© Libro N° 5598.
¡Increíble Kamo! Pennac, Daniel.
Emancipación. Enero 19 de 2019.
Título original: © ¡Increíble
Kamo! Daniel Pennac
Versión Original: © ¡Increíble Kamo! Daniel Pennac
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
Libros
Tauro
http://www.LibrosTauro.com.ar
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición
de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://www.LibrosTauro.com.ar
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
¡INCREÍBLE KAMO!
Daniel Pennac
Kamo's mother
-¡Sólo tres respuestas correctas en inglés! —la madre
de Kamo tiró el cuaderno de notas sobre el mantel de hule—. ¡Estarás contento!
A veces lo tiraba con tanta violencia que Kamo daba un
salto para esquivar el café derramado.
—¡Pero he tenido un sobresaliente en historia!
Ella enjugaba el café con un gesto circular y al momento
aparecía una segunda taza humeante bajo la nariz de su hijo.
—¡Aunque tuvieras matrícula de honor en historia, no
harías que me tragara tu tres en Inglés!
Era su tema de discusión favorito. Kamo sabía defenderse.
—¿Acaso te pregunto yo por qué te han largado de
Antibio-pool?
Antibio-pool. un respetable laboratorio farmacéutico,
era la última empresa en que había trabajado su madre, Había aguantado diez
días, pero había acabado explicando a la clientela que el 95 % de los
medicamentos que fabricaban eran un camelo y que el 5 % restante los vendían
diez veces más caros de lo debido.
—¡Y pensar que todos los adolescentes del mundo hablan
inglés! Todos menos mi hijo. ¿Por qué mi hijo precisamente, vamos a ver?
—¡Y pensar que todas las madres del mundo conservan
su curro más de quince días! Todas menos mi madre. ¿Por qué mí madre
precisamente, vamos a ver?
Pero era una mujer a la que le gustaban los desafíos.
El día que Kamo le contestó aquello, estalló en una alegre carcajada (sí.
sabían hacerlo: pelearse y reírse al mismo tiempo) y luego lo dejó clavado en
el sitio, diciéndole mientras le apuntaba con el dedo:
—Vale, listillo: ahora mismo salgo a buscarme un nuevo
trabajo, voy a encontrarlo, voy a conservarlo, y dentro de tres meses tendrás
tú otros tres para saber inglés. ¿Trato hecho?
Kamo había aceptado sin vacilar. Me explicó que no
corría ningún riesgo:
—Con el carácter que tiene no podría aguantar ni de
farera: tendría bronca con las gaviotas.
Sin embargo, un mes después había encontrado un puesto
de redactara en un organismo internacional. Kamo fruncía el ceño:
—Algo de intercambios culturales, por lo que he entendido...
A veces volvía a casa tan tarde que Kamo tenía que
hacer la compra y la cena.
—Hasta se trae los papeles a casa, ¡te imaginas.?
Lo que me imaginaba sobre todo era que mi amigo Kamo
iba a tener que meterse en serio con el inglés. Habían pasado dos meses y cada
día tenía la cara más larga.
—-No te lo he dicho? ¡Trabaja también los domingos!
Y la última noche del tercer mes, cuando su madre fue
a darle un beso a la cama, Kamo tembló al ver su sonrisa de ángel victorioso.
—Buenas noches, querido mío. ¡Tienes exactamente tres
meses para saber inglés!
Noche de insomnio.
Es cierto que a la mañana siguiente Kamo trató de defenderse,
pero sin mucha convicción.
—¿Cómo quieres que aprenda una lengua en tres meses?
Abrigo, bolso y sombrero. Estaba ya lista para salir.
—¡Tu madre tiene la solución!
Abrió el bolso y le alargó una hoja de papel con una
lista de nombres propios claramente británicos.
—¿Qué es esto?
—Los nombres de quince corresponsales. ¡Eliges al que
o a la que quieras, le escribes en francés, él o ella te contesta en inglés y
dentro de tres meses eres bilingüe!
—¡Pero yo no conozco a esa gente! ¡No tengo nada que
decirles!
Hila le dio un beso en la frente.
—Haz el retrato de tu madre, explica con qué clase de
monstruo vives, eso te inspirará.
El bolso volvió a cerrarse con un «clic». Ella estaba
ya a! final del pasillo, con la mano en el picaporte de la puerta de entrada,
—¡Mamá!
Le dijo adiós con una seña amable, sin volverse.
—Tres meses, querido, ni un minuto más. Verás como lo
consigues.
Kamo's father
KAMO ya era bilingüe: francés-argot, argot-francés en
traducción directa e inversa... El inglés era una herencia de su padre. —¡El
argot es la lengua de los Parises, chaval!
Pero algunas veces los padres se mueren. El último
día, en la clínica, el padre de Kamo aún tuvo fuerzas para tomárselo a broma:
—Mala pata; hubiera preferido que llegara más tarde,
pero va a tener que ser ahora.
¡Qué blanca, la clínica!
Su madre hablaba con un médico en el pasillo. Negaba
con la cabeza, detrás del cristal. ¡No, no y no! El médico bajaba los ojos.
Sentado a los pies de la cama, Kamo escuchaba las
palabras que le susurraba su padre... sus últimas palabras...
—Comprobarás que tiene su genio. .Sólo hay una receta:
hacerla reír, le encanta. Si no cierras el pico y oído al parche. Siempre tiene
razón.
—¿ Siempre?
—Siempre. No se columpia nunca.
Kamo había creído durante mucho tiempo que era verdad
(que su madre jamás se equivocaba!. Pero ya no pensaba lo mismo.
—Esta vez se cuela. Nadie puede aprender un idioma en
tres meses. ¡Nadie!
—Pero ¡por qué tiene tanto empeño en que hables
inglés?
—Precauciones de emigrante. Mi abuela se piró de Rusia
en el 23, y de Alemania diez años después por culpa del bigotes de la cruz
gamada. Por eso su hija aprendió casi una docena de idiomas y le gustaría que
yo hiciera lo mismo, por si...
Nos quedamos un momento en silencio. Recorrí con los
ojos la lista de corresponsales:
Maisie Parange, Gaylord Fentecost. John Trenchard.
Catherine Earnshaw, Holden Caufield... etcétera, etcétera: quince nombres. Esto ocurría en el colegio. Nos habíamos quedado
castigados. Lanthier el Largo inclinó sobre nosotros su corpachón.
—¿Una lista de invitados? ¿Das una fiesta, Kamo?
—¡La fiesta la vas a tener tú como no me dejes en paz,
Lanthier!
Lanthier el Largo se replegó como un acordeón. Yo
pregunté:
—¿Qué vas a hacer?
Kamo se encogió de hombros.
—¿Qué quieres que haga? ¡Obedecer, maldita sea!
Luego esbozó una sonrisa disimulada:
—A mi manera...
Su madre volvió tarde aquella noche. Kamo se había
encerrado en su cuarto. —¿Estás ahí, querido?
Siempre llamaba a la puerta de su hijo. Nunca se
molestaban el uno al otro en su trabajo.
—Estoy.
Pero ella no intentó abrir.
—¿No cenas conmigo?
Él no había hecho la compra. Tampoco había preparado la cena.
—Estoy escribiendo.
Kamo escuchó una risa contenida detrás de la puerta.
—¿Una novela?
Él sonrió a su vez. Hubiera preferido ir a charlar y
reír con ella. Se limitó a responder:
—De eso nada, querida mamaíta; estoy escribiendo a mi
corresponsal; miss Catherine Earnshaw. Queda rosbif en la nevera.
Dear Bif
DeaR Cathy. querida Bif:
Míes como os llamamos a los británicos aquí, en Francia: ¡Rosbifes!
Parece que sois unos guiris importantes, que la mitad
del planeta chamulla vuestro puñetero idioma. A mí eso no me parece un idioma:
en cada frase os coméis la mitad de las palabras, y en cada palabra, í«s tres cuartas partes de las sílabas. Queda ¡o
justo para parir un telegrama.
Cathy preciosa, querida rosbif, tengo una gran ambición:
¡ser el único que no hable nunca inglés! Entonces, dirás, ¿a qué viene esta
pápela? Es por mi madre. Un cambalache que he hecho con ella. Me ha cazado bien
y tengo que respetar el contrato. Además, mis asuntos de familia no son cosa
tuya; tú métete en tus rollos.
Chao, querida corresponsal. Si acaso tuvieras
intención de aprender francés con este menda, cómprate un buen diccionata. El más gordo. Y no te enrolles mucho con la
gramática.
P.D.: -¿Te interesaría saber por que te he elegido a
ti? la agencia le ha largado a mi madre una lista de quince mendas. He clavado
mi compás en ella cerrando ¡as pupilas y se ha plantado en tu nombre:
Earnshaw. En mitad de la E mayúscula. ¿No has sentido nada?
Kamo escribió las señas con su más cuidada caligrafía
(Catherine EARNSHAW, Agencia multilingüe Babel, apartado de correos 723, 75013
París), puso un sello y corrió en mitad de la noche a echarla a un buzón.
Al día siguiente, el desayuno fue el más alegre desde
hacía mucho tiempo. Su madre se había levantado temprano para comprar cruasanes
y se marchó a trabajar algo más tarde que de costumbre. Hablaron de todo menos
del inglés. Kamo prometió unas patatas gratinadas con nata para la noche, «con
el punto justo de nuez moscada», como las hacía su padre.
Me lo explicó tranquilamente en el colegio:
—Le prometí que escribiría y lo he hecho. No puedo
prometer que me contesten...
Estuvo de un humor excelente toda la semana. Lanthier
el Largo se aprovechó y consiguió que te hiciera los deberes de mates. Arènes,
nuestro profesor de matemáticas, pensó que Lanthier estaba progresando.
Felicitaciones por un lado, legítimo orgullo por el otro, el buen humor se
propagó a toda la clase, como siempre que Kamo ponía de su parte. Hasta le
dedicó dos o tres radiantes sonrisas a la señorita Nahoum, nuestra profe de
inglés. Ella se las devolvió llamándole «my gra-cious lord».
La señorita Nahoum nos caía muy bien. Llamaba al
tiovivo «the living únele», y todo lo que le gustaba decía que era
«hallucinating». Nos caía la mar de bien: defendía a los malos alumnos en el
claustro de profesores. «Sólo se aprende una lengua extranjera si se tiene
algo que decir», les decía a los padres preocupados.
Yo sí que tenía un montón de cosas que decirle a la
señorita Nahoum.
Por ejemplo, que se parecía a Moune, mi madre, en lo
joven y casi en lo guapa. Yo era bueno en inglés. El primero de la clase.
Así pues, una semana de buen humor general. Era raro
desde que Kamo había perdido a su padre. Una semana entera. No sé si hubiera
podido durar más. Se acabó el día que Kamo recibió aquella carta de la agencia
Babel: la contestación de Catherine Earnshaw.
Dirty little
sickfrog
AQUELLA mañana llegó al colegio bastante excitado.
—¡Ha contestado! ¡Vamos a pasarlo bomba!
Me tendió un sobre que todavía no había abierto.
—Serás mi traductor oficial, ¿vale?
—¿Una carta de amor? —preguntó Lanthier el Largo,
echando un vistazo por encima de nosotros.
No pudimos abrir el sobre hasta el recreo de las diez.
Coincidencia: la mañana transcurrió bajo la sombra de Inglaterra. La señorita
Nahoum nos hizo una soberbia descripción de la Inglaterra victoriana —moral,
farolas, niebla, máquinas de vapor, tuberculosis— y nos aconsejó que leyéramos El extraño caso del doctor
Jekylll y mister Hyde, «in english. si es possible».
Y Baynac. nuestro profe de historia, hizo un retrato
del republicano Cromwell que entusiasmó a Kamo.
El sobre de la agencia Babel contenía otro, tranqueado
en Escocia, de un papel espeso y grisáceo en el que descubrimos la letra de
Cathcrine Earnshaw. Una letra nerviosa, afilada. En algunos sitios la pluma
había arrancado la fibra del papel. Primera sorpresa: al dar la vuelta al sobre
para abrirlo, constatamos que no estaba pegado, sino precintado con un pequeño
sello de lacre marrón. Kamo torció el morro.
—Un sobre lacrado... ¡Será fantasmona! Estos rosbifes
siempre dándoselas de sangre azul.
Hice saltar el lacre con la uña y desdoblé la hoja que
había en el sobre. También era de un papel basto y espeso, como húmedo entre
mis dedos, y estaba totalmente cubierta de la misma letra acerada, desordenada,
con líneas que se prolongaban torciéndose por los márgenes, puntos que
salpicaban el espacio circundante, mayúsculas que desgarraban el papel, largas
tachaduras que rayaban párrafos enteros como cicatrices violáceas (ése era el
color de su tinta: violeta un poco apagado).
—-¡Esto no es una carta, es un campo de batalla!
—murmuró Kamo, cuyas cejas se habían fruncido—. Bueno, ¿y qué es lo que dice?
En su voz había más impaciencia de la que le hubiera
gustado demostrar.
—Te llama «dirty littie sick frog».
—Que quiere decir...
—«Sucio renacuajo enfermo».
A Kamo le dio tal ataque de risa que Lanthier el Largo
acudió desde el fondo del patio en tres zancadas.
—¡Creí que era una fantasmona y me encuentro con una
colega! ¡Sucio renacuajo enfermo!... Pero -"por qué renacuajo?
—Porque los rosbifes nos llaman algo de eso:
comerranas.
—¿Tú has comido ranas alguna vez?
—Jamás.
—Sigue traduciendo... ¡Me parece que me va a gustar
la rosbif esta!
Leí el primer párrafo en silencio y no pude evitar mirar
a Kamo antes de traducírselo. No ocultaba ya su curiosidad.
Esto es lo que escribía miss Catherine Earnshaw:
Sucio renacuajo enfermo:
Seguramente os gustaría que siguiera en este tono;
adivino que os complacería. ¡Pues no! No tengo ningunas ganas de reír ni ningún
motivo para serviros de diversión.
Habéis querido dároslas de ingenioso, señor Kamo
(¡Dios mío, qué estúpidamente infantiles son los chicos de mi edad!), pero al
dejar caer vuestro compás sobre mi nombre ¡o habéis plantado en la desgracia.
Seguía un párrafo completamente tachado. Levanté
furtivamente la vista. Kamo ya no sonreía. Lanthier el Largo había considerado
prudente regresar de puntillas al fondo del patio. Una seña nerviosa de mi
amigo me devolvió a mi traducción.
Me preguntáis si me dolió la herida. Lo ignoro: el día
en que clavasteis ese compás en la E mayúscula de los Earnshaw, yo estaba
embargada por otro dolor. Ese mismo día, ni uno más ni uno menos, hacía dos
años que había muerto mí padre. En torno a la casa y en la chimenea rugía el
mismo viento. (Tiempo borrascoso, es cierto: pero, aunque nadie había pensado
en encender el fuego, yo no sentía el frío.)
Leí la carta sentada al pie de su sillón vacío,
¡juzgad vos mismo la impresión que me hizo! Y sin embargo, al leeros fue de mí
misma de quien me avergoncé. Vuestra estúpida carta me recordó que solía
hablarle a mi padre con el mismo tono arrogante, contraponiendo siempre mis
pequeños caprichos a su extremo cansancio, mi deseo de hacerme la graciosa a
su necesidad de paz. ¡Infancia imbécil que nada ve., que nada siente, que no
sabe que la gente muere!
Y la última noche, sentada a sus pies, con la cabeza
en sus rodillas (a veces lo hacía para que me fueran perdonadas ¡as estupideces
que volvería a hacer al día siguiente), antes de dormirse, me acarició el pelo
i¡ dijo: «¿Por qué no podrás ser siempre una buena chica. Cathy?». Fueron sus
últimas palabras.
En ese momento, Kamo me arrancó la carta de las manos.
—¿Cómo es esa frase en inglés?
—¿Cuál?
—¡Las últimas palabras de su padre!
Le señale la frase con el dedo: «¿Why canst thou not
always be a good lass, Cathy.-».
—¿A good lass? ¿Qué quiere decir eso de «lass»?
—Es una palabra escocesa; la vimos con la señorita
Nahoum. Quiere decir «chica joven» en escocés.
—Sigue...
No tengo nada más que deciros. Enviasteis vuestra
carta como el que arroja una piedra por encima de un muro: es justo que sepáis
dónde ha caído.
Mi contestación no espera nada de vos.
Catkerine Earnshaw
Cathy, please,
your pardon!
AQUELLA tarde Kamo no volvió al colegio. Muy tarde,
ya de noche, me llamó por teléfono y me suplicó que pasara por su casa.
Me costó todo el trabajo del mundo convencer a Pope,
mi padre, de que me dejara salir. No tenía al día mi cuaderno de deberes y él
acababa de hacerle una inspección policiaca. (A veces le daba por ahí, sobre
todo para comprobar si tenía alguna redacción pendiente. Las redacciones no
eran lo mío...)
—¡Pope, Kamo me necesita de verdad!
Por fin una mirada de Moune, mi madre, le convenció.
Junto con la promesa de que no volvería tarde.
Me abrió la madre de Kamo. Hacía mucho que no la había
visto. Me pareció cansada, pero sonreía con la mirada.
—;Ah, eres tú? Pasa. Kamo está en su cuarto. Creo que
está dándole duro a su inglés.
Lo dijo con toda naturalidad, como si Kamo le hubiera
dado duro a su inglés toda la vida.
Electivamente estaba en su cuarto, pero no trabajando.
Pálido, con las mandíbulas apretadas y la mirada sombría, daba vueltas y más
vueltas. Sin decir palabra, me alargó una hoja cubierta con su caligrafía.
Perdón, Catherine. Por favor, perdóneme. ¡Perdón!, No
era mi intención herirla. Turne usted razón: he tirado una piedra cerrando los
ojos como un niño. ¡No sabia que ahí estaba usted! Sin embargo, ya no soy
ningún niño. Tengo catorce años y pronto tendré quince: no tengo disculpa.
Catherine, quiero que sepa...
Repetía sus palabras de arrepentimiento explicando que
la puñetera carta (había tachado puñetera y lo había sustituido por estúpida),
que aquella estúpida carta se la había escrito de alguna forma a su madre, que
era una especie de juego entre ellos y que no quería herir a nadie:
... ¡Y a usted menos que a nadie, Catherine, menos
que a nadie, a usted!
Y, quiero que lo sepa, Cathy: mi padre también...
A continuación, hablaba de su padre, del gran amigo
que había sido para é!, de la maravillosa lengua que era el argot, de lo
felices que habían sido los tres cuando él estaba vivo, pero que su
enfermedad... Y hablaba también de la clínica:
¡Nunca pondré color blanco en las paredes de n casa!
Y de las últimas palabras de su propio padre: No se
columpia nunca (que se tomaba la molestia de traducir...).
Y más disculpas... (Todo con una letra cuyo enloquecimiento
recordaba a la de Catherine Farnshaw!
—¡Puedes traducirlo al inglés?
Yo estaba tan sorprendido por lo que acababa de leer
que no contesté inmediatamente.
Pánico en su mirada.
—¿No quieres?
Traduje la carta de Kamo lo mejor que pude, inclinado
sobre mí, supervisó mi trabajo de cabo a rabo.
—«Pardon»; ¿por qué no has traducido «pardon» al
inglés? ¡Lo has escrito en francés!
—¡Se escribe lo mismo en los dos idiomas. Kamo!
—¿Estás seguro? No habrá algo que sobre... o una
palabra que falte...
Gesticulaba sin dejar de andar.
—¡Tiene que entenderlo! ¿Comprendes.- ¡Tiene que
entenderlo perfectamente!
Me too
Querido Kamo:
Estáis perdonado y debo pediros perdón a mi vez. Os he tratado con dureza y lo lamento.
La verdad es que vuestra carta no pudo ¡legar en peor
momento. Primero aquel triste aniversario, y luego el ambiente que se ha
apoderado de este lugar desde que mi hermano Hindley dirige la casa. Es un
bruto y un débil (¡sí un bruto débil!) que tortura a los que le rodean porque
está descontento consigo mismo. ¿Tenéis ese tipo de personas en Francia? Por
mi parte, dudo de que exista otro Hindley en toda la superficie del Imperio.
Sen'a una buena pregunta para hacérsela a nuestro viejo y querido capitán Cook,
¿no os parece? «Decidme, james Cook, capitán, ¿es cierto que habéis
descubierto otro ejemplar de Hindley en las islas Sandwich? ¿No? ¿Quizá en ¡as
costas de Terranova? ¿O acaso en Nueva Zelanda?
Hoy estoy de mejor humor, como veis. Quedáis pues
totalmente perdonado. Ahora debo haceros una confesión: yo tampoco tenía la
menor intención de aprender una lengua extranjera (¿para qué. si no salgo
nunca de aquí?). Fue mi cuñada Frances la que dio mi nombre a esa tal agencia
Babel. Dice, que para que se me pase el tedio. ¡Pero si yo no me aburro! ¡jamás
me he aburrido! Sería más exacto decir que es para ocupar mi espíritu.
Sí, pretenden ocupar mi espíritu y asi conseguir que
¡legue a olvidar a «H», que lo aparte de mis pensamientos y de mi corazón, que
cierre los ojos frente a los malos tratos de que le hace objeto Hindley (ayer
le pegó tan fuerte que el propio Joseph tuvo que arrancarlo de su furor. ¡Si
no. le habría matado!). ¿Ahuyentar a «H» de mi espíritu? }Es como pedirme que me olvide
de mí misma!
Empecé jurándome que no escribiría a nadie. Pero llegó
vuestra anta y, cuando se me pasó el primer momento de ira. pude intuir en ella
una voluntad fuerte, un carácter próximo al mío tanto en ¡a cólera como en la
risa, y la
posibilidad de confiarme a un amigo que no me traicionaría. Por prudencia, sin
embargo, os envié la respuesta que tanta pena os causó. Ahora sé que tengo en
vos un amigo. Un amigo al que podré hablarle de otro amigo. Aquí, desde la
desaparición de mi padre, todo el mundo ignora o detesta a «H» . ¿Aceptáis
que os hable de él? ¿De la vida que él y yo llevamos en esta casa... y que no
es nada divertida, os lo advierto?
Sabed, mi querido Kamo. que ese papel de confidente
será muy ingrato. Por eso. os dejo en libertad y no espero respuesta alguna.
Catherine
P.D.: Si, a pesar de todo, decidierais contestarme,
hacedlo en francés. Vuestro inglés deja mucho que desear. Explicadme también
este misterio: empleáis, incluso en mi lengua, una docena de palabras cuyo
sentido ignoro totalmente. Habláis del «metro» («en el metro que nos llevaba al
hospital») y de ''conversaciones telefónicas»... iMetro? ¿Telefónicas?
.¿Podéis explicarme esas palabras?
Kamo escuchó mi traducción en silencio. Su rostro se
distendía a medida que yo iba leyendo. De hecho, a la semana de buen humor
había seguido una semana infernal. Había estado esperando esta carta en tal estado
de impaciencia y angustia que el pobre Lanthier apenas se atrevía a cruzarse
con él en los pasillos.
—Pero ¿qué te he hecho yo, Kamo? ¿Qué es lo que te he
hecho?
Ahora se le veía calmado del todo, incluso radiante.
Con una especie de felicidad reflexiva. Dejó pasar un momento y me preguntó:
—¡Por qué me
voseas?
—¿Cómo?
—Sí. ¿Por qué me hablas de «vos» en tu traducción?
¡Puede que Cathy me tutee en sus cartas! Usa e! «you». ¿no?
Me miraba fijamente (una mirada muy suya, por cierto:
a la vez allí y en otra parte). Tardé unos instantes en contestarle:
—¡Pero. Kamo, eso no es lo que importa de esta carta!
—¿Ah, no? A ti te parece que no es importante, ¿no?
Soltó una risita nasal y metió la carta en su sobre sin apartar la vista de mí.
—De modo que si yo me pusiera a tratarte de vos, ;no
te parecería importante?
Ironía en la voz. Yo sabía que era inútil discutir y
que era difícil detener a Kamo cuando se lanzaba por semejante pendiente.
Continuó en el mismo tono, con la misma mirada.
—Tu traducción no debe de ser nada del otro jueves...
El amigo Kamo estaba empezando a jorobarme.
—Además, ya has visto lo que escribe Cathy: ¡tu inglés
no es que sea gran cosa!
Y yo que acababa de desperdiciar mi miércoles por la
tarde traduciendo aquella carta: ¡su carta! Así que, con toda calma y con la
mano en el pomo de la puerta —estábamos en su cuarto—. le contesté:
—¡Que te vayan dando, mamón! Traduce tú mismo tu
correo.
My God
Y no volví a traducir jamás una carta de
Catherine Earnshaw. Kamo lo hizo por su cuenta.
¡Pero, eso sí, aprender inglés ya lo creo que
aprendió! ¡Y deprisa! ¡Y bien! En cuanto tenía una hora libre, la pasaba con la
señorita Nahoum.
—¡Señorita, tengo que preguntarle una cosa!
Ella no le pedía explicaciones y. cuando él quiso pagarle
aquellas clases particulares, lo rechazó con elegancia:
—Tus
progresos serán mi
recompensa, querido
La recompensa llegó pronto. La curva de las notas de
Kamo subió como la temperatura en verano (¡un súbito verano después de un largo
invierno!). Ya no estaba nunca disponible, sino en su rincón y sumergido en uno
de los enormes diccionarios que le compraba su madre. Siempre le estaba
pidiendo más y más.
Para hacerle justicia, la verdad es que su madre no
disfrutó mucho con la victoria. Incluso llegó a inquietarse:
—Descansa un poco, querido. ¡Te he pedido que aprendas
inglés, no que te vuelvas inglés!
Como él no contestaba, ella me usaba de intermediario:
—¡Dile tú que trabaja demasiado! ¡Llévatelo al cine,
anda!
Luego, se volvía a meter en sus propios papeles. Porque
también ella se ponía a trabajar cada vez más temprano y acababa cada vez más
tarde. Apenas se veían un momento cada día. Sus cuartos permanecían con la luz
encendida hasta el alba mientras Kamo viajaba por enciclopedias en lengua
inglesa y su madre trabajaba en los cartapacios cada vez más voluminosos que
traía de la oficina.
En el fondo, todo el mundo era feliz. La señorita
Nahoum, Kamo, su madre...
Yo era el único que estaba preocupado. Preocupado ero
poco.,. La historia me estaba quemando la sangre, ni más ni menos.
Desde la lectura de la segunda carta de Catberine
Earnshaw, había sonado en mi interior una especie de señal de alarma que venía
a confirmarme el malestar que me había producido la vehemente escritura de la
primera. No dejó de funcionar. Al contrario: al ir pasando las semanas se
intensificó, y pronto fue como si en mi cabeza aullaran todas las sirenas de
Londres antes de un bombardeo...
«¿Qué chica es ésa, que no sabe lo que es el metro y
desconoce la existencia del teléfono?»
Ésa fue la primera pregunta que me hice. ¡Tenía que
vivir realmente aislada para no saber una cosa así en nuestra época!
«Por cierto, ¿aislada, dónde? En su carta, Catherine
Earnshaw decía siempre «aquí» («la vida que llevamos aquí») sin concretar nunca
el sitio. Y ese amigo, «H»... ¿Por qué sólo una inicial? Fueron mis primeras
preguntas. Inútil planteárselas a Kamo, cuya gran preocupación era saber si
se le tuteaba o no. Increíble...
Por lo que entendí de sus exaltados discursos, «H» era
un niño expósito que vivía con la familia de Cathy, una especie de rebelde
permanente que pasaba de todo, no tenía miedo a nada y amaba a un solo ser en
este mundo: Cathy. Más que el mismo «H». era la fuerza de aquel amor lo que
entusiasmaba a Kamo.
—¡Está dispuesto a todo por ella!
A veces, cuando caminábamos juntos, Kamo se paraba en
seco y me agarraba del brazo (tenía una fuerza terrible en las manos).
—Ese pájaro. Hindley. ¿sabes?, el de Cathy: ese que
martiriza a «H», no te puedes imaginar la clase de hijo de su madre que es...
Cocido de la mañana a la noche. La semana pasada tiró a su propio hijo por el
hueco de la escalera. Menos mal que «H» estaba abajo y pudo agarrar al vuelo al
bebé.
My God...
King George
Mo sé como tuve aquella idea. Fue de pronto. Por
intuición. Una tarde esperé a Baynac, nuestro profesor de historia, a la salida
de una clase y le pregunté:
—¿Sabe usted si el explorador James Cook es un tipo de
nuestra época?
Era un profe que nunca se reía cuando nos equivocábamos.
Corregía.
—No. De finales del XVIII. Murió hacia 1780. Lo mataron
los indígenas de las islas Sandwich.
Debió cambiarme la cara porque, medio inquieto, medio
en broma, me preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Tanto te apena la muerte del capitán
Cook? ¿Era pariente tuyo?
Pero yo ya no le oía: veía pasar ante mis ojos la
frase de Catherine Earnshaw:
Sería una buena pregunta para hacérsela a nuestro
viejo y querido capitán Cook, ¿no os parece?
¡Una loca! ¡Que se imaginaba que vivía a finales del
siglo XVIII!
¡Kamo estaba carteándose con una pobre loca que
llevaba dos siglos de retraso! Nada de metro, nada de teléfono... ¡Ahora me lo explicaba! Y el «aquí»,
la «casa» que nunca describía, era un manicomio, seguro. ¡Un espantoso
caserón en el que otros chalados tiraban niños vivitos y coleando por los
huecos de las escaleras! (A no ser que también se hubiera inventado aquello la
pobre desgraciada. Lo mismo que ese amigo «tí», que sólo vivía en su
imaginación...)
—¡Kamo, quisiera releer la primerisima carta de
Catherine Earnshaw!
—Sabes que puedes llamarla Cathy...
-—Vale. La primera carta de Cathy. ¿Puedes prestármela?
Hubo que suplicarle. Me la prestó sólo por un día.
—¿Por que te empeñas en que tiene letra de loca? —me
preguntó el doctor Grappe devolviéndome la carta.
Era el médico del colegio. Le quería mucho porque
nunca me decía que yo era el más bajo de la clase. Decía solamente que no era
el más alto.
—Además, ¿crees que los locos tienen una letra especial?
—Pero esas tachaduras, ese papel arrancado...
—La emoción, supongo.
Sus ojos me observaban pensativos por encima de sus
bigotes rojizos.
—¿Te encuentras bien? ¿Duermes como Dios manda? Si
estás cansado, no dudes en venir a verme.
—Es una letra muy bonita —me dijo Moune—. La de mi
bisabuela se le parecía un poco.
—¡Haaala! ¡Pasión! ¡Pasión! —dijo Pope—. ¡Esto es lo
que yo llamo una letra apasionada!
Acabé por ir a ver al señor Pouy. nuestro profesor de dibujo. Era nuestro preferido. Tenía el pelo desmelenado
como un plumero después de la limpieza, montones de chismes en los bolsillos, y
en las clases de dibujo nos hablaba sobre todo de cine. Cada uno de nosotros le
confiaba sus problemas con el mayor secreto, pensando que era el único que lo
hacía. Sus respuestas siempre daban en la diana. Clavaba lo que había que
decir.
Primero miró largamente el sobre.
—¡Qué interesante, oye! ¡Muy interesante! ¿De dónde
has sacado esto?
—Es de Kamo.
Luego, leyó la carta moviendo lentamente la cabeza de
arriba abajo y murmurando cada tres segundos:
—Es Justo lo que me imaginaba...
Por último, me la devolvió y declaró:
—-Está en inglés.
Me quedé de piedra pómez. ¿En inglés? ¡No me diga!
Pero añadió:
—inglés del siglo XVIII. Una carta antigua escrita con
pluma de ganso. Una pluma mal afilada que ha desgarrado el papel.
Cuando recuperé la respiración, balbucí:
—¿Quiere usted decir que esta carta data del siglo
XVIII?
—Parece ser. Además, mira.
Dio la vuelta al sobre y me enseñó el trozo de lacre
que se había quedado pegado a la pestaña. Tenía dos iniciales entrelazadas: C y
E.
—La grafía de estas letras es de un diseño habitual en
el siglo XVIII. Y hay una cosa más.
Caía la tarde. Fuera empezaba a llover. Estábamos los
dos solos en la sala de dibujo. Encendió las grandes lámparas que colgaban del
techo, se encaramó a una mesa y, estirando el brazo, acercó la carta a la bombilla.
—-Ven, mira.
Subí junto a él y me puse de puntillas. Su dedo me
indicaba una marca circular que aparecía por transparencia en el papel del
sobre. Se leía claramente «KÍNG GEORGE DI», unos restos ilegibles de letras o
de números romanos y el principio de una fecha: 177... (o 179...).
—Puede que sea un tampón de correos, no lo sé. En todo
caso, creo recordar que George 111 vivió a caballo entre el XVIII y el XIX; ya
lo comprobarás.
La lluvia ahora redoblaba en los cristales. Hubo un
relámpago.
—Hala, a la ducha —rezongó el señor Pouy apagando la
luz.
Sacó de sus bolsillos dos sombreros informes (sí, dos;
así eran los bolsillos de Pouy...) y me plantó uno en la cabeza. Todavía me
oigo preguntándole, mientras él cerraba con llave la puerta de la clase:
—Pero... la persona que ha escrito esta carta... ¿está
muerta?
Su ataque de risa resonó en los pasillos del colegio,
ahora desiertos.
—¡Si está viva todavía, pídele que me dé la receta!
Dream, dream,
dream
SUEÑO agitado, aquella noche. Había releído por enésima
vez la carta de Catherine Earnshaw antes de dormirme, y mis párpados cerrados
habían conservado la huella de su escritura. Los rasgos inclinados y tensos
caían como ráfagas de lluvia. Las líneas enloquecidas se deshilachaban en los
márgenes como nubes desgarradas por el viento. Los tachones rayaban todo el
conjunto con relámpagos violetas. Me encontraba en medio de una espantosa
tormenta, tanto más terrorífica cuanto que era absolutamente silenciosa. Calado
hasta los huesos, sostenía en mi mano el sobre de grueso papel gris y trataba
desesperadamente de descifrar la dirección que había escrita en él. Pero la
lluvia disolvía la tinta, que goteaba en forma de sucias lágrimas. Yo intentaba
guardar en mi memoria cada letra como si me fuera en ello la vida. ¡Necesitaba
aquella dirección, la necesitaba!
Sentía el sobre espeso, húmedo y frío entre mis dedos.
Pronto empezó a deshacerse; el papel mojado se disgregaba. Y no me quedó en la
palma de la mano más que una de esas bolas de papel secante mascado que
Lanthier el Largo pegaba en el techo de la clase en cuanto los profesores se
daban media vuelta. Sin las señas estaba perdido. Miré a mi alrededor para
encontrar el camino. Y fue entonces cuando vi, flotando sobre un cielo
devastado, el rostro transparente de Catherine Earnshaw.
Me desperté gritando, abrazado a Moune, mi madre, que
me cubría de besos.
La «pequeña pesadilla» me conmovió tan violentamente
que aquel día me quedé en la cama.
Pope, mi padre, daba vueltas por la habitación como un
león enjaulado.
—Pero, vamos a ver, ¿qué pasaba en ese sueño?
Hablaba de él como de un enemigo a quien hay que
retorcerle el pescuezo.
—Ya no me acuerdo.
En realidad, el pálido rostro de Catherine Earnshaw
seguía flotando ante mis ojos, en el centro del cuarto.
—Tengo frío, Pope. ¿Te importaría encender el fuego?
Las llamas brotaron casi inmediatamente en la chimenea.
—¿Quieres un buen ponche?
—No, gracias, Pope; voy a intentar dormir.
Pope salió, pero Catherine Earnshaw se quedó. ¡Qué
triste aquella cara helada, tan cercana que hubiera podido tocarla! En cambio,
me alejé de ella todo lo posible, arrebujándome contra la pared dentro de la
cama. «Vete... ¡Vete, te digo! ¡VETE!» Pero se quedaba. Era como si hubiera
encontrado un refugio en aquella habitación. Por un momento tuve la impresión
de que su pelo mojado empezaba a secarse. No sé por qué, aquel detalle me
aterrorizó más que cualquier otra cosa. Y entonces salté de mi cama, agarré su
carta, que estaba en mi mesilla de noche, y la eché al fuego. El sobre se
hinchó, se ennegreció y se apergaminó de repente en medio de un chorro de
llamas de una luminosidad extraordinaria. Y, mientras ardía, el rostro
súbitamente tembloroso de Catherine Earnshaw se evaporó como el vaho en una
ventana...
Me había quedado solo. Solo y completamente agotado.
Se abrió la puerta del cuarto y entró Kamo.
Desde que éramos amigos, cuando uno de los dos se
ponía enfermo, el otro acudía enseguida.
—¿Sarampión? ¿Varicela? ¿Tos ferina? ¿Alguna fractura?
¡Trastornos del crecimiento? ¿Cirrosis? ¿Vaguitis?
El Kamo de los mejores días.
—Nada de eso. Kamo. Estoy enfermo de miedo.
—¿Miedo de qué? ¡Si estoy yo aquí! ¿Dónde está el
enemigo para que le ajuste las cuentas?
—Kamo, tienes que dejar de escribir a Catherine
Earnshaw.
—¿A Cathy? ¿Por qué?
—Porque está muerta desde hace doscientos años.
Nunca me ha desconcertado más una reacción que la de
Kamo en aquel momento. Arqueó las cejas y se limitó a contestar:
—-¿Y qué?
No estaba sorprendido en absoluto. Hasta el punto de
que una loca sospecha cruzó por mi cabeza.
—¿Cómo?... ¿Es que lo sabías?
—¡Claro que lo sabía! No irás a creer que me he dejado
los codos aprendiendo una lengua extranjera para cartearme con la primera
persona viva que apareciese...
Por un segundo pensé que me estaba tomando el pelo.
—¿Y cómo lo has sabido?
—-¡Pero hombre, si salta a la vista! Cartas escritas
con pluma de ganso, un sello de lacre típico del XVIII, un viejo tampón KING GHORGE III y encima el estilo, chaval, el estilo...
Mira, enséñame su primera carta, verás...
—Ya no tengo su primera carta.
Si se nos hubiera desplomado encima el piso de arriba
con su piano, su vajilla y sus seis inquilinos. Kamo no se habría quedado más
estupefacto.
—¿Cómo dices?
—La he quemado.
A Pope y a Moune les costó todo el trabajo del mundo
arrancarme de las manos de Kamo. Me sacudía con tanta fuerza que pensé que mi
cabeza acabaría cayendo a sus pies.
—Pero ¿qué te ha hecho? ¿Qué te ha hecho? ¡Quieto!
—aullaba Pope.
—-¿Qué me ha hecho? ¡Tirar al fuego una carta del
siglo XVIII! ¡Eso es lo que me ha hecho este animal!
Cuando se fue Kamo (todavía se le oía vociferar insultos
en el patio del edificio), Moune se inclinó sobre mí sinceramente indignada.
—Pero ¿por qué has hecho una cosa así, maldita sea?
¿Qué locura te ha dado? ¿No te das cuenta?
¡Que si me daba cuenta!
In love
LAS peleas son como inviernos: cada uno se queda en su
casa. Aquel invierno entre Kamo y yo fue largo. Ni una palabra, ni una mirada
más durante... un montón de tiempo, es cierto...
Como a partir de entonces fue ya el primero en inglés
—y con mucho...—, la clase atribuyó nuestra ruptura a la rivalidad.
Lanthier el Largo protestaba:
—Venga, no vas a enfadarte con Kamo por un asunto de
puestos en clase. ¡Tú no! ¡Vosotros no!
Lanthier apreciaba nuestra amistad.
—A Kamo y a ti os necesitamos. Es como... —buscaba
una comparación—. es como... no sé yo, es como... —y no la encontraba nunca.
Él no tenía amigos en realidad; era más bien el amigo
de los amigos.
La verdad es que Kamo no hablaba ahora con nadie. Ni
siquiera con la señorita Nahoum, que ya sólo le llamaba «dark Kamo». Humor
sombrío, silencios interminables, miradas glaciales en cuanto se le dirigía la
palabra... Y de cráneo en todas las demás asignaturas. ¡Incluso en mates! Hasta
en historia, que siempre había sido su favorita. Hacía novillos, no entregaba
los deberes, contestaba cualquier cosa cuando ie preguntaban: estaba en otra
parte y yo era el único que sabía dónde: ¡doscientos años atrás!
Pálido, con las facciones desencajadas, adelgazaba de
día en día y hacía gestos rápidos y bruscos, como los autómatas que
coleccionaba Moune, mi madre, y que Pope, mi padre, arreglaba para que
funcionasen.
Un día Lanthier el Largo me preguntó:
—:Kamo está enamorado o qué?
—Pope, ¿qué es de verdad estar enamorado?
(No soy completamente idiota y tenía una cierta idea
sobre el tema, pero necesitaba una respuesta exacta.)
Con una aceitera en la mano, Pope levantó la mirada
de] espadachín autómata al que acababa de arreglar el brazo articulado.
—¿Estar enamorado? ¡Descarga violenta de adrenalina,
aceleración repentina del ritmo cardiovascular!
Moune ahogó una risita.
—¡Que bobo eres!
—¿Tienes una respuesta mejor que darle?
Moune dejó su libro sobre las rodillas.
—¿Estar enamorado? ¿Verdaderamente enamorado? Es tener
la suficiente cantidad de cosas que decirle a alguien como para pasar la vida
con él aunque no se diga nada.
Pope me dirigió una mirada interrogante. Yo volví a la
carga.
—¿Y se puede estar enamorado de alguien que no existe?
Aquello le divirtió francamente a Pope.
—¡Perfectamente! ¡Hasta el punto de que ésa es la
causa de todos los divorcios!
No lo entendí. Di por cerrado el tema.
Epidemic
DURANTE el recreo, a los tíos que se quedan en un
rincón se les nota.
Lo primero que me sorprendió de aquél fue que tenía el
mismo aspecto de «poseso» que Kamo. Nunca una mirada a nadie. Y sentado siempre
en el mismo rincón, con la espalda apoyada en la misma columna del patio
cubierto. Le estuve observando durante varios días, lira un tipo fornido con el
pelo rapado, que cargaba con un carterón casi tan voluminoso como él mismo.
Siempre los mismos gestos: se sentaba contra la columna, abría la cartera,
sacaba de ella una montaña de diccionarios, empezaba a consultarlos y enseguida
no estaba ya para nadie. A su alrededor se peleaban y saltaban por encima de
él como sobre un obstáculo del terreno; las pelotas de tenis silbaban en sus
oídos, pero él no rechistaba, como si estuviera sentado en una biblioteca
silenciosa.
—Es Raynal —me explicó Lanthier—. de tercero R;
estábamos juntos hace dos años; difícil.
Yo no sabía cómo abordarle. Sin embargo, algo dentro
de mí me lo ordenaba.
Una tarde le seguí a la salida. Caminaba en línea recta,
con la cabeza metida en el cuello levantado de un chaquetón de marinero bretón.
Los transeúntes le evitaban; iba abriendo un surco entre la gente. Yo veía
sobre todo sus hombros, que se desplazaban como pesadas olas. Por último le
eché todo mi valor y me puse a andar a su lado. Le pregunté sin mirarle:
—¡Oye, Raynal! ¿Tú también tienes un
corresponsal?
Se paró en seco. Me miró con unos ojos pequeños,
semicerrados, en los que ardía un verdadero incendio.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé, te pregunto...
Por un momento creí que me iba a comer.
Luego, en su mirada se cruzó algo que reconocí inmediatamente: la necesidad
de contar.
—Sí, tengo un corresponsal italiano: el sobrino del
vizconde de Terralba. Tiene problemas con su tío y trato de ayudarle. ¡Hay que
decir que el tío en cuestión no es un regalito que se diga! Le partieron en dos
durante la guerra. En el campo de batalla sólo encontraron una mitad de él, que
remendaron como pudieron. Luego, se volvió completamente majara. Pero un majara
del tipo feroz. Corta por la mitad con su espada todo lo que se le pone a tiro:
frutas, insectos, animales, flores, todo. Su sobrino tiene un canguelo
terrible. El tío ya ha intentado ahogarlo y envenenarlo con setas...
Dejé que Raynal me contara hasta el final. Lo contaba
bien, con verdadera pasión. Cuando acabó, le pregunté:
—¿Quién te dio la lista de la agencia?
—Un colega que tiene una corresponsal rusa. Está en el
último curso: filosofía y todo eso.
El filósofo vivía en la calle Broca y se llamaba
Franklin Rist. Tenía dieciséis o diecisiete años, una voz baja y grave, modales
suaves, pero bajo aquella aparente calma había unas cataratas del Niágara en
ebullición. Se carteaba con una tal Nietochka Nezvanova que le mandaba cartas
franqueadas en San Petersburgo, Rusia, a mediados del siglo pasado.
Nietochka vivía con un suegro violinista, más dedicado
al vodka que al violín, que hacía responsable de su decadencia a todo el mundo.
Nietochka sufría: sufría tanto que el rostro de Franklin, el filósofo, estaba
inundado de lágrimas auténticas.
—La amo. ¿comprendes?
—Pero Franklin, entiéndelo: ¡ELLA YA NO EXISTE!
—¿Y qué? Se ve que no sabes lo que significa
amar.
El filósofo en cuestión había oído hablar de la agencia
a una de sus compañeras de clase, Véronique, que se carteaba con un tal Gosta
Boerling. sueco, ex pastor protestante expulsado de su parroquia por borracho
en 1800 y pico. Costa Boerling hacía de las suyas en las blancas üanuras del
Vermland, perseguido por los lobos y en compañía de otros proscritos,
juerguistas y cachondos como él, triperos y bebedores hasta el límite.
Pero, mi querida Véronique. sé que es a usted a quien
busco desde siempre en medio de esta loca disipación.
Y es a usted a quien siempre he esperado, contestaba Véronique.
¡Qué infortunio no pertenecer al mismo siglo!
¡Ay! Es cierto.
¡Qué mala suerte!
Al menos, ¡os dos sabemos que hemos existido el uno
para el otro...
Éste era el tipo de cosas que se escribían. Y
Véronique, inclinada sobre mí. con un leve gesto de extravagante felicidad
vagamente burlón en sus ojos color de otoño, me decía:
—Tú el amor no puedes comprenderlo, ¿no crees? Eres
demasiado pequeño...
Siguiendo el hilo conseguí encontrar, entre chicos y
chicas, a una docena de abonados de la agencia Babel, relacionados todos ellos
con el pasado... y en todas las lenguas imaginables. Todos completamente idos.
Todos más Kamos que el propio Kamo...
Hasta el día en que me dije: «¡No! Nietl Assez!
¡Basta! Es reicht! Stop
it! ¡Ya está
bien!».
Are you my
dream, dear Kamo?
SICK frog!(¡Y mucho más sick de lo que erees!):
No te hagas ilusiones, Kamo, no es tu Cathy la que te escribe. Soy sólo yo.
No tengo más remedio que escribirte porque ya no se te
puede hablar. A propósito de tu Cathy, te advierto que la he visto. Cuando
quieras, te la presento. Valía la pena verla, créeme.
Chao Yo
Sabía que Kamo contestaría aquella carta. Estaba seguro
porque se la había enviado en uno de los sobres que utilizaba
Catherine Earnshaw. El mismo sello de lacre, el mismo matasellos, un sobre
escrito por la misma mano... ¡con pluma de ganso!
Efectivamente, me contestó ¿ti día siguiente
arrinconándome contra la fila de percheros, a la entrada de la clase de
mates.
—No sé lo que has hecho ni cómo te lo has montado,
pero has cometido un grave error.
Me estaba triturando el brazo y su codo me aplastaba
contra la pared. Con la cabeza aprisionada entre dos colgadores, no tenía más
remedio que mirarle a la cara.
—¡Nunca despiertes al que está soñando, puede volverse
loco!
Su voz le silbaba entre los dientes y en su mirada
titilaba una auténtica chispa de locura.
La llegada del señor Arenes me libró por los pelos.
—Lo primero las matemáticas, jovencitos: ya os mataréis
uno a otro después.
Con el pretexto de una jaqueca salí de la clase de
matemáticas diez minutos antes de que acabara y me escapé del colegio
por la puerta de atrás.
Me zambullí en el metro y desaparecí debajo de París
durante dos horas, intentando despistar a un Kamo al que creía ver por todas
partes y que, sin embargo, no me seguía. Saltos al vagón en la fracción de
segundo en que se cerraban las puertas, saltos al andén cuando el tren aún
estaba en marcha, sonoras fugas por los pasillos, bruscos cambios de dirección,
miedo del auténtico. Hasta que una risita muda sonó dentro de mí... Y es que
no hay más remedio que tranquilizarse en algún momento.
Era noche cerrada cuando busqué a tientas el interruptor
automático en el portal de mi casa... Mi mano se posó sobre otra mano.
¡Sobresalto espeluznante!
La luz del techo se encendió. Kamo estaba de pie ante
mí.
—Entonces, ¿me presentas a Calhy?
—Mañana. Kamo, mañana.
—¡Ahora mismo!
—Mis padres me están esperando.
—A mí mi madre no me espera.
Ya no había rastro de locura en sus ojos. Una voluntad
firme como un muro, nada más. No había forma de retroceder.
Volvimos a internarnos en la noche. Silencio en las
calles. Silencio en él metro. Era como si la ciudad entera estuviera callada.
Iban pasando las estaciones y Kamo no me miraba. Tampoco yo miraba a Kamo. Por
fin habló con la mirada fija delante de sí.
Y lo que me
dijo me sorprendió tanto que abrí la boca haciendo el ruido de una ventosa al
despegarse.
—De todas formas, Cathy me dijo que fuese a verla.
Todavía yo no había vuelto a cerrar la boca cuando
añadió:
—He esperado todo lo posible, pero ahora ya no puedo
echarme atrás; sufre demasiado, tengo que ir.
Y se puso a hablarme de todas las cartas que le había
mandado Cathy (¡se las sabía de memoria!), hasta las últimas, en las que sólo
hablaba de una cosa: la desaparición de «H».
—Porque «H» se ha largado de la casa, -¿lo sabías?
No. Eso yo no lo sabía.
Una noche de tormenta. «H» había huido. Cathy había
acabado por cansarse de sus rebeldías, de su pelo hirsuto y de su temperamento
salvaje. Había hecho nuevos amigos: Edgar e Isabelle Linton, bien educados,
bien vestidos y delicadamente perfumados, y había abandonado a «H» a sus
harapos, a su ira. a sí mismo. Así que él había desaparecido en medio de la
noche y nadie había vuelto a verle. ¡Maldito invierno de 1777! ¡Invierno
maldito! Las cartas de Cathy no eran ya más que largas lamentaciones:
¡Oh, Kamo, Kamoí ¡Al dejar de ser amadas, dejamos de
existir!
Se acusaba de haber "arrojado a "H"
a un poza de cuyo fondo no ascendía llamada alguna"... Frases de ese
tipo. Sí, cartas
desesperadas a las que Kamo sólo podía dar una respuesta, siempre la misma:
Yo estoy aquí, Cathy, y soy su amigo.
¿Ahí, decís? ¿Y eso dónde es, si me hacéis el favor?
¿Dos siglos más allá?
Y una nueva oleada de pena empujaba las palabras de
Cathy unas contra otras. («Sopla un viento terrible en sus cartas», decía
Kamo.) Frases enteras enloquecían de repente y se empujaban hasta los
márgenes:
Soy mala, Kamo. ¡Soy tan mala! Lo fui con mi padre, lo
he sido con "H" ... Soy mala, todo el mundo ¡o dice y todo el mundo tiene razón.
No, Cathy, no es usted mala, yo lo sé muy bien...
¡Oh! Y vos, mi querido Kamo, a doscientos años de
distancia... ¿Sereis acaso un sueño mío? ¿Existiréis siquiera?
De carta en carta, un dolor que las respuestas de Kamo
aliviaban cada vez menos, hasta el día en que Catherine le escribió (¡aquella
letra de lluvia violeta, casi borrada. Dios mío!):
Ya no creo en vuestra existencia, querido Kamo, no lo
suficiente como para seguir escribiéndoos... Si existís tal y como yo os
imagino, os lo ruego, encontrad el medio: es necesario que os vea...
Y era esta última carta la que ahora agitaba Kamo
delante de mis narices mientras e! metro chirriaba hasta detenerse.
—¿Lo ves? ¡Habría ido incluso sin ti! Así que ¿dónde
nos apeamos?
La pregunta me hizo estremecer. Eché una mirada
aterrorizada a mi alrededor.
—Media vuelta, Kamo. Con tus chorradas has hecho que
nos pasáramos de estación.
En el andén, di una patada a una papelera metálica,
que saltó de la pared y resbaló por el suelo aullando. Alguien me llamó golfo.
Yo estaba indignado. ¡Acababa de escuchar a Kamo durante un cuarto de hora
largo como si me lo creyera todo! Los ojos de mi amigo se habían llenado de
lágrimas y a mí se me había encogido el corazón. ¡Una estación más y habría
llorado con él! A medida que me recitaba sus cartas (¡y en inglés!), Cathy me
iba resultando tan conmovedora como a él... ¡Pero, maldita sea, si yo había
visto a la verdadera Cathy! ¡La había visto! ¡En carne y hueso! ¡Y la había
oído!
Wake up, boys
and girls!
FUE así; el miércoles anterior me había escondido en
la central de correos del distrito trece. Apostado delante del apartado 723 (el
mismo al que Kamo enviaba sus contestaciones), estaba absolutamente decidido a
descubrir a la persona que viniera a buscar el correo de la agencia Rabel.
Hecho esto no tendría más que seguirla con discreción hasta el domicilio de la
agencia propiamente dicho. (Para disimular me dediqué a hojear las guías
telefónicas de París y de provincias como si hubiese decidido aprenderme de
memoria los nombres de todos los franceses.) La broma había durado demasiado.
Ya no me creía aquella historia de cartas franqueadas en otra época, y estaba
decidido a salvar a Kamo a pesar suyo si era necesario.
No podía dejarle deslizarse hacia la locura. De verdad,
hubiera podido esperar una eternidad delante de aquel cajetín de metal gris en
el que caía una nueva carta cada cinco minutos.
—¡Oye. eso de la agencia Babel va de miedo!
—¿Qué será en realidad?
Los comentarios de ¡os empleados de correos, que se
elevaban sobre la muralla de cajetines metálicos, no me permitían averiguar
gran cosa.
—No sé: un rollo internacional. En los sobres hay
nombres de todos los países.
—¿Será una agencia matrimonial; Para la construcción
de Europa...
—¡Eh, Femand! ¿Por qué no les escribes a ver si te
encuentran una mujercita?
Los de correos se ¡o pasaban en grande. Pasaban las
horas. Y a las siete en punto se cerraron de golpe las ventanillas. Yo iba a
ahuecar el ala con los últimos clientes, muy decidido a volver por allí lo más
pronto posible, cuando una voz autoritaria llenó todo el ámbito de la oficina
postal.
—-¿Tarde? ¿Qué es eso de tarde? ¡No señor, de tarde
nada!
Luego hubo un apresurado taconeo sobre el suelo
enlosado. Un empleado trataba de protestar en vano; la voz le rechazaba.
—¡No señor, esto no puede esperar a mañana! ¡No puede
ser y no me da la gana! ¡Yo también trabajo!
Un acento parisino de lo más espeso.
—Su cigarrillo, señora..,
—¡Está apagado! ¿No ve que está apagado, o qué?
En ese momento, apareció por detrás de las cabinas telefónicas. Por debajo
de la hilera de guías de teléfonos, sólo vi al principio el perro microscópico
y aterrorizado que la mujer arrastraba por el extremo de una correa
interminable.
—¡Están prohibidos los perros en los edificios públicos,
señora!
El empleado era gigantesco. A cada paso que daba
estaba a punto de aplastar al animalito.
—¡Bibiche no está prohibido en ninguna parte! ¡Un
ninguna parte está prohibido Bibiche!
Y de pronto la vi: una mujeruca pequeñita, de unos
sesenta años, de gestos eléctricos, pelo rojizo alborotado y ojos que lanzaban
llamaradas verdes.
Con los pies desnudos dentro de unas babuchas que
hacía chancletear vigorosamente, iba cargada con una cesta de la compra casi de
su propio tamaño. El cigarrillo de la comisura de su boca soltaba montones de
ceniza con cada estremecimiento de sus labios enfurecidos.
Se alzó de puntillas e introdujo un trémula llave en
la cerradura del apartado 723...
La puerta metálica se abrió brutalmente y una avalancha
de cartas sepultó al perrito.
—¡Mierda!
Me precipité a ayudarla, pero su rechazo me dejó clavado
en el sitio.
—¡Mis cartas no se tocan! ¡No tocar! ¿Entendido?
Y sobre la marcha echó los sobres a puñados en la
bolsa abierta de par en par. Riéndose burlonamente, le preguntó al empleado que
seguía alzándose ante ella como una fortaleza:
—¿Y esto? ¿No
es trabajo todo esto? ¿Quién va a abrir este correo? ¿Y a contestarlo?
¿Usted quizá? ¡Es demasiado holgazán!
Por un brevísimo instante vi relampaguear un sobre de Kamo. ¡Un sobre lleno
de amor y desesperación tirado en aquel capacho como un puñado de judías verdes!
Poor little
soul
LA placa de latón que había en el portal decía en letras
negras mayúsculas: AGENCIA DE CORRESPONDENCIA BABEL.
El grabador había puntualizado en letra cursiva; Todos
los idiomas europeos. Para cuando lo descifré todo, la aparición de la
oficina de correos había llegado ya al primer piso. Subía a pasitos rápidos,
echando pestes contra el mundo entero, pero con un cupo especial para los
funcionarios del cuerpo de correos. Y cada dos o tres escalones exclamaba:
—¡Ay, mi alma! ¡Ay. pobre alma mía!
Cuando llegó al rellano del quinto, desapareció como
por ensalmo. Mi oreja se pegó por su propio impulso a las tres puertas del
piso. En la tercera...
—¡Cuánto cúrrelo!... Esto no es vida... pobre alma
mía...
Era allí. Ahora la oía recitar nombres propios y enumerar
idiomas.
—Nezvanova, ruso. Iguarán, español. Earnshaw (di un
respingo), inglés. Boerling, sueco...
Así durante cinco minutos largos. Luego, silencio.
Luego:
—Vamos, Bibiche, que habrá que darse un descanso para
tomarse un bocado, ¿no?
En dos saltos me planté en el piso de arriba. Oí cómo
se abría la puerta:
—Setenta y tres... ¡Y sólo son las de hoy!
Y cómo se cerraba. Volví a bajar los escalones y me
arriesgué a echar un vistazo entre los barrotes del hueco: estaba escondiendo
la llave en el cajetín del contador del gas.
—Esto no podrá durar mucho tiempo, pobre alma
Le interrumpió un ataque de los. Una tos mala y cavernosa,
de fumador. Por prudencia esperé a que bajara tosiendo y carraspeando hasta la
planta baja.
Unos segundos más tarde, penetré en los locales de la
agencia Babel. Penumbra. Olor a tabaco. Nadie.
El corazón en la garganta.
No sé qué era exactamente lo que esperaba con la mano
en el interruptor, pero en cualquier caso lo que la luz me reveló fue otra
cosa. Nada de escritorios, ni archivadores metálicos, ni máquinas de escribir,
ni ordenadores, ni siquiera un teléfono, nada de lo que uno espera encontrar
tras la palabra «agencia».
Una sola mesa, una sola silla y alrededor cuatro paredes
cubiertas de libros. Una ventana con las cortinas echadas. Para alumbrarlo todo
una única bombilla desnuda caía del cielo. Y aquel silencio... tan espeso como
si se vertiera mezclado con la luz amarilla de la bombilla. Di un paso hacia
adelante. El suelo crujió bajo mis pies como las hojas en otoño. Estaba
cubierto por una alfombra de papeles arrugados que en algunos puntos me llegaba
a las rodillas. Me arrodillé y desdoblé una de las hojas: Veronika, mitt hjárta, jag svarar sá
sent pá ditt brev... Letra hermosa y esbelta. ¿En qué idioma? El resto
había sido rigurosamente tachado y la hoja había ido a reunirse con todos los
demás borradores que cubrían el sucio.
En el centro del cuarto, la mesa parecía emerger de un
espumoso oleaje. Los sobres apilados formaban allí una doble muralla. A la
derecha, sobres cerrados de cartas que ni) habían sido leídas aún. A la
izquierda, sobres todavía vacíos para las futuras respuestas. Y frente a mí
(acababa de sentarme) una tercera muralla, esta vez de hojas en blanco.
Pilas de hojas de todos los tamaños, de todas las edades. Allí había viejísimos
pergaminos que crujían bajo mis dedos, hojitas ligeras como encaje, otras tan
ricamente decoradas que casi no quedaba en ellas sitio para escribir... ¡La más
fabulosa colección de papel de cartas que uno pudiera soñar!
Y. en medio de aquella fortaleza de papel, plumas.
Plumas de acero, plumas de bambú, plumas de ganso, algunas tan antiguas que
habían perdido casi todas sus barbas.
Plumas, tinteros de todos los colores, pastillas de lacre
multicolores y todo tipo de sellos, y también papel secante, y polvos para
secar en unos curiosos saleritos de madera, toda una papelería surgida de las
profundidades de los siglos para desplegarse sobre aquella mesa, entre
ceniceros desbordantes de colillas y tazas de café (por lo menas diez) apiladas
de cualquier manera junto a sus correspondientes platillos pringosos.
¡Era allí!
¡Era de allí de donde salían las cartas de siglos pasados!
De pronto, la aparición de la oficina de correos estalló
en mi cabeza como un cohete rojizo. ;YT si también ella emergiese de
la noche de los tiempos? Por una vecina había oído yo hablar de ese tipo de
historias... inmortalidad, reencarnación... Pero no, los fantasmas no
funcionan a base de café y se fuman tres paquetes de pitillos al día...
Mi mirada se deslizó sobre las pilas de sobres
abiertos en los que estaban ya escritas las direcciones. ¡Qué trabajo! La
«pobre alma» tenía razón: a semejante ritmo perdería pronto la salud.
La salud...
Lo que volvía a ver ahora era la cara de Kamo. La cara
lívida de Kamo. La furia por salvarle volvió a apoderarse de mí en el acto, e
instintivamente mis ojos buscaron el papel adecuado, la pluma adecuada, el sobre
adecuado...
Catín;? Cathy!
PERO ¿por qué me has mandado esa carta, Dios Santo, por qué? —se ha detenido
bruscamente y me sacude como a un ciruelo. (Por tercera vez desde que hemos
salido del metro.) —Estabas enfermo...
—-¡No estaba enfermo, puñeta; estaba feliz! Feliz. ¿Tú
sabes lo que quiere decir feliz? ¡Feliz por primera vez desde la muerte de
mi padre!
—¡Pero Kamo. alguien se estaba quedando contigo! —¡De
eso nada! Alguien me estaba haciendo soñar. Un sueño extraordinario. Ni
siquiera la noche puede inventarlos más bonitos.
—¡Narices! ¡Creías en el! ¡Te estabas volviendo majara!
—¡No! Yo sabía que era un sueño.
—Puede. Pero ya no sabías lo que era la realidad.
—La realidad...
Me suelta de pronto, como si todos sus nervios se distendiesen
de golpe. Y luego, con las dos manos sobre mis hombros:
—-Por tu bien, espero que esa realidad tuya esté a la
altura de mi sueno, de lo contrario...
Muestra los dientes con un susurro feroz. Y yo vuelvo
a pensar en la aparición de correos, la responsable de la agencia Babel, la
Cathy de Kamo. Sudor ardiente y sudor helado. ¡Cathy! Me matará cuando lo
sepa. Me matará... 0 quizá peor.,.
Escalón a escalón, Una verdadera subida al cadalso.
—Tú dirás...
—Es aquí.
Me aparta y llama él a la puerta. Nada. Desgraciadamente
la llave está en su sitio dentro del cajetín del gas. Y es la llave buena. Y
abre la puerta. Y yo penetro en la habitación con Kamo, La luz. Como la otra
vez: silencio, mare mágnum y olor a tabaco. Kamo lanza una prolongada mirada
circular y luego, sin decir una palabra, se agacha, recoge una hoja y la
desarruga. Se puede leer en ella una docena de veces la misma frase tachada y,
al pie de la página, la versión definitiva: Proprio con te, voglio andaré a cercare il paese dove non
si muore mai.
—Caray...
Kamo vuelve a dejar la hoja de papel en el suelo muy
despacio, como con respeto.
—Todos estos borradores... -"te das cuenta?
¡Menudo trabajo!
Yo no me doy cuenta de nada en absoluto. Soy todo
oídos. Porque alguien está subiendo la escalera. Sube tosiendo con una tos
cavernosa de fumador. Cathy. La Cathy de Kamo. Y yo no he tenido el valor de
describírsela.
—Kamo...
Su mano cae sobre mi brazo.
Me hace una señal para que me calle.
Los pasos se detienen en el rellano.
Escucho el chirrido de la puertecilla de hierro del escondrijo.
Evidentemente, la llave ya no está allí. Siento una
vacilación al otro lado de la puerta. No veo más que el picaporte.
Y claro, como en el cine, el picaporte acaba girando
sobre sí mismo. Y la puerta se abre. Y lo que Kamo y yo vemos, de pie en el
umbral, nos deja mudos de estupor. No es mi aparición de correos. Es otra
persona. ¡Es la madre de Kamo! Se queda allí, con una sonrisa divertida en los
labios. Sujeta en su mano una humeante taza de café y aprieta un cartón de
tabaco rubio bajo el brazo. Silencio. Luego, dice:
—Se ha derramado el café, el platillo está hasta arriba.
Instintivamente Kamo le quita la taza de las manos y
va a dejarla en la mesa, junto a la pila de tazas vacías.
Ella cierra la puerta y pregunta:
—¿Sabes a qué día estamos?
Su sonrisa, medio afectuosa medio irónica, sigue notándole
en los labios.
—¿A catorce? ¿A quince?
—A quince, querido mío. Hoy hace tres meses, día por
día, que te pusiste con el inglés.
Están los dos de pie, el uno frente al otro. No se tocan.
Pero se miran como si no se hubiesen visto hace años. Por último, Kamo murmura:
—¿O sea que éste es tu famoso curro?
Sí con la cabeza. Y una risita:
—Aquí por lo menos no tengo broncas con nadie, trabajo
sola. La agencia Babel soy yo.
Con un gesto cansino, tira los cigarrillos sobre la
mesa. Luego, se deja caer en su silla.
—Fumas demasiado.
—Fumo demasiado, bebo demasiado café y hablo demasiadas
lenguas extranjeras,
Ya no hay ironía en su mirada, sólo queda la sonrisa.
El talante de quien se siente feliz por poder tomarse un momento de recreo, ni
más ni menos.
En cuanto a Kamo, no me explico su tranquilidad.
Parece como si nada que viniese de su madre pudiera sorprenderle. Sin embargo,
hay admiración en su voz cuando termina por preguntar, en inglés:
—So, you are my Cathy?
—¡Ah. no! Cathy no soy yo.
Disfruta con nuestro atónito silencio durante un segundo.
Luego:
—No soy yo, pero te la voy a presentar.
Se pone de pie trabajosamente, atraviesa el cuarto
levantando oleadas de papeles arrugados y saca un libro de la bibiioteca.
—Aquí está tu Cathy.
Kamo y yo hacemos el mismo movimiento hacia el libro
que nos tiende. Es un tocho viejo de hojas amarillentas por el paso del
tiempo, encuadernado en piel azul, con el título en letras doradas: Wuthering
Heights, y el nombre del autor en delicada tipografía inglesa: Emily
tíronté. Edición original: 1847.
—Cumbres Borrascosas...
—Sí: yo no he inventado nada. Cathy es la heroína de
la novela: léela, es tuya. Y si puedes hacer una buena traducción de ella...
Pero Kamo se ha sumergido ya en el libro.
Yo recorro la biblioteca con los ojos. Aparentemente
contiene todas las novelas más bellas del mundo. Tomo al azar una italiana: Il
visconte dimezzato (El vizconde demediado) y encuentro en ella el nombre
del vizconde Medardo de Terralba, el que quedó cortado en dos por la bala de un
cañón turco. El vizconde de Terralba... «Un majara del tipo feroz»... Vuelvo a
ver la apasionada cara de Raynal contándome la historia de aquel tipo que lo
cortaba todo por la mitad porque él ya no era más que la mitad de sí mismo.
Tengo que pensar que a los dos nos viene al mismo tiempo a la cabeza la misma pregunta porque, en el
momento en que voy a hacerlo yo. Kamo pregunta:
—-Pero ¿y los otros corresponsales?
—-No son más tontos que tú. querido: todos terminan
por ponerse al acecho en la oficina de correos, siguen a mi amiga Simone, la
portera (que me trae mi correo, me hace café y me llama su «pobre alma»),
descubren el escondite de la llave... total, que se presentan aquí cuando son
totalmente bilingües y sus corresponsales les piden socorro; como tú.
Las preguntas se agolpan ahora en nuestros labios.
Pero ella nos empuja suavemente hacia la puerta.
—Después, señores, después: de momento estoy hasta
arriba de trabajo.
Y cuando estamos en el rellano:
—¡Kamo! ¿Qué tal si hicieras unas patatitas gratinadas
con nata para esta noche? Volveré a casa dentro de una o dos horas.
La evasión
Para Sarah-Marie
1 La bici heroica
Ni hablar de subirme en este chisme —declaró Kamo.
Mantenía la bicicleta a distancia con la punta de los dedos, con una mueca de
repugnancia, como si estuviera embadurnada de mermelada.
—¿Ah, no? ¿Y por qué?
Kamo me lanzó una breve mirada, vaciló un segundo y
contestó:
—Porque no.
—¿Es que no sabes montar en bicicleta?
Aquello le provocó una sonrisa despectiva:
—Hay montones de cosas que no sé hacer. No sabía una
palabra de inglés, ¿te acuerdas? Pero lo aprendí en tres meses. Así que la bici...
—Pues precisamente. Aprenderás en dos horas.
—No. No aprenderé.
—¿Por qué?
—Es asunto mío.
Paciencia. Ya conocía yo a mi Kamo y no era el
momento de irritarme.
—Kamo, Pope ha arreglado esta bici especialmente para
ti.
Frunció las cejas.
—Lo siento mucho.
—Es una bici histórica, Kamo. Luchó en la Resistencia.
Hasta escapó de una emboscada de los alemanes. Mira, fíjate.
Con una rodilla en tierra, le enseñé los dos impactos
de bala. Una había perforado el cuadro (justo entre la pantorrilla y el muslo
del abuelo, que no había pedaleado más deprisa en su vida) y la otra había
agujereado el guardabarros trasero (el abuelo consiguió eludir el tiroteo...).
Pope, mi padre, no había querido reparar los daños.
Pensaba que aquellas huellas heroicas le gustarían a Kamo.
—De verdad que lo siento por tu padre, pero no pienso
subirme a esta bicicleta.
—¿Prefieres la mía?
Claro; para un principiante, a lo mejor era más fácil
la mía, totalmente nueva, ligera como una gacela, con cantidad de piñones...
—Prefieres la mía. ¿Es eso?
—Ni la tuya, ni ninguna otra; no montaré jamás en una
bici. Punto.
—¿"Has hecho una promesa, o qué? Si hay más de
mil millones de chinos que montan en bici, ¿por qué tú no? ¿Es que quieres
distinguirte una vez más?
La verdad es que estaba empezando a irritarme. Pope, mi padre, se había
pasado horas dejando como nueva la bicicleta en cuestión especialmente para
Kamo. Una espléndida máquina checoslovaca de antes de la guerra, con frenos de
varilla y guardabarros cromados como los parachoques de un Buick. Una auténtica
maravilla... Con toda la calma que pude, expliqué:
—Kamo, aquí en el Vercors, en primavera, la única
distracción que tenemos Pope. Mounc y yo son los garbeos en bici. ¿comprendes?
Pasamos días enteros fuera. Hacemos picnic. Es la actividad familiar
desde que yo era pequeñito, y me encanta.
En mi voz, sin embargo, debía notarse la cólera porque
soltó la bicicleta y se volvió hacia mí apuntándome con el dedo:
—Escucha, tú: ya no soy ningún crío y esto no es un
capricho. No sabría explicarte por qué, pero en la vida me subiré a una
bicicleta, y no hay más que hablar. No pretendo molestar a nadie. Marchaos los
tres a dar una vuelta como de costumbre, que yo os esperaré aquí y os prepararé
la manduca para la noche.
Con todo, hubo una sonrisa:
—Y no te preocupes. Me conoces, ¿no? Yo nunca me
aburro...
Y así fue como ocurrieron las cosas. Por lo menos la
primera semana. Pope, mi padre. Moune. mi madre, y yo, el chaval (ellos en su
tándem, yo en mi bici), recorríamos las montañas, recorríamos los valles,
descubríamos los pequeños manantiales musgosos de nuestras vacaciones, y al
atardecer volvíamos a casa extenuados y molidos como los de la ciudad cuando
se encuentran otra vez con la montaña. La casa olía a patatas gratinadas con
nata, la casa olía a sopa de acederas, la casa olía a pollo con cangrejos de
río, la casa olía a la cocina de Kamo.
—Este chico es un cocinero de verdad —decía Pope.
—Ningún mérito —respondía Kamo—. Mi padre fue marmitón
de joven.
A veces la casa también olía a yeso fresco, o a
pintura.
—Hoy me he metido con el desván —anunciaba Kamo—. Se
estaba jorobando por la parte del tejado.
—¿También trabajaba tu padre en la construcción?
—preguntaba Pope.
—Mi padre sabía hacer de todo. Hasta aquello supo
hacerlo... —murmuraba Kamo—. También supo morir.
Después de cenar, partidita de cartas o de scrabble
(Pope perdía muchas veces y Moune ganaba a menudo); y Kamo y yo sólo nos
reencontrábamos de verdad cuando la casa se había quedado en silencio, bien entrada
la noche, en nuestro cuarto. Inmediatamente volaban las almohadas. Kamo
contaba con los músculos, pero yo era rápido. Lo esencial en las batallas de almohadas
es ser capaz de esquivar a] contrario y, al mismo tiempo, atraerlo para que se
convierta en una presa fácil.
La cabeza de Kamo retumbaba como un tambor y vibraba
como un punching-ball. Se tambaleaba sobre unas rodillas que se le
habían vuelto de gelatina, pero, en el momento en que me disponía a rematarlo,
almohada en ristre, saltaba como un muelle, su arma emplumada me alcanzaba en
la barbilla y me mandaba dando tumbos al otro lado de la habitación. Zurrarnos
mutuamente la badana era nuestra manera de dormir-
También hablábamos. No hay nada mejor que hablar
cuando se han apagado las luces. Una noche (una de las primerísimas noches de
aquellas vacaciones), la voz de Kamo se alzó en la oscuridad de la
habitación...
—No debería haberme hecho esto. Ella no —dijo.
(¿Quién era «ella»? ¿Y hacerle qué?) Como si hubiese
adivinado mis interrogantes, Kamo precisó:
—Mi madre. No debería haberse marchado sin mí.
¡Ah. claro! Como que era por eso por lo que estaba
pasando con nosotros sus vacaciones de Pascua. Su madre había emprendido un
viaje enorme. Primero Grecia, todos los Balcanes, y luego Rusia, en busca de
sus antepasados. «Tengo que reencontrarme con mis raíces», le había dicho a su
hijo- Y había dejado a Kamo al cuidado de mis padres. Por unos cuantos meses.
—Sus «raíces», como ella dice, son también mis raíces,
¿no? ¡Habría podido llevarme!
La madre de Kamo procedía de todas partes. De Grecia
por su abuela, de Georgia por su abuelo, de Aie-mania por su padre (un
peluquero judío que se había casado con la hija del georgiano y de ¡a griega y
que, en los años cuarenta, había huido de las persecuciones del «pirado de los
bigotes garuados», como decía Kamo).
Al proceder de tantos horizontes, la madre de Kamo,
nacionalizada francesa, hablaba cantidad de idiomas, pero no se sentía en
realidad de ninguna parte. 0 más bien, como explicaba Kamo, cambiaba de
nacionalidad como se cambia de humor, a la menor ráfaga de viento. Y con
sinceridad.
—En serio. ¡Se acuesta francesa y se levanta rusa!
Total, que cuando se sentía algo más alemana, algo más
judía y algo más griega de la cuenta, la madre de Kamo se marchaba a uno de sus
innumerables países de origen en busca de sus antepasados. Si el viaje era
breve y coincidía con un período de vacaciones, se llevaba a Kamo. De lo
contrario, lo dejaba en tierra, fu-
—Después de todo, su abuelo ruso y su abuela griega
son mis bisabuelos...
—Había colegio, Kamo, y se iba para tres meses.
—¡A la mierda el colegio! ¿Y los Balcanes? ¿Y Rusia?
-'No es eso un colegio estupendo?
En resumen, así es como estaban las cosas: Pope, Moune
y yo subidos en nuestras máquinas de dos ruedas, y Kamo en casa, jugando a
marmitón. Sin embargo, aquella historia de la bici me preocupaba.
Hasta donde yo era capaz de recordar (Kamo y yo nos
conocíamos desde la guardería). Kamo jamás había tenido miedo de nada. ;Cómo
era posible que se le arrugara el ombligo por encaramarse a una bicicleta?
—Eso se llama una fobia —me explicó Pope.
—¿Una fobia?
—Una fobia. Un miedo irracional. Hay quien es capaz
de todo: puede entrar en cueros en la jaula de los leones, escalar el Everest
con las manos, discutir toda una noche con el fantasma de su preceptor.... pero
le enseñas una araña minúscula y le da un patatús. Ahí lo tienes. Una fobia es
eso. Tu Kamo le tiene fobia a la bici. Eso es todo.
—¿Y tú tienes fobias. Pope?
—¡Superpope. o sea yo. no ha tenido jamas la menor
fobia!
—Superembustero, querrás decir —intervino Moune
riendo—. Pope le tenía fobia a Crastaing, tu profe de lengua cuando estabas en
sexto, ¿te acuerdas?
A finales de la primera semana, me desperté en plena
noche por uno de esos truenos que te ponen los pelos de punta. Las
contraventanas cerradas de mi cuarto se recortaban contra un resplandor de
fogonazos. La casa estaba en el centro de una tormenta. Junto a mi cama, la de
Kamo aparecía vacía.
Primero pensé que había ido a beber algo a la cocina y
volví a dormirme. Pero, cuando me desperté una segunda vez. Kamo no había
vuelto. Inquietud, bata y zapatillas. La tormenta seguía zarandeándonos. Al bajar
la escalera de madera, tuve la sensación de penetrar en un bombo con el que
estuviese ensañándose un chalado de la batería. Ni rastro de Kamo en la
cocina. Ni en ningún otro rincón de la casa, que se encendía y apagaba al ritmo
del batería loco. Abrí la puerta de entrada.
¡Duchado! ¡Calado de la cabeza a los pies en un segundo!
—¡Kamo! ¡Hijo de tu madre!
Me lancé corriendo hacia adelante, cegado, con los
puños apretados, convencido de que me había hecho la jugarreta de la emboscada
con el cubo de agua. Pero no era Kamo. Era la lluvia. Una lluvia recia y
glacial; lanzada a chorros compactos contra la casa por un viento que quería
derribar las paredes. Y allí estaba yo, con los brazos colgando en medio de la
tormenta, goteando como una fregona, cuando lo vi.
Al otro lado del patio, bajo el cobertizo de la
madera, estaba Kamo en cuclillas; igual, en su inmovilidad, al viejo tocón
sobre el que Pope cortaba la leña.
Los relámpagos recortaban su silueta en la noche. Y
delante de Kamo, con cada explosión de luz, brillaban los guardabarros de la
bicicleta checoslovaca.
—¡Kamo!
Se volvió. Su cara chorreaba. Se habría podido creer
que eran lágrimas.
—Ven; vas a agarrar un trancazo.
No opuso ninguna resistencia a seguirme hasta el
cuarto de baño, donde nos secamos antes de volver a acostarnos.
Ahora estábamos callados. Kamo miraba al techo del
cuarto con la misma fijeza que a la bicicleta un momento antes. Acabé por
murmurar:
—Te da un terror infernal, ¿eh?
Al principio no contestó, incluso dejó que pasara un
buen rato. Luego, dijo:
—No.
La tormenta se había alejado. Luna llena. La casa se
iluminaba en silencio.
—-No. Me da un santo terror, que no es lo mismo.
Nuevo silencio. Luego:
—Es triste, ¿no te parecer
No, no me parecía. No entendía cómo una bicicleta
podía ser triste.
Kamo dijo aún:
—Es triste como un amor perdido...
Cuando al fin me decidí a preguntarle qué quería decir,
era demasiado tarde; Kamo se había dormido. Y no habrían podido despertarle
todas las tormentas del mundo.
2 Kamo y Melissi
EL milagro se produjo hacia el final de las vacaciones. Bueno, el milagro...
digamos que el acontecimiento más inesperado en aquella parte del mundo.
Pope. Moune y yo estábamos haciendo picnic en
el valle de Loscence. No era muy lejos de casa. Kamo podía ir hasta allí a pie
si quería unirse a nosotros.
—Si me queda tiempo. Tengo que enfoscar el desván.
—Cuando hayas acabado con el desván —había dicho Pope
riendo— baja al sótano. He visto que tiene grietas. ¡Y cuando hayas apañado
toda la casa, métete con el mundo, que también necesita mucho que lo
reconstruyan.
—Mi bisabuelo el ruso ya intentó reconstruirlo una vez
—respondió Kamo muy serio, y añadió—: Aunque no salió muy bien la cosa...
Más tarde, mientras masticaba con aire pensativo, Pope
comentó:
—Ese chico es increíble. ¡Sabe hacer realmente de
todo!
—Es desde que vive solo con su madre.
Total, que estábamos acabando de comer, allí, sobre la
hierba reciente, charlando de nuestra admiración por Kamo. Pope había abierto
el termo y el perfume del café estaba apoderándose del Vercors cuando Moune
exclamó:
—¡Mirad!
Nuestras miradas siguieron la línea de su dedo extendido,
en cuyo extremo, allá al fondo, un ciclista se había salido de la carretera
para correr cuesta abajo hacia nosotros a campo traviesa.
Zigzagueaba entre las rocas y saltaba sobre las protuberancias
del terreno como un caballo de rodeo. Los guardabarros de su bicicleta lanzaban
mensajes cada vez que captaban el sol.
—La madre que le... —murmuró Pope—. Se va a...
Pero la bicicleta volvía a caer siempre a plomo sobre
la hierba, culebreando, volviendo a despegar, aterrizando de nuevo, y todo en
medio del chirrido de los muelles, los gemidos de la silla, los tintineos del
timbre y los aullidos de Kamo que, desde que estuvo lo bastante cerca, se puso
a gritar:
—¡Pía telefoneado! ¡Ha telefoneado!
Aquella bici negra de brillantes crines era realmente
un mustang loco tratando de mandar a su cowboy a la luna...
—¡Cuidado! —dijo Pope poniendo en pie toda su estatura—.
¡Frena!
Y Pope se puso a gesticular como lo hace uno de esos
tipos con cascos fosforescentes de los portaaviones cuando un cacharro da la
impresión de ir a caerse al agua.
—¡Párate!
Moune y yo braceábamos lo mismo que Pope. Kamo debía
de tomarse aquello como gestos de aclamación porque, en lugar de aflojar la
marcha, soltó el manillar y. al máximo de su velocidad, hizo los gestos de un
vencedor ante la multitud delirante. La bicicleta checoslovaca levantó el
vuelo por última vez... En lugar de volver a caer al suelo, se lanzó
contra la valla de alambre de espino que todos habíamos visto, pero que el
último montículo de hierba muy crecida había ocultado a los ojos de Kamo. Y
Kamo siguió sin su montura, con los brazos abiertos en el espacio como quien
hubiese descubierto al fin el truco de los pájaros. Con la diferencia de que
no era exactamente un pájaro. Era un adolescente más bien robusto, con una
cantidad de kilos ya considerable, lo que vino a estrellarse pesadamente sobre
los restos de nuestro picnic. Gritos, precipitación, tres cabezas
inclinadas, seis manos tendidas; pero él va, abre los ojos y repite con una
sonrisa beatífica:
—Ha telefoneado.
Su madre había llamado desde Gori, provincia de
Tiflis. Georgia, ex Unión Soviética.
—Estaba yo allá arriba, pintando la buhardilla del
desván, y he pensado que era ya hora de ir a preparar el conejo encebollado
para esta noche. Bien, pues bajo a la cocina y ¿qué es lo que veo pegado en la
puerta mientras estoy desollando mi conejo? Un aviso de correos. Aviso de
conferencia. ¡A mi nombre! Miro la hora: 13.45, El lugar: oficina de La
Chapelle en Vercors. Me quedaban diez minutos justos, imposible ir a pie; nunca
hubiera llegado a tiempo. Mi primera idea ha sido llevarme prestado el coche de
tu padre. Pedales, cambio de velocidades, volante... no creo que eso sea nada
del otro mundo. Pero no he encontrado las llaves al primer vistazo y no tenía
tiempo para buscarlas. Entonces he pensado en la bicicleta. He saltado literalmente
sobre ella. ¡Ya no me daba miedo, puedes creerme! ¡Por Dios, mí madre me
llamaba desde el otro lado del mundo y no iba a ser una vulgar bici lo que me
impidiese responder a la llamada! Mientras pedaleaba hacia la oficina de
correos de La Chapelle he vuelto a pensar en una historia que nos contó
Lanthier el Largo el año pasado. ;Te acuerdas? La historia de aquel tío suyo
(Lanthier el Largo siempre tiene un montón de tíos, primos o amigos de primos
que han hecho cosas extraordinarias), la historia de ese tío, decía, que buscaba
unas mariposas rarísimas en la selva amazónica.
>Y. ¡zas!, de pronto le pica una serpiente —una de
esas guarradas supervenenosas que se cepillan a un tío en menos de un minuto—.
Y e! tío se abalanza sobre su botiquín de primeros auxilios, saca el suero
antídoto con el que cargaba siempre y se precipita a leer el modo de empleo.
Mala pata: ¡el prospecto estaba escrito en portugués y el pobre tío no hablaba
una palabra de portugués! Y entonces, "¡Milagro!", dice Lanthier el
Largo. ¡Su tío entiende todo lo que ve escrito ante sus ojos ardientes de
fiebre, como si todas las lenguas de fuego de Pentecostés le hubieran caído de
golpe en la cabeza! Y se pone la inyección y se salva, y todavía hoy, termina
diciendo Lanthier el Largo, su tío habla el portugués de corrido como si fuese
su lengua materna...
»Bien que nos reímos de él cuando nos contó eso.
-"te acuerdas? Pues hicimos mal. Eso es lo que me he dicho cuando corría
hacia La Chapeile encima de esta bicicleta. ¡Porque era exactamente como si
hubiera estado pedaleando toda mi vida!
Sí: la madre de Kamo había llamado desde Gori. provincia
de Tiflis.
—Allí nació su abuelo, en Gori.
—O sea, tu bisabuelo...
—Sí, mi bisabuelo. Se llamaba Semion Archakovich Ter
Petrossian.
Silencio en nuestro cuarto.
—Pero le llamaban de otra manera —añade Kamo.
Era la hora buena de la noche, la hora de las confidencias
inacabables.
—Le llamaban Kamo.
—¿Kamo? ¿Como
tú?
—¿Y tu bisabuela?
—¿La griega? Se llamaba Melissi.
—Es bonito.
—Melissi... Era cantante. Kamo la había conocido en
Atenas, en 1912.
—¿La conociste tú?
—No, pero conocí a su hija, mi abuela. Me contó muchas
cosas sobre Kamo, el otro, el de verdad. ¡Se peleaba contra los cosacos, se
escapaba de todas las cárceles! Una especie de bandido generoso, o de Robin de
los Bosques, si lo prefieres.
—-'Cómo es que te pusieron su nombre?
—Un deseo de la bisabuela Melissi. Quería que su primer
descendiente varón se llamara Kamo, como su propio Kamo. Se habían querido
mucho.
—¿Y el primer varón fuiste tú?
—Sí. Melissi dio a luz una hija, mi abuela. Mi abuela
fabricó a mi madre con su marido, el alemán, y mi madre me fabricó a mí. Yo
era el primer chico desde el otro Kamo. el de 1912...
—¿Y el nombre de Kamo quiere decir algo?
—Quiere decir «flor» en georgiano. Y Melissi, ¿sabes
lo que quiere decir en griego? Eso es lo más bonito: quiere decir «abeja».
Silencio.
Y luego la voz de Kamo murmurando con una sonrisa:
—Melissi y Kamo... Los amores de la abeja y la flor.
La bicicleta checoslovaca había aguantado el golpe valerosamente.
Sólo la nariz de Kamo se había aplastado un poco.
Se acabó el desván; se acabó la cocina. Ahora nos
seguía por todas partes. Se apuntaba a todos nuestros paseos.
—¿Y qué vamos a comer? —preguntaba Pope—. ¿Y quién va
a pintar la casa, encerar el parqué, cavar la huerta, lavar la ropa, zurcirnos
los calcetines?
Moune reía al viento.
—¡Calla y pedalea, explotador!
Lo que Kamo conseguía hacer con su bicicleta era...
¡increíble! No se habría sentido más a gusto si hubiese montado en bici toda su
vida. Es más. aquel viejo cachivache checoslovaco, pesado y chirriante, con su
enorme faro y sus guardabarros rutilantes como los de un auto de antes de la
guerra, entre las manos de Kamo se convertía realmente en una fiera domada. Con
cada aceleración nos dejaba clavados a mí y a mi bici de marca, estilizada como
una hoja de afeitar.
Es decir, me pasaba a toda velocidad y luego, detrás
de la primera curva, se paraba en seco, daba la media vuelta encabritándose
sobre la rueda trasera y se cruzaba conmigo mientras yo le estaba
persiguiendo... No era posible... ¡Tenía que tener un motor de reacción metido
en alguna parte de aquel montón de chatarra!
—¡Kamo! ¡Cambiamos!
Él me prestaba su bólido de mil amores, pero la bici
perdía toda su potencia apenas me había montado yo en ella. ¡Igual que si le
hubiesen injertado un par de pedales a un camión de quince toneladas!
—No Le canses —decía Kamo—. Sólo me obedece a mí.
-—Este crío es más fuerte que un roble —decía Pope.
Una de las últimas noches le pregunté: —¿Y tu miedo,
Kamo? —¿Qué miedo?
—Tu fobia a la bici, tu «santo terror». Reflexionó un
momento y dijo: —Es como un sueño, un sueño que se me hubiese olvidado —poco
después, añadió—: ¿Sabes una cosa? Lanthier el Largo... —¿Qué?
—Pues que creo que es menos gilipollas de lo que
parece.
Dejó que pasara un buen rato, antes de continuar: —¡La
necesidad nos hace hacer cosas realmente extraordinarias!
En ese punto me reí en voz baja:
—Montar en una bici. por ejemplo. Pero Kamo no se
reía.
—Sí, montar en una bici cuando algo dentro de nosotros
nos grita que no debemos hacerlo... —¿Crees en los presentimientos, Kamo?
Silencio. Luego, Kamo contestó: —Si César hubiera escuchado a los oráculos, sus
antiguos colegas no le habrían agujereado la barriga. Y añadió:
—Si Enrique II hubiese escuchado a su mujer. Catalina
de Médicis, no se lo habrían cargado en aquel torneo...
—Un lanzazo en un ojo.
—Sí. Que le salió por la oreja,
—Tardó horas en
morir,
—No debió divertirse mucho...
—Tú dirás.
(Cuando lo pienso, la verdad es que eran geniales
aquellas conversaciones nocturnas...)
—En cualquier caso -—dijo Karno—, mis propios presentimientos
no se han cumplido.
Se oyeron a lo lejos el grito de una lechuza y el ronquido
de un motor que remontaba el valle. —¿Cuándo volverá a llamarte tu madre? —No
antes de un mes. —¿ Tanto?
—Le gusta tener libertad de espíritu cuando viaja. En
su voz no había ningún reproche. Siempre la misma admiración cuando hablaba de
su madre. —¿Kamo? —¿Sí?
—¿Qué querías decir el otro día cuando decías que tu
bisabuelo, el otro Kamo, ya había querido reconstruir el mundo y que el
resultado no había sido muy allá?
—La Revolución —contestó Kamo—. La Revolución rusa.
Era un revolucionario. Una especie de Robín de los Bosques al servicio de la
Revolución.
Hubo un largo silencio. Luego, Kamo dijo todavía:
—Eso fue lo que los separó a él y a Melissi la Abeja.
—¿Por qué?
¿Ella no compartía sus ideales revolucionarios?
—No, no es eso.
Aquella lechuza, cuyo ulular se iba acercando, hacía
siempre su nido en nuestra casa al terminar las vacaciones de Pascua, la
víspera de nuestra marcha.
—Es otra cosa —dijo Kamo—. Creo que no hay suficiente
sitio para dos pasiones en el corazón de un revolucionario.
Y mucho después, durante la noche. le oí murmurar:
—Hubiera debido elegir a Melissi.
3 El drama
FUE Pope quien "originó el drama», como suelen decir los periódicos. O
más bien, Pope, mi padre, se reprochó durante mucho tiempo su responsabilidad
en lo que ocurrió después. Yo creo que él no tuvo culpa de nada. Y. si tuviera
que designar a un responsable, diría que fue la Historia. Sí, la Historia con
mayúscula, la que nos enseñan los profes, la que encontramos en los libros, la
que se va depositando gota a gota y nos proporciona una memoria mucho más vieja
que nosotros mismos, la Historia que construimos nosotros también todos los
días, sin que lo parezca, y que se llama «la vida» antes de convertirse en la
Historia.
Íbamos a salir. El coche estaba cargado. Un coche familiar con un maletero
en el que se habría podido transportar un buey. Todas nuestras maletas y bolsas
cabían en él ampliamente. No obstante, Pope había instalado una baca en el
techo.
Pregunté para qué era aquella baca y Pope se dio una
palmada en la frente con el gesto de quien se acuerda de algo de pronto.
—¡Dios mío, es cierto, se me había olvidado!
Luego, gritó:
—¡Kamo. trae aquí las bicis, haz el favor!
—¿«Las» bicis? —preguntó Kamo.
—Pues claro: la tuya y la de tu colega.
Asi fue como Pope le dio a mi amigo Kamo la bicicleta
checoslovaca. Probablemente un autentico sacrificio para Pope, porque era la
bicicleta de su padre, la bici heroica, la que había luchado en la Resistencia,
una reliquia familiar... En cuanto a Kamo, no sabía muy bien cómo dar las
gracias, pero su mirada hablaba por él.
Más tarde supe que Moune, mi madre, no había estado
de acuerdo en traerse las bicis a París. «Demasiado peligroso», decía. Pero
Pope la había convencido. «El chico es prudente y Kamo es hábil...» Fue sobre
lodo el argumento del gusto el que hizo ceder a Moune. «Les gustará tanto...».
La verdad es que nada podía apetecernos más. Traernos nuestras bicis a París
era prolongar las vacaciones. Incluso eternizarlas.
—¿Podremos ir al colegio con ellas?
—No, son para dar vueltas dentro del piso...
¡Qué éxito tuvo Kamo en el colegio con su bici checoslovaca!
Incluso los más fantasmones que se paseaban con sus motitos japonesas de
pequeña cilindrada se pusieron verdes de envidia.
Todos los que iban de «cuanto más nuevo, mejor», los
obsesos del último modelo, daban vueltas alrededor de la bici histórica con los
ojos como platos.
—¿De qué marca es?
—Una checa de antes de la guerra —contestaba Lanthier
el Largo, que sabía la tira del capítulo bicis.
—Y ese agujero de ahí en el cuadro, ¿qué es?
—-Los alemanes: una emboscada —dejaba caer Kamo con
indiferencia.
—¿Crees que todavía se pueden encontrar piezas
sueltas?
—Intenta soltar una un poco y verás...
Como si la bici no fuera ya demasiado pesada, Kamo le
había añadido dos enormes bolsas de cartero, dos zurrones de cuero tan viejos
como ella y que abarrotaba con nuestras cosas de clase. Por la mañana, cuando
llegábamos, cada uno agarraba su bolsa y se la echaba con soltura sobre el
hombro, lo que nos daba el aspecto de dos cowboys presentándose en el saloon
con las sillas de montar a la espalda. Con un movimiento del hombro
dejábamos caer nuestro saco sobre el pupitre como si soltáramos ¡a silla sobre
la barra, y Lanthier el Largo voceaba:
—¿Un güisqui doble, como siempre? Luego, ocurrió lo de
aquella sesión de cine. A medianoche, en la cinemateca del Palais Chaillot.
Medianoche era tarde, incluso siendo sábado. Incluso para unos padres como los
míos. Y. sin embargo, no podíamos perdernos aquella película. Una de las
primeras versiones cinematográficas de Cumbres Borrascosas. —No voy a
dejaros sueltos por París a medianoche. Pope parecía inflexible. Pero Cumbres Borrascosas
seguía siendo la novela preferida de Kamo. Había leído la versión original
inglesa por lo menos una docena de veces. Hasta había hecho una traducción de
ella considerando que todas las que existían hasta la fecha «no valían un
pimiento». De hecho, seguía enamorado de Cathy, la heroína. Se tomaba a
sí mismo por Heathcliff o algo así... Locamente enamorado, vamos. Nos habíamos
chupado más o menos todas las películas con que habían intentado llevar a la
pantalla aquella obra maestra. En cada ocasión, Kamo salía del cine hirviendo
de ira.
—Pero ¿tú has visto qué petardo? ¿Me puedes decir qué
es lo que ha entendido de la novela el individuo que ha rodado eso?
Yo me ganaba la bronca de todas todas, como si fuera
el director de la película en cuestión.
—¿Y la chica que hacía de Cathy? ¿Te has fijador ¿Y el
tío que hacía de HeathcliíT? ¡Un gomoso, con esa brillantina! No hay derecho a
que se trate de esa forma a unos personajes. ¡Un personaje de novela es como
una persona, hay que respetarlo! ¡No estás de acuerdo?
(Más me valía estar de acuerdo...)
Así que cada vez que la cinemateca reponía una antigua
versión de Cumbres Borrascosas, nos precipitábamos allá. Pero esta vez
Pope, mi padre, era una roca. Entonces, Kamo negoció con Moune.
Corrió a la cocina para echarle una mano, como de
costumbre, y por la noche, durante la cena, con la nariz metida en mi sopa, oí
con toda claridad cómo Moune decía:
—Vamos, Pope...
Levanté bruscamente la mirada hacia mi madre; tenía
la sonrisa de las grandes victorias. Pope no había podido resistirse nunca a
aquella combinación tan especial de mirada de otoño y sonrisa de primavera.
Aquella noche no se resistió más que otras veces. Se limitó a decir:
—Ni siquiera puedo llevarlos en coche; le he prometido
al abuelo Tintorro que iría a arreglarle la tele.
El «abuelo Tintorro», como él le llamaba, era un antiguo
compañero de trabajo de Pope que vivía en la otra punta de París y que no
soportaba ni la jubilación, ni el tintorro. ni los programas de televisión.
Desgraciadamente eso era todo lo que tenía en la vida. Así que, como su
jubilación le ponía demasiado triste, se soplaba una señora botella y se
instalaba delante del aparato.
Al día siguiente, llamaba por teléfono a Pope para que
fuera a reparar la tele, que había dejado hecha cachitos.
—No pasa nada —dijo Moune—, irán con sus bicis y serán
prudentes.
Ya. Como que es fácil ser prudente a esa hora de la
noche con nadie o casi nadie en las calles de París... Lo habíamos prometido,
es cierto, pero a las primeras pedaladas parecía ya como si estuviéramos a punto
de llegar a la meta del Tour de Francia. Doblado en dos sobre mi purasangre le
gritaba a Kamo que lo cazaría, que algún día acabaría por atraparle...
—¡Jamás! —vociferaba Kamo—. ¡Nunca me alcanzará
nadie! ¡Voy más rápido que las balas alemanas!
Si en nuestra trayectoria se hubiese encontrado
aquella noche un poli, apenas nos habría visto pasar. Y fue una lástima,
porque, si nos hubieran detenido a tiempo, el accidente no habría ocurrido.
Cuando hoy vuelvo a pensar en ello, lo más extraño es
que el primer recuerdo que me ha dejado es el de una inmensa carcajada. Mi
propia risa retumbando en las calles de París. Había renunciado a alcanzar a
Kamo. Victorioso, se había puesto de pie sobre el cuadro de la bicicleta
checoslovaca, había abierto los brazos y
gritaba a voz en cuello;
—¡Ya llego, Cathy! ¡Espérame, no te mueras! ¡Soy yo,
Kamo; ya llego!
Y yo. pedaleando detrás y riéndome como un merluzo...
—¡Voy a salvarte! —aullaba Kamo—. ¡Ten confianza! ¡Te
voy a salvar de una vez por todas!
Y yo iba zigzagueando de tanto como me reía.
—¡Voy a meterme en la pantalla! —gritaba Kamo—.¡Voy a
arrancarte de la película. Cathy, y ya nunca volverán a obligarte a rodar
semejantes petardo?!
La calle bajaba en picado. De pie sobre su bicicleta,
con un pie en la silla y otro en el manillar, Kamo volaba en la noche rojiza
de la ciudad con tanta seguridad como un campeón de surf sobre el oleaje
del Pacífico.
—Conozco una isla en el Caribe, ¡Te llevaré allí.
Cathy! ¡Se acabaron las pelis! ¡Se acabaron las brumas de Escocia! ¡Vivan las
lagunas cristalinas y los cocoteros de suaves curvas!
De vez en cuando aparecía alguien en una ventana, pero
ya habíamos pasado. Kamo continuaba aullando:
—¡Beberemos ponches de coco con ese mastuerzo que
intenta seguirme y que es amigo nuestro!
El coche era negro. Circulaba con todas las luces
apagadas. Circulaba deprisa. Circulaba por su izquierda. Y Kamo no se ceñía a
su derecha precisamente.
—¡Te quiero, Cathy! ¡Espérame, mi amor, que ya llego!
Chocó con el automóvil negro en el centro de la curva.
Con e! choque, el faro de la bicicleta checoslovaca estalló. Kamo golpeó el
techo del coche, que siguió su marcha triturando una bicicleta cuya chatarra
chillaba mientras despedía surtidores de chispas.
—¡Kamo!
Había salido despedido por el aire y, por un momento,
le había perdido de vista. Luego, había caído en mitad de la calle, había
rebotado y había rodado sobre la acera hasta ir a empotrarse en la puerta de un
edificio cuyas luces parecieron encenderse todas de golpe.
El otro detalle que me vuelve a la cabeza se confunde entre la luz giratoria
de la ambulancia y la del coche de policía. Estaban poniendo en una camilla a
Kamo desvanecido; un hilo de sangre le corría desde el oído. Nadie se ocupaba
de mí mientras yo gritaba:
—¡El coche no se ha parado! ¡Iba por la izquierda y no
se ha parado!
Gritaba aquello, sí; y al mismo tiempo sentí que algo
rechinaba bajo mi pie. Me agaché. Era el reloj de Kamo. Estaba roto. Marcaba
las once.
4 Blanco
como la muerte
ALGO que había impresionado mucho a Kamo, al morir su padre, era la blancura
de la clínica.
—Nunca pintaré de blanco las paredes de mi casa.
Era inflexible con el blanco:
—Además, ni siquiera es un color.
Decía:
—El blanco, cuanto más limpio más sucio. Una sombra
sobre blanco es como hollín caído del cielo.
Y decía también:
—El blanco es la muerte que se esconde.
En esto pensaba yo mientras recorría una y otra vez el
pasillo de urgencias. Habían secuestrado a mi Kamo directamente en la zona de
quirófanos. Pope sostenía la mano de Moune en las suyas. Estaban los dos
sentados en unas sillas de plástico naranja.
Pope estaba tan pálido que su bigote negro parecía
postizo. Moune no lloraba. Era peor. Era como si no pudiera volver a llorar en
toda su vida. Yo caminaba de arriba abajo ante el naranja y el verde de las
paredes, diciéndome: «No se va a morir. Si han puesto verde en la pared, no se
morirá, La muerte es el blanco en las paredes».
Sin embargo, horas más tarde (seguía habiendo naranja
y verde en las paredes, pero el malva del amanecer estaba ya en las cornisas),
cuando vi salir al cirujano de la zona de quirófanos, cuando le vi acercarse a
Pope y Moune. cuando vi aquella bata blanca, aquel gorro blanco, aquel bigote y
aquel pelo blancos, cuando vi toda aquella cantidad de blanco inclinándose
hacia Pope y Moune, que se levantaron como impulsados por un resorte (lo que
hizo que el hombre de blanco tuviera que erguirse él también, como si ¡e
hubiera salido mal la reverencial...
... Cuando vi a aquel hombre tan cansado, con los
labios exangües de agotamiento, pronunciar las palabras «valor», «muy pocas
esperanzas», «gran hematoma cefalorraquídeo», «chico robusto, pero...», cuando
vi que el brazo de Pope se agarrotaba en torno a! cuerpo de Moune que
desfallecía, supe que mi Kamo estaba acabado, que la bicicleta checoslovaca lo
había matado, que acababa de perder a mi mejor amigo, a mi único amigo.
Las cosas nunca suceden sin que uno se pregunte por
qué. Los acontecimientos gritan. Exigen una explicación. Quieren un culpable.
—En la Edad Media —decía Kamo— se abatía una calamidad
sobre una aldea y. ¡zas!, quemaban a una bruja.
Es cierto que los acontecimientos claman venganza. Una
venganza ciega.
—La economía alemana va de ala —decía Kamo— y el
chiflado de los bigotes gamados decide matar a todos los judíos.
No se podía parar a Kamo cuando estaba lanzado sobre
el tema:
—¡No son «explicaciones» lo que los hombres necesitan,
sino «culpables»! Incluso aquí, entre nosotros, en esta clase, cuando se tuerce
algo, lo que sea, no se buscan explicaciones: ¡siempre es Lanthier el Largo el
que carga con el mochuelo!
Volví a pensar en estas cosas, en estos razonamientos
que Kamo solía desarrollar en clase de historia y que nos divertían y nos
hacían reflexionar al mismo tiempo; los recordaba al oír a Pope, a aquel pobre
gigantón que era Pope, mi padre, repitiendo sin cesar:
—¡Es culpa mía! ¡Ha sido por mi culpa! Tendría que
haberte escuchado, Moune, y dejar las bicicletas donde estaban.
Pero Moune. sentada muy tiesa en la silla, de la que
casi nunca se levantaba, le contestaba:
—No, he sido yo. Era una locura dejarles salir por
París en plena noche.
Y yo, solo en
mi habitación, con el reloj roto de Kamo en la mesilla de noche, sabía
perfectamente que el responsable era yo mismo. En lugar de burlarme de Kamo,
debía haberme tomado en serio sus presentimientos. Volvía a verle aquella
noche de tormenta, arrodillado ante la bicicleta checoslovaca, con la cara
empapada de lluvia —aunque debieron ser lágrimas— y todavía le oía decirme:
—No; un «santo terror».
En fin, que ése era el clima que había en casa: la
búsqueda del responsable, la gran cacería ciega del culpable. Sólo que aquí
todos se acusaban a sí mismos, lo que resultaba todavía más terrible, porque
contra esas acusaciones uno no puede defenderse en absoluto, pero tampoco
dejarse consolar.
—Que no: que he sido yo —-decía Pope...
—Calla; sabes muy bien que he sido yo —murmuraba
Moune...
Y yo. en mi cama:
-Es culpa mía. Debía haber creído en aquel presentimiento...
Afortunadamente la vida se defiende contra la desesperación.
Encuentra pequeños trucos. Trucos tan inesperados que uno se queda alucinando.
Porque allí estaba yo, tumbado en mi cama que ni
siquiera había descubierto, con los ojos abiertos de par en par, cuando de
pronto me volvió a la cabeza otra frase de Kamo. Una frase de las últimas
vacaciones. —¿Sabes una cosa? Lanthier el Largo...
—Qué?
—Pues que creo que es menos gilipollas de lo que
parece.
Fue como un fuego artificial desplegándose en toda
aquella negrura. Salté de mi cama y me abalancé sobre el teléfono.
La señal sonó durante un buen rato. El reloj de la
entrada contaba los segundos por mí. Por fin. me llegó la voz de Lanthier el
Largo desde muy lejos:
—¿Quién es el mamón que se permite despertar a una
familia numerosa a las cuatro de la madrugada?
—Soy yo.
Reconoció mi voz en el acto y se suavizó un poco.
—¡Ah! ¿Eres tú? ¿Qué pasa?
-Lanthier...
Para sorpresa mía, no fui capaz de decir nada más. Me
parecía que, si contaba el accidente de Kamo, si hablaba de su estado, lo
mataría del todo. Y fue Lanthier el que preguntó:
—¿Le ha pasado algo a Kamo?
Fue entonces cuando le conté. Lanthier no me interrumpió
ni una sola vez. Escuchaba.
Cuando acabé mi
relato, dijo:
—No te
preocupes...
La continuación me la esperaba. Me esperaba que saliera
con majaderías del tipo: «Venga, si está hecho un cachas: nuestro Kamo es
inmortal...», cosas asi. Pero de eso nada. Dijo otra cosa:
—Kamo no va a morir—y luego añadió—: Depende de
nosotros.
Yo esperaba, agarrado a mi teléfono.
—Tengo un primo —dijo por fin Lanthier el Largo— que
se rompió la crisma desde un sexto piso; atravesó una cristalera y se chafó
contra el cemento de un garaje.
Sentía cómo me invadía la ira.
(«¡Si te fijas —había dicho Kamo—, Lanthier el Largo
siempre tiene un primo o un amigo de un primo al que le ha ocurrido algo
extraordinario!»)
—Bueno, pues lo salvamos —siguió Lanthier—. Lo
salvamos igual que vamos a salvar a Kamo. De la misma forma.
—¿O sea?
Había ironía en mi voz.
—Pensando en él —contestó Lanthier sin conmoverse.
—¿Cómo has dicho?
Y, con la mayor tranquilidad del mundo:
—Pensando en él. Basta con pensar en él día y noche
para que salga adelante. No olvidarle jamás. Pensar en él sin un segundo de
interrupción. Si lo conseguimos, si no flaqueamos, si no se produce un agujero
en nuestro pensamiento, Kamo saldrá de ésta. Desde ahora te lo digo.
Decía aquello con la tranquilidad de un medito que
sabe que está dando la receta adecuada. E inmediatamente sentí que la
confianza me envolvía como un manto de sueño.
—Estás roto —dijo Lanthier desde el otro extremo del
hilo—. Has estado pensando en Kamo hasta ahora: vete a dormir, que yo te tomo
el relevo. Te despertaré cuando te toque el turno de subir al puente.
En cuanto colgué, me quedé dormido.
5 Kamo,
Ka-mo... Ca-ma, co-ma...
AQUEL día Pope y Moune me dejaron dormir. No tuve que ir al
colegio. Fue el teléfono lo que me despertó a las doce y diez.
—Hola, tú.
Lanthier el Largo al otro lado.
—Ahora te toca a ti pensar en Kamo. Yo vuelvo a casa
para echar una cabezadita.
—¿Cómo te ha ido esta mañana en clase?
—Muy bien. Me han caído dos horas de pringarla en
física.
—¿Por qué?
—¡Porque estaba pensando en otra cosa, jope!
Soltó una risa ahogada.
—Por cierto, que le hubiera divertido mogollón a Kamo,
además.
—Cuenta.
—¡Bah! Una chorrada —dijo Lanthier-—, Es sólo que
Plantard me ha sacado a la pizarra. Casi no le he oído llamarme, con todo lo
que estaba pensando en Kamo. Asi que va y me llama por segunda vez, y los demás
empiezan a cachondearse. Total, que salgo a la pizarra. Plantard me pregunta y
yo sigo tan mudo como estaba. "¿Debo entender que no se sabe usted la
lección. Lanthier?". Sí señor, dice mi cabeza; ha entendido usted bien,
señor. "¿Y qué explicación va a ofrecerme usted esta vez.
Lanthier? ¿Su cartera olvidada una vez más en casa de uno de sus innumerables
primos?". No señor, dice mi cabeza; no señor. "¿Pues,
entonces?". Y es ahí cuando le he dicho: "No me he aprendido la lección,
señor, porque estaba pensando en otra cosa; y aún estoy pensando en ella en
este momento, señor; y por eso estoy mudo, señor".
«¡Explosión en la clase; imagínate! Pero Plantard levanta
la mano. "¿Y puede decirnos en qué pensaba usted, Lanthier.-".
"En alguien, señor". Aullidos detrás de mí: "¿En quién pensabas.
Lanthier? ¿Cómo se ilama?" "¿Es mona?". Y Plantard (ya le
conoces, siempre aullando con la manada): "¡Vamos, Lanthier! ¡Conteste a
sus compañeros y diga en quién pensaba usted mientras no se aprendía la
lección!". Y yo (echándole toda la gilipollez posible al asunto): "Se
llama Cathy, señor". Y la clase: "¡Cathy! ¡Cathy! ¡Qué monada! ;Nos
pasas su teléfono, Lanthier? Escríbelo en la pizarra". Y yo: «Se llama
Catherine Earnshaw y es la heroína de Cumbres Borrascosas; una novela,
señor; la he leído esta noche".
Breve silencio de Lanthier en el otro extremo del
hilo. Luego:
—Pues eso. Me ha metido dos horas. Pero lo más gordo
es que era verdad. Esta noche me he tragado Cumbres Borrascosas; me ha
parecido que era ¡a mejor manera de pensar en Kamo.
Nuevo silencio.
—¿Y sabes lo que te digo? Me pregunto por qué querrá
tanto a esa Cathy... A mí me parece más bien una tía plasta... nadie que
merezca un leñazo contra un coche por ella.
Lo decía con toda la sinceridad del mundo. Añadió:
—En fin eso es asunto de Kamo. Ya le conoces: en cosas
de amor no hay quien le haga razonar.
Kamo
estaba extraordinariamente
inmóvil en su cama del hospital. Tenía una cara de cera
y tiza. Sus párpados eran de color malva, como el ciclo el amanecer después de
su accidente. Por un segundo creí que había dejado de respirar. Me incliné
sobre él. No. Era la inmovilidad lo que daba aquella impresión. La inmovilidad
y el vendaje, quizá. El vendaje, tan blanco... Pero respiraba. Débilmente. Como
si estuviese acurrucado allá lejos, en el fondo de sí mismo, y a su aliento le
costara todo el esfuerzo del mundo salir fuera, al exterior. «El Gran
Exterior», había dicho Kamo una mañana señalando con un amplio gesto las
montañas del Vercors. No había más que aquel vendaje. Y eso lo hacía casi más
terrible. Si hubiera estado cubierto de heridas y de golpes, habríamos
pensado: «liste pajolero Kamo. qué averiado está... ¡Sólo a él podría pasarle
una cosa así! No hay que preocuparse: se recompondrá, como de costumbre».
Pero no: por una vez el rostro de Kamo aparecía terso
como el de un recién nacido. Ni el menor rasguño. Nada visible. Sólo aquel
vendaje blanco que le estrechaba la cabeza. Mi amigo Kamo estaba dentro, roto.
«La inmovilidad es lo contrario de Kamo» era lo que yo, de pie junto a su
cabecera, no dejaba de repetirme: «La inmovilidad es lo contrario de Kamo».
De repente me di cuenta de la estupidez de nuestro
juego infantil. Como si «pensar en Kamo» fuese suficiente para vencer aquella
palidez de cera, para reanimar aquella inmovilidad, para hacer que aquello de
allí dentro se reparase.
—Es un método como otro cualquiera -me dijo el doctor
Grappe (yo había llegado a su casa sin aliento y le había expuesto la teoría de
Lanthier).
—¿Cree usted que eso puede funcionar?
El doctor Grappe no me contestó directamente. Pero lo
que me dijo valía por todas las respuestas.
—El afecto, el verdadero, siempre ha producido ganas
de curarse.
Había que pensar en Kamo. Había que pensar en él sin
desfallecer. Lanthier tenía razón. Y para ello había que luchar contra la
impresión que había dejado en mí su inmovilidad. Su inmovilidad...
Fue entonces cuando me acordé de la historia del gato,
Por entonces estábamos en el curso preparatorio. En el primer año. No había
sucedido ayer... Volvíamos del colegio y el gato fue arrollado delante de
nosotros. Bueno, no arrollado exactamente. Más o menos el mismo accidente de
Kamo, Había querido cruzar la calle en un par de saltos y la aleta del coche lo
había alcanzado en pleno vuelo. Se estampó contra el pecho de Kamo, que vaciló
con el golpe, pero que cerró instintivamente los brazos sobre el gato. Kamo se
quedó allí, de pie, con el animal en sus brazos, mirando cómo el coche
desaparecía. Por la boca entreabierta del gato asomaba una puntita de lengua en
la que brillaba una gota de sangre. No se movía. Tenía precisamente esa
inmovilidad que no es la del sueño...
—Está muerto —dije.
—No —contestó Kamo.
Y con el gato en los brazos, se encaminó tranquilamente
hacia su casa, subió por ¡as escaleras hasta llegar al segundo piso y. cuando
le abrió su madre, se fue a su cuarto sin decir una palabra, se metió en la
cama sin quitarse la ropa siquiera (para no molestar al gato) y se quedó en
ella tres días, en silencio, inmóvil; tres días y tres noches hasta la cuarta
mañana, en la que el gato, al fin, abrió un ojo, luego el otro, bostezó y saltó
de los brazos de Kamo.
—Ya ves —me dijo Kamo—: cuando están muy mal hacen
como si estuvieran muertos. Es su manera especial de cuidarse. Y si les haces
compañía, se curan antes.
En casa, Pope y Moune estaban como dos fieras enjauladas.
—¡Es increíble! —decía Pope—. ¡Hay que encontrarla
como sea!
—Mañana pasaré por la embajada —proponía Moune.
—Por otro lado —añadía Pope—, cuanto más tarde lo
sepa...
—Ya, ya —decía Moune—; ya lo sé.
Y se dejó caer en una silla, se puso a llorar en silencio
y repitió por enésima vez:
—Dios mío, Dios mío. Si te hubiera hecho caso...
Habían pasado el día intentando ponerse en contacto
con la madre de Kamo. Se habían dirigido a la agencia que le había organizado
el viaje. La agencia había llamado a su oficina de Leningrado —ahora San
Peters-burgo, de nuevo— donde se suponía que todavía se encontraba el grupo.
Electivamente, allí estaba, pero la madre de Kamo había desaparecido.
—Seguramente ha dejado el grupo para seguir viaje ella
sola —dije.
—Imposible —contestó Pope—. ¡Tendría que estar loca
para meterse sola en ese follón ruso tan descomunal!
—Pues es justamente lo que está haciendo.
Pope dejó bruscamente de deambular y se volvió hacia
mí por completo.
—Y tú. ¿qué sabes de eso?
—Lo sé.
Lo sabía. Durante una de nuestras últimas noches en el
Vercors, Kamo había soltado una risita y había dicho:
—A estas horas ya debe haberlos dejado plantados.
—¿Plantados?
—-Tú crees que mi madre ha ido a Rusia para fotografiar
e! Kremlin junto a una manada de turistas en bermudas? Ha ido en busca de mi
bisabuelo, el otro Kamo, e! verdadero. ¡Y lo encontrará!
—¿No está muerto?
—Claro que sí. Nació en 1882 y murió en 1922, a los
cuarenta años de edad. Pero lo que Melissi la griega, la Abeja, nunca quiso
decir fue la forma en que murió... Ella lo sabía, pero ni mi abuela ni mi
madre consiguieron que lo dijera; es una especie de secreto y mi madre está
completamente decidida a descubrirlo.
Y luego, con orgullo:
—No ha nacido quien obligue a mi madre a seguir al
rebaño.
Hacía ya días que el reloj roto de Kamo marcaba las
once en mi mesilla de noche.
No resulta fácil pensar en alguien sin parar. Aunque
ese alguien se llame Kamo. Aunque ese Kamo sea tu mejor amigo. El pensamiento
tiene agujeros por los que él mismo se escapa. Tu mirada se mete en una foto de
montañas, tu oído se engancha a una nota de música... y te vas de tus deberes
de mates, o dejas de pensar en tu amigo Kamo.
Al principio dejaba que las imágenes de Kamo me
llegaran libremente. Las primeras en llegar, naturalmente, fueron las últimas:
imágenes de las vacaciones, las largas conversaciones nocturnas, las recetas de
Kamo, el aroma del pollo con cangrejos. Kamo y nuestras bolsas de cartero,
todo en mogollón, batallas de almohadas y paseos en bici por la montaña...
Luego fue como un grifo que se secar que ya sólo corre
gota a gota. Tuve que «organizar mi memoria», volver a empezar todo desde el
principio: nuestro encuentro en la guardería (donde estábamos los dos enamorados
de la misma cuidadora, que se llamaba Mado-Magie y que sacudía sonajeros ante
nuestras narices para ganarse su vida de estudiante), luego el jardín de
infancia, y el curso preparatorio, y el curso medio en que nuestro profesor, el
señor Margerelle. nos preparaba para entrar en el siguiente imitando a todos
los profes que nos íbamos a encontrar, y la admiración de Kamo por el
Margerelle haciendo de profe de mates soñador, tan diferente del Margerelle
haciendo de profe de lengua cascarrabias...
...y Crastaing justo un año después. Crastaing, el
profe de lengua, al que todo el mundo le tenía un miedo atroz, todo el mundo
menos Kamo, y la forma extravagante en que Kamo había aprendido inglés y conocido
a Catherine Earnshaw, la heroína de Cumbres Borrascosas...
Pero llegaba la hora de ir a cíase, la hora de
sentarse a la mesa, la hora de hacer los deberes, y chaparrón de preguntas cada
vez que me notaban «ido»: «Pero -en qué está usted pensando.-».
«¿Cuántas veces hay que llamarte?», «¡No podría fijarse usted un poco?»,
«Bueno, ¿tú juegas o qué?»... Era un verdadero suplicio «pensar» en semejantes
condiciones. Cuando Lanthier el Largo me llamaba para tomar el relevo, descolgaba
el teléfono tan agotado como si hubiera pasado el día en el fondo de una mina
empujando vagonetas de hierro llenas de un Kamo cada vez más pesado.
Y, como es natural, lo que tenía que pasar pasó. Ocurrió
un miércoles por la tarde, en el cuarto de baño. No se le pueden hacer a uno
preguntas cuando está en la bañera. Es el lugar ideal para pensar. Así que me
había sumergido en la espuma del baño buscando desesperadamente un pensamiento
nuevo que pudiese ayudar a Kamo.
Pobre Kamo; a pesar de conocerle desde siempre, me
parecía que ya había pensado todo, absolutamente todo lo que se podía pensar
sobre él... Así que apelé a su cara, la cara áspera que ponía al enfoscar las
paredes en el desván de Pope, la cara impenetrable de cuando preparaba una
jugarreta, la cara de Kamo enamorado de Cathy... y todas las caras respondieron
a la llamada; pero, poco a poco, se fueron confundiendo hasta el momento en
que me resultó imposible recordar un solo rasgo de Kamo. imposible decir qué
facciones tenía aquel Kamo en el que llevaba una semana pensando sin parar. Era
como si la imagen de Kamo se hubiera evaporado con el calor del baño, lo mismo
que la espuma. ¡Qué se le iba a hacer! Por lo menos me quedaba su nombre. El
nombre de Kamo, nada más que ese nombre: «Kamo», que me puse a repetir
indefinidamente en mi cabeza porque le iba la vida en ello: Kamo, Kamo, Kamo,
Kamo. Kamo... Pero el nombre estaba formado por dos sílabas que enseguida se
separaron una de otra, como si las hubiera gastado a fuerza de repetirlas: Ka-
Mo, Ka-Mo, y que, cada una por su lado, «Ka». «Mo», ya no evocaban nada...
Hasta que empezaron a asociarse con otros significados: «Ca». «Ma» «Co».
«Ma»...
El baño estaba frío cuando me desperté. Aquel frío.
Dios mío...
Cuando Lanthier el Largo descolgó por fin el teléfono
para pronunciar un «diga» soñoliento, aullé:
—¡Lanthier! ¡He dejado de pensar en Kamo!
Se hizo un silencio de muerte al otro lado.
—¡Me he quedado dormido en la bañera!
Lanthier colgó sin decir palabra.
Me precipité hacia el hospital.
6 ¡Chavair!
IjANTHIER el Largo había llegado antes que yo. De pie, con los
Sabios trémulos y los párpados hinchados, Lanthier el Largo me miraba por
encima de la cama de Kamo. Los labios de Kamo estaban azulados por el frío. Las
yemas de sus dedos también. Toqué aquella mano, pero retiré al momento la mía,
sobresaltado. ¡El frío de mi bañera! Exactamente la misma temperatura.
—Se acabó —-elijo Lanthier.
Ahora la inmovilidad de Kamo era la de un bloque de
hielo que se alejaba de nosotros a la deriva, con una lentitud contra la que ya
no podíamos hacer nada.
—Hay que llamar a una enfermera —dijo Lanthier.
Pero no nos movimos, ni él ni yo. Nuestros ojos no
conseguían desprenderse de la cara de Kamo. La verdad es que era bastante
difícil reconocer a nuestro Kamo en aquella cara.
No se veía más que la venda blanca. Terrorífica como
un verdugo de hielo. Las manos de Lanthier el Largo, impotentes, enormes, le
colgaban de los brazos.
—Hay que llamar —repitió.
Detrás de la espesa cortina de lágrimas, sus ojos buscaban
el botón del timbre. Había que llamar.
Había que llamar para que viniesen a quitarnos a
nuestro Kamo. Definitivamente esta vez. La mirada de Lanthier se había posado
por fin en un botón cuadrado en el que estaba grabada la silueta de una
enfermera con su uniforme blanco. Miraba aquel botón como si el mero hecho de
apretarlo fuera a hacer que el hospital estallara. Luego, me miró a mí y yo
dije que sí con la cabeza. Entonces Lanthier dirigió su dedo al botón.
—-¡No toques eso. imbécil!
Yo no había dicho nada. Alcé la mirada hacia la
puerta, hacia la que se volvió Lanthier. Nadie. En aquella habitación sólo
estábamos nosotros dos. Nosotros dos y Kamo. Pero Kamo no se había movido.
El mismo rostro azulado prisionero en el verdugo de
hielo; las mismas manos a cada lado del cuerpo demacrado, tan finas ese día
como patas de gorrión. Y volvimos a mirar al timbre una vez más.
—¡Dios mío, qué frío tengo!
¡Quien había dicho aquello no era el timbre!
Lanthier fue el primero que lo comprendió. Se dejó
caer con todo su peso sobre las rodillas, junto a la cama de Kamo, y, con la
boca muy cerca de su oído, le preguntó:
—¿Tienes frío?
Durante algunos segundos Kamo no rechistó. Por fin
vimos que sus labios azules pronunciaban claramente:
—Chavair, tengo frío; búscame una pelliza...
¡Kamo había hablado! ¡Kamo había hablado y era como si
nosotros mismos resucitásemos! Me abalancé sobre los radiadores: estaban
hirviendo. Cerré la ventana entreabierta y abrí los armarios empotrados de la
habitación: ni rastro de mantas. Todavía inclinado sobre la boca de Kamo,
Lanthier el Largo levantó una mano, impaciente por e! ruido de mi trajín. Me
detuve en el sitio y oí a Kamo decir con claridad:
—¡Una pelliza. Chavair, o no saldré nunca de este
agujero!
Me preguntaba quién seria Chavair, pero Lanthier hizo
una pregunta distinta:
—¿Qué es una pelliza?
—Un chaquetón de piel de borrego —dije—; o de piel de
oso. Un abrigo de piel, vamos.
La mirada de Lanthier el Largo se iluminó por un
momento. De un solo movimiento se quitó su chaqueta y la extendió sobre el
pecho de Kamo mientras murmuraba:
—Aquí tienes, amigo mío; la pelliza más caliente del
mundo...
No era una chaqueta de abrigo, sin embargo. Era la
parte de arriba de una especie de monos de trabajo con los que Lanthier padre
vestía a sus ocho hijos cuando llegaba la primavera. (En invierno llevaban
pantalones y chaquetas de pana gruesa de carpintero.) No era caliente, no;
pero cuando quise ir a buscar una manta de verdad. Lanthier me detuvo con un
gesto:
—¡Déjalo!
Y, en efecto, durante la media hora siguiente vimos
cómo el cuerpo de Kamo recuperaba sus colores. ¡Se calentaba a ojos vistas!
—¡increíble! —murmuró Lanthier—. ¡Es como si viéramos
subir el mercurio en un termómetro!
Los dedos de Kamo habían recuperado la agilidad, y
aquella cara era realmente la cara de Kamo. Fue entonces cuando en sus labios
se dibujó una imperceptible sonrisa y, con los ojos aún cerrados, murmuró:
—Ahora ya todo es posible.
En aquel momento la enfermera, a la que no habíamos
llamado, entró en la habitación.
—í'Quc hace ahí esa chaqueta? —preguntó inmediatamente—.
¿Os parece que no hace aquí suficiente calor?
Era una antillana grande de voz autoritaria y gestos
rápidos. Abrió ligeramente la ventana que yo acababa de cerrar, bajó la
intensidad de los radiadores y echó un vistazo a la curva de las temperaturas,
mientras que, con gran extrañeza por mi parte, Lanthier recuperaba su chaqueta
y se la ponía como si no pasara nada. La enfermera se inclinó sobre Kamo y le
dijo con una gran sonrisa:
—Parece que hoy tienes mejor aspecto, querido mío:
tienes razón, peléate, que yo sé que saldrás de ésta.
Y a nosotros:
—Hay que hablar con él, chicos. Hay que hacer como si
pudiera oíros; pero no merece la pena taparlo demasiado.
Dicho lo cual se marchó tan rápidamente como había
entrado. Me levanté para volver a cerrar la ventana y volver a abrir los
radiadores.
—No merece la pena —dijo Lanthier—; ella tiene razón.
Luego, quitándose otra vez la chaqueta, añadió:
—Hace demasiado calor en este cuarto. Es en él donde
hace frío. Dentro de él.
Y levantó sábanas y. mantas, colocó la chaqueta de
trabajo sobre el pecho de Kamo y volvió a hacer la cama tranquilamente, de
forma que no pudiera verse la chaqueta.
Lanthier y yo caminábamos en silencio. No nos habíamos
metido en el metro. Caminábamos por la ciudad como si estuviera vacía, como si
nos perteneciese. Sólo estábamos nosotros y los árboles. Había tal felicidad en
nosotros que un chasquido de nuestros dedos hubiera bastado para hacerlos
florecer. ¿Quién ha dicho que no hay árboles en París? Es lo único que hay...
cuando se es feliz.
No obstante, al cabo de un cuarto de hora largo, acabé
por preguntar:
—¿Quién piensas tú que puede ser Chavair?
—No me importa un maldito rábano.
Ante mi gesto de estupefacción, Lanthier el Largo
soltó una de sus risotadas, lentas e inimitables.
—Sabes bien que yo —dijo al fin— soy un gran
gilipollas. Es cosa conocida.
Sus manos estaban profundamente hundidas en los
bolsillos de sus pantalones, y andaba con la cabeza inclinada, como fascinado
por el espectáculo de sus gigantescos pies:
—Así que no intento comprender; obedezco, eso es todo.
Pero sonreía.
—¿Mi colega me pide una pelliza? Pues venga pelliza.
¿Mi colega me llama Chavair? Why not? Con tal de que vuelva a salir a
note...
La agencia de viajes había revuelto el cielo y la
tierra de todas las Rusias: ni la menor huella de la madre de Kamo.
—¡Pero, por Dios bendito! —tronaba Pope—. ¡No se puede
desaparecer así de repentel
—Por otro lado —repetía Moune—, cuanto más tarde se
entere del estado de Kamo, mejor será...
Pope y Moune iban todos los días al hospital. Pasaban
mucho tiempo a la cabecera de Kamo y, cuando volvían a casa, Pope iba
sosteniendo a Moune. Las veladas se estiraban en un mismo silencio. A veces
uno de los dos sacudía la cabeza, lo que quería decir: «Es culpa mía...».
Aquella noche yo los habría consolado de mil amores,
pero Lanthier el Largo me había dicho:
—¡De ninguna manera! ¡No se te ocurra decirles que
Kamo ha hablado!
—¿Por qué?
—No lo sé.
Al decirme aquello tenía un aspecto completamente
extraviado. Un pánico repentino en los ojos.
—No sé... me parece... nadie más que nosotros debe
saberlo... júramelo.
Se había dado la vuelta. Estaba frente a mí, Vi que
sus enormes puños se habían cerrado dentro de sus bolsillos.
—¡júralo!
—De acuerdo, Lanthier, de acuerdo; no diré nada; lo
Sin embargo, aquella noche, ante la desdicha de Pope,
ante la desdicha de Moune, no pude evitar decir:
—¡Eh! ¡Vosotros dos..!
Pope levantó muy lentamente la cabeza. Sólo los llamaba
«vosotros dos» en los momentos de gran alegría.
—Kamo va a salir de ésta —dije.
Pope me miró como si no me oyese. Me eché a reír con
fuerza y dije:
—Los adolescentes tienen antenas que los viejos carrazones
han perdido.
Aquello no les hizo sonreír a ninguno de los dos. Entonces,
me senté al lado de Moune y la rodeé con mis brazos.
—Mamá, ¿tienes confianza en mí?
Dijo que sí con la cabeza. Un sí minúsculo.
—Entonces, escacha bien lo que te digo. Kamo va a
salir de ésta —y añadí—: Te lo juro.
7 Kamo y Kamo
LANTHIER el Largo tenía razón: el estado de Kamo
exigía secreto. A su manera, Kamo hizo que lo comprendiésemos. En cuanto
entraba en su cuarto alguien que no éramos nosotros, dejaba de hablar. No sólo
se callaba, sino que su cara recobraba al instante aquella palidez vagamente
azul que tanto nos asustaba. Por su parte, Lanthier el Largo hacía que las
facciones de su propia cara se descolgasen y, aunque había estado riéndose un
segundo antes, parecía de repente sumido en la más absoluta pesadumbre. Tan
triste, incluso, que una tarde la enfermera antillana se agarró un verdadero
rebote:
—¡Tú! ¡Como sigas poniendo esa cara, te pongo yo en la
calle! ¡Tu amigo no necesita viejecitas lloronas; necesita amigos fuertes que
crean que va a curarse!
Sí. Detrás de sus párpados cerrados. Kamo hablaba. Era
difícil decir si nos hablaba a nosotros, si nos reconocía, pero sabía que
alguien estaba allí, muy cerca de él; alguien en quien tenía una confianza
total, a quien podía decírselo todo, pedírselo todo.
Todavía nos llamaba Chavair, pero también nos daba
otros nombres: Vano, Annctte. Koté. Braguin... También soltaba gritos ahogados,
gritos de rabia:
—¡Stolypin! —chirriaba—. ¡Stolypin. me las pagarás!
O bien:
—¡Es jitomirski el que me ha traicionado, sí, es ese
cerdo de Jitomirski! Trabajaba para la Ojrana.
—¡Los gardavois no me dan miedo! Son poca
cosa...
Y también:
—¡Mi piel es demasiado fuerte para la nagaikal
Pero alguien entraba en su cuarto del hospital, y Kamo
volvía a convertirse en el Kamo lívido y mudo cuya cara no hacía concebir
ninguna esperanza. Y. en cuanto volvía a salir el intruso, se dibujaba una
sonrisa en los labios de Kamo.
La palabra que pronunciaba entonces era siempre la
misma:
—¡Yarost!
Sibilante a través de sus labios apretados, como si
brotara del fondo de su propio ser, siempre aquella palabra:
—¡Yarost!
Y todo aquello
con unos párpados que jamás se abrían.
Nosotros no comprendíamos nada. Aquello duró una
semana larga. Una semana de frases deshilvanadas de un Kamo que seguía inmóvil
y apenas movía los labios, ahora tan delgados. Al principio me dejaba ganar por
el miedo.
—Se ha vuelto loco —llegué a decir.
—¿Y qué? —respondió Lanthier. Las respuestas
siempre tranquilas de Lanthier el Largo—. ¿Preferirías que estuviese tieso?
—No., claro que no.
—Esto demuestra que por lo menos hay algo en su cabeza
que ha empezado otra vez a moverse.
—Claro...
— Y además, ¿quién nos dice que está loco? Puede que
sólo esté soñando.
—Ya...
—No te preocupes: nuestro Kamo está volviendo a
organizarse, lo noto. No hay que dejarle de la mano Eso es todo.
Yo, por mi parte, me informaba:
—Para ti, Pope. ¿a qué idioma podría pertenecer la
palabra «Yarost»?
—¿Cómo quieres que lo sepa? —respondía Pope sin
dirigirme la mirada siquiera.
O con la señorita Nahoum, nuestra profesora de inglés:
—Señorita, ¿de qué idioma sería la palabra
«Yarost». según usted?
—No lo sé. ¿Por qué no le preguntas a la señorita
Rostov?
La señorita Rostov era la profe de ruso. Venía al colegio
una vez por semana, los jueves. Era redonda como una tarta de bizcocho y
hablaba con un finísimo hilo de voz:
—¿«Yarost»? Eso quiere decir «fuerza» en ruso. En la
Antigüedad había un dios al que llamaban Yarilo; era un dios muy poderoso, el
dios de la energía creadora.
El mimbre de Stoivpin. que le producía aquella cólera
a Kamo, no le decía nada a nadie hasta que le pregunté a Baynac, nuestro profe
de historia.
—¿Stolypin? Claro que sí, claro que sé quién era: el
ministro ruso del Interior antes de la Revolución. El jefe de la policía, si lo
prefieres, y también el primer ministro. Murió en 1911, asesinado en un
teatro. ¿Por qué me lo preguntas?
Lo sabía todo. Contestaba tranquilamente a todas mis
preguntas.
—¿Y la Ojrana, señor?
—La policía secreta del zar. ¿Te interesa la Revolución
rusa?
Estuve a punto de decírselo todo, pero me acordé a
tiempo de que Kamo exigía el secreto. Inventé cualquier cosa;
—Es para un amigo, señor, un amigo que está leyendo
un tocho ruso de esa época. Hay montones de palabras que se le escapan.
Entonces, me enseñó que la nuyaika era el
terrible látigo de los cosacos, y los gardavois el equivalente de
nuestros gendarmes en la Rusia de los zares. Así. gracias al señor Raynac y a
la señorita Rostov, todas aquellas palabras congeladas que Kamo hacía aparecer
en su habitación del hospital adquirían sentido. ¡Nuestro Kamo nos hablaba de
su bisabuelo, el revolucionario! Sin embargo, no pregunte nunca a los adultos
quiénes eran Chavair, Vano. Annette, Koté, Braguin... Me pareció que éstos formaban parte del secreto de Kamo y que nombrarlos,
sólo nombrarlos, era traición.
En la penumbra de su cuarto de hospital. Kamo murmuraba:
—Cebollas. Eso es lo que necesito. Chavair, te lo ruego,
hazme llegar unas cebollas. Es para luchar contra el escorbuto.
Pocas horas más tarde Lanthier el Largo deslizaba dos
cebollas bajo las sábanas de Kamo. Las colocaba en las palmas de sus manos,
cuyos dedos volvía a cerrar uno por uno mientras observaba su cara. Sobre el
rostro de Kamo aparecía una sonrisa fugaz como la sombra de un ala.
—Azúcar también. Chavair. Me hace falta azúcar para
reponer fuerzas.
Lanthier traía azúcar.
Al día siguiente, azúcar y cebollas habían desaparecido.
Los labios de Kamo se movían muy deprisa.
—Los cosacos de Malama me detuvieron una primera vez
en Tiflis. herido, con cinco balas en el cuerpo, pero todavía en pie. Me
amenazaron con cortarme la nariz, me hicieron cavar mi propia tumba, me
pusieron la soga alrededor del cuello y la soga se rompió. Yo me hacía el
lerdo, el inocente, el imbécil, cavaba mi tumba cantando, jugaba con la soga,
me reía. Me trasladaron a la fortaleza de Metej y me hacían siempre la misma
pregunta: «¿Conoces a Kamo?» (sí, no estaban del todo seguros de que fuera yo),
y yo les daba siempre la misma respuesta: "Claro que conozco a Kamo», y
los llevaba al borde de una fosa y les enseñaba las flores. En nuestra tierra,
en Georgia, flor se dice «Kamo».
Los labios de Kamo parecían volar.
—La fortaleza de Metej no supo guardarme, ni la prisión
de Batum, ni el terrible hospital Mijailovski. donde me habían encerrado entre
los locos, ni las cárceles turcas. Me evadí de todas partes, así que, os lo
advierto, Siberia no me guardará tampoco.
Aquí se produjo un largo silencio, y luego:
—¡Yarostl
Y en voz muy baja, en un susurro, con sus párpados
apretados como puños:
—Las cebollas y el azúcar han vuelto a darme fuerzas,
Chavair. Estoy preparado. Tráeme una lima grande. Escóndela en un pan. Será
esta noche.
Lanthier el Largo no se hacía ninguna pregunta.
Obedecía a todo. Yo tenía miedo. El Kamo de párpados cerrados que cuchicheaba
furibundo en aquella cama de hospital no era mi Kamo. Era el otro, el revolucionario,
el bisabuelo, el que había intentado una vez reconstruir el mundo, el Kamo que
había dejado a Melissi para escoger la Revolución. No era aquél al que yo quería
ver resucitar. Yo quería al mío, al que era capaz de vociferar el nombre de
Catherine Earnshaw pedaleando en la noche como un loco. A mi amigo.
Pero Lanthicr obedecía. Y a fe mía que yo obedecía
también. Aquella noche le pedí a Moune que me explicara cómo se hacía la masa
del pan.
—¿Quieres hacerte panadero?
—No, Moune. es para un cumpleaños; en el colegio. Hay
que llevar algo hecho por uno mismo.
Moune no tenía fuerzas para discutir. Me lo explicó.
Y. en cuanto ella y Pope se quedaron dormidos, colé en el piso a Lanthier el
Largo. Había birlado dos limas del taller de su padre.
—Una lima puede romperse. En una evasión hay que
preverlo iodo.
Hice dos panes (introducir las limas en la masa recién
hecha y meter en el horno). El primer pan explotó al cocerse por falta de masa
suficiente alrededor de la lima. Hubo que hacer otro. El tiempo pasaba y
Lanthier se estaba poniendo nervioso.
—Ha dicho esta noche.
—Hago lo que puedo; no soy panadero.
Aparte de estas pocas palabras, no hablábamos. Nos
dejamos embargar por el olor del pan recién cocido. Y yo me decía que estaba
loco. Que Lanthier me estaba arrastrando con él a la locura de Kamo. Pero me
decía también que Kamo estaba mejor desde que nos hablaba. Recuperaba sus
fuerzas. Regresaba.
Aquella noche no acompañé a Lanthier al hospital.
Había introducido un lápiz bajo la persiana mecánica que cerraba ¡a ventana de
Kamo. La habitación estaba en la planta baja. Levantaría la persiana y entraría
sin problemas. Colocaría los dos panes en las manos de Kamo. Para eso no me
necesitaba.
—Tienes demasiado miedo; harías que nos pillaran.
Tenía miedo, sí. Pero no sabía de qué.
¿Qué significaba toda aquella historia de la evasión?
¿Que mañana Kamo ya no estaría en su cama del
hospital? ¿Y cuál de los dos Kamos iba a evadirse, el mío o el otro?
Me costó trabajo dormirme aquella noche. En cuanto
cerraba los ojos, veía a un Kamo furibundo saltar por la ventana del hospital y
sumergirse en París. No se parecía al mío.
8 El lobo siberiano
NO. A la mañana siguiente seguía acostado en su cama.
Y seguía igual de inmóvil. Y seguía con el mismo verdugo blanco alrededor de la
cabeza. Nada había cambiado.
Y, sin embargo. Lanthier el Largo me susurró al oído:
—Ya está; se ha evadido.
Examiné el estrecho rostro con más atención y. efectivamente,
sí que encontré algo que me recordaba a mi Kamo de antes. Una especie de
plenitud. Era la cara de Kamo ante las montañas del Vercors. Kamo en libertad,
de nuevo en «El Gran Exterior».
Lanthier deslizó una mano prudente entre las sábanas
de nuestro amigo. Sacó las dos limas. Una de ellas estaba rota.
—¿Lo ves? Nunca se es demasiado previsor. Los grilletes
que te ponen en los pies y los barrotes de una celda son cosa dura.
El miedo, que me había abandonado por un instante,
volvió como una enorme ola ante aquella lima partida. Me oí balbucir:
—¿Y el pan?
—Ni una miga —contestó Lanthier—. Se lo ha comido
todo.
Yo debía de estar más blanco que los vendajes de Kamo
porque Lanthier añadió:
—Tú también deberías ir a tomar un bocado, si no, te
va a dar un patatús.
Kamo no dijo una sola palabra aquel día. Ni los días
siguientes.
—¿Por qué ya no habla?
Lanthier meneaba lentamente la cabeza, como sí yo no
entendiese nada de nada.
—¿Tú sabes lo que es Siberia? Un desierto de
nieve. ¿Con quién quieres que hable en un desierto de nieve? Se ha evadido, y
ahora tiene que atravesar Siberia.
Ahora sí que nos habíamos vuelto locos de remate. Allí
estábamos, sentados los dos a ambos lados de una cama de hospital, convencidos
de que la pobre figura que la ocupaba estaba allá lejos, luchando sola contra
el gran desierto siberiano.
Y por la noche las pesadillas ya no me abandonaban. La
imagen que se repetía con más frecuencia era la de aquella lima partida.
Me despertaba bruscamente, incorporándome en mi cama
como impulsado por un resorte, para comprender enseguida que no era un sueño,
que habíamos recuperado la lima rota con todas las de la ley, como si Kamo se
hubiera evadido de verdad. No había ya forma de volver a dormirme. Encima de la
mesilla, a mi lado, el reloj roto seguía marcando las once.
Kamo se calló durante días. Y tardamos un cierto
tiempo en darnos cuenta: ¡Estaba perdiendo fuerzas! Su cara se hundía. Su calor
le abandonaba. Lanthier intentó de nuevo la jugada de la chaqueta debajo de
las sábanas. No hubo nada que hacer. Parecía que ya nada en el mundo podría
calentarle. También Lanthier adelgazaba a ojos vistas. Y yo... yo me sentía
como alguien que no podría volver a cerrar los ojos ¡amas.
Hasta que un día habló.
—Siberia es como un gran estómago de hielo.
Lanthier respondió a mi mirada de estupefacción con
una sonrisa picara que quería decir: «¿Lo ves? ¿Qué te decía yo...?
Siberia...». Kamo seguía hablando:
—Siberia se lo traga todo crudo, lo digiere todo y
nunca devuelve nada.
Hablaba tan bajo que no teníamos más remedio que pegar
casi nuestra oreja a su boca. El aliento que salía de ella era helado.
—Pero a mí, a Kamo, no me devora nadie...
Tuvo una especie de sonrisita gélida.
—Tú tampoco, lobo; tú tampoco me comerás.
¿Lobo? ¿Qué lobo?
Kamo no dijo nada más aquel día.
En casa. Pope y Moune empezaban a inquietarse por mi
salud. Hasta aquel momento. la desgracia de Kamo casi les había hecho olvidarse
de mi existencia. Cuando se despertaron de nuevo, yo había perdido cinco o seis
kilos y había dormido tan poco que mis ojos briiiaban como carbones en sus
órbitas rojas. Zafarrancho de combate, doble ración de sopa y de filetes.
Llamaron al doctor Grappe, que me puso inyecciones.
—Doctor, ¿ningún prisionero ha podido escaparse nunca
de Siberia?
Volvió a echar las sábanas sobre mis nalgas doloridas
y dijo:
—No hay prisión de la que un hombre no pueda escaparse.
¡Incluso con un lobo hambriento en los talones? (Pero
eso no lo dije; me lo guardé para mí.)
Sí, Kamo había vuelto a hablar del lobo. Era un viejo
macho gris de ojos amarillos, inmenso, que le seguía paso a paso desde hacía
días. Estaba tan agotado como Kamo y tenía tanta hambre como él. Por la noche,
cuando Kamo no encontraba madera para hacer fuego, se quedaban los dos sentados
frente a frente, espiándose. El lobo, demasiado hambriento él también, no estaba
seguro de sus fuerzas. Esperaba a que el hombre se durmiese.
—Lo más aterrador de ti, lobo, no son tus dientes, no
es tu mirada, no es tu paciencia...
Kamo le hablaba al lobo.
—Lo más aterrador de ti, lobo, es tu delgadez.
El lobo era el terror de Kamo, pero también su compañía.
—Yo también estoy delgado. Haces bien en no fiarte,
lobo; al hombre delgado hay que temerle.
A veces Kamo encendía un fuego. Entonces él y el lobo
se dormían. Y entonces la cosa era ver quién se despertaba antes para atacar al
otro dormido.
—Es que tú no eres el único que tiene hambre —protestaba
Kamo—; y yo también tengo dientes.
Sin embargo, fueron los dientes del lobo los que le
despertaron una mañana. Estaban plantados en su tobillo y el lobo daba tirón
tras tirón. Kamo había tenido la precaución de dormirse con los dedos apretados
sobre la rama más gorda de la lumbre. La tea describió un arco y se abatió
sobre el hocico de la bestia. Crujidos de madera y de huesos. El lobo saltó
hacia atrás en medio de un olor de carne y pelos chamuscados, pero sin un
grito.
—Has fallado, lobo. Podrás comerme los pies, pero ni
Siberia ni tú me impediréis que alcance la línea de Vladivostok. Sólo estamos
ya a tres días del tren, así que date prisa si quieres jamarme...
Lanthier el Largo no quería saber dónde estaba exactamente
la ciudad de Vladivostok.
—Una de dos: o Kamo alcanza esa línea de ferrocarril,
y se habrá salvado, o no la alcanza, y estará perdido. En ambos casos me
importa un pito saber dónde está Vladivostok.
Yo necesitaba saberlo. Me parecía que eso me acercaría
a Kamo. Era como si me preparase para esperarle allí, en el andén de la
estación. Aquella noche el atlas me enseñó que Vladivostok estaba en el fondo
de un gran saco; la ciudad más apartada del Imperio, la terminal del
Transiberiano. La inmensa línea férrea cortaba el mapa en dos con un trazo
nítido. Kamo estaba a tres días de marcha de un punto cualquiera de aquella
línea...
Fue entonces cuando su madre anunció su regreso. Sonó
el teléfono y era ella. Sí, había dejado a su grupo; no, no había desaparecido;
sí, había podido arreglárselas con ¡as autoridades locales...
Pope hacía las preguntas a boleo, sin decir una palabra
de Kamo. Le hacía a Moune grandes gestos desesperados, pero Moune sacudía la
cabeza, incapaz de prestarle ayuda.
—No, no está aquí —dijo Pope de pronto—. Ahora mismo
no está, no...
Siguió un silencio durante el cual Pope decía que sí
con la cabeza como si la madre de Kamo estuviera frente a él; sí, sí; con los
ojos vacíos, pensando en otra cosa.
—Sí, Tatiana. Cuente conmigo; se lo diré.
Y colgó.
—Llegará hacia el final de la semana —dijo—. Viaja en
el Transiberiano.
Y luego:
—Dice que está nevando. Qué país... ¡Aquí en primavera
y allí nevando!
Y por último:
—No me he atrevido a hablarle de Kamo. No, no me he
atrevido...
A Kamo le iba muy mal. Se había puesto a nevar, efectivamente,
sobre toda la Rusia oriental. Una nieve tan tupida que Kamo y el lobo ya no se
veían. Kamo sentía el olor salvaje del animal en sus talones. Y la bestia, el
olor acre del hombre a un salto de distancia. Pero ni la bestia tenía ya
fuerzas para saltar ni el hombre para escapar de ella. Los dos se hundían
profundamente en la nieve. Era como si Siberia les absorbiese sus últimas
fuerzas, pero por debajo. Cada paso era como arrancarse del suelo... Tan
difícil como desarraigar un árbol.
—No había previsto ¡a nieve —murmuraba Kamo.
Sus labios estaban lívidos y duros.
—Todo este blanco cayendo...
¡De pronto me acordé de lo que el color blanco significaba
para él!
—¿Lo has entendido, lobo? Es la nieve la que va a
comernos. Es el cielo el que nos traga.
Ya casi no se le oía. El minúsculo hilillo de vaho que
salía de sus labios parecía escribir sus palabras en el aire con una tinta
transparente. En cuanto las pronunciaba, las palabras se evaporaban en el
calor sofocante de la habitación.
Me incliné bruscamente sobre el oído de Kamo.
—Kamo, tu madre está en el Transiberiano, en algún
punto de la línea, muy cerca de ti. ¡Está ahí. Kamo!
Pero no contestó. Ya no hablaba.
—Esta vez —dijo Lanthier el Largo— se acabó.
Caminábamos por París. No teníamos prisa por volver a
casa. Estábamos solos. Lanthier el Largo aún dijo:
—Ha peleado bien.
Y luego;
—¿Te has fijado?- No hay yemas en los árboles. La
primavera viene con retraso este año.
A lo que contesté;
—De todas formas, no hay árboles en esta puta ciudad.
En mi cuarto, encima de mi mesilla de noche, el reloj
de Kamo seguía marcando las once.
9 Las agujas marcaban las once
IN 0 me sorprendió encontrar vacía ¡a cama de Kamo al
día siguiente. Me había hecho a la idea durante toda la noche. No les había
dicho nada a Pope y a Moune. pero mis ojos, clavados en el techo de mi cuarto,
veían con toda nitidez la cama de Kamo. Vacía.
Ni Lanthier ni yo quisimos quedarnos un segundo más en
aquel hospital.
—Larguémonos de aquí.
Caminábamos muy deprisa por los pasillos, hacia la
salida. El linóleo azul pálido tenía reflejos de hielo bajo nuestros pies. Sin
embargo, el aire era caliente, inmóvil, saturado de todos los olores propios
de hospital: mala cocina y desinfectantes. Apenas conseguía seguir a Lanthier
el Largo, de lo rápido que iba.
Cuando desapareció al doblar por un pasillo, oí un
ruido de chatarra, un taco, el choque sordo de una caída y una voz furiosa que
chillaba:
—¡Podías mirar por dónde vas! ¿No?
Corrí y me encontré frente a la gran enfermera antillana.
Iba empujando una larga camilla mientras Lanthier se retorcía de dolor sobre el
linóleo, agarrándose la pierna con ambas manos. Entonces, la figura tumbada en
la camilla se inclinó sobre un costado y sonó una voz familiar que me pareció
que llenaba todas las plantas del hospital:
—¿Te has roto la pata. Lanthier? ¿Quieres compartir
habitación conmigo?
Kamo. ¡Kamo! Despierto. Sonrosado como el culo de un
niño. Y bromeando como Kamo. ¡Kamo! Él también me vio.
—¡Hola, tú!
La enfermera le tendió una mano a Lanthier, que se
levantó haciendo aspavientos. ¡Kamo! ¡La voz de Kamo!
—Salgo de la radiografía. Parece que se ha soldado a
toda pastilla lo de aquí dentro, pero que los últimos días han sido difíciles.
Se daba golpecitos con un dedo en la cabeza, completamente
afeitada.
—Una bonita jeta de presidiario. ¿no? ¡Van a creer que
me he evadido de chirona!
Se reía.
No recordaba nada. Ni siquiera se acordaba de haber
soñado. Nuestra historia del prisionero, de ¡a evasión y de Siberia le divirtió
mucho. Todavía estaba débil. Hablaba bajo.
—Os he colocado lo que mi abuela me contaba a mí para
dormirme cuando era pequeño. ¡Las hazañas del otro Kamo, su padre, el Robin de
los Bosques rusos. Me las contaba todas las noches. ¡Un tío de cuidado el tal
Kamo! Es verdad que se escapaba de todas las cárceles en que intentaban
encerrarle. Sin embargo, hay algo que me extraña: nunca le deportaron a
Siberia. Su última prisión fue el presidio de Jarkov, en Ucrania. Fue la
Revolución la que le sacó de allí en 1917.
—Pero ¿y la lima, Kamo; la lima rota.?
—preguntó Lanthier.
Kamo exhibió una risa de convaleciente, cansada y
feliz.
—Las limas no están hechas para meterlas en el horno.
Lanthier. ¡Debía tener un defecto y cascó con la cocción!
—¿Y el lobo? ¿Y Siberia?
Esta vez era yo quien preguntaba. Kamo reflexionó por
un momento.
—Debí mezclar varias cosas —dijo al fin—. Primero.
Dostoievski. En Memorias de la casa muerta cuenta cómo es Siberia...
¡Terrible! Y también una novela de Jack London. El amor a la vida. Es
sobre un tío que ha perdido su trineo y sus perros en Alaska; intenta alcanzar
el mar a pie, entre la nieve, y le sigue un viejo lobo tan averiado como él.
Una historia preciosa que me impresionó mucho.
Cuando había hablado demasiado, descansaba durante
largas pausas. Las fuerzas le volvían a ojos vistas; el globo volvía a
hincharse.
—La memoria es una cosa curiosa, de todas formas
—murmuró—. Es como una coctelera: la sacudes y todo se mezcla.
—¿Quién es Chavaír? —preguntó Lanthier.
—Era la hermana de mi bisabuelo. Participó junto con
otros amigos (Vano, Annette, Koté, Braguin...) en muchas de sus evasiones.
Una pausa. Y luego, con una sonrisa:
—Te he convertido en mi hermanita, Lanthier.
Lanthier sonrió y se retorció incómodo en su sitio.
Era evidente que tenía una pregunta que no se atrevía a hacer.
—¿Qué sucede? —preguntó Kamo.
Lanthier el Largo se tiró a la piscina:
—De verdad. Kamo, ¿qué hiciste para escapar de ese
lobo que te seguía? No me digas que se te ha olvidado.
La sonrisa de Kamo desveló una hilera de dientes relucientes.
—Vete a saber —respondió despacio—. A lo mejor me lo
merendé yo al final.
Cuando, algunos días después, la madre de Kaino entró
en la habitación de su hijo, declaró en tono brusco:
—O sea, que en cuanto me doy media vuelta te caes de
cabeza...
—Y tú —contestó Kamo—, en cuanto dejo de vigilarte
haces novillos...
Eran así los dos. Nunca compartían sus tristezas. Se
guardaban sus preocupaciones para ellos. Se peleaban ellos solos con sus
miedos. Se querían de verdad.
—Seguir aquel viaje organizado no iba a ser precisamente
la manera de descubrir gran cosa sobre tu bisabuelo —contestó ella.
Los ojos de Kamo se iluminaron.
—¿Entonces?
Se había incorporado sobre los codos. Miraba a su
madre como un hambriento.
—¿Entonces; -¿Has descubierto cómo murió aquel
comecosacos?
Ella hizo signos afirmativos con la cabeza durante un
rato mientras acariciaba el cráneo rapado de su hijo.
—Cuenta.
Y ella contó:
«Era en julio de 1922. La Revolución había terminado
cinco años antes. Y la guerra civil se había acabado también. Melissi la
griega, Melissi la Abeja, no había olvidado a su Kamo. Él había preferido la
Revolución, es cierto, había hecho la guerra contra los cosacos, es cierto,
pero ahora era libre. Ella buscó su rastro en aquel inmenso país deshecho. Y lo
encontró. El nuevo gobierno había nombrado a Kamo jefe de aduanas de
Transcaucasia. Vivía en Tiflis. Ella subió al tren. Él recibió un telegrama:
"Soy yo. Voy". La noche que ella llegaba, él saltó sobre una bici y
pedaleó como un loco hacia la estación. Gritaba su nombre en la noche:
"¡Melissi!". Apareció un coche negro. El coche circulaba por su
izquierda, con las luces apagadas. Él no iba precisamente por su derecha. El
coche iba rápido.»
La madre de Kamo se interrumpió un instante. Abrió su
bolso y sacó un objeto que tendió a su hijo.
—Toma, es para ti; me lo dieron las autoridades. Era
la única cosa de este mundo que realmente apreciaba... Un regalo de Melissi.
Kamo recogió el recuerdo en la palma de su mano. Era
un reloj como los que se hacían en tiempos pasados, con una caja con resorte y
una cadenilla de oro. Kamo apretó un botón estriado y la tapa del reloj se
abrió. El cristal estaba roto. Las agujas, inmóviles, marcaban las once.

No hay comentarios:
Publicar un comentario