© Libro N° 6004.
¡Thorbod!, La Raza Maldita. White, George H. Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © ¡Thorbod!, La Raza Maldita. George H. White
Versión Original: © ¡Thorbod!, La Raza Maldita. George H. White
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
¡THORBOD!, LA RAZA MALDITA
George H. White
¡THORBOD!, LA RAZA MALDITA
© Editora Valenciana, S. A., 1976
EDITORA VALENCIANA, S. A. Calixto III, 25 - Valencia Talleres:
Tipografía Valenciana Calixto III, 26 - Valencia I. S. B. N. 84-7.149-038-2
Depósito legal: V. 2.169.-1976 Printed in Spain
A
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Dado
el interés despertado por las formidables aventuras de la familia Aznar, que
tanta acogida ha tenido entre el público lector de este tipo de novelas, y ante
las numerosas consultas que se nos han hecho, interesándose por conseguir
números atrasados, notificamos a nuestros estimados lectores que pueden
solicitar los ejemplares publicados que deseen, bien por mediación de sus
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VALENCIANA
Calixto
III, 25
VALENCIA
– 8
Enviando
su importe en sellos de correos, sin usar, naturalmente, o bien solicitando se
les envíe CONTRA REEMBOLSO a sus propios domicilios.
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si el importe del pedido nos lo remiten en sellos de correos, que el valor de
estos no sea de cantidad superior a siete pesetas cada uno.
CAPITULO
PRIMERO
EMOLCADO a cien kilómetros por hora, montado
sobre el esquí acuático, Tuanko Aznar se sentía henchido de una felicidad
interior, gozando plenamente del sol, el viento y el olor a sal y a yodo,
mientras el agua pulverizada le azotaba el rostro. Junto a él, a unos doce
metros de distancia, esquiaba Melania Ovando. Tuanko la admiró con el rabillo
del ojo.
Alta,
esbelta, el largo cabello desplegado al viento, desnudo el bronceado cuerpo,
sin más ropa que un diminuto taparrabo, la muchacha ofrecía una bella estampa
salvando con hábiles flexiones de piernas las crestas de las olas que venían a
su encuentro.
Tuanko
tuvo la impresión de que el aerobote que les remolcaba había aumentado la
velocidad. Las olas eran cada vez más altas. Lanzó un mensaje telepático a
Virela:
"Corres
demasiado, hermanita. ¿Quieres que nuestra huésped se rompa una pierna?"
El
mensaje debió llegar a su destino. Poco después sentía entre sus sienes como
una voz que le decía:
"Corremos
igual, debe ser el viento. Veo que el mar está picando, tenemos una tormenta a
nuestras espaldas. Debemos regresar."
Tuanko
volvió ligeramente la cabeza para mirar atrás.
Efectivamente,
del lado de tierra el cielo se cubría rápidamente de negras y amenazadoras
nubes. Las tormentas solían ser frecuentes en la región, se formaban
rápidamente y descargaban con inesperada violencia.
En
la breve distracción de Tuanko el esquí de éste se encaramó sobre la cresta de
una ola. Perdido el equilibrio se vio proyectado por el aire, soltando en
última instancia el palo unido a la cuerda de remolque. A cien kilómetros por
hora, incluso en el agua, era un buen batacazo. Tuanko cayó de costado, rebotó
como una piedra en la líquida superficie y sintió el crujido del esquí al
romperse, al mismo tiempo que un agudo dolor en la rodilla derecha.
Fue
una zambullida terrible, con entrada violenta de agua por las fosas nasales y
la boca, y dolor en un hombro. La rodilla, sobre todo, le dolía mucho mientras
nadaba para salir a la superficie.
Al
mirar a su alrededor, tosiendo y escupiendo agua salada, vio el aerobote que
estaba describiendo un amplio círculo en el aire para regresar donde él estaba.
Sintió el mensaje telepático de Virela, preocupada por haberle perdido de
vista. "Tuanko, ¿dónde estás?" Le contestó mentalmente: "Estoy
bien, no pasa nada. Ven a recogerme." Pero Tuanko pensaba al mismo tiempo
en su rodilla y no pudo desligar esta idea del resto de su mensaje. La
preocupación y el dolor físico de Tuanko fueron captados por Virela.
"Algo
te duele. ¿Es la rodilla? Sí, es la rodilla. Voy a buscarte."
El
aerobote se acercó perdiendo velocidad, remolcando todavía a Melania. Al cesar
el impulso que hacía resbalar el esquí sobre el agua, Melania Ovando se fue
hundiendo poco a poco hasta que su cabeza quedó oculta por las olas, cada vez
más grandes y rápidas.
La
aeronave descendió verticalmente sobre el lugar donde se encontraba Tuanko
hasta posarse en el mar. Virela asomó por la borda su juvenil torso desnudo,
tendiendo una mano a su hermano. El aerobote, en forma de cápsula aplastada,
estaba construido de aluminio y medía ocho metros de longitud por dos metros y
medio de ancho. En la parte trasera, sobre la tobera de popa, se levantaba un
breve timón pintado con tres franjas: roja, blanca y azul. Sobre la franja
central blanca figuraban trece estrellas amarillas formando un círculo,
representando los trece planetas de procedencia de las naciones Tapo. Esta era
la bandera de la República de Maquetania. La aeronave era capaz para seis
viajeros, cómodamente instalados en asientos individuales reclinables tapizados
de símil cuero, y todavía quedaba atrás un amplio espacio para bultos y
equipaje. Desde este espacio libre Virela ayudaba a Tuanko a trepar a bordo.
Tuanko llevaba todavía en el pie el esquí roto. Mientras Virela le desataba el
esquí llegó nadando Melania Ovando.
Virela
ayudó a Melania a subir a bordo.
—Tuanko
se ha lastimado una rodilla —dijo Virela.
El
joven se había dejado caer en uno de los asientos y Melania Ovando se acercó a
mirarle la rodilla.
—¿Duele
mucho?
—¡Uy!
—Siempre
creí que los tapos no sentíais el dolor.
—¿Piensas
que somos de piedra?
—Pero
todo eso que se dice de vosotros: insensibilidad al dolor... curas por la
fuerza del pensamiento... ¿es falso?
—La
insensibilidad al dolor es cosa de autosugestionarse. En cuanto a las curas por
la fuerza del pensamiento se necesita cierta especialidad.
—¿Quieres
decir que sólo lo hacen vuestros curanderos? ¿Como ese tío abuelo tuyo... cómo
se llama?
—Adler
Ban Aldrik. Y no es un curandero, sino médico. Además, ni siquiera es tapo. El
es bartpurano.
Tuanko
la miró enojado. La miró a la cara y a los desnudos senos. Melania se ruborizó,
alcanzó una blusa y se la puso.
Aunque
había aceptado la costumbre de los tapos, Melania Ovando no acababa de asimilar
esta forma desenfadada de mostrar su desnudez. Virela lo hacía con toda
naturalidad, pero Melania estaba educada de forma distinta. En Renacimiento, la
dictadura de MacLane, que ya duraba cincuenta años, había derivado hacia formas
muy restrictivas del pensamiento y la moral, que representaban un evidente
retroceso incluso sobre la norma de conducta de los valeranos, que ya eran de
suyo bastante conservadores.
Incluso
poniendo el mejor empeño en mostrarse liberal, Melania no podía evitar cierta
vergüenza. Después de todo, Virela tenía senos pequeños y duros, tan bronceados
como el resto del cuerpo, y por esto poco llamativos. Pero Melania, con sus
senos exuberantes y blancos, llamaba particularmente la atención.
Después
de todo, no era cierto que los varones tapo no concedieran importancia a estas
cosas. La forma en que Tuanko Aznar la miraba desmentía la especie de que los
tapos eran insensibles a la desnudez femenina.
Respecto
a Tuanko Aznar, Melania sentía una morbosa curiosidad. Físicamente el muchacho
no tenía peros; alto, atlético y terriblemente guapo. Su bisabuelo fue el
Almirante Miguel Ángel Aznar, impulsor y fundador de la primera colonia
terrícola en el circumplaneta Atolón. Su abuelo fue también Almirante Mayor del
autoplaneta "Valera". Deportado al mismo tiempo que el Almirante
MacLane, sufrió persecución de éste, vivió un tiempo con los ghuros y casó con
una joven tapo.
Por
una razón u otra, los Aznar eran hombres de leyenda, predestinados a acometer
grandes y difíciles empresas. La del último Almirante Aznar consistió en reunir
todas las tribus tapos que andaban dispersas por la inmensidad del
circumplaneta, creando una joven y dinámica nación que se llamó República de
Maquetania. En sólo medio siglo de existencia la joven república había
triplicado su población, elevándose en la actualidad a más de trescientos
millones de tapos, que desarrollaban una pujante y brillante civilización,
superior en muchos aspectos a la República de Renacimiento, fundada por el
Almirante MacLane con los 755.580 deportados de "Valera".
El
padre de Tuanko era Alejandro Aznar, un científico de talla extraordinaria,
creador de la nueva Armada Sideral tapo.
El
tío abuelo de Tuanko, el universalmente conocido Adler Ban Aldrik, era el
último superviviente de la antiquísima raza bartpur; matemático, filósofo y
parasicólogo, famoso por sus intervenciones quirúrgicas y sus milagrosas curas
psicokinésicas. Hijo de este hombre sorprendente era el vicealmirante Aznar,
actualmente apartado de la carrera militar y desempeñando la función de
embajador en la República de Arbra.
Melania
y su familia sólo podían referirse al vicealmirante en términos de gratitud,
pues desde hacía una semana los Ovando eran huéspedes de la embajada, donde
habían solicitado asilo político después de escapar de Renacimiento y del
régimen de opresión del Almirante MacLane.
Mientras
Melania se anudaba los faldones de la blusa, la esbelta Virela había ido a
sentarse ante los mandos del aerobote. Tuanko, en uno de los asientos
posteriores, había cerrado los ojos y parecía concentrarse en sí mismo.
El
aerobote se elevó en el aire y viró para poner proa a la ciudad. Virela accionó
un botón eléctrico en el cuadro de instrumentos que hizo correrse la cubierta
transparente de "diamantina".
Al
elevarse en el aire, el aerobote fue zarandeado por el viento que impulsaba a
las nubes tormentosas. Estas tormentas solían ser frecuentes y muy
espectaculares en la región.
Las
masas de aire caliente que procedían del altiplano pasaban sobre las montañas
Dazza y se encontraban con el aire húmedo y frío del océano. Entre la
cordillera y la costa la jungla era como una inmensa esponja que absorbía el
agua de la lluvia y la transformaba en masas de vapor. Esta selva infernal,
calurosa y malsana, era la que Melania y su familia habían tenido que cruzar
para llegar hasta la ciudad-república de los ghuros.
La
tormenta se desató de forma súbita y violenta. Durante unos minutos los
tripulantes de la aeronave se vieron envueltos en un torbellino de agua y
viento, con los rayos restallando a su alrededor. Tuanko abrió los ojos, se
puso en pie y miró sonriendo a Melania, acurrucada con expresión de temor.
—¿Asustada?
—¿Estaremos
seguros en este aerobote? —preguntó Melania.
—El
aparato es muy bueno; fue construido por los tapos.
En
este momento el aerobote era zarandeado por una violenta corriente de aire.
Tuanko era muy alto y la cubierta de cristal demasiado baja para permitirle
andar derecho. Tuanko se dirigió por el corredor central hacia el lugar donde
estaba Virela.
—Creo
que deberíamos elevarnos por encima de la tormenta. De todos modos, con esta
cantidad de agua no vamos a encontrar la embajada. No se ve nada a dos metros
—dijo Virela.
En
efecto, llovía con tanta intensidad que no se veía nada alrededor del aparato.
Era como si giraran en medio de un torbellino opaco, golpeados por el viento y
zarandeados por las descargas eléctricas. Ni siquiera sabían en qué lugar se
encontraban.
—Bien,
elévate. Esperaremos a que amaine la tormenta, no tenemos prisa —dijo Tuanko.
—Pero
en casa estarán preocupados. Deberíamos llamar por radio.
—¿Con
tantas chispas eléctricas? Bueno, lo intentaremos.
Tuanko
tomó asiento junto a su hermana, descolgó el micrófono y encendió la radio.
Mientras llamaba a la embajada, Virela hacía ascender rápidamente el aerobote.
—¡Hola,
embajada! Aquí Tuanko, dos cero cinco.
Melania
Ovando vino a sentarse en el asiento que estaba detrás del de Tuanko.
—¿Por qué
utilizáis la radio? — dijo
Melania—. Un mensaje telepático con vuestra madre sería más rápido y efectivo,
¿no?
Tuanko
hizo girar su cabeza para mirarla de soslayo.
—¿Te
estás burlando de nosotros?
—¡No!
Lo digo de verdad. Con todas estas chispas habrá una interferencia terrible.
¿Interfieren también las descargas vuestros mensajes telepáticos?
—¡Melania,
te estás pasando! —dijo Tuanko amenazador. —Perdona.
—Ni
perdón ni narices. Sé lo que estás pensando, olvidas que puedo leer tus
pensamientos y me consta que te divierten estas rarezas de los tapos. Bueno,
pues sepas que podría enviar un mensaje telepático a mi abuela o mi tío y ellos
seguramente lo captarían. Pero yo no soy tan buen telépata como Banda o el tío
Fidel, y prefiero utilizar la radio para estar seguro de que me reciben.
Melania
se mordió el jugoso labio sin contestar.
Subiendo
incesantemente a través de las nubes de tormenta, el aerobote salvó los altos
nimbos irrumpiendo bruscamente en el espacio azul, deslumbrante de sol. Tuanko
miró a su alrededor a través de la cubierta transparente de cristal. A menos de
un kilómetro de distancia vio un transporte sideral del tipo llamado
"disco volante". Enorme, macizo y gris, el transporte flotaba inmóvil
en el aire, teniendo debajo un mar de blancas y compactas nubes.
De
la parte inferior de la cosmonave caían al vacío, en continuos chorros,
centenares de hombres equipados con escafandra, armadura de
"diamantina" y mochila de vuelo individual. Todos los hombres iban
armados, la mayoría con fusiles de luz sólida y otros con cañones sin
retroceso. En su caída, los soldados parecían jugar a zambullirse en el lecho
de algodonosas nubes, desapareciendo de vista rápidamente.
Tuanko
quedó boquiabierto. La forma de la cosmonave y la técnica empleada en él le
eran familiares. Solamente los "renacentistas" utilizaban transportes
siderales de este tipo. A pesar de que existían técnicas más económicas para
construir grandes cosmonaves, los "renacentistas" insistían en hacer
las suyas de "dedona", como se habían hecho siempre en la Armada
Sideral Valerana.
Pero
la "dedona", metal entre veinte y cuarenta mil veces más pesado que
el agua, no existía en estado natural en el circumplaneta y sólo podía
obtenerse mediante transmutación atómica a un elevado costo de energía. Por eso
los "renacentistas" no habían podido pasar todavía de sus
"discos volantes" de tres kilómetros de diámetro.
—¡Un
transporte macjuanista! —exclamó Virela.
Los
Aznar eran los inventores del adjetivo "macjuanista" para aplicarlo a
los partidarios del régimen de Juan MacLane, el tirano dictador de la República
de Renacimiento. La palabreja cayó bien y actualmente era de uso generalizado
en la República Tapo (República de Maquetania).
—¡Pronto,
vamonos de aquí! —dijo Tuanko.
Virela
empujó hacia adelante la palanca del volante. El aerobote se hundió como una
piedra abandonada en el vacío, en caída libre a través de la masa nubosa. En
unos segundos estaban de nuevo envueltos en la oscuridad, entre las nubes de
tormenta y la lluvia.
—Ese
transporte, ¿era el "Formidable"? —preguntó Melania con voz
entrecortada a espaldas de los hermanos Aznar.
—¿Lo
conoces?
—Formé
parte de su dotación cuando hice el Servicio Militar Obligatorio. ¿Por qué está
aquí?
—Está
desembarcando tropas especiales de asalto. Obviamente, se trata de una invasión
—dijo Tuanko empuñando el micrófono.
—¡Una
invasión! —Exclamó Melania roncamente—.¡Pero eso es contrario a
la letra de
los acuerdos de paz firmados con
las ciudades-república ghuro!
Tuanko
no le respondió. De nuevo estaba llamando por la radio:
—¡Hola,
embajada! ¡Hola, embajada! Aquí Tuanko, dos cero cinco. ¡Contesten,
por favor!
En
medio del crujido de la tormenta se escuchó por el amplificador una voz que
contestaba:
—Aquí
la embajada. ¿Tuanko?
—Sí,
soy Tuanko. ¿Quién está al aparato?
—Soy
Héctor, tu primo. ¿No me conoces?
—¿Dónde
está tu padre? ¡Llámale! ¡Hay un transporte sideral macjuanista por encima de
las nubes lanzando tropas de desembarco sobre la ciudad! ¡Es una invasión!
—¿Bromeas?
—preguntó la voz entre el restallido de la tormenta eléctrica.
—¡Idiota!
¿Iba yo a bromear en una cosa como esta? ¡Las tropas renacentistas están saltando
sobre la ciudad. Debieron llegar al amparo del frente
tormentoso y deben estar ya en tierra, dirigiéndose a sus objetivos.
—Aquí
está lloviendo a mares, no se ve ni a un metro de distancia. ¡Esto es una
verdadera inundación!
—Pues
no tardarás en ver entrar a los soldados renacentistas.
—¿Por
qué crees que vendrán a la embajada? ¡La embajada es territorio neutral!
—No
para MacLane. Recuerda las veces que ha amenazado con invadir Arbra si esta
ciudad seguía sirviendo de refugio a los fugitivos de Renacimiento. La huida
del Almirante Ovando ha debido colmar la paciencia de MacLane y es el argumento
que va a esgrimir para justificar la invasión. ¿Dónde está el vicealmirante?
Debo hablar con él.
—Espera
un minuto, creo que está comunicando.
La
tormenta seguía crepitando en el amplificador y la lluvia golpeaba con fuerza
en la cubierta de cristal sobre las cabezas de los tres tripulantes del
aerobote. Virela había detenido el descenso de la aeronave y ésta flotaba en el
aire, moviéndose al impulso del viento que empujaba las nubes de tormenta.
Melania
tocó por detrás en el hombro de Tuanko Aznar.
—Tuanko,
¿crees de verdad que MacLane ha lanzado este golpe de mano con el exclusivo fin
de capturar a mi abuelo?
—Tu
abuelo, el Almirante Ovando, personifica la figura del militar profesional
ponderado y honesto, leal al poder instituido. Su evasión representa un golpe
de desprestigio para el régimen macjuanista. Pero existe otra motivación. Los
dictadores como MacLane tienen que estar buscando continuamente pretextos que
mantengan ocupada a la opinión pública y justifiquen en cierto modo la falta de
libertades. Desde hace cincuenta y un años MacLane fustiga al pueblo y lo tiene
ocupado en un interminable "plan quinquenal" de rearme, recordándole
cada día que los ghuros están ahí y representan un peligro. Eso es mentira. Los
ghuros, en cincuenta años, han demostrado ser una gente pacífica, cordial y
laboriosa, respetuosa con la letra y el espíritu de los acuerdos que firmamos
con ellos.
—Los
ghuros nos obligaron a aceptar ese tratado cuando éramos demasiado débiles para
rechazar sus condiciones —protestó Melania Ovando.
—Hablas
con los mismos argumentos que MacLane — dijo Tuanko irónicamente—. Desde niños,
antes incluso de aprender a leer, la propaganda os machaca con slogans falsos o
que sólo muestran una parte de la verdad. La verdad es que si los ghuros
hubiesen querido expulsarnos de este circumplaneta, podrían haberlo hecho hace
cincuenta años, cuando los valeranos acababan de llegar y eran demasiado
débiles para oponer resistencia. El tratado que MacLane denuncia nos favoreció
a los terrícolas. Los ghuros no tenían necesidad de firmarlo, pues eran dueños
de todo el circumplaneta.
—Pero
mucho antes que llegaran los ghuros, hace un millón de años, todo el
circumplaneta era de los terrícolas.
—Los
terrícolas somos tan intrusos en Atolón como los ghuros. Si alguien merece
patente de ciudadanía son los insectos gigantes, las mantis, que llevan
millones de años en el circumplaneta y llegaron a ser dueños absolutos de este
mundo. No hay ninguna razón que justifique las reclamaciones de MacLane sobre
las ciudades-república. Los renacentistas no necesitáis esas ciudades. La costa
es muy malsana y arriba en el altiplano disponéis de un territorio mayor del
que sois capaces de poblar ni en mil años. Además, ahí está el resto del
circumplaneta, del cual los ghuros sólo ocupan las zonas costeras.
—¡Hola,
Tuanko! ¡Hola, Tuanko! —llamaron por la radio.
—¡Hola,
tío! Aquí Tuanko. Escucha...
—Escúchame
tú, Tuanko —interrumpió una voz sonora y bien timbrada—. Puedes ahorrarte las
explicaciones, estoy enterado de lo que ocurre. Los soldados de MacLane no han
aparecido todavía por aquí, está lloviendo a raudales y eso debe dificultarles
la localización de la embajada. Pero no tardarán en llegar. Tuanko, ¿os
encontráis bien?
—Sí,
perfectamente. Estamos en el aerobote, en medio de la tormenta.
—De
acuerdo, poneos a salvo. Dirigíos a Zubia o Godsa, aunque pienso que
probablemente MacLane habrá invadido también esas ciudades. De cualquier modo
podréis llegar a Maquetania haciendo escala en las ciudades ghuro.
—No
te preocupes por nosotros, tío. Pero dime, ¿qué piensas hacer tú? Recuerda que
hay sobre ti una condena de muerte pendiente.
—Lo
sé. Vamos a intentar escapar en un aerobote. Es por eso que no puedo perder más
tiempo hablando contigo. Cada minuto cuenta. Si conseguís llegar a una ciudad
ghuro pedid ayuda o poneos en contacto con tu abuelo para que envíe en vuestra
busca. Voy a cortar, Tuanko. Buena suerte.
—Todos
vamos a necesitarla —contestó Tuanko—. Adiós.
Un
chasquido que anunciaba el corte de la comunicación fue la única respuesta que
obtuvo. Tuanko tocó a Virela en el hombro.
—Cédeme
ese asiento, Virela. Yo pilotaré ahora.
—¿Y
tu pierna?
—Ya
no duele.
Cambiaron
de asiento. Melania sollozaba, pensando en el trágico final que esperaba al
Almirante Ovando si era capturado por MacLane.
Sentado
ante los mandos, Tuanko echó una ojeada al compás giroscópico. Según las
indicaciones de éste, Arbra debía quedar a babor. Tuanko encendió la pantalla
de televisión, que era de tipo reversible pudiendo utilizarse también como
radar.
En
efecto, los ecos del radar que llegaban por babor indicaban que la ciudad se
encontraba a unos cuatro kilómetros. El viento les estaba empujando mar
adentro, lo cual era una buena cosa, pues avanzaban a la misma velocidad que el
frente tormentoso. Sobre la vertical de Arbra, el transporte sideral arrojaba
un enorme eco. Pero se veían otros puntos de luz fluorescente más pequeños que
se apartaban del transporte.
—Ahí
les tenemos —señaló Tuanko—. Están desembarcando material pesado y han lanzado
al aire algunas escuadrillas de caza-bombarderos. Apuesto a que nos han visto
en su radar.
—Es
inútil, no podremos escapar —dijo Melania a espaldas de Tuanko—. Mejor es que
regresemos a Arbra, quiero reunirme con mi familia.
—No,
muchacha, lo siento —dijo Tuanko—. Sólo en el caso de que nos obliguen
regresaremos a Arbra. Tenemos un buen aerobote, capaz de volar en la
estratosfera y alcanzar altas velocidades a condición que le demos tiempo para
acelerar. No tenemos agua ni comida, pero ese es un problema secundario. Antes
qué muramos de hambre o de sed alcanzaremos alguna ciudad ghuro. Lo que me
preocupa son esos malditos cazas. Si nos persiguen no podremos escapar de
ellos.
Tuanko
abrió a medias el acelerador de mano. Temía que si escapaban demasiado aprisa
llamarían la atención de los operadores de radar renacentistas, pero de todas
formas su precaución resultó inútil. En su pantalla de radar tres pequeños
puntos de luz fluorescentes se acercaban dando alcance al aerobote.
Virela
señaló una luz intermitente color ámbar que se encendía y apagaba en el tablero
de instrumentos.
—Alguien
quiere comunicar con nosotros. ¿Será el tío?
—El
tío debe estar demasiado ocupado ahora para comunicar por radio. No, no es él
—dijo Tuanko entre dientes. Y dio otro empujoncito al acelerador.
En
la pantalla de radar los tres puntos de luz se aproximaban con creciente
rapidez. Los caza-interceptores "Delta" eran unos aparatos muy
veloces, capaces de aceleraciones fulgurantes, al contrario que el aerobote,
cuyo motor era de reducida potencia y precisaba de prolongados espacios de
tiempo para alcanzar velocidades de cierta consideración.
Mientras
volaban en la dirección del viento dejó bruscamente de llover. Estaban saliendo
del frente tormentoso. Para adquirir velocidad el aerobote no sólo necesitaba
de cierto tiempo, sino también ganar altura hasta las capas superiores de la
ionosfera, donde la resistencia del aire era casi inexistente.
De
pronto la visión se aclaró ante los ocupantes del aerobote. Era que acababan de
dejar atrás el frente tormentoso adelantándose a éste. A sus pies el océano
volvía a ser azul y sobre sus cabezas brillaba con fuerza el sol.
Al
mirar a su alrededor descubrieron que no estaban solos. Un esbelto
caza-interceptor "Delta" les acompañaba a muy corta distancia por la
derecha, y otros dos "Deltas" se acababan de situar a su izquierda.
Estaban tan cerca que pudieron ver perfectamente la abultada escafandra azul de
los pilotos a través de la cubierta transparente de los cazas y la propia
cubierta del aerobote.
De
la carlinga del caza que volaba en solitario empezaron a salir los destellos de
una lámpara de señales.
—¡Mira,
nos están haciendo señales! —indicó Virela tocando en el codo de Tuanko.
En
efecto, el piloto renacentista estaba utilizando el viejo sistema Morse de
telegrafía por medio de señales luminosas. Tuanko empezó a deletrear a media
voz:
—Va-mos
a ayu-dar-les a es-ca-par pe-ro es ne-ce-sa-rio que us-te-des co-la-bo-ren
con-tes-tan-do a la ra-dio a fin de ga-nar ti-em-po. Pon-gan su mo-tor a to-da
po-ten-cia y es-cu-chen la ra-dio.
—¡Quieren ayudarnos!
—exclamó Virela jubilosa.
Luego se retractó de su impulso preguntando—: ¿Pero cómo pueden
ayudarnos?
—Seguramente
escapando con nosotros —contestó Tuanko—. No son solamente los almirantes
quienes se evaden de Renacimiento.
Tocó
un botón en el tablero de instrumentos. Casi enseguida escucharon una voz clara
y bien timbrada que brotaba a través del amplificador:
—¡Atención,
Tuanko dos cero cinco! Le habla la coronela Aneto, de las Fuerzas Aéreas de
Renacimiento. Estoy en su sintonía y hemos escuchado su conversación con el
embajador. Le aseguro que ni el Almirante Ovando, ni el Vicealmirante Aznar, ni
ustedes, cuentan con la menor probabilidad de escapar... Sé que me está
escuchando, Tuanko. Tengo órdenes estrictas de hacerles regresar o derribarles.
Tuanko
miró a través del transparente de la cabina hacia el "Delta" que
volaba a estribor. El piloto les hacía de nuevo señales luminosas:
—No
con-tes-te to-da-vía. E-lé-ve-se y co-rra cu-an-to pue-da.
Tuanko
puso a tope el acelerador de mano y abrió el regulador del sistema de
sustentación. Al elevarse el aerobote el caza que volaba a su derecha le siguió
en el ascenso. Por la izquierda, uno de los dos cazas se elevó también. Pero el
tercero se desplazó hacia la derecha en una rápida maniobra que suscitó los
recelos de Tuanko, pues pensó que el caza iba a situarse a su cola, en la
posición clásica de ataque.
—Melania,
mira si puedes ver lo que hace ese "Delta".
La
joven se levantó del asiento para mirar hacia atrás.
—Ha
pasado por debajo de nosotros y se ha situado a la cola del caza de estribor
—informó.
Tuanko
volvió la cabeza y vio, en efecto, que el "Delta" había pasado de la
izquierda a la derecha y estaba detrás del caza desde el cual les hacían
señales luminosas. Tuvo entonces un presentimiento. Probablemente captó el
pensamiento de aquel piloto.
Rápidamente
empuño el micrófono:
—¡Hola,
coronela! Tiene a sus espaldas uno de sus propios cazas. ¡Va a atacarle!
Miró
a estribor a través de la cubierta transparente teñida de azul. El
"Delta" de la coronela dio un brusco salto hacia arriba y pareció
detenerse en el aire mientras el caza que le seguía pasaba por debajo. Con una
hábil maniobra la coronela se puso detrás del otro, pasando de perseguida a
persecutora.
Todo
ocurrió con increíble rapidez. El "Delta" de la coronela disparó con
sus proyectores de "luz sólida" del borde de ataque de las cortas y
robustas alas. El abanico de delgados y penetrantes rayos atravesó de punta a
punta el caza que marchaba delante, y probablemente también al piloto.
El
"Delta", evidentemente tocado, describió un tonel y picó en dirección
al mar. Del aparato de radio brotó la voz irritada de la coronela Aneto:
—¡Hola,
Gamma! ¡Hola, Gamma! ¿Me escucha, Bielda?
—¡Hola,
coronela! Le escucho. He visto lo ocurrido. La verdad, ese Sandro nunca me
pareció un tipo de convicciones muy firmes.
—Si
no le merecía confianza y vio su maniobra, ¿por qué no me advirtió?
—Tenía
mi radio sintonizado con la onda de Nodriza. No tuve tiempo de cambiar de
frecuencia y avisarle... aparte de que yo mismo ignoraba lo que Sandro se
proponía hacer.
—¡Bielda,
cállese, no siga! —ordenó la coronela.
Tuanko
sintió curiosidad por saber cómo iba a resolver la coronela aquel asunto. Buscó
en el dial hasta sintonizar la radio de los renacentistas, reconociendo la bien
timbrada voz de la coronela Aneto informando al Mando de Operaciones
Combinadas.
La
coronela ofreció una versión totalmente fantástica del incidente, presentando
al teniente Sandro como un traidor que intentó derribarle, al parecer, con el
propósito de ayudar a los tripulantes del aerobote en su fuga. El Mando, que
había seguido la pérdida del "Delta" a través del radar, dio por
buena la explicación de la coronela, probablemente a expensas de lo que
resultara de una investigación posterior, y ordenó perentoriamente que hiciera
regresar al aerobote o lo derribara. La coronela dijo que estaba intentando
comunicar con los fugitivos, aunque sin recibir respuesta. Dio el enterado y se
despidió.
Tuanko
y Virela cruzaron entre sí una mirada preocupada.
—Temo
que pese a todo no va a poder ayudarnos --dijo Tuanko volviendo el dial a la
longitud de onda que solía utilizar el aerobote—. Nuestro aparato no desarrolla
la suficiente velocidad para ponernos a salvo antes de que el Mando
renacentista entre en sospechas de lo que ocurre y envíe otra escuadrilla de
"Deltas" contra nosotros.
La
voz de la coronela brotó del amplificador.
—¡Hola,
Tuanko! Atienda, sé que me están escuchando. Vamos a concederles un plazo de
cinco minutos para que reflexionen y regresen. En caso contrario nos veremos
obligados a destruirles.
Apenas
había acabado de hablar la coronela cuando Melania Ovando advirtió:
—¡Atención,
están haciendo de nuevo señales luminosas! Tuanko miró a través de la cubierta
transparente del aerobote. En efecto, de la carlinga del "Delta"
estaban haciendo señales luminosas.
—Lo
si-en-to só-lo hay u-na for-ma de a-yu-dar-les. Vi-ren no-ven-ta gra-dos a
ba-bor y di-rí-jan-se a la pe-nín-su-la de Pun-ta Al-ba de-ján-do-se ca-er
co-mo si hu-bie-ran si-do de-rri-ba-dos.
Poco
había donde escoger, y entre lo poco la solución propuesta por la coronela
Aneto era la que parecía ofrecer mayores probabilidades de éxito.
La
península de Punta Alba, de extensión parecida a Australia, colgaba por así
decirlo como un pendiente del extremo de un gran arco de casi seis mil
kilómetros de cuerda. Hacia la parte central del golfo estaba la ciudad de
Arbra, y en el extremo inferior Godsa, otra de las ciudades ghuro que
disfrutaban de un régimen autónomo. En el extremo superior, pero fuera del
golfo, por encima de Punta Alba, se encontraba Zubia.
Si
conseguían llegar a la costa podrían cruzar más tarde la península y llegar
hasta Zubia.
Tuanko
empuñó el volante, haciendo describir al aerobote un viraje de noventa grados.
Volaban a casi 10.000 kilómetros por hora y a una altura de 50.000 metros.
Tuanko calculó que podrían alcanzar la costa y dejarse caer en la impenetrable
selva de la península Punta Alba en unos quince minutos de vuelo, antes que el
Mando renacentista descubriera el engaño de la coronela Aneto y pudieran
alcanzarles los "Delta" que enviarían en su busca.
En
efecto, durante cinco minutos los "Delta" acompañaron al aerobote
volando a su lado. En este momento Tuanko empezó a descender y perder
velocidad. Los dos cazas abandonaron la persecución y pusieron proa al norte
alejándose.
Los
"Delta" eran las aeronaves más rápidas del mundo. Nadie podría
alcanzarles en los 450 millones de kilómetros que todavía tendrían que volar
hasta llegar a Maquetania. En un minuto los dos aparatos se habían perdido de
vista.
Ocho
minutos después, Tuanko Aznar tomaba tierra en un claro de la jungla próximo al
mar, en la costa sur de Punta Alba, y hacía avanzar el aparato hasta dejarlo
oculto bajo los grandes árboles. Todo lo que tenían que hacer era esperar a que
llegaran otros "Delta" en su busca y que se marcharan sin
encontrarles. Más tarde intentarían llegar a Zubia.
CAPITULO
II
la edad de noventa y ocho años el Almirante
Miguel Ángel Aznar había dejado atrás el primer tercio de su existencia. Con una apariencia todavía joven,
se encontraba, por así decirlo, en el umbral de la vejez.
A
partir de esta edad el hombre empezaba a perder facultades. Disminuía su
actividad sexual, veía clarear sus cabellos y empezaba a tener problemas con
determinados órganos de función vital. La Medicina, la Cirugía y la Tecnología
ofrecían valiosos recursos para prolongar la vida del hombre, especialmente en
orden a la imposición de órganos artificiales, injertos y trasplantes. Pero el
futuro, en general, no ofrecía perspectivas muy halagüeñas al centenario.
Salvo
excepciones, a esta edad el hombre había cambiado más de una vez de esposa,
había visto distanciarse a los hijos y perdido de cuenta el número de sus
bisnietos. Entre los cien y los ciento cincuenta años se registraba el mayor
índice de suicidios y enajenaciones mentales.
El
Almirante Aznar, para suerte suya, había nacido en la Era Feliz. Hoy la
Medicina ya no trataba desesperadamente de alargar la vida a base de fármacos,
injertos y trasplantes.
Ya
no se luchaba para vencer a la vejez, empresa inútil en la que la Medicina
siempre terminaba vencida a la larga. Sencillamente se eliminaba la vejez. La
solución consistía en dar el "salto atrás", es decir, abandonar el
organismo cansado y deteriorado y regresar a la naturaleza que uno tuvo en los
floridos años jóvenes. Algo que en una época no muy lejana no era permitido
siquiera soñar, y que actualmente era posible gracias a la máquina
"Karendón".
¡Maravillosa
"Karendón", portadora de la abundancia y la felicidad!
La
"Karendón" era la moderna versión del mítico cuerno de la abundancia.
El
conocimiento de la estructura atómica había llevado al hombre a la sorprendente
conclusión de que todo el mundo material existía en forma de cargas eléctricas
de signos distintos. El átomo estaba formado de electrones (carga negativa), de
neutrones (sin carga eléctrica), protones (carga positiva), además de
neutrinos, positrones, mesones, fotones, piones (ð), kaones (mesones K+,
K", K°), lambdas (X), sigmas (å), cascadas (E) y las llamadas
"resonancias".
Cada
átomo tenía sus características propias, y todos los que pertenecían a un mismo
elemento estaban combinados entre sí de la misma forma.
La
"Karendón" era básicamente una máquina analítica; descomponía la
materia analizando su estructura y escribía el resultado mediante un código de
perforaciones sobre una cinta metálica. Simultáneamente establecía las
coordenadas donde estaba situado cada átomo.
Si
trabajando a la inversa la máquina fuera capaz de crear átomos de distintas
estructuras y colocar cada átomo en el lugar que le correspondía según el
modelo original, el resultado sería la restitución total del objeto previamente
analizado, y éste tendría idénticas características y forma que el modelo.
¡La
"Karendón" podía hacerlo!
Alimentada
por un poderoso caudal de energía eléctrica, la "Karendón"
reconstruía la estructura atómica y situaba cada átomo en el lugar que le
correspondía según el modelo analizado. ¡La "Karendón" transformaba
la energía en materia!
No
en cualquier materia al azar, sino en una determinada clase de materia, o de
una combinación de distintas clases de materias que configuraba en volúmenes,
formas, pesos, colores, olores y sabores... ¡algo realmente fantástico!
Bastaba
echar una mirada" a las posibilidades de la máquina para comprender que
ésta no tenía más limitación que la natural y lógica referida al tamaño de las
cosas. Todo lo que pudiera meterse dentro de la cámara de una
"Karendón" era susceptible de ser desintegrado, analizado y vuelto a
materializar. No una, sino tantas veces como se utilizara la cinta perforada
que la máquina había elaborado en primer lugar. Metales, materiales, cualquier
objeto, cualquier máquina. Vegetales, animales... ¡y seres humanos!
Para
la "Karendón" un hombre no era distinto de cualquier otra cosa. El
ser humano, al fin y al cabo, estaba constituido por átomos, como todo cuanto
existía en la Naturaleza.
¿Qué
ocurría cuando un hombre era desmaterializado en la "Karendón"?
Destruida la materia, el hombre lógicamente debía morir. Pero si tal cual era
volvía a ser materializado, ¿volvía a vivir?
La
respuesta era afirmativa, sólo que inmediatamente surgía otra pregunta
inquietante. ¿Cuántos seres humanos idénticos podía crear una
"Karendón", tomando como base la cinta perforada en la cual estaban
consignados los datos relativos a la naturaleza de un hombre determinado?
Parecía
a simple vista que no debería existir limitación alguna. Sin embargo, en la
práctica, se demostraba otra cosa. La "Karendón", en efecto, podía
crear tantos hombres idénticos como veces leyera la cinta perforada donde
estaba escrita la fórmula de los componentes físicos del modelo. ¡Pero de todos
los sosias que la máquina era capaz de crear, sólo uno de ellos tendría vida!
Todos los demás que salieran de la máquina serían cadáveres.
No
existía explicación lógica para este fenómeno, excepto que se apelara a la
Metafísica. El extraño comportamiento de la máquina había originado
interminables discusiones de tipo filosófico. La respuesta más verosímil era
aquella que más costaba admitir, a saber: la máquina demostraba de manera
irrefutable la controvertida trasmigración del alma.
El
hombre desmaterializado en la "Karendón" disfrutaba de una condición
especial. Su materia estaba constituida de átomos, y la energía de éstos era
liberada de forma súbita y violenta. El alma, que también era energía, era
expulsada del cuerpo mortal, al contrario de lo que ocurría en la muerte
natural, en que era el alma la que abandonaba el cuerpo. La vida del individuo
no terminaba con este accidente, sólo quedaba interrumpida. Cuando la máquina
reconstruía la materia el alma (la vida) regresaba al cuerpo restituido. Esto
ocurría siempre, cualquiera que fuese el tiempo transcurrido entre la última
desmaterialización y la siguiente materialización.
Las
consecuencias de este fenómeno eran fabulosas. Significaba que un hombre podía
"ausentarse" del mundo material un tiempo ilimitado, y regresar con
la misma edad años, siglos o milenios después. En las largas travesías
espaciales, en las que se invertían prolongados períodos de tiempo, los
cosmonautas eran desmaterializados en el momento de partir y restituidos de
nuevo al llegar al punto de destino.
Pero
de todas las aplicaciones prácticas de la "Karendón" ninguna era tan
valiosa como aquella que permitía al hombre prolongar indefinidamente su vida.
La técnica no podía ser más sencilla. A la edad de veinte años el individuo era
desmaterializado en una "Karendón", para ser restituido
inmediatamente. La cinta perforada obtenida por la máquina se guardaba en un
archivo convenientemente clasificada. Cuarenta, cincuenta, o sesenta años más
tarde el mismo individuo se dirigía de nuevo a la "Karendón" y solicitaba
reencarnar en el cuerpo que tenía a la edad de veinte años. El hombre viejo era
desmaterializado y a continuación restituido por la cinta perforada guardada
desde años atrás. El alma del individuo se incorporaba al cuerpo de veinte años
y el hombre así rejuvenecido estaba en condiciones de vivir otros cuarenta,
cincuenta o sesenta años, hasta que los achaques, las enfermedades y
complicaciones propias de la vejez, aconsejaban una nueva reencarnación.
Después
de laboriosas gestiones, al cabo de cincuenta años, el Almirante Aznar había
conseguido, a través de los amigos que todavía conservaba en Renacimiento, una
cinta magnética grabada con los datos que figuraban en otra cinta perforada de
oro cerrada bajo llave en los archivos de la policía macjuanista.
A
los veintiún años Miguel Ángel Aznar Bogani había embarcado en el autoplaneta
"Valera" formando parte de la expedición militar que iba a tratar de
reconquistar los planetas terrícolas, ocupados por los hombres de titanio.
Durante este viaje, en el que "Valera" iba a invertir trescientos
años, se utilizó por primera vez la técnica de la desmaterialización en masa
pan toda la población del autoplaneta. A esta edad se remontaba la cinta
perforada que el Almirante acababa de recuperar.
Aunque
esta cinta representaba el testimonio de la desmaterialización más antigua, el
Almirante Aznar había pasado por otras muchas desmaterializaciones posteriores.
Después de reconquistar la Tierra el autoplaneta "Valera" voló a
través del hiperespacio hasta un remoto sistema solar de estrellas dobles.
Posteriormente, de nuevo a través del hiperespacio, llegó hasta el
antiuniverso, donde entró en contacto con criaturas inteligentes de
antimateria, y finalmente regresó al circumplaneta Atolón. Todos estos viajes
fueron realizados aplicando la desmaterialización masiva a los tripulantes del
autoplaneta.
Cuando
el Almirante Aznar regresó a Atolón tenía cuarenta y siete años y había vivido
veintiséis lejos del circumplaneta. Pero en su ausencia el tiempo real
transcurrido en Atolón era... ¡un millón de años! De la civilización terrícola
que los valeranos dejaron al marchar no quedaba ni rastro.
El
circumplaneta, que antes formaba un anillo perfecto, se había roto en trece
secciones. Los trece nuevos planetas estaban habitados por un nuevo pueblo
llegado de algún remoto lugar del Universo: los ghuros.
En
el circumplaneta quedaban también algunas tribus salvajes de humanoides, los
últimos supervivientes de la civilización terrícola que allí se había
desarrollado y luego se extinguió misteriosamente. Estas tribus, llamadas
tapos, poseían sorprendentes facultades paragnósticas, a pesar de que no sabían
leer ni escribir y habían perdido toda noción de su origen.
Los
ghuros, superiores en cultura a los tapos, llegaron al circumplaneta cuando ya
se había extinguido la civilización atolonita y ocuparon el vacío dejado por
aquélla, reduciendo a los feroces insectos gigantes (las mantis) y acomodándose
a sus anchas en un territorio inmenso, veintitrés millones quinientas sesenta
mil cuarenta y siete veces mayor que todo el globo de la Tierra.
Aunque
muy avanzados técnicamente, los ghuros vivían con ejemplar sobriedad, casi
ascéticamente. Se alimentaban exclusivamente de plancton y algas de finísima
calidad, que ellos mismos cultivaban en aguas claras y poco profundas de los
mares. Su organismo parecía estar
continuamente hambriento de sol, con cuyas radiaciones se realizaba su
metabolismo.
La
vida de los ghuros estaba, por razón de su alimentación, estrechamente
vinculada al mar, a lo largo de cuyas costas levantaban sus ciudades. Se
reproducían por fragmentación, de forma parecida a las estrellas de mar. Cada
cierto tiempo el ghuro, que tenía cuatro brazos, perdía los dos inferiores, y
de cada uno de ellos se formaba un nuevo ser completo.
Los
ghuros eran muy amantes de sus libertades, a tal punto que cada ciudad
disfrutaba de un régimen de total autonomía respecto a las vecinas y a las del
resto del circumplaneta, estando constituidas como ciudades-república. No
obstante solían asociarse para llevar a cabo empresas en común, tales como la
defensa del circumplaneta contra agentes llegados del exterior.
El
único enemigo exterior que los ghuros conocieron en sus ciento cincuenta mil
años de dominio del circumplaneta fueron los valeranos, que llegaron
inesperadamente tripulando un planetillo hueco de dimensiones muy semejantes a
las de la Luna.
Los
ghuros no tenían un idioma articulado, eran mudos y se comunicaban entre sí
telepáticamente. Debido a esta dificultad de entendimiento se produjo el primer
choque violento entre valeranos y ghuros. Una escuadra sideral valerana que se
dirigía al circumplaneta fue destruida totalmente por una fuerza superior
ghuro. El Almirante Mayor del autoplaneta "Valera", padre de Miguel
Ángel Aznar, desapareció en la batalla. El Almirante Juan MacLane accedió al
mando supremo de "Valera" a título de Almirante Mayor.
Después
del primer descalabro, los valeranos se mostraban reacios a participar en una
guerra de reconquista que se anunciaba larga y difícil. Los valeranos sólo eran
veintidós millones, frente a un número de ghuros que podía cifrarse en varios
miles de millones. Cansados de luchar en todas partes, los valeranos
renunciaron a reconquistar Atolón y reclamaron un gobierno democrático elegido
por sufragio universal.
Las
pretensiones de los valeranos eran contrarias a los propósitos de MacLane,
quien apenas en posesión del mando supremo se mostró como un dictador. MacLane
decidió emprender la reconquista del autoplaneta contra la voluntad del pueblo.
Para ello multiplicó en varios millones, utilizando las "Karendón",
un robot de origen bartpurano llamado Izrail, tan perfecto como un ser humano,
a quienes se adiestró como soldados y pilotos. La idea de MacLane fracasó
cuando los robots se amotinaron, negándose a luchar.
En
"Valera", el pueblo se armó después de asaltar los arsenales y se
lanzó a la calle para aniquilar a la policía militar formada exclusivamente de
izrailitas. En la lucha entre valeranos e izrailitas se perdieron muchas vidas.
El pueblo, furioso y armado, reclamó amenazadoramente un gobierno de base
popular, llegando a tal extremo que forzó al Estado Mayor, General a exigir la
dimisión del Almirante MacLane, nombrando en su lugar al joven Almirante Aznar.
Bajo
el gobierno del joven Miguel Ángel Aznar se llevó a cabo la transición entre un
régimen militar y la instauración de una república democrática. Pero el pueblo,
no satisfecho con haber conseguido un gobierno democrático, exigió
responsabilidades. La oligarquía que apoyó al anterior régimen fue condenada al
ostracismo y deportada a Atolón junto con sus familias.
En
total, 755.580 exilados, entre ellos el Almirante Aznar, su hermano y su
sobrino, fueron desembarcados en el antiguo territorio de Bartpur, un
continente oceánico de dimensiones un poco menores que las de toda Asia. Apenas
desembarcado en Bartpur, el Almirante MacLane repuso la dictadura que había
fracasado en "Valera" y ordenó el arresto de los Aznar. Pero estos
consiguieron escapar y, después de muchas vicisitudes, fueron capturados por
los ghuros, de quienes recibieron auxilio y trato humanitario.
Era
muy poco lo que se sabía acerca de los ghuros y la experiencia demostró que
estaban lejos de parecerse a la imagen que de ellos se formaron los valeranos.
Gracias
a la intercesión del doctor Aznar y su hijo Fidel, cuyas facultades
paragnósticas tenían ciertos puntos en común con los ghuros, especialmente en
lo tocante a la telepatía, pudo llegarse a la firma de un acuerdo de
convivencia pacífica entre las naciones ghuro y la pequeña colonia de exilados,
a la que éstos llamaron Renacimiento.
MacLane
se comprometió a ceder a los ghuros la explotación de los recursos de los mares
y océanos, respetando las ciudades de aquéllos a lo largo de las costas. Por el
contrario, rechazó de plano la pretensión de los ghuros de obtener algunas
máquinas "Karendón", que éstos habrían copiado extendiendo su uso a
todo el circumplaneta.
Qué
duda cabía que las máquinas "Karendón" habrían abierto un nuevo
horizonte a los ghuros, resolviendo de una vez para siempre el problema de la
alimentación de grandes multitudes a un costo insignificante.
Mirando
todavía más lejos, en el futuro, MacLane temió un aumento del poder y un
incremento de la población ghuro, que habría frenado los planes expansionistas
de la colonia. Aunque negociaba desde una posición de debilidad, MacLane se
mostró enérgico en su negativa y consiguió lo inesperado. Los ghuros
renunciaron a las "Karendón" y aceptaron el resto de las condiciones
del tratado.
La
satisfacción de MacLane, que pensaba haber obtenido una gran victoria
diplomática, sólo duró lo que tardó en saber que los ghuros acababan de
conseguir su primera "Karendón"... construida por el doctor Fidel
Aznar con ayuda de la tecnología ghuro. El Almirante Aznar tenía entonces
cincuenta años.
La
reacción de MacLane fue tan violenta que en poco estuvo que no desencadenara
una guerra contra el país de los ghuros. Pero hacerlo habría supuesto un fatal
error. La colonia sólo llevaba tres años en Bartpur y no contaba con fuerzas
suficientes para enfrentarse a una coaligación de los ghuros, mucho más fuertes
ahora que tenían las máquinas "Karendón".
Toda
la cólera de MacLane se redujo a juzgar a los Aznar en rebeldía y condenarlos a
muerte acusados de alta traición. Los Aznar se rieron de una sentencia que no
podía alcanzarles, pero jamás pudieron poner los pies en Renacimiento ni
conseguir que les fueran entregadas las cintas perforadas de sus más antiguas
desmaterializaciones.
En
aquella época, el Almirante Aznar llevaba a cabo la gran empresa de su vida,
que consistió en recorrer los trece planetas de Atolón, entablando diálogo con
las dispersas tribus tapo, y persuadirles para que se reunieran formando una
nación única que se llamó República de Maquetania o República Tapo.
Los
tapos eran un pueblo de grandes cualidades. Valientes, amantes de la libertad,
con un coeficiente de inteligencia superior al de los mismos valeranos, poseían
dotes paranormales extraordinarias, algunas de las cuales habían desarrollado
en su larga lucha de sobrevivir a las duras condiciones del circumplaneta,
acosados por las feroces mantis y, aunque en menor medida, también por los
ghuros.
A
través de una larga y paciente labor de captación, el Almirante Aznar llegó a
reunir más de cien millones de tapos, creando una nación más grande y poderosa
que la colonia de Renacimiento. Los tapos adoraban al Almirante, de quien lo
habían recibido todo y a quien por unanimidad nombraron Padre de la república,
título equivalente al de presidente de la nación.
A la
edad de noventa y ocho años, el Almirante Aznar vio la posibilidad de retornar
a sus jóvenes años veinte. Con la cinta magnética en su poder se dirigió al
Instituto Tecnológico, cuyo director era Latorre, un huido del régimen
macjuanista. La colonia terrícola en Maquetania era muy numerosa y seguía
aumentando cada día con la llegada de nuevos huidos. La aportación de estos
científicos e intelectuales al desarrollo de la joven República Tapo había sido
realmente importante. De ellos podía decirse que eran la levadura de una nueva
generación de jóvenes científicos tapo, que estaban transformando el país en un
moderno y pujante estado.
En
el Instituto Tecnológico de Hiperburgo, enorme complejo en el que se formaban y
trabajaban más de veinte mil científicos en diversas especialidades, el
profesor Latorre acompañó personalmente al Almirante Aznar al departamento de
las máquinas "Karendón".
— A
lo mejor me han gastado una broma y me envían la fórmula de un mono en lugar de
la mía verdadera— dijo el Almirante Aznar.
La
primera tarea consistía en perforar una cinta metálica sobre los datos que
figuraban grabados en una cinta magnética. Confeccionada la cinta de oro se
introdujo ésta en una "Karendón" que restituyó el cuerpo físico de
Miguel Ángel Aznar Bogani en uniforme de capitán de navío de la Armada Sideral
de Nueva Hispania, cuando tenía la edad de veintidós años.
Causó
al Almirante una extraña emoción contemplarse a sí mismo en el cadáver de aquel
joven apuesto y vigoroso. Hecha la comprobación, el cadáver fue
desmaterializado en la misma cámara donde había sido restituido.
El
siguiente paso consistía en introducir al Almirante en la máquina,
desmaterializarle y, a continuación, materializar de nuevo el cuerpo de
veintidós años. El alma del Almirante Aznar transmigraría y aparecería dando
vida al joven capitán de navío. Pero antes de efectuar "el salto"
quedaba por hacer otra cosa importante.
El
cuerpo al cual el Almirante se proponía transmigrar era una copia, átomo por
átomo, del hombre que había sido a la edad de veintidós años. Hasta los pelos
de la cabeza y el vello de los brazos eran, uno por uno, idénticos al modelo
original. Y en el mismo caso estaban las células cerebrales. Es decir, el joven
de veintidós años en el cual reencarnaría el Almirante no conservaría más
recuerdos que los que correspondían a la edad que tenía en el momento de
obtenerse esta cinta perforada.
Por
lo general, el individuo que transmigraba aspiraba a hacer realidad aquel deseo
tantas veces repetido: "saber todo lo que sé y volver a empezar de
nuevo". Esto era posible gracias a la máquina "psí".
La
máquina "psí" representaba el logro de largos siglos de estudio del
mecanismo y el comportamiento de la mente. La ciencia había conseguido
interpretar el complejo proceso electroquímico mediante el cual las células
cerebrales formaban el tejido del pensamiento y fijaban los recuerdos en la
memoria.
Concebida
en un principio para explorar la mente y tratar las enfermedades psíquicas, la
máquina había evolucionado de forma continua, ampliando su campo de
aplicaciones. La "psí" exploraba las formas en que se enlazaban y
combinaban las células cerebrales, "leía" las ideas y podía extraer
de la mente el pensamiento más oculto y traducirlo todo a un código de señales
eléctricas que se grababan en una cinta magnética.
Ningún
delincuente o enfermo mental podía resistirse al interrogatorio practicado por
medio de una máquina "psí".
En
cuanto a la reforma de los delincuentes o la corrección de la personalidad, la
"psí" era insustituible. La máquina podía borrar en parte o todo el
contenido de la mente, dejarla en blanco y grabarla de huevo.
Esta propiedad
de la "psí" de "leer" y "grabar" sobre la mente era
utilizada también para la enseñanza. Todas las materias que se consideraban
esenciales en el plan de estudios se extraían de las mentes de los eruditos y
especialistas y se grababan en cintas magnéticas.
El
alumno que iba a asimilar estas materias recibía unos electrodos en el canal de
recepción de la memoria, los cuales se conectaban a la máquina. En estado
hipnótico, el alumno recibía la información contenida en las cintas magnéticas,
mediante una serie de impulsos eléctricos que estimulaban la reacción de las
células cerebrales. Estas células se ordenaban y encadenaban formando la
estructura de las ideas, que a su vez quedaban almacenadas en la memoria. Sin
intervención de la voluntad del individuo y sin esfuerzo alguno por parte de
éste, su mente era enriquecida con los conocimientos y experiencias adquiridos
a través de la "psí".
La
"psí" había dado resultados fabulosos en el campo de la enseñanza. En
la parte negativa tenía el inconveniente de todas las máquinas a las que se
daba un mal uso. Podía destruir la personalidad del individuo, doblegar los
espíritus más rebeldes y convertir a los seres humanos en bestias obedientes a
cualquier imposición. Una de las razones por la cual duraba tanto la dictadura
de MacLane era debida a la enseñanza dirigida y controlada desde los estamentos
del poder más aborrecible. En manos del régimen macjuanista las máquinas
"psí" se habían convertido en auténticas fábricas de autómatas.
Seguro
de poder transmigrar a su joven cuerpo, el Almirante se dirigió al Centro de
Estudios Psiquiátricos, cuyo director era el doctor Fidel Aznar, su hermano
(Adler Ban Aldrik). El doctor Aznar no se encontraba en aquellos momentos en el
Centro, llevaba dos semanas ausente, dedicado a ciertas investigaciones
arqueológicas en el país de los ghuros. Le recibió la doctora Isabel Devesa,
una exilada del régimen macjuanista que recientemente había dado "el
salto", reencarnando en un hermoso cuerpo de veinticinco años.
En
el Centro de Estudios Psiquiátricos fue sometido a un proceso que consistía en
extraer de su mente todos los recuerdos, vivencias, conocimientos y
experiencias acumulados a lo largo de sus noventa y ocho años, grabándolo en
cierto número de cintas magnéticas.
Isabel
Devesa, que conocía al Almirante Aznar de muchos años y se permitía tutearle,
dijo:
— Ya
puedes ir en busca de tu cuerpo.
—
Cuando me veas entrar no me vas a conocer — le dijo el Almirante en son de
chanza.
— Tú
no me conocerás a mí — contestó la doctora.
En
efecto, así ocurrió. En el Instituto Tecnológico el Almirante se despojó de la
chaqueta y vació sus bolsillos antes de entrar en la cámara de una máquina
"Karendón". En el interior de la cámara el Almirante fue desintegrado
totalmente en mitad de un vivísimo relámpago. Los operadores retiraron la cinta
perforada obtenida de la desmaterialización del Almirante e insertaron en su
lugar la cinta que había sido perforada unas horas antes sobre la cinta
magnética recibida de Renacimiento.
Un
minuto después la "Karendón" materializaba en la cámara de
restitución al joven Miguel Ángel Aznar Bogani.
El
hombre que salió por su propio pie de la cámara era un alto y apuesto muchacho
que vestía el uniforme blanco de la Armada Sideral Valerana con galones de
capitán de navío.
El
capitán miró sorprendido a los hombres de bata blanca que le contemplaban con
expresión divertida.
—
Hola — dijo el capitán— ¿Dónde estoy?
—
Está usted en el Instituto Tecnológico de Hiperburgo.
—¿Hiperburgo
es una nueva ciudad de Valera?
— No
estamos en Valera, sino en el circumplaneta Atolón.
—¿Hemos
regresado al circumplaneta? — Preguntó el capitán mostrando cierta inquietud—.
¡Pero si volábamos en dirección a la Tierra! ¿Qué ha ocurrido?
—Soy
el profesor Latorre —dijo uno de los hombres de bata blanca—. Para evitarle
mayores sobresaltos le diré que está usted en su segunda reencarnación. Tenía
noventa y ocho años y acababa de transmigrar a su ser de veintidós. No puede
recordar nada de cuanto ha ocurrido entre los veintidós y los noventa y ocho
años porque sus vivencias pertenecen a la mente del cuerpo que acaba de
abandonar. Pero no tiene que preocuparse, todo su pasado está registrado en
algunas cintas magnéticas que le esperan en el Centro de Estudios
Psiquiátricos. Tendré mucho gusto en acompañarle personalmente, usted no sabría
cómo llegar allá.
Tan
atónito que parecía incapaz de articular palabra, el joven capitán recibió
algunos objetos que al parecer le pertenecían: pañuelo, llavero, pluma fuente,
encendedor y una carterita de cuero que contenía una tarjeta de identidad. El
joven abrió la cartera, leo la tarjeta y miró asombrado la fotografía.
—Almirante
Miguel Ángel Aznar Bogani... ¡soy yo! —exclamó con acento que hizo sonreír a
los presentes. Cierta sospecha le hizo arrugar el ceño—: ¿Llegué realmente a
Almirante, o es todo una broma?
—Llegó
a más que Almirante —afirmó Latorre—. Es usted presidente de una nación de
trescientos millones de súbditos, la República Tapo, oficialmente República de
Maquetania.
—Lo
último que recuerdo es que íbamos camino de la Tierra. Yo llevaba dos años de
servicio de guardia mientras mi padre y la mayoría de los habitantes de
"Valera" estaban ausentes, desmaterializados. ¿Dónde está mi padre?
—Si
no hace preguntas se evitará respuestas que pueden causarle dolor. Espere a
recibir su pasado y todo se le aparecerá claro entonces.
Miguel
Ángel Aznar asintió con la cabeza. Luego siguió al profesor Latorre, que se
había despojado de la bata y le guió hasta un patio de estacionamiento de
aerobotes. Poco después los dos hombres se elevaban en un aerobote y Miguel
Ángel lanzaba una sorprendida mirada sobre la ciudad que se extendía a sus
pies.
No
cabía duda de que se encontraban en el circumplaneta.
Los
dos signos más conspicuos de Atolón eran su sol, mayor que el de la Tierra,
brillando siempre inmóvil en el cenit, y la concavidad de su superficie. El
circumplaneta era un gigantesco anillo de materia solidificada. Desde cualquier
punto de él podría verse el resto de los continentes y los mares de la
totalidad de este singular hiperplaneta.
La
ciudad, Hiperburgo, se extendía hasta perderse de vista tras la neblina sobre
valles y colinas, sin solución de continuidad. Ríos, lagos, bosques y montañas
quedaban comprendidos dentro de esta ciudad enorme, formada por pequeñas casas
unifamiliares medio emboscadas entre la fronda de los árboles. Aquí y allá,
como dejadas caer, se levantaban algunas edificaciones de veinte o treinta
pisos, generalmente rematadas por una antena de televisión. Cúpulas y torres,
grandes techumbres, enormes esferas que brillaban al sol, aparecían entre las
extensas manchas de verdor de los parques públicos.
Sobre
la ciudad, en cuanto alcanzaba la vista, se movían en el aire ordenadas filas
de aerobotes que seguían los canales direccionales electrónicos dirigiéndose de
un lugar a otro.
— Es
una ciudad muy grande —observó Miguel Ángel—. ¿Cuántos habitantes tiene?
—Veinticinco
millones —contestó el profesor Latorre.
Volaban
sobre gigantescos estadios, velódromos y canales.
—No
entiendo nada de cuanto ocurre —murmuró el joven Aznar—. Cuando partimos para
reconquistar la Tierra dejamos en Atolón una colonia que se llamó Nueva
Hispania. Mi padre concebía el futuro de nuestra colonia como un estado único,
universal y sin fronteras. ¿Por qué existe un país llamado República de
Maquetania? ¿Es que no fuimos capaces de mantener nuestra unidad,
fraccionándonos en múltiples estados independientes?
—No
es lo que usted cree, Almirante. Pero prefiero no decírselo, se armaría un lío.
En un par de horas lo sabrá todo, y entonces le parecerá natural cuanto ahora
le sorprende.
Poco
después el aerobote tomaba tierra en un gran patio de estacionamiento.
Al
entrar en el Centro de Estudios Psiquiátricos Miguel Ángel se encontró ante una
mujer alta y bella, que vestía una bata blanca y le saludó sonriendo.
—¿No
sabe usted quién soy, verdad? —Dijo la mujer—. Se lo dije, no me reconocería.
No nos conocíamos cuando el autoplaneta Valera comenzó su viaje. Nos conocimos
mucho después, durante la campaña contra los Hombres de Titanio.
—¿La
Tierra fue conquistada?
—Sí,
lo fue.
—Así
ya me siento más tranquilo —dijo el joven Aznar.
El
profesor Latorre y la doctora Devesa le acompañaron hasta una sala climatizada
que tenía la particularidad de carecer de ventanas y luces directas.
—¿Una
máquina "psí"? —señaló Miguel Ángel a la gran computadora que ocupaba
el lugar principal en la habitación.
Le
hicieron sentarse en un cómodo sillón reclinable y le administraron una droga
por vía intravenosa. Quedó dormido al instante. Cuando despertó no vio nada de
particular en cuanto le rodeaba. Allí estaba la doctora Isabel Devesa con sus
ayudantes, el profesor Latorre y la ya familiar máquina "psí", con la
que había tenido experiencias anteriores. No tuvo que hacer ningún esfuerzo por
recordar nada referente al pasado o al presente. Era el Almirante Aznar,
presidente de la República Tapo, y estaba realizando un intento por reencarnar
en su joven cuerpo de veintidós años.
—¿Todo
salió bien? —preguntó a la doctora.
—Eso
debes saberlo tú mejor que nadie. ¿Cómo
te sientes?
—Aturdido,
tengo la cabeza como de corcho.
—Es
causa de los efectos de la droga. Un sueño de ocho horas acabará por
despejarte. Puedes quedarte aquí en el Centro o te llevamos a tu quinta.
—¡No,
no! Me voy a casa. Falto muchas horas y nadie sabe dónde me encuentro —protestó
el Almirante haciendo un esfuerzo para incorporarse.
Uno
de los ayudantes de la doctora Devesa acudió solícito a poner el sillón en
posición vertical. El resto de los técnicos empezaban a abandonar la
habitación. La doctora le miró atentamente, como estudiándole profesionalmente.
—¿Anunciaste
a tu familia tu propósito de reencarnar?
—¿A
cuál familia? Mi hermano está ausente, a mi hijo hace semanas que no le veo y
mis nietos se fueron a Arbra a disfrutar de unas vacaciones con su tío y su
abuela. Me hubiera gustado mucho sorprender a todos, pero eso no va a ser
posible. Se enterarán de mi transmigración por la radio o la televisión...
Había
una cierta amargura en el acento del Almirante, un hombre en la cima de la
popularidad y que, sin embargo, se sentía solo.
Cambiando
de tono, el Almirante preguntó:
—¿Cómo
crees que acogerán los tapos mi transformación? A lo mejor ni me reconocen.
—No
has cambiado tanto, Almirante —dijo la doctora—. Sigues siendo el mismo en lo
esencial, es decir, en tu carácter. Pienso que te preocupas demasiado de cuidar
tu imagen, precisamente en un país donde lo que cuenta es lo que uno lleva
dentro. Olvidas que a estos tapos no se les puede engañar con palabras. Si este
pueblo te quiere, es por ti mismo, no por tu empeño en ofrecer una imagen del
perfecto presidente de una república.
—¿Quieres
saber una cosa, doctora? Voy a renunciar a la presidencia. Quiero volver al
servicio activo en la Armada, ser yo mismo, no tener que estar cuidando
continuamente mi imagen. Tengo veintidós años y la experiencia de un hombre de
noventa y ocho. Espero rehacer mi vida evitando si puedo los errores que cometí
en mi existencia anterior.
Isabel
Devesa hizo una mueca.
—Eres
un hombre público, Almirante. Destinado a ser un conductor de hombres y de
pueblos. Por más que lo intentes no podrás evitar ser quien eres.
—¡No,
nada de hombre público! — rechazó el Almirante—. Lo único que deseo es
emprender una nueva vida.
Una
linda joven, vestida con una bata blanca, entró en la habitación disculpándose:
—Perdone,
señor presidente. Hay una llamada personal del secretario de Estado preguntando
por usted. Parece que se trata de un asunto grave.
—¿Asunto
familiar? —preguntó el Almirante.
—No
lo dijo, señor.
Miguel
Ángel Aznar señaló un pequeño aparato de televisión que formaba parte del
mobiliario de la sala.
—¿Puedo utilizar ese
videófono? Pónganme aquí la
llamada.
La
muchacha salió y el Almirante miró a la doctora Devesa haciendo una mueca.
—
Hubiera sido un acierto retroceder a los veintidós años dejando totalmente en
blanco mis experiencias de todo el tiempo que viví después de esa edad.
Se
dirigió al videófono, lo encendió y esperó hasta que apareció en la pantalla el
busto del secretario de Estado, señor Dolf.
—Señor
presidente... —empezó el secretario de Estado, y se interrumpió poniendo cara
de asombro—¡Usted no es el presidente!
—¿Tanto
he cambiado, señor Dolf? —sonrió el
Almirante.
—¿Es
usted mismo, señor presidente?
—Como era
a los veintidós
años. Acabo de dar
"el salto" atrás. Puede
decirme lo que tenga que decir sin temor a violar ningún secreto. Soy yo mismo,
se lo aseguro. ¿Qué ocurre?
—La
situación es grave, señor presidente. Tropas de desembarco macjuanistas han
tomado al asalto la ciudad de Arbra. Las últimas noticias indican que se
dirigen también sobre la ciudad autónoma de Godsa.
—¿Qué
se sabe de nuestra embajada en Arbra? —preguntó el Almirante.
—
Sin noticias, señor presidente. Para ser sinceró, existen fundados motivos para
temer que todos hayan caído prisioneros.
El
Almirante apretó fuertemente la mandíbula.
—¿Quiere
hacerme un favor, señor Dolf? Reúna al Gabinete, trataremos este asunto dentro
de un par de horas en el Parlamento.
—Sí,
señor presidente.
La
imagen del secretario de Estado se desvaneció en la pequeña pantalla. El
Almirante apagó el aparato y se volvió hacia la doctora Devesa y el profesor
Latorre, que seguían allí como •mudos testigos de la breve y trascendente
conversación.
—¡Lo
hizo! — exclamó el Almirante—. Finalmente MacLane se atrevió a dar ese paso. El
pretexto habrá sido la reciente fuga del Almirante Ovando, pero también mi
sobrino Fidel está condenado a muerte por un tribunal macjuanista, lo mismo que
mi hermano y yo mismo.
—MacLane
no se atreverá a llevar a Fidel Aznar ante un piquete —aseguró la doctora
Devesa.
—Así
lo espero... así lo espero —murmuró el Almirante.
Sus
ojos castaños tenían entonces un brillo amenazador.
CAPITULO
III
a residencia presidencial en Hiperburgo era un
hermoso palacete de mármol azul, de estilo grecorromano, llamado La Quinta. La piedra, como material noble, no
suponía un lujo. Todos los materiales de construcción se obtenían a través de
las máquinas "Karendón" a un costo de energía que difería poco de una
a otra materia. El genio creador de esta pequeña obra de arte había sido
Alejandro Aznar.
Aunque
el palacete era bastante grande, por comparación con el tamaño de las casas de
tipo familiar del resto de la ciudad, sólo estaba habitado por el Almirante y
su hija Dalia. La servidumbre estaba proscrita en la República y La Quinta
resultaba incluso demasiado grande para ser atendida por una sola persona, que
en este caso era Dalia, aunque estuviese auxiliada por gran número de aparatos
electrodomésticos. Dalia, en cierto modo, había sacrificado su vida dedicándola
al cuidado de su padre. Lo cual no quería decir que la hermosa Dalia no tuviese
su vida privada, incluyendo algunas aventuras de tipo sentimental, que el
Almirante procuraba ignorar.
Los
tapos no practicaban el matrimonio, ni siquiera a título de contrato temporal.
Los
tapos, como los ghuros, poseían facultades telepáticas extraordinarias. Para un
tapo, el pensamiento de otro tapo era tan transparente como el cristal. La
sinceridad constituía la base de las relaciones de este pueblo singular; un
tapo jamás decía una mentira.
Esta
actitud abierta del carácter de los tapos resultaba de difícil asimilación a
los terrícolas, cuyas relaciones sociales, incluso las afectivas, estaban
marcadas por el signo de la falsedad y el disimulo. En orden a los contactos
sexuales, por ejemplo, escandalizaba a los terrícolas el desenfado con que un
hombre y una mujer tapos se ponían de acuerdo para acostarse juntos. La cosa
era sencilla para los tapos, supuesto que la mutua atracción se expresaba
telepáticamente sin necesidad de palabras.
Para
llegar al mismo punto, un hombre y una mujer terrícolas solían dar infinidad de
rodeos, y, en la mayoría de las ocasiones, lo que pudo haber sido una
experiencia feliz quedaba en un deseo no expresado y jamás realizado.
Los
terrícolas de Renacimiento tenían a los tapos por un pueblo amoral, falto de
principios y escrúpulos, dedicado exclusivamente a la satisfacción de sus
apetitos sexuales, concepto erróneo que derivaba de la dificultad de comprender
las singularidades del carácter tapo, formado a lo largo de milenios de
continua evolución.
Si
los terrícolas hubiesen recibido por generación espontánea el don de la
comunicación telepática, no habrían sabido servirse de él. Hacían falta
notables dosis de comprensión, de amor al prójimo, de generosidad, incluso de
ingenuidad, para que cada individuo se mostrara abiertamente tal cual era. Para
los terrícolas la experiencia habría resultado desastrosa.
La
sinceridad de los tapos adquiría en ocasiones extremos de brutalidad, sobre
todo cuando uno no estaba preparado para escuchar ciertas verdades. El propio
Almirante Aznar tenía buena experiencia de ello.
Enamorado
de una hermosa joven, Banda, el Almirante tuvo que vencer muchas dudas y
temores antes de decidirse a unir su vida a la de una mujer tapo. Tuvieron dos
hijos, Alejandro y Dalia. Durante veinticinco años el Almirante fue feliz. En
este tiempo llevó a cabo la gran empresa de reunir a las tribus tapo dispersas
por los trece planetas del conjunto de Atolón, creando la unidad nacional,
elevando su nivel cultural y fundando las bases jurídicas de un moderno estado.
El
Almirante tuvo que hacerlo todo prácticamente solo, siendo por esta razón
llamado con justicia padre de la República Tapo. Durante todos estos años el
Almirante viajó centenares de millones de kilómetros, sostuvo miles de
entrevistas con los jefes de tribu, dirigió a su equipo de ayudantes en la
creación de la primera ciudad y vivió encadenado a su misión de gobierno,
dedicando escaso tiempo a su esposa y sus hijos.
Si
el Almirante hubiese sido un tapo, o hubiese tenido al menos las facultades
telepáticas de su hermano y su sobrino, habría podido seguir paso a paso la
evolución del pensamiento de Banda, conociendo cada momento en que se produjo
cada decepción en el ánimo de su esposa. Y, de haberlo sabido, el Almirante
habría acudido a enmendar su error. Pero no ocurrió de este modo. Después de
veinticinco años, un día, inesperadamente, Banda le comunicó su decisión de
abandonarle. Y el Almirante conoció entonces hasta qué punto la sinceridad de
un tapo podía herir. Banda no le abandonaba simplemente para dedicar el resto
de su vida a la meditación, sino para ir a vivir con Fidel Aznar, sobrino del
Almirante.
Un
tapo hubiera aceptado el abandono resignadamente, reconociendo el derecho de la
parte contraria a buscar la felicidad por otros conductos. Pero el Almirante
era un terrícola, con todos los condicionamientos propios de su origen y
condición. Como presidente de una República había cuidado su imagen de hombre
público, pretendiendo ser un ejemplo de ponderación, de estabilidad
matrimonial, de fidelidad conyugal...
Todas
las súplicas y las protestas, todas las promesas de enmienda del Almirante
fueron inútiles. Banda había dejado de amarle. Amaba al vicealmirante Fidel
Aznar e iba a vivir con él.
La
circunstancia de que su propio sobrino fuera su rival todavía enfurecía más al
Almirante, haciendo pensar a éste en confabulaciones y traiciones que nunca
existieron. La verdad era que Fidel siempre había estado enamorado de Banda. En
temperamento, en edad y porque ambos poseían facultades telepáticas semejantes,
Banda y Fidel estaban más cerca uno de otro de lo que jamás estuvo Miguel Ángel
de cada uno de ellos. Hasta los hijos aprobaron la decisión materna,
contribuyendo a aumentar el bochorno del Almirante.
Un
tapo era ante todo fiel a sus principios. Honestamente, Banda no podía
continuar junto a Miguel Ángel Aznar cuando su amor era de otro hombre. La
separación se consumó.
Humillado,
el Almirante decidió renunciar a la presidencia de la República.
Simultáneamente, Fidel Aznar se apartaba de la Armada Sideral Tapo, en la que
había alcanzado el grado de vicealmirante, y aceptaba una misión diplomática en
el planeta Sexto, al que los ghuros llamaban Veres. La nación tapo nunca llegó
a comprender la razón por la cual dos hombres tan valiosos adoptaban actitudes
tan absurdas. Entre los tapos estas rupturas entre hombre y mujer eran
frecuentes, y nadie se sorprendía por ello.
Diez
años más tarde, a la edad de setenta y dos años, el Almirante Aznar volvía a
reaparecer en la vida pública y era elegido de nuevo presidente de la
República. Los años, la experiencia y la reflexión habían hecho de él un hombre
más flemático y paciente, más en la línea de conducta y el temperamento de los
tapos. Sus hijos se sintieron más identificados con él y, en general, todo fue
mucho mejor. Incluso volvió a relacionarse con su sobrino, pero en los
veinticinco años siguientes jamás volvió a ver a Banda Esta había transmigrado
poco después de la separación, volviendo al aspecto y la juventud que tenía a
los veinte años.
Todo
era agua pasada el día que, después de transmigrar a su cuerpo mortal de
veintidós años, el Almirante Aznar regresó a su residencia presidencial de La
Quinta para cambiar de ropa. Dalia se le quedó mirando con expresión atónita.
—Soy
yo mismo, tu padre. ¿He cambiado tanto que no me reconoces? —dijo el Almirante.
—¡Dios mío!
—Exclamó la muchacha—.
¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo has podido reencarnar?
—¿Sorprendida?
Bueno, ciertos amigos de Renacimiento lograron sustraer una copia de la cinta
perforada de mis jóvenes años veinte que el bestia de MacLane tiene guardada en
su bóveda de seguridad.
—¡Fabuloso! —Exclamó
Dalia, quien añadió—: Esos amigos tuyos debieron arriesgar mucho
para obtener esa copia.
—Pienso
que debió ser obra del Almirante Ovando. En primer lugar, sólo contadas
personas tienen acceso a la bóveda. Ovando era últimamente jefe de la Seguridad
Interior. En el régimen macjuanista un hombre no puede negarse a aceptar un
nombramiento. El jefe de Seguridad Interior tiene a su cargo todo el aparato
represivo de la dictadura. Si MacLane pensó distinguir a Ovando con su
confianza, lo que hizo en realidad fue colmar la capacidad de resignación del
Almirante. Conozco a Ovando. Pese a sus errores, es un militar íntegro, un
profesional, no un policía.
Supongo
que a partir de la fecha de su nombramiento Ovando empezó a planear su evasión.
Lo que tal vez pensó muchas veces, y nunca pudo realizar antes, se le ofreció
como en bandeja. Desde su puesto de jefe de la policía lo tuvo más fácil. Quien
quiera que sustrajera una copia de mi cinta perforada de la caja fuerte de
MacLane sabía que se produciría una investigación a fondo, una vez se supiera
que yo había podido reencarnar. Por lo tanto, sólo quien estuviera a punto de
evadirse de Renacimiento podía enviarme la cinta en la confianza de no correr
riesgos. Ovando está ahora en la ciudad-república de Arbra con su familia.
Logró llegar hasta allí y pedir asilo en nuestra embajada. Pero MacLane no se
resignó esta vez como las veces anteriores. La fuga de Ovando debió colmar su
paciencia y le ha servido de pretexto para invadir Arbra.
Gracias
a sus facultades telepáticas, heredadas de su madre, Dalia podía seguir el
pensamiento de su padre allí donde se generaban las palabras. De hecho, Dalia
se anticipaba a las palabras del Almirante.
—¡MacLane ha invadido Arbra! —exclamó—.
¡Y Tuanko y Virela están en Arbra!
—Sí,
y también tu madre y tu primo Fidel, junto con tus hermanos Héctor y Loanda—
dijo el Almirante, quien añadió después—: Pero en realidad el único que de
veras me preocupa es Fidel. Fidel fue condenado a muerte por un tribunal
macjuanista. Espero que MacLane no se emperré en su idea de hacer cumplir esa
vieja sentencia.
—¿Cuál sería la
situación si MacLane insistiera en
matar al primo Fidel?
—Muy
delicada. Soy el presidente de esta República y tío de Fidel, pero mis
relaciones de parentesco no me autorizan a declarar la guerra a Renacimiento.
No por una razón tan personal, entiéndelo. ¡No sería justo arrastrar a la
muerte a millones de tapos para vengar una sola vida!
—Así,
pues, ¿MacLane puede hacer lo que le venga en gana? Puede tener sometidos a
cuarenta millones de individuos bajo una férrea dictadura, lanzar sus tropas de
desembarco sobre pacíficas ciudades, capturar y hacer fusilar a quienes nunca
se sometieron a su poder personal...
—¡Por
Dios, Dalia, no te pongas así!
—Protestó el Almirante—.
En
algún punto las arbitrariedades y atropellos de MacLane tendrán que ser
detenidos... pero no en Arbra seguramente, ni tampoco por nuestra iniciativa.
Son las repúblicas ghuro quienes tienen la palabra.
—El
pueblo ghuro es tan pacífico, y está tan dividido en múltiples y pequeñas
repúblicas, que nunca serán ellos por propia iniciativa quienes declaren la
guerra. MacLane ha debido contar con ello y es por eso que se permite invadir
ciudades como Arbra. Las otras ciudades pensarán como tú respecto al asunto de
Fidel. Una ciudad no merece una guerra mundial, ni una vida que se pierdan
otras muchas miles de vidas. Pero esa actitud no hará otra cosa que poner alas
a las ambiciones expansionistas de Renacimiento, y otras ciudades y otras vidas
se irán perdiendo en años sucesivos, hasta que en algún momento y algún lugar
nos veamos obligados a decir ¡basta! Si ese día ha de llegar más tarde o más
temprano, ¿por qué no ha de ser hoy mismo? ¿Qué esperas conseguir con una
política de inútiles dilaciones?
El
Almirante miró sorprendido a su hija, en cuyas verdes pupilas brillaba toda la
fogosidad temperamental de los Aznar.
—Hija
mía, tú no sabes lo que es una guerra —suspiró el Almirante—. No la has vivido,
por lo tanto ignoras lo que es eso. La guerra es mala bajo cualquier punto que
se la contemple. Solamente los locos como MacLane, con desprecio de los
sufrimientos y la vida de millones de seres, arrastrarían a la guerra a toda
una nación para satisfacción de sus ambiciones personales. Pero aunque yo fuera
tan loco como él no podría declarar la guerra a Renacimiento. Las guerras en
esta República no las ordena el presidente, sino que las decide la mayoría del
Senado.
—Sin
embargo, tú no vas a proponer siquiera que se considere la declaración de la
guerra —dijo Dalia con acento acusador.
—Claro
que no.
—¿Y
dejarás que primo Fidel sea asesinado?
—Siempre
hay más de una manera de hacer las cosas, y una guerra no salvaría a Fidel. Si
las cosas se le pusieran mal a MacLane, éste le haría fusilar como acto último
de venganza. Debe haber alguna otra forma de rescatar a Fidel, ya lo
estudiaremos.
—¿Cuándo
lo estudiarás? ¿Podrás encontrar tiempo para dedicarlo a pensar en tan
insignificante asunto?
—¡Dalia! —protestó el Almirante con enojo.
Ella
dejó caer la barbilla sobre el pecho y, mirando al suelo, murmuró:
—Perdona,
es que quiero mucho al primo Fidel... y no olvido que mi madre y mis hermanos
están con él, corriendo tal vez su misma suerte.
—¿Crees
que yo no les quiero, acaso? Por favor, ten paciencia y confía en tu padre.
Dalia
asintió con mudo movimiento de cabeza. El Almirante adelantó una mano, le
revolvió los rubios cabellos y luego se dirigió a la lujosa escalera de mármol
para subir a sus habitaciones.
Al
reencarnar en su cuerpo de veintidós años, el Almirante había salido de la
"Karendón" con las mismas ropas que llevaba el día que fue
desmaterializado. Estas ropas eran el uniforme de astronauta de la Armada
Sideral Valerana, con galones de capitán de navío. Los uniformes habían
evolucionado poco en los últimos setenta y seis años y la Armada Tapo
continuaba utilizando el color blanco, aunque el corte de la guerrera y el
pantalón eran algo distintos. También eran distintos los botones dorados y los
emblemas.
El
Almirante se dirigió al armario y al abrir éste se contempló en el espejo del
lado interior de la puerta. Se sorprendió admirándose a si mismo, pues nunca
hubiera creído que hubiese cambiado tanto.
Que
era la misma persona no cabía duda, pero la figura que le devolvía el espejo
era más delgada, más esbelta y erguida. Por muy bien conservado que el mismo se
hubiese creído, la verdad era que existían diferencias. El cabello era más
negro y tupido, la tez más tersa y fina, el trazo de la boca más aniñado.
¡Divina juventud! Todos los fármacos del mundo no eran capaces de dar a los
ojos de un centenario el brillo, la luz y la viveza en la mirada de un
auténtico joven de veintidós años.
Estas
fueron las principales diferencias que advirtió el Almirante, y no le
parecieron pocas.
La
otra sorpresa fue descubrir que ninguno de los trajes del armario le iban bien.
Las ropas de un hombre de noventa y ocho años le caían en pliegues y bolsas por
todas partes. ¡Era tan delgado ahora!
Llamó
a Dalia para que le viera. Dalia le miró sorprendida y luego se echo a reír.
—No
puedes presentarte en el Parlamento con esa facha.
—Pues
tendré que ir de todos modos, me están esperando.
—¿Por
qué no te pones el uniforme que traías al llegar? Si te coso los botones del
uniforme actual y cambias las charreteras nadie va a notar la diferencia.
—¿Quieres
que me presente ante el Gabinete vestido de Almirante?
—Bueno,
eres un Almirante, ¿no es cierto?
—Sí,
en la reserva. Tendré que pasar por un almacén y buscar algo que me vaya bien.
¡Vaya una lata! Y apenas me queda tiempo.
Dalia
apretó el botón de su reloj de pulsera electrónico.
—Es
tarde, ya han cerrado los almacenes. Puedo buscar algo en mi armario. ¡Oh, sí,
ahora recuerdo que Tuanko dejó por aquí una de sus chaquetas estampadas! Puedes
conservar el pantalón blanco y ponerte esa chaqueta.
—¿Ponerme
una de esas horribles chaquetas estampadas? Yo, el presidente. ¡Y a mi edad!
—rechazó el Almirante.
—¡Pero
si eres un chaval de veintidós años! —Le recordó Diana—. Fíjate, yo misma soy
mayor que tú. Tengo cuarenta y seis años, ¡hasta podría ser tu madre! A tu edad
puede ponerse uno cualquier cosa, incluso una chaqueta estampada. Tal vez a los
tapos les agrade ver un presidente rejuvenecido.
—Pero
no hasta tal punto. Cambiame los botones y los emblemas, iré vestido de
uniforme —decidió el Almirante.
Una
hora más tarde, y un poco avergonzado, el presidente de la República saltaba de
su aerobote en la playa de un estacionamiento, frente a las grandiosas
escalinatas de mármol del edificio del Parlamento. El policía que acudió a
hacerse cargo de la aeronave no le reconoció.
Al
final de las largas escaleras, los dos policías que montaban guardia permanente
a la entrada se miraron entre sí con aire sorprendido. El ujier de la sala de
reuniones se negó a dejarle entrar. Abochornado, el Almirante estaba por dar
media vuelta y retirarse cuando acertó a salir de la sala el secretario de
Estado, señor Dolf.
Oria
Dolf, que ya conocía las circunstancias de la reencarnación del presidente,
aclaró la confusión y siguió al rejuvenecido Almirante hasta el interior de la
sala donde esperaba el resto del Gabinete. Los ministros se pusieron en pie
para rodear al presidente y felicitarle por su reciente transmigración,
alabando su aspecto.
—Perdonen
que venga vestido así, es que no encontré ropa que ponerme en mi armario —se
disculpó el Almirante.
Luego
todos se sentaron alrededor de la mesa ovalada, ocupando el Almirante Aznar el
lugar de la presidencia. Mientras se servían zumos de fruta de una máquina
automática, el Almirante Aznar preguntó si se tenían nuevas noticias de la
situación en Arbra.
—Los
últimos informes proceden de Zubia. Las tropas macjuanistas ocuparon Arbra y
están efectuando desembarcos también en Godsa. En Zubia ha cundido la alarma,
pues se teme que los renacentistas ataquen también allí.
—¿No
hay noticias de nuestra embajada en Arbra? —No, ninguna.
—¿No
es extraño que los renacentistas pudieran llegar hasta Arbra sin dar tiempo a
nuestra embajada para enviar ningún radio?
—Arbra
y las demás ciudades del golfo están muy cerca de Renacimiento —repuso el
secretario de Defensa, Almirante Jul Luva, un tapo de cincuenta y dos años, de
inteligencia despierta y ojos vivos—. Sólo diez mil kilómetros de selva separan
la costa de la cordillera del altiplano. Puede que además se diera alguna otra
circunstancia que desconocemos, como una fuerte interferencia de los satélites
de observación macjuanistas que impidieran la emisión de ningún tipo de
mensaje.
—¿Hay
alguna reacción por parte de la Confederación de Repúblicas Ghuro?
—Ninguna
—contestó el secretario de Estado—. Es pronto todavía, sólo han transcurrido
siete horas desde que se inició el desembarco renacentista.
—¡Siete
horas y no sabemos nada de lo que está ocurriendo allá! ¿No está fallando
algo? —Gruñó el Almirante Aznar—. ¿En
qué posición se encuentran nuestras
unidades más próximas al lugar del conflicto?
—A
unos cuatrocientos millones de kilómetros, o sea, el vacío que separa
Maquetania del primer planeta —respondió rápidamente el Almirante Jul Luva.
—Pero
también tenemos agentes de nuestro Servicio de Información en Godsa y Zubia.
¿Por qué están callados? ¿Es que se han vuelto mudos?
El Almirante
Jul Luva hizo una leve mueca. Miguel Ángel Aznar se disculpó:
—Espero
que comprendan mi estado de ánimo. Mi sobrino, el Vicealmirante Aznar, mis dos
nietos y mis dos sobrinos se encuentran en Arbra. Hace cincuenta años, a raíz
de haber construido la primera máquina "Karendón" para los ghuros, un
tribunal militar macjuanista nos juzgó en rebeldía a mi hermano, a mi sobrino y
a mí, declarándonos culpables de alta traición y condenándonos a muerte. Temo
por la suerte de mi sobrino, si llega a caer en manos de MacLane.
—Conocemos
sus circunstancias particulares, señor presidente —dijo el secretario de
Industria y Alimentación—. También a nosotros nos duele el asunto del
embajador, ¿pero qué podemos hacer? Arbra y Godsa son ciudades ghuro. Si los
renacentistas hubieran invadido dos de nuestras ciudades no tendríamos dudas en
cuanto a la actitud a adoptar. Particularmente, yo no creo a MacLane capaz de
poner a nuestro embajador ante un paredón y fusilarle.
—¿Y
si eso ocurriera? ¿Y si MacLane ejecutara a Fidel Aznar pese a todo? —preguntó
el presidente.
El
secretario de Industria y Alimentación levantó evasivamente los hombros.
—El
Parlamento diría la última palabra. No podemos tomar decisiones unilaterales
que comprometan la paz de la nación. Las diferencias que puedan existir entre
ustedes y MacLane son un asunto muy personal.
—No
espero que la nación tapo vaya a una guerra por una cuestión personal mía —dijo
el presidente con amargura—. Pero esta nación nos debe algo a los Aznar, y no
es que trate de cobrar una deuda. Supongo que habrá otras maneras de demostrar
el aprecio y la gratitud, aparte de declarar la guerra a Renacimiento.
El
presidente miró uno por uno a sus ministros, y uno tras otro éstos apartaron la
mirada como negándose a tomar parte en la discusión.
Detrás
del presidente empezó a teclear rápidamente un teletipo. El presidente hizo
girar su sillón y se puso a leer en el texto a medida que éste aparecía
escrito.
"El
Almirante Jefe de la III Flota comunica haber prestado ayuda a la coronela
Julia Aneto y al teniente Pedro Bielda, ambos desertores de las Fuerzas Aéreas
de Renacimiento, que llegaron tripulando sus propios "Delta" en
demanda de asilo político. Coronela Aneto aseguró haber ayudado a escapar a
Tuanko Aznar, identificado como capitán de fragata Tuanko Aznar, II Flota,
Quinta División de la Armada Sideral Tapo. La escuadrilla de la coronela Aneto
tenía orden de hacer regresar a Tuanko Aznar, que viajaba en un aerobote
acompañado de dos jóvenes. Según información de la misma fuente, la fuerza
renacentista llegó al amparo de un frente tormentoso y cayendo con rapidez
sobre Arbra en mitad de lluvia torrencial. Los planes del Mando renacentista,
según coronela Aneto, consisten en la ocupación simultánea de Arbra y Godsa,
con desembarcos posteriores en península Punta Alba y ocupación de Zuña. Fin de
la transmisión. Firmado: Almirante Muro, jefe de la Tercera Flota."
—Bien,
aquí tenemos algo —dijo Miguel Ángel Aznar arrancando la tira de papel y
pasándola al secretario de Estado, el más próximo a él—. Al parecer mis nietos
están a salvo, pudiendo llegar hasta la Tercera Flota gracias a dos pilotos
renacentistas desertores, pero se ignora el paradero del resto de la familia y
hay dudas de que pudieran escapar.
El
texto mecanografiado fue rechazado por el Almirante Luva, y sucesivamente por
el resto del Gabinete. Leído por el secretario de Estado, los demás sólo
tuvieron que seguir telepáticamente su pensamiento para enterarse del contenido
del mensaje.
Miguel
Ángel Aznar preguntó al secretario de Defensa cuál era la posición de la
Tercera Flota.
—Es
nuestra punta más avanzada entre Maquetania y el primer planeta. Esa es la
fuerza de que le hablé.
Miguel
Ángel se dirigió entonces al vicepresidente:
—Señor
Da Hera, usted es sin duda quien mejor conoce a los ghuros. ¿Cómo cree usted
que van a reaccionar ante la invasión de Arbra y Godsa?
—Es
un feo asunto, señor presidente. Tan malo que puede originar una guerra a
escala mundial. Todo depende del apoyo que el resto de las repúblicas presten a
la Confederación de Repúblicas del primer planeta. MacLane se lo ha jugado todo
a una carta, dando por seguro que los estados ghuro van a inhibirse del asunto,
ya que de momento no están amenazados del expansionismo renacentista. Ahora
bien, en mi opinión, el Almirante MacLane se equivoca, confundiendo el
pacifismo ghuro con la cobardía. Los ghuros no son cobardes, ni tan estúpidos
que no vean que la suerte de Arbra y Godsa es la misma que espera a las demás
ciudades en un futuro más o menos lejano. Las repúblicas del primer planeta no
están en condiciones, por sí solas, de enfrentarse con el poder militar de
Renacimiento. Pero si las repúblicas ghuro se coaligan, su fuerza será superior
a la de los terrícolas y la colonia de Renacimiento será borrada del mapa.
—Los
ghuros tardarán en llegar a un acuerdo —vaticinó el Almirante Aznar—. Pero
supongamos que llegan a formar una coalición y entran en guerra contra
Renacimiento. ¿Cuál sería entonces nuestra posición?
—Neutralidad
—dijo el secretario.
—Neutralidad,
¿hasta qué punto? —preguntó el Almirante.
—¿Hasta
qué punto sugiere usted?
—Sólo
hasta que el régimen de MacLane sea derribado. En el instante que caiga MacLane
la guerra debe terminar.
—Pongámonos
en lugar de los ghuros. Una vez decididos a correr los riesgos de una guerra,
lógicamente querrán dejar zanjada la cuestión de la colonia de una vez y para
siempre. Los ghuros nunca habitaron en el altiplano, siendo ésta la razón
principal de que permitieran a los exilados de "Valera" establecerse
allí. Actualmente, con las máquinas "Karendón", la alimentación de
los ghuros ya no depende exclusivamente del mar. Podrían establecerse en el
altiplano y vivir allí perfectamente. La colonia fue siempre una amenaza para
el futuro de los ghuros. Una manera segura de alejar esa amenaza consiste en
dispersar a los valeranos, echarles del altiplano, en suma.
—¿Quiere
decir aniquilar hasta el último renacentista? —Si no aniquilarles, sí
obligarles a exilarse. Por ejemplo, en Maquetania.
—Señor
Dolf, actualmente viven en Renacimiento cuarenta y cinco millones de seres
humanos, la mayor parte de los cuales ni siquiera simpatizan con el régimen
macjuanista. No sería justo hacer responsable a toda una nación de los errores
de un dictador mantenido en el poder mediante el terror y la represión, ni
sería honesto por nuestra parte permitir que tal cosa ocurriera. Los
renacentistas tienen el mismo derecho que los tapos a la vida, y debe
permitírseles vivir a su manera.
—Pero
los ghuros pueden opinar de otro modo. Tienen derecho a pensar que los
terrícolas ya tuvieron la oportunidad de declarar sus intenciones, y los hechos
demuestran que esas intenciones no son buenas. La pura verdad es que los ghuros
han aprendido a temer a los terrícolas. Les han visto trabajar como hormigas,
multiplicarse prodigiosamente y convertir su débil colonia en una primera
potencia. La invasión de Arbra y Godsa no puede considerarse como un hecho
aislado, sino como el comienzo de una campaña expansionista, basada en un plan
de pequeñas y continuas conquistas. Arbra y Godsa tal vez no valgan una guerra,
pero los ghuros temen que después de esas ciudades caigan otras, y luego otras
más. Los ghuros tienen que dar una respuesta a la provocación de Renacimiento,
y saben que deben hacerlo ahora, antes que el poder de los terrícolas se
extienda como un pulpo de múltiples patas haciendo presa en los restantes
mundos del cinturón de planetas.
—Pues
si es así, también, y por igual razón, deben temernos a los tapos —apuntó el
Almirante Aznar.
—Así
es —afirmó el vicepresidente—. En mi última visita a Quentra he podido darme
cuenta de los recelos de los ghuros. Nuestra prosperidad les asusta,
especialmente nuestra propiedad de reproducirnos rápidamente, multiplicándonos
cada pocos años.
—También
ellos están creciendo muy aprisa desde que pueden reencarnar en las máquinas
"Karendón". Pero aún así el circumplaneta es tan grande que
seguramente jamás alcanzaremos a poblarlo totalmente. Hay lugar para todos. La
verdad, MacLane ha cometido una estupidez invadiendo esas ciudades. Todavía
podría salvarse la situación si aceptara retirar sus tropas de Arbra y Godsa.
—Tal
actitud no sería propia de MacLane. ¿Por qué habría de hacerlo? —interrogó el
señor Dolf.
—Bueno,
MacLane ha estado quejándose de que esas ciudades servían de refugio a los
fugitivos de su régimen, y en eso lleva razón. En cincuenta años, casi cien mil
disidentes del régimen han pasado por Godsa o Arbra en ruta hacia Maquetania.
Supongamos que MacLane se diera por satisfecho con haber aplicado un correctivo
a esas ciudades. Los ghuros se comprometerían a no dar asilo a los fugitivos de
Renacimiento y todo se resolvería felizmente. Pienso que deberíamos enviar una
fuerza sideral al Golfo.
—¿Una
fuerza sideral? ¿Para qué? —preguntó el secretario de Defensa.
El
joven presidente se ruborizó levemente y dijo:
—Ustedes
pueden leer en mi pensamiento. ¿Qué ven en él? Estoy preocupado por mi familia
y busco desesperadamente un medio de rescatarles, de modo que hasta cierto
punto esto es un subterfugio. Iba a decir que nuestra fuerza sideral actuaría
de tampón, impidiendo que renacentistas y ghuros llegaran a un enfrentamiento
armado antes de haber apurado todas las posibilidades de encontrar una solución
amistosa al conflicto. Pero probablemente no soy sincero conmigo mismo. Lo que
pienso en realidad es que con nuestra flota en el Golfo tendría mayores
probabilidades de rescatar a mi familia.
Los
ocho secretarios y el vicepresidente guardaron silencio, contemplando con
extraña unanimidad las carpetas que tenían delante, sobre la mesa. No
necesitaban hablar, ni siquiera cambiar entre sí una mirada de inteligencia.
Sus mentes se entendían en mudo diálogo gracias a sus portentosas facultades
telepáticas.
Después
de un minuto de silencio el secretario de Estado, señor Dolf, levantó los ojos
y dijo, mirando a los demás:
—¿Por
qué no hacerlo? No hay nada que nos impida destacar una fuerza sideral en el
Golfo. Yo más bien diría que nuestra presencia allí está más que justificada,
dadas las circunstancias. El señor Aznar podría ayudar a su familia y nuestras
esferonaves colaborarían en la evacuación de aquellas ciudades, suponiendo que
los ghuros nos lo pidieran. Daríamos a entender a ghuros y renacentistas que el
conflicto nos preocupa, y que de ningún modo vamos a permitir que unos y otros
provoquen un choque que arrastraría a todo el circumplaneta a la destrucción.
—¿Encontraría
esta decisión el respaldo del Senado, señor secretario? —preguntó el que
ejercía la cartera de Seguridad Interior.
—La
presidencia dirige la política de relaciones exteriores de la República. No es
necesaria la aprobación del Senado en la adopción de medidas de este tipo,
salvo que el Senado las considere excesivas o arriesgadas, en cuyo caso podría
emitir un voto de censura que obligaría al presidente a rectificar. La pregunta
sobre si nuestra presencia en la zona de fricción entraña algún peligro le
corresponde contestarla al señor Aznar.
Todas
las miradas se posaron sobre el rejuvenecido presidente. Este se echó
ligeramente atrás en la butaca y dijo:
—Nuestra
presencia en el Golfo sólo cabe interpretarla a título simbólico, expresa
nuestra preocupación por los últimos acontecimientos. Si ghuros y renacentistas
quisieran llegar a las manos, nosotros no podríamos evitarlo. En mi opinión,
una guerra en el circumplaneta nos obligaría, más pronto o más tarde, a tomar
partido por alguno de los bandos enfrentados. Descarto de antemano la idea de
aliarnos a los ghuros para aplastar a los terrícolas. Es cierto que
destruiríamos el régimen macjuanista, aunque al precio de matar muchos millones
de seres inocentes. La dictadura, al fin y al cabo, es un asunto doméstico de
los renacentistas. Y los renacentistas son nuestros hermanos. Estamos atados a
ellos por los vínculos de la sangre y la herencia genética, por el carácter, la
cultura y el idioma, todos somos ramas del mismo tronco. Nadie detesta más que
yo el régimen macjuanista ni nadie ha hecho más que yo para derribarlo. Pero
incluso con MacLane en el poder, si los ghuros atacan a los terrícolas acudiré
en ayuda de los terrícolas. Lo haré a título personal, pues personales son
estas declaraciones y éstas no involucran la política de la República. Los
tapos, y sólo ellos, a través de su representación en el Senado, escogerán
libremente su destino. Si llega el momento, y ojalá no llegue nunca, dimitiré
como presidente y uniré mi suerte a la de Renacimiento.
Contestó
el secretario de Estado, diciendo:
—Parecería
entonces que usted aprobaba y hasta daba su bendición al régimen macjuanista,
¡después de tantos años oponiéndose a MacLane!
—En
una guerra futura las ideologías de los pueblos carecerán de valor. Lo
inmediato y urgente es salvar la vida. Si los ghuros atacan a la colonia, los
renacentistas olvidarán sus diferencias con el régimen y se unirán como una
pina en torno a MacLane, porque lo que prevalece en una situación límite es la
voluntad de supervivencia.
—Si
Renacimiento sale triunfante de una confrontación armada con los ghuros, la
posición de MacLane se consolidará y la dictadura durará otros cien años
—apuntó el vicepresidente.
—Seguramente,
más de lo que se trata no es de apoyar al régimen de MacLane, sino de salvar
las vidas de cuarenta y cinco millones de seres que viven bajo el poder de la
dictadura. Permitir que los ghuros aplasten a toda una nación por ver caer la
dictadura sería una monstruosidad. Sencillamente, no quedaría nadie para
beneficiarse de unas libertades ganadas a tan alto precio —respondió Miguel
Ángel Aznar.
—Los
tapos no queremos ver destruida a la laboriosa nación terrícola —dijo el
secretario de Estado—. Ahora bien, no queremos tampoco vernos arrastrados a una
guerra por culpa de sus errores. Cada pueblo tiene el gobierno que se merece.
Si los renacentistas no han sido capaces de sacudirse el yugo de la dictadura
en medio siglo, probablemente no merezcan otras libertades que las que
disfrutan.
—Los
tapos no han conocido una dictadura, por lo tanto no saben lo que es eso. No es
tarde, sin embargo, para que conozcan otra clase de opresión. Si Renacimiento
es aplastado por los ghuros, éstos, una vez lograda su difícil coalición,
podrían volver contra nosotros sus flotas y destruirnos también. Sí, ya sé que
van a decirme que los ghuros son un pueblo pacífico y amante de sus libertades.
Pero aquí mismo se ha dicho no hace mucho que no debe confundirse el pacifismo
de los ghuros con la cobardía. Los ghuros saben luchar, y lucharon con ejemplar
heroísmo cuando vieron amenazadas sus libertades por los desembarcos valeranos.
Los ghuros nos temen porque nos ven desarrollarnos y crecer de día en día. En
eso los tapos no son distintos de los renacentistas. La nación tapo seguirá
creciendo, hasta llegar a ser más numerosa que los ghuros. Pero los ghuros
también crecerán, de modo que inevitablemente un día hemos de encontrarnos
disputándonos el espacio vital. Ese día todavía está lejos, porque el
circumplaneta es inmenso, pero fatalmente ha de llegar. Sólo mientras seamos
más fuertes que los ghuros seremos respetados y temidos, de lo contrario
perderemos nuestra hegemonía. Los ghuros nos impondrán su política, pondrán
fronteras a nuestra expansión, nos dirán cuántas esferonaves podemos construir
y el número de niños que pueden nacer. En mi opinión, una actitud neutral en
este conflicto sería desastrosa a la larga, pues alentaría a los ghuros a
aplastar Renacimiento contando con nuestra pasividad. Con dictadura o sin
dictadura, aunque sólo sea por conveniencia propia, necesitamos un Renacimiento
próspero y fuerte, porque la fuerza del Renacimiento respalda a la nuestra. Sin
embargo estoy de acuerdo en que la guerra debe ser evitada, tanto para no
vernos comprometidos en ella como para calmar los recelos de los ghuros. En
esta dirección debemos aplicar nuestros esfuerzos; con energía, con jactancia
si es necesario, incluso apelando a las amenazas.
El
presidente apoyó sus últimas palabras golpeando enérgicamente la mesa con la
mano abierta.
Los
ministros guardaron silencio. Después de un par de minutos, el secretario de
Estado levantó la cabeza y dijo:
—El
señor presidente nos ha dado una lección de alta estrategia política. El
Gabinete considera procedente el envío de una fuerza sideral a la zona de
conflicto. Se buscarán los contactos diplomáticos oportunos para comunicar al
Almirante MacLane los puntos de vista de la República Tapo.
—Yo
hablaré con MacLane —dijo Miguel Ángel—. Si el secretario de Defensa dispone de
los medios necesarios me trasladaré inmediatamente a la zona del Golfo. MacLane
debe andar por allí siguiendo de cerca el desarrollo de las operaciones
militares.
Hora
y media más tarde, el presidente de la República se encontraba a bordo de un
patrullero, dispuesto a volar cuatrocientos millones de kilómetros hasta dar
alcance a la Tercera Flota.
CAPITULO
IV
UANKO no se hacía demasiadas ilusiones. Si
alguien, además de la coronela Aneto, había escuchado su conversación por radio
con la embajada, sabrían que el nieto del Almirante Aznar intentaba escapar y,
lógicamente, tratarían de capturarle.
Había
una especie de manía obsesiva en MacLane por perjudicar al Almirante, y esta
manía persecutoria se hacía extensiva al resto de los miembros de la familia
Aznar.
Después
de avanzar unos doscientos metros sorteando los grandes troncos, el aerobote
había venido a posarse sobre un lecho de matorrales. Por encima del aerobote
las copas de los árboles unían sus ramas formando una techumbre de verdor, pero
Tuanko no consideraba el escondrijo demasiado seguro.
—Chicas,
cojan su ropa y salgamos de aquí —dijo abandonando los mandos del aparato—.
Sobre todo no olviden su calzado.
Melania
y Virela se calzaron las sandalias, tomaron sus ropas en un lío y siguieron a
Tuanko por la portezuela del aerobote. Los matorrales arañaron las piernas
desnudas de las chicas sin que ninguna de ellas reparara en el hecho. Melania
en especial parecía trémula y asustada. La muchacha había vivido recientemente
una experiencia parecida, sabía lo que era andar a través de la jungla y temía
volver a tener que hacerlo.
Tuanko
se detuvo para ponerse los pantalones, diciendo a las muchachas:
—Poneos
la ropa si no queréis dejar la piel en los espinos. Las heridas se emponzoñan
fácilmente en la jungla.
—¿Vamos
a tener que andar atravesando la selva? —preguntó Melania Ovando.
—Ojalá
no —respondió Tuanko.
—No
habrá mantis por aquí ¿verdad?
Tuanko
no quiso desmoralizar a las muchachas diciendo que sí las había.
Los
terrícolas habían llamado "mantis" a una especie de insectos gigantes
que poblaban el circumplaneta desde tiempos remotos. Los hábitos de estos
insectos guardaban una curiosa correlación con las hormigas, pero en su aspecto
general recordaban a las "mantis religiosas".
Algún
entomólogo había predicho en cierta ocasión que si las hormigas llegaran a
alcanzar la talla de un hombre dominarían la Tierra, porque estaban mejor
dotadas que el ser humano para conquistarla.
Esto
había sucedido en el circumplaneta. En algún momento los rayos cósmicos, u otro
tipo de radiaciones, provocaron una alteración en los genes de un solo
individuo, que se desarrollaría alcanzando un tamaño gigantesco y sería el
origen de una nueva raza. Esta raza de insectos gigantes fueron las
"mantis", más altas que un hombre, dotadas de una fuerza
extraordinaria y perfectamente adaptadas al medio.
Las
"mantis" eran insectos sociales que vivían en colonias de algunos
miles de individuos, divididos en castas. Cada cierto tiempo nacían algunas
"princesas" aladas que iban a emparejarse con los
"zánganos". La "princesa" fecundada abandonaba la colonia
materna y se exilaba para formar una nueva familia. Como en el caso de las
hormigas, una vez fecundada, la nueva reina dedicaba todo el resto de su vida a
poner huevos. Estos podían ser centenares de miles y de entre ellos saldrían
las nuevas "princesas", que a su vez se exilarían para fundar otras
colonias igualmente numerosas.
Gracias
a su prodigiosa facilidad para reproducirse, las "mantis" se
extendieron rápidamente por el inmenso circumplaneta. Los bartpures, primeros
habitantes humanos del circumplaneta, vieron en las "mantis" una
inteligencia superior a la del resto de los animales y trataron de negociar con
los insectos. Pero las "mantis" no atendieron a razones y acabaron
exterminando a los bartpuranos.
Las
mantis no tenían una inteligencia creadora, pero poseían muy agudizado el
sentido de la observación y resultaron ser aventajadas imitadoras de la
tecnología bartpur, de la que habían quedado abundantes restos. Cuando los
terrícolas de "Valera" llegaron por primera vez al circumplaneta,
descubrieron con asombro que los insectos gigantes volaban en aeronaves
propulsadas por motores de reacción bastante toscos, sostenidas en el aire
por... ¡ondas gravitacionales! Los terrícolas no conocían en esta época las
ondas gravitacionales, a las que más tarde encontrarían múltiples aplicaciones.
Para
conquistar el circumplaneta los terrícolas de "Valera" tuvieron que
librar una larga y feroz lucha con las mantis. Pero éstas eran tan numerosas y
el circumplaneta tan enorme que, incluso con los poderosos medios de
destrucción de los terrícolas, era imposible acabar con ellas. La lucha
continuaba cuando años después el autoplaneta "Valera" se alejó de
Atolón para viajar a la Tierra. Cuando los valeranos regresaron, un millón de
años más tarde, la colonia terrícola había desaparecido sin dejar huella. Otra
raza intergaláctica, los "ghuros", llegaron en el intervalo y se
asentaron en el cinturón de planetas de Atolón.
En
efecto, profundos cambios físicos se habían operado en el hiperplaneta durante
la ausencia de los viajeros. El circumplaneta, que antes formaba un único
anillo cerrado, se había roto en trece secciones que se apartaron unas de
otras, si bien continuaban girando en torno al sol en un mismo plano. El clima
de algunas regiones, el curso de los ríos, el contorno de los mares, el relieve
orográfico había resultado modificado. Lo único que no cambió eran las mantis:
tenaces, feroces e indómitas, disputando a los sucesivos invasores del
circumplaneta los inmensos territorios, especialmente las dilatadas y malsanas
junglas, de donde jamás pudieron ser echadas.
Punta
Alba, la península donde ahora se encontraban los fugitivos, tenía
aproximadamente la extensión de Australia y estaba unida al continente por una
alta cordillera que formaba a modo de la espina dorsal de un istmo de algo más
de mil kilómetros de ancho. Entre la cordillera y el golfo de Godsa quedaba una
estrecha faja de terreno de unos ciento cincuenta kilómetros cubierta de selva,
con pequeñas alturas formando calvas roqueñas.
En
la precipitación, Tuanko había venido a aterrizar no lejos de una de estas
alturas. Después de cruzar entre los árboles, el terreno se elevaba
abruptamente cubierto de espeso matorral.
—Esperad
aquí —dijo Tuanko a las muchachas—. Voy a subir a echar un vistazo.
Agarrándose
a las ramas, Tuanko trepó penosamente cuesta arriba. En lo alto del montículo
crecían algunos árboles raquíticos, que buscaban entre las grietas de la roca
donde extender sus raíces.
Apenas
había alcanzado Tuanko la cima cuando, al mirar en dirección al mar, vio tres
caza-bombarderos "Delta" que se acercaban volando en triángulo a unos
dos mil metros de altura. Evidentemente, la fuga del aerobote había sido
seguida a través del radar desde el "disco-volante". Los
"Delta" venían derechos hacia el lugar donde estaba escondido el
aerobote. Pero cuando Tuanko esperaba verles disparar sus proyectores de
"luz sólida", los "Delta" siguieron adelante, sin alterar
el rumbo ni disminuir la velocidad.
No
poco sorprendido, Tuanko abandonó el refugio de los árboles para seguirles con
la vista. Seis o siete kilómetros más lejos, los "Delta" dispararon
simultáneamente con los proyectores de "luz sólida" situados bajo el
plano de las cortas y robustas alas.
Un
deslumbrador globo de fuego se encendió bruscamente allá en la selva haciendo
palidecer la brillante luz del día. Tuanko cerró instintivamente los ojos,
levantando los brazos para cubrirse el rostro. ¡Una deflagración nuclear!
Al
apartar los brazos y abrir los ojos, el día le pareció más oscuro. Como un
cliché en negativo seguía viendo el enceguecedor globo en negro, a pesar de que
éste ya se había apagado. En su lugar, una gran nube negra de bordes dorados se
elevaba de la jungla adoptando la conocida forma de un hongo. El estampido de
la explosión resonó en amplios ecos haciendo temblar el suelo y vibrar los
troncos de los árboles. Se desató a continuación un pequeño huracán que removió
las ramas en sordo rumor.
Tuanko
abandonó la pequeña altura corriendo ladera abajo hasta donde esperaban las
amedrentadas muchachas.
—¡Tuanko!
¿Qué ha sido eso? —preguntó Virela, asustada, entre el fragor de las hojas
removidas por el viento.
—No lo
comprendo. Los cazas
que venían siguiéndonos
a nosotros pasaron sin detenerse y atacaron algo que estaba más lejos,
en la misma dirección.
—¿Ha
sido una explosión nuclear, verdad? —dijo Melania.
—Sí.
Algo extraño, si consideramos que por aquí no hay lugar habitado donde pueda
funcionar un reactor nuclear.
—¿Una
aeronave manti, quizá?
—¡Pobres
mantis! Hace siglos que no vuelan en
sus arcaicos armatostes, por la sencilla razón de que no les damos tregua para
poderlos construir.
—¿Un
aerobote ghuro?
—Los
aerobotes ghuros, como los nuestros, no utilizan la energía nuclear; alimentan
sus baterías con luz solar y se impulsan con ondas gravitacionales. Sólo los
aerobotes de las Fuerzas Siderales utilizan pilas atómicas, tanto los nuestros
como los ghuros y renacentistas.
—Y
bien, ¿qué hacemos? —preguntó Virela, impaciente.
—Nada,
esperar.
—¿Esperar
qué?
—Pues
a asegurarnos de que las cazas renacentistas nos dan por destruidos y no van a
volver.
—¿Quieres
decir que los cazas han destruido algo allá adelante confundiéndolo con nuestro
aerobote? —preguntó Melania.
—Eso
es lo que yo creo.
—¡Pero
nuestro aerobote no utiliza la energía nuclear! ¿Cómo pueden habernos
confundido? —exclamó Melania.
—Los
pilotos que vinieron a buscarnos no lo saben. No tuvieron ocasión de ver
nuestro aerobote de cerca.
—Bueno,
ojalá se den por satisfechos y no vuelvan. ¿Podremos continuar después hasta
Zubia sin contratiempos?
—Eso
espero, aunque no estará de más que adoptemos algunas precauciones. Tendremos
que volar bajo para escapar a su radar, lo cual quiere decir que no podremos ir
muy aprisa.
Tuanko
volvió a escalar el montículo para otear en todas direcciones. Del lugar donde
se había producido la explosión continuaba saliendo denso humo. La nube
radioactiva se elevaba lentamente en la atmósfera después de adoptar la forma
de un gran anillo oscuro. El cielo aparecía totalmente despejado. Tuanko fue a
reunirse con las chicas.
—Parece
que no hay moros en la costa. Vamos a continuar.
Regresaron
al aerobote. Al reanudar el vuelo, Tuanko optó por mostrarse precavido,
haciendo deslizar la pequeña aeronave por entre los grandes árboles, cosa que
les obligaba a avanzar en zig-zag y muy lentamente. Bajo la eterna noche verde
de la jungla las baterías solares no tenían oportunidad de cargarse,
circunstancia ésta que les obligaba a abandonar la segura techumbre vegetal y
regresar a plena luz del sol.
Al
elevar el aparato por encima de las copas de los árboles vieron cerca y a su
derecha la zona devastada por la explosión nuclear. La selva, rezumante de
humedad, no era materia combustible apropiada para la propagación de un
incendio, aunque todavía brotaba abundante humo de aquel lugar.
Dejando
la zona contaminada a un lado continuaron adelante, siguiendo el cauce de un
riachuelo que bajaba de las estribaciones de la cordillera. De pronto Melania
lanzó un grito que sobresaltó a los Aznar: —¡Mantis!
La
muchacha señalaba hacia un calvero inmediato a la orilla del río. Media docena
de Mantis huyeron corriendo a cuatro patas al descubrir el aerobote sobre el
cauce. En el calvero, sobre la hierba, abandonaron algo que llamó poderosamente
la atención de Tuanko.
Tuanko
hizo virar bruscamente al aparato, poniendo proa en dirección al calvero.
—¿Qué
haces? ¡Estás loco, no vayas allí! —protestó Melania. El aerobote, después de
inclinarse a estribor para describir la curva, se detuvo casi en el centro de
la pradera. Tuanko tocó el botón eléctrico que hizo escamotear la cubierta
transparente de "diamantina" en una ranura de la borda. Mirando por
encima de ésta vio dos bultos negros medio ocultos por la alta hierba.
—Hay
alguien allí —señaló Virela poniéndose en pie—. Parece un hombre, es decir, no,
son dos, llevan escafandra y armadura de astronautas.
—No
os mováis de aquí, voy a echar un vistazo. Virela, ponte ante los mandos y
prepárate para salir volando si regresan esos malditos bichos.
Tuanko
pasó sus largas piernas sobre la borda y saltó a tierra. Al avanzar por la
pradera vio un par de lanzas de manufactura rústica clavadas oblicuamente en el
suelo. El ángulo de inclinación de las lanzas parecía indicar que fueron
arrojadas desde el lado del arroyo. Sin duda alguna los dos hombres huían
cruzando el riachuelo perseguidos por las mantis y fueron acorralados al llegar
al calvero.
La
hierba era allí alta y ocultaba casi por completo una voluminosa esfera negra
de vítreos reflejos. Era una escafandra de astronauta. Los pies de Tuanko
tropezaron con un objeto duro. Era la pernera de una armadura de
"diamantina", zapato incluido. Unos metros más allá Tuanko se detuvo
y se inclinó para escudriñar a uno de los astronautas.
Lo
primero que sorprendió a Tuanko fue la extraordinaria corpulencia del
individuo. Las feroces mantis le habían arrancado ambos brazos y una pierna,
operación llevada a cabo de forma brutal, según las trazas. Las armaduras de
"diamantina" eran extraordinariamente sólidas, y sólo forcejeando y
por pura casualidad acertaron los insectos a accionar los resortes que
permitían separar perneras y mangas del resto de la armadura. Inmediatamente
las mantis seccionaron los miembros y los devoraron.
Todavía
peor suerte había corrido el segundo astronauta, cuyo negro corpachón estaba
diez metros más lejos sin cabeza, brazos ni piernas. La escafandra del hombre
decapitado, perneras, mangas y zapatos, aparecían desperdigados en un amplio
espacio, como un recuerdo de la lucha y el macabro festín que allí tuvo lugar.
Tuanko miró a su alrededor por si había algún arma, pero no vio ninguna.
¿Qué
pudo ocurrir para que los dos astronautas se aventuraran en la peligrosa jungla
sin llevar siguiera un arma?
—"Tal
vez tripulaban la aeronave que destruyeron los cazas renacentistas, no cabe
otra explicación" —se dijo Tuanko.
El
pensamiento de Tuanko fue captado telepáticamente por Virela desde el aerobote.
—"¿Están
muertos?" —preguntó Virela telepáticamente.
—"¿Cómo
quieres que estén? Las mantis los han devorado a medias. Y acabarán de
comérselos tan pronto nos alejemos de este lugar" —respondió Tuanko.
—"¿Churos?"
—"No,
no son ghuros."
—"¡Cielos,
Tuanko! ¿No serán el tío, la abuela y el Almirante Ovando?"
Tuanko
sintió un escalofrío. ¿Por qué no se le había ocurrido? El embajador tenía una
aerofalúa especial del tipo que utilizaba la Armada Sideral, una aeronave de
gran capacidad construida de "dedona", impulsada por un motor
fotónico alimentado por un reactor nuclear. Esta aeronave era tan rápida como
un cazabombardero "Delta" y permitía rápidos desplazamientos volando
fuera de la atmósfera. Si el embajador salió de Godsa inmediatamente después de
comunicar por radio, la gran velocidad de la aerofalúa le permitiría adelantar
al aerobote y llegar antes que éste a Punta Alba, donde, al verse perseguido
por los cazas renacentistas, aterrizaría, recurriendo a la misma estratagema
que Tuanko.
Sin
embargo, el joven Aznar rechazó enérgicamente esta idea, respondiendo
telepáticamente a Virela:
—"Imposible,
no pueden ser ellos. Las armaduras de estos hombres son distintas de las
nuestras; negras y muy voluminosas. Bueno, uno de ellos todavía conserva la
cabeza. Voy a ver quién es."
—"Date
prisa, las mantis no deben andar lejos y pueden regresar en cualquier
momento" —le urgió Virela.
Tuanko
se dirigió al astronauta que todavía conservaba la cabeza y una de las piernas.
No era posible confundir a la víctima con un ghuro. Los ghuros eran rechonchos,
de piernas cortas y tenían cuatro brazos. El hombre que yacía sobre la hierba
era un gigante de más de dos metros de estatura.
Había
algo extraño en todo aquello; algo que flotaba en el ambiente y Tuanko Aznar no
acertaba a descifrar.
Dispuesto
a salir de dudas de una vez, buscó el resorte que inmovilizaba la escafandra,
hizo girar ésta y la sacó de un tirón. La cabeza del muerto, una cabeza enorme,
monda y lironda como una bola de billar, cayó pesadamente sobre la hierba. Y
unos grandes ojos, redondos y verdes, de pupila hendida como la de los felinos,
parecieron contemplar a Tuanko en una mirada fría y sin expresión.
Tuanko
Aznar pegó un respingo, soltando la escafandra y enderezándose de un brinco.
—¡Un
thorbod! —exclamó roncamente.
El
corazón de Tuanko latía a un ritmo acelerado. Lo estaba contemplando y todavía
le parecía imposible. ¡Un thorbod! No había confusión posible. La ancha y
prominente frente, la corta y rugosa trompetilla en lugar de la nariz, la
repugnante boca sin labios, las largas orejas puntiagudas y el color ceniciento
de la piel, eran sin duda alguna los rasgos característicos del thorbod ¡el
hombre gris, el legendario, cruel e irreductible enemigo de la humanidad!
Tan
absorto estaba Tuanko mirando aquel ser de increíble fealdad que ni siquiera
escuchó el amenazador chirrido de las mantis en la espesura de la jungla.
—¡Tuanko! —gritó Melania Ovando desde el aerobote.
Como
despertando de un sueño, Tuanko levantó la mirada y vio a Melania que le hacía
desesperadas sañas, de pie en el aerobote.
—¡Tuanko,
las mantis! ¡Corre!
Volvió
la cabeza. Un par de lanzas silbaban en el aire describiendo un arco en
dirección a él. Se apartó de un salto, viendo cómo las lanzas se clavaban en el
suelo. Luego echó a correr hacia el aerobote.
Envalentonadas,
las mantis saltaron sobre los matorrales y se abrieron paso entre la espesura
del calvero. Pocas cosas había más espeluznantes que ver a una manada de mantis
atacando. Corrían con rapidez moviendo sus cuatro patas, arrastrando el extremo
de su largo y verdoso abdomen, las manos replegadas adelantando el par de
enormes y temibles pinzas, los ojos saltones, fijos en la codiciada presa...
Tuanko
llegó hasta el aerobote, apoyó una mano en la borda y saltó limpiamente dentro
de la carlinga, en el espacio libre que quedaba detrás de los últimos asientos.
Inmediatamente Virela abrió el regulador haciendo elevarse el aparato por
encima de la copa de los árboles.
El
calvero y las mantis quedaron allá abajo.
Melania,
que había acudido a ayudar a Tuanko y le asía por un brazo, advirtió que su
joven amigo estaba temblando. En la mente de Tuanko martilleaba obsesivamente
una sola palabra:
¡Thorbods!
Virela
captó el pensamiento de su hermano. Mientras se cerraba la cubierta
transparente de "diamantina" la muchacha volvió el rostro. Tuanko,
sudoroso y tremendamente pálido, venía por el pasillo y se dejó caer, jadeando,
en el asiento de detrás de Virela.
—¿Thorbods?
—preguntó Virela sorprendida—. ¿Estás viendo thorbods?
—Los
he visto allí abajo —aseguró Tuanko con voz entrecortada por la excitación—.
¡Aquellos cadáveres eran thorbods!
Melania
Ovando vino a sentarse en el aliento contiguo al de Tuanko, al otro lado del
pasillo.
—¿Estás
bromeando, verdad? —dijo la muchacha.
—No
es broma, Tuanko ha visto realmente un thorbod —dijo Virela seriamente.
—¿Cómo
lo sabes?
La
pregunta pilló desprevenida a Virela por lo inusual.
Los
tapos eran tan sinceros que casi no comprendían que otros pudieran poner en
duda su palabra. No obstante, en lugar de ofenderse, Virela trató de explicar
cómo ocurría el fenómeno telepático.
—Querida
Melania, mi hermano y yo somos tapos, poseemos algunas facultades que os son
extrañas a los terrícolas primitivos. Cuando alguien cuenta a otro lo que ha
visto, sea tapo u otra persona normal, lo que hace es reconstruir en su memoria
la escena que vio y describirla como mejor puede. Cuando ocurre eso a un tapo,
los demás tapos "ven" directamente en la mente del que lo relata la
misma escena observada por él. Así es como sé que Tuanko vio realmente un
thorbod.
—¡Pero
eso es imposible! ¡Han pasado miles de años desde que los terrícolas
exterminaron a los thorbods! —exclamó Melania—. Esa raza se extinguió en la
Tierra.
—Lo
cual no quiere decir que no hayan seguido existiendo en alguna otra parte.
—¿Thorbods
todavía en la actualidad? ¿Y en este planeta? ¡No puedo creerlo! —insistió
Melania.
Virela
se encogió de hombros, dedicando su atención a lo que pasaba por la mente de
Tuanko.
El
propio Tuanko no estaba menos sorprendido que Melania Ovando. En su último
intento por invadir la Tierra, los hombres grises (thorbod) encontraron una
resistencia inesperada. Tal vez entonces ya no eran los thorbod la potencia que
habían sido, de la misma forma que los terrícolas habían dejado de ser la
víctima propiciatoria ante los proyectos de dominio universal de thorbod. Los
thorbod fueron derrotados, obligados a rendirse y reducidos al cautiverio. Los
terrícolas se mostraron tan implacables con los hombres grises como éstos lo
fueron en el pasado con los humanos. Prisioneros en los campos de
concentración, los thorbod fueron condenados al exterminio. Para llegar al
total exterminio se impidió que se reprodujeran, función en la que los hombres
grises siempre habían sido de lenta y penosa evolución. Cuando los campos de
concentración fueron quedando desiertos, al morir el último thorbod, se dio por
cerrado el último capítulo de una larga historia de enfrentamientos y matanzas
entre las dos razas antagonistas.
La
verdad fue que los thorbod influyeron de tal modo en la historia de la
humanidad, y llegaron a ser temidos hasta tal extremo, que todavía siglos
después, los terrícolas seguían escudriñando el cielo, recelosos de ver
aparecer de nuevo las poderosas escuadras siderales thorbod. Y los cosmonautas
valeranos, en sus dilatados viajes por el Universo, contenían el aliento cuando
descubrían un nuevo planeta... rogando a Dios porque no les deparara la mala
suerte de encontrarlo habitado por el thorbod.
Tan
era así, que hasta fecha reciente los oficiales de la Armada Sideral Valerana
estaban obligados a conocer el idioma thorbod. Esta tradición había quedado
interrumpida en las nuevas generaciones de astronautas de la Armada Sideral de
Renacimiento y de la República de Maquetania.
Al
regresar a Atolón, después de un viaje a la Tierra, y de la Tierra al
anti-Universo, los valeranos habían encontrado el circumplaneta envejecido en
un millón de años. Durante este tiempo acabó de extinguirse totalmente la
antiquísima civilización Bartpur, y se desarrolló, evolucionó y desapareció la
civilización terrícola afincada en Atolón. Después de un millón de años, ¿quién
podía pensar que los thorbod andarán todavía por el Universo, ni constituyeran
ya una amenaza para las dos nuevas civilizaciones que recomenzaban en el
circumplaneta?
En
todo esto reflexionaba Tuanko Aznar, cuando Virela llamó su atención sobre unos
pequeños puntos luminosos de la pantalla reversible de televisión-radar. Tuanko
contó unos veinte en un radio de cuatrocientos kilómetros, y una miríada de
ellos a una distancia mucho mayor. —Ahí
están de nuevo esos malditos "Delta" —dijo Virela.
—Estamos
volando a demasiada altura —contestó Tuanko señalando el arroyo de montaña—.
Vuelve al riachuelo.
—¿Crees
que nos habrán descubierto en su radar?
—No
lo sé, no importa.
—¿Cómo
que no importa? Nos derribarán o tendremos que rendirnos, lo cual supone el
cautiverio y quién sabe cuantas contrariedades más.
—Piensa
que todo cuanto está ocurriendo en este circumplaneta, la disputa entre tapos y
renacentistas, las ambiciones expansionistas de MacLane... todo va a quedar
relegado a un segundo plano si se confirma la amenaza de los thorbod.
—Bueno,
sólo hemos visto un par de ellos. Dos thorbod no puede decirse que sean una
invasión.
—Ese
par de thorbods no han llegado solos, ni han podido viajar durante cientos de
años-luz en un pequeño aerobote. Indudablemente forman parte de un grupo
explorador.
—Lástima
que los encontráramos muertos. De haberles capturado vivos hubiésemos podido
saber muchas cosas por ellos.
—Nunca
se habrían dejado capturar vivos —respondió Tuanko.
—¿Piensas
que formaban parte de la tripulación que destruyeron los cazas renacentistas?
—preguntó Melania Ovando.
—Apuesto
a que fueron sorprendidos por la repentina aparición de los cazas que nos
buscaban a nosotros. No he visto que llevaran armas, ni otro equipo que sus
armaduras de "diamantina". Debieron abandonar su bote a toda prisa,
sin tiempo para nada —respondió Tuanko.
—¿Qué
andarían haciendo por aquí?
—Lo
ignoro. Tal vez espiaban los movimientos de las tropas de desembarco
renacentistas, ¿qué importa? Estaban aquí y tal vez no sean los únicos
exploradores en todo el circumplaneta.
Virela
señaló a la pantalla de radar.
—Se
están acercando, no cabe duda que nos han descubierto.
Tuanko
contempló largamente los pequeños puntos que se movían en la pantalla.
—No
son cazas, vuelan muy despacio. Seguramente son aerobotes ghuro fugitivos.
—Tal
vez estén entre ellos vuestra familia y la mía —dijo Melania esperanzada.
Pero
Tuanko movió la cabeza en sentido negativo.
—No,
al Embajador y al Almirante nos les permitirán escapar. El primer objetivo que
habrán cubierto las tropas de desembarco habrá sido el edificio de nuestra
embajada. Con los ghuros es distinto. Los renacentistas no se opondrán a que
escapen, al contrario. A los ghuros que no evacuen por propia iniciativa los
expulsarán a la fuerza.
En
efecto, tal debía ser la intención de los invasores.
Minutos
después, la vanguardia de aerobotes ghuro pasaba sobre las cabezas de los
hermanos Aznar y Melania Ovando. Al indicar que volaban despacio, Tuanko quería
decir que iban lentos en comparación con la velocidad que solían desarrollar
los cazabombarderos "Delta". En realidad, los aerobotes ghuro
viajaban muy aprisa, todos siguiendo el mismo rumbo en dirección a la
cordillera detrás de la cual estaba la ciudad libre de Zubia. Eran muchos, casi
un millar. Y detrás de estos, cubriendo todo el espacio sobre la jungla, venían
muchos millares más.
—Vamos
a unirnos a ellos —dijo Tuanko.
El
aerobote se elevó en el aire para agregarse a la desbandada de aerobotes ghuro
que huía hacia Zubia.
Una
hora más tarde, los fugitivos de Arbra llegaban a Zubia, una gran ciudad
extendida a lo largo de una bella bahía de aguas transparentes.
CAPITULO
V
a III Flota Tapo se había movido tan de prisa,
que ya estaba realizando la operación de frenado cuando el patrullero del Presidente Aznar le dio
alcance. Desde la esferonave sirio, que enarbolaba la insigna del almirante de
la flota, se destacó una falúa para tomar a bordo al ilustre visitante.
En
la Armada Sideral Tapo las cosas eran bastante distintas de la Armada Sideral
Renacentista. Mientras en la Armada de Renacimiento, la llegada a bordo de un
simple almirante movilizaba a toda la tripulación, la llegada del Presidente
Aznar a un navío tapo no tuvo más trascendencia que si hubiera llegado un
recluta.
Solamente
el Comandante Jefe de la Flota, almirante Muro, y el comandante del sirio,
acudieron a recibir al Presidente saludándole con un democrático apretón de
manos.
Lo
primero que hizo el Presidente Aznar fue preguntar por los pilotos desertores
de la Armada de Renacimiento.
—Se
encuentran a bordo —dijo el almirante Muro—. Les he entrevistado personalmente
por si tenían algo que decir respecto a los planes estratégicos de los
renacentistas, pero se negaron a decir nada.
—Me
gustaría hablar con ellos —dijo el Presidente,
Pese
a que ya había tomado un calmante, la coronela Julia Aneto atravesaba unos
momentos de terrible tensión psíquica. No le había costado demasiado decidirse
a desertar, pero ahora que la cosa ya estaba hecha se daba cuenta de la triste
condición del desertor. Era una extraña en un país extranjero. Su familia, sus
amigos, todo cuanto para ella tenía algún significado, la misma Patria, estaban
al otro lado de aquella barrera que ella cruzó por propia voluntad. No se
sentía feliz aquí, y tampoco podía volver atrás.
La
coronela ya había estado en la cabina del almirante Muro cuando llegó a bordo
de la nave. Al ser requerida para que fuera otra vez allá torció el gesto. Y
había dicho cuanto tenía que decir. Aunque desertora, no le gustaba que la
confundieran como una traidora a su patria. La Patria de ella seguía siendo
Renacimiento. Otra cosa distinta era que detestase al régimen macjuanista.
De
mala gana se dirigió a la cabina del almirante Muro, cuyo camino ya conocía. En
la antecámara, una joven amanuense se puso en pie y le anunció sonriendo:
—Vas
a ver al presidente. Quiere hacerte algunas preguntas respecto a sus nietos.
A
Julia Aneto, formada en la más ortodoxa tradición castrense, esta familiaridad
de un simple amanuense la ofendía. ¿Pensaba tal vez la tapo que podía dirigirse
a ella tuteándola, sólo porque era una desertora? Ya iba a protestar, cuando
cayó en la cuenta de lo que la tapo acababa de decir.
—¿El
Presidente? ¿A qué presidente te refieres? —¿A cuál va a ser? Sólo tenemos un presidente. El presidente de
la República, el Almirante Aznar.
—¿Está
aquí? —preguntó Julia, incrédula. —Detrás de esa puerta —señaló la amanuense—.
Acaba de llegar. Voy a anunciarte.
Julia
se sintió impresionada. En Renacimiento, la dictadura se glosaba a sí misma, se
emborrachaba de palabrería y llegaba al borde del ridículo ensalzando la figura
del dictador hasta hacer de este poco menos que una divinidad. El culto a la
personalidad, del que tanto gustaba MacLane, envolvía la excelsa figura del
tirano y se derramaba en cascada alcanzando también a los personajes de
segundo, de tercero, de cuarto y de quinto orden...
Con
los tapos las cosas eran distintas. Allí, todo un presidente de la República
recibiría a un anónimo coronel sin preámbulos ni ceremonia. La
joven amanuense abrió
la puerta, anunció a la coronela Aneto y dijo: —Puedes entrar.
Julia entró
en el amplio
despacho y se
detuvo uniendo ruidosamente los
tacones de sus zapatos.
—Se
presenta la coronela Aneto...
—Venga
acá —le interrumpió un hombre joven y apuesto poniéndose en pie.
Julia
quedó confundida. Al almirante Muro le conocía de hacía solamente unas horas.
Pero el joven que estaba con Muro, vistiendo el uniforme blanco de la
astronáutica con galones de almirante, era un desconocido para ella. Sin
embargo, el joven almirante y Muro eran las dos únicas personas en el despacho.
—Señor
presidente, la coronela Aneto —señaló Muro. Y añadió sonriendo—: La coronela
está un poco confusa. No le conocía a usted bajo su nuevo aspecto.
—¡Oh,
comprendo! —dijo el joven echándose a reír, avanzando al encuentro de Julia con
la mano extendida—. Créame, yo mismo no me conozco cuando me veo en un espejo.
Mi reencarnación data sólo de unas horas... casi el tiempo que he tardado en
llegar desde Hiperburgo a aquí.
Julia
Aneto balbuceó una disculpa, que el joven presidente interrumpió diciendo:
—No
es usted la única sorprendida. En realidad no lo saben todavía sino contadas
personas. Venga, siéntese y cuente cómo se produjo su encuentro con mis nietos.
¿Cree que habrán conseguido ponerse a salvo?
Julia
relató cuanto sabía del caso, repitiendo el relato que ya había hecho con
anterioridad ante el almirante Muro y un par de oficiales del Servicio de
Inteligencia tapo.
—Gracias
por todo. Esperemos que los chicos se hayan salvado. Nos veremos a la hora de
comer. He tenido mucho gusto en conocerla —dijo el presidente ofreciéndole la
mano.
Julia
salió impresionada de la entrevista. Aunque físicamente el almirante era un
joven de veintidós años, su serenidad y su aplomo eran los propios de un hombre
de estado con una larga experiencia de la vida.
Nada
de esto debía extrañar a Julia, quien estaba pasando por idéntica experiencia.
Julia, al reencarnar en su apariencia juvenil, había recibido todos los
conocimientos y experiencias acumulados a lo largo de setenta años. Era, pues,
una joven de veintidós años con la experiencia de una anciana de setenta.
De
hecho, a pesar de lo que solían pensar los jóvenes, la mentalidad de una
anciana no era tan distinta. Cuando se reavivaba el vigor físico, una
"anciana" de veintidós años no se sentía diferente de como era en su
primera juventud. Tal vez entonces veía las cosas bajo un prisma distinto, pero
no peor. Al contrario, en la segunda juventud una mujer estaba en condiciones
de disfrutar la vida mucho mejor que antes, la juventud era entonces más
estimada, más valiosa. Y solía ser mejor aprovechada.
La
esferonave era enorme interiormente, una esfera de cuatrocientos metros de
diámetro, tan grande como el legendario "auto-planeta" Rayo, con lo
cual los terrícolas iniciaron su primera aventura espacial llegando hasta el
planeta Redención. Esta esfera estaba dividida en gran número de cubiertas,
quedando lastrada por los pesados reactores nucleares y los gigantescos
depósitos de agua, de oxígeno, de nitrógeno y petróleo, que ocupaban la parte
inferior.
Sin
embargo, para su tamaño, la esferonave llevaba una reducida tripulación. Las
esferonaves tapo tenían entre otras muchas ventajas, la de poder servir
simultáneamente como unidades de combate y transportes de tropas, siendo menos
vulnerables que los enormes "discos-volantes" de la Armada Sideral
Valerana.
Desde
que llegó a bordo, Julia Aneto disfrutaba de entera libertad para ir de un lado
a otro. El teniente Bielda, que gozaba de idénticas ventajas, comentó el asunto
con Julia:
—Estos
tapos son muy confiados. Imagínese que hubiésemos venido a sabotear este navío
simulándonos desertores. ¡Ni siquiera nos han registrado para comprobar que no
traíamos explosivos ocultos!
—No
crea tan ingenuos a los tapos, teniente —respondió la coronela—. Olvida usted
que ellos tienen la facultad de poder leer nuestros pensamientos. La verdad es
que un saboteador tendría muy escasas probabilidades de llegar a realizar su
plan donde esté un tapo. Ellos leerían nuestras intenciones tan fácilmente como
si lleváramos el plan escrito en la frente.
—Tiene
usted razón, no había caído en ello —murmuró Bielda—. Su servicio de seguridad
debe funcionar sin fallos.
Una
hora más tarde, la coronela Aneto y el teniente Bielda recibían aviso por los
altavoces para que acudieran al comedor. A bordo de los buques de la armada
tapo no existía discriminación alguna entre astronautas y oficiales. Todos
comían juntos, sólo que en lugar de hacerlo en un comedor había cierto número
de comedores pequeños y acogedores, donde los tripulantes solían agruparse por
afinidad de caracteres, de gustos o aficiones, pero siempre con entera
libertad.
El
presidente y el almirante Muro ya estaban sentados a la mesa cuando llegaron
los dos invitados. En el mismo comedor había otros oficiales de menor
graduación y algunos hombres y mujeres tapos, astronautas rasos. El presidente
había reservado un lugar a su lado para la coronela, y había otra silla vacía
junto al almirante Muro reservada para el teniente Bielda. El presidente se
levantó para recibir a Julia, costumbre arcaica que no se practicaba entre los
tapos, ni siquiera entre los renacentistas.
—Tenemos
buenas noticias —dijo el presidente al sentarse de nuevo junto a la coronela—.
Mis dos nietos y la nieta del almirante Ovando se encuentran a salvo en el
Consulado de Maquetania, en Zubia. Todos vienen hacia aquí en la aerofalúa del
cónsul.
—Lo
celebro sinceramente —dijo Julia—. ¿Cuál es nuestra posición? ¿Estamos cerca de
Zubia?
—Nuestra
flota ha tomado posiciones a todo lo ancho del golfo, con un extremo cortando
el istmo de la Península Alba hasta Zubia, y el extremo opuesto frente a Godsa.
—Pero
en esta posición entorpecen ustedes los movimientos de nuestra flota,
especialmente a los grandes transportes de tropas.
—En
efecto, ya hemos recibido una protesta del almirante Ferrandiz, conminándonos a
retirarnos mar adentro. Pero los tapos no aceptan amenazas ni órdenes de los
renacentistas.
Julia
Aneto no se atrevió a hacer preguntas, pero su pensamiento fue interceptado por
el almirante Muro, quien hizo de acusica diciendo al presidente:
—La
coronela se está preguntando qué demonios hacemos los tapos en el golfo, y si
estamos buscando un pretexto para que se produzca un enfrentamiento con la
Flota Renacentista.
—No,
nada de eso —rechazó el presidente—. Le hemos respondido a Ferrandiz que
estamos aquí para impedir que los ghuros ataquen, y también para impedir que se
produzca un desembarco sobre Zubia. De hecho me he permitido lanzar un
ultimátum a MacLane. Los renacentistas deben dar por terminada la aventura y
retirar sus tropas de Arbra y Godsa.
Julia,
que tenía unos lindos ojos azules, los abrió de par en par expresando su
sorpresa.
—¿Qué
ocurrirá si MacLane no acepta su ultimátum? ¿Va a estallar la guerra entre
Renacimiento y Maquetania? —preguntó sin ocultar su alarma.
—Yo
espero que no —repuso tranquilamente el rejuvenecido presidente.
—Pero
si coloca usted a Maclane entre la espada y la pared, él tendrá que resolver
entre una de estas dos cosas. O retirar sus tropas, lo cual significaría una
humillación, o arremeter con toda nuestra Armada Sideral contra los tapos. De
verdad, ¿qué espera usted que haga MacLane?
—De
momento va a ponerse sumamente nervioso. Espero que acepte entrevistarse
conmigo para discutir esta cuestión. Luego... ya veremos.
A
continuación el almirante Aznar se puso a tomar su sopa como si el asunto no le
preocupara demasiado. Hacia la mitad de la comida, llegó un astronauta para
informar que la aeronave que conducía a los nietos del presidente había
contactado con el escuadrón de caza-interceptores "Delta" que iban a
su encuentro para darles protección hasta la esferonave.
El
presidente siguió comiendo. Sin embargo, mirándole de soslayo, Julia Aneto
advirtió cierta expresión de preocupación en él. Julia no se atrevió a
preguntarle si tenía noticias del Vicealmirante Aznar.
La
comida se prolongó bastante en la sobremesa, interesándose el presidente por
los planes de Julia y del teniente Bielda respecto al futuro.
—La
verdad, no tengo planes —confesó Julia ruborizándose bajo la penetrante mirada
del joven y guapo presidente—. Creo que ni siquiera tenía formado un propósito
firme de desertar, hasta que me vi en el compromiso de tener que derribar el
aerobote de los muchachos o ayudarles a escapar. Estaba harta del régimen
macjuanista, eso es cierto, pero creo que no hubiese desertado de haber
calculado previamente los riesgos. Tengo toda mi familia en Renacimiento,
padres, hermanos, hijos y hasta nietos. Cuando alguien en Renacimiento es lo
bastante loco para desertar, su familia suele quedar marcada.
El presidente
Aznar asintió con
profundos movimientos de cabeza.
Por la forma en que se expresó después, demostró poseer un amplio conocimiento
del régimen macjuanista y las peculiaridades de la sociedad renacentista.
—Juan
MacLane es un loco —acabó asegurando.
En
este momento, sin previo aviso, entró en el comedor un joven alto de pelo negro
y revuelto, vistiendo unos sencillos pantalones blancos, bastante sucios y
arrugados, y una camisa azul con algunos desgarrones. El muchacho miró hacia la
mesa del presidente, apartó la mirada y pareció buscar a alguien en el ya
desierto comedor.
—Es
mi nieto Tuanko —dijo el presidente con cierta contenida emoción—. ¡No me ha
reconocido! ¡Tuanko!
Tuanko,
que parecía dispuesto a marcharse, volvió a mirar a los ocupantes de la mesa.
El presidente se puso en pie apartando la silla y dijo divertido:
— ¡Vaya! ¿Pero es que no reconoces a tu joven
abuelo?
—¿Tú?
—balbuceó Tuanko atónito.
—¡Vaya,
eres bastante corto de reflejos! —se
burló el Almirante Aznar.
Pero
Tuanko, hasta este momento distraído, acababa de contactar con el pensamiento
de su abuelo y conoció de inmediato la clave del asunto. El Almirante acababa
de reencarnar en la reproducción del hombre que había sido cuando tenía
veintidós años.
Tuanko
se acercó al Almirante y estrechó las manos que éste le tendía.
—¿Así
que lo conseguiste al fin? Enhorabuena
—dijo.
El
Almirante le echó efusivamente un brazo sobre los hombros. Le dio un apretón y
a continuación le apartó de él preguntando:
—¿Y
tu hermana?
—¡Oh,
ella está bien!
—¡Hijo!
¿Pero que aspecto tienes? Tal parece que lo habéis pasado mal.
—Pudo
haber sido peor. Los pilotos renacentistas venían dispuestos a echarnos abajo.
Tuvimos que aterrizar a toda prisa en la jungla para despistarles.
—A
propósito de los aviadores renacentistas —interrumpió el Almirante Aznar—. Aquí
está aquella valiente mujer que os ayudó a escapar, la coronela Aneto.
Tuanko
volvió los ojos hacia Julia Aneto.
—Le
estamos muy agradecidos —dijo. Y como desmintiendo sus palabras, apartando su
atención de la coronela, se dirigió de nuevo al presidente—: Hay algo que debes
saber en seguida. Los thorbod están aquí, en Atolón. Encontramos a dos de ellos
en la jungla.
El
Almirante Aznar no era tapo, por lo tanto no poseía la facultad de estos para
leer en el pensamiento de su nieto.
—¿Thorbods?
—repitió frunciendo el ceño—. Estás bromeando, claro.
—No
es broma, Almirante —insistió Tuanko—. Estaban allí, muertos. Las mantis los
habían devorado a medias. Sólo uno de ellos conservaba la cabeza. Era un hombre
gris, un thorbod, tan seguro como te estoy viendo a tí ahora.
El
presidente quedó tan sorprendido que no atinó a pronunciar palabra. La
incredulidad y la confusión llenaban su mente. Esto fue percibido también por
el almirante Muro, que siendo tapo disfrutaba la ventaja de poder leer el
pensamiento de Tuanko y el del presidente.
—Créale,
señor presidente —dijo Muro—. Tuanko vio esos thorbod.
El
Almirante Aznar miró a Muro y luego a Tuanko. —Cuéntame todo.
Tuanko
hizo un relato detallado de su aventura. Mientras hablaba sentía el flujo de
una mente hostil que negaba toda veracidad a sus palabras. Era la coronela
Aneto. Tuanko la miró en una ocasión, para continuar su relato hasta el fin.
—Dices
que las chicas se quedaron esperando en el aerobote. Luego en realidad, tu
fuiste el único que vio al thorbod —observó el presidente. —Así fue.
—No
pongo en duda que estés diciendo la verdad, hijo. Pero, ¿no podrías estar
equivocado? El calor y las demás condiciones ambientales, ¿no pudieron
confundirte haciéndote ver un thorbod donde sólo había un hombre calvo y feo? ,
—Los
thorbod estaban allí —repitió Tuanko con acento a la vez enérgico e irritado—.
Llevaban armaduras negras y eran muy grandes, dos auténticos gigantes. He
repasado después los detalles de la escena. A pesar de los destrozos causados
en ellos por los insectos, no recuerdo haber visto manchas de sangre a su
alrededor. Es lógico que fuera así, ya que los hombres grises tienen la sangre
incolora.
—A
las mantis les gusta extraordinariamente la sangre humana. Si esta se derramó
por la hierba, los insectos se comerían la hierba también —observó el
presidente.
—Ya
veo que no quieres creerme —dijo Tuanko resentido.
—Hijo,
lo que dices es muy grave. Es natural que exprese mis dudas. La presencia de
hombres grises en Atolón deberá modificar la política de este circumplaneta.
Ghuros, renacentistas y tapos tendremos que dejar de lado nuestras diferencias
y unirnos para la defensa de estos planetas. Porque conociendo como conocemos a
los thorbod, podemos tener la certeza de que un día, más pronto o más tarde,
vendrán a conquistar el hiperplaneta.
—Pues
ya podemos comenzar a prepararnos, porque de seguro, al menos un par de hombres
grises han estado en el circumplaneta —respondió Tuanko.
El
presidente se acarició la barbilla y luego dijo al almirante muro:
—Almirante,
¿podemos enviar un destacamento al istmo para que conozca el terreno donde
aterrizó Tuanko?
—Por
supuesto que podemos —repuso Muro—. ¿Pero qué vamos a buscar? Obviamente, los
cadáveres habrán sido devorados completamente por las mantis.
—Pero
las armaduras de "diamantina" son demasiado duras, incluso para los
estómagos de las mantis. Necesitamos alguna evidencia, algo que demuestre la
veracidad de la historia que nos ha contado Tuanko y baste para convencer a
nuestro Gobierno, a los ghuros y al almirante MacLane.
—Comprendo
lo que quiere decir —dijo el Almirante Muro. Y dirigiéndose a Tuanko preguntó—:
¿Podrás trazarnos sobre el mapa el camino que recorristeis?
—Lo
intentaré.
—Estarás
hambriento y cansado. Ve a comer mientras ordeno preparar la cartografía que
poseemos de la Península. Acude después al cuarto de mapas.
Tuanko
Aznar abandonó el comedor. El presidente Aznar se mordía nerviosamente el labio
inferior, profundamente preocupado. Junto al presidente, el almirante Muro
había quedado repentinamente quieto, en una extraña actitud, como escuchando
con los párpados medio entornados. Julia Aneto, que seguía toda la escena
atentamente, vio como el almirante Muro abría repentinamente los ojos y se
dirigía al presidente Aznar diciendo:
—Almirante,
me comunican de la sala de control que los transportes renacentistas se están
moviendo en dirección a Zubia. Una segunda flota viene del altiplano, al
parecer para converger con los transportes sobre el istmo de Punta Alba.
Julia
Aneto acababa de asistir a una demostración de las extraordinarias facultades
paragnóticas de los tapos. Desde la sala de control, a través de suelos y
mamparas de acero, alguien acababa de enviar un mensaje telepático cuyo
receptor era el almirante jefe de la flota. ¿Cómo se las arreglaban los tapos
para efectuar esta clase de comunicaciones?
—Bien,
vamos a la sala de control —dijo el presidente.
El
presidente Aznar y el almirante Muro abandonaron el comedor, al parecer
olvidados de Julia y del teniente Bielda.
CAPITULO
VI
A sala de control de la esferonave era una
réplica a más pequeña escala de la sala de control del autoplaneta
"Valera". De planta circular, el techo de la sala formaba una cúpula
de cincuenta metros de diámetro que funcionaba como un planetario. Múltiples
cámaras de televisión emplazadas en el exterior de la esferonave, transmitían
simultáneamente a las pantallas hexagonales que revestían toda la concavidad de
la cúpula de la sala de control. El mosaico de imágenes formaba un todo
uniforme en el planetario.
Bajo
la enorme cúpula, en la perpendicular del eje geométrico de ésta, se levantaba
el punte de mando, una plataforma circular a un metro cincuenta centímetros del
piso. Alrededor de la plataforma, formando a modo de un parapeto, había un
círculo de pantallas de televisión. Los controladores estaban distribuidos
alrededor de esta plataforma, cada uno ante su consola, la mayoría de las
cuales tenían una o dos pantallas. Los muros de la sala, hasta una altura de
dos metros, estaban densamente cubiertos de pantallas registro e instrumentos
de control, destacando los armarios donde giraban las bobinas de la gran
computadora central que regía todas las maniobras de la cosmonave.
Al entrar en
la sala de control, un
oficial de transmisiones entregó un despacho al almirante Muro. Este
desdobló el pliego, le echó un vistazo y se lo paso al presidente. El texto
decía:
"Del almirante
Ferrandiz, comandante jefe
de la I Flota de Renacimiento, al almirante Muro, comandante jefe de la
III Flota Tapo. Le conmino a abandonar la zona, retirar su fuerza 10.000
kilómetros mar adentro en el término de una hora. De continuar usted
entorpeciendo las operaciones militares de las fuerzas renacentistas,
interpretaré su actitud como un acto de beligerancia. Firmado: Almirante
Ferrandiz."
Miguel
Ángel Aznar encajó la mandíbula con fuerza. La respuesta de Ferrandiz era como
una bofetada en pleno rostro. Indicaba, sencillamente, que lejos en
intimidarse, MacLane aceptaba el reto contestando al ultimátum con otro
ultimátum.
Miguel
Ángel Aznar había jugado fuerte sus cartas, intentando marcarse un farol, pero
MacLane sabía que en sus atribuciones como presidente de la República de
Maquetania no entraba la de poder declarar la guerra ni acometer un acto de
beligerancia. Aznar tenía las manos atadas, supeditado a las decisiones del
Parlamento Tapo. Por el contrario, Juan MacLane representaba el poder omnímodo.
Como dictador absoluto podía tomar cualquier decisión, por disparatada que
fuera, incluido arrastrar al país a una guerra insensata.
—Veamos
cual es la situación —dijo el presidente.
Los
dos hombres cruzaron por el pasillo central hasta el puente de mando. La
plataforma estaba ocupada por el comandante del "Sirio", capitán de
navío Udan, y el vicealmirante Zendo, segundo jefe de la Flota. El presidente
Aznar y el almirante Muro subieron por la alfombrada escalerilla hasta el
puente.
El
"Sirio", en el centro de la formación, se encontraba a tres mil
metros de altura y cinco kilómetros de Arbra, sobre el mar. A derecha e
izquierda del "Sirio" estaba desplegada la Flota; cinco mil
esferonaves grises de mil metros de diámetro, de quinientos veintitrés millones
de toneladas de desplazamiento, construidas de hormigón armado.
Frente
a la Flota Tapo, la Primera Flota del almirante Ferrandiz se desplazaba en
dirección a la Península de Punta Alba acompañando a los transportes siderales.
Pero a cuatro mil kilómetros de distancia se acababa de inmovilizar la II Flota
Renacentista, que venía a ocupar el vacío dejado por la Primera.
La
República de Renacimiento disponía en la actualidad de seis flotas de diez mil
unidades, o sea un total de 60.000 cruceros de combate de la serie STELAR,
largamente experimentada. Frente a esta fuerza, la República Tapo (República de
Maquetania) sólo contaba con un total de 15.000 esferonaves, repartidas en tres
flotas. Sin embargo, los números no expresaban la realidad de los hechos. Cada
esferonave valía por 84 cruceros STELAR a efectos de potencia de fuego,
expresada en número de proyectores de "luz sólida".
Pero
aquí tampoco tenían expresión real los números. La potencia de una fuerza
sideral no dependía exclusivamente de la cantidad de proyectores de "luz
sólida". Los combates entre estas poderosas armadas solían desarrollarse a
enorme distancia, y en la batalla los buques sólo intervenían como plataformas
de lanzamiento de los veloces caza-interceptores.
Ambas
escuadras, tanto la renacentista como la tapo, utilizaban el mismo modelo de
caza-interceptor "Delta". Los "Delta" jugaban el mismo
papel que los aviones en las arcaicas fuerzas aeronavales del siglo XX.
Lanzados en número de millones desde los buques de la Flota, surcaban
raudamente el espacio para atacar a las unidades enemigas. Cada
caza-interceptor "Delta" era portador de 500 proyectores de "luz
sólida". Cada escuadra anteponía a los caza-interceptores del enemigo sus
propios "Delta". Los escuadrones "Delta" se encontraban en
el espacio —generalmente a mitad camino entre las dos flotas— y libraban reñido
combate entre sí, continuamente alimentado por los nuevos lanzamientos
efectuados desde los buques que se encontraban detrás.
Finalmente,
era la capacidad para lanzar caza-interceptores lo que determinaba la victoria
de uno u otro bando. El primero en agotar sus reservas de caza-interceptores
podía considerarse virtualmente vencido. Los "Delta" supervivientes,
limpio de obstáculos el camino, llegaban en oleadas hasta los buques enemigos y
atacaban directamente a estos tratando de apagar sus proyectores de "luz
sólida".
Cuando finalmente,
a un elevado
costo de bajas, los caza interceptores habían
conseguido apagar las baterías del enemigo, llegaban los
demoledores torpedos anti-materia
para asestar el golpe de gracia a los buques ya inermes y
en franca retirada.
De todo esto se deducía que, mientras los
renacentistas tenían una armada de ataque, los tapos eran más fuertes en la
defensa. La potencia de ataque de cada fuerza era una incógnita; dependía
sencillamente de las reservas en cantidad de cazas-interceptores de que
disponía cada uno. Pero mientras se conocía perfectamente el número y
características de los buques de línea, era un secreto celosamente guardado la
cantidad de "Deltas" que el contrario podía llevar al combate.
Era
presumible que los renacentistas, dedicados a un programa de intenso rearme
desde hacía medio siglo, tuvieran el doble o el triple de "Deltas"
que los tapos.
Los
ghuros, que sólo habían incorporado esta arma a sus escuadras en fecha
relativamente reciente, no tenían ni experiencia ni número de
"Deltas" suficiente para enfrentarse al régimen militarista de
MacLane, a pesar de que, al menos en conjunto, contaban con una cantidad de
esferonaves superior a los tapos.
Así
las cosas, el presidente Aznar rechinaba los dientes de rabia impotente después
de recibir el ultimátum del almirante Ferrandiz.
—Obviamente,
la nota no es obra de Ferrandiz —comentó el presidente con Muro y Zendo—. Nadie
en la Armada Sideral de Renacimiento es capaz de permitirse libertades de ese
tipo. MacLane, personalmente, está ahí dirigiendo las operaciones. Le enviaré
otro radiograma invitándole a una entrevista.
El
radiograma fue expedido, pero transcurrió media hora sin que el presidente
recibiera respuesta. Mientras tanto, la I Flota Renacentista seguía alejándose
en dirección a Zubia. El destacamento tapo ya estaba preparado para desembarcar
en el istmo, pero el Almirante Aznar decidió suspender la operación. La llegada
del destacamento a tierra iba a coincidir con la flota renacentista en el mismo
lugar, y Aznar no quería exponer la vida de un solo hombre. Además, si
Ferrandiz no se retractaba, o MacLane no accedía a una entrevista, la flota
tapo no tendría más remedio que retirarse, so pena de tener que enfrentarse a
los envalentonados renacentista.
El
almirante Muro miró el gran reloj electrónico de la sala de control y advirtió:
—Faltan
diez minutos para el plazo que nos concedió Ferrandiz.
—Dé
la orden de retirada —dijo el presidente.
El
almirante Muro y el vicealmirante Zendo intercambiaron una mirada.
—Si
nos retiramos ahora los renacentistas se jactarán de habernos mojado la oreja
—observó Muro.
—Fue
un error venir aquí. Cuando se trata con locos como MacLane no se pueden asumir
actitudes que no estén respaldadas por una verdadera intención de llegar a las
últimas consecuencias —sentenció el presidente—. Esa es la diferencia entre
MacLane y nosotros. El sí está dispuesto a cumplir sus amenazas.
El
almirante Muro hizo una mueca.
—¿Nos
retiramos, o regresamos a casa?
—Volvemos
a casa.
Minutos
después, la flota tapo empezaba a moverse en dirección al norte, adentrándose
en el océano y ganando rápidamente altura.
Al
dirigirse a su cabina, el almirante Aznar pasó por la cubierta donde estaban
alojados sus nietos. Virela besó efusivamente a su abuelo y elogió su estupendo
y juvenil aspecto. Con Virela se encontraba Melania Ovando, quien inquirió si
se tenían noticias de su abuelo y el resto de su familia.
—No
tenemos noticias de su paradero ni de mi sobrino. El almirante MacLane se ha
negado a una entrevista.
—¿Es
que no hay forma posible de saber que ha sido de ellos? —protestó Melania.
—Es
difícil que podamos. Nos retiramos hacia Maquetania.
Virela
captó el pensamiento de su abuelo y también su disgusto, pero no hizo
comentario. El presidente se dirigió a su cabina, donde encontró a Tuanko que
le estaba esperando.
—Me
han dicho que has cancelado la operación de rescate de los restos de los
thorbod —dijo el muchacho con acento acusador—. Y que has ordenado el regreso
de la flota a Maquetania.
—Sí.
—¿Por
qué?
—MacLane
nos ha lanzado un ultimátum. Con eso responde a nuestra advertencia para que no
ocupara Zubia.
—Pero...
—Eres
un tapo. Si puedes leer mi pensamiento advertirás hasta que punto me siento
furioso y humillado por tener que ceder ante MacLane. El problema está en que
MacLane puede disponer a su antojo de todas las fuerzas de la nación, mientras
que yo soy presidente de un país democrático, con poderes limitados supeditados
a la voluntad del pueblo. Realmente así es como debe ser. Un hombre, menos si
es el representante supremo de una nación, no puede dejarse arrastrar por
impulsos de ira o de venganza. Si yo dispusiera de todo el poder que tenía mi
padre como Almirante Mayor del autoplaneta "Valera", mi reacción
consistiría en acumular todas las fuerzas de que pudiera disponer y dar la cara
a MacLane contestando a su reto con otro reto. Afortunadamente no es así.
MacLane es un psicópata irresponsable, y lo más sensato en este caso es no
responder a su desafío. El sería capaz de llevar a su pueblo al desastre por
una cuestión personal. Yo no puedo hacer eso.
Tuanko
se sintió desarmado ante las sensatas reflexiones de su abuelo.
—Admito
que no puedas hacer otra cosa que ordenar la retirada de la flota. Queda
pendiente el asunto del tío Fidel y la abuela Banda. Autorízame para organizar
un comando que vaya en su busca —dijo Tuanko.
Pero
el presidente negó con la cabeza.
—No
puedo autorizar tal cosa. Sería correr un riesgo inútil.
—¿Piensas
que tío Fidel ya está muerto?
—Realmente
eso es lo que pienso. MacLane se niega a celebrar una entrevista, ni siquiera
por televisión. Conociendo a MacLane, sólo encuentro una explicación razonable
a su negativa. MacLane teme que la cuestión de Fidel surja inevitablemente en
el curso de nuestra entrevista. ¿Qué podría responder a mi petición para que
nos devolviera a Fidel vivo? MacLane rehúsa enfrentarse conmigo por temor a mi
reacción. Si Fidel estuviese vivo trataría de chantajearme proponiéndome la
retirada de nuestra flota a cambio de la libertad de mi sobrino. No lo ha hecho
así, sino que ha corrido el máximo riesgo apelando a la jactancia y el desafío,
pero eludiendo dar la cara y confesar que ha ejecutado a Fidel. Piensa que
mientras quede una duda mantendremos una esperanza, y en eso no se equivoca.
—¡Maldito
sea mil veces ese cerdo de MacLane! —exclamó Tuanko apretando los puños—. Hace
ya mucho tiempo que debiste enviar un comando a asesinarle. Tal vez no sea
tarde, todavía podría hacerse...
—Olvida
eso, Tuanko. Si procediésemos de ese modo, ¿qué diferencia habría entonces
entre MacLane y nosotros? ¡Todos seríamos iguales!
—Me
admira tu paciencia —dijo Tuanko— Si yo estuviera en tu lugar... ¡Bueno, iba a
decir una tontería! Yo no podría estar nunca en tu lugar, por la sencilla razón
que los tapos no elegirían por presidente a un tipo temperamental como yo.
Tienes razón, este es aun asunto familiar, algo personal entre MacLane y los
Aznar. No sería justo arrastrar a millones de tapos a una guerra por algo que
sólo nos incumbe a nosotros.
—Todavía
hay otra cuestión que no debemos dejar de lado. Una guerra que nos implicara a
renacentistas y tapos, o a ghuros y renacentistas, sería un suicidio en las
actuales circunstancias. Hoy sabemos que los thorbod conocen nuestra presencia
en el circumplaneta. Tal vez estén al acecho, esperando una oportunidad para
arrojarse sobre nosotros. Una guerra en el circumplaneta debilitaría de tal
modo nuestras fuerzas que nos pondría prácticamente en manos del primer
invasor. Y ese invasor potencial existe. En alguna parte de esta galaxia el
thorbod espera. Debemos crear un estado de conciencia tal que en lugar de
separarnos nos aglutine a todos en un férreo bloque frente al thorbod. Esto,
más o menos, es lo que me propongo exponer ante los representantes de las
repúblicas ghuros en Bonomi.
—¿Vas
a presentarte en Bonomi ante la conferencia de representantes ghuros sin ser
invitado?
—Mejor
ocasión que esta, nunca. Todos van a reunirse allí.
—Tal
vez los ghuros no comprendan muy bien el problema de los thorbod. No los han
conocido nunca —observó Tuanko.
La
respuesta del presidente quedó ahogada por el estruendo de un claxon, toda la
tripulación debía acudir a sus puestos de combate equipados con la
reglamentaria armadura de vacío.
El
rugido del claxon se interrumpió de repente, escuchándose una voz que decía:
—¡Atención,
zafarrancho de combate! ¡Todo el mundo a sus puestos, estamos siendo atacados!
¡Atacados!
El
presidente Aznar se puso en pie. Una brusca sacudida que estremeció a toda la
enorme cosmonave proyectó al presidente y a Tuanko a través de la habitación
contra el armario que estaba en el extremo opuesto. Los dos hombres cayeron al
suelo. Mientras se incorporaban trepidó de nuevo el piso y vibraron los
mamparas de acero, escuchándose una lejana y como sorda explosión.
No
cabía duda, estaban siendo atacados. Tuanko, sumamente pálido, ayudó al
presidente a ponerse en pie. El claxon estaba sonando de nuevo.
—Hijo,
¿dónde tienes tu armadura? —preguntó el presidente Aznar.
—No
tengo.
—Ve
a buscar a tu hermana y a esa chica... la Ovando. Id al arsenal y proveeos de
equipo. La cosa puede ser grave, los renacentistas tienen aquí dos flotas y nos
superan en número.
—¿Tienes
equipo de vacío? —preguntó Tuanko.
—Lo
tengo en el armario. ¡Vete, no pierdas tiempo! —apremió el Almirante empujando
a Tuanko en dirección a la puerta.
Otra
leve sacudida conmovió al navío mientras Tuanko salía al corredor. Por este
circulaban a la carrera hombres y mujeres en busca de sus equipos de combate.
En la escalera se dio de frente con dos oficiales que subían los escalones de
dos en dos. El claxon había dejado de sonar y se escuchaba de nuevo la voz
premiosa, aunque serena, del oficial de puente, llamando a la tripulación a sus
puestos.
En
la cubierta donde había sido alojado, Tuanko se encontró en el pasillo con la
coronela Aneto y el teniente Bielda que miraban arriba y abajo con aire
desconcertado.
—No
se queden ahí parados, vayan a buscar sus armaduras de vacío —les dijo Tuanko.
—Nos
desprendimos de ellos al llegar a bordo y no los volvimos a recuperar —dijo la
coronela.
—Vengan
conmigo, les proporcionarán otros equipos en el arsenal.
Virela
y Melania estaban asomadas a la puerta de sus respectivas cabinas. Tuanko les
gritó que le siguieran y todo el grupo corrió tras los talones del muchacho en
dirección a un ascensor. Pero el ascensor estaba ocupado en otro lugar.
—Vamos
por las escaleras —indicó Tuanko.
Poco
después entraban en el arsenal del buque, donde fueron atendidos por dos
astronautas femeninos. Tanto los Aznar, como la coronela Aneto y el teniente
Bielda se sabían de memoria las tallas
de sus armaduras.
No así Melania
Ovando, que aunque había servido un tiempo en la armada
las había olvidado.
Mientras
esperaban a que les entregaran sus armaduras, la coronela preguntó a Tuanko si
sabía lo que estaba ocurriendo.
—Sé
lo mismo que usted. Estamos siendo atacados, y todo parece indicar que nos han
cogido por sorpresa.
Habían
cesado mientras tanto las sacudidas, lo que era indicio , de que las defensas de la esferonave
habían comenzado a actuar y mantenían momentáneamente a raya a los
"Delta" y torpedos del enemigo. Una esferonave era de hecho una
fortaleza con sus formidables
muros de doscientos
metros de espesor
y cinco millones de proyectores de "luz
sólida" de gran potencia.
Las esferonaves, en combate, giraban continuamente sobre sí mismas,
ofreciendo alternativamente distintas caras a los disparos y torpedos del
enemigo.
Los
caza-interceptores "Delta" solían llevar 500 proyectores de "luz
sólida" de tamaño más pequeño, pero un "Delta" nunca podía
utilizar todos sus proyectores al mismo tiempo, debido a que estos estaban
repartidos en la cara superior e inferir de los planos de sus cortas alas, en
el borde ataque de estas mismas alas, del timón de cola y los costados del
fuselaje. El mayor daño que podían causar los "Delta" estaba en razón
de su doble función. Los "Delta" se acercaban disparando sus
proyectores y a continuación se estrellaban como un torpedo contra el buque
enemigo. Estas explosiones de los reactores nucleares de los "Delta"
eran probablemente las sacudidas que se habían sentido al comenzar el ataque.
La flota todavía se encontraba dentro de la atmósfera al iniciarse el asalto
enemigo, y en estas condiciones una explosión nuclear era mucho más efectiva
que en el vacío sideral, donde no existía aire.
Ya
estaban Tuanko, Virela, la coronela Aneto y el teniente Bielda equipados, y
todavía tuvieron que esperar otros cinco minutos mientras le tomaban las
medidas a Melania Ovando y las encargadas del almacén buscaban las piezas
apropiadas a su talla. Tuanko mientras tanto se consumía de impaciencia, a
pesar de que el resultado de la batalla no dependía de él y nada tenía que
hacer fuera de allí.
Melania Ovando
acababa de recibir
la última pieza
de su armadura de "diamantina" azul, cuando los torpedos
empezaron de nuevo a golpear a la esferonave. A través de un altavoz próximo
anunciaron:
—¡Atención,
a todos los tripulantes del "Sirio"! Provéanse de equipo volador
individual. Los miembros de la tripulación que no ocupan puestos de combate,
diríjanse a las Karendón para ser evacuados.
Las
miradas de Tuanko y de la coronela Aneto se encontraron.
—Parece
que las cosas andan mal allá arriba —dijo Julia Aneto señalando al techo, donde
suponía estaba la sala de control—. Siempre creí que estas esferonaves
aguantaban mucho.
—No
sabemos que es lo que está ocurriendo —respondió Aznar malhumorado—. Tomemos
los "backs", ya que estamos aquí.
Las
muchachas encargadas del almacén se disponían a proporcionárselos. Tuanko las
despachó diciendo:
—No
pierdan tiempo, vayan hacia las Karendón. Nosotros cogeremos los equipos.
Las
dos astronautas salieron del almacén y Tuanko y el teniente Bielda pasaron al
otro lado del mostrador para tomar los equipos de vuelo ("backs").
Estos eran pesados y tuvieron que ayudarse unos a otros para sujetarlos a la
espalda, en la pequeña joroba que formaban las armaduras exclusivamente para
este fin.
Violentas
sacudidas estremecían al "Sirio" cuando el grupo salía del almacén en
dirección a un ascensor. Esta vez encontraron el ascensor libre y pudieron
subir directamente a la cubierta central, donde estaba la sala de control. Una
docena de astronautas esperaban al ascensor. Un oficial se dirigió a Tuanko.
—¿Qué
hacen ustedes aquí? ¿Por qué no se dirigen a las Karendón?
—No
he oído que se diera orden de abandonar el buque.
—Bueno,
hagan lo que quieran —dijo el oficial—. El buque está irremisiblemente perdido.
Todos los "Delta" y los torpedos convergen sobre esta esferonave.
Está claro que quieren cargarse al presidente Aznar
El
oficial entró en el ascensor con el grupo y se cerraron las puertas.
—¿De
modo que es eso? —dijo Tuanko con voz enronquecida por la ira—. MacLane sabe
que el viejo está en el "Sirio" y carga toda la fuerza de su ataque
contra este buque. Vayan a la sala de las Karendón. Virela, tú conoces el
camino, guíales y vete con ellos. Dejar aquí los "backs" por si
alguien los necesita.
—¡No
iré, no quiero separarme de vosotros!
—protestó Virela.
—¡Vete,
te lo ordeno! ¿Qué puedes hacer por nosotros?
Sólo serás un estorbo y un motivo más de preocupación para el viejo
—dijo Tuanko con energía.
Dejó
al grupo esperando el ascensor y se alejó rápidamente en dirección a la sala de
control.
Media
docena de controladores, todos vestidos de "diamantina" de pies a
cabeza, abandonaban la sala de control cuando Tuanko se disponía a entrar. Los
repetidos impactos de los caza-interceptores "Delta" hacían
estremecer la gigantesca esfera de hormigón. En la sala de control brillaban
los azulados relámpagos de algunos cortocircuitos en las consolas de los
controlado-res. Los técnicos iban de un lado a otro tratando de arreglar
aquello, a pesar de que era ya evidente la pérdida de la cosmonave.
CAPITULO
VII
EVANTANDO la mirada hacia la gran cúpula que
cubría la totalidad de la sala de control, Tuanko Aznar vio gran número de lunares en el enorme mosaico
que formaba el conjunto. Podía deducirse el daño sufrido por la nave por el
número de espacios oscuros que iban apareciendo en el planetario. Los impactos
de "luz sólida" y las explosiones contra la esferonave iban apagando
proyectores y cerrando el vítreo ojo de las cámaras de televisión, profusamente
repartidos por toda la redondez de la esfera de hormigón.
El
vicealmirante Zendo se encontraba al pie de la escalerilla que conducía al
puente de mando, equipado con la armadura de "diamantina", aunque sin
escafandra. Miraba hacia arriba a las imágenes que se iban encendiendo y
apagando en lo alto de la cúpula, y se volvió hacia Tuanko al tocarle este en
el brazo.
—¿Qué
ha ocurrido? —preguntó Tuanko—. ¿Están tan mal las cosas que tenemos que
abandonar el buque?
—Ese
zorro de MacLane nos engañó. Empezábamos a movernos para retirarnos cuando
lanzó un ataque sin aviso previo, haciendo converger la mayor parte de sus
"Delta" sobre el Sirio. Simultáneamente, la flota que se había
alejado por el oeste, daba la vuelta y atacaba nuestro flanco izquierdo
destrozándolo. Los veinte mil cruceros de MacLane lanzaron por todos sus tubos,
pero eso no fue todo. El borde del altiplano solamente está a diez mil
kilómetros de la costa. Los renacentistas lanzaron andanada tras andanada de
"Deltas" desde su propio territorio, de tal modo que nos vimos
impotentes para detenerlos todos. La sorpresa
fue un factor decisivo, y
naturalmente, la superioridad numérica. Nos han pulverizado.
—¿Han destruido toda la flota?
—Están
acabando con nosotros —señaló el vicealmirante al techo—. Sólo falta que nos
rematen con algunos torpedos antimateria, lo cual no tardará en ocurrir.
Tuanko
miró hacia arriba, en los escasos hexágonos iluminados que quedaban. Oleadas de
"Deltas" venían a enorme velocidad, haciendo jugar sus mortíferos
dardos de "luz sólida", y a continuación se estrellaban contra la
esferonave haciendo explosión. La pesada esfera de hormigón se estremecía a
cada impacto, y estos eran por momentos más frecuentes.
Sobre
la plataforma del puente de mando estaban el presidente Aznar, el almirante
Muro y el comandante del "Sirio". —¿Que hace allí el viejo? —señaló
Tuanko.
—Está
sereno, aunque en el fondo se hace responsable de este desastre.
Muro
pareció cambiar impresiones con el presidente. Luego se volvió hacia el
comandante del buque. Este empuñó un micrófono y su voz atronó la sala de
control a través de los amplificadores:
—¡Atención, habla
el comandante! ¡Abandonen
el buque! Repito, abandonen el
buque. Dejen sus puestos y diríjanse ordenadamente a las Karendón.
El
Almirante Aznar y el almirante Muro descendieron la escalera. Ambos llevaban
sus armaduras de vacío, sosteniendo la abultada escafandra bajo el brazo. En
este momento sobrevino una explosión aterradora. Una explosión que hizo saltar
a la esferonave como una pelota de goma y proyectó al Almirante Aznar y a Muro
por el aire contra las consolas de los controladores. El mismo Tuanko fue
levantado del piso y arrojado a diez metros de distancia, resbalando por el
suelo del corredor hasta que se detuvo al golpear con los pies contra una mesa.
Las consolas de los controladores, los asientos fueron arrancados de sus
enclavamientos y lanzados al aire. De los muros salieron como proyectiles las
esferas de los instrumentos de medida y control, las pantallas de cristal, las
bobinas de la computadora... Chispazos eléctricos brotaron por todas partes,
provocando incendios localizados que llenaron la sala de acre humo.
Tuanko,
que traía calada la escafandra, abrió la espita del oxígeno y cerró la válvula
por la que estaba respirando. Se puso en pie y fue en busca de su joven abuelo,
recogiendo por el camino la escafandra que este había perdido en su caída. El
presidente había quedado medio conmocionado a causa de un golpe que le había
producido una sangrante herida sobre la ceja.
El
Almirante Aznar apartó a Tuanko con un ademán de enojo diciendo:
—Vamos,
déjame. No necesito que me ayudes, no soy un anciano.
—Muy
bien, muchacho —dijo Tuanko poniéndole la escafandra entre las manos—. ¿Qué
cosa nos queda por hacer? ¿Vamos a hundirnos con el buque, o crees que hay
todavía alguna forma de escapar con vida?
El
presidente no contestó, pero Tuanko captó su actividad mental. Estaba
calculando las probabilidades de salir con vida de aquel apuro, lo cual
dependía en gran parte del comportamiento del "Sirio" después de
haber encajado el torpedo antimateria que prácticamente lo había partido como
una nuez.
Desde
un principio desestimó el presidente la posibilidad de abandonar el
"Sirio" desmaterializándose en una de las máquinas "K.
Traslator". Esto no era posible para él, porque a la distancia que se
encontraban de Maquetania, el envío de datos de las "Traslator" tenía
que hacerse por medio de estaciones repetidoras situadas en los satélites de
comunicaciones. A 450 millones de kilómetros de Maquetania, las ondas de radio,
moviéndose a la velocidad de la luz, invertían veinticinco minutos en llegar
hasta la estación receptora de la Base Astronáutica de Molikai.
Los
renacentistas, que se encontraban allí mismo, recibían 25 minutos antes que
Molikai las señales de radio que estaban emitiendo las esferonaves tapo. Casi
con toda seguridad los renacentistas estaban restituyendo en sus propias
"Karendón" a las tripulaciones tapo. Es decir, los que lograban
escapar a través de las "traslator K." iban a caer directamente en
manos de los renacentistas.
Para
las tripulaciones tapo, sin otra alternativa que perecer con sus esferonaves o
caer prisioneros de los renacentistas, la elección no era dudosa; mejor
prisionero que muerto. Pero esta alternativa no valía al presidente Aznar,
sobre quien los renacentistas habían echado una pena de muerte.
El
almirante Muro salió de un montón de cables chisporroteantes tirando de un
hombre que vestía armadura de "diamantina" sin escafandra. Era el
comandante del "Sirio", Udan. Tuanko se acercó para ayudarle. El
almirante Muro se arrodilló para quitarse uno de los guanteletes de vidrio y
tocar en el cuello de Udan buscando el latido de la vena.
—Ha
muerto —dijo Muro incorporándose—
Electrocutado.
El
piso de la cámara de derrota tomaba en este momento una ligera inclinación.
—Pónganse
las escafandras y salgamos de aquí —dijo Muro.
El
presidente Aznar y el vicealmirante Zendo se calaron las escafandras, saliendo
todos en mitad de la humareda por la puerta que había utilizado Tuanko al
entrar. Ya no quedaba nadie en la sala de control, llena de humo, de llamas y
de relámpagos eléctricos. El alumbrado también había bajado en intensidad, al
fallar la línea principal de alimentación y entrar en funcionamiento las
baterías de emergencia.
En
el corredor, cerca del ascensor, se encontraron con un astronauta que estaba
sujetando a su espalda uno de los equipos de vuelo individual abandonados allí
poco antes por Virela Aznar, Melania Ovando, la coronela Aneto y el teniente
Bielda.
La
violenta explosión que había sentenciado el fin del "Sirio" había
ocasionado cuantiosos daños en todas partes. La puerta del ascensor estaba
fuera de su marco, y por el hueco se veía un cable eléctrico cortado, el cual
al balancearse hacía contacto en algunas partes metálicas despidiendo violentos
chispazos. Los supervivientes de la cámara de control se detuvieron junto al
desportillado ascensor para celebrar un breve conciliábulo. El piso seguía
tomando una inclinación creciente.
—Estamos
cayendo hacia el mar —indicó Zendo—. El sistema antigravitacional debe estar
funcionando, al menos una parte de él. De no ser así descenderíamos en caída
libre y nos estrellaríamos en segundos.
—De
todos modos no disponemos de mucho tiempo —dijo el almirante Muro— Y no podemos
utilizar las "Traslator".
—Yo no
voy a utilizar
la "Traslator" —dijo
el presidente Aznar—. Antes
prefiero hundirme con el buque que caer prisionero de MacLane.
—Aquí
hay algunos "backs", suficientes para los tres que no lo llevan—
indicó Tuanko.
—Si
llegamos hasta el túnel antes que se produzca el choque, tal vez podamos salir
de esta tumba —dijo el vicealmirante Zendo.
Mientras
los tres hombres se colocaban los "backs" a la espalda, Tuanko se
acercaba al ascensor atraído por un resplandor que alternaba con los
chisporroteos del cable eléctrico, en los momentos que este dejaba de
chisporrotear. Sacando la cabeza y mirando por el hueco del ascensor hacia
arriba, vio el cielo azul al final del pozo, cuyos bordes estaban iluminados
por el sol.
—¡En,
tenemos suerte! —gritó regresando junto
al grupo del presidente, del almirante Muro y el vicealmirante Zendo, al que se
había unido el astronauta para ayudarles a sujetar los "backs" a la
espalda—. El torpedo antimateria voló toda la parte superior de la esfera. Veo
el cielo por la chimenea del ascensor, podemos salir por ahí utilizando los
"backs"
—¡Magnífico! —exclamó
Muro—. Intentaremos la salida por
el pozo.
Tuanko
regresó al ascensor e intentó arrancar la puerta a tirones. Vino a ayudarle el
astronauta que ya estaba allí cuando ellos llegaron. Era una mujer, lo cual se
advertía fácilmente por la forma de la coraza, adaptada para acoger los senos
femeninos. Seguramente una rezagada, a la que habría sorprendido la explosión
antes de alcanzar el ascensor para dirigirse a la cubierta de las
"Karendón Traslator". Tuanko se preguntó si la pobre chica estaría
muy asustada. Descubrió que la astronauta tenía tanta prisa como él mismo por
arrancar de una vez aquella maldita puerta, y que estaba calculando con
preocupación las posibilidades de caer prisionera en manos de los
renacentistas.
"Si
me cogen me fusilarán, por desertora."
Tuanko
cayó en la cuenta de que era la coronela Aneto.
—¿Es
usted Aneto? —preguntó mentalmente mientras ambos daban tirones a la puerta
medio atascada.
—Yo
misma —respondió Julia en voz alta.
—¿No
llegaron a tiempo para desmaterializarse en las Karendón? ¿Dónde están los
demás?
—Llegamos
a tiempo. Su hermana de usted, la nieta de Ovando y el teniente entraron en las
Karendón. Pero yo pensé que estando Maquetania lejos, y los renacentistas
cerca, las probabilidades de recuperarnos en sus Karendón eran mayores para los
míos. Soy una desertora, por lo tanto si caigo en sus manos me fusilarán.
Supongo que es por esa misma razón por la que ustedes no utilizan las Karendón.
Tuanko
no contestó. La puerta cedía en este momento y fue retirada a un lado. Los tres
almirantes ya estaban preparados. Tuanko se situó en el borde del pozo,
encendió el pequeño reactor nuclear de su "back" y abrió el
regulador. Al sentir que flotaba se impulsó con las manos hasta el centro del
pozo y abrió ligeramente el regulador de impulso. Un chorro de fotones le
impulsó suavemente hacia arriba por el interior del pozo. El cable eléctrico no
era peligro para los astronautas, debido a las cualidades aislantes del cristal
de sus armaduras y escafandras.
Subiendo
en línea recta por la chimenea del ascensor, Tuanko irrumpió bruscamente en el
espacio lleno de luz y de sol. Mirando hacia abajo, mientras seguía subiendo,
vio el estado en que había quedado la enorme esfera de hormigón. El torpedo
antimateria había volado una buena parte de la esfera, pudiendo verse todo el
espesor del casco de hormigón, con sus cantos recortados desigualmente, y la
cubierta que quedaba al aire. La esferonave estaba cayendo hacia el mar. Caía
lenta, pero continuamente, como indicando que un importante sector de su masa
emitía ondas "aG", pero éstas eran insuficientes para sostener la
pesada mole en el aire.
En
todo el espacio, a su alrededor, no se veían máquinas enemigas. Pero muy lejos,
mar adentro, vio encenderse un globo de fuego, más brillante que la propia luz
del sol. Los torpedos antimateria seguían dando buena cuenta de las esferonaves
tapos que, desmanteladas e indefensas, intentaban escapar acelerando en
dirección al continente.
Inmovilizándose
en el aire, entre el cielo y el mar, Tuanko esperó hasta que vio salir al
último del grupo. Un mensaje telepático llegó hasta la mente del joven.
"Soy
Muro. Creo que debemos descender al mar y esperar en el agua hasta que pase el
peligro. Los renacentistas vendrán seguramente en busca de supervivientes. No
utilicen la radio bajo ningún pretexto."
Tuanko
utilizó a su vez sus facultades telepáticas para comunicar a la coronela Aneto
la decisión de Muro. La coronela se acercó a Tuanko, como buscando
instintivamente el apoyo de éste. Mientras el grupo se reunía en el aire, la
esferonave caía al mar levantando un gigantesco surtidor. El impacto en el agua
debió acabar de desbaratar la esferonave. Cuando la cortina de agua volvió al
mar, se vio en la superficie de éste un enorme anillo de espuma de más de un
kilómetro, con grandes burbujas de aire estallando en el centro.
Siguiendo
al almirante Muro, que había tomado la iniciativa del grupo, se alejaron del
lugar, volando sobre una gran extensión del mar donde flotaban abundantes
restos de naufragios; madera, cajas de plástico, botes de lata, colchones,
botellas y cierto número de cadáveres que se mantenían a flote gracias a sus
armaduras de vacío. A unos veinte kilómetros del lugar donde se había hundido
el "Sirio" vieron de lejos una esferonave que se levantaba como una
montaña, flotando en el mar con un enorme agujero en la parte superior.
Se
alejaron de la esferonave dando un rodeo, pues era de prever que los
renacentistas no tardarían en llegar para ocupar los restos y buscar
supervivientes.
Siempre
ante el espectáculo de flotantes restos de naufragio, continuaron volando a la
altura de la cresta de las olas sin que en ningún momento descubrieran un alma
viviente.
La
distancia entre el continente oceánico de Bartpur, en la actualidad
Renacimiento, y la tierra firme del otro lado del océano, era de unos 15.000
kilómetros en su parte más angosta. Entre ambos continentes sólo algunas
pequeñas islas de carácter tropical rompían la monotonía de la inmensidad
oceánica.
Después
de diez horas, los supervivientes del "Sirio" divisaron de lejos una
verde isla. Junto a la isla, elevándose del mar como una montaña, vieron una
esferonave gris. Sobre la isla y la esferonave tapo había inmovilizada una
escuadrilla de cruceros siderales STELAR.
Dando
un rodeo para dejar a su izquierda la isla y los cruceros renacentistas, los
supervivientes del "Sirio" prosiguieron su vuelo hasta descubrir otra
isla, al parecer desierta. Se acercaron a la isla cautelosamente, descubriendo
cuando ya estaban cerca que estaba habitada por una pequeña colonia ghuro.
Los
ghuros, grotescos individuos de piernas cortas, con dos pares de brazos y una
cabeza de tortuga ridículamente pequeña, recibieron a los tapos con recelo. Los
ghuros, que se comunicaban entre sí telepáticamente, pronto quedaron
tranquilizados al conocer la identidad de los náufragos, con los que pudieron
entenderse perfectamente, al menos Tuanko, Muro y el vicealmirante Zendo, que
eran tapos y poseían idénticas facultades telepáticas.
La
colonia, alejada de todo lugar civilizado, en mitad de la soledad del océano,
vivía al modo tradicional ghuro, obteniendo sus alimentos del mar, sin máquinas
"Karendón", ni radio ni televisión. Desgraciadamente también carecían
de aerobotes, razón por la cual toda la ayuda que podían prestar se limitaba a
darles de comer y ofrecerles un lugar de descanso. Los náufragos descansaron en
la isla. Comieron, durmieron un par de horas y se pusieron de nuevo en marcha
volando en dirección al continente.
Quince
horas más tarde, hambrientos y exhaustos, llegaba el grupo a Coira, una gran
ciudad-república de los ghuros en la costa. Coira era punto obligado de llegada
de las aeronaves que, desde Arbra y Zubia, trasladaban a los fugitivos del
régimen de Renacimiento a través del dilatado océano. En Coira, estos
refugiados solían embarcar en algún patrullero tapo que los conducía en vuelo
directo a Maquetania.
La
bandera roja, blanca y azul de la República de Maquetania, condujo a los
náufragos directamente a la azotea de la embajada tapo. El embajador quedó muy
sorprendido al ver aparecer al presidente de la República en persona, a quien
la radio oficial de Renacimiento daba por desaparecido en la batalla
"provocada por la flota tapo y que dio como resultado el aniquilamiento
por las superiores fuerzas renacentistas".
El
embajador, que estaba haciendo el equipaje como medida de previsión, en espera
de que su gobierno le ordenara abandonar Coira, se ofreció para prestar toda la
ayuda que necesitaran el presidente y su séquito.
—Sólo
necesitamos comer y un patrullero que nos lleve a Maquetania —dijo el
presidente Aznar.
Siempre
había por lo menos un patrullero sideral en el cosmodromo de Coira, en
previsión a que pudiera llegar algún contingente de refugiados del otro lado
del océano. Los fatigados supervivientes del "Sirio" comieron
mientras el embajador se ponía en comunicación con el comandante del patrullero
para que tuviera lista la aeronave, sin mencionar la categoría de las personas
que debía conducir a Maquetania.
Al
informar al presidente que todo estaba resuelto, Miguel Ángel Aznar preguntó al
embajador si habían llegado otros supervivientes de la III Flota Sideral Tapo.
—Ninguno,
ustedes son los primeros. Por el contrario, la ciudad está llena de refugiados
huidos de Godsa y Zubia en aerobotes familiares. Se ha extendido el rumor de
que los renacentistas se proponen efectuar desembarcos también en Coira,
estableciendo en la costa una cabeza de puente con proyección a futuras
conquistas del continente. Los representantes de la Confederación de Repúblicas
Ghuro van a reunirse urgentemente en Bonomi para tratar de la agresión
renacentista.
A la
pregunta del embajador acerca de las probabilidades de que estallara la guerra
entre la República de Maquetania y Renacimiento, el presidente Aznar contestó
que no lo sabía. Extraña respuesta en un hombre que regía los destinos de la
nación tapo y podía influir decisivamente en la declaración de guerra, sobre
todo después de la brutal agresión de MacLane a la III Flota Sideral Tapo.
Para
Tuanko, que tenía la facultad de penetrar los pensamientos de su rejuvenecido
abuelo, no existía contradicción entre los hechos y la actitud del presidente
de la República.
A
bordo del patrullero de crucero, mientras volaban en dirección a Maquetania,
Tuanko coincidió con la coronela Aneto en la sala de descanso. Julia hojeaba
una revista tendida en el diván corrido y se incorporó al aparecer Tuanko.
—¿Qué
le ocurre, tampoco usted puede conciliar el sueño?
—No
es eso —respondió Tuanko Aznar—. Podría autohipnotizarme y caer en sueño
profundo por varias horas. Es que quiero oír el boletín de noticias de la radio
macjuanista.
En efecto,
había un aparato
de radio combinado
con un reproductor de sonido
estereofónico en la sala de descanso, y Tuanko lo encendió sintonizando con la
radio nacional renacentista. Apenas transcurrido un minuto, mientras Tuanko
tomaba asiento en el diván junto a la coronela Aneto, se escuchó la sintonía de
la radio nacionalista y a continuación la voz del locutor.
"He
aquí el boletín de noticias de la Radio Nacional. En el Consejo de Ministros,
celebrado con carácter extraordinario a últimas horas de ayer, bajo la
presidencia del Excelentísimo Jefe del Estado, Almirante Mayor Juan MacLane, se
hizo recuento de la aplastante victoria obtenida por la Primera Flota
Renacentista sobre la Tercera Flota Sideral Tapo. Cinco mil esferonaves tipo
"T-1000" destruidas, ochocientos sesenta mil prisioneros, y
desaparecidos el Presidente Aznar y el Almirante Jefe de la Flota Tapo. Entre
los prisioneros figura la nieta del Almirante Aznar, Virela. No obstante, no se
cuenta entre los cautivos el joven Tuanko Aznar, de cuyo paradero no se tienen
noticias, y probablemente desaparecido junto con su abuelo el presidente tapo,
Almirante Aznar.
Con
respecto a la familia Aznar, el ministro de la Guerra, almirante Soto, informó
haberse llevado a cabo en Arbra la ejecución del vicealmirante Fidel Aznar,
hace cincuenta años juzgado en rebeldía y condenado a la máxima pena por un
Tribunal Militar. Como se recordará, tos tres miembros de la familia, el
ex-Almirante Mayor Miguel Ángel Aznar, su hermano el doctor Fidel Aznar,
parapsicólogo, conocido también por Adler Ban Aldrik, y el hijo de este último,
se dieron a la fuga..."
Sin
moverse del diván, con un gesto de la mano, Tuanko apagó la radio ejerciendo a
distancia sus poderes telekinésicos. Julia Aneto le miró llena de asombro. Le
vio pálido, brillantes los ojos, con un rictus de amargura en los labios.
—¡Se
atrevió a hacerlo! —exclamó Tuanko con voz enronquecida por la ira—. ¡Ese
cerdo, ese sucio y cobarde MacLane!...
Julia
Aneto quedó tremendamente impresionada. Ni siquiera ella esperaba que MacLane
se atreviera a llevar a cabo la ejecución de Fidel Aznar. Pero lo había hecho.
Se trataba de un absurdo, casi un infantil acto de venganza. Como si no
pudiendo alcanzar al Almirante Aznar, que en el autoplaneta "Valera"
había hecho delegación de sus poderes permitiendo la proclamación de la
República, ni al doctor Aznar, creador de las "Karendón" con ayuda de
la tecnología ghuro, se cebara en el más inocente de sus tres enemigos, aquel
cuya culpa era menor, el joven Fidel Aznar, hijo de Adler Ban Aldrik y sobrino
del Almirante.
Julia
Aneto dejó transcurrir un largo rato de silencio, hasta que creyó notar que
Tuanko Aznar se calmaba.
—Ustedes,
los tapos, poseen facultades extraordinarias. ¿Sabía usted que su tío había
sido ejecutado? —preguntó.
—Mi
bisabuela quizás lo hubiese sabido en el mismo momento, incluso antes de
llevarse a cabo la ejecución. Era bartpurana pura. Yo sólo soy un mestizo de
terrícola y tapo, mis dotes no alcanzan ni con mucho a las de mi bisabuela ni a
las de mi tío abuelo Adler Ban Aldrik, que aunque mestizo recibió genéticamente
todas las facultades paragnósticas de su madre, ¡Pobre tío Fidel! Casi de
seguro él recibiría el mensaje telepático de su hijo cuando éste se enfrentaba
al piquete de ejecución. Para mí, la muerte de mi tío era un presentimiento.
—Alguien
tendrá que darle la noticia al presidente. ¿Lo hará usted mismo? ¿Cómo
reaccionará el Almirante?
—Con
amargura. Y con dolor, pero sin ira. Hay algo especial en ese viejo, algo que
seguramente distingue a los grandes hombres del resto de nosotros. Dicen que mi
bisabuelo era así, yo no llegué a
conocerle. Son hombres
que por encima
de sus sentimientos personales
anteponen los intereses de su pueblo. Por ejemplo, en el caso que nos ocupa;
usted o yo declararíamos la guerra a MacLane y pecharíamos con lo que fuera,
incluyendo la derrota, únicamente por
satisfacer nuestros deseos de revancha. Mi abuelo no lo ve así. El no llevaría
a la nación tapo a una guerra, solamente porque le han matado a un sobrino. Lo
del ataque a nuestra flota podría ser distinto, esta es una cuestión en la que
ya interviene el sentir del pueblo llano. Pero en las actuales
circunstancias, incluso después de la
afrenta sufrida, el presidente recomendará moderación. ¿Por qué?
Pues porque por encima de las
disputas localistas se
cierne otra amenaza
más seria.
—¿Se
refiere a los thorbod?
—Sí.
En el pensamiento de mi abuelo, una guerra entre naciones, aquí en el
circumplaneta, sería suicida. Cualquiera que fuese el vencedor, quedaría tan
exhausto que no podría hacer frente a una invasión que llegara de fuera. Los
thorbod están ahí, en alguna parte, y pueden presentarse de un momento a otro.
Por lo tanto, lo que importa ahora es, ante todo, mantener la paz. Maquetania
no declarará la guerra a Renacimiento. Al menos, no mientras el Almirante Aznar
pueda impedirlo.
—Yo
pienso que después del desastre sufrido por la tercera flota, con sus Fuerzas
Siderales mermadas en un tercio, ni el más airado de los tapos se atrevería a
votar por una declaración de guerra. La verdad sea dicha, sus esferonaves no
estuvieron a la altura que se esperaba de ellas —observó Julia.
—Hacen
mal ustedes en infravalorar la potencia de nuestras esferonaves —respondió
Tuanko sin inmutarse—. En primer lugar incidió el factor sorpresa. Nuestra
flota había empezado a retirarse, dando con ello satisfacción a las exigencias
del almirante Ferrandiz, que eran las personales de MacLane. No esperábamos ese
ataque, y a la distancia que nos encontrábamos ni siquiera tuvimos tiempo de
lanzar nuestros caza-interceptores. En realidad nuestra flota no venía
preparada para el combate, su dotación de hombres y material era el comente en
tiempos de paz. Por si todo esto fuera poco, la proximidad de su territorio
permitió a los renacentistas lanzar densas oleadas de "Deltas" desde
tierra. Tal circunstancia no podría repetirse en un enfrentamiento en el
espacio. Lejos de sus bases, nuestras esferonaves cargan cien veces más
torpedos y "Deltas" que un crucero de la clase STELAR.
—Pues
a pesar de todo, algo ha debido fallar; hombres o máquinas, o todo al mismo
tiempo —dijo Julia Aneto, sin dejarse convencer.
Tuanko
se encogió de hombros y se puso en pie.
—Ahora
sí voy a tratar de dormir por lo menos ocho horas seguidas.
—Pues
que las duerma usted bien —dijo la coronela volviendo a tomar la revista.
Ocho
horas después, el patrullero se posaba en una de las pistas del cosmodromo de
Hiperburgo.
CAPITULO
VIII
N Hiperburgo, la coronela Julia Aneto esperaba
encontrar a los tapos abrumados por la derrota de sus esferonaves frente a los cruceros renacentistas en la
batalla del golfo.
Pero
no resultó ser así.
Los
tapos no consideraban aquel desastre como una batalla, sino como un tiro al
blanco de los renacentistas contra una fuerza no dispuesta para el combate, que
se encontraba en aquel lugar no para provocar una guerra, sino precisamente
para evitarla.
En
el trayecto entre el cosmodromo y la residencia para desplazados, el joven tapo
que pilotaba el aerobote de la Armada Sideral, se expresó con toda franqueza:
—No
nos importa que nos hayan destruido cinco mil esferonaves, podemos construir
otras. Somos un pueblo joven con ganas de trabajar y aprender, y esta ha sido
una lección que no olvidaremos. Otra cosa es que MacLane retenga a esos
ochocientos sesenta mil astronautas en calidad de prisioneros. ¿Por qué
prisioneros, si no existía estado de guerra entre ustedes y nosotros? MacLane
tendrá que devolverlos, o entonces sí que va a armarse gorda.
En
la Residencia para Desplazados, en realidad un hotel para los viajeros y
forasteros que llegaban diariamente a la capital para resolver algún asunto
oficial, Julia Aneto fue alojada en una amplia y confortable habitación con
aire acondicionado y todas las comodidades que pudiera desear, incluso un
receptor de televisión en color y relieve.
Como
en el circumplaneta reinaba un día eterno, en todos los planetas del cinturón
se regían por el mismo horario. Julia durmió bien y al "día"
siguiente se encontraba descansada y dispuesta a visitar la ciudad, que era
enorme. No lo hizo porque supo que iba a darse en la televisión la sesión de la
mañana del Parlamento, donde el presidente Aznar iba a dar cuenta de lo
ocurrido en el golfo de Arbra, y a debatirse la actitud que la nación tapo
debía tomar al respecto.
Esto
constituía toda una novedad para Julia, por proceder de un país donde, a pesar
de llamarse pomposamente República, no existía un Parlamento.
En
la sesión pública de la mañana, el presidente Aznar dio cuenta de los sucesos
tal como realmente se habían producido. No trató el Almirante Aznar de restar
importancia a lo sucedido, echando buena parte de la responsabilidad del
desastre sobre sus espaldas. Pese a todo, dijo, no era este el momento de
pensar en revanchas. Habló de los thorbod, la raza maldita, el azote de la
Humanidad durante muchos siglos, hasta que finalmente los terrícolas lograron
vencerlos y condenarlos a la extinción. Esto, no obstante, no significaba que
la raza thorbod hubiese desaparecido. Los hombres grises que por última vez
intentaron conquistar los planetas terrícolas procedían de otra parte.
Navegantes incansables y feroces guerreros, los thorbod presumiblemente se
habían extendido por otros mundos del inmenso Universo, y ahora regresaban de
aquel remoto lugar para constituirse en una amenaza para los habitantes del
circumplaneta.
"Lo
que necesitamos en este momento es unidad. Unidad de todos los hombres, de
todas las naciones y todas las razas para hacer frente a esta amenaza. Nadie,
ni los tapos, ni los renacentistas, ni los ghuros... ni siquiera las mantis
podemos inhibirnos de este problema. Todos habitamos el circumplaneta, y es el
circumplaneta todo quien está en peligro" —terminó diciendo el presidente.
Desde
la soledad de su habitación del hotel, frente al televisor, Julia Aneto
aplaudió con entusiasmo el discurso del Almirante Aznar.
Sin
embargo, no pareció que la cuestión de los thorbod calara en el ánimo de los
parlamentarios tapos, ni en la opinión pública. Tal fue la conclusión a la que
llegó Julia después de escuchar los comentarios que hacían los huéspedes en el
comedor del hotel durante el almuerzo.
El
problema consistía en que los tapos no conocían a los thorbod, ni siquiera a
través de las películas de cine. En el autoplaneta "Valera", los
filmes de guerra y aventuras versaban la mayoría de las veces sobre la lucha
entre terrícolas y hombres grises. Pero tales filmes no habían llegado a
Maquetania, donde habrían dejado indiferentes a los tapos. El enemigo natural
de los tapos eran las mantis, y los insectos gigantes representaban siempre el
papel del malo en los ingenuos telefilmes que cada día proyectaba la televisión
nacional para entretenimiento de niños y adultos.
¿Quiénes
era los thorbod? ¿Dónde estaban? ¿De qué armas disponían? ¿Se preparaban
realmente para atacar Atolón? ¿En qué número? Estas eran las preguntas que se
hacía el hombre de la calle en Hiperburgo.
Julia
regresó a su habitación para asistir a través de la televisión a la sesión de
la tarde del Parlamento.
Se
abrió la sesión con el discurso de un senador que proponía un voto de censura
para el presidente de la nación y el gabinete ministerial que había aprobado la
descabellada aventura del golfo de Arbra. Salió entonces a colación el asunto
de la captura del embajador de Maquetania en Arbra, sobrino del presidente. En
Arbra habían caído prisioneros también la ex-esposa del presidente, los hijos
de ésta y del embajador y los dos nieto del Almirante Aznar.
"El
presidente no puede negar, y supongo que no negará, la evidencia de un interés
muy personal en llevar nuestra flota al golfo para intimidar a MacLane y
conseguir de un modo u otro el rescate de sus familiares" —dijo acusador
el orador.
Otro
senador pidió la palabra, extendiéndose por el hemiciclo un sordo rumor. El
orador, que resultó ser el líder del partido de la oposición, fue todavía más
duro en sus ataques al gobierno, aunque elegantemente apuntó una breve disculpa
en favor del presidente, quien dijo, "como abuelo, tío y ex-esposo, no
podía negar su condición humana de amantísimo abuelo, tío y ex-esposo, por todo
lo cual debía perdonársele".
Lo
que no admitía disculpas, continuó el senador con renovado brío, era que se
incurriera otra vez en el error de hacer de una cuestión personal un problema a
escala nacional.
—Un
error no enmienda otro error, y un error gravísimo sería empeñarnos en vengar
la derrota de nuestra flota y la ejecución del embajador Aznar, declarando
unilateralmente la guerra a Renacimiento. Por supuesto, el Gobierno es
responsable de las ciento cuarenta mil víctimas que nos costó la fanfarronada
del golfo, y a este respecto es claro que debe presentar la dimisión en bloque.
El nuevo gobierno deberá gestionar la libertad de los ochocientos sesenta mil
prisioneros retenidos en Renacimiento, y una vez obtenido esto procuraremos
olvidar lo sucedido. Si para alguien es cuestión personal el que nuestros
muertos sean vengados, consuélese recordando que los representantes de las
repúblicas Ghuro están en este momento reunidos en Bonomi, en un intento por formar
una poderosa coalición para declarar la guerra a Renacimiento. Los macjuanistas
pagarán cara su jactancia, pero no seremos nosotros quienes tengamos que
arriesgar una sola vida para que reciban su merecido.
Todavía
intervinieron otros senadores, quienes abundaron en lo ya expresado por los
anteriores oradores. Finalmente, se sometió el asunto a votación, resultando de
ello un voto casi unánime de censura contra el presidente Aznar y su gabinete.
Julia
Aneto se sintió muy disgustada y apagó el televisor con gesto colérico.
Admiraba al Almirante Aznar y creía que los tapos cometían una terrible
injusticia con él. ¡Con tanto como le debían!
Salió
a pasear por la ciudad, que era realmente grandiosa y tenía numerosos edificios
monumentales. Estuvo andando por los paseos, plazas, parques y avenidas hasta
que se sintió rendida. De regreso al hotel tomó el suburbano. Mientras comía,
en el restaurante del hotel, estaba funcionando una pantalla de televisión
gigante. Fue por el boletín de noticias de la Televisión Nacional que supo de
la dimisión del Gobierno en pleno encabezado por el presidente Aznar.
Decepcionante
final para un hombre que se proponía asegurar la paz en el circumplaneta,
uniendo a todas las naciones para la defensa común contra los thorbod.
"Bueno
—se dijo Julia—, tal vez ni siquiera exista tal amenaza de los thorbod."
Al
despedirse en el cosmodromo de Hiperburgo, Tuanko Aznar le había dado el número
de teléfono de su casa. Julia le llamó al día siguiente. Contestó a la llamada
una voz de mujer. Era Diana, la hija del Almirante Aznar.
—Tuanko
no está en casa, en realidad estoy sola. El y mi padre salieron en vuelo hacia
Bonomi.
—¿Bonomi,
donde están reunidos los representantes de las repúblicas ghuro?
—En
efecto. El almirante se propone intervenir en la conferencia de los ghuros.
Pero los ghuros no tienen voz, se expresan telepáticamente, y papá necesita la
presencia de Tuanko para que le sirva de intérprete.
—¿Cuándo
estarán de vuelta?
—Lo
ignoro, no tengo la menor idea. Pero si me deja el número de su teléfono la
avisaré cuando estén de regreso.
Julia
dio el teléfono del hotel, aunque ignoraba cuanto tiempo iba a permanecer allí
—¿Por
qué no viene a verme? —le propuso Diana—. Entiendo que se encuentra sola en
este país que no conoce. Tal vez yo pueda ayudarla.
Julia
le dio las gracias y aseguró que iría a verla al día siguiente. Así lo hizo,
descubriendo en Diana una personalidad extraordinaria, dispuesta siempre a
ayudar a quien fuera desinteresadamente. Al dimitir como presidente de la
República, el Almirante Aznar y Diana acababan de abandonar la residencia
presidencial viniendo a vivir con Tuanko.
—Como
usted misma estamos sin hogar propio, pero eso se arreglará pronto —aseguró
Diana. Más tarde le preguntó si tenía realmente la edad que representaba o
estaba en su segunda reencarnación.
—Esta
es mi segunda reencarnación —confesó Julia—. Tenía veinte años cuando llegué a
Atolón, viví otros cincuenta años y di "el salto atrás" a los
setenta. Recientemente reencarné y regresé al servicio activo en la Armada.
—Habrá
dejado allá hijos...
—Hijos,
nietos y biznietos, todo quedó allá.
—¿Cómo
pudo evadirse de su país, dejando atrás a su familia? Comprendo que esté usted
arrepentida.
—No
estoy arrepentida... es decir, sí lo estoy un poco. Todo parecía más sencillo
visto desde la perspectiva de allá. Pero ahora que estoy aquí me doy cuenta de
que soy una extraña en un país desconocido, una apatrida sin amigos ni afectos.
Yo detestaba la Dictadura, creía un deber luchar contra el régimen de MacLane,
pero estaba equivocada. La lucha contra el macjuanismo debe realizarse en la
propia patria por los patriotas. Exiliarse es la más cómoda de las huidas, pero
el precio que hay que pagar por el exilio es incluso más elevado que el que una
tiene que pagar viviendo en su propio país bajo el peso de la opresión.
—Encontrará
amigos aquí, la colonia renacentista es muy numerosa, yo misma tengo muchos
amigos exiliados. Por cierto, ¿sabe usted la noticia? MacLane accede a devolver
los prisioneros tapos... canjeándolos por una larga lista de exiliados que
desea recuperar.
Julia
palideció.
—Tal
vez mi nombre se encuentre en esa lista...
—Bueno,
no tiene por qué asustarse. Lógicamente, nuestro Gobierno no aceptará ese
infamante canje.
—¿Está
usted segura?
La
verdad era que Diana no lo estaba. El Almirante Aznar ya no ocupaba la
presidencia de la nación tapo, los ochocientos sesenta mil prisioneros
representaban en Maquetania a un número elevado de familias, parientes y
amigos. Se presentía una gran presión por parte de la opinión pública y nadie
podía vaticinar lo que iba a ocurrir.
—Si
los tapos acceden al cambio renunciaré a mi nacionalidad y me iré a vivir a
cualquier otro país —dijo Diana formalmente.
—Hablará
usted en broma, claro —dijo Julia con tristeza.
—No
lo crea —respondió Diana Aznar—. Estamos preparando un autoplaneta... una gran
esferonave de tres kilómetros de diámetro equipada para realizar un viaje hasta
la tierra. Si los tapos me defraudan voy a tomar pasaje en ese autoplaneta y
abandonar este ingrato país para siempre.
—Yo
no podría —suspiró Julia—. Cuando el autoplaneta regrese a Atolón, suponiendo
que regrese, habrán transcurrido aquí tres mil seiscientos años. ¿Quién de los
que se quedaron aquí vivirá entonces?
Por
invitación de Diana se quedó Julia a almorzar. Por la "tarde"
llegaron algunos amigos de los Aznar, todos ellos exilados de Renacimiento
desde hacía mucho tiempo, la mayoría científicos, investigadores...
intelectuales que habían hecho de Maquetania su segunda patria. Todos hacían
preguntas a Julia sobre Renacimiento. La tarde resultó muy distraída y Julia se
quedó a comer y dormir en la casa.
El
día siguiente lo pasó Julia completo en casa de los Aznar. Del lejano Bonomi
llegaron las primeras noticias de la conferencia de representantes ghuros. El
Almirante Aznar había solicitado hablar ante la conferencia sin conseguirlo. Al
parecer los ghuros habían adoptado una línea dura, cuya base estaba quizás en
las recientes declaraciones del nuevo presidente tapo respecto a la neutralidad
de Maquetania.
Con
gran sorpresa de los corresponsales tapo, los representantes de las repúblicas
ghuro llegaron rápidamente a un acuerdo. Este se concretó en un ultimátum
dirigido a la República de Renacimiento, conminándole a retirarse de las
ciudades ocupadas: Arbra, Godsa y Zubia. La evacuación debía llevarse a cabo en
el plazo de tres días.
Mientras
tanto, los ghuro empezaban a concentrar sus esferonaves y nombraban un Estado
Mayor unificado. Dadas las enormes dimensiones del circumplaneta, se contaba
con que la escuadra ghuro no podría reunirse antes de un mes. Pero aquí iban a
equivocarse también los comentaristas militares de Maquetania y Renacimiento.
El
Almirante Aznar y Tuanko regresaron a Hiperburgo. El ex-presidente no había
logrado hacerse oír del pleno de la conferencia, pero realizó numerosos
contactos con los representantes de persona a persona.
—Fue
inútil —dijo el Almirante, que regresaba enormemente decepcionado—. Los ghuros
sólo aceptarán hablar del peligro de los thorbod después que hayan arreglado
sus diferencias con los renacentistas. La mayor dificultad consiste en que no
podemos presentar un ejemplar de thorbod para que todos puedan verlo y tocarlo.
Tuanko vio aquellos hombres grises, pero solamente él. ¿Se sabe algo de Virela?
No
se tenían noticias de Virela. Sin embargo, el tema de los prisioneros hechos
por los renacentistas estaba en el primer plano de la actualidad, en razón de
los contactos diplomáticos que se estaban llevando a cabo entre renacentistas y
tapos.
Al
parecer, el régimen macjuanista quería congraciarse con la República de
Maquetania, salvado el obstáculo que en las relaciones entre los dos países
había representado el Almirante Aznar. La radio macjuanista iniciaba una
campaña de propaganda, recordando el origen común de tapos y renacentistas, y
el común destino que ambas naciones estaban llamadas a recorrer. Muy
oportunamente, los macjuanistas recordaban que habían sido los Aznar, quienes
al facilitar las máquinas "Karendón" a los ghuros, habían situado a
éstos en condiciones de disputar a los terrícolas el dominio del circumplaneta,
y que gracias «a la incalificable traición de los Aznar, hoy los ghuros
desafiaban a la República de Renacimiento y ponían en grave peligro la paz en
todo Atolón.
Para
demostrar su buena voluntad, el almirante MacLane remitió al gobierno de
Maquetania las listas de los prisioneros tapos, que fueron expuestas en todas
las ciudades de Maquetania para tranquilidad de aquellos que tenían familiares
entre los cautivos.
Ni
Virela Aznar ni Melania Ovando figuraban en estas listas, pese a que sí
constaban los miembros de la tripulación del "Sirio" que escaparon de
la nave por el mismo conducto y al mismo tiempo.
El
plazo del ultimátum se cumplió sin que los renacentistas retiraran sus tropas
de las ciudades ocupadas. El gobierno de Renacimiento accedió a devolver a los
prisioneros renunciando al canje por los refugiados políticos que figuraba como
condición principal en las primeras conversaciones. La Armada tapo despachó
algunas esferonaves a Renacimiento para recoger a los prisioneros.
El
regreso del Almirante Aznar y Tuanko había obligado a Julia Aneto a regresar a
su habitación de la Residencia para Desplazados, no obstante, no perdió el
contacto con los Aznar. Cuando Julia no acudía a casa de los Aznar, era alguno
de ellos quien iba a buscarla para salir a pasear y llevarla a alguna reunión
de amigos. No dejó de constituir una sorpresa para Julia que el Almirante Aznar
se convirtiera con el paso de los días en el más asiduo acompañante de toda la
familia.
Esto
era natural en cierto modo. Diana, aunque buena amiga, la turbaba con sus
extraños poderes para penetrar su pensamiento y su alma. Tuanko, aunque de su
misma edad, era en realidad cincuenta años más joven, un muchacho inquieto e
ingenuo, al menos considerado desde la perspectiva de la experiencia de Julia.
Nada
de esto ocurría con el Almirante Aznar. Este no era tapo. Los dos estaban en su
segunda reencarnación y tenían experiencias parecidas. Ambos estaban
divorciados, tenían hijos que a su vez tenían otros hijos, y que vivían su
propia vida en compartimientos separados. Los dos estaban solos, buscando un
nuevo camino para reemprender una nueva vida. De común acuerdo habían empezado
a tutearse.
—Julia,
la Armada está equipando una gran esferonave, un autoplaneta de quince mil
millones de toneladas para viajar por el sub-espacio hasta la Tierra. No sobran
voluntarios para tripularla. Estoy pensando alistarme en ella. ¿Viajarías
conmigo a la tierra?
—No
lo sé, Miguel Ángel. Sería maravilloso llegar a conocer la tierra, pero al
mismo tiempo me asusta pensar que tendría que renunciar a todo cuanto me ata a
Atolón. Mis hijos, mis nietos, mis recuerdos, ¡todo! ¿Es que a ti no te
importa?
—Bueno,
mi caso quizás sea distinto. En primer lugar me siento terriblemente
desengañado. En segundo lugar no tendría que separarme de aquellos a quienes
amo. Mi hermano, mis hijos y mis nietos, mis sobrinos... todos los Aznar
iríamos en ese viaje. No es justo que te pida tu sacrificio para que yo pueda
colmar mi felicidad. Julia, te amo.
—Yo
también te amo —murmuró Julia apartando sus ojos de los de él—. No obstante,
Miguel... ¡es mucho lo que me pides!
—Dejémoslo
por un tiempo —propuso el Almirante—. Voy a volver al servicio activo en la
Armada. No podremos vernos tan a menudo como hasta ahora.
Aquella
noche la pasaron juntos en la habitación que Julia ocupaba en el hotel. Fue una
maravillosa experiencia estrenar por segunda vez su virginidad.
Al
día siguiente el Almirante Miguel Ángel Aznar se incorporaba a la Armada
Sideral Tapo con el mismo rango que tenía en su anterior vida.
CAPITULO
IX
OS ochocientos sesenta mil prisioneros tapos
estaban de regreso en Maquetania. Todos a excepción de Virela Aznar. Los prisioneros, sin embargo,
aseguraban haberla visto por un tiempo. Luego la muchacha había sido apartada
del resto del grupo tan pronto fue identificada por los hombres del Servicio de
Inteligencia.
Tres semanas después de expirar el ultimátum,
la Armada Aliada Ghuro se encontraba sobre Trasmontania y se dirigía contra el
antiguo territorio Bartpur, en la actualidad Renacimiento. Formaban la fuerza
de ataque cuatro flotas con un total de 24.000 esferonaves, con una flota de
reserva y aprovisionamiento de 8.600 esferonaves más.
La
Fuerza Aliada evidenciaba su variada procedencia. Había esferonaves de todos
los tamaños, desde ciento veinte metros de diámetro las más pequeñas, hasta las
mayores de ochocientos metros de diámetro, pasando por todas las medidas
intermedias. Al contrario que la Armada Sideral Tapo, los ghuros tenían
experiencia en el combate, habían luchado bravamente contra las escuadras de
"Valera" en el primer intento de MacLane por conquistar el
circumplaneta, terminando la disputa sin vencedores ni vencidos.
Imbuidos
de una alta moral, después de la reciente victoria sobre la flota tapo, muy
superior técnicamente a la fuerza ghuro, las escuadras macjuanistas salieron al
encuentro del enemigo sobre el océano.
Los
almirantes renacentistas se equivocaron en sus cálculos. La batalla resultó de
una ferocidad increíble, poniendo en ella ambos contendientes todo su valor y
todos sus recursos. Las esferonaves demostraron su superioridad sobre los
anticuados cruceros STELAR. Con grandes pérdidas por parte de los ghuros, la
Armada Sideral Renacentista fue totalmente barrida del espacio. Nunca se supo
con certeza la cantidad de armamento acumulado por los ghuros en los últimos
cincuenta años, desde que poseían las máquinas "Karendón". La
experiencia dio la razón a Tuanko Aznar, cuando aseguraba que la superioridad
de las esferonaves se basaba en su mayor capacidad para transportar los
escuadrones de ataque "Delta". Pero la experiencia ya no podía servir
a los almirantes renacentistas, casi todos muertos en combate.
Arrollada
la Armada Renacentista, las esferonaves se dirigieron a bombardear las
ciudades. Estas fueron literalmente borradas del mapa, pero los ghuros tuvieron
que retirarse después de sufrir cuantiosas pérdidas. Prácticamente, ghuros y
renacentistas se habían quedado sin armada.
Al
tener noticias del resultado de la contienda, el Almirante Aznar comentó:
—Sólo
quedaba en pie nuestra armada. El camino está expedito para la invasión
thorbod.
Aquel
mismo día, entre las ruinas de una pequeña ciudad de Renacimiento, el almirante
Juan MacLane era asesinado por un grupo de sus propios oficiales. El dictador
pagaba así el enorme daño causado a su nación con sus errores. Desaparecida la
figura de MacLane, la democracia floreció entre las calcinadas ruinas de
Renacimiento. Virela Aznar regresó a casa. Los hijos de Fidel llegaron también.
Banda había muerto.
La
obsesiva manía del Almirante Aznar por los thorbod determinó que, un poco por
venganza, le destinaran al frente del Servicio de Inteligencia de la Armada
Tapo. De este modo el Almirante podría dedicar todos sus esfuerzos a descubrir
aquellos fantasmas que le obsesionaban.
En
su nuevo cargo, el Almirante tenía el mando sobre todos los observatorios,
estaciones espaciales y unidades de patrullas que vigilaban el espacio. El
circumplaneta era tan grande, que el servicio de vigilancia del espacio
exterior jamás había funcionado con eficiencia. Los ghuros, por ejemplo, no se
preocupaban de estas cosas, confiando en que renacentistas y tapos lo harían
por ellos. Los tapos, pueblo joven sin historia, tampoco concedían demasiada
importancia a la posibilidad de una amenaza procedente de algún punto del
inmenso Universo. En cuanto a MacLane, ocupado en ahogar en sangre las
continuas tentativas de derribar la Dictadura, nunca dispuso del tiempo
necesario para dar al servicio de vigilancia toda la importancia que tenía en
otros tiempos y otras latitudes.
A
los dos meses de terminada la contienda, todavía humeando las ruinas de las
ciudades bombardeadas, llegaba hasta la mesa del Almirante Aznar un informe que
podía ser el primer indicio de la existencia real de los thorbod o cualquier
otro enemigo en las proximidades del circumplaneta. Una fuente creadora de
neutrinos acababa de ser detectada en un punto coincidente con la Constelación
del Pingüino. Anteriormente no se había registrado ninguna emisión de neutrinos
en aquel punto del espacio. Los neutrinos eran a modo de un subproducto de la
fisión nuclear. Los reactores nucleares los producían en bastante cantidad.
En
teoría del Almirante, algún autoplaneta thorbod se encontraba desde hacía
tiempo inmóvil en el espacio, a una distancia de varios miles de millones de
kilómetros, donde no podía ser vista ni con los más potentes telescopios,
puesto que un autoplaneta no emitía luz. En tanto que mantuviera sus reactores
nucleares parados, tampoco emitía neutrinos ni podía ser detectada su presencia
desde el circumplaneta.
—Alguien
ha cometido una negligencia hace meses, quizá un año —dijo el Almirante Aznar—.
Mientras venía hacia aquí, hasta detenerse en el lugar donde ahora está, ese
autoplaneta ha debido emitir neutrinos en abundancia. Pero no los detectamos, o
alguien que los detectó no les concedió importancia. Ahora el autoplaneta ha
puesto en marcha sus reactores para aproximarse.
Ha
roto digamos su silencio, y lo ha hecho en un momento clave, cuando después de
destrozarse mutuamente ghuros y renacentistas, el circumplaneta ha quedado
prácticamente indefenso.
—No
ha quedado indefenso del todo, quedamos nosotros —observó el almirante Mila,
jefe del Estado Mayor General a quien el Almirante Aznar fue a rendir su
informe.
—Mi
querido amigo, si los thorbod han decidido invadirnos, es porque están bien
informados de lo que aquí ocurre y saben que pueden vencernos, de otro modo no
vendrían a suicidarse.
—¿Quieres
decir que estamos perdidos de antemano?
—El
circumplaneta es enorme. Incluso sin escuadras siderales para defendernos, los
thorbod nunca lo ocuparán completamente, salvo que lleven consigo un ejército
de miles de millones de hombres.
—¿Quién
sabe? Tal vez miles de millones.
—¡Tonterías!
¿Dónde podrían llevar metida tanta gente?
—¿Dónde
se meten los valeranos cuando viaja su autoplaneta? Los thorbod, después de un
millón de años, pueden haber inventado también las "Karendón". Veinte
mil millones de thorbods cabrían en unos cuantos miles de rollos de cinta
perforada.
—Tal
como estás planteando la operación, los thorbod, si es que se trata de ellos,
deberían venir con una gran flota de autoplanetas.
—Pronto
lo sabremos. Puesto que han empezado a moverse, no tardarán mucho en estar aquí
—dijo Miguel Ángel Aznar.
—¿Como
cuánto tiempo?
—Es
imposible calcularlo. Hasta que entren en el alcance de nuestro radar no
sabremos su número ni a que distancia se encuentran. A riesgo de pecar de
pesimista, yo tomaría algunas medidas para evacuar a nuestra población si
llegara el caso. Por ejemplo, desmaterializaría en las "Karendón" a
los niños, a los hombres y las mujeres que no prestan un servicio, y los
llevaría a nuestro autoplaneta.
—Estás
loco.
El
almirante Mila ni siquiera informó al ministro de Defensa.
Tuvo
que hacerlo diez días más tarde, después que el radar de largo alcance
descubriese un cuerpo celeste que se estaba aproximando a una velocidad de
100.000 kilómetros por segundo; 360 millones de kilómetros por hora.
De
pronto la noticia estalló en plena cara del pueblo.
¡Un
autoplaneta thorbod se aproximaba a Atolón! ¿Quién era el thorbod? La inmensa
mayoría de los trescientos millones de tapos ni siquiera habían oído hablar de
esta extraña criatura. Los informadores de televisión acosaron al Almirante
Aznar haciéndole preguntas. Pero había mucha otra gente que también conocía a
los thorbod, especialmente entre los renacentistas y los exiliados fugitivos
del régimen de Renacimiento.
Una
psicosis de temor se apoderó del hombre de la calle. Se preguntaba por qué el
gobierno no estaba preparado para hacer frente a una posible invasión
procedente del exterior. Se urgía a los gobernantes para que adoptaran alguna
medida de urgencia.
Interrogado
en un programa de televisión, el Almirante Aznar respondió:
—Ya
es tarde, no existen salidas de urgencia para resolver el problema de los
thorbod. Tenemos que luchar... o morir.
—O
huir —propuso el entrevistado!—. ¿No es cierto que disponemos de un autoplaneta
propio, el "Hermes", con el que nos sería posible evacuar Atolón y
alcanzar la tierra? Es un autoplaneta muy pequeño, digamos por comparación con
"Valera", pero todos los tapos, previamente desmaterializados en las
"Karendón", cabrían en él reducidos a unos millares de rollo de cinta
perforada. ¿No es cierto?
—Puede
servir como último recurso, una vez obtengamos el convencimiento de que es
inútil luchar contra los thorbod.
Inmediatamente
después de este programa de televisión, los tapos acudían por millares y se
amontonaban haciendo largas colas ante las estaciones de emigración de todo el
país, exigiendo ser desmaterializados para que sus cintas perforadas se
almacenaran a bordo del "Hermes". No existía disposición alguna del
Gobierno a este respecto, pero hubo que tomarla a toda prisa. El público estaba
asustado y no admitía espera.
Se
aprobó el plan de evacuación sugerido por el Almirante Aznar en un principio.
Puesto que el "Hermes" estaba prácticamente listo para marchar, se
evacuarían a él todos aquellos que no prestaran un servicio indispensable.
En
este momento empezaban a recibirse informes de los patrulleros tapo que dos
semanas antes habían salido al espacio al encuentro del autoplaneta
desconocido. El autoplaneta, dedicado ahora a la operación de frenado, se
acercaba más despacio. ¡Era enorme! Mayor incluso que el autoplaneta
"Valera" y con toda seguridad hueco, igual que lo era aquel.
Cierta
sensación de desamparo e impotencia se apoderó de los habitantes del
circumplaneta. Con todo, los renacentistas estaban fabricando nuevos cruceros
siderales a toda prisa. La construcción de esferonaves era empresa más
laboriosa, ya que estas no podían hacerse por el sistema llamado
"integral" en las "Karendón" gigantes. Sí podían fabricarse
por este sistema caza-interceptores "Delta" y torpedos. Toda la
energía eléctrica y todas las "Karendón" estaban dedicadas en este
momento al esfuerzo de guerra. El gobierno renacentista solicitó una alianza
con los tapos. Y fueron aceptados en la coalición.
Los
ghuros, que seguían sin comprender muy bien el temor de los humanos, se
inhibían del asunto y se limitaban a esperar los acontecimientos. No tenían
esferonaves para salir a disputar el dominio del espacio al presunto invasor,
pero eran un pueblo numeroso y tenían armas para defender el suelo del
circumplaneta.
Una
semana más tarde, el autoplaneta desconocido daba de repente señales de
actividad. Como el autoplaneta "Valera" abrió sus gigantescas
compuertas de superficie y empezó a sacar sus escuadras siderales al espacio.
Se trataba de buques clásicos, muy parecidos a los cruceros STELAR de los
valeranos y los renacentistas. ¡Un millón de buques, la mayor concentración
sideral desde los tiempos que "Valera" luchaba con medios
rudimentarios contra las escuadras thorbod en la tierra y la Armada Imperial en
Nahum! Pero si los medios de los thorbod parecían todavía rudimentarios, no lo
eran en realidad. De fijo conocían las ondas gravitacionales, las armas de
"Luz sólida" y las máquinas "Karendón"
El
autoplaneta thorbod emitía ondas "aG", y en la primera escaramuza de
los cruceros extranjeros con los patrulleros tapo utilizaron proyectores de
"luz sólida".
Si
las cuentas no resultaban equivocadas, una esferonave tapo debía valer por cien
cruceros de combate thorbod, y las 10.000 unidades de la Armada Sideral de
Maquetania estarían equiparadas en fuerza a un millón de buques convencionales.
Los ghuros podían aportar algunos
centenares de esferonaves
más, y los renacentistas algunos pocos millares de
cruceros. ¿Valía la pena intentar resistir a los thorbod? El Almirante
Aznar fue llamado a comparecer ante el pleno del Senado para responder a
esta pregunta.
—Siempre
merece ser defendido aquello que se posee y se ha ganado con tanto esfuerzo
—fue la respuesta de Miguel Ángel Aznar—. El circumplaneta tiene un valor
incalculable, tanto para nosotros como para los thorbod. Miles de millones de
seres pueden vivir en los planetas de Atolón. Nosotros estamos aquí y el
enemigo tiene que arrebatarnos el circumplaneta para hacer realidad sus viejos
sueños de grandeza y poder universal. Lo que no podemos hacer es rendirles la
plaza sin haberla defendido, huir sin luchar, abandonar nuestras armas y todo
lo que llevamos construido. La retirada sólo se concibe como el último y más
amargo recurso. Si la decisión dependiera de mí, yo lucharía.
Julia
Aneto esperaba al Almirante a la salida de éste del grandioso edificio del
Parlamento. Había seguido el discurso de Miguel Ángel Aznar a través de la
radio del aerobote estacionado ante el edificio.
El
Almirante Aznar la besó al introducirse en el aerobote y tomó asiento junto a
ella.
—¿Qué
piensas que decidirá el Senado?
—preguntó Julia.
—No
soy tapo, no estoy en el interior de cada uno de ellos y no puedo adivinar lo
que piensan. Pero los tapos son valientes. Durante casi doscientos mil años han
defendido su libertad y su derecho a la vida luchando en las peores condiciones
contra las mantis y los ghuros. Y nunca las mantis ni los ghuros pudieron
acabar con los tapos. Tal vez los thorbod acaben aplastándolos, pero no será
sin que los tapos vendan cara su independencia. Yo espero que lucharán.
—Será
una guerra larga y horrorosa —murmuró Julia Aneto estremeciéndose—. Ciudades
arrasadas por las bombas nucleares, territorios inmensos contaminados de
radioactividad, tal vez bacterias y gérmenes mortales extendiéndose por todo el
circumplaneta, sembrando la desolación y la muerte... ¡Dios mío, no quisiera
tener que verlo!
—Sí,
es amargo que cada cierto tiempo, apenas disfrutada la paz, tengamos que
defenderla de los agresores. Pero así es la vida, hay que luchar continuamente
para ganar el derecho a vivirla. Vamonos a casa.
En
la casa se encontraba sola Diana, llorando ante el receptor de televisión.
Tuanko se encontraba en el espacio al mando de un buque patrullero y no se
tenían noticias de él. Virela acababa de incorporarse al servicio de su
esferonave.
—El
Senado acaba de nombrarte Almirante Jefe de la Armada por aclamación —dijo
Diana sollozando de emoción.
—¿Almirante
Jefe? —repitió Miguel Ángel.
—Sí.
El voto ha sido unánime, la nación ha decidido luchar en defensa del
circumplaneta.
—¡Dios
sea loado! —dijo el Almirante. Y se dejó caer en un sillón sintiendo temblarle
las piernas.
En
este momento, se levantaba la sesión del Parlamento.
Un
himno patriótico llenaba con sus vibrantes notas los amplios espacios de la
sala del congreso. Los senadores, de pie, coreaban el himno...
Julia
Aneto sorprendió al Almirante Aznar con un par de lágrimas temblándole en las
pestañas. Esto le sorprendió mucho, pues nunca había creído que fuera tan
sensible. Sentada en el brazo del sillón le cogió una mano.
—¿Estás
contento por tu nuevo nombramiento?
—No,
querida, estoy triste. No por mí, sino por todos nosotros. Las guerras siempre
empiezan así. Discursos emocionantes en los que se pronuncian frases muy
hermosas... himnos y desfiles, charangas y paradas militares en las que todos
los uniformes aparecen nuevos y todas las caras sonrientes. La otra cara de la
moneda es distinta. Las guerras son odiosas Miro más lejos de toda esta
fanfarria y sólo veo ciudades humeantes, cuerpos de niños destrozados, madres
que lloran por sus hijos... ¡dolor, ruina y muerte! ¡Dios maldiga a los
thorbod!
—Y
nos otorgue la victoria —murmuró Diana uniendo las manos y arrodillándose en el
suelo en actitud de plegaria.
Las
notas del himno patriótico morían ahogadas en una ensordecedora salva de
aplausos.
FIN
EL
AUTOR:
Pascual
Enguidanos Usach (George H. White) (Van S. Smith)
Bibliografía:
NOVELAS
INDIVIDUALES
Todas
estas novelas, junto a las miniseries relacionadas aparte, son las obras que
Pascual Enguídanos publicó sin relación (al menos directa) con La Saga de los
Aznar. La numeración de este listado se corresponde con su primera publicación
en los años cincuenta, y no se incluyen las pocas reediciones que tuvieron
lugar durante la segunda etapa de Luchadores del Espacio de los años setenta.
Como
George H. White
• Rumbo a lo desconocido, Luchadores del Espacio
nº 9
• Muerte en la estratosfera, Luchadores del
Espacio nº 27
• El Atom S-2, Luchadores del Espacio nº 56
• Llegó de lejos, Luchadores del Espacio nº 69
• Ellos están aquí, Luchadores del Espacio nº 81
• ¡Piedad para la Tierra!, Luchadores del Espacio
nº 85
Como
Van S. Smith
• Cita en la Luna, Luchadores del Espacio nº 140
• Nosotros, los marcianos, Luchadores del Espacio
nº 144
• Embajador en Venus, Luchadores del Espacio nº
147
• Las huellas conducen... al Infierno, Luchadores
del Espacio nº 157
• Extraños en la Tierra, Luchadores del Espacio
nº 163
• Despues de la hora final, Luchadores del
Espacio nº 171
• Las estrellas amenazan, Luchadores del Espacio
nº 146
• Un mensaje en el espacio, Luchadores del
Espacio nº 182
• El extraño viaje del doctor Main, Luchadores
del Espacio nº 186
• Venus llama a la Tierra, Luchadores del Espacio
nº 187
• El nuevo poder, Luchadores del Espacio nº 192
• Luna ensangrentada, Luchadores del Espacio nº
198
• El dia que descubrimos la Tierra, Luchadores
del Espacio nº 221
• Hombres en Marte, Luchadores del Espacio nº 232
• La momia de acero, Luchadores del Espacio nº
234 (y último de la colección)
Trabajos
para Bruguera
• Intrusos siderales, La Conquista del Espacio nº
57
MINISERIES
Trilogía
de Finan
• Y el mundo tembló, Luchadores del Espacio nº
210
• La gran aventura, Luchadores del Espacio nº 211
• Piratería sideral, Luchadores del Espacio nº
212
Serie
de Bevington
• La locura de Bevington, Luchadores del Espacio
nº 202
• El planetoide maldito, Luchadores del Espacio
nº 203
Serie
Intrusos Siderales
• Intrusos siderales, Luchadores del Espacio nº
195
• Diablos en la ionosfera, Luchadores del Espacio
nº 199
Trilogía
Heredó un mundo
• Heredó un mundo, Luchadores del Espacio nº 71
• Desterrados en Venus, Luchadores del Espacio nº
72
• La legión del espacio, Luchadores del Espacio
nº 73
Serie
Más allá del Sol
• Extraño visitante, Luchadores del Espacio nº 60
• Más allá del sol, Luchadores del Espacio nº 61
• Marte, el enigmatico, Luchadores del Espacio nº
64
• ¡Atención... platillos volantes!, Luchadores
del Espacio nº 65
• Raza Diabólica, Luchadores del Espacio nº 66
LA
SAGA DE LOS AZNAR
Comumente
aclamada como la mejor serie española (¡y europea!) de ciencia-ficción, La Saga
de los Aznar vivió dos épocas bien diferentes. La primera etapa de los años 50
y su posterior reedición en los 70, siempre dentro de la colección Luchadores
del Espacio de Editorial Valenciana. En éste listado se muestran todos los
títulos con el número correspondiente en ambas ediciones, excepto lógicamente
la segunda parte, en la que sólo se consigna la numeración correspondiente a la
segunda época de Luchadores del Espacio
Primera
Parte: Serie de los años Cincuenta, reeditada en los Setenta
• Los Hombres de Venus, Luchadores del Espacio nº
1 50's, nº 1 70's
• El planeta misterioso, Luchadores del Espacio
nº 2 50's, nº 2 70's
• La ciudad congelada, Luchadores del Espacio nº
3 50's, No Ed. 70's
• Cerebros electrónicos, Luchadores del Espacio
nº 4 50's, nº 3 70's
• La horda amarilla, Luchadores del Espacio nº 6
50's, nº 4 70's
• Policía sideral, Luchadores del Espacio nº 7
50's, nº 5 70's
• La abominable bestia gris, Luchadores del
Espacio nº 11 50's, nº 6 70's
• La conquista de un imperio, Luchadores del
Espacio nº 12 50's, nº 7 70's
• El reino de las tinieblas, Luchadores del
Espacio nº 13 50's, nº 8 70's
• Dos Mundos frente a frente, Luchadores del
Espacio nº 14 50's, No Ed. 70's
• Salida hacia la Tierra, Luchadores del Espacio
nº 15 50's, nº 9 70's
• Venimos a destruir el mundo, Luchadores del
Espacio nº 16 50's, nº 10 70's
• Guerra de autómatas, Luchadores del Espacio nº
17 50's, nº 11 70's
• Redención no contesta, Luchadores del Espacio
nº 23 50's, nº 12 70's
• Mando siniestro, Luchadores del Espacio nº 24
50's, nº 13 70's
• División equis, Luchadores del Espacio nº 25
50's, nº 14 70's
• Robinsones cósmicos, Luchadores del Espacio nº
26 50's, nº 40 70's
• Invasión nahumita, Luchadores del Espacio nº 33
50's, nº 15 70's
• Mares tenebrosos, Luchadores del Espacio nº 34
50's, nº 16 70's
• Contra el Imperio de Nahum, Luchadores del
Espacio nº 35 50's, nº 17 70's
• La guerra verde, Luchadores del Espacio nº 36
50's, nº 18 70's
• Motín en Valera, Luchadores del Espacio nº 44
50's, nº 19 70's
• El enigma de los hombres planta, Luchadores del
Espacio nº 45 50's, nº 20 70's
• El azote de la humanidad, Luchadores del
Espacio nº 46 50's, nº 21 70's
• El coloso en rebeldía, Luchadores del Espacio
nº 57 50's, nº 22 70's
• La bestia capitula, Luchadores del Espacio nº
58 50's, nº 23 70's
• ¡Luz sólida!, Luchadores del Espacio nº 93
50's, nº 24 70's
• Hombres de titanio, Luchadores del Espacio nº
94 50's, nº 25 70's
• Ha muerto el Sol, Luchadores del Espacio nº 95
50's, nº 26 70's
• Exilados de la Tierra, Luchadores del Espacio
nº 96 50's, nº 27 70's
• El Imperio milenario, Luchadores del Espacio nº
97 50's, nº 28 70's
• Regreso a la patria, Luchadores del Espacio nº
120 50's, nº 29 70's
• Lucha a muerte, Luchadores del Espacio nº 121
50's, nº 30 70's
Segunda
Parte: Novelas inéditas publicadas en los años Setenta (la numeración es la de
la segunda época de Luchadores del Espacio, por lo que habrá números repetidos
con las novelas y miniseries relacionadas anteriormente)
• Universo remoto, Luchadores del Espacio nº 31
• Tierra de titanes, Luchadores del Espacio nº 32
• El Ángel de la muerte, Luchadores del Espacio
nº 33
• Los nuevos brujos, Luchadores del Espacio nº 36
• ¡Conquistaremos la Tierra!, Luchadores del
Espacio nº 37
• Puente de mando, Luchadores del Espacio nº 38
• Viajeros en el tiempo, Luchadores del Espacio
nº 41
• Vinieron del futuro, Luchadores del Espacio nº
42
• Al otro lado del universo, Luchadores del
Espacio nº 43
• El planetillo furioso, Luchadores del Espacio
nº 44
• El ejército fantasma, Luchadores del Espacio nº
45
• ¡Antimateria!, Luchadores del Espacio nº 46
• Un millón de años, Luchadores del Espacio nº 48
• La otra Tierra, Luchadores del Espacio nº 49
• La rebelión de los robots, Luchadores del
Espacio nº 50
• ¡Supervivencia!, Luchadores del Espacio nº 51
• ¡Thorbod!, La raza maldita, Luchadores del
Espacio nº 52
• El retorno de los dioses, Luchadores del
Espacio nº 53
• La tierra después, Luchadores del Espacio nº 54
• Los últimos de Atolón, Luchadores del Espacio
nº 55
• Guerra de autoplanetas, Luchadores del Espacio
nº 56
• La civilización perdida, Luchadores del Espacio
nº 57
• Horizontes sin fin, Luchadores del Espacio nº
58
• El refugio de los dioses, Luchadores del
Espacio nº 59 (y último de la colección)

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