© Libro N° 6005.
Los Asesinos Entre Nosotros. Wiesenthal, Simón. Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © THE MURDERERS AMONG US
Versión Original: © Los Asesinos Entre Nosotros. Simón Wiesenthal
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Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS
Simón Wiesenthal
MEMORIAS
Título
original de la obra
Indice
Semblanza
de Simón Wiesenthal
Relato
de Simón Wiesenthal
El
Cuchillo
Los
secretos de Odessa
Eichmann,
el evasivo
Alex
Tres
minutos antes de salir el tren
El
hombre que coleccionaba ojos azules
Epílogo
al diario de Ana Frank
Más
allá de toda razón
Primero,
los negocios
El
anciano barón no podía olvidar
Una
novia para el doctor Babor
El
exterminio de gitanos
Galería
de lágrimas
Dos
velas
Los
asesinos de Galitzia
Los
treinta y seis justos
La
otra cara de la luna
Un
centavo de dólar por cuerpo
Escuela
de asesinato en masa
¿Dónde
está Bormann?
La
herencia de Caín
El
martirio de Cefalonia
El
arianizador
Epílogo
Apéndice
SEMBLANZA
DE SIMÓN WIESENTHAL
En
cuanto llegué a Viena (llevo ahora viviendo en ella varios años) empecé a oír
hablar de Simón Wiesenthal. En 1960 aparecía en pri¬mera plana de la prensa
mundial como Eichmann-Jager (cazador de Eichmann) por la ayuda que había
prestado al gobierno israelí en descubrir el paradero de Adolf Eichmann,
técnico logístico supremo de la "Solución final del problema judío".
En 1963, Wiesenthal fue de nuevo noticia cuando descubrió, con gran embarazo
para los fun¬cionarios de la jefatura de policía de Viena, que el ex miembro de
la Gestapo que había personalmente arrestado a Ana Frank en 1944 en Amsterdam
venía siendo un acreditado miembro del cuerpo. Me constaba que varios nazis
destacados habían sido detenidos en Austria y Alemania gracias a la labor de
sabueso de Wiesenthal, por tanto, sentía curiosidad por el hombre y su bizarra
agencia detectivesca. Wiesenthal, me enteré, había sido a su vez perseguido por
los nazis a través de más de una docena de campos de concentración que iban
desde su Polonia nativa hasta Austria y sí había logrado sobrevivir era sólo
gracias a una serie de casi milagros. Su madre y la mayoría de sus parientes
fueron exterminados. En 1945, después de su libera¬ción, se presentó voluntario
para colaborar con el ejército de Estados Unidos en Austria en la persecución
de criminales de guerra, siendo destinado a la Oficina de Servicios
Estratégicos (OSS) y al Cuerpo de Contrainteligencia (CIC) de los Estados
Unidos. En 1947, con la mera ayuda de algunos voluntarios, abrió en Linz,
Austria, un pequeño Centro de Documentación con el fin de ayudar a sus
compa¬triotas judíos en la búsqueda de parientes desaparecidos e intentar
seguir la pista a los miles de asesinos nazis que sabía todavía en liber¬tad.
Por el año 1945, la desnazificación se hallaba en un punto muerto, tanto en
Austria como en Alemania. Por ello Wiesenthal cerró el Centro de Documentación
y se dedicó a trabajar en pro de los refu¬giados, pero en 1961, tras la captura
y juicio de Eichmann, la corriente de la opinión pública en los países en otro
tiempo gobernados por nazis, cambió, de modo casi milagroso, y Wiesenihal
decidió abrir de nuevo su Centro de Documentación, esta vez en Viena, para
dedi¬carse de una vez para siempre a seguir la pista de aquellos que sabía iban
pronto a evadirse de la justicia, ya que las leyes redactadas para su castigo
estaban prontas a expirar .
Un
día del verano de 1955, telefoneé a Wiesenthal proponiéndole que nos viéramos
en su oficina con el objeto de pedirle que me per¬mitiera compilar los
historiales de algunos de los más insólitos entre sus centenares de casos
insólitos. La voz que oí en el receptor era queda, calurosa y simpática.
Wiesenthal se rió de buena gana un par de veces y noté en su acento alemán
vestigios de aquel acen¬to de las más apartadas regiones del que fue Imperio
Austrohúngaro, donde yo, al igual que Wiesenthal, pasé mi juventud. Tenía
muchas ganas de conocer a tan excepcional "vengador".
Rudolfsplatz,
donde Wiesenthal tiene su oficina, es una plaza re¬coleta de mediocres
edificios pertenecientes al Primer Distrito de Vie¬na. El número 7 es un
edificio más nuevo que sus vecinos. Debió de ser construido después de la
guerra, con bastantes prisas, porque denota a la vez una edificación reciente y
un deterioro reciente y además, en la escalera se percibe un olor húmedo a
mortero. En el cuarto piso, una puerta blanca ostentaba un letrero pequeño e
insignificante que decía DOKUMENTATIONSZENTRUM y debajo las iniciales B. J. V.
N. que luego descubrí que eran las de Bund Judischer Verfolgter des Naziregimes
(Federación de Víctimas Judías del Régi¬men Nazi). Llamé al timbre y oí unas
fuertes pisadas. Por la parte de adentro, retiraron una cadena, la puerta se
entreabrió y un hom¬bre de pelo oscuro apareció en el umbral, haciéndome objeto
de una cuidadosa inspección como haría el guarda de una instalación de alto
secreto. El ambiente me recordó mis días de guerra, en que actuaba como agente
de la OSS. Di mi nombre. El individuo, al parecer un ayudante de Wiesenthal,
hizo una leve seña con la cabeza y se hizo a un lado para dejarme pasar. Me
hallé en una doble habitación, escasamente amoblada, con desnudos suelos de
cemento, sin alfom¬bras y provista únicamente del material de oficina más
rudimentario: ficheros, escritorios, unas pocas sillas, A través de las
ventanas vi pa¬redes traseras de otras casas. Era un lugar sombrío y oscuro. Un
es¬trecho corredor blanco llevaba a un despacho particular y en él conocí a
Simón Wiesenthal.
Tenía
el mismo aspecto que su voz por teléfono hacía presentir, amable, acogedor y no
desde luego el de un hombre que se dedica por entero a perseguir asesinos,
aunque no le falten músculos y mide cerca de metro ochenta. Me dijo que cuando
al final de la guerra fue liberado del campo de concentración, pesaba 43 kilos
y tenía el as¬pecto de "un esqueleto en la piel y los huesos”. Ahora pesa
aproxi¬madamente el doble. Es de cabeza grande y calva, cara alargada y
des¬pejada frente. Tiene ojos reflexivos y no tardé en descubrir que pue¬den
hacerse penetrantes. Con su bigotito y su tendencia a engordar, podría ser un
próspero comerciante, al igual que su padre o el logrado arquitecto que
Wiesenthal era en realidad antes de la Segunda Guerra Mundial.
Wiesenthal
(pronúnciese Vísental) da la impresión de ser un hom¬bre muy reposado y cuesta
averiguar que su calma encubre una dis¬ciplinada tensión y mucha emoción
reprimida; su inquietud interna afecta ineludiblemente al interlocutor. Pisa el
suelo balanceándose, al igual que el marino en alta mar y parece como si
sostuviera una pesada carga sobre los hombros. Sabe ser oyente atento y
silencioso, pero cuando empieza a hablar y se deja llevar por la emoción (cosa
que le ocurre casi siempre), subraya las frases con amplios movimientos de sus
brazos enormes y los ojos le brillan con poder hipnótico. Criminales de guerra
y fiscales, ministros y eruditos han aprendido que no es fácil discutir con
Wiesenthal pues posee dotes de per¬suasión, un agudo sentido de la lógica y el
ingenio talmúdico de sus antepasados, combinación que a muchos les ha resultado
irresis¬tible. Me contó que en cierta ocasión un fiscal alemán le dijo:
"Usted me ha tenido engañado mucho tiempo. ¡Parecía tan inofensivo.”
Wiesenthal se rió, le explicó que esa aparente inofensividad le había sido muy
útil en la persecución de crímenes que nada tenían de inofensivos.
El
despacho particular de Wiesenthal respiraba aquel mismo am¬biente espartano que
yo había notado en el resto. Constaba de una gran mesa con muchos papeles, un
par de sillas, un viejo e inelegante sofá y la pared posterior estaba forrada
de estantes de libros, pues Wiesenthal posee una de las mejores bibliotecas
sobre la historia, orga¬nizaciones y actividades de la SS de Himmler , creada
originalmente como un cuerpo de guardia especial para proteger a Adolf Hitler,
Himmler y otros jefes nazis (la SS proviene de Schutz-Staffel, es decir Guardia
de Seguridad). Los hombres de negro uniforme y negras botas, los SS, se
convirtieron en la élite nazi después de la sangrienta purga que en 1934 Hitler
hizo de la SA de camisa parda bajo la
jefatura de Ernst Roehm o Sturm-Abteilungen, es decir, Tropas de Asalto. La SS
pasó a convertirse en símbolo de terror, estado dentro del estado nazi, grupo
privilegiado con poder siniestro creando luego la Ges¬tapo (Geheime
Staatspolizei), es decir Policía Secreta, y posteriormente, policía de campos
de concentración. La SS fue la ejecutora de muerte. Todo guarda de campo de
concentración era miembro de la SS; la ad¬ministración de todo campo estaba
bajo la Sección Económica de la SS; en cada distrito de la Europa de Hitler, un
general de la SS estaba al frente de todos los campos del distrito. Wiesenthal
raramente trabaja sobre crímenes cometidos por hombres del ejército regular o
por miem¬bros del Partido. Casi todos sus "clientes", como llama él a
los criminales nazis, son SS. Esa diabólica organización es la responsable de
las muertes de, por lo menos, once millones de personas, en su mayo¬ría
inocentes; hombres no beligerantes, mujeres y niños. En total seis millones de
judíos, y cinco millones entre yugoslavos, rusos, polacos, checoslovacos,
holandeses, franceses y otros muchos.
Wiesenthal
hace una importante distinción entre "crímenes de guerra" y
"crímenes nazis o de la SS". En tiempos de guerra, los hom¬bres
civilizados cometen acciones que nunca hubieran cometido en tiempo normal. Pero
la guerra no puede justificar el deliberado asesi¬nato de millones de inocentes
civiles. Wiesenthal no trabaja sobre crímenes de guerra "normales" y
pone de relieve que muchos crímenes nazis fueron cometidos entre 1933 y 1939,
es decir, mucho antes de que la Segunda Guerra Mundial comenzara.
La
mayoría de documentos que tiene Wiesenthal en su mesa de despacho y en casi
todos sus ficheros e informes, se refieren a trage¬dias que una mayoría de
personas quisieran poder olvidar. La cons¬tante preocupación de Wiesenthal por
el terror, no le ha hecho ni desconfiado ni insensible. Ello constituye su
fuerza y quizá su debi¬lidad también, ya que sus dossiers no son
"casos" sino auténticos seres humanos para él. No se ha convertido en
un burócrata sino que con frecuencia sufre con sus víctimas, hasta el punto de
que la carta o declaración de un hombre, puede traerle a la memoria un ser que
ya no existe o una experiencia personal y puede que se ponga a llo¬rar. En
tales momentos revive su propia tragedia. Uno de los más arduos problemas de
Wiesenthal consiste en que muchas de sus ex¬periencias personales y detalles de
sus casos están más allá de la credulidad humana. Debe por tanto convertir lo
increíble en verosímil ante funcionarios, fiscales, jueces, mediante el
paciente recuento de hechos y cifras.
A
los pocos minutos de entrar en su despacho sonó el teléfono. Wiesenthal
descolgó el auricular y me dijo: "Nueva York". E inmedia¬tamente se
olvidó de que yo estuviera allí. La voz al otro extremo del hilo, parecía
grandemente perturbada. Por dos veces, Wiesenthal tomó aliento como para
interrumpir a su interlocutor, pero se limitó a mover la cabeza y seguir
escuchando.
—¡No,
no y no! —dijo al fin—. Aunque diéramos con ese hom¬bre, necesitaríamos
documentos o por lo menos el testimonio de dos personas que deberían recordar
exactamente lo que ocurrió hace veinte años... Sí, fechas y descripciones
detalladas. Pruebas, Se quedó un rato escuchando y suspiró:— Usted no ha hecho
nada durante estos veinte años y ahora quiere que yo haga milagros.
Pocos
minutos después Wiesenthal colgaba el receptor, agotado. Se quedó unos momentos
inmóvil, cubriéndose el rostro con las manos.
—Ese
hombre y su hermano vieron morir a su padre en Auschwitz un día de 1943. Ellos
dos lograron sobrevivir, emigraron a los Estados Unidos y trataron de olvidar
lo ocurrido. Trabajaron mucho y triun¬faron. Ahora, después de todos esos años,
el recuerdo de lo ocurrido le tortura, ve a su padre en pesadillas que le
despiertan a medianoche y una sensación de culpabilidad le corroe. ¿Hizo de
veras cuanto estuvo en su mano? ¿Quizá pensó demasiado en sí mismo y poco en el
anciano? A medida que transcurrieron los años, los recuerdos se hicieron más
vivos, más dolorosos. Consultó con un médico que no supo curarle. Luego leyó
sobre mi trabajo y ahora me llama desde Nueva York, pidiéndome que encuentre el
hombre que asesinó a su padre. Todo lo que sabe es el nombre de pila del SS,
Hans, y el aspecto que tenía. Sólo presenciaron el crimen él y su hermano y han
pasado veintitrés años. Le he explicado que por lo menos seis mil SS pasaron
por Auschwitz, entre guardas, personal técnico de cámaras de gas y
crema¬torios, médicos y oficinistas. Sólo se conoce el nombre de novecientos de
ellos. Como es natural, los SS no hacían sus presentaciones a las víctimas. Un
tercio de los novecientos que conocemos fue entregado a las autoridades polacas
y de los seicientos restantes, conocemos aproxi-madamente la mitad, con sus
domicilios. Sus nombres y direcciones figuran en mis archivos. Pero aun
suponiendo que pudiéramos encon¬trar a ese hombre, necesitaríamos algo más que
el testimonio de los dos hermanos para que él caso fuera tomado en
consideración. Muchos criminales nazis han sido perdonados y los fiscales de
Alemania y Austria no se sienten muy dispuestos a iniciar el sumario de no ser
creyendo que cuentan con pruebas suficientes para convencer a un jurado que
puede muy bien sentir francas simpatías por el encausado nazi.
Pregunté
a Wiesenthal qué le había impulsado a dedicarse a per¬seguir criminales nazis.
Suspiró
profundamente, se levantó y empezó a pasear con la vista en el suelo.
—Mucha
gente me ha hecho la misma pregunta —dijo—. Mis amigos me dicen: "¿Por qué
te torturas con esas cosas?”. Los no amigos suelen decir más o menos
sucintamente: "¿No puede usted dejar de rastrear el pasado y de amontonar
odios sobre lo que ya pasó?”. Yo mismo me digo: ¿por qué no dedicarme a mi
antigua profesión de arquitecto? Pude haber marchado a América, llevar una vida
normal y haber hecho dinero. —Se encogió de hombros y prosiguió:— De nada
sirve. Tengo que hacer lo que hago. No me mueve a ello un sentimiento de
venganza ahora, aunque quizá sí al principio, muy al principio. Al terminar la
guerra, cuando fui liberado después de ha¬ber pasado en cuatro años por más de
una docena de campos de con¬centración, tenía pocas fuerzas pero un poderoso
afán de venganza. Había perdido a toda mi familia. A mi madre se la llevaron
ante mis propios ojos. A mi mujer la creía muerta. No me quedaba nadie por
quien vivir.
“En
general, quienes como yo habían sido liberados de campos de concentración,
reaccionaban de modo muy distinto. Querían olvidarlo todo para poder comenzar
una vida nueva. Se encerraban en una con¬cha protectora, intentando por todos
los medios no pensar en lo ocu¬rrido.
“Pero
yo, incluso mucho antes de haber tenido tiempo de meditar detenidamente,
comprendí que no debíamos olvidar. Si todos nosotros olvidábamos, podía volver
a ocurrir lo mismo al cabo de veinte, cin¬cuenta o cien años. Sé perfectamente
que ni a austríacos ni a alemanes "les gusta oír hablar de todo
aquello". Perfecto. Pero los resultados de las votaciones demuestran que
hay una relación inversa entre la evidencia de los crímenes nazis y el resurgir
del neonazismo. A más juicios, menos neonazismo. El juicio de Adolf Eichmann
que tuvo lugar en Jerusalén en 1961 fue el golpe de gracia a ese resurgir del
neona¬zismo austríaco y alemán. Millones de personas que no sabían o que no
querían saber la verdad, no tuvieron más remedio que oír aquellos hechos. Hoy
nadie puede pretender no saber nada de "todo aquello" y si hoy
todavía alguien simpatiza con los criminales, quiere decir que se ha situado
sin posible equívoco al lado de la perversidad y ello no es cosa que resulte
demasiado popular.”
Wiesenthal
siguió contando que al final de la guerra veía el mundo poblado por dos clases
de personas: las blancas, víctimas, y los negros, asesinos. Pero la fase blanco
y negro no le duró mucho. Varios grupos que querían crear bandas para capturar
y asesinar a los antiguos tor¬turadores, intentaron contar con él, pero
Wiesenthal se opuso a la idea tajantemente, diciéndoles que los judíos no
debían luchar contra los nazis con aquellos mismos métodos depravados. Los
nazis, en un prin¬cipio habían tenido también sus bandas secretas, Feme,
entregadas a la violencia y la venganza. Los judíos no deben jamás descender a
se¬mejante nivel.
Wiesenthal
sabía que los crímenes nazis no podrían ser "vengados" jamás. No
podrían verse expiados ni en mil años, pues aun suponiendo que todos los
criminales nazis en libertad fuesen llevados ante tribunal, cosa muy poco
probable, ello no estaría en proporción con la enormi¬dad de sus crímenes, con
los once millones de cadáveres, entre ellos uno de niños. ¿Cómo podría el
asesino de un millón de niños ser cas¬tigado por la justicia terrena?
Pero
algo sí podía hacerse. Este pensamiento fue cobrando fuerza en las noches
insomnes de Wiesenthal. Podía por lo menos intentar erigir un simbólico
monumento a los muertos y quizá proporcionar una advertencia contra posibles
excesos futuros. Evidentemente el estricto castigo para aquellos crímenes era
un imposible. ¿Tenía algún sentido que a un nazi que hubiera dado muerte a
miles de personas le impu¬sieran dos años de cárcel, veinte minutos por cada
asesinato? Lo im¬portante era impedir que en el futuro se cometieran
ejecuciones en masa.
Durante
los primeros meses que siguieron al final de la guerra, Wiesenthal tenía
todavía esperanzas de que muchos hubieran logrado sobrevivir a aquel infierno.
Quizás hubieran conseguido escapar, se escondieran en bosques, hubieran
cambiado de nombre, desaparecido en Rusia. Poco a poco la enormidad de la
apocalipsis fue abrumán¬dole. Resultaba terroríficamente evidente que lo que
los nazis habían llamado "la solución final del problema judío" había
dado como re¬sultado el exterminio no de decenas ni de centenas de millares
sino de millones de personas inocentes. Pero para cuando fue conciente de la
verdad, el odio había desaparecido de su corazón. A principios de 1946, un
Obersturmführer llamado Beck (Wiesenthal no sabe su nombre de pila) fue
detenido por los americanos en Dachau. Wie¬senthal se enteró de que Beck había
sido la rara avis, un SS honrado y decente que se negaba a matar o torturar a
los prisioneros. Por ello había sido castigado por sus superiores de la SS con
solitario encarcela¬miento. Wiesenthal reunió a tres testigos judíos y se fue
con ellos a Dachau. Allí atestiguaron que Beck no había cometido actos
crimina¬les y éste fue puesto en libertad. Posteriormente, Wiesenthal descubrió
que otro ex nazi llamado Werner Schmidt había sido despedido de su empleo en
Halle al hacerse público que había sido miembro del Partido. Schmidt había
ayudado a Wiesenthal en el ghetto de Lwów, Polonia, donde se encontraba cuando
los nazis lo tomaron en 1942. Schmidt le traía comida y le tenía al corriente
de las accio¬nes inminentes de la Gestapo. Wiesenthal llamó a Hatte, aclaró la
actuación de Schmidt y le ayudó a recuperar su empleo.
—Personas
como Beck y Schmidt eran una prueba viva para mí de que un hombre si se lo
proponía podía volver de la guerra "vestido de blanco" —dice
Wiesenthal. En alemán weisse Weste es símbolo de inocencia.— Desgraciadamente,
por cada hombre "vestido de blanco", había muchos otros, no que se
vieron obligados a cometer crímenes, sino que se presentaron voluntarios para
matar y torturar. Poco a poco fui aprendiendo que entre blanco y negro había
muchos matices de gris: gris-acero, gris-tornasol. Y muchos matices de blanco
también. Las víctimas no eran siempre inocentes. He conocido a un confidente
judío que en un campo de concentración salvó su vida tomando parte en la
ejecución de otro judío cuando un diabólico SS le dijo que escogiera entre su
vida y la de otro. El confidente se defendía diciendo que si él no lo hubiera
hecho, otro cualquiera hubiera disparado contra el judío aquél y que él a su
vez también hubiera perecido. Yo no puedo acep¬tarlo: matar es matar, poco
importa quién cometa la acción. Todas las naciones cuentan con
colaboracionistas. Nosotros, judíos, los tuvimos también, quizás en menor
cantidad que otros pueblos, pero no todos fuimos ángeles. Un retoque
típicamente diabólico de los SS, fue forzar a los judíos a que mataran a sus
propios compañeros.
Wiesenthal
recuerda muchas veces su primer paseo como hombre libre después de vivir cuatro
años entre alambradas. Era un cálido día de primavera del mes de mayo de 1945,
a los diez días de haber sido liberado del campo de concentración de
Mauthausen, Alta Austria. Débil todavía y un poco aturdido por el
desacostumbrado esfuerzo, se llegó hasta el pueblo vecino andando. Los
labradores trabajaban el campo, jugaban los niños, los pájaros cantaban. A
menos de un kiló¬metro y medio de los horrores de la cámara de gas, el campo
parecía un idilio de paz bucólica. Nadie demostraba ni curiosidad ni simpa-tía.
Sintiéndose Wiesenthal muy fatigado, entró en una casa de campo y pidió un vaso
de agua. Una robusta y bien alimentada campesina le trajo un vaso de zumo de naranja.
—¿Se
pasó mal allí dentro? —le preguntó, señalando vagamente en dirección de las
bajas edificaciones grises que se veían más allá de los bancales.
—Dése
por satisfecha de no haber tenido que ver nunca ese cam¬po de concentración por
dentro.
—¿Y
por qué iba yo a tener que verlo? —contestó la mujer—. Yo no soy judía.
Wiesenthal
pensó en el incidente aquél mucho tiempo. Años de adoctrinación habían
convencido a la mujer de que en la tierra había dos clases de personas: las que
como ella estaban para vivir y las razas "inferiores" destinadas a la
muerte. Wiesenthal no tardó en descu¬brir que muchas personas bondadosas habían
sufrido la infección de teorías nazis. Cuando alguien, sin ser preguntado, le
decía que "no sa¬bía nada de todo aquello" o por propia iniciativa
declaraba que "había salvado a judíos", Wiesenthal se ponía furioso.
—Si
hubieran sido efectivamente salvados todos los judíos que me dijeron haber
salvado hubiera habido más judíos al final de la guerra que cuando ésta empezó.
Tampoco podía creer a aquellos que trataban de convencerme de que no se habían
enterado absolutamente de nada. Quizá no supieran toda la verdad de lo que
ocurría en los campos de concentración. Pero casi todo el mundo había notado
algo des¬pués de que Hitler invadiera Austria el 11 de marzo de 1938. Nadie
podía dejar de ver cómo los SS de negro uniforme se llevaban a los vecinos que
resultaban ser judíos. Los niños volvían de la escuela diciendo que a sus
compañeros de clase judíos los habían expulsado. Nadie podía dejar de ver las
esvásticas en los escaparates rotos de las tiendas judías saqueadas. Nadie,
tampoco, podía ignorar los escombros de las sinagogas que fueron quemadas la
noche del 9 de noviembre de 1938 . La gente sabía lo que ocurría, aunque a
muchos les diera vergüenza enterarse y prefirieran mirar a otra parte para no
ver dema¬siado. Soldados y oficiales con permiso, procedentes del frente del
Este, hablaban muchas veces de las matanzas de judíos que habían tenido lugar
allí. La gente sabía mucho más de lo que admitía saber y es por esa razón que
tantas personas acusan hoy ese sentimiento de culpabilidad.
La
carrera de Wiesenthal como cazador de nazis comenzó en cuanto fue puesto en
libertad en 1945 y obtuvo empleo en la sección de Crímenes de Guerra de las
fuerzas estadounidenses de ocupación en Austria, con la misión de seguir la
pista de los SS que le habían brutalizado a él y a otros miles. A medida que
Wiesenthal fue recupe¬rando su vigor físico, fue aumentando también su
capacidad de es¬cuchar el recuento de crímenes nazis sin que se le despertara
un sen¬timiento de odio.
—La
herida del alma de Wiesenthal nunca podrá curarse, pero por lo menos ahora no
sangra —dijo recientemente uno de sus ami¬gos, famoso psicólogo vienés.
Ello
parece confirmado por la reacción que ha tenido Wiesenthal frente a los
problemas de culpabilidad colectiva que se debaten ahora en Alemania.
—Un
judío que crea en Dios y en su pueblo, no cree en el prin¬cipio de la
culpabilidad colectiva —dice—. ¿No hemos venido su¬friendo acaso, nosotros los
judíos, durante miles de años porque se de¬cía que éramos colectivamente
culpables? Todos nosotros, incluidos los niños por nacer. ¿Culpables de la
crucifixión, de las epidemias de la Edad Media, comunismo, capitalismo, guerras
adversas y adversos tratados de paz? Todos los males de la humanidad, desde la
peste a la bomba atómica, fueron "culpa de los judío”. Nosotros somos las
eternas cabezas de turco. Sabiendo que no somos colectivamente cul¬pables,
¿cómo podemos acusar a ninguna otra nación, sea lo que fuere lo que los
miembros de ella hicieran, de ser colectivamente culpable?
Habiendo
tomado la determinación, durante aquel primer período de postguerra, de
comenzar un rastreo que no tenía esperanzas de ver nunca terminado, Wiesenthal
hizo uso de su formación de arquitecto y comenzó el edificio por los cimientos.
Primeramente comenzó por establecer una relación histórica de los hechos,
cuando la memoria de los testigos estaba aún fresca. Al final de la guerra
había más de cien mil supervivientes de campos de concentración que en su
mayoría vivían en los docientos centros de personas desplazadas repartidos en
Alemania y Austria, establecidos por los aliados occidentales. Con ayuda de
unos cuantos amigos, estableció Wiesenthal una red de co¬rresponsales en
diversos campos. Su trabajo consistía en entrevistarse con cada uno de los ex
prisioneros y tomar declaraciones juradas acer¬ca de los guardas SS brutales,
relatos de testigos oculares de asesinatos y torturas y otras experiencias
personales. Wiesenthal ponía de relieve la importancia y absoluta necesidad de
nombres y fechas exactas y descartaba los relatos de oídas. Las declaraciones
juradas debidamente firmadas fueron numeradas y luego archivadas en el pequeño
Centro de Documentación Judía que Wiesenthal estableció en Linz en 1947,
después de dejar su empleo con los americanos.
Incluso
antes de fundar el Centro de Documentación, Wiesenthal había coleccionado
declaraciones juradas de crímenes nazis procedentes de unos dos mil lugares
distintos. Había conseguido fotografías de muchos SS, había sacado copias y las
había distribuido por todos los campos de personas desplazadas, ya que muchas
veces los supervivien¬tes no sabían los nombres de los criminales, pero los
reconocían en seguida por la fotografía. Wiesenthal clasificó alfabéticamente
todos los lugares donde se habían cometido crímenes nazis; otro segundo fichero
contenía los nombres de todos los criminales, y un tercero los nombres de los
testigos. Los archivos de Wiesenthal se emplearon por primera vez en Nuremberg,
durante la preparación de los juicios con¬tra los criminales de guerra nazis.
Las autoridades de Nuremberg, a su vez, le enviaron a él listas de criminales
de guerra. Posteriormente sus ficheros se emplearon en Dachau en 1947, durante
el juicio que tuvo lugar allí ante un tribunal militar americano contra SS que
ha¬bían actuado como guardas de campos de concentración. El sistema de índices
cruzados de Wiesenthal resulta muy efectivo. Cuando se le informa de que en
cierto lugar se cometió un crimen, puede averiguar en pocos minutos los nombres
y direcciones de testigos y también los nombres de los SS implicados. Algunos
testigos presenciaron crímenes en lugares distintos y los nombres de ciertos
criminales se mencio¬nan también en conexión con los lugares diferentes.
El
fichero alfabético de criminales nazis de Wiesenthal contiene en la actualidad
aproximadamente 22,500 nombres. La mayoría de los SS que constan allí están
acusados de asesinato, algunos de asesi¬natos en masa. (Su lista es pequeña
comparada con la lista oficial de 160.000 nombres que posee la Agencia Central
de Administra¬ción de Justicia del Estado de Crímenes Nacional-Socialistas,
estable¬cida en 1958 por varios estados federales de la Alemania Occidental en
Ludwigsburg, Palatinado. La fundación del Centro responde a un retardado
reconocimiento, por parte de los alemanes occidentales, de la enormidad de las
atrocidades nazis y gracias a él se han iniciado más de mil procesos.)
El
fichero de criminales de Wiesenthal tiene muchas lagunas. En algunas fichas no
consta más que el nombre de pila o el apodo con que los prisioneros designaban
a cierto SS. En el campo de concentra¬ción de Lwów, por ejemplo, uno de los más
perversos guardas de la SS era conocido por "Tom Mix", mote sacado
del famoso artista de cine del Oeste. El pasatiempo favorito de "Tom
Mix" era montar a caballo por el campo y disparar a boleo contra los
prisioneros. Hay varios testigos presenciales de los crímenes de "Tom
Mix”, pero Wie¬senthal no ha logrado dar con el hombre en cuestión porque no
conoce su nombre verdadero. Y en el campo de concentración de Cracovia, el jefe
de los confidentes era conocido por Waisenkind ("el huérfano”), por ser un
criminal sentenciado a cadena perpetua por haber asesinado a sus padres. Los
nazis lo sacaron de la cárcel y lo convirtieron en confidente del campo de
concentración, donde "el huérfano" tenía ocasión de demostrar su
talento para la brutalidad.
—Nadie
sabía su verdadero nombre —recuerda Wíesenthal—. Qui¬sas un grupo anterior de
prisioneros ya muertos lo conociera. Recuerdo a otro confidente del campo de
Grossrosen, cerca de Wróclaw, la antigua Breslau: cuando él entraba en una
habitación llena de pri¬sioneros sabían todos que había llegado su fin. Los
prisioneros le lla¬maban "Ángel de la muerte". Desgraciadamente, no
se puede localizar a un hombre de semejante nombre.
En
general, de los asesinos, ladrones y otros criminales comunes, en las
instituciones que cuidan se cumpla la ley, lo que se conoce es el nombre. Pero
muchos SS sabían ocultar cuidadosamente su verdadera identidad porque a medida
que la guerra parecía más totalmente per¬dida para Alemania, se daban cuenta de
que podía llegar el día en que tuvieran que dar cuenta de sus crímenes.
Terminada la guerra, muchos miembros de la SS y la Gestapo se escondieron tras
falsas do¬cumentaciones y bajo nombres supuestos. Incluso cuando Wíesenthal
descubre el verdadero nombre de un individuo queda el problema de localizar a
ese hombre en cuestión. Muchas de las fichas de su archivo llevan un
interrogante o las palabras "paradero desconocido", lo que recuerda
aquellos tiempos en que el correo dirigido a los judíos de Alemania era
devuelto al remitente con la misma indicación.
El
Centro de Documentación de Linz pronto fue famoso en toda Europa. Informes y
testimonios, cartas y preguntas, hechos y cifras llegaban procedentes de muchos
países. Los israelíes dieron a Wiesenthal su lista de criminales nazis
reclamados. Pero la más valiosa lista de nombres que contiene hasta ahora
procede de la misma SS. Un día de 1961, un antiguo "cliente" le
ofreció a Wíesenthal una Dienstalterliste (lista de servicio) con los nombres
de 15.000 hombres de la SS, rango, condecoraciones, observaciones especiales y
lugares de servicios comprendidos. De aquellas listas sólo habían sido impresas
cuarenta, una para cada uno de los cuarenta Gauleiter o jefes de zona nombrados
por Hitler en la Europa nazi. Existían órdenes estrictas de destruir las listas
al terminar la guerra. El "cliente" de Wíesenthal logró hacerse con
una de ellas gracias a la confusión que siguió al día de la Victoria en Europa,
le dijo a Wiesenthal que necesitaba dinero y le pidió quinientos dólares por el
librito. Wiesenthal le compró la lista y no lo lamenta. Posteriormente, varios
de los hombres por él des¬cubiertos pretendieron no haber pertenecido jamás a
la SS. Pero no pudieron seguir negándolo cuando Wiesenthal les señaló sus
nombres en la lista.
La
financiación de lo que a los periódicos les gusta llamar "la red
Wiesenthal”, es fuente interminable de especulación entre los
"clien¬tes" y aquellos que no ven con buenos ojos su actividad.
Insinúan que varios gobiernos y el siniestro poder del "capitalismo judío
in-ternacional” están tras él. La verdad es menos fascinante. Al contrario que
algunos agentes secretos de novela, Wiesenthal no vive de caviar y champaña Dom
Pérignon. Cuando abrió su Centro de Docu¬mentación en 1947, contaba con cierto
número de entusiastas colabo¬radores que trabajaban sin retribución alguna y él
a su vez recibía cincuenta dólares mensuales como contribución voluntaria del
doctor A. Silberschein, antiguo miembro del Parlamento polaco que residía en
Ginebra. Wiesenthal complementaba su escasa remuneración escri¬biendo artículos
y con otros trabajos suplementarios. A pesar de que a principios de 1950 la
Alemania Occidental acordó pagar indemniza¬ciones a los judíos por sus
pérdidas, Wiesenthal se negó durante años a solicitar la restitución a que
tenía derecho por haber perdido su hogar, su negocio y todas sus propiedades
durante él régimen nazi. No podía acostumbrarse a la idea de aceptar dinero de
los alemanes. Al fin, Wiesenthal decidió aceptarlo, pero dijo que gastaría la mitad
de la suma en financiar el Centro de Documentación. Empleó en ver¬dad más de la
mitad de lo que ha venido recibiendo desde 1958, en que cobró el primer pago.
Los gastos habidos en unos dieciséis años de trabajo en el caso Eichmann los ha
pagado de su bolsillo.
En
1961, después del juicio de Eichmann en Jerusalén, la Junta de Comunidades
Judías de Austria acordó financiar un Centro de Documentación en Viena y le
pidió a Wiesenthal que se hiciera cargo del mismo. Del presupuesto fijado en
400 dólares, él se reservó 150 dó¬lares como sueldo mensual y dedicó el resto a
alquiler, personal de oficina, teléfono y correspondencia. La subvención
mensual le fue re¬tirada al año siguiente, cuando Wiesenthal, con su proverbial
fran¬queza, criticó duramente la política de la Junta. Así, que otra vez pasó a
contar con sólo lo que él poseía. Entonces fundó la Federación de Víctimas
Judías del Régimen Nazi, cuyos doce mil miembros con¬tribuyen en la actualidad
con pequeñas aportaciones mensuales. A medida que su trabajo fue siendo mejor
conocido, comenzaron a llegarle contribuciones voluntarías de forma altamente
irregular. Un hombre envió un pequeño cheque desde Australia "porque su
abnegada tarea le había conmovido el corazón". Un anciana de Nueva York le
envió dos dólares: "Me pasaré dos semanas sin ir al cine, querido señor
Wiesenthal, pero usted sabrá emplear mejor mi dinero".
En
una pequeña población americana, un rabí recogió 18 dólares de los dieciocho
miembros de su congregación. (En hebreo, como las cifras vienen expresadas por
letras, la cifra "18" equivale a "chai", que significa
"vida".) La mayor contribución, un cheque de 1.000 dó¬lares, le vino
de un desconocido de Calcuta. Varias comunidades ju¬días de la Alemania
Occidental contribuyen con donativos de vez en cuando. Los holandeses han
establecido una Fundación Wiesenthal especial en los Países Bajos, donde su
trabajo ha llamado grandemente la atención. Y existen Centros de Documentación
en Bruselas, Frankfurt, Johannesburgo, Milán, Munich y Turín. Todos los
donativos se depositan en una cuenta bancaria y todos los pagos han de ser
autori¬zados por cuatro representantes de un Comité que supervisa el tra¬bajo
del Centro de Documentación.
En
los últimos años, las actividades del Centro se han ampliado considerablemente.
El presupuesto mensual es ahora de 1.500 dólares. Wiesenthal se encarga
personalmente de todo trabajo de importancia. Le ayudan dos secretarios y un
colaborador que habla y escribe doce lenguas, cuida de los ficheros, siempre en
aumento, y maneja una máquina Xerox de alquiler. El mayor gasto mensual lo
constituye la factura de teléfono. Wiesenthal detesta un lugar donde no haya
te¬léfono. Gasta unos 150 dólares al mes en conferencias, generalmente porque
es de vital importancia poner a las autoridades sobre aviso de las andanzas de
un nazi reclamado por la ley, antes de que los ami¬gos del hombre en cuestión
den el soplo de que Wiesenthal le sigue las trazas.
Wiesenthal
ha aprendido que la información que se vende es pocas veces digna de crédito. A
veces le ofrecen información secreta sobre el paradero de prominentes nazis que
se esconden. Esas ofertas proceden de personajes en la sombra, ex nazis que
pretenden haber conseguido información interna o de famosos abogados y hombres
de negocios. Wiesenthal, por lo general, se muestra muy escéptíco res¬pecto al
valor de semejante información. Además, dice, las sumas que le piden siempre
son demasiado elevadas para el presupuesto con que cuenta. Sigue teniendo
todavía ayudantes que no cobran nada y cuyos gastos de viaje, largos a veces,
él tiene que cubrir.
—Respecto
a nuestras finanzas hay que hacer resaltar cuatro he¬chos —dice Wiesenthal—.
Primero: el Centro de Documentación no cuenta con entradas regulares. Procuro
tener el suficiente dinero en el banco para ir tirando por lo menos seis meses
más y cuando la cuenta ha bajado mucho, les pido a mis amigos que recauden
fondos. Segun-do: ningún gobierno ni agencia gubernamental nos dio jamás un
cén¬timo. Tercero: no recibimos ningún dinero de Israel, donde deben em¬plear
grandes cantidades en sus propias investigaciones de los crímenes nazis, pero
desde luego entre nuestras agencias mantenemos relaciones amistosas y de
colaboración. Cuarto: no recibimos ningún dinero de lo que algunos de mis
"clientes” nazis llaman "capitalismo judío interna¬cional'.
Las
necesidades de Wiesenthal son modestas. Vive con su esposa en un piso pequeño,
ve a pocas personas fuera del despacho y pasa la mayoría de las noches en casa
llevando su correspondencia privada, estudiando libros y archivos sobre su tema
favorito. De vez en cuando hace una visita a su hija única, casada y que vive
en Holanda. Tiene un Ford pequeño, no bebe y sólo fuma cuando está nervioso.
Hace unos años empezó a coleccionar sellos de correos para descansar de su
trabajo, pero incluso este pasatiempo se convirtió en algo útil pues en una
ocasión atrapó a un SS que negaba haber estado en Polonia en una época
determinada presentándole un sobre con los correspon¬dientes sellos de correos,
dirigido a la familia del hombre en cuestión en él que la fecha era
perfectamente legible. El hombre fue arrestado. Aunque Wiesenthal tiene la
impresión de que ha contribuido en gran manera en el despertar de la conciencia
publica de Austria y Alemania, existe un grupo de individuos entre los cuales
tiene la impre¬sión, con raras excepciones, de que poco puede hacer en este
sentido. Son sus "clientes" los que fueron SS y rabiosos miembros del
Partido. Después de repetidas conversaciones con ellos y años de estudio y
ob¬servación, Wiesenthal ha llegado a la conclusión de que en su gran mayoría
"o no tenían conciencia desde un principio o consiguieron suprimirla por
completo". Se libraron de la conciencia como otros se libran del apéndice.
"Befehl ist Befehl” (órdenes son órdenes). El Führer daba las órdenes y
ellos las cumplían. Los alemanes tienen una expresión para esa clase de
obediencia: "Kadavergehorsam" (la total obediencia del cadáver). El
concepto de "Befehlsnotstand" (órdenes necesariamente ineludibles) es
aceptado muchas veces como circunstan¬cia atenuante por jurados alemanes o
austríacos. Pero esos jurados nun¬ca exigen prueba alguna de que si el acusado
se hubiera negado efecti¬vamente a cumplir la orden, hubiera puesto en peligro
la vida. Semejante prueba no existe. Algunos hombres se negaron a cumplir la
orden criminal y fueron encarcelados o enviados al frente. Los que de entre
ellos sobrevivieron, tienen hoy la conciencia, tranquila.
El
año pasado Wiesenthal conoció a Alfons Gorbach, el que fue Canciller Federal de
Austria, un católico que se pasó muchos meses en el campo de concentración de
Dachau. Gorbach se quejó de que Wiesenthal "abría nuevas heridas”.
—No
estoy seguro de que sea bueno lo que usted viene haciendo —dijo él que fue
Canciller.
Wiesenthal
admitió que él tampoco estaba seguro.
—Quizá
la historia decidirá si hice bien o no —le contestó—. Pero sí creo que es
necesario. ¿Quiere usted que sus hijos y los hijos de sus hijos se hagan
hombres y otra vez se emponzoñen con teorías de que razas inferiores han de ser
exterminadas como basura? ¿Es que no quiere usted inmunizarles haciendo que
conozcan la verdad? Creo que los jóvenes de Alemania y Austria merecen la
oportunidad de vivir sin sentimiento de culpabilidad. Los jóvenes saben que sus
mayores les fallaron. Sus maestros no les enseñaron los hechos histó¬ricos poco
populares. Sus padres prefieren callarse porque esperan que dentro de poco
"todo se habrá olvidado". Pero usted sabe, Herr Kanzler, que la
verdad tiene curiosos modos de resurgir en momentos poco apropiados. Hablo a
veces con los jóvenes y veo que se están volviendo inquisitivos. Han oído y
leído mucho sobre "esas cosas". Yo creo que tienen derecho a saber.
Wiesenthal
se hizo cargo de los misterios que la mentalidad nazi encierra, pronto después
de terminada la guerra al venirle a mano ciertas cartas que SS de servicio en
campos de concentración, escri¬bían a sus esposas. Recuerda una carta de un
Führer de la SS que describía como cosa normal que su unidad había sido
destinada a rellenar un hondón: una bomba rusa había abierto un gran cráter en
Umán, cerca de Kiev, Ucrania. Los matemáticos de la SS calcu¬laron que los
cuerpos de mil quinientas personas llenarían un cráter de aquel tamaño, por lo
que se procuraron metódicamente ese "material de construcción"
ejecutando mil quinientos judíos, hombres, mujeres y niños y echando sus
cadáveres en el cráter. Los cuerpos fueron cubiertos con tierra y tela metálica
y el agujero quedó como nuevo. Todo ello era descrito sin emoción alguna y con
gran precisión téc¬nica. En la misma página de la carta, el SS preguntaba por
las rosas de su jardín y le prometía a su mujer tratar de hallar una criada
rusa "que sepa cuidar crios y guisar".
—Lo
escribía como si estuviera refiriéndose a que aquellos exterminadores le habían
limpiado el piso mientras su mujer estaba de va¬caciones —dice Wiesenthal—. He
leído otra carta en la que un SS describe cómo mataban a niños judíos recién
nacidos arrojándolos contra la pared y a renglón seguido preguntaba si su
hijito está ya bien del sarampión. Es difícil comprender tal mentalidad.
Recuerdo el verano de 1941, cuando los SS llegaron a Lwów, primero vallaron
parte de la ciudad vieja para convertirla en ghetto y a continuación levantaron
los adoquines dejando las calles como un cenagal. For¬maba parte de un método
sistemático de crear condiciones de vida infrahumanas. En los días de lluvia,
no se podía cruzar la calle sin que el barro llegase hasta el tobillo.
Resultaba imposible mantener lim¬pia la propia persona. Debíamos de tener
aspecto de animales o de fantasmas de otro mundo. Y en los días peores, Führers
de la SS y oficiales del ejército, se acercaban acompañados de algunas mujeres
al ghetto en sus grandes coches, y nos miraban y se reían y sacaban fotografías
de aquella rara especie de Untermenschen (infrahombres). Enviaban las
fotografías a sus hogares y todos decían: "Fíjate cómo son esos judíos. Al
Führer le sobra razón, ni siquiera aspecto humano tienen".
Al
igual que el cirujano que ve por primera vez al paciente cuando se lo llevan a
la sala de operaciones, también muchas veces Wiesen¬thal ve por primera vez a
los hombres que él ha perseguido y entre¬gado, a la justicia, sólo en la última
fase de su operación, es decir, en el juicio en que comparece como testigo o
simplemente como interesado espectador. Trabajó en el caso Eichmann durante
unos dieciséis años y llegó a saber más cosas sobre Eichmann de las que él
mismo Eichmann hubiera deseado recordar. Sin embargo, sólo le vio por primera
vez en Jerusalén, al iniciarse el juicio.
En
1945, cuando dieciséis años antes comenzó a recoger material contra el hombre
acusado de ser primariamente responsable de "la solución final del
problema judío", Wiesenthal vivía en una habitación realquilada del número
40 de la Landstrasse, de Linz, Austria, ciudad donde Adolf Eichmann había
tenido su hogar. Cuatro casas más allá, exactamente en el número 32 de la
Landstrasse, se hallaba la casa donde Eichmann vivió en su juventud. Varias
veces al día Wiesenthal tenía que pasar ante aquella puerta por la que tantas
veces entrara y saliera Eichmann y siempre que lo hacía se notaba la boca un
poco seca y una sensación de opresión en la garganta. Un día, el capitán
americano para quien trabajaba, le dijo que iban a registrar la casa de
Eichmann y le pidió que fuera con ellos. Wiesenthal se negó:
—No
hubiera podido ni tocar el pomo de la puerta —dice.
Todavía
hoy siente una fuerte repugnancia hacia el contacto físico con sus
"clientes". Después de la guerra, cuando buscaba criminales de la SS
en varías cárceles y campos de detenidos, supone que, sin saberlo, estrecharía
manos de asesinos, y sólo de pensarlo siente an¬gustia.
Pronto
después de la guerra, cuando Wiesenthal trabajaba para varias agencias
americanas, acompañaba a oficiales americanos en sus recorridos y en diversas
ocasiones tuvo que arrestar personalmente a SS acusados de crímenes. Veía en
sus ojos la misma expresión que tantas veces había visto en los ojos de los
judíos arrestados por la SS. Pero Wiesenthal percibió una notable diferencia:
algunos de los super¬hombres de la Gestapo y la SS, se ponían de rodillas y
pedían cle¬mencia, cosa que los judíos nunca hicieron. Wiesenthal había visto
ir a la muerte a muchos judíos. En su mayoría tenían miedo, en algunos hacía
presa el terror de modo que los demás tenían que sostener¬les. Unos rezaban y
otros lloraban. Pero nunca suplicaron por sus vidas.
No
es de extrañar que Wiesenthal sea objeto de gran antipatía entre los que fueron
miembros de la SS y por tanto su seguridad sea motivo de preocupación para sus
amigos. Se ha visto numerosas ve¬ces amenazado y otras varias atacado. En una
ocasión, se le metió un hombre en la oficina con un cuchiUo, Wiesenthal cogió
el tintero y se lo lanzó a la cabeza con tal estruendo que sus colaboradores
co¬rrieron a su rescate. Con el fin de molestarle, han recurrido a toda clase
de anónimos, como los dirigidos a "Cochino Judío Wiesenthal. Viena."
Otros se especializan en llamadas telefónicas hasta el punto de que en cierta
época llegó a recibir tantas amenazas nocturnas, que pidió a las autoridades
tuvieran su línea en observación. Un individuo que se valía de teléfonos
públicos, fue detenido y condenado a dos meses de cárcel.
Wiesenthal
considera esas amenazas anónimas como riesgo obligado de una arriesgada
profesión y adopta para con enemigos que son lo suficiente cobardes como para
no darse a conocer, una actitud filo¬sófica.
—Mis
amigos me aconsejan que ande con cuidado —cuenta Wie¬senthal—. Ello es como
decirle a un hombre que vaya con cuidado al subir a un avión. ¿Qué puede uno
hacer por la segundad personal, después de abrocharse el cinturón? El que tiene
miedo al avión, que no lo tome. Si yo me preocupara mucho de esa clase de
amenazas, no podría trabajar.
En
septiembre de 1965, Wiesenthal fue informado por un perió¬dico de que en una
conferencia de la WUNS (Unión Mundial de Nacional-Socialistas) habida en
Southend, Inglaterra, un alemán lla¬mado Friedrich Lang había puesto el precio
de 120.000 dólares a su cabeza. La policía austríaca abrió una investigación y
pidió detalles a la embajada británica en Viena. Con anterioridad, un agente de
poli¬cía que se había infiltrado secretamente en la conferencia de Salzburg
habida entre los diversos grupos neonazis, informó que varios Kameraden de
mediana edad habían sugerido a los camaradas más jóvenes "acabar con ese
Wiesenthal". Por un tiempo, la casa y oficina de Wie¬senthal se vieron
custodiadas por coches de patrulla y un policía guar¬daespaldas le acompañaba a
todas partes. Pero a propuesta de Wie¬senthal, los neonazis fueron informados
por vía indirecta de que sus planes habían sido descubiertos y ello puso fin al
incidente.
En
otra ocasión, era en 1962, llegaba Wiesenthal al aeropuerto de Viena procedente
del extranjero y se encontró con el mensaje de que llamara inmediatamente a su
domicilio. Fue un amigo quien contestó, diciéndole que aguardara en el
aeropuerto porque él iría inmediata¬mente a su encuentro.
—No,
no pasa nada, Simón —le advirtió el amigo—. Pero es mejor que me aguardes en
vez de ir tú solo a casa.
Cuando
el amigo llegó al aeropuerto, explicó a Wiesenthal que aquella madrugada., a
las tres, su mujer había recibido una llamada anónima. Una voz femenina le
había dicho: "Señora Wiesenthal, si su marido no deja de rastrear el
pasado, mis amigos se apoderarán de su hija y no la volverá a ver con
vida". Colgó el auricular sin añadir más. La señora Wiesenthal, antes de
sufrir el colapso, tuvo tiempo de ad¬vertir a un amigo. Éste llamó a la policía
y a un médico. Así, que la señora Wiesenthal estaba en cama con un pequeño
ataque car¬díaco, pero pronto se repondría, le dijo el amigo que había querido
prevenir a Wiesenthal para que al llegar a su casa no se encontrara de buenas a
primeras con lo ocurrido.
—Al
llegar a casa, vi en la acera de enfrente a un hombre vestido de paisano
—contaba Wiesenthal.— Mí mujer dormía, gracias a un sedante que le había dado
el doctor y yo tomé a nuestra hija y la retuve mucho tiempo entre mis brazos.
Luego entré en mi habitación y sintiéndome muy desgraciado apoyé la cabeza en
mis manos. Por primera vez en mi vida dudaba, no sabiendo si seguir adelante,
si tenía derecho a proseguir. No me importaba correr el riesgo que fuera pero
no podía exponer a mi familia. Además, ¿no había hecho ya bastante durante
todos aquellos años? ¿Serviría de algo proseguir las búsquedas?. Por muchos
nazis que atrapara, siempre quedarían muchos más sin castigo. Razoné mucho rato
conmigo mismo aunque sabiendo qué decisión acabaría por adoptar: yo tenía que
seguir. Recuerdo que con la cabeza entre las manos me decía: "No puedo
dejarlo. No puedo”.
Simón
Wiesenthal cuenta que su peor problema es hallar testigos dignos de crédito que
declaren con exactitud respecto a fechas y lugares. Insólitamente en su propia
vida, tropezó con esa misma difi¬cultad mucho antes de haber oído hablar de
campos de concentración o de nazis. Nació el 31 de diciembre de 1908 "una
media hora antes del fin de año", según afirmaba su madre. La comadrona
informó debidamente del nacimiento al registro civil de la ciudad de Buczacz,
situada en lo que era por aquel entonces la zona más oriental del Imperio
Austro-húngaro. Cuando le hizo falta, Wiesenthal sacó certi-ficado de
nacimiento, pasaporte y todos esos documentos que las personas nacidas en aquel
lugar del mundo necesitan siempre para probar que existen. Cuando entró en quintas
a los dieciocho años, en 1926, Galitzia se había convertido en una parte de la
independiente Polonia y Wiesenthal se presentó a las autoridades del ejército
polaco: por ser estudiante universitario, se le concedió la prórroga de
costumbre.
Al
año siguiente, dos policías se presentaron para arrestarle por intento de
escapar del servicio militar. Wiesenthal dijo que debía de haber algún error ya
que se había presentado y le había sido concedida la prórroga. El policía le
contestó que no había error ninguno porque tenían pruebas de que había nacido
el 1 de enero de 1909, no se había presentado en 1927 como debía y ahora
resultaba ser prófugo. Wiesenthal descubrió que después de su nacimiento, su
abuelo materno lo había registrado, pero no como nacido el 31 de diciembre de
1908 sino haciendo constar como fecha la de 1 de enero de 1909, porque imaginó
que aquella, media hora no tendría importancia y quería que su nieto fuera él
primer nombre del libro de 1909, creyendo que ello iba a traerle suerte. Pero
en vez de suerte trajo considerables dificulta¬des a Wiesenthal: las
autoridades polacas le dijeron que sus documentos personales podrían ser
declarados no válidos, es decir, que él no existiría a no ser que pudiera
probar que había nacido, como preten¬día, el 31 de diciembre de 1908. Un
magistrado polaco dijo a Wie¬senthal que tendría que presentar dos testigos que
hicieran una decla¬ración jurada respecto al día de su nacimiento.
—Por
primera vez en mi vida tuve que hallar dos testigos que recordaran con
exactitud de minutos algo que había sucedido casi veinte años atrás. Comencé la
búsqueda y hallé efectivamente dos vecinos que vivían en Buczacz en el piso
contiguo. Por suerte recordaban aquella noche porque siendo Nochevieja había
gran animación y la comadrona les dijo que en el piso de al lado, los
Wiesenthal habían tenido un niño. Uno de los testigos incluso recordaba que la
comadrona había entrado antes a apagar las luces de la medianoche y de que
todos se desearan mutuamente "un feliz Año Nuevo”. El otro testigo
recordaba que había abierto una botella de vodka para beber a mi salud. Aquello
convenció al magistrado, arregló el asunto y mi cumpleaños fue oficialmente
reconocido. Pero, ¿y si no hubiera sido Nochevieja, sino una noche cualquiera,
y no hubiera habido fiesta alguna?
En
Buczacz, población de nueve mil habitantes, vivían seis mil judíos y tres mil
polacos. Las 3.500.000 personas de Galitzia incluían 1.700.000 ucranios
(llamados también rutenos), 1.000.000 de polacos y 800.000 judíos. Los polacos
y los judíos residían en los centros urbanos, los ucranios en el campo y no
había lazos de afecto entre ellos.
El
padre de Simón Wiesenthal, próspero comerciante, negociaba, entre otros
artículos, en azúcar, y de niño a Simón le encantaba ir al almacén y construir
casas y castillos con terrones de azúcar. El joven Simón heredó una gran
tendencia al misticismo, todavía patente en su pensamiento y palabras, de su
abuela materna, mujer profundamente religiosa, que gustaba de llevar al pequeño
Simón en sus visitas al famoso wunder (milagroso) rabino a quien ella pedía
bendijera el niño. Todavía recuerda Wiesenthal el viaje hasta el famoso rabino
de Czortkov que vivía en una gran casa de campo rodeado de las casas de sus
discípulos. Wiesenthal no recuerda al piadoso varón pero en cam¬bio nunca podrá
olvidar aquella pequeña ventana del ático, a través de la que veía el rostro de
un hombre al que la abuela llamaba "el silencioso''. Al parecer, un día
aquel hombre tuvo una discusión con su mujer y exclamó: "¡Ojalá te
quemaras viva!”. Aquélla misma noche, la casa ardió y la mujer murió víctima de
las llamas, El hombre, bajo el peso de su culpabilidad, se fue a ver al rabino,
quien le ordenó no volviera a pronunciar palabra en lo que le quedaba de vida y
rezara para obtener perdón. Dos veces al día llevaban comida al
"silen¬cioso" en su pequeña habitación del ático. Durante años, Simón
sentía un escalofrío recorrerle la espina dorsal cada vez que pensaba en el
"pecador silencioso" de al otro lado de la pequeña ventana.
Cuando
Simón tenía seis años estalló la primera Guerra mundial. Su padre, oficial de
la reserva del ejército austríaco, se incorporó a su unidad y, como muchos
otros padres, no volvió jamás de la guerra. Fue muerto en acción en 1915, el
año en que los cosacos del zar llegaban a Buczacz en sus veloces y pequeños
caballos. Los aterrori¬zados habitantes judíos ya sabían lo que les aguardaba,
pues muchos procedían de Rusia, donde los pogroms estallaban siempre que se
producía cualquier dificultad interna y convenia distraer la atención de los
ciudadanos dejándoles azotar judíos y saquear sus tiendas. Muchos judíos
emprendieron su éxodo hacia el oeste, primero a Galitzia, luego a Alemania,
finalmente hacia la Europa Occidental y América.
A
finales de 1915, la madre de Wiesenthal se llevó a Simón y a su hermano menor a
Viena, todavía capital de la monarquía de los Habsburgo, donde éste asistió a
la escuela. En 1917 los rusos se retira¬ron de Galitzia y muchos judíos
regresaron, entre ellos los Wiesenthal, pues después del armisticio, y por
espacio de tres meses, la Galitzia oriental fue República Independiente de la
Ucrania Occidental. Luego, el ejército polaco la tomó y el pueblo de Buczacz
devino polaco du¬rante casi dos años, hasta la guerra polaco-bolchevique que
comenzó en 1920. Para los habitantes de Buczacz, las interminables guerras
sig¬nificaban continuas idas y venidas de tropas y constante temor.
—Nos
levantábamos por la mañana sin saber bajo qué régimen esta¬ba el país —recuerda
Wiesenthal—. Yo iba entonces al instituto y cuando nos preguntaban quién estaba
en el poder, teníamos que mirar el retrato que colgaba de la pared encima de la
mesa del profesor, porque una semana era el de un bolchevique, a la siguiente
de un ucranio y luego fue el del mariscal polaco Püsudski. Los bolcheviques
detuvieron a todos los "burgueses", y exigieron se pagaran rescates
por ellos. Mi abuela, como otras mujeres judías, tuvieron que limpiar el
vestíbulo del instituto que los rusos habían convertido en establo.
Las
tropas bolcheviques eran malas pero las bandas de caballería ucranias eran
peores aún, atravesaban la población montados en sus pequeños caballos, como
cosacos, saqueando, violando, matando. En una ocasión, dieron a los judíos de
Buczacz tres horas como ultimá¬tum para reunir y entregarles trescientos litros
de schnaps (aguardiente) para las cinco de aquella tarde o de lo contrario
prenderían fuego a todas las casas judías. Wiesenthal recuerda vivamente cómo
la gente iba de un sitio a otro intentando obtener el licor y cómo por la
noche, los ucranios se emborracharon y anduvieron recorriendo calles. Las
gen¬tes de Buczacz cerraron las puertas de sus casas y se pusieron a rezar. Al
cabo de un par de días empezó a faltar la comida, pero a las mujeres les daba
miedo salir de casa y la madre de Simón envió al chiquillo, que tenía entonces
doce años, a pedirle a un vecino un poco de levadura para poder hacer pan.
Cuando Simón cruzaba, corriendo, la calle, un ucranio le persiguió montado en
su caballo y juguetonamente le dio con el sable en un muslo. El niño sufrió un
colapso y tuvieron que llevarlo a casa. Llamaron un médico, que llegó a la casa
a través de sótanos y patios traseros y le cosió la herida. Wiesenthal tiene
todavía una gran cicatriz que le cruza la parte superior de un muslo.
En
el instituto, Wiesenthal se enamoró de una bonita morena, com¬pañera de curso,
judía como él, llamada Cyla Müller. Eran sólo dos adolescentes, pero pronto se
dio por sentado que Simón y Cyla se casarían un día. En 1925 la madre de
Wiesenthal se volvió a casar y la familia se trasladó a Dolina, población de
los Cárpatos, donde su padrastro tenía una pequeña fábrica. Simón pasaba allí
siempre las vacaciones, pues le encantaba el campo, le gustaba montar a
caballo, recorrer los bosques. Había decidido que quería ser arquitecto y
des¬pués de terminar sus estudios en el instituto, intentó ingresar en la
Universidad Técnica de Lwów, Polonia, pero fue rechazado ya que había muy
restringido número de plazas para estudiantes judíos.
Wiesenthal
pasó los cuatro anos siguientes en Praga, donde estudió en la Universidad
Técnica Checa y pasó allí los años más felices de su vida. Era muy popular
entre sus compañeros como estimulante pole¬mista en reuniones estudiantiles y
como achispado maestro de ceremo¬nias en actividades sociales. Tenía excelente
memoria para las histo-rias divertidas sazonadas con mímica y talento para la
sátira. Su humor era particularmente del gusto de sus amigos no judíos a
quienes encan¬taba la profundidad y oculta ironía de sus historias. Cuando iba
a pasar las vacaciones de Navidad y Pascua a su casa, se pasaba toda la noche
en el tren con sus amigos contando historias, y al llegar estaba tan ronco que
apenas podía hablar.
En
1936 se casó con Cyla Mittter y abrió su despacho de arquitec¬to, especializado
en bellas residencias. Su agradable interludio duró hasta agosto de 1939 en que
Alemania y Rusia firmaron un Pacto de no agresión y acordaron repartirse
Polonia. El 1° de septiembre, los alemanes comenzaron su blitzkrieg (ataque
relámpago) invadiendo Po¬lonia por el oeste, y dos semanas después el ejército
rojo llegó a Lwów y otra vez Wiesenthal se encontró "liberado" como
anteriormente tam¬bién lo habían liberado rusos, ucranios y polacos; pero los
últimos "libertadores" se habían traído consigo la NKVD, su policía
de seguridad, que se dedicó a arrestar a los judíos "burgueses",
comerciantes y pro¬pietarios de fábricas, así como a la "intelectualidad":
médicos, abogados y profesores. El padrastro de Wiesenthal fue llevado a una
prisión soviética donde no tardó en fallecer, y su madre fue entonces a vivir
con él y su mujer. Su hermanastro, comerciante de Stanislav, fue detenido y
posteriormente ejecutado por los rusos, que fusilaron a todos los prisioneros
al retirarse ante el avance de los ejércitos alemanes. A mu¬chos
"burgueses" judíos les dieron pasaportes de los llamados
"Párra¬fo 11" que los convertía en ciudadanos de segunda clase,
exentos de privilegios, prohibiéndoles residir en las grandes ciudades o a
menos de cien kilómetros de una frontera. Perdieron los buenos empleos y sus
cuentas bancarias fueron confiscadas. Dando pruebas de ser un hombre de muchos
recursos en difíciles circunstancias, Wiesenthal sobornó a un comisario de la
NKVD y consiguió pasaportes normales para él, su mu¬jer y su madre. Pocos meses
después, todos los judíos en posesión de pasaportes "Párrafo 11"
fueron deportados a Siberia, donde muchos de ellos murieron. Los Wiesenthal
consiguieron quedarse en Lwów; pero los días de independiente arquitecto se
habían acabado y se dio por satisfecho de poder conseguir un empleo mal pagado
de mecánico en una fábrica de somiers.
Veintidós
meses después del Pacto germanoruso de no agresión, el 22 de junio de 1941,
Hitler invadió la Unión Soviética. A los ocho días, las ultimas unidades del
ejército rojo salían de Lwów y los pri¬meros uniformes alemanes aparecían en
las calles de la población; los llevaban las tropas auxiliares ucranias,
hombres que se habían pasado de la Unión Soviética a Alemania y que habían
hecho la instrucción allí. Celebraron su regreso a Lwów con un pogrom que duró
tres días y tres noches. Cuando hubo terminado la matanza, habían sido
asesi¬nados unos seicientos judíos.
La
tarde del domingo 6 de julio de 1941, Wiesenthal, escondido en el sótano de su
casa, estaba jugando al ajedrez con un amigo suyo llamado Gross. A las cuatro,
un policía auxiliar ucranio que hablaba yiddish
vino a arrestarles y les llevó a la prisión Brigdki. Unos cua¬renta
judíos, abogados, médicos, profesores e ingenieros, aguardaban en el patio en
cuyo centro había una gran mesa con botellas de vodka, salchichas, zakusky
(especie de entremés polaco), fusiles y municiones.
A
los judíos se les ordenó que se pusieran en fila, cara a la pared, con los
brazos cruzados detrás del cuello. Junto a cada hombre había una caja de
embalaje vacía. Un ucranio empezó a disparar por el extremo izquierdo de la
fila y fue haciendo blanco en el cuello de cada uno de los hombres. A cada par
de disparos, se iba hacia la mesa, bebía un sorbo de vodka y tomaba un poco de
zakusky, mien¬tras otro hombre le daba otro fusil. Dos ucranios echaban cada
cuerpo en su correspondiente caja de embalaje y se las llevaban. Los disparos y
los gritos de agonía se acercaban a Wiesenthal y recuerda que miraba la pared
gris sin verla. De pronto sonaron las campanas de la iglesia y una voz ucrania
gritó: "¡Basta! ¡A misa vespertina!”.
Cesaron
los disparos. Los superviventes temblaban, mirándose unos a otros con ojos
incrédulos. Quedaron vivos unos veinte judíos que fueron llevados a dos grandes
celdas donde un ucranio les quitó los cinturones y los cordones de los zapatos.
Los judíos se echaron en catres y en el suelo. Wiesenthal pensaba en los
cadáveres de las cajas y casi les tenía envidia.
Al
fin logró dormirse. Luego, sólo recuerda un foco y una voz po¬laca:
"¿Pero* qué hace usted aquí, señor Wiesenthal?". Wiesenthal
re¬conoció a uno de los capataces que había trabajado con él en la
construcción, un hombre llamado Bodnar, que en aquel momento llevaba traje de
paisano y el brazal de policía auxiliar ucrania.
—!Tengo
que sacarle de aquí esta misma noche! —le dijo Bodnar al oído—. Ya sabe lo que
van a hacer mañana por la mañana.
Wiesenthal
le pidió que ayudara también a su amigo Gross, que tenía a su cargo una madre
anciana. Bodnar tuvo la idea de decirles a los ucranios que había descubierto
"dos espías rusos” entre los ju¬díos: así, les darían una paliza, ellos lo
admitirían todo, firmarían una declaración y luego Bodnar diría que se los
llevaba al comisario ucranio de la calle de la Academia. Wiesenthal y Gross
recibieron una buena paliza. Wiesenthal perdió aquella noche dos dientes
delanteros, pero tras una serie de subterfugios, a la mañana siguiente llegaban
a casa.
Aquel
período de relativa libertad, no le duró mucho a Wiesenthal. Pocas semanas
después, los alemanes decretaron que todos los judíos debían abandonar sus
viviendas y trasladarse a un ghetto recién esta¬blecido en la parte vieja de la
ciudad. Un día, un SS llegó al piso de Wiesenthal con una prostituta polaca a
la que preguntó si el lugar le gustaba. "Sí, no está mal”, contestó ella.
Una hora después, los Wiesenthal se marchaban dejando todas sus cosas allí.
Después de pasar unos meses en el ghetto, Wiesenthal y su mujer fueron llevados
al vecino campo, de concentración de Janowska pero su anciana madre quedó en el
ghetto.
A
finales de 1941, Wiesenthal y su mujer fueron enviados del campo de
concentración a un campo especial de trabados forzados de la OAW (Obras de
Reparación del Ferrocarril del Este). La ofensiva alemana contra la Unión
Soviética estaba en pleno apogeo y la linea de suministro vital a través de
Polonia, tenía que mantenerse abierta. La señora Wiesenthal fue enviada al
taller de locomotoras donde desarrolló su gran habilidad en limpiar metales y
níquel, A Wiesenthal se le ordenó que pintara el símbolo de la esvástica y el
águila en las locomotoras rusas capturadas. Luego ascendió a pintor de señales,
respetada profesión en él régimen de quien había sido pintor de seriales.
En
un día de mucho frío estaba Wiesenthal pintando al aire libre cuando su jefe
superior, Heinrich Guenthert, se llegó junto a él. Wiesenthal no tenía guantes
y sus manos estaban azules de frío. Guenthert empezó a charlar y le preguntó a
qué escuela había ido. Wiesenthal, sabiendo que los miembros de la
intelectualidad judía te¬nían prioridad en las listas de exterminio, dijo a
Guenthert que a una escuela de comercio. Un polaco que estaba allí lo
desmintió, afirmando que Wiesenthal era arquitecto. Guenthert preguntó a
Wiesenthal por qué había mentido, ¿no sabía acaso que a los embusteros la
Ges¬tapo los liquidaba? Wiesenthal lo admitió, y Guenthert, uno de los hombres
decentes, pareció impresionarse. De ahora en adelante, dijo, Wiesenthal iba a
trabajar en el interior como técnico y delineante.
Hasta
principios de 1942, las condiciones de vida en Lwów fue¬ron soportables, pero
después de la "Solución final del problema judío" adoptada por Hitler
en la conferencia de Wannssee y después
del asesinato del jefe de la Gestapo Reinhard Heydrich en Lidíce,
Che¬coslovaquia el 28 de mayo de 1942, una ola de terror azotó a la Europa
ocupada por los nazis. En agosto, miles de judíos fueron envia¬dos de la
estación de ferrocarril de Lwów a los campos de exterminio que por entonces
fueron establecidos en Polonia. Wiesenthal tuvo que contemplar, incapaz de
hacer nada, cómo los SS atestaban de mujeres judías ancianas los vagones de
carga: cien mujeres por vagón. Dejaron los vagones tres días al implacable sol
de agosto con las mu¬jeres suplicando un poco de agua: una de ellas era su
madre, de sesenta y tres años de edad. Wiesenthal jamás volvió a verla. Luego
supo que había muerto en Eelsec, La madre de su esposa iba a ser, poco después,
fusilada en las escaleras de su propia casa por un poli¬cía ucranio.
Hacia
septiembre de 1942, la mayoría de miembros de ambas familias habían muerto.
Wiesenthal no tenía noticias del plan de Hitler para la "Solución final
del problema judío" pero no le cabía duda de que más tarde o más temprano
todos iban a morir, y si bien no abri¬gaba esperanzas de salvar su vida, quería
salvar a su mujer porque pensaba que, siendo rubia, bien podría pasar por
polaca. Wiesenthal tenía amigos en la célula de la Resistencia polaca que
actuaba dentro de las Obras de Reparación y que planeaban hacer saltar la
estación del empalme de Lwów, lo que iba a crear serias dificultades a la
máquina de guerra alemana. Wiesenthal pensó que quizás él pudiera serles útil
en el proyecto, ya que, como técnico, gozaba de relativa libertad y podía
circular por las vías. Había dispuesto su oficina en un pequeño barracón de
madera donde en secreto empezó a dibujar mapas del empalme, señalando todos los
puntos posiblemente vulne¬rables. Wiesenthal habló de su mujer al grupo de
guerrilleros, y una noche un hombre llamado Zielinski la sacó subrepticiamente
de las Obras de Reparación y se la llevó a su piso. Luego un arquitecto de
Lublin llamado Szczepanski cuya firma constructora había trabajado en diversos
proyectos para ferrocarril, estuvo de acuerdo en esconder a la mujer de
Wiesenthal, haciéndola pasar por "hermana" suya, en su casa de
Lublin, donde ella se haría cargo de sus hijos. Pero después de haber pasado
unos meses en aquella casa, alguien la denunció a los alemanes y un día le
advirtieron de que los hombres de la Gestapo iban camino de la casa. Huyó a
tiempo y se volvió a Lwów. Una noche, un amigo de la Resistencia dijo a
Wiesenthal que su mujer le aguardaba al otro lado de la alambrada. Wiesenthal
corrió al soli¬tario paraje, donde pudo cogerle las manos a través de la valla,
y ella le dijo apresuradamente que iba a pasar allí dos noches con la anciana
que limpiaba los lavabos de la estación, pero que luego ten¬dría que marcharse.
Wiesenthal le contestó que volviera la noche si¬guiente y que para entonces tendría
pensado algo.
Por
la mañana Wiesenthal fue a ver a sus amigos de la Resistencia y les propuso un
trato: darles todos los mapas que había dibujado en secreto si conseguían
proporcionarle a su mujer papeles falsos, trabajo y un lugar donde alojarse.
Los de la Resistencia cerraron el trato y por la noche, Wiesenthal, al reunirse
de nuevo con su mujer en la alam-brada, le dijo que tomara el primer tren para
Varsovia donde un hombre la estaría esperando. Iba a convertirse en "Irene
Kowalska", le darían trabajo y lugar donde vivir. (La señora Wiesenthal
vivió en un piso de Varsovia con la esposa del poeta polaco Jerzy Lee sin que
ninguna de las dos descubriera que la otra era también judía.) Wiesenthal dijo
a su mujer que se mantendría en contacto con ella por mediación de un hombre
llamado Szatkoivski, de Lwów. Le besó las manos a través de la alambrada y se
quedó allí hasta que el rumor de las pisadas de ella se extinguió.
Wiesenthal
recuerda las Obras de Reparación como isla de salva¬ción en un mar de locura.
Los cincuenta oficiales alemanes bajo el mando de Heinrich Guenther se
comportaban correctamente tanto con los polacos como con los judíos. El
inmediato superior de Wiesenthal, el Obersinspektor Adolf Kohlrautz era, como
Guenthert, un hombre excepcionalmente bueno. Ambos, descubriría posteriormente
Wiesen¬thal, tenían opiniones secretamente antinazis, Kohlrautz llegó hasta
permitir a Wiesenthal que escondiera en su despacho dos pistolas que había
obtenido clandestinamente. De entre los polacos, muchos de los que fingían ser
ardientes colaboradores, eran miembros de la Resistencia.
El
20 de abril de 1943 quincuagésimo cuarto cumpleaños de Hitler, fue un día
soleado con un toque de primavera en el aire, Wiesenthal había, estado
levantado desde el alba pintando carteles alusivos a Hitler y esvásticas para
la gran celebración de la SS en las Obras de Reparación. El y dos ayudantes
judíos acababan de dar los últimos toques a un gran cartel: WIR LIEBEN UNSEREN
FÜHRER (Amamos a nuestro Führer) cuando el Unterscharführer de la SS, Dyga, que
procedía de Silesia y cuyo nombre parecía polaco, quiso demos¬trar con su
brutalidad, que era más alemán que los alemanes. Dijo a los tres hombres que se
vinieran con él y éstos, dejando los pin¬celes, salieron a la luz del sol. El
Oberinspektor miró a Wiesenthal desolado, alzando los hombros en un gesto de
desesperación. Al pa¬recer había tratado de detener al SS pero no lo había
logrado. Dyga les escoltó hasta un campo de concentración situado a tres
kilómetros. Por la calle, la gente ni se atrevía mirarles: Wiesenthal se
preguntaba si sería aquella la última vez que anduviera por la ciudad.
En
el campo de concentración muchos de los SS guardas, conti¬nuamente se
emborrachaban pues tenían schnaps gratis y querían olvidar las malas noticias
del frente. Aquello ocurría pocos meses después de Stalingrado y los SS tenían
miedo de ser pronto enviados al este. Dyga recogió más judíos prisioneros de
los cobertizos y talle¬res, llevándose el grupo entero a un lugar conocido como
der schlauch (la manguera) y les dijo que aguardaran. Ahora Wiesenthal ya sabía
lo que iba a suceder.
La
manguera era un corredor de un metro ochenta de ancho entre dos alambradas que
separaban el campo interior del resto de la instalación. Al final de la
manguera estaba el arenal que era donde tenían, lugar las ejecuciones. La
manguera era sinónimo de muerte: ninguno de los prisioneros que había pasado
por ella había vuelto. Unos veinte hombres y unas pocas mujeres aguardaban en
el interior de la manguera. A la mayoría de ellos Wiesenthal los reconoció:
eran catedráticos, abogados, maestros, médicos, los restos de la
intelectualidad del campo. Aguardaban en silencio. Nadie hablaba. Nadie
pre¬guntaba "¿por qué?". No había "por qué", sólo
"porque". Los SS iban a ejecutar a unos pocos judíos para celebrar el
cumpleaños del Führer. Apareció una media docena de SS con una ametralladora y
a los prisioneros les dijeron que avanzaran manguera adelante, de dos en dos.
Wiesenthal
se acuerda de cómo andaban:
—Cada
uno de nosotros iba andando, cada cual a solas con¬sigo mismo, con sus propios
pensamientos. Cada uno era una isla de soledad. Ese era nuestro privilegio y
ésa nuestra fortaleza.
Una
pesada lluvia de abril comenzó a caer cuando llegaron al arenal, que tenía unos
dos metros de profundidad y quizá cuatrocien¬tos cincuenta metros de largo.
Había unos pocos cuerpos desnudos de anteriores ejecuciones. Cuando una sección
de la fosa se había llenado, los SS cubrían de arena los cadáveres y procedían
a la ejecución siguiente. Había un gran camión junto a la- fosa con el motor en
mar¬cha y a los judíos les dijeron que se quitaran todas las ropas, que las
pusieran en montonctíos y que los cargaran en el camión. Luego, las ropas y los
zapatos de los judíos serían distribuidos entre los pobres en Alemania por las
caritativas damas de la NS Volkswohlfahrt (organiza¬ción de beneficencia
nacional socialista). Los pobres cantarían alaban¬zas de su Führer y se
pondrían los trajes y los zapatos de los judíos exterminados.
El
camión se marchó. Wiesenthal contó treinta y ocho hombres y seis mujeres. Les
dijeron que formaran una sola fila y que se colo¬caran al borde de la fosa.
Wiesenthal vio al SS Kauzer alzar su fusil. Ahora la lluvia arreciaba más pero
no lo suficiente como para ahogar los gritos de los agonizantes. Maquinalmente,
Wiesenthal contó los disparos: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Hubo una pausa.
Uno de los hombres había caído al suelo, no dentro de la fosa. Un SS se
ade¬lantó y arrojó el cuerpo al hoyo. Seis, siete, ocho, nueve.
Wiesenthal
no quería seguir contando. De pronto, no sabía de dónde, le llegó un silbido y
una voz que parecía alcanzarle atrave¬sando el tiempo y espacio:
—¡Wie-sen-thal!
Y
luego otra vez, más de cerca:
—¡Wiesenthal!
Esta
vez prestó automáticamente atención y se oyó decir:
—¡Aquí!
Le
dijeron que se diera la vuelta. Medio cegado por la lluvia vio el rostro de
otro SS, el Rottenführer Koller, que le dijo le siguiera. Kautzer, el que
llevaba a cabo las ejecuciones, se les quedó mirando asombrado: había ido hasta
allí para matar a cuarenta y cuatro perso¬nas, no a cuarenta y tres. Kotter le
dijo que le volvería a traer a Wiesenthal y que prosiguiera su cometido.
—Yo
me tambaleaba como si estuviera ebrio —recuerda Wiesen¬thal—. Koller me dio dos
bofetadas y eso me devolvió a la tierra. Retrocedía a través de la manguera,
desnudo. Detrás de mí, el ruido de los disparos prosiguió pero dejaron de oírse
mucho antes de que llegara otra vez al campo.
El
camión de los cuarenta y cuatro montones de ropas estaba parado frente al
pabellón de ropas. A Wiesenthal le dijeron que cogiera su traje y zapatos
"sin tocar los demás montones". Luego le escoltaron otra vez a las
Obras de Reparación, donde Koller lo entregó al Oberinspektor Kohlrautz.
—Aquí
tiene a su hombre —le dijo Koller mirando suspicaz a Kohlrautz,
—Muy
bien —dijo Kohlrautz—. A Wiesenthal le necesitamos. Esos carteles tienen que
acabarse para la fiesta de la tarde y ademas necesitamos otro cartel grande con
una esvástica, letras blancas en fondo rojo, en el que se lea WIR DANKEN
UNSEREN FÜHRER (Damos gracias a nuestro Führer).
Koller
se fue y Wiesenthal se quedó a solas con Kohlrautz. Durante un rato fue incapaz
de hablar. Kohlrautz le dijo que había llamado por teléfono al jefe de campo
pidiéndole que le devolviera urgente¬mente a Wiesenthal.
—Me
alegro de que no fuera demasiado tarde, Wiesenthal —le dijo sonriendo—. Ahora
que lo pienso, hoy no sólo es el cumpleaños del Führer: es el suyo también.
En
la actualidad, muchas veces Wiesenthal cita los ejemplos de Guenthert y
Kohlrautz para sostener sus argumentos contra la culpa¬bilidad colectiva
alemana. Guenthert era miembro del Partido nazi pero al mismo tiempo un hombre
reflexivo que tenía infinitas discu¬siones con los SS por negarse a tratar a
los trabajadores forzados como a infrahombres. En una ocasión Guenthert
despidió a dos miem¬bros de su personal porque habían maltratado a polacos y
judíos. Ahora Guenthert es oficial de los Ferrocarriles Federales de la
Alema¬nia Occidental de Karlsruhe y él y Wiesenthal se ven de vez en cuando y
hablan de los aciagos días de antaño. En diciembre de 1965, Wie¬senthal invitó
a su amigo a la boda de su única hija:
—Cuando
un hombre como Wiesenthal invita a un alemán a que se una a su familia, me
siento honrado —dijo Guenthert.
Guenthert
dice que se fijó en Wiesenthal de entre los prisioneros "porque siempre
andaba con la cabeza alta y me miraba directamente a los ojos. Los SS decían
que Wiesenthal era un impertinente. Yo no se lo discutí pero admito que me
impresionó la erguida actitud del hombre y aquella reflexiva expresión en los
ojos como en un conven-cimiento de que algún día los alemanes tendrían que
responder de todo aquéllo".
Kohlrautz
era también un nazi pero compartía con el jefe su des¬precio por la SS. Entre
Kohlrautz y Wiesenthal había un tácito lazo de simpatía mutua. Kohlrautz
respetaba al parecer la callada dignidad de Wiesenthal y su pericia técnica. En
realidad, muchas veces había presentado bajo su nombre, dibujos técnicos hechos
por Wiesenthal y le demostraba su gratitud fingiendo que ignoraba que
Wiesenthal hubiera escondido armas en su propio cajón de la mesa del despacho.
Con frecuencia Kohlrautz contaba a Wiesenthal lo que había oído en las
prohibidas ondas de la BBC y también hacía llegar comida furtivamente a la
madre de Wiesenthal que estaba por entonces en el ghetto. Muchas veces los dos
hombres mantenían discusiones políticas en el despacho particular de Kohlrautz
cuando estaban a solas. Una vez Kohlrautz le dijo:
—Sé
que se cometen crímenes en los campos de concentración y algún día los alemanes
tendrán que dar cuenta de ellos.
Después
de la guerra, Wiesenthal descubrió que a principios de 1944, Kohlrautz había
sido transferido al frente. Murió en la batalla de Berlín.
—Demasiados
alemanes honrados murieron porque se les ordenó luchar en las batallas de
Hitler. No intentaron evadirse porque lo consi¬deraban su deber —dice
Wiesenthal—. Y también demasiados SS y miembros del partido sobrevivieron
porque eran cobardes pues la SS libró una cómoda batalla sin riesgos en los
campos de concentración contra indefensos hombres, mujeres y niños.
A
finales del septiembre de 1943, se ordenó que los judíos prisio¬neros que
habían venido trabajando hasta entonces en las Obras de Reparación, fueran
enviados cada noche bajo vigilancia al campo de concentración y Wiesenthal
pensó que no se le presentaría otra opor¬tunidad mejor de escapar. Kohlrautz le
permitía muchas veces ir a la ciudad a comprar material de dibujo y como
Wiesenthal iba en tales ocasiones acompañado de un policía ucranio, pensó que
si lograba deshacerse del policía, el resto no sería difícil. Un amigo polaco
de la Resistencia, Román Uscienski, había prometido darle albergue en su piso
durante unos días y una muchacha polaca que trabajaba en las Obras de
Reparación le dijo que podía estar escondido en la casita que sus padres tenían
en el pueblo vecino de Kulparkow.
Aquetta
mañana (Wíesenthal recuerda muy bien la fecha: 2 de octubre de 1943), pidió a,
Kohlrautz un pase para ir de compras a la ciudad.
—Kohlrautz
me miró: sabia muy bien lo que yo pensaba hacer. Era un tipo admirable. Unas
semanas atrás me había dicho: "¿A qué espera, Wiesenthal?". Sin decir
nada extendió los pases, uno para mí y otro para mi amigo Arthur Scheiman,
antiguo director de circo. Luego Kohlrautz se fue de la oficina diciendo que
iba a buscar un policía. Rápidamente saqué las dos pistolas de la mesa de su
despacho. Kohlrautz volvió con un ucranio de mirada estúpida que había llegado
a Lwów hacía muy poco y no conocía la ciudad. Al llegar a la puerta me di la
vuelta y miré atrás. Kohlrautz alzó la mano derecha como diciéndome adiós.
Wiesenthal
y Scheiman fueron a una papelería que tenía dos entradas y saliendo por la
trasera se libraron del policía. Luego se dirigieron al piso de Uscienski,
donde celebraron la fuga. Scheiman se fue con su mujer, una ucrania que iba a
tenerlo escondido, y Wie¬senthal se fue a Kulparkow donde pasó un mes en el
ático de la casa de los padres de la muchacha. Ella iba a visitarle y le contó
que la mujer de Scheiman trabajaba de costurera y que el marido tenía que
pasarse las horas en que trabajaban las costureras, escondido en el armario
guardarropas, y escuchando su charla ruidosa. Wiesenthal permaneció en el ático
agradablemente y con tranquilidad hasta que una noche la madre de la muchacha
acudió muy excitada diciendo que los SS habían liquidado el campo de
concentración, matando a tiros a la mayoría de prisioneros, pero que unos pocos
habían logrado escapar y ahora los alemanes andaban registrando el campo. Le
dijo que tendría que marcharse de allí. Él salió de la casa y decidió intentar
ponerse en contacto con Scheiman.
—Los
ocho días siguientes fueron tan malos como el campo de concentración —recuerda
Wiesenthal—. Scheiman y yo nos pasábamos el día agazapados en taburetes bajos,
metidos en la mitad izquierda del gran armario que tenían en la casa. La otra
mitad estaba abierta, llena de vestidos. La policía entró dos veces en aquella
habitación pero al ver la puerta del armario abierta, se volvió a marchar. El
aire era irrespirable y teníamos miedo de que nos diera un acceso de tos ya que
ademas de las costureras, a dos metros de allí las clientes de la señora
Scheiman se probaban los vestidos.
Al
cabo de una semana, nos trasladamos al hogar de unos amigos que vivían en los
bajos de una casa vieja y como el suelo era de tierra cubierta de tablones,
sacaron los tablones y cavaron en la tierra hasta lograr un hoyo lo bastante
profundo como para esconder a dos hombres agachados, con sus armas y papeles.
Entre éstos había un diario que Wiesenthal llevaba al día y una lista de
guardas de la SS y sus crímenes que Wiesenthal había reunido, pensando de que
un día podría ser útil. La casa fue registrada muchas veces pero a Wiesenthal y
a Scheiman siempre los avisaron con tiempo de desapa¬recer en sus
"tumbas". Uno de estos amigos nuestros, polaco, ponía sobre éstos los
tablones, con uno muy grande encima.
La
noche del 13 de junio de 1944 cundió la alarma en la calle: un soldado alemán
había sido muerto a balazos. Los SS y la policía secreta polaca registraban las
casas buscando armas escondidas. Wie¬senthal estaba en su "tumba" en
cierto modo despreocupado, cuando oyó fuertes pisadas de botas en la
habitación. De pronto cesaron y al minuto siguiente los tablones que tenía
encima, habían desaparecido. Dos policías polacos cayeron sobre él y Scheiman,
lo sacaron de allí y lo empujaron contra la pared mientras un SS recogía su
diario y la lista de SS. Lo llevaron a la comisaría de policía de la plaza
Smolki. Cuando llegaron allí, él llevaba aún su pistola encima pero tuvo la
suerte de que uno de los policías polacos se la encontrara y se la quita¬ra,
probablemente para venderla en el mercado negro, pues si un ale¬mán le llega a
encontrar con la pistola encima, lo habría matado en el acto.
De
la plaza Smolki, Wiesenthal fue llevado directamente al campo de concentración.
Sólo habían sobrevivido unos pocos judíos: sastres, zapateros, fontaneros,
artesanos que los SS necesitaban. Wiesenthal sabía que después de leer su
diario y la lista de los torturadores de la SS con detalles específicos, la
Gestapo tendría suficientes pruebas como para colgarlo diez veces.
La
noche del 15 de junio, dos hombres de la cárcel de la Gestapo vinieron por él.
Uno era el Oberscharführer Oskar Waltke, quizás el hombre más temido de todo
Lwów, individuo corpulento de fríos ojos grises y pelo rubio rojizo. Se dirigía
a los prisioneros llamándoles Kindchen (queridos niños) y con una sonrisa de
burla. Waltke, un sádico frío y maquinal, tenía a su cargo la Sección de
Asuntos Judíos de la Gestapo de Lwów. Su especialidad consistía en hacer que
los judíos provistos de papeles falsos, confesaran que eran judíos, tortu¬rando
a sus víctimas hasta que admitían serlo, y entonces enviarlos al campo de
ejecución. Torturaba también a muchos que no eran ju¬díos hasta que declaraban
serlo, sólo para poder acabar de una vez. El nombre de Waltke figuraba en la
lista privada de Wiesenthal que Waltke debió seguramente de estudiar con gran
interés. Wiesenthal sabía que Waltke no iba a limitarse a ordenar que lo
ejecutaran sino que primeramente le sometería a su muy especial trato. Cuando
lle¬varon a Wiesenthal al oscuro patio donde el camión de la Gestapo aguardaba,
se sacó de un puño de la camisa la hoja de afeitar que había mantenido
escondida.
—¡Adentro,
Kindchen, rápido! —dijo Waltke.
Con
dos movimientos bruscos Wiesenthal se cortó las dos muñe¬cas. Subió al camión y
perdió el conocimiento. Al volver en sí, estaba en el hospital de la prisión de
la Gestapo, en una celda que compartía con un SS alemán y un ucranio,
desertores ambos. Un médico de la SS le dijo a Wiesenthal que tenía el
privilegio de ser el primer judío a quien cupiera el honor de ser atendido en
la prisión del hospital. Herr Oberscharführer Waltke había dado órdenes
especiales de que se activara la recuperación de Wiesenthal dándole caldo,
hígado y verduras para poderle interrogar pronto. Waltke compareció pocos días
después para contemplar a su "protegido".
—No
era necesario llegar a eso, Kindchen -le dijo-. No somos monstruos. Anda,
procura ponerte bueno para que podamos charlar tú y yo francamente, de corazón.
Por
la noche, cuando sus compañeros de celda estuvieron profun¬damente dormidos,
Wiesenthal llevó a cabo otra tentativa de suicidio, esta vez intentando
ahorcarse con el cinturón atado a la ventanilla de la celda. Pero sus vendadas
muñecas estaban entumecidas y cuan¬do se subió al asiento del retrete para
pasarse el cinturón alrededor del cuello sintió vértigo y cayó. Sus compañeros
de celda despertaron y llamaron a los guardas, que ataron a Wiesenthal a su
catre. Desistió de sus intentos de quitarse la vida. El 16 de julio le dijeron
que al día siguiente, a las nueve de la mañana, le llevarían ante Waltke.
No
pudo dormir en toda la noche. Se oían descargas, y aviones en lo alto. Sus
compañeros de celda dijeron que los rusos se acerca¬ban. Al alba, la puerta de
la celda se abrió y a todos los prisioneros les dijeron que salieran al patío.
Había muchos prisioneros en fila y en el centro del patio una mesa con montones
de carpetas. Detrás de la mesa, al lado de Waltke, Wiesenthal vio a un SS
llamado Engels, que estaba sentado con las piernas cruzadas, dándose golpecitos
en la pier¬na derecha con un látigo. Tomaba una carpeta, llamaba un nombre y un
prisionero debía avanzar hacia la mesa. Engels examinaba some¬ramente la
carpeta, casi sin mirar al prisionero, decía algo a Waltke y sin dejar de darse
golpecitos en la pierna, señalaba hacia la derecha con el pulgar y el grupo de
prisioneros que estaba a la derecha se hacía cada vez mayor; polacos, rusos,
ucranios y calmucos que habían sido sentenciados a muerte.
Cuando
pronunció el nombre de Wiesenthal, Waltke dijo a Engels: "Es el”. Engels
dedicó a Wiesenthal una mirada llena de interés y dijo: "Ajajá”, antes de
despacharle con el pulgar hacia la derecha.
—Probablemente
íbamos a ser enterrados en masa en una gran fosa —recuerda Wiesenthal—. Miré a
los demás como se mira en el avión a los compañeros de viaje, pensando:
"Si se estrella, ésos van a ser mis compañeros de muerte". Al otro
lado del patio vi un grupo de judíos. Me hubiera gustado que me enterraran con
ellos, no con pola-cos y ucranios. ¿Pero cómo llegar hasta allí? De pronto se
oyó un largo silbido y una explosión hizo estremecer el patio. Desde la calle
Sapiesha subió una nube de fuego y de humo. Las carpetas de encima de la mesa
volaron y quedaron esparcidas por todo el patío, y se produjo una confusión
terrible. Crucé corriendo el patío y pasé al grupo de judíos. Un minuto después
un SS nos hacía subir al camión y nos llevaba al campo de concentración de
Janowska.
Los
empujaron hacia una casamata de hormigón. Al cabo de unas horas, los judíos
fueron llevados ante el Hauptsturmführer de la SS Friedrich Warzok, jefe del
campo, hombre cuadrado, de mejillas son¬rosadas y fríos ojos, que se paseó por
delante de los prisioneros y se detuvo frente a Wiesenthal, al que saludó como
"uno de mis antiguos huéspedes". Quiso saber cómo había escapado.
Wiesenthal contó a Warzok una versión algo sofisticada de la verdad para no
compro¬meter a su amigo Kohlrautz, y Warzok le sorprendió, pues llevándolo
consigo dio breve orden de que ejecutaran a los demás judíos. En la
Kommandantur, Warzok presentó a Wiesenthal a los demás SS como "el hijo
pródigo que vuelve",
—Creías
que iba a decir que te ejecutaran junto con los de¬más, ¿verdad? —preguntó a
Wiesenthal—. Aquí la gente se muere cuando yo lo digo. Vuélvete a tu barraca de
antes. Nada de trabajo y doble ración de comida para ti.
Wiesenthal
cruzó el campo, incapaz de comprender nada. Warzok, responsable de la muerte
por lo menos de setenta mil personas, le había dejado vivir, otorgándole doble
ración de comida. En los barra¬cones quedaban treinta y cuatro, entre hombres y
mujeres: treinta y cuatro de 149.000 judíos de Lwów. Después de haberles
amenazado de muerte, inesperadamente Warzok dijo a los prisioneros que el
Brigadeführer de la SS, Katzmann, había decidido dejarles vivir e iban a
marchar juntos de Lwów, prisioneros y sus guardas.
Les
hicieron marchar a través de la ciudad, que se hallaba bajo in¬tenso fuego de
artillería, y al llegar a la estación les empujaron hacía el interior de un
vagón de carga, ya atestado de polacos. Alguien dijo que los SS iban a
gasearles allí, pero cuando se abrió otra vez la puerta y un SS llamado Blum
hizo subir a un perrito negro y les dio una jaula con un canario, amenazándoles
con ejecutarles a todos si algo le ocurría a los animalitos, Wiesenthal supo
que no iban a gasearles: los SS adoran a los animales.
A la
mañana siguiente llegaron a la ciudad de Przmysl, donde Warzok les informó que
había vendido sus prisioneros como "traba¬jadores forzados
no-alemanes" a la Organización Todt, compañía con¬trolada por el Estado,
encargada de construir fortificaciones y simila¬res. Les dijo que se olvidaran
de que habían estado en un campo de concentración y de que fueran judíos, pues
aquel que hablara de lo sucedido anteriormente sería ejecutado. La evacuación
iba a proseguir hacia el Oeste y a los judíos les darían la misma comida,
schnapps y ración de cigarrillos, que a los guardas de la SS.
—Entonces
comprendimos porqué Warzok nos había salvado la vida —dice Wiesenthal—:
mientras los SS tuvieran a alguien que guardar, podían evitar que los mandaran
al frente. Nosotros, los treinta y cuatro judíos, nos convertimos en el
"seguro de vida" de casi doscien¬tos SS. Warzok dijo que
constituiríamos una familia feliz, y que in¬tentaríamos llegar a los bosques de
Eslovaquia, donde nos escondería¬mos hasta que la guerra hubiera terminado.
En
la ciudad de Dobromil terminaba el ferrocarril y seguimos a pie. La carretera
estaba atestada de personal civil que escapaba de los rusos, y en dirección
opuesta marchaban columnas de apáticos soldados alemanes camino del frente.
Cuando un convoy de Volksdeutsche (alemanes que habían vivido en Polonia)
trataba de pasarles, Warzok detuvo sus vehículos, tirados por caballos, y
requisó treinta, permitiendo que los desventurados Volksdeutsche se quedaran
con diez vehículos. A partir de entonces, en cada uno iba sentado un judío
"trabajador" con media docena de SS "guardándole''. Al llegar al
último puente sobre el río San, Polonia, la confusión fue en aumento. Se
rumoreaba que los rusos estaban cerca y delante del convoy de War¬zok había una
columna de la Wehrmacht bloqueando el paso. Si las tropas cruzaban primero el
puente, los SS podían ser atrapados.
Warzok
sabía lo que iba a sucederle si caía en manos de los soviets; así, que para
evitarlo condujo su vehículo hasta ponerlo en cabeza de la columna de la
Wehrmacht, apuntó con su fusil al comandante en jefe, mientras otro SS cubría a
los demás oficiales con su ametralladora. Warzok ordenó a sus SS que pasaran
delante de la columna de la Wehrmacht. Wiesenthal vio que el comandante alemán
estaba pálido y furioso de verse apuntado por el fusil de Warzok. En la parte
oeste del puente, Warzok ordenó a algunos ingenieros del ejército alemán que
hicieran volar el puente con dinamita hasta los topes. Los SS se salvaron, pero
la columna de la Wehrmacht fue capturada por los rusos. (Wiesenthal contó
posteriormente este incidente a varios ex oficiales de la Wehrmacht que en un
principio se habían negado a ayudarle en sus averiguaciones sobre los SS porque
decían que "ello violaría el espíritu de camaradería, Kameradschaftsgeist.
Wiesenthal dijo secamente: "Después de haber oído la historia suelen
ayudarme".)
En
Grybow, población polaca, Warzok ordenó a Wiesenthal que pintara un gran cartel
en el que se leyese SS BAUTAB VENUS, para ponerlo en medio de un gran campo,
rodeado de vehículos y caballos, que pasó a convertirse en el cuartel general
del inexistente "Personal de construcción de la SS Venus". Largas
columnas de soldados de as¬pecto miserable pasaban por allí, veían el cartel y,
claro está, se pre¬guntaban qué era lo que la gente de la Baustab Venus iba a
construir, como la gente de la Baustab Venus se preguntaba a su vez. Al cabo de
un tiempo volvieron a marchar otra vez hacia el Oeste. Como la comida
escaseaba, grupitos de judíos y SS eran enviados a campo traviesa para robar
comida. En el pueblo de Chelmiec, los hombres de Warzok cercaron una iglesia durante
la misa, arrestaron a cuantos ha¬bía dentro, hombres, mujeres y niños, y se los
llevaron. Wiesenthal comprendió: Warzok necesitaba un equilibrio más ponderado
entre presos y guardianes. Al llegar a la ciudad de Neu-Sandec, Warzok se llevo
a Wiesenthal a las afueras y le pidió que supervisara el terreno para construir
barricadas antitanques.
—Creí
que Warzok se había vuelto loco. Había una estrecha y sucia carretera empinada
hacia la cumbre de una colina y allí acababa. El ingeniero se despertó en mí y
pregunté a Warzok de qué iba a servir construir allí defensas antitanques.
Warzok se llevó la mano a la pis¬tolera y gritó: "¿Acaso le he pedido su
opinión militar?". Entonces comprendí: construir defensas contra tanques
que nunca iban a lle¬gar. Luego los rusos se acercaron más y nos marchamos de
allí, esta vez hacia el campo de concentración de Plaszow, cerca de Cracow, y
allí dos SS de Warzok, Dyga y Wurz, se llevaron a la mayoría de judíos a los
bosques cercanos y los ejecutaron, en otra demostración del fraternal amor de
Warzok, que todavía anda suelto por alguna parte y espero dar con él algún día.
El
15 de octubre de 1944, varios miles de internados en el campo de concentración
de Plaszow fueron trasladados al de Grossrosen, cerca de Breslau (ahora
Wroclaw, Polonia), donde había unos seis mil pri¬sioneros polacos y judíos.
Allí Wiesenthal tuvo noticia de la batalla de Varsovia. Había intentado, sin
éxito, saber de su mujer, que de¬bía de estar alli, ignorando que ella había
recibido un mensaje de Lwów en agosto de 1944 que decía: "Wiesenthal,
arrestado por Waltke de la Gestapo, se abrió las muñecas, suicidándose".
Un
día, poco antes del levantamiento de Varsovia, fueron traídos al campo de
concentración de Grossrosen un grupo de polacos. Uno de ellos había vivido en
la calle Topiel, en cuyo número 5 tenía su domicilio la mujer de Wiesenthal;
habló con el hombre y con grandes precauciones le preguntó por la gente de
aquella calle. ¿No conocería él por casualidad cierta "Irene
Kowalska" que vivía en el número 5? Wiesenthal había aprendido a no
confiar en sus semejantes, ni siquiera en campos de concentración; así, pues,
no le dijo al polaco que "Kowalska" era su mujer.
El
polaco dijo que la recordaba muy bien porque él había vivido en la casa de al
lado, en el número 7.
—Amigo,
nadie de la calle Topiel quedó con vida —le dijo—. Los alemanes cercaron casa
por casa con lanzallamas y luego volaron lo que de las casas había quedado. No
hubo supervivientes: la calle Tofíiel es una gran tumba en masa.
A
principios de enero de 1945 el ejército rojo llegaba cerca de Grossrosen y los
prisioneros marcharon hasta Chemitz (ahora Karl Marx-Stadt, en la Alemania
Oriental) y de allí, a campo traviesa, hasta Weimar y su vecino campo de
concentración Buchenwald. Hacía un frío terrible, había mucha nieve. Miles de
prisioneros murieron y mu¬chos se sentían exhaustos cuando los SS dispararon
contra ellos. Wie¬senthal no estuvo mucho tiempo en Buchenwald. El 3 de febrero
de 1945, tres mil prisioneros fueron cargados en camiones, ciento cua¬renta por
camión descapotado, y se pasaron en aquellos camiones días tras días. Muchos
murieron de hambre y de sed.
—Los
muertos se quedaban silenciosos y derechos entre los vivos —recuerda
Wiesenthal—. Los hubiéramos arrojado de los camiones nosotros mismos, pero la
población civil protestaba y los SS nos dije¬ron que nos matarían si echábamos
los cuerpos a la carretera. Asi, que colocábamos los rígidos cuerpos sobre el
suelo del camión como tron¬cos de árbol y nosotros nos sentábamos encima.
El 7
de febrero, el convoy procedente de Buchenwald llegaba a la estación de
Mauthausen, Alta Austria. Pasaron lista. De las tres mil personas que habían
salido de Buchenwald tres semanas antes, habían quedado vivas sólo mil
docientas. Ciento ochenta murieron en el ca¬mino de la estación al campo de
concentración de Mauthausen, un paseo de sólo seis kilómetros.
Wiesenthal
recuerda muy bien el frío espantoso, la noche clara, el crujir de la nieve
helada bajo los pies. Cada paso era un esfuerzo mayor. Resultó que iba andando
al lado del príncipe Radziwill, uno de cuyos parientes se casaría, en el
transcurso del tíempo, con la her¬mana de la hoy viuda de John F. Kennedy.
Tenían los brazos atados codo con codo, e intentaban sostenerse mutuamente,
pero al fin no pudieron seguir y cayeron en la nieve. Wiesenthal oyó una voz
que decía: "¿Estáis vivo?", y luego un disparo. Pero el SS debía de
tener las manos entumecidas, porque la bala fue a parar entre Wiesenthal y
Radziwill. La columna desapareció en la oscuridad, pero Wiesenthal y Radziwill
siguieron alli echados. Al cabo de un rato se empezó a sentir a gusto, casi calentíto,
allá sobre la nieve, y recuerda haber dormido algo y que luego lo levantaron y
lo echaron a un camión con los cadáveres. Luego le contaron que las autoridades
del campo habían enviado a recoger los muertos para que los vecinos de
Mauthausen, al ir de mañana a su trabajo, no se impresionaran al ver tantos
cadáveres. Al parecer, él y Radziwill estaban casi tiesos de frío y les
supusieron muertos. Pero cuando el camión llegó al crematorio del campo y
sacaron los cuerpos, los prisioneros designados para el trabajo notaron que
aquellos dos hombres no estaban "muertos del todo". Por suerte no
había ningún SS presente y el patio estaba muy oscuro; así, que los
prisione¬ros llevaron a Wiesenthal y Radziwill a unas duchas cercanas, les
qui¬taron las ropas y los pusieron bajo un chorro de agua fría que les reavivó.
Desde las duchas, un estrecho corredor llevaba a los barra¬cones del campo y
los dos fueron conducidos en secreto a uno de ellos, débiles y aturdidos pero
con vida.
Sin
embargo, Wiesenthal no esperaba vivir mucho tiempo, pues las autoridades del
campo lo destinaron al bloque VI, "bloque de la muerte", con los
demás prisioneros que ya no podían trabajar y se su¬ponía iban a morir. Su peso
había descendido hasta unos cuarenta y cinco kilos y la dieta diaria era de
doscientas calorías: un tazón de sopa de olor nauseabundo. En su mayoría
pasaban el día echados apáticamente en sus literas, incapaces de sentarse ni de
hablar. Wiesen¬thal atribuye haber sobrevivido, a su fuerza de voluntad y a la
ayuda de un confidente polaco llamado Eduard Staniszewski, tratante en café,
que Wiesenthal había conocido en Poznan. Staniszewski le traía un pedazo de pan
de vez en cuando, se sentaba en el catre de Wiesenthal y hablaban de lo que
harían cuando la guerra hubiera ter¬minado. Sabían que ya no podía durar mucho
porque oían el ruido de los aviones americanos en lo alto, y Staniszewski decía
que le gus¬taría volver a Polonia y abrir una estupenda cafetería, esperando
que Wiesenthal, el famoso arquitecto, trazaría los planos.
—Me
trajo lápices y papel y yo empecé a dibujar —dice Wie¬senthal—. Ello me ayudaba
a olvidar dónde estaba y distraía mi mente de los muertos y agonizantes de mi
alrededor. Hice allí detallados dise¬ños de la cafetería y hasta dibujé los
trajes de los camareros, echa¬do en mi catre, dibujé tantos planos como para
llenar un libro. Sta¬niszewski estaba muy contento y me traía más pan. Nos
pasábamos horas hablando de los colores de las alfombras y de la forma de las
mesas. Se quedó con los planos y cuando le encontré ahora hace varios años me
dijo que todavía los guardaba. Por desgracia, las cosas no le fueron bien y la
cafetería está aún por construir.
Wiesenthal
estaba en una habitación A, conocida como "mejor”, ya que cuando un hombre
comenzaba a agonizar, lo llevaban a una habitación B. Pero el índice de
mortalidad era muy alto incluso en las habitaciones A, donde había dos o tres
hombres por catre. A veces, Wiesenthal se despertaba de madrugada y descubría
que su compa¬ñero de catre había muerto. Ni los endurecidos SS entraban en la
ha¬bitación, que olía a enfermedad, a pus y a muerte. Cada mañana un SS se
apostaba a la puerta y gritaba:
—Wie
vide sind heute nacht krepiert? (¿Cuántos han muerto esta noche?)
—A
veces —cuenta Wiesenthal—, los de la habitación A creíamos que éramos los
únicos hombres con vida en la tierra. Habíamos per¬dido todo contacto con la
realidad e ignorábamos si había otra vida más allá del barracón. Y no nos
equivocábamos mucho: casi tres mil prisioneros murieron en Mauthausen después
de que los americanos nos liberaran el 5 de mayo de 1945.
JOSEPH
WECHSBERG
Capítulo
Primero
RELATO
DE SIMÓN WIESENTHAL
Serían
las diez de la mañana del 5 de mayo de 1945 cuando vi aquel enorme tanque gris
con estrella blanca en el flanco y bandera americana ondeando en la tórreta,
allí, al azote del viento en la plaza que había sido hasta una hora antes patio
del campo de concentración de Mauthausen. Era un día de sol, con aroma a
primavera en el aire. Nada de aquel olor dulzón a carne quemada que siempre se
cer¬nía sobre el patio.
La
noche anterior, los últimos hombres de la SS
que quedaban en el campo habían partido. La maquinaria de muerte había
hecho un alto. En mi habitación, sobre las literas, había cadáveres y aquella
mañana nadie pasó a recogerlos. El crematorio había dejado de fun¬cionar.
No
recuerdo cómo logré ir de mi habitación al patio. Apenas po¬día andar. Llevaba
puesto mi uniforme a rayas, descolorido con aque¬lla “J” amarilla dentro de un
doble triángulo rojo y amarillo. A mi alrededor vi a otros hombres, igualmente
vestidos de dril a rayas y algunos con banderitas en la mano daban la
bienvenida a los ame¬ricanos. ¿De dónde habían sacado las banderas? ¿Las
habrían traído los americanos? Nunca lo sabré.
El
tanque de la estrella estaba a unos cien metros delante de mí. Quise tocar la
estrella, pero estaba demasiado débil: había logrado sobrevivir hasta aquel
día, pero no para poder andar los últimos cien metros. Recuerdo que di unos
pasos, que luego mis rodillas cedieron y caí de bruces.
Alguien
me levantó. Noté que un basto uniforme americano, color aceituna, me rozaba los
brazos desnudos. Yo no podía hablar, ni siquiera abrir la boca. Indiqué con mi
mano la estrella blanca, toqué el frío y polvoriento carro blindado y luego
perdí el conocimiento.
Cuando
volví a abrir los ojos, tras lo que me pareció mucho rato, estaba otra vez en
mi litera, pero la habitación parecía otra. En cada catre había sólo un hombre
y no tres o cuatro como de costumbre. Se habían llevado a los cadáveres. En el
aire, un olor no familiar: DDT. Nos trajeron grandes calderos de sopa, sopa
auténtica y tenía un sabor exquisito. Tomé gran cantidad. Mi estómago no estaba
acos¬tumbrado a tan sustancioso alimento y me vi presa de violentas náuseas.
Los
días siguientes transcurrieron en agradable apatía. Casi todo el tiempo me lo
pasaba amodorrado en mi catre. Doctores americanos de uniforme blanco cuidaban
de nosotros. Nos dieron pastillas y más comida: sopa, verduras, carne. Yo
seguía tan débil que para salir afuera necesitaba ayuda, habiendo logrado
sobrevivir, nada me obliga¬ba ya a esforzarme en ser fuerte. Había visto el día
por el que tanto había rezado durante todos aquellos años, pero sin embargo, me
hallaba más débil que nunca. «Reacción natural», decían los doctores.
Hice
un esfuerzo por levantarme y andar solo. Arrastraba penosa-mente los pies por
un corredor oscuro, cuando un hombre me salió al paso y me derribó de un golpe;
me desplomé y perdí el conoci¬miento. Cuando recobré el sentido estaba en mi
catre y un doctor ame¬ricano me hizo tomar algo. Tenía a mi cabecera dos amigos
que me habían recogido del corredor y llevado hasta mi catre. Dijeron que un
confidente polaco me había pegado. Quizá le molestara que yo estuviera aún con
vida.
Los
de la habitación A me decían que yo tenía que denunciar aquel confidente a las
autoridades americanas. Ahora éramos hombres libres: habíamos dejado de ser
Untermenschen (infrahombres), Al día siguiente mis amigos me acompañaron hasta
una oficina del edificio que había venido siendo anteriormente cuartel general
del campo. En la puerta se leía un cartel: CRÍMENES DE GUERRA. Nos dijeron que
aguardáramos en una pequeña antesala. Alguien me trajo una silla y me senté.
A
través de la puerta abierta vi cómo oficiales americanos interro-gaban, tras
sus respectivas mesas, a los SS que se mantenían ante ellos en posición de
firmes. Varios de los que antes eran prisioneros trabajaban como mecanógrafos.
Un SS fue traído a la habitación en¬tonces e instintivamente volví la cabeza
para que no me viera. Había sido un guarda brutal, hasta el punto de que cuando
pasaba por un corredor, si algún prisionero no se hacía rápidamente a un lado y
se ponía instantáneamente en posición de firmes, le daba un latigazo en la cara
con la fusta de montar que siempre llevaba consigo. La visión de aquel hombre
me había producido siempre un sudor frío en la nuca.
Después
me puse a mirarlo y no podía creer lo que estaba viendo. El SS temblaba, igual
que nosotros habíamos temblado ante él. Tenía los hombros hundidos y noté que
se restregaba las palmas de las ma¬nos. Había dejado de ser un superhombre: me
recordaba a un animal preso en la trampa. Un prisionero judío le escoltaba, un
antiguo pri¬sionero.
Yo
seguía sin poder apartar la vista, fascinado. No podía oír lo que le decían al
SS, que permanecía frente al americano que le inte¬rrogaba sin poderse apenas
mantener firme y en su frente había sudor. El oficial hizo un gesto con la mano
y un soldado americano se llevó al SS. Mis amigos dijeron que todos los SS eran
conducidos a una casamata de hormigón armado donde estaban bajo vigilancia en
es¬pera: de juicio. Denuncié al confidente polaco y mis amigos testificaron que
me habían encontrado sin conocimiento en el corredor. Uno de los doctores
americanos declaró también. Luego nos volvimos a nues¬tra habitación. Por la
noche, el confidente me pidió excusas en pre¬sencia de nuestros camaradas y me
tendió su mano. Acepté sus disculpas, pero la mano no se la di.
Lo
del confidente no tenía importancia. Pertenecía ya al pasado. Seguí pensando en
la escena de la oficina. Echado en mi catre veía con los ojos cerrados al SS
temblando, un cobarde de uniforme negro, despreciable y aterrado. Durante años
aquel uniforme había sido el símbolo del terror. Durante la guerra yo había
visto soldados alemanes asustarse también de los SS; pero jamás vi a un hombre
de la SS asustado. Siempre los había considerado como fuertes, como élite de un
régimen pervertido. Me llevó tiempo comprender lo que había visto: los
superhombres se convertían en cobardes en el momento mismo en que sus fusiles
dejaban de protegerles. Estaban acabados, anulados.
Me
levanté de mi catre y salí de la habitación. Detrás del crema¬torio, hombres de
la SS cavaban fosas para nuestros tres mil camara¬das que habían muerto de
inanición y agotamiento después de la lle¬gada de los americanos. Me senté a
contemplar a los SS. Dos sema¬nas atrás me hubieran matado a golpes sí me
hubiera atrevido a mi¬rarles, pero ahora parecían asustados de pasar por mi
lado. Un SS pidió un cigarrillo a un soldado americano. El soldado arrojó al
suelo el cigarrillo que se estaba fumando. El SS se agachó, pero otro SS fue
más rápido que él y cogió la colilla. Los dos SS entablaron pelea hasta que el
soldado les ordenó que se marcharan.
Sólo
habían pasado dos semanas y la élite del Reich de los Mil Años se peleaban por
una colilla. ¿Cuántos años hacía que a nosotros no nos habían dado ningún
cigarrillo? Me volví a la habitación y miré a mi alrededor. La mayoría de mis
camaradas yacían apáticamente en sus catres. Tras el primer momento de alegría,
muchos de ellos sufrían un ataque de depresión. Ahora que sabían que iban a
vivir, se daban cuenta de la falta de sentido de sus vidas. Se habían salvado,
pero no tenían a nadie para quien vivir, ningún lugar a donde volver, nada que
reconstruir.
Tenía
que hacer algo para no sucumbir a una tal apatía. Algo que me librara de las
pesadillas cuando oscurecía y de las quimeras a la luz del día. Sabía
exactamente lo que podía hacer y lo que debía hacer.
Me
fui a la oficina y ofrecí mis servicios.
Esperaba
que no se fijaran en mi aspecto. El teniente americano me escuchó y meneó la
cabeza. ¿Qué iban a hacer conmigo? Me dijo que yo no tenía entrenamiento ni
experiencia.
—Y,
por cierto, ¿cuánto pesa? —me preguntó.
—Cincuenta
y seis kilos —le mentí.
El
teniente se rió.
—Váyase,
Wiesenthal, y descanse unos días. Vuelva a verme cuan¬do de veras pese
cincuenta y seis kilos.
Diez
días más tarde había ganado algo de peso. Esta vez me puse hasta maquillaje.
Encontré un pedazo de paptel colorado y me valí de él para dar color a mis
pálidas mejillas. Un amigo me preguntó sí es¬taba buscando novia.
—¡Qué
poca gracia te haría esta novia que busco!
El
teniente debió de comprender cuánto el trabajo significaba para mí porque me
dijo que podía empezar inmediatamente y me destinó a cierto capitán Tarracusio,
antiguo aristócrata ruso de la provincia de Georgia que emigró a los Estados
Unidos en 1918 y había dado lecciones de derecho internacional en la
Universidad de Harvard.
Acompañé
al capitán Tarracusio en sus recorridos a la caza de guardas de la SS de
Mauthausen que se escondían en los campos de los alrededores. Algunas veces,
pocas, Tarracusio me pidió que llevara a cabo las detenciones yo solo.
No
olvidaré nunca nuestro primer caso. Condujimos el vehículo hasta una casa donde
vivía un SS llamado Schmidt, que había sido uno de nuestros guardas,
hombrecillo insignificante, de aspecto tan anónimo como su nombre. Subí al
segundo piso, lo encontré allí y lo arres¬té. Ni siquiera intentó resistir.
Temblaba. También yo, pero por dife¬rente razón. Me sentía muy débil después de
haber subido las escale¬ras y por la excitación. Tuve que sentarme un rato.
Schmidt
me ayudó a bajar las escaleras. Le hubiera sido muy fácil intentar escapar.
Sólo con que me hubiera dado un pequeño empujón, yo habría caído escaleras
abajo y él hubiera podido fugarse por la parte trasera de la casa.
Pero
Schmidt ni siquiera pensó en hacerlo. Por el contrario, me asió por el brazo y
me ayudó a bajar. Absurdo: era como el conejo arrastrando al mastín. Se sentó
en el jeep, entre el capitán Tarracusio y yo, y pidió clemencia. Lloraba. Decía
que no había sido más que «un pez chico». ¿Por qué hacérselo pagar a él? Él no
había hecho nada malo. Se había limitado estrictamente a cumplir órdenes.
Juraba que había prestado ayuda a muchos prisioneros.
Le
dije a Schmidt:
—Sí,
ayudaste a los prisioneros. Te vi muchas veces. Les ayudabas a ir al
crematorio.
Entonces
ya no dijo nada más. Se quedó quieto, allí sentado, hun¬dido en el asiento de
atrás, retorciéndose los temblorosos dedos hasta que llegamos al campo y lo
entregamos a la oficina de Crímenes de Guerra.
Schmidt
fue mi primer «cliente» y en semanas sucesivas siguieron muchos más. No había
que ir muy lejos, casi se tropezaba uno con ellos. Durante meses sucesivos
ayudé a reunir varias de las pruebas que iban a utilizarse en Dachau.
Efectivamente,
meses después, un tribunal militar de los Estados Unidos juzgó en Dachau los
crímenes de guerra cometidos.
En
1945, tras ser restablecidas cuatro zonas militares en Austria, Mauthausen pasó
a formar parte de la zona soviética. Nuestro grupo dedicado a Crímenes de
Guerra se trasladó a Linz, zona americana. Muchos de los antiguos inquilinos de
Mauthausen fueron llevados a un campo de desplazados que se formó en la escuela
de Leonding, pe¬queña población cercana a Linz.
Un
muchacho llamado después «Adolf Hitler» pasó sus primeros días de colegial en
aquella escuela. Nosotros dormíamos en catres co¬locados dentro de una clase
desde cuyas ventanas se podía ver cierta casita: el antiguo hogar de los padres
de Hitler, enterrados en el cementerio al final de aquel camino. La vista no me
resultaba especialmente agradable y al cabo de pocos días me mudé. Alquilé una
modesta habitación amoblada en Landstrasse, Linz, que como habita¬ción no era
gran cosa, pero desde la ventana se veía un jardín.
Yo
trabajaba por las mañanas en la oficina de Crímenes de Guerra y por las tardes
en un Comité Judío recientemente constituido en Linz, que más tarde había de
ampliarse convirtiéndose en el Comité Cen¬tral Judío de la zona americana en
Austria, del cual yo sería presi¬dente. El Comité estableció en un par de
habitaciones su oficina tem¬poral.
Aquellas
habitaciones estaban siempre atestadas de gente. En los meses que siguieron al
fin de la guerra, nuestros visitantes eran des¬pojos humanos que siempre
parecían llevar el traje de otro, de me¬jillas hundidas y labios exangües.
Muchos decían haber estado en Mauthausen. Nos reconocíamos por historias sobre
los SS que conocía-mos o por el recuerdo de amigos que habían muerto. Algunos
se com-portaban como quien acaba de sobrevivir a un terremoto o a un hura¬cán,
sin comprender por qué se salvó cuando todos los demás perecie¬ron en el
desastre. Se preguntaban unos a otros:
—¿Quién
más queda con vida?
Nadie
podía acabar de comprender haber efectivamente sobrevi¬vido, ni tampoco que
otros pudieran quedar aún con vida. Sentados en los escalones de la oficina se
decían:
—¿Es
posible que mi mujer, mi madre, mi hijo estén vivos?. ¿Es posible que haya
quedado vivo alguno de mis amigos, alguien del pueblo donde yo vivía?
No
había servicio de correos. Las pocas líneas de teléfono dispo¬nibles se
reservaban para usos militares. El único sistema de averiguar si una persona
estaba viva era ir y verlo. Una turbulenta corriente de supervivientes
frenéticos cruzaba Europa. Hacían auto-stop, hacían cortos trayectos en jeep o
se colgaban como podían de desvencijados vagones de tren sin puertas ni
ventanas. Se sentaban amontonados en carros de heno, y otros simplemente
andaban. Empleaban cualquier medio para acercarse unos pocos kilómetros a su
destino. Ir de Linz a Munich, normalmente viaje de tres horas en tren, podía
llevarles cinco días. Muchos de ellos no sabían realmente a dónde ir. ¿Al
último lugar donde vivieron con su familia antes de la guerra? ¿Al últi¬mo
campo de concentración en que sabían que su familia había estado? Las familias
se habían desmembrado demasiado pronto para haber previsto planes de qué hacer
cuando todo hubiera acabado.
En
el inmortal Aventuras del buen soldado Svejk, de Jaroslav Hasek, el
protagonista concierta una cita con un amigo en cierta cervecería de Praga para
«el primer miércoles después que la guerra haya terminado». Pero la primera
Guerra mundial fue un gemütlich (íntimo) asunto, comparado con la apocalipsis a
la que unos pocos de nosotros logramos sobrevivir. Y los supervivientes
proseguían su peregrinaje desesperados, durmiendo en carreteras, estaciones de
ferro¬carril, aguardando otro tren, otro carro que los llevara, siempre guiados
por la esperanza. «Quizá quede alguien con vida...» Quizás alguien que pueda
decir dónde se encuentra la esposa, la madre, los hijos, el hermano... o si han
muerto. Mejor saber la verdad que no saber nada. El deseo de encontrar a la
propia gente era más fuerte que el ham¬bre, que la sed, que la fatiga. Más
fuerte incluso que el miedo a las patrullas de la frontera, a la CIC y a NKVD , a esos hombres que dicen; «A ver
los papeles».
La
primera cosa que hicimos en nuestro comité de Linz fue listas de nombres de
supervivientes. A los que venían preguntando por al¬guien, les preguntábamos
quiénes eran. Eran nómadas, vagabundos, mendigos, pero todos una vez tuvieron
hogar, trábajo, ahorros. Po-níamos su nombre en la lista de un pueblo o ciudad.
Poco a poco las listas fueron creciendo. Personas de Polonia, Checoslovaquia o
de Alemania, a su vez, nos traían listas. Nosotros les dábamos las copias de
las nuestras. A primeras horas de la mañana empezaban a llegar los primeros en
busca de nombres. Algunos aguardaban toda la noche para entrar. Tras un hombre,
otro aguardaba para dar una mirada que podía significar la esperanza o la
desesperación. Algunos eran impacientes y armaban alboroto. Una vez dos hombres
se pelearon porque querían ambos la misma lista. Al final rompieron el pedazo
de papel precioso. En otra ocasión dos hombres empezaron a discutir con los
ojos pegados en la lista que un tercero tenía en las manos. Los dos decían que,
su turno era el siguiente. De pronto se miraron el uno al otro y se les cortó
la respiración. Cayeron el uno en brazos del otro: eran hermanos y hacía
semanas que se andaban buscando.
Cuando
alguien descubría que la persona que iba buscando había estado allí pocos días
antes buscando a su vez, se producían momen¬tos de silenciosa desesperación. Se
habían perdido. ¿Dónde ir ahora? Otros escudriñaban las listas de
supervivientes, esperando contra toda espera encontrar los nombres de aquellos
que habían visto morir ante sus propios ojos. Todo el mundo había oído de algún
milagro.
Yo
apenas miraba las listas. Yo no creía en tales milagros. Sabía que todos los
míos habían muerto. Después de que el polaco de Varsovia me contó lo sucedido
en la calle Topiel, no tenía esperanza alguna de que mi esposa estuviera viva.
Cuando pensaba en ella, pen¬saba en su cuerpo bajo un montón de cascotes y me
preguntaba si habrían encontrado y enterrado el cadáver.
En
un momento de ilógica esperanza, escribí al Comité de la Cruz Roja de Ginebra.
Me contestaron prontamente que mi esposa había muerto. Sabía que mi madre no
tenía tumba: había muerto en el campo de Belsec. Hubiera deseado que por lo
menos mi mujer sí la tuviera.
Una
noche, al terminar el trabajo, miré la lista de supervivientes de la ciudad
polaca de Cracovia y hallé el nombre de un antiguo ami¬go de Buczacz, el doctor
Biener. Le escribí una carta diciendo que quizás el cuerpo de mi esposa
estuviera todavía bajo las ruinas de la casa de la calle Topiel, pidiéndole que
fuera a Varsovia y viera cómo había quedado el inmueble. No había servicio de
correos con Polonia; así, que le di la carta a un hombre que se dedicaba a
llevar cosas a Polonia a través de Checoslovaquia.
No
sabía yo que en realidad había ocurrido un milagro. Mi mujer me lo contó todo
después. Cuando el pelotón lanzallamas alemán cercó la calle Topiel, en la
oscuridad y confusión que reinó, un pe¬queño grupo en el que se hallaba mi
mujer, logró escapar. El grupo permaneció un tiempo escondido. Después de la
batalla de Varsovia, los pocos supervivientes fueron reunidos por los alemanes
y transpor¬tados a Alemania para trabajar allí. Mi esposa fue destinada a una
fábrica de ametralladoras para la Wehrmacht, de Heiligenhaus, cerca de
Gelsenkirchen, en la zona del Rin . A los trabajadores polacos les
suministraron alojamiento decente y comida. La Gestapo los de¬jaba en paz. Los
alemanes sabían que habían perdido la guerra.
Mi
mujer fue puesta en libertad por los ingleses que entraron en Gelsenkirchen el
11 de abril de 1945. (Ese día yo yacía en mi catre en el pabellón de muerte de
Mauthausen.) Mi mujer fue a las auto¬ridades británicas e informó que era Cyla
Wiesenthal, judía polaca. Resultó que seis mujeres de su mismo grupo eran
judías también, pero no lo habían comentado entre ellas hasta entonces. Una de
ellas dijo a mi mujer que pensaba regresar al hogar.
—¿Al
hogar? —preguntó mi mujer—. ¿Dónde está el hogar?
—En
Polonia, claro. ¿Por qué no te vienes conmigo?
—¿Para
qué? Mi marido fue muerto por la Gestapo el año pasado en Lwów. Para mí Polonia
no es más que un gran cementerio.
—¿Tienes
pruebas de que está muerto?
—No
—contestó mi esposa—, Pero...
—Niégate
a creerlo. Supón por un momento que vive: ¿dónde crees que podría estar?
Cyla
lo pensó.
—En
Lwów, diría yo. Los últimos años antes de la guerra vivía¬mos allí.
—Lwów
pertenece ahora a la Unión Soviética —le dijo su amiga—. Vayamos allí.
Las
dos mujeres salieron de Gelsenkirchen en junio de 1945. (Luego descubrimos que
en cierto punto de su viaje habían pasado a menos de cincuenta kilómetros de
Linz.) Tras un azaroso viaje, llega¬ron a la frontera checopolaca de Bohumin.
Les dijeron que aquella noche salía un tren para Lwów; se subieron, pues, en
los superatiborrados vagones y llegaron a Cracovia, Polonia, por la mañana,
donde fue anunciado que habría una parada de cuatro horas.
En
la estación de Cracovia a mi mujer le robaron la maleta con todo lo que poseía.
Esa fue la bienvenida a la patria. Para animarla, la amiga le propuso ir a dar
una vuelta por la ciudad. Podían quizás encontrar algún conocido de otro
tiempo. La hermosa y antigua ciudad de la realeza polaca parecía aquella
mañana, desierta y fan¬tasmal.
De
pronto mi mujer oyó que llamaban su nombre y reconoció a Landek, dentista de
Lwów. (Ahora Landek vive en América.) Du¬rante un rato se cruzaron febriles
preguntas y frases a medias, como ocurre siempre que dos supervivientes
coinciden, Landek había oído decir que Simón Wiesenthal había muerto. Dijo a mi
mujer que ha¬blara con el doctor Biener; él podía saber algo más.
—¿El
doctor Biener de Buczacz? —le preguntó mí mujer—, ¿Es que está en Cracovia?
—Vive
a cinco minutos de aquí.
Landek
le dio la dirección y se marchó.
Cuando
llegaron a casa del doctor Biener, mi mujer dijo a su amiga que aguardara
abajo. Subió las escaleras con pesadumbre. En el tercer piso vio un letrero que
decía BIENER, y llamó al timbre. La puerta se abrió. Vio la cara del doctor
Biener un instante y oyó un grito sordo. Luego la puerta se volvió a cerrar de
golpe.
—¡Doctor
Biener! —gritó mi esposa golpeando la puerta con los puños—. ¡Abra! ¡Soy Cyla!
Cyla Wiesenthal, de Buczacz.
La
puerta se abrió. El doctor Biener estaba pálido como si tu¬viera ante sí a un
fantasma.
—Pero...
si estabas muerta —dijo—. Ahora mismo acabo de re¬cibir una carta...
—Estoy
bien viva —dijo mi mujer, molesta—. Natural que tenga aspecto moribundo después
de pasarme la noche en el tren.
—Entra
—le dijo el doctor Biener, y precipitadamente cerró la puerta—. ¿No comprendes?
Ayer recibí una carta de tu marido. Simón me decía que habías muerto entre las
ruinas de una casa en Varsovia.
Entonces
fue mi mujer quien perdió el color:
—¿Simón?
¡Pero si Simón ha muerto! Hace más de un año que murió.
El
doctor Biener negó con la cabeza:
—No,
no, Cyla. Simón vive en Austria, en Linz. Mira, lee la carta.
Llamaron
a la amiga, que aguardaba abajo. Ella no se sorprendió lo más mínimo. ¿No había
dicho ella a mi mujer que su marido vivía? Se quedaron allí sentadas charlando
y cuando se acordaron del tren era demasiado tarde. Si mi carta no le hubiera
llegado al doctor Biener precisamente el día antes, si mi mujer no se hubiera
tropezado con Landek, si el doctor Biener no hubiera estado entonces en su
casa, las dos mujeres se hubieran vuelto a la estación y hubieran pro¬seguido
el viaje a la Unión Soviética. Mi mujer hubiera sido enviada al interior de la
URSS y me hubiera llevado años dar con ella.
Mi
mujer se quedó en Cracovia y trató de establecer contacto con-migo. El doctor
Biener conocía varios correos ilegales que podían llevar una carta mediante
pago, pero sin garantía alguna de entrega al destinatario. Mi mujer escribió
tres cartas y se las dio a tres dife¬rentes correos que seguían tres rutas
distintas. Recibí una de ellas, la de un hombre que había llegado a Linz
pasando por Budapest, lo que significa un buen rodeo.
No
podré olvidar el momento en que vi la letra de Cyla en el so¬bre. Leí la carta
hasta aprendérmela de memoria. Fui a ver al ca¬pitán de la OSS que era mi jefe por entonces y le pedí que me
diera papeles para poder hacer un viaje a Cracovia. No le gustó la idea de mi
viaje a Polonia. Dijo que quizá no pudiera regresar nunca y me propuso que lo
pensara detenidamente hasta el día siguiente.
Aquella
tarde no fui a trabajar al Comité Judío. Era feliz y me sentía quizás culpable
de ser feliz entre tantísima gente desgraciada. Quería estar solo. Conocía a un
campesino que no vivía lejos de allí y que tenía unos cuantos caballos.
Recordando mis vacaciones veraniegas de Dolina, donde tanto me complacía montar
a caballo, pedí al campesino que me prestara un caballo para dar un paseo de
una hora. Olvidé que era ya algo más viejo y que todavía mi salud no es¬taba en
condiciones. Monté a caballo. Algo falló. Supongo que el ca¬ballo notaría al
instante mi debilidad. Me caí y fui a parar a un cam¬po de patatas, rompiéndome
el tobillo.
Tuve
que hacer cama. Aquello decidió respecto a mi proyectado viaje a Polonia. Pedí
a un judío amigo mío, el doctor Félix Weis¬berg, que fuera a Cracovia y
entregara una carta a mi mujer. Este prometió más: traerme a mi mujer a Linz.
Mi amigo de la OSS preparó la documentación necesaria para que ella no tuviera
dificultades al entrar en la zona americana de Austria.
La
documentación era toda una garantía, pero desgraciadamente mi mujer nunca la
recibió. Al cruzar Checoslovaquia de paso para Polonia, el doctor Weisberg fue
advertido de que más allá había una patrulla de la NKVD con «controles muy
estrictos». Se puso nervioso. Si la policía secreta rusa le hallaba en posesión
de cualquier dokumenty, podía arrestarle por espía. Destruyó la documentación.
Se dio cuenta demasiado tarde de que también había destruido la dirección de
Cracovia donde residía mi mujer. Resultó que la NKVD ni siquiera le registró.
En cuanto llegó a Cracovia se fue al Comité Judío local y puso una nota en el
tablón de anuncios: la señora Cyla Wiesenthal, esposa de Simón Wiesenthal,
debía ponerse en contacto con el doctor Feliz Weisberg, que la llevaría a Linz
para que se reuniese con su esposo.
A la
mañana siguiente, mi esposa vio la nota y fue al encuentro del doctor Weisberg.
No era la primera. Otras dos mujeres se habían presentado con anterioridad
pretendiendo ser la única y auténtica Cyla Wiesenthal. Gran cantidad de gente
de Polonia intentaba llegar a Austria con la esperanza de lograr luego pasar a
América. El pobre Félix Weisberg se halló ante un problema más intrincado que
el mito¬lógico de París. Weisberg no conocía a mi esposa. Con el nerviosismo
que precedió a su súbita partida, olvidé tontamente darle una des¬cripción
exacta; así que tuvo que enfrentarse con la desagradable posi¬bilidad de traer
una señora Wiesenthal falsa. Weisberg me contó que había pedido a las tres
mujeres que describieran mi aspecto. Dos de ellas se lo describieron vagamente,
pero la tercera conocía montones de detalles, naturalmente. También, admitió
Weisberg, era la tercera mu¬jer la que le había causado mejor impresión.
Decidió correr el riesgo y compró para ella documentación falsa en el mercado
negro.
Una
noche de finales de 1945, me había acostado, como de costumbre, pronto. El
tobillo roto todavía me molestaba mucho. Llamaron a la puerta. Félix Weisberg
apareció en el umbral, confuso y apurado. Le llevó un buen rato explicar cómo
había destruido, con la documen¬tación americana, mi carta para mi esposa, y el
sobre con la dirección, y su dilema frente a tres mujeres que decían ser la
auténtica Cyla Wiesenthal.
—Me
he traído a una de ellas. Está abajo aguardando. Y ahora no te enfades, Simón.
Si ella no es tu esposa, voy a casarme yo con ella.
—¿Tú?
—Sí,
palabra de honor. No te sientas obligado en modo alguno, sin embargo. Si he de
ser franco, me pareció lo mejor traerme a la que me gustaba más. Así por lo
menos si no era tu mujer, yo...
En
aquel momento entró ella en la habitación y el doctor Félix Weisberg, que Dios
le bendiga, supo que no podría casarse con aquella mujer.
Nos
trasladamos a un piso mayor. Al año siguiente nació en Linz nuestra hija
Paulinka. Yo seguía trabajando para varias agencias ame-ricanas: para la
oficina de Crímenes de Guerra, luego para la OSS y la CIC. Nuestros esfuerzos
se veían muchas veces frustrados por falta de cooperación entre las potencias
aliadas.
La
posición más dura resultó la adoptada por los soviets, que con toda
superficialidad arrestaban a la vez a nazis auténticos y a gente que había sido
denunciada como nazi y transportaban a unos y otros a la Unión Soviética.
Asimismo, en las zonas soviéticas de Alemania y Austria, los «tribunales del
pueblo» pronunciaban rápidas y severas sentencias contra presuntos criminales
nazis. Las autoridades soviéti¬cas obtenían eficaz ayuda de los comunistas
locales que se habían infiltrado en la policía. Pero la mayoría de nazis
capturados eran «peces chicos». Los Bonzen (jerarquías) del Partido Nazi, los
jefes de la SS y los de la Gestapo eran
criminales que habían escapado al Oeste antes de acabar la guerra. Esperaban
ser tratados con más benevolen¬cia por los aliados occidentales. Su esperanza
se vio realizada.
En
el Oeste fueron los franceses quienes adoptaron la actitud más dura, no sin
razón, ya que ellos habían sufrido la ocupación nazi di-rectamente. Sin
embargo, paulatinamente, la dura actitud francesa se suavizó notablemente a
medida que antiguos partidarios de Vichy fueron uniéndose a las fuerzas
francesas de ocupación en Alemania y Austria, consiguiendo echar tierra a la
acción de la justicia.
La
política británica con respecto a los criminales nazis no fue ni clara ni
coordinada, tuvo aspecto distinto que en Alemania y en Aus¬tria y con
frecuencia resultó paradójica. Los ingleses muchas veces hacían la vista gorda
con respecto a importantes nazis que se escon¬dían en sus zonas; pero
entregaban nazis con expediente criminal a los soviets o, por ejemplo, a los
yugoslavos cuando había pruebas de que tales nazis habían cometido crímenes en
la URSS o en Yugoslavia. Los ingleses andaban escasos de investigadores
expertos, y como resul¬tado, la desnazificación se llevaba a cabo con muy poca
eficacia. Los ingleses tenían sus propios problemas en Palestina y en sus
colonias y bastante menos interés que los americanos en poner en claro el
embrollo nazi.
Los
americanos, de acuerdo con su temperamento nacional, fue¬ron de extremo a
extremo. Primero crearon la política de «arresto auto¬mático». Todos los SS
miembros de la Gestapo, los miembros desta¬cados del Partido Nazi,
simpatizantes y colaboradores, fueron cazados y llevados a campos de detención
donde se les suministró comida abundante, cuidados médicos y cigarrillos. Se
les informó asimismo que tenían que aguardar a que los investigadores les
interrogaran y separaran las ovejas de las cabras, los criminales de los
simples se¬cuaces. En los campos de detención fueron dispuestas diferentes
uni¬dades para los SS y los nazis menos responsables, para los altos oficia¬les
de la Wehrmacht, para los colaboracionistas no alemanes (húnga¬ros, eslovacos,
croatas). Me pasé muchos ratos en esos campos inves¬tigando por cuenta de la
Comisión de Crímenes de Guerra, la OSS y la CIC y sé muy bien qué trato
recibían los internados. Durante mu¬cho tiempo, los internados en aquellos
campos tuvieron más comida que la población civil.
Tuve
también ocasión de observar los sutiles medios que los deteni¬dos empleaban
para «trabajarse» a los americanos. Los que se decían «expertos en cuestiones
soviéticas», aquellos que habían estado en la Unión Soviética, comenzaron a
envolver a los investigadores america¬nos en discusiones políticas. A algunos
de ellos les pidieron incluso que escribieran informes destinados a importantes
agentes de la inte¬ligencia americana. Yo conocí a oficiales americanos que
escribieron, a su vez, prolijos informes basados en tales fuentes, sin
preocuparse de hacer comprobaciones. En 1946 y en 1947, los americanos pusieron
en libertad a muchos criminales de guerra que fueron posteriormente arrestados
de nuevo por la policía alemana y austríaca. Numerosos oficiales de la policía
local habían sido víctimas del régimen nazi. Algu¬nos estuvieron en campos de
concentración y, por lo tanto, sabían de los nazis más que los americanos,
separados de ellos por infranquea¬bles barreras de lengua y mentalidad.
Mientras
los americanos que habían ganado la guerra en Europa dirigieron la
desnazificación ésta se llevó a cabo con justicia y eficacia. Pero esos hombres
se reintegraron definitivamente a sus hogares y fueron reemplazados por otros
que habían pasado la guerra en los Estados Unidos o en el Lejano Oriente. No
entendían nada del pro¬blema nazi, que para ellos parecía formar ya parte de la
historia. En su mayoría no hacían el menor esfuerzo por hablar alemán y se
valían de muchachas alemanas y austríacas como intérpretes. Con frecuencia
fueron víctimas de la mejor arma secreta nazi: las Frauleins. Un joven
americano se sentía, naturalmente, más atraído por una bo¬nita y complaciente
muchacha que por uno de «esos de la SS», a los que todos deseaban olvidar como
se desea olvidar una pesadilla. Esos americanos pensaban que nosotros, los que
teníamos interés en ver la justicia cumplida, no éramos más que unos
alarmistas, vengativos de «ojo por ojo», que no podíamos dejar de contemplar el
mundo más que a través de una alambrada. Un capitán americano que tenía un
importante puesto en la tarea de reeducación alemana, me dijo una vez:
—Siempre
habrá personas con un punto de vista distinto. En mi país tenemos demócratas y
republicanos. Aquí vosotros tenéis nazis y antinazis. Eso es lo que hace que el
mundo no se pare. Intenta no preocuparte demasiado por ello.
CAPITULO
II
EL
CUCHILLO
Era
difícil dejar de preocuparse. Yo me daba cuenta, con un sentimiento de
frustración, que a medida que se iban comprobando más detalles de los crímenes
nazis, a medida que todo el horror del genocidio salía a la luz, mas difícil
resultaba ocuparse de los criminales.
Mi
trabajo me absorbía todo el día, hasta bien entrada la noche. Cuando me metía
en la cama y trataba de dormir, lo que había leido y escuchado durante el día
se fundía con recuerdos de mi pasado. Muchas veces me despertaba una pesadilla
y no conseguía distinguir el sueño de la realidad. Venía recibiendo muchas
cartas de otros supervivientes de campos de concentración, a quienes las mismas
pesadillas torturaban. Un individuo que vio como asesinaban a su madre en
Auschwitz y que ahora esta en una clínica neurólogica cerca de Bre-men, me
escribió una vez:
«Por
favor, ayúdeme. Tiene que haber una droga contra las pesa¬dillas. ¿No hay ahora
drogas contra todo? Si no fuera por esos espantosos sueños, quizá pudiera
ponerme bien otra vez...»
Una
noche, en septiembre de 1947, en medio de una de esas pesa¬dillas, oí que
aporreaban la puerta. Me senté en la cama. El corazón me latía rápido. Todavía
hoy recuerdo el resonar de aquellos puñetazos en la puerta.
Encendí
la luz y la pesadilla acabó: yo era un hombre libre, vivía en Linz con mi
esposa y mi hija. Me levanté para ir a abrir. A través del agujero de la
cerradura vi a Misha Lewin, jefe de la antigua Asociación de Militantes Judíos
de la Unión Soviética, que lograba parecer un hombre duro, siempre con botas y
hablando a gritos, siendo en realidad un individuo pacífico y amable que había
sabido conservar su sentido del humor. Dos hombres venian con él.
—
¡Abre, Simón! —me dijo—. ¡Te traemos noticias!
Entraron,
y Misha me presentó a Mair Blitz y a Moses Kussowitzki. Ambos, durante la
guerra, cuando grupos de militantes judíos lucha¬ban en el ejército rojo contra
los alemanes, habían estado bajo sus órdenes. Al final de la guerra regresaron
a su Polonia natal; pero, no hallando a sus familias, que habían sido
asesinadas por los nazis, se pasaron a Austria.
—Estos
chicos han pescado un pez de los gordos —me dijo Misha—.¡Eichmann! —Me lanzó
una mirada de triunfo y luego, di¬rigiéndose a ellos, siguió:— Vamos,
contádselo.
Blitz
y Kussowitzki vivían en Camp Admont, el mayor centro de personas desplazadas de
la zona británica de ocupación en Austria. Admont se halla al noroeste de
Estiria, en un encantador valle alpino rodeado de montañas. Unas dos mil
personas, en su mayoría judíos polacos y de los Estados bálticos, residían
temporalmente en aquel hermoso paisaje alpino, vestidos y alimentados por los
ingleses, aunque sin disfrutar particularmente de sus vacaciones de hombres
libres. Unos pocos habían encontrado trabajo en los alrededores y otros
con¬seguían algún que otro chelín en el mercado negro. Pero, en su mayo¬ría,
aguardaban impacientes poder llegar a Palestina en uno de los transportes
ilegales que entonces partían del sur de Austria e Italia.
Era
la semana que precedía al Yom Kippur, Día de la Expiación. Los devotos judíos
de Camp Admont se preparaban para la impor¬tante celebración que, según el
ritual ortodoxo, exige que hombres y mujeres se dediquen a la oración,
sacrificando cada hombre un gallo y cada mujer una gallina, simbólica
representación del sacrificio de Abraham como lo cuenta el Antiguo Testamento.
Desgraciadamente,
en Austria había escasez de aves de corral. Blitz y Kussowitzki, jóvenes llenos
de recursos, decidieron recorrer las gran¬jas de la vecindad para intentar
cambiar latas de comida y chocolate que habían recibido de los ingleses, por un
par de pollos.
Hablaban
solamente yiddish, lo que complicó las negociaciones con los campesinos de
Estiria. Como pedían un Huhn (pollo), un cam¬pesino les comprendió mal y les
dio... un Hund, un perrito Dachshund metido en un saco. Otro movió
negativamente la cabeza; no, él no podía ayudarles, pues todos los pollos
llevaban un número y eran controlados por las autoridades porque los huevos
para empollar o incu¬bar estaban estrictamente racionados. No podía arriesgarse
a tener que pagar la multa.
—¿Por
qué no vais a ver al tipo de allá arriba? —les propuso el campesino queriendo
ayudarles—. Allá arriba, en la montaña, él tiene una enorme granja con dos mil
pollos por lo menos. No sé si os echará a patadas, porque a los judíos los
aborrece. Dicen que era un nazi de los gordos.
Los
jóvenes se miraron. Instintivamente tuvieron el mismo pen¬samiento.
—Debe
de ser él —dijo Blitz.
Kussowitzki
asintió con la cabeza.
Aquel
día dejaron de buscar pollos y se dirigieron en cambio al FSS local para proveerse de permisos de «visita
familiar», indis¬pensables para pasar a la zona americana vecina. Tomaron un
tren para Linz, que estaba a unos ciento cincuenta kilómetros, y allí pusie¬ron
en conocimiento de Misha Lewin su descubrimiento, quien deci¬dió que era yo el
hombre con quien ellos tenían que hablar.
—Y
aquí nos tiene —dijo Lewin—. No perdamos minuto si que¬remos hacernos con
Eichmann.
Todos
nosotros teníamos la obsesión de que Eichmann, conocido ya entonces como el más
diabólico criminal nazi en libertad, se escon¬día probablemente en la zona
británica de Austria. Yo acababa de abrir mi Centro de Documentación en Linz y
casi a diario venía alguien a decirme que había visto a Eichmann en alguna
parte. La pista se perdía en un campo de internamiento bávaro, perteneciente a
la zona británica de Austria. A partir de allí, Eichmann había desaparecido.
—¿Qué
os hace pensar que pueda ser Eichmann? —dije.
—El
hombre en cuestión tiene dos mil pollos, odia a los judíos, fue un nazi de los
gordos. ¿Por qué no iba a ser Eichmann? —me pre¬guntó con lógica talmúdica.
No
me convenció pero decidí irme con ellos. Estaba seguro de que el hombre no
sería Eichmann pero en cambio pensé que podía ser otro nazi cualquiera.
A la
mañana siguiente me hice con dos permisos para pasar a la zona británica: uno
para Lewin y otro para mí. Fuimos en coche con los dos ex militantes hasta la
enorme granja situada en el pueblo de Gaishorn, sólo a unos veinte kilómetros
del Camp Admont. Como no me llevaba misión oficial, decidí pedir ayuda a la
policía austríaca. Paramos frente al puesto de la gendarmería de Gaishorn,
instalada en un viejo chalet.
Dos
campesinos ancianos con pantalones cortos de cuero, estaban sentados en la
antesala, charlando y matando el tiempo. Era todo muy gemütlich (íntimo). Al
comandante del puesto, un anciano de bigote blanco caído, probablemente una
reliquia de los buenos días de los Habsburgo, le preguntamos por la enorme
granja de la montaña. Se levantó y fue a mirar un mapa que había en la pared.
—Debe
de ser Gaishorn 66, que pertenece a Murer, un individuo muy popular aquí que
hizo la guerra en Polonia y Rusia.
Me
quedé perplejo.
—¿Murer?
¿Franz Murer?
—El
mismo —dijo el anciano—. ¿Le conoce?
A
duras penas pude contestarle afirmativamente con la cabeza y nos apresuramos a
marcharnos. Durante un rato ninguno de nosotros dijo nada: sabíamos muy bien
quién era Murer. En los últimos dos años había recogido declaraciones y
testimonios, acerca de Murer, de muchos refugiados, pues Murer fue Comisario
Diputado del distrito de Vilna, Lituania, donde vivían antes de la guerra
80.000 judíos de los que quedaron sólo y exactamente 250 con vida tras las
acciones nazis. Antes de la guerra, Vilna había sido llamada «la Jerusalén de
Lituania» por lo mucho que contribuyó la comunidad judía a la litera¬tura,
ciencia, filosofía y artes. Numerosos músicos judíos famosos, entre ellos
Jascha Heifetz, proceden de Vilna.
Murer
era el principal responsable de la exterminación de judíos en Vilna, tan es
así, que los refugiados le llamaban «el sanguinario de Vilna». He visto muchos
años después personas a las que, sólo al men¬cionar el nombre de Murer, se les
ponía la cara blanca como el papel.
Inmediatamente
nos dirigimos a Camp Admont. Sabía que entre los desplazados del campo se
hallaban varios de los supervivientes de Vilna. Comuniqué al comité del campo y
poco después los altavoces pedían que todas las personas que supieran algo de
Franz Murer de Vilna, se pusieran en contacto conmigo inmediatamente. Siete
perso¬nas comparecieron en el pequeño despacho donde yo esperaba y cuando les
dije que Franz Murer vivía en una granja a sólo unos kilómetros de allí,
algunos sufrieron un ataque de histeria. Una mujer que había visto cómo Murer
asesinaba a dos personas ante sus propios ojos, tuvo un colapso. Un hombre cuya
madre había sido asesinada por Murer se emocionó tanto que tuvieron que
llevárselo para ser asis¬tido. Todos hablaban a gritos en el colmo de la
excitación. Tuve que decirles que se calmaran, que todos tendrían oportunidad
de relatar lo que supieran acerca de Murer.
Algunas
de las historias eran demasiado vagas para ser usadas ante un tribunal pero
otras eran precisas, detalladas, terribles. Un testigo recordaba exactamente la
fecha en que Murer dio orden de que los habitantes de una calle del ghetto de
Vilna fueran llevados en camiones al cercano bosque de Ponary y allí fusilados
por la policía auxiliar lituana. Otro hombre declaró que Murer había ordenado
que dos casas de una calle del ghetto fueran voladas con dinamita y que al
decirle que todavía quedaban mujeres dentro, exclamó: «¡Qué más da!». Y las dos
casas fueron voladas inmediatamenta
Otros
testigos afirmaron que Murer, un sádico de cabeza a pies, había hecho desnudar,
para azotarlas, a numerosas personas. El único sistema de escapar a sus
torturas era comprarlo; así, que los judíos del ghetto, en muchas ocasiones
recogían joyas, plata y cuadros valiosos para Murer. Cuando el soborno ofrecido
le parecía aceptable, ordenaba a los donantes que embalaran su contribución en
cajones de madera y los enviaran a su domicilio austríaco.
Un
día, en enero de 1942, Murer confiscó un convento católico de Vilna, así como
la pequeña granja modelo que llevaban las monjas. Éstas, junto con unos cuantos
monjes, fueron «liquidados» luego en Ponary. En 1945 los cuerpos fueron
reconocidos por equipos judíos de exhumación que tenían órdenes de quemar los
residuos y destruir todo rastro.
Los
testigos describieron un incidente que nunca olvidaré, y aquel que tenga un
hijo podrá comprenderme. Al parecer, dos grupos de hombres aguardaban a la
salida del ghetto: uno destinado a tra¬bajos forzados, otro a ser ejecutado en
el bosque de Ponary. En este último se hallaba Daniel Brodi, muchacho de
diecisiete años. A su padre le habían destinado al grupo de trabajos forzados,
y cuando Daniel creyó que no le veían, escapó del grupo de sentenciados a
muerte para pasarse al de su padre. Murer le vio y agarrándole por el cuello le
golpeó con todas sus fuerzas hasta derribarlo al suelo. Entonces Murer sacó su
revólver y, ante el padre del muchacho, dis¬paró contra Daniel.
Tomé
cuatro declaraciones juradas, hice legalizar las firmas y volví al puesto de
gendarmería de Gaishorn. Entregué al anciano coman¬dante las declaraciones, sin
decir palabra, y éste, al leerlas, se quedó boquiabierto de horror. Sólo una
vez levantó los ojos para mirar con impotencia la imagen de madera de una
Virgen que había en la pared. Dio orden a dos gendarmes de subir hasta la
granja y arrestar a Murer. Luego comunicó el hecho al puesto de las FSS
británicas ya que según la ley del Gobierno Militar, todos los criminales de
guerra tenían que ser entregados a las autoridades de ocupación.
Lewin,
los ex militantes y yo, fuimos con los gendarmes hasta la granja de la montaña
pero casi al llegar nos dijeron que aguardáramos a cierta distancia. El lugar
era encantador, muy cuidado, con árboles y flores, próspero y pacífico. Los
gendarmes dijeron que Murer vivía con su esposa y sus dos hijos ya mayores y
que tenía varias personas que trabajaban para él.
Los
gendarmes entraron en la casa, a tiempo justo, como nos dije¬ron luego, pues
Murer estaba a punto de abandonar el lugar. En la puerta tenía dos maletas, y
el abrigo y el sombrero sobre una silla. Al parecer, a Murer lo habían
prevenido... quizá los dos campesinos que vimos sentados en la gendarmería. Se
portó de un modo muy imper¬tinente con los gendarmes por haberse atrevido a
subir hasta allí a mo¬lestarle. Esto ocurría a finales de 1947. La conmoción de
la derrota que había paralizado a los peces gordos nazis al terminar la guerra,
era cosa pasada.
Murer
tenía aspecto de vigoroso montañés de cara alargada y dura, luenga nariz,
prominente barbilla y pelo rojizo. Tenía treinta y cinco años cuando lo
arrestaron; nueve años antes se había alistado en el partido nazi, que lo
seleccionó para recibir instrucción en la Ordens-schule reservada a la élite de
los SS, para luego enviarlo a Vilna. Allí se convirtió en dueño absoluto de
vidas y muertes, mayormente de muertes. Pero nadie en Gaishorn lo hubiera
podido sospechar allí: Franz Murer era un buen hombre y un excelente vecino. El
anciano comandante del puesto de policía me dijo que Murer había nacido cerca
de St. Georgen, que había comprado la granja antes de la guerra, que todos le
querían, que nadie había molestado a tan perfecto ciuda¬dano con desagradables
preguntas a su regreso de la guerra.
Me
preguntaron cómo aquel hombre pudo atreverse a vivir tan cerca de un campo que
albergaba a gentes cuyas familias él había asesinado. Por una razón. Porque el
centro de personas desplazadas no existía cuando Murer regresó y Vilna quedaba
muy lejos, a 2.500 kilómetros al Este, por lo que creyó muy poco probable
volver a tro¬pezarse jamás con algún superviviente. Cuando fue fundado el
Centro, comprendió que estaba en peligro si se quedaba, pero a su vez,
mar¬charse a otro lugar hubiera levantado sospechas. Decidió quedarse. Ello
convencería a la gente de que su conciencia estaba limpia.
Los
gendarmes austríacos entregaron a Murer a los soldados britá¬nicos de la FSS,
que le llevaron en jeep a la prisión central de Graz, capital de Estiria.
Regresé a Camp Admont y me pasé la noche es¬cribiendo una extensa relación del
caso, incluyendo las declaraciones juradas de los testigos. Los desplazados del
campo estaban agitadísimos: no les podía caber en la cabeza que Murer hubiera
estado viviendo tan cerca sin que los ingleses lo atraparan. Sin embargo, a mi
no me sorprendía. En los últimos meses había pedido ayuda varias veces a las
autoridades británicas para seguir la pista de criminales de guerra que yo
sospechaba se escondían en su zona pero de ellos nunca conseguí la mínima
ayuda. Por esa razón acudí a los gendarmes austríacos: temía que la FSS
estropeara el trabajo.
Por
aquel tiempo, los ingleses hacían cuanto podían para impedir que los refugiados
se pasaran a Palestina. Los colonos judíos de la que iba a ser nueva nación
mantenían una guerrilla implacable contra las fuerzas de la potencia británica
del mandato, y en ambas partes abundaba el rencor y los derramamientos de
sangre. No hacía mucho que yo había atestiguado ante una comisión conjunta
angloamericana sobre el espinoso problema de la emigración judia a Palestina:
los americanos escucharon con clara simpatía, los ingleses con rostros
im¬pasibles. Eran aquellos turbulentos meses que precedieron a la acepta¬ción
de Israel como nación independiente. Las autoridades británicas de Austria
estaban más interesadas en los transportes ilegales a Pales¬tina que en los criminales
de guerra nazis que pudiera haber en su zona y que pudieran escapar.
A la
mañana siguiente, me dirigí al puesto de la FSS de Admont, una casa de dos
pisos con balcones de hierro forjado. Un sargento británico de aspecto acogedor
me preguntó qué deseaba y yo le entregué la relación del caso Murer. Su actitud
cambió al instante. Dejó a un lado el papel sin leerlo y me preguntó por qué
había recurrido a la gendarmería austríaca en lugar de informar inmediata¬mente
a la FSS como era normal. ¿Había estado yo con anterioridad en la zona
británica? ¿Había instigado yo al arresto de otras personas? El sargento estaba
informado de mi próxima llegada porque vi que tenía enfrente un cuestionario
completo. Me preguntó por mi trabajo en Linz, por el Centro de Documentación y
por último me lanzó la pre¬gunta que había estado deseando hacerme todo el
rato:
—¿Qué
sabe usted de los transportes ilegales a Palestina a través de Italia?
—Sargento,
vine aquí a discutir el caso Murer.
—Aquí
soy yo quién formula las preguntas y usted quién ha de contestarlas. ¿Quién es
el jefe del Irgun Zwai Leuni en Austria?
Miembros
de la Irgun (organización extremista judía que creía en la violencia) habían
hecho descarrilar días antes un tren militar britá¬nico cerca de Mallnitz, al
sur de Bad Gastein, causando la muerte de un soldado británico.
Me
negué a contestar y me puse en pie. El sargento obstruyó la puerta.
—¿Estoy
bajo arresto, sargento?
—No,
pero tiene que contestar a mis preguntas.
Yo
guardaba silencio.
—Muy
bien. Entonces tendrá que quedarse aquí hasta la tarde, hasta que regrese de
Craz el comandante.
Así,
me encontraba detenido, sólo por haber ayudado a los británi¬cos a capturar un
importante criminal de guerra a quien ellos tenían que haber capturado mucho
antes. Aquello no parecía importarles: lo que les obsesionaba eran los
transportes ilegales a Palestina. Todo el mundo estaba al corriente de esos
transportes ignorados por los fran¬ceses, tolerados por los soviets, alentados
por los americanos y contem¬plados por los ingleses con una creciente sensación
de fracaso. Hacerme a mí aquellas preguntas era absurdo: ellos sabían más
acerca de aquellos transportes que yo.
A
mediodía, el sargento entró a preguntarme si quería comer algo. Ni me molesté
en contestarle. Afuera se produjo alboroto, voces, pri¬mero aisladas, luego a
coro gritaban: «¡Queremos a Wiesenthal! ¡Queremos a Wiesenthal!».
Me
acerqué a la ventana. La calle estaba llena de gente, centena¬res de personas
con cara de pocos amigos, y los hombres de la FSS no facilitaron mucho las
cosas obstruyendo la entrada y sacando dos ametralladoras al balcón.
La
multitud se puso furiosa. Entre ella había hombres como Blitz y Kussowitzki a
quienes las ametralladoras no asustaban. Luego me contaron que D.P. de Camp Admont estaba en el puesto de la FSS
cuando yo entré y al oír el interrogatorio a que me sometía el sargento, corrió
otra vez al campo dando la voz de alarma y haciendo que la gente viniera a
«liberarme».
En
la habitación donde yo estaba entró un teniente joven y me dijo que todo
aquello era bastante molesto, que las cosas estaban tomando proporciones
absurdas y que si no me importaba tuviera yo la bondad de salir al balcón a
decir a la gente que no tardaría en salir.
Me
negué.
—No
soy yo quien ha pedido a la gente que venga. ¿Por qué no sale usted y se lo
dice usted mismo?
El
teniente se puso nervioso. Si el incidente llegaba a oídos del cuartel general,
a sus superiores quizá no les gustara.
El
teniente pidió conferencia
telefónica con Graz para
hablar al comandante y me dijo me pusiera al teléfono, que el comandante
hablaba alemán.
—¿Qué
ocurre, Herr Wiesenthal? ¿Por qué no es usted amable con mis hombres?
—Yo
vine aquí, señor, a hablar de Murer. Pero lo que quieren es otra clase de
información que yo me niego a dar. Me están, reteniendo aquí hace ya horas.
—Conocemos
todas sus actividades, Herr Wiesenthal.
—Si
cree que he hecho algo indebido, ¿por qué no da orden de que me detengan?
Se
produjo un silencio y luego el comandante me pidió que pasara el teléfono al
teniente. Fui conducido a otra habitación y minutos des¬pués entraba el
teniente y me decía que podía marcharme cuando quisiera.
Cuando
salí de la casa, un clamoroso grito de triunfo resonó en la calle, me alzaron a
hombros y me llevaron así hasta el campo. Los austríacos lo contemplaban con la
boca abierta y algunos incluso si¬guieron a la multitud, pensando: eso sí que
es una Hetz (una ver¬dadera juerga). Quizá lo tomaron como demostración contra
las fuerzas de ocupación pero lo cierto es que vitoreaban con entusiasmo. De
vuel¬ta a Camp Admont, Blitz y Kussowitzki se procuraron alguna que otra
botella de schnapp para celebrar el arresto de Murer. Aquella noche me sentí
casi feliz.
Pasaron
varias semanas. Murer, en la cárcel de Graz, se declaró inocente, alegando se
trataba de un error de identidad. De Graz me llegaban confusos rumores: cabía
la posibilidad que los ingleses de¬jaran en libertad a Murer. Como yo tenía
algunos amigos entre el personal del Tribunal Militar Internacional de
Nuremberg, hice usas cuantas llamadas telefónicas urgentes y, como resultado,
los ingleses recibieron petición oficial de retener a Murer como posible
testigo.
En
aquella ocasión, envié circulares a todos los campos de perso¬nas desplazadas
de Austria y Alemania pidiendo testigos que pudieran presentarse a declarar
contra Murer. Entonces no era difícil dar con testigos. Tenía corresponsales en
muchos de los campos y recibí muchas informaciones de los comités de los
mismos; varios testigos se persona¬ron en mi oficina de Linz, haciendo
declaraciones que firmaron. Todo el material fue enviado a las autoridades
británicas de Graz. A mí me parecía que las pruebas contra Murer tenían gran
fuerza: en diciembre de 1948, los ingleses dieron la orden de extradición de
Murer entre¬gándolo a los rusos ya que los crímenes habían sido cometidos en
una zona que ahora formaba parte de la República Socialista Soviética de Lituania.
El juicio contra Murer tuvo lugar en Vilna en la primavera de 1949. Las
declaraciones de todos los testigos fueron enviadas desde Austria a las
autoridades soviéticas que a su vez recogieron las de sus propios testigos.
Murer fue declarado culpable de «asesinar a ciuda¬danos soviéticos» y condenado
a veinticinco años de trabajos forzados. Creí que éste era el fin de aquel
caso. Cinco años después, en 1954, cerraba el Centro de Documentación de Linz
ya que como consecuencia de la guerra fría, mi labor había llegado a su fin.
Sen¬tencias contra nazis convictos se conmutaban, y procesos en curso se
suspendían. Parecía inútil proseguir. Embarqué todo el material, quinientos
kilos de documentos, con el fin de depositarlo en los archi¬vos de Yad Vashem
de Jerusalén .
Como
consecuencia del Tratado de Austria de 1955, los soviets acordaron devolver
todos los prisioneros de guerra austríacos, crimí¬nales de guerra convictos
incluidos. Ello, sin embargo, no iba a ser una amnistía general, ya que, según
los términos del Tratado, Austria pedía juzgar a esos criminales en sus propios
tribunales. Yo vi la lista de prisioneros repatriados y el nombre de Murer no
figuraba entre ellos. O bien no había sido liberado por los rusos porque sus
crímenes se consideraban demasiado graves, o había muerto.
Tras
la captura de Eichmann en mayo de 1960, precisando ciertos datos de Murer para
completar mi fichero, llamé por teléfono al puesto de gendarmería de Gaishorn y
pedí ciertos detalles sobre el arresto de 1947. El oficial encargado dijo que
no sabía nada del caso y me propuso que le volviera a llamar al cabo un rato.
Dijo que hablaría con Murer y se lo preguntaría.
—¿Qué?
¿Es que Murer no ha muerto?
—Desde
luego que no. Hace cuatro años que volvió y ha venido viviendo en su granja
desde entonces.
Le
di las gracias y colgué el auricular. Tuve que respirar hondo: ¡Murer en
libertad! Llamé a varios Ministerios de Justicia indagando por qué el nombre de
Franz Murer no constaba en la lista de crimi¬nales de guerra. Parecían
desconcertados y algunos pretextaban no haber tenido nada que ver en ello. Por
fin me dijeron que el nombre de Murer se había omitido «inadvertidamente», que
se trataba de un simple error burocrático.
Comencé
a investigar qué les había ocurrido a otros criminales de guerra que habían
sido repatriados después del Tratado de Austria. De una lista de doscientas
personas, sólo tres (los tres, muy destacados miembros de la SS) habían sido
juzgados por tribunales austríacos.
De
estos tres, Hermann Gabriel y Leopold Mitas, fueron condena¬dos a cadena
perpetua; Johann Poli, a veinte años de cárcel. Mitas había sido puesto en
libertad al cabo de dos años; Poli, al cabo de dieciocho meses. Sólo Gabriel,
uno de entre doscientos, estaba todavía en la cárcel y todos los demás procesos
habían sido suspendidos por decreto presidencial.
¿Y
Murer? De nuevo en su granja como respetable miembro del Partido Católico del
Pueblo, había sido elegido presidente de la Cámara de Agricultura del Distrito,
había dado conferencias públicas y en una ocasión impuesto condecoraciones a
varios granjeros en presencia de miembros del gobierno.
Escribí
al ministro de Justicia austríaco y le pregunté qué pensaba hacer con Murer. Se
me pidió que hiciera llegar «todo el material pertinente» a la Sección XI del
Ministerio de Justicia. A mi vez pedí a Jerusalén el dossier Murer, saqué
fotocopias y presenté treinta y dos declaraciones juradas. Pasaron semanas sin
que llegara contestación y entonces telefoneé a la Sección XI, y un alto
funcionario de ésta, fami¬liarizado con el caso, me informó de que aquel
material no podía em¬plearse en contra de Murer porque ya se había utilizado en
Vilna.
Al
contestarle que Murer había cumplido sólo parte de su senten¬cia en Rusia,
agregó:
—Sí,
ya lo sé. Pero Murer pasó siete años en una prisión rusa y considerando que las
sentencias rusas son tres veces más duras que las nuestras resulta como si
hubiera cumplido ya veintiún años, ¿no es así? Y aunque un tribunal austríaco
le sentenciase a cadena perpetua, según nuestras leyes, quedaría en libertad
por buena conducta a los veinte años. Así, que habiendo cumplido ya una condena
de veintiún años según nuestros cálculos, ¿por qué vamos a procesarle otra vez?
El
burócrata parecía complacido de sus ejercicios en alta aritmé¬tica de justicia
austríaca.
—Lo
que quiere decir —dije— que en este país Murer no está considerado como
criminal convicto y confeso, ¿es así?
—Exactamente.
En Austria no.
—Así
que, teóricamente, pueden elegirle presidente federal, ¿me equivoco?
El
alto oficial parecía estar molesto:
—¿Por
qué hostigar a un hombre que ha cumplido ya su condena?
—No
creo que nos entendamos usted y yo. La vida humana es demasiado corta para
expiar los crímenes que Murer cometió en Vilna. No quiero venganza, sino
justicia. Si Murer fue sentenciado a vein¬ticinco años, de acuerdo con los
términos del Tratado de Austria, debería haber sido juzgado ante un tribunal
austríaco.
El
oficial guardó silencio. Luego dijo:
—Perfectamente.
Si puede usted presentar nuevas pruebas, señor Wiesenthal, nosotros entraremos
en acción.
Posteriormente
los tribunales austríacos se negaron a tomar en consideración las pruebas
recogidas en 1947. Aducían que aquellas pruebas ya habían sido utilizadas para
la condena rusa y cuando yo hice notar que Murer había cumplido sólo parte de
la sentencia, se produjo un silencio glacial por parte del Ministerio de
Justicia. Me pidieron que buscase nuevas pruebas. Ello; significaba volver a
empezar, tener que buscar nuevos testigos... dieciocho años después de haber
estado Murer en Vilna. No iba a ser fácil: si había supervivientes, no querrían
prestar testimonio al cabo de tantos años, sino olvidar y que los dejaran en
paz.
Me
puse en contacto con las asociaciones de antiguos habitantes de Vilna que se
habían formado en Israel, Canadá, Estados Unidos, Sudáfrica y Nueva Zelanda.
Los archivos de nuestro gran Centro de Documentación vienés, puestos al día y
precisos, nos permitieron dar con otros testigos a quienes escribí pidiendo
información sobre crímenes específicos en los que Murer resultara personalmente
envuelto. Dije a los testigos en potencia que acusaciones de tipo general, por
emotivas que fueran, serían completamente inútiles.
La
respuesta fue sorprendente: recibí más de veinte nuevas decla¬raciones con
informes específicos. Wolf Fainberg, ahora con domicilio en Vineland, New
Jersey, escribió acerca de cierto día de diciembre de 1941 en que fue arrestado
a la entrada del ghetto de la calle Rudnicka por Murer y su asistente Hering,
quienes pidieron a Fain¬berg el pasaporte. Mientras Hering examinaba el
pasaporte, una niña judía de diez años, jorobada, de hombros hundidos, apareció
por la calle paseando. Murer dijo a Hering:
—Fíjate
que clase de Mist (desperdicio) guardas en tu ghetto.
Dicho
lo cual sacó la pistola y disparó contra la niña. Fainberg se marchó, pero por
la noche, los que vivían en aquella calle le dijeron que la niña había muerto
instantáneamente.
«Todavía
veo la escena. No la olvidaré nunca —atestiguó Fain¬berg—. Murer llevaba un
uniforme pardo, y Hering una chaqueta de cuero.»
Isak
Kulkin, que ahora vive en Franel, California, escribió des¬cribiendo una
ejecución de seis judíos en el ghetto a finales de 1942 :
«Los
seis hombres fueron ahorcados en el patio de castigo. Presencié la ejecución
desde una ventana cercana y vi cómo una de las víctimas caía al suelo porque la
cuerda se rompió. Se echó a los pies de Murer suplicando clemencia. Murer dio
orden de que lo ahorcaran por segunda vez.»
Szymon
Bastocki, con antigua residencia en Vilna, ahora en Nueva York, prestó
testimonio acerca de cierto día de marzo de 1943 en que Murer reunió a mujeres
y niños en la plaza del campo de trabajo ordenando a la policía que arrancara a
los hijos de sus madres para cargarlos en unos camiones que esperaban.
«Lanzaban
a los recién nacidos por los aires como si fueran paquetes. Tuvieron lugar
escenas que destrozaban el corazón, pero Murer permaneció inflexible. Una mujer
agarró a su hijo contra su pecho y luchó contra los SS. Entonces metieron en el
camión a madre e hijo. Se trataba de una farmacéutica que había estudiado en
Berlín y gritó: Ist das die deutsche Kultur? (¿Es ésta la civilización
alemana?). Murer ordenó que la bajaran del camión y dijo a su ayudante Martin
Weiss que la matara allí mismo de un tiro. Dejaron el cuerpo colgando en la
alambrada.»
Las
nuevas pruebas fueron remitidas al Ministerio de Justicia austríaco pero no se
inició acción alguna. Murer seguía en su granja de Gaishorn disfrutando de la
vida, de la libertad y de los extraños frutos del sistema político austríaco,
ya que con vistas a las próximas elecciones ninguno de los dos partidos
importantes se sentía inclinado a la idea de ofrecer el nuevo espectáculo de un
juicio que irritaría al medio millón de ex nazis residentes en Austria y que
constituían, al fin y al cabo, medio millón de votos.
Era
una de esas situaciones en que la llamada directa a la con¬ciencia del mundo
parecía el único medio de lograr algo. El 2 de febrero de 1961, la Congregación
Judía de Viena anunciaba una conferencia de prensa sobre el tema «Asesinos
entre nosotros». En aquella ocasión suministré a los representantes de la
prensa mundial, detallada información sobre el caso Franz Murer.
Pocas
semanas después, la historia del ghetto de Vilna fue mencio¬nada en Jerusalén
en el juicio contra Eichmann en el que el doctor Mark Dvorzecki, distinguido
autor, nacido en Vilna y ahora profesor de la Universidad Bar-Han de Tel Aviv,
contó lo sucedido en aquella su ciudad natal. Su relato se publicó en los
periódicos del mundo entero.
Como
venían apareciendo más y más artículos sobre el caso Murer y como la presión
pública iba en aumento, las autoridades se vieron obligadas a actuar. Murer fue
arrestado y acusado de diecisiete dis¬tintos casos de asesinato individual. La
detención de Murer ocasionó disturbios en Gaishorn donde sus amigos campesinos
se reunieron marchando en protesta hasta cerca de Liezen y amenazando con
atacar la sede del gobierno provincial. Airados discursos se pronunciaron en
defensa del conciudadano Murer y fue enviada una delega¬ción de protesta al
Ministerio de Justicia vienés.
El
juicio contra Murer se inició el 10 de junio en Graz. La acusa¬ción le hacía
responsable de haber cometido «asesinato por propia mano» en quince casos
específicos, pero posteriormente, el fiscal añadió otros dos casos. Más de una
docena de testigos había llegado de Alemania, Israel y Estados Unidos, siendo
uno de los más importantes de la acusación Jacob Brodi, que había visto cómo
Murer asesinaba a su hijo Daniel ante sus propios ojos a la puerta del ghetto
de Vilna. Brodi tenía entonces sesenta y ocho años. Al terminar la guerra había
emigrado a América y ahora vivía solo en una aislada granja de New Jersey. Era
un hombre solitario que no quería ver a nadie, llevaba una vida sencilla y se
negó a aceptar el dinero alemán de indemniza¬ción a que tenía derecho. Habían
pasado veinte años desde el día que vio matar a su hijo a manos de Murer pero
el tiempo no le había ayudado a Brodi a olvidar: todos los días, todas las
noches, veía la misma escena a la entrada del ghetto de Vilna.
Cuando
le escribí por primera vez pidiéndole que fuera hasta Graz para prestar
testimonio, se negó de plano. Explicó que no podía tolerar la idea de tener que
enfrentarse con el asesino. Volví a escri¬bir varias cartas dicíéndole que era
una deuda para con nuestros muertos, contar a los vivos lo que sucedió. Die
Zeit, respetable sema¬nario alemán, acababa de lanzar una protesta «contra la
nueva ola de desconfianza», y defendía a la nueva generación «que sólo conoce
los crímenes nazis por los libros de Historia». Aquellos que buscaban excusas y
justificaciones trabajaban sin descanso. Por tanto, expliqué a Brodi que su
silencio no iba a ayudar a su hijo, pero sí podía en cambio ayudar a salvar a
muchachos de la edad de Daniel Brodi que conocían aquellos crímenes a través de
lecturas de historia. Una sala de justicia con su jurado, juez y fiscal haría
que el acusado pareciera de carne y hueso y no un personaje sacado de un libro
de Historia, ni un héroe. No obtuve contestación y no esperaba volver a saber de
Brodi. La víspera del juicio me envió un cable diciéndome que tomaba el avión y
pensaba llegar a tiempo.
Cuatro
días más tarde, me entrevistaba con Jacob Brodi en su habitación del Hotel
Sonne de Graz, donde todos los testigos habían sido instalados. Era un hombre
cansado, de pelo blanco y grandes círculos alrededor de los ojos. Con su rostro
tostado y lleno de arrugas, parecía más un granjero americano del Middle West
que un refugiado del ghetto de Vilna. Le dije que me alegraba que hubiera
decidido venir porque iba a ser un testigo clave que no podía dejar de influir
en el jurado. Hasta entonces el proceso no se le presentaba bien al fiscal,
pues al cabo de cuatro días Murer seguía negándolo cínicamente todo. Testigo
tras testigo se acercaban a él y le identificaban, pero Murer decía siempre que
estaban en un error, que le tomaban por otro, que en toda su vida no había
tocada a un solo judío, ni había visto morir a judío alguno. Era inocente,
decía, víctima de un mons¬truoso error.
Brodi
me dijo:
—He
oído decir que los dos hijos de Murer están sentados en pri¬mera fila junto a
su esposa y que se burlan de los testigos.
Asentí.
Los estúpidos muchachos tomaban aquello por un gran espectáculo; se reían y
hacían muecas. Dos periodistas extranjeros que asistían al proceso, se
sorprendieron tanto de semejante conducta que preguntaron al juez cómo no había
decidido llamar al orden a los jóvenes. Éste contestó a los corresponsales que
él ni siquiera había visto a los chicos.
Brodi
dijo con mucha calma:
—Van
a parar en seco de hacer burla cuando me llamen a com¬parecer a mí. —Y
mirándome penetrantemente añadió:— No he veni¬do hasta aquí para prestar
testimonio, he venido a actuar.
Se
abrió el chaleco y me mostró un largo cuchillo. Brodi hablaba sin emoción, como
un hombre que tiene su decisión tomada.
—He
conseguido un plano de la sala de justicia y sé que los tes¬tigos se colocan
muy cerca del asiento de Murer. Murer mató a mí hijo ante mis ojos: ahora le
mataré yo con este cuchillo ante los ojos de su mujer y de sus hijos.
Me
di cuenta de que hablaba resuelto a matar al decirme que lo había estado
pensando durante aquellos veinte años, que ya no creía en la justicia humana,
que había perdido la fe en la justicia divina y que iba a tomarse la justicia
por propia mano sin asustarle las con¬secuencias porque su vida estaba acabada:
terminó aquel día en el ghetto, veinte años atrás.
Le
dije:
—Si
intenta matar a Murer, le llamarán asesino también.
—Sí.
Pero importantes abogados saldrán en mi defensa.
—Eso
no tiene nada que ver. No importa cuáles sean sus motivos, el mundo le llamará
asesino. Los nazis sólo están aguardando a que eso ocurra para decir: «Fijaos
en esos judíos que tanto hablan de la justicia, acusan a Murer de asesino y
ellos son asesinos también. Como Murer mató a judíos, ahora los judíos le matan
a él. ¿Qué diferencia hay?».
Brodi
hizo un gesto de indiferencia, sin dejarse convencer.
—Piense
en Eichmann —le dije.— Pudo haber sido ejecutado limpiamente en Argentina pero
los israelitas sabían que era necesario hacerle atravesar el océano,
arriesgarse a enfrentarse con el mundo por haber violado la ley internacional.
¿Por qué? Porque Eichmann tenía que ser juzgado. El juicio era más importante
que el acusado pues Eichmann era ya un hombre muerto cuando entró en la sala de
justicia. Pero el juicio iba a convencer a millones de personas, a aquellas que
no sabían nada o que no querían saber nada, o a aquellos que lo sabían en el
fondo de sus corazones pero no lo admitían ni ante sí mismos. Todos ellos
vieron al hombre calvo de faz descompuesta en, la caja de cristal, a aquel que
había inventado la «Solución final»: la matanza de seis millones de personas.
Oyeron las pruebas, leyeron los periódicos, vieron las fotografías, y cuando
todo acabó no sólo sabían que era verdad sino también que había sido mucho más
espan¬toso de lo que pudieron imaginar.
Brodi
meneó la cabeza:
—Yo
no he venido aquí por el Estado de Israel ni por los judíos. He venido aquí
como padre de mi hijo asesinado.
Me
miró con tan duros y despiadados ojos que yo deseé ardiente¬mente que pudiera
llorar. Pero quizás ya no podía.
Le
dije:
—Si
intenta hacerle daño a Murer, todo nuestro esfuerzo habrá sido inútil. No
podemos realizar nuestros propósitos usando sus mé¬todos. Usted ha leído la
Biblia, Jacob Brodi, y conoce el quinto manda¬miento «No matarás». Quiero que
sea Murer y no usted quien deje la sala de justicia como asesino probado.
Movió
otra vez negativamente la cabeza:
—Palabras,
señor Wiesenthal, sólo palabras. Para usted es muy fácil, a usted no le mataron
a un hijo suyo, pero a mí sí. Ya le dije que no quería venir y usted contestó
que era necesario. Bueno, pues aquí estoy y ahora ya sabe a qué he venido.
Volví
la cara porque no podía resistir la expresión de sus ojos. Hablé mucho rato
aunque no recuerdo exactamente lo que dije. Sé que hablé de mí mismo, de porqué
había decidido hacer lo que había venido haciendo durante los últimos veinte
años, porque alguien tenía que hacerlo, por nuestros hijos, por sus hijos. Pero
por odio, jamás.
—Todavía
lloro a veces, señor Brodi —le dije—. Lloro cuando oigo lo que les ocurrió a
los niños en los campos de concentración, lloré también cuando me enteré de lo
que le ocurrió a su hijo porque pudo haber sido mi hijo. ¿Cree usted de veras
que yo podría prose¬guir mi trabajo si no pensara así?
Puse
mis manos en sus hombros. De pronto Jacob Brodi apoyó su cabeza junto a mi
rostro y sentí cómo se estremecía su cuerpo. Lloró. Nos quedamos un rato allí,
en pie, sin decir palabra y cuando minutos después salí de su habitación en el
hotel, me llevé su cuchillo.
Jacob
Brodi fue llamado a declarar al día siguiente. No miró nunca a Murer y relató
lo ocurrido con voz opaca, sin entonación, como si le hubiese ocurrido a otro.
En la sala se produjo un gran silencio. Hasta los hijos de Murer se dieron
cuenta de lo que sufría aquel hombre durante su declaración. La defensa no
quiso interrogar a Brodi y fue despedido. Cuando hubo dejado la sala, Murer se
puso en pie y una vez más afirmó que el testigo debió de sufrir un error, que
él jamás disparó contra el chico: quizá fuera otra persona.
El
proceso duró una semana. Los periodistas extranjeros se daban cuenta de que el
tribunal se inclinaba definitivamente en favor del acusado y de que algunos
jurados, vestidos con los agobiantes trajes verdes tradicionales, contemplaban
a Murer con no disimulada sim¬patía. Otros trataban de seguir el proceso con
estricta justicia, pero parecían los menos. El principal periódico de Graz
apoyaba los argu¬mentos de los abogados defensores de Murer diciendo que había
recibido muchas cartas de simpatía de políticos.
La
sala pareció muy complacida cuando la defensa consiguió des¬concertar a un
testigo que se dejó llevar por la emoción cuando contaba al tribunal lo
sucedido y confundió un detalle. Otro testigo no recor¬daba con seguridad una
fecha al relatar uno de los crímenes de Murer, y Murer probó irrefutablemente
que en aquella fecha no estaba en Vilna. Como es natural, la declaración de
esos testigos quedó desacre¬ditada.
Entre
los testigos presentados por la defensa se hallaba Martin Weiss, antiguo
asistente de Murer en el ghetto. Weiss había sido traído a Graz desde la
prisión de Straubin, Baviera, donde cumplía cadena perpetua por asesinato en
masa. Cuando Weiss indicó que «algunos oficiales de Lituania llevaban uniformes
muy similares al de Murer», se produjo un murmullo de satisfacción en la sala.
El
testimonio de los testigos de la acusación fue recibido con hela¬do silencio. A
mí el abogado de Murer me llamó «cazador de hom¬bres». Israel Sebulski, ahora
con residencia en Munich, dijo al tribunal que su hijo de quince años había
sido golpeado sin piedad por Murer y que como resultado enloqueció y perdió el
uso de las piernas, y que estaba actualmente internado en una institución
psiquiátrica. La seño¬ra Tova Rajzman de Tel Aviv juró que Murer había dado
muerte a su hermana de un disparo porque le quitó un trozo de pan a una mujer
polaca y que en un ataque de rabia había matado a continuación a otras tres
mujeres que se hallaban cerca por casualidad. Al recordar la escena, la señora
Rajzman se dejó llevar por el recuerdo y empezó a gritar.
—
¡No grite en la sala! —dijo el juez,
doctor Peyer.
—Perdone
su señoría —le contestó la señora Rajzman— pero fue algo terrible. La sangre de
mi propia hermana me salpicó los pies.
—¿Y
no pudo haber sido otra persona el autor?
—No,
señoría. Fue Murer. Lo recuerdo desde la primera vez que vino al ghetto. A mí
me pegó en plena calle. Cuando entraba en el ghetto, todos tenían que bajar de
la acera y los hombres tenían que saludarlo inclinándose y quitándose el
sombrero
El
fiscal, doctor Schumman, se había preparado concienzudamente para su tarea.
Había estudiado los ficheros de Murer existentes en Frankfurt y en Munich de
modo que en su última intervención dejó bien sentado que los testigos habían
identificado a Murer sin lugar a dudas. Pidió al jurado que juzgasen al acusado
como si hubiera ase¬sinado a sus propios hijos.
—En
los últimos seis casos, no existe duda de la culpabilidad del acusado —dijo el
fiscal.— Quiero hacer constar que este proceso ha perjudicado ya grandemente
las ilusiones que nos hacemos los aus¬tríacos, de ser un Kulturvolk (pueblo de
alto nivel).
Al
cabo de cuatro horas de deliberación, el jurado pronunció el veredicto de «no
culpable». En Austria el exacto recuento de los votos del jurado se anuncia en
la misma audiencia; así, que fue el presidente del jurado quien dijo que en dos
de los diecisiete casos había habido un empate de cuatro a cuatro. Él había
votado a favor de Murer.
Yo
no estaba en Graz aquel día. Me dijeron luego que cuando fue anunciado el
veredicto de no culpabilidad, el público de la sala gritó y aplaudió, que
algunos habían traído flores cuando el jurado todavía estaba deliberando y con
ellas en las manos corrieron hacia Murer al oír la sentencia.
Un
diplomático americano se hallaba al día siguiente en Graz visitando a unos
amigos, quiso enviar unas flores a la señora de la casa y se encontró con que
en ninguna de las floristerías quedaban flores: todas habían sido vendidas para
el procesado. Murer abandonó la sala de justicia como un héroe triunfante. Fue
exhibido ostentosa¬mente en el «Mercedes» de Rudolph Hochreiner, nazi acusado
del asesinato de nueve judíos que había sido absuelto.
Se
produjo una tempestad de indignación en todo Austria, pues, con muy pocas
excepciones, la prensa austríaca es antinazi y democrática. Periódicos
representando casi todos los grupos políticos, denunciaron el veredicto como
Justizskandal, una parodia de justicia. En Viena es¬tudiantes católicos
prendieron estrellas amarillas de sus pechos y mar-charon en demostración de
protesta gritando: «¡Murer es un asesino! ¡Murer merece la condena!». Luego
asistieron a un servicio religioso de penitencia en la iglesia Michaeler como
demostración de remordi¬miento por los crímenes cometidos por los cristianos
contra los judíos.
El
fiscal apeló el veredicto. El Tribunal Supremo de Austria con¬cedió la
apelación con respecto a un cargo: un caso descubierto por mí en el que Murer
había sido visto cometiendo el crimen por dos testigos diferentes. Los testigos
no sabían nada el uno del otro, vivían entonces en distintas partes del mundo
pero uno y otro describían la misma escena. Murer iba a ser juzgado otra vez.
La justicia todavía podía verse cumplida.
Encontré
a Jacob Brodi en el vestíbulo de un hotel de Viena pocos días después de la
absolución de Murer y me miró como si yo no exis¬tiera. Comprendí: puede que
pensara que yo le había salvado a Murer la vida. No era un pensamiento
agradable, pero yo no pude haber hecho otra cosa.
CAPÍTULO
III
LOS
SECRETOS DE «ODESSA.
Fue
a finales de 1947, cuando empecé a indagar sobre las rutas de huida seguidas
por los jefes nazis desaparecidos que figuraban ahora en las listas de la
policía de varios países. Yo sabía que hacia el final de la guerra todos los
jefes de la SS y miembros destacados de la Gestapo habían recibido de la
RSHA documentaciones falsas con nombres
supuestos. Pero a mí me interesaba mucho menos los nombres que las rutas: lo
esencial era descubrir a dónde habían ido, cómo habían llegado allí, quién les
habían ayudado y quién lo pagaba todo.
Pocos
nazis habían tratado de escapar a la Unión Soviética, donde no sabían qué clase
de acogida les esperaba, con excepción quizás de Heinrich Muller, jefe de la
RSHA y hoy el más buscado de los jefes nazis y uno de los mayores misterios por
descubrir. Puede que hallara refugio en Rusia pero yo dudo que esté aún con
vida. Los criminales nazis sabían que no podían esperar gran ayuda en
Inglaterra o en Escandinavia: si quería escapar, tenía que marchar hacia el
Sur.
Tomé
un mapa mundial y tracé con una fina línea a lápiz cada ruta de huida conocida,
seguida por un jefe nazi. Así, sur¬gieron tres rutas principales: la primera
iba de Alemania a Austria y a Italia, y de allí a España; la segunda se dirigía
a los países árabes y al Próximo Oriente, donde actualmente los expertos nazis
son tenidos en gran estima (como nota caracterís¬tica, la edición árabe de Mein
Kampf de Hitler, no contiene las poco halagadoras observaciones sobre los
«semitas», entre los que él incluía a los árabes). La tercera ruta ponía en
contacto Alemania con ciertos países de Sudamérica: especialmente y hasta la
caída del régimen de Perón en 1955, fue Argentina la Tierra Prometida para
todos los cabecillas nazis. Paraguay es hoy el refugio de moda de la élite de
la SS.
A
continuación, pasé las rutas de escape a otros mapas, a escala menor, del
centro y sur de Europa, ya que muchos trans¬portes partían de ciertas ciudades
alemanas: Bremen, Frankfurt, Augsburgo, Stuttgart, Munich con destino a Allgau,
boscosa y solitaria región de la Baviera del sur, convenientemente cer¬cana a
la vez de las fronteras austríaca y suiza.
Muchas
rutas parecían converger en Memmingen, ciudad medieval que se halla en el
corazón de Allgau, donde parecían bifurcarse en dos direcciones, una que
continuaba hacia Lindau, en el lago Constanza, donde a su vez se subdividía en
dos rutas, una yendo a parar a Bregenz, Austria, y la otra a la vecina Suiza.
Pero la ruta principal iba de Memmingen a Innsbruck, y, cru¬zando el paso de
Brennero, a Italia. Posteriormente descubrí que los nazis la llamaban la ruta
Norte-Sur, «eje B-B», o sea Bremen-Bari. Todo ello no se debía, claro, a pura
concidencia. Indivi¬duos agrupados o posiblemente una organización entera,
parecía haber combinado y dispuesto la huida. Según acabó por descu¬brirse, se
trataba de una organización clandestina extremadamen¬te eficaz que disponía de
todo el dinero necesario, que era mucho.
En
el juicio de Nuremberg conocí a un alemán que estaba allí como testigo y que
llamaré Hans. Era, y es, un antinazi declarado que vive ahora en Alemania y por
tanto necesita la protección del anónimo. Hans me fue recomendado por unos
amigos americanos. Había sido miembro de la Abwehr y como muchos hombres de la Abwehr que había
llegado a alto oficial, contaba con una impresio¬nante tradición familiar, y
consideró los elementos criminales de la Sicherheitsdienst (SD) del Partido nazi, primero con desprecio y
des¬pués con miedo. La rivalidad entre los servicios de contraespionaje de la
Wehrmacht y del Partido terminó, no inesperadamente, con una derrota masiva de
la Abwehr. El Almirante Canaris, cabeza de la Abwehr, murió en un campo de
concentración y muchos miembros de la Abwehr fueron ejecutados. Los
supervivientes no olvidaron nunca aquella humillación y entre ellos se cuentan
algunos de mis mejores colaboradores.
Pocas
semanas después de nuestro encuentro en Nuremberg en el que Hans se mostró más
bien reservado, le volví a encontrar en el Hotel Goldener Kirsch de Salzburgo.
Esta vez me habló con franque¬za; supongo que entre tanto habría hecho
averiguaciones sobre mi persona. Hablamos de la situación política, respecto a
la que Hans se sentía pesimista y criticaba mucho a los aliados.
—Veo
claramente lo que va a suceder ahora, después de haber sentenciado a ciertos
nazis destacados. La mayoría de los que hayan cometido crímenes menores serán
puestos en libertad por los aliados tras una sentencia de pura fórmula. Nadie
quiere tomarse molestias por los desperdicios nazis. Muy pronto ocuparán
posiciones destacadas otra vez y nadie podrá tocarlos, ya que no se puede
castigar dos veces a un hombre por el mismo crimen.
Con
el tiempo aquello se convirtió en profecía.
—Los
aliados incurrieron en grave error cuando decidieron limpiar Alemania —decía
Hans—. Loable actitud pero inútil ya que no com¬prenderán nunca la mentalidad
nazi. Debieron encomendar la tarea a los alemanes decentes, pues tales alemanes
existen, a pesar de que después de la guerra todos los alemanes fueran
considerados malvados. Debieran ser tribunales alemanes los que juzgaran a los
criminales de la SS, y jueces alemanes, capaces de penetrar en las retorcidas
mentes de los acusados que hubieran condenado a los culpables. Ahora es
demasiado tarde, los nazis han aprendido a manejar a esos «inocentes
extranjeros», mediante su arma secreta: las bonitas chicas de Austria y
Alemania. Ahora la crisis acabó y los nazis vuelven a tener agallas. Le
sorprendería oír cuánto se habla en los círculos nazis del futuro Cuarto Reich.
Los peces gordos se hallan en el extranjero, conspirando otra vez a salvo en
ciertos países que no tienen tratados de extradición con Alemania.
No
cabía duda de que Hans sabía más de lo que me contaba; así, que intenté tirarle
la lengua. Quizá pudiera él darme ciertas res¬puestas que yo necesitaba.
—¿Cómo
consiguieron escapar los cabecillas nazis?
—¿No
ha oído nunca hablar de Odessa? —me preguntó Hans.
Le
contesté bastante ingenuamente (ahora me doy cuenta):
—¿La
de Ucrania? Sí, estuve allí antes de la guerra. Una bonita ciudad.
—No,
no —dijo Hans impacientándose—. ODESSA, con mayús¬culas. La organización de
huida de la SS clandestina.
Ahora
comprendía muchas cosas que había oído. Recordé inmedia¬tamente cómo los nazis
se decían unos a otros que «fulano de tal se había marchado a Odessa» y me
había preguntado qué querrían decir con ello.
—ODESSA
—dijo Hans— cuenta con un notable record de crimi¬nales de la SS y miembros de
la Gestapo huidos del país a los que ha ayudado incluso a evadirse de la
cárcel.
Aquella
noche Hans me contó toda la historia de la asombrosa organización que, fundada
en 1947, tomó su nombre ODESSA de la «Organisation der SS-Angehörigen», u
Organización de miembros de la SS.
—Al,
final de la guerra no existía tal organización secreta aunque muchos expertos
aliados lo creían así —dijo Hans—. Los peces gordos nazis vivían escondidos, y
se fundaron los primeros comités para servir de enlace entre los nazis que
estaban en prisión y sus familia¬res. Estos comités tenían la bendición de las
iglesias y los aliados, pues decían ser instituciones estrictamente
caritativas. En realidad muchas personas que jamás habían tenido antecedentes
nazis, colabo¬raron con su ayuda voluntaria.
Hans
se rió, y prosiguió:
—Una
broma pesada, si lo consideramos ahora. Bajo los mismos ojos de los oficiales
aliados y de los alemanes honrados, se establecieron valiosos contactos entre
los nazis encarcelados y los nuevos grupos clandestinos del exterior. Los
comités hacían llegar cartas de los pri¬sioneros a sus familiares y
desgraciadamente no había peritos que leyeran las cartas detenidamente a pesar
de que seguía habiendo censura. A nadie parecía importarle. Pero no hay que
menospreciar a los nazis. Tuvieron tiempo de prepararse para la derrota,
habiendo establecido sus códigos secretos mucho antes del colapso del Tercer
Reich; cuando salían de la cárcel, al cabo de unos meses o al cabo de unos
años, eran inmediatamente reabsorbidos por los nuevos grupos clandestinos. La
principal red clandestina se llamó Spinne (araña). Pero no todos los nazis
estuvieron en la cárcel, sino que había otros muchos liberados, sin juicio
previo, de campos de internamiento aliados o que no habían sido arrestados
nunca a causa de la enorme confusión reinante, de modo que su verdadera
identidad siguió siendo descono¬cida durante cierto tiempo. Pero
posteriormente, perdieron la calma, por miedo de aguardar a que fuera demasiado
tarde y la espantosa verdad de sus crímenes se descubriera y creyeron que tenían
que marcharse. Fue entonces cuando los nazis decidieron que había llegado el
momento de establecer una red clandestina mundial de fuga.
Así
surgió ODESSA. En lugar del eje primitivo B-B (Bremen-Bari), la ODESSA
comprendía dos rutas principales de huida, de Bremen a Roma y de Bremen a
Genova. Hans no sabía dónde estaba situado el Verteilerkopf (centro principal
de distribución); posiblemen¬te en Augsburgo o en Stuttgart, aunque podía
hallarse en un país tan distante como la Argentina. Entre los viajeros
destacados de la ODESSA se contaron Martin Bormann, lugarteniente de Hitler, y
Adolf Eichmann.
En
un tiempo sorprendentemente corto la ODESSA había estable¬cido una eficaz
organización de correos en los lugares más insólitos y valiéndose de alemanes
empleados como conductores de camión en el ejército americano y que recorrían
la autopista que une Munich y Salzburgo, para el transporte de The Stars and
Stripes, el periódico del ejército americano, que habían solicitado aquel
empleo con nombres falsos sin que los americanos de Munich efectuaran las
comprobaciones necesarias. Era una brillante idea: la policía militar no se
molestaría nunca en registrar aquellos camiones. El conductor entregaba algunos
ejemplares del periódico y cruzaba la frontera germano-austríaca, cerca de
Salzburgo, con un par de fugitivos nazis escondidos bajo los fajos de The Stars
and Stripes. A veces los camiones transportaban también literatura neonazi
clandestina, hojas impresas en ciclostilo, informes de «significativos
incidentes» entre americanos y rusos.
Informé
a la CIC de Salzburgo y dos de los conductores fueron arrestados, pero habían
hecho ya mucho daño: docenas de nazis que la policía buscaba, se habían
esfumado ya de Alemania.
La
ODESSA constituía una red eficaz y perfecta. A cada sesenta kilómetros había un
Anlaufstelle (etapa de relevo), consistente en un grupo de no menos de tres
personas y no más de cinco que sólo conocían las dos etapas más próximas,
aquella de donde procedían los fugitivos y aquella a donde eran luego
reenviados. Fueron establecidos Anlaufstellen a lo largo de toda la fontera
austro-germana, especial¬mente en Ostermiething, Alta Austria, en el distrito
de Zell am See de Salzburgo y en Igls, cerca de Innsbruck, Tirol. En Lindau,
pobla¬ción vecina a la vez de Austria y Suiza, la ODESSA había establecido una
compañía de importación-exportación con representantes en El Cairo y en
Damasco.
La
información de Hans me fue confirmada al año siguiente por un oficial de la
policía austríaca de Bregenz, quien me contó además un montón de cosas acerca
del transporte ilegal que procedía de los alrededores de Lindau. Bregenz y
Lindau en el lago Constanza son puntos en que las fronteras de Alemania,
Austria y Suiza coinciden y por tanto lugares indicadísimos si alguien quiere
desaparecer con urgencia. El oficial austríaco me dijo que los transportes
ilegales no eran un secreto para la policía alemana, austríaca y suiza, ni
tampoco para las autoridades de ocupación francesas, que parecían guiñarles el
ojo al pasar.
—¿No
ha oído hablar de Haddad Said? —me preguntó el policía.
—No.
—Es
un alemán que viaja con pasaporte sirio y que organiza mu¬chos de los
transportes que vienen de Lindau a través de Bregenz.
—¿Dónde
está la base de operaciones?
—En
Munich y en Lindau, desde donde Haddad Said canaliza los grupos a través de
Bregenz. No podemos detenerlos porque llegan provistos de pasaportes
perfectamente válidos. De allí, cruzan la fron¬tera suiza que está a pocos
kilómetros, y una vez en Suiza los fugitivos toman el primer tren para Zurich o
Ginebra. De allí un avión les lleva al Próximo Oriente o a Sudamérica. Todos
tienen pasaporte de indis¬cutible validez, visados y dinero a montones.
Le
pregunté:
—¿No
puede usted hacer algo?
—¿Qué
podemos nosotros hacer? Son personas que cruzan la fron¬tera y estamos
encantados de que se vayan de nuestro territorio. Su documentación está en
regla y además esos viajes a Suiza vienen con gran frecuencia camuflados como
visitas familiares ya que los fugitivos van acompañados de mujeres y niños,
reclutados entre la gente de Lindau que fingen ser familiares suyos. Las
mujeres ganan así algún dinero y aprovechan para ir de compras a Suiza. Al cabo
de unos días regresan las mujeres y los niños pero ya sin los hombres. Nadie
hace preguntas. Ese tal Haddad Said tiene buenos amigos en los altos puestos.
—¿Pero
y las autoridades de ocupación francesas? —le pregunté.
Se
encogió de hombros y contestó:
—Eso
es lo que de veras preocupa a aquellos de nosotros que somos antinazis. Quizás
Haddad Said tenga buenas conexiones ahí también. He oído decir que transportes
similares son igualmente to¬lerados por americanos e ingleses en sus zonas
respectivas... ¿Quién hubiera creído que semejante cosa iba a suceder apenas
transcurridos cuatro años de terminada la segunda Guerra mundial?
Más
tarde, mucho más tarde, descubrí que «Haddad Said» era el Hauptsturmführer de
la SS Franz Röstel, uno de los principales orga¬nizadores de ODESSA. En la
actualidad reside en una colonia ale¬mana del Uruguay y pasa temporadas en la
Costa Brava española, donde algunos antiguos dirigentes de la SS y Bonzen
(jefes) del Par¬tido poseen encantadoras fincas de vacaciones. El escenario es
her¬moso, el clima excelente, el riesgo mínimo.
También
descubrí posteriormente que la ODESSA dirigía asimis¬mo la llamada «ruta del
monasterio», entre Austria e Italia. Sacerdo¬tes católicos, particularmente los
padres franciscanos, ayudan a los fugitivos a través de una larga serie de
casas religiosas «seguras». ¡Sin duda, los sacerdotes se sintieron inclinados a
ello por un sentimiento de compasión cristiana; muchos de ellos hicieron otro
tanto por ju¬díos durante el régimen nazi. La mitad de los ocho mil judíos de
Roma fueron escondidos durante la ocupación nazi en conventos y casas de
órdenes religiosas y lograron sobrevivir. Varias docenas de ellos estuvieron
escondidos en el Vaticano y muchos hallaron refugio en hogares italianos que
nunca conocieron el significado del antisemi¬tismo. (Unos mil judíos romanos,
dos tercios de ellos mujeres y niños, murieron en Auschwitz.)
A
medida que descubría más cosas sobre la «Operación ODESSA» me fui dando cuenta
de que los servicios de espionaje aliados no sabían nada de ella. Los hombres
que dirigían la ODESSA no habían pasado detalle por alto, los Anlaufstellen
estaban muy bien camuflados: una insignificante taberna, una cabaña de caza
desierta en el bosque, una granja aislada cerca de la frontera, donde los
viajeros pasaban unas horas, días o semanas hasta que el siguiente tramo de la
ruta estaba despejado. A pesar de que a los ciudadanos alemanes y austríacos no
les estaba permitido viajar a través de las zonas de ocupación sin per¬misos
especiales para cada una, los expertos de la ODESSA lograban obtener permisos
para cualquier zona de ocupación.
Irónicamente,
similar método de viaje fue también empleado por los transportes ilegales de
bricha (palabra hebrea que significa «fuga») que en aquellos mismos tiempos
transportaba a los refugiados judíos a Italia a través de Austria, y de Italia
a Palestina. A veces, las dos organizaciones se valían de los mismos medios a
un tiempo. Yo sé de una pequeña taberna cerca de Merano, en el Tirol italiano,
y de otro lugar cerca de Reschenpass, entre Italia y Austria, en que los
trans¬portes ilegales nazis y los transportes ilegales judíos pasaban a veces
juntos las noches, sin conocer unos la presencia de los otros en aquel mismo
lugar. A los judíos los escondían en el piso superior con la orden de no
moverse de allí, a los nazis en la planta baja con la adverten¬cia de que no
salieran.
En
cierta ocasión, un correo bricha me explicó cómo había su¬cedido :
—Nos
escondíamos todos como ladrones en la noche. Se nos dijo que cada uno de
nosotros se mantuviera aislado de toda compañía; así que en cuanto veíamos a un
extraño rápidamente desaparecíamos del lugar. Ello debió de divertir a nuestros
enlaces (contrabandistas profesionales de la región que estaban en excelentes
relaciones con la policía y la guardia fronteriza). A ellos poco les importaba
quien cruzara la frontera mientras hubiese alguien que por ello les
proporcionara dinero.
La
ODESSA mantenía contactos con los contrabandistas profesio¬nales de todas las
zonas fronterizas y contaba con valiosas conexiones en embajadas, entre ellas
la egipcia, la siria, y las de algunos países sudamericanos con representación
en varias capitales europeas, desde las cuales los «pasajeros» eran, unos,
enviados directamente a Sudamérica, y otros, llevados a Genova y embarcados
también, desde allí, con rumbo a Sudamérica.
Todo
eso costaba dinero y alguien tenía que pagarlo. La historia de la financiación
de la ODESSA empieza mucho antes que la misma ODESSA. En la primavera de 1946
(cuando yo trabajaba todavía para la OSS) un oficial americano trajo a nuestra
oficina de Linz una enor¬me mochila de la que sacó un grueso fichero azul
oscuro, informando que se lo había cogido a un tal Keitel, Oberst (coronel) del
campo de internamiento de la SS en Ebensee, cerca de Bad Oschl.
Ni
los americanos ni yo nos dimos cuenta de que era aquél uno de los más
sorprendentes documentos caídos en manos aliadas desde que acabó la guerra.
Como se referían al capital nazi y no a los crí¬menes nazis, miré los
documentos por encima y pensé que estarían mejor en manos de la oficina del
Control de la Propiedad de Estados Unidos, uno de mis errores cometidos al
comienzo. Desde entonces he aprendido que la pista del dinero lleva muchas
veces hasta el cubil del asesino.
El
archivo contenía las actas de una reunión de alto secreto que tuvieron los
industriales alemanes, el 10 de agosto de 1944, en el ho¬tel Maison Rouge de
Estrasburgo. Ni Hitler ni la Gestapo tenían noticia de tal reunión, que se
efectuó exactamente veinte días después del golpe abortado contra Hitler del 20
de julio. Los que se reunieron en Estrasburgo sabían que sus vidas dependían
del secreto de sus planes.
Los
industriales del Rin y del Ruhr que se contaban entre los pri¬meros seguidores
de Hitler en 1933 (entre otros, Emil Kirdorf, el ba¬rón del carbón; Kurt von
Schroeder, banquero de Colonia; Fritz Thyssen, magnate del acero; Georg von
Schnitzler, de la IG Farben, y Krupp von Bohlen) se hallaban entre los primeros
desertores. Por aquellos tiempos había comenzado la invasión de Europa y el
dinero de la cuenca del Rin y del Ruhr apostaba por la derrota de Hitler. Se
acordó que sería necesario tomar disposiciones de envergadura para salvaguardar
el capital nazi de la confiscación aliada y el potencial de guerra alemán con
vistas al futuro. La segunda guerra mundial estaba perdida, pero con visión y
suerte Alemania podía ganar la tercera.
El
primer paso para ello era procurar que los fondos, depósitos, patentes, planes
detallados de nuevas armas no cayeran en manos de los aliados. A principios de
1944, el alto mando nazi comenzó a trans¬ferir grandes fondos y propiedades
procedentes de saqueo a países neutrales y a países no beligerantes. En una
época en que los simples ciudadanos eran sentenciados a muerte por pasar de
contrabando un billete de dólar, los altos jefes de las industrias alemanas
establecían empresas en el extranjero, camuflándolas como legítimos negocios y
los hombres que en el extranjero los dirigían colocaban dinero en su propio
nombre: pistas que pudieran llevar otra vez a Alemania no existían.
Un
informe publicado por el Departamento del Tesoro del Estado de los Estados
Unidos en 1946, mencionaba 750 compañías estable¬cidas en todo el mundo por
alemanes con dinero alemán: 122 en Es¬paña, 58 en Portugal, 35 en Turquía, 98
en Argentina, 214 en Suiza, 233 en otros varios países. El informe no es
completo, pues hoy me consta que es más difícil seguir la pista a una
transferencia de fondos entre tres o cuatro importantes bancos que la de un
secreto atómico. Es casi imposible, gracias al tradicional secreto profesional
de los ban¬queros, averiguar qué ha sucedido con un dinero, por ejemplo,
en-viado desde Alemania a un banco suizo, del banco suizo a España, a
Sudamérica, a Portugal o quizá devuelto a Liechtenstein o a Suiza.
Muchos
años después, un día de enero de 1966, tuve una conver¬sación en mi despacho
que probó que mis antiguas sospechas habían sido fundadas, con la viuda de un
antiguo Obersturmbannführer (te¬niente coronel) que fue a verme a Viena. Ella
me informó que ciertos neonazis la habían amenazado por negarse a tener ninguna
clase de re¬lación con ellos, contándome la interesante historia que voy a
trans¬cribir. En otoño de 1944, medio año antes de terminar la guerra, su
esposo fue abordado por sus superiores de la SS que enterados de que tenía una
pequeña cuenta corriente en el Banco de Dresde, querían el número de su cuenta
y dos firmas suyas en sendas hojas de papel en blanco. El hombre hizo lo que le
pedían.
Al
final de la guerra, todos los bancos alemanes cayeron bajo el control de los
aliados, que establecieron un Haupt-Treuhänder (depo¬sitario) para la
administración de todos los haberes nazis. Un día, el depositario notificó al
antiguo Obsersturmbannführer que había dos cuentas bajo el mismo nombre: una de
12.000 marcos y otra de 2.600.000 marcos.
—Naturalmente,
mi esposo tenía conocimiento de la cuenta de doce mil marcos —dijo la mujer—.
Pero no sabía de dónde había salido el dinero de la cuenta mayor. Les dijo que
le habían obligado a firmar un documento en blanco y que no sabía quién tenía
ahora su firma. Yo me digo: si ponían tanto dinero en la cuenta de un simple
teniente coronel, ¿cuánto habrán puesto en las de los Bonzen nazis?
Dije
a la mujer que era una buena pregunta, pero que sería difícil hallar la
respuesta, ya que los secretos bancarios todavía se cuentan entre los secretos
mejor guardados del mundo. A mí ello me prueba que antes de que la guerra
acabara, los nazis tenían enormes fondos secretamente invertidos para la futura
fundación del Cuarto Reich.
Según
el fichero que aquel oficial americano nos trajo en 1946, esos asuntos fueron
discutidos en la memorable reunión del hotel Maison Rouge, en agosto de 1944.
Los industriales alemanes sabían que la guerra estaba perdida, que los aliados
occidentales estaban muy cerca de París y como los industriales no compartían
las románticas ilusio¬nes de los grandes del Partido nazi, que hablaban
vagamente de ar¬mas secretas que todavía no habían sido plenamente
perfeccionadas o de ganar la carrera de la bomba atómica, comprendieron que era
necesario crear inmediatamente una «red técnica» mundial capaz de coordinar los
futuros esfuerzos.
Entre
los presentes había representantes de las firmas Rochling, Concern, Krupp,
Messerschmidt, la Goering Werke de Linz, altos oficiales del Ministerio de
Guerra y del Ministerio de Armamento. El presidente, doctor Scheid, de la
Herrmannsdorfwerke, hizo una can¬dida declaración:
—Alemania
ha perdido ya la batalla de Francia y a partir de ahora la industria alemana ha
de prepararse para la campaña econó¬mica de la posguerra. Cada industrial ha de
intentar establecer con¬tactos con firmas en el extranjero, cada cual por su
cuenta, sin llamar la atención. Pero además tenemos que estar dispuestos a
financiar al Partido nazi, que se verá obligado a actuar por un tiempo en la
clan¬destinidad.
Para
llevar a cabo las decisiones tomadas en la reunión de Estras¬burgo, los
industriales alemanes comenzaron a transferir fondos, bajo el simulacro de
legítimos negocios, a cuentas bancarias secretas y a empresas españolas, turcas
y sudamericanas. Sylvano Santander, en la actualidad embajador de Argentina en
España, fue miembro de la co-misión oficial que investigaba las actividades
nazis en Argentina des¬pués de la expulsión de Perón. En cierta ocasión me
mostró la lista de empresas argentinas que habían sido financiadas por nazis y
com¬probé que se guardaron detalladas relaciones de todas las transaccio¬nes,
ya que los industriales alemanes de la reunión querían estar se¬guros de que
ninguno de los hombres que pusieran al frente de una empresa en el extranjero
podría posteriormente negar haber recibido fondos de ellos. Se decidió entonces
que copias de todas las relacio¬nes serían escondidas «en varios lagos de los
Alpes», donde poste-riormente podrían ser «pescadas» en las llamadas «búsquedas
subacuá¬ticas».
Las
actas de la reunión decían:
«La
jefatura del Partido supone que algunos miembros serán con¬denados como
criminales de guerra, por lo que ahora han de ser to¬madas medidas para colocar
jefes menos destacados como «peritos técnicos» en varias empresas alemanas
clave. El Partido está dis¬puesto a suministrar grandes sumas de dinero a
aquellos industriales que contribuyan a la organización de posguerra en el
extranjero; pero el Partido pide a cambio todas las reservas financieras que
hayan sido ya transferidas al extranjero o puedan ser transferidas
posteriormente para que tras la derrota se funde en el futuro un poderoso nuevo
Reich».
No
existe aclaración de a quiénes se referían cuando decían «el Partido». No podía
referirse ni a Hitler ni a Himmler, que no estaban enterados de la reunión. Una
interesante declaración fue la del doctor Boss, del Ministerio de Armamento de
Speer, el hombre mayormente responsable de la producción de material de guerra
y que había ve¬nido oponiéndose en secreto al Partido desde 1942. El doctor
Boss dijo:
—Las
empresas alemanas deben fundar institutos de investigación y oficinas técnicas
que sean aparentemente independientes y que figu¬rarán en grandes ciudades
donde no llamen la atención o en pequeños pueblos cercanos a lagos y a
estaciones hidroeléctricas donde puedan ser fácilmente camuflados como
«institutos de investigación».
A
raíz de la reunión efectuada en Estrasburgo, enormes canti¬dades de dinero
fueron transferidas al extranjero. La organización ODESSA fue financiada con
esos fondos. Además de otros, ingresos adicionales que provenían del comercio
ilegal de las empresas de la ODESSA que embarcaban chatarra a Tánger y Siria y
enviaban arma¬mento procedente de los depósitos de munición americanos en
Ale¬mania y que eran «transferidos» a través de los enlaces de la ODESSA hacia
el Cercano Oriente, la ODESSA hizo muchas otras cosas. Esos enlaces procuraban
licencias de importación-exportación y embarca¬ban mercancías estratégicas a
través de los «agujeros» del Telón de Acero. (Uno de esos «agujeros» se hallaba
en Viena y por él los ma¬teriales eran enviados hasta las proximidades de
Checoslovaquia.) Como vemos, la ODESSA era una organización que contaba con
pro¬sélitos de fértiles recursos.
En
julio de 1965 asistí a una conferencia de la Union Internatio¬nale des
Résistants Déportés que tuvo lugar, no precisamente por pura casualidad, en la
misma habitación del hotel Maison Rouge de Es¬trasburgo, donde en 1944 los
industriales nazis habían trazado sus planes. El propósito de nuestra
conferencia era organizar la búsqueda y rastreo de los invisibles pero
considerables fondos nazis.
En
esa conferencia formulé seis preguntas básicas que hasta la fecha han quedado
sin respuesta.
Primera
Pregunta: ¿Quién otorgaba los favores? Es decir, más exactamente, ¿quién
decidía qué personas debían marchar al extran¬jero con la ayuda de la ODESSA?
La lista de aspirantes debió de ser muy larga y debieron de producirse
atropellos.
Segunda
Pregunta: ¿Quién seleccionó los nombres de las mujeres y niños de nazis
fallecidos, fugados encarcelados? Esas familias eran mantenidas con fondos de
procedencia secreta. ¿Cuánto percibían?
Tercera
Pregunta: ¿Quién paga a los eminentes abogados que con frecuencia defienden a
los hombres acusados de crímenes nazis? La mayoría de tales acusados no cuentan
aparentemente con medios para pagar su propia defensa.
Cuarta
Pregunta: ¿Quién organizó una ayuda legal masiva a los criminales de guerra
alemanes condenados en la Unión Soviética y que fueron entregados a Alemania
después que Konrad Adenauer inter¬viniera en favor de los mismos en 1955 en
Moscú? Nos consta que algunos de ellos, después de llegar de la Unión Soviética
al Campo Friedland, en las inmediaciones de Göttingen, recibían las direcciones
de abogados de la Alemania Occidental con la orden de que se per¬sonaran allí.
Quinta
Pregunta: ¿Quién financia ciertas editoriales alemanas es¬pecializadas en
propaganda neonazí?
Sexta,
Pregunta: ¿Quién financia las reuniones de antiguos miem¬bros del Partido nazi
que tienen lugar en diversas ciudades de Euro¬pa? Recientemente hubo una en
Milán. Los participantes llegaron de todas partes de Europa con gastos de viaje
y estancia pagados.
Y
para terminar pregunté: ¿Quién paga las actividades subversi¬vas de los grupos
neonazis que actúan en varios países?
Hay
algunas pistas, pero es muy difícil seguirlas. Conozco a un hombre que no tiene
fortuna personal, pero que «contribuyó» con 60.000 marcos en una empresa
editorial neonazi, dinero que des¬de luego no era suyo. Tenemos nombre y
direcciones de un anti¬guo industrial nazi que vive ahora en Suiza y controla
un pequeño banco que fue popular entre los más destacados miembros del Partido
nazi antes de la segunda Guerra mundial. Si el banco ha cambiado de nombre, los
industriales no han cambiado de convicciones. Sabe¬mos de grandes
transferencias de capital procedente de Sudamérica y Suiza hechas a Irlanda,
donde firmas alemanas habían instalado su¬cursales y los antiguos nazis
compraron propiedades y terrenos.
Y
sabemos algo también del llamado «tesoro nazi» que fue escon¬dido (y quizá
todavía lo esté) en la antigua «Fortaleza Alpina», re¬ducto nazi situado en la
bella región de Aussee, Austria.
Los
primeros rumores de cierto «tesoro» de la región de Aussee llegó a oídos de las
autoridades americanas en 1946. Yo trabajaba entonces todavía para la OSS, en
una época en que era difícil separar los hechos de las fantasías que aparecían
en las revistas ilustradas, aunque sin embargo se conocían ciertos datos. Por
ejemplo, en Sal-zburgo, cierto doctor von Hummel, antiguo ayudante de Martin
Bormann, fue detenido cuando intentaba escapar con el equivalente a cinco
millones de dólares en oro. Y cerca del castillo Fuschl de Salzburgo (que
pertenecía a Ribbentrop y que es ahora una ele¬gante pensión) un campesino
halló un canasto con varios kilos de mo¬nedas de oro.
Desde
que abrí el Centro de Documentación de Linz en 1947, no cesaban de llegar
rumores e informes acerca del tesoro nazi. Cuatro años después, tras estudiar y
examinar todo el material recibido, es¬cribí una serie de artículos porque
llegué a la conclusión de que mi¬llones de billetes ingleses de libra falsos
yacían en el fondo del Töplitzsee, uno de los lagos de la región. Pero los
americanos no se inte¬resaban por costosos experimentos subacuáticos ni los
austríacos de¬mostraban gran interés mientras los americanos anduvieran por
allá.
Ocho
años después, en el verano de 1959, la revista Stern de Hamburgo logró obtener
permiso de las autoridades austríacas para organizar una expedición subacuática
y un equipo de buceadores y de especialistas en fotografía subacuática para
televisión se pasaron dos meses explorando el fondo del Töplitzee, del que
sacaron quince ca¬jas, abandonando por lo menos una docena más, demasiado
hundidas en el lodo para ser rescatadas. Todas las cajas menos una contenían
billetes del Banco de Inglaterra falsos.
La
región de Aussee, situada en el extremo noroeste de Estiria, que los nativos
llaman «Ausseerland», formaba parte del llamado «re¬ducto nazi», es decir, lo
que se suponía iba a constituir la última posición heroica alemana y que
Göbbels llamaba el Alpenfestung («Fortaleza Alpina»). Esta fortaleza cayó, muy
poco gloriosamente, el 9 de mayo de 1945, cuando el comandante Ralph Pierson y
cinco soldados americanos llegaron al pueblo de Altaussee con un tanque y un
jeep. No hubo ningún disparo, Berlín había caído una semana an¬tes y hacía
veinticuatro horas que había sido proclamado el Día de la Victoria en Europa.
A
principios de 1944, unas 18.000 personas vivían en la región, pero al final de
la guerra vivían casi 80.000. Dejando aparte unos pocos miles de soldados
alemanes, ¿quiénes eran los 60.000 civiles que habían llegado durante el último
año, antes del colapso del Ter¬cer Reich? Para las autoridades ello no
constituía una pregunta hipo¬tética porque era público y notorio que muchos
altos jefes nazis se habían trasladado allí, en su mayoría con nombres
supuestos. Ya en la Navidad de 1944, los miembros del Partido nazi comenzaron a
enviar a sus familias, así como productos de requisas e informes que deseaban
esconder. Colaboracionistas nazis de Rumania, Hungría, Bulgaria y Eslovaquia
fueron asimismo llegando. El jefe de la Gestapo, Ernst Kaltenbrunner, se mudó a
una casa de la ciudad de Altaussee, y la RSHA, la SD y la Abwehr trasladaron a
aquel lugar sus documentos secretos y sus bienes: oro, dinero y
estupefacientes.
Para
engañar a la población local, se construyeron algunos hospi¬tales de la SS, y
los cargamentos de oro y drogas fueron llegando en ambulancias con la Cruz
Roja. Adolf Eichmann se personó allí con miembros de la plana mayor de su
sección IV B 4 (10) y con veintidós
cajas de hierro que probablemente contenían documentación y dinero, cuyo
transporte iba a jugar importante papel cuando se trataría posteriormente de
seguir el rastro y los movimientos de Eichmann.
Después
de marzo de 1945 los SS, con su metódico sistema, em¬pezaron a sacar relaciones
de los bienes transportados allí. Sólo una lista detallada cayó en manos de los
americanos, de la que yo vi copia: se refería a los bienes de la RSHA, y había
sido enviada por Ernst Kaltenbrunner desde Berlín a Altaussee:
50
kilogramos de oro en barras
50
cajones de monedas de oro y artículos de oro, cada cajón de 50 kilogramos de
peso
2.000.000
de dólares americanos
2.000.000
de francos suizos
5
cajones llenos de diamantes y piedras preciosas
1
colección de sellos valorada en un mínimo de 5.000.000 de marcos oro.
Posteriormente
comprobamos que durante los primeros días de mayo de 1945 el departamento
especial del Reichsbank que admi¬nistraba el producto de las requisas
procedentes de campos de con¬centración, había enviado varias cajas conteniendo
«dientes de oro» a Aussee. (Los cajeros de los campos enviaban los dientes de
oro al de¬pósito central instalado en el campo de concentración de Oranienburg
y de allí a los talleres de Degussa, firma que fundía el oro en barras.) Parte
del oro de Degussa fue hallado posteriormente en el Tirol, en forma de
ladrillos de oro camuflados en los tejados de las casas, al romperse un tejado
demasiado cargado, y requisado por las autoridades francesas de ocupación.
La
más valiosa requisa es también la más conocida: los tesoros de arte procedentes
de museos de Francia, Italia, Bélgica, Dinamarca y Holanda que estaban
almacenados en una vieja mina de sal cerca de Altaussee, donde el Gauleiter
local Eigruber, Führer de la SS, con¬cibió una idea genial de cómo «proteger»
el botín. Como los alema¬nes hallaron siete bombas americanas sin estallar
arrojadas por avio¬nes de la Air Force, técnicos alemanes se encargaron de
desmontarlas y volverlas a cargar, con espoletas nuevas. Luego las metieron en
ca¬jones marcados con letreros: ¡PRECAUCION! ¡MÁRMOL! iNO LADEARLO!, que
colocaron junto a las pinturas. El plan de Eigruber era hacer explotar las
bombas en cuanto los americanos llegaran para que fueran hallados fragmentos da
bombas americanas junto a las obras de arte destruidas y tener así una prueba
de que los americanos habían destrozado bárbaramente el tesoro artístico.
Afortunadamente, miembros de la Resistencia austríaca llegaron allí antes de
que fuera ya demasiado tarde y tomaron los cuadros bajo su custodia hasta la
llegada de los americanos. Técnicos americanos sacaron las espoletas, y las
pinturas, cuyo valor ha sido estimado en más de tres mil millones de dólares,
fueron posteriormente devueltas a sus respectivos pro-pietarios.
A
partir de agosto de 1945, cuando descubrí que la esposa de Eichmann había
vivido allí, fui con frecuencia a Altaussee, donde corrían extraños rumores.
Camareros, taxistas y mozos de hotel pare¬cían trabajar para una red de
espionaje invisible. Un amigo mío de Altaussee sabía siempre mi llegada con una
hora de anticipación. Me fui a la apartada casa en que se había alojado el jefe
de la Ges¬tapo, Ernst Kaltenbrunner, capturado y posteriormente sentenciado a
muerte en Nuremberg y que pertenecía a una anciana señora vienesa, Frau Christl
Kerry, que se había trasladado a ella en el invierno de 1945. Durante los dos
años que siguieron, en los alrededores de aquella casa ocurrían cosas extrañas:
aparecían sombras en la calma de la noche y Frau Kerry oía ruidos como si
hubiera alguien cavando afuera. A la mañana siguiente encontraba enormes
agujeros cuadrados en la tierra, como si de allí hubieran sacado cajones o
cajas.
Un
campesino llamado Joseph Pucherl, encontró dos cajas de hierro en un montón de
basuras que entregó a las autoridades. Abiertas las cajas, en su interior se
encontraron 10.167 monedas de oro. En una ocasión, en 1946, dos desconocidos
llegaron a la orilla del Töplitzsee y «pescaron» una caja de madera de la que
posteriormente la policía austríaca confirmó que había contenido planchas de
estereotipar dó¬lares falsos. En junio de 1950, varios automóviles llegaron a
las orillas del lago Altaussee con varios individuos que, tras presentar cartas
de identidad francesas, se pusieron equipos subacuáticos y se sumer-gieron en
el lago, sacando de él doce cajas de hierro. Posteriormente los americanos
descubrieron que los buzos no habían sido franceses sino alemanes, pero la CIC
no llegó nunca a averiguar lo que había sido hallado en el lago.
Esos
son los hechos, hechos sin explicación. No rumores. Aún más hechos enigmáticos:
por lo menos siete personas fallecieron en circuns¬tancias misteriosas en la
región de los lagos. Los cuerpos de dos ale¬manes fueron hallados en una sima,
cerca de las Montañas Muertas: pertenecieron al personal de una estación de
investigación subacuática de Töplitzsee. En 1955, otro alemán que había
trabajado allí también, fue hallado cadáver tras haberse despeñado. En la noche
del 5 de octubre de 1963, un joven de Munich llamado Alfred Egner, contra¬tado
por dos alemanes que esperaban en un barco cerca de la orilla, buceó a 60
metros de profundidad en el Töplitzsee. Al ver que Egner no salía a la
superficie, los dos alemanes fueron presa del pánico, regresaron a Munich e
informaron al padre del muchacho que su hijo había muerto. Uno de los alemanes
era un antiguo oficial de la SS llamado Freiberger que había trabajado durante
la guerra para el cuerpo de espionaje alemán en Suiza. El otro era el doctor
Schmidt, convicto en 1962 en la Alemania Occidental por traficar ilegalmente
con monedas de oro. La policía austríaca halló la cartera de Egner que él dejó
a la orilla junto con sus ropas, antes de sumergirse en el lago, conteniendo
tres monedas de oro austríacas, acuñadas en 1905. El padre de Egner reveló que
su hijo se había sumergido en el To¬plitzsee otras veces.
Hasta
entonces, las autoridades austríacas se encogían de hombros ante los
acontecimientos que venían sucediéndose en la región de los lagos,
considerándolos como «accidentes» o «rumores faltos de base». Tras la muerte de
Egner, cuando los periódicos hicieron público que había una relación entre este
último «accidente» y el «tesoro» nazi, la zona de los alrededores del lago fue
acordonada y las autoridades austríacas iniciaron una investigación oficial. Al
cabo de varias semanas de operaciones de sumersión, encontraron el cuerpo de
Egner, varias cajas conteniendo billetes de Banco ingleses falsos, placas de
estereoti¬par billetes de cinco libras y piezas de armamento.
Los
expertos han valorado los fondos que los nazis lograron escon¬der en diversas
partes del mundo en 750 millones de dólares y quizá lleguen hasta los mil
millones. La lista de personas autorizadas a dis¬poner de esos fondos se ha
calificado como el más importante secreto, todavía por descubrir, del Tercer
Reich. Se dice que existen seis de esas listas, dos de ellas en las cajas de
seguridad de ciertos dos bancos y dos pudieron estar en manos de las personas
que organizaron la ODESSA en 1947.
Basándose
en la información de que dispongo, estoy de acuerdo con los técnicos americanos
que estudiaron el problema después de la guerra y llegaron a la conclusión de
que una de las seis listas maes¬tras yace todavía en el fondo del Toplitzsee.
El 23 de octubre de 1963, dije a Franz Olah, por entonces ministro del Interior
de Austria, que si se recuperaban en aquella región fondos nazis fueran
empleados en futuras restituciones a los supervivientes del nazismo y no para
financiar «instituciones» en realidad antidemocráticas.
En
septiembre de 1964, fui invitado por la agencias de noticias del CTK,
controlada por el gobierno en Praga, a personarme en esa ciudad para examinar
el contenido de cuatro cajones de hierro sacados por buzos del fondo del Cerne
Jezero (Lago Negro), en las cercanías de Budejovice (Budweis), Bohemia del sur.
Las autoridades checoslovacas se habían proporcionado exacta información sobre
el origen de aquellos cajones, pues unos prisioneros que trabajaban para la
RSHA en Berlín, los habían cargado en camiones la mañana del 13 de abril de
1945. Uno de aquellos antiguos prisioneros, que vive ahora en Checoslovaquia,
recuerda perfectamente que el jefe de la RSHA, Heinrich Müller, había
supervisado el cargamento personalmente.
El
convoy de camiones salió de Berlín y se dirigió, a través de Dresde y Praga, a
Budejovice. Varios cajones fueron hundidos en el Lago Negro y los restantes
transportados hasta la hacienda Chiemsee del doctor Rudolph Schmidt, médico
personal de Rudolf Hess. Es de suponer que fueran luego sumergidos en el lago
Chiemsee, no lejos de donde ahora el ejército americano dirige un popular
centro de recreo. El lago Chiemsee todavía no ha revelado ninguno de sus
se¬cretos.
Los
cajones de Praga contenían:
Un
detallado informe secreto acerca del asesinato del Canciller Dollfuss.
Una
lista de agentes de la Gestapo en varios países europeos.
El
diario picante de la hija del príncipe Hohenlohe-Langenberg, que fue anfitriona
en 1938 de Lord Runciman, mediador británico en la crisis checoslovaca.
Varios
documentos acerca de la lucha contra los comunistas.
Un
informe de las actividades de espionaje en Italia.
Documentos
acerca de las actividades del embajador alemán Otto Abete en Francia.
El
documento más importante lo constituía la lista de los agentes de la Gestapo en
países europeos. Un oficial que había visto la lista, me dijo en Praga que
muchos de aquellos hombres ocupaban hoy puestos destacados en sus respectivos
países y que muchos de ellos vivían en la actualidad en la Alemania Occidental
y en la Oriental. El gobierno checoslovaco entregó posteriormente una lista de
más de 1.800 yugoslavos agentes de la Gestapo al gobierno de Yugosla¬via, y por
la misma fuente me enteré de que los rusos recibieron una copia con todos los
nombres de la lista.
Quizás
el documento más interesante de los que vi en Praga fuera el Kriegstagebuch
(diario de guerra) oficial de la División de la SS «Das Reich», hallado, con
anterioridad a estos últimos acontecimien¬tos, en el castillo de Zasmuky, cerca
de Praga, ya que informa abierta¬mente sobre las ejecuciones en masa de judíos
en Austria y en otras ciudades de ocupación nazis. El diario suministró pruebas
para el juicio contra el ayudante de Himmler, general de la SS Karl Wolff, que
había declarado ante los tribunales no haber tenido noticia de las ejecuciones
hasta «mucho más tarde». Pero copias de todas las entra¬das del Kriegstagebuch
habían sido enviadas a Himmler ya en 1941 y pasaron por manos de Karl Wolff,
que fue sentenciado a quince años de cárcel.
CAPÍTULO
IV
EICHMANN,
EL EVASIVO
Vi a
Adolf Eichmann por primera vez el día de la inaugura¬ción de su juicio en la
Audiencia de Jerusalén. Durante casi die¬ciséis años estuve pensando en él
prácticamente cada día y cada noche, de modo que en mi mente había forjado la
imagen de un demoníaco superhombre. Pero en vez de ello vi a un individuo
frágil, mediocre, indefinible y gastado, en una celda de cristal entre dos
policías israelitas que tenían un aspecto más intere¬sante y más lleno de color
que él. Todo en Eichmann parecía dibujado a carbón: el rostro grisáceo, la
cabeza calva, las ropas. No había nada demoníaco en él, sino que por el
contrario tenía el aspecto del contable que teme pedir un aumento de sueldo.
Algo parecía completamente insólito y no dejé dé pensar qué podría ser mientras
el incomprensible recuento del sumario («el asesino de seis millones de
hombres, mujeres y niños») era leído en voz alta. De repente comprendí lo que
era: en mi imagina¬ción había yo visto siempre al Obersttsrmbannführer de la SS
Eichmann como arbitro supremo de vidas y muertes, y el Eich¬mann que veía
ahora, no llevaba el uniforme de terror y ase¬sinato de la SS. Vestido con un
barato traje oscuro, parecía una figura de cartón, vacía. Posteriormente dije
al Primer Procurador Hausner que Eichmann hubiera debido vestir aquel uniforme
que reconstituyera la identidad real y la verdadera imagen de Eichmann que los
testigos recordaban. Estos también parecían un poco desconcertados por el
gastado individuo del banquillo acristalado. Hausner me dijo que yo, desde un
punto de vista emotivo, tenía razón, pero que la idea era impracticable, pues
hubiera dado al juicio rango de juicio de opereta, de mascarada. Y los
israelíes conscientes de que el mundo entero tenía los ojos puestos en ellos
desde que capturaron a Eichmann y lo trajeron a través del océano, querían
evitar críticas innecesarias. Le hice otra sugerencia, también evidentemente
impracticable. Quin¬ce veces, al final de cada artículo del sumario,
preguntaron a Eichmann si era culpable y cada vez respodió: «Inocente». Este
procedimiento me parecía poco adecuado. Pensé que a Eichmann le hubieran tenido
que formular la pregunta seis mi¬llones de veces y que debió contestar a ella
otros seis millones de veces.
Al
cometer el increíble «crimen perfecto», los nazis creyeron quedar inmunes de él
frente al tribunal de la Historia, ya que las futuras generaciones no podrían
creer que semejante cosa hu¬biera podido realmente suceder. Por tanto, los
nazis dedujeron que un día la historia llegaría a la conclusión que aquello no
había sucedido, porque el crimen era de tal magnitud que resul¬taba
inconcebible.
En
las varias semanas que asistí a la Audiencia me oprimía una sensación de
irrealidad, como si aquella sala fuera una som¬bría isla fortificada en la
movida y soleada ciudad de Jerusalén, custodiada por soldados con fusiles
ametralladores. Cuando de¬jaba aquella fortaleza de expiación y salía al sol de
Israel los niños jugaban en la calle, las gentes regresaban a sus casas
des¬pués del trabajo, las parejas se veían enamoradas, las mujeres iban con sus
cestos de la compra, absolutamente ajenos a la tragedia que se venía
desarrollando ante aquel tribunal. Re¬cuerdo que la aparente indiferencia de la
gente me molestaba, aunque sabía que era absurdo culparles de nada: casi todos
ellos habían perdido algún pariente o algún amigo a causa del hombrecillo
metido en la campana de cristal. Pero la vida prose¬guía, la vida era más
fuerte que el acusado con el bosque de seis millones de muertos tras él.
La
captura de Eichmann ocurrió en el mejor momento psico¬lógico. Si hubiera sido
capturado al final de la guerra y juzgado en Nuremberg, sus crímenes a estas
horas podrían haberse olvi¬dado y no sería más que otro rostro entre los
acusados del banquillo, pues en aquel tiempo, todo el mundo se alegraba de que
la pesadilla hubiera acabado cuanto antes. Hasta que tuvo lugar el juicio de
Eichmann, hubo millones de personas en Alemania y en Austria que pretendían no
saber o no querían saber nada de la magnitud de los crímenes de la SS. El
juicio puso fin a su propio engaño. Ahora nadie podía pretextar ignorancia.
Eich¬mann, el hombre, no contaba: estaba muerto desde el momento en que entró
en la sala. Pero con aquella ocasión millones de personas leyeron cosas sobre
él, escucharon la historia de la
«Solu¬ción Final» en la radio y vieron el drama del palacio de justicia
en sus pantallas de televisión. Oyeron la voz opaca de Eichmann, vieron su
rostro impasible, que sólo en una ocasión llegó a algo que podía parecerse a la
emoción, en el día noventa y cinco del proceso, cuando dijo: «Debo admitir que
ahora considero la aniquilación de los judíos como uno de los peores crímenes
de la historia de la humanidad. Pero ese crimen se cometió y todos debemos
hacer lo posible para que no vuelva a repetirse otra vez». Desde entonces he
hablado con muchos alemanes y austría¬cos acerca del juicio, que afirman que el
procedimiento judicial les impresionó. Se dieron cuenta que el increíble crimen
se había en efecto cometido, tuvieron que hacer un nuevo examen de conciencia,
y quizás algunos llegaron a las mismas conclusio¬nes que Eichmann: que no debía
repetirse otra vez.
El
juicio de Eichmann fue una prueba de la imperfección de la ley humana. Los
códigos criminales de todas las naciones civilizadas conocen la definición de
«asesinato». Los juristas que redactaron las leyes tenían en el pensamiento el
asesinato de una persona, de dos, de cincuenta o quizá de mil personas. Pero el
exterminio sistemático de seis millones de personas rebasa los cálculos de toda
ley. Como ocurre con la fuerza explosiva de la bomba H, hay personas que no
quieren ni pensar en ella. Eich¬mann lo comprendía muy bien cuando, en 1944,
dijo en Bu¬dapest a unos amigos: «Un centenar de muertos es una catás-trofe.
Cinco millones de muertos es estadística».
Como
arquitecto aprendí a construir las casas de acuerdo con ciertas reglas básicas,
sabiendo que no podrían resistir un terremoto por encima de una determinada
fuerza. La «Solución final del problema judío» era de aquella clase de
terremotos para los que no existen normas de construcción que valgan.
Casi
todo lo relativo a Eichmann sigue siendo incomprensi¬ble. Me pasé años
investigando su historia personal, tratando hallar algo que explicara por qué
llegó a lo que llegó y no logré encontrarlo. Eichmann provenía de una religiosa
y apacible fa¬milia; su padre, miembro de la Iglesia presbiteriana, pronunció
en una ocasión unas palabras como invitado de honor en la sinagoga de Linz,
cuando al jefe de la comunidad judía de allí, Benedikt Schwager, se le concedió
la más alta condecoración austríaca.
Eichmann,
al contrario que Hitler, no había tenido nunca ni una sola experiencia
desagradable con judíos: ni recibió cala¬bazas de una chica judía, ni fue
estafado por un comerciante judío. Fue probablemente sincero cuando dijo en el
juicio que se había limitado a hacer su trabajo, que no hubiera dudado en
enviar a la cámara de gas a su propio padre si se lo hubieran ordenado. Esa fue
la gran fuerza de Eichmann, que tratara el problema judío sin emoción alguna;
por eso fue el hombre más peligroso de todos, por estar exento de todo
sentimiento huma¬no. En una ocasión dijo que él no era un antisemita. Pero sí
era antihumano.
A
finales de abril de 1945, Eichmann se hallaba en compa¬ñía de los miembros del
Concilio Judío en el campo de concen¬tración de Theresienstadt, cuando vio
pasar al rabí Leo Baeck, uno de los líderes de la Judea moderna. Eichmann dijo
que le sorprendía que el rabí Baeck estuviera aún con vida, lo que nadie
comentó ni con una sola palabra, temiendo que Eichmann diera orden de matar al
rabí Baeck. Pero aquel día Eichmann se hallaba de benévolo humor y nada le hizo
al rabí Baeck. Sin embargo, al despedirse dijo amablemente a los judíos que
esta¬ban con él: «Voy a deciros una cosa: las listas de los judíos que han de
morir son mi lectura favorita cuando me acuesto». Tomó algunas listas de encima
la mesa y se marchó.
La
búsqueda de Eichmann no fue una «caza» como se ha dicho sino un largo y
frustrado juego de paciencia, un gigantesco y disperso rompecabezas, una
captura que se llevó a cabo gracias a la coopera¬ción de muchas personas de
diversos países que en su mayoría no se conocían entre sí, pero que cada una de
ellas añadía unas piezas al rompecabezas y yo pude contribuir con algunas
piezas significativas.
Unas
cuatro semanas después de mi liberación, cuando trabajaba para la Comisión de
Crímenes de Guerra en Linz, conocí al capitán Choter-Ischai de la brigada judía
que había llegado con la misión de ayudar a antiguos reclusos del campo de
concentración a pasar ilegalmente a Palestina. Me preguntó si había oído hablar
de Adolf Eichmann y le contesté que se lo había oído nombrar a los húngaros
judíos en el campo de concentración de Mauthausen. Aquel nombre a mí no me
decía nada porque tenía mayor interés por los hombres cuyos crímenes yo había
presenciado.
—Mejor
será que averigüe algo de él —me dijo el capitán—. Des¬graciadamente procede de
nuestro país: nació en Palestina.
En
la oficina de Crímenes de Guerra repasé las listas y encontré el nombre
«Eichmann». Se decía de él que había actuado activamente en Austria,
Checoslovaquia, Francia, Grecia y Hungría. No estaba consignado el nombre de
pila, sólo su graduación: Obersturmbannfuhrer de la SS.
El
20 de julio de 1945 conocí en Viena a un hombre astuto y vivaz, de nombre
Arthur Pier, que llevaba un uniforme de fantasía interaliado que parecía (y
quería parecer) una confusa combinación de elementos americanos, ingleses y
franceses. Arthur, ahora conocido por Asher Ben Nathan y primer embajador de la
República Federal Alemana tenia entonces a su cargo la bricha. Me dio una lista
de criminales de guerra, confeccionada por el Departamento Político de la
Agencia Judía, en la que con fecha 8 de junio de 1945, se descri¬bía a Eichmann
(sin nombre de pila) como «casado, un hijo, de apodo Eichie... alto oficial del
Cuartel General de la Gestapo, Departamento de Asuntos Judíos, miembro de la
NSDAP» . Debajo de «lugar de nacimiento» decía: «Sarona, según alega, colonia
templaria alemana en Palestina». Debajo de «idiomas» el informe decía «alemán,
hebreo y yiddish». Ello me fue confirmado por varios presos de Mauthausen que
me dijeron que habían oído hablar a Eichmann hebreo y yiddish «perfectamente».
Otro
retazo de información procedía del capitán O'Meara, en¬tonces mi jefe en la
Oficina de Servicios Estratégicos, para quien yo trabajé cuando la Oficina de
Crímenes de Guerra cesó en Linz. El capitán tenía gran interés en Eichmann, al
que llamaba «cabeza de la rama judía de la Gestapo» y me pidió que trabajara en
el caso. Yo anoté el nombre «Eichmann» en un librito blanco donde guardaba una
lista personal de «reclamados», que utilizaba en mis viajes, con mi costumbre
de preguntar a la gente que iba conociendo si sabía algo de ellos.
La
oficina de los OSS estaba en Landstrasse 36, Linz, y yo vivía sólo dos casas
más allá, en Landstrasse 40. Una noche de julio, releía mis listas, en mi
habitación, sentado, cuando entró mi patrona, Frau Sturm, que se interesaba
siempre por los nombres de mi lista. Quizá fuera por curiosidad o quizá porque
quería saber si tenía que prevenir a ciertas personas. Mientras fingía hacerme
la cama, echó una miradita por encima de mi hombro:
—Eichmann
—dijo—. Ese debe de ser el general Eichmann de la SS que mandaba (komandierte)
a los judíos. ¿Sabe usted que sus padres vivían en esta misma calle, sólo dos
casas más allá, en el 32?
Pensé
que era absurdo que aquella Frau Sturm fuera a saber más que el Departamento de
la Agencia Judía, Pero Frau Sturm tenía razón, lo mismo que al decir que
Eichmann había «mandado» a los judíos.
Por
la mañana hablé con uno de mis ayudantes voluntarios, un hombre de Linz al que
llamaré «Max», quien me dijo que Eichmann debía de ser uno de los Eichmann del
lugar, conocido por «Electro-Eichmann» porque su padre había sido director de
la compañía de tranvías y ahora era dueño de un almacén de accesorios
eléctricos. Max me dijo que uno de los dos hijos de Eichmann había pertenecido
a la SS.
—Según
mis informes —le dije—, Eichmann es un alemán de Palestina, miembro de los
templarios.
—Bobadas
—dijo Max—. Recuerdo al spitzbtube (bribón) muy bien y lo buscaré con todo
cuidado en el registro de policía.
En
la policía de Linz no había informes de Adolf Eichmann, como una consecuencia
más de la guerra: la burocracia austríaca todavía no había recogido las
dispersas piezas del rompecabezas.
Al
día siguiente, creo que era el 24 de julio, dos miembros de la OSS registraban
la casa del número 32 de la calle que pertenecía a la familia Eichmann pero yo
no iba con ellos. El registro no aportó nada nuevo ya que el padre de Eichmann
admitió que su hijo Adolf había pertenecido a la SS pero decía no saber nada
más. Adolf muy pocas veces había ido a casa con permiso, y de sus actividades
nunca se hablaba en familia. Además no había regresado después de la guerra y
su último mensaje lo habían recibido desde Praga, «hará varios me-ses». Adolf,
contó su padre, había nacido en Solingen, Alemania y vino a vivir a Linz cuando
era un niño de corta edad. Ahora era padre de tres hijos. Le preguntaron si
tenía algún retrato de él. Herr Eichmann negó con la cabeza y dijo a los
hombres de la OSS que a su hijo no le había gustado nunca que le fotografiaran.
Ellos no lo creyeron pero al final resultó ser cierto.
Corregí
la información de la lista de «reclamados» de la Agencia Judía y se la devolví
a Arthur Pier de Viena.
El 1
de agosto, Max fue a verme, excitadísimo: le habían llegado rumores de que
Eichmann se escondía en Fischerdorf, barrio del en¬cantador pueblecito de
Altaussee, en el número 8. Llamamos por teléfono a la CIC con sede en la vecina
Bad Aussee y les pedimos que registraran la casa. La CIC se lo pidió a su vez a
la policía y alguien cometió un error, si por accidente o con toda intención es
algo que nunca se sabrá, y los gendarmes registraron el número 38 de aquella
calle en lugar del 8. No encontraron a Eichmann en el 38 pero sí a un
Hauptsturmführer de la SS llamado Anton Burger, que se ocultaba en aquella casa
con una colección de fusiles y municiones y que fue detenido, por los
austríacos.
Volvimos
a llamar por teléfono a la CIC y esta vez un americano fue a Fischendorf n° 8
donde encontró a Frau Verónica Liebl quien admitió ser la «primera» mujer de
Adolf Eichmann pero añadió que se había divorciado de él en marzo del 1945 en
Praga y que había vuelto a adoptar su nombre de soltera; no había vuelto a ver
a su ex esposo desde entonces ni tenía ningún retrato de él. Se había ido a
vivir a Altaussee el 25 de abril, residiendo primeramente en el Seehotel, luego
en el Parkhotel y ahora había alquilado unas habitacio¬nes en el número 8, que
pertenecía un tal Herr Wimmer. Sus tres hijos (Klaus, Dieter y Horst) estaban
con ella. En Linz descubrimos que Eichmann había estado en Altaussee en
septiembre de 1944, y que en aquella fecha había tenido una entrevista con Amin
el Hussein, Mufti de Jerusalén y responsable del asesinato de muchos judíos.
Eichmann se entrevistó también allí con el jefe de la Gestapo Ernst
Kaltenbrunner, nacido en Linz y gran amigo de la familia Eichmann.
Fui
a Altaussee y hablé con Frau María Pucher, propietaria del Parkhotel, que
admitió que un tal Adolfo Eichmann se había hos¬pedado allí «hacia primeros de
mayo» y me contó que una noche éste forzó el armario donde se guardaban los
trajes del difunto esposo de Frau Pucher, y tomó uno. Frau Pucher se quejó de
que ni siquiera le pagara algo por él. Posteriormente, al ser interrogada por
la CIC parecía asustada de haber dicho tanto. Otro hombre de Altaussee (cuyo
nombre no puedo revelar) me confirmó que había visto a Eich-mann allí el 2 ó 3
de marzo y que Kaltenbrunner «se enfadó bastante» cuando supo de la presencia
de Eichmann en Altaussee, y le dijo «que se largara al instante». Esta fue la
primera vez que me di cuenta que ni los amigos de Eichmann querían saber nada
de él una vez terminada la guerra: con razón sus antiguos colegas intuían que
su contacto abrasaba.
Dos
o tres personas más afirmaron haber visto a Eichmann a principios de mayo. La
CIC volvió a visitar a Frau Eichmann-Liebl para que ratificara su primera
declaración, cosa que hizo. Mantuvo que no había vuelto a ver a Eichmann desde
el día del divorcio en Praga, negándose a decir a la CIC por qué se había
divorciado de su marido. Indefectiblemente, alguien mentía.
En
aquellos primeros tiempos, yo no tenía mucho de detective pero pensé que la
clave del misterio Eichmann tenía que hallarse no lejos de Altaussee. Varias
veces fui allá y hablé con distintas personas. Ei problema consistía en
distinguir los hechos de los rumores pues parecía cierto que Eichmann y varios
SS habían llegado a primeros de mayo a la región con un convoy de camiones y
remolques, y que el convoy había atravesado Altaussee para ir a Bla Aim,
refugio de mon¬taña que se halla a varios kilómetros. El posadero recordaba el
convoy y dijo a la CIC que hombres de la SS habían descargado veintidós cajas
en su granero cuando él no estaba presente y que luego se enteró que las cajas
contenían «documentos», si bien otras personas decían que contenían además
joyas y oro. El posadero no podía recor¬dar detalles y se negó a firmar
declaración alguna, pues, al igual que las demás personas con que hablamos,
parecía atemorizarle que le inte¬rrogasen.
Pocos
días después conocí a Mr. Stevens, un americano que traba¬jaba cerca de Bad
Ischl. (No estoy seguro de que ése fuera su verda¬dero nombre: alguno de los
americanos trabajaban en la región con nombres supuestos). Mr. Stevens había
conocido a varias personas que vieron a Eichmann en Altaussee a principios de
mayo, sabía lo del convoy y las cajas y me dijo que contenían oro que había
«pertene¬cido» a la RSHA, oro fundido y procedente de dientes y anillos de boda
de víctimas de campos de concentración. Mr. Stevens dijo que el convoy venía de
Praga y estuvimos de acuerdo en que Eichmann seguramente sabría dónde estaba
escondido el oro.
A
principios de 1946 el nombre de Adolf Eichmann apareció en la lista austríaca
de «reclamados» con el número 1654/46. La misma lista contenía también los
nombres de los miembros de su plana mayor: Guenther, Krumey, Abromeit, Burger,
Novak y otros. Uno de los antiguos miembros de la plana mayor de Eichmann,
cierto Josef Weisel, se pasó un año en la cárcel de Viena, antes de que la
policía descubriera sus crímenes de guerra. Weisel había trabajado para
Eich¬mann en Praga y luego en Viena, donde Eichmann tenía instalada su oficina
en el antiguo Palacio Rothschild. Weisel admitió haber visto a Eichmann por
última vez en Praga, «probablemente en febrero de 1945», donde Weisel se había
procurado documentación falsa. Todos los miembros de la plana mayor de Eichmann
tenían órdenes de encontrarse en los alrededores de Ebensee «al acabar la
guerra». En Ebensee, cerca de Bad Ischl, hubo un campo de concentración alemán
(que fue luego convertido en campo de internamiento espe¬cial para hombres de
la SS).
Poco
a poco pudimos reconstruir el viaje exacto de Eichmann desde Praga hasta
Budweis (Budèjovice en Bohemia) y de allí a Austria donde llegaron a últimos de
abril. Al ser descubierto un miembro de la Gestapo en un campo de desplazados
judíos cerca de Bremen y un SS en otro campo viviendo con una mujer judía,
empezó a correr el rumor en Viena de que Eichmann se había hecho pasar por
judío y se había metido en uno de los campos de personas desplazadas. Varias de
las que habían sido liberadas del campo de concentración de Theresienstadt
informaron que Eichmann había estudiado hebreo con un rabí y estaban
convencidas que con anterioridad había ya planeado su huida. Unas cien mil
personas repartidas en doscientos campos de desplazados en Austria y Alemania,
no facilitaban la bús¬queda de Eichmann, no teniendo ninguna fotografía suya y
suponiendo que habría cambiado de nombre. Se llevó a cabo una investigación y
si bien Eichmann no apareció, sí se hallaron varios SS que se hacían pasar por
judíos en varios campos de desplazados.
Allá
por 1943, cuando mi amigo polaco Biezenski, que en aquel tiempo actuaba en la
Resistencia, ayudó a mi esposa a esconderse, me dijo:
—Algún
día los nazis tratarán de salvar el pellejo haciéndose pasar por judíos.
La
Historia había cumplido el círculo.
En
diciembre de 1946, con ocasión de asistir al Primer Congreso Sionista de la
posguerra, conocí al doctor Rezszo Kastner, antiguo miembro del Comité Judío de
Budapest, que había llevado a cabo, en 1944, negociaciones con la SS para
salvar a judíos húngaros de la deportación. Himmler creía que tratando con
suavidad a los judíos húngaros tendría una coartada que le salvaría quizá
cuando se produ¬jera el colapso del Tercer Reich; así, que ordenó a Eichmann
que iniciara negociaciones, pero Eichmann (que sabía que a él nada podía
salvarle) saboteó las órdenes de Himmler. El doctor Kastner me contó que en
Budapest, Eichmann dio órdenes estrictas de que nadie, bajo ningún pretexto, le
tomara una sola fotografía y cuando en cierta ocasión se enteró de que un admirador
suyo de la SS le había foto¬grafiado, siguió la pista de aquel hombre e hizo
destruir el negativo y todas las copias. Kastner me dijo que no era cierto que
Eichmann hablara hebreo y yiddish:
—Apenas
si sabía algunas palabras de yiddish y las pronunciaba como lo hacen los no
judíos cuando cuentan chistes de judíos. En cierta ocasión se puso furioso
porque recibió una carta en hebreo de un rabí húngaro: rompió la carta y gritó
que castigaría al rabí por haber puesto a prueba su conocimiento de hebreo.
Creó aquella leyenda de su origen palestino para demostrar a los judíos que él
los conocía bien y que era más listo que ellos.
En
febrero de 1947, tenía yo la lista casi completa de los hombres que trabajaban
con Eichmann. Había interrogado a Antón Burger, el SS que los gendarmes
austríacos habían arrestado en Fischerdorf cuan¬do buscaban a Eichmann y aquél
confirmó que Eichmann había estado en Aussee en mayo.
Durante
los juicios de Nuremberg, tuve ocasión de estudiar miles de documentos y entre
ellos encontré una declaración del Obersturmbannführer Dr. Wilhelf Hottl,
miembro del VI departamento de la RSHA, que había conocido a Eichmann bien. En
la primavera de 1945, Eichmann había dicho a Hottl en Budapest:
—El
número de judíos asesinados es de casi seis millones, pero ello constituye alto
secreto.
Los
archivos de Nuremberg contenían muchas órdenes de Eich¬mann dadas a los
miembros de su plana mayor en Francia, Holanda, Grecia, Croacia y otros países,
ya que en muchos países de ocupación alemana, las órdenes dadas por Eichmann
pasaban directamente a los altos oficiales del Departamento de Asuntos
Extranjeros alemán. Vi una carta escrita por el embajador alemán en Croacia,
Herr Kasche, que negociaba con el gobierno croata respecto a la «compra de
judíos»: los alemanes ofrecieron treinta marcos por persona entregada en la
estación de ferrocarril. Otras embajadas alemanas en Bucarest, Sofía y Budapest
mantenían también una activa correspondencia con Eich¬mann acerca de la
aniquilación de judíos.
Pasé
una semana en Nuremberg, leyendo día y noche. Eichmann aparecía como jefe
ejecutor de la maquinaria aniquiladora, que pedía constantemente que se le
entregaran grandes sumas para construir más cámaras de gas y crematorios y para
financiar institutos de inves¬tigación especial que estudiaran los gases
letales y los métodos de ejecución. Hablé con varios prisioneros SS que habían
conocido a Eichmann y algunos creían que se habría suicidado pero aquello no
era más que lo que en realidad deseaban hubiera ocurrido. Yo había llegado a la
conclusión de que Eichmann era el tipo de hombre capaz de exterminar a cien mil
personas de un plumazo pero demasiado cobarde para matarse.
En
otoño de 1947, regresé a Nuremberg y allí un miembro del personal, cierto Mr.
Ponger, me mostró la transcripción del interrogato¬rio de un tal Rudolf
Scheide, alemán que había estado empleado en varios campos de internamiento
americanos. Un párrafo explicaba por qué no habían hallado a Eichmann, justo al
acabar la guerra, en la región de Aussee, porque se había marchado a un lugar
más seguro: a un campo americano. Rudolf Scheide atestiguó el 6 de noviembre de
1947 que «entre el 20 y el 30 de mayo» él se hallaba en el campo Berndorf,
cerca de Rosenheim en Baviera, de donde todos los SS habían sido posteriormente
transferidos a un campo especial para SS en Kemanten y luego, el 15 de junio de
1945, a un campo de Cham, pobla¬ción de la Selva Negra. Scheide había tenido a
su cargo ese campo, que albergaba a unos tres mil SS, y dijo a los americanos:
—Por
entonces (a mediados de junio del 1945), un Führer de la SS que se hacía llamar
Obersturmführer Eckmann, vino a pedirme que le registrásemos en nuestras listas
bajo este nombre. Admitió que su auténtico nombre era Obersturmbannführer
Eichmann. Pero como por aquel entonces a mí el nombre Eichmann no me decía
nada, le indiqué que era asunto suyo lo que hiciera con su nombre.
En
el campo, Eichmann prestaba servicio en un grupo de cons¬trucción que había
sido destinado a trabajar en la población vecina. Cada mañana la compañía
marchaba en formación hasta la población y todas las noches regresaba del mismo
modo al campo. El 30 de junio, Scheide descubrió lo que había hecho realmente
Eichmann durante la guerra e informó a un CIC asignado al campo. Cuando el
grupo de Eichmann regresó aquella noche, Eichmann no estaba en él y según
Scheide «escapar sólo era posible con ayuda de compañeros». Aquello produjo
gran excitación entre los americanos que estaban en Nuremberg con ocasión del
testimonio de Scheide. En realidad, esa clase de fugas no eran cosa poco
frecuente en los primeros meses después de acabada la guerra pues muchos internados
se las componían para escapar cuando estaban trabajando con grupos similares
dado que los aliados carecían de tropas suficientes para custodiar cientos de
miles de SS. El jefe alemán del grupo de trabajo de Eichmann fue interrogado
pero negó la verdadera identidad de Eichmann. De todos modos, ahora teníamos
una prueba de que Eichmann estaba con vida el 30 de junio de 1945, hecho que
posteriormente tendría gran impor¬tancia.
Se
supo en Linz que yo andaba a la búsqueda de Eichmann y comenzaron a llamarme
«el Wiesenthal de Eichmann, ése que anda tras el hijo del Electro-Eichmann».
Muchas personas vinieron a ver¬me o me enviaban pistas posibles que yo
tontamente seguía, sin dejar una, pistas que cualquier policía novato hubiera
descartado. Yo no tenía experiencia y además, siempre tenía la esperanza de que
la bús¬queda de Eichmann pudiera llevarme a detener otros criminales nazis. En
cierta ocasión, un doctor de Munich me telegrafió sugiriéndoma que me
apersonara allí al instante porque poseía «importante informa¬ción» acerca de
Eichmann. Fui y me encontré con un doctor dema¬crado y nervioso que había
sobrevivido a la guerra pero perdido sus padres en campos de concentración sin haber
logrado recobrarse de la impresión. Me contó que uno de sus pacientes, una
mujer cuyo nombre no quiso revelarme, vivía con un hombre que se hacía llamar
«Friedrich» quien, según ella le había contado, se ponía lívido cada vez que el
timbre de la puerta sonaba, se pasaba el día recorriendo su habi¬tación a
zancadas y con, frecuencia se lamentaba de que «aún quedaran demasiados judíos
vivos», añadiendo que «Alemania había perdido la guerra a causa de los judíos y
lástima que no los mataran a todos». Salía a la calle sólo de noche y prevenía
a la mujer que no hablara a nadie de él porque tenía «poderosos» amigos. La
búsqueda de Friedrich no fue fructífera: cuando al fin averiguaron su
dirección, había desaparecido, y muy posteriormente yo habría de descubrir que
había sido un Führer de la SS de poca monta.
El
caso de Friedrich fue una pérdida de tiempo pero en cambio me sugirió la idea
de intentar aquello de «cherchez la femme» en el caso Eichmann, ya que podía
muy bien ser que Eichmann, como tantos otros jefes de la SS, se hubiera visto
envuelto en asuntos de faldas y pudiéramos descubrir algo a través de una
mujer. Un miembro del personal de Eichmann, el Führer de la SS Dieter
Wisliceny, había sido sentenciado a muerte en Bratislava, capital de Eslovaquia
e in¬tentaba salvar el cuello convirtiéndose en informador de las actividades
de su antiguo jefe. Wisliceny aseguraba conocer más cosas acerca de Eichmann
que nadie y nos dio las direcciones de varias mujeres con las que Eichmann
había tenido que ver. El fondo social de las conquistas de Eichmann era tan variado
como las mujeres de Don Giovanni de la ópera de Mozart: iban desde una baronesa
húngara hasta varias campesinas. Podía estar escondido en casa de alguna de
ellas; así que seguimos la pista a varias. Mientras tanto, pedí a Arthur Pier
que no perdiera de vista a la mujer de Eichmann en Altaussee pues éste, creía
yo, acabaría por ponerse en contacto con su familia.
Imaginé
que alguna de las antiguas amigas de Eichmann tendría algo que nosotros
necesitábamos de verdad: una fotografía. Arthur no sólo estaba de acuerdo sino
que me dijo que él tenía el hombre apropiado para encargarle aquella tarea:
Manus Diamant, un super¬viviente de varios campos de concentración en los que
había ido perdiendo a toda su familia. Quería sernos útil y daba la casualidad
de ser un joven de guapo aspecto. Arthur decidió convertir a Manus en «Herr van
Diamant», colaboracionista holandés y antiguo miembro de la División Holandesa
de la SS «Nederland» que no se atrevía a regresar a su patria. Abrigábamos
esperanzas de que tuviera éxito con las «viudas» solitarias de SS que se
hallaban en la cárcel o escon¬didos. Nos dijo que trataría de hacer amistad con
la esposa de Eich¬mann y también con otras mujeres que lo hubieran conocido.
«Van Diamant» representaba bien el papel. Entró en relación amistosa con unas
pocas damas de la SS aunque no con Frau Eich¬mann, que no quería hablar con
nadie. Consiguió en cambio hacerse amigo de los tres hijos de Eichmann y con
frecuencia se los llevaba a dar una vuelta en bote por el Altaussee.
Cuando
Diamant me habló de esos paseos en barca con los hijos de Eichmann, me di
cuenta de que el muchacho se hallaba ante un dilema emocional ya que en los
campos había visto miles de niños parecidos a los hijos de Eichmann, niños que
habían muerto de un tiro, o de hambre o en la cámara de gas. Y ahora se hallaba
solo en un pequeño bote con los hijos del hombre que había organizado la muerte
de todos aquellos chiquillos.
Una
tarde, paseando con Manus a la orilla del lago, me dijo que a la mañana
siguiente sacaría a los hijos de Eichmann a dar un paseo en el bote. Hablaba
con voz tensa, y creí que era mejor darle un consejo cuanto antes, antes de que
fuera demasiado tarde. Le dije que me hacía cargo de lo que pasaba en su
interior, de que había perdido a toda su familia entre la que se contaban niños
también.
—Dos
niños y una niña —dijo sin mirarme.
—Lo
comprendo, Manus. Pero recuerda que nosotros los judíos no somos nazis, no
hacemos la guerra contra niños inocentes. Además, si crees que de veras puedes
hacerle daño a Eichmann... bueno..., con un accidente que pudiera ocurrir, te
equivocas. Hace un tiempo, un par de individuos fueron a verme con un plan:
raptar a los hijos de Eichmann (cosa muy fácil) y anunciar que los niños serían
asesinados a menos que su padre se entregara a las autoridades. Yo tenía muchos
argumentos contra semejante plan, pero ellos me acep¬taron sólo uno, el de que
un hombre que sin inmutarse es capaz de sentenciar a muerte a un millón de
niños, no sentirá nada ante la muerte de sus propios hijos. Así, que incluso en
el caso de que su plan le hiciera sufrir no salvaría la vida de los niños
entregándose por¬que no es de esa clase de hombres.
Diamant
no contestó. Ansiaba haber logrado convencerle. Hablé de ello con Arthur y
acordamos relevar a Diamant de su tarea en Altaussee, encargándole, en cambio,
que hiciera averiguaciones acerca de las antiguas amigas de Eichmann y que
tratara de conseguir una fotografía de su escurridizo amante. La baronesa
húngara se había marchado a Sudamérica, otra mujer había muerto durante un
bombar¬deo en Dresde pero luego, en 1947, dimos con una muchacha de Urfahr,
suburbio al norte de Linz, al otro lado del Danubio, que había conocido a
Eichmann muy bien.
Manus
hizo amistad con ella, fue invitado a visitarla, encontró un «álbum de familia»
y descubrió una fotografía de Adolf Eichmann, que había sido hecha en 1934,
trece años antes. La muchacha no quería darle a Manus la fotografía pero luego
acabó por sucumbir a sus encantos. Alborozado, me trajo la fotografía, fue
relevado de su cargo y se reintegró a su vida normal. Sacamos copias de la
fotografía, que pasó a figurar también en la relación de «reclamados por la
policía».
Un
día, a finales de 1947, recibí una llamada de Bad Ischl de mi amigo americano
Stevens, que me pedía me apersonase allí inmediata¬mente para algo urgente que
no quería mencionar por teléfono.
En
Bad Ischl, Stevens me dijo que Frau Veronika Liebl había solicitado del juzgado
del distrito un Todeserklärung (certificado de defunción) de su esposo
Eichmann, del que estaba divorciada, «en in¬terés de los niños». En aquella
época, todos los juzgados de Austria y Alemania se veían abrumados de
peticiones similares. Si una mujer no era capaz de demostrar que su esposo
había muerto o había sido declarado muerto, no podía obtener pensión alguna ni
volver a casarse. Los juzgados entregaban los certificados de modo rutinario y
sin pos¬terior investigación, de modo que luego, mucho mas tarde, el
«falle¬cido» esposo podía reaparecer, después de haberse pasado años en un
campo de prisioneros de guerra soviético o, sencillamente, escondido. Cuando
Stevens me comunicó las nuevas, me quedé sin habla. Nos miramos mutuamente en
silencio, dándonos perfectamente cuenta de la importancia y alcance de la
información: en cuanto Adolf Eich¬mann fuera declarado oficialmente muerto, su
nombre desaparecería automáticamente de todas las listas de «reclamados por la
justicia», es decir, oficialmente ya no existiría, Se cerraría el caso y la
búsqueda mundial habría llegado a su fin. A un hombre que se le ha dado por
muerto, ya no se le busca: inteligente maniobra. Yo estaba conven¬cido de que
lo había ingeniado el mismo Eichmann con ayuda de su esposa..
En
mi grueso fichero de Eichmann tenía el testimonio del Sturmbannführer de la SS
Hottl, una declaración jurada en Nuremberg, en la que decía haber visto a
Eichmann en Aussee el 2 de mayo de 1945. Otros testigos le habían visto también
el día anterior en Camp Ebensee, cerca de Bad Ischl. Decidimos que Stevens
hablaría al juez y trataría de descubrir más sobre la solicitud de Frau
Eichmann. El juez dijo a Stevens que un tal Karl Lukas, con domicilio en
Molitscherstrasse, 22, Praga 18, había enviado una declaración jurada según la
cual decía haber presenciado cómo el 30 de abril de 1945, Eichmann caía muerto
en el tiroteo de la batalla de Praga. Stevens contó al juez que Eichmann era un
criminal nazi reclamado en los juzgados y que había sido visto en Austria, bien
vivo, después del día que se le declaraba muerto en Praga. El juez quedó
asombradísimo y prometió a Stevens ampliar el usual plazo de dos semanas hasta
cuatro para que, mientras tanto, tuviera tiempo de presentar las prue¬bas de lo
que afirmaba.
Envié
a uno de mis hombres a Praga y nueve días después recibía la información de que
Karl Lukas estaba casado con María Lukas, cuyo nombre de soltera era Liebl, es
decir, con la hermana de la es¬posa de Eichmann. Lukas, que por entonces
trabajaba para el Ministe-rio checoslovaco de Agricultura, era, pues, cuñado de
Eichmann. Des¬cubrimos también que Lukas estaba en contacto con Frau Kals, de
Altaussee, que resultó ser otra hermana de la mujer de Eichmann, y la policía
averiguó que mantenían correspondencia. Al parecer, la familia entera se
confabuló para probar que Eichmann había muerto. (Tras la captura de Eichmann
en 1960, notifiqué a las autoridades checas la declaración jurada de Lukas, y
fue inmediatamente despedido del Ministerio de Agricultura.)
De
vuelta a Bad Ischl, pasé la información a Stevens, que una vea más se fue a ver
al juez, quien le aseguró que rechazaría la petición. Este mandó llamar a Frau
Eichmann para notificarle con toda clari¬dad que si intentaba valerse de tales
engaños otra vez, se vería obli¬gado a informar al fiscal del distrito; oído lo
cual la mujer se marchó de allí consternada.
Hoy
creo que mi más importante contribución a la captura de Eichmann fue destruir
aquella patraña de su pretendida muerte. Mu¬chos criminales de la SS no podrán
ser capturados jamás porque se hicieron declarar muertos, viviendo a partir de
entonces, felices y con¬tentos, bajo nombres supuestos. Algunos se volvieron a
casar, probable¬mente con sus propias «viudas»; uno de ellos fue el experto
número 1 de Hitler en eutanasia, profesor doctor Werner Heyde, que después de
haber sido declarado oficialmente muerto se volvió a casar con su an¬tigua
mujer. Posteriormente fue detenido y se suicidó en la cárcel.
A
principios del verano de 1948, fui otra vez a Nuremberg. Los americanos me
dijeron que por fin había sido hallada una fotocopia del fichero personal de
Eichmann que incluía dos fotografías: en una de ellas se veía a Eichmann
vestido de civil; en la otra, tomada en 1936, de uniforme. Los superiores de
Eichmann daban de él exce¬lentes informes. Había demostrado, decían, «grosse
Fachkenntnisse auf seinem Sachgebiet» (considerable experiencia en este su
campo par¬ticular). En ninguna parte constaba que «su campo particular» era el
genocidio. Las tres fotografías de Eichmann (dos, procedentes de este archivo;
y la otra, de su ex novia) eran las únicas que poseían los israe¬litas en 1960,
cuando lograron atrapar a Eichmann en Argentina.
El
documento más interesante que encontré en el dossier personal de Eichmann fue
un corto curriculum vitae escrito por él mismo que, fechado el 19 de julio de
1937 en Berlín, decía:
«Nací
el 19 de marzo de 1906 en Solingen, zona del Rin. Siendo niño fui a vivir a
Linz, donde mi padre era director de la compañía de tranvías y de la compañía
de electricidad. Fui a la escuela primaria como interno, hice luego cuatro
cursos de Realschule (enseñanza secundaria) y dos años en la Escuela Federal de
Ingenieros Electricistas. De 1925 a 1927 fui vende¬dor de la Compañía de
Construcción Eléctrica de la Alta Aus¬tria. Dejé el empleo por propia
iniciativa para tomar el de re¬presentante en la Alta Austria de la Compañía
Vacuum Oil de Viena. Me despidieron de mi empleo en junio de 1933 cuando
descubrieron que me había alistado en secreto en la NSDAP. El cónsul alemán en
Linz, Dirk von Langen, confirma este hecho en una carta incluida en mi dossier personal
que figura en el Hauptamt de la SD.
Durante
cinco años fui miembro del Frontkämpfervereinigung germano-austríaco
(organización política antimarxista). Me alisté en la NSDAP austríaca el 1 de
abril de 1932 y también en la SS. Durante una inspección de la SS llevada a
cabo en la Alta Austria por el Reichsführer de la SS Himmler presté juramento
de lealtad.
El 1
de agosto de 1933 recibí orden del Gauleiter de la Alta Austria Comrade
Bolleck, de comenzar mi entreno militar en Camp Lechfeld. El 29 de septiembre
de 1933 fui des-tinado a la oficina de enlace de la SS en Passau. El 29 de
enero de 1934 recibí orden de unirme a la SS austríaca en Camp Dachau. El 1 de
octubre de 1934 fui trasladado al Haup¬tamt de la SD de Berlín, donde ahora
presto servicio.»
(Firmado)
ADOLF EICHMANN,
Hauptscharführer
Notable
historial de un hombre que hizo carrera en la quinta co¬lumna. Hay que tener
presente que durante el período a que se refiere el curriculum de Eichmann,
todas las organizaciones nazis eran ilega¬les en Austria, lo que no impedía que
los nazis hubieran establecido una organización militar con campos propios,
centros de adiestra¬miento e inspecciones regulares a cargo de Himmler.
Todo
el mundo sabía lo que Eichmann había hecho, pero yo, además, quería saber qué
le había impulsado a hacerlo. Para ello hablé con personas de Linz que habían
sido sus compañeros de escuela, que me contaban las consabidas anécdotas sobre
los profesores y las bromas que les habían gastado, pero que en cuanto me
interesaba por su compañero de curso Eichmann guardaban silencio. Como sabían
que yo andaba a la caza de Eichmann, no les gustaba ni siquiera ad¬mitir que lo
habían conocido. Parecían asustados de hablar. Uno de ellos me dijo que la
persecución de los crímenes de guerra tenía que dejarse en manos de «las
autoridades pertinentes»; porque ¿qué dere¬cho legal tenía yo, un simple
ciudadano, de correr tras Eichmann? No me molesté ni en contestarles, pues el
hombre en cuestión era uno de esos austríacos que había hallado consuelo y
había tratado de con¬solar a los demás, antes de terminar la guerra, diciendo:
«Si ganamos, seremos alemanes, y si no ganamos, seremos austríacos. En ninguno
de los dos casos habremos perdido».
Intenté
dar con personas que hubieran conocido a Eichmann a principios de los años
treinta, durante su afiliación a la ilegal SS. Nadie quería hablar. Un
individuo (no miembro del Partido) que ha¬bía estado con frecuencia en casa de
Eichmann y que conocía bien a la familia, leyó en los diarios acerca de los
crímenes de Eichmann y se negaba a creerlos porque aquél no podía ser el mismo
Adolf, el individuo tranquilo de siempre, desgarbado y torpe, sin personalidad
y que tantas veces parecía como estúpidamente dominado por una idea fija. No
sabía él lo bien que acababa de describir a Eichmann, cuánta razón tenía y al
mismo tiempo qué equivocado estaba.
Yo
había leído y releído libros sobre la psicología del crimen, sobre la
motivación y primera infancia de los criminales, pero cometí un error: traté a
Eichmann como un criminal ordinario, lo cual él no era porque en su caso los
problemas que usualmente llevan al crimen, por la primera infancia, por el
ambiente, no existían. Como representan¬te de la Compañía Vacuum Oil había
tenido alguna relación con judíos, pero ninguna experiencia desagradable y en
la Alta Austria había sólo mil cien judíos cuando Eichmann y su amigo Ernst
Kaltenbrunner, que luego llegaría a ser jefe de la Gestapo de Hitler, eran en
Linz hombres fuera de la ley. Eichmann jamás demostró sentimientos agre¬sivos
contra los judíos, pues no era más que un Hauptscharführer (sargento) obediente
y sin personalidad, hasta el punto de que en el Hauptamt de la SD de Berlín no
sabían con certeza qué hacer con él.
Le
encargaron que recogiera material sobre «la conspiración mun¬dial de los
francmasones» y empezó a leer estudios sobre la francma¬sonería, convirtiéndose
en algo así como experto en la materia y es¬cribiendo largos tratados sobre lo
que debía hacerse para combatir la «conspiración». El movimiento francmasón
estimuló su interés hacia el problema judío y llegó al convencimiento de que
los francmasones eran una especie de secta judía que quería dominar al mundo.
Eichmann
comenzó a llevar un fichero de prominentes francmaso¬nes judíos que sus
superiores alabaron, así como su Gründlichkeit (aplicación), llegando cada vez
más lejos en sus «investigaciones». Al cabo de cierto tiempo se hallaba tan
interesado en el «problema judío» que abandonó a los francmasones y dedicó todo
su esfuerzo a estudiar los judíos, leyó innumerables libros y sorprendió a sus
superiores con su enciclopédico conocimiento de la ley judaica y del sionismo.
Se convirtió por este camino en observador de la Gestapo y fue enviado a
estudiar los barrios judíos de diversas ciudades. He hablado con judíos que
recuerdan al Eichmann de entonces y todos dicen que era muy distinto de los
rufianes de la SS a que estaban acostumbrados, pues su actitud era inflexible
pero fríamente cortés. Entre los docu¬mentos que hallé en Nuremberg hay una
petición de Eichmann de «fondos especiales» que le permitieran estudiar hebreo
con un rabí y aunque hace notar que las lecciones costarían sólo tres marcos,
una verdadera ganga, sus jefes se los denegaron. Sin embargo, Eichmann tenía
fama en el Hauptamt de la SD de ser el mayor experto en «el problema judío».
Por
aquel entonces, mediados los años treinta, una solución nazi oficial para «el
problema judío» no había sido formulada aún y si bien los jefes nazis estaban
de acuerdo en que los judíos tenían que salir de Alemania, no consideraban los
campos de concentración como solución ideal, pues Hitler y sus secuaces estaban
convencidos del uni-versal y omnisciente poder del Wettjudentum (mundo judío) y
deci¬dieron solemnemente que el mejor medio de batir a los judíos era acumular
el máximo conocimiento sobre ellos para poderles vencer con sus propias armas.
¿No eran acaso los judíos las eminencias grises que actuaban detrás de tronos y
gobiernos? Eichmann decidió conocer a los judíos en su propio suelo y en 1937
fue a Palestina acompañado por un tal Obersturmführer Hagen. He hallado muchos
documentos que acreditan el funesto viaje. Eichmann entró en Palestina mediante
un carnet de periodista falsificado que le identificaba como del Berliner
Tageblatt.
Antes
de su partida, numerosos judíos fueron detenidos en Alema¬nia como rehenes a
cambio de Eichmann, nombre que ellos jamás ha¬bían oído. Pero Eichmann pasó
exactamente dos días en Palestina; visitó la colonia alemana de templarios de
Sarona, cerca de Tel Aviv y un poblado judío, pasando de allí a El Cairo para
encontrarse con Amin el Hussein, Mufti de Jerusalén, notorio por su odio a los
judíos y sus simpatías nazis. Después Eichmann quiso volver a Jerusalén, pero
las autoridades del mandato británico no se lo permitieron y tuvo que regresar
a Berlín. Uno de los hermanos de Eichmann, de Linz, dijo a un amigo mío que por
un tiempo la familia consideró a Adolf un «sionista» porque con frecuencia
refería la posibilidad de una emigración judía a gran escala de Alemania a
Palestina. Aquella es¬tancia suya de cuarenta y ocho horas en Palestina le
daría más tarde la idea de crear la leyenda de que él procedía de Palestina y
que por tanto sabía todo lo concerniente a los judíos. Logró tan bien este
pro¬pósito, supo crear de modo tan convincente el mito, que algunos judíos de
Budapest creían en 1944 que había estudiado filosofía rabínica.
He
intentado descubrir cuándo exactamente Eichmann pasó de ser un teórico experto
en «el problema judío», a convertirse en ejecutor. Quizá fuera una
transformación gradual, porque cuando llegó a Viena en otoño de 1938, hablaba
todavía con toda cortesía de una «forzada emigración». El gran cambio tuvo
lugar en noviembre de 1938, cuando los nazis dieron orden de destruir las
tiendas y sinagogas judías para vengar el asesinato de un diplomático nazi a
manos de un judío . Las órdenes que llegaron a Viena, dadas por Reinhard
Heydrich, jefe de la Gestapo, decían específicamente que ello fuera notificado
a Eichmann. Entonces fue cuando Eichmann halló su «misión». Testigos
presenciales informaron posteriormente que le vieron ir de una sina¬goga a
otra, supervisando personalmente la total destrucción y cuentan que «había
ayudado con sus propias manos» y que parecía «albo¬rozado».
Varios
días después, los jefes de la Comunidad Judía en Viena notificaban que Eichmann
les hizo comparecer, sin invitarles a que se sentaran frente a su mesa de
despacho sino que ordenó que permane¬cieran en pie, a tres pasos de distancia y
en posición de firmes. En 1939 Eichmann fue a Praga, hizo comparecer al
presidente de la Comunidad Judía de allí y le dijo:
—Los
judíos tienen que marcharse. ¡Y aprisa!
Al
contestarle que los judíos de Praga habían vivido allí mil cien años y eran
indígenas, gritó:
—¿Indígenas? ¡Ya les enseñaré yo!
Al
día siguiente el primer embarco de judíos partía rumbo a un campo de
concentración.
En
1941 no había sitio en el mundo de Hitler para los judíos. Después de la
Conferencia de Wannsee a principios de
1942, en la que los cabecillas nazis redactaron la «Solución final» —asesinato
en masa—, se le ordenaba a Eichmann cumplir órdenes de Hitler y de Himmler. En
la primavera de 1945 decía a un miembro de su jefa¬tura en Budapest:
—Moriré
feliz sabiendo que he dado muerte a casi seis millones de judíos.
Cometí
un error tratando de hallar un motivo en su infancia: no había motivo ni odio.
No se trataba más que de un producto perfecto del nazismo. Cuando alguno de sus
subalternos no podía llevar ade¬lante aquella misión de asesinato en masa,
Eichmann decía:
—Traicionas
la voluntad del Führer.
Hubiera
hecho lo mismo si le hubieran ordenado que ejecutara a todos los hombres cuyos
apellidos empezaran por P o por B o a todos los que fueran pelirrojos: el
Führer «tenía siempre razón», y la misión de Eichmann era que las órdenes del
Führer se cumplieran.
En
la primavera de 1948 pude con exactitud reconstituir el viaje de Eichmann al
final de la guerra. Llegó al campo de concentración de Theresienstadt el 20 de
abril y estuvo en él hasta el 27. Al día si¬guiente se hallaba en Praga, el 29
en Budweis, el 1 de mayo en el campo de Ebensee cerca de Bad Ischl y el 2 en
Altaussee, donde permaneció hasta el 9 de mayo. Luego se escondió
voluntariamente en campos de internamiento americanos, hasta fines de junio, en
que escapó de Camp Cham. Entonces, durante cierto tiempo se man¬tuvo oculto en
el norte de Alemania, hecho posteriormente confirmado por dos destacados SS;
uno de ellos fue Hoess, antiguo comandante de Auschwitz que estuvo en contacto
con Eichmann cuando se ha¬llaba en el norte de Alemania. De allí Eichmann pasó
a casa de un tío suyo de Solingen y cuando en una ocasión las autoridades
británicas fueron a interrogar a ese tío suyo mientras Eichmann estaba
escon¬dido en la casa, el tío no le descubrió, pero Eichmann decidió volver al
Aussee, donde se sentía más seguro que en parte alguna.
Uno
de mis más allegados colaboradores de aquellos meses fue un antiguo comandante
de la Wehrmacht alemana. Se había mostrado reacio a ayudarme, y dijo: «No debo
manchar mi uniforme», invo¬cando el espíritu de Kameradschaft (camaradería). Le
dije que la ca¬maradería termina donde el crimen empieza y que yo no salvaría a
camaradas míos que hubiesen cometido crímenes en un campo de con¬centración. El
comandante visitó varios camaradas suyos alemanes, habló con muchos SS y cuando
volvió a Linz me dijo que Eichmann era «el hombre más odiado entre los SS por
haberle dado a la SS tan mala fama». El parecer de todos los SS y de los
antiguos camaradas de Eichmann era que se escondía en la región de Aussee. En
las cercanías de Gmunden, la organización clandestina nazi Spinne tenía su
cuartel general.
Nunca
dudé de que tanto su mujer como su padre sabían muy bien dónde se hallaba a
pesar de que nunca recibieran cartas de él. Terminada la guerra, había una
rigurosa censura postal y la CIC inter¬ceptaba la correspondencia de Frau
Eichmann en Altaussee y la del padre de Eichmann en Linz y consta que no
existían mensajes sospe¬chosos ni cartas en clave personal. Cuando en 1947 se
ordenó a todos los antiguos nazis que se identificaran, tres miembros de la
fami¬lia Eichmann admitieron haber pertenecido al Partido: papá Eich¬mann se
había alistado en mayo de 1938, dos meses después del Anschluss el hermano Otto se había unido al Partido y
a la SA aquel año; el hermano Friedrich
se había inscrito en el Partido y en la SA en 1939. Los americanos abrieron una
investigación, pero no hallaron fundamentos de prosecución. Eran Mitläufer,
secuaces sin importancia.
La
familia de Frau Eichmann pertenecía a distinta categoría, ya que sus parientes
de Checoslovaquia habían prosperado durante el ré¬gimen nazi y cada mes Frau
Eichmann recibía de su suegro un giro postal por valor de mil chelines
(cuarenta dólares), aunque suponíamos que recibía también dinero de otras
fuentes, quizá de su familia.
El
20 de diciembre de 1949 un alto oficial de la policía austríaca fue a verme al
Centro de Documentación de Linz y me sugirió que comparásemos nuestros ficheros
del caso Eichmann. Los austríacos creían que Eichmann se escondía en las
cercanías del pueblo de Grundlsee, a unos tres kilómetros de Altaussee, ya que
en Grundlsee, situado en la orilla del lago del mismo nombre, que tiene una
longitud de unos seis kilómetros, hay unas cuantas casas aisladas. Dije al
oficial que varios meses atrás uno de mis hombres destacado en Altausee había
observado que un «Mercedes» negro con matrícula de la Alta Austria, procedente
de Grundlsee, se detenía unos minutos frente a la casa de la calle Fischerdorf,
8, donde vivía Frau Eichmann, y que un hombre con una trinchera «que parecía
judío», había pasado unos minutos en el interior de la casa y se había vuelto a
marchar en el mismo «Mercedes» negro. Pudo haber sido Eichmann.
El
oficial de policía asintió, pues estaba convencido de que Eich¬mann mantenía
estrecha relación con una célula clandestina nazi de Estiria. El antiguo
miembro de su estado mayor, Anton Burger, que había sido descubierto cuando la
policía registró una casa por otra en busca de Eichmann, había escapado de Camp
Glasenbach en 1947, pasando a actuar de correo entre Eichmann y las fuerzas
clandestinas cuyas células se componían de cinco personas, cada una de las
cuales sólo conocía la existencia de otros cinco miembros y que mantenían
contacto con otra organización neonazi conocida por Sechsgestirn (Seis
estrellas). La policía austríaca esperaba que la detención de Eichmann acabara
con esa red.
El
oficial volvió al día siguiente, diciéndome que la policía había descubierto
que Eichmann pensaba pasar la Nochevieja con su familia en Altaussee y que se
había planeado registrar la casa mientras él estuviera dentro, pidiéndome
acudiera yo también. El plan tenía que mantenerse en riguroso secreto. Por
Nochevieja yo celebraba mi cum¬pleaños y no se me ocurría mejor regalo de
cumpleaños que la deten¬ción de Eichmann.
Por
aquel tiempo, un joven israelita que había emigrado de Alemania a Palestina con
sus padres siendo niño, había luchado con el ejército israelita durante la
guerra de independencia y ahora hacía un viaje por Europa, acudía con
frecuencia a mi Centro de Documentación. Tenía el ardoroso entusiasmo del
ciudadano de una nación muy joven y el trabajo del Centro de Documentación le
fascinaba, especialmente en lo concerniente al caso Eichmann. Le dije —bastante
neciamente, ahora me doy cuenta— que pudiera que muy pronto tuviéramos a
Eichman en la cárcel y cuando se enteró de que yo iba a Altaussee, donde Frau
Eichmann vivía, me pidió que le dejara ir conmigo.
—Puede
que allí le hagan falta dos brazos más —me dijo.
Salimos
para allá el 28 de diciembre y nos alojamos en el Hotel Erzhergoz Johann, de
Bad Aussee, a tres kilómetros de Altaussee. La policía austríaca tenía seis
agentes distribuidos en varias posadas. Ad¬vertí al joven israelí que no se
dejara ver y, sobre todo, que no hablara con nadie, sin saber que aquella misma
noche había estado ya en un club nocturno donde lo había pasado en grande y
contado a las chicas que él era de Israel, cosa que impresionó francamente a
todos, pues nadie en Bad Aussee había visto nunca un israelí de la nueva
hornada.
La
mañana del 31 de diciembre me entrevisté con el oficial de po¬licía en jefe y
acordamos que sus hombres estarían a las nueve de la noche en los lugares
previstos. La carretera de Grundlsee a Altaussee y la casa en que Frau Eichmann
vivía estaban ya bajo vigi¬lancia. De vuelta a mi habitación, dije al israelí
que no saliera para nada de la habitación antes de medianoche y que me pondría
en contacto con él en cuanto tuviéramos buenas noticias. A las nueve en punto
me reuní con el oficial de policía y otro hombre. En todas las posadas, hoteles
y casas particulares se celebraba la Nochevieja: vo¬ces, música, risas. Sólo
nosotros aguardábamos para nuestra celebra¬ción personal. El policía fue a un
teléfono y marcó el número de la casa de la calle Fischerdorf, 8, preguntó por
Frau Liebl y al poco una voz de mujer preguntó:
—¿Eres
tú? ¿Seguro que vendrás esta noche?
El
agente, sin decir nada, colgó el auricular: Frau Eichmann esperaba a alguien.
Bien, le recibiríamos como convenía.
A
las diez acompañé al oficial de policía en su ronda; pasamos inspección a los
agentes de todos los puestos y miramos dentro de todas las posadas de la
carretera. Hacía mucho frío y tiritábamos; así, que decidimos regresar al Hotel
Erzhergoz Johann para tomar una taza de té caliente. Abrí la puerta del bar del
hotel y quedé pasmado: el joven israelí estaba sentado a una mesa grande,
bebiendo con un grupo de personas del lugar, hablando de las heroicas hazañas
del ejército israelí.
Al
oficial de policía aquello le sentó muy mal.
—No
me gusta, porque si corre la voz de que un israelí anda por el pueblo, puede
que...
—Son
más de las diez —le dije—. Nada puede ocurrir ya.
—De
veras que así lo espero —contestó, molesto.
A
las diez y media volvíamos a marcharnos y al llegar al si¬guiente bar, el
agente de guardia informó que la gente hablaba de un israelí recién llegado a
Bad Aussee. En el próximo se hablaba ya de un grupo de israelitas llegados. El
oficial me miró, pero no dijo nada, y yo por dentro me maldije.
Las
once. Si Eichmann quería estar con su familia a medianoche, pronto tendría que
salir de Grundlsee. Esperamos otros veinte minutos. Nadie hablaba. A las once y
media un agente llegó corriendo de Grundlsee y dijo algo al oficial.
El
oficial me dio una mirada de esas de «ya te decía yo».
—Creo
que no hay nada que hacer: al parecer Eichmann ha sido prevenido.
Me
le quedé mirando, incapaz de pronunciar palabra. Entonces él dijo al agente que
repitiera el informe:
—A
las once y media dos hombres aparecieron en la carretera procedentes de
Grundlsee y aunque estaba bastante oscuro pude distinguirlos bien contra el
fondo blanco de nieve. Cuando estaban a unos ciento cincuenta metros de mí, que
les observaba tras los árboles de la carretera, apareció de pronto por el lado
de Grundlsee otro hom¬bre corriendo gritándoles. Ellos se detuvieron, él les
dio alcance y pocos segundos después los tres corrían de vuelta a Grundlsee.
El
oficial advirtió mi estado de ánimo.
—No
se lo tome así. Ahora sabemos de qué grupo de casas partie¬ron y aunque desde
luego no tenemos orden de registro y yo no puedo intervenir sin órdenes
superiores, no perderemos de vista a Eichmann. Aquí dejaré dos hombres, me
volveré a Linz y pediré ins-trucciones. —Se encogió de hombros y añadió:— Quizá
fue una equi¬vocación traer al joven israelí, o quizás Eichmann fue prevenido
por otra razón, quién sabe.
A
las doce y media regresamos a Bad Aussee. Las calles estaban llenas de gentes
que alborotaban y los borrachos gritaban felices: «¡Feliz Año Nuevo!» entre
músicas y romper de vasos. No quise ver a nadie: subí a mi habitación y me eché
en la cama sin desvestirme.
Me
sentía completamente desesperado porque teniendo mi regalo de cumpleaños sólo a
ciento cincuenta metros, lo había dejado perder y ahora no volvería jamás a
atraparlo.
Una
semana después, el oficial de policía austríaco me informaba de que habían
abandonado la búsqueda porque tenían informes de que Adolf Eichmann había
desaparecido de la región de Aussee.
El
1950 fue un mal año para la «caza» de Eichmann. la guerra fría estaba en su
apogeo y los antiguos aliados se hallaban muy ocupa¬dos a ambos lados del Telón
de Acero. Los americanos tenían de sobra con la guerra de Corea. Nadie sentía
interés por Eichmann ni por los nazis; de modo que cuando dos nazis se
encontraban durante aquella época, solían decirse:
—Soplan
buenos vientos.
Y se
daban mutuas palmadas en la espalda. Fulgurantes reporta¬jes sobre Eichmann
aparecían de vez en cuando en la prensa sensacionalista: se le había visto en
El Cairo, en Damasco; se decía que estaba formando una legión alemana para los
árabes, etcétera. Me constaba que aquellas historias eran invención pura: un
hombre que siempre había detestado que le fotografiaran no iba de la noche a la
mañana a mostrarse despreocupadamente.
El
grueso dossier Eichmann seguía aún en mi despacho y yo a duras penas podía
soportar su vista porque estaba convencido de que Eichmann no estaba ya en
Europa, tras mi poco éxito en su escapada de Año Nuevo. Probablemente la ODESSA
lo había tomado a su cargo y quizás se escondiera en el Próximo Oriente, donde
contaba con amigos y admiradores árabes. Yo no podía hacer nada, por una parte
porque la mayoría de colaboradores que habían trabajado con¬migo sin
remuneración alguna me habían dejado para emprender una nueva vida, y por otra,
los americanos que por entonces llegaban a Europa, no sentían el más mínimo
interés por Eichmann, hasta el punto de que si yo empezaba a hablar de él,
adoptaban un aire de fastidio o me lanzaban miradas de impaciencia. Uno de ellos
me indicó que quizás yo fuera víctima de un complejo de persecución.
—No
puede usted correr así tras un fantasma, Wiesenthal. ¿Por qué no se olvida de
todo ello de una vez? —me dijeron.
En
enero de 1951 conocí a un antiguo miembro de la Abwehr, que llamaré «Albert», y
que tenía algunos conocidos entre los hombres de la ODESSA. «Albert» me dijo
que Eichmann había sido visto en Roma a últimos del verano de 1950, pocos meses
después de que se marchara de la región de Aussee, habiendo probablemente
llegado hasta allí a través de la ruta de los monasterios. «Albert» fue a Roma
para tratar de averiguar lo sucedido y a mí se me hacía muy difícil aguardar
hasta su vuelta, que tuvo lugar en febrero y en que me dijo:
—Hay
diferentes relatos de la huida de Eichmann, pero todos concuerdan en que llegó
a Roma con la ayuda del comité croata, dirigido por antiguos amigos de Ante
Pavelic, jefe del gobierno colaboracio¬nista croata. Como es natural, Eichmann
en Roma no se hospedó en ningún hotel, sino que al parecer estuvo escondido en
un monasterio donde se le dio carta de identidad vaticana, imprescindible si
quería hacerse con un visado que le permitiera llegar a algún país de
Sudamerica.
Objeté:
—¿Estás
seguro de que se trata de Sudamérica? ¿No estará en el Próximo Oriente?
«Albert»
negó con la cabeza:
—La
mayoría de nazis que hallaron asilo temporal en Roma, fue¬ron enviados
posteriormente a Sudamérica y, por tanto, creemos que Eichmann se incorporaría
a un transporte en grupo, posiblemente con nombre supuesto, de los que se
dirigen hacia Brasil y Argentina.
Yo
no tenía recursos para buscar en Brasil ni en Argentina a un hombre cuyo nombre
presente desconocía y al que no podía describir con exactitud, porque la última
fotografía de él había sido tomada catorce años atrás. Mi única esperanza
residía en la familia de Eich-mann, en que algún día tratara de establecer
contacto con su esposa, que seguía en Altaussee donde los niños iban a la
escuela, y en que algún día tratara de que se reunieran con él en
Latinoamérica.
En
otoño de 1951, después de haber vendido una serie de artícu¬los sobre el oro de
Eichmann y los pescadores de los tesoros de Altaussee a diversas revistas, un
hombre fue a verme. Mi secretaria me entregó su tarjeta de visita: Heinrich von
Klimrod. Era un individuo esbelto y bien vestido, de porte militar, que al
entrar se inclinó correc¬tamente, preguntándome si podía hablar «abierta y
francamente». Le rogué que se sentara.
—Hemos
leído sus artículos y su conocimiento del delicado asunto nos ha impresionado
tanto que queremos proponerle un trato.
Le
pregunté quiénes eran los «nosotros».
—Permítame
que le sea franco. Vengo en representación de un grupo de vieneses, antiguos
SS, porque nuestros intereses tienen un punto común con el suyo. Sabemos sin
embargo que usted es un idea¬lista fanático que quiere encontrar a Eichmann
para entregarlo a la justicia. Nosotros también queremos encontrarle, pero por
diferentes razones, pues lo que queremos es el oro de Eichmann. Por tanto, creo
que podemos trabajar en estrecha colaboración.
Me
quedé sin habla. Así, que lo que proponía era que le ayudara a obtener el oro
que Eichmann y sus hombres habían arrancado de los dedos y de las bocas de
millones de judíos desaparecidos en las cá¬maras de gas. Quizás interpretara
mal mi silencio porque prosiguió:
—No
hay razón para que todos esos personajes que se mueven en la sombra por los
alrededores de Altaussee hayan de ser ricos, mientras que muchos de nuestros
camaradas de la SS viven miserable¬mente. Lo que queremos es un reparto justo.
Sabemos muchas cosas de la huida de Eichmann; sabemos que dos sacerdotes, el
padre Weber y el padre Benedetti le ayudaron cuando estuvo en Roma. Sabemos en
qué monasterio de capuchinos estuvo escondido, y si no conocemos el nombre que
usa Eichmann ahora, sí tenemos muchos camaradas en Sudamérica que nos ayudarán.
Bueno, ¿qué tal el trato?
Yo
intentaba ganar tiempo y pregunté a Klimrod en qué se ocupaba ahora.
—Soy
socio de una compañía de exportación-importación que está en muy buenas
relaciones con los rusos; de modo que hemos podido embarcar material
estratégico para países comunistas a pesar del em¬bargo americano. Puede que
haya oído hablar de la Liga Nacional, grupo de antiguos nacionalsocialistas que
cooperan con los comunis¬tas; pero nosotros no pertenecemos a la Liga, aunque
tocamos muchas teclas. Haría bien aceptando nuestra proposición. Claro que
usted no necesita el oro de Eichmann porque ustedes los judíos tienen
muchí¬simo dinero. Así que usted se queda con Eichmann y nosotros nos quedamos
con el dinero.
Decliné
la halagadora oferta, pero no me fue fácil hacerle enten¬der el porqué. No
operábamos con la misma longitud de onda. Le expliqué que yo no podía asociarme
con un grupo de antiguos SS que cooperaban con comunistas, que yo no podía
hacer un trato con un oro que no me pertenecía, como tampoco pertenecía a
Eichmann; en otras palabras, podía muy bien ser que parte de aquel oro
procediera de mis ochenta y nueve parientes asesinados por los hombres de
Eichmann.
Después
de la Pascua de 1952, un amigo me llamó desde Altaus¬see : Frau Eichmann y sus
hijos habían desaparecido. Ninguno de los tres muchachos volvió a la escuela
después de las vacaciones.
Informé
a la policía americana y a la austríaca. Todo el mundo se preguntaba por qué
Frau Eichmann había sacado a los niños de la escuela a mitad de curso, pues sin
un certificado de estudios no serían admitidos en ninguna otra escuela de
Austria ni de Alemania.
La
policía austríaca descubrió que alguien había desenterrado algo cerca de la
casa de la calle Fischerdorf, número 8. Hasta la fecha no se ha averiguado si
se trató de oro, documentos u otra cosa. Em¬pecé por comprobar quién había
provisto a Frau Eichmann —«Veró¬nica Liebl, ciudadana alemana» de Altaussee— de
pasaporte. Mediante la intervención de la «Deutsche Fürsorgestette»
(organización social alemana) de Graz, el consulado alemán había concedido el
pasaporte a Verónica Liebl y sus tres hijos.
El
alquiler mensual de la casa de Altaussee se continuaba pagando y todos los
muebles seguían allí, pero ello no engañaba al vecindario. Unos me dijeron que
los Eichmann se habían marchado al Brasil; otros aseguraban haber oído decir
que Frau Eichmann se había embarcado a Sindolfheim, Baviera, «a vivir con su
madre». Como de cos¬tumbre, los rumores de Altaussee carecían de fundamento.
Nadie vio jamás a Frau Eichmann en el Brasil y ella nunca estuvo en
Sindolfheim. Y así quedaron las cosas.
Con
anterioridad, en 1948, habiendo recurrido a un médico a causa del insomnio y
siguiendo su consejo de que tratara de ocu¬parme al caer la noche en algo que
alejara las preocupaciones de mi mente, empecé a coleccionar sellos de correo.
Este pasatiempo me ha proporcionado desde entonces horas agradables y me ha
facilitado en¬trar en relación con personas de muchos países y hasta, incluso,
me dio una nueva pista en el caso Eichmann cuando ya no me quedaban recursos de
orientación.
A
fines de 1953, conocí en el Tirol un anciano barón austríaco que me invitó a
visitar su villa de los alrededores de Innsbruck, ya que éramos ambos
apasionados filatélicos y el barón quería mostrarme su colección. Pasé una
agradable velada y después de admirar sus sellos, abrió una botella de vino y
charlamos. El barón era un probo anciano, monárquico hasta la raíz y católico
devoto. Me escuchó con profundo interés cuando le hablé de mi trabajo y luego
me dijo que conocía destacados jefes nazis tiroleses que ocupaban otra vez
puestos impor¬tantes, «como si nada hubiera cambiado», cosa de veras
sorprendente.
El
barón se levantó, abrió un cajón lleno de sobres reservados a sus sellos más
raros y mientras los mirábamos me habló de un amigo suyo de la Argentina, ex
teniente coronel alemán que no había as¬cendido dentro de la Wehrmacht por
tener fama de antinazi. Preci-samente el año anterior, añadió, se había
marchado a la Argentina donde trabajaba ahora como instructor del ejército de
Perón.
—Acabo
de recibir carta de él —me dijo el barón alargándome el sobre—. Bonitos sellos,
¿no? Yo le preguntaba en una carta si había encontrado allí a alguno de
nuestros antiguos camaradas y vea lo que me contesta:
«Hay
algunas personas conocidas. De seguro recordará al teniente Hoffmann de mi
regimiento y al Hauptmann Berger de la 188 División. Hay también algunas otras
que usted no conoce, pero ¡Imagínese con quién me encontré!; es más, con quién
tuve que hablar un par de veces: dieses elende Schwein Eichmann, der die Juden
kommandierte. (Ese asque¬roso puerco de Eichmann, el que se ocupaba de los
judíos).
Ahora
vive cerca de Buenos Aires y trabaja para una com¬pañía de aguas.»
—¿Qué
le parece? —me preguntó el barón—. Algunos de los peores criminales lograron
escapar.
No
contesté, temiendo que el barón notara mi turbación. Ahora no se trataba de un
rumor que corría por Altaussee: era un hecho. Como con desgano, le pedí que me
dejara ver la carta y fingiendo interesarme por los sellos argentinos volví a
leer el pasaje que hablaba de Eichmann y retuve en la memoria cada una de las
palabras. Luego, al llegar al hotel, escribí el texto tal y como lo recordaba.
Mi júbilo fue de corta duración pues aun suponiendo que diéramos con un hombre
parecido a Eichmann que vive cerca de Buenos Aires y que trabaja para una
compañía de aguas, ¿cómo íbamos a poder prender¬le? ¿Qué podía hacer yo, simple
ciudadano, a medio mundo de dis¬tancia? Los alemanes constituían un poderoso
partido político en Argentina donde el
ejército de Perón era adiestrado por alemanes, industrias argentinas dirigidas
por expertos alemanes y bancos argen¬tinos sostenidos por los millones, del
capital alemán fugado.
Eichmann
debía de sentirse completamente seguro en la Argen¬tina, porque de no ser así,
no habría mandado llamar a su familia. Quizá contara allí con amigos poderosos.
¿Cómo, de no ser así, se atrevería a vivir en una ciudad en la que residían más
de 200.000 judíos, corriendo siempre el riesgo de que le reconocieran?
Comprendí
que mi labor de detective privado había terminado, que de ahora en adelante,
personas más influyentes tendrían que ha¬cerse cargo de la tarea. Arie Eschel,
cónsul israelí en Viena, me pidió que preparase para el Congreso Mundial Judío
un completo informe sobre el caso. Escribí un informe que comenzaba con la
primera men¬ción del nombre de Eichmann de que tuve conocimiento y terminaba
con el pasaje de la carta que el barón austríaco había recibido. Añadí
fotografías de Eichmann, copias de todas sus cartas personales, mues¬tras de su
caligrafía y envié una copia al Congreso Mundial Judío de Nueva York y otra al
Consulado Israelí de Viena.
No
obtuve contestación alguna de Israel. Dos meses después de enviado el material,
recibí una carta de Nueva York de cierto rabí Kalmanowitz (que yo no sabía
quién era), diciendo que había recibido el material y que «me agradecería que
le enviara la dirección exacta de Eichmann en Buenos Aires». Le contesté que
enviaría un hombre a Sudamérica si él podía pagar los gastos de viaje y darle
además 500 dólares. El rabí Kalmanowitz me contestó diciendo que no tenía
dinero.
Había
llegado el momento de dejarlo correr: a nadie le importaba Eichmann. Los
israelíes tenían razón en preocuparse más por Nasser. Cerré el Centro de
Documentación en marzo de 1954, empaqueté todos los archivos —en varias cajas
que pesaban exactamente 532 kilogramos— y los envié al Archivo Histórico Yad
Yashem de Jerusalén. Me guardé sólo un gran dossier: el dossier Eichmann.
Cinco
años después, la mañana del 22 de abril de 1959, leyendo el diario de Linz
Oberosterreichische Nachrichten vi en la última página una esquela de Frau
María Eichmann, madrastra de Adolf Eichmann. A continuación del nombre,
figuraban los de los familiares pero el de Adolf Eichmann no venía entre ellos
si bien el último era el de «Vera Eichmann». La gente no miente, generalmente,
en las esquelas y allí ponía «Vera Eichmann». Al parecer, Frau Eichmann ni se
había divorciado ni se había vuelto a casar. Recorté la esquela y la puse en
cabeza del dossier Eichmann.
A
fines de agosto de 1959, una llamada telefónica de Linz me llegó a Murten,
Suiza, donde pasaba las vacaciones con mi familia. Me dijeron que varias
personas habían visto a Adolf Eichmann en Altausse sin error posible. Unas
pocas semanas antes la revista alema¬na Der Stern había publicado una operación
de inmersión en el lago Toplitzsee, reavivando el interés del público por los
«tesoros nazis» hundidos en los lagos de la región. Comuniqué la noticia al
embaja¬dor israelí en Viena y decidí regresar inmediatamente. Mi esposa se
sintió muy desdichada, con toda la razón pues quedándonos todavía doce días de
vacaciones pagadas, no veía por qué teníamos que mar¬charnos así. Le contesté
que teníamos que marcharnos, que yo no podía quedarme en la lejana y pacífica
Suiza. No hubiera podido disfrutar las vacaciones.
Los
tiempos habían cambiado otra vez. En las últimas semanas, la prensa israelí
venía publicando nuevas historias sobre Eichmann, dando cuenta de sus crímenes
y especulando sobre su posible paradero. Por entonces también tuvieron lugar,
en Alemania y en Austria, muchos juicios contra criminales nazis. La carta que
dirigí al embajador is¬raelí llegó en momento oportuno, pues éste la envió a
Jerusalén y dio una copia a la Federación de Comunidades Judías de Austria, con
sede en Viena, que se encargó de informar al ministro del Interior austría¬co,
quien a su vez pidió a las autoridades que se pusieran en contacto conmigo.
Eichmann seguía aún en las listas austríacas de «reclamados por la justicia».
En
cuanto regresé a Linz, me puse al habla con mis amigos y, naturalmente, no era
Adolf Eichmann la persona que habían visto en Altaussee sino uno de sus
hermanos, otro de los rumores de Altaussee. Pero las cosas empezaron a moverse.
Dos jóvenes de Israel, que yo llamaré Michael y Meir, vinieron a verme porque
habiéndose des¬pertado allí gran interés por el caso me pedían continuara a
partir del momento en que abandoné la empresa en 1954. En Frankfurt am Main, el
ministerio público encargado de preparar el juicio contra los SS de Auschwitz,
me dijo que Eichmann encabezaba la lista de acusados criminales y me pidió mi
colaboración. De modo que antes de que pudiera darme cuenta, me hallaba otra
vez envuelto en el caso Eichmann.
Empecé
por releer entero el dossier Eichmann. Como la principal cuestión a plantear
era si Eichmann residía aún en Buenos Aires o no me fui al Tirol para obtener
del anciano barón el nombre de aquel amigo de Buenos Aires que le dirigió
aquella carta seis años atrás. Pero el barón había muerto y la colección de
sellos había sido vendida.
A
continuación envié a uno de mis hombres a visitar a la madre de Frau Eichmann y
si bien María Liebl no se mostró muy comunicati¬va con el visitante, admitió
que su hija se había casado con un sudame¬ricano llamado «Klems» o «Klemt».
Añadió que no tenía su dirección, ni recibía cartas, y que hiciera el favor de
dejarla en paz.
Envié
esta pequeña información a Israel, de donde recibí un men¬saje el 10 de octubre
de 1959, que decía habían hecho indagaciones en Sudamérica y dado con la
dirección de Frau Eichmann de la que se decía vivía en «pretendido matrimonio»
con un alemán de nom-bré Ricardo Klement. Yo estaba convencido de que aquel era
un matrimonio auténtico: de que Frau Eichmann vivía con su marido Adolf
Eichmann pues de no ser así la familia Eichmann de Linz no la hubiera
mencionado como «Vera Eichmann» en la esquela. Como los hijos Eichmann vivían
en Buenos Aires con sus padres, se me ocurrió que probablemente estarían
registrados en la Embajada alemana de allí ya que pronto entrarían en quintas.
Pedí a un amigo que hiciese una discreta y reservada comprobación al respecto y
éste me notificó que sí, que realmente los chicos Eichmann habían sido
registrados bajo su verdadero nombre. (Un funcionario, con gran turbación,
alegó que «él no sabía que aquellos eran los hijos de Adolf Eichmann»).
El 6
de febrero de 1960, el Oberosterreichische Nachrichten de Linz publicaba la
esquela de Eichmann padre, Adolf Eichmann, fa¬llecido el día anterior. Entre
las «hijas políticas» nombraba otra vez a «Vera Eichmann», Envié el recorte a
Israel por correo aéreo. Pensé que como Adolf Eichmann tenía afecto por su
padre, sus hermanos le notificarían que había fallecido y había por tanto una
aunque remota posibilidad de que Eichmann acudiera al funeral. Me informaron de
que el funeral no tendría lugar hasta al cabo de cinco días «porque la familia
esperaba parientes del extranjero». Uno de los hermanos de Eichmann, Emil
Rudolf, vivía en Frankfurt am Main.
Michael
y Meir no me habían dicho lo que los israelíes pensaban hacer en Buenos Aires
pero sí que tenían que saber con certeza que se trataba del hombre en cuestión,
por lo que necesitaban con urgencia una fotografía del Adolf Eichmann actual.
No teníamos ninguna fotografía reciente pero se me ocurrió que podíamos obtener
algo quizás igualmente útil. Dos días antes del funeral, fui al cemen¬terio y
busqué el lugar de la tumba, dándome cuenta de que lo que se me ocurrió podría
realizarse incluso en un día oscuro de invierno. Tomé un tren para Viena y
hablé en el Pressklub con dos amigos míos, fotógrafos profesionales,
pidiéndoles que se vinieran a Linz y fotografiaran a toda la familia Eichmann
alrededor de la tumba durante el funeral. Añadí que cuidaran de que nadie les
viera.
Hicieron
un estupendo trabajo. Escondidos tras las grandes lápidas, a una distancia de
unos doscientos metros, tomaron buenas fotografías de los miembros concurrentes
al funeral, a pesar de que la luz dis¬taba mucho de ser favorable. Por la noche
tuve ante mí ampliaciones de las fotografías de los cuatro hermanos de
Eichmann: Emil Rudolf, Otto, Friedrich y Robert. Me indicaron quién era Emil
Rudolf, el her¬mano de Frankfurt a quien yo nunca había visto con anterioridad.
A Otto, Friedrich y Robert, yo ya los conocía. Desde luego, Adolf no había
asistido al funeral.
Los
fotógrafos se marcharon, dejándome solo con las fotografías dándoles vueltas,
comparándolas. Saqué de mí archivo la antigua foto¬grafía de Adolf Eichmann
tomada en 1936, veinticuatro años atrás, y comprobé que junto a las de sus
cuatro hermanos, Adolf parecía un hermano más joven. Con una lente de aumento
estudié los ras¬gos de los cinco hermanos. Muchas personas me habían dicho que
Adolf Eichmann se parecía mucho a su hermano Otto y observando las fotografías
con la mencionada lupa comprendí de pronto por qué tanta gente había afirmado
haber visto a Adolf Eichmann en Altaussee en los últimos años: habían visto a
su hermano. Todos se parecían mucho; el aire de familia era asombroso. Pensaba
en el problema con que se enfrentarían los israelíes en Argentina, ya que las
fotogra¬fías que tenían de Eichmann habían sido tomadas veinticuatro años atrás
y no poseían sus huellas dactilares. Hacía unos años corrieron rumores
probablemente procedentes de la SS clandestina, de que Eich¬mann se había hecho
practicar una operación de cirugía plástica, pues, al parecer, había sufrido un
accidente de motocicleta y tenía una cica¬triz en la frente, justo debajo la
línea del pelo. Un antiguo subalterno de Eichmann, Wisliceny, había mencionado
aquella cicatriz en la des¬cripción de Eichmann, confirmada por el testimonio
de Krumey, otro ayudante de Eichmann, en Nuremberg. Mirando las fotografías que
tenía enfrente me convencí de que la cirugía plástica no habría logrado alterar
el rostro de Eichmann en lo básico.
Si
el «Ricardo Klement» de Buenos Aires era Adolf Eichmann, su rostro habría
sufrido las mismas evoluciones de los cinco rostros de sus hermanos. Recorté de
las fotografías las caras de los cuatro hermanos que habían asistido al funeral
y el rostro de la antigua fotografía de Adolf Eichmann, barajé los rostros como
si fueran naipes y entonces un rostro que los resumía todos surgió: quizás el
de Adolf Eichmann.
Cuando
los jóvenes israelíes Michael y Meir vinieron a verme otra vez, eché la
«baraja» Eichmann:
—Este
es el aspecto que él tendrá ahora: probablemente se pare¬cerá mucho a su
hermano Otto. Fijaos en que los cinco hermanos tie¬nen la misma expresión
facial: mirad la boca, las comisuras, la bar¬billa, la forma del cráneo.
Michael
asintió con la cabeza sin dejar de mirar las fotografías.
—¡Fantástico!
—dijo.
Meir,
cogiéndolas, preguntó:
—¿Podemos
llevárnoslas?
De
pronto les entró prisa y no quise detenerlos ni un segundo. No volví a saber de
ellos; así, que supongo que no volvieron a necesitar¬me. Hice cuanto podía
hacer.
El
lunes 23 de mayo de 1960 el Primer Ministro David Ben Gurion comunicó al
Knesset (Parlamento) israelí que Eichmann había sido capturado y que se hallaba
en una prisión de Jerusalén. Pocas horas más tarde recibía yo un cable de
felicitación del Yad Vashem de Je-rusalén.
Algún
tiempo después de la captura de Eichmann me encontré con uno de mis antiguos
«clientes» que en otro tiempo fue destaca¬do SS. Ahora, de vez en cuando, suele
venir a mi oficina para charlar un rato conmigo de los aciagos días pasados.
Aquel día se presentó, dio un golpe de tacón, me tendió la mano y dijo:
—Le
felicito, señor Wiesenthal. Saubere Arbeit (¡Buen trabajo!.)
Y lo
decía en serio, además.
CAPITULO
V
ALEX
Vi
por primera vez colaboracionistas judíos en el ghetto de Lwów; posteriormente
vi otros más en varios campos de con¬centración. Había algunos casos curiosos.
Cuando hablaba del caso, ya terminada la guerra, a muchos judíos aquella idea
les perturbaba, quizá por creer que los judíos debían ser inmu¬nes a la
corrupción. Nosotros, como todas las razas, tenemos nuestros santos y nuestros
pecadores, nuestros cobardes y nues¬tros héroes. Cuando empecé a trabajar como
investigador por cuenta de varias agencias americanas, no tardé mucho en
descu¬brir que había miembros de varias organizaciones judías cuyos expedientes
durante la guerra eran dudosos por no decir otra cosa. Bastantes de ellos
habían sido miembros de alguno de los Judenrat (Consejo Judío) que los alemanes
establecieron en cada ghetto y en cada campo de concentración.
Lo
más difícil de esos Consejos Judíos en ghettos y campos fue decidir qué nombres
debían figurar en las «listas de trans¬porte» para los campos de muerte, pues
los nazis habían esta¬blecido desde luego ciertas normas (salud, edad, etc.)
pero de¬jaban de un modo típicamente diabólico la selección final en manos de
los mismos judíos. Algunos miembros de los Consejos Judíos hicieron lo único
que podían hacer en tales circunstancias: seguir las instrucciones nazis al pie
de la letra. Otros se dejaron corromper, aceptaban favores, escamoteaban
nombres, esperando contra toda esperanza salvar las propias vidas, pensando que
quizás el siguiente transporte fuera el último y al evitar que el nombre
apareciera en aquella lista, lograr salvar la vida. Había otros judíos que
colaboraban con ciertas agencias nazis o troca¬ban unas vidas por la propia.
Algunos judíos fueron como jefes de grupo en campos de concentración ayudando a
sus compañe¬ros de encierro unas veces y otras no.
Esos
judíos debieron guardar silencio terminada la guerra; debieron desaparecer,
pero muchos de ellos se alistaron en orga¬nizaciones de posguerra judías,
alemanas y austríacas, posible¬mente a causa de un sentimiento de tardío
arrepentimiento o porque así se creyeron «a salvo». Naturalmente, la verdad
aca¬baba por descubrirse: eran reconocidos por supervivientes que no habían
olvidado, tenían que ser entregados a las autoridades aliadas y entonces se
producían escándalos.
Los
miembros del Comité Central Judío de la zona americana de Austria me eligieron
a mí como vicepresidente y me pusieron al frente del departamento político y
legal. Como responsable de mis compañeros de trabajo quería personas de
expediente claro e instauré la norma de que ningún judío que hubiera ejercitado
función autoritaria alguna durante el régimen nazi —hubiera sido acusado o no
de obrar poco rectamente— podía tener un puesto en ninguna de las
organizaciones judías de posguerra. Esta norma fue aprobada por las autoridades
americanas y conocida, no muy favorablemente, como Lex Wiesenthal entre
aquellos que tenían no muy limpia la conciencia y que no veían con simpatía el
hecho de que la hiciera cumplir. Cuando hablaba del asunto a grupos judíos, les
contaba una reminis¬cencia de mi infancia, que he referido ya anteriormente: la
de un judío que por maldecir a su esposa, a la muerte de ésta no le fue
permitido nunca más pronunciar palabra, pasando su vida como «el silencioso» en
la casa del Gran Rabí de Czortkov.
—A
cualquier judío —les decía— cuya boca pronunciara una orden dada por nazis para
la persecución de otros judíos se le debe prohibir que vuelva nunca más a
hablar con otros judíos.
Los
americanos aceptaron la propuesta que les hice de formar un comité judío que
actuara en forma de comisión disciplinaria, investigando los casos de
colaboracionismo judío. El comité de¬claró a treinta judíos culpables de
colaboracionismo nazi y a cinco culpables de colaboracionismo con la NKVD
soviética. Como resultado de esta última clase de colaboracionismo, algunos
judíos fueron enviados a campos siberianos de prisioneros. Natu¬ralmente, el
comité no tenía autoridad oficial, su veredicto era meramente de carácter
simbólico y si la persona «convicta» ponía objeciones a nuestra acción, tenía
derecho a protestar ante los tribunales de justicia austríacos. Sin embargo,
ninguno de aquellos convictos hizo tal apelación. En Israel, los casos de
colabo¬racionismo eran investigados por las autoridades regulares y la
sentencia pronunciada por los tribunales.
Desde
entonces, he sentido siempre recelo frente a aquellos judíos que proclaman
haber salvado a alguien, pues el hombre que tiene el poder de salvar tiene
también el poder de condenar. La SS y la Gestapo no eran organizaciones
benéficas, sino que querían una lista de tantas personas que debían tomar tal
tren tal martes y ni una persona menos. No había ocasión de rega¬teo. Los
individuos tenían que estar el siguientes martes por la mañana a las 12:30 y no
a las 12:40. Cuando apareció un hom¬bre ante nuestro comité y un testigo
declaró que el acusado le había salvado la vida borrando su nombre de la lista
de trans¬porte, pidiéndonos: «Por favor, sean indulgentes con él porque le debo
la vida», le pregunté: «¿Y qué nombre puso en la lista en lugar del suyo?»
El
testigo no contestó y el acusado fue declarado culpable.
Aplico
las mismas estrictas normas a las personas que se ofre¬cen para ayudarme, de
modo que su expediente no debe tener mácula. Algunos me han pedido que
compruebe su pasado. Alex fue uno de ellos.
Parecía
muy nervioso cuando entró en mi despacho un día de 1958. Llevaba gafas oscuras
sin razón aparente, porque el día era nublado y oscuro. A todas luces, al
individuo le pesaba un secreto. Alto, de pelo rubio tirando a rojo, no andaría
lejos de los cuarenta y ante mí se encogió de hombros torpemente, sin saber
cómo empezar a hablar.
—Comprendo
que es una extraña historia —dijo.
Le
rogué que se sentara, cerré la puerta y le ofrecí un cigarrillo. Muchas de las
personas que vienen a verme creen que la suya es una extraña historia, lo que
siempre es cierto desde su punto de vista y muchas veces desde el mío. Años
atrás, jóvenes austríacos de provin¬cias solían venir a verme porque creían que
yo representaba a los israelíes. No eran judíos, pero querían alistarse
voluntarios para servir en el ejército israelí, y cuando les preguntaba por qué
razón querían hacerlo, anhelaba que a alguno le moviera una sensación de
culpabi¬lidad o buscara una especie de restitución moral. Pero
desgraciada¬mente me equivocaba: no les movía el idealismo. Algunos habían
pasado varios años en la Wehrmacht, no podían acostumbrarse al aburrimiento de
la vida civil y buscaban emociones. Otros me pregunta¬ban con franqueza: «¿Cuál
será la paga?». Modernos mercenarios que lucharían por cualquiera que les
pagara un precio. Tenía que decirles que yo no representaba a nadie y que
además, al parecer, los israelíes podían muy bien valerse por sí mismos.
Otros
visitantes venían a contarme historias en que se habían visto envueltos, o cómo
su vieja tía Marta había ayudado a algunos vecinos judíos «antes de que se los
llevaran», judíos que prometieron darle algo de plata o un par de candelabros a
cambio de su ayuda. Luego la Gestapo se lo había llevado todo y ahora querían
dinero de «las organizaciones judías que reintegraban dinero a las gentes que
ayu¬daron a judíos».
En
una ocasión, un marinero ya entrado en años, con un bigotito a lo Hitler, vino
a pedirme consejo para ver cómo conseguir «restitu¬ción de los judíos», como
ponía el papel. Para el individuo ello signifi¬caba «restitución por los
perjuicios causados por judíos», y afirmaba que el suyo era un caso muy claro:
que en 1938 él, como sastre, había hecho un traje para un antiguo cliente suyo
judío, Herr Kahn, qus fue de pronto arrestado y llevado a un campo de
concentración. Inex¬cusablemente, Herr Kahn no se había preocupado de saldar la
factura antes de que se lo llevaran.
—Tenía
que haberme pagado el traje —decía el sastre— si lo había encargado, ¿no es
cierto? Yo no tuve la culpa de que él no pu¬diera ponérselo.
Tuve
que explicarle que en los campos de concentración no se lle¬vaban trajes
nuevos.
Quedó
perplejo;
—Hay
una ley de restitución, ¿no es así?
—Ninguna
ley es perfecta; al parecer, los que la redactaron no previeron tal
eventualidad —le dije.
Pero
no logré convencerle. Se marchó murmurando que iría a que¬jarse a las Behörden
(autoridades).
El
hombre de las gafas oscuras que entonces estaba sentado frente a la mesa de mi
despacho, no parecía pertenecer a esa categoría de individuos. Me daba la
sensación de que no le había sido fácil venir a verme. Fingí no observarle. Se
quitó las gafas.
—Nadie
sabe que he venido a verle —dijo, como si fuera muy importante que no le vieran
en mi despacho—. Sólo mi tío, y él no se lo dirá a nadie, es decir, el hombre a
quien yo llamo «tío». Me dijo que no había inconveniente, que podía hablarle a
usted. Ahora está muy enfermo... ¿Puedo empezar por el comienzo?
Mi
padre era ingeniero. Antes de la Primera Guerra Mundial, la familia debía de
hallarse en muy holgada posición económica. Apenas me acuerdo de mi abuelo, que
era un industrial, pero mi padre ha¬blaba a menudo de su abuelo, cuya
fotografía, en un marco ovalado, estaba colgada en la biblioteca. Con
frecuencia yo lo contemplaba: un hombre digno, de barba blanca, cadena de reloj
asomando por el chale¬co, y gorra. Mi padre me decía que su abuelo había sido
un famoso erudito. —Hizo una pausa y prosiguió:— Un rabí.
Admito
que contemplé a mi interlocutor con asombro. Cualquier Rassenforscher
(investigador racial) nazi que conociera medianamente su oficio hubiera sin
duda declarado a aquel hombre cien por ciento ario. Tenía «el típico cráneo
alargado nórdico», los ojos grises y la nariz recta que los nazis consideraban
reservada exclusivamente a los «arios». Pensé que parecía más «ario» que muchos
de los arios que hacen de ello profesión y los cuales he tenido la desgracia de
conocer.
—Sí,
mi abuelo y mi padre eran judíos. Mi madre era cristiana y de ella heredé el
pelo rubio y los ojos azules. Me educaron como católico, aunque a mi madre no
le hubiera importado que me educara como judío, pero decidieron que la vida
sería más sencilla para mí no siéndolo. Nací en 1922 y cuando Hitler invadió
Austria en marzo de 1938, yo tenía dieciséis años.
Ahora
hablaba menos entrecortadamente.
—De
pronto me vi convertido en un Hatbjude (semijudío). No acababa de com-prender
lo que ello significaba pero mis padres sí porque ellos sabían lo que había
ocu-rrido en Alemania con los semijudíos y con los que tenían un cuarto de
sangre judía en aquellos últimos cuatro años. Además mi padre había estudiado
las leyes de Nurem-berg. Yo era hijo único, idolatrado por mis padres; mi padre
pasaba conmigo todo el tiempo que su trabajo le permitía y en todas sus
acciones pensaban primero en mí.
Calló.
Durante un rato estuvo allí sentado sin decir nada.
—Mis
padres discutieron el problema de mi Hatbjudentum con su mejor amigo, ese
hombre que yo llamo «tío», doctor de gran fama en Viena. Él y mi padre eran
amigos íntimos desde su época de estudian¬tes. Mi tío no es judío. Aquel día
que vino a casa, presentí que algo de gran importancia se discutía en la
biblioteca. Cuando me hicieron entrar, había gran tensión y mi madre lloraba.
Mi
padre estaba muy pálido. Me preguntó si conocía las leyes nazis y lo que
significaba ser un Hatbjude como yo. Asentí, sin especial preocupación. Tenía
entonces dieciséis años y en aquellos momentos me preocupaba más mi ejercicio
de latín del Gymnasium (instituto de segunda enseñanza).
Mi
padre me explicó que por ser semijudío tendría que dejar de ir al Gymnasium y
aquello fue un golpe para mí. Añadió que quizá tuviera que ir a trabajar a una
fábrica y le contesté que nadie podía obligarme a semejante cosa.
Me
dirigió una triste mirada y añadió: «Oh, sí, claro que pueden. Pueden hacer
muchas cosas, pueden convertir tu vida en una miseria». Yo sabía, claro está,
quiénes eran «ellos», los había también de mi clase. Eran los nazis.
Mi
padre prosiguió: «Tenemos que hallar un medio de prote¬gerte. Piensa que tu
madre y yo, no contamos porque ya hemos vivido nuestras vidas. Pero tú tienes
toda tu vida por delante y vale la pena hacer sacrificios, créeme. Lo hemos
discutido con tío Franz y mira lo que pensamos hacer: mamá dirá a las
autoridades que tú no eres...; bueno, que tú no eres hijo mío. Que ella y tío
Franz...» se detuvo un momento, incapaz de proseguir, y luego añadió: «Dirá que
tú eres hijo de ellos y tío Franz lo confirmará».
Mi
visitante tenía la vista fija en el vacío.
—Quedé
confuso. Mi madre dejó de llorar y me dijo con mucha calma: «Desde luego tu
padre es tu verdadero padre. Lo hacemos por ti, por tu futuro».
Contesté:
«Mamá, no comprendo nada, ¿qué es lo que tengo que hacer?». Entonces tío Franz,
que tenía lágrimas en los ojos, dijo: «Sólo tienes que hacer una cosa y es
escuchar el consejo de tus padres. No te preocupes, saldrá bien».
Mi
visitante seguía con la vista fija en el vacío, quizá reviviendo otra vez
aquella escena desarrollada en la biblioteca de su padre.
—Así,
que yo me convertí en un ario. No sé cómo llegaron a pro¬barlo. Probablemente
mi madre haría una declaración que tío Franz firmaría. Seguí con mi nombre,
pues si tío Franz me hubiera querido adoptar oficialmente, hubiera necesitado
el consentimiento de su espo¬sa y todo el asunto había de llevarse en secreto.
Estaba casado, tenía hijos y podían surgir problemas si hablaba a su mujer de
aquel asunto.
Yo
me preguntaba por qué habría venido a contarme a mí su historia. «Arizaciones»
de aquella clase habían sido cosa bastante corriente en aquellos tiempos, ya
que otros padres judíos, desesperados habían tratado por el mismo procedimiento
de proteger a sus hijos. Era una historia conmovedora pero no extraordinaria.
Añadió
con toda calma:
—En
1940 me enrolé voluntario en la Waffen
de la SS.
—
¡La SS! —exclamé asombrado.
—Fue
idea de tío Franz, y estuve en ello de acuerdo. Corrían histo¬rias sobre
atrocidades cometidas contra judíos, nada que se supiera con absoluta certeza
pero se murmuraba mucho. Creímos que no perjudi¬carían a un judío cuyo hijo se
había alistado voluntario para luchar en la Waffen de la SS, incluso aunque
oficialmente no fuera ya su hijo. Bueno, hice mi adiestramiento con una
división de la SS en Ale¬mania y en la primavera de 1941 nos enviaron al Este.
En junio tuvo lugar el ataque por sorpresa a Rusia cupiéndole a nuestra
división el honor de ser la primera en cruzar la frontera rusa.
Me
hallaba en el interior de Rusia cuando recibí una breve carta de mi madre en la
que me decía haberse divorciado de mi padre, sin comentario alguno. Yo sabía,
claro está, que todo el correo pasaba por censura. Pocos meses después volví a
casa con permiso y mi madre me contó lo sucedido: un día la Gestapo la hizo
compa¬recer y a gritos le dijeron si no estaba enterada acaso de que la madre
de un SS no podía seguir casada con un judío. Cuando contestó que ella no se
divorciaría jamás de su esposo, el Kommissar de la Gestapo le advirtió que
valía más que lo pensara bien porque aquello podía dificultarme a mí mucho las
cosas; podía, incluso, volver a convertir a su hijo en un judío y ya sabía lo
que ello quería decir. Y claro que lo sabía: era un chantaje de lo más ruin.
Se
levantó y empezó a recorrer a grandes zancadas, de un lado a otro, mi despacho.
—Mi
padre, que ya había puesto cuanto poseía a nombre de mi madre, lo aceptó sin
vacilar. Lloramos, todos lloramos. Como mi padre no podía seguir viviendo en
casa, tomó en la vecindad una habitación pequeña y destartalada. Al día
siguiente yo tenía que volver al frente. Tardaron pocas semanas en ir por él,
pues ni el divorcio de mi madre ni el que yo luchara con la Waffen de la SS le
salvó. Fue de¬portado junto con otros judíos y no supe más. Por la zona de
Leningrado, donde luchábamos, corrían rumores de que mucho personal civil era
ejecutado, especialmente judíos, lo cual no creí porqué no quería creerlo
diciéndome que seguramente aquellas personas serían espías, saboteadores y
guerrilleros, como siempre nos contaban. Aunque claro, quizás hubiera algún judío
entre ellos, pero no eran ejecutados porque fueran judíos. Aquella, la versión
oficial, me la tragué. Ya sabe cómo son las cosas, Herr Wiesenthal: si uno no
quiere creer ciertos rumores siempre trata de hallarles una explicación
plausible.
Se
volvió a sentar.
—Quizá
lo creería todavía hoy si no me hubieran herido y en¬viado al más cercano
hospital de la SS, donde nos cuidaban muy bien. Sólo había tres hombres por
habitación, los otros dos pacientes que había en la mía eran dos SS que habían
sido guardas de un campo de concentración y que me contaron lo que allí les
ocurría a los judíos, y aunque no me lo contaron todo, fue lo bastante para
quitarme el sueño. De allí fui trasladado a un hospital mayor, de una base de
Riga, Letonia, donde compartí una habitación pequeña con otro SS que se
recuperaba de un desarreglo nervioso a causa del colapso que sufrió al verse
obligado a pasarse semanas tras semanas disparando contra mujeres y niños hasta
que no pudo soportarlo más. Le habían amenazado con matarlo si hablaba de
aquello... pero tenía que contárselo a alguien.
Así,
que entonces supe la verdad entera. No podía quitármela de la cabeza. Allí,
echado en mi cama, pensaba en mi padre al que siem¬pre había querido mucho y
recordaba todas las pequeñas cosas que le concernían; cómo los domingos por la
mañana me llevaba consigo a dar una vuelta, entrábamos en un Konditorei
(pastelería) y me compraba caramelos advirtiéndome que no se lo dijera a mamá
porque se enfadaría cuando viera que no tenía apetito para comer lo que ella
había preparado, como dos alegres «conspiradores». Mi padre hubiera hecho
cualquier cosa por mí. Y yo, convertido ahora en un miembro de la Waffen SS, la
élite de las tropas del Führer, no podía ayudar a mi padre, ni siquiera sabía a
dónde lo habrían llevado, ni si estaría enfermo... No podía dejar de pensar en
ello, y aunque ima¬ginaba que estaría en un campo de concentración no quería
conocer en cuál y rogaba a Dios que nunca me lo hiciera saber.
Se
levantó, se acercó a la ventana y miró afuera. Posaba la vista en cualquier
cosa, con tal de no tener que mirarme. Continuó:
—En
cuanto me dieron de alta en el hospital me alisté voluntario para el frente. Me
dijeron que estaba loco porque tenía derecho a un descansado trabajo en la
retaguardia. Me negué a aceptarlo alegando que quería volver con mi unidad. Una
vez en ella, me presenté volun¬tario para servicio de patrulla y a la primera
oportunidad me dejé coger por los rusos. No podía seguir luchando al lado de
aquella gente.
Dio
la vuelta y me miró:
—Supongo
que mucha gente me despreciará por ello, quizás an¬duve equivocado en todo.
Quedó
aguardando a que yo opinara sobre el judío que se había convertido en un SS,
que había llevado en el cuello de su uniforme el símbolo de los que habían
asesinado a los suyos en masa. Pero, ¿qué le iba yo a decir? ¿qué podría nadie
decir?
Movió
la cabeza como si mi silencio no le sorprendiera:
—Pasé
seis años en varios campos rusos de prisioneros de guerra guardando siempre mi
secreto. Al fin, en 1955, regresé a Austria. Mi madre había muerto, mi padre
había desaparecido «hacia el Este» con millones de otros judíos. Sólo me
quedaba mi «tío» en Viena.
Se
le endureció la voz:
—Intentó
ayudarme pidiéndome que por un tiempo me fuera a con su familia. Pero no quise,
no quería tratos con ella. Me sentía completamente vacío por dentro. Se me
habían, secado los sentimientos. Intentó explicarme que él y yo habíamos
procurado hacer lo que nos pareció mejor, que si no habíamos logrado salvar a
mi padre, no había sido por culpa nuestra y que por lo menos yo sí me había
salvado pues si ellos no me hubieran «arianizado» yo habría muerto también.
—Le
contesté que quizás hubiera sido mejor que yo hubiera muerto, ¿de qué me servía
vivir? No había aprendido nada, no espe¬raba nada... ¿Puedo fumar otro
cigarrillo, por favor?
Encendió
con manos temblorosas el cigarrillo y dije a mi secre¬taria que no quería que
nadie nos interrumpiera. Me levanté y le pedí que se sentara a mi lado en el
sofá.
—Ahora
ya sabe por qué vine a verle —dijo—. No pertenezco a nadie: ¿Soy un SS? ¿soy
judío? ¿soy un Halbjude? ¿estoy entre los perseguidores o soy uno de los
perseguidos?
—Si
su historia es cierta, y no tengo razón para dudar de que lo sea, es usted uno
de los perseguidos. Como tantos otros de entre noso¬tros, perdió a sus padres.
Intentó salvar a su padre...
Meneó
la cabeza:
—No
me basta. Para los judíos yo seguiré siendo un maldito SS, para los demás yo
seré siempre «un asqueroso judío». Si he de ser fran¬co, he de aceptar ser
siempre el eterno enemigo, el malo.
Se
puso en pie de un salto:
—Voy
a decirle por qué he venido a verle, Herr Wiesenthal. Yo me siento judío, y
para mí y para usted, yo soy judío. Pero para el mundo yo podría seguir siendo
un SS y ayudarle en su trabajo. No... no me interrumpa. Lo he discutido con tío
Franz. Le dije que había leído qué clase de trabajo venía haciendo usted y que
yo deseaba ofre¬cerle mi ayuda y lo ha comprendido muy bien accediendo
inmediata¬mente. Ésta es la única cosa que creo que puedo hacer, en el único
lugar dónde poder ser útil.
Permaneció
silencioso.
—¿Es
que no confía en mí? Ya sé que es difícil creer tan fantás¬tica historia, pero
mire, le he traído toda clase de información, desde el nombre de mi abuelo
hasta la fecha de la deportación de mi padre y la de mi regreso de la Unión
Soviética.
Me
alargó dos páginas escritas a máquina.
—Compruebe
todos los detalles. Envíe sus hombres a la policía, adonde quiera. Yo le pagaré
con gusto los gastos de esas gestiones y cuando esté convencido que le he dicho
la verdad, escríbame. Esta es mi dirección. Quiero trabajar para usted, porque
es como pagar una mínima parte de los intereses de una enorme deuda, como
sombra de un pago, pero un pago al fin.
Le
pregunté a qué se dedicaba.
—Soy
viajante de comercio. El trabajo me da la oportunidad de moverme por Austria y
Alemania y luego visitar otras partes de Euro¬pa. No estoy casado. ¿Ve usted?
podría ser útil.
Dos
semanas después, sentado de nuevo frente a mí le decía que ya lo habíamos
comprobado todo.
—Me
contó la verdad, tal como yo supuse. Ningún hombre se valdría de sus padres
muertos para engañarme a mí.
—¿Ni
un hombre de la SS? —me preguntó irónicamente.
—Supongamos
que no. Y ahora voy a decirle algo que usted ignora. Verificamos la deportación
de su padre y averiguamos que el transpor¬te en que le incluyeron fue a Riga...
Sí, es muy posible que estuviera muy cerca de usted cuando usted se hallaba en
el hospital.
Aquello
pareció impresionarle. Supongo que se vería en la habita¬ción del hospital en
Riga, junto al hombre de la SS que había quedada destrozado por haber tenido
que matar.
Tragó
saliva y dijo:
—Herr
Wiesenthal, empecemos cuanto antes. Tengo que hacer al¬gún trabajo para usted
porque, si no, me volveré loco.
Le
enseñé algunos dossiers, le hablé de nuestras investigaciones. Como miembro de
la SS Kameradschaft (veteranos), tendría que fingir, tendría que seguir
representando su papel de tiempos de guerra, un poco más. Sus credenciales eran
de primera categoría y lo hizo muy bien. Fue aceptado por los Kameraden, que le
respetaron por sus pun¬tos de vista radicales, convirtiéndose en uno de los
«muchachos», un «buen aleman», que quería decir un mal alemán que había seguido
siendo malo.
Alex
y yo nunca nos vimos en público. En sus notas me llama «Félix». Nos encontramos
en lugares donde estamos convencidos de ¬no ser vistos por nadie. Lee cuantos
libros sobre la Segunda Guerra Mundial y el régimen nazi caen en sus manos y
muchas veces ve las cosas con los ojos de un hombre que ha estado «al otro
lado». A veces discutimos un caso desde ambos puntos de vista y entonces surge
la adecuada perspectiva.
Un
día me dijo:
—Me
gustaría volver a ser judio oficialmente, para el mundo en¬tero ya que es lo
más auténtico.
No
me sorprendió nada. Le contesté que sí, que era lo suyo y que lo había
demostrado pero le dije también que todavía podía hacer algo más por nosotros
si seguía siendo por un tiempo «uno de ellos».
—Me
gustaría vivir en Israel, allí quizá podría de verdad olvidar el pasado.
—¿Pero
y la gente que no puede olvidar su pasado, Alex? Un día puede que cometas la
equivocación de decirles quién fuiste y puede que no lo comprendan. No quiero
que te hieran otra vez... aunque sea por distinta razón.
Decidimos
posponer la decisión. Alex es todavía uno de mis más valiosos asistentes, y
cuán bien representa su papel lo descubrí hace una semana al recibir el informe
de que ciertos SS de una capital de provincia austríaca amenazaban con matarme.
Pasé el informe a la Policía Estatal Austríaca que destacó dos hombres y
privadamente pedí tam¬bién a Alex que investigara.
Dos
semanas después, el jefe de la policía me mostró el informe de sus dos hombres
que se habían infiltrado en el Kameradschaft de la ciudad asistiendo a varias
reuniones. El informe decía que el más pe¬ligroso SS de los presentes era
cierto X. Y., viajante de comercio, hombre alto, de ojos gris-azul y pelo
rojizo, antiguo miembro de la Waffen de la SS... «uno de los incorregibles, de
opiniones radicales, que debe ser estrechamente vigilado».
Era
Alex, claro.
CAPÍTULO
VI
TRES
MINUTOS ANTES DE SALIR EL TREN
Alex
tuvo un papel importante en el caso de Kurt Wiese, caso que comenzó
inesperadamente una noche a principios de julio de 1964 cuando yo escuchaba las
noticias de la noche. Al final de la retrans¬misión, se produjo una pausa y
tras ella el locutor alemán, con su afectado estilo, dijo: «Señoras y
caballeros, tenemos un importante aviso procedente de la policía de Colonia:
Kurt Wiese, acusado de crímenes de guerra, ha escapado del apartamiento de
Colonia donde ha venido viviendo estos dos últimos años. Fue arrestado, pero en
la actualidad gozaba de libertad bajo fianza en espera de proceso, por lo que
tenía que presentarse en el despacho del fiscal cada tres días. Al tardar una
semana en comparecer, unos agentes de la policía fueron a su casa y los vecinos
les dijeron que no habían visto a Wiese desde hacía varios días...».
La
voz profesional del locutor, con perfecta frialdad, no demos¬traba emoción
cuando pedía a sus oyentes: «comunicar cualquier in¬formación» a la oficina del
fiscal de Colonia o a la más cercana comi¬saría de policía.
Cerré
la radio. Otro criminal nazi que había escapado. ¿A quién le importaba? Otros
varios habían escapado en los últimos meses. La mayoría de radioescuchas
olvidaron el nombre del fugitivo en cuanto cerraron el receptor porque no
habían oído hablar nunca de Kurt Wiese, ignorado obrero metalúrgico que
trabajaba en la fábrica local de automóviles Ford.
Yo
había leído muchas veces el nombre de Wiese en ciertos ar¬chivos de nuestro
Centro de Documentación y sabía que estaba acusado de haber dado muerte, entre
1942 y 1943, por lo menos, a doscientas personas, entre ellas a ochenta niños
judíos de Grodno y Bialystok, Polonia. Wiese había sido detenido en Colonia en
1963 pero inexplicablemente puesto en libertad pocos meses después al ser
depositada una fianza de 4.000 marcos (1.000 dólares). Un periódico alemán
decía que ello equivalía a «veinte marcos de fianza por cada asesinato».
Escribí
una carta al Frankfurter Allgemeine Zeitung el 13 de julio de 1964, protestando
de la frecuencia con que aquella clase de crimi¬nales eran puestos en libertad
bajo fianza y deplorando la facilidad con que buen número de ellos había
escapado.
Después
que Wiese cometiera sus crímenes, Grodno y Bialystok habían sido ocupados por
los soviets. En una conferencia de prensa en Viena, tuve ocasión de hablar con
Vladimir Gawilewski, jefe de la oficina de la Agencia de Noticas Rusa, Taff,
quien me prometió es-cribir a la Unión Soviética pidiendo material sobre Wiese.
Cuando posteriormente me trajo los dossiers, me dijo:
—Sé
que usted va a hacer uso de ellos. Si se los entregara a los investigadores de
la Alemania Occidental, posiblemente serían ente¬rrados entre sus ficheros.
En
realidad, fui yo quien posteriormente entregó el material a las autoridades
alemanas y he de hacer notar que aquélla fue la primera vez, que yo sepa, que
los soviets cooperaron con Occidente en uno de esos casos.
Los
ficheros soviéticos contenían una lista de los crímenes come¬tidos por Wiese,
con nombres de testigos y sus declaraciones. En pocas palabras: en el verano de
1942, Wiese había dado muerte a un hombre llamado Slep que había intentado
salir del ghetto sin permiso; había disparado contra una mujer llamada Adassa
Ktetzel, «que intentaba entrar un pedazo de pan en el ghetto»; en noviembre de
1942, él «personalmente ahorcó a una mujer llamada Prenski y a dos hombres
llamados Schindler y Drukker». Posteriormente, decía el documento, había matado
a una muchacha de la que no constaba nombre cuyo delito era «estar jugando con
un gato».
Cuando
en febrero de 1943 el ghetto número 1 de Grodno fue liquidado, Wiese y otros
miembros de la Gestapo fusilaron a todo el personal del hospital del ghetto
judío, compuesto de unas cuarenta personas. El fiscal de la República
Socialista Soviética de Rusia Blanca me comunicaba que los principales
testigos, dos hombres llamados Zhukovski y Klowski, tendrían permiso para
trasladarse a Alemania y declarar contra Wiese, primera vez en mi experiencia
en que tal per¬miso se concedía.
Según
nuestros informes, Wiese, en diciembre de 1942, había ma¬tado a veinte judíos
con su fusil ametrallador, en la valla del ghetto número 1. El comandante del
ghetto número 2, un SS llamado Streblow, lo había presenciado: Uno de los
disparos de Wiese había herido a uno de los guardas judíos del ghetto, que
escapó corriendo y cayó en el patio de una casa vecina. Wiese corrió tras él,
le vio caído en el suelo y le disparó en la cabeza.
En
enero de 1943, Wiese detuvo a un grupo de trabajadores for¬zados cerca de la
entrada del ghetto, les registró y al ver que uno de ellos llevaba un pedazo de
pan blanco, le mató en el acto. Tres días después, al registrar a un hombre
llamado Kimche, le encontró un pedazo de carne en el bolsillo. Se lo llevó al
cuarto de guardia y le mató de un disparo. En febrero de 1943, se ocupó
activamente de la expulsión forzosa de los últimos judíos supervivientes de
Grodno.
La
lista no está completa, pues las actividades de Wiese a partir de 1943 están
todavía en curso de investigación.
No
podría explicar qué me hizo suponer que Wiese había escapado a Austria. No era
más que una corazonada pero he aprendido a creer en mis corazonadas que han
resultado ser tan útiles, como la paciente búsqueda de pistas, la testaruda
persecución de testigos a veinte años vista y la deducción meticulosa. Muchas
de las unidades de la SS des¬tacadas en los alrededores de Grodno estuvieron
compuestas de aus¬tríacos y alemanes y supuse que Wiese intentaría entrar en
Austria y ponerse allí en contacto con antiguos camaradas que le ayudarían, le
esconderían y luego le harían pasar hacia alguno de los países «se-guros» de
Sudamérica o del Próximo Oriente.
Llamé
a Alex. La Kameradschaft de la SS tiene organizaciones locales en todas las
grandes ciudades austríacas y alemanas, y en mu¬chas de las pequeñas, también,
donde los miembros se reúnen muchas veces en insignificantes tabernas y
destartaladas cervecerías (tenemos la lista completa de esos lugares en
Austria). Les gusta realzar sus reuniones con un ritual de secreto, como
muchachos en un escondite seguro, a veces dándose cita en la Extrazimme
(trastienda) de un humilde local bajo la benevolente protección del
propietario, que man¬tiene alejados de allí a extraños. Otras, es un camarero
que hace las veces de guardián ya que no sé por qué razón muchísimos camareros
sentían ardientes simpatías pro-nazis. En ciertos lugares, un pianista
entretiene a los inocentes clientes de la casa con una mescolanza de valses y
si un extraño se aproxima a la zona peligrosa, el pianista advierte a los
camaradas con un leitmotiv previamente acordado.
Todos
esos trucos de sociedad secreta parecen de costumbre superfinos porque los
camaradas no suelen hacer nada más que recor¬dar el «maravilloso pasado» leer
estupendas hojas ilegales impresas en Austria y Alemania y suspirar por un
«esplén-dido futuro» nazi. La mayoría de ellos son hombres que se han vuelto
patética y prematu-ramente viejos, que beben mucha cerveza y hablan un lenguaje
alti¬sonante como el típicamente empleado por Hitler. Pero están bien
organizados y su red se halla siempre dispuesta a esconder a fugitivos y
hacerlos llegar a más seguros destinos. Cuentan con miembros en todas partes y
probablemente una especie de código; se creen dispues¬tos para Der Tag, (El
Día), cuando éste llegue, de lo que están con¬vencidos.
Alex
me llamó por la noche desde Innsbruck indicándome con grandes precauciones (uno
nunca sabe quién está escuchando) que tenía noticias de la «mercancía» y que se
iba a Graz, capital de Estiria, Innsbruck. Graz y Salzburgo son los enclaves
favoritos de Aus-tria de los fugitivos nazis, porque en esas ciudades existen
cuadros bien organizados de colaboradores. Salzburgo es particularmente
po¬pular por estar a pocos kilómetros de la frontera alemana y además, en
verano, largas hileras de automóviles cruzan la frontera por Walserberg en
ambas direcciones, con una inspección de aduanas superficial, ya que los
ciudadanos alemanes no necesitan pasaporte, bastándoles un permiso de conducir
o una simple tarjeta de identidad.
A la
noche siguiente, Alex me llamó desde Graz. Su voz sonaba tensa de excitación:
—Uno
de los Kameraden de aquí me dijo que un individuo que pretende ser refugiado de
la Zona Soviética de Alemania, acaba de llegar a la ciudad: «Cuando un hombre
escapa de los soviets, tenemos que ayudarle» me dijo el Kamerad... Y ahora me
pregunto, ¿podría ser el individuo que andamos buscando?
—¿Cómo
llegó a Graz? —le pregunté.
—Dicen
que procedente de Checoslovaquia y que espera a su esposa que ha de reunirse
con él aquí para marcharse a la Alemania Occiden¬tal, donde tienen parientes.
—Hay
algo que no cuaja, Alex. Si de verdad viniera de Checos¬lovaquia, no habría ido
a parar a Graz sino que hubiera aparecido en Viena, Linz o Salzburgo.
—Exactamente.
Eso pensé yo. Quizá será mejor que eche una ojeada al individuo.
—Puede
que no sea el hombre que andamos buscando —le contes¬té—. Pero sí alguien
interesante.
—Uno
de los camaradas le ha dado alojamiento esta noche. Por la mañana, se pasó una
hora con Herbert Berghe von Trips.
—
¡Trips! —exclamé—. ¡Pues debe de ser el hombre que bus¬camos!
No
le podía explicar a Alex por teléfono que las piezas del rompe¬cabezas
empezaban a encajar. Trips fue comisario de la Gestapo du¬rante la guerra y el
último jefe de la prisión Pawiak de Varsovia. Su nombre viene mencionado —no
muy honorablemente— en «Tras los muros de Pawiak», relato de las atrocidades
cometidas en la pri¬sión, debido al escritor polaco León Wanat. En mi Centro de
Docu¬mentación, hay un dossier Trips, y también lo hay en el Ministerio
Austríaco del Interior.
—¿Y
dónde está nuestro hombre ahora? —le pregunté.
—Un
tal Hubert Zimmermann —dijo Alex— que cojea mucho de la pierna derecha, se
marchó de Graz hace una hora. Pero yo sé dónde...
Se
oyó un clic. Alex había colgado. Esperé un rato sin tener llamada alguna, y yo
no podía ponerme en contacto con él porque no sabía desde dónde telefoneaba.
Alex
me llamó a la mañana siguiente temprano.
—Siento
que ayer no pudiera terminar mi informe. Hablaba desde un hotel de Graz y de
pronto entró un Kameraden. Ahora hablo desde un teléfono público de la
autopista de Semmering.
—¿Y
qué haces en Semmering?
Semmering
es un famoso y frecuentado pueblo de montaña, a unos cien kilómetros al sur de
Viena, lleno de vieneses y de visitadores forasteros, que cuenta con hoteles
grandes y pequeños, bellos sende¬ros entre bosques, pistas de esquí y otros
atractivos.
—Hubert
Zimmennann se ha inscrito en el registro de uno de los grandes hoteles de
Semmering y cuida de él un antiguo amigo suyo llamado Eberhard Gabriel. He oído
decir que Zimmermann estará en Viena mañana, no sé para qué.
Muy
interesante, pensé yo. El Standartenführer (coronel) Herbert Zimmennann había
sido jefe, durante la guerra, tanto de Wiese como de Trips. Luego descubrí que
pidió a Wiese que le diera las gracias a Trips por haber prestado declaración
en Alemania sobre su antiguo jefe y no haber acusado a Zimmermann, de acuerdo
con el slogan de la SS «Mi honor es la lealtad». (El Standartenführer de la SS
Zimmer¬mann, pendiente de proceso en Alemania, se suicidó en enero de 1966.)
Es
muy fácil cambiar «Herbert» por «Hubert». Mi primera idea fue que Zimmermann le
había dado a Wiese su propio carnet de identidad pero posteriormente un fiscal
alemán me dijo:
—Algunas
veces los nazis cometen errores, pero en ese caso fue casualidad que Wiese
tuviera sus papeles a nombre de Zimmennann. No eran los papeles de Herbert
Zimmermann. Quizá adoptó ese nombre porque le gustara.
Pero
no por casualidad Wiese fue al hotel de Semmering donde un antiguo SS llamado
Eberhard Gabriel resultaba ser el vigilante nocturno. Gabriel es un individuo
que conoce a toda clase de gente, se muestra también solícito con los huéspedes
del hotel que resultan ser judíos.
Alex,
al día siguiente, me informó desde Semmering:
—Trips
ha venido por «Zimmermann» en su coche y los dos se han ido en el a Viena.
Llamé
al Ministerio del Interior y pregunté al doctor Josef Wiesinger si las
autoridades alemanas habían pedido a las austríacas que buscaran a Wiese. Pero
no, no se había formulado tal petición ni ninguna orden de arresto de Wiese
había llegado a Viena. Di al doctor Wiesinger una descripción de
Zimmermann-Wiese que yo había recibido de Alex: se trataba de un individuo
alto, de cincuenta años, que llevaba un traje gris oscuro y gafas, cojeaba de
la pierna derecha a causa de una herida recibida durante la guerra y por tanto
sería fácilmente identificable.
Durante
los días que siguieron, «Zimmermann» se alojó en Sem¬mering pero hizo tres
viajes a Viena, donde siempre se las arreglaba para perderse. Supuse que allí
se encontraba con camaradas, con la intención quizá de conseguir dinero y un
visado para trasladarse a un país seguro.
A
primeras horas de la mañana del martes 21 de julio, un día cálido y húmedo,
Alex me llamó desde Semmering para decirme que tenía que verme en seguida.
Cuando
llegué, Alex me esperaba hecho un manojo de nervios.
—Tenemos
que actuar rápido o Wiese logrará escapar para siempre. Ha estado dos veces en
la Embajada egipcia de Viena, al parecer ha robado un pasaporte y ha tenido
dificultades con los funcionarios egipcios que tienen muy pocas ganas de
proveerle de visado egipcio aquí en Viena y que tampoco quieren que tome un
avión desde Viena a El Cairo. Le proponen en cambio que tome un tren para
Bel¬grado y que vaya a la embajada egipcia de allí porque hay muchos vuelos de
Belgrado a El Cairo. Así, que éste es el plan: Wiese piensa salir para Graz
esta tarde en el expreso que pasa a las 4:05 por Sem¬mering, desde Graz le será
fácil llegar a Belgrado.
Eran
entonces algo más de las diez. Teníamos menos de seis horas para lograr que
arrestaran a Wiese pues si lograba salir de Austria, se uniría a los otros
criminales nazis de Egipto que habían sido acusados de asesinato en masa pero
que no podían ser traídos ante ningún tribunal ya que Egipto no concede
extradición.
Dije
a Alex que se volviera a Semmering y no perdiera de vista a Wiese. Por mi parte
volví a Viena y llamé al doctor Wiesinger, funcionario del Ministerio del
Interior para comunicarle que Kurt Wiese se alojaba en cierto hotel de
Semmering en cuyo registro cons-taba como «Hubert Zimmermann», que tenía
pasaporte falso, que le habían indicado que en Belgrado obtendría un visado
para Egipto y que pensaba tomar el expreso de la tarde para Graz. Wiesinger se
anduvo con cautela:
—Para
que yo pueda hacer algo, tenemos que recibir señas particu¬lares del fugitivo
de alguna fuente autorizada alemana, para que mis hombres puedan compararlas
con la descripción que usted me da. Trate de obtenerlas en seguida.
Pedí
una conferencia urgente con la Bundeskriminatamt (Oficina Oficial
Criminológica) de Wiesbaden, hablé con el funcionario que tenía a su cargo el
caso Wiese, le dije lo que sucedía y le pedí que me diera las palabras exactas
de la descripción oficial del fugitivo.
El
funcionario de Wiesbaden dudaba. No tenía el dossier de Wiese a mano ni tampoco
autorización de dar información oficial «a organiza¬ciones privadas». Una y
otra vez tropezaba con obstáculos por no tener atribuciones oficiales. Le
contesté:
—Ahora
son las doce y media. Si esperamos otras tres horas, no prenderá nunca a Wiese,
¿no cursó usted una orden de detención? Pues léame a mí la descripción que
consta en la orden.
—No
puedo hacerlo, señor Wiesenthal. Intentaré pasar la descrip¬ción a la Interpol
austríaca.
—Pero...
—Lo
siento, pero es éste el único medio.
Volví
a llamar al Ministerio del Interior austríaco y pedí a Wie¬singer que llamara a
Colonia donde podría con seguridad obtener la descripción oficial. Los
funcionarios de Wiesinger llamaron a Colonia y tras larga espera les dijeron
que el fiscal no estaba en su despacho. Llamaron al fiscal de la cercana
Dortmund pero tampoco hubo suerte. La suerte estaba de parte de Wiese: eran ya
casi las tres y sólo que¬daba una hora para atraparle.
Llamé
otra vez al doctor Wiesinger:
—Si
no envia ahora a sus hombres a Simmering, será ya demasiado tarde y un
individuo acusado de asesinato en masa se habrá escapado para siempre.
—Ya
lo sé —me dijo.— Pero yo no puedo arrestar a un hombre que tiene documento de
identidad alemán válido a nombre de Zimmermann sólo porque usted me diga que no
es Zimmermann sino Wiese, pues no ha cometido ofensa alguna contra la ley
austríaca. Sin embargo, dos de mis hombres están sobre aviso, y en cuanto
tengamos noticias de Alemania, procederemos, si su información coincide con la
que usted nos da.
Yo
no podía hacer absolutamente nada más. Nada más que espe¬rar. Incluso en el
caso de que los dos agentes salieran de Viena en¬tonces, difícilmente llegarían
a Semmering a tiempo.
A
las tres dieciocho, el teléfono de mi oficina sonó. Al oír la voz de Wiesinger,
por poco salto de la silla.
—La
Interpol se puso en contacto conmigo después de su llamada. La información que
usted me dio era correcta: el hombre es Wiese. He enviado dos agentes a
Simmering en un coche con sirena, y hay posibilidades de que lleguen a tiempo.
Me
miré el reloj:
—Son
las tres y veinte —dije.
—Les
di orden de que abordaran el tren sin ser vistos porque no quiero alboroto en
la estación de Simmering... Le volveré a llamar cuando tenga noticias.
Aquella
hora que siguió, se me hizo interminable. A las cuatro y veinticinco, Wiesinger
me llamó diciendo que sus hombres habían detenido a Kurt Wiese.
Alex
regresó aquella tarde a Viena y me contó lo sucedido. Él había permanecido en
los alrededores del vestíbulo del hotel y luego había seguido a Wiese y a
Gabriel hasta la estación.
—Llegó
el tren procedente de Viena y te puedes imaginar lo que sentí al ver que Wiese
y Gabriel se daban un apretón de manos y aquél subía al tren. Me daba cuenta de
que el tren iba a salir al cabo de tres minutos y no sabía si subir y cometer
alguna bobada. En aquel momento llegaron los dos agentes cuando el tren se
había puesto ya en marcha, pero lograron subir al último vagón. Oí un sil¬bido
y el tren desapareció en el interior del túnel de Simmering.
El
resto de la historia la supe por boca de los dos agentes. Espe¬raron a que el
tren hubiera salido del túnel y se aproximara a la siguien¬te estación,
Mürzzuschlag, y recorrieron entonces el tren hasta llegar a un compartimiento
ocupado por un individuo solitario que tenía la pierna derecha estirada. Le
vigilaron en silencio y cuando el hombre se levantó para coger un periódico de
la red, vieron que cojeaba de aquella pierna.
El
tren iba reduciendo la marcha por aproximarse a Mürzzuschlag. Entraron en el
compartimiento y se pusieron frente al hombre.
—Herr
Wiese —dijo uno de los detectives.
Le
pillaron desprevenido. Se olvidó de la situación y asintió con la cabeza...
Luego la movió en sentido negativo y el miedo asomó a sus ojos.
Intentó
decir:
—Mi
nombre es...
—Ya
lo sabemos, Herr Wiese. Viaja usted bajo el nombre de Hubert Zimmermann.
Muéstrenos su carnet de identidad, tenga la bondad.
Wiese
les tendió el carnet de identidad. Se había puesto muy pá¬lido. El tren llegó a
la parada.
—Está
usted arrestado, Herr Wiese —le dijo uno de los agen¬tes—. Va a bajar del tren
con nosotros.
Le
llevaron a Viena en coche y allí Wiese confesó de pleno. Co¬rrespondía
exactamente a la información que Alex me había dado desde Graz donde Wiese
había contado a los Kameraden la historia de su fuga.
Había
pasado de Colonia a la ciudad alemana de Lindau junto a la frontera austríaca,
en coche. Una mujer alemana iba al volante, pero Wiese, perfecto Kavalier, no
reveló a la policía el nombre de ella pues había tenido buen cuidado de
preparar la coartada siguiente.
A
unos cien metros antes de llegar a la frontera, Wiese salió del coche con su
maleta, se fue hacia un pequeño kiosco donde una mu¬chacha vendía periódicos,
cigarrillos y caramelos, a quien Alex, poste¬riormente, fue a ver y comprobó
que ella recordaba la escena muy bien.
—Parecía
nervioso cuando se acercó al kiosco —dijo ella—. Era alto, de pelo rubio,
tendría unos cincuenta años, cojeaba mucho de la pierna derecha, llevaba gafas
y un traje oscuro.
—Me
pidió un periódico y vi que las manos le temblaban al dejar la maleta en el
suelo. Pensé: quizá la maleta pese mucho y haga un rato que la lleva o quizás
esté nervioso porque trata de pasar cigarri¬llos —contó a Alex la muchacha—.
Las tribulaciones de los contra¬bandistas se transparentan en sus rostros.
Alex
asintió. No dijo a la muchacha que el hombre en realidad tenía una muy
atribulada conciencia y no precisamente por intentar pasar cigarrillos de
contrabando.
—Cuando
me dio el dinero del periódico, noté que tenía unas manos enormes y fuertes
—dijo la muchacha del kiosco—. Me dijo que intentaba llegar a Bregen, en el
linde de la frontera austríaca y me preguntó si pasaban por aquí muchos coches.
Pensé que lo que le ocurría era que estaba sin dinero y le dije que seguramente
encon¬traría quién le llevara en su coche hasta Bregen si esperaba un poco
porque era mejor aguardar allí que andar hasta la frontera acarreando la
maleta. Podían hacerle preguntas, incluso hacerle abrir la maleta, pero, en
cambio, si iba en coche, no se molestarían: habiendo tanto tráfico no tenían
tiempo de registrar todos los coches.
«Mientras
le decía aquello, vi que se aproximaba un coche, ma¬tricula alemana y le sugerí
que lo intentara. Me dio las gracias, tomó la maleta e hizo parar el coche. Iba
una mujer al volante. Habló con ella —probablemente le pediría que lo llevara—
y vi que ella le decía que sí. Entonces dio la vuelta por delante del vehículo,
me saludó con la mano y subió. El coche prosiguió hacia la frontera austríaca.
Era
una buena coartada. La muchacha del kiosco declararía que Wiese había parado un
coche y que una mujer que probablemente nunca hasta entonces había visto, le
llevó. El mismo Wiese contó la historia a los Kameraden de Graz, y que él,
haciendo resaltar el valor de la mujer alemana que se atrevió a correr
semejante riesgo, les impresionó.
—Todavía
quedan alemanas decentes que ayudan a un camarada que lo necesita —gritó un
antiguo Führer de la SS—. ¡No todas son putas! Fijaos en lo que os digo,
Kameraden, todavía queda esperanza de un futuro mejor... Pidamos más cerveza.
Fue
servida otra ronda de cerveza y bebieron solemnemente por «un futuro mejor».
Wiese
no reveló el nombre de la mujer alemana pero fue mucho menos caballeroso con
sus Kameraden de Graz. Dio a la policía aus¬tríaca los nombres de todos
aquellos que le habían ayudado y que están ahora pendientes de juicio,
preguntándose quién denunciaría a Wiese. Cada uno de ellos, me enteré más
tarde, sospechaba de sus otros Kameraden.
CAPÍTULO
VII
EL
HOMBRE QUE COLECCIONABA OJOS AZULES
El
régimen nazi logró en Alemania corromper a miembros de todas las profesiones.
Desgraciadamente los médicos, hombres que habían pronunciado el juramento
hipocrático de salvaguardar las vidas humanas, no fueron una excepción. El
régimen de Hitler creó su propia ciencia médica; así, que los médicos que
prestaban servicio en los campos de concentración no intentaban aliviar a sus
pacientes del mal, sino que procedían de acuerdo con aquella teoría de que el
más eficaz remedio contra el dolor de cabeza, es cortarle la cabeza al
paciente. Los inválidos y los incapacitados para el trabajo, eran enviados a
las cámaras de gas; los prisioneros que denotaban síntomas de enfermedad
contagiosa, fusilados así como los que habían sufrido un contagio. Muchas
veces, los médicos inyectaban veneno o aire en las venas de sus víctimas.
Cuando un tren cargado de prisioneros llegaba al campo, un doctor ya les
aguardaba y separaba arbitrariamente aquellos que parecían sanos de los que no
lo parecían, y señalaba un lugar para los de buen aspecto —suspensión temporal
de la senten¬cia— y otro para los que no lo tenían, el crematorio. Lo peor de
todo fue que los campos de concentración se convirtieron en laboratorios contra
natura, donde científicos enajenados empleaban seres humanos en lugar de
ratones y conejillos de indias. Mucho se ha escrito sobre los experimentos
llevados a cabo con increíble dureza, no sólo por doctores sino también por
químicos y técnicos de muchas de las más importantes industrias químicas
alemanas. En Auschwitz había un «blo-que experimental" especial donde los
prisioneros tenían que someterse a experimentos que ordinariamente sólo se
efectúan con animales.
Terminada
la guerra, conocí a un joven judío cuyo brazo izquier¬do tenía el aspecto de un
tablero de ajedrez multicolor. Los doctores de Auschwitz le pusieron algo en la
piel en una superficie de un centímetro cuadrado y tras varios días de
insoportable dolor, la piel se le puso azul oscuro. Entonces los doctores le
cortaron aquella porción de piel y le pusieron otra cosa en otra parte del
brazo. Este segunda vez, la reacción fue amarillenta y el dolor todavía más
vivo. El ex¬perimento prosiguió durante meses y cuando se quejaba de los
dolores, los doctores le decían que tenía que considerarse afortunado:
—Mientras
estemos trabajando contigo, seguirás con vida —le dijo riendo un doctor.
Conocí
a otro hombre a quien los científicos de Auschwitz, tras va¬rias operaciones,
habían convertido con todo éxito en una mujer a sus trece años. Terminada la
guerra, se le practicó una operación en un clínica de Alemania Occidental: los
cirujanos restablecieron la masculinidad física del hombre pero no le pudieron
devolver su equili¬brio emocional. Empezó a beber, demostró tendencias
criminales y fue detenido —lo que no sorprendió a nadie que conociera su
histo¬rial—. Mide metro ochenta y tiene aspecto saludable pero por dentro está
destrozado, y según los médicos no recuperará nunca la normali¬dad. También en
Auschwitz, un grupo de doctores y químicos trabajó en un nuevo método
simplificado de esterilización, queriendo encon¬trar «un acto de cirugía» tan
fácil de realizar que curanderos y bar¬beros pudieran efectuarlo. El nuevo
método estaba destinado a escla¬vos y otros pueblos, cuya procreación no
resultaba interesante para los nazis.
No
es ningún secreto que alguno de esos doctores todavía prac¬tica la medicina: en
Austria, en Alemania, en Egipto, en África, en Sudamérica. Tenemos un fichero
con sus nombres y algunos con sus domicilios. Quizás el peor del grupo sea el
doctor Mengele, antiguo jefe del equipo médico de Auschwitz que se especializó
en lo que vino a llamarse «ciencia de los gemelos» y que trató de producir
artificial¬mente en niños rasgos arios y ojos azules.
El
nombre de doctor Josef Mengele era familiar a cuantos estu¬vieron en campos de
concentración, incluso si nunca pasaron por el de Auschwitz. Mengele tiene
miles de niños y de adultos en su con¬ciencia. En 1944 fue él quién determinó
si miles de húngaros de Auschwitz debían vivir o morir. Odiaba especialmente a
los gitanos, quizá porque él parecía serlo, y ordenó la muerte de miles de
ellos. Tengo el testimonio de un hombre que vio cómo Mengele echaba una
criatura viva a las llamas y el de otro que presenció cómo Mengele mataba a una
niña de catorce años con una bayoneta.
En
1959 pregunté a mi amigo Hermann Langbein, secretario general del Comité
Internacional de Auschwitz, con quien he trabajado en varios casos, si por
casualidad sabía la dirección de Mengele Langbein me dijo:
—En
1954 Mengele formuló una petición de divorcio contra su esposa en Breisgau,
Freiburg, su último domicilio común. En aquella ocasión mantuvo correspondencia
con su abogado, doctor Haus Laternser y obtuve entonces su dirección en
Argentina. Ahora, no me pregunte dónde está.
Por
diversas fuentes supe que el doctor Mengele había usado en los últimos años,
los siguientes nombres supuestos: Helmuth Gregor-Gregori, Fausto Rindon, José
Aspiazi, Ernst Sebastian Alvez, Friedrich Edler von Breitenbach, Walter Hasek,
Heinz Stobert, Karl Geuske, Fritz Fischer y Lars Ballstroem.
Durante
la época de su divorcio, Mengele ejercía la medicina en Buenos Aires bajo el
nombre de doctor Helmuth Gregor-Gregori. Se había vuelto a casar con la viuda
de su hermano mayor Karl, muerto en acción durante la guerra. Pregunté a
Langbein si las autorida¬des de la Alemania Occidental habían tratado de dar
con Mengele.
—El
5 de julio de 1959, el fiscal de Freiburg publicó una orden de arresto y
entonces el Departamento de Asuntos Extranjeros de Bonn pidió su extradición a
la Argentina. Pero la Argentina pretextó que Mengele no podía ser hallado en la
dirección indicada; así, que nos toca averiguar su último domicilio.
Langbein
había conocido a Mengele en el campo de concentración y me lo describió como de
pequeña estatura, moreno de piel, un poco bizco del ojo izquierdo, con un
agujero triangular entre los dientes superiores. Medía metro sesenta y siete.
—Ahora
tiene cincuenta y tres años, se está quedando calvo, y viste estupendamente
—siguió diciendo Langbein—. En Auschwitz llevaba siempre el uniforme
impecablemente planchado, botas relu¬cientes y guantes blancos.
Langbein
me dijo que una vez Mengele entró en el bloque infantil de Auschwitz para medir
las estaturas de los niños.
—Se
enfadó muchísimo al ver que muchos de ellos eran bajos con relación a su edad e
hizo que los niños se pusieran uno tras otro contra un poste que había en la
entrada y que tenía unos clavos que marcaban la altura apropiada de cada edad.
Si los niños no llegaban al clavo que les tocaba, Mengele hacía un signo con su
látigo y el niño era llevado a la cámara de gas. Más de mil niños fueron
asesinados en tal ocasión.
Mengele
es doctor en filosofía (por la Universidad de Munich); estudió la Kritik der
reinen Vernunft («Crítica de la razón pura») de Kant y simultáneamente se
empapó de la basura racial del filósofo hitleriano Alfred Rosenberg. Como
doctor en medicina (por la Uni¬versidad de Frankfurt) sacrificó miles de niños
gemelos de toda Europa, inyectándoles dolorosas soluciones para tratar de
cambiar el color castaño de sus ojos en azul. (Ambas universidades han
despojado a Mengele de su título universitario.)
Mengele
tenía la «teoría» de que los seres humanos tenían «pedigree» como los perros y
creía a pie juntillas en su «misión» de producir una super-raza de hombres de
ojos azules y pelo rubio «nórdico» y en su «deber» de matar «a los especímenes
biológicamente inferiores». En Auschwitz, su sala quirúrgica estaba
impecablemente limpia, sus jerin¬gas con las que muchas veces inyectaba ácido
fénico, bencina o aire, que matara a sus pacientes en pocos segundos, siempre
esterilizadas. Mengele era el SS perfecto. Sonreía a las muchachas bonitas
mientras las enviaba a la muerte. Frente al crematorio de Auschwitz le oyeron
decir una vez: «Aquí los judíos entran por la puerta y salen por la chimenea».
Pensé,
al igual que las autoridades de la Alemania Occidental, que la captura de
Mengele causaría fuerte impacto en millones de personas, cuando los detalles de
sus crímenes fueran entera y com¬pletamente revelados ante un tribunal. El
gobierno de la Alemania Occidental ofreció una recompensa de 60.000 marcos
alemanes (15.000 dólares) por él. Junto a su amigo Martin Bormann 100.000
marcos alemanes (es decir, 25.000 dólares) Mengele es el fugitivo nazi con
mayor precio puesto a su cabeza.
Después
de hablar con Langbein, me puse en contacto con un amigo de Buenos Aires al que
di la última de las direcciones que conocíamos del «doctor». El 30 de diciembre
de 1959, mi informador en Buenos Aires, a petición mía, notificaba a la
Embajada alemana que Mengele «residía en la actualidad bajo su auténtico nombre
en Vértiz, 968, Olivos». Al parecer, ya no creía necesario tener que ocultar su
verdadera identidad.
Pasé
el nuevo informe a Langbein, que se puso en contacto con el fiscal de Freiburg.
Entre las embajadas, ministerios de asuntos exte¬riores, ministerios de
justicia y ministerios públicos se intercambiaron fichas. A principios de enero
de 1960, una petición oficial urgente, la segunda, de la extradición de Mengele
fue hecha por cable desde Bonn a Buenos Aires. Pocas semanas después, la
Embajada alemana era informada de que el Procurador de la Nación presentaría la
objeción de que las ofensas de Mengele podían considerarse «po¬líticas» y no
«criminales». La mayoría de países, especialmente en Latinoamérica, no conceden
la extradición por ofensas políticas. Aunque las autoridades argentinas
admitían que las pruebas contra Mengele eran muy poderosas, no podían superar
las actitudes psico¬lógicas que hacen casi imposible la extradición en todo
Sudamérica.
Tradicionalmente,
la mayoría de países latinoamericanos tienen una alta valoración del santuario
político ya que, dado que la situa¬ción política en esos países a veces cambia
bruscamente, los dirigentes políticos tienen que huir a menudo para salvar sus
vidas, generalmente pidiendo asilo en la embajada de otro país sudamericano.
Muchos de estos dirigentes creen que concediendo la extradición de criminales
nazis, pueden crear un peligroso precedente y por esta razón los países de
Sudamérica raramente conceden la extradición de criminales, ni asesinos. El
«huésped» es siempre protegido. En ciertos países, a un hombre se le protege de
extradición aunque sólo haya pasado en el país dos días. El ejemplo de Mengele
no significaba que hubiera amplias simpatías pro-nazis en Sudamérica sino
aversión grande a conceder una extradición.
Entretanto,
Mengele había sido informado por sus parientes de Alemania que se había
publicado una orden de arresto en Freiburg. En mayo de 1959, ocho semanas antes
de que fuera hecha pública en Freiburg la acusación, Mengele se fue al
Paraguay, donde había hecho amistades durante el curso de una previa visita,
entre ellas la del barón Alexander von Eckstein, ruso báltico muy allegado al
presidente del Paraguay, general Alfredo Stroessner, de ascendencia alemana.
Eckstein apadrinó la naturalización de Mengele como ciudadano del Paraguay,
atestiguando —falsamente— junto con otro testigo, un hom¬bre de negocios alemán
llamado Werner Jung, que Mengele había vivido en Paraguay durante cinco años,
que es lo que las leyes del país requieren para conceder la naturalización.
Ello fue confirmado a su vuelta a Alemania en 1961, cuando bajo juramento
respondió a pre-guntas del fiscal del Estado, Hans Kügler, de Frankfurt. Con
ese falso testimonio, a «José Mengele» le fue concedida ciudadanía paraguaya,
el 27 de noviembre de 1959, según decreto gubernamental número 809.
Pocos
días después de su naturalización, Mengele volvió a la Argentina. Allí se
enteró que el gobierno de la Alemania Occidental había hecho una segunda
petición, urgente, de extradición, pero como en Buenos Aires la cosa estaba en
manos del Procurador de la Nación que no hizo ni una gestión ni durante los
siguientes seis meses dio el procurador muestras de que pensara hacer ninguna.
Al parecer, la Argentina iba a permanecer tan pasiva como en el caso de Adolf
Eichmann. En realidad, puedo revelar ahora, que si la Argentina hubiera
concedido la extradición de Mengele a principios de 1960, el rapto de Eichmann
no hubiera tenido lugar en mayo del mismo año.
Mengele
no estaba seguro de que su pasaporte paraguayo, recién nuevo, le protegiera y
pensó que sería más seguro salir de Buenos Aires. Se fue a Bariloche, hermoso y
frecuentado lugar del distrito de los lagos andinos, donde muchos nazis ricos
tienen elegantes villas y vastas haciendas. Bariloche está lo convenientemente
cerca de la frontera con Chile, otro de los refugios favoritos de muchos ex
nazis.
En
Bariloche ocurrió un misterioso accidente. No puedo facilitar la fuente de mi
información pero puedo afirmar su autenticidad. Entre los turistas de
Bariloche, se contaba por entonces la señorita Nora Eldoc, de Israel, que
visitaba a su madre, con quien había estado en Auschwitz donde la señorita
Eldoc fue esterilizada por el doctor Mengele. Por pura casualidad pasaba unos
días en Bariloche precisamente cuan¬do Mengele estaba allí. Tenía cuarenta y
ocho años, era todavía atractiva y contaba con muchos amigos en la población.
Una noche, en el baile de un hotel local, se encontró de pronto cara a cara con
Men¬gele. El informe de la policía no dice si él la reconoció (Mengele había
«tratado» a miles de mujeres en Auschwitz), pero sí reconoció el núme¬ro tatuado
en el antebrazo izquierdo. Por unos segundos, la víctima y el torturador se
miraron uno a otro en silencio, pues testigos presenciales aseguraron luego que
entre ellos no se cruzó palabra. La señorita Eldoc, le dio la espalda y salió
de la sala.
Pocos
días después, ella no regresaba de una excursión de monta¬na. Se dio aviso a la
policía y tras varias semanas de búsqueda el cuerpo magullado de la señorita
Eldoc fue hallado dentro de una grieta profunda del terreno. La policía hizo
una investigación rutinaria y atribuyó su muerte a un accidente montañero.
Tras
el rapto de Eichmann, el airado gobierno argentino presentó sus quejas
argumentando que hubiera entregado a Eichmann volunta¬riamente. Ello me parecía
más que sobradamente dudoso, e informé a los servicios telegráficos y a los
principales periódicos del mundo de lo sucedido en el caso Mengele. Tales
revelaciones puede que conven¬cieran a ciertas personas de Buenos Aires de que
era necesario hacer algo respecto al caso Mengele, pues una orden de arresto
fue publi¬cada por las autoridades argentinas en junio de 1960. Llegaba
dema¬siado tarde. El mismo día en que tuvo lugar la captura de Eichmann, el
doctor Mengele había escapado cruzando la frontera brasileña y desaparecido así
una vez más. No por mucho tiempo, sin embargo. Un día de abril de 1961 un hombre
que llamaré Johann T., un alemán entrado en años que formó parte del Partido
nazi y que todavía está en contacto con sus antiguos Kameraden vino a verme.
Johann, con el que he venido teniendo trato desde el final de la guerra, me ha
dado en repetidas ocasiones informes que han resultado ser exactos y muy
útiles. Me consta que si Johann me ayuda no es por un sentido de culpabilidad
ni porque quiera expiar crímenes cometidos durante el régimen de Hitler, ni
porque sienta especial simpatía por los judíos, sino porque aun siendo un
fogoso nacionalista alemán, tiene muy per¬sonales razones en su actitud para
con los nazis. En 1942, su sobrina Linda, bonita muchacha rubia y de ojos
azules, fue llevada contra su voluntad a un castillo de los llamados «Lebensborn»,
campo oficial nazi donde los jóvenes arios, machos y hembras, se juntaban para
pro¬ducir super-arios, exactamente la clase de lugar que el doctor Mengele pudo
haber inventado. Allí Linda dio a luz a un crío cuyo padre no podía identificar
ya que pudo ser cualquiera de la docena de jóvenes SS que habían estado con
ella de acuerdo con el programa, Johann nunca pudo olvidar tamaño insulto a la
dignidad humana y en una ocasión dijo que nunca dejaría de odiar a los nazis
por sus pervertidas teorías racistas. Cuando se presentó en mi oficina en 1961,
hacía años que yo no lo veía. Ahora su pelo era blanco, pero sus sentimientos
seguían siendo los mismos.
—Le
traigo buenas noticias —dijo—. Sé donde está Mengele y espero que lo pueda
atrapar porque su proceso abriría los ojos de muchas personas. —Me miró y
siguió diciendo:— La semana pasada me encontré con dos alemanes, uno de ellos
un viejo conocido mío, que acababan de regresar de Egipto donde vieron a
Mengele hace unas semanas.
—Johann
—le dije— por cuanto sabemos, Mengele está todavía en una nación sudamericana.
—Sí,
estaba, pero se marchó hace un mes. Parece que se siente muy preocupado y con
la sensación de que agentes israelíes le persi¬guen. —Johann me guiñó un ojo.—
Puede que sea así o puede que sólo sea un caso de conciencia culpable porque no
me extrañaría que hubiera perdido sus agallas después de la captura de
Eichmann. Sea como fuere, ha decidido que El Cairo es un lugar más seguro para
él.
—¿Y
qué piensan de ello los egipcios?
—Lo
acogieron con mucha reserva. Como Nasser quiere estar a la vez en buenas
relaciones con Estados Unidos y con la Unión Soviética, puede que le preocupe
la publicidad adversa que puede sus¬citar el hecho de que Egipto dé asilo a un
hombre como Mengele. Así, que los egipcios le han sugerido que salga del país
lo más pronto posible y el grupo alemán de Egipto, bajo las órdenes de cierto
Obersturmbannführer Schwarz de Alejandría que se encarga de tan delicadas
operaciones, alquiló un yate y llevó a Mengele y a su mujer a la isla griega de
Kythnos, diminuta isla vecina a Creta, idealmente situada porque muy pocos
barcos regulares llegan a ella.
—¿Es
que Mengele va a quedarse allí?
—Los
alemanes le han prometido sacarle de la isla, a él y a su mujer en cuanto
puedan. No tiene usted mucho tiempo Wiesenthal, pero si actúa rápido, puede
atraparle en Kythnos.
Yo
estaba a punto de salir para Jerusalén con el fin de asistir al juicio de
Eichmann. Pensé que si lo notificaba a las autoridades grie¬gas a través de los
canales diplomáticos habituales, se perderían varias semanas, y en aquella
ocasión, como ya había hecho muchas veces en el pasado, decidí seguir un camino
muy fuera de la rutina. Llamé por teléfono al editor de una gran revista
ilustrada de Alemania con el que ya había cooperado anteriormente y nos pusimos
de acuerdo: la revista quería el artículo y yo quería al hombre. A través de
Langbein, llamamos a Atenas para ponernos en contacto con un tal doctor Cuenca,
notable científico que se vio forzado durante la guerra a trabajar en Auschwitz
como «asistente médico» bajo las órdenes de Mengele. Le expliqué que tendría
que actuar rápido y en secreto. A su vez, Cuenca nos informó que los barcos
normales de pasajeros, paraban en Kythnos sólo dos veces por semana. Tomé, la
decisión de que un reportero de la revista se apersonara en Kythnos, pasando
por Atenas y si encontraba a Mengele en Kythnos, llamara a Cuenca, que se
des¬plazaría inmediatamente e identificaría al doctor. Si era el hombre en
cuestión, Cuenca lo notificaría a la policía griega y con toda seguridad las
autoridades griegas concederían la extradición de Mengele.
El
reportero llegaba a Kythnos cuarenta y ocho horas después. No había más que dos
grandes edificios en la isla, un monasterio y una pequeña taberna junto al
puerto. El reportero entró en esta última y preguntó al tabernero si había
tenido algún huésped últimamente.
—Un
alemán y su mujer que se fueron ayer.
—Pero
si ayer no hubo ningún barco de pasajeros —dijo el re¬portero.
—Vino
un yate blanco al puerto. El alemán y su mujer subieron a bordo y el yate se
volvió a marchar en dirección Oeste.
Había
llegado, pues, con doce horas de retraso.
El
reportero insistió:
—¿Y
no hay otros alemanes en la isla?
El
tabernero negó con la cabeza:
—Fueron
los dos primeros huéspedes del año. Es demasiado tem¬prano para los turistas,
que de costumbre empiezan a llegar en mayo.
El
reportero mostró al hombre gran número de fotos, de entre las que, sin dudar,
el tabernero supo distinguir la de Mengele. Dos monjes que encontró le dijeron
también que aquel hombre había estado allí el día anterior.
Habíamos
perdido otro asalto.
Posteriormente,
cuando volví a encontrarme con Johann, le pre¬gunté si Mengele habría sido
advertido que un reportero alemán se dirigía a Kythnos.
—No
lo creo.
—¿Quién
fue a buscar a Mengele a Kythnos?
—Ciertos
amigos suyos españoles recogieron a Mengele y a su mu¬jer en su yate particular
porque el individuo tiene amigos en todas partes. Es aterrador lo que la gente
es capaz de hacer por un sentido de solidaridad mal entendida. No sé quiénes
son, pero sí que se lo llevaron a Barcelona. ¿Sabía usted que hasta tuvo la
osadía de volver a Alemania?
—¿A
Alemania? Pero si se ha publicado la orden de su arresto.
—Mengele
tiene muy buenos amigos en Alemania. Sé que volvió a Günzburg en 1959 para
asistir al funeral de su padre y que pasó allí varios días. Naturalmente, no se
alojó en ningún hotel ni quiso estar en su casa, sino que vivió en el convento
del Colegio Inglés.
—¿Y
nadie fue a denunciarle a la policía?
—En
Günzburg todo el mundo depende, de un modo u otro, de los Mengele. Estoy
convencido de que la policía ignora que estuvo allí.
Cuando
se supo que Mengele había estado en Günzburg en 1959, el ministerio público
Rahn declaró en una conferencia de prensa en Frankfurt que la población de
Günzburg «actuó como un grupo de conspiradores para ayudar a la familia
Mengele». Posteriormente, el alcalde, un tal doctor Seitz, protestó, y a
continuación un periódico publicaba que el doctor Seitz era ni más ni menos que
el notario de la familia Mengele. Hubo acusaciones y contraacusaciones. Según
la prensa, un funcionario legal de Günzburg decía que la población daba
albergue «a un grupo de antiguos nazis que hábilmente echaban tie-rra» a la
maquinaria de la democracia. El ex alcalde, Michael Zehetmeier, declaró para un
periódico suizo: «En esta población nadie sol¬tará prenda por mucho que sepa».
Esa era Günzburg, una extravagante población medieval de doce mil habitantes, a
orillas del Danu-bio, en Baviera. Günzburg se siente orgullosa de su bonito
castillo estilo renacimiento, su iglesia rococó, su plaza del mercado con sus
ca¬sas antiguas y de su mayor industria, la fábrica de maquinaria agrícola de
Karl Mengele e Hijos. El padre de Mengele fundó la firma a prin¬cipios de siglo
y la familia se ha convertido en acomodada: los Men¬gele han venido siendo
ciudadanos de primera categoría en Günzburg, de modo que un considerable tanto
por ciento de los habitantes de la población trabaja, directa o indirectamente,
para la firma. En Buenos Aires, terminada la guerra, la firma Mengele e Hijos
adquirió el cin¬cuenta por ciento de la Frado Agrícola KG, S. A., nueva
industria local dedicada a la fabricación de tractores. La compañía argentina
fue fundada con un capital de un millón de dólares.
En
esa encantadora población antigua nació Josef Mengele el 16 de marzo de 1911 y
se convirtió en el príncipe con corona de la familia dirigente local. En los
años veinte pasó a la cercana Munich, donde fue a estudiar filosofía. Allí
conoció a Adolf Hitler, en los días de la cervecería, convirtiéndose en un
fanático seguidor del Führer. La gente de Günzburg que recuerda a Mengele
joven, me dijo que su as¬pecto físico le hacía sufrir, que hubiera querido
tener el aspecto de un ario, cosa que desde luego ni con imaginación podía
soñar.
Mengele
se alistó al principio de la guerra, se unió a la Waffen de la SS y prestó
servicio como oficial médico en Francia y en Rusia. Los veteranos de la Waffen
de la SS se disociaban de los SS ordinarios, pretendiendo que la Waffen no
tenía nada que ver con campos de con¬centración ni otros aspectos crueles del
régimen de Hitler. Sin embar¬go, sea o no verdad, lo cierto es que en 1943
Mengele fue nombrado doctor en jefe de Auschwitz: Himmler y el general
inspector Glucks habían dado con el hombre apropiado.
Los
experimentos de purificación de raza de Mengele me recuerdan el testimonio del
ayuda de Hitler, el Obergruppenführer de la SS Von der Bach-Zelewski en
Nuremberg. En el verano de 1941, cuando el Mufti de Jerusalén salió de Irak
tras un malogrado golpe revolucio¬nario al estilo fascista y huyó a Alemania,
el cabecilla antijudío Moslem quiso conocer a su tocayo alemán. A Hitler le
mostraron una foto¬grafía del Mufti y se negó a recibirle no queriendo tratar
con una per¬sona «que parece un judío».
—Pero
mein Führer —dijo Von der Bach-Zelewski, según testimo¬nio propio—, si el Mufti
tiene los ojos azules.
El
Mufti fue recibido.
Ahora
puedo reproducir con exactitud los movimientos de Mengele. Al terminar la
guerra se fue a su hogar, a Günzburg, donde su familia y amigos, desconocedores
de su carrera en Auschwitz, le reci¬bieron como a un buen soldado que ha
cumplido con su deber. Mu¬chos sabían que había trabajado en «uno de esos
campos», pero nadie hizo preguntas. Incluso después, cuando empezaron a correr
rumo¬res, la gente calló. Günzburg se hallaba en la zona de ocupación de los
Estados Unidos en Alemania, pero los americanos no tenían cargos contra Mengele
porque no sabían lo que había hecho. Era otra prueba de la total confusión que
existía entre la diversidad de autoridades, civi¬les y militares en la Alemania
de los primeros años de la posguerra.
Durante
cinco agradables años, Mengele llevó una vida tranquila en Günzburg, visitando
con frecuencia Munich y otros lugares. No fue hasta 1950 cuando empezó a sonar
su nombre en los diversos tribuna¬les de crímenes de guerra nazis. Algunos de
sus antiguos colegas y subordinados, entre ellos su antiguo chófer de la SS,
comenzaron a ha¬blar de lo que él había venido haciendo en Auschwitz.
Mengele
pensó que había llegado el momento de desaparecer. Como contaba con poderosos
amigos en la organización ODESSA, en 1951 escapó hacia Italia siguiendo la ruta
Reschenpass-Merano, pa¬sando de allí a España y posteriormente a Latinoamérica.
En 1952 llegó a Buenos Aires con documentaciones falsas y empezó a trabajar
como médico sin licencia. No tenía temores: estaba en muy amistosos términos
con la policía del dictador Juan Perón. En aquellos tiempos se hacía llamar
Friedrich Edler von Breitenbach y contaba con mu¬chos amigos entre los nazis
del lugar.
El
régimen de Perón terminó el 16 de septiembre de 1955 con el exilio del
dictador. De repente los nazis temieron perder la protec¬ción oficial y
entonces empezó un éxodo general al Paraguay. Mengele se fue a Asunción,
capital del país, pero luego volvió a Buenos Aires, donde la vida era más
grata. Ya no se atrevía a practicar la medicina ilegalmente y, en vez de ello,
tomó a su cargo la dirección de la sucur¬sal de la empresa familiar.
Habían
pasado diez años desde que regresara de la guerra. Ningún tribunal alemán había
abierto sumario contra él y Mengele debió creer que ya no era necesario
esconderse bajo seudónimo y pasó a vivir en Buenos Aires bajo su propio nombre.
Y así fue cómo encon¬tramos su pista dos años después, en 1957, cuando su
nombre apareció como principal acusado en un juicio alemán que se iba a
efectuar contra los encausados de Auschwitz.
En
1962, algunos meses después que Mengele nos hubiera dado esquinazo en Kythnos,
me enteré de que había vuelto a Sudamérica. Su esposa y su hijo habían quedado
en Europa: Frau Mengele vivía en Kloten, cerca de Zürich, Suiza. Me puse en
contacto con un abo¬gado suizo que descubrió que ella había alquilado una
casita en la calle Schwimmbad, número 9, e inmediatamente me enteré que la casa
donde Frau Mengele vivía estaba muy cerca del aeropuerto. No era un lugar muy
tranquilo —con los aviones volando por encima del techo de la casa—, pero
conveniente para su esposo que podía estar en casa a los pocos momentos de
llegar al aeropuerto de Zürich, sin riesgo de ser visto por demasiadas
personas. Quise irme para allá y averiguar más cosas sobre la pareja Mengele,
pero a la policía suiza no le gustan los forasteros inquisitivos en sus
dominios. Por tanto, pedí a un amigo suizo que hiciera una visita a Frau
Mengele.
Este
me contó que la casa era una torre parduzca, que pasaba inad¬vertida en una
zona moderna. Llamó al timbre. Una mujer pequeña, de unos cincuenta años de
edad, «bastante bonita», abrió la puerta y al ver a un desconocido pareció
desconfiar. Le preguntó qué deseaba.
Mi
amigo explicó que venía de parte de una compañía de seguros.
—La
póliza de esta casa no se ha pagado. Tiene usted que abonar la prima.
—Yo
soy un nuevo inquilino y no sé nada de esa póliza.
Frau
Mengele intentó cerrar la puerta; mi amigo, rápido, inter¬puso el pie.
—Perdone,
señora, ¿no es usted Frau Vogelbauer?
—No.
Ésa es la señora que alquiló la casa antes que yo. Es mejor que vaya y hable
con el propietario.
—Sólo
quiero echarle un vistazo al piso para ver si necesita alguna reparación.
La
Hausfrau (ama de casa) alemana se despertó en Frau Mengele. Dijo a mi amigo que
había un escape en el baño y le pidió que pa¬sara y lo viera.
El
apartamiento era moderno, confortable, limpio y frío. Suizo. Mi amigo no vio
trazas de que por allá anduviera hombre alguno, sino que al parecer Frau
Mengele vivía sola. Luego descubrimos que su hijo, Karl Heinz, estaba
estudiando en Montreux.
Aquella
noche me encontré en Zürich con un oficial suizo al que re¬ferí nuestro
descubrimiento y le pedí informara a la policía. No es que yo quisiera causar
ningún perjuicio a la esposa de Mengele, sino que sólo tenía interés en que
vigilaran la casa por si Mengele se presen¬taba allí algún día. Pero
pobablemente como resultado de mi intervención, las autoridades federales
suizas, varias semanas después, en julio de 1962, expulsaban a Frau Mengele de
Suiza. Los suizos no querían verse, al parecer, con el problema de tener que
conceder la ex¬tradición de un criminal nazi, ni querían verse envueltos en un
pro¬ceso de crímenes de guerra. Frau Mengele abandonó Zürich y se tras-ladó a
la encantadora ciudad de Merano, en el Tirol italiano, donde to¬davía vive en
una recoleta casa, confortada por la presencia de mu¬chos ex nazis.
Ahora
Mengele ha regresado a Asunción, y aunque hubiera pre¬ferido vivir en Buenos
Aires, tiene en cuenta que todavía la orden de arresto sigue en pie. Sin
embargo, de la sucursal que la firma de su familia tiene allí recibe el
suficiente dinero para llevar una vida con¬fortable.
Mengele
tiene buenas razones para sentirse seguro en el Paraguay y la historia del país
le reconforta. Paraguay ganó su independencia en 1811, siendo una dictadura
desde 1815 a 1840. Luchó contra Brasil, Argentina y Uruguay desde 1865 a 1870 y
adoptó por fin una constitución democrática cuando la población se había
reducido a 280.000 hombres y casi 200.000 mujeres. Como Paraguay necesitaba
emigrantes que quisieran trabajar su suelo, griegos, polacos, italianos y
japoneses fueron inmigrando, así como muchos alemanes. Desde siem¬pre, el
Paraguay ha atraído a los colonos alemanes, especialmente des¬pués de la
Primera Guerra Mundial y hoy existen más de treinta mil habitantes de
ascendencia germana en el país. La población es ahora de casi dos millones,
pero la influencia de la minoría alemana excede considerablemente a su número,
pues los alemanes han conseguido posiciones clave en el comercio y en la
industria. El presidente, gene¬ral Alfredo Stroessner es el nieto de un oficial
de caballería bávaro, y si bien él nació en Paraguay, parece muy ligado a su
herencia alemana, hasta el punto que la guardia presidencial está compuesta de
seis guardias que marcan el paso a la alemana.
Viven
ahora en el Paraguay unos mil judíos; hay también un anti¬guo amigo mío del
campo de concentración de Mauthausen que es¬tuvo en Auschwitz y allí conoció a
Mengele. Le encontré en Milán en 1964 y al hablar de Mengele parecía sentir
aprensión.
—Por
favor, no hagas nada drástico, Simón —me dijo—. Los diri¬gentes de nuestra
comunidad judía en Asunción han recibido anónimos que amenazan con que «no
quedará un solo judío con vida en Paraguay» si Mengele es raptado. Puede que
sea una broma estúpida, pero muchos de los nuestros están preocupados y no seré
yo quien les censure.
—¿Y
la policía, qué? —le pregunté.
—Un
forastero que no conozca el Paraguay no comprenderá nunca la importancia de la
influencia alemana en el país. La ideología nazi de 1933 todavía subsiste, así
como el principio nazi de la Sippenhaftung (discriminación racial). Los judíos
de Paraguay serían hechos co¬lectivamente responsables de lo que le sucediera a
Mengele.
—Eso
es una bobada —le contesté—. Hace años que conocemos a la segunda esposa de
Mengele y a su hijo Karl-Heinz, que es un muchacho correcto y serio. Sé dónde
vive, a quién ve y lo que hace, pero no se me ocurriría hacerle responsable de
los crímenes que cometió su padre.
—Claro
que no. Nosotros no hacemos esas cosas, pero ello no quiere decir que tampoco
ellos vayan a hacerlas.
Se
despidió de mí y se fue profundamente preocupado. Me quedé pensando en él un
buen rato. Veinte años después de terminada la pesadilla, todavía hay personas
para quienes la pesadilla sigue existiendo.
En
julio de 1962, el gobierno de Bonn pidió a las autoridades de Paraguay que
verificasen la identidad del doctor José Mengele, con residencia en Fulgencio
Moreno, 507, Asunción. Varios meses después, las autoridades del Paraguay
notificaron a la Alemania Occidental que Mengele era ciudadano de Paraguay sin
«historial criminal alguno».
Mengele
no pasó mucho tiempo en Asunción. Sus amigos le dijeron que estaría más seguro
en una de las colonias alemanas del río Paraná Superior, zona donde Paraguay,
Brasil y Argentina tienen fronteras comunes. El río que forma la frontera está
muy poco vigilado y es fácil cruzarlo y entrar en Brasil. Mengele se trasladó a
una propiedad cercana a Encarnación, perteneciente a Alban Kruge Krug,
hacendado granjero de sesenta y pico de años, descrito como hombre de
tempe¬ramento violento y violentas ideas políticas, que en sus viajes se hace
escoltar por cuatro guardas concienzudamente armados. Mengele pasó dos años en
la hacienda de Krug, ayudándole en la cosecha y asistiendo a los pacientes de
Encarnación bajo el nombre de «doctor Fritz Fischer». Pero a finales de 1963 se
sintió otra vez poco seguro. Sabía yo que iba a ser imposible seguirle todos
los pasos a un hombre pro¬tegido por tantas personas en tan diferentes partes
del mundo, y por tanto en vez de hacerlo decidí vigilar los movimientos de las
personas allegadas; en este caso, su mujer y su hijo. Frau Martha Mengele no
salía apenas de su casa de Merano y por aquel tiempo su hijo Karl-Heinz
estudiaba en Montreux, Suiza. Poco antes de la Navidad de 1963, una carta
echada en Montreux informaba a uno de mis amigos de Austria que Karl-Heinz
Mengele acababa de salir para Milán, donde pensaba alojarse, en cierto hotel,
pues según dijo a sus compañeros de curso tenía que encontrarse allí con
ciertos parientes suyos de ultra¬mar. La carta llevaba el matasellos de Montreux,
22 diciembre, pero debido a la acumulación de correo de Navidad, me llegó la
ma¬ñana del 28. Tomé el primer avión para Milán y en el hotel me dije¬ron que
un individuo con pasaporte español a nombre de «Gregor-Gregori», había estado
allí, pero se había marchado hacía dos días.
El
tercer asalto tuvo lugar pocos meses después, una noche de marzo de 1964, en
que Mengele estaba pasando el fin de semana en el Hotel Tirol, cerca de Honeau,
próspera colonia alemana al este del Paraguay. El Hotel Tirol es punto favorito
de reunión de la sociedad local: buena comida, buena cerveza y una orquestina
que toca mara¬villosas rumbas. El general Stroessner acude de vez en cuando a
pasar allí un fin de semana, y también Mengele.
Era
una noche calurosa y oscura. Media docena de hombres ha¬bían seguido al «doctor
Fritz Fischer» hasta la suite número 26 del Hotel Tirol. Posteriormente hablé
con algunos de ellos que forma¬ban el «Comité de los Doce», porque eran doce
supervivientes del campo de concentración de Auschwitz. Algunos tenían ahora
dinero y habían entregado considerables sumas con el propósito de llevar ante
la justicia a algunos de sus antiguos torturadores. Desgraciada¬mente, los
métodos del comité no eran tan buenos como sus in-tenciones.
Me
contaron más tarde lo que había sucedido. Seis miembros del «Comité» tomaron la
decisión de ir a Sudaméríca, a fin de cazar a Mengele y llevarlo a Frankfurt am
Main, donde se preparaba el juicio de Auschwitz. Pocos minutos antes de la una
de la madrugada, los hombres entraron en el vestíbulo del Hotel Tirol,
corrieron escaleras arriba y forzaron la puerta de la habitación número 26.
Estaba vacía. El dueño del hotel informó que aquel tal «Herr doktor Fischer»
había salido a toda prisa hacía diez minutos, después de recibir una llamada
telefónica. Había sido tanta su prisa, que ni siquiera se había tomado la
molestia de quitarse el pijama, poniéndose el traje encima mientras bajaba las
escaleras y desapareció en la noche.
Mengele
seguía siendo un hombre en libertad.
En
abril de 1964, una mujer de mediana edad que voy a llamar Frau María (ése no es
su nombre), vino a verme a mi oficina de Viena. Frau María estaba divorciada y
vivía sola en Lörrach, pequeña población de Baden-Württemberg a la orilla del
Rin que en esta zona sirve de frontera con Suiza. Frau María le hacía una
visita a unos amigos que tenía en Viena y queriendo aprovechar la ocasión para
tratar de averiguar qué le había sucedido a ciertas personas desaparecidas
du¬rante la guerra, le habían indicado que fuera a verme. Yo no podía,
desgraciadamente, ayudar a Frau María, pero comenzamos a charlar y me contó que
tenía demasiado tiempo libre, ya que, viviendo de una modesta pensión, no podía
permitirse muchas cosas (un viajecito de vez en cuando a Basilea para ir de
compras o a Zürich, ir alguna vez al teatro). La vida de Lörrach no era
especialmente interesante y por su parte le hubiera gustado ocuparse en algo,
pero, claro, «nadie da trabajo a una mujer de cincuenta y dos años».
Mientras
hablábamos, me pasó por la cabeza la idea de que Frau María podría ser
precisamente la persona que yo andaba buscando. Había llegado a la conclusión
de que teníamos que cambiar de táctica respecto a Mengele, pues otro ataque de
frente iba a ser inútil. Por otra parte, me llegaban informes de que le fallaba
la salud, de que tenía conciencia de ser un criminal perseguido, de que
necesitaba alguien que le cuidara, que echaba de menos a su esposa y a su hijo
y que aunque tuviese éxito con las damas lo que necesitaba era una mujer que
supiera guisar y cuidar la casa; en una palabra, una Hausfrau alemana en quien
poder confiar. Me constaba que sus amigos y pa¬rientes de Günzburg habían
discutido el problema y hablaban de buscarle una mujer «de absoluta confianza»
que enviar al Paraguay.
Se
me ocurrió que si podía meter a aquella mujer en casa de Men¬gele quizá
consiguiéramos algo. Frau María parecía muy de acuerdo con el papel, pues era
alemana, de aspecto agradable, buena ama de casa, sin vínculos familiares y
parecía lista. Después de nuestra charla mandé hacer averiguaciones sobre su
persona y todos los informes fueron excelentes. No había tenido nunca nada que
ver con el movi¬miento nazi, gozaba de fama de digna confianza. Le escribí
proponién¬dole que nos encontráramos en Munich al cabo de unas semanas. En el
vestíbulo de un gran hotel le conté mi plan. Ella me explicó que había oído el
nombre de Mengele y que había leído lo de Auschwitz. Le pedí que lo pensara y a
las cuatro de la tarde volvía a reunirme con ella en una cafetería. Frau María
me dijo que tenía tomada su decisión: iría al Paraguay para ser el ama de
llaves de Mengele. Lo único que faltaba ahora era que Mengele o sus parientes
de Günzburg la tomaran para el puesto.
Dos
semanas después nos encontramos en Salzburgo y preparamos un plan estratégico.
Le expliqué exactamente a Frau María qué era lo que tenía que hacer: escoltada
por un hombre que presentaría a todos como «el esposo de una íntima amiga», se
iría a Günzburg y se alojaría en el Hotel Hirsch. A eso de las cuatro de la
tarde, se irían a una cervecería que no estaba muy lejos, donde algunos de los
más antiguos empleados de la firma Mengele e Hijos suelen reunirse a beber un
vaso de vino o una cerveza antes de ir a cenar. Si todo salía como yo pensaba,
Frau María no tendría que aguardar mucho.
La
siguiente escena tuvo lugar un viernes por la tarde de mayo de 1964 en
Günzburg, en una cervecería de paredes revestidas de roble y lámparas de hierro
forjado. En una de las mesas, Frau María, con aspecto atildado y bondadoso, al
estilo alemán, hablaba con su acompañante. Quizá, pensaban los que la
observaban, haya bebido un poquito, pues su voz resonaba en todo el local.
—¡Bribones
judíos! —decía—. ¡Son los mismos de siempre!, Streicher tenía razón: te estafan
en cuanto te distraes un poco.
El
hombre que la acompañaba parecía incómodo:
—No
hables tan alto, María. Los tiempos han cambiado y no hay que decir esas cosas
en público, cuando otros pueden oirte.
—No
me importa. Que me oigan. Es así, ¿no? Quedan aún dema¬siado judíos, créeme.
De
una mesa vecina, un hombre de edad se levantó y se fue al mostrador a hablar
con el dueño del local. Le hizo una pregunta y el tabernero contestó que no, no
conocía a la pareja, eran forasteros. El anciano entonces se dirigió a la mesa
de ellos y les preguntó si les importaba se sentara un momento. Se presentó. Le
llamaremos «Herr Ludwig».
Dijo
que no podía dejar de oír lo que la señora había dicho.
—Pero
no tema, se lo aseguro. Yo no soy un Epitzel (cómplice). En realidad estoy de
acuerdo con usted. Esos —dijo mirando a María y asintiendo con la cabeza— no
aprenderán nunca a meterse en lo que les importa y dejar en paz a los demás. Yo
conozco a una persona que sufre mucho a causa de ellos, ¿y sabe por qué? Porque
fue un buen soldado que cumplió con su deber. ¿Puedo invitarles a un vaso de
vino?
María
le dijo su nombre y presentó a su acompañante como «el esposo de una de sus
íntimas amigas».
—Estaba
usted diciendo que la habían perjudicado —dijo Lud¬wig—. Si ha sido aquí en
Günzburg quizás yo pudiera ayudarle. Nos¬otros conocemos a todo el mundo.
Siempre
decía «nosotros» cuando se refería a la firma Mengele e Hijos.
María
le dijo que le estaba agradecida por su interés y a renglón seguido le contó la
historia que ella y yo habíamos hilvanado varios días antes en Salzburgo: que
intentaba conseguir la parte que le corres¬pondía de la heredad de un tío suyo
y que «uno de esos judíos» la había estafado. Herr Ludwig meneó la cabeza
comprensivamente. Pi¬dió más vino y se puso a hablar de la guerra, su tópico
favorito de con¬versación. María le escuchaba con interés, pues le había
recomendado yo que supiera ser un excelente oyente. Preguntó a Herr Ludwig si
por casualidad era abogado, ya que parecía conocer tan bien a las gentes de
Günzburg.
Negó
con la cabeza:
—Estoy
empleado en la firma Mengele e Hijos.
—¿Mengele?
¿No es ése el nombre del médico que los judíos an¬dan buscando?
Antes
de contestarle le lanzó una rápida mirada y luego dijo:
—Sí.
—¡Ojalá
no lo encuentren nunca! No crea ni una palabra de todo eso que cuentan de él.
Aquello
pareció complacer a Herr Ludwig:
—El
doctor Mengele lleva una vida muy desgraciada. Nunca sabe de dónde puede venir
el peligro.
Luego
le preguntó dónde vivía y qué hacía.
—Casi
nada —contestó ella—. Me encantaría poder viajar, dar la vuelta al mundo, pero
probablemente cuando haya ahorrado bastante dinero seré demasiado vieja o
estaré demasiado enferma para viajar.
Todos
rieron y Ludwig pidió más vino. Cuando María y su acom¬pañante se marcharon,
Ludwig les acompañó hasta el hotel y, antes de despedirse, invitó a María a
comer con él al día siguiente.
Fue
a buscarla a mediodía y, después de comer, le dijo que había estado pensando en
lo que ella le había contado. Quizás él pudiera proporcionarle un trabajo
interesante y como posiblemente tendría que ir pronto muy cerca de Lorrach, ¿le
molestaría que le hiciera una visita entonces?
—¡Claro
que no! Avísemelo, así me encontrará en casa con segu¬ridad —le dijo Frau
María.
Pasaron
cuatro semanas, durante las cuales probablemente Ludwig hizo concienzudas
averiguaciones sobre María y, al parecer, serían satisfactorias porque avisó
que iría a hacerle una visita en Lorrach y se presentó con flores y bombones.
Recorrió con ojos complacidos el apartamiento de María y le dijo que era una
estupenda ama de casa. Sintiéndose a sus anchas, le habló de Josef Mengele, a
quien él conocía desde la infancia y que ahora se veía perseguido como un
criminal. Cierto Wiesenthal de Viena, «uno de esos...»
Ella
le preguntó si había visto a Mengele últimamente.
—He
estado varias veces en Sudamérica desde el fin de la guerra, porque tenemos
grandes sucursales allí, y en una de ellas me encontré con Josef Mengele.
—Sonrió y prosiguió diciendo:— ¿Sabe, dónde nos vimos? En el más increíble de
los lugares: en la embajada alemana en Asunción. Naturalmente, procuramos no
llamar la atención de los funcionarios, pero habiendo tanta gente que hable
alemán, dos hom¬bres que también lo hagan pasan inadvertidos.
Herr
Ludwig parecía bastante satisfecho de sí mismo.
—He
venido a visitarla porque deseo hacerle una pregunta: ¿que¬rría usted
trasladarse a otro continente y trabajar por un año como ama de llaves del
doctor Mengele?
María
no contestó, y él añadió presuroso:
—Ya
imagino lo que piensa: que el doctor Mengele vive en cons¬tante peligro. Usted
tendría que andar con mucho cuidado...
María
le contestó que era todo tan imprevisto... que por dinero no lo haría, pero
había soñado tanto poder estar en el trópico.
Entonces
él le dijo:
—¿Por
qué no lo piensa? Dentro de una semana volveré, y si me dice que sí, tendré que
pedirle que se venga a Günzburg para conocer a algunos miembros de la familia.
Luego tendremos que ir a ver a Frau Mengele, que le explicará cómo tiene que
llevar la casa del doc¬tor.
María
me tenía al corriente de todo enviándome postales, con ino¬centes mensajes en
un código que habíamos acordado, que echaba en un lugar de las afueras de
Lorrach y nunca dirigidas a mí. Al cabo de una semana me comunicó que Herr
Ludwig había vuelto a visitarla, que se había mostrado muy persuasivo y que
ella había dado su consentimiento al plan, más bien a desgana, como yo le había
recomendado, y por los resultados, lo había hecho perfectamente.
Dos
semanas después, Herr Ludwig le pidió que fuera a Günzburg y se volvieron a
encontrar en la misma cervecería. María dijo que se había traído el pasaporte.
—Supongo
que necesitaré visado —sugirió ella.
Herr
Ludwig parecía dudar...
—Va
a haber un pequeño retraso. Pero de todos modos será mejor que yo hable con
algún vecino suyo de Lorrach para que le vigile el piso y también que haga lo
necesario para que su banco cuide de su pequeña renta mensual...
De
pronto cambió bruscamente de tema:
—Por
cierto, querría que fuera usted a Viena y tratara de po¬nerse en contacto con
ese Wiesenthal. Sería importante conocer sus movimientos exactos y
especialmente si está planeando algo contra Josef.
Si
era una trampa, María no cayó en ella.
—Herr
Ludwig, usted me preguntó si quería irme a Paraguay como ama de llaves del
doctor Mengele —le contestó ella—. Usted me prometió encargarse de mi viaje y
decirme lo que había de hacer y yo acepté su oferta. Pero no soy una espía, ni
puedo ir a Viena. Además, sería una insensatez. ¿Por qué iba a decirme algo a
mí, a una extraña, el señor Wiesenthal?
Herr
Ludwig pareció asentir.
—Creo
que tiene razón —dijo—. Muy bien, vuélvase a Lorrach y ya le avisaré cuando
todo esté a punto.
Eso
fue lo último que María supo de Herr Ludwig: no volvió a vi¬sitarla ni a
escribirle nunca. Quizá fuera más listo que nosotros. O quizá nosotros
cometiéramos alguna equivocación.
El
juicio de Auschwitz iba a empezar en Frankfurt am Main en 1964. El doctor Fritz
Bauer, ministerio público principal, dijo a la prensa que el «José Mengele», al
que se suponía en cierto lugar del Paraguay, y el «Josef Mengele» que fue
médico del campo de con-centración, eran una misma persona. El gobierno de Bonn
hizo la úl¬tima tentativa para obtener la extradición del principal encartado,
y el 16 de julio de 1964, Eckhard Briest, embajador alemán en Asunción, durante
una audiencia que le concedió el presidente Stroessner, pre¬sentó una vez más
petición oficial de la extradición de Mengele.
El
presidente Stroessner se puso furioso y dio un puñetazo sobre la mesa del
despacho.
—Si
sigue insistiendo en ello —gritó—, romperé toda relación di¬plomática con la
República Federal Alemana.
Briest
le explicó que había recibido instrucciones. específicas de Bonn respecto al
caso Mengele. El presidente añadió:
—¡Ni
una palabra más, señor embajador! ¡No voy a seguir tole¬rando semejantes cosas!
Varias
semanas después aparecía un relato de la entrevista en la revista alemana Der
Spiegel. Cuando Stroessner leyó el ejemplar aéreo del número, se dio cuenta de
que quizás había ido demasiado lejos y consultó a sus consejeros. El ministro
de Asuntos Exteriores, Raúl Pastor, apremió al presidente para que se librara
de Mengele, po¬niendo de relieve que el Paraguay acababa de obtener un préstamo
de tres millones de dólares del gobierno de Bonn y que quizá pudiera obtener
algún otro más. Sería muy poco sensato, pues, ponerse en contra del gobierno
alemán.
Por
espacio de una semana, el sino de Mengele estuvo en la ba¬lanza. Se apersonó en
Asunción y poco después en las paredes de la embajada alemana aparecían las
inscripciones: ¡Embajada judía! Mengele libre! ¡Es una orden!
Quizá
lo fuera. Una vez más el general Stroessner decidió no poner las manos sobre
Mengele, que se vio forzado a retirarse al Paraguay oriental para vivir en una
zona perfectamente custodiada donde no se permitiría la entrada a extraños. En
Caracas, Venezuela, en una con¬ferencia de la Interpol se discutió el caso
Mengele y el doctor Fede-rico Nicolás Fernández, director de la Interpol en Río
de Janeiro, declaró haber sido informado que Mengele se escondía en la jungla,
junto a la frontera paraguaya, pero no siendo Paraguay miembro de la Interpol,
cualquier intervención directa, dijo, era imposible.
El
doctor Fernández tenía razón.
Mengele
vive ahora como prisionero virtual en la restringida zona militar cruzada por
la autopista Asunción-Sáo Paulo, entre Puerto San Vicente y la fortaleza
fronteriza de Carlos Antonio López, en el río Paraná. Vive allí en una pequeña
choza blanca en medio de la jungla, en una zona despejada por obra de colonos
alemanes. Sólo dos carre¬teras llevan a la escondida casa, ambas vigiladas por
la policía para¬guaya y una patrulla de soldados con órdenes estrictas de
detener a todos los coches y disparar contra todo el que viole aquel espacio.
Y,
por si acaso la policía se distrajera, hay allí también cuatro hombres
convenientemente armados, guardas privados, con radios emisoras-receptoras
portátiles, mantenidos por Mengele con su fortuna personal.
El
gobierno de la Alemania Occidental sigue todavía reclamando a Mengele y sigue
en pie la recompensa de 15.000 dólares por su persona.
CAPÍTULO
VIII
EPÍLOGO
AL DIARIO DE ANA FRANK
El 1
de agosto de 1944, una niña de quince años llamada Ana Frank, que había vivido
durante dos años escondiéndose de la Ges¬tapo con su familia en la buhardilla
de unos amigos de Amsterdam, confiaba a su Diario:
«...Si
me vigilan hasta ese extremo, empiezo por volverme irritable, luego me siento
desgraciada y al final retuerzo mi co¬razón de modo que lo malo quede fuera y
lo bueno dentro y sigo intentando hallar un medio de llegar a ser lo que tanto
me gustaría ser y que podría ser si... no hubiera otras personas en este
mundo.»
Éstas
fueron las últimas palabras que Ana Frank escribió en su diario.
Tres
días después se producía aquella decisiva llamada que los habitantes de la
buhardilla habían temido durante años, y tras echar la puerta abajo, cinco
hombres con uniforme alemán entraron, diri¬gidos por un Unterscharführer de la
SS. Un confidente holandés les había vendido.
Todos
los ocupantes de la buhardilla —Ana Frank, sus padres y su hermana, otro
matrimonio con su hijo y un dentista— fueron arrestados, enviados a campos de
concentración y de los ocho sólo so¬brevivió Otto Frank, el padre de Ana, que
vive ahora en Basilea, Suiza, y que posteriormente relató lo sucedido aquella
mañana en los siguientes términos:
—El
SS cogió una cartera y me preguntó si contenía joyas; al de¬cirle yo que no
contenía más que papeles, arrojó los papeles al suelo —el Diario de Ana— y
metió lo que teníamos de plata y un candelabro Hanuka dentro de la cartera. Si se hubiera llevado
el Diario también, nadie hubiera oído hablar de mi hija.
Ana
Frank murió en el campo de concentración de Bergen-Belsen en marzo de 1945. Un
año después, su padre volvió a la buhardilla de la casa de Amsterdam y el
Diario estaba todavía en el suelo, allí donde el SS lo había arrojado.
«El
Diario de Ana Frank» despertó la conciencia del mundo civili¬zado por ser la
historia de una muchacha normal y corriente que es¬cribía sobre sus problemas
íntimos («A veces mamá me trata como si fuera un crío y eso no lo puedo
soportar») contra el fondo de una vida bajo la constante amenaza de terror
(«Tengo mucho miedo de que nos descubran y nos maten»).
El
«Diario» fue traducido a treinta y dos idiomas, convertido en obra de teatro y
de él se hizo una película que conmovió los corazo¬nes de millones de personas,
especialmente de los adolescentes. Mu¬chos jóvenes alemanes acuden ahora todos
los años a Bergen-Belsen para rezar por Ana Frank.
A
las nueve y media de una noche de octubre de 1958, un amigo llamó muy excitado
a mi piso de Linz. ¿Podía yo acudir inmediata¬mente al Landestheater?
Una
representación de «El Diario de Ana Frank» acababa de ser interrumpida por
demostraciones antisemitas. Grupos de jóvenes entre los quince y los diecisiete
años gritaban: «¡Traidores! ¡Sobones! ¡Timadores!» Las luces se apagaron. Desde
las localidades altas los jóvenes alborotadores lanzaron octavillas sobre el
patio de butacas, en las que se leía:
«Esta
obra es un gran timo, pues Ana Frank no existió jamás. Los judíos han inventado
toda la historia porque quie¬ren obtener más dinero de restitución. ¡No creáis
una palabra! ¡Es una patraña!»
Intervino
la policía, tomó los nombres de varios manifestantes, es¬tudiantes de segunda
enseñanza de las escuelas e institutos locales, y luego la representación
prosiguió. Cuando llegué al Landestheater, la pieza acababa de terminar, pero
aún reinaba gran excitación. Ha¬bía dos coches de la policía aparcados frente
al teatro y grupos de jóvenes discutían el incidente en la acera. Escuché lo
que decían y, en general, parecían creer que los manifestantes tenían razón,
que todo aquel asunto de Ana Frank era un mero fraude y que lo bueno sería que
alguien tuviera el suficiente estómago para decirles a los judíos lo que
pensaban de ellos.
Muchos
de aquellos jóvenes no habían nacido cuando Ana Frank murió, y entonces allí,
en Linz, donde Hitler había ido al colegio y Eichmann se había formado, se les
enseñaba a creer en mentiras y odio, prejuicio y nihilismo.
Al
día siguiente fui a la policía para repasar los nombres de los jóvenes
arrestados. No me fue fácil, pues los padres querían enterrar la cosa y
contaban con poderosos amigos. Al fin y al cabo, no era nada serio, decían:
cosa de jóvenes armando alboroto y divirtiéndose. Me dijeron que darían los
nombres de los estudiantes a sus respectivas escuelas para que contra ellos se
siguiera una acción disciplinaria. Pero ninguno de ellos recibió castigo. Los
muchachos de Linz no te¬nían gran importancia, pero había alguien que sí la
tenía.
Pocas
semanas antes, un profesor de Luebeck, el Studienrat Lothar Stielau, había
declarado públicamente que el Diario de Ana Frank era una falsificación, siendo
inmediatamente demandado por el padre de la muchacha. Tres expertos confirmaron
la autenticidad del Diario. Según el Frankfurter Allgemeine Zeitung, el
demandado había «por¬fiado durante seis horas hasta redactar una confesión...».
La juventud alemana tenía que ser protegida de semejante «educador».
Los
desórdenes de Linz me parecían algo más serio porque eran sintomáticos.
Aquellos jóvenes alborotadores no tenían culpa; pero sus padres y profesores
sí. Los mayores trataban de emponzoñar las men¬tes de la nueva generación
porque querían justificar su dudoso pasado, ya que muchos de ellos habían caído
en la trampa de una herencia de ignorancia, odio y fanatismo, sin aprender nada
de la historia. Mis experiencias de estos últimos veinte años me han convencido
de que las gentes de Austria y Alemania están divididas en tres grupos: los
culpables que cometieron crímenes contra la humanidad, aunque esos crímenes no
puedan en ocasiones probarse; sus cómplices, que no co-metieron crímenes, pero
tuvieron conocimiento de ellos y no hicieron nada para impedirlos, y los
inocentes. Yo creo que es absolutamente indispensable separar a los inocentes
de los demás y la joven genera¬ción es inocente. Muchos de los jóvenes que
conozco quieren andar el largo camino de la tolerancia y la reconciliación,
pero sólo si se les da una relación limpia y clara les será posible a los
jóvenes de Alema¬nia y Austria tender la mano para estrechar la de aquellos que
se hallen al otro extremo del camino, aquellos que recuerdan por expe¬riencia
propia o por relatos de sus padres, los horrores del pasado. Ninguna excusa
puede acallar las voces de once millones de muertos, y los jóvenes alemanes que
rezan en la tumba de Ana Frank hace tiempo que lo han comprendido. La
reconciliación sólo es posible sobre la base del conocimiento de la realidad.
Pocos
días después del alboroto del Landestheater, di una confe¬rencia sobre
neonazismo en el departamento principal de la archidiócesis de Viena. La
discusión que siguió se prolongó hasta las dos de la ma¬drugada. En el curso de
la misma, un profesor contó el incidente ocu¬rrido a un amigo suyo, un
sacerdote que daba clase de religión en el Gymnasium de Wels, Alta Austria, no
lejos de Linz. Al hablar el sacerdote de las atrocidades nazis cometidas en
Mauthausen, uno de los estudiantes se puso en pie:
—Padre,
de nada sirve hablar asi porque sabemos muy bien que las cámaras de gas de
Mauthausen sólo sirvieron para desinfectar trajes.
El
sacerdote se sorprendió:
—Pero
si habéis visto los noticiarios en el cine, las fotografías, si visteis los
cuerpos.
—Hechos
de cartón piedra —dijo el muchacho—. Una propaganda inteligente para hacer que
los nazis aparezcan culpables.
—¿Quién
dijo semejante cosa?
—Todos.
Mi padre podría contarle montones de detalles.
El
sacerdote había dado cuenta del incidente al director del Insti¬tuto y se
inició una investigación y un examen de la zona. Más del cincuenta por ciento
de los estudiantes de aquella clase tenían padres que habían pertenecido
activamente al movimiento nazi, a quienes encantaba contar a sus hijos las
heroicas y gloriosas hazañas de su pasado: cómo se habían alistado en el
Partido nazi a principios de los años treinta, cuando en Austria era ilegal;
cómo habían ayudado a hacer volar puentes y trenes, impreso y distribuido
libelos ilegales contra el gobierno de Dollfuss. Luego aquellos padres se
habían con¬vertido en orgullosos SS. Sería imposible que los jóvenes crecieran
en tal ambiente sin ser afectados por él. Los padres habían tenido miedo y
habían guardado silencio en los primeros años de la posguerra; pero a finales
de los años cincuenta, empezaron a hablar nostálgicamente de su gran pasado y
los muchachos les escuchaban excitadisimos. Los profesores de su escuela,
muchos de ellos antiguos nazis, no rebatían las gloriosas historias que los
padres de los estudiantes contaban.
Dos
días después del incidente del Landestheater, estaba con un amigo en un café de
Linz, donde todo el mundo comentaba el alboroto. ¿Podían los muchachos ser
culpados por los pecados de sus progenitores? Ciertamente no eran ellos los
responsables.
Un
grupo de estudiantes del Gymnasium se sentó a la mesa de al lado y mi amigo
llamó de entre ellos a un muchacho cuyos padres co¬nocía de sobra.
—Fritz,
¿estabas tú entre aquellos muchachos del teatro?
—Por
desgracia, no, pero algunos compañeros de curso sí estaban. A dos de ellos los
detuvieron —dijo Fritz lleno de orgullo.
—¿Y
qué piensas tú de todo aquello? —le preguntó mi amigo.
—Bueno,
pues sencillamente que no hay ninguna prueba de que Ana Frank haya existido.
—Pero,
¿y el Diario? —intervine yo.
—El
Diario puede ser una inteligente falsificación que, desde luego, no prueba que
Ana Frank existiera.
—Está
enterrada en el cementerio en masa de Bergen-Belsen.
Se
encogió de hombros y dijo:
—No
hay ninguna prueba.
iPrueba!
Hubiera sido necesaria una prueba, suministrar una in¬dudable prueba que
convenciera a aquellos jóvenes escépticos. Basta¬ría con echar abajo uno solo
de los ladrillos con que el «edificio de men¬tiras» había sido construido para
que la estructura entera se derrumba¬ra. Pero para dar con ese ladrillo...
De
pronto se me ocurrió una idea y le dije:
—Oyeme,
si te pudiéramos probar que Ana Frank existió, ¿acep¬tarías que el Diario es
original suyo?
Me
miró y preguntó:
—¿Cómo
va usted a probarlo?
—Su
padre está vivo.
—Eso
no prueba nada.
—Espera.
Su padre declaró a las autoridades que fueron arrestados por la Gestapo.
—Bueno
—dijo el muchacho con impaciencia—. Todo eso ya lo sabemos.
—Supón
que encontrásemos el oficial de la Gestapo que arrestó a Ana Frank, ¿aceptarías
eso como prueba?
Pareció
sorprendido. Aquello nunca se le había ocurrido.
—Sí
—dijo al fin sin demasiadas ganas—. Si el hombre en cuestión lo reconoce.
Era
sencillo: tenía que dar con el hombre que había arrestado a Ana Frank catorce
años atrás. Decenas de millares de personas ha¬bían sido llevadas de un lugar a
otro de Europa por hombrecillos sin nombre, por los anónimos ministros de la
muerte. Ni siquiera en los campos de centración conocíamos los nombres de
nuestros torturadores que, dándose cuenta de las posibles consecuencias,
trataban de camu¬flar su identidad.
No
había una sola pista que seguir. El Diario terminaba brusca¬mente cuando se
llevaron a Ana Frank. El padre de Ana, Otto Frank, había sido propietario de
una casa de exportación-importación, la Kolen & Co., cuya administración,
tras la confiscación nazi de toda propiedad judía en Holanda, un empleado
holandés de la Kolen & Co., llamado Paul Kraler, había tomado a su cargo,
ayudando a los Frank a esconderse en la buhardilla del edificio de
Prinzengracht, donde la firma tenía las oficinas.
En
un apéndice añadido al Diario. Kraler recordaba que tras el arresto de los
Frank, había intentado intervenir en su favor en la jefa¬tura superior de la
Gestapo en Amsterdam, hablando con el oficial que había arrestado a la familia,
un SS de Viena que decía llamarse «Silvernagl». Aquella intervención no había
tenido éxito y el informe de Kraler produjo un irónico comentario entre los
nazis austríacos: el apellido «Silvernagl» no existía en Austria, otra prueba
más de que la historia de Ana Frank era falsa.
Tenía,
pues, poca cosa como punto de partida. Sabía que el SS en cuestión era un
vienes o un austríaco, ya que muchos austríacos, cuando están en el extranjero,
se dicen vieneses. Además su graduación debió de ser baja, ya que se dedicaba a
arrestar a la gente: un Schutze de la SS, un Rottenführer o a lo sumo un
Unterscharführer.
Esto
estrechaba el cerco. La «v» de «Silvernagl» era probablemente un error de
Kraler; podía tratarse muy bien de «Silbernagel», ape¬llido muy corriente en
Austria. Siete personas llamadas Silbernagel constaban en el listín telefónico
de Viena, y casi un centenar más en diversos registros de la ciudad. El nombre
era también muy corriente en las provincias de Corintia y Burgenland. ¡Si por
lo menos hubiera conocido el nombre de pila del hombre en cuestión!
Proseguí
la búsqueda. Entre todos los Silbernagel debía de haber uno que tuvo baja
graduación en la SS durante la guerra y que sirvió en Holanda con la Gestapo.
Fuimos investigando y eliminando nom¬bres. Comprobamos rumores, verificamos los
hechos. Fue un largo y aburrido proceso y yo tenía que andarme con mucho
tiento: si im¬plicaba a un hombre inocente, podían demandarme por difamación.
Cuando
la policía quiere hallar un conductor de coche que ha co¬metido un crimen,
puede detener todos los coches y pedir a todos los conductores sus permisos de
conducir sin que ninguno proteste. No podía hacer yo nada por el estilo. Di con
ocho hombres llamados Silbernagel que habían sido miembros del Partido nazi o
SS y que tenían edad oportuna. Uno de ellos, antiguo Obersturmführer
(gradua¬ción demasiado alta, lo que le excluyó inmediatamente de mi lista) era
entonces funcionario destacado de la provincia de Burgenland; pero, de todos
modos, no había estado nunca en Holanda.
Pedí
a un amigo que se pusiera en contacto con agencias de detectives privadas y
oficinas de investigación, diciendo que un tal Silbernagel le había pedido un
crédito. Pero a cada uno dio un Sil¬bernagel diferente. Fue contando que quería
verificar el historial de aquel hombre durante la época nazi. Por este
procedimiento obtuvimos montones de informes, pero ninguno parecía ser el del
hombre que buscábamos. Pedí a un banco informe del crédito bancario de un
indi¬viduo llamado Silbernagel, porque los bancos hacen un trabajo
con¬cienzudo, pero el resultado fue negativo. Descubrimos otros dos
Silber¬nagel que habían sido nazis lo que no tenía nada de sorprendente. Estaba
a punto de renunciar a la búsqueda cuando recordé los arro¬gantes rostros de
los muchachos de Linz. Quería que fueran a sus padres y les dijeran:
—Has
mentido. Ana Frank existió. ¿Qué otras mentiras me di¬jiste?
En
1963 se me invitó a aparecer en la televisión holandesa. En Amsterdam fui a la
casa de Ana Frank, ahora convertida en mo¬numento conmemorativo, y toqué las
paredes que la muchacha había tocado. Hablé con el guarda de la casa, que me
dijo se había pre¬guntado muchas veces quién habría sido el hombre que se llevó
a la niña y su familia, pero que no tenía ni la menor idea de quién pudo ser.
Se lo había preguntado a algunas personas, pero todas se enco¬gían de hombros.
—Diecinueve
años son mucho tiempo —me dijo—. Me parece im¬posible averiguarlo ya.
—Nada
hay imposible —le contesté—. Suponga que damos con el hombre que la arrestó y
que confesara que fue él quien lo hizo.
El
hombre me dio una prolongada mirada:
—Entonces
habría usted escrito el epílogo al Diario de Ana Frank.
Pensé
que lo mejor que podía hacer era ir y hablar con Otto Frank, el padre de Ana,
porque quizá recordara el hombre que fue a bus¬carlos aquella mañana del 4 de
agosto de 1944; quizá pudiera des¬cribírmelo, ya que cualquier indicación sería
útil. El SS en cuestión habría cambiado en todos aquellos años, pero puede que
existiera algo que permitiera reconocerlo.
No
me puse en contacto con el señor Frank. Admito que no sólo fue debido a mis
pocas ganas de molestar a aquel hombre que había sufrido tanto y obligarle a
remover sus recuerdos otra vez, sino a algo más. ¿Y si el señor Frank me pedía
que no hiciera nada? Ya había yo conocido a otras personas que se oponían a que
buscase a los asesinos de sus padres, de sus madres, de sus hijos. Me decían
que descubrir quién había sido era más de lo que podían soportar y me
preguntaban:
—¿De
qué va a servir, señor Wiesenthal? No puede ya devolver la vida a los muertos.
Sólo va a causar nuevos sufrimientos a los que han quedado con vida.
Estaba
todavía sin saber qué hacer, cuando leí en los periódicos que el señor Frank,
en una reunión tenida en Alemania, había hablado en favor del perdón y la
reconciliación. Los diarios alemanes elogiaban su magnanimidad y tolerancia y
yo respeto el punto de vista de Otto Frank, que ha demostrado poseer la ética
de un hombre que no sólo predica el perdón, sino que lo practica. La conciencia
del señor Frank le permite el olvido. La mía me obliga a hacer comparecer a los
culpa¬bles ante un tribunal. Evidentemente operamos de acuerdo a distin¬tos
niveles morales, seguimos caminos distintos, pero en algún punto esos caminos
coinciden y entonces nos complementamos.
Recuerdo
una discusión que tuve, recién terminada la guerra, con un sacerdote católico,
que me dijo:
—Debemos
perdonarles. Tendrán que presentarse ante el Supremo tribunal de Dios.
—Padre
—le contesté—. ¿Por qué será que los criminales que no creen en Dios siempre
intentan evadirse de la justicia humana y pre¬fieren esperar al día del Juicio
final?
No
me contestó nada.
Unos
amigos holandeses me dijeron que el SS que yo andaba bus¬cando puede que no se
llamara «Silbernagel», sino «Silbertaler». Varias personas de nombre
«Silbertaler» habían vivido en Viena antes de la guerra, pero eran judíos y
habían desaparecido. Hallé tres distintos Silbertaler en Viena y otros lugares
de Austria, pero los tres fueron descartados. Empecé a darme cuenta de que era
muy improbable hallar jamás el testigo histórico que necesitaba y empecé a
preguntarme si aquel testigo viviría aún.
En
mi siguiente visita a Amsterdam hablé con un par de amigos, ambos
familiarizados con el caso de Ana Frank: el señor Ben A. Sijes, del Instituto
Holandés de Documentación de Guerra, y el señor Taconis, alto oficial de la
policía holandesa. Muchos nombres salieron a relucir en el curso de nuestra
conversación: los jefes de la SS Wilhem Harster, Alfons Werner, Willy Zoepf,
Gertrud Slottke y otros que habían trabajado para Eichmann. En nuestro trabajo,
un criminal nos lleva a otro, y salieron nuevos jefes, nuevos nombres que yo
jamás había oído. Cuando estaba a punto de despedirme, Taconis me dijo que
tenía «literatura de viaje» para mí y sonriendo sacó una copia fotostática del
listín telefónico de 1943 de la Gestapo en Holanda. Había en él unos trescientos
nombres.
—Léetelo
en el avión —me dijo—. Eso te mantendrá despierto.
—Todo
lo contrario. Recorrer los nombres de un listín telefónico me produce un efecto
soporífero; así, que cuando estoy en una habita¬ción de hotel de algún lugar
desconocido, repaso generalmente el listín porque así me entra un sueño
tremendo.
El
vuelo hasta Viena duraba dos horas. Me instalé en mi asiento y repasé el listín
de la Gestapo. Estaba casi dormido cuando volví una página encabezada por:
IV
Sonderkommando
IV B
4, Juden (judíos)
Y a
continuación se leía:
Kempin
Buschmann
Scherg
Silberbauer
Me
desperté de golpe. La Sección IV B 4 se había encargado de los registros y del
transporte de los judíos a los campos de muerte; de modo que si alguien había
dado el soplo a la Gestapo respecto a dónde se escondían ciertos judíos en
Holanda, el informe tuvo que ir a parar inevitablemente a la Sección IV B 4 de
Amsterdam. De re¬pente, el avión me pareció lentísimo. No podía esperar a
llegar a Viena sabiendo que la mayoría de oficiales de la Sección IV B 4
ha¬bían sido reclutados procedentes de las fuerzas de policía de Alemania y
Austria, mayormente entre los Kriminalpolizei. (Brigada de lo Cri¬minal).
De
vuelta a casa, antes de quitarme el abrigo, abrí el listín tele¬fónico de
Viena. Me descorazoné: había por lo menos una docena de personas llamadas
Silberbauer. Probablemente habría más en otros listines de otras ciudades de
Austria y si tenía que investigar cada nombre como había hecho previamente con
los Silbernagel y los Silbertaler, podían pasar años. Había llegado el momento
de hacer algu¬na deducción lógica. Como no podía verificar los antecedentes de
to¬das las personas llamadas Silberbauer, decidí dedicarme a buscar un
individuo que se llamara así y que hubiera trabajado (o todavía tra-bajara)
para la policía de Viena. Era como resolver una ecuación con muchas incógnitas
mediante sólo un factor dado. Tenía que comen¬zar a partir de una premisa definida
si quería construir una estructura,
Llamé
al Polizeirat doctor Josef Wiesinger, jefe de la Sección IIc del Ministerio del
Interior que se ocupa de los crímenes nazis. Wie¬singer me ha ayudado muchas
veces en mis investigaciones. Le dije, bastante jactanciosamente, desde luego,
que había hallado al individuo de la Gestapo que arrestó a Ana Frank.
—Es
un policía vienes llamado Silberbauer —le dije.
—¿Cuál
es su nombre de pila? —me preguntó sin poner objecio¬nes a mi fanfarronada.
—No
conozco su nombre de pila.
—Habrá
por lo menos seis hombres en el cuerpo de policía de Viena llamados Silberbauer
—dijo—. ¿A cuál de ellos se refiere?
—Eso
será fácil de averiguar, no tiene usted más que releerse sus historiales.
Quiero al hombre que estuvo en la Sección IV B 4 de Amsterdam en agosto de
1944.
—De
eso hace diecinueve años —dijo Wiesinger escéptico.
—Sus
historiales llegan hasta entonces, ¿no?
El 2
de junio de 1963 envié por correo un informe detallado. Pa¬saron varias
semanas. Fui a ver a Wiesinger en julio por otra razón y le pregunté de paso
por Silberbauer. Me dijo que todos los dossiers de los policías llamados
Silberbauer estaban «todavía siendo examina¬dos». En septiembre, al volver de
vacaciones, insistí, y me contestó que «hasta la fecha nada ha sido puesto en
claro».
El
15 de octubre, Sijes y Taconis llegaron procedentes de Ams¬terdam para discutir
conmigo varios casos de crímenes de guerra co¬metidos en Holanda y fuimos los
tres a ver al doctor Wiesinger. Una vez más le pregunté por Silberbauer
añadiendo que mis amigos holandeses estaban ansiosos de saber noticias.
—Lo
siento —dijo el doctor Wiesinger—. Todavía no hemos terminado con este asunto.
Noté
cierta impaciencia en el tono pero lo atribuí a verdadera impaciencia o a
exceso de trabajo. Me equivocaba.
La
mañana del 11 de noviembre, el Volksstimme («La voz del pueblo»), órgano
oficial del Partido Comunista Austríaco, publicaba una sensacional historia. El
inspector Karl Silberbauer de la policía de Viena había sido suspendido de sus
funciones «pendientes de investigación y posible juicio, por su papel en el
caso de Ana Frank». Los comunistas sacaron el mayor partido del sensacional
reportaje: Radio Moscú anunciaba que el capturador de Ana Frank había sido
desen¬mascarado «gracias a la vigilancia de la Resistencia austríaca y
elemen¬tos progresivos de la nación». Izvestia, posteriormente, elogió el
trabajo de investigación llevado a cabo por los camaradas austríacos.
Llamé
al doctor Wiesinger y vi que no sabía qué decir:
—Hubiéramos
preferido, naturalmente, que fuera usted quien hubiera descubierto la historia
en lugar de los comunistas pero ¿cómo íbamos a suponer que Silberbauer
hablaría? Se le había dicho que mantuviera la boca cerrada.
Decidí
no mantener tampoco cerrada la mía. Llamé al editor de un periódico holandés de
Amsterdam y le di la historia que fue publicada en el mundo entero en primera
plana. Recibí más cables y cartas que después de la captura de Eichmann. Me
hicieron entrevistas por la radio y la televisión. Paul Kraler, ahora en el
Canadá, contó al mundo cómo los Frank habían estado viviendo en aquella
buhardilla y que en Suiza el señor Frank declaró que había sabido desde siempre
que el que les había detenido era un SS llamado Silberbauer.
Todo
el mundo se interesó, excepto las autoridades austríacas que decían que no
podían comprender «por qué tanto alboroto» (palabras de un alto oficial). Los
periodistas querían interrogar a Silberbauer pero el Ministerio del Interior se
negó a proporcionar fotografías de Silberbauer y trató de mantenerlo
incomunicado. No me conformé y di la dirección de Silberbauer a un periodista
holandés, con el con¬vencimiento de que los holandeses tenían derecho siquiera
a una sola entrevista. Cuando el holandés fue a ver a Silberbauer, halló al
ins¬pector de policía (segunda graduación inferior en la policía austríaca) de
muy mal talante. Decía que le habían forzado contra su voluntad.
—¿Por
qué meterse conmigo ahora después de tantos años? Yo no hice más que cumplir
con mi deber. Ahora acababa de comprarme unos muebles a plazos y van y me dejan
sin empleo ¿cómo voy yo a pagar los muebles?
—¿No
siente remordimientos de lo que hizo? —le preguntó el reportero.
—Claro
que lo siento y a veces me siento humillado. Ahora, cada vez que tomo un
tranvía tengo que pagar billete como todo el mundo, porque ya no tengo pase.
—¿Y
en cuanto a Ana Frank? ¿Ha leído su Diario?
Silberbauer
se encogió de hombros:
—Compré
el librito la semana pasada para ver si salgo yo. Pero yo no salgo.
El
periodista añadió:
—Millones
de personas han leído ese libro antes que usted, y usted hubiera podido ser el
primero en leerlo.
Silberbauer
le miró sorprendido.
—Y
que lo diga. Es verdad. Nunca se me había ocurrido. Quizá debí recogerlo del
suelo.
Si
lo hubiera hecho, nadie hubiera oído hablar de él ni de Ana Frank.
Cuando
el doctor Wiesinger me dijo el 15 de octubre: «Lo siento. Todavía no hemos
terminado con este asunto», él sabía ya que el Inspektor Karl Silberbauer,
perteneciente al Primer Distrito del Cuartel General de Policía, había admitido
haber llevado a cabo personalmente el arresto de Ana Frank y de las restantes
personas escondidas en la buhardilla de Amsterdam, la mañana del 4 de agosto de
1944. Pregunté al doctor Wiesinger por qué no me había revelado aquella
información y me contestó que tenía «órdenes superiores» de mante¬ner secreto
el asunto.
Tras
la capitulación de Alemania, Silberbauer había tomado en Holanda un avión y
regresado a Viena. Por el hecho de haber aban¬donado el cuerpo vienes para
unirse en 1943 a la SS, se había visto sometido a los procesos de
«desnazificación» de 1952, de los que resultó absuelto, e incorporado al
servicio activo con la categoría de inspector.
Durante
el mes que siguió a la confesión de Silberbauer, sus supe¬riores no hicieron
nada, pero el 4 de octubre fue suspendido de ser¬vicio y recibió la orden de no
mencionar una palabra del asunto, pendiente de investigación. Un mes después,
Silberbauer se quejó a un colega de que tenía «ciertas dificultades por culpa
de aquella Ana Frank y el colega, miembro del Partido comunista austríaco, —hay
varios comunistas en el cuerpo de policía de Viena— contó la historia a la
organización comunista de antiguos internados en campos de con¬centración. En
una reunión, el 10 de noviembre, otro individuo dio cuenta de la historia y a
la mañana siguiente el Volksstimme publi¬caba la sensacional noticia.
Las
autoridades austríacas no hallaron pruebas de que Silberbauer fuera culpable de
la detención de los Frank y un portavoz del Ministerio del Interior dijo que el
arresto de Ana Frank «no autorizaba el arresto de Silberbauer ni una demanda
como criminal de guerra», pues se había limitado a acatar órdenes aunque sí fue
sometido a procedimiento disciplinario por el hecho de haber ocultado, al
tribunal de desnazificación, que trabajó para la Sección de Asuntos Judíos de
la Gestapo en Holanda.
Cuando
se pidió al señor Otto Frank que hiciera una declaración sobre el hombre que
los había capturado dijo «que se había limitado a cumplir con su deber y que
había actuado correctamente».
—Lo
único que pido es no tener que ver a ese hombre otra vez —dijo el padre de Ana
Frank.
Una
junta de revisión de la policía, absolvió a Silberbauer de culpabilidad oficial
y volvió desde entonces a figurar en el cuerpo de policía, adscrito a la
Erkennungsamt (Oficina de Identificación).
Casualmente,
Silberbauer ha trabajado en la Jefatura de Policía todos estos años que yo he
andado buscándole. De mi despacho a la jefatura hay diez minutos andando, así
que probablemente alguna vez nos cruzamos en la calle. Y también, frente a
nuestro Centro de Docu¬mentación hay un almacén textil con un letrero que
indica SILBER¬BAUER y un segundo almacén similar, también SILBERBAUER, al lado
de nuestra oficina. Naturalmente, «Silberbauer» no tenía impor¬tancia pues
comparado con los nombres de mi fichero era un don nadie, un cero a la
izquierda. Pero es que a la derecha de ese cero había una cifra: Ana Frank.
CAPÍTULO
IX
MAS
ALLÁ DE TODA RAZÓN
Poco
después de la guerra, estando yo en Linz, me notifica¬ron que miles de libros
de rezos judíos habían sido encontrados en el sótano de un castillo del siglo
XVI, en la provincia austríaca de Estiria. El castillo estaba situado en una
zona solitaria, llena de bosques y era un edificio adusto, gris, sombrío y que
se des¬moronaba. Un viejo portero nos llevó hasta un sótano húmedo y encendió
una macilenta bombilla. Cuando nuestros ojos se hubieron acostumbrado a la
pálida luz, vimos enormes monto¬nes de libros negros: biblias, libros de rezos,
Talmudes. Había miles y miles de ellos, como si fuesen pilas de briquetas de
coque. Los libros habían sido llevados hasta allí desde casas particulares
judías y sinagogas de toda Europa pues los dueños del Tercer Reich habían
planeado distribuir esos libros, poste-riormente, entre las bibliotecas,
universidades e institutos cien¬tíficos, convertidos ya en curiosidades
históricas, reliquias de una raza que ya no existía, y que algún día podían ser
tan valiosos como pergaminos asirios o figurillas cretenses.
Permanecimos
allí en pie mucho rato, incapaces de decir una sola palabra. Cada uno
pensábamos en las incontables tra¬gedias simbolizadas en aquel sótano húmedo:
en los devotos hombres y mujeres a quienes les habían quitado aquellos libros.
El
más joven de los miembros de nuestra comisión, un joven judío de Carpatorrusia
que había perdido a toda su familia, recorría los montones de libros, cogiendo
ahora éste, luego aquél, rozando aquel otro con sus labios, volviéndolo a poner
suavemente en el montón. De pronto oí una exclamación y miré hacia atrás. Vi
que el joven tenía un libro de rezos en las manos, se había quedado con los
ojos fijos en la primera página y tenía blanca la cara. Se bamboleó y cayó al
suelo sin conocimiento.
Corrimos
hacia él. Uno de nosotros tenía un poco de coñac y le hicimos tomar un sorbo.
Las manos le temblaban. Re¬cogí el libro, lo abrí y en la primera página vi una
caligrafía que me pareció de mujer y de alguien que debió de escribir aquellas
líneas en momentos de gran excitación:
«Acaban
de llegar a la ciudad, dentro de pocos mi¬nutos estarán en nuestra casa. Si
alguien encuentra este libro, que por favor lo notifique a mi querido
hermano...»
Había
un espacio en blanco. Luego seguía lo que parecía ser una posdata de última
hora, escrita con prisas, casi ilegible:
«¡No
nos olvides! ¡Y no olvides a nuestros asesinos! Ellos...»
La
frase quedaba cortada. Cerré el libro y miré al joven, que todavía estaba
pálido, pero que parecía más sosegado:
—Si
no le importa, quisiera quedarme con el libro —dijo—. Era de mi hermana que
murió en Treblinka.
Recibí
una carta dictada en la habitación de un hospital de Frankfurt am Main. La
enfermera, que la había escrito a máquina, explicaba que la paciente, Frau
Keller (como yo la llamaré) seguía bien pero que aún no podía escribir ella
misma porque Frau Keller había intentado suicidarse cortándose las venas y casi
lo había logrado.
Como
Frau Keller sentía ansias de ponerse en contacto con Herr Wiesenthal después de
haber leído mi nombre en el periódico, pidió a la enfermera que lo hiciera por
ella. Esta no había oído hablar jamás de Herr Wiesenthal, pero aseguró a su
paciente que «todos los judíos se conocían entre sí», y envió la carta a un
amigo suyo de Israel pidiéndole hiciera llegar la carta a Herr Wiesenthal a
quien seguramente él conocería. La verdad es que el hombre no me conocía, pero
la carta me llegó de todos modos.
Frau
Keller me imploraba que fuera a verla a su casa de Frankfurt si por azar fuese
alguna vez por allí. Su petición daba la sensa¬ción de gran urgencia y aunque
la carta no decía en absoluto de qué se trataba, incluía un recorte de una
revista ilustrada alemana con la foto de un hombre de pie al borde de una tumba
en masa, a punto de ser ejecutado, y tras él un soldado alemán en el momento de
ir a disparar.
Conocí
a Frau Keller en el tranquilo jardín de una casa de las afueras, una tarde de
octubre de 1961. El veranillo de San Martín flotaba en el aire y de alguna
parte venían risas de niños. Era tranquilo y agradable a no ser por las vendas
de las muñecas de Frau Keller y su cara exageradamente pálida. Frau Keller
tendría unos cuarenta y cinco años, pelo rubio oscuro y era atractiva en el
sentido de una mujer hogareña. En sus ojos se veía el efecto de la conmoción.
Hablaba en un dialecto alemán poco corriente, luego me dijo que se había pasado
de la Alemania Oriental en 1948.
—Gracias
por haber venido —me dijo—. Tengo que hablar con alguien que pueda comprender
mi problema porque la gente en general me escucha pero no quiere comprender,
más bien por el con¬trario...
Su
voz se cortó. Durante un rato estuvimos sentados en silencio porque una persona
necesita cierto tiempo para franquearse y hablar. ¡Es tan difícil contarle
ciertas cosas a un extraño! La foto de la re¬vista ilustrada estaba encima de
la mesita que había entre nosotros.
Frau
Keller llegó a Frankfurt en 1948, pronto encontró trabajo y pocas semanas
después conoció aquel hombre que parecía tranquilo, amable y correcto y tenía
un buen cargo en una fábrica, donde contaba con muchas simpatías.
—No
bebía ni andaba tras las mujeres —dijo Frau Keller—. Cuando me pidió que me
casara con él, acepté inmediatamente, aunque no se trataba de gran pasión para
ninguno de nosotros dos. Pero los dos nos encontrábamos solos, y como ya no
éramos jóvenes, pensamos que con comprensión y paciencia podríamos lograr un
buen matrimonio. Yo no sabía nada de él pero hágase cargo de lo que ocurría en
aquellos primeros años después de la guerra en que uno no hacía demasiadas
preguntas. Nos casamos en 1952 y compramos esta casa. Pagamos una cantidad y
luego seguimos pagando a plazos. Él hizo infinidad de cosas en la casa porque
sabía hacer de todo. A los dos nos gustaba mucho cuidar del jardín. No nos
tratábamos con mucha gente pues a mi marido no le atraía hacer nuevas amistades
y yo no tenía nada en contra. Pero había una cosa que me llamaba la atención,
que nunca hablaba de la guerra. Si le hacía preguntas me contestaba que había
estado en la guerra como todo el mundo y se encogía de hombros con gesto
cansado como si no quisiera recordar.
Una
mañana de enero de 1961, más de medio año después de la captura de Eichmann,
cuando el periódico que ellos solían leer pu¬blicó un reportaje sobre la
«campaña de aniquilación» en el Este, su marido se marchó al trabajo como todas
las mañanas, llevándose el periódico y la fiambrera con su bocadillo y una
manzana, pero por la noche no regresó a casa.
Frau
Keller se pasó la noche en blanco. A la mañana siguiente llamó a la fábrica,
donde le dijeron que precisamente se disponían a llamarla para pregúntarle si
su marido estaba enfermo ya que el día anterior no se había presentado al
trabajo. Llamaron a los hospitales y dieron noticia a la policía suponiendo que
a Keller le habría ocurrido algún accidente. Pero la comprobación en los
hospitales dio y siguió dando resultado negativo. La policía preguntó a Frau
Keller si su marido tenía «enemigos» y ella contó que conocían a muy poca
gente. En la fábrica no encontraron razón para explicar su desaparición, pues
Keller, decían los que trabajaban con él, era desde luego retraído y
«solitario» pero siempre había sido igual. Su nombre pasó a figurar en la lista
de la policía de personas desaparecidas y ahí terminó todo en lo concerniente a
las autoridades.
El
vecindario, hacía sus comentarios. La opinión unánime era que se había
«marchado con otra» cosa que Frau Keller no creía. Su instinto le decía que su
marido no se había enredado con nadie; ella lo hubiera notado. ¿Pero dónde
podía estar? Empezó a recapacitar sobre posibles pistas y sobre las
conversaciones que mantuvieron últimamente, tratando de hallar algo con un
sentido que ella no hubiera sabido captar. Pero siempre tropezaba contra una
pared: nada de cartas escondidas, nadie había venido a verle, no estaba
nervioso, había dor¬mido muy bien, había hablado poco.
Se
fue a la oficina de personas desaparecidas pero allí no sabían nada. Un oficial
de policía, no con demasiado tacto le dijo que «mon¬tones de hombres abandonan
a sus esposas todas las semanas sin que nosotros podamos hacer nada».
Frau
Keller, después de aquello no volvió a la policía y evitó hablar con los
vecinos porque ni le gustaba inspirar compasión ni tampoco hacer el ridículo
pues sabía exactamente lo que pensaban. Además, no le quedaba tiempo para
divagar porque tenía que en¬contrar un empleo para pagar los plazos de su casa.
La fábrica se negó a darle nada y no podía esperar pensión alguna del gobierno
al no poder probar que su marido hubiese muerto. En aquellos meses, Frau Keller
aprendió que la vida en un país plenamente desarrollado podía ser brutal.
Pasaron
los meses y empezó a pensar en su marido como si hubiera muerto. El trabajo le
resultaba penoso y se daba cuenta de que no podía mantener casa y jardín. El 17
de abril de 1961, día que ella nunca podrá olvidar, fue a la peluquería de su
barrio y mientras estaba en el secador, miró al desgaire una revista ilustrada.
Volvió páginas maquinalmente hasta dar con un artículo ilustrado sobre el
asesinato en masa de judíos en Winniza, Ucrania, Una fotografía mos¬traba una
gran fosa común con muchos cadáveres y algunos cuerpos, según decía, aún con
vida. Debajo había otra fotografía, ésta de una ejecución: la víctima estaba en
pie al borde de la tumba y tras ella un soldado alemán fotografiado en el
momento de ir a disparar. Éste era un hombre recio de uniforme gris y gafas.
Media docena de sol¬dados le contemplaban riéndose.
Frau
Keller no podía apartar los ojos del hombre que estaba a punto de disparar. La
impresión fue casi como el impacto de aquella bala No cabían dudas.
—Si,
Herr Wiesenthal. Era el hombre... con quien yo después me había casado.
Ahogó
un grito y la revista le resbaló de las rodillas. Acudieron todos imaginando
que se habría desvanecido en el secador. Ella no dijo nada, ¿cómo iba a
explicarles lo que acababa de ver?
—La
revista era de varios meses atrás —me dijo Frau Keller—. Procedía de una
hemeroteca; así, que si no hubiera ido a la peluquería Aquella semana, jamás lo
hubiera visto. No fue por pura coincidencia, Herr Wiesenthal, que vi aquel día
la revista. Sólo... que no puedo explicarlo. Está más allá de toda lógica.
Asentí
y le pregunté:
—¿Está
usted segura que no cabe error?
—Segurísima.
He mirado muchas veces la fotografía con una lupa. Entonces tenía él veinte
años menos, pero no ha cambiado mucho. No sólo reconozco la cara, sino también
el modo de levantar la cabeza —añadió con decisión—: no, seguro que era él.
Cruzó
las manos:
—Cuando
llegué a casa me desmayé. Hubiera querido morirme. ¿Cómo si no, sabiendo que
había pasado nueve años casada con un asesino? Miré una y otra vez su rostro
con la lente de aumento, un rostro que no denotaba emoción alguna al disparar
contra aquel hombre. Quizás matara cientos o miles a sangre fría. Hoy sé que no
tenía que disparar contra ellos porque era muy joven en 1941, dema¬siado joven
para que le forzaran a hacerlo. Se presentaría voluntario. Miraba la foto de
encima, contemplaba la gran fosa repleta y pensaba que quizás hubiera matado
también a todos los demás. Y entonces me acordé de sus manos que me habían
tocado y tomado. Me sentía como cómplice de aquellos crímenes.
Tenía
la vista fija en el vacío.
—Procedo
de una familia devota cristiana. Toda mi vida he procurado no hacer daño a
nadie, ni siquiera a un animal y ahora se me antoja que todo ha sido en vano:
nada de lo que yo he hecho me vale, he perdido la esperanza. Hasta que leí
relatos sobre el juicio de Eichmann, yo no sabía mucho de esas cosas pero ahora
estoy enterada y sé que mi marido era uno de ellos.
Había
llamado por teléfono a un inspector de la jefatura del lugar, que ella conocía,
pidiéndole que fuese a visitarla. Le enseñó la fotografía y le dijo que quería
dar parte a la policía.
El
hombre la miró fríamente:
—¿Pero
va a decirme ahora que quiere denunciar a su propio es¬poso?
Se
quedó sin habla. No había esperado semejante respuesta y trató de explicar lo
que ella sentía. Desde luego era su esposo, pero también era un asesino y
después de luchar mucho rato y a brazo partido con su conciencia, había
decidido que no podía guardar aquel terrible secreto.
El
inspector de la policía le dijo:
—Frau
Keller, usted debe de estar loca.
—Pero,
¿no lo comprende? —le dijo desesperada—. Apareció un informe de las atrocidades
en el periódico el día que él desapareció; así, que algo debía de haber en el
diario que le acobardó. Por otra parte sabía que habían capturado a Eichmann.
Quiso desaparecer sin decirme una palabra porque habrá hecho cosas terribles.
—Sigo
pensando que usted está loca, Frau Keller. ¿Es que quiere ver a su marido en la
cárcel? ¿No se da cuenta de que si mantiene la boca cerrada por poco tiempo
todo habrá acabado para siempre? Antes de mucho, todas esas cosas estarán bajo
el Estatuto de Limita¬ción . Entonces nadie podrá ponerle la mano encima.
Mientras
yo seguía allí sentado, Frau Keller mantenía la mirada en el vacío, de un modo
extraño y distante.
—Herr
Wiesenthal —dijo sin mirarme—. Aquel inspector de la po¬licía sólo se
preocupaba de mi marido y me pasó por la cabeza el pensamiento de que él
también debió de ser un nazi. Quizá lo sigue siendo porque ésos se ayudan los
unos a los otros. Luego él se levantó y me dijo: «Claro, tendré que informar a
la policía del caso». Pero lo dijo de un modo, me miró de un modo, que me hizo
comprender que jamás diría una palabra. Se fue sin despedirse, considerándome
un traidor. No le puedo explicar lo desgraciada que me sentí. Casi
auto¬máticamente, entré en el baño y... bueno, ya sabe lo que hice.
Si
estaba todavía viva se debía a que el cartero pasaba en aquellos instantes, oyó
ruido en el cuarto de baño y la encontró allí. Llamó a una ambulancia, que la
llevó al hospital.
—Frau
Keller —le dije—. Eso no fue coincidencia tampoco...
—Sí,
lo sé. Tendré que seguir viviendo con el peso en mi concien¬cia, ¡Pero es tan
duro estar tan completamente sola! Hice comproba¬ciones en la policía y
descubrieron que todos sus papeles estaban bajo nombre falso; así, que no
sabemos siquiera su verdadero nombre.
De
pronto me tomó una mano:
—Dígame,
¿he obrado mal? ¿Hubiera sido mejor que callara, como el inspector me dijo?
—Ha
hecho lo que le correspondía, Frau Keller. Mucho más tarde se dará cuenta que
no pudo hacer otra cosa.
Entonces,
por primera vez, una luz asomó a sus ojos. Le pregunté:
—¿Ha
tratado usted de averiguar su verdadero nombre?
Negó
con la cabeza.
—Supuse
que la policía me ayudaría. Pero no me ayudaron en absoluto sino que me
preguntaron quién era yo como si hubiera cometido algo malo. Se comportaron
como si yo me lo hubiera inven¬tado todo... Así, que ya ve, tenía que hablar
con alguien que quisiera creerme.
—Yo
le creo.
Poco
podía hacer yo. Notifiqué al fiscal el caso y le di el nombre del policía que
le había aconsejado a Frau Keller no hablar. Pero es imposible hallar un
miembro desconocido de una unidad militar que tomó parte en la ejecución de los
judíos en Winniza, Ucrania, a finales de 1941. Había complicados varios SS y
unidades de la Wehrmacht. No conocemos los nombres de los hombres que se
presentaron voluntarios como verdugos, no sabemos siquiera el verdadero nombre
del desaparecido esposo de Frau Keller: sigue siendo uno de los asesinos entre
nosotros.
CAPÍTULO
X
PRIMERO,
LOS NEGOCIOS
Aquella
noche de diciembre de 1946, esperaba con impaciencia la llegada de un correo
especial de Bratislava porque habiendo em¬pezado ya a coleccionar material
contra Adolf Eichmann y su plana mayor ocurría que, en Bratislava, capital de
Eslovaquia, Dieter Wis¬liceny, uno de los más allegados colaboradores de
Eichmann y recien¬temente sentenciado a la última pena, había redactado en la
celda de muerte la lista de los miembros del departamento de Eichmann y
referido varios detalles concernientes a su antiguo jefe. Wisliceny pretendía
saber dónde Eichmann se ocultaba y era aquella lista la que el correo tenía que
traerme. En cada una de las grandes ciudades de todos los países ocupados por
Alemania, había sido destacada una alta jerarquía bajo el mando de Eichmann,
entre los que se contaban Rolf y Hans Guenther en Praga; Dannecker en París;
Alois Brunner en Atenas; Siedl y Burger en Theresienstadt; Hunsche en Budapest;
Antón Brunner en Viena; Eric Rajakowitsch en La Haya; y Wisliceny en
Bratislava.
Tracé
unas líneas que unieran en un mapa de Europa las ciudades con los respectivos
nombres y resultó un cuerpo de araña gigante del que Eichmann era la cabeza. La
tela de araña había sido destruida pero muchos de los hombres que habían
formado sus extremos, habían escapado y estaban aún en libertad.
El
lugarteniente de Eichmann Rolf Guenther, había probablemente muerto; su
hermano, Hans Guenther, había desaparecido; Siedl, Dan¬necker y Anton Brunner
no se contaban tampoco entre los vivos; Alois Brunner continuaba en Damasco,
Burger estaba escondido en algún lugar de Alemania. Pero uno de los nombres de
la lista, el del doctor Erich Rajakowitsch, no decía nada y no le presté
atención. Había criminales de más importancia por atrapar. Sin embargo, el
nombre de Rajakowitsch volvió a aparecer repetidamente en los docu¬mentos que
leí en los meses subsiguientes aunque su cometido exacto en la organización de
Eichmann no quedaba claro, pues originariamente se trataba de un abogado de
Viena, que representaba a acomodados clientes judíos que, con gran complaciencia
suya, no volvieron. A eso se reducía mi información, pero luego averigüé que se
había unido a la SS, pasando a las órdenes de Eichmann, prestado servicio en el
Este, y desaparecido. Algunos decían que probablemente había muerto, pero otros
afirmaban que Rajakowitsch era un tipo muy listo que probable¬mente se
escondería bajo nombre falso en un lugar seguro: un campo de internamiento
aliado. Ciertas personas se apresuraban a decir qua nunca habían oído hablar de
él y si yo hubiera tenido más experiencia en aquellos primeros tiempos, hubiera
comprendido que todas aquellas personas sabían muy bien dónde Rajakowitsch
vivía.
Pacientemente
fui recogiendo más datos. Erich Rajakowitsch había nacido en 1905 en Trieste
(que por entonces formaba parte de la monarquía de Habsburgo) y era hijo de un
profesor de segunda ense¬ñanza. A sus dieciocho años se fue a Graz, tierra
abonada para tantos nazis, donde estudió leyes. En 1934 se casó con Anna María
Rintelen, hija de Anton Rintelen, embajador austríaco en Roma bajo el régimen
Dollfuss y uno de los más notorios nazis ilegales en Austria. Posterior¬mente
Rajakowitsch se trasladó a Viena, en busca de más verdes pastos, abrió su
bufete y tras la invasión de Hitler se alistó en el Partido con el carnet
número 6.330.373, no un número bajo exactamente, pero Herr Doktor Rajakowitsch
ganó pronto en celo lo que le faltaba en priori¬dad. Del fichero personal de
Rajakowitsch es la entrada siguiente hecha en el año 1939:
«El
candidato a la SS Rajakowitsch actúa como consejero legal de la Agencia Central
de emigración judía en Viena, así como en Praga y en Berlín. En el desempeño de
tales funciones cumple con todas las exigencias y realiza su trabajo con
volun¬tad, rapidez y eficacia. Durante una Einsatz (acción) de cuatro semanas
en Polonia, demostró su poder de adaptación a toda clase de situaciones.
Personalmente denota tener una clara concepción de la vida, su apariencia es
enérgica y ha dado pruebas de irreprochable conducta nacionalsocialista. Su
carácter le recomienda sin duda para la promoción de Führer de la SS.
(Firmado)
Eichmann
SS-Hauptstuf».
La
Agencia de emigración judía vienesa se convirtió, bajo Eichmann, en modelo de
las mismas en toda Europa. Ubicada en el Palacio Rothschild, en la calle Prinz
Eugen, Eichmann y Rajakowitsch se daban con frecuencia cita en las mismas
habitaciones en que el do¬mingo 13 de marzo de 1938, el barón Luis de
Rothschild, jefe de la Casa Rothschild, había sido arrestado por seis hombres
con casco de acero a quienes se les dijo que aguardasen a que el señor barón
hubiera acabado su pausada comida y aguardaron porque el protocolo nazi no
había previsto tal eventualidad. El barón fue llevado a una celda de la cárcel
de Viena y luego internado en la casa de la Gestapo «Monopol». Los nazis
pidieron por su rescate veinte millones de dólares, el más alto de la Historia.
Recibieron menos.
En
octubre de 1939 Rajakowitsch se presentó voluntario para la SS y fue enviado a
Nisko, Polonia, donde, por iniciativa de Eichmann se instaló el primer campo de
concentración. Reinhard Heydrich fue partidario del plan de concentrar a los
judíos antes de enviarlos a cam¬pos de exterminio. Según el sumario del
proceso,
«A
los judíos se les dijo que el Führer les había prometido nuevos hogares. No
había casas en Nisko pero a los judíos se les permitió construir algunas.
Corría la voz que los pozos de aquella zona estaban contaminados, pero si de
verdad querían agua, ya se las arreglarían para tenerla. Aproximadamente a una
cuarta parte de los judíos que llegaron con el primer transporte, se les ordenó
que siguieran a pie hacia el Este. Los que intentaban volverse atrás, eran
fusilados».
Hacia
1940 Rajakowitsch era ya una rueda de las grandes en la orga¬nización de
Eichmann, uno de los instigadores del llamado «Plan Madagascar», para la
deportación de todos los judíos de Europa a la isla de Madagascar que los
alemanes esperaban obtener de Francia mediante Tratado de paz con la derrotada
Francia. El «Plan Madagascar contenía por primera vez la siniestra frase
«solución final del problema judío».
Durante
un tiempo Eichmann estuvo muy interesado en el proyecto y Rajakowitsch se
convirtió oficialmente en el «especialista en Ma¬dagascar» del Referat IV B 4.
En cierta ocasión acompañó a Eich¬mann en una visita al Instituto Tropical de
Hamburgo donde estudiaron el clima y las condiciones de vida de la isla. El
proyecto fue posterior¬mente desechado, cuando resultó que no se iba a concluir
ningún Tratado de paz con Francia.
En
abril de 1941, el doctor Rajakowitsch fue nombrado Obersturmführer y enviado
por Reinhard Heydrich a Holanda para esta¬blecer otra Agencia de emigración
judía, «que deberá ser el modelo para la solución del problema judío en todos
los estados de Europa». La solución, según el sumario del fiscal, «no era más
que una expolia¬ción económica camuflada, de los judíos en Holanda. Se fundó un
llamado Vermögensverwaltungsund Rentenanstalt (Administración de la Propiedad y
Pensiones) y el Herr Doktor se convirtió en uno de sus directores. Después de
la expulsión de todos los judíos de Holanda, Rajakowitsch se presentó
voluntario para la Waffen de la SS en 1943, siguió un curso «para oficiales
alemanes» en Bad Tolz, Baviera, y fue enviado al frente del Este.
Durante
el proceso de Eichmann en Jerusalén, el nombre de Raja¬kowitsch volvió a
aparecer. Hablando de sus actividades en los Países Bajos, Eichmann dijo:
—Cuando
hablé con Rajakowitsch en los Países Bajos en 1955 hace cinco años... me
confirmó algunos detalles de la operación...
Así,
que Rajakowitsch estaba vivo en 1955, y se hallaba, y quizá se hallara aún, en
la Argentina donde había mantenido estrecha relación con Eichmann. A medida que
el proceso iba avanzando, la participa¬ción de Rajakowitsch en la organización
de Eichmann fue aclarándose. Por los documentos sobre el exterminio de judíos
en Holanda, era evidente que Rajakowitsch debía encabezar mi lista. El texto de
la acusación contra Rajakowitsch que fue finalmente publicado en Viena en julio
de 1964 explicaba el porqué:
«El
1 de octubre de 1941 había 140.000 judíos registrados en la Holanda ocupada, de
los que posteriormente unos cientos se suicidaron, otros murieron en campos de
concentración en Holanda y aproximadamente 110.000 fueron deportados a Polonia,
después de julio de 1942, donde fueron asesinados. Con la liberación sólo 5.000
judíos regresaron a los Países Bajos. En 1941, el Standartenführer Dr. Wilhelm
Harster fue nombrado Subkommissar del problema judío y su oficina en La Haya
ordenó la deportación que empezó schlägastig (brus¬camente) en julio de 1942.
Entre la oficina del Referat IV B 4 de Berlín y su filial en La Haya se
intercambiaron muchas visitas personales y Eichmann en persona iba a Holanda a
discutir todas las cuestiones importantes. El 28 de agosto de 1941, Harster
promulgó un decreto secreto por el que se creaba el «Sonder-Referat Juden»
(SRJ) que significaba «Departamento Especial Judíos, cuyo objetivo era la
«Solución final del problema judío».
»El
doctor Rajakowitsch estaba al mando del SRJ.
«El
doctor Rajakowitsch resulta cómplice de asesinato según los artículos 5, 15 y
136 del Código Criminal Austríaco y ha de imponérsele una pena de acuerdo con
el artículo 136.»
Según
el articulo 136, la pena es la de cadena perpetua.
El 1
de octubre de 1961, pocos meses después del proceso Eich¬mann, me puse una vez
más a trabajar en mi Centro de Documentación de Viena y mi primer caso iba a
ser el del Dr. Erich Rajakowitsch. Presenté al ministerio público de Viena
todos los hechos descubiertos durante el proceso Eichmann así como todos los
documentos concer¬nientes a las actividades de Erich en los Países Bajos. El
ministerio público de Viena estudió el material y lo consideró lo
suficientemente importante como para iniciar una encuesta preliminar,
publicando una nueva orden de arresto contra el Dr. Erich Rajakowitsch,
«paradero desconocido».
¿Dónde
podría estar? Casi automáticamente pensé en Sudamérica: Eichmann había estado
allí y otros seguían todavía allí pero cabía también la posibilidad de que
hubiera pasado a España, Italia, Alema¬nia o Austria.
Empecé
la investigación haciendo cautelosas indagaciones entre los antiguos conocidos
de Rajakowitsch dentro de su misma profesión: abogados, jueces, funcionarios
del Palacio de Justicia. Al igual que otros destacados abogados vieneses, se
había encargado de la adminis¬tración de los bienes de antiguos clientes judíos
que no habían regre¬sado. Algunos abogados trataron de hallar los herederos de
aquellos clientes y otros no. Al parecer, Rajakowitsch no había hecho ningún
esfuerzo en tal sentido.
Durante
el invierno de 1961, a medida que más información iba llegando a mi oficina,
pude ir trazando la carrera de aquel formidable abogado que después de la
capitulación había estado por breve tiempo en un campo de prisioneros de guerra
americano del que luego escapó, pasando un tiempo escondido en Estiria en casa
de su primera mujer (se había divorciado de ella en 1944) la que posteriormente
casó con un antiguo Gauhauptmann de la NS
de Estiria, el Profesor Arnim Dadieu (hoy tiene a su cargo el Instituto
Alemán de Investigación Rocket en Stuttgart, el Forschunginstitut für Phisik
der Strahlentriebe).
Los
ingleses buscaron a Rajakowitsch pero no lo encontraron a pesar de que vivía en
Graz, capital de Estiria o sea en el mismo corazón de la zona británica. En
1947 se trasladó a Trieste, su ciudad natal, invirtiendo grandes fondos en la
firma Enneri & Co. («Importación, Exportación, Representaciones,
Encargos»). Dirección cablegráfica: RAJARICO.
Los
años 1951 y 1952, Rajakowitsch los pasó en Sudamérica, visitando varios países
y con idea de instalarse allí; pero, sin embargo, regresó a Europa. Descubrí
que en Austria había sido publicada una orden de arresto ya anteriormente, en
1952, por sus actividades de «arianización», pero no obstante, Rajakowitsch
había estado varias veces en Austria en los años cincuenta, sin preocuparle un
posible arresto y no le faltaba razón pues el caso fue sobreseído por un
tribunal de Graz «por falta de pruebas». Así, que, legalmente, era hombre libre
otra vez. El 22 de agosto de 1953 cambió el nombre de Rajakowitsch por el de
Raja, fue ganando importancia en la dirección de la Enneri & Co. y trasladó
la central de Trieste a Viale Bianca Maria 31, Milán, capital comercial y
bancaria de Italia. Las oficinas de Trieste se con¬virtieron en una sucursal de
la firma. Raja tomó un elegante piso en el Corso Concordia 8, de Milán, pero
mantuvo su nacionalidad austríaca. (En una fecha en que la orden de arresto a
nombre de Rajakowitsch estaba en vigor, el Consulado General Austríaco en
Trieste le había suministrado un pasaporte válido a nombre de Raja. El
acortamiento del nombre, bien pudo ser un truco.)
La
Enneri & Co. resultó ser una empresa muy interesante. Fundada después de la
guerra por Conrado Enneri de Istria y Emil Félix de Austria, la firma se
especializó en negociar con los países de tras el Telón de Acero, valiéndose de
un tal Raoul Janiti, de Trieste, que había sido objeto de investigaciones por
los italianos como sospechoso de haber pasado de contrabando mercancías al
ámbito comunista. Una de las secretarias de la firma era la signora Giuliana
Tendella, que se convirtió en la segunda esposa de Raja en 1957. Enneri &
Co pronto llevó a cabo excelentes negocios con la Unión Soviética, Po¬lonia,
Checoslovaquia, Hungría y Alemania oriental y el doctor Raja hizo varios viajes
a Moscú, Praga, Varsovia, Poznan y Berlín Oriental donde el antiguo Obersturmführer
era hospitalariamente acogido por la burocracia comunista.
Al
parecer, Raja amasó una buena fortuna comerciando con los antiguos enemigos de
la Alemania de Hitler y los participantes en aquellos negocios parecían no
tener escrúpulos políticos. Raja era espe¬cialmente popular entre los antiguos
Kameraden de la SS de la Alemania Oriental que se habían convertido en leales
miembros del Par¬tido Comunista. Llegó a ser el representante general de las
existencias de hierro, grafito y lignito de las Repúblicas Socialistas. La
Enneri & Co. importaba en Italia hierro, grafito, lignito y también madera
y cristal, exportaba motores de barcos a Alemania Oriental y suministros
médi¬cos a Hungría. Los negocios antes que nada.
Raja
estaba en buena relación con los directores de varias indus¬trias del acero
italianas y llegó a interesarse mucho por los procesos de fabricación de
conductos de petróleo sin costura que los soviets necesitaban en gran manera
para sus instalaciones. La prensa italiana informó posteriormente que los
Servicios de Inteligencia italianos tenían en observación las actividades de
Raja, ya que podía haber una posible conexión entre varios casos de espionaje
industrial en Italia y la exportación de mercancías estratégicas prohibidas.
Pescar en aguas revueltas proporcionaba bonitas ganancias. En la época de su
arresto se dijo de Raja que era millonario en dólares, que poseía una bellísima
mansión, Villa Anita, ea Melida, cerca de Lugano, Suiza.
Escribí
al doctor Louis de Jong, director del Instituto Estatal Ho¬landés de
Documentación de Guerra de Amsterdam, diciéndole que conocía la dirección
actual de Rajakowitsch y pidiéndole material so¬bre las actividades de éste en
los Países Bajos. El doctor de Jong designó a uno de sus principales ayudantes,
el historiador B. A. Sijes, para que recogiera datos y formara un fichero sobre
la participación de Rajakowitsch en la «Solución final del problema judío» en
Holanda. En marzo de 1962 entregué al fiscal de Viena un dossier completo sobre
las actividades de Rajakowitsch en Holanda, que abarcaba del año 1938 al 1944.
Casualmente,
mucha de la información sobre Rajakowitsch (excep¬to la de sus actividades en
Holanda) procedió de un banco de Viena y no fue difícil conseguirla, pues me
limité a presentarme como un hombre de negocios que estaba interesado en
conocer el crédito de la firma Enneri & Co. El banco hizo un buen trabajo,
informándome hasta del número de matrícula del coche de Rajakowitsch, de qué
personas trabajaban para él en su oficina y en su casa, las firmas con que
estaba en relación y otros detalles. Los bancos pueden resultar instituciones
útiles.
Hallé
pruebas de que Rajakowitsch había venido trasladándose a Viena con frecuencia,
hasta que fue extendida la segunda orden de arresto en 1961, pero a partir de
esta fecha se mantuvo alejado de Viena. En marzo de 1962 fui a Milán a discutir
el caso con las autoridades italianas. Cuando pasé mi información sobre
Rajakowitsch al coronel Manaro en el Palacio de Justicia, movió la cabeza con
asombro:
—¿Cómo
ha averiguado usted todas esas cosas? ¿Cuántos agentes tiene trabajando para
usted en Italia?
—Coronel
—le dije fingiendo sorpresa—, a usted no le gustaría revelar secretos
profesionales, ¿verdad?
Conocí
al general de los carabinieri en Milán, quien me preguntó:
—¿Así,
que usted es el hombre que se escondía tras el caso Eíchmann?
Asentí.
El general me preguntó de nuevo:
—Dígame: ¿dónde tiene su barco? ¿O su avión
particular?
Tuve
que asegurarle que no iba a raptar a Rajakowitsch.
Los
italianos veían con simpatía mi trabajo, pero decían que ellos no podían
arrestar a Rajakowitsch por no ser ciudadano italiano, ni haber hecho daño a
ningún ciudadano italiano, ya que sus actividades tuvieron lugar fuera de
Italia. Una delegación de varias organizaciones judías trató de intervenir
cerca del ministro de Justicia en Roma. El ministro estudió el caso y dijo que
podía extender una orden de arresto para extradición contra Raja-Rajakowitsch
si el embajador austríaco lo requería por vía oficial. Lo que quería decir que
el embajador de Austria tenía que esperar a recibir instrucciones del
Ministerio de Asun¬tos Exteriores de Viena, quien a su vez tendría que pedir la
interven¬ción del Ministerio de Justicia.
Penetrando
en los oscuros laberintos de la burocracia austríaca, fui al Ministerio de
Justicia de Viena, tratando de descubrir quién tenía a su cargo el caso (cosa
nada fácil) y si la persona en cuestión querría pedirle al Ministerio de
Justicia italiano, a través de los canales diplomáticos apropiados, la
extradición del doctor Erich Raja.
Parecía
un asunto muy claro, pero todo lo que obtuve fueron evasivas. Me dijeron que
«estaba pendiente de investigación», que no habían llegado a «conclusiones
definitivas» En lugar de una acción no burocrática, me enfrentaba con la
evasión burocrática; de modo que los mecanismos de la justicia austríaca, que
nunca destacaron por su rapidez, parecían en este caso especialmente lentos. El
Procurador General me dijo que estaba muy ocupado y que además pensaba mar¬char
en seguida, en cuanto comenzaran las vacaciones de Pascua.
—Herr
Generalanwalt —le dije—, le deseo muy felices vacaciones de Pascua. En cuanto a
Herr Doktor Raja, las felices Pascuas voy a proporcionárselas yo.
No
había más que un camino para salir de aquel callejón sin salida legal: llevar
el caso ante el mayor foro posible. La tarde del 8 de abril de 1963 llamé a
Dino Frescobaldi, corresponsal en Viena del Corriere della Sera y le conté la
historia.
Dos
horas después, el editor del Corriere de Milán enviaba un pe¬riodista a casa
del dottore Raja. El reportero fue recibido por el hijo del propio
Rajakowitsch, que le preguntó de qué se trataba. El perio¬dista contestó que
iban a publicar un gran reportaje sobre el dottore Raja y que le gustaría tener
una entrevista con él. El muchacho le pidió aguardara un instante; se fue a
hablar con su padre, volvió, y le dijo:
—Mi
padre pasará por su oficina mañana por la mañana.
El
reportero regresó al periódico y, desde luego, el editor del Corriere admitió
posteriormente haber cometido una equivocación po¬niendo a Raja sobre aviso. A
medianoche, la historia fue cablegrafiada y corría por toda Italia. Al día
siguiente, el doctor Raja pasó por su banco a primera hora, en el momento de
abrir. Posteriormente oí ru-mores de que había retirado cerca de cien millones
de liras. Al salir del banco subió a su Fiat rojo cupé 2000, lo puso en marcha
y desa¬pareció.
Para
entonces el doctor Raja se había convertido en un artículo de primera plana en
toda Europa. Muchos periódicos publicaban su fotografía, la de un hombre rubio
de cara blanda y alargada, amplia frente y ojos brillantes que parecían mirar
al lector con cierta ex¬presión irónica. Un reportero del Corriere me telefoneó
para decirme que Raja había cruzado la frontera italosuiza en Chiasso. Dirigí
un cable a la United Press de Zurich pidiéndole notificara a la policía suiza
la llegada de Raja a Suiza. Los suizos fueron a buscarle a su casa de Melida,
pero no le hallaron allí. A la mañana siguiente la policía de Lugano fue
informada por una camarera de un hotel local que había visto la fotografía en
el Corriere della Sera, y que el doctor Raja, a su parecer, se hospedaba en el
hotel.
La
policía suiza hizo saber a Raja que le consideraba un «extran¬jero indeseable»,
le pidió que abandonara el país inmediatamente; así, que Raja volvió a Chiasso,
donde los guardias italianos de la frontera no levantaron la barrera cuando el
Fiat rojo llegó, sino que anunciaron al dottore que su presencia allí era de lo
más intempestiva. Durante los días que siguieron eran tres los países lindantes
con Suiza que le negaron la entrada a Raja: Italia, Francia y Alemania. En
cuanto al cuarto, Austria, le esperaba una orden de arresto. No, las
perspectivas no tenían nada de halagüeñas para el abogado millonario.
Durante
cierto tiempo, diferentes personas en distintos lugares me fueron informando de
haber visto al escurridizo doctor Raja. Pero cuan¬do verificábamos su paradero
se había marchado ya. Era, como decía un periódico italiano, la moderna versión
del aria de Rossini, «Fígaro aquí, Fígaro allá». En Lugano declaró a la policía
suiza que pensaba irse a Viena «para demandar a Wiesenthal».
Por
fin Raja fue a ver a su abogado de Zürich e hizo comparecer asimismo a su
abogado vienes, un tal doctor Dostal. Este último acon¬sejó a Raja que se fuera
a Austria a enfrentarse con la «orquesta». A través de la United Press llegó a
Viena la noticia, procedente de Zürich; que el doctor Raja iba a tomar el
siguiente avión en el aeropuerto de Kloten con destino a Viena.
Periodistas,
equipos de televisión, personal de las emisoras de radio y agentes se
precipitaron al aeropuerto de Schwechat. La historia de Raja se había
convertido en la sensación europea. Se hacían apuestas sobre si se presentaría
en Viena para entregarse o si trataría de escapar, posiblemente a Sudamérica.
Me uní al «comité de recepción» en el aeropuerto de Viena cuando el Caravelle
de la Swissair tomaba tierra. El avión llegó por fin, pero Raja no estaba entre
los pasajeros. Se hi¬cieron varias llamadas telefónicas frenéticas: Raja había
subido al Ca¬ravelle en Zürich, pero en Munich, durante una corta parada, había
desaparecido.
Regresé
a mi despacho, donde recibí una llamada urgente de un alto oficial de la
policía de Munich:
—Necesitamos
su ayuda, Herr Wiesenthal. ¿Dónde está Raja? He¬mos puesto todas nuestras
fuerzas en acción. El Ministro del Interior está furioso. Tenemos que
apoderarnos de Raja, o la prensa se apode¬rará de nosotros.
Les
pedí que vigilaran la frontera de cruce con Baviera y le sugerí que repasaran
cuidadosamente el historial del antiguo jefe de Raja en Holanda, el ex
Brigadeführer de la SS doctor Wilhelm Harster.
Contestó:
—Me
temo que ello va a poner al Ministro del Interior más furioso todavía, porque
Harster es en la actualidad un Oberregierungsrat en el Ministerio del Interior
de Munich.
Di
el historial de Harster al corresponsal en Viena de la Deutsche Presse Agentur.
Veinticuatro horas después la prensa alemana publica¬ba que el ex Brigadeführer
de la SS Harster había sido suspendido de su cargo. En enero de 1966 fue
arrestado.
El
caso Harster creó un escándalo político en Munich. El 25 de junio de 1943,
Wilhelm Harster, general de división de la policía de seguridad alemana y de la
SD de Holanda, había informado al Reichkommissar Seyss-Inquart de Hitler, que
«100.000 judíos habían sido deportados de la nación... Sólo en el domingo 20 de
junio, durante una especial acción en Amsterdam, 5.500 judíos fueron apresados
en veinticuatro horas».
Después
que Harster hubo sido arrestado, se descubrió que miembros de todos los
partidos dirigentes bávaros (SSU o Unión Socialcristiana, SPD o Partido
Socialista, FDP o Partido Liberal y BP o Partido bávaro) se contaban entre sus
superiores en el Ministerio del Interior, donde él tuvo un importante cargo
desde 1956. Harster había declarado públicamente:
—Mis
superiores conocían perfectamente mi historial.
Por
lo menos cinco importantes oficiales del Ministerio habían pro¬puesto al
antiguo Führer de la SS para un alto puesto en el Ministe¬rio, firmando su
admisión el mismo ministro, quien posteriormente de¬claró :
—Supongo
que alguien intentó «hacer ciertos manejos» sin tenerme al corriente.
Algunos
de los oficiales implicados pretendían no poder recordar lo ocurrido. El
proceso contra el antiguo jefe de Raja está en prepa¬ración.
Mientras
la policía de Baviera buscaba afanosamente a Raja, fui a ver al Procurador
General del Ministerio austríaco de Justicia, que acababa de regresar de sus
vacaciones de Pascua. Le pregunté si pensaba arrestar a Raja.
El
Procurador General se mostró muy evasivo, alegando que ello dependía de si el
material contra Raja era «estimado suficiente». Se había extendido una orden de
arresto, pero «por ahora sólo una en¬cuesta preliminar» había sido planeada y
nada podía hacerse sin cono¬cer los resultados.
—Herr
Hofrat —le dije—, es ahora la Pascua Hebrea y llevo mi libro de rezos porque
pienso ir a la sinagoga a orar por los difuntos. Con su permiso: ¿qué le parece
si rezara aquí, en su despacho, por los 110.000 judíos de Holanda muertos?
—¿Qué
quiere usted que haga? —dijo, al parecer muy molesto.
—Quiero
justicia. Usted ya ha visto el material contra Raja y sabe perfectamente que
debería ser arrestado.
—¿Y
si luego resulta que se le declara inocente?
—En
este momento, el mundo entero tiene puestos los ojos en us¬ted, en espera de
que emprenda una acción. Sinceramente, creo que sería mejor para el prestigio
de Austria que Raja fuese arrestado, aunque fuese puesto en libertad más tarde,
antes que permitirle se pasee con despreocupación, burlándose de la justicia
austríaca.
Saludé
al Herr Hofrat y me marché. Al día siguiente Raja llegó en coche procedente de
Munich. No había sido detenido en la frontera austríaca, a pesar de que
figuraba en la lista de reclamados por la jus¬ticia y tanto la policía alemana
como la austríaca le andaba buscando. Entró como hombre en pleno goce de su
libertad en el Palacio de Jus¬ticia de Viena, donde un juez le esperaba.
Más
tarde, aquella misma mañana, volví a hablar con el Procurador General, que me
dijo que Raja estaba sometido a un interrogatorio.
—¿Y...?
—Creo
que están a punto de arrestarlo. Vaya y eche un vistazo.
Atravesé
el corredor del Palacio de Justicia. Dos policías aguardaban junto a la puerta
del despacho del juez que le interrogaba para arres¬tar a Raja en el momento de
salir.
A
últimas horas de la tarde del 23 de abril, poco después del arresto de Raja en
Viena, un representante del Instituto de Comercio Interkammer de la Alemania
Oriental, fue enviado para retirar de las vitrinas de la Interkammer en la
Feria de Muestras de Milán, varios artículos pertenecientes a la firma Enneri
& Co. También fue retirada una fotografía de Raja entre las de directivos
de la Interkammer y altos miembros de la representación comercial soviética en
Roma. Era de notar que el Partido comunista en Italia, que había anterior¬mente
llamado a Raja «asesino de Ana Frank» y «secuaz de Eichmann», se mantuviera
claramente callado respecto a su arresto. Según la prensa no comunista, las
autoridades italianas estaban investigando la posible colaboración existente
entre el ex SS Raja y el Partido Comunista de Italia. Algunos periódicos
italianos publicaron que la Enneri & Co. había pagado comisiones al Partido
de sus operaciones con el Este.
Nikolai
Svetailov, miembro de la representación comercial sovié¬tica en Roma, que había
tenido frecuentes tratos comerciales con Raja, fue llamado a Moscú. Los
periódicos dijeron que en Moscú, Raja había sido amigo íntimo de Valentin
Khrabrov, alto oficial rela¬cionado con la coordinación de la investigación
científica. Algunas personas recordaron que Raja estaba en amistosos términos
con el segundo marido de su primera esposa, el profesor Arnim Dadieu, del
Instituto de Investigación Rocket de Stuttgart.
El
periódico romano Il Tempo publicaba el 1 de agosto de 1963:
«Los
comunistas italianos están profundamente consternados por la investigación que
se lleva a cabo sobre el antiguo ayudan¬te de Eichmann, Rajakowitsch, que
terminada la guerra se con¬virtió en agente soviético y estuvo en estrecho
contacto con los altos mandos del Partido Comunista Italiano, especialmente con
los expertos en comercio exterior. Dicen que sólo le aceptaron después que los
camaradas de la representación comercial so¬viética en Roma avalaron a Raja,
calificándolo de «buen pa-triota y amigo sincero de la República Democrática
Alemana y del Partido comunista.»
El
juicio contra Rajakowitsch tuvo lugar en Viena en abril de 1965. Se hizo
constar en el sumario que el acusado se comportó con abierta y manifiesta
altivez (aquella «apariencia enérgica» que a su amigo Eichmann le gustaba). Se
mostró muy seguro de sí, se negó a contestar a las preguntas y varias veces
causó visible preocupación a sus aboga¬dos defensores, llegando en una ocasión
a decir que sus ingresos mensuales eran aproximadamente diez veces mayores que
los de cual¬quier miembro de aquel jurado. En otra ocasión ridiculizó al fiscal
y ofendió al juez. El jurado le declaró culpable. El tribunal le senten¬ció a
dos años y medio de cárcel.
En
octubre de 1965, el doctor Raja fue puesto en libertad a la ca¬llada. Ahora
vive en Austria y ha sido bien aconsejado de no moverse del país, pues los
holandeses todavía tienen en vigor la orden de arresto y si Raja intentara
alguna vez salir de Austria, los holandeses pedirían su extradición y le
llevarían ante un tribunal holandés. Raja parece satisfecho llevando la vida de
un acomodado abogado y hom¬bre de negocios retirado. Para él fueron siempre
«primero los nego¬cios» y ciertos negocios siempre rinden. Su hijo, Klaus,
dirige la firma Enneri & Co.
Después
del arresto de Erich Raja, me invitaron a dar una conferencia en Amsterdam en
la reunión de antiguos miembros de la Resistencia Holandesa. Raja había sido
famoso en Holanda y el caso había provocado muchos comentarios.
Una
mañana, al día siguiente de la conferencia, recibí la lla¬mada de una mujer
holandesa que me dijo se hallaba en aquel momento en el vestíbulo del hotel y
preguntaba si podía verme un minuto. Bajé y me encontré con una mujer de edad,
de pelo gris y ojos gris-azules llenos de ternura. Me contó que había asistido
a la reunión y que oyéndome hablar, el pasado volvió a su memoria. Después de
pasarse la noche en blanco habló con su marido y decidieron que ella fuese a
verme. Empezó por decir que eran gente «vulgar», que su marido era capataz en
una fac¬toría muy grande, que cuatro de sus cinco hijos vivían y que todos
tenían buenos empleos.
—Nunca
poseímos mucho, pero siempre nos gustó compar¬tirlo con los demás, con los que
tenían todavía menos. Cuando leímos allá por 1920 que había una organización en
Holanda que se encargaba de traer niños austríacos a pasar unos meses entre
nosotros, nos inscribimos inmediatamente. Mi marido decía que había siempre
bastante comida para toda la familia y que uno más no iba a notarse. Pocas
semanas después fui a la esta¬ción a esperar la llegada de los niños. Llegó el
tren y los niños bajaron, cada uno con su nombre en un cartoncito colgando del
cuello, con aspecto asustado y hambriento. «Nuestro» niño era un pequeñín
llamado Hansi, de cara pálida y ojos muy grandes. Hansi tenía seis años y no
había sabido nunca lo que era una verdadera comida; era muy tímido, pero pronto
hizo amistad con nuestros hijos y aprendió a comer. El primer día sólo se quedó
mirando con los ojos abiertos toda aquella leche, mante¬quilla, huevos, carne y
verduras, porque en su vida había visto tanta comida junta.
Hansi
aumentó de peso rápidamente y cuando, dos meses después, se fue de Amsterdam
tenía el aspecto de cualquiel niño normal de su edad. Durante los años
siguientes volvió con frecuen¬cia ; le trataban como a su sexto hijo y Hansi a
su vez les llamaba «mis queridos tíos holandeses». Escribía montones de cartas
y al llegar Navidad y su cumpleaños le enviaban regalos de Holanda. Un día
recibieron una participación de boda y con ella termina¬ron los mensajes. Al
año siguiente estalló la guerra y se pregun-taban qué le habría ocurrido a
Hansi que, como muchacho sano, debía de estar en el ejército.
Una
mañana de abril de 1942, llamaron a la puerta.
—Yo
estaba sola en casa y al abrir y encontrarme con un hombre con el uniforme
negro de la SS, lancé un grito, pues pocos días antes algunos de aquellos SS
habían aparecido en nuestra limpia y tranquila calle, llevándose a algunos de
nuestros vecinos, a los que eran judíos. Fue algo terrible que no me había
logrado quitar de la cabeza.
Le
preguntó al SS:
—¿Qué
desea usted?
El
hombre rió:
—Tiita,
¿ya no me conoces? Soy yo, Hansi.
¡Hansi!
Con el uniforme negro y aquella terrible señal en el cuello. ¿Estaría entre los
SS que se llevaron a nuestros vecinos judíos? De todo Amsterdam habían
secuestrado personas en los últimos días.
—¿Qué
te pasa, tiita? —dijo, queriendo entrar.
Ella
le cerró el paso. Algo en su interior se lo dictó.
—No
pude impedirlo, señor Wiesenthal. Le dije: «Yo ya no soy tía tuya y en mi casa
no entrarás con ese uniforme. ¡Vete!» Y le cerró la puerta de un portazo. Mi
corazón latía con fuerza. ¡Cuántas veces había soñado con volver a ver a
Hansi!; Pero nunca me hubiera imaginado que lo vería con¬vertido en un SS.
»Le
observé desde la ventana y vi que se había quedado frente a nuestra casa. Luego
se encogió de hombros, escupió y se fue con sus botas negras. Yo no resisto el
ruido de esas botas que en Amsterdam presagian asesinos.
»
Pocas semanas después recibí una carta de él, muy corta y muy distinta de las
que nuestro Hansi solía escribir. Decía que era de lamentar que los holandeses
no comprendieran los nuevos tiempos, que el Führer tenía ideas gloriosas y...
¡Oh! ¿Qué más da? Mi marido rompió la carta a pedazos.
Como
de mutuo acuerdo, no volvieron a mencionar jamás el nombre Hansi. Un día de
1946 recibieron una carta de una mujer cuya letra no conocían y que decía ser
la viuda de Hansi, pues éste había muerto en acción de guerra en Rusia. Añadía
que estaba sola con sus dos hijos, que las cosas se habían puesto muy mal en
Viena y había poco que comer y que los niños pasaban hambre.
—Era
la vieja historia que volvía a empezar. Mostré la carta a mi marido. Como no
puede quedarse uno impasible cuando hay niños que pasan hambre, decidimos
enviarle paque¬tes de comida; pero, tenerlos en casa, desde luego no. Habían
ocurrido demasiadas cosas, ninguno de nuestros vecinos judíos había vuelto y
conocíamos muchos más que habían muerto... Nosotros habíamos alimentado a
aquellos niños austríacos en Holanda, para que se hicieran fuertes y sanos. Y
ellos habían vuelto convertidos en SS cometiendo toda aquella serie de
atrocidades.
Permaneció
un rato callada y luego añadió:
—Hay
algo más que debo decirle. Uno de mis hijos estuvo en la Resistencia Holandesa
y él tampoco volvió.
Se
levantó, añadiendo:
—Quisiera
saber... Es por eso por lo que vine, porque usted debe de tener una lista de
aquella gente... y... quisiera saber qué fue lo que hizo Hansi.
Me
dio su dirección y se despidió. Me quedé preguntán¬dome qué habría hecho aquel
Hansi y recordando: «Nosotros los alimentamos y ellos volvieron convertidos en
SS...»
Un
año después encontré su nombre en cierta lista que no era exactamente una lista
de honor. Pero a la mujer de Holanda no se lo dije jamás.
CAPÍTULO
XI
EL
ANCIANO BARÓN NO PODÍA OLVIDAR
Cronológicamente,
la historia del barón Evert von Freytag-Loringhoven empieza un día del verano
de 1963 en un tren que se dirigía a Berlín. Pero su verdadero comienzo se
remontaría hasta una mañana, a principios de la primavera de 1943, en que dos
miembros de la Resistencia polaca hicieron llegar a escondidas un muchacho
judío de quince años, a mi barracón de madera, estando yo trabajando en las
Obras de Reparación del Ferrocarril del Este en Lwów.
Recuerdo
muy bien el aspecto de Olek cuando le vi por primera vez. Parecía terriblemente
asustado; sus ojos azules estaban desorbitados de terror. Era pelirrojo, de
labios delgados y piel amarillenta. Los polacos me dijeron que Olek había
pasado las últimas semanas escon¬dido en un oscuro sótano, y, por primera vez,
aquel día volvía a ver el sol. Era el único superviviente de toda la población
judía de Chodorow, Galitzia, arrasada por los nazis. Tres mil hombres, mujeres
y niños, habían sido asesinados y sólo Olek quedaba con vida porque un vecino
cristiano le había salvado escondiéndole en su sótano, debajo de un montón de
carbón.
Ahora,
como la Gestapo andaba registrando todas las casas otra vez, el vecino en
cuestión entregó el niño a los de la Resistencia; ellos le dieron papeles
falsos que lo hacían pasar por un niño polaco cristiano, y le dijeron que más
no podían hacer. Así, que tuve a Olek unos días en mi barracón, y hablé al
director de una empresa de construcciones que trabajaba para las Obras de
Reparación, explicándole que Olek era un muchacho polaco que había perdido a
sus padres. El director estuvo de acuerdo en tomar a Olek como aprendiz, dejar
que comiera en la cantina y tuviera donde dormir. Pero antes de que Olek se
marchara de mi barracón le expliqué con toda claridad que tenía que andarse con
mucho cuidado si quería conservar la vida.
—No
tienes que decirle a nadie que eres judío —le advertí—. A nadie.
—¿Ni
siquiera a otro judio? —me preguntó.
—No,
ni siquiera a otro judío, ni hagas amistad con los demás pri¬sioneros judíos
que trabajan en las obras del ferrocarril. ¿Me lo pro¬metes?
Olek
sobrevivió a la guerra. Le volví a ver en 1946 en Linz, cuando recién llegado
de Polonia aguardaba el transporte ilegal que había de llevarle a Palestina.
Tres años después, cuando por primera vez visité Israel, me enteré de que Olek
se había unido el kibbutz del antiguo
ghetto de combatientes de Varsovia, situado a unos treinta kiómetros al norte
de Haifa, y fui a verle.
Hemos
venido siendo amigos desde entonces. En mis viajes a Is¬rael, siempre paso
algunas horas o un día en su kibbutz. Volvió a adoptar su nombre de familia,
Jitzchak Sternberg, fue elegido secreta¬rio del kibbutz, está casado, tiene dos
niños muy hermosos y, en fin, no se parece en nada a aquel asustado muchacho
que vino a mi barracón en 1943.
En
abril de 1964, me invitó a que fuera a su kibbutz para que hablara a todos de
mi trabajo. Después de mi charla, me llamaron al teléfono y un tal Heinz Jacob,
que vivía en el kibbutz vecino, enterado de que yo estaba allí, quería hablarme
de algo muy importante. ¿Podía él acudir inmediatamente?
Heinz
Jacob, rubio, de ojos azules y con aspecto muy alemán, me dijo que había nacido
en Alemania y emigrado con sus padres a Pales¬tina en 1933. El sol había
tostado su piel y tenía los lentos movi¬mientos y las poderosas manos del
agricultor. Más tarde, en 1963, había vuelto a Alemania, primer viaje al país
de su nacimiento con objeto de hacer comprobaciones acerca de la demanda de
restitución de su propiedad incautada por los nazis presentada por su familia.
En un tren, camino de Berlín, viajaba en un compartimiento con un alemán alto y
de distinguido aspecto que tendría unos setenta años, y al cabo de un rato
entablaron conversación. Cuando su interlocutor preguntó a Jacob su
nacionalidad y éste le dijo que procedía de Israel, pareció agradablemente sorprendido.
—No
tiene usted aspecto de judío, Herr Jacob. El anciano alemán se presentó como
barón Evert von Freytag-Loringhoven.
Jacob
se rió y le dijo:
—Muchos
de nuestros jóvenes israelíes no tienen aspecto de judíos, si a eso se refiere.
La mayoría de los niños de nuestro kibbutz son rubios y tienen los ojos azules
como los de Escandinavia o Texas, pero se sienten judíos, y eso es lo que
importa.
El
barón asintió con la cabeza. Dijo que, habiendo pasado la ma¬yor parte de su
vida aislado en el campo, no había visto nunca a un israelí. Había crecido en
Letonia, en la hacienda feudal que pertene¬cía a su familia, desde luego, antes
de que los bolcheviques entraran en 1919 y expropiaran todas las grandes
posesiones. El barón había conocido muchos judíos en Riga y afirmó que eran la
gente más culta de la ciudad, que les gustaba la arquitectura, la música, las
artes.
En
1919, el barón escapó a Alemania, donde luego heredó dos haciendas en Grodno y
Merakowo, en la Prusia Oriental, de las que se puso al frente hasta 1945.
Luego, una vez más, los rusos llegaron.
Estuvieron
hablando de todo aquello, de cómo los dos habían es¬capado, el barón alemán de
los rusos y el judío alemán de los alema¬nes; y el barón refirió a Jacob que su
hermano había sido oficial de las tropas del Kaiser y que posteriormente había
luchado en la Wehrmacht.
—Durante
siglos, en nuestra familia ha sido tradición que el hijo mayor cuidara de las
haciendas y que los demás sirvieran en el ejér¬cito. Mi hermano era un
apasionado nacionalsocialista antes de que Hitler se adueñara del poder y, como
muchos oficiales, sintiéndose humi¬llado tras la primera Guerra mundial, creyó
firmemente que los nacionalsocialistas crearían de nuevo la Gran Alemania.
El
barón se encogió de hombros resignado.
—Mi
pobre hermano se desilusionó en cuanto vio lo que los SS hicieron antes de la
guerra y durante ella, convirtiéndose en activo enemigo del régimen. Se unió a
los patriotas contra Hitler el 20 de julio de 1944, ¿ha oído usted hablar del
golpe malogrado?
Heinz
asintió. Se preguntaba por qué aquel anciano aristócrata, que claramente era un
hombre reservado, le contaría todo aquello a un extraño de viaje en un tren.
—Mi
hermano fue quien procuró los explosivos para la bomba del conde Stauffenberg.
Mi hermano se suicidó. Quizá fue mejor así, porque si no, le hubieran ahorcado
en la prisión Ploetzensee de Berlín. A mí me arrestó en Berlín la Gestapo y
pasé varios meses en la cárcel de Alexanderplatz pero me pusieron en libertad
gracias a la interven¬ción de un amigo, un alto oficial nazi; pero, terminada
la guerra, tuve que esconderme una vez más, cuando los rusos emprendieron, mi
búsqueda. Un oficial polaco que había estado en el campo de con¬centración de
Stutthof, cerca de Danzig, me salvó la vida. Todo eso es muy extraño, ¿verdad?
En septiembre de 1945 me las com¬puse para hacerme con una documentación falsa
y pude llegar a un pequeño lugar de Hesse donde vive mi hermana, viuda. Ahora
tengo por fin una hacienda. No es muy grande, pero llevar una granja es lo
único que sé hacer.
El
barón se le acercó más:
—Herr
Jacob, yo no creo en las coincidencias como tampoco creería usted si hubiera
vivido mi vida. No puede ser mera casualidad que usted y yo nos hallemos ahora
en este compartimiento. Fíjese: hoy en día apenas salgo de mi granja y es usted
el primer judío con que yo me tropiezo en muchos años. Sé las atrocidades que
los alemanes cometieron contra los judíos porque las vi con mis propios ojos,
vi matar a mujeres inocentes... hasta hoy no he hablado de estas cosas a nadie
pero todavía las sigo viendo en mis pesadillas: no puedo ol¬vidar mi secreto ni
quiero llevármelo a la tumba...
Se
tapó los ojos con una mano:
—Todavía
veo a una mujer judía que trabajaba en mi granja de Merakowo, una señora culta
de Praga. Y recuerdo a una señora joven, de Budapest, que era doctora y que
había instalado un hospital provi¬sional en la pequeña escuela de Grodno, que
no tendría más de treinta años y era muy bonita; intenté esconderla para ver si
tenía posibilidad de escapar más adelante pero ella me dio las gracias
diciéndome que quería permanecer junto a sus pacientes: la asesinaron junto con
ellos. Me gustaría saber que siquiera alguno se salvó, y si tuviese su
dirección haría todo lo posible por ayudarle.
El
barón miró a Jacob a los ojos, y le pidió:
—Dígame
a dónde. No puedo hablarle de ello hoy, pero le escribiré.
Estábamos
sentados en el pequeño jardín, Sternberg, Heinz y yo, rodeados de los naranjos
y limoneros del kibbutz. Jacob me dio las cartas del barón Freytag-Loringhoven,
y me dijo:
—Aquí
está la historia entera. Seguimos manteniendo frecuente correspondencia.
Fíjese, cuando en el tren aludió a «las atrocidades» como él las llama, pensé
automáticamente en usted y dije al barón: «Esto puede ser de mucho valor para
Simón Wiesenthal». Y entonces le hablé de su trabajo. El barón pareció
sobrecogido y dijo: «Ahora sí que veo que no ha sido pura coincidencia: uno de
los campos de trabajo donde tuvieron lugar las peores atrocidades se llama
Wiesenthal, está en un pequeño pueblo cerca de Thorn. Tengo que pedirle que se
ponga en contacto con ese Wiesenthal y le entregue el material que yo le dé.
No
dormí aquella noche. Reinaba gran calma afuera. A través de la abierta ventana
de mi habitación del hotel me llegaba el aroma de Israel, una mezcla de
naranjos en flor y flores que sería capaz de reconocer en cualquier momento con
los ojos cerrados.
Leía
las cartas de aquel anciano aristócrata alemán que contenían lo que él llamaba
«su terrible secreto» y pensaba que lo peor era que quizá no lo hubiera
revelado nunca si no hubiera conocido por casualidad a un joven judío que le
inspiró confianza. Muchas veces me pregunto cuántos secretos existen todavía
por revelar.
Un
día del noviembre de 1944, un tren cargado con 2.800 mujeres judías, compuesto
de vagones para ganado, llegaba a la estación de Merakowo, cerca de Thorn,
Polonia. El jefe de estación, un hombre llamado Zacharek que todavía está en
Merakowo, recordaba muy bien aquel transporte y posteriormente habló de él al
barón Freytag-Loring¬hoven. Se veía débiles y extenuadas a las mujeres, algunas
medio muertas. Habían hecho un viaje largo y espantoso. En su mayoría procedían
de Hungría pero las había también de Polonia, Checos¬lovaquia, Rumania,
Holanda, Austria y Francia. Habían estado ya en varios campos de concentración
de Letonia y Lituania y luego habían sido llevadas en pequeños buques de carga
por el mar Báltico hasta Dantzig y de allí al campo de concentración de
Stutthof. A con¬tinuación fueron enviadas a Merakowo. De la estación
ferroviaria de Merakowo, las mujeres fueron conducidas hasta una vasta hacienda
a un kilómetro y medio de Grodno, que pertenecía entonces al barón. El propio
barón prestó la siguiente declaración a uno de mis colabo¬radores :
«De
Grodno las mujeres fueron llevadas a cuatro campos de trabajo: Malven, cerca de
Strassberg; Grodno, cerca de Thorn; Shirokopas, cerca de Kulm; Wiesenthal,
también cerca de Thorn. El jefe del transporte era el Obersturmführer de la SS
Ehle. En Grodno, a las mujeres se les ordenó que cavaran trincheras
antitanques. Vivían en las tiendas que las Hitlerjugend (Juventudes
Hitlerianas) habían ocupado cuando se dedicaron a cavar trincheras en la región
y que ahora habían quedado vacantes. Algunas mujeres fueron enviadas a trabajar
en las granjas de los alrededores, unas 135 de ellas a mis pose¬siones:
trabajaban en los establos o recogían patatas en los campos.
»La
mayoría de mujeres casi no traían ropas al llegar. Muchas se cubrían con dos
mantas militares viejas: se echaban una sobre los hombros y se enrollaban la
otra a la cintura como si fuera una falda. Tenían tanta hambre que corrieron a
los campos a comerse las hojas de las remolachas. A las mujeres que eran
demasiado débiles para trabajar, los SS las mataban de un garrotazo en la nuca.
El comandante de la SS Ehle me dijo luego que era un método muy práctico:
«Ningún examen post mortem podría establecer la causa de su muerte».
»A
unas mujeres las mataban en una pequeña península en el mar de Grodno pero a
otras las arrojaban en masa a una fosa, mujeres que serían a continuación
asesinadas allí mismo. Cada día Ehle daba orden de matar de 8 a 20 mujeres. El
16 ó 17 de enero de 1945, asesinaron a 118, poco antes de que los rusos
entraran. Por entonces una de las mujeres había tenido un hijo y yo intenté
salvar al niño con la ayuda de dos trabajado¬res polacos. Pero no pude, Ehle
encontró a la madre y al niño y vi con mis propios ojos cómo mataba a madre e
hijo...»
Y
proseguía la crónica de horror. A una mujer la hicieron arrodillar sobre el río
helado «hasta que sus rodillas quedaron soldadas al hielo».
Los
guardas eran alemanes y ucranios. El barón los llamaba «la peor gentuza de la
tierra que cabe imaginar». Golpeaban a las mujeres con las culatas de sus
fusiles; si ocurría que una mujer llegara unos minutos tarde al trabajo,
inventaban «toda clase de sádicos cas¬tigos». Como siempre, allí donde hay
horror hay también heroísmo, como la de aquella doctora que rehusó el
ofrecimiento de ayuda del barón.
El
barón Freytag-Loringhoven escondió a dos mujeres en su casa: a una costurera de
Budapest y a una mujer de Praga, esposa de un peletero. El capataz que tenía,
un polaco, escondió a su vez a una joven judía de Lodz que tenía diecinueve
años. A las diez mujeres que trabajaban en los establos y se encargaban del
ganado, el barón ordenó se les diera leche y patatas, a pesar de que sabía que
ello estaba estrictamente prohibido por Ehle. Una de las prisioneras, la mujer
del propietario de un molino de cerca de Praga, le dio una lista que contenía
los nombres de quinientas de las prisioneras. Posterior¬mente, cuando
Freytag-Lorighoven vivía en Polonia con nombre su¬puesto, un soldado ruso le
registró, le quitó la lista y la rompió. El barón proseguía:
«El
18 de enero de 1945, las restantes mujeres fueron tras¬ladadas a otro lugar.
Según rumores, a Dantzig y allí arrojadas al mar... Hay muchas más cosas que vi
y que quiero declarar. Esta es la verdad. Quisiera poder averiguar si alguna de
las mujeres aquellas logró sobrevivir, mujeres a las que deseo todo lo mejor
del mundo.»
Dejé
las cartas del barón. Me había llegado hasta allí para visitar a un joven
amigo, para ver a los niños y las arboledas del kibbutz pero ni siquiera allí
me era dado escapar del pasado.
Había
dos cuestiones. Primera, ¿estaba Ehle vivo y nos sería po¬sible dar con él?
Segunda, ¿querría el barón Freytag-Loringhoven mantener su historia ante los
tribunales? Repetidamente me había en¬contrado con que los testigos no querían
hablar ante el juez o el fiscal del distrito y muchas veces el testimonio de un
solo testigo no se con¬sidera suficiente para procesar a un hombre, el barón
Freytag-Lo¬ringhoven; sin embargo, podría ser un testigo de mucho peso pues no
tenía motivo personal alguno para declarar, excepto el de servir a la justicia;
no era judío y no había conocido anteriormente al hombre que acusaba. No era
uno de esos casos de la acusación de un hombre contra la defensa de otro. El
viejo principio in dubio pro reo (en caso de duda, fallar en favor del reo) no
podía aplicarse al caso. Ehle había sido Obersturmführer en un campo de
concentración y era de dominio público que esa clase de hombres no pasaban el
tiempo escribiendo poesías o jugando al ajedrez. El anciano aristócrata alemán
no podía ser acusado de prejuicio contra el acusado: el crimen había sido
cometido en su hacienda y había sido testigo ocular.
Metí
las cartas en mi cartera. Si podíamos dar con Ehle, podríamos querellar con
muchas probabilidades.
A mi
vuelta de Israel, pedía a Michael Lingens, uno de mis cola¬boradores de Viena,
que se pusiera en contacto con el barón. La madre de Lingens, cristiana, nuera
del jefe de la policía de Colonia, había sido enviada a Auschwitz por ayudar a
los judíos. En la actua¬lidad la madre de Lingens es presidente del Comité de
Auschwitz.
Lingens
habló con el barón Freytag-Loringhoven y luego Frau Lingens fue a ver al
anciano. Estuvo de acuerdo inmediatamente en declarar ante tribunal pues no
quería morir con aquel terrible fardo en su conciencia. Escribimos al Instituto
Histórico Judío de Varsovia pidiendo documentación o nombres de testigos, pero
no tenían ninguno. Una petición similar hecha a la policía israelí, obtuvo
igual negativa.
Ni
siquiera los israelíes especializados en crímenes nazis habían oído hablar del
asesinato en masa de 1.500 mujeres en Grodno. Escribimos un informe y lo
enviamos a la Agencia Alemana Central de Justicia de Ludwigsburg.
Rückerl
fue nombrado fiscal para el caso. Puesto que las mujeres procedían del campo de
concentración de Stutthof, empezó por buscar los nombres de los guardas de
Stutthof. En la lista figuraba el nombre del Obersturmführer Paul Ehle. Al
parecer, Ehle vivía ahora en Kiel donde trabajaba como mecánico pero nadie allí
tenía la más ligera idea de su pasado.
—Lo
que más me preocupa de este caso —decía Rückerl— es no haber tenido
conocimiento de él. Si usted no nos lo hubiera notifi¬cado, el barón pudiera
haber muerto con su secreto.
Le
dije que ni en Polonia ni en Israel los archivos de las atrocidades nazis
contenían nada al respecto tampoco.
—Me
pondré en contacto con el barón Freytag-Loringhoven —me dijo Rückerl—. Lo que
dice en sus cartas a Jacob, en un tribunal sería considerado sólo como
«información» y para interrumpir el Estatuto de Limitación necesitamos la
declaración jurada del barón. Voy a ver si puedo conseguir una fotografía de
Ehle y si el barón puede identificarlo podemos conseguir un proceso.
Pocas
semanas después, el barón Freytag-Loringhoven prestó testi¬monio confirmando
todo lo dicho en sus cartas. El dossier fue enviado al Fiscal del Distrito de
Kiel donde el antiguo Obersturmführer fue arrestado sin siquiera intentar negar
sus crímenes. Hubiera sido proce¬sado y condenado, supongo, si no hubiera
muerto en la cárcel en sep¬tiembre de 1965.
En
noviembre de 1965, veinte años después de cometidos aquellos crímenes en la
Prusia Oriental, las autoridades polacas anunciaron que habían hallado «la gran
fosa común en la pequeña península del mar de Grodno», que el barón
Freytag-Loringhoven había descrito.
CAPITULO
XX
ESCUELA
DE ASESINATO EN MASA
Un
día, a finales de mayo de 1961, otra austríaca, da mediana edad, vino a verme a
Linz. Era poco después de la captura de Adolf Eichmann y la prensa local había
publicado un largo artículo sobre mi participación en la búsqueda del hombre.
En aquella ocasión, toda clase de gente vino a decirme cosas que yo no quería
saber y a venderme cosas que yo no necesitaba. Algunos me ofrecían sus
cono¬cimientos especiales y otros venían a pedirme consejo. No adivinaba por
qué aquella mujer de aspecto descuidado y poco atractiva había acudido para
verme. Llevaba un jersey chapucero y las greñas le col¬gaban sobre la frente.
No, no era el tipo adecuado de mujer para venir a contarme una historia de amor
y sin embargo, eso fue lo que hizo. Bruno Bruckner, originariamente vigilante
nocturno de los docks del ferrocarril de Linz y a la vez fotógrafo de afición,
había vivido con la mujer aquella y prometido casarse con ella. Resulta que
luego conoció a otra...
Yo
la escuchaba distraído, preguntándome cuándo llegaría al meollo de la cuestión.
—...y
en 1940 Bruno trabajó para los nazis y se convirtió en fotógrafo especial del
castillo de Hartheim.
¡Hartheiml
Aquello me puso instantáneamente alerta.
—¿Se
refiere al castillo Hartheim de Alkoven?
—Sí
—dijo—. A media hora de coche, en la autopista de Passau. ¿Ha estado alguna vez
allí? Durante la guerra, los nazis convirtieron el castillo Hartheim en un
sanatorio y allí es donde Bruno trabajaba como fotógrafo. Iba a Linz, a verme
dos veces al mes y siempre dispo¬nía de dinero a montones. Entonces fue cuando
empezó a salir con esa mujer y...
—Sí,
ya me dijo. ¿Y qué hacía en el sanatorio?
—Bueno,
le decían que sacara fotografías de los pacientes. Las fotografías las enviaban
a Berlín, cosa de «alto secreto», pero un día que se emborrachó me lo contó
todo.
—¿Qué
clase de fotografías hacía allí? —le pregunté.
De
pronto la mujer se puso en pie. Quizás había ido demasiado lejos en mis
preguntas.
—¿Por
qué no se lo pregunta a Bruno? —me dijo llena de ve¬neno—. Muy bien, él era un
nazi y usted anda detrás de los nazis, ¿no? Aquí tiene su dirección y que se lo
cuente todo, todos los bonitos experimentos que le hacían fotografiar en
Hartheim.
Y se
marchó.
Había
oído hablar por primera vez de Hartheim durante mis últi¬mas semanas en el
campo de concentración de Mauthausen. Los crematorios funcionaban continuamente
y a veces un horno se estro¬peaba y un técnico «de Hartheim» tenía que venir a
reparar la ma-quinaria. Y también ciertos grupos de prisioneros eran enviados a
Hartheim y nunca regresaban. Alguien me dijo que «Hartheim» («Man¬sión áspera»)
era el nombre de un viejo castillo que no estaba lejos de Mauthausen, y parecía
ser sinónimo de muerte. Pero no le presté mu¬cha atención entonces. Allí en mi
catre del «bloque de la muerte» me sentía demasiado débil para pensar.
En
1947 varios guardas de la SS del campo de concentración de Mauthausen fueron
juzgados ante un tribunal militar americano en Dachau. Ayudé a preparar las
pruebas contra algunos SS y asistí al juicio. Uno de los acusados declaró que
había sido enviado a Mauthausen «desde Hartheim». Fue condenado a muerte y
ninguna otra mención de Hartheim se hizo.
La
siguiente vez que tropecé con el nombre del castillo Hart¬heim fue en un
informe sobre el programa de eutanasia del régimen nazi. La mayoría de los
hechos son bien conocidos y voy a recapitularlos resumidos. La primera mención
de eutanasia, que los nazis llamaban Gnadentod (muerte de favor), tuvo lugar en
enero de 1940. Por orden de Adolf Hitler, tres hombres se reunieron en
Brandenburgo: el Reichsleiter Philip Bouhler, Führer de la «salud» del Reich,
el doctor Leonard Conti y el médico personal de Hitler, doctor Karl Brand. Las
órdenes eran planear la «Vernichtung lebensunwerten Lebens». La frase, que no
existe en ninguna otra lengua, puede ser, en tra¬ducción libre, como
«destrucción-de-vidas-que-no-vale-la-pena-vivir». El proyecto constituía «alto
secreto» y estaba bajo directo control de la Cancillería del Führer, cuya plana
mayor estuvo primero bajo la supervisión de Rudolf Hess y, después de la
deserción de éste, de Martin Bormann. Bormann nombró un comité de médicos
especialistas a las órdenes del doctor Werner Heyde, profesor de psiquiatría de
la Universidad de Wurzburgo. Heyde, responsable de la muerte de, por lo menos,
cien mil personas, desapareció terminada la guerra bajo el nombre de «Dr.
Sawade», fue capturado en 1962 y se suicidó en la cárcel poco antes de ser
juzgado.
Durante
la fase inicial del programa de eutanasia, ciertos grupos de personas
(retrasados mentales, enfermos incurables extremadamente viejos), fueron las
víctimas ya que habían sido clasificadas de Unnutze Esser (bocas inútiles). La
teoría era que consumían considerable comida y no producían nada; por eso
tenían que morir. La mayoría de ellos eran pacientes cristianos, alemanes y
austríacos que ocupaban hospitales y asilos. No había judíos entre ellos, los
judíos en su mayoría habían sido enviados ya a campos de concentración. Los
nazis consi¬deraban la eutanasia como una clase de ejecución casi ética y la
re¬servaban para miembros de su propia raza. Oficialmente el programa tenía la
sigla «T 4», de una elegante mansión de Berlín en la Tiergartenstrasse 4, donde
los especialistas en eutanasia tenían su central.
Las
decisiones de si un ser humano debía vivir o morir era tomada por médicos
especialistas conocidos como «T 4» que recibían las listas y fichas clínicas de
«bocas inútiles en potencia» de los hospitales y asilos de Alemania, Austria y
otros países. Aquellos médicos echaban un superficial vistazo a las fichas sin
molestarse en visitar los pacientes y cuando una ficha se marcaba con una cruz,
la sentencia de muerte había sido pronunciada.
A
continuación los ficheros eran enviados a una oficina especial de transporte y
empleados de robusta complexión llevaban a los hombres y mujeres condenados, a
la «clínica» más cercana o «sanatorio», donde tenían una muerte dulce gracias a
una inyección mortal. Cuatro de esas instituciones se mencionan en los informes
sobre eutanasia que he estudiado. Había tres en Alemania: Hadamar, cerca de
Limburg; Sennestein, cerca de Pirna, Sajonia; castillo Grafenegg, Brandenburgo.
La cuarta era el citado castillo Hartheim, cerca de Linz.
Después
que los hospitales y asilos fueron aligerados de muchas «bocas inútiles», la
operación se extendió, bajo la clave «14 f 13», a los internados, enfermos o
inválidos, en campos de concentración alemanes y austríacos, con frecuencia así
inútiles a causa de los trabajos forzados. (El que había sido Canciller de
Austria, Dr. Alfons Gorbach, un inválido, fue seleccionado para ir a parar al
castillo Hart¬heim pero su caligrafía le salvó y fue enviado a trabajar a la
oficina del campo de concentración de Dachau.) La «Acción 14 f 13» comenzó en
1941 y duró hasta el final de la guerra. A partir de 1943, muchos prisioneros
franceses de campos de concentración fueron enviados al tétrico castillo
Hartheim.
Después
de leer el informe, fui al castillo Hartheim, que se halla en el pacífico
pueblo de Alkoven, a unos veinte kilómetros de Linz, rodeado de verdes campos y
onduladas colinas. El castillo Hartheim era un edificio de aspecto imponente y
amenazador, del siglo XVI estilo Renacimiento, con cuatro torres y muchas
hileras de ventanas. Traspuesta la verja, pasé a un gran patio rodeado de
bellas columnatas. Por entonces, el castillo estaba habitado por volksdeutsche,
refugiados del Este y sabía que no podrían decirme gran cosa, habiendo llegado
después de la guerra. Fui al pueblo y hablé con algunas personas pero todas se
mostraron en extremo reservadas en cuanto les preguntaba por Hartheim. Me
decían que había sido «una especia de sanatorio», se encogían de hombros y se
marchaban. Volví a mi coche y regresé a Linz. No hubiera vuelto a pensar
posiblemente en el castillo de Hartheim si una mujer celosa no me hubiera
venido a ver para hablarme de Bruno Bruckner que había «fotografiado» ciertos
experimentos en el misterioso castillo.
Empecé
por hacer averiguaciones acerca de Bruno el infiel. Ahora trabajaba en un
complejo químico industrial del Estado en Linz y se decía que seguía siendo un
aficionado entusiasta de la fotografía. En nuestros ficheros se mencionaba un
tal Obersturmführer SS Bruckner que, según el testimonio de supervivientes de
algunos campos de con¬centración, había sido un sabueso de enlace entre los
campos y Berlín. Uno de los cometidos del Obersturmführer Bruckner era entregar
en Berlín oro y joyas procedentes de prisioneros judíos. Como no había ninguna
descripción de aquel SS, di a la policía de Linz la información que sobre él
poseía y fue enviado un agente a entrevistarlo. No había ninguna acusación
específica contra él y teníamos que movernos con cautela. Sugerí que el policía
comenzara por hablarle de oro y joyas y que luego como sin darle importancia,
dejase traslucir lo del castillo Hartheim. El agente actuó bien. Bruckner negó
enfáticamente haber formado parte de la SS: no había sido más que «un simple
soldado de la Wehrmacht», jamás había actuado de enlace para la SS en Berlín, y
menos les había aportado joyas. En realidad, dijo, no había tenido nunca en sus
manos el menor botín de guerra de que apropiarse.
—Ni
me apropié siguiera de un aparato fotográfico durante la guerra —dijo
Bruckner—. Y no es ningún secreto que casi todo el mundo se llevó a casa por lo
menos un par de cámaras. Por no hablar de otras cosas.
El
policía asintió y preguntó luego:
—Ya.
Pero ahora tendrá algún aparato fotográfico, ¿no?
—Claro.
Los poseía ya mucho antes de que empezara la guerra.
—¿Qué
clase de fotografías sacaba usted en el castillo Hartheim, Bruckner?
A
Bruckner tanto pareció aliviarle que el asunto del oro y las joyas se hubiera
dejado de lado, que lo admitió todo.
—Fotografías
médicas. Hacían experimentos abajo en el sótano y yo los fotografiaba desde una
abertura disimulada.
No
se había presentado voluntario para aquello, dijo. En 1940 un día un hombre del
Gauleitung nazi me preguntó si me vería con ánimos de llevar un laboratorio
fotográfico de primera categoría.
Bruckner
le contestó que le encantaría. Pocos días después, le pidieron que fuera a la
Gauleitung, donde dos hombres le interrogaron. Tuvo que firmar una declaración
de que no hablaría a nadie de su trabajo, y al día siguiente un tal Herr
Lohthaller lo condujo al «Sana¬torio de Hartheim». Durante el camino, Bruno
Bruckner le preguntó en qué consistía lo que tendría que hacer.
—No
me haga preguntas —Lohthaller le contestó—. Ya se lo ex¬plicarán allí.
Una
vez en el castillo, Bruckner fue llevado a presencia del capi¬tán Christian
Wirth, el jefe. Bruckner describió al capitán Wirth como «un hombre muy
agradable fuera del trabajo pero muy exigente mien¬tras se trataba de trabajar,
y que no dudaba ni un segundo en matar al que algo le saliera mal». Wirth dijo
a Bruckner que tendría que sacar «tres fotos de cada paciente», le mostró el
laboratorio, que era de veras de primera clase, y le mostró dónde dormiría.
Bruckner
fotografiaba unos treinta pacientes al día y a veces más. Siempre desde el
mismo ángulo, era un trabajo difícil.
Algunos
pacientes se ponían como locos y tenían que ser sujeta¬dos por enfermeros. Una
o dos veces, se les soltó el paciente antes de que le pudieran dar la inyección
letal y apenas pudieron con él. Lo peor era que me asqueaba la comida porque
flotaba un horrible hedor en el aire procedente de los hornos crematorios que
no nos dejaba ni de día ni de noche. Al cabo de unos días, fui al capitán Wirth
y le dije que no podía soportarlo más. Le pedí que me librara del puesto.
Al
capitán Wirth no le gustó nada la sugerencia de Bruckner, y le dio a elegir
entre tres posibilidades:
—O
sigue usted aquí y mantiene la boca cerrada. O le enviamos a Mauthausen. O si
lo prefiere, podemos matarle aquí inmediatamente.
Bruckner
se fue a su habitación abatido. Aquella noche el capitán Wirth le envió una
botella de schnapps y Bruckner se emborrachó. Al cabo de un tiempo se olvido
del hedor del ambiente.
Gradualmente,
Bruckner fue descubriendo más cosas acerca de Hartheim. No le fue fácil porque
todos eran muy reservados y le habían advertido que no hiciera preguntas si
quería conservar la vida. Pero él no tenía nada de tonto y se dio cuenta de que
a los doctores que estaban al frente de aquello, Rudolf Lohuauer, de Linz, jefe
médico y Georg Renno, su ayudante, les hacía poca gracia que él sacara
fotografías que les incluía. Pero él tenía órdenes de Wirth. Al cabo de unas
semanas, Wirth le dijo que bajara al sótano e hiciera fotografías de los
«nuevos experimentos».
—¿Qué
clase de experimentos? —le preguntó el agente.
—Entonces
los pacientes morían por gas. Yo tenía que tomar fotografías muy de cerca de
sus últimos momentos y luego tuve tam¬bién que fotografiarles el cerebro. Wirth
llamaba a las fotografías «material científico» y las enviaba a Berlín. No se
me permitió guardar ninguna de aquellas fotografías. Junto a la habitación de
los experi¬mentos, estaba el crematorio. Yo no hacía preguntas. Era un buen
trabajo porque me pagaban trescientos marcos al mes y además siem¬pre me hacía
un pequeño sobresueldo sacando fotografías a los em¬pleados, con permiso del
capitán Wirth. La comida, en sí, era buena y siempre había bebida. Además por
las noches tenían lugar juerga tras juerga, todos durmiendo con todos.
Bruno
Bruckner hizo su trabajo a boca cerrada. Luego el capitán Wirth fue transferido
y le sucedió un tal Franz Stangl. Y luego, hacia 1941, todo se le acabó a
Bruno, desgraciadamente. La Wehrmacht lo reclutó y fue enviado al frente del
Este.
—¿Hubo
algo que le llamara la atención mientras estuvo en Hart¬heim? —le preguntó el
policía.
—Sí
—contestó Bruckner—. Algo que no logré comprender. Cada día en el sótano eran
gaseados unos treinta o treinta y cinco pa¬cientes y sin embargo tenían por lo
menos ochenta empleados, que bajaban al sótano a verlo, ¿para qué necesitarían
ochenta personas?
Pocas
semanas después, tras una investigación a fondo, yo estaba en condiciones de
contestar la pregunta de Bruckner. El castillo Hartheim no sólo era una
institución de eutanasia como yo había supuesto hasta el interrogatorio de
Bruckner. Hartheim era mucho más.
Había
unos hechos al parecer sin relación, ya que Wirth, el lugar¬teniente del
castillo Hartheim, estuvo luego al frente de tres cam¬pos de exterminación
polacos: Belzec, Sobibor y Treblinka, donde un millón y medio de judíos,
hombres, mujeres y niños, fueron gaseados entre 1941 y 1943. Su sucesor en
Hartheim, Franz Stangl, fue luego comandante del campo de Treblinka. Gustav
Wagner, otro alumno de Hartheim, estuvo luego al frente del campo de Sobibor y
ahora se esconde probablemente en la Argentina bajo otro nombre. El jefe de
doctores de Hartheim, Rudolf Lohnauer, de Linz, se suicidó al termi¬nar la
guerra, con toda su familia; su segundo, Renno Georg, fue arrestado en
Frankfurt en 1963 y se le juzgará allí. En resumen, gran número de SS que
desempeñaron cargos técnicos en las cámaras de gas y crematorios de varios
campos de concentración, habían pasado cierto tiempo en Hartheim o una
cualquiera de las otras tres clínicas de eutanasia.
La
terrible verdad es que los centros de eutanasia eran escuelas normales de
asesinato. Trato sólo de Hartheim, donde he tenido fácil acceso, pero material
similar existe sobre los otros tres centros de Alemania, todos ellos centros de
entreno para el programa genocida de Hitler.
Este
descubrimiento contesta preguntas que habían desconcertado a historiadores y
criminólogos desde el final de la guerra: cómo selec¬cionaban el personal, cómo
lo adiestraban, para haber llevado a cabo el aniquilamiento de once millones de
seres humanos y cómo guardaban el secreto para que no se hubiera sabido nada de
aquello hasta años después de terminada la guerra. Como es lógico, los hombres
que manejaban las cámaras de gas, tuvieron que contemplar la muerte de decenas
de miles de personas día tras día y semana tras semana, tuvieron que ser
entrenados técnica y psicológicamente, de otro modo no hubieran podido resistir
la continua tensión.
En
1947 empecé a discutir el problema con varios especialistas que habían
estudiado los archivos de la maquinaria de aniquilamiento nazi. Pregunté a
historiadores, criminólogos, doctores y a los compo¬nentes del Instituto Yad
Vashem de Jerusalén: ¿cómo podía expli¬carse que nunca se produjera una sola
falla en el engranaje de exterminio de los campos de muerte? Sabemos que en la
Conferencia de Wannsee en enero de 1941, los nazis determinaron el exterminio
metódico de once millones de judíos de Europa y que diversos métodos de
genocidio fueron propuestos. Sabemos que se produjeron fallas técnicas; una
vez, estando presente Himmler, los vapores de los motores de submarinos
resultaron altamente insatisfactorios para el exterminio, Himmler se puso
furioso y como consecuencia hubo drásticos castigos. Las máquinas fallaban,
pero el personal que las manejaba, no falló nunca. ¿Cómo podía ser que el
elemento humano fuera más seguro que las mismas máquinas? ¿Habían sido aquellos
hombres sometidos a entreno, técnico y psicológico, para poder resis¬tir la
enorme tensión? La cuestión me estuvo preocupando años. Los nazis sabían que se
les acababa el tiempo y existían planes de asesi¬nato de gitanos, polacos,
rusos, etcétera. Ello significaba que la maqui¬naria genocida tenía que seguir
rodando a toda velocidad; así, que todos los hechos llevaban a la conclusión
que cuadros de asesinos, técnicamente especializados y psicológicamente
endurecidos, eran pre¬parados en alguna parte. El castillo Hartheim y los demás
centros de eutanasia eran la respuesta: allí los nazis crearon los cuadros de
per¬fectos asesinos profesionales.
Hartheim
fue organizado como una escuela médica, con excepto que los «estudiantes» no
aprendían a salvar vidas humanas sino a destruirlas lo más eficazmente posible.
Las muertes de las víc¬timas eran clínicamente estudiadas, fotografiadas con
precisión, cien-tíficamente perfeccionadas. (En los últimos juicios de Alemania
se ha comprobado que en los campos de muerte de Belzec, Sobibor y Treblinka
hubo fotógrafos especiales que sacaban fotografías de las víc¬timas
agonizantes). Varias mezclas de gases se probaron hasta hallar el más efectivo.
Doctores provistos de cronómetros observaban a los agonizantes por el
atisbadero de una pared del sótano del castillo Hartheim y cronometraban las
últimas convulsiones, con aproximación de décimas de segundo. Se hicieron
películas a cámara lenta que fueron estudiadas por especialistas. Los cerebros
fueron fotografiados para conocer con exactitud el momento de la muerte. Nada
se dejó al azar.
Los
«estudiantes» contemplaban primero los experimentos, luego los realizaban ellos
mismos. Cada «estudiante» era seleccionado por altos oficiales nazis, los
llamados Gau-lnspekture. La seguridad de todo el asunto se consideraba de tanta
importancia que la Gau-lnspekture era personal y directamente responsable ante
la Cancillería de Hitler. Los nazis se dieron cuenta de que debía ser evitado
cualquier desliz pues alemanes y austríacos venían siendo asesinados y podían
producirse complicaciones. A pesar de todas las precauciones, algo trascendió
luego de los «sanatorios» de Sonnenstein y Grafenegg: corrió el rumor entre la
población y ambos lugares tuvieron al fin que ser clausurados. En Hadamar y
Hartheim la organización fue perfecta, por ser lugares muy apartados, no hubo
rumores.
Nadie
sabrá nunca exactamente cuántas personas fueron asesinadas en el castillo
Renacimiento de la hermosa columnata. No hay monu¬mento que recuerde las
víctimas de Hartheim, en su mayoría cristianos alemanes y austríacos; el
monumento está por erigir. No se han hallado los ficheros de la oficina de
registro pero en el juicio de Dachau de 1947 hubo testimonio de que en el
sótano se trataba diaria¬mente de treinta a cuarenta «conejillos de indias»
humanos. Ello equivaldría a unas treinta mil personas en tres años. Hacia el
fin, Hartheim se convirtió sencillamente en un lugar de exterminio más. Cuando
los verdugos del cercano Mauthausen tenían demasiado trabajo, las víctimas
sobrantes eran enviadas a Hartheim.
Los
«graduados» en Hartheim, se convirtieron luego en maestros de futuros cuadros
de asesinos científicamente entrenados. Después de unas prácticas, los
«estudiantes» eran insensibles a los gritos de las víctimas, los «maestros»
vigilaban la reacción de los «estudiantes». Fue un brillante hallazgo
psicológico haber utilizado a alemanes y austríacos en el entreno base de
asesinos en masa: si un «estudiante» no se desmoronaba cuando tenía que matar a
los suyos, no tendría es¬crúpulo moral para exterminar miles de Untermenschen,
El «estudian¬te» que no lo resistía, era enviado al frente, donde sus
superiores lo destinaban a un Himmetfahrtskommando, escuadrón suicida.
Entregué
mi dossier sobre Hartheim al doctor Christian Broda, entonces Ministro de
Justicia austríaco. El 20 de febrero de 1964, informé a la prensa que el
ministro me había asegurado, en presencia del procurador general Franz Pallin,
que mi material sería inmediata¬mente cursado «para que este nuevo
descubrimiento sea puesto en conocimiento y empleado en todos los procesos
pendientes». Los dossiers contienen los nombres de varios ciudadanos austríacos
que tuvie¬ron participación activa en Hartheim. Escribo esto en el verano de
1966 y aún siguen en libertad.
CAPITULO
XII
EL
EXTERMINIO DE GITANOS
Vi
aquel telegrama por pura casualidad en septiembre de 1964, en Praga, mirando
unos documentos nazis. El telegrama procedía de la Jefatura Superior de la
Gestapo en Berlín, llevaba fecha 13 de octubre de 1939 e iba dirigido a la
oficina de la Gestapo en Mahrisch-Ostrau, Protectorado de Bohemia y Moravia
(hoy Moravská-Ostrava, Checoslovaquia). Iba dirigido al teniente Wagner, con la
indicación:
ENTREGA
INMEDIATA AL CAPITÁN DE LA SS EICHMANN y decía:
CORONEL
NEBE SS LLAMÓ EL 12 10 39 PIDIENDO INFORMACIÓN STOP ¿CUÁNDO PUEDE ENVIAR
GITANOS DE BERLÍN? LE PEDÍ TU¬VIERA PACIENCIA UN PAR DE DÍAS HASTA QUE AVERIGÜE
DÓNDE ESTÁ EL CAPITÁN EICHMANN Y LE PUEDA PEDIR SE PONGA EN CONTACTO CON EL
CORONEL NEBE STOP SI EL TRANSPORTE DE LOS GITANOS DE BERLÍN HA DE ESPERAR MUCHO
LA CIUDAD DE BERLÍN TENDRÁ QUE CONSTRUIR UN CAMPO PARA GITANOS CON GRANDES
COSTES Y DIFICULTADES STOP EL CORONEL SS NEBE LE PIDE QUE LE TELEFONEE SS
BRAUNE
El
mensaje siguiente era otro telegrama sellado URGENTE, con fecha 16 de octubre,
enviado por Eichmann «SD Donau» (Oficina de Seguridad de la Gestapo en Viena) y
dirigido AL CAPITÁN GUNTEB GESTAPO MAHRISCH-OSTRAU y decía:
RESPECTO
AL TRANSPORTE DE GITANOS INFORMO QUE EL VIERNES 20 10 39 EL PRIMER TRANSPORTE
DE JUDÍOS PARTIRÁ DE VIENA STOP A ESE TRANSPORTE DEBEN SER AGREGADOS VAGONES
CON GITANOS STOP SUBSIGUIENTES TRENES PARTIRÁN DE VIENA MAHRISCH-OSTRAU Y
KATOWICE [Polonia] STOP MÉTODO SENCILLO ES AGREGAR ALGUNOS VAGONES CON GITANOS
A CADA TRANSPORTE STOP COMO ESTOS TRANSPORTES SEGUIRÁN CIERTO PLAN SE ESPERA
EJECUCIÓN DEL ASUNTO SIN TROPIEZOS STOP RESPECTO A SU PARTIDA DEL ALTREICH
[Alemania propiamente dicha] SEPA TENDRÁ LUGAR EN TRES A CUATRO SEMANAS EICHMANN
En
septiembre de 1964, estando yo en Praga con propósito de ver los documentos
nazis que habían sido hallados en cuatro arcas de hierro en el fondo del lago
Cerne Jezero, en la Bohemia del sur, las autoridades checoslovacas me mostraron
los archivos abandonados por la Gestapo en Moravská-Ostrava y que habían sido
hallados allí recientemente. Fue la primera prueba documental que yo vi acerca
del exterminio de gitanos. Al parecer, el programa estaba dirigido por Adolf
Eichmann y el hombre directamente responsable era un tal Braune.
No
era ningún secreto, desde luego, que los gitanos habían sido considerados raza
«inferior» en cuanto Hitler ascendió al poder en 1933 en Alemania. Tres años
después, un departamento de «inves¬tigación» especial fue establecido por la SD
para la «investigación» sobre gitanos, algo parecido al departamento de Asuntos
Judíos para el que Eichmann trabajaba desde 1937. Las leyes de Nuremberg
concernientes a los judíos habían sido previamente enmendadas para poder
incluir también a los gitanos. Desde luego, matrimonios entre gitanos y
alemanes estaban rigurosamente prohibidos. En septiembre de 1939, justo después
del comienzo de la guerra con Polonia, Himmler decretó que todos los gitanos
que vivieran en «la Gran Alema¬nia» debían ser enviados a Polonia. Este decreto
afectaba a unos treinta mil gitanos; dos tercios de ellos vivían en Alemania,
el resto en la provincia de Burgenland de Austria y en Bohemia-Moravia.
Yo
me había enterado de que en ciertos campos de concentración habían existido
secciones especiales para gitanos. En Auschwitz Birkenau un gran campo para
gitanos fue establecido. Durante el gran proceso de Auschwitz, en Frankfurt am
Main, a principios de los años 1960, el exterminio de gitanos fue brevemente
mencionado.
Comencé
a investigar el asunto, ya que no lo había hecho nadie hasta entonces. Por una
parte, los gitanos no son gente organizada, llevan vida nómada y muchos de
ellos son analfabetos. Por otra, no poseen Centro de Documentación alguno y
nadie se había preocupado especialmente de lo que les ocurrió a ellos hasta que
por pura casualidad encontré los documentos en los archivos de la Gestapo de
Moravská-Ostrava.
Dos
días después de que Eichmann enviara su telegrama concer¬niente a los primeros
transportes de gitanos a la oficina de la Gestapo en Mährisch-Ostrau, tuvo
lugar una «conversación» por teletipo entre el capitán (Haupsturmführer) de la
SS Walter Braune, desde Berlín, y el capitán de la SS Günter, desde
Mährisch-Ostrau. Tenemos co¬pias de la conversación en los documentos de la
Gestapo. Dice en parte:
QUISIERA
PEDIRLE QUE INFORMARA AL CAPITÁN NEBE O AL MAYOR WERNER QUE NO HEMOS LOGRADO
ALCANZARLOS STOP MIENTRAS TANTO HEMOS ENVIADO EL MENSAJE ALLÍ STOP PRÓXIMO
TRANSPOR¬TE DESDE MAHRISCH-OSTRAU SE SUPONE SALDRÁ EL MIÉRCOLES 25 10 39 QUIZÁ
PUEDAN SER INCLUIDOS GITANOS EN ÉL GÜNTER
El
capitán Braune, desde Berlín, contestó:
GEHT
I O
«i
o» significa «en orden», o sea «de acuerdo». Braune añadió:
INFORMARÉ
CAPITÁN NEBE O COMANDANTE WERNER ¿QUE HAY DE NUEVO? LAS ESTADÍSTICAS ME MATAN
El
capitán Günter contestó:
HA
SALIDO DE AQUÍ EL PRIMER TRANSPORTE CON 901 JUDÍOS HACIA NISKO [Polonia] HOY
STOP PRONTO IRÉ KATOWICE LOS PRIMEROS 1000 SALIERON DE AQUÍ EL VIERNES ¿HA
LLEGADO YA LA SEÑORITA LEITNER?
El
capitán Braune contestó:
SÍ
¿HA LLEGADO LA SEÑORITA LUKASCH?
A lo
que el capitán Günter dijo:
SÍ
STOP ME ENCONTRARA EN MAHRISCH-OSTHAU COMO ANTES STOP MI DELEGADO ES EL
CAMARADA DEL PARTIDO BRÜNNER QUE ESTÁ AL CORRIENTE DE TODO
El
capitán Braune, desde Berlín, quería saber:
¿CUANDO
VENDRÁ EL CAPITÁN EICHMANN?
Y
Günter le contesta:
PROBABLEMENTE
A PRINCIPIOS DE LA SEMANA PRÓXIMA STOP EL CORONEL MÜLLER QUIERE PONERLE A SU
DISPOSICIÓN UN AVIÓN HH GÜNTER
HH
quiere decir «Heil Hitler!» Y Braune termina la conversación debidamente:
HH
BRAUNE
Sacamos
copia de todos los documentos relacionados con la depor¬tación y exter-minio de
gitanos. Los originales se hallan en Checoslo¬vaquia, en los Archivos del
Es-tado de Praga. En junio de 1965 envié el dossier completo a Schurle, primer
fiscal de la Oficina Central de Ludwigsburg. Nadie allí ni en Bonn se había
enterado de aquella pe¬queña parte documental de la campaña de genocidio de los
nazis. Logré identificar al Hauptsturmführer Braune. El Oberführer de la SS
Nebe, jefe del Reichskriminat-polizeiamt le encargó a él la tarea de
ex¬terminar a los gitanos. Otros SS mencionados en los documentos eran: un
primer teniente Wagner, el capitán Günter, el comandante Werner, el coronel
Müller, Heinrich Müller (jefe de Eichmann), un miembro del Partido llamado
Brünner y dos mujeres identificadas como Leitner y Lukasch.
No
se sabe si Braune, el hombre mayormente responsable, está vivo.
Desde
1964 fuimos encontrando material en varios archivos judíos del mundo entero,
concerniente al exterminio de gitanos, pero muchos detalles se desconocen aún.
No se conoce con seguridad, por ejemplo, el número de gitanos asesinados.
Muchos fueron enviados a los ghettos junto con los judíos, especialmente en
Varsovia, Lublin y Kielce (Polo¬nia). Muchas veces eran deportados junto con
judíos, y muertos inmediatamente por los fusiles de los SS. En los informes de
comandos de exterminio de la SS de Ucrania encontramos muchas referencias a
gitanos asesinados.
La
deportación de los gitanos del Norte de Alemania no se llevó a cabo hasta mayo
de 1940. Luego siguieron los transportes desde Baviera y la provincia de
Burgenland austríaca, junto a la frontera con Hungría. Después de la invasión
alemana de la Unión Soviética, el Einsatzgruppe D tenía órdenes de aniquilar a
todos los gitanos de Ucrania y Crimea. En 1942 continuaron las deportaciones en
el sud¬oeste de Europa y en la Europa Occidental: los gitanos eran envia¬dos a
diversos campos de concentración de Polonia. El acto final tuvo lugar
probablemente en 1944 en las cámaras de gas de Auschwitz. Nunca sabrá nadie
cuántos gitanos fueron asesinados, pues había qui¬zá centenares de miles en los
países de Europa invadidos por los nazis.
En
mi informe enviado a la Oficina Central de Ludwigsburg pro¬puse que las pruebas
fueran consideradas suficientes para abrir una nueva serie de acusaciones de
genocidio.
CAPITULO
XIV
GALERIA
DE LAGRIMAS
Aquella
carta venía de Nueva Zelanda, la letra era difícil de en¬tender, pero el
contenido era muy claro. La anciana se disculpaba sa¬biendo que su caso no
pertenecía a la clase de aquellos de que yo acostumbraba ocuparme, pero no
sabía a quién recurrir, pues había es-crito muchas cartas a Viena durante los
últimos años, sin obtener res¬puesta. La habían detenido en 1939, en su piso de
Viena, distrito primero. «Me dieron exactamente cinco minutos para que me
pusiera el abrigo y tomara el bolso», decía. No tenía dinero, había ya
entre¬gado sus joyas y no le quedaba más que el piso con lo que contenía.
«Había
venido haciendo grandes esfuerzos para conservar el piso exactamente igual como
mis padres me lo dejaron: los Meissen y las cajas de rapé que mi padre
coleccionara, las cómodas Biedermeier, la vitrina con las tres figuritas de
Sèvres, los viejos candelabros y la plata. Durante la inflación de los años
veinte, cuando pasábamos frío y hambre, tuve que vender alguna de las cosas
para poder comprar comida y carbón. Pero de los cuadros no había vendido
ninguno, ni mucho me¬nos uno que quería con locura porque sabía cuánto había
representado para mi padre...»
Al
llegar a la puerta se volvió a echar la última ojeada y aquella fue la última
vez que vio sus tesoros. Cuando en 1946 regresó, no quedaba nada y se enteró de
que un famoso nazi se había mudado al piso de ella pocas semanas después de que
lo tuviera que abandonar, y que poco antes del final de la guerra, el nazi y su
familia habían volado, llevándose muchas cosas de las que nadie sabía darle
razón. La gente sólo se preocupaba de encontrar a las personas y a nadie le
importaban los Meissen, ni las cajas de rapé ni los candelabros.
Poste¬riormente emigró a Nueva Zelanda, donde unos parientes lejanos la
mantenían.
«He
renunciado a todas mis cosas y aunque sé que hay mu¬chas personas que perdieron
mucho más, quisiera saber lo que le ha ocurrido a aquel cuadro, porque un amigo
que tiene mucho dinero me lo compraría, prometiéndome dejar que yo lo conserve
mientras viva. Y ese dinero me ayudaría. Me voy haciendo vieja y hay muchas
cuentas que pagar...»
Había
escrito a varias agencias de Viena pidiendo información so¬bre el cuadro suyo.
Tardó dos años sólo para descubrir dónde guarda¬ban los «cuadros sin dueño»: en
el Hofburg, almacenados en depen¬dencias del Bundesdenkmalamt (Oficina Estatal
de Monumentos). Es¬cribió una carta y le contestaron diciendo que tenía que
presentar varios documentos, ya que, si no lo hacía, ni siquiera podían
informarle de si el cuadro se hallaba allí.
No
era la primera vez que oía yo hablar de aquellos cuadros, pues hacía poco un
abogado me había llamado para quejarse del caso de un refugiado de Viena, ahora
con domicilio en Inglaterra, que le había pedido tratara de recuperar un
valioso cuadro que se guardaba en Hofburg.
—Es
extraño —me decía el abogado—. Parece como si me metie¬ra en una espesa niebla
donde todo el mundo se comporta como si yo intentara robar algo. Creo que usted
tendría que meter baza en el asunto, Wiesenthal, pues me da la impresión de que
alguien intenta esconder algo tras esos cuadros.
Efectivamente,
alguien lo intentaba. En cuanto empecé mis ave¬riguaciones en aquel campo, para
mí desconocido, obtuve resultados de lo más interesantes. Al final de la
Segunda Guerra Mundial reinó la confusión con respecto a los tesoros de arte
del continente, pues los nazis habían organizado el mayor robo de obras de arte
de la Historia. De pronto, Hitler, Goering y Ribbentrop demostraron un
sorprendente interés por las artes: «coleccionarlas» se convirtió en
característica nazi y en un pasatiempo mucho más provechoso que cazar o pescar,
dando ejemplo el mismo Führer, que pasó a ser el mayor coleccionista de arte,
con grandiosos planes de dotar a su ciudad natal, Linz, de la mayor colección
de arte mundial que vieron los siglos, dejando chiqui¬tos al Louvre, a los
Ufficci y al Prado. Sería asimismo la mayor ganga de la Historia, pues se creó
un Einsatzstab (personal especial) bajo las órdenes del infatigable experto en
cultura Alfred Rosenberg, con el fin de saquear de tesoros artísticos los
países de ocupación nazi. Los miembros de este personal se reclutaban entre
conservadores de mu¬seos, críticos de arte y marchantes.
Las
«colecciones» nazis fueron creadas, o por simple confiscación o bajo una
pantalla de legalidad. Recientemente un amigo de Holanda me habló del segundo
método:
—Era
de conocimiento público que yo poseía un hermoso Frans Hals, de los que pocos
había en manos de particulares. Los expertos de Rosenberg vinieron a verme un
día de 1941 con dos individuos de la Gestapo; miraron mi Frans Hals y les
gustó. Naturalmente. Me pro¬pusieron comprármelo para el futuro museo del
Führer, gran honor para mí, espectacular privilegio el de contribuir a
semejante empresa y me demostraron cuánto lo apreciaban ofreciéndome lo que
llamaron «un precio justo». Mi amigo se rió.
—En
los años treinta, durante la Depresión, el cuadro había sido valorado en 1.500
marcos. Así que, declarando que no querían aprove¬charse de mí, uno de los
hombres de la Gestapo afirmó que en su opi¬nión 1.500 marcos era demasiado,
pero me dio sesenta segundos para pensarlo. Acepté.
—¿Y
si rechazabas la oferta?
Volvió
a reírse.
—Sé
de un hombre que fue testarudo; la Gestapo se llevó el cuadro y a él también.
No regresó jamás.
Terminada
la guerra, especialistas en restitución intentaron poner orden al caos. Los
cuadros que habían sido robados de los museos y de galerías públicas fueron
fácilmente identificados y devueltos. Ya era menos fácil en el caso de
colecciones privadas cuyos dueños habían desaparecido, y el mayor problema lo
presentaban los cuadros que habían pertenecido a individuos que poseían un
cuadro solo o dos o tres, individuos que no tenían descripciones detalladas en
archivo como los coleccionistas.
Los
alemanes del Oeste hicieron un esfuerzo por encontrar los dueños o sus
herederos legales y devolvieron a Austria los cuadros que habían pertenecido a
austríacos. Pero los austríacos fueron más lentos: entregaron los tesoros
artísticos a los propietarios que pudieron demostrar su propiedad, pero no
hicieron ningún esfuerzo para en¬contrar a los dueños, o sus herederos, de los
cuadros, dibujos y escultu¬ras almacenados en el Hofburg. Sabían que los
propietarios habían sido perseguidos por razones políticas o raciales, pero
alegaban que muchos casos eran «complicados», pues a veces los propietarios
habían «vendido» obras de arte bajo extrema presión, como mi amigo holandés
«tuvo que vender» su Hals. Los tribunales tenían que decidir si tales ventas
eran legales o no. Un cuadro pudo haber sido «requisado» por un nazi cuando su
propietario judío fue deportado y luego «requisado» otra vez por alguien
durante la apresurada partida de los nazis. Era komptiziert (complicado).
Empecé
por estudiar la lista de los miembros más importantes del Einsatzstab Rosenberg
que había tenido a su cargo la tarea de requi¬sar obras de arte. No me
sorprendió demasiado descubrir que algunos de los individuos que habían tomado
parte en el gran saqueo de obras artísticas tenían otra vez puestos importantes
en museos y ministerios y otros se habían convertido en prósperos marchantes, y
dos miembros de la plana mayor de Rosenberg eran y son en la actualidad
respetados marchantes de una ciudad del sur de Alemania. Uno de los más altos
oficiales del Bundesdenkmatamt de Viena fue un Guskunstwart (espe¬cie de
Gauleiter artístico) de Carintia y miembro de la comisión vo¬lante de la SS que
viajaba por Yugoslavia, seleccionando obras para el museo del Führer.
Procuré
determinar exactamente cuántos cuadros se guardaban en el Hofburg y qué clase
de cuadros eran, cosa nada fácil. Había listas, pero las guardaban como
explosivos atómicos (posiblemente porque les asustaban las explosiones).
Telefoneé a Frau Dr. P., Staatskonservator (Conservador del Estado) y le pedí
me recibiera. Me preguntó quién era yo y qué era lo que deseaba saber.
—Quisiera
obtener una lista de los cuadros sin dueño que se hallan en el Hofburg.
Hubo
una larga pausa.
—¿Quién
le ha enviado a mí?
Le
expliqué que mi misión consistía en actuar por cuenta de algunos propietarios y
Frau Dr. P. me dijo que estaba muy ocupada y que «pasara a verla dentro de unos
diez días».
Así
lo hice. Frau Dr. P. me preguntó de qué cuadro en especial se trataba y le
contesté que quería enterarme de todos los cuadros que hubiera.
—Pero
eso es imposible. No podemos facilitar semejante informa¬ción a simples
ciudadanos.
Le
pregunté si quería que pusiera al corriente a la prensa, y al mencionar la
palabra «prensa», la Conservador del Estado cobró rigidez. En realidad, todo
aquello no pertenecía a su departamento y me dijo que me dirigiera al
Ministerio de Finanzas.
En
el Ministerio de Finanzas, el encargado superior no se dignó ni hablar conmigo.
Se me pidió que fuera a ver al suboficial en funciones, que resultó ser un
austríaco encantador que me ofreció asiento y un cigarrillo y me dijo que se
alegraba de conocer al berühmte (famoso) Herr Wiesenthal.
—Querrá
usted decir el beruchtigte (promovedor de escándalo) Wiesenthal.
Perdió
jovialidad y preguntó qué era lo que podía hacer por mí. Reproduzco el
siguiente diálogo lo mejor que puedo recordar:
W.:
¿Cuántos cuadros conservan de propietario desconocido?
Él:
Bueno, sería difícil precisar. Habría que poner al día el inven¬tario... Hay
constantes cambios, ¿sabe usted? No sólo guardamos cua¬dros de propietarios
perseguidos por razones políticas o raciales, sino que también guardamos
algunos de propiedad húngara o checoslovaca que llegaron aquí durante la
guerra.
W.:
¿Cuántos pertenecen a propietarios perseguidos política o racialmente?
¿Dos-cientos? ¿Trescientos?
Él:
Yo diría que muchos más.
W.:
¿Dos mil?
Él:
Bueno, esa cifra es demasiado alta.
W.:
¿Hay valiosos cuadros entre ellos?
ÉL:
Bueno, eso depende de lo que usted llame «valioso». No hay nada de la categoría
de Rembrandt.
W.:
Pero, ¿hay algunos bastante buenos, o no?
Él:
Bueno... pues... sí.
W.:
¿Por qué ni siquiera publicaron la lista de esos cuadros? Ello daría a los
propietarios de todo el mundo la oportunidad de recla¬marlos.
Él:
Pero, mi querido señor Wiesenthal, uno no tiene por qué pu¬blicar una lista
así: los marchantes y coleccionistas están al corriente de todo lo relativo a
los cuadros importantes. Das spricht sich herum (la voz corre).
W.:
Suponga que no corre hasta una pequeña población de Nueva Zelanda donde una
anciana señora judía vive de la caridad ajena, cuando en realidad podría vender
sus cuadros y disfrutar de los últi¬mos años de su vida.
Él: ¡Hum!...
W.:
Sé que han devuelto algunos cuadros a los propietarios que lograron probar su
propiedad, pero sé también que los cuadros que no hayan sido reclamados, en
1968 pasarán a ser propiedad definitiva del Estado.
El:
Bueno, ¿qué propondría usted que hiciéramos?
W.:
Un catálogo de todos los cuadros y las obras de arte, ya sabe cuánta sangre y
lágrimas va unida a esas obras. El catálogo tendría que imprimirse y entregarse
a todos los consulados austríacos del mun¬do entero para que la gente tuviera
la oportunidad de verlo y de ente¬rarse de si lo que les pertenece está
almacenado en el Hofburg.
Él:
(retorciéndose las manos): ¿Se da cuenta de lo que significaría? Recibiríamos
un aluvión de cartas.
W.:
Eso agradaría enormemente a los filatelistas austríacos.
Él:
Es que usted no se hace cargo, todo es muy kompliziert. He¬mos iniciado ya
negociaciones con los húngaros y vamos a ponernos al habla con los
checoslovacos. No hemos tenido tiempo de tratar con cada dueño por separado, no
tenemos personal suficiente.
Hallé
similar reserva en el departamento de Estado que se ocupa de Vermogenssicherung
(asegurar la propiedad). Me dijeron que un catálogo de los cuadros crearía una
auténtica «guerra de papel» y que ello provocaría demandas judiciales. No se
podía así «mostrar» aquellos cuadros por las buenas a las muchas personas que
pretendieran ser sus propietarios.
—Usted
no sabe lo que ocurrió cuando las tropas de los aliados se marcharon en 1955.
Devolvimos la propiedad secuestrada a los su¬puestos dueños y luego se
presentaron otros reclamando la misma pro¬piedad. Dios santo, no tiene idea de
la que se armó: todas las luchas, siempre por las cosas de valor; nadie
reclamaba lo malo.
—¿Es
que eso significa que usted quiere guardarlo hasta que ello se convierta en
propiedad del Estado?
—Las
solicitudes de restitución pudieron hacerse hasta fines de 1956; ahora no
pueden ser tenidas en consideración posteriores soli¬citudes.
¿Y
si los propietarios no se enteraron de que expiraba el plazo? Qué se le iba a
hacer, ahora ya no tenía remedio.
Sólo
cabía ya apelar a las altas jerarquías del gobierno y al pueblo de Austria.
Escribí diversas cartas dirigidas al ministro de Finanzas, al ministro de
Educación, al ministro de Asuntos Exteriores: «Estoy con¬vencido que la
República austríaca no tiene interés en aprovecharse de tesoros artísticos
cubiertos de sangre y lágrimas», terminaba di¬ciendo.
Envié
toda la información que tenía sobre el asunto, con copias de mis cartas, a la
prensa, pero durante un tiempo no se publicó nada. Un alto oficial del gobierno
me indicó «que todo aquel com¬plejo asunto estaba siendo considerado».
En
octubre de 1965, el Express de Viena publicó un reportaje de la «Galería de las
lágrimas», y a continuación algunos otros periódicos lo publicaban también. El
ministro de Asuntos Exteriores, doctor Bruno Kreisky, me escribió diciéndome
que era partidario de aquella pro¬puesta mía de hacer un catálogo de los
tesoros artísticos y enviarlo a todos los consulados de Austria en el mundo
entero, catálogo en el que los presuntos propietarios pudieran obtener la
necesaria información.
El
16 de abril de 1966, el doctor Wolfgang Schnitz, ministro de Finanzas, me
escribió diciendo que él y el ministro de Educación ha¬bían estudiado
detenidamente el asunto:
«La
solución del problema indicada por usted —escribía el ministro— será objeto de
una nueva ley federal que probable¬mente se denominará Kunstgut
Bereinigtmgsgesetz (Ley para la disposición de tesoros artísticos). He dado ya
órdenes para que se prepare un primer esbozo de la ley y daré opción a que los
interesados presenten sus solicitudes dentro de un plazo pru¬dencial, después
que la ley haya entrado en vigor. Espero que estará de acuerdo con esta
intención...»
Quizá
no sea entonces demasiado tarde aún para la anciana de Nueva Zelanda.
CAPÍTULO
XV
DOS
VELAS
Cuando
yo era estudiante solía pasar de vez en cuando unas sema¬nas de vacaciones en
un pueblo polaco llamado Zakopane, en los Cár¬patos; en verano disfrutaba de
sus bosques, sol y tranquilidad; en invierno, de las delicias del esquí. Hoy
Zakopane vuelve a ser lugar muy frecuentado por esquiadores. No muy lejos de él
se halla el pueblecito de Rabka y en él vivía un niño judío llamado Sammy
Rosenbaum. Oí el nombre de Sammy Rosenbaum por primera vez una ma¬ñana de
septiembre de 1965, cuando una señora, llamada Rawicz, de Rabka, vino a verme a
mi oficina de Viena, ya que yo buscaba testigos que pudieran declarar en el
proceso por crímenes nazis cometidos en Rabka que iba a tener lugar en
Alemania.
La
señora Rawicz no había tenido mucha relación con Sammy Rosenbaum, pero me dijo
que había sido un «niño frágil, de cara pálida y delgada, grandes, ojos oscuros
y que parecía mayor de lo que era, como tantos niños que aprenden demasiado
temprano lo que es la vida y no tienen costumbre de reírse mucho». En 1939,
cuando los alemanes entraron en Rabka a principios de la campaña polaca, Sammy
tenía nueve años, y fue en aquellos días que la vida para los judíos pasó a
convertirse en pesadilla. Hasta entonces su vida había sido bastante normal, si
normal puede llamarse la de un judío pobre en Polonia. El padre de Sammy era un
sastre de poca monta que tra¬bajaba muchas horas y ganaba poco dinero; así, que
gentes como los Rosenbaum eran caza fácil para las autoridades y la temporada
de esta clase de caza duraba en Polonia doce meses al año.
La
familia vivía en una vieja casa oscura que constaba de dos tris¬tes
habitaciones y una pequeña cocina; pero eran felices y muy reli¬giosos. Sammy
aprendió pronto a rezar sus plegarias y todos los vier¬nes por la noche iba con
su padre a la sinagoga después de haber encendido en casa los candelabros,
mientras su madre y su hermana Paula, tres años mayor que Sammy, se quedaban en
el hogar prepa¬rando la cena.
Aquella
placidez quedó relegada a sólo un recuerdo en cuanto los alemanes ocuparon
Polonia. En 1940 los SS instalaron en los bos¬ques de los alrededores de Rabka
lo que llamaron «escuela de policía», establecida en los que habían sido
barracones del ejército polaco. No era una escuela corriente, sino un centro de
entreno para futuros cuadros de asesinos de la SS. Allí tenía lugar la primera
fase de la escuela de exterminio y las ejecuciones eran llevadas a cabo por
pelotones de la SS que disparaban contra sus víctimas, a veces contra
cincuenta, un centenar, o quizá contra ciento cincuenta personas diarias. Los
hombres de la SS eran endurecidos en Rabka para que no se derrum¬baran tras
unas pocas semanas de servicio y tenían que hacerse insen¬sibles a la sangre, a
los gritos de agonía de mujeres y niños, debiendo realizar el trabajo con el
mínimo ruido y la máxima eficacia: Führerbefehl (orden del Führer).
Un
Untersturmführer de la SS, Wilhelm Rosenbaum, de Hamburgo fue nombrado
comandante en jefe de la escuela. Rosenbaum era un auténtico SS, cínico,
brutal, convencido de su «misión», que se paseaba siempre con un látigo.
—Cuando
le veíamos en el pueblo, nos entraba un miedo tan grande que nos escondíamos en
el primer portal —recordaba la mujer de Rabka.
A
principios de 1942, el SS Rosenbaum ordenó que todos los ju¬díos de la
localidad se presentaran en la escuela de Rabka para «inscribirse». Los judíos
ya sabían lo que ello significaba: los enfermos y los ancianos serían
asesinados inmediatamente; los demás tendrían que trabajar para la SS o la
Wehrmacht, dondequiera que fueran enviados.
Hacia
el final de la inscripción, el Führer de la SS Rosenbaum apareció en la clase
acompañado de sus dos ayudantes, Oder y Proch. (Ambos se contaron entre mis
primeros «clientes» de posguerra. Co¬nocí a Proch en 1947, en Blomberg-Mondsee,
pueblo cercano a Salzburgo, y fue sentenciado a seis años de cárcel. Oder,
también aus¬tríaco, fue arrestado en la gran finca de Linz que él había
«requisado» al dueño, un judío; fue posteriormente puesto en libertad por los
ame¬ricanos y ahora es un próspero hombre de negocios de Linz. El Führer de la
SS Rosenbaum desapareció después de la guerra, pero siguió casi encabezando mi
lista particular de «reclamados por la justicia».)
En
la clase de Rabka, el Führer de la SS Rosenbaum repasó los nombres de los
judíos.
—De
pronto dio un fuerte latigazo sobre la mesa —me contó la mujer de Rabka—. Todos
retrocedimos como si el látigo nos hubiera alcanzado y el SS Rosenbaum gritó:
«¿Qué es eso? ¿Rosenbaum? ¡¡Judíos!! ¿Cómo se atreverán esos verdammte Juden a
llevar mi buen nombre alemán? Bueno, ya me ocuparé de ello».
Quizás
al Führer de la SS Rosenbaum le sorprendiera descubrir que su buen nombre
alemán se considera generalmente de origen judío, aunque, claro está, haya
Rosenbaum que no lo sean.
Arrojó
la lista sobre la mesa y se fue. Desde aquel día todos su¬pieron en Rabka que a
los Rosenbaum los matarían: era sólo cuestión de tiempo, puesto que en otros
lugares habían arrestado y ejecutado a personas por llamarse «Rosenberg», o
porque siendo judíos su nombre de pila era Adolf o Hermann.
Por
entonces, sobre la escuela de policía de Rabka corrían aterra¬dores rumores de
que tenían lugar ejecuciones de práctica en un cal¬vero del bosque. Allí, los
estudiantes de la SS pasaban sus exámenes de asesinato, mientras el Führer de
la SS Rosenbaum y sus lugarte¬nientes observaban con ojo clínico las reacciones
de los estudiantes. Los blancos vivientes que se utilizaban en aquellos
exámanes eran judíos y polacos capturados por la Gestapo, Si un estudiante
vacilaba lo sacaban del pelotón de ejecución y lo enviaban a una posición
avanzada del frente.
La
señora Rawicz sabía muy bien de lo que hablaba, porque des¬pués de su
«inscripción» fue enviada a los barracones de la «escuela de policía» como
criada.
—Cuando
los SS volvían del claro aquél del bosque yo tenía que limpiarles las botas,
que siempre venían cubiertas de sangre.
Era
un viernes por la mañana de junio de 1942. Los testigos ocula¬res, dos de los
cuales viven ahora en Israel, no pueden recordar la fecha exacta, pero sí saben
que era un viernes. Uno de los testigos estaba trabajando en la casa que daba
al otro lado del patio de la escuela y pudo ver lo que sucedía: dos SS
escoltaban «al judío Ro¬senbaum», a su mujer y a su hija de quince años, Paula;
detrás de ellos, iba el Führer SS Rosenbaum.
—La
mujer y la muchacha fueron llevadas a un rincón del patio, y oí disparos de
allí —dijo el testigo bajo juramento—. Luego vi cómo el SS Rosenbaum empezaba a
dar latigazos a nuestro Rosenbaum, gritándole: «¡Tú, cochino judío, voy a
enseñarte ahora mismo a llevar mi apellido alemán!». El SS se sacó el revólver
y disparó contra Ro¬senbaum, el sastre, dos o tres veces. No pude contar los
disparos, tan horrorizado estaba.
Los
SS habían ido a buscar a los Rosenbaum en una camioneta y hallaron a Rosenbaum,
su mujer y su hija sentados a la mesa, co¬miendo. Sammy estaba en la gran
cantera de piedra de la cercana Zakryty, donde había sido enviado como
trabajador forzado, al cum-plir los doce años, pues todos los hombres judíos
tenían que trabajar y Sammy ahora estaba clasificado como hombre; aunque débil,
mal ali¬mentado, no podía hacer mucho más que elegir piedras y poner las
pequeñas en un camión.
Los
SS enviaron a un policía judío desarmado a la cantera a buscar a Sammy, hecho
que nada tenía de extraordinario porque con fre¬cuencia enviaban policías
judíos cuando andaban demasiado ocupados con el examen en la «escuela de
policía» y fue el mismo policía quien contó luego a la; mujer judía que cuidaba
de la limpieza de la escuela, exactamente lo ocurrido. Se había ido a Zakryty
en un pequeño carro tirado por un caballo y al llegar detuvo el caballo e hizo
una seña a Sammy Rosenbaum con la mano. Todos los trabajadores judíos y los dos
SS que los custodiaban en la cantera pararon de trabajar pen-dientes de lo que
ocurría. Sammy puso la piedrecita que tenía en las manos en un camión y echó a
andar hacia el carro. Sammy sabía lo que iba a suceder.
El
niño miró al policía judío y le preguntó:
—¿Dónde
están ellos? ¿Dónde están padre, mi madre y Paula? ¿Dónde?
El
policía no contestó. Se limitó a hacer un gesto con la cabeza que Sammy
interpretó en seguida.
—Los
han matado —hablaba en voz baja—: Hacía tiempo que yo sabía que nos iban a
matar, sólo porque nos llamamos Rosenbaum.
El
policía tragó saliva, pero Sammy no pareció notarlo.
—Ahora
vienes por mí.
Hablaba
en tono normal, sin emoción alguna en la voz. Subió al carro y se sentó junto
al policía judío.
El
policía no podía ni contestar, pues había esperado que el mu¬chacho lloraría,
que quizás intentaría escapar. Durante todo el camino, mientras se dirigía a
Zakryty, se preguntaba cómo prevenir al mucha¬cho, hacerle desaparecer en el
bosque, donde la Resistencia Polaca pudiera luego ayudarle. Ahora era ya
demasiado tarde y los dos guar¬das de la SS les estaban vigilando con los
fusiles en la mano.
El
policía contó al muchacho lo sucedido aquella mañana. Sammy le pidió que le
dejara pasar un momento por su casa y, cuando llegaron a ella, bajó del carro y
entró en la habitación, dejando la puerta abierta. Estuvo un momento
contemplando la mesa con las tazas del desayuno todavía con té; miró el reloj:
eran las tres y media, y su padre, su madre y Paula estaban ya enterrados, sin
que nadie hubiera encendido ni siquiera una vela por ellos. Despacio,
pausadamente, Sammy despejó la mesa y puso los candelabros sobre ella.
—Podía
ver a Sammy desde fuera —relató después el policía a la mujer.— Se puso la
gorra y empezó a encender los candelabros: dos para su padre, dos para su
madre, dos para su hermana. Y empezó a rezar. Le vi mover los labios. Rezó el
kaddish por ellos.
Kaddish
es la plegaria por los muertos; Rosenbaum padre había siempre rezado el kaddish
en memoria de sus padres fallecidos y Sam¬my había aprendido de él la plegaria.
Ahora era él el único hombre de la familia. Sin moverse contemplaba las seis
velas. El policía, desde fuera, vio que Sammy movía lentamente la cabeza como
si de repente se hubiera acordado de algo. Luego Sammy colocó otras dos velas
sobre la mesa, tomó una cerilla, las encendió y se puso otra vez a rezar.
—El
niño sabía que él estaba ya muerto —contó el policía des¬pués—. Así, que
encendió las velas y rezó el kaddish para sí mismo también.
Después
Sammy salió, dejando la puerta abierta, y con tranquilidad se sentó en el
carro, junto al policía, que estaba llorando. El niño no lloró. El policía se
limpió las lágrimas con el revés de la mano y tiró de las riendas, pero no pudo
evitar que las lágrimas siguieran cayendo. El niño, sin decir palabra, tocó
cariñosamente el brazo del hombre como si quisiera consolarle, perdonarle por
llevarlo. Llegaron hasta el claro del bosque. El Führer Rosenbaum y sus
«estudiantes» estaban aguardando al niño.
—¡A
buena hora!; —dijo el SS.
Dije
a la mujer de Rabka que había tenido conocimiento de la «escuela de policía» de
la SS desde 1946, que varios años atrás había entregado a las autoridades de
Hamburgo todos los hechos y testimo¬nios del caso contra el SS Wilhelm
Rosenbaum y que ahora tendría¬mos un testigo de un caso más.
Ella
me preguntó:
—¿Dónde
está ahora el SS Rosenbaum?
—Wilhelm
Rosenbaum fue arrestado en 1964 y se halla ahora en una cárcel de Hamburgo,
pendiente de juicio.
Suspiró:
—¿De
qué servirá? Todos están muertos, y el asesino con vida. —Firmó la declaración
jurada y añadió:— Es absurdo.
No
hay ninguna tumba que lleve el nombre de Sammy Rosenbaum. Nadie sabría de él si
la mujer aquélla de Rabka no hubiera venido a mi despacho. Pero yo no dejaré
nunca de encender dos velas por él cada año por junio y rezar el kaddish por
él.
CAPÍTULO
XVI
LOS
ASESINOS DE GALITZIA
En
ningún lugar han sufrido tanto los judíos ni por tanto tiempo como en mi país
natal, Galitzia, tradicionalmente esce¬nario de pogroms . Galitzia, situada a
lo largo de la frontera occidental de la Rusia zarista, fue avanzada oriental
de la mo¬narquía austrohúngara; posteriormente pasó a formar parte de la
República Polaca y hoy pertenece todavía a la República So¬cialista Soviética
de Ucrania. Con una superficie aproximada¬mente igual a la de Indiana, tenía
una población de unos tres millones y medio de habitantes, entre ellos 800.000
judíos.
De
niño, muchas veces oí a mi abuelo materno contar histo¬rias de los pogroms,
tristes y sabias historias a las que con fre¬cuencia daba un matiz irónico.
Recuerdo la historia de un amigo judío de mi abuelo, dueño de la taberna de un
pequeño lugar de Galitzia, poblado por campesinos ucranios y unos pocos judíos.
Uno de los mejores clientes de la taberna era el sacerdote, que le gustaba el
Schnapp, pero no tanto pagarlo. Un sábado por la noche, requerido el sacerdote
al pago de su cuenta semanal, éste contestó que no tenía dinero y dejó la llave
de la iglesia en prenda, prometiendo pagar el domingo, en cuanto obtuviera
dinero de los campesinos. Luego se fue a casa.
El
domingo por la mañana fueron los campesinos a misa y no pudieron entrar en la
iglesia. Despertaron al sacerdote, que les dijo:
—El
cochino judío de la taberna del pueblo es quien os ha cerrado la puerta con
llave. Id a reclamársela.
Los
campesinos, furiosos, marcharon hacia la taberna, gol¬pearon al dueño hasta
dejarlo medio muerto, rompieron cuanto había en la taberna, se emborracharon y
celebraron el domingo con un pequeño pogrom.
La
vida era muy dura para los judíos de Galitzia, pero ado¬raban el país, pródigo
en fruta y verduras, carnes y aves de corral, mantequilla y huevos. Una familia
podía vivir muy bien con diez dólares al mes, y los más afortunados tenían
parientes «ricos» en América que les enviaban un billete de cinco dólares al
mes. El clima espiritual de la oprimida pequeña comunidad judía era
estimulante, pues los judíos, la mayoría de los cuáles vivían en las ciudades,
se evadían en un mundo de estudio, de libros, de música. En mi ciudad natal,
Buczacz, vivían unos seis mil judíos e incluso los más pobres ahorraban el
dinero para mandar a sus hijos al Gymnasium (escuela secundaria), donde
aprendían latín y griego. Entre las dos guerras mundiales, más de doscientos
jóvenes de Buczacz asistían a la universidad, o a la universidad técnica de
Lwów o Varsovia. Muchos científicos, artistas, músicos y escritores son
oriundos de aquella zona .
Después
de comenzar la Segunda Guerra Mundial, todos los judíos de Polonia sufrieron,
pero los de Galitzia sufrieron más, pues durante la ocupación soviética, desde
septiembre de 1939 hasta junio de 1941, muchos fueron arrestados acusados de
«bur¬gueses» o de ser miembros de la inteligencia, o sionistas, o de poseer
bienes. También muchos polacos y ucranios fueron arrestados por «nacionalistas»
y, desgraciadamente, entre los ofi¬ciales soviéticos había algunos comisarios
judíos. Después que Hitler invadiera la Unión Soviética el 22 de junio de 1941,
los soviets abandonaron Galitzia con grandes prisas y en lugar de llevarse a
los presos con ellos —judíos, polacos, ucranios— los mataron en su mayoría.
Como es natural, los agitadores ucra¬nios anunciaron a los campesinos: «Los
judíos han matado a los vuestros», y ello llevó a nuevas explosiones de
antisemitismo. La vanguardia de los ejércitos alemanes invasores estaba
com¬puesta de unidades formadas por ucranios germanófilos que, como venganza,
iniciaron una ola de pogroms. Conozco a judíos que habían estado en las
prisiones soviéticas, que habían conse¬guido escapar de ellas y que luego
fueron asesinados a manos de ucranios «porque asesinaron a los nuestros». Fuera
cual fuere el bando en que estuvieran los judíos, siempre resultaba ser el de
los que perdían.
A
principios de 1942, en la Conferencia de Wannsee que tuvo lugar en Berlín, los
nazis decidieron hacer de la Polonia ocupada (el «Gobierno General») centro de
sus actividades ge¬nocidas. Tres millones y medio de judíos polacos iban a ser
ase¬sinados en su propia patria con el consentimiento y a veces con la
cooperación de una gran mayoría de sus conciudadanos pola¬cos. Polonia era el
país ideal en que instalar los campos de muerte, ya que los SS y la Gestapo
podían contar con ayudantes voluntarios formados en la tradición
europeo-oriental de brutal antisemitismo.
En
ninguno de los demás países ocupados —Checoslovaquia, Bélgica, Holanda,
Dinamarca, Noruega, Francia, Italia, Grecia, Yugoslavia— la población nativa
cooperaría con los ejecutores. Incluso en Austria y Alemania, pocos,
relativamente, dentro de la población civil, sabían la verdad sobre los campos
de muerte, aunque desde luego sí sabían algo. En conjunto, los oscuros
se¬cretos estaban bien guardados.
En
Polonia no había secretos. Los trenes que transportaban vagones de carga llenos
de víctimas hasta los campos de exter¬minio, aparecían en los horarios de tren
como trenes normales. La población polaca sabía lo que eran los campos de
concentra¬ción, veía a los demacrados prisioneros en sus monos de trabajo a
rayas cuando se los llevaban a trabajar, se quejaba del hedor que despedían las
chimeneas de los crematorios instalados en la vecindad de sus casas.
La
moderna esclavitud fue introducida en Galitzia en 1941, cuando los alemanes
entraron. Un miembro menor de la Ges¬tapo o un SS de baja graduación sabía que
en Galitzia podía saquear y pillar, torturar y matar sin que se le hicieran
pregun¬tas, hasta el punto que los nazis tenían que contener a sus propios
criminales. El gobernador de Lwów, el Führer SS Lasch, fue arrestado porque
había confiscado demasiada propiedad ju¬día para su exclusivo beneficio
personal.
En
mis archivos privados tengo una fotocopia de una fac¬tura que reza: «6 sogas a
8,80 zlotys», y debajo añade: «Pa¬gado». Seis sogas para los doce miembros del
Consejo Judío de Lwów que fueron ejecutados el 1 de septiembre de 1942 por
orden del Oberscharführer de la SS Oskar Waltke, jefe de la sección de
Cuestiones Judías de la Gestapo en Lwów. Waltke, que fue juzgado en Hannover en
noviembre de 1962, lo negó cínicamente todo cuando presenté al tribunal;
fotografías de la ejecución tomadas en secreto por amigos míos de la
resisten¬cia polaca. Presenté también la cuenta de las sogas. Con increí¬ble
cinismo, el jefe de Waltke, el Obersturmführer Leitmayer, había enviado la
factura a los nuevos miembros del Consejo Ju¬dío y los sucesores de los hombres
asesinados la pagaron, sa¬biendo que pronto iban a ser ejecutados ellos
también. Waltke fue sentenciado, finalmente, a ocho años de cárcel.
No
había otra ley en Galitzia que la ley de los SS. Después de la invasión
alemana, los judíos de todos los pueblecitos y po¬blaciones fueron concentrados
en las grandes ciudades en ghet¬tos. La población nativa de Ucrania cooperó
activamente con la Gestapo y los SS y muchos policías auxiliares ucranios
fueron más brutales incluso que los SS. (En Francia, donde con fre¬cuencia los
alemanes no conseguían distinguir a los judíos de los franceses, la Gestapo
importó ucranios que descubrían fácil¬mente a los judíos.)
En
Galitzia la persecución de los judíos fue llevada a cabo con increíble cinismo.
En algunas ciudades, los judíos tenían que pagar las balas que habían de
matarlos; de ello tenemos pruebas. La brutalidad de los SS en Galitzia
sobrepasó a todo lo que hicieron los nazis en cualquier otro lugar, y lo digo
porque me he pasado años investigando los crímenes de Galitzia. Una no¬ticia de
dos líneas del Jüdische Rundschau, pequeña revista que se publica en Basilea, y
que yo leí en la primavera de 1958, me hizo iniciar la investigación de aquel
montón de enmarañados crímenes. El proceso de Galitzia se abrió el 3 de
noviembre de 1966, en Stuttgart, y comparecieron diecisiete acusados. Presté
declaración los días 15 y 20 de diciembre, a requerimien¬to del fiscal. El
alcance y repercusión del proceso de Galitzia sería mucho mayor que el que tuvo
el de Auschwitz en Frankfurt am Main.
El
párrafo del Jüdische Rundschau que leí en 1958 decía que un SS llamado Richard
Dyga había sido arrestado en Waldshut, pe¬queña población de Baden-Württemberg.
El
nombre Dyga trajo a mi memoria una escena ocurrida la mañana del 19 de julio de
1944 en el campo de concentración de Lwów-Janowska. Cogí el teléfono y llamé a
Waldshut preguntando por el fiscal encargado del caso de Herr Dyga. Era el
doctor Angelberger, que resultó ser un hombre que entendía de aquellos
proble¬mas y tenía la energía necesaria para batallar con ellos. Le pregunté
cómo había sido arrestado Dyga y me dijo que en realidad había sido por
equivocación: que una mujer de Hannover había acusado de crímenes de guerra a
cierto Dyga y que resultó que aquel Dyga no tenía nada que ver, pero cuando los
alemanes hicieron comproba¬ciones sobre el caso, encontraron pruebas contra el
SS Richard Dyga. Declaré al fiscal que con mis propios ojos yo había visto cómo
Dyga asesinaba por lo menos a una mujer.
—¿Cree
usted que podría usted reconocer hoy a Dyga, después de catorce años?
—Creo
que sí.
El
doctor Angelberger me pidió que fuera con él. Recorrimos un largo corredor del
segundo piso de la prisión cuyas ventanas daban al patio interior. Era un
oscuro día de invierno y una docena de pri¬sioneros se paseaban en círculo,
todos con abrigos y gorros de lana Miré abajo un segundo y dije:
—Dyga
es el tercero de la izquierda. Pero díganle que se quite las gafas: no llevaba
gafas cuando le conocí.
El
doctor Angelberger me dijo:
—Vamos
a mi despacho.
Trajeron
a Dyga. No había cambiado: los mismos ojos en blanco, la misma boca viciosa. Se
trataba de un Volksdeutscher (alemán ex¬patriado) de Silesia que hablaba polaco
y que como otros Volksdeutscher de los Sudetes, Eslovaquia y Yugoslavia tenía
un nombre muy poco alemán y muy eslavo, amén de un marcado complejo de
inferioridad que le hacía ambicionar, demostrar siempre que él era alemán
ciento cincuenta por ciento. Lo conseguía mostrándose especialmente brutal para
con los prisioneros.
El
doctor Angelberger preguntó a Dyga si me conocía y éste con¬testó
negativamente. Entonces intervine yo:
—Pues
claro que Herr Dyga no me conoce: éramos miles de pri¬sioneros que un SS no se
dignaba mirarles a la cara. Pero quizá Herr Dyga recuerde cómo escapamos
juntos, prisioneros y SS, de Lwów hacia el Oeste, cómo establecimos cierto
grupo de construcción «Venus».
Sonrió:
—Sí.
Y hasta teníamos otro llamado «Mercurio», creo.
—Eso
es —dije yo—. Ahora voy a recordarle unas cuantas cosas más, Herr Dyga. No deje
de interrumpirme si digo algo que no es cierto.
Asintió,
y proseguí:
—Recuerdo
que la última vez que se pasó lista en el campo de concentración de Janowska el
19 de julio de 1944, dijo usted a los prisioneros que aquellos que no pudieran
andar, serían llevados en un vagón. Había varios vehículos tirados por caballos
junto a los ba¬rracones.
Dyga
asintió de nuevo.
—Una
mujer judía, anciana, que tenía las piernas horriblemente hinchadas, levantó la
mano. Su marido, que estaba junto a mí, le gritó: «No se lo digas. ¡Cállate!».
Pero ella contestó: «No puedo andar, no tengo fuerzas...». Entonces ella se
adelantó y le dijo a usted que sus piernas le dolían mucho y usted la sacó del
grupo y se la llevó detrás de los barracones, allá donde los vagones estaban.
Oímos un disparo y vi como la mujer caía. Tomé al anciano en mis brazos y le
tapé la boca con mi mano para que no gritara, porque de hacerlo, usted lo
hubiera matado a él también.
El
fiscal le dijo:
—¿Qué
tiene usted que decir a eso, Herr Dyga?
—Herr
Staatsanwalt, aquella mujer no podía andar, por eso yo... —Dyga se detuvo a
media frase, dándose cuenta de que había dicho demasiado.
El
fiscal añadió:
—Herr
Dyga, ahora mismo acaba usted de hacer una confesión.
Dyga
protestó de que él hubiese confesado nada.
Intervine
diciendo:
—Herr
Dyga, esto no es más que el comienzo. Tengo muchas otras cosas que decirle; mi
memoria es mejor que la suya...
Aquel
fue el principio de lo que sería uno de los mayores juicios de la historia de
la justicia alemana, el juicio de Galitzia. Me quedé en Waldshut tres días. La
confrontación con Dyga me trajo a la me¬moria todos los detalles de lo que yo
había visto. El caso tiene un matiz especialmente íntimo para mí, ya que perdí
a toda mi familia en Galitzia.
El
doctor Angelberger me proporcionó una habitación y una secre¬taria y durante
tres interminables días estuve dictando: nombres, fechas, lugares, sucesos.
Recordé sesenta y ocho nombres, algunos de asesinos en masa entre ellos: Blum,
Kolonko, Heinisch, Lohnert, Wobke, Rokita, Gebauer. El doctor Angelberger me
presentó al Kriminalmeister Faller, un inspector de policía alemán muy capaz.
Des¬pués de mi regreso a Viena mantuvimos correspondencia y de nues¬tros
archivos reuní el material correspondiente a Lwów. Empecé por recoger las
declaraciones de los testigos que yo había conocido, quienes, a su vez,
hallaron otros testigos. Entregué un álbum completo de foto¬grafías, muchas de
ellas halladas después de la liquidación del campo de concentración de Lwów. Por
razones obvias, a muy pocos SS les gustaba que les fotografiaran junto a
personas que habían ejecutado, pero poseo fotos de verdugos de la SS,
orgullosos, junto a los cuer¬pos oscilantes de dos hombres que acababan de
ahorcar. Hay foto¬grafías incluso peores. Las fotografías fueron muy útiles:
ahora los criminales tenían rostro, y muchos testigos, al ver aquellas
fotografías, recordaban vivamente lo que les había sucedido. Durante años
sucesi¬vos coleccioné más de ochocientas declaraciones juradas de testigos
oculares. A treinta y seis criminales de los treinta y ocho que yo re¬cordaba,
se les siguió la pista y fueron descubiertos. La mitad están ahora en la cárcel
en espera de juicio.
Los
principales acusados no estuvieron en el banquillo cuando el juicio de Galitzia
comenzó. El Brigadeführer de la SS doctor Otto Gustav Wachter, antiguo jefe de
policía en Viena, y el lugarteniente de Wachter, el SS Brigadeführer Friedrich
Katzmann de Darmstadt, han muerto. Wachter fue uno de los cinco agentes nazis
que planearon y llevaron a cabo el asesinato del canciller de Austria Engelbert
Dollfuss el 25 de julio de 1934. A principios de la Segunda Guerra Mun¬dial fue
nombrado gobernador del distrito de Cracovia, Polonia, y pos¬teriormente
enviado a Lwów. Le vi a principios de 1942 en el ghetto de Lwów. Tenía la plaza
a su cargo personal cuando el 15 de agosto de 1942 cuatro mil ancianos fueron
reclutados en el ghetto y llevados a la estación.
Mi
madre se hallaba entre ellos.
Wachter
logró escapar, terminada la guerra, con ayuda de la ODESSA y obtuvo refugio en
un colegio religioso de Roma, gracias a sacerdotes eslovacos que no conocían su
identidad. Su huida había sido muy bien planeada; se llevó incluso los archivos
de Baviera. En 1949, al caer Wachter gravemente enfermo y confirmarle que no le
quedaba mucho tiempo de vida, confesó a la gente de Roma su verdadera
identidad, pidió ver a su esposa, que vivía bajo el nombre «Lotte Pohl» en un
campo de refugiados vecino y que le propor-cionaran un sacerdote. El obispo
Alois Hudal, rector austríaco de la Iglesia Católica Alemana en Roma, le
administró los sacramentos. Efectivamente, Wachter murió y está enterrado en
Roma. Posteriormente, un aristócrata austríaco que colaboró en ocasiones
conmigo, pidió al obispo Hudal que le entregara los archivos de Wachter, a lo
que el obispo se negó.
El
lugarteniente de Wachter, el SS Brigadeführer Friedrich Katzmann, en cuanto
llegó al campo de concentración de Lwów supimos que pronto miles de personas
serían enviadas a la muerte. Era un hombre pequeño, de rostro pálido y anémico,
labios duros y delgados, ojos oscuros y sin brillo. Nadie le vio sonreír ni
siquiera una vez. Redactó el largo informe sobre «Einsatz Reinhard», la ac¬ción
que mató a dos millones y medio de personas en Polonia como represalia por la
muerte de Reinhard Heydrich en 1942 a manos de la resistencia checa. Al final
de su informe, Katzmann escribe: «Galitzia, que contó en un tiempo con 800.000
judíos, ahora está jundenrein»(limpia de judíos).
Terminada
la guerra, Katzmann desapareció. Seguí varias pistas sin lograr encontrarlo. En
otoño de 1956 recibí una carta anónima de Darmstadt y su autor me sugería que
fuera a ver un comerciante en Alemania llamado Albrecht, del que se decía fue
un perverso crimi-nal nazi. Hay varios comerciantes en Alemania con ese nombre
y yo deseché la carta. Pero tres años después, hablando con el Kriminalmeister
Faller, éste mencionó a Katzmann y dijo que tenía razones para creer que se
ocultaba en algún lugar de Alemania bajo el seudó-nimo «Bruno Albrecht».
—En
Darmstadt —dije instintivamente.
Entonces
le conté lo de la carta anónima. Pocos días después, Faller me informaba que
«Bruno Albrecht», comerciante, había muerto el 19 de septiembre de 1957 en el
hospital Alice de Darmstadt, Cuando los doctores le dijeron que no le quedaba
mucho de vida, pidió ver a un sacerdote y confesó que era el antiguo SS
Brigadeführer Friedrich Katzmann. Pidió que le enterraran con su verdadero
nom¬bre. Igual que el jefe, Otto Wachter.
Comparados
con Wachter y Katzmann, los criminales mencionados en este capítulo son cosa de
poca monta. Recuerdo al SS Untersturmführer Wilhaus, comandante del campo de
concentración de Lwów-Janowska, el perfecto sádico. Vivía en una casa en el
interior del campo con su mujer y su hija, una niña rubia de seis años llamada
Heike, y una mañana en que varios trabajadores judíos estaban cons¬truyendo una
edificación cerca de su casa, testigos oculares vieron a Wilhaus en el balcón
de su casa con su mujer y cómo Heike señalaba a los albañiles encorvados
levantando una pared de ladrillo. Debieron recordarle las figuritas que sirven
de blanco en el tiro de feria, porque de pronto tomó el fusil, apuntó
cuidadosamente y disparó. Un hombre cayó, y Heike pensó que aquél era un juego
maravilloso. Batió sus manitas y papá volvió a apuntar con sumo cuidado, dando
de pleno a otro «blanco». Entonces le pasó el fusil a la esposa y le dijo que
lo intentara, cosa que ella hizo en seguida. El tercer albañil judío cayó
asesinado.
Varias
brutalidades de Wilhaus vienen clínicamente detalladas en el manuscrito de un
libro que escribió durante aquellos días el profe¬sor Tadeusz Zaderecki,
cristiano polaco que había estudiado judaísmo, hablaba hebreo y estaba
familiarizado con la comunidad judía de Lwów. Tenía muchos amigos judíos,
sufría muy profundamente por ellos y cuando comenzaron las atrocidades
alemanas, el profesor Zaderecki decidió llevar un recuento de todas las cosas
que veía y oía, a modo de monumento privado a los judíos de su amada ciudad.
Con fre¬cuencia, el profesor Zaderecki se deslizaba furtivamente dentro del
ghetto, hablaba con los judíos y tomaba notas en secreto. El libro contiene
fechas, nombres, lugares. Los judíos no tenían tiempo de ano¬tar las
brutalidades: sobrevivir era un trabajo que requería todas las horas del día.
El profesor Zaderecki ha muerto, pero la Resistencia polaca salvó su
manuscrito, que traduje y presenté al acusador en Waldshut. Ha sido de gran
valor para el fiscal que acusa a los SS de Lwów.
Por
el manuscrito me enteré por qué Wilhaus fue súbitamente transferido de su
puesto de comandante del campo de concentración. La oficina del campo de
concentración de Lwów-Janowska estaba en contacto con varias firmas de Lwów que
enviaban comida, materiales de construcción, carbón, alambradas y otras cosas
que se necesitaban. Un empleado de una de esas firmas, era un ingeniero polaco
que pertenecía a la resistencia polaca y que tenía una prima suya, polaca,
prisionera en el campo de concentración. La resistencia estaba per¬fectamente
al corriente de las brutalidades de Wilhaus y en una re-unión especial, la
célula de la Resistencia decidió que Wilhaus debía morir. Aunque varios
miembros se presentaron voluntarios para ma¬tarle, se creyó que ello podría originar
terribles represalias. Y entonces el ingeniero recordó que la firma donde
trabajaba tenía varias cartas del campo de concentración, con sello oficial y
firma de Wilhaus y expuso la siguiente idea: que uno de los miembros de la
Resistencia, calígrafo experto, escribiera una carta firmada con el nombre
«Wil¬haus». En ella «Wilhaus» pedía a la Cancillería del Führer en Ber¬lín le
transfiriera al frente del Este, y terminaba con la frase: «Como alemán y como
SS creo que ése es mi deber para con mi Führer y mi Vatertand».
Pocas
semanas después, Wilhaus fue llamado a la Cancillería, y, ante su sorpresa, se
halló frente al Reichsleiter Martin Bormann, que le anunciaba que al Führer le
había complacido mucho su carta. Sí, dijo Bormann, el Untersturmführer ha dado
un notable ejemplo de Pflichterfullung (sentido del deber), y el Führer ha
consentido en conceder la petición.
—Aquí
tiene los papeles de viaje para el frente del Este —le dijo Bormann—. Mi
felicitación. ¡Heil Hitler!
—¡Heil
Hitler! —contestó el SS Untersturmführer, perplejo.
Cayó
en acción cerca de Dantzig a finales de 1944. Últimamente he descubierto a su
mujer en el Sarre y lo comuniqué a las autorida¬des alemanas, que la
interrogaron sobre sus ejercicios de tiro al blanco en el campo de
concentración de Lwów contra seres vivos. Frau Hilde Wilhaus está ahora en la
prisión de Stuttgart en espera de ser juzgada.
En
1943, en las Obras de Reparación del Ferrocarril del Este en Lwów había siempre
unos centenares de judíos forzados a trabajar. Uno de ellos, un callado
hombrecillo llamado Chasin, trabajaba en un establo junto a la cantina alemana.
El trabajo de Chasin consistía en cuidar de unos pocos caballos y tenía permiso
especial para dormir en el establo. La mujer de Chasin había sido asesinada en
la prima¬vera de 1943, durante una de las acciones aniquiladoras de la SS en el
ghetto, y el hijo del matrimonio, de ocho años, logró escapar y lo te¬nían
escondido unos vecinos. De algún modo, a Chasin le llegó la noticia de que el
niño vivía en el ghetto y el hombre no paró hasta lograr hacerse con un pase
para el ghetto y poder traerse camuflado el niño a las Obras del Ferrocarril
del Este. Como había un gran, arcón para granos en el establo, una especie de
cajón de madera con tapa, Chasin metió a su hijo en él e hizo unos agujeros a
los lados para que pudiera respirar. El niño pasó allí casi tres meses, y sólo
por las noches, cuando los alemanes estaban en sus hogares, Chasin dejaba salir
a su hijo para que respirara un poco de aire fresco. Eugen Jetter, el inspector
alemán que tenía a su cargo el personal, sabía lo del niño y también algunos
otros alemanes, pero todos le guardaban el secreto.
Un
día, era el verano de 1943, el Oberinspektor Peter Arnolds lo descubrió.
Posteriormente me contaron que una mujer polaca que tra¬bajaba en las cocinas y
le llevaba comida al niño de vez en cuando, sin darse cuenta se lo mencionó a
Arnolds, que era muy temido entre los prisioneros. Si uno de los trabajadores
forzados no le saludaba con el debido respeto, Arnolds le soltaba una bofetada.
La mayoría de oficiales alemanes de las Obras del Ferrocarril nos trataban con
corrección y despreciaban a Arnolds, pero no les era posible in¬tervenir.
Arnolds
advirtió a los guardias de la SS del campo de concentra¬ción de Janowska que
había un niño en el establo. El SS Scharführer Schonbach, miembro del comando
especial de ejecución del campo, vino a las Obras de Reparación y vi cómo se
encontraba con Arnolds frente a la cantina alemana.
Corrí
al establo. Chasin lloraba junto al cuerpo de su hijo, arrojado sobre el
estercolero y me contó que Arnold y Schonbach habían en¬trado en el establo,
que Arnolds había abierto el arca y descubierto al niño. Entonces Schonbach
dijo al niño que saliera, lo alzó y le ordenó al padre volverse de espaldas.
Mató al niño de un tiro, arrojó el cuerpo sobre un montón de estiércol, y
ordenó a Chasin:
—Echa
una de las mantas de los caballos sobre el cuerpo, iCorre!
Arnolds
y Schonbach se pasaron dos horas en la cantina y se em¬borracharon. Mi jefe
inmediato, el Oberinspektor Adolf Kohlrautz, me dijo luego:
—Claro,
Arnolds tuvo que emborracharse para olvidar lo que ha¬bía hecho.
Durante
años, después de terminada la guerra, anduve buscando a Arnolds
infructuosamente. En enero de 1958, cuando resolvía cier¬tos asuntos en
Dusseldorf, Colonia y Frankfurt, descubrí por casua¬lidad que Peter Arnolds era
entonces un alto oficial de los Ferrocarriles Federales Alemanes en Paderborn.
Lo notifiqué al juzgado de Paderborn y al fiscal del distrito, que me pidió que
fuera allá y mantuviera un careo con Herr Arnolds.
El
careo tuvo lugar en la oficina del fiscal del distrito y acusé a Arnolds de ser
el responsable de la muerte de aquel niño judío. Ar¬nolds no lo negó, sino que
acabó diciendo:
—Herr
Wiesenthal, quizá podamos llegar a un acuerdo sobre la cuestión.
Le
contesté:
—Herr
Arnolds, no puede haber acuerdo alguno cuando se trata de la muerte de un niño.
Entonces
Arnolds relató al fiscal del distrito una complicada historia: no había sido él
en realidad quien denunciara al niño del arcón a los SS, sino un tal Schulze,
que estaba al frente de la cantina alemana. Como le convenía a Arnolds, Schulze
había muerto y no podía defenderse. Encontré otro testigo clave, el Inspektor
Eugen Jetter, uno de los oficiales alemanes de las Obras de Reparación en Lwów,
que admitió haber tenido conocimiento que en el arcón de trigo se escondía el
niño y que, como muchos otros, había mantenido la boca cerrada. Dijo al fiscal
del distrito que todo el mundo sabía en las Obras que fue Arnolds quien entregó
el niño a su asesino. Tras este testimonio, Jetter, que ahora vive en
Stuttgart, empezó a recibir llamadas anónimas durante la noche; voces
desconocidas le llamaban Judenknecht (esclavo de los judíos), y luego colgaban.
De
muy mala gana, las autoridades tuvieron que suspender el caso de Arnolds. Tiene
suerte, pues de los mil doscientos judíos que trabajaban en las Obras de
Reparación en Lwów por entonces, sólo tres sobrevivieron y no he podido hallar
a los otros dos que hu¬bieran podido testimoniar contra él. El SS Schonbach,
sin embargo, fue arrestado por el Kriminalmeister Faller, pues Schonbach
admitió al instante haber disparado contra el niño. En la actualidad está en la
cárcel.
También
se hallaba allí el delegado del comandante del campo de Lwów, Richard Rokita,
que luego pasó a Tarnopol, también Galitzia, prosiguiendo su carrera de
asesino. Dio muerte a varios centena¬res de judíos o quizá miles, probablemente
ni él mismo lo sepa. A Rokita le llamábamos «el cordial asesino», porque nunca
pegaba a nadie, nunca gritaba a los prisioneros, sino que se limitaba a
dispa¬rarles un tiro con toda educación. Era algo artista y en su Kattowitz
natal, Alta Silesia (ahora Polonia), tocaba el violín y adoraba la mú-sica.
Cuando vino al campo de concentración de Lwów, lo primero que hizo fue
organizar una orquesta especial en el campo, ya que entre los prisioneros había
músicos de primera categoría. Rokita encargó a Sigmund Schlechter, famoso compositor
judío de Lwów, que escri¬biera un «tango de la muerte» que la orquesta del
campo pasó a inter¬pretar mientras se llevaban a cabo las ejecuciones. Muchas
veces vemos ejecuciones con acompañamiento musical en los escenarios; pero, en
Lwów, al son de la música se disparaban balas de verdad.
En
una ocasión Rokita, paseando por el campo vio un judío viejo y débil. El judío
le saludó y Rokita le devolvió el saludo amigable¬mente; luego arrojó un trozo
de papel al suelo y dijo al anciano que lo recogiera. El judío se agachó y
Rokita le mató de un tiro. Como he dicho, era un asesino cordial.
Rokita
era uno de los primeros de mi lista, pero no lograba dar con él. Ni siquiera
sabía si estaba vivo. Si lo estuviera, pensé, proba¬blemente se dedicaría a la
música.
En
otoño de 1958, en el vagón restaurante de un tren que iba a Ginebra, tomé
asiento frente a un oficial danés. Entablamos conver¬sación y resultó que los
dos habíamos estado a la vez en el campo de concentración de Grossrosen en
1944. El, terminada la guerra, ha-bía estado en la zona británica de Alemania.
Hablamos de aquellos tiempos, mencionamos a Rokita y el oficial danés me
preguntó cómo era Rokita físicamente.
—Tenía
la cara ancha, ojos grandes y en los labios siempre un rictus de contrariedad.
Tocaba el violín muy bien.
—Qué
extraño —exclamó el oficial danés—. Creo que sería en el club de oficiales de
Hamburgo que en 1947 ó 1948 actuó una orquesta alemana. Desde luego, no estoy
seguro; hace tanto tiempo..., pero yo diría que había un violinista de ese
aspecto.
Redacté
un informe para el fiscal Angelberger. Empezamos a buscar a Rokita en el norte
de Alemania, pero no pudimos encontrarlo. En mi siguiente visita a Waldshut
discutí el caso con el Kriminalmeister Faller, quien me dijo había hecho
averiguaciones entre los sindicatos de músicos de Hamburgo, Lübeck y Bremen, y
que no había ningún Rokita entre los miembros. Luego habló con varios músicos,
descri¬biéndoles a Rokita. Un día, un músico fue a verle para decirle que
conocía a un hombre que correspondía a aquella descripción, aunque no se
llamaba Rokita, sino Domagala.
—Entonces
me dediqué a buscar a Domagala —me dijo Faller—. Pero sin suerte. No existía
ese nombre en las listas de sindicatos mú¬sicos, ni la policía tenía ese
nombre.
Se
me ocurrió una idea y le dije:
—Vamos
a probar en el Krankenkassa (oficinas gubernamentales de seguros de
enfermedad). A todo el mundo le gusta tener un seguro de enfermedad, hasta
siendo un asesino.
Por
la noche Faller me llamó:
—Tenía
razón. Hay un hombre en Hamburgo a quien llaman Dogmala y tiene un seguro de
enfermedad. Ya no es músico, sino vigilante nocturno. Espero que daré con él
esta noche. Ya le tendré al corriente.
Dos
horas después el Kriminalmeister detuvo a un vigilante noc¬turno en una fábrica
de Hamburgo, que se hacía llamar «Dogmala».
El
hombre admitió al instante que su nombre era Rokita y que estuvo en Lwów y
Tarnopol bajo el de «Domagala», pero que «ya no tocaba el violín». Desde luego
fue una gran idea emplearse como vigilante nocturno, porque así tenía
poquísimas posibilidades de ser reconocido por alguna víctima. Le hubiera
salido muy bien, probable¬mente, de no hacerse un seguro de enfermedad. Quizá
le hubiera hecho falta, pues fue detenido y encarcelado, pero enfermó y tuvo
que ser trasladado para ponerse en tratamiento.
En
la tragedia de Galitzia, las matanzas de Stanislav constituye¬ron uno de los
capítulos más conmovedores. En 1939 Stanislav con¬taba con casi unos 100.000
habitantes, la mitad de ellos judíos y la otra mitad entre polacos y ucranios.
De acuerdo con el plan Einsatz Reinhard, tratándose de una parte de Polonia
ocupada por los nazis, debía quedar judenrein (limpia de judíos) a finales de
1942. En Stanislav, el plan fue realizado al minuto.
El
12 de octubre de 1941, los barrios judíos fueron cercados y aproximadamente
veinte mil judíos, llevados conjuntamente al cemen¬terio judío. Todos ellos
tuvieron que entregar su dinero, joyas, abrigos de piel y finalmente las ropas.
Una vez desnudos fueron llevados a dos enormes zanjas (Panzergraben o «tumbas
tanque») y ejecutados con ametralladoras. Según el sumario presentado en
Salzburgo contra los SS que cometieron este múltiple crimen, dos hermanos
llamados Johann y Wühelm Mauer, relataron lo siguiente:
«La
acción empezó a primeras horas de la mañana y duró hasta que oscureció.
Vehículos motorizados fueron apostados cerca del cementerio y sus faros
iluminaron la ejecución, que comprendió por lo menos 12.000 judíos. Los
restantes, comple¬tamente desnudos, fueron llevados otra vez a la ciudad...»
Entre
los sádicos peores de Stanislav se contaban los hermanos Mauer. Eran
Volkdeutschen procedentes de Polonia y tenían todos los complejos de aquellos
alemanes «inferiores». Los pocos supervi¬vientes de Stanislav cuentan terribles
historias de los dos hermanos, pero desgraciadamente daban el nombre como
«Maurer», con otra r. Por consiguiente, el fiscal Sichting de Ludwigsburg
buscaba dos her¬manos llamados «Maurer».
En
1963 conocí a Sichting, quien me contó que en sus investiga¬ciones había
encontrado muchos Maurers, pero ninguno nacido en Po¬lonia. Entonces le sugerí
que quizás el nombre fuera «Mauer». El fiscal me pidió que llevara a cabo una
investigación en Austria y para ello me puse en contacto con un comité que se
encarga de los Volkdeutschen en ese país. Sí, dos hermanos, Johann y Wilhelm
Mauer, se hallaban en Salzburgo trabajando para las Obras Auxiliares
Evan¬gélicas, caritativa organización. Johann era «consejero de refugiados» y
Wilhelm tenía a su cargo el albergue de juventud: tareas apropia¬das para dos
ejecutores en masa. Uno de mis ayudantes fue a la policía de Salzburgo y
descubrió que los dos hermanos habían nacido en Polonia. Volvió con una
fotografía y al verla recordé que en rea¬lidad me había encontrado con Johann
Mauer después de la guerra, cuando él trabajaba para una organización de
caridad protestante y yo hacía algo similar para una organización de refugiados
judíos. Desgraciadamente, entonces no conocía su pasado.
Me
puse de acuerdo con Sichting y entregué el material entero que teníamos contra
los hermanos al fiscal del distrito de Salzburgo. El arresto de los Mauer causó
sensación en la ciudad, y el juicio contra ellos, a principios de 1966, fue uno
de los más escandalosos capítulos en los anales de la justicia austríaca de
posguerra.
Parecía
imposible lograr la designación del jurado de tantas per¬sonas como pidieron se
las excusara de serlo por enfermedad u otras razones. Cosas extrañas sucedieron
en la atiborrada audiencia de la bella ciudad de los festivales, Salzburgo. El
público aplaudió a los acusados y se rió cuando los testigos judíos juraron
sobre la Biblia. Todos los testigos reconocieron a ambos hermanos. El
testimonio era perfectamente convincente. Tras varias horas de deliberación el
jurado admitió que los, acusados habían cometido asesinatos, pero que había que
tener en cuenta que obraron coaccionados, ejecutando órdenes superiores. El
tribunal tuvo que absolver a los acusados, pero el juez presidente informó que,
de acuerdo con el código penal austríaco, el veredicto del jurado era «un
patente error» y que por lo tanto se abriría un nuevo juicio contra ellos y que
hasta este segundo juicio los acusados seguirían en prisión.
El
veredicto de Salzburgo y la conducta antisemita del público produjeron olas de
reacción en Austria. El Wiener Zeitung hablaba de «veredicto vergonzoso».
Estudiantes católicos y socialistas iban por las calles de Viena llevando
pancartas que decían: «Austria, parque nacional de criminales nazis». No
solucionó nada que yo descubriera —demasiado tarde desgraciadamente— que el
presidente del jurado había sido un nazi austríaco clandestino y un SA.
El
segundo juicio contra los hermanos Mauer se celebró en Viena en el mes de
noviembre de 1966. Johann Mauer fue condenado a ocho años y Wilhelm a doce.
CAPITULO
XVII
LOS
TREINTA Y SEIS JUSTOS
Mientras
Franz Murer dirigía la aniquilación de los ocho mil judíos de Vilna en 1942,
había también allí otro austríaco llamado Anton Schmid, de procedencia vienesa.
Tenía cuarenta y dos años y era Feldwebel (sargento) de la Wehrmacht regular
para la que, como muchos otros austríacos, había sido reclutado.
Schmid
no tenía nada del típico sargento de instrucción sino que era un hombre
reposado, siempre reflexivo, hablaba poco y tenía pocos amigos entre sus
compañeros de armas. Sólo existe una fotografía de él que muestra a un hombre
de rostro pensativo, honrado, de ojos suaves y tristes, pelo oscuro y un
pequeño bigote. La unidad a que pertenecía estuvo en Vilna durante los peores
meses de la actividad exterminadora de Murer. Antón Schmid era católico devoto
que sufría cuando veía a otros sufrir, y un hombre de valor excepcional. Su
historia no se hubiera conocido jamás sin ciertos testimonios que figuran en
nuestro dossier de Murer y que cuentan que entre 250 supervivientes del ghetto
de Vilna, hay varios cuyas vidas las deben a Anton Schmid. Fueron ellos quienes
posteriormente relataron lo siguiente:
Muchos
alemanes de Vilna condenaban en secreto las atrocidades de Murer pero no hacían
nada. Schmid en cambio decidió que era su deber de cristiano ayudar a los
judíos oprimidos y se convirtió en una organi¬zación de ayuda de un solo
hombre. Se introducía en el ghetto con gran riesgo personal, para llevar comida
a los judíos que morían de hambre, llevaba botellas de leche en los bolsillos y
las entregaba para los niños pequeños, estaba al corriente de que miles de
judíos se escondían en algún lugar de Vilna y servía de correo entre ellos y
sus amigos del ghetto, llevaba mensajes, pan, medicamentos y hasta se atrevió a
robar fusiles a la Wehrmacht para darlos a los judíos de la Resistencia.
—Hacía
todo eso sin ni siquiera esperar que se lo agradecieran —me dijo un
superviviente—. Lo hacía por pura bondad de corazón. Para nosotros los del
ghetto, aquel hombre débil, callado, con su unifor¬me de Feldwebel, era una
especie de santo.
Sucedió
lo inevitable. La Gestapo descubrió en los primeros días de abril de 1942 que
Schmid había tratado de pasar a escondidas cinco judíos del ghetto para
llevarlos a los vecinos bosques de Ponary donde pensaban esconderse. Fue
arrestado y a la mañana siguiente un tribunal marcial alemán lo sentenció a
muerte.
Dos
horas después Schmid escribía a su esposa Stefi:
«Recibidas
tus dos cartas... Me alegra que las cosas te vayan bien. Debo decirte lo que el
destino me ha reservado, pero, por favor, sé fuerte cuando leas lo que sigue...
Me acaba de sentenciar a muerte un tribunal marcial. No se puede hacer más que
apelar para obtener clemencia, cosa que ya he hecho. No sabré la decisión hasta
mediodía pero creo que me la denegarán, hasta ahora las apelaciones han sido
denegadas.
»Pero
queridos míos, ánimo. Yo me resigno a mi destino. Ha sido decidido desde lo
Alto por nuestro Señor y nada puede hacerse. Estoy tan tranquilo que apenas yo
mismo puedo creerlo. Nuestro Dios lo quiso así, me dio fuerzas y espero que Él
os dé fuerzas a vosotros también.
»Debo
contaros cómo sucedió. Había siempre muchos judíos, conducidos en grupo por
soldados lituanos para ser fusilados en los prados de las afueras de la ciudad:
de 2.000 a 3.000 personas por vez. Siempre arrojaban a los niños pequeños
contra los árboles, ¿os imagináis? Yo tenía órdenes (que me repugnaban) de
encargarme de la Versprengenstelle (centro de dispersión) donde trabajaban 140
judíos. Me pidieron que los dejara marchar de allí y me dejé persuadir, ya
sabéis que tengo el corazón muy blando. No lo medité, y haberles ayu¬dado mis
jueces lo han considerado digno del máximo castigo. Será duro para vosotras,
queridas Stefi y Gertha, pero tenéis que perdonarme: obré como un ser humano,
sin intención de herir a nadie.
»Cuando
leas esta carta, ya no estaré en este mundo ni podré escribirte más. Pero
puedes estar segura de que nos reu¬niremos con Dios nuestro Señor en un mundo
mejor. Escribí una carta anterior el 1 de abril, incluyendo la fotografía de
Gertha. Esta carta se la daré al sacerdote...»
Cuatro
días después, el 13 de abril, Antón Schmid fue ejecutado. Murió junto con los
cinco judíos que había intentado salvar y fue enterrado en un pequeño
cementerio para soldados en Vilna. Dos días después, el sacerdote Fritz Kropp
envió la última carta de Schmid a su viuda de Viena.
«El
lunes 13 a las tres de la tarde su querido esposo partió (escribía Kropp). Le
conforté en sus últimos momentos... Rezó y fue fuerte hasta el último instante.
Su última voluntad fue que usted se mostrara también fuerte».
El
nombre de Anton Schmid aparecía en varios diarios de judíos entre los
ejecutados en el ghetto de Vilna y todos mencionaban su bondad y su valor.
Algunos de los supervivientes le recordaban perfectamente. Comencé a recoger
testimonios y un día mi amigo el doctor Mark Dvorzechi de Tel-Aviv, cuyo
testimonio sobre Vilna du¬rante el juicio de Eichmann ayudó a convencer a los
austríacos de que Murer debía ser juzgado, vino a verme a Viena y me dio la
dirección de la viuda de Anton Schmid.
Fui
a ver a Frau Schmid, mujer anciana y cansada que lleva una pequeña tienda y
tiene muy poco dinero. Su hija, Gertha, casada, vive con su madre. Me contó que
la vida no había sido fácil para ellas allá por 1942 cuando se supo que el
Fetdwebel Schmid había sido ejecutado por intentar salvar a unos judíos ya que
algunos vecinos hasta amenazaron a Frau Schmid, la viuda de «un traidor», y le
dije¬ron que lo mejor que podía hacer era irse a vivir a otra parte. Le
rompieron además los cristales de su tiendecita.
Pregunté
a Frau Schmid si deseaba algo. Me contestó que sí, que le gustaría visitar la
tumba de su marido en Vilna. No era deseo fácil de complacer ya que Vilna fue
hasta 1965 zona cerrada por los rusos a los turistas. Pero referí el caso al
embajador soviético en Viena y le pedí permiso para que la familia pudiera
visitar Vilna, añadiendo que el Centro de Documentación financiaría el viaje.
El 20 de octubre de 1965 Frau Schmid, con su hija y su hijo político tomaron el
tren para Minsk y allí el avión hasta Vilna. El Centro de Documentación se
encargará de que se coloque una lápida en la tumba de Anton Schmid con el
epitafio: «Aquí yace un hombre que juzgó más importante ayudar a sus semejantes
que vivir».
CAPÍTULO
XVIII
LA
OTRA CARA DE LA LUNA
Un
día del mes de abril de 1945, poco antes del fin de la guerra en Europa, un
transporte procedente de Hungría llegó al campo de concentración de Mauthausen.
La mayoría de per-sonas estaban muy débiles y demacradas; parecía como si ya
estuvieran anticipadamente dadas de baja en la administración del campo ya que
fueron directamente enviadas al «bloque de la muerte» en el que por entonces
yacía yo.
Entre
los recién llegados había un famoso rabí húngaro, del que se decía había
conseguido introducir un pequeño libro de re¬zos hebreo en el campo de
concentración. Admiraba al rabí por su valor ya que debía saber muy bien que
los SS castigaban a todo el que era atrapado en posesión de algo, ni que fuera
un cepillo de dientes usado o un trozo de espejo.
El
rabí entró en nuestro «dormitorio» al día siguiente y fue pasando de cama en
cama pues muchas de aquellas personas materialmente muertas de hambre, estaban
demasiado débiles ni siquiera para incorporarse; esperaba que el rabí les
hablaría y les daría ánimos, pero en vez de ello, dijo que prestaría su libro
de rezos quince minutos a cada uno de los presentes y que la «tarifa del
préstamo» iba a ser un cuarto de la ración de sopa diaria (hay que advertir que
un tazón de más agua que nada era todo lo que ingeríamos en veinticuatro
horas). Sin embargo, muchos estuvieron contentos de poder ceder parte de su
mísera ración a cambio de mantener durante quince minutos el libro de rezos,
pequeño y negro, entre las manos, demasiado débiles para leer. Pero el libro
les traía recuerdos de su infancia, del servicio de los viernes por la noche en
la sinagoga, de la voz del cantor, de la sala de su casa, con velas encendidas
para el sabbath y podían percibir el
delicioso olor que salía de la cocina. Uno de los agonizan-tes de nuestra
habitación era un juez que se había convertido al catolicismo que, sin embargo,
«alquiló» también el libro de rezos y pasó quince preciosos minutos con sus
recuerdos. A cambio al rabí le dio la convenida cuarta parte de su ración de
sopa.
La
verdad es que el rabí murió antes que nadie pues la ex¬cesiva cantidad de sopa
fue demasiado para su debilitado aparato digestivo. Se lo llevaron, y los demás
lo notaron apenas, y me pregunté dónde habría ido a parar el libro de rezos.
Después
de nuestra liberación, nos llevaron al campo de reposo de Bindermichl, Linz,
donde cuidaron de nosotros doctores americanos. Los americanos construyeron una
pequeña sinagoga en el interior del campo de reposo y para el servicio
inaugural, en abril de 1946, fue traído de America una «Tora» , y un ancia¬no
rabí se presentó a rezar las primeras plegarias.
Dije
a mis amigos que yo no asistiría al servicio y no quise añadir que no pensaba
volver a ver un solo rabí en mi vida. No podía olvidar el glotón aquél que
había trocado fe por comida, que en vez de confortar a los agonizantes, se
había llenado el estómago con su sopa. No quería saber nada más de semejanta
clase de hombres.
Aquella
noche el rabí Silver vino a verme. Era un hombre pequeño que llevaba uniforme
del ejército americano sin insig¬nias, lucía barba blanca y los ojos le
brillaban de amabilidad. Quizá tuviera ya los setenta y cinco años, pero su
mente era aguda y su voz joven. Me dijo que había nacido en Ucrania, patria de
pogroms, y que emigró de niño a América, patria de esperanza.
Me
puso una mano en el hombro:
—¿Así,
que me dicen que estás enfadado con Dios? —me preguntó en yiddish a la vez que
me sonreía.
Le
dije que no con Dios sino con uno de sus siervos y le conté lo que había
ocurrido.
—¿Y
eso es todo lo que tenías que contestarme?
—¿Es
que no es bastante, rabí? —pregunté a mi vez.
—¡Tú
eres tonto, permíteme! —respondió—. Así sólo ves al hombre malo que les quitó
algo a los buenos. ¿Por qué no te fijas en los buenos que dieron algo al malo?
Me
dio afectuosamente una palmada en un brazo y se marchó.
Al
día siguiente asistí al servicio y desde entonces he inten¬tado siempre
recordar que todo problema tiene dos caras, aun¬que a veces sea difícil
comprender cómo debe de ser la otra, tan difícil como verle la otra cara a la
luna.
Muchas
veces, cuando me enfrento con un complejo problema que no ofrece soluciones
sencillas, me acuerdo del rabí Silver. Pensé en él una mañana de septiembre de
1965 cuando sentada frente a mí tenía a Frau C con su traje de tweed y su
pequeño fin de semana. Se había pasado toda la noche en el tren pues venía de
Alemania. Había tomado un taxi para venirse a mi oficina directamente desde la
estación, sin siquiera tomarse el tiempo de peinarse.
—Tenía
que verle, Herr Wiesenthal. No podía esperar. Necesito que me ayude a conseguir
la restitución que me corresponde. Y tengo que hablar con alguien que me crea
ya que nadie lo hace porque mi caso es verdaderamente inverosímil.
Sin
embargo, su caso es auténtico. Luego verifiqué todos los hechos
concienzudamente y resulta que Frau C. es la esposa judía de un ex general
alemán de la SS.
Tenía
sesenta años cuando vino a verme y el rostro surcado de arrugas de sufrimiento,
pero la creí cuando me dijo que en otro tiempo había sido una muchacha bonita,
muy independiente además y que había heredado el temperamento de su madre, una
actriz vienesa. Ella fue también actriz y en 1934 interpretaba pequeños papeles
en Munich cuando conoció al que llamaremos. Hans. Su historia de amor fue
apasionada y libre y estuvieron de acuerdo en no hablar de futuro. Ella sabía
que él acudía regularmente a una especie de oficina pero no le hizo preguntas
concretas. Se sentía satisfecha sólo de pensar que trabajaba. En 1934, en
Munich como en el resto de Alemania, había mucha gente sin trabajo y sólo
cuando el médico le dijo que iba a tener un hijo, empezó ella a hacer
preguntas. Hans la tomó en sus brazos, dijo que no llorara y que tenía que
confesarle que formaba parte de la sección política de la SS. «esa» era su
oficina.
—No
lloré —me dijo Frau C.—. Estaba aterrada porque yo tam¬bién tenía que hacerle
una confesión, yo le había dicho que mi padre había muerto y le había mentido.
Mi madre era católica pero mi padre, mi padre ilegitimo era un abogado judío de
Berlín. Lo cual significaba que yo no era «aria» como él creía sino que ya era
semi-judía y un SS no podía casarse conmigo nunca. Pero Hans se negó a admitir
la derrota porque era un hombre maravilloso y propuso que diéramos el niño a un
hogar de la SS y viviéramos juntos sin casar¬nos. Pero yo le dije que yo quería
educar a mi hijo. Entonces Hans fue a Berlín y habló con mi padre, quien le
dijo que su nombre no aparecía en ningún documento en conexión conmigo. Ello
quería decir que yo podía hacerme pasar por «aria», y por lo tanto, casarnos.
En realidad no fue sencillo pues Hans tuvo que discutir durante dos años antes
de que la SS le concediera permiso; supongo que tendrían sus dudas ya que yo,
oficialmente, no tenía padre. Pero siendo rubia y de ojos azules, acabó por obtenerlo.
Si hubiera tenido un aspecto judío, nunca le hubieran dado el permiso.
Fueron
felices con su hijita en su gran piso de Munich. Hans conducía cada mañana un
coche oficial que le llevaba al campo de concentración de Dachau del que tenía
a su cargo el departamento político.
—Las
cosas más terribles no habían sucedido aún —prosiguió Frau C.—. Hans lograba
siempre rehuir esos cursos especiales en los que se aprende a cazar, a torturar
y a matar, pues ya entonces existían. Pero pasaron los años y las cosas
empeoraron. Hans había visto demasiado y sabía demasiado; había sido ascendido
a coronel de la SS y pidió que lo trasladaran a Hamburgo, donde le pusieron al
frente del pequeño campo de concentración instalado en la vecina Neuengamme.
Creyó que allí estaría en segunda fila pero se equivo-caba. Neuengamme era un
campo de exterminio y entre 1938 y 1945 cincuenta y cinco mil personas de
Francia, Dinamarca, Noruega, Países Bajos, Austria, Bélgica, la Unión Soviética
y Alemania, mu¬rieron allí. Todos los transportes procedentes de Hamburgo y de
la zona norte de Alemania iban a parar a él. Nuestra casa no estaba lejos del
campo y yo intentaba ayudar a los prisioneros de modo muy pre¬cario: pedía a
Hans que enviase algunos de ellos a trabajar en nuestra casa y entonces les
daba comida. Luego la Gestapo lo descu¬brió y recibimos órdenes de trasladarnos
a Hamburgo donde nos pro¬porcionaron un piso grande. Creo que desde entonces me
tuvieron siempre bajo vigilancia sabiendo que no podían confiar más en mí.
Con
el comienzo de los bombardeos aliados que destruyeron el centro de la ciudad de
Hamburgo, Frau C. pasaba las noches en los refugios antiaéreos y allí observó
que una muchacha llamada Esther se apartaba siempre de todos y no hablaba con
nadie.
—Yo
sabía que era judía y que tenía que ayudarla —me dijo Frau C.—. Era como una
obligación a la vez que una locura pensar en semejante cosa siendo esposa de un
destacado SS.
Se
encogió de hombros.
La
joven judía era muy tímida y se mostró muy reacia a hablar con Frau C., pero al
cabo de unas noches, cuando Frau C. le trajo un termo nuevo porque había visto
que el de la muchacha se había roto, pareció mostrarse ya franca y le contó que
vivía en una diminuta habitación de un ático donde unos vecinos cristianos
intentaban esconderla. A su madre ya se la habían llevado al campo de
concentración de Ravensbruck y sabía que «ellos» iban a venir pronto por ella.
Estaba aterrada porque esperaba un hijo.
—Me
la llevé a mi piso. Mi esposo no estaba. No importa lo que pueda suceder, me
dije, pero ese hijo ha de nacer y debe vivir. Una noche la Gestapo vino por
ella. Intercedí, supliqué y me dijeron que podía quedarse en el piso por
aquella noche pero que a las cinco de la madrugada del día siguiente tendría
que estar en la Biberhaus, de donde partía un transporte para Ravensbruck. En
cuanto se hubieron marchado, empaquetamos unas pocas cosas y nos fuimos a la
estación. A media noche salía un tren para Munich donde yo todavía tenía mi
piso. Cuando llegamos a Munich, me di cuenta que necesitaba documentación para
Esther y fui a Regensburg y me apoderé del pasaporte de mi cuñada. Luego fui
diciendo en Munich que Esther era mi cuñada y a continuación informé a mi
esposo que yo esperaba otro hijo. Le expliqué que no había querido decírselo
hasta entonces, que me sentía más segura en Munich que en Hamburgo. Hans debió
experimentar alivio, creo por los muchos incidentes habidos con sus superiores
de Hamburgo por el hecho que yo hablara con demasiada libertad.
A
Hans la novedad le puso muy contento. Deseaba que esta vez fuera un niño. La
hija de ellos tenía entonces seis años y vivía con su abuela paterna, en una
finca de Regensburg. Hans mandaba cosas muy bonitas a su esposa para el futuro
niño, deseándole que todo fuera bien y al llegar el momento para Esther, Frau
C. la envió a una clí¬nica particular donde sólo atendían a esposas de altos
oficiales.
—No
había más que un medio de hacerlo —me dijo Frau C.—. Inscribir a Esther bajo mi
propio nombre. Vendí algunas joyas para pagar al médico y la clínica pues mi
esposo no llegaba a comprender por qué no había ido al gran hospital de la SS
que había cerca de Munich donde me hubieran asistido completamente gratis. Le
expliqué que no me gustaba que mi hijo naciera en un lugar bajo la
jurisdic¬ción oficial de la SS y acabó por comprenderlo. El niño nació el 28 de
agosto, un niño encantador que ignoraba lo horrible de su caso, lo horrible de
ser judío. Me lo llevé a casa mientras Esther quedaba en la clínica y aunque
sabía que arriesgaba mí vida no me importaba mucho porque consideraba que el
niño estaba antes que todo.
Supuso
que Esther pronto podría volver a casa pero se presenta¬ron complicaciones post
partum, el médico demostraba preocupación: Mientras tanto, Hans había
conseguido un permiso especial para ir a ver a su hijo y llegó con su amigo
Weiss, que trabajaba en la jefatura del campo de concentración de Dachau. Frau
C. les contem¬plaba mientras admiraban el recién nacido, le sacaban de la cuna,
jugaban con él y por unos momentos los dos se convertían también en un par de
chiquillos.
—¡Si
llegan a saber que aquel recién nacido era judío!... No podía soportar ni
pensarlo. ¡Dios mío, tenía usted que haber visto a mi esposo! Estaba que no
cabía en sí. Hizo que el niño fuera envuelto en seda y lana y se lo llevó a dar
un paseo hasta Tegernsee. ¿Puede imaginar lo que pasó por mi corazón? Me alegré
de que se le termi¬nara el permiso. Sólo deseaba que Esther se restableciera y
volviera a casa pronto. Pero una noche me llamaron de la clínica... y aquella
noche expiró en mis brazos. Tuve que decirle al médico la verdad. ¡Iban a dar
cuenta de su muerte y Esther había sido inscrita con mi nombre! Oficialmente yo
había muerto aquella noche. Pero yo seguía frente a él; así, que tomó el
teléfono y llamó a la Gestapo.
Dos
horas después, la Gestapo llegaba en busca de Frau C. que intentó sacar el
mejor partido de la situación diciendo que ignoraba que Esther fuera judía, que
a ella sólo le importaba el niño, que quería adoptar. No creyeron una palabra
de todo ello diciendo que si tanto quería adoptar un niño, podía haberse fijado
en cualquiera de los niños ilegítimos de la SS, como debe hacer la buena esposa
de un SS. La retuvieron cinco días y la golpearon sin piedad pero ella mantuvo
que su esposo nada sabía de todo aquello. La mandaron al campo de concentración
más próximo.
—¿Y
el niño? —pregunté yo.
—Lo
mataron ante mis propios ojos —contestó—. Sólo tenía diez semanas —había
abandonado las manos sobre la falda y parecía muy cansada—. Naturalmente,
descubrieron la verdad respecto a que mi padre era judío. Fueron a buscar a mi
padre también, pues Hans le había protegido hasta entonces. En cuanto a mi
esposo, al parecer me creyeron cuando dije que él no estaba implicado porque le
mantu¬vieron en su puesto.
Pasó
dieciocho meses en el campo de concentración hasta que pudo escapar a Holanda,
no mucho antes de que la guerra terminara. Después de la guerra, ella y su
esposo se reunieron y se fueron juntos a Munich.
—Aquel
fue el tiempo peor. Los americanos arrestaron a mi ma¬rido y me trataron a mí
como a un criminal. Para ellos yo era la esposa de un general de la SS. Los
judíos y los del campo de concen¬tración me odiaban. Y los antiguos nazis me
despreciaban porque sabían que yo era judía. No tenía ni un solo amigo, nadie
me creía. Incluso ahora aún me preguntan: ¿por qué lo hiciste? Pero cada cual
alude a algo distinto. Los judíos quieren decir: ¿por qué me casé con un SS? Y
los nazis quieren decir: ¿por qué ayudé a una mujer judía siendo la esposa de
un Führer de la SS? Y las autoridades de la Alemania Occidental han denegado mi
petición de restitución, a pesar que estuve en un campo de concentración... Sí,
la pobre Esther me escribió una carta desde la clínica poco antes de morir en
la que me predecía exactamente lo que iba a ocurrirme: «Nadie tendrá com¬pasión
de ti, vayas adonde vayas, todos te odiarán».
—¿Y
su marido?
—Cuando
se supo el escándalo, algunos de sus Kameraden le dijeron que debía haberme
pegado un tiro. Como ve, no me mató ni siquiera me dirigió ningún reproche. En
realidad, él y su amigo Weiss eran las dos únicas personas decentes: dos SS,
comandantes en sendos campos de concentración, —Se inclinó y me tomó el
bra¬zo:— ¿Lo entiende? ¿Comprende la situación?
Herr
Direktor D. es un respetable ciudadano de una gran ciudad alemana, hombre de
importante posición, buenos ingresos, bonita casa, los amigos que conviene
tener. Cada mañana un chófer al volante de un «Mercedes» viene por él y cada
noche lo trae a casa vestido de etiqueta. Los vecinos se quitan el sombrero y
se inclinan profundamente ante Herr Direktor. A pesar de que sólo hace unos
pocos años que está en la ciudad, no ha tardado mucho en ser admitido en el
selec¬tísimo Vereine (club), ser invitado a las mejores fiestas, aparecer los
lunes entre los abonados al teatro como uno de los hombres distingui-dos de la
localidad. Cierto, algunos se preguntan: ¿de dónde pro¬cede?, ¿qué hizo antes
de venirse aquí? Pero cualquier Menschenkenner (conocedor de hombres) puede
decir que Herr Direktor D. es un afortunado miembro de la nueva
Wohlstandsgeseüschaft (próspera sociedad) alemana. ¿A quién puede importarle la
procedencia del hombre? Lo que importa no es lo que es, sino lo que representa.
Me
gustaría saber qué dirían los amigos y vecinos si se enteraran que Herr
Direktor D. —que no es su verdadero nombre— hizo triunfal carrera durante la
guerra como lugarteniente en jefe de un famoso campo de concentración, siendo
responsable personalmente de la muerte de por lo menos treinta personas. Éstos
son los casos que yo sé y sólo Dios sabe cuántos más existieron. En 1963 di por
fin con ese hombre, cuya búsqueda me había llevado dos años y se había
desarrollado a través de dos continentes, individuo del que sabía el verdadero
nombre, su pasado, sus crímenes. Pero ahí acababa todo, pues yo no podía hacer
nada para llevarlo ante el tribunal.
El
fiscal de la ciudad del Herr Direktor D. me había dicho:
—He
examinado sus pruebas y es un caso sorprendente y digo que es sorprendente
cuando ya no debería sorprenderme nada después de las experiencias de los
últimos años. Pero lo malo es que la mayor parte del material se basa en
información de segunda mano y necesi¬tamos testigos presenciales.
—No
es sencillo dar con testigos oculares que se hallaran en un pequeño campo de
concentración, pasados ya veinte años, Herr Staatsanwalt —le dije.
—Ya
lo sé, pero ese hombre cuenta con poderosos amigos y a no ser que para una
acusación contemos con pruebas irrefutables, la sentencia puede volverse contra
nosotros. Procúreme testimonio de tes¬tigos presenciales y yo demandaré.
Así
empezó la larga búsqueda de testigos oculares. La mayoría de personas que hallé
sabían muchas cosas pero no las habían visto ellos, no habían visto nunca que
el hombre matara a nadie. Se azotaba a los internados en el campo hasta
matarlos, y les constaba que era obra del Herr Direktor D., pero en realidad
nadie lo había presenciado porque prefería dar las palizas de noche, en la
intimidad de su apartamiento.
—Hay
dos personas que quizá lo presenciaran —me dijo un anti¬guo prisionero—, Una es
Max, que era Haftlingsdoktor (médico de los prisioneros) del campo y el
lugarteniente le mandaba llamar cuando la gente agonizaba o había ya muerto. Y
también Helen probablemente, que entonces trabajaba como criada en el
apartamiento del lugarte¬niente.
Me
llevó mucho tiempo hacerme con la dirección de esas dos per¬sonas. No publico
su nombre por razones que se comprenderán un poco más adelante. Ahora Max
practica la medicina en París y Helen vive en Alemania. Les escribí explicando
la importancia de sus decla¬raciones, pero no obtuve respuesta.
Volví
a escribir, y escribí una tercera vez. Ni una palabra. Era un hecho
desacostumbrado pues la gente se niega muchas veces a decla¬rar y a veces
tienen muy penosas razones para hacerlo pero por lo menos tratan de ayudarme de
algún modo. Max y Helen eran judíos y no podían tener interés en proteger a un
criminal de la SS.
Mientras
tanto, Herr Direktor D. venía siendo recogido cada ma¬ñana por su chófer. Tenía
pasaporte válido y si se daba cuenta de que andaban tras él, podía escapar y
ello sería el fin del caso.
Un
día encontré a un amigo que vive en París y por casualidad mencioné a Max.
Resultó que mi amigo lo conocía muy bien y me dijo que Max llevaba una vida
solitaria, que no veía a nadie fuera de sus pacientes, que era un individuo
extraño y retraído y «a veces un poco temible». Le conté la historia y mi amigo
se encogió de hombros:
—No
me extraña. Max es el último hombre que querría presen¬tarse ante un tribunal a
declarar pues en una ocasión me dijo que quiere olvidarlo todo, si es que esas
cosas se pueden olvidar.
—Ve
y explícale que tenemos un deber para con nuestros muertos —le dije—. Hay
muchas personas que cumplen su deber para con los vivos pero nadie piensa en
las obligaciones que pueda tener para con los que ya no hablan. Es demasiado
tarde para devolverles la vida, pero no demasiado tarde para llevar a un
individuo como D. ante la justicia. La restitución moral es más fuerte que la
restitución material y resulta excesivamente sencillo limitarse a decir que uno
no quiere recordar.
Dije
muchas más cosas a mi amigo y le pedí que se lo repitiera todo a Max. Me sentía
con grandes fuerzas en aquel caso y el silen¬cio de Max me resultaba muy
amargo.
Pocas
semanas después recibí una corta nota de Max en la que me proponía nos
entrevistásemos en alguna parte que no fueran Austria ni Alemania porque no
quería ir a ninguno de las dos. Con¬certamos la fecha y nos encontramos en
Suiza.
Me
dijo que tenía cincuenta años pero parecía mucho más viejo, era de ojos muy
oscuros y sin vida y hablaba a empellones, como si cada palabra le costara un
esfuerzo. Estuve de acuerdo con mi amigo en calificar al doctor de «un poco
temible».
—Ya
sé lo que piensa de mí —me dijo—. Su amigo me contó lo que le había usted dicho
y en principio tiene razón; desgraciadamente, soy una excepción. No puedo
declarar ante un tribunal.
—¡Depende
tanto de que lo haga o no...!
—Ya
lo sé. Pero primero, escuche. Todo lo que la gente del campo dice de ese
hombre, es verdad. En varias ocasiones he presenciado cómo remataba a sus
víctimas. Algunas ya no podían recibir ni ayuda: ese hombre es un sádico que
torturaba y mataba por gusto. No hace falta que se lo describa.
Hablaba
con despego clínico. Le dije que sí, que conocía aquella clase de tipos muy
bien.
—Siempre
fue correcto conmigo, quizá porque se daba cuenta de que yo sabía demasiado y
que todavía me necesitaba. Pero yo estaba convencido que a su debido tiempo, a
mí también me pe¬garía un tiro y a él este convencimiento mío le constaba. Así,
que con esta base, se había abierto una inestable tregua entre nosotros. Pero
había algo más. En el departamento de mujeres, al que a nosotros los
prisioneros masculinos nos estaba vedado entrar, se hallaba mi pro¬metida. Sí,
Helen. Procedíamos los dos de la misma ciudad polaca, habíamos ido a la misma
escuela y nos habíamos enamorado siendo estudiantes. Entonces, era ella la
muchacha más bonita de todas y todavía es muy hermosa.
La
voz casi le falló y temí que no siguiera adelante.
—Naturalmente,
él se fijó en ella. Era un gran hombre para con las mujeres, siempre se jactaba
de los éxitos que tenía con ellas y sabiendo lo de Helen y yo, lo pasaba en
grande torturándonos. No perdía ocasión de contarme lo agradable que resultaba
vivir con Helen, lo bien que ella cuidaba de su piso, lo bien que guisaba y le
limpiaba los zapatos. Aquello era mucho peor que si me hubiera golpeado casi
hasta matarme como hacía con otros.
Un
día, dos amigos planearon escapar y pidieron a Max que se fuera con ellos. Les
dijo que no se marcharía sin Helen y le contestaron que estaba loco, que los
días de vida de él en el campo estaban contados como todos sabían. No era más
que cuestión de semanas o de meses lo que tardaría el lugarteniente del campo:
en pegarle un tiro, y si Max se fugaba con ellos, podría después ayudar a Helen
desde fuera te¬niendo por lo menos una oportunidad de luchar, pues la
resistencia polaca se escondía en los bosques. Su deber para con la muchacha
era, pues, intentar escapar.
—Escapamos
—continuó—. Nos unimos a la resistencia y cuando nos reunimos con los rusos
pasamos todos a formar parte del ejército rojo. Me ofrecí como voluntario para
primera línea del frente porque cuando regresara como combatiente a la zona
podría hacer algo por Helen. En mis sueños me veía llegar al campo de
concentración con mi unidad y liberando triunfante a Helen.
Se
encogió de hombros con cansancio.
—No
fue precisamente así. Me enviaron tierra adentro de Rusia, donde estuve
trabajando en un hospital, y a pesar que hice todo lo posible para que me
enviaran otra vez al frente, me retuvieron allí, pues allí me necesitaban.
Cuando acabó la guerra, intenté por todos los medios salir de Rusia, pero no
fui repatriado hasta 1950. En nuestra ciudad natal supe lo que le había
ocurrido a Helen.
«Cuando
el ejército rojo se iba acercando, el campo de concen¬tración fue liquidado;
pocos prisioneros escaparon, pues casi todos fueron ejecutados. De las mujeres
sólo Helen sobrevivió porque D. se la llevó con él cuando escapó y le
proporcionó documentación falsa. Sí, no hay duda: él le salvó la vida a Helen.
Pero... ella tuvo un hijo de él. La gente me dijo que después de la guerra,
había desaparecido, que probablemente se fuera a Alemania pero nadie sabía si
vivía aún ni dónde podía estar.
Se
levantó y recorrió la habitación del hotel a lentos pasos, cansado,
prematuramente envejecido, con ojos ausentes, vidriosos, sin espe¬ranza.
—Tardé
años en encontrarla. Había cambiado de nombre pero al fin conseguí su
dirección. Como no tenía teléfono me presenté en la casa y llamé al timbre. Me
abrió la puerta un joven. Durante todos aquellos años me había preparado para
el momento en que volvería a ver a Helen pero para aquello no estaba preparado:
el muchacho que tenía frente a mí, tenía el aspecto exacto de su padre. ¡En mi
vida he visto más sorprendente muestra de parecido familiar! Me quedé atónito
sin poder moverme, luego quise marcharme. No podía entrar. No con aquel
muchacho allí. Me disponía a irme, cuando oí que se abría una puerta y vi a
Helen...
«Apareció
en el recibidor y la miré a los ojos. Un corto segundo y ya lo supe todo. Lo
mismo le ocurrió a ella a pesar de no decirnos ni una sola palabra. Me quería.
Siempre me había querido, como yo nunca dejaré de quererla. Los dos allí, en
pie, aquel segundo duró una eternidad. Luego el muchacho hizo un movimiento y
entonces me di cuenta de que todavía estaba allí entre nosotros. Ella nos
presentó. Su autodominio me admiró. Logró pronunciar unas palabras de
compromiso y luego envió al muchacho a alguna parte. Nos queda¬mos, al fin,
solos...
Calló.
Le dije:
—Me
han informado que no está usted casado.
—No,
ni me casaré nunca. En mi vida no ha habido ni habrá otra mujer. Quiero a Helen
hoy tanto como cuando estábamos en separa¬das unidades del campo y nos veíamos
a través de la alambrada cuando los guardas no miraban. No hacíamos más que
mirarnos y rezar para que un día no hubiera ninguna barrera de espinos entre
nosotros. Ahora la alambrada no está, pero...
Me
tomó la mano:
—¿Lo
comprende? No puedo casarme con la madre de ese mucha¬cho que me recuerda al
asesino. No podría nunca, nunca, acostumbrar¬me a su presencia y en cambio
agostaría la única cosa que me queda en el corazón: mi amor por Helen. Me quedé
con ella todo el día hablando, pero mayormente lloramos. Luego me marché y no
la he vuelto a ver desde entonces. Ahora ya sabe por qué no puedo compa¬recer
en el banquillo de los testigos: no podría disimular mi rencor y amargura
cuando viera a ese hombre, el odio sería patente en mi cara y sus abogados
sabrían sacar partido de él. Yo juraré que todas las acusaciones contra él son
ciertas y quizás ello le ayude a usted más que mi testimonio personal en la
audiencia. Pero allí no puedo presen¬tarme.
Pocos
días después hice una visita a Helen en Alemania. Max tenía razón: seguía
siendo muy hermosa, con esa clase de femenina belleza que crece con la persona.
Parecía más joven que Max pero sus ojos tenían la misma tristeza. Le dije que
había hablado con Max y le pregunté por qué no había contestado a mi carta.
—Porque
yo no puedo declarar ante un tribunal.
—Me
han informado de que usted sabe muchas cosas.
—He
presenciado cosas terribles, las palizas que daba en su aparta¬miento y... —se
llevó la mano a los ojos—. Nunca lo olvidaré. Luego los hacía llevar a la
pequeña choza donde Max les atendía si estaban todavía con vida. El recuerdo no
me deja un momento de paz. Conozco cuál es su labor, Herr Wiesenthal, y usted
tiene derecho a saber todas esas cosas. Pero hay algo más.
Salió
para volver con un muchacho que tendría unos veinte años y era alto y rubio.
Exacto como su padre en las fotografías que yo había visto. Comprendí lo que
Max debió de sentir al ver al chico... que era inocente, al que no se podía
culpar de nada. Permaneció con nosotros unos minutos, luego besó la mano a su
madre y se fue a clase, a la Universidad. Helen me dijo que era un muchacho
bueno, un buen hijo que la quería mucho.
Cuando
me presentó al muchacho y observó mis reacciones com¬prendió que Max me lo
había contado todo.
—Mi
hijo no sabe quién fue su padre —me dijo—. Cree que su padre murió durante la
guerra y el padre a su vez no ha visto nunca a su hijo ni sabe siquiera que yo
esté viva, ni que tuve un hijo. Tam¬poco sabía yo que fuera a tenerlo cuando él
y yo huimos del campo antes de que entraran los rusos. Me salvó la vida, me dio
papeles falsos que me hacían pasar por aria, me dio dinero y luego él se fue al
Oeste porque quería que lo capturaran los americanos. Rogué para que Dios se
llevara el niño, pero Dios lo decidió de otro modo, hizo que yo diera a luz y
que el hijo fuera la viva imagen de su padre. Quizá para castigarme, ¿por qué
le permití que se me llevara a su apar¬tamiento y no me quedé con las demás
mujeres para morir con ellas? ¿Por qué ha de sentir uno esa apremiante
necesidad de vivir?
Se
me quedó mirando. ¿Qué podía yo decirle? Le dije que muchas personas habían
hecho cosas mucho peores para intentar sobrevivir. Pero no me escuchaba.
—Hubo
momentos en que sentí impulsos de estrangular a la cria¬tura pero yo no podía
hacer las mismas cosas que su padre había hecho. Yo no podía matar...
¿comprende por qué no puedo declarar? No debe usted decir ni siquiera que estoy
con vida porque sus abo-gados me obligarían a comparecer ante el tribunal y me
harían jurar que él salvó mi vida. Él no sabe el precio que yo estoy pagando
por ello —evitó mirarme y preguntó:— ¿Le habló Max de mí?
—Me
lo contó todo —le dije.
—¿Entonces...?
—Había temor en sus ojos.
—Nunca
renuncié a un caso cuando encontré testigos —le dije—. Pero este caso depende
exclusivamente de las declaraciones de Max y de usted. Los dos han sufrido
bastante ya. Este caso quedará como está.
CAPITULO
XIX
UN
CENTAVO DE DÓLAR POR CUERPO
Salió
por primera vez a relucir el nombre de Franz Stangl en 1948, en una lista
secreta de las condecoraciones concedidas a los altos oficiales de la SS, que
me mostraron. A la mayoría les había sido concedida la Kriegsverdienstkreuz
(Cruz al Mérito) por «valor en acto de servicio», «ayuda a compañeros bajo el
fuego» o «retirada bajo circunstancias especialmente difíciles». Pero tras unos
cuantos nombres de la lista, había una nota escrita a lápiz: «Asuntos Secretos
del Reich» seguida de la observación «für seelische Belastung» (por ten¬sión
psicológica). En el código nazi, tal término significa «por méritos especiales
en la técnica del exterminio en masa». El nombre de Franz Stangl iba seguido de
ambas, de la nota especial y de la observación.
El
siguiente documento en que vi también aquel nombre, fue una lista de artículos
entregados a la RSHA de Berlín por la administración del campo de concentración
de Treblinka, cerca de Varsovia, entre el 1 de octubre de 1942 y el 2 de agosto
de 1943. La lista es ésta:
25
vagones de cabellos de mujer
248
vagones de ropas
100
vagones de zapatos
22
vagones de lencería
46
vagones de medicamentos
254
vagones de mantas y ropa de cama
400
vagones de diversos artículos usados
2.800.000
dólares americanos
400.000
libras esterlinas
12.000.000
de rublos soviéticos
140.000.000
de zlotys polacos
400.000
relojes de oro
145.000
kilos de anillos de boda, de oro
4.000
quilates de diamantes de más de dos quilates
120.000.000
zlotys en diversas monedas de oro, y
varios
miles de collares de perlas.
(Firmado):
Franz Stangl
Stangl
había sido comandante del campo de Treblinka. De las 700.000 personas que se
sabe con seguridad que fueron llevadas allí, se conocen ahora unas cuarenta con
vida.
A
finales de 1943 ya no hubo más víctimas. Polonia se consideró Judenrein, sin
judíos. La mayoría de los demás judíos de Austria, Alemania y de los países de
ocupación nazi, habían sido «liquidados» y tareas de menor envergadura se
seguían llevando a cabo en lugares como Dachau y Mauthausen.
A
los nazis les quedaba un problema por resolver: ¿qué se podía hacer con los
varios centenares de altos SS, técnicos en exterminio en masa? En la
terminología nazi eran «portadores de secretos de primera categoría», lo que
quería decir que sabían demasiado para su propio bien y el del Partido. Las
pruebas podían ser destruidas abriendo tum¬bas en masa y quemando cadáveres,
derribando barracones de muerte y volando cámaras de gas y crematorios. Todo
ello se realizó en Treblin¬ka. Ahora tenían que ser eliminados tantos testigos
como fuera posible y muchos de los «portadores de secretos de primera
categoría» fueron enviados a un teatro de operaciones del que no se creía
pudieran vol¬ver. A Yugoslavia, por ejemplo, donde los guerrilleros yugoslavos
nunca se quedaban con alemanes vivos. Como consecuencia, el alto mando nazi
enviaba muchos de los SS asesinos de masa, a luchar contra las guerrillas
yugoslavas. El cinismo del sistema nazi se pone en evidencia con frecuencia en
su misma terminología pues los jefes nazis empleaban una expresión coloquial
para designar la eliminación de sus propios hombres, enviados al frente con el
deseo de que no regresaran: «zum Verheizen» (para incinerar).
En
1948 descubrí que Franz Stangl se contaba entre los pocos alemanes
supervivientes del frente yugoslavo, uno de los que se negó a dejarse
«incinerar». Al final de la guerra había vuelto a Austria para reunirse con su
mujer y sus hijos. Frau Stangl trabajaba como gober¬nanta pero Franz Stangl no
disfrutó mucho de su libertad en Austria.
Como
antiguo Obersturmführer de la SS fue «automáticamente arres¬tado» por los
americanos y conducido, junto con otros muchos SS, al Camp Marcus W Orr de
Glasenbach, cerca de Salzburgo. Pasó por una investigación rutinaria pues nadie
sabía que había sido jefe de Treblinka. Sufrió un interrogatorio y contestó las
respuestas de rutina respecto a su servicio durante la guerra. Luego volvió a
su catre, se fumó un cigarrillo americano y charló con los compañeros, altos
oficiales de la SS, de una posible huida.
Stangl
pasó dos años en el campo de Glasenbach. Estuve allí muchas veces cuando
trabajaba para la Comisión de crímenes de gue¬rra, la CIC y la OSS y sé que los
internados tenían buena alimentación, la piel tostada del sol y de vida sin
sobresaltos. Contaban con la agradable compañía de otra sección del campo,
aquella que alojaba a las esposas de altos oficiales nazis y a algunas
carceleras de los campos de concentración. Antes de que Stangl pudiera llevar a
cabo sus planes de escapar, fue transferido del campo de Glasenbach a la
prisión regular de Linz: se había descubierto que era un antiguo policía
austríaco que había trabajado en el castillo de Hartheim, la escuela de entreno
nazi para el exterminio científico de vidas humanas, descrita en el capítulo que
sigue. Los austríacos pensaban juzgarle. Pero había muchos casos y los
tribunales estaban muy ocupados.
Los
prisioneros eran enviados con frecuencia a despejar de cascotes los edificios y
a remediar los desperfectos de los bombardeos. Me enteré más tarde de que
Stangl formaba parte de un grupo de «peque¬ños criminales» que trabajaban en la
reconstrucción del complejo indus¬trial del acero VOEST de Linz. Los
prisioneros no eran especialmente custodiados, ¿por qué iban a querer escapar?
Tenían más comida en la cárcel que fuera de ella y en el vecino puente del
Enns, los soviets custodiaban la frontera de la zona soviética de Austria.
Desde luego ningún prisionero sería tan tonto como para tratar de pasarse de
allí. Pero en la noche del 30 de mayo de 1948, Franz Stangl no estaba entre los
prisioneros que habían salido con él de mañana. Nadie le había visto escapar
pero a nadie le causó sensación tampoco. Fue añadida una nota a su dossier y su
dossier añadido a muchos otros del archivo. Ni las autoridades americanas ni la
prensa austríaca fueron informadas.
Cuando
posteriormente me enteré que Stangl se había «evapo¬rado», decidí hacer
averiguaciones respecto al paradero de su familia. Cuando acudí a su domicilio
de Wels, los vecinos me dijeron que Frau Stangl con sus tres hijas había salido
de Austria el 6 de mayo de 1949. Después de la huida de su esposo, Frau Stangl
había encontrado trabajo en la biblioteca americana del lugar. Mientras tanto
(lo des¬cubrí posteriormente) Franz Stangl había sido llevado a Damasco, Siria,
a través de los buenos servicios de ODESSA. Encontró trabajo e hizo planes:
para que su esposa y sus hijas se le unieran. En Damasco, conoció a una dama
india de posición que hacía frecuentes viajes a Suiza y que le prometió dar
trabajo a Frau Stangl como gobernanta de sus dos hijos. El consulado sirio en
Berna se encargaría de cursar los visados necesarios.
Un
día de 1949, tres hombres de la Schenker & Co, famosa agen¬cia comisionista
expedidora austríaca, se presentaron en el piso de Frau Stangl, escribieron en
mayúsculas DAMASCO en dos enormes cajones de madera y se los llevaron. Frau
Stangl se despidió de los amigos y vecinos, prometió escribir pronto y se fue
con las niñas a Suiza. En Berna le dieron visados para Siria y desapareció.
Después,
en el mismo año, se sabían ya muchas cosas del campo de muerte de Treblinka y
de las actividades de Franz Stangl. Por enton¬ces fue clasificado entre los
peores criminales nazis desaparecidos. Corrían muchos comentarios en Wels:
amigos y vecinos de Frau Stangl me dijeron que no les había escrito ni siquiera
una postal y algunos añadían que todo aquel asunto de Damasco no tenía más
objeto que engañar a la policía. «Alguien» les había dicho que los Stangl
estaban «probablemente» en Beirut, Líbano. Escribí «Damas¬co o posiblemente
Beirut» en la ficha del prontuario correspondiente al criminal nazi Franz
Stangl y puse su dossier entre los casos de priori¬dad no resueltos. Sabía, sin
embargo, que no iba a ser un caso fácil pues no era muy probable que los sirios
concedieran la extradición de un criminal nazi.
Nada
ocurrió hasta un día de 1959 en que me vino a ver un periodista alemán que
hacía años conocía. Llegaba de un viaje por cuenta del periódico a través de
varios países árabes y me traía una lista de nazis que vivían en ellos.
—Por
cierto, Franz Stangl —me dijo— está en Damasco. Yo no le vi pero hablé con
gente que tenía absoluta certeza de ello. Me dijeron que trabajaba de mecánico
en un garaje.
Después
de la captura de Eichmann en la Argentina, en mayo de 1960, el periodista
alemán hizo otro viaje a los países árabes para es¬cribir sobre la reacción de
la gente al enterarse de lo sucedido. Cuando vino a verme unos meses después,
me dijo que Stangl ya no estaba en Damasco.
—Parece
que desapareció pocos días después que Ben Gurion anunciase la captura de
Eichmann —me dijo mi amigo.
Ben
Gurion había dicho al Parlamento de Israel y al mundo entero, que ahora
Eichmann se hallaba en una prisión de Israel, sin dar detalles. Hubo mucha
especulación en la prensa mundial acerca del éxito del golpe y una revista
alemana publicaba que Eichmann había sido llevado a Israel gracias a la ayuda
de ciertos miembros pro-israelíes de los drusos, tribu que vive junto a la
frontera sirio-israeli. La historia era imaginación pura del principio al final
pero al parecer puso a Stangl sobre aviso. Al periodista alemán le dijeron que
Stangl había salido de Damasco a toda prisa. Taché la palabra «Damasco» de su
ficha y escribí «Paradero desconocido».
El
21 de febrero de 1964 una austríaca se presentó en mi oficina de Viena. Parecía
muy agitada. Había leído una declaración que yo había hecho a la prensa el día
anterior mencionando entre varias personas a Franz Stangl y sus crímenes.
Lloraba al decirme:
—Herr
Wiesenthal, no tenía la menor idea de que mi prima Teresa estaba casada con
semejante hombre. ¡Un asesino de gente en masa! Es terrible. No he podido
dormir en toda la noche.
¡Frau
Stangl era prima suya!, Le pregunté rápidamente:
—¿Dónde
está Teresa ahora?
—¿Por
qué? Pues en Brasil, claro.
Cerró
la boca y se echó atrás, sin dejar de mirarme. Se dio cuenta que había dicho
demasiado. Intenté con mucha precaución hacerle decir algo más pero no quiso
añadir nada. No podía romper la costumbre mía de jamás preguntar nombres ya que
es de sobra sabido en Viena que no intento nunca averiguar nombres ni
direcciones de las personas que vienen a darme información voluntariamente.
Tuve que dejarla marchar sin saber de los suyos.
Al
día siguiente vino a verme un desharrapado personaje de ojos astutos que no
parecía capaz de poderme mirar cara a cara. Mientras hablaba se frotaba
nerviosamente la barbilla. No me sorprendió cuando admitió que había sido
miembro de la Gestapo. Y todavía me sorpren¬dió menos cuando me aseguró que él
no había hecho «nada malo». Muchas veces me pregunto quién es culpable de algo
de lo malo que se llevó a cabo ya que nadie admite la menor culpa.
—Me
obligaron a alistarme —me dijo—. ¿Qué otra cosa podía hacer? Yo no soy más que
un hombre de esos que los demás siempre empujan.
No
dije nada. Era el prefacio de rigor.
—He
leído la historia en el diario. De Franz Stangl. Por culpa de hombres como
Stangl, nosotros los pobres tipos hemos tenido líos sin fin desde que terminó
la guerra. Conseguí algún empleíllo, pero al cabo de un tiempo todos acaban por
descubrir lo que uno ha hecho y te despiden.
—Creí
que usted no había hecho nada malo —le dije.
Pareció
molesto:
—No
es eso lo que he dicho. Pero en cuanto se enteran de que pertenecí a la
Gestapo... Bueno, ya sabe a qué me refiero.
—Sí,
ya lo sé.
—Los
peces gordos, los Stangl, los Eichmann, todos ellos tuvieron la ayuda
necesaria. Los sacaron de aquí, les dieron dinero y trabajo y papeles falsos.
¿Quién ayuda a hombres como yo? Mire qué camisa, qué traje. Sin dinero, sin
empleo. No puedo ni comprar un poco de vino.
No
quise discutir de esto último con él, aunque me pareció notar cierto aroma en
su aliento. Quizá fuera mal whisky. O alcohol de quemar.
—Fíjese
—siguió diciendo cuando advirtió que yo callaba—. Sé dónde está Stangl: yo
puedo ayudarle a encontrarlo. Stangl a mí no me ayudó. ¿Por qué habría yo de
encubrir a Stangl?
Me
miró de soslayo:
—Aunque,
claro, eso va a costarle a usted dinero.
—¿Cuánto?
—le pregunté.
—Veinticinco
mil dólares.
—También
podía haber pedido dos millones. Yo no tengo ese di¬nero.
Se
encogió de hombros.
—Bueno,
le haré un precio especial. ¿Cuántos judíos mató Stangl?
—Nadie
sabrá exactamente cuántos murieron mientras él fue jefe de Treblinka. Quizá
tantos como setecientos mil.
Dio
un puñetazo en mi mesa:
—Quiero
un centavo por cada uno de ellos. Setecientos mil centavos. Veamos... eso son
siete mil dólares. Una ganga, vamos.
Tuve
que retener mis manos tras de la mesa porque tenía miedo de perder mi
autodominio y abofetearle. A mí ya no me sorprende el cinismo después de todos
estos años, pero la aritmética de aquel individuo era demasiado para mí. Me
levanté.
—¿Qué
me dice? —preguntó.
Tenía
ganas de echarle de allí pero me volví a sentar. Quizá fuera aquella mi única
oportunidad de hallar al más perverso criminal de todos.
—Ahora
no le voy a dar ni un centavo. Pero si arrestan a Stangl gracias a sus
informes, tendrá el dinero.
—¿Quién
me garantiza que el trato se cumplirá?
—Nadie
se lo garantiza. Y si no le gusta, váyase.
—Muy
bien. No tiene por qué ponerse nervioso —me dijo. Le diré exactamente dónde
trabaja ahora Stangl. Lo que no sé es bajo qué nombre vive. ¿Sigue el trato?
—Adelante.
—Stangl
trabaja como mecánico en la fábrica de la Volkswagen de Sao Paulo, Brasil.
La
información resultó ser correcta. Stangl todavía trabaja en Sao Paulo, hasta
tenemos su domicilio actual. Y todavía sigue «reclamado» por el tribunal
provincial de Linz, Austria, que publicó la primera orden de arresto contra él.
Una vez vi una fotografía de Stangl: lleva un látigo en la mano y conduce a la
gente hacia la cámara de gas de Treblinka. Si ese hombre fuera llevado ante la
justicia, no me importaría pagarle siete mil dólares a un antiguo miembro de la
Gestapo .
CAPITULO
XX
¿DONDE
ESTA BORMANN?
El
paradero de Martin Bormann sigue siendo el mayor misterio nazi por resolver. El
principal lugarteniente de Hitler ha sido el que ha dado pie a más rumores y
leyendas y ha hecho correr más tinta impresa de todos los jefes nazis. La
pregunta: «¿Ha muerto Bormann?», siempre es buen asunto para la portada de una
revista alemana de gran tirada. Ningún otro nazi famoso ha sido declarado
muerto y luego tantas veces resucitado. Unos testigos declararon que fue
enterrado en mayo de 1945 en la sección moabita de los terrenos de la Feria de
Berlín, tras escapar de la Cancillería de Hitler, pero en 1964, la policía del
Berlín Occidental hizo excavaciones en aquella zona y no lo encontró.
Hace
varios años, se dijo que había sido enterrado en Asunción, Paraguay, y la
exhumación de la tumba en cuestión puso en evidencia que el cuerpo enterrado
era el de un ciudadano paraguayo llamado Hormoncilla. Después de la guerra, se
dijo que Bormann había sido visto en España, en un monasterio italiano, en
Moscú, en el Tirol, en Australia y en muchos países sudamericanos. En 1947 se
dijo que estaba en Egipto, en 1950 en Sudáfrica Occidental, al año siguiente en
Chile, en 1952 en España. En una ocasión un reportaje describía cómo había
escapado de Alemania atravesando los Alpes. También se aseguró que había sido
llevado en un submarino alemán, desde Kiel a la Tierra del Fuego, el poblado
más al sur del mundo. En octubre de 1965, la agencia de prensa italiana ANSA
recibió una información de un tal Pascuale Donazio «prominente personalidad del
régimen facista», de que Bormann vivía en la jungla del Brasil de Mato Grosso.
Desgraciadamente las historias sensacionalistas sobre Bormann siempre
resultaban puros fuegos de artificio: tras un momento de resplandor, volvía a
quedar todo completamente a oscuras. Nadie ha podido reclamar la recompensa de
100.000 marcos (25.000 dólares), que el minis¬terio fiscal de Frankfurt am Main
prometió por cualquier información que lleve a la captura de Martin Bormann.
Sólo
empecé a interesarme por el «misterio Bormann» después del juicio de Eichmann y
por comenzar tan tarde tuve la ventaja de tener a mi disposición la experiencia
acumulada de todos aquellos que ha¬bían trabajado en el caso Bormann: la
policía, eminentes juristas, historiadores, criminalistas.
¿Qué
es lo que hace el «misterio Bormann» tan fascinante? Se le conoce mucho mejor
hoy que cuando estaba en el poder junto a otros personajes con más color:
Goering, Goebbels, Himmler. Muchísimas personas no habían oído en el Tercer
Reich hablar de él, y muchas ni siquiera sabían el aspecto que tenía. Tras las
huida de Rudolf Hess a Inglaterra en 1941, Bormann se convirtió en el
lugarteniente de Hitler y fue más poderoso que ningún otro jefe nazi.
Me
he pasado varias horas estudiando las fotografías del enigmá¬tico Bormann,
hombre macizo, rechoncho, de cuello de toro y un indes¬criptible rostro
impasible, extrañamente vacío, más bien brutal. Discu¬tiendo la leyenda de
Bormann con Fritz Bauer de Frankfurt, que actuó de fiscal en el juicio de
Auschwitz, éste llamó a Bormann «típico Bierkopf» (cabeza de cerveza). Bormann
tiene la Dutzendgesicht (cara adocenada) que se ve en muchas Brautstaberln de
Baviera donde los hombres se sientan a beber cerveza y a discutir de política y
donde los argumentos se defienden, con mucha frecuencia, más por el tono de voz
que por el peso de los mismos.
Josef
Wulf, historiador judío, llama a Bormann «la sombra de Hitler», queriendo decir
con ello que Bormann fue el pasivo e omnis¬ciente alter ego del Führer. Creo
que los nazis que llamaban a Bor¬mann «Espíritu del Mal de Hitler», se
acercaban más a la verdad pues fue la cabeza de la enorme y bien tramada red de
la organización del Partido Nazi. Por debajo del Führer había 19 Reichleiter y
un pel¬daño más bajo, 41 Gauleiter. (Había 40 Gaue, en que hacia 1941
repre¬sentaba a los Auslandsdetitschen, a los alemanes del extranjero.) Por
debajo de los Gauleiter había 808 Kreisleiter y en un estadio mucho más
inferior, 28.376 Ortsgruppenleiter que tenían a su cargo ciudades enteras o
ciertas partes de las ciudades grandes. Había 89.378 Zellenleiter (la palabra «célula»
es equívoca ya que una célula del NSDAP podía consistir en cuatro, seis o hasta
ocho distritos de una ciudad). El estadio más inferior lo componían varios
centenares de miles de Blockleiter, cada uno de ellos un pequeño dios para
aquellos que vivían en su vecindad.
Tras
el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler se dejó fascinar por
problemas de estrategia mayor, Martin Bormann fue puesto al frente del aparato
del Partido, como Reichsleiter de Alemania, secretario de Hitler, jefe de la
«Cancillería del Partido del Führer». Todas las órdenes de «alto secreto» iban
a parar a su despacho, órdenes relativas a la aniquilación de judíos y otras
razas «inferiores», a la persecución de la Iglesia, asesinatos eutanásicos en
masa en ins¬titutos y campos de concentración. Bormann decidía quién podía ver
a Hitler y mantenía a raya a aquellas personas que pudieran ejercer una
influencia moderadora sobre Hitler. Gran cantidad de órdenes firmadas por
Hitler, llevaban el sello del cerebro de Bormann. En el juicio de Nuremberg,
Goering admitió que muchos documentos con la firma de Hitler, eran pensados y
redactados por Bormann.
Bormann
fue el típico jefe de Partido Nazi, inflexible e inhumano. Nacido en 1900 en
Halberstadt, empezó su carrera política cuando tenía dieciocho años, y después
de perdida la Primera Guerra Mundial se alistó en el Freikorps Rossbach, uno de
los grupos fascistas que se oponían a la República de Weimar. Convicto de
asesinato, estuvo en la cárcel. Luego fue condecorado por Hitler con la
Blutorden (orden de sangre) por sus actividades clandestinas. Por el año 1928
era ya un oficial a sueldo del Partido, un ayudante de Hess. Bormann se casó
con Gerda Buch, hija del que había de convertirse en juez del supremo del
Partido Nazi. Los Bormann tuvieron varios hijos, y, en un tiempo, Bormann pensó
en introducir en Alemania la poligamia legal cuando la guerra hubiera acabado.
Él es el autor del decreto que hubiera obligado a todo SS a tener tres esposas.
Con su mente computadora calculó las enormes pérdidas de hombres alemanes
durante la guerra y el excedente de mujeres en la Alemania de la posguerra: la
poligamia le pareció el único método de recuperar las pérdidas en veinte o
treinta años. Todos los establecimientos nazis para la procreación for¬zosa de
arios reconocidos, dejaron sentir la influencia de los primeros conceptos de
Bormann.
En
las cartas dirigidas a su esposa, desarrollaba su teoría, que ella aprobaba
incondicionalmente, y Bormann le contaba todos los asuntos que tenía con sus
varias amantes. «Las cartas de Bormann» fueron publicadas en Londres en 1954.
El 21 de enero de 1944, Bormann escribía a su esposa acerca de su última
«conquista» una mujer que él llamaba M. (que ha sido recientemente identificada
como Manja Behrens, una actriz que en la actualidad actúa en la Alemania
Oriental):
«Te
imaginaste que M. sería una muchacha excepcional. No, preciosa, no es una
muchacha excepcional, lo que ocurre es que yo soy un Kerl (pillo) increíble. Me
enamoré locamente de ella... y la tomé a pesar de sus protestas, ya conoces mi
tenacidad contra la que M. no pudo defenderse mucho tiempo. Ahora es mía y yo
me siento doble y felizmente casado. M. sufre terribles tormentos de conciencia
por tu causa. Lo cual es una tontería, La conseguí gracias a mi poder de
persua¬sión...»
A lo
que Frau Bormann contestaba el 24 de enero de 1944:
«Tendrás
que procurar que M. tenga un hijo dentro de un año y al año siguiente yo tenga
otro para que así siempre tengas una esposa en condiciones (die auf dem Damm
ist). Luego reuniremos todos los niños en la casa del lago y viviremos todos
juntos. La mujer que no esté embarazada siempre podrá ir a verte al
Obersalzberg o a Berlín para estar contigo».
La
verdadera base del «misterio Bormann» no es la cuestión de dónde esté escondido
ahora; la clave del misterio es si Bormann logró o no sobrevivir la noche del 1
de mayo de 1945, después, de haber salido de la Cancillería del Reich y de
haber sido visto sin duda alguna, por diversos testigos. Bormann era uno de los
nazis del pequeño grupo que, tras la llegada del ejército rojo a Berlín, escapó
de la Führerbunkert refugio personal de Hitler contra ataques aéreos situado
debajo de la Cancillería. De los altos jefes nazis, sólo Bormann y Goebbels se
hallaban allí después del suicidio de Hitler el 30 de abril de 1945. Goebbels
anunció que él no iba a sobrevivir al Tercer Reich y se suicidó, matando antes
a su mujer y a sus hijos. Bormann tenía una ampolla con ácido prúsico pero
decidió intentar salvar la vida y ordenó al general Krebs, último jefe de la
Wehrmacht, que fuera a las líneas rusas y ofreciera la capitulación de la
Cancillería del Reich a cambio de un salvoconducto para los que se rindieran.
El mariscal Vassily Chuikov exigió rendición sin condiciones.
Bormann
intentó entonces escapar rompiendo la cadena de tanques que formaban un cerco
alrededor de la Cancillería y lo comunicó por radio al Gran Almirante Doenitz
que se hallaba en Schleswig Holstein y que había sido nombrado Reichprasident
por Hitler. A las cuatro y media de la tarde del primero de mayo, todos los que
se hallaban aún en el refugio recibieron la orden de prepararse. El
comentarista radiofónico Hans Fritzsche, que se hallaba en el vecino
Minis¬terio de Propaganda, consideró el plan «una locura» y amenazó con ir a
los rusos y ofrecer la capitulación de todo el distrito del gobierno pero
Bormann le ordenó que no lo hiciera aunque, presionado por Fritzsche, prometió
dar órdenes a la Werwolf (grupos de guerrilleros que se habían formado para seguir
luchando tras la derrota) de que se abstuvieran de posterior acción. Fritzsche
y el secretario de Estado Naumann, salieron al jardín de la Cancillería donde
Bormann llegó un minuto después. Según el testimonio de Naumann, Bormann
llevaba uniforme gris de campaña con la insignia de general de la SS y dio
orden a varios jefes de la SS de disolver la organización Werwolf.
A
las diez de la noche, los defensores empezaron a salir del refu¬gio. Bormann
iba en un pequeño grupo formado por Naumann, el jefe de las Juventudes del
Reich Arthur Axmann, el chófer de Hitler, Kempka y el médico del Führer
Stumpfegger. Por la estación de tren de la Friedrichstrasse, llegaron al puente
de Weidendammer sobre el río Stree: al otro lado del puente, estaban los
tanques rusos. El plan de Borman era intentar romper el cerco de aquellos
tanques mediante tanques alemanes y vehículos blindados.
El
chófer Kempka declaró ante el tribunal de Nuremberg:
«Los
tanques alemanes empezaron a avanzar por el puente tras el tanque que los
guiaba. Bormann iba a pie junto al primer tanque y este tanque fue alcanzado
supongo que por un Panzerfaust arrojado desde una ventana. Tras la explosión
allí donde había estado Bormann, había una llamarada».
Posteriormente
el Reichsjugendführer Axmann declaró:
«El
tanque alemán Tiger que llevaba un cargamento de mu¬nición voló, y la terrible
presión del aire me derribó al suelo. Instintivamente busqué refugio en el
hueco causado por una bomba, donde había varios hombres: Bormann, el médico de
Hitler, Stumpfegger, Naumann, el ayuda de Goebbels Schwaegermann y mi ayudante
Weltzin. Todos habíamos resultado ilesos y discutimos cómo salir de Berlín».
Regresaron
a la estación de Friedrichstrasse, treparon por el male¬cón, cruzaron el vecino
puente del tren sobre el Spree y siguieron las vías hasta casi llegar a la
estación de Lehrter, ya ocupada por tropas rusas. Según Axmann, Bormann y los
demás bajaron del malecón a la calle donde se encontraron con algunos soldados
rusos. Bormann y los demás se habían arrancado las insignias. Los rusos, quizá
creyendo que aquellos hombres pertenecían a la Volkssturm (cuerpo de defensa
formado presurosamente a base de civiles y muy poco eficaz) les ofrecieron
cigarrillos y no les prestaron atención. Luego, prosigue Axmann:
«Bormann
y Stumpfegger abandonaron nuestro grupo y se fueron rápidamente hacia la
Invalidenstrasse. El resto de nosotros les siguió después. En Invalidenstrasse
había gran tiroteo y cuando casi habíamos cruzado el puente por las vías de la
estación de Lehrter, vimos dos hombres en el suelo; nos arrodillamos junto a
ellos, para ver si podíamos socorrerlos y vimos que eran Martin Bormann y el
Dr. Stumpfegger. No cabe error posible porque se les veía la cara y estaban
boca arriba con brazos y piernas extendidos. Toqué a Bormann y no se movió. Me
incliné sobre él y comprobé que no respiraba. No vi ni heridas ni sangre. El
tiroteo proseguía, nosotros teníamos que seguir...»
Hay
otros testigos, algunos que han prestado declaración muchas veces y en las
últimas declaraciones niegan detalles descritos anterior¬mente. El testimonio
de los testigos difiere también en varios aspectos pues el jefe de pilotos de
Hitler, Bauer, jura que Bormann llevaba uniforme pardo sin insignia, y casco de
acero y Naumann jura que Bormann llevaba uniforme gris y gorra de SS, de
campaña.
Estudiando
estos testimonios y su valoración por especialistas (criminólogos,
historiadores, militares), llegué a la conclusión que tal valoración no tomaba
en consideración un detalle que a mí me parecía de la mayor importancia: en
semejante situación, cuando es cuestión de vida o muerte, cada hombre está
solo. Mientras andaban juntos bajo las balas rusas, el Reichsleiter Bormann y
el chófer de Hitler no estaban ya separados por un abismo de categorías ni
rangos sino que sólo eran dos hombres aterrados, tratando de salvar la vida. En
tales momentos, ningún hombre se fija demasiado en el que tiene al lado, ni
trata de tomar perfectas notas mentales para una futura declaración. En la
oscuridad es seguro que aquellos hombres no se preo¬cupaban de observar a quien
tuvieran a su derecha o a su izquierda: intentaban sobrevivir, no observar.
Luego
existe la confusión del Diario de Bormann, pues no cabe duda que es su Diario
auténtico. Ahora se halla en Moscú pero existe una copia en los archivos de las
autoridades de la Alemania Oriental y las dos últimas líneas del Diario son:
30.4.
Adolf Hitler X, Eva B. X
1.5.
Ausbruchsversuch (intento de romper el cerco)
Hay
quien dice que el Diario fue hallado en el suelo; otros, que fue hallado en el
bolsillo del abrigo de un muerto. Se supone que aquel hombre muerto tenía que
ser Bormann, porque si el diario es autén¬tico, también el cuerpo había de ser
el de Bormann. Pero yo podría mencionar una docena de casos en los que
cabecillas nazis pusieron su documentación en bolsillos de hombres muertos, con
la esperanza que ello probase que ellos, los cabecillas, habían muerto.
Hay
otro punto psicológico importante: los altos jefes nazis a quie¬nes pregunté
por Bormann están convencidos que vive. La opinión compartida es: «Siempre fue
zorro viejo, el hombre capaz de triunfar incluso de la muerte». Eichmann estaba
convencido que Bormann vivía, en una
fecha tan reciente como la de 1960. Eichmann mismo lo dijo a los agentes de
policía en Israel y un diplomático prominente, una de mis fuentes de
información más dignas de crédito, me dice que, existe en España cierta
«Fundación Bormann» que financia actividades neonazis y fascistas.
Las
historias más o menos sensaciónalistas publicadas sobre la fuga de Bormann,
empiezan en el tiempo en que se supone salió de Alemania, invierno de 1945. Un
tal Peter Frank Kubiansky, que fue posteriormente arrestado en Innsbruck,
admitió que el 12 de diciem¬bre de 1945 había llevado a Martin Bormann desde
Reichenhall, Baviera, a Salzburgo, pasando luego a Innsbruck y Nauders.
—Yo
no sabía que aquel hombre era Bormann —dijo Kubiansky—. Lucía un pequeño bigote
y su aspecto era más que vulgar.
Kubiansky
asegura que el hombre tenía documentación italiana que le sacó una organización
del Vaticano dirigida por Monseñor Heinemann, Via dell’Anima 4, Roma.
Heinemann, al parecer, dio a Ku¬biansky la dirección de Josef Wolf, que vivía
cerca del castillo Labers, Merano, Italia, «adonde encaminé a Bormann».
«En
realidad —declaró Kubiansky— vi cómo Monseñor Heinemann vestía a Bormann con
hábito de jesuita y vi también cómo «ese hábito» tomaba en Genova un barco
rumbo a la Ar¬gentina... Tenía un pasaporte falso y un pasaporte de la Cruz
Roja. Sé muy bien que Bormann vive en el Perú bajo el nombre de José Pérez y
tíene una casa de exportación-importación que lleva el nombre de soltera de la
actual esposa de Bormann. La primera mujer de Bormann murió en Italia en 1945»
El
informe de Kubiansky carece de consistencia por poco que se analice. La policía
de Innsbruck añadió como comentario: «Al parecer, se trata de uno de esos
Sensations-Journalist (periodistas sensacionalistas)».
Dejando
aparte esas afirmaciones dudosas, parece que sí hay ciertos hechos auténticos
mucho más interesantes:
Item:
Gracias a la ayuda de un amigo suizo, leí el testimonio de una mujer que está
completamente segura de haber visto en 1956 a Martin Bormann en un autobús de
Sao Paulo, Brasil. (Su informe fue cuidadosamente verificado por las
autoridades alemanas). Aquella mujer había conocido a Bormann personalmente en
Berlín y había hablado con él varias veces en la Cancillería del Reich. Al
terminar la guerra, fue a vivir a Lausana. En 1956 fue a Sao Paulo a visitar a
su hija y yendo sentada en un autobús, al levantar la vista, vio con gran
sor¬presa a Martin Bormann:
—Me
dirigí a él en alemán: «¡Herr Bonnann! ¿Usted aquí?». Quedó atónito, se levantó
sin decir palabra, fue a la puerta y bajó del autobús antes que llegara a la
parada e inmediatamente desapareció.
Item:
En mayo de 1962 uno de mis colaboradores se puso en con¬tacto con Frau Paula
Riegler, en otro tiempo ama de llaves de la casa de Bormann de Pullach,
Baviera, que se quedó con Frau Gerda Bormann hasta la muerte de ésta ocurrida
en 1945, en Merano. Cuando Frau Riegler fue interrogada por mi hombre, no
admitió que aún estu¬viera en contacto con Bormann, pero sí que estaba
convencida de que todavía vivía... en 1962. Dijo a mi ayudante que la antigua
secre¬taria de Bormann. Else Kruger, se había casado con un granjero de Austria
pero que no conocía el nombre de casada de Else Kruger ni su dirección. De
Zürich recibí obra información sobre Else Kruger, que decía que mantenía
importantes contactos con Sudamérica.
Item:
En 1962, recibí la visita de un periodista italiano, Luciano Doddoli de Milán,
que trabaja para el periódico Espresso. En 1960 estaba Doddoli en Chile
haciendo un reportaje para varios periódicos italianos sobre el gran terremoto
y allí encontró al profesor Enrique Bello que daba clase de arte en la
Universidad de Santiago de Chile . El profesor Bello buscaba a unos parientes
suyos desaparecidos du¬rante el terremoto. Era poco después de la captura de
Adolf Eichmann.
Doddoli
y Bello se pusieron a hablar de antiguos cabecillas nazis de los que se decía
se ocultaban bajo nombres falsos en Valdivia, al sur de Chile. El profesor
Bello dijo a Doddoli que conocía a una mujer que «había vivido con Bormann de
1943 a 1951». Preparó a Dod-doli una entrevista con la mujer, que dijo llamarse
«Keller» y trabajar para una firma comercial germano-chilena. Doddoli no
descubrió hecho alguno acerca de Bormann, pero Frau Keller dijo a Doddoli que
«quizás un día pudiera hablar del asunto». El profesor Bello, a su vez, dijo
que creía que «podía ser cuestión de dinero».
Item:
En el curso de mi búsqueda del doctor Josef Mengele, recibí una carta dirigida
a «Wiesenthal, Viena» procedente de Puerto Príncipe, Haití, en la que el señor
Johny Sommer, un alemán que se había pasado los últimos años en Sudamérica, me
decía haber tenido un nigth-club llamado «Ali Baba» en Asunción, Paraguay, que
vendió en 1963 y que en la actualidad era propietario del Roxy Bar en Puerto
Príncipe. Mantuvimos correspondencia a propósito de Mengele y en mayo de 1964
me envió una fotografía de grupo tomada durante la guerra, en la que aparecía
Hitler y su plana mayor, en total unas veinticinco personas. No había nombres
pero uno de los individuos venía señalado con una flecha y el señor Sommer
escribía: «Este hom¬bre, llamado Bauer, venía con frecuencia en 1961 a mi club
nocturno de Asunción con ese cierto Mengele. A veces el doctor Jung venía
también con ellos y muchas veces iban de pesca juntos al río Obto, de Paraná».
Esta información me fue posteriormente confirmada por otros testigos de
Asunción. El hombre marcado con la flecha es Bormann y la familia Jung son
ricos terratenientes del Paraguay.
Noté,
en todos los informes sobre Bormann, una patente laguna. O bien tratan de los
dramáticos acontecimientos de la funesta noche del primero de mayo de 1945 o
bien de la reaparición de Bormann en otoño de 1945, en que varias personas
informaron haberle visto. ¿Cómo pasó Bormann el tiempo transcurrido desde el
primero de mayo hasta finales de otoño y qué estuvo haciendo?
El 6
de mayo de 1963 aparecí en el programa de televisión alemán «Panorama» de
Hamburgo y entre otras cosas mencioné el caso Martin Bormann y dije que la
«época oscura», período transcurrido entre el 1 de mayo y últimos de otoño de
1945, era la clave del «misterio Bormann». Pocos días después recibí una carta
de un hombre que voy a llamar Franz Rapp en la que indicaba que tenía
información digna de crédito sobre la «época oscura».
Me
reuní con Rapp en el Hotel Dachs de Munich. Era un indi¬viduo de cincuenta y
cuatro años, nacido en Bolzano, Tirol del Sur italiano, donde se le conocía
como intérprete de tribunales. En 1938 había optado por la ciudadanía alemana,
cuando Mussolini autorizó a los descendientes de alemanes a tomarla, y durante
la guerra sirvió en la Wehrmacht. Terminada la guerra se hizo representante de
firmas italianas y suizas de máquinas de café y artículos domésticos y en la
actualidad vive en una pequeña población cercana a Heidelberg, Alemania,
Rapp
me dijo que a finales del otoño de 1961 había estado en Innsbruck, que era su
zona de ventas, donde conoció a un hombre que llamaremos Franz Holt, que
entonces tenía cuarenta y tres años y que luego pasó a ser socio suyo. Holt
vivía en Innsbruck como huésped de una mujer que llamaré Frau Hilde. Los tres
se hicieron grandes ami¬gos y una noche, tras varios vasos de vino, Holt dio un
codazo a su amigo y le dijo que iba a revelarle «su gran secreto». Rapp le
contestó que no quería oir secretos pues había notado que Frau Hilde intentaba
evitar que Holt hablara. Pero Holt estaba en el mejor de sus mejores momentos,
no le hizo caso, dijo que Rapp era su amigo y socio, con el que hacía buenos
dineros y, ¿por qué no iba a saber su amigo el gran secreto suyo?. Se sirvió
más vino y comenzó a hablar.
Durante
la guerra fue destinado a un equipo de ambulancia y al terminar ésta estuvo
prisionero por poco tiempo en un campo de internamiento francés, cerca de
Innsbruck, Tirol, del que pronto fue puesto en libertad. Holt, entonces, obtuvo
empleo en la Cruz Roja austríaca del Tirol y a principios del verano de 1945 la
Cruz Roja austríaca empezó a repatriar soldados austríacos de campos de
prisioneros de guerra aliados en Alemania, acción de repatriación subvencionada
por la Iglesia Católica, y que los aliados vieron con buenos ojos ya que
deseaban demostrar que consideraban a Austria un país «liberado» y no un país
«de ocupación» como Alemania.
A
Holt le asignaron la tarea de viajar, en pequeño grupo, por varios campos de
Alemania, Italia y Francia y dieron a los miembros de aquella misión pases y
tarjetas de identidad en cuatro lenguas (francés, inglés, ruso y alemán) que
les autorizaban a entrar en cual¬quier campo de prisioneros de guerra aliado.
Recogían soldados austríacos (pero no SS ni criminales de guerra) y los
repatriaban.
En
otoño de 1945, Holt siguió diciendo a Rapp, había ido con su grupo a un campo
del norte de Alemania, cerca de Flensburg, Schleswig Holstein. (Bormann había
intentado reunirse con el Gran Almirante Doenitz en Flensburg cuando salió del
refugio del Führer.)
En
el campo aquél, a Holt se le acercó una Blitzmadel, miembro de las fuerzas
auxiliares femeninas de la Wehrmacht, que le pidió se la llevara a Austria a
pesar de no ser austríaca ofreciéndole a cam¬bio un valioso anillo de
diamantes. Holt sabía que las comprobaciones de los ingleses eran de pura
fórmula y aceptó. Al día siguiente, com¬pareció con otra joya: ¿consentiría
también en sacar de allí a su hermano? Holt contempló la pieza y se le hizo
difícil resistir la ten¬tación. De acuerdo, le dijo, los metería a ambos en el
transporte de los repatriados austríacos, y, efectivamente, al día siguiente
fueron a su encuentro. El hombre lucía un bigotito y llevaba gafas, pero las
gafas parecían más bien molestarle: cuando quería mirar algo, siempre se las
quitaba.
Cuando
el transporte llegó a Innsbruck, donde los prisioneros aus¬tríacos eran
interrogados y enviados a sus hogares, la pareja se acercó de nuevo a Holt,
pidiéndole les llevara a Nauders, pueblo de frontera austríaca desde el que no
era difícil llegar a la frontera italiana y suiza. Como era natural, pensaban
pagarle el servicio y esta vez le entregaron un valioso broche. Holt conocía
muy bien la zona fronteriza, y aunque imaginó que la pareja no eran hermano y
her¬mana, no le importó, ya que le pagaban tan bien. Para no encontrarse con la
patrulla aliada que vigilaba la zona, Holt tuvo que conducir a la pareja a
través de los bosques, por senderos apartados, cruzando un alto puerto de
montaña. Era «octubre o noviembre», dijo Holt y hacía mucho frío, todo estaba
cubierto de nieve y varias veces nos hallamos con nieve hasta la rodilla.
La
mujer demostró gran fortaleza: seguía andando por cansada que estuviera, y
decía a los hombres que se apresurasen no fuera que alguna patrulla les
atrapara. Cruzaron la frontera para pasar al Tirol del sur italiano y allí
dijeron a Holt que les llevara a uno de los monaste¬rios de la región de
Vintschgau. Sólo entonces, al final del viaje, se enteró Holt de a quién había
salvado, pues aquel hombre le dijo que era el Reichsleiter Martin Bormann.
—Al
llegar a la puerta del monasterio —dijo Holt a Rapp— Bormann llamó al timbre.
La puerta se abrió. Bormann sacó un papel que llevaba cosido en la parte
interior del pantalón, el portero leyó el papel y les rogó aguardaran. Al cabo
de un rato volvió y dijo a Bormann y a la mujer que pasaran. Pensé que la huida
de Bormann había sido preparada de antemano. Bormann se volvió y me dijo:
«Franz, has hecho algo magnífico. Si no hablas de ello a nadie, tendrás dinero
cada mes mientras vivas». Me dieron la mano, entraron y la puerta del
monasterio se cerró.
Analizando
«el secreto» que Holt había «cantado» a Franz Rapp a finales del otoño de 1961
en Innsbruck, saqué la conclusión de que contenía elementos dignos de crédito.
La mayoría de miembros del grupo de Bormann que intentaron romper el cerco ruso
de Berlín, lograron su propósito. ¿Por qué no iba a haberlo logrado también el
«sagaz zorro» Bormann? Habría intentado llegar a Flensburg para hablar con
Doenitz, habría hallado refugio bajo nombre falso en el lugar más seguro: un
campo de prisioneros británico. No era impro¬bable que llevara valiosas joyas,
ni que tratara de llegar a un mo¬nasterio de Italia como tantos otros jefes
nazis antes y después de él. Debió de ser uno de los más importantes viajeros
de la «ruta de los monasterios» de la ODESSA.
Pedí
a Rapp que hablara con Holt y que consiguiera más de¬tallada información. Rapp
escribió a Holt, sugiriéndole que podría ganar montones de dinero si
proporcionaba detalles. La próxima vez que se vieron, Holt se mostró indeciso,
y pidió a Rapp que olvi¬dara aquel asunto porque perdería mucho más de lo que
pudiera ganar. Imploró a Rapp que no le contara nada a nadie. Por mi parte,
llevé a cabo una investigación en Innsbruck y la policía confirmó que Holt
había estado en un equipo de ambulancia durante la guerra y que luego había
pertenecido al personal de la Cruz Roja; que había ayu¬dado a repatriar a
austríacos procedentes de diversos campos ale¬manes.
En
la actualidad, según Rapp, sigue todavía recibiendo un cheque mensual del
extranjero, siempre de un banco distinto.
El
siguiente detalle auténtico del mosaico de Bormann fue suminis¬trado por una
mujer, pequeña y frágil, que llamaremos Bettina, resi¬dente ahora en una
tranquila casa de huéspedes alemana pero que se pasó más de veinticinco años en
Chile y volvió a Europa porque sen¬tía añoranza. En octubre de 1964, Frau
Bettina escribió a la policía de Viena pidiendo mi dirección y diciendo que
durante su estancia en Chile, Martin Bormann compró un gran terreno en su
inmediata vecindad y que como sabía por los periódicos que quizá me interesara
lo que ella sabía, proponía que nos viéramos.
Naturalmente,
claro que me interesaba. Frau Bettina me recibió en su cuarto y sacó de un
cajón una fotocopia de un mapa con el título «Kartenskizze Chilenische
Schweiz», la «Suiza chilena» que se hallaba en el centro de Chile. Me dio la
impresión de que el mapa había sido dibujado por alemanes de Chile con cierto
propósito, pues era un mapa de la zona comprendida entre el océano Pacífico y
la frontera Argentina del Este y la comprendida entre las ciudades de Valdivia
y Bariloche estaba marcada con ciertos signos secretos; tres de los trián¬gulos
llevaban los signos «OD» y «UL». Se trata de una encantadora región de
montañas, lagos, bosques y ríos con hermosos balnearios y lugares de veraneo,
exactamente esa clase de paisaje donde hacenda¬dos alemanes en el exilio
podrían vivir en placentera reclusión volunta¬ria. ¿Podría ser que los símbolos
tuvieran un significado militar?
Pregunté
a Frau Bettina cómo se había hecho con aquel miste¬rioso mapa.
—En
uno de los pisos de la casa donde yo vivía, en Valdivia, había un alemán
llamado Arturo Schwartz, hombre muy callado y retraído que hablaba con muy
pocas personas y con frecuencia estaba ausente semanas enteras. No sé por qué
razón le inspiré confianza y al mar¬charse me dejaba las llaves de su piso y me
pedía que se lo vigilara y le regara las plantas.
En
los periódicos empezaron a aparecer reportajes sobre los cri¬minales nazis que
residían en Sudamérica y comencé a preguntarme quién seria mi misterioso vecino
que hablaba alemán, tenía mucho dinero, no se sabía trabajase regularmente en
nada y rehuía hablar con nadie, ¿No podría ser alguien con poderosas razones de
guardar el anónimo? Un día de 1960, en una de las ausencias de Herr Schwartz,
un desconocido vino a verme para decirme que Herr Schwartz había muerto de
repente en su viaje al Brasil. Me pidió las llaves del piso de Herr Schwartz y
yo le dije que no sabía dónde las tenía y que volviera al día siguiente. Cuando
el hombre se hubo marchado, fui al piso y miré qué había en él: sobre la mesa
hallé unos libros y unos papeles, vi varias copias de este mapa y cogí una.
Posteriormente,
Frau Bettina hizo un viaje a la pequeña ciudad de Osorno, a medio camino entre
Valdivia y Puerto Montt, de la que Herr Schwartz le había hablado muchas veces
diciéndole que allí residían muchos alemanes llegados después de la segunda
Guerra mun¬dial. Frau Bettina conoció a algunos de ellos.
—Se
comportaban como si aún estuviéramos en 1938 —dijo Frau Bettina—. Recuerdo
especialmente a un abogado alemán que hablaba como Goebbels. Allí todo el mundo
parecía tener mucho dinero, ningún trabajo concreto y vivienda confortable.
Todos eran retraídos y, cuan¬do hablaban, aludían al Tercer Reich. Varias
personas mencionaron que Martin Bormann vivía también en aquella zona, que un
abo¬gado de Osorno había comprado un terreno para Bormann entre Valdivia y la
frontera argentina, todos lo decían. Si se fija en el mapa, verá que esta parte
de la zona está marcada con ciertos símbolos secretos.
La
información de Frau Bettina coincide con la que yo tengo archivada, de nazis
que viven en los alrededores de Bariloche, en la parte argentina de la
frontera. Se trata de una historia similar de alemanes que poseen allí hermosas
haciendas y mucho terreno. A Mengele le han visto con frecuencia allí. Se han
producido miste¬riosas reyertas entre grupos de alemanes y a veces las hay a
tiros de fusil. Pero la policía local echa tierra sobre esto que ocurre.
La
última pieza del mosaico, me la trajo un estudiante que tele¬foneó a mi
despacho un día de 1964 y me citó en una cafetería. Allí me encontré con un
hombre joven, agradable, de buen aspecto, de veintiséis años y de ojos
melancólicos. Tenía que hablarme de una hermosa brasileña que hacía unos meses
que había llegado a Viena para estudiar arte.
—Es
muy hermosa —me dijo el joven, con un suspiro—. Es de Curitiba, población que
está cerca de Paraná, Estado federado de Brasil.
Traté
de no parecer interesado. En Paraná existen las colonias alemanas donde se
albergan mis más importantes «clientes» que cuentan allí con una admiración
enorme, y donde reina estrictamente la mentalidad del Tercer Reich.
La
mujer brasileña estaba casada con un alemán, propietario de una importante
empresa de importación-exportación, que se trasladaba con mucha frecuencia a
Barcelona por negocios. Durante su último viaje permitió a su mujer que fuera a
Viena pues ella poseía voz y afán de tomar lecciones de canto. «Y Viena es el
lugar» añadió el joven.
Se
conocieron y se enamoraron. El joven lanzó otro suspiro. No le dije nada pero
no dejaba de preguntarme por qué me había llamado, ya que no sería para
contarme su romance con una hermosa brasileña.
—Yo
sé cuál es su nombre, pero me ha pedido que no lo revele a nadie —continuó
diciendo—. Es una situación delicada pues no se lleva bien con su marido y debe
andarse con mucho cuidado. Bueno, un día estábamos en una cafetería, leí en una
revista un reportaje sobre Bormann, y me puse a hablar de esas cosas que a mí
me fascinan. Mi amiga se echó a reír y me dijo que ella podría contarme
montones de cosas sobre aquel asunto, y sacó una foto¬grafía del bolso. Era de
1964 y había en ella un grupo de personas. Una de ellas, un hombre macizo y
medio calvo levanta la mano derecha cuando le hacen la fotografía como si
quisiera taparse la cara, en realidad llega sólo a cubrirse la oreja derecha.
Mi amiga me dijo: «Fíjate, ¿ves? Todos los judíos y muchos alemanes andan tras
él porque era uno de los nazis principales. Mi marido trabaja para él».
No
hice ningún comentario.
—Se
preguntará por qué le digo esto —me dijo el joven—. Bueno, yo estoy loco por
esa mujer que se marchó de Viena hace unas sema¬nas para reunirse con su esposo
en España. Yo sé que ella a mí me quiere mucho. Me dijo que tenía dinero
propio, pero que el marido no le concederá nunca el divorcio y que es uno de
esos brutales Kerle (tipos).
Escuché
sin sorprenderme que un asunto triangular me llevara a Martin Bormann. Ya lo
dije antes: en los últimos veinte años he aprendido a no sorprenderme de nada.
—Herr
Wiesenthal, estoy completamente seguro de que el hombre era Bormann. Desde
luego yo sólo conozco a Bormann por fotografías en revistas, pero el hombre que
intentaba ocultar su rostro era exac¬tamente igual que las fotografías que yo
he visto de Bormann. Desde luego, el marido de mi amiga debe de ser un
cabecilla nazi, de otro modo no le utilizaría en asuntos internacionales. Hemos
pensado... es decir, yo he pensado, que le doy a usted el nombre y le arresta
usted la próxima vez que vaya a España...
Quedó
callado.
—Usted
se libra del marido y así puede vivir feliz con su brasile¬ña, ¿es eso?
—pregunté.
—Exacto.
Y usted puede obtener la dirección de Bormann en Cu¬ritiba, que mi amiga le
dará... A ella le encantaría vivir en Europa.
Por
el momento el asunto ha quedado ahí. Yo prometí al joven no hacer nada que
pudiera comprometer a la mujer, pues él me dio su nombre y dijo me tendría al
comente en cuanto ella y su marido vuel¬van a Europa.
Pero,
¿y qué pasará si yo puedo presentar pruebas de que Bor¬mann vive en cierta
dirección de Curitiba? Veinticuatro horas después habrá desaparecido y puede
con toda facilidad sumergirse en Sudamérica: tiene abundante dinero y una
fantástica red de adeptos incondicionales.
Muchos
países están interesados en Bormann, pero ninguno autén¬ticamente interesado.
Fritz Bauer, fiscal de Frankfurt, duda que ninguna nación sudamericana quisiera
conceder su extradición. El «misterio Martin Bormann» (muy probablemente vive
cuando escribo esto a principios de 1966 cerca de la frontera
argentino-chilena) dege¬nerará en una simple ecuación biológica. Está bien
protegido, ningún país quiere intentar un segundo caso Eichmann, Bormann
fallecerá un buen día y la recompensa de 100.000 marcos no será pagada nunca.
Por un muerto, nadie paga dinero.
He
recibido la visita de un periodista alemán acompañado de un desconocido
procedente del Perú, que me preguntó si a cambio de la dirección de Bormann y
de su colaboración en la detención de éste, podría darse por olvidado el caso
de aquel desconocido, buscado en Alemania, que cometió un solo asesinato y que
comparado con el caso Bormann es un caso trivial. Añadió que si yo estaba
dispuesto a iniciar gestiones con el fiscal de Frankfurt encargado del caso del
hombre en cuestión, podríamos tratar inmediatamente del caso Bormann.
Le
contesté que me ponía en un dilema de muy difícil resolución y que, por otra
parte, cómo sabría yo que el hombre en cuestión cumpliría su promesa. Le
pregunté entonces dónde se encontraba Bor¬mann y por toda contestación me
enseñó una fotografía que muestra a Bormann vestido de sacerdote. Esta
fotografía parece tener cierta autenticidad, ya que el individuo representa
tener algo más de unos sesenta años y Bormann tiene en la actualidad sesenta y
seis.
Pedí
a ambos que pasaran a verme al día siguiente y que me dieran así un poco de
tiempo para meditar el asunto. Ya sé que es absolutamente imposible hacer
semejante trato con la justicia y por consiguiente les dije que si el hombre en
cuestión colabora realmente en la detención de Bormann, ello sería considerado
en un tribunal como circunstancia atenuante y yo estaría dispuesto a testificar
que había en verdad colaborado a traer un criminal frente a la justicia.
Entonces
me dijeron que si se sabía que si aquel hombre había traicionado a Bormann,
ello representaría para él sentencia de muerte a manos nazis, pero, sin
embargo, prometieron seguir en contacto conmigo.
En
el curso de la conversación pareció desprenderse que ese hom¬bre, que tiene
miedo de regresar a Europa, vive en el Perú .
CAPITULO
XII
UNA
NOVIA PARA EL DOCTOR BABOR
Hoy
en día la gente acude a mí con toda clase de problemas re¬lacionados con el
régimen nazi tomándome por algo así como un curan¬dero general, capaz de curar
todas las enfermedades que se remonten a aquellos oscuros años que a nadie
gusta recordar. Muchas veces, tienen una muy vaga idea de en qué mi trabajo
consiste: acaban de leer algo en el periódico, recuerdan mi nombre y suponen
que puedo ayudarles, darles algún consejo, protegerles, en el convencimiento de
que no informaré a nadie de lo que me digan. El caso del doctor Babor es un
típico ejemplo. Nunca hubiera sabido nada de él si una mujer de una población
austríaca que no me conocía, no hubiera leído algo sobre Wiesenthal en un
diario y le hubiera dicho a su hija que viniera a verme.
El
problema de la muchacha había comenzado varios meses antes de su visita. La
llamaré Ruth aunque ése no es su nombre porque vive todavía en Austria. Ruth
tenía unos veinticinco años cuando yo, un día de finales de 1963, la conocí:
joven, bonita, vivaracha, de pelo oscuro, ojos soñadores y una figura de esas
que los austríacos con mucha educación llaman vollschtank (esbelta a rabiar)
Ruth me dijo que era una «irremediable romántica», imaginando que la vida debía
de ser una aventura emocionante. Luego admitió francamente que todo había
comenzado porque quería emociones, lo cual no podía tener en aquella población
austríaca en que vivía con su madre, donde el trabajo de la oficina la aburría,
así como los jóvenes que conocía en las pocas fiestas a que asistía. Hacía dos
años fue a visitar a su her¬mano, ingeniero, en Kenya. Su hermano la había
llevado en un safari y África la encantaba: los extraños ruidos de la jungla,
los animales, el ambiente y el misterio. Cuando regresó al cabo de tres meses,
la vida en su ciudad natal se le hizo insoportablemente tediosa, y la rutina de
la oficina, más espantosa que nunca. Al llegar a la veinticuatro o veinticinco
carta del día encabezada por un «Muy señor mío: Nos complace informarle...»,
sentía una repulsión casi física hacia la má¬quina de escribir.
Aquél
era su estado de ánimo cuando leyó aquel anuncio en la sección de «Noviazgos»
del Kurier de Viena.
Ruth
me dijo que era un domingo por la tarde, que llovía y que se sentía muy
deprimida. El anuncio decía:
«MÉDICO,
42, excelente posición ultramar, desea corres¬pondencia con bonita muchacha.
Propósito: matrimonio. Escri¬bir: Apartado de Correos número...»
—Imaginé
en seguida que «ultramar» quería decir África —me dijo Ruth—. No puedo
explicármelo, fue algo más que una corazona¬da; lo presentí. Dije a mi madre
que pensaba contestar aquel anuncio y ella se rió porque me conocía, pero le
pareció que no tenía nada de malo escribir una carta «mientras no se espere
contestación». Mamá no es muy optimista. Bueno, pues escribí la carta y la eché
al correo el lunes por la mañana al ir a la oficina y durante unos días estuve
pensando en ella. Pero no llegó ninguna contestación, tal como mamá había
pronosticado y al cabo de un tiempo, la olvidé.
Tres
semanas después llegaba una carta. Era del ingeniero diplo¬mado Babor, de
Viena.
El
ingeniero Babor escribía en un estilo cortés y pasado de moda, decía que había
leído detenidamente su carta y que le gustaría tener el privilegio de
conocerla, para hablarle de su hijo Karl, renombrado doctor de Addis-Abeba,
Etiopía. Karl gozaba de muy buena posición pues entre sus pacientes se contaban
varios miembros de la familia del emperador Haile Selassie.
—Lo
hablé con mi madre —me siguió contando Ruth— y deci¬dimos que no había nada
malo en hablar con aquel educado anciano. No es que yo pensara en él como
futuro suegro mío, no; más bien lo tomé a broma. Las compañeras de la oficina
me decían: «Vigila, Ruth, que dentro de un año vas y tienes un marido y una
gran casa en Addis-Abeba, docenas de sirvientes y automóviles. El emperador en
persona te invitará a cenar, ¡vaya suerte la tuya!.». Y todas se echaban a reir
porque sabían que yo nunca tenía suerte. Me había enamorado pero siempre del
hombre menos apropiado: o bien él estaba enamora¬do de otra o, peor aún, ya
casado. En la oficina me llamaban «la chica de la mala pata».
A la
semana siguiente, el ingeniero Babor le hizo una visita. Era un caballero
anciano de reposado encanto, muy como su carta hacía presumir. Pareció muy
complacido al ver a Ruth y le dedicó un cum¬plido, afirmando que había recibido
un montón de cartas «así de alto» (levantó la mano a un metro y medio por
encima de la mesa) pero que la de Ruth era la que le había gustado más. Y con
galante¬ría vienesa añadió:
—Y
puede aún que me guste más su persona que la carta.
Siguió
diciéndole que él y su esposa llevaban en Viena una vida tranquila, que su hijo
Karl se había marchado a Etiopía con su esposa, una baronesa Babo («muy curioso
el parecido de los nombres») muer¬ta en accidente de coche en 1960, que la
única hija del matrimonio, Dagmar, tenía ahora veinte años y estaba en París
estudiando. El doctor Karl Babor era ginecólogo, «el mejor de Addis-Abeba»,
decía su padre, y trabajaba en el Hospital Menelik que los soviets habían
do¬nado a Etiopía. Tenía además clínica propia moderna, con equipo de rayos X y
laboratorio, y de vez en cuando era invitado a palacio por el emperador.
—Desde
la muerte de su esposa, nuestro hijo se ha sentido muy solo —dijo el anciano—.
No puede dejar sus pacientes y venirse a Europa y por eso le sugerí lo del
anuncio en el periódico, pensando que quizás encontrásemos alguien —sonrió a
Ruth y prosiguió: — Y no me sorprendería que efectivamente lo hubiésemos
encontrado.
—Herr
Ingenieur —le dijo Ruth al instante—. Voy a repetir lo que ya le decía en mi
carta: yo soy judía...
—Pero
mi querida damita, ello no importa en absoluto. Nosotros somos católicos,
siempre nos hemos mostrado liberales en cuestión de sentimientos y en nuestra
casa el antisemitismo no se conoce, créame. —Miró a Ruth y le preguntó:— Le
escribirá usted directamente, ¿verdad?
Aquel
fue el comienzo de un largo e intenso romance por corres¬pondencia. Todos los
lunes por la mañana, el cartero traía un gran sobre alargado, «Por avión» con
bonitos sellos (el cartero le decía: «Si no necesita usted los sellos...»)
enviado por el doctor Karl Babor, P. O. Apartado 1761, Addis-Abeba,
Al
cabo de unas semanas, Babor le envió una fotografía suya. Ruth vio a un hombre
de pelo castaño, estatura mediana, bastan¬te delgado, de ojos tristes y aspecto
joven. En sus cartas le decía que se encontraba muy solo, que su hija vivía
casi siempre en París, que tenía la jungla cerca y le gustaba ir de caza solo.
Al cabo de dos meses enviaba un «beso tus manos» a su. «querida Ruth». Ella le
contestó llamándole «Querido Karl», creyendo conocerlo bien. En la oficina ya
no hacían bromas de su supuesta marcha a África.
El
padre de Karl le pidió que fuera a Viena a pasar el día y la llevó al teatro y
a un bar donde tomaron una copa y hablaron de Karl. A Ruth le sorprendió que el
ingeniero Babor no le presentase a su esposa.
—Cuando
le pregunté por ella, me respondió con evasivas —me contó Ruth—. Supuse que a
la madre no le agradaría la idea de aquella boda por anuncio. Pero Karl y yo
seguíamos manteniendo frecuente correspondencia y sus cartas eran amables y
afectuosas.
Aproximadamente
al año de la primera carta, el doctor Babor invitó a Ruth a ir a Addis-Abeba y
le escribió que había pedido billete ida y vuelta de Viena a Addis-Abeba, «por
si acaso esto no te gustara, cosa que espero no ocurra». Decía que también
había pedido a su hija Dagmar fuera a Viena a reunirse con ella «para que mi
hija y tú hagáis el viaje juntas».
Pocos
días después, Dagmar llegaba e iba a visitar a Ruth. Una y otra se vieron
inmediatamente con simpatía. Dagmar era una bonita muchacha de ojos tristes.
—Supongo
que aquella muchacha nunca tuvo demasiado afecto en el hogar —me dijo Ruth.
Una
semana después, volaban juntas rumbo a Addis-Abeba.
El
doctor Babor las esperaba en el aeropuerto. Estuvo muy cortés; a ella le besó
la mano y abrazó a Dagmar pero no como Ruth había imaginado. En aquel hombre
había algo raro, inquietante.
—No
tenía nada de lo que yo por las cartas había imaginado —prosiguió diciéndome
Ruth—. Al contemplarlo personalmente, le vi extraño, retraído, casi siniestro.
Conducía
pésimamente. En la carretera del aeropuerto a la ciudad, por poco choca de
frente dos veces por conducir demasiado a la izquierda, hasta el punto de que
Ruth le preguntó medio riendo si es que intentaba matarse. A lo que él contestó
muy serio que hacía años lo intentaba. Ruth supuso que estaría abrumado de
trabajo y momentáneamente deprimido, sabiendo que en África los hombres blancos
sufren con frecuencia negros abatimientos. Pero quedó estupefacta cuando él
añadió con sombría satisfacción que había tenido cinco accidentes de automóvil
en los últimos dos años. Entonces Ruth, con una mirada de curiosidad le
preguntó cómo se las había arreglado para que no le retiraran el permiso de
conducir.
—Querida
mía, en el palacio del emperador me tienen en gran estima: soy el mejor médico
de Addis-Abeba.
Detuvo
el coche frente a una casa oscura, con aspecto de desha¬bitada. El lugar era
fresco y, como Dagmar, Ruth tenía ganas de descansar un poco.
—Vamos
una horita a la jungla —propuso el doctor a Ruth.
—¿Ahora?
—se sorprendió ella.
—¿Por
qué no? No hay mucho trecho, no tienes que cambiarte más que los zapatos. Yo
voy por el fusil.
La
jungla estaba a unos pocos kilómetros. De nuevo Ruth se dejó cautivar por la
magia de África aunque se le hacía difícil disfrutarla. Él conducía como un
loco y ella tuvo miedo. Le dijo que bajaría del coche si seguía conduciendo
así.
—Se
rió —me contaba Ruth—. Se rió cómo si yo hubiera dicho algo divertido y yo cada
vez le iba teniendo más miedo.
—No
seas tonta —me dijo—. Esto no es la Ringstrasse donde puedes bajarte del coche
y tomar el primer tranvía —rió otra vez—. Está infestado de cocodrilos.
Creyó
que era una broma, pero él detuvo el coche, le dijo que bajara y los dos
anduvieron por un estrecho sendero en dirección al río. Entonces pudo ver
cocodrilos en la oscura agua terrosa.
—¿No
te parecen unos animales encantadores? —le preguntó.
Ruth
se apartó.
—Volvámonos,
quiero presentarte al mejor amigo que tengo en todo Etiopía.
Ambos
se reunieron con Dagmar.
—Nos
detuvimos frente al cuartel de policía y descendimos. Bajo un árbol había un
león viejo, y, ante mi terror, Karl dijo que no había nada temer porque aquel
león era como un animal doméstico y ellos dos se llevaban bien y sin más metió
la mano dentro de la boca del león. Cuando volvió hacia mí, vi que le goteaba
sangre del brazo.
—Dios
mío, ¡te ha mordido! —exclamé. Pero Karl, con una risita, dijo: «No importa. Es
mi mejor amigo... Venga, vámonos a casa».
La
sala de estar del doctor Babor era húmeda y fría y en la casa no había nada que
comer, la nevera estaba vacía. Dagmar abrió una lata de cecina. El doctor Babor
dijo que estaba cansado y subió a su habitación sin una palabra de excusa.
Aquello produjo un incómodo silencio y Dagmar me contó que las depresiones de
su padre iban de mal en peor.
—Durante
la guerra debió de ser testigo de horribles escenas. Nunca habla de ello, pero
le obsesiona. Mientras vivió mamá, parecía más tranquilo y a veces, hasta casi
feliz, pero desde entonces... —se encogió de hombros con gesto de desaliento—.
A mamá la necesitaba mucho. Luego ocurrió el accidente, y ahora, ya lo ves, me
tiene asustada.
Ruth
indagó cautelosamente sobre el accidente y descubrió que al parecer la señora
Babor conducía el coche una noche oscura y sin luna y chocó contra un coche
aparcado. Su esposo iba sentado a su lado pero el accidente nunca fue descrito
con detalle. Pero se dedujo que la señora Babor no había hecho acción de
desviarse para evitar el choque de frente, ni tampoco frenó, como si hubiera
querido precisamente chocar contra el coche aparcado. Murió instantáneamente y
su esposo quedó mal herido.
Ruth
no pudo dormir aquella noche. Pensaba en las afectuosas cartas de Karl, en sus
ojos brutales y en cómo había metido la mano en las fauces del león. Se alegró
de no tenerle que ver a la hora del desayuno, pues él había marchado temprano a
su clínica. Salió con Dagmar y cuando regresaron a casa, a última hora de la
tarde, él es¬taba en la sala sentado, con la vista fija al frente, y no se
levantó cuando ellas entraron.
Ruth
subió a su habitación. Abajo se produjo una discusión y pudo oír que Dagmar se
quejaba de que tenía hambre y de que en la casa no había nada que comer. Luego
sonó la voz del doctor Babor, gritan¬do algo que Ruth no entendió y la voz de
Dagmar contestando a su padre también a gritos. De pronto se hizo el silencio y
al cabo de un rato le vio salir de casa y meterse en su coche. Una media hora
después estaba de vuelta con comida, pero no comió con ellas. Dagmar dijo que
su padre no comía casi nada.
Al
día siguiente por la noche, la esposa de un funcionario local, llevó un niño
enfermo al doctor Babor. Dagmar abrió la puerta y la señora le contó que el
niño estaba con fiebre y que no podía encontrar ningún médico de infancia,
¿tendría la bondad el doctor Babor de echarla un vistazo al pequeño?
La
muchacha entró y dijo que había una mujer con un niño en¬fermo. Karl se puso
furioso.
—Tenía
los ojos inyectados en sangre y su rostro descompuesto por el odio —me dijo
Ruth—. Fue horrible. Se puso a gritar a Dagmar que a quel crío ni lo tocaría,
que él odiaba a los niños, que por él podían morirse todos: «Nunca he visitado
niños ni nunca lo haré». Dagmar se quedó inmóvil, pidiendo en silencio mi
intervención; así, que dije: «Karl, piensa que eres médico y el niño está
enfermo. Por favor, ve y hazte cargo de él».
Entonces
se volvió hacia mí. Me dijo que no me metiese en lo que no me importaba, que no
necesitaba consejos de una puerca y gorda judía. Me quedé sin habla. Entonces
gritó: «No te quedes mirándome así. Odio a los niños y a todos los seres
humanos, lo mejor sería que los asfixiaran lo más rápidamente posible a todos.
Son mucho mejor los animales que las personas, a los animales sí que hay que
conservarles la vida».
Dio
media vuelta y desapareció corriendo en la noche.
La
mujer se marchó con su crío. El viejo criado que había en la casa, dijo a Ruth
que el doctor Babor se habría ido probable¬mente al zoo y cuando Ruth le
preguntó qué iba a hacer al zoo a aquellas horas, de noche, el criado le dijo
que el doctor Babor «estaba enfermo y muy preocupado», que le gustaba ir a
jugar con el leopar¬do del zoo, que le encantaba pelearse con él y meterle la
mano en la boca. Al día siguiente Ruth vio que la mano izquierda de Babor
estaba vendada.
—Me
dí cuenta de que era un enfermo —me dijo—. Le dije con toda calma que yo quería
volver a Viena y aquello le produjo un ataque de rabia. Se puso a gritar que yo
no tenía ningún derecho a hablarle así, que a él nadie le hablaba así, que
tuviera en cuenta que era un gran hombre, un hombre importante, el mejor doctor
de Addis-Abeba. Sonreí y con toda calma le dije: «Karl, creo que lo que en
realidad eres es el más peligroso loco de Addis-Abeba» y le di la espalda pero
inmediatamente noté detrás su jadeante respiración. Me volví: venía hacia mí y
vi que sus ojos estaban como inyectados en sangre. Comprendí que era capaz de
estrangularme y algo me hizo gritar: «¡Vete de aquí, bruto! ¡Sal de aquí ahora
mismo! ¡No me toques!».
»Fue
muy extraño. En cuanto me oyó gritar, empezó a retroceder, los hombros se le
hundieron y pareció como si fuera a caerse. Me hizo pensar en un muñeco de esos
que se deshinchan cuando se les escapa el aire. A continuación, se fue. El
viejo criado esperó a que Babor se hubiera marchado. Luego entró y me hizo una
reverencia: puesto que yo le había gritado a su amo ahora yo era más fuerte que
su amo. El criado me explicó que la esposa de Babor le pegaba una bofetada
cuando le daba «uno de aquellos ataques» y que entonces Babor se callaba y
estaba «muy amable». El criado hizo una mueca de desprecio. Llamé al aeropuerto
y reservé plaza para el primer vuelo del día siguiente.
El
avión salía a las diez de la mañana. Cuando Ruth bajó con sus maletas, Dagmar
le dijo que ella y su padre estaban invitados a comer en el palacio del
emperador y que no podían acompañarla al aeropuerto.
—En
Addis-Abeba una mujer no puede tomar sola un taxi —me explicó Ruth—. Así, que
le dije a Dagmar: «Sabe Dios adonde me lle¬varán esos conductores nativos. Lo
siento, pero tú y tu padre me acompañáis primero al aeropuerto y luego os vais
a comer con el emperador.
«Entonces
oí un ruido en la puerta y le vi allí. Estaba de pie, sin moverse. Lentamente,
empezó a andar hacia mí. Creí que iba a matarme y actué movida por un reflejo:
le abofeteé el rostro muy fuerte, dos, tres, veces... no recuerdo. El seguía
sin moverse, dejando que yo le pegara y me dio la impresión de que le gustaba.
Eso fue lo peor, que empezó a decirme que le pegara, que no merecía otra cosa,
que no había nada de bueno en él, que quería morir, que había querido morirse
desde el accidente de su esposa.
Ruth
cerró los ojos.
—Oh,
era horrible. ¡Y pensar que todo aquello ocurría delante de su hija! Pero a
partir de entonces, no tuve problemas; me llevaron al aeropuerto. Dagmar
lloraba y quería que yo me quedase. El ni siquiera se des¬pidió de mí, y me
alegré, se fueron a comer con el emperador y subí al avión. En cuanto me
instalé en mí asiento, llamé a la azafata y le pedí algo de comer.
Directamente,
desde el aeropuerto, Ruth fue a ver al padre de Babor para contarle lo
ocurrido. Una anciana que era sin duda la madre del doctor, abrió la puerta,
pero al ver a Ruth llamó rápidamente a su marido y la dejó sola.
—Yo
estaba muy excitada y le dije que no debió permitir jamás que yo fuera hasta
allí. ¿Es que no sabía acaso que su hijo estaba seriamente enfermo y que su
lugar era el hospital? ¿Cómo podía Karl ser médico negándose a curar a los
niños y diciendo que odiaba a la gente? Pensaba y decía que a la gente había
que gasearla, que sólo amaba a los animales... Se lo conté todo y el anciano se
excusó, diciéndome que Karl había sufrido un terrible choque moral durante la
guerra, que había supuesto que ahora se habría recobrado, precisa¬mente por
ello necesitaba alguien que fuera más fuerte, más enérgico que él, y que
quisiera cuidarle.
—Sí
—le contestó Ruth—. Una gorda y cochina judía que se atreva a pegarle.
—Lo
siento, créame. Espero que pueda olvidarlo todo.
Pero
ella no podía olvidarlo y veía al doctor Babor en sus pesadi¬llas. Había vuelto
a su aburrido empleo en la oficina y cometía más errores cuando escribía a
máquina que nunca hasta el punto de que la gente decía que parecía otra. Lo
malo era no poder contar a nadie lo sucedido pues era de esa clase de cosas que
sólo se leen en las malas novelas pero que nunca le sucede de veras a nadie.
Sólo su madre estaba al corriente de todo y le preocupaba su hija, hasta que
una noche, al regresar Ruth a casa, le había dicho:
—Creo
que deberías relatarlo a alguien que pudiera comprenderlo. Mira, he leído de
ese Simón Wiesenthal en el diario, ¿por qué no vas a Viena y hablas con él?
Ruth,
al llegar aquí se encogió de hombros:
—Comprendo
que toda esta historia parece increíble, Herr Wie¬senthal, pero es la pura
verdad. Se lo juro.
La
tranquilicé, y le aseguré que yo sí la comprendía:
—Hace
años que conozco al doctor Karl Babor —le dije—. Le conocí mucho antes que tú.
Mientras
Ruth me contaba toda la historia, yo pensaba en otra cosa, en cierta escena
grabada en mi memoria que nunca olvidaré y que ocurre en una pequeña habitación
de paredes gris oscuro. La entrada está a la izquierda, la salida en el centro
de la pared de atrás y esa salida da directamente al crematorio del campo de
concentración de Grossrosen, cerca de lo que entonces era Breslau y ahora es
Wroclaw, Polonia.
En
el escenario vacío no hay más que una mesita con varias jeringas y unas pocas
botellas llenas de un líquido incoloro y una silla, no más que una. Un ligero
olor a carne quemada flota en el aire. Estamos en el año 1944 y la hora puede
ser una cualquiera del día o de la noche. Nos hallamos en la antecámara del
crematorio de Gross¬rosen. No hay cámara de gas en este campo de concentración
y el crematorio lo maneja un prisionero ruso llamado «Iván el negro» porque el
humo constante le ha ennegrecido cara y manos. Iván tiene un aspecto realmente
terrible pero pocos internados le ven mientras todavía están con vida. Para
cuando «Iván el negro» se ocupa de ellos, la gente ya no tiene miedo. El
transporta sus cenizas hasta un huerto vecino donde son usadas como
fertilizante, en él los guar¬dianes plantan verduras para la cocina del campo.
Sé todo esto porque yo soy uno de los prisioneros que trabajaban en aquel
huerto, el huerto vecino al crematorio de Grossrosen.
Ahora
aparece un hombre joven en el centro de la habitación. Sobre su uniforme de la
SS lleva una bata blanca de médico. La ma¬yoría de prisioneros no habían visto
hasta entonces a aquel joven «doctor» que es un miembro del «comité de
selección». Cuando los transportes de prisioneros llegan, se les ordena bajar
la rampa y quedar¬se en posición de firmes frente a la mesita. El «doctor»,
sentado detrás de ella, mueve su índice hacia la derecha (vida) o hacia la
izquierda (muerte). Un SS hace una señal en la lista. El «doctor» echa un
segundo vistazo al despojo humano que tiene ante sí:
—¡Abre
la boca! ¡Más!
Asiente
con la cabeza. El prisionero aún vale algo: tres dientes de oro. El «doctor»
marca una gran cruz negra con un grueso lápiz mojado, sobre la frente del
prisionero.
—Abtreten!
(¡Marcado!)
Todos
los marcados han de inscribirse en la oficina del campo y los dientes de oro
que la boca tiene son registrados por duplicado. Ya no les pertenecen, pero se
les permite usarlos mientras estén con vida, pues ¿quién dijo que los SS eran
inhumanos? No serían capaces jamás de quitarle los dientes de oro a un hombre
vivo.
Pronto
los prisioneros que han sido dirigidos hacia la izquierda volverán a estar
frente al joven de blanco uniforme de médico que tiene gran habilidad en su
trabajo. Llena la jeringa, dice al paciente (que está desnudo hasta el ombligo)
que se siente en la silla. El pa-ciente es sostenido por dos SS. El joven se
pone rápidamente ante él, le clava la aguja en el corazón y le inyecta el
líquido. La aguja con¬tiene ácido fénico: es mortal.
A
Herr Doktor Babor sus superiores lo quieren bien y le llaman Herr Doktor,
aunque saben perfectamente que sólo era un estudian¬te de medicina con su sexto
semestre recién aprobado en la Universi¬dad de Viena.
—Siempre
les doy un poco más de la dosis letal, para estar bien seguro —les dice.
El
Doktor es muy humano. A veces los prisioneros están muy asustados cuando les
administra el coup de grace, pero no tiene de¬masiado tiempo para pensar, pues
hay otros pacientes que esperan. Los cuerpos de los que han muerto son
arrastrados rápidamente hacia la puerta de salida, y poco después los de afuera
ven salir humo de la chimenea.
Después
que Ruth me hubo contado la historia me quedé un buen rato sentado frente a mi
mesa. ¿Cuántas veces vi salir humo de aquella chimenea mientras trabajaba en el
huerto del campo? Fue sólo por voluntad de Dios que no tuve yo también que
sentarme en aquella silla frente al Herr Doktor Karl Babor.
No
existe tratado de extradición entre Austria y Etiopía y en la mayoría de países
africanos el Estatuto límite para asesinato es diez años. De acuerdo con la ley
de Etiopía, los crímenes de Babor no pueden ya serle imputados.
Repasé
la historia de Babor desde terminada la guerra. Primero estuvo en un campo de
internamiento aliado, como uno de los «peces sin importancia» que no había
hecho «nada serio»; en 1947 pasó varios meses en la prisión Landesgericht de
Viena, pero las pruebas no eran «suficientes» y fue puesto en libertad. Babor
tuvo suerte: su caso nunca pasó de una investigación preliminar y luego fue
abando¬nado. Había muchos otros casos más urgentes.
En
1948 Karl Babor reanudó sus estudios de medicina en la Uni¬versidad de Viena.
Al año siguiente, después de haber aprobado los exámenes, recibió el título de
doctor en Medicina en la misma Universidad y juró solemnemente «servir a la
humanidad». El doctor Babor hizo su internado en el hospital municipal Gersthof
de Viena y luego practicó el ejercicio de la medicina en la encantadora
pobla¬ción de Gmunden, en el Salzkammergut. Se cuenta que fue muy po¬pular allí
entre sus pacientes; pero, sin embargo, el doctor Babor no se sentía a salvo en
Gmunden: un día de 1952, dos hombres se presen¬taron en el domicilio de sus
padres en Viena y preguntaron por él. Se trataba de dos individuos que en otro
tiempo estuvieron internados en el campo de concentración de Grossrosen, y al
decirles el padre de Babor que su hijo no estaba allí, los hombres se fueron a
la policía y prestaron declaración de cargos contra el doctor. Posiblemente no
fue pura casualidad que poco después Babor desapareciera de Gmurtden con su
mujer y su hija. Al año siguiente, las autoridades austría¬cas obtuvieron más
pruebas sobre las actividades de Babor durante la guerra que le acusaban de
haber causado la muerte de un número desconocido de personas, inyectándoles
veneno. Se publicó su orden de arresto; pero su paradero se desconocía,
creyéndole en algún lugar de Sudáfrica.
Como
yo sabía que ningún tribunal etíope juzgaría al doctor Karl Babor y que él no
iría voluntariamente a Viena para presentarse ante el tribunal, quedaba sólo
una posibilidad de obligarle a hacerlo. Llamé al corresponsal en Viena del New
York Times, que publicó un relato que tuvo repercusión en América y Etiopía. La
Embajada de Etiopía en Washington convocó apresuradamente una conferencia de
prensa para informar al público de que el doctor Babor no había sido nunca
médico oficial de Su Majestad el Negus, admitiendo, sin embargo, que sí era
cierto que había tratado a algún miembro de la familia im¬perial.
Cuando
fue publicado mi reportaje «Babor tiene que justificarse», por un periódico de
Frankfurt, el editor recibió una carta de un pro¬fesor de historia alemán, que
decía:
«Después
de terminada la guerra de 1945, mi esposa Ingeborg, su madre (ahora fallecida)
y su hermana se trasladaron a Austria y vivieron en el Hotel Post, de Stube am
Arlberg. Unas pocas casas más allá vivía cierto Karl Babor con su esposa Helga
y su hija Dagmar, de Viena. Babor andaba con muletas y dijo que había sido
herido al final de la guerra. A principios de 1946, mi suegra y su familia se
trasladaron a Zug, pequeño pueblecito no lejos de Lech am Arlberg, alo¬jándose
en un antiguo barracón de la Wehrmacht que pertene¬cía entonces a un campesino
de la localidad. Poco después Babor y su hija fueron a vivir con la familia de
mi esposa y estuvieron en el barracón hasta finales de 1946. Como es na¬tural,
viviendo juntos en tan reducido espacio, llegaron a cierta intimidad y Karl
Babor reveló a mi mujer que había sido Lagerartz (doctor de campo) en varios
campos de concen¬tración.
»Mi
mujer tenía entonces veintidós años y no sabía nada de lo que había realmente
ocurrido en aquellos campos, cre¬yendo que los «doctores de campo» tenían a su
cargo las nor¬males funciones y obligaciones humanitarias de cualquier otro
médico. Posteriormente, ella trabajó como enfermera en el Sa¬natorio Helios de
Davos bajo los auspicios del Comité de Ayuda Judía, donde personas procedentes
de campos de con¬centración enfermas de tuberculosis eran tratadas. Los
horrores que sus pacientes le describieron y los hechos que más tarde mi mujer
descubrió —yo soy profesor de historia—le abrieron los ojos. Cree ahora que
puede contribuir a la condena de Karl Babor porque lo llegó a conocer muy bien
y está dispuesta a facilitar toda clase de información a Herr Wiesenthal, por
lo que pide se haga llegar esta carta hasta el Centro de Docu¬mentación, ya que
no conoce la dirección de Herr Wiesenthal."
El
relato del New York Times tuvo también repercusiones en Addis-Abeba.
Corresponsales austríacos y alemanes pidieron al doctor Babor que se defendiera
de aquellas acusaciones mías y en una conferencia de prensa Babor declaró
indignado a los corresponsales que «él no había tenido jamás actividad en campo
de concentración alguno». Admitió, sin embargo, que había actuado en Breslau
como Truppenarzt (médico militar).
Uno
de los corresponsales le dijo:
—Doctor
Babor, ¿por qué no demanda a Wiesenthal por difa¬mación?
—Mi
posición económica no me lo permite. Para ello tendría que tomar el avión para
Viena y no dispongo de dinero para ello.
Cuando
leí aquello en la prensa alemana y austríaca envié a Babor el siguiente cable:
«Tiene su billete de avión en Ethiopian Air¬lines de Addis-Abeba stop
habitación y alimentos pagados en Viena stop Wiesenthal». No consideré de buen
tacto añadir que la habita¬ción y la pensión iban a ser suministrados gratis
por la cárcel de Landesgericht, pues las autoridades austríacas mantenían la
orden de arresto contra él. Entregué el cable a la prensa local, queriendo
asegu¬rarme de que Babor no podría pretender no haberlo recibido.
Mi
cable no obtuvo ninguna respuesta. Babor no quería presentarse en Viena, sino
que decidió emprender otro viaje. Redactó su testa¬mento, pagó las cuentas
pendientes, puso meticulosamente todos sus papeles en orden y se fue en el
coche hacia la jungla, hacia aquel su lugar favorito junto al río infestado de
cocodrilos, adonde había llevado a Ruth en la primera noche que ésta pasó en
Addis-Abeba.
Allí
detuvo el coche, se desnudó completamente y guardó las ropas en el interior del
vehículo. Se llevó sólo el fusil. Lentamente fue hun¬diéndose en el río,
rodeado de los animales que tanto quería. Siguió andando hasta que el agua le
cubrió el pecho y entonces se disparó un tiro en el corazón.
Quizá
quiso que los cocodrilos se ocuparan de él, pero no lo hi¬cieron. Pocos días
después, unos turistas americanos en safarí vieron el cuerpo flotando en el río
e informaron a las autoridades de Etiopía de su descubrimiento. La
investigación policial estableció sin lugar a dudas que el doctor Karl Babor se
había suicidado. Un periódico nazi publicó en exclusiva la historia de que
«agentes de Wiesenthal» habían asesinado a Babor. El funeral tuvo lugar pocos
días después, con asistencia de muchos miembros de la colonia alemana y
austríaca. El cónsul general de Austria colocó una corona sobre la tumba del
doctor Babor.
CAPITULO
XXIII
EL
MARTIRIO DE CEFALONIA
En
la primavera de 1964, hallándome en Turín invitado por unos amigos, antiguos
miembros de la Resistencia Italiana, hablé de mi trabajo ante un gran auditorio
interesado. Al terminar, siete oyentes se acercaron para hablarme y pedirme
información sobre parientes o para contarme ciertos sucesos que creyeron
podrían interesarme, entre ellos, una anciana señora, encorvada, de pelo
blanco, vestida de luto riguroso de la que me impresionó la grave, casi pétrea
expresión de los ojos.
—Signor
Wiesenthal —me preguntó—. ¿Trata usted solamente de los crímenes que los nazis
cometieron contra los judíos?
Le
indiqué que en nuestros archivos figuraban crímenes nazis co¬metidos tanto
contra judíos como contra no judíos, pero que en la mayoría de casos las
víctimas resultaban ser judías. Asintió con una inclinación de cabeza, como si
fuera aquello lo que hubiera esperado oír.
—Quisiera
poder hablar con usted media hora mañana por la mañana, a solas —me dijo.
Concertamos
la hora y se marchó.
Se
presentó en mi hotel a la hora fijada y de nuevo me impresionó su dignidad y su
tristeza, que me hicieron comprender que el corazón de aquella mujer había
sufrido mucho y que no le había sido fácil decidirse a hablarme.
—Vi
que ayer se fijaba usted en mis ropas negras —me dijo—. Llevo luto desde un día
de otoño de 1943 en que fui informada que mi hijo había muerto, ejecutado por
los alemanes. Signor Wie¬senthal, desde aquel día no he vuelto a reír, ni
volveré jamás a reír. Era nuestro único hijo y mi esposo murió de pena. Ya sé
que no se puede devolver a la vida a los muertos y que como buena cristiana
tendría que aceptar la voluntad del Señor. Pero me duele que no haya nadie en
Alemania que se preocupe de los nueve mil soldados ita¬lianos asesinados en
Cefalonia.
—¿Cefalonia?
—le pregunté—. No he oído nunca hablar de ello.
—Ni
siquiera usted está enterado de la tragedia de esa pequeña isla griega —dijo
con amargura—. Dígame, ¿es lícito ejecutar a prisioneros de guerra, a soldados
que se han rendido?
—Ni
es humano ni es lícito. Constituiría una enorme violación de la Convención de
Ginebra.
—Pues
bien: en Cefalonia nueve mil soldados de la división italiana Acqui fueron
asesinados por soldados alemanes. Hay algún escritor italiano que ha descrito
ese terrible crimen.
Me
dio más pormenores, le prometí que investigaría el caso y que si su información
podía ser confirmada, trabajaría en el caso de Cefalonia, Inclinó la cabeza y
se despidió.
Antes
de ir al aeropuerto, llamé a mi amigo Angelo del Boca, editor de la Gazzetta
del Popolo y vi que sí estaba al corriente de los sucesos de Cefalonia.
—Uno
de los peores crímenes de nuestro siglo contra la Convención de Ginebra, pero a
nadie en Alemania le preocupa lo más mínimo —me dijo—. Le pediré a Marcello
Venturi que te envíe su libro.
Pocos
días después, en Viena, recibía una carta del escritor Mar¬cello Venturi y un
ejemplar de su libro «Bandiera Blanca a Cefalonia». Estudié el libro y consulté
el informe del quinto tribunal militar de Nuremberg que había tratado de aquel
crimen de guerra. Posterior¬mente recibí una copia del veredicto, sacada por el
tribunal militar supremo de Roma el 20 de marzo de 1957, contra más de treinta
oficiales del ejército alemán que habían sido sentenciados in absentia. El
veredicto llena setenta y cuatro páginas a máquina. Inmediata¬mente escribí una
carta a la Agencia central de Ludwigsburg, que se ocupa de crímenes nazis y me
contestó que la matanza de nueve mil soldados en Cefalonia les era desconocida.
Empecé
a comprender por qué aquel terrible crimen no había sido investigado en
Alemania: porque no estaban implicados ni los SS, ni la Gestapo, ni miembros
del Partido Nazi, sino que el crimen había sido cometido por miembros de la
Wehrmacht y poderosas influencias de la Alemania Federal intentaban por todos
los medios salvar la Wehrmacht de toda investigación de crímenes de guerra
nazis. Me¬diante la cooperación de la Embajada italiana en Viena, obtuve las
direcciones de veinte o treinta soldados italianos que habían sobrevi¬vido
milagrosamente a la matanza y envié sus nombres a Ludwigsburg. Tras cierto
retraso, el caso fue adjudicado al fiscal Obluda de Dortmund, joven
funcionario, hombre enérgico, que empezó inmedia¬tamente la investigación.
Mantuvimos contacto hasta conocer pronto toda la tragedia de Cefalonia.
Cefalonia
es una de las mayores islas del mar Jónico, el golfo de Patrás la separa de la
costa oeste de Grecia y un canal de cuatro kilómetros y medio de la pequeña
isla de Ithaka, que menciona Homero. En general, el suelo de Cefalonia,
cubierto de macchia, espe¬cie de siempreviva, y de una especie de abeto Abies
Cefalonia, no es de cultivo y en el centro las desoladas colinas alcanzan los
novecientos metros de altura, pero a lo largo de la costa hay campos de olivos,
viñedos y huertos de pasas de Corinto.
En
el verano de 1943, durante las últimas semanas de la alianza germano-italiana,
la división Acqui, que estaba integrada por unos nueve mil hombres bajo el
mando del general Gandin, había sido des¬tinada al puesto militar de Cefalonia
y un pequeño destacamento alemán de enlace, compuesto de infantería y marina,
estaba destacado en la península de Palis, en la parte oriental de la isla. En
agosto de 1943, la proporción entre tropas alemanas e italianas en Cefalonia
era de 1 a 6. El 8 de septiembre de 1943, Italia se rindió a los aliados
angloamericanos y tras la capitulación del mariscal Badoglio, el general Gandin
recibió por radio órdenes del undécimo ejército ita¬liano: «Mantenga su
posición. Si los alemanes emplean la fuerza, haga uso de las armas».
El 9
de septiembre, hallándose alerta todas las unidades de la división Acqui, el
general Gandin recibió otra orden radiofónica, revocando la anterior y
diciéndole que se rindiera a los alemanes. Gandin no cumplió esta segunda
orden, que consideró apócrifa, sino que, en vez de ello, pidió por radio
instrucciones al alto mando italiano.
La
mañana del 10 de septiembre, dos emisarios del alto mando alemán en los
Balcanes, el teniente coronel Hans Barge y el teniente Franz Fauth, aparecieron
en el puesto de mando de Gandin pidiéndole la rendición, con todas sus armas,
según la orden recibida el día ante¬rior. Gandin explicó que tenía razones para
dudar de la veracidad de la segunda orden y les pidió una tregua. Entonces
convocó a sus oficiales y ordenó al tercer batallón del 317° regimiento, se
retirara de su expuesta posición en Cardacata, «para evitar futuras
complica¬ciones». Llegaban informes de que las tropas alemanas estaban
desem¬barcando a lo largo de la costa, y entre los soldados italianos crecía la
inquietud.
Exactamente
a las nueve de la mañana del 11 de septiembre, los dos emisarios alemanes
comparecieron de nuevo en el cuartel general del general Gandin para presentar
un ultimátum, dándole al general tiempo hasta las siete de la tarde de aquel
mismo día para cumplir lo que los alemanes le exigían. El estado de ánimo entre
los soldados se hacía más hostil y a última hora de la mañana soldados alemanes
intentaron capturar un vehículo blindado italiano y fueron rechazados. La
situación fue haciéndose más crítica y a las tres el general Gandin reunió otro
consejo de guerra. Los capellanes de la división se mos¬traban partidarios de
una rendición pacífica. El general Gandin inició negociaciones con los dos
oficiales alemanes pero aplazando la decisión final hasta recibir órdenes
definitivas de sus superiores. Los alemanes seguían desembarcando tropas en la
isla y la proporción entre tropas alemanas, e italianas pasó a ser de 1 a 3.
El
12 de septiembre, varios soldados de artillería italianos esca¬pados de la
cercana isla de Santa Maura, informaron que todos los soldados italianos que se
habían rendido allí habían sido depor¬tados a un campo de concentración alemán,
lo que aumentó la intranqui-lidad y tensión en Cefalonia, produciéndose algún
tiroteo. Por otra parte, los alemanes ocuparon dos baterías, unas barracas de
carabinieri, la aduana de Argostolion y la intimación del coronel Barge de
rendi¬ción inmediata, se hacía más apremiante pero fue rechazada después de la
conferencia habida en el cuartel general de la división, en la que se acordó
que el ejército italiano no se rendiría y que si los ale¬manes querían violar
el statu quo, tendrían que hacerlo por la fuerza.
El
13 de septiembre por la mañana, los italianos hicieron fuego sobre dos barcos
alemanes que trataban de desembarcar en la isla, uno fue hundido y el otro se
rindió con cinco bajas alemanas. A la una de la tarde, el general Gandin
informaba a sus tropas que todavía se llevaban a cabo las negociaciones con los
alemanes, pero poco antes de la medianoche, el general pidió a sus tropas que
votaran si que¬rían aceptar o no el ultimátum alemán, procedimiento poco
corriente como poco corriente era la situación. Al día siguiente, las tropas
italia¬nas votaron por unanimidad en contra de la rendición y de toda
cola¬boración con los alemanes. Por otra parte, el general Gandin recibió orden
del gobierno italiano de rechazar el ultimátum alemán; si era necesario, por la
fuerza. Al mediodía, el general Gandin comunicó a los emisarios alemanes cuáles
habían sido las últimas órdenes recibidas y el resultado de la votación de sus
soldados; los alemanes a su vez lo comunicaron que para reflexionarlo le daban
de plazo hasta las nueve de la mañana del día siguiente.
El
15 de septiembre, a las nueve, los alemanes pidieron una tre¬gua hasta la una
de la tarde, y una hora después los primeros bombar¬deros Stuka aparecieron
sobre la isla. El general Gandin dio orden de abrir fuego y la batalla entre
italianos y alemanes empezó. Ahora ambos tenían el mismo número de tropas en la
isla pero los alemanes poseían mejor artillería y apoyo aéreo. La batalla duró
seis días, hasta el 21 de septiembre, en que los italianos, habiendo perdido
más de dos mil hombres, enarbolaron bandera blanca y se rindieron a título de
prisioneros de guerra.
Descubrí
que en el juicio de Nuremberg ciertos detalles de la matanza de Cefalonia se
habían puesto de relieve y dos de los oficiales implicados, los generales
Wilhelm Speidel y Hubert Lanz, jefes del séptimo cuerpo de ejército alemán en
los Balcanes, fueron condenados a veinte y doce años de cárcel respectivamente
y por tanto no pueden ser juzgados otra vez por aquellos crímenes. Algunos de
los otros alemanes implicados, según el veredicto aliado se limitaron a
trans¬mitir órdenes y fueron puestos en libertad. El comandante Haral von
Hirschfel, el más alto oficial de enlace alemán con el vigésimosexto cuerpo de
ejército italiano, del que la división Acqui formaba parte y que había estado
en el escenario de Cefalonia, fue muerto en acción de guerra en el frente ruso,
en 1944.
Hoy
sabemos algo que ni el tribunal de Nuremberg, ni en 1957 el tribunal militar de
Roma sabían: Martin Bormann, lugarteniente de Hitler, dio orden «de alto
secreto» (Geheime Reichssache) de que todos los prisioneros de guerra de
Cefalonia fueran ejecutados como represalia por no haberse rendido
inmediatamente. La orden fue transmitida por eslabones del mando hasta llegar
al oficial de enlace Hirschfel de Cefalonia, formándose un comando de ejecución
bajo las órdenes del capitán Rademacher de la armada alemana y de los tenientes
Heidrich y Kuhn del ejército alemán. Los prisioneros italianos fueron
desarmados, cargados en camiones, como para llevarlos a cam¬pos de
concentración, pero en lugar de ello fueron conducidos a lugares solitarios de
la isla, en las proximidades de Cocolata, Trojanata, Cons¬tantinos y allí
ejecutados por pelotones del ejército alemán y luego incinerados en masa.
Durante
el 21 y 22 de septiembre, después del cese de hostilidades, casi todos los
soldados y oficiales restantes de la división Acqui fueron ejecutados. El
general Gandin lo fue a las siete de la mañana del 24 de septiembre y aquel
mismo día 260 oficiales italianos eran conducidos al faro de Phanos, al norte
de Argostolion y allí ejecutados, sus cuerpos colocados en una enorme lancha
después que cargaron de pesadas piedras, la lancha remolcada hasta alta mar y
allí hundida. Uno de los últimos actos de la represalia tuvo lugar el 25 de
septiembre en que varias docenas de soldados y oficiales heridos fueron sacados
del hos¬pital de la división y ejecutados. El 28 de septiembre, al encontrar
los alemanes diecisiete marineros italianos que habían venido escondién¬dose,
los fusilaron en el acto. De la entera división de nueve mil hombres, sólo unos
treinta lograron esconderse en la isla. Luego lo¬graron escapar y aparecerán
como testigos cuando el juicio empiece.
En
los últimos pocos años, comisiones del ejército italiano han conseguido hallar
las fosas de Cefalonia, de ejecutados en masa. El padre Luigi Ghilardini, que
fue capellán de la división, vive hoy en Genova y ha escrito un libro titulado
«I martiri di Cefalonia». Los oficiales que estuvieron al mando de los
pelotones de ejecución alemanes, se hallan hoy en las listas de reclamados por
la justicia. (El coronel Berge, uno de los emisarios, probó que había sido
enviado a Creta antes de ini¬ciarse la matanza.)
En
febrero de 1966 hablé con el fiscal Obluda, de Dortmund, que se trasladó
personalmente a Cefalonia para hacer investigaciones de pri¬mera mano y espera
poder llevar a los culpables ante el tribunal. Posteriormente se nos unieron
otros varios demandantes. Había una pregunta que nadie podía contestar: ¿cómo
era posible que las auto¬ridades alemanas ignoraran los crímenes de Cefalonia,
el asesinato de miles de personas?
Si
un día en Turín una anciana y apenada dama no hubiera venido a verme, la
mayoría de alemanes seguirían sin saber nada de Cefalonia.
CAPITULO
XXIV
EL
«ARIANIZADOR»
Durante
los últimos años he frecuentado Holanda bastante y he estado en íntimo contacto
con el Centro de Documentación holandés de Amsterdam con motivo de la búsqueda
del SS que apresó a Ana Frank y de las investigaciones a propósito de Erich
Rajakowitsch. El alto triunvirato que rigió los Países Bajos durante la
ocupación alemana estuvo compuesto de tres destacados nazis austríacos: Arthur
Seyss-Inquart, Reichskommissar de Hitler; Hans Fischboeck, Generalkommissar de
Finanzas y Comercio; y el Gruppenführer de la SS Walter Reuter,
Generalkommissar de Seguridad pública. Esos tres hombres formaban el núcleo del
llamado Donau-Club «Club Danubio» cuyos miembros eran prominentes nazis de
Holanda. Después de la guerra, muchos criminales de guerra nazis prestaron
declaración en diversos juicios en Holanda, atestiguando que los miembros del
«Club Danubio» tomaban todas las decisiones importantes en la ocupación
alemana, que sus componentes se reunían todos los viernes y discutían asuntos
de vida o muerte, mejor dicho, de muerte. Uno de los jefes, Seyss-Inquart, fue
ejecutado en Nuremberg y Reuter en Holanda.
¿Y
Fischboeck? Mis amigos de Holanda creían que habría muerto pero yo me negaba a
creerlo porque no tenía ninguna prueba de ello. Empecé a estudiar los dossiers
Fischboeck: la primera ficha era de fecha de febrero de 1938, de cuando Hitler
envió sus primeras «de-mandas» al Canciller de Austria Schuschnigg y entre
ellas había la petición de que Hans Fischboeck fuera nombrado ministro de
Co¬mercio del nuevo gobierno austríaco pro-nazi. (Según los informes,
Fischboeck se había alistado en el Partido ilegal nazi en Austria en 1937
obteniendo el carnet número 6.133.529.) Pero Schuschnigg denegó las demandas y
pocas semanas después, Hitler invadió Austria. Entonces Seyss-Inquart formó
gabinete y en él Hans Fischboeck fue nombrado Ministro de Economía y Comercio.
Durante la subsiguiente persecución de judíos austríacos, Fischboeck demostró
su talento para el robo en gran escala y el saqueo al por mayor pues fue él
quién trazó el detallado plan de «arianización» de toda propiedad judía en
Austria, como lo prueban los documentos que se leyeron en Nuremberg el 29 de
noviembre de 1945 en presencia de Goering.
Durante
el interrogatorio de Goering, el fiscal leyó el documento número 1816-PS y la
prueba número USA-261 que demostraban la eficacia con que la administración de
Seyss-Inquart había despojado a los judíos austríacos de sus bienes. La
política a seguir se debatió en una reunión que tuvo lugar el 12 de noviembre
de 1938 en Berlín, bajo la presidencia de Goering, en el Ministerio del Aire
del Reich, a la que asistieron, según posterior testimonio de Goering,
Heydrich, jefe de la policía secreta nazi, Frick, ministro del Interior;
Goebels; Funk, ministro de Economía; el Conde Schwerin von Krosigk, minis¬tro
de Finanzas; y «Fischboeck, de Austria».
Después
que el diplomático alemán Ernst von Rath fuera ase¬sinado en París por el
estudiante judío Hershel Gruenspan el 7 de noviembre de 1938, Fischboeck
aconsejó a Goering que impusiera a todos los judíos de Austria y Alemania una
multa colectiva de mil millones de marcos como represalia. Según los documentos
de Nurem¬berg, Fischboeck había propuesto el siguiente plan detallado para
des¬pojar a los judíos de sus pertenencias:
«Excelencia:
En este asunto «el problema judío» tenemos ya un plan completo para Austria
pues en Viena hay 12.000 arte¬sanos judíos y 5.000 judíos con tiendas al por
menor. Antes de tomar el poder, habíamos trazado un plan a seguir para los
comerciantes con un alcance de 17.000 almacenes, de los cuales unos 10.000
deberían cerrar definitivamente y 2000 permanece¬rían abiertos; 4.000 de las
5.000 tiendas podrían ser cerradas y 1.000 permanecerían abiertas, es decir,
arianizadas. Según este plan, entre 3.000 y 3.500 de la totalidad de los 17.000
al¬macenes permanecerían abiertos, el resto clausurados. Ello ha sido decidido
tras investigación en cada ramo en particular y de acuerdo con las necesidades
locales y puede ser hecho público en cuanto se proceda a un acuerdo con las
autoridades compe¬tentes y tan pronto recibamos la ley que solicitamos el
pasado septiembre que nos facultará para retirar las licencias de los
artesanos, completamente independiente del "problema judío"».
La
contestación de Goering fue:
«Haré
que ese decreto se promulgue hoy.»
Y
luego, alegremente, comentaba:
«Tengo
que hacer constar que la propuesta es magnífica. De este modo todo el asunto
quedará liquidado en Viena, una de las capitales judías, digamos que por
Navidad o a final de año.»
El
ministro de Economía alemán Funk dijo:
«Aquí
podemos hacer otro tanto.*
—En
otras palabras —dijo en Nuremberg el fiscal—, la solución de Seyss-Inquart fue
tan apreciada que pasó a considerarse, en el resto del Reich, modélica.
Pero
en realidad, la solución de Seyss-Inquart, era la solución de Hans Fischboeck.
Posteriormente,
entre los perseguidores de judíos en Holanda, Fisch¬boeck fue uno de los
peores. El 8 de abril de 1942, visitó un campo dé trabajos forzados donde había
dos mil judíos, y luego escribía en un informe a Seyss-Inquart: «Los judíos
están tan bien alojados y alimentados que ni nosotros mismos nos lo
explicamos», pasando a continuación a proponer cambios radicales. Fischboeck
estuvo pre¬sente en la llamada «Reunión Judía» el 16 de octubre de 1942 con
Seyss-Inquart y otros, en que se discutió la deportación de los judíos
holandeses. Tengo correspondencia de 1941 entre Seyss-Inquart, Reuter y
Fischboeck en la que los tres prominentes miembros del «Club Danubio»
mencionaban por primera vez «Aussiedlung» (reinstalación) de los judíos en
lugar de «Auswanderung» (emigración). En el ínterin, Fischboeck llevó a cabo un
saqueo completo de la economía holandesa: «liquidó» 13.000 empresas judías,
«arianizó» 2.000 almacenes judíos e hizo la transferencia de varios miles de
millones de florines holan¬deses a Alemania.
La
deportación de los judíos holandeses fue llevada a cabo con total ausencia de
sentimientos humanos. Tengo una carta escrita por un judío holandés llamado G.
A. Van der Hall y dirigida al general Chrístiansen jefe del ejército alemán en
los Países Bajos, en la que Van der Hall expone que perdió ambas piernas en
acción en mayo de 1940 y pide que le eximan de ser deportado como judío. Fue a
pesar de ello deportado y murió en un campo de concentración, y cuando
posteriormente fue hallada su carta, había escrita en ella la siguiente nota:
«Un judío sigue siendo judío, con o sin piernas».
Fischboeck
es uno de los componentes de aquel pequeño grupo dentro de la jerarquía nazi,
familiarizado completamente con los de¬signos y la maquinaria de la «Solución
final del problema judío», que colaboró en el desarrollo de la «Solución
final». Un hombre listo, lleno de recursos, cruel. Después de que los aliados
hubieron liberado gran parte de Holanda, Fischboeck con su plana mayor se
trasladó a la parte más al norte del país y siguió allí «liquidando» propiedad
judía y trans¬firiendo fondos a Alemania.
Terminada
la guerra, el nombre «Fischboeck» figuró en las listas de personas reclamadas
por la justicia, tanto en Austria como en Holanda, pero no pudo ser hallado.
Por aquel entonces, en Austria, nazis del calibre de Fischboeck eran condenados
a cadena perpetua por mucho menos de lo que él había hecho, pero fue juzgado in
absentia por alta traición y todos sus fondos en Austria confiscados, cuando
aquel juicio, en Holanda hubiera tenido como resultado pena de muerte. Pero no
pudo ser hallado en ninguno de los dos países; en Austria pasó a figurar en la
lista de «desaparecidos» y en Holanda se dio por supuesto que habría muerto.
No
hubo rastro de él hasta que una anciana judía vino a verme a mi oficina un día
de septiembre de 1965, desesperada, pues durante la Segunda Guerra Mundial,
cuando ella y su esposo estaban a punto de ser deportados, un amigo no judío se
presentó y les prometió ocuparse de su negocio «hasta que volvieran».
—Ahora
es el director general de la firma aquí en Viena —me dijo la anciana—. He ido a
verle pero lo niega todo, no quiere recordar que se hiciera cargo de nuestra
firma. Me dijo que no le molestara y me echó.
La
antigua canción. Los viejos habían cometido el «error» de sobre¬vivir, de
regresar y pedir su propiedad. Le pregunté si lo habían formalizado por
escrito.
—No
nos atrevimos a proponerlo —me contestó—. Confiábamos en él.
—¿Podría
usted probarlo? —le pregunté.— ¿Tiene algún testigo?
—Sí,
mi marido puede darle los nombres de varias personas que estuvieron al
corriente de la transferencia de la firma, el doctor Hans Fischboeck es uno de
ellos, pues tuvo mucho que ver con la «arianización» de la propiedad judía.
—Fischboeck
no podrá hacer nada —le dije—. Ha muerto.
La
mujer se me quedó mirando:
—No
había muerto hace cuatro semanas. Conozco a una mujer austríaca que me dijo que
había hablado recientemente con Fischboeck y me afirmó que era ahora un
Industrie-Berater (Consejero industrial) en una gran ciudad alemana.
—¿Podría
conseguir que le diera la dirección?
La
anciana movió la cabeza:
—A
mí no me la dará. Sigue manteniendo su simpatía por los nazis.
Después
que la mujer se hubo marchado, me quedé un buen rato pensando: un criminal más
que había sobrevivido y prosperado mientras todo el mundo le suponía muerto.
Inicié la investigación. Poco después de la guerra, concluí, Fischboeck había
pasado a Italia y de allí a Sudamérica con ayuda de la ODESSA, estableciéndose
en la Ar¬gentina. En 1957, después que el Parlamento austríaco hubo revo¬cado
su ley sobre criminales de guerra, el nombre «Hans Fischboeck» desapareció de
la lista austríaca de ellos, y Fischboeck creyó el mo¬mento oportuno de
regresar a Europa.
Según
dijo la anciana, él era ahora Consejero Industrial en Ale¬mania lo que
significaba que probablemente viviría en una gran ciudad industrial alemana.
Cursé varias cartas y pedí a diversos amigos de Alemania que comprobaran si
Hans Fischboeck constaba en el listín local. Las respuestas fueron negativas...
Entonces me dediqué a estu¬diar el Kompass alemán, una especie de «Quién es
quién», del mundo del comercio, industria y finanzas alemán. Allí encontré el
nombre de Juan Fischboeck, ciudadano argentino, Consejero financiero.
Domicilio: Alfredstrasse 140, Essen.
Sí,
era Fischboeck, criminal de guerra y ahora miembro respetado de la comunidad de
Essen, viviendo en una casa a menos de una hora de coche de la frontera
holandesa. Descubrimos que tenía pasaporte argentino número 4507366, expedido
en Buenos Aires el 25 de sep¬tiembre de 1957. Informamos a las autoridades
judiciales holandesas y el Centro de Documentación holandés y la policía
holandesa reco¬pilaron un grueso dossier de pruebas de criminalidad que fue
entrega¬do al Ministerio de Justicia de La Haya. El embajador holandés en Bonn
notificó oficialmente el hecho a las autoridades alemanas y el fiscal de Munich
que investiga los crímenes de guerra alemanes cometidos en los Países Bajos fue
asimismo informado.
Sucedió,
sin embargo, que aquellos crímenes de los que las autori¬dades holandesas
podían hallar pruebas directas y contundentes, caían dentro del Estatuto de
Limitación alemán. Hasta ahora no se ha pedido a los alemanes que concedan la
extradición de Fischboeck a Holanda donde sus crímenes no entran en tal
Estatuto.
Su
permiso de permanencia en Alemania expiró el 6 de abril de 1966 y la policía
fronteriza austríaca ha sido informada que no pue¬de regresar a su país natal.
Las autoridades holandesas intentan con¬seguir pruebas, mediante testigos y
documentación, de que Fischboeck fue cómplice de asesinato, lo que no cae
dentro del Estatuto alemán de Limitación. Todavía puede que le llegue el día al
doctor Hans Fischboeck, «arianizador» maestro.
CAPÍTULO
XXV
EPILOGO
Los
relatos de muchos de mis casos son realmente difíciles de creer y ello me lleva
a recordar la profecía del Rottenführer de la SS, Merz. No supe nunca su nombre
de pila pero me acuerdo de él muy bien.
Era
una tarde de septiembre de 1944. Nos hallábamos cerca de Grybow, Polonia,
durante la retirada alemana del Este. El campo de concentración de Lwów había
sido liquidado, sus docientos guardas SS se habían «desenganchado» con éxito
del avance del ejército rojo y yo era uno de los treinta y cuatro
supervivientes del campo que los SS «guardaban» como pretexto de su retirada
hacia el Oeste.
Aquella
tarde, el Rottenführer Merz me había invitado a echar con él un vistazo en el
pueblo vecino. La comida escaseaba, se trataba de conseguir algunas patatas, y
como yo hablaba polaco, Merz pensó que podría serle útil.
Era
un día caluroso. Encontramos dos sacos pequeños de patatas en casa de un
campesino; así, que de vuelta al vivac cada cual cargaba con uno de ellos, cosa
ya de por sí insólita, porque de costumbre yo hubiera tenido que llevar los
dos. Al llegar a un arroyo, junto a un bosque, Merz propuso que nos sentáramos
un poco a descansar.
Merz
fue uno de los pocos SS que se había mostrado siempre correcto con los
prisioneros: no nos había apaleado, nunca nos había hablado a gritos, sino que
se dirigía a nosotros con un Sie, el «ustedes» alemán, como a seres humanos.
Sin embargo, yo no estaba preparado para lo que siguió:
Merz
me dijo:
— De
pequeño me contaron aquel cuento de hadas del niño que quiere ir a cierto
lugar, expresa su deseo y un águila de alas enormes lo lleva allí. ¿Lo
recuerda, Wiesenthal?
—Bueno,
recuerdo el de la alfombra mágica.
—Si,
la idea es la misma.
Merz
se había echado boca arriba y contemplaba el cielo. Nos embargaba el murmullo
de los árboles y el suave rumor del arroyuelo. Todo era pacífico, irreal, el
prisionero y el SS descansando en el idílico campo en medio del apocalipsis.
—¿Y
si el águila se le llevara a América, Wiesenthal? —me pre¬guntó Merz—. Was
würden Sie dort erzählen? (¿Qué contaría allí?)
Permanecí
silencioso. ¿Estaría tratando de observar si cometía una indiscreción?
Merz
adivinó mis pensamientos. Sonrió y me dijo:
—No
tema. Puede hablar con franqueza.
—Herr
Rottenführer —contesté con tacto—. La verdad es que nunca lo he pensado. ¿Cómo
iba a llegar yo a América? Es como si pretendiera ir a la luna.
Yo
intentaba ganar tiempo. Aun admitiendo que Merz era la excep¬ción, el SS bueno,
¿cómo iba a confiar en él?
—Imagínese,
Wiesenthal, que llega a Nueva York y que la gente le pregunta: ¿cómo eran esos
campos de concentración alemanes? Dígame, ¿qué respondería usted?
Reflexioné.
Ahora estaba seguro de Merz y confiaba en él. Pero aún así, me era difícil
contestar.
Le
dije, recuerdo que vacilando:
—Creo...
creo... creo que les diría la verdad, Herr Rottenführer. . ¿Iba a matarme?
Había visto a los SS matar con mucho menor motivo.
Merz
seguía contemplando el cielo. Asintió con la cabeza como si hubiera esperado
aquella sincera contestación.
Nada
añadí. Era más seguro dejarle hablar a él.
—Usted
le contaría la verdad a la gente de América. Eso es. Y, ¿sabe lo que ocurriría,
Wiesenthal?
Se
incorporó lentamente, me miró y sonrió:
—No
le creerían. Dirían que usted se había vuelto loco y hasta quizá le encerraran
en un manicomio. ¿Cómo podría nadie creer seme¬jante horror sin haber pasado
por él?
APÉNDICE
Abwehr.
Servicio de Contraespionaje de la Wehrmacht, bajo las ór¬denes del Almirante
Canaris. Canaris fue detenido y ejecutado en 1944 como espía aliado y la Abwehr
cayó en desgracia.
Anschluss.
(Unión), se refiere a la incorporación de Austria al Reich en marzo de 1938.
Argentina.
Al final de la Primera Guerra Mundial, mientras Austria y Alemania atravesaban
la crisis política y económica que siguió a su derrota, muchas personas de
ambos países emigraron a Argentina. Y no era de extrañar que en su mayoría los
nuevos emigrantes fueran nacionalistas radicales que no quería vivir en la
derrotada Alemania «esclavizada por las cadenas de Versalles». Con su
acostumbrada diligencia los nuevos inmigrantes erigieron escuelas, fábricas,
empresas, fundaron periódicos y revistas y ganaron considerable influencia
política. En notable corto tiempo, llegaron a posiciones clave en sus nuevos
países de adopción, pero siguieron siempre en contacto con la patria,
espiritual y políticamente. Para cuando su patria fue regida por el Führer, muchos
alemanes y austríacos de Argentina se reunieron para apoyar a éste y los nazis
sabían de la importancia de los Auslandsdeutschen, alemanes en el extranjero.
La NSDAP contaba con una buena organización en la Argentina, y al comienzo de
la Segunda Guerra Mundial el Partido Nazi argentino contaba con 60.000
miembros. El Gauleiter Bohle, de Berlín, cabeza de todos los alemanes en el
extranjero, estaba representado en Buenos Aires por su lugarteniente Heinrich
Korn.
Los
Auslandsdeutschen no desdeñaban oportunidad en la Argentina y tenían flotas
comerciales, instituciones culturales, programa de intercambio de estudiantes,
un servicio especial de noticias, el Transozean (que podía competir con la
Reuter y los servicios telegráficos americanos) y periódicos y revistas
mantenidos por el ministro de Propaganda Goebbels. Y el agregado militar a la
Embajada argentina en Roma, aprendió alemán para poder leer la edición original
de Mein Kampf: el nombre de ese agregado era Juan D. Perón. El 17 de octubre de
1943, Perón dirigió a sus descamisados en su marcha hacia Buenos Aires,
imitando la estrategia de Mussolini e imitó otras cosas también cuando fue
elegido presidente en 1946. Tenía comandos de vuelo especiales organizados algo
así como los SS Rollkommandos y su secretario particular era hijo de un alemán
nazi. Después de la guerra, los nazis enviaron especialistas y dinero a la
Argentina, incluso el mis¬mo Perón, según una investigación hecha en Buenos
Aires después de su caída, recibió alrededor de cien millones de dólares.
Buenos Aires se convirtió en el terminal de la vasta organización clandes¬tina
de viaje ODESSA. Los alemanes abrieron hoteles y pensiones, suministraron
documentos de identidad a los nuevos SS inmigrantes, manteniendo excelentes
contactos con los más altos oficiales del gobierno. En cierta ocasión, un grupo
de alemanes argentinos proyectaron volar a Alemania y liberar a los criminales
nazis internados en la prisión de Landsberg.
Conferencia
de Wannsee. El 20 de enero de 1942, Reinhard Heydrich convocó una reunión de
quince altos burócratas nazis en el barrio berlinés de Wannsee y en ella se
tomó la decisión de adoptar la «Solución final del problema judío»: deportación
al Este, trabajos forzados y ejecución en masa. Entre los nazis presentes Adolf
Eichmann era de los de graduación menor pero recayó sobre él hacer que la
«Solución final» fuera llevada a cabo eficaz¬mente.
Estatuto
de Limitación. Ni la Biblia, ni el Derecho romano, ni el Derecho canónico
cuentan con Estatuto de Limitación para críme¬nes ni tampoco el Derecho
anglosajón transmitido a la moderna Inglaterra y a los Estados Unidos, que se
basa en el principio de tempus non ocurrit regi (el paso del tiempo no influye
en la persecución del crimen). Ni en Gran Bretaña ni en Estados Uni¬dos, existe
Estatuto de Limitación alguno para el asesinato y los austríacos resolvieron el
dilema restaurando una antigua ley austríaca que no reconoce Estatuto de
Limitación para los asesinos. Pero en Alemania tuvo lugar en 1964 un gran
debate cuando pareció que el gobierno quería dejar en desuso el Estatuto de
Limitación, y bajo la presión de la opinión mundial se planteó la cuestión en
la Alemania Occidental de si el Estatuto de Limitación de veinte años debía ser
prorrogado. Casi unos 70.000 criminales nazis habían sido sentenciados hasta
entonces pero todavía había 13.000 sospechosos pendientes de juicio, juicio que
no tendría lugar si el Estatuto se aplicaba. De cada cuatro cartas que llegaban
al Bundestag de Bonn, tres eran en favor que el Estatuto se aplicara; («Hay que
poner fin a la cuestión... No se puede tratar a un país como si fuera un
delincuente juvenil...»). El Dr. Ewald Bucher, ministro de Justicia de la
Alemania Occidental, se opuso a la prórroga del Estatuto, alegando que casi
todos los nazis im¬portantes habían ya sido capturados y juzgados (Bucher
pertene¬ció a las Juventudes hitlerianas y fue miembro del Partido nazi).
Bucher, miembro del Partido Democrático Libre (FDP) que forma coalición con la
CDU (Unión Cristiano Demócrata) de Ludwig Erhard; ésta se vio bajo grandes
presiones por sus colegas de Partido; el FDP iba tras los votos de los alemanes
de derechas y neonazis.
En
su mayor parte la prensa alemana y casi toda la élite intelec¬tual y política
de la Alemania Occidental se mostró en desacuerdo con Bucher. Por mi parte
presenté a Bucher un conjunto de 360 cartas de políticos, científicos,
artistas, juristas y escritores ale¬manes y austríacos en favor de la
prolongación del Estatuto, entre ellas del cardenal Agustino Bea, del obispo
protestante Hans Lilje, del banquero Hermann J. Abs, del profesor Cari J.
Burckhard, de los premios Nobel Max Born y Werner Heisenberg, entre otros. Tras
un agotador debate, el Bundestag votó por considerar el 21 de septiempre de
1949, día en que la Alemania Occidental empezó a cuidar de sus propios asuntos,
como fecha punto de partida para el Estatuto de Limitación, lo que significaba
que el Estatuto de Limitación proseguirá hasta el 21 de septiembre de 1969.
Aun
en el caso que el Estatuto fuera prorrogado indefinidamente, jamás sería
posible perseguir todos los criminales nazis. Por ejem¬plo, tomemos Auschwitz:
por lo menos 6.000 actuaron en distintas épocas allí como guardas, personal
técnico de las cáma¬ras de gas y crematorios, médicos y empleados
administrativos. Sólo de 900 de ellos se conoce el nombre; de éstos, unos 300
fueron entregados a los polacos y de la mitad de los 600 restantes se saben sus
residencias, pero no en cada uno de los casos exis¬ten testigos que quieran
declarar ante un tribunal. En los campos de concentración, las víctimas no
conocían los nombres de sus torturadores, excepto los de ciertos criminales de
alta categoría, como Mengele y Stangl. Pero las ruedecillas anónimas de la
ma¬quinaria de exterminio, los hombrecillos que mataban a unos pocos aquí,
otros allá, los que aplicaban el gas, inyectaban dosis letales de ácido
fénico... ¿dónde están ahora? Paseándose en libertad, probablemente con más
salud que las víctimas que lo¬graron sobrevivir y quizá con sueño más
tranquilo.
Gestapo.
Geheime Staatspolizei (policía secreta del Estado). Organi¬zación de seguridad
del Partido, a la vez dentro y fuera de Ale¬mania.
Gleichschaltung.
Completa sincronización de todas las actividades políticas o no políticas de
los nazis.
Krístallnacht.
El 7 de noviembre de 1938, el Legatianssekretar Erwin von Rath, diplomático de
la Embajada alemana en París, fue asesinado por Hershel Gruenspan, un judio
polaco. Como repre¬salia, Reinhard Heydrích ordenó quemar o destruir todas las
si¬nagogas de Alemania y Austria en la noche del 9 de noviembre. Los almacenes
judíos fueron saqueados y ello marcó el principio del fin de los judíos en
aquellos países. Los nazis recuerdan la Kristallnacht (noche de cristal) porque
las calles quedaron cubier¬tas de cristales rotos de los escaparates de las
tiendas y almace¬nes judíos. De ahí el nombre «noche de cristal».
NSDAP
o NS: Nationatsozialistische Deutsche Arbeitpartei (Partido Alemán
Nacional-socialista Obrero), fundado por Hitier en 1919 a partir de un pequeño
grupo llamado Partido Obrero Alemán. En este libro se designa generalmente por
«Partido nazi».
Referat
IV B 4. Departamento dirigido por Eichmann, con la misión de llevar a cabo la
«Solución final del problema judío».
RSHA.
Reichssicherheitshauptamt, es decir, Ministerio del Interior de la SS,
comprendiendo todos los Servicios de Inteligencia y Contrainteligencia
(Espionaje y Contraespionaje).
SA
Sturmabteitungen, tropas de choque de uniforme color pardo, fundadas en 1921,
divididas originariamente en grupos de cien hombres.
SD
Sicherheitsdienst, la «crema» de la élite, el Servicio de Inteligencia de la SS
bajo las órdenes de Reinhard Heydrich.
SS
Schutzstaffel (guardia de seguridad), en su origen, guarda pesonal de Hitler
fundada en 1923, reclutada entre los miembros más «duros» de la SA, celadores
del orden en los mítines políticos.
En
1929 Hitier pidió a Himmler que convirtiese la organización de la SS en el
cuerpo escogido del Partido.
Waffen
de la SS. «Fuerzas armadas» de la SS.
Wehrmacht. Fuerzas armadas alemanas.
CAPÍTULO
XXII
LA
HERENCIA DE CAÍN
En
diciembre de 1961, en Bruselas asistí a una conferencia de la Unión
Internacional de la Resistencia, de la cual soy vicepresidente, y en esa
reunión, el señor Hubert Halin, secretario general de La Union des Resístants
et Déportés, nos pidió a mi amigo Hermann Langbein (secretario general del
Comité Internacional de Auschwitz) y a mí que tratáramos de localizar en Viena
a un tal Robert Jan Verbelen, Oberstürmbann-führer de la SS, nacido en Flandes,
jefe de la SS fla¬menca, lugarteniente del líder fascista Degrelle y el más
importante confidente de la Gestapo en Bélgica. El 14 de octubre de 1947,
Verbe¬len había sido declarado culpable in absentia del asesinato de 101
per¬sonas por un tribunal belga. Halin creía que Verbelen vivía en Viena,
posiblemente bajo el seudónimo «Jean Marais», con el que había es¬crito muchos
libelos neonazis, pues Halin había recogido buen aco¬pio de material contra
Verbelen.
Langbein
y yo sabíamos algo más de las actividades de «Jean Ma¬rais». Había sido
destacado miembro de un equipo llamado SORBE (Social Organische Ordnungs
Bewegung Europas, o sea Movimiento de reajuste orgánico-social de Europa), que
convocó un congreso en Salzburgo al que «Marais» asistió.
A
nuestro regreso a Viena, Langbein y yo, cada cual por su parte, comenzamos a
buscar a «Jean Marais». No conseguimos hallarle y tu¬vimos que desistir. Pocas
semanas después recibimos sendas cartas urgentes de Halin apremiándonos a
proseguir la investigación. Hablé con Langbein y como no había un tal «Marais»
en Viena, acordamos buscar a Verbelen bajo su verdadero nombre, cosa que no
habíamos hecho, si bien no había muchas probabilidades que un criminal nazi con
condena pendiente conservara su nombre.
Sin
embargo era exactamente eso lo que había hecho. El mismo día Langbein y yo
hallamos un tal Robert Jan Verbelen en el registro oficial de la policía, que
vivía en Greinergasse, en el distrito de Döbling. Langbein envió a un hombre
que informó que la tarjeta de visita de Verbelen estaba clavada junto al
timbre, para que todos la pudieran ver, pues no había intentado nunca
esconderse como noso¬tros suponíamos.
Le
enviamos la dirección a Halin. En la carta de contestación, Halin nos adjuntaba
el veredicto contra Verbelen, que había sido sen¬tenciado a muerte el 14 de
octubre de 1947 por el tribunal de la pro¬vincia de Brabante. Era un extenso
documento, escrito a máquina en flamenco. Llamé a Langbein y juntos fuimos a
ver al fiscal Mayer-Maly, de la audiencia del distrito de Viena, quien
inmediatamente anunció que Verbelen sería arrestado, pero quería primero tener
una traducción oficial del documento flamenco. ¿Quién sabía flamenco en Viena?
—Nos
va a costar mucho encontrar a alguien aquí en Viena que sepa flamenco —le
dije—. Y puede que al final el traductor resulte un SS como Verbelen.
Mayer-Maly
se rió, pero la verdad es que yo no me había equivo¬cado mucho. En el juicio de
Verbelen, el traductor oficial flamenco resultó ser el antiguo secretario del
Dr. Arthur Seyss-Inquart, el Reihskommisar de Hitler en Holanda. Hallamos la
frase clave en el vere-dicto, que decía que Verbelen había sido sentenciado a
«Tot mit dem Koogel» (muerte por fusilamiento); el fiscal Mayer-Maly firmó la
orden de arresto de Verbelen y telefoneó a la policía estatal. Langbein y yo
nos enteramos que Verbelen, a su regreso a Viena, había servido como agente de
la policía del Estado. El alto oficial de policía se puso al teléfono: parecía
haber perdido el habla y no era de extrañar.
—Bueno,
por lo menos sabrá usted dónde encontrarle —dijo el fiscal, y le leyó la orden
de arresto.
A
las diez y media habíamos ido a ver al fiscal. A la una de la tarde Verbelen
fue detenido.
Remontándonos
hasta 1936, Verbelen había fundado entonces una organización en Bruselas
llamada «De Vlag» que decía ser una sociedad germano-flamenca «de cooperación
cultural». Pero era en realidad un equipo de espionaje que trabajaba para la SS
de Berlín y que recibía órdenes directamente de la RSHA. Su cabeza, un hombre
llamado Van de Wiele, está en la actualidad en una cárcel belga. Los crímenes
de Ver-belen han recibido amplia publicidad. Traicionó a los patriotas belgas y
a los que com-batían en la Resistencia, entregándolos a los SS; participó en
gran número de actos de terror y asesinó con sus propias manos a Georges Petre,
alcalde de Saint-Josse-ten-Noode, el 31 de diciembre de 1942; a Emile Lartigue,
en Woluwe-Saint Lambert, el 20 de enero de 1943; y a Raoul Engel, abogado de
Ixelles el 24 de febrero de 1943; sin mencionar otros noventa y ocho
asesinatos, todos ellos descritos en un veredicto de varias páginas a máquina.
Varios aviadores americanos que cayeron en manos de SS, se cuentan tam¬bién entre
sus víctimas. También, según el veredicto, Verbelen par¬ticipó personalmente en
la tortura de diversas víctimas antes de ser asesinadas. Es una fea historia,
aún juzgándola por las feas normas que privaban en la SS.
Al
terminar la guerra, Verbelen desapareció. Escapó a Alemania y de allí a Viena,
donde llegó con el pasaporte de Isaac Meisels, un judío de Amberes que había
sido asesinado en Auschwitz. (No se ha dado nunca la explicación de cómo
Verbelen se apoderó del pasaporte de Meisels, ni tampoco de lo que les ocurrió
a ciertos diamantes que Meisels llevaba en tubos de dentífico cuando salió de
Amberes.)
Verbelen
usó otros nombres en Viena, pero en 1958 pidió naciona¬lización austríaca bajo
su verdadero nombre, Robert Jan Verbelen, y según la ley austríaca, toda
solicitud de nacionalización debe ir acom¬pañada de pruebas de no haber sido
reo de crímenes en ningún país. Un llamado «certificado de buena conducta» es
imprescindible y todo solicitante es sujeto de investigación por parte de la
policía austríaca. Pero a Verbelen, condenado a muerte en Bélgica, al parecer
le bastó una simple llamada telefónica a la Embajada belga en Viena para probar
que no había impedimento para adoptar la nacionalización austríaca, y así se
convirtió en ciudadano austríaco el 2 de junio de 1959. Los periódicos
austríacos se preguntaban si se trataría de un caso más de Schlamperei
(chapucería) austríaca... o si Verbelen ten¬dría amigos en muy altos círculos.
El
juicio de Verbelen tuvo lugar en Viena en 1965. Se defendió con habilidad y
arrogancia, dando a los jurados largas conferencias de cómo había actuado «bajo
presión y fue puesto en libertad. Se produjo una ola de indignación en Bélgica,
fuera de Bélgica e incluso en Viena; los estudiantes protestaron y los
periódicos criticaron en su mayoría el veredicto. Verbelen salió de la sala de
justicia como hom¬bre libre, pero todavía no se ha dicho la última palabra
contra el que fue Obersturmbannführer.
Trabé
conocimiento con Herr Toni Fehringer, uno de los cincuenta Kapos (confidentes)
alemanes, en septiembre de 1944, en el campo de concentración de Plaszow, cerca
de Cracovia, Polonia. En su mayoría, los Kapos eran antiguos reos: criminales
convictos, tahúres y asesi¬nos, enviados a los campos de concentración para
«servicio aparte». Algunos de ellos eran buenos hombres, y dentro de esta
categoría re¬cuerdo particularmente un antiguo pirata llamado Schilling que
hizo carrera a principios de los años treinta en el mar del Norte, donde él y
unos compinches se habían especializado en asaltar yates de recreo. Detenían un
yate elegante, aliviaban a los pasajeros de dinero con¬tante y joyas y dejaban
partir de nuevo al yate. Perseguido por la policía alemana, Schilling escapó a
Sudamérica, pero en 1937 volvió a la Vaterland (patria), llevado del Heimweh,
particular versión de la añoranza germana. Tenía nombre falso y un bonito
pasaporte falso también, pero en cuanto puso los pies en la patria, en
Hamburgo, entró en un burdel del barrio de Reeperbahn. El Heimweh tiene
efec¬tos diferentes sobre las diferentes personas y aquella noche se armó un
escándalo en el Reeperbahn. Schilling fue detenido, identificado y metido en la
cárcel. Era un amable Robin de los Bosques que aligeraba al rico de su dinero
inútil para con él ayudar al pobre y cuando dos prisioneros del campo de
concentración tenían una discusión y uno de los dos le decía a Schilling:
«Fíjate en ése, era de los ricos», podía ocurrir que Schilling abofeteara al ex
rico; pero por un judío pobre era capaz de hacer mucho, traía comida y nos
protegía contra los con¬fidentes de instintos perversos.
Entre
estos últimos, el peor de todos era Toni Fehringer, que tenía veintiún años,
era rubio, de nariz respingona y tenía una expresión maliciosa y brutal en sus
ojos azules. Sus mujeres (siempre tenía va¬rias) le llamaban der blonde Toni,
pero los prisioneros, más como co¬rrespondía, die blonde Bestie (la bestia
rubia). Disfrutaba de habita¬ción propia, especial comida de la SS y otros
privilegios.
Había
confidentes de todas clases. Schilling, por ejemplo, salvó la vida de muchos
judíos que habían cometido ofensas menores, como haber llegado tarde al trabajo
o no haber saludado a un SS al pasar. Cuando Schilling veía que un SS llevaba
la mano a su fusil, le daba rápidamente una bofetada al prisionero y le
derribaba.
—¡Vamos!
—le decía al SS—. No se ensucie las manos con un puerco judío, Herr
Rottenführer. Ya le castigaré yo por usted.
El
prisionero puede que perdiera un diente, pero no la vida.
Toni
Fehringer era distinto. Tenía a su cargo el llamado Kommando 1005, al que
pertenecía yo, brigada de trabajo muy especial: cavar fosas para ejecutados en
masa en aquella zona, desenterrar los cadáveres y quemarlos o hacerlos
desaparecer de algún otro modo. La ofensiva soviética iba avanzando hacia el
Oeste y los alemanes que habían llenado previamente aquellas fosas con los
cuerpos de inocentes civiles, querían evitar que ocurriera lo que en los
bosques polacos de Katyn, donde miles de cuerpos de oficiales polacos que
habían sido ejecutados por orden de Stalin, fueron posteriormente descubiertos
en 1941 por las avanzadas nazis, que hicieron una inmensa propaganda del crimen
ruso. Los alemanes no querían que les ocu¬rriera algo por el estilo; así que todos
los ejecutados en masa de Polo¬nia eran exhumados y toda traza de huella de
cadáveres borrada. Los alemanes tenían listas exactas de las fosas y de los
cuerpos enterra¬dos en ellas, confeccionadas cuidadosamente y por triplicado;
algunas cayeron posteriormente en manos de los aliados y se emplearon como
prueba en varios juicios nazis. Nuestra tarea en Plaszow consistía en
desenterrar los cadáveres y quemarlos o, si eso ya no era posible, tri¬turar
los huesos hasta convertirlos en polvo; luego, plantar césped y flores sobre el
lugar que ocuparon las fosas del
massacre. No era tarea agradable, por eso el comandante del campo nos
daba doble ración de comida y los mejores barracones. Después de trabajar
catorce horas, con el terrible hedor de los cadáveres y del humo de las piras,
regresába-mos tambaleándonos a nuestros barracones, soñando en unas pocas horas
de sueño o de olvido. Pero allí estaba el rubio Toni aguardán¬donos, que nos
ordenaba salir al campo de entreno a hacer «gimnasia» ; arriba, abajo, correr y
saltar y luego treinta flexiones de rodilla hasta que los hombres más débiles
se derrumbaban. Fehringer no tenía órdenes de la SS, sólo que le gustaba
hacerlo, pavoneándose siempre de sus ejercicios de tortura particulares.
Hacía
otras feas cosas además: azotaba tanto a los prisioneros, que enfermaban y a
los enfermos los liquidaban rápido. Mientras trabajá¬bamos en las fosas,
Fehringer inspeccionaba los cuerpos que había¬mos desenterrado, llevaba en la
bota unas pinzas como las que usan los dentistas y con ellas sacaba los dientes
a los cadáveres buscando empastes de oro que los SS hubieran pasado por alto.
Si encontraba alguno, se metía el diente en el bolsillo y luego lo cambiaba por
schnapp, que siempre tenía en abundancia. Yo me prometí que si lo¬graba
sobrevivir al Kommando 1005 y a la guerra, buscaría al bonito Toni, el rubio.
En
1946 conocí en Linz a una mujer polaca que había estado en el campo de Plaszow
y que me dijo nos había observado muchas veces desde el patio de mujeres:
—Veía
cómo el grupo de usted regresaba y veía cómo Toni se divertía con todos —me
dijo—. ¡Qué sadismo!
Le
conté que había pensado muchas veces en Toni Fehringer pero que no sabía de él
sino que hablaba alemán con acento austríaco. Entonces la mujer polaca me dijo
que había oído decir que Toni procedía de la Alta Austria, lo que no
significaba nada importante pues el nombre de Fehringer es corriente en la Alta
Austria. Un día de 1947, estaba yo en la hemeroteca pública de Linz leyendo
diarios an¬tiguos nazis pues me había dado cuenta que resultaban ser una
fasci¬nante fuente de información. Los nazis habían cuidado de destruir y
borrar las pruebas del pasado pero sin duda se olvidaron de los archivos de las
hemerotecas públicas, que contenían ejemplares de sus periódicos.
Mientras
estaba apuntando algunos nombres interesantes oí la con¬versación de dos
hombres a mi lado, uno de los cuales era un Sippenforscher (investigador de
parentesco) profesión de la que yo nunca había oído hablar. Era un hombre de
edad, simpático y le pregunté en qué consistía exactamente su cometido. Me
explicó que durante el régimen nazi, cada Gauleitung tenía empleados varios
técnicos con la misión de comprobar los Ariernachweise (certificados de origen
ario), aquellos importantes documentos capaces de decidir entre la libertad o
la cárcel, el bienestar o la pobreza y muchas veces entre la vida y la muerte.
—Más
de uno presentaba certificados falsos a los Gauleitung —me dijo el hombre—.
Teníamos que comprobar los informes, las partidas de nacimiento y de bautismo y
llevar a cabo una investigación genea¬lógica. La mayoría de los Sippenforsche
habían sido Heimatforscher (historiadores locales). Gracias a Dios ya no tengo
que seguir hacién¬dolo y ahora vuelvo a escribir historia local.
De
camino a casa, tuve una idea: ¿y si pidiera a un antiguo «investigador de
parentesco» que me ayudara a encontrar a Toni Fehringer? Cualquiera de aquellos
especialistas, sabría muchas cosas de los Fehringers de la Alta Austria. Una
semana después, fui a ver a un Heimatforscher de Linz, que había sido miembro
del Partido nazi pero, como averigüé, nunca había tenido papel activo, para
hablarle de Toni Fehringer.
Se
me quedó mirando, dudó y dijo que no quería convertirse en «traidor».
—¿Cometió
usted alguna vez un crimen? —le pregunté.
—Ya
sabe que no —me contestó. Llevó usted una investigación a fondo sobre mis
actividades durante el régimen nazi.
—Sí,
pero sin embargo ahora quiere usted proteger a un criminal común, a un hombre
que abusando de su papel de confidente en un campo de concentración torturó
prisioneros indefensos sólo por puro placer.
Dijo
que no era por eso, sino porque le asustaban las posibles «consecuencias». Le
prometí guardarle el anónimo y que nadie iba a saber que me había ayudado. No
nos encontraríamos nunca en su domicilio.
—Varios
Fehringers viven en el pueblo de Kremstal, entre Kirchdorf y Micheldorf, región
históricamente muy interesante, de antiguas casas barrocas y antiguos
castillos. Cerca de Kirchdorf hay un castillo del siglo XVI, es el castillo de
Alt-Perstein que...
—Muy
bien —le interrumpí—. Enviaré a alguien allí a hacer ave¬riguaciones sobre los
Fehringers.
Dos
días después, uno de mis colaboradores me trajo la noticia de que vivía en
Kirchdorf un tal Anton Fehringer que tendría unos veinticuatro años y del que
los vecinos dijeron no había estado allí durante la guerra. Podía ser el
confidente en cuestión pero yo tenía que asegurarme, así que pedí a un
fotógrafo de Linz que fuera a Kirchdorf haciendo las veces de inofensivo
turista, que sacara fotogra¬fías y que me trajera una de Anton Fehringer.
En
cuanto vi la fotografía supe que aquel era der blonde Toni. Redacté un informe
para la policía, conté la historia del confidente y di nombres de otros
testigos.
Fehringer
fue arrestado y juzgado. Fui citado como principal testigo de la acusación y
declaré al tribunal lo que había hecho. Su abogado alegó circunstancias
atenuantes pues su cliente había obrado bajo «presiones», se había limitado a
cumplir órdenes, y que además, trabajar con el Kommando 1005 le había resultado
muy duro.
Entonces
der blonde Toni se levantó y me pidió perdón. Contesté:
—Personalmente
yo perdono al acusado. Le perdono las palizas que me dio y todo lo demás que he
descrito. Podría decir que hubo circunstancias atenuantes, pero no puedo
conceder al acusado cle¬mencia en nombre de mis compañeros que ya no están en
este mundo. No tengo derecho a hacerlo.
Toni
Fehringer fue sentenciado a siete años de trabajos forzados y murió tres años
después en prisión.
En
1963, recibí un día una carta de un hombre que designaré por su nombre de pila,
Leónidas, que había leído algo acerca de mi trabajo y desesperado pensó que
quizás yo podría ayudarle. Nos en¬contramos en Colonia y Leónidas me contó la
historia que le había obsesionado durante veintidós años. Había nacido en
Plunge, pobla¬ción de Lituania que estaba por entonces a treinta y siete
kilómetros de la frontera alemana. De los seis mil habitantes que tenía
aproximada¬mente Plunge antes de la guerra, unos mil ochocientos eran judíos y
Leónidas, que es judío, me dijo que hasta últimos de los años treinta, siempre
hubo amistosas relaciones entre lituanos y judíos. En el colegio tenía muchos
amigos lituanos; los judíos tenían sus sinagogas, los niños iban al instituto,
había judíos arquitectos, doctores y farmacéu¬ticos.
—Si
alguien hubiera pronosticado lo que iba a ocurrir en Plunge, yo le hubiera
tomado por loco —me dijo Leónidas—. Y ello vale en particular por lo que hizo
un lituano llamado Amoldas Pabresha, al que yo conocí en la escuela, un buen
muchacho, tranquilo y retraído y a veces un poco extraño, pero buen muchacho al
fin.
Los
padres de Pabresha eran propietarios de dieciséis hectáreas de terreno en las
afueras de Plunge, su padre trabajaba de asistente en la farmacia, y Amoldas y
su madre cuidaban de la hacienda. Amoldas era un muchacho delgado, de estatura
mediana, hombros estrechos y cabeza pequeña, que hablaba con voz ronca y
parecía siempre nervioso, casi lleno de aprensión. Hablaba muy bien lituano,
ruso y polaco.
Cuando
en 1940 el ejército rojo ocupó Plunge, Pabresha se declaró ferviente comunista
y entregó sus tierras al comité local del Partido por lo que recibió muy
efusivos elogios. También demostró una nueva e inquietante tendencia a
denunciar a algunos lituanos de la población a la NKVD a los que pasaban a
buscar sin que volviera a saberse de ellos. Aquello fue lo último que Leónidas
supo de Pabresha pues Leónidas fue reclutado para el ejército rojo y llevado a
la Unión Soviética.
Durante
la segunda Guerra mundial, Leónidas obtuvo el grado de comandante del ejército
rojo, y, como tantos soldados de otros ejércitos, muchas veces deseaba fuera su
unidad la que liberara su ciudad natal. Los deseos de Leónidas se cumplieron,
luchó con una división en los países bálticos y un día de 1944 formaba parte de
la unidad que tomaba la ciudad de Plunge.
—El
corazón me latía aprisa cuando nuestros tanques llegaban a las afueras de la
población —me dijo Leónidas—. Me fui derecho a nuestra casa y una mujer extraña
me abrió la puerta, que, asustán¬dose de mi uniforme, escapó. Me marché de allí
con ganas de ver a mis parientes, a mis amigos. Pero no había nadie que yo
conociera.
Paseé
por aquellas calles tan familiares pero ahora llenas de extraños: Plunge se
había convertido para mí en una ciudad fantasma. Me iba ganando la
desesperación: no había ni una sola cara familiar en la población en que yo
había nacido. Al final, me fui a ver al sacerdote, que excepcionahnente seguía
siendo el que yo conocía. Me abrazó y los dos lloramos.
El
sacerdote describió a Leónidas la terrible odisea. En el verano de 1941, los
alemanes habían ocupado Plunge y de pronto el camarada Pabresha se convirtió en
un entusiasta de los nazis y en un esbirro de la Gestapo. Si lo hizo o no
siguiendo órdenes del Partido Comunista, no se sabía, pero el sacerdote contó a
Leónidas que a los pocos días de la llegada de los alemanes, Pabresha había
iniciado un pogrom que sólo acabó cuando todos los judíos de Plunge, todos
hombres, mu¬jeres y niños, hubieron sido asesinados.
—No
lo podría describir ni ahora —le había dicho el sacerdote—. Primero azotaron a
los judíos y los llevaron a todos a la sinagoga delante de la cual la multitud
encendió una hoguera y los judíos fueron obligados a echar a ella sus «Toras»,
reliquias y libros de rezos. Luego Pabresha arrojó a varios viejos a las llamas
y los remató a tiros. ¿Te acuerdas del anciano doctor Siw, al que todos
veneraban como exce¬lente médico? Pabresha le hizo hincar de rodillas y comer
estiércol. Y no fue más que el comienzo. El populacho estaba enloquecido y
Pabresha era el peor de todos. Llevaron a los judíos a Kaushenai, un pueblo que
está a tres kilómetros y allí empezó la matanza definitiva. Los fusilaron a
todos, hombres, mujeres y niños. Intenté salvar a unas jóvenes que conocía del
instituto haciéndolas arrodillar, bauti¬zándolas y diciendo a Pabresha que
desde entonces eran cristianas. Saltó contra mí, me derribó al suelo y vi cómo
las agarraba por los cabellos y luego como las mataba a tiros. Sí, y su mujer
también cogió un fusil y mató a muchos. Perdí el conocimiento, después de
aquello estuve enfermo muchos meses. Los médicos creyeron que mi mente se
trastornó... Cuando me rehice, ya no quedaba nadie vivo. Uno de los últimos
judíos ejecutados fue Freimaas Israilowicius, propietario de la farmacia donde
el padre de Pabresha trabajaba. No te sorpren¬derá saber que Pabresha se
apropió la farmacia, las tierras y la casa de su antiguo patrón asesinado.
Leónidas
fue incapaz de hablar durante un buen rato después de oír el relato del cura
pero al fin le preguntó por el paradero de Pabresha.
—Se
marchó con los alemanes —le dijo el sacerdote—. Mi fe me manda perdonar,
Leónidas, pero cuando pienso en Amoldas Pabresha, en mi corazón... no encuentro
clemencia.
Leónidas
no lloró al despedirse del sacerdote ni se quedó en Plunge pues las casas le
eran tan extrañas como las caras de la gente. Se fue de la fantasmal población
y sintió aún mayor afán de continuar luchando contra los alemanes, pero desde
entonces no dejó de pensar sobre todo en localizar a Pabresha. Leónidas creyó
que tenia una misión para la que Dios había reservado la vida al último judío
de Plunge.
No
encontró a Pabresha. Terminada la guerra, su división fue enviada otra vez a la
Unión Soviética y allí integrado en otra unidad, destinada a la Alemania
Oriental. Últimamente, Leónidas decidió pedir asilo en el Berlín Occidental,
buscó en diversos campos de refugiados de la Alemania Occidental, a lituanos y
a personas proce¬dentes de los países bálticos. Algunos habían visto a Pabresha
después de la guerra y Leónidas fue siguiéndole la pista hasta descubrir que
Pabresha, con su mujer y sus dos hijos, habían emigrado a Australia, bajo
nombre polaco, entre 1948 y 1949.
Allí
acababa la pista. Leónidas no sabía cómo proseguir pero sabía que tenía que
hacerlo y por eso había venido a verme.
Otro
terrible crimen se había descubierto sólo porque un hombre había sobrevivido
entre cientos o miles. ¿Cuántas Plunges existen? ¿Cuántos Pabreshas que no
conocemos?
Leónidas
había descubierto que el íntimo amigo de Pabresha, un médico lituano llamado
Viadas Ivinskis, a quién Leónidas conocía también, había emigrado a Australia
alrededor de 1948. Ivinskis en la actualidad ejerce la medicina en Guinea y a
través de un antiguo habitante de Plunge que vive ahora en París, Leónidas
descubrió que los Pabresha y los Ivinskis habían estado juntos en Australia
hasta 1956, pero que, sin embargo, para entonces los Pabresha planeaban irse a
Estados Unidos.
—Lo
que quiere decir —dije a Leónidas— que tenemos que encontrar una familia
(mujer, hombre, dos niños) que probablemente hacia 1948 marcharon a Australia
bajo nombre polaco falso que no conocemos y que después de 1956 pasaron a
Estados Unidos.
—Parece
imposible —asintió él.
—Probablemente
ese doctor Ivinskis sabe dónde están —le sugerí.
Escribí
a Australia y recibí una carta de una monja católica que había hablado con un
sacerdote de Nueva Guinea, el cual conocía al doctor Ivinskis pero que no podía
facilitarnos la información que nece¬sitábamos.
Busqué
otro medio. Si los Pabresha estaban en América, probable¬mente tendrían
relación con otros lituanos; así, que rogué a un amigo que pusiera un anuncio
en varios de los periódicos lituanos que se publican en América diciendo que un
antiguo habitante de Plunge, ahora llamado Smith, había muerto dejando su
considerable hacienda a los supervivientes de Plunge, los cuales podían
escribir a la dirección que se indicaba.
Nadie
contestó al anuncio. Puede que Pabresha lo leyera y no se atreviera a escribir.
¿Duerme
bien cuando piensa en Plunge?

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