortejas ahora es al padre de Linda.

- ¡ Es un tipo muy interesante! - protestó Doug -. Se va muy pronto a dormir.

-¿Y luego?

-Linda también es una persona muy interesante. Un poco fría y cortante para mí gusto, pero conmigo se muestra siempre muy simpática.

Sonreí. Douglas volvió a esbozar una sonrisa irónica y ambos salimos al vestíbulo; el roce de mi falda de satén producía una música suave. Mi hermano se había puesto su mejor traje antes de cenar y tenía un aspecto realmente deslumbrante. Le alisé las solapas, le coloqué bien la corbata de seda y le atusé los mechones rubios que le caían por la frente. Douglas me sonrió, impaciente por todas aquellas atenciones y ansioso por marharse. El viento seguía ululando con fuerza y los truenos retumbaban sin cesar.

- Ten mucho cuidado -le dije-. Va a haber tormenta.

- No soy una criatura, Miranda. Además, puede que pasen varias horas antes de que caiga una gota de lluvia. Seguramente volveré tarde.

- Siempre vuelves bastante tarde. Dale recuerdos a Linda de mi parte.

Se marchó, y yo entré despacio en la biblioteca. Las velas estaban encendidas y arrojaban un cálido resplandor ámbar sobre las ricas encuadernaciones de cuero. Uno de los lacayos se presentó y me preguntó si deseaba que encendiese el fuego. Le indiqué que sí con la cabeza, pues la habitación estaba más bien fría, y pronto consiguió encender un fuego resplandeciente. Miré con desesperación los montones de libros que había en el suelo y las dos cajas de embalaje que contenían mis propios libros y que aún no me había decidido a abrir. Lancé un suspiro y me puse a trabajar, aunque no iba vestida para ello. Mejor seria estar ocupada, lo más ocupada posible. Tenía los nervios a punto de estallar y sabía que si me permitía pensar en lo que había sucedido me desmoronaría por completo. “Trabaja -me dije-. No pienses en nada. Trabaja hasta que estés a punto de caerte de agotamiento.”

Eso fue lo que hice. El reloj dio las ocho. Separé los libros, los coloqué en los estantes, los ordené. Las ocho y media, las nueve. Empecé otra pila de libros. Los truenos eran cada vez más fuertes. La casa entera parecía temblar. Douglas no debería haber salido en una noche como aquélla, pensé mientras llevaba en los brazos una carga de libros encuadernados en piel y los colocaba en un estante. Virgilio, Livio, Suetonio. Junto a éstos pondría los tres volúmenes de Josephus. Las nueve y cuarto. Las nueve y media. Entonces el viento aulló con fuerza un momento para luego cesar bruscamente y quedar en una calma total. Siguió un silencio espectral, como si la propia tierra estuviese conteniendo la respiración. Luego se oyó el ensordecedor estallido de un trueno y empezó el diluvio. Se puso a llover a cántaros; el agua resonaba, azotaba la casa en furiosas cortinas de agua.

Seguí trabajando e ignorando el furor de la tormenta; a las once ya había colocado todos los libros en montones y vaciado la caja de embalaje que estaba abierta; puse las novelas de Roderick Cane en un estante del fondo, al lado de las otras novelas. La tormenta no había amainado ni un ápice. En todo caso había aumentado, pues las cortinas de lluvia azotaban las ventanas como olas enfadadas. A Douglas le resultaría imposible llegar a casa con aquel tiempo. Tendría que quedarse a pasar la noche en Morrison Place. Yo me sentía agotada y sabía que no me quedaban fuerzas para abrir el resto de las cajas que me habían enviado de Londres. El fuego se había ido consumiendo, había quedado ya reducido a un montón de brasas de carbón. Las velas empezaban a chisporrotear. Arqueé la espalda, me estiré y me aparté una espesa onda de pelo que me caía sobre la sien. A lo mejor ahora conseguía dormir.

Excepto una vela que conservé en un pequeño candelabro de plata para iluminar el camino cuando subiese, apagué las restantes y salí al vestíbulo. Allí estaba muy oscuro, y todas las paredes se veían cubiertas de sombras que parecían oscilar y flotar como fantasmales nubes negras; la parpadeante llama que yo llevaba era la única iluminación. La lluvia resonaba y azotaba con frenesí, llenando la casa de ecos y crujidos como si una banda de demonios la hubiese invadido. Hacía frío. Había mucha corriente. La vela se me apagó. Me quedé dudando un momento en medio de la oscuridad y proferí una palabra muy poco adecuada para una dama. Luego se oyó un estallido capaz de romper los tímpanos, un estridente ruido semejante a un alarido. El vestíbulo se llenó de un resplandor azul y plateado que sólo duró un instante.

Un rayo. Había alcanzado a uno de los árboles de la parte de atrás. Pasé a toda prisa a las escaleras y me encaminé hacia la estrecha puerta que conducía al enorme vestíbulo trasero. Me pregunté cómo podrían dormir los criados en medio de aquel estruendo. Hacía horas que se habían retirado todos, sin duda estarían bien calentitos metidos en sus camas. Dejé el candelabro en una mesita, abrí la puerta y me adentré en el cavernoso vestíbulo de atrás. La larga fila de ventanas que daban a aquella parte de la casa no tenían cortinas, la lluvia resbalaba torrencial-mente por las ventanas y los constantes relámpagos producían un extraño efecto luminoso, azul plateado, negro y otra vez plateado, en un frenético parpadeo. Me acerqué a una de las ventanas y escudriñé el exterior; al cabo de un momento vi el árbol partido en dos, visible sólo un instante a la luz de los relámpagos. Al ver que no había fuego ni peligro aparente volví sobre mis pasos, pero entonces los relámpagos cesaron y me quedé allí en medio de la completa oscuridad.

- ¡ Maldición! - exclamé.

Allí hacia un frío glacial y estaba tan oscuro que apenas si veía un paso por delante de mí. Probablemente me tropezaría con la alfombra de junco y me rompería el cuello. “Lista, Miranda, muy lista, andar rondando a oscuras en medio de la peor tormenta que se ha producido en años.” Avancé con gran cautela hacia la estrecha puerta que había dejado abierta, sin saber exactamente cuál era la dirección correcta. El aire helado me acariciaba las mejillas, los brazos y los hombros desnudos. “Tenias que llevar esta noche uno de los vestidos más escotados que tienes, ¿verdad? Seguramente te morirás de frío.” Las capas de oscuridad parecían abrirse ante mi, pero entonces me detuve de repente, paralizada por completo. Una forma oscura se erguía a unos pasos delante de mi, sólida e inmóvil.

-¿Quién es?

Mi voz apenas fue un susurro ronco. Ahora notaba aquella presencia, unos ojos fijos en mí. Se me tensó la garganta. No podía respirar bien. No podía moverme. Sólo era capaz de mirar fijamente aquella forma alta y oscura, negra contra un fondo negro, inconfundiblemente humana. Nunca en mi vida había experimentado semejante terror. Furiosas ráfagas de viento lanzaban contra las ventanas cortinas de lluvia que golpeaban los vidrios. De repente la puerta trasera se abrió de par en par y golpeó contra la pared. La habían asegurado con cerrojo, como cada día. Alguien la había forzado y luego no la había vuelto a cerrar bien. La lluvia entraba con violencia por la abertura y salpicaba el suelo. Se produjo otro relámpago y, en medio de la breve y cegadora explosión de color azul plateado, vi al intruso. Grité. El se precipitó hacia mí. Me tambaleé. Me cogió en brazos y yo comencé a debatirme violentamente; entonces otro relámpago estalló y le vi el rostro.

-Hola, Miranda -me dijo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7

 

 

 

 

Eché el pie hacia atrás y le golpeé en la espinilla con todas mis fuerzas. El rugió de sorpresa y de dolor. Conseguí liberarme los brazos, cerré los  puños y comencé a darle golpes en el pecho; se tambaleó hacia atrás. Los relámpagos estallaban ahora sin cesar, como una extraña luz azul plateada que se encendiese y apagase una y otra vez, y aquel rostro mostró perplejidad y alarma cuando vio que yo le daba otra patada. Se dobló hacia delante. Le agarré del pelo y tiré de él con todas mis fuerzas. Lanzó un grito. Entonces decidió ponerse a pelear a su vez. Me sujetó con fuerza por las muñecas y me las retorció. Le solté el pelo. Me obligó a dar la vuelta, balanceándome y apretándome contra él y haciendo que mi espalda chocara contra su pecho. Me echó los brazos en torno a la cintura de forma que me aprisionó los míos a ambos costados, y me abrazó con tanta fuerza que hubo un momento en que creí que me ahogaría. Levanté el pie izquierdo y le pisé el suyo con tanta fuerza como pude, y él lanzó un grito de dolor.

-¿Has perdido el puñetero juicio o qué? ¡Soy yo!

Volví a pisotearle el pie. Se apresuró a soltarme. Me di la vuelta en redondo. Aquel hombre tenía los ojos henchidos de un profundo dolor. Le abofeteé la cara más fuerte aún que a Ramsey. Casi me rompí la muñeca al hacerlo. Cam Gordon retrocedió y se apartó de mi cojeando. La lluvia resonaba al golpear con fuerza las ventanas y entrar con violencia por la puerta abierta. Los truenos retumbaban. Un rayo cayó en otro árbol. Se produjo de nuevo un relámpago que iluminó todo con una brillante luz de color naranja plateado.

-¡Hijo de perra! -le grité-. ¡Puñetero hijo de perra! ¡ Tienes menos cerebro que un faisán! ¡Toda la puñetera región está plagada de casacas rojas, y debe haber por lo menos veinte de ellos vigilando esta casa!

-Sí -dijo-, tos he visto.

¡Maldito seas, Cam Gordon!

- Sigues siendo la Miranda de siempre  afirmo -. Creí que a lo mejor habrías cambiado. Tenía miedo de que en este tiempo te hubieras convertido en aquella dama fría y elegante que siempre quisiste ser.

- ¡Soy una dama, hijo de puta!

Cam arqueó una ceja.

- ¿Ah, sí? Pues lo disimulas muy bien, te lo aseguro.

-Voy a matarte. ¡Voy a matarte!

- ¡Jesús! Verdaderamente me guardas rencor, ¿no es así? Atrás. ¡Atrás! ¡Me has convencido!

Y entonces me eché a llorar, lo que supuso una auténtica humillación para mí. Las lágrimas me cayeron profusamente por las mejillas. Empecé a sollozar. Cam se acercó a mí y me puso una mano sobre el brazo. Le propiné otra bofetada. Me atrajo hacia sí y me abrazó; seguí sollozando con la cabeza apoyada en su hombro. Me meció suavemente y el esplendor de aquel momento me hizo llorar aún más. Sentí la presión de aquel cuerpo contra el mío, de aquellos brazos que me estrechaban con fuerza. Tanto tiempo. Tanto tiempo. Había pasado tanto tiempo. Yo me había mantenido viva sólo a medias. Me deleité en la dicha que me producía la proximidad de aquel hombre, y al cabo de un breve rato alcé la cabeza y miré aquel flaco rostro que era tan querido para mí.

- ¿Te encuentras mejor? - me preguntó.

-Estás chorreando -le dije apartándome de él-. Tienes el pelo aplastado y la ropa empapada.

- Eso es lo que hace una buena tormenta.

Eres un condenado loco Cam Gordon. Mantengo todo lo que te he dicho.

-Te creo.

- Ramsey sabe que andas por esta zona. Cree que tu... cree que nosotros hemos estado en contacto. Piensa que por eso me he venido a Cornualles... por ........

-No nos preocupemos de Ramsey ahora.

- ¿Cómo te has enterado de que yo estaba aquí?

-No lo supe hasta hace dos semanas. Pensaba que tendría que ir a buscarte a Londres, pero luego, por casualidad, vi un periódico de Londres... yo estaba en Francia por entonces... de modo que decidí llevar a cabo una última excursión con los contrabandistas.

- Tienes que marcharte ahora mismo.

- ¿Con esta tormenta?

-Con esta tormenta -repuse.

- Toda la maldita región es un hormiguero de casacas rojas; por lo menos hay veinte vigilando esta casa.

- ¡No me hagas burla, so cabrón!

- ¡Ya estás mejor!

Erguí los hombros y me aparté el pelo de la cara asumiendo de nuevo el aire de dignidad que momentáneamente había perdido. Los tres años y medio últimos había estado sumida en un estado de estupor, una parte de mí había permanecido completamente aletargada; pero ahora volvía a estar absoluta y gloriosamente viva, cada fibra de mi ser cantaba a la vida. Lo admitía con naturalidad, pero no estaba dispuesta a permitir que Cam Gordon sospechase cuáles eran mis sentimientos. Lo contemplé con frialdad a la constante luz de los relámpagos, majestuosa e imperiosa.

- ¿Por qué has venido? - le pregunté.

-Creo que ya lo sabes.

- Necesitas dinero. Necesitas ayuda.

-Te necesito a ti.

-Y una mierda. Me volviste la espalda hace tres años y medio. Me rompiste el corazón, hijo de perra. Te daré dinero. Por los viejos tiempos haré todo lo que pueda para ayudarte a huir, pero no es necesario que te pongas a darme coba para que lo haga. No tienes que fingir...

- ¿De verdad tenemos que discutirlo aquí? - me preguntó-. Como muy bien has observado hace un momento, estoy totalmente empapado. Y también muerto de hambre. Me caigo a causa del agotamiento, y además me duele todo el cuerpo debido al calor de tus efusiones.

-No esperes compasión de mí, cabrón.

- Lo digo en serio, Miranda. Si no como algo pronto, es posible que me desmaye. Hace dos días que no pruebo bocado. ¿Crees que sería posible que dejases de actuar como una condesa de culo tieso y me prestases un poco de ayuda?

Entonces cesaron los relámpagos. Nos quedamos sumidos en una total oscuridad. La lluvia seguía azotando las ventanas y entrando por la puerta abierta, pero la tormenta parecía haber perdido parte de su furor. Pasaron unos instantes sin que ninguno de los dos hablase, y los ojos se me fueron acostumbrando poco a poco a la oscuridad; empecé a distinguir vagas formas y perfiles. Cam estaba tiritando.

-Creo que no tengo dónde elegir -le dije-. Supongo que no me queda más remedio que ayudarte. Nadie debe saber que estás aquí. Te llevaré arriba, a mi habitación.

- Es terriblemente amable por tu parte.

-Ya he aguantado bastante tu sarcasmo, Cam Gordon. Vigila la lengua. ¿Entendido?

- Entendido - repuso.

- Tenias que romper la maldita puerta, ¿verdad? Entra la lluvia a cántaros.

- No la he roto. Sólo he forzado la cerradura. Supongo que después no la he cerrado bien.

- Pues ciérrala - le ordené-. No podemos dejarla abierta de ese modo.

- Estoy demasiado débil - protestó-. Volveré a calarme hasta los huesos. Yo...

- Si crees que voy a ser yo la que va a calarse y a echar a perder este vestido de satén, es que has perdido el puñetero juicio.

- ¡Muy bien! -dijo bruscamente.

Se fue hacia la puerta dando tumbos, y cuando la cogió oleadas de lluvia lo alcanzaron y lo empaparon de nuevo. Cerró violentamente la puerta y echó de golpe el cerrojo; soltó una fuerte maldición al resbalar en el suelo, y a punto estuvo de caerse. Regresó a tientas hasta el lugar donde yo me encontraba; le di la mano y lo guié hacia la estrecha puerta que daba al vestíbulo principal. Avanzamos a oscuras junto a la escalera, Cam venia detrás de mi con paso vacilante. Rogué para que los sirvientes siguieran en la cama. Sujetándole con fuerza de la mano, lo conduje escaleras arriba y luego a lo largo del pasillo hasta llegar a mi dormitorio. Varias velas ardían en los candelabros de pared con las llamas protegidas por globos de cristal, y aquella pálida luz amarilla arrojaba sombras que correteaban por las paredes.

- Entra aquí - le dije a Cam abriendo la puerta del dormitorio.

Tiré de él hacia dentro. Las velas estaban encendidas. La chimenea también, aunque el fuego ya estaba bajo, y me habían abierto la cama. Ahora me sentía llena de júbilo, llena de fuerza, muy animada. Realmente Cam presentaba un aspecto débil y patético, pensé. No llevaba levita. Tenía la delgada camisa blanca pegada al cuerpo y las ajustadas calzas negras parecían aún más ceñidas a causa de la lluvia. Cam seguía tiritando, y me pareció que tenía la piel de un tenue matiz azulado. Le solté la mano, eché otro leño al fuego y removí las brasas hasta que empezaron a arder con viveza; luego me encaré con Cam, toda eficiencia y frialdad.

-Ven junto al fuego -le dije con voz crispada-. Quítate en seguida esa ropa mojada. Iré a la habitación de mi hermano y te traeré una bata suya.

-Comida -susurró.

- También te traeré comida - le indiqué-. Pero haz lo que te digo.

- Jesús, te has convertido en una mandona descarada, ¿no? Si no estuviera medio muerto te...

- Cierra la boca - le dije-. Y bébete esto.

Le había servido una copa de brandy de la licorera que había en mi mesilla de noche. Se la tendí. Me dirigió una mirada inquisitiva.

- ¿Te has hecho borrachina además de mandona?

No le contesté. Encendí la vela que había en un candelabro de plata sobre la repisa de la chimenea y, llevándomela conmigo, recorrí a paso vivo el pasillo en dirección al dormitorio de mi hermano, que estaba situado al otro lado de la casa. La lluvia salpicaba contra los vidrios de las ventanas y aún se oía a lo lejos el retumbar encadenado de los truenos, pero la furia de la tormenta había disminuido considerablemente. La habitación de Douglas estaba a oscuras. La vela que yo llevaba desprendía un ondeante halo de luz amarillo-anaranjada que se iba ensanchando poco a poco y penetraba en las capas de oscuridad. Abrí la puerta del armario y saqué el primer batín que encontré, uno de suntuoso brocado azul marino con unas hojas bordadas en seda negra y forrado de satén también negro. Me lo colgué del brazo, cogí el candelabro y salí cerrando la puerta tras de mí procurando no hacer ruido.

La sangre me hormigueaba. Me daba la impresión de que todo el cuerpo me resplandecía. Era como si me hubiese bebido una botella de dos litros del mejor champán. Me invadía un regocijo que no podía controlar, y una maravillosa música interior guiaba mis pasos cuando regresé por el pasillo. El estaba allí. Me esperaba en la habitación. Apenas podía creérmelo. Era un idiota temerario e imprudente, e iba a echarle una bronca de todos los demonios por correr semejante riesgo, pero... me detuve en seco. Alguien subía por las escaleras. Vi un círculo de luz que se iba agrandando y haciéndose cada vez más brillante a medida que los pasos se acercaban.

Ned apareció en el pasillo. Me vio allí de pie, con la bata colgada del brazo y el candelabro en la mano; yo debí de poner una terrible cara de culpabilidad. Me saludó con una educada inclinación de cabeza y con la cara por completo carente de expresión.

- ¿Todo va bien, lady Miranda? - inquirió.

-Todo va... perfectamente, Ned. Estaba... mi hermano me había pedido que... que le remendase esta bata que tiene un roto, y como con esta tormenta no hay forma de poder dormir... pensé que esta noche era una buena ocasión para hacerlo. Tú... ¿no estabas durmiendo?

Dijo que no con un movimiento de cabeza.

- La tormenta ha sido muy mala. Había pensado echar un vistazo por la casa antes de irme a dormir. ¿Todo está bien aquí arriba?

-Todo en orden-le contesté temblorosa.

- ¿Necesitaréis algo más? - me preguntó.

- Pues... yo... en realidad, Ned, yo... tengo muchísima hambre. No tomé gran cosa esta noche a la hora de cenar. ¿Te importaría subirme un poco de comida en una bandeja?

- Claro.

-Tengo mucha hambre, Ned. Tráeme comida en abundancia.

Asintió con la cabeza y volvió a bajar las escaleras. Dejé escapar un suspiro de alivio, muy agitada. No había salido muy airosa del paso, pensé mientras volvía al dormitorio, pero al menos había conseguido que la comida estuviera ya en camino. Abrí la puerta y entré en la habitación. Cam, alto, delgado y completamente desnudo, se hallaba situado delante de la chimenea. Había extendido la ropa delante del fuego, y las prendas empezaban ya a echar vapor. Las botas descansaban junto al hogar, tiradas allí de cualquier manera y todas llenas de barro. Cam se había secado el pelo y se lo había cepillado, y las espesas mechas de pelo liso lanzaban unos reflejos tan negros como el acero a la luz del fuego. Le tendí el rico batín de brocado sin pronunciar una palabra. Se lo puso, se ajustó los sedosos pliegues alrededor del cuerpo desnudo y se ató la banda de satén en torno a la cintura.

- ¿Y la comida? - preguntó con exigencia.

- ¡Ya tendrás tu jodía comida! - me apresuré a contestarle con brusquedad.

- El genio no te ha mejorado lo más mínimo, por lo que veo. Puede que ahora, con tanto adorno cursi, seas la elegante lady Miranda que dicen, pero constato que aquella peleona golfilla callejera sigue acechando bajo la superficie. Acabas de comerte una

-Vete al infierno -le dije.

-Allí precisamente es donde he pasado estos últimos tres años y medio.

- ¿Qué se supone que quieres decir con eso?

-Creo que ya lo sabes.

Estaba aún más delgado, pensé, los planos y los ángulos de la cara parecían más afilados que nunca; estaba guapo, aunque de un modo severo. El espeso mechón negro seguía cayéndole sobre la frente como una torcida cuya punta señalaba por encima de la ceja derecha, y los ojos azules me miraban con perezoso distanciamiento. El batín de brocado produjo un sedoso roce cuando Cam levantó una mano para alisarse hacia atrás el mechón de pelo; los pliegues de aquel suntuoso batín de color azul marino lanzaron reflejos, las hojas de seda negra parecieron ondularse. Noté que se me hacía un nudo en la garganta y también advertí un dolor interior que se me extendió por todo el cuerpo como si de una fiebre se tratase.

-A ti te ha ido muy bien -me dijo.

- Pues sí, verdaderamente.

- Eres mucho más hermosa de lo que recordaba. Nunca había tenido ocasión de verte con un vestido como ése. ¿Te lo ha comprado tu hermano?

- Me lo he comprado yo sola. Se da la circunstancia de que soy una mujer inmensamente rica.

- Ya he leído cosas acerca de tu éxito - me confesó -Siempre que tengo oportunidad leo los periódicos de Londres. Al parecer están llenos de noticias de M. J. Tuve oportunidad de leer Duquesa Annie... un tipo de Bretaña tenía un ejemplar y me lo prestó. Resulta obvio que Norman Lloyd soy yo... y no lo trataste con mucha amabilidad que digamos. Lo presentaste como un auténtico hijo de puta.

-Tan real como la vida misma.

-Además fue un maldito estúpido por abandonar a Annie como lo hizo, volviéndole de ese modo la espalda a lo único bueno que le había ocurrido en toda su vida. El libro quizá profundice demasiado, quizá llegue muy cerca del hueso. A mí me ofendió amargamente.

- No me sorprende.

- Me ofendió por que me di cuenta de que yo nunca podría escribir algo que fuese la mitad de bueno que aquello, y porque hacía que los puñeteros melodramas que yo solía escribir parecieran la basura que siempre fueron. Me molestó el éxito, la fama y la fortuna que el libro te reportó, y me di cuenta de que yo era exactamente igual de estúpido que tu Norman Lloyd, un desgraciado hijo de perra que no se merecía a alguien tan especial como Annie.

- Ned debe estar a punto de subir con la comida - le dije yo con voz tan fría como pude-. Será mejor que salga a esperarlo al pasillo y le coja la bandeja. No es conveniente que te encuentre aquí.

Aquellos transparentes ojos azules me observaron con atención y escudriñaron el interior de mi alma, y yo sentí una conmoción de pánico.

- ¿Te disgusta mi confesión? - quiso saber.

-A mi tu “confesión” me importa un rábano. Eres un desgraciado hijo de perra, Cam Gordon, y lo único que me preocupa ahora es darte de comer y tenerte fuera de mi casa lo antes posible.

Y entonces me di la vuelta y salí de la habitación. “No vas a dejarte engañar por esa clase de patrañas -me dije-¡Ni pensarlo! Ese hijo de puta te destrozó el corazón y te lo arrojó a la cara, y no vas a permitir que vuelva a hacerlo. Tienes que mostrarte fría, distante y ... y tienes que ignorar todos esos sentimientos que se agitan en tu interior. Vas a tratar con todas tus fuerzas de reprimirlos. Lo deseas, si. El mero hecho de mirarlo hace que te debilites por completo, ese hombre te hace temblar y te mueres de ganas de tocar esa enjuta mejilla y de sentir otra vez esos brazos en torno tuyo, pero tienes que luchar contra ello.”

Ned se acercó por el pasillo con la bandeja de comida cubierta por una fina servilleta de lino blanco. Se la cogí, le di las gracias con voz temblorosa y le dije que ya no necesitaba nada más. Me dirigió una mirada llena de curiosidad y titubeó un instante antes de hacer una inclinación de cabeza y encaminarse de nuevo hacia las escaleras. La bandeja pesaba mucho. Me dirigí al dormitorio, empujé la puerta con el pie para abrirla y la cerré detrás mío de un enérgico puntapié. Cam me aligeró al instante el peso de la bandeja y se la llevó hasta la alfombra que había delante de la chimenea; la puso en el suelo y luego se sentó al lado. Los pliegues de la bata se le cayeron hacia atrás y dejaron al descubierto las piernas desnudas y la mayor parte del pecho.

- Mmmm - exclamó después de apartar la servilleta-. Pollo frío. Lonchas de jamón. Lonchas de asado. Pan. Mantequilla. Un trozo de queso. Una tetera... con té caliente, además. ¿Y esto qué es? Parecen tortas de albaricoque espolvoreadas con azúcar. Un verdadero banquete.

Luego empezó a comer ignorándome por completo; yo me quedé de pie al otro lado de la habitación, observándolo, mirando cómo las amplias mangas de la bata le resbalaban hacia atrás sobre los antebrazos, cómo el pelo liso y espeso brillaba lanzando reflejos azules a la luz del fuego, cómo hundía los dientes en un pedazo de pollo y le arrancaba la carne desde el hueso. Las velas ardían bajas, chisporroteando quedamente y llenando la habitación de una difusa luz dorada que se fue convirtiendo en penumbra a medida que, una tras otra, se apagaban las velas con un suave crepitar de cera. Todo parecía un sueño, la agonizante luz, el hombre sentado delante de la chimenea, el firme golpeteo de la lluvia, pero el dolor que yo sufría por dentro era bastante real y aumentaba por momentos.

Cam terminó un trozo de pollo y cogió otro.

-Delicioso -comentó-. ¿Quieres un poco?

-No, gracias.

-¿Una taza de té?

No me molesté en contestarle. Me acerqué a una de las ventanas, aparté las cortinas y me puse a contemplar la noche. La lluvia iba amainando. Las nubes estaban desapareciendo, ya casi era visible la luna. ¿Qué podía hacer yo? ¿Cómo iba a echar a Cam en mitad de la noche sabiendo que lo más seguro era que la propiedad estuviese plagada de soldados? Había conseguido deslizarse entre ellos en medio del fragor de la tormenta, pero ahora los casacas rojas estarían de nuevo alerta. A Cam se le veía débil y agotado, casi extenuado. Lo pondría en una de las habitaciones de invitados, le permitiría pasar allí la noche y... y ya me preocuparía del resto al día siguiente. Había que sacarlo de la casa, sí, pero primero tenía que conseguir sacarlo de aquella habitación donde el fuego que crujía calladamente, el pálido resplandor dorado y la gran cama abierta invitaban a quedarse.

Recordé entonces otra cama y aquel cuerpo magro y duro, la boca que cubría la mía en la oscuridad, el peso y el calor de aquella piel, el olor acre, el furor de las emociones que aumentaba cuando aquel cuerpo presionaba y aplastaba el mío y mis manos recorrían la curva de la espalda y de las apretadas y firmes nalgas. Estrechando la cortina con tanta fuerza que estuve a punto de romperla, recordé la penetración dura y pujante, las sensaciones que estallaban al tiempo que una acometida sucedía a otra y los pozos de dicha se desbordaban como generosas fuentes que nos regaban de esplendor. Me mordí el labio inferior tratando de apartar aquel recuerdo de la mente. La cortina se rasgó produciendo un gran ruido. La solté, maldiciéndome a mí misma por aquella locura.

- Estás espantosamente tensa -observó Cam.

Me di la vuelta. Cam había extendido de nuevo la servilleta sobre la bandeja y había apartado ésta a un lado, y ahora estaba bebiéndose una taza de té con el pulgar enganchado en el asa y el resto de los fuertes dedos curvados laxamente alrededor de la taza de porcelana azul. Se la llevó a los labios y dio un largo y profundo sorbo sin apartar los ojos de mí. Avancé con desasosiego hacia la cama y volví a cerrarla alisando la colcha sobre las almohadas.

- ¿Se supone que con eso quieres darme a entender algo? -me preguntó.

- ¿Has terminado de comer?

- Por ahora. Probablemente comeré algo más después.

Dio otro sorbo de té tan largo que vació la taza. Jugueteó con ella durante un rato, acariciando la lisa porcelana, y luego esbozó una enigmática sonrisa y colocó la taza en la bandeja. La espesa honda le caía hasta muy abajo, le cubría casi toda la frente. Cam tenía los ojos oscuros, casi de un negro azulado, bajo aquella tenue luz, y la cara le aparecía surcada de sombras a causa de las llamas que crepitaban en la chimenea, como diminutas lenguas anaranjadas que lamiesen los leños con avidez. A Cam se le había deshecho el nudo del cinturón. La bata le caía suelta por la espalda y un pliegue le cubría descuidadamente los muslos. Yo me sentía tan tensa que creí que iba a ponerme a gritar. Me serví una copa de brandy, pero luego decidí no tomármela y la dejé sobre la mesa con tanto brío que el liquido se derramó por encima del borde.

-¿Por qué has venido, Cam? ¿Por qué?

- He venido a buscarte, Miranda.

- ¿Después de tanto tiempo? ¿Esperas que me lo crea?

Se puso lentamente en pie y el suave satén negro del forro, muy resbaladizo, estuvo a punto de hacer que se le cayera la bata. Se la colocó bien y se anudó el cinturón, ignorando mi pregunta y concentrándose en lo que hacía; luego me miró, una mirada fría y autosuficiente. Cuando por fin habló la voz le sonaba llana.

- Abandonarte fue el error más grande de mi vida, Miranda. Me di cuenta inmediatamente. Y me maldije por ello. Me maldije por ser el mayor loco de este mundo. Era un rebelde, un hombre proscrito que no tenía ni un puñetero penique...

- No tenias ninguna necesidad de quedarte sin un penique. No hubiera hecho falta que cogieses aquel dinero y llegases a un acuerdo con Bancroft para dejarme la vida resuelta. Yo hubiera podido...

-Ya es bastante difícil todo esto, Miranda. Te agradeceré que no me interrumpas.

-No tienes que darme explicaciones. Sólo... sólo quiero que te vayas de aquí.

-Te culpé por lo que sucedió aquella noche. Me convencí a mi mismo de que había sido culpa tuya que las cosas salieran mal. Me dije que si no me hubieras dado aquel vino drogado, si yo hubiese estado allí, con los demás, habría podido... - Titubeó durante un instante, recordando, y luego continuó con el mismo tono de voz llano-. Unas semanas en la corte del Hermoso Príncipe bastaron para convencerme de que habíamos sido unos malditos y locos idiotas, para empezar, y que nuestras intrigas no habían sido más que una descabellada locura. Me di cuenta de que, si no hubiera sido por ti, probablemente habría muerto como un estúpido, y por ninguna causa en realidad. En resumen, que recobré U buen juicio.

Mantuve un silencio helado y lo contemplé sin ninguna expresión en el rostro.

-Te echaba de menos -continuó-. Te necesitaba. Mi vida estaba vacía sin ti. Acabé por confesarme a mí mismo que te amaba, y ello me dolió mucho; estaba molesto contigo por desbaratarme la vida. Me marché a América con la esperanza de olvidarte. Pero no funcionó. Supe que tenía que recuperarte, y supe también que tenía que convertirme en alguien para ser digno de ti...

- Por eso te hiciste contrabandista - le indiqué en un tono helado.

- América es una tierra maravillosa, pero un hombre debe tener algo firme a lo que agarrarse si quiere triunfar allá, triunfar de verdad. Regresé a Francia, miré a mi alrededor y me di cuenta de que meter mercancías de contrabando era el camino más rápido para conseguir hacerme con el dinero que necesitaba. He hecho mucho dinero, y lo he transferido todo a un banco de Filadelfia.

Otra vela crepitó y luego se apagó. Ahora sólo quedaban tres encendidas, y las sombras danzaban en las paredes al tiempo que las llamas saltaban y chisporroteaban al estallar la cera. Cam atravesó la habitación y se acercó a mí con la bata ondeando y crujiendo. A mí el corazón me latía a toda velocidad. Notaba las muñecas débiles, como si el peso de las manos fuera excesivo para ellas, y también sentía débiles las rodillas. No podría aguantar mucho más tiempo de pie. Estaba segura de que iba a desplomarme de un momento a otro.

- En principio había pensado comprar una plantación de tabaco - continuó Cam -, pero hace unos meses conocí a un caballero de Filadelfia que es el propietario de un periódico y quiere venderlo. He llevado a cabo las gestiones necesarias para comprarlo.

-Tú... ¿vas a dirigir un periódico?

- Es algo que me agrada más que cultivar tabaco. América... el espíritu que se respira allí es joven, fresco y vigoroso. A nadie le importa quién sea uno ni de dónde venga. Son fieramente independientes y ya empiezan a resentirse del yugo impuesto por un monarca lejano. La vida allí, la gente... es un lugar extraordinario, Miranda, que está en constante crecimiento. Yo quiero formar parte de ese crecimiento. Quiero empezar en un nuevo país y quiero que estés a mi lado.

-Ahora tengo mi propia vida, Cam.

- Me doy perfecta cuenta de ello.

-Tengo un hogar, un hermano, una... una profesión en la que pienso continuar trabajando. Voy a seguir escribiendo libros. Yo...

- En América también publican libros.

-Tienes... tienes un valor del demonio al pensar que voy a dejar todo aquello por lo que he trabajado tanto para irme por ahí a dar traspiés a ciegas... ¡Has perdido el poco juicio que tenias! Me abandonaste. ¡Estuviste a punto de arruinarme la vida! Yo te amaba, cabrón, y...

-Y todavía me amas.

- ¡Te detesto!

- Mientes, Miranda.

Me cogió por los hombros. Intenté apartarme. aquellos dedos me apretaron y me estrujaron la carne con tanta fuerza que me hicieron jadear. Deseaba luchar con él de nuevo, golpearle, hacerle daño, pero me sentía demasiado débil, demasiado débil. Cam me miró a los ojos; los suyos estaban llenos de determinación.

- He hecho dinero. Lo he arreglado todo para comprar el periódico. Pensaba ir a Londres a buscarte, pero entonces, por casualidad, vi el periódico de Londres y me enteré de que estabas en Cornualles. Decidí hacer la última travesía con los contrabandistas ya que ellos desembarcaban a menos de cincuenta kilómetros de aquí...

- ¡Arriesgando el puñetero cuello!

- Me daba perfecta cuenta del riesgo que corría.

- ¡Y aun así tuviste que venir a la carga! ¡Eres un maldito loco, Cam Gordon!

- Puede que lo sea. Seguramente lo soy, pero se da la circunstancia de que te amo, Miranda. Ya está, ya lo he dicho y me duele como el demonio haberlo hecho, pero lo volveré a decir... Te amo.

Contuve la respiración. La debilidad se desvaneció y me sentí llena de júbilo y de una nueva y gloriosa energía. Me aparté de él. Me froté los hombros allí donde me había apretado con tanta fuerza.

- Pues mira que te ha costado tiempo averiguarlo - le dije con brusquedad.

Puso mala cara, y la ira hizo desaparecer la fría autosuficiencia. Los ojos le relampaguearon con aquella vieja violencia de siempre. Las aletas de la nariz se le movían. Retrocedí, llena de regocijo.

- ¡Maldita sea, Miranda! -rugió-. ¡Arriesgo mi estúpida vida para conseguir llegar hasta ti! ¡Caigo en una emboscada en la que he estado a punto de dejar la piel! Me paso dos días merodeando por la comarca sin comida, escondido en una cueva húmeda y asquerosa, y finalmente consigo pasar entre un batallón de soldados, en medio de una enfurecida tormenta, para llegar hasta ti y abrirte mi corazón, y tú me haces este desaire... ¡Maldita seas!

-Yo no te he pedido que hagas ninguna de esas cosas.

- ¡ Eres una perra exasperante e irritante capaz de volver loco a cualquiera! ¡ Debo de haber perdido el juicio!

- Eso lo he dicho yo bastante a menudo.

Me había pasado de la raya. La furia lo poseía. Se abalanzó sobre mí con la bata revoloteando a sus espaldas. Solté un grito. Me sujetó, y cuando yo hubiera jurado que iba a estrangularme aplastó de golpe la boca contra la mía, me estrujó contra él y me devoró los labios con los suyos. Me debatí con malicia, haciendo el mismo juego de antaño. Me sometió salvajemente y yo le apresé el pelo con las manos, tiré de él y luego lo solté y le recorrí con las palmas los hombros y la espalda. Finalmente lo apreté contra mí al tiempo que mil sensaciones estallaban en pedazos en mi interior. Volvió a besarme una y otra vez, me recorrió con los labios la garganta, la curva de los hombros, el busto. Yo continuaba abrazándolo, cautiva ahora de aquellas sensaciones que llevaba tanto tiempo, tanto tiempo dormidas, sensaciones que sólo él lograba despertar en mí. Recostada hacia atrás en el brazo con el que me sujetaba fuertemente por la cintura, le acaricié la nuca y le pasé los dedos por aquel sedoso y abundante pelo negro, perdida, perdida, brillante en un intermitente vacío de éxtasis.

Mi escocés. Mi salvaje escocés, otra vez mío, allí, en mis brazos; no era un sueño, aquel cuerpo sólido, fuerte y cargado de energía, los labios firmes y cálidos que me quemaban la piel y cubrían de nuevo los míos, separándolos, acometiendo con la lengua mientras todos mis sentidos se tambaleaban, se estremecían, y la realidad retrocedía. Nada era real excepto la enorme dicha del momento y el esplendor que se extendía por mis venas. Me soltó, yo me tambaleé y estuve a punto de caerme, pero Cam me cogió por los hombros, me obligó a darme la vuelta y empezó a hurgar en los diminutos corchetes de la espalda del vestido, impaciente, todo él manos, incapaz de desabrocharlos. Por fin lo consiguió y me despojó del corpiño; mis pechos quedaron libres, los pezones pugnaban por liberarse de aquella prisión de tela. El satén crujió cuando Cam tiró del vestido y me lo bajó hasta la cintura. Le ayudé con las manos, salí de aquel círculo de satén y me quedé sólo con las delicadas enaguas, con las ondeantes faldas de gasa, con los volantes que revolotearon cuando él volvió a darme la vuelta y empezó a abrazarme y a besarme con frenesí.

El esplendor fue extendiéndose y mezclándose con una dolorosa urgencia que crecía cada vez más hasta que la tormenta sobrepasó el límite y se hinchó por dentro lanzándome a un delirio que con seguridad me haría pedazos si no se saciaba pronto. Cam cogió los dos finos tirantes de las enaguas y tiró de ellos hacia abajo; mis pechos se liberaron del último freno. Me retorcí en brazos de mi escocés mientras él me arrancaba a tirones las enaguas, rasgando la tela al hacerlo. Se hincó de rodillas llevándose con él las capas de gasa, desgarrándolas hasta que por fin me las quitó y quedé completamente desnuda, temblando atormentada. Me cogió por detrás de las pantorrillas y empezó a mover las manos hacia arriba, besándome las piernas, apretándome las nalgas, estrujándomelas con fuerza. Movió los labios hacia arriba, quemándome. Me estremecí y le tiré del pelo con violencia haciéndole levantar lentamente, y él me besó el estómago, el ombligo, los dos pechos. Separé los labios y eché hacia atrás la cabeza, lo que hizo que el pelo me cayera por la espalda, y Cam me besó un lado de la garganta, me levantó en brazos, me llevó a la cama y me tendió sobre ella de través, de modo que las almohadas me quedaban a la derecha y los pies de la cama a la izquierda.

La última vela se apagó con un chisporroteo y quedó sólo la luz del fuego mientras Cam, al lado de la cama, me miraba con pasión. Arqueé la espalda, la colcha de satén estaba lisa y resbaladiza debajo de mi. Encogió los hombros. La bata cayó al suelo produciendo un suave roce y Cam quedó de pie, desnudo, erecto, tan arrebatado como yo, presa de un íntimo furor que exigía inmediata liberación. Tenía la boca apretada y los pómulos tensos. Los ojos le lanzaban un brillo oscuro. Los troncos de la chimenea producían un resplandor entre naranja y rosa, y crepitaban antes de partirse en dos. Ardientes chispas cayeron como una lluvia sobre mí cuando él se me puso encima y me aprisionó las muñecas, abriéndome los brazos y sumergiéndose en mi cuerpo con un empuje tan poderoso que me hizo gritar. Levanté las piernas y las cerré en torno a sus nalgas al tiempo que el colchón se hundía y los muelles del somier rechinaban formando una violenta y estridente sinfonía; empujó una y otra vez, la colcha comenzó a resbalar y nuestros cuerpos con ella hasta que caímos al suelo abrazados, enredados en pliegues de satén, apenas conscientes al hacerse trizas los sentidos mientras una oleada tras otra nos sacudía y nos lanzaban a la dichosa orilla de la realización.

Más tarde, mucho rato después, Cam volvía a estar otra vez ante la chimenea devorando, satisfecho, la última tarta de albaricoque, y un nuevo tronco ardía brillantemente y llenaba la habitación de un acogedor calor. Con la bata de mi hermano puesta - ahora estaba tristemente arrugada-, se hallaba por completo absorto y no se dio cuenta de que yo salía del cuarto de aseo vistiendo un fino camisón de algodón blanco. Una vez realizadas las abluciones, encendí unas cuantas velas, recogí el vestido y las enaguas y los guardé en el armario. Cam se terminó la tarta, se chupó los dedos uno por uno y luego levantó la vista, perezoso y letárgico.

-Me has echado a perder las enaguas -le informé.

-Eres una mujer rica -dijo con voz lenta-. Puedes permitirte comprar unas nuevas.

-Veo que te has terminado la comida que quedaba.

-Sí. Y no me iría mal otra taza de té. Queda un poco, pero está frío.

- Supongo que esperas que vaya a oscuras hasta la cocina y haga más té.

-No te haría ningún daño -replico.

-Ya no soy tu criada, señor Gordon. Ahora la gente me sirve a mí.

-Oh, la, la -se mofó él-. ¿Quién lo hubiera pensado? Recojo de la calle a una golfilla mal hablada y con la cara sucia, me la llevo a casa y resulta que al final tiene la sangre más azul que la mía.

-Considerablemente más azul, so cabrón.

Me acerqué al tocador, me senté ante el espejo, cogí el cepillo y comencé a peinarme el pelo. Me sentía magullada y maltrecha, me dolía todo el cuerpo a causa de ese maravilloso dolor que sigue al orgasmo, pero el buen juicio me había vuelto y con él la calma y la resolución. Me pasé el cepillo por las largas ondas de color cobrizo que brillaban lanzando reflejos de un oscuro color dorado a la luz de las velas. Hacia rato que había dejado de llover, pero el agua seguía goteando del alero con un golpeteo monótono y constante. Cam encogió las rodillas y se las rodeó con los brazos, sin dejar de mirarme fijamente. Le veía reflejado en el espejo, con la suave luz de la chimenea detrás de él.

- He echado de menos eso - dijo perezosamente al tiempo que señalaba la cama con la cabeza.

- Han pasado tres años y medio, Cam. No me digas que no ha habido otra mujer.

- No te lo digo. Pero ninguna de ellas era como tú.

- ¿Cuántas?

-Una o dos.

- Eres un mentiroso hijo de puta.

- Cinco o seis, entonces. Pero me cansaban terriblemente. Tú me has malacostumbrado para sentirme a gusto con cualquier otra mujer, descarada.

Dejé el cepillo sobre el tocador y me puse las manos en la nuca para levantarme las ondas cobrizas, un suave peso en mis manos. Lancé un suspiro y dejé caer el pelo sobre los hombros; lanzaba resplandores de oro oscuro. Mis ojos, reflejados en el espejo, tenían un oscuro color zafiro, los párpados estaban cubiertos de sombras grises y malvas y las mejillas teñidas de un suave color rosa. Tenía que mostrarme fuerte, tenía que ser muy fuerte... pero, ¿de dónde iba a sacar la fuerza necesaria?

-¿Y tú? -inquirió-. Debes de haber estado muy solicitada desde que se publicó el libro... joven, guapa, rica y famosa de la noche a la mañana. Supongo que los hombres se habrán arremolinado en manada a tu alrededor.

-Pues si, en efecto.

- En particular ese maricón de Garrick.

-En particular Davy -le dije-. Incluso intentó casarse conmigo.

- Puñetero cabrón. Ojalá le hubiera aplastado la nariz cuando tuve oportunidad.

- No ha habido otros hombres en mi vida, Cam - le confesé quedamente-. Yo no puedo entregarme si no... si no siento algo profundo.

-Y yo te he echado a perder para cualquier otro hombre.

Se puso en pie. Los pliegues del pesado brocado azul marino produjeron un roce cuando Cam se acercó y se quedó de pie justamente detrás de mi; nuestras miradas se encontraron en el espejo. Me puso las manos en los hombros desnudos y empezó a frotarme la carne con suavidad.

- Te vienes a América conmigo - me dijo.

-No, Cam.

-Ya he reservado pasajes en Le Dauphine... zarpa de Cherburgo dentro de dos semanas. Reservé pasajes para los dos, Miranda.

- Has dado por hechas demasiadas cosas.

Me presionó la nuca con los pulgares y con el resto de los dedos me acarició los lados del cuello. Los ojos de Cam, reflejados en el espejo, estaban llenos de ternura, de sentimientos que yo nunca había visto antes en ellos. ¿Sería posible que hubiese cambiado de verdad? Arqueé la espalda cuando deslizó los pulgares hacia abajo y me presionó con ellos la columna vertebral, removiendo las cenizas de la sensación de bienestar, avivándolas. Una languidez dulce como la miel empezó a extenderse y a crecer poco a poco hasta que finalmente me llenó por completo.

-No podría vivir sin ti, Miranda.

- Pues tendrás que hacerlo, Cam. Tengo una nueva vida y.. estoy muy contenta con ella. No voy a... - Cerré los ojos, y recé pidiendo las fuerzas que necesitaba entonces-. No voy a tirarlo todo por la ventana por una... por una locura.

Se había inclinado sobre mí y me acariciaba el lóbulo de la oreja con los labios mientras me recorría la espina dorsal arriba y abajo con la mano.

- Basta, Cam. Por favor, basta.

-Te he echado de menos, Miranda. Dios, cómo te he echado de menos.

Curvó un brazo en torno a mi garganta y apoyó la enjuta mejilla en la mía. Percibí el olor de aquel pelo, de aquella piel. Temblé de deseo, aunque sabía que debía resistir. Debía hacerlo. Debía hacerlo.

- No voy a dejar que me lastimes otra vez, Cam.

-Nunca te haré daño -murmuró.

-Yo... conseguí sobrevivir una vez. No sé cómo me las arreglé para sobreponerme a lo que me hiciste, para recomponer los pedazos y seguir viviendo, pero... es algo que no podría hacer otra vez.

- Palabras. Sólo palabras. Tú me amas.

Me cogió por los hombros y me hizo darme la vuelta hasta quedar de frente a él. La luz de las velas parpadeaba. El fuego crepitaba en la chimenea. Me ayudó a ponerme en pie y me enlazó en un flojo abrazo.

-Tú me amas -repitió.

- No lo niego. No esto satisfecha de ello, pero... Sí, te amo, y ojalá no fuera así. De ese modo todo resultaría mucho más sencillo.

Con el brazo con el que me ceñía la cintura me atrajo más hacia sí y mis muslos quedaron pegados a los suyos. Noté su virilidad hinchada, palpitante, haciendo presión contra mi. Me besó la sien sujetándome la barbilla con la mano que tenía libre y me inclinó la cabeza hacia atrás para obligarme a mirarle directamente a los ojos.

- Yo dirigiré el periódico, y será el mejor periódico de América; me convertiré en un ciudadano respetable y sólido, el señor James Ingram -ése es el nombre que utilizo ahora-, y tendremos una casa estupenda. Tú podrás seguir escribiendo todas las novelas que quieras y yo escribiré brillantes editoriales, y...

-No, Cam.

- Serás la hermosa señora de James Ingram y yo la envidia de todos los hombres de Filadelfia.

No respondí. Aparté los ojos de los suyos, imaginándome todo aquello pero sabiendo que era un sueño irrealizable. Cam no había cambiado en nada. En el fondo seguía siendo un rebelde sediento de aventuras; se encontraría a mucha gente como él en América y empezarían a conspirar contra el distante monarca. Habría problemas y yo no podría soportar que volviese a romperme el corazón.

- Lo que acabo de hacer es pedirte que te cases conmigo, Miranda.

- No daría resultado, Cam.

Entonces me besó, un beso largo y lento, y me atrajo más hacia él; sentí que me dolían los huesos y que la sangre me hormigueaba a medida que el esplendor se extendía de nuevo. Hice un valiente esfuerzo por luchar contra él; temblando por dentro. Cam levantó la cabeza, me miró a los ojos y sonrió. Sacudí la cabeza cuando me cogió por los hombros y me obligó a retroceder lentamente hacia la cama.

-Supongo que tendré que convencerte.

- Es... está a punto de amanecer... - Mi voz apenas era audible-. Tienes que vestirte y...

Mis corvas rozaron el colchón, cedieron, y él me empujó con suavidad hacia atrás hasta que quedé extendida en la cama con los pechos pugnando por salírseme del ribeteado escote del camisón blanco. Cam permaneció un paso más atrás, su silueta se recortaba a contraluz ante las velas, mi tormento, mi sino. Levantó las manos y se abrió las solapas de la bata. Esta le resbaló de los hombros y cayó suavemente en el suelo.

-Te amo -me dijo con voz ronca- y tú también me amas. No hay otra mujer en el mundo para mí... ni existe otro hombre para ti. Me parece que eso ha quedado definitivamente claro hace un rato. ¿Crees que tendremos que volver a intentar ponerlo en claro?

-No, Cam... -le supliqué.

Apagó las velas y volvió a la cama a la luz del fuego; se sentó a mi lado, me cogió en sus brazos y me rozó ligeramente la frente con los labios.

-Otra vez -susurró.

- No servirá de na...

- Otra vez, Miranda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

8

 

 

 

Una difusa luz gris que hacía que los colores no se distinguieran aún llenaba la casa cuando subí con el café que yo misma había preparado en la cocina. Ninguno de los criados estaba levantado a aquella temprana hora y la casa se hallaba muy quieta y silenciosa, tanto que mis pasos parecían resonar enormemente a pesar de que me movía casi con sigilo; el roce de mi falda de seda era como el crujido de las hojas secas. Pálidos rayos blancos entraban en diagonal por las ventanas que había al final del pasillo del piso de arriba, rayos blancos en los que se arremolinaban las motas de polvo. La oscuridad se había desvanecido ya, pero el sol aún no había salido para disolver el gris que precede al alba. Avancé despacio por el pasillo sosteniendo la bandeja con mucho cuidado. Las paredes estaban de un gris oscuro, casi negro, el suelo gris ceniza, y brillantes manchas de un gris blanquecino aparecían allí donde los rayos de luz se derramaban y extendían. “La realidad es gris, y esto es la realidad -pensé-. Anoche fue la furia, los fuegos artificiales y el esplendor, pero la noche ha pasado ya y ahora debo enfrentarme a la gris realidad.”

La realidad eran cincuenta soldados peinando la comarca, y por lo menos media docena vigilando la casa. La realidad era el capitán Jon Ramsey, decidido a capturar al hombre que estaba en mi alcoba. El día anterior había conseguido echarlo, pero no me cabía la menor duda de que volvería, posiblemente aquella misma mañana. Tenía que sacar a Cam de la casa a toda costa y ponerlo a salvo camino de Francia. De momento no tenía idea de cómo podría hacerlo, pero sin duda lo conseguiría. Ya lo había salvado una vez y lo salvaría otra haciendo lo que fuera necesario, sin importarme el riesgo ni lo que costase. A Cam no iban a cogerlo. No. Yo lo salvaría del modo que fuera, él saldría del país y no nos volveríamos a ver nunca más. Había tomado ya una decisión, y aquélla también era la realidad. La locura, la magia y la maravilla de la noche anterior me habían embotado los sentidos, me habían transportado a un reino de estremecidas emociones, pero ahora la emoción estaba contenida bajo un fuerte control y me veía capaz de utilizar la cabeza.

Cam se había sumido en un sueño profundo después de nuestro segundo encuentro amoroso, rodeándome con los brazos y con una pierna sobre las mías, como solía hacer en los viejos tiempos. Yo había permanecido despierta escuchando cómo respiraba, oliendo su piel, su sudor, saboreando el calor de su cuerpo y la incomodidad en que me dejaba cuando se revolvía en sueños, me clavaba los huesos en la carne y me aplastaba bajo su peso. No hice ningún esfuerzo por desprenderme de él. Con la vista fija en la oscuridad, estuve llorando en silencio y tomé la única decisión sensata que podía tomar. Al cabo de un rato, cuando la oscuridad se fue convirtiendo poco a poco en penumbra, me levanté por fin, eché otro leño al fuego, calenté agua, me bañé, me cepillé el pelo y me puse un vestido muy escotado de seda color bronce con mangas de vuelo que salían desde el hombro y un talle muy ceñido; la falda se abría extendiéndose sobre varias capas de enaguas color bronce también. Me sentía lo suficientemente vanidosa como para querer mostrar mi mejor aspecto durante las pocas horas que nos quedaban a Cam y a mí de estar juntos. Luego bajé a hacer el café.

Entré en el dormitorio, cerré la puerta tras de mí y coloqué la bandeja sobre el tocador. El fuego aún ardía, muy bajo ya. Manchas ondeantes de difusa luz blanca entraban oblicuamente por las ventanas con un sutilísimo toque de rosa anaranjado, una tenue sugerencia de color. Cam continuaba profundamente dormido con las piernas enredadas en la ropa de la cama y la cabeza enterrada en una almohada a la que abrazaba con fuerza, como si se tratase de un rival de lucha al que hubiese vencido tras grandes esfuerzos. La espalda desnuda le brillaba debido a una capa de humedad, y el pelo también lo tenía húmedo, lo que hacía que pareciese más oscuro, con abundantes mechones tan negros como la tinta derramados sobre la frente y pegados a la nuca. Me serví una taza de café para mí. Cam gimió en sueños y frunció el entrecejo; se cambió de postura, se aferró a la almohada y apartó con las piernas las sábanas a patadas.

La habitación estaba caliente. Abrí una ventana. Un pájaro trinaba a lo lejos. El sol empezaba a salir y algunas franjas doradas y rojas se extendían por el horizonte. Volví al tocador, me senté en el taburete y me tomé a sorbos el café observando a mi escocés mientras dormía. Me sentía tranquila, compuesta y llena de resolución, pero esta última empezó a tambalearse cuando pensé en la segunda vez, en la perezosa deliberación que Cam había puesto en la manera de hacerme el amor y en aquella increíble ternura, que era una auténtica maravilla. Atento sólo a mi propio placer, había entregado lo que nunca antes entregase, murmurando preciosas palabras de amor durante todo el tiempo, y así había continuado hasta que el arrobamiento se convirtió en una agonía de dicha que me hizo sumergir en un éxtasis de inconsciencia. Me amaba, era cierto, si. Me había convencido de ello, pero eso no cambiaba en nada las cosas. Yo no debía permitirlo. Tenía que escuchar lo que me dictaba la cabeza y no hacer caso de lo que decía el corazón.

Los rayos oblicuos se habían hecho de un color naranja pálido, ya no eran blancos, y el gris empezaba a desvanecerse. Dejé la taza en el plato. Produjo un fuerte tintineo.

Cam soltó un bufido, frunció el ceño y abrió los ojos. Se sentó en la cama, apoyó la espalda en el cabezal y parpadeó al tiempo que se quitaba los mechones húmedos de la frente. La luz se iba haciendo más fuerte por momentos, el brillante naranja rosáceo se convertía en un brumoso dorado y éste se tornaba en plateado. Cam me miró con ojos somnolientos, volvió a parpadear y sonrió. Dio unas palmaditas en el colchón, a su lado. Me negué a acercarme con un movimiento de cabeza. Frunció el entrecejo de nuevo. Serví una taza de café, se la acerqué y luego volví a sentarme en el taburete mientras la luz se hacía aún más brillante. Cam tomó un sorbo de café.

- Delicioso - dijo-. Además está muy fuerte, justo como a mí me gusta. Te acordabas, ¿verdad?

- Date prisa y termínatelo. Tienes que vestirte. Hay que sacarte de aquí.

-La voz te suena muy crispada hoy.

-Lo siento. Bébete el café.

- ¿No hay huevos? ¿Ni tostadas? ¿Ni arenque ahumado?

-No tenemos tiempo.

- Estás muy fría, tranquila y eficiente esta mañana -me comentó-. Y también increíblemente preciosa. Con esta luz el pelo te brilla como si fuera fuego de cobre. Y ese vestido de color bronce... nunca podré comprarte vestidos así cuando lleguemos a América. Tendrás que pagarte tú la ropa.

No dije nada. Se bebió el café mirándome con cariño. Noté un agudo pinchazo interior, me levanté y comencé a andar de un lado a otro recogiendo del suelo la bata de mi hermano, ordenando las cosas, haciendo lo que fuera con tal de mantenerme ocupada en algo. Doblé la ropa de Cam, la coloqué sobre una silla y recogí las botas del suelo. Estaban llenas de barro hasta la caña. Volví a ponerlas en el suelo, me di la vuelta y Cam me tendió la taza de café.

-Sólo una taza más -le dije con brusquedad-. Tendrás que bebértelo de prisa.

- ¿Estás enfadada por algo?

Le llené la taza de nuevo y se la tendí.

-No, Cam. No estoy enfadada.

- ¿Y entonces a qué se deben esos modales tan bruscos? ¿Por qué esa voz tan cortante?

- Lo que sucede es que estoy tratando de ser sensata. Uno de los dos tiene que serlo. Tú permaneces ajeno por completo al hecho de que eres un proscrito, un hombre condenado a una segura y dolorosa muerte en caso de que te capturen. Pareces indiferente al hecho de que Ramsey, el agente de Cumberland, está sobre tu pista, y es muy probable que aparezca por aquí de un momento a otro con un pelotón de soldados. Perdóname si no estoy de humor para charlas superficiales.

-Hay algo más -me dijo.

Dejó la taza en la mesita de noche, se puso en pie y se envolvió en la bata sin dejar de mirarme a los ojos mientras se ataba el cinturón. Tenía en el rostro una expresión seria y se le notaba la ira a flor de piel. No tenía ganas de hacer una escena. No sabría controlarla bien. Le supliqué en silencio que lo dejara correr, pero Cam estaba totalmente decidido a sacar el tema a relucir.

- Has tomado una decisión, ¿no es eso?

- Sí, Cam. - La voz me sonaba cansada.

-Yo no me voy sin ti, Miranda.

-Tendrás que hacerlo.

- Pero... - Se le notaba la perplejidad en los ojos-. Anoche... creí que habíamos decidido....

-No decidimos nada, Cam. Lo de anoche fue... no fue más que emoción desenfrenada. Algo que siempre existió entre nosotros. Pero en la vida hay algo más que eso. No puedo vivir siempre con los nervios de punta. No puedo vivir en... en un constante torbellino de emociones, y así es como sería nuestra vida en común, así es como siempre fue.

-Tú me amas, Miranda.

- Sí... sí, te amo, y probablemente te amaré siempre, pero ahora tengo una identidad propia. Me ha costado mucho tiempo establecer esa identidad, Cam, ser capaz de vivir mi propia vida, no... no una vida dedicada por entero a ti. Ahora ya no puedo volver atrás. No puedo tirar por la ventana todo aquello que tanto me ha costado construir.

Cam estaba a punto de estallar de tanta ira como sentía, y se notaba que hacia grandes esfuerzos por controlarse. Tenía la mandíbula tensa. Una vena le latía en la sien. Los ojos se le notaban sombríos y una profunda arruga le había aparecido entre las cejas. No había comprendido ni una sola palabra de todo lo que yo le había dicho, ni siquiera lo había intentado, sino que estaba preparándose para otra escena explosiva y ello, por sí mismo, era una prueba de lo cierto que era lo que yo acababa de decir. La vida con Cam sería siempre tumultuosa, llena de tambaleantes y constantes altos y bajos, igual que antes, y yo no tenía fuerzas para soportarla.

- Hay una palangana de agua caliente en el cuarto de aseo - le indiqué-. También encontrarás jabón, toallas y una navaja de afeitar. Tú... supongo que querrás lavarte y afeitarte antes de marcharte.

- Miranda...

-No voy a discutir, Cam. -Ahora la voz me sonaba tranquila, fría-. Te sugiero que ahorres energías.

- ¿Entonces todo lo que sucedió anoche no ha significado nada para ti?

Cobré fuerzas de flaqueza.

-Lo pasé muy bien -le contesté.

Me dirigió una prolongada mirada, herido, deseando devolverme el golpe, y luego pasó junto a mi sin pronunciar palabra, entró en el aseo y cerró la puerta. La habitación se hallaba ahora inundada de una amarillenta luz plateada. Me quedé de pie inmóvil, rechazando las emociones, negándome a que se apoderasen de mí. Se oyó un alboroto abajo. Fruncí el ceño y me puse a escuchar.

Pasaron unos minutos y luego se oyeron pasos en el pasillo y unos golpes fuertes en la puerta de mi habitación. Fui a abrir. Ned se hallaba de pie en el pasillo con el uniforme negro pulcramente cepillado y una corbata de seda blanca. Tenía una imperturbable expresión en el rostro, pero percibí cierta excitación contenida.

-¿Qué... qué ocurre, Ned?

- Me temo que se trate otra vez de Ramsey, lady Miranda. Está esperando en la escalinata de la puerta principal con siete hombres, decidido a registrar toda la casa. Por cierto, la mansión está completamente rodeada. Tiene toda la guarnición ahí afuera.

-Ya.

- He conseguido retrasarlo un rato. Le he dicho que lord Mowrey tendrá que concederle permiso para el registro, y que no volvería hasta dentro de una hora más o menos. Ramsey ha accedido a esperar a que regrese, aunque de muy mala gana, tengo que añadir. Me he tomado la libertad de enviar un carruaje a buscar a lord Mowrey.

- Douglas tiene el caballo. No necesitará...

- Me doy perfecta cuenta de eso - dijo Ned -. Pero tengo un plan, lady Miranda.

-¿Tú... lo sabes?

- Os vi llevarlo arriba anoche. No les tengo una gran simpatía a los casacas rojas, lady Miranda, ni tampoco a los Hanover, en particular a Cumberland. Si me lo permitís, yo... eh... bueno, creo que podría arreglar las cosas a vuestra entera satisfacción.

-Ned...

- Hay un túnel, lady Miranda, un pasaje secreto. Ni siquiera lord Mowrey conoce su existencia. Nos fue muy útil durante el último conflicto civil. Los Mowrey eran ardientes legitimistas, ¿sabéis? Y Cornualles estaba plagada de rivales políticos. También hay algunas habitaciones secretas detrás de un falso paño de pared en el ala este, pero no creo que las necesitemos. Lo mejor será sacarlo de la casa lo antes posible.

Había una tenue chispa de excitación en aquellos ojos marrones, pero la voz sonaba perfectamente llana y natural. Lo mismo hubiera podido estar comentando el menú del desayuno. Una vez más la fuerza de aquel hombre me daba fuerzas a mí, y su calma me ayudaba a conservar la mía. Respiré profundamente y reprimí el pánico que sentía.

- El túnel está en la bodega, detrás de una estantería. Es bastante largo y conduce a una mina de estaño abandonada cuya salida queda a un kilómetro de aquí. El carruaje le estará esperando allí. El señor Gordon y yo iremos en él hasta una aldea de pescadores que hay a veinticinco kilómetros costa arriba, donde un buen amigo mío tiene una barca bastante grande, lo suficientemente grande como para cruzar el Canal. En realidad creo que ya lo ha hecho varias veces, y me temo que no siempre legalmente.

- Gracias a Dios que estás tú con nosotros, Ned. Gracias a Dios por ti.

-Me pareció que podíamos preparar un... eh... un poco de diversión para alejar al capitán Ramsey de la escena. Ya conocéis al joven Tim, naturalmente.

- ¿El nuevo lacayo que contrataste la semana pasada?

- Un muchacho muy capaz... primo segundo mío, debo confesarlo, pero necesitaba un empleo y siempre he tenido cierta debilidad por su madre. Lo importante es... que él es un completo desconocido por estos contornos, ni siquiera ha tenido ocasión aún de visitar el pueblo. Es extremadamente alto y flaco y tiene un mechón rebelde de pelo negro. Cuenta sólo diecinueve años, pero parece mayor.

-No estarás sugiriendo que nosotros... -Sacudí la cabeza-. Nunca podría permitir que lo expusieras a...

- No habrá ningún peligro. Como sabéis, una diligencia sale de la posada a las nueve. El joven Tim se marchará de esta casa simulando que va a hacer un recado, con uniforme, para no levantar sospechas. Pasará caminando junto a los soldados, y una vez se haya alejado de la casa se quitará el uniforme, bajo el cual llevará la ropa de Gordon. Continuará hacia el pueblo, comprará un billete para Dover y, en el momento propicio, Ramsey recibirá un mensaje informándole de que un individuo alto de pelo negro que responde a la descripción de Gordon ha cogido la diligencia hacia Dover, después de lo cual seguro que saldrá de inmediato en su persecución.

- ¿Y cuando lo alcancen?

-No lo harán. Es una diligencia muy veloz. El cómplice que tengo en el pueblo no hará llegar la noticia hasta que hayan pasado por lo menos dos horas. Entonces Ramsey irá a la posada, confirmará el informe y saldrá a galope tendido llevándose con él a sus hombres. El joven Tim se pasará un día en Dover holgazaneando, como un inocente y joven campesino, y luego volverá a casa.

-No sé, Ned. Es...

-Os sugiero que lo dejéis todo en mis manos, lady Miranda -dijo con voz firme-. Tengo... eh... cierta experiencia en este tipo de cosas. Si me dais la ropa del caballero, se la bajaré al joven Tim y después traeré algunas prendas de lord Mowrey para vuestro amigo.

Dudé sólo un instante. Luego cogí la ropa de Cam y se la entregué a Ned. Este hizo una cortés inclinación de cabeza y se alejó, sin ninguna prisa pero con mucho aplomo, por el pasillo. Cerré la puerta, me di la vuelta y me encontré a Cam de pie junto al marco de la puerta del cuarto de aseo; estaba recién afeitado, con el pelo pulcramente cepillado e igual de frío e imperturbable que Ned.

-¿Lo has oído? -le pregunté.

-Lo he oído.

-La casa está rodeada, Cam. Los soldados...

-Lo he oído todo, Miranda -me dijo cortante-. Ponerse histérico no va a servir de nada.

- No estoy histérica. Ni lo más mínimo. Oh, Dios, sabía que iba a pasar esto. Tenemos que sacarte de aquí. Oh, Dios. Nunca debiste venir aquí. No debiste correr ese riesgo.

- ¿Hasta qué punto es de confianza ese criado tuyo?

-Yo le confiaría mi vida.

- Entonces supongo que tendré que confiarle la mía -dijo Cam con calma.

Allí de pie, a la brillante luz amarillo plateada del sol que le bruñía el lustroso pelo negro y con la bata de mi hermano puesta, Cam me miró sin emoción y con el ademán helado y remoto. Lo había herido profundamente y se había refugiado tras aquel muro invisible, y estaba bien, pensé, era lo que le convenía. Había muchas cosas más que yo quería decir, pero ahora las palabras ya serían en vano. Cam volvió a entrar en el aseo. Pocos minutos después regresó Ned con los calzones y la levita marrones de mi hermano, y también trajo algunas otras prendas. Yo estaba tan tensa que no podía mantenerme de pie, ni sentarme, ni soportar un minuto más aquella inactividad. Cogí las botas sucias de Cam, las llevé abajo, las limpié y les saqué brillo yo misma, escandalizando con ello al lacayo que me había traído el cepillo y el betún.

Polly me interceptó en las escaleras cuando yo regresaba con las botas en la mano. La muchacha tenía los ojos abiertos de par en par a causa de la excitación y me informó sin aliento de que un peligroso criminal andaba suelto, que el capitán que había estado allí el día anterior pensaba que a lo mejor se había metido en la casa a escondidas la noche pasada durante la tormenta y que los soldados iban a registrar la mansión en cuanto volviera lord Mowrey y les diera permiso para ello. Tenía un disgusto tan grande que no sabía qué hacer.

-Ahora mismito están ahí afuera esperando a lord Mowrey, y son una pandilla de brutos alborotados, milady. Ese capitán no hace más que pasearse arriba y abajo y darse golpes en las botas con la fusta. ¡Ojalá se dé prisa lord Mowrey! ¡ En este preciso momento puede haber un contrabandista asesino escondido en el desván!

- Lo dudo, Polly.

- Oh, lady Miranda. ¿Qué vamos a hacer?

- Cooperar con los soldados - le informé-. Dile a Cook que haga unas cuantas cafeteras, y cuando el café esté listo quiero que tú y Nan lo saquéis y se lo sirváis a los soldados. Hace una mañana muy fría.

- ¡A Nan le encantará! -exclamó Polly-. Lleva todo el rato asomándose a la ventana y diciéndome lo guapísimos que son algunos de los casacas rojas. Yo, vamos, los encuentro a todos de lo más desagradables, incluso a ese pelirrojo de espaldas muy anchas y unos maliciosos ojos marrones, pero si tengo que salir ahí afuera, ponerme a hablar con ellos y servirles café, creo que lo haré.

Salió corriendo escaleras abajo, más alborotada que nunca, y yo regresé al dormitorio y me encontré a Cam completamente vestido excepto las botas. Estaba frío y maravillosamente atractivo con la levita y las calzas marrones, el chaleco de satén blanco con flores de seda marrones y negras y la corbata de seda color crema. La ropa le sentaba extraordinariamente bien, aunque la levita le venía un poco amplia. Le entregué en silencio las botas. Se sentó en el taburete del tocador y se las puso, y al inclinarse el espeso mechón de pelo negro le cayó sobre la frente.

- ¿Tienes dinero? - le pregunté quedamente.

-Ni un céntimo.

-Te daré algo.

-No, Miranda.

- ¡No seas tan puñeteramente testarudo! - le dije con brusquedad.

Se puso en pie y se apartó el mechón de la frente. Me acerqué al escritorio y saqué el monedero de cuero que guardaba en el cajón superior en recuerdo del tarro de jengibre que en los viejos tiempos teníamos sobre la repisa de la chimenea. El monedero estaba muy abultado, repleto de billetes doblados, por lo menos habría cien libras, puede que más, pues no me molesté en mirarlo. Cam lo cogió sin pronunciar palabra y se lo metió en el bolsillo interior de la levita. Oí el galope de un caballo que se acercaba por el paseo, un sonido apagado, apenas audible. Pasaron unos momentos. Ninguno de los dos habló, pues un muro invisible se alzaba entre nosotros.

- Te devolveré el dinero - dijo Cam al fin. Tenía la voz muy cortante.

- No hace falta que te tomes la molestia.

- Se lo mandaré a Bancroft, él se ocupará de hacértelo llegar. Enviaré también lo suficiente para pagarle esta ropa a tu hermano.

- Eres un frío hijo de perra, Cam Gordon.

-Ya has tomado una decisión, Miranda. Supongo que tendrás tus razones para elegir esa solución, pero no esperes que te corresponda con tiernas promesas de amor eterno. No esperes que te suplique.

- No espero nada de ti.

- Si por casualidad cambiases de parecer, zarparé de Cherburgo dentro de dos semanas en Le Dauphine, como te expliqué anoche. Ya tienes el pasaje reservado.

La voz le sonaba fría e indiferente. Hubiera podido ser la hoja de un cuchillo, pues cada una de aquellas palabras era como una puñalada en mi corazón, pero no demostré reacción alguna. Mantuve una expresión tan helada como la de él. Habríamos podido ser dos desconocidos, fríos y distantes, cada uno apenas capaz de tolerar la presencia del otro. Y sin embargo tan sólo la noche anterior nosotros... No debía de pensar en la noche pasada. Vi que tenía una mancha de betún negro en el pulgar. Me la limpié. Cam se acercó al espejo para colocarse bien la corbata de seda de color crema. Yo estaba a punto de ponerme a gritar. No podría reprimirme más.

Entonces se oyeron unos impacientes golpes en la puerta. Corrí a abrir y cuando lo hice oí fuertes voces en el pasillo de abajo y el sonido de muchas pisadas. El ruido subía por el hueco de la escalera y reverberaba contra las paredes. Noté que las mejillas se me ponían pálidas. Ramsey ladraba órdenes. Le reconocí la voz. Las pisadas resonaban, se arrastraban y golpeaban. Me sentí débil, mareada. Estaba a punto de desmayarme. Cam se acercó a mí por detrás y me sujetó el codo con fuerza mirando a Ned por encima de mi cabeza.

-Ya están dentro de la casa -dijo Ned-. Tenemos que darnos prisa.

-Bien -dijo Cam.

-Oh, Dios -susurré-. Oh, Dios.

- ¡Serénate, Miranda!

-No hay por qué alarmarse, lady Miranda. Iremos por las escaleras de la parte de atrás.

Cam me apartó a un lado y salió al pasillo con Ned.

-Quédate aquí, en tu habitación -me dijo brevemente-, y procura no delatarnos. Sólo con mirarte la cara...

Se interrumpió en seco al oír fuertes pasos que resonaban escaleras arriba.

- Me temo que milady tendrá que acompañarnos a la bodega - le indicó Ned -. Alguien tendrá que ocuparse de volver a poner en su sitio la estantería después de que nosotros hayamos entrado en el túnel.

Cam me cogió la mano.

- ¡Entonces ven, de prisa!

El corazón me latía velozmente y estaba más mareada que nunca cuando Cam me apretó la mano con fuerza y me dio un tirón. Recorrimos el pasillo a toda velocidad con Ned abriendo la marcha. Las pisadas de los casacas rojas se hacían cada vez más fuertes y resonaban en las escaleras. Debían de ser por lo menos tres soldados. Irrumpirían en el pasillo en cualquier momento. ¡Nos verían! Jadeé, me tambaleé, y a punto estuve de dar un traspiés. Cam volvió a tirarme violentamente de la mano y me arrastró tras él. Mi falda color bronce flotaba en el aire produciendo un ruidoso roce. Las escaleras de atrás se encontraban en el extremo más distante del pasillo, a la izquierda. Los anchos peldaños de piedra iban a dar al enorme vestíbulo trasero. ¡ Nunca lo conseguiríamos! Ahora oía las voces con claridad, unas voces rudas y excitadas de cazadores ávidos por alcanzar la presa. Ned se lanzó como una flecha hacia la izquierda y Cam me dio otro poderoso tirón de la muñeca. Nos hallábamos de pie en las sombras, justo en lo alto de las escaleras, cuando los soldados irrumpieron con estruendo en el pasillo.

-Quedaos aquí -susurró Ned-. No hagáis ruido.

Cam se aplastó contra la pared del fondo y me atrajo a su lado al tiempo que Ned, sin ninguna prisa, volvía a adentrarse en el pasillo para interceptar a los soldados que avanzaban en nuestra dirección, cuyas pisadas resonaban fuertemente. La respiración me salía en jadeos entrecortados. El pecho me subía y me bajaba rápidamente. Estaba tiritando. Cam frunció el ceño y me rodeó los hombros con un brazo, sujetándome con firmeza. Hubiera podido estar hecho de piedra.

- ¡Eh tú! -ladró una voz. Sonaba espantosamente cerca.

- Soy el mayordomo, señor. Me llamo Brown. Acabo de subir por la escalera de atrás. Lord Mowrey me ha pedido que os ayude en todo lo que pueda, caballeros. Supongo que estáis buscando las escaleras que conducen al desván.

- Rondando por aquí, apareciendo de la nada... ¡ Esto no me gusta un pelo! -resonó otra voz-. ¡Parece que este tipo oculta algo!

- Oh, no, señor - protestó Ned. La voz le sonaba servil en exceso, llena de inocencia ofendida-. Sólo he estado consolando a una de las doncellas. Tiene un susto de muerte, la pobre. Dice que ha oído algo en el desván cuando llevaba la ropa blanca. Le dije que no había de qué preocuparse ahora que los caballeros ya estaban aquí.

- ¿Que ha oído algo en el desván? - inquirió de inmediato la primera voz.

- Eso dice, pero es que se trata de una chica más bien bobalicona, siempre ve fantasmas en las escaleras y oye rechinar cadenas. Yo, por mi parte, estoy seguro de que no hay nadie en el desván, no es posible que una persona haya subido hasta allí sin que alguien...

- ¡Te digo que oculta algo! -rugió la segunda voz.

-Venga, Kemp -dijo un tercer soldado-. Este tipo no es más que el mayordomo. Tienes la mente igual que Ramsey; hacernos perder el tiempo de esta manera. A estas horas Gordon ya debe de estar camino de Francia.

Gordon no estaba a más de diez metros de distancia, apoyado contra la pared y con el pétreo rostro muy tenso. A mí el corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que los soldados iban a oírlo. Contuve la respiración y el brazo de Cam se cerró brutalmente en torno a mi hombro. Me tapó la boca con la mano. Entonces ya no puede respirar en absoluto. El pánico se apoderó de mí. Empecé a verlo todo negro.

-¿Dónde está ese famoso desván? -preguntó el primer soldado-. ¿Cómo se llega hasta allí?

- La escalera se encuentra al otro extremo del pasillo, una estrecha escalera de madera; no tiene pérdida. Me gustaría subir con vos, señores. Eso me haría aparecer como un héroe delante de las doncellas, ya lo creo. Si hubiese alguien allí arriba y yo me encontrase con vos cuando...

- ¡ No será necesario! - le interrumpió una voz con brusquedad-. Vamos, Rogers. Venga, Kemp. Adelante. Ramsey ha dicho que tenemos que registrar hasta el último rincón de esta puñetera casa. ¡Seguro que tendremos que pasarnos aquí todo el día!

- Sigo creyendo que este...

- ¡Vamos, Kemp! ¡Es una orden!

La mano seguía apretada contra mi boca, el borde del dedo índice me tapaba la nariz y me cortaba el aire mientras que la yema del pulgar me apretaba dolorosamente el costado de la nariz. Una niebla negra me envolvía haciéndose cada vez más densa y oscura, tragándome: Tenía los miembros entumecidos. Los pulmones me ardían. Iba a morirme allí mismo si Cam no quitaba la mano. Traté de revolverme, pero no conseguí moverme. Ahora empezaba a formar parte de la niebla, flotando, adentrándome a la deriva en la negrura, y a lo lejos, como en el más nebuloso de los sueños, oí unos pasos que retrocedían y vi una difusa silueta negra que se acercaba a mi.

- Perdón, señor, pero me parece que la estáis asfixiando a milady.

-¿Qué? -dijo Cam.

Me quitó la mano de la boca. Aspiré una bocanada de precioso aire, las rodillas me cedieron y me desplomé hacia adelante; Cam me cogió y me abrazó mientras la cabeza me daba vueltas vertiginosamente. Pasó un largo momento en que yo, flácida en sus brazos e incapaz de tenerme en pie, sólo pude jadear y tragar saliva. La cabeza se me fue aclarando poco a poco, la sangre empezó a correrme por las venas y el entumecimiento se me pasó. Me aparté de él, tambaleándome. Ned me cogió de un brazo para sostenerme. Oíamos las distantes pisadas de los casacas rojas alejándose con alboroto por el pasillo.

-Qué descuido por mi parte -dijo Cam.

- ¡Y tú que lo digas! -siseé con mala idea-. ¡Tentada estoy de delatarte, maldito cabrón!

Ned arqueó una ceja, sorprendido por mi lenguaje y sobresaltado por el acento de St. Giles que me había salido de forma inconsciente. El rostro de Cam seguía tan pétreo como antes, y yo deseaba clavarle las uñas. Jadeé, recuperando poco a poco las fuerzas a medida que el aire me llenaba los pulmones. Por fin me liberé de la mano de Ned y me aparté un mechón de pelo de la frente.

-Ya estoy bien -dije en tono patricio-. Sugiero que sigamos adelante. Quiero sacar de la casa a este hijo de perra lo más pronto posible.

- Muy bien, milady.

Ned abría el camino escaleras abajo. Estas eran cerradas, había muy poca luz, sombras de color gris oscuro llenaban el hueco de las escaleras con un tenue cuadrado de luz al fondo. Descendimos lentamente y con cautela, Cam a mi lado, Ned delante de nosotros. La casa estaba llena de soldados. Los oía llamándose unos a otros, abriendo puertas, pasando de habitación en habitación. La estrecha puerta que daba al vestíbulo delantero se hallaba abierta, Ned levantó un brazo. Nos quedamos petrificados a unos diez peldaños del final de la escalera. Unas pisadas hacían crujir la alfombra de junco con que estaba cubierto el suelo allá abajo, y distinguí tres pares de piernas, que era todo lo que se hacía visible desde el ángulo en que nos encontrábamos, dos de ellas ataviadas con calzas blancas y botas relucientes, el otro par con calzas azules, medias de seda blanca y elegantes zapatos negros.

- Sólo un vestíbulo grande y vacío - decía mi hermano-. No me imagino a nadie escondiéndose aquí atrás, pero sois libres de registrarlo todo.

- ¡Eso pensamos hacer!

-Y digo yo, ¿realmente pensáis que ese tipo se encuentra en la casa? Espero que mi hermana no se encuentre demasiado trastornada con todo esto. Supongo que seguirá en su dormitorio... es muy temprano.

-Aquí no hay nadie, Peters.

- Mira detrás de esa cómoda grande, Barnes. Un hombre podría agazaparse con facilidad ahí detrás.

- Qué desconcertante es esto. Llegar a casa y encontrarse una tropa de soldados acampados a la entrada porque al parecer un peligroso criminal se ha ocultado dentro. Me he llevado un buen sobresalto.

- No está detrás de la cómoda, Peters.

- ¡Mira dentro! -ordenó Peters.

-Claro, Andy, eso haré. A lo mejor resulta que es un puñetero enano.

- Bueno, amigos, buscad hasta que estéis satisfechos - dijo Douglas-. Volveré al salón y trataré de entretener a vuestro capitán Ramsey. Un tipo poco comunicativo, sólo me ha dicho que necesitaba mi permiso para registrar la casa y que no aceptaba un no por respuesta. ¿Por qué iba a querer yo negarle el permiso? Si hay un criminal peligroso agazapado en el armario, me gustaría que lo encontraseis.

-Tampoco está dentro de la cómoda, Andy.

Douglas regresó al vestíbulo principal tranquila y majestuosamente y los dos soldados continuaron rondando por allí; nosotros permanecimos de pie en las escaleras, semiocultos entre las sombras. Cam y Ned estaban tensos, dispuestos a alcanzar la salida peleando si no había otro remedio. Me dio la impresión de que pasaba una eternidad antes de que los dos pares de piernas volvieran a hacerse visibles de nuevo al pie de las escaleras. Ned y Cam intercambiaron una mirada. Cam curvó un brazo ante sí y tiró bruscamente hacia atrás, sugiriendo en silencio una posible maniobra. Ned vaciló, luego asintió con la cabeza y se dispusieron a deslizarse hacia abajo para tomar a los soldados por sorpresa.

- Tú quédate aquí de guardia, Barnes - sugirió Peters -. Puede que intente salir por este lugar. Volveré a la parte delantera a ver si necesitan ayuda para registrar las despensas.

- Claro, Andy, ve, y de paso le das a esa rolliza morenita un beso de mi parte. ¿Me oyes?

- ¡Cuidado con lo que dices, Barnes! ¡Soy tu superior, no lo olvides!

- Porque tienes un puñetero galón te crees con derecho a comportarte como un maldito tirano. ¡Pues métetelo por el culo, amigo!

Peters se fue a grandes zancadas cerrando al salir la estrecha puerta de un violento golpe. Barnes se quedé parado al pie de las escaleras, de espaldas a nosotros, canturreando en voz baja y dando golpecitos nerviosos con el pie. Ned echó a andar hacia abajo. Le cogí de un brazo y le detuve. Cam me dirigió una mirada furiosa.

- Yo lo distraeré - susurré-. Cuando haya atraído su atención, vosotros dos podéis seguir adelante y escurriros hasta la bodega. Me reuniré con vosotros allí.

- ¡No hagas locuras! -siseó Cam.

- Ni tú, cabrón - repliqué yo.

Bajé por los peldaños haciendo ruido, y el pobre soldado se asustó tanto que dejó caer el rifle. Lo recuperó con torpeza, aterrorizado, convencido de que le iban a abrir la garganta. Salí al vestíbulo y le dirigí una inquisitiva mirada cuando me apuntó con el rifle. Tenía los hombros muy anchos, el pelo de un color rojo brillante y los ojos castaños muy abiertos a causa de la alarma, pero exentos de malicia. Con seguridad Barnes debía de ser el soldado del que se había encaprichado Polly cuando ella y Nan estuvieron atisbando ocultas tras las cortinas de las ventanas.

- ¿No iréis a dispararme? - le dije.

-Eh... ¡Jesús! No... no señora, ni se me pasaría por la cabeza, pero me habéis dado un susto de muerte. Vos... vos debéis de ser...

-Soy lady Miranda.

-Os ruego que me disculpéis, desde luego -dijo bajando el rifle-. No hay nada de qué preocuparse, señora. Lo tenemos todo bajo control. Si ese tipo se encuentra por aquí, lo haremos salir, seguro.

No podía tener más de veintiuno o veintidós años, pensé, y estaba claro que no tenía ni idea de que a mí se me suponía cómplice del hombre que buscaban. Trató de ofrecer un aspecto severo y tranquilizador cuando eché una mirada asustada en torno al vestíbulo. Le dije que me había parecido oír golpear la puerta de atrás la noche anterior durante la tormenta, y le pedí que me ayudase a comprobar el cerrojo. El soldado se agarró a aquella oportunidad y me siguió mientras le conducía al otro lado del vestíbulo. Inclinado sobre el cerrojo, probó el pomo de la puerta y realizó una gran demostración de eficiencia masculina; vi que Cam y Ned bajaban sigilosamente las escaleras restantes y luego desaparecían tras una alejada esquina.

-Yo creo que está bien -dijo Barnes dando fuertes tirones del pomo-. Parece un poco flojo, pero agarra.

Haciéndome la hembra vulnerable, me las arreglé para parecer a la vez confusa y aliviada; Barnes sonrió, extremadamente satisfecho de sí mismo. Le dirigí una graciosa sonrisa y le di las gracias con gran efusión; luego puse cara de desamparo y angustia y le dije que me había dejado el libro que estaba leyendo la tarde anterior en el banco que se encontraba debajo del distante emparrado, que esperaba que la tormenta no lo hubiese estropeado del todo, y que, Oh, Dios mío, me gustaría ir a buscarlo pero temía que la tierra estuviese fangosa y se me estropeasen los zapatos. Barnes respondió con prontitud, como era de esperar, y se ofreció galantemente a ir a buscarme el libro; me sentí abrumada por recibir tantas atenciones de su parte y volví a darle las gracias todavía más profusamente; el soldado abrió la puerta y se dirigió directamente al emparrado que yo le indicara.

Sentí un gran alivio mientras Barnes corría por el vestíbulo. No iba a encontrar ningún libro, claro, y probablemente se vería en problemas por haber abandonado su puesto, pero lo más seguro era que mi pequeña estratagema le hubiera salvado la vida. Cam y Ned estaban dispuestos a matarlo y esconder el cuerpo; me estremecí ante aquella idea al tiempo que doblaba la esquina y empezaba a bajar por el inclinado y estrecho tramo de escalones que conducía a la bodega. Esta estaba separada de los sótanos y tenía un acceso independiente. Recé para que Ramsey y sus hombres registrasen los sótanos antes de venir allí. Los escalones bajaban más y más, las paredes de piedra a ambos lados estaban húmedas y pegajosas. El aire también era pegajoso y tan frío como el hielo. Al fondo, una antorcha ardía en una abrazadera de pared. El parpadeante resplandor anaranjado que producía bañaba las paredes de piedra gris y una maciza puerta de roble ennegrecida por el tiempo. Crujió fuertemente cuando la abrí de un empujón.

Cam y Ned me esperaban justo al otro lado. Ned llevaba en la mano un candelabro de peltre. La tenue llama de la vela les iluminaba el rostro y despedía bailarinas sombras por aquel laberinto de altas estanterías llenas de botellas polvorientas. Las telarañas ondeaban en el aire glacial. Cam seguía con la cara pétrea, pero percibí cierta tensión que crepitaba bajo la superficie. Ned me recibió con la educada inclinación de cabeza de siempre.

- ¿Todo bien, lady Miranda?

Asentí, tiritando a causa del frío.

- ¿Te ha visto bajar aquí? - me preguntó Cam.

- Concédeme cierta dosis de sentido común, por lo menos -le contesté-. Lo he mandado al jardín a buscar un libro. Nadie me ha visto bajar aquí.

-Será mejor que nos demos prisa -dijo Ned.

Nuestras pisadas resonaban con fuerza en el frío suelo de piedra mientras nos abríamos camino entre el laberinto de estanterías. Nunca me había fijado en la enorme extensión de la bodega; miles de botellas descansaban en los estantes con los corchos inclinados hacia arriba y varias cubas grandísimas de madera se alzaban contra las paredes. Ned nos condujo hasta una estantería de la parte oeste y, tras dejar el candelabro, apartó una botella marrón e introdujo el brazo en el hueco. Se oyó un suave chasquido. La estantería se balanceó hacia afuera, los goznes oxidados chirriaron con un sonido estridente y metálico que resonó con fantasmal eco en los cerrados confines de la bodega. La pared de piedra gris que había detrás estaba húmeda y surcada de goterones marrones de moho, y la puerta de piedra se hallaba tan inteligentemente disimulada que apenas resultaba perceptible a simple vista. Ned apoyó el hombro contra la puerta y se puso a empujar. Corrientes de aire helado nos azotaron cuando la puerta cedió hacia dentro y dejó al descubierto el túnel que había más allá.

- Cerraré la puerta por dentro, lady Miranda - explicó Ned -, y vos lo único que tendréis que hacer es volver a empujar la estantería hasta la pared, aseguraos de que se oye el click que indica que queda ajustada en su sitio y luego volved a poner la botella.

- Comprendo.

- Si tenéis la bondad de pasarme el candelabro, señor.

Cam le dio el candelabro y Ned usó la llama para prender una antorcha que había sacado de un nicho situado en el interior del túnel. Olió a algo acre cuando el material empezó a arder. El humo se elevó en el aire. Ned me tendió el candelabro y esperó dentro del túnel a que Cam se reuniera con él. A mí me temblaba un poco la mano, lo que hacía que la llama de la vela oscilase. Cam me miró; yo me esforcé por sostenerle la mirada con ojos tranquilos. No podía soportar aquello. No podía. El corazón me iba a saltar del pecho otra vez.

-Cherburgo -me recordó-. Le Dauphine. Zarpa dentro de dos semanas.

-Adiós, Cam.

-Te amo, Miranda. Recuérdalo.

Lo dijo con voz serena, sin qué aquel rostro duro y atractivo denotase emoción alguna. Vaciló durante un momento más, mirándome a los ojos, y luego se dio la vuelta y entró en el túnel. Ned cerró la puerta y la luz de la vela que yo sostenía bañó la húmeda pared de piedra. “Mañana -me dije-. Mañana lloraré. Mañana me moriré de pena. Ahora no puedo permitirme ese lujo.” Volví a poner la estantería en su sitio. Era sorprendentemente pesada. Se oyó un suave chasquido al quedar fija en su lugar y coloqué de nuevo la polvorienta botella en el hueco. Emprendí el regreso a través de aquel laberinto, mientras el dolor me punzaba vivamente por dentro y me destruía las entrañas.

Ahora Cam estaba a salvo. Eso era lo único que importaba. Con la ayuda de Ned llegaría a la aldea de pescadores, cogería la barca y cruzaría el Canal, y luego ya no correría ningún peligro. Avancé lentamente entre las estanterías de botellas, cuyas telarañas ondeaban en el aire y se me enganchaban en la cara y en el pelo. Me las limpié. Cam estaba a salvo y los soldados continuarían registrando la casa; luego Ramsey recibiría el recado del pueblo y se irían todos camino de Dover. Me detuve a escasa distancia de la puerta y reprimí un sollozo al sentir que la pena me invadía. Cerré los ojos y envié al cielo una silenciosa plegaria pidiendo fuerzas. Pasaron varios minutos de agonía antes de que por fin abandonase la bodega y subiera a reunirme con mi hermano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

9

 

 

 

 

¿Por qué había de tener el cielo aquel puro color azul pálido desplegándose en lo alto como fina seda y reverberando con la plateada luz solar? ¿Por qué había de ser el aire claro, cortante y limpio, teñido todo él de plata y maravillosamente vigorizador? El sol ponía un manto dorado sobre las rocas grises, les confería un brillo plateado y formaba ondulados resplandores en el agua. El mar estaba tranquilo, las olas bañaban suavemente la costa bajo los acantilados; tenía un azul más oscuro que el del cielo y, en el horizonte, estaba teñido de un púrpura intenso. Las gaviotas parecían tener las alas plateadas aquel día, describían círculos y se remontaban hacia lo alto contra el azul del cielo como si estuviesen celebrando un día señalado y radiante. ¿Por qué, si yo tenía el alma descolorida, la naturaleza habría de extenderse ante mí aquella tarde con toda su belleza, como si se burlara de mí? Yo paseaba por el borde de los acantilados con el corazón entumecido por la pena mientras la suave brisa me lanzaba hebras de cabello castaño rojizo contra las mejillas y hacía que la falda rosada me ondease sobre las enaguas de volantes.

Me detuve un momento para contemplar, allá donde termina el agua, aquella brumosa línea en la que el mar y el cielo se encuentran en una confusión de azules y púrpuras. Habían pasado tres días y Cam se hallaba ya a salvo en Francia esperando el día de la partida hacia una nueva tierra, hacia una nueva vida. Ned había regresado el día de la huida a última hora de la tarde para informarme de que todo había salido bien, sin un solo tropiezo. Habían ido por el túnel hasta la mina de estaño abandonada, y allí les estaba esperando el carruaje. Antes de que Ramsey y sus hombres hubiesen terminado el registro de la casa, Cam y Ned habían llegado a la aldea de pescadores donde hicieron todos los arreglos oportunos con el amigo contrabandista de éste último, un hombre que se había prestado de muy buena gana a “ayudar a salir del paso a un colega y de paso darles un chasco a los casacas rojas”. El y Cam habían zarpado inmediatamente en la sólida barca sobre las aguas lisas y en calma tras la tormenta de la noche anterior, y Ned los estuvo contemplando desde el malecón hasta que la barca no fue más que un punto en el horizonte. Poco después de la una de la tarde Ramsey había recibido la noticia, de parte de un preocupado aldeano, de que un hombre que respondía a la descripción de Cam había comprado un billete para Dover y había tomado la diligencia de las nueve. Entonces el capitán y sus hombres habían salido precipitadamente hacia el pueblo para con-firmar el mensaje antes de lanzarse en persecución de la diligencia.

No habían conseguido darle alcance. El joven Tim había regresado a casa el día siguiente por la tarde para regalar a su tío con divertidas anécdotas del caos que se había organizado en Dover cuando los casacas rojas recorrieron la ciudad y la volvieron del revés en su ansiedad por encontrar al hombre que buscaban. Ramsey se hallaba presa del pánico, según contó Tim. El muchacho se había ofrecido audazmente para ayudar a los soldados a registrar los muelles, riéndose para sus adentros mientras Ramsey, con el rostro ceniciento, ladraba órdenes y desplegaba a sus hombres en todas direcciones. Ramsey sabía bien que si fracasaba en capturar al rebelde Gordon la ira de Cumberland no conocería límites. A mí me proporcionaba una gran satisfacción imaginarme aquel encuentro en el cual el nervioso capitán le daría su informe al lívido y apopléjico príncipe. La degradación que con toda seguridad conseguiría sena la menor de sus preocupaciones.

Ahora todo había pasado. Dentro de once días el barco zarparía de Cherburgo llevando al señor James lngram camino de su nueva posición de propietario de un periódico de Filadelfia, y el rebelde Cam Gordon ya no existiría más que en mi corazón. Tras abandonar los acantilados inundados de sol, fui caminando despacio hacia los árboles que los separaban de la mansión Mowrey. Cam sería un editor brillante, reflexioné. Todo el fuego y la furia que había puesto en sus novelas los dedicaría ahora al periódico, y éste sería un hervidero de controversias. Qué emocionante iba a ser todo para él, qué estimulante y desafiante. James Ingram se haría pronto un nombre por sí mismo, y yo estaba segura de que tendría un enorme éxito; sería un revoltoso más en una tierra de revoltosos, un rebelde en un país donde la rebelión era la norma. Habría crisis constantes? pero nunca resultaría aburrido.

La luz del sol se filtraba oblicuamente entre las ramas de los árboles esparciendo sobre el suelo sombras de un gris azulado. Un pájaro trinaba alegremente en lo alto. Toqué el tronco de un árbol cuya corteza gris estaba punteada de manchas color orín con protuberancias de liquen dorado oscuro. ¿Y yo? No más crisis, no más confusión, no más aquellos terribles altos y bajos. Escribiría otro libro, luego otro, y otro, y... y mi trabajo me sostendría. Seguiría desempeñando mi papel de señora de la mansión Mowrey, y así la vida discurriría tranquila, apacible, los días serenos y... y cada uno más monótono que el anterior. Yo tenía mi propia identidad, era cierto, pero ahora, mientras acariciaba la rugosa corteza del árbol y escuchaba el pájaro, me di cuenta de que aquella identidad que tanto esfuerzo me había costado conseguir era algo hueco y tenía poco que ver con la mujer que había dentro de mí.

Yo era una Mowrey de nacimiento, lady Miranda por derecho, pero la duquesa Randy, una mujer dura y audaz, se había criado en St. Giles, viviendo del ingenio y pasando hambre a menudo, siempre alerta ante el peligro, y la educación que había recibido en las calles era parte integral de esa mujer. M. J. había trabajado sin tregua para perfeccionar su talento, se había esforzado por alcanzar una meta, y la necesidad de trabajar estaba ahora profundamente arraigada en mí, igual que la necesidad de realización. Mientras arreglaba la casa y ayudaba a mi hermano a realizar el sueño de nuestro padre, yo había sido capaz de desempeñar el papel de lady Miranda con relativa facilidad, pero ahora... ahora me daba cuenta de que nunca podría ser la criatura elegante y refinada en la que me habría convertido si mi padre no hubiese muerto, si mi tío no hubiera echado a mi madre de casa. Puede que yo hubiese nacido Mowrey, pero el destino había decretado que me convirtiera en la mujer que era hoy.

Y aquella mujer sólo vivía a medias. Parte de ella había muerto al cerrarse la puerta de piedra de la bodega y quedar encajada en su sitio. Una fuerza vital y vigorosa había cesado de existir de repente y alguna llama se había apagado, porque el destino también había decretado que yo amase a Cam Gordon. Sin él yo estaba incompleta, una parte de mí - quizás la parte más importante- era sencillamente incapaz de funcionar. Había logrado sobrevivir tres años y medio, y durante ese tiempo había realizado grandes logros, pero había estado viviendo en un estado de provisionalidad, con aquella parte de mi ser adormecida. Hacía cuatro noches, en el negro vestíbulo, mientras la tormenta arreciaba con furia, había brotado de nuevo a la vida, salvaje, gloriosa, apasionadamente viva, con todas las fibras de mi ser alerta y radiantes. Mientras el sol penetraba entre los árboles en ondeantes columnas plateadas y las sombras de color gris azulado se extendían bajo ellos, me enfrenté a aquella verdad. Había utilizado la cabeza, sí, y me había condenado a mí misma a una vida en el limbo.

Tras abandonar el cobijo de los árboles me encaminé hacia la mansión Mowrey cruzando los jardines. La casa se alzaba descolorida y gris, pero revestida de su propia grandeza rugosa. Detrás de ella se extendían los páramos, grises y tostados, marrones y de color verde musgo, teñidos aquella tarde por una difusa pátina de plata; las rocas resplandecían, las llanas zonas de ciénaga presentaban un negro plateado. Podía distinguir las ruinas romanas en lo alto de la colina, meras manchas a lo lejos, y pensé en mi madre y en aquella tarde de tormenta en la que se había convertido en mujer en los brazos de Jeffrey Mowrey. Para Honora, como para mí, no había existido más que un solo hombre, pero... pero a ella no se le había concedido una segunda oportunidad.

- ¡Miranda!

Al volverme vi a mí hermano que salí precipitadamente de la casa y echaba a correr hacia mí con aquel rebelde mechón de cabello aleteándole sobre la frente. Los faldones de la levita marrón también aleteaban y le daban golpes por detrás, y Douglas balanceaba un estuche plano de cuero que sostenía por el asa. Al pasar como una exhalación junto a una hilera de rododendros se golpeó con ellos en el hombro, por lo que esparció por el sendero numerosos capullos de colores lila pálido y lila rosado. El cuerpo magro y larguirucho de mi hermano se prestaba soberbiamente al esfuerzo, suelto y ágil aunque no fuera precisamente un retrato de la donosura en movimiento.

- Te estuve buscando por todas partes - dijo irritado cuando se detuvo ante mí.

- Decidí salir a dar un paseo. ¿Por qué no estás en la fábrica?

-Me marché temprano. Tengo algo que enseñarte.

La irritación era mera pose. Exuberante, desbordando excelente humor, me sonrió con ironía mientras los ojos le brillaban a causa de la excitación. Sentí una maravillosa oleada de cariño por aquella criatura exasperante y simpática que parecía mucho más joven que yo. Sonriendo, alcé una mano para colocarle los pliegues de la corbata de seda amarilla, que luego metí otra vez en la parte superior del chaleco color trigo. Douglas hizo una mueca, deseoso de soltar de una vez la sorpresa que me traía.

-Tengo que enseñarte una cosa.

-Ya me lo has dicho.

- Podrías demostrar un poco de interés.

- Me interesa con locura, Douglas.

- Estos últimos tres días has andado por ahí muy alicaída; te vas a dar interminables paseos, silenciosa y triste. Ni siquiera has vuelto a discutir conmigo... estoy muy preocupado por ti, Miranda.

-No tienes por qué estarlo.

- No soy tan espeso y poco observador como te piensas. ¿Para qué es un hermano si no puedes hablar con él y dejar que te consuele, te aconseje y.. .?

- Acabas de decir que tenias una cosa que enseñarme -le interrumpí.

- En realidad tendríamos que celebrarlo por todo lo alto. Deberíamos abrir una botella de champán y estar bien contentos, pero tenía tantas ganas de enseñártelo que no he podido esperar un minuto más. Te he buscado por toda la casa y no te he encontrado en ninguna parte; luego me topé con Polly y ella me dijo que te habías ido a dar otro de tus melancólicos paseos, de modo que he salido corriendo a buscarte. Este es un momento muy feliz, Miranda.

-¿De verdad?

- ¡Y tanto que lo es, puñetas!

Ahora estaba irritado de verdad; me miró con exasperación, a punto de ponerse de mal humor. Sonreí de nuevo, le acaricié la mejilla y le pedí que me perdonase. Al cabo de un momento sonrió, de nuevo en brillante disposición. Abrió el estuche plano de cuero con considerable ceremoniosidad y sostuvo la tapa hacia atrás para que yo viera bien lo que contenía. Dentro, descansando en un nido de terciopelo color crema oscuro, estaba el plato cuyo dibujo yo viese el día de mi llegada. Resplandecía contra el terciopelo como un tesoro sin precio. Era increíblemente bello. Lo estuve contemplando durante unos minutos, sin decidirme a hablar.

-¿Qué te parece? -me preguntó Douglas.

-... Douglas, es aún más bello de lo que yo imaginaba que seria.

Lo era de verdad. Ribeteado de oro, el borde rosa tenía un color muy rico, oscuro, que no se parecía en nada a cualquier otro que yo hubiese visto antes, un rosa suntuoso que brillaba con fuerza de tan cálido como era; las diminutas guirnaldas de flores azul pálido y las hojas de color jade estaban hechas exquisitamente, con todo lujo de detalles; eran dos colores delicados y distintos, y las flores y hojas diseminadas sutilmente por el liso centro blanco del plato parecían haber caído allí como por casualidad, tan soberbiamente realizadas estaban. Acariciado por el sol de la tarde, con el oro brillando y los colores radiantes, el plato era tan bonito que noté que las lágrimas se me agolpaban en los ojos.

- El resto de la vajilla también está terminado ya... nuestro primer juego completo... pero sólo te he traído uno de los platos.

- Este diseño va a hacerte famoso, Douglas.

Mi hermano no cabía en sí, lleno de orgullo.

- Verdaderamente lo hemos hecho bien - admitió-. Y a ti también va a hacerte famosa, Miranda... es decir, más de lo que ya eres.

- ¿A qué te refieres?

Douglas volvió a sonreír al tiempo que cerraba el estuche con mucho cuidado y se aseguraba de que quedara bien cerrado; luego lo sostuvo por la gruesa asa de cuero, y la sonrisa se hizo más radiante.

- Como sabes, aún no había decidido qué nombre le pondría a este diseño. Ahora he encontrado uno. He llegado a la conclusión de que hay que ponerle “lady Miranda”. Tú eres la única responsable de que exista, Miranda. Si no hubiera sido por ti nada de esto se podría haber hecho.

Yo estaba emocionada, tan emocionada que las lágrimas se me desbordaron. Douglas me miró con aquellos cariñosos ojos grises, satisfecho del honor que me acababa de otorgar, y pareció un poco sobresaltado cuando me vio mover negativamente la cabeza. Yo no podía aceptar aquel honor. No. El honor le correspondía a otra persona, a la persona que era la verdadera responsable de todo. El honor pertenecía a la mujer que había venido a la mansión Mowrey hacía tantos años, que había cuidado a mi hermano con tanto cariño, que se había entregado a nuestro padre aquella tarde en las ruinas romanas, a la mujer que me había traído al mundo como fruto de aquel amor que la había sostenido hasta la muerte.

Me limpié las lágrimas y me dio la impresión de que ella se encontraba en el jardín con nosotros, una amorosa presencia invisible que nos observaba a los dos. Douglas también la sintió, y volvió la cabeza para seguir la dirección de mi mirada, dirigiendo los ojos conmigo hacia las ruinas situadas en lo alto de las lejanas colinas. Comprendió. Me cogió una mano y me la apretó con fuerza, recordando quizás una tranquila tarde en la habitación de los niños, un niño de cinco años y una gentil y joven institutriz que coloreaba pacientemente el diminuto recortable de una figura que se parecía mucho a la hermana que tenía ahora a su lado.

- Ella fue la única responsable, Douglas - le comenté yo quedamente-. El diseño debería llamarse “Honora”.

Asintió, aceptándolo en silencio, y permanecimos de pie unos momentos mientras el pájaro trinaba de nuevo en un árbol detrás nuestro y la suave brisa agitaba las flores de los rododendros y perfumaba el aire con su fragancia.

Mi hermano suspiró y me dio otro apretón en la mano, luego la soltó. Un rayo de sol le acariciaba el espeso pelo rubio confiriendo a aquellos mechones rebeldes un brillo entre dorado y plateado. Tenía una pensativa expresión en los ojos.

- Es extraño, ¿no te parece? Vino aquí hace casi un cuarto de siglo y se enamoró de mi padre, y gracias a ella... gracias a ella el sueño de nuestro padre se ha convertido por fin en realidad. Y el mío también.

- Ella se habría sentido muy orgullosa de ti, Douglas -le dije-. Los dos se habrían sentido muy orgullosos.

Se apartó unos mechones rebeldes de la frente y volvió a suspirar apretando el asa del estuche. La falda de color rosa que yo llevaba ondulaba movida por la brisa, la seda se aplastaba contra las enaguas produciendo un suave crujido. Ahora mi hermano tenía en los ojos una expresión de duda, y pronto pareció sentirse bastante incómodo. Le dirigí una mirada inquisitiva. Frunció el ceño.

- Yo... eh... tengo otra cosa que decirte - me confesó.

-Ya me lo imaginaba.

-Se trata de Linda.

-También me lo imaginaba.

- ¡Maldición, Miranda! ¡Tengo algo muy importante que decir, y te agradecería que no te rieras de mí!

- Es que no puedo evitarlo, cariño. Te has puesto tan solemne...

- Sucedió algo la otra noche... la noche de la tormenta. Como sabes, me vi obligado a pasar la noche en Morrison Place, y... bueno, me temo que mi comportamiento fue el de un puñetero estúpido.

-¿Ah, sí?

- El padre de Linda se retiró temprano. Habíamos estado hablando de Shakespeare y de otro tipo llamado Marlowe; él se había tomado dos copas enteras de oporto y empezó a dar cabezadas... a mí me supuso un gran alivio que le sucediese aquello, pues Shakespeare no es mi mejor tema de conversación, y... bueno, al cabo de un rato él se fue a la cama y nos dejó a Linda y a mí solos en el salón.

-Ya.

- Había fuego encendido en la chimenea y afuera llovía a cántaros; todo estaba muy acogedor y romántico, y ella llevaba un vestido rosa... no el que llevaba el día que inauguramos la fábrica, otro distinto. Le dejaba los hombros y parte del pecho al descubierto, y estaba tan bonita que yo... bueno, me porté como un loco.

- ¿Qué hiciste?

-Me abalancé sobre ella. La abracé y la besé de un modo bastante salvaje... nunca la había besado antes. Yo deseaba besarla, desde luego, pero siempre he conseguido reprimirme. Linda... Linda no es de esa clase de chicas a las que uno agarra y las besa.

- Eso me parecía.

- Hay que andarse con mucho ojo con una muchacha como Linda. No conviene ir demasiado de prisa. Es un pura sangre, y los pura sangre se asustan con facilidad, ¿sabes?

Reprimí una sonrisa. A pesar de la experiencia que él tenía -y yo sospechaba que había sido muy extensa, principalmente con camareras y otras muchachas por el estilo-, mi hermano sabía muy poco de mujeres. A este respecto no era muy diferente de la mayoría de los hombres.

-¿Y qué hizo el pura sangre? -le animé.

- Me besó a su vez. - Movió la cabeza, todavía sin salir de su asombro-. Me preguntó por qué puñetas había tardado tanto en decidirme. Me habría caído redondo sólo con que me hubiesen tocado con una pluma.

-¿Y luego?

- Luego le puse una mano en el pecho y le di un apretón. Me propinó una bofetada tan fuerte que me estuvieron zumbando los oídos durante diez minutos. Me dijo que nada de eso hasta que no estuviéramos casados como es debido.

-Chica lista -dije yo.

-Así que como un puñetero idiota le pedí que se casara conmigo; ella dijo que sí y yo me pasé toda la noche en la habitación de invitados sintiéndome atrapado y desgraciado al máximo. ¡Jesús! ¡Un solo beso y Linda ya espera que me case con ella!

Parecía completamente abatido, igual que un niño al que se estuviese castigando por motivos por él desconocidos, y yo me permití sonreír abiertamente. Al verlo Douglas puso mala cara, y le noté que estaba a punto de estallar. Le di un abrazo. Se quedó quieto sin responder al abrazo, con un mohín en la boca y un profundo surco por encima del puente de la nariz. Retrocedí sin dejar de sonreír.

- ¡Ya puedes sonreír, ya! -me dijo con brusquedad-. ¡ No eres tú quien se encuentra en la trampa!

-Ella te ama, Douglas.

Me dirigió una mirada llena de dudas.

-¿De veras lo crees?

- Eres adorable en extremo, tonto. Claro que te ama, y tú también la amas.

Lo pensó durante un momento y luego asintió.

-Creo que... puede que sí-dijo al fin-. No he sido capaz de pensar nada a derechas desde aquel día en que vino en la carreta, tan fría, cortante y autosuficiente. Yo quería ponerla en su lugar. Yo quería...

Se cortó en seco y un suave rubor rosa le sofocó las mejillas. Me imaginaba cómo habría terminado aquella frase. Suspiró profundamente y se dio un fuerte tirón de la corbata, intentando acostumbrarse a los sentimientos que había estado experimentando durante todo aquel tiempo y que se negaba a reconocer.

- Me alegro mucho por ti, Douglas. Me alegro por vosotros dos.

- Es sólo la impresión que me ha producido todo este asunto. Es decir... ¡yo nunca pensé en casarme con ella!

- Los hombres raramente lo hacéis.

-Yo... sé que esto va a parecer una idiotez -continuó -, pero no me imagino pasarme el resto de mi vida sin ella. Nada tendría verdadero sentido si Linda no estuviese a mi lado para compartirlo conmigo.

-No me parece ninguna idiotez -le dije-. Tiene sentido. Sentido completo - repetí.

Y el entumecimiento se alejó de mí; la tristeza desapareció y un glorioso júbilo empezó a agitarse en mi interior y a crecer por momentos, chispeando y extendiéndose hasta que sentí ganas de gritar de alegría. ¡Qué estúpida había sido! ¡Qué puñeteramente estúpida! A mi madre no se le había dado una segunda oportunidad, pero a mí sí... ¡Y yo había estado a punto de desperdiciarla! Sabía exactamente lo que Douglas quería decir. No me imaginaba el resto de mi vida sin Cam Gordon -por muy puñetero escocés que fuese y por mucho que me sacase de quicio-, y nada tendría verdadero significado sin él. ¡ Malditos fueran sus ojos! Yo amaba a aquel hijo de perra; la vida sería tumultuosa y viviría siempre con los nervios en tensión, pero por lo menos estaría viva. El gozo siguió chispeando y extendiéndose; aquella vibrante, vital y magnífica alegría de vivir corría por mis venas como el más fino de los vinos. Mi hermano me miró sin comprender. Le sonreí. Frunció el ceño.

- ¿Te pasa algo, Miranda?

-No... todo está bien. ¡Todo está maravillosamente bien! Yo por poco... he sido una puñetera tonta, tan lista, tan sensata, tan puñeteramente sensata...

Ahora Douglas estaba auténticamente preocupado. Me sujetó por un brazo y me miró con la alarma reflejada en los ojos grises.

- Creo que será mejor que entremos.

- ¡Sí! -repuse yo-. No hay un momento que perder.

-No estarás disgustada por lo de Linda, ¿verdad? Es cierto que ella se convertirá en la señora de la casa, pero... nunca podrá suplantarte. Siempre habrá un lugar para ti en la mansión Mowrey, Miranda. A Linda le caes muy bien, a ti te cae bien Linda y..

Sonreí y moví la cabeza, ahora impaciente, ansiosa por marcharme. Tenía que hacer el equipaje y debería detenerme en Londres un día para ver a Marcie y a Thomas y arreglar algunos asuntos con Bancroft, pero si me ponía en camino al día siguiente por la mañana tendría tiempo de sobra para ello. Douglas seguía charlando sin parar, pero yo no oía ni una sola palabra de lo que decía. Ahora sabia quién era yo, por fin lo sabía. Era la mujer de Cam Gordon, ésa era mi verdadera identidad. El era mi hombre y la vida con él difícilmente sería serena, pero aquel hijo de puta obtendría lo mismo que él me diera a mí, ya me encargaría yo de eso.

-... no hay razón para que no podamos vivir todos felices y cómodos juntos. Linda necesita seis semanas para llevar a cabo todos los preparativos, insiste en que hagamos una boda gigantesca con todos los requisitos oportunos y además tiene que hacerse con el ajuar... ¡las mujeres siempre pensando en la ropa! Tú serás la dama de honor, desde luego, Linda ya me lo ha dicho, y...

- No estaré aquí, Douglas.

- ¿Qué? ¿Qué estás diciendo?

- Me voy de la mansión Mowrey. Me marcho mañana a primera hora. Mi trabajo aquí ha terminado, Douglas. Ahora que tienes a Linda no hay nada... nada que me retenga aquí. Estoy emocionada y muy contenta por vosotros dos, créeme. Linda es exactamente la mujer que necesitas, será la perfecta señora de la mansión Mowrey, algo que yo nunca podría ser. Pero tengo mi propia vida por...

- ¡Has perdido el juicio!

-Nada más lejos de la realidad; lo he recuperado por fin. De verdad que no puedo perder más tiempo aquí, Douglas. Tengo que empezar a hacer el equipaje y...

- Es ese puñetero escocés, ¿no es eso?

Asentí y eché a andar rápidamente por el sendero hacia la mansión Mowrey. Mi hermano venía trotando a mi lado; me sujetó por un brazo y me obligó a detenerme junto a los rododendros. Lo miré con impaciencia, notando apenas su presencia y con la mente puesta en otras cosas. Me apretó dolorosamente el brazo con los dedos, frenándome cuando traté de avanzar.

- No te creas que no estoy al corriente de que estuvo aquí la otra noche. No soy tan ingenuo como te imaginas, querida hermana. Soldados por todas partes, mi mejor traje que desaparece, Ned ausente todo el día... sé sumar dos y dos. No te dije nada porque pensé que cuanto menos hablase sería mejor, pero si te piensas que voy a permitir que salgas corriendo y arruines tu vida por un...

- Lo amo, Douglas. Y él me ama. Cam quería que me fuese con él, pero yo me negué y rechacé el ofrecimiento... lo rechacé como una idiota.

- Maldita sea, Miranda. Ese tipo es un puñetero...

- Se marcha a América. El barco zarpa de Cherburgo dentro de once días. Tengo que detenerme un día en Londres, pues necesito arreglar unos asuntos y...

- ¡Te vas a América con él!

-No puedes impedírmelo, Douglas.

- ¡Jesús! -exclamó entonces-. ¿Estás segura de que quieres hacerlo?

-Nunca he estado más segura de nada.

- En ese caso de acuerdo. Pero no voy a permitir que salgas de estampida tú sola. Pienso acompañarte a Londres y luego a Cherburgo. Quiero conocer a ese hombre y hacerle saber que tendrá que vérselas conmigo si...

Me soltó el brazo. Corrí sendero arriba golpeándome contra los rododendros y esparciendo sus flores por el suelo como consecuencia. Douglas echó a correr detrás mío tratando de alcanzarme.

- ¡Y te voy a decir otra cosa! - me gritó-. ¡ Puede que tú no estés aquí para mi boda, pero yo sí estaré en la tuya! ¡Si ese hijo de puta piensa que te va a llevar a América sin casarse contigo antes, va a llevarse una buena sorpresa! Usaré la pistola si hace falta, pero...

Yo no le escuchaba, oía la música que sonaba en mi interior, una jubilosa música que me llenaba el alma de esplendor. Con las faldas revoloteando detrás mío y el pelo también flotando al aire, corrí hacia la casa; mi hermano me perseguía sin dejar de gritarme mientras yo me apresuraba a subir los escalones y corría hacia los brazos del futuro.

 

 

 

(1) En italiano en el original (N. de los T.)

(2) En italiano en el original (N. de los T.)

(3) En francés en el original. (N. de los T.)

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