© Libro N° 6008.
La Duquesa Randy. Miranda II.
Wilde, Jennifer. Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © La Duquesa Randy. Miranda II. Jennifer Wilde 1746
Versión Original: © La Duquesa Randy. Miranda II. Jennifer Wilde 1746
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
Libros Tauro:
http://www.LibrosTauro.com.ar
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://images-na.ssl-images-amazon.com/images/I/51pBHy6AIFL._SX350_BO1,204,203,200_.jpg
LA DUQUESA RANDY
Miranda II
Jennifer Wilde
1746
1
Me
froté los ojos, me incorporé y me quedé mirando detenidamente el gato. Era
negro y escuálido, y mantenía clavados en mí unos ojos acusadores, como si me
reprochara el hecho de no ofrecerle un poco de caballa y un platito de leche.
- Lo
siento, gato -le dije-. Si tuviera leche me la bebería yo, y si tuviera un poco
de caballa me sentiría en la gloria. Que vida más dura, ¿verdad?
Me
miró maliciosamente y meneó la cola con aire arrogante, saltando con afectación
por encima del gran montón de carbón antes de salir por la ventana
entreabierta. Maldita ventana. Se me había olvidado cerrarla la noche anterior.
No tenía nada de extraño que me encontrase medio helada. Bostecé, reuní a mi
alrededor aquellos hediondos sacos marrones y volví a acomodarme en el acogedor
nido de paja. No había motivo de queja. Disponía de toda la carbonera para mí
sola, no tenía que compartirla con nadie, y el viejo Hawkins sólo me cobraba un
penique cada noche por usarla. Puede que la carbonera fuese pequeña y estuviese
asquerosa, puede que hubiese ratas, pero era mucho mejor que aquellas
malolientes pensiones de ínfima categoría donde dormían hasta veinte personas
en el mismo cuartucho... hombres, mujeres y niños amontonados sobre la paja y
llenos de piojos por todas partes. Además, una muchacha no estaba segura en un
sitio así.
Una
muchacha no estaba segura en ningún lugar en todo St. Giles, a no ser que
supiera cuidar de sí misma. Yo sabía hacerlo. Llevaba cuidando de mí misma
desde la muerte de mi madre, y además lo hacia puñeteramente bien. No tenía
ningún gangoso que me vigilase, me mangoneara y me azotara en el trasero cuando
no consiguiese llevarle suficientes chelines. No necesitaba a ninguno. ¿Por qué
tenía yo que salir a venderles el rabo a hombres desconocidos para después
llevarle el dinero a cualquier chulo embrutecido? Yo era demasiado
independiente para eso, lo había sido siempre, y no tenía ningún interés en
hacer de puta por ahí. Una muchacha puede vivir de eso durante algún tiempo,
mientras es joven y aún no tiene enfermedades, pero a mí no me hacia ninguna
gracia acabar a los veinte años siendo una vieja decrépita agarrada a una
botella de ginebra en algún callejón oscuro y muriéndome de hambre porque
hubiese perdido ya todo el atractivo.
No;
robar era mucho más fácil siempre y cuando no te atraparan. A mí nunca me
habían cogido todavía, aunque en dos ocasiones habían estado a punto de
hacerlo. Un cazador de ladrones me había echado el guante una vez; me había
puesto encima sus toscas manos después de que yo le hubiese afanado las
magníficas hebillas de los zapatos a un caballero, pero me soltó en seguida, en
cuanto le propiné un buen rodillazo en la ingle. No había en todo Londres
cazador de ladrones, vigilante u oficial de policía que fuera lo bastante listo
ni lo suficientemente rápido para conseguir atraparme. Yo era demasiado ágil,
demasiado astuta, y me conocía al dedillo todos los escondites de St. Giles.
El
gato volvió a entrar por la ventana, tiritando, y pasó a toda carrera por
encima del carbón. Afuera hacía un frío de todos los demonios. ¿Qué no daría yo
por una capa caliente y quizás un par de zapatos? La capa estaría forrada de
lana y tendría el cuello de pieles, y los zapatos serían bien cómodos y
calientes, de piel de cabrito y con elegantes y pequeños tacones; y yo los
admiraría al tiempo que me calentaba los pies delante de mi propio fuego
particular,
Sonreí
para mis adentros al imaginarme cómo sería aquello. Tendría pan, queso, y un
buen pedazo de asado de buey. No, una caja de bombones, envuelto cada uno de
ellos en papel dorado y rizado. En cierta ocasión había visto una caja así en
un escaparate junto a una bandeja de fruta escarchada cubierta de azúcar; tenía
todo un aspecto tan apetitoso que estuve a punto de romper el cristal del
escaparate para poder llevarme unos cuantos.
Gente
de lujo comiendo fruta escarchada. Y pasteles. La gente comía delicados
pastelillos cubiertos de crema blanca. También comían melocotones, y unas uvas
estupendas, y ostras, y pollos asados bien dorados y crujientes. Cerré los ojos
y vi la mesa con el festín dispuesto y yo preparada para comerme todo y beber
el vino a sorbos en una copa de cristal. Me comería todo y luego me limpiaría
los dedos, siempre con mucha elegancia, y les diría que me tomaría sólo una
pizca más de sopa y una pera en almíbar. El estómago empezó a gruñirme. No
servia de nada soñar despierta con comida. Manjares así no eran para personas
como yo. Los que vivían en St. Giles se consideraban muy afortunados si
conseguían un tazón de gachas y unos cuantos mendrugos de pan duro. La mayoría
de ellos vivían a base de ginebra, que era lo más barato que se podía
encontrar, a un penique el medio cuartillo.
A mí
la ginebra no me gustaba. No me hacía gracia el sabor, ni tampoco el efecto que
producía. Aquí, en St. Giles, la fabricaban en sótanos sucios y la servían en
vasos asquerosos, y uno tenía suerte si no se quedaba ciego. Los niños la
bebían igual que los adultos, y era frecuente ver a criaturas de cinco o seis
años arrastrándose por ahí con los ojos vidriosos. Ayudaba a olvidarse de la
miseria, eso es lo que hacía la ginebra, pero una muchacha no puede ejercer
como es debido de carterista o mangar hebillas de zapatos de lujo si tiene la
mente ofuscada. Yo no quería que nada me nublase los sentidos. Una ladrona
independiente como yo, sin una banda que la respaldase, necesitaba estar
siempre lo más alerta posible.
Bostecé.
El gato se me acercó y me olisqueó el pelo. Maulló con desagrado al tiempo que
levantaba la nariz y volvía a retirarse al montón de carbón.
-
Pues tú tampoco es que huelas como una rosa, compañero - le dije-. Un día de
estos voy a robar una pastilla de jabón, conseguiré un poco de agua y me daré
un baño como es debido, aunque no veo muchas ventajas en ello. Volveré a
ensuciarme de dormir en esta carbonera y de rondar por las calles. Además,
bañarse mucho no es sano.
El
gato empezó a escarbar entre el carbón con la esperanza, sin duda, de encontrar
algo comestible. Pobre animal. Si yo tuviera alguna migaja de comida se la
daría. Odiaba ver sufrir a alguien, y en St. Giles lo único que había a mi
alrededor era sufrimiento por todas partes. Gente que agonizaba en los sótanos,
recién nacidos no deseados a los que arrojaban por las alcantarillas. Cadáveres
de gatos y perros tirados en montones de basura, que apestaban de un modo
horrible.
- Te
diré lo que vamos a hacer, encanto - le indiqué-; iré a buscar algo para los
dos. Seguro que hoy va a ser un buen día, pues van a ahorcar a un tipo en
Tyburn y esta vez haré que ese maldito perista me pague como Dios manda, y me
compraré un pan y un gran cubo de leche y lo traeré aquí esta noche. ¿Te parece
bien?
El
gato lanzó un lastimero maullido y siguió arremetiendo contra el carbón.
Porras. Afuera hacía un frío helado y nosotros dos nos estábamos muriendo de
hambre sin un penique en el bolsillo. Nunca conseguía ahorrar unos peniques,
por muy bien que me fuera. Aquel bestia de la casa de cosas robadas le engañaba
a uno de mala manera - todos eran iguales-, y uno tenía suerte si le alcanzaba
para comer. Dos o tres días malos seguidos y uno a punto estaba de morirse de
hambre, maldita sea. Lo mejor era robar comida directamente, pero los cabrones
de los puestos de comida eran todos unos patanes corpulentos de expresión fiera
capaces de romperle el cuello a uno sólo con la mirada, que además resultaba
cortante. Podían colgarlo a uno por robar un pan, ahorcarlo con una cuerda
colgada de Tyburn Tree lo mismo que al criminal más malvado. Sólo hacía tres
meses que habían ahorcado a un muchachito de doce años por el espantoso crimen
de robar tres manzanas.
Fruncí
el ceño. No servía de nada pensar en lo injusto de todo aquello. Las cosas eran
como eran, y no se podía hacer nada. Los magistrados y aquellas personas que
contrataban para mantener la ley estaban más corrompidos que los mismos
criminales; y los cazadores de ladrones eran mucho más salvajes que aquellos a
los que perseguían. Si se tenía el dinero necesario se podía comprar la
libertad cualquiera que fuese el problema. Se podía matar a un hombre y salir
libre de toda culpa si se tenía el oro que hacía falta para pagar a un abogado.
Este alquilaba a dos testigos falsos que eran capaces de jurar que el acusado
se encontraba en un lugar diferente la noche del crimen; luego le daba al
magistrado un substancioso soborno y uno salía tranquilamente del calabozo tan
libre como un pájaro.
Sólo
a los pobres colgaban de Tyburn Tree. Y a los traidores, claro está.
Aquel
día iban a colgar a un traidor. Uno de aquellos infelices que había luchado con
el Hermoso Príncipe Charles (1) y había conseguido escapar de la matanza de
Culloden sólo para que al final el vengativo Cumberland le siguiese la pista
hasta echarle mano. El duque de Cumberland era el hombre más odiado de
Inglaterra, un villano sediento de sangre que había diezmado a mujeres y niños
en los páramos de Culloden y que juraba que no descansaría hasta que hubiese
apresado al último hombre de aquellos que habían apoyado al Hermoso Príncipe.
Los Hanover que se sentaban en el trono de Inglaterra eran un puñetero atajo de
estúpidos y lerdos, la mayoría de ellos ni siquiera eran capaces de hablar
inglés durante mucho tiempo seguido, y el pobre Príncipe Charlie era un
fugitivo que estaba refugiado en Europa cuando hubiera debido estar luciendo su
encantadora sonrisa desde el trono.
Pobrecito
Príncipe, pensé yo poniéndome cómoda entre los harapos. Me alegraba de que
hubiese podido escurrir el bulto en el campo de batalla antes de que Cumberland
le capturase, y me estremecía cada vez que pasaba por el templo y veía las
cabezas de sus seguidores clavadas en las estacas. Cumberland aseguraba que
también pondría allí la cabeza del Príncipe Charlie, después de haberla
sazonado con sal de Bahía y semilla de comino para impedir que los pájaros la
picoteasen. Aquel pensamiento me daba escalofríos. Me dije que ya era hora de
levantarse. No sacaba nada con quedarme allí tiritando sobre la paja con el
estómago vacío y el cuerpo medio congelado. Debían de ser ya por lo menos las
siete.
De
mala gana me moví, volví a incorporarme, me di masajes en los brazos y metí los
pies desnudos dentro de los harapos. Me pasé los dedos por el pelo para
comprobar si tenía piojos. Odiaba aquellos horribles bichitos, no podía
soportarlos. Al no encontrar ninguno, suspiré y me arrastré a gatas hasta el
rincón donde guardaba mis pertenencias: un cepillo, un peine roto, tres velas y
el maltrecho libro de Shakespeare que había afanado antes de marcharme de la
casa de la señora Humphreys la noche en que murió mi madre. Cogí el cepillo, le
eché una rápida mirada al gato y comencé el ritual matutino.
-
Puede que no me lave el pelo, gato - le dije en tono afectuoso-, pero lo tengo
siempre bien cepillado. Cincuenta pasadas por la mañana y cincuenta por la
noche, eso mantiene alejados a los piojos. La Gran Moll dice que tengo el pelo
como el fuego: marrón rojizo, dice que podría calentarse las manos en él, dice
que sería capaz de vender el alma por una mata de pelo como el mío. Sí que le
serviría de mucho, pues es tan grande como un pajar.
Completamente
indiferente a mis comentarios, el gato estaba mucho más preocupado a causa de
un crujido que venía del otro lado de la pared.
-
Eso es -le dije-. Ratas. Ratas grandes. ¿Por qué no estabas aquí anoche cuando
aquella alimaña intentaba mordisquearme los dedos de los pies? Tuve que
arrojarle cien trozos de carbón antes de que se diera por vencida y se buscara
otra cena. Si la cazas te traeré dos cubos de leche.
Después
de dejar a un lado el cepillo cogí el libro. Se estaba haciendo pedazos de
tanto leerlo. No puede decirse que lo entendiera todo, pero era bonito leer las
palabras e imaginarse todos aquellos reyes, príncipes, hadas, soldados y
desgraciados amantes, aquellos castillos, aquellos páramos, aquellos bosques
encantados. Yo solía leerle las obras a mi madre en voz alta, recordé, y ella
me había dicho que yo me llamaba así por la muchacha de La tempestad. Hojeé
rápidamente las ajadas páginas llenas de huellas de dedos, y acaricié el lomo
adornado con filigrana que estaba tristemente roto y rasgado; acaricié el
volumen. Era lo único que me quedaba del pasado.
Sería
agradable tener más tiempo para leer. La gente pensaba que yo estaba un poco
loca, naturalmente. Puede que lo estuviese, pero era tan acogedor y
reconfortante encender una vela y ponerse cómodo en aquel nido de paja, y
olvidar los peligros y las durezas del día mientras leía cosas sobre aquellos
seres encantadores que tenían ropas preciosas y montones de comida, y que a
veces se volvían sencillamente locos de atar. Yo, si tuviera un par de vestidos
bonitos y la barriga llena, nunca me volvería loca, por muy ingratos que fuesen
mis hijos. Les diría que se fueran a hacer puñetas y me trajeran otro pastel de
carne. Tampoco me suicidaría sólo porque me saliese mal algún asunto amoroso.
Aquella Julieta realmente era una boba, pensaba yo. Todos aquellos vestidos de
terciopelo, todas aquellas cosas buenas para comer, y va y se bebe un veneno
porque no puede conseguir a Romeo.
¡Bobadas!
Estaba mal de la cabeza, la muy puñetera.
Nunca
había habido un Romeo en mi vida, y nunca lo habría si yo podía evitarlo.
¡Hombres! ¿Quién los necesita? Bestias, fanfarrones y bravucones todos ellos,
siempre dispuestos a engañar a una muchacha, siempre deseando reventarle a una
la cereza. Yo me daba cuenta de cómo me miraban, claro. Veía cómo se les
encendían los ojos, veía cómo se relamían los labios, jadeando de ganas de
arrastrarme a algún callejón oscuro y salirse con la suya. Cualquier hombre que
fuese lo bastante estúpido como para ponerme una mano encima conseguía un buen
arañazo en la cara, un mordisco en el brazo, un rodillazo en la entrepierna.
Los hombres de St. Giles me llamaban gata salvaje, decían que no era
conveniente gastarle bromas a esa puñetera de Randy, le capa a uno y le hace
cantar como una soprano. Me guardaré la cereza para mí sola, muchas gracias, y
si realmente un día decidiera que alguien me la pinchase, no sería en cualquier
callejón asqueroso ni en una de esas casa de putas vendiéndome por dos libras,
ni siquiera por cinco. Eso era lo que la Gran Moll me aseguraba que se cobraba
por ello.
Dejé
a Shakespeare. Había leído otros muchos libros además, todos ellos robados. Era
fácil robar libros. La gente nunca piensa que alguien los quiera para algo. Los
robaba, los leía y luego los llevaba a la casa de compra de objetos robados
donde el perista ponía mala cara, me daba un par de peniques y me decía que
estaba mal de la cabeza por robar libros cuando podía estar robando broches,
relojes o hebillas de zapatos de lujo. Los libros no valían nada, me explicaba
gruñendo, y yo ni siquiera intentaba decirle lo mucho que significaban para mí.
Seguía robándolos y leyéndolos, a veces sin entender bien las palabras, por
supuesto, pero ávida por leerlos a pesar de todo. Una vez me apoderé de un
espantoso libro de sermones que no tenía pies ni cabeza, y otras veces eran
aburridos libros de viajes, pero en ocasiones tenía suerte y agarraba algo como
Moll Flanders, de aquel tipo, Defoe. La gente podía seguir llamándome loca si
quería, pero yo necesitaba tener libros como otros necesitaban tener ginebra.
Aquella
mañana, sin embargo, no había tiempo para leer. Envolví con cuidado el libro
con unos harapos y volví a ponerlo debajo de una tabla del suelo que estaba
floja junto con el cepillo, el peine y las velas. Entonces pensé en mi mamá.
Mientras estaba arrodillada allí, entre la paja y el carbón, vi su rostro con
tanta claridad como si un retrato se hubiese materializado ante mí. La vi con
el mismo aspecto que tenía cuando vivíamos en la casa de aquel pequeño pueblo
soleado cuyo nombre no conseguía recordar. Me acordaba muy poco de aquellos
días todo me parecía borroso y confuso. Creía recordar un estanque lleno de
patos y una gran catedral con torres de aguja, y también recordaba vagamente a
alguien llamado tía Maggi, pero el resto era muy confuso. Una vez me llego a la
memoria el fugaz destello de un hombre joven y atractivo que tenía una sonrisa
tentadora y decía que se casaría conmigo cuando yo creciera. ¿Davy? ¿Se llamaba
Davy? El recuerdo me centelleó en la mente durante un instante y luego se desvaneció.
Recordaba
a mi madre, sin embargo, y mientras contemplaba el retrato mental que se había
materializado ante mí era como si me mirase en un espejo, porque yo tenía las
mismas facciones que ella. Los mismos pómulos altos y la misma boca, aunque la
mía era un poco más llena, no tan delicada. Teníamos también los mismos ojos,
los míos de un azul intenso en lugar de grises, con débiles sombras de color
malva en los párpados, como ella, y largas pestañas rizadas. Yo también tenía
el pelo castaño rojizo, como mamá, pero el mío era más brillante, casi cobrizo,
tirando más a rojo que a marrón. Me parecía a ella en muchos aspectos, pero mi
mamá había sido una mujer hermosa y yo era una pobre pilluela de la calle con
la cara sucia. Los hombres me miraban, cierto, pero no era por mi cara, sino
porque tenía bastante pecho, una cintura estrecha y las piernas largas.
El
retrato mental empezó a cambiar gradualmente hasta que otro tomó su lugar, y me
encontré contemplando a mi madre tal como era en su último día. Aquel adorable
rostro se había vuelto adusto, con ojeras y profundos huecos debajo de los
pómulos. Los recuerdos volvían a mí como una riada, trayéndome el dolor que
siempre los acompañaba. Nunca olvidaría aquel día. Nunca. Recuerdo bien su
dulce sonrisa y el modo en que aquellos tristes ojos grises me miraban mientras
mi madre me acariciaba la mejilla con una mano lastimosamente frágil. Recuerdo
la tos atormentadora y los pañuelos manchados de sangre que siempre trataba de
ocultar debajo de la ropa de cama. La señora Humphreys, una mujer horrible con
ojos mezquinos y astutos, entró en la habitación. Siempre me estaba espiando, y
era ella la que insistía para que mamá me entregara a las autoridades de la
parroquia y me enviara al orfanato, pues afirmaba que yo estaría mucho mejor
con los otros pobres niñitos.
- Se
está muriendo - me dijo llanamente la señora Humphreys-. Ya no le queda mucho
tiempo. La oí toser anoche, y parecía que fuese a echar los pulmones.
-
¡Fuera de aquí! -le grité.
-Voy
a buscar a Jenkins. Elia sabrá lo que hay que hacer en estos casos. Jenkins
trabaja en la parroquia, es enfermera. Se ocupará de que entierren a tu madre y
te llevará con ella al asilo parroquial.
-
¡Mi mamá no se está muriendo!
La
señora Humphreys me dirigió una mirada de suficiencia y salió con paso firme de
la habitación. Yo le cogí la mano a mamá y se la apreté, mientras ella movía la
cabeza de un lado al otro. Las dos sabíamos que ya casi había terminado todo.
Las fuerzas la habían abandonado. Era un puro esqueleto. Yo no hacía más que
mojar un trapo en agua y humedecerle la frente, sonriéndole todo el rato y
fingiendo además que se trataba sólo de un ataque más y que seguro que se
pondría mejor. Mi sonrisa no consiguió engañarla, ni tampoco me engañó a mí la
suya, muy dulce. Le apreté la mano y le mojé la frente, esperando.
-Tú...
tú tendrás a alguien que te cuide, Miranda -susurró-. Él... él vendrá a
buscarte. Sé que lo hará. Le envié... le envié un... -Cerró los ojos y trató de
reunir las fuerzas suficientes para continuar-. Se lo conté todo... toda la
historia, y sé que él... vendrá a buscarte. Estarás...
La
voz se le extinguió. Volvió a toser, y cuando se quitó el pañuelo de la boca
estaba cubierto de sangre.
-No
hables, mamá -le dije con suavidad-. No...
Murmuró
un nombre que no entendí bien y me dijo que él vendría a buscarme, me llevaría
a un lugar llamado Cornualles y se encargaría de cuidarme.
- Te
mandarán al orfanato, preciosa mía, pero sólo será durante... durante un
tiempo. El vendrá a buscarte y...
No
pudo decir más. Me miró con dolor en los ojos y con mucho amor; la tierna
sonrisa le desapareció de los labios y cerró los ojos por última vez. Supe que
se había ido incluso antes de que la señora Humphreys y otra mujer entraran en
la habitación y afirmasen que había muerto. Luché por reprimir las lágrimas
mientras ellas cloqueaban y charlaban, y luego la señora Humphreys se volvió
hacia mí con un brillo de malicioso triunfo en los ojos.
-Ahora
ella irá a parar a la fosa común -afirmó-. ¡Y tú al asilo, mocosa! La enfermera
Jenkins, aquí presente, va a llevarte allí.
-
¡Oh, no! ¡Ni hablar, vieja perra!
Agarré
con fuerza el libro de Shakespeare y bajé a toda prisa por las escaleras, todo
lo rápido que los pies quisieron llevarme; eché a correr por el retorcido
laberinto de calles y callejones hasta que llegué a casa de la Gran Moll.
Lloré
y lloré y le supliqué que me escondiera, y la rolliza y fornida vieja alcahueta
me estrechó contra su amplia pechera, me acarició el pelo y me tranquilizó; me
dijo que aquellos malditos hijos de puta no iban a coger a su pequeña Randy, ni
hablar de llevársela con ellos.
Aquello
había sucedido nueve años atrás, nueve largos años, aunque seguía tan vivo en
mi recuerdo como si hubiese sucedido ayer. La Gran Moll mantuvo su promesa, y
las autoridades parroquiales nunca pudieron encontrarme, en efecto, ni tampoco
aquel hombre que estuvo rondando por las calles de St. Giles durante casi tres
semanas haciendo preguntas y buscándome por todas partes. Alguien le dijo a la
Gran Moll que era un hombre del clero, y que había recorrido un largo camino
para venir a buscarme. Ellos, los clérigos, eran aún peores que las autoridades
parroquiales, me dijo Moll. No estaba dispuesta a consentir que uno de ellos le
pusiera las manos encima a su Randy. El hombre acabó por marcharse de St. Giles
sin encontrarme. Dijeron que tenía aspecto de estar muy, muy triste y
preocupado. Moll me explicó que de buena nos habíamos librado, pues aquellos
cabrones estaban todos corrompidos. De no ser por los clérigos, la mitad de las
casas de putas de St. Giles irían directas a la ruina.
Siendo
ya una consumada ladrona a la edad de nueve años, rápidamente me convertí en
una de las mejores de St. Giles; independiente hasta el fin, pues me había
negado a formar parte de cualquier banda, había pasado hambre con frecuencia, e
incluso en los mejores días a duras penas ganaba lo suficiente para conservar
unidos en una pieza el alma y el cuerpo. El perista me pagaba una miseria hasta
por los artículos más finos, y el único que sacaba alguna ganancia era Black
Jack Stewart. Ahora yo tenía dieciocho años, seguía libre, independiente y,
¡ay!, seguía pasando hambre.
Volví
a colocar en su sitio el tablón suelto y lo cubrí con trapos; luego me puse en
pie y bostecé. Débiles rayos de sol matutino penetraban a través de los sucios
cristales de la ventana y llenaban la diminuta y atestada carbonera de una
nebulosa luz blanca. Me ajusté el corpiño del desvaído vestido de color azul
violáceo. La prenda estaba horriblemente sucia y me iba demasiado pequeña. Los
pechos amenazaban con salir por el bajo escote del corpiño, y la cintura me
estaba tan apretada que apenas podía respirar. La larga falda estaba rota en
varios lugares, de modo que el andrajoso dobladillo me llegaba sólo a media
pantorrilla.
- Un
día de éstos voy a agenciarme un vestido nuevo -le dije al gato-, y también un
par de zapatos. No es tan malo en verano. Entonces hace un calor que mata y los
zapatos no importan, pero en una mañana como esta...
Me
estremecí teatralmente y doblé los brazos alrededor de la cintura, pero el gato
no se impresionó lo más mínimo. Con la nariz levantada y el rabo muy tieso
hacia arriba, continuó sus investigaciones.
-Ahora
te vas a cazar esa rata, ¿me oyes, ricura? No me olvidaré de traerte la leche.
Subí
a gatas las estrechas escaleras de madera y, con cautela, descorrí el cerrojo
de la puerta y la abrí haciendo el menor ruido posible. El viejo Hawkins me
cobraba un penique cada noche por dejarme dormir en la carbonera, sí, y era un
buen acuerdo para los dos, pero últimamente se le había metido en la cabeza la
idea de que el penique le daba derecho a algo más. Tan viejo y decrépito como
la mayoría de los clientes que frecuentaban su asqueroso bar, había cogido la
costumbre de acecharme por las mañanas desde la trastienda, esperando a que yo
subiera. Entonces entablaba conmigo una conversación perezosa y me acariciaba
el brazo como el que no quiere la cosa, tocándome a veces el pecho “sin
querer”. La única razón por la que no lo había dejado tonto de un bofetón era
que yo no podía permitirme el lujo de abandonar aquella carbonera. Yo misma
había puesto el cerrojo en la puerta pasando al hacerlo unos apuros
considerables, y Hawkins
Se
había quedado muy sorprendido al intentar abrir la puerta una noche ya tarde,
después de que los últimos clientes se hubieran marchado.
Los
hombres eran todos iguales hasta que se ponían chochos. Una no podía fiarse de
ellos. Una muchacha se pasaba el tiempo tratando de mantener intacta su virtud,
sobre todo en St. Giles. Yo no era remilgada ni gazmoña, pero no me apetecía
que ningún hombre me sobase. Cuando me decidiese a entregar mi virtud lo haría
entre sábanas de seda, me decía a mí misma, y el hombre que me iniciase en
aquellos espléndidos deleites sería uno que hubiese elegido yo. Además, ¿qué
prisa había? Tenía dieciocho años, claro, eso no podía negarlo, prácticamente
era una solterona, pues la mitad de las putas de St. Giles habían empezado a
vender el rabo a la edad de once años, pero yo me había empeñado en conservar
la cereza. Aquélla era una de las razones por las que me llamaban “duquesa
Randy”. Lo decían con mofa, burlándose de mí, pero en realidad yo me sentía
bastante orgullosa de aquel título. ¿Quién quería ser igual que todas los
demás?
La
trastienda se hallaba vacía aquella mañana. Lo más probable era que Hawkins
estuviese en la habitación situada encima de la tienda, sumido en un sopor de
borracho. Recorrí sigilosamente el pasillo y salí al callejón abriéndome paso
con agilidad entre los montones de residuos. Las ratas correteaban en todas
direcciones, sumergiéndose bajo las pilas de verdura podrida y deslizándose con
rapidez por encima del pecho de un viejo demacrado y borracho que roncaba
ruidosamente, espatarrado contra la pared, con una botella vacía de ginebra a
su lado. Un viento helado barría el callejón y el borde de la falda se me
levantaba formando ondas y poniéndome al descubierto las piernas desnudas. ¡Si
pudiera conseguir una capa! Hacía un frío que le helaba a una el trasero.
La
calle a la que daba el bar era casi tan estrecha como el callejón, e igual de
asquerosa también; estaba bordeada a ambos lados por edificios de ínfima
categoría de color marrón, todos manchados de hollín, y daba la impresión de
que fueran a venirse abajo de un momento a otro. Los tejados, inclinados,
inseguros y festoneados de negras chimeneas que sobresalían y a las que casi se
alcanzaba con la cabeza, bloqueaban la mayor parte de la luz del sol y sólo
permitían el paso de unos pocos destellos provenientes de aquel cielo de color
gris plomo. Algunos obreros que tenían la suerte de haber encontrado trabajo se
dirigían con paso lento hacia las fábricas angostas y mal ventiladas. Niños
despeinados y con la cara sucia jugaban en medio de un gran alboroto, a pesar
de lo temprano de la hora, y dos estridentes viejas alcahuetas discutían a
gritos por un pescado que una de ellas sujetaba con fuerza por la cola. La vida
llenaba las aceras con toda su fealdad.
Extendiéndose
bajo la aguja de St. George, Bloomsbury, St. Giles era un enorme barrio pobre y
amargado, una llaga en el rostro de Londres, “el pozo negro de la mendicidad y
la desgracia”, y la riqueza ornamental de la iglesia que tan noblemente se
alzaba a la entrada del mismo sólo contribuía a resaltar más aquella miseria.
Era un oscuro laberinto de calles y callejones retorcidos y estrechos conocido
como “el nido de grajos”; estaba atestado de casas de pisos terriblemente
superpobladas, con burdeles, pensiones de mala muerte y garitos de juego. Todo
vicio conocido florecía dentro de aquellos límites. La gente respetable no
osaba poner los pies en St. Giles, porque estaba atiborrado de rufianes que le
rajaban a uno alegremente la garganta por un puñado de monedas. Los agentes de
policía y los vigilantes que patrullaban por aquel miserable barrio andaban con
cautela, siempre en parejas, y su mayor protección consistía en el hecho de que
en general estaban más corrompidos y eran más malvados que los habitantes a los
que vigilaban.
En
St. Giles no había plazas bonitas o espaciosos jardines, ni elegantes edificios
con patios majestuosos. Pero a pesar de todo no estaba tan mal. Uno acababa por
acostumbrarse después de un tiempo. El hedor ya no parecía tan molesto, aunque
fuera capaz de abatir a un hombre que no estuviese habituado a respirarlo día y
noche. St. Giles había sido mi hogar desde que yo podía recordar; aquellos
primeros años me parecían un sueño borroso y nebuloso, nada real, y yo conocía
cada calle, cada patio escondido, cada callejón sin salida, cada zanja pútrida.
Era descolorido y feo, sí, y en él había que luchar para conservar la vida,
pero tenía en el aire una cruda y estridente vitalidad y una excitación
imposible de encontrar en los barrios elegantes y ostentosos. En St. Giles uno
era consciente de que estaba vivo, sabía que si no mantenía la guardia en alto
en todo momento lo más probable era que se encontrara en una zanja con el
cuerpo violado y la cabeza aporreada... eso si uno no se moría de hambre.
Corrí
calle abajo, torcí por una esquina, atajé por un callejón y me dirigí a casa de
la Gran Moll. Un hombre delgado y cetrino ataviado como un caballero se me
acercó vacilante desde uno de los fumaderos de opio que proliferaban por el
barrio como una plaga. Me detuve y, con la cabeza inclinada hacia un lado lo
observé con gran interés. El atuendo que llevaba era el de un caballero, desde
luego, pero estaba muy ajado y arrugado, por lo que llegué a la conclusión de
que probablemente la bruja que regentaba el garito ya le habría vaciado los
bolsillos. En Tyburn había ocasiones más propicias para el robo, y además los
tipos que se pasaban la noche con la pipa a veces se ponían violentos y tenían
la fuerza de diez hombres. Le dejé pasar de largo. No tenía necesidad de correr
riesgos innecesarios a menos que hubiese un beneficio seguro en perspectiva.
Seguí avanzando y pasé junto a un edificio, alto y destartalado, en donde unos
muchachos pintados entretenían a los caballeros. En St. Giles había cosas para
todos los gustos.
El
estómago me gruñía, y confiaba en que la Gran Moll estuviese de buen humor. A
veces, cuando había tenido una buena noche y no estaba demasiado gruñona, me
daba una taza de café y un panecillo, aunque todo el tiempo me regañara y
afirmara que me estaba comiendo todas sus ganancias. Había una buena caminata
hasta Tyburn, y un poco de café y de pan me vendrían la mar de bien. Moll
siempre refunfuñaba, renegaba y ponía cara de fiera, pero tenía el corazón tan
grande como el resto de su persona y sentía debilidad por mí, siempre la había
sentido desde que yo acudiera en su ayuda... ¿cuánto tiempo hacía... nueve
años? Sí; mamá todavía vivía entonces y yo estaba empezando a aprender el
oficio de ladrona. Sonreí para mis adentros al recordar aquel día.
En
aquella época la Gran Moll no era tan grande, aunque ya era bastante fornida y
todavía le quedaban algunos vestigios de belleza en la rolliza cara. No llevaba
mucho tiempo dirigiendo el burdel, y había sido lo suficientemente alocada como
para encaminarse al establecimiento de Black Jack con las ganancias de la noche
metidas en el bolsillo y sin ningún matón a sueldo que la protegiese. No había
andado ni cincuenta metros cuando dos ladrones cayeron sobre ella, la arrojaron
al suelo de un golpe y se hicieron con el dinero. Como no resultó herida se
puso a gritar y a dar alaridos como un cerdo atrapado, afirmando que Black Jack
la haría degollar si no recuperaba el dinero. Rápidamente se congregó un gentío
que se reía, se mofaba de ella y le tiraba desperdicios; a milos ojos me
echaban chispas de lo enojada que me sentía mientras la ayudaba a ponerse en
pie; y entonces, mientras la ayudaba, un tomate podrido se estrelló contra una
de mis mejillas.
- No
se preocupe, señora - le dije-. Yo recobraré su dinero. Ya verá como si...
Eché
a correr tras los ladrones. Los había reconocido y sabia dónde tenían la
guarida, y también que lo más seguro era que fueran allí. En efecto, los
distinguí en un bar, el “Jacob's Gin Shop”, alardeando del éxito que acababan
de obtener. Me acerqué con sigilo a ellos y pedí media pinta de ginebra, y
cuando me la sirvieron tropecé y la derramé accidentalmente encima de Ted
Brown, el villa no corpulento y con la cara llena dé pústulas que le había
quitado el dinero a la Gran Moll después de tirarla al suelo. Le pedí un montón
de disculpas y le limpié las húmedas manchas del abrigo; luego me marché de
allí rápidamente con el dinero de la Gran Moll oculto y a buen recaudo en el
corpiño del vestido.
Cuando
se lo devolví ella no acababa de creérselo. Abrió de par en par aquellos
grandes ojos marrones. Formó una gran “O” con la boca, carnosa y muy pintada,
al tiempo que empezaba a contar el dinero. Al ver que estaba todo, me apretó
contra ella y me abrazó con tanta fuerza que temí que fueran a rompérseme las
costillas. Luego me dijo que yo era una condenada maravilla. Me preguntó por
qué no me había quedado con el dinero. Yo le dije que no se me había ocurrido
la idea. Me aporreó la espalda y volvió a abrazarme; comenzó a dar gritos
diciendo que yo tenía un montón de cosas que aprender acerca de cómo sobrevivir
en St. Giles, y que lo mejor sería que ella me diera algunas lecciones, siendo
como yo era una chiquilla inocente. La Gran Moll fue la primera amiga de verdad
que tuve en St. Giles, y hasta la fecha, la única en la que confío.
Al
llegar al burdel subí las escaleras de dos en dos, abrí la puerta y corrí por
el pasillo hacia el gabinete mientras notaba el maravilloso aroma del café.
Tres de las chicas de la Gran Moll estaban repantigadas allí, con ojos
legañosos e hinchados; por todo atuendo llevaban unas delgadas camisas y poca
cosa más.
-
Mira quien ha venido - dijo Nan con la voz llena de odio-. Supongo que vendrás
a mendigar una taza de café.
Yo
le hice una mueca. Nan, que tenía los ojos azules y un pelo ratonil de color
castaño, era la menos atractiva de las chicas de la Gran Moll, una arpía flaca
y quejumbrosa con la lengua muy larga y un horrible temperamento. Sin embargo,
y ello resultaba bastante extraño, era una de las que más aceptación tenía. Al
parecer a muchos hombres se les antojaba una puta irascible.
- No
le hagas caso, encanto - me dijo Sally -. Está que muerde. Anoche uno de sus
clientes habituales me escogió a mí en lugar de a ella. Venga, acércate para
que te ponga una taza de café. Tenemos panecillos de canela. Recién hechos,
además. El chico de la panadería acaba de traerlos.
- Y
tú le has metido mano en el pasillo antes de que se marchara -le dijo Nan con
brusquedad.
-Vete
a la mierda, Nan. Sabes de sobra que no he hecho tal cosa. Aunque era un
muchacho muy bien parecido. Y descarado donde los haya.
-Apenas
tendría dieciséis años.
Sally
me pasó una taza de café y un bollo de canela pegajoso.
- Me
pellizcó el culo; como lo oyes, alargó la mano y me dio un pellizco. Me echó un
buen viaje, no me importa decírtelo. El trasero todavía me escuece.
- La
mayor emoción que has tenido en toda la semana -dijo Nan con voz seca.
-Lo
que te pasa a ti es que estás celosa, monada. Hace mucho tiempo que nadie ha
querido pellizcarte el culo.
Sally,
rolliza, alegre, con la cabeza como una masa de rizos negros alborotados, se
dejó caer ruidosamente en el sofá. Tenía los ojos marrones llenos de regocijo,
y la sucia camisa rosa que llevaba apenas era suficiente para taparle la amplia
cintura. Bebí un sorbo de café y le di un mordisco al bollo. Faith gimió desde
un rincón de la habitación mientras se daba golpecitos en la mejilla con un
trapo empapado en vinagre. Tenía la mejilla horriblemente hinchada y empezaba a
ponérsele oscura formando una magulladura entre malva y azulada. Sally movió la
cabeza de un lado a otro y frunció el ceño.
-
¡Maldito cabrón! Darle una paliza así a la pobre Faith. Moll se puso como una
fiera cuando la oyó gritar; subió las escaleras como una exhalación y le dio su
merecido a aquel tipo. Le dijo que si tenía ese capricho que se fuera a casa de
Mother Redcoat. Puso a ese hijo de puta de patitas en la calle. Black Jack
debería protegernos de los tipos de esa clase.
-A
Black Jack le importa un carajo lo que nos pase con tal de conseguir su dinero
-comentó Nan-. ¿Qué es para él un puta apaleada? Hay un montón de fulanas de
repuesto en St. Giles. Creo que va a abrir una casa nueva para gente bien, y
que piensa elegir a las chicas él mismo. Tienen que ser jóvenes, bonitas y
virginales.
-
Eso te excluye a ti, mona - bromeó Sally.
-Yo
fui virgen durante semanas -protestó Nan-. Moll tuvo que gastar cien de
aquellas bolitas antes de que la estratagema fallara.
Yo
ya sabía a qué bolitas se refería, desde luego. Las vírgenes estaban muy
solicitadas y había escasez de ellas en St. Giles. La Gran Moll y las otras
madames solucionaban aquel problema proveyendo a las muchachas con una bolita
pequeña, fácil de disimular, que estaba llena de tinta roja. Rompiéndolas
subrepticiamente en el momento oportuno, las bolitas cubrían las sábanas y los
muslos de una razonable imitación de sangre. Si una muchacha era lo
suficientemente inteligente y buena actriz, podía perder la virginidad
repetidas veces antes de que los clientes llegaran a darse cuenta.
- Yo
tenía unas trenzas muy largas - recordó Nan -. Eso ayudaba bastante, y además
gritaba y me quejaba mucho. Conseguía un éxito enorme.
Sally
elevó los ojos al cielo y chascó la lengua. Faith continuó humedeciéndose la
mejilla mientras gimoteaba en voz baja. Yo me terminé el bollo de canela y me
chupé los dedos. El fuego de la chimenea se había ido consumiendo, y los leños
carbonizados producían un agradable chisporroteo. El gabinete, cubierto con una
gastada alfombra azul y cortinas de un estampado descolorido de color rosa,
estaba caliente y acogedor. Me daba pánico la sola idea de abandonarlo para
salir a las gélidas calles.
-Sus
hombres están peinando St. Giles en busca de chicas para la nueva casa
-continuó Nan-. Van por ahí secuestrando a cualquier muchacha que no tenga un
labio leporino y que dé la impresión de conservar aún la cereza. Será mejor que
te andes con ojo, Randy.
-
¡Yo no hago de puta para nadie! -afirmé.
- Si
Black Jack decide que tienes que hacerlo, no te quedará otro remedio, señorita
Alta y Poderosa.
-
Primero tendrá que atraparme.
-
Eso no será difícil. Black Jack tiene muchos métodos para hacerlo.
Pasé
por alto aquel comentario y me bebí lo que quedaba del café. Black Jack Stewart
era el rey indiscutible de St. Giles, el criminal más notorio desde Jonathan
Wild, y a ciencia cierta iba camino de tener algún día el mismo final. Hasta
que ese día llegase continuaría gobernando el mundo del crimen con mano de
hierro y llevando un fuerte control de todas las actividades criminales. Cada
burdel, cada bar, cada garito de juego y cada fumadero de opio le pagaban un
tributo, que en la mayoría de los casos sobrepasaba la mitad de las ganancias,
y cualquiera que osara desafiarle o le ocultase parte de los beneficios acababa
en un callejón con la garganta rebanada de oreja a oreja. Black Jack tenía bajo
sus órdenes un ejército particular de rufianes asesinos, una banda salvaje más
temida aún que los malvados Mohocks que aterrorizaran a toda la población unos
cuantos años atrás.
Black
Jack controlaba en su totalidad las casas de objetos robados, y el tráfico de
tales objetos le proporcionaba inmensos beneficios, mientras que los pobres
ladrones que conseguían el botín tenían suerte si sacaban lo suficiente para
vivir. Pero no nos quedaban otros recursos ni otras salidas. Cualquier ladrón
que evitase las casas de objetos robados e intentase vender los artículos
conseguidos por su cuenta tenía un destino similar al de aquellos que se
negaban a dar apoyo a Black Jack. Era frustrante y puñeteramente injusto. Un
ladrón astuto y consumado como yo, que se enorgullecía de su trabajo, no tenía
demasiadas esperanzas de salir adelante, pero siempre era mejor que hacer de
puta. Pasar hambre de vez en cuando es preferible a coger la sífilis.
La
Gran Moll entró en el gabinete arrastrando los pies justo cuando yo me estaba
poniendo otra taza de café. Aquella monstruosa peluca suya de bucles de color
naranja estaba ladeada, los grandes ojos marrones parpadeaban con enfado
mientras, con las manos en las caderas, plantaba su enorme volumen delante del
agonizante fuego y me miraba echando chispas por los ojos. Tenía las gruesas
mejillas generosamente empolvadas y llevaba pegado un pequeño parche negro de
satén en forma de corazón junto a un ángulo de la boca, que estaba pintada de
un color rojo vivo. El enorme vestido de tafetán también rojo presentaba un
aspecto ajado y brillante, y el chal a rayas azules y púrpuras que llevaba
sobre los hombros estaba decididamente hecho harapos. Aquella ropa chillona
sólo contribuía a resaltar su considerable volumen.
-
¡Sírvete! -gruñó mientras yo dejaba la cafetera sobre la mesa-. ¡Adelante!
¡Échame de mi propia casa, pequeña pordiosera! ¡No sé cómo lo aguanto!
Le
dirigí una graciosa sonrisa. A la Gran Moll le gustaba hacerse el monstruo
poniendo de manifiesto su malhumorado temperamento y su lengua tan cortante
como una navaja de afeitar, pero, ¡ay!, a la única que conseguía engañar era a
sí misma. No había una sola muchacha en toda la casa que no fuera capaz de
meterse en el bolsillo a aquella querida vieja gordinflona.
-
¡Sube a la habitación, Faith! -le ordenó-. Angie ha vuelto con un cubo de
hielo. ¿Tienes idea de lo difícil que es encontrar hielo y de lo caro que
cuesta? Te ha hecho una compresa de hielo y quiero que te la pongas en esa
mejilla. Ayudará a que se te baje la hinchazón. Con esa pinta que tienes ahora
no puedes ganar dinero. ¡Venga!
Y
procura quedarte en la cama todo el día y comer caliente.
Faith,
todavía lloriqueando, abandonó la habitación. La Gran Moll puso mala cara y
sacudió la cabeza haciendo que los largos bucles naranjas brincaran
furiosamente. Sally estaba comiéndose otro bollo de canela, y Nan bostezó con
cansancio mientras se examinaba la cara en un espejo de mano lleno de adornos.
-Pobre
niña -dijo Moll-. Ese cabrón por poco la mata. Si yo no hubiera irrumpido en la
habitación en el momento en que lo hice, seguro que lo habría conseguido.
Menudo marica escuálido era ese tipo, tenía pinta de oficinista. Con los de esa
clase siempre hay que andarse con ojo, con todos los que parecen canijos. Se
pasan el día recibiendo palos y por la noche se desahogan con las putas. Mother
Redcoat se lo tiene bien montado con esa clase de tíos.
-Dice
Sally que lo echaste a la calle -comenté yo.
-
¡De culo! Le dije que no volviera a entrar por esa puerta. Yo llevo un burdel
decente, nada de látigos ni números para mirones, sólo un servicio limpio y de
primera. Yo tengo mis principios.
-Ya
-dijo Nan lánguidamente.
-
¡Tú no digas ni una palabra, muchacha! -tronó Moll-. No estoy de humor para tus
sarcasmos. Y tú, ¿qué haces rondando por aquí a estas horas de la mañana? -me
preguntó a mí-. Aparte de llenarte la barriga, quiero decir.
-Voy
a Tyburn -repliqué.
-¡A
Tyburn!
Asentí.
-
Hoy debe de ser un buen día - continué-. La gente bien siempre se aglomera para
ver los ahorcamientos, y hoy cuelgan a un traidor. Uno de los hombres que
apoyaron al Hermoso Príncipe Charles.
-Así
que un traidor -dijo Moll. Tuvo un estremecimiento-. Amino me haría gracia ver
una cosa así. Lo que les hacen a esos desgraciados...
-Yo
nunca miro -le aseguré-. Estoy demasiado atareada metiéndome entre el gentío
para vaciarle los bolsillos al primer tío propicio que me encuentro.
Colgarlos
simplemente no se consideraba suficiente castigo para los traidores. Se les
colgaba, se les bajaba de la cuerda mientras aún estaban vivos, se les sacaban
las entrañas y se les sometía a las más espantosas torturas antes de ser por
fin decapitados. No era un espectáculo para gente remilgada, pero por aquel
entonces había pocas almas delicadas en Londres. La gente parecía recrearse con
aquella bárbara crueldad que, desde luego, era lo que se encontraba por todas
partes en la época que vivíamos.
-
¡Adelante! -gruñó Moll-. ¡Tómate otro bollo de canela! Total, acabarán
poniéndose rancios o Sally se pimplará hasta que no le quepan más. Ojalá no
fueras hoy, Randy. Me siento intranquila.
-Tú
siempre estás intranquila -repliqué alargando la mano para coger el panecillo-.
No hay necesidad. Soy la mejor. A mí no me cogerán.
-
Eso es lo que dicen todos, y acaban colgando del Tyburn Tree o pudriéndose en
Newgate o Bridewell. Tú ya llevas en esto demasiado tiempo, y seguro que pronto
se te acabará la suerte; si no es hoy será mañana o pasado mañana. Tengo el
presentimiento de que sucederá así.
-
Moll siempre tiene presentimientos - observó Nan.
-
¡Cierra la boca, Nan! Claro que sí, y cada vez que tengo uno sucede algo malo,
es algo tan seguro como la fe. No vayas a Tyburn hoy, preciosa. Quédate aquí
conmigo. Me vendría bien tu compañía.
-Tengo
que trabajar, Moll.
Esta
lanzó un gruñido y puso una de aquellas feroces caras suyas.
-Te
he dicho una y otra vez que podrías trabajar aquí. Ayudándome a dirigir las
cosas. No tendrías que trabajar tumbada de espaldas, ya sé lo que piensas de
eso. Pero me harías recados, me ayudarías a llevar los libros y cosas así. Para
mí sería un alivio saber que puedo contar con alguien que sabe leer y escribir,
alguien de quien poder depender.
Me
limité a sonreír y a mover la cabeza. Moll volvió a gruñir y me puso mala cara
mientras yo me comía el segundo panecillo de canela. Llevaba por lo menos
cuatro años detrás de mí intentando convencerme de que trabajase para ella, y
aunque yo le agradecía el ofrecimiento y la bondad que ello suponía, estaba
segura de que no daría resultado. A mí me gustaba demasiado la libertad. Moll
en realidad no quería una persona que la ayudara a llevar la casa, sino alguien
a quien poder cuidar y hacer con ella de madre gallina. Incluso queriéndola
como yo la quería, no me hacía ninguna gracia aquel papel. Y además yo
disfrutaba con mi trabajo. Los peligros que implicaba sólo me lo hacían más
emocionante.
Moll
se acercó al destartalado aparador, abrió una botella de ginebra y echó un buen
trago; después eructó ruidosamente. Nan se puso en pie, bostezó y nos informó
de que se iba a dormir un rato. Sally dijo que ella también se iba arriba, que
había tenido una noche ajetreada, no como algunas que no quería mencionar.
Salieron de la estancia y Sally se llevó los bollos de canela que quedaban.
Aunque yo ya no tenía mucha hambre, no me habría ido mal un tercer bollo.
-Ojalá
no fueras tan puñeteramente descarada -gruñó Moll echando otro trago de
ginebra-. Llevo cuidando de que no te pase nada desde que tu pobre mamá pasó a
mejor vida, y no me importa decirte que no me lo has puesto fácil.
- No
necesito que nadie me cuide. Puedo hacerlo sola.
-
¡Ja! ¡Eso es lo que tú te piensas, señoritinga! Has tenido suerte, eso sí, pero
te estás haciendo demasiado mayor para trabajar de ladronzuela. Cuando eras una
nena diminuta era una cosa, nadie se fija en los críos, no hay ningún riesgo,
pero ahora ya resultas demasiado llamativa, Randy.
-
¿Qué quieres decir?
-
Ese porte, esa cara, ese cuerpo. Sucia como estás, con la cara tiznada de
hollín y vestida con harapos, eres una belleza. He observado cómo florecías.
-
Bobadas.
-
¡No son bobadas! Eres demasiado bonita para andar vagando por las calles. Ya no
pasas desapercibida entre la multitud. Llamas la atención. Los hombres ya te
desean, y vas a tener problemas. Acuérdate de lo que te digo.
-
Así lo haré, encanto - repuse con picardía-; pero ahora tengo que ponerme en
marcha. Aún me queda una buena caminata y habrá un gentío enorme.
La
Gran Moll frunció el ceño con aquellos grandes ojos marrones llenos de
auténtica preocupación.
-Tengo
ese presentimiento, Randy.
-Tú
y tus presentimientos.
-Algo
va a suceder. Lo noto en los huesos.
-
¡Bobadas!
-Ten
cuidado, mi niña, ¿me oyes? Prométeme que tendrás cuidado.
- Lo
tendré, guapa. Y gracias por el café y los bollos de canela. Eres un encanto
aunque estés llena de tonterías.
Moll
gruñó, volvió a poner una cara feroz y apuró la botella de ginebra. Mientras
bajaba a toda prisa por el pasillo y salía a la calle, oí un titánico eructo.
El viento era helado y los guijarros me congelaban los pies descalzos, pero no
hacía caso. Con el estómago lleno y el corazón alegre anduve sin rumbo fijo,
muy contenta, calle abajo, presintiendo cierto éxito en Tyburn sin la más
mínima noción de que aquel día se iba a alterar violentamente el rumbo de mi
vida.
2
El
viento había amainado y ya no hacia tanto frío, aunque yo seguía helada hasta
la médula mientras bajaba por la calle Plumtree Court Broad. A pesar de lo
temprano de la hora, las calles estaban de bote en bote. Me aparté ágilmente
para evitar que me salpicase una vieja feroz que vaciaba un cubo lleno de agua
sucia y basura por la ventana de un segundo piso, pero el obrero que iba detrás
de mí no tuvo tanta suerte. Súbitamente empapado de desperdicios, con peladuras
de patata colgándole de la cabeza y de los hombros, dio un violento grito,
levantó el puño y llenó la atmósfera de variadas palabras de todos los colores.
Al otro lado de la calle había una multitud de gente que estaba muy ocupada
saqueando con avidez las ruinas de una casa de pisos que se había derrumbado y
llevándose las maderas para vendérselas a lavanderas y planchadoras. Todos los
edificios de pisos amenazaban ruina, y rara vez transcurría un mes sin que
alguno se viniera abajo aplastando con frecuencia al hacerlo a infelices que
morían allí mismo o quedaban horriblemente mutilados.
Observé
cómo dos hombres fornidos luchaban por un montón de madera, peleándose con
saña. El patán rubio vestido con un justillo de cuero trataba por todos los
medios de sacarle los ojos al bestia de pelo castaño. La sangre salpicaba por
todas partes. Nadie les hacía el menor caso. Ese tipo de peleas era algo tan
corriente en St. Giles como la suciedad. El vencedor se alejaba arrastrando los
pies con arrogancia y lo más probable era que al enemigo herido le cayera
encima una voraz multitud que le vaciaría los bolsillos en busca de cualquier
cosa de valor; a menudo incluso le arrancaban la ropa del cuerpo a tirones. La
violencia abundaba por doquier. Era un modo de vida, y uno acababa
acostumbrándose a ello igual que se acostumbraba al espantoso hedor que flotaba
en el ambiente. Yo seguía tiritando cuando vi el cadáver de un niño al que
habían arrojado en un montón de desperdicios; todavía miraba hacia otra parte
cuando vi un cuerpo sangrante, mutilado y desmadejado, sobre los guijarros,
pero desde muy pequeña había aprendido que ocuparme de mí misma era lo más
importante. La compasión podía ocasionarle a uno la muerte.
Volví
una esquina y me dirigí hacia la cúpula de la iglesia de St. George, que se
erguía sobre los tejados asquerosos y desiguales. Un muchachito de pelo pajizo
que no tendría más de diez años salió a trompicones de un bar empuñando media
pinta de venenosa ginebra. Su hermana pequeña, diminuta, salió detrás con paso
vacilante llevando en las manos su media pinta igual que otra niña hubiera
llevado una muñeca. Los dos niños iban vestidos con harapos y estaban cubiertos
de piojos. Lo más probable era que algún día se quedaran ciegos por beber
aquella basura. Se oyó un horrible ruido y muchos gritos cuando un cerdo
cubierto de barro bajó por la calle perseguido por un grupo de excitadas y
vocingleras mujeres. El cercano Fleet Ditch estaba lleno de cerdos que se
revolcaban en el lodo, a los que cebaban a base de desperdicios. Aunque nadie
se atrevía a seguirlos hasta el interior de aquella zanja, siempre que un cerdo
se aventuraba a salir de la misma resultaba una presa preciosa para cualquiera
que fuese lo bastante rápido para atraparlo. Yo me aparté de un salto cuando el
cerdo pasó por mi lado a toda carrera. El grupo de mujeres estuvo a punto de
pisotear a los niños que salían del bar, pues de un empujón tiraron al niño al
suelo y a la niña se le cayó la botella de ginebra.
Yo
había perseguido una o dos veces a un cerdo, pero nunca había tenido la suerte
de atrapar uno. Un jugoso asado de cerdo, o uno de aquellos apetitosos
bocadillos de tocino bien cubierto de mostaza. Sería una gloria poder tener uno
ahora mismo. Comida. Uno nunca dejaba de pensar en ella. Es un lujo tener lo
suficiente para comer a cualquier hora que se te antoje. Había gente que de
hecho lo hacía. Seguí caminando entre el gentío, ignorante del estrépito y la
confusión; pasé ante tiendas asquerosas, carretas de traperos y casas de
huéspedes de mala muerte, y volví otra esquina para atajar bajando por un
callejón llamado Half Moon Alley.
Un
robusto y atemorizado aprendiz de tendero que llevaba un delantal sucio estaba
agachado detrás de un montón de basura bastante alto. Tenía unas greñas muy
alborotadas de color rojo ladrillo, y los ojos castaños estaban abiertos de par
en par a causa del terror. Me pareció que no tendría más de catorce años. La
compasión podía ocasionarle a uno la muerte, si, pero si se tenía la
oportunidad de echarle a alguien una mano sin peligro para uno mismo, se hacía.
El chico se quedó mirándome, muy tembloroso, y yo eché un vistazo callejón
arriba para asegurarme de que estaba desierto; luego me acerqué a él y le
pregunté qué pasaba.
-
Los que reclutan gente para los barcos - gimió -. Llevan toda la mañana
echándole mano a cualquier muchacho que se topen. Los he visto atrapar a Teddy
Bennet en cuanto éste salió de su casa. ¡Yo salía de la tienda en busca de
coles para el señor Cathart y se pusieron a perseguirme! ¡ Seguro que me
cogerán!
-Salta
por esa pared -le dije-. Hay un patio detrás. El sótano del edificio está
vacío. Puedes esconderte allí.
El
muchacho tragó saliva, masculló unas palabras de agradecimiento y saltó
atropelladamente por la pared al mismo tiempo que cuatro hombres de aspecto
fiero aparecían a toda prisa por un extremo del callejón. Yo seguí andando con
tranquilidad, sin alarmarme lo más mínimo. A aquellos levadores que trabajaban
para la East India Company no les interesaba secuestrar muchachas. Las partidas
de enganche sólo raptaban muchachos cuyo aspecto fuera el apropiado para
vendérselos a los capitanes de barcos que anduviesen escasos de tripulación.
Aunque legalmente sólo podían enrolar marineros, ningún muchacho se hallaba
seguro durante la temporada de reclutamiento, y los tipos que se encargaban de
hacerlo por cuenta de la East India eran los más brutos de todos, por lo que
creaban una auténtica atmósfera de terror cada vez que salían de ronda. Los
cuatro hombres se dirigieron hacia mí con gran estruendo al tiempo que miraban
a derecha e izquierda.
-
¡Eh, tú, muchacha! -me llamó uno de ellos-. ¿Has visto por aquí a un chaval
pelirrojo?
- ¡
Ha salido corriendo del callejón! - les grité yo-. Casi me tira de culo, el muy
cabrón. ¡Id a por él!
Aquellos
cuatro desalmados salieron corriendo del callejón mientras las zancadas
resonaban con fuerza. Me pregunté cuántos muchachos secuestrarían antes de
terminar la faena. A los que capturaban los encadenaban en un sucio sótano, y
allí tenían que soportar enormes brutalidades antes de que finalmente los
entregaran a algún capitán de barco. Nunca se había intentado hacer nada al
respecto. La vida era en verdad cruel, reflexioné, satisfecha de haber ayudado
al aprendiz de tendero a eludir aquel destino fatal. Sólo los muchachos más
fuertes sobrevivían al escorbuto, a los azotes y a los constantes peligros de
la vida de a bordo.
Al
salir del callejón pasé despacio por el bar de Critchin, por el establecimiento
de Mother Redcoat y por una casa de objetos robados cuyos escaparates estaban
atestados de candelabros de bronce y relojes de porcelana. También había una
bandeja con hebillas de zapato, y reconocí unas que tenían incrustaciones de
pasta. Se las había birlado yo misma a un elegante caballero que bajaba de una
silla de mano. Los portadores salieron corriendo tras de mí, y uno de ellos por
poco me coge. Un penique conseguí por aquellas hebillas, un penique, y eran
auténticos diamantes y rubíes de imitación. Condenados peristas. Se
aprovechaban de uno cada vez que les llevábamos el botín.
Sumida
en estos pensamientos, me abrí paso entre la multitud, sintiéndome por completo
a mis anchas allí, en medio de la miseria, descarada y confiada, mientras
pasaba ante los edificios derrumbados, bordeaba los montones de desperdicios y
atajaba por callejas estrechas y oscuras. Aquel día me iba a resultar muy
provechoso, me dije. Las ejecuciones públicas siempre atraían a una gran y
ruidosa multitud, lo que significaba la gloria para un ratero a causa del
enorme ruido, la excitación y la confusión. A medida que me acercaba a St.
George las calles se hicieron una pizca más anchas. Yo veía trozos más grandes
de cielo gris, y algunos rayos solares, delgados, polvorientos y de un color
blanco amarillento, entraban en diagonal abriéndose paso por entre los tejados
serpenteantes y hacían brillar los asquerosos guijarros del suelo. Di la vuelta
a una esquina. Distinguí las magníficas torres y los arcos de piedra de St.
George, vigilantes como un centinela a la entrada de St. Giles, que
simbolizaban otro mundo cerrado para siempre a la gente que allí moraba.
- ¡
Eh, muchacha! Tengo media corona para gastar. ¿Qué me dices?
Un
robusto patán me bloqueaba el paso. No lo había visto por estar distraída
contemplando la iglesia. Me puse en tensión y le dirigí una mirada furiosa que
no consiguió alterarle en absoluto. Sonrió, me miró con ojos lascivos las
largas piernas, la estrecha cintura y el abundante promontorio de los pechos
que pugnaban por salir por el escote del maltrecho corpiño de mi vestido azul
violeta.
-
¡Métetela por el culo -le dije con brusquedad.
-
¿No te parece bien media maldita corona? Vaya, vaya.
Me
parece que tenemos en las manos a una duquesa de mierda.
-
Será mejor que dejes las manos quietas, compañero.
-
Descarada ¿eh? Mira por donde a lo mejor hasta lo consigo gratis.
Comenzó
a moverse en mi dirección. Me dispuse a ofrecer resistencia y preparé las uñas
mientras echaba chispas por los ojos. Algo en mi actitud le puso sobre aviso.
Titubeó durante un momento sin dejar de observarme; luego masculló una
maldición y se marchó arrastrando los pies. Yo estaba acostumbrada a aquel tipo
de encuentros, hacía ya mucho tiempo que había aprendido a defenderme. Una
patada en la espinilla, un rodillazo en la ingle, algún que otro arañazo en los
ojos y la soltaban a una rápidamente. Muy pocos se tomaban la molestia de
enfrentarse a una gata salvaje cuando por unos cuantos chelines podían
conseguir lo que quisiesen en cualquier calle de St. Giles. Era tan fácil
encontrar mercancía que no valía la pena pelearse por ella.
Al
final de la calle ya se había congregado un gran gentío que reía y profería
abucheos mientras una rolliza mujer de pelo gris y mejillas pálidas, repleta de
ginebra, se esforzaba, como sólo saben hacerlo los borrachos, para defenderse
de tres jóvenes asquerosos que trataban de robarle un pan que apretaba con
fuerza bajo la axila. La beoda lanzaba improperios y se debatía con ferocidad,
retrocediendo y tambaleándose. Los jóvenes querían divertirse, y jugaban con
ella como un gato pueda hacerlo con un ratón al que en realidad no tiene
intención de devorar. La rolliza mujer resbaló en los guijarros y cayó de
espaldas al suelo. Uno de los jóvenes le propinó una fuerte patada mientras
otro le arrebataba el pan. La muchedumbre gritó entusiasmada y entonces el tercer
joven cogió un cubo de agua sucia y se lo echó por la cara. Me habría gustado
matarlos a los tres, pero no me convenía entrometerme. Seguí mi camino, torcí
otra esquina, y fue entonces cuando vi a los dos hombres que se hallaban de pie
delante de un miserable garito.
Uno
era un gigante musculoso con cara de salvaje y el pelo de color miel oscura.
Llevaba unas botas llenas de barro, calzas marrones muy ceñidas y un justillo
de cuero sobre una camisa blanca, sucia y toscamente tejida. No lo reconocí,
pero sí al hombre que estaba con él. Me detuve y me apoyé con cautela contra la
pared. Recordé lo que Nan me había dicho, y no tenía el menor deseo de atraer
la atención de Black Jack Stewart. Alto y delgado como un esqueleto, llevaba
las acostumbradas botas negras hasta la rodilla, calzas de color verde botella
y una levita de satén negro con rebordes dorados en los puños y en las solapas.
Algunos encajes blancos bastante ajados sobresalían por la garganta y las
mangas. El rey de St. Giles tenía una gran nariz aguileña y los labios finos e
impúdicos, y siempre llevaba un parche negro y brillante sobre el ojo derecho.
Al
parecer le estaba echando una bronca a su secuaz. El gigante rubio fruncía el
ceño con aire infeliz mientras asentía con la cabeza. Black Jack acabó de darle
instrucciones y luego se volvió con cansancio, como un monarca aburrido y
disgustado por la ineficacia de sus servidores. Echó una ojeada calle abajo,
vigilando perezosamente sus dominios, y entonces me vio allí, apoyada contra la
pared. Se quedó mirándome. Sentí que un escalofrío me recorría los huesos, algo
que no tenía nada que ver con el frío que padecíamos. Black Jack se acarició el
labio inferior y se quedó pensativo sin quitarme la vista de encima al tiempo
que echaba fuego por aquel único ojo. Le dijo algo al secuaz. El rufián se dio
la vuelta y me miró de reojo. Black Jack le hizo una pregunta. El otro movió
negativamente la cabeza. Black Jack quería saber cómo me llamaba. Quería
instalarme en su nuevo burdel de lujo. El corazón me latía con fuerza. Puede
que yo no fuera muy miedosa, pero es que lo de Black Jack era realmente otra
cuestión.
Un
aprendiz de panadero correteaba calle abajo con un pesado saco de harina
colgado del hombro. Era un rapaz flaco de ojos grises y vivarachos; tenía una
lanuda mata de pelo rubio y trabajaba en la panadería de Bullock, cerca del
establecimiento de Hawkins. Se llamaba Alf. Yo había hablado con él en diversas
ocasiones. Cuando pasó junto a los dos hombres, el gigante rubio le agarró con
rudeza por el pelo y le obligó a darse la vuelta. Alf lanzó un grito de alarma
y dejó caer el saco de harina, que se reventó por las costuras de modo que toda
la harina se derramó sobre las piedras del suelo. Alf chilló, ahora más
alarmado, pues tendría que responder por la harina.
El
secuaz de Black Jack abofeteó sañudamente a Alf en la cara y le fue dando la
vuelta hasta que el muchacho quedó situado en la posición adecuada para mirar
en mi dirección. Sin soltarle el pelo a Alf, el musculoso rufián rubio le dio
un violento tirón de la cabeza y le hizo una pregunta. Yo me quedé mirando
fijamente a Alf, ansiosa de que no le contase la verdad. El muchacho tragó
saliva y las lágrimas le brotaron de los ojos cuando el rufián le retorció aún
más con los dedos aquellas blanquecinas greñas rubias. Alf balbuceó algo. El
gigante puso mala cara, volvió a cruzarle el rostro de una bofetada y le soltó
el pelo. Alf cayó al suelo y fue a parar sobre el maltrecho saco, lo que
originó grandes nubes de harina que se elevaron por todas partes.
Alf
no me había traicionado. No les había dicho cómo me llamaba. Tendría que darle
las gracias, pero ya había perdido demasiado tiempo. Black Jack volvió a
decirle algo al secuaz, y éste echó a andar hacia mí. Me di la vuelta
rápidamente y escapé como una saeta por donde había venido, estando a punto de
chocar con un jorobado que llevaba una frágil jaula de palitos llena de
ruidosos pollos. Corrí por un callejón, trepé por una pared, atravesé un patio
cubierto de maderos podridos y me metí en el sótano de una de las casas de
pisos. Las ratas huyeron en todas direcciones mientras yo procuraba caminar sin
hacer ruido y subía por las inseguras escaleras. Salí del edificio por una
puerta lateral, continué caminando calle arriba con paso vivo, y por último di
la vuelta y bajé por otro callejón, regresando de ese modo a la misma calle de
la que me había marchado momentos antes, sólo que mucho más arriba, cerca ya de
la iglesia de St. George.
Poniendo
buen cuidado en mantenerme a la sombra de uno de los arcos salientes, medio
escondida detrás de una columna, me asomé para escudriñar con cautela la calle.
Black Jack y su secuaz ya no estaban a la vista, aunque el pobre Alf seguía a
gatas en el suelo intentando desesperadamente recoger la harina y volver a
meter toda cuanta podía dentro del saco roto. Aliviada, di un profundo suspiro
y seguí caminando a paso lento, con la iglesia de St. George a mis espaldas. Me
había llevado un buen susto, ya lo creo, y hubo un momento en que se me puso la
carne de gallina, pero procuré quitarme rápidamente aquello de la cabeza. Había
cientos y cientos de muchachas apropiadas en St. Giles, demasiadas para que
Black Jack se tomase la molestia de seguirle el rastro precisamente a una de
ellas. En la apretada congestión que formaban los barrios bajos, las
posibilidades de que volviera a toparme con él eran verdaderamente escasas. La
vida en St. Giles se hallaba plagada de peligros. Pero uno se acostumbraba a
ello. No había necesidad de preocuparse inútilmente.
Más
allá de St. George, Londres parecía cambiar de aspecto por completo. Era como
pasar de un armario fétido y oscuro a un salón espacioso y aireado. Las calles
eran más anchas, con abundante espacio para los maravillosos coches, carruajes
y sillas de mano; las tiendas no se apiñaban unas contra otras. Se podía
holgazanear y contemplar en los escaparates finos artículos de cuero, pasteles,
maravillosas porcelanas y un verdadero jardín de sombreros adornados con cintas
y plumas. Las aceras estaban muy transitadas, cierto, pero daba gusto
contemplar a aquélla gente: elegantes señoras vestidas de satén y tafetán a
rayas que llevaban pelucas empolvadas; caballeros con espléndidas levitas,
oficinistas, mozos de cuadra, floristas... un fascinante y colorido desfile que
cambiaba sin cesar e iba y venía de continuo. Había plazas, parques y jardines
- parecía que hubiese árboles por doquier-, y también unos elegantes edificios
antiguos, que presentaban un color entre marrón tostado y gris a causa del
tiempo, bordeados de verde. También había suciedad, claro está - todo parecía
estar manchado de hollín-, y el olor del río no resultaba nada agradable, pero
comparado con St. Giles era el paraíso.
Estuve
vagando por allí y dando un paseo mientras me dirigía hacia Tyburn; mantuve
todo el rato los ojos bien abiertos por si veía alguna víctima propicia. Hacía
mucho tiempo que había aprendido a elegir entre la gente y rara vez corría
riesgos innecesarios. Aquel comerciante de aspecto próspero que caminaba calle
abajo dando grandes zancadas con fuertes botas y que iba ataviado con una
pesada capa tenía la mirada mezquina. Más le valdría a aquel tipo estar alerta
con los rateros. Aquella rolliza ama de casa que llevaba un paquete en los
brazos se pondría a gritar en cuanto me acercase a ella, y el joven oficinista
que tenía los dedos manchados de tinta no llevaría encima nada que mereciese la
pena robar. Aquellas tres mujeres con vestidos de satén que charlaban de pie
delante de una sombrerería probablemente tuvieran muchas cosas para robarles,
pero una de ellas llevaba un perro diminuto en los brazos. Los perros le
mordían a una los tobillos, aunque fueran perritos pequeños y mimados, y además
allí cerca había parado un carruaje muy elegante cuyo cochero se apoyaba en él
sin perder de vista ni un instante al trío de cotorras. Se me echaría encima de
inmediato si me acercaba a ellas; me daría puñetazos y un buen puntapié que me
tumbaría cuan larga era.
Suspiré
profundamente y seguí caminando muy atenta por si se presentaba una
oportunidad. Las tres señoras vestidas de satén se apartaron cuando yo pasé por
su lado. Una de ellas arrugó la nariz y se la tapó con la mano. Me di la vuelta
y le saqué la lengua, por lo que casi se des maya en brazos de sus compañeras.
El cochero de aspecto malhumorado se incorporó y me miró echando chispas por
los ojos mientras apretaba los puños. Yo desfilé ante él con la nariz bien
levantada, como una duquesa, y cuando me hallé lo bastante lejos le hice un
grosero ruido con los labios y también un corte de mangas. Muy enfadado,
farfulló algo, pero no salió en mi persecución. No podía abandonar su puesto
sólo para abofetear a una descarada golfilla callejera, aunque le habría gustado
tenerme en sus manos. Al pasar se lo había notado en los ojos. Incluso vestida
con harapos, incluso con los rizos alborotados y la cara llena de churretes,
había excitado a aquel bruto. Eso, el ver que una es capaz de provocar cosas
así, proporciona cierta sensación de poder, pero no me interesaban aquella
clase de juegos. No me parecía honrado aprovecharme de mi aspecto cuando no
tenía la menor intención de permitir que me sobasen.
Bajé
por Snow Huí y crucé el nauseabundo río Fleet por un estrecho puente de piedra;
ahora caminaba más de prisa, pues no me convenía llegar tarde y seguro que ya
habría congregada una gran multitud Las ejecuciones públicas eran una fiesta,
un entretenimiento gratuito para el estridente populacho. En un libro que en
cierta ocasión robara en uno de los tenderetes, había leído que a Londres se la
llamaba la Ciudad de las Horcas porque nadie podía entrar en ella, ya fuese por
el río o por tierra, sin ver por lo menos una. Las horcas se alzaban en Putney,
en Kesington, en Oíd Kent Road y en Wapping, pero Tyburn era el emplazamiento
favorito. Había mucho más sitio para los alegres espectadores, y a los
criminales importantes se les colgaba allí. Los mercaderes, los dueños de los
tenderetes, los vendedores ambulantes y los repartidores de panfletos siempre
sacaban alguna ganancia de los ahorcamientos públicos, igual que los rateros y
los ladrones. Todo el mundo parecía prosperar y pasarlo bien excepto el pobre condenado.
La
multitud aumentó considerablemente mientras yo bajaba por la calle Oxford. El
espacio abierto de Marylebone Fields quedaba a un lado; las aldeas de Hampstead
y Highgate eran visibles en el promontorio que se hallaba un poco más allá.
Según mis cálculos, debía de haber por lo menos cuatrocientas o quinientas
personas caminando con dificultad carretera adelante; la mayor parte reía
estrepitosamente, y algunos cantaban cancioncillas obscenas mientras hacían
ondear las botellas de ginebra y comían pasteles de carne, disfrutando de
antemano del gran acontecimiento que se avecinaba. Magníficos carruajes y
elegantes sillas de mano se veían atrapadas entre aquel gentío formado por
peatones; los conductores de los carruajes hacían restallar los látigos al
tiempo que lanzaban fuertes improperios, y las elegantes señoras que iban
dentro escudriñaban a la gente por entre las cortinas con el rostro excitado y
alarmado. Cuando llegamos al cruce que forman las calles Oxford y Edgeware,
cerca de los muros de Hyde Park, vislumbré por primera vez la enorme horca, tan
grande que podía dar cabida en su seno a veintiún cuerpos a la vez. Reprimí un
escalofrío. Yo había presenciado ya muchas ejecuciones, pero nunca miraba el
procedimiento que se utilizaba. Solía ser demasiado horripilante,
particularmente si el condenado era un traidor.
A
los traidores no se les colgaba simplemente. Se les bajaba mientras aún estaban
con vida y se les sacaban las entrañas, que reventaban ante sus ojos. Después
los arrastraban, los descuartizaban, y finalmente los decapitaban mientras
centenares de personas charlaban y reían, comían pan de jengibre y bebían
limonada, disfrutando a lo grande del espectáculo. A mí me resultaba difícil
comprender aquella sed de salvajismo que impregnaba nuestra época, porque no
era algo que estuviese limitado a St. Giles y sus habitantes. La burguesía
acudía en enjambre a las ejecuciones, los señores de la nobleza se codeaban con
vendedores ambulantes y deshollinadores, y las refinadas señoras devoraban
bombones y se ponían de pie en las tribunas para ver mejor.
Aquella
mañana, mientras me abría paso entre la multitud que se apretujaba en torno a
la inmensa horca de madera, Tyburn Fields hubiera podido tomarse por el
escenario de una feria. Observé que los asientos de Mother Proctor estaban
atestados de gente; desde las gradas de madera se disfrutaba de una situación
privilegiada, por lo que significaban una verdadera fortuna para las astutas
mujeres que tenían la concesión y las alquilaban a la burguesía y a la clase
comerciante más acaudalada. En medio de aquel gentío había carros y carruajes
cuyos techos eran otro lugar de privilegio. Una bandada de mujeres lujosamente
ataviadas se hallaban sentadas en lo alto de uno de ellos; las faldas de
colores semejaban pétalos que revoloteaban movidos por la brisa mientras ellas
agitaban la mano para saludar a los conocidos, coqueteaban con los hombres y
charlaban sin parar. Ruidosos juerguistas de todas las clases sociales, con las
mejillas sonrojadas a causa de la excitación y los ojos brillantes de
anticipada emoción, abarrotaban el lugar entre empujones y codazos. Alcahuetas
viejísimas con chales mugrientos trasegaban ginebra y gritaban obscenidades.
Rudos obreros se tambaleaban borrachos aquí y allá, bromeando con las putas. Al
menos media docena de peleas a puñetazos tenían lugar al mismo tiempo, y la
horca se hallaba rodeada por una tropa de soldados de caras feroces que
mantenían al gentío alejado y que no dudaban en utilizar la culata de los
mosquetones para desanimar a los espectadores más entusiastas.
Los
vendedores ambulantes pregonaban las mercancías, y hacían su buen negocio con
ginebra, cerveza, castañas, naranjas, pastas, tartas y pan de jengibre. Un
hombre robusto, sonriente y con cara amistosa sostenía en alto una especie de
perchero del que colgaban diminutos muñecos de madera con cuerdas alrededor del
cuello; vendía aquellos horripilantes recuerdos a seis peniques la pieza.
-
¡Oigan la confesión del condenado! -gritaba un pregonero al tiempo que agitaba
en el aire puñados de hojas recién impresas; otros vendían espeluznantes
relatos de ejecuciones que habían tenido lugar con anterioridad y cuentos aún
más espeluznantes que trataban de criminales famosos, siendo la vida del infame
Jack Sheppard el sempiterno favorito. Todos estaban burdamente escritos,
impresos de igual modo y hechos apresuradamente durante la noche para
satisfacer la lujuria del público. Yo había leído varios, y me había sentido
fascinada y asqueada al mismo tiempo por los detalles sangrientos y los
grabados.
Atenta,
ufana y confiada, me metí entre la multitud convirtiéndome así en parte
integrante de aquella masa humana. A cada momento me daban codazos y
empellones, pero yo me defendí con firmeza y empujé a un lado a una pescadera
empapada de ginebra que se echó sobre mí; también pasé por encima de un hombre
con la cara ensangrentada que al parecer acababa de perder una pelea. Un joven
de mirada impúdica con la nariz retorcida me dio un azote en el trasero y me
agarró el pecho izquierdo, apretándomelo con fuerza. Hizo un gesto de dolor y
me soltó de inmediato cuando le di un rodillazo en la ingle. Los mirones
estallaron en fuertes risotadas. Yo seguí avanzando, sin concederle importancia
al incidente; saboreé los olores del pan de jengibre y de las castañas asadas y
deseé tener un penique para comprarme unas cuantas. Los caballos relinchaban.
Los bebés lloraban. Los perros callejeros saltaban por doquier, gruñendo y
aullando.
Por
encima del estruendo de la multitud se oyó el sonido de la gran campana de la
iglesia del St. Sepulchre doblando a duelo. Sólo se tañía cuando un condenado
iba camino de Tyburn. El carro que lo transportaba no tardaría en llegar. El
espectáculo estaba a punto de dar comienzo. Me percaté de la presencia de
varios compinches míos que aquella mañana trabajaban entre la multitud;
buscaban astutamente alguna víctima, cosa que, claro está, también hacía yo. Vi
a Nimble Ned que se acercaba con disimulo a un mercader gordo que, si sería
idiota, llevaba la cadena del reloj de oro colgándole de la panza. Muy
confiado, el pecoso Ned se tropezó, en apariencia torpemente, con el mercader;
se disculpó profusamente mientras le cepillaba las solapas al hombre aquel y luego
desapareció con presteza entre el gentío, con la cadena guardada a buen recaudo
en el bolsillo. Efectivo, pensé yo, aunque mi técnica era mucho más sutil. Yo
me mostraba más cauta, nunca afanaba nada si no tenía una vía de escape bien
clara y despejada. Lo mejor sería buscar a un primo en el borde de la multitud,
desde donde sería mucho más fácil salir huyendo en caso de que fuera necesario.
Y también sería mejor esperar hasta que la ejecución diera comienzo y hubiese
más distracciones.
La
multitud se agitó, moviéndose en masa al oír el estruendo que producían los
cascos de los caballos. Un elegante coche, flanqueado a ambos lados por
soldados de feroz aspecto que sostenían las picas en alto, se acercaba.
-
¡Abrid paso, abrid paso! -gritaban los que iban en cabeza; el cortejo en pleno
se encaminó directamente hacia el centro de la multitud, ignorando por completo
los cuerpos que se interponían en su camino. Se oyeron angustiosos gritos y
fuertes exclamaciones mientras la gente intentaba apartarse del paso del coche.
Hombres, mujeres y niños se vieron de repente empujados hacia atrás, embestidos
y pisoteados, mientras soldados y carruajes avanzaban hacia el claro que los
otros soldados, los que protegían el patíbulo, habían despejado previamente
justo delante de éste.
-
¡Cumberland! -comenzó a gritar alguien-. ¡Es el duque sangriento! ¡ Ha venido
personalmente a contemplar el espectáculo!
Yo
ya había retrocedido un trecho hacia una extensión de terreno un poco más
elevado que había allí donde el gentío terminaba, por lo que tenía una buena
panorámica de la actividad que tenía lugar ante el alto patíbulo. Los soldados
se detuvieron y desmontaron. La puerta del carruaje, blanco y dorado, ostentaba
la insignia real. Cochero y mozos de cuadra llevaban asimismo la librea real.
Un silencio se apoderó de la multitud cuando se abrió la puerta del coche y
apareció por ella una figura grotescamente corpulenta y ataviada con una peluca
empolvada, y empezó a bajar por los peldaños. Tenía una expresión vil en la
cara, que estaba abultada y abotargada; los ojos porcinos nunca miraban de
frente y la boca gordezuela se le curvaba con petulancia. Llevaba unas
zapatillas de cuero blanco, medias también blancas de seda, calzas de satén de
un color verde claro y una levita a juego. Los encajes le caían en cascada,
como la espuma, desde la garganta, y también se les veía asomar por las mangas.
Mientras aquel hombre se movía pesadamente para decirle algo a uno de sus
hombres, los diamantes que llevaba en los dedos lanzaron brillantes destellos.
Era
la primera vez que yo veía a un miembro de la realeza. No me impresionó en
absoluto. Al igual que millares de otros ingleses leales, yo sentía un profundo
desdén por aquellos imperturbables germanoparlantes que eran los Hanover, el
hatajo más duro de mollera y más falto de ingenio que se hubiera sentado nunca
en el trono inglés. Y William Augustus, duque de Cumberland, era el hombre más
despreciado y temido de Inglaterra. Conocido como el “carnicero sangriento”
desde que llevara a cabo una brutal y sanguinaria campaña en Escocia contra el
Hermoso Príncipe Charles, era el hijo favorito de su padre y sin duda un
soberbio comandante. Se trataba de un hombre terriblemente despiadado que
poseía gran sangre fría, pero también era una babosa gorda con aspecto sucio.
Los escoceses lo odiaban intensa y apasionadamente, cosa que por otra parte era
bastante natural, pero apenas era menos odiado por sus propios paisanos, los
cuales se daban cuenta de que intentaba socavar la posición de su hermano
Frederick, príncipe de Gales, que era el heredero del trono.
Se
había dispuesto un asiento especial para él cerca de la horca. Se acercó
anadeando para acomodarse en él, resopló pesadamente, apoyó la barbilla en una
mano gordezuela y frunció el ceño con impaciencia. Tímidamente primero, con una
evidente hostilidad después, la multitud decidió ignorar la presencia de aquel
hombre y pronto volvió a comportarse de la misma forma bulliciosa que antes. Vi
a un hombre y a una mujer con aspecto de tenderos que salían a toda prisa de
entre la multitud llevando en brazos el cuerpo inerte y ensangrentado de un
niño de corta edad. La mujer sollozaba de una manera descontrolada. El hombre
tenía el rostro ensombrecido a causa de la pena y de la rabia. El niño era,
obviamente, una de las víctimas que habían resultado pisoteadas cuando las
tropas de Cumberland se abrieron paso a la fuerza entre la multitud. Tales
incidentes, que eran cosa bastante corriente, difícilmente le granjeaban al
sangriento duque las simpatías del populacho.
La
campana de la iglesia de St. Sepulchre había estado tañendo sin cesar todo el
rato, y ahora ya se distinguía el carro del condenado, que se aproximaba
seguido por varios soldados que portaban picas. El verdugo iba sentado delante,
encima del ataúd, y detrás de él se hallaba el capellán de la prisión. El reo
iba de pie en la parte de atrás, con la cabeza descubierta, la barbilla bien
alta y las muñecas atadas a la espalda. Era un hombre joven, no tendría más de
veinte años, un muchacho apuesto cuyos cabellos negros como el azabache
alborotaba el viento; tenía los ojos de color azul claro, y no se podía negar
que el perfil era muy noble. Vestía una levita de terciopelo color ciruela y
unos calzones, arrugados y polvorientos, de la prisión. Noté que tenía la
chorrera de encaje blanco muy ajada y manchada de suciedad.
La
multitud bramó al tiempo que le dejaba paso al carro, pero hubo algunos que,
como yo, permanecieron en silencio. Quizás sintieran lo mismo que sentía yo en
aquellos momentos. Una dolorosa tristeza se apoderó de mí al ver bajar del
carro al apuesto joven, tranquilo, digno, enfrentándose a aquella espantosa
muerte con una increíble valentía. No había derecho. Era muy joven. Todo lo que
había hecho era darle apoyo al hombre que consideraba su rey legitimo. Una
persona no debía morir por una cosa así. Y ningún hombre debía morir del modo
en que iba a hacerlo aquel joven, en medio de una indecible agonía. Yo me volví
de espaldas, presa de las náuseas. Detestaba a los gobernantes que consentían
semejantes muestras de salvajismo, detestaba a la gente que acudía en tropel
para disfrutar mirando aquello y que saboreaba cada instante de la ejecución. A
veces la raza humana parecía francamente despreciable. Puede que yo fuera dura
y estuviese primordialmente preocupada por mi propia supervivencia, pero una
persona siempre debe albergar algunos sentimientos, aunque resulten molestos y
hagan la vida mucho más complicada.
Sobreponiéndome,
ignorando el regocijado ruido que se produjo cuando el prisionero empezó a
subir los peldaños del patíbulo, dejé los sentimientos a un lado y centré la
atención en mi negocio. Yo había ido allí para vaciar bolsillos. Y eso es lo
que iba a hacer. La multitud estaba concentrada ahora en el espectáculo que se
avecinaba. El momento era ideal. Sólo tenía que encontrar una víctima con el
aspecto apropiado. Paseé desenfadadamente alrededor de la multitud
seleccionando a algunas posibles víctimas con gran cuidado. Ya había descartado
a varios candidatos cuando divisé a dos caballeros que estaban juntos, de pie
sobre una ligera elevación del terreno, justo donde el gentío acababa.
Perfecto.
El individuo delgado que iba vestido de negro no tenía un aspecto muy
prometedor, pero el rubio corpulento parecía ser portador de artículos de
primera, y yo tenía vía libre para escapar en el caso de que algo saliera mal.
Me acerqué un poco más a ellos y los estuve inspeccionando disimuladamente
mientras me acariciaba un revoltoso rizo de color castaño rojizo. Los dos
hombres eran altos; el rubio, de fuerte constitución, era un hombre fornido y
sólido al que no le sobraba un gramo de peso. Llevaba unas calzas de terciopelo
color orín que le llegaban por la rodilla, levita, medias de seda blancas y
unos maravillosos zapatos de cuero marrón con tentadoras hebillas de plata.
Tenía el rostro ancho, amplio y agradable; la barbilla estaba partida por una
hendidura en medio, y la boca era grande y sensual. En otras circunstancias
aquellos ojos de color marrón oscuro sin duda habrían parpadeado amigablemente.
El despeinado cabello rubio dorado le proporcionaba cierto toque adolescente.
Parecía una persona afable, un acaudalado holgazán que probablemente se pasara
la mayor parte del tiempo sentado ante las mesas de juego en compañía de
mujeres hermosas y complacientes.
Su
compañero era unos cinco centímetros más alto, mediría por lo menos un metro
ochenta y cinco, y era extremadamente delgado, con hombros anchos y huesudos y
la constitución fuerte y nervuda de un atleta. Estaba de pie muy estirado, con
las largas manos cerradas con fuerza y ojos ardientes. Parecía crujir
literalmente a causa de la tensión, y se podía notar la enorme violencia,
apenas reprimida, que se ocultaba bajo la superficie. Tenía el pelo, espeso y
fuerte, de un brillante color negro azabache, y una onda del mismo le caía
sesgadamente por la frente y por la delgada, bella e insinuante cara. Los
zapatos negros eran lo peor que llevaba, en seguida me di cuenta de eso; las
hebillas de peltre no valían ni siquiera un cuarto de penique. Las medias de
algodón, de color negro, presentaban por todas partes torpes zurcidos y, a
pesar de estar cortadas con elegancia por un buen sastre, las calzas negras y
la llameante levita tenían un ligero matiz verdoso producido sin duda alguna
por el paso del tiempo.
Continué
mirándolos mientras decidía si debía o no correr el riesgo. Solo, el hombre
fortachón y agradablemente rubio habría sido una víctima perfecta. Aunque me
atrapara, aunque me cogiera la muñeca con una de aquellas poderosas y bien
formadas manos, seguro que una piadosa y sentimental historia astutamente
narrada le convencería para dejarme marchar. Me recordaba a un cachorro,
fornido y zalamero, de esos que son demasiado grandes para su edad, aunque en
aquel momento la expresión que tenía en el rostro fuese todo lo
convenientemente grave que la situación requería. Si el rubio parecía un
cachorro, su acompañante era uno de esos viciosos y delgados perros alemanes,
un doberman, tenso, encrespado y dispuesto para saltar. Aquel tipo tenía
instintos asesinos, y si yo hubiese sido juiciosa habría evitado acercarme a
él.
La
multitud se impacientaba mientras el capellán, sosteniendo piadosamente en la
mano la Biblia y sin duda pensando ya en el provecho que obtendría cuando
publicase su propia versión de la confesión del hombre condenado a muerte, le
decía algunas palabras al reo. El joven movió la cabeza a ambos lados,
renunciando a la oportunidad de pronunciar las tradicionales últimas palabras
ante la gente que había allí congregada. El duque de Cumberland se inclinó
hacia adelante en la silla y observó con avidez cómo el capellán se retiraba
dando unos pasos hacia atrás y el verdugo dejaba caer el nudo corredizo sobre
la cabeza del apuesto joven, se lo colocaba luego alrededor de la garganta y le
daba un rápido y profesional giro. El fornido rubio le tocó en el brazo a su
compañero para indicarle que debían marcharse ya. El otro le apartó la mano
furiosamente y le espetó unas ásperas palabras que yo no pude oír por hallarme
demasiado lejos. Presentí que conocía al prisionero, que había un fuerte lazo
entre ellos.
Me
dije a mí misma que aquel hombre estaría demasiado atento a los acontecimientos
para prestarle atención a cualquier otra cosa. Me acercaría disimuladamente,
haría mi trabajo y, antes de que cualquiera de ellos se diese cuenta de lo que
había sucedido, yo ya me hallaría lo suficientemente lejos. Segura de mi
destreza, más segura de lo que hubiese sido conveniente, yo no era de las que
le daban la espalda a un desafío. Y así, cepillándome una mota de hollín de mi
descolorida falda azul violácea, tomé una profunda bocanada de aire y me
acerqué paseando como el que no quiere la cosa hacia aquellos dos hombres para
caer directamente en los brazos de un futuro tempestuoso e implacable.
3
Alborotada,
estridente, la multitud esperaba con impaciencia mientras el verdugo hacia los
últimos preparativos acariciando la soga casi con amor. El joven vestido de
terciopelo color ciruela estaba de pie, muy quieto, con la vista fija hacia el
frente y ajeno al parecer al nudo que le habían puesto alrededor del cuello.
Cumberland se inclinó hacia adelante en el lujoso sillón dorado que le habían
proporcionado y se sujetó tenazmente a los brazos del mismo con manos
rechonchas; un brillo codicioso y rapaz se veía en los diminutos ojos de aquel
cerdo. Detrás de él la gente de buen tono que ocupaba los bancos de Mother
Proctor sonreían y conversaban, y algunos de ellos se habían puesto de pie para
obtener así una mejor visión del acto. El verdugo hizo chascar la lengua y
asintió satisfecho tras asegurarse de que el golpe le produciría al reo el
máximo dolor sin llegar a romperle el cuello. El ahorcamiento era un arte
refinado que requería de los más habilidosos toques. Si se realizaba en debida
forma, silo llevaba a cabo un maestro, se podía conseguir que la víctima
estuviera dando patadas al aire durante casi veinte minutos, mientras boqueaba,
gorgoteaba y sufría una indecible agonía antes de que la muerte lo liberase al
fin.
-
Creo que será mejor que nos marchemos ya, Gordon - dijo el hombre corpulento y
rubio. Tenía una voz bonita, muy profunda, aunque al mismo tiempo suave y
tranquilizadora -. Siendo primo carnal del muchacho es una locura que te
obligues a someterte a este horror.
- Se
comportó de una forma condenadamente alocada.
Todos
lo hicieron, incluso mis dos hermanos, al seguir a ese joven idiota, inepto e
irresponsable. Oh, el Hermoso Príncipe tiene el encanto suficiente, eso lo doy
por sentado, pero si alguna vez ha tenido dos células del cerebro funcionando
al mismo, habrá sido un milagro. Eso fue lo que les dije cuando me pidieron que
yo también le jurara fidelidad.
Aquellas
duras palabras, pronunciadas con voz fría y cortante, me produjeron escalofríos
en la espina dorsal. El rubio parecía sentirse a disgusto, pues unas arrugas de
preocupación le surcaban la frente.
-
Eres un amargado, Gordon. Tienes derecho a serlo. Tus dos hermanos fueron
masacrados en Culloden; luego confiscaron las propiedades de tu familia y ahora
te ves obligado a ganarte la vida como puedes en la calle Fleet,
condescendiendo con los más viles gustos del público. Es suficiente para volver
arisco a un hombre, lo admito, pero esta obsesión que tienes...
-Soy
escocés, Bancroft. Aunque quizá no sea un escocés leal. La mayoría de mis
compatriotas me consideran un cobarde por no empuñar las armas igual que
hicieron mis hermanos. Piensan que soy un traidor por haber escrito aquel
artículo en el que calificaba al Hermoso Príncipe de imbécil, que es...
-Gracias
a Dios que lo hiciste -le interrumpió el rubio-. Si no hubieses escrito ese
artículo, si no hubieras dejado bien claro cuál era tu postura, sino hubieses
estado ya viviendo en Londres y...
-
Pero así y todo soy escocés - continuó el hombre alto y delgado ignorando la
interrupción de su acompañante-. No puedo quedarme quieto viendo cómo masacran
a mis parientes, no puedo ver mi hogar hundido y saqueado, mis propiedades
confiscadas, sin hacerme el firme propósito de tomar algunas medidas al
respecto. Lo único que agradezco es que mis padres no estuvieran ya vivos para
ver esta destrucción.
Pronunció
las palabras con la misma voz gélida, lo que de algún modo las hacía doblemente
efectivas. Aquel enjuto rostro, no carente de atractivo, estaba ahora privado
de expresión, pero los claros ojos azules ardían a causa de las emociones que
él tan severamente reprimía. Yo notaba la fría rabia, la violencia contenida,
la sed de venganza que bullía bajo la superficie. “Ese está luchando con el
demonio”, me dije a mí misma mientras me acercaba un paso más. El hombre rubio
vestido de terciopelo marrón tocó ligeramente a su amigo en el brazo.
-
Eres escocés, cierto, y de los buenos. Pero... todo se ha acabado, muchacho.
-No
para Augus. Todavía no. Creí que él tenía más sentido común que los otros, y
ahora... - Se interrumpió en seco e hizo una mueca-. Más le hubiera valido
morir en el páramo con Ian y Davy
- Tu
primo ya ha demostrado que es un joven noble. Va a morir como un valiente. No
hay necesidad de que tu contemples cómo lo hace, de que te atormentes de ese
modo. Eso sólo sirve para añadir combustible a tu... a esa loca obsesión. Nunca
debí permitir que vinieras. Maldita sea, tenía que haberte drogado, tenía que
haberte encerrado en un armario y haberte dejado allí atado de pies y manos.
-
Eres amigo mío, Bancroft - dijo el escocés con frialdad-, y el único amigo que
tengo en este maldito y bárbaro país. Sería odioso que hicieses algo que
pudiera poner en peligro nuestra amistad.
-
Sí, compañero, ya sé que eres un tipo difícil, hosco y malhumorado. Pero
también sé que bajo esa fachada salvaje se esconde un tipo estupendo y muy
sensible. Yo no le tengo miedo a ningún hombre, pero ni en sueños se me
ocurriría hacerte enfadar. Te estuve observando en aquella pelea en el “Three
Boars” y vilo que le hiciste al tipo que te empujó. No creo que te volvieras
contra mi, pero con gusto correría el riesgo si supiese que ello te iba a
ayudar a librarte de todas esas locas ideas que albergas.
-
Eres una buena persona, Bancroft. Un buen amigo.
-
Eso es lo que intento. Pero resulta difícil con un salvaje como tú.
- Lo
pagará - dijo el escocés con calma-. Aunque tenga que dedicar a ello lo que me
queda de vida, voy a encargarme de que ese Cumberland pague por esto. Mira-lo,
inclinado hacia adelante y con los ojos brillantes. El muy cabrón se está
relamiendo ya por todo este espectáculo.
-
¡Gordon! -le advirtió su compañero-. Modérate, por favor. Podrían arrestarte
por decir eso.
Echó
una ojeada nerviosa a su alrededor para ver si alguien lo había oído, pero las
personas que se hallaban delante de ellos estaban demasiado absortas en el
desarrollo del espectáculo como para prestar atención a aquellas imprudentes
palabras, y yo, que me encontraba a poca distancia, procuraba poner una
expresión de absoluta inocencia, como si estuviese por completo ajena al
caballero rubio y a su amigo. La multitud rugió cuando el suelo se abrió bajo
los pies del condenado; la soga se tensó en torno a su cuello y él empezó a
balancearse. Se oyeron fuertes aclamaciones mientras se convulsionaba y debatía
a su pesar sin dejar de dar desesperados puntapiés al aire. El verdugo se frotó
las manos, extremadamente complacido. Cumberland continuaba inclinado hacia
adelante en el sillón, y estuvo a punto de caerse del mismo de tan absorto como
estaba contemplando aquel espectáculo.
-Jesús
-masculló Bancroft.
El
alto y magro escocés que estaba a su lado no demostraba ya emoción alguna, y
permanecía de pie completamente erguido. Aquellas facciones duras y afiladas
bien parecían estar esculpidas en el más duro pedernal. Yo me acerqué un poco
más a ellos, siempre de un modo disimulado. Bancroft hizo un gesto de dolor
deseando no ver aquello, pero incapaz de apartar los ojos. Ahora me encontraba
de pie a medio metro de distancia de él, detrás, esperando el momento oportuno.
Seguro que llevaba un reloj de oro en el bolsillo, puede que incluso una bolsa
de dinero. También me atraían aquellas hebillas de plata, pero había perdido la
navaja dos días antes y aún no había tenido tiempo de robar otra. Las personas
situadas directamente delante de los dos hombres pateaban y silbaban
tambaleándose un poco, y un hombre retrocedió al dar un traspiés, inseguro, y
estuvo a punto de chocar con el rubio. Perfecto. Rápida como el viento deslicé
una mano dentro del lujoso bolsillo de terciopelo, la cerré en torno a un
pequeño objeto metálico y redondeado, la saqué y me lo metí en el corpiño del
vestido. No pudo resultar más sencillo. Nada más simple. Ahora a por la bolsa
de dinero. Debía de estar en el otro bolsillo.
Me
cambié de posición, situándome ahora detrás del hombre, un poco a su derecha.
Esperé un par de segundos y luego dejé ir hacia adelante una mano que, como la
más ligera pluma, flotó dentro del otro bolsillo y palpó la bolsa de gamuza,
notando al hacerlo el peso de las monedas que contenía. Cerré con fuerza los
dedos en torno a la bolsa poniendo buen cuidado de que no se produjese ningún
tintineo que pusiera sobre aviso al tipo aquel, y luego retiré la mano. Unos
garfios de hierro se cerraron de pronto alrededor de mi muñeca, apretándola con
tanta fuerza que temí que se me rompieran los huesos. Un par de feroces ojos
azules me miraron echando chispas. El escocés me observaba fijamente con un
odio frío y venenoso; tenía una sonrisa dura y malvada en los delgados labios.
- ¡
Soltadme! - grité-. ¡ Soltadme!
- Te
atrapé, pequeña sabandija. Te crees muy lista, ¿eh, asquerosa?
-
¡Ay! ¡Me estáis haciendo daño!
Intenté
soltarme. Me retorció la muñeca de una forma tan brutal que casi me hace caer
de rodillas. Ni el mismísimo Hércules habría podido liberarse de aquel apretón,
y yo no era más que una pobre y hambrienta golfilla callejera Dejé caer la
bolsa. Tintineó a mis pies. Bancroft se volvió, perplejo, pues hasta aquel
momento no se había percatado de lo que sucedía. Lancé un fuerte grito cuando
el escocés volvió a retorcerme la muñeca produciéndome un terrible dolor, como
si me clavaran agujas, que me subió por todo el brazo.
-¿Qué
pasa? -exclamó Bancroft-. ¿Qué ha ocurrido?
-Te
había quitado el dinero. Seguro que también te ha robado el reloj.
-
¡Eso es una puñetera mentira! ¡Embustero! ¡Soltadme! Sujetándome fuertemente
con la mano derecha, me metió la izquierda en el corpiño, buscando con los
dedos entre los pechos para coger el reloj. Lo sacó y lo sostuvo en alto como
si se tratase de un trofeo. Bancroft movió lentamente la cabeza, esbozó una
tenue y curiosa sonrisa y, cogiendo el reloj, se lo volvió a meter en el
bolsillo. El escocés continuó mirándome fijamente con aquellos sorprendentes
ojos azules; tenía la boca ligeramente inclinada hacia arriba por una de las
comisuras, y la espesa melena negra se le derramaba por un lado de la frente.
Al parecer nada le habría gustado más que darme una buena paliza, y yo tenía la
impresión de que a la menor provocación lo haría. Decidí no oponer resistencia.
No me atrevía a hacerlo. Me sujetaba la muñeca en una incómoda postura,
retorciéndola salvajemente con los dedos, y el menor movimiento por mi parte me
producía un dolor atroz.
-
Bueno, bueno, bueno - dijo Bancroft en tono amistoso mientras me examinaba con
todo detenimiento-. ¿Qué hacemos con ella?
- Si
dependiera de mi, le rompería el cuello ahora mismo. Esta clase de basura es la
responsable de que Londres se haya convertido en el pozo negro que es ahora.
Ladrones, rateros, asesinos..., habría que ponerlos a todos juntos y luego
mandarlos a la horca.
- Es
muy joven - comentó Bancroft.
- Lo
que no quita para que ya sea una empedernida criminal.
Me
dio un violento tirón de la muñeca. Yo me tambaleé y caí de rodillas mientras
el pelo castaño rojizo, muy revuelto, se me derramaba por la cara. Me levantó
de un tirón, me estiró del brazo hacia afuera y dio un paso a un lado para
retorcerme la muñeca detrás de la espalda hasta colocármela a la altura de las
paletillas. Yo empecé a gritar entonces, y no pude evitar que las lágrimas me
asomaran a los ojos. Me echó el brazo libre alrededor del cuello y comenzó a
presionarme fuertemente la tráquea con el antebrazo.
-
Oye, Gordon, no hace falta ser tan duro. No es más que una niña.
-
Pues es ya lo bastante adulta como para robarte el reloj y afanarte el
monedero.
Tenía
la voz fría, segura, con un matiz duro y metálico que le producía a uno
escalofríos en la espina dorsal. Yo tenía dificultades para respirar con aquel
antebrazo huesudo apretándome firmemente la garganta. No me atrevía a moverme,
pues sabía a ciencia cierta que me estrangularía brutalmente sin la menor
vacilación. Yo era una luchadora rápida con los dientes, las uñas y las
rodillas, sí, pero tenía el suficiente sentido común como para darme cuenta de
cuándo me hallaba en inferioridad de condiciones. El escocés tenía instintos
asesinos. Me había percatado de ello inmediatamente, y era consciente de que
aquel hombre era muchísimo más peligroso que el más brutal habitante de St.
Giles.
Bancroft
cogió del suelo la bolsa de fina gamuza, hizo sonar las monedas que había
dentro y luego se la guardó. Me examinó atentamente con aquellos bondadosos
ojos marrones, divertido en el fondo, y yo supe entonces que si lograba escapar
de aquélla sería gracias a él. Me las ingenié para parecer en extremo digna de
lástima, e hice gestos de dolor cuando el escocés me retorció ligeramente la
muñeca. Los dos hombres parecían haberse olvidado de la ejecución, del
condenado que seguía dando patadas al aire, y observé que, al menos Bancroft,
se sentía aliviado por la distracción que yo les estaba proporcionando.
-
¿Quieres que ahoguemos a esta jovencita? - preguntó-. El río está cerca.
Podríamos meterla un rato bajo el agua.
-
Nada me produciría más placer - respondió el escocés.
-
Todos los días aparecen muchachas ahogadas en el Támesis - continuó Bancroft un
poco en broma-. Apuesto a que no habría protestas ni llantos. Dudo seriamente
que alguien llegara a echarla de menos.
-Oh,
no, por favor, señor -lloriqueé-. No lo hagáis, por favor.
Bancroft
sonrió. Era una sonrisa encantadora, cálida y amistosa, la clase de sonrisa que
consigue derretirle a uno el corazón. Aquel hombre grande, apuesto y amistoso,
tenía cierto toque de suavidad, y yo estaba segura de que no permitiría que me
sucediera algo malo. Al fin y al cabo eran sus bolsillos los que acababa de
desvalijar, no los de aquel maldito escocés. Las lágrimas me caían por las
mejillas, confiaba en que fuera de un modo atractivo. Sollocé y me atraganté un
poco cuando el escocés giró el brazo otro centímetro. Bancroft me observaba con
ojos risueños, sin que se le viera demasiado perturbado por mi frustrado
crimen.
-Yo...
yo no había hecho nunca una cosa así -mentí al tiempo que le miraba con los
ojos llenos de lágrimas-. Es que... tengo mucha hambre, ¿sabéis? No he comido
nada desde... desde hace dos días, y me estaba muriendo de hambre.
-
Está mintiendo - afirmó fríamente el escocés.
-
¡No, no estoy mintiendo! -protesté-. ¡Es cierto, todo lo que he dicho es
cierto!
-
¿Tienes hambre? - inquirió Bancroft.
-No
lo hacía sólo por mí, también era... por mi hermanito pequeño y por mi mamá. Mi
mamá está enferma, algo horrible, y no tengo padre, y mi hermanito no hace más
que... no hace más que llorar. Tiene las fiebres. Yo estaba desesperada.
Confiaba en poder llevarles algo de comer y un poco de medicina para mi pobre
hermanito.
-
Conmovedor - dijo el escocés secamente.
-
¡Soltadme, bruto! ¡Me estáis rompiendo el brazo!
Me
tiró un poco más del brazo hacia arriba, tanto que casi me lo saca de su sitio.
Grité, pero él sofocó el grito con el brazo apretándome con fuerza la garganta
para impedir que saliera. Noté que la sangre se me subía a la cabeza y sentí un
extraño mareo mientras negras nubes se apoderaban lentamente de mi cerebro.
-Oye,
Gordon, deja que la chica coja un poco de aire. La estás asfixiando. Veo que te
has trastornado, compañero. Estás de un pésimo humor, te hierve la sangre, te
consume la sed de venganza... Todo eso puedo entenderlo, pero no es necesario
que se lo hagas pagar a esta patética y desamparada golfilla callejera. No es a
Cumberland a quien estás a punto de estrangular.
-Ojalá
lo fuera -gruñó el escocés.
Yo
empezaba a sumirme en la inconsciencia cuando aquel hombre alivió un poco la
presión en torno a mi garganta. Las brumosas nubes negras comenzaron a
retroceder. Tosí y balbuceé, con la cara sofocada y caliente y los brazos y
piernas entumecidos. Aquel puñetero cabrón me habría matado de no ser por el
otro caballero. Aunque el brazo había aflojado la presión y descansaba ahora
sobre mi tráquea, todavía me sujetaba la muñeca con los dedos de una manera
brutal al tiempo que me mantenía el brazo retorcido hacia arriba en la espalda
de un modo que me provocaba constantes dolores.
-
Por favor - susurré-. Por favor, caballero, soltadme el brazo.
-
Cierra la boca.
- Me
estáis haciendo un daño espantoso.
- Me
alegro de saberlo.
- En
serio, Gordon, no hay necesidad de torturar así a esta muchachita. Al fin y al
cabo no ha hecho ningún daño. ¿Qué te parece si le damos una buena zurra en el
trasero y la dejamos marchar?
-A
estos parásitos no se les puede dar cuartel, Bancroft. Si dejas pasar una cosa
así, lo único que consigues es infundirles ánimos.
-Nunca
volveré a hacerlo -prometí-. Os juro que yo...
Volvió
a retorcerme el brazo y a aumentar la presión alrededor de mi garganta.
-Te
he dicho que cierres la boca -repitió.
-
¿Qué te propones? -le preguntó Bancroft.
-
Buscar a un guardia. Entregarla.
- La
meterán en prisión. Puede que hasta decidan colgar a esta pobre chica.
-Si
colgaran a un buen número de ellos, estos ladronzuelos se lo pensarían dos
veces antes de rajarle a uno la garganta o robarle el reloj.
El
escocés hablaba completamente en serio. Bancroft parecía un poco afectado.
Durante todo este tiempo el primo del escocés había estado balanceándose en la
horca, y cada sacudida que daba iba acompañada de aullidos y abucheos por parte
de la alegre y rapaz multitud. Se produjo un auténtico estruendo cuando lo
bajaron y lo extendieron sobre la plataforma de madera. Un médico le tomó el
pulso, acercó la oreja al pecho del hombre y declaró que aún vivía. El gentío
aplaudió salvajemente. Para reanimar al muchacho le lanzaron un cubo de agua a
la cara. Luego encendieron una hoguera en un enorme caldero negro. Las llamas
comenzaron a chisporrotear inmediatamente, y una columna de humo negro se elevó
formando volutas hacia el cielo.
El
escocés se puso rígido; durante un momento se olvidó de mí, aunque seguía
apretándome el brazo con aquella llave brutal. Noté la tensión que se apoderaba
de él, casi sentí la angustia y la ira que le corrían por las venas.
Bancroft
frunció el ceño. Era evidente que deseaba llevar-se de allí a su amigo antes de
que empezara la segunda etapa de la ejecución. Tiraron hacia arriba del
condenado hasta ponerlo en pie. El joven reo miró a su alrededor, aturdido,
mientras el agua le chorreaba por la cabeza y por los hombros. Vio la multitud,
vio las llamas que crepitaban vigorosamente en aquel enorme recipiente negro.
Cerró los ojos y se irguió, muy derecho, decidido a no dejarse llevar por el
pánico.
-
Mira, Gordon - le dijo Bancroft, nervioso-, te aseguro que no me hace ninguna
gracia quedarme a ver esto. Ya has tenido suficiente, compañero. No hay
necesidad de que te castigues a ti mismo. Con ello sólo conseguirás...
-
Titubeó, intentando hallar las palabras adecuadas-. Tenemos que deshacernos de
esta muchacha -continuo-. Nunca encontraremos un guardia en medio de todo este
gentío. Hay unas cocheras a un par de kilómetros de aquí. ¿Qué te parece si la
llevamos allá y discutimos el asunto por el camino?
- No
hay nada que discutir - repuso secamente el escocés -. No pienso soltarla.
- ¡
No han sido vuestros bolsillos los que he intentado saquear! -protesté yo.
- En
eso tiene toda la razón esta golfilla - dijo Bancroft-. Si hay que presentar
cargos, soy yo el que tiene que hacerlo, no tú.
-Y
lo harás, si estimas en algo nuestra amistad.
-
Eres un hombre muy duro, Cam Gordon.
-Y
tú siempre serás un buenazo, Bancroft. Y eso cualquier día va a acarrearte
problemas.
Puñetero
hijo de puta. Bestia, cabrón. Nunca mamó la leche de la bondad humana, ni una
sola vez. Seguro que de niño le causaba placer martirizar animalitos
indefensos, y probablemente también apalear a otros niños. Se sentiría bien
haciéndoles sangrar por la boca. Cómo me habría gustado darle una patada en los
huevos, una patada tan fuerte que de resultas se quedara inútil de por vida.
Cómo me habría gustado clavarle las uñas en aquellas mejillas duras y enjutas
hasta que le brotara la sangre y el muy cabrón se pusiese a gritar. Quizás me
quedase todavía una oportunidad. Quizás durante el camino hasta aquellas
cocheras bajase la guardia y aflojase la presión del brazo; así yo podría
liberarme sin que me lo arrancara de cuajo. Yo todavía no había perdido del
todo la esperanza. En St. Giles se aprendía a ser paciente y a esperar hasta
que por fin te tiraban la porquería a la cara.
-
¿Nos vamos? -le preguntó Bancroft.
-
Muy bien. Vamos, marrana, en marcha.
Yo
no tenía donde elegir. Echó a andar retorciéndome el brazo y obligándome a
caminar delante de él, sin dejar de rodearme la garganta con el brazo. Cada
paso que daba era una agonía para mí, porque aquellos dedos se me clavaban
implacables en la muñeca, retorciéndola, y me sujetaban el brazo en aquel
ángulo tan forzado. Al muy cabrón yo no le importaba lo más mínimo. El brazo
que estaba a punto de ser arrancado de raíz no era el suyo. Nos alejamos de
Tyburn Fields y seguimos caminando hacia la calle Oxford; el ruido de la
multitud se iba apagando poco a poco, hasta que llegó a convertirse en un débil
murmullo amortiguado.
-
Estás realmente decidido a entregar a la muchacha, ¿verdad? -le preguntó
Bancroft.
-Claro
que sí.
-
Hay una verdadera preciosidad escondida bajo esa capa de suciedad.
-
Huele como un estercolero - gruñó el escocés.
- Me
gustaría que lo pensaras bien, Cam. Es una lástima ver a una chica tan joven
pudriéndose en Bridwell o colgada de una cuerda.
- ¿A
qué viene tanta preocupación por una putilla ladrona, Bancroft?
- Es
algo que se llama compasión. Siempre me he sentido atormentado por ella.
Supongo que a ti nunca te ha importado demasiado.
- En
efecto, nunca.
-
¡Yo no soy una puta! -exclamé-. ¡Nunca, ni una sola vez, he permitido que
ningún hombre se me suba encima, por mucho que me ofrecieran! ¡Todavía conservo
entera la cereza, maldito embustero!
Ambos
me ignoraron. Lo mismo podrían haber estado dando un paseo juntos. Aunque me
sujetaba con firmeza y me obligaba a caminar delante de él, yo tenía la
sensación de que el escocés apenas era consciente de mi presencia, de que yo no
existía para él como ser humano. Pasamos por Marylebone Fields; a lo lejos
quedaban Hampstead y Highgate, colores grises y marrones bajo aquel cielo azul
descolorido. Unos cuantos rezagados pasaron a toda prisa junto a nosotros
camino de Tyburn, preocupados porque ya se habrían perdido casi todo el
espectáculo. Pero no se veían carruajes, carros ni sillas de mano. Una vaca
pacía por allí cerca. Un perro ladraba. Aquella parte de Londres parecía ahora
curiosamente desierta, pues toda la actividad se había concentrado en aquellos
campos que ya quedaban lejos a nuestras espaldas. El estruendo de la multitud
apenas era audible, sólo se oía un zumbido de fondo.
Yo
tenía el brazo prácticamente dormido; aquella sensación desgarradora y ardiente
se había apagado para dejar paso a un dolor palpitante. Me sujetaba
fuertemente, pero sin demasiada presión; el brazo estaba flojo alrededor de mi
cuello. Si al menos yo hubiese llevado zapatos, habría podido lanzar el pie
hacia atrás para hundírselo en el empeine, darle luego un codazo en las
costillas y golpearle en las pelotas con el canto de la mano. Así habría
conseguido escapar. Seguro que me habría soltado. Pero yo iba descalza, y el
instinto me decía que aquel hombre sería capaz de mutilarme brutalmente antes
de permitirme hacer el menor movimiento. No, si quería salir bien librada de
aquélla, tendría que usar el ingenio. Me tambaleé deliberadamente mientras
atravesábamos el puente de piedra que cruzaba el Fleet. El escocés me dio un
fuerte tirón para levantarme. Me eché a llorar.
Lloré
mucho, de un modo hermoso, casi patético, sollocé con tanta suavidad y
desesperación que aquel llanto habría sido capaz de conmover el corazón más
duro. El escocés no me prestaba la menor atención, el muy hijo de puta. Me
esforcé para que los ojos se me llenaran de lágrimas. Estas me inundaron las
pestañas y me corrieron por las mejillas como brillantes riachuelos, y mis
sollozos cada vez se hacían más lastimeros. ¿Quién habría podido resistir aquel
patetismo? Bancroft empezaba a inquietar-se, yo lo notaba perfectamente. Por lo
menos ése tenía corazón. Tragué saliva y traté de controlar valientemente el
llanto, pero lo único que logré fue que aumentase de volumen y que se hiciera
cada vez más fuerte y patético.
-
Deja ya de chillar de ese modo - me ordenó tajante-mente el escocés.
-
¡Ve a hacerte una paja, hijo de perra!
Bancroft
pareció en principio horrorizado, pero luego lanzó una risita, encantado.
¡Malditos los dos! Todo aquel hermoso modo de sollozar, toda aquella brillante
actuación, aquella energía desperdiciada. ¡Bestias insensibles! No les
importaba ni yo, ni mi pobre mamá, ni mi hermanito pequeño que ardía de fiebre.
Creí que tenía a Bancroft de mi parte, y así fue en realidad hasta que mi
condenada lengua me traicionó. ¡ Maldición! Estaba furiosa conmigo misma, y aún
más furiosa con Bancroft, que ahora se reía de todo corazón.
-
¡Ríete, hijo de puta! ¡No es a ti a quien están arrastrando hacia las cocheras!
¡A mí no me hace puñetera gracia!
-Vaya
lengua, Cam -dijo alegremente Bancroft-. Pero hay que reconocer que también
tiene mucho valor. Nunca pensé que vería el día en que alguien llamase a
Cameron Gordon canalla hijo de perra y viviera para contarlo.
Cameron
Gordon no replicó. A él no le resultaba divertido. Aquel cabrón probablemente
no se reina en la vida a no ser que por casualidad pisara un polluelo. Solemne
como una tumba y horrible como la peste. ¡Maldito escocés! Qué me importaba a
mí que sus dos hermanos hubieran resultado muertos en Culloden, que él hubiese
perdido sus propiedades y que su primo hermano estuviera en aquel preciso
momento viendo cómo le asaban las entrañas ante sus propios ojos. Aquello no le
daba derecho a torturar a una pobre chica inocente que sólo intentaba mantener
unidos el cuerpo y el alma del mejor modo que sabía. Tenía derecho a estar
amargado y enojado, por supuesto, pero no tenía por qué tomarla conmigo de
aquel modo.
Nos
acercábamos a las cocheras, una de las muchas cárceles provisionales de la
ciudad donde ladrones, delincuentes de todo tipo, falsificadores y otros
sinvergüenzas, bien guardados por los guardias y ordenanzas de la calle Bow,
quedaban encerrados hasta que se les dictaba sentencia y se les enviaba a la
picota, a la prisión o a la horca. Los lugares como aquél eran todos unos
agujeros espantosos, asquerosos e infestados de ratas, donde los prisioneros
yacían hacinados en sótanos oscuros, húmedos y malsanos, que despedían un hedor
tan fuerte que podía olerse a una distancia de media calle. Los vapores
pútridos impregnaban el aire como una niebla, y muchos presos morían de las
llamadas fiebres de prisión, una forma virulenta de tifus que privaba a los
verdugos de su diversión. Había yo oído toda clase de cosas acerca de aquellas
temibles cárceles. En mi profesión el tema salía frecuentemente a colación.
-
¿No te has preguntado todavía qué le harán? -quiso saber Bancroft.
- Lo
más probable es que la cuelguen - repuso Gordon.
-
Puede que sólo la pongan en la picota un par de días y le corten una mano -
dijo Bancroft como sin darle mayor importancia -. Creo que a los ladrones les
hacen eso de vez en cuando si el magistrado ha desayunado bien y se encuentra
de buen humor en el momento de dictar sentencia.
La
voz tenía un matiz irónico, pero a mí no me hacía ninguna gracia. Muchos
sinvergüenzas preferían que los colgasen a que los pusiesen en la picota, una
gran plancha de madera con agujeros por los que se obligaba a la víctima a
meter la cabeza y las manos. La picota siempre se colocaba en un lugar público
para recordarle a la gente el precio que se paga por el pecado, y el
bullanguero populacho obtenía un salvaje deleite arrojándole al infeliz de
turno palos, piedras, barro, cubos de excrementos, fruta y verdura podrida.
Muchas personas se asfixiaban allí por el barro y la porquería que se les
estrellaba en la cara y se quedaba allí pegada obstruyéndoles la boca y los
orificios nasales. Otros quedaban ciegos o recibían heridas fatales a causa de
las piedras. A los falsificadores a veces les rajaban los orificios nasales y
les cercenaban las orejas como parte de la sentencia; a los rateros se les
cortaba una mano y se les cauterizaba el muñón con un hierro candente. Era algo
bárbaro e inhumano, y yo comprendía perfectamente por qué algunos preferían la
horca.
- Es
un lástima ver perder una mano a una preciosidad como ésta - continuó Bancroft
con el mismo tono superficial-; puede que hasta pierda un ojo... la gente a
veces se ensaña cruelmente, según tengo entendido. Atormentar a alguien
atrapado en la picota es uno de los pasatiempos favoritos del populacho.
-Algo
tienen que hacer para entretenerse -replicó Gordon con ironía.
-
Puede que se limiten a colgarla - continuó Bancroft.
¡Y
yo que me había creído que era un tipo afable, un cachorro grande y amistoso!
Pero en realidad era tan malo como el escocés.
-
Por cierto, Cam, ¿te va bien la substituta que buscaste para esa pájara flaca y
asustada que trabajaba para ti y que vivía en la habitación de la criada?
-
No. Me dejó. Se fue a escondidas en mitad de la noche, sin molestarse siquiera
en pedirme la paga. Parece que no hay forma de que las criadas me duren.
- Y
no me extraña, teniendo en cuenta el modo cómo las tratas. Siempre les gritas y
les tiras cosas, y encima esperas que les saquen brillo a tus botas, te zurzan
las medias, te sirvan la comida y mantengan en orden esa pocilga de casa que
tienes; y las amenazas con estrangularías si hacen el menor ruido mientras
trabajas. ¿Cuántas has tenido ya, seis?
-
Ocho - confesó Cam Gordon-. Tunantas desagradecidas todas ellas.
-
Prefieren morirse de hambre en las calles que enfrentarse cada mañana al
demonio en forma de Cam Gordon. No puedo decir que las culpe por ello.
-
Menudo amigo eres -dijo secamente Gordon.
- He
visto como tratabas a esas pobres criaturas.
-
Les pagaba generosamente. Les proporcionaba una habitación cómoda. Y nunca le
puse la mano encima a ninguna de ellas.
-
Pero las intimidabas con amenazas, las azotabas con la lengua, las amenazabas
con meterlas en aceite hirviendo sí osaban tocarte tus preciosos manuscritos.
Las man-tenias en un constante estado de terror. Tú puedes convertirte en un
demonio si quieres, Cam, particularmente cuanto te hallas trabajando en una de
esas malditas novelas tuyas que siempre te traes entre manos.
- Se
llama temperamento artístico.
-Oh,
¿es así como se llama ahora? Cuando yo era un muchacho lo llamaban simplemente
grosería. A mí me parece que trabajar para ti debe de ser el peor castigo que
se le puede desear a una muchacha.
-
¿Qué te propones? -preguntó Gordon cortante.
Bancroft
asumió un aire de inocencia herida.
-Nada
-dijo-, absolutamente nada. Se me había ocurrido una idea, pero creo que lo más
probable es que no diera resultado. Siempre procuro pensar en la comodidad y en
el bienestar de mis amigos.
-Ese
es uno de tus defectos más lamentables.
-Nadie
me lo agradece -se quejó Bancroft.
Al
dejar la calle Oxford giramos una esquina y bajamos por una estrecha calle
flanqueada por edificios de colores gris y marrón meloso, con letreros de
madera pintados colgando por encima de las aceras. Un hombre con delantal
vendía manzanas que llevaba en un carro. Un afilador se afanaba dándole vueltas
a la rueda y le afilaba unas tijeras a una matrona rolliza ataviada con un
gorro azul. Saltaban las chispas. Los peatones atestaban las aceras, pero nadie
nos prestaba la menor atención. Un caballero alto y delgado que tenía a raya a
una golfilla sucia vestida con harapos de color violeta azulado no era al
parecer un espectáculo desusado. Un carruaje bajaba por la calle haciendo un
gran estruendo, y los caballos dejaron excrementos humeantes sobre el suelo de
guijarros. Un ágil barrendero se apresuró a barrerlo con un escobón de paja.
Pasamos por una plaza de aspecto descuidado, volvimos a girar, echamos a andar
por una calle estrecha y sombría llena de tiendas viejas y marrones cuyos
polvorientos escaparates estaban atestados de grabados, libros amarillentos y
muebles desechados.
Gordon
había aflojado un poco la presión que ejercía sobre la muñeca; me sujetaba el
brazo detrás de la espalda con cierta holgura, y la presión sobre mi garganta
era algo más ligera. ¿Lo conseguiría? ¿Podría escaparme de aquel demonio? Sabia
que si lograba librarme de aquellas garras yo correría más que él. Me puse
tensa, afirmándome en el suelo para llevar a cabo mi intentona. Pero los dedos
dE aquel hombre se cerraron con fuerza alrededor de mi muñeca y tiraron de ella
hacia arriba. Al mismo tiempo aumentó el apretón del brazo contra mi cuello.
-No
te lo aconsejo -dijo con voz ronca.
¡Aquel
puñetero cabrón también sabía leer el pensamiento!
-
Por favor, señor - le supliqué-. No tenía intención de hacer daño. No quiero
que me cuelguen. No quiero que me corten una mano. Yo... yo sólo pretendía
sacar algo para poder comprarles comida a mi mamá y a mi hermana.
-
Hace unos minutos lo que tenias era un hermanito.
-
Puñetero canalla. Tenéis una memoria de elefante, ¿no? Ha sido a él a quien le
he vaciado los bolsillos. Tenía hambre. Hace dos días que no como. Si no se
queja. Ha recuperado el reloj y la maldita bolsa de dinero. ¿Por qué no me
soltáis? No querréis tener mi muerte pesando sobre vuestra conciencia, ¿verdad?
- Si
alguna vez tuve conciencia, me temo que se me atrofió hace mucho tiempo.
- ¡
Maricón! ¡ Espero que te pudras en el infierno!
Bancroft
miraba muy divertido; aquellos ojos marrones centelleaban y una amplia sonrisa
le cruzaba la boca, carnosa y rosada. Lo que estaba haciendo, arrastrar a una
pobre chica hacia la perdición, no era más que una alegre broma para él. A su
manera, aquel tipo era incluso peor que Cam Gordon, y yo no podía esperar
ninguna clase de ayuda por su parte. Ahora me daba cuenta de ello, y noté una
terrible sensación en la boca del estómago al comprender por primera vez el
verdadero alcance de la situación en que me hallaba. Me iban a arrojar a las
cocheras. No conseguiría escaparme ni convencerles de que me soltasen a base de
palabrería.
No
me invadió el pánico. No grité. No me resistí, ni siquiera cuando vi las
cocheras ante mi, parduscas, descoloridas y lúgubres; había delante un gran
carro gris y dos ordenanzas, con aspecto de ser mucho más malvados que
cualquier rufián de St. Giles, holgazaneaban en las escaleras. El olor era
espantoso, nocivos vahos emanaban de aquellas piedras marrones manchadas de
hollín y flotaban en el aire como una nube venenosa. Bancroft hizo una mueca de
asco y sacó un pañuelo para taparse la nariz. Ignorando a los hoscos
ordenanzas, Cam Gordon me hizo subir los peldaños a marchas forzadas y me metió
dentro, mientras Bancroft trotaba detrás nuestro. El pasillo era oscuro, y las
amarillentas paredes de yeso se hallaban moteadas de manchas marrones. El hedor
era tan fuerte que pensé que iba a desmayarme.
Un
musculoso guardián de cara cuadrada y rojiza y unos ojos oscuros y brillantes
estaba sentado tras una mesa. Levantó la vista enojado, lleno de beligerancia.
Cameron Gordon le relató lo sucedido con voz fría e indiferente. El guardián me
miró echando chispas por los ojos, como si yo fuera el más despreciable de los
parásitos. Sacó un libro de registro y, después de hacer algunas preguntas, se
puso a garabatear en él con considerable esfuerzo. El escocés me soltó. Un
carcelero que arrastraba los pies vino por el pasillo acompañado del tintineo
de las negras llaves que llevaba sujetas a la cintura. Me froté el brazo y miré
rápidamente a mi alrededor sopesando las oportunidades que tenía de escapar.
Era inútil. Todo estaba en mi contra. El guardián clavó en mí aquellos
beligerantes ojos oscuros y me preguntó de malos modos cómo me llamaba.
-
Mi-Miranda -tartamudeé-. Pero me llaman Randy.
- ¿Y
el apellido? -bramó.
-
No... no estoy segura. El de mi madre era James. A mi padre no lo conocí.
- No
es de extrañar. Miranda James - dijo mientras escribía con dificultad en el
libro de registro. Le cayó un borrón. Lanzó una maldición en voz baja.
- ¿A
qué se dedica tu madre? ¿Es puta?
-Mi...
mi madre hace nueve años que está muerta. No era ninguna puta. Era una señora.
-Ya.
Ya. ¿Vives en algún sitio fijo?
-
Duermo en una carbonera. En St. Giles.
Me
temblaba la voz. Tenía las mejillas ardientes después de oír aquella
insinuación sobre mi madre. Nunca me había sentido tan sola, tan perdida, tan
vulnerable. Quería llorar, pero no tenía intención de hacerlo. Levanté la
barbilla e intenté por todos los medios conservar una temblorosa dignidad. El
escocés parecía aburrido. A Bancroft se le notaba sobremanera incómodo, y tenía
las comisuras de la boca vueltas hacia abajo.
-
¿Algún pariente vivo? - me preguntó el guardián.
- No
tengo a nadie - repliqué.
Me
formuló algunas preguntas más e hizo unos garabatos en el libro de registro;
después le entregó una hoja de papel a Bancroft. Este la estudió durante un
momento con ojos dubitativos y luego la firmó. El guardián le dio el nombre de
un magistrado, le explicó que se esperaba que compareciese en el juzgado la
tarde siguiente y le hizo al carcelero un breve gesto con la cabeza. El
carcelero me hizo bajar por un pasillo muy largo y abrió con llave una pesada
puerta que había al final del mismo. Me metió dentro de un empujón y cerró la
puerta tras de mí con gran estruendo. Oí girar una llave en la cerradura y el
sonido de unas pisadas que se alejaban.
Me
encontré en lo alto de un tramo de escaleras de anchos peldaños que brillaban a
causa de las manchas de humedad. Unos pocos y delgados rayos grises de luz de
sol penetraban por una ventana de un solo barrote situada a gran altura en una
de las paredes, muy por encima del nivel de la calle, pero aquellos rayos sólo
contribuían a intensificar la penumbra. Los peldaños conducían a un gran
agujero negro, y cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad distinguí
algunas formas oscuras que se removían allí abajo. Una voz ronca me llamó en
voz alta y me ordenó que bajase y me uniera a la fiesta. Luego hubo un
estallido de carcajadas y el sonido de alguien que orinaba sobre el suelo de
piedra. Una enorme rata correteó escaleras arriba, me olisqueó los pies descalzos
y emitió un agudo chillido antes de desaparecer entre las sombras. Yo nunca
había experimentado un terror semejante. Empecé a temblar y a morderme el labio
inferior. Pasaron unos momentos durante los cuales me esforcé por controlar los
temblores.
“Todavía
no estás muerta, Randy - me dije-. Todavía no te han tirado a la cara esa
porquería. Anímate. No va a servirte de nada el quedarte aquí parada de pie
como una criatura. En realidad no tienes miedo. Sabes cuidar perfectamente de
ti misma. Recuerda quién eres”.
-Vamos,
encanto - me urgió la voz ronca-. Aquí abajo todos estamos deseando conocerte.
Erguí
la espalda. Respiré profundamente. De una manera lenta y desafiante empecé a
bajar aquellos asquerosos escalones de piedra.
4
Yo
estaba sentada, acurrucada en un rincón sobre aquélla paja asquerosa y húmeda
que había esparcida por todo el suelo construido con losas tan frías como el
hielo. Me mostraba cautelosa y alerta, y no me atrevía a cerrar los ojos por
mucho que estuviese deseando dormir. ¿Cuántas horas habían pasado? ¿Treinta?
¿Cuarenta? La mañana se había convertido en tarde, la tarde en noche, y luego,
después de varias horas de total oscuridad, tenues rayos de claridad habían
empezado a entrar diagonalmente a través de la ventana enrejada, como
fantasmales dedos que se alargasen hacia abajo para atormentar a todas las
almas condenadas y encerradas en aquel infierno. Los otros prisioneros
pululaban por allí dando vueltas como animales enjaulados al tiempo que
gruñían, escupían y se revolvían con saña. Pero nadie me molestó, no desde que
yo dejara claro cuál era mi posición.
Una
vez hube bajado las escaleras, un buen grupo de ellos se había apresurado a
rodearme; me estuvieron mirando con ojos llenos de malicia mientras reían
dispuestos a divertirse. Era tradicional que a cada prisionero recién llegado
le hiciesen extorsión, pero yo no tenía nada de valor, ni una moneda, sólo el
andrajoso vestido que llevaba. Uno de los hombres lanzó un rugido de deleite y
afirmó que él se cobraría en materia prima; yo le sonreí aparentando estar a mi
vez deleitada y le dije que cogería la sífilis, el peor caso de sífilis que
había en todo el puñetero país, pero le aseguré que merecía la pena. ¿Qué es la
gonorrea comparada con poseer a la duquesa Randy? Ninguna de las putas de la
Gran Moll era tan descarada y provocativa. El hombre retrocedió, convencido de
que yo estaba infestada de aquella terrible enfermedad. Me eché a reír,
mofándome de él, y me puse las manos en las caderas; me ofrecí a cualquier
hombre que tuviese unos peniques para gastárselos en un viaje al paraíso.
Funcionó. Nadie se atrevió a correr el riesgo. Ningún hombre de los presentes
que conservase aún las suficientes energías iba a abusar de mi violándome
repetidamente. Les llamé de todo, representando el papel con gusto, aunque por
dentro estuviera temblando durante todo el rato, tan aterrorizada que apenas si
podía respirar.
A
las mujeres no me resultó tan fácil sacármelas de encima. Continuaron apiñadas
a mi alrededor, viles y malvadas; yo estaba segura de que eran mucho más
peligrosas que los hombres. Una vieja decrépita con los cabe-líos grises me
escupió a los pies y me pinchó el brazo con el dedo. Yo doblé el puño hacia
arriba y la golpeé en la boca del estómago con todas las fuerzas que fui capaz
de reunir. Se cayó al suelo chillando como alma que lleva el diablo. Cuando
intentó levantarse volví a golpearla, y esta vez le di con el puño en la
mandíbula. Una mujerona grande con la cara plagada de fístulas y el pelo negro
muy corto me echó mano e intentó despojarme del vestido. Peleé como un gato
salvaje. Le di patadas y arañazos y utilicé también los dientes. Yo era mucho
más pequeña que ella y menos fuerte, pero al cabo de cinco minutos aquella
mujer se fue a gatas, maldiciendo, sangrando y jurando que se vengaría.
Al
fin y al cabo yo no era más que una paria, una puta salvaje y enferma, de modo
que los demás prisioneros se mantuvieron alejados de mi y pronto encontraron
nueva diversión cuando otros desgraciados bajaron por aquellos escalones
resbaladizos después de que la puerta se hubiera cerrado tras ellos. Elegí un
rincón, reuní en él todo el heno que pude conseguir y me senté; no dejé de
echar chispas por los ojos como una tigresa cada vez que alguien se me
acercaba. El brazo y el hombro todavía me dolían a causa de los malos tratos
del escocés. Tenía una pierna muy arañada como resultado de la pelea, y las
raíces del pelo me escocían de los tirones que habían recibido. Me sentía
magullada y maltrecha, pero había pasado la dura prueba inicial con bastante
éxito. Tenía ganas de acurrucarme en el rincón y desahogarme llorando. Doblé
los brazos en torno a las rodillas sin atreverme a bajar la guardia ni un solo
instante.
En
aquella semioscuridad llena de niebla vi a la mujer de las pústulas mascullarle
algo a dos de sus amigas. Las tres me miraban sin quitarme los ojos de encima
mientras tramaban algún plan. Les hice una mueca y les enseñé el dedo medio
estirado en un gesto obsceno. Si hubieran sabido lo débil, lo temblorosa y lo
aterrorizada que estaba en realidad, se me habrían echado encima al instante y
me habrían dejado inconsciente de una paliza, pero no se atrevieron a hacerlo.
Prefirieron esperar a que yo me quedase dormida. De modo que yo no había podido
dormir nada. Me había pasado toda la noche en vela mientras las ratas
correteaban y chillaban, y los prisioneros dormían ó copulaban en el suelo de
piedra como animales de granja. De vez en cuando daba alguna cabezada, cierto,
pero nunca duraban más de unos cuantos minutos seguidos. De todas formas
supongo que las garrapatas, las pulgas y los piojos me hubiesen hecho imposible
cualquier intento de conciliar el sueño.
Por
la mañana el carcelero trajo un cesto de pan rancio y varios cubos llenos de
unas gachas aguadas e insípidas. Intenté comer. No conseguí hacerlo. Los
prisioneros que tuvieran algunas monedas podían comprar carne y queso, y
también pan reciente, pero la mayoría en vez de hacer eso se gastaban el dinero
en ginebra. Durante la mañana encadenaron a varios prisioneros para conducirlos
de este modo a la calle Bow a fin de que oyeran la sentencia, y encerraron a
otros prisioneros nuevos. Se llevaron también, mientras ella gritaba de
angustia, a la vieja a la que yo había golpeado la noche anterior. El carcelero
la arrastró escaleras arriba mientras los que estaban abajo reían, aplaudían y
los abucheaban. Dos hombres se enzarzaron en una pelea. Una muchacha pálida con
el pelo lacio y muy rubio aceptó fornicar con tres hombres a cambio de un
pedazo de queso y una pinta de ginebra. Las escenas de horror abundaban por
doquier, y yo me deba cuenta de que aquello era sólo una muestra de las
penalidades por las que habría que pasar en una verdadera prisión, como Newgate
o Bridewell.
¿Me
mandarían a Newgate? ¿A Bridewell? ¿Me pondrían en la picota? ¿Me colgarían?
Cualquier cosa podía suceder. Todo dependía del magistrado. Cualquier
prisionero que tuviese dinero suficiente podía contratar a un abogado y, si
pasaba de mano la cantidad necesaria de dinero, podía asegurar que saldría del
juzgado libre como un pájaro por grave que fuese el crimen cometido. El abogado
buscaría tres o cuatro testigos falsos para “probar” la inocencia de su
cliente. Siempre había cerca de allí cien hombres así holgazaneando por la
calle Bow, con paja (2) metida entre las hebillas de los zapatos para indicar
que estaban dispuestos a ser testigos por unos honorarios mínimos. Un abogado
sólo tenía que poner el pie en la calle y al instante reuniría media docena de
testigos falsos por no más de un soberano o dos, testigos que jurarían
solemnemente que el acusado se encontraba en otra parte en el momento en que se
había cometido el crimen. Los magistrados estaban acostumbrados a ver
comparecer ante ellos a los mismos testigos una y otra vez, pero había pocos
hombres más corruptos que aquellos que dictaban sentencia en la calle Bow, y la
presencia de los testigos significaba que el acusado tenía dinero, la mayor
parte del cual acababa en los propios bolsillos del funcionario. El sistema
funcionaba de maravilla para todos los implicados.
Pero
yo no tenía dinero ni modo de obtenerlo. Como otras miles de almas indigentes,
yo estaba completamente a merced del magistrado, mi sentencia dependía sólo de
su capricho, de su humor. Había leyes, desde luego, docenas de abultados
legajos atestados de decretos, edictos y normas rigurosas que cubrían cualquier
eventualidad, pero, de los magistrados que se ocupaban de los criminales en la
calle Bow, eran pocos lo que se molestaban en consultarías. Sentada en el
rincón, magullada, hambrienta y atemorizada, yo sabia que bien podía ser que me
condenaran a la horca, y sabía también que en todo el mundo no había una sola
persona a quien aquello le importara de veras. Puede que la Gran Moll derramase
un par de lágrimas, cierto, pero luego daría un suspiro, se encogería de
hombros y continuaría su vida. Yo no tenía a nadie, absolutamente a nadie.
“No
sirve de nada compadecerte de ti misma, Randy -me dije-. No sirve de nada. Eres
una luchadora, no una quejica, y no puedes darte por vencida tan fácilmente.
Cuando te hagan comparecer en el juzgado vas a contarle una historia tal al
puñetero magistrado que se pondrá a gritar dentro de la cerveza. Vas a
conseguir romperle su maldito corazón. Antes de que acabes tu historia lo más
probable es que te cuelguen alguna maldita medalla.”
Siempre
optimista, me consolaba con aquellas fantasías, pero una vocecita interior muy
lejana me decía que estaba dando palos de ciego. La historia lacrimógena no
había dado el menor resultado con el escocés, no había logrado conmoverle en
absoluto, y los magistrados de la calle Bow no eran célebres precisamente por
su compasión. Hacía falta ser cierta clase de individuo para condenar a otros
hombres a la horca o a pasar por las más espantosas e inhumanas torturas, y esa
clase de individuo no era probable que se conmoviera por una raterilla sucia a
la que habían sorprendido con las manos en la masa. Me arranqué una pulga de la
pierna arañada y me pasé los dedos por el pelo, negándome a hacerle caso a
aquella voz interior, negándome a renunciar a la esperanza. Cuando eso ocurría
uno se hundía ya de todas todas.
Poco
más tarde vino a buscarme el carcelero. Me obligó a ponerme en pie de un tirón
y me cerró los grilletes en torno a las muñecas; eran dos apretados brazaletes
de hierro con un pesado y largo tramo de cadena colgando entre ambos. Me dio un
empujón y me dijo que subiera por las escaleras. La mujer de la cara llena de
pústulas me escupió cuando yo pasaba ante ella. Ni siquiera me molesté en
hacerle un gesto con el dedo. Desfilé escaleras arriba con el carcelero
pisándome los talones. Este abrió la cerradura de la puerta y me empujó hasta
el pasillo. Uno de los ordenanzas que había visto en la puerta el día anterior,
un macizo patán con áspero pelo negro, la nariz rota y los ojos negros y
brillantes, estaba esperando allí. Los pantalones, el abrigo y la levita eran
de cuadros verde chillón y marrón, estaban muy ajados y le sentaban mal; el
color de la piel era de un amarillo horripilante.
-
Aquí la tienes - dijo el carcelero con un gruñido.
-
¿Al tribunal de Fletcher? - le preguntó el ordenanza.
-
Eso es. El la estará esperando con la peluca puesta dispuesto para dictar
sentencia, y por lo que he oído hoy se encuentra de un humor excelente. Ya ha
mandado ahorcar a cuatro, a dos los ha enviado a la picota y uno va a ser
azotado en público... una mujer a la que cogieron engañando a los clientes en
el puesto de pescado.
-
¿Cuántos latigazos?
-
Cincuenta.
El
ordenanza sonrió.
-No
quiero perderme ese espectáculo. Tiene que ser divertido mirar. Tú, chavala
-continuó dirigiéndose a mí-, vas a venir conmigo sin ocasionarme problemas o
será peor para ti. ¿Te has enterado bien?
- No
te ocasionaré ningún problema - le dije, sumisa.
-
Deberías haberle encadenado también los tobillos, Bullock - gruñó él-. ¿Por qué
demonios no le has puesto grilletes en los tobillos?
-
¿Acaso una muchacha de aspecto tan desgraciado como ésta te resulta demasiado
difícil de manejar?
-
Puedo manejarla perfectamente. Si me da cualquier problema le romperé las dos
piernas. ¿Me oyes, muchacha? Como le des algún problema a Jim Elsom te aseguro
que te arrepentirás de haberlo hecho.
-Te
oigo, Jim.
-
¡No me des coba tampoco! ¡Vamos!
Me
agarró por un brazo y me condujo hasta el exterior del edificio. Aunque estaba
bastante oscuro, la luz del día resultaba cegadora después de la oscuridad de
la mazmorra. Parpadeé y me tambaleé un poco. Jim Elsom masculló una maldición y
me arrastró por la acera, apartando a empujones a cualquier peatón que acertara
a cruzarse en su camino. Caminaba a paso vivo, con la mandíbula adelantada y
expresión amenazadora, y yo trotaba junto a él. Los oxidados brazaletes de
hierro se me clavaban en las muñecas. La cadena tintineaba y me golpeaba las
rodillas a cada paso que yo daba. Elsom me apretaba el brazo justo por encima
del codo, y los dedos se me clavaban en la carne mientras tiraban de mí hacia
adelante.
Bajamos
por Long Acre, con tramos de casas ruinosas, pequeñas tiendas y enormes
cobertizos que albergaban establecimientos de carreteros. Yo me sentía
físicamente muy débil y emocionalmente agotada; estaba tan hambrienta que
sentía una opresión en el estómago. Al pasar por la iglesia de St. Anselm y el
reducido cementerio manchado de hollín que había delante de ella, yo sabía que
resultaría inútil intentar escapar. Nunca lo conseguiría débil como me
encontraba y con aquellos malditos y pesados grilletes; además Elsom se me
echaría encima como un bulldog rabioso. Cruzamos Bow Yard y echamos a andar por
la calle Bow abajo. Era estrecha y sucia, una calle de colores marrón y
grisáceo, y todo estaba manchado de hollín. Carruajes y carros bajaban con gran
estruendo por la calle mientras los cocheros maldecían y hacían restallar los
látigos. Las aceras estaban abarrotadas de hombres de aspecto ruin que
holgazaneaban parados ante la puerta de las tiendas y de las cervecerías. El
alboroto era ensordecedor, el aire viciado y el ambiente amenazador.
Elsom
me arrastró hasta un edificio feo y achaparrado con travesaños de madera marrón
y un enlucido amarillento veteado de hollín. El tejado de pizarra gris
resultaba opresivo y le daba un aspecto muy pesado, por la parte superior, un
bosque de ruinosas chimeneas de ladrillos anaranjados y delgados tubos que
coronaban el edificio. Otras edificaciones se apretujaban a ambos lados, muy
pegadas. Elsom me condujo escaleras arriba, me hizo entrar en un vestíbulo
grande y polvoriento y me entregó a un oficinista flaco que iba vestido de
negro. Tenía la cara muy pálida y enjuta, con ojeras de cansancio bajo aquellos
apagados ojos marrones. Llevaba una peluca gris cubierta de un polvo añejo y
ligeramente ladeada; los dedos descarnados estaban todos manchados de tinta.
-
Aquí está la moza, James - dijo Elsom al tiempo que le entregaba al empleado la
llave que abría los grilletes-. Me han dicho que el viejo está hoy en forma.
El
empleado sorbió por la nariz con desdén.
-Y
yo qué sé-dijo con voz aguda y remilgada-. Ellos están en la sala.
-
Maricón -gruñó Elsom.
Los
dos me condujeron hasta una puerta de doble hoja que había en un extremo del
vestíbulo. El empleado dio unos golpecitos en el tosco panel de madera. Un
guardia corpulento abrió las puertas, me cogió por un brazo y me metió dentro
tirando de mi. Elsom y el empleado se retiraron. El guardia cerró las puertas y
me condujo por un estrecho pasillo entre dos filas de macizos bancos de madera.
Al final del mismo había una barandilla también de madera tras la cual se veía
una zona sin público llena de sillas y una pesada mesa cubierta de librotes
viejos y desgastados, todos encuadernados en piel, así como rollos de papel
atados con cintas polvorientas. La pared del fondo estaba forrada con paneles
de madera oscura en los que se distinguía una puerta pequeña y baja que
conducía al despacho, situado al otro lado de la pared.
La
sala de visitas se hallaba vacía. Olía a sudor, a humo y a miedo. Las velas
oscilaban con luz tenue en los deslustrados candelabros de bronce que había en
la pared. El yeso del techo, más bien bajo, estaba lleno de desconchones, y las
pesadas vigas de madera se notaban carcomidas. Era un lugar sofocante y
oprimente, con la atmósfera viciada. El guardia se quedó de pie a mi lado
delante de la barandilla sin dejar de sujetarme por el codo con fuerza. Me
temblaban las rodillas. Me parecía que las piernas iban a ceder bajo el peso de
mi cuerpo. Pasaron algunos largos momentos. El empleado flaco entró, le dio la
llave al guardia y luego, abriendo la cancela de la barandilla, ocupó el lugar
que le correspondía y se sentó en una endeble silla que había al lado de la
mesa.
La
puerta del despacho se abrió. Entró el magistrado seguido de Bancroft, Cam
Gordon y un cuarto hombre que supuse sería el abogado, aunque iba mucho mejor
vestido que los que se solían ver por la calle Bow. El y el magistrado hablaron
durante unos momentos en voz baja, el abogado con suavidad, el magistrado con
gestos bruscos e impacientes. Bancroft y Gordon pasaron por la pequeña puerta
de la barandilla y se sentaron en uno de los bancos. Gordon parecía aburrido.
Bancroft se veía muy satisfecho de sí mismo. Me hizo un guiño. Tras unos
cuantos momentos más de conversación, el abogado se reunió con los dos hombres
en el banco y el magistrado se instaló con aires de importancia detrás de la
mesa.
Era
un hombre bastante viejo, por lo menos contaría sesenta años. Tenía la cara muy
delgada, de un color amarillo grisáceo, con grandes bolsas bajo los ojos
grises; la carne le colgaba fláccida alrededor de la mandíbula. La nariz era
larga, aguda y aguileña, y los labios delgados carecían de color. La larga
peluca blanca parecía pesarle demasiado. Revolvió unos papeles, le habló con
aire irritado al empleado y luego fijó en mí una mirada helada. Las rodillas
seguían temblándome, y notaba que cualquier resto de esperanza se evaporaba. El
magistrado Fletcher tenía aspecto de ser un hombre de los que encuentran placer
en arrancarle las alas a una mosca antes de aplastarla con el dedo pulgar.
Respiré profundamente, y me esforcé por reprimir los temblores.
-
Miranda James - anunció el empleado.
-
Sí. Podéis retiraros, Peter -le dijo bruscamente el magistrado Fletcher.
-
Haga que le quiten primero esos malditos grilletes - solicitó Bancroft.
Fletcher
le dirigió una mirada heladora al corpulento rubio y luego le hizo una seña con
la cabeza al guardia. Me quitaron los grilletes. Tenía grandes verdugones en
ambas muñecas. El guardia se marchó. Yo me quedé sola de pie delante de la
barandilla, mirando fijamente al hombre que iba a decidir mi destino. El
magistrado se aclaró la garganta y revolvió algunos papeles más, curvando los
delgados labios como si acabara de chupar un limón especialmente agrio.
-
Miranda James, se te ha hallado culpable de un lamentable crimen - comenzó a
decir con una voz seca como el pergamino-. Es mi deber dictar sentencia en este
caso, y el castigo por el hurto es en verdad grave. Si se permitiera que
crímenes como el tuyo quedaran impunes, este gran país nuestro pronto se haría
inhabitable...
Siguió
hablando en un tono monótono, con palabras tantas veces repetidas maquinalmente
que habían acabado por perder todo significado. Yo permanecía muy quieta, con
la barbilla alta; aquella habitación sofocante y opresiva parecía girar
lentamente. Los oscuros paneles daban vueltas, la llama de las velas se me
hacía borrosa. Aquella voz seca e indiferente parecía llegar desde muy lejos.
Cerré los ojos y tuve que esforzarme para no desmayarme.
-...
colgada por el cuello hasta morir - concluyó.
Yo
me quedé mirándolo fijamente. Iban a colgarme. No sentía nada.
-
Sin embargo - continuó - eres una joven con mucha suerte. He hecho una generosa
y muy rara concesión en tu caso.
-
¿Con... concesión? - tartamudeé.
-
Estos caballeros han intercedido en tu favor. Nosotros no somos unos desalmados
- dijo empleando pomposamente el plural mayestático-. Tras las debidas
consideraciones, hemos accedido a hacer una excepción en tu caso.
-
¿No van a colgarme?
- En
lugar de la horca se te ha sentenciado a un período de siete años de
aprendizaje. De ordinario a los aprendices de criados se les transporta a las
colonias para ser vendidos allí en pública subasta, pero en este caso se ha
llegado a otro acuerdo.
-
No... no comprendo.
-Tu
contrato de aprendizaje le ha sido asignado al señor Cameron Gordon, y a partir
de ahora estás oficialmente obligada para con él.
-
¿Queréis... queréis decir que le pertenezco? ¿Cómo una maldita esclava?
-
Durante un periodo de siete años -dijo el magistrado Fletcher.
- ¡
Maldito infierno!
- Si
en cualquier momento llegases a disgustarle, si llegases a intentar huir de su
casa para reanudar tu antigua vida criminal, se te traerá de nuevo al juzgado y
se ejecutará debidamente la sentencia original.
El
sentimiento de debilidad y mareo se desvaneció. Ahora la habitación se había
quedado quieta, y noté que el color me volvía a las mejillas. ¡Menuda olla de
pescado! ¡ Aquel maldito cabrón haría cualquier cosa por conseguir una criada
que le durase! Me aparté de las sienes unos mechones húmedos de pelo castaño
rojizo y me ajusté el corpiño del mugriento vestido azul violáceo; una oleada
de alivio me recorrió todo el cuerpo. ¡No iban a colgarme! ¡No iban a mandarme
a la picota! Ni siquiera me iban a enviar a la prisión.
-
¿Entiendes bien el acuerdo? - inquirió el magistrado Fletcher.
Yo
asentí.
-
Soy suya - dije-. Si no está contento conmigo me devolverá al juzgado para que
me cuelguen.
-
Deberías estar extremadamente agradecida.
-
Oh, lo estoy -le aseguré-. Le estoy tan agradecida que de buena gana me pondría
a bailar una jiga. Gracias, señoría. Tenéis el corazón tan grande como una
casa.
Aquel
maldito hijo de puta me habría hecho colgar en un instante si no le hubieran
untado los bolsillos a base de bien. ¿Cuánto les habría costado? ¿Veinte
libras? ¿Treinta? Probablemente más. Puede que hasta cien, y además tendrían
que pagar a aquel abogado de lujo. ¿Tendrían? No, Cam Gordon no se gastaría ni
un penique para salvarme de la horca. Había sido el rubio, Bancroft. Todo
aquello era idea suya. Por eso había estado farfullando cosas acerca de las
criadas cuando me conducían a la cárcel el día anterior. ¡ Bendito fuera! El
era una buena persona, desde luego.
El
empleado se puso en pie.
- Se
levanta la sesión - anunció con aquella voz tan cursi. El magistrado le dijo
algo y luego los dos entraron en el despacho particular de éste y cerraron la
puerta tras ellos. Dejé escapar un suspiro, pues ya me sentía otra vez segura
de mí misma y tenía un hambre tal que habría sido capaz de comerme un caballo.
Los tres hombres se pusieron en pie. Bancroft le estrechó la mano al abogado,
le dio unas palmaditas en la espalda y le dijo que se verían pronto. Luego el
abogado se marchó. Bancroft volvió a hacerme un guiño y sonrió. Cam Gordon
seguía allí con cara de aburrido.
-
Bueno, muchacha. ¿Cómo te sientes ahora? - me preguntó Bancroft.
-Con
un hambre de mil demonios -repuse.
Se
echó a reír; los ojos marrones le bailaron, divertidos. Yo deseaba darle un
fuerte abrazo. Alargó un brazo y me lo ofreció como si yo fuera una maldita
señora. Apoyé la mano en él y Bancroft me escoltó por el pasillo; nos dirigimos
al polvoriento vestíbulo mientras Gordon iba en silencio detrás nuestro. Allí
se hallaban varios prisioneros que habían traído tres ordenanzas. “Pobres
desgraciados”, pensé. Ninguno de ellos iba a tener la suerte que había tenido
yo. Salimos los tres a la calle, yo aún cogida del brazo de Bancroft. La manga
de terciopelo era de lo más suave. Sí olía como un jardín. El viento le
revolvía los mechones de color dorado oscuro mientras avanzaba hacia el
bordillo de la acera; al llegar allí levantó el brazo e hizo una seña.
-
Espero que estés satisfecho, Dick - le dijo Gordon secamente.
-
Oh, ya lo creo. Y tú también deberías estarlo. Míralo de este modo, Cam, amigo
mío; has resuelto tu problema doméstico y no te has gastado un penique. Tu
amigo Richard Bancroft te ha prestado un gran servicio.
Cam
Gordon me dirigió una mirada calculadora.
-Yo
no estoy tan seguro de eso -replicó.
-
Voy a ser la criada más estupenda que hayáis tenido en la vida -le dije entre
dientes a sabiendas de que mentía- Os serviré las comidas, os zurciré las
medias y os limpiaré las botas, y tendré la casa tan limpia que os costará
trabajo reconocerla.
-Y
si no lo hace, siempre puedes pegarle -le recordó Bancroft.
- No creas que no lo haré.
Y
además aquel hijo de puta probablemente disfrutaría haciéndolo. Pero yo no
pensaba darle ocasión. Esta servidora no estaba dispuesta a hacerle de criada
al señor Cam Gordon, ni pensarlo, pero de momento les seguiría la corriente,
por lo menos hasta que hubiésemos salido de aquel vecindario en el que
pululaban tanto los guardias y ordenanzas. Un gran carruaje, todo de madera de
teca muy pulida con adornos de bronce al que iban enjaezados dos grandes
caballos bayos, se detuvo ante nosotros. Un mozo de librea saltó al suelo con
gran presteza y nos abrió la puerta. Bancroft, con burlona galantería, me
tendió la mano para ayudarme a subir. La tapicería era blanda, de cuero color
marrón. Las cortinas eran de terciopelo ámbar. El coche era una puñetera
maravilla, algo digno de una reina. Bancroft se sentó frente a mi, y a Gordon
no le quedó otro remedio que tomar asiento a mi lado. Era evidente que no le
hacía ninguna gracia, y olisqueaba manifiestamente.
- Huele igual que un establo de cabras - dijo
mientras nos alejábamos.
- Nada que no se pueda remediar con un buen baño
- replicó Bancroft.
- Y seguro que también tiene piojos.
-¡No
tengo! - protesté yo-. ¡ Soy muy cuidadosa con los piojos!
- Esto es una idea descabellada, Bancroft. No
debí permitir que me convencieras.
- Necesitabas una criada, Cam.
- Cierto; Una criada, no una golfilla malvada que
estoy seguro me rajaría con gusto la garganta por un puñado de peniques.
- ¿Le tienes miedo? - bromeó Bancroft.
Cam
Gordon no se dignó replicar a tan ultrajante sugerencia. Se quedó sentado con
los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos azules carentes de toda
expresión. Tenía el rostro lleno de planos y ángulos, la frente amplia, los
pómulos anchos y la línea de la mandíbula firme. En realidad no era una cara
falta de atractivo, quizás demasiado afilada y severa para resultar bella, eso
sí, pero innegablemente impresionante. Aquel espeso pelo liso era glorioso,
negro como el ébano y lustroso donde los haya, y una onda espesa le caía
ladeada perpetuamente sobre la frente como una “V” sesgada, con la punta a un
par de centímetros por encima de la ceja derecha. Los hombres podrían recelar
de Cam Gordon, evitarían tratar con él, pero era indudable que ciertas mujeres
lo encontrarían locamente fascinador.
-
Debo decir - comentó Bancroft - que el viejo Fletcher ha resultado bastante
fácil de manejar. En cuanto le llegó el tufillo de aquellos soberanos de oro
que Hampton mencionó, se sintió repentinamente dispuesto a hacer todo cuanto
quisiéramos. Aunque la muchacha hubiese matado a alguien a hachazos no le
habría importado en absoluto.
-Todos
ellos están corrompidos, son aún peores que los criminales que sentencian.
Fletcher no es ninguna excepción a la regla.
-
Hampton me aseguró que sería cosa de coser y cantar. Tenía todos los documentos
redactados antes de que fuésemos a la calle Bow.
-Ya
lo sé, Dick -dijo secamente Gordon-. Yo estaba delante. Aunque bastante a
desgana, podría añadir. Sigo pensando que toda la idea es una locura, pero a
uno no le queda más remedio que condescender con los amigos.
-
Hampton se ha llevado unos buenos honorarios, Fletcher se ha quedado un buen
soborno y tú has conseguido una criada permanente.
-Y
tú eres sesenta libras más pobre.
-
¿Qué es el dinero cuando se tiene oportunidad de hacer una buena obra? -
inquirió Bancroft elocuentemente-. No hace falta que te pongas de tan mal
humor, Cam. No te habría gustado que colgasen a la pobre niña. ¿O sí?
-
Por ahora me proporcionaría un considerable placer.
-No
hablas en serio. Ladras mucho más que muerdes, Gordon. Hace tiempo que te
conozco. Mírala - continuó -, está pálida como un fantasma, débil como una
gatita, y toda llena de arañazos y magulladuras. La vas a matar de miedo si
continúas poniendo esa mala cara. Ahora es propiedad tuya, hombre. Te pertenece
por completo.
-
Pues no me siento precisamente encantado.
-A
caballo regalado no se le mira el diente, Cam -dijo Bancroft jovialmente-. Esta
muchachita va a gastarse los dedos hasta el hueso trabajando para ti. Va a ser
tu adoradora y tu obediente esclava, ¿verdad, muchacha?
-
¡Oh, sí, señor! -le aseguré yo.
-
¿Ves? Ya te has ganado su corazón.
Gordon
emitió un sonido de desdén. Llevaba la misma ropa del día anterior: zapatos
desgastados, medias negras llenas de zurcidos, calzas, levita y una maltrecha
corbata de seda marrón. Olía a cuero, a sudor y a ropa húmeda, y observé que
tenía los dedos de la mano izquierda manchados de tinta. Eso quería decir que
era zurdo, como yo. Aunque ya no estaba tan tenso y nervioso como al día
anterior, aún se podía notar la energía y violencia que llevaba reprimidas en
su interior. Si ayer se había portado como un animal peligroso, tenso y
dispuesto a saltar, hoy se mostraba indolente, ya no estaba siempre al acecho.
Pero era igual de peligroso, me dije al recordar el modo cómo me había
manejado.
-
Por cierto - dijo Bancroft -, ¿cómo está la bella lady Evelyn? ¿Todavía
frecuenta tu humilde morada?
-
Con irritante regularidad.
-
Supongo que continúa queriendo salvarte de la miseria y arrastrarte hacia los
esplendores de Grosvenor Square. Ojalá yo tuviera una salvadora así,
maravillosa, experimentada y tan rica como Creso. Las viudas son siempre la
mejor apuesta, según he oído decir, y lady Evelyn suspira por hacer de ti un
hombre honrado.
-Y
bien que me doy cuenta.
- El
problema contigo, Cam, es que no te gustan las mujeres. Una vez que te has
acostado con ellas no ves el momento de sacártelas de encima.
Cam
Gordon no le contradijo.
-
Nunca he conocido a ninguna mujer que no me aburriese infinitamente al cabo de
una hora más o menos. Todas tiene la cabeza llena de pájaros. Su conversación
resulta necia. Sólo sirven para una cosa: cuidar de los hombres, satisfacer
nuestras necesidades. Si no fuera por la biología, yo habría sido un buen
monje.
“O
un gran inquisidor”, me dije yo.
-¿A
dónde... a dónde vamos? -pregunté con voz lastimera y sumisa.
- A
la calle Holywell - repuso Bancroft -. Un vecindario deliciosamente disoluto.
Lincon's Inn Fields y los Palacios de Justicia están cerca, y la calle Fleet se
encuentra justo a la vuelta de la esquina. Allí se encuentran carreteros,
vendedores ambulantes, editores, impresores, actores venidos a menos,
periodistas, escribanos y escritores a montones... la mayoría de estos últimos
están locos, por supuesto. Nunca he conocido a un escritor que estuviera
cuerdo.
Cam
Gordon no picó el anzuelo. Siguió mirando al vacío con aquello claros ojos
azules enfocados hacia escenas interiores. Quizás estuviera pensando en alguna
de sus condenadas novelas. El elegante carruaje había disminuido
considerablemente la velocidad. Avanzábamos centímetro a centímetro por una
calle estrecha y congestionada, y al mirar a través del reluciente vidrio vi
todo un grupo de vendedores de comida pregonando sus mercancías en las aceras.
Un tipo rollizo y jovial le estaba entregando un panecillo lleno de tocino
entreverado a una gran señora que iba vestida de rígido tafetán rosa. El
panecillo tenía un aspecto suculento, y la mostaza le goteaba por el borde. Me
apreté con las manos el estómago vacío y los ojos se me llenaron al instante de
deseo.
-Creo...
creo que me voy a desmayar -gemí-. Esos panecillos de tocino...
Richard
Bancroft se apresuró a dar unos golpecitos en la ventana que le quedaba justo
encima de la cabeza y le dijo al cochero que se detuviese un instante. Abrió la
puerta del carruaje y bajó de él de un salto. Casi al instante se produjo una
interrupción de tráfico.
- Si
quieres un panecillo de tocino, un panecillo de tocino es lo que vas a tener
-dijo airosamente.
-
Podríais comprarme también un cucurucho de esos camarones cocidos que veo allí;
y una patatas fritas me harán alcanzar la gloria.
-
¿Alguna cosa más? - inquirió él.
-
Creo observar que también venden limonada.
Los
látigos restallaban. Los caballos relinchaban. Un corpulento carretero cuyo
carro estaba cargado de barriles llenó el ambiente de algunas espléndidas e
ingeniosas maldiciones, pero nuestro cochero se negó en redondo a moverse. Cam
Gordon me clavó los dedos alrededor de la muñeca, sin dejar de mirar fijamente
al vacío. Se pensaba que yo iba a saltar fuera del coche para escaparme. Nada
más lejos de mi intención. Tenía que recuperar aún algunas energías antes de
intentar nada parecido. Tres golfillos callejeros se acercaron corriendo a
curiosear el interior del coche; se pusieron de puntillas para poder mirar por
las ventanillas.
Bancroft
regresó y ahuyentó a los golfillos para que se fueran a otra parte. Llevaba los
brazos cargados de una maravillosa e imponente colección de comida. Me entregó
un panecillo de panzeta y se sentó. Puso buen cuidado en no derramar la
limonada cuando el coche inició de nuevo la marcha. Devoré el bocadillo de
tocino... una auténtica felicidad con grandes trozos de tocino entreverado y
grumos de mostaza picante metidos dentro. Luego di cuenta de las patatas
fritas, que me comí a puñados, y por último me dediqué a los rollizos camarones
rosados que iban envueltos en papel. La limonada, dulce y agria, estaba
deliciosa. Cuando me la terminé, Bancroft me tendió una manzana grande y
crujiente. Hundí los dientes en ella y mastiqué ruidosamente.
-
Mujercilla glotona - comentó Gordon-. Me costará una fortuna alimentarla.
- Se
ve que la pobrecita estaba muerta de hambre - le dijo Bancroft.
-Nunca
había hecho una comida así de buena -dije yo.
Después
de dejar caer el corazón de la manzana en el suelo del carruaje y de limpiarme
las manos con el borde del vestido, me recosté satisfecha contra el blando
acolchado de cuero. Es asombroso lo que una buena y sólida comida puede hacer
por uno. Excepto algún que otro dolor y varias magulladuras, me sentía en forma
y tan descarada como siempre. Figúrense, yo viajando en un carruaje
elegantísimo como aquél, exactamente como una duquesa de verdad; aquel
caballero tan apuesto me sonrió y sacó por sorpresa una bolsa de peladillas del
bolsillo. Le dirigí una deslumbrante mirada y empecé a meterme las almendras en
la boca. Si se hubiese tratado de Bancroft, no habría vacilado un instante en
instalarme con él para sacarles brillo a sus botas sin presentar nunca una sola
queja.
-
¿Vos también vivís en la calle Holywell? - le pregunté.
-
Cielos, no - replicó Bancroft con un horror simulado-. Un patricio como yo
estaría como un pez fuera del agua en un medio de tan dudosa reputación. Poseo
unos ostentosos aposentos en Leicester Square, como le corresponde al hijo
segundón de un conde.
-
¡Caramba! ¿Sois hijo de un conde?
-
Eso me temo - admitió Bancroft -. No es que me sirva de mucho. Obligado como
estoy a trabajar, ay, en los campos de Mammon. Mi hermano es ahora el dueño y
señor del feudo y tiene una esposa sorprendentemente fértil. Cuatro mocosos ha
parido ya, todos ellos varones. Algernon me considera la oveja negra de la
familia, y por ello se desentendió de mí hace mucho tiempo. Yo tengo que
trabajar para ganarme la vida, como el pobre Cam aquí presente.
-
¿Vos también escribís libros?
-Ni
pensarlo. No, yo soy un gallardo empleado del Banco de Inglaterra especialista
en inversiones. Si alguna vez quieres doblar tu dinero, dámelo a mí. Lo
invertiré en alguna mina de oro peruana o en una fábrica de cañones en
Alemania, y te convertiré en una mujer rica. Al parecer tengo ese toque mágico
en lo que al dinero se refiere. No sé por qué.
-
Debe de ser fantástico trabajar en un banco.
- Me
temo que no resulta nada fantástico, y procuro pasar el menor tiempo posible en
aquellos salones santificados. Prefiero con mucho ir de juerga por ahí con mis
desagradables amigos, tipos que escriben poemas épicos de sangre y trueno y
viven en la calle Holywell.
-
¿Estamos llegando ya?
-
Casi. Ahora nos encontramos en la calle Fleet. Por cierto, Cam - añadió-, mandé
a mi criado a comprar unas cuantas cosas para esta ladronzuela; le pedí que las
trajese a tu casa. Zapatos y medias, enaguas, un vestido... le dije que era más
o menos de la talla de mi prima Lucie. Si no le sirven, le mandaré a comprar
otros.
-
Muy precavido por tu parte.
- No
puedes tenerla por la casa medio desnuda. Se morirá de frío.
Pensé
que lo de la ropa era una lástima, pero unos trapos así sólo me traerían
problemas en St. Giles. Menuda cara pondría la Gran Moll cuando le contase mis
aventuras; se le saldrían los ojos de la órbitas, y las chicas se pondrían
verdes de envidia cuando les contase lo de Richard Bancroft, su traje de
terciopelo y la bolsa de peladillas. Nunca se creerían lo del carruaje, ni lo
del cochero y el mozo de caballos vestido con librea de terciopelo marrón y
galones dorados. Pensándolo bien, ni yo misma me lo acababa de creer. Recostada
contra la mullida tapicería, con el estómago lleno, di un suspiro de
satisfacción de tanto como estaba disfrutando.
Por
la ventana veía librerías, imprentas y cafés de aspecto acogedor, lugares
maravillosos con caprichosas fachadas de ladrillo y ventanas de vidrio. Había
arcos que conducían a patios fascinantes. Tipos de aspecto muy ocupado con los
faldones de la levita aleteando y el pelo movido por el viento iban de acá para
allá a toda prisa agitando papeles o transportando brazadas de libros. Rollizos
caballeros de aspecto distinguido con pelucas grises y levitas discretas
estaban de pie delante de los cafés discutiendo ardorosamente acerca de algún
candente tema literario. Críticos y editores. Poetas y periodistas. Vendedores
de periódicos que agitaban en el aire las últimas ediciones. Aquello era la
calle Fleet, la famosa vía pública que cada día proporcionaba a la ciudad una
riada de palabras, docenas de periódicos y revistas, una auténtica descarga de
hojas impresas, libros a montones, toda una intermitente cascada de material
impreso. Aquello era la gloria. Tendría que explorarlo cualquier día, puede que
robase alguno de aquellos libros que había expuestos sobre las aceras.
El
carruaje torció al salir de la calle Fleet y se adentró en Holywell; unos
minutos más tarde se detenía delante del número diez, un edificio grande y poco
firme de cuatro pisos de altura con un arco en la fachada que conducía al
patio. Ladrillo amarillo muy viejo. En la fachada se veían fantásticos balcones
de madera. Altos tejados puntiagudos y elevadas chimeneas. Un restaurante
barato, una taberna y una tienda de mantequilla y queso ocupaban la planta
baja. Las personas que vivieran en el número diez no tenían que ir muy lejos
para buscar vituallas. A través del estrecho arco vislumbré una bomba de agua y
algunas cuerdas llenas de ropa puesta a secar a la que la brisa hacía ondear de
un lado a otro. Pensé que aquel lugar parecía maravillosamente acogedor. En St.
Giles no había nada parecido. Lástima.
El
mozo abrió la puerta del carruaje. Bancroft bajó ágilmente y me tendió la mano.
Yo me apeé, dulce y sumisa como la que más. Gordon, serio, receloso, se reunió
con nosotros. Yo le sonreí. Bancroft me soltó la mano. Gordon extendió la suya
para sujetarme. Yo le cogí la mano con las dos mías y le clavé los dientes en
la palma. El soltó un rugido. Noté el sabor a sangre. En un abrir y cerrar de
ojos le solté la mano, le hundí el puño en el estómago y, cuando se dobló, le
golpeé además en la mandíbula.
-¡Encaja
eso, matón!
Y
luego eché a correr. Corrí tan rápido como el viento, y al sentir el suelo bajo
mis pies desnudos me vi asaltada por un salvaje júbilo. Los dos hombres
salieron tras de mí. Podía oírlos a mis espaldas, las botas resonaban muy
fuerte. Me eché a reír; veloz como una saeta doblé la esquina y bajé volando
por otra calle hasta dejarlos muy atrás. Ni en broma me atraparían. La duquesa
Randy no estaba dispuesta a convertirse en propiedad de nadie. Ni hablar. Aquel
puñetero escocés iba a tener que buscarse otra esclava.
5
Rayos
de color naranja oscuro entraban inclinados a través de los tejados y esparcían
espesas sombras sobre las calles. Se estaba haciendo de noche por momentos, y
también el frío era cada vez mayor; yo tenía ganas de llegar a la carbonera.
Ahora ya podía ver delante mío las torres de St. George, las más altas de las
cuales aparecían adornadas de un resplandor dorado anaranjado y las más bajas,
en las sombras, de un azul profundo. Me sentí aliviada. Me había resultado
bastante fácil eludir a mis perseguidores (después de que corrieran tras de mi
durante unos minutos los había perdido de vista por completo), pero al hacerlo
me había desorientado un poco y me había tenido que pasar horas vagando por
calles desconocidas. Ahora me encontraba por fin en un terreno que me era
familiar. Seguí avanzando a toda prisa mientras tiritaba a causa del viento
helado que corría por la calle.
Cuando
por fin llegué a la altura de la iglesia, las torres de St. George ya habían
perdido el color dorado; las majestuosas piedras estaban veladas por sombras
espesas, negras y azuladas hasta el punto de que no era posible distinguir el
menor asomo de mármol blanco. Detrás, St. Giles acechaba como una gigantesca
bestia marrón con las mandíbulas abiertas de par en par y dispuesta a
devorarme. En la barriga de la bestia me hallaría a salvo. Aquel maldito
escocés nunca seria capaz de encontrarme allí. Al pasar corriendo junto a la
iglesia oí un crujido de ropa. Alguien salió de detrás de una de las columnas y
se me acerco a toda prisa.
-¿Randy?
¿Eres tú?
Era
Sally, la rolliza y alegre Sally, la de los alborotados rizos negros. Sólo que
ahora no tenía un aspecto muy risueño. En la penumbra se le veía la cara
agotada y los grandes ojos marrones sobrecogidos por el miedo. Llevaba un ajado
vestido rosa de algodón, un endeble chal de lana gris que apenas sí le cubría
los hombros desnudos, y el escote le dejaba la mitad de los pechos al
descubierto. Mirando alrededor con aprensión, me cogió por un brazo y me hizo
adentrarme en las sombras.
-
¡Sally! -exclamé-. ¡Cualquiera diría que acabas de ver un fantasma!
-
Ven, vente aquí conmigo, detrás de esta columna. ¡Jesús! Llevo horas y horas
esperándote por aquí. Ayer también te estuve esperando toda la tarde y la mitad
de la noche, y luego me relevó Nan.
-
¿Vosotras me habéis estado esperando a mí?
Sally
hizo un movimiento afirmativo con la cabeza y los rizos le saltaron por el
aire. Tiró de mí para que me adentrase más en la oscuridad que había detrás de
la columna y me hizo callar al observar que pasaba alguien. Cuando el ruido de
los pasos se apagó en la distancia, dejó escapar un profundo suspiro de alivio.
-Nos
envió la Gran Moll, dijo que para llegar a casa tenias que pasar por delante de
St. George y nos ordenó que viniéramos a detenerte. “No permitáis que esa
muchacha ponga los pies en St. Giles”, nos ha dicho. El... él te está buscando,
Randy.
-
¿El? ¿De qué estás hablando, Sally?
-
Black Jack Stewart. Te vio ayer por la mañana, averiguó quién eras y empezó a
hacer preguntas. Se enteró de dónde duermes y sabe que tienes la costumbre de
venir a visitar a la Gran Moll. Tiene hombres apostados en los dos sitios
esperando a que aparezcas. Quiere conseguirte.
Se
quedó callada y tiritó de nuevo, aunque esta vez no era a causa del frío.
- El
en persona vino a la casa. Abofeteó a la Gran Moll, y le hizo muchas preguntas
sobre ti. Todos sus hombres conocen tu descripción, y están poniendo St. Giles
boca abajo buscándote. El... le dijo a la Gran Moll que ibas a ser su chica más
importante, y le explicó que él personalmente iba a enseñarte a serlo.
Recordé
aquella figura alta y esquelética con calzas verde botella y una levita de
satén negro adornada con sucios galones dorados. Recordé la nariz grande y
ganchuda, los labios lascivos, el negro y brillante parche que llevaba sobre el
ojo derecho, y me acordé también del modo en que me había mirado fijamente con
el único ojo que le quedaba sano. A aquel ojo no se le escapaba un detalle. Era
muy probable que Alf, el aprendiz de panadero, no me hubiese delatado, pero a
Black Jack no le habría costado mucho tiempo averiguar quién era yo. Tirité de
nuevo y pensé en aquella mirada y en lo que significaba.
-Tiene
intención de conseguirte como sea -me dijo Sally con voz temblorosa.
- Ni
hablar - repliqué al instante-. No le voy a dar ocasión de hacerlo.
-
Black... Black Jack es un hombre muy poderoso, no hay en todo Londres nadie que
lo sea tanto como él. Cuando se le mete en la cabeza conseguir algo...
- ¡A
mi no va a conseguirme nunca!
- La
Gran Moll está muy preocupada. Dice que no puedes volver a St. Giles, Randy,
que no es un lugar seguro para ti. Ahora mismo los hombres de Black Jack están
peinando el barrio, como te he dicho. Estás metida en un lío terrible.
-Ya
lo sé-le dije.
Ahora
mi voz sonaba serena. Sabia lo que tenía que hacer. No seria agradable, pero
resultaría incomparablemente mejor que trabajar tumbada de espaldas para Black
Jack Stewart. Sally me apretó el brazo y me atrajo hacia ella cuando alguien
pasó por delante de la iglesia. Los últimos rayos de color naranja oscuro ya se
habían desvanecido. Miré con los ojos entornados hacia los estrechos callejones
de St. Giles; unas pocas luces parpadeantes empezaban a brillar entre toda
aquella negra miseria. Percibí el hedor. Si entraba en aquel asqueroso
laberinto que yo tan bien conocía, con toda seguridad los secuaces de Black
Jack me echarían el guante.
-
¿Qué vas a hacer, Randy? -me preguntó Sally.
-Me
largo -le dije-. Ayer conocí a un hombre. Es el mayor bárbaro que he conocido
en mi vida, pero... bueno, es una historia muy larga y ahora no tengo tiempo
para contártela, preciosa.
-
¿Te vas a ir con ese hombre?
Asentí.
-
Sally, dale... dale un abrazo de mi parte a la Gran Moll. Dile que la echaré de
menos.
-
Nosotras también te echaremos de menos a ti, Randy -dijo Sally. La voz le
temblaba a causa de la emoción-. Tú... has sido como de la familia. Cuídate,
¿me oyes?
Me
dio un fuerte abrazo. Tenía las mejillas húmedas a causa de las lágrimas. Me
apreté con fuerza contra ella, deseando echarme a llorar yo también, y luego
lancé un suspiro, erguí los hombros y le dije adiós. Sally permaneció detrás de
la columna mientras yo me adentraba a toda prisa en la oscuridad alejándome de
St. Giles, alejándome de una vida de cautiverio muchísimo peor que la que me
esperaba en la calle Holywell. Cam Gordon iba a llevarse una sorpresa cuando me
viera aparecer en el umbral de su casa; lo más probable era que me propinara
una paliza de miedo, pero con él yo me encontraría a salvo, lejos de las garras
de Black Jack y su pandilla. Y además siempre podría escaparme otra vez cuando
las cosas se hubiesen calmado un poco.
“Maldición
- pensé mientras caminaba penosamente por las aceras volviendo sobre mis
pasos-. La vida a veces resulta puñeteramente dura.” Me acordé de mi bienamado
libro de Shakespeare, que estaba oculto bajo una tabla del suelo en la
carbonera de Hawkins. Me horrorizaba dejarlo atrás. Era el único eslabón que me
unía al pasado, el único que me unía a mi madre. Ahora si que deseaba echarme a
llorar. Quería llorar a moco tendido. Era muy difícil ser una luchadora,
mostrarse fuerte y autosuficiente todo el tiempo.
Un
caballero de aspecto desastrado que iba ataviado con un sobretodo oscuro se
fijó en mi al pasar yo por delante de una cervecería. Echó a andar detrás de
mi. Me di la vuelta en redondo y le dije que ahuecara el ala a menos que
quisiera una buena dosis de gonorrea. Una muchacha no podía bajar la guardia ni
un solo instante, ni siquiera podía pasar por una calle compadeciéndose de si
misma sin tener que representar el papel de gato callejero enfurecido.
¡Hombres! ¡Eran todos unos canallas! ¿Quién los necesitaba, a los muy cabrones?
Al mundo le iría mucho mejor sin hombres.
Tardé
más de una hora y media en volver a encontrar la calle Holywell. El hombre del
restaurante barato que había en la planta baja del número diez me dijo que
claro que conocía a Cam Gordon, era un tipo que iba al restaurante con
frecuencia, un hombre taciturno que siempre ponía mala cara y jamás tenía una
palabra amable para nadie. Vivía a este lado del patio, en el último piso. No
podía ser de otro modo, cavilé mientras subía por las escaleras. La luz era
escasa, y los peldaños de madera crujían. Olía a repollo. Un niño de pecho
lloraba a gritos en uno de aquellos pisos. Una rubia de aspecto alegre con
faldas de volantes estaba forcejeando con un tipo musculoso en uno de los
rellanos inferiores y lanzaba risitas mientras él le metía la mano bajo el corpiño.
Bonito lugar aquel. A fin de cuentas no parecía tan diferente de St. Giles,
sólo algo más limpio y menos peligroso.
Encontré
el piso. Me quedé ante la puerta jadeando un rato después de subir todos
aquellos malditos escalones.
Di
voces dentro. Gordon no se encontraba solo. Quizás estuviera entreteniendo a la
bella lady Evelyn. No, las dos voces eran masculinas. Contuve la respiración,
me arreglé un poco el pelo y luego llamé enérgicamente a la puerta dispuesta a
enfrentarme a lo peor.
Abrió
él. Se quedó mirándome. Se había quitado la levita y la corbata marrón. La
camisa blanca de seda muy fina estaba bastante raída, y la llevaba abierta por
el cuello. Las mangas eran amplias, recogidas en las muñecas, y los faldones de
la prenda se hallaban metidos flojamente bajo la cintura de las ajustadas
calzas negras. Noté que llevaba la mano derecha vendada. Tenía una jarra en la
izquierda.
-Hola
-dije esforzándome por parecer agradable-. He venido a casa.
-¿Ah,
sí? ¿Has vuelto?
- En
realidad no me escapé - le expliqué-. Sólo quería despedirme de los amigos.
-
¿Quién es? - inquirió Bancroft. Yo no podía verlo, pero era imposible dejar de
reconocer aquella voz.
-Adivina
-le contestó Gordon.
Bancroft
se levantó y se acercó hasta la puerta; se quedó de pie detrás de Gordon. Le
dediqué la mejor de mis sonrisas. El pareció completamente consternado, después
encantado. Cam Gordon tenía aspecto de estar en extremo perturbado, y yo
realmente no podía culparlo por ello. Cuando muerdo a alguien, le muerdo
fuerte.
-
¿No vais a decirme que pase? -le pregunté.
Cam
Gordon me agarró por el brazo con la mano vendada, me hizo entrar de un tirón y
cerró la puerta dando un golpe tan fuerte que todas las paredes retumbaron. No
me alarmé. Ya me esperaba ciertos malos tratos.
-
Vaya, esto sí que es una sorpresa - comentó Bancroft.
- ¡
La voy a devolver! - atronó Gordon- ¡ Lo primero que haré mañana por la mañana
es llevársela de vuelta a Fletcher y decirle que la cuelgue!
-Tranquilo,
amigo. No hay necesidad de dejarse llevar por los nervios.
-
¡Salvaje! El médico me ha dicho que puedes haberme contagiado. Me untó toda la
mano de medicina antes de vendármela. Escocia como un demonio.
-No
tengo la rabia -le aseguré.
-
¡Cierra la boca! La devuelvo, Bancroft. Es lo primero que haré por la mañana.
- ¿Y
qué vas a hacer con ella mientras tanto?
-
Voy a atarla tan fuerte que no podrá ni moverse; luego le meteré una mordaza
hasta la garganta y la encerraré en un armario.
-
¿Por qué no nos tomamos primero otra jarra de grog? - le sugirió Bancroft.
-
¡Nunca debí acceder a poner en práctica ese ridículo plan tuyo, Bancroft! ¡Tú y
tus malditas buenas obras!
Richard
Bancroft sonrió sin alterarse lo más mínimo por el acalorado estado de su
amigo. Era evidente que ya había visto a Gordon de aquella guisa en múltiples
ocasiones. Esbozando una sonrisa y con ojos divertidos, cruzó majestuosamente
la estancia para servirse otra jarra de vino caliente con especias. Olía
deliciosamente bien. El fuego crepitaba en la chimenea de ladrillo gris, que se
encontraba llena de polvo. La habitación era muy grande y estaba increíblemente
desordenada. Había ropa esparcida por todas partes. Libros y papeles atestaban
cualquier superficie disponible y también podían verse derramados por el suelo.
Había una claraboya con los cristales rajados a través de la cual se distinguía
el cielo estrellado. Bajo la misma, en una gran mesa de madera, se apiñaban
papeles, plumas, un enorme tintero y más libros. Había telarañas por doquier,
bolas de pelusa y montones de platos sucios. ¡No era de extrañar que las
criadas le durasen poco!
-
Toma, Cam - dijo Bancroft al tiempo que le cogía a Gordon la jarra vacía y se
la substituía por otra que acababa de llenar-. Cálmate. Al fin y al cabo la
chica ha vuelto. Creo que deberías concederle otra oportunidad.
-
¡Voy a estrangularía!
Bancroft
echó una ojeada por la habitación como el que no quiere la cosa.
-Yo
esperaría un día o dos -le aconsejó-. Haz que primero te limpie la casa.
Gordon
gruñó y se dejó caer en un sillón verde muy usado por uno de cuyos brazos
asomaba el relleno. Se bebió el vino caliente con especias sin dejar de fruncir
el ceño ni un instante de tan enojado como estaba; luego dejó a un lado la
jarra y me miró con ojos feroces. Me acerqué hasta ponerme delante del fuego
para calentarme la parte de atrás del cuerpo. Bancroft se apoyó ociosamente en
el brazo de un horrible sofá azul al que se le habían saltado los botones, y
nos miró a ambos con expresión divertida.
-
¡Te vas a dejar el culo trabajando! -me dijo Gordon.
-Sí,
señor -contesté mansamente.
-Vas
a obedecer todas mis órdenes.
-Si,
señor -dije con dulzura.
-
¿Ha quedado todo claro?
-
Clarísimo.
-
Quítate ahora mismo esos harapos asquerosos. Echa-los al fuego.
- ¡Y
un huevo, maldito libertino! ¡No creáis que vais a verme las tetas y el culo!
¡Ni pensarlo! ¡Ningún hombre les ha puesto nunca la vista encima, y desde luego
vos no vais a ser el primero en hacerlo!
Se
levantó del sillón. Cruzó en dos zancadas la habitación, abrió de par en par la
puerta de un armario enorme y sacó de él una bata arrugada de satén marrón. Se
acercó a mí, me puso la bata en las manos y me advirtió que me concedía
exactamente sesenta segundos para quitarme de encima aquellos asquerosos
harapos.
-
Volveos - le dije bruscamente.
Puso
mala cara. Luego se dio la vuelta.
-Vos
también -le indiqué a Bancroft.
Pareció
decepcionado, pero también se puso de espaldas. Me arranqué el harapiento
vestido azul violeta y las mugrientas enaguas que llevaba debajo y arrojé las
dos cosas a las llamas. Desnuda como vine al mundo, me deslicé dentro de la
bata. Me iba muy grande, claro está, y olía a polvo y a alcanfor, pero el satén
producía una deliciosa sensación en la piel. Me anudé la cinta alrededor de la
cintura, me remangué hasta los codos y les dije a aquellos hombres que ya
podían mirar.
Cam
Gordon me cogió por la muñeca y me arrastró con rudeza hasta la habitación
contigua, que en cierto modo era una cocina. Había una enorme y fea chimenea
con ganchos para colgar sobre el fuego grandes ollas negras. También un inmenso
armario cuyas puertas colgaban holgadamente de los goznes. Una mesa de madera
sobre la que se apilaban gran cantidad de platos sucios, cortezas de queso,
botellas vacías y un pedazo de salchicha seca y dura como el cuero. Las oscuras
y ahumadas paredes estaban adornadas con dibujos producidos por el moho. Un
gran barreño de hojalata se hallaba dispuesto contra una pared. Gordon me lo
señaló al tiempo que lanzaba por los ojos un fuego de color azul.
-
¡Ahí tienes el barreño! Hay una bomba de agua en el patio. Llévate allí esas
ollas y llénalas de agua. Luego las traes. Calienta el agua en el fuego. Llena
el barreño. Frótate hasta que haya desaparecido la última capa de mugre.
-No
puedo bajar al patio vestida de esta manera -le indiqué, siempre tan razonable.
Aquellas
llamas azules relampaguearon. Se le tensó la boca. Daba la impresión de que
estuviese deseando ponerme las manos en la garganta. Sonreí dulcemente, mansa y
sumisa. Cam Gordon no llegó a estallar. Bajó él mismo las ollas al patio
mientras Bancroft me ayudaba a arrastrar el barreño hasta la otra habitación y
a colocarlo ante la chimenea. Hacia demasiado frío para bañarse en la cocina,
le explicamos al airado escocés cuando regresó. El agua se calentó y llenamos
la bañera. Gordon me dio una toalla y un pedazo de jabón y luego me llevó la
ropa que e] criado de Bancroft había comprado previamente.
-
¡Báñate! -me ordenó.
-Vos
y el otro caballero tendrán que salir de esta habitación.
-
¡Jesús! ¡No puedo resistirlo más! ¡Voy a matarla!
-
Mira, Cam, ¿por qué no nos acercamos a “The Red Doe” y nos tomamos algo que sea
una pizca más fuerte que este vino? Te vendrían bien unas cuantas copas, amigo
mío. Dejaremos que la chica lleve a cabo sus abluciones en privado. Puedes
cerrar la puerta con llave cuando salgamos.
Gordon
accedió de mala gana. Habría preferido quedar-se y estrangularme. Se marcharon.
Oí girar la llave en la cerradura. Me quité la bata, cogí el pedazo de jabón y
me metí en el barreño. El agua estaba a una temperatura deliciosa. Me froté una
y otra vez en medio del lujoso y dulce olor a jabón y a espuma. Las capas de
suciedad iban desapareciendo. La piel empezó a adquirir un precioso esplendor.
Las llamas crepitaban en la chimenea. Un viejo reloj de bronce que había en la
repisa dejaba oír su perezoso tic-tac. Seguí frotando y perdí la noción del
tiempo. Me lavé el pelo y lo aclaré; luego volví a lavármelo, y cuando por fin
me decidí a salir del barreño había transcurrido más de una hora.
Desnuda,
muy contenta, me sequé y luego examiné detenidamente las ropas que Gordon había
dejado tiradas sobre un sillón. Unos escarpines maravillosos de color azul
claro, hechos de piel de cabrito y con unos tacones de cinco centímetros.
Medias de seda blanca tan delgadas que eran casi transparentes. Una combinación
blanca de seda gruesa, rica y cremosa, que formaba ondas como pétalos. Un
vestido de muselina color verde lima estampado con diminutas hojas de un verde
más oscuro y florecitas azules. ¡Caramba! ¡Aquello debía de haber costado una
fortuna! Y todo nuevo por estrenar. Acaricié las prendas, me froté contra las
mejillas la espléndida seda, toqué el suave cuero y vacilé largo rato antes de
atreverme a ponérmelas.
La
combinación se me adhería al busto y a la cintura como una segunda piel y me
acariciaba suavemente; la falda de la misma tenía un vuelo maravilloso. El
corpiño del vestido era escotado, de manga corta, y un poco ajustado en la
cintura. La falda de muselina caía acampanada sobre la combinación, y ambas
crujían mientras yo daba vueltas como una bailarina. ¡Si las chicas pudieran
verme con aquellos trapos! ¡ Seda auténtica! ¡ Muselina estampada! Estuve
bailando durante unos minutos sin dejar de dar vueltas por la habitación, y
luego me acomodé en una silla para ponerme las medias. Ay, eran demasiado
grandes, y el criado de Bancroft no había comprado ligas. Los zapatos me iban
pequeños, me apretaban los pies de una forma horrible. De todos modos, ¿quién
necesitaba zapatos y medias? Los puse a un lado y me senté feliz al calor del
fuego a fin de que se me secara el pelo. Poco a poco, a medida que el calor
hacía su trabajo, me fue quedando tan suave como una pluma.
Imagínense,
yo allí sentada delante de una chimenea encendida, abrigada como la que más,
vestida de seda y muselina. Era para no creérselo. Los leños se habían
consumido entre resplandores de color rojo anaranjado, y cayeron deshechos en
cenizas; las brasas resplandecían como rubíes, el calor me calentaba por todas
partes. Me pasé la mano por el pelo. Ahora que ya estaba seco del todo tenía el
mismo tacto suave que la mismísima seda. ¿Tendría aquel hombre un cepillo? Me
levanté y me aventuré hasta una tercera habitación, mayor que la cocina pero
bastante más pequeña que la que yo acababa de abandonar. Una gigantesca cama
con columnas y cabezal tallados, otro armario y un tocador, ambos tallados
igual que la cama. Madera vieja, ennegrecida con los años, pero de todos modos
preciosa. Más libros. Más polvo. Más desorden.
Encontré
un cepillo sobre el tocador, y en la pared, por encima del mismo, un enorme
espejo. ¡Caray! ¿Quién seria aquella desconocida? ¿Quién seria aquella muchacha
con la piel lozana y radiante, de resplandecientes ojos azules y cuyo pelo
brillaba como el fuego? No podía ser Randy. Imposible. Contemplé el reflejo en
el espejo, asombrada de lo que veía. Era una maldita aristócrata de pómulos
altos con nariz recta y labios sensuales de color rosa. Ladeé la barbilla con
arrogancia, bajé los párpados e hice una exagerada reverencia. Mejor que
cualquier otra cosa que yo hubiera visto hasta entonces, de veras, y la
golfilla callejera le sacó la lengua a la presumida señorita que había en el
espejo.
Me
cepillé los cabellos hasta hacer que cayeran en lustrosas ondas y que brillaran
ante los tenues rayos de luz. Dejé el cepillo, le eché una última ojeada a
aquella extraña que veía en el espejo y volví a la habitación delantera;
calenté el vino condimentado con especias y, cogiendo la jarra que Gordon había
dejado en el otro extremo de la estancia, la llené de aquel grog caliente
endulzado con canela. Era pura gloria, me hizo sentirme a gusto por dentro y me
produjo una especie de somnolencia y un sopor muy agradables. Me senté en el
horrible sofá azul. Los muelles protestaron. Se levantó mucho el polvo cuando
me recosté en los abultados cojines azules. El perezoso reloj que había en la
repisa de la chimenea continuaba con su tic-tac. Eran más de las diez. Bancroft
y el escocés debían de estar divirtiéndose a lo grande en “The Red Doe”; lo más
probable era que estuvieran alborotando con las muchachas, exactamente igual
que hacían el resto de los hombres.
Bostecé;
allí, acurrucada contra los cojines en aquel ambiente tan cálido, tenía todo el
sueño que se puede tener. Sentía un delicioso resplandor interior a causa del
vino y me apetecía tomarme otra jarra, pero me encontraba demasiado cómoda como
para levantarme e ir a buscarla. Apoyé la cabeza hacia atrás y contemplé a
través de la claraboya el cielo, de un negro aterciopelado, que estaba lleno de
estrellas parpadeantes y borrosas. “Eres una muchacha con suerte, Randy - me
dije-. No te va a ir tan mal aquí. Tendrás ropa que ponerte, comida para
saciarte y una casa caliente y agradable; y si no resulta, siempre estarás a
tiempo de volver a tu antiguo negocio. Al escocés se le va la fuerza en
amenazas y bravatas, pero en realidad no es tan fiero.”
Los
párpados se me cerraban más a cada minuto que pasaba. Me quedé dormida, y una
hora más tarde me desperté sobresaltada al oír el sonido de unas pisadas que
resonaban en la escalera. Me incorporé y me froté los ojos al tiempo que la
llave giraba en la cerradura. Bancroft entró primero, muy colorado y contento y
no del todo sobrio. Llevaba arrugada la magnífica levita de terciopelo y la
corbata floja. Tenía revueltos los rubios cabellos, y se puso a cantar a
grandes voces y con enorme entusiasmo una balada extremadamente obscena. Cam
Gordon entró detrás de él, cerró la puerta de golpe, puso mala cara y le tapó
la boca a Bancroft con la mano derecha.
-
¡Jesús, Bancroft! ¡Vas a conseguir que me echen de aquí! Un hombre en modo
alguno debería tocar el oporto si no sabe controlarse.
Bancroft
se apartó aquella mano de la boca, le dirigió una hosca mirada a Gordon y le
dijo que era un mal educado hijo de puta y que no apreciaba en absoluto la
buena música. Gordon frunció el ceño, mucho menos enojado de lo que aparentaba
estar. Le dio a su amigo un rudo empujón que era más de cariño que otra cosa y,
cuando Bancroft empezaba a perder el equilibrio, lo sujetó por un brazo a fin
de mantenerlo derecho.
-
Este hombre es un puñetero genio de las finanzas y sin embargo no es capaz de
tomarse unas cuantas copas sin perder la cabeza - gruñó Gordon.
-
¡No he perdido la cabeza! Lo que pasa es que me siento bien. ¡No te vendría mal
a ti soltarte un poco; maldito escocés! Siempre con mala cara, siempre
mascullando amenazas y haciendo ruidos feroces. ¡Bah! No en-gañas a nadie.
-
Estás borracho, Dick.
-
Tantas reuniones secretas con todos esos escoceses para tramar planes
peligrosos... aun conseguirás que te cuelguen, Cam Gordon.
-
Cierra la boca.
- No
hay un escocés vivo al que no le encantase ver a Cumberland hecho pedazos, pero
la mayoría de ellos tienen el suficiente sentido común como para contentarse
con...
-
¡Cállate, Dick!
La
voz sonó como un trueno. Bancroft se mostró inmediatamente contrito. Gordon
movió la cabeza de un lado a otro, exasperado; luego ayudó a su amigo a
instalarse en un sillón y entró dando grandes zancadas en la cocina, donde
empezó a armar ruido con las cacerolas. Bancroft se frotó los ojos, parpadeó, y
al cabo de un momento levantó la vista y me vio sentada en el sofá. Abrió mucho
los ojos. Volvió a frotárselos, incapaz de creer lo que veía; luego volvió a
posar la mirada en mi.
-¡Cam!
-gritó.
El
escocés regresó a la habitación como una tromba, evidentemente alarmado.
-¿Qué
pasa?
-
Míralo tú mismo y dime lo que ves - exclamó apuntándome con el dedo.
Cameron
Gordon me miró. Aquella cara aguda y angulosa no cambió en absoluto de
expresión. Igual habría podido estar mirando un mueble. Bancroft sacudió la
cabeza para ver de aclarársela y se puso en pie con grandes dificultades; los
ojos marrones expresaban admiración.
-Venus
en persona ha bajado del Olimpo para honrar tu humilde morada, hombre. ¿Has
visto en tu vida una visión como ésta?
-Necesitas
un café, Bancroft. Iré a preparar un poco para los dos.
-
Mira ese cabello, es como fuego de color cobre oscuro. Mira esa cara, hombre,
es la perfección personificada. ¡Y el cuerpo! Ya sé que hice que te asignaran a
ti el contrato de aprendizaje de esta chica, Cam, pero creo que ahora he
cambiado de idea. La quiero para mi.
-Tú
ya tienes criada, Bancroft.
-¿Quién
está hablando de criadas? ¡La quiero para la cama, hombre!
-
¡NO vais a conseguirme nunca, borrachín!
Bancroft
hizo una mueca que parecía de dolor.
-
¡Oh! ¡Qué voz más horrible! ¿Crees que podríamos cortarle la lengua, Cam?
- ¡A
mi voz no le pasa nada!
-
Suena como el maullido de un gato - continuó Bancroft-. No podemos permitir que
unos ruidos semejantes salgan de esa garganta tan preciosa. Hagámoslo, Cam.
Cortémosle la lengua, así podré llevarla a los mejores lugares y hacerla pasar
por una duquesa.
Gordon
le dirigió una mirada exasperada y regresó a la cocina. Richard Bancroft me
sonrió. Yo me puse en pie, me alisé un poco la falda y me atildé para él. No me
gustaba lo que acababa de decir sobre mi voz, había herido mis sentimientos de
veras, es cierto, pero resultaba imposible enfadarse con él. Era un gran
cachorro amistoso lleno de tonterías, apuesto como el que más y también muy
alegre. Pensé que a una chica podía irle peor.
-
Los zapatos y las medias no me van bien - le dije-. Los zapatos son demasiado
pequeños, las medias me van grandes y además no hay ligas.
- El
vestido te sienta divinamente - me aseguró -. Eres de una belleza arrebatadora,
muchacha. Quién lo hubiera pensado bajo toda aquella mugre.
- El
vestido resulta de lo más inapropiado - dijo Gordon que regresaba con un
puchero de agua y una lata de café-. No sé lo que se habrá imaginado tu criado.
Lo que ella va a hacer es fregar suelos, lavar cacharros y tirar desperdicios;
no va a estar en un salón como decoración.
-
Pues sería una decoración deliciosa - le aseguró Bancroft-. A mi salón le iría
muy bien un poco de acicalamiento de este estilo.
Gordon
colocó el puchero de agua sobre las brasas ardientes y dejó la lata de café al
borde de la mesa; luego se dio la vuelta, me miró y se puso a escrutarme atenta
y ceñudamente, con las cejas apretadas, unos ojos feroces y la espesa onda
negra cayéndole sobre la frente como una “V” invertida. La transformación que
yo había experimentado no le complacía en absoluto, eso yo lo veía claro. Por
alguna razón le desconcertaba, le hacía sentirse incómodo. Muy peculiar el tipo
aquel, lleno de contradicciones y de unos arranques de mal humor imposibles de
descifrar.
- No
has vaciado el barreño - me indicó cortante.
-Será
lo primero que haga por la mañana.
-Vas
a tener que trabajar muy duro, muchacha.
-Ya...
ya lo sé, señor. Además estoy dispuesta a hacerlo. Esperad y veréis.
-
Debería devolverte y dejar que te ahorcaran.
-Siento
haberos mordido la mano -le dije.
-Ahora
eres de mi propiedad, eres responsabilidad mía. Vuelve a intentar una cosa así
y te azotaré con el cinturón. Lo digo en serio.
Y
tanto que hablaba en serio. Lo dijo con voz fría, llana y amenazadora. Bajé
recatadamente la vista intentando parecer arrepentida. Notaba que él tenía los
ojos clavados en mí, y también sentía otra cosa, algo que yo era incapaz de
definir, una sensación extraña y desconcertante que resultaba turbadora, aunque
no desagradable. Levanté los ojos y los clavé en los suyos. Eran de un azul
frío y duro, y me sentí extremadamente incómoda ante aquella mirada; todo el
descaro y el afán de pelear me habían abandonado.
-Yo...
yo haré el café -dije, nerviosa.
-Lo
haré yo. Tú te vas a la cama.
-
Yo... no sé dónde tengo que dormir.
Cruzó
la habitación y abrió una puerta en la que yo no me había fijado antes. Un
breve tramo de escaleras conducía a una habitación situada en el desván, justo
debajo del tejado; tenía dos ventanas, una que daba encima de la claraboya y
otra que miraba hacia el otro lado del patio. Subí los peldaños tras él. La luz
de la luna penetraba por las ventanas e iluminaba la pequeña cama de latón, el
desvencijado tocador con una palangana y una jarra de porcelana desportilladas,
y una silla. Había una vela en el candelabro situado en la mesita que había
junto a la cama. Cam Gordon abrió un cajón y sacó una cerilla; luego encendió
la vela. La habitación se llenó de una suave luz dorada, y entonces me fijé en
el acolchado cobertor, en la raída alfombra rosa, en los delicados dibujos
azules y rosas de la palangana y la jarra.
- Es
pequeña - me dijo secamente-, pero las otras criadas la encontraron lo
suficientemente satisfactoria.
Era
una gloria. Además estaba limpia, no hecha un desastre y desordenada como las
otras habitaciones de abajo. Contemplé lo que me rodeaba con una sensación de
asombro. Una habitación como aquélla toda para mi sola, con una cama de verdad
y una alfombra de verdad en el suelo, aunque estuviese desgastada. No pude
ocultar mi entusiasmo, y Cam Gordon, al darse cuenta de ello, volvió a fruncir
el ceño.
-Acuéstate
-me dijo-. Mañana por la mañana tendrás que levantarte muy temprano. Habrá que
buscarte ropa apropiada: un vestido de algodón, un delantal, una cofia, y unos
zapatos que te vayan bien. Por mí no hay inconveniente en que conserves esas
ropas tan delicadas...
-
Titubeó, y el fruncimiento de ceño se hizo aún más profundo-. De todos modos,
no creo que la tienda aceptase que se la devolviésemos.
Se
dio la vuelta y salió bruscamente, cerrando al hacerlo la puerta que se hallaba
al pie de las escaleras. Yo todavía me sentía extraña, me encontraba cambiada
en cierto modo, como si me hubiese sucedido algo que no alcanzaba a comprender.
Pensé que probablemente me estuviera poniendo enferma y acabara con fiebre. No
me habría sorprendido nada después de haber estado vagando por toda la ciudad
con aquel frío. Me quité el vestido y lo coloqué con cuidado encima de la
silla; luego apagué la vela de un soplo, me despojé de la combinación y me metí
de un salto en la cama. Una cama de verdad, suave como las plumas. Seguro que
seria mucho mejor que el montón de trapos de la carbonera. La luz de la luna
entraba a raudales por las ventanas y bañaba de plata las paredes. Las sombras
danzaban en el techo. Tan cansada como estaba, confiaba en quedarme dormida en
seguida. Pero no fue así. Por lo visto aquel día no había manera de que
consiguiera dormirme.
Envuelta
en el edredón, me acerqué a la ventana que daba a la claraboya. Al atisbar por
entre el emplomado de cristales rajados y negros de hollín, alcancé a ver una
parte de la habitación de abajo: la puerta, la chimenea y el viejo sillón
verde. Bancroft estaba sentado en el sillón y bebía una jarra de café mientras
escuchaba, no con mucha atención que digamos, lo que le contaba Cam Gordon, que
hablaba sin cesar. El escocés se paseaba arriba y abajo, intranquilo; tan
pronto podía verlo como salía del campo de visión. Parecía estar declamando,
pues hacía amplios gestos como un actor en escena sin dejar de mantener todo el
rato una expresión completamente salvaje. Bancroft bostezaba somnoliento, como
si ya hubiese oído aquella diatriba muchas veces con anterioridad.
Qué
hombre tan extraño, tan poco común, pensé yo mientras volvía a meterme en la
cama. Tenso. Atormentado. Enojado. En lucha con algún demonio privado. Aunque
yo sospechaba que había otro Cam Gordon tras aquella fachada hostil. Bancroft
le tenía mucho cariño, y seguro que existía una buena razón para que aquello
fuera así.
La
luna se ocultó tras una nube. La habitación se llenó de oscuridad, aunque por
la claraboya subía un débil resplandor amarillento. Cerré los ojos y me sentí
cómoda por primera vez desde que alcanzaba a recordar. Oía algunos ruidos
procedentes del piso inferior... voces y pisadas amortiguadas por las paredes.
El viento barría los tejados silbando con fuerza, y yo me encontraba muy a
gusto allí, en mi propia cama, tan caliente como una tostada bajo aquellas
mantas. Quién lo hubiese dicho aquella misma mañana, cuando me encontraba
acurrucada en un rincón de la cárcel. Un auténtico colchón de plumas. Sábanas
limpias de lino. Dos mantas. Era asombroso, eso es lo que era. Asombroso.
Amodorrada,
pensé en todo lo que me había sucedido en los dos últimos días. ¿Había sido
sólo el día anterior por la mañana cuando me había despertado en la carbonera
mientras el gato rondaba hambriento en busca de comida? Me daba la impresión de
que hubieran pasado muchas semanas desde aquello. Entonces no tenía ni un solo
penique, y ahora disponía de un vestido completamente nuevo y de unas enaguas
de seda, y además iba a tener otro vestido y zapatos de mi medida. Y además
podría comer todo lo que quisiera. No necesitaría robar para comer. Tendría que
trabajar mucho, desde luego, y vérmelas con aquel puñetero y temperamental
escocés, pero la perspectiva no me incomodaba en absoluto. Me parecía... algo
emocionante y extrañamente agradable. En lugar de sentir temor ante la
proximidad de la mañana siguiente, de temer mi próximo encuentro con aquel
hombre, me parecía que casi estuviese ansiosa de que llegase el momento.
Curioso... curioso de verás.
Un
ruido me despertó. Abrí los ojos, desorientada y confundida. El portazo había
resonado con fuerza. Oí pasos abajo. La puerta de mi habitación se estaba
abriendo y un diminuto resplandor empezó a agrandarse y a extenderse por todas
partes mientras Cam Gordon subía los peldaños con un candelabro en la mano.
Bancroft se había marchado y ahora aquel puñetero escocés intentaba salirse con
la suya a mi costa. Emití un suave gemido, fingiendo estar profundamente
dormida, y le observé con cautela por entre las pestañas semicerradas. Se
detuvo a los pies de la cama sosteniendo en alto el candelabro y se quedó
mirándome en silencio; ahora aquellos ojos no resultaban en modo alguno
hostiles. Más bien al contrario, se veían amables y extremadamente pensativos:
Acariciado
suavemente por la luz de la vela, aquel rostro enjuto no parecía ni mucho menos
tan duro. Sin el ceño fruncido, sin aquel profundo surco que le atravesaba el
puente de la nariz, sin aquella mueca tensa en los labios, parecía más joven y
curiosamente vulnerable, un hombre herido por la vida que soportaba su dolor a
solas. Con la guardia bajada aquellos ojos azules eran tristes y hermosos, y la
espesa onda negra que le caía sobre la frente le proporcionaba un aspecto
juvenil. Cam Gordon me estuvo contemplando largo rato con ojos pensativos,
luego frunció el ceño y el surco y la rudeza volvieron a aparecerle en el
rostro. Vaciló durante unos momentos, desgarrado, luchando consigo mismo, y
luego dio media vuelta y bajó de nuevo por las escaleras cerrando la puerta al
salir y poniendo buen cuidado en no hacer ruido.
Yo
me sentía desconcertada. Y también molesta. Me quedé allí tumbada, a oscuras,
intentando encontrarle un sentido a todo aquello, intentando comprender la
temblorosa sensación que me invadía. Notaba un gran alivio, desde luego, cómo
no iba a sentirme aliviada; aquel puñetero escocés era tan fuerte como un
semental y tan feroz como un tigre, y habría podido hacerse con mi cereza como
quien canta. Pero, ¿qué era aquel otro sentimiento que notaba bajo el alivio?
¿Por qué me sentía... casi decepcionada? Debía de ser un error. Seguro que me
estaban cogiendo unas fiebres. Traté de dormirme de nuevo, pero el sueño tardó
mucho en llegar, y cuando lo hizo se mostró lleno de fantasías que no se
parecían a ninguna de las que había tenido hasta entonces; eran unos sueños
deliciosos, turbadores, sueños que, al recordarlos a la mañana siguiente, me
llenaron las mejillas de rubor.
6
Tirar
los desperdicios. Traer agua. Acarrear el carbón. Escaleras arriba, escaleras
abajo, y no se te ocurra distraerte. Pronto aprendí a odiar aquellas malditas
escaleras, aquellos interminables tramos de crujientes peldaños de madera. Me
los conocía todos. El tercer escalón del segundo tramo chirriaba como un gato
cuando alguien lo pisaba. El quinto escalón del cuarto tramo gruñía como un
duende, las primeras veces que me apoyé sobre él me sobresalté de miedo. La
mayoría de la gente sencillamente tiraba los desperdicios por la ventana, algo
muy sensato, pero aquello no le parecía oportuno al señor Cam Gordon, ni mucho
menos, su nueva esclava tenía que llevarlos abajo y vaciarlos en la
alcantarilla, lo que era a todas luces un inútil derroche de energías. ¿Cuántos
cubos de agua llenaba yo al cabo del día en el patio y los arrastraba después
escaleras arriba? Pronto perdí la cuenta. Llegué a aborrecer la visión y el
olor del carbón, grandes pedazos feos y negros que pesaban una tonelada cuando
uno tenía que acarrearlos a cubos. Una persona frágil como yo no debería verse
obligada a acarrear carbón, pero su alteza no iba a levantar una puñetera mano
para hacer una cosa tan ordinaria.
No,
estaba ocupado el muy puñetero sentado ante la mesa siempre con mala cara,
mascullando y trazando unos garabatos casi incomprensibles con tinta, llenando
hoja tras hoja de papel en blanco. Escribía un rato, lanzaba una maldición,
arrugaba el papel, miraba furibundo hacia la pared y luego alargaba la mano
para coger otra hoja y mojaba la pluma en el tintero. Se pasaba así las horas
muertas, el genio cada vez más escaso, las maldiciones cada vez más fuertes, y
mientras tanto esperaba que yo fregase los suelos, limpiase los cristales de
las ventanas y me pelease con el polvo, por supuesto callada como un ratón
mientras lo hacia, ¿Cómo podía una quitarles el polvo a los libros sin hacer
ruido? Hay que sacudirlos enérgicamente unos contra otros... ¡bang, bang, bang!
Y entonces el polvo sale volando. Se ponía a dar alaridos como un indio cada
vez que yo hacía eso, me tiraba un candelabro, y en cierta ocasión en que yo
estaba haciendo una buena limpieza en el armario de la cocina y al tropezar
dejé caer una pila de platos de hojalata, entró como una tromba en la
habitación, igual que un salvaje, con el pelo negro revoloteando y los ojos
echando chispas. Aquella vez pensé verdaderamente que iba a matarme.
Había
otras ocasiones en que, absorto en su trabajo, toda la casa habría podido
venirse abajo sin que él se diese cuenta. Eran ocasiones en que la pluma se
deslizaba velozmente por las páginas emborronándolas de tinta, gran parte de la
cual le iba a parar a los dedos de la mano izquierda. El montón de páginas
terminadas que colocaba a la derecha de la mesa iba creciendo admirablemente,
todas ellas apiladas bajo un pisapapeles que representaba una lechuza ladeada.
Cuando, después de un día así, dejaba por fin la pluma y se levantaba arqueando
la espalda y estirando los brazos, siempre se encontraba de muy buen humor. Cam
Gordon de buen humor significaba que se limitaba a estar hosco y callado y que
no se paseaba por todas partes a grandes zancadas como un tigre enjaulado;
tampoco estrellaba cosas contra la pared ni llenaba el aire de terribles
amenazas contra los editores que siempre esperaban que él hiciese milagros.
Podían coger todas aquellas malditas exigencias y metérselas por la nariz...
excepto que Gordon raras veces pronunciaba la palabra “nariz” en estas
ocasiones.
Me
levantaba por la mañana, encendía la chimenea, iba a buscar agua para el café y
ponía la olla al fuego para que hirviera. Me acercaba a la vuelta de la esquina
para comprar panecillos recientes, los untaba de mantequilla y se los llevaba
junto con el café en una bandeja. El fruncía el ceño, bostezaba y se
incorporaba, completamente desnudo bajo las sábanas, mientras mascullaba unos
hoscos “buenos días”. Cuando Gordon terminaba de desayunar (yo lo hacía en la
cocina, me tomaba todos los panecillos que quería, panecillos dulces con
mantequilla, y por lo menos dos tazas de café) necesitaba que le llevase agua
para lavarse y afeitarse, y tenía que estar templada, no caliente, ay de la
pobre criada esclava que osara llevarle el agua demasiado caliente. Una vez
vestido, siempre gruñendo y de mal humor, o bien decidía salir en dirección a
la calle Fleet para arengar a su editor y pedirle más dinero, o bien se sentaba
a trabajar, cosa ésta última que siempre hacía con evidentes muestras de
reticencia.
Yo,
ataviada con mis pulcros zapatos negros, finas medias blancas, unas sencillas
enaguas de algodón y un vestido rosa también de algodón, delantal blanco atado
a la cintura y una cofia de volantes en lo alto de la cabeza, me ponía entonces
a mis tareas, que consistían en limpiar, fregar y ordenar. Me produjo una gran
satisfacción ver que las mugrientas ventanas brillaban como diamantes una vez
que hube terminado con ellas, y también descubrir que el suelo de la cocina no
era marrón, ni mucho menos, sino de una rica madera de color dorado oscuro que
empezó a resplandecer en cuanto la restregué con agua, jabón y zumo de limón.
Qué satisfacción producía ver los armarios de la cocina bien limpios, cada cosa
en su sitio, las latas alineadas, los platos relucientes. Me enorgulleció mi
trabajo desde el primer momento y me sentía amargada cuando, después de haberle
limpiado el dormitorio y de haberlo dejado todo elegante y respetable, Cam
Gordon entraba a saco en la habitación para cambiarse y en cuestión de minutos
la dejaba como si hubiese pasado por ella un ciclón.
El
polvo, la basura y la suciedad eran mis enemigos, y yo de continuo libraba
batalla contra ellos. Una batalla perpetua porque Londres era una ciudad sucia,
llena de humo, hollín y polvo que se filtraban por las rendijas de las ventanas
y se posaban en los alféizares y en las paredes, por mucho que una-se esforzase
en no dejarlos entrar. Y el hecho de tener siempre encima a una persona como
Cam Gordon no facilitaba mucho las cosas, además. Aquel hombre no sabía que
había un sitio para cada cosa. Ni que la ropa se guardaba en los armarios, los
platos en la cocina y los libros en las estanterías. Dejaba un pedazo de queso
en un platito y éste en el suelo, junto al sofá. Habría dado lo mismo mandarles
invitaciones impresas a los ratones. Tiraba las botas en el suelo, en cualquier
sitio, el pañuelo encima de la mesa, la levita la arrojaba de cualquier manera
en el brazo de un sillón. Yo me pasaba el día recogiendo cosas y volviéndolas a
poner en su sitio, y él empezaba a gritarme porque no encontraba lo que quiera
que fuese que en aquel momento se le antojara. Era frustrante, como para
volverse loco, pero nunca resultaba aburrido.
Tuve
que sacudir las alfombras en el patio. Forré los armarios con papel. Les saqué
brillo a los muebles con cera de abeja. Barría, fregaba y frotaba, y, aunque
resultaba agotador, era también extrañamente regocijante. Estaba decidida a
complacerle, pero esperar alabanzas de aquel malhumorado y terco escocés era lo
mismo que pretender que un nabo sangrase. Seguro que se daba cuenta de que yo
trabajaba mucho, pero se suponía que ésa era mi obligación, trabajar como una
maldita esclava, y nunca se dignaba expresar la menor señal de aprobación.
Jamás me dirigía la palabra a no ser para quejarse de algo o para descargar la
rabia en una pobre esclava indefensa que casualmente acertaba a estar por allí
para soportar su ira. Después de la primera noche nunca volvió a subir a mi
habitación y, de hecho, la mayor parte del tiempo apenas parecía advertir mi
presencia. Yo estaba allí porque le convenía, como una especie de máquina cuyo
único propósito consistía en hacerle las cosas más cómodas: limpiarle el piso,
hacerle la colada, abrillantarle las botas, zurcirle las medias, llevarle la
comida. ¡Maldito cabrón! Me costaba lo indecible aguantar sin cantarle las
verdades varias veces al día.
A
mediodía le llevaba la comida en una bandeja -queso, pan con mantequilla,
salchichas, un racimo de uvas, y otra taza de café-, y la mayor parte de las
veces se limitaba a soltar un gruñido cuando se la dejaba sobre la mesa en la
que él estaba trabajando; nunca decía una palabra. Otras veces se sobresaltaba,
mascullaba una maldición y me miraba echando chispas por aquellos ojos asesinos
por interrumpirle y hacerle perder el hilo de los pensamientos. En esas
ocasiones me habría gustado vaciarle la bandeja encima y decirle que no se
pensase que era tan especial, pero nunca llegué a hacerlo. Yo me mostraba tan
mansa, dulce y tímida como un ratón, aunque tuviera que morderme la lengua. Era
una especie de juego muy divertido. Yo representaba un papel y me preguntaba
cuánto tiempo la pelirroja Randy, con la lengua tan malvada que tenía, iba a
ser capaz de aguantar a aquel tipo sin estallar.
Cada
tarde, alrededor de las cuatro, Gordon se cambiaba de ropa y salía; rara vez
regresaba hasta que ya era muy tarde. Cenaba en alguna de las casas de comidas
y a mí me dejaba que me las apañara sola. Yo entonces o bien buscaba algo de
comer en la cocina o bien bajaba al restaurante barato en busca de comida un
poco más sabrosa. Gordon dejaba el dinero para los gastos de la casa en una
jarra de jengibre blanca y anaranjada que estaba siempre sobre la repisa de la
chimenea, junto al perezoso reloj de bronce, y era yo la encargada de comprar
todas las provisiones necesarias. No es que el escocés confiase en mí, era sólo
que se creía que me tenía completamente intimidada, se pensaba que yo no me
atrevería a hacer nada que pudiera tener como consecuencia el que él me mandase
de vuelta a la calle Bow. A mí ni siquiera se me pasaba por la cabeza quedarme
con algo del dinero que había en aquella jarra de jengibre para fines privados,
pero de vez en cuando me procuraba una jugosa chuleta o un sabroso pastel de carne
a fin de conservar las fuerzas para poder hacerle todo aquel maldito trabajo.
Cuando
él se iba, yo me quedaba a mis anchas y aprovechaba para descansar un poco y
rondar por la casa curioseando. Debo decir en mi defensa que la mayor parte del
tiempo me lo pasaba zurciéndole las medias, cepillándole las levitas y
limpiándole las botas en un intento de dejarle el raído guardarropa lo más
aseado posible, pero no podía por menos que fisgonear. Naturalmente, me moría
de ganas de leer el libro que él estaba escribiendo, pero, ¿quién era capaz de
entender aquella letra? Le llevaba a uno horas descifrar los trazos pequeños y
confusos; yo sabía que su editor gritaba y se sulfuraba a causa de aquella
caligrafía ilegible, pues tenía que contratar a un empleado extra cuyo único
trabajo consistía en descifrar las palabras y hacer una copia decente para la
imprenta. Me di por vencida después de algunos intentos; no entendía una
palabra de cada diez, y teniendo tantos libros a mano, ¿qué necesidad tenía de
leer algo escrito por aquel escocés espinoso? Y además seguro que no merecía la
pena leerlo.
Aquellos
otros libros a los que yo con tanto esmero había quitado el polvo y ordenado
pulcramente resultaron un amargo desengaño. Eran libros de guerra, libros de
armas. Uno, con horripilantes grabados, trataba de torturas medievales. Había
una Historia de las ejecuciones públicas. Libros militares que explicaban cómo
matar al enemigo con cuchillo, pistola, garrote o con las manos desnudas.
Libros que trataban de soldados, de piratas, de emperadores romanos sedientos
de sangre; y toda una colección acerca de criminales famosos y sus malas
acciones. Nada que a mí me gustase lo suficiente como para instalarme
cómodamente a leer. Estaban todos llenos de huellas de pulgares, muy leídos, y
varios de ellos tenían pequeñas tiras de papel metidas entre sus páginas para
señalar pasajes concretos. Cuando él trabajaba, a menudo cogía uno de aquellos
libros, lo abría por alguna de las páginas marcadas con una tira de papel y lo
leía con gran concentración mientras una profunda arruga le surcaba la frente.
Anotaba lo que fuera, asentía con la cabeza, dejaba el libro y continuaba con
el trabajo. Si escribía libros como los que tenía a su alrededor, lo mismo me
daba no entenderle la letra, pensaba mientras anhelaba tener a mano a mi amado
Shakespeare para resarcirme.
Había,
además, varios libros escritos por alguien llamado Roderick Cane, y parecían
completamente nuevos, como si no se hubiesen leído nunca, pues las páginas aún
estaban frescas y tiesas y la encuadernación olía a cola. Al contrario que el
resto de los libros, éstos eran novelas, relatos tormentosos de odios de sangre
y deseos de venganza. Descubrí que estaban escritos con gran entusiasmo y
colorido, y repletos de acontecimientos. Los protagonistas eran siempre hombres
temerarios, despiadados canallas que cargaban contra la adversidad con
auténtica sed de sangre y una singular falta de consideración hacia la vida
humana. A los villanos los mataban por doquier, y sus muertes se describían con
todo detalle. Aquel tal Cane parecía regodearse con la violencia, cuanto más
sangrienta mejor, y sus libros estaban sembrados de cadáveres. Las mujeres, si
alguna vez aparecían en ellos, eran indefectiblemente seres traicioneros que
engañaban, tendían trampas y engatusaban a los hombres antes de acabar
llevándose su merecido.
Aunque
comprendía por qué aquellos libros tenían la virtud de atraer a Cam Gordon -
todo aquel derramamiento de sangre, todos aquellos asesinatos-, Roderick Cane
no resultaba en absoluto de mi gusto. ¿Quién iba a querer leer acerca de un
noble convertido en un fuera de la ley que engañaba a sus parientes y los
llevaba a callejones oscuros para echarles un garrote alrededor de la garganta
y estrangularlos siempre con la sonrisa en los labios? ¿Quién iba a querer leer
la historia de un soldado convertido en asesino que no ceja hasta dar con el
paradero de los enemigos de la Buena Reina Bess y les abre la garganta con un
cuchillo, torturándoles a veces previamente para conseguir información? No, no
me gustaban lo más mínimo, pero eran los únicos libros que tenía a mano aparte
de aquellas horripilantes historias y libros militares. Por lo menos aquel tal
Cane sabía cómo conseguir atraer la atención de los lectores, por muy
espantados que estuviesen por la acción descrita.
Me
hallaba sentada en el destartalado sofá azul a última hora de la tarde dándoles
un descanso a los pies y terminando La maldición de Hesketh. El héroe acababa
de deshacerse de la taimada lady Hesketh arrojándola a una mazmorra que sólo
disponía de una angosta abertura en la parte superior, haciendo oídos sordos a
los gritos de ella y esperando el regreso del malvado lord Hesketh, pues había
planeado arrastrarlo hasta una mazmorra y hacerle probar el potro de tortura,
lugar donde, en un capítulo anterior, habían desconyuntado al hermano del
héroe. Absorta a mi propia pesar en la historia aquella, no oí los pasos en el
rellano ni el ruido de la puerta al abrirse.
-Vaya
-comentó Bancroft-, esa chica está leyendo.
Di
un salto, casi fuera de mí a causa del susto. Bancroft y Gordon se hallaban de
pie a la entrada de la habitación, y la puerta todavía estaba abierta tras
ellos. Bancroft iba espléndidamente ataviado con una levita y unas calzas de
terciopelo verde oscuro, y el encaje blanco de seda le asomaba en cascadas por
el cuello y los extremos de las mangas. Era la primera vez que lo veía desde
aquella noche, tres semanas atrás, en que yo había venido por mi propia
voluntad a la calle Holywell. Parecía encantado de verme. Cam Gordon se había
puesto lívido.
-
Ya... ya he terminado el trabajo - empecé a decir con aire de desafío-. Sólo
estaba descansando un rato antes de prepararme la cena. Yo... no pensé que
regresarais tan pronto.
-Ya
se nota -repuso Gordon.
- No
os he estropeado ese maldito libro. Mirad, no tiene el menor daño.
- La
maldición de Hesketh - leyó Bancroft tras mirar el título con ojos de miope-.
Mmm... Interesante.
-
¿Dónde has aprendido a leer? - me exigió Gordon.
-
Siempre he sabido leer, desde que me alcanza la memoria. Tenéis las botas y las
calzas salpicadas de barro -observé intentando cambiar de tema.
-
Precisamente por eso he vuelto. Un coche me ha llenado de salpicaduras por
todas partes. Necesito cambiarme para ir a cenar con Bancroft. De modo que
sabes leer, ¿no es así? ¿Entiendes todas las palabras?
-
Este tipo llamado Cane emplea palabras que cualquiera entendería. No hay
absolutamente nada fantástico o poético en su prosa.
Bancroft
lanzó una risita y le dirigió a su amigo una astuta mirada. Cuando yo me
levanté para dejar el libro, pude ver que la diversión se reflejaba claramente
en aquellos oscuros ojos marrones.
- Os
he limpiado las otras botas esta mañana - le dije a Gordon-. En el armario
encontraréis un par de calzas negras limpias.
-¿Te
gusta el libro? -me preguntó Bancroft.
- No
mucho - repliqué-. Sólo hay sangre y truenos, exactamente igual que en el resto
de los libros que tiene. Los personajes no son nada reales... los protagonistas
andan por ahí como centellas matando enemigos sin parar, no tienen
sentimientos, y las mujeres son como palos, no hay ni una sola que resulte
verosímil. Este Cane sabe muy bien cómo contar una historia, pero no entiende
nada sobre la naturaleza humana.
Cam
Gordon no había salido aún de la habitación. Se puso todavía más lívido, apretó
la boca y los ojos le brillaron como hielo de color azul.
- Me
da la impresión de que tenemos entre manos un excelente crítico literario -
dijo Bancroft-; y además uno muy astuto en la materia.
Gordon
ignoró el comentario.
- Da
la causalidad de que Roderick Cane es uno de los escritores más populares que
hay en Londres - me informó con voz gélida-. Sus lectores claman pidiendo más
novelas. Los editores no consiguen que las escriba con la rapidez que sería
conveniente.
-
Eso no quiere decir que sea un buen escritor - dije yo dándome importancia-.
Sólo significa que hay mucha gente que carece de gusto.
- ¿Y
se supone que tú sí lo tienes?
- Yo
conozco un buen libro cuando lo leo, Moll Flanders, por ejemplo, es un buen
libro. El tipo que lo escribió sabe lo que siente una mujer, y los avatares y
penas por los que pasa la protagonista son de lo más conmovedor, porque Moll es
una persona viva y real. La queremos y deseamos que encuentre la felicidad. Si
fuera una mujer envarada, como las que salen en las novelas de Cane, ni
siquiera nos tomaríamos la molestia de terminar el libro.
- ¡
Bravo! - exclamó Bancroft -. La chica tiene cerebro, Cam. ¡Quién lo hubiera
pensado!
- La
próxima vez citará a Shakespeare - dijo Gordon bruscamente.
- Es
mi favorito - confesé -. He leído todas sus obras de teatro docenas de veces, y
también su poesía.
Cam
Gordon se retorció las manos de tantas ganas como sentía de romperme el cuello.
A Richard Bancroft le resultaba casi imposible contener el regocijo. Gordon le
dirigió una mirada amenazadora; seguro que también deseaba retorcerle el cuello
a él. Bancroft, enormemente divertido aunque yo no hubiera sabido decir por
qué, se dejó caer en uno de los brazos del sillón marrón.
-
¿Qué le sugerirías tú al tal Cane para mejorar los libros que escribe? - me
preguntó Gordon. La voz le sonaba cargada de malicia.
-
Pues - comencé yo - puede que tenga mucho éxito, pero me apuesto el culo a que
la mayoría de sus lectores son hombres. Hay montones de mujeres a las que
también les gusta leer, y si él pusiera un poco más de romanticismo y algunos
toques de ternura seguramente se ganaría también a las mujeres. Los
protagonistas son monstruosos. Si amasen de veras a la heroína -y no a esas
malvadas marranas que siempre crea - y si tuvieran algún momento de debilidad o
duda, si sintieran remordimientos por haber matado, conseguirían atraer a los
dos sexos. Cane podría duplicar el número de sus lectores.
-Ya
lo creo -dijo Bancroft.
-
¿Conocéis vos a ese Roderick Cane? - le pregunté.
-Oh,
sí, lo conozco verdaderamente bien, muchacha.
-Apuesto
a que es un hijo de puta -aventuré yo-. Apuesto a que es un tipo de sangre fría
donde los haya.
-
Eso es indudable - comentó Bancroft.
Me
volví hacia Gordon.
-
¿Vos también lo conocéis?
-
Íntimamente.
- No
me sorprende nada - indiqué sin poder resistir la tentación.
Salió
como una tromba de la habitación. Le oía desparramar cosas por el dormitorio.
Una bota retumbó contra la pared. Un florero se estrelló en el suelo. La puerta
del armario dio un golpe tan fuerte que sentí un gran sobresalto. No lograba
imaginarme por qué estaba tan furioso. Me había pedido mi opinión y yo se la
había dado. Bancroft se reía alegremente, como si se tratase del mejor chiste
que hubiera oído en su vida. Fruncí el ceño, lo miré y luego dirigí la vista
hacia la mesa y el montón de páginas acabadas que tan ordenadamente reposaban
allí con la lechuza encima. Noté que el color se me iba de lás mejillas. ¡Madre
mía! ¡ Tendría que habérmelo figurado!
-El...
él... -tartamudeé.
-
Exactamente, muchacha - dijo Bancroft sin dejar de reír-. El es Roderick Cane.
Ni en sueños se le ocurriría publicar esa basura bajo su verdadero nombre.
-
Dios mío - susurré-. Seguro que cuando salga de ahí me asesina.
Cam
Gordon no me asesinó. Abandonó la habitación como un tornado con calzas y botas
limpias y me dijo en un tono atronador que cuando volviera esperaba encontrar
las otras calzas secas y cepilladas, las botas relucientes y todo aquel
alboroto que acababa de organizar allí dentro perfectamente ordenado. Y que si
no me despellejaría viva. Hice un gesto de asentimiento, sumisa, sin atreverme
a hablar. Bancroft sonreía todo el rato. Gordon lo empujó con saña hacia la
puerta y pude oír la franca risa del rubio mucho después de que Gordon hubiera
dado un buen portazo como despedida.
A la
mañana siguiente me mostré especialmente alegre al llevarle el desayuno. Los
bollos estaban untados de mantequilla con generosidad. El café tenía una
cucharada más de azúcar. Además le había puesto arenques ahumados. Gordon
gruñó, medio dormido, se sentó, se apartó el pelo de los ojos y cogió la
bandeja sin dignarse siquiera mirarme. Parecía molesto cuando por fin se sentó
ante la mesa de escribir, pero yo estaba convencida de que aquello no tenía
nada que ver conmigo ni con lo que le había dicho la noche anterior. Ni
siquiera se percataba de mi presencia. Se sentó allí malhumorado y miró
fijamente el papel en blanco, mientras se le formaba el profundo surco por
encima del puente de la nariz.
Pronto
me enteré de lo que tenía en mente, pues aquella mañana, un poco más tarde,
vino a visitarlo un tal señor John Beaumont, un hombre robusto y nervioso con
el pelo ralo y castaño y una alegre sonrisa que no se le reflejaba en los fríos
ojos grises. El señor Beaumont era socio del señor Sheppard, el editor de
Gordon, y se encargaba de todos aquellos asuntos pesados del negocio que no
tenían nada que ver con los libros ni con el oficio de escribir, pero que
mantenían financieramente próspera la empresa “Thomas Sheppard & Co.”.
Jugueteando sin cesar con la cadena de oro que le atravesaba la parte delantera
del chaleco floreado, Beaumont le recordó a Gordon que hacía ya dos meses que
la nueva novela de Roderick Cane debía de haber sido entregada al editor, pues
le habían adelantado una substanciosa cantidad de dinero a cuenta, y que si no
se las arreglaba para entregar el libro a finales de mes, tendría que
devolverles hasta el último penique.
Gordon
se mostró civilizado. Aunque a duras penas. Le recordó al señor Beaumont que
“Thomas Sheppard & Co.” había ganado una fortuna con las novelas de
Roderick Cane, y que aún seguía cosechando muy buenas ganancias de las mismas.
Le dijo al hombrecillo aquel que los escritores no eran oficinistas, que los
libros dependían de un proceso creativo que no podía regirse por el reloj, y
añadió que si en “Thomas Sheppard & Co.” no estaban satisfechos de su
trabajo, él tendría mucho gusto en llevar en el futuro las obras de Cane a
cualquier otro de la docena de editores que estarían sumamente encantados de
conseguirlas, fuera a tiempo o no. Sin inmutarse, el señor Beaumont le recordó
gentilmente al errante autor que había pendiente un pequeño asunto de préstamos
personales, de un dinero que le había sido adelantado periódicamente sobre las
posibles ganancias, y que dichos préstamos aún no habían sido cubiertos del
todo por los beneficios. Con una sutil alusión a que el encarcelamiento por
deudas quizás no estuviese del todo fuera de lugar, el señor Beaumont se
marchó.
Gordon
se puso entonces a despotricar y a desvariar como yo había esperado que
hiciese. Se hundió aún más en la melancolía, murmurando frases ininteligibles
en voz baja, y fue incapaz de trabajar durante el resto del día. Yo me
preguntaba por qué, silos libros de Roderick Cane eran tan populares y
proporcionaban tanto dinero, el hombre que los escribía tenía que vivir en
alojamientos de poca monta en la calle Holywell, y por qué poseía únicamente
tres levitas. Todos aquellos préstamos, todos aquellos adelantos... ¿qué habría
sido de ellos? El hombre que utilizaba el pseudónimo de Roderick Cane debería
de estar viviendo en la opulencia, como un príncipe, y en lugar de eso vivía
como el más humilde de los escribanos y tenía siempre los dedos manchados de
tinta. Encontré respuesta a aquella pregunta la noche siguiente, cuando
Bancroft vino a hacerle una visita a Cam Gordon. Yo estaba en la buhardilla
zurciendo medias a la luz de una vela, pero había dejado la puerta entreabierta
y podía escuchar perfectamente todo lo que aquellos dos hombres comentaban en
la habitación de abajo.
Gordon
le describió acaloradamente la visita de Beaumont, relatando con evidente enojo
todo lo que durante la misma le había dicho; luego se lanzó a una fuerte y
prolongada diatriba contra editores, ayudantes de editores y todo aquel maldito
negocio en general, empleando para ello unas cuantas palabras muy bien
escogidas que yo no había oído nunca antes, ni siquiera en St. Giles. Bancroft
le escuchó con paciencia, y cuando su amigo por fin se hubo apaciguado un poco
le indicó de forma desenfadada que vociferar como un loco no iba a arreglar en
absoluto las cosas.
-
Podías romper unas cuantas piezas del mobiliario -añadió-. He oído que eso a
veces da resultado.
-
¿Qué voy a hacer, Dick? Esos buitres me están acorralando. No me extrañaría
nada que Beaumont me hiciese encerrar en la cárcel a causa de las deudas. Le
debo a Sheppard más de mil libras. De hecho le debo dinero a todo el mundo.
-
Como banquero tuyo, amigo mío, me doy perfecta cuenta de tu embarazosa
situación financiera. Yo sé muy bien dónde ha ido a parar cada penique.
-Tengo
dos cuñadas viudas, Dick, dos sobrinas jóvenes y cuatros sobrinos que se
quedaron en la indigencia. No me quedó más remedio que hacerme cargo de ellos.
-Y
lo hiciste del modo más adecuado. Con los fideicomisos que he establecido a su
nombre, ninguno de ellos pasará necesidades.
-
Era lo menos que podía hacer.
-Y
luego están tu tía y tu prima la solterona...
-
¡No podía dejar que se muriesen de hambre! -dijo bruscamente Gordon poniéndose
a la defensiva-. Cuando mataron a mi tío, ellas...
-Ya
lo sé, ya lo sé -le interrumpió Bancroft-. Les enviaste dinero para que
abrieran un salón de té, y no me cabe duda de que tendrán un enorme éxito con
él. No me quejo de que te hayas mostrado pródigo con el dinero y se 10 hayas
dado a tus parientes, Cam; incluso te admiro enormemente por ello. Es el dinero
que has entregado a esa... esa organización secreta de escoceses rebeldes.
-Eso
es cosa mía, Dick.
-Te
han sacado cientos de libras. Cientos de libras, Cam, y la mayor parte de esos
hombres tienen la cabeza puesta a precio; la mayoría están en la lista negra de
Cumberland como traidores a la Corona. Supongo que te darás cuenta, amigo mío,
de que si la ayuda financiera que les has prestado llegara a descubrirse alguna
vez...
-
¡Tú sabes demasiado!
-
Pues nadie te obligaba a hacerme confidencias. No hacía falta que me mostraras
esa confianza.
- Yo
te confiaría mi vida, porque eres un buenazo hijo de puta. Mataría a cualquiera
que se atreviese a insinuar que Dick Bancroft es capaz de traicionar a un
amigo.
Siempre,
desde que estudiábamos juntos en Oxford, has sido para mí como un hermano,
mucho más intimo de lo que cualquiera de mis dos hermanos lo ha sido nunca,
y...
-
Cuidado, Cam - le interrumpió Bancroft perezosa mente-. Estás empezando a
aficionarte de una forma muy peligrosa a expresar auténtico cariño por otro ser
humano. Y ése no es tu estilo, amigo mío.
-
¡Vete al infierno!
-Ya
has cumplido, Cam. Te negaste a luchar por el Príncipe Charles por
principios... principios que requerían una gran cantidad de valor para un
escocés cuya familia, toda entera, apoyaba al Príncipe apasionadamente. Tu
propia familia te consideró un traidor y renegó de ti. Y ahora que ya ha pasado
todo, decides darte la vuelta para unirte a ese hatajo de canallas que...
-Ten
cuidado, Dick. Puede que seas amigo mío, pero... que confabulan y planean
llevar a cabo algún salvaje acto de desquite que seguramente os conducirá a
todos a la muerte. Corta tus ataduras con esa gente, Cam. Yo siento lo mismo
que tú hacia Cumberland, lo sabes muy bien. Pasará a la historia como el
militar más carnicero de todos los tiempos -y muy merecidamente-, pero deja que
sea la historia quien lo juzgue. Abandona esta locura, amigo mío. Te está
destruyendo. Ya te ha metido en calamitosas estrecheces económicas, y antes de
que salgas de ellas... - Bancroft se interrumpió en seco y soltó un suspiro de
cansancio-. ¡Lo mismo da hablar con la pared que con un espinoso, testarudo y
obstinado escocés! Sírveme otra jarra. La necesito desesperadamente.
Con
la aguja inmóvil y las medias de aquel hombre caídas sobre el regazo, escuché
el sonido de las jarras al chocar y el vino que salpicaba. Aquella noche me
estaba enterando de un montón de cosas sobre mi escocés, cosas que explicaban
gran parte de lo que me había tenido perpleja. La vela parpadeaba en el
candelabro, la llama amarilla anaranjada bailaba alocadamente y arrojaba ágiles
sombras sobre las paredes. Cam Gordon se paseaba de un lado al otro de la
habitación, yo podía oír perfectamente aquellos pasos intranquilos, y Richard
Bancroft volvió a suspirar y se oyó el crujido de la levita de terciopelo al
cambiar él de postura en el sillón.
-Pero
aún no has contestado a mi pregunta -le dijo Gordon-. ¿Qué voy a hacer, Dick?
-Tal
como yo lo veo, tienes tres elecciones.
-
¿Cuáles?
- La
primera es que termines ese puñetero libro que estás escribiendo; terminarlo lo
antes posible y luego escribir otro con la misma rapidez. Sheppard es un avaro
hijo de puta, pero con gusto soltaría una considerable cantidad de pasta si
tuviera en la mano un libro de Roderick Cane y la certeza de que había otro en
camino.
- ¿Y
la segunda elección?
-
Puedes olvidarte de todo lo relacionado con el oficio de escribir y casarte con
lady Evelyn Greenwood. Esa dama estaría encantada de mantenerte rodeado de
lujos durante el resto de tu vida, ya lo sabes. Siente por ti una terrible
pasión... aunque no comprendo por qué... resulta que es una de las viudas más
ricas de Londres.
-Evelyn
Greenwood no quiere un marido. Quiere un perrito faldero escocés que la
entretenga durante el día y le dé calor por las noches.
-
Pero es terriblemente atractiva - comentó Bancroft perezosamente-. Un poco
madura quizás, un poco trabajada, pero no conozco a ningún hombre al que no le
gustase poner las botas bajo la cama de esa hermosa dama. Cuéntame, Cam, ¿es
tan buena como dicen?
-Es
buena -repuso Gordón. No había ningún matiz especial en la voz.
- ¡Y
además es tan rica Ahí tienes la solución, hombre.
-
¿Cuál es la tercera elección?
-Siempre
puedes abrirte la garganta.
-
¡Eres una gran ayuda, Bancroft!
- Lo
intento, amigo mío, lo intento.
Después
de que Bancroft se marchara aquella noche, Cam Gordon volvió a la mesa en la
que escribía y estuvo trabajando hasta el alba. Trabajó sin parar durante los
tres días siguientes, interrumpiendo la labor sólo para lavarse, afeitarse y
dedicar unas pocas horas al sueño. Comía muy poco. Dejaba sin tocar la mayor
parte de la comida que yo le llevaba en una bandeja, pero consumía una taza de
café tras otra, como si nunca tuviera bastante. Apenas se percataba de mi
presencia, yo me daba cuenta de que se hallaba en otro mundo. El piso, mis
movimientos, el ruido que subía del patio, las campanas de la iglesia de St.
Clement Dane... parecía que todo Londres hubiera dejado de existir para él, y
que nada fuera real excepto el mundo violento que estaba creando sobre el
papel.
El
cuarto día, poco después de mediodía, Gordon extendió la mano para coger otra
hoja de papel en blanco, mojó la pluma en el tintero, garabateó dos párrafos y
luego dejó escapar un gran suspiro de alivio. Escribió apresurada-mente una
palabra más -la palabra “FIN”- debajo de dichos párrafos y luego levantó la
lechuza. Colocó la hoja sobre la ahora enorme pila de las que ya estaban
acaba-das. Se puso en pie. Parecía estar sumido en el estupor. Se le veía
débil, tan exhausto que apenas podía sostenerse en pie, y tenía el rostro
terriblemente cansado y con profundas ojeras. También estaba muy pálido... el
cutis presentaba el mismo color blanco que la cera; la espesa onda de pelo le
caía al bies cruzándole la amplia frente. Echó una ojeada en torno suyo por toda
la habitación, como si no la hubiera visto nunca hasta entonces, y me miró como
si yo fuese una extraña para él.
-
Parecéis enfermo - le dije.
-
Sólo... sólo estoy cansado. - Tenía la voz muy ronca, apenas se le oía.
-No
habéis comido nada. Voy a traeros un poco de sopa caliente y os la vais a comer
toda, y luego os marcharéis a dormir. Trabajar sin descanso durante cuatro
días... eso no puede ser bueno.
-
No... no quiero dormir. Tengo que llevarle el manuscrito a Sheppard.
-Vos
no salís en este estado. No conseguiríais llegar ni al final de las escaleras;
os caeríais y os romperíais el puñetero cuello. Yo le llevaré el manuscrito al
editor y a la vuelta pasaré por el restaurante de abajo para compraros un poco
de sopa.
Gordon
se quedó mirándome, haciendo esfuerzos por ponerse serio.
- Yo
soy quien da las órdenes aquí, muchacha.
-No,
hoy no.
Cam
Gordon no discutió. Estaba aturdido, no era él en absoluto. Le conduje al
dormitorio. Se sentó en la cama. Le pregunté dónde estaba la empresa “Thomas
Sheppard & Co.”, y él me lo dijo. Le dejé en el dormitorio, subí a la
buhardilla, me lavé la cara, me cepillé el pelo y me puse la combinación de
seda y el vestido estampado de muselina. Envolví el manuscrito en papel marrón
y lo até con un cordel; luego volví a entrar en el dormitorio. Gordon estaba
tendido cuan largo era en la cama, profundamente dormido ya. Apretando el
manuscrito con mucha fuerza y totalmente consciente de lo valioso que era, salí
del número diez y me dirigí a la calle Fleet sintiéndome muy importante y
formal.
La
calle Fleet era tan emocionante como yo la recordaba de aquella vez que la
vislumbrara a través de la ventanilla del carruaje. Desarrapados muchachos que
vendían periódicos agitaban en el aire los pliegos de papel y pregonaban el
“escándalo de Surrey” y el más reciente y “horrible crimen”. Los periodistas
abarrotaban las aceras, yendo a toda prisa de un lado a otro e intercambiando
sin aliento algunas noticias mientras se cruzaban por la calle como flechas.
Los libreros ordenaban las mercancías en el escaparate, y algunos caballeros
cultos y locuaces salían de los cafés discutiendo enérgicamente. El torrente de
palabras fluía con gran animación, la calle entera se hallaba cargada de un
ambiente tenso y apresurado que resultaba maravillosamente estimulante. Era un
negocio divertido, aquél de fabricar palabras, y yo sentía que casi formaba
parte de él mientras avanzaba a toda prisa, como los demás, llevando un libro
que, en cuanto estuviese impreso, sería leído por cientos y cientos de
personas.
“Thomas
Sheppard & Co.” se hallaba en la calle Fleet, a sólo cuatro travesías de
Holywell; un breve paseo. De ladrillo marrón y embutida entre una imprenta que
presentaba un color tostado y una papelería de ladrillo pardo, tenía en la
fachada ventanas de vidrios laminados con el nombre de la firma cruzándolos en
letras de oro. Una campanilla repiqueteó descaradamente cuando crucé el umbral.
La parte delantera era como una librería, pues había estantes llenos de libros
maravillosamente nuevos; se notaba también un glorioso olor a cuero, a tinta
fresca y a cola que impregnaba la atmósfera. Un dependiente vestido de negro se
apresuró a atenderme. Le dije que quería ver al señor Thomas Sheppard para un
asunto muy importante. Dudó. Poniendo mi más altanera expresión, le dije que yo
era la señorita Miranda James, la ayudante de Cameron Gordon, y que haría mejor
en apresurarse a mover el culo si no quería perder su puñetero empleo. Pareció
anonadado. Titubeó durante un momento, franqueó a toda prisa una puerta en forma
de arco y regresó pocos instantes después para conducirme hasta uno de los
despachos que había en la parte de atrás.
Era
impresionante, la habitación más imponente en la que yo había estado nunca.
Cortinas de terciopelo verde oscuro colgaban delante de las ventanas, y las
paredes estaban cubiertas de unos resplandecientes paneles de rica madera
dorada. La tapicería de los sillones era de cuero marrón y le invitaban a uno a
sentarse, y grandes alfombras de elegantes dibujos se extendían sobre el suelo
de parqué. El escritorio del señor Thomas Sheppard era tan grande como una
casa, la superficie de caoba lisa como un lago, y el tintero de plata y ónice
lanzaba brillantes destellos a causa de un rayo de sol que se reflejaba en él.
Las estanterías situadas detrás del escritorio contenían bellos volúmenes
encuadernados en piel marrón y dorada. Me dieron ganas de tocarlos. ¡Caramba!
Figúrense, la duquesa Randy en una estancia como aquélla.
El
señor Thomas Sheppard se hallaba sentado tras el escritorio; era un hombre
pequeñito, seco como una pasa, y cuando se puso en pie me di cuenta de que era
bastante más bajo que yo. No era de extrañar que no lo hubiese visto al entrar.
Tenía el pelo ralo y salpicado de mechones grises, y la piel parecía un
pergamino viejo. Los grandes ojos azules parpadeaban afablemente detrás de unos
anteojos de montura de oro. Hizo una reverencia de lo más formal y, a pesar de
ser muy bajito, me pareció extremadamente pulcro con aquella levita marrón de
magnifico corte y una corbata de seda verde.
-¿La
señorita James? -me preguntó.
Asentí,
altanera e imponente, dispuesta a no dejarme intimidar. El editor dio la vuelta
alrededor del escritorio para estrecharme la mano. Yo me comporté como si me
hubiese pasado la vida haciendo aquello. El señor Sheppard me indicó con un
gesto uno de los grandes sillones de cuero y me pidió que me sentara. Yo hice
un movimiento negativo con la cabeza. Aquellos amistosos ojos me examinaron con
considerable aprecio las finas ropas y el pelo, que yo llevaba muy brillante y
cepillado.
-No
sabía que Cam tuviera un ayudante -me dijo-. Debo decir que le envidio por
tener a alguien tan joven y atractiva. ¿En qué puedo servirla, señorita James?
- Le
traigo el nuevo libro.
Sheppard
parpadeó. El sonido de mi voz pareció desconcertarle un poco. Yo no me
explicaba por qué.
-
Eh... ¿Quiere decir que me trae usted el próximo libro de Roderick Cane?
-Aquí
lo tengo -le dije-, y es el mejor de todos Ha trabajado noche y día para
terminarlo a fin de que vos podáis hacer que lo impriman, vender cientos de
ejemplares y ganar con él una puñetera fortuna.
-
Los libros de Cam tienen mucho éxito
admitió Son con gran diferencia los que tienen más éxito de todos los
que publicamos.
- Y
él mientras tanto prácticamente se muere de hambre -le solté yo.
-¡Oh!
- No
hay derecho; él se esfuerza mucho trabajando y -ese señor Beaumont le amenaza
con mandarlo a la cárcel por las deudas que tiene con ustedes, Se llevó un gran
disgusto, ya lo creo; y mientras tanto hay mucha gente esperando a que salga el
nuevo libro de Roderick Cane. Es un milagro que haya podido llegar a
terminarlo.
-
Yo... pues... no sabía que Beaumont fuese tan severo -dijo Sheppard.
- Se
portó como un auténtico cabrito, de veras. “Sheppard & Company” saca una
puñetera fortuna con sus libros y a cambio lo trata como si fuese un criminal
porque se retrasa unas cuantas semanas.
-
Hablaré con Beaumont - me aseguró Sheppard. Los ojos grises parpadeaban ahora
tras aquellos anteojos de montura de oro, y una ligera sonrisa asomó a los
labios del editor. Yo le caía bien, eso resultaba evidente, y él también me
caía bien a mí. No se parecía en absoluto a aquel cursi de Beaumont.
-
Aquí tenéis el libro - le dije entregándole el paquete-. Ya ha empezado el
próximo - mentí -. Lo empezó anoche y quiere un anticipo de doscientas
cincuenta libras.
Sheppard
volvió a quedarse desconcertado y abrió los ojos de par en par.
- ¡
Doscientas cincuenta libras! Nunca adelantamos una cantidad así.
-
Tiene que comprar papel - dije con aires de suficiencia-. También tiene que
comprar tinta, pagar el alquiler, comprar comida; y además necesita ropa nueva.
No puede trabajar bien si está preocupado por ese tipo de cosas.
Sheppard
no replicó. Parecía preocupado, y no por el bienestar de su más famoso
escritor.
-
Ese libro que tiene usted en las manos le va a dar un buen montón de dinero,
¿no es así? -le pregunté con viveza.
-
Pues... supongo que dará lo suficiente como para saldar la deuda que Cam tiene
con nosotros. Si se vende como el último, seguro que será así.
-Y
el siguiente también se venderá del mismo modo, ¿no? Su parte de los beneficios
será mucho más de doscientas cincuenta libras.
-Sin
duda. Bastante más.
-¿Entonces? dije yo.
Sheppard
vaciló, me miró con ojos dubitativos y luego, al cabo de un momento, se puso a
sonreír de nuevo. Yo mantuve una actitud testaruda, decidida a seguir
discutiendo en el caso de que fuera necesario. No hizo falta. El editor movió
la cabeza a ambos lados, soltó una risita, depositó el paquete sobre el
escritorio y luego me cogió una mano entre las suyas y me la apretó
cariñosamente.
- No
tengo ni idea de dónde la habrá encontrado a usted Cam -dijo-, pero espero que
sea consciente de que ha encontrado un tesoro. Le daré esas doscientas
cincuenta libras. Las tendrá antes de que acabe la semana. Sabe usted regatear
extremadamente bien, señorita James.
-Alguien
tiene que velar por él -dije yo.
El
propio Thomas Sheppard me acompañó por el pasillo hasta la puerta de la calle.
Seguía sonriendo, encantado con nuestro encuentro, y, por alguna razón,
extrañamente divertido. Me dije que aquellos tipos de las editoriales no eran
tan duros de pelar. Sólo hacía falta saber manejarlos. La campanilla repiqueteó
cuando el propietario de “Thomas Sheppard & Co.” me abrió la puerta para
dejarme pasar. Me estrechó la mano y me dijo que esperaba de veras volver a
verme. Todo lo fría y digna que fui capaz de aparentar, le dije que me
encantaría. Cualquiera habría pensado que yo pertenecía a la maldita burguesía.
-Y
no os olvidéis de su dinero -le advertí.
-No
me olvidaré de esta... eh... notabilísima entrevista ni un solo instante,
señorita James.
-Bien.
Entonces adiós.
Sheppard
todavía seguía sonriendo cuando yo traspasé la puerta.
Casi
me pongo a bailar en la calle Fleet. El puñetero escocés iba a llevarse una
buena sorpresa cuando recibiera aquellas doscientas cincuenta libras. Y se
pondría contento. Hasta puede que me diera las gracias, que empezara a advertir
mi presencia y a tratarme como un ser humano. Era un poco tonto, ya lo sé, pero
realmente estaba empezando a... a gustarme trabajar para él. Cada mañana
esperaba con ilusión el momento de verle, siempre estaba deseosa de servirle y
de hacer que estuviera cómodo, y cuando me miraba con aquellos duros ojos
azules me invadía por dentro una extraña sensación, una sensación que yo no
llegaba a comprender del todo. En cierto modo me asustaba, en cierto modo me
resultaba emocionante y en cierto modo agradable. Mucho mejor que cualquier
cosa de la que yo hubiese oído hablar. Mejor que todo.
7
Al
día siguiente, bien pasado el mediodía, cuando por fin Cam Gordon se despertó,
no le quedaba el menor recuerdo de lo que había sucedido entre nosotros después
de que él, el día anterior, garabateara aquella última palabra en el papel. Una
vez se hubo lavado, afeitado, vestido, y tras dar buena cuenta de la abundante
comida que le llevé, entró lentamente y con paso majestuoso en la habitación
delantera para examinar el manuscrito antes de llevárselo al editor. Al
encontrarse con que había desaparecido, se puso muy pálido. Yo le expliqué
alegremente lo que había pasado. Horrorizado, se negó en redondo a creer que él
hubiese podido hacer algo tan descabellado y, convencido de que yo me habría
metido en algún enredo diabólico, me agarró por los hombros, me sacudió con
saña y me interrogó con voz salvaje y temblorosa.
Protesté
y me declaré inocente. Le aseguré que le había entregado el libro a Thomas
Sheppard en persona y que él, Cam Gordon, me había dado la dirección del
editor. Me apartó de sí de un empujón tan fuerte que me tambaleé y me desplomé
en el sofá. Salió del piso como alma que lleva el diablo y bajó las escaleras
produciendo un ruido espantoso. Yo tenía la parte superior de los brazos, allí
donde él me había apretado, muy dolorida. Aún notaba poco firmes la cabeza y el
cuello. Me había hecho un arañazo en la parte posterior de la pierna al caer
contra el borde del sofá. ¡Maldito salvaje! Una intentaba ser buena, ser útil,
y ¿qué es lo que conseguía? Gritos, zarandeos y los brazos doloridos. Confiaba
en que a aquel maldito cabrón le atropellase un carruaje; o, aún mejor, uno de
aquellos pesados carros que transportaban cerveza. Eso arreglaría al muy bruto.
Cuando
regresó dos horas más tarde el humor le había cambiado por completo. Sereno y
seguro de sí mismo, entró con paso tranquilo en la cocina, donde yo estaba
fregando los malditos platos, y me informó con voz indiferente de que me debía
una disculpa. Con la cara tiznada de carbón, pues acababa de subir un cubo, el
pelo húmedo y caído sobre la frente y los brazos metidos hasta el codo en el
agua caliente y jabonosa, lo ignoré resueltamente y actué como si él no
estuviese allí. Fregué un plato, lo sumergí en un segundo barreño de agua
caliente para aclararlo, lo dejé a un lado para que se secara y luego me puse a
hacer lo mismo con una taza, concentrando toda mi atención en el trabajo.
- No
hace falta que te pongas de tan mal humor, muchacha -me dijo.
-
¡Da la casualidad de que soy un ser humano! -le espeté al instante-. Tengo un
nombre. Me llamo Miranda. ¡No... no me llamo “muchacha”!
Gordon
alzó una ceja.
-
¡Oh! Te ruego que me perdones.
- ¡
Sacudirme de aquella manera! ¡ Gritarme como lo hicisteis! La cabeza todavía no
se me ha puesto en su sitio. ¡Me van a salir cardenales en los dos brazos de
los apretones tan fuertes que me disteis!
- En
el trasero es donde te van a salir cardenales si continúas hablándome en ese
tono.
-
¡Adelante! ¡Amenazadme! Yo soy más pequeña que vos y también más débil. ¡
Podéis permitiros hacer el matón conmigo, so bestia!
-
Bancroft está en lo cierto. Vaya una lengua que tienes.
-
¡No os tengo miedo, Cam Gordon!
Una
remota y débil insinuación de sonrisa le asomó a los labios.
-
¿Ah, no? -me dijo-. ¿En qué me habré equivocado?
Le
volví la espalda, metí de nuevo los brazos en el agua jabonosa, cogí una
cacerola grasienta y me puse a frotarla con brío. Notaba la presencia de Cam
Gordon detrás de mi, bajo el marco de la puerta, notaba que me miraba con ojos
pensativos. ¿Por qué no se marcharía de una vez? ¡Escoceses! ¡Todos eran unos
fanfarrones, un hatajo de fanfarrones! Aclaré la olla y comencé a frotar una
sartén; luego cuando acabé de fregar todos los platos, me limpié las manos,
cogí un trapo limpio y me puse a secar la vajilla.
- A
Sheppard lo dejaste verdaderamente impresionado -me comentó Gordon.
Yo
no le oía. El no estaba allí.
-
Dijo que eras extremadamente persuasiva y, debo decirlo, me quedé muy
sorprendido al enterarme de que iba a ser doscientas cincuenta libras más rico.
Nunca me habían dado un adelanto tan generoso. Si no dejas ese maldito trapo y
me escuchas - continuó -, te digo en serio que te cogeré por la garganta y
apretaré hasta ahogarte.
El
tono de voz no le había cambiado en absoluto. Era tranquilo y razonable, sonaba
casi amable. Tiré el trapo y, dándome la vuelta en redondo, lo miré con ojos
que echaban chispas.
- ¿Y
quién os va a hacer entonces todos estos malditos trabajos?
- En
eso tienes razón - admitió-. Quizás no deba apretar hasta ahogarte. Puede que
sea preferible hacerlo sólo hasta que pierdas el sentido. El cuello te estaría
doliendo una temporada y se te pondría la voz ronca, pero aun así podrías
cumplir con todas tus obligaciones.
La
voz seca, la actitud distante; me miraba con aquellos tranquilos e indiferentes
ojos azules, y de nuevo una insinuación de sonrisa le afloró a los labios. Me
estaba tomando el pelo. ¡El muy cabrón me estaba tomando el pelo! Apenas podía
creerlo. Adopté una expresión irritada, me aparté unos rizos húmedos de la
frente y seguí secando platos.
- Me
felicitó por tener una ayudante tan notable - continuó diciéndome Gordon.
-¿Ah,
si?
-
Naturalmente, me quedé muy sorprendido. Te debo una disculpa, Miranda.
-Y
tanto que sí.
- No
hace falta que te pongas tan cortante por eso. Estoy intentando comportarme
correctamente.
-Y
no os resulta fácil, ¿verdad?
-
Escucha, maldita sea...
-
Adelante, gritad me otra vez.
-
¡Mujeres!
Dio
media vuelta y salió como un trueno; sonreí para mis adentros, curiosamente
encantada de aquel intercambio de impresiones. Se marchó poco después y no
regresó hasta muy tarde, hasta mucho después de que yo me hubiese retirado a la
buhardilla.
Los
días que siguieron estuvo de un humor extremadamente hosco, muy melancólico, y
no hacia más que mirar al vacío o leer alguno de aquellos espeluznantes libros
siempre con el ceño fruncido y garabateando notas. Yo llevaba a cabo mis tareas
procurando hacer el menor ruido posible, y él parecía no darse cuenta de mi
presencia. Igual que si yo fuera invisible. Al quinto día, después de mirar
melancólico durante largo rato a la pared, cerró de repente el libro que tenía
en el regazo, se acercó resueltamente a la mesa donde escribía y empezó a
garabatear con furia y a llenar hoja tras hoja de aquellos indescifrables
trazos.
La
nueva novela de Roderick Cane parecía cobrar vida con notable facilidad,
advertí cuatro días después. Aquella tarde Gordon se había ido temprano, era la
primera vez que salía desde que comenzara el libro, y yo me acababa de hacer
una taza de té. Mientras sorbía el líquido cogí el montón de hojas 'acabadas y
me puse a examinarlas. El héroe al parecer era alguien llamado Burke, James
Burke - conseguí averiguarlo mirando atentamente lo escrito con los ojos
entrecerrados-, un hombre que se había visto despojado de su herencia por un
malvado tío suyo, lo que le empujó a emprender una vida de crímenes y a
convertir-se en un notorio personaje de los bajos fondos; alguien muy parecido
a Black Jack Stewart, sólo que Burke era alto y apuesto y las mujeres siempre
intentaban seducirlo. Burke no les hacia caso, las trataba con una rudeza que
resultaba chocante, no le interesaba nada más que hacer fortuna y conseguir
vengarse de su tío y de sus cuatro primos.
El
té se me había quedado frío. Dejé la taza sin soltar la última página y,
asombrada, me di cuenta de que había sido capaz de entender aquella letra. Al
principio me había costado mucho trabajo, había tenido que esforzar mucho la
vista y fruncir el ceño, pero luego, sin que apenas me diera cuenta, aquellos
locos trazos negros habían comenzado a tener sentido, y poco a poco habían ido
cobrando forma hasta convertirse en letras y palabras reconocibles. Absorta en
el relato, había seguido leyendo olvidándome por completo del papel, de los
garabatos y del té. Era un puñetero milagro, eso es lo que era. Aquellos rasgos
diminutos y apretados tenían ahora significado, y leerlos era tan fácil como
coser y cantar. Cogí la taza de té, muy satisfecha de mí misma. Era emocionante
leer un libro que aún estaba en proceso de creación, antes de que nadie más
tuviera ocasión de leerlo, y tuve que admitir que aquel nuevo Roderick Cane era
verdaderamente emocionante, aunque hubiese algún detalle acerca de los peristas
que era erróneo. Me estaba preguntando si debía decírselo... y entonces
sucedió.
Me
volví para llevar la taza a la cocina. Pisé el borde de la alfombra. Resbalé,
me tambaleé hacia atrás contra la mesa y la taza se me escapó de la mano;
grandes chorros de té frío de color caoba corrieron por el montón de hojas,
seguidos por unas cuantas hojas de té empapadas. Durante un momento me quedé
paralizada a causa del horror; +luego me recogí la falda y empecé a secar las
páginas antes de que la tinta se corriera demasiado. Diez minutos después tenía
todas las hojas separadas y esparcidas por la mesa, fláccidas, manchadas,
apenas legibles.
Me
pregunté cómo reaccionaría él. ¿Me tiraría por la ventana para que me matase al
estrellarme contra el suelo? ¿Me estrangularía? ¿Me asfixiaría con una
almohada? Lo más probable era que agarrara el atizador y me matara a golpes.
“Corre, Randy. Sal huyendo para salvar el pellejo. Escápate ahora que puedes
hacerlo. No te conviene volver a St. Giles mientras Black Jack Stewart esté
acechando por ahí, pero Londres es una ciudad muy grande y puedes perderte en
ella y volver a tu antigua profesión.”
El
pánico fue cediendo poco a poco. Las hojas empezaron a secarse, arrugándose por
completo, llenas de grises manchas borrosas en los lugares donde se había
corrido la tinta y de otras anaranjadas producidas por el té. Las acerqué al
fuego de dos en dos y las sostuve hasta que estuvieron secas por completo, y
cuando acabé con todas las apilé de nuevo por orden en un montón que resultaba
arrugado y desigual. Limpié la mesa y lo ordené todo; luego me senté en la
silla del escocés y cogí el tintero, una pluma y una hoja de papel en blanco.
Coloqué la primera página del manuscrito junto a la hoja limpia, y temblorosa,
con los nervios hechos pedazos, mojé la pluma en el tintero.
Una
espesa neblina pareció llenarme la mente arrojando fuera de ella cualquier otra
cosa. Una curiosa luz dorada penetraba gradualmente en aquella neblina, y vi a
una niñita, ataviada con vestido rosa y un mandil de muselina blanco, cuyos
largos tirabuzones de color castaño se estremecían cuando ella se volvía para
mirar a una mujer encantadora que se parecía mucho a como yo era ahora, aunque
tenía los ojos grises en vez de azules y el pelo más castaño que yo. Era mi
mamá; y estábamos en una habitación con papel azul en las paredes; el sol
entraba a raudales por la ventana. Yo estaba impaciente por coger unas cortezas
de pan y echárselas a los patos, o por irme con mis amigas, pero primero debía
hacer los ejercicios de caligrafía, tenía que copiar dos páginas enteras del
libro que yacía abierto sobre el escritorio. Mi mamá lo supervisaba:
“No,
no, cariño, así no. Vuelve a empezar. Cada letra tiene que ser clara y
elegante. La caligrafía de una dama es una cuestión de belleza...” Yo suspiraba
con exasperación y volvía a empezar. Luego la neblina se formó de nuevo
mientras la escena se difuminaba con ella.
Empecé
a copiar la primera página. Me temblaba la mano. La tinta salpicaba el papel y
formaba borrones negros por toda su superficie. Empecé de nuevo y tracé cada
letra poniendo gran cuidado en ello y uniéndola suavemente con la siguiente;
poco a poco fui cogiéndole el truco. ¿Cuánto tiempo hacía que yo no escribía?
No me acordaba. Debían de haber pasado muchos años, pero escribir es algo que
nunca se olvida.
Cuando
terminé la primera hoja la examiné atentamente. Una letra clara, muy clara, y
además elegante, casi hermosa, sólo que un poco temblorosa porque yo había
pasado muchos nervios. Volví a copiar aquella página y esta vez resultó una
cosa bonita de verdad. Maravillosamente complacida conmigo misma, cogí otra
hoja en blanco y la segunda del manuscrito. El sol de la tarde se fue ocultando
mientras yo trabajaba. Me levanté para echarle al fuego una palada de carbón y
otro leño. Encendí las velas. La espalda me dolía un poco y tenía la mano
izquierda rígida, acalambrada. Flexioné los dedos, volví a sentarme y continué
trabajando, y antes de que me diera cuenta las velas se habían consumido y tuve
que ir a procurarme otras nuevas. El viejo reloj de bronce que había en la
repisa de la chimenea hacía tic-tac perezosamente. Eran más de las diez. El
fuego se había consumido, las brasas rojizas brillaban, la leña se desmoronaba
en pavesas, y por la claraboya se veía una extensión negra, muy negra,
ligeramente salpicada de estrellas. Tenía la espalda como si alguien me hubiera
estado clavando cuchillos en ella, y parecía que la mano se me fuera a
desprender de la muñeca de un momento a otro. Pero ya me quedaban pocas páginas
por copiar. Me moría de ganas de comer algo o al menos de beber una taza de té,
pero no me atrevía a malgastar el tiempo necesario para ir a buscarlo a la
cocina.
Me
faltaban dos hojas por copiar cuando se abrió la puerta y entró Cam Gordon. Yo
me volví, sin levantarme, y lo miré con expresión de culpabilidad. La pluma
todavía reposaba sobre la hoja. Gordon llevaba calzas negras, levita y una
preciosa corbata azul sólo un tono más oscura que los ojos. Tenía la cara
ojerosa, pálida, el mechón negro caído sobre el lado derecho de la frente.
Cerró la puerta, me miró a su vez, y yo me puse a temblar hasta que al fin los
nervios me estallaron y las lágrimas me desbordaron.
-
¿Puedo preguntarte que estás haciendo? - inquirió.
-Yo...
yo...
Entonces
empecé a sollozar y a derramar lágrimas; de algún modo, sin dejar de llorar en
todo el tiempo, conseguí explicarle lo que había sucedido. Las lágrimas me
cegaban, me corrían por las mejillas, y él seguía allí plantado como una
estatua, frío como el hielo, inmóvil, con el rostro inexpresivo. Le dije que
podía matarme si quería, que no me importaba, que aquello había sido un
accidente y que él era un ser horrible, frío y cruel; le indiqué que yo hacia
todo lo que podía por agradarle, pero que para él yo sólo era una puñetera
máquina, no un ser humano con sentimientos. Cruzó la habitación con paso
enérgico, me levantó del sillón y me abrazó, haciéndome apoyar el rostro en su
hombro y estrechándome entre los brazos.
-
Tranquilízate - me dijo-. Tranquilízate.
-
¡No puedo! Fue sin querer... fue sin...
-
Calla - me ordenó.
Continué
sollozando y temblando, y luego, cuando parecía que ya no podría llorar más sin
romperme en pedazos, me recorrió un estremecimiento y me quedé inmóvil entre
sus brazos; me hice dolorosamente consciente de aquel cuerpo alto y duro, de
aquellos brazos que me estrechaban con tanta fuerza, de aquel maravilloso olor
acre, mezcla de sudor, seda, cuero y tabaco. Experimentaba una sensación
completamente nueva. Me sentí débil y supe que me derrumbaría en el suelo si él
no me sujetaba. Contuve la respiración. Yo tenía la mejilla apoyada en su
pecho, justo por debajo del hombro, notaba el paño áspero contra mi piel; eché
la cabeza hacia atrás y lo miré.
-Tienes
los ojos hinchados -me dijo él.
- Lo
siento.
-Y
la cara sucia.
Me
limpié la mejilla con los dedos. Gordon seguía abrazándome con fuerza. Yo
apenas podía respirar. Tampoco deseaba hacerlo. Quería seguir experimentando
aquella mágica sensación que llenaba por completo todo mi ser, un dolor extraño
y maravilloso que era como una música silenciosa que me latía en las venas. No
llegaba a comprenderlo bien, pero no quería que se terminase. Tenía algo que
ver con aquel cuerpo, con aquellos brazos, con el olor y la cara, atractiva y
dura, que estaba sólo a unos pocos centímetros de la mía. Fruncí el ceño,
turbada. Luego Cam Gordon me soltó y dio un paso atrás frunciendo también el
ceño a su vez.
-No
soy un monstruo, Miranda.
-Sí,
lo sois. Sois horrible, horrible.
-
¿Pensaste en serio que te mataría sólo porque derramaste el té en el
manuscrito?
-
Estaba convencida de que lo intentaríais.
-
¿Cómo ocurrió?
-Yo...
estaba leyéndolo y me quedé embebida en la historia, y entonces... entonces
sencillamente sucedió. Me... me asusté. Sabía que tenía que hacer algo...
intenté copiarlo todo entero. Todavía me faltan dos páginas...
Cam
Gordon cogió una de las hojas recién copiadas y la examinó atentamente sin que
en el rostro se le reflejara emoción alguna. Lo mismo habría podido ser una
máscara, una máscara aguda, enjuta y curiosamente hermosa.
-
¿Tú has hecho esto? - inquirió sin apartar los ojos de la página.
-Yo...
intenté que quedara lo más limpio posible. No soy perfecta, ya lo sé, pero al
menos se puede leer.
-Tienes
muy buena mano.
- La
letra tampoco está mal.
-
Supongo que ya sabes que Sheppard tiene en nómina a un empleado cuyo único
trabajo consiste en descifrar mi letra y hacer una copia legible para la
imprenta. El sueldo de ese hombre se deduce de mis beneficios. Y desde hoy se
ha quedado sin empleo.
-¿Qué
queréis decir?
-
Quiero decir que acabas de convertirte en mi copista.
-¿Esperáis
que copie todo lo que escribís? -exclamé-. ¿Esperáis que haga esto y todo lo
demás? ¡Es un trabajo puñeteramente duro, vaya silo es! La mano está a punto de
caérseme. Tengo la espalda destrozada, y me bailan puntitos delante de los ojos
a causa del esfuerzo que he tenido que hacer para leer esos malditos trazos.
¡No lo haré! Yo soy la que tiene que subir los cubos de agua por todos esos
puñeteros escalones, vaciar los desperdicios, subir el carbón, encender los
fuegos, y haceros la comida. Limpio el piso, friego los suelos, lavo las
ventanas, os zurzo las medias y os limpio las condenadas botas, pero si
creéis...
-Lo
harás -me indicó.
- ¡Y
un cuerno, lo haré!
La
tarde siguiente empecé a copiar con esmero todo lo que él había escrito durante
el día, y cuando regresó aquella noche le mostré mi obra con orgullo. Tenía una
ortografía espantosa, le dije, hollín se escribe con “h”, las palabras más
corrientes le juegan a uno malas pasadas de continuo; Gordon se puso de mal
humor y me preguntó dónde había aprendido yo ortografía, y le dije que era algo
que poseía de forma natural, quizás porque leía mucho. A unas personas se les
da bien la ortografía y a otras las sumas, las restas, y todas esas cosas. A
milos números me abruman, pero para la ortografía estaba realmente muy bien
dotada.
- ¡
El paso siguiente será que me escribas tú esos malditos libros! -predijo.
- De
momento, no -repliqué yo-. Todavía no tengo la maña necesaria, pero seguramente
la adquiriré si estudio lo suficiente. Ya estoy empezando a comprender cómo lo
hacéis vos. Planteáis primero los personajes, ponéis en marcha la historia y
luego...
-
¡Jesús!
-No
parece tan difícil -dije con suficiencia.
-Nunca
he asesinado a una mujer. He tenido ganas, vive Dios, incluso he estado tentado
de hacerlo en más de una ocasión, pero... pero... -Se detuvo en seco y me miró
con ojos fulgurantes-. ¡El mero hecho de que aún respires es uno de los mayores
milagros de nuestro tiempo!
-Sois
terriblemente quisquilloso -le dije-. Aunque supongo que es algo característico
en los escritores. Por cierto, cometisteis un error acerca de los peristas.
James Burke no les exigiría un tanto a los propietarios de las casas de objetos
robados, sería él mismo el propietario y tendría empleados para que las
dirigiesen. Esa es la forma como lo hace Black Jack Stewart.
-¡Oh!
-Tenía la voz guarnecida de sarcasmo-. Supongo que conocerás personalmente al
notorio Stewart.
Moví
la cabeza a ambos lados.
- De
hecho no lo conozco, pero él sí me conoce a mi, al menos sabe quién soy. Esa es
la única razón por la que ahora mismo estoy aquí.
-¿Qué
se supone que quieres decir con eso?
Titubeé
al darme cuenta de que había hablado demasiado. Cam Gordon esperó; aquellos
ojos exigían una respuesta a la pregunta. De mala gana le conté el aterrador
encuentro que tuvo lugar la mañana de la ejecución. Le describí el modo en que
Black Jack Stewart se me había quedado mirando y le conté todo lo que Sally me
había dicho aquella noche entre las sombras de la iglesia de St. George. Con
cautela le confesé que si Stewart no me hubiese estado buscando, yo nunca
habría regresado a la calle Holywell. Gordon no demostró reacción ante aquella
confesión, puede que ni siquiera la oyera.
-
¿Pensaba raptarte?
-Aún
lo haría si pudiera. Probablemente todavía tiene a sus hombres por ahí
buscándome. Al fin y al cabo no ha pasado tanto tiempo.
Gordon
no dijo nada, pero pareció enojado; aquel familiar fruncimiento de ceño le
producía un profundo surco por encima de la nariz.
La
tarde siguiente yo ya me había olvidado por completo de aquella conversación.
Regresaba caminando despacio a la calle Holywell con los brazos cargados de
paquetes. Al advertir que tenía una carrera en la media y que el único vestido
de trabajo del que disponía se estaba poniendo un poco sucio, Gordon había
fruncido el ceño y había sacado dos billetes de una libra del tarro de jengibre
diciéndome que fuera a comprarme ropa nueva. Muy contenta, salí con alas en los
pies y pasé dos horas de ensueño gastándome el dinero. No me compré un vestido,
sino dos, uno precioso de algodón azul estampado con florecitas de color
púrpura y otro también de algodón con el escote redondo y las mangas de vuelo.
Me compré igualmente un chal violeta con el borde de seda brillante, una capa
de lana de color azul oscuro forrada de seda gris, cuatro pares de medias y
unos zapatos preciosos de piel de cabrito con unos tacones de cinco
centímetros. Me iban perfectamente.
Había
que saber comprar, pensé mientras caminaba sin prisas por la calle con la
sonrisa en los labios. Según quien hubiera cogido las dos libras y se habría
ido a una tienda a comprarlo todo nuevo, quizás un vestido y puede que una capa
pequeña, pero hacer eso era una tontería cuando se pueden conseguir cosas de
segunda mano, y buenas además. Regateé furiosamente con la vieja alcahueta que
llevaba la tienda de ropa de segunda mano. Quería más dinero por el chal, y más
aún por los zapatos. Yo le dije que podía meterse todos sus malditos trapos por
donde quisiera y que yo me iba con las dos libras para gastármelas en otra
parte. Rápidamente se echó atrás, aunque mientras me envolvía las cosas me
aseguró que aquello era un robo.
En
cuanto llegara a casa lavaría con mucho esmero todas aquellas prendas, las
colgaría en el patio para que se secasen y luego las plancharía con la misma
plancha que utilizaba para la ropa de “Su Alteza”. Quedarían igual de bien que
si fueran nuevas.
Me
había dado una larga caminata hasta la tienda de ropa de segunda mano, y aún me
separaba un buen trecho de la calle Holywell, cuando noté aquella extraña
sensación en la nuca, una sensación difícil de describir, pero tan fuerte que
casi resultaba física. Alguien me estaba mirando. Un agudo instinto
desarrollado a base de pasar años en las calles me decía que estaba en lo
cierto. Aminoré el paso y entonces noté la sensación en las paletillas. Seguí
caminando todavía más despacio y acabé por detenerme delante de un escaparate
para admirar una polvorienta colección de jarrones de porcelana y ollas de
bronce decoradas. La acera se hallaba atestada de gente, gente que pasaba por
detrás mío, y los carruajes circulaban por la calzada con gran estrépito.
Como
quien no quiere la cosa, siempre como quien no quiere la cosa, me di la vuelta
y miré hacia atrás en la misma dirección en que había venido, tratando de
divisar a quienquiera que fuese que había estado midiéndome con la vista. No
habían sido aquellas comadres bulliciosas con los cestos llenos de verdura. Ni
aquel caballero de cara colorada con el sombrero ladeado, sonrisa de borrachín
y mejillas sonrojadas. Ni el organillero italiano que tenía un mono flaco
ataviado de modo escandaloso. Debía de haber medio centenar de personas que
iban y venían de un lado para otro, caminando con resolución, o salían de las
tiendas. No había nadie a la vista que tuviera aspecto sospechoso. A lo mejor
me lo había imaginado. No, no. Randy la de St. Giles tenía instintos felinos.
No era una remilgada ni una asustadiza con los nervios de punta. Alguien me
había estado observando, eso era seguro, y probablemente me hubiese estado
siguiendo; incluso podía ser que llevase mucho rato haciéndolo. Continué
escrutando la calle con mirada aguda.
¡Allí!
Aquel tipo grande con el justillo de cuero oscuro que holgazaneaba con una
indolencia un poco exagerada delante de la carnicería; estaba apoyado en la
pared con el hombro derecho, y tenía los brazos cruzados y la cara vuelta en
dirección opuesta a mí. No podía verle la cara, sólo la parte posterior de la
cabeza. Tenía el cabello espeso y lanudo, del color de la miel oscura, y medía
por lo menos un metro noventa, con espaldas anchas y piernas poderosas
enfundadas en unas calzas marrones muy ajustadas. Mientras yo lo miraba, un
robusto caballero con una levita de satén azul claro y peluca empolvada pasó
por delante de la carnicería. Aquel bestia rubio se puso derecho, se tropezó
con el caballero y estuvo a punto de hacerle caer. El caballero masculló una
maldición, se colocó bien la peluca y siguió avanzando en mi dirección. El
rubio se metió un reluciente reloj de oro con una gruesa cadena en el bolsillo
del justillo y se alejó a grandes zancadas siempre de espaldas a mí. No llegué
a verle bien el rostro, pero ya no importaba. Lo más probable era que aquel
tipo me hubiese visto cargada con todos los paquetes y hubiera pensado que yo
podía ser una víctima fácil; me habría estado siguiendo un rato y luego habría
decidido que seguramente el caballero vestido de azul claro tendría mejores
cosas que robar.
Me
quité el incidente de la cabeza y regresé a toda prisa a la calle Holywell. Me
encontré a Cam Gordon trabajando aún afanosamente. No me dio tiempo a lavarme
la ropa nueva. Tuve que hacerle una taza de café, buscarle determinado libro,
atizar el fuego y traer más carbón, acercarme a la tienda que vendía queso y
mantequilla para comprar un buen pedazo de cheddar, elegir una gruesa ristra de
salchichas jugosas de piel crujiente y llevarle una bandeja con la cena, pues
aquel día Gordon no tenía intención de salir. Dejó de trabajar alrededor de las
siete, se tomó otra taza de café y, mientras yo copiaba lo que él había
escrito, se puso, muy malhumorado, a investigar métodos de tortura de la Italia
del Renacimiento que le sirvieran para que Burke los utilizara en el libro.
Lavé
la ropa por la mañana temprano, mientras Gordon aún dormía; luego la colgué a
secar en una cuerda del bullicioso y transitado patio. Unos niños jugaban
ruidosamente a la pelota. Los perros lanzaban agudos ladridos. Las mujeres
cotilleaban alegremente junto a la bomba de agua. Era un día soleado, frío y
despejado, y hacia mediodía las prendas ya estaban secas. Calenté la plancha
sobre el fuego y, lenta y cuidadosamente, planché todas y cada una de aquellas
prendas. Imagínense, yo dueña de cuatro vestidos, dos pares de zapatos, una
capa forrada de seda y además un chal, también de seda. Era la gloria, eso es
lo que era. Que quedaba casi oculta por el hecho de tener que tratar con un
escocés temperamental y poco amistoso que se pasaba todo el tiempo con el ceño
fruncido y garabateando sangrientos relatos sobre venganzas. Cuando estaba
guardando la ropa en mi pulcra buhardilla, se me ocurrió de repente que por
primera vez desde que mi memoria alcanzaba a recordar, me sentía feliz,
realmente feliz.
A
las cuatro Gordon seguía trabajando con furia, y yo me puse a hacer un
estofado. Pedazos de carne de buey y algunas cebollas hervían en el burbujeante
caldo de un puchero que estaba en el fuego de la cocina mientras me afanaba
pelando patatas y zanahorias. No sabía nada de cocina, siempre que podía salía
a comprar los alimentos ya hechos, pero por lo visto cualquiera era capaz de
hacer un estofado. Eché las mondas de patata y de zanahoria en una cacerola
redonda llena de agua, añadí las verduras troceadas en el burbujeante caldo y
fruncí el ceño al oler aquel líquido. Quizás no debería haber puesto dos
dientes de ajo, pensé entonces. Aunque podía ser que añadiendo más sal y
pimienta el sabor del ajo se amortiguara. Empecé a echar condimentos
alegremente sintiéndome cada vez más creativa. “Su Alteza” iba a tener aquel
día una sabrosa comida preparada con mis propias manos.
Me
asomé a la habitación delantera. El escocés seguía escribiendo aplicadamente, y
apretaba los dientes al hacerlo. Me dije que lo más probable era que estuviera
matando a alguno de los primos. Llamaron a la puerta. Gordon no hizo caso. Los
golpes continuaron. El escocés no los oía. Tras secarme las manos
apresuradamente en un paño, crucé corriendo la habitación y abrí la puerta; me
quedé mirando, presa de un silencioso asombro, a la alta y encantadora criatura
que tenía de pie ante mi. Era varios centímetros más alta que yo, con una
figura redondeada y madura que resultaba un poco entrada en carnes, pero
innegablemente voluptuosa. Tenía el cabello espeso y lustroso de color dorado,
y lo llevaba elaboradamente peinado formando ondas en lo alto y con largos
tirabuzones que le colgaban por detrás. El cutis me recordó a los pétalos algo
marchitos de una rosa; los ojos de color esmeralda brillaban vivamente.
-¿Y
quién podrías ser tú? -me preguntó.
-
Pues podría ser Eleanor de Aquitania - repliqué-, sólo que no lo soy. Resulta
que soy la ayudante del señor Gordon.
La
mujer arqueó una ceja oscura perfectamente dibujada. Tenía la boca grande, de
color rojo ciruela y de aspecto ávido, y llevaba un lunar postizo en forma de
corazón justo debajo de la comisura derecha. Provocativa. Decididamente
provocativa. Olía a violetas, un perfume embriagador y llevaba un vestido de
satén a rayas verdes y cremas. El corpiño se le ajustaba como una segunda piel
dejándole al descubierto los hombros y la mayor parte del busto, y la falda
acampanada formaba volantes festoneados que se abrían poniendo al descubierto
unas enaguas de encaje rizado de color crema. Vestía unos largos guantes de
terciopelo, un grueso brazalete de esmeraldas y diamantes en una muñeca, y
también llevaba relucientes diamantes en los lóbulos de las orejas. Por lo
menos tendría treinta y cinco años, puede que incluso estuviera cerca de los
cuarenta, pues hacía mucho tiempo que había perdido la lozanía de la juventud
aunque desprendiera un poderoso atractivo. Aquellos ojos mundanos y
experimentados habían visto muchos techos. Aquel cuerpo lascivo y abundante
había corrido mucho mundo.
-¿Quién
es? -preguntó Gordon, irritado.
-No
lo sé bien -repuse yo.
Sin
embargo silo sabía. Aquélla no podía ser otra que la muy comentada lady Evelyn
Greenwood, quien, según Bancroft, era tan rica como Creso y sentía un
insaciable deseo por mi escocés. La dama me apartó para pasar y se acercó con
andares reposados a Gordon, produciendo un crujido de encaje y satén e
impregnando el aire de perfume mientras las joyas resplandecían con temblorosas
llamaradas verdes y plateadas. Cerré la puerta de un golpe. Qué capricho llevar
joyas a media tarde. No era de buen gusto. Manifiestamente ostentoso, en mi
opinión. Gordon alzó la vista hacia ella y frunció el entrecejo, muy lejos de
estar encantado de verla.
-¿Qué
quieres, Evelyn? -le preguntó.
-Cam,
cariño, de sobras sabes lo que quiero. Hace ya mucho tiempo que no nos vemos.
-He
estado muy ocupado -le dijo él de una forma un poco brusca.
La
mujer le pasó los dedos por entre los cabellos y esbozó una lánguida sonrisa,
encantada con aquel malhumor y el desafío que el mismo suponía. Yo estaba
desean do quedarme a contemplar la escena, pero Gordon me lanzó una mirada
amenazadora y me fui corriendo a la cocina. Sin embargo dejé la puerta
entreabierta. Puede que no tuviera oportunidad de mirar, pero desde luego tenía
intención de oírlo todo. Gordon masculló algo que no conseguí entender y lady
Evelyn se echó a reír roncamente mientras las faldas le crujían de nuevo. Yo
podía oler el perfume incluso desde la cocina, por encima del tufo del ajo.
-
Realmente me gustaría que abandonases esta vivienda, Cam -se quejó ella-. Ya sé
que eres un escritor algo chiflado y excéntrico - precisamente por eso te
adoro, cariño-, pero vivir aquí es absurdo. Ese espantoso patio... los perros
me han ladrado, un niño me ha sacado la lengua, y he tenido que abrirme paso
esquivando cuerdas llenas de ropa tendida para llegar hasta la puerta. ¡Y esas
escaleras!
-Nadie
te ha pedido nunca que te tomes tantas molestias, Evelyn.
-No
seas malo conmigo, Cam, cariño -dijo ella con voz mimosa-. ¿Por qué tienes que
hacerte siempre el difícil? Te he repetido mil veces que yo estaría encantada
de ponerte un maravilloso piso de soltero.
-Y
yo te he dicho mil veces que no soy ninguna puta masculina.
-
¡Qué irrazonable eres! No quieres que te haga regalos, no quieres que te
proporcione un lugar decente para vivir... Mira que ir a enamorarme de un
hombre de principios. ¡Qué aburrimiento! Te he echado muchísimo de menos -
añadió con voz baja y provocativa.
-
Pues de verdad que no tengo tiempo para eso, Evelyn -le dijo él con cansancio-.
Acabo de empezar otro libro. Es imperioso que lo termine en el plazo de dos
meses.
- ¡
Bah! Trabajas demasiado, cariño. Necesitas un poco de distracción.
Gordon
guardó silencio. Me acerqué de puntillas a la puerta y me asomé con cautela por
la rendija que había dejado abierta. El escocés seguía sentado ante la mesa y
miraba a la dama con unos ojos que lanzaban destellos azules oscuros y
amenazadores. Estaba hirviendo por dentro, más enfadado a cada minuto que
pasaba, pero lady Evelyn parecía absolutamente encantada y lo acosaba
deliberadamente. Sonrió, alargó una mano para pasarle el dedo índice por la
enjuta mejilla y luego le acarició la malhumorada curva de la boca. Gordon
frunció el ceño, tenso, como una pantera a punto de saltar.
-Te
deseo, cariño -ronroneó ella.
-Lo
has dejado sobradamente claro.
-Tú
también me deseas. Lo sabes muy bien.
Se
puso en pie tan bruscamente que la silla se estrelló contra el suelo. Los ojos
le refulgían ahora con violencia. Cogió a lady Evelyn por la muñeca. Ella
palideció, emocionada hasta el tuétano. Gordon se dirigió como una tromba al
dormitorio arrastrando a la mujer con él. Los altos tacones de lady Evelyn
resonaban en el suelo. El escocés abrió la puerta de un puntapié y metió a la
mujer en la alcoba de un salvaje tirón del brazo. Ella soltó un gritito mitad
de temor mitad de éxtasis.
-
¡De acuerdo! -le dijo él con voz de trueno- ¡Te daré lo que has venido a buscar
y luego te largarás de aquí!
- ¡
Eres tan dominante, Cam!
La
puerta del dormitorio se cerró de un portazo tan fuerte que un cuadro enmarcado
que había en la pared se cayó y el cristal se hizo añicos. ¡Vaya unas
relaciones amorosas! ¡Aquello era un escándalo! Abrí la puerta un poco más para
poder oír mejor. ¡Y qué cosas oí! ¡Qué golpes, qué estrépito, qué forma de
hacer crujir los muelles! Era bastante para que una se ruborizase. La cama se
movía literalmente de un lado a otro de la habitación, y las patas retumbaban
sobre la dura madera. Lady Evelyn, sin el menor recato, hacía unos ruidos
semejantes a los que haría un gato ahogándose, y luego se oyó un grito y un
estruendo cuando las tablillas de la cama cedieron y el somier y el colchón
cayeron de golpe al suelo. El escocés era ciertamente un hombre vigoroso, reflexioné.
Silencio.
Luego un gemido tan fuerte que lo sentí desde la cocina. Crujidos de ropa.
Volví a cerrar la puerta dejando la rendija para poder curiosear. Unos cinco
minutos después se abrió la puerta del dormitorio y lady Evelyn salió de allí
con una gloriosa sonrisa de satisfacción. Tenía el pelo revuelto, el corpiño
torcido, las faldas de encaje y satén arrugadas. Se volvió para echar una
ojeada al dormitorio, le mandó un beso con la mano a su enérgico amante y luego
cerró la puerta. Se acercó al espejo, se ajustó el corpiño, se sujeto un mechón
de pelo hacia atrás con una horquilla y se alisó los volantes de encaje sin
dejar de sonreír en todo el rato.
Luego
se marchó entre brillos de gemas y crujir de faldas, dejando un halo de perfume
tras de sí. Oh, ella era toda una dama, elegante como la que más con aquel
vestido tan lujoso, guantes de terciopelo y voz altanera, pero ninguna de las
chicas de la Gran Moll se le podría comparar en el descaro. Tenía la misma
moral que un gato callejero. Necesitaba que le bajasen los humos. Miré
rápidamente la gran cacerola de agua que había sobre el escurridor con las
mondas de zanahoria y patata flotando en la superficie. “No está bien que hagas
eso, Randy -me dije-; ni siquiera deberías pensarlo.”
Acarreé
el perol lleno de agua hasta el rellano y luego hasta el extremo del estrecho
pasillo. Aguantándolo sobre el estómago, lo deposité con cuidado sobre el
alféizar y abrí la ventana. Daba justo encima de la puerta que llevaba del
patio a la escalera, y cualquiera que entrase o saliese de aquella parte del
edificio tenía que pasar a la fuerza por allí. Sujeté la cacerola, la levanté
un poco, me asomé a la ventana y me puse a esperar. La marrana aquella se lo
estaba tomando con calma. Probablemente tendría las rodillas flojas después de
todo aquel ejercicio.
Pasó
un minuto completo antes de que ella saliese con paso majestuoso al suelo
empedrado de guijarros. Yo incliné la cacerola y vacié todo su contenido
pensando que ojalá hubiesen sido desperdicios en lugar de un poco de agua sucia
y unas cuantas mondas. Lady Evelyn lanzó un chillido que debió de oírse en
Hampstead y quedó completamente empapada. Gesticuló con los brazos en alto y
siguió gritando mientras yo me escondía y me llevaba el perol vacío pasillo
adelante. “Eso ha sido una maldad por tu parte, Randy -me regañé a mí misma-.
Deberías estar avergonzada.”
No
lo estaba. Estaba de lo más sonriente.
Pasó
al menos una hora antes de que Cam volviese a sentarse ante la mesa de
escribir. Lo ni andar de un lado para otro haciendo ruido, arreglando la cama y
maldiciendo airadamente. Poco después ni correr el agua mientras él se lavaba.
Cuando por fin salió con la camisa blanca metida por dentro del cinturón y el
pelo negro cepillado con precipitación pero aún revuelto, tenía en el rostro
una expresión salvaje; los ojos azules me desafiaban a hacer cualquier
comentario, uno sólo. Yo asumí un aire de total inocencia y le pregunté con
dulzura si estaba preparado para tomarse la cena. Examinó minuciosamente mis
palabras para ver si podían contener algún descarado doble sentido. Al no
encontrarlo, me hizo un breve gesto de asentimiento con la cabeza y se sentó.
-Supongo
que tendréis mucho apetito -observé; luego me fui corriendo a la cocina.
El
estofado fue un auténtico fracaso. Cam Gordon lo probó y lanzó un rugido que
hizo temblar las paredes. Yo tomé una cucharada y tuve que admitir cándidamente
que quizás estuviese un poco salado. Hizo varios comentarios groseros en voz
muy alta, lo que hirió enormemente mi orgullo, y luego me ordenó que me
apresurara a mover el trasero y bajara a toda prisa al restaurante a buscar un
poco de comida decente. Cogí dinero del tarro de jengibre y salí, demorándome
deliberadamente al bajar las escaleras. Me sentía en extremo satisfecha de mí
misma, con comentarios hirientes o sin ellos.
El
sol se estaba poniendo cuando salí al exterior; el patio se hallaba sombrío,
veteado por desvaídos rayos de sol de color naranja oscuro. Los niños ya se
habían recogido. La bomba de agua estaba desierta y unas gotas rebosaban
lentamente por encima del borde de un cubo de madera que alguien había dejado
debajo. Un gran perro blanco y negro que roía un hueso levantó la vista y me
miró mientras yo pasaba. Crucé el patio y salí bajo el arco que conducía al
exterior del edificio. Un gran carruaje se halla-ha detenido en la calle
Holywell, directamente delante del arco. Los caballos pateaban con impaciencia.
El cochero llevaba una gruesa capa con el cuello subido que le tapaba la cara,
y sujetaba con fuerza las riendas, dispuesto a ponerse en marcha en cualquier
momento. Pensé que lo más probable era que estuviese esperando a alguien. Un
hombre holgazaneaba entre las sombras delante de la entrada recostado sobre la
pared; sólo se le veían las botas y las robustas piernas enfundadas en medías
marrones, el resto quedaba oculto por las sombras.
Pensaba
comprar una buena y sabrosa empanada de carne y un cuartillo de cerveza para
“Su Alteza”, y un cucurucho de patatas fritas para mi. También tenía intención
de comprar otro pan, queso y un cubo de leche, por si acaso Gordon decidía
quedarse trabajando hasta tarde y necesitaba comer algo a última hora. Salí del
arco y pasé tan cerca del carruaje que hubiese podido tocarlo con la mano. Oí
unos pasos detrás de mi. Me di la vuelta. El hombre que estaba holgazaneando
entre las sombras había empezado a acercárseme. Era grande y rubio, y llevaba
un justillo de cuero.
Pareció
que el corazón me dejara de latir. Me quedé paralizada.
-Vos...
vos me estuvisteis siguiendo ayer -le dije casi en un susurro.
Sonrió
y asintió con la cabeza.
Estaba
seguro de que me habías descubierto. Le vacié el bolsillo a aquel tipo para
disimular. Y salió de maravilla. Después pude seguirte hasta casa sin el menor
problema.
-Sois...
sois...
-Black
Jack te está esperando, Randy -me dijo-Lleva esperándote mucho tiempo.
Antes
de que yo pudiera echar a correr, antes de que me diera tiempo de gritar, la
puerta del carruaje se abrió de golpe y un trapo oscuro y maloliente me sofocó;
me levantaron y me arrojaron al interior del carruaje. Mc echaron por encima un
saco de tela. Yo pataleé y me debatí todo lo que pude. Unos brazos muy fuertes
me sujetaron. Oí una profunda risa masculina. Los muelles del carruaje
chirriaron con fuerza cuando el segundo hombre saltó dentro. La puerta se cerró
de golpe. Restalló el látigo. El carruaje comenzó a avanzar con rapidez calle
abajo.
8
Debí
de perder el conocimiento. Intentaba incorporarme sumida en nubes de oscuridad,
esforzándome desesperadamente por respirar. Algo horrible y maloliente me
ahogaba, me rodeaba; el hedor, cada vez más espeso, me llenaba la nariz y la
boca, dificultándome la respiración. Me debatí, y la oscuridad me reclamó de
nuevo. Me percataba vagamente de cierto movimiento que me mecía y me obligaba a
dar botes, y noté la presión de unos brazos que me sujetaban con fuerza. ¿Dónde
estaba? ¿Qué había pasado? Las preguntas me cruzaban por la mente a ráfagas,
luego se disipaban, y sentí que el cuerpo se me aflojaba al tiempo que me
sumergía en la oscuridad.
-Será
mejor que le quites el saco, Matlock -dijo una cruda voz. Parecía venir de muy
lejos, pues apenas era audible-. No queremos que se asfixie. A él no le
gustaría que le entregásemos un cadáver.
Me
levantaron de un empujón. Aturdida, apenas consciente, noté el roce del trapo
en la mejilla cuando tiraron de él hacia arriba. Un saco. Un saco. Me habían
echado encima un saco. Dos hombres. Un carruaje. Me estaban secuestrando. Tosí,
me tambaleé a causa del mareo, y cuando por fin me quitaron el saco boqueé para
poder respirar a gusto. Durante unos instantes estuve parpadeando completamente
desorientada, y luego me invadió el pánico e intenté saltar del coche en marcha
y ponerme a gritar. Una mano brutal me tapó la boca y me tiró bruscamente de la
cabeza hacia atrás, sujetándomela contra un hombro. Me debatí con
desesperación. El hombre que me tenía sujeta soltó una risita y curvó con
fuerza el brazo que le quedaba libre en torno de mi cintura, mientras con la
otra mano me magullaba los labios y me apretaba la barbilla
-
Esta chica es tina verdadera gata salvaje, ¿no te parece? -dijo.
-Sí,
una Viera. Me han contado muchas cosas sobre ella.
-A
mí me gustan así, un poco salvajes. Lo hace más interesante. Cuando son débiles
y bien dispuestas no resulta nada divertido.
Pataleé.
Les di puntapiés en las espinillas. Lancé un brazo hacia atrás, pero sólo
encontré aire. Tiré con todas mis fuerzas. Una afilada barbilla se me clavó en
el hombro y una áspera mejilla se apretó contra la mía. El brazo me oprimía
cada vez más alrededor de la cintura, estaba a punto de partirme en dos, y la
áspera mejilla me obligaba a tener la cabeza tan echada hacia atrás que di por
seguro que iba a quebrarme el cuello. Tuve el suficiente sentido común para
quedarme quieta. Hay veces en que conviene pelear, claro está pero también hay
veces en que lo conveniente es usar la cabeza. Aquel bestia era capaz de
hacerme pedazos sin el menor esfuerzo por su parte, y era evidente que estaba
dispuesto a hacerlo, desde luego. Me quedé floja, relajada contra él.
-Eso
está mejor -me dijo.
Me
quitó la mano de la boca con precaución, dispuesto a volver a apretármela
contra los labios si me ponía a gritar. Ahora tenía los dos brazos alrededor de
mi cintura y me sujetaba con fuerza contra él. Olía a sudor y a piel humana, a
tela húmeda y a cuero viejo. El carruaje se balanceaba y daba botes, las ruedas
pasaban sobre los guijarros y los cascos de los caballos resonaban. El bruto
rubio estaba sentado en el asiento de enfrente con las manos sobre las
rodillas, las cejas bajas y en la boca una brutal y amplia pincelada rosa
oscuro. El hombre que me sujetaba era casi tan fuerte como el rubio. Echando la
cabeza hacia atrás, alcancé a ver que tenía el pelo rojo oscuro, los ojos
mezquinos y una nariz que se había roto por los menos dos veces.
-
¿Crees que podrás manejarla tú solo, Matlock? - bromeó el rubio.
-Sí,
Grimmet, claro que puedo. Ella y yo nos entendemos bien. Vamos a ser muy buenos
amigos.
El
rubio lanzó un bufido y cruzó los brazos sobre el pecho. El pelirrojo soltó una
risita y me obligó a darme la vuelta hasta que quedé de frente a él. Aquellos
ojos oscuros brillaban oscuramente a causa de la Injuria en la penumbra del
carruaje. Movió un brazo hacia arriba y me rodeó con él los hombros. Abrió Tos
labios. El corazón me latía desesperadamente y me puse tensa, dispuesta a
sacarle los ojos. Puede que me matase, si. pero tenía intención de causarle
bastante daño antes de que lo hiciera. Volvió a emitir aquella risita aguda y
empezó a acercar Tos labios a los míos.
-Yo
que tú no lo haría, Matlock -le advirtió el rubio.
- Te
la dejaré cuando acabe, Grimmet. Tenemos tiempo de sobra.
-
¡Suéltala! -le ordenó Grimmet.
El
pelirrojo miró a su compinche echando chispas por los ojos. Estaba claro que
aquellos dos hombres se detestaban, que trabajaban juntos sólo porque se lo
habían ordenado. Yo me debatí en los brazos de Matlock intentando liberarme,
pero él ni siquiera se daba cuenta de mis esfuerzos. La ira le iba en aumento.
-¿Es
que acaso vas a decirme lo que tengo que hacer, Grimmet?
-Eso
mismo estoy haciendo, compañero. Si le pasa algo a la chica, me juego el
pellejo tanto como tú.
-El
no va a...
-
Dicen que esta golfa conserva la cereza intacta. Black Jack la quiere para él.
Si descubre que tú te has adelantado te rajará la garganta, y también a mí por
haberlo permitido.
-
¡Yo no le tengo miedo!
-¿No?
La
pregunta fue llana, sin inflexión. Matlock titubeó durante un momento, luego
frunció el ceño y me dejó caer contra los almohadones del asiento. Yo contuve
la respiración; el corazón seguía latiéndome con fuerza. Cerré los ojos y me
alejé de él todo lo que pude. Seguía invadida por el pánico, que gritaba en
silencio dentro de mi a punto de desbordarse y convertirme en una loca
balbuceante como aquellas pobres y patéticas criaturas que tenían encadenadas
en Bedlam. No podía permitir que me ocurriese una cosa así. No podía. Tenía que
aguzar el ingenio, utilizarlo. No iban a violarme, aún no. De momento me
hallaba completamente a salvo a no ser que intentara alguna locura tal como
tratar de saltar fuera del carruaje en marcha.
“Tranquilízate,
Randy. Calma. Deja de temblar por dentro. Eso no va a servirte de nada. Lo que
tienes que hacer es usar la cabeza. Ya te has visto antes en serios apuros. Vas
a salir de ésta.”
El
pánico no desapareció, pero de algún modo me las arreglé para contenerlo.
Respiré profundamente varias veces, me alisé la falda y me quedé sentada muy
derecha en un rincón del carruaje. Matlock, una enorme mole enojada, iba
sentado a mi lado, y Grimmet me observaba con ojos entornados y recelosos, sin
fiarse de mí ni un instante y dispuesto a saltar si yo hacia el menor
movimiento.
-¿Cómo...
como me habéis encontrado? -pregunté. Me temblaba la voz.
-No
había el menor rastro de ti en St. Giles -me dijo él-. No podíamos encontrar ni
un pelo tuyo, pero Black Jack no estaba dispuesto a darse por vencido. Siente
auténtico deseo de ti, ya lo creo, lo tiene desde que te vio aquella mañana.
Nos ha hecho buscarte durante todas estas semanas, hasta que por fin se le
ocurrió que quizás te hubieran echado el guante. Tiene contactos en la calle
Bow, de modo que hizo averiguaciones, se enteró de que te habían asignado a ese
tipo llamado Gordon y el resto fue muy fácil, sólo cuestión de encontrar la
oportunidad adecuada para agarrarte.
-¿Me...
me vais a llevar ante él?
Grimmet
asintió.
-Tiene
un escondite especial en St. Giles donde se ocupa de domar a las chicas para la
casa nueva. Espera grandes cosas de ti, Randy. Ha pensado que tú seas su puta
número uno.
Al
diablo, dije para mis adentros. No pensaba serlo. La ira empezaba a agitarse en
mí eclipsando el pánico que sentía. Yo no era ninguna doncella débil y llorona
a la que hubieran raptado a la fuerza de alguna lujosa escuela para señoritas.
Yo era la duquesa Randy, educada en las calles, más que una igual para aquellos
dos brutos patanes. Puede que yo no tuviera sus músculos, pero tenía cerebro, y
ellos, entre los dos, no poseían la inteligencia de un pavo real. Observé al
rubio y me esforcé para que la cólera no volviese a mi; hice acopio de una
temblorosa calma que poco a poco se fue haciendo cada vez más firme. Black Jack
Stewart iba a tener que buscarse otra prostituta.
No
podía salir del carruaje, no, pero cuando llegásemos a la casa encontraría
oportunidad de escaparme. Lo conseguiría. No estaba asustada. Ya no. Al menos
no mucho. Ahora me sentía tranquila, tranquila y astuta. Tenía cerebro y
decisión, y también estímulo... Cam estaría inquieto ahora, se estaría poniendo
de mal humor y se preguntaría dónde me habría metido yo, pues ya era hora de
cenar. Maldito escocés. Maravilloso y maldito escocés. Me había acostumbrado a
él. Le había cogido cariño, por loco que pareciese, puede que algo más que
cariño. Los sentimientos que yo nunca me había atrevido a examinar con un poco
de detenimiento se agitaban ahora en mi interior, ahora, cuando corría el
peligro de perderlo, y mi decisión se hacía más sólida, dura y fría, suplantando
todo lo demás. Nada iba a mantenerme alejada de él. Nada. Si era necesario me
enfrentaría a Black Jack Stewart y a todo su puñetero ejército, y además los
vencería.
Ya
sin miedo, permanecí sentada en el carruaje con mis dos secuestradores,
esperando el momento propicio. A través de las ventanillas del coche Londres
parecía gris oscuro y marrón, llenándose de sombras a medida que caía la noche.
Unas pocas luces formaban manchas borrosas de color anaranjado contra toda
aquella monótona extensión. Percibía el olor del río, una mezcla de barro,
musgo, agua, sal y hedor de desperdicios. La campana de una iglesia tañía
solemnemente. Matlock y Grimmet permanecían callados. Matlock, enojado, aún
pensaba en lo sucedido; Grimmet no dejaba de mirarme con los ojos entornados.
Otro olor me llenó los orificios nasales, un olor inconfundible que yo conocía
muy bien y que, ahora que llevaba ausente una temporada, parecía más fuerte. Como
el cubil de algún animal repugnante, St. Giles rezumaba el olor de la bestia.
Pasamos
por la iglesia de St. George; el mármol y la mampostería emitían, entre
sombras, un brillo apagado de un color blanco grisáceo. Recorrimos el laberinto
de estrechas y congestionadas calles y yo tomé nota de cada lugar conocido,
componiendo un mapa mental que me guiara para regresar al lado de mi escocés.
Los burdeles, las casas de objetos robados, los fumaderos de opio y los bares,
así como los sórdidos edificios de pisos, seguían exactamente igual que
siempre, pero ahora me parecían ajenos, me parecían aún más asquerosos y
miserables ahora que yo había llegado a conocer otro mundo diferente. Yo había
formado parte de St. Giles, era un producto de aquellas calles y callejuelas,
ellas me habían dado forma, pero ahora aquello había cambiado. Todo había
cambiado y yo era una extraña allí. El carruaje bajó por Half Moon Alley, donde
patéticas putas, rufianes contoneantes y alcahuetas empapadas de ginebra
abarrotaban las aceras; niños sucios y harapientos correteaban alborotadamente.
Una escuálida niña con harapos de color rosa y las manos en las caderas, el
pelo enmarañado y la cara tiznada de porquería, le hacia burla a un pescadero.
Como éste la maldijo, la niña cogió un escamoso merlango del carro y salió
disparada perdiéndose entre el gentío. Parecía que yo estuviera presenciando
una escena de mi propio pasado. Aquella niña hubiera podido ser yo unos cuantos
años antes.
- Ya
estamos llegando - dijo Grimmet bruscamente-. El ya lo tiene todo dispuesto,
incluso una habitación para la chica. No te desanimes, Matlock. A lo mejor te
deja echar un polvo cuando él la haya domesticado.
-
¡Al infierno con él!
-
Esa actitud tuya va a traerte un montón de problemas, amigo.
-
¡Ocúpate de tus malditos asuntos, Grimmet!
Grimmet
esbozó una sonrisa burlona. Matlock le lanzó una mirada furibunda. Eran como
dos toros en un prado pateando el suelo y dispuestos a arremeter el uno contra
el otro. Grimmet era obviamente el esbirro jefe; Matlock un simple subordinado,
y estaba claro que aquella situación le mortificaba. El pelirrojo se volvió
para mirarme con una mezcla de odio y viciosa lujuria, como si yo fuera
responsable de su falta de altura dentro de la organización de Black Jack.
Reprimí un escalofrío, pues sabía a ciencia cierta que si no fuera por la
presencia de Grimmet aquel tipo ya me habría violado como un salvaje. Los dos
eran animales embrutecidos, pero comparados con su jefe, con el hombre que
tenía intención de “domesticarme”, resultaban cachorros juguetones.
Me
negué a pensar en ello, me negué a permitir que el pánico y el miedo hicieran
presa en mí otra vez. Nos adentramos más en aquel laberinto de calles, torcimos
una esquina, luego otra, y avanzamos a través de la parte más oscura y
peligrosa de St. Giles, un vecindario que todo el mundo evitaba excepto los más
endurecidos y corruptos habitantes de los barrios bajos. Reconocí Wormwood
Alley, una pasaje estrecho y sombrío apenas lo bastante ancho para que pasase
el carruaje, y unos momentos más tarde nos detuvimos ante dos columnas de
ladrillo semiderruidas entre las que se veía una pesada cancela de hierro. Un
tipo corpulento le dio un grito al cochero. Este contestó dándole una especie
de santo y seña e inmediatamente se abrió la cancela, que chirrió con gran
potencia mientras se movía hacia atrás.
El
coche penetró en un reducido patio cerrado y se detuvo dando una sacudida.
Matlock abrió la puerta de un empujón y bajó precipitadamente. Grimmet lo
siguió, pero luego se dio la vuelta para cogerme del brazo y hacerme bajar de
un tirón al suelo de guijarros. El coche giró y se alejó callejón abajo. El
fornido gigante cerró la puerta de hierro de un golpe y colocó el candado en su
lugar. La noche había caído ya por completo, y el patio era un nido de
oscuridad; densas brumas negras cubrían la decrépita casa gris de tres pisos
rodeada de maleza y altos árboles. La luz de la luna llegaba por entre las
ramas de los árboles, y gracias a ella pude ver que el patio se hallaba cercado
enteramente por un enorme muro de piedra que medía por lo menos tres metros de
alto, siendo la cancela de barrotes el único acceso al mismo. Aquel lugar era
una puñetera fortaleza, pensé frunciendo el ceño. Trepar por aquel muro no iba
a resultar cosa fácil, pero si hacia falta estaba dispuesta a trepar por uno el
doble de alto.
Grimmet
me agarró firmemente por un brazo, me hizo subir los tres peldaños rotos de
mármol y pasar a un vestíbulo enorme y vacío con el suelo desnudo de madera
gris y un papel azul desvaído que se caía a tiras de las paredes. Algunas velas
ardían en candelabros colocados sobre una desvencijada mesa de madera. Arcadas
abiertas conducían al interior de otras grandes habitaciones, igualmente
desnudas, y una en otro tiempo majestuosa escalera se curvaba hacia arriba
penetrando en la oscuridad con una ajada alfombra violeta que le cubría los
peldaños. Matlock nos siguió al interior y cerró violentamente las puertas tras
sí, y un rufián con el pelo negro como el azabache que iba ataviado con unas
calzas negras, camisa gris azulada y un delgado justillo de cuero negro, subió
por un tramo de escaleras que por lo visto llevaban al sótano. Traía en las
manos una bandeja, y me miró como si yo fuese una pieza de carne.
-Veo
que la habéis traído -comentó fríamente-. ¿Algún problema?
-Tan
fácil como coser y cantar -replicó Grimmet-. Nunca he secuestrado a nadie con
tanta facilidad. El que si me ha dado algún problema ha sido Matlock, aquí
presente. Quería tirársela antes de que Black Jack se ocupe de ella.
El
hombre moreno miró a Matlock y luego depositó la bandeja sobre la mesa; hizo un
gesto hacia atrás con la cabeza señalando las escaleras que conducían al
sótano.
- La
rubia gorda que está ahí abajo aún no se ha decidido a cooperar. Se niega a
comer. Calculo que tendremos que dejar que se muera de hambre durante un par de
días. Luego estará dispuesta a trabajar.
-¿Y
qué hay de la de arriba?
-Oh,
está ronroneando como una gatita. Yo mismo me la he tirado hace un rato. Esa
aprende rápido. Bien lavada y con un vestido lujoso los atraerá como moscas.
Esa ya está a punto para salir de aquí.
Siguieron
hablando sin que Grimmet aflojara ni un instante el apretón de mi brazo.
Matlock estaba malhumorado, y yo me enteré de que había cinco muchachas
retenidas en diferentes partes de la casa a las que Black Jack y sus hombres
estaban “entrenando” para el nuevo oficio. Grimmet, Matlock y Hogan eran los
únicos que estaban de guardia aquella noche, aunque Black Jack y los otros dos
iban a llegar más tarde. Aquello hacia un total de seis, siete contando al
gorila que vigilaba la cancela. No iba a resultar nada sencillo escapar de
siete hombres como aquellos.
-¿Cuándo
llega él? -preguntó Matlock con mala cara.
-Yo
que sé -le contestó Hogan-. A mí no me cuenta sus planes, sólo me dijo que
vendría esta noche.
-
¿Queda ginebra?
-
Montones, pero te sugiero que te mantengas alejado de ella. A él no le gusta
que le peguemos a la bebida mientras estamos vigilando a estas muchachas.
-
¡Vete a tomar por el culo, Hogan!
Matlock
se marchó arrastrando los pies por el vestíbulo y desapareció en el interior de
una de las habitaciones de la parte trasera. Hogan y Grimmet intercambiaron una
mirada.
-Este
animal pronto se va a encontrar sin empleo. Es un error confiarle cualquier
clase de responsabilidad. Ve a comer algo, Grimmet. Yo me encargaré de
acompañar a esta fiera hasta su habitación.
Grimmet
me soltó el brazo. Yo me froté el lugar donde me había apretado con los dedos.
Hogan volvió a examinarme sin pronunciar palabra; estaba claro que me
encontraba de su gusto. Tuve la sensación de que él era aún más importante que
Grimmet, quizás fuera el lugarteniente de Black Jack. Tenía el rostro como una
máscara impasible, los ojos de un pétreo color gris azulado y los labios
delgados y crueles. El tipo aquel no se lo pensaría dos veces para clavarme un
puñal en el corazón, ni siquiera parpadearía al hacerlo. Hizo un movimiento
brusco con la cabeza en dirección a la escalera para indicarme que le
precediera, y yo encontré aquel horrible mutismo mucho más intimidador que el
rudo trato de los otros. Hogan no necesitaba recurrir a la brutalidad para hacerse
entender. El mero hecho de mirarlo la dejaba a una helada hasta la médula.
Subí
las escaleras hasta el segundo piso; el rellano estaba tan despejado como el
vestíbulo de abajo. Hogan me hizo un gesto para que continuase subiendo hasta
el tercer piso. Obedecí en silencio y, aunque externamente conservaba la calma,
empecé a sentirme otra vez temblorosa por dentro. La enormidad de aquella
situación, de lo que planeaban hacer conmigo, me sobrecogió repentinamente e
hizo que me detuviera un momento y me sujetara con fuerza a la barandilla para
no caerme. No, no iba a pensar en ello. Eso no me iba a suceder. A mí, no.
Seguí escaleras arriba sabiendo que sí me permitía tener algún momento de
debilidad estaría completamente perdida y presa de todos mis temores. Era
probable que otras muchachas se pusieran histéricas, se desmayaran, lloraran,
se encogieran y suplicaran, pero yo no lo haría.
Cuando
llegamos al tercer piso Hogan se puso delante de mí y abrió una puerta que
había en el pasillo, algo más adelante. Se detuvo allí y esperó a que yo
entrase. Pasé junto a él en silencio. No habíamos intercambiado una sola
palabra. La habitación era amplia y estaba sorprendentemente bien amueblada:
una alfombra de dibujo floral en tonos vino y gris cubría el suelo; en las
ventanas había cortinas de color vino, y un sillón tapizado de azul se hallaba
delante de la chimenea de mármol gris. En ella ardía un fuego bajo, y llamas
azules y anaranjadas danzaban y se reflejaban en el pulido cabezal de la gran
cama de bronce que presidía la habitación y que estaba cubierta con un elegante
edredón azul. Había una botella de vino puesta a enfriar en un cubo de plata
que descansaba sobre una mesita baja, y a su lado se veían dos copas de fino
cristal.
Hogan
hizo un gesto con la cabeza hacia una puerta abierta y por primera vez me
dirigió la palabra, con una voz tan fría e inexpresiva como su rostro.
-Ahí
dentro encontrarás un baño. Hace un rato he ordenado a una de las chicas que
calentara agua y la subiera. Báñate. Y hazlo bien, ¿entiendes? Encontrarás un
cepillo, peine, pintura para la cara... todo lo necesario para que te pongas
bien atractiva. También hay un vestido. Póntelo. Subiré dentro de una hora para
ver cómo estás. Procura encontrarte ya preparada. Puede que Black Jack tarde
algo en aparecer, pero tú estate preparada.
No
había una amenaza manifiesta, pero la amenaza se notaba de todos modos, pues
cada una de aquellas palabras era fría como el hielo. Yo no quería admitir que
le tenía miedo a aquel hombre, pero se lo tenía. Me asustaba como el demonio.
Para qué negarlo. Se me quedó mirando fijamente durante un momento con aquellos
pétreos ojos grises; luego se dio la vuelta y salió de la habitación. Cerró la
puerta con llave. Cuando el sonido de sus pasos se hubo alejado, me acerqué a
la puerta y la examiné. Era de roble macizo. Y con cerradura de acero. Me
agaché para mirar a través del ojo de la cerradura. Se había llevado la llave
consigo. En la habitación contigua encontré una horquilla y me pasé por lo
menos veinte minutos intentando forzar la cerradura, hasta que al fin comprendí
que todos mis esfuerzos serian totalmente inútiles. Haría falta un buen paquete
de explosivos para abrirla.
Las
ventanas estaban todas enrejadas. Claro, cómo no iban a estarlo. Eran pesados
barrotes de hierro, imposibles de aflojar por medio de la fuerza. Estaba tan
prisionera allí como lo había estado en las entrañas de la cárcel. Me quedé de
pie inmóvil en medio de la habitación tratando de ponerme a la altura de la
situación. “Muy bien, Randy, puedes empezar a dejarte llevar otra vez por el
pánico, echarte a temblar y compadecerte de ti misma, o bien puedes usar la
cabeza. Usa la cabeza. Sígueles el juego. Hazles creer que te has resignado y
espera una oportunidad. Antes o después se presentará. Vas a salir de aquí.
Procura conservar la calma.”
Debía
de haber pasado media hora desde que se marchara Hogan y pronto regresaría.
Seria mejor que hiciese lo que me había dicho. Me bañaría y “estaría
preparada”. Entré en la habitación contigua, me quité la ropa y me bañé
rápidamente. El jabón tenía un sutil y provocativo perfume, una débil
sugerencia de violetas silvestres. Era suave y cremoso, elegante. Debía de ser
francés, pensé mientras me aclaraba. Salté fuera de la bañera y me sequé con
una toalla grande y suave. Sólo lo mejor para Black Jack. Me deslicé dentro de
aquella combinación de delicados encajes negros cuya falda caía formando capas
de ondeantes remolinos. El vestido era de rico brocado de seda roja con unas
diminutas flores bordadas tan negras como el azabache; la tela crujió
deliciosamente cuando me la puse.
Ninguna
de las chicas de la Gran Moll había tenido nunca una prenda como aquélla, pensé
mientras me contemplaba ante el espejo de cuerpo entero. Las mangas acampanadas
que llegaban por el codo eran muy amplias y caían desde el hombro, y el
ajustado corpiño que moldeaba la figura me dejaba la mitad del busto al
descubierto. La suntuosa falda de brocado formaba un vuelo extremadamente
acampanado sobre las enaguas de encaje. Me sentaba sorprendentemente bien,
aunque me apretaba un poco en el talle, y los zapatos, de satén rojo y de tacón
alto, parecían hechos a mi medida. “Bueno, Randy - me dije-. Ciertamente das
bien el papel. Pareces exactamente una puta cara.” Me cepillé el pelo hasta
hacerlo caer en lustrosas y espesas ondas y luego examiné las pinturas para la
cara, desdeñándolas todas. Yo no necesitaba carmín para los labios, ni polvos
ni todo lo demás. Puede que una vieja bruja como lady Evelyn tuviera que
pintarse y ponerse lunares para que los hombres se fijasen en ella, pero yo aún
no iba camino de los cuarenta.
Tras
volver a la otra habitación, me quedé holgazaneando por allí, inquieta,
poniéndome cada vez más nerviosa muy a mi pesar. Pasaron diez minutos, veinte.
Hogan ya tendría que haber regresado. ¿Qué iba a hacer yo? Si al menos tuviese
un arma de alguna clase, algo con lo que le pudiera romper la cabeza. Eché una
ojeada por la habitación. No había jarrones, ni libros pesados, ni atizador
para la chimenea. No había nada que me sirviera, a no ser... Me precipité hacia
la mesa y saqué la botella del cubo. El hielo tintineó ruidosamente. Vino
francés, a juzgar por la etiqueta; probablemente costara una fortuna, aunque
seguro que Black Jack no la habría pagado. Sosteniéndola con firmeza por el
cuello, levanté la botella como si fuera una porra. Era lo suficientemente
pesada, tan pesada que un golpe podría abrirle la cabeza a un hombre.
Sonreí
para mis adentros sintiéndome mejor ahora. No eran tan listos como se pensaban.
Dejaría a Hogan sin sentido y, de una manera u otra, me escabulliría escaleras
abajo y saldría de la casa sin que los otros se dieran cuenta. A lo mejor había
una escalera de servicio en la parte de atrás. La mayoría de las casas grandes
como aquélla la tenían. Me deslizaría hasta el exterior y treparía por aquel
puñetero muro -no resultaría fácil, pero lo haría-, y mucho antes de que
pudieran advertirlo ya me habría ido. Me puse a esperar, muy tensa, y me
pareció que pasaba una eternidad antes deque por fin oyera pasos en el pasillo.
“No te pongas nerviosa ahora, Randy. Tranquila. Tienes la sorpresa de tu parte.
Él no se espera una cosa así. Se cree que eres una hembra indefensa.”
Sujetando
fuertemente la botella por el cuello y ocultándola entre los generosos pliegues
de la falda de brocado rojo, di un profundo suspiro al tiempo que la llave
giraba torpemente en la cerradura. Vaya si le estaba costando abrir, pensé
mientras la llave continuaba haciendo ruido en la cerradura. Se produjo un
fuerte chasquido. La puerta se abrió poco a poco. No era Hogan. Se trataba de
Matlock. Le había estado dando a la ginebra a pesar de todo, y allí, de pie
ante la puerta, se tambaleaba ahora mientras los ojos marrones le ardían con
malévola lujuria. Me quedé mirándole fría y tranquilamente.
-Vamos
a divertirnos un poco tú y yo, marrana.
-¿Tú
crees?
Sonrió.
Avanzó hacia mi dando tumbos. Levanté la botella lo más alto que pude y se la
estrellé en la cabeza. Matlock se me quedó mirando fijamente un instante,
asombrado, atónito, y luego cayó al suelo produciendo un golpe muy fuerte, con
los brazos y las piernas en jarras La botella ni siquiera se había roto.
Sorprendente, pensé mientras aún la sujetaba con fuerza. Salté por encima del
cuerpo de Matlock, crucé la puerta con rapidez y salí al pasillo formando
remolinos con el brocado rojo que se balanceaba y producía un crujido semejante
al que hacen las hojas secas.
Estuve
a punto de chocar con Hogan. Apareció en el rellano justo cuando yo pasaba como
una flecha junto a las escaleras. Me di la vuelta, sobresaltada. El me miró con
ojos inexpresivos. Balanceé la botella en el aire. Me sujetó la muñeca y me la
retorció brutalmente. Dejé caer la botella, que salió rodando escaleras abajo y
rebotó en cada peldaño, pero sin llegar a romperse. Levanté el puño para darle
a Hogan en la mandíbula. El vio venir el golpe y giró la cabeza con rapidez, de
modo que sólo logré rozarle con los nudillos. Le propiné una patada en la
espinilla y traté de alcanzarle la ingle con la rodilla. Me soltó la muñeca, me
agarró por los hombros y me lanzó contra la pared. Me golpeé la cabeza con la
madera y me pareció ver luces que estallaban, luces naranjas, amarillas y
rojas. Un instante después me envolvieron unas nubes negras que me cubrieron el
cerebro. Me percaté débilmente de que la seda crujía mientras me deslizaba
hasta caer al suelo, y luego no encontré nada más que oscuridad.
Lancé
un gemido. Los sonidos me llegaban desde muy lejos y parecían resonar dentro de
mi cabeza distorsionados, apagándose poco a poco. Las nubes negras formaban
espirales como el humo, espesas, densas, pero se iban adelgazando a cada
instante que transcurría, el negro daba paso al gris, y yo nadaba a través de
ellas, me movía hacia arriba tratando de alcanzar la luz que oscilaba en la
superficie. Ahora podía verla con claridad; era una luz preciosa, suavemente
difusa, que se hacía cada vez más brillante a medida que las nubes grises se
evaporaban. El brillo de la luz, de un blanco dorado, me acarició los párpados,
y yo abrí los ojos y me quedé mirando al techo durante unos momentos,
completamente desorientada, incluso atontada.
Me
hallaba en el dormitorio. Estaba sobre aquella cama con colcha azul, y tenía la
cabeza apoyada sobre una almohada satinada. Me incorporé apoyándome en los
codos. Me dolía espantosamente la nuca, pero no tenía nada grave. Parpadeé unas
cuantas veces seguidas y las cosas empezaron a enfocarse paulatinamente. Se
habían llevado el cuerpo de Matlock. Me pregunté silo habría matado. Confiaba
en que fuera así. Maldito hijo de puta. La puerta estaba cerrada con llave. El
fuego se había consumido por completo, sólo una cenizas de color gris rosado
resplandecían débilmente. Las velas de los candelabros que había en la pared
también se habían consumido casi del todo. Les quedaban únicamente algunos
cortos pedazos de cera en los que las llamas danzaban alocadamente. Debía de
haber permanecido inconsciente por lo menos dos horas, puede que más. Ya debía
de ser bien pasada la medianoche, pensé mientras me ponía en pie, temblorosa.
Las piernas se me doblaron un poco cuando me acerqué a la ventana.
Retiré
los cortinajes, escudriñé por entre los barrotes y vi un cielo tan negro como
el ébano surcado débilmente por contornos borrosos de color gris plateado que
producía la luz de la luna. Esta era un blanco disco delgado, casi
transparente. Dejé caer las cortinas, que volvieron a su lugar. Me sentía
débil, desanimada, toda mi valentía se había evaporado. Quería acurrucarme en
un rincón, encogerme de miedo y llorar, pero tenía demasiado amor propio para
permitirme hacer una cosa así. La duquesa Randy no derramaba lágrimas. Las
lágrimas son cosa de cobardes. Sin embargo notaba que se me inundaban los ojos,
y luché por reprimirme, regañándome a mi misma por semejante debilidad. “Estás
deprimida, Randy, y baja de moral, pero no vas a darte por vencida.”
El
tiempo parecía arrastrarse lentamente, cada minuto se alargaba de un modo
interminable y la tensión iba en aumento. ¿Por qué no vendría él? Yo no podía
hacer nada hasta que él no llegara. Encerrada allí de aquel modo, indefensa, no
tenía otra cosa que hacer más que pensar, acumular terror en la mente, ponerme
cada vez más nerviosa y asustada. Yo estaba hecha para la acción. Cara a cara
con el pelirrojo me había mostrado rápida de ingenio, ágil de reflejos y capaz
de arreglármelas bien, pero aquella espera... Crucé los brazos en torno a la
cintura y me paseé por la habitación. Una de las velas se apagó produciendo un
chisporroteo, luego otra. ¡Maravilloso! Media hora más y me quedaría totalmente
a oscuras, y eso si que sería estupendo. Me ayudaría mucho, seguro. Lo más
probable era que me pusiese a gritar como una desquiciada.
Oí
ruidos que procedían de abajo, ruidos fuertes, que retumbaban como si
estuvieran destrozando muebles a golpes, sólo que allí no había muebles. Fruncí
el ceño; luego, al oír unos pasos que subían las escaleras, me puse tensa.
Aquel tipo tenía prisa. Después de tanto tiempo el muy hijo de puta tenía ahora
tanta prisa que subía las escaleras a la carrera. No podía aguantarse. Sin
pensármelo dos veces agarré el cubo de plata, vacié en el suelo el hielo que
contenía y lo levanté en alto dispuesta a tirárselo a la cabeza. Aquel hijo de
perra a lo mejor conseguía poseerme, pero iba a tener que pelear un poco.
Tendría que matarme, y yo estaba absolutamente decidida a hacer cuanto
estuviera en mi mano para matarlo a él primero. Sentía una furiosa rabia que
había alejado de mi las dudas y el miedo; me había convertido en un gato
salvaje arrinconado, furioso y tan peligroso como Black Jack jamás habría
imaginado que pudiera llegar a ser.
Dio
unos golpes fuertes en la puerta. ¿Qué se pensaría que iba a hacer yo, ir a
abrirle? El puñetero cabrón ni siquiera se había tomado la molestia de
detenerse para coger la llave. Ahora arremetía con el hombro contra la madera,
y acabaría por romperse algún hueso. Agarré con todas mis fuerzas el cubo de
plata y lo sostuve por encima de la cabeza dispuesta a tirárselo. Yo estaba que
echaba chispas por los ojos. La sangre se me agolpaba en la cabeza. Empezó a
dar patadas a la puerta; la bota producía un ruido más apagado. La puerta dio
una sacudida y cedió. Siguió dándole patadas. La puerta se abrió del golpe y
chocó contra la pared. Le arrojé el cubo. Cam Gordon lo esquivó, con el pelo
flotándole negro como el azabache y el faldón de la levita negra formando
remolinos. El cubo se estrelló contra el marco de la puerta y desportilló la
madera.
-
¡Jesús! -exclamo.
-¡Cam!
Volé
hacia él, me arrojé en sus brazos, y me abrazó y me estrujó contra su pecho.
Enterré la cara en la curva del hombro y empecé a llorar de una forma
descontrolada. Me abrazó más fuerte, hasta dejarme casi sin respiración, y le
eché los brazos alrededor de la espalda y me apreté contra él. Un millar de
preguntas se me agolpaban en la mente, pero en aquel momento ya no tenían
importancia. El había venido. De algún modo se las había arreglado para
encontrarme y allí estaba, abrazándome. Y eso era lo único que me importaba.
Llegaron más ruidos procedentes del piso inferior, y también algunos gritos.
Cam Gordon me sujetó por los hombros y me apartó de sí con el ceño fruncido.
-
Parece que Bancroft tiene algún problema. Pensé que los habíamos cogido a
todos. Deben de haber acudido mas.
-¿Ban-Bancroft
también está aquí?
-Luego
-dijo él hoscamente.
Me
atrajo hacia si, me echó un brazo por los hombros y me condujo fuera de la
habitación; me llevó por el pasillo hasta la escalera. Empezamos a bajar por
ella, y dejé escapar un grito al ver que Black Jack subía hacia nosotros.
Llevaba las mismas calzas de color verde botella y la misma levita de satén
negro con los galones dorados muy sucios; los raídos encajes blancos le
asomaban por el cuello y por las mangas. Tenía la cara cenicienta, lo que hacia
que el brillante parche negro pareciese aún más oscuro; los delgados labios
estaban curvados en una sonrisa letal y el único ojo bueno lanzaba destellos
sombríos. Tenía un cuchillo, cuyo mango sujetaba con tanta fuerza que los
nudillos se le habían puesto blancos. La hoja relucía bajo la luz. Cam me
empujó hasta situarme tras él. Me tambaleé y me caí de culo entre los crujidos
de la falda de brocado rojo. Gordon se había quedado inmóvil, pero estaba
completamente sereno. Tenía una mano apoyada en la barandilla. La otra le
colgaba flojamente a lo largo de un costado.
-¡Es...
es él! -exclamé-. ¡Es Black Jack!
-
¡Silencio, Miranda!
-
¡Cam! ¡Cam! Tened cuidado... ¡Es un asesino!
Black
Jack subía lentamente hacia nosotros por las escaleras; seguía con aquella
horrible sonrisa en los labios, y la hoja relucía en su mano. Se hallaba doce
escalones por debajo nuestro. Diez. Nueve. Se detuvo e hizo oscilar el cuchillo
hacia adelante y hacia atrás.
-No
sé quién sois -dijo con voz seca y ronca-, pero vais a morir. La mujer es mía.
-
Muy al contrario, da la casualidad de que es de mi propiedad.
A
Gordon la voz le sonaba totalmente serena, casi agradable. Igual hubiera podido
estar hablando del tiempo. Black Jack subió un escalón más haciendo silbar el
cuchillo y cortando con él el aire mientras el ojo sano le brillaba con un
deleite malvado. Se detuvo de nuevo. Contuve la respiración al ver que aquel
cuerpo alto y nervudo se ponía tenso dispuesto a atacar. Gordon no movió ni un
músculo.
Seguía
allí de pie, un escalón más abajo que yo, con las piernas separadas y
completamente quieto. Se oyeron más golpes abajo, ruidos que retumbaban, otro
grito. Yo tenía la garganta seca. El corazón parecía que iba a estallarme de un
momento a otro. Black Jack lanzó un grito y se precipitó como un loco hacia
adelante subiendo a la carga los escalones que nos separaban.
Gordon
se echó hacia atrás como un látigo el faldón de la levita, sacó la pistola del
cinturón, apuntó e hizo fuego. Se oyó una explosión ensordecedora y se vio una
humareda. Un capullo rojo estalló en la frente de Black Jack, justo entre los
ojos y se fue extendiendo poco a poco. El dio una sacudida, giró, se estrelló
contra la balaustrada, se tambaleó y cayó por encima de la misma dando patadas
al aire antes de perderse de vista. El cuerpo retumbó espantosamente al golpear
el suelo al pie del hueco de las escaleras. Atónita, impresionada hasta lo más
profundo de mi ser, me quedé mirando fijamente al vacío, al lugar donde sólo
unos segundos antes se hallaba Stewart. Cam Gordon sopló el cañón de la
pistola, volvió a colocársela al cinto y se dio la vuelta para mirarme con
aquellos tranquilos y fríos ojos azules.
-¿Estás
bien? -me preguntó.
Asentí.
Me ayudó a ponerme en pie y me ordenó que me situara detrás de él; luego
continuamos bajando las escaleras. Los ruidos del piso inferior se hicieron más
fuertes, más violentos. Un objeto pesado se estrelló contra la pared. Algo cayó
al suelo produciendo un gran estrépito. En el rellano del segundo piso había un
cuerpo completamente desmadejado. Era Hogan. La cabeza le caía hacia un lado en
un ángulo imposible. Se había roto el cuello. Tenía la boca abierta y un fino
hilillo de sangre le corría por una de las comisuras. Los ojos parecían
salírsele de las órbitas, y miraban fijamente y con horror hacia el techo.
-¿Vos...
vos habéis hecho eso? -tartamudeé.
-Y
con gran placer -repuso él.
Me
estremecí y le seguí hasta el vestíbulo. Richard Bancroft luchaba vigorosamente
con dos de los secuaces de Stewart que yo no había visto nunca antes. El pelo
dorado oscuro le caía sobre la frente, tenía los ojos marrones encendidos a
causa de la excitación y se lanzaba al combate con considerable entusiasmo.
Esbozó una alegre sonrisa cuando derribó a uno de los hombres y le plantó una
bota en la garganta. Golpeó poderosamente con el puño en el estómago al segundo
hombre y, cuando éste se dobló hacia adelante, le hizo una llave y le apresó la
cabeza con el brazo. El hombre que yacía en el suelo daba manotazos al aire,
agitaba los brazos y pateaba con las piernas, e hizo unos espantosos gorgojeos
cuando Bancroft se le apoyó con todo su peso sobre la garganta. Se oyó un
chasquido. El hombre se quedó inmóvil. Sin soltar al otro, Bancroft cruzó con
él la habitación a toda carrera y le golpeó la cabeza contra la pared. Cuando
lo dejó el hombre se derrumbó en el suelo como una lánguida muñeca de trapo.
-¿Has
acabado? -le preguntó Gordon.
-Gracias
por la ayuda, muchacho.
- Me
pareció que te las estabas arreglando perfectamente tú solo.
Bancroft
se retiró de la frente los mechones dorados y nos miró con aquellos risueños
ojos marrones; con las mejillas sonrosadas y la alegre sonrisa asomándole aún a
los labios, me recordó a un cachorro contento que acaba de disfrutar de un
vigoroso retozo.
-¿No
hay más? -le preguntó Gordon.
-
Había un tipo con un parche en un ojo que vino con estos dos un par de minutos
después de que tú subieras.
-Ese
ya no nos molestará más -dijo Gordon.
Bancroft
se enderezó la corbata de seda verde esmeralda y se cepilló una mota de polvo
del faldón de la rica levita de terciopelo marrón.
-No
sé cuánto tiempo hace que no pasaba un rato tan emocionante - comentó -.
Tendríamos que hacerlo más a menudo, Gordon.
-Había...
había dos más - dije yo con voz temblorosa.
-Uno
de ellos está en la habitación de al lado -me informó Bancroft -, un tipo
grande y pelirrojo con un lado de la cabeza aplastado. Se ve que alguien le
golpeó a conciencia. Pero aún respira. El otro está en el patio, con ese tipo
que vigilaba la cancela. Están... eh... descansando cómodamente.
-¿Muertos?
-le pregunté.
- El
que vigilaba la cancela, no. Sólo lo dejé sin sentido. El tipo grande a quien
el amigo Gordon, aquí presente, estuvo interrogando, no sabría decirte. Tiene
un brazo roto, de eso sí estoy seguro, y la voz le sonaba de un modo muy
gracioso cuando finalmente le dijo a Cam en qué habitación te hallabas. ¿Lo
mataste, Cam?
-Eso
me temo.
-Lástima
-dijo Bancroft.
Me
pasé una mano por la frente y sentí que me debilitaba otra vez.
-Hay...
otras cinco chicas prisioneras -les dije-. Tenemos... tenemos que liberarlas.
-
Imagino que esto servirá - dijo Bancroft sacando un manojo de llaves del
bolsillo-. Se lo he quitado al que vigilaba la cancela.
-
Podías haberlo dicho antes - comentó secamente Gordon-. Casi me disloco el
hombro intentando echar abajo aquella maldita puerta.
-No
me diste tiempo, muchacho. Entraste como un loco furioso en la casa en cuanto
soltaste al rubio. El carruaje que traía a los otros tres se detuvo ahí delante
un minuto después, más o menos. ¿Tienes alguna idea de dónde se encuentran esas
muchachas? -me preguntó.
-Una
de ellas está en el sótano. Yo... no se nada de las otras.
Bancroft
se dirigió alegremente hacia las escaleras que conducían al sótano, y Gordon me
cogió por el codo y me hizo salir al exterior. El aire de la noche era fresco.
Las hojas crujían débilmente mecidas por la brisa. El cielo ahora se había
puesto de un suave color negro y empezaba a aclararse dando paso a un gris
profundo. Comencé a tiritar. Cam Gordon se quitó la levita y me la puso sobre
los hombros; luego me abrazó por la cintura y me sostuvo así delante de él.
Apoyé la nunca en su hombro y cerré los ojos; las lágrimas me corrían por las
mejillas.
-Ya
ha pasado todo, Miranda -me dijo.
-Vos...
vos habéis venido -murmure.
-Claro.
Cuando alguien me roba lo que me pertenece, yo lo recupero.
-¿Cómo
supisteis...?
- Un
niño que vive al otro lado del patio vio todo lo que ocurrió, y acabó por
decírselo a su madre un par de horas después. Ella vino corriendo a informarme.
Yo sabia que tenían que haber sido los hombres de Black Jack los que te habían
capturado. Entonces se presentó Bancroft con la esperanza de convencerme para
ir a corrernos una juerga al centro. Desde luego nos la hemos corrido buena.
-¿Cómo...
como supisteis dónde teníais que venir?
-Vinimos
directamente a St. Giles e hicimos algunas averiguaciones. Para conseguir la
información que queríamos tuvimos que utilizar algunos métodos de persuasión
que quizá resulten un poco violentos.
Las
sombras se agitaban a nuestro alrededor. Manchas de luz de luna danzaban a
nuestros píes. Cam Gordon me apretó los brazos en torno a la cintura y me
atrajo hacia él. Aquel cuerpo fuerte y sólido era como una columna detrás mío,
y me apoyé en él sintiéndome a salvo, segura, notando su calor, percibiendo su
olor, envuelta completamente por él. Había arriesgado la vida por rescatarme, y
había matado a dos hombres. Yo debía... debía de significar algo para él. El
puñetero cabrón nunca lo admitiría, pero yo debía de ser para él algo más
que... que una criada. Me deleité con su proximidad, y pasaron algunos largos
instantes antes de que él me hablase de nuevo.
-
Por lo menos esto resuelve un problema - dijo.
-¿Qué
es?
- El
final de mi libro. No sabía bien qué hacer. Ahora ya lo he decidido. El jefe de
una banda rival secuestrará a Angélica, la llevará a una casa como ésta y Burke
entrará en ella a la carga para rescatarla.
Su
libro. Todo aquel tiempo había estado allí de pie, abrazándome a la luz de la
luna, ¡y había estado pensando en el puñetero libro! Por lo menos no había
malgastado la noche del todo. Traté de apartarme de él, pero no me lo permitió.
Me pareció oír una risita.
-
Después de todo esto vas a tener que trabajar el doble, ¿sabes? -me informo.
-¡Oh!
-
Espero ver una clara mejora.
-Sois
un mal bicho, Cam Gordon -susurré.
9
El
alba rompía cuando el carruaje dobló la esquina de la calle Holywell. El cielo
gris pálido estaba surcado de franjas de colores rosa brumoso y naranja, y bajo
él la ciudad aún se hallaba envuelta en las sombras de la noche. Yo tenía tanto
sueño y me encontraba tan cansada que a duras penas conseguía mantener los ojos
abiertos, y sólo recuerdo vagamente que me apeé del coche y atravesé el arco
del patio. Cam Gordon me acompañó hasta la puerta y la abrió, y cuando miré
hacia arriba y vi todas aquellas escaleras me di cuenta de que nunca
conseguiría subirlas. Di un suave gemido y sacudí la cabeza negativamente.
Gordon lanzó un suspiro de fastidio, me cogió en brazos y empezó a subir los
peldaños. Yo me encontraba demasiado cansada para hacer ningún tipo de
comentario. Le eché los brazos alrededor de los hombros, oculté la cabeza en la
curva de su cuello y cerré los ojos, quedándome dormida antes de llegar al
primer rellano.
Cuando
los volví a abrir el cielo tenía un color rosa más oscuro, teñido de
albaricoque y oro profundo. Me hallaba en la cama, en mi buhardilla, y aún
llevaba puesto el vestido rojo de brocado y las enaguas de encaje negro, y
ambas prendas estaban lastimosamente arrugadas. Tenía un hambre atroz. Me
incorporé y me froté los ojos. No era el alba lo que surcaba el cielo. Era el
ocaso; me había pasado todo el puñetero día durmiendo. No era de extrañar que
tuviese hambre. Mientras por las ventanas se colaban agonizantes rayos de sol,
me levanté, me lavé la cara y me cepillé el pelo. Gordon me había llevado allí
arriba y me había descargado sobre la cama sin molestarse en cubrirme con algo,
razón por la que yo sentía frío. Tirité, me alisé la falda y me coloqué bien
las mangas acampanadas mientras el estómago me hacía unos ruidos amenazadores.
No había probado bocado en más de veinticuatro horas, desde el día anterior al
mediodía, y en las última semana había adquirido la costumbre de comer
regularmente.
Cuando
bajé, el escocés estaba sentado ante la mesa de trabajo; la pluma volaba sobre
una página ya medio llena de enrevesados trazos negros. Absorto en el trabajo,
no me oyó llegar a pesar de que me tropecé con una pila de libros que había
dejado en el suelo. El lugar estaba increíblemente desordenado... libros,
papeles por todas partes, la levita tirada sobre una silla, una fuente de
comida en el suelo, delante del sofá. Distinguí en ella pan, queso y medio
pollo asado - maná celestial en aquellos momentos-; me dejé caer en el sofá y
arremetí contra ellos con gran deleite, arrancando un muslo y devorándolo en un
tiempo récord. El muy cabrón debía de haber ido él mismo a buscar la comida.
Curioso. Seguro que le habrían cobrado el doble, que se la habrían pegado bien.
Puede que él supiera escribir libros, pero no tenía ni idea de comprar comida;
era igual de inútil que la mayoría de los hombres cuando se trataba de cosas
tan prosaicas.
Lanzó
una maldición en voz alta, rompió la hoja en la que había estado trabajando,
cogió otra nueva y metió con saña la pluma en el tintero. Suspiré, me terminé
la comida y luego fui a la cocina a hacer café. La cocina estaba toda en
desorden. Resultaba difícil de creer que aquel hombre pudiera crear semejante
caos en tan poco tiempo. Había algo derramado en el suelo. Parecía sopa. El
bote del café estaba volcado, y los granos esparcidos por todas partes. Advertí
que él había ido a buscar agua al ver un cubo medio lleno en el escurridor.
Bien. Yo entonces no tenía ganas de enfrentarme a aquellas escaleras. Puse agua
a hervir y molí el café. Unos minutos después vertí el maravilloso y aromático
brebaje en una taza azul y le añadí una generosa cucharada de azúcar.
-
¡Yo también tomaré una taza! bramó.
Le
serví una taza y se la llevé; me coloqué delante de la chimenea y empecé a
beberme el mío a pequeños sorbos mientras las chisporroteantes llamas me
calentaban la parte de atrás del cuerpo. Gordon siguió trabajando, terminó una
página y empezó otra; de vez en cuando se interrumpía para consultar un libro
que tenía abierto sobre la mesa, junto a él. Llevaba unos zapatos de cuero
negro muy desgastados, viejas calzas negras y una delgada camisa blanca; encima
se había puesto una bata que en tiempos había sido de un espléndido color azul
marino; el delgado satén de que estaba hecha se hallaba desgastado en algunos
sitios, y uno de los puños se encontraba ligeramente raído. Verdaderamente
aquel hombre necesitaba un guardarropa nuevo. Todas sus prendas se estaban
cayendo a trozos. Pero era más importante que su familia tuviese ropa decente,
pensé al recordar la conversación que había escuchado entre él y Bancroft. Los
libros de Roderick Cane le reportaban una fortuna, pero con los parientes
necesitados que tenía en Escocia y las contribuciones en apoyo de las bandas de
rebeldes, al autor apenas le quedaba lo suficiente para vivir.
-
¿Cómo se escribe herencia? - me preguntó malhumorado.
-
H-e-r-e-n-c-i-a. Y gato se escribe g-a-t-o.
-
¡No te pongas insolente!
Terminé
el café, me tomé otra taza y luego empecé a poner en orden la habitación.
Gordon no me prestaba la menor atención. Se levantó una vez para ir a buscar un
libro y al hacerlo la falda de la bata produjo un suave ruido sibilante. El
tenía la mirada ausente, y se le notaba que seguía viviendo la historia
mientras hacía aquella consulta para el libro. La espesa onda de pelo negro le
caía sesgada sobre la frente. El rostro se le veía bastante pálido. Me pregunté
cuánto habría dormido. De pie en medio de la habitación y completamente ajeno a
mi presencia estuvo leyendo más o menos una página, arrojó luego el libro sobre
el sofá y regresó a la mesa para sentarse ante ella. Puse cara de fastidio,
recogí el libro y lo coloqué en su sitio. Cuando la habitación estuvo
suficientemente ordenada, retiré la comida y fregué los platos y también
aquella sustancia pegajosa que había en el suelo de la cocina.
-
¡Maldición! -exclamó.
Entré
corriendo en la habitación delantera.
-¿Qué
sucede?
-Acabo
de romper la puñetera pluma. Era la última que me quedaba. Corre a comprarme un
paquete.
-
Son más de las ocho. Hace horas que las tiendas están cerradas.
-¿Por
qué demonios no compraste unas cuantas la última vez que estuviste en la
papelería? ¡Yo no puedo ocuparme de esas cosas! ¡Tengo mucho trabajo que hacer,
trabajo importante!
-¡No
soy vuestra niñera, Cam Gordon! Ni siquiera me pagáis un sueldo. Y no me
gritéis solamente porque vos seáis poco previsor.
-
Estoy justo a mitad de un pasaje muy importante. Quería terminarlo esta noche.
Me he pasado la mayor parte del día trabajando. ¡Maldita sea! ¡Maldición,
maldición!
-No
hay necesidad de organizar un escándalo por eso -le dije.
-Maldita
sea, escúchame. Tú no entiendes lo más elemental acerca de la creatividad...
-Tengo
una pluma de repuesto en mi habitación -le informé con paciencia.
-¿Y
por qué demonios no me lo has dicho?
-No
me habéis dado ocasión. Y además creo que ni siquiera debería habéroslo dicho;
tendría que haber dejado que os consumierais en vuestro propio jugo.
Me
miró echando chispas azules por los ojos, con las cejas amenazadoramente
juntas.
-Un
día de éstos, Miranda, un día de estos... vive Dios que voy a perder el control
y a estrangularte.
-
Ya, y yo os sacaré los ojos con las uñas antes de que os deis cuenta.
-
¡Sube a buscar esa pluma! ¡Ahora mismo!
Le
hice una mueca. Con aspecto asesino, apretó los puños; pasé por su lado con
grandes aires y subí, sintiéndome curiosamente regocijada. Aquel bestia era en
realidad un ser tan indefenso como un niño de pecho. No tenía ni idea de cómo
había podido pasarse alguna vez sin mi. Era un fanfarrón, siempre estaba
gritando, siempre lanzando malvadas amenazas, pero en muchas cosas era como una
criatura. Cogí la pluma y se la llevé abajo. Me la quitó de las manos muy
enfurruñado mientras me dirigía un mirada hosca. Sonreí para mis adentros
deseando pasarle la mano por aquel mechón de cabellos y apartárselo de la
frente. Metió la pluma en el tintero y poco después se hallaba de nuevo inmerso
en el trabajo.
Puse
otro leño en el fuego y me dirigí despacio a su habitación para ponerla en
orden. El olor del perfume de lady Evelyn todavía flotaba en el ambiente como
una nube empalagosa e invisible. Abrí las ventanas y sacudí un trapo en el aire
intentando librarme de aquel nocivo aroma. Advertí que él se las había
arreglado para volver a componer la cama. Las tablillas estaban todas en su
sitio y había empujado la cama hasta la posición correcta. Al recordar los
ruidos y la mirada que la dama llevaba en el rostro al salir de la habitación,
tiré airadamente de las sábanas e hice una bola con ellas para arrojarlas al
cesto de la ropa sucia. Fui a buscar sábanas limpias y las coloqué en la cama
poniendo cuidado en alisar bien el fino y viejo lino que ya había sido remendado
una docena de veces; la tela estaba adelgazada por el uso. Saqué el edredón de
repuesto, de brocado marrón y acolchado, que estaba igual de viejo que las
sábanas, pero maravillosamente limpio. Lo extendí sobre la cama, mullí las
almohadas y las metí en las fundas de brocado que hacían juego con la colcha.
La habitación estaba mejor ahora que el aire fresco se había llevado el perfume
y no quedaba rastro de la invitada. Dejé las ventanas entreabiertas, suspiré y
volví a la habitación delantera.
Gordon
continuaba trabajando; garabateaba laboriosamente mientras el viejo reloj que
había en la repisa de la chimenea marcaba el paso del tiempo con su monótono
tic-tac. Cogí un libro, me acomodé en el sofá y leí unas cuantas páginas sin
gran entusiasmo. No me interesaban las tácticas militares alemanas. En mi
opinión eran un maldito aburrimiento. No me iba a quedar más remedio que sisar
algo de dinero del tarro de jengibre e irme a uno de aquellos viejos y
polvorientos puestos donde se vendían libros de segunda mano para conseguir así
algo digno de ser leído. Puede que hasta llegase a encontrar un volumen de
Shakespeare que reemplazase a aquél que me había visto obligada a abandonar en
la carbonera.
Dejé
el libro a un lado y eché una perezosa mirada en torno a la habitación, tan
caliente y acogedora con aquel fuego que ardía y los muebles gastados y
cómodos. La vieja madera estaba reluciente. Los colores pastel, muy desvaídos,
suavizaban la vista. El escocés continuaba trabajando enfundado en la vieja
bata de satén azul marino; la pluma rascaba y hacía un ruido parecido al que
producen los ratones en el friso de la pared. Contemplé a aquel hombre, estudié
aquel perfil serio y concentrado, la nariz afilada, los labios apretados, la
espesa onda de pelo que caía hacia adelante. Se detuvo, dio un suspiro.
flexionó los brazos y estiró las anchas espaldas bajo el satén oscuro. Leyó
unas cuantas líneas, frunció el ceño, tachó una o dos palabras y se puso a trabajar
otra vez, perdido en aquel mundo que estaba creando sobre el papel. Qué
maravilloso debía de ser tener la habilidad suficiente para hacer aquello,
pensé. Qué maravilloso dejar atrás el mundo real con todas sus preocupaciones y
penetrar en otro mucho más vívido, más vital, y repleto de personajes
fascinantes cuyas vidas sólo el autor controla.
No
me habría importado escribir un libro algún día. Ciertamente estaba aprendiendo
mucho acerca de aquel oficio a base de observar al escocés y de copiar en
limpio su obra. Decididamente para ello hacía falta cierta maña, sin ella no
había nada que hacer, pero a mí me parecía que lo principal consistía en la
capacidad de trabajo, en trabajar, trabajar y seguir trabajando aunque se
hiciera muy difícil y las palabras se negasen a acudir o los personajes a
hablar y a moverse. En esas ocasiones Cam Gordon se ponía rabioso y
malhumorado, hacía rechinar los dientes, lanzaba un montón de maldiciones y
arrugaba y tiraba grandes cantidades de papel, pero seguía trabajando hasta que por fin algo se abría y
las palabras empezaban a fluir de nuevo.
Era
bien pasada la medianoche cuando por fin dejó la pluma, se puso en pie y se
estiró. Miró con asombro la habitación, como si estuviese sorprendido de
encontrarse en Londres, en el piso de la calle Holywell. Pareció sorprendido
también de verme sentada en el sofá. Se estiró otra vez y se acercó para
situarse de pie ante la chimenea; ahora estaba relajado y de un inusitado buen
humor. El trabajo le debía de haber ido verdaderamente bien.
-¿Habéis
terminado el pasaje? -le pregunté.
Hizo
un gesto de asentimiento.
- He
terminado todo el capítulo.
-¿Habéis...
habéis estado trabajando todo el día? ¿Habéis dormido algo?
-He
dormido unas cuantas horas esta mañana. Me despertó bruscamente una visita
inesperada. Una dama que se sentía muy desgraciada.
-¿Una
dama?
- La
encantadora lady Evelyn. Al parecer cuando ayer se marchó de aquí alguien tuvo
la ocurrencia de tirarle a propósito un cubo de agua. Le echó a perder el
peinado y el vestido, que cuesta una pequeña fortuna. Asegura que no podrá
volver a ponérselo nunca mas.
-
Qué vergüenza - dije fingiéndome muy preocupada-. ¿Quién habrá podido hacer una
cosa así?
-Sí,
¿quién habrá sido? Dice que el agua estaba llena de unas asquerosas mondas de
patata y zanahoria. Si no me equivoco, en aquel abominable estofado con el que
intentaste envenenarme había zanahorias y patatas.
-Me
parece que si.
-Me
pregunto qué se hizo de las mondas.
-Yo
también me lo pregunto -dije yo.
Le
afloró a los labios una leve insinuación de sonrisa. No estaba molesto en
absoluto.
-¿Y
que... qué le dijisteis vos a la encantadora lady Evelyn?
-Le
dije que si se empeñaba en visitar unos barrios de tan mala reputación, era
normal que tuviera que sufrir las consecuencias. Eso no le gustó nada, y me
dedicó unas cuantas palabras muy bien escogidas.
- Me
lo imagino.
-No
tenía la menor idea de que conociera ese tipo de vocabulario.
-A
mí no me sorprende nada.
-
Estaba extremadamente iracunda. Me acusó a mí de ser el autor del remojón; me
dijo que era un villano, un bruto sin corazón, un monstruo despiadado y, por
añadidura, un testarudo hijo de perra. Me mostré de acuerdo con ella, claro
está, y luego la eché de aquí.
-¡Bien
hecho!
-¿Por
qué lo hiciste, Miranda?
-Yo...
es que sentí un impulso irrefrenable. No pude resistir la tentación. Venir aquí
con esos aires, actuar como si vos fuerais propiedad suya y comportarse como
una... como una perra en celo. Una mujer así. .. es capaz de arruinar a
cualquier hombre.
-Me
temo que ya ha arruinado a unos cuantos.
-¿No...
no estáis furioso conmigo?
-Al
contrario, te estoy muy agradecido. Lady Evelyn se me estaba convirtiendo en un
problema.
-Y
si os resultaba tan puñeteramente molesta, ¿por qué le disteis pie desde el
principio?
- La
carne es débil - me contestó-, y un hombre tiene ciertas necesidades. Lady
Evelyn se mostraba siempre muy gustosa de satisfacerlas.
-Ya
veo. ¿Qué vais a hacer ahora sin ella?
-Supongo
que lo único que puedo hacer es buscarme alguien en otra parte - replicó.
Me
dirigió una larga mirada que encontré en extremo desconcertante, pues aquellos
ojos azules estaban oscurecidos por algo que no había visto nunca antes en
ellos; Juego se acercó lentamente al pequeño aparador y abrió una de las
puertas lacadas. Sacó una botella de vino que yo ni siquiera sabía que tuviera,
se sirvió una copa y empezó a beberla pensativo, mirándome por encima del
borde. Sentí que algo se removía dentro de mi, y me puse súbitamente asustadiza
e incómoda. Jugueteé con una de las mangas acampanadas del vestido tratando de
evitar aquellos ojos, pero cuando levanté Ja vista Cam seguía contemplándome
con aquella mirada tan intensa.
-De-debéis
de estar muerto de hambre -tartamudeé poniéndome en pie-. Os traeré algo de
comer.
-No
tengo hambre, Miranda.
-Entonces
café. ¿No os apetece una agradable taza de...?
- No
quiero café. Estoy bebiendo vino. Y me parece que a ti también te vendría bien
una copa.
-No...no;
se me subiría a la cabeza en seguida.
Llenó
otra copa a pesar de todo y me la acercó. Titubeé durante un instante antes de
cogerla, y cuando lo hice rocé con los dedos los suyos y me sentí invadida por
un sobresalto. La mano me temblaba y el vino formaba remolinos en la copa. Cam
Gordon puso una mano sobre la mía para afirmaría y yo tuve la certeza de que me
iba a desmayar, yo, que siempre me había mofado de esa clase de ñoñerías
tontas. Estaba temblando por dentro absolutamente aterrorizada, pero con una
clase de terror que nunca antes había experimentado.
-¿Qué
te ocurre? -me preguntó en voz baja.
-
Nada... sólo... sólo permitidme que me tome el vino.
De
nuevo un amago de sonrisa cruzó aquellos finos labios sonrosados. Me soltó la
mano; me llevé la copa a los labios y tomé con avidez un gran trago de vino y
luego otro. Era como terciopelo líquido, un poco amargo, suave y picante, y me
llenó de calor. Bebí otro sorbo deseando desesperadamente que él no estuviese
tan cerca mirándome con aquellos ojos azules, ahora oscuros y ardientes y medio
ocultos por las espesas y largas pestañas. ¿No tenía nada más que hacer? ¿Sólo
quedarse allí parado observándome con los labios entreabiertos? Yo sabía bienio
que a él le estaba pasando por la cabeza, lo sabía puñeteramente bien, y
aquello me asustaba de un modo terrible. Me bebí de un trago el resto del vino
tratando de actuar con desenfado.
-¿Quieres
más? -me preguntó.
-Ni
pensarlo. Ya... ya empiezo a sentirme mareada.
-Hay
que tomarlo más despacio.
-
Pues podíais haberos molestado en advertírmelo. Yo... yo no soy una de esas
malditas damiselas vuestras que toman vino y faisán a diario. Si queréis saber
la verdad, nunca lo había bebido antes.
-Tranquilízate,
Miranda.
-
¿Cómo diantres voy a tranquilizarme con vos ahí, tan cerca, respirándome en la
garganta?
-¿Te
molesta?
-Me
molesta horrores.
-¿Por
qué?
-
Sabéis de sobra por qué. No soy como vuestra preciosa lady Evelyn.
-Y
tanto que no.
-
Resulta... que da la casualidad de que soy una buena chica, lo creáis o no. De
modo que ya podéis... ya podéis quitarme los ojos de encima y sacaros esas
extrañas ideas de la cabeza, Cam Gordon.
-
Hace bastante tiempo que esas ideas me rondan por la cabeza -confesó-. Hace ya
semanas que vengo luchando contra ellas.
-
Pues seguid luchando - repliqué.
Me
miró profundamente a los ojos durante un momento; luego me cogió de las manos
la copa vacía, la llevó al aparador y la dejó allí. Di un suspiro de alivio. No
había podido respirar como es debido con él tan cerca. Me resultaba imposible
pensar con claridad. Y aún no podía hacerlo. Tenía la cabeza confusa, el
corazón me latía y me había sonrojado. Hacía un puñetero calor allí dentro,
aunque el fuego se había consumido casi por completo. Varias de las velas se
habían apagado tras lanzar un chisporroteo y la habitación era un cubil
acogedor y en penumbra. La pálida luz dorada se alternaba con suaves sombras y
creaba un ambiente húmedo que no facilitaba en nada las cosas. La campana de
St. Clement tañía en medio de la noche, profunda y serena. A través de los
cristales de la claraboya se veía el cielo de un brumoso color negro azulado y
salpicado por el resplandor trémulo de la luna.
Dio
media vuelta, cruzó los brazos sobre el pecho, apoyó las nalgas en el aparador
y me observó con los ojos entornados. Al pálido resplandor de la luz de las
velas, la bata azul marino tenía un profundo lustre sedoso, y las sombras le
barrían la cara haciéndola parecer aún más delgada, más adorable. Yo sabía
manejar al malhumorado e iracundo escocés que me gritaba, amenazaba y demás -
de hecho lo encontraba muy estimulante-, pero aquel seductor Cam de ojos
somnolientos era algo absolutamente distinto.
-
Yo... creo que será mejor que me ponga a copiarlo que habéis escrito -le dije
con nerviosismo-. No tengo sueño. Lo más seguro es que pueda terminarlo todo
esta noche. Vos... vos haced vuestra vida. Volveré a encender las velas y...
-No
te muevas -me dijo.
-Tengo
que copiar todo eso. Si no me retrasaré y vos empezaréis a gritarme y...
-Deja
de parlotear de una vez -me ordenó.
Obedecí.
Lo miré. Lo deseaba, lo deseaba desesperadamente, y él también me deseaba a mí;
nunca me había sentido tan asustada, tan temblorosa e indefensa. Me parecía que
estaba de pie en un umbral invisible. Anhelaba de todo corazón cruzarlo y
entrar en aquel mundo mágico que yo sabía me estaba esperando, pero al mismo
tiempo deseaba también fervientemente que todo siguiera como hasta entonces.
¿Cuántas veces había alimentado yo secretas fantasías en ciertos momentos
ensoñadores y llenos de sopor a altas horas de la noche, antes de dejarme
vencer por el sueño? Algunas de ellas me habían hecho subir los colores a las
mejillas, aunque durante el día yo me negaba a reconocerlo fingiendo que nunca
habían tenido lugar.
-Veo
que aún llevas puesto ese vestido -me comentó.
-No...
no me acordé de cambiarme. Tenía hambre, bajé, luego me puse a hacer cosas y...
-Quítatelo
-dijo.
-¿Ahora...
mismo?
-Ahora
mismo.
-
¡Ni hablar! ¡No me desnudaré delante de vos! Yo...
-¡Haz
lo que te digo!
Tenía
la voz seria y temible. Con manos temblorosas traté de desabrocharme los
diminutos corchetes que el vestido tenía en la espalda. No conseguí hacerlo.
Cam
Gordon
cruzó la habitación, se situó detrás de mí y me puso las manos en los hombros
desnudos. Arqueé la espalda, tiritando ahora muerta de frío, y me pareció que
fuera a la deriva por el espacio cuando empezó a acariciarme suavemente un lado
del cuello con los dedos. Ya no me daba la impresión de estar de pie en una
habitación surcada de sombras. Ahora estaba flotando, flotando llena de
increíbles sensaciones, de apretados capullos de sensación que estallaban
suavemente hasta convertirse en flores que luego se abrían y expandían. Me
acarició la garganta y los hombros, y luego empezó a desabrocharme los
corchetes con mucho cuidado, expertamente, como si tuviera mucha práctica en
ello.
Noté
que el corpiño se aflojaba, pues el rico brocado negro ya no me oprimía el
pecho. Cuando desabrochó el último corchete el corpiño cayó hacia adelante y
quedó sujeto sólo por las mangas. Me pasó la punta de un dedo a lo largo de la
espina dorsal. Cerré los ojos y sentí que las rodillas se me ponían tan débiles
que creí realmente que se me iban a doblar. Las sensaciones continuaron
floreciendo, estallando y llenándome la sangre de un hormigueante dolor que era
una deliciosa tortura. Enganchó los pulgares en las cintas de las mangas y tiró
de ellas hacia abajo. La seda se deslizó libremente. Gordon dio la vuelta hasta
quedar situado frente a mí, me puso las manos en las caderas y, arrodillándose,
acabó de bajarme el vestido hasta el suelo; la prenda formó un brillante
círculo de seda a mis pies. Di un paso para salir del vestido, lo empujé hacia
un lado con el pie y me quité también los zapatos. Cam Gordon se incorporó y
retrocedió un par de pasos, contemplándome con oscuros ojos azules.
-Por
favor -le susurre-. No... no hagáis esto. Dejadlo correr.
-Te
deseo, Miranda. Te he deseado desde el principio.
-No...
no está bien.
-Me
parece que todos estos remilgos están fuera de lugar -me dijo.
-No...
no son remilgos. Yo nunca...
-Tú
lo deseas tanto como yo.
-Puede
que sea cierto, pero eso... eso no cambia las cosas. Hemos... nos llevamos bien
y no hay...
-Eres
preciosa -me dijo con voz ronca-. Dios mío, eres preciosa.
-Cam...
-No
hay una mujer en todo Londres que se pueda comparar contigo.
Yo
ahora únicamente llevaba puestas las delicadas enaguas de encaje negro, cuyas
faldas ondeaban como capas de la más fina gasa negra. Le miré a los ojos,
temblando. Una fuerza que no me sentía capaz de controlar me impulsaba a dar
ese último paso que me haría traspasar el invisible umbral, pero logré
contenerme, temerosa, a pesar de que aquel glorioso dolor crecía a cada
instante dentro de mí y exigía ser liberado, exigía ser satisfecho. Yo ya no
era independiente, una entidad separada y libre. Formaba parte de un todo y
sólo aquel hombre podía completarme.
-
Quemaremos el vestido - me dijo entonces-. Y también las enaguas.
-
Sí. Yo... nunca podría volver a ponérmelo. Debería... debería haberlo quemado
ya.
-Te
compraré un vestido nuevo, Miranda. Uno mucho más bonito que éste. Te compraré
una docena.
-No
-le dije en un susurro-. No es... no es eso lo que quiero de vos.
Me
cogió por los hombros y enganchó con los pulgares los finos tirantes de la
enaguas; tiró de ellos hacia abajo y los pechos se me tensaron bajo la tela,
tirantes y formando blancos montículos coronados por firmes pezones rosáceos
apenas velados por el encaje negro. Cogió la tela, la rompió en pedazos y en
cuestión de segundos las enaguas yacían a mis pies hechas jirones y yo me
hallaba ante él completamente desnuda. Me envolvió con los brazos y me atrajo
hacia sí; sentía contra mi piel el tacto fresco y sedoso de la bata de satén.
Una extraña languidez se fue apoderando de mí dejándome indefensa, al tiempo
que nuevas y cada vez más fuertes sensaciones estallaban silenciosamente en mi
interior.
-He
tratado de luchar contra esto -me confesó-. Durante semanas he estado luchando
contra esto y diciéndome que de ninguna manera podía sentirme atraído por
una... una golfilla callejera medio salvaje con cara de ángel y una lengua
capaz de hacer ruborizar a un estibador. Has conseguido embrujarme, muchacha.
-
Mal-maldito seáis, Cam Gordon. Si es eso todo lo que sentís...
-
Has entrado en mi vida como un gato callejero muerto de hambre. Bufando,
arañando y causando estragos a la menor oportunidad. Y yo deseaba
estrangularte, deseaba vaciarte encima de la papelera y deshacerme de ti junto
con el resto de la basura; y luego, maldita sea, luego te me hiciste
indispensable, hiciste que me preguntara cómo alguna vez había podido
arreglármelas sin ti.
-Vos...
vos no sois precisamente la gloria. Hay montones de veces en que os comportáis
de un modo horrible y...
- Y
si me quedara algún resto de sentido común aún lo haría; te echaría a la
papelera antes de que la cosa llegase a mayores, pero me temo que ya he perdido
el juicio por completo.
-Soltadme.
Sois un... un canalla.
Apretó
el abrazo y me miró a los ojos. Los suyos tenían ahora un color azul muy oscuro
y centelleaban de deseo, medio ocultos por las pestañas entornadas. La boca de
aquel hombre estaba sólo a unos centímetros de la mía. Aquella dulce tortura no
podía durar mucho más, era imposible, si no me desmayaría. Me abarcaba con el
brazo derecho curvado alrededor de la cintura mientras la mano izquierda me
bajaba por la espalda. Deslizó la palma por la curva de mi trasero, apretándome
la carne con aquellos dedos tan fuertes. Separó los labios. Sentí que un
violento temblor me hacia estremecer.
- No
he conocido nunca a nadie como tú - me dijo.
-
Pues... pues yo creo que no soy tan rara. Es sólo que... yo...
-
Eres única, maravillosamente única... y toda mía. Anoche, cuando creí que
quizás te perdiera, estuve a punto de volverme loco. Me di cuenta entonces de
que me sería completamente imposible vivir sin ti.
-
¿Tenemos... tenemos que hablar tanto?
Entonces
sonrió; le coloqué una mano en la nuca y levanté la otra para echarle hacia
atrás aquella espesa onda negra que le caía sobre la frente. Me oprimió la boca
con la suya y me estuvo besando durante mucho, mucho tiempo; los músculos del
cuello se le tensaban más a medida que él se abría camino con la lengua, con
cuya punta me acariciaba las paredes de la garganta. Me estrujaba muy fuerte
contra él, y noté que la tensión se había apoderado de aquel largo y magro
cuerpo que a duras penas podía contenerse y luchaba contra aquella urgencia que
amenazaba con vencerle. Me liberó los labios y levantó la cabeza con las
facciones del rostro tirantes, casi duras. Me cogió en brazos, me condujo al
dormitorio y tiró hacia atrás la ropa de la cama. Después me dejó caer encima.
La
habitación estaba fresca porque el aire penetraba por las ventanas parcialmente
abiertas, pero ninguno de los dos se fijó en ello. Todo el cuerpo parecía
derretírseme a causa de un calor que me quemaba bajo la piel como una dulce
fiebre. Me estiré sobre las frescas sábanas de lino y me retorcí, esperando;
Cam se quedó de pie al lado de la cama y me miró con rostro inescrutable. Las
cortinas se movieron suavemente mecidas por la brisa y produjeron un débil
susurro. La habitación se había transformado en un emparrado de sombras
aterciopeladas de un color gris azulado oscuro... muy oscuro, que barría las
paredes, y algunos pálidos rayos de luna penetraban en diagonal por la ventana.
Yo me encontraba bañada en plata, y casi notaba la luz de la luna acariciándome
el cuerpo.
Cam
se desató el cordón de la bata, se la quitó y la tiró a los pies de la cama. Se
sentó a mi lado en el borde de la misma y el colchón se inclinó ligeramente;
levanté una mano para acariciarle la espalda mientras él se quitaba primero una
zapatilla y luego la otra. Qué lujo, qué bendición poder tocarlo libremente,
sentir el calor de aquella carne bajo el delgado tejido blanco de la camisa.
Volvió a ponerse en pie y se despojó de ella, dejándola caer al suelo. Me
hallaba en un sueño. Aquello no era más que otra fantasía, y con toda seguridad
me despertaría en mi cama de la buhardilla y el sueño se desvanecería y se
convertiría en lejanos recuerdos de una dicha quimérica. Pero sentía debajo de
mi cuerpo el lino, y la luz de la luna realmente me acariciaba la piel mientras
mi escocés cruzaba descalzo la habitación para cerrar una de las ventanas,
ahora él también totalmente desnudo, como una alta y magra estatua griega que
hubiese cobrado vida, pero hecha de cálida carne en vez de mármol.
Volvió
a la cama; levanté los brazos y los curvé en torno a su espalda al mismo tiempo
que él se inclinaba pasa besarme la garganta. Tenía unos labios cálidos y
húmedos con los que me rozó ligeramente la piel. Cerré los ojos y me sumergí en
un torbellino de sensaciones que me sumía hacia el olvido cuando comenzó a
besarme los pechos y los pezones, tensos, tirantes, amenazando con estallar
mientras él los acariciaba con la lengua. Jadeé y apreté la espalda; los
muelles produjeron un quejido y el colchón se inclinó de nuevo cuando él se me
puso encima apoyándose en las palmas de las manos. La luz de la luna ahora nos
bañaba a ambos, pero entonces una nube ocultó la luna y nos vimos sumidos en
una oscuridad negra y azul. Descendió hasta quedar sobre mi y me inmovilizó
bajo el peso de su cuerpo, siendo el mío un cálido cojín para él.
Un
momento de pánico puramente instintivo me trajo de vuelta a la realidad; me
debatí, tratando de apartar de mí aquel cuerpo, pero él se mostró duro y
severo, me sujetó con firmeza y me separó las piernas. Grité al sentir la
cálida, dura, suave y aterciopelada punta de su hombría buscando la entrada, y
luego al notar que aquel rígido mástil golpeaba y se hundía en la vaina que era
mi carne. Encontró un obstáculo, y se puso a empujar contra él repetidas veces,
cada una más fuerte que la anterior, más profunda, mientras el pánico se
apoderaba por completo de mí y sentía un dolor desgarrador y punzante que me
obligaba a gritar. Luego el dolor se convirtió milagrosamente en una dichosa
molestia, y empezaron a brotar unas fuentes profundas que me inundaron de un
placer extático que aumentaba por momentos, hinchándose en mi interior,
estallando una vez, dos veces, y de nuevo otra más al profundizar él hasta
hacerme creer que me iba a romper en pedazos. Todo el cuerpo se le puso en
tensión, estirado de placer como el de un potro, y se hundió en mí de nuevo
empujando poderosamente con todas sus fuerzas. Se estremeció presa de
convulsiones, igual que yo, y hubo una explosión final en la que las
sensaciones se transformaron en chispas que ardían lentamente dentro de mí y me
dejaban en sus dulces orillas aturdida, sobresaltada, rota.
Luego
se durmió, y lo mismo hice yo. Me desperté más tarde, al notar que la luz de la
luna me acariciaba los párpados. La habitación seguía estando bañada en plata,
y era consciente del peso de la cabeza de mi escocés, que me apretaba hacia sí
con un brazo, en el hombro; Gordon tenía una pierna suya puesta encima de las
mías. Gruñó irritado en sueños cuando le pasé los dedos por el pelo y le
acaricié con la palma de la mano las curvas del hombro. Gruñó de nuevo, luego
abrió los ojos y me apretó más contra él. Empezamos a retozar de nuevo; me tomó
lentamente, y esta vez no hubo dolor ni pánico; el placer fue increíblemente
intenso. Cuando estuvimos saciados, cuando él era un peso muerto puesto sobre
mí, pero todavía dentro aunque apagado, sonreí, lo abracé y me di cuenta de que
tenía las pestañas húmedas de lágrimas de felicidad que yo no era consciente de
haber derramado.
A
las once de la mañana siguiente yo me hallaba en la cocina. El café hervía y
llenaba la estancia de un maravilloso aroma; la brillante luz del sol salpicaba
a través de las ventanas y se filtraba por la claraboya. Volví a sonreír
mientras disponía los bollos en una fuente. Cam seguía durmiendo, pero yo ya
hacía muchas horas que estaba despierta. Había tenido tiempo de bañarme, me
había cepillado el pelo y me había puesto el vestido de algodón azul estampado
con florecitas púrpura que había comprado en la tienda de ropa usada. Tras
envolverme los hombros con el chal violeta ribeteado, había ido a la panadería
y había comprado unos bollos deliciosos para su desayuno, y todo el tiempo
había sentido dentro de mí un resplandor cálido y acogedor. Me sentía maravillada.
Me sentía magnífica. La sangre me cantaba y yo. quería echarme a reír en voz
alta de tanta alegría como sentía.
Todavía
me escocía un poco allí abajo, cierto, y sentía todo el cuerpo magullado, pues
parecía pulverizado, como si hubiera recibido una paliza, pero de todo modos
era una sensación gloriosa. Y por ello saboreaba cada molestia. Se oyó el
tañido de las campanas de la iglesia mientras yo quitaba el café del fuego y
llenaba dos tazas que ponía a continuación sobre la bandeja junto con el plato
de bollos, una cuchara, un pequeño azucarero blanco adornado con ramilletes de
flores pintados en su superficie, y una jarrita de leche que hacía juego. Le oí
andar de un lado a otro de la habitación y organizar un gran alboroto; luego oí
salpicar el agua y golpear las botas. Luego él apareció en la habitación
delantera; yo le recibí con la bandeja y le sonreí.
-
Buenas - dije.
-¡Buenos
días! -me espetó.
-Vaya,
estamos de mal humor esta mañana, ¿no?
-
¡Siempre estoy de mal humor por la mañana!
- Ya
lo sé. No se puede vivir con vos hasta que os habéis tomado por lo menos dos
tazas de café. Aquí lo tengo preparado, muy bueno y caliente, y además os he
traído tres bollos de canela, que son vuestros favoritos, y uno de albaricoque
para mí. Sentaos.
Se
sentó. Había puesto muy mala cara. Yo sonreía. Se bebió el café y me miró
echando chispas; cogí el puchero y le serví otra taza de café, le añadí azúcar
y un poco de crema y le di vueltas, sirviéndoselo luego como si él fuese un
indolente pachá y yo su feliz doncella. Llevaba botas, unas dazas negras muy
ajustadas y una camisa muy fina de linón blanco que estaba viejísima y
necesitaba algún que otro remiendo. Lo estuvo observando con orgullo,
posesivamente, hasta que por fin se terminó el café y los bollos y yo pude
llevarme las cosas. Cuando regresé lo encontré de pie en medio de la habitación
con los brazos cruzados; la luz del sol que entraba por la claraboya lo
inundaba por completo. Tenía el rostro impasible, y cuando se decidió a hablar
lo hizo con una voz llana, sin ninguna inflexión.
-Te
debo una disculpa por lo de anoche, Miranda. No se que me paso.
-Yo
si sé lo que os pasó, y lo de anoche fue maravilloso. No me lo habría perdido
por nada del mundo.
-¿Por
qué no me dijiste que eras virgen?
-Lo
hice. Os lo he dicho varias veces, pero nunca me creísteis.
- Si
lo hubiera sabido... - Se detuvo y frunció el ceño, adoptando un aire muy
serio-. No acostumbro a desflorar jovencitas. Nunca pensé tocarte. Tú estás
bajo mi responsabilidad y...
-Cam
-le dije yo-, querido Cam. No tienes que disculparte. Me alegro de que haya
sucedido. Quería que tú me desflorases. Hace... hace mucho tiempo que deseaba
que sucediera, y ahora me siento de maravilla.
-Maldita
sea -exclamó, ahora incómodo.
-Alguien
tenía que ser el primero. Y me alegro de que hayas sido tú. Ahora soy tuya,
toda tuya, y tú eres mío.
-
¡Jesús!
Me
eché a reír al verle tan alarmado; me acerqué a él, le puse los brazos
alrededor del cuello, eché la cabeza hacia atrás y le miré a los ojos. Durante
un momento adquirió el mismo aspecto que un niño aterrorizado, luego suspiró y
sacudió la cabeza. Alegres ruidos llegaban desde el patio. Los niños jugaban.
Los perros ladraban. Las mujeres cotilleaban junto ala bomba de agua. Le di un
abrazo muy fuerte, retrocedí un paso, ladeé la cabeza hacia un lado y le dije
que era hora de ponerse a trabajar.
-
¿En dónde demonios me he metido yo? - se preguntó tristemente en voz alta-. ¡Yo
soy quien da las órdenes aquí, no lo olvides!
-No
lo olvidaré -le prometí.
-
Hoy pareces todavía más hermosa. Esos cabellos, esa cara, ese cuerpo increíble.
Se me está pasando por la cabeza saltarme el trabajo esta mañana. No estoy de
humor para empezar otro capítulo. Preferiría...
-Ya
lo sé -le indiqué-, pero no vas a hacerlo. No lo harás... no lo harás hasta que
lleves hechas por lo menos diez páginas.
-La
vida es un infierno -gruñó.
No,
no lo es, pensé yo mientras Cam se dirigía malhumorado hacia la mesa de
trabajo. Al contemplarle cuando se sentaba, cogía la pluma y abría una botella
de tinta, me di cuenta por primera vez de cuán maravillosa podía ser la vida.
(continuará)
(1)
Se refiere a Charles Stewart (Carlos Eduardo), pretendiente jaco-hita a la
corona de Inglaterra, quien llevó a cabo la insurrección de Escocia en 1745 y
cuyo ejército sería aplastado en Culloden, en abril de 1746, por el duque de
Cumberland. (N. del T.)
(2)
En inglés a estos hombres se les llama straw man, hombres de paja. (N. del T.)

No hay comentarios:
Publicar un comentario