© Libro N° 5605.
Amadeo I. Pérez
Galdós, Benito. Emancipación. Enero 26 de 2019.
Título original: © Amadeo I. Benito
Pérez Galdós
Versión Original: © Amadeo I. Benito Pérez Galdós
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Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
AMADEO I
Benito Pérez Galdós
[5]
- I -
El 2 de Enero de 1871
vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes,
Amadeo de Saboya, hijo del llamado re galantuomo, Víctor Manuel II, Soberano de
la nueva Italia. En las calles, alfombradas de nieve, se agolpaba el pueblo,
ansioso de ver al príncipe italiano, de cuyo liberalismo y caballerosidad se
hacían lenguas los amigos de Prim, que le habían buscado y traído para
felicidad de estos abatidos reinos. Como los españoles no habíamos visto, en lo
que iba de siglo, Rey ni Roque a la moderna, más arrimados a la Libertad que al
feo absolutismo, ardíamos en curiosidad por ver el cariz, el gesto, la
prestancia del que nos mandaba Italia en reemplazo de los en buen hora
despedidos Borbones.
Entró don Amadeo a
caballo, con brillante escolta, y su persona despertó simpatías en el pueblo...
Varios amigos, de quienes hablaré [6] luego, nos situamos en la esquina de la
calle del Turco, palacio de Valmediano, orilla baja del Congreso, y le vimos
muy a gusto desde que apareció por el Prado y embocó el repecho que llaman
Plaza de las Cortes. Saludaba con graciosa novedad, extendiendo
ceremoniosamente el brazo al quitarse el sombrero. Uno de los amigos que me
acompañaban aseguró que aquel era el saludo masónico en su expresión castiza, y
sólo por este detalle vio en el Rey entrante una esperanza de la Patria.
A todos pareció don
Amadeo gallardo, y animoso hasta la temeridad. Y que el hombre tenía los
riñones bien puestos y un cuajo formidable, se demuestra con decir que de una
monarquía juvenil le traían a reinar en una vieja monarquía, devastada por la
feroz lucha secular entre dos familias coronadas. Verdad es que España se
sacudió a entrambas como pudo; pero una y otra dejaron en los repliegues del
suelo cantidad de huevecillos que el calor y las pasiones de los hombres
cluecos, aquí tan abundantes, habrían de empollar más tarde o más temprano.
Venía el buen príncipe de un país en que el pueblo y sus reyes recíprocamente
se amaban, y entraba en este, recocido en el hervor de las opiniones, amante
tan sólo de irisados ideales, o de vagas incógnitas que sólo podría despejar el
tiempo.
Y por si no estuviera
bien probado el valor del chico de Saboya, la fatalidad le sometió a mayor
prueba. Al llegar a Cartagena, diéronle, [7] para hacer boca, la noticia del
asesinato y muerte de Prim, que le había traído a reinar en este manicomio.
Mostrose apenado y sereno el príncipe al recibir este jicarazo... Su arribo a
España en momentos trágicos, no carecía de romana grandeza. La Historia, que
aún no tenía nada que decir del nuevo Rey, señaló aquel primer paso, puesta la
mano en el esforzado corazón del hijo de Víctor Manuel.
En el trayecto por
ferrocarril desde Cartagena a Madrid no llegaron a don Amadeo calurosas
demostraciones populares. Diéronle la bienvenida caciques inveterados en la
adulación, y alcaldes de Real orden que lo mismo habrían festejado al Moro Muza
si el Gobierno se lo mandase. Llegó a Madrid la Majestad saboyana, y de la
estación fue al santuario de Atocha, donde visitó a Prim muerto y amortajado de
uniforme entre hachones; y cuando el Rey, con mudo estupor y recogimiento,
contemplaba el embalsamado cadáver, este le dijo: «Aprende de mí la inseguridad
de las grandezas humanas. Vienes a reinar en España traído por Prim. Pues aquí
tienes a tu Prim... Ya no soy más que un nombre, un despojo mortuorio, un tema
para que algún sabio cuente lo que hice y lo que no he podido hacer. Creíste
encontrar un hombre, y sólo soy una leyenda... una ráfaga de gloria, un frío
mármol quizás y una biografía... Arréglate como puedas, hijo. Consulta el
corazón del pueblo, y al son de los latidos de este pon los del tuyo. Para poseer
[8] el arte de reinar, aprende bien antes la ciudadanía. El buen Rey sale del
mejor ciudadano...».
Oído esto, o pensado
(es un suponer), don Amadeo hizo su oficial entrada en la Villa y Corte con la
arrogancia caballeresca que le captó la querencia y agrado de los madrileños.
Después de jurar en las Cortes, siguió su camino, entre soldados y apretada
muchedumbre, prodigando el quita y pon del tricornio, que mi amigo llamaba
saludo masónico. Los que gozamos de aquel lindo espectáculo éramos cinco:
Córdoba y López, federal exaltado y escritor valiente; Emigdio Santamaría,
furioso propagandista republicano; Mateo Nuevo, otro que tal, revolucionario de
acción, que a la idea consagraba toda su actividad y toda su pecunia: los dos
restantes, inferiores sin duda en edad, saber y gobierno, nos habíamos conocido
y tratado en una casa de huéspedes donde juntos hacíamos vida estudiantil. Él
era guanche y yo celtíbero, quiere decir que él nació en una isla de las que
llaman adyacentes, yo en la falda de los Montes de Oca, tierra de los
Pelendones; él despuntaba por la literatura; no sé si en aquellas calendas había
dado al público algún libro; años adelante lanzó más de uno, de materia y
finalidad patrióticas, contando guerras, disturbios y casos públicos y
particulares que vienen a ser como toques o bosquejos fugaces del carácter
nacional. A mí también me da el naipe, por las letras; pero carezco de la
perseverancia que a mi amigo le sobra. [9] Ambos, en la época que llamaré
amadeísta, matábamos el tiempo y engañábamos las ilusiones haciendo periodismo,
excelente aprendizaje para mayores empresas. Y no digo más por ahora,
reservándome, con permiso del bondadoso lector, el nombre de mi amigo y el mío.
Visto el paso del
Rey, divagamos por las calles, recogiendo de las bocas y de las caras de la
muchedumbre la impresión del suceso, y debo declarar honradamente que el
príncipe italiano, traído a ocupar el trono vacío de los Borbones, había
entrado en la capital del Reino con buena sombra. Las mujeres encomiaban al Rey
forastero por su garbo y su valor sereno, y los hombres, en general, le veían
como una esperanza engarzada en una novedad. Lo nuevo lleva siempre ventaja
sobre lo gastado y caduco. La medicina desconocida consuela al enfermo, ya que
no le cure, y el cambio de amo trae algún alivio a los que sufren miseria y
esclavitud.
Los amigos que desde
la tribuna de periodistas del Congreso presenciaron la sesión solemnísima de
las Constituyentes cuentan que el nuevo Rey, bien plantado, la derecha mano
sobre el corazón, pronunció con voz entera el Sí juro, sanción elemental de su
investidura y primer aliento de su reinado. Respondiole con fervientes
aclamaciones la turbamulta que llenaba el salón, voces que fueron ¡ay!, el
estertor de las Constituyentes, pues con aquel hálito expiraron y se
desvanecieron en la Historia, dejando tras sí un [10] rastro glorioso. En el
propio instante feneció también la discreta Regencia ejercida por Serrano desde
que la Democracia se hizo monárquica por el voto de los más, hasta que el
Principio se hizo carne en la persona del hijo de Víctor Manuel...
Al salir del
Congreso, el Rey alteró la carrera y ordenamiento de su marcha triunfal,
volviendo al Prado para dirigirse a Buenavista. No quería entrar en su casa sin
visitar a la viuda de Prim, Condesa de Reus y Marquesa de los Castillejos, doña
Francisca Agüero. La visita fue breve y patética, según nos contó Ricardo Muñiz
en la misma tarde del día 2. Don Amadeo besó la mano de la desolada señora y
abrazó a los huérfanos. Ni él pudo hablar largo por su escaso dominio de la
lengua castellana, ni la viuda tampoco, porque la intensidad de su dolor le
entorpecía la palabra... De Buenavista subió el Rey por la calle de Alcalá,
saludando y saludado con afectuosa cortesía.
Buenos observadores
éramos para saber apreciar el momento político por el adorno de los balcones de
la carrera. Las irreductibles formas de opinión hablaron aquel día claramente,
aquí con las profusas percalinas, allá con la ausencia de toda clase de trapos
manifestantes de una idea. Un amigo muy despierto, de filiación moderada,
Juanito Valero de Tornos, nos hizo notar que los palacios de Medinaceli y
Villahermosa en lo más bajo de la plaza de las Cortes, no habían colgado sus
elegantes reposteros. También faltaban [11] los tapices en la casa de
Miraflores, Carrera de San Jerónimo, y en la de Oñate, calle Mayor. El veto del
alfonsismo era, pues, terminante. Yo me permití decir a nuestro amigo que más
significativo que aquel veto era el de los federales, bien manifiesto en
innumerables balcones desnudos, y él respondió burlándose: «Poco significa la
opinión de la cofradía sinalagmática, conmutativa, bilateral, que muerto Prim,
ya no podéis tocar pito ni flauta». Uno de los nuestros le dijo: «Tocaremos lo
que nos acomode, y vosotros el cuerno». Y el otro replicó: «Sí, sí, el cuerno
de Hernani».
Vuelvo un poquito
atrás para referir que los cinco amigotes agrupados el 2 de Enero de 1871 para
ver entrar a don Amadeo, formamos la misma piña el día anterior, domingo 1 de
Enero, en las rampas aún no concluidas del palacio de Buenavista, para ver
salir y pasar tristemente el féretro de Prim. También aquel día cubrían el
suelo cuajarones de nieve. El sol se ocultaba entre nubes pardas, ceñudas. ¡Oh
luctuoso día, el más triste que yo había visto desde que mis ojos pudieron
observar la corriente de la Historia viva! Pasó el coche en que iba el General
cuando le dispararon los tiros en la calle del Turco, rotos los vidrios,
enlutados los faroles, enlutado el cochero; detrás la carroza fúnebre, lenta
como el barquichuelo de Aqueronte. Vi a los que llevaban las cintas por el lado
en que yo estaba: eran el General Contreras, don Manuel Silvela y don Vicente
Rodríguez. [12] Seguía la cabecera del duelo: General Serrano, don Salustiano
Olózaga, un obispo, don Nicolás Rivero, Moreno Benítez... Ulloa, Ruiz Zorrilla,
que se habían adelantado al Rey para llegar al entierro del grande hombre, y
detrás la revuelta turbamulta, diputados y políticos de todas marcas y
abolengo. Recuerdo haber visto a Castelar, a Pi y Margall, a García Ruiz,
Sánchez Ruano, Becerra... Era un desfile de caras que constituían la
iconografía política de aquel tiempo... figuras del montón complejo, algunas de
las cuales entraron en la Historia, y otras se quedaron fuera mirando a una
puerta que se llama del Olvido... En marcha se puso la tétrica procesión, Prado
abajo, en dirección del santuario de Atocha. Lloraba el día, lloraban los
árboles desnudos, lloraba la muchedumbre negra, silenciosa, con el solo rumor
de sus pisadas. Así fue llevado al sepulcro el hombre que ejerció en España
durante veintisiete meses una blanda dictadura, poniendo frenos a la revolución
y creando una monarquía democrática como artificio de transición, o modus
vivendi hasta que llegara la plenitud de los tiempos.
El mismo día,
tempranito, habíamos ido los cinco a los funerales masónicos que se hicieron al
General en la basílica de Atocha. Aunque yo y mi amigo de hospedaje y
periodismo no teníamos vela en aquel entierro, nos agarramos a los faldones de
Nuevo, Córdoba y Santamaría, para colarnos en el sacro recinto y en la capilla
que los atrevidos [13] masones convirtieron por un buen rato en logia o taller.
Nunca vi cosa semejante, alarde atrevidísimo de licencia cultural. En los
tiempos que corren, aquel acto habría sido la más escandalosa de las
profanaciones, merecedora de los tizonazos del Infierno. Yacía el cadáver del
héroe de los Castillejos en una capilla de las primeras a mano izquierda,
descubierto en su caja bronceada. De la otra parte del templo venía el tintín
de campanillas, señal de misa, y se oían pisadas y carraspeo de viejas. Los
masones, que eran unos treinta, pertenecientes al Gran Oriente Nacional de
España, dieron comienzo a la ceremonia, sin que nadie les estorbara en los
diferentes pasos y manipulaciones de su extraño rito.
Descripción del
funeral. Lo primero fue hacer tres viajes alrededor de la caja, formados uno
tras otro. El primero y segundo viajes iban dirigidos por los dos primeros
Vigilantes de la Orden; en el tercero iba de guía el Gran Maestre (Gr.·. Mae.·.
de la Ord.·.). Al paso arrojaban sobre el cadáver hojas de acacia. Luego, el
propio Gran Maestre dio tres golpes de mallete (un mazo de madera) sobre la
helada frente de Prim, llamándole por su nombre simbólico: Caballero Rosa Cruz,
Grado 18. A cada llamamiento, los masones, mirándose con gravedad patética,
exclamaban: «¡No responde!». Después formaron la cadena mística, dándose las
manos en derredor del muerto. El Vigilante declamó con voz sepulcral esta
fórmula: La cadena se ha roto. Falta [14] el hermano Prim, Caballero Rosa Cruz.
Gr. 18. A continuación el Gran Maestre pronunció un breve discurso apologético,
y luego leyó un balaustre. Así llaman a las comunicaciones o documentos que las
logias de diferentes países se cruzan entre sí para restablecer la fraternidad
universal. El balaustre era de la masonería italiana, que ponía bajo la
salvaguardia de los Hermanos del Grande Oriente Español la persona de Amadeo de
Saboya, encargándoles encarecidamente que velaran por el nuevo Rey, y le
protegieran de la maldad y asechanzas de todo género.
(NOTA. Luego resultó,
según me dijo Santamaría, que el balaustre era falso, y que Amadeo no figuraba
en la masonería de su país, ni pisó jamás las cámaras, logias o talleres.
Superchería fue de un español amante de la casa de Saboya. Con tal ardid logró
un efecto de propaganda previsora, muy eficaz en la ocasión crítica de aquella
traída de un rey para fundar dinastía en país turbulento y alocado.)
Observé que en la
última parte del ceremonial, cuando los Hijos de la Viuda estaban en la
plenitud de su abstracción litúrgica, asomaron en la entrada de la capilla dos
o tres viejas y algunos inválidos que habían despachado sus misas. Con más
curiosidad que espanto miraron y oyeron los arrumacos y el vocerío masónicos.
Debieron de pensar que aquellos señores rezaban por sus muertos en una forma y
estilo extravagantes; mas no veían gran malicia en ello... Sotanas de curas
[15] y sacristanes no vimos que a la capilla se acercaran, lo que demostraba
excesiva tolerancia, o vista muy gorda de la superior clerecía de Atocha...
Tolerancia hubo de una parte; pero la otra incurrió en el pecado de
indiscreción, porque algún periódico describió la ceremonia con todos sus pelos
y perendengues, sin omitir las hojas de acacia. Consecuencia de esta
simplicidad periodística fue la destitución del Rector de la basílica, don
Leopoldo Briones, varón docto y un tanto hereje, según oí decir; liberal sin
careta, muy dado al libre pensar y a la libre crítica de personas y cosas
eclesiásticas.
- II -
Volviendo al punto
inicial de este relato, diré que a media tarde del 2 de Enero nos dispersamos
los cinco ciudadanos que habíamos presenciado juntos la entrada del nuevo Rey.
Mi amigo el canario se fue con Córdoba López a la casa de pupilos donde moraban
(Olivo, 9); Santamaría se unió a la trinca de Félix La Llave, Patricio Calleja
y Nicolás Calvo, conspiradores de oficio, y se encaminaron los cuatro al
domicilio del último (Olmo, 30), donde tenían su sanhedrín. Yo me fui con Mateo
Nuevo a su casa (Montera, 11), donde se agazapaba la redacción de un ardiente
periodiquillo, El Tribunal del Pueblo. Ayudábale yo a escribirlo, y no miento
al [16] decir que las parrafadas más libres y frenéticas eran de un servidor de
ustedes. Sorprendíanos a Mateo y a mí la aurora del nuevo día enjaretando
artículos y sueltos, o hablando de la revolución que a juicio de él se incubaba
sigilosamente, y pronto saldría del cascarón cantando la Marsellesa.
Era Mateo Nuevo un
hombre ingenuo y exaltado. Su fe revolucionaria, a prueba de desengaños, le
inspiraba la persistente acción y el ciego impulso hacia los fines que creía
tener al alcance de la mano. Los dedos tocaban los fines, y estos huían
alejándose en una atmósfera de azul y dorado ensueño. Su casa era un tubo de
largo pasillo y habitaciones lóbregas que empezaba en la calle de la Montera y
acababa en la de los Negros, rebautizada con el nombre de Tetuán. En esta parte
estaba la redacción, y allí teníamos nuestro club y mentidero, con asistencia
de amigos locuaces, adorantes de un dogma bellísimo, dispuestos a dar toda su
saliva y en último caso su sangre por traerlo a los altares de la realidad. Las
noches largas de invierno se nos hacían cortas, y deslizaban sus horas entre el
correr de nuestras charlas, ora utópicas, ora proyectistas, pues en el delirio
de la conversación imaginábamos lindas leyes concisas que no esperaban más que
el triunfo material para colmar a España de felicidad y contento. El desperezo
matutino del próximo mercado del Carmen y el ronco son de la taberna y
carbonería que caían bajo los balcones por la calle de los Negros, nos [17]
traían a la razón y al sueño. Ya era virtud el descanso. Cada mochuelo se iba a
su albergue, y yo a mi cueva, que así la llamaba por ser en la calle de los
Leones.
Mi trato constante
con Mateo Nuevo y otros románticos de la política, constructores clandestinos
de una España feliz, me puso en condiciones de descubrir algunos tapadijos
revolucionarios y rasgar velos de conspiración, cosa muy grata a los que
anhelamos libertad que nos despabile y mudanza que nos mejore. Con mi destreza
en atar cabos, y algo que se le salía de la boca al bueno de don Mateo, vine a
saber que existía en Madrid un organismo designado con el resonante título de
Junta Suprema del Consejo de la Federación Española. Lo presidía don Francisco
García López, diputado constituyente, estirado de palabra y de ropa, y fueron
Vicepresidentes los hermanos Pierrad, y después don Juan Contreras. Mateo Nuevo
figuraba como Vocal, y también Córdoba López y Emigdio Santamaría.
Tuve luego
conocimiento de otros, y de los que componían las juntas de distrito, que irán
saliendo conforme los reclame el desarrollo histórico. Reuníase a veces la
Junta Suprema en la casa de mi amigo Nuevo. Por variar de sitio se congregaron
alguna vez en el taller de Nicolás Calvo (Olmo, 30); andando días, los olfateos
de la policía les movieron a recatarse más, y la guarida revolucionaria fue...
lo diré aunque no me lo crean... fue un convento de monjas. [18]
Ello era en la plaza
de Jesús esquina a las Huertas, y ocurría cuando ya llevaba largos días en
Madrid el Rey saboyano. Emigdio Santamaría, que era el mismo demonio, me
reveló, cuando llegamos a unirnos con mayor confianza, que él había sido el
catequizador de las monjas para que facilitaran un salón de planta baja donde
se reuniera la Junta Suprema. Mas no supo o no quiso explicarme el porqué de
tal tolerancia en personas de ideas tan contrarias a las nuestras. He dado en
pensar que como la conjura iba contra un Rey excomulgado, creían aquellas
mujeres simplísimas que ayudando a la Federación Española, laboraban santamente
en servicio de Dios. Misterios de la conciencia, misterios de la política,
¿quién os entiende, quién os deslinda, quién os baraja?
Perdóneme el piadoso
público la falta de método que habrá notado en mis escritos, los cuales
aparecen reñidos con el orden cronológico. Este defecto mío radica en el fondo
de mi naturaleza, y sin darme cuenta de ello refiero los acontecimientos
invirtiendo su lugar en el tiempo. Si nunca me ha entrado en el cerebro la
aritmética, tampoco hice migas con la cronología, y sin pensarlo refiero lo de
hoy antes que lo de ayer, y la consecuencia antes que el antecedente... Va
siempre por delante lo que hiere mi imaginación con más viveza... Al
franquearme contigo, noble y cachazudo lector, presumo que desearás conocerme,
saber quién soy, de dónde he salido, y el cómo y por qué de mi metimiento, [19]
de mi colaboración en estas historias. Por de pronto diré que soy un hombre
chiquitín de cuerpo, grande de espíritu y dotado de amplia percepción para ver
y apreciar las cosas del mundo. Reservo por ahora mi verdadero nombre, y entre
los diferentes motes que suelo usar en mi labor periodística, escojo el más adecuado,
que es también el más breve: Tito.
Si queréis saber algo
de mi ascendencia os diré que es un extraordinario ciempiés o cienramas. Por mi
padre tengo sangre de los Pipaones y Landázuris de Álava, absolutistas hasta la
rabia, y sangre de los Torrijos y Porlieres, mártires de la Libertad. Mi madre
me ha transmitido sangre de verdugos como González Moreno y Calomarde, sangre
de Zurbanos, y aun la de fieros demagogos, ateos y masones. Mi abolengo es,
pues, de una variedad harto jocosa. Yo, con paciencia y saliva, quiero decir
tinta, he reconstruido mi árbol, y en él tengo señoras linajudas, títulos de
Castilla, que casi se dan la mano con logreros y mercachifles de baja estofa;
tengo un obispo católico, un cura protestante, una madre abadesa, dos gitanos,
una moza del partido, un caballero del hábito de Santiago y varios que lo
fueron de industria... Soy, pues, un queso de múltiples y variadas leches. Debo
declarar que de la heterogeneidad de mis fundamentos genealógicos he salido yo
tan complejo, que a menudo me siento diferente de mí mismo.
En la época de este
mi cuento amadeísta [20] había cumplido yo los veintitrés años; pero declaraba
veinticinco por el afán de hacerme más hombre, y atenuar la poca estimación en
que, a mi parecer, se me tenía por mi rostro aniñado, casi lampiño, y mi corta
estatura. Temeroso de que se dudara de mi eficacia varonil, yo aumentaba mi
humanidad agregándome años, y mi talla usando descomunales tacones... Han
pasado desde entonces algunos lustros: rugoso y lleno de canas, ya no me cargo
años, sino que me descargo de ellos, y ni a tiros me hacen pasar de los
cincuenta y nueve. La estatura es la que no ha cambiado, ¡ay de mí!... Suspiro,
señores míos, porque este defecto de mi pequeñez ha sido y es la mayor amargura
de mi vida. A la menguada talla debo atribuir todas mis desgracias, el fracaso
de mis tentativas literarias y el estancamiento de mis ambiciones... Mi defecto
era simplemente la pequeñez, pues no padecía ninguna deformidad: al contrario,
mi rostro era correcto, mi cuerpo bien repartido de miembros y de notoria
esbeltez, mi temperamento de gran viveza y acometividad, compensación que la
Naturaleza suele dar a los chiquitines, casi enanos. Completo mi retrato
asegurando con toda veracidad que en los días a que me refiero hice la mar de
conquistas, como verá el que me leyere.
Una de las más
rápidas y felices la intenté y llevé a venturoso término en Palacio, en la
época de interinidad, poco antes de que las Cortes eligieran Rey a don Amadeo
de Saboya. [21] ¿Quién era ella? Pues una mujer picotera y bien armada de
carnes, planchadora desde los tiempos de doña Isabel, esposa de un portero, que
tuvo bastante habilidad y cuquería para empalmar el último reinado borbónico
con el primero de la dinastía italiana. Vivían marido y mujer en una modesta
habitación del piso más alto, y les protegía el intendente interino don José
Abascal. A Palacio iba yo para visitar a un primo de mi madre, don José
Folgueras, empleado en las oficinas. Recorriendo las alturas, topé con María de
las Nieves. Pronto hallé un pretexto para entrar en su casa. Ello fue que se me
hizo un tremendo desgarrón en la capa y ella me ofreció el remedio de aguja y
hebra de seda. Era bajita y frescachona. Sin encomendarme a Dios ni al Diablo
le planteé la cuestión de confianza. A mi primer exabrupto contestó con risas y
fingidos desdenes; al segundo advertí que le había caído en gracia; al tercero
fue la vencida, y quedamos amigos. El marido, Quintín González, que se pasaba
gran parte de la tarde y prima noche trajinando en la reventa de billetes de
teatro, era un buenazo, corpulento como un buey y confiado como un borrego de
Dios.
No duró mucho tiempo
aquel lío. En Febrero del 71 fui una tarde a Palacio, por visitar a Nieves, sin
otro fin que preparar un delicado rompimiento, pues ya me había deparado el
Cielo conquista mejor. Apenas pude ver a Nieves un instante: toda la
servidumbre estaba muy afanada en disponer las habitaciones [22] para la Reina
doña María Victoria, que no tardaría en venir a estos reinos. El Marqués de
Dragonetti, caballero rubio y de buena presencia, ayudante, secretario y amigo
de Amadeo I, se multiplicaba en la organización de los servicios palatinos, y
en equipar con arte pintoresco la servidumbre. A los porteros vistió de
colorado rabioso. Cuando en la puerta del Príncipe topé con mi candoroso y
coronado amigo Quintín González, vestido en tal guisa y armado de una
cachiporra, no pude contener la risa. Bromeamos un rato. Díjome que a su mujer
le gustaba lo colorado. Era Nieves muy fantasiosa y algo torera. A él no le
hacía maldita gracia el traje, porque ya la gente tomaba en broma las libreas
rojas de los porteros, y dentro y fuera de Palacio les llamaban los langostas.
«Mala cosa es -dijo moviendo el testuz- que empecemos ya con el mote, el
chistecito y la guasita. Yo le diría al Rey, si tuviera confianza: 'Mire,
señor, si los españoles le atacan con discursos, injurias y aun con armas
blancas o de fuego, manténgase tieso; pero si vienen con chafalditas y
remoquetes, a puede ir preparando el petate'».
Mi siguiente
conquista fue romántica, pasión que venía rezagada, no de los tiempos de Don
Álvaro y El Trovador, sino de otros más próximos en que privó el
sentimentalismo baboso de Flor de un día y de Borrascas del corazón. La mujer
soñada se me apareció en el anfiteatro del Teatro del Príncipe, viendo, en
función de tarde, Los Polvos de la Madre [23] Celestina, obra de risa en que
Mariano Fernández derrochaba su inagotable gracejo. ¡Ay!, aquellos polvos me
trajeron pronto a los lodos de mi amorosa demencia. La joven que me trastornó
era, como yo, chiquitina, de bellas facciones y cuerpo primorosamente formado.
A esta igualdad o armonía de nuestra naturaleza visible se debió quizás la
repentina inclinación de ambos, y el fogonazo de amor que no tardó en producir
voraz incendio. El nombre de la menuda divinidad era Obdulia, de exquisito
sabor romántico, y su talle y rostro componían la más encantadora muñeca que en
bazares de juguetes se ha podido ver. Iba en compañía de otra mujer, de más
edad y complexión hombruna, y desbordada entre ellas y yo la confianza, supe
que la pequeña servía y la grande había servido en la casa de una empingorotada
señora, la Marquesa de Navalcarazo.
En el primer acto de
Los Polvos, hicimos Obdulia y yo nuestra presentación respectiva; en el segundo
declaramos la mutua simpatía, y en el tercero afirmamos enfáticamente que
habíamos nacido el uno para el otro. Romeo y Julieta no se dieron más prisa.
Fue casualidad picante o simbólica que la compañera de Obdulia se llamara
Celestina, y confirmaron el nombre sus astutos requerimientos. A la salida de
Los Polvos las acompañé, y en el tránsito desde el teatro a la calle del
Sacramento, repetimos nuestros gorjeos amorosos, añadiéndoles ya planes y
horarios para nuestras futuras entrevistas. [24] Celestina Tirado nos dio
facilidades de tiempo y lugar que me colmaron de gratitud.
Aventura tan
novelesca me pareció cuento de hadas. Fue Obdulia encanto y alegría de mi
existencia, y yo con mi labia y fáciles recursos de expresión, la trastorné y
enloquecí. Mi muñeca dejaba traslucir constantemente el romanticismo azucarado
y tonto que llevaba en su alma. A lo mejor salía diciendo con canturria: Si
oyes contar de un náufrago la historia -ya que en la tierra hasta el amor se
olvida... y lo demás de que no me acuerdo. Cuando yo le preguntaba, suponiéndome
náufrago, si me olvidaría, contestaba poniendo la mano sobre el corazón: Aquí
-vivirás mientras yo viva. A pesar de estas ardientes ternuras, tuve que darle
palabra de casamiento para continuar nuestros amores. Cada día me requería con
más empeño a legalizar su situación. Mostrábase celosa guardiana de los buenos
principios y de la corrección legal... En verdad, la melaza romántica no se
avenía con las asperezas del deber social y católico; pero yo entraba por todo,
y cuando mi Obdulia salía con la tecla del matrimonio, yo le aseguraba que en
cuanto me mandaran los papeles... pim... a casarnos.
Llegó un día en que
mi muñeca, sin apagar sus poéticos fulgores, mostraba un admirable sentido
práctico. «He confesado a mi señora -me dijo poniéndose muy seria- que tengo un
novio, a quien quiero de veras... novio con buen fin, que si otra cosa le
dijera [25] se pondría furiosa; que a nosotras las criadas no nos consienten
gallos tapados, por más que veamos a nuestras señoras enredadas con este o el
otro caballero, que a lo mejor es el más íntimo del marido... Pues bien:
sabedora de estas relaciones, me aseguró que si vamos por el camino de la
decencia y la religión, nos protegerá. ¿Te vas enterando? Sabrás que la
Marquesa de Navalcarazo es muy lista, que ha leído y lee libros en francés de
mucha sabiduría, y que en política vale más de lo que pesa. A un cura de cuello
y medias moradas, que suele comer en casa, le oí decir que las personas más
sabias de España son ese Cánovas y mi señora... Bueno: pues me dijo ayer que
este Rey que han traído tendrá que tomar el tole dentro de unos meses, porque
en esta tierra no puede cuajar rey extranjero. Y no le vale que sea, como
dicen, honrado y caballero. Con eso y la excomunión que tiene encima su padre
el Rey de Italia, saldrá pronto de aquí con viento fresco. En seguida vendrá
esa cosa que llaman la Restauración, que es como decir Alfonsito, el niño de
doña Isabel, y ese día mandarán los que hoy se llaman alfonsinos. ¿Te vas
enterando? Pues en cuanto eso venga, si para entonces estamos casados, tendrás
un destino de doce mil reales, y de catorce mil si quieres servir en provincias
mejor que en Madrid... Mi señora es cumplidora fiel de su palabra. Del empleo
no dudes, que ello es pan comido, en cuanto este pobre don Amadeo se aburra y
salga pitando, despedido por [26] los tiros de los federales y los desprecios de
la aristocracia. Si oyes contar de un náufrago la historia... Si ves que Amadeo
se embarca... ya sabes... destino al canto».
- III -
Y siguió diciendo mi
muñeca, o lo dijo otro día: «Sabrás que en casa se reúnen a tomar té las
señoras alfonsinas. Van la Monteorgaz y la Campo-Fresco. Esta tiene, según
dicen, la contrata de los chistes, porque los hace tan graciosos, que dan risa
para todo el año. Es muy salada, no se asusta de lo verde ni de lo colorado;
cuenta sus historias, y a lo mejor te suelta una barbaridad que canta el credo.
Esa fue la que, hablando de su hijo, se dejó decir que le había llevado en su
vientre como se lleva una solitaria. También van la Belvís de la Jara, la
Villares de Tajo, la Villaverdeja y la de Yébenes. Esta, que según cuentan, es
más nea que Dios, toma las cosas de política por el lado de la religión. Dice
que este Rey es masón y nos ha traído acá el Infierno... Pues allí se están
picoteando toda la tarde, y por la noche van algunas de ellas y muchos señores:
uno que le llaman Orovio, el Marqués de Molins, este... ¿cómo se llama?,
Iranzo, y otros que tú conocerás... En fin, que no paran de hablar mal de este
pobre Rey... Que si no piensa más que en divertirse...; que si sale a la calle
como un cualquiera, [27] encanallando la majestad; que si todas las noches se
va de picos pardos con su ayudante italiano; que si le han visto en tales o
cuales casas... ¡Jesús, qué cosas dicen!».
Hablome otra tarde
Obdulia de su familia. Era natural de Villaviciosa de Odón, donde su madre
moraba. En Madrid tenía un tío muy bestia, que diferentes veces la requirió de
amores con mal fin; pero ella no se daba a partido. Temía que cuando el tal tío
tan tío se enterara de nuestras relaciones y del proyecto matrimonial nos
dificultara la boda de acuerdo con la madre. ¡Ay!, lo que nos enfadó esta idea
no hay para qué decirlo. Hicimos juramento de vencer cuantos obstáculos se nos
opusieran. Antes que renunciar al casorio, haríamos cuanto aconsejasen el
romanticismo y el clasicismo más desenfrenados. Huiríamos, nos mataríamos con
pistola o veneno si alguno intentaba cortarnos la fuga. Acordado esto
solemnemente, volvíamos a nuestras conversaciones. Obdulia me dijo:
«No sabes cómo andan
ahora de alborotadas las señoras alfonsinas con la llegada de la Reina, que
parece está ya en camino. ¡Y cómo la muerden! Lo menos que dicen de ella es que
es una buena mujer, sin hábitos de reina. No pasa de señora de un comandante,
lo más de un teniente coronel. Es algo instruida, como que ha estudiado para
maestra. Su título es de la Cisterna. El título no puede ser más profundo. Fama
de virtuosa sí que tiene. Gusta más de vivir recogida, que en las [28]
bullangas de la Corte. Eso no se puede criticar, digo yo, pero tampoco es razón
para que venga aquí a por una corona. Una reina debe ser ante todo reina. La de
Yébenes dijo: «No nos oponemos a que sea virtuosa; eso nunca. Las virtuosas
reinan en sus casas. Oí que esa buena señora da el pecho a sus niños y a los
niños de sus criadas. Lo mismo puede ser esto afectación que pobreza de
espíritu».
Yo advertí a Obdulia
que la guerra de damas estaba prevista, porque cuando acudían a cumplimentar a
don Amadeo las entidades decorativas del Estado, la Diputación de la Grandeza
se abstuvo, salvo dos o tres familias. La aristocracia está de uñas... De doña
María Victoria se sabe que es una gran señora, y que viene a honrar la Corte y
Trono de España. Dilo así a tu ama...
«¡Qué tonto! ¿Cómo
quieres que le diga yo eso a mi señora? ¡Buena se pondría!... ¡Bonito genio
tiene estos días para que se le vaya con bromas! Sabrás que... Esto te lo digo
con reserva... No salgas por ahí contándolo a tus amigos... Sabrás que está con
un humor de mil demonios porque el suyo parece que anda distraído... dícese que
con la Tordesillas... Cuando yo entré en la casa, ya mi señora hablaba con el
Marqués de Uclés... Todo Madrid le conoce por Manolo Uclés. Pues ahora están de
monos... A mi señora no hay quien la aguante, de la celera que tiene. Y ya no
es una niña... Los cuarenta y pico no hay quien se los alivie... Y [29] ya no
te digo más; no se te vaya la lengua con tus amigos...».
-Nada importará que
cuente lo que sabe todo el mundo -repliqué yo-. Esas historias son en Madrid
comidilla fiambre, que pasa de boca en boca sin que nos parezca muy gustosa.
Los paladares piden manjares fuertes, Obdulia.
-Llamas tú manjares
fuertes al escándalo gordo, a las revoluciones... Hazme el favor de no andar
tan metido con los federalotes, gentecilla fulastre... Ya sabes que tienes que
hacerte alfonsino, poquito a poco para que no chillen tus amigos. Si no te
conviertes, será difícil que nos casemos... Y ahora que me acuerdo: mi señora
me preguntó ayer si mi novio es católico. Yo le respondí que sí, que eres muy
católico.
-Sí, sí; tan católico
por lo menos como Manolo Uclés, que es grande amigo de Nocedal, y da dinero
para el Pensamiento Español, donde escribe Gabino Tejado... Si a pesar de ser
yo catoliquísimo no nos dejan casar, nos suicidaremos, ¿verdad, gacela mía?
-Eso habrá que
pensarlo... Cierto que es bonito morirse de amor, como aquellos de Teruel, o
matarse una con el humo de un braserillo, como leí en una novela de por
entregas. Pero la muerte más simpática es la de la dama de Espinas de una flor,
que se va quedando muertecita en un sillón; y allí sale un cura vestido de
calzón corto, que le dice al oír la campana: es un alma que divisa -las
palmeras de Sión. Para mí, que esas palmeras [30] son el cementerio. A mí me
gusta pasearme por un cementerio, y ver los nichos, las lápidas del suelo, y
pensar que debajo de ellas están descansando tan tranquilos los enamorados...
En fin, chico, a ver si vienen de una vez tus papeles, que los míos encargados
los tengo al secretario del Ayuntamiento de mi pueblo, sin que lo sepa mi
madre... Me corre mucha prisa, no sea que... ¡Ay! Es cosa fea el salir una en
estado interesante, cuando menos se piensa, y no poder ocultarlo, y que le
digan a una que no es católica por no haberse casado antes de...
Yo procuré
tranquilizarla, persuadiéndola de la pronta venida de los papeles, que ya
estaban de camino. Pero los papeles no podían venir, ni yo los había encargado.
Vino en cambio un grave suceso que torció de súbito la corriente histórica de
mi vida, llevándola por torrenteras dramáticas. Veréis lo que pasó. Llegado el
día de la entrada de nuestra Soberana, doña María Victoria, me planté en el
Prado, por donde la comitiva había de pasar, dispuesto a referir el acto para
nuestro periódico, conforme a las indicaciones de Mateo Nuevo, quien me ordenó
que hablase de la señora Reina con respeto, pero sin entusiasmo. Yo debía decir
que doña María Victoria era atrozmente virtuosa; pero que no lograría captarse
el amor de los españoles, que ya no querían cuentas con reyes, y menos si son
extranjeros.
Vi la regia procesión
palatina entre filas de tropas y grandes masas de gentío curioso. [31] Pensaba
decir en mi crónica que en las caras del pueblo se combinaba la curiosidad con
la indiferencia, y que el sentimiento general era de lástima más que de
simpatía. En esto no decía verdad. Oí comentarios en extremo favorables. Las
mujeres, sobre todo, contemplaban a la Reina con alegría, y con cierta
confianza la saludaban, cual si en ella vieran la más alta de sus iguales. No
sé si me explico bien. Al paso de la ilustre dama, se discutía su hermosura.
Algunos la ensalzaban con exceso; otros la deprimían con esta crítica
pesimista, que es la miel más grata en bocas españolas. Yo, dejando a un lado
la reseña oficial escrita para mi periódico, daré a los beneméritos lectores de
estas páginas la veraz impresión de un honrado testigo.
Era doña María
Victoria de buena presencia y más que regulares carnes, que propendían a la
gordura. En su rostro advertí perfil y rasgos napoleónicos, la sonrisa franca,
el mirar entre melancólico y asustado. Creyérase que la dignidad real era en su
pensamiento cosa prestada o postiza, y que a nosotros venía, no a ejercer un
cargo, sino a desempeñar un papel. En estas ideas me afirmé después, cuando la
esposa de Amadeo convertía la realeza, que le dieron entonada y rígida, en cosa
blanda y doméstica. Al verla pasar en el coche de gala, a la derecha del Rey,
que no paraba en repartir a un lado y otro su garboso saludo, comprendí que
doña María Victoria sería muy querida de las mujeres humildes, y admirada de
las de clase [32] intermedia, que pueden ser llamadas señoras sin llegar a
damas. Estas brillaron en la recepción de Palacio con todo el fulgor de su
ausencia, bien campaneada por los periódicos moderados, alfonsinos y carlistas.
La gente adinerada se hizo notar también por sus desdenes. El Imparcial señaló
las casas donde no lucían colgaduras, y aludió claramente a Manzanedo, hablando
de un palacio que debía ostentar en los florones de su escudo Tabaco Virginia o
Kentucky, y algunas motas de ébano, representativas de la compra y venta de
negros en Cuba.
En la Puerta del Sol
hubo apreturas y algún calor de vivas y aplausos al paso de los Reyes; en la
plaza de la Armería mayor tumulto, por el gentío que esperaba el desfile de la
tropa. Salieron las saboyanas Majestades al balcón, y el pueblo desempeñó muy
bien la parte de coro que le corresponde en estas partituras. Las músicas
militares enardecían a las muchedumbres, y estas, a su vez, estimulaban con sus
gritos al fervor de los inocentes soldados... Hallábame yo muy entretenido con
aquel espectáculo pintoresco, cuando me sentí tocado en el hombro. Volvíme, y
vi a un hombrejo zanquilargo, feo, encopetado con sebosa chistera que fue de
moda el año 41. Con señas y medias palabras me dijo que le siguiera para hablar
conmigo dos palabritas, y me fui tras él, rompiendo no sin dificultad por el
primer resquicio que nos ofreció la multitud. Fuera ya del arco de la Armería y
encontrándonos en sitio más desahogado, [33] el tal, ceñudo y con áspera voz,
me dijo: «Usted no me conoce».
-Sí, señor -le
respondí-. Usted es don José Malrecado, que sirve en la Policía.
-No soy Malrecado ni
Buenrecado, ni permito que usted se burle de mí.
-Dispense: no me
burlo -dije, observando su ropa negra y raída, con las trencillas del chaleco y
levitín deshilachadas, el rostro sudoroso, el bigote lacio, los ojos de carnero
moribundo.
Y él, mirándome con
amenaza y cogiéndome el brazo con garra de cernícalo, soltó la voz a estas
ásperas razones: «Yo soy Aquilino de la Hinojosa... Veo que se asusta. Es
natural. Por mi nombre se entera de que soy tío de Obdulia por parte de madre».
-Aunque lo fuera
usted también por parte de padre no me asustaría -respondí, sacando del pecho
toda mi entereza-, pues nada tengo que ver con usted, ni me importa un bledo
que sea usted tío de la Osa Mayor o del Espíritu Santo.
-¿Bromitas tenemos?
-replicó el tío, tambaleándose en su soberbia-. Le he buscado para decirle que
no se casará usted con Obdulia... que aquí estoy yo para impedir que siga
trastornándole el seso a esa buena chica. Entiéndalo, y me ponga en el caso de
hacer con usted una barbaridad.
-Pues le participo
que me casaré con Obdulia cuando me dé la gana, y sepa que me descargo en usted
y en su pastelera madre. [34]
Hizo ademán de
echarme al cuello sus manos; pero yo, que chiquitín y todo soy una fiera cuando
tocan a mi dignidad, invoqué a mis tacones para que aumentaran media cuarta, y
haciendo como que requería un arma en mi bolsillo, le solté esta rociada: «Si
usted me provoca, no tendré inconveniente en sacarle al aire el bandullo, so
tío».
-Poco a poco -gruñó
el estafermo echándose atrás-. No hemos de armar escándalo entre tanta gente.
Si usted no tiene vergüenza, yo la tengo. Tiempo y lugar habrá para ver quién
puede más.
Diciendo esto sacó
del bolsillo una tarjeta sucia, en la que leí: Aquilino de la Hinojosa,
afinador de pianos. Cuchilleros, 3. Yo me arranqué a decirle con mayor coraje:
«Iré a buscarle a usted y le afinaré el entendimiento». A lo que, ya en
retirada discreta, respondió: «No me busque en mi casa, donde tampoco quiero
escándalos. Me encontrará todas las tardes en el Casino Conservador... Abur...
Nos veremos, caballero miniatura».
-Cuadrúpedo, nos
veremos.
Nada me sulfuraba
tanto como que me llamaran chiquitín. El miniatura me sonó como la injuria más
grosera y soez... Viendo al tío gandul alejarse hacia los Consejos, hice
juramento mental de romperle la crisma o el hueso palomo donde y cuando le
cogiera... La inesperada emergencia de aquel gaznápiro fue la mueca repugnante
con que el Destino me anunciaba una reata de infortunios: al siguiente día me
tocaba entrevista con Obdulia, [35] y Obdulia no fue. Busquela en la calle del
Sacramento, paseando desde las Monjas de este nombre a la plazuela del Cordón,
y el eclipse de mi linda muñeca en la calle como en nuestro nido me colmó de
amargura y despecho. El jicarazo lo recibí aquella misma noche en mi casa por
una carta que me llevó Celestina. ¡Oh ansiedad, oh enigma fatídico! ¿Qué diría
la carta? Pues la carta, con el lenguaje burlón de sus garabatos, esto decía:
«Apreciable Mico
(apodo familiar inventado por su cariño): Tengo que decirte con sentimiento que
ya no puedo casarme contigo, porque he sabido que no eres católico. Mi señora
la Marquesa y mi madre, que ha venido ayer, son muy católicas, y las dos me
mandan renegar de ti. ¡Ay, Mico mío, qué pena! ¿Pero qué quieres que yo haga?
Dejar de ver a Dios por ti y condenarme, no puede ser. Si me muero por esta
pena, que me entierren en un cementerio bonito, con muchas flores... y que me
dé sombra una palmera de Sión. Yo le pediré a Dios en la otra vida que te
arrepientas y en seguida te mueras, para que allá estemos juntos mi Mico y yo.
»Supe que no eres
católico porque me contaron que estuviste en la reunión de los federales en el
Teatro de la Alhambra, y allí dijeron mil herejías ese Pío Margallo, el
Castelar, el don Roque de Barcia, don Marcos de Albaida, y tú te subiste a una
silla y soltastes (1) el mayor sacrilegio, diciendo que no estabas seguro de
que hay Dios, ni ángeles ni Virgen... que adorabas al Demonio y que te [36]
descomías en los santos... ¡Qué cosas, qué pena! No puedo ser más larga. Ya no
vuelvas a verme ni a escribirme... De ti se despide hasta la eternidad la que
llorando te aborrece y verte no desea. -OBDULIA».
Estrujando la carta
en el puño dije a Celestina que aquello me parecía una estúpida farsa. La letra
era de Obdulia; pero no el sentido ni la intención de la carta. Algún mal
intencionado la obligó a escribirla, dictando quizás parte de ella. En el
párrafo tocante a mi supuesto discurso en la reunión de la Alhambra, vi bien a
las claras la malvada inspiración directa del siniestro mastín que había
querido morderme en la plaza de la Armería. Cierto que estuve en la reunión de
los federales y que pronuncié algunas palabras; mas no fueron para meterme con
Dios ni ensuciarme en las imágenes de santos. Celestina, dejándome ver su
blanca dentadura, se reía de mi furor y de las vulgares perfidias que lo
motivaban. Confesome que la familia de la muñeca no aprobaba sus relaciones
conmigo; querían casarla con un hombre de más fuste y estatura. Lo de estimar
los maridos por la alzada levantó en mí una borrasca de indignación. Díjome
también que Obdulia me tenía ley, y vacilando entre el amor y la obediencia, se
hallaba la pobre como una borrica entre dos piensos.
Sospechando que la
señora Marquesa de Navalcarazo pudo ser causante de mi desventura, interrogué a
Celestina, la cual, soltando de nuevo su reír frescachón, me dijo: [37] «La
señá Marquesa es muy católica, eso sí, pero no se mete en los líos de sus
criadas, ni se cuida de lo que ellas hacen o dejan de hacer con sus novios. La
Marquesa no piensa más que en el suyo... Por cierto que ya se ha reconciliado
con el caballero de Uclés... El galán ha vuelto arrepentido cantando la mea
culpa. La señora le ha perdonado, y tan creída está de que por sus oraciones ha
vuelto el caballero, que ayer, en acción de gracias, confesó y comulgó, y a las
monjas del Sacramento llevó de limosna un buen puñadito de monedas de cinco
duros. Protege de largo a la Comunidad. Es beata de ley, socorre a los
necesitados, y como tiene más dinero que pesa, a todos atiende: da para el
culto, da para que se casen los amancebados, da para los pobres de su casa y de
la casa de Uclés, y siempre le queda un buen pico para mandárselo al pobrecito
Papa, que está preso, como usted sabe, en su propio palacio convertido en
cárcel por esos malditos italianos... ¡Ay, Jesús!».
- IV -
«¡Cómo está la
sociedad! -exclamé yo-. ¿Cuándo se vio pisto igual? ¿Es que Dios y Luzbel han
llegado a un arreglo? Civilización de España, ¿quién te entiende? ¿Somos un
país europeo, o aquel País de las monas descrito por un inglés de cuyo nombre
no me [38] acuerdo?». Viéndome tan triste, la bondadosa Celestina me administró
estas palabras de consuelo: «Confórmese con lo sucedido, y no crea que se acaba
el mundo porque se le va una novia. Mujeres hay muchas, y yo, si quiere, le
proporcionaré una mejor que esa sosaina de Obdulita. Si sus negocios andan mal,
y la pluma no le da para vivir, arrímese a lo católico, pues lo que es dinero
no encontrará fuera del catolicismo. Si no tiene valor para meterse de hoz y de
coz en el alfonsismo, no hable mal del hijo de su madre, ni le ponga motes
feos, como el que le aplican ahora los que no le quieren, ni le saque a relucir
al padre ni a la madre... Siga el consejo mío, que es consejo de persona que
conoce como nadie el tecleo de este Madrid y su gente. Tenga juicio y pupila;
váyase desapartando de los federales, familia tronada que no da más que
palabrería sin jugo... No se meta con el Altísimo ni con el Papa, escriba para
el Gobierno, y saque un buen destino, que si usted pega de firme a los que
mandan, de ellos saldrá el amansarle con un cacho de turrón».
Aquella mujer ruda
era una sabia de tomo y lomo, y yo la estimaba y agradecía sus consejos, sin
tener en cuenta su ruin oficio, del cual dijo Cervantes que era muy necesario
en la república. Debo declarar que antes de oír los sesudos consejos de
Celestina ya había pensado yo en gestionar una colocación. Todos los españoles
adquirimos con el nacimiento el derecho a que el Estado nos [39] mantenga, o
por lo menos nos dé para ayuda de un cocido. Los valedores a quienes acudí
fueron Llano y Persi, amigo de Sagasta, y Ramos Calderón, íntimo de Rivero y de
Martos. Ambos me las prometieron muy felices; pero... había que aguardar a que
pasara el periodo electoral... Pasó el funesto periodo, y por cierto que el
bueno de Práxedes manejó los cubiletes con arte maestro para traer mayoría; mas
no pudo impedir que la coalición de carlistas y republicanos, diabólico
himeneo, trajera setenta o más diputados.
No sé si mis lectores
tendrán interés en conocer el Ministerio de conciliación, presidido por el
Duque de la Torre. Eran los de siempre, ni mejores ni más malos que los
anteriores y subsiguientes. ¿Qué hacían? Ir viviendo, ir trazando una Historia
tediosa y sin relieve, sobre cuyas páginas, escritas con menos tinta que saliva
pasaban pronto las aguas del olvido. Si no recuerdo mal, Martos se encargó del
Foreign Office, Ulloa regentaba la Gracia y la Justicia, Sagasta era el gallito
de Gobernación, Moret tomó las riendas del Fisco, y Beránger el timón de la
Marina. Paréceme que Ruiz Zorrilla ocupó la poltrona de Fomento y Ayala la de
Ultramar.
Más que el quita y
pon de ministros, os interesa sin duda mi asunto personal, que a mi parecer
también era histórico. Pues a ello voy. No tenía yo sosiego hasta que pudiese
acometer y apabullar al ruin, al sucio, negro y desvergonzado aguilucho que me
privó de las gracias de Obdulia, Aquilino de la Hinojosa. [40] Designado el día
de mi venganza, me calcé las botas de tacón más alto que en aquellas décadas
poseía, cogí un roten nudoso que parecía la maza de Hércules, y me fui derecho
al Casino Moderado de la calle de Atocha, donde esperaba medir mi fiereza con
la barbarie soez del tío más tío del mundo.
Pronto comprendí que
iba mal encaminado, porque al Círculo de la calle de Atocha no concurrían más
que moderadotes de ropa limpia y elevada representación pública, como el señor
Carramolino, el señor Moyano, el señor Collantes, el Conde de Cheste y otros
tales. Mejor orientado, me dirigí a un casinejo de reciente fundación, abierto
en la calle de Jacometrezo con el mote de Círculo popular... no sé si
conservador o alfonsino, y apenas entré en la obscura, deslucida y puerca
antesala, oí la voz del cernícalo graznando en estridente disputa con otros
pajarracos de la fauna reaccionaria. Con un mozo que pasaba llevando servicio
de café en abolladas cafeteras, mandé recado a mi enemigo... Una visita... un
señor que deseaba decirle dos palabras...
Los vocablos con que
se inició la visita fueron más de dos, seguidos de réplica insolente y de un
garrotazo que descargué con delicioso coraje sobre la cabeza del tío, la cual
sin el resguardo del sombrero habría quedado rota. Em como hucha de barro que
yo quería cascar para sacarle la calderilla, digo, los sesos... Al vocerío de
Hinojosa y el traqueteo de los palos acudieron de una parte [41] el mozo y
conserje, de otra los compinches de mi enemigo. Unos me sujetaban, otros
corrían al socorro del tío... Ya he dicho que soy un hombre terrible, y que me
crezco al castigo convirtiéndome de chico en grande por la fiereza de mi
embestida y la arrogancia de mis actitudes. Con presteza increíble me sacudí de
los que intentaban acorralarme, y seguí el vapuleo contra todo el que por
delante me caía. El número al fin pudo más que el ardimiento feroz. Uno salió
al balcón gritando: ¡guardias, guardias!; otro a la próxima escalera reclamando
el auxilio de los vecinos. Pude, tras ruda pelea, batirme en retirada solo contra
tantos, y gané la escalera. A no ser yo quien soy, habría bajado rodando; pero
no perdí pie... Felizmente, acudió en mi ayuda un amigo que a punto subía
presuroso, alarmado del estruendo.
Era Telesforo del
Portillo, en los viejos anales conocido con el apodo de Sebo, criado que fue
del Marqués de Beramendi, después policía, funcionario de Gobernación, y al
cabo cesante cuando ya le indicaban para secretario de un gobierno de
provincia. Provino su desgracia de habérsele descubierto concomitancias con el
Marqués de Bedmar, el de Uclés y otros acreditados alfonsinos. Su esposa,
Fabiana Jaime, ex-criada de la Campo Fresco, tenía parentesco con mi madre, de
donde vino mi amistad con Sebo, y las consideraciones que me guardaba,
estimándome más que como periodista como pariente. En cuanto me vio, púsose de
mi parte, [42] diciendo con aplomo policiaco: «Paz, caballeros. Ténganse a la
autoridad, que todo ello será por mala inteligencia. Vengan explicaciones
leales de una parte y otra. Conmigo no valen soterfugios. Silencio, digo, y
envainen los insultos. Este joven es de mi familia, y será el primero en
retirar sus palabras». Algún trabajo le costó al ilustre Sebo imponerse, y en
cuanto hubo sosegado las encrespadas olas, lo primero que hizo fue sacarme del
remolino, escaleras abajo, recomendándome, como había hecho más de una vez, que
pusiera frenos a mi fiereza indómita. Aunque yo había quedado airoso, por ser
uno contra tantos, llevaba en mi cabeza tremendos chichones, y mataduras
dolorosas en distintas partes de mi cuerpo garboso y pequeñín.
Acompañome Telesforo
a mi casa de la calle de los Leones, llevándome antes a una botica, donde fue
el león asistido de apósitos y tafetanes. Y véase ahora cómo se empalman y
enraciman los males con los bienes en esta vida humana, complejidad eterna de
llanto y de risa, de ansias coléricas y expansiones de júbilo. ¿Qué creéis que
en mi casa encontré al volver a ella con bizmas y parches? Pues la credencial
que meses antes había solicitado de Llano y Persi. Bendije la risueña
credencial; bendije al Destino y a Dios, inspiradores del próvido Sagasta, sin
acordarme de que dos días antes habíale disparado un dardo periodístico
hablando de su tupé, de su frescura y otras zarandajas. ¡Cosas de la vida! La
vida es pasión, contrastes, fuga [43] veloz de corazones duros, de corazones
tiernos, toma y daca de arañazos y caricias. Y el mundo marcha... y el sol sale
todos los días. Vivid, humanos, en la dulce alternativa del odiar y el querer.
Mi primer pensamiento
al verme colocado fue ocultar mi felicidad a Mateo Nuevo, a Santamaría y demás
amigos políticos. Luego lo pensé mejor y abominé del tapujo, que, además de ser
inútil, me habría colocado en el listín de traidores o siquiera sospechosos.
Franqueado con mis amigos, que conocían la distancia que la Fatalidad había
puesto entre mi boca y el pan, alentáronme a envainar mi dignidad, previa
declaración de que sería más federal hoy que ayer, y mañana más que hoy... El
mundo marchaba y yo con él derechamente a mi bienestar, porque para colmo de
ventura, me dijo Llano y Persi que yo no tenía que ir a la oficina más que a
cobrar, el primero de cada mes.
Encerrado permanecí
en mi leonera esperando a que fueran menos visibles en mi cara los achuchones
de la reciente trifulca. Apenas puse el pie en la calle fui a ver a Llano y
Persi, el cual me dijo que deseaba llevarme a la redacción de La Iberia. Quedé
perplejo. No quería disgustar a Llano, uno de los hombres más nobles y
generosos que he conocido, ardiente liberal y patriota desinteresado; no me
agradaba ser redactor de un periódico rabiosamente ministerial, un cuerpo
anquilosado de la opinión que sólo a la defensiva funcionaba, desaborido y
sermonario, [44] sin vis política, ni gracia ni literatura. En tal indecisión
pedí a mi buen amigo plazo de tres días para decidirme... Y aconteció que en
aquella semana se acumularon sobre mí, como aluvión de un Destino caprichoso,
multitud de sucesos raros y sorprendentes.
Entre aquellos
halagos de una fatalidad benigna, menciono la visita del amigo citado por mí en
las primeras páginas de esta relación, el excelente chico isleño con quien
trabé amistad en la casa de huéspedes donde vivimos desde el 66 hasta el 70...
No vino el tal a mi casa por visita de cumplido, ni por ociosa charla; vino a
proponerme que fuese a trabajar con él en El Debate, fundado a principios del
año por José Luis Albareda. La verdad, me sedujo la proposición, por el
modernismo y buen tono de aquel periódico, y con esto y una sola consulta con
la almohada, quedé libre de mis dudas y me desligué del pendiente compromiso
con Llano y Persi... No poco se holgó el isleño de mi resolución, y al día
siguiente nos fuimos gozosos al pisito bajo de Trajineros, donde estaba El
Debate, y en otro cuarto del mismo piso tuve el gusto de hablar con Albareda, a
quien yo no conocía más que de vista y fama.
Por las Once mil
Vírgenes, que me fue muy simpático el caballero andaluz. Hombre más salado no
he visto, y si en la primera visita me cautivó por su gracejo, cuando el trato
afinó mi conocimiento, le admiré por su talento macho y por la viveza con que
percibía [45] y atrapaba las ideas políticas culminantes en cada día, y la
claridad con que veía la fase de razón de esa idea, la fase de oportunidad y la
fase de peligro... Inspirado por José Luis, que así le llamaban sus íntimos,
escribía yo de todo: teatros, vida social, política. El fundador leía nuestros
artículos, y si le gustaban nos elogiaba desaforadamente. Cuando, según él, lo
hacíamos mal, nos trataba como perros.
Prevínome el isleño
contra las hipérboles de Albareda. «Ni cuando te pone en los cuernos de la luna
te envanezcas, ni demasiado te aflijas cuando te trata a zapatazos». Un día que
escribí muy a su gusto una croniquilla de salones elegantes, alfonsinos y
católicos, me dijo así: «Tiene usted más talento que Dios». Al día siguiente le
desagradó un suelto político, y al entrar en su alcoba, oí que decía, por mí:
«A ese judío enano le voy a dar cien patadas». Su enojo pasaba como el humo y
se desvanecía en donosas ocurrencias. Nos quería, y le queríamos. Para mí era
el periodista ideal. Cuando nos llamaba para sugerirnos alguna idea, con igual
confianza nos recibía en su alcoba, recién dormida la mañana, que en la próxima
pieza donde le veíamos bañarse en pelota, tomar ducha por regadera, y hacer
luego su toilette de persona pulcra y elegante, todo esto hablando de lo humano
y lo divino con singular donaire ceceoso, apuntando la idea política o el
juicio picante de cosas y personas. [46]
Era nuestro
inspirador y Mecenas partidario ferviente de la Conciliación, y apoyaba con su
periódico el primer ministerio de don Amadeo, armadijo de unionistas y
radicales. Creía el buen andaluz que se hundiría el mundo en cuanto los dos
concertados puntales de la situación se cayeran cada uno por su lado. Y si esto
creía el maestro, o si no creyéndolo lo afirmaba, de su caletre al nuestro lo
transmitía por razones de puro arte político. Yo no pensaba como él en lo
tocante a la Conciliación, que infecunda me parecía, pues cada una de las dos
partes a la otra estorbaba para toda labor eficaz. Pero me guardaba de
manifestarlo a mi jefe, que me habría soltado el chorro saladísimo de su
verbosidad andaluza. Yo pensaba en ello y me decía: «Algún motivo tendrá este
hombre para patrocinar con tanto ardor la forzada coyunda de los dos partidos,
y para fundar un periódico con el fin exclusivo de sostenerla». El Debate araba
la tierra política sin lograr la derechura del surco, porque ni el buey
unionista ni el buey radical se avenían a tirar del arado con igualdad.
¿Romperían el yugo?
Lo rompieron, sí
señor, bastantes días después de entrar yo en El Debate; pero antes de referir
esto, traeré a colada otras materias para no disgustar a los devotos de la
exacta cronología. De asuntos privados, confundidos con los públicos hablaré,
para que resulte la verdadera Historia, la cual nos aburriría si a ratos no la
descalzáramos del coturno para [47] ponerle las zapatillas. ¡Cuántas veces nos
ha dado la explicación de los sucesos más trascendentales, en paños menores y
arrastrando las chancletas! Y vais a verlo.
- V -
Sabréis, amigos, que
mi conquista de aquellos días (que no consigno por orden numérico porque he
perdido la cuenta) me deparó una moza bravía y algo hombruna, morena y
agitanada, más alta que yo en cuarta y media, gallardísima, de ojos bonitos y
más bonitos morros, la cual me juró amor eterno y fidelidad, siempre que yo le
mantuviese el pico y con decencia la vistiera, sin interrupciones de ayuno y
desnudez. Trájome Celestina aquella hermosa bestia, diciéndome que era su
prima, y yo le di el gobierno de mi casa y la soberanía de mi persona. Vivíamos
felices. Felipa, que así se llamaba, natural de las Peñas de San Pedro, era una
fuerte trabajadora en los menesteres más duros de la vida doméstica; lavaba la
ropa y los suelos y toda la casa con verdadero frenesí; guisaba con abuso de
especias y picantes, y hablaba con estridor de gritos y libérrimo
vocabulario...
Naturalmente, mis
relaciones con Felipa trajéronme nuevas amistades y trato con personas del
propio jaez. Conocí a otra mujer, muy bonita por cierto, pelo rojo, figura
delicada. [48] Aunque el tipo, lenguaje y modales de Lucrecia (¿nombre
verdadero o postizo?) eran tan distintos de los de Felipa, tratábanse las dos
mujeres con familiar intimidad... Tras Lucrecia compareció en nuestras
tertulias un hombre ordinario, disfrazado de elegante, estrenando ropa, mal carado,
y hablador verboso, insubstancial y cínico de asuntos que no entendía.
De esta sociedad,
llamémosla así, que a mi albergue acudía, pasamos a otras, yendo Felipa y yo a
tertulias amenas en casas donde conocí y reconocí caras bonitas y feas, y
encontré amigos entre sujetos que veía por vez primera. No se crea que era la
mansión de Celestina ni otra semejante. Algo se celestineaba allí, es cierto,
por bajo cuerda, y más que algo se le tiraba de la oreja al amigo Jorge; el
tono general era de semi-decencia o medio-mundo, y algo de armas al hombro.
Útiles enseñanzas de la vida y del mundo adquirí en aquel extraño beaterio.
Oyendo aquí y adivinando allá, vine a comprender que mi Felipa había sido
criada de Lucrecia, y que el fachoso cortejo de esta, adornado con gruesos
brillantes en pechera y sortijas, era jugador de profesión, y poseía en Madrid
pingües chirlatas. Otras muchas rarezas vi y observé, que no cuento a mis
buenos lectores porque quiero irme derecho al asunto de más interés. Una mujer
entró allí, la Tía Clío, con mantón y delantal, arrastrando gastadas pantuflas en
chancleta. Mirándola en tal guisa y desgaire, tardé un rato en reconocerla, y
me [49] dije: «yo he visto a esta vieja en alguna parte».
Y en el mismo
instante se destacó del grupo principal de la tertulia un señor inflado, calvo
y herpético que me llevó aparte para reanudar conmigo una conversación
entablada la noche anterior. Aquel sujeto llevaba frac, no por llevarlo allí,
sino porque de allí se iba al Teatro Real. «En El Debate está usted muy bien
-me dijo-. José Luis es listo, bien relacionado, y sabe mirar por los que le
sirven, y abrirles camino para las buenas posiciones políticas. Un sueldecito
regular no le faltará a usted... El periódico está bien hecho: me gusta
mucho... Y vivirá: su vida está asegurada para largo tiempo. Hay dinero, amigo,
hay dinero a granel. ¿Sabe usted de dónde vienen los monises?... Pues vienen de
Cuba... ¿Por qué abre tanto esa boca? De Cuba, sí, señor. ¿Pero usted cree que
hay en España dinero que no venga de la perla de las Antillas?... ¿Qué... lo
niega usted?».
-No señor, no niego
ni afirmo nada: oigo.
-Pues oiga usted más.
El dinero lo mandan los ricos hacendados de la Isla para crear aquí una opinión
favorable a sus intereses. Considere usted, joven, lo que son los intereses en
aquel país tan rico, y tan desatendido por estos Gobiernos. Los buenos
españoles de allí quieren que no se precipite el Gobierno en echarles reformas
y reformas. Sobran aquí sabios, oradores, y el buen sentido se cotiza muy bajo.
Quieren los buenos españoles que si se ha de quitar la esclavitud, [50] nos
contentemos ahora con el vientre libre, dejando lo demás para mejores tiempos.
Si así no se hace, peligrará la riqueza, la propiedad, y los ingenios serán
pronto montones de ruinas... Para meter estas ideas en las cabezas alocadas de
acá, los hacendados desean tener aquí órganos de la opinión sensata... Hacen
ellos su cuestación, reúnen una porrada de miles de pesos y la mandan acá.
Ahora viene el dinero a las manos de don Manuel Calvo, que está en Madrid. ¿No
le conoce usted? Vive en casa de Lhardy. Es la única persona que Lhardy
aposenta en su casa... De las manos de Calvo pasa el dinero a las de don
Adelardo Ayala, que lo distribuye... porque no es sólo El Debate el que cobra
por defender la buena causa. ¡No he visto yo pocos fajos de billetes pasar de
las manos de don Manuel a las de don Adelardo! ¿Qué, se asusta, Tito? ¿Es usted
de los españoles pacatos que tiemblan y se descomponen cuando oyen hablar de
gruesas cantidades?
-No me asusto, señor
-le dije-; me asombro y casi me indigno de que se suponga a mi jefe capaz de...
-¡Ay qué gracia!
-exclamó el herpético rompiendo en franca risa-. ¡Pero si Albareda no pierde
con ello ni un átomo de su honradez; si esto es lo más lícito, lo más
meritorio, lo más...! Albareda es un amable filósofo, que se adelanta a su
época. Si a él le conviene tener un periódico defensor de su política, ¿qué mal
hay en recibir auxilio de un grupo de buenos españoles que miran [51] por su
patria? Me consta que el dinero pasa por las manos de Albareda sin que nada se
pegue en ellas.
Aquel hombre, que,
según dijo, venía de comer en Lhardy, hablaba con salpicaduras de saliva y un
galopar tumultuoso de los conceptos. Creí advertir en su lenguaje los efectos
de un mediano exceso en la bebida. Sin venir a cuento, sacó un largo puro
habano, diciéndome: «Tome este tabaco. Es de los de regalía». En seguida me dio
otro, y cuando yo creía que tomaba aliento para seguir despotricando, se
levantó, dejándome con mis observaciones atravesadas en la boca... Le vi
acercarse a las que llamaremos damas por no saber qué nombre darles, y se fue
no sé por qué puerta... Acerqueme entonces a la Tía Clío con avidez para
interrogarla, y me volvió la espalda, volteando su anchuroso cuerpo, pobremente
vestido... Y al instante, sin decirme una palabra, sin dejar tras de sí otro
rumor que el de sus chancletas sobre la gastada esterilla, desapareció. Mis
ojos la buscaban; buscándola la perdieron de vista. En medio de la sala quedeme
perplejo y apenado... Cogí de un brazo a Felipa y le dije: «Ven, vámonos de aquí,
mujer, que en esta casa hay duendes».
Me guardé bien de
contar a don José Luis lo que había visto y oído, tal vez soñado. Tratando en
largos días al maestro y a sus amigos, llegué a la certidumbre de que El
Debate, como otros periódicos de Madrid, vivía de la savia cubana. Esta pasaba
por las [52] manos de Albareda sin que en ellas quedaran ni partículas del
precioso metal. Todo era poco para el cuerpo y el alma de la publicación
(imprenta, papel, redactores). El hombre que sostenía con fatigas y el apoyo de
sus amigos La Revista de España, fue un grande y desinteresado propulsor de la
cultura de este país. Fue el más aristócrata de los periodistas y el más
elegante de los políticos. Las campañas que él inspiraba llevaron siempre el
sello de distinción exquisita. En contacto constante con la gente linajuda se
mantuvo fiel a los ideales de la soberanía de la Nación; era conservador a la
inglesa y predicador del self-government. Esta fórmula y los motes de los dos
partidos, fundamento y piezas principales de la máquina política, los torys y
los wighs, no se apartan de su boca andaluza... Y viviendo entre millonarios
siempre fue pobre, y en la pobreza se deslizó su vida, que muchos tenían por
ociosa y era muy activa. Mujeriego, taurófilo y deportista, tenía tiempo para
todo, hasta para demostrar con hechos que el talento fecundiza la misma
frivolidad, y de ello sacan frutos preciosos la razón y el ingenio.
A propósito de
ingenios quiero hablar del conocimiento que en El Debate hice con varios
sujetos que lúcidamente han figurado en las Letras y en el Periodismo. Los que
más vivos conservo en mi memoria son Rodríguez Correa y Ferreras... ¡Alto!...
Déjenme volver atrás. Necesito el desorden; la estricta cronología pugna con mi
temperamento voluble [53] y mis nervios azogados. Atención. Cuando llegamos a
casa pregunté a Felipa quién era el señor obeso y calvo, de frac, que me había
llevado aparte para hablarme a solas. Díjome que era un mozo de café o de
fonda, que se fue a La Habana y de allá volvió dándoselas de ricachón, o
siéndolo de verdad. De la Tía Clío, por cuya procedencia y oficio le pregunté,
díjome lo que a la letra copio: «Es una vieja medio loca que en el piso bajo
tiene una tienda de muebles, armas y papelorios antiguos. Lejos de aquí la
hemos visto vestida de señora con borceguíes de tacón dorado, y aquí se nos
presenta hecha un pingajo, con chinelas que dice fueron de una tal doña Urraca.
Charlotea de trifulcas que pasaron y de las que están pasando, y es una
criticona que no hace más que gruñir. Se va como viene, sin saludar a nadie y
diciendo no más que: 'Hasta ahora'. Y el ahora quiere decir siempre».
Hablábamos de esto
medio dormidos ella y yo, por lo cual quedó en mi cerebro aquella conversación
como cosa de incierta realidad, tocando en la frontera de lo mentiroso y
fantástico... Y a los pocos días caí enfermo de una fiebrecilla que empezó
leve, y por descuidarla hubo de parar en tifoidea, que a mí me postró por más
de tres semanas, y a Felipa dio mucho que hacer y que sentir. La pobre mujer,
creyendo que me las liaba, forcejeó con la muerte, y mientras esta tiraba de mí
para llevarme al otro barrio, mi coima tiraba con verdadera furia para dejarme
aquí. [54]
¡Qué días de
sufrimiento y qué noches de angustia! El único amigo que me acompañaba y a
ratos hacía de enfermero auxiliar de Felipa, era el isleño por cuya mediación
afectuosa entré yo en El Debate. No se concretaba su auxilio a las palabras
consoladoras y a la dulce compañía, sino que, a las veces, con su corto peculio
cuidaba de proveer el vacío portamonedas de Felipa... En la soporífera largura
de mis horas de fiebre me acosaban las visiones de la Tía Clío y del hombre
herpético que me contó la leyenda de los dineros de Cuba... Al fin,
restablecida poquito a poco la normalidad en mi caletre, entré en
convalecencia, fui tomando fuerzas, curé, y una tarde, cuando ya podía valerme
y saborear la lectura y la conversación, hablé de este modo a mi buen camarada
el isleño: «Por mucho que yo viva y prospere, no podré pagarte lo que en esta
ocasión, la más crítica de mi vida, has hecho por mí». Y él me respondió:
«Quién sabe si algún día me presentaré yo a cobrarte esta deuda, y tú, con
buena memoria, te apresures a pagarme».
Corrió el tiempo
arrastrando sucesos públicos y privados; se fue don Amadeo; salió por
escotillón la República, feneció esta, dejando el paso a la Restauración...
Reinó Alfonso XII; pasó a mejor vida. Tuvimos Regencia larga; se fueron de
paseo las Colonias y entraron a comer manadas de frailes y monjas... El niño
Alfonso XIII fue hombre; reinó, casó... Vino lo que vino: agitación de
partidos, inquietud social, prurito de libertad, [55] alerta de republicanos, guerra
con moros, semanas de fuego y sangre...
Pues en tan largo
estirón de la Historia, el hombre chiquitín que os habla vio caer sobre sí un
diluvio de calamidades. Pasó miserias, sufrió persecuciones; trabajó sin
descanso, repartiendo su voluntad entre las tareas de pluma y la conquista de
mujeres, únicas empresas en que le favoreció la fortuna. Errante anduvo de un
hemisferio a otro; fue empleado en Cuba, empleado en Filipinas, periodista que
jamás obtuvo recompensa, escritor que no llegó a conocer el galardón de la
fama. Siempre obscuro y desconsiderado, en sus retornos de América y Oceanía
vivió pobre en Madrid, vegetó en diversos pueblos y poblachos de provincia. En
el curso de esta odisea, alguna vez topó con su amigo el isleño; se
cumplimentaron y departieron sobre la buena o mala suerte de cada uno. Pero
llegó un día en que la conversación fue más larga y de mayor substancia, como a
continuación se verá.
En la Puerta del Sol
nos encontramos a los treinta y siete años justos del día en que tomó el
portante don Amadeo de Saboya. ¡Treinta y siete años! Muy pronto se dice; mucho
se tardaría en contar lo que pasó bajo las chinelas o el coturno de la Tía Clío
en trece mil quinientos cinco días. Yo, lejos de aumentar, había menguado de
talla; los pelos que me quedaban eran hebras de plata, y rostro y cuerpo
mostraban lastimosamente los zarandeos del tiempo. Mi amigo no llevaba [56] mal
sus años maduros, y su rostro alegre y su decir reposado me declaraban mayor
contento de la vida que el que yo tenía. Hablamos de trabajos y publicaciones;
díjele yo que había leído las suyas, y él, replicándome que algo le quedaba por
hacer, saltó con esta idea que a las pocas palabras se convirtió en
proposición:
«Una promesa
indiscreta oblígame a escribir algo de aquel reinadillo de don Amadeo, que sólo
duró dos años y treinta y nueve días. Tú y yo vimos y entendimos lo que pasó y
lo que dejó de pasar entonces. Tu memoria es excelente; sabes contar con
amenidad los sucesos públicos. Hazme ese libro, y con ello quedará saldada la
deuda de caridad que tienes conmigo. Puedes observar el método que quieras,
ateniéndote a la cronología en lo culminante y zafándote de ella en los casos
privados, aunque estos a veces llegan al fondo de la verdad más que llegan los
públicos. Puedes entreverar entre col y col la lechuga de tus conquistas; ya sé
que han sido innumerables, algunas acometidas y consumadas con temerario
atrevimiento y dramáticos peligros... Por este trabajo te pagaré lo que dio
Cervantes al morisco aljamiado, traductor de los cartapacios de Cide Hamete
Benengeli, dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, o su equivalente en
moneda, añadiendo el gasto de papel, tinta y tabaco en los pocos días que tardes
en rematar la obra... Dime pronto si aceptas, para cerrar trato contigo, o
buscar otro plumífero con quien pueda entenderme [57] para sacar al mundo la
vaga historia de Amadeo I».
Vacilé un instante,
mirando al cielo y a los tranvías que de un lado a otro pasaban, y acepté, y
con un apretón de manos sellamos nuestro compromiso.
- VI -
Y ya que sabéis la
razón de que yo escribiese lo que estáis leyendo, añadiré para mayor claridad
de este negocio, que el isleño me autorizó a contar la Historia como testigo de
ella, figurándome en algunos pasajes, no sólo como presenciador, sino como lo
que en literatura llamamos héroe o protagonista. A mi observación de que yo
tendía por temperamento y volubilidad natural a la mudanza de opinión, y a
variar mi carácter y estilo conforme a la ocasión y lugar en que la fatalidad
me ponía, contestó que esto no le importaba, y que la variedad de mis posturas
o disfraces daría más encanto a la obra.
Dadas estas
explicaciones, continúo mi cuento. En pleno verano del 71 se despegó con el
calor la Conciliación, retirándose cada parte por su lado con ganas de pelea.
No habían hecho nada. Al soltar sus cuellos del yugo, la emprendieron a
cornadas unos contra otros: «Ya ve usted, mi querido don José Luis -dije al
maestro-, lo mal que resulta el intentar que gobiernen juntos los que de [58]
su separación y diferencia sacarían la fuerza eficaz que pone en marcha la
máquina del sistema. Ya que tan enamorado está usted del turno inglés, hágase
la prueba de que gobiernen ahora los wighs con su programa y planes de reforma,
y que los señores torys aguarden con paciencia su vez».
Pero Albareda no daba
su brazo a torcer. Hombre agudísimo, que por imposiciones de la Fatalidad tenía
compromiso de abogar por el contubernio, desmintiendo su dilettantismo
anglómano, sacaba razones de su fértil ingenio, y me apabullaba con sofismas
deliciosos. Seguía yo defendiendo con mi fácil pluma el desbaratado armadijo,
tratando de recoger los pedazos para volver a pegarlos con la cola de mis
artículos. Pero por mi cuenta digo que los torys de acá eran la mayor calamidad
del Reino. De cepa unionista moderada, llevaban en la masa de la sangre los
vicios y las malas mañas de la rancia política y de la Administración
apolillada. Con necia fatuidad aseguraban que ellos solos poseían el secreto de
regir a la Nación, y que sin ellos todo era desorden y merienda de negros.
Conocía yo a un señor, inveterado unionista del 63 y 64, y siempre que nos
encontrábamos largábame un sermón, contrastando la omnisciencia de los suyos
con la ineptitud de la gente nueva. La síntesis era esta: «Nada, nada, amigo;
es cuestión de camisa limpia...». Según aquel inmenso congrio, la clave del
gobierno de España estaba en manos de las lavanderas y planchadoras. [59]
Divorciados el Ayer y
el Mañana, matrimonio de conveniencia, entró a formar Gobierno el Mañana, don
Manuel Ruiz Zorrilla, el más valiente y entero de los hombres de la Revolución,
popular cual ninguno por mirar de frente a los intereses del pueblo, voluntad
firme, corazón que ardía en el amor romántico de una España redimida. Sus
compañeros de Gabinete, llamándose demócratas, gastaban pecheras tan blancas y
lustrosas como las de los palaciegos mejor almidonados. No era cuestión de
camisas limpias, sino de cerebros lavados de roña y telarañas.
Un poquito atrás,
caballeros. Se me olvidó decir que en los tenebrosos y amargos días de mi
enfermedad fue la apertura de Cortes, y en el acto solemne leyó don Amadeo el
acostumbrado discurso, como todos los del ritual, enfático y pedantesco,
henchido de vanas promesas y preñado de hiperbólicas esperanzas. En boca del
Rey puso el Gobierno parrafillos en que este pudo vanagloriarse con sincera
bravura de su liberalismo, como de su respeto a la voluntad de la Nación. Con
entusiasmo loco recibió el anfiteatro estas lindas canciones, que trascendieron
pronto a las calles y el corazón de los adictos... Presidente de las Cortes fue
Olózaga por votación no muy nutrida. Ciento diez papeletas le colaron en las
urnas. La oposición era tremenda; entre federales, carlistas, moderados netos,
alfonsinos de solemnidad o vergonzantes, formaban una falange de complejos [60]
rencores que iban a una contra el Gobierno, el Rey y el Verbo divino.
Adelante. Reanudo el
hilo cronológico para deciros que Ruiz Zorrilla trajo a la política oxígeno
abundante y frescura de reformas por las que suspiraba el envejecido ser de la
Patria. Entró don Manuel con singular arranque a matar las rutinas; crujía la
Gaceta del empuje, y el radicalismo se estrenó con un sonoro triunfo. De aquel
Gobierno se dijo que era una República con Rey. ¡Lástima que no hubiera sido
cierto, y que no durara lo bastante para que se consolidase la utopía y se
hiciera verdad de carne y hueso! Los Ministros que don Manuel asoció a su obra
tuvieron éxitos redondos desde los primeros días. Don Servando Ruiz Gómez
realizó brillantemente una emisión de 220 millones en un papel que yo no he
poseído nunca, y que llaman Billetes del Tesoro, y un empréstito de 150
millones; Montero Ríos dio un buen tajo al presupuesto eclesiástico; el tan
modesto como entendido don Santiago Diego Madrazo ordenó las cosas de Fomento,
y Mosquera intentó lo mismo con las antillanas, que eran más duras de pelar.
El verano apoyó con
su calor esta vehemencia del zorrillismo, y todos íbamos viviendo... digo mal,
yo no vivía, porque no daba un paso sin pisar horrendas dificultades, por los
desniveles de mi hacienda, que ya me llevaban a la bancarrota inevitable. Así
como los Estados, en sus conflictos pecuniarios, acuden a los grandes
financieros [61] del mundo, yo, en mis apuros (secuela de mi enfermedad y otros
excesos), llamaba a las puertas de la Casa Rostchild (2), a las de la Casa
Lafitte. Mi sueldo y lo que yo ganaba en El Debate hablando pestes del
radicalismo, barajando los torys con los wighs, o bien preconizando como
heroica medicina de España el self-government, todo esto y algo más se lo
llevaba la Casa Rostchild, un roñoso prestamista de la plazuela del Alamillo,
que en diferentes crisis metálicas me había facilitado algunos millones o
puñados de maravedises... Ahogado ya, puse mis paralelas a otras opulentas
casas judaicas, y como estas me mandaran a escardar cebollinos, fui y qué hice,
contratar un empréstito de diez duros, a corto plazo, con Baring Brothers de la
City (en Madrid, callejón de San Cristóbal); mas no habiendo podido cumplir, me
dieron un escándalo, y a la escandalera se agregó la Casa Rostchild, y entre
todas aquellas casas me dejaron, como quien dice, en cueros vivos; buena moda
para verano.
A estos males se
sumaron otros, que por ser de calidad afectiva dolían y amargaban más, y fue
que Felipa empezó a mostrarse displicente y a renegar de mi estado financiero.
Aunque me adoraba, según decía, no se sentía con fuerzas para vivir del aire
como los camaleones, y en sus actos y aun en la palabra, notaba yo el propósito
de poner entre mi descarnada pobreza y su gallarda persona la distancia que
impone el instinto de conservación. A cada momento, por un daca o por un [62]
toma, nos peleábamos... El regaño gordo vino al cabo, y la vi recoger su ropa
para marcharse a vida menos ruin. Como yo observara que alguna prenda de su uso
dejaba en casa, pensé que preparaba un artificio para volver... Al verla salir,
tomé una actitud de dignidad severa, sin desplegar los labios ni alterar mi
adusto entrecejo...
Al día siguiente supe
que se había hospedado en una casa donde la honestidad no tiene su asiento...
Como yo esperaba y temía, volvió... Burla burlando nos enredamos en
reconvenciones, más eres tú y que torna, que vira... Con furia un tanto
grotesca Felipa me cogió de improviso doblándome por la cintura en la
disposición de darme lo que llaman en Cuba un boca-abajo, y con la palma de su
mano dura me arreó tal azotina en semejante parte, y luego tales estrujones en
la espalda y cabeza, que olvidé mi condición varonil para chillar como un niño.
Concluyó el castigo poniéndome en pie y zarandeándome. «Aunque me voy, pizca de
hombre -me dijo cogiendo la puerta-, no creas que te dejo campar solo... ¡Qué
sería de este pobre Tito sin mis azo... titos!...».
Al siguiente día
recibí por un mozo de cuerda un paquete conteniendo entre papeles un terno de
lanilla de los que en El Águila valen cinco o seis duros. No era nuevo, pero sí
en buen uso, comprado a una prendera, o en el Rastro. Debió de pertenecer a un
niño de catorce años, y a mí me venía como si me lo hubieran hecho por medida.
En un bolsillo [63] del chaleco encontré dos pesetas envueltas en un papel. La
procedencia del regalo ninguna duda me ofrecía. Antes que el mozo me diera las
señas de la donante, reconocí a Felipa, que era una bestia muy delicada...
Pues, señor, me
endilgué al instante mi trajecito, que me caía muy bien, y salí a la calle
gustoso de exhibir en ella mi persona, recluida por falta de vestimenta... Y
bien podría mi buena sombra depararme una conquistilla que me consolara de
tantos infortunios... Después de pasear un rato por las aceras, caldeadas del
sol, volví a casa, donde reparé mi organismo con el frugal comistraje que me
aderezaba la portera. Fuime después al Café Oriental, y me arrimé a la tertulia
de don Santos la Hoz, Roque Barcia, Rispa Perpiñá y otros desinteresados
patriotas. Sólo estaba el primero, y con él me explayé hablando de la situación
y poniendo la persona de Zorrilla sobre el cuerno de la luna.
Ya sabéis que don
Santos la Hoz era un curita que condenó a garrote vil sus hábitos, metiéndose
de lleno en la vida laica y en el torbellino de la política, primero
progresista, después republicana. Mezquino de cuerpo, ahilado de rostro, en el
cual dejó crecer patillas y un lacio bigote; suelto de nervios y más suelto de
palabra, don Santos ponía en la política toda la honrada vehemencia que su alma
no pudo encontrar en la vida eclesiástica... Había cambiado de tema, de norte y
de ideales; pero su estilo era el mismo, y en los clubs tenía dejo y tonos de
predicador; [64] en el café, delante del licor negro y humeante, movía las
manos y miraba al vaso como un grave sacerdote que está diciendo misa.
«Esto va muy bien -me
dijo mirando a un periódico que al lado tenía, como si estuviera leyendo la
Epístola-. Si don Manuel sigue por el camino que ha emprendido, la democracia
forzosamente ahogará la Monarquía, y don Amadeo tendrá que volverse a su tierra
diciendo: 'Españoles, habéis demostrado que merecéis la República...'. La
benevolencia se impone. Pi Margall, Castelar y Barcia, que forman el
Directorio, dirán a las masas en el manifiesto que preparan: '¿Hemos de tratar
con igual rigor a los que nos dan condiciones de vida y de progreso, y a los
que pugnan por quitárnoslas?'. En fin, yo estoy contento. Esto marcha... Claro
es que Sagasta y el Duque pondrán en el camino de don Manuel chinitas y
peñascos... pero, amigo, todo lo vence amor o la pata de cabra, todo lo vence
el principio sacrosanto de libertad, ese rayo de Dios, esa palanca, esa
panacea...».
Nos burlamos luego de
los carlistas, diciéndoles ante el mármol de la mesa del café: «Venid, echaos
de una vez al campo... Así os aniquilaremos más pronto». Nos reímos de las
damas católico-alfonsinas. Ya podéis guardar en vinagre o en alcohol a vuestro
niño. La Patria le rechaza (frase de Castelar), como el mar arroja a la playa
los cadáveres... Y dicho esto, nos quedamos tan frescos, con permiso del calor
que nos abrasaba. [65] Don Santos pagó mi café, y yo me fui a la calle... ¡Oh
calle, única delicia y recreo del hombre tronado!
El verano se me
presentaba fosco y aterrador. Casi todos los amigos que podían aliviar mi
penuria, habían echado a correr. Para mayor desdicha, la inacción veraniega
metió a El Debate en el pantano de las economías, y a mí me tocó el ser uno de
los licenciados hasta otoño. El isleño se fue a Santander, Albareda a tomar los
baños de Dax, y yo no tenía santo a quien poner una vela... Ferreras y Correa,
¡ay de mí!, también levantaron el vuelo. Lleneme de paciencia, y me vestí de la
coraza del estoicismo. Hallaba consuelo en mi fatalismo musulmán, el cual en
aquella triste ocasión me decía: «Está escrito que por desconocida senda te
vendrán satisfacciones y venturas...».
En largos y calurosos
días esperé, mirando a la esfinge del Mañana. Por pasar el rato escribía gratis
en La Igualdad y en La Ilustración Republicana Federal. Tenía esta su redacción
en la Plaza de la Cebada, 11, y la dirigía Rodríguez Solís. En la lista de los
colaboradores figuraba todo el santoral republicano, con los pontífices a la
cabeza; pero los más constantes eran Roque Barcia, Roberto Robert, Ramón Cala y
otros de vago y hoy olvidado nombre. Tanto como me encantaban Robert y su
acerada sátira, me entristecía don Roque con su literatura bíblica y
orientalesca en rengloncitos de este jaez: «Avanza, hombre loco, y dime: ¿cuál
[66] es tu sino?...»; y el hombre loco y pálido responde: «Mi sino es llorar
hoy el Pasado, que no quiere volver y vuelve. -Retírate, Pasado, y no olvides
llevarte tu manto de tinieblas. -Adiós, hijos del día; la luz en que vivía me
daña. Adiós». ¡Y había lectores, entre ellos mi portera, que se deleitaban con
estas cosas!
En La Ilustración
Republicana Federal me aclimataba yo más que en La Igualdad, pues aunque en
ninguno de los dos periódicos ganaba un real, en el primero tenía de director
al bueno y cristianísimo Rodríguez Solís, que solía convidarme a comer en su
modesta casa, llenándome el buche para un par de días. A las veces, llevábame
Roberto Robert a Lhardy, un espléndido bodegón que radica en los sótanos de la
Plaza Mayor, y tiene su entrada suntuosa por Cuchilleros, en lo más bajo de la
Escalerilla. Dábannos allí cocido, judías u otro plato suculento; y
amenizábamos el festín con el dulce murmurar, comentando la vida social o
política. Recuerdo que en aquel Lhardy apuramos una tarde el tema candente de
las Cacerías de Riofrío. No se hablaba de otra cosa. Persiguiendo venados con
el Rey, Serrano conspiraba para derribar a Zorrilla, al mes de subir este al
poder. No sería verdad; pero el público, ávido siempre de novedades, se hartaba
de aquella comidilla... Las cacerías fueron y son los más seguros vedados para matar
las grandes reses políticas.
Pero don Manuel
seguía tan terne, sin que [67] le alcanzaran los tiros, si acaso los hubo, ni
cuidarse de ellos. Por aquel tiempo, si no me falla la memoria, visitó a su
hermano el Príncipe Humberto, heredero de la corona de Italia. Estuvo en La
Granja, en Madrid y en Toledo y Sevilla. Al despedirle, nuestro Presidente del
Consejo oyó de labios del huésped ilustre estas palabras de felicitación, que
recordaba siempre con orgullo: «Deseo para mi hermano y su dinastía diez años
de gobierno radical».
Grabada con letras de
oro quedó en mi memoria esta frase, porque la oí de la boca dulce y colorada de
una dama, de una mujer... que... Leed, os lo suplico, leed a renglón seguido mi
nueva conquista.
- VII -
Doña María de la
Cabeza Ventosa de San José, a quien respetuosamente inscribo con el número
tantos en mi amoroso Registro, era una dama fresca y agraciada, de negros ojos,
risueña boca, lucidas carnes, poseedora de dos tiendas de telas, una en la
calle de Toledo y otra en la Concepción Jerónima, donde habitualmente residía.
No diré que fuese una cabal hermosura; pero sí que tenía lo que llamamos un
gancho fisionómico, un garabato facial, un mirar pillín y un fruncimiento de la
boquita que a todos cautivaba, y con tal gancho a mí me pescó el alma,
inspirándome [68] una pasión que no vacilo en llamar volcánica.
¿Cómo la conocí? Pues
los vaivenes de mi miseria me llevaron de nuevo hacia Córdoba y López, y Mateo
Nuevo, que quiso arreglar mi complicada cuenta con la Casa Rostchild de
Alamillo Square. Algo se aflojó con aquellas gestiones el dogal que me apretaba
el pescuezo; respiré un poco, y por derivaciones naturales hice conocimiento
con un vejete gracioso y pío, que llamaban Plácido Estupiñá, corredor de
dependientes de comercio, el cual me exhortó a dejar la pluma por la vara de
medir, y la literatura por la contabilidad mercantil. Intercedió noblemente con
las opulentas casas de banca para que me dieran mayor respiro, y llevándome de
tienda en tienda, di con mi persona en la de doña María de la Cabeza, que
precisamente, ¡oh felicísima casualidad!, necesitaba un chico que supiera
llevar cuentas. ¡Cielos divinos!, aquel chico fui yo. ¿Era sueño, era realidad?
Estupiñá fue el alado mensajero de la Providencia que me llevó del abismo de la
desesperación al pináculo de mi ventura.
Del gusto que me dio
el verme admitido por doña Cabeza y aposentado en su propia casa, me puse muy
malo, me entró fiebre, atacome la tos ferina con quebranto de todo el cuerpo.
Me metieron en cama; mi admirable patrona y principala me llevaba calditos,
infusiones, alguna golosina para llamar el apetito, apelando a las friegas para
desvanecer los dolores erráticos. Mi gratitud hízome ver [69] en la señora un
ser divino, quizás la propia esposa de San Isidro Labrador, Santa María de la
Cabeza, cuyo glorioso nombre llevaba. ¡Vive Dios, que antes que el nombre las
igualaba y confundía la santidad!... Cuando me dieron de alta y me levanté,
poniéndome la ropa limpia, lavada en mi nueva casa, me sentí inundado de una
luz celestial y abrasado en fuego de inspiración. El alma se me quería salir
por ojos y boca para ofrecerse con sublime rendimiento a doña Cabeza, como
galardón de sus divinas bondades e infinita misericordia.
Yo soy un hombre que
no sabe disimular sus sentimientos. Soy todo un torrente para la sinceridad, y
un águila para poner en ejecución, sin perder instantes, lo que me dicta mi
conciencia. Consecuente conmigo, me arranqué, como suele decirse, de una vez, y
le solté a mi doña Cabeza una declaración de amor tan coruscante y ardorosa,
que la buena señora se quedó asustadica, vacilante entre la risa y el asombro.
Notando yo que no era la dama tan fácil al asedio, avivé el fuego de mi
oratoria, echando en él llamaradas de locura, sutilezas de poesía, y conceptos
que doña Cabeza oía quizás por primera vez en su vida... Y el efecto se produjo
al fin. Al través de los espesos vapores que, a mi parecer, levantaba mi
apasionado lirismo, observé que el rostro de doña Cabeza se ponía muy serio,
que en su boca graciosa expiraba la última risa, que aparecían después unos
pucheritos muy monos... y [70] que la interesante señora, enmudecida por la
emoción, me mandaba callar... ¡Ay, qué pillo!
Aunque doña Cabeza me
dijo aquella tarde que se vería en el caso de despedirme de su casa, en tal
forma lo dijo, y con tal mimo de quiero y no quiero, que me tuve por vencedor.
Debo declarar que mi pasión era sincera, y que mi protectora se hacía dueña de
todo mi ser. ¿Había encontrado mi felicidad y la solución de los graves
problemas de mi vida? Tal vez... A los tres días de aquella mi flamígera
declaración, desesperado vuelo de un alma que huye del vacío, aseguré y celebré
mi triunfo. Loco de orgullo juré amor eterno, fidelidad hasta la muerte. Y
cuando a este culminante fin llegaba, un desengaño enfrió mi entusiasmo. María
de la Cabeza no era viuda, como presumí viéndola vestir de alivio. Por ella
supe que su viudez consistía en vivir separada de su esposo, un perdido
criminal, con méritos bastantes para ir a presidio. En Madrid andaba el tal: su
mujer le pasaba un duro diario, y de vez en cuando le pagaba las trampas; pero
antes muriera que admitirle a su lado. La riqueza, las tiendas y alguna finca
rústica eran de ella. No refiero lo que Cabeza me contó del engaño y disparate
de su casamiento, porque no añade ni quita interés a esta verídica historia.
Si me afligió por un
lado el saber que mi dama no estaba capacitada para segundas nupcias, me agradó
mucho conocer su abolengo [71] liberal, rancio y clarísimo, como esas
aristocracias cargadas de blasones. Mi señora era nieta, por parte de madre,
del gran don Benigno Cordero, espejo de milicianos, que inmortalizó su nombre
en el Arco de Boteros, hoy 7 de Julio; sobrina, en segundo grado, de Calvo
Asensio, y en tercer grado, de don José Abascal. Parentesco lejano tenía con
Mariana Pineda, y cercano con don Vicente Rodríguez y don Juan León Moncasí. Su
padre, don Lucas Ventosa, fue uno de los más leales amigos de Espartero, íntimo
de don Evaristo San Miguel y de don Ramón de Calatrava. En su casa, y en la de
sus padres, Cabeza se pasó parte de la vida bordando banderas para los
batallones de milicianos. Era la encarnación del ideal progresista, y en sus
dos tiendas se refugiaron una y mil veces los cabildeos electorales y aun los
tapujos revolucionarios. Toda esta tradición cálida y candorosa se fue acumulando
en la cabeza de mi doña Cabeza, tan entusiasta de Prim, que lloró tres días
cuando le mataron. Muerto el héroe, la idolatría de mi dama vino a condensarse
en el único santo que, a su parecer, representaba las glorias del Progreso, don
Manuel Ruiz Zorrilla.
Yo también me volví
radical como el mismo don Manuel, o como su trompetero Ángel Fernández de los
Ríos. Fuera de esto, yo estaba en la gloria, bien comido, bien bebido,
admirablemente apañado de ropa, y satisfecho en cuantas necesidades y estímulos
constituyen la vida espiritual y fisiológica. El [72] marido de Cabeza, Serafín
de San José, no me inquietaba gran cosa. Alguna vez me tocó despacharle con
tres pesetas o un duro, sacados del cajón; era un cínico silencioso que a su
degradación ponía máscara de prudencia. Más me inquietaban algunos parientes de
Cabeza que se retraían de visitarla, reprobando así discretamente su irregular
trato conmigo. Y mayor zozobra que el despego de los primos y agnados me causó
la insistencia con que paseaba la calle un sujeto alto y zancudo, de color
cetrino, barba negra, nariz tajante, con lentes que daban no poca impertinencia
a su mirar fisgón, bien vestido, la chistera un poco ladeada. Advertí un día
que al pasar le saludó Perico Luna, que solía tertuliar en mi tienda.
Interrogué al amigo,
que así me dijo: «Es un tal Alberique, amigo de Madoz, empleado que fue en La
Peninsular. No tiene hoy más oficio ni más beneficio que pintar la mona y hacer
el oso». Por algo más que se escapó a la discreción de Luna, y otro poco que me
indicó Roberto Robert, sospeché que aquel tipo había sido mi antecesor en los
blandos afectos de mi señora doña Cabeza. No necesité saber más para decidirme
a espantar al enojoso estafermo. Elegida la ocasión más favorable, salí a la
calle una mañana, y me encaré con el cargante individuo. A quemarropa le di el
quién vive en la forma que cuento, y no es jactancia: «Caballero, quiero saber
qué se le ha perdido a usted en esta parte de la calle, y qué motivos tiene
para [73] montarnos la guardia. Si es policía, dígalo y se le dará una
propineja para que no moleste tanto».
-Señor enano de esta
venta -me replicó zumbón, ajustándose los lentes en la nariz huesuda y
poniéndose en facha-, yo estoy en mi derecho cogiéndome parte de la calle o la
calle entera, y usted váyase a medir percales, y déjeme en paz.
-Si usted me insulta,
le diré que voy a coger la vara para medirle a usted las costillas.
-Antes me insultó
usted a mí llamándome policía y ofreciéndome propina... Si usted no fuera tan
chiquitín le pediría cuenta de sus ridículas arrogancias. Conozco su nombre y
condición. Por si usted no sabe quién soy y cómo las gasto, ahí le dejo mi
tarjeta. Como usted no trae tacones altos, y ha salido en zapatillas, tengo que
inclinarme para que la tarjeta pueda llegar a sus manos.
Tomé la tarjeta, y
leí: Modesto Alberique, representante de la Sociedad Belga Constructora de
cierres mecánicos. Esgrima, 3. Y viéndole partir con aire jaquetón, le dije con
el pensamiento: «Ya te daré yo a ti cierres mecánicos, farsante». Volví a mi
tienda, y nada dije a Cabeza, que estaba en el principal, en manos de su
peinadora. Era tan firme mi resolución de mandarle los padrinos al infatuado
virote que me ultrajó groseramente, que no pasó la tarde sin pensar en los
amigos que debía escoger para función tan delicada. [74] Andando en esto, supe
que mi rival era un poco espadachín, o que de ello presumía. Mejor que mejor.
El lance había de ser duro. Mi amor propio no consentía otra solución que matar
a mi contrario, y quedar yo airoso y arrogante, cantando el quiquiriquí en mi
gallinero.
En las tertulias de
mi tienda menudeaban los noticiones y las profecías políticas. Oigan lo que me
dijo aquella tarde, o la siguiente, un amigo nuestro, inveterado progresista
semi-fósil: «Parece que se conspira de lo lindo. ¿Qué hay de La Granja? Pues
hay...». Diciendo esto mostraba un fajo de periódicos, entre los cuales vi El
Imparcial, El Debate y La Política. El corresponsal del periódico del señor
Mantilla contaba que la Reina María Victoria había salido como escapada del
Real Sitio, llevándose a su marido... Hay más: «El Brigadier Palacios,
Comandante General del Real Sitio de San Ildefonso... ¡oído a la caja!, arrestó
al joven Díaz Moreu, oficial de Marina, ayudante de Su Majestad». ¿Por qué
creerán ustedes? Porque siguió demasiado cerca a don Amadeo. Pero El Imparcial
trae otra versión. Oigan: La causa del arresto del ayudante fue que este saltó
una zanja con más presteza que el Brigadier Palacios. ¿Quieren decirme ustedes
qué significa esto de Reina fugada, y de arrestos y zanjas? Pues el corresponsal
de La Política salta otra vez con la cuenta de cuarenta y ocho reales que no ha
sido abonada al dueño del Hotel Europa de La Granja, el señor [75] Davide
Macchino. ¿Qué es esto? ¿Quién me compra un lío? Hame dado en la nariz,
señores, olor de barraganía... Estas cosas tan raras y esta cuenta sin pagar, y
el Rey que escapa con la Reina, ¿no os señalan un rastro? Seguid el rastro,
seguid la pista, y encontraréis una res que dicen es hermosa, yo no la he
visto... la dama de las patillas.
Tomó entonces la
palabra don Francisco Bringas, otro de los asiduos a mi tienda, varón calmoso y
sesudo, colocado recientemente por Zorrilla en una modesta plaza de Fomento.
Asegurándose las gafas sobre la nariz, aquel hombre, que llamaban Monsieur
Thiers por la perfecta semejanza de su rostro y talle con los del celebérrimo
político francés, nos dijo que no era de buenos españoles sacar a colación a la
de las patillas, ni dar aire a los malignos rumores, de que se apacienta el
vulgo ignaro. El Monarca que nos regía, por obra de los 191 votos o por lo que
fuere, se menoscababa en su alta dignidad, traído y llevado en lenguas de la
gente ociosa. «Yo serví lealmente a doña Isabel -añadió-, y mientras comí su
pan, jamás permití que en mi presencia se dijeran las atrocidades que corrían
acerca de ella... Ahora, después de larga cesantía, debo un humilde destino a
don Manuel, colocación que viene encabezada con el nombre del Rey. Pues yo,
fiel a mis principios, no digo ni escucho ninguna cuchufleta en mengua del Jefe
del Estado. ¿Qué más? Ayer me vino Rosalía con el cuento de la señora
patilluda, [76] y yo le dije: 'Rosalía, hazme el favor de callarte la boca'.
Por mi decoro de funcionario público, por respeto al primer Magistrado de la
Nación, oigo esas anedoctas como fábula indecente. Y punto final».
-Tiene razón don
Francisco -me dijo Cabeza interviniendo en el coloquio con la bondad juiciosa
que era el mayor encanto mío-. Sí, amigo Bringas, fuera cuentos que bien pueden
ser falsos testimonios. ¿Qué nos importa que Su Majestad tenga un devaneo, y
que la tal gaste patillas o barba corrida? No demos aire a las habladurías, y
menos ahora que tenemos el progreso en el poder. ¡Y que está el Rey poco
contento, vaya! Por lo que he contado a ustedes de las palabritas del don
Humberto al despedirse, comprenderán que hay don Manuel para rato... lo que
digo: ¡don Manuel para rato!
Al anochecer
desfilaron los amigos, y antes de cenar di un salto al Casino Federal, para
conferenciar con mis padrinos, hombres inflexibles en materias de honor:
Córdoba y López, Ramón Cala... Pasaron tres días; el feroz Alberique no se daba
prisa para designar padrinos. Los míos iban en su busca; no le hallaban nunca
en su casa. Temimos que se lo tragara la tierra. Pero del centro de ella le
habría sacado yo para vapulearle públicamente y pregonar su cobardía. Por fin
dio la cara, y se concertó el duelo en las condiciones que imponía la gravedad
del caso. Y en los días que precedieron al terrible lance, mi señora doña
Cabeza mostró deseos de [77] que yo escribiese en Las Novedades, ensalzando
hasta las nubes a don Manuel, y declarándome radical monárquico, bajo el manso
poder de don Amadeo I. Claro es que yo no podía negarme a tan dulces
requerimientos. Escribí, pues, sin esfuerzo, hinchados panegíricos de la
política radical, y el bueno de don Manuel se asfixiaba seguramente con las
nubes de oloroso incienso que yo arrojaba sobre él. Llevado y traído por fatal
corriente misteriosa, yo era el campeón de todas las causas. En corto tiempo
enaltecí con mi fácil pluma el federalismo intransigente, el federalismo
templado, la monarquía conservadora de Serrano y Sagasta, y la monarquía
democrática de Ruiz Zorrilla. Era yo, pues, un caso peregrino de proteísmo; y
ved, amigos, cómo esta mi voluble constitución mental venía consagrada desde mi
nacimiento y bautismo por mi nombre y cognomen. Yo me llamo, sabedlo ya, Proteo
Liviano, de donde saqué el Tito Livio usado en mis primeros escritos, y el Tito
a secas que hoy merece mi preferencia por lo picante y diminuto.
Escribí, como digo,
furiosos alegatos ministeriales para dar gusto a la gobernadora de mi
existencia. Pero en lo más recio de mi campaña, vino el trueno gordo; las
intrigas del Real Sitio dieron su fruto, y Ruiz Zorrilla con todo su
radicalismo reformista se desplomó con estrépito. Y he aquí que aparecieron en
el tablado, por el foro derecha, Serrano y Sagasta tapándose el rostro con el
antifaz del Ministerio Malcampo-Candau. [78]
- VIII -
Un poquito atrás. No
se me vaya a quedar en el tintero mi épico lance con Alberique, más
interesante, a mi juicio, que aquella cáfila de hombres que iban y venían, y
aquellas menudencias del vivir nacional, que el Tiempo y la Tía Clío arrojan en
el polvoriento rincón de la trastienda, donde toda antigüedad inútil tiene su
sepulcro.
Acordaron los
padrinos que el duelo fuese a pistola: la desigualdad de talla entre mi enemigo
y yo imposibilitaba el uso del arma blanca. Los padrinos de mi contrario,
Felipe Ducazcal y el teniente Luque, de quien hablaré después, propusieron el
sable, arma en que Alberique se creía fuerte; pero al fin cedieron a la razón,
que era la pistola. Llevamos de médico a un chico de San Carlos que en aquellos
días recibió la Licenciatura. El lugar donde habíamos de tirar a matarnos era
un jardín o huerta en las cercanías de las Ventas del Espíritu Santo.
Las ocho de la mañana
serían cuando llegamos al terreno los dos rivales, con nuestros respectivos
apoderados. Alberique iba muy estirado de guantes, vestido de negro, el
sombrero muy encasquetado para que no se lo arrebatase el viento que del Oeste
soplaba. Por no cansar, suprimo los pormenores. Partido el campo y cargadas a
conciencia las [79] pistolas, nos pusimos frente a frente. Sin ninguna
jactancia, debo hacer constar que yo estaba sereno ante la faz del drama, como
lo estoy en el momento de referirlo. Yo he nacido para las ocasiones críticas,
para los actos que se desarrollan en raudos minutos, decisivos entre la vida y
la muerte. Tocó a mi rival disparar primero. No me acertó. Disparé yo...
Nada... En su segundo disparo, Alberique afinó la puntería. Yo dije: «¿Sí? Pues
ahora verás». No era yo tirador; afiné con toda calma..., ¡pim!, le metí la
bala en el costado derecho... ¡Alto!... La herida de Alberique era de
pronóstico reservado. Terminó el lance. No me presté a reconciliaciones ni
saluditos, y me retiré con tranquilidad augusta.
O mucho me equivocaba
yo, o todos los que se cruzaron con mi coche en la carretera de Aragón me
miraban con respeto admirativo, quizás, quizás con respeto medroso. En mi casa
me declaré a Cabeza, refiriéndole con terroríficos detalles el lance y sus
antecedentes y motivos. Oyome atenta sin mostrarse demasiado orgullosa de mi
serena valentía, y contra lo que yo esperaba, me salió con esta desentonada
cantinela: «Has hecho mal, Proteo, en tomar las cosas tan por lo caballeresco,
porque ese majadero de Alberique es casado..., casado y con cinco hijos.
Figúrate que se muere de la herida. Pues tú le has matado, y por tu quijotismo
quedarán huérfanas esas pobres criaturas... Todo por el honor. ¡Dichoso honor,
que sólo existe en [80] las lenguas de los que no lo tienen! Dime, Proteo
querido, ¿dónde tienes tú el honor? ¿Lo has traído tú a casa, o estaba aquí ya
cuando llegaste?... Hazme el favor de no hablarme a mí de esas pamplinas. No
hay más ley que el amor, el trabajo, la libertad y el progreso, y todo lo demás
es verso y tonterías. ¡Ah!, se me olvidaba: también es ley de vida la buena
contabilidad y el arreglo de los negocios, y respetar el tuyo y mío. Como me
llamo Cabeza, que esto creo y no creeré otra cosa si mil años vivo».
Quedeme de una pieza
oyendo estas razones, y ellas habrían bastado a quitarme el sosiego, si Cabeza
no me mostrara su cariño y confianza en terreno que no era el ideológico.
Adelante: Como decía, cayó Zorrilla cuando se le creía más seguro. El terremoto
político que llamamos Crisis, se produjo por la elección de Presidente de la
Cámara. El candidato ministerial, Rivero, obtuvo 110 votos, y a Sagasta,
candidato de los unionistas, progresistas templados y carcundas, le votaron 123
padres de la Patria. Esta se quedó turulata viendo que por corta diferencia de
votos se cambiaba el Gobierno. Pero tal era el sistema, mal traducido del
inglés, tal la bastarda imitación de aquel self-government con que Albareda y
yo andábamos a vueltas en El Debate... Malos ratos debió de pasar el Rey con
este self-desbarajuste.
¡Sorpresa, escándalo,
furor! La Tertulia Progresista se echó a la calle con un pendón morado.
Salieron los estudiantes de Farmacia [81] y San Carlos a ventilar su ardorosa
juventud, fatigada de la estrechez y disciplina de las aulas. Madrid ardió en
alborotos, vocerío de vivas y mueras. Restallaban de boca en boca los dicterios
contra Sagasta, y hasta las verduleras designaban a las fracciones políticas
contrarias al Radicalismo con los viles apodos usuales: fronterizos, cangrejos,
calamares, palomos, tomadores... Mi Cabeza me mandaba que fuese a meter ruido
en las manifestaciones, y a enfoguetar los ánimos con mi briosa elocuencia.
Obediente a mi dulce
tirana, acudí al bullicio, y entre la turbamulta encontré a muchos federales
que se agregaban al progresismo radical, para hinchar el coraje público y armar
camorra con los agentes de la autoridad. Ramón Cala me aseguró que antes de dos
meses tendríamos la Federal con todo su complejo tinglado de pactos y cantones;
Rodríguez Solís comentó el retraimiento cada día más significado de la sangre
azul y del dinero amarillo. Las únicas damas de alcurnia que iban a Palacio y
acompañaban a la Reina, más por lástima y respeto que por adhesión verdadera,
eran las Duquesas de Fernán-Núñez y de Tetuán, la Condesa de Almina y otras
poquitas más. Y Luis Blanc opinó cándidamente que la Grandeza, con la sorda y
persistente conspiración del desaire, nos estaba haciendo el caldo gordo a los
republicanos. Yo, que si en letra de molde, por dar gusto al dedo, falsifico
donosamente la verdad, soy esclavo de ella cuando hablo con [82] mis amigos,
les dije que nosotros éramos los que hacíamos el caldo gordo a las
elegantísimas damas alfonsainas y catolicoides, ayudando a convertir en
palabras vacías los tres rotundos jamases del General Prim.
La implacable
cronología, de la cual quiero hacerme esclavo, me lleva en los primeros días
del Ministerio Malcampo a referir una nueva y peregrina conquista...; digo mal,
porque en realidad no fui yo conquistador, sino conquistado. Ved qué cosa más
rara. Una tarde, terminado el trajín de la tienda (que fue, por más señas,
harto engorroso: recibir el género de invierno, anotar precios según factura,
precios de venta al vareo), salí a desentumecerme y proveer de aire fresco mis
pulmones, y cuando pasaba junto al callejón de la Concepción Jerónima, salió de
este una muchacha, que puso en mi mano una cartita y apretó a correr. Pronto la
perdí de vista. «Aventura tenemos» pensé yo; y antes de que abriera la
esquelita, comprendí, por el color del papel y el perfume que de él se
desprendía, que era carta de fémina. No creí prudente leerla en mi calle, y
seguí hasta la plaza del Progreso, donde satisfice mi curiosidad. Ved la carta,
que me sorprendió tanto por su contenido como por su excelente escritura y ortografía,
mejor que las que gastan las mujeres bonitas... y aun las feas.
«Caballero: Reciba
usted la entusiasta felicitación de una señora desconocida para usted...
Sentime ¡ay!, inundada de alegría cuando supe que había castigado al infame
[83] y presumido Alberique, y mi júbilo habría sido completo si hubiera usted
dirigido su puntería al costado izquierdo en vez del derecho, para que quedase
partido aquel corazón donde jamás anidó un sentimiento noble... He sabido con
satisfacción que se agrava la herida de ese bigardo insolente. Lo celebro con
toda el alma. Yo soy así, implacable con los que me han ofendido. Sé querer; no
sé perdonar.
»En usted veo al
hombre honrado que, cuando el caso llega, sabe proceder con vigor y arranque,
comprometiendo su vida. Mis plácemes y vítores entusiastas al héroe. ¡Arriba
los hombres de ánimo grande y corta estatura!... Cuando me han enterado de que
el héroe es chiquitín de talla, he sentido por usted admiración más viva. Séame
lícito decir que de niña jugué con muñecas más tiempo del que mi crecimiento
permitía; que de mujer me agradan todas las variedades de muñecos. Entre lo
pequeño y lo grande hay una escala de gratas sensaciones. Ya sabe usted que per
troppo variar Natura è bella.
»Y no digo más por
hoy. Deseo conocerle, mas no es ocasión. La ocasión llegará... En tanto,
valiente caballero, admita los sinceros plácemes de su amiga -Graziella».
Leí por tres o cuatro
veces la carta, y ni con veinte lecturas habría salido de mi confusión. Por la
gramática no parecía carta de mujer. ¿Sería obra de algún amigo maleante? No...
La corrección gramatical y la ortografía revelaban quizá las manos y
pensamiento [84] de mujer neurótica, de superficial cultura. No desconocía yo
la suma extravagancia mezclada con el sumo donaire que constituyen el ser de
algunas almas del reino femenino, entendimientos desequilibrados que fluctúan
entre la sutileza del ingenio y los desvaríos de una razón desmandada. Por su
nombre y la cita italiana, la tal declarábase compatriota del Dante. Nueva
confusión mía mezclada de ardiente curiosidad. ¿Por qué me dejaba, como quien
dice, a media miel, revelando su nombre y guardándose la dirección de su casa?
¡Pues de saberlo, no iría yo poco contento a darle las gracias y rendirme a su
fineza y bondad!... Rompí la carta en los pedacitos más chicos que pude
obtener, cuidando mucho de que alguno de ellos no se me quedase pegado a la
ropa, porque...
Ya lo comprenderéis.
Cabeza era muy celosa, y además mujer de grandísimo talento. Por algo se
llamaba Cabeza. No ignoraba mis aficiones al bello sexo. Mi fama de galanteador
afortunado le quitaba el sueño, y a mí me ocasionó sofoquinas. En sus ataques
agudos de celera, mi dama se levantaba de puntillas, a media noche, para
registrar mi ropa, buscando alguna carta que su encendida imaginación
sospechaba y temía. Y cuando entraba yo en casa de dar un paseíto o evacuar
alguna diligencia mercantil, me olía las solapas, la corbata, el cuello,
buscando algún aroma que delatase mi supuesta infidelidad. La tarde de marras,
al llegar a la tienda después de rotos y aventados los pedacitos de [85] la
carta de Graziella, me asaltó el temor de que el papelejo hubiese dejado en mis
dedos algún resto de su intensa fragancia. Subí corriendo a lavarme las manos,
mas ni aun con esto estuve tranquilo, ni vencer pude el terror que me causaban
los ojos inquisitivos de Cabeza y el venteo de sus narices.
Advertí en los
siguientes días a Cabeza más pensativa y fisgona que nunca lo estuvo. Parecíame
que su mirada, al fijarse en mis ojos, los atravesaba para sorprender los
pensamientos míos replegados dentro del cerebro. Y en este no habría encontrado
más que una infidelidad puramente mental. Yo pensaba en la italiana. Su imagen
revoloteaba dentro de mi caletre como un insecto alado que cambiara de luz y
colores a cada instante. Por las noches, mi cara mitad me tenía prisionero en
casa, no permitiéndome ni quince minutos de expansión en el café Oriental o en
el de las Columnas, donde yo encontraba los amigos de mi mayor aprecio. Vedme,
pues, forzado a soportar la insípida tertulia casera, formada por dos viejas
regañonas, que se dormían cuando no jugaban a la brisca, y de tres o cuatro
sujetos soporíferos, entre ellos un primo de Rojo Arias, que no hacía más que
hablar pestes de Sagasta y de los amigos de este, Abascal, Muñiz, don Zoilo
Pérez, y un inspector de arbitrios municipales, que proponía como única
solución política la traída de Espartero.
El Ministerio
Malcampo-Candau seguía pasando el rato con un enredoso debate parlamentario
[86] sobre La Internacional. Pero el interés político no estaba en el Congreso,
sino fuera de él, en los conciliábulos y recíprocas embajadas de los dos
feroces bandos que se disputaban la primacía. Rompieron en terrible pelea
zorrillescos y sagastorros. Cada uno de los jefes de estas dos revoltosas
taifas dio al país su manifiesto. Leílos yo, y la verdad, no encontré gran
diferencia entre una y otra soflama. No era obra de romanos concordarlos y
hacer de los dos uno solo, que fuera cimiento en que fundar honrosas y
duraderas paces... Los padres de las criaturas, que parecían mellizas, Zorrilla
y Sagasta, se avinieron a nombrar un Jurado o comisión de arbitraje que
examinara los dos manifiestos, y desarmándolos y volviéndolos a armar en un
solo cuerpo de doctrina y conducta, creara el progresismo único y de una sola
pieza, amplio terreno dogmático en que pudieran vivir y comer todos los
caballeros de la orden setembrina. ¡Qué cosa más sencilla, ¡vive Dios!, y qué
facilísima dificultad!
Apoderados de don
Práxedes fueron Calatrava, el Marqués de Perales y don Cipriano Montesinos; de
Zorrilla, Fernández de los Ríos y Moya (don Javier). A estos, por si eran pocos
a discutir, se unieron luego otros cuantos, que no me tomo el trabajo de citar,
pues para lo que hicieron vale más dejarlos recostaditos en el almohadón del
olvido... Conque, manos a la obra, caballeros. Un día se reunían aquí, otro
allá, y vengan consultas, [87] vengan ponencias, vengan... Y no sigo, pues me
urge decir que cuando comenzaban los finos dedos de los señores jurados a tejer
aquella tela de Pentecostés (como decía un General de la época queriendo decir
Penélope), recibí segunda carta de la italiana, más perfumada y más pequeña que
la primera. Diómela la misma criadita en el mismo sitio, y yo, poseído de
zozobra, escapé a leerla lo más lejos posible, y no pareciéndome bastante
segura la distancia de la plaza del Progreso, fui a dar con mi cuerpo y mi
epístola olorosa... más abajo de Antón Martín.
¡Oh, Tito, afortunado
mortal! ¡La incógnita dama te indicaba calle y número... y hora para recibirte!
Aventura tan bonita y novelesca no se presentó jamás a ningún nacido. Esto
pensaba yo cuando me acercaba, tímido y dudoso amante, a la gruta en que la
diosa se ocultaba. La misma duda aumentaba el encanto de amor. ¿Sería Graziella
una hermosa ninfa, o un culebrón espantable? Pronto había de verlo.
- IX -
Ni culebrón
repugnante ni hermosura radiosa. La llamada Graziella, italiana o española,
debiera ser clasificada en el tipo vulgar de la escala femenina, si no le
dieran valor estético las llamaradas de sus ojuelos negros, [88] su graciosa
movilidad de ardilla, y el libre chorro de su lenguaje atrevido y pintoresco...
En mi primera visita, que hubo de ser corta, como simple acto informativo, de
puro reconocimiento, no pude adquirir la identificación completa de mi nueva
conquista, nombre, familia, lugar de nacimiento. Diome en la nariz que el
nombre de Graziella era postizo, la nacionalidad dudosa, la mujer un misterio,
una cifra obscura de interpretación imposible. La gruta de tan singular ninfa
estaba en barrio muy distante del mío, allá por Monteleón o Maravillas. El
interior era reducido y pulcro: pocas y bien arregladas estancias, gabinete
coquetón y alcoba rosada. Sorprendiome el adorno de paredes, donde descollaban
panderetas pintadas entre láminas de Santos y Vírgenes de distintas
advocaciones, Pilar, Desamparados, Sagrario y Paloma. En peana y entre flores
vi a San Antonio, el frailecito amable, indulgente patrono de las enamoradas.
En la heteróclita casa vi a la mozuela que me llevara las cartitas, y mujerona
que se escurría por los pasillos sin otro rumor que el de toses y carraspera.
Era un anchuroso bulto de vieja, o una elefanta en dos pies cubierta de
refajos...
En nuestra
conversación inicial, la enigmática hembra puso algo de sordina en su expresivo
parlar de amores y en su liviano propósito de entenderse conmigo. «Ya ves, Tito
-me dijo con donaire-, que la franqueza es mi Norte y mi Sur, mi Este y mi
Aquel. [89] Si te dijera que soy honrada, te echarías a reír. Tráeme una
honradez que me dé de comer, y tendrás que santiguarte al entrar en mi casa. Yo
he admirado en ti al caballero valiente, vengador de la virtud ultrajada. Eres
chico y grande... Me gustaste por tu hazaña, y más me gustas ahora que te
conozco... Pero entendámonos. Tú eres pobre. A mí no me hace maldita gracia la
pobreza... No soy hermosa; pero no soy pava... Soy de esas feas que dan la
desazón y revuelven medio mundo... Como no quiero perjudicarte, lo primero que
te digo es que no dejes a tu tendera lozana y rica... La engañas un tantico, y
nada más. Yo no engaño... Vivo en libertad... protegida por la Corte
Celestial... Entre los santos que cuelgan de estas paredes, hay uno, que no se
ve, y es mi Santo Gusto... Por el reverso de los santirulicos, andan mis
diablillos, quiero decir, mis rencores y malos quereres... Has de saber que uno
de mis mayores odios ha sido ese ladrón de Alberique... Algún día te contaré la
trastada que me hizo, y que no pagará con cien vidas».
Tras una pausa grave,
siguió así: «Ya me irás conociendo; soy voluble, caprichosa y un demonio de
travesura... Tengo una virtud, digo, muchas virtudes... Vas a saberlas: 1.ª,
que el que me la hace me la paga; 2.ª, que todo lo que digan de mí me sale por
una friolera; 3.ª, que soy larga en tomar dinero, y más larga todavía para
darlo al que lo necesita... Si tú hicieras comedias y quisieras [90] sacarme en
una, deberías titularla: La deshonrada más honrada».
Volví a mi casa un
poco aturdido. Pensando en mi aventura, hice propósito de proceder con cautela.
No me convenía dejar lo cierto por lo dudoso, ni sacrificar lo positivo a lo de
puro pasatiempo y fantasía. Tuve la suerte de que mi señora Cabeza no estuviese
aquel día tocada de celera, y sacudiéndome el perfume, salí pronto de mi
cuidado. Al día siguiente tuve ocupaciones en casa; pero al otro, que fue
viernes, me entendí con un amigo progresista radical para que me escribiese
llamándome a una entrevista con Zorrilla, que quería encargarme un trabajo de
pluma urgentísimo. Con este sutil engaño, en que fácilmente cayó mi Cabeza (que
si en amores era la misma suspicacia, en política tenía tragaderas para cuanto
se le quisiera echar), me fui a la gruta, donde pasé toda la tarde con la
endiablada ninfa, recreándome con su grácil salero, y disfrutando en su
compañía variedad de esparcimientos, algunos, créanmelo, del orden
espiritual...
Del ingenio y del
libertinaje de la diabólica italiana (me aseguró aquel día que era hija de un
cardenal) saqué no pocas enseñanzas para mi estudio y conocimiento del mundo.
Ratos pasé de alegría, ratos de confusión y perplejidad. Si mi huéspeda empezó
la tarde con dulce temple, luego le sobrevino de súbito la racha de las
diabluras, y me fastidió de medio a medio al acercarse la hora de separarnos.
«Tito, mio caro -me dijo cuando [91] me disponía para la retirada-. Me ha
picado la tarántula, y esta noche quiero darte un bromazo... y otro a tu doña
Cabeza».
-¿Qué dices,
Graziella?
-No pongas esa cara
de tonto. Esta noche no vas a tu casa. Yo lo he determinado así. ¿No me has
dicho que soy una ninfa hechicera? Pues prepárate a pasar la noche en mi gruta.
-Graziella, por San
Antonio bendito, que te custodia, no gastes bromas trágicas.
-Aquí estaremos los
dos divirtiéndonos con la idea de lo que ha de rabiar doña Cabeza. ¿No me has
dicho que es celosa y que te huele la ropa y te registra los bolsillos? Pues yo
detesto a las personas celosas, y me divierto aplicándoles al corazón un hierro
encendido al rojo. Yo soy así.
Protesté indignado...
Pero Graziella, con infernal risa, me dijo que me había escondido botas, ropa y
sombrero, y que estaba cautivo, sin que por ningún medio pudiera evitarlo.
Omito, por no fatigar a mis lectores, los gritos que proferí, ahora coléricos,
ahora suplicantes; las vueltas que di por toda la casa, descalzo y en mangas de
camisa, buscando mi ropa; los extremos de ira y desesperación; los ruegos y
amenazas; el último recurso de mi desesperación, que fue lanzarme escaleras
abajo, escaleras arriba, llamando al portero, a los vecinos para que me sacaran
de aquel aprieto. ¿Dónde estaba la policía, dónde el alcalde de barrio, dónde
el sereno que ampararan a un honrado cliente [92] de la nefanda Antarés, diosa
del quinto Infierno?
Nada me valió. Con
risueña frescura Graziella contemplaba mi sufrimiento; la muchacha reía, y la
vieja elefanta deforme y carraspienta se mofaba también de mí.
Dieron las ocho, las
nueve, y cuando sonaron las diez me rendí... «Ya no te atreverías a ir a tu
casa si yo te soltara -me dijo la hechicera-, porque Cabeza te sacaría los
ojos. Vale más que esta noche prepares aquí tranquilamente el lindo embuste con
que podrás aplacarla mañana. ¿No le diste el pego con una fingida carta de
Zorrilla, llamándote para escribir con él un papelón político? Pues date prisa:
escríbelo aquí. Yo te ayudaré». Esta donosa superchería me consoló un tanto.
Audaz era la idea; pero no despreciable para soslayar el peligro y gravedad de
mi situación. En esto pusieron la mesa para cenar. Cuatro cubiertos vi: sin
duda comíamos juntos las criadas, Graziella y yo. ¡Oh, burlesca democracia y
confusión de clases! La cena fue substanciosa: estofado y frituras, hojaldres y
polvorones, todo ello ingerido con el estímulo de un vino blanco, excitante y
traicionero, que a los pocos tragos me puso perdido de la cabeza, alterándome
la justa percepción de las cosas. Advertí que Graziella tragaba como si no
hubiera comido en tres días, y que la vieja elefanta, sin dar paz a los
dientes, rezongaba conceptos ininteligibles. El recuerdo más claro de aquella
noche fue que, después de cenar, me cogieron [93] en vilo las tres mujeres, y
con gran chacota y fiesta me arrojaron sobre la cama como un fardo insensible.
¡Noche de fiebre, de
un girar vertiginoso en torno de mi propio pensamiento! La primera sensación de
la mañana siguiente fue que una de las tres, no sé cuál, me llevó en brazos a
la salita que comunicaba con el gabinete. Yo me sentía más chiquitín; no pesaba
ni abultaba más que un nene de cinco años. Desgreñada, pálida y pitañosa,
Graziella me sirvió café con leche y tostadas. Me entoné con el brebaje
caliente... Junto a la butaca donde mi menguada persona yacía, pusieron un
velador con papel en cuartillas, tintero y pluma, y la ninfa me dijo: «Aquí
tienes los avíos de escribir. Tómalo con calma. Fácilmente podrás enjaretar el
turri-burri, que supones dictado por ese don Manuel, para dársela con queso a
tu cara mitad. ¡Pobre Cabeza... destornillada! Dará gusto verla con el adorno
de la vistosa cornamenta que le has puesto. Siento que mi peinadora no sea la
suya. Yo le diría: «Cuando arregle a esa señora, lleve serrucho en vez de
peine. ¡Ay, Tito mío chiquitín!... Eres lindo y perverso: así me gustas».
En esto, entró la
matrona corpulenta trayéndome de la calle todos los periódicos del día y de la
noche anterior: Iberia, Correspondencia, Novedades, Eco de España, Tiempo,
Pensamiento Español, Universal, Discusión y alguno más. «Ahí tienes hilaza -me
dijo Graziella-. Ya puedes hilar y tejer [94] cuanto quieras». Viendo salir a
la vieja pregunté su nombre, condición y empleo que en la casa tenía, a lo que
respondió mi tirana: «Es la tía Mariclío, comercianta de antigüedades y papeles
viejos, que ha venido a menos. Yo le doy albergue, y me hace servicios menudos
y recados. Tú la conoces: no te hagas de nuevas... No se ha podido averiguar la
edad que tiene. Hay quien asegura que nació un poquito después del principio
del mundo. No siempre está en el mal pergenio en que ahora la ves. Si en tales
o cuales días viene a menos, en otros sube a más, y se pone unas botas al modo
de borceguíes de cuero carmesí, con tacones dorados, y de gordiflona y
ordinaria se te vuelve esbelta y elegante... Sabe más de lo que parece, y
cuando escribe lo hace con primor. Llámala para que te ayude, y te dará buena
cuenta de lo mucho que ha visto, y te alumbrará las entendederas para que sepas
ver lo que ahora pasa».
Oí estas advertencias
de la diablesa como si sus palabras fueran rum rum de mis propios oídos. Yo no
estaba en mis cabales. Sospeché que aún me duraba el efecto del vinazo ardiente
que aquellas hechiceras, brujas o lo que fuesen, me dieron en la cena de la
noche anterior. Fuese Graziella, reclamada por su peinadora, y yo me puse a
leer periódicos... Largo tiempo, a mi parecer, invertí en la lectura, que fue
irregular y nerviosa, saltando de uno en otro papel, y fijándome en todos antes
que en ninguno [95] de ellos. ¿Qué decían? Que si el Jurado encontraba la
fórmula, que si la fórmula resbalaba cual anguila en las manos de aquellos
respetables majaderos... De pronto vi a la vieja sentada frente a mí. No supe
cuándo ni por dónde entró. Apoyaba sus robustos brazos en el velador, y me
acariciaba con su mirada complaciente. Sus cabellos, que antes me parecieron
blancos, tenían irisaciones y reflejos que en las ondas del rizado tan pronto
eran oro como plata. Su rostro se había tornado apacible, tirando a hermoso, y
el volumen de su cuerpo quedaba reducido a las proporciones de una mujer de
medianas carnes.
Antes de que yo le
hablara, acercó sus dedos al rimero de periódicos, y con voz que de ronca se
había trocado en blanda, me dijo: «Pobre Tito, si para sortear la furia de tu
mujer engañada has de fingir un alegato dictado por el bueno de Zorrilla,
puedes empezar diciendo que los del Jurado no acabarán de encontrar la fórmula
de avenencia hasta el momento preciso en que suenen las trompetas del Juicio
final. De estos hombres que ponen en la mediocridad el límite más alto de sus
ambiciones, nada puede esperarse. Ya ves. Empezaron por decir que no veían gran
diferencia entre los dos manifiestos. Se les dice: 'A ver, a ver. Reducid las
dos monsergas a una sola', y empiezan a quitar o poner esta o la otra palabra,
y aquí doy un toque, allá otro toque».
-Ya, ya... Y luego
vienen las consultas... «¿Qué les parece?...». «Nos parece -responden [96] de
allá- que ahora debe atenuarse aquel verbo, y poner aquí un adjetivo de más
color».
-«Está bien», dicen
los otros... -prosiguió Mariclío zumbona-. «Pero antes conviene discutir la
cuestión previa, para fijar la forma y manera de proceder en este negocio». Y
en la cuestión previa se pasan días y días, noches y noches.
-Llegan al artículo
de La Internacional... ¡Ah!, es indispensable poner algún freno a ese monstruo
disolvente.
-Sí, sí... Pero ¡ah!,
no toquemos a los derechos individuales, inalienables... Sistema preventivo...
No, no, represivo... Pues hagamos un bello maridaje de lo represivo y de lo
preventivo...
-Viene la cuestión de
Cuba. ¡Ah!, ante todo la integridad del territorio... Cuestión elemental,
cuestión previa.
-Pero ¡ah!, las
reformas se imponen... No puede España permanecer divorciada de la opinión
universal.
-Sí, sí... reformas,
aire nuevo... Pero ¡ah!, alentemos la abnegación y el patriotismo de los
Voluntarios de Cuba, salvaguardia del honor de España, y de la integridad, etc.
-Por encima de todo,
los derechos ilegislables, por ser naturales, inherentes a la personalidad
humana... Pero ¡ah!, medios ha de tener siempre el Gobierno para castigar, sin
salirse de la Constitución, todo acto político de carácter inmoral o
delictivo...
-Otra cuestión a
debatir: La Internacional, [97] ¿es moral o inmoral? Que sí, que no... Por fin,
tras largas disputas enredosas, declaraban que entre el programa de Sagasta y
el de Zorrilla no había un comino de diferencia... Pero ¡ah!...
Rompimos en franca
risa los dos, mirándonos sin pestañear. Y ella fue la primera que convirtió las
notas picantes de su risa en palabras donosas.
-¡Ay, Tito, no sé
cómo me río hablando de estas cosas que son, ¡vive Dios!, tan tristes! ¡Que un
país, donde hay sin fin de hombres que discurren con juicio, y sienten en sí
mismos y en conjunto el malestar hondo de la Patria; que una Nación europea y
cristiana esté en manos de esta cuadrilla de politicajos por oficio y rutinas
abogaciles, hombres de menguada ambición, mil veces más dañinos que los
ambiciosos de alto vuelo! Si algo pudiera contra ellos, los barrería como barro
esta sala, regándolos antes para no levantar polvo, y mezclados con serrín los
metería en su más adecuado sumidero, que es el eterno olvido.
-Pues anda, anda...
En este periódico veo que después de inútiles conferencias, alambicando
palabras, y evacuando consultas... ¡ridículas diplomacias!, salimos con que
todos se sacrifican... No hay avenencia... ¡Ah!, yo me sacrifico... No quiero
ser obstáculo... Y salta otro por allí sacrificándose...
-Sacrifiquémonos. Eso
dicen cuando se ven cogidos en la última maraña de sus enredos... [98] Si creen
que debe sustituirse en el manifiesto la palabra pitos por la palabra flautas,
hágase en buen hora; pero ¡ah!, mi dignidad no me permite...
-Y por allí salta
otro diciendo que su Credo es tal o cual cosa, y que no puede quitar ni una
tilde de su Credo. ¡Valientes Credos, valientes Salves las que rezan estos
farsantes! Riámonos de su indigna dignidad y de sus interesados sacrificios. Si
no se avienen a vivir juntos en una sola Iglesia con un solo Credo y un solo
Gloria patri, es porque en caso de avenencia sólo serían ministros las cabezas
más visibles...; mientras que dividiéndose en hatillos o cofradías de corto
personal, irían todos entrando en el comedero, y hasta los gatos serían
ministrables. La ambición de estos hombres raquíticos y de cortas luces se
limita, como ves, a la vanidad de ser ministros, sin otros fines que darse
tono, repartir empleos, y que la señora y los niños paseen en coche galonado.
Ello les dura poco tiempo, y salen del Gobierno en completa virginidad
política. Lo más que han hecho es estudiar los asuntos que allí se quedan para
que los estudie el sucesor. Esta caterva de estudiantes debiera ser mandada,
¡voto a Sanes!, al Limbo de las eternas vacaciones...
Esto dijo la vieja
Mariclío, a quien diputé por persona sagaz y de mundana picardía. Salió para
entrar de nuevo, y durante su ausencia me visitó Graziella en un intermedio de
sus abluciones. Aún le faltaban toques de [99] afeite y compostura, y el pelo
lo traía suelto... La peinadora, que podía pasar por hombre público, según lo
que charlaba y peroraba, lucía en el cercano gabinete la soltura de su lengua.
La tía Mariclío volvió a mí con un libro viejo, que abrió sobre el velador
sentándose en postura de escribir. «Aquí voy yo anotando... Mira, mira -me dijo
risueña, escribiendo con un estilete que a cada momento se llevaba a la boca
para mojarlo con su saliva-. Obligada estoy por mi Destino a mencionar todo lo
que hace esta gentezuela; pero escribo sus nombres con una saliva especial que
me dio mi padre para estos casos».
-¿Qué casos?
-Esta saliva tiene
una virtud preciosa. Lo que con ella escribo se lee hoy, se lee mañana; pero
luego se borra y no llega a la posteridad.
- X -
Ignoro cómo tracé,
con rápido mover de pluma, lo que suponía dictado por don Manuel Ruiz Zorrilla;
pero hablando en conciencia, no puedo afirmar sino que me lo dictaron los
mismos demonios. En mi escrito, que no tiene principio ni fin, ensalcé el
radicalismo puro, única receta para sacar a esta Nación de su atonía y
somnolencia mortíferas. Si don Manuel se sentía con redaños para obra tan
grande, bastárale plantarse en [100] firme, y dar grandes voces diciendo:
«Cortes y Rey, caterva de políticos intrigantes y ociosos: Convocad a la Nación
con verdad y honradez, y ella os dará un criterio de gobierno. ¿No queréis
hacerlo? ¿Teméis que os manden a todos al corral? Pues aquí estoy yo para esa
hombrada... ¿Que yo tampoco me atrevo? Pues al corral con vosotros... Venga un
hombre, un tiazo que hable poco y sepa sacar la voluntad nacional de las
teorías pedantescas a la realidad viva... O perecemos como nación, o hay que
rehacerla desde el cimiento. Justicia, Ejército, Administración, Trabajo,
Igualdad ante la ley, Libertad de la conciencia. Que todo sea nuevo, de
flamante material y hechura... Que todo sea tan sólidamente construido que no
podamos volver atrás, y que si cuatro carcundas o cinco sacristanes intentasen
remover las viejas ruinas, sean hechos polvo, y el polvo aventado por los
espacios infinitos...». Estos y otros disparates escribí con mano febril,
dejándome arrastrar de mi ardiente imaginación, y de mi odio a las repugnantes
rutinas y ficciones que forman el entramado político y social de nuestra existencia.
Tres, cinco, seis
pliegos emborroné, cual máquina que obedece a un impulso extraño y superior. En
mi delirio llegué a trazar planes y programas de orden jurídico, financiero,
social: Presupuestos, Organización de tribunales, Mecanismo electoral,
Espectáculos públicos, Relaciones entre el Municipio, [101] la Provincia y el
Estado; Ley de Servicio militar, Catastro, Minas, Código de Comercio, y mil y
mil disposiciones que en surtidor inagotable salían de mi cabeza... Y en los
pasajes más afluentes de mi inspiración metía paréntesis imperativos: «Don
Manuel, ánimo; don Manuel, atrévase; don Manuel, ahora o nunca...». La
presencia de Graziella, ya peinadita y acicalada, contuvo un tanto la velocidad
de mi rotación cerebral. Leyó algo de lo que yo escribía; lo alabó sin
entenderlo, y yo le dije: «Espérate un poco, ninfa hechicera. Déjame acabar.
Aún me falta lo de Culto y Clero, Instrucción Pública...; ahí es nada... Receta
contra frailes y monjas...
-Con toda esa
monserga que llevas a tu casa, doña Cabeza quedará desenojada. El toque está en
que sortees la primera embestida de la fiera celosa...
-Déjame acabar. Pongo
la última razón: «Don Manuel de mi alma: o sois el salvador de España, o
quedaréis perdido en el montón gregario, donde se os pondrá un cencerro y
pastaréis tranquilamente en el presupuesto...».
Concluido mi trabajo,
me sentí satisfecho, y hasta cierto punto conforme con la esclavitud que la
hechicera me imponía. Ya me inquietaban menos los temores y el deseo de volver
a mi casa. Hallábame un si es no es alelado, como si obraran en mi voluntad los
efectos de un licor o esencia de extraordinaria virtud aplanante. A ratos
dormía, y en [102] mi sueño me asaltaban visiones placenteras, me arrullaron
lejanos cantos eróticos de ninfas, entre cuyas voces distinguí la de Graziella
con agudas notas humorísticas... Desperté, y halleme solo en la casa, la puerta
cerrada con llave... Entraron luego la italiana y su criadita, que me traían
dulces, cigarros y más botellas de aquel delicioso y somnífero vino que me
apagaba la voluntad, y me encendía la imaginación con ardores
resplandecientes... No pedí a mis carceleras que me devolviesen la libertad.
Dulce pereza me familiarizaba con la atmósfera tibia y perfumada de aquel
presidio. Pasó todo el día sin que me aliviara de la holganza, y vi llegar la
noche sin que me asustase la idea de pasarla blandamente en la serena gruta.
En mi segunda noche,
no vi a Mariclío. Pregunté por ella, y dijéronme que había ido a la Academia de
la Historia (calle de León), donde cobra la menguada pensioncilla de que vive.
En aquella casa venerable, suele entretenerse ayudando al conserje en el
barrido de la biblioteca y en quitar el polvo a los estantes. Si le anochece en
esta faena, suele quedarse a dormir en la portería, y por la mañana le cepilla
la ropa al gran don Marcelino, por quien siente ardoroso cariño maternal...
Prosigo contando que yo dormitaba, y Graziella, junto a mí, escribía cartas en
el velador. Y a cada renglón que trazaba se interrumpía para celebrar con risas
lo que había puesto en el papel.
«Estás en ascuas -me
dijo- viéndome escribir [103] y reír juntamente. Es que cuando estoy aburrida,
me entretengo escribiendo anónimos... Verás... escribo a las damas católicas y
alfonsinas, que andan en intriga contra el pobre don Amadeo y su mujer... En
mis cartas figuro que soy también católica, y que para traer al Alfonsito
ofrezco todo el parné que tengo... En esta he firmado la Marquesa del Congosto,
y en esta otra la Condesa de Pata del Cid... No creas, algunas las pongo con
tan lindo artificio que no parecen de burlas. Otra voy a poner diciendo que a
mis tes viene todita la crema de Loeches. Me divierto la mar. Les digo que
cuenten conmigo para todo, y que vino a verme Zorrilla para ofrecerme la plaza
de Camarera de doña María Victoria, y yo le respondí: «Para ese cargo pongo a
su disposición cualquiera de mis criadas...». Voy a escribir otra en que me
planto título de Duquesa, y digo que en mi palacio se han reunido ayer el
Obispo de la diócesis y el Clero castrense, Sor Patrocinio, el fiel de fechos y
dos generales invictos, manifestando todos a una que están decididos a
pronunciarse por Alfonso y a dar el grito un día de estos, con la fresca...».
Leyendo y comentando
los disparates con que amenizaba sus ratos de ociosidad, me entretuvo la
diablesa toda la prima noche... Me maravillaba que, en largas horas de mi
permanencia en la gruta, no fuera esta visitada de hombres... A mis dudas
contestó, poniéndose un poquito seria, lo que literalmente copio: «Aquí no
vienen hombres, Tito... Porque [104] has entrado tú, no vayas a creer... que
esta casa es un tranvía para el Infierno... Infierno no digamos... En fin, lo
que sea. Yo vivo amparada por un señor, por un caballero..., te lo diré claro,
por un sacerdote que podría ser mi padre..., y por su comportamiento conmigo lo
es. Créelo, Tito, aunque lo oigas de estos labios míos, que te parecerán
mentirosos; puedes creerme que persona como esa no existe en el mundo, y que si
entre tantas virtudes no tuviera la flaqueza de quererme, sería un verdadero
santo, mejor que muchos que se han encaramado en los altares. El nombre no te
lo diré; lo venero y guardo por respeto... Es bueno para todos; es humano, caritativo,
y no se asusta de nada. En su oficio de cuidar de las almas cumple como el
primero... Reprende todos los vicios; pero hay uno en que a mi buen cura le
falta valor para incomodarse..., y abre la mano... Lo que él me ha dicho mil
veces: 'Por esta debilidad, que es imperio de la carne, no se va al Infierno.
Se va por la crueldad, por el no socorrer a nuestros semejantes cuando están
necesitados, por levantar falsos testimonios, por la usura, la ira y la
soberbia'».
-Me dejas atónito,
Graziella. ¿Y cómo has encontrado ese mirlo blanco, ese espejo de los
caballeros, más digno cuanto más tonsurado?
-¡Ay, no fue poca mi
suerte al dar con él! Perdida andaba yo, cuando una casualidad me deparó su
conocimiento. Hará de esto [105] diez años. Me recogió y amparó... Prendose de
mí; le cautivaba el fenómeno de que, siendo yo lo que era tuviese el poquito de
ilustración que se me pegó en Italia. Él también estuvo en Italia. Era familiar
de un cardenal español, y fue con él al cónclave en que eligieron Papa a Pío
IX. Cuenta cosas muy interesantes del cónclave y de fuera de él. En Roma perdió
la fe... Ya sabes: Roma vedutta, fede perdutta.
-¿Y no quieres
decirme...?
-No, no, Tito; el
nombre no me lo preguntes... Es persona muy conocida, muy apreciada en
Madrid... Puedo alabarle, puedo contarte lo bueno que es...; pero la boca se me
cierra al querer pronunciar su nombre. Si algún día lo sabes, te lo callas,
guárdate de decir que es mi protector, y que viene a verme una o dos veces por
semana... Antes venía más a menudo; ya no puede... Está viejo, achacoso...; las
piernas le flaquean... Ya no dice la misa todos los días... Sale poco de su
casa... Y ninguna falta le hace trabajar en el oficio de cura, porque es rico.
Tiene fincas allá por Toledo, y dinero en el Banco.
A propósito de la
riqueza del santo varón, dije a la ninfa que bien podría contar con una parte
en la herencia, si no había sobrinos o amas con mayor derecho, y Graziella me
aseguró que no tenía pizca de ambición en lo tocante a intereses. De aquí
derivó la conversación hacia el terreno moral, y no pude ocultar a la moza mi
extrañeza de que [106] no guardara fidelidad a un protector tan generoso y
bueno. Delicada era la cuestión. Graziella supo sortearla con sutil
razonamiento y gracia... Harto sabía el caballero sacerdote que su protegida
era de la piel del diablo, alocada fantasía y temperamento inflamable.
Tolerante y filósofo, no había de exigir que... Sin manifestarlo claramente,
dio a entender a su amiga que podría tomarse una libertad relativa..., evitando
todo escándalo. Mil veces le había dicho que no era pecado... sino en tanto
cuanto... Ni Graziella encontraba la fórmula racional para cohonestar sus
pasatiempos licenciosos, ni yo podía dar mi conformidad a tan absurda ética.
Con nuevos pormenores
adornó la ninfa su peregrino cuento. La razón de su odio al farsante Alberique
era que este malvado, furioso porque ella desatendió sus requebrajos, cometió
la villanía de abochornar públicamente al cura, una mañana, a la salida de la
parroquia de San Marcos. De aquí provino el entusiasmo y alegría de ella cuando
supo que yo le había metido una bala en el cuerpo, y el felicitarme y hacerme
por escrito amorosas carantoñas, llamándome valiente caballero y un poquito
héroe... Otro detalle: el buen presbítero era muy aficionado a los estudios
históricos; poseía copiosa biblioteca, y mataba sus largos ocios escribiendo
una obra de mucha miga, titulada: Historia del Clero Mozárabe en la diócesis de
Toledo. «Y para que te enteres, Tito -añadió Graziella poniendo toda el alma en
sus ojos-, aquellos [107] benditos clérigos no eran solteros, y todos tenían
sus lindas barraganas. De su gran obra, ya lleva el señor publicados tres
tomos...; la venerable Mariclío que has visto en casa, sabe de estas cosas más
que yo. Ella te contará...».
Esto y algo más que
hablamos completó en mi mente la figura extraña de la hechicera, que en su
gruta me alojó tres días. Al tercero salí, más que por impulso mío, por un
suave empujón de ella, que así me dijo: «Ya es hora, Tito, de que vuelvas a tu
casa. Anda; muéstrale a tu consorte el programa pistonudo que te ha dictado don
Manuel. Tres días y dos noches te ha tenido en su casa sin dejarte salir...
Entiendo yo que al verte llegar, Cabeza te recibirá de uñas, bramando
improperios y rugiendo amenazas. Pero en cuanto se entere de lo que rezan esos
papeles, se irá trocando de frenética en razonable, y de dura en tierna. Si así
no fuere, aplícale unos cuantos bastonazos en las partes blandas, con que la
sacudas bien el polvo sin hacerle daño. Verás qué pronto se le aplaca el
genio... Anda, hijo mío; no lo pienses más. Ánimo, y a la Cabeza».
Salí de la gruta con
flojera de piernas y desmayo de mi corazón, y en todo el largo trayecto desde
aquel lejano barrio al mío, fui pensando en la catástrofe que esperaba y temía.
Al dar en mi calle los primeros pasos me detuve a pensar si no me convendría
más volverme atrás y emprender definitiva y veloz carrera en sentido contrario.
La imagen [108] de María de la Cabeza Ventosa de San José se me ofrecía en el
pensamiento como la de una espantable hidra... Por fin, anteponiendo a todo mi
dignidad de varón, avancé hacia el peligro y me metí en la tienda... Las caras
de los dependientes me dieron la impresión de estupor, de miedo y lástima... Yo
les dije: «¿Qué hay de nuevo por aquí...?». Y como no me contestaran,
quedándose ante mí cual estatuas de hielo entre percales y lanillas, les dije
otra vez: «¿Qué hay por aquí...? ¿Y de ventas qué tal?». El mayor de ellos
respondió: «Así, así... ¿Y a usted cómo le ha ido por esos mundos?».
-¿Qué mundos ni qué
carneros?... ¿Cabeza no está?
-Creo que ha salido.
Suba usted y le dirán...
Subí medio muerto de
sobresalto. Salió a recibirme Jesusa, la criada vieja que a Cabeza servía desde
tiempo inmemorial. No esperó a escuchar el metal de mi cortada voz para
decirme: «Cabeza no está. Se ha ido a casa de su tía doña Florencia».
-¿Pero no vendrá
pronto?
-No... Pase usted por
aquí. Tengo que darle un recado.
Llevome a la que
había sido mi habitación, y con seca voz me dijo señalando mi baúl: «Aquí tiene
usted su ropa..., lo mismo la nueva que los pingajos que trajo acá... Puede
usted retirarse. Cabeza me ha dicho que le diga..., vamos..., que no volverá a
su [109] casa... hasta que usted no se haya ido, llevándose su ropa».
-¡Jesús, Jesusa!
-exclamé yo-. Eso no puede ser... Necesito explicar a Cabeza... ¿Ve usted estos
papeles que traigo? Pues aquí está la explicación... Don Manuel Ruiz
Zorrilla... ya sabe Cabeza que...
-Cabeza no sabe nada
de eso. Por don Ignacio Rojo Arias mandó recado al señor Ruiz Zorrilla
preguntándole... Total, que ni ese señor le llamó a usted, ni usted ha parecido
por la casa de él, y que todo es inventorio de usted. Ya se lo dije yo a
Cabeza: «¡Ay, Cabeza, Cabeza; ten cuidado con esa sabandija que has metido en
tu casa!».
-Pero yo necesito
explicar, dar mis razones... Este papel... ¡Oh! Me harán pedazos antes que
retirarme sin que Cabeza se entere de... Dígame, Jesusa: ¿las personas que aquí
suelen venir han hablado desfavorablemente de mí..., han supuesto que yo...?
-Algo han hablado,
por mi fe. «Es mucho Tito este», decía el señor de Bringas. Según don Roque
Barcia, usted se había perdido en los laberintos federales. Ni don Mateo Nuevo,
ni don Roberto Robert, ni ningún otro dieron razón. Y todos a una decían:
«Perdido está entre faldas...». ¡Ah!, se me olvidaba... Llegó ayer una carta...
La firmaba una Marquesa... A ver si me acuerdo... La Marquesa de Pata del
Cid... Decía que el señor Tito se había puesto al servicio de las damas
católicas y alfonsinas, y que con ellas pasaba el día y la noche... Ya se vio
que era broma. Pero detrás [110] de las bromas salen las verdades... Conque a
despejar pronto... Cabeza no vuelve a su casa, ya se lo he dicho, ¡caramba!,
hasta que usted no se haya perdido de vista.
-Pues, ea, me voy al
otro mundo -dije avergonzado de la ultrajante despedida-. Me llevo mis
papeles... Ella se lo pierde. A ver, a ver, Jesusa: llame usted a un mozo de
cuerda, para que me lleve el baúl. Y diga usted a Cabeza que la perdono. Ella
se lo pierde... Ella es la reacción; yo soy el progreso; pero el progreso
indefinido... No lo digo yo. Lo dice Ruiz Zorrilla en estas páginas que han de
ser inmortales... Ea... con Dios... Abur... Conservarse. ¡Oh, qué país! Al
español honrado no se le hace justicia hasta que se muere... Pues venga la
muerte, y tras de la muerte vendrá la justicia, vendrá la apoteosis.
Y así, empleando los
tonos patéticos al emprender mi forzosa retirada, salí de aquella casa, donde
mi vida tormentosa gozó algunos días de regularidad placentera. Mandé el baúl a
la portería de mi antigua casa de la calle de Los Leones, y me lancé a una
divagación callejera, dando libre vuelo a mi desolado pensamiento. ¿Dónde me
guarecería? Felizmente tenía cinco duros que me había echado en el bolsillo al
salir para mi aventura loca. Por una noche y un día, podría creerme potentado.
En el café de Las Columnas, me convidé a comer una tortilla y un bistec,
seguidos de café con leche... Abreviaré mi relato, diciendo que aquella noche
[111] me dio albergue Mateo Nuevo, mi consecuente y bondadoso amigo, y que al
siguiente día, mis pasos se fueron solos, por inconsciente magnetismo, hacia el
barrio de Maravillas, donde tenía su encantadora gruta la diablesa causante de
la soledad en que me veía...
Entré en la calle, y
como a primera vista no reconociera la casa, fui mirando los números, y
atontado anduve de abajo arriba sin encontrar el 16 que buscaba. Aturdido
pregunté a una mujer que parecía portera: «¿No es este el 16?». Respondiome que
era el 14... «El siguiente será 16», dije yo; y la maldita vieja, que me miraba
con sorna, tomándome por demente o borracho, pronunció estas fatídicas
expresiones: «El número que sigue es el 18. En la calle no hay 16. Lo hubo. ¿Ve
usted esa valla de madera que sigue? Pues en ese solar estuvo el 16..., si
usted no manda otra cosa...». No pude menos de hacer una juiciosa observación:
«Anoche debió de ser derribada la casa, porque ayer estuve yo en ella. Y si así
no es, habré yo confundido el número. Dígame, ¿no vive en este 14 una señora
que llaman doña Graziella? Si no es aquí, será en el 18». Oído esto, la portera
me dio la contestación más inconveniente y soez: «¿Sabe lo que le digo? Que si
viene usted dormido, aquí tengo yo el palo de la escoba para despertarle... Y
váyase pronto a que le den el amoníaco».
En mi confusión y
azoramiento al ver desaparecida o tragada por la tierra la gruta de [112] la
maga, me retiré sin saber por dónde iba. El incierto rumbo de mis pasos me
llevó a la calle de Fuencarral; por esta me metí en la de San Mateo, y al
promedio de ella vi que hacia mí venía una persona..., un hombre, en quien creí
reconocer a uno de mis amigos más queridos. Dudé; desconfiaba de mis ojos, que
en tales días padecían quizás la dolencia de ver visiones. Avanzaba el
sujeto... Su talla y andar, su rostro, su larga perilla rubia no podían
engañarme. Era él, era él. Cuando a mí llegó con los brazos abiertos, mis dudas
se extinguieron en este grito de alegría: ¡Estévanez... Nicolás Estévanez!
- XI -
Bastante más joven
que él era yo, y por la edad, como por el respeto, solía llamarle don Nicolás.
Él me devolvía la fineza llamándome burlonamente don Tito. Abrazados todavía me
dijo que acababa de llegar de Cuba, por vía muy larga y tortuosa... ¡Qué viaje,
qué fatigas! Aún llevaba el pantalón blanco de hilo que usan los militares
antillanos. Con él salió de la Habana, con él andaba en Madrid por no tener
otro. ¡Y estábamos en pleno invierno! Por sólo este detalle, me movió a grande
admiración la sublime pobreza del héroe... Así le llamo, porque por tal le tuve
y le tengo.
«Yo no poseo más que
cincuenta reales [113] mal contados, don Nicolás -le dije-; pero con esa suma,
le convido: almorzaremos juntos». Aceptó, y nos fuimos en busca de un cafetín.
Por el camino y dentro del local modesto donde almorzamos, me explicó los
motivos de su inesperada vuelta de Cuba, cuando le suponíamos allá bregando con
los insurrectos... Hallábase en Madrid de reemplazo a fines del 71. No deseaba
la situación activa, porque en ella se habría visto en el caso duro de tener
que combatir a los republicanos. Puesto en el dilema de faltar a sus deberes o
a sus arraigadas creencias, pensó en abandonar la carrera militar... Sus
modestas ambiciones se verían colmadas con un destino civil. ¿Cuál? Desde niño
soñaba con desempeñar plaza de torrero en un faro. Era su ilusión vivir entre
las olas, con los pies en tierra, gozando la inefable ventura de no tener
vecinos.
Ignoro si había
llegado Estévanez a pretender la plaza de torrero, que era su ensueño. Soñando
vivía cuando se pensó en destinarle a un regimiento, y aquí vino el conflicto:
o mandar soldados, cuya misión entonces no era otra que pegar a los
republicanos, o abandonar la carrera. No teniendo otro medio de vivir que su
paga de capitán, salió del paso pidiendo el traslado a Cuba con el propio
empleo. Otros iban con ascenso; él no aspiró a tal gollería. Embarcó en Octubre;
llegó el 2 de Noviembre, día de los Difuntos; se presentó a las autoridades; no
se le dio ocupación activa, ni en guarnición [114] ni en campaña. Su único
trabajo era pasearse en la acera del Louvre, y charlar con los amigos en el
café, del mismo nombre.
Ocurrió en el curso
de aquel mes que se alborotaron los Voluntarios por no sé qué broma, ligereza o
travesura de los estudiantes de Medicina. Contaba don Nicolás que no dio
importancia al suceso, y que cuando oyó en el café que se había formado consejo
de guerra para juzgar a los estudiantes, creyó que era también ligereza o broma
de la infatuada tropa de Voluntarios... Una tarde, al entrar en el café, lo
encontró casi vacío. En las calzadas y paseos próximos no se veía un alma. ¿Qué
ocurría? Pues nada... «¿Pero qué ocurre?» preguntó a un mozo del café.
-¿Qué ha de ocurrir?
Que los están fusilando.
-¿A quién?
-A los estudiantes.
Contándolo, el rostro
de Estévanez se transfiguraba... parecía otro... «Nunca, ni antes ni después
-me dijo-, en ninguno de los trances por que he pasado en mi vida, he perdido
tan por completo mi aplomo. Grité, me descompuse, pensé en mis hijos, creyendo
que también me los fusilaban... No sé lo que me pasó... Ahora mismo no puedo
explicármelo». El horror de la brutal tragedia, la indignación, la idea del
oprobio que caería sobre España y su Ejército por tal acto de barbarie, le
pusieron en un estado congestivo, privándole de conocimiento. Fue menester
sangrarle. Amigos cariñosos le llevaron [115] a su casa... En una noche de
insomnio y horribles pesadillas, atormentado por la idea y visión de que le
arrancaban de cuajo el alma y con ella los sentimientos más arraigados,
Estévanez pasó por todas las formas de la demencia; y cuando esta fue
declinando hacia la serenidad, surgió la inquebrantable resolución de abandonar
la Isla.
Hombre de tal temple,
enardecido desde sus años juveniles en la devoción de la Humanidad, de que se
derivan las ansias de Libertad y Progreso, no podía vivir en aquel campo de
fieras discordias: por un lado los enemigos de la Patria, por otro los que,
llamándose hijos de ella, la deshonraban con sus violencias y crueldades; allí
la soberanía del honor militar; aquí el imperio de las ideas... Imposible
residir en Cuba sin tirar el uniforme o tirarse al mar...
¿Pero cómo volver a
España? Amigos fieles facilitaron a don Nicolás la salida de aquel cráter: se
solicitó del Capitán General licencia y pasaporte para la Península, y
conseguido esto, ya sólo faltaba esperar la salida del primer vapor. Pero a
Estévanez se le hacían siglos las semanas, los días... Ansioso de partir, como
si en ello le fuera la vida, tomó pasaje en una goleta llamada Estrella, que
salía para Nueva Orleans con cargamento de madera... El relato que me hizo el
hombre de su viaje en aquel barcucho, ponía los pelos de punta. Fue un viaje de
incidentes y trabajos que recordaban la primitiva navegación en los mares de
América. [116]
Zarpó la goleta al
anochecer, y a las pocas horas se inició en su bodega un incendio. Echaron el
bote al agua, y en él se embarcaron precipitadamente tripulación y pasajeros.
Estos eran dos: don Nicolás y un chino. El capitán de la goleta, un yanki de
mala catadura, les puso a remar, y al fulgor de las llamas que devoraban el
barco, emprendió el bote la penosa navegación por un mar nada tranquilo.
Sospechaba mi amigo que el incendio no había sido casual: capitán y tripulantes
dieron fuego al barco con un fin de piratería. Provocaban un siniestro para
estafar a la Compañía de Seguros... Esto sospechó Estévanez. Confirmaron su
presunción las maneras y actitud del capitán y marineros.
Rema que te rema, los
dos infelices pasajeros veían cercano el momento de ser asesinados o arrojados
al mar. Parecía novela de navegación por aguas de piratas o caribes. El miedo
que pasaron fue tal que a otro que Estévanez le habría durado toda la vida. Así
transcurrió la noche, y en tan horrorosa incertidumbre llegaron los náufragos
al nuevo día. Felizmente encontraron un vapor yanki que los recogió y los llevó
a Cabo Haitiano. De Cabo Haitiano partió mi amigo a Santomas, y allí,
descansado de tan hondas angustias, no pensó más que en dar realidad legal a la
situación que se había creado. Al abandonar la Isla de Cuba, devolvía
resueltamente a la Nación la espada que esta puso en sus manos. En cuanto pisó
tierra de Santomas, fue al Consulado de España, y entregó al Cónsul un [117]
pliego en que solicitaba del Rey la licencia absoluta.
«Lo hice con pena -me
dijo grave y melancólico-. Yo no tenía más carrera que la militar: era capitán
del 59, con el grado de comandante; pero me había persuadido al fin de que no
se puede pertenecer a la milicia cuando se antepone la propia conciencia a
todas las leyes, a todas las ordenanzas, a todos los prejuicios de profesión y
de escuela...». Siguió refiriéndome que por hallarse muy escaso de dineros,
tomó pasaje de tercera en un vapor francés, que a Europa venía con escala en
Santander. Recaló el vapor en el puerto cantábrico en día de furioso temporal
del Noroeste, y suprimida la escala, siguió a Saint-Nazaire. Desembarcó don
Nicolás, y con los pantalones blancos de la Habana, en pleno invierno, y la
misma ropa veraniega estuvo en Nantes... Prosiguiendo en ferrocarril su odisea,
pasó la frontera y se plantó en Madrid.
Esta breve y pálida
referencia no puede dar a mis lectores idea, ni siquiera remota, de la
precisión, elocuencia y donaire con que el héroe, que tal nombre debo
aplicarle, relataba su dramático viaje de las Antillas a España, y las
tremendas causas que lo motivaron, y el admirable tesón cívico que vigorizaba
su alma generosa. Oyéndole, saboreaba yo una gallarda página histórica, que él
solo puede y debe escribir, como su propio creador o cosechero.
Del cafetín fuimos,
corriendo calles, a la [118] busca y captura de amigos de él y míos, y por el
camino le enteré de las extrañas cosas que aquí pasaban. Se maravilló y enojó
de que los republicanos estuvieran divididos en Intransigentes y Benévolos, y
me dijo que por esta castiza propensión al divorcio, estábamos tan lejos del
advenimiento de la República. No había en España voluntades más que para
discutir, para levantar barreras de palabras entre los entendimientos, y
recelos y celeras entre los corazones... Puedo afirmar con plena convicción que
de cuantos amigos tenía yo, ninguno me cautivaba como aquel hombre inflexible y
de una vez, dicho sea vulgarmente.
Perdónenme ahora si
me acuso de una nueva licencia cronológica... Caigo en la cuenta de que mi
destornillado caletre ha invertido los hechos, pues mi encuentro con Estévanez
fue bastantes días después de mi violenta salida de la casa de Cabeza, y de la
misteriosa desaparición de la gruta (número 16 de cierta calle) en que visité a
la ninfa graciosa y endemoniada. Se me apareció el gran republicano ya bien
entrado Enero del 72, y lo compruebo con un dato político. Hablamos don Nicolás
y yo del Ministerio Sagasta, y precisamente en aquellos días don Práxedes
derribó con un simple codazo al Gobierno de Malcampo para subirse al pescante y
coger las anheladas riendas.
Sagasta era otra vez
el gallo de nuestro corral político, y con su arrogante cresta o tupé, su
quiquiriquí tribunicio y el irisado [119] plumaje de su simpatía personal,
dominaría las olas que socavaban el trono de Amadeo I. Del caído Ministerio
conservó a Malcampo y a Angulo, y completó el retablo con estas figuras: De
Blas, Groizard, Topete y Gaminde.
En los propios días,
¡oh lector mío bonachón!, esa misteriosa fuerza de los hechos menudos que
llamaré onda social, me apartó del trato y compañía de Nicolás Estévanez para
llevarme a la vera de mis antiguos camaradas de El Debate. ¿Fue caso
providencial, o una nueva virazón de mi voluble destino? Pues una noche, dadas
ya las once, me encontré a Ramón Correa que del Príncipe venía muy embozado en
su capita. Del teatro solía ir a sus tertulias de gente de tono, y después se
zambullía en el Casino hasta el amanecer. Me paró; hablamos con expresiva
confianza; quejose de mi retraimiento... «¿Pero dónde te metes, Titillo? Ya
sabes que te queremos... Vete por mi casa...». Le prometí visitarle, y él
puntualizó la cita, diciéndome: «Vete pronto. Ya sabes...; a la hora a que me
levanto. Abur. ¡Qué flaco estás!».
La hora a que me
levanto era, en el reloj de la vida de Correa, las siete de la tarde. Hombre
más nocturno no he visto nunca. Vivía en un pisito bajo de la calle de Claudio
Coello. Retirábase al despuntar el día. Despertaba de doce a una; se
incorporaba, y sus criadas le servían un buen almuerzo en una mesilla de patas
muy cortas, construida ad hoc para formar un plano sólido sobre las [120] telas
del rebozo. Después de bien almorzado, seguía durmiendo hasta las seis y media
o las siete. Era la hora de recibir a los amigos, y lavándose y vistiéndose
charlaba con ellos hasta que salía para la casa rica en que había de comer. Tal
era el vivir de Ramón Correa, que se pasaba meses y años sin conocer al sol más
que de oídas. En la noche social resplandecía la luciérnaga de su grande
ingenio. Por ser Correa cubano, debo decir cucuyo. De noche brillaba más que de
día, y hablando más que escribiendo, pues la indolencia ponía diques a su
talento para mostrarse en la literatura escrita. Su gracia, su exquisito gusto
literario y su inmenso saber de cosas mundanas corrían sin tasa en los raudales
de la conversación.
Desde que iniciamos
la nuestra, todo lo que me dijo mi amigo, acabado de salir de la cama, iba
encaminado a catequizarme para que me hiciese sagastino. Con burlas y razones
quería convencerme de mi estulticia, y alabó a don Práxedes y al Duque de la
Torre, presentándolos como los únicos hombres que podían traer a España la paz,
el bienestar y la cultura. Era Correa un espíritu liberal metido en la armadura
de un eclecticismo elegante y conservador, como Albareda y demás políticos
procedentes de El Contemporáneo. Con el buen gusto y la pasta de un positivismo
del mejor tono adornaba sus argumentos. Pero con todo su donaire y amenidad no
lograba convencerme.
«Mire usted, amigo
Correa -le dije-. Yo, [121] bien lo saben Albareda y Ferreras, escribo
fácilmente, ajustándome a las ideas que se me piden. Escribo en republicano,
escribo en conservador y hasta en neo si fuera menester. Pero esto es, como si
dijéramos, producción inconsciente de mi ser, un chorro con variados criterios,
que brota de mí sin más valor que el de un juego de palabras. Dentro de mí
quedan mis convicciones inalterables. Si se me piden parrafadas anónimas,
dispuesto estoy a darlas; pero si me quieren afiliar públicamente al
sagastismo, o como se le llame, no accederé nunca, aunque usted me ofrezca
posiciones, destinos y jamón con chorreras. Vendo por un pedazo de pan mis
tiradas de prosa política; mis ideas no las vendo por ningún tesoro». Sin
pensarlo me ponía yo en la cuerda paradójica en que él con gracioso balancín
sabía moverse y bailar.
«Todos guardamos en
nuestra alma, querido Tito, un depósito grande o chico de convicciones, que
vienen a ser nuestro equipaje para el siglo que viene. Pero no cambiemos de
siglo antes de tiempo. La vida presente nos tira del faldón cuando queremos
lanzarnos hacia un lindo porvenir, y nos dice: 'Detente, amigo, y no corras
hacia las fechas de 1910 ó 1915, que aún están vacías'. Tiéntate el estómago, y
tu estómago te dirá: 'Estoy como caño de órgano. Échenme algo pronto, que si
no, me muero y te mueres'».
De broma en broma fui
a parar a mi grave profesión de fe política, diciéndole que yo no quería
cuentas con Sagasta, el cual era el [122] escepticismo, el aplazamiento, el ya
se verá, y yo aceptaba de lleno el programa de don Manuel Ruiz Zorrilla, la
reforma inmediata, radical, concluyente... Libertad de cultos, Enseñanza
totalmente laica, Derechos inalienables, imprescriptibles; Igualdad social,
Reparto equitativo del bienestar humano, Supresión del voto de castidad,
Desamortización de conciencias, Ejército cívico, Autonomía municipal y
provincial. Fuera títulos de nobleza; fuera cruces y calvarios... No más pena
de muerte; no más quintas; no más frailes, no más gandules presupuestívoros; no
más colmenas para zánganos administrativos... En mi exaltación, me dejé decir
aturdidamente que tal programa me lo había dictado el propio cosechero, y en mi
poder lo tenía para darle publicidad... Mirábame Correa con asombro, poniéndose
las gafas, después de lavarse... Dudó de que yo estuviera en mis cabales; soltó
la risa... Volví yo entonces de mi fugaz desvarío, y sujetando la burra que se
me quería escapar, rectifiqué. No me lo había dictado Zorrilla... Obra mía fue
la nueva Constitución, en noche fantástica, hospedado en la gruta de una
hechicera Circe, barragana de un cura loco.
Contagiado el
gracioso cubano de los escapes flamígeros de mi pensamiento, aseguró que él iba
más allá, y que dentro de un par de siglos levantaría la simpática bandera de
la supresión de todo gobierno que es como decir anarquía. La entidad Gobierno
es la negación de la paz pública... Y de aquí, con [123] gradaciones airosas,
iba a parar a este dilema: O yo me afiliaba públicamente en el Sagastismo, o se
me ofrecería celda gratuita en Leganés, ya que no se habían creado aún los
tonticomios que reclama el considerable aumento de la necedad... Una vez que
endilgó su frac, como feliz comensal de casa grande, salimos juntos, y por la
calle repitió sus bondadosos requerimientos para redimirme de la obscuridad y
solitaria pobreza en que yo vivía. Díjome al despedirme que si él no lograba
convencerme lo haría Ferreras, que también me distinguía y honraba con su
afecto...
A buen paso me fui a
mi domicilio, que a la sazón era una casa de huéspedes, calle del Amor de Dios,
de mediano trato y no muy lucido aspecto, donde en días de penuria grande me
metí, por los motivos y circunstancias que a renglón seguido contaré. La
horripilante situación de mi erario me lanzó nuevamente a la busca y captura de
la Casa Rostchild, la cual, echando los bofes, encontré reencarnada en un varón
seco, duro, agrio, que se llamaba don Francisco Torquemada y vivía en la calle
de San Blas, zona baja de Atocha. Enorme cantidad de saliva gasté, y sin fin de
escalones subí para conseguir de aquel perro algún alivio de mi necesidad.
Pidiome garantía del Banco de España, o la firma de Manzanedo, y cuando ya
llegaba yo a los extremos de la ira, llegó él a los de la piedad, y salí de su
casa contento, aunque desplumado para una fecha no lejana. [124] Al despedirme
quiso mostrarme su protección recomendándome una casa de huéspedes buena,
limpia y económica. Acepté por hallarme a la sazón muy mal alojado, y por dar
gusto a Torquemada. Sin duda la casa de pupilos era suya, o de algún cliente
con quien iba a la parte.
Mi patrona era una
pobre mujer derrengada y envejecida por el trabajo, con la carga de cuatro
hijos y la impedimenta de un marido que no le servía para nada, en el orden de
la industria huesperil. Llamábase Nicanora, y Rosita la mayor de sus niñas, que
era muy mona y algo bachillera. El esposo, don José Ido del Sagrario, había
sido maestro de escuela. Aquejado de cierta frialdad del cerebro, hubo de
abandonar el noble oficio de desasnar chicos; mas no con el descanso pudo
recobrar la salud, ni siquiera un mediano gobierno de su máquina muscular y
nerviosa. Quedó, pues, en situación de esqueleto vestido de fláccidas carnes;
no resistía ningún trabajo fuerte, físico ni mental; ocupábase tan sólo en
repartir entregas de una Casa Editorial, reduciéndose a un corto callejero, y
en hacer recados a los huéspedes, que eran conmigo tres estudiantes de San
Carlos. El trato de Ido me agradaba; era hombre que no carecía de luces, aunque
solían brillar tan sólo por ráfagas intercadentes, lívidas llamaradas de alcohol.
Tristeza y goce me causaban a la par mis conversaciones con aquel hombre
inocente y bueno, cerebro que yo comparaba a la celda de una [125] cárcel, en
que hubiera estado preso un filósofo. Este se había fugado dejando en las
paredes efluvios de su espíritu.
A poco de entrar en
la casa de doña Nicanora, tuve amores con una princesa... Déjenme explicar. Era
una tiple que había estrenado en los Jardines del Retiro el airoso papel de la
Princesa Colibrí, farsa medio lírica, medio bailable. Por la interpretación
libérrima y desahogada de aquel personaje mímico y cantable, quedole entre el
vulgo teatral el mote de La Princesa. Su nombre auténtico era Pepa Hermosilla,
sobrina carnal de dos guapísimas hembras de la generación pasada, las
Hermosillas, comúnmente llamadas las Zorreras, por ser hijas de un fabricante
de zorros. Vierais en Pepa una mozuela linda y desfachatada, bailarina más
terrestre que aérea, tiple ligera, ligerísima.
- XII -
Sí; tan ligera, que
la conocí antes de media noche en el escenario, y a la madrugada estábamos ya
casados requetecivilmente... No debería yo contar estas cosas; pero allá van
para descargar mi conciencia, mostrando a mis lectores la locura de aquellos
años juveniles. Confieso mis pecados con la mira saludable de que en ellos se
vea la procedencia de mis fieros quebrantos y desdichas, y de ello tome ejemplo
la juventud para que se [126] aparte de los caminos que no conducen a la
moral... Pues, señor, llevaba yo media semana en las alegrías de príncipe
consorte, cuando una tarde me encontré en la Plaza de Matute con aquella
Lucrecia de quien ya hice mención, bonita y vaporosa rubia bermeja amiga de
Felipa..., la que conocí asociada a un jugador de oficio que llevaba la pechera
y los dedos cuajados de brillantes. Al jugador le había salido la mala, y se lo
llevaron los demonios. Lucrecia se me presentó desolada. La compadecí, le
prodigué los consuelos que mi alma generosa me sugería, y por último, observando
que su pena no tenía más alivio que el contármela a mí, decidime a protegerla;
hablamos, nos entendimos, y punto concluido.
Mi doble juego de
amor fue descubierto a los pocos días por las dos apasionadas hembras, a
quienes yo engañaba y entretenía con toda clase de sutilezas o equilibrios. El
resultado fue que estalló el conflicto una mañana... Encontrándose en la calle
de Santa Isabel se acometieron, se arañaron, se dijeron cuanto dos bravas
mujeres pueden decirse en caso tal, y se arrancaron recíprocamente mechones de
sus respectivas cabelleras, negra la una, rojiza la otra. El culpable de
aquella mujeril trifulca, que los periódicos narraron como un caso de risa y
festejo, fue el bendito chiflado don José Ido, a quien entregué dos cartas, una
para cada cual, y el desventurado filósofo las trabucó y... Ya comprendéis lo
demás... Cuando enterado [127] de la zaragata increpé al mensajero por su
descuido, me respondió con fría y angelical serenidad: «Francamente,
naturalmente, yo pensé, señor don Tito, que usted, en vez de regañarme, me
agradecería la equivocación, porque así, enzarzadas la una con la otra, se ve
usted libre de las dos, y quedará en franquía para mejor arreglo con una sola».
No dejé de apreciar
en su justo valor esta sutil filosofía; pero, ¡ay!, del lance mujeriego no me
resultó el beneficio que el candoroso Ido presumía, sino todo lo contrario...
Sucedió que cuando se hallaban Lucrecia y Pepita en lo más recio de su pelea,
acudió a separarlas y a poner paz una señora que con su criada venía de hacer
la compra en el mercado de los Tres Peces... Logró el armisticio entre ellas;
oyó las razones de cada cual, y con humanitaria diligencia vino a mí para
gestionar avenencia y concordia con una de ellas, ya que con las dos no podía
ser. Y cómo se arreglaría la desconocida señora en su arbitraje, que de las
sucesivas conferencias resultó que llegué a un modus vivendi con las dos
separadamente, y luego me entendí con la mediadora, que era mujer agradable,
viuda en buena edad y de no poca sal en la mollera... Yo no sé qué tengo,
señores que me leéis, no sé qué tengo... Lo mismo es hablar yo con una mujer,
que esta se pone tierna y no tarda en enloquecer por mí... No sé lo que tengo, repito,
no sé...
De lo que acabo de
referir, salió, como podréis [128] suponer, mayor desventura mía, y el trabajo
hercúleo de tener que triplicarme con diarias fatigas y combinaciones. La más
amada de las tres era la que fue mediadora. Trataba yo de que fuera la única;
pero tales dificultades y trapisondas me salieron al paso en mi tentativa de
moralidad, que hube de seguir bailando, como decía el otro, en el triple
trapecio de Trípoli, hasta que la desdichada derivación de tales hechos dio su
funesto resultado... Antes de que pasaran dos semanas de este horrible trajín,
Lucrecia fue asesinada por el empresario de timbas que había sido su amante, y
aunque no me alcanzaba ni alcanzarme podía culpabilidad en el crimen, por el
lugar y ocasión en que fue perpetrado, no me libré del espanto y consternación
propios del trágico suceso. Pocos días después descubrió la princesa mi triple
juego, y alborotada se plantó en mi casa, y cual furiosa rabanera, vertió sobre
Nicanora y el pobre Ido las más groseras injurias. Lo que me dijo a mí me está
escociendo todavía... Y por último, compasivo lector, mi tercera, que yo tenía
por primera, no pudo menos de abrir sus enamorados ojos a estos escándalos, y
me despidió de su trato, ya que no de su corazón, derramando lágrimas
amarguísimas.
Era una viuda tierna,
bastante supersticiosa, tirando a mística. Llamábase Delfina. Su padre fue un
excelente confitero que tuvo gran parroquia en Madrid. Su marido fundó y
disfrutó la más elegante Funeraria de esta [129] Corte, industria que la viuda
traspasó, mediante conquibus, al que había sido primer dependiente del
fundador. Con este provecho y lo que heredó de su padre, Delfina disfrutaba de
un buen pasar; vivía holgadamente, y daba socorros a parientes pobres, suyos y
de su marido... Entendía yo que aquellas granjerías tan diferentes en forma y
fondo habían dejado en la infancia y juventud de la buena señora la impresión
de las cosas familiares adheridas a la existencia. Por esto decía de ella mi
amigo Roberto Robert que era dulce y tétrica..., y que en su carácter veía un
ataúd lleno de yemas y tocino del cielo.
Algo de verdad había
en estas paradojas. Mi amiga era suave y borrascosa; con sólo minutos de
diferencia mordía y acariciaba. Ferviente devota de San José, a quien pedía
todo lo que anhelaba, creía mil profanos disparates. Cuando en misa sacaba el
cura casulla verde (lo que sólo en contados días se ve), doña Delfina se
llenaba de terror, y de la iglesia salía persuadida de la proximidad de grandes
daños y calamidades. Creía en el mal de ojo y en las recetas para impedir sus
terribles efectos, y era fuerte en fórmulas cabalísticas para conseguir de la
Santísima Trinidad la pronta cura de tercianas y cuartanas.
Refiriendo a mi
persona estas extravagancias, diré que la viuda me quería y me apartaba de su
trato; tan pronto era la benigna divinidad que por mí se interesaba, como la
[130] fiera sacerdotisa que arrojaba sobre mí siniestros augurios y
maldiciones... Termino el retrato con estas noticias que, si por el momento no
interesan, podrán tener algún valor en lo que más adelante relataré. Delfina
Gil era natural de un pueblo próximo al que tuvo el honor de verme nacer. A no
pocas personas de mi familia conocía, y huroneando en el pasado sacaba remotos
entronques de sus antecesores con el claro linaje de los Livianos.
Adelante con mi
cuento. Las resultas de la referida borrasca mujeril, y la extraña doblez del
carácter de Delfina, mi benéfica protectora por un lado, por otro mi fiscal
implacable, me llevaron a un estado de intensa melancolía. Vagaba yo mañana y
tarde por los barrios extremos y las afueras de Madrid, hablando a solas, o
pronunciando discursos férvidos ante la soledad agreste. El casual encuentro
con algunos amigos me sacó del pozo de mis meditaciones, llevándome a la
política, que es eficaz medicina de tristezas. El trajín de las opiniones
propias y ajenas, que en mil casos no nos llegan a lo hondo del ser, nos
restablece a una normalidad vividera, y al suave pasar de las horas y los
días... Sin saber cómo llegué a verme metido en el hervor de la campaña
electoral. Corría Febrero, Marzo le siguió en aquel afán; yo, avispado o
embrutecido, que esto no lo sé, por la propaganda, me metí más en ella. No era
que yo pretendiese la diputación; pero amigos míos pedían [131] sus votos al
pueblo, y quise poner en la lucha todos mis esfuerzos, interesándome
particularmente por Nicolás Estévanez, que presentaba su candidatura en uno de
los distritos de Madrid.
En aquellos días de
ciego furor sectario, quedó formada la magna Coalición o piña electoral para
derrotar al Gobierno. Componían la Junta Mixta, o si se quiere, el pisto
manchego, tres individuos por cada uno de los cuatro partidos de oposición: por
el carlismo tres neos hidrófobos; por el alfonsismo tres reverendos caballeros
de los de alba camisa, únicos poseedores de lo que se llama dotes de gobierno,
esto es, planchado con brillo; por los radicales tres añejos progresistas, y
por los republicanos los más culminantes del partido. Omito los nombres para no
contribuir a que llegue a la generación venidera el fuerte olor del vinagre en
que se hizo esta ensalada o gazpacho...
Menudeaban las
reuniones, las prédicas y las asambleas. Yo fui a las que celebraron los
republicanos en el teatro de la Alhambra, y sin hacerme de rogar, por impulso
instintivo y comezón declamatoria, en todas hablé... Me oían con vivo interés,
me aplaudían a rabiar. Luego, mi ardor y los aplausos me llevaron a la
exageración de mi énfasis, a emplear argumentos retorcidos y dislocados y a
burlarme de la lógica. Una noche defendí el contubernio electoral, y a la
siguiente lo combatí con saña... Sin saber cómo, se me salían del pensamiento a
la boca las ideas de [132] aquel fantástico programa que supuse dictado por
Ruiz Zorrilla en la hechizada gruta de Graziella. Todas las zarandajas de mi
Credo radicalísimo iban cayendo de mis labios sobre el auditorio, como lenguas
de fuego sobre el montón de combustible. Una noche, a la salida, Santamaría y
Luis Blanc me dijeron: «Chico, no hables más. Te exaltas demasiado. Procura
serenar tu entendimiento».
Estas suaves
reprimendas de mis amigos, y otras más agrias de algún primate de los que
ocupaban la mesa, conminándome con no concederme la palabra si seguía por aquel
camino, me redujeron un triste silencio. Salíame yo por las tardes a los
barrios del Sur y de allí a las afueras, y dondequiera que veía un grupo de
seis o siete personas, me detenía y les predicaba... No tardé en encontrar
prosélitos; llevaba tras de mí una pandilla de hombres y mujeres que me incitaban
a que les arengase, y yo, diciendo para mí aquí que no peco, soltaba el
surtidor de mi desordenada oratoria. No ponía ningún freno a mis ideas, y lo
menos que les decía era que el mejor Gobierno era el no-gobierno... Cuando a mi
casa me retiraba fatigado y ronco, y en la soledad de mi cuarto con fría
reflexión pensaba en mis discursos, me asaltaba la sospecha de que en mi
cerebro había ocurrido alguna conmoción, que desmontara o por lo menos sacara
de sus quicios las piezas del mecanismo pensante. Y cavilando más en esto cada
noche sobre el agasajo de las almohadas, creí dar con la razón de tales [133]
sinrazones. Si en efecto yo iba camino de la demencia o de la chifladura, la
causa no podía ser otra que el desequilibrio en que estaba mi ser por la
interrupción de mis conquistas y de los dulces efectos de ellas, o sea, el
trato con el bello sexo.
Firme en esta tesis,
me propuse volver a las amenidades amorosas. Sí, sí; el amor es la vida, y
además la razón, y el perfecto funcionar armónico de nervios, sangre, masa
encefálica, estómago, pulmones, etc... ¿Qué hice? Visitar a Delfina Gil y
abordarla bruscamente con arrumacos sentimentales, suaves arrullos, miradas
incendiarias, y sobre todo ello puse las florituras y fermatas de un
vocabulario de seducción que, dicho sea sin falsa modestia, sé manejar como
nadie... Pues Delfina no me hizo caso. Hallábase en un estado de espíritu
incompatible con mis malvadas pretensiones. Sufría el ataque de virtud furiosa
y empedernida, que solía durarle diez o doce días y a veces meses enteros.
Seria y desdeñosa, me dijo que llamase a otra puerta, y al verme salir, me
retuvo para echarme esta suave indirecta del padre Cobos: «Estás mal de la
cabeza, pobre Tito. He notado el desorden de tus razonamientos. Tus amigos se
alarman oyendo los disparates que dices en los metingues. Será preciso
aislarte, tenerte en encierro y observación hasta que entres en caja. Escribiré
a tu familia, enterándola de tu mal. Allá dispondrán si vienen a buscarte y te
llevan al pueblo, que sería lo más acertado, o me autorizan para ponerte [134]
en cura». Yo me reí... «Adiós, adiós...».
Al pie de la letra
tomé el llama a otra puerta, y de la calle de la Magdalena me fui tan campante
a la de Tabernillas. Sabía que en aquellos barrios moraba mi antigua socia
Felipa, que aún me guardaba ley, demostrándomelo en repetidas ocasiones con
recaditos de amistad y aun con menudos obsequios... Busca buscando, la encontré
en la calle del Águila, más negra y agitanada que antes, por efecto del negocio
de carbón a que se dedicaba en compañía de un hombre robusto, tiznado y
carbonífero, llamado Bernabé Díaz. A mis halagos contestó Felipa que no contara
con ella para nada contrario a la fidelidad que a su Bernabé debía. Hallábase,
pues, en pleno periodo de virtud; era feliz, trabajaba de sol a sol, y no
cambiaba su actual vida de activa tranquilidad por otra de escándalo y
deshonor. Pregunté si se casaría con Bernabé, y me dijo: «En eso andamos. Las
damas catoliconas nos están trabajando el casorio. Yo lo deseo. Me espanta la
idea de llegar a vieja sin tener un arrimo y vivir en ley...».
Ya me iba cargando
tanta virtud... ¿Por ventura tendría yo que hacerme también virtuoso para
recobrar mi equilibrio?... De la carbonería pasé a la taberna próxima, donde
tuve la satisfacción de encontrarme a mi amigo y casi pariente, Sebo por mal
nombre, rodeado de toscos ciudadanos, entre los cuales estaba el tal Bernabé,
presunto esposo de Felipa. Trataban de la elección por [135] aquel distrito
(Latina), el más republicano de Madrid. Sebo, agente electoral de la Coalición,
recomendaba la candidatura de Estévanez, que era predicar a convencidos, pues
en aquel barrio pobre, liberal y entusiasta, gozaba don Nicolás de gran
predicamento. Metí yo al instante mi cuarto a espadas en la reunión, haciendo
del candidato el más fogoso panegírico que aquellos hombres inocentes habían
oído. Y fue grande mi satisfacción oyendo lo que a la salida de la tasca me
dijo Telesforo: «Mi antiguo señor, el Marqués de Beramendi, me ha mandado que
apriete de firme para sacar a Estévanez, pues aunque no le trata ni le ha visto
nunca, le tiene en gran estima por su honrada convicción, y por lo derecho y
firme que va camino del Progreso, sin mirar atrás».
Desde aquel día, me
metí en el trajín electoral, y tuve la dicha de oír de los autorizados labios
de don Nicolás, en las reuniones del teatrito de la calle de Las Aguas,
parrafadas y apóstrofes tan tremendos como los que a mí me valieron poco menos
que la excomunión de la Asamblea del partido... Si a mí me tuvieron por loco,
no lo estaba menos Estévanez, y esto me consolaba. O ser revolucionario de
verdad, o no serlo. Si nuestra sociedad reclamaba, con su hondo malestar,
renovación completa, nada se haría si no demolíamos el vetusto y apuntalado
edificio para reconstruirlo con nuevos planos, nuevos materiales y arquitectos
nuevos. Sacáramos estos de la nada, no del personal existente... [136] Antes de
crear un nuevo mundo, hiciéramos un delicioso caos.
No canso a mis
lectores refiriendo al detalle una campaña electoral en que apenas hubo pelea,
por la excelente disposición del popular distrito y el arranque del candidato.
Sin gastar una peseta le sacamos, con 8.000 votos de ventaja sobre el
contrincante sagastino. Los electores eran gente sencilla, proletaria, que no
ambicionaba destinos ni prebendas, voz y voluntad auténticas del pueblo
soberano. La Coalición triunfó en Madrid, con dos republicanos, Estévanez
(Latina) y Galiana (Hospital); cuatro radicales, Montero Ríos (Palacio), Ruiz
Zorrilla (Centro), Martos (Congreso) y Becerra (Audiencia); el único
ministerial que tuvo acta fue el General Beránger (Hospicio). En provincias,
los amaños de Sagasta dieron a este una mayoría gregaria; mas no pudo ahogar el
empuje de las minorías. Sólo el carlismo trajo treinta y cinco puntos... Y
estos sí que eran puntos negros.
Seguí en relaciones
de cordial amistad con Estévanez, que no se envanecía de su triunfo, ni creía
que en el futuro Congreso pudieran hacerse campañas eficaces para la idea
republicana. En nuestras charlas, tuve el gusto de oír de su boca las
apreciaciones más exactas de la realidad política en aquellos días. La
revolución estaba muerta por haber perdido en gran parte la savia progresista
que le dieron los trabajos del 67 y el triunfo del 68. Los alfonsinos habían
ganado terreno [137] con la traída de un Rey extranjero; contaban a la sazón
con lo más florido de la oficialidad del Ejército. Todo cuanto veíamos despedía
olor a muerto. Los Gobiernos de don Amadeo no salían de la norma y pauta
somníferas de los Gobiernos anteriores a la Revolución. Los vicios se
petrificaban, y las virtudes cívicas no pasaban de las bocas a los corazones.
Administración, Hacienda, Instrucción Pública, permanecían en el mismo estado
de quietismo y pereza oriental. No salía un hombre que alzara dos dedos sobre
la talla corriente. Hacía falta un bárbaro, como Pizarro, que sin saber leer ni
escribir, creó un mundo hispano en la falda de los Andes.
Estas ideas me
cautivaron. Sí, hacía falta un bárbaro que creara otro mundo hispano. Pero
aquel bárbaro no era yo, que poseía regular cultura, sabía escribir, y echaba
sin ton ni son discursos elocuentes... Hacía falta un mudo, que hablara con los
hechos y con la piqueta, demoliendo los viejos muros, sin pedir permiso a las
letras de molde; un mudo, sí, que entendiera de cirugía política, y supiera
leer lo escrito con caracteres de fuego en el alma de la Nación... Debajo del
pesimismo de mi gran amigo, latía, como es de ley en todo ser superior, un
fuerte optimismo. No desconfiaba de la idea, sino de los hombres que en el
telar político, llamándose ministeriales o de oposición, tejían la misma tela
frágil y descolorida, tan fea y tan mala por el derecho como por el revés... En
suma, [138] que la oposición republicana, aliándose con los Nocedales y
Barzanallanas, se contagiaba de esa legalidad indigesta que siempre resulta
infecunda, y cándidamente hacía el juego a sus naturales enemigos. Los arañaba;
pero no supo darles, como debía, muerte y sepultura... Mientras más lecciones
de estas cosas me daba mi amigo, más me enamoraba su carácter. Lo que aún tengo
que decir de él quédese en remojo todavía, pues me urge contar un suceso de
importancia, que a mi ver cae dentro de la fase humorística de la Historia.
Sígame, si gusta, el benigno lector desde este capítulo al que inmediatamente
le sigue.
- XIII -
No cesaba yo de
interrogarme así: «¿Estaré un poco demente, o siquier tocado de tenaces manías,
la manía de mi proteísmo, que consiste en escribir con distintos criterios y
aparente convicción, la manía de mi esencial criterio inmanente, de tendencias
atrozmente revolucionarias?». Y otra cosa pregunto a los que me leen y a mí
mismo: «¿Todo lo que cuento es real, o los ensueños se me escapan del cerebro a
la pluma y de la pluma al papel? ¿Las amorosas conquistas que me sirven de
trama para la urdimbre histórica, son verdaderas o imaginarias? ¿Creo en ellas
porque las imagino, y las escribo porque las creo?...». [139] Mientras con
ayuda de mis indulgentes lectores dilucido estos puntos, seguiré contando... A
ver si me acuerdo... Ya, ya he cogido el hilo... Pues Felipa, después de
repetida por décima vez la proclamación dogmática de su virtud, me aconsejó que
viese a Celestina Tirado, y a sus buenas disposiciones me encomendara.
Pero... el demonio lo
hacía..., encontreme a Celestina también atacada de monomanía virtuosa, y en
vías de abandonar su vil industria, dándose de baja en el escalafón del
Infierno. Tenía una hija, criada en el campo, ya grandecita. Celestina la llevó
consigo, sedienta de cariño maternal, que apenas había gustado en su vida
liosa. Enterose de ello la Marquesa de Navalcarazo, y queriendo apartar a la
pobre niña de todo influjo maléfico, obligó a la madre a ponerla bajo la
guardia y custodia de unas monjitas de la calle de San Leonardo. Accedió
Celestina, movida de un vago prurito de corrección espiritual, y las mañanas
pasaba en la iglesita del convento, o en la fronteriza parroquia de San Marcos,
entretenida en rezos y otros actos de devoción. Hablando de esto, me confesó
que hasta las oraciones más elementales, Credo y Padrenuestro, se le habían
olvidado, y en aquella ocasión las aprendía de nuevo, sintiéndose volver a sus
años infantiles.
En estos contactos
con la vida eclesiástica, la antes pecadora, y después reformada Celestina,
echose también su director espiritual, y tuvo la suerte de topar con un
sacerdote [140] ejemplarísimo, llamado don Hilario de la Peña. Hablando de él
la pícara convertida no agotaba el filón de las alabanzas. Tales cosas me dijo,
que me entraron vivas ganas de conocer al bendito clérigo. Y una mañana, en que
mis divagaciones callejeras me llevaron a la de San Leonardo, me deparó mi
suerte el encuentro de Celestina, que del convento salía con su reverendo amigo
y capellán don Hilario, y ambos iban hacia la parroquia de San Marcos.
Presentome la pícara como periodista y cultivador de las Letras, y apenas hablé
diez palabras con el buen señor le diputé por hombre bueno, tolerante, y de no
común cultura.
Metiose Celestina en
la parroquia, y yo seguí con el cura hasta la puerta de su casa. Era viejo, de
gran talla y al parecer gotoso. Aliviaba su cojera con un grueso bastón. Lucio
y carilleno, pareciome hombre que se había dado buena vida. Su afable sonrisa y
sus ojuelos vivarachos delataban el amplio conocimiento del mundo y el hábito
de la preciosa indulgencia. Mostrose complacido de hablar con un escritor, y
juzgándome con benevolencia cortés, por desconocer mi escasa valía, me reveló
que él también plumeaba, por pasar el rato, y sin pretender el galardón de la
fama. «Soy aficionado a los estudios históricos -dijo con modestia-, y he
consagrado mis ocios a escribir la Historia del Clero Mozárabe en Toledo, de la
cual llevo ya publicados tres tomos. Es obra de pura erudición, árida, como
centón de documentos». [141] Mi cortesía correspondió a la suya, diciéndole que
conocía parte de los tres tomos publicados, y haciendo del contenido de ellos
un ardiente elogio. Al darme las gracias advertí en él un amable escepticismo.
No creía en mi entusiasmo por su obra... Con recíprocos plácemes y
cumplimientos nos separamos, pidiéndole yo la venia para visitarle, pues me
honraría mucho su trato y buena amistad.
Y no pasaron tres
días sin que me personara en la casa del cura. Me recibió en su biblioteca, que
era copiosa y algo desordenada, como toda biblioteca en que se trabaja. De lo
que habló don Hilario, saqué en limpio que era rico, que por no abandonar en
absoluto su ministerio religioso, desempeñaba la capellanía de las monjas
vecinas. Algún trabajo le daba el delicado gobierno de las conciencias de
aquellas santas señoras, que por no tener nada que hacer, inventaban
pecadillos, y apuraban la paciencia del confesor para lavarlos y restablecer su
inmaculada pureza... Deseaba el señor Peña ocasión para zafarse del enfadoso
lavatorio y planchado de las monjiles conciencias... También me dijo que le
amargaba el sentimiento de no poder terminar su obra. Herido de la gota y otros
desgastes del organismo, sólo contaba ya con un par de años de vida, o poco
más...
La persona del
venerable clérigo trajo a mi cabeza espantosa confusión. Antes de tratarle,
tenía yo noticia de él (ignorando el nombre) y de su magna Historia del Clero
Mozárabe. [142] Intentaba yo por mañana y tarde descifrar aquel enigma, y
desvanecer mi perplejidad. No sé cuántas veces me llegué a la calleja, entre
Monteleón y Maravillas, y con ojos inquietos buscaba el 16 de marras, sin
perder la esperanza de que la casa de aquel número hubiera salido de las
entrañas de la tierra. Pero lejos de ver que esta devolvía lo que se tragara en
días ya lejanos, mi barullo mental aumentó con sucesos más contrarios a la
lógica y al sentido común.
Acudiendo una mañana
de Abril a mi tercera visita, encontré a don Hilario en la calle, yendo yo por
la de los Reyes. Nos paramos, y después de los recíprocos saludos, me dijo:
«Tengo que ir a Palacio. Si no tiene usted que hacer acompáñeme, y por el
camino le contaré el porqué de ir yo a la Casa Grande, novedad para mí
extraordinaria, pues sólo una vez estuve en ella, cuando a doña Isabel le dio
por hacerme obispo, y yo rehusé. No recuerdo la fecha. Ello fue cuando Pío IX
concedió a doña Isabel la Rosa de Oro. Vamos, hijo». Andando, siguió así: «Pues
esta buena señora, doña María Victoria, sale ahora con que quiere nombrarme
capellán de ese Asilo que ha fundado para las lavanderas... Ello habrá sido
idea del Conde de Rius, intendente de Palacio, y gran amigo mío. Usted le
conocerá: es yerno de Olózaga, que también me honra con su amistad. Sea de
quien fuere la iniciativa de mi designación, voy a decir que nombren a otro. Yo
declino ese honor, yo no sirvo para nada. [143] Busquen para las lavanderas un
clérigo mozo. Yo no estoy ya para ninguna función que reclame el vigor
juvenil...».
Charlando con voluble
intercadencia de veras y bromas llegamos a Palacio y entramos en la
Intendencia, que está, como sabéis, en la planta baja, plaza de la Armería. En
una antesala nos detuvimos; salió el intendente, Conde de Rius, a quien yo sólo
conocía de vista; el cura me presentó a él como un amigo que le acompañaba en
clase de rodrigón o lazarillo de su cojera, y pasaron los dos al despacho
próximo, donde a mi parecer trataron de la Capellanía de Lavanderas. Quedeme
solo en aquel aposento, donde no veía más que estantes llenos de legajos, y
algunos cuadrotes deslucidos del tiempo y del humo del gas, y que representaban
edificios o campiñas de los Sitios Reales. A poco de estar sumido en tal
soledad, sentí hormiguilla en brazos y piernas, y zumbar de mis oídos, cual si
a ellos llegaran las ondas de un lejano son de bronces vibrantes.
Convirtiéronse aquellos sonidos en voz humana, demasiado dulce para ser de
hombre, demasiado grave para ser de mujer. Volví la cabeza... y vi que por
escondida puertecilla entraba un bulto... Mi primera impresión fue de una
señora gorda y ajamonada... Al acercarse a mí se volvió esbelta sin gran merma
de sus carnes lúcidas. Vestía elegante traje negro de seda, a la última moda...
¡Ay, Dios mío! Que me llevaran los demonios si no era la Mariclío, con sin fin
de años [144] menos de los que representaba cuando anteriormente la vi, y muy
apersonada y peripuesta.
«Hola, Tito -me dijo
con graciosa confianza, arrastrando un pesado sillón para sentarse frente a
mí-. ¿No me habías conocido? Vengo ahora un poquito transformada. Yo me pongo
más fea o más bonita según los lugares por donde paso y las diligencias que
traigo entre manos. Estamos en lo que los periodistas llamáis el regio alcázar,
y cuando aquí entro, procuro adecentar mi facha y traje por si me sale en estas
alturas del Estado algo decoroso que pueda llevar a mis archivos».
Diciendo esto, alargó
hacia mí uno de sus pies, con la mayor desenvoltura, sin cuidado de que yo le
viera la pantorrilla. Calzaba en aquel pie un lindo borceguí colorado, con
tacón de plata. Y viéndome suspenso, sin saber qué hacer con el precioso y bien
engalanado pie, me dijo risueña: «Parece que estás tonto. Haz el favor de
descalzarme. ¿Tanto te asusta una vieja compuesta? No es el coturno lo que ves;
es un zapatón de media gala. Me lo he puesto para venir a esta casa, y ya me
pesa. No lo merecen...». Le quité el borceguí con todo el respeto que me
inspiraba, y al instante sacó, no sé de dónde, una blanda zapatilla, que por su
propia mano se calzó sin esperar mi auxilio. Antes de repetir la operación en
el otro pie, levantose muy ligera, y dio paseos airosos por la estancia, un pie
con medio coturno y el otro con zapatilla. [145] Esgrimiendo la que le quedaba
en la mano, decía: «Con este escarpín azotaría yo las posaderas de los
desgraciados y ridículos hombres que arriba he visto. Pide a tu Patria que
tenga un arranque y los mande a donde fue mi amigo el reverendo padre Padilla».
Dicho esto, volvió a
sentarse; la descalcé y calcé del otro pie, y quedose meditabunda un mediano
rato, mientras yo discutía mentalmente con mis ojos sobre la realidad o ficción
de lo que veían, y les acusaba de burlarme con alucinaciones infantiles... Y
ellos me contestaban que no era culpa suya, sino de doña María Clío, hechicera
y juguetona. Esta terminó sus meditaciones diciendo: «Mal andan allá arriba.
Ministros y Rey han rivalizado en torpezas. Al Rey le disculpo. Sagastinos y
zorrillistas le traen mareado con sus necias enemistades por un quítame esas
pajas. Los 191 votos que dieron la corona a la casa de Saboya, ¿qué se
hicieron? Hanse dividido en dos bandos; viven tirándose a la cabeza todos los
trastos de la Constitución. Como don Amadeo no se imponga a esta tropa, ya
puede preparar sus equipajes... Figúrate, hijo mío, que los llamados
constitucionales se dividen a su vez, y por la combinación de generales andan
también a repelones... El sábado, día de Consejo en Palacio, se presenta Sagasta
en la Cámara Real, y dice al Rey que no se celebrará Consejo, porque no hay
asuntos de qué tratar. No le valen al camerano sus marrullerías, y Amadeo, con
acento más firme del que suele usar, le contesta: [146] Si el Gobierno no tiene
hoy nada que decirme, yo tengo cosas muy serias de que hablar al Gobierno. Cite
usted ahora mismo, y aquí quedo esperando...
-Ya sé lo demás,
señora mía -repliqué yo-. Lo traen los periódicos.
-Cada periódico
cuenta el caso a su modo, y con el aderezo y salsa que cada bandería suele
gastar en sus guisos. Óyelo de mi boca, que no miente. Mi único guiso es la
verdad... Azorados reuniéronse los ministros en Consejo, y ante ellos
desenvainó el Monarca un papel que leyó con buena entonación. El documento era
declamatorio y enfático, como los que escribías tú en El Debate, recomendando
el específico de la Conciliación. No admitía el Rey nuevas disidencias, ni que
el partido llamado Constitucional se partiera en mitades, que en la política
general resultaban cuarterones. La intención expresada en el papelito era
buena, el modo de señalar y el estilo vulgarotes a no poder más... Los
ministros fueron desde aquel momento pintorescos personajes de ópera cómica.
¿Dimitían o continuaban después de rascarse las partes de sus cuerpos azotadas
por el papelito? De sus reflexiones resultó que debían quedarse, con ligero
cambio de personas. No hay cosa más desagradable que dejar vacías las poltronas
para que otros las ocupen... La gran escena cómica de hoy en la Cámara regia y
piezas inmediatas es de tal modo bochornosa, que me he quitado los coturnos por
zafarme de la obligación de contarla. Para dar [147] noticia de lo que hoy he
visto, heme puesto estos borceguíes traídos y viejos... Figúrate que los
sagastinos y unionistas han arreglado su guisote de crisis con salsa de
calamares, y hoy se han presentado a jurar.
-Juran y perjuran
poniendo su mano al revés sobre un falso Evangelio.
-¡Anda, que del
indecoroso plantón que les dio el Rey, se acordarán mientras vivan! Yo le dije
a Sagasta: «¿No te sientes humillado? ¿Eres un cochero que viene a pedir plaza
en las Caballerizas?». Y él, rascándose la barba, me contestó: «Paciencia,
madre Clío; este oficio pide mucho aguante y resignación por arrobas. La
política es valle de bilis». Dos horas les tuvo Amadeo en la antecámara. A lo
mejor salía Dragonetti con recaditos: «Dice Su Majestad que si traen el
programa». Y el riojano de amarillo rostro y boca rasgada, respondía: «El
programa no lo traemos; pero... se traerá. El amigo Colmenares lo está
confeccionando...». Confeccionando, como si fuera un pastel o una torta de
dulce... Vuelve Dragonetti con dulzura oficiosa, y dice: «Que si no traen el
programa no juran». Yo disimulaba mi enojo hablando de teatros con la Marquesa
de Constantina. El hombre del tupé bajó al Ministerio de Estado con De Blas, y
los que allí quedaron se miraban asustados de su paciencia ovejuna. Me acerqué
al Ministro primerizo, y le dije: «Simpático pollo antequerano, parece que
estás triste. Te ha tocado un estreno de mala sombra». Y él desplegando su boca
y mostrando [148] su blanco dentamen, se sacudió así la broma: «Madre, la buena
sombra la traigo yo conmigo... Sea usted benigna, y dejaré memoria de mí».
»Volvió de Estado
Sagasta, con el tupé más crecido y la color más biliosa. Traía también el
programa que enseñó a los amigos. Como reapareciese Dragonetti con nuevas
chinchorrerías, Práxedes le dijo: «Aquí está, aquí está el programa. Mañana lo
verá Su Majestad en la Gaceta. Le hemos dado forma de Circular a los
Gobernadores. Se les dice que este Ministerio es estrictamente compacto, que
somos el progresismo histórico, firme columna de la Monarquía; y al propio
tiempo les encarecemos la más exquisita legalidad en las elecciones. Legalidad
ahora y siempre, para que el sufragio sea la exacta expresión de la voluntad
del país...». Amén. Pasaron a la Cámara Real; hicieron arrumacos de
juramento...
»Yo lo vi; hice
cuanto pude para ponerme seria. Di una vuelta en derredor de todos; pasé
delante del Rey casi tocándole las narices, y ni él ni sus desaprensivos
secretarios me vieron. Fuertemente dirigidos hacia los senos de su egoísmo
tenían los ojos del alma, y los del cuerpo estaban ciegos. «Si me vierais,
hijos del aire -les dije-, no seríais lo que sois». Bajé corriendo a quitarme
el calzado, que torpemente llevé a las alturas. No merecen los de arriba mis
tacones de plata... Y ahora, buen Tito, acompáñame. Quiero espaciarme, alegrar
mi pobre espíritu [149] ansioso de verdad. Vámonos a la Fuente de la Teja, y
allí veremos a los soldados bailando con las criadas. Aquello, en su humildad,
es más noble que esto. De allí puede salir algo grande, de aquí no. Iremos
también a ver a los chicos jugando al toro o a la tropa, en la Virgen del
Puerto. De allí saldrán hombres de poder, ciudadanos, trabajadores, mártires,
héroes. Aquello es la sal y el fuego de la vida... Aquí no hay más que hombres
de humo que burla burlando asfixian a su patria.
Ya estábamos en la
puerta con ánimo de no parar hasta la Fuente de la Teja, cuando llegaron don
Hilario y el Conde de Rius, que bajaban de las habitaciones de Su Majestad la
Reina doña María Victoria. Hablando pasaron junto a nosotros, como si no nos
vieran. Creímos entender que había sido mala inteligencia del Conde la
designación del señor Peña para la Capellanía de Lavanderas.
«Le han llamado -me
dijo Mariclío- porque a esta buena señora le ha dado ahora por hacer obispos.
Cree con esto desarmar a las damas católicas que le han declarado la guerra.
Equivocada está de medio a medio, porque aunque propusiera una hornada
episcopal de sacerdotes virtuosos y entendidos, el Papa no los aceptaría... Así
lo dije ayer a doña María Victoria, y ella me aseguró que secretamente, y sin
que lo supieran don Amadeo ni Víctor Manuel, había tendido un hilo de
inteligencia con el Vaticano, y por este hilo le habían dicho que sí, que
propusiera... [150] ¡Ay, no sabe esta buena señora con quién trata! Yo le dije:
'No te fíes. Suponiendo que Pío IX entre por el aro, no te preconizará más que
obispos carlistones, afectos a él más que a ti y a tu marido... Hija mía, no te
metas con Roma, ni creas que amansarás a las apostólicas damas, poniéndote
todos los moños del catolicismo y del papismo...'. Y este bienaventurado
Hilario Peña no se calará nunca la mitra. Es hombre bueno, sabio y caritativo.
No tiene ambición...; no quiere obispar. Ya sabes que pertenece a la militar
orden de Santiago el Verde, quiero decir que es de Caballería».
- XIV -
No sé cómo escapamos
de aquel antro, que tal me parecía... Salimos oyendo la voz lejana de don
Hilario que decía: «No, no; nunca». En la calle nos encontramos Mariclío y yo,
y apenas tomamos la dirección que ella indicara, noté que su persona se iba
despojando de la dignidad señoril, y su vestimenta desluciéndose hasta tomar
las apariencias humildísimas con que la vi en la gruta de Graziella. Pero a
medida que envejecía y se vulgarizaba, era mayor su agilidad, y su paso tan
vivo que no podía yo seguirla sin sofocarme. Yo me preguntaba: «¿Cómo ha podido
cambiar tan pronto de traje y facha?... ¿Y dónde demonios lleva escondidos los
zapatos [151] de medio lujo?... ¿Y cómo salimos de Palacio sin pasar por
ninguna de sus puertas?... ¿Y qué se le habrá perdido a esta buena señora en la
Fuente de la Teja?».
Por Caballerizas,
Cuesta y Puerta de San Vicente, Puente del Manzanares llegamos al popular sitio
de recreo. Hormigueaba en él la descuidada plebe; sonaban en estridente
algarabía los organillos, los pregones y el gozoso runrún de los merenderos.
Por entre la turbamulta paseamos; Mariclío habló con dos aguadoras, yo con un
mendigo lisiado a quien llevaban en un carrito... Llegamos a donde militares y
muchachas habían armado el incansable bailoteo. Daba gusto ver el entusiasmo
con que ellas zarandeaban sus cuerpos en aquel ejercicio, agarrándose al hombre
o brincando frente a frente y haciendo graciosas figuras. «El baile -me dijo mi
compañera de paseo- es la primitiva manifestación del arte y del amor. En su
ritmo verás el aleteo con que la especie humana dice: 'No quiero morir, sino
vivir y reproducirme'».
Contemplando los
enardecidos grupos danzantes, y luego las parejas que entre los espesos olmos
se alejaban buscando la soledad, Mariclío, con lenguaje que sólo entendíamos el
viento y yo, les decía: «Divertíos en la edad gozosa... Soldaditos y criadas,
chicos y chicas que comenzáis la vida en la sana esclavitud de las
obligaciones, no os detengáis, y de estos devaneos inocentes pasad a mayores
devaneos... Casados o sin casar, cread españoles, [152] traednos ciudadanos,
que es menester venga nueva generación a enmendar a esta, desvaída y decadente.
Traed acá nuevos hombres de quienes yo pueda referir acciones altas y nobles».
Seguimos andando...
Yo era un autómata... En la Virgen del Puerto y la Puente Segoviana, nos
cruzábamos con parejas a quienes Mariclío hacía la misma recomendación de
aumentar a toda prisa el censo de España... «Nueva gente... y pronto, pronto...
Hombres que traigan cerebros machos, corazones grandes y ternillas a la medida
de los corazones...». Pasamos luego por la Tela, donde vimos enorme caterva de
chiquillos jugando a la tropa con palos, banderitas y morriones de papel. Los
más audaces se disputaban el mando: Yo soy Plim, chillaba uno, y otro gritaba:
Pues yo Napolión. Límpiate... Un tercero venía dando zancajos y vociferando
así: Quitaos, gallinas, que yo soy mi abuelo, y mi abuelo se llamaba el Tío
Pecinado... Formaban batallones; batían marcha imitando con la boca el rataplán
de los tambores; disparaban tiros, se acometían al arma blanca, tomaban la
fortaleza de un montón de piedras... Mariclío se metió entre ellos y fogosa les
decía: «No desmayéis, valientes chicos. Creced y dadme tela para que yo corte a
vuestra patria un vestido espléndido, y dadme materia para que ese vestido
salga recamado con estrellas de oro... Mandaos los unos a los otros,
recompensaos, castigaos, para que aprendáis la justicia. Sed guerreros [153]
chiquitos para que de grandes seáis buenos ciudadanos».
Otras estupendas
cosas les dijo, y ellos, exaltados por tan sonoras palabras, no vieron mejor
modo de expresarnos su conformidad que apedreándonos. Las peladillas silbaban
en nuestros oídos... Era un disparar impetuoso y graneado que no nos hizo daño
alguno. Mariclío se descuajaba de risa, y sin miedo a la pedrea les enardecía
de este modo: «Bien, hijos: no importa que me ofendáis ahora si mañana os
portáis como dignos y valientes. Seguid, seguid jugando...». Embocábamos la
calle de Segovia, cuando mi brava compañera me habló así: «Tito mío, estas
diabluras de los rapaces y el embeleso de las parejas de enamorados, me
consuelan de la mísera vida que arrastro en esta tu decaída tierra. Veo que
abres tus ojazos, admirándome sin conocerme, deseando que te diga quién soy y
te explique por qué vine al mundo, y cuáles son mi abolengo y familia.
Sentémonos en este sillar que aquí está como preparado para nuestro descanso».
Nos sentamos, y he aquí lo que me contó:
«Somos nueve
hermanas... No te diré cuál es más joven o más vieja, pues nacimos juntas de un
mismo vientre... Nuestro padre nos dedicó a diferentes artes. Cada cual escogió
la más de su gusto. Una de mis hermanas se dedicó a bailarina, y ha venido muy
a menos; es más desgraciada que yo, y hoy nadie le hace caso. Dos fueron
cómicas: la una se dedicó a la tragedia, la otra a la comedia. [154] Andan hoy
regular; consideradas sí, pero muy discutidas...; que si eres, que si no
eres... La que estudió para oradora brilla y aparenta, mas con poca substancia.
La que se aplicó a la tarea de componer versos heroicos, está por los suelos,
más que yo quizás; la que hace versos alegres va viviendo..., da qué hablar, y
los desocupados la festejan. La que actúa de observadora del cielo y del curso
armónico de los astros, goza de gran predicamento. Pero la que ha subido más en
el aprecio de las gentes y más éxitos alcanza es la que eligió el arte de la
música, del dulce canto y tañer de concertados instrumentos. A mí ya me ves. No
valgo para nada, por falta de materia con que pueda dar al mundo muestra y
señales de mi grandeza... Las nueve hermanas nos vemos y nos visitamos a menudo
para comunicarnos nuestras glorias y desdichas...».
Cuando esto decía, ya
no estábamos en la calle de Segovia, sino internados en las calles más
bulliciosas de Madrid. Mi interesante compañera se detuvo en un punto, donde
oíamos dulcísimos acentos de violines y de humanas voces melodiosas, y
despidiéndose me dijo así: «Aquí me quedo, que siento la voz de mi hermana, la
que rige y gobierna los reinos de la Música, y subiré a pasar un ratito en su
compañía... Vete a descansar, que bien lo necesitas... Haz por dormirte; olvida
lo que conmigo has hablado y visto, que todo es figuración y embuste de tu
cerebro enardecido y no muy sano...». [155]
Dejé de verla a mi
lado... Mi camino seguí claudicante y haciendo eses... Esto de las eses que yo
hacía me puso en gran cuidado, pues no recordaba yo haber bebido ni una gota de
licor espirituoso. Alguna cuchufleta oí referente a mis eses...; la cabeza me
pesaba como si en ella se me hubiera metido todo el azogue de las minas de
Almadén... No puedo asegurar cómo y en qué postura llegué a mi casa; pero es
indudable que en ella y en mi cama me encontré por la mañana, como quien
despierta, o más bien resucita... Apenas puse mis huesos de punta, me lié con
Ido del Sagrario en agria disputa. Empezamos por sostener, yo que las Musas
eran diez, y él me contradijo con burlas diciendo que no eran más que nueve,
quizás ocho no más, pues una de ellas, la de la Historia, se había dado de baja
por no tener ya cosa bella o grande que contar... Estallé yo en cólera; quise
pegarle, y habríamos tenido en casa una tragedia si no entrara Nicanora con
zorros y una estaca para restablecer la paz. ¡Cómo estaría yo en aquellos días,
que no hablaba con ningún amigo sin que acabáramos poniéndonos de vuelta y
media! Con Mateo Nuevo reñí tan ásperamente que faltó poco para enredarnos a
pescozones. Por una palabra, por una sonrisa, desafié a Luis Blanc y a Roberto
Robert. A Ramón Cala, por haberme recomendado moderación en la bebida (yo no lo
cataba), le mandé los padrinos, que fueron Ido del Sagrario y Roque Barcia.
Divagando solo,
examinaba lo que bien [156] puedo llamar mi conciencia mental, y sentía que
alguna pieza del aparato pensante no se hallaba en perfecto engranaje con las
demás. Yo quería pensar una cosa y me salía otra. ¿Cómo restablecer la ordenada
función de mi cerebro? Consulté el caso con Ido, muy práctico en tales
achaques, y me dijo que tomase mucha tila y no leyera más libro que Las Tardes
de la Granja, obra muy distraída, o la Vida de Santa María Egipciaca, que a él
le había probado muy bien. En esta situación de espíritu, llegaban a mí ecos
zumbantes del estruendo político en las Cortes y en la Prensa. A Sagasta y
Romero Robledo, el gallo de Cameros y el pollo de Antequera, les traían locos
por la transferencia de dos millones, que la gente maleante dio en llamar Los
dos apóstoles. Traviesos eran Sagasta y Romerito, y no reparaban en pelillos
para engrasar la máquina electoral. Y aun así no pudieron impedir que trajeran
acta treinta y cinco carlistas. Estos se preparaban en el Norte para obsequiarnos
con otra guerra civil... ¡Bueno se iba poniendo esto...!
Mis amigos políticos
y particulares huían de mí, o me trataban como un caso patológico. La vagorosa
Delfina se presentó en mi casa un día, luctuosa y con un negro velo por la
cara, y en tono dulzaino y lúgubre, revelándome su doble procedencia confitera
y funeraria, me dijo: «Tito de mi alma, tus amigos no hacen más que
compadecerte; yo te compadezco y trato de curarte. Ya escribí a tu familia.
Tendrás pronto remedio. La vida campestre [157] te probará muy bien. Yo, cuando
me quedé viuda, estuve también algo tocada, y con dos meses de andar al zancajo
en una dehesa, pastoreando vacas y subiéndome a los alcornoques, sin cuidarme
de que los zagales me veían las piernas, me puse buena, y tan fuerte que al
volver habría podido levantarte en vilo para darte azotes, como lo hice
después... bien lo sabes».
A los tres días de
esta visita, hallábame yo recién salido del lecho, sentadito en incómodo sillón
de gastados muelles y desiguales pelotes. Trájome Ido mi desayuno, y apenas lo
tomé con menos que mediano apetito, me sumergí en hondísimas reflexiones.
¿Adónde iría con mi cuerpo aquel día? Estando en los senos cavernosos de esta
meditación, la mirada en el suelo, el dedo en la frente, oí ruido de voces que
venían del recibimiento... Alcé los ojos, y en la puerta de mi cuarto vi un
bulto, una persona que allí apareció como clavada. Era tan semejante a mí, que
creí ver la reproducción de mi figura en un espejo... El sujeto que suspenso me
miraba era chiquitín como yo, con mi propia cara más curtida, cabello gris y...
Lo diré de una vez. Aquel señor era mi padre.
La inesperada
presencia del autor de mis días sacudió todo mi ser, privándome del habla por
un mediano rato... Y el pobre señor, más envejecido que viejo, se conmovió
intensamente al verme tan alicaído, si bien su pena no tardó en dulcificarse,
pues por la carta angustiosa de Delfina, temía encontrarme [158] en un
manicomio. Pasada la efusión primera, y dada cuenta de toda la familia, mi
padre planteó la cuestión secamente. Había venido por mí. Yo no dije nada; me
sentía máquina rota. ¿Y cuándo nos iríamos al pueblo...? Aquella misma tarde.
«Bueno... pues vámonos». Así dije, y mi padre dio las órdenes a Ido para que
aprontara mi ropa y todo mi bagaje, con excepción de libros, pues no consentía
que llevase conmigo las causas de mi desarreglo mental, que eran la vida loca
de Madrid, el hervidero de las ideas disolventes, y las lecturas de obras
perversas que inducían a la inmoralidad y al crimen... Él no tenía nada que
hacer en la Corte, que odiaba y maldecía... «Yo no me separo de ti -me dijo-.
Tomaremos un bocado al mediodía...; yo con un caldo me arreglo. Hoy es vigilia
de precepto».
Fuimos a visitar a
Delfina, y largo rato platicó mi padre con ella, recordándole sus bondades con
mi familia. Y entre otras remembranzas de gratitud, sacó de la obscuridad del
pasado la siguiente: «Usted, Delfina, ha sido muy buena para nosotros. Cuando
vino a Madrid el año 67 mi hermana Bonifacia con su marido, a consultar a los
médicos su enfermedad del pecho, estaba usted recién casada. Acompañó a mi
hermana en el visiteo de doctores; le regaló una magnífica torta de dulce, y
cuando el pobrecito Manuel murió, no quiso usted cobrarle nada por el ataúd y
hachones... Esto no lo olvida mi hermana, que ahora vive en Burgos». Con estas
y otras [159] finezas nos despedimos, y Delfina me dio un escapulario y una
cajita de bombones de chocolate para que me entretuviera por el camino... Dos
horas después, estábamos ya en la estación del Norte, con una hora de
anticipación a la de la salida del tren, pues mi padre temía que este se le
escapara, dejándole un día más en este Madrid, objeto de todo su asco y aversión.
En marcha el tren,
llevando en nuestro departamento de segunda tres compañeros y dos compañeras de
camino, mi buen padre, libre ya de la inquietud del regreso, y gozoso de
llevarme consigo, me franqueó sus cariñosas intenciones. «Hijo mío, creo que
sólo con sacarte del laberinto de ese Madrid arrastrado y disoluto, te curarás
de tus murrias y del desvarío de tu cabeza. Te inficionaron los miasmas del
vicio y de la corruptela, ¿no entiendes lo que te digo?...; pues corruptela
quiere decir el burlarse de las leyes de Dios, el no amarle ni temerle, el
andar en el tole tole de libertades, que yo llamo licencias, y el querer
meternos a los españoles en un fregado de ideas pestíferas y, como quien dice,
republicanas. Te lo diré más claro... En los aires limpios del pueblo soltarás
toda esa podredumbre, y serás otro hombre... Echarás de tu cabeza todo el
maleficio, dejando que entre poquito a poco, como ave que busca su nido, la
paloma del Espíritu Santo».
De esta figura que de
su boca salió envuelta en seráfica sonrisa, debió de quedar muy satisfecho el
buen señor, pues con ella puso [160] punto final, y apoyando su venerable
cabecita en la palma de la mano, se durmió como un ángel. Era mi padre, don
Matías Liviano y Pipaón, un hombre bueno y simplísimo, incapaz de hacer daño a
una mosca, de ideas petrificadas, patriarcales, resultado del vivir estrecho en
pueblos de corto vecindario, sustrayéndose sistemáticamente a todo contacto con
el vivir que irradia de las grandes ciudades del reino. Alavés de nacimiento,
se estableció desde muy joven en Oña, patria de mi difunta madre, doña Pascuala
Zurbano y Calomarde. En Oña, el Cubo y Medina de Pomar poseían mis padres
algunas tierrucas y dos o tres casas de mala muerte con que disfrutaban de un
pasar modesto, insuficiente para los hijos que aspirábamos a mejor vida. Mis
dos hermanas casaron, la una con un bigardo vizcaíno, bien cubierto del riñón,
vamos al decir, rico; la otra con un viudo joven de Miranda de Ebro, que
traficaba en vinos de Rioja. Yo, el más chico de la familia en edad y estatura,
pues a mis hermanas les tocó la talla que a mí me faltaba, anhelé desde niño
horizontes más amplios, y cuando pude valerme solo, me fui a Vitoria en busca
de alimento con que saciar mi apetito mental. No hallándolo en la capital de
Álava, planteme en Madrid, desde donde anudé relaciones con mi padre,
ofreciéndole villas y castillos, y pronosticándole mi próxima, indubitable
celebridad.
El sueño no quiso
apagar mis arrebatados pensamientos. Mi desvelo fue parte a que [161] me fijase
en una señora que a mi vera estaba, la cual durmió hasta más allá de Ávila, y
poco después, volviéndose a mí, me preguntó que cuánto faltaba para llegar a
Bribiesca. Al contestarle que allá iba yo también, vi que era de agradable
rostro, lozana y risueña. Al instante reapareció en mi ser el caballero
galanteador, sentí mi cabeza despejada, y mi corazón henchido de amor a toda la
humanidad femenina. Empecé por acometerla con discretas finuras, sondeando
hábilmente su receptividad galante. Mantúvose firme un buen rato, ni admitiendo
ni rechazando las varas que yo quería clavarle; mas yo saqué las armas
retóricas de mi arsenal persuasivo, y a poco de medirlas con la recatada
concisión de la dama, supe que era viuda sin hijos, y que tenía fincas en la
Bureba... Poco a poco fue entrando en el nimbo de simpatía que sé formar entre
mi persona y una blanda hembra. Desde Medina a Valladolid la dama recompensaba
mi rendimiento con sonrisas, y un juego de ojos que fue como si las estrellitas
del cielo se colaran en la penumbra del coche. Más animado yo en cada estación,
pues por estas contaba yo las etapas de mi aventura, rompí a cantar, cerca de
Burgos, la cavatina de mi declaración, con la mala pata de que en los primeros
compases despertó mi padre, y estirándose y bostezando exclamó: Alabado sea el
Santísimo Sacramento del Altar. Al terminar la frase, hizo la señal de la cruz
sobre su boca, y sacando el rosario se puso a rezar... Me había cortado el
[162] resuello... ¡Ay, si no fuera mi padre...! Entre dos avemarías,
pronunciadas a media voz, me dijo: «Tito, ¿te encuentras bien? ¿Has podido
dormir?».
-Sí, padre; he
dormido. Estoy tan bien, tan bien, que ya se me han quitado todos los males, y
me siento tal y como fui en mis días de fuerte salud, enteramente conmutativo y
bilateral». El pobre señor no me entendía, y siguió despachando su tercio de
rosario.
- XV -
A poco de pasar de
Burgos, envainó mi padre su rosario suspirando ya por la llegada, y aunque
sobraba tiempo, diome prisa para que recogiera nuestros bultos y paquetes. «Por
Dios vivo, Tito, no se nos quede algo». La señora guapa se arregló la cabeza y
toquilla dirigiéndonos una mirada que me pareció precursora de inteligencia.
Sin duda le supo mal el quedarse a media miel cuando el despertar de mi padre
cortó bruscamente la volcánica declaración que yo empecé a espetarle. «Hasta
que pase Santa Olalla no hay prisa» nos dijo; y en su acento creí notar cierta
dulzura que a mí solo dedicaba. Llegamos, y al ponerse en pie la señora para
salir vi con espanto que era coja, pero de una cojera de solemnidad, pues tenía
una pierna de palo, y se ayudaba de un bastón... En ninguna de mis conquistas,
tuve tan [163] mala pata... Hice como que no me enteraba, y extremando mi
finura y prodigando las expresiones más corteses, la ayudé a bajar del coche.
Los demás viajeros seguían durmiendo profundamente. El frío era intensísimo...
De mi brazo pasó la dama coja a los brazos de personas que la esperaban... Mi
padre saludó a un cura, y luego al dueño de los coches que llevaban diariamente
el correo desde Bribiesca a Medina de Pomar, pasando por Oña, nuestro pueblo...
Descansamos; amaneció, y ¡al coche...! Antes de las diez estábamos en la
risueña y monacal villa de Oña, donde me crié, y con las primeras travesuras
realicé mis primeras infantiles conquistas.
Declaro que me
rejuvenecí y me fortifiqué con sólo pisar el suelo de aquella villa guardadora
de mis dulces recuerdos. El convento de benedictinos con su iglesia y claustros
y frondosas huertas, que conservaban aún a mi parecer la huella de mis
zapatitos agujerados a poco de estrenarlos, renovaron en mi espíritu las
alegrías de la niñez. Con placer indecible me recreaba en las verdes orillas
del río y en los embalses de cristalinas aguas que los frailes tenían para sus
recreos de natación y pesca... La menguada población me divertía menos. En el
tiempo que yo faltaba de allí, aumentado había el rebaño de curas; la beatería
del vecindario era ya un estado epidémico... Para mí, pasar de Madrid a Oña era
como saltar de un planeta a otro. Mi padre, que con tanto desprecio y horror
[164] hablaba de los miasmas de Madrid, no se daba cuenta del aire espeso de
fanatismo que allí respirábamos. Felizmente, corta sería nuestra estancia en
Oña, y cobrados unos cuartejos de la renta de dos casuchas y tierras pobres, seguiríamos
hasta Durango, donde mi padre, desde su viudez, vivía con mi hermana Trigidia
(nombre de una santa oñense), bien casada y establecida.
Con mal tiempo y buen
humor, metidos mi padre y yo en vehículos que variaban de lo malo a lo pésimo,
emprendimos la peregrinación hacia Frías; de allí por el valle de Tobalina
seguimos a Miranda de Ebro, donde nos detuvimos para pasar un día con mi
hermana Pascuala. De Miranda seguimos en tren hasta Vitoria, y otra paradita,
pues mi padre no pasaba por allí sin visitar a sus parientes los Pipaones y
Suredas, todos redomados carcundas. La última etapa fue de Vitoria a Durango,
por Ochandiano, paso de la Peña de Amboto... Y heme aquí, lectores que
bondadosos me seguís de mazo en calabazo, heme incrustado en una sociedad de
sentimientos y pensares tan opuestos a los míos, que me tuve por transportado,
no digamos que a otro planeta, sino al más lejano de los mundos siderales.
Vivía mi hermana en casa holgona, del tipo más patriarcal. Su marido, Ignacio
Zubiri, estaba ausente. Guardábase en la familia cierto misterio, que al fin
descifré suponiéndole en la facción. Fruto lozano de este matrimonio eran tres
chicos sonrosados y mofletudos. Trigidia se [165] alegró mucho de verme; como
mi padre, celebraba que me hubieran traído del infecto ambiente de Madrid a la
sanidad de los valles risueños entre montañas. Halagado de la buena vida
material, yo simulaba un apego mansurrón a la verde Vasconia.
La verdad, yo
comprendía y admiraba las sólidas virtudes de la raza, su contumaz apego a la
tradición, cualidad meritoria cuando sirve de punto de partida para el
progreso, como acontece en Inglaterra; me agradaba la lealtad de los hombres,
la lozanía de las mujeres; los alimentos eran muy de mi gusto: la rica ternera,
el pescado que los más de los días traían de Mundaca o Elanchove, las gallinas,
patos y abundancia de verduras que mi hermana recibía diariamente de sus
caseríos. Las borrajas, las habas, nabitos, y cuanto constituye la nutrición
castiza en el país, satisfacía mi paladar y me restauraba el estómago, tan
necesitado de vida nueva. Lo que no me entraba ni con escoplo era el habla.
Toda mi atención no era bastante para entenderla, y ni el oído ni la mente
podían habituarse a tan archiengorrosa cháchara. Mayormente me afligía ver en
el vascuence un valladar, un tremendo aislador para todo amoroso intento.
Siempre que inicié la conquista de alguna garrida hembra campestre o
frescachona criada, el maldito lenguaje me descomponía y me desarmaba, pues ni
yo les entendía una palabra, ni ellas a mí más que si les hablara en lengua
chinesca. [166]
En aquel pueblo y en
ambiente tan apropiado a un espíritu enteco, vivía mi buen padre como si
estuviera en las antesalas del Paraíso. Desocupado y con sus cortas necesidades
satisfechas, vegetaba y dormitaba como un bendito a la sombra del dogma, que en
aquel país es como una bóveda solemne que protege y abriga las almas. En su
credulidad candorosa, el pobre don Matías Liviano y Pipaón no veía nada más
allá de su vivir cómodo, en lo material, y de su pensar estrecho dentro de la
elemental esfera religiosa. «Así lo encontramos y así lo hemos de dejar, hijo
mío», era su única réplica cuando yo me permitía deslizar en su oído alguna
observación conforme a mis ideas. Viéndole tan tranquilo, tan feliz dentro de
su redoma, me parecía crueldad impertinente contrariarle. Si le hubiera dicho
que no creo en el Infierno, le habría ocasionado tal vez un catarro gástrico,
tal vez un ataque a la cabeza; que su flaca salud pendía de cualquier disgusto.
Si yo le hubiera dicho que el Purgatorio no es más que un establecimiento
industrial y mercantil, de cuyos pingües rendimientos se nutre el cuerpo de la
Iglesia, el choque de mis ideas con su inefable quietud le habría quizás
provocado un torozón que le llevara al otro mundo. Y aunque él creía tener
asegurada la gloria eterna, por el pronto le iba bien aquí con las borrajas,
las habas, la merluza en salsa verde, los pichones y las sabrosas sardinas de
Elanchove.
Por esta causa, yo no
me metía en discusiones [167] con él ni con mi hermana, ni con ninguna de las
personas que a casa concurrían. Y aun le guardaba la fina consideración de
acompañarle en sus frecuentes visitas a Santa María, seguidas de inmersiones
larguísimas en la casa del cura, vicario o arcipreste que en aquella santa
iglesia gobernaba, con otros, las almas duranguesas. Para sobrellevar tan
fastidiosos plantones no tenía yo paciencia, y esperaba al santo varón
paseándome en el espacioso atrio de la iglesia, donde me entretenía viendo
salir y entrar chicas guapas, no por beatitas menos interesantes.
Buena parte del
tiempo que allí me sobraba, invertía yo en pasearme por las anteiglesias o
pueblecitos que rodean la villa. A todas las mujeres que encontraba les pedía
plática, con idea de ejercitarme en el vascuence, lengua preciosa, les decía
yo, que deseaba poseer...; como que mi estancia en Durango no tenía más objeto
que aprender el idioma vasco. Ya poseía veinticuatro lenguas, entre ellas todas
las orientales, y además el catalán y el chino. Con estas y otras sutilezas iba
entrando en la confianza de ellas, y como ya sabía no pocas frasecillas
éuskaras, me divertía, bromeaba, y con alguna logré asomos de intimidad, que
andando días llegaron a mayores, proporcionándome sabrosos ratos a la sombra de
espesos laureles o nogales.
Fuera de estos
experimentos harto arriesgados y de compromiso, vivía yo confinado en la
desabrida normalidad de la casa y sociedad de mi hermana, rezando el rosario
con [168] mi padre, oyendo la cancamurria de los ojalateros que le hacían la
tertulia, o el relato de lo que ocurría en la facción lejana. Mi único recreo,
las más de las tardes, era jugar a la pelota con mi sobrino mayor y otros
chicarrones del pueblo, en el trinquete próximo a Barrencalle, donde vivíamos.
Por las noches,
arrimados a la lumbre si hacía frío, o reunidos en la sala baja, había de
aguantar el chaparrón de la ojalatería carlista, que ni poco ni mucho me
importaba. Ello era como vivir en un Limbo todo tristeza nebulosa, y ya me
cansaba ¡por Júpiter!, tan miserable vida. Los asistentes a la casa eran
vecinos de mi hermana y amigos de su marido, algunos curas que olían a pólvora,
y hombrachos aguerridos que apestaban a incienso.
Una noche vi a mis
buenos ojalateros tan movidos al optimismo, que hube de prestar más atención a
sus ardorosos comentarios. Según noticias mandadas con un propio por mi cuñado
Zubiri desde Lecumberri, donde a la sazón estaba, el grito se daría muy pronto
en la frontera de Navarra, proclamando la Monarquía cristiana y su cabeza don
Carlos, alias Duque de Madrid, nieto del glorioso don Carlos María Isidro.
Habían concluido, pues, las vacilaciones entre los consejeros del Rey; ya los
Elíos, los Radas del orden militar, los Morales y Manterolas del civil y
eclesiástico, habían superpuesto su opinión guerrera a la de los Nocedales y
Canga-Argüelles que en los ocios de Madrid predicaban [169] la paz. Ya el hijo
de cien reyes, por la recta línea masculina, desenvainaba el acero, y seguido
de sus leales, pasaba la raya de Francia, y con bravura y ardor repetía la
frase guerrera del comunero episcopal Acuña: ¡Adelante mis clérigos!
La buena sombra, que
a todas partes me acompaña, deparome un amigo, cuya compañía y grata
conversación suavizaban la rigidez monótona de mi vida en aquellos días de
Mayo. Era el tal un donoso cura, don José Miguel Choribiqueta, rector de la
iglesia de San Pedro de Tavira, viejo ya el hombre y cascado, algo enfermo de
los ojos, que recataba con vidrios verdes, carácter jovial, ameno y
comunicativo. Asistente por rancia costumbre a la tertulia de mi hermana, se aburría
como yo de las ojalaterías enojosas, y me hacía el favor de sacarme de paseo
por las alegres campiñas. En cuanto le traté, vi en él a uno de esos hombres
que, habiendo realizado en la plenitud de la vida lo que le imponía su
conciencia, llevando a la esfera de los hechos su fe, su valor y su buen
criterio, miraba con desdén a los que imitar querían en peores tiempos los
mismos actos y las mismas virtudes, o lo que fuesen. Don José Miguel, héroe de
la otra guerra, no podía desechar la idea de que lo pasado fue mejor, ni
admitía que hubiera dos epopeyas en un mismo siglo.
«A solas con usted,
señor don Tito -me decía en castellano corriente, aunque un poco turbio-, me
reiré de estos majaderos, que [170] quieren repetir... ya, ya... para
repeticiones estamos. Aquellos eran otros tiempos, aquellos eran otros
hombres... Dígame usted, señor don Tito, qué guerra pueden hacer, ni qué lauros
conquistar Fulgencio Carasa y Jerónimo García...».
-No les conozco,
amigo mío, y esos nombres escucho ahora por primera vez.
-Pues no pierde usted
nada con no conocerles... Como si el mandar tropas fuera cosa de juego... Oiga
usted. Yo mandé tropas desde el 33 hasta el convenio de Vergara, que Dios
confunda; yo tengo mi cuerpo lleno de agujeros, cicatrices y costurones. Yo...;
no es que yo lo diga... Ahí están los partes de la campaña, desde el gran
Zumalacárregui hasta el bribón de Maroto...; en algún archivo estarán...;
véanlos... Pero no hablemos de mi humilde persona. Yo le pregunto a usted si
puede esperarse algo bueno de Jiménez de Rada, que fue liberal y conspiró con
Prim para traer la Revolución llamada de Septiembre... ¿Se concibe, pregunto
yo, que Valdespina pueda hacer algo? ¿Y de Calderón qué me dice? ¿En Elío tiene
usted confianza?
-Yo, ninguna. No les
conozco siquiera...
-Y puesto a comparar,
mi señor don Tito, diré a usted en confianza que entre este reyezuelo y aquel
otro respetable y sentado cristianísimo monarca don Carlos María Isidro hay
alguna diferencia... me parece a mí... Y dígame ahora, hágame el favor, dígame:
¿Dónde tenemos un Zumalacárregui, un Villarreal, un Gómez, un Zariátegui, un
[171] Cabrera?... En cambio, veamos los que han salido a la palestra... ¿Pero
no se ríe usted? Yo me descuajo de risa. Han salido armados de punta en blanco,
Canaelechevarría y Solís, dos clerigachos guerniqueses, que no pueden ni con el
hisopo... Le digo a usted que esto es un paso de comedia... También ha ido el
danzante de Urraza, síndico del Ayuntamiento... Y ahora, mi buen don Tito, no
se enfade si le digo que su cuñado de usted, el marido de Trigidia, Ignacio
Zubiri, que anda no sé por dónde haciendo el papelón, es un calzonazos que se
asusta de ver pasar un conejo... ¡Bonita guerra nos traerán, bonita! Yo
barrunto que estos van a su negocio... Guerra y guerra de figurón, para luego
venderse al Gobierno de Madrid, y pescar grados y galones. Otra vez el infiel
Maroto que vendió como carneros a los hombres de fe, a los guerreros cristianos
de España... ¡Oh, España! ¿Quién te sacará de esta miseria?... Los leones que
pelearon en aquella soberbia campaña, o se han muerto, o están como yo con una
garra en la sepultura. Nuestro galardón no está aquí sino allá -añadió con
solemnidad señalando al cielo con su cayada-. Dios nos acoge en su santo seno,
y dice a estos malos imitadores: «Mequetrefes, no intentéis lo que es superior
a vuestra flaqueza. Dejad las armas hasta que me plazca resucitar a mis
hombres, y les mande a defender mi causa».
En otro paseo,
oyéndole los mismos o parecidos razonamientos, le dije: «Según veo, [172] esto
será nube de verano, y todo acabará en corto tiempo, por la poca lacha de la
gente nueva y el abandono del Gobierno...».
«No se duermen, no,
los fantasmones de Madrid. Ya tiene usted a Serrano en campaña. Ayer estaba en
Tafalla... ¡Por mi patrón San Miguel, que no me dieran a mí más trabajo que
hacer polvo a esos Serranos y a esos Moriones, generales de teta, que aún no
han llegado a la dentición militar! Oiga usted, amigo: En uno de los encuentros
que tuvimos con los cristinos al retirarnos de Peñacerrada, no copamos a
Espartero porque el General Guergué, que entonces nos mandaba, no hizo caso de
mí, que a cada momento le advertía sus errores tácticos. Y a pesar de ello,
supe arrollar al entonces coronel don Juan Zabala, matándole mucha gente, y al
maldito Zurbano le tuve cogido... Fue cuestión de minutos, señor don Tito...;
debió la vida suya y la de su tropa al socorro que le dio de improviso el
General Rivero... Pues verá usted otra: Días adelante, mandaba yo la Caballería
del General don Julián Alzaa... No tiene usted idea de las palizas que le di a
Zurbano en Arechano, en Gamarra y en otros lugares de Álava... Pues digo,
también el General León me conocía... Menudas cargas nos dimos, y si los falsos
historiadores le dicen a usted que en Belascoaín quedó vencedor el Leoncito, no
lo crea usted. El vencedor fue este cura». Dijo esto puesta la mano en el
pecho, parándose, con lo que dio a su figura un aspecto estatuario. [173]
-Ha sido usted un
héroe, señor Choribiqueta -le dije poniendo en ojos y boca todas las formas de
admiración-. He oído que también estuvo usted en Ramales y Guardamino.
-Allí estuve... ¿Cómo
no? Bien armada se la teníamos a Espartero. Pero la cobardía de Maroto nos
birló la victoria... El tal Maroto, desde los fusilamientos de Estella... y yo
fui de los que escaparon de milagro... venía tramando su infame traición al Rey
legítimo. Bien nos la jugó a todos. Yo he servido a la causa de Dios desde sus
comienzos hasta que Maroto nos vendió miserablemente en el llano de Vergara. En
el Infierno está pagando su culpa... Yo he servido a las órdenes de
Zumalacárregui, de Villarreal, de Cástor Andéchaga, del Conde de Negri, de
Guergué y de otros guerreros abnegados y valientes; serví y luché sin ambición,
despreciando ascensos, despreciando pagas, comiendo un pedazo de pan y unas
habas mal cocidas después de veinte horas a caballo, o de medio día de combate;
yo no miré jamás a ninguna ventaja temporal; no miraba más que a Dios y a su
santa doctrina... Cuando salí de mi casa para entrar en la facción, llevaba en
mi cinto sesenta y cinco duros, y cuando a mi casa volví después de la traición
de Vergara traía dos pesetas en plata, y otra, o poco más, en calderilla...
-¡Bien por los
hombres valientes y honrados -exclamé- que sacrifican a una finalidad altísima
la conveniencia personal y la [174] propia vida!... Y ahora, don José Miguel,
me va usted a permitir que le haga una pregunta: Cuando, terminada la campaña,
dejó usted la existencia militar para restituirse a la eclesiástica, ¿no sintió
en su alma los efectos de transición tan violenta?... Yo me figuro que usted no
sabría ya ser cura...; vamos... que se le habría olvidado hasta la misa, el
modo de decirla... y el rosario y las preces más usuales.
-Le diré a usted.
Cuando a mi pueblo y hogar volvía, con la pena del convenio, deshecha y
arrojada en el polvo la causa de Dios, venía yo pensando eso mismo que usted
dice, que se me había olvidado todo el ritual... Pues verá usted, señor don
Tito: yo fui siempre especial devoto de la Purísima Concepción. La Dulcísima
Señora, San Miguel Arcángel y el Señor San Pedro fueron y son mis abogados así
en la guerra como en la paz. A la Reina de los Ángeles me encomendaba yo en
todos mis aprietos, y con su amparo y el de los santos que nombro, salí
felizmente de todos los peligros... Como digo, venía yo mustio y desconsolado
en un jamelgo que me proporcionó el cura de Placencia, y al divisar la torre de
mi pueblo querido, se me ensanchó el corazón..., me entró en el alma una luz
celestial, y volviendo toda mi voluntad hacia la Purísima Señora, le pedí que a
la memoria de su siervo humilde volviera todo lo que pudo olvidar en los
trajines de la guerra... Fue para mí aquel momento el más solemne de mi vida,
[175] puede usted creerlo, momento en que me sentí comunicado con la Virgen
Santísima y con mis celestiales patronos... Esto no lo comprenderá usted, esto
no está al alcance de las personas de fe poco ardorosa. Pues bien, llego, me
desmonto del rocín, me quito las espuelas, y entro en la iglesia. Lo mismo fue
verme bajo la bóveda obscura, que recordar de golpe lo que había olvidado. Mi
memoria se vació de todo lo de la guerra, y se llenó de todo lo eclesiástico.
¡Virgen Inmaculada, qué cosas! Lo que usted oye... A la media hora de mi
llegada, me revestí y salí a decir mi misa.
- XVI -
Me entretenían lo
indecible las conversaciones con el amable cura, tipo singular del más violento
hibridismo que puede ofrecernos la naturaleza humana. Sólo España, fecunda en
ingenios, en héroes, en santos y en monstruos, nos da estos engendros de la
razón y la sinrazón, de la fe mística y el orgullo marcial fundidos dentro de
un alma... Y debo añadir que el bravo veterano Choribiqueta era en su vejez un
venerable padre de almas, que cumplía sus deberes escrupulosamente y ejercía la
caridad con verdadera efusión cristiana.
Tanto como me
agradaba la épica historia del clérigo y su franco carácter, picante mixtura
[176] de lo divino y lo humano, me entristecía la sociedad de mi casa, donde se
oía tan sólo el áspero zumbido de los ojalateros, y el comentar de verídicos o
fantásticos incidentes de una guerra lejana. Iban y venían emisarios, llevando
masas de juventud y trayendo noticias de las gestas de Navarra. También se
hablaba de política o sucesos de Madrid, afeándolos con groseras burlas. Había
caído el Gobierno de Sagasta, por la porquería de dos millones que el Sagasta y
un tal Romero habían sustraído de la caja del Tesoro público para llevárselos a
sus propias cajas. Decíase que si los gastaron en elecciones; que en Madrid, el
dinero es el mejor cebo para pescar votos; que si los gastaron en comilonas y
regalos a señoras guapas, cosa en Madrid corriente por ser pueblo de continuos
festejos y cuchipandas... En las Cortes se armó tal rifirrafe por este alivio
de dos millones que hicieron al Tesoro los indignos administradores del
procomún, que el Gobierno se tuvo que retirar, lavándose las manos con el agua
del río Manzanares, que es agua muy sucia... Naturalmente, vino otro Gobierno,
con el indispensable Serrano al frente, llevando de compañeros a Topete, a un
señor Ulloa, a otro que llamaban Candau, a un tal Elduayen y a otro que
respondía por Balaguer. Estos señores, salvo Serrano y Topete, que con Prim
componían la trinidad revolucionaria, eran para la gente duranguesa muy
conocidos en sus casas.
Corrió Serrano a
Madrid a tomar posesión [177] del mando político, y encargando al Topete que le
hiciera la vez, como cabeza del Consejo de Ministros, se volvió al campo de la
guerra... En tanto, mi padre, mi hermana y otras personas que por su metimiento
en la casa eran como de la familia, apartaban a ratos su atención del grave
negocio bélico para ocuparse de mí. Queriendo resolver de golpe y porrazo el
problema de mi vida y asegurarme la felicidad, decidieron casarme... ¿Con
quién? Con una zagalona, más alta que yo en media vara, llamada Facunda, hija
de un pariente de mi cuñado Zubiri, y heredera de cuatro caseríos de valor,
según dijeron, situados en la risueña vega que fertiliza el río Durango. La que
me destinaban para compañera de mi existencia en todo lo que esta me durase,
era... Dejadme tomar resuello, que esto es muy grave.
Era una muchachona
desgarbada, más sosa que las calabazas que a mi parecer crecen a la puerta del
Limbo; tan cerrada en el habla vascuence, que apenas podía decir en castellano
frases premiosas, trabucando los casos, descoyuntando la sintaxis como lo
harían los mismos demonios. Desde que la vi, me fue atrozmente antipática, por
su ceño displicente, la sequedad de su trato, y algo que en ella noté, como
sombra o trasluz de un brutal fanatismo. Casándome con ella, según me manifestó
mi padre en una sesuda conferencia, sería yo poseedor de cuatro caseríos, dos
de ellos en Santa Polonia, lo más hermoso de la vega de Durango; otro en
Malespera, [178] y el cuarto en Leguineche. El cuidado de mis tierras y ganados
acabaría de limpiar mi cabeza de los miasmas cerebrales, que me habían puesto
al borde de la locura en la mil veces endemoniada Villa y Corte. Aunque estos
proyectos y augurios me desconcertaban, fingí conformidad con la idea paterna,
esperando que algún inopinado quiebro de mi destino me sacara de aquel
compromiso sin oponerme derechamente a los planes del pobre viejo.
Los padres de mi
novia eran admirable pareja para presentar como maniquíes vestidos al tipo
éuskaro en un museo etnográfico. Con ambos hablaba yo mediante intérprete, pues
sólo jirones desgarrados del idioma castellano les habían entrado en la
mollera. El padre pareció mirarme con simpatía y alegrarse de tenerme por
yerno: dijo que, siendo yo persona de mucha lectura y escritura, podía enseñar
algo a la chica que se conservaba cerril. No le habían enseñado más que a rezar
y a escribir y leer torpemente. Era un ángel, eso sí, muy buena y obediente;
sabedora de todas las artes caseras, y tan excelente labradora del campo que
valía por dos hombres de los más fornidos. La madre no fue, a mi parecer, tan
propicia, y puso el reparo de mi corta estatura, por lo cual no haría buen
ayuntamiento con la yegua que el Cielo le había deparado por hija... También la
chica, mi novia o prometida, Facunda Iturrigalde (allá van nombre y apellido),
me motejaba por chiquitín; la risa no iluminaba su [179] rostro inexpresivo y
mofletudo sino cuando se hablaba de mi corta talla, y algo decía en vascuence
que hacía reír... Era sin duda un concepto semejante al de La Niña boba, de
Lope, cuando le presentan el retrato de medio cuerpo del novio que le destinaba
su familia: Eso es no tener marido -siquiera para empezar.
Esto me ofendía. Pues
una tarde... Dejadme tomar otro aliento, que esto es gravísimo. Una tarde,
digo, iba yo acompañando a mi novia desde Durango a Santa Polonia. Una
fatalidad benigna nos dejó solos, pues los padres iban delante con el carro
cargado de aprestos de fábrica, herrajes, maderas, para una obra que habían
emprendido en la mejor de sus casas. Charloteaba yo con Facunda, dándole
lección de lengua castellana, y obligándola, con insistencia de dómine, a
repetir temas y conceptos de uso constante en la conversación. A propósito
estiraba yo mi acción escolar para retrasarnos en el camino y ponernos a mayor
distancia de los padres. Dos criados que nos seguían con un borrico, cargado
también de material, pasaron delante de nosotros, y en esto, atardeciendo,
atravesamos un grupo de nogales que con su sombra anticipaban la noche y
convidaban al descanso. Díjome Facunda que aquellos nogales y otros que más
allá se veían eran suyos. Entrome con esto un vivo afán de posesión de la
tierra y de lo que no era tierra. Y pues esta y los ganados, el fruto vegetal y
la carne animal habían de ser [180] míos, bien podía tomar posesión de todo en
aquel instante.
Apenas pensado el
propósito mío de hacer efectivos mis derechos, acudí a la práctica, declarando
a Facunda la pasión violentísima que el lugar sombrío y apacible, el sosiego
del campo y la hermosura de ella levantaron al modo de tempestad en mi alma.
Observé que mis palabras ardientes en castellano declamatorio, parodia de las
famosas endechas de don Juan Tenorio en el sofá, la impresionaron hondamente y
la movieron a estupor y curiosidad seguida de infantiles risotadas. Estimando
la actitud de Facunda como un principio de consentimiento, me lancé de las
palabras fogosas a los actos atrevidos... Echele los brazos, y ello fue como si
el algodón quisiera ceñir y sujetar el acero. Facunda, sin dejar de reír como
una chicuela, se defendió de mí con rápida zancadilla. Caí al suelo en postura
poco airosa... Quise levantarme... Facunda, con vivo juego de infancia
campesina, me volvió a dejar tendido y sin gobierno de mis piernas, y cuando
yo, vencido y maltrecho, pedía misericordia, me increpó y vilipendió con horroroso
traqueteo de frases de burla en vascuence. Comprendí que jugaba conmigo, y que
celebraba con algazara jocosa el triunfo de su fortaleza sobre mi debilidad
miserable... Terminó el juego desliándose de la cintura un cordel y atándomelo
al tobillo sin que yo pudiera evitarlo... Me ayudó a levantarme, y arreándome
con su varita, me llevó por delante. No me [181] quedaba otro recurso que
aceptar el juego y seguir la broma. De la boca de Facunda salió una frase que
me dolía más que la caída y los varetazos. Haciéndome el tonto, y fingiendo
alegría, traduje a mi modo la frase. Creo que no era infiel esta versión:
«Vean, vean el cochinito que he comprado en la feria... A mi casa lo llevo...
Tres duros me costó... Engordarelo para San Martín. Cochinito, arre...; arre,
charrichu».
Llegué al caserío
renegando de las bromas de la zángana Facunda, aspeado de la prisa con que me
llevó haciendo el charrichu. Quisieron los padres que me quedase a cenar con
ellos; mas yo, pretextando quehaceres en casa y órdenes de mi hermana, me volví
a Durango por el mismo caminito llano, a trechos sombreado por nogales
corpulentos. Si aquellos hermosos árboles no me fueron propicios, otros más
arrimados al monte habían sido mis sagrados bosques citereos, y váyase lo uno
por lo otro. Yo podía vanagloriarme de más de tres y más de cuatro conquistas
en la soledad nemorosa.
Añado ahora, como
dato interesante, que después de mi frustrado ataque a la virtud de Facunda,
esta empezó a mostrarme afición, y a gustar de mi compañía y lecciones; ya no
se burlaba de mi estatura mezquina, ni me daba a entender que era poco hombre
para su corpulencia. Esto me envanecía; mas no cambiaba mi invencible
repugnancia de hacerla mi esposa, por incompatibilidad o desproporción muscular
y sanguínea. Bestias [182] había yo conocido que no me desagradaban. Bien
vengas, bestiezuela, para el amor, mas no para el matrimonio.
A los tres días de
hacer yo el cochinito, supimos que en un lugar de Navarra llamado Oroquieta,
había dado el General Moriones un tremendo palizón a los carlistas, echándolos
a la frontera con su iluso rey, desvanecido por la adulación de sus prosélitos
montaraces, y por el estímulo de las plumas y voces que en Madrid movía la
turba de neocatólicos y tradicionalistas hidrófobos, explotadores de la
religión como resorte de absolutismo. El desconsuelo y turbación que tal
noticia produjo en la villa de Durango, y marcadamente para mí en nuestra
tertulia o cabildo de ojalateros, ignorantes de cuanto concierne a gobierno de
pueblos y al fuero de ciudadanía, no es para referido. Unos clamaban, otros
gruñían... Llegó mi cuñado Zubiri, desarmado, rabioso, sin que la vista de su
hogar y de su familia le consolase del porrazo recibido en lo más delicado de
su amor propio y en lo más duro de su barbarie.
Por no desentonar en
el coro, yo me mostré afligidísimo, como si la derrota de Carlitos VII me
quitase la breva de ser su Ministro Universal; mi padre era la imagen de la
consternación paralítica y estupefacta, cual si oyera el son terrorífico de las
trompetas del Juicio final. Todos se hallaban igualmente cariacontecidos,
incluso el cura Choribiqueta, aunque este lo hacía por comedia, pues cuando
salimos, y a discreta distancia [183] de mi casa nos hallamos, rompimos los dos
en la misma exclamación: «¡Tenía que suceder!». Sin disimular su alegría, el
valiente clérigo me dijo: «¿Estaba yo en lo cierto, querido Tito? ¿Se puede
esperar algo de un Carasa, de un García, de un Urraza? ¿Cabe en lo humano que
nos traigan la Monarquía de Dios las cabezas más vacías que tenemos en nuestra
tierra?... Amigo, cada día me encontrará usted más aferrado a mi tema. Dios no
quiere que haya dos epopeyas dentro de un siglo».
-En el otro será, don
José Miguel.
-En el siglo XX
resucitaremos..., lo creo como si lo estuviera viendo...; resucitaremos los
soldados de la fe para traer a España el Reino de Dios.
Por la tarde fui con
mi padre a visitar al amigo Choribiqueta, que a la hora de ritual nos dio
chocolate con exquisitos bizcochos. Y tomando los tres el Guayaquil, repitió
don José Miguel los solemnes conceptos sibilíticos que había expresado ante
mí... Entusiasmado quedó mi buen viejo, y no sentía sino que él no fuera
también resucitado para ver la maravilla del siglo XX. Al volver a casa, le vi
engolfado en soliloquios que eran destellos de la misma idea consoladora...
Llevándome a su cuarto a la hora de acostarse, tomó el tonillo más patético y
dulce para decirme: «Tito, hijo mío, ya que trayéndote a esta tierra de la
virtud y de la fe, te hemos curado de tus desvaríos, yo te ruego que apliques
tu ingenio y dotes oratorias a ilustrar a [184] estas buenas gentes sobre aquel
punto de la venida del Reino de Dios. Tus ideas han cambiado de una punta a
otra del pensamiento. Eras hereje, y herejías y locuras y pestilencias
predicaste. Hoy eres creyente y acatas la ley divina. ¿Qué trabajo te cuesta
regalarnos con un buen discurso que instruya y consuele? Yo me he cansado de
decir a todos los amigos de acá que eres un verdadero pico de oro, que en
Madrid entusiasmas, y que alguna vez te sacaron en hombres tus oyentes. Pues si
tales triunfos obtenías cuando predicabas la mentira, ¿qué tendrás ahora,
reformado y arrepentido, proclamando la verdad? Yo, sin esperar tu
consentimiento, he dicho que mañana por la noche nos darás una conferencia en
la sala de esta casa, que es bastante capaz... No, no me vengas con repulgos,
ni arrumacos de falsa modestia. No, Tito...; yo he anunciado la plática tuya, y
no has de dejar mal a tu padre. Di que sí. Tienes la noche y todo el día de
mañana para prepararte. A más de los amigos, que ya están en el ajo y esperan
la función como pan bendito, convidaré a las personas principales del pueblo,
sacerdotes, señoras..., señoritas...».
No dijo más. Lo pensé
un instante, y accedí, representándome la sala, mi sermón, mi triunfo...
- XVII -
A continuación verás,
oh lector amable y socarrón, mi formidable discurso, precedido de un ligero
introito descriptivo... Mi hermana y mi padre se encargaron de colocar a los
caballeros y señoras en ringleras de sillas puestas en tres lados de la sala,
dejando la cabecera de esta para las personas de más viso, y para desahogo del
orador. Yo improvisé una tribuna con tres sillas cuyos respaldos me separaban
del público, ofreciéndome apoyo y resguardo. Con cuquería teatral me abstuve de
aparecer ante mi auditorio hasta el momento de comenzar mi oración. Desde la
puertecilla por donde había de entrar miré y examiné a mi público, conforme se
iba instalando. Vi señores acartonados, predominando los narigudos sobre los
chatos, serios todos como si estuvieran en misa; vi a la derecha, en el término
más lejano, señoras gordas, señoras flacas, algunas de buena presencia y aire
aristocrático dentro del tipo lugareño. En la primera fila lucía un grupo de
tres damas, una de ellas muy aventajada de pechos, la cara bonita. Vestían
todas de negro, con excesiva honestidad, pues apenas dejaban ver el cuello
carnoso. Sobre la obscura vestimenta se destacaban escapularios y medallitas.
Gente aldeana de ambos sexos ocupaba las filas menos [186] visibles, pues los
sitios delanteros eran para el señorío y los curas...
Tal era mi público,
arcano cuyo seno guardaba la rechifla o el aplauso. Aunque nunca me ha faltado
el valor en casos semejantes, sentía ligero escalofrío, y mis ideas se
acobardaron, refugiándose en lo más hondo del cerebro... Pero llegaba el
instante en que el pundonor y el sentimiento del deber habían de arrollar al
miedo y a los falsos escrúpulos con que el alma desconfía de sí misma... Tendí
mis ojos sobre el apretado concurso. El aleteo de los abanicos me infundió
ánimos, no sé por qué. Tras de cada abanico, adiviné un corazón de mujer...
¡Ah!, mujeres. ¡A ellas!, me dije, y salí. Acogido fui por un murmullo; que
allí no se estilaban los aplausos. Puse las manos sobre el respaldo de las
sillas, que eran mi tribuna, y con firme aliento, y plena conciencia de mi
triunfo ante las damas y mujeres, solté las primeras palabras: «Señoras...,
señores...».
Una pausita, y seguí:
«Soy un pobre peregrino que ha venido de la región del pecado a esta comarca de
la inocencia y las virtudes. Salí de aquel infierno agobiado por el peso de mis
culpas; pero la voz de Dios me alentó en los primeros pasos; la voz de Dios me
iluminó el alma; en el áspero camino lloré mis errores, y una vez llorados y
aborrecidos, el arrepentimiento me dio nueva vida... El ambiente puro de esta
tierra completó mi regeneración, y el ejemplo de vuestras virtudes me da valor
y alientos para dirigiros [187] la palabra. Soy un alma que ha conocido el mal,
y ahora se espacía en el bien, sintiéndose hermana de las almas buenas, y
aspirando a perfeccionarse viviendo entre vosotros con familiares lazos de
amor. Os entrego mi corazón, os entrego mi alma toda, para que la fundáis con
las almas vuestras. Vuestro pensar es el mío. No me falta más que poseer
vuestra lengua, la más antigua y la más hermosa del mundo, para poder con ella
cantar en voz baja las bellezas de vuestra tierra y en voz muy alta, pero muy
alta, el nombre de Dios y las glorias de su santa causa».
Circuló murmullo de
aprobación. Adelante. «Dios me ha dado el singular galardón de traerme a su
campo, a su solar amado y predilecto, donde prepara la redención de la mísera
España, que sería, como sabéis, su nación preferida, si ella se organizase a la
usanza vuestra, y desechando sus vicios y desnudándose de la costra leprosa de
sus herejías, se vistiera del esplendor de vuestra fe y de la gala de vuestras
resplandecientes virtudes... Pero ¡ah!, la redención de España está lejos,
queridas hermanas, queridos hermanos; y está lejos, porque la vuestra, que ha
de preceder al salvamento de todo el pueblo ibero, no está cerca, no. Mucho
tendréis que hacer aún, ¡oh gloriosos vascos!, para poner el problema en su
verdadero estado de intenso desarrollo. Permitidme que os exponga las ideas,
fruto de mis largas meditaciones en esta tierra bendita. Oíd el parecer de un
férvido [188] creyente que en largas noches, invocando el auxilio de la
Divinidad, ha estudiado el presente, adquiriendo la clara visión del porvenir...
La causa de Dios triunfará en Vasconia, y en Vasconia tendrá su principal
asiento, cabeza de todos los reinos católicos de nuestra España... Habréis
visto, amadas hermanas y hermanos, que la guerra encendida para restablecer el
imperio de la fe se ha visto frustrada. Abrid los ojos y ved bien claro, como
lo veo yo, que Dios no quiere traeros la verdad por mano y designios de reyes
grandes ni chicos, ramas una y otra de un árbol podrido. No; no esperéis nada
de los reyes, que conquistan el suelo para hacerlo suyo y llenarlo de formas de
tiranía. Yo no distingo de reyes, ni disputo por legitimidades que sólo son
juego de palabras. Todos los reyes son ilegítimos, todos llevan en la cimera de
sus cascos estos o los otros signos; en la redondez de sus cabezas, estos o los
otros sombreros».
Estupor en el
público... En él se oiría el vuelo de una mosca... Sin perder el hilo de mi
razonamiento, observaba yo las caras de mi auditorio, y en ellas vi asombro,
terror... Pero no me importaba. Tomé aliento, bebí un poco de agua, que me
habían puesto en una mesilla cercana, y seguí muy sereno preparando la bomba
cuyo estallido debía ganarme la voluntad de todo el concurso. Seguí: «Mi
declaración os causa sorpresa, y alarma por un instante vuestras conciencias
honradas. Pues si a todos los reyes, decís, debemos [189] declararlos
ilegítimos; si ninguno de ellos ha de traernos la luz celestial; si no debemos
luchar por reyes ni príncipes ni fantasmones más o menos coronados y galonados,
el orador quiere que instituyamos una república, y esa república será el ara
santa donde se consagre la unión de todos los católicos pueblos, la paz, el
bienestar, la dicha... Sí, hermanos queridos, la república es nuestra
salvación».
Inmensa ansiedad
expectante en el público. Hice una pausa. Paseé mis miradas arrogantes por las
caras de señoras y caballeros, y como había tomado ejemplo de Fray Gerundio
para producir los grandes efectos oratorios, les dejé en el tormento de sus
dudas, y cuando me pareció bien, tomado otro traguito de agua, proseguí: «¡Sí,
la república...! Pero no es aquella bacante semi-desnuda y escandalosa, hija de
Satán, que trastorna con su bello nombre y su infernal doctrina a los pueblos y
ciudades de Castilla; no es la bestia roja, sanguinaria, ebria de vino y de
mentirosas filosofías; no es esa, no. Esa república será barrida como los
despojos de Carnaval que ensucian las calles el Miércoles de Ceniza; esa
república tendrá sus altares en los manicomios, donde expirarán todos los que
la profesan, y donde se extinguirán sus alientos con rugido de fieras
moribundas. La república que yo preconizo y anuncio es otra, es la que lleva en
sus sienes, por corona, la luz del Espíritu Santo, la que en los bordes de su
clámide lleva bordadas [190] las inscripciones Fe, Esperanza y Caridad, la que
en su seno purísimo agasaja la paz, la que con sus labios imprime el beso del
ardiente amor de Dios...; esa república, hermanos queridísimos, es... la
Iglesia».
El enorme efecto se
produjo, y aguzando mi voz para dominar los murmullos de entusiasmo, remaché la
frase: «La Iglesia católica, apostólica, romana...». «Ya veis, cómo al arrancar
de vuestras opiniones la figura borrosa y descolorida de estos reyes de
faramalla, os presento la imagen de Cristo, Rey de los pueblos católicos,
Cristo, Rey de España... Y siendo Vicario de Cristo, y su cabeza visible el
Romano Pontífice, os digo: Durangueses, pueblo todo vasco-navarro, derribad los
ídolos dinásticos, usurpadores de la autoridad, y poned en el trono vacío la
excelsa soberanía del Papa... Oídme ahora este argumento decisivo: ¿No nos
gobierna el Papa en lo espiritual; no es él quien nos impone el dogma y vigila
su cumplimiento? Pues si gobierna en lo espiritual, que es lo más, ¿por qué no
ha de gobernar en lo temporal, que es lo menos? ¿No se os había ocurrido este
razonamiento? ¿No pensabais que el gobernador espiritual debe gobernar también
en el terreno de las menudencias de la vida? ¿Qué es lo espiritual?: la vida
infinita. Pues englobad lo finito en lo infinito, mirad lo finito como cosa
baladí al lado de lo infinito».
Entusiasmo loco. La
convicción ganó todos los ánimos. Me aplaudieron. La señora gorda [191] y guapa
más visible entre las damas, me miraba no ya con admiración, sino con
arrobamiento. Mi padre, sentadito en forma de ovillo no lejos de mí, tenía ya
el pañuelo tan mojado de sus lágrimas que se las bebía por no poder secárselas.
Adelante con mi bravo discurso: «Ya sabéis, ¿qué católico no lo sabe?, que el
Santo Padre tenía en el centro de Italia sus Estados, de los cuales era Rey.
Donación del Altísimo eran aquellos Estados, los más felices de la tierra
mientras vivieron bajo el mando, bajo el dulcísimo gobierno de Su Santidad.
Pero el Infierno alborota la Italia; el Infierno coloca en el trono de un
pequeño reino de Italia llamado Cerdeña a un cerdo que lleva el nombre de
Víctor Manuel, y este cerdo arrebata al Pontífice sus Estados, dejándole preso
en su palacio. ¿Por qué ha permitido Dios tal iniquidad? Porque previene a Pío
IX mejor casa y estados mejores y reino más grande... Ya lo adivináis. Vuestros
corazones se anticipan al pensamiento... El nuevo Estado Pontificio es España,
y contra España pontificia nada podrá el Infierno, ni los Víctor Manueles de
los cubiles de acá y de allá prevalecerán contra la voluntad de Dios... Pero
Dios espera, Dios quiere que los pueblos que le son queridos se penetren de su
voluntad, y den muestra de querer realizarla. Claro es que Dios puede hacerlo
cuando guste; pero le agrada en extremo que su pueblo más querido se anticipe,
y reclame el honor de declararse propiedad del Vicario de Cristo... Ya lo
sabéis, hijos [192] de Vasconia. Si el Espíritu Santo, como creo, ha sugerido a
vuestras almas la idea de la Pontificia República, no vaciléis, no durmáis, no
esperéis a mañana. Id a Roma, damas y varones escogidos de Dios, y decid al
Supremo Jerarca: Padre Santísimo, si Estados os quitó la iniquidad de un Rey,
tomadlos mejores y más ricos en la Península católica, donde la Reina de los
Ángeles tiene su más extendido y ferviente culto, en la tierra bendita, madre
de los santos y fundadores más gloriosos. Por de pronto, podréis tener por
vuestros los vastos dominios que se extienden desde el Roncal a Carranza,
salida y puesta del sol; por Septentrión, el Cantábrico mar y cordillera
pirenaica, y al Sur montañas de Burgos, curso del Ebro...».
Sonidos guturales,
ayes de admiración, palmadas... Estaban locos. La señora gorda me comía con sus
ojos. En ellos y en su lozano rostro encendido por el calor y el entusiasmo
fijé yo los míos, y para ella dije: «Pedid al Santo Padre su bendición y os la
dará gozoso, y vosotros le diréis: 'Santísimo Padre, mandad al punto a vuestro
nuevo territorio todos los frailes y monjas que tengáis disponibles, y que sean
de diferentes órdenes, sin que ninguna falte, y con la sola invasión de esa
católica hueste, dad por conquistado vuestro reino, y bien asegurado contra
heresiarcas y contra la peste de nefandos políticos. Los varones religiosos,
astros de virtud y profesores de fe, se difundirán por toda la Península, y ya
no hace falta más. [193] Pero mandad muchos, Santísimo Padre, los más robustos,
los más enérgicos, los más sabios, y con ellos mandad cuantas vírgenes o
esposas del Señor tengáis en vuestros sacros monasterios. No os arredre el
número, que allí hay sustento y holgadas casas para todos, y dinero de largo
para cuanto hubieren menester'».
El regocijo de mi
público iba en aumento, y yo, creciéndome y agigantándome sin necesidad de
tacones, llenaba el mundo, a mi parecer, con mi exaltada oratoria, y al cielo
tocaba con mi gesto no menos elocuente que mi palabra. Para ofrecer a mi
auditorio, en forma práctica y fácilmente accesible a los más obtusos, la idea
de mi República Hispano-Pontificia, tracé el siguiente cuadro estadístico: «No
terminaré, señoras y caballeros, sin daros una síntesis clarísima de los nuevos
Estados de Dios, gobernados por su Vicario en la Tierra. Admitid que las
órdenes religiosas difundidas por toda España y adueñadas de las conciencias,
declaran constituida la divina República. Admitid esto y dadlo por hecho, y
veréis el grandioso espectáculo de una nación organizada por el Espíritu Santo.
Rey ni Roque no necesitamos, porque nuestro soberano es el Papa, residente en
Roma, o residente en España, en la ciudad que más le conviniere. Los ministros
podrán ser siete, ocho, según lo demande el interés público, y serán escogidos
entre los arzobispos y los priores o abades de las Congregaciones.
Desaparecerá, pues, de un soplo [194] la nube de politicastros que cual
langosta devora toda la riqueza del país. Congreso y Senado pasarán también al
estercolero, y en su lugar tendremos un Concilio permanente, que se formará con
individuos del Episcopado, Padres de la Compañía de Jesús, reverendos párrocos
y sabios religiosos de distintas órdenes. Los funcionarios subalternos de los
Ministros, los embajadores o nuncios serán también obispos, deanes,
arciprestes, según la categoría del cargo; los gobernadores y alcaldes se
reclutarán entre los párrocos de más autoridad y circunstancias, y en cuanto a
lo que hoy se llama Tribunales de Justicia, os diré que a la Iglesia le sobra
personal para constituir, con los sabios agustinos, dominicos y jerónimos,
cabildos jurídicos que vean y sentencien con recto juicio todas las causas
civiles, criminales y eclesiásticas... Ya veo en vuestros rostros que
mentalmente formuláis una pregunta: ¿Y Ejército? Os diré con la rudeza que
pongo en mis opiniones, que el actual elemento armado será reconstituido
después de una escrupulosa purificación, para lo cual se formará un elevado
Consejo presidido por un obispo. Serán vocales de ese magno Consejo personas de
acreditado conocimiento y experiencia en lo militar y en lo religioso, que de
sobra tenemos, bien lo sabéis, varones doctos, guerreros y píos, que sepan
desempeñar función tan delicada».
Vehemente aprobación,
y voces afirmativas... que sí, que sí... Y yo me encaminé sereno [195] y
majestático (3) al coronamiento de mi aparato lógico: «Sólo me falta deciros
que para la realización de este divino ideal, de lo que llamaríamos Política de
Dios y Gobierno de Cristo, hemos de establecer la estricta unidad de
sentimientos religiosos, hemos de conseguir que en toda la Nación no exista una
sola alma que discrepe del sacrosanto dogma. ¿Qué necesitamos para este fin
indispensable? Pues necesitamos un órgano, un instrumento de limpieza, un
salutífero purificador de las conciencias. ¿Y cuál es este órgano, este
instrumento en que se combinan lo divino y lo humano? En la mente de todos los
que me escuchan, en sus labios, diré con más propiedad, está la respuesta. El
órgano purificante y unificante es la dulce Inquisición... Sí, la llamo dulce
porque sus efectos nos llevarán a un dulcísimo estado de beatitud, porque los
rigores que a veces empleara contra la herejía son cosa blanda en parangón de la
paz y dulcedumbre que ha de dar a la Nación, porque si emplea el fuego para
ahuyentar a los demonios, nos trae frescura y aire delicioso con el batir de
alas del sinnúmero de ángeles que el cielo nos enviará para consuelo y alegría
de las almas españolas».
Delirio, palmoteo
frenético, berridos de aldeanos, lloriqueo de señoras... Y yo tenza que tenza
como el célebre mentiroso Manolito Gázquez, bailando en el aire, quiero decir
que alentado por los aplausos, disponíame a terminar del modo más airoso. Con
rápida [196] visión retórica, comprendí que el final debía ser en extremo
patético y dulzón. Allá va: «Ya he cansado bastante a este noble auditorio; ya
debe este humilde orador católico volver a la obscuridad de que nunca debió
salir, de que salió por vuestra benevolencia y caridad, digo caridad porque tal
me parece el hecho de que os hayáis dignado oírme. Os debo gratitud eterna por
vuestra benevolencia, y a ella correspondo diciéndoos que ese galardón de
vuestras almas generosas es el más preciado que pude soñar. No veáis en mi
pobre discurso primores de inteligencia, ni recursos de erudición, ni ornato de
filigranas retóricas; no veáis más que ardor de fe, y sinceridad de creyente
postrado ante los altares de Dios. Lo que habéis oído es fruto, más que del
estudio, de la oración, de embebecer el alma en la contemplación de la
Divinidad y dormir en el éxtasis como el niño inocente en el blando regazo
maternal. En mí no veáis ciencia; en mí no veáis la vana sabiduría que adquiere
en los libros, obra comúnmente de la superchería o del orgullo; en mí no veáis
más que amor, que es la fuente de todo bien, manantial que nace en la grada más
alta del Trono del Altísimo y viene murmurando suaves promesas hasta nuestras
almas sedientas. El amor de Dios que me abrasa con llama inextinguible, me ha
enseñado el amor de las criaturas. Mi enseñanza es amor, y entiendo que el
sublime plan de República Hispano-Pontificia sólo por el amor puede traerse a
la realidad. Y en [197] verdad os digo que sin amor no saldréis de la
esclavitud en que vivís... Amaos los unos a los otros. Amad a vuestros
enemigos, amad a vuestros amigos. Os lo dice y os lo encomienda con efusión
ardiente el que, subiendo desde el error a las cimas de la verdad, aprendió
esta suprema ley; el que vivió en el pecado y se regeneró en la virtud; el que
fue ciego y hoy iluminado por el fuego de la fe, es todo sentimiento, todo
piedad, todo amor... He dicho».
El esfuerzo para
terminar con brío, el espasmo oratorio me dejaron sin aliento. Me vi en brazos
de mi padre que al estrujarme en ellos me privó de la respiración: el raudal de
sus lágrimas me anegaba el rostro. Mi hermana lloraba también, abrazándome y
dándome besos, mientras el bárbaro de su marido gritaba: «Lo que saber chico,
pico de oro tener hablando». El público en masa avanzó impetuoso hacia mí para
felicitarme con palabras cariñosas y exclamaciones de entusiasmo. La señora
gorda y bonita fue de las primeras que a mí llegaron, trayendo consigo dos
damas flacas un tanto narigudas, de cuyos labios oí plácemes afectuosos en una
jerga mixta de castellano y vascuence. En la señora simpática pude advertir una
subida coloración del rostro, del exceso de entusiasmo, y un trémolo de la voz
que me indicaba su modestia, como si se creyera indigna de hablar conmigo.
Apretándome las manos entre las suyas calentitas, me dijo: «¡Qué sublime
orador! ¡Qué gloria oírle!... [198] Aquí no se ha conocido quien a usted iguale
ni quien como usted posea el arte de conmover». A su correcto castellano
contesté con vehementes gratitudes, y ella, hecha un merengue, hablome de este
modo: «Sería cosa de pedir a usted que le oyéramos todos los días. Yo he
comprendido todo, tan bien lo decía usted y con tanta claridad lo exponía. Todo
lo he comprendido. Sólo me han quedado dudas en un punto. ¿En la nueva
República, los militares vestirán el uniforme que hoy usan, o un traje como los
caballeros de Calatrava y Santiago, con birrete y manto blanco?».
-Sobre ese punto y
otros que no he podido explanar en esta oración sintética -le respondí muy
fino-, daré a usted explicaciones latas cuando tenga yo el honor de visitar a
usted para ofrecerle mis respetos.
-¡Oh!, cuando usted
quiera.
-Molestaré quizás...
-¿Molestia? Ninguna.
Vivo sola con dos muchachas. Mi esposo está en Cuba, empleado en la Aduana...
Salgo poco de casa. De ocho a nueve todos los días voy a misa a Santa María, y
por la tarde al rosario... Tendré mucho gusto...
Despidiéndola
cortésmente para dar paso a otras y otros que acudían a mí, dije para mi sayo:
«Conquista tenemos». Largo rato duró el sofocante jubileo de plácemes y
apretujones. Las pobres aldeanas expresaban con sencillez candorosa el deleite
de haberme oído, y salían clamando: «¡Viva Dios y viva [199] el Santo Papa
nuestro Rey!». Harto expresivos fueron los padres de mi novia y mi novia misma.
En los ojos de esta conocí que había llorado. Apretome el brazo hasta el dolor,
muda y bestial expresión de sentimientos que parecían instintos. El padre me
dijo que sabía yo por doce obispos, y la madre me soltó este requiebro: «Tanto
como chico, grande ser tú, hijo mío, de saber y sermón bonito».
La felicitación y el
abrazo de mi amigo el cura Choribiqueta fueron también muy expresivos, si bien
con un poquito de reserva, que no pudo disimular. Le invité a no escatimar
conmigo su confianza, y a mis razones contestó estas, que oí con el respeto
debido a su grande autoridad: «Muy bien, querido Tito, soberbio. Ha estado
usted imponderable en la dicción, sublime en la idea y plan del Gobierno de
Cristo, por su Vicario el Papa. Es usted un orador que se deja en mantillas a
los Manterolas de aquí y Castelares de allá. Conforme en todo, menos en una
cosa; y pues usted me pide franqueza, allá va mi parecer sincero. Todo me ha
parecido bien, menos la idea de meternos aquí todos los frailes de la
Cristiandad. ¿Para qué queremos aquí tal aluvión y acarreo de regulares?
Nosotros los seculares nos bastamos y nos sobramos para todo lo que haya que
hacer. Sobre que son en su mayoría un hatajo de gandules que vienen aquí con
hambre atrasada, y en poco tiempo consumirían todas las subsistencias de la
Nación, querrían [200] mangonear ellos solos y nos reducirían a una servidumbre
vergonzosa. En la clerecía de aquí hay bastante personal para desempeñar
cuantas funciones civiles, judiciales y aun militares se nos encomienden. De mí
sé decir, sin jactancia, que me creo tan apto como el primero para ser, al par
que un párroco modelo, un ejemplar alcalde. Sí, Tito, sí; yo gobernaría esta
villa mejor que nadie. Bien apañado estaría el pueblo, y bien derechos andarían
todos mis administrados, que al propio tiempo serían mis feligreses.
¡Ayuntamiento y parroquia en una pieza! ¡Qué gusto! Pues aún me sobraría tiempo
para otro cargo, por ejemplo: maestro de escuela... A los chicos los
despacharía yo en dos palotadas... Conque ya sabe usted lo que piensa un hombre
que siempre dice la verdad. Recorte usted eso de la traída de frailes y monjas,
y en lo demás conformes, y grandemente entusiasmado de su talento, de su
oratoria, de su arranque... ¡Viva Dios Uno y Trino, y la Purísima Concepción,
Madre del Verbo, inspiradora de toda elocuencia!».
De los demás curas
recibí enhorabuenas, no todas ardorosas, algunas bastante frías como de quien
no ve con buenos ojos al que descuella demasiado pronto, y gana con un solo
acto la voluntad colectiva... Avancé en la sala para saludar a los que
humildemente iban saliendo sin atreverse a dirigir la palabra al gran orador. A
muchos di mis gratitudes, y en uno de los grupos rezagados que requerían con
apreturas la puerta de salida [201] distinguí una cara de mujer que me dejó
paralizado de estupor. O yo veía visiones, o la que vi era Mariclío en
apariencia equívoca, medio señora, medio aldeana. Con trabajo y abriéndome paso
como pude llegué hasta ella. Me miraba y reía. Cuando a su lado estuve, acercó
su boca a mi oído para decirme con susurro: «Eres el granuja de más chispa que
he visto en el mundo. He pasado un rato delicioso oyéndote desatinar con tanta
gracia y picardía. ¡Y esta pobre gente tan consentida!... Te han tomado por el
Espíritu Santo».
Interrogada por la
razón de su presencia en la villa de Durango, me dijo así: «Aquí he venido
creyendo encontrar algo de provecho. Me parece que nada bueno podré llevarme,
como no sea tu discurso, que quizás, bajo la forma de jácara o entremés de
burlas, entraña no pocas verdades para el día de mañana... Pero no hablemos más
aquí. Vivo en una posada o parador, a la entrada del pueblo viniendo de Bilbao.
Vete a verme cuando puedas. Estaré algunos días hasta ver en qué para esta
nueva humorada facciosa... En la posada, pregunta por doña Mariana, o la Madre
Mariana, que con tales nombres vengo, y por ellos soy conocida. Adiós, Tito
salado». [202]
- XVIII -
Maravillado me dejó
la presencia de Mariclío, pues aunque bien conocía yo sus naturales tendencias
a la ubicuidad, no esperaba verla en aquel lugar de Vasconia, donde nada
ocurría digno de los borceguíes ni aun de las sandalias de mi ilustre amiga.
Hice propósito de visitarla en su posada, en cuanto tuviera un rato disponible.
Viéndola escurrirse entre el gentío saliente, acompañada de otra mujer que
acaso sería su posadera, pensé que mi discurso debió de causarle gran regocijo,
y de ello me alabé, pues yo también de dientes adentro me reía de mí mismo, y
celebraba el gracejo y socarronería con que supe tomar el pelo a los inocentes
y fanáticos durangueses. Ni en aquella tarde ni en todo el día siguiente pude
ver a Mariclío, porque en mi casa menudeaban las visitas. Tras de las visitas
venían las invitaciones a comer, y hasta de las monjas de Santa Susana y Santa
Clara llegaron recaditos tiernos, con la coletilla de que me verían con gusto
en el locutorio.
Heme aquí de visiteo
todo el santo día, sin olvidar a las monjitas, y menos a mi predilecta, la que
di en llamar señora gorda, y ahora designo por su verdadero nombre, doña Josefa
Izco de Larrea. Ya comprenderá el ladino lector que, encontrándola sola en mi
[203] primera visita, juzgué oportuno aprovechar la buena coyuntura para
colocar, entre los tópicos vacíos de un vago parloteo, una pérfida declaración
de amor. Díjele que por las singulares circunstancias de mi vida y por la
exaltación a que había llegado, mi espíritu necesitaba un amor puro, un amor
místico, y que en ella veía el único ser capaz, por su exquisita idealidad, de
acoger aquel amor... enteramente angélico, sin el menor atisbo ni vislumbre de
melindre sensual. Poniéndose colorada y haciendo con su boca linda unos
repliegues muy monos, contestó que siendo el amor rematadamente puro, en toda
la extensión de la palabra, afecto espiritual, sutilísimo y sonrosado, no
tendría inconveniente en... Al siguiente día, después de acompañarla a misa, le
conté, como yo sabía hacerlo, la vida de Santa Cecilia y San Valeriano, que
fueron novios y tuvieron el gusto de ser martirizados antes de casarse. Oíame
Josefa Izco con arrobamiento, y encomiaba la castidad como la virtud
preeminente para ganar el cielo. Yo decía para mi sayo: «Déjate estar. Ya
hablaremos de eso dentro de ocho o diez días».
La primera vez que
pude hacer un hueco en mis preocupaciones para visitar a Mariclío, tuve la
desdicha de no encontrarla en su casa. Díjome la posadera que había ido a
Elorrio, y que ignoraba cuándo volvería. ¿Qué pasa en Elorrio? A mi pregunta me
contesta la buena mujer: «No sé, señor. Sólo sé que allí está el General
Serrano, alojado [204] en la casa de los señores de Urquizu... Dos hermanos muy
principales. El uno fue a la facción, el otro está con Serrano. Andan sobre
esto muchos decires... Parece que allá van los señores de la Diputación de
Vizcaya, o que Serrano y Urquizu irán a ponerse so el árbol de Guernica para
tratar paces duraderas con don Carlos. No sé si doña Mariana es amiga del
Serrano; pero allí está, viendo lo que guisan. Es señora muy leída, que todo lo
quiere saber, y no hay olla en que no meta sus narices...».
En tanto que esto
ocurría, el éxito y fama de mi discurso, Proclamación de la República
Hispano-Pontificia, repercutían lejos o cerca de mí con diferentes efectos. Por
una parte, mi padre recibía de Madrid la noticia de que la conferencia,
reproducida por la prensa neocatólica, había levantado polvareda de alegría y
entusiasmo. Gabino Tejado, Carulla, Carbonero y Sol y otras encumbradas figuras
del ultramontanismo, me ponían sobre su cabeza. Se decía en Madrid que en la
Curia Romana era ya conocido el discurso, y que el propio Pontífice, oído el
dictamen de la Propaganda Fidæ, lo consideró como documento digno de ser
comunicado a todo el mundo católico. Esto me aseguró mi buen padre, babeándose
de emoción; mas como no me mostrara las epístolas en que tan lisonjeras cosas
se le comunicaban, pensé que algún ángel se lo había contado en sueños.
Por otra parte,
llegaron a mí referencias totalmente desfavorables a mi persona y discurso.
[205] Mi amiga mística Josefa Izco, cuando ya sus tiernas afecciones iban
derivando por suave pendiente hacia la impureza, me informó con íntimo
secreteo, de que dos curánganos aviesos, el uno coadjutor en Santa María,
capellán el otro de las Claras, tramaban atroz conjura contra mí. Andaban
diciendo que informados de mi persona y antecedentes por sujetos llegados de
Madrid, sabían que yo era un pícaro redomado, un zascandil de la literatura y
el periodismo, federal de abolengo, masón y revolucionario callejero, y que mi
famosa perorata fue una burla infame de la honrada inocencia de los
durangueses. Creía Pepita Izco que los tales clérigos procedían así movidos de
la envidia y del reconcomio de su barbarie, y que yo sufría la injusta
persecución que siempre recae sobre el verdadero mérito. Pero me prevenía
contra la maldad de mis enemigos, que ya se preparaban para vilipendiarme
públicamente. El uno se proponía desenmascararme desde el púlpito, contando mi
vida de disipación y escándalo, y mis propagandas demagógicas y ateas. El otro
andaba ya en tratos con una pandilla de mozos de brío, que me obsequiarían con
una somanta, toreándome por las calles y arrojándome del pueblo.
Ambas versiones
archivé en mi mente para resolver, a su debido tiempo, el partido que debía
tomar. Pepa Izco no me engañaba; los optimismos de mi padre me inspiraban
confianza poca, y no era santo de mi devoción [206] el ángel que le traía los
cuentos de Roma. Prevenido para lo que pudiera ocurrir, volví a la morada de
Mariclío, que por dicha mía llegó de Elorrio horas antes de pasar por Durango
el Duque de la Torre, con su séquito militar y civil en dirección a Zornoza. Di
cuenta a la Madre Mariana de mis inquietudes, y me dijo que según sus noticias
no tendría yo más remedio que salir por pies, antes que se descubriera la
superchería picaresca del sermón con que embobé a los durangueses. Había sido
yo un diablo metido a predicador y profeta, y aunque lo hice con donaire
sutilísimo, tendría que pagar con el pellejo mi descocado atrevimiento... A
estas severas razones añadió después otras más blandas que me infundieron
cierta tranquilidad: «Hazte el desentendido de esos rumores contra ti, y esta
tarde y mañana irás con tu padre a Santa María, y con Choribiqueta darás tu
acostumbrado paseo. Yo me encargo de sacarte de esta rinconada en que te has
metido. ¿Cómo? Por de pronto antes de media noche recibirá tu padre un
telegrama del encargado de la Nunciatura en Madrid, diciéndole que el Papa
desea y pide que vayas sin pérdida de tiempo a Roma...
-¡Yo...; a Roma yo!
-No te alborotes,
hijo. Tú has hecho la historia jocosa, la profecía burlesca. ¿Qué otra cosa es
tu República Hispano-Pontificia más que un divertido sainete? Pues yo, en estos
días de horroroso tedio, endulzo mis amarguras dándome un paseíto por el campo
[207] de la Historia burlesca, de la Historia chismográfica, de la Historia
juguete... De varios modos nombro estos vagos esparcimientos de mi triste vida.
¿No lo entiendes, tontín? Pues vete a tu casa, y espera los acontecimientos.
Aunque estos sean acontecimientos de puro recreo infantil para pasar el rato,
no quedarás mal servido, querido Tito, predilecto de las Musas bufonescas... Yo
me iré esta noche en persecución de mi Duque de la Torre. Deseo saber si hace
algo que me obligue a cambiar estas rústicas alpargatas por el alto y dorado
coturno. Luego volveré aquí, donde espero verte, y me contarás si te han dado
la solfa y carrera en pelo que te corresponde por haberte metido a intérprete
del Espíritu Santo.
Obediente a su
mandato, me retiré pian pianino a mi casa y esperé tranquilo los pícaros
acontecimientos. A la hora de la siesta, llegó el telegrama en que el
secretario de Estado de Pío IX..., no reírse..., comunicaba..., no sé cómo
decirlo para que mis lectores no me tengan por loco... En fin, que piensen lo
que quieran... Los visajes que hacía mi padre al fijar sus ojos en el
telegrama, la cara que puso leyéndomelo, después de haberse enterado él
detenidamente, no caen dentro del dominio de la literatura descriptiva... Yo,
al menos, no encuentro palabras para expresar el trémulo acento, la..., la...
transfiguración, el éxtasis final de mi buen viejo en tan sublime instante. Y
para complemento de la función, llegó una hora más tarde el rector [208] de
Santa María con otro telegrama notificándole que la Propaganda Fidæ quería que
yo explanase mi tesis ante ella...; vamos, que Roma me llamaba, Roma me
reclamaba, no sé si para ponerme en un altar, o para quemarme vivo.
Corrí a llevar la
noticia a Pepita Izco, que no se resolvió a creerlo, y aun indicó la idea de
que en ello andaban los demonios. De vuelta a mi casa, recibí el tercer
telegrama. Era del encargado de los negocios puramente eclesiásticos de la
Nunciatura, diciéndome que a mi disposición tenía los fondos necesarios para mi
viaje... ¿Creéis que era broma?...; y añadía que no perdiese el tiempo, pues el
25 salía vapor de Marsella para Civitta-Vecchia, y si me descuidaba no tendría
vapor hasta el 31... Aquella noche nadie durmió en casa. Todos parecían locos.
Zubiri, mi padre, mi hermana, se reunían en consejo de familia, y se separaban
sin decidir cosa alguna. Trigidia, un tanto recelosa de la procedencia de los
telegramas, inclinábase a suponerlos, como Pepita Izco, invención del mismo
Infierno.
Lo primero que me
dijo mi buen padre a la mañana siguiente, cuando tomaba su chocolate, fue que
antes de partir para la capital del Orbe Católico, debía dejar concertadas
solemnemente mis nupcias con Facunda, dando cuenta de ello al Sumo Pontífice en
la primera entrevista que con él celebrara, para que nos concediese su santa
bendición, regalo de boda el más preciado que la chica de [209] Iturrigalde
podía ambicionar. Con todo me mostré conforme. Trató luego de la necesaria
provisión de dinero, y haciendo un gran esfuerzo y torciendo la boca como si
algo le doliera, sacó un envoltorio de papel con cuatro monedas de cinco duros,
que me enseñó diciéndome: «Esto para el viaje a Madrid, que harás en primera,
para que en primera te vea el Nuncio, Pro-nuncio, o lo que sea, si baja a la
estación a recibirte... Ya sabes que tienes viaje pagado desde Madrid a la
capital del Orbe Católico. Te recomiendo, hijo del alma, que no te detengas en
la Villa y Corte más que el tiempo preciso para visitar al señor Pro-nuncio.
Huye de los amigos malos y de toda la pestilencia de aquel pueblo corrupto».
Por la noche me dio
las monedas de oro con tanta solemnidad como si pusiera en mis manos hostias
consagradas. Y al siguiente día me asaltaron los padres de Facunda con
arrumacos y zalamerías, amenazándome con su enojo si volvía de Roma sin traer
para su hija el espléndido regalo de la bendición papal. En tanto la mozarrona
corpulenta me perseguía, como camella desmandada, por las calles y callejas del
pueblo, llamándome a su lado, pidiéndome conversación de amores cual si me
necesitara para inmediatas expansiones afectivas. También me acosaba mi padre,
dándome prisa para emprender mi viaje; no se me escapara el vapor de
Civitta-Vecchia.
Estaba yo en ascuas,
pues Pepita Izco me [210] dio noticias alarmantes de los dos clerizontes que
trataban de lanzar contra mí la brutal plebe, armada de estacas. Indicios de
esta ignominia observé al pasar por algunas calles. Frente a la botica de
Anabitarte vi un grupo que a mi paso profirió voces chanceras acompañadas de
siseos y carcajadas, y de la lonja de Basterrechea salieron chiquillos
desvergonzados que me arrojaron hojas de berza y algunas peladillas... En
previsión de un escandaloso conflicto, mi primer cuidado fue correr en busca de
mi protectora la Madre Mariana, y tuve la suerte de verla entrar en su posada a
poco de estar yo allí. Sabedora ya de mis afanes, y tomándolos a broma, me dijo
sonriente: «¿Qué le pasa al ingenioso Tito?... ¿Quieres quedarte en esta feliz
Arcadia?».
-No, Madre. Por todo
el oro del mundo no estaría un día más en la metrópoli de mi República
Pontificia. Se la entrego al Papa y a sus negros lugartenientes... El problema
es salir de aquí sin la cabeza rota. Ampáreme usted, y si como parece abandona
estos lugares beatíficos, lléveme en su compañía y séquito, en calidad de
secretario, maletero, paje o como le plazca.
Sin otra forma de
expresión que una sonrisa tranquilizadora, cogiome de la mano y me llevó a su
habitación, que era baja, obscura. Al entrar en ella, encandilado por la luz
solar, no pude distinguir si los informes bultos que allí se parecían eran
muebles, baúles o personas. Doña Mariana me arrojó, [211] con empujón leve, en
un asiento que no supe si era sillón o sofá. Inciertas blanduras de muelles
rotos y de pelotes gastados me lastimaban las carnes. La señora me habló de
viajar en coche y en trenes, y cuando de mí se alejaba la reconocía tan sólo
por la voz, pues su figura se perdía en las tinieblas de aquel antro. Me
consolaba la idea de que doña Mariana me llevaría consigo, y mi única
contrariedad era el tener que partir sin ropa, pues ni a tiros volvería yo a
casa de mi hermana para recoger mi equipaje...
Pensando en esto, mis
oídos, más que mis ojos, se sintieron como sumergidos en una atmósfera de
somnolencia, jugando con la ilusión y la realidad. En el charloteo murmurante
de doña Mariana con personas no vistas, se destacó un acento que me sonaba como
la propia voz de Graziella, mi hechicera y amiga en las noches febriles de la
gruta de marras. El dejo italiano de la invisible parlante y su gracia voluble
delataban a la ninfa; mas yo nada veía; la luz era escasa, temblorosa.
Creyérase que la producían llamas moribundas de candiles colocados en el suelo
de la estancia. Esta era de tal configuración, que desde mi asiento yo no
distinguía su término.
De improviso, vi a la
Madre Mariana junto a mí, no puedo decir si sentada o en pie. Su voz sonaba
quejumbrosa, diciéndome lo que, por ser de ella, intento copiar ad pedem
litteræ...
«Me vuelvo a los
Madriles, porque ya he [212] visto lo que dan de sí los últimos acontecimientos
de Navarra, y el fracasado intento de guerra civil. Bien poca cosa es lo que
puedo aprovechar de esta ráfaga histórica, que pudo ser incendio, y no es más
que fogata o llamarada efímera. En un palacio de Amorevieta (Dos Amores), he
dejado a Serrano, que ayer trataba de paces con los diputados de este Señorío.
Con él hablé, y sus pensamientos y los míos han coincidido en la necesidad
nacional de poner cerrojos, candados y barrotes al templo de Jano... En los
medios para lograr tal ventura no estamos acordes. Serrano, ya lo sabes, es un
león en los campos de batalla; pero en los descansos de la guerra, toda la hiel
se le endulza, y en su inocente optimismo cree que con tratos y avenencias
amistosas puede desarmar a sus encolerizados enemigos. Yo le dije que sólo con
la guerra cruda y eficaz se puede obtener el beneficio de paces duraderas. No
le convencí, y allí estuvo parlamentando con los primates vizcaínos, y entre
unos y otros dejaron escritas unas que llaman bases, y que son montoncitos de
arena movediza sobre los cuales nunca podremos asentar un sólido edificio».
Yo quise decir algo;
pero las ideas que de mi cerebro bajaron a mis labios helados, murieron en
ellos sin producir el más leve sonido. Doña Mariana prosiguió así:
«Estaba el Duque en
lo cierto diciendo a los carlistas, por conducto de Urquizu, que en guerra
formal jamás vencerían. ¿A qué [213] sostener una campaña, que no tendría más
consecuencias que convertir el risueño País Vasco en campo de ruinas y
desolación? Algunos cabecillas, como Iriarte y Valdespina, no se daban a
partido; otros firmaron en Mondragón un acta en que autorizaban a Urquizu para
tratar de paces con Serrano». De la boca de la Madre Mariana salieron con
limpia dicción nombres de esos que se resisten a permanecer en la memoria del
oyente: Garibi, Cengotita, Arguinzonis... Entendí que los dos primeros eran
apellidos de cabecillas, el otro de un diputado del Señorío de Vizcaya... Luego
pronunció otros nombres, que yo con atención muy afilada intenté clavar en mi
memoria. Pero entraban en ella y al instante salían a perderse en el ambiente
ahumado y tenebroso de aquella estancia de aplastado techo y largura de túnel.
Turbado yo y
soñoliento, pude formular en mi magín este razonable juicio: «El suceso que la
puntual Mariclío trata de referirme es de aquellos que se desvanecen en la
Historia, y a los treinta o más años de acaecidos, no hay memoria que los
retenga, ni curiosidad que en ellos quiera cebarse. El humo y la penumbra
borran todo hecho que no tuvo eficacia, y de él sólo queda un epígrafe, la
etiqueta de un frasco vacío». Yo vi el letrero: Convenio de Amorevieta, y ante
él la Madre Mariana y su humilde interlocutor bostezábamos.
Pronunció luego la
señora nombres vascos, que al salir de la clásica boca cruzaban [214] el aire
con ruidillo comparable al del diamante que raya el cristal... Arguinzonis,
Urquizu, Urúe. Eran estos los individuos con quienes Serrano hizo tratos para
dar la paz a la noble Vizcaya. ¿Qué convinieron? Indulto general a todos los
insurrectos carlistas que se presentaran con armas, dándoles todo género de
garantías para su seguridad... Los que vinieran de Francia podían quedarse en
sus hogares sin ser molestados... Los generales, jefes y oficiales procedentes
del Ejército, que se hubiesen alzado en armas por la causa carlista, podrían
ingresar en el Ejército con los mismos empleos que tuvieron antes de su
deserción. La Diputación de Vizcaya se reuniría con arreglo a fuero, a la
sombra venerable del Guernicaco arbola, para determinar la forma y manera del
pago de los gastos de la guerra... La cuestión foral se trató vagamente en una
carta del Duque, ofreciendo que todo se arreglaría de común acuerdo, mirando a
la paz duradera...
¿Qué resultó de esto?
Nada. Vinieron días de una paz artificiosa. Fue remisión de la fiebre carlista,
cuyo germen permanecía latente en la sangre vasco-navarra, prolongando el
descanso para resurgir con más fuerza. El tiempo no quiso hacer nido entre los
papeles del Trato de Amorevieta, y la guerra dormida, o tan sólo amodorrada,
despertó y se puso en pie en los comienzos del año que venía... De esto nada
puedo decir, y sigo mi cuento refiriendo sensaciones personales que no carecen
de miga histórica. [215]
Cuando menos lo
pensaba, sirviéronnos comida frugal. Yo vi a la Madre Mariana sentada frente a
mí, con la separación de una mesilla en que aparecían diferentes platos y
viandas del género pobre y barato. Servían mujeres, de las que yo no veía más
que las manos y antebrazos. Eran dos, pues yo distinguía tres manos, a veces
cuatro; pero de esta cifra no pasaban. Sus voces sonaron como un murmullo, vago
silabeo mezclado de inflexiones de jácara. «Que me maten, pensaba yo, si esta
voz y estas manos no son las de la ninfa hechicera». Confirmaron tal sospecha
el olor y el gusto del vinillo blanco, en quien reconocí la poción somnífera
que me dieron en la gruta señalada en mis recuerdos con la sencilla marca del
número 16... Me dormí, mas no tan profundamente que dejara de advertir la
partida, el arrastrar de baúles, la cháchara de las viajeras, que en vilo me
llevaron a un coche, y en él me acomodaron como un bulto más. Rodó el vehículo
con estruendo...; rodó con él el tiempo descuidado, sin señalar las horas; rodó
la noche vaga, en cuyo seno las horas se dormían también olvidadas de sus
minutos... y uno de estos despertó de súbito y me dijo: «Excelso Tito, estás en
Vitoria». [216]
- XIX -
Y yo dije al minuto:
«Tu hora ¿cuál es?». Y no el minuto sino doña Mariana me contestó: «Déjate
llevar, bobito. Del coche pasamos al tren». Me miré, me consideré, me vi como
un niño chiquitín, que no podía valerse. Sentí hambre. Pensé que me
alimentarían con biberón. Manos blandas me cogieron arropándome. Mis manecitas
tocaron un abultado seno, y balbuciendo dije: «¿Verdad que eres Graziella?...».
Y una mano menos blanda me azotó en los cuartos traseros, y oí dulces palabras:
«A callar, a dormir... ro...». Por el traqueteo rítmico que venía de abajo,
conocí que no íbamos en coche, sino en el tren. Yo dormitaba, y mi vago soñar,
reproduciendo cosas pretéritas, era cortado a trechos por el canticio
melancólico que marcaba las estaciones y los puntos de parada. Los sueños que
elaboraba mi cerebro eran pasajes de intensa zozobra, con opresión cardiaca y
temor de inminente peligro. Mi primera zozobra fue si alcanzaría o no el vapor
para Civitta Vecchia... Que no lo alcanzaba; que salía momentos antes de llegar
yo... Allá va el vapor sin mí; allá va... Y en esto sonaba el triste canto:
¡Pancorbo, un minuto!
Pensé yo que un
minuto no me daba tiempo para embarcarme en otro vapor... El traca [217] traca
del tren siguió arrullándome, y en mi cerebro aparecía nueva inquietud
opresora. En mi discurso de Durango, se me había olvidado una parte
importantísima. A muchos de mis oyentes repugnaba la palabra República, aun
retocada y ennoblecida con los perifollos de Católica y Pontificia. «No,
queridas hermanas; no, hermanos del alma, no os alborotéis por la fealdad de
una palabra, similar de todo escándalo y del delirio de la sanguinaria plebe...
Callad, escuchadme: os sobra razón, y en armonía con vuestros sentimientos doy
a los gloriosos Estados el nombre de Imperio de Cristo, Imperio
Hispano-Pontificio... ¿Os satisface? ¡Viva nuestro Emperador y Rey Pío I, quiero
decir Nono, que el número no hace al caso!». En esto la divina voz melancólica
clamaba en el silencio frío de la noche: ¡Quintanapalla, un minuto!
El espantoso ruido
del tren pataleando sobre las placas giratorias al entrar en una estación
grande, me hizo saltar en el regazo de la incógnita hembra que me agasajaba.
Pregunté dónde estábamos, y oí que habíamos llegado a Burgos. No me tranquilicé
con la idea y el honor de estar en la ilustre Caput Castellæ, y seguí con mis
ansias y zozobras al compás del fogoso vehículo que me llevaba traqueteando a
lo largo de las Españas. Vi que contra mí venían los bárbaros jayanes
hostigados por dos curas impíos y soeces, deshonra de su clase. La bestial
plebe me apaleó; arrastrado fui por el suelo y lanzado a un campo de ortigas
(4)... Recogíame [218] con dulce piedad Pepita Izco; me lavaba las heridas, me
bizmaba con delicadas manos; con el bálsamo de sus caricias me restauraba el
cuerpo y el alma, y llevándome a su casa en brazos de las fornidas doncellas
que la servían, en su propio lecho blando y anchuroso me acostaba, ¡ay!, a
punto que el cantor triste del tiempo y de la noche decía, estirando la voz: «¡Torquemada,
un minuto!». Oyéndolo, pensaba yo que Torquemada, con sus hórridas hogueras y
sus crueles suplicios, era más humano que la bestial plebe duranguesa...
Pasado este
angustioso trance, volví a la primera zozobra: ¿Alcanzaría el vapor para
Civitta Vecchia? No lo alcanzaría, por no llevar el tren la vertiginosa marcha
necesaria para llegar a Marsella en corto tiempo. Cuando creí que el cantor
nocturno clamaría Marsella, parada y fonda, gritó: Venta de Baños, cambio de
tren para Santander... Pensé que siendo Santander puerto de mar, allí
encontraríamos vapor para Italia... Pero no iba nuestro tren en aquella dirección
que me sacaría de mis apuros. Oí cantar Dueñas, luego Valladolid; después
Arévalo, Sanchidrián... Cuando pasamos de la patria de Santa Teresa, la Madre
Mariana me tomó en sus brazos y me zarandeó gozosa diciéndome: «Titín,
chiquitín, arroja de tu mente todas las ideas, todas las impresiones, recuerdos
de aquella Carquilandia que ha sido para ti un destierro, en algún modo tedioso
y mortificante. Pero no creas que allí has perdido el [219] tiempo, no; en
aquella tierra de hombres inocentes y bravos has aprendido más de lo que
pensabas. Mucho vale, hijo mío, el aprendizaje de cosas y personas que allá
tuviste; mucho vale el dato de Vasconia, documento vivido por ti, para que lo
agregues a los estudios que han de darte el total conocimiento de la vida
hispana».
Con filial mirada y
breves voces accedí a cuanto la cariñosa, Mariana me decía. En aquel punto me
sentí tan extremadamente chiquitín, que al colocarme ella al amparo de su brazo
derecho, pude medirme fácilmente, pude ver y comprobar que yo no era más largo
que su brazo, desde el sobaco a la punta de sus dedos. Yo menguaba, yo había
disminuido considerablemente de talla, y así debía creerlo mientras no se me
demostrara que ella crecido había hasta un tamaño doble o triple del que
tenemos por natural.
Al otro lado del
vagón, dos mujeres arrebujadas y encogidas dormían profundamente. Con el tapujo
de sus pañolones no se les veía el rostro. En los dos montones de arropadas
carnes, inmovilizadas por el descanso, descollaban las ancas poderosas. Esto vi
a la incierta luz de la lámpara cenital cubierta de un trapo verde. Doña
Mariana no dormía. Sentada estaba en el rincón junto a la portezuela,
teniéndome agasajadito en el espacio, grandísimo a mis ojos, entre su brazo
derecho y el costado correspondiente. Blanduras tibias rodeaban mi mezquino
cuerpo en aquel nicho sagrado. [220]
De él me sacó la
Diosa cuando habíamos traspasado el caballete del Puerto, y poniéndome
sentadito sobre su muslo izquierdo, me dijo: «Pronto veremos la claridad del
alba. El día nos saluda siempre en este paso de la Vieja a la Nueva Castilla. Y
pues estamos, como quien dice, a las puertas de esa Villa, cueva o nidal de
todas las alimañas que intervienen en la vida pública, aquí recobro la plenitud
de mis funciones, y uno de mis primeros actos será tomarte a mi servicio,
utilizando tu agudo ingenio y la sutileza con que te cuelas allí donde algo se
guisa que pueda interesarme. Tu vista y oído son excelentes órganos de
observación. Pequeño eres; más pequeño, casi imperceptible serás cuando me
sirvas en calidad de corchete, confidente y mensajero».
Respondile que
desempeñaría con orgullo cuantas encomiendas quisiera encargarme, y cada
palabra que salía de mis labios achicaba, a mi parecer, mi ya corta estatura. O
yo padecía una horrenda perturbación de mis sentidos, o era del tamaño de un
gatito en la edad juguetona. Mordía yo suavemente un dedo de la Madre Mariana
para demostrarle mi cariño, y con sus dedos me abrazaba ella y jugaba con mi
cuerpecillo blando y dúctil.
El tren descendía
rápidamente. Amaneció... Oí el clamor ferroviario que nos dijo: Escorial, cinco
minutos. Vino luego Villalba; siguió Torrelodones... Ya día claro, doña Mariana
llamó a las mujeres durmientes, incitándolas a prepararse para la llegada. Pero
[221] ellas continuaban como piedras en el apretado envoltorio de sus mantas y
mantones. La señora, puesta en pie, se cubrió de un luengo balandrán; cogiome
con viva manotada, y doblándome sobre mí mismo me guardó en un hondo bolsillo
de aquella prenda lujosa.
Desde mi cárcel
holgona y forrada de seda olorosa, oí la voz de la que bien puedo llamar mi
ama, despertando a las mujeres. Estas gruñían desperezándose... Con el canto de
Pozuelo, dos minutos, se confundía el ajetreo de las tres féminas requiriendo
sus maletas y cinchando con correas sus envoltorios de viaje. En tanto, yo me
desperezaba y sacudía en mi cárcel sedosa. Nada veía; pero al tacto pude
apreciar que no estaba solo y que otros seres blandos y menudos iban conmigo en
la prisión... Total, que llegamos a Madrid. Claramente percibí la salida del
tren, el paso por la estación, la entrada en un coche y... ya no más, ya no
más. Mis sensaciones se perdieron en un sopor delicioso y rosado, tirando a
violeta... No sé cómo expresarlo.
Al llegar a este
punto, el más delicado, el más desaprensivo de esta historia, me detengo a
implorar la indulgencia de mis lectores, rogándoles que no separen lo verídico
de lo increíble, y antes bien lo junten y amalgamen; que al fin, con el arte de
tal mixtura, llegarán a ver claramente la estricta verdad. A riesgo de que no
me crean, les digo que me encontraba en la plena conciencia de mi yo espiritual
y físico; yo era yo mismo en mi [222] ser inmanente; gozaba la serena vida
fisiológica, la vida pensante y erudita, pues todo lo que supe sabía, y mi
memoria se armonizaba con mi entendimiento; yo estaba bien comido y
perfectamente apañado de todas mis necesidades y estímulos; yo bebía y fumaba;
yo iba por las calles saboreando la inefable dicha de que nadie me viera ni en
mi diminuta persona reparara; yo disfrutaba el placer de verlo todo sin ser
visto, y de ejercitar el don de la crítica, el don de la burla, más precioso
aún, sin que nadie por ello me molestase; yo podía reírme a mansalva de todo ser
viviente, del Rey para abajo, y no encontraba freno ni obstáculo a mi
observación fisgona; ante mí no había puerta cerrada ni pared que me cortaran
el paso; me congraciaba de mi suerte diciéndome: «Por San Tito mi patrón y por
Santa Clío mi madre, que es linda cosa el oficio de duende».
En calidad y
funciones de tal, avanzaba yo una tarde por la Plaza de Oriente, y después de
rodearla toda contemplando el caballo de bronce, me metí en Palacio por la
puerta del Príncipe. En el largo zaguán, desde la puerta al patio, me encontré
de manos a boca con mi amigo Quintín González, imponente y colosal portero,
vestido de casacón colorado, con los aditamentos solemnísimos de tricornio y
cachiporra. Ante él me planté puesto en jarras y le felicité por su hermosura
monumental. Con gran sorpresa mía, Quintín permaneció impasible y tieso, sin
[223] contestarme ni fijar en mí sus miradas. En aquel momento me hice cargo
por primera vez de que yo era invisible o poco menos, y sin solicitar de nuevo
la comunicación amistosa con el amigo, acordeme de su mujer y de mi amoroso
enredo con ella en días lejanos, allá por los fines del 70 y principios del 71.
Entráronme vivas
ganas de ver a Nieves, y con resuelto paso me lancé a las alturas por la
escalera de Cáceres. Recorrí alegremente todo el piso segundo, todo el tercero,
rememorando alegres días. No encontré a la esposa de Quintín en la habitación
donde antes moraba; tampoco encontré a mi pariente don José Folgueras, empleado
en la Intendencia... Metime en diferentes casas cuyos inquilinos desconocía, y
en una de ellas se me apareció la frescachona Nieves, así llamada irónicamente,
pues era su persona el trasunto de los ardores caniculares. Había mejorado
considerablemente de posición y jerarquía, que bien lo declaraban su compostura
y traje, así como el adorno de la sala. En esta la vi sentadita frente a un
alabardero, el cual, inclinado con abandono, le acariciaba las manos
pronunciando las palabras galantes que inician una campaña de amor...
Yo me reía y
observaba. Brincando pasé entre las piernas de uno y otro sin que ellos se
percataran de mi presencia. Salté a una silla; de esta me encaramé en la
cómoda; me entretuve mirando retratos colocados en [224] esterillas, y entre
ellos vi el mío, que a Nieves regalé dos años antes. La estancia revelaba un
progreso enorme en el bienestar del matrimonio Quintín-Nieves. Esta no era ya
planchadora de la Real Casa; debía de ser azafata, moza de retrete o no sé
qué... De un brinco volví al suelo. El alabardero, echando hacia atrás los
vuelos de su capa blanca, se aproximaba tanto a Nieves que su larga perilla
rozó los labios de ella. En uno y otro, la alegría del alma mostrábase con el
reír gozoso y voluble. De pronto Nieves cogió del sofá el tricornio de su
adorador y se lo puso. Con rápido andar corrió a mirarse en el espejo. Tras
ella fue el galán, y abrazándola por la cintura, ambos contemplaron sus rostros
risueños en el espacio reproducido por el cristal. Yo me dije: «Vaya, vaya; ni
aun en mi condición de invisible me resigno a presenciar la felicidad ajena,
con mi gorro bien calado y mi velita en la mano. Abur, avecillas en celo;
divertíos todo lo que podáis».
Salí de estampía y
conmigo salió el gato de la casa, que por efecto de la picante escena iba en
busca de lo suyo. El ligero paso del morrongo guió los pasos míos y tras él
seguí escaleras abajo, no sé si por la de Cáceres o por otra de las muchas que
allí hay. Ya era de noche y el gas alumbraba todos los pasajes, conductos y
rincones del inmenso caserón real. No puedo dar idea del sinnúmero de peldaños
que descendí. En un rellano encontré a mi gato, con otros individuos [225] de
su especie, maullando y haciendo la carretilla. Su lenguaje no era para mí
totalmente ignorado. También ellos y ellas jugaban, se perseguían y se
enzarzaban en enredos amorosos... Descendiendo más, el olfato y el ruido de
voces hondas me anunció las cocinas.
En ellas penetré, y
vi la caterva de cocineros y marmitones que aderezaban la real comida. Era
también la hora de servirla, y en el ancho recinto abovedado vi movimiento y
barullo que me dejaron suspenso. Daba el jefe voces de mando, como general en
el momento crítico de una batalla. Los hombres de blanco gorro hacinaban en las
fuentes con ágiles dedos las piezas de carne, legumbres y pescado, con el
adorno de mil porquerías comestibles. Otros armaban los castilletes de
repostería y postres de cocina. Todo el comistraje iba pasando al pie del
ascensor, por donde las copiosas bandejas subían al piso principal, como en los
buques de guerra suben los proyectiles desde la bodega hasta la batería donde
están emplazados los cañones.
Recorrí todo el
antro, y movido de mi curiosidad intensa me metí en un grupo de marmitones, que
arreglaban las fuentes catando de todo por arte o glotonería. Algunos de ellos
comentaban con burletas el extraño gusto de don Amadeo. No comía más que carne
guisada simplemente, que los italianos llaman lesso, y patatas cocidas. Uno que
parecía italiano aseguró que lo mismo comía Víctor Manuel. El postre de nuestro
[226] Soberano eran guindas en aguardiente que le mandaban de Turín, aderezadas
con pimienta en grado tan fuerte que cuantos lo probaban aquí escupían los
hígados.
La vista del
monta-cargas me atraía. Reconocida ya la oficina culinaria, me lancé a él
escabulléndome entre rimeros de chuletas y montañas de hojaldre. Subí...
Encontreme en una habitación donde estaba la estufa en que se colocan las
fuentes para conservar el calor. Allí, los mozos, a la voz de un maestresala
llevaban los manjares al comedor llamado de diario. Con rápido paso en el
comedor me colé. Vi al Rey y a la Reina en las respectivas cabeceras. Vi damas,
gentiles hombres, militares de la guardia, ayudantes del Rey, y oí la festiva
charla trilingüe, pues sobre el castellano, a lo largo de la mesa, flotaban
frases y conceptos italianos y franceses. Exploré con alegría juguetona la
hermosa estancia; contemplé las pinturas del techo, los espejos, cuadros y
tapicerías que ornaban las paredes, las suntuosas mesas, relojes y
candelabros... Ni encogido ni perezoso, creyendo que vistas las alturas y los
medios debía investigar también lo rastrero, me metí debajo de la mesa, y la
recorrí holgadamente de punta a punta por la calle que dejaban libre los pies
de las dos filas de comensales.
Allí me entretuve
observando los bien calzados piececitos de las señoras, las caladas medias y
los bajos finísimos guarnecidos de encajes. Por otro lado vi botas con
espuelas, [227] conteras de sables, pantalones galonados... Hasta mí llegaba,
repercutido por la madera que allí era mi techo, el sonido de la conversación
ceremoniosa. La mesa era para mí una caja armónica que me transmitía las
inflexiones más leves de la voz humana. La Reina hablaba un castellano
gramatical, premioso, aprendido por principios. Los entorpecimientos de su
palabra revelaban el temor a equivocarse. Don Amadeo hablaba torpemente, como
quien todo lo aprendía de oídas y sin estudio. Al fin de la comida me regocijó
la escena en que el Rey, con galantería maleante, quería obsequiar a señoras y
caballeros con las famosas guindas de Turín. Todos declinaban riendo el honor
de probarlas. Una dama, cuyo nombre ignoro, dijo que una vez que cató las
guindas se le abrasó la boca y estuvo enferma de estomatitis. Un caballero,
ayudante del Rey, alabó a este por tener su boca indemne contra el fuego. La
risa terminó con libaciones discretas de jerez y champagne. Todos bebieron
menos el Rey que no cataba el vino.
Terminada la comida,
desfilaron. Yo salí de los últimos, y pude ver a los camareros bebiéndose lo
que quedaba en algunas copas. Como esto no me interesaba, corrí tras de las
reales personas, y de estancia en estancia llegamos a una que llamaban (después
lo supe) Despacho del Rey. La Reina con las Condesas de Almina y de Constantina
formó corrillo en el testero principal, junto a la chimenea entonces apagada.
Sobre ésta lucía un retrato [228] de María Luisa, por Goya, maravilla de la
pintura. Embelesado estuve un rato mirando la figura genuinamente borbónica de
aquella Reina frescachona, de boca hundida y ojos de fuego. El pintor, atento a
destacar lo más hermoso del modelo, se había esmerado en reproducir su brazo
incomparable.
Retozando sobre la
blanda alfombra de Santa Bárbara, me enteraba yo de cosas y personas. La
tertulia de Sus Majestades después de comer no era muy lucida. Ningún personaje
de importancia, ningún prócer de primera fila, vi entre los asistentes a la
real sobremesa. Toda la concurrencia era puramente palatina y del Cuarto
Militar. Habló la Reina del Convenio de Amorevieta, que estimaba beneficioso...
por el momento... Díaz Moreu le dio detallada explicación de las bases de aquel
arreglo; elogió con ardor al Duque de la Torre, hombre de altas miras. Según
dijo, el Convenio sería discutido en las Cortes y tendría la aprobación de
todos los elementos dinásticos. Esperaba que de esta discusión saldría el
Gobierno con mayor fuerza. Hablaron después de Ruiz Zorrilla, lamentando su
alejamiento de la vida pública, en su retiro de Tablada. Doña María Victoria
expresó tímidamente sus dudas de la eficacia del Convenio de Amorevieta. ¿Quién
podía responder de que los carlistas, rehechos más allá de la frontera, no volverían
con mayor furia a encender la guerra civil? Contra su terquedad nada valdría la
razón, nada el interés de la Patria. Extremando su [229] galantería, Díaz Moreu
no se atrevió a disipar en absoluto las dudas de la Reina y casi las confirmó
diciendo: «Tal vez, Señora. Vuestra Majestad discurre siempre con admirable
previsión. El carlismo es de calidad muy dura, irreductible... Con esa gente no
hay día seguro».
Por lo que después oí
de labios de doña María Victoria, comprendí que esta señora se cuidaba de los
asuntos públicos y en ellos ponía toda su atención. En su grande ánimo
prevalecían la idea y propósito de consolidar en España la dinastía de Saboya.
Manteniendo su propia persona en cierta obscuridad modesta, enderezaba su
voluntad firmísima hacia el porvenir de sus hijos en tierra hispana... Hecha
esta observación pasé a fisgonear en el grupo que al otro lado de la estancia
formaba el Rey con los amigos de su mayor intimidad. Allá me fui ligero,
resbaladizo, invisible. Lo que oí agazapadito debajo de la silla en que don
Amadeo se sentaba, merece capítulo aparte.
- XX -
Lo primero que le
cuento al lector amable y antojadizo es que nuestro buen Rey saboyano desdeñaba
los riquísimos tabacos habanos de regalía, de que había grande acopio en la
Casa Real. El mismo desaire que sus amigos hicieron a las abrasadoras guindas
[230] de Turín hizo él al tabaco generoso y suave de la Vuelta Abajo. Por
hábito y gusto fumaba el hombre los apestosos cigarros que en Italia llaman
virginia, consistentes en un luengo y nefando cachirulo que lleva en su ánima
una paja, sin la cual no hay quijadas que los hagan arder. Amable y guasón, a
sus amigos ofrecía las cajas de habanos diciéndoles: Fumen eso; yo virginia.
Para evitar el continuo encender de fósforos, que sin fuego constante no hacía
tiro la pajilla, Su Majestad tenía en una mesita cercana una vela encendida, y
a la llama de esta aplicaba el chicote.
Junto al Rey estaba
el Barón de Benifayó, Montero Mayor de Palacio, alto, moreno, expresivo, de
arqueadas cejas, lentes de oro. Como hablaba de corrido y limpiamente el
italiano, con él descansaba don Amadeo del suplicio del idioma español, que en
dos años no había podido dominar. A la vera de don Amadeo vi otros señores, que
no pude identificar por mi desconocimiento del personal palatino. Vestían de
paisano. ¿Era uno el General Gándara o el General Rosell? ¿Era el otro don
Cipriano Segundo Montesinos? No puedo asegurarlo. Reconocí a Dragonetti, a Díaz
Moreu y al General Burgos, de uniforme, que dejaron a la Reina conversando con
las damas, el Conde de Rius y otros dos palaciegos gordinflones que yo no
conocía.
En el corrillo del
Rey, la conversación era frívola, de temas fugaces que pasaban rápidamente de
boca en boca. En un momento [231] que a mí me pareció solemne vi a la Reina
levantarse. Hizo una reverencia de Corte, y seguida de las damas se retiró a
sus habitaciones. Empezó el desfile de los caballeros en dirección de la
Saleta, hasta que solos quedaron don Amadeo y Benifayó. Encendió Su Majestad
otro virginia. El Rey y su Montero hablaron breve rato en italiano bajando la
voz, pues aunque nadie quedaba en la estancia, temían el misterioso escuchar de
las paredes. Servidores galonados pasaban por el Despacho del Rey. Les sentí
cerrando puertas y apagando luces en las habitaciones próximas. Pensé que mis
funciones inquisitivas me ordenaban no apartarme del Rey y su Montero hasta
saber qué harían. A mi parecer, dejaban correr el tiempo esperando la ocasión
oportuna para escabullirse de Palacio. No me engañaba.
Llegó un instante en
que el silencio y la tranquilidad, tardíos cortesanos, se posesionaron de la
Casa de los Reyes. Don Amadeo y su Montero se filtraron, vamos al decir, por la
puerta de servicio. Pisando quedo y sin decir palabra, atravesaron un pasillo
alumbrado con mecheros de gas. Torcieron a la derecha, luego a la izquierda.
Ningún servidor les salió al paso, ni tuvieron otro testigo de su escapatoria
que mi traviesa personalidad invisible. Llegaron, llegamos debo decir, a la
escalera de caoba que llaman de la Intendencia. Descendimos suavemente. Gemían
los peldaños alfombrados bajo las pisadas de ellos, no de las mías; que yo era
[232] poco más que un espíritu... Fuimos a parar a un pasillo: en él vi dos
servidores que estaban en el ajo, y saludaron con leve reverencia. De allí
salimos a la Plaza de la Armería, donde esperaba un coche de un solo caballo y
cochero sin librea. Entró el Rey en el coche; tras él Benifayó. Algo noté entre
el Montero y el oficial de guardia, que me indicó la connivencia de este. No
necesito decir que me colé de un brinco dentro de la berlina, achantándome
bonitamente en la bigotera...
El coche partió hacia
la Plaza de Oriente y calle del Arenal. Era la noche plácida, de mejor temple
que el día, como suele acontecer en las primaveras matritenses. Por la Puerta
del Sol y calle de Alcalá discurrían los vecinos noctámbulos que salen de los
teatros para meterse en los cafés. En Recoletos vimos poca gente; no faltaban
los ciudadanos de la última capa social que tienen por alcoba y cama las sillas
de hierro, o la escalinata de la Casa de la Moneda. Desierta estaba la
Castellana. El coche la recorrió en casi todo su largo y fue a parar en un
hotel próximo a la calle de la Ese. Alguien abrió desde dentro la verja, y la
berlina penetró en un jardinillo de incipiente frondosidad. Momentos después,
las tres ilustres personalidades franqueábamos corta gradería y entrábamos en
una linda sala bien iluminada, donde fuimos recibidos por una dama... Espérate
un poco, picaresco lector, que esto es muy delicado.
Era la tal de mediana
talla, bien formada y no mal constituida de carnes y anchuras. [233] Mi primer
cuidado fue examinarle bien el rostro, que vi entonces por primera vez. Mi
crítica lo declaró tan agraciado como hermoso; la tez morena, ojos expresivos,
grande la boca, tan abundante el pelo que no se contenía dentro de sus límites
naturales, extendiéndose por delante de la oreja como un rudimento suave de
varoniles patillas. El conjunto de tal rostro tenía el encanto de la
originalidad, que en arte como en belleza es poderoso atractivo. Sentáronse los
tres arrimados a una mesa, la dama y el Rey juntitos, mano con mano; frente a
ellos Benifayó... Yo me subí de un brinco a la consola próxima para ver bien y
pescar todo lo que hablaran. La señora, que vestía luenga bata de seda blanca
libremente descotada, dejando ver los linderos de un lozano busto, revelaba en
sus ojos chispos y en su franca sonrisa el gozo de ver terminada felizmente una
larga y ansiosa espera. Anhelaba, sin duda, comunicar a su regio amigo
impresiones guardadas durante lentas horas y aun días. La ocasión de la dichosa
confianza llegaba al fin. No podía contenerse, y prorrumpió en estas calurosas
manifestaciones: «Ya supongo, mon lion brave et généreux, que no te habrás
tragado el pastel que llaman Convenio de Amorevieta. No te fíes del Duque. Su
intención no es mala; pero en la diplomacia militar no da pie con bola. Los
carlistas tratarán ahora de rehacerse, y volverán pronto más insolentes y
feroces a disputarte el Trono... Si las Cortes aprueban el Convenio, el Duque,
¡oh Rey [234] mío!, te pedirá la suspensión de garantías, pues sin hacer mangas
y capirotes de la Constitución no podrá gobernar».
-Yo contrario. He
jurado (giurato) la Constitución. Gobernar sin ella no puede ser. Yo contrario.
-No debiste consentir
que don Manuel, desalentado y aburrido, se retirase a Tablada. Ten presente,
Rey de España por los 191, que no has venido aquí a continuar la política de
los malditos Moderados, de los Unionistas rutinarios y pasteleros. Por ese
camino no vas a ninguna parte.
-Es cierto, Adela. Yo
conforme.
-Ni la guerra puede
ser sofocada para siempre sino con la guerra misma -dijo ella disfrazando la
pedantería con mohínes graciosos-, ni la política debe estancarse o
petrificarse..., no sé cómo decirlo... No has venido a España para gobernar
como la pobre doña Isabel... Para ese viaje no necesitabas alforjas... Fíjate
en este refrán castizo; repítelo para que se te grabe en la memoria...
Alforjas...; a ver, a ver cómo nos pronuncias esa jota...
Intentó el Soberano
un aprendizaje de pronunciación castellana; mas lo hizo tan desgraciadamente,
que él mismo se reía de su torpeza antes que los demás riéramos. En esto entró
un criado, vestido de frac, con dudosa corrección, y colocó en la mesa servicio
de té, con galletitas y emparedados. A una orden de la señora, desapareció el
sirviente, volviendo al punto con un mazo de [235] los infernales cigarros
virginia, predilectos de Su Majestad. Cayeron los dos caballeros sobre los
sandwichs, mientras la señora servía el té, y a mí, lo confieso, me asaltó la
idea de plantarme en la mesa y comer con ellos, satisfaciendo mi hambre
nocturna. Mas recordando mi calidad de sabandija perteneciente al mundo
suprasensible, me abstuve de tomar parte en el refrigerio. Temía que un rasgo
de animalidad me descubriese, deshaciendo el artilugio que me había
transformado de persona grave en duende corredor. Si una indiscreción o exceso
de travesura me restituyese de súbito a mi ser propio, ¡no te arrendara yo la
ganancia, pobre Tito!
Entre mordiscos a los
emparedados y sorbitos de té, la dama de las patillas anudaba la serie de sanos
consejos al amigo y Rey. Intervino Benifayó realzando con tímidas palabras la
persona del General Serrano. Entre la dama y el Barón se trabó una donosa
controversia, en que salieron a relucir duques y duquesas con otras bien
conocidas personas de la crema social. En todo lo que allí se dijo puse yo mi
atención; pero mis funciones en cierto modo históricas me obligan a seleccionar
los conceptos que oí, reservándome tan sólo los que entrañaban algún interés
público.
«Si vale el consejo
de una mujer -dijo la dama poniendo su blanca mano sobre el hombro de Amadeo-,
yo diría que debías mandar a Tablada un mensajero...; persona discreta y aguda
tenía que ser...; un mensajero [236] que pudiera cazar con lazo de buenas
razones a Ruiz Zorrilla y... Debes tener muy presente, león de Saboya, que para
remover del fondo a la superficie la vida política, las costumbres políticas, y
toda la pesca, determinó Prim traer a España un Rey nuevo, un Rey de fuera que
nos diese lo que no teníamos, y acabara con el tejemaneje moderado y unionista.
Hacer una revolución, poner todo patas arriba, cambiar de dinastía para volver
a las viejas mañas, al polaquismo, al hoy tú, mañana yo, me parece que es como
si quisiéramos aplicar a la vida de la Patria el juego de las cuatro
esquinas...».
En un tris estuvo,
podéis creérmelo, que saltara yo desde la consola al regazo de la patilluda
señora para felicitarla por su atinado consejo. ¡Qué discreción, qué talento,
qué golpe de vista! Yo me decía: «De casta le viene al galgo. Ya sé que te
engendró el primer escritor del siglo». Abstraído un momento en estas
consideraciones, vi que el Rey y la dama blanca se escabullían por una puerta
próxima al mueble donde tenía yo mi observatorio. Advertí disminución de la
luz... El bueno de Benifayó ¿dónde estaba?... Creí verle arrimado a la mesa
hojeando una revista ilustrada... Creí que salía por la puerta que nos había
dado ingreso. Por primera vez desde que era duende dudaba de la justeza de mi
perfección visual. Pero es mi deber no interrumpir mi cuento; que para seguir
con vista y oído el curso de la humana vida en estas historias me llevaron al
recatado [237] lugar donde me encontraba. Adelante, pues.
La fatalidad me
obliga, ¡oh lector agudísimo y picaruelo!, a continuar en forma que sin duda no
ha de agradarte. Tengo que emplear en mi escritura los signos simbólicos más
discretos. Meto la mano en una escarcela bien provista que me colgó de la
cintura mi doña Mariana, y saco un puñado de puntos suspensivos y los derramo
sobre el papel para que te entretengas leyéndolos o descifrándolos. Ahí van . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Aturdido recorrí
brincando toda la habitación; salí al jardín; no vi alma viviente. El coche no
estaba. ¿Había partido en él Benifayó para volver más tarde? No lo sabía ni me
importaba averiguarlo. Cerrada la puerta de hierro, trepé por las enredaderas
que cubrían la verja y de un brinco me puse en la calle. Al pisar el suelo de
la Castellana me reconocí en mi normal estado físico. Yo era quien era, Proteo
Liviano, conocido por Tito en el vago mundo del periodismo y de las letras. Mi
primer cuidado fue desandar a buen paso la Castellana, Recoletos... En la
Cibeles el reloj de Buenavista me dijo que eran las dos de la mañana... Tomé el
camino de mi casa, calle del Amor de Dios, hospedaje de doña Nicanora, esposa
del evaporado filósofo don José Ido del Sagrario.
Agasajado en mi cama
me adormecí jugueteando con estos acertijos: ¿Era verdad que mi buen padre me
había llevado a Durango, [238] que hice allí vida patriarcal y soñolienta entre
carlistas fieros y curas de armas tomar? ¿Eran reales las figuras de
Choribiqueta, Fabiana Iturrigalde y Pepita Izco? ¿Había yo en efecto espetado a
los cándidos durangueses un discurso chancero sobre la República
Hispano-Pontificia? ¿Era verdad que la Madre Mariana me había sacado de aquel
atolladero, tomándome a su servicio, para lo cual hube de transformarme en
duende minúsculo y gracioso, sutil espía de la historia privada?... Si todo
esto fue mentiroso aparato forjado por mi exaltada imaginación y de ello puede
resultar que lo verosímil sustituya a lo verdadero, bien venido sea mi engaño,
y allá van, con diploma de verdad, los bien hilados embustes.
En aquellos días
anduve de bureo político con mis amigos Mateo Nuevo, Roberto Robert y don
Santos La Hoz, que me felicitaban por haber recobrado mi equilibrio cerebral.
Fui a la tribuna de las Cortes; oí un gran discurso de Cristino Martos de fiera
oposición al Gobierno; presencié los ardientes debates sobre el Convenio de
Amorevieta, terminados con votación que dio al Gobierno formidable mayoría. A
pesar de esto corrían voces desfavorables para la situación Serrano-Topete.
Decíase que el Duque, abrumado por las dificultades que se le venían encima,
había pedido al Rey la suspensión de garantías y que don Amadeo respondió
secamente con su acostumbrada fórmula: Yo contrario. Despiertos y animosos, los
radicales corrieron en [239] Comisión a Tablada logrando atrapar a don Manuel
Ruiz Zorrilla y traerlo a Madrid. Total, lector mío cachazudo, que sobrevino la
quinta o sexta de las crisis que amenizaron aquel reinado. Cayó el Duque de la
Torre, dejando el puesto a Ruiz Zorrilla, que formó Ministerio con Martos,
Montero Ríos, General Córdoba, Ruiz Gómez, Beránger, y Gasset y Artime. Íbamos
viviendo.
Engalláronse más los
alfonsinos. Hablaban de la Restauración como si la tuvieran en la mano. Los
federales del grupo intransigente y levantisco echaban bombas. Los Clubs y
Casinos ardían en protestas, en arengas fogosas, en amenazas furibundas a todo
lo existente. Me pidieron que hablara y hablé, soltando todo el surtidor de mi
nativa facundia oratoria. Nadie me atajó; a nadie parecieron extremadas mis
lucubraciones. La misma boca que predicó en Durango la República, mejor dicho,
el Imperio Hispano-Pontificio, vociferaba en Madrid anunciando el próximo
advenimiento del Federalismo Sinalagmático y Cantonal. ¡Abajo la Unidad
centralista y corruptora, arriba el Cantón autónomo que por medio del Pacto
reconstruiría la patria libre, devolviendo al ciudadano su dignidad y
soberanía! Aplausos frenéticos y plácemes cariñosos recompensaban mi palabrería
furiosa.
La corriente social
me devolvió, entrado ya el mes de Julio, al afectuoso trato de Mateo Nuevo, que
generosamente me ayudaba en mis penurias. Volví a frecuentar su casa, [240]
Montera, 11, donde acudían casi todos los amigotes mencionados en los comienzos
de este libro. El jacobino Tribunal del Pueblo ya no se publicaba; pero
existía, con el nombre de Redacción, el punto de cita de los que regían las
muchedumbres populares, titulándose presidentes de los Comités de distrito,
presidentes de Juntas revolucionarias, con otras denominaciones que sólo han
servido para distracción y entretenimiento de los partidos avanzados. A poco de
frecuentar la sala cuyos balcones caían a la obscura calle de los Negros, me
dio en la nariz olor de conspiración aguda.
Al comunicar mis
sospechas a un amigo candoroso, este me dijo: «Sólo se trata de producir en
Madrid la conveniente alarma con objeto de que el Gobierno no saque tropas de
aquí para mandarlas a las plazas de provincias. Se prepara..., en confianza te
lo digo..., un movimiento general en toda España. Ahora va de veras. Se alzarán
Ferrol, Santoña, Cartagena, Sevilla, Badajoz, etcétera. Ello está tan bien
dispuesto que el triunfo es seguro, tan seguro como tenerlo en la mano. No
falta más que una cosa, Tito, y es producir en Madrid agitación tan grande que
el Gobierno no pueda sacar tropas. ¿Lo entiendes? Ello es clarísimo. Te digo
esto con la mayor reserva. No hables a nadie...».
No daba yo gran
crédito a tales monsergas. Mil veces había llegado a mis oídos el susurro de
alzamientos generales o locales sin que los hechos correspondieran a las
risueñas [241] esperanzas. El optimismo de los revolucionarios sencillotes y
pillines, que creen lo que sueñan, es un fenómeno habitual en tiempos turbados.
Manteníame yo escéptico, convencido de que no había más revolución que la
formulada en ardientes discursos, revolución puramente teórica y verbal. Por
eso yo, sempiterno hablador, era el primer revolucionario de la época y el
primer oráculo de un resurgimiento que no quería venir. La Patria no podía
contar aún con la acción de sus hijos, y debía contentarse con la resonante
canturía de sus oradores. Desconfiado de la eficacia de la acción, continuaba
yo atento al trajín de los conspiradores, y a su chismorreo sigiloso en la
vacía redacción de El Tribunal del Pueblo. De ello me distrajo, al promedio de
Julio, el hallazgo feliz de una mujer...
Tomo aliento, amados
lectores, con lo cual, al contarlo, expreso mi sorpresa y turbación ante la
súbita emergencia de un pasado lisonjero. La mujer que se me apareció en la
calle de la Sal, junto al arco de la Plaza Mayor, era la poética, la romántica
Obdulia con quien compartí las venturas del amor en los comienzos del reinado
de Amadeo I... Obdulia, ¡oh!... Tito, ¡ah!... Al tiempo de lanzar estas
exclamaciones se juntaron en febril apretón nuestras manos, y con frase
entrecortada nos dimos informes recíprocos de la salud y vida de uno y otro. La
linda criatura estaba flaca, ojerosa, manchado el rostro de pecas rojizas; y el
desarreglo y suciedad de su ropa indicaban pobreza, malestar, infortunio...
[242] Díjome que se había casado, por imposición de su familia, con el
desagradable mastín negro Aquilino de la Hinojosa. Ya lo sabía yo. Oí contar de
un náufrago la historia. La náufraga era mi pobre y desdichada Obdulia.
- XXI -
Ávida de referir sus
cuitas, la infeliz mozuela me contó que, a poco de casarse, vio en su marido el
más perverso animal de la Creación. Lo que llamamos luna de miel fue para
Obdulia completa desilusión del matrimonio. Ella era delicada, sensible y de
finísimo trato; él grosero, brutal, insaciable en la comida y otros apetitos.
Al mes de casada pensó en divorciarse; habló con un abogado amigo suyo, y como
este le dijera que en las leyes españolas no tenemos divorcio, dio en la idea
de suicidarse, saltando de un brinco hacia las palmeras de Sión. Le faltó valor
para el salto mortal: ni con fósforos, ni con braserillo, supo determinarse...
Pensó acudir a mí; me buscó; dijéronle que yo vivía en magnífico arreglo con
una tendera de la Concepción Jerónima. Acercose allá y le salió al encuentro
una señora llamada Cabeza que quiso descabezarla... En tanto, Aquilino iba de
mal en peor, agravando sus defectos. No le bastaba el oficio de afinador para
sostener su casa y sus vicios. Dedicose a la compra, venta y alquiler de
pianos, y tales desatinos [243] hizo y en tales enredos se metió, que fue a
caer en las mallas del Código penal.
«En mi casa -decía
suspirando- no entraban más que procuradores y alguaciles. Yo no vivía; el
apetito y el sueño me abandonaron; consuelo de mi angustia era el llanto,
consuelo también un librito de poesías de Selgas que por las noches me calmaba
los nervios, y aquellos versos de Espronceda: ¿Por qué volvéis a la memoria
mía...? Hace unos meses vino a verme y a consolarme Celestina Tirado, que se
metió a beata..., no sé si lo sabes..., y anda en trajines de religión. Díjome
que en la iglesia hallaría mi remedio; que fuese a misa y a confesar, y que
rezara mis tercios de rosario con devoción. Mi antigua señora la Marquesa de
Navalcarazo me llamó para recomendarme el mismo medicamento de Celestina:
Religión, misas, novenas, y pronunciar a toda hora el nombre de Jesús, que
endulza el alma y la boca -más que con la miel y azúcar- con sólo sus cinco
letras...».
Cogidos de la mano
íbamos paseando despacito bajo los soportales de la Plaza Mayor. La doliente
historia de mi amiga quedaba cortada en un suceso que nos abría camino para
reanudar nuestra vieja novela interrumpida. Aquilino de la Hinojosa no estaba
en Madrid. Dos semanas antes de lo que se refiere, había ido a Villaviciosa de
Odón a recoger la menguada herencia de una tía suya que murió en aquel pueblo.
Para ciertas diligencias judiciales tuvo que trasladarse a Navalcarnero; al
[244] regreso volcó la galera en sitio de peligro; rodando cayó el afinador en
una barranquera, donde le recogieron descalabrado y con una clavícula rota.
Personas caritativas le llevaron a Villaviciosa, y en casa de unos parientes
estaba en cura, que habría de ser larga. «Ayer -me dijo ella- recibí su primera
carta después del siniestro. Está dado a los demonios. Me escribe poniendo en
cada renglón una blasfemia. Le tienen bizmado y entablillado, sin poder
moverse. ¡Dichosa herencia, que no es más que un melonar, cuatro almendros y
una casuca sin techo! Me dice que tiene cama para dos meses; manda tres duros
por el ordinario y cuatro recibos de treinta reales para cobrar alquileres de
pianos. Me recomienda la economía y que no vaya a verle, pues está bien cuidado
por su prima doña Melchora».
Fáltame referirte,
lector de mi alma, la última declaración de Obdulia, que es del tenor
siguiente: «Vivo en el 23 de esta Plaza, allí, en un entresuelo, encima de la
taberna que hace esquina a la calle del 7 de Julio. Con las pesetejas que me ha
mandado ese, y diez duretes que me dio mi señora la Navalcarazo, vivo pobre, y
solita porque he despedido a la muchacha que me servía...». No necesito decir
más para que se comprenda que en aquel mismo día senté mis reales en el
modestísimo y lóbrego albergue de mi antigua y moderna conquista, la señora de
la Hinojosa. Los que no han vivido en un entresuelo de la Plaza Mayor, con
ventanas [245] mezquinas, bajo la visera de los soportales, no saben lo que es
obscuridad en pleno día. Nunca pensé yo cobijar mi persona en tal ratonera;
pero la exaltada pasión y el donaire de mi socia me convertían la tristeza en
gozo y las tinieblas en luz. Aderezaba Obdulia nuestras comiditas. Más de una
vez, por evitarnos ir a la compra y la molestia de encender lumbre, bajábamos a
comer a la taberna, donde nos servían platos de judías de batallón, tajadas de
bacalao y otros condimentos de pobres. El tabernero era muy amable y nos ponía
la mesa en un aposento interno, donde rara vez veíamos comensales.
Por cierto que una
noche me encontré de manos a boca con Serafín de San José, el esposo de mi
antigua barragana, la eximia señora doña Cabeza. Aquel soez vagabundo, muy mal
vestido y con cara de hambre atrasada, hablaba sigilosamente con un bigardo de
mala catadura, entreverando las tajadas de bacalao con tragos de tinto. De la
mesa donde estaba vino a saludarme, y me dijo que su mujer se había arreglado
otra vez con el zascandil de Alberique. ¡En qué distinguida sociedad estábamos!
El despacho grande de la taberna hervía de parroquianos lenguaraces. Siempre
que por allí pasábamos de refilón oíamos conceptos groseros, iracundos, entre
los cuales saltaba, como nota picaresca, una idea política.
Ultimados mis
quehaceres volví a casa, un poco tarde, en la noche del 18 de Julio, y [246]
marco esta fecha porque sobrevino de improviso un suceso histórico. Hallé a
Obdulia nerviosa y asustada: «¡Gracias a Dios que llegas! -me dijo, saliendo a
la escalera-. Entremos; vas a saber una cosa tremenda. No te asustes; no va con
nosotros. Siéntate... Recordarás que pedimos al tabernero para esta noche un
pote gallego, que a ti tanto te gusta. Queriendo yo aprender cómo hacen este
guiso, bajé a la cocina y estuve un rato con la señá Sebastiana. Luego me fui
al mostrador, con el señor Tomás. De allí a la trastienda. Oí palabras sueltas
de los puntos que bebían y charlaban... Até mis cabos... Volví al mostrador; el
señor Tomás y un hombre de mala facha, que llaman el tío Martín, secreteaban...
Pesqué alguna frase que me abrió las entendederas... En fin, chico, te diré lo
que he podido traslucir: Esta noche matarán a don Amadeo. ¿A qué hora? Cuando
los Reyes vuelvan de los Jardines del Retiro a Palacio. ¿Sitio? La calle del
Arenal. No te rías. Verás cómo resulta cierto. Otra cosa: el pote gallego se ha
pegado, y en su lugar nos mandarán unas chuletas de vaca y patatas fritas.
Andan abajo esta noche muy desconcertados. ¡Qué caras he visto en la
trastienda! Para mí, son los mismos que mataron a Prim».
No di gran
importancia al cuento de Obdulia; pero tampoco lo eché en saco roto. Mientras
cenábamos, comentando la conjura tabernaria, hice propósito de dar un soplo al
Gobierno civil para que este tomase las precauciones [247] propias del caso.
Pero a nadie conocía yo en las Delegaciones ni en las antesalas del Gobernador.
En estas dudas acordeme de mi pariente Sebo, cuyas relaciones familiares con la
primera autoridad de la provincia, don Pedro Mata, me constaban de manera
positiva. Tranquilamente despachamos nuestras chuletas, por cierto medio
chamuscadas, medio crudas, y salimos a buscar en calles y jardines el aire y la
expansión nocturna con que templábamos el ardor de los días caniculares.
Después de hacer escala en la casa de Telesforo del Portillo (Olivar, 4),
bajamos al Prado; dimos unas vueltas por Recoletos; descansamos en un
aguaducho, y ya cerca de media noche cogimos la calle de Alcalá, y en la Puerta
del Sol dudamos si tomaríamos la calle Mayor, que era nuestro derrotero, o la
del Arenal. Éramos como trasnochadores que no se retiran a su casa sin ver una
piececita de teatro. «Por sí o por no -dije a mi señora postiza- sigamos la
dirección que han de llevar los Reyes y veremos si sale sainete o tragedia».
Recorriendo despacio
la calle del Arenal vimos en la esquina del callejón de San Ginés a Serafín de
San José con blusa larga. Advirtiendo que se recataba de nosotros creí
sorprender en él cierto aire de filósofo pensativo. Al pasar por Bordadores dos
hombres cruzaron a la acera de enfrente. Obdulia me hizo notar que bajo las
blusas de aquellos tipos se marcaba el bulto de trabucos o retacos. Hacia la
calle de las Fuentes creí ver [248] al señor Tomás, con chaqueta parda y boina.
Ya nos acercábamos a la calle de la Escalinata, cuando sentimos venir coches
que nos parecieron de Palacio. Retrocedimos. Era, en efecto, la carretela
descubierta en que volvían de los Jardines el Rey y la Reina, con el General
Burgos. Detrás venía otro carruaje...
No tuvimos tiempo
para mayores observaciones porque de súbito sonaron disparos. Los fogonazos
brillaban en un lado y otro de la calle. Encabritados los caballos (luego
supimos que eran yeguas), se paró el coche. Púsose en pie don Amadeo. El
General Burgos atendió a escudar a la Reina con sus corpulentas anchuras...
Confusión, espanto... Los transeúntes se agolpaban curiosos o corrían
atemorizados. Obdulia y otras mujeres lanzaban al aire sus chillidos. Del coche
que venía detrás descendió el Gobernador don Pedro Mata enarbolando su bastón.
Surgieron polizontes como por magia. Nuevos disparos. La carretela de los Reyes
partió a escape hacia Palacio: una de las yeguas cojeaba. Entablose rápida
lucha entre policías y paisanos. Estos huyeron, en veloz corrida, hacia las
Descalzas y Santo Domingo... Busqué a Obdulia, que en el tumulto se apartó de
mí. La encontré en la esquina de la calle de las Fuentes. Volvimos al lugar
trágico y vimos entre varios heridos a uno yacente, rígido; parecía muerto.
Obdulia reconoció al tío Martín. Allí estuvimos, atentos al ardoroso comentario
del suceso, hasta que trajeron [249] la camilla para llevarse al que todos
creían cadáver. Y agregándonos a la comitiva de curiosos desocupados y
chicuelos, fuimos tras de la camilla hasta la Casa de Socorro de la Plaza
Mayor. De allí pasamos a nuestra casa, advirtiendo al entrar en ella que había
en la taberna estrecha custodia de policías.
A la mañana
siguiente, atraído del febricitante interés que despierta un lugar trágico, me
fui a la calle del Arenal. Gran golpe de gente había frente a una tienda de
cristales situada entre la Costanilla de los Ángeles y la Travesía de los
Donados. Los curiosos impertinentes no se hartaban de mirar y señalar las
huellas de los proyectiles en el zócalo y en el rótulo de la tienda. De
improviso, los que formábamos el respetable público de la tragedia fracasada vimos
llegar al propio don Amadeo, acompañado de su amigo Dragonetti y de su ayudante
Díaz Moreu. Rodeado de la plebe novelera miró y remiró las señales de los
balazos. Muchos de los que allí fisgoneaban tenían a gala el señalar al Rey
algún desperfecto que Su Majestad no había visto.
De la tienda salió
una señora joven que parecía la dueña, y graciosamente invitó al Rey a que
pasara, si quería descansar. Daba las gracias don Amadeo, permaneciendo en la
calle, cuando se destacó del personal de la tienda una señora mayor, que
ofreció al Rey un proyectil que había penetrado en el local, incrustándose en
la anaquelería. Agradeció [250] don Amadeo el obsequio y quiso gratificar a la
señora, mas esta no admitió el dinero. Despidiose el monarca sombrero en mano,
con su habitual cortesía, y a pie se volvió a Palacio, escoltado por un pelotón
de vagos y precedido de un destacamento de chiquillos.
Acerqueme yo a la
señora mayor, que en la puerta de la tienda quedaba, contemplando al pueblo
soberano, y de manos a boca le dije: «He tardado un rato en reconocerla,
insigne Mariclío, porque está usted hoy un poco desfigurada, con mayor peso de
ancianidad que el que tenía la última vez que la vi. A su disposición me tiene
para cuanto guste mandarme».
-A este ensayo de
tragedia -me dijo, enseñándome un pie- he venido con mis zapatos de orillo,
como ves. No había motivo ni asunto para mejor calzado. Los badulaques de
anoche, movidos a un acto que no tenía más objeto que producir miedo para que
el Gobierno no saque tropas a provincias, han procedido neciamente. El provecho
de este regicidio sin regicidio será para los partidarios del niño Alfonso.
¿Por ventura son estos los que os aconsejan y dirigen?
Nada le respondí,
pues mis observaciones no habían de llegar a la altura de su autoridad.
Ofrecime de nuevo a prestarle cuantos servicios me encomendara, y con gusto la
vi bien dispuesta en favor mío. Díjome que a la sazón moraba en la portería de
la Academia de la Historia, porque sus cortos haberes no le permitían mejor
acomodo. La capitis [251] diminutio a que había llegado, en la desabrida etapa
histórica del Rey saboyano, deslucía su ancianidad gloriosa. «Lo que mayormente
me aflige -añadió, rompiendo conmigo la multitud para seguir juntos por la
calle del Arenal- es la flaqueza femenil de los partidos monárquicos y la
inconsistencia de los que vociferan en las filas avanzadas, indicio seguro de
la poca virilidad del pueblo hispano. Todo lo que aquí pasa es cosa de ópera
cómica, tirando a bufa. He pensado en darme de baja, como dice tu amigo Ido del
Sagrario, y transferir mis nobles funciones a mi hermana Talía, que las
desempeñará muy bien, encargando algunos numeritos de polka y tango a mi hermana
Euterpe... El quita y pon de Ministerios que sólo difieren en la medida y rumbo
de sus tonterías; la conspiración de las damas católicas, con su armamento de
peinetas y florecillas de lis, pertenecen al orden literario del entremés con
tonadilla y ovillejos. Habrás oído, entre tus amigos, planes de levantamientos
en plazas fuertes y ciudades populosas. No hagas caso, hijo. ¡Batallones que se
echan a la calle, guarniciones que se pronuncian! ¡Sueños locos de paisanos
ociosos, que gobiernan el mundo en las mesas de un café o la redacción de
periódicos bullangueros! Todos esos que se levantan, lo que hacen es acostarse,
y entre sábanas se ríen de los conspiradores de alfeñique... Hace pocos días,
he visto a los niños de las Peñuelas jugando al pronunciamiento. La demagogia
misma procede [252] hoy con más simplicidad que barbarie. Los ideales exaltados
son ahora instintos movidos por la imbecilidad».
Acompañé a la señora
hasta la calle del León, y me volví a casa. A mi consorte accidental referí mi
encuentro con doña Mariana, y traté de explicarle la condición de esta y su
doble calidad real y quimérica. Pensé yo que Obdulia no me entendería, pero
como en la naturaleza cerebral de la bella joven prevalecían la ensoñación
poética y el bello mentir, admitió como verídico el cuento de Mariclío y de sus
inauditas transformaciones. «¡Ay Tito de mi vida -me dijo consternada- que
felices seríamos si esa divina dama nos llevara por esos mundos como duendes o
muñequitos que pueden esconderse, si a mano viene, dentro de una cajita de
caramelos! Sabrás que en esta renegada casa estamos sobre un volcán. Apenas
saliste tú para la calle del Arenal, entraron dos policías y me marearon con
preguntas; que si yo, que si tú... Respondiles que no teníamos nada que ver con
el atentado; que nosotros somos vecinos, pero no cómplices del señor Tomás y
sus compinches. Antes te dije, querido Tito, que estábamos sobre un volcán...
Son dos volcanes, dos. Porque si vuelve Aquilino mal curado de sus mataduras no
pararé hasta el suicidio..., y que me entierren en un cementerio bonito, con
cipreses y adelfas. En caso de que mi maridillo se quede por allá, será posible
que nos prendan por el aquel de regicidas, y nos separen quizás [253] para
siempre. Eso no, Tito mío: vámonos, salvémonos».
Fácilmente me
comunicó Obdulia sus recelos, y por tranquilidad suya y mía resolví una pronta
mudanza. Recogida nuestra ropa, un colchón y otras cosillas, y dejando en la
casa los trastos menos necesarios, nos fuimos a mi hospedaje de la calle del
Amor de Dios. De sus graves inquietudes descansó Obdulia con la grata compañía
de Nicanora y del dulce filósofo don José Ido. Este mostraba paternal solicitud
por la espiritual joven que llevé a su casa. Hablaron de literatura y teatros,
y Obdulia le recitó con lírica declamación, versos que embelesaron al
esmirriado señor... Mi compañera no pisaba la calle por temor a un encuentro
desdichado. Echándoselas de médico, Ido la declaró anémica y diagnosticó los
baños de mar como infalible tratamiento. ¡Buenos estábamos para viajecitos y
expansiones estivales!
Pasaba yo los mejores
ratos del día persiguiendo a doña Mariana, o en su grata compañía cuando me
deparaba Dios el encontrarla. Una tarde, platicando en la portería de la
Academia, me sorprendió, mejor diré, me asombró gratamente con estas
inesperadas razones: «Ocioso está el gran Tito, y la ociosidad es el achaque
peor que puede caerle a un hombre de ingenio. De tu listeza y de tu travesura
necesito yo estos días, sin que me sea forzoso darte la condición, modo y
sutileza física que te di al traerte de Durango a Madrid. Tal como eres y en
compañía [254] de esa moza chiquita y romanticuela, que es ahora tu mujer
adventicia, irás a donde yo te mande. Ya sabes que el Rey Amadeo sale hoy para
una excursión a diferentes ciudades del Norte. Tú irás también por allá. Mas te
destino a una sola plaza, Santander. Me consta que van también para allá gentes
peligrosas de uno y otro sexo. En fin, tú lo has de ver... Observa lo
estrictamente verdadero; no me traigas acá mentiras adornadas». Sacó de entre
sus ropas un taleguito, y me lo mostró con estas dulces palabras: «Apurando mis
recursos te doy billete de ida y vuelta para ti y para tu chiquilla, y una suma
prudente para el gasto de tres semanas. Toma. No tardéis más de dos días en
poneros en camino. Buen ojo, actividad y criterio. Adiós».
- XXII -
Ya me tenéis otra
vez, lectores picarescos, oficiando de guindilla histórico, sin conmutación de
mi ser físico en entidad peri-espiritual... Lo que se alegró mi Obdulia cuando
en casa le mostré el saquito milagroso, no hay para qué decirlo. Veraneo, baños
de mar, costa cantábrica, ¡qué porvenir tan poético y delicioso! En dos días
arregló la romántica sus trapitos por el figurín más económico, y nos largamos
con viento cálido en busca del viento fresco. ¡Por qué modo tan peregrino se
habían realizado los deseos [255] emigratorios de Obdulia y su anhelo de
ambiente marino, conforme a la docta indicación del filósofo-médico Ido del
Sagrario! En el estado de nuestro ánimo se nos representó como un paraíso la
ciudad Cantábrica, que en aquel tiempo bien podría llamarse la ciudad harinera,
porque su hermoso puerto se veía poblado de buques de vela cargando harina, o
descargando los ricos frutos coloniales. Obdulia, que nunca había visto el mar,
se embelesaba contemplando el grandioso muelle, el trajín comercial, los barcos
de arboladura gallarda; y cuando en nuestro primer paseo vagoroso traspusimos
el cerro de Miranda, la vista del Océano impetuoso colmó el estupor de la pobre
muchacha. ¡Aquello sí era poesía!... ¡Aquello era el camino de América, el
camino para todo el más allá terrestre y acuático!
A los dos días de
vagar por la ciudad y sus alrededores, probando distintos alojamientos, nos
instalamos definitivamente en una casita del alto de Miranda, donde pagábamos
dos pesetas por la habitación, y comíamos por nuestra cuenta. Éramos dichosos
en aquella vida libre y modesta. Los dos íbamos a la compra, y Obdulia guisaba.
Lo restante del día lo empleábamos en largos y deleitosos paseos: ya nos
extendíamos hasta Cabo Mayor, y desde lo alto del faro contemplábamos el mar en
toda su majestad y bravura, o bien, después de recrearnos en las hermosuras del
Sardinero, íbamos a coger azucenas y clavellinas silvestres a la península de
la [256] Cerda. También dirigíamos nuestros pasos tierra adentro,
revolviéndonos por toda la ciudad, entretenidos con la faena de las harinas en
el puerto, o viendo el arribo de las lanchas pescadoras.
A los seis días de
esta descansada vida llegó el Rey, con séquito militar y civil no muy lucido.
Recibiéronle las autoridades y le alojaron en la Aduana, edificio viejo donde
estaban las oficinas del Gobierno Civil y de la Administración de Hacienda.
Antes o después de don Amadeo (no puedo precisarlo), llegó de Santoña el
batallón de línea que debía custodiar a Su Majestad y hacerle los debidos
honores. Como en la ciudad no había cuartel, por ser plaza desguarnecida y en
extremo pacífica, la autoridad militar ordenó al alcalde que expidiera boletas
de alojamiento para albergar a la tropa. El Alcalde, señor Sañudo, era
convencido republicano, y sin faltar al respeto que al Jefe del Estado debía,
replicó que no estaba dispuesto a molestar al vecindario y que acomodasen a los
soldados en la forma militar más adecuada.
En esto ocurrió un
suceso digno de la historia. Como la visita del Rey fue tan precipitada, no
hubo manera de prepararle decoroso alojamiento. Elegido para este fin el local
alto de la Aduana, habitación del Gobernador civil, lo pintaron deprisa y
corriendo para disimular su fealdad y porquería, y esto se hizo la víspera de
la llegada del Rey. Pasó este una noche de perros en su incómodo albergue,
apestado del insufrible olor de la pintura, [257] y al amanecer abrió los
balcones, buscando aire respirable. Ante este imprevisto contratiempo acudieron
los ediles a don Juan Pombo, el ricacho del pueblo, que ofreció para morada
real un lindo palacete del Sardinero, conocido por La casa de Pepe Pombo. Y
allá se instaló el Rey, encantado de la belleza del sitio y del relativo
esplendor de su nueva residencia.
Al propio tiempo fue
resuelto, del modo más simple, el conflicto del alojamiento militar. En las
suaves colinas verdes que rodean el Sardinero y entre los espesos grupos de
pinos, se emplazó un lindo campamento con tiendas de lona. El vivir de los
soldados día y noche en aquel alegre vivaque, dio al hermoso paisaje un cierto
encanto de popular romería. Para embellecer más el cuadro fondeó en el abra del
Sardinero la fragata Vitoria. Desde el ventanucho de nuestra casita, Obdulia y
yo, contemplando las tiendas, los pinares, la tropa, los bañistas y la
grandiosa nave, creíamos ver el más lindo nacimiento que se pudiera imaginar.
En aquel amenísimo
rincón de la Montaña hacía don Amadeo vida campestre, desplegando libremente
sus aficiones democráticas. A distintas horas se le veía divagando en dirección
de Cabo Menor o de La Magdalena, acompañado de Díaz Moreu y Dragonetti. Por las
tardes, cuando la música tocaba en El Pañuelo (plazoleta triangular entre la
Casa de Baños, las fondas y el palacete de Pombo), le veíamos en la turbamulta
de paseantes, [258] ojeando a las señoritas guapas y charlando jovialmente con
sus amigos... De la llaneza democrática del Rey oímos contar innumerables
casos. Alguien le había visto llegar de noche, solo, a su vivienda y llamar a
la puerta tirando de aldabón, como cualquier vecino trasnochador... Otros le
sorprendieron en el interior de su palacio inspeccionando las obras de
decorado. Viendo a un obrero que clavaba una guarda-malleta, subido en débil
escalera, puso en esta el Rey su mano y dijo: «Cuidado con caerse, amigo. Siga
usted clavando; yo mantengo».
Una mañana, paseando
Obdulia y yo por la Segunda Playa, vimos una dama guapa y melancólica, con
traje veraniego enteramente blanco: «Ya tenemos aquí a la de las patillas» dije
a Obdulia, que cebó en ella sus miradas. Un rato fuimos tras ella, acechándola
con discreto espionaje. La vimos llegar pausadamente hasta Los Molinucos;
volvió luego por la playa en baja marea, fijando sus ojos en la arena húmeda
como si buscara en ella alguna inscripción borrada por las aguas. Subió después
hacia Las Llamas; se sentó en un ribazo. Sin duda esperaba. ¡Qué triste es
esperar, esperar al que no llega, al que no acude puntual a la cita! La
espiábamos con tanta discreción que no podía sospechar nuestra vigilancia...
Llegó el momento en que la belleza patilluda daba por terminado su desesperante
plantón. En su rostro pálido creíamos advertir el despecho y la ira. Subió paso
a paso hacia el pinar llamado de Aparicio. [259] De tiempo en tiempo volvía sus
ojos hacia el paso de la Primera Playa. Aquel mirar era el último residuo de
esperanza. En la carretera subió a un coche de los que llaman cestas, y partió
cuesta arriba en dirección de la ciudad...
De once a doce, me
cuidaba singularmente del baño de Obdulia. Ayudábala yo a desnudarse y vestir
el traje marino; con ella descendía por la playa hasta dejarla en poder de
Germán, el fornido bañero; y en el límite del agua, mojándome los pies, la
miraba entre las blandas olas, remojándose con toda la fe de una bañista que
busca la salud. A la salida le ponía la capa, y a la caseta volvía con ella,
donde quedaba sola con su felpuda sábana y su ropa. Yo me paseaba viendo el ir
y venir de mujeres en remojo, y singularmente me fijaba, como los demás
curiosos, en una señora inglesa, esbelta, rubia y guapísima, que nadaba como un
pez. Al salir de las aguas, la recibía su marido capa en mano y, como yo a
Obdulia, la llevaba derechamente al secadero de la caseta.
Un amigo que en el
entretenido vagar de la playa me salió, un conocimiento de estos que se traban
y se destraban en la sociedad balnearia, entabló conmigo coloquio
chismográfico, del cual refiero lo estrictamente substancial: «¡Brava mujer es
esta inglesa! ¡Vaya unas hechuras, vaya una tez de rosa y nácar...! ¿Ha visto
usted qué piernas? Para escultura no hay como las inglesas. Su marido es
corresponsal del Times, el primer periódico [260] de Londres. Celebra conferencias
políticas con el Rey, y el Rey las celebra de otro género con la corresponsala.
¿No lo sabía usted? Viven en una de estas fondas, no sé si en Zaldívar o en
Barbotán... Dicen que Amadeo y su nuevo amor se ven en una casa del Paseo del
Alta».
Camino de nuestra
casa, dije a Obdulia: «Me parece que tendremos lío. En el mar proceloso se baña
una bellísima nadadora, de nacionalidad inglesa y corresponsala del Times. A
esta señora le hace cucamonas nuestro amado Soberano, y digo tan sólo cucamonas
por no dar mayor gravedad a un caso que conozco por simple chismorreo público».
Debo añadir ahora que, sin darnos cuenta de ello, Obdulia y yo nos sentíamos
posesores de no sé qué poder metafísico, con el cual penetrábamos en la
intimidad de los hechos y en la conciencia de las personas que en Santander y
su famoso balneario vivían. Hallábame yo dotado de una facultad intuitiva, al
modo de reflejo de la vida externa en mi retina cerebral, facultad que a
Obdulia se comunicaba, resultando que los dos teníamos un vago conocimiento de
cuanto sucedía.
Por esta pasmosa
virtud anímica supimos, sin que nadie nos lo dijera, que la dama patilluda
moraba en el Hotel del Comercio, el más decentito de la ciudad (Muelle, número
1), antigua casa próxima al edificio de la Aduana, donde el Rey habitó una
noche y estuvo a punto de perecer envenenado por la reciente pintura del local.
Tuvimos asimismo [261] la visión de que Adela pasaba parte del día en su
aposento solitario, atormentada de hondas inquietudes. Escribía cartas con
febril mano, y las rasgaba en pedazos antes de concluirlas. Por no bajar al
comedor se hacía servir en su habitación. Como Calipso en su gruta, ne pouvait
se consoler de la partida de Ulises.
Una mañana, en el
Sardinero, presenció todo el público de bañistas y curiosos una estupenda
regata. La nadadora inglesa se alejó, con gallardo deporte, como unas treinta
brazas. Al volver hizo la plancha, meciéndose graciosamente sobre las movibles
ondas. Cuantos estábamos en la playa admirábamos su belleza y arrojo. Apenas la
hermosa oceánide hizo pie para volver a tierra firme, se nos ofreció un
espectáculo emocionante. De la Caseta Real, colocada del lado de Piquío, salió
Su Majestad con dos amigos al recreo de su baño, que más bien era un alarde de
resistencia deportiva, pues si como Rey había quien le aventajara, como nadador
difícilmente se le encontrara rival. Le vimos alejarse braceando, hizo la
plancha, continuó aguas adentro; a una distancia doble de la que había
recorrido la bella nadadora inglesa, se volvieron los amigos del Rey y este
siguió, impávido, convoyado por una lanchita que tripulaban los bañeros.
En la playa, la
nutrida fila de espectadores aumentaba por momentos. Corrían de boca en boca
voces de admiración y entusiasmo: «Es un pez... Hace rumbo a la Vitoria... Que
[262] llega... Que no llega». A veces le perdíamos de vista por interponerse la
curva de una onda; después reaparecía. Hubo momentos en que sólo pudieron verle
los espectadores que miraban con gemelos; por fin, estalló en el público la
exclamación: «¡Que llega! ¡Que llega!». A bordo de la fragata sonaron las
cornetas, anunciando la presencia del Soberano. Los que tenían gemelos vieron a
los oficiales que descendieron la escala para recibirle. La nadadora inglesa,
que había tenido tiempo de vestirse, era la más regocijada entre el público, la
que con más énfasis aplaudía y encomiaba el arriesgado ejercicio del regio
tritón, glorioso deudo de Neptuno. Don Amadeo se quedó a bordo; para llevarle
su ropa y servidumbre vino la falúa de vapor de la fragata.
La misma tarde de
este suceso vimos en el Sardinero a la dama blanca y melancólica. Después de
voltijear en las inmediaciones de la residencia real, vino al Pañuelo, donde
alguien la enteró de que don Amadeo continuaba en la fragata. Supo también que
a bordo había un poquito de fiesta, merienda o refresco. La lancha de vapor iba
y venía, llevando convidados. Por sus propios ojos vio Adela que entraban en la
falúa el corresponsal del Times y su bella señora. Momentos después de este
grave incidente la vimos en la playa, excitadísima, hablando con Díaz Moreu. Su
palabra era tan vehemente, su actitud tan resuelta y su gesto tan vivo, que
creímos que le arrancaba los cordones al ayudante del Rey. [263] Este empleaba
toda su habilidad cortés en aplacar el enojo de la dama, y sus razones
discretas terminaban con una negativa rotunda: Imposible llevarla a bordo.
Volvió la embarcación a recoger más gente, y se llevó a Díaz Moreu, al alcalde
Sañudo y a dos o tres militares de la guarnición. La hermosa Dido, abandonada
contra el fuero de amistad y amor, mostraba claramente su despecho y celosa
furia cuando embarcó en la jardinera de dos caballos para retirarse a su gruta
del Hotel del Comercio.
No sé decir si yo
veía o si adivinaba; mas la certidumbre penetraba en mi espíritu, y continúo mi
cuento seguro de llevar delante de mi pluma la luz de la verdad. Obdulia y yo
veíamos lo distante; oíamos las voces lejanas... A consecuencia de lo
anteriormente referido, la hermosa y desdichada señora, que por su talento y su
belleza mereció los favores del Rey, se vio lanzada a extremos de pasión y
venganza, si reprobables en la estricta moral, dignos de indulgencia como
desahogo casi legítimo de un alma burlada. Iracunda y ciega pensó que su papel
en aquel drama, medio personal, medio histórico, era responder al secreto
agravio con agravio público y resonante. Pues se la despreciaba indignamente,
pues se la sustituía por una inglesa extravagante y zancuda, no se retiraría de
la escena sin escándalo. ¿Qué menos hacer podía que dar publicidad a trece
cartas escritas de puño y letra por el Rey de España, don Amadeo I? [264]
Aferrada locamente a
esta resolución, castillo formidable de la flaqueza femenina, hizo saber al Rey
lo que proyectaba. Alarma y susto en la pequeña Corte del Sardinero; mensajes,
recaditos... Pronto se vio que la deidad irritada no cedía. Sonaron los
primeros fragores del escándalo: la tempestad estaba cerca... Transcurrieron
dos días; al tercero presentose en el Hotel del Comercio y en la estancia de la
dama un caballero amigo del Rey, pidiéndole conferencia reservada. Sentose Dido
abandonada junto a la mesilla donde pasaba las horas escribiendo y rasgando
cartas, e invitando al caballero a sentarse frente a ella, le preguntó el
motivo de su visita.
«Comprenderá usted,
Adela -dijo el caballero-, que el objeto de esta entrevista no puede ser grato
para mí. Confío en la discreción de usted, en su talento, en su bondad. Es
usted buena. Por tal la he tenido siempre. Bien sabe el respeto y la
consideración con que la tratamos todos sus amigos. Vengo decidido..., ¿no lo
presume usted?..., a recoger las cartas de Su Majestad». Desplegando toda la
táctica femenil, Adela contestó que las cartas podían ser documentos históricos
y que en este caso pertenecían a la Nación. No creyó el caballero que el asunto
era de los que pueden tratarse con sutilezas del ingenio, y sacando de su
cartera un sobre repleto de billetes de Banco, lo puso sobre la mesa y dijo
así:
«Las relaciones de Su
Majestad con usted [265] han terminado, Adela. Mi opinión es que usted las ha
roto, no él. Sea como fuere, Su Majestad no consiente que usted quede
desamparada. Tome usted esto... Son cien mil pesetas».
Airada respondió la
señora que quizás vendería los documentos históricos por una palinodia del
Soberano, reconociendo su veleidad y poniéndole remedio... Por dinero no los
daría nunca. Entablose una breve y agria disputa. Dido enamorada se defendía
fieramente contra el abandono. El mensajero del Rey, hombre que iba derecho al
bulto y no gustaba de inútiles parloteos, sacó del bolsillo un revólver, y
poniéndolo de golpe sobre la mesa, soltó este ultimátum: «O me da usted las
cartas, o la mato a usted ahora mismo».
Por distintos estados
emotivos pasó rápidamente la dama. En el espacio de unos segundos se mostró
colérica, medrosa, soberbia, humilde... Con incierto paso llegose a un maletín
donde guardaba sus alhajas. Sacó las cartas, y con furioso ademán las arrojó
sobre la mesa. El mensajero tuvo serenidad para contarlas. Vaciando el sobre de
los billetes y metiéndolas en él, para guardarlas cuidadosamente en su
bolsillo, se retiró con fría reverencia. No hay noticias del tiempo que tardó
Adela en recoger la indemnización de guerra, última página de su historia de
amor. [266]
- XXIII -
En medio de la
placidez de la vida campestre y balnearia, no se extinguían absolutamente las
inquietudes de Obdulia. Una noche despertó sobresaltada y pegando gritos. Había
soñado que hallándose en la frescura y recreo de su baño, vio venir de mar
afuera un horrendo tiburón, abierta la espantosa boca con triple fila de
dientes. El cetáceo no era otro que Aquilino de la Hinojosa, metido en aquel
disfraz para devorar a su cónyuge infiel. Entre las mandíbulas del monstruo
marino estaba ya cuando despertó de la pesadilla. El terror le duró largo rato
después de despierta, y sólo a fuerza de cariños pude tranquilizarla,
prometiéndole además el exterminio del afinador, en cuanto le cogiese a tiro.
La partida del Rey,
que embarcó para visitar otros puertos de la costa; las enojosas lluvias, que
anunciaban la declinación de la temporada, y la merma fatal de los dineros de
Mariclío, nos dieron el toque de marcha... En el tren, camino de Madrid, la
casualidad nos deparó la compañía de aquel joven, no diré amigo, sino conocido,
que en la playa del Sardinero me dio noticias de la corresponsala del Times y
de sus amores con el Rey. Era el chismoso profesional, el hombre de las
anécdotas galantes, de las historias que son el fermento [267] de la ociosidad
en casinos y cafés. Tomando pie de una frase nuestra pegó la hebra de su
croniquería escandalosa, y después de referir con picantes pormenores el
enredillo del Rey con la dama inglesa, nos colocó el relato de otras aventuras
amadeístas, acaecidas en el último invierno.
La primera ocurrió en
una casa (proximidades del Teatro Real) donde vivía un personaje que, por su
elevado cargo, despachaba muy a menudo con el Rey. Esposa del tal personaje,
cuyo nombre no quiso revelarnos el cuentista, era una mujer bella y arrogante a
quien Amadeo conoció en un baile de Palacio. Ligerilla debía de ser la dama,
pues sin gran resistencia tomó varas del Rey y concertaron una entrevista.
¿Dónde? En la propia casa de ella, aprovechando las largas ausencias que al
marido imponían sus obligaciones burocráticas... Acudió el Soberano a la cita,
no sin prevenirse contra posibles contingencias desagradables. Por si el marido
se presentaba inopinadamente en su domicilio, se dispuso que un confidente del
Rey se situase en la puerta de la calle, con hábiles instrucciones para
cortarle el paso. La maquinación era del género más picaresco... Pues señor;
llegó como se temía el confiado o desconfiado caballero, y el emisario,
acometiéndole al bajar del coche, le dijo con bien fingida premura: «Estoy aquí
esperándole a usted para comunicarle, de parte de Su Majestad, que en Palacio
le espera para tratar con usted de un asunto urgentísimo». Refunfuñó el [268]
marido... Antes de ir a Palacio subiría un momento a su casa. Pero el
confidente le atajó con frase apremiante, angustiosa: «No, no; no hay que
perder momento. Su Majestad espera impaciente. El asunto es muy grave». El
engañado personaje se dirigió velozmente a Palacio, donde preparado le tenían
otro gracioso ardid. Al encuentro le salía Dragonetti, obligándole a una larga
antesala. Su Majestad estaba conferenciando con Cialdini, embajador de Italia,
en las habitaciones de Su Majestad la Reina... A la hora larga de este bromazo
recibía don Amadeo al personaje y con él trataba de un asunto administrativo,
que el cuentista no dijo, y en verdad no hacía falta para redondear el cuento.
Oída y celebrada esta
picante aventura, de cuya veracidad no respondo, el chismoso, sin tomar
respiro, continuó la serie: En otro lance amoroso, los satélites del Rey
tuvieron que simular un robo para proteger la difícil salida del galantuomo; en
otra sacaban a la señora por una puerta secreta, o bien descolgaban al
caballero desde el balcón al jardín, y en todas resultaba que el marido era
tonto. Nos dijo seguidamente que don Amadeo había traído de Italia una cuadrilla
de rufianes para organizar aventuras tan diabólicas. No daba yo gran crédito a
esta importación rufianesca. Añado por mi cuenta que los referidos lances de
seducción eran de corte italiano más que español, y en ellos se advertía el
cinismo malicioso de Bocaccio antes que las artimañas sutiles de la picaresca
de acá... Lo [269] que he recogido de boca del chismoso tiene un hueco en estas
páginas como documento vivo de cierta opinión insana que se proponía
desprestigiar al Rey Amadeo, poniendo en circulación estas liviandades
indecorosas y a veces ridículas.
Llegamos a Madrid en
perfecta salud. En la casa de huéspedes no había otras novedades que un aumento
molestísimo de estudiantes de Medicina, y que el gran don José, en un ataque
agudo de su depresión cerebral, pasaba largas horas sumergido en hondas
meditaciones sobre el misterio de la Inmaculada Concepción. Sabedora de mi
llegada, fue a verme Delfina Gil, suponiendo que yo venía de Roma. Por carta de
mi hermana Trigidia tuvo noticia del revuelo que armó mi discurso, y de los
telegramas del Papa llamándome a la capital del Orbe Católico. Seguí yo la
broma, y a sus preguntas acerca de la salud del Padre Santo, le dije que estaba
bueno, sin otro achaquillo que un corrimiento de muelas que le obligaba a tomar
continuamente buches de malvavisco. Le describí con frase hiperbólica la
Basílica de San Pedro, y la Capilla Sixtina, donde oía yo misa todos los días
frente a la pintura del Juicio Final. Añadí que el Sumo Pontífice me había
colmado de bendiciones y finezas, dándome de añadidura una misión secreta para
la Reina doña María Victoria, la cual me recibiría en audiencia un día próximo.
De esto no podía decir una palabra más. Ítem. Yo comía todos los días con mi
amigo del alma el Cardenal Fieramosca, [270] de la Propaganda Fidæ... Los
buenos católicos estábamos de enhorabuena porque la prisión del Santo Padre
tocaba a su fin. El bárbaro Víctor Manuel, movido de arrepentimiento y del
acerbo dolor de su culpa, estaba dispuesto a postrarse de hinojos ante el solio
pontificio, cubierta de ceniza la cabeza, besando sucesivamente los escalones,
hasta poner sus labios en la sandalia de Pío.
Por el efecto que en
Delfina causaron estas gordísimas trolas, comprendí que le faltaría tiempo para
comunicarlas a los beaterios y sacristías que frecuentaba... Como mi Obdulia no
se aliviara de su terror, le ordené que no saliera de casa. Yo andaba en busca
de la Madre Mariana, sin poder dar con ella. Los porteros de la Academia de la
Historia me dijeron que después de pasarse tres días y tres noches en la
biblioteca, la vieron salir una noche con don Marcelino. Presumieron que habían
ido a la Academia de la Lengua, calle de Valverde. Don Marcelino había vuelto;
doña Mariana no. Ansioso de hablar con ella, la busqué en ambas Academias y en
la de Ciencias Morales y Políticas, en la imprenta de la Gaceta y en la Armería
Real. Todo inútil.
Al volver a mi casa
encontré en ella a Ramón Cala y a Felipe Ducazcal, que me esperaban para que
les acompañase a la guarida de don Francisco Torquemada, prestamista y
anticuario, con objeto de proponerle la venta o alquiler de algunas prendas de
uso mujeril, consideradas ya como arqueológicas. [271] De buen grado les
acompañé a la calle de San Blas, y, enterado yo del asunto, entablamos
negociaciones con el adusto usurero, gastando los tres enorme dosis de paciencia
y saliva para persuadirle de que le proponíamos un buen negocio. Tratábase de
adquirir o alquilar cierto número de peinetas de carey, altas y labradas, en
forma de teja. Usadas por nuestras abuelas, ya pertenecían al coleccionismo.
Torquemada las tenía preciosas y pedía por ellas un sentido. Se convino al fin
en que las cediera por dos días, depositando una cantidad como garantía de
puntual devolución.
Colaborando en la
travesura que se traían mis amigos, nos procuramos mantillas blancas y negras
en diferentes casas de préstamos, y en lo restante del día y mañana siguiente
organizamos la graciosa mascarada que había de desvirtuar y corromper la
manifestación de las católicas damas alfonsinas. No fue empresa difícil reunir
y contratar dos docenas de mozas del partido, bonitas las unas, atarascadas las
otras, útiles todas para el efecto que nos proponíamos obtener. El pícaro
Ducazcal sacó, no sé cómo ni de dónde, ocho carretelas de lujo, algunas
blasonadas, con lucidos troncos de caballos.
La función resultó
brillante, abigarrada, jocosa. Salieron aquella tarde las alfonsinas aderezadas
con sus mantillas y peinetas, creyendo realizar de este modo una protesta muda
contra la nacionalidad exótica de nuestros Reyes. Ridículo, afectado y artero
resultaba [272] el españolismo de nuestras clases altas. Las que desde el
segundo tercio del siglo habían renegado de todo lo castizo, arrojando al
montón de las prenderías las modas españolas, y vistiéndose, comiendo y
hablando a la francesa, salían ahora con la tecla de adoptar preseas sacadas
del Rastro indumentario. Bien hicieron los pícaros de la política en poner
frente a ellas el manchado espejo de un Rastro moral.
La pantomima de
aquella tarde fue lucida, y digámoslo claro, vergonzosa. A lo largo de la
Castellana, la ilustre señora y reina doña María Victoria pasó ante la
muchedumbre carnavalesca arrostrando, con severo continente, el desaire público
con visos de injuria. Nunca la vi tan revestida de alta nobleza y majestad. En
su rostro y actitudes no se conoció si había sabido distinguir las verdaderas
de las apócrifas damas. Mis amigos y yo nos entretuvimos en actuar como
puntuales cronistas de salones, digamos de sociedad, y fuimos enumerando el
mujerío manifestante, en sus dos estamentos constitutivos. La fatalidad
política había confundido lo más aristocrático con lo más villanesco. Y sobre
la bullanga femenil oíamos una estruendosa carcajada de la Moral Pública.
Oficiemos de
revisteros imparciales: allí estaban la Navalcarazo y la Yébenes, señaladas por
su furibundo catolicismo; la Campo Fresco, de agudísimo ingenio; la Belvís de
la Jara, la Ruy Díaz, ilustres importadoras de toda elegancia francesa; la
Villares de Tajo y [273] la Gamonal, flor y nata de la aristocracia burguesa;
la Trastamara, la Monteorgaz, la Villaverdeja y la Tordesillas, de remoto
abolengo histórico. Entre los caballeros vimos a Paquito Uclés, a Pepe Armada,
Jacinto del Pulgar, Guillermo de Arancis, Manolo Montiel y otros que sería
prolijo enumerar... De la otra banda deben ser citadas con preferencia Paca la
Alicantina, Marquesa del Cieno; la Eloísa, muy conocida en todos los
círculos... viciosos; la Clotildona, la Rosa Huertas, Pepa la Sastra,
espléndida de fofas carnes; la Napoleona, la Condesa del Real Cuño, la Sílfide,
la Moño Triste y otras tales, cuyos linajudos nombres se escapan avergonzados
de la pluma cuando queremos escribirlos.
Al volver yo de la
Castellana con Roberto Robert y Mateo Nuevo, encontramos a Pepe Ferreras, el
periodista más discreto y agudo de aquellos tiempos, hombre que sabía cual
ninguno poner el dedo en la parte doliente de todo suceso político y mostrar el
grave daño que padecíamos. «He visto la indigna comedia de esta tarde -nos
dijo-. No se concibe mayor oprobio de un país, ni mayor torpeza de las clases
altas, que nos han traído la intervención del fango social en la vida política.
En el estúpido atentado contra el Rey y en esta farándula repugnante veo yo el
principio del fin. La responsabilidad es de todos, sin excluir las
instituciones. Queríamos un Gobierno constitucional, sensato, estable, y en dos
años llevamos ya seis crisis si no recuerdo mal. En política todo puede
admitirse, [274] menos el barullo, el caos y la falta de orientación. ¿A dónde
nos lleva este don Manuel? ¿Continuará la marcha emprendida en su primer
Ministerio, o nos precipitará de tumbo en tumbo hacia lo desconocido? Digamos
con don Salustiano: Dios salve al Rey. A la Reina no hay que salvarla, que bien
alta está en el concepto público. Si ella gobernara, tendríamos Saboyas para
rato. Pero no nos caerá esa breva. Lo peor del caso es que todo esto, y
principalmente lo que esta tarde hemos visto, resulta en provecho de los
Borbones... Y yo pregunto a ustedes, señores republicanos tibios y calientes,
señores demagogos y socialistas de la Internacional, ¿harán ustedes algo duro y
hondo, algo que no sea esta labor de tontería y aturdimiento? Si no cambian de
tocata, la Restauración viene; vendrá traída por todos, y principalmente por
ustedes; la tendremos aquí después que armemos el gran barullo..., el gran
barullo... Y si no, al tiempo, al tiempo... el gran barullo».
Repitiendo la frase
última, rutinaria muletilla en él, se despidió de nosotros, y yo seguí
sopesando en mi mente las palabras proféticas del sutil periodista y augur Pepe
Ferreras. [275]
- XXIV -
En lo restante de
aquel Otoño, esta Nación sin ventura, como cuerpo en que circula sangre
viciada, se llenó de granos, manchas eruptivas y forúnculos, síntomas de la
enfermedad o gran barullo pronosticado por Ferreras. En todo el territorio del
Norte, alta Cataluña, Maestrazgo, provincias de Levante, apareció la sarna de
las partidas carlistas, y tras ellas vino el picor y desazón de las partidas
republicanas. No sabía el Gobierno a dónde acudir primero: aquí salía del paso
rascándose; allá se aplicaba emolientes; nos contentábamos con ir viviendo, con
ir tirando, mientras el mal estuviera limitado a la fea y desapacible afección
dermatológica... Continuaban infructuosamente mis diligencias para encontrar a
la Madre Mariana. Si por una parte me dolía mi orfandad, por otra tuve algunas
satisfacciones de carácter doméstico. La intranquilidad en que Obdulia y yo
vivíamos se calmó con las noticias que de Villaviciosa trajeron el ordinario y
otras ordinarias personas. Lejos de mejorar, Aquilino iba de mal en peor, por
la falsa soldadura de la clavícula, y aún tenía camastro para otros dos meses o
más. Eso íbamos ganando.
Con los dinerillos
que dio a mi mujercita la Marquesa de Navalcarazo, por ciertas labores de
aguja, y algo que yo ganaba escribiendo [276] en El Diario del Pueblo, fundado
por mi amigo Valero de Tornos, pagábamos nuestro pupilaje, y aún nos restaba
para menudencias y honestos placeres. Debo decir, entre paréntesis, que en mi
Obdulia se armonizaba el romanticismo con las cualidades del perfecto
economista. Gracias a ella podíamos regalarnos diariamente en La Perla, yo con
mi café, ella con su vasito de leche merengada.
Los billetes del
periódico nos permitían el goce del teatro: en el Circo de Paúl nos
entreteníamos oyendo a la Williams, actriz bonita y salada que con el gracioso
Rosell representaba el Mambrú, pieza de circunstancias llena de picardía. En el
Teatro Circo vimos dos o tres veces el famoso zarzuelón Barba Azul; en
Capellanes nos descuajábamos de risa con la desvergonzada revista Los prófugos
de Ultramar, sátira del escándalo de los Dos Millones que, según la gente
maliciosa, afanaron Sagasta y el pollo antequerano.
Pero lo que más nos
encantaba y divertía era el arte maravilloso de la célebre prestidigitadora
Benita Anguinet, en Variedades. Titulábase la función Los milagros de la
brujería, y como yo había sido un poco brujo hallaba singular deleite en aquel
espectáculo de escamoteos, sorpresas, juego de luz y tinieblas, que confundían
la mentira con la realidad. Era la Anguinet una señora simpática, gorda sin
menoscabo de su agilidad: encontraba yo en ella un parecido notable con Pepita
Izco, heroína de mi breve idilio místico [277] y sensual de Durango. Por esta
razón eran más calurosos mis aplausos a la mágica de opulentas carnes y
sortilegios diabólicos. Una noche, estando Obdulia y yo en segunda fila, vi en
la primera a mi pasado amor María de la Cabeza Ventosa de San José. Estaba con
Alberique. A la salida nos miraron con desdén olímpico, como diciendo adiós
pobreza. Les pagamos en peor moneda, riéndonos descaradamente de su inflado
empaque burgués.
Entrado ya Diciembre,
el buen pueblo republicano de Madrid agregó al interés de los teatros un
motincillo callejero, nuevo síntoma de la grave dolencia hispana. Hallábase una
noche deliberando la Junta Suprema del Consejo de la Federación Española,
cuando sonaron tiros en la Puerta del Sol. ¿Qué ocurría? Que los Comités de los
distritos habían acordado, por sí y ante sí, lanzarse a la calle. Corriose la
trifulca a la Plaza de Antón Martín, tradicional baluarte republicano, y allí
fue sofocada por las tropas que llevó el General Pavía. Entre los
revolucionarios figuraban el famoso Espiga, el comandante Decref y Carlos Caro,
Cerrudo y otros paisanos. Hubo bastantes heridos y un solo muerto, el lacayo
del coche de Ruiz Zorrilla, víctima inocente del celo de un diputado, señor
Boceta, que se empeñó en recorrer el campo de batalla en el propio carruaje
oficial del Presidente del Consejo.
Los treinta y cinco
prisioneros de aquella descabellada intentona fueron puestos en libertad [278]
a la mañana siguiente... A mi parecer, produjeron aquel fugaz movimiento Las
Hojas Revolucionarias que, a falta del periódico Tribunal del Pueblo,
publicaban mis amigos de la calle de la Montera. Entre aquellas Hojas obtuvo
enorme circulación la titulada El Rey se va, escrita por la propagandista
republicana Modesta Periú. No era ella la única hembra que valerosamente
luchaba por la Causa, pues otra, llamada Guillermina Rojas, anduvo a tiros con
las tropas de Pavía en la plaza de Antón Martín.
A los pocos días de
esta zaragata, los buenos y sencillos revolucionarios se las prometían muy
felices. Hallándome yo una noche en la redacción de El Diario del Pueblo
escribiendo mi Crónica del día, vino a darnos plática un amigo, jovenzuelo y
candoroso, el más activo satélite de don Juan Contreras y del Consejo Federal,
que forjaba los rayos de la revolución. «Ya la tenemos armada, querido Tito -me
dijo con sigiloso misterio-. Ahora va de veras. Será cuestión de días el
triunfo de la República Federal. Sevilla, Barcelona, Cádiz, Cartagena, están a
punto de pronunciarse. La Junta Suprema y los prohombres han discutido largos
días, triunfando al cabo la idea del levantamiento general. Esto que te digo lo
sé por el propio García López...
»Puedes estar seguro,
como si lo hubieras visto, de que anoche salió para Andalucía Nicolás
Estévanez. ¿Crees que va de paseo o a echar discursos? No, chico. Lleva la
sagrada [279] misión de cortar todos los puentes de Despeñaperros, de levantar
partidas, sublevar las poblaciones de Linares, Andújar, Bailén, La Carolina,
cerrando al Gobierno toda comunicación con las plazas de Andalucía. Tú conoces
a Estévanez; comprenderás lo que puede esperarse de su capacidad y audacia.
Nicolás es el águila de las guerrillas. No te digo más... Dentro de algunos
días podremos decir, no El Rey se va, como nuestra brava heroína la Modesta
Periú, sino El Rey se ha ido. Día de júbilo tendremos. ¡Con qué gusto veré
partir a don Amadeo, al Dragonetti y a los rufianes que ha traído de Italia
para sus trapicheos amorosos! Lo sentiré tan sólo por la Reina, francamente lo
digo. Esta doña María Victoria es tan buena y simpática que no parece Reina,
sino una señora cualquiera. Yo me quito el sombrero al verla pasar, y le perdono
el ser italiana. Ya sabes que cría a sus hijos. Me consta que este verano,
paseando por las inmediaciones del Escorial, encontró un niño abandonado que
chillaba pidiendo teta. Pues lo recogió y le dio de mamar, no con biberón,
Tito, sino a sus propios pechos. Tú que sabes tanto de Historia, me dirás si
has leído algún pasaje de reinas o emperatrices que hayan hecho esto...».
Tomé nota mental de
los cuentos que me trajo aquel majadero inocente, y seguí observando los
acontecimientos que marcaban la fiebre y el creciente malestar de la Madre
España. Entre domésticos goces y fáciles trabajos transcurrieron los días de
Diciembre, [280] hasta la placentera semana de Navidad y Año Nuevo, que fue
para nosotros alegre y descansada por lo que voy a referir. Se hospedó en
nuestra casa por pocos días un rico labrador toledano, residente en Bargas, que
nos invitó a pasar las fiestas en su campestre vivienda, holgona y bien
abastada de cuanto ha menester la vida. Aceptamos con gratitud, y allá nos
fuimos con él en un galerín que salía de la Cava Baja. En el viaje y en el
pueblo todo nos pareció delicioso: el campo totalmente desnudo de árboles, nos
encantaba; la morada de nuestro amigo y anfitrión se nos antojó palacio
principesco; cuanto veíamos era reflejo del gozo de nuestras almas.
En don Casiano vimos
el más cumplido, el más gallardo y obsequioso hidalgo campesino; en su mujer,
doña Dulce, la más bella, la más airosa y afable dama labradora de estos
reinos; en sus cinco niños, cinco ángeles que reproducían la hermosura y
simpatía de sus padres. La casa, enorme y toda de planta baja, era el ideal de
la humana vivienda: anchurosas estancias, patios y corrales poblados de alimaña
volátil y de toda cuatropea cerdosa, ovejuna y caballar. Completo la figura del
gran don Casiano diciendo que militaba en el republicanismo federal, y que
tanto en él como en su linda consorte reconocimos las ideas más amplias y
generosas. Estábamos, pues, Obdulia y yo en el Paraíso terrenal, y nuestra
única pena era que antes de Reyes tendríamos que salir de él.
No hay que hablar de
la opulencia de las [281] comidas, del diario consumo de pollos, palomos,
conejos y cabritos. Lo que digo: aquello era más que el Paraíso, era Jauja.
Tenían los niños, en una de las principales habitaciones, un magnífico
Nacimiento con la mar de figuras, montañas de corcho, nubes de algodón, sin fin
de pastores, Reyes Magos, y un escuadrón de Húsares. Obdulia, que era maestra
en artes infantiles, les completó la decoración con ramaje de carrascas, un
lago cristalino, en que patinaban elefantes y camellos, y un ferrocarril que
comunicaba el Cielo con la Tierra. La Nochebuena, iluminado el altarejo con
innumerables candelas, brillaba como ascua de oro. Niños de la vecindad
agregados a los de casa, nos regalaron con el concierto angélico de panderetas,
zambombas, rabeles, cánticos y alilíes de entusiasmo.
A la mañana
siguiente, los ciegos, que recorrían el pueblo cantando villancicos, vinieron a
la casa, donde se les aseguraba copiosa limosna. Eran mendigos astutos y
oportunistas que variaban el sentido de sus coplas, acomodándolas a las ideas
de las personas cuyo aguinaldo requerían. Y como el buen Casiano gozaba en toda
la comarca fama de republicano ardiente, los ciegos cantaban de este modo el
natalicio del Hijo de Dios: Camina la Virgen pura - con San José liberal - para
el Santo Nacimiento. - República Federal. Venía luego el estribillo, que era el
Me gustan todas, con música de El joven Telémaco. [282]
Otras coplas copio
que nos hicieron mucha gracia: En la mitad del camino - iba San José cansado. -
Fue a llamar a una posada - y le salió un moderado. - A otra posada llamó, - ya
fatigado de andar, - y le dijo el posadero: - entra, Pepe federal. Por
aguinaldo recibieron, con la calderilla, un pan y un chorizo por barba. En la
calle les encontré luego, cantando también en forma libre para halagar al
pueblo cuyas ideas liberales conocían: Vinieron los pastorcitos - a besarle
pies y manos; - Jesucristo muy contento - porque eran republicanos. Me contaron
que en la casa del párroco, tachado de carcunda, cantaban así: Viva Jesús
Nazareno, - juez de nuestra Religión. - Viva Jesús Nazareno - y don Carlos de
Borbón. Frente al cura, como en todas partes, terminaban con el estribillo: Me
gustan todas, - me gustan todas, - me gustan todas - en general...
Con la llegada de los
Reyes Magos, día triste para los escolares, nos despedimos de nuestros
espléndidos anfitriones. Trance amarguísimo era dejar las ricas ollas, y el
trato exquisito de doña Dulce, su digno esposo y agraciada prole. Pero no había
más remedio. Proponiéndome yo no volver a Madrid sin pasar unos días en Toledo,
para que Obdulia pudiese dar un vistazo a la Catedral y demás monumentos, el
propio don Casiano nos llevó en un cochecillo a la Imperial Ciudad,
instalándonos en la Posada de la Sangre, donde nos pagó una semana de
hospedaje. Hombre tan bueno y dadivoso despertaba en mí tal [283] admiración y
gratitud, que hube de considerarlo como un enviado de Dios.
El tiempo húmedo y
ventoso no nos estorbó para recorrer y registrar las maravillas toledanas,
desde la inmensa Catedral, relicario de todas las artes, hasta los últimos
rincones arqueológicos, como el Cristo de la Luz y el Cristo de la Vega.
Rendidos de nuestras caminatas por las empinadas y torcidas calles, nos
acogíamos a nuestra Posada, al amparo de la sombra del amigo Cervantes. Una
noche, cenando en anchurosa cuadra junto a la cocina, vi a la Madre Mariana que
hacía por la vida en una larga mesa, poblada de arrieros y caminantes. Dos
mujeres estaban a su lado, y todos los comensales departían alegremente. Con
respeto supersticioso me acerqué a la Señora y le besé la mano. Ordenó ella que
Obdulia y yo nos agregáramos a su compañía, y así lo hicimos gozosos. «Celebro
encontrarte, querido Tito -me dijo-. Aquí me tienes descansando en esta ciudad
que es uno de mis solares predilectos. Me distraigo remembrando cosas de
tiempos muy lejanos. Es dulce y confortante hacer revivir los Concilios de
Toledo, las cuitas del Rey Sabio, el Rito Mozárabe y charlar con los cardenales
Mendoza, Cisneros, Cilíceo, Carranza, y con mis buenos amigos Juan Guas y el
Greco».
Oyendo a la Señora
creí encontrarme en los senos vaporosos de un mundo quimérico. Las dos mujeres
que acompañaban a la divina Clío atrajeron poderosamente mi atención. [284] La
una, bella y altiva en su madurez, era la mismísima Viuda de Padilla; la otra,
joven y bonita, Santa Leocadia... Entre los hombres, todos de vigorosa
complexión goda o castellana, de rostros enjutos y tallas procerosas, vi al Rey
Wamba, a San Ildefonso, a Jiménez de Rada y Jiménez de Cisneros, a Illán de
Vargas, al Pastor de las Navas, y a otros, extranjeros españolizados, que eran
sin duda Copín de Holanda, los Borgoñas y Theotocópuli. También creí reconocer
al poeta Garcilaso y al comunero Padilla.
- XXV -
Cenamos diferentes
manjares castizos; se obscureció la estancia, y al volver en tropel a nuestros
dormitorios, Mariana me estrechó la mano diciéndome: «Descansa un poco, que en
el primer tren de mañana nos iremos a Madrid. No sé si sabrás que está a punto
de estallar un huracán político por susceptibilidades y resquemores de los
caballeros de Artillería. No te digo más por esta noche...».
En efecto, reunidos
en el tren, a temprana hora, Mariclío prosiguió de esta manera sus graves
informes: «El ventarrón nos ha venido por el nombramiento de don Baltasar
Hidalgo para el mando de una división en el Ejército del Norte o de Cataluña...
no estoy bien segura: lo mismo da. Recordarás la parte que se atribuye a
Hidalgo en los trágicos acaecimientos [285] del cuartel de San Gil (1866).
Fuera o no culpable el entonces capitán de Artillería, sus compañeros le
tomaron entre ojos. Apartado del Cuerpo, Hidalgo ha prestado servicios en Cuba;
ha merecido y obtenido ascensos: hoy es Mariscal de Campo, sin que sus
compañeros de Arma hayan protestado de verle en tan alta jerarquía. El disgusto
de ahora se funda en que los artilleros no quieren ser mandados por don
Baltasar. Distante de Madrid he formado el juicio de que esto es un aparato
político para derribar al Gobierno y poner en graves apreturas al pobre Amadeo.
Sé que los llamados Constitucionales andan en este enredo y que los oficiales
de Artillería se reúnen nocturnamente en casa de Ulloa. Pronto se sabrá la
verdad. Hoy se abren las Cortes, allí parirán estos montes y veremos sí sale
ratoncillo inocente o dragón infernal».
Mientras hablaba la
Señora examiné a las dos mujeres que iban en su compañía. Ya no vi en ellas las
poéticas facciones de la viuda de Padilla y Santa Leocadia, sino, antes bien,
vulgares rostros de dos criadas, que al propio tiempo eran marisabidillas
capaces de escribir al dictado sendos tomos de Historia. Con una de ellas
charlaba Obdulia, refiriéndole sus impresiones de Toledo, y la otra me dio
noticias del nuevo incendio de guerra civil en el Norte y Cataluña. Las
facciones de Guipúzcoa, mandadas por Lizárraga, pisoteaban el Convenio de
Amorevieta; Durango ardía en pasiones belicosas; Pepita Izco, olvidada [286] de
mí, bordaba banderas para los batallones de la Fe, y mi amigo Choribiqueta,
dando de mano a su atavismo, presentía ya que podían caber dos epopeyas dentro
del espacio de un solo siglo. Horizontes teñidos de sangre cerraban la vista
por el Norte y parte de Levante. La pobre España, arrullada en los brazos de la
Fatalidad, aguardaba su sentencia de muerte o vida con expectación pavorosa.
Al llegar a Madrid,
doña Mariana concertó conmigo lugar y ocasión para comunicarnos; podía yo
prestarle ayuda en la grave crisis que el Destino elaboraba en su profundo
taller histórico. Conforme a estas advertencias, una mañana, entrado ya
Febrero, me llamó a la casa del reverendo sacerdote don Hilario Peña, a quien
hallé trabajando en su biblioteca, algo aliviado de la gota, metido en el
laborioso afán de terminar su magna obra del Clero Mozárabe. Frente a él, en la
misma mesa atestada de librotes y papeles, escribía rápidamente la Madre
Mariana en largas hojas de papel pergaminoso. Apenas me acerqué a ellos para
saludarles, vi entrar a Graziella, trayendo servicio de café con leche y
tostadas para los dos, mejor dicho, para los tres, pues me invitaron a
participar de su desayuno. Entraba y salía la ninfa, diligente y cuidadosa,
como ama de llaves sobre quien pesa el gobierno de una casa. No hablaba más que
lo preciso. Pasado un rato, cuando el cura, la Madre y yo hablábamos de los
asuntos públicos, reapareció con bayetas [287] calientes para defender del frío
las piernas y pies de su amado señor.
«Hemos sabido -me
dijo la Madre- que el Rey de Italia ha escrito a don Amadeo ordenándole que a
todo trance se sostenga en el trono, para lo cual es indispensable que se ponga
al lado de la oficialidad de Artillería, y que no consienta la disolución de un
Cuerpo tan noble y fuerte. Tenemos, pues, que Amadeo se coloca frente a su
Gobierno. Si prevalece el criterio del Rey, veremos a Ruiz Zorrilla y a sus
radicales hechos polvo. Volverá el Duque, volverán los unionistas con los
resellados del progreso. ¿Qué ocurrirá después?... Ven acá, Graziella: tú, que
eres el numen de la nueva Italia, traído a nuestra tierra como un soplo
vivificador, dinos lo que te inspiran tus hermanas las ninfas del Arno y
Tíber».
La vivaracha
Graziella, que en aquel momento acababa de poner bajo los pies de don Hilario
una estufilla con brasas de carbón de encina, apoyó sus codos en la mesa, y en
el tono jovial y picaresco que tan bien se armonizaba con su liviandad, nos
dijo: «Víctor Manuel teme a los Carbonarios, teme a los sectarios de Mazzini y
a los venecianos que han heredado las doctrinas de Manín. No quiere que se pase
más allá de la Monarquía democrática. Le asusta la República; cree que si su
hijo flaquea en España y se deja arrollar por el radicalismo, tengamos aquí un
ensayo de Gobierno popular con gorro frigio. La dichosa monterita es para él
como para [288] mí la mala sombra, la getattura. Le dice a su hijito que se
arrime a los cañones. Sin cañones no se puede vivir. Lo mismo pienso yo, que
también soy de artillería. Como venga el gorro colorado, el Rey galantuomo ve
perdido el trono de Portugal, donde tiene a su hija María Pía, perdido el trono
de España, en peligro también el suyo, aunque asentado en la popularidad».
-Si es verdad lo que
nos cuenta esta loca -dijo don Hilario-, tenemos resuelta la cuestión. El Rey
se va con los caballeros de Artillería; Zorrilla y Córdoba se meten en sus
casas; vuelve el Duque... Resulta que aquí siempre estamos lo mismo. Entran y
salen los eternos perros sin tomarse el trabajo de cambiar sus collares.
-Lo que yo veo, mi
buen don Hilario -dijo Mariana-, es que aquí andan sueltas todas las pasiones
menos la del patriotismo, única pasión que da salud y vida a los pueblos
enfermos. Ya sabemos quién es el Ginés de Pasamonte que mueve los hilos de este
retablo. Al pobre Amadeo le ponen en un dilema de mil demonios: de una parte su
juramento de Rey constitucional; de otra la conservación de un trono que unos y
otros han convertido en mueble de guardarropía. Aquí despuntan acontecimientos
dignos de mí. Graziella, sácame del arca grande mis borceguíes de tacones de
plata...
En la segunda visita
que días después les hice, me recibió Graziella sola, luctuosa y suspirante.
Don Hilario estaba en cama, con [289] ataque agudísimo. Doña Mariana, que había
salido a sus menesteres y a visitar a sus hermanas, no tardaría en volver.
Decidime a esperarla para comentar con ella el suceso corriente. Las Cortes
habían discutido la disolución del Cuerpo de Artillería, aprobando la conducta
del Gobierno por ciento noventa y un votos.
«Gettatura, gettatura
-exclamó la ninfa, llevándose las manos a la cabeza-. ¡Los ciento noventa y uno
que le trajeron, ahora le despiden!». Desapareció la hechicera voluble y yo me
quedé solo en la biblioteca, sin otra distracción que leer los tejuelos de los
libros y curiosear en los rimeros de papeles. Llegó Mariclío; hablamos un rato;
volvió a salir presurosa. No sabré dar medida del lapso de tiempo que permanecí
solito en la silenciosa estancia. Anocheció; me adormecí en la holgada blandura
de un sillón. Conservo la vaga idea de haber visto a Graziella entrar con una
triste lamparilla de catacumbas. La tenue claridad nocturna se fue trocando en
luz de claro día, y cuando mi cerebro se despejó de las nieblas del sueño,
advertí con espanto que no estaba en la biblioteca del docto don Hilario, sino
en la quimérica gruta de aquella casa del número 16, tragada por la tierra en
Maravillas o Monteleón. Entró la diablesa itálica desgreñada y en paños menores
a traerme café con leche; y poco después llegó doña Mariana, de cuyos labios,
para mí divinos, oí la grave relación que a la letra copio: [290]
«El nudo se ha roto
ya, y a estas horas el arduo conflicto artillero ha pasado al montón de los
hechos consumados. Las consecuencias serán por algunos bien vistas, por otros
lloradas... Los jefes y oficiales, doloridos por el agravio que a tan noble
Cuerpo se infería, presentaron, como sabes, solicitudes de cuartel, retiro o
licencia absoluta según la situación de cada uno. Como era natural, el Gobierno
las admitió. Paralelamente a esta moral de los ofendidos, los Generales
palatinos Gándara, Rosell y Burgos, en connivencia y contacto secreto con
Serrano Bedoya, el Duque de la Torre y todo el patriciado constitucional,
preparaban un acto de audacia política que bien podría llamarse golpe de
Estado. Del Rey te diré que patrocinaba el movimiento conforme a las ideas,
planes y temores de su señor padre. La Casa de Saboya se asusta del radicalismo
y pretende afianzar en las dos penínsulas la Monarquía democrática».
-Ya lo sabemos, Madre
-dije yo-. El numen italiano no quiere cuentas con la República. Víctor Manuel
cree que está lejos aún la emancipación de los pueblos latinos.
-Así es, hijo mío
-prosiguió Mariana-. La conjura para sacar triunfante al Cuerpo de Artillería
no vacilaba en rebasar los linderos de la prudencia. No bastaría derribar al
Gobierno radical; era forzoso barrer el Parlamento, en cuyo seno convulso
ciento noventa y un votos aprobaron la reconstitución [291] del Arma de
Artillería, elevando a los sargentos a la categoría de oficiales y
substituyendo los jefes con individuos técnicos de otros Cuerpos. Para dar eficacia
positiva al pensamiento de los conjurados se acordó el siguiente plan:
Enganchadas las baterías en el cuartel de San Gil y en el del Retiro, con su
oficialidad y jefes naturales a la cabeza, saldrían a la calle con la
marcialidad que es de rigor así en las paradas como en los pronunciamientos.
Los de San Gil debían detenerse en la puerta del Príncipe, donde se les
incorporaría el Rey con el escuadrón de su Escolta. Dado este paso, ¿qué
faltaba ya? Seguir adelante, disolver las Cortes y crear la dictadura interina,
de donde saldría un nuevo artificio constitucional, impuesto por las
circunstancias... Preparado estaba ya todo, cuando llegó de Palacio la
contraorden. No había nada de lo dicho. A desenganchar. Quedaron los soldados
en su ordinaria vida de cuartel y los jefes y oficiales se acogieron al
descanso de sus casas.
-Ya me figuro el
reverso de la escena, señora Madre; mejor será decir que lo adivino. Con el
fuerte apoyo que le daba la confianza de las Cortes, Ruiz Zorrilla llevó a la
sanción del Rey el Decreto reorganizando el Cuerpo de Artillería, y don
Amadeo... fue débil...
-Débil no, querido
Tito. Fue consecuente con los compromisos que le impuso su dignidad al venir a
España. Reflexionó; hizo exploración de su conciencia; puso fin con [292]
solemne arranque a sus veleidades y ligerezas. Recordó su juramento ante las
Cortes. Sus ojos vieron en letras de fuego las palabras memorables con que
expresó su propósito de no imponerse a la soberanía de la Nación, y firmó.
-Y ya tenemos a los
sargentos en los puestos de los oficiales. Me da en la nariz que algunos de los
agraviados ofrecerán sus servicios a Carlos VII.
-Así será, hijo mío.
La Nación está en presencia de graves turbaciones y luchas sangrientas. Para
salir viva de ellas necesita sacar de su ser el poder anímico que hoy parece
adormecido. Fracasada la conjura de los constitucionales, la rabia del pataleo
les inspira resoluciones sumamente cómicas. Entérate de esto: la Duquesa de la
Torre ha dimitido su cargo de Camarera Mayor de la Reina, y el Duque renuncia a
todos sus empleos, títulos y condecoraciones. La figura de Amadeo se ha crecido
a mis ojos. Presumo que en su mente germina y florece la idea de la abdicación.
¿Estamos frente a un acontecimiento digno de mí?
Sorprendido quedé
viendo el arrogante ademán con que Mariana se levantó de su asiento. La
sorpresa fue pasmo y admiración cuando la vi transfigurada de vieja caduca en
matrona gallarda, de rostro helénico y figura escultórica. Temblé de emoción al
oír el vibrante sonido de su voz, pronunciando este imperativo llamamiento:
«Graziella, ven; ha llegado la hora. Saca del arcón mi clámide [293] más
hermosa. Tráeme la diadema y el coturno... ¿No entiendes, tonta?... Mis
borceguíes de tacones de oro».
- XXVI -
Con potente acción de
mi voluntad sobre mis sentidos logré desembarazarme de aquel mundo quimérico, y
me restituí a la vida normal, volviendo a mi casa y a la comunicación afectuosa
con mis amigos. Valero de Tornos, alfonsino, y Ramón Cala, republicano, me
llevaron al Congreso, y en pasillos, tribunas y Salón de Conferencias noté
agitación y vocerío que me recordaban el gran barullo, pronóstico de Ferreras.
Por aquel cálido y tempestuoso ambiente corría como centella esta frase
lumínica: El Rey abdica. Pepe Ferreras, que por su autoridad y claro sentido de
las cosas formaba corrillo en cuanto hablaba, puso el paño al púlpito y nos
dijo: «Don Amadeo se va; don Amadeo vuelve la espalda a este pueblo de orates y
nos deja entregados a nuestras propias locuras. No creáis, como algunos dicen,
que a la Reina le cuesta trabajo desprenderse del Trono español. Es todo lo
contrario». Como sobre este punto se moviera ligera discusión en el corrillo,
el buen zamorano, mascando un puro rebelde al fósforo y a las quijadas,
prosiguió así:
«Por una dama
discretísima, la más afecta [294] a Su Majestad la Reina, he sabido que esta
planteó a su marido la cuestión en forma concluyente. No tenía ya paciencia
para soportar los desprecios del patriciado de señoronas, que habían
manifestado con descortesía su fanatismo y su inferioridad mental. ¿Querían
Borbones? Pues dárselos. La santa Señora, que siente nostalgia honda de su
tierra y de su casa ducal, saldrá de aquí dejando memoria eterna de sus virtudes.
A cambio de esto no se llevará ni una hilacha. Huye de nosotros para librarse
de los dos fantasmas que llenan su alma de terror: el carlismo y la
Internacional. Anhela sacar a su esposo y a sus hijos de un país donde no hay
hombres que sepan domar las pasiones, y establecer un Gobierno que sea garantía
de la libertad y de la paz... Estos sentimientos y razones han ganado el ánimo
del Rey, que, como ustedes saben, no tiene ambición. La Corona no le deslumbra;
por conservarla y traer a la razón a los elementos que componen esta olla de
grillos no quiere emplear la fuerza, ni derramar sangre española. Por tanto, es
irrevocable su resolución de abdicar la Corona, y así lo ha manifestado a don
Manuel Ruiz Zorrilla... Así lo ha manifestado... así lo ha dicho».
Más tarde,
recorriendo distintas cavidades de aquel horno de pasiones y disputas, me
encontré a otro corrillo donde Llano y Persi y don Santos La Hoz vaciaban en
los oídos las noticias más recientes: el Rey había encargado a don José de
Olózaga el mensaje de [295] abdicación; mas no habiéndole gustado la forma y
algunos conceptos del documento, encargó nueva redacción de él a don Eugenio
Montero Ríos. Llegó en esto la noche, y el zumbar de colmena aumentaba en el
Congreso. Metiéndome en todos los corrillos vi al propio Rivero esculpiendo,
con su voz dura y su gesto autoritario, la Historia de España en aquella
memorable noche del 10 al 11 de Febrero de 1873. Por la voz, el ceño y el
ademán, don Nicolás María Rivero era un cíclope ceceoso que hablaba dando
martillazos sobre un yunque. Oponíase airadamente a la pretensión de Zorrilla
que, acariciando aún la esperanza de disuadir al Rey de su propósito, intentó
suspender las sesiones de Cortes. Rivero, firme y tozudo en la idea contraria,
quería reunir Senado y Congreso, constituyendo así la Asamblea Nacional
(llamada por algunos Convención), que al recibir la renuncia del Rey asumiría
todos los poderes.
Como teníamos jarana
para toda la noche, me fui a cenar con Ramón Cala y don Santos la Hoz a la
taberna de la calle del Turco, donde es fama que se dieron cita los matadores
de Prim. Volvimos al instante al Congreso, que estaba en sesión permanente. En
las inmediaciones del edificio, por Floridablanca y Carrera de San Jerónimo,
había gentío expectante. Relajada la disciplina de ujieres y porteros,
entraban, salían y andaban por aquella casa los ciudadanos, en revuelta
familiaridad con diputados y senadores. Corrían [296] de grupo en grupo
noticias estupendas. En uno se aseguraba que ya no había nada de lo dicho, que
el Rey se quedaba entre nosotros, ganoso de nuestra felicidad; en otro decían
que los constitucionales procuraban entenderse con el Gobierno para buscar la
consabida y tan acreditada fórmula de concordia, que permitiera seguir turnando
mansamente en los pesebres del presupuesto; más allá oímos que Serrano enviaba
un recadito al General Moriones para que acudiese a Madrid con algunas fuerzas.
En estas
contradicciones y resoplidos del gran barullo de Ferreras se pasó la noche. Me
fui a dormir a mi casa, y en la mañana del 11 traté de volver a mi puesto o
atalaya de la Historia. Pero a la familiar licencia de la tarde y noche
anteriores para franquear el edificio, había sustituido un rigor extremado. Los
ujieres no dejaban pasar ni una mosca, y hube de mantenerme en la calle
observando los grupos que circundaban el templo de las leyes. Allí me encontré
con las furibundas mesnadas de Mateo Nuevo, de García López y con muchos
individuos de la Junta Suprema del Consejo de la Federación Española. Vi
cuadrillas de hombres armados, inquietos y vociferantes. Busqué ávidamente
entre la multitud a Nicolás Estévanez, y no le hallé ni nadie me dio razón de
él. Ya perdía yo la esperanza de colarme en el Congreso, cuando mi buena suerte
me deparó a Moreno Rodríguez, a cuyos faldones me agarré para romper la
terrible consigna porteril. En las [297] tribunas no se cabía. Cuando pude
meter el hocico en la de la Prensa, con terribles ahogos y apreturas, ya se
había leído el mensaje de abdicación de Amadeo I. Poco después conocí el
documento y pude apreciar su entonación viril y el amargo lamentar de un Rey
que no logró la paz y ventura de sus pueblos. Quejándose de la crudeza
implacable con que luchaban los partidos, decía: «Si fuesen extranjeros, al
frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería yo el primero en
combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra
agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles, todos invocan el
dulce nombre de la Patria, todos pelean y se agitan por su bien, y entre el
fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los
partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es
imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el
remedio para tamaños males».
En otro lugar se
expresaba de este modo: «Nadie achacará a flaqueza de ánimo mi resolución. No
habría peligro que me moviera a desceñirme la Corona si creyera que la llevaba
en mis sienes para bien de los españoles...». A renglón seguido pedía, en su
nombre y en el de su esposa, que se indultase a los autores del atentado de la
calle del Arenal. Y terminaba, con frase patética, haciendo renuncia de la
Corona por sí, por sus hijos y sucesores, y despidiéndose de la noble y [298]
desgraciada España con toda la efusión de su alma generosa. Suspendieron la
sesión para redactar la respuesta que las Cortes debían dar al Rey
dimisionario. Crecía la efervescencia en el interior del Congreso, y fuera la
inquietud popular era ya imponente. Para calmar los ánimos, salió Figueras a
una ventana, por la calle de Floridablanca, y pronunció una breve arenga, cuya
síntesis era esta: «De aquí saldremos muertos o con la República votada».
Encargado Castelar de
contestar al Rey, redactó en breve tiempo un elocuente mensaje. Se reanudó la
sesión. Presidía Rivero; a su lado se sentaba Figuerola, presidente del Senado.
Los escaños rebosaban de legisladores de diferentes capacidades y cataduras.
Todo lo que allí pasaba era irregular y contrario a la Constitución, según la
cual no podían deliberar juntas en ningún caso las dos Cámaras. Sobre el fondo
de un silencio majestático fue leído el mensaje de Castelar, un adiós
ceremonioso al Rey caballero, que prefería la paz de su hogar al tumulto de una
Patria hirviente y postiza. El estilo grandilocuente y ampuloso del orador
poeta lucía en todo el documento. Flores y más flores arrojaban las Cortes
sobre la persona del Soberano dimitente y de su augusta y amada esposa. Se les
despedía con galas retóricas, lindísimas y bien olientes, ofreciéndoles, como
poético galardón, la ciudadanía de un pueblo independiente y libre. Ite, missa
est. [299]
- XXVII -
Sin discusión fueron
aprobadas la renuncia del Rey y la respuesta o responso que le dieron las
Cortes al asumir todos los poderes. A Palacio acudió una Comisión presidida por
Rivero, la cual debía poner a manos de Su Majestad dimisionaria los tiernos
adioses de la tan noble como desgraciada España. En el acto palatino, que según
me dijeron fue solemne y triste, Rivero, con la trémula voz de un cíclope
conmovido, pidió al Rey y a la Reina el honor de estrecharles la mano, y no hay
que decir que tal honra le fue cordialmente otorgada. Los Reyes dijeron para
sí: Adiós, mundo amargo.
Primer trámite del
Parlamento después de lo relatado fue la renuncia del Gobierno, que ya estaba
como el alma de Garibay. Inmediatamente se presentó la proposición pidiendo que
se proclamase la República. El debate fue ordenado y serio, sin más acritud que
el corto pero grave altercado entre Martos y Rivero. Este, movido de su
temperamento irascible y despótico, exigió duramente a los que fueron ministros
de don Amadeo que ocuparan interinamente el banco azul. Saltó Martos de su
asiento, como enconada fierecilla, y con aplauso del Congreso dijo entre otras
cosas: «No está bien que empiecen las [300] formas de la tiranía el día en que
se despide el poder monárquico». Estas palabritas hirieron a don Nicolás en lo
más vivo, obligándole a descender, con runflante protesta, del augusto
sitial... ¡A votar, a votar! Doscientos cincuenta y ocho votos contra treinta y
dos decidieron que España no era ya Monarquía, sino República. Laus Deo.
Procediose a elegir
Poder Ejecutivo. He aquí el primer Ministerio de la República: Presidencia,
Figueras. -Estado, Castelar. -Gobernación, Pi y Margall. -Gracia y Justicia,
Salmerón (don Nicolás). -Hacienda, Echegaray. -Guerra, Córdoba. -Marina,
Beránger. -Fomento, Becerra. -Ultramar, Salmerón (don Francisco). Cuatro de
estos señores pasaron de ministros de don Amadeo a ministros de la República
con la corta pausa de un trámite parlamentario. Martos vitoreó calurosamente a
la República, a la integridad de la Patria y a Cuba española, y Figueras
anunció días de ventura bajo un régimen de concordia, paz y libertad... El
cambio de instituciones, que parecía mutación teatral con subir y bajar de
telones pintados, fue acogido por el pueblo con alegría más expansiva que
escandalosa. Las multitudes que invadían las calles próximas al Congreso se
difundieron fraccionándose. El más nutrido destacamento fue a parar a la Puerta
del Sol, irradiando su ardor patriótico con vítores, cánticos, músicas y
desahogos inocentes, sin molestar a nadie ni llegar a las tonalidades
demagógicas. En Antón Martín el tumulto fue más [301] vivo, y aparecieron
banderas aparejadas precipitadamente por ciudadanas en quien se juntaban el
republicanismo y la majeza. En la Plaza de la Cebada, en Maravillas, San Gil y
demás puntos estratégicos de las expansiones madrileñas, el entusiasmo no
traspasó los límites de la moderación. Ello fue como un plácido regocijo
lugareño, festejando la traída de aguas o la elección de un alcalde muy querido
en la localidad.
Con puntualidad
absolutamente espontánea, pues no mediaron órdenes ni avisos, aparecieron
iluminados casi todos los balcones de Madrid en la noche del 11 al 12 de
Febrero. Obdulia y yo recorrimos algunas calles, y en las de Alcalá y Arenal
contemplamos las lucecitas balconarias, haciendo de todas ellas recuento y
análisis. Eran como letras, palabras y conceptos de una página histórica,
escrita con hachones y farolillos. Sin más auxilio que nuestro criterio y el
conocimiento en cierto modo adivinatorio que teníamos del vecindario
matritense, leímos aquella página y la diputamos por vergonzosa y repugnante.
Las casas de los republicanos, que eran los legítimos triunfadores en la
jornada del 11 de Febrero, estaban a obscuras, y en cambio los palacios aristocráticos,
las moradas de las damas católicas y de los señorones alfonsinos y carlistas
brillaban con espléndido alumbrado, signo de lisonjeras esperanzas. Mayormente
nos escandalizó la cínica refulgencia de las casas donde se albergaban los
corifeos del viejo [302] progresismo, que hasta el día 10 fueron cortesanos y
servidores de don Amadeo.
Pasando junto al
Teatro Real en dirección de la plaza de Oriente, me tocó en la espalda,
llamándome por mi nombre, una mujer enlutada, cubierto el rostro de negro velo.
Por la voz conocí a Graziella, y rogándole que abandonara el tapujo, le dije:
«Numen de Italia, ¿también tú nos dejas?».
-Bien quisiera volver
a mi Patria -contestó la ninfa con voz tremante-. Esta patria postiza me
rechaza. ¡Oh, España!... Vedo l'armi, vedo le mure, ma la gloria non vedo.
-Hechicera del Arno y
Tíber, hija del Cardenal Fieramosca, ¿quién te trajo a España?
-Me trajeron, diez
años ha, unos pobres coristas de ópera. Era yo mocita cuando mis padres
rebuznaban, en este teatrón, los corales del Moisés y de La Gazza Ladra. Ya
sabes lo que fui cuando abandonada de mis padres me metí en la vida
traviattesca. Mucho he visto, mucho aprendí en esta tierra de la donosa
picardía... Dragonetti me conoce bien. Voy a Palacio a despedir a unos
parientes míos que moran en las alturas, los rufianes del Rey. Quiero dar a
todos mis tiernos adioses.
-Sigue mi consejo,
Graziella, y vete con los de tu raza.
-No puedo, queridos
amigos Tito y Tita; que en Madrid he de quedarme al cuidado de mi anciano
protector y amigo del alma don Hilario. A proceder así me mueve con mi cariño
la ambición intensa que me llena toda [303] el alma. ¿Sabes lo que
ambiciono?... No te rías... Aspiro a que vosotros, los locos de la Federal,
hagáis obispo al sacerdote más ilustrado y virtuoso que existe en las Españas
míseras. Con el oro y la plata de mis ahorros le he comprado ya la mitra y
báculo... Dentro de pocos días adquiriré un magnífico pectoral que he visto en
el Monte y un soberbio anillo, que espero besaréis con devoción tú y todos tus
compinches... En fin, apresurad el paso, que yo tengo prisa. Si queréis entrar
en Palacio, venid conmigo.
En esto nos
hallábamos frente a la inmensa mole de la casa de los Reyes, huraña y obscura,
contrastando lúgubremente con las luminarias de la Burguesía infatuada y de la
Aristocracia enloquecida.
- XXVIII -
Momentos después, mi
Tita y yo, por virtud del poder milagroso que llevábamos en nuestras almas, nos
convertíamos en gatitos diminutos y recorríamos, con jugueteo y brincos
invisibles, la Saleta, la Antecámara y Cámara, y otras regias estancias. Un
hado benéfico, protector de nuestro sagaz espionaje, nos permitió ver el
solemne desfile que era fin y principio, engarce o eslabón entre dos
interesantes etapas históricas. Delante iban damas y palaciegos rodeando a las
servidoras que conducían a los dos niños mayores, [304] Manuel Filiberto,
ex-Príncipe de Asturias, de cuatro años de edad (5), y Víctor Manuel, de tres
años y dos meses (6). Seguía el ama que llevaba en brazos al ex infante Luis
Amadeo Fernando, nacido en Madrid el 29 de Enero: su edad, catorce días (7). En
torno a esta criatura se agrupaban los Marqueses de Dragonetti y otras personas
de alta jerarquía, italianas y españolas. Detrás iba don Amadeo grave y sereno,
sin expresar pena ni alegría, vestido de viaje. La corona y atributos monárquicos
se habían quedado en el suelo del Despacho del Rey, al pie del retrato de María
Luisa.
Daba el brazo el
Monarca dimisionario a su digna y santa esposa, doña María Victoria, envuelta
en pieles. No se le veía más que el rostro pálido, con marcadas huellas de
dolencia reciente. No parecía pesarosa de abandonar la colosal vivienda que fue
para ella lugar de ansiedad y martirio. A los que fueron sus servidores
despedía con sonrisa graciosa y afable. Creímos que les decía: «No me llevo más
que lo mío, marido y mis hijos. Os dejo todo lo vuestro, una corona que no
ambicioné y un título de Reina que no fue para mí más que una palabra vana».
Rodeaban a los Reyes
personas finchadas de estas que llaman hombres públicos. No transcribo nombres
porque no estoy bien seguro [305] de acertar en mis designaciones. Había entre
ellos algunos militares que en ocasión distinta enumeré en estas páginas.
Confundido entre la turbamulta, y como si quisiera ocultar con su persona su
desconsuelo, iba Ruiz Zorrilla, con luto y resignación en el rostro macilento.
En la cola de la procesión vi a mi adorada señora Mariclío, tan grande que no
había techo de suficiente alteza para su figura majestuosa. Vestía la clámide
griega, calzaba el coturno y ceñía su frente la diadema cuyos reflejos
iluminaban el Espacio y el Tiempo. Su rostro clásico, sus labios mudos y sus
ojos divinos decían: «Al fin encontré la página hermosa. Ahora soy quien soy».
El momento más triste
y grandioso de aquel éxodo fue el descender de la comitiva por la Escalera de
Honor, entre alabarderos rígidos, sin música ni voces que turbaran el fúnebre
silencio. Sólo el rumor de las pisadas marcaba el lento caminar de una época,
declinando hacia los senos del Tiempo que traen la sanción de los actos y el
juicio de la Historia.
Y nada más... Se
obscureció la escalera, se obscureció el Palacio, apagose el ruido de las
pisadas. Nos vimos envueltos en tinieblas de panteón...
FIN DE AMADEO I
Santander-Madrid,
Agosto-Octubre de 1910.

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