© Libro No. 704. Relatos de un cazador. Turguenev, Iván. Colección E.O. Abril 12 de 2014.
Título original: © IVAN
TURGUENEV. Relatos de un cazador.
Versión Original: © IVAN TURGUENEV. Relatos de un cazador.
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://www.librosorevistas.com/programacion/turguenev-ivan-relatos-de-un-cazador-doc.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de
Imagen original:
http://ecx.images-amazon.com/images/I/513G3E8ADYL.jpg
© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
IVAN TURGUENEV
Relatos de un cazador
I. Jermolai y la molinera
II. Birouk
III. La muerte
IV. Chertapkanof y Tredopuskin
V. Los cantores rusos
VI. El enano Kaciano
VII. El miedo
VIII.
La cita
IX. Una cacería de patos silvestres
X. El bosque y la estepa
I
JERMOLAI Y LA MOLINERA
Una tarde salimos,
Jermolai y yo, para cazar en "tiaga". Ignora el lector,
probablemente, la significación de este término, que le voy a explicar en pocas
palabras.
Un cuarto de hora antes
de ponerse el sol, durante la primavera, se penetra en el bosque, sin el perro,
el fusil a la espalda. Después de andar algún tiempo, el cazador se detiene
junto a un claro, observa lo que alrededor ocurre y carga el arma. Rápidamente
el sol declina; pero mientras dura su retiro triunfal, deja una claridad tal al
bosque, los pájaros trinan con ganas y la atmósfera translúcida hace brillar la
lozana hierba con nuevos reflejos de esmeralda.
Hay que aguardar... El
día concluye. Grandes resplandores rojizos, que poco antes iluminaban el
horizonte, vienen blandamente a tocar ahora los troncos de los árboles; luego
suben, abarcan con sus fuegos el ramaje, los brotes vivaces, y al fin sólo
alcanzan la extremidad de las copas y envuelven con vago velo de púrpura las
últimas hojas.
Pero en seguida todo
cambia, toma el cielo un color celeste pálido y matices de azul reemplazan lo
rojizo en el poniente. Se impregna con el perfume de los bosques el aire más
fresco, y algún aroma tibio, acariciador, sale de entre las ramas.
Después de un último
canto, los pájaros se duermen, pero no todos a la vez, sino por especies:
primero los pisones, después las currucas, luego otros y otros. En el bosque
aumenta la oscuridad. Ya la forma de los árboles os parece indistinta y
confusa.
Y en la bóveda azulada se
ven apuntar sutiles chispitas; tímidamente se muestran así las estrellas.
Ahora, casi todos los
pájaros están dormidos.
Los petirrojos y las
picacitas silban aún, pero bien pronto enmudecen. Se ha oído el grito
melancólico de la oropéndola. A cierta distancia, el ruiseñor lanza su primera
nota. Ya la impaciencia os devora. De pronto, hay algo que sólo podrá
comprender un cazador: interrumpe el silencio un ruido particular, dos alas que
se agitan ásperamente y el “valdchnep", inclinando con gracia su largo
cuello, sale, se destaca sobre el follaje oscuro de un abedul y endereza justo
hacia el cañón de vuestra escopeta. Esto es lo que se llama cazar en
"tiaga".
Me había puesto en
camino, pues, acompañado de Jermolai. Pero debo presentaros también a este
personaje.
Grande y flaco, Jermolai
es un hombre muy fuerte y sólo tiene cuarenta y cinco años. Su frente chica se
anda muy bien con su nariz escasa; los ojos agrisados y en la boca un gestito
de burla, no anuncian bondad.
En cualquier estación del
año lleva un caftán de nankín amarillento, cortado a la alemana, ceñido al
talle con una especie de cinturón llamado "kuchak". Casi siempre anda
con una gorra de terciopelo, regalo que le hizo un propietario en algún momento
de buen humor. De su cintura cuelgan dos bolsas: una delante, dividida en dos
partes, para el plomo y la pólvora; la otra atrás, para la caza. En cuanto a
los tacos, Jermolai los lleva en el profundo doblez de su gorra.
Con el dinero que gana
vendiendo la caza, hubiera podido comprarse una caja para la pólvora y un
morral. Pero semejantes ideas de lujo no le pasaron nunca por la cabeza, y su
destreza, al cargar la escopeta, siempre es motivo de admiración para los
espectadores.
Su escopeta es de un tiro
y da tan fuerte culatada, que el pobre hombre tiene en la mejilla derecha una
hinchazón. Ningún otro cazador, con tal arma, hubiese conseguido una sola
pieza. Pero Jermolai muy rara vez ha errado un tiro.
Tenía un perro que
respondía al nombre de Valetka; maravillosa criatura a la que su dueño nunca
daba de comer.
—¡Yo alimentar un perro!
—decía—. ¡Qué disparate! El perro es un animal inteligente; muy bien que sabe
hallar lo que necesita.
Y a la verdad, aunque
Valetka era algo flaco, cazó y vivió mucho tiempo. Nunca procuró perderse ni se
le ocurrió abandonar a su dueño.
Solamente una vez, cuando
era joven y estaba con la efervescencia de las pasiones, desapareció durante
dos días. Pero repito que le ocurrió eso en una sola ocasión.
A Valetka le
caracterizaba una completa indiferencia por las cosas de este mundo; si no se
tratase de un animal, yo diría que estaba hastiado.
Este pobre perro era
abominablemente feo.
Sentado, por lo general,
en sus dos patas traseras, la cola recogida, parecía siempre enfurruñado; jamás
una sonrisa le aclaraba la cara sumida.
Era la gran distracción
de los sirvientes, cuyas observaciones descorteses, sin embargo, y cuyas
chocarrerías no prevalecían contra su filosofía y su indiferencia.
Con quienes tenía que
vérselas y arreglar cuentas era con los pinches de cocina. Le ocurría allegarse
a las ollas para aspirar la atmósfera caliente y perfumada, y entonces era la
persecución a muerte del pobre perro, que escapaba a todo lo que daban sus
patas.
Durante una cacería era
infatigable y husmeaba bastante bien. Pero si tenía la suerte de atrapar a la
carrera una liebre herida, allí la devoraba hasta el último huesecillo, sin
dejar nada.
Pobre de él, entonces, si
Jermolai lo sorprendía; le caían una lluvia de palos y una avalancha de
injurias en todos los dialectos conocidos y desconocidos.
Jermolai pertenecía a un
gentilhombre de la antigua nobleza.
En estas grandes casas,
generalmente no se prefiere la caza a las aves de corral. Sólo en grandes
ocasiones, aniversarios, casamientos, elecciones de magistrados, se ve a los
cocineros aderezar becacinas y otros volátiles de largo pico.
Obedeciendo a la
agitación que se apodera de un ruso cuando arrostra circunstancias
excepcionales, los cocineros inventan salsas y condimentos tan extraordinarios,
que el convidado a un banquete aparatoso vacila un buen rato antes de resolver
cómo ha de llevar a la boca tal o cual manjar que le presentan.
Nuestro cazador estaba
obligado a suministrar, para la mesa señorial, dos gallos silvestres y dos
perdices por mes; cumplido este tributo, iba a donde le daba la gana y vivía a
su antojo.
Eso sí, su amo no se
preocupaba de proveerlo de pólvora, y sin duda, según el mismo principio,
Jermolai dejaba sin alimento a su perro.
Jermolai era un original
auténtico; nada le preocupaba y se dejaba vivir en una indiferencia absoluta.
Distraído, bastante
expansivo, no le gustaba quedarse mucho tiempo en el mismo sitio, sino que, a
pesar de su andar pesado y lento, caminaba de cincuenta a sesenta
"verstas" por día.
Su existencia era un
tejido de aventuras y peripecias de todo orden. Le sucedía el caso de pasar la
noche en un pantano o bajo un puente; bromistas perversos lo encerraban en un
sótano o en una cochera o le tomaban en rehenes su perro y sus más
indispensables prendas de vestir.
Pero nada tenía la virtud
de conmoverlo, y al otro día se le veía aparecer convenientemente vestido y
detrás le seguía Valetka.
Malhumorado, por lo
común, sólo desbordaba alegría cuando en la taberna se encontraba con algún
buen compinche.
No siempre, en tal caso,
la charla duraba mucho, porque Jermolai acostumbraba a levantarse y dejar a su
compañero sin mayor ceremonia.
—¿Adónde diablos vas a
ir? La noche está negra.
—Voy a Chaplino.
—¿Y qué necesidad tienes
de arrastrarte hasta Chaplino, que está a diez "verstas" largas de
aquí?
—Voy a dormir en casa del
campesino Safrono.
—Mejor es que te quedes a
pasar la noche aquí.
—No, dormiré en Chaplino.
Y se va caminando en la
oscuridad a través del bosque y los pantanos. Llega, encuentra al campesino
Safrono mal dispuesto a recibirlo y hasta pronto a darle de bastonazos.
— ¡Te voy a enseñar —dice
el dueño de la granja— a despertar a la buena gente! ¡Incomodar a estas horas!
Con todos sus defectos,
Jermolai tiene ciertas condiciones raras: es imposible que nadie sea más hábil
en la pesca.
Es incomparable su
destreza cuando se pone a pescar en aguas corrientes, como su talento para
agarrar cangrejos con la mano o las codornices con trampa. Atrapa los
ruiseñores imitando sus cantos y gorjeos. Una sola cosa no puede hacer: educar
un perro. Porque eso requiere paciencia y Jermolai no la tendrá nunca.
Este singular personaje
estaba casado. Todas las semanas se iba a pasar un día en la choza donde vivía
su mujer. Allí vegetaba la pobre criatura desde hacía años; su marido jamás le
llevaba una sola moneda. Y, por cierto, ella aceptaba con alegría cualquier
trabajo que se le quisiera dar.
Perezoso, despreocupado,
Jermolai se portaba con su mujer de la manera más grosera y ruda que pueda
imaginarse. Temblaba la infeliz como una hoja bajo su mirada; para complacerle,
corría a entregar el último kopek por aguardiente, y cuando, tendido con
indolencia junto a la estufa, se dormía, lo tapaba con su manto.
He observado en él, con
frecuencia, indicios de gran crueldad. No me gusta nada la expresión de su cara
cuando despena con una dentellada algún pájaro herido. Hasta el último de los
lacayos se creía muy superior a este vagabundo y lo trataba con desdeñosa
indiferencia, a fin de que resaltase su pretendida superioridad. Sin embargo,
los campesinos que lo habían perseguido y corrido como una liebre, terminaron
por acostumbrarse a las maneras de este Nemrod salvaje y compartían con él su
frugal desayuno.
Tal era el compañero que
yo escogí para cazar en el bosque de abedules que se extiende sobre la ribera
del Ista.
Numerosos ríos de Rusia
tienen, como el Volga, una costa escarpada y la otra a flor de agua. Tal es el
Ista, que serpentea graciosamente en medio de la llanura; apenas habrá, en todo
su curso, quinientos metros de línea recta. Desde alguna loma pueden
distinguirse perfectamente los estanques alimentados por sus aguas, los diques
de sus bordes, los vergeles que salpica su curso, los gansos que se recrean a
sus orillas.
El Ista es muy rico en
peces. Durante los grandes calores los campesinos buscan su ribera para
conducir los mulos bajo la fresca sombra del arbolado. A lo largo de los
ribazos pedregosos, que dejan escapar agua de manantial, fría y limpia,
revolotean y silban zorzales y chorlitos; bandadas de patos se deslizan en la
corriente; grullas y garzas reales aparecen inmóviles en lo más lejano de las
ensenadas...
Al cabo de una hora
habíamos matado dos becacinas; decidimos terminar nuestra "tiaga" a
la mañana siguiente, después de dormir en el molino.
Las aguas del Ista tenían
ahora un tinte azul sombrío, la atmósfera parecía agravada por los vapores que
se movían sobre el río.
Minutos después
golpeábamos la puerta del molino.
—¿Quién es? —gritó una
voz ronca, de persona mal despierta.
—Cazadores que quieren
pasar la noche; abrid, pagaremos.
—Voy a dar aviso al dueño
de casa —respondió el muchacho.
Se alejó refunfuñando
palabras muy poco amables.
—El amo no quiere
—declaró.
—Pero ¿por qué?
—Porque desconfía.
Ustedes son cazadores y podrían hacer que el molino se incendiase. ¡Caramba!
Las escopetas, la pólvora...
— ¡Qué ridícula idea!
—El año pasado unos
mercaderes de pescado pasaron aquí la noche y no se sabe cómo se produjo un
incendio y ardió todo.
—Pero no podemos
quedarnos a dormir al raso.
—Hagan ustedes lo que
quieran.
Y se marchó ruidosamente,
sin duda con objeto de no escuchar las amables maldiciones que le echaba
Jermolai.
—Vamos a la aldea
—propuso mi compañero—. Aunque hasta allá hay dos kilómetros.
—No —repliqué—, hemos de
quedarnos, y por poco dinero nos darán algunos manojos de paja.
Aprobó Jermolai y
volvimos a golpear la puerta.
—¿Qué queréis, pues?
—gritó el muchacho con irritación—. ¡Ya se os ha dicho que no!
Le explicamos nuestro
deseo. Fue a consultar con su amo y al rato se abrió la casa y salió el
molinero.
Era hombre de estatura
alta, cara espesa y gorda, vientre ancho y rollizo. Accedió a mi petición.
Cerca del molino había un
cobertizo abierto a los cuatro vientos. Se nos trajo paja y heno, el muchacho
colocó el samovar sobre la hierba de la orilla y en cuclillas sopló en el
improvisado fogón; prendió el fuego en los carbones y las llamas iluminaron su
rostro y figura juveniles.
El molinero me propuso al
fin que durmiéramos bajo su techo. Rehusé, porque preferí quedarme al aire
libre. Fue a despertar a su mujer y a los pocos minutos vino con leche, huevos,
pan, y, además, té.
Vapores espesos se
levantaban del río. Oíase, distante, el grito rápido de la polla de agua, y
hacia las ruedas del molino un ruidillo alternado, isócrono, producido por el
goteo de la esclusa. Hicimos fuego de vivac, y mientras Jermolai cocía algunas
patatas, yo me dormí. Me despertó bien pronto el rumor de una conversación
cerca de mí. Levanté la cabeza: junto al fuego la molinera charlaba con mi
cazador.
Pude advertir, por los
giros de su lenguaje y por la pronunciación, que no pertenecía ni a la clase de
loe campesinos ni a la de los burgueses. Era,
indudablemente, una
"dvorovi" . La observé con atención. Parecía de unos treinta años. Su
semblante pálido y enflaquecido conservaba aún los vestigios de una gran
belleza. Me gustaban sobre todo sus ojos de mirada triste y llena de
melancolía. Sentado junto a ella, Jermolai se ocupaba en echar virutas a las
brasas.
—Hay todavía peste en
Jelsoukhino —dijo la molinera—. Las dos vacas del padre Iván se han muerto.
¡Que Dios nos ampare!
—Y a propósito, ¿cómo
andan vuestros puercos? —preguntó
Jermolai.
—Bien.
—Deberías regalarme por
lo menos un lechón. Nada respondió la molinera. Luego de un minuto la molinera
le preguntó:
—¿Con quién has venido
aquí?
—Con el señor de
Kostamarova.
Echó Jermolai al fuego
algunas ramas secas y con el chisporroteo un humo espeso le dio en la cara.
—¿Por qué tu marido no
quiso dejarnos entrar en su casa?
—Tiene miedo.
—Vean eso, maldito
panzón..., tiene miedo... Querida Arina, anda y tráeme algunas gotas de
aguardiente.
Se levantó la molinera y
desapareció en la sombra. Jermolai canturreó:
De tanto ir a cazar
gasté la bota y la suela.
Arina Tirmofeiovna volvió
con una jarra y un vaso.
Se persignó el cazador y
bebió de un trago.
—Esto me gusta —dijo con
placer.
La molinera fue a
sentarse en el mismo sitio de antes.
—¿Qué te pasa? —le
preguntó Jermolai—. Tienes mal aspecto.
—La tos me rompe; hace
noches que no puedo cerrar los ojos.
—Bueno, no se te ocurra
consultar a los médicos.
Si no te encuentras bien
es mejor que vengas a verme.
—Cuidado, Jermolai;
despertad a vuestro amo, las patatas están cocidas.
—Que duerma en paz —dijo
él con tono burlón-; está muerto de cansancio, que duerma.
Me incorporé sobre el
heno, con la mayor tranquilidad. Jermolai se aproximó y me dijo suavemente:
—Amo, las patatas están
cocidas, ¿queréis levantaros y comer?
Salí del cobertizo.
Quiso Arina alejarse,
pero la interpelé con viveza:
—¿Hace mucho tiempo que
tenéis alquilado este molino?
—El día de la Trinidad
serán dos años.
—¿De dónde es tu marido?
No me respondió.
—Tu marido, ¿de dónde es?
—De Beleva: burgués de
esa ciudad.
—¿Y tú?
—Yo pertenecía a un
señor.
—¿A quién?
—Al señor Zverkof. Ahora
soy libre.
—Ese Zverkof, ¿no es
Alejandro Silich?
—Justamente, yo era
"dvorovi" de su mujer. Miré con curiosidad a Arina. —Conozco al que
era tu amo.
—¡Ah! —repuso a media voz y bajando la cabeza.
Esta mujer me inspiraba
mucha compasión. Por lo siguiente. Me relacioné con el señor Zverkof mientras
estaba en Petersburgo. Ocupaba un cargo bastante alto y generalmente se le
tenía por hombre instruido y discreto.
Estaba casado con una
mujer espesa, hinchada, malhumorada y llorona, cuyo trato se dulcificaba
solamente para hablar a su hijo, niño mimado e insoportable.
Lo físico del señor
Zverkof prevenía muy poco a su favor. Figura larga y casi cuadrada, nariz
también larga, que terminaba en gruesas fosas nasales, cabellos grises formando
cepillo sobre una frente llena de arrugas. Sus labios delgados se agitaban de
continuo con un movimiento convulsivo. Y acababan de hacer antipático su
aspecto la baja estatura y el feo modo de caminar.
No recuerdo la ocasión en
que me hallaba con él, un día, viajando en coche. A guisa de hombre serio, me
dio toda clase de buenos consejos.
—Permítame usted, señor,
comunicarle una observación. La nueva generación habla de todo y no sabe de
nada. Usted no conoce su país, porque emplea usted el tiempo en leer libros
extranjeros. Por eso hace usted una sarta de razonamientos con respecto a esto
y aquello; quiero decir que con respecto a sirvientes siervos habla usted de
ellos sin conocerlos.
Se interrumpió en esto el
señor Zverkof, se sonó las narices con energía y tomó rapé.
—Sobre dicho asunto
—continuó—, voy a contarle una anécdota que quizá le interese. Mi mujer, según
sabe usted, trata a sus camareras con una bondad incomparable. Lo único que no
acepta es que sean casadas. Está eso en sus principios. Y tiene razón.
Convendrá usted conmigo en que una camarera no puede servir debidamente a su
ama si necesita ocuparse de sus niños, y de esto, y de aquello. Vea usted lo
que sucedió. Atravesábamos un día una de nuestras aldeas mi mujer y yo, cuando
nos llamó la atención la hija del "starosta" . Era bonita y hasta de
fisonomía que prevenía a su favor. "Coco —dijo mi mujer—, quisiera
llevarme esta chiquilla a San Petersburgo para hacer de ella mi camarera."
"Con muchísimo gusto, querida" —la respondí.
Todo se arregló a
satisfacción; el "starosta" se deshizo en agradecimientos, la
muchachita lloró algo. Usted sabe, en las aldeas la gente es tan tonta...; nos
la llevamos.
Era muy lista, y a eso
añadía una suma vivacidad. Ya instruida en el servicio, pronto fue la preferida
entre las camareras de mi mujer.
Se la recompensó con
confiarle el guardarropa, los encajes, las joyas: favores extraordinarios, en
fin.
En tales condiciones,
señor, sirvió Arina a la señora de Zverkof durante diez años.
Pero imagínese usted que
un buen día veo entrar a la hija del "starosta" en mi escritorio sin
pedir permiso.
Llega hasta mí y se me
echa a los pies, manera ésta que yo no soporto, pues no admito que un ser
humano falte a su dignidad. "¿Qué quieres?", le pregunté. "Padre
mío, Alejandro Silich, vengo a suplicaros una gracia." "¿Qué
gracia?" "Quisiera casarme." Confieso que me asombré. "Pero
tú sabes, tontuela, que tu ama no tiene otra camarera que tú."
"Seguiré sirviéndola como siempre." "Sabes muy bien que no
aceptamos camareras casadas." "Melania puede reemplazarme."
"Nada de razonamientos."
¿Qué quiere usted? Yo soy
de manera que la ingratitud me pone fuera de mí, y especialmente con relación a
mi mujer, verdadero ángel de bondad. Tendría consideraciones para con ella el
peor de los malvados. Eché de mi presencia a la camarera y supuse que pasado
algún tiempo abandonaría sus ridículos proyectos de matrimonio. Transcurrieron
seis meses y la muchacha vuelve a formularme el mismo ruego. Se las dije como
lo merecía. Pero me sorprendieron, luego de un tiempo, al decirme que seguía
con las mismas disposiciones... Era demasiado, la despedimos.
Queda así explicado por
qué la molinera, es decir, Arina, me interesaba tanto.
—¿Hace mucho tiempo que
te casaste con el molinero?
— Dos años.
—¿Tu amo te lo permitió,
al fin?
—Me rescataron.
—¿Quién?
—Saveli Alexevich.
—¿Quién es?
—Mi marido.
—Tal vez mi amo os habló
de mí.
No sabía qué responderle,
cuando laa fuerte voz
del molinero gritó:
"¡Arina! ¡Arina!" Ella corrió.
—Y su marido, ¿es bueno
con ella? —pregunté a Jermolai.
—Bastante bueno. —¿Tienen
hijos?
—Tuvieron uno, que se
murió.
—Debió de gustarle mucho,
pues, al molinero, para que se decidiese a rescatarla.
—No sé; lo cierto es que
ella sabe leer y escribir, lo cual es muy útil en su oficio.
—¿Hace tiempo que la
conoces?
—Sí, yo vendía caza a sus
amos, cuando vivía el lacayo Petrucka... ¡Qué triste, esta pobre mujer no tiene
salud!
Después de un silencio,
Jermolai prosiguió:
—¡Qué buena
"tiaga" habrá de aquí a cinco o seis horas! Nos convendría dormir
algo.
Una bandada de patos
silvestres pasó cerca de nosotros, y los oímos caer sobre el río a treinta
pasos del molino.
La noche era oscura y
fría.
En el bosque el ruiseñor
desgranaba el tesoro maravilloso de sus melodías.
Nos arropamos con el
heno, y al rato estábamos en un sueño profundo.
II
BIROUK
Regresaba de cazar, solo,
en drochka. Para llegar a mi casa faltaban aún ocho verstas. Mi buena yegua
recorría con paso igual y rápido el camino polvoriento, aguzaba las orejas y de
vez en cuando soltaba un relincho en seguida sofocado.
Mi perro nos seguía a
medio paso de las ruedas traseras. En el aire se olía la tormenta.
Lentamente, frente a mí,
se levantaba una nube violácea, por encima del bosque; vapores grises corrían a
mi encuentro, las hojas de los sauces se removían susurrantes.
El calor, hasta entonces
sofocante, dejó paso a una frescura húmeda, penetrante.
Espoleé a la yegua,
descendí al barranco, atravesé el lecho desecado, cubierto de espinos, y al
cabo de algunos minutos me interné en el bosque.
El camino serpenteaba
entre masas de nogales y avellanos; reinaba profunda oscuridad, y yo avanzaba
al azar.
Mi pequeño vehículo
chocaba contra las raíces nudosas de tilos y encinas centenarias, o bien se
hundía en las huellas dejadas por otros carros.
La yegua empezó a sentir
miedo.
Un viento impetuoso vino
a penetrar en el bosque, ruidosamente, y sobre las hojas caían gruesas gotas de
agua. Un relámpago cruzó el firmamento y le siguió el estampido de un trueno.
La lluvia se convirtió en
un verdadero torrente, que me obligó a reducir la marcha; mi yegua se
embarraba; yo no veía a dos pasos de mí.
Me guarecí en el follaje.
Acurrucado, tapada la
cara, me armé de paciencia para aguardar el fin de la tormenta.
Al resplandor de un
relámpago, distinguí a un hombre en el camino. Venía hacia donde yo me hallaba.
—¿Quién eres? —me
preguntó con voz atronadora.
—¿Y tú?
—Soy el guardabosque.
Y cuando me hube
identificado:
—¡Ah!, ya sé, ibas a tu
casa —dijo.
—¿Oyes la tormenta?
—Es tremenda —respondió
la voz.
En ese momento, el
destello de un relámpago iluminó a mi interlocutor, y pude verlo claramente. Al
repentino resplandor siguió un trueno y arreció la lluvia.
—Hay para rato —dijo el
guardabosque.
—¿Qué se puede hacer?
—¿Quieres que te lleve a
mi isba?
—Con mucho gusto.
—Sube, pues, a tu
drochka.
El guardabosque tomó mi
yegua por la brida y sacó el vehículo de la huella pantanosa donde nos habíamos
detenido.
Me agarré al almohadón
del vehículo, que se balanceaba como un barco en un mar tempestuoso.
La yegua resbalaba y a
cada momento estaba a punto de caer... La espoleaba Birouk pegándole con el
látigo, ya a la derecha, ya a la izquierda.
Avanzaba en la sombra,
como un espectro, y una vez atravesado el bosque nos detuvo junto a su choza.
—Es aquí, mi amo.
Miré. A la luz de los
relámpagos alcancé a ver una pequeña isba en medio de un recinto de césped.
Después de atar el animal
a la reja, el guardabosque fue a llamar a la puerta. Por una de las estrechas
ventanas se filtraba un débil hilo de luz.
—¡Ya! —gritó una voz
infantil, apenas hubo llamado el hombre.
Escuché unos pasitos
precipitados de pies descalzos. Movieron el picaporte y una chiquilla de doce
años abrió la puerta.
—Alumbra al amo —dijo
Birouk—, mientras llevo el coche al cobertizo.
La niña levantó los ojos
y me hizo señas de que la siguiera.
Constaba la cabaña del
guarda de una sola habitación baja, llena de humo y sin ningún tabique. Del
muro colgaba una vieja manta desgarrada. Sobre un taburete había un fusil y dos
líos de trapos. Una claridad vacilante alumbraba triste y miserablemente la
habitación.
En medio de la estancia,
una cuna se hallaba sujeta mediante una larga percha. Tras apagar la linterna,
la niña se sentó en un taburete y se puso a mover la cunita con suave balanceo.
Observé este cuadro con
el corazón oprimido. Solamente la ansiosa respiración de la criatura adormecida
turbaba el silencio sepulcral.
—¿Estás sola? —pregunté a
la chiquilla.
—Sola —me respondió,
temerosa.
—¿Eres la hija del
guardabosque?
—Sí —dijo balbuceando.
Se abrió la puerta y
Birouk entró.
Al ver la linterna en el
suelo frotó una cerilla y encendió una vela que había sobre la mesa.
Rara vez había tenido
ocasión de ver a un tipo tan fuerte. Grande, poderoso de espaldas y de pecho, y
bien plantado de talle. Sus vigorosos músculos resaltaban bajo la remendada
camisa. Una negra barba le cubría masculino y duro el mentón, cejas tupidas
sombreaban sus negros ojos, de mirada viva. Se plantó frente a mí, las manos en
la cintura.
Agradecí su ayuda y le
pregunté su nombre.
—Foma —dijo—, y Birouk,
por sobrenombre.
Lo examiné con atención.
Muchas veces Jermolai y los paisanos me habían hablado de este guardabosque; le
temían como al rayo, a causa de la eficaz diligencia que ponía en sus
funciones.
Con él, era imposible
robar ni un pequeño haz de leña. Hiciera el tiempo que hiciera, siempre estaba
al acecho, dispuesto a caer sobre el merodeador. Con frecuencia le habían
tendido emboscadas. Pero él siempre se había alzado con la victoria.
—¡Ah! —dije después de
recordar—, ¡Eres Birouk! He oído decir que eres implacable.
—Sencillamente cumplo con
mi deber —repuso bruscamente—. Debo ganarme honradamente el pan que me da mi
amo.
—Así, pues, ¿no tienes
mujer?
—No —dijo tristemente—,
mi pobre amiga ha muerto; pronto hará tres meses que nos dejó.
—¡Pobres niños! —murmuré.
Pero él ya había
desechado sus dolorosos pensamientos y salió, dando un portazo.
Examiné la isba, que me
pareció aún más triste. Un olor acre de humo se me metía en la garganta. La
chiquilla, sin moverse del taburete, seguía balanceando la mísera cuna.
—¿Cómo te llamas?
—Aulita —respondió
débilmente.
—La tormenta remite —dijo
entrando el guardabosque—. Si el amo lo dispone, yo lo conduciré a la linde del
bosque.
Me dispuse a partir.
Pero Birouk tomó su fusil
y examinó la batería.
—¿Y para qué esa arma?
—Ahí, en el barranco de
Kabouyl, apostaría a que están cortando leña.
—No podrías oírlo desde
aquí.
—De aquí no, pero sí
desde el patio.
Partimos. Ya no llovía.
En el horizonte se prolongaba una espesa cortina de nubes, que era surcada por
relámpagos. Sobre nosotros, el cielo tenía un sombrío color azul, y las
coquetas estrellas procuraban atravesar con su brillo las húmedas nubes.
Respiré con placer el
olor penetrante del bosque mojado, y escuché el ruido ligero de las gotas que
caían de las hojas.
Birouk me sacó del
ensueño.
—Allí es —dijo, señalando
hacia el oeste.
Yo nada oía, sino el
dulce susurro de la brisa al pasar y de las hojas al caer.
—Ya les daré— dijo
mientras me traía el coche.
—Dejemos aquí mi drochka.
Permíteme que vaya contigo al barranco.
—Bien, mi amo. A la
vuelta te acompañaré.
Fuimos.
El guardabosque iba
delante, yo lo seguía dificultosamente a través de los matorrales y de la
crecida maleza. De trecho en trecho se detenía para decirme: «¿Oyes los
hachazos?» Pero a mis oídos no llegaba ruido alguno.
Minutos más tarde ya
estábamos en el barranco; amainó el viento, y alcancé a oír nítidamente los
hachazos.
Seguimos nuestro camino
atravesando por entre la maleza; el musgo, rebosante de agua, cedía bajo
nuestros pies como una esponja cuando la aprietan.
Me llegó al oído el rumor
de algo que se quiebra, sorda y prolongadamente.
—Se acabó —rezongó
Birouk—, lo cortaron.
Ya menos oscuro el cielo,
nos hallábamos en la extremidad del barranco.
—Quédate aquí —me dijo el
guardabosque. Con paso furioso se agachó, manteniendo en alto el fusil, y se
arrastró entre los matorrales.
Yo escuchaba con
atención. Se oían unos golpecitos rápidos, el hacha que desbroza de ramas el
árbol caído. Después, el ruido rechinante de las ruedas de un carro. Asomó el
caballo.
—¡Alto ahí! ¡Eh! ¡Para!
—vociferó Birouk. A estas palabras siguió una queja lastimera.
—¡No te escaparás, viejo!
—gritó el guarda—. ¡Espera!
Me precipité hacia el
lugar de donde salían los gritos, y después de tropezar varias veces llegué
junto al árbol derribado.
Birouk tenía tendido en
tierra y fuertemente sujeto al paisano. Al verme lo dejó incorporarse. Era un
pobre hombre, de sucia cara y barba revuelta. A pocos pasos se hallaba el carro
y un viejo jamelgo.
El guardabosque, con la
manaza siempre agarrada al cuello del ladrón, tomó al animal por la brida.
—Adelante, Corneja —dijo
vivamente.
—El hacha, recójala —le
pidió el paisano.
—Cierto —murmuró Birouk—,
puede servir. Y levantó el hacha.
Volvíamos, yo tras ellos.
Durante el camino comenzó de nuevo la lluvia y aguantamos un chaparrón. Después
de una penosa marcha llegamos a la choza.
Birouk dejó el caballo en
medio del patio, sujetó los perros y nos hizo entrar en la isba.
Cuando el guardabosque le
hubo desatado las muñecas, el prisionero se sentó en el banco.
—¡Qué aguacero! —dijo
Birouk—. Ahora no puedes partir. Descansa, por favor, yo enjaularé a este
pájaro al otro lado.
—Gracias, pero no le
causes daño.
El paisano me miró con
agradecimiento. Me prometí gastar toda mi influencia en conseguir apaciguar la
severidad del guardabosque.
En un rincón estaba
quieto el infeliz, pálida y ensombrecida la cara, la desolación en los ojos.
Los niños estaban
dormidos. Sentándose a la mesa, Birouk tomó su cabeza entre las manos. En medio
de un absoluto silencio, un grillo comenzó a cantar.
—¡Foma Birouk! —exclamó
el paisano—. ¡Foma, Foma!
—¿Qué hay?
—Deja que me vaya.
El guardabosque
permaneció callado.
—Te lo suplico..., el
hambre... ya ves... déjame libre.
—Te conozco —dijo el
guarda con sequedad—, tu vida es robar, después robar, robar siempre.
—Deja que me vaya
—prosiguió el palurdo—, sabes..., ¡ah!, el intendente tiene la culpa, ¡él nos
arruinó a todos!
—Esa no es razón para
robar.
Suspiró el paisano;
movimientos febriles lo sacudían y agitaban su respiración.
—¡Piedad! —clamó con
desesperación—. ¡Mis hijitos se mueren de hambre, suéltame!
—No robes.
—Pobre caballo mío, no
tengo otra cosa.
—Basta, cállate y
permanece quieto, porque aquí hay un señor.
Birouk se acomodó
tranquilamente de codos en la mesa. Seguía lloviendo. Yo esperaba ansioso el
fin de semejante escena.
De repente, el paisano se
incorporó, con un esfuerzo supremo, y gritó:
—¡Ah, tigre sediento de
sangre! ¿Crees que no vas a morir, lobo rabioso?
—¿Estás borracho? —dijo
el guardabosque.
—Sí, estoy borracho, ¿he
bebido por cuenta tuya, devorador de hombres? ¡Sí, quédate mi caballo, tú te
irás también! ¡Tigre!... Está bien, ¡pega!
El guardabosque se había
puesto en pie.
—¡Pega de una vez! —gritó
furioso el paisano.
La pequeña Aulita se
había levantado y estaba delante del desgraciado.
—Ahora, silencio —dijo el
guarda. Y caminando tomó al ladrón por los hombros como si lo fuese a sacudir
con violencia.
Corrí en defensa del
infeliz.
—¡No te muevas, señor!
—me gritó Birouk.
Pero nada me intimidó y
ya tenía cerrados los puños, cuando con gran sorpresa mía, Birouk desató la
cuerda que ataba los brazos del ladrón; luego, agarrándolo por el cuello, abrió
la puerta y lo lanzó fuera.
—¡Vete al diablo con tu
caballo!
Silencioso, el guarda
entró de nuevo en la isba.
—Bien —dije a Birouk—, me
has asombrado; eres un buen hombre.
—Dejemos eso, amo
—rezongó—, y no lo cuentes a nadie. Puesto que ya no llueve, ahora puedo
acompañarte.
—¡Ah, cómo corre! —dije
escuchando el ruido de un carro que pasaba.
Una hora después me
despedía de Birouk en la linde del bosque.
III
LA MUERTE
Vecino de campaña tengo a
un propietario joven, cazador infatigable, pero de una destreza algo novicia.
Fui a verlo, en una
hermosa mañana de julio, y le propuse salir a cazar gallos silvestres.
—Es lo mejor que se me
podría proponer —dijo—. Acepto, sin embargo, con la condición de que iremos a
Zucha después de pasar por mi posesión. Verá usted mis entinares, donde estamos
haciendo cortas.
Consentí. En seguida hizo
ensillar su yegua, vistió un traje verde cuyos botones de metal figuraban
cabezas de jabalí, se proveyó de un morral, un frasco de pólvora trabajado en
plata, y un fusil francés que acababa de adquirir.
Después de mirarse tres o
cuatro veces en el espejo, partimos con Esperanza, como se llamaba un excelente
perro de caza.
Seguía a mi vecino su
"déciatski" , hombrecillo rechoncho, cara cuadrada, espaldas anchas y
espesas. Nos acompañaba también un intendente, individuo delgaducho y alto, de
rostro estrecho, cuello de jirafa, rubio, miope; y afligido, además, por el
nombre de Gottlieb von der Kock.
Mi amigo no tenía de
siempre la posesión de esa tierra, sino heredada de una tía, la consejera
Kardon Kartaef. Mujer tan obesa, que en los últimos tiempos de su vida le fue
imposible caminar.
Llegados a la posesión,
marchamos a través del soto.
—Esperadme aquí —dijo mi
amigo Ardalion a los que nos acompañaban.
El alemán fue a sentarse
a la sombra y abrió un libro sentimental de Juana Schopenhauer, y el
"déciatski" permaneció montado y allí le vimos, al volver, pues no
había cambiado de sitio.
Dimos varias vueltas y
rodeos sin descubrir cosa alguna, hasta que Ardalion Mikailych me invitó a
cruzar al entinar.
—Con mucho gusto —le
respondí—, porque presiento que hoy no cazará nada.
Volvimos luego al prado
donde habíamos dejado a nuestros compañeros. Cerró el alemán su libro y
mediante muchos esfuerzos pudo ahorcajarse sobre su yegua, reacia y mañosa; a
la menor contrariedad tiraba coces, y no valía más, por otra parte, que el
caballo del "déciatski"; éste no llegó a dominar su cabalgadura sino
a fuerza de mucha espuela y latigazos.
No me era desconocido el
lugar. Durante mi infancia le visitaba con mi preceptor, Desiderio Fleury.
Este bosque de
Chapliguina no era muy considerable. Pero los árboles habían alcanzado una
altura prodigiosa: doscientas o trescientas encinas alternaban con fresnos
gigantes. Sus grandes copas negruzcas se recortaban con la nitidez de los
avellanos y de los serbales; sus últimas ramas remataban en un ramo de hojas
verdes y allí planeaban gavilanes y mochuelos.
En la profundidad de este
follaje espeso, otrora el mirlo silbaba alegremente, las urracas golpeaban con
el pico la corteza de los árboles; las currucas diminutas gorjeaban en las
ramas bajas, verdes y frescas, sin temor a las liebres que furtivamente
atravesaban los setos. Una ardilla, a veces, asomándose, lucía su pelaje rojo
amarillento y su cola empenachada.
Entre las helechos había
lirios que mezclaban su aroma al de las violetas, cerca de las fresas coloradas
y perfumadas.
Chapliguina me gustaba,
por la delicia de su reposo hasta en los más fuertes calores; una atmósfera
transparente nos envolvía con su embalsamada frescura. Horas de encanto había
yo pasado en este bosque, horas de poesía y de ensueño. Por eso fue grande mi
pena cuando ocurrieron los desastres causados por el invierno de 1840.
Mis viejos amigos, los
grandes árboles, las encinas y hayas, estaban 'caídos en tierra; estos
príncipes, reyes de la naturaleza, se pudrían como cadáveres de viles animales.
Otros, heridos por el rayo, perdían su corteza. Aún conservaban algunos
vestigios de juventud, pero ninguno tenía su pasada magnificencia.
Lo que me parecía más
extraño es que ya no hubiese sombra en el bosque de Chapliguina. Estos
nuevos titanes, víctimas
de la cólera celeste, me llenaban de compasión. Hasta les atribuía
sentimientos. Repentinamente acudieron a mi memoria los siguientes versos de
Kaltsof:
Di qué te has hecho,
voz ideal,
fuerza orgullosa,
virtud real.
¿Adónde ha ido,
hacia qué nube,
tu fuerte savia
que siempre sube?
—¿Cómo —pregunté a
Ardalion— no se cortaron estos árboles en 1841 o 1842? Han perdido ahora la
mitad de su valor.
—Debiera usted haberle
hecho esta observación a mi tía —me respondió—. Muchas veces le ofrecieron
comprarle esta madera, pero rehusó siempre.
—"¡Mein Gott, mein
Gott!" —exclamaba el alemán—. mán—. ¡Qué lástima! ¡Qué pena!
Explicó el joven teutón,
en un lenguaje más o menos incomprensible, todo el sentimiento que le
inspiraban los árboles muertos. Por lo que toca al "déciatski", su
indiferencia era absoluta, y se divertía en escalar los viejos troncos
agusanados.
íbamos a llegar al sitio
donde se hacía la corta, cuando se levantaron gritos y cruzaron confusos
rumores. Un joven, de pronto, pálido, el traje deshecho, salió de la espesura,
a pocos pasos de nosotros.
—¿Qué te ocurre?
—preguntó Milkailych—. ¿Adónde corres así?
—¡Ah, señor, qué cosa más
espantosa!
—Pero ¿qué pasa? ¡Habla,
pues!
—El árbol, mi amo, el
árbol aplastó a Máximo.
—¿Cómo?... ¿El capataz,
el adjudicatario de los trabajos ?...
—Sí, padre; estábamos
ocupados en cortar un fresno. Máximo nos observaba y nos exhortaba, cuando la
sed le hizo acercarse al pozo. En ese momento mismo el árbol cedió, le gritamos
al capataz para que se apartase, pero ya era tarde. Dios sabe por qué cayó el
árbol con tanta rapidez.
—¿Murió en seguida?
—No, padre; pero tiene
las piernas y los brazos quebrados. Corro a llamar al médico Selivestrich.
Ardalion le ordenó que
volase a la ciudad y volviese con un médico.
En el sitio referido
hallamos al pobre Máximo en tierra; le rodeaban algunos campesinos. No se
quejaba, pero no era difícil advertir la dificultad de su respiración. En sus
ojos había una mirada de asombro, un rictus en sus labios amoratados. La
penumbra de un tilo envolvía su cara con cierto tinte mortuorio. Pudo, al fin,
reconocer a Ardalion. Penosamente habló
— ¡Ah, padre!... Enviad a
buscar al sacerdote. Dios me ha castigado... Hoy domingo trabajé con mis
hombres. Por eso estoy castigado. No tengo ni brazos ni piernas... Veo venir la
muerte... Si me queda dinero, que se lo den a mi mujer, después de pagar mis
deudas. Siento que todo ha concluido, perdonadme.
—Dios te perdona —dijeron
los campesinos mientras el moribundo se agitaba convulsivamente.
Hizo un esfuerzo y
recayó.
—No hay que dejarle morir
—observó Ardalion—. Que tomen la estera del carro y le lleven al hospital.
—Ayer —murmuró el
moribundo— di el dinero a Jéfime..., para la compra de un caballo; hay que dar
el caballo a mi heredera...
Se le prometió que así se
haría.
La muerte se lo llevaba,
sus miembros se encogieron, después pareció encogerse.
—Ha muerto —dijeron
algunos campesinos.
Silenciosamente nos
apartamos y salimos al campo.
La muerte del pobre
capataz me hizo, reflexionar.
Tiene el campesino ruso
una manera característica de morir. No puede decirse que sea indiferencia en el
momento supremo, y, sin embargo, el campesino encara la muerte como un simple
trámite, como una formalidad inevitable.
Hace algunos años, un
campesino hubo de morir quemado en el incendio de una granja. Un burgués le
salvó de morir allí. Fui a verle en su cabaña. Todo era sombrío y el aire
viciado, malsano.
—¿Dónde está el enfermo?
—pregunté.
—Aquí, padre —me dijo una
vieja campesina con la cantilena común a las mujeres afligidas.
Me acerqué al paciente;
estaba cubierto con su manta y respiraba con dificultad.
—Y bien, hermano, ¿cómo
va eso?
Al oírme, el enfermo
ensayó un movimiento, aunque sus numerosas llagas le ocasionaban sufrimientos
horribles.
—No te muevas — le dije—.
¿Cómo te encuentras?
—Muy mal, como veis; en
artículo de la muerte.
—¿No deseas nada?
Silencio.
—¿Necesitas té?
—No, gracias.
Me aparté; me senté en un
banco.
Allí estuve una hora en
medio del silencio de la "isba". En un ángulo, detrás de una mesa, y
bajo el sitio de los iconos, había una chicuela de cinco años, más o menos.
Mordisqueaba una corteza de pan.
En el primer cuarto la
cuñada del paciente picaba
repollos para la
provisión de invierno. — ¡Eh, Auxinia! —llamó el moribundo. —¿Qué?
—Dame "kwass" .
Se lo llevó la campesina
y todo volvió al silencio. —¿Le administraron los sacramentos? —aventuré a
media voz.
—Sí, amo, antes de que
llegarais.
—Vamos —dije—, todo está
arreglado; el enfermo aguarda la muerte, no espera otra cosa.
Salí de la
"isba", cuyo olor me sofocaba.
Otra vez se me ocurrió ir
a casa de un llamado Kapitan, cirujano en el hospital de Krasnagorié, que había
sido con frecuencia mi compañero de caza.
Dicho hospital estaba
establecido en un ala del antiguo castillo señorial. Su fundadora fue la señora
del lugar. Había reglamentado todo, hasta los menores detalles del
establecimiento, y hecho inscribir encima de la puerta: "Hospital de
Krasnagorié". Un elegante libro estaba destinado a registrar los nombres
de los enfermos. En la primera página, uno de los numerosos parásitos que
vivían al abrigo de la caritativa señora, había escrito los versos que siguen:
En tan lindo paraje,
donde reina alegría,
alzaron este templo la
belleza y la fe;
admirad, habitantes de
Krasnagorié,
de los señores vuestros
la tierna simpatía.
Otro había escrito:
Y yo también, ¡amo la
naturaleza!
Y su firma
Juan
Kubiliatnikof.
El hermano Kapitan
adquirió seis camas y se consagró enteramente a los enfermos pobres. Se le
confió el cuidado de dos individuos, de los cuales, uno, Pablo, había sido
grabador; padecía ausencias de espíritu, que para él significaban desagradables
trastornos; y la otra era una anciana, de nombre Milikitrisa o Manos Secas.
Encargada de la cocina, preparaba remedios, tisanas y, en algunas ocasiones,
ayudaba al viejo Pablo a calmar a los enfermos demasiado agitados por la
fiebre. Generalmente, el grabador, sombrío y taciturno, canturreaba una romanza
en que había cierto asunto de Venus y de su belleza, etc. Además, tenía una
manía curiosa: pedir permiso a todo el mundo para casarse con una tal Melania,
muerta y enterrada desde hacía mucho tiempo. Manos Secas le reprendía
amistosamente y procuraba tranquilizarle, haciéndole cuidar los pavos.
Mientras hablaba entró en
el patio un carro de cuatro ruedas conducido por un campesino cuyo
"armiak" nuevo dejaba recuadrarse las anchas espaldas; el caballo era
fuerte y pesado como lo son en los molinos.
—¡Ah! ¡Buen día, Vasíli
Dimitrich! —gritó el frater Kapitan desde la ventana—. Muy bien venido.
Y me advirtió:
—Es el molinero de
Leonbovchinsk.
Descendió el campesino
del carro, con dificultad, y una vez en la habitación del frater se persignó
piadosamente al ver un crucifijo.
—Y bien, Vasili, ¿qué
ocurre? Tiene usted mal aspecto.
—Sí, Kapitan, no ando
bien.
—¿Qué le sucede a usted?
—Me sucede esto: Hace
poco fui a la ciudad a comprar piedras de moler y las llevé al molino.
Quise descargarlas sin
ayuda. Pesaban demasiado y tuve que esforzarme. Desde entonces sufro mucho y
ahora me siento bastante mal.
—Debe de ser una hernia
—dijo Kapitan—. ¿Cuándo fue eso?
—Han pasado diez días.
—¡Ah! —exclamó el otro,
sentenciosamente—. Con su permiso voy a examinarle.
Y ambos se ocultaron
detrás de una puerta.
—Mi pobre Vasili —dijo
luego Kapitan—, esto no tiene solución. Si hubiese usted venido antes yo lo
habría curado en seguida. Pero ahora ya se ha declarado la inflamación y puede
empezar la gangrena. Necesita usted quedarse aquí algún tiempo.
Haré todo lo posible para
sacarlo del peligro, pero su situación es grave.
—¿Por una cosa de nada
debo morir?
—Yo no digo que usted se
muera, Vasili. Pero aseguro que no puede usted volver a su casa en semejante
estado.
El molinero reflexionó,
se rascó la frente y luego, tomando su bonete, se dirigió al patio.
—¿Adónde va usted,
Vasili?
—Al molino. Si debo
morir, es preciso que arregle algunos asuntos.
—Se arrepentirá usted: Ni
siquiera comprendo
cómo pudo llegar hasta
aquí. Se lo ruego, quédese.
—No, hermano Kapitan;
prefiero morir en mi casa. —Es un caso gravísimo, Vasili; le aseguro que debe
usted quedarse.
—No, no, vuelvo a casa;
prescríbame alguna droga, algún remedio y nada más.
—No se conseguirá nada
solamente con pociones.
—Estoy decidido, me voy.
—ojalá no tenga usted que
arrepentirse; tome esta receta.
Sacó el molinero
cincuenta "kopecks", los entregó al enfermero y subió al carro.
—Adiós —dijo-; acuérdese
usted bien de mí, no abandone a mis huérfanos si por acaso...
—Quédese usted, crea lo
que le digo.
El campesino se limitó a
hacerle una señal con la cabeza, castigó su caballo y salió a la calle grande,
mal Pavimentada y llena de baches. Vasili procuraba evitar las sacudidas;
saludaba alegremente a sus conocidos y nadie pudo sospechar que moriría al día
siguiente.
Ya lo dije: el ruso
encara la muerte de una manera particular. ¡Cuántos ejemplos podría traer al
caso!
¡Me acuerdo de ti, Avenik
Sorokunof, que fuiste mi mejor amigo! Aún veo tu larga cara de tísico, tus ojos
verdosos, tu modesta sonrisa, tus miembros flacuchos, y oigo tu palabra
acariciadora y triste. Vivías en casa de un señor, gran rusófilo, Gur
Krupionikof, donde educabas a sus hijos. Soportabas con paciencia angélica las
burlas del señor Gur, las descortesías del intendente, las amargas molestias
que te causaban tus alumnos.
Si acaso erraba en tus
labios alguna sonrisa llena de melancolía, jamás dejabas escapar una ligera
queja.
—¡Tu dicha inefable era
cuando al anochecer, libre ya de toda obligación, venías a sentarte a la
ventana. ¡Qué clase de encanto encontrabas en esas poesías que elevaban tu alma
y te hacían olvidar los fastidios y las miserias! Había entonces otra expresión
en tu cara y algo de radiante. Te sorprendías amando a la humanidad.
No puedo convertirte en
un héroe, porque, sin duda, muchos sobrepasaban tu inteligencia, tu saber, pero
nadie tenía tu buen corazón y tu sensibilidad.
Creímos que el campo
repararía tu débil salud. Pero desmejorabas visiblemente, pobre amigo mío. Tu
habitación daba al jardín. Allí las eglantinas y las rosas te ofrecían
mezclados sus perfumes, los pájaros gorjeaban para ti, una acacia dejaba caer
sus flores sobre tus cuadernos y tus libros preferidos.
Venía, a veces, un amigo
de Moscú a visitarte. Gran ocasión de alegría. Escuchabas con éxtasis los
versos que te recitaba. Pero el insoportable oficio i de preceptor y una
enfermedad incurable te consumían; te llevaban a la tumba los interminables y
fríos inviernos de la campaña rusa, mi pobre, ¡pobre Avenik!
Poco antes de que muriese
fui a verle. Su amo, el señor Gur, no le despedía. Pero le privó del sueldo y
había tomado, además, otro preceptor.
Ese día, me acuerdo,
Sorokunof estaba a la ventana en un viejo sillón. El tiempo era magnífico. Un
soberbio sol de otoño tendía alegremente sus reflejos sobre una hilera de tilos
deshojados; sólo algunas hojitas amarillas tiritaban al extremo de las ramas y
volaban arrancadas por el viento. La tierra, ya sorprendida por las heladas,
traspiraba bajo los rayos del sol. En los aires una sonoridad inaudita, un
extraordinario eco.
Estaba mi amigo envuelto
en un batón; una corbata verdosa ponía en su cara cierto tinte colérico.
Me recibió con alegría y,
tendiéndome la mano, me hizo sentar a su lado. Estaba leyendo una colección de
poesías de Koltsof, copiadas cuidadosamente.
—Poeta verdadero éste —me
dijo entre dos accesos de tos. Y con palabra afónica empezó a recitar la
siguiente estrofa:
¿Tiene entonces ligadas
sus alas el halcón?
¿Y cerrado el camino
al espacio y al sol?
Le
impedí continuar. El médico le había prohibido hablar. Aunque no seguía el
movimiento científico y literario de la época, le interesaba algo el porvenir
del mundo; particularmente llamaba su atención la filosofía alemana. Le hablé
de Hegel y le hice una exposición de su sistema.
—Sí —reflexionó—,
comprendo; grandes ideas, grandes ideas.
Esta curiosidad infantil
de un hombre a la muerte, de un infeliz abandonado, me conmovió hasta las
lágrimas.
Sorokunof no se hacía
ilusiones sobre su estado; sin embargo, nunca se quejaba de sus sufrimientos.
Procuré distraerle.
Conversamos de Moscú, de la literatura rusa, de nuestros comunes recuerdos de
juventud. Hicimos memoria de amigos difuntos.
—¿Te acuerdas de Dacha?
—dijo al fin—. ¡Qué alma tenía! ¡Y cómo me quería! ¿Qué será de esa hermosa
flor? Tal vez habrá enfermado la pobre...
Yo le dejaba la ilusión y
no le daba noticias de Dacha. Festejada, adulada por comerciantes ricos, sólo
soñaba con joyas y coches.
"Acaso, pensé, su
enfermedad no es incurable y se le podría sacar de aquí."
Adivinó mi pensamiento.
—Te advierto que no
llegaré al invierno. No hay que incomodar a nadie. Además, estoy acostumbrado a
esta familia.
—No tienen corazón —le
respondí.
—Sin embargo, no es gente
mala. Algo brutos tan sólo. Por lo que se refiere a los vecinos..., uno de
ellos, el señor Kasakin, tiene un encanto de hija, instruida, ella...
Un acceso de tos le cortó
la palabra. —Si pudiese siquiera fumar... Pero ni eso. —Debieras escribir a tu
familia.
—No, sería inútil. Cuando
haya muerto lo sabrán. Le hice algunos relatos que le interesaron viva mente.
Por la noche nos separamos. Ocho días después me llegó una carta del señor Gur,
en estos términos:
"Debo anunciaros,
señor, que vuestro amigo A. Sorokunof ha entregado su alma a Dios el jueves
pasado y que esta mañana se le enterró a mi costa en el cementerio de la
iglesia. Conforme a sus últimos deseos, os envío sus libros y cuadernos de
poesías.
"Le quedaban
veintidós rublos y cosas que remitimos a sus herederos. Ha muerto en una
especie de insensibilidad, hasta al despedirse de nosotros.
"Mi esposa Cleopatra
os saluda; le fatigó mucho los nervios la muerte de vuestro amigo. En cuanto a
mí, me gobierno la salud y me reitero vuestro muy humilde servidor.
G.
Krupionikof."
Otros hechos análogos me
acuden a la memoria, pero los dichos son suficientes.
Sin embargo, uno es
bastante curioso y merece añadirse.
Una vieja propietaria
murió en mi presencia no hace mucho tiempo. En pie, a la cabecera de su cama,
el sacerdote decía las oraciones de los agonizantes. Al cabo de algunos
minutos, notando que la enferma ya no se movía, la creyó muerta y acercó a su
boca un crucifijo.
—No tan rápido, espere
—balbuceó la vieja.
Metió una mano bajo la
almohada.
Cuando la amortajaron, se
encontró bajo su almohada una moneda de plata. Se había propuesto pagar ella
misma al sacerdote que le administrase la extramaunción.
Sí, los rusos tienen una
extraña manera de morir.
IV
CHERTAPKANOF Y TREDOPUSKIN
En una cálida mañana de
estío, volvía de caza acompañado de Jermolai.
Mecido por el movimiento
de la "telega" estaba él adormecido y sacudía la cabeza sin poderse
despertar.
Los perros roncaban
tranquilamente junto a nosotros y escapaban a los tábanos que atormentaban al
pobre caballo.
Nos rodeaba una nube de
polvo. El cochero tomó un camino boscoso. Las ruedas del carro tropezaban a
cada instante con la maleza crecida.
Jermolai acabó por
despertarse y dijo:
—Pero por aquí ha de
haber gallos silvestres.
Con esta noticia bajamos
y penetramos en la espesura.
Bien pronto mi perro
encontró una banda de gallos silvestres, sobre los que Jermolai y yo
descargamos nuestros fusiles.
Nos preparábamos a
disparar de nuevo, cuando la enramada: abriéndose junto a mí, dejó pasar a un
caballero.
—¿Con qué derecho, señor,
caza usted en mis tierras? —preguntó con altanería.
El personaje que hablaba
de esta suerte pronunciaba por la nariz y por accesos, precipitadamente. Le
observé con atención. Nunca en mi vida se me había cruzado semejante persona.
Imagínese un hombrecito rubio, de nariz respingona, torcida y de largos
mostachos colorados. Tenía metido hasta las cejas un bonete persa. Llevaba un
traje amarillo gastado con adornos de galones de plata en todas sus costuras.
Todo denunciaba el largo uso, pues estaba sembrado de zurcidos; un cuerno de
caza colgaba de sus hombros. De su cintura salía la punta de un puñal.
El caballo era flaco,
hético, y asimismo los dos perros que le acompañaban.
Aspecto, miradas,
movimientos y expresión del desconocido mostraban una loca audacia y un
indomable orgullo. Los ojos, de un verde azulado, daban vidriosos destellos;
miraban al azar, como los de un hombre ebrio.
La cabeza hacia atrás,
inflaba los carrillos, se sacudía como un gallo de la India. El conjunto de sus
modales recordaba muchísimo al pavo. Repitió su pregunta.
—Ignoraba que estuviese
prohibido cazar en este bosque —le respondí.
—Está usted en mis
tierras, señor.
—Según sus deseos, voy a
retirarme.
—Permita usted, ¿es un
noble a quien tengo el honor de hablar?
Me presenté.
—En ese caso —agregó—,
continúe usted cazando. Me honra satisfacer el gusto de un gentllhombre. Soy
Pantalei Chertapkanof.
Dicho esto, mi
interlocutor se inclinó; y afirmándose en los estribos dio a su caballo un
recio latigazo. El pobre animal se encabritó, echó espuma y le quebró la pata a
uno de los perros, que lanzó lamentables ladridos.
Pantalei, fuera de sí,
redobló el castigo al animal. Luego, saltando al suelo, examinó la pata del
perro, escupió sobre la herida y le empujó. Se agarró en seguida a las crines
de su caballo y puso el pie en el estribo.
El animal alargó el
pescuezo y al rato desaparecían en la espesura.
Oí los latigazos que
Chertapkanof seguía dando a su pobre caballo, y luego su cuerno de caza, con
cuyo sonido vibrante llenaba los bosques.
En ese momento salió del
matorral, cerca de mí, otro personaje: caballero bajo y grueso, que montaba un
caballo bayo. Me preguntó si no había visto a un caballero que montaba un
animal zaino colorado. Y como le respondiese afirmativamente:
—¿Hacia dónde enderezó?
—Por allí.
—Os lo agradezco
humildemente, monseñor.
Espoleó su cabalgadura y
se alejó en la dirección que le había indicado. Le seguí con los ojos hasta que
su casquete puntiagudo no se vio más entre las ramas.
Este segundo personaje
parecía exactamente opuesto al primero, por su aspecto: la cara hinchada,
redonda como una bola; su expresión era de bondad y timidez; venitas azules le
surcaban la nariz espesa; en la parte delantera de la cabeza no tenía un solo
cabello; en lo bajo de la nuca, un cerco de pelo feamente rubio. Sus ojos, que
no cesaban de guiñar nerviosamente, daban la impresión de haber sido horadados
por un taladro, y en sus labios gruesos y colorados flotaba una continua
sonrisa. Vestía sobretodo verde con botones de cobre; los pantalones de paño no
le llegaban más que a las rodillas y dejaban al descubierto la caña de sus
botas y lo rechoncho de sus pantorrillas.
—¿Éste quién es?
—pregunté a Jermolai.
—Ivano Ivanovich
Tredopuskin, que vive con Chertapkanof.
—Debe de ser un pobre
hombre.
—No es rico, y tampoco lo
es Chertapkanof. No tienen un céntimo.
—¿Por qué viven juntos?
—Por afecto. El uno va
adonde va el otro. Como dice el proverbio: Por donde pasa el caballo con su
casco, el cangrejo pasa con sus pinzas.
Salimos del matorral.
Cerca de nosotros dos perros ladraron, y entre la maleza corrió una liebre
grande.
Tras ella se lanzaron los
galgos. Luego llegó Chertapkanof. Procuraba en vano dirigir la jauría. De su
ancha boca escapaban sonidos inarticulados e ininteligibles; se enfadaba con su
cabalgadura y la hartaba de latigazos. Los lebreles buscaban, la liebre torció
camino y cruzó como una flecha delante de Jermolai. Los perros salieron para
otro lado.
—¡Guarda: fuego! —gritó
Chertapkanof.
Jermolai disparó el arma,
la liebre rodó como una bola sobre la gramilla seca; saltó un perro y la
atrapó.
Chertapkanof, en un abrir
y cerrar de ojos se apeó, y sacando su puñal le hundió hasta el mango en el
cuerpo de la presa. Lanzó un grito de victoria y se llenó de orgullo cuando vio
llegar a Tredopuskin.
—Debiéramos privarnos de
la caza en esta estación del año —dije a Chertapkanof, señalándole un vecino
campo de avena.
—Ese campo me pertenece
—respondió con sequedad.
Le cortó las patas a la
liebre y se la ató a la silla.
Y dijo a Jermolai:
—Según las leyes de la
caza, te debo el tiro, querido. En cuanto a vos, señor —dijo recalcando cada
sílaba—, os quedo agradecido.
Montó de nuevo.
—¿Me permitís preguntaron
vuestro nombre? Se lo dije otra vez.
—Me place haberos
conocido. Cuando la ocasión se presente, hacedme el placer de visitarme.
Luego, con un ademán de
impaciencia: —Pero ¿dónde está Fomka?
—Su caballo ha caído y
reventó —dijo Tredopuskin.
—¿Cómo? ¿Reventó
Orbacane? ¡Pfon pfi! ¿Dónde está?
—Más allá del bosque.
Chertapkanof salió al
galope.
Tredopuskin me saludó dos
veces, por su amigo y por él; y, como de ordinario, se alejó al trote a través
de la maleza.
Me pregunté por qué dos
seres tan diferentes por carácter y maneras podían vivir juntos, y comuniqué mi
asombro a Jermolai. Éste me dio noticias que permiten, junto con otras,
formarnos una idea completa sobre ambos personajes.
Pantalei Tremeich
Chertapkanof tiene en el país reputación de atolondrado, de hombre peligroso y
fantástico. Y con todo, es orgulloso como Artaban y un perdonavidas de lo peor.
Sirvió en el ejército; motivos desagradables le obligaron a dimitir, y salió
con graduación de teniente. Su familia tenía en otro tiempo grandes propiedades
y vivía como viven los grandes señores de la estepa. Siempre estaba servida la
mesa del castillo, nadie pedía hospitalidad sin obtenerla, y hasta los caballos
de los extraños eran cuidados y alimentados a lo grande. La casa de estos ricos
castellanos era numerosa: músicos, cantores, y en los días de fiesta toda la
turba de los criados se hartaban de aguardiente. Iban durante el invierno a
Moscú, en sus espaciosas "kolymagues" . A veces, de vuelta de la
ciudad, se quedaban sin un céntimo y se veían en caso de vivir con los
productos de la granja y de los establos.
Pantalei, es decir,
Eremei Lukich, había heredado una tierra ya empobrecida, pero no llevaba una
vida menos alegre. No dejó a su hijo, al morir, más que la aldea de Beztonow,
cuya población se componía de 3o hombres y 70 mujeres, todos esclavos de la
corona. Le correspondía también el octavo de las tierras de Kolobradova. Como
no quería saber nada de los mercaderes, con los salteadores, como él decía, el
difunto había enseñado a sus siervos un gran número de oficios.
Se arruinó, precisamente,
por persistir en esta mala combinación. Al menos satisfizo todas sus
excentricidades. Quiso tener un día un carruaje desmesurado. Y lo tuvo, en
efecto. Para hacerlo andar hubo necesidad de requisar todos los caballos y
todos los hombres de la aldea. Pero al primer ensayo se abrió y se deshizo.
Eremei Lukich hizo
levantar en el lugar un monumento y ya no se preocupó más del asunto. Tuvo en
seguida la fantasía de edificar una iglesia sin ayuda de un arquitecto. Se
encargó él mismo de diseñar los planos y fundamentos.
Para fabricar los
ladrillos se quemó una selva íntegra. Luego se pusieron los cimientos. Por su
solidez y extensión, aquello podía soportar una catedral. Los muros se
elevaron, después la cúpula... Pero luego se derrumbó. "No es nada",
pensó Eremei. "Que se empiece de nuevo." De nuevo se construyó la
cúpula, de nuevo se derrumbó.
"El número 3 es
divino", pensó Lukich. "Ensayemos una tercera vez." Y el mismo
accidente se repitió, más terrible y más peligroso. Grandes grietas surcaron
los muros de la iglesia y amenazaron su solidez.
—Han puesto algún
maleficio en esta construcción —dijo el propietario—. Las brujas de la aldea
tienen la culpa.
Y de acuerdo con sus
órdenes, fueron azotadas todas las viejas del lugar. Después de reflexionarlo,
desistió de edificar el templo. Sólo quedaron sus ruinas, que atestiguaban una
fantasía del señor Lukich. Poco después decidió reconstruir todas las casas de
la aldea sobre un modelo uniforme. Las juntó de tres en tres, en forma de
triángulo. En el medio del triángulo había un poste que remataba en un nido de
estornino.
Diariamente tenía nuevas
extravagancias. Ya se hacía preparar una sopa de lampazo, ya le daba por hacer
cortar las colas de todos los caballos para fabricar casquetes a sus criados. A
veces quería reemplazar el lino por ortigas y alimentar los puercos con hongos.
Habiendo leído un día, en un periódico de Moscú, un artículo concerniente a la
buena moral de las aldeas, decretó que todo el mundo aprendiese este artículo
de memoria y lo recitara con frecuencia.
En aquella misma época,
por motivos de "orden y regularidad", Eremei quiso que todos sus
súbditos tuviesen un número y lo llevasen marcado sobre el cuello del traje.
Cada vez que un campesino se encontraba con su amo, gritaba: "Número
21." "Número 7." Y el amo respondía: "Dios te guarde."
—A pesar de sus buenas
medidas, Eremei llegó a una situación muy embarazosa. Se vio en el caso de
hipotecar todas sus tierras y tuvo que venderlas al poco tiempo. La última
aldea suya, donde estaba la iglesia sin cúpula, fue rematada por el Estado. Tal
acontecimiento ocurrió después de su fallecimiento. Meses antes había muerto en
su castillo, rodeado de su servidumbre, bajo los ojos del médico. El pobre
Pantalei no recibió, como herencia, más que el caserío de Beszonovo.
Cuando la enfermedad de
su padre se declaró, Pantalei estaba en el regimiento y tenía diecinueve años.
Criado por una madre débil e indulgente, pudo satisfacer siempre todos sus
caprichos. Las esperanzas de su madre, Vasilia Vasilievna, no se realizaron,
porque su Pantalei se hizo un franco holgazán.
El padre había descuidado
la educación del hijo, absorbido por sus extravagancias y reformas económicas.
Sólo en cierta ocasión le administró un buen castigo. Ese día, es verdad, lo
había puesto de malísimo humor un accidente sufrido por uno de sus galgos.
Vasilia Vasilievna nunca
hizo mayores gastos para la educación de su hijo. Había desenterrado como
preceptor a un viejo alsaciano inválido, llamado Birkopf. Hasta en sus últimos
días temblaba al suponer que este mentor pudiese renunciar al empleo. Birkopf
se aprovechaba de semejante disposición, bebía como un agujero y se lo pasaba
durmiendo desde la mañana a la noche y desde la noche a la mañana. Pantalei
terminó su educación en falso, y entró en el ejército.
Grande fue su sorpresa
para Pantalei cuando llegó con licencia, para los funerales de su padre, y vio
que su fortuna se hallaba reducida a nada. Con la desesperación, Pantalei
cambió completamente. Ya no se le reconocía. Había sido hasta entonces
perezoso, pero bueno y honesto. A partir de entonces fue violento y
pendenciero, peleó con sus vecinos, ricos o pobres, y se mostró descortés con
las autoridades civiles.
—Soy —decía en cualquier
ocasión— un noble chapado a la antigua.
Al "stanovoi"
un día casi le mata porque no se quitó el sombrero al encontrarse con él.
Le devolvían la pelota,
por cierto, y aquello era una contienda sin fin. Los funcionarios siempre
temían tener que dirimir asuntos con Chertapkanof. Que le hicieran una
observación a disgusto suyo, y él proponía arreglar la cuestión con un duelo a
muerte. ¡Vaya! —decía—. Yo no tengo apego a la vida. Además, soy un noble
chapado a la antigua."
Por otra parte, su
probidad era perfecta, y siempre tomaba la defensa de sus campesinos cuando su
causa era justa. Les amparaba hasta el último extremo. "Que yo no sea
Chertapkanof si no aplasto al temerario que se atreva a invadir el derecho
ajeno."
Tikone Tredopuskin no
podía, como su amigo, enorgullecerse de su nacimiento. Su padre pertenecía al
común y no adquirió la nobleza sino al precio de cuarenta años de un servicio
asiduo e irreprochable. Pertenecía al número de esos hombres a quienes la mala
suerte combate con una pertinacia que parece odio personal.
Durante sesenta años tuvo
que luchar contra todas las miserias que son la herencia de la gente ínfima. Se
debatía como un pez en el hielo; vivía al día, nunca durmió su borrachera
completa.
El pobre hombre pasó así
una existencia de mártir y murió en algo como un granero, sin dejar un solo
céntimo a sus hijos. Luchó vanamente contra la desgracia, como una liebre caída
en la red; todos sus esfuerzos lograban solamente que se enredase más en la
malla.
Bueno y honesto, la gente
se aprovechaba de ello. Casado con una tísica, tuvo varios hijos que murieron
temprano. Sobrevivieron dos, Tikone y su hermana Matrona.
Se casó ésta, joven
todavía, con un abogado retirado de los negocios.
Por lo que se refiere a
Tikone, logró su padre hacerlo entrar como supernumerario en una
administración. No permaneció mucho tiempo en ella; la situación precaria que
había sobrellevado, de continua lucha con el frío y el hambre, el ver los
sufrimientos de su madre, los desesperados esfuerzos de su padre, las duras
exigencias de los propietarios y de los proveedores, todo concurrió a darle un
carácter tímido y reservado.
A la vista de un superior
caía en síncope, como un pajarillo que se siente atrapado. Con frecuencia, la
naturaleza adjudica aptitudes y gustos contrarios a los que necesitaríamos a
fin de cumplir con los deberes de nuestra condición.
De esta suerte había
hecho que Tikone, hijo de un pobre empleado, fuese persona— dulce, benévola,
inclinada a los goces, dotada de un gusto y de un olfato admirablemente
finos... Le desarrolló estas disposiciones y, sin embargo, le condenó a
nutrirse de repollos agrios y de carne podrida. No por eso dejó de hacerse
hombre. Pero desde entonces, su papel en el mundo resultó de lo más curioso.
El destino, que tan
cruelmente había martirizado al padre, no fue más clemente con el hijo, y le
hizo su juguete. No le llevó ni una sola vez a la desesperación, ni a las
profundas angustias; pero le zarandeó a través de todas las Rusias, le hizo amo
y criado, le sometió a funciones ridículas.
Tan pronto se le
encontraba con cargo de mayordomo en casa de alguna protectora biliosa y
exigente, como se le podía descubrir comensal de un
rico mercader, avaro
hasta la medula. O sí no, tenía la cancillería de un gentilhombre de ojos
rasgados y pelo cortado a la inglesa, o era semibufón de un propietario
aficionado a la caza.
En suma: había pasado por
todas las miserias de las posiciones dependientes. Infinidad de veces, por la
noche, al retirarse a su habitación, decidió, avergonzado y con lágrimas en los
ojos, escaparse y procurarse otra ocupación en la ciudad próxima, y dejarse
morir de hambre si no hallaba empleo.
Pero invariablemente su
timidez le vencía, le presentaba las ideas de la víspera con apariencia triste,
y le obligaba a renunciar a sus proyectos. ¿Era probable, por otra parte, que
pudiese hallar una colocación? "No me aceptarían", murmuraba el
infeliz, y se agachaba a ponerse el collar de sus miserias.
La situación de Tikone
era, pues, deplorable; desde luego porque carecía de las cualidades propias del
bufón. No era capaz de bailar hasta caer rendido de cansancio, ni de gastar mil
monerías, abundar en bromas y frases graciosas, bajo la amenaza sorda de un
castigo; no podía reír y cantar desnudo y expuesto a un frío de veinticinco
grados bajo cero; era imposible que bebiese aguardiente con tinta o comiese
hongos venenosos.
Sabe Dios lo que hubiera
sido del pobre Tredopuskin sí su último amo no hubiese escrito en el
testamento: "Doy a Zezé (por otro nombre Tikone) y a sus herederos, la
aldea de Bésriélendéefka."
Pasado algún tiempo, el
honesto legatario murió de apoplejía. Puso la justicia sus sellos y, al cabo de
quince días se reunían los parientes del difunto. Se llamó a Tredopuskín, que
compareció en seguida.
Los herederos conocían
las funciones de Tikone en casa del pariente muerto. Y así fueron los silbidos
y los gritos cuando lo vieron entrar en la sala.
— ¡Señor terrateniente!
Amigos, ¡aquí está el nuevo amo!
—Sí —dijo uno que se
pagaba de ingenioso—, este señor es perfecto, se sabe lo que es. Justamente...
es un... un..., ¿un señor?
Y estalló en una risa
olímpica.
El pobre bufón no quería
creer que fuese verdad tanta dicha. Fue preciso mostrarle la pertinente
disposición testamentaría. Se sonrojó, guiñó los ojos, abrió la boca y acabó
por ponerse a llorar.
Con tales demostraciones,
los espectadores lanzaron un ¡hurrah! y los vidrios temblaron como en un día de
tormenta.
Bésriélendéefka no era,
al fin y al cabo, más que una aldea de veintidós almas. Y los presentes no la
tenían en mucho. Pero, puesto que la ocasión era buena, ¿por qué no divertirse?
Cierto señor Rostilaf Adamych Stoppel discurrió más. Se aproximó a Tikone hasta
rozarle la cadera y le dijo con desdén:
—Usted, señor,
desempeñaba, creo, en casa del difunto Fedorych, funciones de bufón. ¿Era usted
su criado favorito?
El señor Stoppel era un
fino conversador, y dijo con la mayor desenvoltura estas palabras. Tikone,
pasmado, no sabía qué responder. Escuchaban los herederos al hombre espiritual,
que repitió su pregunta. Pero Tredopuskin, con la mirada perdida, no sabía qué
responder.
—Le felicito a usted
—dijo Stoppel—. Os felicito, nuevo señor. Verdad que pocas personas se aven
drían a emplear vuestros
medíos de hacer fortuna. Pero cada uno tiene sus gustos, ¿no?
Alguien, en el fondo de
la sala, hizo oír una exclamación de asombro. El señor Stoppel supuso que
semejante burla era una alabanza, e insistió con ganas:
—¿Podría usted decirnos
qué clase de mérito le ha hecho a usted digno del pequeño legado? Aquí estamos
en familia, hable usted sinceramente.
No comprendió Tíkone las
palabras del señor Stoppel, se limitó a menear la cabeza. Otro heredero, hombre
joven, con la frente llena de placas amarillas, gritó
—Sí, sí, tiene usted
razón. Usted seguramente sabe caminar con las manos, o bailar con las piernas
al aíre.
—O imita el canto del
gallo.
Y otro, después de una
risotada:
—O tal vez baila sobre
esa nariz.
Una voz gritó al fin:
— ¡Basta! ¿No tenéis
vergüenza de atormentar a este pobre hombre?
Todos se volvieron. Era
Chertapkanof. Pariente lejano del difunto, le habían convocado también. Según
su costumbre, se había mantenido apartado y no conversaba con nadie.
—¡Basta! —gritó moviendo
la cabeza, furibundo.
El elegante Stoppel, al
ver en el interruptor un hombre de escasa apariencia, no le tomó en serio.
—¿Quién es? —preguntó.
—Cualquier cosa —le
dijeron al oído. Confirmada su sospecha, le habló con altanería:
—¿Desde cuándo tenemos un
inspector general supremo? ¿Qué clase de pájaro es usted?
Chertapkanof saltó como
un cohete y gritó tartamudeando de coraje:
—¿Quién soy yo? Pantalei
Chertapkanof, de la más rancia nobleza. Mi bisabuelo estuvo en el sitio de
Kazán, bajo el Terrible. Y tú, ¿eres noble siquiera?
Adamych palideció. La
interpelación, tan espontánea y viva, le había turbado. Chertapkanof se
adelantó impetuosamente hacia él, que retrocedió asustado.
—¡Quiero dos pistolas!
¡Armas, pronto! A tres pasos de distancia. O pídeme perdón y lo mismo a este
pobre hombre.
—Dadle explicaciones
—clamó la asamblea—. Es un loco. ¡Cuidado!
—Perdón —balbuceó
Stoppel—. Yo no sabía...
—Y a él, a él, pídele
perdón —le impuso Chertapkanof con una voz firme.
—Perdóneme usted también
—añadió el otro, que pasaba por el espantoso trance.
Pantelei tomó de la mano
al antiguo bufón y cruzó la sala con él. La asamblea, tan ruidosa momentos
antes, se había calmado como por ensalmo.
A partir de ese día tan
fértil en emociones, los dos señores terratenientes ya no se separaron. Tikone,
débil y fofo, profesaba a su amigo una especie l de culto. Consideraba a
Pantalei un hombre instruido, inteligente, extraordinario.
Y, sin duda, su
educación, aunque deficiente y mala, era muy superior a la de Tikone. Hablaba
el ruso y mal el francés. En materia de grandes espíritus rusos, estimaba a
Dervajine y tenía pasión por Marlinski.
* * *
Días después de mi
encuentro con los dos amigos, fui a visitar a Chertapkanof en Bezsonovo. Desde
lejos se veía su casa, edificada en un sitio sin árboles, sobre una tierra
alta, y parecía un nido de águilas en las rocas inaccesibles.
Las dependencias de la
finca formaban cuatro cuartos: el establo, la cochera, los baños y el
cobertizo.
Ni foso ni empalizada
rodeaban la propiedad ni señalaban el límite del señorío.
Al llegar cerca del
cobertizo hallé cuatro o cinco perros ocupados en despedazar el cadáver de un
viejo caballo. Uno de ellos levantó un momento su hocico teñido de sangre, miró
y volvió a devorar. Junto a los perros había un muchacho de cara pálida,
vestido a la manera cosaca. Amenazaba a los animales con un largo látigo.
—¿Está tu amo? —le
pregunté.
—Llamad con las manos.
Bajé del coche y entré
por la galería.
No tenía apariencia de
lujo la casa de Chertapkanof. Las vigas de la armazón, ennegrecidas por el tiempo,
habían cedido en más de un lugar; las chimeneas estaban en ruinas. Los pequeños
cristales, de azulados reflejos, tenían cierto aspecto melancólico, y encajados
en aquellos muros amarillentos, antiguos, daban la impresión de ojos, ojos
turbios de viejas malvadas.
Llamé y nadie respondió.
Adentro hablaban, sin
embargo. Y oí las siguientes palabras de una voz gritona:
—A. B. C. D. Vamos, pues,
imbécil.
Volví a llamar y la misma
voz gritó:
—Entrad, entrad.
Di con una antecámara
oscura, inmediata a una pieza con la puerta abierta. Allí estaba Pantalei,
abrigado con un batán que se abría sobre largos pantalones y sentado en una
vieja silla. Con una mano cerraba el hocico a un perro de aguas y con la otra
le acercaba a la nariz un pedazo de pan.
—¡Ah! —dijo con
dignidad—, encantado de veros. Estoy dando una lección a Vinzov. ¡Tikone! Ven
aquí, hay una visita.
—¡Voy! —respondió Tikone.
—¡Eh, María, dame el
látigo!!
Y reanudó tranquilamente
la lección de su perro.
Mientras tanto, yo
examinaba la habitación. Una mala mesa de cuatro patas disparejas y seis sillas
desfondadas componían todo el moblaje. Las paredes, blanqueadas de cal, tenían
manchitas que representaban estrellas. Bajo un velo de polvo un antiguo espejo.
Y telas de araña colgando del cielo raso resquebrajado.
—A. B. C. D. —pronunciaba
lentamente Chertapkanof. Luego exclamó de repente, haciendo una contorsión—:
¡Bestia estúpida, come!
Modestamente, el pobre
animal estaba sentado sobre sus patas traseras; manso y bueno, atendía cada
movimiento de su amo y procuraba cumplir en seguida sus órdenes. Pantalei le
ofrecía de comer, gritando:
—¡Come, pues, animal!
Al ver que no se decidía
a comer, le dio un puntapié. El perro se alejó sin quejarse, aunque debió de
dolerle que le tratasen tan mal delante de una visita.
Se abrió la puerta
contigua y entró Tredopuskin haciendo reverencias.
Me levanté y fui hacia
él.
—Por favor, os lo ruego,
no os levantéis.
Nos sentamos juntos,
mientras Chertapkanof se iba a otra pieza.
—¿Hace tiempo que estáis
en nuestra tierra de Canaán? —me preguntó Tredopuskin, después de toser
discretamente, apoyando la punta de los dedos sobre su labio superior.
—Hace pocas semanas.
—¡Ah, bravo! ¡Qué hermoso
día el de hoy!... Los cereales prosperan. Una bendición.
Y me miró con un gesto
agradecido y como si conviniera que me diese aquellas informaciones. Y
prosiguió:
—Ayer Pantalei mató dos
liebres. Tuvimos contratiempos. Pero ¡qué liebres!
—¿Tiene buenos perros el
señor Chertapkanof?
—Sí, excelentes
—respondió Tredopuskin con entusiasmo—. Son los mejores de la jurisdicción,
porque cuando el propietario de Bezsonovo desea algo, todo ha de ceder.
Entró en ese instante
Pantalei y el semblante de Tikone, iluminándose, parecía decir: "¡Vea
usted mismo si sería posible encontrar un hombre semejante a éste!"
Hablamos los tres de
cacerías.
—¿Queréis ver una jauría?
—me preguntó Chertapkanof. Y sin aguardar a que le respondiese llamó a su
criado Karp, que apareció en seguida, muchacho vestido con traje de nankín,
adornado de anchos botones blasonados.
—Di a Foma que me traiga
a Ammalat y Saiga. Pero en forma..., ¿comprendes?
Una sonrisa contrajo la
boca de Karp. Meneó la cabeza, como signo de inteligencia, y desapareció. A los
pocos minutos Foma venía con los dos perros atrahillados.
Chertapkanof escupió en
las narices de uno, que se quedó quieto. Se siguió conversando y mi huésped fue
dejando su fanfarronería y pareció más simpático. De pronto me miró y dijo con
cierta ingenuidad:
—Pero ¿por qué se queda
sola? ¿Por qué no aprovecha vuestra buena compañía? ¡Eh, María, ven!
Hubo un movimiento en la
sala contigua, pero ninguna voz respondió.
—Ma...a...ría, ven con
nosotros —dijo suavemente Pantalei.
Entró una mujer que
tendría alrededor de veinte años, alta, esbelta. Tenía el cutis cetrino de las
bohemias. Sus ojos almendrados estaban rasgados de amarillo y sombreados de muy
negras pestañas. Los dientes tenían blancura de marfil y tocaban el coral de
los labios. Negros los cabellos, caían sueltos sobre sus espaldas. Vestía de
blanco y llevaba un chal celeste, echado artísticamente; levantado sobre uno de
los hombros, dejaba ver un brazo fino, terminado por la mano, de línea
aristocrática. Avanzó algunos pasos y pareció cohibida.
—Permitidme que os
presente a María, mi mujer, si usted quiere.
Ella se sonrojó algo
cuando la saludé. Me agradaba mucho con su nariz afilada, las mejillas pálidas,
medio sumidas y los rasgos, en fin, que denunciaban pasiones fuertes y una
perfecta despreocupación.
Se sentó junto a la
ventana. A fin de no aumentar su cortedad, me puse a conversar con
Chertapkanof. De tiempo en tiempo ella me echaba ojeadas que parecían dardos de
serpiente.
Tikone se sentó a su lado
y le dio conversación. Ella sonreía, y los labios, levantándose, hicieron la
expresión de su cara, no digo felina, tampoco leonina, y menos angelical. Una
expresión realmente extraordinaria y muy hermosa de contemplar.
—Bueno, María —dijo el
dueño de casa—, ¿no tienes algunos refrescos para nuestro huésped?
—Hay algo de confitería.
—Pues, dánoslo, y también
aguardiente. Y trae tu guitarra y canta.
—No, no quiero.
—¿Por qué?
—Pues, porque no tengo
ganas.
—Pero ¿por qué?
—No sé.
—¡Qué loca! En fin, trae
lo que te he pedido.
Fue y volvió; puso las
golosinas en la mesa y nuevamente se sentó junto a la ventana. Ahora su
fisonomía era perversa, se alzaban y recaían sus pestañas como las antenas de
una avispa. Por sus miradas ariscas tenía yo la impresión de que habría
tormenta. De pronto se levantó. Bajo la ventana pasaba una mujer. Le gritó:
" Axinia!" Parece que, al volverse, la mujer resbaló y cayó. María
retrocedió para que desde abajo no la vieran y rompió a reír a carcajadas.
Resonaron agradablemente a los oídos de Chertapkanof las notas argentinas de
aquellas carcajadas y le alegraron de nuevo. La tormenta se disipó.
Con atmósfera calma,
desde ese momento, nos dimos a jugar locos de contento y a charlar como
colegiales. María rivalizaba con nosotros en alegría, sus ojos echaban
alternativamente claridad y sombra, su cuerpo tenía ondulaciones de ola, su
naturaleza salvaje se revelaba íntegra.
Una inspiración la hizo
correr a buscar su guitarra, y quitándose el chal entonó una romanza. Pura su
voz como el cristal resonaba en nuestro corazón. Notas fuertes, como el ruido
del mar, alternaban con una cadencia suave, con gorjeo de ruiseñor. Después un
aire de danza bohemia, con el refrán: "Ai jghi, govori, al jghi."
Chertapkanof se dejó
llevar por el ritmo de la danza, Tredopuskin zapateaba. María exaltada,
inspirada, hacía volar las notas melodiosas y fascinantes. Exhausta, al fin,
interrumpió su canto y dejó correr sus dedos ligeramente sobre las cuerdas de
la guitarra. Sin embargo, con un último ímpetu, lanzó todavía vigorosas notas.
Y Pantalei, que había relajado el paso, recomenzó con más brío, casi tocaba el
cielo raso, gritando: "¡Rápido! ¡Rápido!"
Dejé Bezsonovo a
medianoche, contento de mi visita y de mis amigos.
V
LOS CANTORES RUSOS
La aldehuela de Kolotova
era, en otro tiempo, propiedad de una anciana, a quien le habían puesto el
sobrenombre de "la Esquiladora", debido a su carácter ávido y de
empresa. Ahora pertenecía a un alemán de Petersburgo. Construida sobre un
montículo, la atraviesa un horrible barranco que forma el medio de la calle.
Las aguas de la primavera y del otoño se juntan en la concavidad del barranco y
separan el caserío en dos partes próximas, pero muy diferentes. No se puede
echar un puentecillo sobre tal especie de río, cuyo lecho de arcilla está
encajado a gran profundidad.
Aunque el aspecto del
paraje nada tiene de agradable, no hay habitante de los alrededores que no
conozca la aldea y no venga con frecuencia a ella.
Al comienzo del barranco
hay una casita aislada de la población. Una chimenea remata su techo de paja;
tiene una sola ventana, que se abre hacia el lado del barranco, y en el
invierno, cuando la luz de adentro pasa a través de sus cristales, parece un
ojo de miradas penetrantes.
Se la ve desde lejos.
Sirve a guisa de estrella conductora a los viajeros cuando hay niebla y tiempo
brumoso.
Esta "isba" no
es otra cosa que una taberna, o un "prytinni", como dicen en el país.
Encima de la puerta hay una tabla pintada de azul. El aguardiente que allí se
despacha, aunque tan caro como en cualquier parte, es el artículo más
acreditado en toda la región, y por eso el propietario, Nicolai Ivanitch,
siempre tiene muchos clientes.
Es un hombre forzudo, de
mejillas frescas y coloradas. Ahora está algo grueso, sus cabellos blanquean y
los rasgos de su cara están hinchados por la grasa. Pero conserva un aire de
gran benevolencia.
Hace más de veinte años
que habita en el caserío. Es muy listo y posee el don de atraer a los
parroquianos, sin gastar nunca amabilidades extraordinarias.
Le gusta a la gente
estarse allí, bajo su mirada paternal y cortés. Tiene finura, es escrutador,
conoce a fondo a cuantos le rodean y la vida que llevan. Pero nunca se daría a
repartir censuras y halagos. Permanece tranquilamente a la sombra, detrás de su
mostrador. Cuando la taberna está vacía, se sienta a la puerta y traba
conversación con los transeúntes. Ha visto y observado mucho. ¡Conoció a tantos
gentileshombres que venían a proveerse de aguardiente en su casa! ¡Cuántos se
han arruinado! ¡Cuántos han muerto! Las autoridades civiles le respetan y el
"stanovoi" nunca pasa delante de su "isba" sin entrar a
saludarle. Verdad que se le deben servicios. Hace algún tiempo detuvo a un
ladrón y le obligó a devolver lo que había
Es casado. Su mujer,
delgada y flacucha como era, ha engrosado. Supo merecer la entera confianza de
su marido y éste le deja llaves y cuidado del negocio, y ella sabe hacerse
temer tanto como Nicolai. Tienen hijos todavía pequeños, pero ya inteligentes y
astutos, como lo denuncia su cierto aspecto de zorros.
Un día, al empezar la
tarde, caminaba yo por lo alto del barranco. Era el mes de julio y hacía un
calor tórrido. Volaba en los aires un polvo blanco que sofocaba.
Los cuervos, erizadas las
plumas, entreabierto el pico, parecían implorar caridad. Solamente los
gorriones no dejaban su griterío y se perseguían piando con la vivacidad de
siempre.
Me moría de sed. No
tienen pozo los habitantes de esta aldea. Se conforman con el agua barrosa de
un estanque cercano. A mí este limo me repugnaba y decidí pedir a Nicolai un
vaso de "kvass" o de cerveza.
Sí, como dije, nunca es
atrayente el aspecto de la aldea, durante el verano resulta absolutamente
espantoso; la deslumbradora claridad del sol hace resaltar toda la fealdad de
estos techos de paja. El barranco profundo, una plazuela quemada por el sol y
donde se ven algunas gallinas héticas; luego el estanque negro, bordeado de
lodo por un lado, y en el otro un dique en ruinas; y más lejos un ribazo donde
un rebaño de ovejas busca una brizna de pasto.
Entré en la aldea. Me
miraban los chiquillos con aire de asombro. Sus ojos se dilataban para verme
mejor y los perros ladraban en todas las puertas. Minutos después llegaba al
"prytinni".
Un campesino alto salió a
la puerta. Estaba sin sombrero y retenía su capa de frisa un grueso cinturón.
Su cara era flaca y una espesa cabellera gris dominaba su frente arrugada;
llamaba a alguien y no parecía del todo dueño de sí, indicio cierto de
abundantes libaciones.
—¡Ven! —gritaba con voz
ronca y realzando las espesas cejas—. Parecería que no puedes arrastrarte
siquiera. ¡Vamos, hermano, pronto!
El hombre a quien se
dirigía era pequeño, rechoncho y cojo. Venía por el lado derecho de la
"isba". Llevaba una larga túnica bastante limpia, un bonete muy
puntiagudo, encasquetado, lo que le daba una expresión maliciosa. Una perpetua
sonrisa, fina y amable, vagaba constantemente en sus labios.
— ¡Voy, querido! —dijo
acercándose a la taberna—. ¿Por qué me llamas? ¿Qué ocurre?
—¡Ah!, ¿qué puede hacerse
en una taberna, amigo? Hay gente que te espera: Iacka el Turco, Diki Barin y el
capataz de Jisdra. Han apostado un cuarto de cerveza a ver quién canta mejor.
—Iacka va a cantar —dijo
el recién llegado, es decir, Morgach.
—¿Verdad, hermano? ¿No
será molestarse en vano?
—No —dijo el otro,
Obaldoni—, cantarán. Hay una apuesta.
—Entremos, entonces —y
agachándose pasaron el umbral de la taberna.
Esta conversación me
interesó, porque había oído hablar de Iacka el Turco como de un gran cantor.
Quise juzgar por mí mismo, alargué el paso y entré en la "isba".
No han entrado muchas
personas en una taberna de aldea. Tal vez los cazadores las conozcan porque en
todas partes se meten.
Esta clase de
establecimientos se componen, ordinariamente, de una entrada oscura. Luego hay
una espaciosa pieza dividida por un tabique. Nunca los clientes franquean esta
separación, en la que se ha practicado una abertura que permite ver lo que
sucede al otro lado. Hay una larga mesa de encina, y sobre esta especie de
mostrador el dueño del "prytinni" sirve las bebidas. Detrás del
tabique se ven las "chtofs" cuidadosamente tapadas. En la parte donde
están los parroquianos no hay, generalmente, más que algunas barricas vacías,
un banco y una mesa. Y suspendidas en la pared unas groseras
"lubotchnyas" .
Mucha gente estaba ya
reunida cuando llegué. Nicolai estaba detrás del mostrador, con su aire
regocijado, y servía aguardiente a los que iban entrando.
En medio de la pieza
estaba Iacka el Turco, hombre de unos veinticinco años, pálida y flaca la cara,
de cuerpo delgado y largo. No parecía gozar de buena salud. Sus salientes
pómulos, mejillas sumidas y ojos grises, denunciaban un alma apasionada.
Presa de una enorme
emoción, temblaban todos sus miembros y su respiración era desigual. Le
dominaba la idea de que iba a cantar en público. A su lado había un hombre de
más o menos cuarenta años, alto y fuerte. Todo lo contrario de Iacka, sus
anchas espaldas hacían juego con sus brazos nerviosos y fuertes. Algo cobrizo
el cutis, como el de los tártaros. A primera vista su semblante parecía cruel,
pero luego se advertía cierta dulzura reflexiva. Rara vez levantaba los ojos y
entonces echaba una ojeada a su alrededor, como un toro bajo el yugo. Su vieja
levita parecía raspada, de tan usada, y la corbata era ya una simple hilacha.
Así era el llamado Diki Barin por Obaldoni. Frente a ellos estaba sentado el
capataz de Jisdra, el rival de Iacka.
Éste era un hombre de
estatura mediana, bien formado. Tenía cara cenceña, crespos los cabellos, nariz
levantada, era ojizarco y sedosa su barba. Hablaba poco, tenía las manos bajo
las piernas, movía un pie, después el otro; y llamaba así la atención sobre sus
botas coloradas y sin elegancia. Llevaba un "armiak" de tela gris
sobre una camisa roja ceñida al cuello.
A través de la ventana
penetraban pocos rayos de sol. Pero eran tales, en la "isba", la
oscuridad y la humedad, que no se advertía aquella luz.
El calor sofocante del
mes de julio se transformaba allí en una atmósfera de frescura húmeda que le
envolvía a uno como en una nube.
Mi llegada molestó al
principio a los parroquianos de Nicolai. Pero como vieron que éste me saludaba,
todos se inclinaron.
Fui a sentarme en un
rincón, al lado de un campesino andrajoso.
—¡Vamos! —gritó Obaldoni,
después de haber vaciado de un sorbo su copa de aguardiente. Y añadió algunas
palabras extrañas—. ¿Por qué no se comienza? ¿Qué dices, Iacka?
—Sí, empezad —dijo
Nicolai.
—Eso quiero yo —dijo el
capataz de Jisdra. Y sonrió con suficiencia.
—Yo también —respondió
Iacka—. Empecemos en seguida.
—¡Vamos, hijos! —dijo
Morgach con voz de falsete—. Hay que comenzar.
—¡Ya es tiempo! —exclamó
Diki Barin. Iacka se estremeció.
El capataz, poniéndose en
pie, tosió para tomar aplomo. Y preguntó a Diki Barin con voz alterada: —¿Quién
ha de cantar primero?
—¡Tú, hermano, tú! —le
gritaron al capataz. Movió éste los hombros y miró hacia el techo, callado, con
actitud inspirada. Diki Barin propuso: —Que se eche a la suerte y se ponga el
cuartillo de cerveza en la mesa.
Nicolai se agachó,
levantó del suelo la medida indicada y la puso en el mostrador.
Diki Barin, mirando a
Iacka, lo interpeló: —¿Pues bien?...
El joven se hurgó los
bolsillos, sacó un "kopeck" y le hizo una marca. El capataz extrajo
una linda bolsa de cuero y sacó una moneda nueva y ambas piezas se echaron en
el mísero casquete de Iacka.
Morgach metió la mano en
el casquete y sacó la moneda del capataz. Suspiró la asamblea; al fin se
empezaría.
—¿Qué voy a cantar?
—Lo que tú quieras —se le
replicó—. Nosotros vamos a juzgar honradamente.
—Permítaseme toser un
poco, para aclararme la voz.
—¡Acabemos, acabemos!
—gritó la asamblea—. ¡Despáchate!
El paciente miró hacia
arriba, suspiró, removió las espaldas y dio algunos pasos hacia adelante. Antes
de relatar la lucha entre ambos cantores, conviene conocer el carácter y los
hábitos de los personajes que principalmente intervenían en la escena.
A Obaldoni, cuyo
verdadero nombre era Evgraf Ivanof, le llamaban así los campesinos debido a su
aire insignificante y siempre alterado. Era un picarón, un "dvoroni"
despedido por su amo y que, sin un centavo en el bolsillo, se arreglaba para
llevar una vida alegre. Tenía amigos, decía él, que le proveían de té y de
aguardiente. Cosa falsa, porque Obaldoni no era de trato tan agradable que se
le pudiese hacer regalos. Más bien fastidiaba con su charla continua, su
familiaridad confianzuda y sus risotadas nerviosas. No sabía cantar ni bailar,
nunca salió de su boca una palabra inteligente, y en las reuniones los
campesinos estaban acostumbrados a verle y soportarle como un mal inevitable.
Solamente Diki Barin tenía sobre él alguna influencia.
Nada se parecía Morgach a
su camarada. Le habían puesto injustamente ese nombre, ya que no guiñaba los
ojos. Bien es verdad que en Rusia hay tanta inclinación a poner apodos que no
siempre resultan exactos.
Pese a todas mis
investigaciones enderezadas a conocer el pasado de este hombre, ciertos
períodos de su vida me son absolutamente desconocidos y no creo que los
habitantes del país tengan más noticias que yo. Supe que había sido en otro
tiempo cochero de una anciana señora y se había escapado con el par de caballos
que le habían confiado. No se avino a los fastidios de la vida errante y al
cabo de un año volvió todo maltrecho a echarse a los pies de su ama. Varios años
de vida ejemplar hicieron olvidar su falta y hasta concluyó por congraciarse de
nuevo la voluntad de la anciana, y ésta lo hizo su intendente. Después de morir
su ama, se halló, no se sabe cómo, emancipado de la servidumbre, inscrito entre
los burgueses. Se convirtió en colono, comerció, y al poco tiempo tenía una
pequeña fortuna. Es hombre de gran experiencia, que sólo obra por cálculo y en
beneficio propio. Es circunspecto y audaz como el zorro, parlanchín como una
vieja. Nunca dice una palabra de más, pero hace decir a los otros lo que éstos
hubiesen querido callar. No remeda a los imbéciles como hacen otros. Su mirada
fina y penetrante sabe verlo todo sin dejarlo translucir. Es un verdadero
observador. Cuando emprende un negocio, se creería que va a fracasar. Sin
embargo, todo lo conduce con prudencia y termina por triunfar.
Es feliz, pero
supersticioso, y cree en los presagios. Poco querido en el país, eso no le
preocupa; se conforma con que le estimen. Tiene un solo hijo, al que cría en su
casa. "Es padre igual que su padre", dicen los viejos cuando al
anochecer, sentados a la puerta de sus casas, conversan de bueyes perdidos.
Iacka el Turco y el
capataz eran bastante menos interesantes. Al primero, de sobrenombre "el
Judío", se le puso este apodo por su madre. Era un artista, pero se veía
obligado a ganarse el pan en una fábrica de papel.
El capataz era, sin duda,
un burgués. Tenía el modo imperioso y decidido que suelen tener las personas de
esta clase.
El más interesante y
curioso era Diki Barin. Al verle por primera vez llamaba la atención la
apariencia ruda de toda su persona. Su salud es la de un Hércules, como si lo
hubiesen tallado a hachazos en una encina. Y en esta encina hay vida para diez
hombres. Con su exterior grosero, hay en él cierta delicadeza, y quizá provenga
ello de la confianza que le inspira su propia fuerza.
Difícil es juzgar, a
primera vista, a qué clase pertenece. No parece un "dvorovi" ni un
señor Juan Sin Tierra; tampoco puede ser un burgués; acaso un escritor o un
ente particular. Un buen día llegó al distrito y se dijo que era un funcionario
jubilado, pero sin prueba alguna. Tampoco conocía nadie sus medios de vida. No
ejercía ningún oficio y, sin embargo, nunca le faltaba dinero. Como no se
preocupaba por nadie, vivía tranquilamente. En ocasiones daba consejos, siempre
atendidos.
De una vida casta, bebía
moderadamente; su pasión era el canto. Este hombre era, en una palabra, un ser
enigmático. Dueño de su prodigiosa fuerza, vivía siempre en un absoluto
descanso, tal vez porque un secreto presentimiento le anunciaba que, si se
dejaba llevar por ella, semejante fuerza destrozaría todo a su paso y tal vez
al mismo que la tenía. Yo creo que algo le había dejado en este sentido la
experiencia. Lo que más me sorprendía era la delicadeza de su sentimiento.
unida a la crueldad innata. Nunca he visto semejante contraste.
Ahora volvamos al momento
en que el capataz se adelantaba hasta el medio de la estancia. Entrecerró los
ojos y comenzó a cantar con voz de falsete, agradable, pero no muy pura. La
manejaba y hacía vibrar como se hace girar un diamante al sol. Ya eran notas
ligeras, finas, ya algo como gotitas de agua cristalina. Dejaba llover melodías
deslumbradoras o notas de órgano, grandiosas y altas. En seguida paraba, y
luego de una pausa que daba apenas tiempo para un respiro, reprisaba con una
audacia arrebatadora. A un aficionado, la audición de esta voz lo hubiese
transportado. Pero un alemán la hubiese hallado insoportable.
Era un tenor ligero, un
tenor de "grazia" rusa. Añadía a la romanza tantos adornos, tantas
florituras, tantos trinos de "grupetti", que me costó trabajo
entender el sentido de los versos. Sin embargo, alcancé a entender el siguiente
pasaje:
Yo cultivaré, mi bella,
un cuadradito de tierra,
y te plantaré, mi bella,
flores de la primavera.
No ignoraba el capataz
que tenía que vérselas con expertos. Por eso gastaba todos sus esfuerzos para
conmover a su auditorio. Lo consiguió perfectamente cuando, en una gama
alígera, pasó de la voz de barítono a la de tenor. Diki Barin y Obaldoni no
pudieron reprimir un grito de admiración.
— ¡Muy bien! ¡Más alto
todavía!
Nicolai, sentado en el
mostrador, movía la cabeza con satisfacción. Obaldoni marcaba el compás
cadenciosamente con los hombros.
Estimulado así el
virtuoso, echó una cascada de trinos y efectos de garganta. Era una verdadera
caída de sonidos brillantes, hasta que, exhausto, volcó hacia atrás la cabeza
dando un último grito. El auditorio unánime aplaudió frenéticamente. Obaldoni
le saltó al cuello y lo enlazó con sus huesudos brazos, que por poco ahogan al
cantor. La cara hinchada de Nicolai enrojeció juvenilmente y Iacka exclamó como
loco:
—¡Ah, el bravo! ¡Qué bien
ha cantado!
Mi vecino, el campesino
andrajoso, decía golpeando la mesa con el puño:
—¡Qué bien estuvo!
¡Endiabladamente bien! —y escupía.
—¡Qué placer nos has
dado! —seguía gritando Obaldoni sin soltar al capataz—. ¡Sí, has ganado! Iacka
no tiene tu fuerza. —Y de nuevo abrazó efusivamente al cantor.
—¡Suéltalo! —le
gritaron—. ¿No ves, bruto, que está rendido? ¡Anda! Te has pegado a él como una
hoja mojada.
—Bueno, que se siente.
Voy a beber a su salud. Extenuado el cantor, se dejó caer en un banco. —Cantas
bien —dijo Nicolai recalcando la frase, como quien conoce el valor de sus
palabras—. Ahora vamos a oír a Iacka.
—¡Sí, ha cantado muy
bien, muy bien! —exclamó de pronto Polecka, la mujer del tabernero.
—¡Ah, esa cabeza cuadrada
de Polecka! —dijo Obaldoni—. ¿Qué te pasa, Polecka?
Diki Barin le
interrumpió:
—¡Insoportable bestia!
¿Vas a callarte?
—Yo no hago nada —rezongó
Obaldoni—. Si... so. lamente que...
—Basta, cállate.
Y Barin se dirigió a
Iacka: —Empieza, hermano.
—No sé lo que es, pero
tengo algo aquí, en la garganta. No puedo...
—Nada de remilgos —dijo
Nicolai—. Y procura cantar tan bien como el capataz.
Se quedó Iacka durante un
rato con la cabeza entre las manos, luego se recostó en la pared. Tenía el
rostro pálido como el de un muerto y los ojos abiertos a medias.
Lanzó un largo suspiro y
empezó.
Primero fue un sonido
débil, tembloroso, algo como un vago y lejano eco. Produjo una singular
impresión.
Siguió un sonido más
amplio, más atrevido; con admirable destreza el artista abordó el tono alto.
Sabía gobernar su voz e hizo vibrar las notas con extraordinario talento.
Todos nos maravillamos
cuando entonó este canto melancólico:
Muchos senderos llevan
al bosque florecido.
Estas
palabras hicieron gran efecto. Rara vez había oído una voz tan bella expresar
tan bien los acentos de la pasión y de la desesperación, de la calma y de la
dicha. Era realmente un canto ruso, una romanza que tocaba el corazón.
Iacka se animaba más y
más, se dejaba llevar por la inspiración que lo dominaba y que comunicaba a sus
oyentes.
Recordé un día en que yo
estaba, a la hora de la pleamar, en una playa donde las olas venían a
deshacerse tumultuosamente. Una gaviota de blancas alas bajó a posarse cerca de
mí. Estaba vuelta hacia el mar cubierto de púrpura, y de cuando en cuando abría
sus grandes alas como saludando a las olas y al disco del sol.
Este recuerdo acudió a mi
memoria mientras miraba a Iacka, inmóvil ante nosotros y dando toda su alma en
la voz y encantándonos con sus hermosas melodías.
Cada una de sus graves
notas tenía algo de grande, de vago, como el horizonte de nuestras estepas. Ya
me subían las lágrimas a los ojos, cuando alguien empezó a sollozar cerca de
mí. Me di la vuelta; era la mujer de Nicolai, que lloraba apoyándose en la
ventana.
Iacka miró hacia ella, y
desde ese momento su voz fue aún más bella y arrebatadora. Estábamos todos
sobreexcitados. No sé cómo habría concluido aquello si el cantor no se hubiese
parado en medio de una nota alta.
Nadie se movió. Nadie
dijo una sola palabra. Iacka nos había transportado a un mundo nuevo.
—Iacka —dijo al fin Diki
Barin poniéndole una mano en la espalda. Pero no pudo decir más.
El capataz, levantándose,
se aproximó, y balbuceó penosamente:
—Tú..., eres tú...,
ganaste... Y en seguida salió afuera.
Apenas se hubo marchado,
el encantamiento en que estábamos sumergidos empezó a disiparse. Obaldoni dio
un salto, procurando reír y agitando sus largos brazos. Morgach felicitó al
artista y Nicolai no pudo menos que ofrecer un segundo cuartillo. Diki Barin
era feliz y la sonrisa que vagaba en sus labios contrastaba singularmente con
la expresión habitual de su rostro.
En cuanto al campesino de
los andrajos, lloraba como un niño, y de cuando en cuando le oíamos exclamar:
—¡Que sea yo un hijo de
perra si éste no ha cantado bien!
El cantor gozaba su
triunfo. Hizo que buscaran al capataz. Pero no se le encontró. Obaldoni llevó a
Iacka hasta el mostrador, clamando:
—¡Sigue cantando, canta
hasta la noche!
Me retiré después de
mirar una vez más a Iacka. Afuera el calor era excesivo, la atmósfera de fuego.
En el azul del cielo se hubiera dicho que vagaban puntos luminosos.
No se escuchaba ruido
alguno. Y esta calma aumentaba más aún la hermosura de la naturaleza. Agobiado
por la fatiga, llegué hasta un cobertizo, donde me tendí sobre las hierbas que
acababan de cortar. Tenía el heno un aroma embriagante. Tardé mucho en
dormirme. El canto de Iacka resonaba en mis oídos. Pero el cansancio y el calor
me dominaron. Desperté cuando ya era de noche. Los últimos resplandores del
crepúsculo huían en el horizonte, algunas estrellas brillaban con vivo fulgor.
Perduraba en la temperatura mucho calor del día, y con el pecho oprimido se
ansiaba un soplo de aire.
En la aldea se
encendieron algunas luces, y la ventana de la taberna estaba plenamente
iluminada. Llevado por la curiosidad, me dirigí hacia la casa de Nicolai. Miré
a través de los cristales y tuve una impresión de repugnancia. Aquellos a
quienes había visto por la tarde estaban todavía, pero en completo estado de
embriaguez. Iacka tartamudeaba una especie de canción, mientras el campesino
andrajoso y Obaldoni intentaban bailar.
Solamente Nicolai, en su
carácter de tabernero, conservaba su dignidad. Había algunas personas nuevas,
pero Diki Barin ya no estaba.
Dejé la ventana y
descendí de la altura en que está la aldea.
Ondas de bruma inundaban
la llanura y parecían confundirse con el suelo. Andaba a la ventura, cuando una
voz infantil sonó en el oído:
—¡Antropka! ¡Antropka!
La voz callaba, para
empezar de nuevo. Resonaba en medio del silencio nocturno. Por lo menos treinta
veces se obstinó en gritar. Al fin, desde lejos, en la llanura, alguien
respondió:
—¿Qué? ¿Qué... é... é...?
—¡Ven para que padre te
pegue! —gritó la criatura.
Ya no hubo respuesta. El
niño siguió llamando. incansablemente. Me alejé y di la vuelta a un bosque que
precede a mi aldea. La oscuridad era profunda; el nombre de Antropka se oía
aún, muy débilmente, en la lejanía.
VI
EL ENANO KACIANO
Volvía de una cacería en
una mala "telega" y me agobiaba el calor de un día nebuloso.
Dormitaba sometido con resignación a las sacudidas del vehículo, cuyas ruedas
levantaban una polvareda fina, que nos envolvía.
Llamó de pronto mi
atención la inquietud del cochero, que hasta ese momento iba más tranquilamente
adormecido que yo. Tiró de las riendas, se volvió mirando y pegó a los
caballos.
Viajábamos por una
llanura labrada y chocábamos a cada instante con montículos no aplanados por el
arado. No veíamos casa alguna, y solamente montecillos de abedules cortaban,
con sus redondeadas copas, la línea del horizonte. Estrechos senderos
serpenteaban en toda la extensión de los campos, a través de los montículos.
Alcancé a distinguir, entre la polvareda, cerca de nosotros, lo que había
sorprendido al cochero.
Era un cortejo fúnebre.
Delante, en un carrito tirado lentamente por el caballo, iban un sacerdote y un
subdiácono, que tenía las riendas; en seguida el ataúd, llevado por cuatro
hombres, y atrás dos mujeres. Una de éstas cantaba, con tono monótono y triste,
una letra mortuoria.
Quiso mi cochero cortar
camino, castigó a los caballos y logró pasar antes que el cortejo. Pero apenas
habíamos andado doscientos metros, la "telega" se paró de golpe, se
inclinó y por poco no volcamos.
Después de contener a los
caballos, el cochero escupió, rabioso.
—¿Qué ocurre? —le
pregunté.
—Se partió el eje. Nos ha
traído desgracia este entierro.
Bajé, muy preocupado de
cómo saldríamos del paso. El cochero la tomó con los caballos. Una rueda estaba
casi metida bajo el carro, y él eje parecía mostrarse al aire con una suerte de
desesperación.
—¿Qué hacer ahora?
Mientras tanto, el
cortejo fúnebre llegaba hasta nosotros. Nos descubrimos y nos miramos con los
que llevaban al muerto. Una de las dos campesinas era una vieja pálida, pero su
fisonomía estragada por el dolor conservaba una expresión digna y severa. La
otra, mujer joven, de unos veinticinco años, tenía los ojos enrojecidos y la
cara hinchada de tanto llorar. Al pasar junto a nosotros suspendió su
cantinela, que reanudó mementos después. El cochero me informó:
—Entierran al carpintero
Martín. Una de esas mujeres es la madre, y la otra la viuda.
—¿Murió de enfermedad?
—Sí, de una fiebre
maligna. Anteayer fueron por el doctor, pero no le encontraron. Martín era buen
obrero; algo atolondrado, pero sabía su oficio. ¡Cómo ha llorado su mujer! En
fin, siempre lo mismo. Las mujeres no necesitan comprar lágrimas. Y por cierto,
las lágrimas de las mujeres todas son de la misma agua.
Hecha esta reflexión, se
agachó junto al caballo, pasó por debajo de la lanza y cogió el arco que está
bajo la collera.
"¡Quién sabe cómo
nos arreglaremos!", dije entre mí.
El cochero acomodó el
caballo, le aseguró mejor el arnés y se puso luego a contemplar la rueda
maltrecha. Sacó una tabaquera, levantó despaciosamente la tapa, metió sus
gruesos dedos en la caja y restregó la pulgarada de rapé. Luego frunció las
narices y aspiró. Acabada esta operación, hizo un horrible visaje, varios
guiños, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Y bien? —le interrogué.
No me hizo caso. Guardó
su tabaquera y se quedó absorto. Al rato subió a su asiento.
—¿Qué piensas hacer? —le
pregunté con asombro.
—Subid, señor.
—¡Pero no podremos andar!
—Iremos.
—¿Y el eje?
—Subid. El eje está roto,
pero podremos llegar hasta la aldea de Judino.
—¿Crees que podremos
llegar hasta allí?
El rústico no se dignó
responderme. Castigó los caballos, y fuese como fuese, alcanzamos la aldea. La
componían siete "isbas". Al entrar no hallamos un solo ser viviente.
Ni siquiera gallinas. Fui hasta la primera "isba", llamé, nadie
respondió. Volví a llamar y se oyó el maullido de un gato. Me asomé a la
primera pieza, que estaba oscura y con humo.
Volví al patio... Nada.
Solamente un ternero y un ganso.
Fui a explorar la segunda
"isba". Me pareció que en el patio había un ser humano que dormía.
Cerca de él un mal carro y un jamelgo con el arnés remendado. Más allá, unos
estorninos me observaban con apacible curiosidad.
Me acerqué al durmiente
para despertarle. Se levanté con sobresalto y balbuceó, procurando despertarse
del todo:
—¿Qué hay? ¿Qué quiere
usted?
Tanto me sorprendió su
aspecto, que no pude responderle. Imaginaos un enano como de cincuenta años; de
carita morena y arrugada, puntiaguda nariz, ojos imperceptibles, una mata
espesa de cabellos negros desbordando de la cabeza como un hongo del tallo.
Flaco, y mísera, su mirada era tan extraordinaria que no puedo describirla.
—¿Qué queréis? —preguntó.
Escuchó mi explicación
sin quitar ni un instante de mí sus ojos, de guiño singular.
—Quiero un eje de rueda;
pagaré lo que sea.
—¿Sois cazadores?
Hizo esta pregunta
mirándonos de pies a cabeza.
—Sí.
—¿Cómo es posible que no
temáis matar los pájaros del cielo y les animales de los bosques? ¿Ignoráis que
es un pecado derramar sangre inocente?
Hablaba con mucha
claridad. No era su voz ni rústica ni vacilante, pero tenía una suerte de
dulzura que la asemejaba a la voz de una mujer.
—No tengo eje —añadió
mostrándome su carro—. Solamente de muy mala calidad.
—Pero alguno podrá
hallarse en la aldea.
—¿En qué aldea? Esto no
es aldea, y todo el mundo está en su trabajo; seguid vuestro camino.
Y diciendo esto se puso
en cuclillas sobre el suelo quemante.
Yo no podía consentir
semejante conclusión.
—Escucha, buen hombre.
Voy a pedirte un servicio. Le pagaré bien.
—No quiero vuestro dinero
y tengo ganas de descansar, porque me fatigué mucho en mis diligencias de la
ciudad.
—Te ruego que me
escuches, amigo.
Entrecruzó las piernas
delgaduchas, y luego de reflexionar:
—Yo podría llevarte hasta
el lugar donde hemos vendido un corte de árboles; allí encontrarás obreros y
podrás encargar que te hagan un eje, o comprar uno ya hecho.
—Bien, muy bien. ¡Vamos!
— ¿Un buen eje de encina?
—prosiguió.
—¿Está lejos de aquí ese
lugar?
—Tres
"verstas".
—Podremos ir en tu
carrito.
—No sé.
—Vamos, vamos, mi cochero
espera en el camino. Me costó un trabajo inmenso arrastrarle fuera del patio.
Mi cochero estaba con un humor de todos los diablos. Había llevado los caballos
al abrevadero y encontró un agua detestable. De ahí su cólera; porque, según
los cocheros, el agua es lo primero del mundo. Al ver al enano, abrió mucho los
ojos y exclamó
— ¡Ah! ¡Kacianucho, buen
día!
—Buen día, Jerofe; salud,
hombre justo.
En seguida comuniqué al
hombre justo la conducta de Kaciano. Mientras él desenganchaba los caballos,
mesuradamente pero con gusto, el enano se apoyaba en la puerta cochera. Su
expresión desatenta y enojada demostraba cuánto le desagradaba nuestra
irrupción en la casa.
—¿De modo que te han
traído aquí? —le preguntó Jerofé.
—Como ves.
—¿Sabes? Martín, Martín
de Reabof, el carpintero...
—¿Qué?
—Ha muerto. Acabamos de
encontrarnos con su entierro.
Kaciano se estremeció.
—¿Muerto? —exclamó
bajando la cabeza.
—¿Por qué no le curaste?
Se dice que tienes poder para aliviar todas las enfermedades.
El cochero se divertía a
costa del pobre enano. —¿Ese es tu coche? —dijo mostrando el pequeño vehículo.
—Sí.
—Es notable; con eso no
llegaremos nunca al lugar del corte. Mis caballos no podrán encajar porque son
grandes. ¿Y qué vale esto?
Así diciendo, zamarreó el
vehículo. Kaciano dijo: —Realmente no sé cómo podríamos ir. A menos que atemos
esa pequeña criatura.
Y señaló su caballo.
—¿Esto? —preguntó
burlonamente Jerofé, mientras daba una humillante palmadita en el cuello del
animal.
—Es preciso, enganchar lo
más pronto posible ese matalón.
Me urgía llegar, porque
durante los cortes hay con frecuencia gallos silvestres y codornices. Cuando el
carrito estuvo listo, me instalé como pude con mi perro. Kaciano, envuelto en
una manta y siempre triste, se puso junto a mí. Jerofé me dijo, cuando íbamos a
partir, con aire misterioso:
—Hacéis bien en llevar a
Kaciano. Es un "iurodwetz" . Su influencia es mucha en estos lugares.
No sé por qué le dicen "la Pulga". Lo único que debéis exigirle es
que os conduzca al corte. Elegid vos mismo el eje.
—¿Habrá pan por allí?
—preguntó Jerofé a Kaciano.
—Busca y encontrarás —le
respondió sentenciosamente nuestro mentor.
Para sorpresa nuestra, su
caballo trotaba bastante bien. Durante todo el trayecto, Kaciano guardó un
silencio terco, y apenas respondía a nuestras preguntas. Llegamos al corte y de
allí fuimos a una "isba" aislada, al borde de un riachuelo
transformado en estanque. Había allí dos jóvenes de palabra insinuante, viva, y
sonrisa delicada. Les compré un eje, y Kaciano, cuando volví al lugar del
corte, me pidió que le permitiese acompañarnos a la cacería.
Entramos en la
explotación. Kaciano me llamaba más la atención que el perro. Advertí,
observándole, que el mote de "Pulga" le convenía exactamente. La masa
enorme de sus cabellos le servía de sombrero; la cabeza aparecía y desaparecía
entre las ramas como podría ocurrir con una pulga en un manojo de pasto. Sin
cesar iba y venía, arrancaba hierbas, medicinales, que se metía en el bolsillo,
pronunciando palabras incoherentes. Alguna vez se detenía y echaba sobre mí y
sobre mi perro una mirada escrutadora.
En los montes suelen
hallarse unos pajarillos de color ceniciento, que revolotean, gorjean y saltan
de un árbol a otro. Kaciano les imitaba y les llamaba. Una codorniz le pasó
entre las piernas gritando. La remedó. Empezó una alondra a cantar
ruidosamente. Kaciano hizo lo mismo. Pero entretanto no me decía una sola
palabra.
El día se puso
hermosísimo, aunque con calor sofocante. En el cielo algunas nubes ligeramente
amarillas, semejantes a nieve de primavera, recortaban sus bordes de encaje.
Kaciano y yo anduvimos
mucho por la espesura. Arbolillos nuevos, que apenas alcanzaban un metro de
altura, circundaban viejos troncos de árboles secos y les formaban un velo de
verdura.
Nuestros pies se
enredaban a cada momento en las lianas henchidas por el sol; las hojitas nuevas
de los arbustos tenían un brillo de cobre, las flores cubrían el suelo. Había
campánulas, pequeños cálices amarillos de glaucios, pétalos rosados de
celidonia. Acá y allá, en espacios aislados, pilas de madera cortada
proyectaban sombras oblicuas.
Por momentos se alzaba un
vientecillo que en seguida cesaba, después de acariciarme la cara. Todo se
agitaba alegremente, animándose a mi alrededor. Las hojas de los helechos se
balanceaban con gracia durante un instante y luego permanecían inmóviles. En la
tranquilidad y el silencio, sólo el canto de los brillos continuaba sin parar,
agudo, penetrante, como acompañando el calor tórrido del día y emanado también
de la tierra quemante.
Después de haber caminado
mucho sin cazar ni una perdiz, pasamos al corte vecino. Allí los álamos
cortados yacían en el suelo sobre ramas y gramillas aplastadas. Algunos tenían
todavía algún follaje verde, otros sólo extendían ramas resecas y muertas. Los
hachazos resonaban sordamente, con lentitud. Se hubiera dicho que estos grandes
seres tenían miedo a , la muerte.
Después de andar mucho
sin encontrar caza posible, vi un rascón que levantaba vuelo desde la espesura.
Disparé un tiro, el ave dio una vuelta un rato y cayó. En el momento de la
detonación. Kaciano se tapó los ojos con las manos, inmóvil, mientras yo
buscaba la presa. Luego examinó el sitio donde había caído el rascón y dijo:
— ¡Qué pecado! ¡Es un
verdadero pecado!
Nos obligó el excesivo
calor a buscar sombra. Me instalé bajo un ramaje de castaño, junto al cual un
joven plátano extendía sus ramitas ligeras. Kaciano se sentó en el tronco caído
de un abedul. Me puse a observarle. Las cimas de los árboles proyectaban
sombras verdosas sobre su cara y su cuerpecillo mísero. Fastidiado de su
silencio, me tendí de espaldas y me divertí en contemplar el juego de las hojas
al entrecruzarse y combinarse con movimiento suave sobre el fondo inmóvil del
cielo azul.
Es un espectáculo
encantador. Se puede imaginar que tenemos delante el océano, con plantas
fantásticas, de hojas que cambian su verde diáfano por otro verde opaco. Islas
flotantes son las nubes que pasan. De pronto, el éter radiante se agita y
murmura, y hace un ruido semejante al de las olas que van a morir en la playa.
Este espectáculo llena el
alma, todo ese azul hace reír de contento. En las brillantes nubes que pasan y
huyen pueden imaginarse los años de felicidad, y parece que el pensamiento os
llevase más y más hacia regiones donde uno quisiera quedarse.
—¡Barin, barin! —gritó
súbitamente Kaciano. Me levanté sorprendido. Ahora me dirigía la palabra, este
hombre que hasta entonces apenas si había respondido a mis preguntas. Y
mirándome a los ojos, dijo:
—¿Por qué ha matado este
pájaro?
—El rascón —le respondí—
es un ave de caza: se come.
—Tú no le mataste para
comer, lo mataste para divertirte.
—También tú comes patos y
gallinas.
—Son aves que Dios ha
hecho para el hombre, y, en cambio, el rascón es un pájaro libre, un pájaro de
los bosques. Hay muchos pájaros como éste y no debemos hacerles daño. Dios puso
para el hombre otros alimentos, el trigo nutritivo, los animales domésticos,
como tenemos también el agua del cielo.
Examiné con curiosidad a
este hombre original que me predicaba así. Las palabras le salían fácilmente y
tenía un aire de gran convicción.
—¿De suerte que sería
asimismo un pecado matar un pez?
—Un pez tiene la sangre
fría —replicó—. Es una bestia muda que nada siente, ni ve nada.
Guardó silencio un rato y
luego prosiguió:
—La sangre es un elemento
sagrado. Por eso se esconde y no ve la luz. El santo sol de Dios nunca la baña
con su luz. Es un gran pecado ponerla a la claridad del día. ¡Es algo atroz!
Suspiró y se quedó
callado. Confieso que me intrigaba. Difería su lenguaje del que yo estaba
acostumbrado a oír a los campesinos rusos, y hasta sobrepasaba en elegancia el
de aquellos que en nuestro trato urbano consideran que hablan bien.
—Dime, Kaciano —le
interrogué con actitud suplicante—, ¿en qué te ocupas?
Se turbó algo:
—Vivo como Dios ordena;
pero, en lo de tener un oficio, no tengo ninguno. Bien quisiera trabajar, pero
no puedo. Mis manos son torpes. Durante la primavera atrapo ruiseñores en sus
nidos.
—¡Cómo! ¿Cazas
ruiseñores? ¿No acabas de decirme que no se debe pecar contra ningún huésped de
los bosques, de los prados o de las montañas?
—No se los ha de matar,
es cierto; demasiado a prisa viene la muerte a reclamar lo que se le debe, y
por eso vivió poco tiempo el carpintero Martín, y su mujer llora... Contra la
muerte, los hombres ni los animales nada pueden. Yo no mato los ruiseñores;
solamente los apreso para el placer del hombre, para que se deleite con sus
cantos, para que los ame.
—Sin duda los buscas en
los alrededores de Kusk.
—Sí, aunque a veces más
lejos. Paso la noche en los pantanos, duermo solo en el boscaje, junto a las
espesuras del follaje. Allí escucho el canto de los pájaros, el ganguear de los
patos salvajes. Observo, y al alba pongo mis trampas. Hay ruiseñores que cantan
con tal dulzura, tan finamente, que me duele cazarlos.
—¿Y vendes tus cautivos?
—Los doy, barin, a gente
buena.
—Además de eso, ¿qué
haces?
—Y... nada, por
desgracia. Soy mal obrero, y, sin embargo, sé leer y escribir.
—¿De veras?
—Sí, personas de buena
voluntad, socorridas por Dios, me han enseñado lo poco que sé.
—¿Tienes familia?
—No, soy solo.
—¿Cómo es posible?
—Me faltó suerte en la
vida; pero como mis desdichas agradan a Dios, no debo quejarme.
—¿No tienes ningún
pariente?
—Sí..., sí y no.
—Dime, te lo ruego, ¿por
qué el cochero te echó en cara que no hubieses curado a Martín? ¿Te asiste el
poder de aliviar a los enfermos?
—Tu cochero es un hombre
justo, pero no impecable. ¿Quién, fuera de Dios, tiene poder para sanar
enfermos? Hay, es verdad, hierbas salutíferas que amenguan el mal; por ejemplo,
la pimienta de agua y el llantén. De ellas se puede hablar, porque son plantas
del buen Dios; otras hay, útiles también, pero no se puede decir el nombre que
llevan, porque sería pecar. Además, hay palabras que se necesitan decir, y
entonces...
Se contuvo, y luego
añadió en voz baja:
—Lo necesario, sobre
todo, es la esperanza.
—¿Nada le suministraste a
Martín?
—No, me previnieron
demasiado tarde. De todos modos, lo que está escrito debe suceder, los marcados
por la muerte deben perecer: ya el sol no les manda su calor, hasta el pan deja
de servirles. ¡Que Dios tenga piedad del pobre hombre!
—¿Hace tiempo que os han
traído aquí?
—Unos cuatro años —repuso
Kaciano con cierta agitación—. En tiempo de nuestro difunto señor, vivíamos sin
previsión ninguna. Pero la tutoría nos trajo aquí. No incurrió en falta, estaba
escrito.
—¿Dónde estabais antes?
—Vivíamos en la hermosa
Mecha.
—¿Lejos de aquí?
—Cien
"verstas".
—-¿Y allí estabais mejor?
—Sí, mucho mejor. Allí
hay campaña abierta, grandes ríos, y era nuestro país. Aquí estamos en la
estrechez y somos huérfanos. En la hermosa Mecha, cuando se asciende la colina,
se tiene delante un paisaje espléndido. ¡Dios mío! ¡Ah, cuánta hermosura!
Podían contemplarse ríos, ribazos, praderas, una iglesia. Se veía hasta lejos,
hasta muy lejos. Sin duda, aquí la tierra es mejor, más gorda y arcillosa, y
produce mucho; pero en todas partes se da trigo suficiente para mí.
—¿Quisieras volver a ver
tu país, buen hombre? —Sí, lo deseo. Sin embargo, en cualquier parte se está
bien. Soy hombre sin familia, a quien le gusta andar a la ventura. Además, ¿qué
se gana con quedarse en la propia tierra? Al menos, cuando uno anda se siente
más liviano, el sol os calienta más y estamos más bajo los ojos del Señor. Se
ven crecer las plantas alrededor, se recogen algunas. Luego se encuentra un
manantial, sale agua santa, se la bebe, se contempla el sitio. Los pájaros
gorjean y cantan. ¡Ah!, sobre todo en Kursk..., las estepas. ¡Qué estepas! He
ahí lugares para la admiración y la alegría del hombre. Allí el alma se eleva
en alabanzas al Creador. Se dice que las estepas se extienden hasta los mares
calientes, donde vive el "gamaium" de canto dulce, y donde las
manzanas de oro cuelgan de ramas de plata. Todo hombre puede allí vivir y pasar
sus días en la alegría y la justicia. Allí llevaría yo de buena gana mi hogar.
¿Dónde no estuve ya? He visto a Limbirsk, a Romen, a Moscú, la ciudad de las cúpulas
de oro. He visto a Oka, esa fértil nodriza, a Isna, la paloma, el Volga, la
buena madre. He visto muchas ciudades, con mucha buena gente. Hubiera podido
vivir por allá... y entonces... ya... Yo no soy el único pecador; hay muchos
campesinos que, como yo, vagan a través del mundo... Sí... ¿Y qué gana uno
quedándose en su lugar?... No hay justicia en el hombre.
Kaciano pronunció estas
últimas palabras en voz muy baja, casi ininteligible. Murmuró todavía algunas
palabras; en su semblante hubo una expresión tan extraña, que involuntariamente
el mote de "inocente" me volvió a la memoria. Meneó la cabeza y
pareció volver a sí mismo.
— ¡Qué sol! —exclamó—.
¡Qué bien se está en los bosques.
Movió los hombros, miró a
su alrededor y canturreó una canción, de la cual sólo entendí estas palabras
Por mi nombre soy
Kaciano,
pero me llaman la Pulga.
—
¡Ah!, compone versos —dije para mí.
Pero él me oyó y se puso
a mirar atentamente hacia el fondo del bosque.
En esto vi a una niña de
unos ochos años. Estaba vestida de azul y graciosamente tocada con un pañuelo
rayado. Probablemente no esperaba encontrar a nadie, porque al vernos se quedó
inmóvil en medio del bosquecillo de avellanos, sin animarse a avanzar ni
acertar a retroceder. Nos miraba temerosamente, con sus grandes ojos
almendrados. Apenas tuve tiempo de examinarla. Se escondió detrás de un árbol.
—Anucka, Anucka, ven
—dijo el enano con dulzura.
—Tengo miedo —dijo ella.
—No..., ven conmigo.
Anucka salió
silenciosamente de su escondite, haciendo un rodeo. Se oía apenas el rumor de
sus piececillos sobre el césped.. Llegó junto a él. No era, como yo había
pensado, una criatura de ocho años, sino una encantadora niña de catorce a
quince. Aunque algo delgada, era bien proporcionada y muy ágil. Su diminuta
figura tenía alguna vaga semejanza con el aspecto de Kaciano, aunque éste era
feo. Ambos tenían los mismos rasgos agudos, la misma mirada extraña y espiritual.
Kaciano la miró con mucha atención.
—¿Recogías hongos?
—Sí —dijo con una sonrisa
tímida.
—¿Encontraste muchos?
—Sí, bastantes.
—¿Los encontraste
blancos? Muéstranos tu coseche.
Puso en el suelo su
canasta; y destapándola, nos mostró lo que había recogido. Kaciano exclamó:
—¡Son lindos! ¡Muy bien,
Anucka!
—¿Es tu hija? —pregunté a
Kaciano. Anucka se sonrojó.
—No —dijo Kaciano—, una
parienta... Vamos, Anucka, vete.
—Podemos llevarla —me
aventuré a decir.
—No, no, puede ir
igualmente a pie.
Anucka se fue. Los ojos
de Kaciano la siguieron durante largo rato, con mirada que tenía algo de dulce
y delicado. Luego sonrió, levantó la cabeza y se frotó la cara.
—¿Por qué la hiciste irse
tan pronto? Yo le hubiese comprado hongos. ¡Qué encantadora criatura! —Si
queréis hongos, hay muchos en mi casa —repuso Kaciano con fastidio.
Comprendí que nada le
haría confesar y volví al lugar del corte. Había disminuido el calor; escrito
estaba que mi cacería no sería afortunada. Volví con un buen eje de rueda, pero
sólo con un rascón en el morral.
—Tal vez yo tengo la
culpa de tu poca suerte. Ahuyenté la caza.
—¿Y cómo?
En vano procuré persuadir
a Kaciano que si yo volvía sin caza no se debía a tales o cuales palabras que
hubiese pronunciado al arrancar ciertas hierbas. Llegamos a su casa. Anucka no
estaba allí. Pero había vuelto ya y dejado su canasta.
Mi cochero examinó el eje
y le encontró pasable. Al irme dejé algún dinero a Kaciano, que no le aceptó
sino después de haberle reflexionado largamente. Como siempre, permaneció
apoyado en la puerta, insensible a los sarcasmos de Jerofé y a mi amable
despedida.
Al volver a la casa de
Kaciano pude observar que mi cochero estaba de muy mal humor. No había
encontrado nada para comer en la aldea y el abrevadero de los caballos estaba
seco. Su descontento se le veía en la cara. Aguardó que yo iniciara
la conversación y se
limitó luego a articular algunos monosílabos.
—¡Linda aldea! —dijo—.
¡Llamar a esto una aldea! Ni siquiera hay "kwass"...
La tomó con los caballos.
Al de la derecha le dijo, pegándole
— ¡Te conozco, hipócrita!
Finges que tiras. Antes eras un buen animal, ahora eres un pícaro. ¡Lah...
lah... lah!...
—Jerofé —le interpelé—
¿quién es este Kaciano? Como hombre reflexivo y prudente, no respondió en
seguida. Pero advertí que mi pregunta le agradaba.
—¿La Pulga? Es un hombre
extraño, un inocente que no tiene igual. Dejó el trabajo. Verdad que con
semejante cuerpo... En otro tiempo se ocupaba, con sus tíos, de coches y
caballos. Pero un buen día lo plantó todo. Desde entonces siempre anda y se
remueve. Bien merece su mote de Pulga. Más libre que las cabras, va, viene,
habla, tan pronto hace un largo discurso como se queda callado durante horas.
Es un hombre extraordinario, desigual. Pero canta bien. ¡Oh, sí, canta muy
bien!
—¿Y es médico?
—¿Semejante individuo
médico? ¡Vamos, vamos! Sin embargo, me curó de lamparones. Es un hombre sin
ingenio y no es médico.
—¿Lo conoces desde hace
tiempo?
—Sí.
—Y la pequeñuela Anucka,
¿quién es? ¿Parienta suya?
Me miró el cochero de
soslayo.
—¿Su parienta?... Es
huérfana... No se conoce a su madre. Pero el enano parece quererla mucho. Por
otra parte, es una chica lista, inteligente, y Kaciano la instruye.
Se interrumpió
bruscamente, y luego dijo: —¡Caramba! Olor a quemado. Comprendo, es el eje
nuevo... El eje se quema... Voy a buscar agua a ese estanque.
Bajó lentamente de su
asiento, fue a traer agua y pareció sentir un placer inmenso cuando se oyó un
silbo en el eje empapado de golpe.
Repitió diez veces la
misma operación en el recorrido de ocho "verstas'". Caía la noche
cuando llegamos a mi casa.
VII
EL MIEDO
—Debo advertiros, barias,
que se nos acabó el plomo —dijo Jermolai entrando en la "isba".
—¿Cómo? —exclamé saltando
de la cama—. Habíamos traído más de treinta libras, más de una bolsa.
—Es verdad, señor. La
bolsa es grande, pero no sé si se habrá agujereado. Lo cierto es que apenas
queda para diez tiros.
—¿Qué hacer? No hemos
recorrido aún los lugares mejores, y mañana nos cruzaremos por lo menos con
diez bandadas.
—Si queréis voy en
seguida a Tula. No está lejos, treinta y cinco "verstas" cuando más;
voy en un relámpago y os traigo pronto cuarenta libras.
—¿Cuándo irás?
—En seguida. Sólo que han
de alquilarse caballos.
—¿Por qué si los tenemos?
—No podemos servirnos de
ellos, uno cojea horriblemente.
—¿Qué le ha ocurrido?
—El cochero lo llevó a
que lo herrasen. Pero volvió y no podía tener la pata en el suelo. Un asno, el
herrador.
—¿Le han quitado la
herradura, por lo menos?
—No creo, pero será
preciso hacerlo, porque se le metió un clavo en lo vivo.
Hice llamar al cochero,
quien confirmó las palabras de Jermolai.
Ordené que quitaran al
caballo la herradura, y se le puso la pata envuelta en greda húmeda. —Bien, voy
a alquilar caballos para ir a Tula.
—No me parece probable
que encuentres caballos en semejante lugarejo.
La zona donde estábamos
era de lo más miserable. Sus habitantes parecían haber soportado una larga
carestía. Las casas eran sucias y nos costó un trabajo enorme encontrar una
"isba", si no blanca, siquiera no del todo mugrienta.
—Espero que habrá
caballos —dijo Jermolai—. Habláis con burla y desprecio de esta aldea. Sin
embargo, en otro tiempo hubo aquí un rico granjero que tenía nueve caballos y
gran número de sirvientes. Hoy está su hijo: un bestia entre las bestias. No ha
derrochado todavía todos los bienes que le dejó su padre, pero no tardará en
hacerlo. Le quedan algunos caballos y podría prestármelos. Tiene hermanos que
son algo mejores, pero deben someterse al mayor. Os le traeré aquí.
Mientras Jermolai se iba,
medité la conveniencia de ir yo mismo a Tula. Mi confianza en él no era grande.
En curta ocasión le había enviado a la ciudad para hacer algunas compras. Debía
ir y venir en el mismo día. Durante ocho días estuve aguardándole, y al final
regresó sin haber cumplido con los encargos. Se había bebido el dinero en la
taberna. Tampoco trajo mi carro. Por otra parte yo conocía a un chalán que
podría venderme un caballo para reemplazar al herido. Cuando lo había decidido,
llegó Jermolai:
—¡Aquí está! —exclamó
entrando en la "isba". Junto a la puerta había un campesino alto, con
camisa blanca y pantalones de tela azul. Con su barba rojiza, su nariz gruesa y
fofa, su boca entreabierta, tenía un aire de inocencia y de estupidez.
—Tiene caballos —dijo
Jermolai— y está dispuesto a todo.
—Eso según sea —murmuró
el granjero con voz vacilante, dando vueltas al gorro—. Yo... quiero...
—¿Cómo te llamas? —le
pregunté.
—¿Que cómo me llamo?
Pareció reflexionar
profundamente. Y al fin:
—Me llamo Filofei.
—Está bien. Ocurre lo
siguiente. Queremos caballos; los tienes. Préstalos para engancharlos a nuestra
"telega". Vamos a Tula. El tiempo está fresco. ¿Te parece que
tendremos buen camino?
—Creo que sí. Por otra
parte, no dista mucho de aquí. Veinte "verstas". Solamente hay un
sitio trabajoso. Un vado.
—Pero ¿vos mismo iréis a
Tula, señor? —me preguntó Jermolai sorprendido.
—Sí.
—¡Vaya! —exclamó él
golpeando la puerta con despecho.
Para él ya no tenía
interés el viaje a Tula, puesto que iría yo.
—¿Conoces el camino?
—pregunté a Filofei.
—¿Cómo no he de
conocerlo?... Que vuestra voluntad se cumpla. Sin embargo, no puedo, así no
más...
Jermolai sólo le había
dicho: "Se te pagará bien, no tengas miedo."
Por más imbécil que fuese
Filofei, no se conformó con dicha promesa. Me pidió cincuenta rublos; le ofrecí
diez. Discutimos.
—No conoce el valor del
dinero —dijo Jermolai. Y me recordó que una casa de huéspedes; establecida por
su madre, se había hundido porque uno de sus dependientes no conocía el valor
real de las monedas.
—Eres un verdadero
"filofei" —le dijo mi compañero de cacería.
Algo ofendido por esta
chanza, el campesino no respondió, pero interiormente acaso maldijo al pope que
le había puesto el maldito nombre.
El precio se fijó en
veinte rublos, el campesino me suministró cinco caballos. Eran buenos animales,
aunque tuviesen cola y crines enmarañadas y vientres hinchados como globos.
Volvió Filofei, acompañado de sus dos hermanos, que no se le parecían en nada.
Tenían los hombros cuadrados y la nariz puntiaguda. Charlaban, discutían, pero
se sometían a la opinión del mayor. Querían enganchar en la lanza el caballo
gris.
—No —dijo Filofei—, ha de
atarse el negro—. Y ataron el negro.
Llevamos provisión de
heno y el arnés de mi caballo enfermo, para probarle en el que comprase en
Tula. Corrió Filofei a su casa y volvió con una hopalanda heredada de su padre,
un bonete y un buen par de botas. En seguida se instaló en el asiento. Me senté
asimismo y miré mi reloj. Marcaba las diez y cuarto.
Jermolai, furioso, no se
dignó despedirme. Se desahogó castigando a su perro. Filofei sacudió las
riendas como quien sacude las cuerdas de las campanas. Y gritaba con voz aguda:
"¡Adelante, hijos!" El vehículo arrancó y salimos del patio. En la
calle 1e dio a uno de los caballos por tirar coces. Le reprendió el cochero y
pronto estuvimos en un camino liso, bordeado de fresca arboleda.
La noche era serena y
dulce, una verdadera noche de verano. Las ramas se mecían de cuando en cuando,
al soplo de una brisa ligera. Nubecillas plateadas cruzaban el cielo, y la luna
llena alumbraba todo plácidamente.
Me tendí a lo largo,
dispuesto a dormir, cuando me acordé del vado.
—¿Qué distancia hay desde
aquí al vado? —pregunté a Filofei.
—Unas ocho
"verstas”, por lo menos.
Supuse que no llegaríamos
a dicho sitio antes de una hora, y pregunté a mi compañero:
—¿Estás seguro de no
equivocar el camino?:
—No es la primera vez que
le corro.
Rezongó algunas palabras
más, que no alcancé a entender, porque ya me adormecía.
Desperté al cabo de una
hora por un ruido insólito que llegó a mis oídos. Un ligero ruido de agua que
golpea. Alcé la cabeza. ¿Qué ocurría? Estaba acostado en la "telega".
Alrededor se extendía una capa de agua que cabrilleaba a la claridad de la
luna. Miré al asiento. Filofei estaba inmóvil, la cabeza gacha, arqueado el
cuerpo, como una estatua. Lejos, más allá del agua, se distinguía la línea
oblicua de la "douga" . Todo estaba en calma y silencio, todo me
producía cierta sensación de cuento de hadas. Me volví a mirar detrás de
nosotros. Estábamos en medio de la corriente, la orilla más cercana a treinta
pasos. Grité:
— ¡Filofei!
—¿Qué queréis? —me
preguntó.
—¿Dónde estamos?
—En el río.
—¡Demasiado bien lo veo!
¿Así pasas el vado? ¡Responde, pues!
—Me equivoqué por poco.
Ahora habrá que aguardar.
—¿Aguardar qué?
—El caballo se orientará,
nos dejaremos llevar por él.
La cabeza del caballo
enganchado asomaba apenas en la superficie del agua. Una de sus orejas se movía
hacia adelante y hacia atrás. Solamente rumor de agua había en el silencio
profundo. La luna y el río tenían aspecto lúgubre. Terminé por inmovilizarme.
Oí de pronto algo como silbidos.
—¿Oyes ese ruido?
—pregunté alarmado a Filofei.
—Son ánades o culebras.
En el mismo instante la
cabeza del caballo enganchado se removió: paró las orejas y resopló
violentamente. Y Filofei empezó, a grito pelados "¡Hué, hué, hué!"
Se inclinó hacia adelante
y describió círculos, suavemente, con la cuerda de su látigo. El vehículo
arrancó violentamente, y pareció como lanzado a través del agua. Luego avanzó
tropezando a derecha e izquierda, con ímpetu. Tuve la impresión de que nos
hundíamos más. Luego de algunas sacudidas y de sumergirnos pavorosamente, la
capa de agua descendió como por ensalmo, y el vehículo se fue destacando fuera
del agua.
Esto duró algunos
momentos. Luego vimos las colas de los caballos y también las ruedas, que
alzaban grandes hierbas chorreantes. Y las gotas de agua, saltando, parecían
zafiros a la claridad azulada de la luna. Los caballos nos arrastraron hasta la
orilla arenosa.
No supe si reprender o no
a mi conductor. Decidí no hacerlo, y tumbándome de nuevo en el carro procuré
volver a dormirme. Imposible. No porque la aventura me hubiese espantado, sino
por la belleza de aquellos parajes. No cansaba contemplarlos. Praderas de
singular magnificencia se extienden, con vegetación tupida, salpicada de
pequeños lagos y ríos. Son las praderas de que nos hablan las viejas leyendas
sobre el gran Vladimiro y los valientes del ciclo de Kief. Venían aquí a cazar
los cisnes blancos y los patos grises. El aplanado camino se desarrollaba en
onduladas cintas, corrían alegremente los caballos, y yo miraba a mi alrededor
con un sentimiento de dicha. Todo se deslizaba blandamente, armoniosamente, y
la luna llena alumbraba con su luz clara el grandioso cuadro.
Filofei se volvió hacia
mí:
—Son las praderas de San
Jorge. Más allá comienza la tierra de los grandes duques. No hay nada más
hermoso en toda Rusia. Ahora se aproxima la cosecha. ¡Cuánto trigo se va a
moler! ¡Cuántos peces en todos estos lagos! ¡Hay sargos soberbios! Solamente
que el hombre que vive aquí no debiera morir nunca. ¡Mirad, Barin, allí sobre
el agua! Creo que es una garza real. ¿Hasta de noche busca peces para
alimentarse? ¡Qué tonto soy! Era un gajo de planta. ¡Cómo engaña la luna!
Después de viajar durante
horas a través de las praderas, cruzamos bosques y tierras de cultivo. Sólo
faltaban cinco "verstas" para llegar al gran camino. Nuevamente
procuré dormir.
Y otra vez me desperté.
Filofei me gritaba:
—¡Barin! ¡Barin!
Nuestro coche se había
detenido en medio de una vasta llanura.
Filofei, con los ojos
dilatados, exclamó con estupefacción:
—¡Qué ruido! ¡Qué ruido!
—¿Qué dices tú?
—Digo, Barin, que hay un
ruido. Escuchad, es un ruido.
Me incorporé. Lejos, muy
lejos, un ruido de ruedas.
—¿Habéis oído? —me
preguntó el cochero.
—Sí, algún carro.
—¿No escucháis también
cencerros y silbidos? Quitaos el bonete, Barin, y podréis oír mejor.
Sin destocarme escuché
con atención y percibí distintamente un lejano ruido.
—Después de todo —dije—,
¿qué nos importa?
—Es un carro con las
llantas de hierros; mala gente, sin duda. Se cometen muchos crímenes en los
alrededores de Tula.
—¡Vaya, vaya! ¿Por qué
hacer semejantes suposiciones?
—No me equivoco. Una
"telega" con las ruedas herradas, y esos silbidos, todo es
sospechoso.
—¿Estamos todavía lejos
de Tula?
—Quince
"verstas", y no se ve una casa.
—Pues anda rápido, déjate
de remolonear. Aunque yo no daba crédito a lo dicho por Filofei, no pude volver
a dormirme.
Me tuvo despierto una
sensación desagradable. ¿Y si fuese verdad aquello? Miré a derecha y a
izquierda. Una nebulosidad vaga se había extendido, no sobre la tierra, sino en
el cielo, y la luna en medio parecía suspensa, como una mancha blancuzca. Su
claridad, en el suelo, comunicaba a todas las cosas un aspecto descolorido,
todo parecía empañado. Atravesábamos parajes tristes, campos inmensos con
barrancos y matorrales, luego campos cubiertos de maleza; todo triste, muerto,
no se oía ni el grito perdido de una codorniz.
No cambiábamos una sola
palabra el cochero y yo. En lo alto de una colina paró los caballos,
bruscamente, y dijo:
—Barin, hay ruido, hay
ruido.
Me asomé fuera del
vehículo a escuchar, aunque ahora el rumor llegaba sonoramente. Pude distinguir
el chirrido de las ruedas, el galope de los caballos, oí cantos y risas. El
viento lo traía todo, era fácil comprender que nuestros perseguidores habían
descontado dos "verstas".
Luego de mirarnos,
Filofei se acomodó bien, castigó a los caballos y arrancamos en carrera
violenta. Pero los pobres animales no pudieron sostener esta rapidez, y
aflojaron, a pesar de las amonestaciones y latigazos de Filofei.
Ahora también yo tenía
los recelos del cochero. Aquel ruido de hierros, aquellos silbidos, cantos y
carcajadas nada bueno anunciaban. ¡Mala gente, sin duda!
Transcurrió un cuarto de
hora, y a pesar del ruido que metía nuestro vehículo se oía perfectamente la
carrera del que iba acercándose. Quise saber a qué atenerme:
—¡Para, Filofei, y
entendámonos!
Los caballos relincharon,
aliviados por el descanso. Ruidosamente llegaron los silbidos y las risotadas.
¡Dios mío! ¡Estábamos perdidos!
—¡Qué desgracia! —murmuró
Filofei.
Cuando habíamos arrancado
de nuevo, nos alcanzó con estrépito una gran "telega" tirada por tres
caballos. Pasó casi rozándonos, como un turbión.
—Así suelen hacer los
bandidos —dijo en voz baja Filofei.
Confieso que la sangre se
me enfrió en las venas. La "telega" llevaba seis hombres con camisas
coloradas y el "armiak" echado a la espalda. Gritaban y cantaban
desordenadamente. Estaban ebrios. En el asiento delantero había una especie de
gigante. Contuvieron la marcha, pero fingían no preocuparse de nosotros.
¿Qué hacer? No había más
remedio que seguirlos. Y así lo hicimos durante un kilómetro. Me asaltaron toda
clase de negros pensamientos. Recordó los versos del poeta Jeukovski: "El
hacha de un vil bandido." O bien: "Te pasan por la garganta una vieja
cuerda enlodada, y te arrojan a una zanja."
¡Horror! ¡Avanzaban
siempre y nosotros los seguíamos!
—Procura pasarlos —dije a
Filofei— y seguir por la derecha.
Me obedeció. Pero en
seguida su carro nos alcanzó, nos pasó a su vez. Mi cochero siguió por la
izquierda, y se repitió el juego. Filofei razono:
—¡Verdaderos bandidos!
Pero ¿qué aguardan? ¡Ah, sí! Ved allá un puentecillo sobre el arroyo. Ese es el
sitio donde piensan concluir el asunto. Nos matarán a los dos, porque no ha de
quedar un gallo que cante. Lo que siento es que matarán también los caballos y
mis hermanos se quedarán sin ellos.
A esta reflexión repuse:
—No nos asesinarán,
porque les daré todo lo que tengo.
No estaba lejos el
puente. El carro enemigo se detuvo, algo fuera del camino. Yo dije a Filofei:
—Estamos perdidos,
hermano; perdóname que te haya traído a morir.
—¿Qué falta he de
perdonaros, señor? Nadie puede esquivar la suerte fatal. Vamos, pues, y sea lo
que Dios quiera.
Puso los caballos al
trote y un momento después estuvimos junto a la terrible "telega" que
nos aguardaba. Todos sus ocupantes estaban mudos. Ya no había cantos, ni risas.
Todo en tranquilidad sombría, como cuando el halcón o el águila van a caer
sobre la presa.
El hombre gigantesco bajó
de su asiento y vino hacia nosotros. Filofei, instintivamente, paró los
caballos. El gigante, afectando un tono cortés, pero con voz chocarrera y
aflautada, pronunció este discursito:
—Respetable señor:
venimos de un honesto festín, de una modesta boda. Acabamos de casar a uno de
nuestros muchachos, y le hemos dado tanto de beber, que ya no se puede tener en
pie. Buena gente, buenos trabajadores. Hoy hemos bebido bastante, pero para
mañana no nos queda ni un "kopeck" para una copita. ¿Tendríais la
gentileza de darnos algunas monedas? Quisiéramos nada más que una botella por
hocico, nos la beberíamos a vuestra salud. Si no os agrada hacerlo...,
¡caramba!..., no debe sorprenderos lo que pueda ocurrir.
Yo no sabía qué pensar.
El gigante no se movía. Un oblicuo rayo de luna iluminaba su cara. Todo era
sonrisa en su rostro, los ojos vivos, la boca maliciosa; los dientes finos y
largos parecían aguardar algo.
—Con mucho gusto —dije
sacando mi bolso. Y le di dos rublos.
—Muchas gracias. —Y yendo
a su carro gritaba—: Hijos, bendecid a este viajero; nos regala dos rublos.
Sus camaradas
respondieron con un ¡hurra!
—¡Hasta la vista! —me
saludó el gigante—. ¡Hasta la vista!
Eso fue todo. El carro se
alejó, subió una cuesta, desapareció. Ya no hubo más ruido, ni gritos, ni
cascabeles.
Pasó un buen rato antes
de que pudiéramos recobrarnos.
—¡Qué hombre más raro!
—dijo por fin Filofei. Y repetidas veces se santiguó—. Verdaderamente un hombre
extraño, con una cara tan alegre. Ha de ser un buen tipo. Sin embargo, no nos
dejaba pasar. En fin, todo salió bien.
Yo no decía nada. Pero
experimentaba una sensación de bienestar. "No ha sucedido nada grave
—reflexioné—. El trance no nos ha costado caro."
Tuve cierta vergüenza de
haber evocado los versos del poeta. Pero de pronto me distraje con una idea:
—Filofei, ¿eres casado?
—Sí, barin.
—¿Tienes hijos?
—Los tengo.
—Tú no te acordaste de
ellos en el momento del peligro. Hablaste de los caballos, no de tu mujer ni de
tus hijos.
—¿Y por qué había de
nombrarles? No corrían peligro. Pero yo pensaba en ellos, siempre pienso en
ellos.
Y después de una pausa:
—Tal vez por ellos no ha
permitido Dios que muramos.
—Pero puesto que no eran
bandidos...
—No es posible saberlo,
barin. ¿Quién ha visto nunca el alma de un semejante? El proverbio dice:
"El alma de los otros es como la noche oscura." Solamente Dios es
verdaderamente bueno. Sí, Dios.
Se acercaba el día cuando
llegamos a Tula. Yo estaba rendido, y dormitaba.
—Mirad, pues, señor —dijo
Filofei—. Se han quedado en la taberna; allí se ve la "telega".
Efectivamente: allí estaba el carro, y a la puerta de la taberna asomó el
gigante. Al vernos, se descubrió y saludando nos dijo:
—Acabamos de beber
vuestro dinero. Y tú, cochero, ¡buen susto te has llevado!
—Muy alegre está el
hombre —observó Filofei. Entramos por fin en Tula. Compré plomo, té, vino, y
escogí un caballo en casa de un negociante. Regresamos a mediodía. El cochero,
alegre con unas copas de vino, me refirió cuentos festivos.
Cuando llegamos al sitio
donde nos alcanzó la "telega", me dijo:
—¿Recordáis cómo repetía:
"Hay ruido, hay ruido"?
Su salida le pareció muy
graciosa, y se rió a carcajadas.
'De vuelta a su aldea,
por la noche, conté a Jermolai nuestra aventura. Pero estaba en ayunas y no me
atendió demasiado. Se conformó con decir: "¡Ah, sí!", que tanto
manifestaba indiferencia como reproche.
Dos días después me
informé que un rico comerciante había sido asesinado en el camino a Tula. Me
pareció mentira, y sólo di crédito a la versión cuando me la confirmó un
oficial de policía.
Los asesinos, ¿serían
aquella gente del carro? Y el comerciante asesinado, ¿no sería el muchacho de
quien tan chistosamente referían que no pudo tenerse en pie?
Permanecí algunos días
más en la aldea de Filofei. Invariablemente, al verle, le decía:
—Hay un ruido, hay un
ruido. Y él me respondía riendo:
—Es un hombre alegre, muy
alegre.
VIII
LA CITA
Un día, en otoño, una
lluvia fina, como polvo, caía desde por la mañana. A intervalos, débiles rayos
de sol atravesaban las nubes, que se deshacían o saltaban las unas sobre las
otras, descubriendo entonces: la bóveda azul, tranquila y límpida, formando
como un hermoso lago de azur.
Sentado en un cómodo
lecho de musgo espeso escuchaba la voz de la selva.
Sobre mi cabeza el
follaje estaba casi inmóvil. Y yo percibía, en el roce apenas perceptible de
las hojas, el rumor característico de la estación. No era el temblor alegre que
producen, en la primavera, las hojitas nuevas; no era tampoco la blanda
languidez opulenta del verano, ni los tristes adioses al comenzar el invierno,
sino algo como un murmullo en un sueño.
Un viento ligero, a
rachas, inclinaba unas contra otras las altas cimas de los árboles. Cuando
brillaba el Sol, el interior del bosque, ligeramente velado por los vapores de
la humedad, se iluminaba y parecía sonreír. Los troncos esbeltos de los
abedules tenían reflejos tornasolados de raso, y las hojas, en el suelo,
producían la ilusión de una lluvia de oro.
Algunos helechos, ya
cobrizos, tocados por el halo del otoño, se alargaban gráciles, mientras otros
pendían, bajo brillantes gotas de lluvia, hacia el musgo y le acariciaban con
la punta de sus finos penachos.
En los momentos de
ocultarse el sol, caía el bosque entero en una claridad medio azulada,
uniforme, y era como si la vida quisiera apagarse. Solamente los abedules,
sobre el fondo verde, se destacaban nítidos como columnas de nieve lisa.
La lluvia entonces
recomenzaba, primero por gotas escasas, luego de un modo incesante, dulce, y se
oía su murmullo regular y monótono.
Había en algunos abedules
muchas hojas verdes todavía, en medio de otras ya pálidas.
Los pájaros callaban.
Sólo el diminuto paro dejaba oír su grito burlón y alegre, que resonaba
vibrando en el gran silencio.
Al venir había atravesado
un bosque de álamos. No me gustan estos árboles, con sus troncos claros y el
follaje que constantemente se agita, y con sus hojitas que se balancean en las
ramas, demasiado largas. Pero confieso que al atardecer, en el estío, cuando el
álamo emerge de la espesura y chispea a los rayos del poniente, como si cada
hoja fuese una pepita de oro, e inunda su tronco la luz púrpura, es un árbol
verdaderamente hermoso.
También es precioso el
álamo cuando en los días claros un fuerte viento agita sus hojas en todas
direcciones y parecen querer salir volando por los campos.
No me detuve, pues, en el
bosque de álamos y preferí descansar bajo un abedul, cuyas ramas bajas me
resguardasen de la lluvia.
Después de haber admirado
durante un largo rato la naturaleza, silbé a mi perro, y como un verdadero
cazador no tardé en dormirme. No sé cuánto tiempo dormí. Al despertarme, estaba
el bosque lleno de sol y se veía, entre las ramas apartadas por el viento, el
cielo azul. Ni una nube. El buen tiempo. Y yo respiraba esa sana frescura del
aire que infunde bienestar y anuncia una hermosa noche.
Me levanté para cazar,
cuando vi a una campesinita que aguardaba, quieta, cerca de mí. Estaba sentada,
la cabeza gacha y con expresión de inquietud. De su mano distraída se deslizaba
un grueso ramo de flores silvestres; lentamente las flores caían sobre su falda
a cuadros, cada vez que suspiraba. Doble collar de perlas coloreadas recaía
sobre una camisa blanca ceñida bajo la garganta y en las muñecas, formaba finos
pliegues alrededor de su cintura. Sus cabellos, de un hermoso rubio ceniza,
atados con una cinta roja, circundaban su linda cara, de frente muy blanca. Las
largas pestañas de sus ojos entrecerrados ponían una sombra sobre sus mejillas,
donde se había quedado una lágrima. El arco de sus cejas era fino. Algo gruesa
me pareció la nariz, aunque no por eso perdiese armonía el semblante, que
revelaba la tristeza ingenua de la niña que aún no sabe sufrir.
Comprendí que esperaba a
alguien. Una hoja que cayera, el más ligero ruido en el bosque, la hacían
estremecerse y levantar los ojos, claros y tímidos de gacela.
Atendía hacia el lugar de
donde venía el rumor, suspiraba y luego su cabeza recaía como agobiada.
Distraídamente jugaba con las flores esparcidas en su falda. En ciertos
momentos vi sus párpados hinchados y temblarle los labios. Algunas lágrimas
rodaron como perlas sobre las flores. Pasó media hora y seguía esperando,
atenta siempre a los ruidos. Hubo un ligero crujido de ramas que la sobresaltó.
Distintamente se advirtió un ruido cada vez más cercano. Alguien venía con
rapidez. Se incorporó, ansiosa, algo confusa, temiendo alguna decepción. Pero
bien pronto brilló en su mirada el júbilo. Vi entonces, entre las ramas, a un
joven que se adelantaba a grandes pasos.
La niña se sonrojó, sus
labios sonrieron, después se puso pálida. Tanta era su turbación, que no pudo
levantarse y esperó a que el hombre se detuviese junto a ella. Lo miró de una
manera amorosa y tierna, casi suplicante.
Desde mi buen escondite
miré al hombre, que no me gustó. Por su traje de uniforme era algún camarero de
rico señor. Vestía un gabán color bronce, cerrado hasta el mentón, llevaba una
corbata ostentosa y estaba tocado con un casquete de terciopelo guarnecido de
oro y encajado hasta las cejas. El cuello de su camisa se recortaba sobre sus
mejillas alcanzaba a la altura de sus orejas. Sus mangas, demasiado largas,
dejaban pasar las puntas de sus dedos, cortos y colorados, adornados de anillos
vulgares. Tenía ese aire impertinente y contento que impone a las mujeres y
fastidia a los hombres. Procuraba tomar una expresión desdeñosa y aburrida, y
guiñaba sin cesar los ojos, ojos tan pequeños que era preciso buscárselos en la
cara. Hacía mohínes, fingía bostezar, se pasaba los dedos entre los cabellos
rojizos, feos pero bien peinados, e intentaba en vano retorcer algunos pelos
que le crecían sobre el labio superior.
Así se comportó en cuanto
vio a la jovencita. Pero desde ese momento caminó con lentitud hacia ella. Y al
llegar a su lado se detuvo, se alzó de hombros, metió las manos en los
bolsillos y, después de mirar a la pobre niña como por caridad, se sentó al
lado suyo con aire de resignación.
Luego, cruzando sus
largas piernas y mirando a uno y otro lado, preguntó:
—¿Hace mucho tiempo que
me esperas?
—Sí, Víctor
Alejandrovich.
Se quitó el casquete,
jugó de nuevo con sus cabellos, volvió a cubrirse y, mirando a derecha e
izquierda, como persona importante, continuó:
—Se me había olvidado.
Además llovía. (Aquí bostezó.) ¡También, tenemos tanto que hacer! No sé cómo
dar abasto. El amo se fastidia. Y a propósito: nos vamos mañana.
—¿Tan pronto? —preguntó
la pobre niña. Y miró al joven con desolación.
—Sí —repuso con
indiferencia. Y notando el dolor de ella—: Sabes que detesto ver llorar. Te lo
ruego, Akulina, cálmate. De lo contrario, me voy en el acto.
—No lloraré más —dijo
ella enjugándose la cara mojada por el llanto. Y, esforzándose, prosiguió—:
Así, pues, mañana partes. ¿Y cuándo volveremos a vernos? ¡Dios sabe cuándo!
—No te preocupes.
Volveremos a vernos un día. Si no es el año que viene será más adelante. El
joven señor quiere ocupar cargos en San Petersburgo. Tal vez viajemos.
—Usted me olvidará
pronto, Víctor Alejandrovich.
—No, ¿por qué habría de
olvidarte? Pero debes ser razonable; escucha a tu padre, y no te hagas la
tonta. No te olvidaré, no.
Y estirándose, bostezó.
—Acuérdese usted de mí.
Víctor Alejandrovich —repitió con súplica—. Acuérdese usted de que lo amé
siempre, que me he dado enteramente a usted y que le quiero sin otra idea que
el amor. ¿Escuchar a mi padre? ¿Cómo quiere usted que obedezca?
—Sin embargo, no es tan
difícil —replicó Víctor, con voz que parecía salirle del vientre, porque estaba
tumbado de espaldas y tenía la cabeza apoyada sobre las manos cruzadas.
—Usted sabe que sí,
Víctor Alejandrovich.
Al decir esto. Akulina
sollozó. Después de un silencio él prosiguió:
—Tú eres, caramba, una
muchacha inteligente. No te comprendo. Dices cosas que no tienen sentido. Te
aconsejo para bien tuyo, y me respondes como una campesina. Lo que ocurre es
que careces de instrucción. Por eso debes oírme a mí, que soy instruido, cuando
te aconsejo.
—Eso me espanta, Víctor
Alejandrovich.
—¡Qué locura! No hay
motivo de espanto, querida. Pero ¿qué tienes en la falda? ¿Flores?
Ella le tendió un manojo
de sus flores:
—Son para usted.
Alejandrovich tomó las
flores, las olió, las apretó entre sus gruesos dedos levantando los ojos al
cielo con expresión de dignidad.
Akulina, en ese momento,
le miró con ojos llenos de conmovedora ternura y devoción.
No se animaba a llorar
por miedo de disgustar a este hombre en la ocasión de admirarlo por última vez.
Mientras tanto él; echado con la tranquilidad de un dios, se dejaba querer con
paciente condescendencia. Observé en su fisonomía la satisfacción del amor
propio. Me pareció hasta el último extremo despreciable. Hablaba Akulina desde
el fondo de su corazón.
A él se le cayeron las
flores. Buscó en el bolsillo de su gabán un monóculo y probó, sin conseguirlo,
y haciendo visajes, acomodarle a su ojo derecho.
—¿Qué es eso? —preguntó
Akulina sorprendida.
—Un monóculo.
—¿Para qué sirve?
—Para ver mejor.
—Préstemelo usted, a ver
si veo.
Al joven le pareció
contrariar este deseo. Pero le dio el monóculo:
—Cuidado con romperlo.
—No soy tan torpe.
Probó a mirar, e
ingenuamente:
—No veo nada.
—Pues cierra el ojo.
Ella cerró el ojo con el
cual quería mirar. Alejandrovich, bruscamente, antes de que pudiese ensayar de
nuevo, le quitó el monóculo
—¡Ese ojo no, el otro!
¡Tonta!
Akulina se sonrojó, una
sonrisa vagó en sus labios. Y volviendo algo la cabeza:
—Estas cosas no son para
nosotros.
—De veras.
Y limpiando el monóculo
volvió a guardarle.
Ella suspiró:
—¡Qué tristeza cuando
usted ya no esté aquí!
—Sí, al principio.
Y con aire protector le
dio algunas palmaditas en la espalda. Ella le tomó la mano y se la besó. Víctor
continuó:
—Al principio, es verdad,
sufrirás mucho, porque eres una buena chica, pero ¿qué puedo hacer? Considera
mi señor y yo no podemos quedarnos siempre aquí. Viene el invierno y tú sabes
cómo se pone entonces triste la campaña. Otra cosa es en San Petersburgo. No
puedes imaginarte, ni en sueños, las maravillas que allí nos aguardan. Una
sociedad escogida, la instrucción, el mundo, las calles, los palacios
suntuosos.
La joven escuchaba
anhelante, entreabierta la boca, como le ocurre a un niño a quien leen un
cuento de hadas.
—Pero ¿a qué hablarte de
todo esto, puesto que no puedes comprenderme?
— ¡Oh, sí!, le comprendo
a usted, Víctor Alejandrovich.
—¡Ja, ja, miren eso!
Akulina se puso seria. Y
bajando la vista:
—Antes usted era más
cariñoso y no me hablaba con tanta dureza.
Repitió él aquella
palabra "antes", con un gesto de mal humor. Ambos callaron, hasta que
él, apoyándose en el codo, declaró:
—Ahora debo irme.
—¡Todavía no! —le rogó
Akulina—. Quédese un rato más.
—¿Para qué?
—¡Un momento más!
Volvió él a tenderse en
el suelo y se puso a silbar. Akulina no dejaba de contemplarle; su seno se
agitaba, le temblaron los labios, sus mejillas se colorearon y palidecieron en
seguida. De pronto le salió un grito:
— Víctor Alejandrovich!
¡Usted hace mal! Ante Dios lo digo, ¡usted hace mal!
—¿Qué quieres decir con
eso? —preguntó él.
—¡Ah, sí! ¡Está mal!
Usted no me dice ni siquiera una palabra amistosa antes de abandonarme durante
mucho tiempo, de abandonarme a mi triste suerte. ¡A mi, pobrecita!
—¿Y qué debo decirte?
—Lo sabe usted mejor que
yo, pero usted no quiere decirlo. Yo no merezco que me traten así.
—Eres una muchacha rara.
—Ni siquiera una
palabra...
—¡En fin, estás
divagando!
Se levantó impaciente.
Ella lo retuvo, tomándole por las manos y a punto de llorar.
—No estoy enojado. Pero
te repito que nada puedo hacer. No pretenderás que me case contigo. ¿Qué
quieres, pues?
Y se inclinó hacia ella
para escuchar su respuesta.
—No pido nada. Pero usted
hubiera podido despedirse de otro modo y decirme alguna palabra afable...
No pudo continuar,
balbuceaba; tendió sus manos temblando, y vencida por la emoción rompió en
sollozos. Muy tranquilo, el hermoso Víctor murmuró
—¡Bueno, ya empezamos!
Akulina seguía llorando.
—No, nada quiero. Pero
¿qué vendré a ser en casa de mis padres? Me despreciarán y me obligarán a
casarme con un hombre a quien yo no querré.
—Sigue, sigue, no te
canses —dijo él con tono de burla.
Ni siquiera me dice una
palabra buena. Nada, nada. Si me dijera al menos: Akulina, ya...
La pobre criatura,
dominada por la pena, cayó hacia adelante, mientras los sollozos convulsivos la
sacudían por completo. Se abandonó a la desesperación.
Alejandrovich la miró
durante algunos momentos, después se alzó de hombros y se fue a grandes
zancadas.
Aliviada algo, Akulina se
levantó. Al verse sola se puso en pie .y vio a Víctor que huía. Quiso correr
tras él, pero sus piernas flaquearon y cayó de rodillas juntando las manos.
Fue más poderosa que mi
voluntad la simpatía que me inspiraba esta pobre niña. Salí de mi escondite
para prestarle ayuda. Pero apenas me vio le volvieron las fuerzas. Lanzó un
grito y escapó entre los árboles.
Cuando hubo desaparecido
fui a recoger las flores caídas de su falda y seguí el camino a la llanura. El
sol se ponía, su claridad iba cediendo. Pronto el crepúsculo tendería sus velos
a mi alrededor. Soplaba un ligero viento que hacía zumbar los barbechos
agostados y arrastraba las hojas secas que cubrían el camino y la orilla del
bosque. Los grandes árboles gemían dulcemente. Al extremo de las ramas, en los
setos y sobre las más finas ramas deshojadas se tendían esos blancos hilos de
tela de araña que en el otoño vuelan y relucen como luciérnagas.
Me invadió una gran
tristeza, y me detuve. La vegetación estaba húmeda, fresca. Pero aquella última
sonrisa de la naturaleza me hacía presentir los horrores próximos del invierno.
Un cuervo voló por encima de mi cabeza, muy alto. Entró en el bosque con
graznidos lúgubres y repetidos. Oí el rumor de un carro que rodaba vacío hacia
una barraca solitaria.
Llegué, por fin, a mi
casa y descansé con placer. Pero veía los grandes ojos tristes de Akulina. Su
recuerdo no se ha borrado de mi espíritu como s han secado sus flores, que
conservaré siempre.
IX
UNA CACERÍA DE PATOS SILVESTRES
—¿Queréis que vayamos a
Lyove, señor? —me propuso un día Jermolai—. Allí vamos á encontrar muchos
patos.
Accedí, a pesar de que no
me atraía mucho tal clase de caza.
Lyove es una importante
aldea de la estepa, dominada por la cúpula de su vieja iglesia, y tiene dos
molinos a la orilla del Rossola, riachuelo que corre no lejos del camino y
atraviesa grandes pantanos.
A cierta distancia de la
aldea, este riachuelo forma un estanque, en medio del cual hay islotes formados
por junqueras. Viven y se multiplican allí patos salvajes de todas las
especies. Vuelan en pequeñas bandas por encima de sus abrigos vegetales, y el
cazador más perezoso no resiste las ganas de dispararles un tiro al vuelo.
Como el pato, en su
prudencia, no se aproxima a la orilla y los perros no se arriesgan a meterse en
las aguas cenagosas y llenas de vegetación, fuimos a proveernos de un bote.
Volvíamos a la aldea, cuando en un rodeo del camino hallamos un perro de
aspecto bastante mísero. Le seguía un cazador que llevaba su escopeta en
bandolera.
Se olieron los perros,
como acostumbran, y el hombre nos saludó cortésmente. Tenía unos veinticinco
años. Largos cabellos alisados con "kwass" pendían en mechas tiesas
alrededor de su cara y llevaba atada una pañoleta, como si tuviese dolor de
muelas. Con un tono muy insinuante me dijo:
—¿Queréis aceptar mis
servicios? Me llamo Vladimiro y soy cazador en estos parajes. Supe vuestra
llegada y me apresuré a venir.
—Aceptado. Venga usted
con nosotros.
Me refirió su historia en
seguida. Había sido "dworoin" , pero obtuvo su libertad. Sirvió como
camarero, sabía leer y escribir y hasta había leído algunas novelas.
Desgraciadamente, lo mismo que muchos en su caso, no trabajaba y no tenía un
"kopeck". Aunque se hubiese visto obligado a contar solamente con el
maná del desierto, no habría sido más pobre. Se escuchaba y quería tener un
continente distinguido, lo que dejaba suponer que procuraba gustar al bello
sexo y que sus conquistas eran fáciles, porque las muchachas rusas adoran a los
que hablan bien.
Me hizo entender,
afectando que no tenía tal intención, que le recibían muchos propietarios de
los alrededores, que solía jugar a los naipes en casas de su ciudad y que
conocía a personas de la capital.
Tenía varias sonrisas a
su disposición. Cuando me escuchaba, aclaraba sus labios una sonrisa modesta y
contenida. No me contradecía, pero su actitud expresaba que él también
comprendía las cosas, aunque a su manera. Jermolai le tuteaba, pero Vladimiro
le respondía con tan graciosa política, sin tutearle, que cualquier otro
hubiera advertido la lección de urbanidad.
—¿Le duelen a usted las
muelas? —pregunté a Vladimiro.
—No. Un accidente de
caza. Un amigo, cazador novicio, vino a pedirme que le llevase a cazar, porque
deseaba vivamente conocer esta diversión. Por no desairarle accedí, le llevé
conmigo, le presté una escopeta. Después de caminar algo, me senté bajo un
árbol, y él se entretenía en apuntarme, a pesar de mis observaciones. Salió el
tiro y me llevó una parte del mentón y el índice de la mano derecha.
Ya estábamos en Lyove.
Jermolai y Vladimiro se echaron en busca de un hombre llamado Sutchok, que
poseía un bote chato.
Les esperé en el
cementerio que rodea la iglesia. Mientras me paseaba, llamó mi atención un
fragmento de columna ennegrecido por el tiempo. Me acerqué. Tenía cuatro
inscripciones. Una decía, en francés: "Aquí yace Theóphile Henri, conde de
Blangy." Otra en ruso: "Aquí reposa el cuerpo del conde de Blangy,
súbdito francés, nacido en 1737, muerto en 1799, a la edad de 62 años."
Una tercera: "Paz a sus restos." La última ostentaba frases pomposas
para recordar que el conde de Blangy, expulsado de su país por los tiranos,
había venido a refugiarse en Rusia y se había consagrado a la educación de la
juventud.
Hacía rato que meditaba
junto a la tumba, cuando Jermolai y Vladimiro volvieron acompañados de Sutchok.
Tendría sesenta años por
lo menos, y me dio la impresión de ser un "dvorovi" jubilado. Venía
descalzo; su traje denunciaba mucha miseria.
—¿Tienes un bote? —le
pregunté.
—Sí, pero no es gran cosa
—me respondió en voz baja y fatigada.
—¿Cómo es eso?
—Está lleno de agujeros y
se han caído Ion tapones de estopa que tenía.
—Volveremos a ponerlos
—interrumpió Jermolai.
—Como quieras —repuso
Sutchok.
—¿En qué te ocupas?
—Soy pescador señorial.
—Si es así, ¿por qué
tienes tu bote en mal estado?
—Porque no hay peces en
el estanque.
—A los peces no les gusta
el agua de los pantanos —dijo Jermolai con acento de hombre entendido. Yo le
dije:
—Busca sebo y estopa. Sin
esta precaución tendríamos que zambullirnos luego a luego.
—La misericordia divina
es grande —respondió Vladimiro, de cuyo coraje no estaba seguro—. Pero el
estanque no ha de ser muy hondo.
—No —repuso Sutchok—,
pero hay en el agua una vegetación tupida y un lodo espeso, y también agujeros.
—En tal caso no podremos
remar —sugirió Vladimiro.
—No se rema con un bote
chato; se le va empujando. Yo iré con vosotros, tengo una percha y, además,
puede llevarse una pala.
—Pero con una pala no se
tocará el fondo en algunos sitios —observó Vladimiro.
—La verdad que no sería
cómodo —consintió Sutchok.
Me senté a esperar sobre
una tumba. También se sentó Vladimiro, pero con muestras de respeto, a poca
distancia de mí. Sutchok permaneció en pie, la cabeza inclinada hacia adelante
y las manos a la espalda, como acostumbran los sirvientes rusos. Le pregunté
—¿Desde cuándo eres
pescador?
—Desde hace siete años
—repuso con satisfacción.
—¿De qué te ocupabas
anteriormente?
—Era cochero.
—-¿Preferiste dejar ese
empleo?
—Fue la señora quien me
hizo cambiar.
—¿Quién es la señora?
—Se llama Elena
Timoferivna. Nos compró hace poco; es una dama gruesa, ya no joven.
—-¿Y cómo te hiciste
pescador?
—Mi señora vive
ordinariamente en Tambof; llegó un día aquí y ordenó que se reunieran todos los
"dvorovi" en el patio. Nos pasó revista. Uno le besó la mano y, como
eso pareció gustarle, todos hicieron lo mismo. A cada uno le preguntó su nombre
y el trabajo que tenía en la propiedad. Cuando me llegó el turno me preguntó:
"-Y tú, ¿qué hacías?" "Soy cochero." "¡Oh, qué cochero
tan feo! —exclamó riendo—. Tienes mala traza para cochero. Serás pescador y me
suministrarás el pescado cuando esté aquí. Cuida bien el estanque." Y se
alejó. ¿Cómo queréis que haga lo que me pidió, si no hay peces?
—¿Dónde estabas antes?
—Con el propietario
Serguei Sergueich Peckteref. Le habíamos tocado en herencia. Pero sólo nos
conservó diez años. Allí era cochero en el campo.
—¿Eras cochero desde
niño?
—No, lo fui con Serguei
Sergueich. Anteriormente era cocinero, pero no en la ciudad; en la campaña
siempre.
—¿Cuándo te hiciste
cocinero?
—Cuando estuve en casa
del tío de Serguei Sergueich, Atanasio Nefedich, que había comprado Lyove y se
lo había dejado en herencia.
— ¡Ah!, ¿de suerte que
Atanasio Nefedich os compró?
—A Tatiana Vassilevna.
—¿Cuál es tu verdadero
nombre?
—Kusma.
—¿Has sido cocinero mucho
tiempo?
—No, también he sido
actor.
— ¡Imposible!
—De verdad, sí. Nuestra
ama había organizado un teatro. Se me hacía vestir hermosos trajes, caminaba o
me sentaba y repetía lo que me enseñaban a decir. En cierta ocasión hice de
ciego; me habían metido no sé qué bajo los párpados, para que los tuviese
cerrados. Me volvieron a apandar a la cocina, después, porque mi hermano se
había escapado. Cuando estaba con el padre de Tatiana Vassilevna, también fui
picador.
— ¡Vaya! ¿Llevabas los
perros en la cacería? —Sí. Ahora bien: un día me caí del caballo, el animal
quedó herido y como castigo a mi torpeza me colocaron en casa de un zapatero.
—¿De aprendiz? Tú ya no
serías un niño.
—Tenía veinte años, creo.
—¿Cuándo aprendiste a
cocinar?
—Eso no se aprende; por
eso todas las mujeres saben cocinar.
Al decir esto levantó
hacia mí su cara chica, amarilla y arrugada.
— ¡Pobre Kusma! ¡Cuántas
cosas has visto en tu vida!
—No puedo quejarme.
Andrés Pupir, viejo como yo, tiene que fabricar papel.
—¿Eres casado?
—No, nunca fui casado.
Tatiana Vassilevna no quería casamientos. Cuando se le pedía permiso para
contraer matrimonio, respondía: "Dios me guarde; soltera me he quedado yo.
¿Qué les impide hacer lo que yo?"
—Me imagino que tienes
algún salario.
—No, señor; se me da una
ración. Pero yo no me quejo.
Volvió Jermolai en ese
momento, y declaró con brusquedad:
—El bote está listo. —Y
dirigiéndose al viejo: "Y tú, trae una percha."
Durante el anterior
diálogo, Vladimiro no había dejado de mirar a Sutchok con expresión de lástima.
—¡Qué idiota! —me dijo
luego—. Todo lo que nos dice es falso. ¿Cómo queréis que haya sido
"dvorovi" semejante palurdo? ¡Qué jactancia! No es digno de la bondad
que le habéis demostrado.
Dejamos los perros al
cochero, que los encerró en una "isba” y nos embarcamos. Íbamos algo
apretados, pero cuando se va de caza no se exigen comodidades. Sutchok, atrás,
hacía andar el bote, yo estaba sentado en una tabla, hacia el medio, al lado de
Vladimiro, y Jermolai iba en la proa.
Apenas nos habíamos
alejado de la orilla, ya teníamos agua hasta los tobillos. Con poca fortuna
hizo Jermolai el carenaje. Pero como el tiempo era bueno y el estanque estaba
tranquilo, no nos inquietamos por ello. Según dijera Sutchok, el fondo del
estanque estaba lleno de variada vegetación y la pértiga salía a la superficie
con toda clase de plantas. Las raíces de los nenúfares y de los lirios de agua
estorbaban el avance del bote; formaban corno una malla alrededor de nosotros.
Finalmente llegamos a los islotes y comenzó la caza.
Pánico general entre los
patos. Nuestra brusca aparición los hizo volar ruidosamente. Cada tiro dejaba
una víctima. El ave herida paraba su vuelo, daba en los aires una voltereta y
caía en el agua. Perdimos muchas piezas, porque los patos apenas heridos se
sumergían y escapaban, y otros iban a morir en medio de los juncos tupidos,
donde el ojo ejercitado de mi cazador no conseguía señalarlos.
De todos modos nuestra
caza fue abundante y al cabo de algunas horas el bote se iba hundiendo bajo el
peso del botín. Jermolai observó con alegría que Vladimiro era un mal tirador.
Cada vez que fallaba su disparo, hacía un gesto de sorpresa, miraba su
escopeta, soplaba en el caño y siempre hallaba motivo que pudiese explicar lo
que no era sino torpeza.
Jermolai fue hábil, como
de costumbre, y yo me porté bastante bien. Sutchok nos miraba con la
impasibilidad de un servidor habituado a los amos. A veces gritaba, viendo caer
un ave: "¡Otro patito más!" Y muy contento se rascaba los omóplatos
con ese modo peculiar de los campesinos rusos.
Se hizo tarde y fue
necesario volver a la orilla y poner fin a nuestras hazañas. Pero esta partida
de placer terminó con una mala ventura.
Desde que advertimos que
el bote hacía agua, Vladimiro la echaba afuera con una escudilla. Eso anduvo
bien durante cierto tiempo. Pero al caer la tarde, los patos, como si hubieran
querido desazonarnos, volaban por encima de nuestro bote en tal número, que
olvidamos nuestra situación. Nos costó caro. Al querer atrapar un pato herido,
Jermolai se inclinó de tal modo que su peso hizo zozobrar la embarcación, que
se fue a fondo. En dos segundos nos vimos sumergidos en el agua hasta el
pescuezo, circundados por los patos que con tanto trabajo habíamos cazado.
No puedo dejar de reírme
cuando recuerdo las caras deplorablemente cómicas que tenían mis compañeros de
infortunio. Sin duda, también mi facha era lamentable. Sin embargo, cuando
ocurrió el accidente, no estaba para bromas. Cada uno había dado un grito de
espanto y alzado la escopeta, instintivamente, por encima de su cabeza.
Sutchok, habituado a imitar a todo el mundo, también alzaba su pértiga.
Jermolai fue el primero
en romper el silencio.
—¡Maldición! —gritó
escupiendo al agua, como hacen los rusos de clase inferior como expresión de
despecho y desprecio. Y mirando a Sutchok, añadió: "¡Tú, viejo diablo,
tienes la culpa!"
Luego, furioso,
encarándose con Vladimiro:
—Y tú, animal, ¿qué dices
ahora? Debías haber sacado toda el agua, tú, tú, tú...
Vladimiro había perdido
su elocuencia. Temblaba, daba diente con diente, parecía loco. No sólo había
olvidado su facundia, sino también su dignidad. Yo tocaba con los pies el bote.
En el momento de nuestra
zambullida el agua me pareció muy fría, pero a la larga dejé de notarlo. Cuando
me repuse algo, miré a mi alrededor; cerca de nosotros la masa de juncos
ligeros, y más allá, lejos, la aldea.
—¿Qué haremos ahora?
—pregunté a Jermolai.
—Vamos a verlo. No es
cosa de pasar aquí la noche.
Y dirigiéndose con dureza
a Vladimiro:
—Tú, toma mi escopeta.
Vladimiro, sin decir una
palabra, obedeció humildemente. Jermolai continuó:
—Voy a buscar un vado, si
lo hay.
Y convencido de que sí lo
había, y tanteando con la pértiga de Sutchok, caminó resueltamente en dirección
a la orilla. Yo le grité:
—¿Sabes nadar?
—Ni por asomo —repuso,
mientras desaparecía entre los juntos.
—Se ahogará —dijo
fríamente Sutchok.
Éste se había repuesto
completamente del susto. Y ahora, al ver que no estábamos enojados contra él,
había recobrado su impasibilidad. Y sólo de cuando en cuando soltaba alguna
exclamación.
Vladimiro, entonces, me
dijo que a su juicio mi cazador se exponía inútilmente.
Jermolai, al cabo de
algunos minutos, ya no respondía a los gritos que le dábamos de vez en cuando.
O habíamos dejado de oírle.
Sonó el toque de oración
en la aldea. Después el silencio a nuestro alrededor se hizo absoluto.
Evitábamos mirarnos.
A cada instante volaban
patos salvajes por encima de nosotros. Buscaban un sitio donde posarse. Pero al
vernos, remontaban otra vez el vuelo, lanzando roncos gritos. Nos entumecíamos.
Una hora transcurrió después de la partida de Jermolai. A Sutchok se le
cerraban los ojos, cómo si tuviese sueño. Yo había perdido las esperanzas,
cuando reapareció Jermolai.
—¿Has encontrado algo? —le pregunté. —Vuelvo
de la orilla. Encontré un vado. Venid. Antes de hacernos pasar, Jermolai sacó
de su bolsillo una cuerda, con la que ató los patos que flotaban a nuestro
alrededor. Luego sujetó la cuerda con los dientes y tomó la delantera.
Vladimiro le seguía. Yo en segundo lugar, Sutchok el último. La distancia que
nos separaba de la orilla era más o menos un cuarto de "versta".
Jermolai avanzaba resueltamente sin vacilación; se sabía de memoria los menores
accidentes de este nuevo camino y de tiempo en tiempo gritaba:
—¡Por la izquierda! —o
bien—: ¡Cuidado que hay un agujero! ¡Más a la derecha!
A veces el agua nos
llegaba a la boca. Sutchok, el más bajo de nosotros, se hundía, con peligro de
ahogarse; se debatía, tragaba agua. Jermolai le gritaba severamente.
—¡Ánimo, ánimo, adelante!
Y esforzándose, y
estirándose, el pobre viejo iba ganando terreno. Debo advertir que en ningún
momento la turbación le hizo olvidar las conveniencias hasta el punto de
prenderse a mi chaqueta. Llegamos sanos y salvos a la orilla, empapados hasta
los huesos, como puede imaginarse, cubiertos de greda, barro, hierbas;
estábamos irreconocibles.
Dos horas después, en una
granja, más o menos lavados, nos disponíamos a la cena, con gran apetito. El
cochero, hombre de mucho reposo, obsequiaba con rapé al viejo Sutchok, que le
tomaba con frenesí.
Vladimiro estaba
melancólico, inclinada la cabeza. Jermolai limpiaba las escopetas. Husmeaban
los perros una sopa de avena que, se cocía para ellos, y movían alegremente el
rabo. En el establo, los caballos piafaban y relinchaban sintiéndonos.
X
EL BOSQUE Y LA ESTEPA
Tal vez haya fatigado al
lector con mis relatos de cacería. Que se tranquilice ahora; he señalado el
término de estas páginas. Solamente le pido autorización para añadir algunas
observaciones cinegéticas.
La caza con escopeta está
llena de atractivos por sí misma, "für sich", como solía decirse
cuando estaba de moda la filosofía de Hegel. Si el cielo no os ha hecho
cazador, no por eso dejaréis de ser amigo de la naturaleza. Por lo tanto, algo
que podéis envidiar a los discípulos de San Huberto. ¿0 acaso no llegáis a
comprenderme?
¿Conocéis los goces que
se experimenta cuando se parte para una cacería al romper el alba de un hermoso
día primaveral?
Estáis en la escalinata;
el color del cielo es todavía un gris sombrío, brillan aún algunas estrellas,
corre un viento suave, como una ligera onda; perduran los murmullos discretos y
confusos de la noche, están los árboles envueltos en una especie de velo. En el
carro se coloca la alfombrita, el tarro de té, el samovar.
Los caballos se
estremecen, piafando; una pareja de gansos, apenas despiertos, atraviesan
silenciosamente el camino. Detrás de una cerca, el guardián ronca
tranquilamente. En la atmósfera fresca no hay un solo sonido que no se incruste
nítidamente y quede como grabado.
Os instaláis en el
vehículo, los caballos arrancan a un tiempo, se pasa frente a la iglesia, se
baja la pendiente, luego se dobla a la derecha, junto al dique: el estanque
está cubierto de neblinas blancuzcas; sentís frío, os alzáis el cuello de
vuestro abrigo. Los caballos atraviesan con gran ruido los charcos de agua,
mientras el cochero silba en el pescante.
Poco a poco alumbra la
aurora; algunos hilos de fuego surcan el cielo, mientras la niebla se acumula
contra los barrancos. Rompe el canto de la alondra, sopla un viento más
liviano, el disco purpúreo del sol se eleva más sensiblemente. La luz colorea
la cuesta, las colinas, penetra en el fondo de los vallados. Es un derroche de
luz, una magnífica armonización de tonos deslumbrantes. El corazón se agita en
el pecho como el pájaro en el ramaje; y todo parece decir alegría, bienestar,
dicha. Allá lejos asoma una aldea, después la aldehuela, con su iglesia blanca,
y una laguna hacia la cual os dirigís.
Rápidamente subo el sol,
límpido está el cielo, la mañana será hermosa. Un rebaño sale de la aldea y
viene hacia vosotros. Subís un montículo. Y desde arriba, ¡qué espectáculo! Un
río corre, serpentea a lo largo de unas diez "verstas", y a través de
la nebulosidad que lo cubre aún parece completamente azul.
Verdes praderas se
extienden a una y otra orilla. A lo lejos, vuelan en círculo las avefrías sobre
los esteros. Se oye el ruido de un carro. Es un campesino que viene al trote de
sus caballos y busca un camino sombreado. Cambiáis con él un amistoso saludo.
Oís el sonido metálico y chillón de la hoz. El sol sube siempre; pasa una hora,
dos horas, ya el calor empieza a sofocar; las campesinas remueven con las
horquillas el heno que se seca al sol. El calor es horrible. Parece caldearse
el cielo, en el aire se condensan vapores tórridos.
—Amigo, ¿dónde hay algo
para beber? —preguntáis a un campesino.
—Allí en el barranco, a
la izquierda, hay un manantial.
Atravesáis el soto, los
plantíos, y descubrís el manantial. Un ramaje de encima se tiende sobre el
agua, grandes burbujas plateadas emergen desde el fondo líquido y se rompen en la superficie. Os echáis al
borde, habéis aliviado la sed, y al rendiros la fatiga os quedáis inmóvil. Aquí
la sombra está impregnada de olorosa frescura, la vegetación se diría que
amarillea. Pero..., ¿qué ocurre? Súbitamente un golpe de viento barre los
campos, se oye sordo ruido. ¿Es un trueno? El cielo ha tomado un color plomizo.
. Sí, es una tempestad que se acerca; en la lejanía brilla un relámpago. ¿No
habrá tiempo todavía para cazar? La nube rápidamente se agranda, avanza
sombría. La hierba y los árboles se cubren con un velo oscuro. A resguardarse
pronto. ¿No habrá un cobertizo por ahí? Tratemos de hallarle y refugiarnos bajo
su techo. Llegáis a tiempo. ¡Qué tormenta! ¡La lluvia, los relámpagos! El
cobertizo no es muy seguro: llueve en él. Pero, en fin, la tormenta dura poco.
Salís de vuestro asilo. ¡Gran Dios! ¡Cómo brilla todo alegremente alrededor
vuestro! ¡Qué delicado aroma! ¡Qué bien huelen los enebros, los espinos, las
fresas, los hongos!
Ahora cae la tarde. La
mitad del cielo se incendia con la gran luz del crepúsculo. El aire tiene una
transparencia de cristal. Allá lejos van descendiendo nubes que parecen todavía
caldeadas. Con la ligera humedad nocturna, un tinte rojo sombrío se extiende
sobre los follajes; las parvas de heno proyectan sobras que se van alargando.
Cuando el sol se ha ocultado, una estrella alumbra tranquila sobre el océano
rojizo del poniente.
Pero este mar empieza a
palidecer, el cielo se oscurece de azul, las sombras confunden, es de noche y
hay que volver a casa.
Salís otra vez, en
vuestro coche, a cazar ortegas. Ya estáis en el bosque. Las copas de los álamos
tiemblan, perezosamente se balancean las ramas de los abedules, la encina
vigorosa se alza junto al tilo gigante. Seguís un camino esmaltado de flores,
los pájaros gorjean. ¡Qué bien combina el canto de la curruca con el aroma de
los lirios silvestres! Nos internarnos profundamente en el bosque, donde es
mayor la espesura. Una paz y un extraordinario bienestar se apoderan del alma.
A un repentino soplo de viento, las altas copas se remueven y producen como un
ruido de cascadas. Hierbas vivaces crecen tupidas, aquí y allá, sobre el lecho
de hojas muertas el año anterior. Salta una liebre, los perros corren a
perseguirla con una fiesta de ladridos.
La selva es hermosa al
fin del otoño, cuando llegan las becacinas. En vez de sol, hay sombra, un
perfume embriagante y una niebla suspensa allá en la llanura. Se recortan los
árboles sobre un cielo azul pálido, hojas doradas añaden belleza al colorido
del bosque.
Y un día de otoño, con
tiempo claro, cuando ha helado por la mañana y los abedules tienden ramas de
oro, mientras el sol desciende, pero brilla con resplandor más vivo que en
verano, un bosquecillo de álamos sin hojas, se inunda de claridad y parece
gozoso de su desnudez.
En el río, la corriente
azulada acaricia la ribera, trae balanceando gansos y patos y oís el ruido de
un molino a lo lejos.
También los días brumosos
tienen su encanto. No gustan a los cazadores, porque el animal escapa y
desaparece en la indecisión de los vapores blancuzcos. Pero todo está tranquilo
alrededor, ningún árbol, ninguna hoja se mueve, todo parece reposar con
delicia. Una línea negra se tiende, horizontalmente, por encima de la niebla:
imagináis que es el cortinaje de un bosque. No, ved: es una faja de ajenjo que
crece a lo largo entre dos campos.
Vais a visitar un campo
lejano de la estepa. Después de seguir una serie de caminitos llegáis a la gran
vía. Pasáis por delante de las posadas, cuyos portones abiertos os dejan ver en
medio del patio el brocal del pozo.
Andáis durante horas y
horas... Las urracas revolotean sobre los sauces que bordean el camino. Las
campesinas, armadas de largos rastrillos, atraviesan la pradera. Cubierto con
un viejo manto, camina lentamente un labriego. Por el camino viene un gran
coche señorial; en la parte trasera va sentado un pobre lacayo, salpicado de
barro hasta las cejas.
Allá lejos hay una ciudad
con sus casitas de madera, sus casas comerciales de ladrillo, el viejo puente
tendido sobre el río... ¡Adelante! Comienza la estepa. En medio de la llanura,
algunas lomas cultivadas parecen ondas. Barrancos tapizados de gramilla forman
accidentes en el terreno. Algún campanario blanco se muestra en la lejanía.
Alegremente serpentea un riachuelo; interrumpe su curso algún dique. Se ven
avutardas temerosamente inmóviles. Una vieja mansión refleja sus torrecillas en
un pequeño estanque. Seguís caminando, y al fin llegáis a la estepa, la
verdadera estepa, inmensa, sin límites.
En el invierno se da la
caza de liebres sobre los montículos de nieve. Temperatura baja, aire glacial.
Tiene el cielo un tinte verdoso que hace resaltar los árboles rojizos.
Luego, en los primeros
días de la primavera, cuando la estepa renace, el sol viene a calentar los
campos, a consolar a la pequeña alondra, mientras los torrentes, llenos de
espuma, se precipitan de barranco en barranco, con un mugido sordo.
Es tiempo de terminar.
Acabo de tocar el terna de la primavera, cuya imagen acude muy oportuna. En la
primavera la separación' es menos penosa. Hasta los dichosos se sienten
atraídos hacia países lejanos, donde la naturaleza sonríe a la fantasía y llama
a los viajeros... Adiós, queridos lectores, sed felices siempre.
***

No hay comentarios:
Publicar un comentario