© Libro N° 6007.
Prometeo & Cía. Wilde, Eduardo. Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © Prometeo & Cía. Eduardo Wilde (1844 -1913)
Versión Original: © Prometeo & Cía. Eduardo Wilde (1844 -1913)
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
PROMETEO & CÍA.
Eduardo Wilde
(1844 -1913)
Indice
Prometeo
La santa Rosa en el Río de la Plata
La lluvia
Fragmento criollo
Meditaciones inopinadas
Perfil de un contemporáneo
Tini
Sin rumbo
Literatura familiar
Alma callejera
Utilidad de la desgracia
Autógrafo
La primera noche de cementerio
Vida moderna
Mar afuera
Chaica y Cikaia
Sueños y visiones
Costantinopla
En tierra Santa
A bordo
Hombre y toros
Páginas muertas
Nada en quince minutos
Así
Recuerdo al caso
Triste experiencia
Variaciones mentales
Medicina operatoria
Pablo y Virginia
Sobre cubierta
De Hong-Kong a Yokohama
El nuevo paraíso terrenal
Inolvidable
Trouville
Novela corta y lastimosa
Prometeo
(Canto del poeta Olegario Andrade)
Carta al autor
Muy
señor mío:
Usted
es un hombre impertinente.
Nosotros
estamos muy ocupados y no tenemos tiempo de leer versos.
Hace
usted mal en obligarnos a leer los suyos.
¿No
podía usted haber hecho versos malos, para no sacarnos de nuestras ocupaciones
habituales, como quien saca de los cabellos un hombre que se ahoga?
Estamos
ocupados de la Bolsa, de las cédulas hipotecarias, de la tarifa de avalúos, de
la ley de papel sellado, y del banco nacional, que anuncia con gran pompa
operaciones y no descuenta un pagaré de cinco pesos, firmado por Rothschild.
Y
usted nos habla de Prometeo.
¿Quién
era ese Prometeo?
¿Era
algún agiotista?
¿Tenía
acciones de las minas de Amambay y Maracayú?
¿O
era exportador de frutos del país?
No, nada de
esto era. No se ocupaba de ninguna de esas profesiones que hacen la ruina de
algunas familias y la fortuna de uno que otro asiduo en la especulación.
¡Se
ocupaba del libre pensamiento!
¡Valiente
profesión y muy socorrida en estos tiempos ultramontanos!
Seguramente,
señor Andrade, usted vive en la luna.
Cuando
usted eligió por tema a Prometeo, yendo a desenterrarlo de los cementerios
mitológicos, se olvidó del pueblo en que vivía y aunque su canto ha sido leído
y comentado por todo el mundo, tenemos el patacón a 31.75 y el precio de la
harina se sube a los cielos.
¿No
temió usted la crítica?
Eso
muestra un espíritu independiente, pero poco comercial.
La
crítica, por suerte, ha sido favorable a su canto, pero porque sólo se lo ha
mirado bajo la faz literaria.
Desgraciado de
usted si en vez de ello, hubiéramos examinado sus estrofas a la luz de la
economía política y de los intereses mercantiles, en este pueblo esencialmente
comerciante.
La
crítica he dicho y he debido decir el elogio.
Su
canto es como el brillante; encierra el mayor valor en el menor volumen.
Tiene
doce millones de facetas y en cada una de ellas se refleja todo, desde la luz
sombría de los infiernos hasta los destellos que emanan de una lágrima tierna.
Cuando
quiera usted saber el valor de una cosa, pregúnteselo a los instintos.
El
sistema nervioso de un niño critica mejor que los autores clásicos.
Yo
estimo mucho la opinión de los caballos sobre pintura, desde que el caballo de
Alejandro juzgó un cuadro de Apeles.
El
juicio de los perros sobre estatuaria y sobre música es de un valor inmenso.
Véalos
usted como aúllan y corren, cuando oyen la seudo-música de los organitos y
recuerde la historia del perro que se abalanzó a una estatua que representaba
un mendigo.
Pero
aún podemos ir más lejos en materia de crítica sobre estética.
Hasta
los objetos inanimados nos dan su opinión indiscutible sobre las obras de arte
y sobre la naturaleza que les sirve de original.
El
reflejo de la luna que se mira en el mar, es la opinión de las ondas sobre esa
solterona desolada y vagabunda que se pasea por el éter.
El
eco del trueno en las montañas, es la opinión de las rocas sobre el fragor de
la tempestad.
No
se oculta la luna tras de una nube sin que el mar arrugue la frente y nos mande
una mirada sombría.
No
huyen las notas de una tormenta flagelando las crestas de los montes o
revolviendo sus senos, sin que las masas de granito modulen en su queja, todas
las armonías que la tempestad les inspira.
¿Qué
somos nosotros ante tales críticos?
¿Se
ha mirado usted alguna vez en un espejo, ese terrible censor de todas las
mujeres feas de la tierra?
¿Piensa
usted que haya una opinión más imparcial y justa sobre la belleza, que la
opinión de los espejos planos?
Y
sin embargo, ni los mares, ni las rocas, ni los espejos tienen instinto ni
sistema nervioso.
Pero
tienen más que esto; tienen siempre razón.
El
más hábil casuista no convencerá jamÁs a un espejo plano, de haber dicho
mentira sobre la belleza de una cara discutible; él, con la imparcialidad de su
capa de azogue, proclamará la verdad si la cara lo enfrenta en plena luz.
Pues
yo, señor Andrade, que no soy espejo plano, me vería en el trance más apurado
si quisiera juzgar su Prometeo; la impresión infantil se expresaría mejor que
yo y me avergonzaría con sus estremecimientos ingenuos.
Cuando
recibí el folleto que usted me mandó, un niño de cinco años me hacía pasar el
examen más difícil que haya dado en mi vida, preguntándome quién era Dios,
punto de teología sobre el que cualquier niño apto para preguntar, es capaz de
correr a todos los padres de la iglesia.
El
canto me sacó de apuros.
-"Prometeo"
-contesté al filósofo inflexible.
El
niño abrió tamaños ojos y me miró con aquel aire de convicción con que suelen
mirar los miembros de las cámaras legislativas, a los ministros interpelados,
cuando éstos le contestan un absurdo ajeno a la cuestión y que no obstante los
deja satisfechos.
Luego
leí en alta voz el primer verso.
El
niño abrió la boca y pensó que seguramente iba a saber quién era Dios, cuyo
otro nombre, Prometeo, le sonaba tan bien.
Leí
toda la estrofa. El niño dejó su trompo y un durazno mordido en el suelo, para
tener las manos libres, con lo cual le sería más fácil entender el caso.
Leí
la segunda y la tercera.
El
niño pasó la cabeza por debajo del arco que formaban mis brazos.
Continué
leyendo. Santo Tomás muy preocupado de su teodisea, paseó sus ojos serenos
sobre los versos, buscando el retrato de Prometeo.
-¿Vas
a oír todo? -le dije.
-Seguí
papá -me contestó, dando vuelta la hoja con su deseo, en busca del retrato.
¡Adelante!
Las palabras salían de mis labios con entusiasmo, de ellos que no se
entusiasman jamás y que no han sido hechos para leer versos. Las frases salían
como torrentes, desmontando, destruyendo, destrozando, arrebatando,
embistiendo, atropellando, blasfemando, rugiendo como las olas del mar, como el
trueno, como el viento, como la cólera.
-Seguí
papá.
Rodó
la turba impía en espantoso vértigo a la tierra... Sobre la negra espalda y
entre el espeso matorral de rocas, que fueron la melena sudorienta, donde
cuelgan las nubes vagabundas sus desgarradas tocas y en la noche desciende a
dormir fatigada la tormenta!...
Mi
pecho se fatigó como la tormenta, mi voz se cortó, mis pupilas se dilataron
ante la colosal figura de la nube que cuelga su toca de luto en los picos de
las rocas. No tuve aliento, quise absorber, asimilar, entender y admirar en
toda su magnitud la belleza inimitable de esas expresiones, decoradas por la
luz de las tempestades del infierno.
-Seguí
papá.
Y
los versos salían de mi garganta como cascadas, como huracanes, golpeando,
saltando, roncando, renegando, ensordeciendo como los yunques del averno, como
las olas, como el trueno, como el viento.
El
niño se estremecía asustado; pegó su cuerpo al mío; su corazón, como el de un
pájaro, golpeaba la caja endeble de su pecho, y atraído por el abismo, por la
tormenta, por las nubes, soltaba su imaginación de cinco años, a la orilla del
río, donde sus oídos recogían los rugidos de las olas y sus ojos veían a lo
lejos, balancearse los mástiles de los buques, negros por la distancia,
sombríos por la soledad y la profundidad del agua encrespada.
¡Un
arrullo delicioso y aterrador engolfa su cerebro comprimido; un misterioso
vértigo infantil hace girar sus impresiones; un falansterio de imágenes
increíbles aprisiona su mente envolviéndola en un torbellino de cosas que oye,
que entiende, que adivina, que teme por instinto y que admira por intuición! Ya
sus ojos no buscan el retrato de Prometeo, paseando con ágiles pies sobre las
letras impresas; las palabras lo han mareado; su pensamiento en embrión vaga
como un sonámbulo entre las rocas, sobre las nubes, bajo los orbes. El mar
rugiente, los torrentes, las sombras, las águilas voraces y aquel cuervo que
clava su pico en el cuerpo del héroe encadenado, lo han extasiado y su pobre y
pequeña cabeza prefiere recostarse y dejarse llevar al caos por las impresiones
encontradas, antes que buscar entre la luz de los volcanes y el rayo
refulgente, la silueta de Dios que huye y se disuelve en la sonora palabra
"Prometeo".
¡Una
pausa y un suspiro!
Y la
palabra cansada, quebrada por la energía de la expresión que desafía, que
injuria y que amenaza; fatigada del esfuerzo que ha hecho para poblar de moles
los espacios, abre las puertas del porvenir, deposita su encono, se dulcifica y
pinta la aurora que se entrevé en los horizontes tranquilos, la flor recién
abierta, la onda palpitante como el seno de una virgen enamorada, las ideas
voladoras, mariposas de luz del pensamiento, que acarician con sus leves alas
la frente esperanzada.
¡Qué
pausada está la respiración del filósofo; ha hecho un movimiento para
acomodarse mejor; probablemente despliega alguna arruga que se le ha formado en
el pensamiento, o algún botón de mi chaleco le está lastimando la mejilla!
-Seguí,
papá.
-¿Cómo
le va con Prometeo, mi amigo?
-Yo
no quiero que se lo coma el cuervo.
De
eso se trata, de eso precisamente se trata. ¿No has visto esas mariposas que
acaban de salir, la luz del pensamiento, el triunfo de las ideas, la derrota de
las preocupaciones y de los fanatismos, los cuervos de la superstición?...
El
niño estaba visiblemente incómodo con mi alocución en prosa; la forma ejerce
una viva atracción sobre todas las naturalezas.
El
representante de la filosofía moderna, que no ha visto hasta ahora si Dios
tiene realmente la barba blanca y larga, ni se ha dado cuenta de por qué
Prometeo se ha venido a mezclar en el asunto, quiere por lo menos, seguir de
cerca a los caballos de granito, al Ponto, que debe ser un animal feroz, y a
otros sujetos igualmente tangibles de esta historia.
Pero
no hay por el momento ni Ponto ni caballos de granito. Ya la voz del gigante no
retumba en la montaña, ni tiemblan las nubes, ni se paran los astros a mirar
desde los confines del mundo, con su ojo de cíclope, las miserias de este pobre
diablo, que se llama pensamiento humano.
Hasta
la luna, ya que no hay gresca en que no se halle metida alguna mujer, ha
soltado su cabellera cana y ha derramado la belleza vieja de sus hebras tibias,
sobre la cara aburrida de los mares tranquilos, cómplices en aquel momento de
algún buque mercante que los hiende con su quilla de cobre.
De
toda la barahúnda no queda más, bien poca cosa por cierto, que unos cuantos
recuerdos caducos que la mente desata, como lo hacen las cabezas de los
célibes, para consolar su soledad pesimista, con las melancólicas dulzuras de
otros tiempos.
Sí,
pero los recuerdos como los males, nunca vienen solos; alguna visión del
porvenir los acompaña, alguna esperanza infundada, como todas las esperanzas,
cuya íntima naturaleza es no realizarse jamás, viene a mezclarse a ellos;
alguna ambición, tormento de corazones, pagaré sin vencimiento, descuento de
remordimientos por faltas no cometidas, viene a ponerse en línea, con aquel
baúl de desechos ajados que se llama memoria.
¿Usted
cree, señor don Olegario, en el triunfo definitivo del libre pensamiento?
La
conciencia humana es como una balanza, si echa usted peso en un platillo, el
otro se levanta. Yo creo en algo más positivo, en el flujo y reflujo de la
ciencia social. Si tapa usted un agujero en Europa, el error, como los ratones,
abre su cueva en América, en Asia, en Africa.
Pesa
sobre la especie humana un lote de mentiras, de preocupaciones, de inmoralidad
disfrazada, que no se pierde, que no se perderá jamás, como no se pierde nada
de lo que existe en la naturaleza.
La
ciencia es el patrimonio de la minoría, felizmente, pues a no tener ni eso, mal
andarían las minorías de este mundo democrático.
Si
todos fuéramos pensadores, ¿tendría usted con qué vestir su cuerpo
indescriptible y podría usted salir a lucir por las calles, ese jeroglífico que
tiene por cara y esa su sonrisa exhumada, que parece una burla sin
contemporáneos, transmigrada de algún alma antediluviana?...
Descartes
ha abierto un ojo y ha estirado la mano, decidido esta vez, a tomar por su
cuenta a Prometeo
-Detente
-le dije-, que ya vienen las hijas del océano.
Sin
detenerse, como corresponde a un pensador de sesenta meses y sin retirar la
mano, me miró con sus ojos serenos, y aquella mirada de plata que tienen los
retratos al daguerrotipo.
Como
ruido levísimo de espuma... como el roce ligero de fantásticas plumas... como
murmullo de hojas desprendidas por la tormenta... No eran rayos de luna, ni
jirones de niebla desgarrados por el aire liviano, era el coro armonioso de las
gentiles hijas del océano que a la luz del crepúsculo salían de sus grutas
azules... ¡No duermas Prometeo, al pasar a su oído murmuraban!...
En
silencio absoluto y sin mover el pequeño labio pendiente, Platón deleitado, me
miraba con sus ojos metálicos, en tanto que un reflejo ingenuamente infantil,
corría juguetonas carreras sobre su pupila humedecida.
No
duermas Prometeo.
Y
las ideas fluían de los versos como hojas de rosa, como bólidos de perfumes,
como viajes de luz, como lágrimas tiernas, como dulcísimas emociones,
encantando, deleitando, suavizando, adormeciendo, como sueños de ángel, como
candores, como inocencias, como lluvias de felicidades que derrama sus gotas
tranquilas sobre una vida que brota.
-¿A
dónde se ausenta de nuevo esa tierna cabeza? ¿A la orilla del mar? ¿Va a mirar
otra vez la tormenta, el huracán desatado, los mástiles viejos de los viejos
buques, negros por la distancia, mudos por el terror de las olas que los
asaltan?
No,
ya no ruge la tempestad; se quedó lejos, en los primeros versos. Las aguas se
mecen como la cuna en que duermen los niños, al son de ese silbido tenue y
melancólico, dulcísima música que se escapa de su pecho.
Las
olas cantan en voz baja, como las madres; modulan las esperanzas, se estremecen
con el temor de peligros previstos; la luz de los cielos cae sobre las aguas
como la mirada curiosa sobre el lecho de rosas y examina con atención las
profundidades del océano, como aquella el porvenir lejano de las ambiciones
encerradas en tan frágil cofre. Las olas cantan en voz baja todas las delicias
de la tierra, murmuran todas las notas indecisas, vagas como las imágenes de
los sueños.
Despierta
Prometeo.
Y
las dulzuras fluían de los versos, como perfumes, como sonrisas, como cariños,
como besos castísimos, como promesas; encantando, adormeciendo, deleitando.
Los
ojos de plata miraban al infinito, sin rumbo ni expresión, faltos de foco.
*
¿Ha visto usted amanecer, señor Andrade?
Cuando ha trasnochado, cuando no tenía cuarto en que
dormir, cuando le cerraban la puerta del colegio o cuando retardado por alguna
borrasca juvenil, se retiraba usted lleno de remordimientos y soñoliento ¿ha
oído usted tocar a algún reloj metódico, las cuatro de la mañana con aquella
impertinencia con que los relojes de las ciudades avisan a los jóvenes o viejos
calaveras, la hora que es, como quien les arroja un reproche al rostro?
En sus paseos ultra-nocturnos, ¿no ha observado usted
una ciudad que se despierta?
El gas va perdiendo la intensidad de su luz y cada
pico hace esfuerzos para esconder su brillo enfermizo, como si tuviera
vergüenza de presentarse tan pobremente ante la aurora que asoma por el
horizonte, a espiar a los mundanos y echarles una lujosa reprimenda de luz
sobre la cara.
Primero se oye un ruido, luego otro; se ve a los
apagadores municipales, correr de vereda a vereda con su caña larga, como
perseguidos por el demonio, punzando el vientre a los faroles, hasta dejarlos
más tristes que una estufa en verano; uno que otro transeúnte aprovecha de la
ausencia de sus contemporáneos, para decirse algunas verdades por la calle,
hablando solo, como si le durara la cuerda del café o del lecho matrimonial, en
el que discutió con su mujer toda la noche, en lugar de dormir; algún industrial
apurado que ató a tientas su carro, se apresura a ganar el pan con el sudor de
su frente y el trote pavoroso de su mancarrón; una vieja beata madrugadora se
dirige a paso de gato, por contra las paredes, a una iglesia donde se dirá una
misa con olor a fraile, según lo acaba de anunciar el lego, con todo el mal
humor de una campana perturbada en su sueño; algún octogenario caviloso,
desvelado crónico por su tos secular, abre los postigos viejos de su antigua
ventana y asoma una cara de esfinge, para mirar con sus ojos egipcios si el que
llama a la vetusta puerta de su casa fósil, es el lechero que vende leche del
río.
Y tras de esto, cien apagadores, mil transeúntes, tres
mil industriales, once mil viejas, todos los octogenarios, todos los panaderos,
los proveedores de los mercados, los mozos, los viejos, las mujeres, los
perros, los caballos, los lecheros saltando a compás, arrodillados sobre un
edificio de tarros; los ratones de vuelta a sus albañales, después de haber
hecho una visita a sus vecinos y de haberse informado del estado de los
negocios de las gentes por los despojos de las cocinas; los dueños de tiendas
desiertas que abren las puertas, con el fastidio pausado de una obligación
cotidiana y comienzan a colgar sus atractivos en las paredes indiferentes; los
repartidores de diarios y, en fin, los vendedores de todo y los compradores de
todo, aparecen, brotan, llueven, salen, bajan, pululan, se atropellan, se
empujan, hablan, gritan, llaman, golpean, produciendo un ruido hipócrita, que
parece silencio y la algazara humana comienza a las barbas del sol,
transformación de la aurora que ha cambiado de sexo en el espacio de un par de
horas.
Pues tal, señor Andrade, su Prometeo se levanta de un
sueño de tres siglos y asiste al despertar de la ciudad del libre pensamiento.
Las puertas del pasado rechinan y se alzan en tropel las razas extinguidas;
todo vive, alienta, todo se expande y reverbera.
La lucha comienza de nuevo, la lucha por la vida.
¡Arriba pensadores, un nuevo día comienza; el sueño de una noche nos dio
aliento y la fuerza en tensión en nuestros brazos, busca su aplicación sobre la
tierra! ¡Arriba pensadores, arriba, que ya asoma el claro día en que el error y
el fanatismo expiren!...
Aquí hay una imprevisión, señor Andrade. Se ha
olvidado usted de que tras de un claro día viene una noche oscura. La escena en
que pone usted a su Prometeo desencadenado es mi ciudad que se despierta para
volverse a dormir al poco tiempo.
El error y el fanatismo no expiran; se duermen hasta
la noche. El error y el fanatismo duermen de día, como los búhos; la naturaleza
previsora ha impuesto en todo la intermitencia; por eso ha puesto la noche al
fin de cada día y el día al extremo de cada noche.
No se trata pues de expirar sino de retirarse a
cuarteles de invierno, mientras pasan los tiempos difíciles.
Usted no ha de ver cumplidas sus esperanzas, señor don
Olegario, y créame, ¡lo siento mucho!
1878.
La santa Rosa en el Río de la Plata
Desde
que comienza el mes de agosto no se oye en el muelle y en las fondas y tabernas
del bajo en Buenos Aires, hablar de personaje alguno del almanaque que no sea
santa Rosa. Los que no están en el secreto, sospecharían que se trata de alguna
fiesta religiosa a no ser la categoría de los comensales, su profesión y los
juramentos católicos, aunque prohibidos por la iglesia, que a modo de adjetivos
acompañan el nombre de la santa, al salir de boca de tanto marinero sin
nacionalidad o con todas las nacionalidades juntas. Pero como no hay uno solo
de los habitantes de esta ciudad que no esté en el secreto, semejante sospecha
no tiene lugar, aun cuando se prescinda de los mencionados adjetivos y otros
vocablos, en atención a la cultura poco académica de los que los profieren.
El
nombre de santa Rosa ha perdido entre nosotros su significación celestial
adquiriendo esta otra más mundana ¡tempestad!
que traducida a todos los idiomas, quiere decir buques perdidos, hombres
ahogados, cargamentos averiados, espectáculos horribles y todos los males
marítimos imaginables.
En
el año 1878, santa Rosa había pasado sin dar motivo a que se le prodigara los
dicterios habituales, los que no por eso fueron menos abundantes ni menos
enérgicos.
La
población de la costa había quedado desencantada y sus preparativos para
comentar los siniestros acaecidos, sin aplicación.
Muchos
marineros se volvieron locos de puro desorientados y algunas fondas fueron
cerradas por inasistencia de los comentadores anuales.
Pero
llegó el 1º de octubre y la santa que, por razones de familia, había postergado
la celebración de su aniversario, sin prevenir a sus admiradores, desencadenó
sus vientos sobre las aguas dormidas, tomándolas de sorpresa.
Ni
un juramento, ni una maldición, ni una frase náutica turbulenta precedió al
trastorno. Los marineros se ahogaron y los buques se hundieron sin insultar por
esta vez a la corte celestial.
El
día había cerrado sus puertas sin ruido, la noche vino en puntas de pies y una
nube viuda, viajera del sudeste, corrió despavorida por los cielos derramando
su lluvia sobre el río, como si fuera su difunto esposo. Las aguas comenzaron a
moverse y sus olas a corretear por la superficie, rezongando por el mal tiempo.
El cielo parecía de prisa; el viento se lo llevaba indudablemente hacia el
noreste.
Los
grupos de sombras avanzaban hacia el cenit y corrían presurosos a ganar las
fronteras del horizonte.
¡Terrible
noche! el huracán silbaba en los mástiles de los buques y entonaba preludios de
muerte en los cables tendidos. Las olas trepaban a la borda de los más altos
navíos y asomaban su cabeza crespa y espumosa para mirar con curiosidad si los
camarotes estaban ocupados por sus víctimas.
Las
ráfagas sofrenaban los cascos produciendo un ruido espantoso de cadenas. La
madera crujía, se retorcía, se quebraba. Las amarras gemían como los miembros
de los herejes estirados en la tortura. Las anclas arañaban el fondo del río
sin poder agarrarse y eran arrastradas por la embarcación que debían asegurar.
Los buques se atropellaban como combatientes con los ojos vendados; se
precipitaban, se levantaban, se balanceaban, pero corrían sin descanso como
arrebatados por las furias.
¡El
viento silbaba en los mástiles y entonaba preludios de muerte en los cables
tendidos!
Los
murmullos de la voz humana se perdían en el fragor de la tempestad. Mirando de
lejos se veía a la luz de los relámpagos abandonar la cubierta a los míseros
marineros para hundirse en las aguas como sumisos obedientes a la fuerza que
los empujaba.
Después,
los fuegos apagados ocultaban las patéticas escenas de que cada embarcación era
el teatro.
Los
buques se habían dado cita en la costa y corrían afanosos a estrellarse en
ella.
La
noche continuó llena de ruidos siniestros que se perdían en el insondable
abismo por falta de oídos que los escucharan.
Al
otro día los cascos, los palos, los mascarones de proa, con sus caras grotescas
y su expresión estática, se acercaban y se retiraban después de chocar en las
toscas, con aquel juego incomprensible y estúpido de los cuerpos flotantes.
Las
mercaderías desembarcadas por su cuenta y sin pagar derechos de aduana,
descansaban de sus fatigas en la costa; se dejaban revolver por los curiosos,
con la indiferencia propia de los objetos sin valor. Alguna madre desavenida
con la fortuna se felicitaba en sus adentros, de ver tanto género mojado, que
debía venderse barato, y los almaceneros del paseo de julio, gente toda sin
conciencia, habían hecho ya el cálculo del líquido producto de tanto comestible
averiado.
Las
escenas de avaricia eran sin embargo perturbadas por la presencia de algún
cadáver, que serio y magullado, reflexionaba boca arriba acerca del paradero de
su equipaje y de su vida.
¡Gran
laberinto entre los pescados y las lavanderas de la playa!
¡Más
tarde, la nómina de los buques perdidos y algunos otros detalles en los
diarios!
Toda
la población de la costa ha jurado que no caerá en la trampa el año que viene y
que renegará en alta voz contra santa Rosa, desde el primer día de agosto hasta
el treinta de octubre, ¡para que la santa no se acostumbre a estas
trasposiciones!...
1878.
La lluvia
No
hay tal vez un hombre más amante de la lluvia que yo.
La
siento con cada átomo de mi cuerpo, la anido en mis oídos y la gozo con
inefable delicia.
La
primera vez que me acuerdo haber visto llover fue durante la convalecencia de
una grave enfermedad, en mi infancia.
Había
tenido la gran dolencia, la terrible fiebre tifoidea, esa enfermedad simpática
a pesar de sus horrores.
Me
acuerdo todavía de la tarde en que me sentí ya mal, de la situación de mi cama,
del aspecto del cuarto vacío de muebles, de su aire frío y del número de
tirantes del techo sin cielo raso.
Estuve
cerca de cuarenta días enfermo y mis percepciones fueron, por lo que recuerdo,
confusas y sin ilación. Me acuerdo que me quemaba y que no podía sudar, que
pasaba horas enteras pellizcándome los labios cubiertos de costras que
arrancaba sacándome sangre. Veía y oía todo, pero como si fuera yo otra
persona; parecía un desterrado de mí mismo. El tiempo era eterno y en su
eternidad yo tomaba todos los brebajes imaginables que tenían el mismo gusto
detestable. Soñaba cosas increíbles, pareciéndome sueños las realidades y
realidades los sueños. Los ruidos eran lejanos; los oía como si mis oídos
fueran ajenos. Veía las cosas o muy lejos o muy cerca; cuando me sentaba todo
daba vueltas y cuando me acostaba mi cama se movía como un buque. Veía animales
silenciosos y muebles con vida. Las personas de mi casa me parecían recién
llegadas y extrañas. Un día me sangraron; al sentir la picadura de la lanceta y
ver la sangre, me desmayé. Cuando volví en mí, cerca de mi cama estaba parada
mi madre con su cara pálida y seria; era una estatua.
El
médico me miraba con aquella dulce atención tan propia de su oficio; su
fisonomía no expresaba nada, yo creo que lo tomé por un hombre tallado en
madera, como un santo sin pintar que había en la iglesia. No me acuerdo haber
tenido dolores durante mi enfermedad. La naturaleza en los graves estados nos
dota sin duda de una melancólica y suave indiferencia cuyos beneficios son
innegables.
Poco
a poco me fui restableciendo.
El
día que me levanté me miré en un espejito redondo como esos que usan los
viajeros (siempre he sido un poco presumido) y, en lugar de dos mejillas
abultadas y coloradas que tenía antes, encontré dos huecos pálidos y chocantes;
fui a pararme y me faltaron las fuerzas; llevé las manos a mis pantorrillas y
no hallé nada, no tenía tales pantorrillas. ¿Y mi pelo rubio y ensortijado, qué
se había hecho?
No
tenía muslos, ni vientre, ni estómago, no tenía nada. Todo se había llevado la
fiebre. "Pero que la busquen a la fiebre y le pidan que me devuelva mis
cosas", me dio ganas de decir.
La
fiebre me había dejado sin embargo un apetito insaciable, un hambre homérica y
mortificantemente deliciosa, como pude observarlo en los días siguientes.
Si
durante mi convalecencia hubiera oído a alguien decir que no tenia apetito,
habría creído oír la mentira más hiperbólica.
Yo
soñaba con comidas y componía platos imaginarios con todo lo que uno podía
llevarse a la boca. Si alguna vez tuve una idea clara de la eternidad, fue
entonces, al considerar los millones de siglos que había entre el almuerzo y la
comida.
El
que no ha sido convaleciente no sabe lo que es bueno, como el que no tiene
callos no conoce las delicias de sacarse las botas. Yo no he tenido nunca
callos ni botas, pero sé lo que digo por el testimonio de personas fidedignas y
experimentadas.
La
convalecencia es una nueva vida que se comienza siendo grande. Uno nace de la
edad que tiene al salir de su enfermedad.
¡Cómo
se aspira la vida, cómo se siente uno vivir! Para el convaleciente la vida
tiene sabor, perfume, música y color; la vida es sólida, puede uno tocarla,
sentirla, alimentarse con ella y absorberla en todo momento.
La
luz es más luz, el aire más puro, más fresco, más joven; la naturaleza es
nueva, risueña, alegre, coqueta, sabrosa, encantadora.
Los
órganos que asimilan el alimento con incomparable rapidez, se apoderan de todo
con la energía del hambre y la ambición de las necesidades imperiosas de la
vida.
¡Convalecer
es una suprema delicia!
Parece
que la debilidad nos vuelve a la infancia y nuestros sentidos gozan con todo
hallando a cada cosa la novedad y el atractivo que los mitos le encuentran.
Ninguna
mala pasión, ninguna de esas ideas insanas que son el sustento de la sociedad,
germina en la cabeza de un convaleciente; ¡él no quiere sino vivir, comer y
descansar!
Se
levanta tan pronto como puede para tomar el día por la punta, vive con gusto su
vida durante unas cuantas horas y se acuesta después para dormir con un sueño
profundo, robusto, intenso, dormido de una pieza.
Y
luego las gentes son buenas, compasivas; las caras amables, hay sonrisas en
todas las bocas para el convaleciente que se deja adular, regalar, felicitar y
cuidar sin inquietarse siquiera con la sospecha de que sus contemporáneos no
esperan sino que se ponga fuerte para volver a agarrarlo por su cuenta y
morderlo, despedazarlo y combatirlo, como se usa entre hombres que se quieren y
que por eso viven en sociedad.
En
fin, yo estaba convaleciente, pálido, flaco, sin fuerza.
¡Qué
traza la que tenía! Me parecía que yo era mi propio abuelo; un abuelito chico,
disminuido, como si me hubiera secado y acortado; era mi antepasado en pequeño,
un antiguo concentrado que no había comido nada durante muchas generaciones; mi
apetito era del tiempo de Sesostris y yo había estado en el sitio de Jerusalem;
la conciencia de mi persona se confundía con las más remotas tradiciones y no
podía entender cómo pudo llegar hasta mí la noticia de mi existencia, siendo
como era una momia mayor que sí misma y contemporánea de los mastodontes.
La
enfermedad había retirado en mi memoria las épocas y yo tenía por sensaciones
todas esas paradojas disparatadas.
Conforme
iba ganando en fuerza, los días eran más plácidos. Durante algunas horas me
sentaba a recibir el sol que entraba en la pieza y mi silla lo seguía en sus
cambios de dirección hasta la tarde.
Nunca
he visto sol más amable, más abrigado ni más cariñoso.
Verdad
es que mi dicha se aumentaba con las delicias de una excepción legítima: no iba
a la escuela y mis hermanos iban. No ir yo era por sí solo una bienaventuranza;
que otros fueran era el colmo de la dicha. ¡Tan cierto es que nada abriga tanto
como saber que otros tienen frío!
Un
día no hubo sol, pero en cambio llovió; llovió a torrentes. El patio se llenó
pronto de agua y las gotas saltaban formando candeleritos que la corriente
arrastraba. Estos millones de existencias fugitivas corrían como si estuvieran
apuradas, al son de la música del aguacero, con acompañamiento de truenos y
relámpagos. Había en el aire olor a tierra mojada, perfume inimitable que
ningún perfumista ha fabricado, y revoloteaban en la atmósfera las luces de
cristal de las gotas saltonas, acompañadas por el ruido inmutable, acompasado,
monótono, variado, uniforme, caprichoso, metálico y líquido, propio sólo de la
lluvia.
Yo
habría querido petrificar mis sentidos y que la lluvia continuara eternamente.
Allá
lejos en el horizonte limitado por cerros rojos o grises que punzaban el cielo
con sus picos, el agua caía en hilos paralelos a veces o en torbellino, en
polvo cuando el viento arreciaba, en bandas o fajas impetuosas, según los
sacudimientos de la atmósfera y precipitándose por las hendiduras y las
pendientes, llegaba roncando al río para enturbiar su clara corriente.
Las
nubes viajaban por los cielos en montones como arrastradas por caballos
invisibles, azotados por los relámpagos que cruzaban como látigos de fuego en
todas direcciones.
El
cielo en sus confines semejaba un campo de batalla; el oído estremecido recogía
el fragor de la pelea y los ojos seguían el fulgor de los disparos de la gruesa
artillería eléctrica.
¡Pobres
viajeros con semejante lluvia! Mi imaginación los acompañaba en su camino por
los desfiladeros, por los bañados, y los veía recibiendo el agua en las
espaldas, con el sombrero metido hasta las orejas y con la inquietud en el
alma; ¡aquí atraviesan un río cuya corriente hace perder pie a los caballos,
allí cae una carga, más allá se despeña un compañero cuya cabalgadura se
espantó del rayo!
¡Pobres
navegantes con semejante lluvia! Sobre la cubierta de la nave solitaria que
toma un baño de asiento y una ducha al mismo tiempo en el océano, corren los
marineros con sus ropas de tela perfumada con brea, a recoger las velas,
mientras el capitán se moja las entrañas con ron en su camarote para que todo
no sea para el agua. Las puntas de los mástiles convidan centellas, la lona se
muestra indócil, la madera cruje y el buque se ladea sobre las ondas como si
fuera un sombrero de brigadier puesto sobre la oreja del mar irritado.
Solamente
los mineros están a sus anchas con un tiempo tan hidráulico; no saben siquiera
que ha llovido, y cuando salen de su trabajo, negros de polvo de carbón o de
metal, se sorprenden de que haya podido llover sin su consentimiento y sin su
noticia.
¿Y
las lavanderas? Nunca he podido explicarme por qué dejan de lavar cuando llueve
y las vemos recoger sus atados, ponerlos en la cabeza y ganar su domicilio bajo
ese paraguas absorbente. ¡Pura rutina!
Cuando
estaba yo en la escuela, tiempos duros aquellos, y comenzaba la lluvia, el
maestro, un terrible maestro, se distraía o se dormía con el ruido narcótico
del agua y mi catón, mi Robinson Crusoe y mi plana se retiraban al infinito.
¡Yo sólo existía para adormecerme con la elegía de la lluvia y una deliciosa
estupidez se apoderaba de mí sin que fueran capaces de sacarme de ella todos
los catones posibles, todos los parientes de Robinson, todas la generaciones de
maestros ni todas la planas de la tierra!
¡Con
qué envidia miraba a los pobres diablos que pasaban por la calle chapaleando en
el barro y pegándose en las paredes para evitar el agua, o a los provistos de
paraguas que hacían un redoble al enfrentar las ventanas, merced a las gruesas
gotas del tejado, que resbalando por la tela de seda o de algodón, iban a
colgarse en las varillas como lágrimas en una pestaña colosal!
Nunca
pude comprobar por qué no daban asueto en los días de lluvia.
El
aire era libre, los pájaros volaban a su antojo, el ganado pastaba sin
restricciones en los campos, el agua corría por el suelo, buscando a su
albedrío o al de la gravedad los declives. ¿Por qué todo esto no estaba en la
escuela como yo, o por qué la escuela no era el campo, nosotros la vacas, los
libros la hierba y el maestro un buey manso y gordo, semejante a esos aradores
incansables e indolentes que miran con estoicismo la picana y con supremo
desdén a los transeúntes?
Algunos
años más tarde, en el colegio, la lluvia solía venir a embargar mis sentidos y
muchas mañanas, antes que sonara la fatídica campana que nos llamaba al
estudio, me despertaba oyendo llover como si el agua hubiera trasnochado para
estar lista ya a esa hora.
Mi
pensamiento volaba entonces a mis primeros años; me cubría la cabeza con las
frazadas y mientras la lluvia cantaba en voz baja todas las elegías de la
desdicha, mi delicia era representarme mi casa, las personas que conocí y amé
primero y mi propia figura correteando sin zapatos por el patio anegado.
Más
tarde todavía, en el hospital, mientras estudiaba medicina, en mi cuarto húmedo
y sombrío, la lluvia caía mansamente sobre los árboles de los grandes y
solemnes patios, acompañando a bien morir a los que expiraban en las salas. La
lluvia tristísima sonaba entre las hojas, y el cráneo de algún pobre diablo,
ex-número de la sala tal y famosa pieza anónima de anfiteatro, me miraba con
sus cuencas triangulares y oscuras como si quisiera entrar en conversación
conmigo acerca del mal tiempo.
Alguna
canilla, unas cuantas costillas y otros huesos de difunto amarillentos, adorno
indispensable de todo cuarto de estudiante, tiritaban de frío en un rincón, o
se estremecían al sentirse trepar por un ratón de hospital, de esos ratones
calaveras y descreídos que no saben lo que es la inmortalidad del alma y que
viven entre huesos y entre cadáveres como entre la mejor compañía.
Y
mientras tanto el agua eterna, siempre agua, viajando de la flor al océano, de
la fosa a las nubes, del vapor al hielo, continuaba su ruta apurada por los
fenómenos naturales, entonando su música en los mares, en los ríos, en las
peñas, en los valles, y por fin en los tejados, haciendo disparar a los gatos
que, como se sabe, tienen una marcada animadversión contra ese líquido.
El
agua eterna sirviendo de espejo a los pastores en el campo, amontonando hielo
en las cordilleras, haciendo trombas en los mares, regando las sementeras,
hirviendo en algún tacho de cocina o lavando la cara de cualquier muchacho de
cuatro años, pues todos los de esa edad tienen la cara sucia, continúa su ruta
de la flor al océano, de la fosa a las nubes y del vapor a la nieve.
El
agua eterna siempre agua, empujando las locomotoras, haciendo navegar a los
buques, surgiendo de los pozos artesanos, vendiéndose a peso de oro en las
boticas, lavando las ropas en todo género de vasijas, entrando en la confección
de las comidas, sirviendo para inyecciones higiénicas o ahogando gentes en las
inundaciones, continúa su ruta bajo el imperio de las fuerzas físicas, de la
planta a los cielos, del corazón a los ojos para desprenderse en lluvia de
lágrimas sobre las mejillas abatidas.
No
tengo preferencia por ninguna clase de lluvia; me gusta la lluvia mansa, la
niebla, la bruma, la llovizna, la lluvia fuerte, la torrencial, la continua, la
intermitente, la con sol y la inopinada, esa que toma sin paraguas a todo el
mundo en la calle haciendo la delicia y el negocio de los paragüeros.
Las
gentes de esta ciudad han podido verme con mi sombrero grande caminando
lentamente por las veredas, mientras otros corren presurosos buscando un abrigo
contra la lluvia. Yo prefiero mojarme y salgo a gozar cuando llueve, como los
demás hombres cuando hace lo que ellos entienden por buen tiempo. ¡Y pensar que
hay países donde no llueve nunca!
Por
mí, bien podía no haber paraguas ni capas de goma, ni impermeables. Me irrito
cuando algún tonto llama mal tiempo al lluvioso y durante un aguacero me
encanto con el espectáculo que la ciudad ofrece.
El
aire está fresco, la luz es tenue y delicada, no grosera como en los días de
sol. Los edificios se lavan y se asean, el agua limpia las calles, los
viandantes andan de prisa vestidos de fantasía, los carruajes se ponen en
movimiento y van dando cabezadas a un lado y otro como quien opina de diferente
modo; los carros de los vendedores atraviesan despavoridos las bocacalles
provistos de su perro malhumorado, cuya misión es gruñir sin motivo a los que
no piensan robar; los caballos trotan haciendo saltar chispas de diamante; las
mujeres levantan coquetamente sus vestidos, y los célibes se paran en las
esquinas esperando algo que no llega, hasta ver pasar a cuantas se avista en
todas direcciones.
Quizá
también un carro fúnebre con su acompañamiento correspondiente, se dirige al
cementerio seguido de veinte coches con sus cocheros agachados, provistos de su
látigo a modo de pararrayo, todos iguales y dibujando la misma silueta oscura.
En la casa mortuoria las gentes vestidas de luto, oyen en silencio la lluvia
que canta acorde con sus sentimientos, cayendo gota a gota, como si expendiera
una plegaria al menudeo.
Los
enamorados que fomentan el amor de las jóvenes obreras, hormiguean por los
barrios lejanos y van a hacer su visita tierna por no poder emplear mejor su
tiempo con semejante día.
En
cualquier casa junto a la ventana, mirando pasar la gente y oyendo la lluvia
que con sus dedos amantes golpea los vidrios, cosen distraídas dos hermanas,
una mayor y otra menor (podían ser mellizas), la menor es más bonita, la mayor
más interesante; las dos alzan la cabeza al oír el más leve ruido y suspiran si
es el gato el causante. Entre ellas está la mesita con su hilo, sus tijeras, su
alfiletero y su pedazo de cera arrugado como la cara de una vieja, merced a las
injurias del hilo, su mortal enemigo. El cuarto tiene piso de ladrillo, hay un
brasero cerca de la puerta, en el cual canta suavemente una caldera con aquella
melancolía uniforme del agua que está por hervir y que dice todo lo que uno
quiere oír, al unísono con las voces interiores del sentimiento. Hay además en
la pieza una cómoda de caoba en cuyos cajones moran mezclados los cubiertos
sucios, las ropas, una redecilla, dos o tres abanicos, varias horquillas y
añadidos de pelo, una estampa de modas, la libreta del almacén, un borrador de carta
amorosa que comienza con esta ortografía: "my Cerrido hamigo de mi
qorason" y una multitud más de objetos de todas las épocas.
Sobre
la cómoda se ve una cajita con tapa de espejo toda desvencijada, un libro de
misa con las hojas revueltas que lo asemejan a un repollo, un florero roto con
una vela adentro, un santo de yeso con la cara estropeada, un busto de
Garibaldi, otro de Pío IX, y en el contiguo lienzo de pared, clavados con
alfileres, los retratos en tarjeta de todos los visitantes de la casa,
ostentando una variedad grotesca de modas y de actitudes; unos con pantalón
largo y pelo corto, otros con pantalón corto y pelo largo; uno con libro en
mano y aire sentimental, otros tiesos como si fueran de madera y todos con
aquel aspecto pretencioso que toman las gentes ante las máquinas fotográficas.
-Cómo
llueve -dice la menor.
-Hoy
no viene -dice la mayor.
-¿Por
qué?, siempre que llueve viene.
La
lluvia hace una pausa, y la conversación otra; se oye ruido de pasos y de gotas
de tejado sobre tela tendida.
Y la
imagen de la lluvia, con el paraguas cerrado, la levita cerrada, el cuello
cerrado y el corazón y el estómago más cerrados aún, entra en la pieza bajo la
forma de un elegante joven, pobre de bienes enajenables, rico de esperanzas y
elocuente como cualquier necesitado en trámite de amores.
Una
de las niñas, después de los saludos, continúa haciendo silbar su hilo en el
género nuevo, mientras la otra abre los oídos a la música siempre adorable del
labio amante.
Y la
lluvia batiendo su compás comienza de nuevo fuerte, calmada, violenta,
bulliciosa, alternativamente, acompañando con sus tonos dulcísimos las
vibraciones de dos corazones henchidos de amor y de zozobra.
La
lluvia lenta y suave canta en tono menor sus tiernas declaraciones, formula
esperanzas, prodiga consuelos y adormece los cuerpos con sus secretas voces
misteriosas.
La
lluvia furiosa, torrencial, vertiginosa relata batallas, catástrofes, aparta la
esperanza, despedaza el corazón y hace brotar en los ojos esferas de cristal
que balanceándose en las pestañas parece que vacilan antes de soltarse para
regar la tierra maldita.
Más
allá en la vieja ciudad, álzase un convento sombrío, pesado, vetusto, como un
elefante entre las casas; una ventana microscópica trepada en la pared enorme
da paso a la luz que penetra sigilosamente en la celda de un fraile, para
insultar con la novedad de sus rayos, una cama vieja, una mesa vieja y una
silla vieja también, tres muebles hermanos en flacura que instalaron allí su
osamenta hace dos siglos y en los cuales mil generaciones de insectos han
llegado en la mayor quietud a la edad senil. La bóveda amarillenta da atadura a
cortinas colosales de telarañas, donde yacen aprisionadas las momias de las
moscas fundadoras y donde merodean silenciosas arañas calvas y sabandijas
bíblicas enclaustradas, aun cuando no siguen la regla de la orden. Allí se han
enloquecido de hambre las pulgas más aventureras e ingeniosas y las polillas,
después de haber roído todas las vidas de los santos, han entregado su alma al
creador bajo los auspicios de la religión. Un libro con tapas de pergamino se
aburre de sí mismo entre las manos de un padre también de pergamino, que mira
desde la altura de sus setenta años con ojos mortuorios de ágata deslustrada,
las letras seculares de las hojas decrépitas e indiferentes.
En
el patio del convento, crecen los árboles sobre las tumbas de los religiosos y
la lluvia que cae revuelve el olor a sepulcro de la tierra abandonada.
La
mente del padre huida de su cerebro vaga por no sé donde, mientras él, estúpido
de puro santo, y sordo de puro viejo, no oye los salmos que canta el agua
desplomándose de los campanarios y azotando los claustros.
Las
pasiones han abandonado su corazón, los años han secado su cuerpo, han
oscurecido sus sentidos y lo han arrojado ahí sobre esa silla para que vegete
en vida, sin más instigador que el tañido de la campana, único motor de su
cerebro, habituado a despertarse a hora dada por la costumbre cotidiana que lo
obliga a cumplir sus deberes maquinales.
¡Dulce
vejez sin dolores y sin enfermedades, premio de la vida austera, tú que
marchitas los sentimientos y despojas de aguijones el corazón del hombre ¿por
qué no dejas siquiera los oídos abiertos para escuchar la lluvia que dice
tantas dulzuras al desfalleciente y al moribundo?
Y
mientras el viejo duerme su vida, en la ausencia de todos los excitantes de los
sentidos, abandonado de sí mismo en su celda helada, la lluvia saltando sobre
los tejados, apurada por las calles, chorreando por las rendijas, mandando su
agua por los albañales o formando arco iris en los horizontes, refresca, anima
y vigoriza la naturaleza o enferma y destruye los gérmenes de la existencia
humana.
Y
mientras el viejo reposa sus órganos faltos de acción en su silla fósil, la
lluvia deslizándose por los mares grises, serpentea lentamente por las
hendiduras buscando su tumba al pie del edificio, o chocando con los
obstáculos, produce con sus gotas desarticuladas, un sonido de péndulo que
convida a morir.
La
lluvia redobla en las bóvedas; en la iglesia desierta resuena la voz del
religioso que dice sus rezos con murmullos nasales, teniendo la soledad por
testigo; las naves están frías, el piso yerto, los altares estáticos como
decoraciones enterradas en el teatro de alguna ciudad ahogada por las cenizas
de un volcán y las imágenes de los santos, con los ojos fijos y los brazos
catalépticos, parecen aterrorizadas por la lluvia que asedia, embiste y golpea
las dobles puertas claveteadas.
El
cuadro de la vida humana es monótono en su conjunto, pero variado en sus
detalles.
En
una capilla, como prueba de las atracciones sexuales, acaba de desposarse una
pareja. El padre ha dirigido su sermón inútil que los novios no han oído. Los
invitados al acto y los recién casados se han metido en los coches y han
llegado sanos y salvos a la casa preparada; ha habido una despedida en la
puerta, la madre ha dado a la esposa un beso en la frente, último beso casto
que ésta recibe antes de entrar, llena de estremecimientos y colgada del brazo
de su marido, al dormitorio matrimonial. Allí está la cama, una terrible cama
monumental, preñada de amenazas y misterios; la niña se siente en ella alarmada
y temblorosa; el marido revuelve proyectos en su cabeza inspirados en recientes
orgías y con mano vigorosa desprende los azahares de la frente virginal; luego
el velo, después las horquillas...el pelo cae derramándose sobre los hombros
blancos... un corpiño y un corsé se oponen a los proyectos; ¡abajo estos
atavíos! el vestido liviano se instala en una silla ostentando su cola; cae una
enagua; la novia se encoge de frío y de vergüenza; ¡en camisa delante de un
hombre! ¡y qué hombre! un brutal prosaico cuyos botines han atronado al caer
sobre el piso de madera. El frac ha ido a extenderse sobre un sofá, donde
ofrece el aspecto de un cajón fúnebre, al lado de las demás ropas masculinas;
la desposada encuentra que son mejores los novios vestidos que los maridos
desnudos. Han sido echados cautelosamente los pasadores de las puertas; los
corazones palpitan con violencia; los labios están mudos; se oye el ruido de un
beso; la lámpara opaca esparce su luz tímida sobre la escena; hay en la
atmósfera perfume de carne joven; las sábanas nuevas dejan escapar esos anchos
silbidos de las telas frotadas; la desposada suspira, llora y se queja como un
tierno pájaro que expira; el marido ardiendo en deseos, abraza, acaricia y
oprime... De repente el oído percibe un murmullo inquietante, como el de
cautelosas llamadas repetidas... Las respiraciones se suspenden y a favor de su
silencio se oye los golpes espaciados de las gotas en los postigos de la
ventana, como preludios de la lluvia que comienza; lluvia de lágrimas en
delicado homenaje a una virginidad sacrificada y doliente, elegía que penetra
en el alma de la joven con la melancólica suavidad de un recuerdo lejano. . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
En
otra escena, en medio de la ciudad bulliciosa, los diarios de la mañana y de la
tarde instalan en sus columnas de telegramas, la biografía y el itinerario del
último aguacero, según noticias venidas de cien leguas a la redonda, los
pluviómetros marcan insolentemente la cantidad de agua caída en cada metro
cuadrado, con la indiferencia de los datos físicos y la poética, la sublime, la
encantadora lluvia, pasando por la Bolsa de comercio, experimenta la degradante
y final transformación de las delicias humanas, convirtiéndose en dato
estadístico y objeto de especulación.
Fragmento criollo
Sopla viento de furia en su cabeza abatida, manda tu música traída de
los confines del mundo, tus ecos recogidos en los bosques lejanos o en las
montañas nevadas y solitarias donde huyen las gamas espantadas cuando tú te
quiebras en los desfiladeros y reniegas de tu suerte que te obliga a viajar
eternamente, sufriendo el frío y el sol y la lluvia en tu tránsito por los
hemisferios.
Sopla viento de furia sobre la cruz de las cúpulas o sobre las veletas
de los edificios que gimen gritando a mis oídos en la noche callada, todos los
tonos del sentimiento que me domina.
Arrebata en tus alas mi pensamiento y mi amor y llévalos hacia su lecho
donde suspira inquieta y devorada por los celos; dile que la quiero, que te
oiga y cambie tu ímpetu al mezclarle con su aliento, en brisa tibia y suave que
derrame la dicha en su camino. Vuela viento del polo, del Ecuador o de los
desiertos inexplorados y roba tu humedad de las flores, en cuyas hojas coagula
su llanto la atmósfera en lágrimas de rocío.
Pasa, viento de las pasiones, arrastrando las inquietudes de la vida y
deja mi corazón y mi espíritu sereno como los altos cielos que te miran pasar.
1880.
Meditaciones inopinadas
La
otra mañana me desperté un poco más temprano que de costumbre, me senté en mi
cama y me puse a balancear los pies con aquella pereza lánguida de un hombre
que no se decide a tomar la resolución de vestirse.
Toda
vez que ustedes se encuentren en una situación semejante, déjense estar, les
aconsejo; nunca reflexiona uno sobre mayor variedad de temas y con más
indolencia.
Ya
había tomado mi taza de té medio dormido, teniendo antes la precaución de meter
el dedo en ella para saber si el té estaba muy caliente; también les aconsejo
seguir este precepto, si no quieren quemarse.
Tomar
té medio dormido es proponerse un problema: uno no sabe si toma té, café, agua
de violeta, una infusión cualquiera, o agua sucia.
Si
yo fuera sirviente, me vengaría a esa hora de mi patrón, haciéndole tomar lo
que se me antojara.
|
* |
Cuando
uno es sano se despierta contento y comienza el día sintiéndose vivir con
ganas.
Estaba
pues yo en uno de aquellos momentos de fortaleza pasiva en que uno sabe que es
capaz de romper todo, y no se atreve a mover un dedo.
La
verdad; yo no me decidía a estirar la mano para alzar mis medias, que salvo
excepciones, es lo primero que uno toma para vestirse.
Mi
imaginación corría entre tanto por donde se le antojaba: yo la seguía con mi
pensamiento observando sus giros y mirándome de tiempo en tiempo los pies, en
lo que experimento una gran complacencia, porque son muy bien hechos.
En
un momento recorrí veinte siglos y cuatrocientas mil leguas. He ahí una
superioridad del pensamiento sobre las impresiones reales. Uno hace conjuntos
de las cosas más lejanas en tiempo y en espacio, y separa los hechos más
próximos.
|
* |
Creo
que se llama visión intelectual a un fenómeno curioso que todos han
experimentado y en que muy pocos han parado su atención. Cuando uno ve un
objeto, un monumento, supongamos, sólo puede percibir el lado que mira o las
partes del edificio que le dan frente; pero hágase la representación
intelectual de la sensación, de una manera tan viva, que uno crea tener los
objetos delante, y ve al mismo tiempo, los cuatro frentes del edificio, el
interior, si lo conoce y los diversos departamentos, con las escenas que en
ellos pueden pasar. Es decir, ve lo que es imposible ver materialmente en un
momento indivisible.
Lo
que sucede con los objetos sucede con las épocas; el pensamiento produce
anacronismos reales y se puede ver, por ejemplo, al rey Dagoberto cantando una
ópera con la Patti en el paraíso terrenal.
Gracias
a esto, el que tiene la facultad de hacer tales representaciones, puede
divertirse mucho.
Yo
suelo complacerme en llenar mentalmente de lunares las caras de las gentes y en
ponerles bigotes a las señoras.
Son
muy curiosas las transformaciones que uno llega a verificar a veces.
Me
gusta cambiar el vestido a mis conocidos y representármelos con los trajes de
otra época. En la calle suelo vestir de romanos a algunos personajes flacos y
ridículos que ni sospechan al verme que yo los estoy haciendo conversar con
César o pedir audiencia a Tiberio.
Lo
que más me cuesta es convertir el invierno en verano; no puedo con el frío.
Quizá depende eso de que la impresión de la temperatura es muy extensa, porque
afecta un órgano muy grande: la piel.
Pero
no experimento la misma dificultad para hacer llover; yo veo llover cuando
quiero.
|
* |
Esta
facultad de impresionarme vivamente con mis propios elementos cerebrales me
producen una ventaja real: la de no poder considerarme desgraciado
(cualesquiera que sean los contratiempos que me ocurran) por más de un cuarto
de hora. Con mandar las desgracias a otra época, todo está hecho.
Creo
que muchos pueden verificar el mismo fenómeno si se fijan en lo siguiente:
No
hay pesar, por grande que sea, que no se borre con el tiempo: la desgracia es,
pues, una actualidad. Por lo tanto, si por medio de nuestras fuerzas mentales,
quitamos a los hechos su carácter de actuales, disminuimos la intensidad de sus
efectos y no hay, en verdad, desgracia después de la operación.
Fijémonos
además en esta otra concepción, que se liga íntimamente con un accidente
removible: la civilización.
No
experimentamos nunca un pesar en toda su intensidad, sino en virtud de una
previsión instintiva, de que muchas veces no nos damos cuenta; esa previsión es
la de que el mal puede aumentar, y que su actualidad es más bien una amenaza.
Quitemos
la previsión y los males disminuyen en un crecido tanto por ciento.
Cuanto
más civilizado es el hombre, tanto más previsor es; la civilización, accidente,
puede ser pues suprimida mentalmente, y lo está de hecho entre los animales y
entre los salvajes, razón por la cual ellos experimentan con menos intensidad
sus dolores y sus pesares.
|
* |
Pero
aún hay algo más que añadir. Propiamente hablando, no hay consuelos; para que
hubiera consuelos sería necesario que existieran elementos morales capaces de
neutralizar los pesares, afectando el mismo sitio del cerebro y de una manera
contraria en calidad, extensión e intensidad; sería necesario que hubiera
reactivos morales como los hay materiales; en química, un ácido neutraliza una
base para formar una sal.
Los
pesares son sentimientos, los consuelos debían serlo también, y sin embargo, la
explicación de las causas de una desgracia, proceso puramente intelectual, es
un consuelo en cuanto a que disminuye la aptitud del conjunto mental para
dejarse impresionar.
Los
hombres son muy tontos. Lo pisan a uno en la calle y si le explican que el
pisotón es casual, se queda muy contento.
A
una madre se le muere un hijo; si sospecha que ha podido salvarse, su pesar
aumenta: si sabe que el mal era incurable, su pesar disminuye; mientras tanto
el hijo, en cualquiera de los dos casos está muerto y bien muerto; y como este
solo hecho es el que causa o debe causar el pesar, notamos una desproporción o
falta de relación entre la causa y el efecto, que sólo se comprende admitiendo
esta paradoja: la explicación es un consuelo y su falta un incentivo al dolor.
|
* |
Todavía
se puede hacer otro raciocinio que descubre un mecanismo por el cual la
intensidad de las impresiones puede ser disminuida.
Entre
el momento en que ocurre una desgracia, y aquel en que uno toma conocimiento de
ella, puede mediar un tiempo más o menos largo; en este tiempo el que ha de ser
afectado por el suceso, permanece en estado de completa indiferencia y como si
tal desgracia no hubiera sucedido. La esencia de la cosa no cambia, sin
embargo, por el hecho de ser ignorada; luego, la desgracia en cuanto tiene de
real, no afecta, y sí sólo en cuanto tiene de accidental o suprimible: el hecho
de ser conocida.
Suponiendo,
pues, que el tiempo entre el suceso y su conocimiento crezca, aumenta el tiempo
en que nuestro ánimo puede hallarse en estado indiferente, y como no hay
inconveniente en suponer ese tiempo tan largo como se quiera, de veinte años,
por ejemplo, la imaginación, por ese procedimiento, puede postergar los pesares
y darles la vejez conveniente, a fin de que su efecto sea mitigado.
Por
operaciones análogas puede actuarse sobre todas las pasiones, sobre la del amor
mismo, que es una de las más rebeldes.
Un
individuo enamorado seriamente, tiene alteradas las bases fundamentales de su
juicio y cree una porción de paradojas y necedades que toma como reguladores de
su conducta.
Cree
por ejemplo:
Que
su vida es imposible sin la presencia del objeto amado.
Que
el aire, el suelo, las flores, los fenómenos de la naturaleza y las evoluciones
del mundo moral, en el seno de la sociedad, no tienen significación ni
importancia, si no se ligan con el objeto amado.
Que
todos cuantos están ocupados de otra cosa que de meditar sobre el objeto amado,
pierden lamentablemente su tiempo.
Todo
esto y mucho más se presenta en la cabeza de los enamorados, con el carácter de
la mayor verdad.
La
pasión desbordante por esencia y eminentemente individual, trastorna todas las
nociones de lógica, de previsión, de juicio, de tacto, y el hombre sujeto a
ella, ajusta su raciocinio a una medida estrecha, por más que su existencia en
tales condiciones sea incompatible con los datos del más vulgar sentido común.
Pero
consígase ocupar extraordinariamente a la persona que se halla en tales
condiciones, no se deje lugar a que la morbosidad aumente por la insistencia en
repetir el mismo pensamiento; y el tiempo, este aguador de todas las
impresiones, gasta la vivacidad de la pasión, dando lugar a la producción de
ideas más conformes con la realidad de las cosas, y por lo tanto, más
fisiológicas y normales.
Ahora
bien, si por un artificio, se consigue interponer un tiempo relativamente
largo, entre dos pensamientos referentes al objeto amado, la atracción que él
ejerce disminuye; y como toda situación tiende a continuarse, la calma se
establece poco a poco, dando por resultado muchas veces que el individuo se
admire de ¡cómo ha podido pensar y hacer tantas locuras!
|
* |
Parece
imposible que un hombre sentado en el borde de su cama y balanceando los pies,
se entregue a semejantes meditaciones, pero contra los hechos no hay objeciones
y el hecho es que yo pensaba en lo ya referido y en algo más que va en seguida.
La
silueta de algún amigo mío pasó por mi mente y me dejó elaborando sobre la
amistad.
La
amistad verdadera, desinteresada, abnegada, en fin, con todas las calidades que
le da el diccionario, es una demencia.
Nunca
hay dos amigos; hay un amigo cuando más, y aun éste es sofisticado; pues toma
los sentimientos más complejos y diversos por sentimientos amistosos.
Se
suele ver hombres que manifiestan por otros la mayor adhesión; son sus amigos
en la acepción general de la palabra: pero si escudriñamos bien lo que pasa,
encontramos en el fondo de las causas que determinan esta adhesión un estado de
subordinación de una parte y de imperio de la otra, dependiente de una
superioridad permanente o transitoria del lado de uno de los dos que se llaman
amigos.
Más
bien dicho, un amigo verdadero es siempre un apéndice del que lo tiene y la
adhesión dura lo que determinan generalmente circunstancias insignificantes.
Así,
un amigo verdadero que sufre durezas, imposiciones y otros vejámenes, rompe de
repente su amistad, porque no lo convidan a comer en un día de santo.
Nunca
dos hombres igualmente distinguidos son amigos; razón: porque los sentimientos
altruistas, base de la amistad, disminuyen con la instrucción que desarrolla
poderosamente el individualismo.
La
amistad filosófica es una cuenta corriente con intereses recíprocos; la amistad
humana, la única que existe, es una cuenta con intereses compuestos, sobre un
capital ficticio que el amigo verdadero cree haber recibido.
¡Muchas
veces la amistad no es más que una vanagloria de una parte y un amor propio de
la otra!
El
cariño no interviene en la amistad, sino como accidente, pues no debe su
existencia a la estimación de ninguna calidad; ¡el cariño es un movimiento
instintivo, irreflexivo, casi estúpido!
Toda
idea de antagonismo es incompatible con la amistad. Para que fuera posible la
amistad verdadera, sería necesario que hubiera potencias desiguales e
inaplicables al mismo objeto, y ¿dónde hay dos hombres que las tengan en tales
condiciones?
Por
esto, una amistad que dura, no debe su duración sino a la casualidad de no
presentarse la ocasión de un antagonismo.
Luego
la amistad no es un sentimiento fundamental.
|
* |
Cuando
tomamos como base de la organización social el amor al prójimo, llámese
adhesión, simpatía, amistad o altruismo, nos equivocamos lamentablemente en la
interpretación de las tendencias humanas.
Ni
aun los sentimientos más generosos, los llamados abnegados, por ejemplo,
escapan a la ley que preside la organización psicológica de la humanidad.
Tomemos
el amor de madre.
Sólo
la ignorancia más crasa del juego de las facultades, puede ocultarnos cuanto
refinamiento hay en el egoísmo llamado amor materno.
Basta
una simple, una elemental reflexión del más sencillo sentido común, para
convencernos de ello; hela aquí:
Las
madres quieren a los hijos porque son de ellas; tipo de egoísmo. Si los hijos
fueran de otras, no los querrían; pero como esto no puede suceder, las madres
se encuentran en la forzosa disyuntiva de querer a sus propios hijos o de no
tenerlos.
En
el amor de madre como en todo amor, hay la sensación del cariño, que es
agradable. Sentir el propio afecto es una conmoción deliciosa. Si uno se
encontrara mal por el hecho de amar y fueran desagradables los efectos de sus
emociones, el fenómeno moral sería penoso y nadie querría soportarlo ni
fomentarlo.
El
espectáculo interno que produce la sensación de nuestras emociones simpáticas,
tiene una novedad atractiva que nos deleita, y por esto, en el objeto amado,
hijo, hermano o prójimo, amamos sin darnos cuenta, nuestro propio deleite.
Y la
naturaleza, tan sabia como dicen y que no ha tomado parte en la convención
social, respecto a interpretaciones de sentimientos, ha establecido en los
hechos la verdad de estas afirmaciones.
Veamos
esos hechos.
Es
sabido que los padres, salvo excepciones, quieren más a los hijos que estos a
ellos; ¿por qué? porque el hijo es para el padre una fuente de placeres mucho
antes de la época en que el padre puede serlo para el hijo, y porque el
sentimiento del padre estriba en la noción de propiedad y dependencia
intrínseca, mientras que el del hijo para el padre, se hace provenir de un
sentimiento de gratitud que no es natural, ni forzoso, ni legítimo muchas
veces.
El
hijo, se dice, debe al padre la vida; no puede sin embargo ser deudor el que no
existe; nadie puede pues deber la vida porque con ella comienza la existencia y
antes de ella no hay sujeto a quien se haya podido hacer favor con dársela.
¿Se
dirá que éste es un juego de palabras? No; es una razón fundamental. Suponiendo
que la vida sea un beneficio, lo que es dudoso, tendremos que suponer que su
falta es una privación, según la más estricta lógica, lo que nos llevaría a
aceptar el absurdo de que pueda ser privado de un beneficio, alguien que no ha
existido jamás.
|
* |
Pero
saliendo del raciocinio especulativo, y yendo a la práctica social, encontramos
hechos que muestran cuanto hay de falaz en esta exigencia de gratitud por el
hecho de vivir.
Para
obligar la gratitud es necesario tener la intención de hacer un servicio, o
cuando menos de no hacer un daño.
Ahora
bien, ¿qué gratitud deberá el hijo que nace de una unión ilegítima, contra los
deseos de los padres? ¿qué gratitud, cuando los padres han procurado que su
unión no dé frutos? ¿qué gratitud se debe al que no ha pensado ni remotamente
en hacer un beneficio, y sí sólo en la satisfacción de sus apetitos?
Salvo
uno que otro santo, de esos que toman los mandamientos a lo serio, creo que no
hay hombre alguno que en sus momentos de amor, tenga el propósito definido de
criar hijos para el cielo.
Y el
hijo que hereda una enfermedad incurable y dolorosa, o nace contrahecho ¿deberá
también gratitud a sus padres?
Si
debiera de haber gratitud de los hijos para con los padres, sería por servicios
posteriores al nacimiento y no por el hecho de tener vida. Y vaya por
conclusión de estas reflexiones, un recuerdo biológico.
Ningún
padre da vida a ningún hijo; la vida del germen resulta de hechos únicamente
dependientes de leyes naturales, con la voluntad, contra la voluntad, y sin la
conciencia ni la intervención intencional del padre.
Pretender
haber dado la vida a un ser, es una ignorancia o una petulancia; tanto valdría
pretender haber hecho la luz con abrir los ojos o haber fabricado una flor con
enterrar una semilla.
|
* |
¡Bueno!
Ver pensar a un hombre es desagradable.
En el interior de todas las cosas hay siempre más prosa que poesía, y
más decepciones que consuelos.
Felizmente en materia de relaciones humanas, los pensamientos afectan
poco la conducta y no influyen casi nada en las impresiones.
Un filósofo puede ser tan analítico como se quiera y podrá pasarse años
enteros descomponiendo sentimientos; esto no le impedirá enamorarse como
cualquier hijo de vecino, tener pasiones y arreglar a ellas su peregrinación en
este mundo, a despecho de todos sus métodos y sus deducciones filosóficas.
Pero para el público, sea auditor o lector, generalmente sin criterio,
el análisis de sentimientos es repulsivo, porque no lo entiende, porque choca
con las ideas recibidas y no se acomoda al juicio oficial de la sociedad.
Tal es la razón por la cual hay pocos autores francos y muchos que
fabrican conceptos habituales para que sean encontrados buenos, aunque sean
inexactos.
¿Cómo un hombre que analiza y descompone sentimientos puede ser bueno?
¡Es malo, dice el público, es cínico, es frío, es pernicioso!
No, lo único que hay es que el auditorio es incompetente y no reconoce
esta gran verdad: ¡las meditaciones nada tienen que ver con los sentimientos, y
el más frío disector del alma humana, puede tener el corazón caliente y lleno
de las mayores ternuras! ...
Tras de estas reflexiones, miré mi ropa que estaba indolentemente
tendida sobre una silla, como si estuviera también filosofando; mi chaleco
principalmente me pareció muy reflexivo, con sus mangas amputadas como un
inválido, y tomando una resolución suprema, me apresuré a vestirme y a comenzar
la tarea diaria.
1881.
Perfil de un contemporáneo
(páginas recortadas)
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El doctor de que hablamos era un hombre joven, nada
elegante, pero bien plantado, de buena constitución, cara franca y maneras
desenvueltas; parecía satisfecho de sí mismo y con aquel aplomo que da la
seguridad de la tolerancia general o la conciencia del propio mérito.
Su fisonomía no tenía una expresión habitual, y a
veces carecía de toda expresión. Un amigo suyo solía decirle: "Hoy estás
con la cara en blanco; tienes boca, narices, ojos, como todo el mundo, pero tus
facciones no dicen nada".
Miraba con fijeza y cierta altanería, nunca con
dureza; su mirada, cuando no era muerta, era de curiosidad o de investigación:
algunas veces parecía de crítica; era con frecuencia una mirada que incomodaba,
porque reflejaba el análisis: solía fijarse en una persona como si fuera un
objeto o en un objeto como si fuera una persona; a veces parecía que trataba de
emprender una reforma corrigiendo mentalmente los defectos. Cuando procuraba
complacer a un interlocutor le examinaba principalmente la mejor facción, jamás
el defecto o el accidente en que la persona observada ponía menos amor propio.
Este era su modo peculiar de adular.
El fondo de su carácter era bueno pero sus
manifestaciones llenas de facetas y cambiantes daban lugar a las
interpretaciones más variadas.
No se ofendía jamás por orgullo, defecto que no era en
él ni adusto ni aristocrático, sino más bien republicano y callejero; era un
orgullo licencioso que chocaba por sus formas familiares.
Las más graves injurias le parecían equivocaciones del
que las profería y atribuía a defectos intelectuales de sus antagonistas, los
sentimientos más hostiles contra su persona. Verdad es que miraba a los hombres
como individuos de historia natural pertenecientes a una serie zoológica y se
contentaba con clasificarlos en lugar de enojarse con ellos.
La sociedad para él era parte de la fauna que habitaba
una comarca.
No tenía grande aprecio por las cualidades, pero era
excesivamente tolerante con los defectos propios y ajenos, para los cuales
encontraba siempre una explicación.
Llamaba "su bagaje" al conjunto de sus
cualidades y deficiencias y hasta tenía cariño a sus tendencias censurables,
porque las miraba como partes constitutivas de su organización.
Jamás se afligía mucho ni se alegraba demasiado, lo
que no le impedía inquietarse desproporcionadamente por cualquier bagatela. No
podía decirse que estuviera contento ni triste; su contentamiento, difícil de
medir, dependía más de su indolencia para sentir sus propios pesares, que de su
aptitud para gustar sus placeres; su tristeza era un malhumor disfrazado.
No podía creerse que era feliz ni desgraciado, pues
todo andaba en él de pasaje y tomaba el aspecto de accidente.
Era un individuo equilibrado, en el cual hasta las
ideas fundamentales y los principios llamados absolutos se balanceaban como si
estuvieran colocados en el extremo de un péndulo.
No creía en la perpetuidad de las virtudes y solía
decir, hablando de los hombres de buena conducta: "están honrados",
como si la honradez fuera una calidad accidental.
Prodigaba consideraciones a sujetos que no las
merecían ni las aceptaban de buen grado y explicaba tan extraño proceder
diciendo: "Yo no obedezco imposiciones; considero al que quiero, sin
preguntarle si le agrada: la aceptación o rechazo de mi cariño no modifica mis
impresiones pues yo conservo siempre íntegra mi libertad de sentir".
Tenía una bondad inagotable para todo el que le
inspiraba compasión, y era, por una de esas paradojas propias de ciertas
naturalezas, capaz de sacrificarse por sus semejantes en virtud de un egoísmo
reflexivo.
1881.
Tini
-¿Cómo
va la enferma ? -dijo el médico, entrando a una pieza en la que varias personas
hablaban en voz baja.
-No
está bien -contestó una de ellas.
-Perfectamente
-repuso el doctor y penetró con precaución en la habitación contigua, que era
un espacioso dormitorio bien amueblado y dotado de cortinas dobles, alfombras
blandas y lujosos adornos.
Una
lámpara opaca alumbraba escasamente con su luz indecisa el aposento, cuya
atmósfera denunciaba la presencia de perfumes y la permanencia de personas
cuidadas; había olor a recinto habitado por dama distinguida.
La
enferma se hallaba acostada de espalda, en un lecho limpio y acomodado.
Su
semblante estaba pálido, sus labios algo descoloridos. Una cofia blanca
aprisionaba sus cabellos, una bata bordada cubría su pecho; sus manos finas,
blancas y suaves salían de entre un capullo de encajes que parecían un montón
de espuma. Había en su persona un poco de esa coquetería permitida que tienen
todas las mujeres de buena cuna y que ostentan aun cuando estén enfermas.
El
doctor, mirando fijamente a la dama y tomándole la ramo, medio en uso de su
profesión, medio en forma de saludo, preguntó:
-¿Cómo
ha pasado el día la señora?
-Mal,
doctor, he sufrido mucho; me duele todo; déme algo que me calme: ¡qué falta de
compasión venir a esta hora!
-Señora,
la mejor visita se deja para el último, como los postres. Es necesario buscar
la estética aun en el desempeño de los más dolorosos deberes.
-Usted
tiene siempre disculpas.
-Y
usted jamás tiene necesidad de ellas.
-Cúreme
y le perdonaré su indolencia.
-Usted
será atendida con toda la prolijidad de que yo soy capaz.
En
seguida hizo un interrogatorio detenido y explicó sus prescripciones.
|
* |
Junto
a la cama de la enferma, recientemente madre, había una cuna y en ella dormía
sus primeros días un niño robusto, envuelto en mil bordados.
El
médico se acercó a él y después de observarlo un rato, dijo:
-¡Será
un famoso guardia nacional si la naturaleza lo permite!
-Si
Dios quiere, diga, doctor -objetó la dama.
-Bien,
si Dios quiere; en materia de creencias tengo las de mis enfermas más
distinguidas.
El
doctor se retiró, y la madre del niño se quedó reflexionando en el correctivo
puesto por su médico al augurio relativo al recién nacido.
|
* |
La
enferma se restableció pronto, y el niño durmió mucho, lloró poco y se alimentó
a satisfacción en los días y los meses siguientes.
La
madre lo cuidaba con esmero, no se separaba de él durante el día y todas las
noches se sentaba en la cama para mirarlo largo tiempo.
Cuando
el niño suspiraba, la madre se sentía agitada, y cada tos y cada
estremecimiento del pequeñuelo querido, producía una alarma, pues el augurio
del doctor con su correctivo, trotaba con singular insistencia, durante las
largas horas de vigilia, en la cabeza de la madre.
Mientras
tanto, el objeto de tales inquietudes continuaba durmiendo sus días enteros y
sus noches completas. Cuando no dormía, tomaba el pecho. ¡Jamás se vio niño más
dedicado a esas dos ocupaciones!
A
los diez meses dijo "mamá": la casa se puso en revolución; después
dijo "papá": un criado corrió a buscar al aludido a su escritorio
para anunciarle la gracia. Más tarde se paró y dio algunos pasos, estirando los
brazos para agarrar las manos que le ofrecían.
En
estos primeros ensayos recibió el nombre de Tini.
¿Qué
quería decir Tini? Nadie lo supo; pero el apodo se quedó como nombre.
Tini
comenzó a caminar y a conversar.
Se
dio muchos golpes y dijo mil barbaridades graciosísimas y comprometedoras; por
ejemplo: llamaba papá a todo el que veía con barba larga y su verdadero padre
sólo obtuvo el título legítimo a través de un montón de juguetes y caramelos
regalados.
Tini
era muy lindo; lo pedían del barrio para mirarlo y más de una vez, en sus
excursiones, hizo de las suyas.
|
* |
Un
día Tini estuvo de mal humor; su mamá dio por causa que tenía la boca caliente
y que apretaba las encías.
Con
este motivo los dedos de todos los habitantes masculinos y femeninos de la
casa, entraron en la boca de Tini, hasta que el índice del papá, sucio de
tabaco, descubrió un conato de dentadura.
Tini
echó un diente, no sin un gran conflicto en el barrio y serias consultas al
médico.
Escenas
análogas se repitieron durante algún tiempo, y Tini presentó por fin una
dentadura de ratón, chiquita, cortante, graciosa, que se mostraba sobre todo
seductora en las sonrisas de su boca rosada.
Inútil
es añadir que de allí en adelante Tini obtuvo el privilegio de morder los dedos
que se aventuraban en exploraciones peligrosas, y de desblocar todos los
pedazos de carne que le caían a la mano. Solía también mascar las cabezas de
los soldados de palo que le compraban; tales atentados motivaban
invariablemente una visita médica.
El
adorado y consentido Tini era sublime de impertinente, y sus audacias
increíbles para decir las cosas más crudas con el mayor aplomo, sólo tenían su
explicación en su inocencia singular respecto a las conveniencias sociales.
Verdad
es que cuando comenzó a hablar con metáforas ininteligibles y a encontrar
símiles solo tenía dos años y medio.
A
pesar de sus franquezas y paradojas, Tini gozaba del cariño de todos, y niños,
mujeres, viejos y jóvenes se disputaban su amistad y sus caricias.
Su
cara y su cuerpo eran una perfección, su carne era la más fresca de la
naturaleza, su piel la más blanca, su muslos duros y llenos, sus manos blandas,
chicas, finas, con los dedos doblados hacia el dorso.
¡Qué
cabeza, qué pelo, qué ojos y qué boca! ¡Si daba ganas de comérselo a besos!
como decían las muchachas más expresivas del barrio.
La
boca principalmente era una delicia; tenía gusto a leche con azúcar y causaba
el tormento de su dueño quien tras de cada beso, se limpiaba los labios con el
brazo en prueba de disgusto.
Toda
su ropa se parecía a él y lo recordaba: sus botines sobre todo, eran adorables;
gastados en el talón, algo torcidos y rotos a la altura del dedo grande, eran
toda una historia de las mil ambulancias infantiles de su dueño.
Al
mirarlos tirados en cualquier parte, la imaginación los rellenaba con el
piececito del niño, y uno veía asomar su dedito rosado por el agujero de la
punta.
Tini
progresaba diariamente y su inteligencia tomaba formas caprichosas y
transcendentales.
A la
edad de cuatro años emprendió una reforma capital de la gramática y atacó,
desde luego, los verbos irregulares, con un encarnizamiento incomparable.
No
decía "hecho" por nada de este mundo, sino "hacido"; el
verbo "jugar" en su presente de indicativo, era para él como sigue:
Yo jugo,
vos jugás,
él juga,
nosotros jugamos,
ustedes jugan,
ellos también jugan.
En
efecto, ya que el verbo no es "juegar" sino "jugar". Tini
tenía razón contra la Academia que permite una barbaridad tan inútil.
|
* |
Pasando
los días, llegó un cumpleaños de Tini; varias aves fueron muertas y preparadas
para la comida; los parientes recibieron su invitación oportuna. El niño anduvo
tras de las personas que se ocupaban de los preparativos, pero con cierta
indolencia que no le era habitual.
En
la mesa estuvo caído, descontento y haciendo esfuerzos el pobrecito, por ser
cariñoso con los que lo festejaban. Pidió levantarse antes de los postres y sin
atreverse a abandonar la agradable compañía, buscó un termino medio entre sus
deseos y su malestar, acostándose en un sofá.
La
mamá comenzó a inquietarse aun cuando se explicaba el caimiento del niño por lo
agitado del día y por el cansancio consiguiente.
Las
visitas se despidieron; Tini puso su mejilla o su boca, según el grado de
afección, para que fuera besada, y ganó pronto su camita, en la que se durmió
en el acto.
Su
sueño no fue tranquilo; la respiración parecía anhelosa; silbaba mucho por la
nariz y se daba vueltas con frecuencia. Una mano sana puesta sobre la frente de
Tini, habría notado un ligero aumento de calor.
El
silencio se había hecho en la casa, pero había un sitio en que comenzaba a
levantarse una tormenta: el corazón de la madre; hubo unos ojos que no se
cerraron y un cuerpo estremecido que se revolvía en el lecho sin encontrar
reposo.
|
* |
A
eso de las doce de la noche una figura fantástica proyectaba su sombra en las
paredes.
La
madre se había levantado y se acercaba en puntas de pie a la cama del niño.
|
* |
Si
yo fuera pintor y quisiera pintar un cuadro que representara la fórmula de
todas las inquietudes humanas, pintaría una madre en camisa, con una vela en la
mano, observando el sueño de su hijo, cuando teme que le sobrevenga alguna
enfermedad. ¡Cuánta preocupación diseñarían sus facciones, cuánta zozobra y
ternura mostraría su semblante, cuánto temor descontado sobre la previsión de
una futura desgracia!
|
* |
La
madre de Tini parecía la imagen del dolor y la ansiedad. Estuvo un rato mirando
a su hijo, suspiró profundamente y se retiró con un millar de desdichas
engastadas en el alma.
Tini
se despertó de repente y quiso quejarse, cuando le sobrevino una tos ronca y
repetida.
|
* |
Cien
veces dijeron crup en el oído de la
madre, los ecos repitieron crup, las
sombras de las cortinas, de las molduras y de los adornos de la habitación,
proyectadas por la luz escasa de la lámpara, escribieron epitafios sobre los
muros; la palabra crup se difundió
por toda la casa, llenó la atmósfera, penetró en los últimos resquicios y heló
las entrañas de la pobre madre.
Crup dijeron los
ruidos misteriosos de la noche; crup
decía el viento que soplaba sus lamentos por las rendijas de las puertas; crup repetían los cascos de los caballos
que pasaban de tiempo en tiempo, arrastrando los pesados coches por las calles
silenciosas; crup decían la péndola
del reloj y el crujido de los muebles; crup,
crup, murmuraba el roer de los ratones tras de los zócalos de las piezas; crup secreteaban las hojas de los
árboles que se mecían en los patios; crup
gritaban las veletas de los edificios vecinos, y hasta las estrellas que
chispeaban en los cielos, mandando su luz temblorosa a través de los vidrios,
¡parecían encender sus cirios para velar el cuerpo de un ángel muerto de crup
Crup dijeron las
aves que pasaban en bandadas y los aleteos de los pájaros en sus jaulas; crup pronunciaban las olas que chocaban
en las costas; crup vociferaban los
golpes en las puertas de los habitantes retardados; crup roncaban las voces de los ebrios en las calles, y crup, crup, preludiaban lo músicos
ambulantes que buscaban un pan y un cobre martirizando sus instrumentos en la
noche callada.
|
* |
Cuando
todo en la naturaleza hubo dicho crup
la madre de Tini dio un grito estridente, desesperado, y saliendo de su cama se
paró rígida en medio de la habitación.
La
casa se puso en movimiento, todos sus habitantes se levantaron y corrían
desatinados de un lado a otro. Se mandó en busca del médico; éste llegó pronto
y observó al niño con profunda atención, con mirada intensa, con imperturbable
quietud. La madre buscaba adivinar en el semblante del doctor su pensamiento;
pero éste se guardó bien de darle formas por temor de que sus aprensiones
fueran traducidas; su fisonomía no dijo nada, su actitud dijo reserva; pero los
latidos de su corazón se perturbaron más de un momento en su ritmo vitalicio.
Tini
miraba atónito la escena y con cariño y curiosidad a su amigo el doctor.
Había
en la cara del niño algo extraño; su expresión era entre seria y triste; no
demostraba dolor, pero alejaba la idea de bienestar; alguna sombra rara,
indecisa, alarmante, se paseaba por su rostro pálido.
La
noche se pasó en zozobras y cuidados; el niño dormitaba de tiempo en tiempo; el
médico observaba los progresos del mal y propinaba él mismo sus inciertos
remedios. La tos ronca del pequeño enfermo se repetía con más frecuencia; sus
palabras, antes tan graciosas y sonoras, salían oscuras y veladas de su
garganta. "¡Mamá, -decía, estirando sus bracitos redondos-, no me duele
nada, no llores!" pero su inquietud mostraba su mal y su respiración
parecía un suspiro continuado. La madre se ahogaba, los sirvientes lloraban, el
luto y la tristeza se esparcía por toda la casa.
|
* |
Al
otro día un pequeño alivio se inició.
Tini
pidió sus juguetes predilectos: su tambor, su corderito, su polichinela y sus
soldados. Pronto se cansó de acariciarlos, sin embargo, y los empujó al borde
de la cama como si le incomodaran: sólo el polichinela, con sus platillos
levantados, obtuvo el privilegio de acostarse a su lado.
Más
tarde la respiración se hizo anhelosa, volvió la inquietud; hubo varios accesos
ligeros de sofocación; el llanto apareció de nuevo en todos los ojos, varios
médicos examinaron a Tini y él soportó con mansedumbre angelical aquellas
molestas investigaciones. Después, como quien pensara que todo era inútil, al
ver acercarse a los médicos armados de cuchara, instrumento al cual ya miraba
con horror, se daba vuelta desesperado y gritaba con voz ronca y lastimera:
"¡Basta, mamá!"
El
corazón de la madre se desgarraba, sus lágrimas corrían a torrentes y con su
mano temblorosa apartaba la del médico que iba a martirizar a su hijo.
Nunca
mayor dolor penetró en pecho humano, jamás zozobra igual desgarró más
cruelmente las entrañas de mujer alguna.
Se
habló de peligro inminente, de remedios heroicos y de operación; pero la
confianza, esa tabla de salvación de todos los infortunados de la tierra, había
desaparecido de todos los pechos.
Las
conversaciones se pararon, las comunicaciones intelectuales no tuvieron ya otra
expresión que la mirada, y los ojos investigadores no hacían más que preguntas
sin esperanza, ni obtenían más que respuestas dolorosas.
A la
noche siguiente, la operación fue decidida.
|
* |
El
cuerpo de la madre, desarticulado y deshecho fue arrancado de la habitación
donde Tini tramitaba sus momentos de vida.
¡Pobre
Tini!
Con
sus ojos abiertos desmesuradamente y su rostro asombrado, fue colocado sobre
una mesa con la cabeza echada hacia atrás y el cuello tendido.
El
doctor, sin mirar la cara de su tierno mártir, pues no habría podido mirarla
sin vacilar, hizo rápidamente una herida en el sitio elegido... se oyó un
estertor de agonía... -¡Muerto! -gritaron los asistentes... la sangre corrió
mansamente por los lados del cuello del niño... los médicos silenciosos no se
inquietaron; en la herida se colocó una cánula por la que se proyectó con
violencia un montón de sangre y de espuma. Tini desesperado se sentó llevándose
las manos al cuello: ¡quiso gritar y no pudo! ¡no tenía voz! Su mirada fue, sin
embargo, más inteligente, respiró mejor y su débil cuerpecito se extendió de
nuevo sobre su lecho de tortura.
|
* |
Si
hubiera palabras en algún idioma para describir el momento en que la madre de
Tini volvió a ver a su hijo operado, yo intentaría bosquejar la escena, medir
la duración de los abrazos infinitos, contar las caricias imprudentes,
desesperadas y dementes, numerar los besos, recoger los suspiros y mostrar la
tensión del llanto sujeto tras de los párpados por la intensidad de
sentimientos contradictorios.
Pero
no hay tales palabras. La naturaleza ha puesto la expresión de los inmensos
dolores fuera del alcance del lenguaje articulado, entregándosela a la música y
a la pintura. Para sentir no basta entender, es necesario oír y ver.
El
padre de Tini se paseaba en las habitaciones sin preguntar, sin hablar, sin
escuchar, consumiéndose en el incendio de su tormento interno.
|
* |
Cuando
se organizó la asistencia consiguiente a la operación; cuando los médicos se
retiraron; cuando la casa continuó a su monotonía de dolores, las horas
continuaron pasando, marcadas por la indiferencia de los relojes y los
conflictos de las curaciones.
El
sueño había huido de todos los cerebros; los practicantes que cuidaban al niño,
caminaban cautelosamente por la pieza: ¡el menor ruido era una sorpresa, la
menor palabra un sobresalto!
La
niñera de Tini, sentada a los pies de la cama, ocultaba su rostro entre sus
manos y escondía su dolor anónimo y menospreciado como todo pesar de sirviente.
¡Su Tini, su adorado Tini, no la hablaba, no la veía, no le estiraba los brazos
como lo hacía siempre!
El
día pasaba silencioso y la noche tristísima. La cabeza de Tini esparcía sus
rulos de oro sobre la almohada mojada, y su pobre cerebro, envenenado por la
enfermedad, comenzaba ya a enloquecerse y a mostrar a su conciencia
desorientada, las fantasías del otro mundo con los detalles de éste, mezclados,
tergiversados, increíbles.
|
* |
Cuando
la aurora apuntaba, su luz indecisa, gris primero, blanca después, pasaba por
los postigos entreabiertos, y advirtiendo a la lámpara que su tarea penosa de
alumbrar durante la noche había concluido, iba a herir la pupila del niño con
sus caricias cristalinas y sus besos transparentes.
Hacía
frío en la alcoba; la luz del día traía horripilaciones del horizonte, y sus
rayos bañados en las aguas de los mares, helaban con su lujo de vida los
corazones de cuantos presenciaban aquellos preparativos de tragedia, tras de
una noche de desvelo.
¡Qué
días y qué noches tan tristes se pasaba en el lúgubre aposento! ¡qué horas tan
largas y tan desiertas! El silencio parecía el acompañamiento solemne del pesar
que extendía sus alas sombrías, y los ruidos inciertos, uno que otro crujido de
muebles, alguna ligera oscilación de las puertas sobre sus goznes, el estallido
de una burbuja de aceite en la pequeña lámpara o el choque repentino de algún
insecto atolondrado contra las paredes, eran interrupciones sin cadencia que
tomaban las proporciones atronadoras de una explosión en las soledades de aquel
mar de aflicciones.
Los
espejos parecían meditar melancólicamente sobre las imágenes deslustradas que
reflejaban; los armarios entreabiertos, dejaban ver en su fondo semi-oscuro,
las ropas ajusticiadas, cuyos cadáveres colgaban de las perchas; las cortinas
diseñaban en los muros figuras fantásticas, y las molduras y los adornos
proyectaban sombras de caras grotescas o de esfinges extrañas, sobre las cuales
se fijaba con tenacidad la imaginación apesadumbrada de las personas que hacían
su guardia a la cabecera de Tini.
|
* |
Una
mosca grande, impertinente, exótica, desafiaba a veces las persecuciones más
bien combinadas de los asistentes, y con una insistencia digna de mejor
propósito, daba vueltas zumbando alrededor de todas las cabezas, inquietándolas
con su aleteo sonoro y musical; de repente se paraba, luego comenzaba de nuevo
su prolija tarea; se alejaba, volvía, se asentaba en un objeto, se levantaba y
repetía su paseo circular modulando sus óperas abstrusas, hasta que tomaba
rumbo hacia una puerta y se escapaba satisfecha, como si acabara de encantar a
su auditorio.
La
atmósfera del aposento quedaba cargada con el bordoneo del insecto y parecía
mantener en conserva algún mensaje lamentable, dicho por una comadre mal
intencionada.
Y
luego continuaban los silencios y los ruidos, las luces y las sombras, las
caras y las esfinges, aterrorizando la imaginación y girando lastimeramente en
torno del niño enfermo.
¡Pobre
Tini! Entre un letargo y otro letargo él veía cambiarse los personajes de la
escena: unos entraban, otros salían, algunos permanecían estáticos y serios
como senadores petrificados, o bailaban contradanzas haciendo figuras al compás
de una música que no se oía.
Los
ruidos de las calles comenzaban luego a amontonarse en la atmósfera y
penetraban poco a poco hasta la cama de Tini, solitarios primero, juntos y en
tropel después, hasta que su número y su mezcla producía un rumor uniforme,
monótono, sin articulación ni timbre.
|
* |
El
farol del patio que había mirado con su ojo amarillo durante toda la noche a
través de las persianas el doliente cuadro, urgido por la economía doméstica y
la competencia insostenible de la luz solar, se vio obligado a dejar de
pestañear con su gas a medio foco, y sus fajas penumbradas, que desde las
paredes del cuarto acompañaban a los veladores, se borraron de golpe, dejando
en ellos la tristeza de una innovación.
Y a
la plácida aurora, y al sol naciente y a los nublados de la tarde, sucedían: el
crepúsculo, la oscuridad de la noche, la semi-luz de las estrellas o la serena
reflexión de la luna que con su cara bruñida se levantaba lentamente hacia los
cielos.
Las
horas pasaban unas tras otras, con su número de orden a la espalda, en series
por docenas, marcadas como camisas de gente metódica y llegándose al infinito
las desgracias que sucedieron en ella, sin dar vuelta jamás la cara, para mirar
la mísera tarea de sus compañeras; las horas pasaban prendidas las unas a los
faldones de las otras, con su paso uniforme, como soldados de teatro, sin
pararse ni acabarse jamás.
La
número seis o siete de la segunda serie, que había visto esconderse el sol tras
de los edificios, con su cara roja como la de un enfermo de escarlatina,
entraba en el cuarto de Tini envuelta en el crepúsculo, a pedir que encendieran
las luces y pusieran un punto brillante en el vaso de aceite, donde iba a
navegar toda la noche un disco de porcelana con una mecha microscópica.
Los
ojos de Tini, medio empañados ya, veían los círculos difusos de aquella luz
clandestina que alargaba y acortaba sus rayos en un eterno juego sin
consecuencia y sin destino.
|
* |
Los
ruidos de la calle se hacían cada vez más raros y se presentaban más separados.
La voz de los vendedores se alejaba; el fragor de los vehículos disminuía y
sólo de tiempo en tiempo, un coche apurado atronaba los aires raspando el
pavimento.
Ruidos
luces, olores, todo llegaba a Tini como si viniera de otro mundo, y su cabeza
desvanecida poblaba fantasías increíbles ese cosmos de sensaciones.
Los
médicos entraban, observaban, conversaban, ordenaban y salían silenciosos.
Sólo
uno, el de la casa, se quedaba más tiempo junto a la cama de Tini. Su
jovialidad había desaparecido, su ciencia había medido el abismo y su corazón
de hombre se impresionaba ante aquella desolación inevitable.
-¡Doctor,
mi hijo se muere! -le decía la madre de Tini -"Se muere", repercutía
como un eco en el pecho del médico, pero sus labios no proferían una palabra.
|
* |
Tini
ya no conocía, su cerebro preparaba voluptuosidades de otro mundo; sus rulos
continuaban esparcidos sobre la almohada y sólo la cánula, sujeta a su
garganta, daba indicios de vida, roncando flemas y sosteniendo artificialmente
una existencia que se extinguía.
Por
fin sus manos comenzaron a enfriarse; pequeñas esferitas de sudor helado
brotaron en su rostro pálido, un movimiento convulsivo pareció iniciarse; hubo
un momento de quietud extrema... Tini hizo un esfuerzo supremo para
incorporarse: no pudo, abrió sus grandes ojos, miró fijamente la luz de la
lámpara, estiró los brazos hacia su mamá y los dejó caer de nuevo; la cánula
dio su último ronquido y...
|
* |
Las
horas continuaron pasando con su número de orden, marcadas como camisas de
gente metódica!...
¡Es
una felicidad morirse en la estación de las flores! El cajón de Tini iba
literalmente cubierto de ellas y la mano callosa del sepulturero, deshizo más
de una corona al tratar de llenar su función municipal.
¡Y
qué bueno es vivir en un pueblo donde hay carruajes de todas clases y de todos
precios; empresarios de diligencias, de ómnibus y de coches fúnebres; de coches
fúnebres sobre todo: para casados, para solteros, para viejos y para niños!
¡Que
gran ventaja poder llevar un buen acompañamiento y que hasta los caballos y los
vehículos se vistan de luto o se adornen con penachos blancos! ¡Cómo retrata
esto los sentimientos humanos! ¡Un llamador con tules negros, un cuadro de
Mefistófeles cubierto de merino, una vela de estearina con corbata oscura, y
hasta las teteras con capuchón de duelo, son la expresión más seria del pesar
por la pérdida de un deudo!
Las
teteras principalmente, ¡qué té tan amargo hacen cuando están de luto! Y si
ustedes vieran con qué desgano comen su limosna de pasto averiado los caballos
de las cocherías cuando vuelven del cementerio, comprenderían la aflicción que
los oprime y se explicarían el aspecto dolorido que ofrecen cuando cojean su
trote de alquiler, balanceando sus penachos por las calles y caminando sin ojos
delante de un catafalco con ruedas.
Y
los cocheros sentimentales de los acompañamientos, que han aprendido a
afligirse por el fallecimiento de todos los desconocidos, o por la tarea
monótona de transportarlos por el mismo camino y con el mismo paso, ¡qué pesar
insólito manifiestan en sus sombreros abollados y sus guantes de algodón,
mientras metodizan su marcha, gestionando la última cuenta de su patrón, tras
del deudor que llevan a enterrar, junto con las coronas de siemprevivas,
marcadas con una calumnia de terciopelo negro que dice: "¡eterno
recuerdo!"
|
* |
Tini,
¿dónde estás? Cuando corre una estrella por los cielos y cae para hundirse en
los mares, ¿tú viajas en ella? Cuando las hojas de los árboles de tu casa
hablan en voz baja con el viento, ¿dicen algo de ti? Cuando mi corazón se
oprime al ver un niño rubio como tú, ¿es tu mano pequeña la que me lo aprieta
desde el otro mundo? Cuando se evaporan las lágrimas que tu muerte ha hecho
derramar sobre la tierra, ¿el pesar que disuelven llega hasta ti? ¿Dónde estás,
dime? ¿Habré de morirme para verte?
|
* |
¡Pobre Tini! Las flores de su cajón se han secado hace tiempo, las
letras de su nombre se han carcomido, todo está viejo a su lado, pero el
sepulcro que tiene en el seno materno se conserva nuevo y perfumado.
Su pelo está en muchos relicarios, su ropa está guardada cuidadosamente
y uno de sus botincitos extraviado que ha sido descubierto en una cómoda
antigua, un año después de no haber ya tal Tini sobre la tierra, ha producido
una escena conmovedora y dolorosa; la imaginación de la madre lo ha llenado con
el pie de Tini, y la niñera asegura que, al ver esa reliquia, ha visto al mismo
Tini con el botín amoldado, duro y torcido, mostrando su dedo rosado por el
agujero de la punta.
Sus juguetes yacen escondidos; el polichinela se ha quedado en el fondo
de un mueble con los brazos tiesos y los platillos levantados; el tambor y los
soldados están rotos y ¡ya ningún niño jugará con ellos!
1881.
Sin rumbo
No
sé cómo hacer para reconstruir un artículo que escribí hace tiempo bajo el
título de esta página, hallándome en la necesidad de dar su texto a un amigo
que ejerce sobre mí un imperio análogo al de Mrs. Mac Stringer, interesante
personaje de una de las novelas de Dickens, sobre el capitán Cuttle.
Yo
tengo una excelente memoria para aprender lo ajeno, pero lo mío se me olvida.
Eso
no es raro; uno conoce muy bien la fisonomía de los otros; la propia jamás, y
prueba de ello es que siempre se mira uno en el espejo, sin aprenderse nunca
definitivamente.
Puede
argumentarse que uno se mira por presunción: sin embargo, el argumento sería
falso; ¿cómo podrían mirarse por esa causa los hombres y sobre todo las mujeres
feas?
Nadie
se conoce a sí propio, ha insinuado Sócrates, plagiándonos a todos nosotros, y
por eso recomendó en su filosofía esta máxima: conócete a ti mismo, sin
calcular la tarea que nos echaba encima.
Lo
más que podemos conseguir es conocernos a medias y de frente, pero si a uno le
presentan su retrato de perfil, lo mira con toda la atención con que miraría a
un desconocido digno de ella.
Basta
de digresiones, vamos a mi artículo.
Hace
tiempo, una señorita, a quien no tengo el honor de conocer, me pidió algo para
un almanaque; el pedido me pareció una galantería y accediendo a él, escribí no
sé cuántas páginas.
¿Qué
puse en ellas? No lo recuerdo a punto fijo, pero creo que decía poco más o
menos lo siguiente:
*
Caminando,
caminando, me fui hasta las orillas de la ciudad, cerca de las quintas.
El
sol derramaba a torrentes su luz abundante sobre las calles haciendo salidas en
las veredas donde faltaban casas; la sombra semejaba una dentadura con
portillos; los terrones se secaban pacíficamente aprovechando de la falta de
empedrado.
Había
esa soledad perezosa que convida a meditar.
Una
que otra persona parada en la puerta de su casa; un almacén de trecho en trecho
ostentando a su almacenero gordo y ambicioso, en mangas de camisa, que salía en
descubierta a ver si divisaba a algún comprador inopinado, fuera de los
empecinados del barrio que se arruinaban en libretas o contraían deudas
verbales e insolventes.
¡Con
qué atención miraba las figuras de hombres, de mujeres o de neutros que
caminaban oscilando a lo lejos¡ ¡Cada sombra era un proyecto de transacción
mercantil, cada perro el anuncio de un dueño fantástico, comprador clandestino
de algún comestible averiado!
Ahí
estaba el almacén para servir al público y el almacenero para idénticos fines.
El
arroz, los garbanzos, los fideos se apiñaban en bolsas o barricas aburridas de
su quietud. Las cajas de sardinas, condecoradas con las imágenes de medallas de
cualquier exposición, proclamaban mintiendo la falta de espinas de los
cadáveres marítimos que contenían y miraban hacia el mostrador con sus rótulos
de metal amarillo. El queso de Gruyere fósil, con sus ojos vacíos, parecía
quejarse de la ausencia de consumidores; la yerba mate se ofrecía verdosa e
inútilmente y el azúcar amarilla perdía su gusto a fuerza de esperar. Las
masitas y los cigarrillos encerrados en vidrieras acostadas, se dejaban pasear
por las moscas furtivas que habían escapado a un plumero calvo, sirviente
antiguo de la casa, que en manos del dueño parecía una disciplina destinada a
chicotear los objetos más que a privarlos del polvo y por fin, sobresaliendo
entre damajuanas, los barriles, las espuelas, los espejos abollados, el pan,
las tazas, las bombillas de lata, los confites matizados y eternos, el papel de
estraza, las canastas, el hilo emigrado de alguna mercería, los racimos de
velas de baño, se mostraba un cajón de bacalao abierto con sus manjares de
cuaresma crucificados, implorando la piedad pública.
*
Los
perros flacos trotaban apurados, ladeándose contra las paredes y se paraban de
tiempo en tiempo a oler el horizonte o mirar con curiosidad a los paseantes.
A la
hora de la tarde, a la caída del sol, las mujeres dejando su labor, se asomaban
a la puerta, después de haber hecho en todo el día cinco pesos de costura en
pantalones rústicos o en camisas de lienzo y podían presentar como prueba de su
lucha por la vida, los puntos negros dejados por la aguja en el dedo índice de
la mano izquierda.
¡Cuántas
caras feas y demacradas se podía ver entonces y cuántas también llenas de vida,
esperando amores con un corazón caliente y chispeando deleites desconocidos en
sus ojos de veinte años!
Más
allá se diseminan las casas pequeñas y los pequeños ranchos, con sus ventanas
microscópicas y dislocadas, por las cuales se ve un interior vacío y
desposeído, donde una familia sin genealogía, gestiona el expediente de su vida
hambrienta, sin esperanza y sin sosiego.
Delante
de las piezas suele hallarse un rudimento de jardín, con plantas de flores
plebeyas en el suelo o con alguna mata predilecta en un tarro de lata oxidado
ex-continente de tabaco negro.
Los
arbustos despeinados, las rosas de todo el año que tienen la propiedad de no
brotar en ninguna estación, razón por la cual llevan ese nombre y las amapolas,
el resedá y el cedrón, soportan con paciencia el descuido de sus pretendidos
cultivadores, en tanto que un clavel desparpajado abandona su maceta para
colocarse en el pelo de la muchacha de la casa, adornando su cara redonda y
llamando la atención sobre la frescura de la moza, cuyos brazos duros y
torneados son grandes lavadores de ropa y cuyo cuerpo esbelto y convidador se
marchita en el trabajo diario, hasta que una fecundación inesperada viene a
deformarlo, aumentando con un producto anónimo el número de la familia.
*
Por
los alrededores se ve hombres y mujeres que habitaron antes el centro y que la
ciudad en su eterno flujo y reflujo, ha arrojado a las orillas, como hace el
mar con los restos de los buques.
Allí
las mujeres andan con ropas inconclusas o demasiado concluidas, y los hombres
con sombreros, levitas y pantalones, fuera de moda, grasientos.
Unos
llevan pantalón corto y comido en los talones, chaleco de criatura, sombrero
alto y sotana de eclesiástico; otros capa, bastón y sombrero de paja; todos
tienen la marca de la miseria y del vicio en la cara y ese modo de mirar
limosnero que choca y que entristece.
Generalmente
un perro sigue por costumbre a su amo y sin contar con él para nada, mostrando
una afección que hace de cada uno de estos seres, de los perros, ¡el modelo de
la fidelidad y de la abnegación!
Lástima
grande es que los hombres busquen sus amigos sólo cuando la adversidad los
arroja a la playa, entre estos dignos cuadrúpedos y no lo hagan mientras se
hallan en la opulencia, oyendo los halagos de la jauría humana disfrazada de
leal y consecuente.
En
mi paseo encontré a un ex-comerciante que todos conocen y que distribuye sus
ocios en excursiones entre las calles centrales y las despobladas de las
orillas. Iba como siempre seguido de sus compañeros, canes desiguales en
catadura, pelaje y alcurnia y sólo parecidos en flacura, resignación,
mansedumbre y sobriedad.
El
hombre de los perros miraba con ojos de cocinero unas gallinas que buscaban
asiduamente tras de un cerco, cualquier objeto parecido a grano con que engañar
su estómago, mientras el viento tomándolas de flanco les levantaba las plumas
dejando ver una carne blanca, apetitosa.
Seguramente
el vagabundo pensaba en algún guiso con arroz o en otro poema homérico por el
estilo, pues dándose vuelta a insinuación de su mastín más feo, me abordó
pidiéndome algunos céntimos para completar, con tres que decía tener, un
capital destinado al sustento de ese día.
Yo
había salido a ver la naturaleza siempre bella y a revolver ideas en mi cabeza,
mientras recogía con mis sentidos los variados aspectos. El hombre de los
perros me lo descompuso todo, cambiando el curso de mis pensamientos.
Ya
no hubo sol espléndido, plantas, flores ni cielo azul; el personaje hacía
disonancia con el cuadro y proyectaba sobre él su sombra fatídica.
Pensé
en el hospital, en la política, en los conflictos sociales, tanto más
desesperantes cuanto más íntimos, y con el corazón apretado, volví a marearme
en la ciudad, como quien vuelve a bordo de un buque combatido por las olas y en
el cual todo cruje, desde las maderas del casco hasta el alma de los
tripulantes.
1882.
Literatura familiar
(fragmento)
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . .
Y mientras tú meditas alejada del mundo, sobre las
incertidumbres de la vida, yo tengo lástima de mí mismo por el tiempo que pasa
perdido sin contemplar tu belleza ni oír los secretos de tu alma. Oigo la
lluvia que comienza y que ha venido a despertarme tocando con sus dedos de
cristal los cristales de mi ventana.
Las gotas han viajado por los cielos y vienen a
deshacer sus esferas aplanándose sobre los vidrios y corriendo sigilosamente en
surcos tortuosos, deteniéndose, amontonándose en un obstáculo invisible y
apresurándose después, para ganar el tiempo perdido en su caída.
Oigo el viento que silba y los gritos que lanzan las
veletas de los edificios vecinos; ¿serán lamentos de almas torturadas por el
ciego poder que las impele? Su quejido es lastimero, uniforme, entrecortado,
sin tregua ni reposo, durante el día y durante la noche.
Se quejan al sur, al norte, al este, a todos los
rumbos, oscilando sin objeto y rechinando en sus articulaciones con sus voces
metálicas martirizadas.
Ahí están llamando desde los altos tejados sin variar
su tono, conversando entre ellas con sus notas chillonas y melancólicas.
Imágenes de las tribulaciones de la vida, sólo encontrarán quietud y guardarán
silencio cuando sus alas se inutilicen gastadas por el agua, el sol y el
viento.
Pero mientras tanto ¡cómo llegan sus ecos tristísimos
a mi oído y cuántas aflicciones cuentan a mi alma!
Ellas relatan la historia de los padecimientos
humanos, y mi pensamiento pone en las vibraciones de sus láminas encorvadas, la
traducción de sus martirios y las secretas palabras misteriosas con que tu boca
me llama en el silencio de la noche.
La esencia de mi ser vuela por los aires, a la par de
los ruidos que ellas propagan, busca el camino de tu morada y transformada en
esas resonancias vagas que pueblan el espacio de la noche dormida, va
temblorosa a reposar en tu oído anidándose allí tiernamente.
La lluvia continúa cayendo y sus esferas de cristal se
laminan al tocar los vidrios para comenzar en seguida su camino incierto, como
lágrimas que ruedan por las mejillas. Las veletas enferman con sus gritos
estridentes, inacabables, lastimeros como los de un niño castigado, y se quejan
del viento que las tiene noche y día mirando al sur, mirando al norte, sin
tregua y sin reposo.
1882.
Alma callejera
No
puedo dormir; mi alma se sale de mi cuerpo y se va a la calle semi-oscura y
húmeda, donde los faroles de gas parecen jaulas aburridas, que encierran
canarios moribundos ardiendo.
Mi
alma va topando las paredes de trecho en trecho o cayendo en su vuelo incierto,
sobre las veredas, como la sombra de un pájaro ciego.
Mi
alma huida marcha escondiéndose como si tuviera un paquete de intenciones
ocultas debajo del brazo, o como si fuera una criada mercenaria que llevara un
niño recién nacido a dejarlo clandestinamente en una puerta.
Mi
alma avanza, avanza, a pesar de sus caídas y revoloteos, como una mancha que
está dentro de los ojos, siguiendo en una dirección resultante, su ruta a
través de las penumbras fantásticas que obstruyen la vía pública.
Mi
alma viaja a favor de la noche y del silencio, su cómplice, como un capullo
oscuro que va delante de los ojos y se pega cual sombra a los objetos,
alargando su forma entre los huecos y saltando tangente en las aristas.
Busca
un barrio, una casa, husmea las hendiduras de las puertas, se levanta, se asoma
al ojo de la llave, huye como soplada por el viento, trepa por los barrotes de
las ventanas, desaparece y su forma se esparce sobre la alfombra de una sala
donde ha caído atravesando los vidrios entre dos varillas de persiana.
Un
movimiento más y está como la proyección de un cuerpo, a inmensa distancia, sin
que se vea el camino recorrido. Y luego temblando como un tul carbonizado
puesto al extremo de un alambre fino, vuelve a golpearse en las paredes de la
casa asediada, enfilando los ángulos, subiendo a las cornisas y elevándose
sobre los muros para estampar su luto en el horizonte a través del vacío y
volver fatigada del salto, a buscar pacientemente su entrada.
Como
un núcleo flotante de humo negro, mi alma merodea sobre las azoteas, desciende
a los patios, gira alrededor de las plantas y de repente se lanza a las
habitaciones por los postigos entreabiertos.
Un
ruido leve la estremece; es un suspiro que se escapa de entre las cortinas del
lecho donde duerme una mujer. Mi alma se difunde sobre aquel cuerpo adorado,
visita sus formas, se arrastra sobre ellas diseñadas bajo las finas telas,
sigue las curvas de su busto, rodea el óvalo de su cara, enfila sus labios...
la respiración la rechaza... un perfume la penetra... se aproxima de nuevo...
una aspiración la absorbe y la instala dentro del seno más querido...
De
allí no se moverá nunca; allí estará mezclada con la sangre de la mujer amada,
recorriendo sus nervios y viajando de su corazón a su cabeza.
Allí
vivirá siempre, alimentando su propia pasión, y yo, sin alma, me levantaré
mañana para pasear mis ojos muertos sobre las indiferencias de la vida,
viviendo de prestado y gestionando mi bocado de pan con mi cuerpo vacío, sin
otra aspiración en la tierra que amarla y que me ame.
1882.
Utilidad de la desgracia
Abril
casi 29 de 1884; cielo gris, lluvia, luz difusa, variable, con penumbras,
parece enmohecida, pegajosa y aburrida de haber dejado el sol para caer sobre
la tierra a través de una atmósfera hipocondríaca y tormentosa.
No
es luz precisamente lo que entra por mis ventanas filtrándose por los vidrios
en que la lluvia desliza lágrimas en gotas apuradas; es una sofisticación de la
oscuridad; un billete falsificado de la lotería solar.
De
repente se oscurece y creo notar que mis ventanas pestañean... nada; es una
gruesa nebulosa de agua que se interpone, o alguna nube más densa vestida de
medio luto que arrastra su cola en el espacio.
¡Qué
bien sienta un día así cuando uno es desgraciado! ¡Y con qué íntimo placer
suelta uno su alma a la desolación para que experimente la dulzura de su
tristeza en medio de la bruma moral de sentimientos! -¡Oh! ¡la desgracia tiene
algo de sublime y de atractivo, de clásico y distinguido!
¡Hay,
en sufrir, una sensación voluptuosa y delicada que convida a morir!
¡Al
fin y al cabo todo es lo mismo!
Los
placeres de la vida no son sino transitorios, y dentro de cien años, a contar
de cada actualidad, todas las situaciones son iguales.
La
desgracia es como un órgano nuevo cuya existencia no se conoce sino cuando
duele; pero hay dolores tan legítimos, tan naturales y tan lógicos, que uno al
experimentarlos siente una especie de consuelo y se empeña en provocarlos con
el recuerdo, en removerlos y ensangrentarlos ¡con una delicia inefable!
¡Qué
sensación agradable la de una amargura pasiva!
La
tristeza es culta, civilizada, suave, simpática como la luz penumbrada.
La
felicidad y la alegría tienen algo de grotesco y de campesino que no se aviene
con los sentimientos delicados.
Y
luego ¡cuándo hay motivo para estar alegre si nada dura!
Tras
de los grandes contentamientos de la vida, está una tumba, y más tarde, los
detritus de los cuerpos en que se encerraron tan grandes pasiones, tanta gloria
o renombre, tanta juventud y tan celebradas bellezas, flotan por el aire en
grumos gaseosos o caminan ocultamente por los intersticios de la tierra,
arrastrados en silencio por las gotas de agua que los recogieron y que
filtrándose van a perderse en el mar.
Los
hombres que no tienen estas melancolías, propias de un carácter enfermo, no
conocen las dulzuras que existen fuera de los límites a que la felicidad
alcanza.
¡A
decir verdad, en este momento en que la naturaleza parece dolorida, no sé qué
es mejor, si ser feliz o desgraciado!
1884.
Autógrafo
A la señora representante de la asociación de maestros. -Señora: Me pide
usted un autógrafo en nombre de la sociedad de maestros que representa. No
encuentro entre mis ideas ninguna digna de satisfacer el propósito que ha
dictado su pedido, pero no quiero desatenderlo y le escribo esta carta que es
sin duda un autógrafo.
Quiero consignar en él una confesión que tal vez le sorprenda: he
respetado siempre a mis maestros y les tengo cariño. Muchos de ellos han
muerto; los que viven y han tenido ocasión de seguirme, llevado por la suerte a
la posición que ocupo, pueden dar testimonio de mi afecto no desmentido en
circunstancia alguna. Recuerdo la fisonomía de todos ellos siempre blanda para
mí; su voz y actitudes y hasta sus defectos, que ahora, a la distancia, me
parecen altas calidades. Si fuera pintor los podría retratar. Yo nací en una
aldea, en Bolivia; mi padre estaba emigrado, siempre emigrado; emigrado de
todas partes.
Mi maestro de primeras letras me tenía gratuitamente en la escuela.
Otros niños pagaban la educación que recibían. Yo recompensé alguna vez, sin
saberlo, tanta generosidad, entreteniéndolo.
El pobre señor no había leído nunca más que la vida de los santos. No sé
qué viajero llevó un ejemplar trunco del "Judío Errante" que cayó en
mis manos. Un día, cuando me tocó en la escuela mi turno, me acerqué temblando
de frío al maestro, aburrido ya de tomar lecciones de lectura, en cartas, en
cartones, en silabarios, y hasta en cuentas de tienda; me acuerdo de todo como
si fuera recién pasado. Todavía me veo las manos amoratadas redondas y
arrugadas, con tinta en los dedos y los puños desnudos, porque las mangas eran
cortas como las piernas de mis pantalones que aspiraban a sublimarse.
Comencé la lectura de un capítulo; era aquél en que se cuenta la visita
de Rosa y Blanca al hospital de coléricos (aún leía yo con puntero; éste era
una pluma de cuervo pelada); la medida normal de la lección era una página; yo
llegué a ese término, pero el maestro no me dijo "basta". Seguí
leyendo. Era un día de lluvia de los que a mí me gustan. El murmullo de la
escuela había cesado. La distracción del maestro dejó en libertad a los niños
de mirar a donde quisieran; miraban afuera; otros dormían sobre sus brazos,
apoyados en los bancos; dormían apaciblemente ¡mientras Rosa y Blanca corrían
el mayor peligro!
El maestro no chistaba; yo seguí leyendo y tiritando de frío y de
emoción; -¡pobres Rosa y Blanca! ¿Y Dagoberto? ¡Qué mala madama de Saint no sé
cómo!
Los minutos pasaban; la lluvia caía con diapasones variados; el número
de dormidos aumentaba; los niños despiertos de los bancos próximos comenzaban a
interesarse por la suerte de las dos muchachas. Algún redoble de la lluvia
sobre la tela de un paraguas fósil Y raro en aquellas regiones, interrumpía la
agradable monotonía de ese semi-silencio que produce la lectura continuada en
el mismo tono.
-¡Rodin debía estar muy contento! -¡Qué pícaro!... ¡Si Nazario pudiera
agarrarlo! (¡Nazario era el caudillo de la escuela; el jefe de la oposición!)
Las ráfagas de viento metían el agua por la gran puerta y por las
ventanas antiguas que tenían una cortina a modo de ceja; ¡ventanas odiosas que
sólo estaban cerradas los días de fiesta!
¡La verdad es que el maestro parecía estar convencido de que yo había
nacido para leer el Judío Errante y él para oírme!
El día iba marchando y ya el sol, oculto por un toldo gris de nubes y de
agua, debería andar haciendo sus preparativos para meterse tras de los cerros.
Rosa y Blanca no encuentran a la persona que buscan; creo que era la
jorobadita. ¿Para qué sirve entonces el Angel de la Guarda ? La lluvia arrecia
y una semi-oscuridad comienza a difundirse por la escuela... ¿Este maestro se
habrá dormido? ¡Qué se iba a dormir! ¡Atendía!
El capítulo concluyó. Iba ya a continuar con otro. El maestro me
interrumpió diciendo: "ese libro no deben leer los niños; ¡dámelo
acá!" Se lo di, pero jamás creí que me lo pedía para que yo no lo leyera,
sino para leerlo él.
Señora, la saludo atentamente.
1887.
La primera noche de cementerio
El
enfermo es el señor de la casa, el marido, el padre. La familia está afligida,
desolada. La habitación en que se halla el paciente es una pieza grande en la
que la luz de día y de noche es economizada. Todos los que entran tienen la
obligación de caminar en puntas de pies y cumplen religiosamente el programa.
Los guardianes deben asomarse de tiempo en tiempo al lecho que ocupa y mirarle
la cara; en seguida deben menear la cabeza y después estar muy consternados.
Razones para ello: el enfermo va cada vez peor; respira con dificultad, abre
apenas los ojos, no conoce a los que le hablan sino después de ser vivamente
mortificado; si lo dejan quieto delira, dice con labios secos palabras que
parecen con cáscara y que no tienen sentido, ronca más bien sus frases,
diremos; suspira a veces y busca dormirse; está acostado boca arriba con las
manos de fuera; por momentos hace que acomoda las ropas murmurando sonidos
lúgubres; entre muchas palabras roídas aparece a veces el nombre de la mujer o
del hijo predilecto, seguido de una sonrisa moribunda; luego viene un estertor
y una opresión; ¡el cuadro es triste!
|
* |
La
mesita de noche está cubierta de frascos, de tazas y de cucharas. Cada media
hora, un verdugo bajo la forma de una cuidadora, debe apretarle la nariz al
pobre mártir, y derramarle en las fauces una cucharada de líquido corrosivo
recetado con gran pompa, perfectamente inútil pero aprobado para el caso, por
todas las Facultades del mundo y por la reciente junta de médicos. El de
cabecera ha recomendado una puntualidad digna del Santo Oficio, obedeciendo a
su deber profesional e inhumano. ¡Ningún médico se permite dejar morir en paz a
su enfermo porque eso es contrario a la satisfacción de las familias!
|
* |
El
primer rayo de luz de la aurora acaba de entrar al cuarto del enfermo,
escurriéndose por el espacio lineal de dos varillas de persiana.
¡Qué
terrible innovación! ¡Cómo se ve a su favor cuánto se parece el moribundo a un
muerto!
|
* |
Murió;
¡un estertor quebrado acaba de anunciar la triste nueva!
Los
sollozos y los gritos de dolor resuenan en todas partes. Los sirvientes
encuentran inútil que la caldera de agua hirviendo continúe quejando su vapor a
ciento y un grados.
El
trapo blanco del llamador de la puerta va a ser sustituido por otro negro más
largo, un trapo llorón de merino, colgante, con dos piernas desiguales como las
de un ahorcado cojo.
Gran
fiesta para el empresario de pompas fúnebres que prepara sus coches soñolientos
y sus caballos nostálgicos.
|
* |
Un
amigo de la casa, porque los hay que no son del dueño, de la dueña ni de la
familia, sino de la ubicación, se ha encargado de correr con todo, como se
dice.
Este
amigo con su cara de aflicción a media asta, que hace compatible un lloriqueo
de actualidad con una actividad oportuna e indispensable, ha elegido el cajón,
ha alquilado los coches, ha contratado los cirios y los paños mortuorios, ha
puesto avisos en los diarios encabezándolos con la cruz de regla seguida de
estas fatídicas letras: Q.E.P.D. y ha convidado por fin a los amigos.
Al
otro día, a la hora señalada, los invitados empiezan a llegar. Las señoras
entran al sitio donde están las mujeres de la casa invisibles por el exceso de
merino negro y por la escasez de luz, llorando a intervalos como si tuvieran
válvulas automáticas en los ojos. Los hombres más despreocupados o más guapos,
entran al salón donde se halla instalado el muerto, bien serio y pálido, dentro
de su cajón hexagonal y rodeado de cirios encendidos que ardiendo sobre
candelabros gigantescos, precipitan estalactitas fantásticas, llorando su cera
derretida en lágrimas amarillentas y suicidándose metódicamente, en holocausto
a una llama enferma con núcleo oscuro de pavesa muerta y con luz fatigada que
contempla en silencio, la insolencia brutal del sol intruso.
|
* |
El
coche de penachos negros está ya en la puerta, asistido por hombres negros que
cumplen con su piel de luto, una tarea habitual e indiferente. Los amigos más
caracterizados toman silenciosamente el cajón cerrado de antemano por el
hojalatero del barrio que ha creído remendar un lebrillo.
Por
más precaución que se haya tenido, los pasos arrastrados, pesados y acompasados
de los que llevan el ataúd, se han hecho sentir en la pieza donde están las
mujeres. ¡Se oye un redoble de sollozos, de llantos, de gritos y de suspiros!
Los
negros del coche se apoderan del cajón y lo hacen rodar metódicamente en los
rodillos del vehículo fúnebre.
Los
acompañantes toman su puesto en los carruajes. El convoy emprende su marcha
eligiendo las calles más bulliciosas y el camino más largo. La concurrencia da
pruebas del aburrimiento más consuetudinario, mientras los caballos habituados
caminan dormidos hacia el cementerio.
|
* |
Durante
el tránsito asoman a las puertas de calle caras curiosas y se traslucen entre
las varillas de persiana, pares de ojos femeninos brillantes, como los que se
muestran tras de las caretas en carnaval. Esas caras y esos ojos tienen pintada
visiblemente esta interrogación: ¿Soltero o casado? La opinión pública sanciona
que es casado o viudo, pues ha visto los penachos negros del terrible carro.
Resuelto ese punto que, como se ve, es de grande importancia para los
habitantes del trayecto recorrido, a quienes no se les importa nada del muerto,
éste llega al cementerio en cuya puerta se detiene el acompañamiento.
Los
deudos bajan de los coches y se precipitan hacia el fúnebre; los amigos hacen
cerco en la vereda. Los negros del empresario extraen el ataúd y lo entregan
bamboleante a manos enguantadas que lo conducen hacia la capilla.
Aquí
sigue una escena estereotipada para casos iguales.
|
* |
La
concurrencia rodea el féretro: un sacerdote que se ha puesto la camisa sobre la
ropa, abre un pequeño libro que ha leído mil veces y que ya debía saber de
memoria, y lee a duras penas, un párrafo literario en latín, sin conseguir que
alma viviente lo entienda.
Una
atmósfera de antigüedad invade el recinto; la voz del sacerdote es sepulcral,
las palabras son de un idioma muerto y hasta la página en que están escritas
parece un pergamino secular, amarillento, deslustrado, viejo, fósil, comido en
el extremo de la hoja por la aplicación asidua del dedo pulgar del sacerdote,
sucio de tabaco, que ha dejado allí su estigma.
Luego
cae una lluvia mal distribuida de agua bendita, que el sacerdote arroja con un
hisopo sobre las coronas de flores de trapo que cubren el cajón.
¡Fórmulas!,
¡fórmulas!, ¡fórmulas! ¿Dónde se anida el sentimiento por el muerto?
La
capilla está fría, helada, más glacial que el corazón del difunto: el oficiante
que repite su papel treinta veces por día, parece un hombre mecánico, sin más
sentimiento que una máquina de hierro.
Pero
así como la belleza de los objetos se acrecienta si se toma como trasunto de su
realidad, su imagen reflejada en un espejo, el sentimiento íntimo, profundo,
intenso, rico en dolor agudo, penetrante e insondable, que la muerte de un
semejante produce en alguien, siquiera en uno solo de los que continúan
viviendo en este mundo, la pesadumbre del drama terrible que se representa en
los actos de una inhumación, se pinta con las sombras más conmovedoras donde
menos se espera.
|
* |
Al
lado del sacerdote y medio perdido entre los personajes adultos, se halla un
niño de diez años, vestido como de improviso, con ropa enlutada que no le va al
cuerpo.
¿Por
qué han dejado venir a ese niño? Se ha escapado quizá de la casa mortuoria,
¡burlando la previsión de la familia para seguir hasta el último momento el
cuerpo de su padre!
Ahí
está gesticulando para distraer su dolor próximo a estallar en llanto o en
gritos estridentes y epilépticos. Cierra sus pequeñas manos heladas, se muerde
los labios, se ahoga porque tiene vergüenza de sufrir en público y llorar ante
desconocidos, como si debiera ocultar los efectos bochornosos de una reprimenda
injusta. Sus ojos buscan en los accidentes del acto, algún refugio para su
débil alma atribulada y tratando de estimular su curiosidad para hacerla
predominar sobre su sentimiento, va con su mirada inútilmente, del sacerdote al
ataúd y del ataúd a la concurrencia, sin conseguir su objeto, hasta que perdido
ya el dominio sobre sus potencias de disimulo e invadido por la ola del
martirio que hincha su corazón, ¡deja estallar su pesadumbre distendiendo y
apretando sus labios, en contracciones espasmódicas y desaguando sus ojos en
borbotones de lágrimas que brotan como esferas voluminosas y ruedan sobre sus
mejillas para caer en la tela negra de su ropa improvisada!
|
* |
¡No
hay página sentimental más bien escrita que la que se lee a través del primer
dolor de un niño!
Tú,
acompañante indiferente, que viniste a este entierro para cumplir un deber
social, si no trajiste un átomo de inquietud en tu alma, no te irás, ¡oh! no,
tan dueño de ti mismo si miras a ese niño y adivinas en el espectáculo de sus
emociones, la historia de un pasado próximo en que la ternura paternal, los
halagos del día de fiesta, los cuidados de la noche, la previsión de todos los
momentos, los pequeños regalos de cumpleaños, los largos paseos afectuosos y
las sencillas y amantes conversaciones, han ido formando una adhesión sin
límites y la conciencia de una protección, sin reemplazo posible.
¡Oh!
no por cierto, no te irás tan dueño de ti mismo si piensas que ese llanto de
niño es el descuento del recuerdo anticipado de todo el bien perdido para
siempre; la emoción actual de una previsión de penas futuras, en virtud de la
cual el niño, sin saberlo, se transporta a la época no lejana en que echará de
menos a la hora de dormir, la compañía de su papá, a la hora de levantarse la
voz de su papá, a la hora de comer la presencia de su papá en su asiento de
costumbre.
No
te irás, ¡oh! no, tan dueño de ti mismo, si piensas que el pobre niño, al
volver a su casa, encontrará vacío el cuarto de su papá, con las puertas
abiertas, la cama desmantelada y los armarios estirando sus hojas como para dar
el último abrazo al dueño que se ha ido; que cuando la noche llegue y las
costumbres de la casa, esas terribles costumbres que tan singularmente
acompañan a la memoria de los muertos, se resientan de un silencio extraño;
cuando las luces se enciendan para alumbrar la mesa, a cuyo rededor se sienten
personas desganadas y doloridas; cuando las conversaciones indispensables se
establezcan para destruir la monotonía del pesar, en virtud de las necesidades
de la vida; cuando los sirvientes, menos afectados, hagan ruido con los
acomodos de las cosas para concluir el día y prepararse al sueño; cuando todos
parezcan olvidados de que dentro del pecho de aquel niño late un corazón
torturado; cuando lo acuesten en su camita fría, queriendo sofocar su llanto
con palabras afectuosas o con reprimendas; cuando lo abandonen creyéndolo
dormido y oigan de pronto su voz desesperada que grita ¡papá, papá, pobre papá!
y lo miren sentado con los ojos abiertos, enormes, y los brazos extendidos en
busca de la sombra querida... que cuando todo esto suceda se estará
representando en el escenario más tierno, el escenario del sentimiento
inocente, una de aquellas tragedias inicuas e injustificables, que tienen por
base una torpe equivocación de la naturaleza, en virtud de la cual un ser
endeble, ¡una criatura tiene aptitud para experimentar amarguras!
|
* |
En
el cementerio los concurrentes han tomado el ataúd por las manijas, y sin que
falte un comedido que diga invariablemente: "Primero los pies", el
muerto es conducido a la cueva infecta que por irrisión se llama "última
morada", donde con acompañamiento de discursos, de ruidos, de choques de
pases de correas y de fatigas de los sepultureros, el cadáver es secuestrado y
sustraído para siempre a la corriente humana.
|
* |
Los
acompañantes se retiran a trote largo por esas calles de Dios, en coche propio
o de alquiler, huyendo de la famosa última morada que los reclamará uno a uno,
por turno, pero forzosa e indefectiblemente.
|
* |
Mientras
tanto, durante el día, el cementerio presenta un aspecto relativamente alegre,
debido a la presencia del sol que derrama su luz viva sobre las lápidas, al
movimiento de las gentes que concurren a otros entierros y al ruido de los
constructores de nuevos sepulcros para los ricos que tienen la estúpida
ocurrencia de mandar erigir sus propias tumbas.
Yo
no incurriré jamás en el error de adquirir un sepulcro; cuando me muera, que me
pongan donde les parezca; de todos modos yo sé que no me han de dejar entre los
vivos, pues las ordenanzas municipales se han de oponer. Si hubiera de
consultarse mi parecer a este respecto, yo querría, a más no poder, que algún
médico amigo me disecara y guardara mi esqueleto en un armario, para mirar con
las cuencas vacías de mis ojos, cómo se componía el colega en esto de despachar
a sus clientes al otro mundo y para tocarle alguna vez en los vidrios, con mis
falanges desnudas, un redoble fúnebre.
Me
horroriza la idea de que me dejen en el cementerio, en medio de gentes que no
hablan y acomodado entre siniestras cajas como un bulto cualquiera de almacén.
Por
fin, durante el día, la instalación en el cementerio, no parece tan
desagradable; pero cuando comienza a retirarse la luz, cuando los ruidos cesan,
cuando las puertas se cierran y el administrador se va a su casa, cuando ya en
el recinto no queda alma viviente... ¡oh, qué espanto!
|
* |
Me
imagino por una fantasía, un muerto vivo, que tiene percepciones y sensaciones
y ¡que asiste a la descomposición de su propio cuerpo y a las escenas del
local!
El
muerto que acabamos de dejar se ha despedido con un saludo cortés, de la
concurrencia; ha querido hablar, pero la cal que le han echado encima se le
introduce en la boca; ha querido mirar pero la misma cal le cierra los
párpados; ha tratado de darse vuelta, pero el cajón es muy estrecho; tiene que
permanecer de espaldas, muy serio, reflexionando boca arriba, sobre las cosas
que deja en este mundo. Quiere mover los brazos, pero sus músculos han
comenzado a ablandarse por la descomposición; luego, el vientre se le ha
hinchado enormemente; la hinchazón invade el pecho, el volumen de sus entrañas,
aumentado desmesuradamente, no cabe ya dentro de la piel; el gas comienza a
escaparse por la nariz y la boca, en cuyas aberturas se acumula un montón de
espuma, como si el muerto hubiera querido comerse una piedra pómez. Su cuerpo
está lleno de manchas verdosas. La transformación sigue sus trámites legales.
|
* |
El
muerto se representa su casa desolada: recuerda a su hijo predilecto, a sus
amigos, a su mujer viuda, joven y linda... ¡viuda, joven y linda! Linda,
fresca, lozana, nueva, llena de vida, apasionada, tierna y deliciosa como el
primer amor. Rubia, blanca, esbelta, airosa, casta, provocadora y sublime: sus
ojos azules hacen hervir deleites celestiales en su pupila; su rostro es una
idealización de forma; su carne suave, tibia, tiene el perfume humano de la
juventud cuidada, limpia, incitante y sabrosa. El luto le sienta admirablemente
y las hebras doradas de su cabello, al derramarse sobre su manto negro,
enloquecen con sus ondulaciones de oro en madeja, la mirada menos atrevida...
Todo eso queda en la tierra quizá para otro, ¡seguramente para otro!... El muerto
se estremece de celos dentro de su cajón forrado de plomo y a través de los
gases pestilentes que exhala su cuerpo reblandecido, parece sentir el aroma del
adorado seno femenino que deja en la tierra...
¡Oh!
¡recuerdo terrible e importuno! por la mente del muerto atraviesa la figura de
su esposa al otro día del matrimonio, cubierta con su peinador blanco, ceñido
en el talle por una cinta color rosa tenue, a la luz alegre de una mañana de
primavera. ¡Qué vale la visión de la vida eterna ante este recuerdo de la Eva
terrenal que se abandona! Los ojos del cadáver se llenan de lágrimas
amoniacales y un sollozo con olor sulfúrico se escapa por sus fauces hinchadas.
El
cuerpo continúa fundiéndose y macerándose en sus líquidos nauseabundos y hasta
las flores artificiales que lo rodean comienzan a ennegrecerse con las
emanaciones sepulcrales.
|
* |
El
silencio más grande reina en el cementerio, y la noche más densa ha extendido
sus tintes en el interior de las fosas.
Una
que otra ráfaga de aire trae en sus alas los gemidos de los árboles y las
lamentaciones de las cruces herrumbradas, que sacudidas por el viento, rechinan
en sus hierros desvencijados.
La
lluvia fina cae mansamente sobre las tumbas y se desliza a lo largo de los
muros buscando silenciosamente su camino hacia el fondo del sepulcro.
Las
gotas engordan nutridas por el relámpago y los remolinos de viento; la lluvia
arrecia y una orgía cristalina de agua loca, se establece alrededor de cada
sepulcro haciendo saltar en baile precipitado candelabros en miniatura, que la
corriente arrastra por las sinuosidades del piso. La tempestad hace una
orquesta cuyas notas resuenan en las bóvedas; gruesos chaparrones azotan sus
puertas y las gotas robustas caen sobre los cajones, golpeando -tac, tac, tac,
tac,- en su tapa sonora, como quien llama a la puerta de una casa cuyos
habitantes duermen profundamente.
Más
tarde, la noche se despeja y un cielo estrellado se pone a mirar el cementerio,
pestañeando con sus millones de estrellas, sin conseguir alumbrar los sótanos
donde yacen los cadáveres acomodados por orden, en sus paquetes de factura; y
más tarde aún la luna en menguante, con su luz de agonía, cae sobre la quieta
metrópoli proyectando en el suelo la sombra de los monumentos, de las columnas,
de las estatuas y de las cruces con sus brazos desiguales; o bien llegan las
horas tempestuosas en que el viento silba en todos los tonos de su orquesta,
quebrándose en los barrotes herrumbrados de las rejas que guarnecen las tumbas
indiferentes, cuyas lápidas ladeadas de mármol leproso, ostentan carcomido el
nombre oscuro de un infeliz que se ha disuelto en la tierra; el viento húmedo y
rugiente que revuelve con su soplo sin diapasón, las nubes negras amontonadas
en los cielos, separándolas en vetas, por secciones o agrupándolas en
promontorios montañosos, para cambiar la decoración a cada instante; el viento
aventurero que riñe con la veleta de la iglesia vecina, en que una flecha
secular, oscilando sobre su eje contemporáneo, alarma con sus gritos
estridentes como los de una lechuza perseguida.
|
* |
Cada
bóveda abierta se traga su bocanada de aire aturdido para mezclarlo con las
emanaciones pútridas de sus horribles huéspedes y exhalarlo digerido, a lo
largo de las calles de cipreses macizos, inflexibles y tercos, negros de puro
verdes e impenetrables en la frondosidad de sus ramas compactas, incrustadas de
nueces citrinas que parecen semillas de algún árbol maldito.
Dentro
del sótano, cerca del cajón recién depositado, se hayan estibados varios
ataúdes de diferente época y tamaño, cuya superficie denuncia las injurias de
los vapores corrosivos y cuyas grietas reventadas, revelan los empujones
internos de los gases producidos por los cuerpos encerrados, en contravención a
los rudimentos más elementales del sentido común.
Allí
están consumiéndose lentamente los miembros de toda una familia, mezclados con
individuos extraños, que, sin pagar alquiler, reciben el beneficio del último
hospedaje, libres de la persecución por deudas y de los mandatos de desalojo
emanados de algún juez de paz sin alma, hasta tanto que el dueño de la casa no
resuelva desterrarlos, como si no fuera bastante destierro el otro mundo, y no
decrete la expulsión, publicando en los diarios un aviso que diga:
"Se
previene a los deudos de los individuos cuyos restos se hallan depositados en
el sepulcro tal, que en el término de ocho días deberán proceder a extraerlos,
y que, si no lo verifican, vencido el plazo, los dichos restos serán
trasladados a la fosa común".
Allí
están los viejos, los jóvenes, los adolescentes y los niños; los hombres y las
mujeres; las viudas; las casadas y las solteras; las vírgenes por edad o por
falta de ocasión; los libertinos y los virtuosos; todos afanados en transformar
los átomos de su cuerpo para los fines de nuestras apreciables e insondables
amigas las leyes naturales.
|
* |
Al
muerto reciente le parece oír un gemido en el cajón vecino; su espíritu sutil
se levanta y con aquella curiosidad masculina que, a juzgar por su grandor en
esta vida, debe durar aun en la otra, penetra por las rendijas del ataúd
sospechoso.
El
cuerpo de una joven yace allí en plena fermentación. Una corona de trapo
ex-blanco, con sus botones de azahar amarillentos, envuelve una cabeza mutilada
de la que el pelo, un largo pelo deslustrado, se ha desprendido por placas,
llevándose en partes pedazos de la piel. Más abajo hay dos hoyos llenos de una
gelatina negruzca que desborda por los ángulos: son los ojos. La nariz está
destruida. Los labios comidos dejan ver los dientes sin encías, de una boca que
ríe horriblemente y sin motivo. El vestido se halla acomodado a lo largo del
cuerpo, pegado en el pecho, estirado sobre los muslos, desgarrado en los
bordes; mojado, flácido, hundido en algunas partes, siguiendo las
anfractuosidades del repugnante montón de detritus que cubre. Sobre el estómago
están cruzados los brazos descarnados; las manos conservan entre los dedos un
crucifijo de marfil amarillo, que parece continuar esperando la resurrección de
los muertos en la posición menos adecuada para tener paciencia. El vientre del
cadáver es una pulpa informe, movediza, en que entran y salen legiones
vivientes ocupadas al parecer en una negociación muy urgente. Las ropas han
caído entre los muslos formando canaletas por las que corre un líquido ocre y
espeso.
De
la atractiva belleza presumible de esta joven en vida, sólo quedan como muestra
dos pies diminutos, altos de empeine, delgados, ligeros, cuya planta se ha
posado muy poco sobre el suelo, calzados con botines de raso blanco que la niña
estrenó después de muerta.
|
* |
Una
ráfaga loca de sensualismo cadavérico pasó por la cabeza del visitante,
vanguardia de la primera infidelidad de ultra-tumba que le hacía a su compañera
de esta vida, a aquella rubia linda, fresca, blanca, sabrosa, cuyas ternuras al
fin serán para otro, y vistiendo de carne con su imaginación los huesos
desnudos, poniendo ojos brillantes en la cara monstruosa, labios con calor en
la boca destruida y estremecimientos libertinos en los senos ausentes, abrazó
en su paroxismo póstumo el espantoso envoltorio que tenía delante, y en un beso
eterno, vibrante y tembloroso, lleno de todas las delicias de la tierra,
condensó la última voluptuosidad de sus sensaciones, difundiéndose después como
la masa nebulosa de una nube flotante, sobre el cuerpo descompuesto.
|
* |
Vuelto
de su excursión al ataúd vecino, envolvióse de nuevo en su manto de cal, dejó
caer los brazos con aquella laxitud de un hombre que ha llevado a feliz término
una aventura extraordinaria y meneó la cabeza con la expresión propia del
disgusto por las cosas conseguidas. ¡Al fin hombre hasta en la muerte!
|
* |
La
noche sigue su viaje acompañada por un séquito de estrellas, resbalando en la
esfera de nuestro planeta, como quien pasa la mano sobre una cabeza calva. Los
cielos se van en tropel del Este al Oeste y cada segundo marca el pasaje de un
astro por el meridiano de la tumba silenciosa.
La
cúpula del cielo con sus chispas brillantes continúa su marcha eterna por los
espacios siderales, con aquella indiferencia que los fenómenos naturales
ostentan ante los dolores humanos.
|
* |
No
sé si todos experimentan el sentimiento de repulsión y de tristeza que a mí me
invade, cuando en medio de algún pesar ¡quién no los tiene! veo que sale el sol
como todos los días, que llueve como en cualquier ocasión, que las cosas
conservan su aspecto habitual, que las gentes van y vienen, que todo sucede, en
fin, como si yo no estuviera afligido. La quietud, monotonía y regularidad de
la naturaleza ante el dolor humano, parece una burla. No hay madre que habiendo
perdido un hijo, no se sienta humillada, ofendida, herida, al considerar la
imperturbabilidad de las estaciones, de las horas, de los accidentes
meteorológicos y del almanaque.
|
* |
La
noche avanza hacia el oeste comiéndose las horas y va a perderse en el
horizonte arrastrando su manto salpicado de lágrimas brillantes. El cementerio
continúa murmurando los ruidos propios del silencio absoluto; el rumor sordo,
indeciso, como de olas, como de viento o como de cualquier cosa desconocida,
sólo se interrumpe por algún estallido inopinado, indebido, anómalo, sin
motivo, pero alarmante, como los tonos ininterpretables que se oye en los
bosques.
|
* |
Al otro día, último y único alivio, ya hay algo de usual, de
acostumbrado, de conocido en la cueva recién ocupada y el hábito, esa forma del
dolor crónico que degrada al hombre hasta hacerlo resignarse a todo en
cualquier situación, ha hecho que el muerto se acomode a su suerte y se
convierta en su auto-espectador. El cementerio le parece su ciudad natal, la
tumba su casa, los muertos sus conciudadanos y la insondable eternidad su
patria.
1888.
Vida moderna
|
Río
IV, &., &. |
Mi
querido amigo:
Por
fin me encuentro solo con mi sirviente y la cocinera, una señora cuadrada de
este pueblo, muy entendida en política y en pasteles criollos.
Ocupo
una casa vacía que tiene ocho habitaciones, un gran patio enladrillado y un
fondo con árboles y con barro. Tengo dos caballos de montar y uno de tiro. Mi
dotación de amigos es reducida; total: dos viejos maldicientes. He traído
libros y paso mi vida leyendo, paseando, comiendo y durmiendo. Esto por sí solo
constituye una buena parte de la felicidad; el complemento y ¡quién lo creyera!
se encuentra también a mi alcance, aquí, en este pueblo solitario y en esta
casa medio arruinada y desierta.
|
* |
¡Soy
completamente feliz! Básteme decirte que nadie me invita a nada, que no hay
banquetes, ni óperas, ni bailes y lo que parece mitológico en materia de
suerte, no tengo ni un bronce, ni un mármol, ni un cuadro antiguo ni moderno;
no tengo vajilla ni cubiertos especiales para pescado, para espárragos, para
ostras, para ensalada y para postre; ni centros de mesa que me impidan ver a
los de enfrente; ni vasos de diferentes colores; ni sala, ni antesala, ni
escritorio, ni alcoba, ni cuarto de espera; todo es todo; duermo y como en
cualquier parte; el caballo de montar entra a saciar su sed al cuarto de baño,
en la tina, antes que yo me bañe, con recomendación especial de no beber de a
poquitos, ni dejar gotear en la bañadera el sobrante del agua que le queda en
el hocico.
|
* |
Recuerdo
que cuando era niño conocí un señor viejo, hombre importante, acomodado,
instruido y muy culto. Pues el viejo no tenía en su cuarto de recibo sino seis
sillas, una mesa grande con pies torneados, gruesos y groseros, cubierta con
una colcha usada, sobre la que estaba el tintero de plomo con tres agujeros en
que permanecían a pique tres plumas de pato o ganso. Había además papeles,
libros, tabaqueras, anteojos y naipes. De noche se reunían allí los hombres más
notables del pueblo: el cura, el corregidor, el juez de letras, el tendero y
otros ilustres habitantes. Allí se hablaba de la política, de la patria, de la
moral y de filosofía, tópicos que ya no se usa. Concluida la tertulia el viejo
se retiraba a su dormitorio en el que no había sino una cama pobre, una mesita
ética, una silla de baqueta, un candelero de bronce con vela de sebo, una
percha inclinada como la torre de Pisa, que se ladeaba más cuando colgaba en
ella la capa de su dueño y por todo adorno en las paredes, una imagen de san
Roque abogado de los perros. A pesar de esta ausencia de mobiliario que
escandalizaría hoy al más pobre estudiante, el viejo era muy considerado, muy
respetado y vivía muy feliz; nada le faltaba.
¡Dime
ahora lo que sería de cualquiera de nuestros contemporáneos en tal desnudez!
Cuando me doy cuenta de lo estúpido que somos, me da gana de matarme.
|
* |
Por
eso me gusta el poeta Guido Spano.
La
semana pasada lo encuentro en la calle y le digo: -¿Cómo le va? tanto tiempo
que no lo veo; ¡usted habrá hecho también negocios! -No, me contestó, soy el
hombre más feliz de la tierra; me sobra casa, me sobra cama, me sobra ropa, me
sobra comida y me sobra tiempo; no tengo reloj ¡y no se me importa un comino de
las horas!
Con
tamaña filosofía ¡cómo no había de estar ese hombre contento!
En
una ocasión me acuerdo haberlo visto en cama enfermo de reumatismo y tocando la
flauta con un pequeño atril y un papel de música por delante. Nunca he sentido
mayor envidia por el carácter de hombre alguno.
|
* |
A mí
también aquí en Río IV me sobra todo, pero no tengo flauta, ni atril, ni sé
música.
¿Sabes
por qué me he venido? Por huir de mi casa donde no podía dar un paso sin
romperme la crisma contra algún objeto de arte. La sala parecía un bazar, la
antesala ídem, el escritorio ¡no se diga! el dormitorio o los veinte
dormitorios, la despensa, los pasadizos y hasta la cocina estaban repletos de
cuanto Dios crió. No había número de sirvientes que diera abasto; la luz no
entraba en las piezas por causa de las cortinas; yo no podía sentarme en un
sillón sin hundirme hasta el pescuezo en los elásticos; el aire no circulaba
por culpa de los biombos, de las estatuas, de los jarrones y de la grandísima
madre que los dio a luz. No podía comer; la comida duraba dos horas porque el
sirviente no me dejaba usar los cubiertos que tenía a la mano sino los especiales
para cada plato. Aquí como aceitunas con cuchara, porque me da la gana y nadie
me dice nada ni me creo deshonrado.
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* |
¡Mira,
no sabes la delicia que es vivir sin bronces! No te puedes imaginar como los
aborrezco. Me han amargado la vida y me han hecho tomarle odio. Cuando era
pobre, admiraba a Gladstone; me extasiaba ante la Venus de Milo; me
entusiasmaba contemplando las nueve Musas; tenía adoración por Apolo y me
pasaba las horas mirando el cuadro de la Virgen de la silla.
Ahora
no puedo pensar en tales personajes sin encolerizarme. ¡Cómo no! Casi me saqué
un ojo una noche que entré a oscuras a mi escritorio contra el busto de
Gladstone; otro día la Venus de Milo me hizo un moretón que todavía me duele;
me alegré de que tuviera el brazo roto. Después, por impedir que se cayera la
Mascota, me disloqué un dedo en la silla de Napoleón en Santa Elena, un bronce
pesadísimo, y casi me caí enredado en un tapiz del Japón.
Luego,
todos los días tenía disgustos con los sirvientes.
Cada
día había alguna escena entre ellos y los adornos de la casa.
-Señora
-decía la mucama-, Francisco le ha roto un dedo a Fidias.
-¿Cómo
ha hecho usted eso Francisco?
-Señora,
si ese Fidias es muy malo de sacudir.
Otra
vez dejaba Fidias de ser maltratado y aparecía el busto de Praxíteles sin
nariz. Francisco se la había echado abajo de un plumerazo; o bien le tocaba el
turno a Mercurio que se quedaba cojo de algún porrazo; ya sabes que Mercurio
tiene un pie en el aire.
Bismarck,
el rey Guillermo y Moltke en barro pintado, se han escapado hasta ahora casi
ilesos, gracias a que su pequeña estatura les permite esconderse tras del reloj
de la sala. Pero un gran elefante de porcelana cargado de una torre, pierde
cada ocho días la trompa que le vuelven a pegar con goma.
Otro
día, se le ocurre al mismo Francisco, limpiar con kerosene el cuadro del
Descendimiento.
En
fin, he pasado estos últimos años en cuidar jarrones, cortinas, cuadros,
relojes, candelabros, arañas, bronces y mármoles y en echar gallegos a la calle
con plumero y todo para que vayan a romperle las narices a su abuela.
|
* |
No
te puedes imaginar los tormentos que he sufrido con mis objetos de arte;
básteme decirte que muchas veces al volver a mi casa he deseado en el fondo de
mi alma, encontrarla quemada y hallar fundidos en un solo lingote a Cavour, a
la casta Susana, al Papa Pío nono, a madama Recamier y otros bronces notables
de mi terrible colección.
¿Y
las flores, las macetas, los ramos, los árboles enteros que mandan a casa y que
la señora coloca en mi estudio como si tal cosa? El patio es un bosque; creo
que hay en él toda la flora y fauna argentina: leones, tigres y millones de
sabandijas. Los cactus no me dejan ir a mi cuarto, me enredo en los helechos y
unos malditos arbustos que hay con puntas y que están ahora de moda, tienen
obstruida la puerta del comedor al cual no se puede entrar sin careta, a menos
de exponerse a perder un ojo. Ya estuve a punto de quedarme tuerto, a causa de
un alisum espinosum.
-Mire
Juan -le dije un día al portero-: al primero que venga aquí con árboles, con
bronces o con vasijas de loza, péguele un balazo. Ya no hay donde poner nada;
para pasar de una pieza a otra es necesario volar. Uno de mis amigos muy
aficionado a los adornos, ha tenido que alquilar una barraca para depositar sus
estatuas y sus cuadros. Yo tengo una estatua de la caridad que es el terror de
cuantos me visitan; no sé qué arte tiene para hacer que tropiecen con ella. En
casa de otro amigo se perdió hace poco una criatura que había ido con su mamá.
Cuando ésta quiso retirarse se buscó al niño en todas partes sin hallarlo; al
fin se oyó un llanto lastimero que parecía venir del techo y voces que decían
¡aquí estoy, aquí estoy! El pobre niño se había metido en un rincón del que no
podía salir porque le cerraban el paso un chifonier, dos biombos, una ánfora de
no sé donde, los doce Pares de Francia, ocho caballeros cruzados, un camello y
Demóstenes de tamaño natural en zinc bronceado.
¡Vaya
usted a limpiar una casa así! Lo primero que se me ocurre al entrar a un salón
moderno es pensar en un buen remate o en un terremoto que simplifique la vida.
|
* |
Tengo
intención de pasar aquí una temporada, y estaría del todo contento si no fuera
la espantosa expectativa de volver a mi bazar. Algunas noches sueño con mis
estatuas y creo que sabiendo ellas el odio que les tengo, me pagan con la misma
moneda y me atacan en mi cama. Hasta he pensado alguna vez en fingirme loco y
arrojar a la calle por la ventana los bustos de los hombres más célebres, los
cuadros, las macetas, las arañas y los espejos. En fin, tengo un consuelo: no
ocurre casamiento, cumpleaños o bautismo en casa de amigos, que no me
proporcione el placer de soltarle al beneficiado algún león de alabastro, un
oso de bronce o los gladiadores de hierro antiguo. ¡A incomodar a otra parte y
allá se las avenga el novio, el bautizado o el que festeja un aniversario!
Excuso
decirte, que cuando un sirviente torpe echa abajo un armario lleno de loza y
cristales, no quepo en mí de contento.
Escríbeme
pronto y no te olvides de comunicarme en el acto, si por acaso quiebra la casa
de Lacoste o la de algún otro bandolero de su estirpe.
Te
recomiendo además, que si puedes hacerme robar durante mi ausencia, algunos
pedestales con sus correspondientes bustos, varios cuadros y todos los muebles
de mi escritorio, no dejes de hacerlo.
Sobre
todo, por favor, hazme sustraer las palmeras que obstruyen los pasadizos y el
alisum espinosum que está en la puerta del comedor y al cual profeso la más
corrosiva ojeriza.
En
el último caso puedes recurrir al incendio; ¡te autorizo!
Tu
amigo-
|
Baldomero Tapioca. |
P.D.-Si
el día 1º de año me mandan tarjetas de felicitación, cartas o telegramas, toma
todo ello del escritorio, haz un paquete y mándalo a Francia, dirigido al
presidente Carnot, con una carta insultante, diciéndole que su nación tiene la
culpa de que, a más de todas las mortificaciones criollas que soportamos,
tengamos todavía que aguantar la moda francesa de las felicitaciones de año
nuevo.
|
Vale. |
1888.
Mar afuera
(el viajero se despide y se va)
Es incalculable la cantidad de tontos que hay en el
mundo a juzgar por los que yo he encontrado en el camino y entre cuyo número me
cuento; viajeros como yo por gusto y sin maldita la razón que los obligue a
viajar, en vez de estarse metidos en su cuarto, en su tierra, tranquilos y
descansados.
Cuando oiga usted decir que los viajes son tan buenos,
no crea una palabra a menos que usted sea dueño de algún hotel, de algún buque,
ferrocarril o almacén de maletas y necesarios con navajas de barba para los que
no se afeitan y cepillos empedernidos que no salen de su estuche a dos tirones.
Tanto vale decir que es bueno sufrir, incomodarse,
marearse, asolearse y exponerse uno a que lo estrujen, lo alcen, lo bajen, lo
acomoden, lo apuren y lo reglamenten.
Comience si quiere convencerse de la verdad de mi
juicio, por recordar que apenas anuncia usted en su pueblo su intención de
viajar, divide a sus relaciones en dos bandos: uno que aprueba el viaje y otro
que lo condena; llegando con tal motivo, a hacerlo tema de conversación, punto
del cual no sale usted sin dejar un buen pedazo de la piel.
Por fin los bandos se uniforman, y declaran
indispensable el viaje proyectado, respondiendo a esta idea: cuanto menos
bulto, más claridad; y desgraciado de usted si no se va pronto o si resuelve
quedarse, porque entonces verá pintada en el rostro aun de sus mejores amigos,
la desazón que les causa su demora o su cambio de idea.
-¿Cómo? ¿no se va? ¿y para qué dijo que se iba? ¡pues
hombre, vaya una ocurrencia!
Así, el que anuncia un viaje debe irse, pues sus
conciudadanos hechos ya a la idea de verlo marcharse, son capaces de armarse
para echarlo a palos si no se va de motu proprio.
*
Sucede en estos casos lo que con los enfermos graves
que duran mucho tiempo, si no se mueren causan un serio disgusto a los amigos,
a los relacionados y a una parte de la familia, pues era ya cosa recibida que
el enfermo se moría y todos se hallaban ya resignados a soportar tan
irreparable desgracia. Los empresarios de pompas fúnebres, los vendedores de
cajones de difunto, los dueños de caballerizas y los tenderos de "La
Cruz", especialidad en géneros de luto, se ven afectados en sus intereses
y tienen razón de irritarse contra el enfermo que no se ha muerto; y lo mismo
les sucede a los herederos, salvo error u omisión; pero lo que difícilmente se
comprende, si no se escudriña bien cuánto hay de insólito, de complicado y de
misterioso en la composición de los sentimientos humanos, es el furor de los
amigos, por el chasco que reciben, ellos, que ya se habían compuesto una cara
dolorida, para la circunstancia y habían mandado limpiar sus levitas cruzadas
de paño negro.
*
Las impresiones de despedida, al emprender un viaje
por mar, se han modificado mucho en los países en que es necesario ir a tomar
el gran buque a los quintos infiernos, gracias a las incomodidades que los
acompañantes y el acompañado experimentan en la travesía. La lucha entre el
corazón y el estómago se establece y el último vence. Mejor, así se diluye el
sentimiento y los viajeros ahogan sus lágrimas para agitar sus pañuelos
saludando a los parientes que vuelven a tierra.
¡Solo en el buque! ¡Fenómeno curioso! La sensación que
invade a cada viajero es la del abandono al entrar en su camarote, aun cuando
sepa que va a tener por amigos a las pocas horas, a los quinientos o mil
pasajeros que se hallan a bordo.
La casa flotante, desconocida, llena de olores
extraños, el movimiento de bagajes, la confusión de voces, los pedazos de
frases que uno oye a los que se despiden de prisa y encargan algo a sus
acompañantes, el afán de cada uno por acomodar sus maletas, la imposibilidad de
ocuparse metódicamente de cosa alguna, el ansia por que todo concluya y
comience a caminar el buque, la distracción con que uno contesta a los que le
hablan, la falta de coordinación de las ideas, cierto malestar intranquilo que
se sufre por no saber lo que uno ha olvidado, pero calculando que es mucho y lo
más importante; el espectáculo que ofrecen todos los que se embarcan, medio
atontados y egoístamente ocupados de sí mismos, sin miramiento para los otros y
sin la cortesía y buena educación de tierra; los gritos de las criaturas que
protestan contra la estrechez y los de las gallinas, patos y gansos izados en
proporciones colosales para ser comidos a bordo; la mezcla de visiones, ruidos
y olores... todo el conjunto en fin, de escenas nuevas produce esa sensación de
soledad, de abandono, de angustia y de temor que es necesario experimentar para
conocer.
*
Allá a lo lejos se ve los buques a vapor o de vela
pequeños que se llevan a tierra a los amigos, mientras uno va temeroso a
reconocer el ojo de buey de su
camarote que miró como una amenaza al acercarse al gigantesco navío, ojo de
buey que no sé por qué se llama así, siendo una simple ventana que da al río o
al mar, destinada a meter la luz y la fotografía del horizonte y de las olas a
la celda pequeña del pasajero mareado que en la travesía pierde desde el deseo
de la propia conservación, hasta el pudor y la dignidad, cuando el buque se
mueve mucho, cabeceando o rolando sobre la onda.
Llega la hora de comer (todos quieren comer haciéndose
los guapos) se sientan a la mesa guardando un afligente aplomo; la conversación
se anima entre los habituados, una que otra palabra sale también de los labios
de los novicios, pero poco a poco una seriedad náutica va extendiéndose sobre
los rostros, el bullicio se apaga, sólo continúa el ruido de los platos y cada
uno de los comensales comienza a ver entre nubes y celajes a sus compañeros; ve
subir y bajar al de enfrente, ponerse pálido al del lado, levantarse al de más
allá y salir tambaleando como un cadáver ambulante, en busca del aire de
cubierta, para librarse de lo que no se librará en todo el viaje, de su
estómago, de su cabeza, de esa enfermedad infinita que se llama mareo, género
morboso que absorbe, oprime, remueve y lacera como todas las dolencias juntas,
como todos los pesares, como la suprema fórmula de todas las ansiedades
humanas.
La conciencia de la personalidad se pierde, la vista
se oscurece, los ojos miran al infinito mil vaguedades sin forma y a cada
hundimiento, levantamiento o inclinación de la casa flotante, siente uno que el
universo se confunde, las estrellas bambolean, el firmamento se viene abajo y
cae como una mole para aniquilar las percepciones del viajero miserable que
haría de buena gana un contrato para que el diablo se llevara su alma, con tal
que el buque se fuera a fondo en el abismo.
*
Y luego vienen los consoladores de a bordo, los que no
se marean, con sus consejos irritantes, con sus ofertas de comida, con su
presencia satisfecha que parece una burla, con su pie marino, odioso para el
que no puede moverse, en tanto que sobre cubierta aumenta el tendal de enfermos
olvidados de sí mismos, maldiciendo la hora en que nacieron y esperando en vano
un momento de quietud, por misericordia, una cesación del vaivén eterno que el
barco ejecuta sin piedad, sin conmiseración, sin tregua ni reposo, como un
enemigo sarcástico y cruel que se complace en el tormento de sus víctimas.
Con qué placer renunciaría uno a su estómago, a su
cabeza, a su existencia misma, a su presente y a su porvenir, en aquel mar de
sufrimientos en que se ahogan hasta los recuerdos más queridos y las más
tiernas ilusiones.
Todo parece cambiado, cada cosa tiene gusto a otra
desagradable; las sensaciones están como forradas en algodón; uno tiene el alma
colchada, obtusa, negra, oscura; el pobre cuerpo está demás; los brazos
incomodan, las piernas deberían estar en otra parte, la nuca atormenta, no
tiene uno frente y la lengua es un trapo espeso, pastoso, impropio para la
articulación. Si alguien viniera y recogiéndolo a uno con una pala lo echara al
mar, haría una obra buena, que el mareado agradecería y encontraría natural.
El horizonte sube y baja, se ladea y simula buscar un
acomodo que no encuentra y el golpe de las olas, metódicamente desordenado,
sobre los flancos de la insoportable embarcación, marca los compases del
sufrimiento más intenso, minuto inacabable, que parece una agonía sin principio
ni fin, en medio de un baile de todas las cosas, atolondrado y tontamente
ejecutado, dentro de una atmósfera de embriaguez envenenada.
DONDE
EL VIAJERO CONTINUA EXPERIMENTANDO LAS DELICIAS DE LA TRAVESÍA Y LOS ENCANTOS
DE A BORDO
Los personajes del buque desfilan como los del teatro,
metamorfoseados: los que vinieron con sombrero alto y levita, tienen ahora
gorro y saco.
¡Jamás he visto mayor colección de gorros con orejas y
sin orejas: negros, blancos, grises, azules, con visera o sin ella! Las
mujeres, retiro la palabra, las señoras casadas y las niñas solteras, han
cambiado esos increíbles aparatos que se plantan en la cabeza, por casquetes y
otros adornos que les sientan generalmente mal, ¡contra su opinión! En un abrir
y cerrar de ojos todas las personas que uno ha conocido en tierra o ha visto y
tenido como sujetos cuerdos, aparecen con un traje que jamás usaron y que les
da el aspecto más extraño, un poco grotesco y ridículo.
Esta trivialidad de vestirse especialmente para estar
en un buque, no se explica ni se entiende, pero es una necesidad. No le creen a
uno que se ha embarcado, si no lleva la librea de a bordo y lo raro del caso es
que todos, viejos y jóvenes, mujeres y niños, creen que están adorables con su
nuevo traje.
Pero el primer día no tiene uno tiempo de fijarse en
estas menudencias; apenas si se da cuenta de cuántos conocidos hacen el viaje.
El camarote atrae; la cama a pesar de su estrechez y de sus almohadas
cilíndricas, ¡no sé por qué! y duras como almas de jueces, convida al reposo y
uno se acuesta en ella con el cuerpo molido, el alma molida y la cabeza en
torbellino, a rumiar sus recuerdos, a dejar pasar como visones las escenas de
los últimos momentos, las despedidas, los llantos, los apretones de manos mecánicos,
los sentimientos sinceros, el panorama de la dársena, el pasaje de los coches
que lo trajeron a ella, algún accidente insignificante que se ha grabado en la
memoria porque le ha dado la gana, tal como la capa de goma del cochero con un
ojal roto o un vendedor de lámparas que se encontró al paso, y sobre todo,
sobre todo, bien sobre todo, a masticar con una especie de tristeza apurada, la
incertidumbre del porvenir oscuro, vacilante, medio amenazador por lo
desconocido y presentando como hechos hostiles, todos los que van a ocurrir en
las ciudades y comarcas a las que uno se dirige y en las que las gentes
extrañas que será forzoso tratar, se perfilan con una silueta enemiga,
interesada, agresiva contra el extranjero sin defensa.
*
Una impresión de la mente humana innata en ella, nos
hace perder el aplomo entre extraños y calcularles sobre nosotros mayores
derechos que los nuestros sobre ellos. Así, la ignorancia de las costumbres nos
hace suponer que toda exigencia es legítima y toda resistencia de nuestra parte
un atentado; ese falso concepto es la base de la explotación universal del
indígena sobre el viajero, a menos que el último sea un cumplido caballero de
industria.
Todas estas ideas, cálculos, juicios, recuerdos e
indiferencias, bullen en la cabeza sobre el cilindro duro que está debajo,
martirizándole a uno la oreja, mientras el camarote, siguiendo las oscilaciones
del buque, cabecea o rola alrededor de un eje desconocido. La onda amarga,
nombre poético de esos seres fugitivos y desagradables que se llaman olas, ha
comenzado a golpear los flancos del barco, produciendo un ruido de flagelación
con trapo mojado, ruido isócrono que incita al sueño pero que no deja dormir.
Las visiones, los recuerdos y las inferencias
continúan pasando a compás de las olas bulliciosas; la monotonía del movimiento
y de los tonos líquidos sólo se altera por alguna voz que llega de los que aún
no se han acostado o algún estremecimiento causado por cadenas, que se
arrastran o por la salida de la hélice en una inmersión desatinada de la proa
que ha metido demasiado las narices en el océano.
Los pasos cadenciosos de los guardianes sobre
cubierta, traen la noticia de que alguien vigila sufriendo las ráfagas de
viento, en el silencio de la noche, mirando el horizonte oscuro o contemplando
las estrellas del firmamento que caminan pestañeando su luz al menudeo, con la
imperturbabilidad de los astros lejanos a quienes no les ha llegado aún la
noticia de que uno se ha embarcado y que está bien y debidamente estibado,
junto con sus recuerdos, en una célula flotante y sobre una cama con costillas.
*
La noche va haciendo su camino arrullada por las olas;
cada uno en su camarote pasa revista a sus impresiones, las cuenta, las
clasifica y elige, como tema de sus meditaciones náuticas, las más importantes
o las que más le muerden el corazón; regularmente las reminiscencias tiernas,
las amistades masculinas o femeninas que deja, las esperanzas, las desolaciones
y las dudas melancólicas que le aprietan las hojas del alma, como si fueran
papeles puestos sobre una mesa, para que no se vuelen, bajo la presión de un
objeto pesado.
Y haciendo coro a esta falange de imágenes, se hacen
sentir inquietantes las pulsaciones de la máquina, corazón del transatlántico,
que durante cientos de horas, canta constantemente su romanza monótona: pom,
pom; pom, pom; con sonidos de aire metálico, inspirando lástima, estremeciendo,
deleitando y afligiendo a los que a través del ruido cadencioso, ven el trabajo
titánico de los foguistas, metidos en el infierno, acarreando carbón,
arrojándolo con las palas en las bocas de las hogueras insaciables, hambrientas;
y todo para que cada émbolo entre y salga como un loco envuelto en aceite, en
el cuerpo de la bomba y haga disparar desatinado un juego completo de manubrios
que como músculos gigantescos y lucientes, dan vueltas vertiginosas, recibiendo
por dosis homeopáticas la extremaunción que una mecha embebida les suministra
al paso, para traducirse al exterior, en un aleteo formidable de las hélices.
*
No sé si se duerme o se está despierto en las noches
de a bordo; la vigilia parece un entresueño y el sueño una inconsciencia
durante la cual se percibe por fajas y a retazos los acontecimientos
cerebrales. Lo cierto es que a la hora en que uno se cree despierto, lo primero
que oye es el rumor de la sístole y diástole de la máquina; única noticia con
que uno cuenta por el momento para saber que no está en su casa. Luego el
viajero si es avisado, se incorpora y ve por la ventana el mar, igual
exactamente al que dejó la víspera en el mismo sitio, salvo una que otra
variación de color que depende del cielo, de la profundidad del agua o de lo
que Dios quiera.
*
Todas cuantas descripciones he oído o he leído del
mar, son mentira.
El mar no tiene color ni forma determinada; alterado,
tranquilo, tormentoso, con olas chicas o colosales, azul, plomizo, celeste,
pardusco, verde claro u oscuro, con o sin espuma, el mar según mi experiencia
es una grande extensión de agua caprichosa, caracterizada especialmente por la
ausencia de toda variación y de toda monotonía y por la falta absoluta de
pescados.
¡Qué barbaridad! van a decir los lectores, si los
tengo, pero yo los pondría en mi caso y les preguntaría su opinión, después de
veinte días de navegación en que ni por asomo, hubieran visto alma viviente en
tres mil leguas de agua, alma de pescado, se entiende.
Los que cuentan sus viajes, dicen:
"El buque es seguido constantemente por
innumerables tiburones", mentira; no he visto un solo tiburón, y si no
contara con más que mi viaje para conocer a esos caballeros, no sabría de ellos
una palabra.
"Se ve a los lejos las columnas de agua que
arroyan las ballenas y muchas veces acompañan ellas por leguas y leguas a las
embarcaciones" mentira; no hay tales ballenas; estos estimables cetáceos
se han hecho notables por su ausencia, durante nuestra travesía.
"Enjambres de toninas y mil variedades de pescado
acuden al costado del navío", mentira; no hay tales enjambres ni tales
toninas, ni más variedad de peces que los que uno se imagina, recordando los
libros de historia natural en que estudió.
Un pasajero dijo que había visto un tiburón, o una
ballena y todos lo tomaron por loco.
A mí me pareció ridículo estar en el mar, hacer una
travesía de veinte días, detenerme en los puertos, recorrer las bahías y no ver
un solo pescado, pero ni uno solo, apelo al testimonio de los pasajeros todos,
cuya nómina pueden ustedes ver en la agencia de mensajerías marítimas calle
Reconquista. Digo, pues, que me pareció ridículo vivir un mes casi en el mar
sin ver pescados y no queriendo tener que contar tan extraordinario e increíble
acontecimiento, allá a la altura del día número 19 de navegación, pedí una caja
de sardinas, llamé a todos los pasajeros, procedimos a abrirla con toda
solemnidad y fueron esas excelentes y populares conservas, los únicos pescados
que vimos en el océano Atlántico.
*
En cambio el mar inmenso, infinito, asombraba y
entristecía con su inacabable extensión; el mar siniestro durante la noche,
alegre y chispeante en las horas del día, luminoso y fresco a la madrugada,
amontonaba sus olas alrededor del buque, dejándose hender por la quilla en el
rumbo elegido hacia el horizonte que hilvanado al cielo y haciendo causa común
con él, no daba señas de concluirse jamás.
De tiempo en tiempo una onda mal humorada se quebraba
en la borda y salpicaba con su cabellera desmenuzada la base de los mástiles,
rociando la cara de los paseantes de cubierta, algunos de los cuales llegaron a
probarla, encontrándola salada, lo que no es raro. Pero sí lo es, que a la
Divina Providencia se le haya ocurrido disolver tanta sal en uno solo de los
elementos de la naturaleza y se le haya olvidado enteramente echar un poco
siquiera en ciertos comestibles, que bien lo han menester, tales como los
huevos, por ejemplo, a los cuales yo a ser Dios, les habría puesto una buena
cantidad, con gran solaz y contentamiento de los hombres afectos a comerlos
fritos, escalfados o pasados por agua.
Demás está el decir que con tal comportamiento habría
quizá podido dejar potables las aguas de algunos mares, vista la enorme cifra
de huevos que hoy consume la humanidad.
Algún defensor de estas irregularidades o
extravagancias de la naturaleza, podría tal vez objetar que la sal en los
huevos sería perjudicial a los futuros pollos, pero esa objeción se contesta
con esta observación admitida por todas las academias del mundo: que a los
pollos, para comerlos, también hay que echarles sal.
Nadie tomará a mal, supongo, esta pequeña disidencia
entre el autor de los mundos y yo, viviendo en un país demócrata que consagra
la libertad de conciencia, el voto popular y otras yerbas. Debo confesar, sin
embargo, y por vía de disculpa que a nadie se le puede juzgar por un detalle y
que si el Creador del Universo fue poco previsor al hacer la distribución del
cloruro de sodio y cometió otros errores, tales como no ponernos uno o dos ojos
en la nuca que tan útiles nos serían, y hacer llover en el mar, lo que es
realmente una tontera, en cambio ha hecho otras cosas que son muy agradables y
muy buenas; la religión, por ejemplo, ¡y las ostras frescas!
*
Bien visto, embarcarse es una temeridad, pero una vez
a bordo nadie piensa en el peligro que corre, quizá porque ese peligro es de
cada momento, de cada segundo. El buque puede hundirse por mil causas,
incendiarse, perder sus velas o su máquina. El comandante, jefe absoluto, puede
volverse loco, el piloto equivocarse y estrellarnos contra las rocas, la
tripulación rebelarse y emprenderla con los pasajeros. No sé como no se muere
uno de miedo, al calcular que si cae al mar es irremediablemente perdido, ya sea
porque se ahogue, pues de nada le serviría nadar aunque pudiera, una, dos o más
leguas, que no son distancias apreciables en la inmensa extensión, ya porque se
lo coman los voraces carnívoros que habitan, según dicen, el líquido elemento,
caso en el cual seguro está cualquiera de pasar un mal rato, visto que ni la
esperanza le quedaría de ser conservado como San Jonás en el vientre de una
ballena, pues por los tiempos que corren las ballenas calvinistas, luteranas, o
simplemente librepensadoras al parecer, no prestan el menor concurso a la
confección de milagros.
Ya me veía yo a brazo partido con un cetáceo colosal
por esas olas de Dios, cuando me imaginaba que caía en el mar.
*
Una noche sobre todo ¡qué espanto!
El viento había comenzado a soplar fuertemente desde
por la tarde. "Ha refrescado un poco" dijo el comandante. ¡Maldito
vocabulario de estos marinos! llaman refrescar un poco cuando el buque anda
dando tumbos, sacudido por las olas y los pasajeros cómo pelotas, de banda a
banda, renegando contra los fenicios que inventaron la navegación y contra el
sandio que aplicó el vapor a la tortura del mareo.
Durante las primeras horas de la noche continuó refrescando y a eso de las doce el
refrescamiento llegó a tal grado que no había a bordo cosa con cosa. Bien
acuñado por varias pilas de almohadas, tramitaba yo el escaso pedacito de sueño
que las circunstancias me permitían, cuando llegaron a mis oídos los clamores
de los pasajeros, los llantos de las criaturas y los juramentos de los
marineros.
El buque estaba domando un caballo salvaje; el mar
hecho una furia lo alzaba en la montaña de sus olas y lo hundía repentinamente
en el abismo. El cielo estaba negro como una casa mortuoria, el huracán silbaba
en las cuerdas, la armazón del casco crujía y se quejaba como un agonizante
martirizado.
Las aguas trepaban sobre cubierta y se estrellaban en
las ventanas circulares de los camarotes que con sus gruesos vidrios y sus
formidables cerrojos, apenas resistían al empuje desenfrenado. Un combate
violento se empeñó entre el barco y el mar; la punta de los mástiles parecía a
veces prepararse a ensartar las masas líquidas que los atropellaban; mil
trombas juntas semejaban haberse dado cita para destrozarlo todo; la hélice
giraba en el vacío fuera del lugar de su trabajo, modulando tonos ásperos y huecos;
los fuegos de las hornallas amenazaban apagarse; las olas convertidas en
arietes atronaban con sus golpes furibundos y trepando sobre la borda, parecían
asomarse a mirar por todos los resquicios cuanto pasaba en los compartimentos.
Los animales en sus jaulas lanzaban gritos afligentes
anunciando el fin de sus días. El terror estaba pintado en todos los
semblantes; el comandante y los oficiales permanecían mudos y sordos ante las
preguntas de los pasajeros.
*
La bodega estaba casi llena de agua, las bombas de
vapor y de mano hacían un trabajo estéril; la tormenta había venido de sorpresa
y no dio tiempo a cerrar las bocas de carga; el agua entraba por los
ventiladores de las máquinas; dos o tres hombres habían sido barridos a la mar.
Todo rugía, golpeaba, crujía, silbaba, tronaba en tanto que el barco bailaba
una danza espantosa en medio de la triste y repentina tragedia. Ni un átomo de
luz en el horizonte, ni un segundo de reposo en el mar que parecía recibir refuerzos
por momentos, al mismo tiempo que cada soplo nuevo del huracán anunciaba que el
grueso de la tormenta venía en marcha.
Ni una chispa luminosa en el firmamento, ni el
pretexto de una esperanza en el alma.
*
Contra la borda los marineros en medio de la borrasca
que los entorpecía y los cegaba, se afanaban en preparar los botes y aparatos
salvavidas; la oscuridad era intensa, las linternas a pesar de sus reflectores,
no alcanzaban a disiparla; sus rayos penetraban apenas algunos centímetros,
disolviéndose en seguida en la compacta espesura; la noche densa se los tragaba
sin dejar ni la penumbra. Todo se hundía, vacilaba, claudicaba en un ambiente
helado, negro y fantástico. Los preparativos, los ruidos, los sacudimientos,
los esfuerzos de la máquina y la lucha del pobre timón estropeado, los gemidos
de los cables y el aleteo de los jirones de velas; todo en fin aterrorizaba en
aquel lamentable escenario.
Las horas pasaban en mortal zozobra y todo continuaba
golpeando, tronando, silbando, rugiendo como mil fieras enjauladas y celosas.
Todo estaba roto, descompuesto, inobediente,
comenzando por el timón y concluyendo por la brújula.
*
A alguien se le ocurrió rezar, y a la luz de una
lámpara ahorcada como un ajusticiado y columpiándose en extensas oscilaciones,
se arrodillaron los pasajeros y encomendaron su alma a Dios.
Al levantarse, un terrible estallido, semejante a la
explosión de una granada colosal los dejó estáticos, un grito de espanto se oyó
en seguida, las mujeres comenzaron a llorar abrazadas de sus hijos, hermanos y
parientes.
La lámpara dio un último columpio y haciéndose pedazos
en su caída dejó de alumbrar el recinto; todo quedó en tinieblas.
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El comandante, un agradable caballero instruido, que
conoce los mares como la palma de sus manos, porque ha viajado en todo el
mundo, hombre sereno y contenido, bajó al recinto donde estaban reunidos los
pasajeros. Su aparición nos alarmó aún más; se le notaba conmovido y a pesar de
sus esfuerzos la inquietud estaba pintada en su rostro. Con voz un tanto
temblorosa nos dijo: "Es necesario que cada uno tome en su camarote los
objetos de más valor o que quiera conservar y los asegure contra su cuerpo,
bien atados; vamos a embarcarnos en los botes, porque el Orenoque está en
peligro"... Nadie puede imaginarse el efecto de semejante noticia. Los
pasajeros obedecieron la indicación silenciosamente, el recinto quedó desierto;
afuera el rumor de la tempestad continuaba, uniéndosele el ruido de los
preparativos para echar los botes al agua. Pronto todo estuvo listo, fuimos
llamados a la cubierta para pasar a los botes como pudiéramos. Las pequeñas
embarcaciones subían y bajaban al costado del buque golpeando sus flancos y
tironeando las amarras; era imposible trasbordarse sin riesgo de la vida. Los
marineros comenzaron a tirar a los botes los pasajeros como si fueran objetos;
primero las mujeres, después los niños, que eran barajados por sus madres.
*
En los momentos de grande peligro una especie de
inconsciencia estoica se apodera de uno, de lo que resulta un semi aplomo
salvador con que nos dota la divina Providencia, que para algo ha de servir.
Cada padre, madre, marido, hermano o pariente veía pasar volando a su hijo, su
mujer, su hermana o su amigo, del buque al bote, arrojado por un marino y
recibido por otro, sin aparente conmoción. Los ojos estaban secos, el pecho
oprimido, los semblantes pálidos, la sangre parecía haberse retirado de los capilares
para buscar refugio en el interior de las entrañas. Una orquesta de rumores
sordos, de golpes y de estremecimientos acompañaba las angustias extremas en el
confín de la vida. La tragedia era interesante, cada uno habíase convertido en
el espectador de su propio desastre y del de sus compañeros. La imaginación que
siempre está fotografiando, aun en la cabeza del que sube al cadalso, recogía
las escenas fantásticas de ese embarque temerario, en el que se veía a los que
ya estaban en los botes, tan pronto a la altura de los mástiles como al nivel
de la quilla del navío.
*
Cuando me tocó mi turno quise pasar aprovechando un
momento en que el bote se ponía cerca de la borda; no acerté a hacerlo, mi pie
encontró el vacío y luego sentí una presión espantosa en la rodilla que había
sido tomada entre las dos embarcaciones.... después, como entre sueños, sentí
el ruido de un cuerpo que caía en el agua, mis ojos no vieron más que sombras,
me helaba, me moría.... me ahogaba. Probablemente me desmayé... ¡Un terrible
campanilleo resonó en mis oídos! ¡El timbre me pareció conocido!.... ¡Llamaba a
tomar el té un mozo del comedor, campanero más diestro que Cuasimodo!
¡Cómo! me dije ¿también dan té en el otro mundo? pues
no podía comprender que las escenas tan vivas de la tormenta no fueran reales.
*
La máquina seguía con su monótono compás, cantando por
lo bajo su ópera eterna y anunciando que no había cesado de andar en toda la
noche. Una brisa ligera entraba por la ventana, el mar continuaba cosido al
horizonte; ningún buque estaba a la vista y un mundo de almohadas comenzó a
llover de mi camarote.
Al fin y al cabo había visto una tempestad siquiera en
sueños, para que la uniformidad del viaje con menos accidentes que haya habido
fuera destruida.
1889.
Chaica y Cikaia
Del
cómo y del porqué escribí yo en mi tesis sobre el Hipo cierto párrafo acerca de
las rubias, y la conexión de este asunto con las carreras de Moscow.
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El
caballo de nuestro conocido se llamaba Chaica, que quiere decir cigüeña u otro
pájaro canilludo de esos de laguna, con pico largo y aire melancólico. Item
más, Chaica no era caballo, sino yegua, una yegua de cabeza chica y descarnada,
patas y manos finas como las de una dama distinguida, ojos vivos, delgada de
cuerpo, esbelta y aire entre resuelto y modesto. Chaica era un animal
simpático; así nos pareció a lo menos al verla aparecer en la pista yendo y
viniendo, en esos preparativos interminables de las carreras, muy explicables
para los entendidos e interesados, pero muy aburridos para el público.
La
pobre Chaica tenía que saltar más de veinte obstáculos en tres vueltas del
circo; era un exceso. Cada día los aficionados a las carreras se hacen más
salvajes. En Bélgica hacía pocos días que dos oficiales de los más distinguidos
se habían roto el pescuezo, quedando muertos en el hipódromo; sus cuerpos
fueron levantados y las carreras continuaron ante los diez mil espectadores,
como si nada hubiera sucedido.
Felizmente
para la moral y la cultura, el gobierno belga ha prohibido las carreras
ultrapeligrosas. Entre tanto, en otras partes se intenta, dicen, hacerlas
todavía peores, llegando en el camino de las locuras, hasta pensar en esparcir
hojas de col en la pista tras de cada obstáculo para que los caballos resbalen
y manden al diablo a sus jinetes, yendo ellos mismos a parar al otro mundo, con
permiso del padre Astete, quien no admite la inmortalidad para los brutos.
Sin
embargo, en este caso, difícil le sería al Padre Eterno saber cuáles eran los
brutos, si los caballos, forzados a descuartizarse, o los hombres, inventores
de tales atrocidades.
La
carrera de Moscow no era muy peligrosa; los obstáculos, si bien numerosos, no
ofrecían nada de extraordinario, sin ser por eso un juguete.
De
quince competidores apuntados, sólo cinco se presentaron; animales de raza
también, y dignos de luchar con Chaica. La carrera comenzó bien para la yegua
de nuestro amigo; pero a la mitad un caballo negro pasó adelante. Antes de
concluirse, cayó uno de los jinetes, sin saberse porqué, en el espacio entre
dos obstáculos. Chaica entró segunda después de haber saltado sin dificultad
las barreras.
Grandes
aplausos en el palco. El caballo vencedor, según la costumbre rusa, debe ser
paseado por su dueño a lo largo de la línea de espectadores. Así se hizo en
todas las carreras.
Los
dueños, con un aire modesto, sombrero en mano para contestar los saludos y
llevando a su caballo de la brida, caminaron de ida y vuelta por delante de la
tribuna.
No
fue muy bullicioso el entusiasmo, pero sí muy verdadero; las niñas y señoras no
economizaron sus aplausos.
*
Una
joven que con otras ocupaba un palco, junto al nuestro, mostraba tener sumo
interés, por los caballos creo, no por los jinetes; aplaudía a veces
vigorosamente o dejaba caer los brazos con desgano, según los accidentes de la
carrera. Yo me entretuve en mirarla y veía las escenas del hipódromo a través
de las impresiones de la niña, embellecidas como las imágenes de un espejo.
De
pronto me asaltó un recuerdo: "Yo he visto antes esa cara -pensé-; ¿pero
dónde? Ya caigo; en mi tierra, en mi barrio. Es Filomena, la de mi
tesis..." Y en un instante, con aquella rapidez del pensamiento que
concentra diez años de vida en un segundo, sin dejar un detalle, vi una época
entera del pasado, que contada parecería una eterna digresión en este sitio,
pero que en mi mente sólo fue un relámpago...
"Eva
brota en la tierra con el cielo por techo y la yerba por alfombra. Su larga
cabellera, rubia como el oro, cae en ondas sobre sus hombros mórbidos y jugando
con el viento, descubre, de tiempo en tiempo, lampos de carne blanca como la
nieve y ardiente como el sol.
"Sus
besos son sabrosos y sus miradas, de ternura y de pecado; los efluvios de su
pasión recién despierta inducen y contagian las ondulaciones de su deleite
interno, reflejando sobre su propio seno los estremecimientos de un desmayo.
"Ella
es la cuna del linaje humano que se renueva regada por su sangre, y en sus ojos
serenos y en sus labios amantes, tiene luz y calor para proteger, en este mundo
frío, el cuerpo endeble del recién nacido."
¿Eran
éstos los párrafos de mi tesis? No podía ser. ¡Cómo me habría yo aventurado a
presentar tales atrevimientos ante académicos provectos, castos y religiosos!
Mi
memoria no me era fiel, sin duda. Yo solía recitar mis párrafos inoportunos con
cierto amor propio de literato novicio y desvergonzado; y ahora los desconozco.
Quizá el sentido era el mismo en el original... pero ¿la forma?... He ahí los
inconvenientes de andar uno sin su tesis (preconizo esta observación filosófica
ante los viajeros).
|
* |
Eva...
Yo la puse Eva a causa de la Facultad, pero era Filomena... vivía en la calle
de... un general cualquiera sud-americano, héroe por lo tanto... cerca del
hospital.
Señas
particulares: edad, diecisiete años; manos muy grandes, como las de todas las
mujeres lindas que yo he conocido; pelo rubio; ojos azules muy oscuros; cejas y
pestañas pobladas y de un castaño intenso, casi negro (contraste adorable);
boca y todo lo demás como para satisfacer cualquier ambición. Sólo el nombre me
incomodaba un poco; Filomena... ¡Un error irremediable en su bautismo!
Yo
tenía por ella una de esas pasiones irracionales de los veinte años,
caracterizada por las equivocaciones siguientes:
Ella
era una mujer excepcional.
Me
adoraba.
Había
fidelidad en este mundo.
Mi
amor para ella no tenía límites.
El
mismo duraría eternamente.
Si
ella faltara se acabaría el universo.
La
vida sin ella era incomprensible.
Yo
no debía dormir ni comer a causa de ella.
Era
justo que yo trotara leguas con ella.
Soñaba
con ella, deliraba con ella.
Ella
estaba para mí en todas partes, hasta en el anfiteatro.
Si
asomaba la cabeza al broquel del pozo de mi casa, la descubría en el fondo; y
si miraba al cielo, Canope, Saturno, Júpiter, Cirio, Aldebarán, la Cintura de
Orión, Xy-Tucana, Alfa-Centauro y hasta las Osas mayor y menor, me parecían
Filomena.
Le
dedicaba todos mis pensamientos, y en mi manual de terapéutica puse su nombre
entre los modificadores más eficaces del sistema nervioso.
¡Si
éstos no son los síntomas seguros de la enfermedad conocida con el nombre de amor verdadero , venga Dios y lo diga!
Con
tales antecedentes, ¿cómo iba yo a dejar de consignarla en mi tesis?
Era
difícil, sin embargo, hacerlo, tratándose del Hipo, accidente respiratorio, y
de Filomena, cuya tocaya, la santa de su día, no murió de semejante afección,
sino de síncope, en un concierto de aficionados, según lo llegué a saber en el
curso de mis investigaciones para hacerla figurar entre mis casos prácticos.
Por
suerte, Eva fue mujer y lo probó suficientemente; y aun cuando según mis
cálculos, por el hecho de vivir a la intemperie, nuestra fecunda madre debió
ser una india bastante morena, de cabello negro, duro y ordinario, como yo la
necesitaba exquisita y delicada, la hice blanca, rubia, débil, sensible, sujeta
a las enfermedades propias de su temperamento y una vez en este camino, poco me
costó encontrar antecedentes para suponerla histérica (recuérdese el asunto de
la manzana) el histerismo como se sabe... etc., etc., de ahí el hipo,
naturalmente... y la rubia de mi barrio entró triunfante en mi tesis con todo
lo que yo quise inventarle.
|
* |
Más
tarde, ¡pobre Filomena! renunciando a los idealismos de un amor universitario,
platónico e intranscendente, se casó con un estanciero del sud, buen hombre,
casi analfabeto, excelente por lo tanto, para marido, y ahora tiene once hijos,
uno de los cuales debe llamarse Eduardito, si la pérfida conserva en su corazón
un átomo de nobleza y de gratitud para el estudiante que le consagró su afecto
sincero y el párrafo más arriesgado de su último examen.
Su
notable semejanza con la joven rusa, vecina del palco, me hizo evocar su imagen
y su pequeño romance. Era ella misma transmigrada; había olvidado su idioma y
sus amigos, los años no habían pasado y nada más. Ya no me conocía, y yo, al
verla trasplantada y desposeída de su propio ser, sentí una comprensión
mortificante.
¡Qué
encantos tiene una mujer que se parece a otra!
|
* |
Pero
dejando a un lado locuras y fantasías, dígolo ingenuamente, no esperaba
encontrar en el centro de Rusia una criatura tan linda y tan graciosa. Para que
nada le faltara, sus hermanas eran feas; hermanas digo, refiriéndome a sus
compañeras de palco, por estas razones: por ser parecidas a ella como una
criatura a un retrato, por tener las orejas iguales (entre los hombres como
entre los perros el parentesco se hace patente en las orejas), porque el timbre
de su voz era semejante y en fin, por la similitud de los trajes; las tres
estaban vestidas de verde, pero el verde de la bonita era un verde... ¿cómo
diré?... era el verde de ella; los colores cambian de color según la belleza de
la mujer que los lleva.
Tenía
un vestido alto; no muy alto, sin embargo, pues dejaba ver bien el cuello y
unos cuantos centímetros cuadrados del pecho; un pecho blanco, lleno, duro, sin
poros, satinado, como papel de tarjeta.
La
angosta cinta de terciopelo que limitaba el corte del vestido en las peligrosas
vecindades de su cuello, parecía tener miedo de tocarle la carne y a cada
respiración se levantaba en pequeñas ondas, dejando adivinar una cavidad llena
de perfumes; sí, llena de perfumes, porque después, cuando la cinta bajaba, al
acercarse el género al busto de la joven, un efluvio humano, femenino, de
vitalidad abrigada, se escapaba del espacio entre el seno y la ropa, viniendo a
marear a los vecinos del palco.
Nosotros
entre tanto no habíamos ido al hipódromo a mirar a la preciosa criolla, sino a
ver las carreras. Ella parecía saber que gustaba y una vez advertida del hecho,
por aquella facultad que tienen las mujeres de adivinar cuando son miradas, su
amor propio halagado la puso todavía más linda. Un hoyito, no visible en un
lado de su boca mientras estaba seria, se mostró muy acentuado desde que
comenzó a sonreírse y como por encanto, unos dientes chiquitos, brotando unidos
de las duras encías, iguales, chiquitos, blancos, cubiertos de un brillo acuoso
como si hubieran sido bañados en leche, afilados y nuevos, prontos a morder
todas las frutas sabrosas de la tierra, se entregaron a la tarea de exhibirse
al menor pretexto.
¡Qué
capricho! ¡Si yo fuera uno de esos dientes, preferiría quedarme escondido
dentro de su boca, rogándole que se mantuviera bien cerrada, para no perturbar
a los mortales!
Sus
labios no eran precisamente unos labios clásicos; eran semialdeanos, pero
refinados; algo gruesos, totalmente forrados en una hoja de rosa tenue, con
humedad de rocío; bien cortados, eso sí, en curvas voluptuosas de sensualidad
distinguida. No se comprende cómo puede haber tanta seducción en una línea
curva, porque al fin y al cabo la curva que marca el corte de la boca de un
maestro de escuela y la de una boca femenina de cualquier mujer hermosa son, en
cuanto a curvas, esencialmente iguales: ¿por qué no preferir la del maestro de
escuela?
|
* |
No
quiero entrar a describir minuciosamente las facciones de la famosa rubia
moscovita, porque cada uno de ustedes ha de creer que describo las de su novia,
de su amada o de su mujer, y aquí toco los límites de lo inverosímil; pero les
ruego se sirvan tratar de representarse una fisonomía de joven basándose sobre
los siguientes datos si quieren tener una buena visión:
Ojos
azules enormes, tardan un día en abrirse para mostrar en el invernáculo de su
pupila oscura, un almácigo de ternuras; gallardamente extendidos dos arcos
poblados, largos y finos como límite superior de una frente no muy alta,
limpia, cubierta con piel suave, blanca, semisonrosada; una frente melancólica
(no sé cómo puede haber frentes melancólicas, pero las hay); una boca, no dos,
alegre, risueña, un tanto burlona y a partir de la frente, un trigal de
cabellos de inconmensurable abundancia, donde podría perderse una manada de
elefantes.
Además
la muchacha se llamaba Cikaia... Para tener la audacia de llamarse Cikaia se
necesita ser realmente linda y Cikaia, lo juro por esta cruz, lo era tan de
veras, que su existencia en este mundo constituye un anacronismo, pues a tener
buen gusto el Padre Eterno, la habría llevado al cielo en calidad de ama de
llaves.
Un
tonto, que a mí me pareció muy desagradable, un primo cualquiera, entró al
palco de la joven y tuvo la osadía de tomarle la mano y besársela allí, delante
de todos, a nuestras barbas, so pretexto de ser ésa una costumbre rusa. Además,
el maldito no dejaba de llamarla Cikaia arriba y Cikaia abajo, como si ese
nombre hubiera sido hecho para él solo.
Y la
muy descocada de Cikaia, bañándolo con su mirada azul y sonriéndole con la
mitad izquierda de su boca (un rinconcito delicioso formado por los extremos
irritantes de sus labios), emitía a cada momento unas palabras silbadas que
debían tener muchas eses o querrían decir probablemente sí , a todo cuanto el bandido proponía.
Concluidas
las carreras, la misma Cikaia cometió todavía la torpeza de tomar el brazo del
joven, apoyarse en él fuertemente, inclinar la cabeza sobre su hombro y ponerse
a hablarle al oído, siempre con un montón de eses, ¡y poniendo una cara de
querubín que Dios confunda!
Mis
compañeros de palco quedaron literalmente tantalizados
; recomiendo el nuevo verbo a esos dos caballeros que están peleándose en
Buenos Aires por saber si los sud-americanos tienen derecho de inventar
palabras para enriquecer la lengua castellana.
|
* |
Con la desastrosa retirada de Cikaia, no se habló más de Chaica, de
oficiales rusos, de saltos, ni de carreras. Los cerebros habían quedado
poblados de Cikaias rubias y ajenas (llamo la atención sobre esta última
cualidad).
1889.
Sueños y visiones
Para
ir de Moscow a San Petersburgo, es mejor tomar el tren de noche porque así se
tiene dos ventajas: no ver los letreros ininteligibles de las estaciones y
soñar durante el viaje.
¡Qué
deleite dormir a razón de sesenta kilómetros por hora, interrumpiendo el sueño
metódicamente, despachándolo por entregas, distribuidas en las estaciones de la
vía, con derecho de suspender la edición; despertándose en cada parada, como
los molineros cuando cesa de andar el molino, o como los poseedores de relojes
mete-bulla, norteamericanos, cuando el péndulo deja de entonar apuradamente su
tictac.
Dormir
soñando, adormecido a medias por el soplo ruidoso de la máquina y el fragor de
los rieles, sorprendidos en su quietud por el brusco atropello de los vagones,
dormir vareando las distancias como si uno las recorriera en un desmayo atado
al lomo de un caballo furioso; pasar la noche en ese estado de percepción
oscura, no sabiendo quién es uno mismo y viendo desfilar los amigos de la
patria lejana y los objetos confusos de los países recorridos, juntando tiempos
separados y ajustando hechos sin posible ensambladura.
Las
caras de las gentes aparecen y se borran, risueñas, adustas, enojadas,
indiferentes, sin saberse porqué. Unos dan vuelta la espalda y se van sin
motivo, otros hablan, entran, salen, llevan y traen muebles, papeles, bastones,
paraguas y el tren se detiene otra vez, la falange desaparece, se oye pasos y
voces en el andén de algún pasajero que sube o baja; uno se da vuelta en su
cama girando sobre su propio eje para no caerse, recoge la frazada roja,
transparente e inútil para el abrigo y cuando vuelve el tren a estremecerse,
antes de soltarse como un loco a través de esos campos de Dios, revolcándose en
las cintas de hierro interminables, uno se acomoda para emitir otra serie de
sueño hipotecario.
Y
vuelven los personajes a pasar con la misma cara de antes, haciendo las mismas
cosas sin motivo, sin razón y sin propósito, como fantasmas que son.
*
Si
no fuera por los sueños mientras duerme y por las fantasías del cerebro
mientras cree estar despierto ¡qué pronto se olvidaría uno de todos! La noticia
de las personas queridas no basta para mantenerlas vivas en nuestra mente; es
necesario evocarlas, verlas o soñarlas.
La
prueba fisiológica resulta de la observación siguiente: hace diez años que
usted no ha visto a un amigo suyo con quien mantiene correspondencia; las
cartas lo instruyen a usted del estado de los negocios, de los asuntos de
familia, de los chismes acreditados y de mil otros hechos importantes; le dejan
ver también la decadencia de las afecciones en la disminución del texto y la
conformidad con su ausencia, en la elección de las expresiones, ya más frías y
reglamentarias. Todo esto es noticia, noticia pura, incapaz de darle la
sensación del amigo y en prueba de ello, cuando usted piensa en él, no lo ve a
través de los datos trasmitidos en diez años, sino exactamente como lo dejó, de
la misma edad, con el mismo vestido y la misma fisonomía.
Por
eso no son buenas las ausencias largas; uno conserva en la mente la última
visión y mientras tanto los años han trabajado y el amigo que usted dejó joven,
amable y feliz, es ahora otro hombre, casi un extraño. El primer encuentro de
dos personas que no se han visto en mucho tiempo, es siempre agresivo; las dos
se encuentran chocantes y desagradables.
Donde
se puede ver este fenómeno con vidrio de aumento es en un corral de gallos,
pollos y gallinas. Si imitando a los muchachos, uno les pinta la cabeza con
carbón a dos pollos hermanos, antes muy amigos, y los pone en frente así
pintados, los dos se acometen y el combate se empeña sembrando plumas inocentes
en la arena.
Una
vez me detuve en la calle con un médico, joven todavía y no mal parecido, pero
tenía la fisonomía descompuesta y aire huraño.
-¿Qué
hay? -le pregunté.
-Ves
aquella mujer? -me dijo.
-Sí
la veo, pero, no es una mujer; es una vieja gorda -repuse.
-Pues
oye... ¡fue mi novia hace ocho años, y estoy espantado y temblando de miedo
retrospectivo, al pensar que si me hubiera casado, eso sería ahora mi mujer...
y te juro: era bonita y yo la quería mucho; estuve loco por ella... ¡mira si me
caso!
Ahí
concluyó la conversación.
*
Pasó
el recuerdo traído por no sé quién a mi cerebro en media Rusia, a las dos de la
mañana, rodando en el vagón, abrigado por el calorífero en sustitución de
cobijas; los pollos con la cabeza pintada y la novia del médico se fueron al
horizonte lejano y otras visiones aparecieron, en tanto que el tren corría
blasfemando rumores en el camino desierto.
Un
caballo bayo, de sobrepaso, flaco y apesadumbrado, en el cual vine de Humahuaca
a Tucumán, cuando me mandó mi padre al colegio del Uruguay, hizo de repente
emergencia en mi fantasía. Me vi a mí mismo en una posta abrazando el pescuezo
del pobre animal y en mi inexperiencia de la vida, llorando de pena al verlo
cansado; la distancia era larga, los caminos malos y para colmo de desventura,
las mulas de los otros eran vigorosas y estoicas. En cambio yo no castigaba a
mi caballo nunca, limitándome a hacerle amonestaciones y razonando con él
acerca de la necesidad de seguir a par de las mulas, por amor propio, ¡aunque
más no fuera!
*
Otra
parada, otro despertar, otra vez los estremecimientos del tren para marcar el
compás de sus rumores, y otra somnolencia para tomar el hilo de las caprichosas
fantasías.
Ahora
no es el caballo sino la aparición de una criatura, jugando a las muñecas; es
una hermanita que tuve allá en el amanecer de mi vida y que murió de fiebre
tifoidea. Era muy blanca y muy viva, no bonita, pero sí graciosa; no la vi
muerta; me acuerdo sólo haber entrado el día antes de la catástrofe en una sala
grande sin muebles, haberme acercado a su cama y oyendo un estertor, haber
pensado "está durmiendo". Le toqué la frente, con mi mano fría hasta
el puño, porque las mangas de mi único saquito eran cortas, todavía las veo; la
frente quemaba. No sé qué malestar indefinible experimenté; pero me distraje
mirando una virgen cataléptica de yeso que había en la rinconera. Después me
fui a jugar melancólicamente y como quien desempeña una tarea. El único grande,
inmenso, imborrable pesar que he tenido en mi vida, el solo realmente verdadero
e inolvidable; el único para el cual no encuentro ni encontraré jamás consuelo,
es no haber hecho cuanto se le antojaba a mi hermanita y no haberle dado todos
mis juguetes, sin dejar uno, y toda la fruta y todo el pan que me daban a mí. Y
si alguna vez aspiro a creer en la otra vida, es por ver a mi hermanita y
pedirle perdón de haberla contrariado en ésta.
La
sección de mis sentimientos relativos a esta criatura, es realmente de una
delicadeza morbosa; no puedo conformarme con su muerte, a pesar del tiempo
transcurrido, más de treinta años, y no le perdonaré nunca a la Divina
Providencia tan inútil crueldad, con la cual me dio, desde entonces, una triste
idea de su justicia.
Todas
las demás torpezas del destino me importan poco, no me hacen peso; tengo
hombros para levantarlas y un idealismo fatalista y descreído para ponerlas a
un lado... pero la muerte de mi hermanita no; eso jamás.
*
Ya
debemos estar cerca de San Petersburgo.
El
día, un día blanco y ruso comienza a filtrar por los vidrios, colándose por los
intersticios del tejido de las cortinas. Una atmósfera de madrugada, alba y
húmeda, ilumina con su luz fría el cielo metálico de plata deslustrada, sin
nubes ni espacios azules.
La
yerba amarilla de los campos no quiere levantarse tan temprano, los árboles
parecen caballeros de capa y espada, que han pasado la noche al pie de la
ventana de su amada, cantándole serenatas, arrebozados en sus hojas ateridas.
Algunos
semejan pájaros de laguna con la cabeza metida debajo del ala y el cuerpo
oscilando sobre sus canillas infinitas, mecido por las ráfagas del viento. No
se ve todavía ningún mujic (paisano
ruso) pero los mujic no tardarán en salir con unos sobretodos que les llegan
hasta los talones y unas botas que les suben hasta las orejas, a cuidar sus
reducidas tropas de caballos, vacas y ovejas familiares.
Ya
van tomando aspecto urbano hasta los postes del telégrafo; ya se presentan más
llenos de hilos y de letreros.
"Petersburgo",
anuncia por fin el guarda-tren y nosotros experimentamos esa sensación penosa
propia de toda cosa que concluye, aunque sea una mortificación.
En
cambio comenzamos a experimentar la delicia de un fresco razonable, que no
autoriza por cierto esos vestidos de pieles usados por los rusos, sin motivo, a
lo menos en el mes de Setiembre, época en que nosotros andábamos en cuerpo,
quizás gastando el calor absorbido en los veranos; y gozamos con el contacto de
un aire blanco, tenue, puro, que parece frotado hasta el bruñido por alguna
mano celestial de una doncella rubia enorme, acostumbrada a servir a los
dioses; un aire cristalino, si se me permite la expresión, recién nacido en el
seno de una alba joven, bien provista de senos abundantes en fluido etéreo;
aire que da gana de beberlo, que refresca la boca al aspirarlo y va con su
oxígeno comprimido, a regenerar los glóbulos de la sangre, que oprime con su
tensión suave los tejidos y baña el cuerpo con sus frescuras matinales
recogidas en los remotos horizontes; un aire alegre que convida a vivir y cuyo
contacto deja la sensación de la limpieza, llevándose los efluvios de los
cuerpos y esparciendo la vida sobre los rostros, ¡como si con sus alas livianas
extendiera en ellos los colores perfumados de la juventud!
Si
el aire de San Petersburgo no queda contento, ¡que busque otro apologista!
1889.
Costantinopla
La
ciudad en la parte de Pera es una mezcla extraña de civilización y barbarie.
Léase si no la lista de lo que se ofrece a la vista de cualquier espectador:
Tiendas
lujosas y casas de moderna arquitectura;
Cuevas
sucias en que guisa o fríe pescado un turco o no turco, sentado sobre sus
piernas;
Carruajes
ricos tirados por cuatro caballos;
Sillas
de mano, llevadas por sirvientes estrafalarios y ocupadas por mujeres cubiertas
hasta los ojos;
Trechos
con veredas anchas y bien construidas;
Largas
distancias, sin el menor rudimento de vereda;
Adoquinado
parejo y nuevo;
Escalones
en las calles, hechos con piedras esféricas y mal colocadas;
Individuos
andrajosos;
Mujeres
vestidas de seda, arrastrando sus túnicas por el barro;
Toda
la población obliterando las calles;
Millares
de perros, metiéndose entre las piernas de los transeúntes o acostados en las
puertas;
Grandes
y dorados letreros en las paredes y en las vidrieras;
Ausencia
total de numeración en las casas o aparición de una cifra caprichosa en
cualquier parte;
Oscuridad
completa en una sección de calle;
Iluminación
refulgente, con velas y faroles en otra;
Ningún
agente de policía o municipal, en la vía pública;
Confusión
de vehículos, hombres y animales en parajes estrechos;
Regular
espacio entre vereda y vereda, en una parte de la calle;
Casi
conjunción de las casas situadas frente a frente a los pocos pasos de la
extrema anchura, en la misma calle;
Un
edificio que se va hasta las nubes;
Una
serie de viviendas mal remendadas con puertas de un metro de alto;
Vendedores
de todo y compradores de todo, gente apurada, gente inmóvil; la indolencia al
lado de la mayor actividad; rusos, turcos, chinos, ingleses, paraguayos,
negros; todas las razas juntas con los vestidos de todas las partes del mundo;
gritos, aullidos, golpes, sonajas, relinchos, bueyes, caballos, loros, cabras,
gallinas y pavos, criaturas, perros, por todas partes perros; guitarreros y
otros músicos ambulantes; arreadores de burros y otra vez perros; perros
lanudos, grandes, chicos, sin cola, con cola, corta o larga, galgos, podencos,
pelados, de agua, falderos, cabreros, sanos o enfermos; perros cojos, heridos,
flacos, gordos, sin orejas, con orejas paradas o caídas; y cada persona, objeto
o animal atropellando al vecino para pasar e ir no sé a dónde.
*
¡Qué
efecto curioso en el ánimo del recién llegado! no sabe dónde fijar su atención,
ni tiene tiempo de observar nada en su tránsito, pues juzga imprudente pararse
donde todo camina ¡sin espacio para moverse!
Una
idea se suscita al ver ese enjambre en ebullición. La muchedumbre que llena
literalmente toda la luz de la calle, hace el efecto de una población recién
desembarcada en busca de alojamiento.
Aquí
no parece haber miseria, sino abandono y descuido; hay una laboriosidad
indolente que se escapa a todo análisis. Al considerar la cantidad de comida
expuesta a la vista y preparada para ser consumida en el día, en todos los
barrios, aun en los más ruines y computar al mismo tiempo la población
aparente, la sospecha de que alguien carezca de alimento se hace imposible.
Y
esta idea responde a una realidad seguramente; a no ser así, no se tendría este
hecho tan notorio.
¡Trescientos
cincuenta mil perros!, población canina de Constantinopla según cálculo
oficial, se mantienen con los residuos orgánicos de la ciudad; 350.000 perros
sin dueño, que nadie cuida, encuentran su alimento en la vía pública y parajes
vacíos del municipio. Ninguno de estos perros es mantenido en casa ni instituto
particular.
Los
perros de Constantinopla y demás ciudades orientales, son perros independientes
y callejeros. No tienen amo ni casa; no obedecen a nadie ni están sujetos a
régimen alguno. Son habitantes urbanos, usufructuarios de las calles, plazas y
otros sitios abiertos del municipio.
Alguien
creerá que hablo de broma; quien tal piense converse con cualquier viajero y
saldrá de su error.
Es
prohibido hacer daño a los perros en todo el Oriente sujeto a la dominación
otomana. Aquí, como en el Cairo, como en Smirna y otras capitales, los perros
tienen la tolerancia de los habitantes en virtud de principios dogmáticos;
están escudados por la religión. Esta protección se limita a no maltratarlos ni
perseguirlos, pero no llega hasta cuidarlos. Todo perro turco se cuida a sí
mismo y favorece a su gremio.
Nadie
ha podido hasta ahora explicarse ciertos hechos; yo me limitaré a referirlos
apoyándome en el testimonio de cuantos los han observado.
Los
perros de las ciudades mencionadas, forman cofradías o grupos que se establecen
en sitios determinados, en una calle por ejemplo y se consideran, parece,
propietarios de ella. Si un perro extraño a la cofradía entra en sus dominios,
es inmediatamente expulsado y muerto en caso de resistencia.
Si
escapa y llega a su barrio, perseguido aún, sus compañeros salen en su defensa
y se arma batalla. Así, rige según se ve una ley de jurisdicciones o de
límites, reconocida y respetada. -¿Quién la ha impuesto? -El instinto de propia
conservación.
Durante
el día los gritos, lamentos o ladridos de los perros no son percibidos, pero en
las altas horas de la noche, sobre todo cuando hay luna, un inmenso y lúgubre
clamoreo se oye como si viniera de los confines de la tierra.
Y
entristece en verdad ese uniforme y melancólico rumor compuesto de gritos
doloridos; de aullidos lastimeros, de profundas lamentaciones, no sólo por la
nota sentimental que deja en los oídos, sino porque trae a la mente reflexiones
amargas y afligentes, pues nadie sin ser cruel e insensible, dejará de calcular
las miserias, penurias y sufrimientos de esos pobres animales, abandonados a sí
mismos en tan crecido número. ¡Cuántos habrá enfermos, heridos, locos,
apasionados, ambiciosos, histéricos, celosos, víctimas de la desleal traición
de alguna perra hipócrita y coqueta! ¡Cuántos perros chicos, huérfanos
recientes de padre y madre, se hallarán sometidos a la tiranía de una perra
extraña sin leche en los pechos y malhumorada, o estarán expuestos a los malos
tratamientos de un tío desnaturalizado y sin cola!
1890.
En tierra Santa
Jerusalem
- Burros y camellos - Una omisión de la Divina Providencia - El mar Muerto - Lo
que haría yo si fuera Dios.
Nos
hallamos en la segunda mitad de Noviembre.
La
noche está clara y helada; la luna comienza a anunciarse iluminando un punto
del horizonte; el viento recién llegado de las montañas de Judea, sopla
rumorosamente en las calles y en los patios, mandando sus tonos musicales a
través de las puertas delgadas y de las ventanas indefensas.
La
ciudad de David, de Salomón y de Jesucristo yace enterrada bajo las plantas de
la modesta aldea, la moderna Jerusalem, durmiendo el sueño eterno, arrullada
por el canto nomótono de la historia que repite su nombre en los más lejanos
confines de la tierra.
La
escena es triste y desolada. Los judíos en su barrio fangoso y oscuro celebran
silenciosamente su sábado. Las campanas de las iglesias católicas están
calladas, en tanto que los cristianos se preparan para oír su misa del domingo
en el templo del Santo Sepulcro, convertido en posada por unos cuantos
peregrinos que duermen acostados en sus escaños o sobre la tumba de los
cruzados, esperando la madrugada del nuevo día para asistir al oficio divino a
las cinco de la mañana.
Ni
un alma en las calles, ni una luz en las casas, ni una voz que destruya el
uniforme silencio. La población recogida guarda el secreto de su existencia.
Uno
que otro camello fatigado, estirando el pescuezo, pernocta en la vida pública,
aplastado en la tierra sobre sus rodillas callosas y balanceando
melancólicamente su largo labio pendiente, con el aspecto de una inconsolable
aflicción.
No
hay río que corra ni árboles que se muevan, ni aves que vuelen, ni hombres que
caminen, ni siquiera perros que aúllen.
Imposible
encontrar en el lúgubre espectáculo las impresiones que la historia y la
leyenda sembraron en los corazones de todos los viajeros. Los ojos buscan en
vano donde saciar la sed de emociones alimentadas durante tantos años, y el
oído espía los leves ruidos para darse el pretexto de avivar el recuerdo de las
más fecunda tragedia que la humanidad relata.
El
sentimiento de la desproporción invade y sin querer se compara los inolvidables
estremecimientos de la infancia y de la juventud, forjados en la familia o en
la escuela, a favor de la sagrada historia, con el efecto actual de un
escenario mudo, despojado de toda poesía, pobre de formas que respondan a la
esperanza fomentada y envuelto en una vulgaridad extraña compuesta de elementos
dislocados e incongruentes.
*
¡Jerusalem!
¡Jerusalem! ¿Dónde está el Jersulamen de los sueños mezclados con el llanto de
las vivas amarguras, de los eternos y dolorosos recuerdos? ¡El Jerusalem visto
en las noches largas del océano, a través de las bulliciosas ciudades, o sobre
los trenes sacudidos que conducen al viajero de las apartadas tierras a visitar
los viejos monumentos y los sitios sagrados de las primeras partes habitadas!
Los
siglos han pasado sobre los siglos, dejando como sedimento en los corazones de
mil millones de cristianos, la pesadumbre de los grandes trastornos, traída por
el relato de las luchas horrendas, de la batalla sin fin, de la crueldad impía,
consecuencia del conflicto social suscitado alrededor de la Cruz.
La
sangre derramada en toda la superficie de la tierra enrojecería los mares.
Ninguna comarca ni nación alguna en el largo período de diez y ocho siglos, ha
dejado de sufrir la repercusión de la terrible contienda. Cien generaciones han
nacido a la vida y han entrado en el sepulcro de los tiempos, mientras los
hombres de todas las creencias y de todas las razas, han mantenido la lucha
secular en medio de la perenne matanza.
Los
pueblos se han echado sobre los pueblos para despedazarse, los tronos han
caído, los imperios se han destruido. Sembrados están los desiertos con los
huesos de los misioneros; la atmófera fue mil veces oscurecida por el humo de
las hogueras en que se quemaba a los herejes.
La
Europa ha sido un campo de batalla antes, durante y después de la Edad Media;
el Asia legendaria se ha despoblado; la América ha sido conquistada en nombre
de la Cruz y sus primitivos habitantes fueron ahogados en su propia sangre.
El
Africa ha visto sucumbir el colosal poder de los Egipcios, y de la espantosa
tragedia que ha llenado el mundo, engendrada por los acontecimientos de la
pequeña y pobre Judea, sólo quedan como enseña en la cuna del cristianismo,
unos cuantos montones de ruinas, diseminadas en las soledades de Palestina y
encerrada entre murallas ahora irrisorias, una aldea miserable llamada
Jerusalem, habitada por grupos destrozados, socialmente inorgánicos, desnudos
de ambición y de esperanzas, extraños los unos a los otros, ajenos al
sentimiento de nacionalidad y en la cual cada individuo parece vivir de
tránsito, huérfano de todo propósito, sin porvenir ni antecedente.
*
Constantinopla
puede llamarse la ciudad de los perros, Jerusalem la de los burros; en ninguna
parte he visto juntas asambleas más numerosas de estos excelentes personajes,
¡ni más empeñadas en hacer constar su presencia!
¡Qué
modo de lamentarse tienen los burros de Jerusalem!
En
la noche callada, mientras todo tiende al reposo, se llaman y se responden de
barrio a barrio, con una voz estentórea, horripilante, destemplada, llena de
tonos alternados entre ridículos y doloridos, sin compás, ni medida, ni
graduación de sonidos, mezcla de entonaciones, rechinamientos y ruidos graves,
agudos y estridentes, concluyendo por fin sus arias desconcertadas cuando uno
menos espera.
Otra
institución muy digna de respeto es la de los camellos o dromedarios, más bien,
animales útiles, dóciles, pacientes, sobrios, fuertes e incansables, como es de
pública notoriedad.
No
sé quién les daría por nombre "buques del desierto".
Al
verlos caminar se recuerda en verdad el movimiento de un navío en el mar,
cuando tiene las olas de proa a popa.
¡Pobres
camellos, representantes de una época muerta! Uno se acuerda mirándolos de los
reyes de Nínive y Babilonia, de Cleopatra, una reina guaranga , según me imagino, porque sus retratos se parecen a una
de mis amigas de cuando era estudiante en Buenos Aires y visitaba la
aristocracia de la calle Garay; de la Pirámides pintadas en las viñetas de los
silabarios y por fin de todas las cosas pasadas.
¡Pobres
camellos! ¿qué significará esa cabeza desorejada, alta, horizontal, en la
historia de las transformaciones animales; esos ojos tristes, huraños, con
reflejos agresivos de desierto, de soledad, de hambre, de sed, de desconfianza
y de abandono fatalista; ese labio inferior largo, flojo, ondulante, desdeñoso
y apesadumbrado; ese enorme cuello de ave de laguna sin utilidad ni objeto; ese
cuerpo escuálido, cubierto de pelo que no se sabe si es lana, desnudo en parte,
flaco, inopinada y desproporcionalmente; ese promontorio en el lomo, cuyo único
fin es hacer difícil la construcción de aparejos; esas patas con dos rodillas
de aspecto montañoso, y esos pies sin huesos, blandos, colchados y hechos para
conducir cautelosamente un volumen cuya gigantesca armazón aparta la idea de
suavidad y de silencio?
¡Pobres
camellos! cuando los veo pasar conduciendo sigilosamente su carga o su beduino,
balanceando su cuello, gesticulando con su labio, escondiendo las orejas
rudimentarias, mirando con sus ojos muertos, fúnebres, oscuros y redondos y
batiendo su miserable y apocada cola, se me representa por analogía la silueta
de algún amigo desengañado, de algún compañero traicionado, de un amante
olvidado o de un filósofo viejo ¡que ha visto las infidencias de mil
generaciones!
Los
camellos son el último resto vivo de la antigua civilización. Como la de los
mastodontes, megaterios y elefantes, su raza también se extinguirá; pasarán con
sus épocas como pasaron los reinos, los imperios, las ciudades poderosas que
vieron sus mayores, y quien sabe cuántos animales más listos, más activos, más
norteamericanos, vendrán a sustituirlos en el comercio humano.
Su
aire taciturno y desganado es un signo de muerte, de aquella indiferencia
propia de las razas cansadas de luchar por la vida y que buscan las puertas del
sepulcro. Por eso ya no existen sino en los pueblos que se van hundiendo bajo
las capas de la historia: ¡en Turquía, en Palestina, en Egipto!
*
¡Desventurada
tierra santa! todo en ella es árido y desolado; no se ve sino rocas,
promontorios y hondanadas sin agua ni verdura y sólo de tiempo en tiempo, un
montón de casas formando una aldea que semeja un grupo de ruinas por el color
uniforme de tierra de los techos y de los muros.
La
razón fundamental de estas tristísimas realidades es la falta de agua, por
omisión de la Divina Providencia, que condena al pueblo de Judea, es decir, al
elegido del Señor, a morirse de sed, soñando desde Abraham con manantiales
repentinos como el de la roca tocada por Moisés, con valles fértiles, como la
tierra prometida y con pastos abundantes para los ganados hambrientos.
¡El
mar Muerto! Jamás se ha puesto un nombre más apropiado. Muerto realmente, y a
no ser por el cielo que se mira en sus aguas, no sólo estaría muerto sino
también enterrado en la colosal fosa de las montañas. Mar sin olas, sin buques
y sin peces, cuya superficie no besan jamás los vientos; mar aislado, solitario
y triste, separado del mundo, escondido entre las rocas, inútil para el bien,
insuficiente para dar agua a la comarca, mezquino de sus vapores, aplastado por
sí mismo como si fuera su propia lápida, bajo el peso increíble de su masa
densa.
El
mar Muerto no tiene comunicación con otros mares; ocupa una extensión de más de
quince leguas de largo por tres de ancho, término medio, siendo su profundidad
media más de trescientos metros. Su nivel está como a quinientos metros abajo
del nivel del Mediterráneo. La densidad de sus aguas es tal, que ningún cuerpo
de animal puede sumergirse en ellas: los caballos pretendiendo nadar sólo
consiguen revolcarse en la superficie.
La
densidad del agua es debida a la gran cantidad de materias en disolución o
suspensión con respecto a la masa líquida, cuyo volumen disminuye a causa de la
evaporación diaria, en una cifra que no guarda proporción con el caudal traído
a su seno por el río Jordán, para los fines del peso normal del agua en los
mares.
Mirando
estos contrastes y calculando las distancias y los desniveles, se me ocurría
que si yo fuera Dios haría más en un día por la Palestina, que todo cuanto han
hecho en muchos siglos sus reyes y gobernantes.
Pondría
en comunicación el mar Mediterráneo con el mar Muerto; llenaría de agua todas
las hondonadas comunicantes de la comarca, y tendría en pocos años, un país
fértil y rico, en vez del miserable y estéril territorio que estoy mirando. El
país se llenaría de lagos y mares internos; el agua evaporada se convertiría en
abundante lluvia; con ella nacerían árboles, la tierra se alfombraría de flores
y verdura; los bosques darían nacimiento a ríos caudalosos, y la pobre Judea
quedaría transformada en un paraíso donde pacerían los ganados y vivirían los
hombres en paz y abundancia; no como ahora, hambrientos y en constante zozobra
por la sed de cuanto vive.
Realmente,
no sé cómo en vez de maná y de agua sacada a palos de las peñas por Moisés, no
dio el Señor a su pueblo favorito un poco de sobrante en otras partes del
mundo, cuanda nada le costaba.
Un
simple conducto al mar Mediterráneo y lo demás se haría solo, con gran
contentamiento del mar Muerto, quien no sabe hasta ahora lo que es un ola, ni
ha visto jamás un pescado ni un buque mercante.
1890
A bordo
Lo que dicen las olas
¡Adiós Norte América; adiós por siempre tal vez!
¡Adiós selvas embalsamadas y frescos valles, como
dicen en Aída!
¡Adiós templos de piedra consagrados a la industria;
adiós ferrocarriles vertiginosos, ascensores volantes, ríos encantadores y
lagos sin rivales en el globo!
¡Adiós sublime Niágara, estruendosa reliquia de la
tierra, joya de América! ¡No me olvidaré de ti mientras entre la luz por mis
ojos y pueda reproducir tu imagen, mientras mis oídos no se cierren a los
rumores y los sonidos de este mundo, mientras corra la sangre por mi cerebro,
friccionando mi pensamiento, mientras lata mi corazón y no cese mi
aliento!...................................................
*
Recuerdo los incidentes al embarcarnos.
Ha habido despedidas tiernas, abrazos, lágrimas,
palabras cariñosas expresando el deseo de feliz viaje, frases ahogadas por la
emoción y variadas escenas en que lo poético y lo doloroso de los últimos
momentos previos a la separación, se mezclaba con la excitación apurada del
viajero, el transporte de los bagajes y los cuidados de todos por atender a sus
sentimientos, a su paraguas, a sus saludos, a su capa de goma, a sus lágrimas y
a sus maletas.
Luego, de lejos, cuando las hélices se han puesto a
aletear ya con cierto vigor, hemos visto alzarse en el muelle y en la borda del
buque una niebla de pañuelos blancos, como si los viajero y sus amigos de la
costa hubieran puesto a secar la ropa íntima de su tristeza, mojada por el
llanto de las despedidas, colgándola al viento, que se lleva, más tarde o más
temprano, hacia el olvido, todos los dolores y todas las satisfacciones de la
vida. El vapor ha tomado vuelo y sigue nadando a razón de 15 millas por hora;
su población ha entrado en calma; los pasajeros se han acomodado y ha comenzado
la defensa contra las molestias de la travesía.
*
Los viajeros novicios se han puesto a escribir sus
impresiones como si no tuvieran más tiempo. Las mujeres se muestran más
apuradas en el desempeño de esta grave tarea y redactan con una letra varonil
de escuela norteamericana, en sendos cuadernos y hojas volantes, las ideas
penumbradas de su imaginación flotante.
Nosotros cada día, cuando el mar no está enteramente
desagradable, lo que ocurre pocas veces en esta sección de sus dominios, nos
sentamos a mirar su masa ondulante, encrespada, teñida y rumorosa como el
follaje de los árboles movidos por el viento, escuchando lo que dicen las olas , según la inolvidable expresión de Dickens.
¡Lo que dicen las olas!
Ellas también cuentan sus penurias y sus angustias:
relatan su eterno viaje por los mares, por los ríos, por las nubes, por la
cumbre de las montañas, por los despeñaderos y los arrecifes.
Agitadas, anhelantes, enloquecidas, corren como el
hombre, buscando su nivel, sin encontrarlo jamás y van desatinadas, un día al
norte, otro al sud o en cualquier rumbo, alzando su cabeza blanca de canas para
mirar en el horizonte si la jornada tiene término.
Y se atropellan desatadas, trepándose sobre sus
vecinas, inútil, estérilmente, hundiéndolas bajo su peso, en tanto que otras se
levantan, y otras, y otras, y otras crecen más adelante, siempre más adelante
en el infinito océano, renovando sus lomos hinchados y huyendo en curvas
indolentes o espumosas de cólera, hasta perderse en una confusión inacabable.
Las olas cantan en tono mortificante la leyenda de
nuestros pesares, retirando la mente a los lejanos tiempos de la infancia,
cuando una madre desvelada mecía nuestra cuna, o a los menos remotos del
romance de nuestra vida, cuando la voz temerosa del amor correspondido nos
murmuraba sus caricias en los oídos.
Traen los acentos de la patria abandonada, de la
amistad insegura, del desengaño inmerecido, y se alejan llevándose nuestros
suspiros y dejándonos en el pecho la amargura de sus entrañas saladas.
*
Allá lejos, las esperanzas como las aves blancas de
los mares, aparecen en el tul de la espuma; avanzan, se acercan, y cuando les
abrimos los brazos para estrecharlas contra nuestro corazón, las ondas se
desvanecen y las burbujas de su penacho vuelan en invisible atmósfera hacia los
cielos.
La historia de nuestra vida, con todos sus recuerdos
confusos, anacrónicos, flota en las montañas que el viento levanta, se hunde en
los valles fugaces que ellas forman, vuelve a subir en las olas siguientes y
envolviéndose en sus ondulaciones, se aparta y se oscurece, engendrando una
vaga sensación de martirio, de remordimiento y de duda respecto al mérito de
nuestros actos pasados o al acierto de nuestra conducta en la sucesión de los
años.
-¿Por qué no fui más bueno? -se pregunta el espíritu
atribulado. -¿Por qué no fuiste? -interrogan las olas a su turno, y nadando
sobre sus flancos, se escapan palmoteando con sus vértices quebrados, como
burlándose de nuestra miseria.
La sensación del ritmo vital se embota; las
facultades, embargadas por la suma de reminiscencias, languidecen, y una
melancólica y suave aspiración a morirse se extiende como un sudario sobre el
alma.
¡Un sepulcro en el mar insondable, la caída sin
salvación, sin amparo, la muerte sin remedio, con el consuelo de la
imposibilidad calculada contra la cual toda lucha es una quimera... son las
ideas indecisas, deslutradas, semi-dormidas que el cerebro fomenta mientras las
olas pasan, golpean los costados del buque, juegan con su peso y se retiran
encargando a otras olas su tarea!
*
¡Un sepulcro en el mar!
Las olas mecerían mucho tiempo nuestro cuerpo; ¡sí,
mucho tiempo, prolongando el simulacro de la vida, con su eterno movimiento; y
la soledad de la tumba en un cementerio cuaquiera, habría desaparecido con
todos sus horrores, reemplazada por el capricho bullicioso de las aguas, en un
mundo infinito de atmósfera líquida, verde o azul, con esmeraldas o zafiros
disueltos!
Y tal vez llevado por la marea hasta la costa, cerca
de la patria querida, al alcance de los amigos, de los parientes, de las gentes
olvidadizas que alguna vez nos amaron, una lágrima de compasión cayera sobre
nuestra frente macerada o sobre nuestros ojos cubiertos por los párpados
hinchados.
Un estremecimiento nos despierta en medio de la
horrible fantasía; las olas continúan su viaje interminable cantando su solemne
romanza con acentos doloridos, y entre sus tonos, el oído sobreexcitado percibe
los nombres de las personas alojadas en nuestro corazón, las melodías que
aprendimos en tal o cual época de la vida, los pedazos de frase cariñosa, los
reproches, las discusiones y por fin, el silencio que resulta del ruido
uniforme, cuando el cerebro se cansa y el sueño empieza a batir sus alas.
*
El viento silba en el cordaje del buque y arrebatando
en la boca de las chimeneas el humo negro, denso, como nube de tormenta, como
aliento letal, lo lleva desmenuzándolo entre sus dedos, para dejarlo caer en
copos, lenta, perezosamente, disolviéndolo en los confines de la vista, sin
conservar ni el fantasma de su existencia.
Así los pesares y los ensueños, dicen entre tanto las
olas, negros o teñidos por la luz de las ilusiones, serán llevados por el
tiempo y sembrados en el camino de la vida, como migajas de los odios o los
amores, cuando la edad marchando sobre el cuerpo, llegue a enfriar el cerebro y
a helar el corazón.
El sol descompone, es cierto, de tiempo en tiempo sus
rayos en las aristas de las olas encontradas y los colores del arco iris,
apareciendo un momento, renuevan la esperanza y vivifican el alma.
Los mares entonan a la vez alegres sonatas, como
música de bailes aldeanos, y la aspiración a vivir renace.
*
Vivir en el bullicio del mundo, allá en las grandes
ciudades llenas de intrigas y de conflictos que acortan, disminuyen y destruyen
el tiempo, envolviéndolo en los pliegues de su permanente variedad hasta
dejarlo invisible. ¡Vivir sintiéndolo todo, como un curioso de las pasiones;
dando valor a lo que no lo tienen o quitándolo a las graves y trascendentales
cuestiones! Vivir caminando hacia la tumba sin sospechar su proximidad y
dejarse sorprender en medio de la despreocupación atolondrada, sin saber por dónde
se va ni por dónde se ha ido, como las olas, según el viento o el calor de las
corrientes marinas. ¡Vivir sufriendo las torturas como juguetes del infortunio
y tomando como hambrientos un pedazo de felicidad descompuesta, para roerla
hasta el hueso sin dejarle un átomo de carne!...
*
Las olas pasan por debajo del buque encorvando la
espalda y levantándolo en alto para mostrarlo cabeceando o rodando sobre la
superficie rugosa del Océano. El mar está áspero según la expresión de a bordo.
¡Quién sabe lo que sucederá!
1890
Hombre y toros
Yo
repudio y detesto las corridas de toros; semejante diversión me parece indigna
de la nobleza humana, cruel y salvaje.
No
quisiera atentar contra la libertad del gusto, pero ese me subleva. Si los
españoles no fueran afectos a tal deleite emigrado de las épocas primitivas de
la humanidad en que predominaban los instintos feroces, no habría hombres a
quienes yo juzgara mejor.
Confieso
que los preparativos de la fiesta son singularmente atractivos: el circo, la
concurrencia, el ceremonial, los jinetes y los caballos adornados, la animación
en las caras de los aficionados, la presencia del toro a su salida, hermoso
animal lleno de vida y de sangre, su ignorancia del peligro inevitable, su
confianza, su orgullosa actitud... ¡Todo es feérico y fecundo en motivos de
entusiasmo! Pero: -¿después?
-Después
viene la crueldad más cobarde aun que la de los combates entre hombres y fieras
de los circos romanos.
Allí
siquiera había una sombra de legitimidad; los combatientes, hombres, eran
condenados a muerte. Se establecía cierta equidad en el combate y no existía
una superioridad incontrastable de la fiera humana.
Aquí
el toro está vencido de antemano, porque se conoce sus instintos, su modo
infalible de atropellar, sus ilusiones ópticas, sus procedimientos en línea
recta, su desfallecimiento al encontrar el vacío por toda resistencia a su
empuje poderoso; y tras de sus errores, una banderilla con dientes clavada en
su carne que le estorbará en adelante para atacar y defenderse.
En
tanto el hombre está garantido por habilidad y por la ignorancia de su
antogonista respecto a sus ardides y sanguinarios engaños.
El
toreador conoce el circo, los espectadores son animales de su misma especie, no
lo asustan, más bien lo animan; sabe que puede saltar las barreras y ponerse en
salvo en caso de apuro; todo para él es viejo, previsto y trillado.
Para
el toro, a la inversa, todo es ignorado, asombroso e inquietante; el recinto es
nuevo, el conjunto de objetos, extraño; alarmante la gritería y nunca vista la
feria de colores; los espectadores no son toros como él, sino hombres entre los
cuales no ve una cara conocida. La pobre bestia es tomada por sorpresa en un
caso único en su vida, mientras su asesino repite un acto mil veces ejecutado.
El torero conoce a los toros, el toro no conoce a los hombres, y aun cuando su
inteligencia le permitiera intentar medirlos según las leyes de los instintos
animales, nunca los creería tan desalmados.
No
hay, pues, igualdad en la situación moral de los dos combatientes y por lo
tanto las condiciones de la lucha son inicuas.
Un
espectador bien dotado de sentimientos naturales se encona, se irrita y se
avergüenza ante semejante tragedia, considerando la inocencia de la víctima y
la ferocidad alegre, calculada e infame del victimario, cuyas entrañas se han
desnaturalizado ya por la costumbre y del encomio, hasta ocultarle la
perversidad de su acto.
*
Ningún
torero, y esta es la única disculpa, cree atentar a las leyes de la moral
humana, al martirizar y dar muerte a un pobre animal que ningún daño le hizo;
sólo ve en la exposición posible de su vida, un acto de heroísmo fecundo en
aplausos de veinte mil espectadores.
No
sé qué impresión extraña de dolor, de cólera, de tristeza y de reproche, se
produce en todo espíritu recto y caritativo, sensible a lo menos al tormento
inútil, cuando contempla a su salida al valiente animal, rebosante de vida,
airoso, bellísimo, lleno de fuerza, y lo ve poco a poco perder sus bríos por el
dolor de las heridas, disminuir su defensa, suprimir sus ataques y entregarse
perdido, exangüe, aturdido y desesperado a su enemigo gratuito e implacable,
para recibir de él la muerte.
¡La
destrucción en un momento de tan arrogante valentía y de tan potente vitalidad,
causa una aguda, mortificante e infinita tristeza!
*
¡Y
los pobres caballos de los picadores que mueren destrozados, sin mérito ni
gloria, y cuyos nobles instintos les prestan bríos para salvar la vida a su
jinetes, aun con el vientre abierto y los intestinos colgando!
*
No
soy ni puedo ser cruel; la estructura de mi cerebro no me lo permite; pero
confieso que por evitar o castigar una crueldad, soy capaz de cometer actos
irreflexivos propios para presentarme ante los ojos de quien no aprecie
justamente mis sentimientos, como el salvaje más destituido de sentido moral.
Una
vez en Buenos Aires, cuando había aún Terceros (zanjones flanqueados por
veredas muy altas, en las calles) por defender a una criatura a quien una vieja
estropeaba cruelmente, tomé a la vieja del brazo y la precipité en el zanjón;
podía haberla muerto. Otra vez iba en un carruaje; el conductor de una trenvía
fastidiado de no encontrar paso, enderezó la lanza al pecho de uno de los
caballos de mi coche dándole un golpe feroz; yo vi la maldad pintada en la cara
del conductor y sin decirle una palabra me bajé y a golpes de puño rompí todos
los vidrios del trenvía, uno por uno, para castigar a ese perverso procurándole
siquiera una reprimenda de su patrón. Una lluvia de vidrios cayó sobre los
pasajeros, hubo mil protestas y yo salí del entrevero con la mano ensangrentada
y llena de tajos. En otra ocasión un carrero fornido, cien veces más fuerte que
yo, daba de palos al caballo de su carro; me precipité sobre el carrero, le
quité el látigo y le di tres formidables palos con el cabo. Sólo el asombro del
agredido ante mi atentado pudo salvarme de ser estropeado y tal vez muerto;
felizmente varios vigilantes llegaron a tiempo, antes que mi víctima saliera de
su éxtasis.
Estos
hechos y otros que podría narrar, dan la razón de mi falta de gusto por las
corridas de toros.
Cuando
por casualidad he asistido a una corrida, he sido invariablemente partidario
del toro; su nobleza abogaba por su causa; su antagonista, lleno de habilidades
y de destrezas, ¡me ha sido siempre odioso
París
acaba de completar su colección de vicios (no se infiera de esto que allí no
hay virtudes) consintiendo la diversión de las corridas. Verdad es que en ellas
el hombre, el torero, el picador o el aficionado, no está expuesto a ningún
peligro serio. Los toros tienen las astas cortadas y provistas en su extremo de
una esfera; están pues completamente indefensos; esto siquiera es más humano,
pero en cambio ¡es mucho más cobarde!
1890
Páginas muertas
(Borrador del prefacio de una proyectada edición) Lector
amigo, (todo autor tiene al menos uno, se supone). ¿Quieres saber por qué doy a
estos volúmenes el título de "Páginas muertas" y cuáles son las
causas eficientes de su publicación? Espero una respuesta afirmativa; de otra
manera me veré obligado a privarte de un prefacio sin el cual tu vida sería un
martirio. Generalmente tú no lees ninguno, me consta, pero cierro los ojos ante
ese detalle insignificante. Nosotros, los autores concienzudos, no admitimos
tales hechos incompatibles con las exigencias de la rutina y yo por lo tanto,
me apresuro a satisfacer tu legítima y apremiante curiosidad. Ahora ¡atención!
¡comienza lo grueso del Prefacio!
*
Un
día, sería como a eso de las... (te dispenso la hora) decidido a revisar mis
papeles, abrí un cajón donde yacían varios manuscritos y recortes impresos que
me anunciaron su lamentable estado con el olor a sepulcro de su humedad
encerrada.
Algunas
arañas flacas y literatas que se ocupaban en colgar cortinas y en otros
trabajos de tapicería, apenas levanté la tapa de su biblioteca, corrieron
despavoridas a los rincones, estirando ridículamente sus largas patas; dos o
tres insectos disecados balanceaban sus restos mortales en la tela tendida,
como gimnastas de circo en las redes impuestas por las ordenanzas municipales;
las hojas amarillentas, con sus letras penumbradas, parecían lápidas viejas con
leyendas carcomidas. En vista de tan deplorables incongruencias tomé un trapo y
con una metódica sacudida, puse en fuga a los parásitos exóticos de mi prosa.
La
atmósfera se pobló de mil generaciones microscópicas que con los átomos de
polvo revenido, hicieron un torbellino semejante a la via láctea, visible en la
faja de sol que entraba al cuarto. Al remover los papeles hallé las hojas
pegadas formando paquetes apelmazados; parecían restos cadavéricos amontonados
en una fosa común y yo mismo me hice el efecto de estar practicando una
exhumación.
¡Páginas
muertas! dije, como leyendo un epitafio imaginario.
¡Muertas!
sí. Unas tuvieron vida efímera ante el público en los periódicos; otras
vivieron sólo en mi conciencia mientras las pensaba y escribía, vaciando la
impresión de cada día en el papel, blanco entonces, ¡pálido y macilento ahora!
¡Muertas!
¡Lo anuncian los efluvios de su osamenta y lo dejan sentir el silencio y olvido
de su espíritu!
¡Muertas
como los sedimentos de la vida mental fijada en ellas, al destilar sobre sus
frases las gotas sentimentales de cada hora, como quien exprime el tiempo para
sacarle en extracto la pasión sustancial de sus momentos!
*
Leí
al acaso varios párrafos. Algunos encerraban reminiscencias de la edad dorada y
de placeres desvanecidos; otros retrataban los encantos de bellezas perdidas y
de afectos recíprocos, lejanos, ya enterrados, y uno finalmente contenía la
corta y lamentable historia de un pobre niño que pasó de la cuna a la tumba sin
conocer la vida. ¡Todos en suma recordaban algo muerto!
En
los libros ajenos, pensé luego, nos imaginamos encontrar la concepción real de
los autores y el retrato fiel de sus íntimos sentimientos. Entre tanto, si los
poetas y grandes pensadores representantes de la gloria humana, salieran vivos
de sus tumbas y leyeran sus obras explicadas, ¡volverían a morirse de sorpresa!
En
todo trabajo literario hay un germen sentimental que inspira y determina las
ideas, sin prestar asidero al comentario, y podemos pasar indiferentes en
rápida lectura, relatos de episodios que harían llorar a sus autores.
¿Acaso
las palabras se transforman?
No,
ciertamente; pero sólo ellos conocen el secreto de su párrafo, la circunstancia
que le recuerda, el sentimiento generador de su estirpe, el alcance y el objeto
de su forma; solamente para ellos tiene una alma amiga que se difunde entre las
líneas y huye ante los ojos de un extraño, desprovisto de todo antecedente.
Ningún
escritor debe pretender jamás ser comprendido si no trata asuntos puramente
intelectuales, pues, entre la nota real del sentimiento y la expresión helada
de las letras, hay siempre un abismo que el comentario no colma o sobrepasa.
¿No vemos acaso muchas veces copias mal hechas de paisajes deliciosos y
retratos exquisitos de fisonomías vulgares? Un crítico mediocre destruye la
obra que comenta, así como la realza y la embellece quien con talento, bondad y
gusto delicado la analiza.
Por
estos mecanismos, muchos autores resultan pintando sublimes bellezas, cuando
jamás las concibieron, descubriendo verdades eternas, cuando sólo escribieron
necias paradojas, y haciendo la anatomía del corazón humano, cuando apenas
alcanzaron a copiar refranes.
*
Siendo
en mi opinión tan positivas las dificultades de todo juicio literario ¿cómo me
atrevo yo a publicar cosa alguna? Si se ha de creer en los prefacios, la
edición de libros responde a uno de los siguientes propósitos y sus análogos:
Llenar
una necesidad sentida.
Propagar
sanos principios.
Ilustrar
puntos controvertidos.
Destruir
errores corrientes.
Sacar
del olvido historias o cuentos interesantes.
Implantar
sistemas sin los cuales la humanidad no podrá ser feliz.
Complacer
al público, cuya buena acogida es la única aspiración del autor.
Estos
son los motores ostensibles.
Los
no confesados y más reales, son:
El
interés.
El
amor propio.
Yo
no me propongo: Llenar ninguna necesidad sentida, ni propogar principios sanos
o enfermos, ni ilustrar puntos controvertidos, ni destruir errores, ni sacar
nada del olvido, ni complacer a nadie, a sabiendas al menos; y por fin, ¡no
aliento siquiera la esperanza de vender la edición!
No
tengo tampoco amor pro... ¡iba a decir una fasedad!... Creo que el amor propio
ha influido en mi decisión, ¡pero no de un modo fundamental!
Mi
motivo preponderante es muy ridículo, no lo defiendo, lo expongo simplemente en
honor a la exactitud: tengo una verdadera manía por la simplificación y el
orden; me fastidian los papeles sueltos; no podía ver los míos viajando de un
lado a otro en manojos desiguales, y como por una razón o por otra, deseo
conservarlos, he resuelto el conflicto alojándolos en varios volúmenes bien
involucrados, previas las enmiendas indispensalbes, aun cuando sea para leerlos
yo solo, en letras claras, imitando a muchos autores impopulares, entre cuyo
número me cuento.
1893
Nada en quince minutos
Fui
a tomar el tren en Belgrano para ir a la estación Central (Buenos Aires).
Atravesé los rieles y me puse a pasear en el andén, parándome de vez en cuando
con las piernas abiertas, como un marinero en la cubierta de su buque, para
descubrir si se veía el humo de la locomotora.
No
había humo ni locomotora por el momento; pero en compensación, una señora
joven, seguida de una mucama más joven, cargando ésta a un niño aún más joven
(de pecho supongo), pasó la vía y fue a sentarse en uno de los bancos con su
séquito.
Yo
soy un hombre de buen gusto y lo pruebo, refiriendo que entre buscar el humo
problemático de una locomotora por venir y mirar la cara de una señora presente
y bien parecida, preferí esto último. Declaro en confianza que cuando llegó la
señora me olvidé del tren y afecté un aire indiferente.
En
mis paseos observé:
1°
Que la señora era realmente linda, madre de un primer hijo, rubia y fresca.
2°
Que la mucama tenía la cara redonda, ojos negros vivísimos y una boca como
cualquier botón de rosa.
3°
Que el niño... ¡creo que ustedes no se interesan en el niño!
-¿Se
irán solas? -pensé.
En
esto apareció su marido; lo conocí en su modo de andar, en su aire descuidado y
en los tres boletos que traía en la mano (los niños de pecho no pagan boleto).
La
señora tomó una actitud reservada; el marido se puso a hacer fiestas al niño y
yo volví a escudriñar el horizonte buscando el humo de la locomotora.
Debe
llamarse Elisa, me dije, o Delia o algo en que haya una e y una i ; su nombre
debe tener dos sílabas o tres a lo más.
*
Supongo
que el lector no piensa que me refiero a la locomotora, ni a la mucama, ni al
niño, ni al marido.
La
razón para llamarse Elisa o Delia estaba en el color de su vestido, gris claro:
la imaginación tiene su lógica femenina y no admite que una señora vestida de
gris claro, rubia, fresca, elegante y un si es no es risueña, casada con un
hombre moreno, pueda tener un nombre en que no figuren las letras e, i; amables
letras, distinguidas y livianas.
Ramona,
no se llamaba seguramente.
*
Llegó
el tren; yo, fingiendo no importárseme nada de Elsi, subí primero que su
familia a un vagón, el más próximo.
Quizá
hubo un poco de cálculo en mi apresuramiento.
Celia
subió en seguida con su marido, con su mucama, con su niño y con todos sus
atractivos; es decir, con su boca blanda, húmeda, bien cortada, sus dientes
bañados en rocío de alba, su frente limpia, sus mejillas... dejemos las
mejillas para más adelante.
*
Me
senté dando la espalda a la máquina y un poco lejos; también hubo un cálculo
orgánico en esto, pero yo no me di cuenta.
Naturalmente
la señora y la mucama, con su niño, se sentarían mirando hacia adelante, es
decir, dando el frente a un servidor de ustedes, y el marido (odioso) dándole
la espalda; así sucedió.
Edi,
una vez en su sitio, mostró en su semblante hallarse satisfecha; lo mostró no
sé cómo, probablemente por aquellos signos de coquetería delicada que todas la
mujeres ejercitan aun ante las personas de quienes nada se les importa.
Yo
he visto a señoras de mi relación presumirle a una cómoda o hacerle gracias a
un espejo para seducir a los demás muebles.
He
visto más: alisarse el pelo a una enferma moribunda, antes de dar el último
suspiro...
El
marido estaba inquieto; sabía por instinto que su mujer trataba de parecer bien
al vagón, a los pasajeros, y a los animales que se morían de hambre a uno y
otro lado de la vía en los campos pelados.
Yo
me fijaba en la nuca del marido; nada poética por cierto; una nuca vulgar, y la
señora, de tiempo en tiempo, me miraba rápidamente como diciendo: "gracias
señor, por su admiración."
A mi
vez, le habría agradecido la isntalación de sus encantos si hubiera sido
exclusiva, pero era universal, pues con la misma expresión de amor propio la
destinaba al guarda tren, a los asientos de esterilla vacíos o a los paisajes
del camino.
*
¡Hay
un fondo de perversidad innata en ls mujeres más felices, más lindas y más
distinguidas!
¿Querrán
ustedes creer que la encantadora Friné se puso a besar al niño con la boca más
sabrosa que ha viajado en tren, desde Adán hasta la fecha?
El
marido no podía prohibirle que besara a su hijo, pero indudablemente habría
preferido que no lo hiciera.
El
niño sorprendido por tamañas efusiones que tal vez encontró inusitadas, dióse a
mirar con ojos de muñeca y a protestar con gestos afligidos; la mucama se puso
más colorada y más bonita, el marido ejecutó un cuarto de conversión y yo, que
me ocupaba en ese momento en calcular la profundidad de unos hoyitos que se
dibujaban en la mejilla de la adorable madre, mientras se sonreía
deliciosamente, me vi forzado a practicar una diversión (en su sentido técnico
y militar) poniéndome a mirar un caballo flaco, afligidísimo, como político en
decadencia, empantanado en una zanja.
¡Decididamente
el caballo es un animal muy útil para el hombre!
*
La
señora comprendió el reproche mental de su digno esposo y apoyándose en el
espaldar de su asiento, un feliz espaldar, fingió una tristeza tan melancólica
y tan perfecta que hizo al marido derramarse en una lluvia de preguntas
cariñosas y llenas de inquietud.
¡Qué
arte tan sublime tienen las mujeres para manejar a sus maridos!
Neli
volvió a sonreírse y una atmósfera de felicidad, de gracia y de belleza se
difundió en el ambiente.
-"Central"
-gritó el guarda tren.
-"Tan
pronto" -contestaron los sentimientos íntimos de los viajeros en todo el
compartimento.
La
triunfante señora arreó con sus gracias, el marido salió del purgatorio (un
siglo había pasado para él en quince minutos) y cuando yo me preparaba a tomar
mi postre de emociones viendo bajar a Irene, último nombre que di a la divina
viajera, fui frustrado en mi anhelo por el saludo cariñoso e inoportuno de don
Mariano Abejorros, corredor de frutos del país, entre cuyos bigotes tiesos fue
a enmarañarse mi visual destinada a un pie probablemente chico y delicado.
¡Así
concluyen todos los encantos de esta vida!
¡Nada
en quince minutos, sino la supresión de un cuarto de hora!
1893
Así
(Cuento)
El amor es un tema universal y eterno, y ningún
tratado de filosofía ni de moral me prohíbe ocuparme de lo universal y de lo
eterno.
Graciana tenía las manos ásperas y coloradas; había
lavado mucho en su vida, lo que no le impedía tener quince años y un corazón
sensible.
Tenía además ojos, boca, nariz y frente, como muchas
personas de su sexo; pero estas facciones y otras más en ellas, se habían
tomado la libertad de ser excesivamente bellas.
La oreja, por ejemplo, era inimitable, bien doblada,
chica y ligeramente sonrosada.
No tenía aros, ni agujeros en que meterlos. Estos
descuidos, dignos del más justo reproche, fueron debidos a dos causas, una
moral y otra física: la primera su pobreza; la segunda: el que su madrina, la
única abridora de orejas que había en su pueblito, había sido atendida de una
simple irritación de los párpados por un célebre oculista y naturalmente, había
quedado ciega.
Añadía Graciana a sus encantos, un cabello que era un
trigal maduro, unas cejas arqueadas y finas, un color de luna disuelta en
leche, y unos dientes tan lindos que cualquiera al mirarlos deseaba en su fuero
interno ver a la niña convertida en perro y ser mordido por ella.
A lo menos, tal fue el primer cumplimiento que le
dirigió Baldomero Tapioca, estudiante de medicina, ambulante.
La niña se rió de semejante ocurrencia.
Era italiana.
No necesitaba ser italiana para reírse, pero ustedes
comprenderán que tampoco eso era un obstáculo.
*
Baldomero estaba perdidamente enamorado de Graciana y
de otras varias jóvenes; así se lo dijo un día, suprimiendo lo referente a las
otras jóvenes, en lo cual obró con una prudencia sorprendente en su edad, pues
sólo tenía veinte años.
La proporción de edades había sido ya discutida.
Arreglado este punto, no quedó pendiente sino el de la correspondencia de
sentimientos, destinado a ser resuelto en otra correspondencia, la epistolar.
Y aquí me es forzoso decir, sin ofensa para nadie, que
en esta última Baldomero abusó de los términos técnicos y Graciana maltrató
horriblemente a la ortografía, pues jamás escribió "yo te amo" sin
ponerle una h en alguna parte.
Sólo dos ejemplares poseo en mi archivo, rico en
autógrafos históricos, de las cartas cambiadas entre estos célibes, y voy a
transcribirlas en beneficio de la humanidad literaria.
Baldomero a Graciana:
Angel
hipertrófico, es decir, magno: la arteria coronaria de mi corazón se cierra
apenas mi retina percibe los músculos risorios de tu boca, y mi tórax se siente
atacado de angina péctoris. ¡La circulación cardíaca se detiene, y turgencias
espasmódicas forman protuberancias en mis órganos! Espérame a las siete post
meridianum, en el anfiteatro de nuestros amores. Tuyo como del hombre el
pensamiento
firmado- BALDOMERO TAPIOCA
Graciana a Baldomero:
¡My Mahma thi
N. de Lorde uueltas man! ¿Damée huna me de Zyna perro ke seya güena.
Tulla,
firmado- G. RASS Y ANA
Hay jóvenes capaces de todo en su aturdimiento, hasta
de amar a una muchacha que escribe su nombre como una firma social. En ese caso
estaba Baldomero, tal vez porque no buscaba la ortografía en los besos
sabrosos, encantadores, frescos y con olor a violetas, de los labios de un
ángel hipertrófico.
Yo confieso francamente que aún cuando hubiera sido
maestro normal y profesor aburrido de la gramática anestésica, en viendo a
Graciana me habría arrojado a sus pies, no sólo olvidando la ortografía, sino
también la analogía, la sintaxis y la prosodia.
¿Qué gramática ni qué ortografía supo la fecunda Eva,
joven analfabeta y robusta, cuando sedujo a su paisano Adán, mozo sin vicios y
soltero, prefiriéndolo nada menos que al Padre Eterno?
Y si se explica la preferencia de Eva por razones de
edad, análogos incentivos debió tener nuestro padre Adán, que en paz descanse,
para no detenerse en detalles pedagógicos, tratándose de una vecina guapa,
tentadora y resuelta, en aquellas soledades del Paraíso terrenal.
*
Graciana no experimentó las dificultades de la
elección entre Baldomero y el Padre Eterno, tal vez por no haberse presentado
este último a solicitar sus favores.
Amó a su amigo Baldomero con una pasión italiana,
sancochada, hervida, calcinada al calor de un sol americano, y el joven
estudiante supo corresponderle con todo el ardor de un potro salvaje.
Los dos amantes se daban cita en los parajes más
inopinados y no hubo sección de territorio en la comarca donde no resonaran sus
besos recíprocos e irreflexivos.
*
¡Pobre Graciana! Las altas horas de la noche la
encontraban sin dormir tramitando sus impresiones, y la luz del alba, cuando
entraba por las rendijas de la endeble ventana, soreprendía sus pupilas mirando
al infinito a través de las paredes de su cuarto desmantelado.
Su cama sencilla, estrecha, inmaculada y dura,
amanecía revuelta, tras de una noche de insomnio en que la linda muchacha,
buscando posiciones para conciliar el sueño, sólo hallaba inquietudes con sus
inacabables meditaciones.
La hora de levantarse, cuando tomaba su alimento, al
comenzar o concluir cualuier ocupación, en fin, en todos los momentos de su
vida, ahí estaba el agudo y delicioso tormento de su amor, torturándole el alma
con remordimientos vagos y acariciándole el corazón con suavísimas
voluptuosidades.
*
Con todo esto, un tinte melancólico se había extendido
en su rostro: sus ojos, antes alegres, apagaban su luz para armonizar con las
sombras de sus párpados cansados, y un nuevo género de belleza menos aldeana,
se instalaba en sus facciones.
La familia y las vecinas comenzaron a notar estas
mudanzas y la tierna apasionada sufría el tormento de mil interrogaciones
diarias, sólo soportables en nombre de su talismán, su grande, noble y
desinteresada locura, su abnegada y generosa entrega sin condiciones y sin
esperanzas de futuras legitimidades.
En su delitio, los ensueños de su fantasía la
transportaban a una eternidad de felicidades, en una morada celeste, donde se
aspiraba el perfume del amor fragante, y donde, en medio de las melodías más
inefables, se oía claro y distinto el nombre de su amante.
Porque la suave Graciana, triste es decirlo, había
llegado a imaginarse que la palabra Baldomero era poética y melodiosa.
La música, en lugar de calderones, semicorcheas, fusas
y bemoles, sólo contenía para ella Baldomeros; la pintura, la escultura y las
letras sólo ofrecían cuadros, estatuas o poemas perfectos, cuando tomaban por
héroe o por objeto algún trasunto fiel de Baldomero.
Y Baldomero, por su lado, bautizaba con el nombre de
Graciana a cuanta belleza soñaba o veía.
Algunos meses pasaron en estos devaneos, a los cuales
pusieron término, graves acontecimientos dolorosos, prosaicos y mundanos.
*
Una mañana entré a la sala de San Ramón, en el
hospital de mujeres y fui informado por la hermana en turno de que el número 18
había entrado la noche anterior... todo había pasado bien, pero tenía
actualmente cierto malestar...
Fui a ver el número 18 y lo encontré pálido,
demacrado, inquieto. El número 18 era una muchacha muy joven, bonita a pesar de
su estado, y sumamente interesante en su triste situación:
-¿Qué le duele, niña? -le pregunté.
-No sé -me contestó.
-¡Cómo no sé!
-¡Así!
-¿De dónde ha venido?
-Me han traído anoche.
-¿Cómo se llama?
-Graciana.
-¿Graciana? (¡Todos los cuadernos y libros de un
compañero mío tenían escrito en cada hoja el polisílabo "Graciana"
con diferentes caligrafías, y yo sabía que él mostraba siempre su constancia
amorosa escribiendo el nombre de su amada en todas partes, ¡hasta en el
recetario!)
-¿Graciana de qué? -seguí, reanudando el diálogo.
-Graciana nomás.
-¿No tiene nombre de su padre?
-Así.
-¡Así, así, así! no entiendo. (¡Pero decía así con tanta gracia y con una boca tan
linda y tan triste!)
-Bueno, pobre niña... así... veamos... ¿dónde le
duele?... ¿aquí?... ¿aquí?... -le dije palpándole con toda delicadeza el
vientre.
-¡Sí, ahí a la derecha, ahí!
La examiné detenidamente y después de un momento de
reposo, le pregunté, tuteándola, y con intención paternal:
-Dime, Graciana, ¿conoces un estudiante que se llama
Baldomero?
La niña soltó un grito ahogado, se llevó las manos a
la cara y se puso a llorar amargamente, como no he visto llorar a nadie.
Yo soy muy atento y me gusta armonizar con las gentes;
yo también me puse a llorar, pero con más método y menos ruido que ella.
-¡Vamos, no hay por qué llorar! -dije, secándome los
ojos- te voy a dar ahora un medicamento y vas a tratar de no afligirte.
*
¡Qué desagradable es tomar cariño a un enfermo de
hospital! Allí la democracia es absoluta, no hay preferencias ni distinciones,
y el afecto, por lo tanto, no encuentra formas legítimas para manifestarse.
La verdad es que yo sentía un interés indudable por el
número 18 y que su estado me inquietaba sobremanera. No podía quedarme mucho
tiempo a su lado porque no era prudente; pero me quedaba siempre lo bastante
para irme intoxicando lentamente con su belleza y con el excitante de su
pequeño romance. Ella también era cariñosa conmigo, por gratitud, creo; me
miraba más tiempo que el necesario a cada pregunta y cuando me daba su mano
para dejarse tomar el pulso, era con cierto abandono confiado, como quien no duda
de una tierna acogida.
-Graciana -le dije un día-,¿hace mucho tiempo que no
lo ves?
(Imprudente, dirá el lector. No, por cierto; sólo
quería procurarle el medio, al provocar su confidencia, de frotar suavemente la
herida de su alma, lo que es siempre un alivio).
-Dos meses -me contestó.
¿Y por qué no lo has visto en dos meses?
Así...
-¿El no te ha buscado?
-¡Sí, que me ha buscado!
-Y entonces, ¿por qué has dejado de verle?... ¿no
quisiste tú o no podías?...
Así... -dijo, y ¡vuelta a llorar!
Yo tenía que llenar esos así tan conceptuosos para ella, con mi sola fantasía, y no pudiendo
adelantar gran cosa con mis exámenes, me retiraba desolado, atormentado,
tristísimo.
Entretanto el número 18 seguía muy mal. Todos las
prescripciones del médico eran impotentes, todos mis cuidados inútiles.
A los ocho días de su entrada al hospital, la
desgraciada joven murió víctima de una infección.
Cuando la vi muerta sentí que me arrancaban algo
dentro del pecho. Jamás he visto un cadáver más lindo. Sus facciones afiladas
por la fiebre y los sufrimientos, habían tomado una delicadeza extra humana. Su
pelo rubio derramado sobre la almohada, era el marco de oro de su rostro
inocente, tranquilo, estático, modelado en su última expresión.
El cuerpo de la pobre criatura, liviano, elegante y
airoso, a pesar de la muerte, cupo en un pequeño cajón, el más fino y más
blanco del depósito; yo lo elegí para ella y yo mismo la coloqué en él.
Después de clavado, escribí en la tapa con mi mejor
letra: Así...
*
A los pocos días encontré a Baldomero en la calle, muy
flaco, muy pálido, muy decaído. No se le había visto en clase ni en los
hospitales por mucho tiempo.
-He estado enfermo -me dijo.
-No lo he sabido; pero ahora estás bien, ¿verdad?
-Sí, mejor.
Nos miramos un momento con aire de recíproca
interrogación.
Yo corté la escena diciéndole.
-¿Tienes tu cartera? dámela un momento.
Me la dio; saqué mi lápiz y puse en una de las hojas
estas tres letras: Así .
El miró la palabra, levantó los ojos con asombro y
encontrando en los míos no sé qué expresión, dio vuelta la cara para ocultarme
sus lágrimas.
Lo tomé del brazo y trabé con él una dolorosa
conversación.
-¿Dónde está? -me dijo.
-No sé. (Me pareció cruel darle la triste noticia.)
-¿Cómo sabes eso de Así ?
Por una casualidad, ya te lo contaré. ¿Y tú no la ves?
-No la veo desde hace más de tres meses.
-¿Por qué?
-Porque no sé dónde se ha ido. Salió de casa de su
madre, vieja perversa, se fue a casa de una amiga y después no sé dónde, sin
decir nada. Desde los primeros meses.... ¿sabes?... me había tomado un odio
mortal, no me podía sufrir; en vano hacía todo yo por contentarla; me huía como
al peor enemigo; creo que estaba histérica. Por fin se fue; yo me enfermé de
pena, te lo juro, porque la quería con toda mi alma; estaba dispuesto a casarme
con ella, a pesar de la familia y de todo...
-Bien, bien, tienes tiempo para casarte; ¿y querrás
mucho a tu hijo?
-¿A mi hijo?
-Sí, pues, a tu hijo; ¡ya conversaremos de eso!
*
Desde ese día fuimos inseparables Baldomero y yo. La
palabra así fue nuestra fórmula para
todas las cuestiones: ¡un verdadero amuleto! Y muchos meses después, muchos,
cuando su pasión se había dormido y su corazón se hallaba más sereno, ¡le contó
todo, todo!
1893
Recuerdo al caso
A propósito de "Alma de niña" novela del
doctor Manuel T. Podestá.
Mi estimado colega y amigo doctor Podestá: He leído
apenas me la han devuelto, su preciosa novela "Alma de niña". Me ha
gustado en extremo y la encuentro llena de ternura en medio de un análisis
fino, delicado, revelador de este dualismo tan ignorado: la psicología
científica y el sentimiento natural y sencillo. Algunas de sus páginas me han
conmovido y el tema y su desarrollo tan bien llevado, me han mostrado una vez
más los méritos de autor tan filósofo, agradándome mucho poder comprobar de nuevo
las dotes literarias de un colega y de un compatriota.
A más, su libro es sugestivo, usaré la palabra de
moda; me ha hecho recordar un episodio de mis primeros tiempos de médico y me
ha inspirado el deseo de contárselo, confesando que la forma en que se
presentan ahora mis reminiscencias me parece una imitación de su estilo, en
parte, mechada con puntas de mi propia cosecha.
¡Pobre María!
Yo asistía allá por al año (cualquiera) a una señora
anciana, chiquita (era la más chica de mis clientes) y tan buena que yo no
comprendía cómo en tan pequeño volumen podía caber tanta bondad.
Vivía con una joven criada por ella, más nadie sabía
en el barrio y por lo tanto en el universo, si la niña tenía con doña Rita, mi
enferma, vínculos de parentesco.
La joven se llamaba María; eso ya era una ventaja; ¡un
nombre lindo! y ella se parecía a su nombre, razón por la cual gozaba de
general simpatía.
Yo la festejaba un poco y naturalmente, doña Rita
aprovechaba de mis más asiduos cuidados.
Como yo era uno de los mejores médicos de mi barrio,
un día encontré a la viejita muerta, sin saber cómo ni por qué.
¡Triste espectáculo!
*
El cadáver estaba en la cama cubierto aún con las
frazadas en desorden. Una vela ardía en la única mesa del cuarto, con una luz
ética, al lado de un niño Dios, cubierto con un fanal, acostado en un bosque de
flores de trapo y estirando los brazos como si se preparara a recibir una
palangana, en esa actitud peculiar de todos los niños dioses que yo he visto.
María se había sentado a poca distancia, serena,
tranquila, tristemente. No me dijo una palabra.
Yo me acerqué al cadáver y me puse a contemplarlo,
mientras mi mente anotaba mis sensaciones: ojos hundidos, abiertos, sin brillo,
mirando al infinito; nariz afilada, chica, aguileña; frente de cera, labios
finos, secos; manos flacas, arrugadas, con dedos nudosos contraídos, mostrando
en la yema de uno de ellos los puntos negros hechos por la aguja.
Me senté hacia los pies en una silla y me puse a
observar el cuarto frío con piso de ladrillo ordinario y gastado.
*
La luz entraba por una ventana de vidrios pequeños,
antiguos y cuadrados, a través de los cuales se veía los barrotes de la reja
trepados por una planta; madreselva, creo. Los rayos, al pasar por la cara de
la muerta, se empañaban, se enfriaban e iban en seguida a derramar la
desolación en la pieza. A la derecha había un biombo fijo, empapelado con
diarios primero, con papel de forro después, provisto de una abertura de la que
pendía una cortina de cretona desteñida.
El tabique servía para dividir la pieza en dos partes;
la del fondo constituía el cuarto de María, donde yo nunca había entrado, pero
cuya atmósfera estaba seguramente llena de emanaciones virginales.
Mientras yo asentaba en mi mente todos los objetos,
con aquel lujo de detalles cuya percepción permite siempre aun el más intenso
pesar, entró un gato barcino, calmoso, despreocupado, caminando blandamente,
sin ruido, con aquella elegancia elástica propia de su raza. Se detuvo a cierta
distancia del cadáver, dobló las patas, acomodó la cola, y mirando con sus
pupilas lineales, amarillas y verticales, maulló una vez. Nadie le hizo caso.
Entonces sacó su cola, enderezó las patas y con el mismo paso metódico y
clandestino, abandonó el cuarto, diciéndose probablemente: "todo está
perdido, soy un gato abandonado, huérfano; se acabó la leche en plato; ¡ya no
más siestas al pie de la cama!".
No sé lo que María pensó del gato, pero indudablemente
su vista la distrajo; yo la vi mirarlo con curiosa atención.
*
El silencio formaba el fondo del cuadro, para hacer
destacar mejor cualquier ruido insignificante venido de afuera. Yo oía el golpe
de mi propio corazón.
¿Nadie sabía la desgracia ocurrida? Nadie; a los menos
la naturaleza no lo sabía, porque continuaba su pequeño trote sin la menor
inquietud.
El sol había salido o no había salido, según su
costumbre, alternando sus tintes. Eso no importaba; otros días sin ninguna
viejita muerta hacía lo mismo. ¿Por qué no tomaba en cuenta la situación
afligente, por qué no sufría, por qué no lloraba?... ¿Y los muebles, los
compañeros de tantos años? Allí estaban quietos, insensibles...
¡Siquiera la mesa podía apartar las patas y echarse al
suelo en prueba de dolor!
Solamente la vela podía armonizar con la situación. Ya
estaba enferma, pálida, medio consumida, llorando un poco de cera a lo largo de
su cabo y ardiendo melancólicamente, con una llama vacilante y pobre.
Pero en fin, ella acompañaba como un ser viviente.
¡Cuando se apague se esparcirá por la habitación la
tristeza que sigue a todo cambio!
*
Frases incoherentes, como estas, navegan en la cabeza
de María:
"No digo que no se muera, pero, ¿por qué se muere
ahora?
"¡Todos nos hemos de morir!
"Si otro se hubiera muerto, lo mismo sería.
"¿Por qué no habla?... ¡Yo hablaría si estuviera
muerta!
"¡Quién sabe, nomás!
"¡Qué afligida estoy!
"No me ha dejado encargada a nadie.
"¡Me parece imposible!
"¡Tan buena, tan buena! ¡muy buena!
"¡Yo también la quería... Y luego la enterrarán.
-¿Qué quiere decir: la enterrarán? -No entiendo."
*
Y ni una palabra emitida.
Yo también tenía mi feria cerebral persiguiendo los
giros de mi enajenación en un constante cambio de escena.
Veía entrar un viejo vestido de negro con una levita
raída, esdrújula, como forro de paraguas, con una nariz aguda investigadora; lo
veía acercarse al cuerpo yerto de su amiga y alegrarse en el fondo de su alma
egoísta por no haberse muerto él. Después aparecían las decoraciones. "La
vestirán de muerta con su librea de difunto pobre. La muerte tiene también su
moda; ¡nadie se va con su traje habitual! ¿El cajón tendrá manijas
plateadas?".
¡Y el paño negro, con franja para la mesa! ¿Cuál mesa
usarán? ¿El cadáver es chico? Faltan los hachones y los candelabros altos, ya
prácticos en el oficio. Quisiera saber lo que piensa un candelabro después de
diez años de uso. ¡Los candelabros para pobres deben tenerles envidia a los
otros!"
¡Pobre María! ¡Realmente es una desgracia! Nunca la
había visto más bonita. ¿Por qué no llora?
-Ya he llorado. ¿Para qué sirven los médicos? -dirá
ella-.
"En verdad... ¡para qué sirven!"
"¿Nadie vendrá a esta casa?"
*
La vela seguía consumiéndose y todo continuaba lo
mismo: el niño Dios estirando los brazos, acostado en su cuna de flores de
género; la mesa impasible. María silenciosa y la ventana con sus vidrios chicos
dejando pasar la luz helada, que caía como un sudario en el cuerpo inmóvil de
la viejita.
Y luego el desfile de frases otra vez:
"Todos los muertos son buenos."
"Ya no hacen sombra a nadie y todos heredan algo:
el sitio que ocupaban, el pedazo de pan que comían."
Esta infeliz comía poco y ocupaba un espacio muy
pequeño."
"¿Y para qué nacer, para qué vivir y para qué
morirse?"
"Realmente nada tiene objeto."
"María se casará y tendrá hijos. Su marido será
gordo y vulgar. ¿Y ella? ¿Cómo será ella dentro de diez años? Ya lo veo,
también gorda y vulgar."
"¿Cómo hará el gato para mudar de casa?"
"Los gatos son los representantes más genuinos
del patriotismo. ¡He visto gatos misántropos y solitarios en casas
abandonadas!"
"¡Me parece que doña Rita se mueve!... Es una
ilusión; ¡a fuerza de fijarse uno en su cara, cree verla animarse!
"¿A dónde se irá la vida? No se va; ya no hay
más, simplemente, como un ruido que cesa sin irse a ninguna parte."
"¿No se habrá muerto también María? Hace una hora
que no se mueve. Y yo ¿qué hago aquí?"
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . .
No me acuerdo cuándo salí de la triste habitación. Lo
único que conservo en la memoria de aquella escena es una sensación de
estática, de ensueño doloroso y monótono.
Algunos años más tarde encontré a María en un tranvía,
alegre, fresca, consolada, demasiado consolada tal vez. Era otra María.
Muchas personas se han desdoblado en mi imaginación.
Ahora las trato como a relaciones recientes, mientras las antiguas que son esas
mismas, sin serlo, han muerto, sin dejar de vivir, y pegadas a mis recuerdos en
su forma antigua, continúan rodeadas de esa dulce, poética y tierna melancolía
que envuelve a todas las cosas pasadas.
1893
Triste experiencia
Desde
la edad de cinco años de que datan mis recuerdos más lejanos, hasta la de
veinticinco en que por primera vez me gustó una mujer rubia, tuve una marcada
preferencia por las jóvenes morenas y de ojos negros.
Allá
por el año 1870 y durante el tiempo transcurrido hasta entonces, cuyo cómputo
no hago por no faltar a mis principios, tan radicales en la materia como los de
cualquier dama distinguida y seria, mis aficiones se hicieron eclécticas... ¡no
adivino la causa!
Una
rubia rompió la monotonía de mis predilecciones anteriores.
Su
casa estaba al lado de una Comisaría y la niña miraba los escándalos que a su
puerta se producían, con unos ojos serenos, admirados y azules.
Entre
las dos circunstancias, la de vivir al lado de una Comisaría y la de mirar con
ojos azules los procedimientos de ese Poder público para reprimir desórdenes,
produciendo otros mucho mayores, creo que la segunda fue la verdadera inicial
de mi cariño hacia la joven, dando por nula y de ningún valor la primera, pues
gentes conocí en aquella época que vivían pared de por medio con la misma
Comisaría y sin embargo no me inspiraban el menor interés.
La
rubia tenía dieciséis años, tres meses y veintiún días cuando yo la concí, pero
el color de sus ojos debió datar del tiempo en que por primera vez tomó el
cielo ese tinte de zafiro oscuro en los pródromos de tormenta.
Era
delgada y airosa, blanca, pálida y su cabello largo fino, ondeado, color de oro
muerto.
¡Una
boca! ¡Dios mío! ¡qué boca! Yo me pasaba las horas esforzándome por comprender
como podía tenerla tan chica, con labios tan rosados y delante de unos dientes
tan blancos, tan iguales y tan unidos.
Cuando
se reía todo el barrio se alegraba, yo pensaba que era día de fiesta y el
Comisario ponía inmediatamente en libertad a todos los presos.
Se
llamaba María, es decir, tenía para mí nombre de negra, pues la primer María
que yo conocí era una negra cocinera en el pueblito donde yo nací, en el cual
no había ni podía haber otra María, ni más Tadeo que un tuerto picado de
viruela, por cuya causa yo he creído hasta muy entrado en años, que todos los
Tadeos eran tuertos y todas las Marías negras cocineras.
El
Comisario la festejaba, naturalmente, (a la rubia no a la negra de mi pueblo)
pero sin éxito; yo me contentaba con amarla en secreto y mirar su fotografía
cuya fecha marcada el día de un cumpleaños y referida al de nuestra primera
entrevista me dio a conocer la edad exacta del adorado original.
Hice
mil tentativas por obtener sus favores platónicos; no aspiraba a más; pero,
triste es decirlo, de mi gestión sólo resultó una íntima amistad... con todos
los vigilantes de la Comisaría y con el Comisario mismo; ¡con la rubia, nada!
Al
año siguiente de estos acontecimientos se casó con un carpintero primo de ella.
Desde esa época creo que data mi aversión a los primos carpinteros.
La
casta niña que yo veía en mi imaginación no era ella; la mía tenía gustos
delicados correspondientes a su físico y francamente, ¡no me parece un gusto
delicado casarse con un carpintero!
|
* |
Más
tarde conocí otra rubia.
Esta
era grande, robusta, cara redonda, ojos claros azules, maliciosos. Su cuerpo
indolente y su carne blanca y semi-suelta le daban un aire de voluptuosidad
alarmante. Cuando caminaba iba derramando gracia. Hablaba cortando las palabras
y me gustaba particularmente su modo de decir sí . Me habría enamorado perdidamente de ella a no ser por sus
manos que eran enormes y duras. ¡Yo no sé de donde fue a sacar unas manos tan
desagradables!
Estaba
yo en lo mejor de mis trabajos para prescindir de extremidades tan
incongruentes con el resto de su persona, cuando le salió un novio, un
estanciero con el cual se casó, yéndose en seguida a poblar el sud de la
provincia.
No
se tome esto ccomo una metáfora; la rubia tiene a la fecha catorce hijos. ¡Qué
menos podía esperarse de una mujer tan graciosa para decir sí !
|
* |
Después,
desengañado con tan mal éxito, me puse a festejar una doncella de color sud
americano, muy linda; cuerpo espléndido, buen busto, cintura un poco gruesa,
figura bien cortada, pelo negro, largo, pesado; ojos tamaños de grandes,
tardaba un día en abrirlos; negros, bien negros; cuando miraba se hacía de
noche; boca chica, labios un si es o no es gruesos; dientes agudos finos y muy
blancos; pero ¡qué nariz! había que mirarla muy de frente para no creerla
añadida; nunca pude tolerarla; ella no entraba en mis principios y por su causa
rompí mis relaciones con su dueña.
Verdad
es que también concurrió a nuestra desinteligencia la aparición de un
pretendiente; un patrón de buque de cabotaje, más tolerante que yo en asuntos
de narices.
¡Confiese
el lector que mis rivales afortunados eran como para desesperar al menos
pretencioso!
|
* |
Tras
de esta vino otra, de pelo negro también y ojos ídem, bravos. Esta era blanca,
pálida, de regular estatura; bastante bonita. Tenía una ligera sombra de vello
fino en el labio superior; no obstante no podía uno mirarle la boca sin desear
darle un beso, o dos.
Ya
con tanto fracaso, estaba dispuesto a no tomar grandes aficiones hasta no ver
si había algún defecto dirimente de todo entusiasmo. Al principio me mantuve a
la capa, como dicen, espiando las fallas. La moza era interesante sin duda;
añadía a su belleza física una vivacidad extremada y una combatividad picante.
Podía decirse que todo esto la realzaba ante mis ojos, pero yo escondía mis
impresiones defendiéndome de mí mismo. Ella empleó todo su arte y su potencia
para llegar a su objeto: hacerse querer; y lo consiguió, pero sólo en parte,
pues yo no aceptaba su ingrediente moral agresivo, intransigente, sin un átomo
de bondad, por cuanto hasta sus ternuras y sus amistades, eran bravías e
imperiosas y sus obsequios y caricias verdaderas imposiciones, multas diré,
impuestas a sus admiradores.
Mientras
se desvanecían los efluvios del afecto anterior, conocí la tercer rubia, una
niña color de marfil nuevo, pálida, fina de cuerpo y de cara, elegante, bien
plantada, lánguida, delgada, enfermiza, de aspecto melancólico y con las
apariencias de la índole más suave. Su cabeza era judía, grande y de bella
forma, su cabello infinito, nutrido, un poco grueso; sus ojos grandes de color
azul verdoso, tiernos, dulces cuando ella quería; el óvalo de su rostro,
delicadísimo. Hablaba con gracia y tenía en su trato algo de aristocrático que
atraía. Llevaba con resignación aunque con tristeza su suerte, no muy buena al
parecer y vivía indudablemente en un medio poco apropiado a su naturaleza. Su
aspecto físico indicaba una gran delicadeza de sentimientos. Pero aquí venía el
contraste. Era fría, cruel, caprichosa y audaz, hasta la temeridad.
Tenía
una afición particular a martirizar, sin ser sin embargo mala; era coqueta, no
por agradar a nadie sino por mortificar a los que más dueños se creían de su
cariño. Le gustaba mucho poner trampas a los pretendientes a su mano y hacerlos
caer en ellas para divertirse con su cólera y enojo. En resumen, toda su
conducta, juzgada filosóficamente, indicaba que no tenía el debido aprecio por
la lealtad ni la consecuencia.
Tan
insólitas condiciones concluyeron por hacerme retirar mi candidatura.
|
* |
Tras
de tan larga experiencia afirmo que no hay mujer alguna en quien un solo
defecto, no baste para borrar o balancear las más relevantes cualidades.
Lo
mismo puede decirse de los hombres, pero al fin ellos no tienen por sola misión
en la tierra endulzar la vida con sus encantos estéticos y sentimentales, como
la tienen las mujeres.
¡No
hay mujer completa!
-¿No
hay? -Sin embargo conocí después una niña sin defecto aparente: Edad quince
años; talento impropio de su extrema juventud.
|
Cualidades sentimentales: |
Prudencia;
ajena a su sexo.
Altruismo;
en equilibrio indiferente.
Afectos
de familia; muy desenvueltos.
Respeto
a sus mayores; nulo.
Virtudes
domésticas; excelentes.
Idem
individuales; completas.
|
Cualidades intelectuales: |
Comprensión;
fácil.
Juicio
y raciocionio; filosóficos.
Conciencia
de sí misma; enorme.
|
Cualidades para distribuir en
diferentes capítulos: |
Bondad;
inconsciente, resultando más bien de la indolencia.
Sumisión;
aparente.
Circunspección;
antigua, infalible.
Imperio
sobre sí misma; máximo, llegando casi a la hipocresía.
Presunción;
incomprensible.
Tendencias
al amor sexual; dependientes de los fenómenos de alimentación y clima.
Actitudes;
abandonadas, encantadoras.
|
Señas particulares: |
Su cuerpo era un modelo, su cabeza grande armoniosa, su tez satinada,
fresca, su frente reveladora de un alma inocente y repleta de ideas, su color,
el de las flores blancas y rosadas en armonía de contraste.
La vista descansaba, mirándola, de las fatigas que le impusiera una luz
intensa. Su risa metálica e infantil animaba la casa, su alegría constitucional
se insinuaba y se expandía; su felicidad hacía feliz.
¿Dónde están los defectos de esta niña, capaces de borrar tan altas
cualidades?
¡Oh! ellos saldrán, sí, más o menos tarde ¡oh! ¡sí saldrán!
Pongamos una sordina a nuestro entusiasmo y esperemos... ¡No hay mujer
completa!
1880
P.D. -A imitación de los grandes autores daré cuenta del rumbo o fin de
las personas que figuran en las páginas anteriores de esta narración.
La vecina del Comisario murió de una afección cerebral.
La mujer del estanciero pidió, hacia el año 1884, una concesión de
tierra en el gran Chaco para colonizarla con su propia familia.
La señoraa del patrón de buque suele venir a verme con tres de sus
hijos, mocetones empleados en el calafateo de embarcaciones menores.
La blanca de ojos bravos se dedicó a la vida monástica; se fue a España,
entró en un convento y allí pasa su vida en rezos enojosos y en oración
agresiva contra la corte celestial.
La rubia inexplicable se casó con un austríaco, es ahora un suegra
modelada sobre los más fulminantes ejemplares y hace en Viena, donde reside,
muy buen papel con los restos de su belleza clásica.
La última, la niña sin defectos aparentes, se ha quedado soltera y goza
en la actualidad de uno de los caracteres más agrios de la comarca.
Ella y cualquier limón hacen pareja.
1894
Variaciones mentales
A la luz de la luna
¡La noche está triste!
La luna alumbra con verdadera gana los patios de mi
casa y también, lo supongo, los campos y las calles. Está en la faz que los
almanaques llaman "luna llena" y presenta casi en todo su disco, una
cara limpia, iluminada.
No brilla en realidad; el brillo no se aviene con la
melancolía de la luz.
Hay dos clases de belleza; la débil y la vigorosa.
Murillo y Rubens, en lo tocante a la mujer, han dado
las dos formas.
Si de pintar la luna se tratara, yo elegiría a Murillo
para el cuadro.
Yo sé cuánto la luna hace en materia de movimientos,
cómo gira en las vecindades de la tierra, cómo da vuelta alrededor de su propio
eje y oscila para hacer sus libraciones; por fin, cómo se arregla para
presentar siempre la misma cara a la curiosidad de los humanos.
Todo esto, tan matemático y prosaico, nada importa;
cuando uno mira a la luna, en lo que menos piensa es en las libraciones,
término que más parece de obstetricia que de astronomía.
"¡Linterna de los cielos, cirio de plata, amante
de los dioses, casta divinidad del firmamento, virgen desolada, confidente de
todas las ternuras y dolores!" repetía yo siempre en el colegio, encerrado
entre las paredes del vasto edificio, donde no había linternas de los cielos,
ni cirios de plata, ni castas divinidades, ni vírgenes desoladas.
Y la expresión trivial, nueva para mí por mi
ignorancia, tenía un sabor de suavidad antigua que me hacía gozar, y
prescidiendo del recinto, de la campana metódica que llamaba al estudio y hasta
de los profesores inflexibles, me escapaba de la realidad de la escena e iba
con mi fantasía al centro de la Arcadia a ver a los pastores, seguidos por su
rebaño en las noches de luna.
|
* |
Cuando entrábamos a clase de cosmografía y el profesor
erudito dictaba:
"La luna es el satélite de la tierra" (en
vez de la atrocidad del párrafo irreverente en que figuraba la depresiva
califición de satélite , yo ponía en
mi cauderno: "linterna de los cielos"); "es de forma esférica, y
su volumen cuarenta y nueve veces menor que el de la tierra; gira alrededor de
ésta, describiendo una elipse que recorre en veintisiete días y un tercio,
siendo su distancia media de treinta y ocho miriámetros" decía el
profesor; yo escribía: "es un cirio de plata y su volumen cuarenta y nueve
veces amado de los dioses; como toda divinidad de forma esférica, gira
alrededor del firmamente, describiendo una virgen desolada que recorre en
veintisiete días y un tercio su distancia media, confidente de las ternuras de
treinta y ocho mil miriámetros de dolores".
|
* |
En la clase siguiente, no sabía mi lección, de puro
soñador e impresionable.
|
* |
Los años han pasado con sus noches oscuras y claras, y
la luna visitando mensualmente nuestro hemisferio ha reflejado en su disco de
estaño los ardores atenuados del sol sobre la tierra, con la imperturbabilidad
de un globo seco, filosófico y desposeído.
¡Cuántas amarguras ha recogido, cuántas escenas de
amor legítimo o clandestino ha presenciado y cuántos terrores y sorpresas ha
causado con su salida imprudente de entre las nubes, mientras se pasea como una
mula de noria por su elipse!
|
* |
Luna antigua, bola decrépita sin jugos y sin aire,
enjuta, grietada, como si fueras de billar de aldea; ¡tú que trepas sobre las
pirámides de Egipto, ¿no te avergüenzas de meterte por los fondos de las casa,
disimulada y silenciosamente?
¿Qué haces ahí parada en apariencia, mientras las
nubes corren sus velos negros o blancos sobre tus facciones siempre iguales?
¿Vienes acaso a espiar a los sirvientes o a revelarles alguna correría de sus
patrones?
¿Dónde está tu marido, mientras andas derramando la
luz que le robaste, sola y vagabunda en la noche callada, recorriedo los montes
y los valles?
¿Vienes a contarnos la historia del mundo, las
batallas, los cataclismos, la caída de las naciones, las muertes, las
inundaciones que has presenciado desde tu fuga del hogar materno para
contemplar de lejos sus miserias, o a provocar las confidencias de los hombres,
tú que miras a un tiempo los amantes separados y los bandoleros que preparan un
golpe contra el honor, la vida o la fortuna?
. . . . . . A propósito, dime, ¿qué piensa ella ahora,
mirándote desde a bordo? ¿está triste, recuerda a quien la quiere, llora,
tiembla su corazón dentro su pecho cuando golpean las olas el barco en que
navega?
¡Oh luna protectora de las nobles pasiones, mírala con
ternura, envuélvela en la amplia cabellera de tus fulgores y al tocar con tus
hebras vaporosas sus labios entreabiertos, hazle sentir los besos de tu amorosa
lumbre!
Guárdale mi secreto... etcétera, etcétera, etcétera.
|
* |
No se vaya el lector a imaginar que los tres párrafos
anteriores son míos; los copio de un libro viejo, e infiero por su contenido
que desde largo tiempo la luna se ha entregado a un oficio impropio, perseguido
con justa razón por las municipalidades de todos los pueblos civilizados.
Por otra parte, cuanto el libro dice, bien puede haber
sucedido, estar sucediendo y por suceder, donde quiera que haya gente y buques.
Ni es nuevo ni es raro que dos personas se quieran, que la una se embarque y
que la otra se quede mirando la luna, de Valencia, o de otra capital
encantadora, dándose a creer en la capacidad de nuestro mudo satélite para
trasmitir sentimientos.
Pero la imaginación, que hace hablar a los muebles, a
los paisajes y al silencio mismo, teniendo en cuenta la aptitud de los objetos
para suscitar ideas, confía en su fidelidad para llevar mensajes.
De ahí esa fe ciega de todos los amantes en la luna y
esa sublime inocencia con que la hacen confidente de sus locuras.
Yo sé bien que no hay nada en ella de cuanto nuestra
fantasía le supone; no hay doncella, ni tal tierna viajera, ni cosa parecida
sino un pedazo de materia muerta, sin atmósfera, sin agua, sin calor y sin luz;
un astro senil, poco hospitalario y nada agradecido que rebaja al éter luminoso
del benéfico sol, treinta y seis mil grados de fuerza, dejándolo apartarse de
su eterna aridez sólo en reflejos pálidos para caer moribundos en la tierra; un
trozo viejo, seco, rajado, hendido, llenos de antros sepulcrales en vez de
valles, con la única, eso sí, grande ventaja de no tener habitantes.
No obstante, yo también, como todos, he contado mis
cuitas a la luna.
|
* |
Recuerdo, cuando era chico... pero a decir verdad, no
tengo ahora gana de contar eso; lo contaré a su tiempo, ¡no lo he de escribir
todo de una vez!
Los que ven un trabajo impreso o manuscrito con sus
letras, sus sílabas y sus renglones, siguiéndose sin aparente interrupción,
piensan que el autor ha hecho todo de una pieza.
Nada menos exacto: cada producto necesita una
gestación, desde los niños que comienzan su vida llorando, hasta las obras de
arte que salen del lienzo, del pincel, de la pluma, del instrumento musical o
de los ladrillos y el mármol.
Muchas veces un libro, una estatua, un cuadro, un
simple artículo de diario está en la cabeza del autor durante lustros y sólo se
revela cuando encuentra su fórmula acabada.
Así, obras sencillas en apariencia, han necesitado una
penosa incubación, un esfuerzo de concentración, de estudio y de meditación.
Hay párrafos que encierran toda la vida intelectual de
un hombre, ideas constituyentes de su haber de conciencia, bagaje que sólo
deposita en las paradas de su largo camino cuando encuentra la expresión
acabada, la ocasión propicia, el momento oportuno para darles vida en fórmula
verbal o escrita, pero eficiente, genuina efigie del concepto interno, claro,
nítido, estético en sus formas y profundo en su fondo.
Nada de ello es aplicable a las presentes páginas; yo
no encuentro aún la imagen filolófica del sedimento que ha dejado en mi alma la
visión de la naturaleza, la audición de sus ruidos, la sensación de sus
perfumes, la resonancia de sus voces, la misteriosa significación de sus
silencios en la noche tranquila a la luz de la luna, siempre serena.
Pero como toda palabra es sugestiva, tal vez la mía,
desaliñada e incoherente, suscite en el lector algún agradable y melancólico
recuerdo de sus aventuras nocturnas en las plácidas horas de verano.
T'aimera le pilote
Dans
son grand batiment
Qui
flote
Sous
le clair firmament.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El
buque daba cabezadas y metía la proa en el agua; no se veía la luna sino entre
celajes negros, clara sólo de tiempo en tiempo, cuando las nubes dejaban de
pasarle por la cara su tul empapado, como a un niño a quien fuera necesario
lavársela con una esponja.
Un
inglés había muerto y se iba a echar su cuerpo al mar.
Yo
estaba sobre cubierta mirando la luna, cuando sacaron el cadáver en una tabla,
envuelto en la bandera de la Gran Bretaña; la cara estaba visible; el muerto
parecía dormido. ¡Todos los marineros formaban en dos filas! Pusieron el cuerpo
sobre la borda; hubo un momento de recogimiento; después, sin pronunciar una
palabra, levantaron la tabla de un extremo y el difunto, con los pies hacia el
mar, se deslizó lentamente y se fue a fondo.
La
luna, como un daguerrotipo, registró los detalles de la fúnebre ceremonia.
Y el
ruido de una colosal deglución, tal cual lo hacen las aguas al tragar un grueso
cuerpo que les cae, quedó por mucho tiempo sonando en nuestros oídos.
|
* |
Cuando el Destino cometió el infame crimen de permitir que muriera mi
hermanita, era yo muy niño; cada mañana al despertarme la buscaba; me parecía
imposible no encontrarla, no verla, no hablarla... nunca he podido consolarme
de semejante infamia de...¡quien sea!
Una noche me dormí pensando en ella, soñé que se acercaba y me recordé
sobresaltado; ¡abrí los ojos y no vi sino la luna por la ventana entreabierta!
Me levanté tristísimo y miedoso para cerrarla, y vi la plaza del
pueblito desierta, las calles divergentes, solitarias, las montañas áridas a lo
lejos y la luna serena, yéndose lentamente hacia el ocaso seguida de una
estrella, en el mayor silencio.
¡Nadie la veía, nadie la admiraba! ¡Había estado marchando así toda la
noche!
¿Para qué, para quién?
Ante aquel espectáculo sin espectadores, mi cerebro veía un famoso
gimnasta ejecutando proezas de equilibrio en un escenario sin comparsas, sin
orquesta y sin eco, delante del vacío, sin público ni aplausos... Y
contemplando la belleza estéril de aquel viaje eterno sin motivo y sin objeto,
que la plácida esfera continuaba como simple tarea inconducente, el sentimiento
de la inutilidad final de todo en esta vida se condensó en mi mente y se
incrustó para siempre en mi conciencia.
Mi fantasía, no obstante, voló al pobre cementerio de mi aldea y allí
vio, netamente dibujados con líneas desiguales, los diminutos brazos de una
cruz.
1894
Medicina operatoria
Tengo
un caballo andaluz que me regaló Máximo Paz.
Se
llama Bilde. Ha recibido su nombre con la indiferencia de un recién nacido a
quien lo bautizan para hacerlo cristiano.
Cuando
me fui a Europa, segundo viaje, se lo dejé a Juan Cruz Varela, con el encargo
especial de no cortarle la cola, pues a los Varela, en ese entonces, les había
dado por cortar colas.
Pero
Héctor, hijo de Juan Cruz, apenas me fui, se olvidó de mi recomendación o la
consideró irracional e incompatible con sus conocimientos en materia estética
hípica, y un buen día mi caballo amaneció con la cola parecida a un plumero de
casa pobre.
Hubo
mil discusiones a mi vuelta de viaje, repecto a la tal cola y Héctor, en
defensa propia, hasta llegó a inventar que un profesor había aconsejado la
amputación.
Verdad
es que mi caballo había tenido un tumor de mala categoría en el encuentro, y
que Juan Cruz, con una delicadeza que le reconozco, había encomendado su
curación a un veterinario famoso y titulado.
Por
consiguiente, el caballo quedó mal y cuando vino a mi poder, traía una cicatriz
extensa, dura, que se escoriaba con frecuencia.
*
Mi
caballo es un sujeto agradable, soltero, moderado, virtuoso, indiferente en
materias religiosas y no pertenece a ningún partido político. Es joven,
entusiasta, ardoroso y lleno de nobles sentimientos. No tiene ningún vicio, no
bebe, no juega, no es calavera ni pendenciero.
Lo
sospecho, sin embargo, un tanto afecto al bello sexo, por algunas
manifestaciones cuando en nuestros paseos por el Parque encontrábamos alguna
yegua adolescente.
Una
vez sobre todo tuve una visión clara de sus tendencias.
Estaba
a punto de montarlo y acertó a pasar una potranca alazana, jovencita, llena de
seducciones, con la cabeza chica, los ojos vivos, el cuello arqueado y fino,
las piernas un poco largas con relación a su grueso, sin proporción ni
consistencia, como esos brazos flacos e inocentes, expuestos a quebrarse, que
en los bailes de estreno inauguran desnudos y rojizos con infantil vergüenza
las doncellas modestas y delgadas. Además, la potranca era coqueta, juguetona,
alegre, algo maliciosa, presumida y dotada de esa crueldad característica de la
petulante juventud consciente de sus atractivos.
¡Con
qué gracia movía los muslos al caminar! La grupa de redondez incipiente,
mostraba ya algunos conatos de rellenamiento, como lo hace la parte
correspondiente de una pensionista de colegio a la edad de catorce años, cuando
comienza a ser mujer.
Mi
caballo en su presencia tomó tal actitud, que a mí me pareció verlo tirarse los
cuellos, acomodarse la corbata, mirar si sus pantalones hacían arrugas,
erguirse, componerse y hermosearse, por la correcta y elegante posición de su
cuerpo, su cabeza y sus extremidades.
Alzó
la mano derecha como quien ofrece una flor; no ofreció la tal flor, pero
excarvó la tierra con cierta energía de buen gusto, acompañando sus actos con
una pequeña tos aristocrática para darse aplomo.
La
potranca alazana lo miró sonriéndose con amabilidad no disimulada, aunque con
cierta picardía; se saludaron como miembros de una misma sociedad; ella en
seguida dio tres o cuatro saltos muy graciosos, torciendo en cada uno su
hociquito afilado, y él, noble y resignado, alzó la cola, irguió la cabeza y
mirándome con la franca altanería de un joven enamorado y satisfecho, me dijo
en realidad: -Vamos; sigamos a esa muchacha.
Y la
seguimos.
Yo
no soy capaz de negar semejante servicio a mis amigos.
Desde
ese día entre tanto no doy un centavo por la castidad y virtud de mi caballo.
Cuando más, será cuestión de ocasiones.
Por
todas estas cualidades yo lo estimo y además lo quiero mucho; él también me
quiere y me muestra su afecto a su manera; come azúcar en mi mano y restrega su
cabeza suavemente contra mis brazos cuando me acerco.
No
conozco sus opiniones sobre la sociedad y la familia, pero sí sé decir que es
un amigo noble y desinteresado, como lo prueba el hecho de no haber cambiado de
conducta para conmigo cuando dejé de ser ministro, a pesar del ejemplo natural
y humano de varios distinguidos caballeros que no volvieron a poner los pies en
mi casa.
*
Viendo
un día que la cicatriz se le había lastimado otra vez, sin darme cuenta de las
dificultades, decidí operarlo.
Preparamos
debajo de los árboles con el cochero y otros ayudantes, en la quinta donde yo
vivía, en Belgrano, una cama de paja y todo lo necesario: instrumentos,
esponjas, suturas, agua con bicloruro de mercurio y demás enseres.
El
caballo fue volteado, maneado, atado y el acto comenzó; a la primera incisión
hizo esfuerzos desesperados por levantarse, y apenas se le tocaba de nuevo, los
movimientos y sacudidas obligaban a suspender el trabajo; por fin, después de
mucho tiempo, el pobre animal, rendido e impotente para moverse, me dejó
ejecutar la mayor parte de la operación en las peores condiciones, acostado
boca abajo en el suelo, apoyándose en los codos y sin el libre uso de mis
brazos, por lo tanto.
No
obstante, saqué con bastante éxito una buena lonja de piel, comprendiendo la
cicatriz, regularicé la herida y todo anduvo bien hasta la colocación de las
suturas, porque puesta una a duras penas y cuando iba a pasar la aguja para
poner otra, el paciente hinchaba los músculos del pecho y reventaba los hilos.
Esto sucedió tres o cuatro veces y ya yo, cansado, estaba a punto de abandonar
la tarea, cuando se me ocurrió la idea de pasar todos los hilos, dejarlos
colgando y no atarlos sino después de hacer levantar al operado, no teniendo ya
que causarle nuevo dolor, y evitando así los movimientos y la destrucción de mi
costura. Lo hice con gran éxito.
Pero,
a los tres días, por la tumefacción de la herida, todas las suturas se
reventaron; no obstante, a las dos semanas el caballo estaba curado y
presentaba una cicatriz lineal exquisita.
La
Divina Providencia, de envidia, entonces, inventó otra cosa: le mandó al pobre
convaleciente una nueva enfermedad; un grano en el cuello, horrible, enorme,
que se reventó y ulceró, presentando la úlcera las dimensiones de la sección
ecuatorial de una naranja.
¡Qué
fastidio! Ensayé contra el mal todos los remedios antiguos y modernos, sin
éxito; el tumor ulcerado seguía espantoso royéndolo todo.
Rosetti,
Carlos Rosetti, viéndole en tan lastimoso estado, me dijo:
-Pero
hombre, ¿quién le ha hecho eso a ese desgraciado cuadrúpedo?
-¿Quién
ha de ser? -le contensté-, Dios, que me tiene a mí desde el tiempo del cólera y
la fiebre amarilla para corregirle o remediarle una infinidad de fechorías.
Rosetti
se escandalizó y le pegó un espolazo a su caballo, como si él tuviera la culpa
de tales blasfemias.
*
Hube
al fin de resolverme a practicar otra nueva operación, pero no ya en las mismas
condiciones. Al fin de la primera el noble andaluz me había mirado con unos
ojos tales de reproche, que me impresionó. -Tan luego usted, doctor, parecía
decirme, se ha puesto a martirizarme.
Yo
no podía explicarle que todo era por su bien, no entendiendo él ninguno de los
idiomas que yo hablo y no hablando yo ningún lenguaje de caballo, a pesar de
ser profesor de facultades y miembro de corporaciones científicas.
-Es
necesario que no me vea -le dije al cochero-, y usted Bautista (todos saben
quien es Bautista), lleve esta carta a D. Tomás (no hay más que uno, D. Tomás
Lasarte, vasco y químico farmacéutico).
Mi
carta decía así:
"Mi
querido Tomás: Mándame la cantidad necesaria de cloroformo para anestesiar a un
caballo; tú debes tener los datos para calcularla. Te prevengo que se trata de
un compatriota."
*
Tomás
me mandó cien gramos de cloroformo.
La
nueva operación se dispuso en toda regla.
A la
primera aplicación del anestésico, el caballo hizo unos gestos ridículos y muy
graciosos; después se durmió sin convulsiones; verdad es que yo se lo propiné
con tanto esmero como si se tratara de una niña.
Una
vez dormido se puso a relinchar, a gritar más bien, alegremente. Yo comencé,
continué y concluí la cruenta y terrible carnicería, sin despertarlo y en medio
de una algazara de relinchos. El animal parecía contentísimo; en mi opinión, se
reía a carcajadas.
Probablemente
soñaba con una tablada llena de pasto verde, alto, uniforme; con una manada de
yeguas jóvenes, coquetas, frescas y retozonas; con arroyos saltados, con campos
floridos cruzados en todas direcciones a la carrera, con deliciosas y fáciles
conquistas amorosas en tiempo de celo; con forraje abundante y ausencia total
del hombre, animal feroz y dañino, cruel y perverso.
¡Quién
no ha deseado alguna vez ser caballo en presencia de ciertos escenarios
salvajes preparados solamente por la honesta naturaleza!
Mientras
cortaba las carnes de mi amigo Bilde oyéndolo relinchar, le envidiaba su
fantástico sueño, alegrándome de habérselo producido.
Resultados:
1°.
Mi caballo andaluz está sano y bueno.
2°.
Yo soy veterinario.
3°.
Un caballo puede ser cortado en pedazos sin sentir nada, mediante una dosis de
cien gramos de cloroformo.
4°.
Creo ser yo el primero que ha usado aquí los anestésicos para operar caballos.
La
firma -
Yo
La
fecha - 1884.
Pablo y Virginia
Acabo
de leer este romance; es bueno; voy a contároslo por si no lo conocéis.
Una
joven de familia distinguida se enamora en Francia de un hombre honrado, de
mediana condición, llamado La Tour; se casa con él; esto desagrada a la familia
de la mujer. El marido, disgustado del accidente, decide ausentarse y se
traslada a una isla donde existe una colonia francesa; deja allí a su mujer y
se va a negociar al extranjero. Muere antes de volver a la isla, quedando su
mujer con una hija no nacida aún, por toda herencia; esto se debió a que en el
país había abogados; es decir: se debió a que había abogados la reducción de la
herencia, no el hecho de haber quedado la señora en cinta.
La
pobre viuda se encuentra abandonada en la isla; busca un terreno y se instala.
Por lo visto, el terreno era sumamente barato en aquel paraje.
Como
vecina encuentra a una señora llamada Margarita, que se hallaba en idénticas
circunstancias según el autor; totalmente diferentes, según lo verá el lector.
En
efecto, Mme. La Tour era de familia noble.
Margarita
no lo era.
Mme.
La Tour era casada.
Margarita
no lo era.
El
señor La Tour era marido y de mediana condición.
El
señor seductor de Margarita era amante y sin condición.
El
señor La Tour se murió.
El
otro señor no se murió por aquel entonces.
Mme.
La Tour estaba embarazada de una niña.
Margarita
de un niño.
El
autor encuentra que todas estas circunstancias son idénticas. ¡Dios lo bendiga!
Había
por allí, además, un vecino viejo y dos sirvientes negros de diverso sexo. Les
ruego no creer que el viejo fuera neutro.
¿Cómo
dividir el terreno de las nuevas vecinas, sin que hubiera cuestión de límites?
El viejo echó a la suerte el caso y la cara y el castillo dieron los títulos de
propiedad de los terrenos.
En
ellos se construyó dos cabañas separadas, pero próximas.
*
Margarita
dio a luz un niño; le llamaron Pablo, y se plantó un árbol.
Mme.
La Tour dio a luz una niña; la llamaron Virginia, y se plantó otro árbol.
Era
evidente que los árboles respresentarían en adelante la edad de los niños en
caso de no secarse (los árboles).
Las
dos mujeres vivieron en santa paz sin murmurar del prójimo. ¡Es necesario ir a
las islas para presenciar tales fenómenos!
Los
dos negros se casaron, pero la negra no dio a luz nada, razón por la cual no
plantaron otro árbol.
*
El
método de vida de estas gentes, era muy sencillo: comían y se bañaban juntas,
pero dormían separadas.
Iban
a misa a la aldea vecina, juntas, pero rezaban separadas.
El
viejo las visitaba a todas juntas.
Pablo
y Virginia crecieron y aprendieron a hablar; desde este último suceso se
llamaron hermanos.
¡Uno
se queda sorprendido de que no se hubieran dado tal nombre antes de saber
hablar!
Pablo
se ocupaba de los juegos y trabajos propios de su edad y de su sexo. Virginia
hacía respectivamente otro tanto. ¡He ahí un nuevo fenómeno singularísimo!
Pablo
quería mucho a Virginia y ésta a Pablo. Siempre andaban juntos: ¿por qué no
andarían de preferencia con el viejo?
Había
además un perro; se llamaba Fiel; ¡esto es un pleonasmo!
Cualquiera
que tenga relaciones con un perro, sabe que es fiel, aunque no se llame tal.
Me
parece inútil decir que las dos familias y el viejo eran felices. Comían,
dormían, paseaban, jugaban y no pagaban contribución directa.
Nada
tenían que reprocharse, ni una falta, ni un crimen, ni un pecado venial, salvo
el original. A nadie hacían daño; ni carne comían por no matar animales, pues
no se atrevían a comerlos vivos.
Tomaban
leche, se alimentaban de verduras y huevos y habrían dejado a salvo estos
últimos, si hubieran sospechado que de ellos salían los pollos.
Fiel,
por su parte, no hacía tales distinciones y a pesar de su inmenso amor a la
familia, no participaba de sus opiniones respecto al régimen alimenticio.
*
Un
día que las dos madres habían ido a misa, llegó a las cabañas una negra
esclava, flaca y hambrienta.
Pablo
y Virginia le dieron de comer. ¡Esto es lo que se llama ser oportunos!
En
seguida la negra les contó que su amo le pegaba y la tenía en ayunas, que ella
se había escapado y que si volvía, su verdugo la mandaría matar.
Júzguese
del horror de los hermanos al oír el verbo matar
, ellos que vivían en perpetua semana santa por no matar una gallina.
Como
tenían buen corazón, se decidieron a interceder por la negra y emprendieron a
pie un viaje de cinco leguas con su protegida. Llegaron a la hacienda del amo
de ésta e intercedieron; el amo perdonó a la negra, pero miró a Virginia con
unos ojos... ¡ah! ¡qué ojos!
Virginia
se asustó: ¡la inocencia, naturalmente!...
Y no
era que no hubiera motivo para mirar a Virginia con ojos de hacendado; la
mocita tenía ya sus trece años, era redondita, blanca, graciosa, bonita y tenía
un famoso desenvolvimiento de caderas en que Pablo no había fijado su atención.
Verdad
es que Virginia era hermana de Pablo y es sabido que las hermanas nunca tienen
caderas.
*
Pablo
y Virginia se retiraron a su cabaña y se perdieron en el camino, a causa del
susto que llevaba la jovencita.
Llegaron
a un río.
-Yo
no paso -dijo Virginia.
Pablo
la cargó a babucha y pasaron. A pesar del gusto que tuvo Pablo, llegó cansado a
la otra orilla. ¡Es que los sentimientos tienen su límite!
Continuaron
su camino con los pies lastimados y sin esperanza de llegar. La noche avanzaba;
los hermanos temblaban de miedo y se pusieron a gritar; el único que les
respondió fue el eco que, como se sabe, repite las últimas sílabas.
-¡Socorro!
-decía Pablo.- Corro , decía el eco.
-Bendito
sea Dios -gritaba inoportunamente Virginia. Adiós
repetía el eco burlón.
-Vengan
pronto -exclamaba Pablo. - Tonto ,
contestaba el eco, permitiéndose cambiar una letra.
De
repente los perdidos oyeron un ladrido: era el de Fiel. "Ahí está el
negro" dijo Pablo, aun cuando el negro no sabía ladrar, y bien pronto se
encontraron reunidos con el sirviente.
-¿Cómo
nos has encontrado? -le preguntaron.
-Vaya
-les contestó el negro-, hice oler vuestras ropas a Fiel y me ha entendido como
si fuera un hombre.
Fiel
afirmaba con la cola que era cierto.
-Los
he buscado como si fueran agujas -añadió el negro-. Fiel ha seguido la pista y
me ha conducido hasta la hacienda a donde fueron a pedir merced para la negra;
allí he visto a la pobre en la tortura: ¡buen modo de perdonar había tenido el
patrón!
Virginia
sospechó que no era bastante un viaje de cinco leguas para dominar las pasiones
de un hacendado.
Domingo,
así se llamaba el negro, hizo fuego, preparó la cena y estaban en lo mejor de
ella los viajeros, cuando vieron un grupo de negros que avanzaba: eran paisanos
de la esclava castigada y reconociendo a sus protectores, quisieron premiarlos
llevándolos en angarillas hasta las cabañas donde las madres los esperaban
desoladas.
*
la
vida de estas familias, evangélicamente inocentes, siguió deslizándose por la
senda de la felicidad. Desgraciadamente, eso no duró mucho.
Virginia
cambió de carácter: andaba triste, soñadora y se ruborizaba al ver a Pablo;
éste no comprendía una palabra del asunto; solamente infería que su hermana no
lo quería tanto, pues no se dejaba abrazar ni besar como antes.
La
madre de Virgnia se dio a pensar por aquella época, en que convenía separar a
su hija de Pablo y habló a éste de un viaje a la India.
-Yo
no voy a la India -respondió Pablo.
-Está
bien, joven obediente -repuso Mme. La Tour-, no vayas.
Virginia
continuaba soñando y haciendo rarezas. Una carta de Francia llegó a manos de
Mme. La Tour: era de una tía de Virginia, rica como Creso y mala como una
avispa; en la carta pedía que le mandaran a Virginia.
La
noticia se esparció por la isla y el gobernador y demás habitantes tomaron
cartas en el juego.
Para
Virginia se establecía este dilema: dejo a Pablo y tengo fortuna, o no tengo
fortuna y no dejo a Pablo. Ella se inclinaba a lo último, pero las madres, los
vecinos y el gobernador opinaban por lo primero.
Pablo
se desolaba, mas nadie le hacía caso.
En
fin, tras de mil vacilaciones, embarcaron a Virginia, sin que lo supiera Pablo,
quien renegó mucho, lloró mucho y se pasó tres días mirando al mar.
*
En
Francia la tía metió a la sobrina en un convento y la quiso casar con un viejo
rico. Virginia se negó a ello y llevó, durante su permanencia, una vida de
perros.
En
la isla no lo pasaban mejor. Pablo estaba sorprendentemente flaco y no cuidaba
el jardín. No habían recibido noticias directas de Virginia, pero esto no les
sorprendía porque la joven no sabía escribir. Un día por fin recibieron una
carta de su puño y letra ¿cómo supieron que era de su puño y letra?... ¡ah...
en las islas!
Pablo
se puso a aprender a escribir para contestarle, y al fin de seis meses envió a
su hermana nominal una plana llena de curiosos detalles y cuyos últimos
renglones contenían repetida cien veces la palabra ven .
La
tía, cansada de la obstinación de su sobrina, se decidió a devolverla a su
patria y la embarcó en un mal buque, eligiendo la estación de las tormentas.
El
buque llegó a la isla, pero al acercarse a la costa, se desencadenó sobre él un
horrible huracán.
Pablo,
el viejo, los negros, Fiel, el gobernador y todos los vecinos hábiles para
desempeñar el cargo de municipales, acudieron a la orilla del mar a presenciar
el espectáculo y ver si podían servir de algo.
La
tormenta era preciosa y digna de aquellas costas providenciales. El poder del
Supremo Hacedor se mostraba allí en todo su apogeo.
Dios,
que permite a los fabricantes construir buques, manda a las tempestades
destruirlos. ¡Esto es de una lógica admirable y los humanos deben estar muy
contentos de recibir lecciones tan provechosas!
*
La
tempestad continuaba arreciando; las maderas del navío crujían, los cables se
rompían y la popa y la proa se sumergían alternativamente en la onda salada.
Los
tripulantes y pasajeros se arrojaban al mar, las olas barrían la cubierta y a
poco andar no quedaban en ella sino dos personas: un hombre de talla gigantesca
y una joven de alma colosal. La joven era Virginia, el gigante no tenía nombre.
El
gigante innominado rogaba a la joven Virginia que se dejara salvar; ésta se
oponía a semejante pretensión por razones de pudor, pues era necesario
desnudarse para echarse al mar y eso no entraba en sus costumbres.
Tan
edificante coloquio se oía desde la costa a pesar de la distancia y de la
tormenta.
-¡Desnúdese!
-le gritaban de tierra.
-Pas
de danger -respondía la joven que en su permanencia en el colegio había hecho
recopilación de las expresiones más puras del idioma francés.
-¡Desnúdese!
-le repetían los de la costa.
-Il ne
manque plus que ça -respondía Virginia.
-¡Desnúdese,
desnúdese! -continuaban las voces.
-¡J'ai
bien autre chose a faire! -respondía la joven.
-¡Desnúdese,
por la virgen santísima! -vociferaban sus amigos.
-¡Ah!
mais, non ¡par exemple! -contestaba la dócil y tierna doncella.
*
Cansado
de rogar el gigante se echó al agua: el mar creció al recibir tamaño cuerpo.
Pablo,
desesperado, trató de llegar a nado al buque, pero lo único que consiguió fue
pelarse las rodillas y las narices contra las rocas.
Un
momento después Virginia y su pudor desaparecieron de sobre cubierta.
¿Y
Pablo? Fue sacado del mar, medio muerto y echando sangre por los oídos, por la
boca y por cuanto conducto tenía.
¿Y
Virginia? Yacía más linda que nunca y enteramente muerta sobre las arenas de la
playa.
Los
isleños la recogieron y al otro día la enterraron.
Al
entierro asistieron todos los habitantes de la isla, inclusive el gobernador y
los soldados, que hicieron a su cadáver (al de Virginia) honores fúnebres, como
si se tratara del cuerpo de un coronel.
Los
jóvenes de la isla querían que las enterraran vivas con el cadáver de la
virtuosa doncella.
El
gobernador se opuso a eso, fundándose en que muchas habían perdido lo que
perdió a Virginia.
Así,
pues lo único que se enterró con los restos de la virginal empecinada fue su
castidad y algunas flores igualmente inocentes.
*
Aquí
debía conluir la novela, pero no concluye.
Pablo
fue debidamente atendido, pero quedó mudo y bastante atontado. ¡Juzgue el
lector cuál sería la situación de Pablo con esta nueva dosis de estupor que le
sobrevino!
Inútil
es decir, que las madres, los negros, el viejo y Fiel fueron desagradablemente
impresionados por tales sucesos.
Pongo
en conocimiento del lector que el viejo tantas veces nombrado en esta
lamentable historia, sólo figura en ella por hallarse presente. Jamás ha hecho
cosa alguna que yo pueda narrar ¡pero el autor lo encuentra indispensable para
el desarrollo del drama!
Margarita
murió poco después.
Pablo,
seguido del viejo, anduvo vagando mucho tiempo y recobró temporalmente el
habla; dos o tres veces, dijo: "¡Virginia, Virginia!" con todas sus
letras y se volvió a quedar mudo.
El
viejo lo llevó al mercado (devuelvo al viejo su crédito puesto en duda en un
párrafo anterior, en presencia de esta noble acción) lo llevó para ver si el
movimiento de aquel centro comercial lo distraía; pero nada, más bien las penas
del joven aumentaron al ver terneros, pollos y pescados muertos.
Por
fin, él también murió y tuvo el gusto (dice
el autor) de ser enterrado junto a su novia.
La
madre de Pablo murió a su tiempo y Fiel no quiso ser menos.
Los
negros tardaron más en verificar esa operación, pero tuvieron, por último, que
decidirse a imitar a sus amos y al perro.
En
cuanto a la tía, se supo en la isla que había pagado caras sus maldades: murió
loca en un manicomio.
Lo
único que quedó en la isla, como rastro de la existencia de aquellas familias,
fue la ruina de sus habitaciones y algunas aves domésticas viejas, que, al
verse abandonadas, se volvieron salvajes y carnívoras: gallina hubo que se
convirtió en una verdadera pantera.
El
viejo, empecinado en vivir, quedó también para contar esta triste historia.
Ya
la ha contado más de cien veces (le redevuelvo su reputación de personaje
importante), y todavía llora al oír su propio relato.
¡Necesario
es confesar que hay naturalezas muy sensibles!
1894
Sobre cubierta
El capitán, por sus atenciones, no ha ido a la mesa; una joven ocupa el
primer asiento a la derecha del suyo; el mío está enfrente. Entre uno y otro
plato me pongo a mirar el cielo por la ventana situada detrás de la joven; el
horizonte sube y baja mostrando su faja azul sobre el límite del agua, más
ancha o más angosta según las oscilaciones. En uno de tantos momentos no veo el
horizonte sino los ojos de mi vecina, grandes y azules. Estamos casi aislados;
ella me mira con rápida fijeza un átomo de tiempo y yo aprovecho esta
indicación para hablarle.
-¿No se marea... -No sabía si decirle señora o señorita. El má útil de
los instrumentos al alcance del hombre, el idioma inglés, me sacó de apuros...-
my Lady?
-No... -dijo; pero pareciéndole sin duda muy seca su respuesta, tras de
una ligera pausa, añadió:
-¡No, no me mareo! ¿y usted?
-Yo, a veces.
-¿Ahora no?
-No, ahora no; ahora estoy muy bien, sobre todo teniendo una compañera
de mesa que se digna conversar conmigo.
-Es usted muy amable; yo converso con todo el mundo. -Esto no me gustó;
no me agrada figurar en colecciones
-Yo no converso con todo el mundo -repliqué, con cierta impertinencia.
-¿Y con quién conversa?
-Con las personas que me agradan.
-¿Entonces yo le agrado?
La miré por primera vez con atención, antes de contestarle,
encontrándola realmente muy agradable; y copiaré aquí de mi cerebro, según el
orden en que fueron llegándole, los datos trasmitidos por mis ojos, con la
sinceridad de un aparato mecánido: "Color blanco, rosado; cara ancha, boca
muy chica, dientes mal acomodados; en el lado izquierdo, junto a un incisivo,
tiene un canino separado por un espacio notable; la lengua rosada se ve a
través de este espacio cuando ella sonríe; pero el defecto le da mucha gracia.
Cejas finas, a gran distancia de las pupilas, ojos muy separados entre sí
(estos detalles de proporción dan grande serenidad y nobleza a la fisonomía),
pestañas largas, luz de la mirada atenuada, dulce; orejas chicas, la derecha no
tiene orla completa; manos grandes, de buena forma."
-Mucho -contesté después de un buen momento, como para establecer que mi
respuesta se fundaba en mi reciente examen.
Mejor así -dijo. Era sin duda un tanto coqueta mi vecina.
Se levantó, saludó y se fue sobre cubierta. Yo, naturalmente, subí
también y comencé a pasearme. Ella se asomó a la borda y se puso a mirar la
luna. Habrá notado el lector que los autores de cuentos relacionados con el
amor, los sentimientos tiernos o las simples galanterías de pasatiempo abusan
de la pobre luna y la ponen cuando se les antoja en escena. Yo no entro en el
número de estos falsificadores. La noche de que hablo era realmente de luna en
el mar rojo y quien lo dude puede consultar el almanaque donde encontrará para
la noche del 21 de Enero de 1897 asignada una luna en el período inicial de su
menguante.
Al pasar por tercera vez junto a la joven, oí que golpeaba con su
abanico la baranda. "Cuando una mujer golpea con su abanico la baranda de
un buque, me dije, está impaciente o contrariada o aburrida." Veamos, y me
acerqué.
-¿Linda noche, verdad? (El hombre más sabio de la tierra y más habituado
a sociedad, no puede eximirse de comenzar una conversación, en las
circunstancias de mi caso, sin acudir a un agente meteorológico. Principiar las
conversaciones por elogiar o denigrar los accidentes atmosféricos de
actualidad, es por eso de tan antiguo uso como el lenguaje y tan inevitable
como dar rulos de pelo en seña de amor, cuando los amantes no son calvos).
-¡Sí, muy linda!
¿No quiere usted caminar un poco?
-¡Sí, caminemos!
Y caminamos. Yo he estudiado mucho en mi vida; sé regularmente tres o
cuatro idiomas; he corrido el mundo y he frecuentado la sociedad. A pesar de
eso, maldito si se me ocurría una sola cosa para entretener a mi compañera;
¡inútil me era revolver mi cabeza! ¡no hallaba nada! Por fin recordé la
observación de un amigo mío bastante tonto: Cuando yo no sé de que hablarle a
un individuo, me dijo un día, le pregunto algo; generalmente: "¿en qué
piensa usted?" ¡Oh! ¡recuerdo oportuno! Como quien ha resuelto un problema,
súbitamente le acomodé con brío el famoso: "¿En qué piensa usted?" de
mi amigo.
Sin duda la joven estaba pensando en alguna picardía, y al ver mi
decisión y mi actitud, me tomó por adivino; sin embargo, con aquella prontitud
que tienen las mujeres para inventar: -"En mi madre", dijo. Yo no me
esperaba eso; así es que impensadamente salí con la siguiente candidez:
-¿Tiene usted madre?
-¡Sí... dos!
Eso esperaba menos; me quedé mudo... ¡Cómo dos madres! pensé; pero,
habiéndome reconocido muy imbécil esa noche, no quise replicar, desconfiando de
mí mismo y en la sospecha de que ¡tal vez fuera natural tener dos madres y yo
no saberlo! Dos padres sí me los explico, y aún conozco mucho niños que los
tienen... pero, ¡dos madres!... Ella, como para aumentar mi confusión,
ratificó.
-Dos madres, sí, por desgracia!
¡Dos madres! -insistí yo a mi vez y no salía de ahí; pero, como me quedó
resonando la palabra desgracia , y
siempre las desgracias de las jóvenes hermosas me han impresionado, vi en la
expresión un tópico practible.
-¡Desgracia! Usted parece la negación de semejante idea.
No se debe juzgar... -En esto el buque se inclinó bastante y ella
también, de lo cual resultó un pequeño choque: su hombro tocó mi brazo y al
mismo tiempo un vapor suave, mezcla de perfume y de efluvio carnal, se escapó
de su cuerpo.
Entonces, por pura cortesía y por aquel sentimiento natural que nos
induce a proteger al débil y evitar peligros a nuestros semejantes, sin entrar
para nada el roce del hombro, ni el perfume, ni el efluvio, le tomé el brazo y
lo acomodé exquisitamente debajo del mío, diciendo:
-Así caminaremos mejor.
A poco principié a sentir un pequeño aumento de temperatura en los
músculos afectados por el contacto, una resistencia elástica y un peso blando:
la sensación no era desagradable. ¿Mi compañera se apoyaba intencionalmente en
mi brazo o los cambios de presión eran efectos naturales del movimiento del
buque? No sé; tal vez había de lo uno y de lo otro en el asunto. Respecto a mí
no cabe la menor duda; yo tenía la verdadera intención de aumentar las
potencias y las resistencias; así, a la menor oscilación del barco, al menor
ruido, al acercarse un pasajero, o al desviarme para dejarlo pasar, al mínimo
pretexto, en fin, yo exageraba mis protecciones para impedirle caerse,
resbalarse, tropezar o marchar sin aplomo, cuando ella ni pensaba en caer,
tropezar, resbalar ni perder su vertical.
De cada uno de estos cuidados yo recogía una sensación muy digna de
tomarse en cuenta, casi deliciosa y cuyos caracteres sentimentales aumentaban,
porque la joven, al parecer, no se oponía a mis procederes caritativos. La
conversación seguía su pequeño trote; "la serenidad de los mares, el
peligro de los viajes, las relaciones nuevas que se forman y deshacen en un
día", fueron los tópicos más socorridos, no faltando, por tanto, el
inevitable característico y estereotipado párrafo sobre las nubes y la luna, cuya
fórmula es la siguiente: "Si un pintor pintara esa nube que usted ve,
todos tomarían el cuadro como una ridícula invención".
No existe en la tierra un solo hombre de una edad razonable que no haya
dicho esa frase, a menos de ser mudo, unas seis docenas de veces en su vida.
Mi compañera fue la editora en nuestro caso, no por no habérseme
ocurrido ya a mí mismo, sino porque tuve buen cuidado de evitarla.
Mientras hablábamos tales trivialidades, yo estaba pensando en ajenos
capítulos. Pensar una cosa y hablar otra no me cuesta mucho; adquirí la
costumbre cuando fui ministro, seguro como estaba de que mis palabras serían
tomadas como axiomas y modelos de inteligencia, erudición y talento, aun cuando
en su mayor parte, fueran vaciedades o necedades inconexas y tonteras acabadas.
Mientras hablábamos, digo, sentía la presión de su pecho en vez de la de
su brazo, contra el mío, y en los aposentos de mi cabeza mis almas tenían el
siguiente coloquio: "La voz es suave, musical. La luz de la luna brilla en
su labios húmedos. Ahora mira al palo mayor; ¡yo quisiera ser palo mayor! ¡Cómo
será su cuerpo desnudo? ¡Debe ser muy blanco! Me gustaría verla caminar sin
dejar de darle el brazo... ¡si hubiera un espejo!... no; porque yo deseo verla
de atrás para apreciar mejor las ondulaciones de su cuerpo, los balanceos de su
pelvis rellenada de carne dura... sus caderas... ¡qué palabra fea! mejor es hanches en francés; esa parte de las
mujeres es adorable, estéticamente y aparte de toda idea sensual; la forma por
sí misma es bella. La cabeza, sobre todo, de esta joven es admirable, y ¡con
qué gracia la inclina! Su cabello debe pesar dos kilos, a lo menos; el pelo
castaño me parece más pesado, no sé por qué. El olor del pelo de una mujer
linda y limpia, a veces marea; se trasmite a todo el cuerpo, como si de la
cabeza se derramara en lluvia hasta la tierra"...
Iba yo por los caballetes de estas contemplaciones filosóficas cuando
fui interrumpido con esta frase, cuyo valor calificativo es el de intempestiva :
-¡Dispénseme, señor, voy a ver a mi marido!
...¡Gran silencio, muestras de cólera en mi semblante... le suelto el
brazo, me retiro trágicamente dos pasos, y...
-¿Usted tiene un marido? -vocifero.
-Sí.
-¿Aquí, a bordo?
-Sí.
-¿Y por qué no me lo dijo antes?
-¡Pues no le dije a usted que tenía dos madres!
-Sí; pero no un marido... Debe ser muy feliz ese pobre diablo. (Lo de
pobre diablo no fue claramente expresado).
-Feliz y bueno y simpático -añadió ella.
-¿Me será dado conocer ese portento? -repliqué.
-Ya lo conoce, han tenido ustedes dos una larga conversación hace poco.
Entonces es él...
-El mismo. Hasta luego.
Ella se fue con sus ondulaciones de cuerpo endiablado y yo me quedé
diciéndome a mí mismo: "¡Bueno!... renunciaré a la galantería y me acogeré
a la amistad; eso es mejor, más fácil y más cristiano". La conformidad en
una gran virtud y yo la tengo en mi naturaleza. En efecto, desde esa noche en
que descubrí tan inopinadamente al marido de mi preciosa compañera, trabé con
el matrimonio X.X. una relación tranquila, suave, no destituida de cierto
encanto, dado su origen, sin dejar por eso de cultivar en el fondo de mi alma,
un ligero sentimiento de envidia, de esa noble pasión tan calumniada cuando se
desconoce su verdadera estirpe.
1897
De Hong-Kong a Yokohama
Un
momento después de abandonar la Bahía, el buque comenzó a dar muestras de
impaciencia y a los cuantos minutos, se puso a balancearse, a sacudirse, a
estremecerse, a crugir, a inclinarse, a levantarse, a bellaquear, a
encabritarse, a tirar los objetos sobre los pasajeros y los pasajeros contra
los muebles. Los platos, los vasos, los floreros caen, ruedan, vuelan,
produciendo un ruido siniestro y nosotros, con el ansia en el alma, el estómago
en la garganta y la cabeza en el otro mundo, bien agarrados a los barrotes de
las camas, esperando el hundimiento final, tenemos los ojos abiertos,
agresivos, sin mirar nada ni aun el techo loco, el piso convulso ni los
tabiques de los camarotes ebrios, bamboleantes, rugiendo estridencias en las
junturas de sus tablones. De tiempo en tiempo el pobre buque parece cansado,
moribundo, decidido a estarse quieto, a prescindir de todo y dejar a las olas
perversas complacerse en embestirlo; pero no puede, el mar lo levanta, lo
zamarrea, lo sacude con violencia como si lo tuviera suspendido del cuello, y
luego lo arroja sobre un flanco o de cabeza en el turbión para ahogarlo... Y
nosotros continuamos nuestra agonía, sin un segundo de reposo, viendo venir la
muerte envuelta en las angustias insoportables del mareo; con el cuerpo
dolorido, estropeado, contuso por los golpes contra las paredes de la cama en
desorden. Ya no es sólo la danza diabólica del barco, la causa del martirio. El
viento silba, ruge, brama, grita con alarmas siniestras; las montañas de agua,
grandes como ningún ojo las vio jamás, dan golpes de ariete en las bandas del
casco desprevenido y no pudiendo romperlo, trepan sobre la borda como una
legión de viejas locas, brujas, desgreñadas, con los cabellos blancos
encrespados... La cubierta se inunda; los bancos y las sillas con sus letreros
exóticos y sus tarjetas cosidas, van a parar al mar. Un instante de reposo
sigue a esta explosión de cólera, y los torrentes embarcados se precipitan en
lluvia por las aberturas, convirtiendo los corredores en ríos y los salones en
lagos.
Al
mismo tiempo los camarotes se oscurecen y su ojo circular sin pupila, se cubre
de lágrimas salpicadas por la cortina de agua que de la cubierta se derrama.
Luego hay un silencio sepulcral compuesto de ruidos desapacibles. La máquina
continúa su solfeo monótono sin saber nada de la tormenta, sorprendiéndose a
ratos por el rumor presuroso, como de resorte escapado, que hace la hélica
saliéndose del agua cuando la proa mete su hocico en las honduras. Las cadenas
de las anclas rechinan y el huracán toca el arpa en los cables tendidos.
El
médico entra a visitar a sus postrados y sale sin dejarles más alivio que el de
ver una persona en pie. El Capitán viene también:
-¿Cuándo
termina esto, Capitán? -se le pregunta.
-Ya;
esta noche; mañana; quizá pronto calme un poco. Y sale sin consolar, pero
consuela verlo tomar tranquilo la borrasca como un suceso normal.
Mas
no bien se ha ido, cuando una ola tremenda, obesa de viento, se mete bajo la
quilla e hinchando el lomo, disloca el buque de su quicio... El modo de
inclinarse anuncia una formidable oscilación. ¡Esto es terrible! dice el
atribulado pasajero, aferrándose a sus agarraderas... y por un siglo, tal le
parece la duración del balance, su celda de suplicio se acuesta con furia sobre
la derecha, sobre la izquierda, se inclina y se levanta en vaivenes infinitos.
Nada se mantiene en su sitio; ni siquiera una idea en el remolino cerebral de
temores y desmayos... ¡Al poco rato entra un marinero a reparar los desastres!
Ya
no quedan vasijas a bordo; en cambio el suelo está sembrado de porcelana en
pedazos, mostrando la marca "Hohenzollern" en letras doradas, con las
armas de la Compañía partidas por la mitad.
¿Qué
hemos hecho al mar para provocar sus iras?
¡Tres,
cuatro, seis días sin dormir, sin comer, sin vivir, revolcándose y consumiendo
los restos de la fuerza muscular en busca de ajustes para el cuerpo! ¡Y por
toda esperanza, aparecen allá en el horizonte, a lo lejos, nuevos ejércitos de
fantasmas y escuadras sombrías, como erguidas cordilleras navegantes, con rumbo
hacia el buque... avanzan, se aproximan... llegan... la vista se oscurece...
los oídos se ahogan en un golfo de fragores, oyendo apenas cañoneos lejanos...
Felizmente, el vértigo ha suprimido el espectáculo!...
*
Por
debajo de la conciencia obtusa, desmayada, ha pasado la nueva edición de la
catástrofe, dejando al barco sudoroso, anhelante, respirando apenas al compás y
cadencias de su máquina trabajada.
*
La campana de los relevos de guardia continúa marcando las divisiones
del tiempo a bordo, como si nada pasara, y los estertores metálicos e
infernales del gong siguen llamando como siempre a sus horas, a comer,
almorzar, tomar el té, a los asiduos de la mesa. Pero no hay mesa ordenada ni
asiduos numerosos. Sólo un inglés y dos norteamericanos, los tres sin alma,
inhumanos, inmareables, se atreven a devorar metódicamente en el comedor, el
jamón, la carne salada y demás platos fríos a su alcance, pues el cocinero está
de vacaciones y sus cacerolas de cobre con las viandas a medio hervir, yacen en
las profundidades del mar buscando su centro de equilibrio.
¡Los siete días de navegación en el Pacífico entre Hon-Kong y Yokohama,
han sido siete años de tormento!
1897
El nuevo paraíso terrenal
Se llama Korakoyen, y merece su nombre; es un jardín, un bosque, un
sitio agreste transportado a la ciudad de Tokio e incrustado en medio del
enjambre de sus casas. Korakoyen significa "jardín y placer en el
futuro" pero dando a futuro el
sentido de "eternamente duradero". Tiene trescientos cincuenta años;
algunas de sus plantas provienen sin duda del Paraíso terrenal, donde a la
sombre de su ramaje tropical, pecaron probablemente nuestros padres. Perteneció
durante siglos a la famila Tokugawa y en él vivieron varias generaciones de la
estirpe, cuyo actual representante es el marqués nuestro amigo. Ahora está a
cargo del Departamento de la Guerra, habiéndolo cedido al gobierno sus
legítimos dueños, cuando se destruyó el régimen feudal en el Japón. No le iguala
en bellezas ningún pedazo de la tierra conocido; tiene cincuenta y tres puntos de vista clásicos y otros tantos paisajes
diferentes. Las rocas, los vegetales y las aguas se han dado la mano para
formar sus delicias; grandes y añosos árboles, enanos y floridos arbustos,
ramajes en forma de pagodas, monumentos de verdura, sabanas de helechos, hojas
grandes y chicas de mil colores, troncos mutilados, céspedes y jardines, selvas
de bambúes, chozas, templos y cabañas, rocas y vertientes de agua se confunden
y se mezclan en la dilatada extensión, presentando los accidentes artificiales
tal semejanza con los naturales, que estos a su vez parecen copia de aquellos.
Aquí una piedra grabada por un abuelo secular y colocada en un abra al pasaje
de un arroyo, lleva esta inscripción: "Fuente siempre duradera" como
quien dice "de la eterna vida"; y tras del abra comienza el bosque
espeso destinado a las cacerías, con sus ciervos y jabalíes preparados para la
aristocrática diversión. Allí, desde un puente de piedra, arco de líneas
purísimas, padre tradicional de todos los puentes, se oye el ruido del torrente
que forma un lago alrededor de sus estribos y debajo de los árboles cuyas ramas
han sido apartadas, en obsequio del sol y de la luna y de la tímida luz de las
estrellas, permitiendo a un sector del firmamento reflejarse en las aguas. Y
más lejos, desde una piedra tendida de borde a borde, en el precipicio, se
asiste a la salida de un arroyo por la hendidura triangular y subterránea de la
roca vecina, inmutable y eterna; luego sigue el pequeño río recién nacido,
serpenteando, para ir a simular en otros sitios, manantiales primitivos cuyas
aguas presurosas se precipitan en cataratas sin espuma, como cortinas y
filamentos de cristal, corriendo en adelante a saltos por las piedras hasta el
gran lago que las recibe sereno y las somete a la ley del reposo en su profunda
masa. Sobre una y otra colina se levantan templos y glorietas rodeadas de
árboles inclinados hacia el valle. Uno de los templos muestra en su interior
colores vivos de doscientos años en dibujos artísticos, sus muros decorados, su
piso de porcelana y sus Budas impasibles desde el principio del mundo. Otro
contiene dos figuras humanas, dos estatuas de madera de maravilloso trabajo;
allí están desde tiempo inmemorial sin detrimento, sin una falla en las fibras
de su cuerpo. Afuera un extenso balcón se avanza en las alturas para mostrar un
panorama de sueños y visiones. Por fin, una de las casas señoriales, metida
entre los bosques, a la vista de los lagos y praderas, nos abre sus puertas y
nos ofrece en sus viviendas hospitalarias, un té sabroso que no requiere
azúcar, servido con galantería y con afecto por los dueños, descendientes de
cien generaciones nobles y antiguas.
La casa es una joya de madera pulida, limpia, bruñida; las puertas o más
bien las partes movibles, corren en sus ranuras al más ligero empuje; los
techos lucen sus tirantes cortados y ajustados matemáticamente, y su fondo de
paja tejida entre los huecos, o sus tablas brillantes en los cuadros.
Mil varillas finísimas cuyo conjunto hace el efecto real de los
cristales, forman cortinas que dejan pasar la luz a través de sus mallas más o
menos apretadas, en cambiantes opalinos o jaspes de claro oscuro, según las
mueve el viento.
Al dar la última mirada en señal de despedida al Paraíso perdido para la
familia Tokugawa, en doliente espectáculo místico, triste y de extraño deleite
a la vez, los árboles muertos se ofrecen a nuestra vista. Allí están como
antepasados, protegiendo con su presencia a las nuevas generaciones, herederas
del lujo de la vida, ostentosas de verdura, frescas de brisas matinales,
jóvenes y alegres. Los arbustos son los nietos; los árboles gigantes, los
padres o los mayores sobrevivientes de la familia, mientras ellos, los
antepasados, con la sombra lineal, rígida y tiesa de su tronco ya inflexible,
permanecen de pie como guardianes, inspirando veneración e imponiendo
recogimiento.
No han querido sepultarse, no, ni recostar sus flancos en la tierra; se
sustentan erguidos sobre sus raíces muertas, clavadas en el suelo y su elevada
estatura, resistiendo a los vientos sin doblarse ni troncharse, da ejemplo de
fortaleza a su larga descendencia. El hacha no ha osado tocarlos ni el fuego
siquiera ennegrecerlos. ¡Son las reliquias del antiguo parque!
1897
Inolvidable
Los
templos famosos y los mausoleos de Niko (Japón) están situados en la
"Montaña sagrada" eminencia en forma de meseta rodeada casi en su
totalidad por un aro incompleto de montañas más altas, a modo de circuito de
anfiteatro.
Ningún
recinto sagrado de la tierra se instaló en mejor paraje ni ostentó mayores
encantos; ni jamás el instinto religioso y el culto de los muertos de pueblo
alguno, aprovechó con más suerte las bellezas naturales, para crear en ellas
obstáculos admirables, ejecutando maravillas de arte, a fin de retardar con
múltiple visión y dilaciones preparatorias, el mágico espectáculo sin igual en
su género en el orbe.
Ningún
palacio encantado, morada de las hadas o los dioses, puede ostentar como estos
templos un lujo cuyo simple enunciado, reemplazará todos los elogios del
lenguaje humanao: ¡Una galería de treinta millas para llegar a sus puertas!
¡diez leguas, más de cincuenta kilómetros, y cuatrocientos años de existencia!
¡Las
columnas y la bóveda son los troncos y el ramaje de árboles seculares! En la
senda mística proyectan la sombra de sus ramas los viejos cedros robustos, cuya
copa bebe el agua en las nubes y la derrama en lluvia sobre la tierra fecunda.
Al lado de un ejemplar harto de vida, pero todavía fuerte y vigoroso, yace el
tronco seco de su hermano, muerto prematuramente, a la edad de trescientos
años; y más allá, otro joven, con solo un siglo de existencia, ha reemplazado a
su antecesor llenando el claro.
*
He
leído hace poco una fantasía de Tolstoi, copiada sin duda de alguna realidad de
su mente, que me ha hecho una verdadera impresión. El maestro de la literatura
moderna describe el viaje y la muerte de un hombre y un caballo en una noche de
tormenta, en medio de un vendaval de nieve. El tópico es sencillo; el
accidente, invariable; el sujeto en acción, siempre el mismo: el viento
haciendo volar en torbellino el agua en polvo congelado... y todo ello mezclado
con las impresiones reales durante la vigilia, fantásticas durante el
seudo-sueño del viajero medio ebrio y adormecido a más por el intenso frío.
El
pobre caballo delira también mientras tramita sus últimos momentos de vida,
después de haber agotado sus bríos en saltos y carreras, luchando con la
borrasca.
Las
variaciones tienen por nota dominante el viento y la nieve y los párrafos
nuevos, los pasados y los futuros, por tema la nieve y el viento; siempre la
misma nieve y el mismo viento y otra vez y cada vez la nieve
cayendo y girando impelida por el viento. El autor llega así a determinar una
obsesión intensa ¡como la de una melodía deliciosa repetida al infinito!
Pues
bien, para dar una idea de la calle sin término de Niko y despertar la
impresión que ella engendra, necesitaría reproducir la misma obsesión en el
lector.
El
peregrino que se dirige a la Santa Montaña, va paso a paso por la senda húmeda,
mojada, llena de huecos, atravesada por raíces visibles ahora; se detiene junto
a los troncos a escuchar el ruido de las ramas; pasa el día sin reposo y llega
a la noche siempre en la misma avenida sin fin, siempre mirando la fila de
árboles en un más allá insondable, lleno de espantos y de terrores; fatigado,
asustado, aprensivo, desalentado, y después... otra vez la avenida comiéndose
las leguas, sin acabar jamás de devorarlas, sucediéndose los claros y las
sombras, serpenteando las raíces descubiertas a través de la huella despareja,
llena de charcos; y arriba, perdurablemente la bóveda, verde durante todo el
día, negra a la noche, sacudida por el viento y rociada por la lluvia... y
finalmente... de nuevo la misma hilera de gigantes eternos en su uniforme
desolación, incitando a implorar la muerte y concluir con el viajero ya que no
se puede concluir el viaje...
*
La
falange se corta en un trecho para dar campo a la ciudad de Niko, pero continúa
después en filas compactas, ya en los dominios del Local sagrado, formando
calle a su entrada.
Las
vecinas selvas por su parte, junto con el cristal corriente de sus aguas, han
extendido el lujo de su flora hasta el desmedido anfiteatro de montañas, y
gallardos destacamentos de sus lozanas plantas, se dispersan en el área
interna, colgando su follaje sobre las tejas doradas de los techos.
En
el centro del anfiteatro están los templos.
1897
Trouville
(En la playa)
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Dios me perdone mis augurios si son errados, pero como
no doy nombre alguno de persona determinada y sólo pinto un ejemplar
perteneciente sin duda a una cataegoría de la cual mi original sería un modelo,
no corrijo los rasgos del perfil ni mis comentarios, limitándome a copiarlos de
mi cerebro, tales como él los ha elaborado en presencia del cuadro.
Veo en la playa, a lo lejos, una figura humana delgada
y elegante; lleva un sombrero de paja colgado hacia atrás, una blusa azul sin
mangas y un calzón que baja cuando más diez centímetros, a partir de la ingle;
el cuello, los brazos, muslos, piernas y pies, desnudos. Tiene una palita de
juguete en la mano; se pone a cavar la arena con ella; de repente la tira y se
larga en persecución de un niño; lo alcanza, lo voltea y lo revuelca en el
suelo; luego vuelve a sus instrumentos de labranza para abandonarlos en seguida
y contraerse a enredar las cuerdas de las divisiones para el baño; se aburre en
el acto de las cuerdas y se lanza al mar a toda carrera; entra, capea algunas
olas, salta como un pescado, nada a lo largo de la costa y sale sacudiéndose
como lo hacen los perros. Con el vestido mojado se acuesta en la arena un
minuto; se levanta y va de un lado a otro con ágil pie como si buscara algo.
Este animalito tan inquieto atrae la atención y fija
las miradas de todo el mundo. Yo me acerco y lo examino tanto cuanto lo permite
su movilidad. ¿Es un niño o una niña?... Su cabello largo, lacio, pesado, se
extiende sobre su espalda, pero no caracteriza su sexo. Me fijo en los
movimientos de su cuerpo y observando las curvas apenas acusadas en su tierna
estructura, reconozco las formas de la incipiente mujer en el estado salvaje de
la inocencia un poco arriesgada. Su cara es corta y de facciones finísimas, es
la cara de Cleopatra a la edad de 11 años; nariz y boca de una delicadeza
admirable, dientes bañados en leche con el brillo líquido de gotas recién
coaguladas; la oreja pequeña y semicircular, el cuello largo y delgado, la
frente corta porque el pelo en nutridas matas ha invadido sus dominios, pero
extensa en su diámetro horizontal; las manos huesosas y largas; los pies
correspondientes a esa forma; los brazos, los muslos y las piernas, con buenos
músculos y ligeras tendencias hacia las morbideces femeninas; los labios
dejados para el postre de mi descripción, aunque de una sensualidad naciente...
Ahora recuerdo que no le he puesto ojos; los suyos son de gacela curiosa,
negros, abiertos, en constante alerta; las pestañas muy largas se alzan en los
ángulos externos del ojo, dejando ver su extremo risueño, pero cruel y maligno.
Toda ella es el prototipo de la criatura anterior a la
mujer terrible.
Ya, a la edad de once y medio años, ha comenzado a
exhibir ante el público sus atractivos cáusticos con una libertad agresiva...
Dentro de un lustro, los asistentes a la playa de estos días, al verla en los
salones, recordarán aquellas piernas de corredor bien hechas, nerviosas y
tostadas, fuertes y llenas, como las columnas de un pórtico griego y su pelvis
liviana, ondulante como una pequeña barca que se mece en las olas.
Ya es el anuncio de la galantería desastrosa,
atrevida, consciente de su energía, de sus medios y de su aplomo. Cada uno de
sus adoradores será fríamente atormentado, tras de grandes concesiones
voluptuosas, y su marido, el hombre más trágicamente ridículo de la tierra.
¡Ella es el producto genuino de una civilización
nueva, posible solamente en el medio social del mundo moderno!
1897
Novela corta y lastimosa
Capítulo I
El sueño
Me
dormí pensando en cuánto había visto en el día y soñé con historias extrañas,
fantásticas y trágicas. los cantos de los labradores que iban a su trabajo, me
despertaron a las cuatro de la mañana.
Me
volví a dormir y no soñé nada.
Capítulo II
Enseres marítimos y terrestres
Siento
ruido en mi cuarto y abro los ojos; miro hacia la puerta y veo dos gruesos
cables amarillos terminados en su extremidad superior, por dos expansiones que
semejaban dos escobas nuevas, aplicadas sobre una esfera.
-¿Quién
anda? -grito.
(Los
cables giran al oeste y como consecuencia, un perfil humano, alumbrado por un
ojo azul intenso, enfrenta al este.)
-¿Qué
hay? -pregunto.
-Il
café -dice una voz celestial-, ¿lo voglie?
-Voglio
tutto -respondo.
(Los
cables balanceándose y las escobas fijas en la esfera, siguen al perfil, y yo
veo carca de mi cama una joven rubia, como de quince años, fresca y robusta;
los cables y las escobas eran dos gruesas trenzas y una cabellera compacta
colchando su cabeza.)
Capítulo III
Recuerdos caligráficos, familiares y
parlamentarios
He
escrito durante mi vida como cuarenta mil páginas, formato cuarto mayor, y he
hablado, contando todas mis frases, palabras y sílabas emitidas de viva voz,
cincuenta mil quinientas horas más o menos.
Pues
bien, con tales antecedentes, no era de esperarse que cuando la joven se acercó
con un plato y una taza en una mano y una jarrita de leche en la otra, yo no
encontrara en mi cabeza un sola idea expresable.
La
taza se movía, metiendo un ruido uniforme al chocar con el plato, como si la
mano que la sustentaba temblara.
A
dieta de palabras recurrí a la acción y tomé con mi izquierda esa mano y con mi
derecha la jarrita de leche que coloqué en la mesa contigua, y luego, la mano
izquierda de la niña.
Capítulo IV
Tema insuficiente
Mi
esterilidad verbal continuaba, pero al fin, era necesario decir algo y yo dije,
como en tales casos, una necedad.
-¿Esto
es café?
-¡Eh!
¡sí, café!
-¿Y
esto leche?
-¡Ma
sí, latte!
-¿Entonces,
café con leche?
(La joven me
miró asombrada, no entendiendo cómo yo podía desconfiar de ella, o dudar de que
me trajera café con leche y no otra cosa. Yo noté mi torpeza y volví a quedarme
mudo... ¡Qué conflicto! "no se me ocurrirá nada en un siglo" pensaba.
El tema del café con leche estaba agotado y para dar razón de ser, motivo o
pretexto a la permanencia de la muchacha a mi lado, urgía encontrar otro).
Capítulo
V
De cómo encontré el nuevo tema
Las
manos de mi camarera no eran un modelo, a menos de serlo de manos gruesas,
ásperas y coloradas; pero estaban articuladas a unos brazos tostados que
terminaban en unos hombros menos tostados, me lo imagino, los cuales hombros
pertenecían a un cuerpo sin tostar, representado en su parte anterior por una
topografía pectoral en extremo beligerante, a juzgar por la tracción de los
botones en los ojales de un corpiño con ambiciones a chaleco de fuerza.
Al
ver estas frondosidades juveniles, recordé mi cuadro titulado "La nueva
Casta Susana" que compré en Florencia, y el tema salvador apareció.
-¿Cómo
te llamas? -le pregunté, temoroso de oírla decir: me llamo Casta.
-Margarita
mi chiamo -me responde.
¡Margarita
debía llamarse, o Dios me confunda!
Nunca
en circunstancias análogas a la presente, he procurado averiguar los apellidos
de las Margaritas, pero a falta de otra pregunta y aún a riesgo de traer a la
memoria de la joven, ideas de repeto filial inconducentes, continué diciendo:
-Margarita
¿qué?
-Margarita
Lontana -dice ella ("¡Diablo de apellido desesperante!" se me ocurre)
-Lontana
¿eh?
-¡Sí,
Lontana!
Y
Margarita bajó los ojos fijándolos en el suelo, con tal insistencia, que si su
mirada hubiera sido un taladro, habría hecho dos agujeros en la tierra.
Yo
pasé los dedos meñiques y anulares de Margarita Lontana entre los
correspondientes míos y me puse a contemplarla con deliciosa atención. . . . .
. . . . . . . . . . . Me parece inútil continuar el relato, ¡y lo suspendo!
Capítulo VI
Epílogo
Y lo
suspendo, no por respeto a la moralidad del lector, en la cual creo
medianamente, sino porque el fin es desastroso.
En
efecto, mi café con leche se enfrió. Pero esto no es grave.
Si después de
un buen rato de recíproco y reflexivo mutismo, Margarita, mirándome con
inefable, inocente y tranquila dulzura, al retirar sus manos de las mías,
diciéndome: "vi prego" se hubiera caído muerta, yo habría tenido la
ocasión de ver bajar de los cielos una legión de ángeles a recoger su alma,
¡dejándome su cuerpo inmaculado!
Capítulo
VII
Moralidad
Margarita se fue; yo me encontré solo y me dije para
mis adentros:
"¡Te has conducido como un hombre virtuoso y
continente; debes estar contento de ti mismo!
... Pero no estaba contento de mí mismo; y aún, eso de
haberme conducido como un hombre virtuoso y continente, ¡tal vez no fue culpa
mía!
¡No metería las manos en el fuego por tal causa!

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