© Libro No. 703. La Resaca. Stevenson, R.L. Colección E.O. Abril 12 de
2014.
Título original: © R.L.
Stevenson. La Resaca
Versión Original: © R.L. Stevenson. La Resaca
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
R.L. Stevenson
La Resaca
PARTE I
EL TERCERO
I
NOCHE
EN LA PLAYA
Por toda la extensión de las islas del
Paco, hombres dispersos, de muchas razas europeas, y salidos de casi todas las
clases sociales, llevan el impulso de su actividad y diseminan enfermedades.
Unos prosperan, otros vegetan. Los hay que han escalado las gradas de un trono
y poseen islas y armadas. Muchos de ellos tienen que casarse para vivir, y una
lozana y jocunda dama de color de chocolate los sustenta en pura ociosidad; y,
vestidos a usanza indígena, pero conservando todavía algún rasgo extranjero en
su indumento o en sus modales, acaso una sola reliquia––un monóculo, por ejemplo––
del oficial y del caballero de otro tiempo, pasan la vida tumbados, a la sombra
de las verandas techadas con hojas de palmera, y entretienen a una tertulia de
isleños con los recuerdos de los teatros de variedades. Y aun hay otros, menos
acomodaticios, no tan avispados, de peor suerte o quizá menos viles, a los que
les sigue faltando el pan en aquellas islas de la abundancia.
En el extremo de la ciudad de Papeete,
tres de estos últimos estaban sentados bajo un árbol ––un purao—, en la playa.
Era tarde Ya hacía tiempo que la banda
militar, terminado el concierto, se había marchado tocando por el camino, con
una abigarrada tropa de hombres y mujeres, empleados de comercio y oficiales de
marina, bailando a su zaga, los brazos en torno de los talles, y adornados con
guirnaldas. Ya hacía tiempo que la oscuridad y el silencio habían ido avanzando
de casa en casa por la minúscula ciudad pagana. Sólo resplandecían los faroles
de las calles formando halos fosforescentes entre el follaje de las umbrosas avenidas,
o trazando trémulos reflejos en las aguas del puerto. Un zumbar de ronquidos se
oía por todo el muelle del Gobierno, entre las pilas de madera. Llegaba hasta
la costa desde los pailebots, esbeltos y finos cúters, fondeados todos juntos
como botecillos, con las tripulaciones tendidas sobre las cubiertas, bajo el
cielo estrellado, o amontonadas en improvistas tiendas de lona entre el
desorden de las mercancías.
Pero los que estaban bajo el purao no
tenían pensamiento de dormir. La misma temperatura en Inglaterra no hubiera
chocado en pleno estío, pero era cruelmente fría para el Mar del Sur. La
naturaleza inanimada se daba cuenta de ello, y el aceite de coco estaba helado
en la botella en todas las casas, a estilo de jaulas, de la isla; y aquellos
tres hombres lo sentían también y tiritaban. Llevaban livianas ropas de
algodón, las mismas en que habían sudado por el día y aguantado los aguaceros
tropicales; y para colmar su cuita, no habían desayunado, habían pasado por
alto de comida y les había faltado la cena.
Según la expresión corriente en el Mar
del Sur aquellos tres hombres estaban sobre la playa. La común desgracia les
había hecho juntarse, reconociéndose por los tres seres más miserables, de
habla inglesa, en Tahití; y más allá de su miseria, cada uno de ellos apenas
sabía nada de los otros dos, ni siquiera sus verdaderos nombres. Los tres
habían hecho un largo aprendizaje en su camino hacia la ruina; y cada uno de
los tres, en alguna etapa de su caída, se había visto obligado, por vergüenza,
a adoptar un alias. Y sin embargo, ninguno de ellos había comparecido nunca
ante un Tribunal de justicia; dos, eran hombres de amables virtudes, y uno de
éstos, sentado allí arrecido, bajo el purao, guardaba en el bolsillo un
destrozado "Virgilio".
Verdad es que si hubiera sido posible
sacar dinero del libro, Robert Herrick
habría ya sacrificado, mucho tiempo antes, aquella su última posesión; pero la
demanda de literatura, tan característica en algunas partes del Pacífico, no se
extiende hasta las lenguas muertas; y más de una vez el "Virgilio", que
no podía trocarse por una comida, le había consolado del hambre. Lo repasaba
tendido a la larga, y con el cinturón apretado, en el suelo de la antigua
prisión, buscando pasajes favoritos y descubriendo otros nuevos que sólo le
parecían menos bellos porque les faltaba la consagración del recuerdo. O se
detenía en sus vagabundeos sin fin por el campo, se sentaba al borde de una
senda mirando, al otro lado del mar, las montañas de Eimeo, y abría al azar la "Eneida",
buscando suertes. Y si el oráculo ––como es costumbre de los oráculos––
respondía con palabras ni muy precisas ni muy alentadoras, al menos visiones de
Inglaterra surgían en tropel en la mente del desterrado: la bulliciosa sala del
colegio, los verdes campos de recreo, las vacaciones en casa, y el perenne
rumor tumultuoso de Londres, y la chimenea familiar, y la blanca cabeza de su
padre. Que es el sino de esos graves, sobrios, autores clásicos, con lo que
entablamos forzado y a veces penoso conocimiento en las aulas, diluirse en
nuestra sangre y penetrar en la substancia misma de la memoria; y así, una
frase de Virgilio, no habla tanto de Mantua y de Augusto,
como de rincones de la tierra natal y de la propia juventud, ya
irrevocablemente perdida, del estudiante.
Robert Herrick
era hijo de un hombre listo, activo y ambicioso, partícipe, en modesta escala,
en una gran casa comercial de Londres. El muchacho despertó halagüeñas
esperanzas, se le envió a un buen colegio, ganó allí una beca en Oxford y, a su tiempo, fue
a seguir sus estudios en aquella Universidad. Con todo su talento y
refinamiento de gustos ––y en ambas cosas abundaba–– faltábale a Robert solidez y virilidad
intelectual; perdíase en extraviadas sendas de estudio, se afanaba por la
música o por la metafísica cuando debía dedicarse al griego, y, al fin, salió
de la Universidad con un grado mediocre. Casi al propio tiempo quebró,
desastrosamente, la casa de Londres, y Herrick padre tuvo que empezar la vida
de nuevo, como empleado en un escritorio ajeno; y Robert renunció a sus
ambiciones y aceptó, con resignación, un oficio que aborrecía y despreciaba.
Los números no le entraban en la cabeza, no le interesaban los negocios,
detestaba la sujeción de las horas de oficina, y desdeñaba los éxitos y los
afanes de los mercaderes. Llegar a enriquecerse, no le tentaba; le bastaba con
un buen pasar. Un mozo de peor índole o de mayor audacia se habría rebelado
contra el destino; acaso hubiera intentado hacerse un porvenir con la pluma;
quizá hubiese sentado plaza. Robert, más
prudente, probablemente más tímido, se avino a seguir la profesión en la que
más pronto podía ayudar a su familia. Pero lo hizo sin decidirse más que a
medias, sin resolución firme; huyó de sus antiguos compañeros y escogió, entre
varias colocaciones que se le ofrecían, un empleo en Nueva York.
Fue la suya, desde entonces, una
carrera de no interrumpido bochorno. No bebía, era estrictamente honrado, se
conducía cortésmente con sus jefes; sin embargo, de todas partes se le
despedía. Como no se interesaba en el cumplimiento de sus deberes, no ponía en
ellos atención; su cotidiana labor era una mezcla de cosas que se quedaban sin
hacer o que quedaban mal hechas; y de empleo en empleo y de ciudad en ciudad;
llevaba tras sí la fama de inepto. Nadie puede soportar, sin que se le suba el
color a la cara, que se le aplique ese calificativo: no hay en verdad ningún
otro que de manera tan rotunda nos cierre, como con un portazo en la cara, el
acceso a nuestra propia estimación. Y para Herrick, consciente de sus talentos
y de su cultura, que miraba con menosprecio esos menesteres humildes para los
cuales no se le consideraba capaz, el sufrimiento era intolerable. Desde que se
inició su derrumbamiento, no pudo enviar dinero a su familia; poco después,
como sólo podía contar fracasos, dejó de escribir; y un año antes del comienzo
de esta historia, echado de pronto a la calle, en San Francisco, por un judío
alemán, soez y colérico, había perdido todo respeto de sí mismo, y, en un
súbito impulso, cambió de nombre e invirtió su último dólar en un pasaje en el
bergantín correo City of Papeete. Con qué esperanza
había endulzado aquella fuga a los mares del Sur, quizá ni él mismo lo sabía.
Es cierto que allí se podían hacer fortunas negociando en perlas o en copra;
sin duda otros, no mejor dotados que él, habían llegado en aquel mundo de las
islas, a ser consortes de reinas y ministros de reyes. Pero si Herrick hubiera
ido allá con algún propósito firme y digno, habría conservado el apellido de su
padre. El alias delataba su bancarrota moral; había arriado su bandera; no se
hacía ilusiones de llegar a redimirse o de ayudar a su familia arruinada; y
había venido a las islas ––donde sabía que el clima era benigno, el pan barato
y las costumbres fáciles–– como un desertor de la batalla de la vida y del
cumplimiento del deber. Fracasar era su sino, se había dicho: pues que, al
menos, fuera el fracaso lo más gustoso posible.
Por fortuna, no basta con decirse:
"Voy a envilecerme". Herrick prosiguió en las islas su carrera de
descalabros; pero en el nuevo ambiente y bajo el nombre postizo, no fueron
menos agudos sus sufrimientos. Consiguió un nuevo empleo y lo perdió como de
costumbre. Cuando hubo agotado la sufrida paciencia de los hosteleros,
descendió a una mendicidad más franca al borde de los caminos; con el
transcurso del tiempo, su buen natural se fue agriando, y, después de un par de
repulsas, se hizo huraño y receloso. Sobraban mujeres que hubieran sustentado a
un hombre menos guapo o de peor condición: Herrick no dió nunca con ellas o no
supo conocerlas; o, si no fue así, algún sentimiento más viril se rebeló
en contra y prefirió morirse de hambre.
Empapado por las lluvias, abrasado de día, tiritando de noche, sin otro
dormitorio que una antigua prisión ruinosa y abandonada, alimentándose de
limosnas o con desperdicios de las basuras, sin más compañía que la de otros
dos parias como él, había apurado, durante meses enteros, el cáliz de la
penitencia. Llegó a saber lo que era la mansa resignación, lo que era estallar
en infantiles cóleras de rebelión contra el destino, y lo que era sumergirse en
el sopor de la desesperanza. El tiempo le había transformado. Ya no se contaba
a sí mismo cuentos de una fácil y quizá gustosa desmoralización corruptora.
Había aprendido a descifrar su propia naturaleza; estaba ya demostrado que era
incapaz de levantarse, y ahora supo por experiencia que no podía doblegarse
para caer en la abyección. Algo que apenas era ni orgullo ni fortaleza, que
quizá era sólo refinamiento, le detenía ante la capitulación; pero miraba su
mala suerte con creciente rabia y se asombraba a veces de su paciencia.
Ya iban pasados así cuatro meses sin
cambio alguno y sin el menor vislumbre de posible mundanza. La luna, vagando
por entre un caos de voladoras nubes de todos tamaños, formas y densidades,
algunas negras como borrones, otras tenues como cendales, seguía esparciendo la
maravilla de su brillo austral sobre el mismo escenario encantador y
aborrecido; las montañas isleñas, coronadas con la perenne nube de la isla, la
ciudad cubierta por los árboles y tachonada con escasas luces, los mástiles en
el puerto, el espejo terso de la laguna[1]
y la barrera de arrecifes sobre la que rompía la marejada con blancas espumas.
La luz de la luna caía también, como el foco de una linterna, sobre sus dos
compañeros, sobre la figura recia. y corpulenta del yankee que se hacía llamar Brown, y del que sólo se
sabía que era un capitán de barco, víctima de algún percance; y sobre la
desmedrada persona, los ojos pálidos y la sonrisa desdentada de un acanallado y
avieso hortera de la City de
Londres. ¡Qué compañía para Robert Herrick!
El patrón yankee era, al menos, un hombre; tenía ingénitas cualidades de
ternura y resolución; cualquiera podía estrechar su mano sin rubor. Pero no
había ninguna gracia redentora en el otro, el cual se hacía llamar unas veces
Hay y otras Tomkins, y se reía de la discrepancia; que había servido en todos
los almacenes de Papeete, pues no carecía de competencia, y que de todos había
sido despedido, porque era de una contumaz villanía; que de tal modo se había
hecho aborrecer por cuantos le habían empleado, que pasaban a su lado en la calle
como si fuera un perro, y sus antiguos compañeros le esquivaban como a un
acreedor.
No hacía mucho que un barco había
traído del Perú una epidemia de gripe que hacía estragos en la isla y,
especialmente, en Papeete. De todas partes, alrededor del purao, se alzaba de
cuando en cuando un lastimero alboroto de gentes que tosían y se atosigaban al
toser. Los enfermos, indígenas, con la nerviosidad propia de los isleños ante
un asomo de fiebre, se habían arrastrado fuera de sus casas, anhelosos de
frescura, y sentados en cuclillas en la playa o en las canoas varadas sobre la
arena, esperaban con ansia el nuevo día. Como el canto de los gallos se propaga
de noche por el campo, de alquería en alquería, las explosiones de tos
estallaban y se esparcían y morían a lo lejos, y de nuevo volvían a surgir más
cerca. Cada uno de aquellos desdichados calenturientos se sugestionaba con la
tos del vecino, sufría durante unos minutos las convulsiones del feroz acceso,
y se quedaba agotado, sin voz y sin fuerzas, cuando la crisis pasaba. La playa
de Papeete, en aquella fría noche y en aquel tiempo de epidemia, era lugar
propicio para que el más compasivo pudiera dar empleo a toda la piedad que
sobrase en su corazón. Y de todos los atacados, acaso el que menos la merecía,
pero ciertamente el que más la necesitaba, era el dependiente londinense.
Estaba hecho a otro género de vida: a casas, lechos, cuidados de enfermeros, a
las delicadezas que se proporcionan al que sufre; y se encontraba ahora allí,
en la fría intemperie, expuesto a las ráfagas del viento y con el estómago
vacío. Estaba, además, aniquilado; la enfermedad le sacudía hasta las entrañas,
y sus compañeros se asombraban de que pudiera resistirla. Sentían por él honda
lástima, que contendía con su aborrecimiento, y lo vencía. Lo repugnante de tan
desagradable dolencia acrecentaba aquella aversión, y al propio tiempo, y como
decisivo contrapeso, la vergüenza por tan inhumano sentimiento les empujaba con
mayor ardor al servicio del paciente; y hasta lo malo que de él sabían
aumentaba su solicitud, pues nunca es tan temerosa la idea de la muerte como
cuando se acerca al meramente sensual y egoísta. A veces le ayudaban a
incorporarse; otras, con equivocado celo, le golpeaban entre los hombros, y
cuando el mísero se quedaba tendido de espaldas, espectral y agotado, después
de un paroxismo de tos, le examinaban la cara, dudando si encontrarían en ella
alguna señal de vida. No hay nadie que no tenga alguna virtud: la del
dependiente era la valentía; y se apresuraba a tranquilizarlos con alguna
broma, no siempre decente:
––Esto no es nada, compinches
––murmuró una de esas veces, sin aliento––, no hay cosa mejor para fortalecer
los músculos de la laringe.
––¡La verdad es que tiene aguante!
––exclamó el capitán.
––No me achico por poca cosa prosiguió
el paciente con entrecortada voz––. Pero me parece una perra suerte que sea a
mí al único a quien le ha tocado la china y el que haya de hacer reír a los
demás. Ya podía alguno de vosotros animarse y hacer algo; contarle a uno
cualquier cosa.
––El mal está, amigo, en que no
tenemos nada que contar ––respondió el capitán.
––Yo le contaré, si quiere, lo que
estaba pensando ––dijo Herrick.
––Díganos cualquier cosa ––contestó el
dependiente––. Sólo necesito que me hagan recordar que no estoy muerto.
Herrick comenzó su cuento, tendido de
bruces y hablando lentamente, casi entre dientes, no como el que tiene algo que
decir, sino como el que sólo habla por matar el tiempo.
––Bien; pues pensaba esto: que estaba
en la playa de Papeete una noche ––toda de luz de luna, chubascos y gente
tosiendo––, con hambre y con frío y con el corazón en los talones, y que tenía
noventa años, y de ellos había pasado unos doscientos veinte en la playa de
Papeete. Pensaba que ojalá tuviera una sortija mágica o una hada bienhechora o
el poder de evocar a Belcebú, y trataba de recordar la receta para hacerlo.
Sabía que se hace un círculo de calaveras, porque lo había visto en el Freischutz, y
que había que quitarse la chaqueta y remangarse las mangas de la camisa, pues
así operaba el actor que hacía de Kaspar, y bien se veía que estaba muy al
tanto de ello, y que había que levantar una humareda maloliente, lo cual puede
hacerse con un cigarro, y decir el "Padrenuestro" al revés. Me
pregunté si sería capaz de esto último: la cosa no parecía fácil. Me pregunté
después si sería capaz de decirlo al derecho, y me pareció que sí. Pues bien;
aun no había llegado a la mitad, cuando vi que venía por la playa un sujeto
vestido con un pariu y que traía una
esterilla bajo el brazo. Era un vejete más bien feo, cojitranco, y no cesaba de
toser. Al principio no me gustó, pero luego me compadecí del pobrete porque
tosía de aquel modo. Me acordé de que aún nos quedaba un poco del jarabe para
la tos, que el cónsul de los Estados Unidos le dio al capitán para Hay, y
aunque a éste no le sirvió de nada, creí que acaso le vendría bien al viejo y
me levanté. ¡Yorana! ––le dije––. ¡Yorana! ––me contestó––. "Oigame
––proseguí––, tengo una pócima de superior calidad en una botella, que le va a
curar la tos. Harry my y le mediré una cucharada en el hueco de la mano,
porque tenemos los cubiertos en casa de nuestro banquero". Pensé después
que el vejete se aproximaba, y cuando más de cerca, me gustaba menos. Pero yo
había comprometido mi palabra, como veis.
––¿Y a qué vienen todas esas sosadas?
––interrumpió el hortera––. Es como la monserga de los "tracts".
––Es un cuento. Solía contárselos a
los pequeños en casa - dijo Herrick––. Si le aburre, me callo.
––¡Adelante con ello! ––respondió,
colérico, el enfermo––. Más vale eso que nada.
––Bueno prosiguió Herrick––. En cuanto
le di el jarabe pareció que se erguía y se transformaba y, bien mirado, que no
era un tahitiano, sino una especie de árabe con luengas barbas. "Una buena
acción se paga con otra", me dijo" "Soy un mago escapado de las Mil y Una Noches, y esta esterilla que
tengo bajo el brazo es el auténtico y original tapiz de Mohammed Ben No-sé -cuántos.
Diga usted una sola palabra y puede hacer una travesía en él".- "¿Me
va usted a hacer creer que es el Tapiz Encantado?", exclamé. "Le
apuesto un dólar a que sí", dijo con fuerte acento yankee. "Usted ha
estado en América después que yo leí las Mil
y Una Noches", le contesté un tanto receloso. "Ya lo creo. He
estado en todas partes. El que tiene un tapiz como éste, no va a dejarse
enmohecer en un hotelito de las afueras". La cosa me pareció razonable.
"Muy bien", le dije. "¿Quiere usted decir que puedo sentarme en
este tapiz y marchar derecho a Londres?" "En un santiamén",
contestó. Eché la cuenta de la diferencia de hora. ¿Cuál es entre Papeete y
Londres, capitán?
––Entre Greenwich y Punta Venus, nueve
horas y unos minutos y segundos.
––Eso es, poco más o menos, lo que yo
calculé: unas nueve horas. Suponiendo que sean ahora aquí las tres de la
mañana, me plantaría en Londres a eso de mediodía, y la idea me regocijaba como
si me hicieran cosquillas. "Lo que hay de malo ––––dije–– es que no tengo
ni un centavo en el bolsillo. Sería cosa triste verse en Londres y no poder
comprar el Standard de la mañana". "¡Ah! ––me contestó––,
aun no sabe usted las ventajas de este tapiz... ¿Ve esta bolsa? No hay más que
meter la mano y la sacará llena de libras esterlinas".
––Diría dobles águilas[2]
––observó el capitán.
––¡Así fué! ––exclamó Herrick––. Pensé
que me habían parecido extraordinariamente grandes; y ahora recuerdo que tuve
que ir a una casa de cambio en Charing Cross para procurarme dinero inglés.
––¿De modo que fue usted? dijo el dependiente––.
¿Y qué hizo al llegar? Apuesto a que se bebió un whisky y soda.
––Todo pasó como el venerable sujeto
había dicho... en un santiamén. En un segundo estaba aquí, en la playa, a las
tres de la mañana, y, en el siguiente, enfrente de la Cruz Dorada, a mediodía.
Al principio me sentí deslumbrado y me tapé los ojos, y parecía que nada había
cambiado: el estruendo del Strand y
el del arrecife eran la misma cosa; escuchad atentos y oiréis el rodar de los "cabs" y los ómnibus y el
rumor de las calles. Y al fin pude mirar en rededor y allí estaba el sitio de
siempre y no había duda. Allí estaban las estatuas en la plaza y San
Martin's-in-the Fields, y
los "policemen" y
los gorriones y los coches de punto; y no hay modo de decir lo que sentía. Creo
que eran como ganas de llorar o de hacer cabriolas o de dar un salto por encima
de la columna de Nelson. Era como si me hubiesen sacado del infierno para
dejarme caer en la parte mejor del cielo. Busqué un "hansom" con un
caballo trotador. "Un chelín de propina si me lleva en veinte
minutos", le dije al cochero. Me llevó a buen paso, aunque no podía
compararse con el del tapiz; y en diecinueve minutos y medio estaba a la
puerta.
––¿Cuál puerta? ––preguntó el capitán
––La de una casa que yo sé.
––¡Sería un bar! ––gritó el
dependiente... aunque esas no fueron precisamente sus palabras––. ¿Y por qué no
fue en el tapiz, en lugar de ir dando barquinazos en el alquilón?
––No quería alborotar una calle
tranquila - dijo el narrador––. Mal tono. Y además, era un "hansom".
––Bueno, y ¿qué hizo después?
––preguntó el capitán
––Pues entrar allí ––dijo Herrick.
––¿Los viejos?... - volvió a preguntar
aquél.
––Así sería ––contestó el otro
mordisqueando unas hierbas.
––¡Vaya una chispa para contar
cuentos! ––exclamó el dependiente––. ¡Cristo!, ¡si parece cosa de "La
Moral de los Niños"! ¡Y que no iba a ser más divertida la escapada que
hiciese yo! Lo primero un whisky y soda para darme suerte. Después a comprarme
un gabán pistonudo, con piel de astracán, y coger mi bastón y bajar por Piccadilly dándome la mar de
pisto. Después, iría a un restaurant
de primera, a comer guisantes y chuletas de las mejores y mi buena
botella de champaña... ¡ah!, y se me olvidaba.... una fritada del Támesis lo
primero... y tarta de grosella, y eso que dan en botellas gordas, con un
sello... "¡Benedictino!"... así es como se llama. Después me dejaría
caer por algún teatro y haría amistad con gente de bulla, y nos iríamos a
recorrer las salas de baile y los bares y todo lo demás. Y al día siguiente me
daría un desayuno de órdago con manteca fresca, y... ¡ay!...
Un nuevo ataque de tos interrumpió al
dependiente.
––Bien, pues ahora les diré lo que yo
haría dijo el capitán––. No tomaría ninguno de esos cochecitos de fantasía con
el cochero encaramado atrás en lo alto, guiando desde la cruceta de mesana,
como quien dice, sino un buen coche de plaza, de cuatro ruedas y del mayor
tonelaje posible. Lo primero de todo, sería ir al mercado y comprar un pavo y
un lechoncillo. Después iría a una tienda de vinos y compraría una docena de
botellas de champaña y otra de algún vino dulzón, de ese gordo y pegajoso y
fuerte, algo en el estilo del Oporto o del Madera: lo mejor que tuviesen.
Después me pararía en un bazar y echaría veinte dólares en juguetes para los
chicos, y, desde allí, a una confitería y me cargaría de pasteles y dulces y
bollos, y de esas cosas que adornan con ciruelas; y, en seguida, a un puesto de
periódicos, y compraría todos los ilustrados para los pequeños, y para la
parienta un buen acopio de los que tienen folletines que hablan de ––,Cómo el
conde se descubre a Ana María y cómo Lady Maude se escapa de la casa de locos
donde la tenían encerrada; y después, le diría al cochero que me llevase a
casa.
––Falta mermelada para los chicos
-indicó Herrick , -les gusta mucho.
––Mermelada, sí, de la colorada
continuó el capitán––. Y esas cosas que se tira de ellas y estallan y ––tienen
versos imbéciles dentro. Y después, les digo que íbamos a tener una Fiesta
nacional y una Navidades, todo de una vez. ¡Lo que yo daría por ver a los
chiquillos! ¡Cómo saldrían disparados de casa cuando vieran llegar al papá en
coche! Mi niña Ada...
Y el capitán se calló de pronto.
––¡Adelante con ello! ––––dijo el
dependiente.
––¡Lo peor es que no sé si se están
muriendo de hambre! ––exclamó el capitán.
––Por muy mal que estén no han de
estar peor que nosotros, y eso es un consuelo ––prosiguió el otro––. Aunque el
demonio se empeñase, no podría hacer que me fuera peor.
Fue como si el demonio le hubiera
oído. Ya hacía un rato que se había extinguido la claridad de la luna y que
conversaban en la oscuridad. Se oyó de pronto como un bramido lejano que se
aproximaba impetuoso; se vio blanquear la superficie de la laguna, y antes de
que pudieran, atropelladamente, ponerse en pie, descargó sobre ellos el
chubasco. Quien no haya vivido en los trópicos no puede imaginar la violencia y
la intensidad de aquella avalancha; cortaba la respiración y hacía jadear como
cuando se toma una ducha, y el mundo no era más que un revuelto torbellino de
tinieblas y de agua.
Huyeron andando a tientas, en busca de
su acostumbrado cobijo casi pudiera llamarse casa––, el antiguo calabozo;
llegaron empapados a sus celdas vacías y se tendieron, como tres remojadas
piltrafas de humanidad, en el frío suelo de coral; y un momento después, pasado
el chubasco, oían los otros dos en la oscuridad castañetear los dientes del
hortera.
––¡Por Dios! ––dijo con lastimero
acento––, acercaos para ver si me caliento. Para mí, que si no lo hacéis, me
largo.
Y los tres se acurrucaron juntos, en
una masa húmeda, y así estuvieron hasta el amanecer, tiritando y adormilándose
y despertándose a cada momento, para sentir el horror de su miseria, por las
toses del dependiente.
II
LA
MAÑANA EN LA PLAYA.
Se habían dispersado todas las nubes,
la belleza del día tropical se tendía sobre Papeete: el muro de las olas rompía
sobre el arrecife, y las palmeras de la isla parecían ya temblar en el aire
caliente. Un buque de guerra francés iba a zarpar, de vuelta a su país. Estaba
anclado en mitad del puerto y reinaba en él la inquieta actividad de un
hormiguero. Por la noche había entrado un pailebot y ahora estaba fondeado allá
lejos, junto a la entrada, y tenía izada la bandera amarilla, emblema de la
peste. Bajando por la costa, una larga procesión de canoas doblaba la punta y
se dirigía al mercado, alegre y llamativa, con los mil colores de los trajes
indígenas y de los montones de frutas. Pero ni la belleza, ni el apetecible
calor de la mañana, si siquiera esas escenas náuticas, que tanto interesan a la
gente de mar y a los desocupados, podían atraer la atención de aquellos
hombres. Aun tenían el frío metido en el corazón, amarga la boca por el
insomnio, y el andar vacilante por falta de sustento; y marchaban uno tras
otro, en lastimosa hilera claudicante, a lo largo de la playa, agobiados y
silenciosos. Iban hacia la ciudad, hacia las casas donde ya se levantaba el
humo y donde gentes más dichosas estaban desayunando; y, según avanzaban, sus
ojos ávidos y famélicos se volvían a todos lados, pero sólo trataban de
encontrar comida.
Un pailebot pequeño y mugriento estaba
amarrado al muelle y unido a él por un tablón. A proa, bajo un toldo minúsculo,
cinco kanakas[3]
que constituían la tripulación, rodeaban, sentados sobre la cubierta, una
tartera de plátanos fritos y tomaban café en vasos de estaño.
––¡Las ocho: alto al trabajo y a
desayunar! ––gritó el capitán con mísera jovialidad––. Aún no he hecho la
prueba con este barco; aparezco por primera vez ante este público; voy a tener
un lleno.
Se aproximó al sitio en que el tablón
estaba apoyado en la hierba que crecía en el muelle, volvió la espalda al
pailebot y empezó a silbar aquella retozona tonada: "La Lavandera
Irlandesa". En los oídos de los marineros kanakas sonó como si fuera una
señal convenida, pues todos levantaron la cabeza y se agruparon después junto a
la borda, plátano en mano, sin dejar de engullir mientras miraban. Como baila
uno de esos macilentos osos de los Pirineos, en las calles de las ciudades
inglesas, ante el garrote de su dueño, así, aunque con más garbo y medida, el
capitán marcaba con los pies el compás de la música, y su sombra matutina,
desmesuradamente alargada, danzaba delante de él sobre la hierba. Los kanakas
miraban sonriendo el espectáculo; Herrick lo veía con soñolientos ojos, y el
hambre embotaba en él, por el momento, toda sensación de vergüenza; y un poco
más apartado, pero muy próximo, el dependiente se descoyuntaba en un fiero
acceso de tos.
El capitán se detuvo de pronto, como
si hasta entonces no se hubiera dado cuenta de que le escuchaban, y representó
a lo vivo el papel de un hombre sorprendido en un momento de íntimo y solitario
regocijo.
––¡Hola! ––exclamó.
Los kanakas aplaudieron dando palmadas
y pidieron que continuase.
––¡No, señor! ––dijo el capitán––. No
comida, no bailar. ¿Sabe?
––¡Pobrecito! ––contestó uno de la
tripulación––. ¿El, no comer?
––¡Por cierto que no! ––dijo el
capitán––. Comida gustar mucho. No tener.
––Muy bien. Tener yo ––––dijo el
marinero––. Tú venir aquí. Mucho café, mucho fei. Los otros también venir.
––Parece cosa de meterse dentro
––observó el capitán; y él y sus compañeros se apresuraron a cruzar el tablón.
Fueron recibidos a bordo con apretones de mano; se añadió al festín una
pegajosa damajuana de melaza, en honor de los huéspedes, y trajeron del alcázar
de proa un acordeón, que fue colocado intencionadamente al lado del artista.
Ariana [4]dijo
éste campechanamente, poniendo la mano sobre el instrumento, y acometió a un
suculento plátano, lo despachó en un segundo, levantando el vaso de café, y
saludó con la cabeza al que llevaba la voz de la tripulación, al otro lado de
la tartera––. A tu salud, amigo, haces honor al Pacífico.
Con la indecorosa avidez de canes
famélicos, se atracaron de plátanos calientes y de café, y hasta el dependiente
pareció revivir y se le animaron los ojos. La cafetera quedó escurrida; la
tartera, como fregada. Los anfitriones, que no habían cesado de atender a las
necesidades de sus invitados, con la placentera hospitalidad de los polinesios,
se apresuraron a traer, como postre, tabaco de las islas y rollos de hojas de
pantana, para servir el papel de fumar, y sentados todos a la redonda de los
cacharros, se pusieron a aspirar humo como pieles rojas.
––Cuando un individuo desayuna a
diario, no sabe lo que tiene ––observó el dependiente.
––Ahora tenemos que resolver la comida
––––dijo Herrick, y después, poniendo en ello toda su alma: ––¡Si Dios
permitiera que fuese yo un kanaka!
––Sólo hay una cosa cierta ––––dijo el
capitán––: que estoy ya desesperado, y que preferiría ir a la horca a seguir
pudriéndome aquí por más tiempo.
Y diciendo esto, asió el acordeón y se
puso a tocar "Home,
sweet home[5]".
––¡Oh, eso no! ––gritó Herrick––. No puedo
sufrirlo.
––¡Ni yo tampoco! —dijo el capitán––.
Pero tengo que tocar algo; hay que pagar la cuenta, hijo. Y rompió a cantar
"El cuerpo de John
Brown", con una bonita y afinada voz de barítono. —“Dandy Jim de Carolina”, vino después, y le
siguieron "El atrevido Rorin", "El dulce balanceo",
"El bello país". El capitán estaba saldando la cuenta con usura, como
ya lo había hecho muchas veces antes. Con la misma moneda, había pagado más de
una comida a los indígenas, tan amantes de la música, y siempre, como ahora,
con gran contento de los vendedores.
Estaba a la mitad de "Quince
dólares en la bolsa", cantando con testaruda energía, pues la tarea no
podía serle más ingrata, cuando se notó una cierta inquietud entre los
tripulantes.
––Tapitán
Tom harry my [6]
dijo, señalando uno de ellos.
Y los tres vagos de playa, siguiendo
la indicación, vieron a un hombre con un jersey blanco y pantalón de pijama que
venía a buen paso desde la ciudad.
––¿Es aquél Tapitán Tom? preguntó el capitán
suspendiendo la música––. No me parece recordar a ese animal.
––Más vale largarnos ––dijo el
dependiente––. No tiene buena pinta.
––Ya veremos ––dijo el músico con
decisión––. No siempre se acierta a primera vista. Voy a hacer la prueba. La
música tiene encantos para ablandar al salvaje Tapitán, muchachos. Quizá demos
con una mina; quizá puede llegar a valernos hasta ponche helado en la cámara.
––¿Ponche helado? ¡Cristo! ––dijo el
dependiente––. Arránquese con algo de lo fino, capitán "Bajando el río
Sawannee": pruebe con eso.
––No, señor ––replicó el capitán––.
Tiene trazas de escocés. Y la emprendió, poniendo toda su alma, con la antigua
canción escocesa "Auld Long Syne".
El capitán seguía acercándose con la
misma prisa de hombre quehaceroso; no se notó ninguna alteración en su cara
barbuda, al subir balanceándose por el tablón; ni siquiera volvió los ojos
hacia el artista.
"...Juntos
remando en la ría
desde
que el día apuntaba
hasta
que el sol se ponía..."
El capitán Tom llevaba bajo el
brazo un paquete, que dejó sobre el techo de la caseta de bajada a la cámara, y
volviéndose de pronto hacia los intrusos: ––¡Eh, esos! ––bramó––. ¡Largo de
ahí!
El dependiente y Herrick no esperaron
a que se lo dijera dos veces, sino que huyeron in continente por el tablón. El
artista, por su parte, tiró al suelo el instrumento y, lentamente, irguió su
aventajada estatura.
––¿Qué ha dicho usted? ––dijo––. Me
están entrando ganas de darle una lección de cortesía.
––Véngame usted a mí con esas
––respondió el escocés––, y hago que le metan en la cárcel. Ya he oído hablar
de vosotros tres. No vais a andar mucho tiempo por aquí; yo os lo aseguro. El
Gobierno os tiene echando el ojo. Aquí saben entendérselas pronto con los
malditos vagos de playa; hay que hacer esa justicia a los franceses.
––Espere usted a que le atrape fuera
del barco ––dijo el capitán––, y después, volviéndose hacia la tripulación:
––¡Adiós, amigos! Vosotros sois, con todo, unos caballeros. El último negro de
entre vosotros haría mejor figura sobre una toldilla que ese puerco escocés.
El capitán Tom no se dignó
contestar; miró con despectiva sonrisa la marcha de sus huéspedes, y tan pronto
como el último de ellos hubo traspuesto el tablón, puso a los tripulantes a
trabajar en el cargamento.
Los vagos de playa siguieron su
bochornosa retirada a lo largo de la costa. Herrick iba delante, con la cara
oscurecida de puro roja, y sacudido por una rabia histérica que le hacía
temblar las rodillas, Bajo el mismo purao
donde había tiritado la noche antes, se arrojó al suelo, sollozando
ruidosamente, y enterró el rostro en la arena.
––¡Qué no me hablen!, ¡qué no me
hablen! No puedo sufrirlo.
Los otros dos, perplejos, se pararon a
su lado.
––¿Qué es lo que no puede sufrir
ahora? ––dijo el dependiente––. ¿No acaba de llenar la tripa? Todavía me estoy
rechupando.
Herrick dejó ver sus ojos enloquecidos
y su faz congestionada. "¡No puedo mendigar!" ––gritó, y volvió a
echarse boca abajo.
––Esto tiene que acabar ––––dijo el
capitán con voz entrecortada.
––¡Ya, ya! Las trazas son de que se
acerca el fin ––dijo el dependiente, riéndose con sorna.
––Él, al menos, no está tan lejos de
ello como a usted se le figura ––replicó el capitán––. Bueno añadió en tono más
animado––, vosotros me esperáis aquí, y yo voy a dar una vuelta, a ver lo que
dice mi representante.
Y dando la espalda se echó a andar,
con oscilante paso marinero, hacia Papeete.
Media hora después estaba de vuelta.
El dependiente dormitaba reclinado de espaldas contra el árbol; Herrick yacía
en el mismo sitio donde se dejó caer; nada indicaba si estaba dormido o
despierto.
––¡Eh, muchachos! ––gritó el capitán
con aquella artificiosa jovialidad suya, tan angustiosa a veces––. ¡Una
novedad! ––y sacó tres pliegos de papel de cartas, tres sobres ya franqueados y
tres lapiceros––. Podemos escribir a nuestras casas por el bergantín correo; y
el cónsul me ha dicho que puedo volver a su oficina a poner con tinta los
sobres.
––La verdad es que es una idea
––––dijo el dependiente––. No se me hubiera ocurrido.
––Fueron aquellos cuentos de anoche,
de volver a la tierra, lo que me hizo pensar en ello.
––Bueno, venga aquí. Voy a buscar un
retiro–– y el dependiente se fue a sentar a poco trecho, a la sombra de una
canoa.
Los otros se quedaron bajo el purao.
De cuando en cuando escribían una o dos palabras, y las tachaban después; a
veces se quedaban inmóviles mordiendo la punta del lápiz y contemplando el mar;
otras, miraban al dependiente, que seguía recostado en la canoa, riéndose y
tosiendo mientras hacía deslizarse el lápiz, sin pausa, sobre el papel.
––No puedo ––exclamó Herrick, de
pronto––. Me falta valor.
––Óigame usted ––dijo el capitán
hablando con desusada gravedad––, es cosa dura escribir y, más aún, escribir
mentiras, bien lo sabe Dios; pero hay que hacerlo. Nada cuesta decir que está
uno bien y contento, y que siente no poder mandar dinero en este correo. Y si
usted no lo hace, voy a decirle lo que pienso de ello; que es la señal más
clara de ser una bestia egoísta.
––Es cosa fácil hablar- dijo
Herrick––. Usted mismo, según veo, tampoco ha escrito mucho.
––¿Qué tiene usted que ver conmigo?
-exclamo el capitán. Y aunque su voz no era casi más que un murmullo, vibraba
en ella la emoción––. ¿Qué sabe usted de mí? Si usted hubiera mandado la mejor
fragata que salía de Portland,
si usted hubiera estado borracho en su litera cuando chocó contra las
rompientes en el grupo de las Catorce Islas, y no hubiera tenido el buen
sentido de seguir en la cama y ahogarse, en vez de subir a cubierta y dar
órdenes de beodo y hacer que se perdieran seis vidas... ¡entonces podía usted
hablar! Ahí está ––continuó más tranquilo––: esa es mi historia, y ahora ya la
sabe. Muy bonita para un padre de familia. Cinco hombres y una mujer
asesinados. Sí, había una mujer a bordo, y que no tenía por qué estar allí,
además. Supongo que la hice ir al Infierno, si es que lo hay. No me atreví ya a
volver a casa; y la mujer y los chicos se fueron a Inglaterra con mi suegro. No
sé qué ha sido de ellos ––añadió con un trágico encogimiento de hombros.
––Muchas gracias, capitán ––dijo
Herrick––. Nunca le aprecié a usted tanto.
Se dieron un apretón de manos, corto y
fuerte, apartando las miradas para ocultar su enternecimiento.
––Y ahora, ¡ánimo y a inventar
mentiras! dijo el capitán.
––Yo desisto de escribir a mi padre
––contestó Herrick; con una concentración de los labios que pretendía ser una
sonrisa––. Lo intentaré con mi novia, para mudar de males.
Y he aquí lo que escribió:
"He tachado, Emma, el
comienzo de esta carta, que iba dirigida a mi padre, porque me parece más fácil
escribirte a ti. Este es mi último adiós a todos, lo último que has de oír de
un amigo y de un hijo indigno. He fracasado en la vida; estoy caído y
desterrado. Me oculto bajo un hombre falso: tendrás tú que decir esto a mi
padre, con la ayuda de toda tu bondad. La culpa es sólo mía. Yo sé que si
hubiera puesto en ello todo mi voluntad, me habría abierto camino; y sin
embargo, te juro que hice cuanto pude para ponerla. No puedo soportar la idea
de que pienses que no lo intenté. Porque os quería a todos; no dudéis nunca de
eso, y tú, menos que nadie. Nunca dejé ni por un momento de amarte; pero ¿qué
valía mi amor? ¿y qué valía yo mismo? No tenía la hombría del último hortera,
no era capaz de trabajar para hacerte mía; ahora te he perdido, y por ti
debería alegrarme de ello. Cuando llegaste a casa de mi padre (¿Te acuerdas de
aquellos tiempos? Quiero que te acuerdes?), viste lo mejor que había en mí,
todo lo que yo tenía de bueno. ¿Te acuerdas de aquel día en que te cogí la mano
y no quería soltarla?... ¿y del día en que estábamos mirando una barcaza desde
el puente de Battersea, y
empecé a contarte una de mis fantástica tonterías y de pronto, sin poderme
contener, te dije que te amaba?... Aquél fue el principio, y éste es el fin.
Cuando hayas leído esta carta, levántate y dales a todos un beso de despedida:
a mis padres, a los pequeños, uno por uno, y al pobre tío, y diles a todos que me
olviden y olvídame tú misma. Echad la llave a la puerta: que no vuelva a entrar
ningún pensamiento de mí; no os ocupéis más del pobre fantasma que pretendió
pasar por un hombre y te robó tu amor. El desprecio de mí mismo me desgarra el
corazón mientras escribo. Debería decirte que estoy bien y contento, y que nada
me falta. No logro precisamente hacer dinero, y por eso no mando nada; pero
estoy bien cuidado, tengo amigos, vivo en un paraje y en un clima tan bellos
como los que imaginábamos en nuestros sueños, y no hay para qué malgastar
compasión en mí. Debes comprender que, en sitios como éste, es fácil vivir, y
aun vivir bien, pero a menudo es muy difícil ganar seis peniques en dinero.
Explica esto a mi padre y lo entenderá. No tengo más que decir, aunque no me
decido a acabar, deteniéndome al marcharme, como huésped que se va de mala
gana. Que Dios te bendiga. Piensa en mí por última vez, tal como estoy aquí, en
una playa luminosa, el mar y el cielo de un azul violento, las olas enormes
retumban allá lejos, al romper sobre la barrera del arrecife, donde se asienta
una isla, toda verde, de palmeras. Estoy sano y fuerte. Más agradable es morir
así, que acabar enfermo con vosotros en torno de mi cama. Y, con todo, me estoy
muriendo. Este es mi último beso. Perdona, olvida al indigno..."
Hasta aquí había escrito, y el papel
estaba ya lleno, cuando tornó a su memoria el recuerdo de veladas junto al
piano, y el de aquella canción... la obra maestra del amor, en la que tantos
han encontrado la expresión de sus más entrañables pensamientos: “¡Einst, O wunder!",
añadió a lo escrito. No hacía falta más: sabía que en el corazón de su
amada el contexto surgiría al punto, evocando maravillosas imágenes y armonías;
haciendo sentir cómo, a través de toda la vida, su nombre había de vibrar en
los oídos del amante, y su eco se repetiría en todos los sonidos de la
naturaleza; y que, cuando la muerte viniera para él y su ser se desintegrase,
la memoria de ella subsistiría entre sus elementos dispersos.
"Un día, ¡oh milagro!, de las
cenizas de mi corazón brotó una flor..."
Casi a la vez acabaron sus cartas
Herrick y el capitán, y los dos respiraban anhelosamente y sus miradas se
cruzaron, y se esquivaron al cerrar los sobres.
––Lástima que tenga la letra tan
grande ––dijo el capitán malhumorado––. Todo me salió de golpe, en cuanto logré
empezar. ––Lo mismo a mí ––dijo Herrick––. Podía haber llenado una resma, una
vez lanzado; pero harto larga es, para lo bueno que tenía que contar.
Estaban aún escribiendo las
direcciones, cuando el otro se acercó sonriente y jugueteando con su sobre,
como hombre muy satisfecho. Miró por encima del hombro de Herrick.
––¡Hola! ––exclamó––. Usted no ha
escrito a su casa.
––Sí, he escrito ––contestó Herrick––.
Es una persona que vive en casa de mi padre. ¡Ah! ya veo lo que quiere decir...
––añadió––. Mi verdadero apellido es Herrick. Se acabó el Hay los dos habían
usado el mismo seudónimo––. Yo era tan Hay, me figuro, como usted.
––¡Eso se llama pegar en la diana! Yo
me llamo Huish, si quiere usted saberlo. Todo el mundo gasta nombre falso en el
Pacífico. Apuesto diez contra uno a que le pasa igual al capitán.
––Así es contestó éste––; y no he
vuelto a decir el mío desde el día en que arranqué la primera hoja de mi
Browditch y la tiré al mar. Me llamo John Davis. Yo soy el Davis del Sea Ranger.
––¡Con que es usted! dijo Huish––. ¿Y qué clase de barco era?
¿negrero o pirata?
––Era la fragata más velera del puerto
de Portland, en
Maine; y,
de la manera que la perdí, es como si la hubiera abierto un agujero en el
costado, con un taladro.
––¿De modo que la perdió usted, eh?
––––dijo el dependiente––. Supongo que estaría asegurada.
Como esta pulla se quedó sin
respuesta, Huish, que aún rebosaba de vanidad y ganas de conversación, cambió
de tema.
––Me están dando ganas ––dijo–– de
leerles mi carta. Sé manejar una pluma cuando quiero, y ésta es la primera. Se
la he escrito a una chica de un bar con quien me tropecé en Northampton: era una hembra
extra y con un garbo y un aire que no había más que pedir; y nos empalmamos en
cuanto nos vimos, como los de las comedias. Lo menos me gasté con ella el
cambio de un billete de cinco libras. Pues, por casualidad, me he acordado de
su nombre y la he escrito y le digo que me he hecho rico y me he casado en las islas
con una reina, y vivo en un palacio despampanante. ¡Qué de bolas! Tengo que
leerles el párrafo donde digo cómo abrí el parlamento de negros, con un
tricornio. Verdaderamente es de primera.
El capitán se incorporó de un salto,
dando un rugido.
––¿Para eso le ha servido el papel que
yo fui a mendigar al Consulado?
Quizá fue una suerte para Huish
––seguramente; al cabo, una desgracia para todos–– que en aquel momento preciso
le acometiera uno de los terribles accesos de tos; de otro modo sus compañeros
le hubieran abandonado: tan fiero era su resentimiento. Cuando el ataque hubo
pasado, el dependiente alargó la mano, cogió la carta, que se había caído al
suelo, y la rasgó en pedazos, con sello y todo. ––¿Están satisfechos? preguntó
frunciendo el ceño.
No hablemos más de ello ––contestó
Davis.
III
LA
ANTIGUA PRISION.–– EL DESTINO LLAMANDO A LA PUERTA
La prisión abandonada, que por tanto
tiempo había servido de cobijo a los desterrados, era una construcción baja y
rectangular, en la esquina de una frondosa avenida, al Poniente de la ciudad y
no muy lejos del Consulado británico. En el interior había un patio cubierto de
hierba y de escombros, con señales de haber acampado allí huéspedes
trashumantes. Seis o siete celdas tenían su entrada por el patio, y sus
puertas, que un día sirvieron para encerrar balleneros amotinados, se pudrían
derrumbadas sobre la hierba. No quedaba ninguna traza de su pasado destino, a
no ser las enmohecidas rejas de las ventanas.
El piso de una de las celdas había
sido, en parte, desescombrado; junto a la puerta había un balde lleno de agua
––último utensilio casero de los tres miserables–– y la mitad de una cáscara de
coco, para servir de vaso; y sobre unos restos de estera, estaba durmiendo
Huish, esparrancado, con la boca abierta y el rostro cadavérico. El fulgor de
la tarde tropical, al que el follaje iluminado por el sol daba un tono verdoso,
se filtraba en aquel lugar sombrío, por la puerta y la ventana; y Herrick, que
se paseaba recorriendo de un extremo a otro el suelo de coral, se detenía de
cuando en cuando para lavarse la cara y el pescuezo con el agua tibia del
balde. Todos sus pasados sufrimientos, la noche de insomnio, los insultos de la
mañana y el suplicio de escribir la carta, le habían puesto en ese estado de
ánimo en que el dolor es casi una voluptuosidad, el tiempo se reduce a un mero
punto, y la muerte y la vida son cosas indiferentes. Marchaba de un lado a
otro, como bestia enjaulada; su espíritu revoloteaba errante por el mundo del
pensamiento y la memoria; sus ojos, según andaba, recorrían casi sin verlos los
letreros escritos en las paredes. De ellos estaba casi cubierto el revoco, que
se iba desmoronando: nombres tahitianos, franceses, ingleses, y toscos dibujos
de barcos navegando y de hombres esposados.
Le vino de pronto la idea de que él
también debía dejar en aquellos muros el recuerdo de su paso. Se detuvo frente
a un espacio limpio, sacó el lápiz, y meditó. La vanidad, tan difícil de
extirpar, se despertó en él. Hemos dicho vanidad, acaso con injusticia. Más
bien fue la mera sensación de su existencia lo que le impulsó; el sentimiento
de su vida ––e1 más grande milagro––, el cual apenas estaba asido con un dedo.
En sus nervios desquiciados surgió el intenso presentimiento de un cambio que
se acercaba; no podía decir si para bien o para mal: una mudanza, no sabía
más... un cambio que, velada la inescrutable faz, se acercaba con cauteloso
silencio. Con aquel pensamiento, vino la visión de una sala de concierto, las
ricas tonalidades de los instrumentos, el callado auditorio y la voz sonora de
la sinfonía. "El destino llamando a la puerta", pensó; trazó un
pentagrama en el yeso y escribió en él la famosa frase de la "Quinta
Sinfonía". "Así", siguió pensando, "sabrán ellos que amé la
música y tenía gustos clásicos. ¿Ellos? Supongo que él: el ignorado espíritu
fraternal que vendrá algún día y leerá mi menor esquela. ¡Ah,
y sabrá también latín!" Y añadió: "terque
quaterque beati Queis ante ora patrum ".
Volvió otra vez a su agitado paseo,
pero ya con el sentimiento, absurdo y consolador, del deber cumplido. Aquella
mañana había cavado su sepultura; ahora había escrito el epitafio; los pliegues
de la toga estaban en orden. ¿Por qué retardar el detalle trivial que faltaba
por hacer? Se detuvo y miró largo rato la cara de Huish dormido, paladeando el
desencanto y el asco de la vida. Se provocaba náuseas contemplando la vil
fisonomía. ¿Podía aquello continuar? ¿Qué es lo que ahora le sujetaba? ¿No
tenía derechos... y sí sólo la obligación de seguir adelante, sin tregua o
liberación, y soportar lo insoportable? Ich trage unertrdgliches:
la cita volvió otra vez a su memoria; repitió toda la composición, quizá la más
perfecta del más perfecto poeta, y una de sus frases le hirió como un puñetazo:
Du, stolzes
Herz, du hast es ja gewollt? ¿Dónde estaba el orgullo de su
corazón? Y se revolvía frenético contra sí mismo, insultándose ––––como nos
obstinamos en hurgar una muela dolorida––, con un morboso placer en su propio
menosprecio. "No tengo dignidad, no tengo corazón, no tengo
virilidad" pensaba––, o si los tengo, ¿Para qué prolongar una vida más
vergonzosa que la horca? Sin orgullo, sin capacidad, sin fuerza... ¡Sin poder
ni siquiera ser un bandido! Y estar aquí pereciendo de hambre con seres peores
que bandidos...
La rabia contra su compañero le
arrebató, y amenazó al durmiente sacudiendo ante él un puño tembloroso.
Se oyeron pasos rápidos. El capitán
apareció en el umbral de la celda, jadeante, con una boba expresión de contento
en la cara enrojecida. Traía en los brazos una hogaza de pan y botellas de
cerveza, y los bolsillos de la chaqueta repletos de cigarros. Extendió sus
tesoros en el suelo, cogió a Herrick por ambas manos y soltó una carcajada.
––¡Descorchad la cerveza!
vociferaba––. Descorchad la cerveza y gritad: ¡aleluya!
––¿Cerveza? ––repitió Huish
incorporándose trabajosamente.
––¡Cerveza! ––contestó Davis––.
¡Cerveza y abundante! Cualquier número de personas puede usarla (como las
pastillas dentífricas de Lyon) con
perfecta seguridad y limpieza. ¿Quién va a oficiar?
––Me pinto solo para eso ––dijo el
dependiente––. Rompió los cuellos de las botellas con un trozo de coral y, uno
tras otro, bebieron en la cáscara de coco.
––Ahora, un cigarro ––dijo Davis––.
Todo entra en la cuenta.
––¿Qué ocurre? ––preguntó Herrick.
El capitán se puso de pronto serio:
––A eso iba––dijo––. Necesito hablar aquí con Herrick. Usted, Hay... o Huish,
o lo que quiera que se llame, coja un cigarro y la otra botella, y se va a ver
de dónde sopla el viento, allí, junto al purao.
Yo le llamaré cuando haga falta.
––¿Qué hay? ¿Secretos? Eso no es
decente ––––dijo Hish.
––Mire usted, hijo ––siguió el
capitán––. Este es un negocio muy serio y ándese con cuidado con lo que hace.
Si usted va a poner dificultades, puede manejárselas como le dé la gana y
quedarse aquí plantado, solito. Pero, entiéndalo bien: si Herrick y yo nos
vamos, cargamos con la cerveza, ¿sabe?
––No es que quiera meter cucharada
donde no me llaman. Me voy, y buen provecho. Venga la cerveza. Ya pueden hablar
hasta que se les caiga la lengua, por lo que a mí me importa. Creo que no está
bien entre amigos; eso es todo.
Y salió, bamboleándose y gruñendo, de
la celda a la luz cegadora del sol.
El capitán le siguió con la mirada
hasta que traspuso el patio; después se volvió hacia Herrick.
––¿Qué es ello? preguntó éste con la
lengua trabada.
––Voy a decírselo. Necesito
consultarle. Es una ocasión que se nos ha presentado... ¿Qué es eso? ––exclamó,
señalando la música escrita en la pared.
––¿Cuál? preguntó el otro––. ¡Ah!
eso... Música; es una frase de Beethoven
que estaba escribiendo. Quiere decir: "El destino llamando a la
puerta".
––¿De veras? ––––dijo el capitán
bajando la voz; y se acercó y examinó la inscripción––. ¿Y esto otro en
francés? preguntó, señalando las palabras latinas.
––No es nada, sólo quiere decir que
más me valiera haber muerto en mi tierra ––contestó, impaciente, Herrick––.
¿Qué asunto es ese?
––“El destino llamando a la
puerta" ––repitió el capitán, y volviéndose a mirarle––. Eso es, Mr. Herrick, eso viene
a ser, poco más o menos.
––¿Qué quiere usted decir? Explíquese.
Pero el capitán se había quedado otra
vez mirando a la música.
––¿Cuánto hará que escribió usted esos
garabatos?
––¿Pero, qué importa? ––exclamó
Herrick–– Hará cosa de media hora.
––¡Por Dios que es extraño! ––exclamó
Davis––. Algunos llamarían a eso casualidad; pero yo, no. Esto y subrayó la
música. con un dedo fornido––, esto es lo que yo llamo Providencia.
––Dice usted que se nos presenta una
ocasión.
––Sí, señor ––dijo el capitán dando la
vuelta de pronto y quedando cara a cara con su compañero––. Eso he dicho. Si es
usted el hombre por quien yo le he tomado, tenemos una ocasión.
––No sé por lo que me ha tomado usted.
Difícil le sería tomarme por algo que fuera bastante bajo.
––¡Chóquela usted, Mr. Herrick! Yo le
conozco. Es usted un caballero y un hombre de alma. No quería hablar delante
del bicho; ya verá usted por qué. Pero a usted se lo diré todo. Tengo un barco.
––¿Un barco? ––gritó Herrick––. ¿Cuál?
––Aquel pailebot que vimos esta mañana
a la boca del puerto.
––¿El pailebot con la bandera de
cuarentena?
––Ese es el bote ––––dijo
Davis––. Se llama el Farallone;
ciento sesenta toneladas de registro; despachado de San Francisco para Sidney con champaña de
California. El capitán, el segundo y un marinero, muertos de viruela; me figuro
que de la misma que ha habido en las islas Pomotú. El capitán y segundo, eran
los únicos blancos a bordo. Todos los demás tripulantes, kanakas: parece un
equipo raro para un barco que sale de un puerto cristiano. Sólo quedaron tres
de ellos y un cocinero; no sabían dónde estaban; y yo tampoco puedo imaginarme
cómo han venido a parar aquí. Wiseman, el capitán, debía de estar curda para
seguir la derrota que traía. De todos modos, muerto estaba, y allí estaban los
kanakas completamente perdidos. Anduvieron de aquí para allá en la mar, como
los niños del cuento en el bosque, y fueron a dar de cabeza en Tahití. El
cónsul se hizo aquí cargo del barco. Ofreció el puesto a Williams; no había
tenido nunca la viruela, y se echó atrás. Entonces fue cuando yo llegué para
pedir el papel de cartas; me figuré que algo había, porque el cónsul me dijo que
volviera otra vez por allí; pero no os quise decir nada, para evitaros un
desengaño. El cónsul probó con M'Neil; tenía miedo a la viruela. Probó con ese
corso Capirati y con Lebleu, o como se llame, y no quisieron poner mano en la
cosa, todos tenían gran apego a la vida. Al fin, cuando ya no quedaba nadie a
quien ofrecérselo, me lo ofreció a mí. "Brown, ¿quiere usted embarcar de capitán y
llevar el barco a Sidney' ––me dijo––. "Déjeme escoger mi segundo y otro
marinero blanco", le contesté, "porque no me entiendo con la
jeringonza de esa tripulación kanaka; denos dos mesadas adelantadas, para
desempeñar las ropas y los instrumentos, y esta noche hago inventario, completo
las provisiones y me hago a la mar mañana, antes de oscurecer." Eso es lo
que le dije. "No está mal", respondió el cónsul, "y puedo decir
a usted que ha tenido una suerte loca, Brown". Y lo dijo, además, con mucho retintín.
Pero eso ya poco importa. Voy a embarcar a Huish de marinero por supuesto, le
dejaré alojarse a popa–– y le embarcaré a usted de piloto con setenta y y cinco
dólares al mes,
y dos mesadas de adelanto.
––¿Piloto yo? ¡No ve usted
que soy hombre de tierra adentro! ––exclamó Herrick.
––Pues se me figura que tendrá usted
que aprender ––––dijo el capitán––. ¿O acaso había usted creído que iba a darle
esquinazo y dejarle aquí pudriéndose en la playa? No soy de ese género, amigo
mío. Y usted, de todos modos, es persona hábil; con otros peores he navegado.
––Dios sabe que no puedo rehusar
––––dijo Herrick––. Dios sabe que se lo agradezco de todo corazón.
––Todo eso está muy bien —dijo el
capitán––. Pero no es eso todo y se volvió de lado para encender un cigarro.
––¿Pues qué más hay? preguntó el otro,
con súbita e indefinible alarma.
––A eso voy ––––dijo Davis, y se quedó
un rato callado––. Vamos a ver... ––comenzó, dando vueltas al cigarro entre el
pulgar y el índice ––figúrese usted que echa la cuenta de lo que con ello vamos
a ganar. ¿No se hace usted cargo?... Pues bien, cogemos dos mesadas por
adelantado, no podemos salir de Papeete ––los acreedores no nos dejarían
irnos–– por menos; nos va a llevar un par de meses el arribar a Sidney, y cuando hayamos
llegado allí... quiero que usted me diga: ¿Qué habremos salido ganando?
––Cuando menos, habremos escapado de
la playa ––––dijo Herrick.
––Me figuro que hay una playa en Sidney ––replicó el
capitán––, y voy a decirle una cosa, Mr. Herrick: no tengo intención de hacer
la prueba. No, señor; Sidney no
me verá el pelo.
––Hable usted claro.
––Claro como el agua ––replicó el capitán––.
Voy a apropiarme ese pailebot. No es cosa nueva; ocurre todos los años en el
Paco. Stephens robó un pailebot el otro día, ¿no es cierto? Hayes y Pease no
hacían otra cosa. Y eso sería la salvación de todos nosotros. Vamos a ver:
¡piense usted en ese cargamento de champaña! ¡Pues si es como si lo hubieran
hecho a propósito! En el Perú vendemos el vino en la punta del muelle, y el
paílebot detrás, si encontramos un idiota que lo compre, y en seguida salimos
disparados para las minas. Si cuento con usted, pongo la cabeza a que salgo
adelante.
––Capitán ––dijo Herrick con voz
temblona––, no haga usted eso.
––Estoy desesperado. Se me ha
presentado una salida; puede que nunca se me presente otra. Herrick, consienta
usted, ayúdeme. Me parece que hemos estado bastante tiempo pereciendo juntos de
hambre, para que usted no me lo niegue.
––No
puedo; lo siento. No es posible. Aun no he descendido hasta eso ––dijo Herrick
mortalmente pálido.
––¿Qué dijo usted esta mañana? ¿Qué
no podía pedir limosna? Pues tiene que ser o una cosa y otra, hijo mío.
––¡Sí, pero eso es la cárcel!
––exclamó Herrick––. No me tiente usted. Eso es la cárcel.
––¿No oyó lo que dijo el patrón a
bordo de aquel pailebot? prosiguió el capitán––. Pues le digo a usted que
estaba en lo cierto. Harto tiempo nos han dejado en paz los franceses; eso no
puede durar; ya nos han echado el ojo encima y, tan fijo como está usted ahí,
que antes de tres semanas, usted y yo estamos en la cárcel, hagamos lo que
hagamos. Se lo leí al cónsul en la cara.
––Usted se olvida, capitán, que queda
otro camino. Puedo morir, y, para decir verdad, debí hacerlo hace tres años.
El capitán se cruzó de brazos y miró
al otro a la cara.
––Sí ––dijo––; sí, puede usted
cortarse el pescuezo: es una verdad como un templo; y buen provecho le haga. ¿Y
yo? ¿Qué es lo que va a ser de mí?
Una extraña exaltación iluminó la cara
de Herrick.
––Los dos ––dijo—, los dos juntos. No
es posible que a usted le guste hacer eso. Venga conmigo y alargó, tímidamente,
una mano––, unas brazadas en la laguna y... ¡el descanso!
––Créame usted que estoy casi tentado
a contestarle como el de la Biblia. "¡Vade retro, Satanás!" ––dijo el
capitán––. ¿Qué, piensa usted que voy a ahogarme, yo, que tengo los hijos en la
miseria? ¡Gustarme! ¡No! ¡Ya lo creo que no me gusta!; pero tengo que arrimar
el hombro, y lo arrimaré hasta que me caiga a pedazos. Ya ve, tengo tres: dos
chicos y la niña, Ada. Lo malo está en que no es usted padre.
Sepa usted, Herrick, que yo lo quiero bien prosiguió, conmovido––; al principio
no apencaba con usted; me parecía tan entontecido y tan inglés...; pero ahora
le quiero. Y es un hombre que le quiere el que está aquí, luchando con usted.
Yo no puedo hacerme a la mar sólo con el bicho; no puede ser. Váyase usted y
tírese al agua, y allá se va mi última esperanza, la última que le queda, a un
pobre bestia desgraciado, de ganar un mendrugo de pan para los suyos. No sirvo
más que para navegar barcos, y me han retirado mis títulos. Y aquí se me
presenta una salida ¡y usted se me echa atrás! ¡Ay! ¡Usted no tiene familia y
ahí está la dificultad!
––Sí la tengo.
––Sí, ya lo sé ––siguió el capitán––;
usted cree que la tiene. Pero nadie tiene familia hasta que no tiene hijos. Los
pequeños son los únicos que cuentan. Tienen no sé qué los chiquitines... No
puedo hablar de ellos. Y si a usted le importa un centavo por ese padre de
quien habla o por esa novia a la que escribía esta mañana, sentiría lo mismo
que yo. Se diría: "¿Qué importan las leyes, y Dios y todo lo demás? Mi
gente lo pasa mal, yo les pertenezco y voy a buscarles pan, o ¡por Cristo! voy
a hacerlos ricos, aunque tenga que pegar fuego a Londres para lograrlo".
Eso se diría usted, y le digo más... su corazón se lo está diciendo en este
mismo instante; se lo veo en la cara. Usted está pensando: "Menguada
amistad esta para con el que ha compartido conmigo la miseria; y en cuanto a la
muchacha de quien pretendo estar enamorado, ¿Qué clase de amor enclenque es el
mío, que no me hace llegar hasta donde casi todos irían sólo por una
cantimplora de whisky? No me parece que haya mucho de novelesco en ese amor; no
es del género de que tratan los libros de versos. Pero, ¿Para qué hablar más,
cuando todo lo está usted viendo en su interior, claro como en un libro? Se lo
pregunto por última vez: ¿Me va a abandonar en la hora de necesidad? ––¡ya ve
si yo le he abandonado!––, ¿o me va a dar la mano y probar de nuevo la suerte,
y volver a su casa, quizá, millonario? Diga usted que no y ¡Dios se apiade de
mí! Diga que sí, y haré que las criaturas recen por usted todas las noches de
rodillas. "¡Bendito sea Mr. Herrick!",
dirán, mientras la parienta hace solitarios al pie de la cama, y los pobres
inocentes... ––y aquí se le ahogó la voz en la garganta––. Pocas veces me
suelto a hablar de los pequeños dijo––, pero cuando lo hago... pierdo los
estribos.
––Capitán ––dijo Herrick con voz
débil––, ¿no queda nada más?
––Voy a profetizar, si usted quiere
––continuó aquél con nuevo vigor––. Niéguese a esto, porque se cree usted
demasiado honrado, y le doy mi palabra de que antes de un mes está usted en la
cárcel por ratero. Estoy viendo, aunque usted no lo vea, que ya no puede más.
No piense que, si rehúsa esta ocasión, va a seguir haciendo vida evangélica; ya
no puede estirar más la cuerda, y antes de que se dé cuenta de dónde está, va a
encontrarse ya del otro lado. No; tiene usted que elegir entre esto o
Caledonia. De seguro que no ha estado nunca allí y que no ha visto a aquellos
hombres blancos, afeitados, con un traje de color de polvo y sus sombreros de
paja, vagando en cuadrillas por Numea, a la luz de los faroles; parecen lobos,
y parecen predicadores, y parecen enfermos; Huish es una rosa de Mayo comparado
con el mejor de ellos. Pues esa va a ser su compañía. Están aguardándole,
Herrick, y tiene usted que ir, y esa es una profecía.
Y era cierto que en la alta figura,
rígida y temblorosa, de aquel hombre, parecía haber descendido el espíritu
profético y que era capaz de pronunciar oráculos. Herrick le miraba y apartó
los ojos; sentía que no era decoroso observar aquella agitación; y sentía
también que su ánimo se debilitaba.
––Habla usted de volver a nuestras
casas ––objetó––. Eso jamás podríamos hacerlo.
––Nosotros,
sí ––contestó el otro––. El capitán Brown no podría, ni el Mr. Hay, que se embarcó
con él como piloto. Pero, cándido, ¿qué tienen esos que ver con el capitán
Davis o con Mr. Herrick?
––Pero Hayes tenía esas islas
desiertas donde refugiarse ––fue la última y débil objeción.
––Nosotros tendremos la isla desierta
del Perú. Fue lo bastante despoblada para Stephens, que se marchó allá aún no
hace un año. Supongo que lo será también para nosotros.
––¿Y la tripulación?
––Todos kanakas. Vamos, ya veo que se
va aviniendo a razones. Ya veo que no se echa atrás.
Y el capitán, una vez más, le tendió
la mano.
––Que sea lo que usted quiera ––dijo
Herrick––. Lo haré: cosa extraña es para el hijo de mi padre. Pero lo haré.
Estaré a su lado, para bien o para mal.
––¡Dios le bendiga! ––exclamó el
capitán, y guardó silencio––. Herrick ––añadió después sonriendo––, creo que me
hubiera caído muerto si hubiera usted dicho: ¡no!
Y Herrick, viéndole, también estuvo a
punto de creerlo.
––Y ahora, vamos a decírselo al bicho
––dijo Davis.
––No sé cómo lo tomará dijo Herrick.
––¿Ese? Saltando de gusto.
IV
LA
BANDERA AMARILLA
El pailebot Farallone estaba muy alejado, entre las puntas de la entrada, donde
el práctico, despavorido, se había apresurado a fondearlo y a escapar. Mirando
desde la playa, por entre la estrecha fila de barcos anclados, dos cosas se
destacaban, conspicuas, hacia el mar: de un lado, la isla minúscula, con sus
penachos de palmeras y las cañones y reductos construidos treinta años antes,
para defensa de la capital de la Reina Pomaré; de otro, el proscrito Farallone,
desterrado, allá en la boca del puerto, balanceándose hasta meter los
imbornales bajo el agua, y haciendo ondear con el vaivén la bandera de
epidemia. Algunas aves marinas piaban y chillaban en torno del barco, y a menos
de un tiro de fusil, un escampavía de la marina de guerra se mantenía sobre los
remos, y las armas de sus tripulantes despedían fugaces destellos. La intensa
luz y el deslumbrante cielo de los trópicos daban fondo y relieve al cuadro.
Un bote pulquérrimo, tripulado por
indígenas con uniformes y patroneado por el médico del puerto, desatracó de
tierra a eso de las tres de la tarde y bogó con brío hacia el pailebot. A proa
llevaba un montón de sacos de harina, cebollas y patatas, y allí encaramado iba
Huish, vestido a estilo de marinero; cofres y cajas estorbaban los movimientos
de los remeros, y a popa, sentado a la izquierda del doctor, estaba Herrick,
con un terno flamante de ropas de mar, la negra barba recortada en punta, un
fajo de folletines bajo las rodillas, y llevando cuidadosamente entre los pies
un cronómetro, que había de sustituir al del Farallone, parado desde hacía
mucho tiempo y perdida la compensación.
Pasaron junto al escampavía, cambiando
saludos con el contramaestre que lo mandaba, y, al fin, se acercaron al barco
infectado. A bordo no se movía un gato, no se oía a nadie, y como había mucha
mar fuera y el arrecife estaba cerca, el tumulto de la marejada resonaba en
torno del pailebot, como un fragor de batalla. ––¡Ohé la goélette! ––gritó el doctor, a todo pulmón.
Al punto, y saliendo de la caseta,
apareció Davis, seguido de la morena y haraposa tripulación.
––¡Hola! ¿Es usted Hay? ––dijo el
capitán, inclinándose sobre la borda––. Diga al patrón que atraque como si
fuera una caja de huevos. Hay aquí una mar tremenda y el bote es quebradizo.
El movimiento del pailebot era en
aquel momento violentísimo. Tan pronto levantaba el costado, tan alto como el
de un vapor de alta mar, dejando ver el forro relampagueante de cobre, como se
inclinaba de súbito hacia el bote, hasta que el agua penetraba burbujeando por
los imbornales.
––Usted tendrá buenas piernas
marineras ––observó el doctor––. Buena falta le van a hacer.
La verdad era que abordar el Farallone
en la posición tan poco resguardada en que estaba, requería no poca destreza.
Las cosas de menos valor se echaron a bordo como se pudo; el cronómetro,
después de muchos intentos, pasó al fin, suavemente, de unas a otras manos, y
sólo quedaba la tarea más ardua; de embarcar a Huish. Hasta aquella pieza de
peso muerto enrolado como marinero de primera clase, a dieciocho dólares al
mes, y descrito por el capitán al cónsul como un hombre inapreciable––, acabó
por ser izada a bordo sin menoscabo, y el doctor, con corteses saludos, se
despidió.
Los tres compañeros de aventuras se
quedaron mirándose unos a otros, y Davis lanzó un suspiro de satisfacción.
––Ahora dijo–– vamos a dejar colocado
el cronómetro ––y entró el primero en la cámara. Era bastante espaciosa y daba
entrada a dos camarotes y a una amplia despensa; los mamparos estaban pintados
de blanco y el piso cubierto de linoleum. Todo estaba recogido y en orden, y no
quedaban signos de anterior ocupación, pues los efectos de los fallecidos,
después de desinfectados, habían sido conducidos a tierra. Unicamente sobre
la mesa, en un platillo, ardía aún un poco de azufre, y sus emanaciones
hicieron toser a los recién llegados. El capitán asomó la cabeza en el camarote
de estribor, donde las ropas de cama estaban amontonadas en la litera y la
manta echada a un lado, tal como la habían levantado para sacar el desfigurado
cadáver.
––¡Y les había dicho a esos negros que
tirasen todo esto por la borda! ––refunfuñó Davis––. Supongo que tendrían miedo
de poner las manos en ello. Bien, al menos han baldeado por aquí, y es lo más
que podía esperarse. Huish, agarre esas ropas.
––Cójalas usted, que yo le veré de
lejos–– dijo Huish, echándose atrás.
––¿Qué es eso? ––exclamó colérico el
capitán—. Tengo que decirle, amigo mío, que se ha equivocado usted. Aquí soy el
capitán.
––Lo cual me tiene sin cuidado
––replicó el dependiente.
––¿De veras? Pues entonces va usted a
alojarse a proa con los negros. ¡Largo de esta cámara!
––¡Vamos, hombre! contestó Huish––.
¿Cree usted que me chupo el dedo? Una broma es una broma.
––Pues voy a explicarle cómo están las
cosas y va usted a ver, de una vez, todo lo que hay de broma en ello. Soy aquí
capitán, y voy a serlo de veras. Una de estas tres cosas. Primero: usted
obedecerá mis órdenes aquí, como mozo de cámara, y en ese caso vive con
nosotros. O segundo: se niega a ello, y le mando a proa... y eso a paso
acelerado. O tercero y último: hago señales al buque de guerra, y va usted a tierra
detenido por rebelión.
––¡Ah! y por supuesto, no iba yo a
descubrir todo el pastel... ¡Quia! ––replicó burlonamente Huish.
––¿Y quién iba a creerle, amigo mío?
––preguntó el capitán—. ¡No, señor! No hay nada de broma en mi
"capitanía". No hay más que hablar. Arriba con esas mantas.
Huish no tenía pelo de tonto y sabía
cuándo tenía que darse por vencido; ni tampoco era cobarde, pues se fue a la
litera, se abrazó a las ropas infectadas y las sacó de la cama sin vacilación
ni tropiezo.
––Estaba aguardando una ocasión -dijo
Davis a Herrick––. Con usted no hace falta eso, porque sabe darse cuenta.
––¿Va usted a dormir aquí? preguntó
Herrick, entrando en el camarote tras el capitán, el cual se puso a fijar el
cronómetro en su sitio, junto a la cabecera de la cama.
––¡No pienso! Me parece que me
acomodaré en cubierta. No es que tenga miedo; pero no me apetece por el momento
una viruela confluente.
––Tampoco creo yo que tenga miedo
––dijo Herrick––. Pero se me pone un nudo en la garganta al pensar en esos dos
hombres: el capitán y el segundo muriéndose aquí, el uno enfrente del otro. Es
trágico. ¿Cuáles serían sus últimas palabras?
––¿Wiseman y Wishart? erijo el
capitán––. Probablemente nada de extraordinario. Esas cosas se las figura uno
de una manera, y, en la realidad, pasan de otra muy distinta. Quizá dijese
Wiseman: "Oye, compadre, tráete el aguardiente, que la cabeza me está
dando vueltas." Y acaso dijese Wishart: "¡Vete a...
––Pues también eso es fúnebre.
––Verdad que lo es ––dijo Davis––. Ahí
está; ya está el cronómetro en su sitió. Y ya va siendo hora de levar anclas.
Encendió un puro, y salió a cubierta..
––¡Eh, tú! ¿Qué nombre tienes? ––gritó a uno de los marineros, un hombre enjuto y
esbelto, que parecía de alguna lejana isla occidental, y era de una negrura que
se acercaba a la de los africanos.
––Sally[7] Day ––replicó
el hombre.
––¡Vaya un nombre! ––dijo el
capitán––. No sabía que teníamos señoras a bordo. Bien, Sally, ten la amabilidad
de arriarme aquel trapo, y yo lo haré por ti en otra ocasión. ––Miró cómo
descendía la bandera amarilla, salvando el obstáculo de las crucetas, hasta que
la vio sobre cubierta––. No volverás a ondear sobre este barco ––observó––.
Reúna usted a la gente a popa, Mr. Hay
––añadió hablando, muy alto––. Tengo que decirles unas palabras.
Ante la idea de dar órdenes por
primera vez a los tripulantes, sentía Herrick una sensación extraña. Bendecía
la suerte de que fueran indígenas; pero hasta los indígenas, pensaba, podían
ser críticos harto agudos para un novicio como él; acaso se dieran cuenta de
cualquier desliz en el uso de ese inglés, preciso y cortado a medida, que
prevalece a bordo de los barcos, y hasta pudiera ocurrir que no se entendieran,
y rebuscaba en su magín, pasando revista a todos sus recuerdos de novelas
marítimas, para emplear las palabras justas.
––¡Eh! ––gritó––. ¡Todo el mundo a
popa!... ¡vivo!, ¡vivo!, ¡a popa! Se juntaron todos en el pasillo, como
carneros.
––Aquí están, señor dijo Herrick.
El capitán siguió mirando por algún
tiempo hacia popa, y de pronto, con fiera presteza, se volvió hacia la
tripulación y pareció deleitarse al verlos recular.
––Vamos a ver ––dijo dando vueltas al
cigarro en la boca y jugueteando con los rayos de la rueda del timón––. Soy el
capitán Brown. Tengo
el mando de este barco. Este es Mr. Hay, primer oficial. El otro blanco,
es mozo de cámara, pero hará guardias y timón cuando le toque. Mis órdenes
tienen que ser obedecidas al punto y con presteza. ¿Os enteráis?... "con
presteza". No habrá que gruñir por el kalkal, pues se dará ración
abundante. Tenéis que colocar un "míster" delante del apellido del
segundo y contestar con un "señor" a toda orden que yo dé. Si andáis
listos y despiertos haré este barco agradable para todos. ––Se quitó el puro de
la boca––. ¡Si no lo hacéis así ––bramó con atronadora voz––, voy a convertirlo
en un infierno flotante! Y ahora, Mr. Hay, vamos a escoger guardias.
––Está muy bien ––contestó Herrick.
––Tenga la bondad de añadir
"señor" cuando se dirija a mí, Mr. Hay ––––dijo el capitán––. Yo voy a
escoger a la señora. Pasa a estribor, Sally. ––Y murmuró al oído de Herrick:
––Escoja al viejo.
––Yo tomo a ese ––dijo Herrick.
––¿Cómo te llamas? ––preguntó el
capitán––. ¿Qué?, ¿cómo has dicho? Eso no es inglés; no quiero esa jeringonza a
bordo de mi barco. Te llamaremos Tío Ned el viejo, porque te falta el pelo
donde había de estar. Pasa a babor, Tío, ¿no oyes que Mr. Hay te ha escogido?
Después escojo al hombre blanco. Blanco, pasa a estribor. Y ahora, ¿cuál de los
dos que quedan es el cocinero? ¿Tú? Pues entonces, Mr. Hay se queda con tu
amigo, el de los calzones de dungarí azul. Ponte a babor, Dungarí. Bueno, ya
sabemos quiénes son todos: Dungarí, Tío Ned, Sally Day, Blanco y Cocinero. Ahora, Mr. Hay, vamos a levar
ancla, si gusta.
––¡Por Dios, dígame algunos de los
términos! ––murmuró Herrick.
Una hora después el Farallone tenía
desplegado el velamen, el timón todo a babor y el cabrestante, con alegre
tintineo, había levantado el ancla.
––¡Todo listo! ––gritó Herrick desde
la proa.
El capitán hizo girar la rueda y el
barco despertó de su reposo, saltando como un gamo, estremecido e inclinándose
bajo las ráfagas. Del escampavía salió un grito de despedida, la estela
blanqueó y se fue alargando: el Farallone estaba en marcha.
Había estado fondeado cerca del paso.
Al avanzar impetuoso, Davis le torció hacia el canal, entre las puntas del
arrecife, y a uno y otro lado las rompientes tronaban, blancas de espuma. Recto
como una flecha, siguió la estrecha banda de agua azul hacia el mar, y el
corazón del capitán, latía de gozo al sentirle temblar bajo sus pies; y,
volviéndose a mirar sobre el antepecho de la toldilla, vio los techos de
Papeete cambiar de posición en la costa y las montañas de la isla erguirse
ingentes a la zaga.
Pero aun no habían terminado con la
costa ni con el terror de la bandera amarilla. Cuando iban hacia la mitad del
paso, se oyó un grito y agitadas voces; un hombre saltó sobre la barandilla,
juntó las manos por encima de la cabeza e inclinándose hacia abajo, se zambulló
en el mar.
––Mantenga el barco firme en su
rumbo–– gritó el capitán dejando a Huish la rueda del timón.
En un instante estaba a proa en medio
de los kanakas.
––¿No hay ninguno más que quiera irse
a tierra? ––vociferó; y el fiero trompeteo de su voz, no menos que el arma que
empuñaba, puso en todos espanto. Quedáronse mirando, alelados, a su compañero
fugitivo, cuya negra cabeza se divisaba sobre el agua, dirigiéndose a tierra.
Entretanto, el pailebot se deslizó raudo por el paso, y al encontrarse con la
gran ondulación del Océano libre, lanzó por el aire un surtidor de espuma.
––¡Idiota!, ¡no haber tenido a mano el
revólver! ––exclamó Davis––. Salimos a la mar escasos de gente, y ya no podemos
remediarlo. A usted se le ha quedado su guardia coja, Mr. Hay.
––No sé cómo nos vamos a manejar
––dijo Herrick.
––Pues hay que manejarse prosiguió el
capitán––. No quiero más Tahití.
Los dos se volvieron instintivamente y
miraron hacia popa. La isla encantadora iba mostrando una tras otra las cumbres
de sus montañas; Eimeo levantaba por la amura de babor sus pináculos hendidos y
escuetos, y aún seguía el pailebot volando hacia el mar abierto.
––¡Y pensar ––exclamó el capitán con
un gesto de triunfo–– que ayer mañana tuve que bailar para comer, como un perro
de lanas!
V
EL
CARGAMENTO DE CHAMPAÑA
Se enfiló la proa para franquear Eimeo
por el Norte, y el capitán se sentó en la cámara con un mapa, una regla y un
epítome delante. Al Este, dos cuartas Norte erijo levantando los ojos de su
trabajo––. Mr. Hay,
tendrá usted que llevar la estima con el mayor cuidado; necesito saber, yarda
por yarda, lo que andamos con la menor bocanada de viento. Quiero enhebrar
derecho el barco por entre las Pomotú, y eso es siempre cosa de mucho riesgo.
Si estos vientos alíseos, que llaman del Suroeste, hubieran soplado alguna vez
del Suroeste, cosa que no han hecho nunca, podíamos tener la esperanza de no
apartarnos ni media cuarta de nuestro rumbo. Digamos que nos ceñimos hasta una
cuarta. Con eso pasaríamos Farakaba por barlovento. Sí, señor; eso tenemos que
hacer. Eso nos llevará, por entre toda esa salpicadura de islitas, al espacio
más despejado. ¿Ve? ––Y mostró el sitio donde la regla cortaba el vasto
laberinto del Archipiélago Peligroso––. Ojalá fuera ya de noche y pudiera
enfilar el barco hacia allá; estamos perdiendo tiempo y desviándonos hacia el
Este. En fin, haremos lo mejor que se pueda. Si no damos con el Perú,
arribaremos a la República del Ecuador. Todo viene a ser lo mismo, me figuro.
Pesos depreciados a tocateja y nada de preguntas. El hidalgo sudamericano es
una gran institución.
Tahití quedaba ya a buen trecho por la
popa, la constelación de la Diadema se alzaba sobre las quebradas cumbres
––Eimeo estaba ya muy próximo, destacándose, negro y fantástico, sobre el
dorado esplendor del Oeste––, cuando el capitán observó por última vez la
posición de las islas, y se echó al agua la corredera.
Veinte minutos después, Sally Day ––que a cada
momento dejaba la rueda para echar una mirada al reloj––, anunció con voz
chillona: "¡Las ocho!", y en seguida se vio al cocinero que llevaba
la sopa a la cámara.
––Me parece que voy a sentarme y tomar
un bocado con usted ––dijo Davis a Herrick––. Para cuando acabe ya habrá
oscurecido, y podremos poner la nariz del bote apuntando a América del Sur.
En la cámara, junto a una esquina de
la mesa, bajo la luz de la lámpara y al socaire de una botella de champaña,
estaba sentado Huish.
––¿Qué significa esto? ¿De dónde ha
salido eso? preguntó el capitán.
––Esto es champaña, y ha venido de la
bodega de popa, si le interesa saberlo ––––dijo Huish, apurando un jarro.
––¡Eso no se puede tolerar! ––exclamó
Davis. El horror del marino mercante por todo lo que sea infidelidad en la
custodia del cargamento, aparecía, con cómica incongruencia, a bordo de aquel barco
robado––. ¡Nunca ha venido nada bueno de cosas como esa!
No sea usted inocente ––contestó el
otro––. ¡Cualquiera creería, oyéndole, que aquí iba todo por lo legal! Y fíjese
usted: han arreglado entre los dos este negocio muy lindamente para mí,
¿verdad? Yo tengo que irme a cubierta y estar al timón, mientras que vosotros
os quedáis aquí empinando el codo hasta hartaros; yo tengo que responder a un
mote, y llamaros a vosotros "señor" y "míster". Pues
óigame, compadre: he de beber todo el champaña que me dé la gana, o esto no
marcha. Ya está dicho. Y ya sabe de sobra que ahora no hay buque de guerra a
quien hacer señales.
Davis se quedó desconcertado.
––Daría cincuenta dólares por que esto
no hubiera ocurrido ––dijo en tono débil y vacilante.
––Bueno, pues ha ocurrido ––replicó
Huish––. Pruébelo, es cosa rica.
Y, sin más lucha, el Rubicón fue
traspuesto. El capitán llenó un vaso y lo despachó de un golpe.
––Más quisiera que hubiese sido
cerveza ––dijo, dando un suspiro––. Pero lo que no se puede negar es que es
cosa buena, y barato, para lo que nos ha costado. Y ahora, Huish, váyase; es su
turno en el timón.
El mísero enanuco había ganado la baza
y se regocijaba de ello.
––Voy, señor -dijo, y dejó a los otros
dispuestos a comer.
––¡Puré de guisantes! ––exclamó el
capitán––. ¡Ya creía que no volvería a comerlo en mi vida!
Herrick seguía sentado, inerte y
silencioso. Era imposible, después de esos meses de desesperada miseria, oler
los fuertes y sabrosos guisotes marineros, bien cargados de especias, sin
codiciarlos; y la boca se le hacía agua pensando en el champaña. Y también era
imposible haber existido aquella escena entre Huish y el capitán, sin darse
cuenta, con instantánea y abrumadora certidumbre, del abismo en que había
caído. Era un ladrón entre ladrones. Eso se decía a sí mismo. No podía tocar la
sopa. De hacer algún movimiento, hubiera sido para levantarse de la mesa,
saltar por la borda y ahogarse... sin haber dejado de ser un hombre honrado.
––Vamos ––––dijo el capitán––, tiene
usted cara de enfermo, amigo; beba una gota de esto.
El champaña se cubría de espuma y
burbujeaba en el vaso; su límpida transparencia ambarina, el chispeo de la
efervescencia, atraían la mirada de Herrick. "Ya es demasiado tarde para
vacilar" pensó––; la mano asió instintivamente el vaso, bebió con
insaciable deleite y con ansia de beber más, apuró el vaso hasta dejarlo seco y
lo puso sobre la mesa, mirándolo con lucientes ojos.
––¡Hay algo bueno en la vida, después
de todo! exclamó––. Ya se me había olvidado cómo era. Sí, hasta por
esto sólo vale la pena de que se viva. Vino, comida, ropas secas... ¡qué!,
¡merece que se muera por ello, que se vaya a la horca! Dígame una cosa,
capitán: ¿por qué los pobres no son todos bandoleros?
––No lo adivino —dijo el capitán.
––Deben ser atrozmente buenos; hay
algo en eso que no alcanzo a comprender. ¡Piense en aquel calabozo! Suponga
que, de pronto, nos hicieran volver allí. ––Se estremeció como sacudido por un
escalofrío y se tapó la cara, apoyándola en los puños cerrados.
––¡Vamos, vamos!, ¿qué le pasa?
––exclamó el capitán. No recibió respuesta; los hombros de Herrick se agitaban
con tal violencia, que hacían temblar la mesa––. ¡Vaya, bébase esto, que lo
mando yo! No se ponga a llorar cuando ya ha salido del atolladero.
––No lloro -dijo Herrick mostrando los
ojos secos––. Es peor que llorar. Es el horror de esa sepultura de que hemos
escapado.
––Pues andando ahora con la sopa, eso
le va a dejar como nuevo ––––dijo, bondadoso, el capitán––. Ya le dije que
estaba usted hecho pedazos. No hubiera podido tirar otra semana más.
––¡Eso es, precisamente, lo más
tremendo! ––exclamó Herrick––. Otra semana, y hubiera asesinado a alguno por un
dólar. ¡Dios!, ¿y yo sé eso? ¿Y estoy todavía vivo? Debe ser una pesadilla.
––¡Calma!, ¡calma! La calma lo
arreglará todo, hijo. Tómese la sopa. Alimento es lo que usted necesita.
La sopa fortaleció y aquietó los
nervios de Herrick; otro vaso, una chuleta de cerdo en adobo y un plátano frito
completaron la obra reconstituyente iniciada por el puré, y ya pudo, una vez
más, mirar al capitán cara a cara.
No me figuraba que estaba hasta tal
punto aniquilado ––dijo.
––Ha estado usted firme como una roca.
todo el día, y ahora que se ha alimentado un poco, volverá a estarlo otra vez.
––Sí, me siento ahora bastante fume;
pero soy una especie rara de primer oficial.
––¡Boberías! ––exclamó el capitán––.
No tiene usted que ocuparse más que de lo que anda el barco y apuntarlo con
mucho cuidado en la pizarra. Un niño podría hacerlo, y no digamos un hombre de
universidad como usted. Este oficio de navegar no tiene nada de particular, si
bien se mira. Y ahora, vamos a poner el barco en rumbo. Traiga la pizarra;
tenemos que llevar la estima desde este momento.
A la luz de la bitácora leyeron en la
corredera la distancia navegada desde la salida y la apuntaron en la pizarra.
––Listos ––dijo el capitán––. Déjeme
la rueda, Blanco, y póngase junto a la escota de la mayor. Al aparejo de la
botavara, Mr. Hay,
y después, corra adelante y atienda a las velas de proa. .
––¡Todo listo a proa! ––gritó a poco
el capitán.
––¡Listo!
––¡Orza a la banda! volvió a gritar––,
templa el seno según va cediendo ––gritó a Huish––, cobra de la escota tirando
con el hombro. ¡Saca los pies de entre las cuerdas! ––Un inesperado puñetazo
tendió a Huish despatarrado sobre cubierta, y en el instante, el capitán había
ocupado su puesto––. ¡Arriba y mantenga el timón todo a la banda! ––rugió––.
¡Idiota!, ¡parece que se quería matar!... ¡Cambiar la escota del foque a
sotavento! ––gritó un momento después––, y luego, dirigiéndose a Huish: Déjeme
otra vez la rueda y vea si puede adujar aquella escota.
Pero Huish se quedó inmóvil y miró al
capitán con aviesa expresión: ––¿Usted sabe que me ha pegado? ––dijo.
––¿Usted sabe que le he salvado la
vida? ––replicó el otro, sin dignarse mirarle y sin apartar los ojos de la
brújula o del velamen––. ¿Dónde estaría usted ahora si la botavara da un
bandazo y le coge con los pies enredados en las cuerdas? No, señor; no se
acercará usted más a la escota de la mayor. Los puertos están llenos de
marineros como usted que andan sólo con una pata: los que han quedado vivos––. ¡Mr. Hay, amarre el
aparejo de la botavara! conque le he pegado a usted ¿eh? Pues puede usted estar
agradecido.
––Está bien ––dijo Huish lentamente––.
Puede ser que haya algo de cierto en eso. Espero que sí––. Volvió solemnemente
la espalda al capitán y entró en la cámara, donde se oyó inmediatamente el
taponazo de una botella de champaña, indicando que el ofendido Huish atendía a
su bienestar y regalo.
Herrick volvió a popa, donde estaba el
capitán. ––¿Qué rumbo lleva ahora? ––preguntó.
––Este y una cuarta al Norte. Casi
todo lo bien que yo me figuraba.
––¿Qué pensarán de ello los marineros?
volvió a preguntar Herrick.
––No piensan. No se les paga para que
piensen ––dijo el capitán.
––Ha ocurrido algo, ¿no?, entre usted
y... ––Herrick hizo una pausa.
––Es un mal bicho, un animalejo que
muerde ––––contestó el capitán moviendo la cabeza––. Pero mientras nosotros dos
marchemos juntos, eso nada importa.
Herrick se tumbó en el pasillo a
barlovento de la cámara. En el cielo estrellado no había una nube; el
movimiento del barco le acunaba, y sentía, además, la pesadez de la primera
comida copiosa después de tan largo tiempo de hambre; y fue sacado de un profundo
sueño por la voz de Davis, que anunciaba:
––"¡Las doce!„
Se incorporó medio adormilado y, con
torpe paso, se fue hacia popa, donde el capitán le entregó la rueda.
––Siga ciñéndose al viento le dijo
aquél. Viene a bocanadas; cuando llegue una ráfaga fuerte, gane todo lo que
pueda a barlovento, pero sin que las velas dejen de trabajar.
Se dirigió hacia la cámara, y, antes
de llegar, se detuvo y dio una voz llamando al rancho de la marinería: ––¿No
habría por ahí una concertina?
¡Anda, Tío Ned, tráetela a la cámara!
El pailebot se gobernaba sin esfuerzo,
y Herrick, mirando el blanco velamen iluminado por la luna, sentía invencible
somnolencia. Una repentina detonación en la cámara le hizo despabilarse: la
tercera botella había sido descorchada; y Herrick se acordó del Sea Ranger y del grupo de las Catorce Islas. En
aquel instante, sonaron las notas del acordeón y, en seguida, la voz del
capitán que cantaba:
"¡Ay,
qué dicha! Bien repletos de dinero los bolsillos,
correremos
por el muelle brincando como chiquillos.
Y
yo bailaré con Kate y
tú bailarás con Ruth,
al
llegar todos de vuelta de la América del Sur."
Y por ahí siguió la canción
ajustándose a una extraña música; y los kanakas que no estaban de––
guardia fueron acercándose para escuchar desde la puerta; se veía al Tío Ned,
en el claro de la luna, llevando el compás con la cabeza; y Herrick, al timón,
sonreía, olvidadas por un instante sus preocupaciones. Tras la primera canción
siguieron otras; se oyó un nuevo taponazo; las voces subían de tono,
alborotadas, como si la pareja que estaba en la cámara se enredase en una
pelotera; y en seguida pareció que el desacuerdo había pasado, pues fué la voz
de Huish la que se alzó después, con acompañamiento del capitán...
"Arriba
en un globo,
un
globo que suba
por
entre las estrellitas
y
dé la vuelta a la luna."
Herrick, apoyado en la rueda, sintió
una abrumadora sensación de náusea. No sabía por qué la música, la letra ––que,
sin embargo, no carecía de una cierta gracia–– y la voz y el acento del cantor
crispaban, más que sus nervios, su espíritu, como cuando se pasa una lima por
los dientes. Le asaltaban bascas al pensar en sus dos compañeros
embruteciéndose con el vino robado, riñendo, amodorrándose y despertando con el
hipo de la borrachera, mientras las puertas de un presidio les esperaban, a
pocos pasos, abiertas de par en par. "¿Habré vendido mi honor por
nada?", pensó; y un ardiente impulso de rabia y de decisión se alzó en su
pecho: rabia con los otros; decisión de llevar a buen término aquella empresa,
si era posible llevarla; sacar provecho de la vergüenza, puesto que la
vergüenza, al menos, era ya inevitable; y volver a casa, a su tierra desde la
América del Sur ––¿cómo decía la canción?–– "bien repletos de dinero los
bolsillos":
"¡Ay,
qué dicha! Bien repletos de dinero los bolsillos,
correremos
por el muelle brincando como chiquillos.."
así repetía en su mente la letra. Y la "dicha" tomó visible
forma; el muelle apareció ante él y lo reconoció: era el Embankment de Londres,
iluminado por las luces de gas, y vió las farolas encendidas del puente de Battersea, cruzando de un lado
a otro, allá en lo alto, sobre el río tenebroso. Pasó el resto de su turno de
timonel en un arrobamiento, viendo desfilar el pasado. Había sido siempre fiel
a su amor, pero no siempre asiduo en el recuerdo de la amada. En la creciente
desgracia de su vida su imagen se le había ido apareciendo más lejana e
indistinta, como la luna a través de la neblina.
La carta de despedida, aquel infamante
señuelo que le había sorprendido en su miseria haciéndole sucumbir, el cambio
de escena, el mar, la noche y la música... todo ello removía hasta lo más
profundo de su ser, y despertaba en él varoniles ímpetus. "Yo quiero que
sea mía", pensó, rechinando los dientes. "Torcido o derecho, ¿qué
importa si la consigo?"
––La dié, amo. Yo pensá son la dié––.
Estas palabras, pronunciadas por Tío Ned, le hicieron volver de pronto a la
realidad.
––Mira el reloj de la cámara, Tío
––contestó. No quería ir él por no ver a los beodos.
––Pasada ya, mi segundo ––repitió el
hawaitiano.
––Tanto mejor para ti contestó
Herrick, y le dejó la rueda, repitiéndole las instrucciones que había recibido.
Marchó hacia adelante y se detuvo de
pronto acordándose de la "estima" que se había encargado de computar.
"¿Qué rumbos ha seguido el barco?", pensó, y la sangre se le subió a
la cara. No los había observado, o ya no los recordaba: aquí estaba otra vez su
contumaz ineptitud; había que llenar la pizarra por conjeturas. "¡Nunca,
jamás!", se prometía a si mismo, en un paroxismo de callada furia.
"¡Nunca, jamás ocurrirá! No será por falta mía, si esto sale mal". Y
en lo que aun le quedaba de guardia, no se apartó de Tío Ned, y leyó el círculo
de la brújula, como acaso no había leído nunca una carta de su novia.
Durante todo el tiempo, y espoleándole
a prestar mayor atención a sus deberes, cánticos, vociferaciones, brutales
risotadas y, de cuando en cuando, el estampido de un taponazo, llegaban a sus
oídos desde el interior de la cámara; y cuando la guardia de babor fue relevada
a media noche, Huish y el capitán aparecieron sobre la toldilla dando traspiés
y con las caras encendidas, aquél cargado de botellas y éste con dos vasos de
estaño, y Herrick paso, silencioso, junto a ellos. Le llamaron con voces ceceosas;
no contestó. Le motejaron de hosco y mal criado; no hizo caso alguno, aunque
temblaba todo su cuerpo de ira y de asco. Cerró tras él la puerta de la cámara
y se tumbó sobre un arcón, no con la esperanza de dormir, sino para pensar y
exasperarse. Pero apenas había dado dos vueltas en la incómoda yacija, cuando
una voz ronca y avinotada le gritó en el oído y tuvo que volver de nuevo a
cubierta para hacer la guardia de la madrugada.
La primera noche sirvió de patrón a
todas las que la siguieron. Dos cajas de champaña apenas duraban las
veinticuatro horas, y casi todo se lo bebían Huish y el capitán. Huish parecía
pelechar con aquellos excesos; no estaba nunca sereno, ni tampoco del todo
borracho; la comida y el aire del mar le curaron pronto de su dolencia, y
empezó a echar carnes. Pero no le iba tan bien al capitán. No hubiera sido
fácil reconocer al recio y vigoroso marino de las costas de Papeete, en la
figura desmadejada y torpe, con el traje desabrochado, que se pasaba el día
tendido en los divanes, empinando el codo y leyendo novelas; en el mentecato
que hacía de la guardia de la noche una pública y vergonzosa payasada en la toldilla. Lograba
mantenerse tal cual, hasta que había tomado la altura del sol y puesto fin,
entre bostezos y borrones, a sus cálculos; pero desde el momento en que volvía
a enrollar el mapa, pasaba las horas entregado en cuerpo y alma a su vicio, o
adormilado como un cerdo ahíto. No , atendía ni a uno solo de sus deberes,
excepto el de mantener una meticulosa y severa disciplina. en cuanto a la mesa.
Una vez y otra oyó Herrick que llamaban al cocinero desde la cámara, y le vio
llegar corriendo con nuevas latas de conservas, o volver a llevarse una comida
que había sido rechazada en su totalidad, Y cuando más se hundía en la
embriaguez, el paladar se le tornaba más remilgado y descontentadizo. Una vez,
por la tarde, hizo armar un balso amarrado a la barandilla, se quedó sin otra
ropa que los calzones, y se descolgó por el costado con un tarro de pintura en
la mano. "No me gusta, dijo, la manera cómo está pintado el pailebot, y
voy a darle unos brochazos en el nombre." Pero aún no había pasado media
hora, cuando se cansó de la tarea, y el pailebot prosiguió su viaje con un
incongruente parche de color en la popa, y la palabra Farallone, mitad borrada
y mitad trasluciéndose bajo la pintura fresca. Se negó a hacer la guardia media
y la de alba. El tiempo era bonancible, decía, y preguntaba riéndose: "¿Quién
oyó nunca que el capitán hiciera guardias?" De la estima que Herrick aun
trataba de conservar, no hacía la menor atención, y no prestaba a su segundo ni
la más pequeña ayuda.
––¿Para qué queremos la estima?
preguntaba––––. ¿No tenemos el sol a mano para tomar la altura?
––Puede faltarnos, sin embargo
––arguyo Herrick––. Y usted mismo me ha dicho, no lo olvides que no estaba muy
seguro del cronómetro.
––¡Bah! No vaya usted a creer que le
han entrado moscas al cronómetro.
––Hágame al menos un favor, capitán
––dijo Herrick secamente––. Tengo interés en llevar esa estima, que es una
parte de mi deber. No sé el abatimiento de la corriente, ni cómo computarlo. No
tengo ninguna práctica y le ruego que me ayude.
––¡No hay que desanimar a un oficial
celoso! ––dijo el capitán volviendo a desenrollar el mapa, pues Herrick le
había sorprendido en su trabajo cotidiano, cuando aún no estaba más que a
medios pelos––. Aquí está: mírelo usted mismo, algo entre el Oeste y el
Noroeste, y algo entre cinco millas y veinticinco. Eso es lo que dice el mapa
del Almirantazgo; y me figuro que no pretenderá usted saber más que sus propios
sabios británicos.
––Yo trato de cumplir mi deber,
capitán Brown ––dijo
Herrick con la faz encendida y amenazadora––. Y tengo el honor de poner en su
conocimiento que no me divierte que jueguen conmigo.
––¿Qué diablos es lo que usted quiere?
––vociferó Davis––. Váyase a estarse mirando la pijotera estela. Si anda tras
de cumplir su deber, ¿por qué no se va ahora mismo a cumplirlo? ¿Le parece que
es oficio mío ir a asomar la jeta por detrás de las posaderas del barco? Pues
yo creo que lo es de usted. Y no me venga haciéndose el señoritaco conmigo. Es
usted un insolente, y ahí es donde está el mal. Y no me atosigue ni me maree,
señor Herrick Esquife[8].
Herrick desgarró sus papeles, tiró al
suelo los pedazos y se fu de la cámara.
––Se está volviendo un aristócrata, ¿verdad? dijo Huish con su risa
maligna.
––Se cree muy por encima de nosotros;
eso es lo que le pasa a Herrick Esquife dijo furioso el capitán––. Se cree que
no le entiendo cuando viene con ínfulas de personaje. Con que no le place
nuestra compañía ¿eh? ¿Con que no quiere dirigirnos la palabra? Pues voy a
tratar a ese mamarracho como se merece. ¡Por Cristo, Huish, que voy a enseñarle
a que no se crea por encima del capitán Davis!
––Ojo con los nombres, Capi ––dijo
Huish, que era siempre el más sereno––. ¡Cuidado con los tropezones, muchacho!
––Está bien, tendré cuidado. Usted es
de los que a mí me gustan, Huish. Al principio no me entraba usted, pero ahora
me va pareciendo bien. Vamos a abrir otra botella––. Y aquel día, acaso por la
excitación de la disputa, bebió más que nunca, y, antes de las cuatro, estaba
tumbado, sin conocimiento,, en el arcón.
Herrick y Huish cenaron solos, uno
después del otro, frente a la humanidad yacente, abotargada y roncadora, del
capitán. Y si el espectáculo cortó a Herrick el apetito, la soledad abrumó de
tal manera los ánimos del dependiente, que apenas se había levantado de la
mesa, cuando ya estaba tratando de congraciarse con su antiguo compañero.
Herrick estaba al timón cuando
apareció Huish y se apoyó en la bitácora, diciéndole en tono confidencial:
––Oiga usted, compadre; parece como si
usted y yo, no sé por qué, no congeniáramos tanto como antes.
Herrick siguió moviendo la rueda en
silencio; su mirada, que iba sin cesar de la aguja a la concavidad de la vela
mayor, pasaba sobre el dependiente sin notar su presencia. Pero Huish estaba
realmente aburrido, cosa difícil de soportar para un hombre como él, que
carecía de recursos propios. La idea de un rato de charla confidencial con
Herrick, en el punto a que habían llegado sus relaciones, ofrecía, para una
persona de su carácter, peculiares atractivos. De otro lado, la bebida que a
algunos vuelve hiperestésicog y puntillosos, a él le embotaba y le encallecía
la susceptibilidad. Casi hubiera hecho falta un puñetazo para hacerle desistir
de su propósito.
––Lindo negocio ¿eh? prosiguió––. Con
Davis cada vez más metido en el vino. La verdad es que hoy se las ha cantado
usted claras. No le gustó nada y se puso
hecho una furia en cuanto usted volvió la espalda. "Mire", le dije:
"conténgase un poco en la bebida. Herrick tenía razón, y usted lo sabe
bien. Haga las paces por esta vez", le dije. "Huish", me dijo
él, "déjame de monsergas o te rompo el bautismo". Bueno. ¿qué podía
yo hacer, Herrick? Pero le digo a usted que esto no me gusta. Me parece que
tiene todas las trazas de ser la segunda parte del Sea Ranger.
Herrick seguía callado.
––¿No oye usted que le estoy hablando?
––––dijo de pronto Huish––. ¿Es que no quiere hablar conmigo?
––Apártese de la bitácora ––dijo
Herrick.
Huish se le quedó mirando, con una
mirada fija, recta, tenebrosa; su cuerpo parecía que ondulaba como el de una
víbora presta a atacar; después dio media vuelta, se volvió a la cámara y
descorchó una botella de champaña. Cuando cantaron las doce, estaba dormido en
el suelo al lado del capitán, y de toda la guardia de estribor, sólo Sally Day acudió a la
llamada. Herrick propuso que haría la guardia con él, para dejar que descansase
Tío Ned. Con esto habría permanecido doce horas sobre cubierta, y probablemente
tendría que estar dieciséis; pero, gracias a lo bonancible de la navegación,
podría echar un sueño sin cuidado, en los intervalos de sus turnos al timón,
dejando encargo de que le avisasen a la menor señal de chubascos. En cuanto a
esto, podía confiar en los marineros, pues entre ellos y Herrick se había ido
creando una estrecha simpatía. Con Tío Ned tenía largos paliques nocturnos, y
el viejo le contó la sencilla y penosa historia de su destierro y sufrimientos
e injusticias, entre los crueles blancos. El cocinero, desde que notó que
Herrick comía solo, le obsequiaba con inesperadas, y a veces incomestibles
golosinas, que aquél se esforzaba en tragar. Y un día, hallándose a proa,
sintió, sorprendido, una mano que le acariciaba la espalda, y la voz de Sally Day murmurándole al
oído: "Tú, hombre bueno". Se volvió y, ahogando un sollozo, estrechó
las manos del negrito. Eran almas
bondadosas, joviales, infantiles. Los domingos cada uno sacaba su propia Biblia
pues eran extranjeros entre sí, y hablaba cada uno su peculiar idioma, y Sally Day sólo se comunicaba
en inglés con sus compañeros––, y leían, o hacían como que leían, el capítulo
correspondiente, para lo cual, Tío Ned se montaba las gafas en la nariz; y
todos cantaban a una los himnos de los misioneros. Era así bochornoso comparar
a los isleños con los blancos, a bordo del Farallone. Herrick enrojecía de
vergüenza al acordarse de la empresa en que estaba lanzado, y ver aquellas
pobres gentes y hasta Sally
Day, hijo del antropófagos, y probablemente caníbal él mismo–– tan fieles a
lo que ellos consideraban bueno. El hecho de que aquellos inocentes le tuviesen
en tan gran estima, servíale como de anteojeras para su conciencia, y había
momentos en que se sentía inclinado a creerse, aceptando la opinión de Sally Day, un hombre bueno.
Hasta qué punto llegaba aquella estimación, sólo en aquel momento pudo
apreciarse. Con voz unánime protestó toda la tripulación; y antes de que
Herrick se diese cuenta de lo que hacían, despertaron al cocinero, el cual se
unió solícito a los demás; todos rodearon al piloto abrumándole con ruegos y
caricias, y le pidieron que se acostase y que gozara de sus horas de descanso,
sin preocupaciones.
––Ellos decir verdad ––––dijo Tío
Ned––. Tú dormir. Todos unos hacer lo que deban. Todos unos quererte demasiado
mucho.
Herrick se resistió, y cedió al fin;
las triviales palabras de agradecimiento que quiso decir, se le atascaron en la
garganta, y fue a apoyarse en el costado de la caseta, luchando con la emoción
que le embargaba.
Tío Ned fué tras él y le rogó que se
echase.
––Es inútil, Tío Ned. No podría
dormir. Me habéis desquiciado los nervios con todas vuestras bondades.
––¡Ah!, ¡no llamar mi más Tío Ned!
––exclamó el viejo––. ¡No nombre mío! Mi nombre Tavita[9],
lo mismo Tavita rey de Israel. ¿Por qué creía, capitán, ser lengua de Hawai? El
nada sabe; él lo mismo Wise-a-mana.
Era la primera vez que se mencionaba
el nombre del difunto capitán, y Herrick no desperdició la ocasión. Se hará
gracia al lector de la embarazosa jerga de Tío Ned, para contarle, en más
fluente lenguaje, la síntesis de su relato. Apenas había franqueado el barco
las Puertas de Oro, en San Francisco, cuando el capitán y el piloto iniciaron
una continua serie de borracheras, que apenas fue interrumpida por la
enfermedad y que sólo terminó con la muerte. Pasaron días y días y semana tras
semana, sin encontrar tierra ni barco alguno, y viéndose perdidos en la
inmensidad, con sus guías enloquecidos, los indígenas sintieron mortal espanto.
Al cabo dieron vista a una isla baja y
recalaron en ella, y Wiseman y Wishart fueron a tierra en el bote.
Había allí un pueblo grande, un muy
hermoso pueblo, y muchísimos kanakas en aquella tierra; pero todos graves y
serios, y, por cima del poblado, llegaba hasta Tavita el rumor de la
lamentación de aquellos isleños. "Yo no saber hablar aquella isla"
––decía––. "Yo saber ellos llorar. Yo creo gente mucha morir allí".
Pero ni Wiseman ni Wishart podían darse cuenta de lo que aquel bárbaro plañido
significaba. Repletos como odres, metiéronse alborozados por todas partes, sin
cuidarse de nada; abrazaron a las mozas, que apenas tenían energía para
rechazarlos, se incorporaron y unieron sus roncas voces de borrachos en los
coros de los plañideros, y al fin, obedeciendo a lo que se les figuró una
invitación, penetraron bajo el techo de una casa, en la que había gran golpe de
gente, todos sentados y silenciosos. Pasaron agachándose bajo el alero,
excitados y gozosos. No había transcurrido un minuto cuando volvieron a salir
con las caras alteradas y las lenguas quedas; y cuando la gente se apartó para
dejarles paso, pudo ver Tavita, en la profunda sombra de la casa, el enfermo
que se incorporaba en la estera y levantaba la cabeza, ya desfigurada por la
viruela. Los dos trágicos juerguistas huyeron sin vacilar hacia el bote, dando
voces a Tavita para que se apresurase. Llegaron a bordo a todo remar, levaron
ancla, hicieron toda fuerza de vela, aguijando a la tripulación a golpes y
juramentos, y estaban de nuevo en la mar, y de nuevo embriagados antes de
ponerse el sol. Una semana después, el último de los dos fue sepultado en las
aguas. Herrick preguntó a Tavita dónde estaba aquella isla y éste le contestó
que, por lo que pudo deducir de lo que hablaban los que se encontró en la
playa, suponían que debía de ser una de las Pomotú. Era esto muy probable,
porque el Archipiélago Peligroso había sido barrido aquel año, de Este a Oeste,
por una devastadora epidemia de viruela; pero Herrick pensó que era aquélla una
extraña derrota para ir a Sidney. Y
entonces se acordó de las borracheras.
––¿No se sorprendieron al descubrir la
isla? ––preguntó.
––Wisa-a-mana decir: "¿Qué
demonios ser esto?"
––¡Ah, ahí está, pues, explicado. Yo creo
que no tenían idea de dónde estaban.
––Yo creo también ––dijo Tío Ned––. No
sabían. Este uno, más mejor ––añadió señalando a la cámara donde roncaba el
capitán beodo––. Tomar altura sol todo el tiempo.
Lo que este último toque significaba,
completó la pintura que Herrick se hacía de la vida y muerte de sus dos
predecesores; de su persistente y brutal degradación mientras navegaban, sin
saber hacia adónde, en aquella su postrera travesía. No tenía más que una fe
vacilante y endeble en una vida futura; la idea de que pudiera ser de expiación
y castigo, le parecía pueril; y, sin embargo, había para él ––como para todos––
un inexplicable horror en el fin del hombre convertido en bestia. Se le encogía
el corazón ante el cuadro que así evocaba, y cuando lo comparaba con la escena
en que él mismo desempeñaba un papel, se sentía anonadado por un terror que
tenía algo de supersticioso. Y, con todo, y esto era lo raro, no titubeaba. El,
que había demostrado su ineptitud en tantas cosas, colocado ahora en una
situación falsa y ante obligaciones de las que nada entendía, desamparado y
solo, y puede decirse que sin soporte moral, había superado, hasta entonces, a
cuando pudiera esperarse; y hasta las vergüenzas y las repulsivas revelaciones
de aquella noche, parecia que no habían hecho más que templar sus nervios y
fortalecerle. Había vendido su honor; se prometía que no había de ser en vano.
"No será por culpa mía, si esto sale mal", repetía. Y en el fondo de
su corazón, estaba asombrado de sí mismo. Su furiosa rabia, sin duda alguna, le
sostenía y alentaba, y, sin duda también, el pensamiento de la última carta
jugada, de las naves quemadas, de la única puerta que quedaba abierta; idea que
es un vigoroso tónico para el meramente débil, y que desmoraliza por completo
al verdadero cobarde.
Durante algún tiempo el viaje
prosiguió, en todo lo demás, bien. De una bordada, franquearon Fakavara por
barlovento; y como el viento se mantenía constante hacia el Sur y soplaba
fresco, pasaron entre Ranaka y Ratiu, y navegaron algunos días al socaire de
las islas Takume y Honden, sin recalar en ellas. Hacia los 14° Sur y entre los
134° y 135° Oeste, les cogió una calma chicha, con mar gruesa. El capitán se
negó a disminuir el aparejo, y el Farallone pasó tres días dando tumbos y
bandazos, y, según la observación, sin moverse de sitio. El cuarto día, a punto
de rayar el alba, se levantó una brisa que fue arreciando rápidamente. El
capitán había bebido de firme aquella noche, y aún le duraba la borrachera
cuando le despertaron; y al hacer su aparición sobre cubierta, a las ocho y
media, se echaba de ver que había trincado copiosamente en el desayuno. Herrick
evitó cruzar con él la mirada, y cedió, con indignación, el gobierno del barco
a aquel hombre que apenas podía tenerse en pie.
Por las estentóreas órdenes del
capitán y las voces de los marineros que trajinaban en la maniobra, comprendió
Herrick, desde la cámara, que estaba desplegando más vela. Sin acabar el,
desayuno, volvió de nuevo a la cubierta y se encontró con que habían largado la
mayor y los foques, y que habían llamado a las dos guardias y al cocinero, para
aferrar la vela de estay. El Farallone iba ya casi tumbado; el cielo se
oscurecía con brumosos celajes, y desde barlovento se acercaba rápido un
turbión siniestro y amenazador, que por momentos sé iba ensanchando y
ennegreciéndose, a medida que se alzaba sobre el horizonte.
Herrick se estremeció de espanto. Vio
frente a él la muerte y, si no la muerte, inevitable ruina. Porque si el
Farallone lograba aguantar a flote el chubasco que se venía encima, tendría que
quedar desmantelado. Con eso daba fin su empresa, y ellos quedarían
aprisionados en la propia pieza de convicción de su crimen. La magnitud del
peligro y su mismo espanto, le imponían silencio. El orgullo, la ira y la
vergüenza se revolvían, impotentes, en su pecho, y apretó los dientes y cruzó
sus brazos convulsos.
El capitán estaba sentado en el bote,
vociferando órdenes e insultos, vidriosos los ojos, congestionada la faz, con
una botella sujeta entre las rodillas y un vaso a medio vaciar en la mano. Daba
la espalda al chubasco y, al principio, tenía puesta toda su atención en la
maniobra de la vela. Una vez terminada, y cuando el gran trapecio de lona había
empezado a tomar viento y la barandilla del Farallone se deslizaba ya al ras
con la espuma del mar, lanzó una risotada, apuró el vaso, y tumbándose desparrancado
entre los trastos heterogéneos que llenaban el bote, alargó la mano para coger
una orza de novela. abarquillarla.
Herrick le miraba y su indignación
llegó al frenesí. Miró a barlovento, donde el chubasco hacía ya blanquear el
mar a corta distancia y anunciaba su llegada con un extraño y lúgubre bramido.
Miró al timonel y le vio agarrado, con las manos crispadas, a las cabinas de la
rueda y con la cara cubierta de una palidez azulada. Vió que la tripulación,
sin recibir la orden, corría a sus puestos. Y le pareció que algo estallaba en
su cerebro; su cólera, tanto tiempo contenida en silencio, se desenfrenó de
repente y le sacudió como el viento a una vela. Avanzó hasta donde estaba el
capitán y descargó un recio manotazo en el hombro del beodo.
––¡Bestia! ––dijo con voz
entrecortada––. ¡Mire usted hacia atrás!
––¿Qué es eso? ––gritó Davis,
removiéndose en el bote y haciendo derramarse el champaña.
––Usted perdió el Sea Ranger por ser un vil
borracho. Ahora va a perder el Farallone. Se va usted a ahogar aquí, lo mismo
que ahogó a otros, y se va a condenar. Y su hija trotará las calles y sus hijos
serán ladrones como su padre.
Por un momento, aquellas palabras
dejaron al capitán suspenso, pálido y atolondrado. ––¡Dios mío! ––gritó mirando
a Herrick, como si fuera un fantasma–– ¡Dios mío, Herrick!
––¡Mire usted atrás! ––repitió éste.
El miserable, ya en parte consciente,
hizo lo que le mandaban, y en el instante mismo se incorporó de un salto.
––¡Arría la vela de estay! ––gritó con voz tonante. Los
marineros esperaban anhelosos la orden, y la gran vela vino abajo de un golpe,
cayendo más de la mitad fuera de la borda entre las revueltas espumas de la
marejada––. ¡A las drozas de los foques! ¡Dejad la vela de estay! volvió a
gritar.
Pero aun no había dado la orden,
cuando el chubasco clamoroso cayó, como una sólida masa de viento y lluvia
revueltos, sobre el Farallone; y el
pailebot se inclinó bajo el golpe y se quedó inerte, como una cosa muerta. Por
el cerebro de Herrick pasó una ráfaga de locura; se agarró a la jarcia de
barlovento, exultante; ya había acabado con la vida y se gloriaba de su
liberación; gozaba en el tumultuoso fragor del vendaval y la asfixiante
arremetida de la lluvia; sentía una alegría delirante en morir así y en aquel
momento, en aquel caos de los elementos. Y en tanto, en el combés, con el agua
hasta las rodillas tan sumergido iba el pailebot el capitán daba tajos con una
navaja a la escota del trinquete. Era cuestión de segundos, porque el Farallone embarcaba a cada momento
tremendos golpes de mar. Pero el capitán llevaba ventaja; la botavara desgarró
las últimas fibras de la escota y giró con estrépito a sotavento: el Farallone saltó delante del viento y se
enderezó, y las drozas del pico y de la boca de la cangreja, que habían ya sido
largadas, empezaron a correr en el mismo instante.
Durante diez minutos el pailebot
siguió marchando vertiginosamente al empuje de la turbonada; pero el capitán
era ya dueño de sí mismo y de su barco y había pasado todo el peligro. Y
entonces, como en un repentino efecto de tramoya, el chubasco amainó, el
vendaval se tornó en ligera brisa, volvió a resplandecer el sol sobre el
desgarrado velamen del pailebot y, el capitán, después de trincar la botavara
del trinquete y poner dos marineros a la bomba, volvió a popa sin rastros de
embriaguez, un poco pálido y con la remojada colilla de un puro sujeta aún
entre los dientes, como la tenía al estallar el turbión. Herrick fué tras él;
apenas podía recordar la violencia de las emociones que acababan de agitarle,
pero comprendía que era inevitable una escena y estaba impaciente, y hasta
anheloso, de acabar con ello.
El capitán, al dar la vuelta al final
de la caseta, se lo encontró cara a cara y evitó su mirada. ––Hemos perdido dos
gavias y la vela de estay ––balbuceó––. La suerte ha sido que no se nos ha
llevado ningún palo.
––No es en eso en lo que estoy
pensando- dijo Herrick en un tono de extraña tranquilidad y que, sin embargo,
produjo confusión y perplejidad en el mismo capitán.
––¡Ya lo sé! ––exclamó levantando una
mano––. Ya sé lo que usted está pensando. Es inútil decirlo ahora. Ya estoy
sereno.
––Tengo que decirlo, sin embargo
––contestó Herrick.
––Cállese, Herrick; ya ha dicho
bastante. Ha dicho lo que no hubiera tolerado a nadie en el mundo más que a
usted; pero, con todo, sé que es verdad.
––Tengo que decirle, capitán Brown, que renuncio a mi
cargo de piloto. Puede usted ponerme en el cepo o pegarme un tiro, como más le
acomode: no he de hacer resistencia. Lo único que hago es negarme a ayudarle o
a obedecerle; y le aconsejo que ponga a Mr. Huish en mi lugar. Hará un primer
oficial digno de tal capitán––. Sonrió, se inclinó y volvió la espalda para
irse a proa.
––¿Adónde va usted, Herrick? ––exclamó
el capitán asiéndole del hombro.
––A alojarme a proa con los
marineros–– replicó Herrick con la misma odiosa sonrisa––. Ya he estado
bastante tiempo aquí atrás con ustedes... caballeros.
––No tiene razón en eso. No sea
precipitado, amigo; no hay nada malo en mí, más que la bebida... ¡es la vieja
historia, Herrick! Que yo logre serenarme de una vez, y entonces verá —dijo en
tono suplicante.
––Dispénseme; no quiero saber más de
usted ––dijo Herrick.
El capitán lanzó un profundo suspiro.
––¿Usted sabe lo que ha dicho de mis
hijos? ––exclamó de pronto.
––De memoria. ¿Quiere usted acaso que
se lo repita?
––¡No! ––gritó el capitán tapándose
los oídos con las manos––. No me haga matar a un hombre a quien quiero bien,
Herrick: si me vuelve a ver llevándome un vaso a los labios antes de estar en
tierra, le doy permiso para que me meta una bala en el cuerpo... ¡Le pido que
lo haga! Usted es la única persona a bordo cuya piel vale la pena de que se
conserve. ¿Cree usted que no lo sé? ¿Cree usted que ni un solo momento me he
vuelto en contra suya? Siempre me he dado cuenta de que usted era el que tenía
la razón... borracho o sereno, siempre lo creí. ¿Qué es lo que necesita usted?
¿Un juramento? ¡Vamos, hombre!, es usted demasiado inteligente para no ver que
esto va de veras.
––¿Quiere usted decir que ya no habrá
más borracheras ni de usted ni de Huish? preguntó Herrick––, ¿que no han de
seguir robándome mis ganancias y bebiéndose mi champaña que ha comprado con mi
honra?, ¿que usted atenderá a sus deberes, y hará guardias, y desempeñará la
parte que le toca en las faenas del barco, en vez de echarme a mí, hombre de
tierra, toda la carga y convertirse en la befa y el hazmerreír de los marineros
indígenas? ¿Eso es lo que quiere usted decir? Si eso es, tenga la bondad de
decirlo categóricamente.
––Pone usted esas cosas en términos
difíciles de tragar para un hombre de honor —fijo el capitán. ¿Quiere usted
obligarme a confesar que me avergüenzo de mí mismo? Fíese de mí esta vez:
obraré rectamente, y ahí está mi mano.
––Bueno, haré la prueba por una vez
––dijo Herrick––. Vuelva a fallarme...
––¡Basta ya! ––interrumpió Davis––.
¡Basta, compañero! Ya hemos dicho lo suficiente. Tiene usted, Herrick, una
lengua como una navaja, cuando se enfada. Alégrese de que seamos otra vez
amigos, como yo me alegro; no me hurgue en las heridas; yo haré por que no se
arrepienta de ello. Hemos estado hoy a un dedo de la muerte ––¡no diga de quién
fue la culpa!–– y muy cerca del infierno también, según me figuro. Estamos en
un mal camino nosotros dos y tenemos que no ser duros el uno con el otro.
Estaba divagando; parecía, sin
embargo, que divagaba con algún designio, andando por las ramas de algo que
temía decir; o, acaso, hablando no más que para matar el tiempo, por miedo de
lo que Herrick pudiera decir a continuación. Pero Herrick había ya echado fuera
todo su veneno; era de natural bondadoso y, satisfecho con su triunfo, había ya
empezado a compadecerse. Con algunas palabras sedantes, trató de dar por
terminado el coloquio, y propuso que se fuera a mudar de ropa.
––Falta algo que enderezar ––dijo
Davis––. Antes tengo que decirle una cosa. ¿Sabe usted lo que dijo de mis
hijos? Necesito decirle por qué me dolió tanto; y tengo la idea de que a usted
va a hacerle daño también. Es lo de mi pequeña, lo de mi Ada. No
debió haber dicho aquello... pero, por supuesto, usted no sabía. Ella... la
niña, se murió, ya ve usted...
––¡Qué es eso, David! ––exclamó
Herrick. ¡Usted me ha dicho cien veces que vivía! ¡Despéjese la cabeza, hombre!
Tiene que ser la bebida.
––No señor. Muerta está. Murió de una
enfermedad de los intestinos. Eso ocurrió mientras yo navegaba en el bergantín
Pregón. Está enterrada en Portland,
Maine. "Ada, única hija del capitán John Davis, y de Marian, su esposa. A los
cinco años de edad." Llevaba a bordo una muñeca para ella. Nunca me atreví
a sacarla del papel en que estaba envuelta, Herrick, y así se fue al fondo del
mar, con el Sea Ranger, el
día de mi perdición.
Los ojos del capitán miraban fijos el
horizonte; hablaba con un desusado dulzor, pero no perfecta compostura; y
Herrick le contemplaba con una extrañeza que tenía algo de terror.
––No vaya a creer, por eso, que estoy
chiflado ––prosiguió Davis––. Tengo todo el sentido común del que he menester,
y aún me sobra. Pero yo creo que un hombre desventurado es como un niño; y esto
es en mí como una cosa de niño también. Jamás pude resignarme a vivir conforme
a aquella cruda verdad, y por eso me forjo a mí mismo. Y se lo advierto
honradamente: tan pronto como terminemos esta conversación, empezaré otra vez
con el fingimiento. Únicamente que, como usted ve, Ada no
podrá pasear las calles ––añadió el capitán––; ni siquiera pudo vivir para que
llegara a ser suya aquella muñeca.
Herrick puso una mano trémula en el
hombro del capitán.
––¡No haga eso! ––exclamó Davis,
retrocediendo, para evitar el contacto––, ¿no ve usted que estoy ya hecho
añicos, sin necesidad de más? Vámonos, pues; venga conmigo, compañero: puede
confiar en mí de veras; venga a ponerse ropa seca.
Entraron en la cámara y allí
encontraron a Huish de rodillas, forcejeando para destapar una caja de
champaña.
––¡Fuera de aquí! ––gritó el
capitán––. Eso se acabó. ¡No se bebe más en este barco!
––¿Se ha vuelto abstemio,
prohibicionista? ––preguntó Huish––. Por mí no hay inconveniente en que lo sea.
Ya era hora, ¿eh? A un pelo de perder, bonitamente, otro barco. ––Sacó una
botella y se puso, con toda calma, a hacer saltar el alambre con el gancho del
sacacorchos.
––¿Ha oído usted lo que he dicho?
––gritó el capitán.
––Me parece que sí he oído. Habla
usted lo bastante alto. La dificultad está en que no me importa.
Herrick agarró al capitán por una
manga. Déjele ahora hacer lo que quiera ––le dijo––. Ya hemos tenido bastante
esta mañana.
––Pues que se salga con la suya ––dijo
el capitán. Es la última vez.
Para entonces ya estaba roto el
alambre, cortada la cuerda, desgarrada la caperuza de papel dorado, y Huish
esperaba, vaso en mano, que se produjese el acostumbrado estampido. No se
produjo. Aflojó el tapón con el pulgar: tampoco ocurrió nada. Al fin cogió el
descorchador y sacó el tapón. Salió con gran facilidad y sin ruido alguno.
––¿Qué es eso? ––dijo Huish––. Una
botella echada a perder.
Escanció un chorro de vino en el vaso:
era incoloro y sin espuma. Lo olió y lo cató después.
––¿Qué diablos es esto? ––dijo––. ¡Es
agua!
Si de repente se hubiera oído cerca
del barco, en medio del mar, un toque de corneta, los tres hombres que estaban
en la cámara no hubieran quedado tan estupefactos como los dejó aquel
incidente. El vaso pasó de mano en mano; cada uno de ellos olisqueó, probó y se
quedó suspenso mirando a la botella como pudiera haber mirado Robinson la
huella que encontró en la playa; y en las mentes de todos surgió, simultáneo,
el mismo temor. Entre una botella de champaña y otra de agua, no es grande la
diferencia; entre dos cargamentos de ambas cosas está toda la escala que va
desde la riqueza a la ruina.
Se descorchó otra botella. Había dos
cajas preparadas en uno de los camarotes: las sacaron fuera, hicieron saltar
las tapas y las probaron. Persistía el mismo resultado; el líquido que
contenían era incoloro, insípido y muerto como el agua de lluvia en una barca
de pesca varada.
––¡De primera! ––exclamó el regocijado
Huish.
––Óiganme; ¡vamos a probar en la
bodega! ––dijo el capitán, enjugándose la frente con el revés de la mano, y los
tres salieron de la cámara con las caras largas y el andar abrumado.
Se llamó a toda la tripulación. Dos
kanakas bajaron a la cala, otro fue puesto al pie de un cabo pasado por una
garrucha y Davis, hacha en mano, se situó junto a la escotilla.
––¿Va usted a dejar que los marineros
se enteren? ––murmuró Herrick.
––¡Que los ahorquen! ––dijo Davis––.
Eso ya nos importa poco. Nosotros somos los que tenemos que enterarnos.
Tres cajas llegaron a cubierta y una
tras otra fueron examinadas. De cada botella, al romperle el capitán el cuello
con el hacha, se desbordó el champaña espumoso y efervescente.
––¡De más abajo!, ¡de más abajo!
––gritó el capitán a los kanakas de la bodega.
Aquella orden produjo un cambio
desastroso. Izaron a cubierta caja tras caja y el capitán fue rompiendo, de un
hachazo en el gollete, una botella tras otra, y sólo salió agua chirle.
Ahondaron aún más en el cargamento y llegaron a una capa donde casi se había
prescindido ya de todo intento de engaño, donde las cajas carecían de marcas,
las botellas no tenían alambres ni etiquetas y donde el fraude, en fin, era
manifiesto y saltaba a los ojos.
––Ya hemos perdido bastante el tiempo
––dijo Davis––. Vuelve a estibar esas cajas en la bodega, Tío Ned, y tira al
mar toda esa cacharrería. Venid conmigo ––añadió, dirigiéndose a sus compañeros
de aventuras, y marchó delante, hacia la cámara.
VI
LOS
CONSOCIOS
Se sentaron en torno a la mesa. Era la
primera vez que se encontraban los tres reunidos; pero ya toda idea de
incompatibilidad, todo recuerdo de pasados agravios, se había desvanecido ante
la ruina, común.
––Señores -dijo después de una pausa
el capitán, exactamente con el aire de un presidente que va a abrir la sesión
de un consejo de administración––: se nos ha estafado.
Huish rompió en una estruendosa risa.
––¡Qué me maten, si esto no es la más
chistosa historia que he oído! ¡Y este Davis, que se las daba de vivo y de
calculador! ¡Hemos robado un cargamento de agua clara! ¡Anda mi madre!... ––y
brincaba de puro regocijo.
El capitán consiguió simular una
sonrisa.
––Aquí vuelve nuestro amigo el Destino
llamando a la puerta ––dijo a Herrick––; pero esta vez me parece que la ha
echado abajo a patadas.
Herrick se limitó a sentir con la
cabeza.
––¡Cristo! ¡Pero si es de primera!
––gritó Huish riendo de nuevo a carcajadas––. ¡Sería la cosa de más gracia del
mundo si le hubiera ocurrido a otro! ¿Y qué haremos ahora? Y con este bendito
pailebot, ¿qué vamos a hacer?
––Aquí está la dificultad dijo
Davis––. Sólo hay una cosa cierta: que es inútil transportar al Perú agua clara
y botellas usadas. No, señor; estamos en un atolladero.
––¡Anda, y el comerciante!...
––exclamó Huish––. ¡El comerciante que expidió este cargamento!... Tendrá
noticias de Haití por el bergantín correo y creerá que estamos navegando
derechos a Sidney.
––Sí; y no le va a llegar la camisa al
cuerpo a ese comerciante cuando lo sepa ––dijo el capitán––. Una cosa: esto
explica la tripulación de kanakas. Si se tratara de perder un barco, yo, por mi
parte, no pediría nada mejor que una tripulación de kanakas. Pero hay otra cosa
que no se entiende: esto no explica para qué fue a parar el barco cerca de
Tahití.
––¿Para qué? ¡Para perderlo, alma
cándida! ––dijo Huish.
––Usted se lo sabe todo ––replicó el
capitán––. Nadie necesita perder un pailebot sólo por perderlo; lo que se
necesita es que se pierda en su ruta,
señor sabihondo. Este cree, por lo visto, que los aseguradores se chupan el
dedo.
––Bueno ––dijo Herrick––, yo puedo
decirles por qué se desvió tanto hacia el Este. Yo lo sé por Tío Ned. Parece
ser que aquellos dos pobres diablos, Wiseman y Wishart, se emborracharon con
champaña desde el comienzo... y murieron borrachos al fin.
El capitán clavó los ojos en la mesa.
––Dormían en sus literas o se sentaban
en esta maldita cámara ––prosiguió con creciente excitación––, llenándose como
pellejos con la condenada bebida, hasta que les sorprendió la enfermedad. Al
enfermar y subirles la fiebre, bebieron aún más. Y aquí estaban tendidos,
vociferando y gimiendo, borrachos y agonizando, todo a la vez. No sabían dónde
estaban, no se cuidaban de ello. Parece que ni siquiera tomaban la altura.
––¿No tomaban la altura? ––exclamó el
capitán, levantando los ojos––. ¡Arrea!, ¡qué gente!
––Nada de eso nos importa un pito
––dijo Huish––. ¿Qué tenemos que ver nosotros con Wiseman ni con el otro
chispo?
––Muchísimo ––dijo el capitán––. Me
parece que somos sus herederos.
––Es una famosa herencia ––lijo
Herrick.
––Bien, en cuanto a eso, habría que
verlo ––––contestó Davis––. Se me antoja a mí que aún pudiera ser peor. No
valdrá lo que hubiera valido el cargamento, por supuesto, al menos en dinero
constante. Me parece a mí como si la herencia pudiera subir hasta cerca del
último dólar del prójimo de San Francisco.
––Despacio ––dilo Huish––. Dale a uno
tiempo para pensar; ¿cómo es eso, maestro?
––Pues bien, hijos ––prosiguió el
capitán, que parecía. haber recuperado todo su aplomo––. A Wiseman y a Wishart
les iban a pagar por perder el pailebot con todas las de la ley, y yo voy a
hacer asunto mío el ver que se nos pague. ¿Qué iban a cobrar Wiseman y Wishart?
Eso no lo sé. Pero ellos habían entrado por su gusto en el negocio; estaban en
el ajo. Pues fijarse bien en que nosotros estamos en terreno firme y legal;
nosotros no hemos hecho más que tropezar con él por casualidad, y el buen
comerciante no tendrá más remedio que cantar, y yo soy el hombre para hacer que
cante con provecho. No, señor; aún queda algo que roer en este hueso del
Farallone.
––¡Adelante con ello, capi! ––exclamó
Huish––. ¡Qué gusto! ¡Adelante! ¡Apretad de firme! ¡Este es un modo de hacer
dinero! Que me ahorquen si no me gusta esto más que lo otro.
––Yo no comprendo dijo Herrick––. Les
ruego que me dispensen; no comprendo.
––Bueno, pues ahora ––dijo Davis–– yo
tengo que decirle, de todos modos, unas palabras sobre otro asunto, y bueno es
que Huish las oiga también. Nosotros hemos acabado con esa historia de las
borracheras y le pedimos perdón por ello, aquí, delante de usted. Tenemos que
darle las gracias por todo lo que ha hecho por nosotros mientras estábamos
convertidos en unos cerdos; usted ha de ver cómo trabajo en adelante; y en
cuanto al vino, el cual reconozco que se lo hemos robado, yo echaré la cuenta y
quedará usted pagado. Hasta ahí creo que todo va bien. Pero en lo que necesito
que se fije, es en esto. La otra jugada era de mucho riesgo. Esta de ahora es
tan poco peligrosa como establecer una tahona de pan de Viena. No tenemos más
que poner este Farallone de cara al viento y navegar hasta que estemos bien al
Oeste de nuestro puerto de salida y a razonable distancia de algún sitio donde
haya un cónsul de los Estados Unidos. Abajo va el Farallone y que lo pase bien.
Un día, o cosa así, en el bote; el cónsul nos empaqueta, a costa del Tío Sam, para San Francisco;
y si el buen negociante no afloja los dólares, que me lo digan a mí.
––Pero yo pensé... ––balbuceó Herrick,
y de pronto exclamó: ––¡Vámonos al Perú!
––Está muy bien; si va usted al Perú
por razones de salud, no diré que no ––contestó el capitán––. Pero qué otro
motivo podría usted tener para ese viaje, no se me alcanza. No tenemos por qué
ir allí con este cargamento; no sé que las botellas viejas sean artículo en
gran demanda en ninguna parte, y menos que en ninguna ––apuesto hasta la
camisa–– en el Perú. Siempre fue dudoso que pudiéramos vender el pailebot;
nunca lo creí del todo y ahora estoy seguro de que no vale un puñado de
lentejas. Qué es lo que le pasa, no lo sé; lo único que sé es que algo tiene de
malo, o no estaría aquí con esta estafa en la tripa. Y, además, esto: si lo
echamos a pique y desembarcamos en el Perú, ¿qué va a ser de nosotros? No
podemos declarar el naufragio, porque ¿cómo hemos arribado al Perú? En ese caso
el comerciante no podía cobrar el seguro; lo más probable es que quebrase; ¿y
no le parece a usted que ya nos está viendo a los tres sobre la playa del
Callao?
––Allí no hay extradición ––––dijo
Herrick.
––Está bien, amigo, y precisamente
nosotros necesitamos ser extraídos ––––dijo
el capitán––. ¿Cuál es nuestro plan? Necesitamos tener un cónsul que nos lleve
hasta San Francisco y hasta la puerta del escritorio del comerciante. Mi idea
es que Samoa es un sitio que puede convenirnos como centro de operaciones. Está
enfilado con el viento; los Estados Unidos tienen allí cónsul, y hacen escala
los vapores de San Francisco; de modo que, podemos volver atrás de un salto y
tener un rato de conversación con el negociante.
––¿Samoa? ––dijo Herrick––.
Tardaríamos una eternidad en llegar.
––¡Nada, con un buen viento!
––No habría dificultades con el
"Diario de navegación" ¿eh? ––preguntó Huish.
––No, señor ––––dijo Davis––. Brisas ligeras .v vientos contrarios.
Chubascos y calmas. Distancia recorrida: cinco millas. No se hizo observación.
Se atendió a las bombas. Y llenar las casillas del barómetro y termómetro
con las observaciones del viaje anterior. "No he visto viaje
parecido", le dice uno al cónsul. "Creí que me iban a faltar
las..." ––Se interrumpió de pronto––. Dígame... ––empezó a decir, y otra
vez se detuvo––. Perdóneme usted, Herrick -añadió con no disimulada humildad––.
¿Llevó usted la cuenta del gasto de provisiones?
––Si me hubieran dicho que la llevase,
lo hubiera hecho, como hice lo demás, lo mejor que pude ––––dijo Herrick––.
Como nadie se cuidaba de ello, el cocinero se despachó a su gusto.
Davis volvió a clavar los ojos en la
mesa.
––Yo anduve demasiado parco al
encargarlas ––––dijo al fin––; lo importante, en aquel momento, era alejarse de
Papeete antes de que el cónsul lo pensase mejor y se volviera atrás. Se me
ocurre una cosa: me parece que voy a hacer inventario.
Y se levantó de la mesa y, con un
farol en la mano, desapareció en el pañol de víveres...
––Aquí hay otro tornillo flojo
-observó Huish.
––Óigame––dijo Herrick con un
repentino brillo de animosidad en su mirada––, aún debe usted de estar de
guardia en cubierta, y seguramente es su turno al timón.
––Ya viene usted haciendo el
pisaverde, ¿no es eso, pollito? ––––dijo Huish––. "Apártese de esa
bitácora". “Óigame: seguramente es su turno al timón”. ¡Bah!
Encendió un puro, pausada y
solemnemente, y echó a andar hacia el combés con las manos en los bolsillos.
Tras una ausencia, sorprendente por lo
corta, reapareció el capitán. No miró a Herrick, pero llamó a Huish para que
volviera a entrar y se sentó.
––Bueno ––comenzó––; he hecho el
recuento... por encima––. Hizo una pausa como esperando que alguien le ayudara,
y como lejos de ayudarle, los otros dos le miraban con visible ansiedad,
prosiguió aún más mohíno: ––Bueno, pues no da juego. No podemos hacerlo; no hay
que darle vueltas. Lo siento tanto como ustedes y mucho más aun. Pero hay que
abandonar la partida. No podemos ni aproximarnos a Samoa. No sé ni si podríamos
llegar a Perú.
––¿Qué quiere usted decir? ––preguntó
brutalmente Huish.
––Casi no lo sé yo mismo ––replicó el
capitán––. Yo calculé los víveres por lo bajo, ya lo he dicho, ¡pero lo que
aquí ha pasado no lo puedo comprender! Parece como si hubiera andado en ello el
demonio. Ese cocinero debe ser el peor de los estafadores. ¡Y en doce días nada
más! Es para volverse loco. Confieso francamente una cosa; parece que ha tirado
de largo de la harina. Pero lo demás... ¡Cristo! ¡No lo entiendo! Ha habido más
gasto en este barco de ochavo, que el que hay en un trasatlántico... ––Miró a sus
compañeros con el rabo del ojo: nada bueno pudo sacar de sus rostros sombríos y
recurrió a la cólera––. ¡Esperen un poco a que hable yo con ese cocinero!
––rugió, descargando un puñetazo sobre la mesa––. ¡Me va a oír ese hijo de
perra lo que no ha oído nunca! ¡Le voy a meter una bala!
––Usted no va a tocar a ese hombre
––––dijo Herrick––. La falta es suya y usted lo sabe. Si deja suelto a un
salvaje en la despensa, ya puede figurarse lo que se debería esperar. No
permitiré que se le maltrate.
Es difícil saber cómo hubiera tomado
Davis ese desafío; pero su atención fue desviada hacia un nuevo atacante.
––Bien: es usted un capitán como no
hay otro ¿eh? ––dijo Huish, recalcando las palabras––. ¡Un capitán de primera!
Y no me venga con su palabrería de siempre, John Davis; ya le conozco, y sé que no
sirve para nada. Con que "no lo puedo comprender", ¿no es eso? ¡Ah!,
con que "no lo sé yo mismo", ¿eh? ¡Vamos, hombre! ¿No se pasaba usted
el bendito día gritando para que le trajeran más latas? ¿Cuántas veces no le he
oído llamar para que se llevasen toda una cena y la echasen a la basura? ¿Y el
desayuno? Comida para veinte, y usted vociferando para que trajesen más. ¡Y
ahora sale con que "no lo entiendo"! Vamos, que esto es para hacerle
a uno escribir a Dios una carta insultante. Y no lo tome por la tremenda, John Davis: ojo conmigo,
que soy peligroso. '
Davis seguía sentado como en un sopor:
hasta hubiera podido dudarse si oía, pero la voz del dependiente resonaba en la
cámara como la de un corvejón en las rocas de un acantilado.
––Basta con eso, Huish ––dijo Herrick.
––¡Ah! De modo que se pone usted de su
parte, ¿no es eso? Usted, espetado, presuntuoso "snob"! Pues póngase.
A los dos les espero. Pero en cuanto a John Davis, que ande con ojo. Me pegó un
golpe la primera noche a bordo y nunca he recibido uno sin devolverlo con
creces. Que se ponga de rodillas y me pida perdón. Esa es mi última palabra.
––Yo estoy del lado del capitán
––––dijo Herrick––, y eso hace dos contra uno, y los dos hombres cabales; y
toda la tripulación me sigue a mí. Tengo la esperanza de morir muy pronto, pero
no tengo el menor inconveniente en matar a usted antes de irme. Lo preferiría
así; lo haría con menos remordimiento que si matase una pulga. Ande con
cuidado... Ande con cuidado, bichejo.
La animosidad con que fueron
pronunciadas esas palabras era tan intensa, y cosa tan extraña en la persona que las decía, que
Huish se le quedó mirando sorprendido, y hasta el humillado Davis levantó la
cabeza y miró a su defensor. En cuanto a Herrick, las continuas agitaciones y
desengaños de aquel día le habían puesto fuera de si, desatinado; se daba
cuenta de un gozoso ardor, de una placentera excitación, sentía el cerebro como
vacío y le ardían los ojos al moverlos, tenía reseca la garganta; el hombre menos
peligroso por naturaleza ––excepto en cuanto los débiles son siempre peligrosos
estaba a punto, en aquel momento, a asesinar o ser asesinado con igual
indiferencia.
Estaba, pues, arrojado el guante y
presentada la batalla; el que primero hablase, llevaría la cuestión a ser
decidida allí mismo y en aquel instante: todos sabían que así era y se
refrenaban; y durante muchos segundos, que iba contando el reloj de la cámara,
el terceto continuó sentado e inmóvil.
Y entonces vino una interrupción tan
bien recibida como las flores de Mayo.
––¡Tierra! ––gritó una voz en
cubierta––. ¡Tierra por la amura de barlovento!
––¿Tierra? ––exclamó Davis poniéndose
en pie de un salto––. ¿Qué significa esto? No hay ninguna tierra por aquí.
Y como quien huye de un lugar donde
queda un cadáver apuñalado, los tres escaparon de la cámara y allí dejaron,
detrás de ellos, su querella sin solventar.
El cielo oscuro se aclaraba en suave
gradación hasta una blancura opalina al nivel del mar; y el mar, de un azul
violento, de tinta, trazaba nítidamente en derredor de ellos' la inflexible
circunferencia del horizonte. Por mucho que se mirase, ni aun con ojos tan
avezados como los del capitán Davis, se podía percibir en ella la más mínima
interrupción. Algunas nubes tenues se desvanecían lentamente en lo alto, y
cerca del pailebot, como en tomo del único punto de interés, un ave tropical,
blanca como un copo de nieve, se cernía y giraba dejando ver, al volverse, la
larga pluma roja de su cola. Fuera del mar y del cielo, eso era todo.
––¿Quién ha gritado tierra? preguntó
Davis––. Si hay alguno que quiera hacerse el gracioso conmigo, le voy a enseñar
yo a dar bromas.
Pero Tío Ned, satisfecho, señaló una
parte del horizonte donde una leve iridescencia verdosa apenas se discernía,
flotando como un humo, en el cielo pálido.
Davis apuntó hacia allá con el
anteojo, y después se volvió hacia el kanaka. ––¿Y llamas a eso tierra?
––dijo––. Pues yo no.
––Una vez mucho hace ––dijo Tío Ned––,
yo ver Anaa lo mismo, cuatro o cinto horas, antes de verla. Tapitán, decir sol,
baja; sol, vuelve a subir; él decir laguna lo mismo pejo...
––¿Lo mismo qué?
––Pejo, señor ––contestó Tío Ned.
––¡Ah!, ¡espejo! ––dijo Davis––. Ya
veo: luz reflejada por la laguna. Sí, pudiera ser, aunque es raro que nunca
haya oído hablar de eso. Vamos a ver el mapa.
Volvieron a la cámara y comprobaron
que la situación del pailebot estaba muy a barlovento del archipiélago, en
medio de una gran extensión de papel en blanco.
––¡Ahí tienen! Ustedes mismos pueden
verlo dijo Davis.
––Y, sin embargo, no sé ––dijo
Herrick––, se me figura que puede haber algo. Y desde luego, le digo una cosa,
capitán; que es cierto lo de la reverberación. Lo he oído en Papeete.
––¡Venga ese Findlay[10]
pues! dijo Davis––. Quiero estar bien seguro. Una isla no nos vendría mal en la
situación en que estamos. Le fue entregado el mamotreto, con el lomo deshecho,
como siempre ocurre con el Findlay, y empezó a buscar el sitio, leyendo entre
dientes, mientras pasaba las hojas con un dedo humedecido. ––¡Hola!
––exclamo––. ¿Qué es esto?––. Y leyó en voz alta: New Island. Según M. Delille,
esta isla, la cual por intereses particulares permanecería ignorada, está,
según se dice, en latitud 12°, 49100
Sur, longitud 133°, 6' Oeste. Además de esta posición, el comandante
Matthews, del buque de guerra británico Scorpion, dice existe una isla en latitud 12° 0'
Sur, longitud, 133°, 16' Oeste. Esta debería de ser la misma, si tal isla
existe, lo cual es muy dudoso, y no merece crédito alguno a los que trafican en
el Mar del Sur."
––¡Anda! ––dijo Huish.
––Todo está en condicional ––dijo
Herrick.
––Está en lo que usted quiera
––exclamó Davis––; ¡pero ahí está! Esa es la posición de nuestro barco, y no
hay que darle vueltas.
––"La cual, por intereses
particulares, permanecería ignorada"... ––leyó Herrick por encima del
hombro del capitán––. ¿Qué puede significar eso?
––Debería significar perlas ––dijo
Davis––. ¿Una isla perlera de la que nada sabe el Gobierno? Eso sería una
finca. O supongamos que no significa nada. Supongamos que no es más que una
isla; me figuro que podríamos reponernos de pescado y cocos, y cosas de los
isleños y realizar el proyecto de Samoa por la posta. ¿Cuánto dijo que tardaron
a descubrir a Anaa?
–Cuatro o cinco horas ––contestó
Herrick.
Davis salió a la puerta. ––¿Qué viento
teníais. Tío Ned, cuando avistaron Anaa?
––Seis o siete nudos.
––Treinta o treinta y cinco millas
––dijo Davis––. Ya es tiempo de que empecemos a acortar vela. Si es una isla no
necesitamos dar un topetazo contra ella en la oscuridad, y si no la hay, lo
mismo podemos pasar de día. ––¡Listos para la maniobra! ––gritó con voz tonante.
Y la proa del pailebot fué puesta
hacia aquel indeciso reflejo que ya empezaba a palidecer y a disminuir en
tamaño, como la nubecilla del aliento se desvanece en el vidrio de la ventana.
Al propio tiempo se tomaron todos los rizos de las velas.
PARTE II
EL CUARTETO
VII
EL
PESCADOR DE PERLAS
Serían las cuatro de la madrugada, y estaban
el capitán y Herrick sentados en la barandilla, cuando enfrente de ellos, en la
noche profunda, se oyó el estruendo de rompientes. Los dos se incorporaron de
un salto y aguzaron ojos y oídos. El fragor era continuo, como el del paso de
un tren: no se notaban en él altos ni bajos; minutos por minuto el Océano se
alzaba, con igual potencia, contra la isla invisible; y como el tiempo pasaba,
y Herrick esperaba en vano que se produjese alguna alteración en la intensidad
de aquel tumulto, una sensación de lo eterno iba gravitando sobre su espíritu.
Para el ojo avezado, la isla misma podía columbrarse por una indecisa línea de
borrones sobre el cielo estrellado. Y el pailebot fue puesto a la capa y
ansiosamente vigilado hasta que rompió el día.
Hubo poco o nada de neblina matinal.
Una claridad surgió en el Oriente; después una tintura de cierto inefable,
tenue, innominado matiz, entre carmesí y plata; y después, ascuas de fuego.
Estas fulguraron unos momentos sobre el confín del mar, y parecía que se
abrillantaban y se oscurecían y se iban extendiendo; y todavía la noche y las
estrellas reinaban impasibles, sin recelo. Era como si una chispa hubiera
prendido y brillase y se corriera por la fimbria de algún recio y casi
incombustible cortinaje, y la habitación misma no estuviera apenas amenazada.
Sin embargo, un instante más, y todo el Oriente resplandeció con oro y
escarlata, y la oquedad del cielo quedó henchida con la luz del día.
La isla ––la no descubierta, la negada
por todos ––estaba ahora delante de ellos y a corto trecho del barco; y Herrick
pensó que jamás en sus sueños había contemplado nada tan extraño y delicado. La
playa era de una nítida blancura; la barrera continua de los árboles, de un
verde inimitable; la tierra apenas se levantaba diez pies sobre el mar y
treinta más el bosque.
De trecho en trecho, según iba el
pailebot bordeando la costa hacia el Norte, los árboles se interrumpían y se
podía ver por encima de la exigua franja de tierra ––como quien se asoma a una
tapia–– la laguna interior y, más allá, en la lejanía, el lado opuesto del
atolón donde los árboles se dibujaban, como con lápiz, sobre el cielo matutino.
Herrick se afanaba por encontrar analogías. La isla era como el reborde de una
gran vasija hundida en el mar; era como el terraplén, en el que habían brotado
árboles, de un ferrocarril circular; tan frágil parecía entre el turbulento
batir de las rompientes, tan quebradiza y linda, que no le hubiera chocado
verla sumergirse y desaparecer sin ruido, y cerrarse las olas suavemente sobre
el lugar que antes ocupaba.
Entretanto, el capitán había trepado a
la cruceta y estaba ya en lo alto, a horcajadas, catalejo en ristre, mirando en
todas direcciones, tratando de descubrir una entrada, de vislumbrar alguna
señal de ocupación. Pero la isla seguía desarrollándose como en una serie de
articulaciones y se deslizaba ante el barco seguida y uniforme, con leves
promontorios; y aun no se veían ni habitaciones ni personas, ni la humareda de
un fuego. Aquí, una multitud de aves marinas se cernían y revoloteaban pescando
en las aguas azules; y allá y en todas partes, la estrecha franja de cocoteros
y pandanos se prolongaba solitaria, formando deliciosas bóvedas de verdura que
nadie había de visitar; y sólo interrumpía el silencio de muerte la rítmica
pulsación del mar.
Las brisas eran ligeras, la velocidad
del barco escasa, el calor intenso. La cubierta ardía bajo los pies, el sol
llameaba sobre las cabezas, implacable en un cielo implacable; la brea
burbujeaba en los intersticios de la cubierta, y los sesos en el cráneo. Y en
todo este tiempo la excitación de los tres aventureros encendía su sangre como
una fiebre. Cuchicheaban, se hacían signos con la cabeza y señalaban, y se
hablaban al oído con un extraño afán de secreto, acercándose a aquella isla
clandestinamente, como espías o como ladrones; y hasta Davis, desde la cruceta,
daba casi todas sus órdenes por medio de ademanes y gestos. Los marineros
participaban en aquella muda nerviosidad, como perros, sin comprenderla; y
entre el tronar de tantas millas de rompientes, el barco mudo se acercaba a la
isla deshabitada.
Al fin fueron aproximándose a una
abertura en aquel interminable dique. Una punta de arena de coral se adelantaba
por un lado; por el otro, un alto y espeso ramillete de árboles cerraba la
vista; entre ambos estaba la boca de la enorme jofaina. Dos veces al día el
Océano se precipitaba por el estrecho boquete y se amontonaba entre aquellos
frágiles muros; dos veces al día, al bajar la marea, el formidable sobrante
tenia que luchar allí para escaparse. El momento en que el Farallone llegó era el de la pleamar. El mar regresaba ––con el
instinto de la paloma casera–– buscando el vasto receptáculo, se deslizaba
onduloso por la entrada; se transfiguraba, al hacerlo, en una maravilla de
líquidos y sedosos matices, y colmaba hasta el borde el mar interior que estaba
detrás. El pailebot llegó ciñendo el viento, y fue recogido y arrastrado como
un juguete por la corriente. Se deslizó al principio, fue después como en un
raudo vuelo; una sombra fugitiva, proyectada por los árboles de la costa, pasó
sobre la cubierta; el fondo del canal se mostró por un momento, y en un momento
desapareció, y en el siguiente, el pailebot flotaba en la amplitud de la laguna
interior, y abajo, en la transparente mansión de las aguas, jugueteaba una
miríada de peces multicolores–– y una miriada de pálidas flores de coral
esmaltaba el fondo.
Herrick permanecía en un arrobamiento.
En la glotona avidez de sus ojos olvidó el pasado y el presente, olvidó que le
amenazaba de un lado el presidio, y del otro, el hambre, olvidó que había
venido a aquella isla en una desesperada algara, en busca de víveres,
agarrándose a clavos ardiendo. Una bandada de peces, pintados como el arco
iris, y con picos como cotorras, surgió en la sombra del pailebot, y pasó de
largo, relampagueando en el sol submarino. Eran de una belleza como de pájaros,
y su paso silencioso dejó en Herrick la impresión de una frase musical.
Entretanto, ante la mirada de Davis en
la cruceta, la laguna seguía dilatando la superficie de sus aguas solitarias, y
la larga procesión de árboles de la costa se iba desarrollando como una cinta.
Y aun no se percibía señal alguna de civilización. El pailebot, al entrar,
había sido aproado hacia el Norte, donde el agua parecía más profunda, y ahora
se deslizaba junto al alto bosque de árboles que estaba en aquel lado del canal
y obstruía la vista. De toda la baja costa de la isla, sólo aquel doblez permanecía
invisible. Y de pronto se retiró la cortina; se descubrió ante ellos una
ensenada, abrigada en aquel recodo y contemplaron, con indecible pasmo, los
techos de humanas mansiones.
Lo que así apareció, como por
sortilegio, ante los que iban en la cubierta del Farallone, no tenía el aspecto de una población, sino más bien el
de una importante granja con su caserío aledaño: una larga fila de cobertizos y
almacenes; aparte, y por un lado, una vivienda rodeada de una amplia galería;
al otro, una docena de chozas indígenas, una construcción con un campanario y
ciertos pujos arquitectónicos, que pudiera estar destinada a capilla. Enfrente,
en la playa, había unos recios y pesados botes, en seco sobre la arena, y un
muelle de madera avanzaba sobre las aguas abrasadas de la laguna. En un mástil,
en el arranque del muelle, estaba desplegado el rojo pabellón de Inglaterra.
Por detrás, en torno, y por encima, el mismo macizo de altas palmeras, que al
principio había ocultado el poblado, extendía su techo de tumultuosos abanicos
verdes que se agitaban y se revolvían en lo alto, y cantaban todo el día su
canción argentina al impulso del viento. Todo ello tenía el aspecto difícil de
precisar, pero inequívoco, de hallarse en activo servicio; y, sin embargo, daba
una impresión de soledad casi patética: no se veía alma viviente por entre las
casas y no se oía ruido alguno de humano trabajo o regocijo. Sólo, en lo alto
de la playa, y no lejos del asta de la bandera, se veía una mujer, de
descomunal estatura y blanca como la nieve, haciendo señas con un brazo alzado.
Una segunda mirada bastaba para reconocer en ella una obra de escultura
náutica: el mascarón de proa de un barco, que por tanto tiempo se habría alzado
y zambullido ante el embate de infinitas olas y ahora había sido llevado a
tierra para ser el paladión y el numen tutelar de la ciudad desierta.
El Farallone
aprovechó bien la brisa; ésta, además, era más fuerte en la laguna interior que
fuera en el mar, al reparo de la isla; y ante el paílebot robado, se iban
descubriendo nuevas cosas con la rapidez de un panorama, de suerte que los
aventureros no osaban desplegar los labios. La bandera hablaba por sí sola: no
era un deshilachado y desteñido trofeo que se hubiera ido haciendo jirones en
el mástil ondeando sobre un desierto; y para mayor certeza, podía vislumbrarse,
en la profunda sombra de la verandah,
un brillo de cristalería y aletear los manteles. Si el mascarón de
proa, erguido junto al muelle, con su perenne ademán y su blancura leprosa,
reinaba solitario en aquel caserío, como parecía hacerlo en aquel instante, su
reinado dataría de muy poco. Manos laboriosas habían trabajado allí y pies
humanos habían recorrido aquellos lugares, en el transcurso de aquel día. De
ello estaban seguros los farallones; sus
ojos trataban de penetrar las profundas umbrías de las palmeras en busca de
alguien escondido; la intensidad de sus miradas, de prevalecer, hubiera
taladrado los muros de las viviendas; y se sentían sobrecogidos, en aquellos
segundos emocionantes y decisivos, por la sensación de que se les espiaba y se
jugaba con ellos, y de la amenaza de un golpe que se preparaba.
El extremo del cabo cubierto de
palmeras, que acababan de franquear, ocultaba una rinconada de la que se
destacó, repentina y rápidamente, un bote.
––¡Ah del pailebot! ––gritó una voz––.
Seguid hacia el muelle. A dos cables hay veinte brazas de agua y buen
fondeadero.
El bote iba tripulado por un par de
atezados remeros con parcos zaragüelles azules. El que habló llevaba el timón e
iba vestido de blanco, el traje de etiqueta de los trópicos; un ancho sombrero
le ocultaba la cara, pero podía verse que era hombre de gran tamaño, y el tono
y acento de su voz eran de un gentleman. Eso era todo lo que se descubría. Era
evidente, además, que el Farallone había sido visto ya hacía tiempo en el mar y
que los habitantes estaban apercibidos para su recepción.
Las órdenes fueron obedecidas
mecánicamente y el barco fondeó; y los tres aventureros se agruparon a popa
junto a la caseta y esperaron, con apresurado latir de pulsos y una perfecta
vacuidad en la mente, la llegada de aquel desconocido que tanto podía significar
para ellos. No tenían plan ni historia preparada; faltaba tiempo para
inventarla; se les había cogido con las manos en la masa y tenían que dejar
correr la suerte. Sin embargo, en aquella ansiedad había algo de esperanza.
Siendo una isla, por decirlo así, secreta, no era posible que aquel hombre
desempeñase cargo alguno o tuviese autoridad para exigirles sus papeles. Y
además de eso, si había algo de cierto en lo del "Findlay", como en
efecto parecía haberlo, aquella persona era el representante de los
"intereses particulares", tenía que causarle gran enojo su llegada, y
acaso ––la esperanza les murmuraba al oído ––quisiera y pudiera comprarles su
silencio.
El bote estaba ya atracando al costado
y pudieron ver al fin la clase de hombre con quien tenían que habérselas. Era
una especie de gigante, de más de seis pies de altura y de una corpulencia
proporcionalmente recia y fornida; pero su vigor muscular parecía como desleído
y desvirtuado por una indiferente y desmayada apatía. Únicamente sus
ojos rectificaban esta primera impresión: eran, a la vez, de un brillo y de una
suavidad inusitados, sombríos como carbón y con luces como el topacio; ojos de
perfecta salud y bondad; ojos que ponían en guardia contra la cólera
destructora de aquel hombre. Su tez, naturalmente morena, se había curtido en
la isla hasta llegar a un matiz apenas distinguible del color de un tahitiano;
sólo sus movimientos y ademanes, y la vívida fuerza que yacía latente en él,
como el fuego en el pedernal, denunciaban al europeo. Vestía un traje de dril,
blanco, de elegantísimo corte; el pañuelo que llevaba al cuello y la corbata
eran de seda de tonos suaves; junto a él, reclinado en una bancada, se veía un
rifle Winchester.
––¿Está el doctor a bordo? ––exclamó
al subir––. El doctor Symonds. ¿No saben nada de él? ¿Tampoco del Trinity Hall? ¡Ah! No parecía
estar sorprendido, sino aparentarlo, así por cortesía, pero su mirada recorrió
sucesivamente a los tres con tan ahincada curiosidad, que tenía algo de
salvaje. ––¡Ah! pues entonces dijo––
debe de haber algún error, sin duda, y tengo que preguntarles: ¿a qué debo este
honor?
Ya para entonces estaba sobre
cubierta, pero tenía el arte de ser por completo inaccesible; el más vulgar
campechanote, con cuatro copas de más en el cuerpo, se hubiera mirado muy bien
antes de tomarse libertades, y ninguno de los aventureros se atrevió siquiera a
ofrecerle la mano.
––Pues bien ––dijo Davis––,
llamémoslo, si usted quiere, una casualidad. Habíamos oído de su isla y leímos
aquello en el Directorio acerca de los "Intereses particulares". Así
es que, cuando vimos el reflejo de la laguna en el aire, pusimos en seguida la
proa hacia. acá, y por eso estamos aquí.
––Que se nos dispense si molestamos
––dijo Huish.
El hombre miró a Huish con un aire de
vaga sorpresa y apartó significativamente la mirada. No se podía ser más
insultante con un mero gesto.
––Puede ser que me sea de utilidad su
venida aquí ––dijo––. Mi propio pailebot se ha retrasado y quizá me conviniera
utilizar su barco entretanto. ¿Aceptarían ustedes un fletamento?
––Me parece que sí ––contestó Davis;
eso depende...
––Me llamo Attwater ––prosiguió
aquél––. Supongo que usted es el capitán.
––Sí, señor. Soy el capitán de este
barco: el capitán Brown.
––¡Eh!, ¿qué es eso? ––dijo Huid––. Mejor es
empezar hablando claro. Es el patrón aquí en cubierta, sí es verdad; pero no en
la cámara. Abajo, todos somos unos, todos tenemos parte en la expedición;
cuando se trata de negocios, yo no soy menos que él. Y lo que digo es: vámonos
a la cámara a echar un trago y a hablar del asunto mano a mano, como entre
amigos. Tenemos un champaña de primera añadió, guiñando un ojo:
La presencia del gentleman hacía
resaltar, iluminándola como una bujía., la plebeya ordinariez del dependiente;
y Herrick, instintivamente, como se escuda uno contra un sufrimiento, se
apresuró a interrumpir.
––Yo me llamo Hay ––––dijo––, puesto
que estamos en las presentaciones. Tendríamos mucho gusto en que pasase usted a
la cámara.
Attwater se inclinó de pronto hacia
él. ––¿Universitario? preguntó.
––Sí, de Merton[11] ––dijo
Herrick, y en el mismo instante, dándose cuenta de su indiscreción, enrojeció
como la grana.
––Yo soy de los otros ––dijo
Attwater––, de Trinity Hall,
en Cambridge, y
por eso le puse a mi pailebot el nombre del viejo caserón. ¡Vamos! ¡Qué sitio y
qué rara compañía para encontrarnos, mister Hay, ––prosiguió, con fácil y
despreocupada descortesía para los demás––. Pero ¿me responde usted de lo que
sostiene?... Con perdón de usted, caballero, no he podido entender su nombre...
––Mi apellido es Huish ––contestó el
dependiente, y se puso a su vez colorado.
––¡Ah! ––dijo Attwater––. Y
volviéndose de nuevo hacia Herrick: ¿Responde usted de la opinión de míster
Whish[12]
acerca de su vino? ¿O no eran acaso sus palabras más de un desbordamiento de la
ingenua poesía de su naturaleza?
Herrick estaba abochornado; la
aterciopelada brutalidad del visitante le hacía enrojecer. Que le aceptase a él
como un igual, y que así, marcadamente, dejase a los otros de lado, le halagaba
a pesar suyo, y al propio tiempo, y como de rechazo, le encendía en cólera.
––No lo sé ––––contestó––. No es más
que champaña de California; bastante bueno, a lo que parece.
Attwater pareció adoptar una
resolución: ––Bueno, pues entonces, voy a proponer una cosa: ustedes tres,
caballeros, se vienen esta noche a tierra con una cesta de botellas; yo trataré
de buscar los comestibles. ––Y añadió después: A propósito, hay una cosa que
debía haberles preguntado cuando vine a bordo: ¿han tenido viruela?
––Personalmente, no ––––contestó
Herrick––. Pero la ha habido en el pailebot.
––¿Muertos?
––Dos.
––Y ustedes, ¿han tenido muertes aquí
en la isla? ––preguntó Huish.
––¡Ah! Es una enfermedad terrible
––dijo Attwater––. Veintinueve muertos y treinta y un casos en las treinta y
tres almas que había en la isla... Es una rara manera de echar la cuenta, Mr. Hay, ¿no es
cierto?... ¡Almas! Nunca digo eso sin sobrecogerme.
––¿De manera que por eso es por lo que
todo está desierto? ––dijo Huish.
––Por eso es, Mr. Whish ––––dijo
Attwater, por eso es por lo que la casa está vacía y el cementerio lleno.
––¡Veintinueve muertos de los treinta
y tres! ––exclamó Herrick––. ¿Y cómo se arreglaron para enterrar?... ¿O no se
entretuvieron en entierros?
––Apenas ––contestó Attwater––, o hubo
al menos un día en que tuvimos que desistir. Había cinco muertos aquella mañana
y trece que se estaban muriendo, y nadie que pudiera dar un paso, a no ser el
sepulturero y yo. Tuvimos un consejo de guerra, cogimos las... botellas
vacías..., las llevamos a la laguna y las sepultamos. ––Y aquí volvió la cabeza
para mirar por encima del hombro las aguas deslumbrantes. ––Bueno, de modo que
entonces vendían ustedes a comer. ¿Diremos a las seis y media? ¡Son ustedes tan
amables!
Su voz, al pronunciar esas frases, se
acomodó en seguida al tono falso de la vida social; y Herrick, sin darse
cuenta, siguió su ejemplo. ––Le aseguro a usted que estaremos encantados. ¿A
las seis y media? Se lo agradecemos tanto.
"Pues
mi voz está entonada con la nota del cañón
que
retumba sobre el mar, al estallar el combate",
dijo Attwater, citando esos versos con una sonrisa que se trocó de
pronto en un aire de solemnidad fúnebre. ––Espero, sobre todo, que no faltará mister Whish —añadió––, Mr. Whish, confío en
que ha entendido usted la invitación.
––¡Pues no que no, compadre!
––contestó el festivo Huish.
––Muy bien, pues, y queda entendido,
¿no es eso? Mr. Whish
y el capitán Brown, a
las seis y media sin falta; y usted, Hay, a las cuatro en punto.
Y llamó a su bote.
Durante toda aquella conversación,
graves pensamientos y preocupaciones habían agobiado la mente del capitán. Para
nada había nacido tan liberalmente dotado como para desempeñar el papel de
capitán de barco, hospitalario y francote. Pero en aquella ocasión estaba
silencioso y abstraído. Los que le conocían podían notar que no perdía una
sílaba de lo que se hablaba, y parecía sopesarlo y analizarlo todo. Hubiera
sido difícil precisar lo que había en su aspecto de frío, cauteloso y
siniestro, como de quien tramaba planes, aun en gestación; contra el
inconsciente huésped,; se notaba en esto y en aquello, y no se notaba en nada;
era en este instante cosa tan nimia, que Herrick se reprochaba a sí mismo por
haberlo sospechado; y un instante después era tan obvio y palpable, que podía
decirse que por cada pelo de la cabeza de aquel hombre salía una amenaza. .
Volvió en sí de pronto, como con un
estremecimiento. ––Usted hablaba de un fletamento ––dijo.
––¿De veras? ––contestó Attwater––.
Bueno, pues no hablemos más de ello, por el momento.
––Su paílebot, según he entendido,
está retrasado prosiguió el capitán.
––Ha entendido usted perfectamente,
capitán Brown. Treinta
y tres días de retraso; hoy al mediodía.
––De modo que va y viene ¿eh? ¿Trafica
entre aquí y...? ––indicó el capitán.
––Exactamente: cada cuatro meses; tres
viajes por año ––dijo Attwater.
––¿Va usted en él alguna vez?
––No, se queda uno aquí. Tiene uno
hartas cosas a qué atender. ––Se queda usted aquí, ¿no es eso? ––exclamó
Davis––. Dígame. ¿Cuánto tiempo?
––¡Cuánto tiempo! ¡Oh Dios! ––dijo
Attwater, con perfecta y severa gravedad––. Pero no parece tanto ––añadió,
sonriéndose.
––No, me figuro que no ––dijo Davis––.
No con todas las cosas buenas que tiene usted a su alrededor y en un acomodo
tan tranquilo como éste.
––El sitio, como usted tan
bondadosamente lo juzga, no es del todo insoportable.
––¿Nácar... supongo que será? insinuó
Davis.
––Sí; había nácar.
––Esta es una lagunaza tremenda
––prosiguió el capitán––. Ha habido... es que la pesca... ¿diría usted que la
pesca es aquí, en cierto modo, buena?
––No sé qué diría yo de ella, en
cierto modo, nada ––contestó Attwater–– si vamos a aso.
––¿Había perlas también?
––Perlas también.
––Bueno, pues me doy por vencido
––dijo Davis riéndose, y su risa sonó a falsa como una mala moneda––. Si no
quiere usted hablar, no ha de hablar, y asunto concluido.
––No hay ya ninguna razón para que yo
afecte la menor pretensión de secreto en cuanto a mi isla ––respondió
Attwater––; eso se acabó en el momento en que ustedes llegaron; pero, sea como
sea, pueden estar seguros de que, tratándose de caballeros como usted y Mr. Whish, siempre
hubiera estado encantado de recibirles en mi casa y ponerla a su disposición.
El punto en que diferimos ––si eso se puede llamar diferir–– es uno de tiempo y
de oportunidad. Yo poseo algunos datos los cuales usted cree que puedo
comunicar, y yo creo que no. Bien, ¡ya veremos esta noche! Adiós, adiós, Whish.
––Embarcó en su bote y desatracó––. ¿Quedamos de acuerdo?, ¿eh? El capitán y Mr. Whish, a las seis y
media, y usted, Hay, a las cuatro en punto. ¿Me entiende, Hay? No admito
excusas. Si no están allí para el tiempo señalado, no habrá banquete. ¡Si no
hay canción, no hay cena, Mr. Whish!
Blancas aves cruzaban rápidas por el
aire, allá en lo alto, y abajo, en el agua, que apenas parecía más densa,
bandadas de peces de colores; y suspendido en medio, como el féretro de Mahoma,
el bote se alejaba velozmente y su sombra le iba siguiendo sobre el fondo
resplandeciente de la laguna. Attwater, sentado en el tabloncillo de popa, iba
mirando hacia atrás; ni por un momento apartó los ojos del Farallone y del
grupo reunido en la toldilla junto a la caseta, hasta que el bote atracó al muelle. Desde allí,
con paso ágil, y apresuradamente, se dirigió a tierra, y los del Farallone
siguieron viendo su traje blanco por entre la umbría del bosque, tachonada de
manchas de luz, hasta que desapareció en la casa.
El capitán, con un gesto y una cara
harto expresivos, llamó a sus compañeros para que entrasen en la cámara.
––Bien está––dijo a Herrick, en cuanto
se sentaron––; al menos hay una cosa buena. Se ha aficionado a usted de veras.
––¿Y por qué es eso cosa buena?
preguntó Herrick.
––¡Ah!, ya va usted a ver ahora lo que
puede dar de sí ––contestó Davis––. Usted va a tierra a estar con él, y eso es
todo. Puede pescar la mar de informes; puede averiguar lo que tiene, y de qué
fletamento se trata, y cuál es la cuarta persona... porque ellos son cuatro, y
nosotros nada más que tres.
––Y suponiendo que lo hiciera, ¿qué
más iba a pasar? preguntó Herrick––. ¡Contésteme a eso!
––Así lo haré, Robert Herrick ––dijo el
capitán––. Pero antes, vamos a ponerlo todo en claro. Me figuro que está usted
enterado de que este negocio del
Farallone se ha venido al suelo, que está perdido sin remedio, y que si
esta isla no se hubiera presentado delante, cuando se presentó, ¿sabe lo que
hubiera sido de usted y de Huish y de mí?
––Sí; todo eso lo sé elijo Herrick––.
No importa de quién sea la culpa; pero todo eso lo sé, ¿y qué más?
––No importa de quién sea la culpa;
usted lo sabe bien, y muchas gracias por el recuerdo ––dijo el capitán––. Ahora
aquí está este Attwater: ¿qué piensa usted de él?
––No lo sé ––contestó Herrick––. Me
atrae y me repele. Ha estado atrozmente grosero con ustedes.
––¿Y usted, Huish? ––dijo el capitán.
Huish estaba sentado limpiando su pipa
favorita; apenas levantó la cabeza, enfrascado del todo en la absorbente tarea:
––¡No me pregunte lo que pienso de él! ––dijo––. Algún día llegará, espero en
Dios, en que pueda decírselo a él mismo.
––Huiste piensa lo mismo que yo ––digo
Davis––. Cuando aquel hombre se nos acercó como diciendo: "Miradme bien,
yo soy Attwater", y usted sabe muy bien que fue así, a escape lo calé.
Aquí está, me dije, el genuino artículo, el que no puedo tragar, el verdadero y
cogotudo aristócrata, el que le mira a uno como si fuera basura, y no se
explica para qué se molestó Dios en criarnos. No, eso no está falsificado;
tiene que haber nacido en ello y, ¡fíjese!, listo como el aire y fume como el
acero; nada de tontería, no señor, no tiene un pelo de tonto. Y ahora me
pregunto: ¿para qué está aquí, en esta isla tan divertida? No está aquí
coleccionando insectos. Esos así, tienen un palacio en su tierra y lacayos con
pelucas empolvadas; y si no está allá, sus razones tendrá, ¿me entienden?
––Sí, sí, le oigo ––dijo Huish.
––Ha estado aquí, por consiguiente,
haciendo buenos negocios ––continuó el capitán––. Durante diez años ha hecho un
negocio enorme. En perlas y nácar, por supuesto; no puede haber otra cosa en
este sitio, y no hay duda de que envía las conchas, de tiempo en tiempo, en el Trinity Hall, y el dinero
que saca de ellas va derecho al Banco, de modo que eso no nos importa. Pero,
¿qué más hay aquí? ¿No hay otras cosas que sería probable que guardase aquí?
¿No hay nada que tenga forzosamente que guardar aquí? Sí, señor... ¡las perlas!
Primero, porque valen demasiado dinero para confiárselas a nadie. Segundo,
porque las perlas requieren mucha manipulación y paciencia para clasificarlas y
aparearlas; y el que vende sus perlas, según le vienen a las manos, una por ahí
y otra por allá, en vez de reservarlas y esperar la ocasión, ese es un
idiota... y no lo es Attwater.
––Probablemente ––dijo Huiste––. Así
es cómo debe de ser; no está probado, pero––es lo probable.
––Está probado ––dijo Davis
rotundamente.
––¿Y si suponemos que lo está? ––dijo
Herrick––. Admitamos que todo eso es cierto y que tuviera esas perlas, todas
las coleccionadas en diez años. ¿Y si suponemos que las tiene? Esa es mi
pregunta.
El capitán tocaba un redoble con sus
fornidas manos en la mesa que tenia delante: miraba fijamente el rostro de
Herrick, y éste, con no menos fijeza, miraba la mesa y los dedos que repicaban;
el barco, anclado, se mecía con una suave oscilación, y una gran mancha de sol
iba y venía entre uno y otro interlocutor.
––¡Óigame! ––exclamó súbitamente
Herrick.
––No, mejor es que me oiga usted a mí
primero ––dijo Davis––. Óigame y entiéndame. A nosotros, para nada nos sirve
ese prójimo, si a usted le sirve para algo. Es de su género de usted, no del
nuestro; se ha aficionado a usted y se ha limpiado las botas encima de Huish y
de mí. ¡Sálvele usted, si puede!
––¿Salvarlo? ––repitió Herrick.
––¡Sálvelo usted, si es capaz!
––insistió Davis, dando un golpe en la mesa con el puño––. Vaya usted a tierra
y háblele con suavidad, y si logra traerlo a bordo, a él y a sus perlas, le
perdonaré la vida. Si usted no lo consigue, va a haber un funeral. ¿No es eso,
Huiste?, ¿no le parece bien?
––Yo no soy hombre que le guste
perdonar ––dijo Huish––; pero no soy tampoco de los que echan a perder un
negocio. Traiga al fantasmón a bordo y tráigalo con sus perlas, y puede hacer
con él lo que le venga en gana; abandonarlo en alguna isla, si quiere... No me
opongo...
––Bueno; ¿y si no puedo? ––exclamó
Herrick, mientras el sudor le corríá por la cara––. Me hablan como si yo fuera
Dios Todopoderoso: haz esto y haz lo otro. Pero, ¿y si no puedo?
––Hijo ––dijo el capitán––, arréglese
como mejor pueda o ¡va usted a ver cosas gordas!
––¡Ya lo creo! ––dijo Huish––. ¡Ay, mi
niña! ¡Ya lo creo que sí! Miró a Herrick, en el lado opuesto de la mesa, con
una sonrisa desdentada, que estremecía por su salvajismo; y sin duda
sugestionado su oído por la expresión trivial que había empleado, empezó a
cantar un trozo del estribillo de una canción cómica que debió de haber oído en
Londres veinte años antes; estúpida jerigonza, sin sentido alguno, que era en
aquel lugar y en aquel momento, repugnante y odiosa como una blasfemia.
El capitán le dejó que acabase; su
rostro permanecía inalterable.
––De la manera que se han puesto las
cosas, cualquiera otro en mi lugar, no le dejaría a usted ir a tierra
––prosiguió––, pero yo no soy de ese género. Yo sé que nunca se volverá contra
mí, Herrick. O si se decide a hacerlo y me traiciona... ¡vaya usted y hágalo y
que Satanás se lo lleve! ––gritó, y se levantó bruscamente de la mesa.
Salió fuera de la caseta, y al llegar
a la puerta se volvió y llamó a Huish con voz violenta y repentina, como el
ladrido de un perro. Huish le siguió y Herrick se quedó solo en la cámara.
––¡Ojo con lo que se hace! ––murmuró
Davis al oído de Huish––. Conozco muy bien a ese. Si vuelve usted a dirigirle
otra vez la palabra, va a ser la ruina de todos.
VIII
EN
EL ATOLÓN
El bote regresaba al Farallone y
estaba ya a mitad de camino cuando Herrick dió la vuelta y echó a andar, de
mala gana, por el muelle adelante. En lo alto de la playa el mascarón de proa
se erguía frente a él con una cierta apariencia irónica, echada hacia atrás la
cabeza encuadrada en el yelmo, levantado el formidable brazo como para lanzar
un proyectil contra el pailebot anclado. Parecía una deidad retadora de la
isla, que había llegado hasta el borde en un ímpetu para levantar el vuelo, y
se había petrificado en aquella actitud de bélica acometida. Al pasar a su
lado, Herrick alzó los ojos para contemplar la gigantesca mujer, con un extraño
sentimiento de curiosidad y romanticismo, y dejó volar su imaginación pensando
en la historia de su vida. Había sido por tanto tiempo la ciega conductora de
una nave por entre las olas; había estado por tanto tiempo allí, ociosa, bajo
el sol de fuego, que no había logrado levantar ampollas en la pintura, y ¿no
iba a ser más que éste el final de tantas aventuras? ––se preguntaba––, ¿o aún
quedaban más detrás? Y en lo hondo de su corazón sentía que no fuera una diosa,
y él no llegase a ser un pagano, para postrarse ante ella en la hora de la
tribulación.
Siguiendo adelante, penetró en la
fresca sombra de las palmeras, altas y espesas. Las ráfagas de la brisa, que
iba amainando, las mecían entrechocándolas allá en lo alto, y por todas partes,
con la rapidez de libélulas o de golondrinas, los rayos del sol huían y
tornaban y se perseguían en incesante agitación. Bajo los pies, la arena era
consistente y lisa, y Herrick andaba silenciosamente, como sobre nieve recién
caída. Notaba que había estado tan limpia y escardada como las avenidas de un
parque inglés, pero la epidemia había hecho que las malas hierbas empezasen a
retoñar. Los edificios de la factoría se percibían entre las columnatas de las
palmeras, recién pintados, limpios y coquetones, pero todos silenciosos como
tumbas. Tan sólo aquí y allí, bajo la cripta de verdura, se oían ruidos y
cacareos de gallinas, y por detrás de la casa de las galerías vio alzarse el
humo y oyó el chisporroteo de un fuego.
Las casas de piedra estaban más
cercanas, a la derecha. La primera estaba cerrada; en la segunda, pudo percibir
vagamente, por una ventana, un depósito de conchas perleras amontonadas en el
fondo; la tercera, por cuyas puertas abiertas de par en par entraba la luz de
la tarde, atrajo la atención de Herrick por la multiplicidad y el revoltijo de
cosas pintorescas que contenía. Había allí cables, cabestrantes y poleas de
todos los tamaños; tragaluces de camarotes y escalas; tanques oxidados y una
caseta de bajada a la cámara; una bitácora con sus montajes de cobre y su
brújula apuntando sin objeto, en la confusión y en la penumbra de aquel
cobertizo, a un olvidado polo; cordajes, anclas, arpones, una caldera verdosa
de cobre, para derretir grasa de ballena, una rueda de timón, una caja de
herramientas con el hombre del barco, Asia, en la tapa; todo un almacén de
antigüedades y curiosidades náuticas, enormes y sólidas, pesadas fáciles de
romper, reforzadas de cobre y calzadas con hierro. Dos naufragios, por lo menos,
tenían que haber contribuido a formar aquel heterogéneo montón de restos; y
mientras Herrick lo contemplaba, le parecía como si los tripulantes de los dos
barcos estuviesen allí de guardia, y creyó oír pisadas y cuchicheos y ver, con
el rabillo del ojo, los vulgares fantasmas de los hombres de mar.
No obedecía esto, tan sólo, al influjo
de una imaginación excitada, sino que provenía de algo real; se oían, sin duda,
cautelosos lasos que se acercaban, y aun seguía mirando aquel amontonamiento
de trastos, cuando oyó de pronto detrás de él la voz de su huésped, aún más
suave que de costumbre.
––¡Trastos viejos ––dijo––, nada más
que trastos viejos! ¿Y no le inspiran, Mr. Hay, una parábola?
––Me inspiran, al menos, una honda
impresión ––replicó Herrick––, volviéndose rápidamente, para ver si podía
sorprender, en la fisonomía del que hablaba, un comentario mudo a sus palabras.
Attwater se quedó en la puerta, cuyo
hueco casi llenaba por completo; tenía las manos levantadas y asidas al dintel.
Se sonrió cuando sus miradas se encontraron, pero su expresión era
inescrutable.
––Sí, una profunda impresión. Es usted
como yo, ¡nada hay que afecte tanto como los barcos! ––dijo––. Las ruinas de un
imperio me dejarían tan fresco; al paso que un pedazo de antepecho carcomido,
en el que se apoyó algún viejo lobo de mar, en la guardia de media noche, me
pone los nervios de punta. Pero venga conmigo; vamos a ver algo más de la isla.
Todo es arena y coral y palmeras, pero tiene no sé qué extraño encanto.
––Yo la encuentro paradisíaca ––––dijo
Herrick, aspirando el aire con fuerza, y con la cabeza descubierta para gozar
del fresco de la sombra.
––Eso es porque acaba usted de llegar
del mar ––––dijo Attwater––. Y por eso también creo que podrá apreciar mejor el
nombre que le he dado. Es un hombre adorable; tiene aroma, tiene color, tiene
una cadenciosa sonoridad; es como su autor... ¡es casi cristiano! Acuérdese de
su primera visión de la isla, y de que no es más que bosques y bosques y agua;
y suponga que hubiera preguntado por su nombre, y le contestase... Nemorosa
Zacynthos.
––¡Jam medio apparet fluctu!––exclamó Herrick––. ¡Oh, dioses, qué
bello!
––Si llegasen a ponerlo en el mapa,
¿qué harían de él los capitanes? Pero, vamos, voy a enseñarle el almacén de los
buzos.
Abrió una puerta, y Herrick vio una
larga serie de aparatos meticulosamente ordenados; bombas y mangas y botas con
pesados plomos, y los enormes cascos hocicudos que resplandecían en fila a lo
largo del muro: diez equipos completos.
––Toda la mitad oriental de mi laguna
es somera ––dijo Attwatery así comprenderá usted que hemos podido emplear las
escafandras con gran provecho. Es increíble hasta qué punto ha sido
reproductivo; y era un extraño espectáculo ver los buzos al trabajo, y estos
monstruos marinos ––dando una palmada en el casco más próximo ––aparecían
incesantemente y reaparecían en medio de la laguna. ¿Le gustan a usted las
parábolas? preguntó de súbito.
––¡Ah!, sí ––––dijo Herrick.
––Bueno, pues yo veía esas máquinas surgir
chorreando y volver a sumergirse, y salir chorreando otra vez, y hundirse de
nuevo y, entretanto, el sujeto que estaba dentro ¡seco como una yesca! Y yo
pensaba que todos necesitábamos de una vestidura así para zambullirnos en el
mundo y salir intactos. ¿Y cómo creería usted que se llamaba? ––preguntó.
––Vanidad ––dijo Herrick.
––¡No! Hablo seriamente ––replicó
Attwater.
––Llamémosla entonces respeto de sí
mismo.
––¿Y por qué no Gracia? ¿Por qué no la
Gracia de Dios, Hay? preguntó Attwater–– ¿Por qué no la Gracia de su Hacedor y
Redentor, que le sostiene a usted y al que diariamente crucifica de nuevo? ¡No
hay nada aquí ––––golpeándose en el pecho––, nada aquí pegando en el muro–– y
nada aquí dando una patada en el suelo––, nada más que la Divina Gracia!
Andamos sobre ella; la respiramos; vivimos y morimos por ella; es la clavazón y
el eje del Universo, ¡y un muñeco con pijamas, prefiere la vanidad! la gigante
figura de aquel hombre sombrío, de atezado rostro, parecía cernerse amenazadora
sobre Herrick, junto a la fila de las escafandras, y agrandarse y fulgurar; y,
en un instante, toda aquella fiera vitalidad había desaparecido. ––Perdóneme
usted ––––dijo––, ya veo que no cree en Dios.
––Me temo que no en el mismo sentido
que usted ––contestó Herrick.
––Nunca discuto con jóvenes ateos o
con borrachos habituales ––replicó Attwater con impertinente petulancia––.
Atravesemos la isla hasta la playa exterior.
La distancia era corta; la mayor
anchura de la isla apenas excedía de un centenar de metros, y marcharon
despacio. Herrick estaba como en un sueño. Había ido allí con propósitos
indecisos; dispuesto a estudiar aquella máscara ambigua, desdeñosa y burlona, a
descubrir, por bajo de ella, la esencia de aquel hombre, y a obrar en
consecuencia, aplazando hasta entonces toda decisión. Una férrea crueldad, una
férrea indiferencia por el sufrimiento ajeno, inflexible prosecución de su
propio interés, fría cultura, cortesía sin calor humano: todo esto pensó hallar
y todavía se figuraba verlo. Pero encontrar toda la máquina así encendida en
religioso celo, le dejó desconcertado; y en vano se esforzaba, mientras
proseguía su camino, para ir atando, hasta formar un conjunto, los cabos
sueltos de sus observaciones...; para ajustar, enfocándolo de cualquier modo,
el retrato que iba haciendo del hombre que marchaba a su lado.
––¿Qué fue lo que le trajo al Mar del
Sur? preguntó de pronto.
––Muchas cosas -dijo Attwater––.
Juventud, curiosidad, romanticismo, el amor al mar y ––le sorprenderá a usted
oírlo–– un interés en las misiones. Este último ha decaído mucho, lo cual no le
chocará tanto. Los misioneros se equivocan: son demasiado párrocos, tienen
mucho de beatas viejas y de comadres. Ropa,
ropa, para tapar las desnudeces: en eso está su ideal; pero las ropas no
son el cristianismo, como no son el sol del cielo, ni pueden sustituirle. Creen
que una casa. rectoral con rosales, y las campanas de la iglesia y las
viejecitas remilgadas que les hace reverencias en la calle, son parte y esencia
de la religión. Pero la religión es una cosa salvaje, como el Universo que
ilumina: salvaje, fría y desnuda, pero infinitamente fuerte.
––¿Y usted encontró esta isla por
curiosidad? preguntó Herrick.
––Lo mismo que usted. Y desde entonces
he tenido una empresa, y una colonia y una misión exclusivamente mía. Yo era un
hombre de mundo antes de ser un cristiano; soy un hombre de mundo todavía y
hago que mi misión produzca dinero. Nunca ha salido nada bueno de mimos y
blanduras. El hombre tiene que levantarse en presencia de Dios y trabajar hasta
dar de sí su último adarme: entonces valdrá algo para mí, pero no antes. Yo di
a estos pobres diablos lo que necesitaban: un juez en Israel, el portador de la
espada y el flagelo; estaba haciendo de ellos un nuevo pueblo, ¡y he aquí que
el ángel del Señor los hirió y ya no existen!
Al decir estas palabras, que fueron
acompañadas de un gesto trágico, ambos salieron fuera de la techumbre del
bosque de palmeras, junto al borde del mar y de cara al sol que estaba a punto
de su ocaso. Ante ellos el oleaje rompía pausadamente. Todo alrededor, como
imperfectos seres de madera animados de maligna actividad, los cangrejos
rastreaban y se escabullían en los agujeros. A la derecha ––hacia donde señaló
Attwater y se volvió súbitamente estaba el cementerio de la isla: una
explanada de quebradas piedras de todos tamaños, con muchos montoncillos del
mismo material y cercada con una tosca tapia rectangular. Nada crecía allí, a
no ser uno o dos espinos con algunas florecillas silvestres; nada más que el
número de los montones, y su forma inquietante indicaba la presencia de los
muertos.
"¡Los rudos fundadores de la
aldea descansan[13]!"
Attwater recitó ese verso al entrar,
por el abierto portillo, en el temeroso cercado––. "El coral, al coral;
las piedras, a las piedras" dijo––. Este ha sido el lugar de mi mayor
actividad en el Pacífico. Algunos eran buenos, algunos eran malos, y la mayoría
por supuesto y como siempre–– nulos. Aquí está uno que acostumbraba a retozar
como un perrillo; si se le llamaba, acudía como una flecha; si no era así, y si
llegaba sin invitación, eran de ver sus miradas suplicantes y el intrincado
baile de sus piernas. Pues ya acabaron sus cuitas, y ya se ha ido a descansar
con reyes y sus ministros, y todo lo demás que hizo, ¿no queda escrito en el
libro de las crónicas? Este otro era de Penrhyn; como todos aquellos isleños
era difícil de manejar: testarudo, envidioso, violento. Pues aquí yace tan
tranquilo. Y así duermen todos.
"¡Y fueron sepultando las sombras
a los muertos!"
Estaba inmóvil, en el intenso
resplandor del ocaso, con la cabeza inclinada; su voz tenia ahora un tono dulce
o dolorido, según el sentido de sus palabras.
––¿Quería usted a esas gentes?
preguntó Herrick, extrañamente conmovido.
––¿Yo? ¡Cá, hombre, cá! No me tome por un filántropo. Me
disgustan los hombres y aborrezco a las mujeres. Si por algo me atraen las
islas, es porque se las ve aquí despojadas de todos sus postizos, de sus
pájaros disecados y de sus sombreretes, sus faldas y medias de colorines. Aquí
está un hombre a quien, sin embargo, quería. Era un espléndido animal salvaje;
tenía un alma tenebrosa; sí, a éste le quería. Yo soy caprichoso ––añadió
mirando a Herrick con fijeza–– y me entran chifladuras. Usted me gusta.
Herrick volvió de pronto la cara y
miró a lo lejos, a donde las nubes empezaban a acudir y a amontonarse en torno
de los funerales del día. ––A nadie puedo gustarle -dijo.
––Se equivoca usted ––––dijo el
otro––, como siempre sucede respecto de uno mismo. Es usted atrayente, muy
atrayente.
––No lo soy; A nadie puedo gustarle.
¡Si usted supiera cómo me desprecio a mí mismo... y por qué! y la voz de
Herrick sonó como un alarido en el silencioso cementerio.
––Ya sabía que usted se despreciaba
––––dijo Attwater––. Vi cómo se le subía hoy la sangre a la cara cuando se
acordó de Oxford. Y
yo podía también haberme ruborizado por usted al ver a un hombre, a un
gentleman, con esos dos lobos soeces.
Herrick le miró, estremeciéndose.
––¿Lobos? ––repitió.
––He dicho lobos, y lobos soeces.
¿Sabe usted que esta mañana, cuando llegué a bordo, temblaba?
––Pues lo ocultó usted bien
––tartamudeó Herrick.
––Es un hábito mío. Pero, con todo,
tenía miedo; tenía miedo de los dos lobos ––––dijo Attwater, y levantó
lentamente la mano––. Y ahora, dime tú, Hay, pobre gozquecillo extraviado, ¿qué
estás haciendo con los dos lobos?
––¿Que qué hago? No hago nada ––––dijo
Herrick––. Allí no pasa nada malo; el capitán Brown es un buen hombre; es... es... (La voz
espectral de Davis susurró en su oído: "Va a haber un funeral"; y un
sudor frío le corrió por la frente.) Es un padre de familia prosiguió,
atragantándose––, tiene sus hijos allá en la tierra... y su mujer.
––¡Y es toda una buena persona! ––dijo
Attwater––. ¿Y también lo es, sin duda, Mr. Whish?
––No iré tan lejos como eso dijo
Herrick––. No me gusta Huish. Y sin embargo... también tiene sus méritos.
––Y en una palabra, y tomados en
junto, que son tan buenos compañeros de barco como uno pudiera desear, ¿no es
eso?
––¡Ah!, sí ––––dijo Herrick––,
completamente.
––Pues entonces vamos a la otra
cuestión: ¿por qué se desprecia usted a sí mismo?
––¿No nos despreciamos todos?
––exclamó Herrick––. ¿No se desprecia usted?
––¡Ah!, yo digo que sí, ¿pero, me
desprecio? Una cosa sé, al menos: que nunca se me escapó un grito como el que
se le ha escapado a usted. ¡Salió de una mala conciencia! ¡Ay, amigo, esa pobre
escafandra de la vanidad está hecha un harapo! Hoy, si quiere oír mi voz, hoy,
ahora, mientras el sol se pone, y aquí, en este enterramiento de inocentes
salvajes, caiga de rodillas y eche sus pecados y sus penas a los pies del
Redentor. Hay...
––"¡Hay",
no! ––interrumpió Herrick jadeante––. ¡No me llame usted por ese nombre! Quiero
decir... ¡Por Dios!, ¿no ve usted que estoy en el potro?
––Lo veo, lo sé, ¡y le he puesto y le
mantengo en él, y tengo los dedos en los tornillos! —dijo Attwater––. Plegue a
Dios que le lleve esta noche a un penitente ante su trono. ¡Ven, ven al
propiciatorio! Él te espera, para mostrarse misericordioso... ¡te espera en su
misericordia!
Abrió los brazos como un crucifijo; su
faz resplandecía, iluminada como la de un arcángel; en su voz, que iba
elevándose a medida que hablaba, había como un temblor de lágrimas.
Herrick hizo un gran esfuerzo para
serenarse. ––Attwater––dijo––, me fuerza usted hasta lo insufrible. ¿Qué puedo
hacer yo? Yo no creo. Eso es para usted una verdad viva: para mí, en
conciencia., nada más que "folklore". Yo no creo que haya bajo el
cielo una fórmula de palabras por la cual pueda levantar de mis hombros el peso
que me agobia. Tengo que ir dando traspiés, hasta el fin, con mi
responsabilidad a cuestas; no puedo librarme de ella; ¿piensa usted que no
querría, si creyese que podía hacerlo? No puedo... no puedo...
Del místico arrobamiento ya no quedaba
ni rastro en el semblante de Attwater: el sombrío apóstol había desaparecido. Y
en su lugar estaba un caballero, despreocupado, irónico, que se quitó el
sombrero y se inclinó en una reverencia. Lo hizo con tan despectiva
impertinencia, que Herrick sintió agolpársele la sangre en la cara.
––¿Qué significa esto? ––exclamó.
––Bueno, ¿quiere usted que regresemos
a la casa? ––contestó Attwater––. Nuestros invitados estarán a punto de llegar.
Herrick permaneció un momento sin
moverse, apretando los puños y los dientes; y cuando aun estaba así, el objeto
de la misión que se le había confiado, fue apareciendo, poco a poco y con toda
claridad ante él, como la luna saliendo de entre las nubes. Había venido allí
como señuelo para llevar a aquel hombre a bordo; estaba fracasando en su
empeño, si es que podía decirse que lo había intentado; estaba seguro de que se
frustraría ahora, y lo sabía, y sabía que mejor era así. ¿Y qué vendría
después?
Con un quejido ahogado se volvió para
seguir a su anfitrión, el cual le esperaba sonriendo cortésmente, y le guió por
entre la columnata, ya en sombras, de las palmeras. Marchaban en silencio; la
tierra exhalaba, pródiga, su perfume; el aire, al aspirarlo, era tibio y
aromático, y desde lejos, en el bosque, el fulgor de las luces y del fuego
delineaba la casa de Attwater.
Herrick, entretanto, luchaba con una
irresistible tentación de alcanzarle, tocarle en el brazo y murmurar en su
oído: "¡Alerta!: esos van a matarte". Se salvaría así una vida, ¿pero
qué iba a ser de las otras dos? Las tres vidas subían y bajaban en su mente,
como los baldes de un pozo o los platillos de una balanza. Tenía que escoger y
tenía que hacerlo a escape. Durante unos minutos trascendentes, los engranajes
de la vida funcionaban ante él y aún podía dirigirlos con un toque, a un lado o
a otro; aun podía escoger quién había de vivir y a quien esperaba la muerte.
Pensó en las víctimas. Attwater le intrigaba; se sentía ante él desconcertado,
le deslumbraba, le hechizaba, y a la vez inspirábale invencible repulsión.
Vivo, no le parecía más que un bien dudoso; y el pensamiento de verlo tendido
muerto, le producía un terror alucinante, apareciéndosele la escena con los más
nimios detalles auditivos y visuales. Como una obsesión, veía delante de sí la
imagen de aquel coloso, postrado en diversas actitudes y con diversas heridas,
caído de espaldas, de bruces, agarrado al quicio de una puerta, con la ––faz
demudada y las manos convulsas, en la agonía. Oyó el chasquido del gatillo, el
impacto de la bala, el grito de la víctima; vio fluir la sangre. Y esta reconstrucción
de circunstancias y detalles era como una consagración de aquel hombre, hasta
parecerle que marchaba delante de él al sacrificio, con las vestiduras
rituales. En seguida pensó en Davis, con la robusta, tosca, ineducada
vulgaridad de su naturaleza, su indomable valor y jovialidad allá en los días
del hambre, la atrayente amalgama de sus faltas y virtudes; el inesperado
descubrimiento de una ternura demasiado honda para desbordarse en lágrimas; sus
pequeños, Ada y su enfermedad de los intestinos, la muñeca de Ada... No,
no se podía ni pensar que la muerte se acercase a él. Con un acaloramiento que
le templó los músculos, Herrick se afirmó en la idea de que el padre de Ada encontraría
en él un hijo, hasta el fin. Y hasta al mismo Huish le alcanzaba algo de
aquella sagrada inmunidad. La vida diaria en común era una tácita adopción
fraternal; sus pasadas miserias, su convivencia en el barco, implicaban un
compromiso de fidelidad que Herrick no podía romper del todo sin deshonrarse
por completo. Entre ambos horrores, muerte por muerte, no había vacilación
posible: tenía que ser Attwater. Y aun no había acabado de fraguarse en su
mente esta idea ––que era en sí una sentencia–– cuando ya, loco de pánico, se
había pasado con toda su alma del otro lado; y al mirar dentro de sí mismo,
sólo vio confusión e inarticulado tumulto.
En todo esto no había un solo
pensamiento para Robert Herrick.
Se había abandonado al flujo de los humanos destinos y la resaca le había
arrastrando: oía ya el rugido del "maelstrom" que tiraba de él y
le hundiría en su vértice. Y en su espíritu, enloquecido y deshonrado, no había
ni un pensamiento para su propia persona.
Del tiempo que anduvo silencioso al
lado de su compañero, no tenía idea. Las nubes se disiparon de pronto; la
crisis había pasado; se sentía sereno, con la placidez de la desesperación;
recuperó la facultad de la conversación corriente, y, sorprendido, oyó su
propia voz que decía: ¡Qué deliciosa noche!
––¿Verdad que sí? dijo Attwater––. Sí,
las noches aquí serían muy agradables si tuviese uno algo que hacer. De día, al
menos, se puede tirar.
––¿Es usted tirador? ––preguntó
Herrick.
––Sí, soy lo que se llama un buen
tirador. Es cuestión de fe: yo creo que mis balas darán en el blanco; si
marrase una vez, me quedaría desmoralizado por meses y meses.
––Entonces, ¿no marra usted nunca?
––No, a menos que lo haga adrede. Pero
en marrar con precisión está el arte. Había un viejo rey a quien yo conocí en
una de las islas occidentales, que acostumbraba a vaciar un Winchester todo
alrededor de un hombre y levantarle el pelo o arrancar hilachos de la ropa con
cada una de las balas, excepto con la última, y esa se la clavaba, recta, entre
los dos ojos. Era una buena puntería.
––¿Usted podría hacer eso? preguntó
Herrick, escalofriado.
––¡Ah! Yo puedo hacerlo todo
––contestó el otro––; usted no comprende: lo que debe ser, es.
Habían ya llegado a las traseras de la
casa. Uno de los hombres cuidaba del fuego, en el que ardían con fieras y
deslumbrantes llamas las cáscaras de cocos. Una fragancia de extraños manjares
flotaba en el aire. Se habían encendido lámparas todo alrededor de las galerías
y su luz se esparcía por entre la oscuridad de los árboles, formando
complicados dibujos de sombras.
––Venga y se lavará las manos -dijo
Attwater––, y le condujo a un cuarto limpísimo, esterado, con un coy, una caja de
caudales, uno o dos estantes de libros en un armario de cristales y un lavabo
de hierro. Llamó en la lengua indígena, y apareció en la puerta una muchacha,
linda y regordeta, que dejó una toalla limpia y se fue al punto.
––¡Hola! ––exclamó Herrick, que
entonces veía por primera vez al cuarto superviviente de la epidemia, y se
estremeció acordándose de las instrucciones del capitán.
––Sí ––dijo Attwater––, toda la
colonia vive ahora en la casa; los que han quedado. Tenemos miedo de los
diablos; ¡qué le parece a usted! Tamara y esa duermen en la sala de delante y
el otro en la veranda.
––Es bonita ––––dijo Herrick.
––Demasiado bonita. Por eso la casé.
Nunca sabe uno cuándo puede entrarle la tentación de hacer el asno tratándose
de mujeres; así es que, cuando nos quedamos solos, llevé los dos a la capilla y
celebré la ceremonia.
Ella hizo muchísimos aspavientos. Yo no acepto, de ningún modo, la idea
romántica del matrimonio añadió a manera de explicación.
––¿Y eso lo juzga usted una
salvaguardia? ––preguntó Herrick, asombrado.
––Indudablemente. Yo soy un hombre
llano y muy literal. Lo que Dios ata...
esas son las palabras, me parece. Así, pues, se los casó, y se respeta el
matrimonio.
––¡Ah! ––exclamó Herrick.
––Ya ve usted ––prosiguió Attwater––,
yo puedo prometerme un matrimonio ventajoso cuando vuelva de Inglaterra. Soy
rico. Sólo esta caja ––dijo, poniendo la mano sobre ella ––representa una buena
fortuna cuando tenga tiempo para colocar las perlas en el mercado. Aquí está
acumulado, desde hace diez años, lo que ha salido de una laguna donde he tenido
hasta diez buzos trabajando todo el día; y la he explotado, además, con todos
los cuidados posibles. ¿Quisiera usted verlas?
El ver así confirmadas las conjeturas
del capitán, emocionó a Herrick profundamente, y tuvo que hacer un esfuerzo
para contenerse. No, gracias; no vale la pena ––dijo. No me interesan las
perlas. No me dicen nada esas...
––¿Fruslerías? ––indicó Attwater––. Y,
sin embargo, creo que debería echar una mirada a mi colección, que es,
verdaderamente, única, y la cual... ––¡ay!, como pasa con todos nosotros y con
todas nuestras cosas cuelga de un pelo. Hoy brotan y florecen, y mañana se
cortan y se echan al fuego. Hoy está aquí reunida en esa caja; Mañana... ¡esta
noche!... puede estar desparramada. Tú, insensato, esta noche tu alma puede ser
requerida de ti.
––No le entiendo a usted ––––dijo
Herrick.
––¿No?
––Parece que habla en enigmas
––insistió Herrick vacilante––. No entiendo qué clase de hombre es usted ni qué
es lo que se propone.
Attwater se quedó inmóvil con las
manos en las caderas y la frente inclinada hacia adelante. ––Yo soy un
fatalista ––replicó–– y precisamente en este momento, si insiste usted en
saberlo..., un experimentalista. Y a propósito y hablando de eso: ¿quién embadurnó
el nombre del pailebot? ––dijo con sarcástica suavidad––, porque ¿sabe usted?
parece que debieran volver a hacerlo. Todavía puede leerse en parte, y todo lo
que vale la pena de hacerse, seguramente vale la pena de que se haga bien. ¿No
opina usted lo mismo? ¡Es cosa tan buena! Bueno, ¿quiere usted que salgamos a
la galería? Tengo un jerez seco del que quisiera oír su opinión.
Herrick le siguió hasta el lugar en
que, bajo la luz de las lámparas colgantes, resplandecía la mesa con el brillo
de la cristalería y la blancura de los paltos; le siguió como va el criminal
con el verdugo o la oveja con el carnicero; bebió el jerez como un autómata y,
como una máquina, emitió palabras de elogio. Su terror había cambiado,
súbitamente, de objeto. Hasta entonces había visto a Attwater maniatado, con
una mordaza, como víctima indefensa, y sentía el ansia de abalanzarse para
salvarlo: ahora le veía alzarse sobre todos ingente, misterioso y amenazador:
el ángel de la cólera del Señor armado de conocimiento y del temible fallo.
Dejó el vaso sobre la mesa y se sorprendió de verlo vacía.
––¿Va usted siempre armado?
––preguntó, y en el instante mismo hubiera podido arrancarse la lengua
––Siempre ––––dijo Attwater––. He
pasado aquí por una insurrección: ese fue uno de los incidentes de mi vida de
misionero.
Y en aquel momento preciso llegó hasta
ellos rumor de voces, y mirando desde la galería, vieron a Huish y al capitán
que se acercaban.
IX
EL
BANQUETE
Se sentaron en torno a la mesa y se
les sirvió una comida isleña, notable por su variedad y excelencia: sopa y
filete de tortuga, pescado, aves, un lechoncillo, ensalada de coco, y brotes de
coco asados para postre. No se abrió ni una lata de conservas, y a no ser el
vinagre y el aceite y unos puerros que Attwater cultivaba y cogió con su propia
mano, ni siquiera los condimentos eran europeos. Jerez, vino del Rhin, vinos
tintos, aparecieron en sucesión, y el champaña del Farallone cerró la retaguardia con el postre.
Se echaba de ver que Attwater, como la
mayor parte de los extremadamente religiosos, en los días que precedieron al
movimiento contra el alcoholismo, tenía sus puntas de epicúreo. Para gente de
esa calaña, comer bien tiene virtud apaciguadora y sedante; y, mucho más aun,
discurrir y aderezar un delicioso ágape para otros, y, por eso, la actitud y
las maneras del anfitrión parecían gratamente suavizadas. Un gato, de gran
tamaño, runruneaba sentado en su hombro y, de cuando en cuando, con ágil garra,
atrapaba un bocado en el aire. Un gato parecía él también, sentado lánguida y
desmayadamente a la cabecera de la mesa, repartiendo amabilidades y pulas, y
usando, con igual indiferencia, el terciopelo y la zarpa. Y tanto Huish cómo el
capitán se fueron sintiendo subyugados por el encanto de su hospitalaria
liberalidad.
Para el tercer invitado, puede decirse
que los incidentes de la comida pasaron largo tiempo inadvertidos. Tomaba todo
lo que le ofrecían, comía y bebía sin darse cuenta, y oía sin comprender. Su
mente se ocupaba tan sólo en considerar el horror de las circunstancias que le
rodeaban. Qué sabía Attwater, qué pensaba hacer el capitán, de qué lado habría
que esperar el primer golpe traicionero: en eso se absorbían sus pensamientos.
Momentos había en que sentía ansias de volcar la mesa y huir en la oscuridad de
la noche. Y hasta eso le estaba vedado: hacer algo, decir algo, moverse tan
sólo, no serviría más que para precipitar la bárbara tragedia, y seguía
comiendo, como hechizado, con labios exangües. Dos de los comensales le
observaban atentamente. Attwater con rápidas, penetrantes miradas, que no
interrumpían su charla; el capitán, con grave y anhelosa preocupación.
––Bueno, pues digo que este jerez es
un artículo de primera ––––dijo Huish––. ¿A cuánto le sale?, y perdone la
pregunta.
––Ciento doce chelines en Londres, y
el flete hasta Valparaíso, y desde allí hasta aquí ––––dijo Attwater––. Es un
liquido aceptable.
––¡Ciento doce! ––murmuró el
dependiente, admirando a la vez, en éxtasis, el vino y el precio.
––Encantado de que le guste a usted
––––dijo Attwater––. Sírvase usted mismo, Mr. Whish, y tenga la botella a su lado.
––Mi amigo se llama Huish, y no Whish
––––dijo el capitán poniéndose colorado.
––Dispénseme... por supuesto, Huish y
no Whish; claro está ––dijo Attwater––. Iba a decir que aun tengo ocho docenas
—añadió mirando con fijeza al capitán.
––¿Ocho docenas de qué? preguntó
Davis.
––De Jerez ––le contestó––. Ocho
docenas de excelente jerez. Vamos, que casi por eso solo, valdría... para un
hombre aficionado al vino.
Aquellas ambiguas palabras dieron en
el blanco de las conciencias culpables, y Huish y el capitán se quedaron
suspensos, mirando alarmados a Attwater.
––¿Valdría qué? ––––dijo Davis.
––Ciento doce chelines ––respondió
aquél.
El capitán desahogó el pecho
respirando ruidosamente. Trató de hallar, ahondando por todos lados, alguna
coherencia y sentido en aquellas frases, y después, haciendo un esfuerzo,
cambió de tema.
––Seremos casi los primeros hombres
blancos que han estado aquí ––dijo.
Attwater le siguió en seguida, con
perfecta gravedad, al nuevo terreno. ––con la excepción del doctor Symonds y la
mía, diría que los únicos. Y, sin embargo, ¿quién sabe? En el transcurso de las
edades quizá alguno haya vivido aquí y a veces se nos figura que así ha sido.
Los cocoteros crecen todo alrededor de la isla, y eso apenas parece cosa
natural. Encontramos, además, al desembarcar un inconfundible "caim"
en la playa; uso desconocido; pero erigido, probablemente, para propiciar a
algún "totem",
del que se ha perdido hasta el nombre, por algunos caballeros duros de
mollera, de los que no quedan ni los huesos. Además la isla ha sido señalada
dos veces testigo el Directorio––; y desde que estoy en ella han llegado a la
costa los restos de dos naufragios. Todo lo demás son conjeturas.
––¿El doctor Symonds es su socio, me
figuro? ––––dijo Davis.
––¡Una excelente persona, Symonds!
¡Cómo lo sentiría, si supiera que habían estado ustedes aquí! ––djo Attwater.
––Esta en el Trinity Hall, ¿no es eso?
preguntó Huish.
––Y si pudiera usted decirme dónde
está el Trinity Hall,
¡qué gran favor me haría! ––le contestó.
––Supongo que la tripulación será de
indígenas preguntó Davis.
––Puesto que el secreto se ha guardado
durante diez años, es de suponer que sea así ––respondió Attwater.
––Pues mire usted ––dijo Huish––.
Usted tiene aquí de todo, y con la mar de elegancia: no se puede negar; pero le
digo que esto no me entraba a mí. Demasiado del "viejo puente rústico
junto al molino"; demasiado retiro. ¡A mi que me pongan donde se oyen las
campanas de San Pablo!
––No se figure que ha sido siempre lo
mismo. Esto era hasta hace poco un lugar de gran movimiento, aunque ahora
––¡escuchen!––se puede oír la soledad. Yo lo encuentro estimulante. Y hablando
de ruido de campanas, háganme el favor de atender en silencio, a un pequeño
experimento mío: ––A mano derecha había una campanilla de plata para llamar a
los criados; hizo a todos señas para que no se movieran, golpeó con fuerza la
campanilla y se inclinó anheloso hacia adelante. La nota se elevó clara y
fuerte; se extendió y resonó a lo lejos en la noche y sobre la isla desierta;
murió en la distancia, hasta que sólo quedó, zumbando junto al oído, una
vibración que ya no era sonido––. ¡Casas vacías, mar vacío, playas solitarias!
––––dijo Attwater––. ¡Y, sin embargo, Dios oye la campana! ¡Y, sin embargo,
estamos aquí sentados en un escenario iluminado, con todos los cielos por
espectadores! ¿Y llama usted a eso soledad?
Siguió un compás de silencio, durante
el cual el capitán permaneció como hipnotizado.
Después Attwater se rió mansamente:
––Esos son los entretenimientos de un pobre solitario––prosiguió––, y quizá de
no muy buen gusto. Se cuenta uno a sí mismo esos cuentecitos de hadas, por
compañía, ¿Si sucediera que había algo en el folklore, míster Hay? Pero aquí
está el vino tinto. No se puede ofrecer a usted Lafitte, capitán, porque yo
creo que lo han comprado todo para los vagonesrestaurants de su gran país;
pero este Bráne––Mouton es de un buen año, y Mr. Whish me dará noticias de él.
––¡Vaya una idea rara la de usted!
––exclamó el capitán, despertando con un suspiro de su encantamiento––. De modo
que usted quiere decir que se sienta aquí por las noches y toca... vamos, que
llaman a los ángeles... aquí, a solas.
––Históricamente, como cuestión de
hecho, y puesto que usted quiere saberlo, uno no hace eso ––––dijo Attwater––.
¿Para qué tocar una campanilla, cuando emana de uno mismo y de cuanto le rodea
un más trascendente silencio? El más ligero latido de mi corazón, el más leve
pensamiento en mi mente, están repercutiendo en la eternidad por siempre, y por
siempre, y por siempre.
––¡Oiga usted! ––––dijo Huish––. ¡Que
apaguen en seguida las luces, que va a empezar el "Ejército de
Salvación"! Esto no es una sesión espiritista.
––¡Ni una pizca de folklore en míster
Whish!... Perdone usted, capitán: Huish y no Whish, por supuesto ––––dijo
Attwater.
Mientras el criado llenaba la copa de
Huish, la botella se le escurrió de las manos y se hizo pedazos, derramándose
el vino por el suelo de la galería. Instantáneamente el ceño de Attwater se
contrajo con un gesto de homicida severidad: golpeó imperiosamente la
campanilla y los dos servidores se cuadraron, inmóviles, callados y
temblorosos. Hubo un momento de silencio y de fieras miradas: después unas
agrias palabras en la lengua indígena y, obedeciendo a un signo del amo, se
reanudó el servicio.
Ninguno de los invitados había
advertido hasta aquel momento la admirable manera de servir de aquellos dos
hombres. Eran de tez muy oscura, pequeños y bien plantados. Andaban suavemente,
servían con destreza y, obedeciendo a una mirada, traían los manjares y los
vinos, sin dejar de tener los ojos puestos en su amo.
––¿De dónde saca usted los
trabajadores?, ¿de cualquier parte? preguntó Davis.
––¿Y de dónde no? ––contestó Attwater.
––No será cosa fácil, me supongo.
––¿Y quiere usted decirme dónde lo es?
prosiguió, encogiéndose de hombros––. Y, por supuesto, en nuestro caso, como no
podemos decir el lugar de destino, tenemos que buscar lejos y arreglárnoslas lo
mejor que podemos. Hemos tenido que ir tan al Oeste como las Kimgsmills y tan
al Sur como Rapa-iti. ¡Lástima que no está aquí el doctor Symonds! Sabe un
sinfín de estas historias. Esa es la parte suya: reclutarlos. Después empezaba
la mía, que era la educativa.
––¿Quiere usted decir manejarlos?
––dijo Davis.
––Sí, manejarlos.
––Espere un poco volvió a decir
Davis––. No se me alcanza.¿Cómo era eso? ¿Quiere usted decir que lo hacía sin
ayuda de nadie? ––Uno hace lo que puede ––dijo Attwater.
––¡Vaya un hombre! Yo he visto mucho
en materia de domar en mi tiempo, y yo mismo he tenido fama de domador. Yo me
las he tenido tiesas de primer oficial, dando la vuelta al Cabo de Hornos, con
un hato de ratas de barco que hubieran sido capaces de echar al diablo del
infierno y cerrarle la puerta. En un barco ¡bah! no hay nada que puede
compararse a esto. Tiene uno la ley guardándole las espaldas, y ahí está todo.
Pero que me pongan en esta bendita playa, solo, sin más que un zurriagazo y
unas bocanadas de juramentos y me manden... ¡quiá! No, señor; ¡no soy hombre
para ello! Es lo de tener la ley detrás lo que lo hace todo.
––El diablo no es a veces tan negro
como lo pintan ––––dijo Huish humorísticamente.
––Bien; uno se arregló una ley a su
manera ––––dijo Attwater––. Tenía. uno que ser una porción de cosas. ¡A veces
era tan aburrido!
––¡No me haga .usted reír! ––––dijo
Davis––. Tan animado, querrá decir.
––Probablemente queremos decir lo
mismo. Con todo, de una manera o de otra, se logró meterles en la cabeza que
tenían que trabajar, y trabajaron... ¡hasta que el Señor se los llevó!
––Les haría usted saltar ––––dijo
Huish.
––Cuando era necesario, Mr. Huish, les hacía
saltar.
––Ya lo creo que lo haría usted
––exclamó el capitán. Estaba excitadísimo, más que por el vino, por la
admiración; sus ojos se deleitaban contemplando la grande y recia humanidad del
otro. ––¡Ya lo creo que lo haría, y me parece que le estoy viendo en la brega!
Por Cristo, que es usted todo un hombre, y puede usted decirlo!
––Es usted muy amable, mucho.
––¿Ha tenido usted... ha habido alguna
vez un crimen aquí? ––preguntó Herrick, rompiendo al fin su silencio, con tono
mordaz.
––Sí, lo hubo.
––¿Y cómo lo manejó usted? ––exclamó
ansioso el capitán.
––Era un caso raro. Un caso que
hubiera dado que pensar a Salomón. ¿Se lo cuento? ¿Sí?
El capitán aceptó con entusiasmo.
––Pues bien ––dijo Attwater, hablando
lentamente––, la cosa pasó así: Yo creo que ya conocerán los dos tipos de
indígenas, que podemos llamar el obsequioso y el taciturno. Pues aquí tenía los
dos tipos, los dos probados en su género y los dos juntos. La amabilidad manaba
a borbotones del primero, como el vino de una botella; el otro rezumaba mal
humor. Obsequioso, era todo sonrisa; se desvivía por atraer una mirada; gustaba
del chismorrear; sabía una docena de palabras de inglés de muelle y tenía un
barniz de cristianismo. Taciturno, era trabajador: una gran abeja mal encarada.
Cuando se le hablaba, respondía con una mirada aviesa y un encogimiento de
hombros, pero hacía lo que se le mandaba. No se lo presento a ustedes como un
espejo de cortesía; no había nada de galano en Taciturno, pero era fuerte y
laborioso, y obediente sin agrado. Ocurrió que Taciturno cometió una falta, no
importa cuál. Se había faltado a las ordenanzas y fue castigado por tanto...
sin efecto. Y lo mismo ocurrió al día siguiente, y al otro y al otro, hasta que
yo empecé a cansarme de aquello, y Taciturno––me temo–– aun más que yo. Llegó
un día en que volvió a caer en falta, creo que por vigésima vez, y me miró con
unos ojos sombríos, en los que lucía una chispa, y pareció como que iba a
hablar. Ahora bien; las ordenanzas son precisas en ese punto: no permitimos
explicaciones; no se reciben, no se tolera que se ofrezcan. Por eso le paré al
instante, pero me fijé en aquel detalle. Al día siguiente había desaparecido de
la factoría. No podía suceder nada más enojoso: si los trabajadores daban en
escapar, la pesquería estaba arruinada. Ya ven, hay setenta millas de isla todo
a lo largo, como un camino real; la idea de emprender una persecución en tal
sitio era infantil y no me pasó por las mientes. Dos días después hice un
descubrimiento: vi como en un relámpago que Taciturno había sido injustamente
castigado desde el principio al fin y que el verdadero culpable había sido
Obsequioso. El indígena que habla, como la mujer que vacila, está perdido. Le
pone uno a hablar y a mentir; y habla, y miente, y le mira a uno a la cara para
ver si está satisfecho, hasta que, al fin, salta fuera la verdad, Obsequioso la
dejó escapar por el procedimiento corriente. No le dije nada, le mandé que se
retirara y, tarde como era, me eché a buscar a Taciturno. No tuve que ir lejos;
á unas doscientas varas, isla adelante, me lo mostró la luna. Estaba colgado de
un cocotero; no sé lo suficiente de botánica para explicar el por qué, pero esa
es la manera, de diez casos en nueve, cómo los indígenas se suicidan. Tenía la
lengua fuera el pobre diablo y los pájaros la habían ya emprendido con él. Hago
gracia de más detalles: Tenía un aspecto horrible. Pensé en el asunto seis
horas largas en esta galería. Mi justicia había sido burlada; no creo que haya
estado más enojado en mi vida. Al día siguiente hice sonar el caracol y
levantarse a todos antes de amanecer. Me eché el fusil al hombro y, al frente
de ellos, rompí la marcha con Obsequioso. Estaba muy hablador: el mentecato suponía
que con la confesión todo estaba ya en regla, según la antigua frase escolar me
"hacía pelotillas"; todo se le volvían protestas de buena voluntad y
de enmienda, a las cuales contestaba yo no me acuerdo qué. El árbol apareció a
la vista y el hombre ahorcado. Todos rompieron en lamentaciones por su
camarada, en estilo isleño, y las más ruidosas eran las de Obsequioso. Y eran
completamente sinceras: era una nociva criatura sin conciencia ninguna de su
culpa. Bien para acortar una historia larga––, se le dijo que subiera al árbol.
Abrió los ojos y se me quedó mirando turbado, con una sonrisa lastimosa, pero
subió. Fue obediente hasta el fin; tenía todas las virtudes menudas, pero le
faltaba la verdad. En cuanto llegó arriba, miró hacia abajo y allí estaba el
cañón del rifle apuntándole, y al verlo dio un gruñido como un perro. Podía
oírse volar a una mosca: se habían acabado las lamentaciones. Allí estaban
todos acurrucados en el suelo, con los ojos protuberantes; él en la copa del
árbol, del color del plomo, y delante el ahorcado bailando un poco en la brisa.
Fue obediente hasta el fin: relató su crimen, encomendó su alma a Dios. Y
entonces...
Attwater se detuvo, y Herrick, que le
había escuchado atentamente, hizo un movimiento convulsivo que volcó un vaso.
––¿Y entonces? ––preguntó el capitán
sin aliento.
––Tiré dijo Attwater––. Cayeron al
suelo juntos.
Herrick se puso en pie de un salto,
dando un alarido y con una expresión de locura.
––¡Fué un asesinato! ––gritó––. ¡Un
alevoso asesinato a sangre fría! ¡Monstruo! ¡Asesino hipócrita!... ¡Hipócrita y
asesino! ¡Hipócrita y asesino! ––repetía, y la lengua se la trababa entre las
palabras.
El capitán se precipitó hacia él:
––¡Herrick! ––le gritó––, ¡serénese! Vamos, ¡no sea usted idiota!
Herrick forcejeó entre sus brazos como
un niño frenético, y de pronto, hundiendo la cara en las manos, se atragantó
con un sollozo, el primero de muchos, los cuales sacudían a veces su cuerpo con
movimientos convulsivos, en silencio, y otras le arrancaban entrecortadas
palabras sin sentido.
––Su amigo parece que está un tanto
excitado ––observó Attwater, que continuó sentado en la mesa, impasible, pero
alerta.
––Debe de ser el vino ––respondió el
capitán––. No es hombre que beba y por eso... Me lo voy a llevar fuera. Me
parece que dando un paseo se espabilará.
Lo sacó, sin resistencia, de la
galería, y marcharon en la oscuridad de la noche, en la que pronto
desaparecieron; pero aun se oyó, durante un rato, mientras se alejaban, la voz
simpática y cordial del capitán, que reprendía y apaciguaba, y a Herrick que
respondía, de cuando en cuando, con inarticuladas quejas de histérico.
––Ese hombre parece un maldito
gallinero ––observó Huish sirviendo vino, del cual desparramó gran parte con
caballeresco desembarazo y aplomo––. Un individuo tiene que saber cómo
conducirse en la mesa.
––Es cosa de mal tono, ¿verdad? -dijo
Attwater––. Bueno, bueno; nos han dejado en téte––á––téte. ¡Un ––vaso de vino a
su salud, Mr. Whish!
X
LA
PUERTA ABIERTA
Entretando, el capitán y Herrick volvieron
la espalda a las luces de la veranda de Attwater y se dirigieron hacia el
embarcadero y la playa de la laguna.
La isla en aquella hora, con el suelo
terso de arena, la bóveda de verdura sobre los pilares de los troncos y la
iluminación de las lámparas, daba una impresión de irrealidad, como la de un
teatro vacío o la de un jardín público a media noche. Buscaba uno,
instintivamente, las estatuas y los bancos. No se movía entre las palmeras ni
una ráfaga de brisa, y subrayaba el silencio el continuo fulgor de las
rompientes desde la costa del mar, como pudiera hacerlo el del tráfico de la
calle inmediata.
Sin dejar de hablarle, dándole ánimo,
el capitán hizo apresurar el paso a su paciente, lo llevó al fin hasta la
laguna y, ayudándole a bajar por la playa, le lavó, con el agua tibia, la
cabeza y la cara. El paroxismo cedió poco a poco; los sollozos ya no eran tan
convulsivos y cesaron al cabo; y por una conexión rara, pero explicable, la
verbosidad sedante del capitán se fue también extinguiendo al mismo tiempo y
por sucesivos grados, y la pareja quedó sumida en silencio. Las minúsculas
ondulaciones de la laguna rompían a sus pies con un ruido leve como un susurro;
estrellas de todas las magnitudes miraban desde lo alto sus propias imágenes en
el vasto espejo; y, con más encendido color, la luz de fondeo del Farallone,
ardía a media altura. Por largo rato continuaron contemplando la escena y
escuchando anhelosamente el hervor y el chapoteo de aquel oleaje en miniatura,
y el más lejano y retumbante de la costa exterior. No tenían ánimos para una
conversación sostenida, y cuando al fin las palabras acudieron a sus labios,
rompieron a hablar los dos a un tiempo.
––Dígame, Herrick... ––empezó a decir
el capitán.
Pero Herrick, volviéndose hacia él
bruscamente, le hizo callar con una ardorosa exclamación: ––¡Levemos anclas,
capitán, y a la mar!
––¿Para ir a dónde, hijo? ––dijo
Davis––. Levar ancla, se dice fácilmente. ¿Pero a dónde vamos?
––A la mar ––respondió––. ¡El mar es
sobrado grande! A la mar... lejos de esta isla maldita ¡Ay! ¡Y de aquel hombre
siniestro!
––¡Ah, eso ya lo veremos! ––dijo Davis––.
Rehágase usted y eso ya lo veremos. Está usted que ya no puede más, y ahí está
el mal; es usted todo nervios, y tiene que rehacerse y volver en sí, y entonces
hablaremos.
––¡A la mar! ––insistió Herrick–– ¡a
la mar esta noche... ahora... en este instante!
––No puede ser, hijo ––replicó el
capitán con firmeza––. Un barco mío no se hace a la mar sin provisiones, y eso
téngalo usted por resuelto.
––Yo creo que usted no comprende
––dijo Herrick––. Todo se ha acabado; yo se lo digo. Nada tenemos que hacer
aquí, puesto que él lo sabe todo. Aquel hombre que está allí con el gato, lo
sabe todo: ¿es que usted no lo está viendo?
––¿Todo qué? ––preguntó el capitán,
visiblemente desconcertado––. ¡Qué! Nos ha recibido como un perfecto caballero
y nos ha tratado espléndidamente, hasta que usted empezó con sus tonterías... Y
debo decir que he visto a quiénes, por menos, les han soltado un tiro, y todos
tan contentos. ¿Qué más podía usted esperar?
Herrick se agitaba de un lado para
otro sobre la arena, sacudiendo la cabeza.
––Burlándose de nosotros erijo––.
Estaba burlándose, nada más que burlándose; no le servimos más que para eso.
––Una cosa rara ha habido, es verdad
––insistió el capitán, con cierta preocupación en el tono––: aquello del jerez.
Que me maten si lo pude calar. Dígame, Herrick, ¿usted no me ha delatado?
––¡Ah, delatarle! ––repitió Herrick,
con desmayada y quejumbrosa voz––. ¿Qué es lo que había de delatar? Somos
transparentes; llevamos encima la marca: "bribón": bribones
descubiertos... ¡bribones descubiertos! ¡Que, si antes de subir a bordo, vio el
nombre emborronado, y con eso lo vi todo! Estaba seguro de que le querríamos
matar allí, en aquel momento, y estuvo burlándose de usted y de Huish para
darles la ocasión. ¡Y él llama a eso tener miedo! Después me trajo a mí a
tierra y ¡qué tarde me hizo pasar!
Los
dos lobos les llama a usted y a Huish... ¿Qué está haciendo el gozquecillo con los dos lobos?––me
preguntó––. Me enseñó sus perlas; dijo que podían dispersarse antes de mañana.,
que todo colgaba de un pelo... y se sonreía al decirlo, ¡y de qué modo! Es
inútil: yo se lo digo. Lo sabe todo, ve a través de nosotros: sólo podemos
hacerle reír con nuestros planes. ¡Nos mira y se ríe como Dios!
Hubo un silencio; Davis tenía las
cejas contraídas y la mirada fija en las tinieblas.
––¿Y las perlas? ––––dijo de pronto––.
¿Se las enseñó? ¿Las tiene?
––No, no me las enseñó. No me
acordaba; sólo la caja de caudales. ¡Nunca. serán de usted!
––Eso ya lo veremos.
––¿Cree usted que él hubiera estado
tan a sus anchas en la mesa, de no estar preparado? Los dos criados estaban
armados. El lo estaba también; lo está siempre; me lo ha dicho. Nunca podrá
usted burlar su vigilancia. ¡Davis, yo lo sé! Todo está terminado, se lo digo y
se lo repito, y se lo pruebo. Todo descubierto... no tiene remedio... no hay
nada que hacer; todo se ha ido: vida, honra, amor. ¡Dios mío, Dios mío! ¿Para
qué habré nacido yo?
Siguió a este desahogo otra pausa.
El capitán se llevó las manos a la
frente.
––Otra cosa ––exclamó––. ¿Por qué le
ha dicho a usted todo eso? A mi me parece una locura.
Herrick sacudió la cabeza con ominosa
insistencia:
––No lo comprenderá usted si yo se lo
dijese.
––Creo que puedo entender cualquier
pijotera cosa que usted me diga dijo el capitán.
––Pues bien; es un fatalista. ––¿Y qué
es eso de fatalista?
––¡Ah!, es uno que cree una porción de
cosas; cree que sus balas no marran; cree que todo pasa como Dios lo dispone,
haga uno lo que quiera para evitarlo, y otras cosas así...
––Pues, me parece que yo creo en todo
eso también ––––dijo Davis.
––¿De veras?
––De veras que sí.
Herrick se encogió de hombros: ––Pues
debe de ser usted un tonto ajo, y oyó la cabeza en las rodillas.
El capitán se quedó mordiéndose las
uñas.
––Hay una cosa cierta ––––dijo al
fin––. Tengo que sacar a Huish de allí. No vale para tenérselas tiesas con un
hombre como el que usted pinta.
Y se volvió para marcharse. En lo que
acababa de decir nada había de extraordinario; pero no así en el tono, y el
otro lo advirtió en seguida.
––¡Davis! ––gritó––. ¡No! ¡No lo haga
usted! ¡Sálvele, y no lo haga! ¡Sálvese usted y no se meta con él... ¡Por Dios!
¡por sus hijos!
La voz se había elevado hasta un
apasionado grito; un poco más, y hubiera podido oírlo el que iba a ser la
víctima y que no estaba lejos. Pero Davis se volvió frenético con un juramento
salvaje y agresivo ademán, y el desventurado joven rodó sobre la arena,
quedando de bruces, mudo y anonadado.
El capitán, en tanto, echó a andar de
prisa hacia la casa de Attwater. Aún más de prisa iban sus pensamientos y la
marcha no interrumpía sus ansiosas reflexiones. Aquel hombre había comprendido;
se había mofado de ellos desde el principio; ¡él le iba a enseñar a burlarse de
John Davis!
Herrick le creía un Dios; que le dieran a él un segundo para apuntar bien y el
dios estaría por tierra. Hizo con la lengua un castañeteo de satisfacción al
palpar la culata del revólver. Había que hacerlo ahora, al entrar. ¿Por detrás?
Era difícil colocarse en posición. ¿A través de la mesa? No, prefería estar de
pie, pues así se está más seguro de poder echar mano al arma. Lo mejor sería
llamar a Huish, y cuando Attwater se levantara y se volviera... ese sería el
momento. Absorto en esta visión anticipada de los acontecimientos, el capitán
aceleró el paso y se dirigió, con la cabeza baja, hacia la casa.
––¡Arriba las manos! ¡Alto! ––gritó la
voz de Attwater.
Y el capitán, antes de que pudiera
darse cuenta de lo que hacía, había obedecido. La sorpresa fué completa y sin
remedio. Llevado, como en la cresta de una ola, por un impulso homicida, había
venido a parar a una emboscada, y allí estaba en pie, con las manos impotentes,
levantadas en alto, y los ojos fijos en la galería.
El banquete había terminado. Attwater,
reclinado en un poste, apuntaba a Davis con un Winchester. Uno de los criados
estaba junto a él, con otro rifle, un poco echado hacia adelante, con los ojos
abiertos en redondo, en anhelosa espera. En el espacio abierto, de donde
arrancaba la escalera, estaba Huish sentado, sostenido por el otro indígena;
toda su cara se deshacía en imbéciles sonrisas; toda su alma parecía sumida en
la contemplación de un puro apagado, a medio fumar.
––Muy bien ––dijo Attwater––, ¡me está
usted pareciendo un pirata de pega!
El capitán dejó oír un ruido gutural,
difícil de describir; la rabia le estrangulaba.
––Voy a devolverle a usted su Mr. Whish... o la sopa
en vino que queda de él ––continuó Attwater––. Charla mucho cuando bebe,
capitán Davis, del Sea Ranger. Pero
ya he terminado con él y le devuelvo la alhaja con gracias. ¡Eh! ––gritó de
pronto––. Otro movimiento como ese, y su familia tendría que lamentar la
pérdida de un padre inapreciable. Estese absolutamente
quieto, Davis.
Attwater dijo una palabra al indígena,
sin desviar un instante los ojos del capitán, y el criado empujó con brío a
Huish desde el borde de la escalera. Con una extraordinaria y simultánea
dispersión de sus miembros, aquel caballero se lanzó al espacio, pegó en
tierra, rebotó, y fue a detenerse abrazado a una palmera. Su espíritu
permanecía del todo ajeno a esos acontecimientos; la expresión de angustia que
contrajo su fisonomía en el momento del salto, no fue más que instintiva, y
sufrió esos zarandeos en silencio, se agarró al árbol como un niño y, a juzgar
por sus agachamientos rítmicos, estirando un brazo, se pudiera pensar que se
creía ocupado en algún juego infantil. Una mente más aguda y comprensiva, o un
ojo más observador, hubiera advertido enfrente de él en la arena, y fuera de su
alcance, la colilla apagada del cigarro.
––¡Ahí tiene usted su carroña de
Whitechapel! ––dijo Attwater––. Y ahora se preguntará usted por qué no le
despacho desde luego, como se merece. Voy a decirle por qué, Davis. Es porque
no tengo nada que ver con el Sea Ranger y con la gente que usted ahogó, o con
el Farallone y el champaña robado por usted. Esas son cuentas suyas con Dios.
Él las lleva y Él las ajustará cuando suene la hora. En mi propio caso no tengo
nada en qué fundarme más que en sospechas, y yo no mato por sospechas, ni
siquiera a gentuza como usted. Pero ¡entiéndame! Si vuelvo a ver otra vez a
cualquiera de vosotros, ya es otra cuestión, y le meteré una bala en el cuerpo.
Y ahora lárguese usted, ¡Marchen! Y si tiene aprecio a eso que llaman vida,
lleve las manos levantadas al aire.
El capitán permaneció como estaba,
alzadas las manos, abierta la boca, hipnotizado por la ira.
––¡Marchen! ––dijo Attwater––. ¡Una...
dos... tres!...
Y Davis volvió la espalda y echó a
andar lentamente. Pero ya al alejarse iba imaginando un contragolpe ofensivo.
En un parpadeo había saltado detrás de un árbol: y estaba allí agachado,
revólver en mano, con rápidos atisbos por uno y otro lado de su escondite, y
enseñando los dientes: una serpiente erguida para herir. Y ya era demasiado
tarde. Attwater y sus criados habían desaparecido y las lámparas alumbraban la
mesa desierta y la arena lustrosa al lado de la casa, y arrojaban en la
oscuridad y en todas direcciones las negras y largas sombras de las palmeras.
Davis rechinó los dientes. ¿Dónde se
habían ido los cobardes? ¿En qué agujero inaccesible se habían cobijado? ¿Sería
en vano todo lo que intentase contra ellos? Estaba solo, con un revólver
comprado de ocasión, contra tres personas armadas de Winchester y que no
asomaban ni una oreja por los huecos de aquella casa iluminada y silenciosa.
Quizá ya alguno de ellos se había escurrido por la trasera y le estaría
enfilando un rifle desde las ventanas bajas del sótano, receptáculo de botellas
vacías y cacharros rotos. No, no había nada que hacer, más que llevarse ––si
aún era posible–– sus dispersas y desmoralizadas fuerzas.
––Huish ––dijo––, ¡vámonos!
––Perdido... ci...
garro ––contestó aquél alargando de nuevo una mano trémula.
El capitán soltó un juramento
detonante. ––¡Aquí ahora mismo! ––gritó.
––Estoy bien. Dormiré aquí con Att...
Attwa. Iré... bordo ora... liana ––contestó el hombre jovial.
––Si no vienes aquí ahora mismo, por
Dios vivo que te suelto un tiro ––dijo el capitán.
No es de presumir que en la mente de
Huish llegase a penetrar el sentido de esas palabras, sino más bien, que en un
nuevo intento de coger el cigarro, perdió el equilibrio y se precipitó hacia
adelante haciendo eses, llegando así al alcance de Davis.
––Ahora a andar derecho dijo el
capitán agarrándolo–– o hago una barbaridad.
––Perdido ci...
garro ––replicó Huish.
La cólera refrenada del capitán se
enardeció por un momento. Hizo dar la vuelta a Huish zarandeándolo, lo sujetó
por el cuello de la chaqueta, lo llevó por delante corriendo hasta el arranque
del muelle, y lo arrojó, brutalmente, de bruces contra el suelo.
––¡Busca ahí tu cigarro, puerco!
––exclamó, y se puso a soplar en su silbato de llamada, hasta que el guisante
que tenía dentro cesó de trepidar.
Signos de actividad respondieron
inmediatamente desde el Farallone;
voces lejanas, y en seguida ruido de remos llegaron como flotando por la
superficie de la laguna, y al mismo tiempo, de por allí cerca, Herrick, vuelto
en sí, se acercó con lánguido paso. Se inclinó sobre la insignificante figura
de Huish que, insensible al parecer, estaba tendido al pie del mascarón.
––¿Muerto? preguntó.
––No, no está muerto ––dijo Davis.
––¿Y Attwater?
––¡Ahora va usted a cerrar el pico!
––replicó Davis—. Y si no puede, ¡yo se lo haré cerrar por Cristo! No aguanto
ya más sus monsergas y sus gimoteos.
Esperaron, pues, en silencio, hasta
que el bote dio un bandazo contra los pilotes más lejanos del muelle; entonces
levantaron a Huish por la cabeza y los pies y lo llevaron a lo largo de la
pasarela y, sumariamente, lo arrojaron en el fondo de la embarcación. Camino
del Farallone, se le oyeron ciertos murmullos relacionados con la pérdida del
puro; y después de izarlo por el costado, lo echaron a dormir en el pasillo, y
su postrera expresión audible fué: "¡Hombre... nifico. Attwa...!"
Esto, hábilmente traducido, quería decir: "¡Hombre magnífico,
Attwater!" Con tan inmaculada inocencia había salido aquel gran espíritu
de las aventuras de la noche.
El capitán se puso a pasear en el
combés, con rápidas e iracundas vueltas; Herrick se apoyó con los codos en la
barandilla; toda la tripulación se había retirado a dormir, el barco tenía un
lento balanceo de cuna; de cuando en cuando una polea chirriaba como un pájaro.
En tierra, por entre los troncos de palmeras, se veía la casa de Attwater que
seguía resplandeciendo con sus múltiples lámparas. Y nada más había visible en
el cielo ni abajo en la laguna, sino las estrellas y sus reflejos. Lo mismo
pudo ser minutos que horas el tiempo que Herrick permaneció allí reclinado,
mirando el agua constelada y aspirando consoladora paz. "Un baño de
estrella", estaba pensando, cuando una mano se posó, al fin, en su hombro.
––Herrick ––dijo el capitán––. He
estado cansándome para calmarme un poco.
Un brusco estremecimiento sacudió los
nervios del joven, pero ni contestó, ni siquiera volvió la cabeza.
––Me parece que he estado algo brusco
con usted en tierra prosiguió el capitán la verdad es que estaba como loco; pero
eso ya ha pasado y usted y yo tenemos que poner manos a la obra y pensar.
––Yo no quiero pensar! -dijo Herrick.
––¡Vamos, hombre! ––––dijo Davis
bondadosamente––. Por ahí, ya sabe usted, no se va a ninguna parte. Tiene que
rehacerse y ayudarme a poner las cosas derechas. ¿Va usted a volverse contra un
amigo? Usted no es capaz de eso, Herrick.
––Sí, lo soy.
––¡Vamos, vamos! dijo el capitán, y se
detuvo perplejo––. Óigame: bébase un vaso de champaña. Yo no lo cataré, y eso
le probará que la cosa va de veras. Pero es precisamente el tente––en––pie que
usted necesita; le dejará como nuevo.
––¡Oh! ¡Déjeme usted en paz! ––y se
volvió para irse.
El capitán le agarró por la manga,
pero él se desasió de un tirón y se volvió contra el otro como un demoníaco.
––¡Váyase usted al infierno como más
le guste! ––gritó.
Y volvió la espalda, sin que esta vez
el capitán le detuviera; se marchó hacia la proa, donde el bote se balanceaba
al costado, chocando a veces contra el pailebot. Una esquina de la caseta se
interponía entre él y el capitán. Todo iba bien: humanos ojos no le verían en
aquel acto foral. Silenciosamente se deslizó en el bote, y desde el bote,
silenciosamente también, en el agua estrellada. Instintivamente, nadó un poco:
tiempo había para detenerse más adelante.
La frescura de la inmersión despejó
instantáneamente su espíritu. Los acontecimientos de aquella jornada
ignominiosa pasaron ante él cómo pintados en un friso y dio gracias a
"cualesquiera dioses que pudiera haber[14]"
por aquella puerta, única, que aun estaba abierta: el suicidio. En menos de
nada pasaría por ella; la azarosa labor estaría acabada; el hijo pródigo,
vuelto al hogar. Un astro muy brillante centelleaban delante de él, trazando en
el agua un largo cabrilleo.
Hacia él se dirigió tomándolo como
guía. Aquello iba a ser lo último que vería en esta vida; aquella chispa radiante
que pronto agrandó en su fantasía hasta verla como una Ciudad de Laputa[15],
por cuyas terrazas paseaban hombres y mujeres de semblantes solemnes y
benignos, que le miraban con una lejana conmiseración. Aquellos espectadores
imaginarios le consolaban; se repitió lo que entre sí decían: hablaban de él y
de su fatal destino.
De esos
vuelos de la fantasía, le hizo volver la creciente frialdad del agua. ¿A qué
esperar más? Allí mismo, donde estaba, ¿por qué no hacer que bajase el telón,
buscar el inefable refugio, tenderse, con todas las razas y generaciones
humanas, en la mansión del sueño? No seguir nadando: nada más sencillo, si
podía hacerlo. ¿Podía? Súbitamente comprendió que no. Se dio cuenta, en un
instante, de una oposición, unánime e invencible, de todos sus miembros, que se
agarraban a la vida con simple y firme tenacidad, dedo por dedo, tendón por
tendón; algo que era, a la vez, él y no era él... que estaba, a la vez, dentro
y por fuera; alguna diminuta válvula que se cerraba en el cerebro y que un solo
pensamiento varonil hubiera bastado para abrir... y una fuerza externa, el puño
de un hado extraño, irresistible como la gravedad. No hay nadie que no llegue a
percatarse, en ocasiones, de que pasa a través de toda la estructura de su
cuerpo al hálito de un espíritu que no es plenamente el suyo; que su mente se
rebela: que otro le ata y le lleva por donde no quiere ir.
Herrick lo percibió entonces con la
autoridad de una revelación. No había escape posible. La puerta abierta se
cerraba ante la faz del pusilánime. Tenía que volver al mundo y, entre los
hombres, sin esa ilusión. Tenía que ir dando tumbos hasta el final, con el peso
de sus culpas y de su deshonor, hasta que un aire frío, un golpe, una piadosa
bala perdida, o el verdugo, aun más piadoso, le librasen de su infamia. Había
hombres que podían suicidarse; a otros les estaba vedado: él era de los
últimos.
El descubrimiento levantó en su mente,
en los primeros momentos, tumultuoso desorden; después vino la triste
certidumbre y, con increíble simplicidad, la sumisión ante el hecho evidente; y
volviéndose en dirección contraria, nadó hacia la costa. Había en ello un valor
que él no podía apreciar, pues la indignidad de su cobardía ocupaba todos sus
pensamientos. Una fortísima corriente le detenía como un viento de cara; luchó
con ella con trabajo, fatigosamente, sin ánimos, pero con positiva ventaja; y
notaba sus progresos, indiferentes, por la posición de los árboles, Tuvo un
momento de esperanza. Había oído, hacia el sur, en medio de la laguna, las
zambullidas de algún enorme pez, un tiburón sin duda, y dejó de nadar un rato,
manteniéndose a flote. ¿No será ese el
verdugo?", pensó. Pero el ruido de las zambullidas se fue extinguiendo, el
silencio era completo; y Herrick volvió a avanzar hacia tierra, furioso contra
sí mismo. Si, hubiera esperado el tiburón, pero....
A eso de las tres de la mañana, la
casualidad, la dirección de la corriente y la derivación debida al mayor vigor
de su brazo derecho, hicieron que llegase a tomar tierra frente a la casa de
Attwater. Allí se sentó y se puso a contemplar un mundo del que había
desaparecido toda luz de esperanza. La
mísera escafandra de vanidad estaba en jirones! Con el cuento de hadas del
suicidio, del refugio, siempre abierto para él, se había sostenido y alentado
en las crisis de la vida; y he aquí que eso también no era más que un cuento de
hadas, también era folklore. Se veía inexorablemente condenado a afrontar por
toda su vida las consecuencias de sus actos; tendido en una cruz y sujeto en
ella con los clavos de su propia cobardía. No fluían las lágrimas, no se engañaba
con fábulas. Tan asqueado estaba de sí mismo, que ya no urdía mitos
apologéticos. Era como un hombre arrojado desde una altura y con todos los
huesos rotos. Allí se había quedado, admitía lo ocurrido y no intentaba
levantarse.
El alba empezó a clarear sobre el lado
opuesto del atolón el cielo se iluminaba, las nubes se teñían de gayos colores,
las sombras de la noche se levantaban. Y de pronto, Herrick, se dio cuenta de
que la laguna y los árboles ostentaban ya la vestidura diurna; y vio, a bordo
del Farallone, que Davis apagaba el
farol y salía humo de la cocina.
Davis, sin duda, había visto y
reconocido la figura sentada en la playa; o acaso vaciló al reconocerla, pues
cuando hubo mirado largo rato, con la mano extendida sobre los ojos, entró en
la caseta y salió con un anteojo. Era un instrumento muy poderoso, y Herrick lo
había usado a menudo. Por un movimiento instintivo de vergüenza, se tapó, la
cara con las manos.
––¿Y qué le trae por aquí, Mr. Herrick ––Hay o Mr. Hay Herrick? dijo
la voz de Attwater––. Desde el sitio donde estoy la vista de su espalda me
deleita, y yo, en su lugar, continuaría sin moverme. Podemos entendernos muy
bien tal como estamos, y si usted fuera a dar la vuelta, ¿me entiende?, creo
que habría una desgracia.
Herrick, lentamente, se puso en pie;
el corazón le latía con fuerza y una agitación angustiosa sacudía todo su ser;
pero era dueño de sí mismo. Lentamente, dio la vuelta y se encaró con Attwater
y con el cañón de un rifle que le apuntaba. "¿Por qué no pude hacer esto
anoche?", se preguntó.
––Y bien, ¿por qué no tira usted?
––dijo, en voz alta y temblorosa. Attwater, con toda calma, se puso el rifle
bajo el brazo y se metió las manos en los bolsillos.
––¿Qué le trae a usted por aquí?
––repitió.
––No lo sé ––––dijo Herrick, y,
después como en un grito: ––¿Puede usted hacer algo por mí?
––¿Está usted armado? ––––dijo
Attwater–– Lo pregunto sólo como cuestión de fórmula.
––¿Armado?... ¡Ah, sí!
lo estoy; es cierto.
Y arrojó sobre la playa un revólver
chorreando agua. ––¿Está usted mojado?
––Sí, lo estoy. ¿Puede usted hacer
algo por mí? Attwater leía atentamente su cara.
––Eso depende mucho de lo que usted
sea ––dijo.
––¿Lo que yo soy? ¡Un cobarde!
––contestó Herrick.
––Con eso se puede hacer muy poco
––––dijo Attwater––. Pero me hace el efecto de que la descripción no es del
todo completa.
––¡Y eso qué importa! ––––exclamó
Herrick––. Aquí estoy. Soy un trastajo roto e inútil; toda mi vida se ha venido
al suelo; no me queda nada en que crea, como no sea el vivo horror de mí mismo.
¿Por qué he venido hacia usted? No lo sé; usted es frío, cruel, abominable; y
yo le odio, o creo que le odio. Pero es usted un hombre honrado, un caballero
honrado. Me pongo, indefenso, en sus manos. ¿Qué debo hacer? Si no puedo hacer
nada, sea usted compasivo y traspáseme de un balazo... ¡no soy más que un gozquecillo
con la pata rota!
––Si yo estuviera en su lugar,
recogería ese revólver, me iría a la casa y me mudaría de ropa ––––dijo
Attwater.
––¿Lo dice usted de veras? ––––dijo
Herrick––. Usted sabe que ellos... que nosotros... ellos... Pero ¡usted lo sabe
todo!
––Sé lo suficiente ––dijo Attwater––.
Venga a casa.
Y el capitán, desde la cubierta del Farallone, vió a los dos penetrar juntos
en la sombra del bosque.
XI
DAVID
Y GOLIATH
Huish se había acurrucado, hecho un
ovillo, para preservarse de la luz del día, con la cara vuelta hacia la caseta
y las rodillas encogidas. Sus frágiles huesos, bajo el ligero traje tropical,
no parecían de mayor tamaño y consistencia que los de una gallina; y Davis,
sentado en la barandilla, con el brazo enlazado a un estay, le miraba pensativo
y taciturno preguntándose qué salvadores consejos pudieran encerrarse en
aquella desmadrada figura. Pues desde que Herrick le arrojó de su lado y se
pasó el enemigo, sólo le quedaba Huish, en todo el género humano, como ayuda y
oráculo.
Miraba su situación con el corazón
encogido. El pailebot era un barco robado; los víveres, fuera por descuido al
abastecerse o por mala administración durante el viaje, eran insuficientes para
llevarlos a ningún puerto, como no fuera de vuelta a Papeete; y allí el castigo
justiciero le aguardaba bajo la forma de un gendarme, un juez con un gorro de
forma estrafalaria, y el horror de la lejana Noumea. Por aquel lado no había
atisbo de esperanza. Aquí en la isla, el dragón estaba en acecho; Attwater con
sus hombres y sus Winchester montaba la guardia y vigilaba la casa: que se
acercase el que se atreviera. ¿Qué podían hacer más que sentarse allí,
inactivos o pasearse por cubierta... hasta que el Trinity Hall arribase y los pusieran en el cepo, o hasta que se
agotasen las provisiones y vinieran las torturas del hambre? Para el Trinity Hall, Davis estaba
apercibido: se atrincheraría en la caseta y moriría defendiéndola, como fiera
acorralada. Pero ¿y lo otro? El viaje del Farallone, que él había emprendido,
dos semanas antes, con tan locas esperanzas, ¿acabaría en este final de
pesadilla: el barco pudriéndose fondeado, la tripulación sin poder tenerse en
pie y muriendo uno a uno en los imbornales? Parecía como si cualquier extremado
azar fuera preferible a tan horrenda certeza; como si fuera mejor levar ancla,
a pesar de todo, zarpar a la ventura y quizá perecer a manos de los caníbales
en alguna isla ignorada de las Pomotú. Sus ojos recorrieron rápidamente mar y
cielo buscando algún síntoma de viento; pero las fuentes de los alíseos estaban
exhaustas. Por donde ayer, y durante muchas semanas había volado el tumultuoso
río azul acarreando nubes, reinaba el silencio, y toda la inmensidad de la
atmósfera estaba en el fiel. En la interminable cinta de la isla, que por ambos
lados prolongaba su procesión de doradas, verdes y argentadas palmeras, ni la
más sutil fronda se movía; los árboles se unían a sus imágenes invertidas en la
laguna como cosas labradas en metal, y ya su larga fila empezaba a reverberar
el calor. Aquel día no era posible escapar, ni tampoco el siguiente. ¡Y en
tanto los víveres se iban consumiendo!
Y entonces llegó hasta Davis, desde
las raíces más profundas de su ser, o al menos, desde los más lejanos recuerdos
de la niñez y la inocencia, un solo de superstición. Aquella persistencia de la
mala suerte no era cosa natural; las fluctuaciones del azar eran más variadas,
parecía como si el diablo repartiese las cartas. ¿El diablo? Volvió a oír la
nota argentina de la campañilla de Attwater resonando fuera, en la noche, hasta
morir a lo lejos.
Desechó bruscamente la idea. Attwater:
ahí está todo. Attwater tenía mantenimientos y un tesoro de perlas; era la fuga
posible en el presente, la riqueza en lo futuro. Tenían que venirse a las manos
con Attwater; aquel hombre tenía que morir. Sintió que le ardía la cara al
imaginar la triste e imponente figura que había hecho aquella noche, los
insultantes discursos que había tenido que sufrir en silencio. La cólera, la
vergüenza, el amor a la vida, todo apuntaba hacia el mismo punto, y únicamente
la inventiva se quedaba atrás: ¿cómo acercarse a él?, ¿tenía fuerza bastante?,
¿encontraría ayuda en aquel mal nacido atadijo de huesos pegado a la caseta?
Sus ojos se fijaban en él con extraña
avidez, como si quisiera penetrar en su alma, y en aquel momento el durmiente
empezó a removerse, se agitó inquieto, dio de pronto la vuelta y echó una
mirada ofuscada y parpadeante. Davis no apartó de él sus ojos sombríos y Huish
miró a otra parte y se sentó.
––Vaya una resaca que tengo dijo––.
Creo que estaba un poco a medios pelos la noche pasada. ¿Dónde anda ese nene
llorón, Herrick?
––Ido ––dijo el capitán.
––¿A tierra? ––exclamó Huish––.
¡Lástima! Quisiera haber ido a también.
––¿Quisiera usted?
––De veras que sí ––replicó Huish––.
Me gusta Attwater. Es simpático de veras. Nos hicimos como uña y carne cuando
nos quedamos solos. ¿Y qué me cuenta del jerez? ¡Es gloria pura! ¡Quién pudiera
ahora echar un trago! Y lanzó un suspiro.
––Pues ya no volverá a catarlo... eso
lo primero erijo Davis gravemente.
––¿Qué es eso? ¿Qué tripa se le ha
roto, Davis? ¿El estómago? ¡Pues míreme a mí! Nada de malhumor. Estoy juguetón
como un jilguero.
––Sí, está usted juguetón, ya lo veo;
y lo estaba usted anoche, por lo visto, y se lució.
––¡Qué! ¿Qué es eso? ¿Cómo me lucí?
––Voy a decírselo ––––dijo el capitán,
levantándose despacio de la barandilla.
Y así lo hizo, sin olvidar nada, con
todos los epítetos insultantes y todos los detalles absurdos, repetidos y
recalcados. Tenía su propia vanidad y la de Huish en las parrillas y las puso
al fuego, y durante el relato infligió y sufrió torturas de humillación. Fue
una obra maestra, hecha por un hombre rudo, en el género sardónico.
––¿Y qué opina usted? dijo cuando hubo
acabado, mirando a Huish, encendido y serio, pero irónico.
––¡Pues que usted y yo hicimos una
figura de primera!
––Así fue; una puerca figura ¡por
Cristo! ¡Y por Cristo que he de ver a ese hombre de rodillas!
––¡Ah! -dijo Huish––. ¿Cómo echarle
mano?
––¡Ahí está! ––exclamó Davis––. ¡Cómo
echarle mano! Son cuatro contra dos, aunque allí no hay más que un hombre que
cuente, y es Attwater. Con meterle una bala a Attwater, ya estarán corriendo
los otros, cacareando como gallinas... y el amigo Herrick vendría, sombrero en
mano, a pedirnos su parte en las perlas. Sí, señor, la cosa es coger a
Attwater. Y ni siquiera nos atrevemos a ir a tierra; nos cazaría en el bote
como a perros.
––¿Le es a usted lo mismo cogerle vivo
o muerto? preguntó Huish.
––Muerto quisiera verlo.
––Muy bien ––––dijo Huish––; pues
entonces me parece que voy a tomar una miaja de desayuno.
Y se metió en la cámara.
El capitán, ceñudo y obstinado, se fue
tras él.
––¿Qué es ello? preguntó––. ¿Qué idea
es la que usted tiene?
––¡Oh!, déjeme en paz, si quiere
––––dijo Huish, descorchando una botella de champaña––. Ya oirá mi idea a su
hora. Espérese hasta que me vierta un poco de vino en el estómago. Se bebió un
vaso y se acercó la botella al oído. Oiga... escuche el vino: es como si
estuvieran friendo jamón. Bébase un vaso y sea sociable.
––¡No! ––contestó enérgico el
capitán-. ¡No quiero! ¡Son asuntos serios!
––Usted paga y usted escoge, amiguito
––dijo Huish––. Me parece a mí una vergüenza que se estropee usted el desayuno
por una cosa que ya no es más que historia antigua.
Se bebió tres partes de una botella y
se puso a mordisquear, con desesperante calma, la punta de una galleta. El
capitán, al otro lado de la mesa, tascaba el freno como un caballo impaciente.
Después, Huish apoyó en ella los brazos y miró al capitán a la cara.
––Cuando a usted le parezca dijo.
––Bien, pues ahora mismo. ¿Y cuál es
su idea?
––¡Juego limpio! ––dijo Huish––.
Dígame usted la suya.
––Lo malo es que yo no tengo ninguna
––replicó Davis, y divagó por un rato en inútiles comentarios sobre las
dificultades que tenían por delante y en ociosas explicaciones de su propio
fiasco.
––¿Ha acabado ya? —dijo Huish.
––No digo más.
––Bueno, pues entonces, deme la mano,
por encima de la mesa, y diga: "Que Dios me deje muerto aquí mismo si no
le ayudo a usted".
Su voz apenas se oía y, sin embargo,
escalofrió al oyente... Su cara parecía un compendio de malignidad, y el
capitán se echó hacia atrás como si esquivase un golpe.
––¿Para qué? ––dijo.
––Para tener buena suerte ––contestó
Huish––. Se exigen garantías serias. Y siguió ofreciendo su mano.
––No veo a qué vienen esas sandeces
––dijo el otro.
––Pues yo, sí. Deme la mano y diga
eso, y entonces oirá mi idea. No lo haga, y no la oye.
El capitán cumplió la formalidad
exigida, con la respiración entrecortada y mirando a Huish con angustia. Cuál
era su temor, no lo sabía, pero temía, servilmente, lo que fuera a salir de
aquellos labios pálidos.
––Pues ahora, si usted me dispensa
medio segundo ––dijo Huish––, voy a ir a buscar el bebé.
––¿El bebé?,¿que es eso?
––Frágil. Con cuidado. Este lado
encima ––replicó el dependiente con un guiño, y desapareció.
Volvió, sonriente, llevando un pañuelo
de seda en la mano. Davis levantó las cejas con una expresión estúpida e
interrogante. ¿Qué habría allí? No se le ocurría nada más recóndito que un
revólver.
Huish volvió a sentarse.
––Y ahora ––dijo–– ¿es usted bastante
hombre para encargarse de Herrick y de los negros? Porque yo me encargo de
Attwater.
––¡Cómo! ––exclamó Davis–– no puede
usted.
––¡Vaya, vaya! ––dijo el
dependiente––. Espéreme un poco. ¿Cuál es la primera dificultad? La primera
dificultad es que no podemos ir a tierra; y le admito a usted que es dura de
pelar. Pero ¿qué me dice de una bandera de parlamento? ¿Cree usted que tragaría
ese anzuelo, o que Attwater no haría más que acribillarnos en el bote a balazos
como a unas alimañas?
––No ––dijo Davis––, no creo que lo
haría.
––Tampoco yo prosiguió Huish––. No
creo que lo hará, y ¡ojalá que no lo haga! Cátate, pues, ya en tierra. La
segunda dificultad es la de ponerse al habla con la Dirección general. Y para
eso voy a hacer que escriba usted una carta, en la cual usted dice que tiene
vergüenza de presentarse delante de él, y que el portador, Mr. J. L. Huish, tiene
poderes para representarle. Y armado con ese expediente, sencillo al parecer, Mr. J. L. Huish
procederá a la obra.
Se detuvo como si hubiera acabado,
pero reteniendo aún a Davis con la mirada.
––¿Cómo? ––dijo éste––. ¿Por qué?
––Pues mire aquí: usted es grande, él
sabe que lleva un revólver en el bolsillo y, con sólo echarle la vista encima,
se ve que no es usted hombre que vacile en usarlo. Pero de mí no ha–– de temer
nada ––¡soy tan pequeñaco!––, estoy desarmado, y, para que no dude, llevaré las
manos por alto. ––Hizo una pausa––. Y si puedo arreglármelas para ir
acercándome a él mientras hablamos, usted no tiene que hacer sino andar listo y
ayudarme con gana. Si no lo consigo, nos volvemos aquí y nada se ha perdido,
¿comprende?
El rostro del capitán estaba contraído
por el intenso esfuerzo que hacía para comprender.
––No, no veo ––exclamó––; no veo nada claro,
¿qué se propone usted?
––¡Me propongo acabar con la bestia!
––gritó Huish, en una exaltación de venenoso triunfo––. Voy a tender aquel
animalazo arrogante en la hierba. El se ha divertido a mi costa y yo voy a
divertirme a la suya, ¡y qué diversión!...
––¿Qué es ello? ––––dijo el capitán
con voz apagada.
––¿De veras lo quiere usted saber?
preguntó Huish..
Davis se levantó y dio un paseo por la
caseta.
––Sí, quiero saberlo dijo, al fin,
haciendo un esfuerzo.
––Cuando uno está en el suelo se
defiende como puede, ¿no es eso? Lo digo porque ya sé que hay una preocupación
contra esto; se lo considera ordinario, muy ordinario. Dobló el pañuelo y
mostró un pomo pequeño––. Esto que está aquí es vitriolo. Eso es ––dijo.
El capitán, muy pálido, se le quedó
mirando.
––¡Este es el medicamento! ––prosiguió
el otro alzando el frasco––. Esto quema hasta los huesos, ¡ya lo verá usted
cuando él lo tenga encima, echando humo como fuego del infierno! Que le caiga
una gota en los ojos, ¡y deje ––usted a Attwater de mi cuenta!
––¡No, no! ¡Por Dios! ––exclamó el
capitán.
––Diga usted, amigo ––dijo Huiste––,
¿es que para mí va a ser una fiesta? Yo voy a habérmelas solo y mano a mano con
ese hombre. El es de cerca de siete pies de altura y yo tengo cinco y una
pulgada. El tiene un rifle en la mano y está sobre aviso, y no ha nacido ayer.
¡Le digo que va a ser lo de David y Goliath! Si yo le propusiera que fuese usted a
poner el cascabel al gato, me lo explicaría. Pero no pido eso. Sólo le pido que
esté a mi lado y se las entienda con los negros. Todo va a salir como por la mano,
¡ya lo verá usted! Pero cuando quiera usted darse cuenta, le va a ver correr
dando vueltas y aullando como...
––¡No haga eso! ––––dijo Davis––. ¡No
hable de eso!
––¡Está usted bueno! ––exclamó
Huiste––. ¿Qué quería usted? Quería usted matarlo y lo intentó anoche. Quiere
matarlos a todos ellos y trata de hacerlo, y yo le digo cómo; y porque entra en
ello un poco de medicina en una botella, arma esta batahola.
––Puede que sea por eso ––––dijo
Davis––. No parece que sea cosa razonable, pero ahí está.
––Será la aplicación de la ciencia
––––dijo Huish, irónico.
––No sé lo que es ––exclamó Davis
dando zancadas por el cuarto––. Ahí está: hasta ahí tiro la raya y no paso. No
puedo poner un dedo en tal canallada. ¡Es horrible, infernal!
––Y supongo que usted se imagina como
cosa muy bonita coger una pistola y un cacho de plomo y desparramarle a un
hombre los sesos. Cuestión de gusto.
––No lo niego ––––dijo Davis––; es
algo que siento aquí, dentro de mí. Será tontería; puede que sea condenada
tontería. No discuto; no hago más que tirar la raya. ¿No hay algún otro medio?
––Búsquelo usted. No estoy casado con
éste, aunque a usted le parezca que sí; no soy ambicioso; no tengo antojo por
hacer el primer papel; me ofrezco a ello y nada más; y si usted no me puede
enseñar cosa mejor, ¡lé juro que lo he de hacer!
––¡Y los riesgos!... ––exclamó Davis.
––Si quiere usted que se lo diga, para
mí es un caso de siete a uno y no hay tomadores. Pero eso es cuenta mía, amigo,
y yo estoy dispuesto. Míreme usted, Davis: ya ve que no se me encoge el
corazón. Soy hombre para ello de arriba abajo.
El capitán no apartaba de él los ojos.
Huish seguía sentado, atusando su siniestra vanidad, vanagloriándose de su
superioridad para el mal. El infame valor y la audaz felonía de aquel ser,
fulgían y se proyectaban fuera de él como la luz de una linterna. Un
apocamiento y una especie de respeto se apoderaron del capitán a pesar suyo.
Hasta aquel momento había visto el dependiente siempre remolón, haragán, sin
interés por nada y gruñendo en cuanto se le hablaba de hacer algo; y ahora,
como el toque de una varilla mágica, le veía engallado y resuelto, radiante de
faz. Había despertado el demonio y ¿quién lo iba a refrenar?, se preguntaba; y
se le encogía el corazón.
––Por más que usted me mire ––Huiste
seguía diciendo ––no me verá el miedo en los ojos. No me asusto de Attwater, no
me asusto de usted y no me asustan las palabras. Usted quiere matar gente: eso
es tras de lo que anda; pero quiere hacerlo con guantes de cabritilla y eso no
puede ser así. Asesinar no es cosa cortés y fina, ni fácil, ni sin riesgo, y se
necesita todo un hombre para hacerlo. Aquí está el hombre:
––¡Huiste!... ––prorrumpió el capitán
con energía, y en seguida se detuvo y se quedó inmóvil, mirándole con las cejas
fruncidas.
––¡Vamos!, ¡afuera con ello! ––dijo
Huiste––. ¿Tiene usted otra cosa que proponer? ¿Hay otra carta a que apuntar?
El capitán no chistó.
––Pues ya lo ve usted ––––dijo Huish
encogiéndose de hombros.
Davis empezó otra vez su precipitado
paseo.
––Ya puede usted andar hasta que se le
desgasten los pies; no encontrará más que eso.
Hubo una corta pausa; el capitán, como
lanzado en un columpio, volaba, en un vértigo, entre los más opuestos planes y
conjeturas, tan pronto concebidos como rechazados.
––Pero vea usted ––dijo, parándose de
pronto––. ¿Puede usted hacerlo?, ¿es que eso puede hacerse? No; debe de ser muy
difícil.
––Si yo logro ponerme a veinte pies de
él, se hará; así es que piénselo ––dijo Huish con tono de absoluta certeza.
––¿Cómo puede usted saberlo? ––exclamó
súbitamente el capitán como con un grito ahogado––. ¡Mala bestia!, ¡yo creo que
lo ha hecho ya antes!
––¡Ah! esos son asuntos privados
––contestó Huish–– y no soy hombre hablador.
Un estremecimiento de repulsión
sacudió al capitán; un grito le subió hasta los labios; de haberlo lanzado
quizá se hubiera abatido sobre el cuerpo de Huish, lo hubiera echado por alto
golpeándolo contra el suelo y hubiera sacudido con él las paredes de la cámara
en un frenesí de crueldad que parecía casi moral. Pero pasó el momento, y,
abortada la crisis, se quedó aún más debilitado. Lo que se jugaba ¡era de tal
precio!... De un lado, las perlas... hambre y vergüenza del otro. ¡Diez años de
perlas! La fantasía de Davis las transfiguró en una nueva, deleitosa existencia
para él y los suyos. La nueva vida había de pasarse en Londres; contundentes
razones se oponían a que fuera en Portland, Maine; y los cuadros que se imaginaba tenían
fondos británicos. Vio a sus hijos paseando en las filas de un colegio, con las
togas escolares, y un pasante que marchaba custodiándolos y leyendo un librote.
Estaba instalado en una "villa" cuyo nombre, Rosemore, campeaba en
los pilares de la entrada En una butaca, en la avenida de menudas pedrezuelas,
se veía a sí mismo fumando un cigarro, con una cinta azul en el ojal,
victorioso de todo: de él mismo, de las circunstancias y de la malignidad de
los banqueros. Vio el salón con cortinas rojas y caracoles sobre la chimenea y
––con la sutil incongruencia de los sueños–– antes de haber entrado en él, se
preparó un grog en la mesa de caoba. En ello estaba, cuando el Farallone hizo uno de esos movimientos
inexplicables y no esperados, los cuales, hasta en un buque anclado y en la más
absoluta calma, le recuerdan a uno la movilidad de los fluidos; y Davis estaba
ya de vuelta en el interior de la caseta, cercada por la cegadora luz del día
que asomaba por los intersticios, y ante el dependiente que, en airada actitud,
aguardaba su decisión.
Se puso a pasear de nuevo. Anhelaba la
realización de esos sueños, como un caballo sediento relincha al olfatear el
agua; el deseo le enloquecía. Y el único obstáculo era Attwater, el que le
había insultado desde el primer momento. Daría a Herrick buena parte de las
perlas; era cosa decidida. Huish se opondría y él pasaría por encima de la
oposición; y ya elogiaba exageradamente su conducta. No era él quien iba a
emplear el vitriolo, y ¿era acaso el tutor de Huish? Lástima que se le hubiera
ocurrido la idea, pero ¡después de todo!... Volvió a ver a sus hijos en las
filas del colegio, con el uniforme que siempre le había parecido "tan
señor"... Y al mismo tiempo la indecible vergüenza de aquella noche se
alzó como una llamarada en su espíritu.
––Que sea como usted quiera ––dijo con
ronca voz.
––¡Ah! Me figuraba que se avendría a
razones. Y ahora, a la carta. Aquí hay papel, pluma y tinta. Siéntese y yo le
dictaré.
El capitán tomó una silla y la pluma,
y se quedó mirando, desconcertado, al papel, y después a Huish. El columpio
estaba ya en el otro lado; una nube le pasó por los ojos. ––Es cosa
tremenda––dijo con un sacudimiento nervioso de los hombros.
––La cosa es fuertecita; no hay duda
––––dijo Huish––. Moje la pluma. Eso es. William John Attwater, Esquife. Muy señor mío–– añadió, dictando.
––¿Cómo sabe usted que se llama William John? preguntó Davis.
––Lo vi escrito en una jaula de
embalar. ¿Ha puesto usted eso?
––No ––dijo Davis––. Pero hay otra
dificultad. ¿Qué es lo que vamos a decir?
––¡Qué hombre! ––gritó exasperado
Huish––. ¿A qué género pertenece usted? Yo soy el que va a decir lo que hay que
poner. Es cuenta mía, si usted tiene la amabilidad de ir escribiendo: William
John Attwater. Muy señor
mío ––repitió. Y el capitán, al fin, empezó a mover
la pluma como un autómata, y el dictado prosiguió: ––"Con un sentimiento de vergüenza, y sincero arrepentimiento, me dirijo a
usted después de los humillantes sucesos de anoche. Nuestro Mr. Herrick ha abandonado el barco y, sin
duda, le habrá dado conocimiento de la naturaleza de nuestras esperanzas.
Inútil nos parece decir que ya no las consideramos posibles; la suerte se ha
declarado contra nosotros, y tenemos que bajar la cabeza. Como me doy cuenta de
las justas sospechas con que soy mirado, no me atrevo a solicitar el favor de
una entrevista con usted; pero deseando poner fin a una situación igualmente
penosa para todos, he comisionado a mi amigo y consocio míster J. L. Huish,
para que le someta mis proposiciones que, por lo moderadas, espero merezcan su
atenta consideración Mr. J. L. Huish no lleva armas ––lo juro a Dios–– y
llevará las manos alzadas desde el momento en que se acerque a usted. De usted
humilde servidor. John Davis. "
Huish leyó la carta con la candorosa
complacencia del "amateur"; se relamió de gusto y, más de una vez,
volvió a abrirla después de plegada para deleitarse de nuevo en su obra. Davis,
entretanto, seguía sentado, inerte, con el entrecejo fruncido.
De pronto se levantó, todo alborotado,
––¡No! ––––gritó––. ¡No puede ser! ¡Es demasiado!, ¡es condenarse! ¡Nunca lo
perdonaría Dios!
––Bueno, ¿y qué falta hace? ––chilló
Huish furioso––. Usted se condenó hace años por lo del Sea Ranger, y así lo ha dicho.
Pues, entonces, condénese por algo más, y cierre el pico.
El capitán le miró turbado: ––¡No!
––suplicó––, ¡no, compañero!, ¡no lo haga!
––Oiga usted prosiguió Huish––, le doy
mi ultimátum. Yo voy a ver a ese hombre y a echarle el vitriolo en los ojos. Si
usted se queda, me voy solo; los negros me darán un capirotazo en la cabeza y
con eso no va usted a quedar mejor de lo que estaba. Pero una cosa es cierta:
que no voy a oír más de sus gimoteos y aspavientos.
El capitán se lo tragó cerrando los
ojos y con visible esfuerzo. La memoria, con su voz de fantasma, le repetía al
oído algo semejante, algo que él había dicho a Herrick una vez... ya hacía, al
parecer, muchos años.
––Ahora deme su revólver ––dijo
Huish––. Tengo que ver si todo está listo. Seis tiros, y ojo con desperdiciar
ninguno.
El capitán, como un sonámbulo, puso el
revólver sobre la mesa y Huish sacó los cartuchos y lubrificó el mecanismo.
Era cerca de mediodía, no corría un
soplo de aire y apenas se podía soportar el calor cuando los dos salieron a
cubierta, hicieron tripular el bote y bajaron uno tras otro a sentarse en el
tabloncillo de popa. Una camisa blanca en la punta de un remo servía de bandera
de parlamento, y los marineros porque así se les ordenó a fin de dar tiempo a
que los vieran desde la costa––, remaban despacio. La isla temblaba delante de
ellos como algo incandescente; en la superficie de la laguna soles metálicos,
no mayores que obleas, bailaban y les acuchillaban los ojos; de la arena del
mar y hasta del bote mismo, se alzaba una llamarada de ofuscante resplandor, y
como sólo podían mirar a lo lejos por entre las pestañas medio cerradas, el
exceso de luz se trocaba en una siniestra oscuridad, como la de una tormenta a
punto de estallar.
El capitán se había embarcado en
aquella empresa por una docena de razones diversas, la última y la menor de las
cuales era el deseo de que tuviese éxito. La superstición domina a todos, en
espíritus semi-ignorantes y rudos como el de Davis, domina por completo. Para
el homicidio había estado pronto; pero este horror de la droga en el frasco le
vencía y se veía a sí mismo cortando los últimos filamentos que le unían a
Dios. El bote le llevaba a la perdición, al castigo eterno, y se dejaba llevar
asintiendo pasivamente y dando un silencioso adiós a lo mejor que había en él y
a sus esperanzas.
Huish iba a su lado con una alborotada
jovialidad, no del todo sincera. Acaso tan valiente como el que más, bravo como
una comadreja, tenía, sin embargo, que animarse con el sonido de su propia voz;
tenía que representar su papel exagerándolo, dejar tamañito a Herodes, insultar
todo lo respetable y desafiar a todo lo temible, como en una desesperada
apuesta consigo mismo.
––¡Qué calor hace! =dijo––. ¡Se asa
uno! Vaya un día para cocer las gachas. Vamos, que debe parecer raro el que le
despachen a uno en un día como éste. A mí más me gustaría en una mañana fría y
con escarcha, ¿y a usted? (cantando): Vamos
a pasear al monte, una madrugada fría. Le doy mi palabra de que no había
recordado eso desde hace más de diez años; lo cantaba en una escuela de
párvulos, en Hackney (cantando):
Así madruga el labrador, el labrador, el
labrador... ¡Pamplinas! ¿Y cómo se siente usted ahora en cuanto a eso del
estado futuro y de la salvación? ¿De qué lado se inclina?
––¡Cállese! ––dijo el capitán.
––No; si es que necesito enterarme. Es
cosa de utilidad práctica para usted y para mí, compadre; podemos estar los dos
patas arriba antes de diez minutos. Y tendría gracia que usted sólo echase a
volar y se presentase sonriente allá arriba y saliera a recibirle un ángel con
un whisky y soda debajo del ala. "¡Hola!. ––diría usted––, "¡qué
amabilidad!"
El capitán dio un gruñido. Mientras
Huish así aventaba y ponía en ejercicio su bravuconería, el hombre que iba a su
lado se ocupaba nada menos que en rezar. ¿Para qué rezaba? Sábelo Dios. Pero de
su agitado espíritu, inconsciente e ilógico, brotaba un torrente de súplicas,
inarticuladas, como su propio pensamiento, fervientes y graves como la muerte y
el juicio.
––“¡Dios del cielo, Tú me miras!"
––continuó Huish––. Me acuerdo que tenía escrito eso en una hoja de la Biblia.
Me acuerdo de la Biblia también, que habla de todo aquello de Abinadab y otros
prójimos. Bien, ¡Dios! añadió, apostrofando al meridiano––, vas
a ver una cosa de primera, ¡te lo prometo!
El capitán dio un salto.
––¡No consiento blasfemias! ––gritó––.
¡No se blasfema en mi bote!
––Está muy bien, capitán ––dijo
Huish––. Como usted guste. Quiere indicar cualquier otro tema de plática, el
pluviómetro, el pararrayos, Shakespeare,
las copas musicales... Aquí se despacha conversación. Introduzcan un
penique en la ranura y... ¡Hola! ¡Ahí están! exclamó––. ¡Ahora o nunca! ¿Irá a
tirar?
Y el hombrecillo se irguió en una
actitud alerta y acometedora, y miró sereno a sus enemigos.
Pero el capitán se incorporó un poco
en el bote con los ojos saltones.
––¿Qué es eso? ––gritó.
––¿Cuál?
––¡Esas... esas cosas!
Y en verdad que había para extrañarse.
Herrick y Attwater, armados ambos de Winchester, habían salido del bosque,
detrás del mascarón; y a los dos lados, el sol relampagueaba sobre dos objetos
metálicos, remates de unos seres con aspecto de máquinas, y en cuya anatomía
ocupaban el lugar de cabezas... pero cabezas sin caras. A Davis, que estaba en
las nubes, le parecía que su mitología tomaba formas corporales y vivas y que
Topheth vomitaba demonios. Pero Huish no se dejó engañar ni por un momento.
––Cascos de buzos, tonto, ¿no lo ve?
––dijo.
––Así es verdad ––dijo David
boquiabierto––. ¿Y para qué? ¡Ah! ¡ya veo! Como armadura.
––¿Qué le decía yo a usted? ––dijo
Huish––. David y Goliath, del
principio al fin.
Los dos indígenas ––pues eran ellos
los que aparecían con aquel inusitado equipo bélico–– se apartaron a derecha e
izquierda y acabaron por sentarse a la sombra, en los dos flancos de la
posición. Aun cuando ya el misterio estaba aclarado, Davis seguía preocupadísimo,
miraba absorto a las cimeras de llamas que parecían llevar los cascos y se
olvidada, y volvía a acordarse, sonriendo, de la explicación.
Attwater se internó otra vez en el
bosque, y Herrick, con el rifle bajo el brazo, descendió, solo, al muelle.
A mitad de camino, se detuvo y llamó
al bote.
––¿Qué quieren? ––gritó.
––Ya se lo diré a Mr. Attwater ––contestó
Huish, subiendo ligero por la escala––––. No se lo digo a usted, porque ha sido
un traidor. Aquí hay una carta para él; ahí la tiene, désela y que le ahorquen.
––Davis, ¿no hay nada malo en esto?
––dijo Herrick.
Davis levantó la barbilla, miró
rápidamente a Herrick, apartó los ojos y nada contestó... En la mirada se
traslucía una honda emoción; pero si era de odio o de temor, Herrick no podía
adivinarlo.
––Bueno ––dijo éste––, voy a entregar
la carta––. Trazó con el pie una raya en los tablones del muelle. ––Hasta que
traiga la respuesta, no avancen un paso de aquí.
Y se volvió donde estaba Attwater
apoyado en un árbol, y le dio la carta. Attwater la recorrió de una mirada.
––¿Qué significa esto? ––preguntó
pasándosela a Herrick––. ¿Una añagaza?
––Supongo que sí ––contestó Herrick.
––Bueno, dígale que venga. Para algo
es uno un fatalista. Dígale que venga y que ande con ojo.
Herrick regresó al mascarón. Hacia la
mitad del muelle esperaba Huish con Davis a su lado.
––Dice que
vaya usted, Huish ––––dijo Herrick––. Y le advierto que ande con cuidado. Nada
de estratagemas.
Huish avanzó de prisa y se encaró con
el joven:
––¿Dónde está? dijo, y Herrick––
vio con sorpresa que su cara, canallesca y vulgar, se enrojeció de pronto y
volvió a palidecer.
––Allí enfrente contestó Herrick,
señalando con el dedo––. Y ahora levante las manos por encima de la cabeza.
Huish le volvió la espalda y avanzó
derecho hacia el mascarón como si fuera a dirigirle una plegaria; se vio que
hacía una profunda aspiración y que alzaba los brazos. Como ocurre con muchos
de su misma menguada conformación fisica, las manos de Huish
eran desproporcionadamente anchas y largas y, sobre todo, enormes las palmas:
el frasco desaparecía dentro del amplio puño. Un instante después marchaba con
firme y seguro paso a cumplir su misión.
Herrick le siguió al principio. A
poco, un ruido a su espalda le alarmó y, volviéndose, vio que Davis había ya
avanzado hasta el mascarón. Iba agachado, y con la boca abierta como el
hipnotizado sigue al hipnotizador; toda humana consideración y hasta el cuidado
por su propia vida, habían sido vencidos por una abominable, irresistible
curiosidad.
––¡Alto! ––gritó Herrick, apuntándole
con el rifle––. Davis, ¿qué hace usted, hombre? Usted tiene que quedarse ahí.
Davis se paró instintivamente y miró a
Herrick con pasmados ojos.
––Póngase de espaldas al mascarón. ¿Me
oye? Y estese quieto ––dijo Herrick.
El capitán tomó aliento, anduvo hacia
atrás hasta el mascarón, e inmediatamente volvió a seguir a Huish con la
mirada. Había por aquella parte una hondonada en la arena, que formaba un claro
en la espesura de los cocoteros, y allí caía a plomo el sol del mediodía con
irresistible fuerza. En el lado opuesto, bajo la sombra, se veía la alta figura
de Attwater reclinado en un árbol, y hacia él, con las manos alzadas y los
pasos amortiguados por la arena suelta, fue avanzando Huish penosamente. El
violento resplandor que le rodeaba hacía resaltar, y exageraba su pequeñez; no
parecía empresa menos peligrosa para él aquella en que estaba lanzado, que lo
sería para un lobezno sitiar una ciudadela.
––Ahí, Mr. Whish. Ahí está bien ––gritó
Attwater––. Desde esa distancia y sin bajar las manos, como un buen chico,
puede usted muy bien ponerme al tanto de las opiniones del patrón––. El
intervalo entre ellos era acaso de cuarenta pies. Huish lo midió con la mirada
y lanzó entre dientes una maldición. Estaba ya agobiado por el esfuerzo de
caminar sobre la arena blanda; y los brazos, a causa de la. violenta postura,
le dolían atrozmente. En la palma de la mano derecha tenía el frasco preparado,
y el corazón se le estremecía y la voz le faltaba cuando empezó a hablar.
––Mr. Attwater
––dijo—. No sé si usted ha tenido una madre.
––Puedo tranquilizar a usted en ese
punto; la he tenido contesto Attwater––, y en adelante, si puedo permitirme tal
indicación, no es necesario volver a mencionarla en nuestras comunicaciones.
Acaso deba también advertirle que no me impresiona lo patético.
––Siento mucho que parezca que he
querido entrometerme en sus afectos íntimos ––dijo Huish servilmente y
adelantando un paso con disimulo––. Al menos nunca me persuadirá de que no es
usted un caballero; bien sé yo distinguir al que lo es de veras, y por eso no
dudo en someterme a su conmiseración. Es cosa dura, sin duda; es duro tener que
confesarse vencido; es duro tener que venir mendigando por caridad...
––Cuando si todo hubiera salido bien,
podría considerar todo esto como suyo, ¿no es verdad? ––indicó Attwater––. Me
doy cuenta de ese sentimiento.
––Me está usted juzgando, Mr. Attwater, Dios sabe
cuán injustamente. “Dios del cielo, Tú me miras” —, es lo que decía
en mi Biblia, y lo había escrito mi padre, con su propia mano, en la primera
hoja.
––Siento tener que rogarle, una vez
más, que me dispense -dijo Attwater––; pero, créame, parece que está usted una
migaja más cerca y eso no entra en lo pactado. Y me voy a permitir aconsejarle
que eche uno... dos... tres pasos hacia atrás, y que se quede allí.
Ante este fatal contratiempo, el
demonio se asomó a la cara de Huish, y Attwater anduvo presto para sospechar.
Frunció el ceño, miró al hombrecillo y reflexionó. ¿Por qué se iba corriendo
más cerca? Inmediatamente se echó el rifle a la cara.
Tenga usted la bondad de abrir las
manos. Abra las manos del todo, que vea yo los dedos, extiéndalos... ¡Pero
arroje eso que tiene ahí! ––rugió, creciendo a un tiempo su rabia y su
certidumbre.
Y entonces, casi en el mismo instante,
el impávido Huish se decidió a arrojar, y Attwater apretó el gatillo. Ni en un
segundo discreparon las dos resoluciones, pero la diferencia fu en favor del
que tenía el rifle: y el frasco no había salido aún del puño del dependiente,
cuando la bala despedazó ambas cosas. Durante un momento el mísero pasó por
agonías de infierno, bañado en liquidas llamas y chillando como un demente; y
en seguida una bala misericordiosa le tendió muerto.
Todo ello pasó y acabó en un
relámpago. Antes de que Herrick pudiera volverse, antes de que Davis hubiera
acabado su grito de horror, el dependiente yacía en la arena desparrancado y
convulso.
Attwater se precipitó hacia el cadáver
y se inclinó para examinarlo; tocó con el dedo el vitriolo y su rostro
palideció y se contrajo colérico.
Davis no se había movido; estaba
atónito, de espaldas al mascarón, agarrándose a él con las manos crispadas y el
cuerpo inclinado adelante, desde la cintura.
Attwater se volvió despacio y le
apuntó con el rifle.
––¡Davis! ––gritó con una voz como la
de una trompeta––. ¡Le doy sesenta segundos para ponerse a bien con Dios!
Davis miró, despertando de su estupor.
No soñó en defenderse ni echó mano el revólver. Se enderezó, en cambio, para
afrontar la muerte, con las aletas de la nariz palpitantes.
––Me parece que no vale la pena de
molestar al Viejo -dijo, considerando el negocio en que estaba metido––; me
parece que vale más cerrar los ojos.
Attwater disparó; la víctima hizo un
movimiento convulsivo y, al ras de su cabeza, apareció un agujero negro en la
tersa blancura del mascarón. Hubo una pausa angustiosa; después otra detonación
y el impacto sólido y vibrante del proyectil en la madera; y esta vez sintió el
capitán el soplo en el cuello. Un tercer disparo y empezó a gotear sangre de
una oreja; y detrás del cañón enfilado, Attwater sonreía como un piel roja.
Davis se dio ahora cuenta del juego
cruel en que hacía de muñeco; tres veces había sentido la muerte y tenía que
sentirla siete veces más antes de que le despachasen.
––¡Despacio! ––gritó––. Voy a tomar
los sesenta segundos.
––¡Bien! ––dijo Attwater.
El capitán cerró los ojos apretando
los párpados como un niño, y levantó al fin las manos con un ademán trágico y
ridículo.
––¡Dios mío, por amor de Cristo, mira
por mis chiquillos! dijo, y luego, tras una pausa y un ahogo: por amor de
Cristo. Amén.
Y abrió los ojos y miró al cañón con
un tembloreo en los labios. ––¡Pero no juegue mucho tiempo conmigo! añadió.
––¿Es esa toda su plegaria? ––preguntó
Attwater, con un extraño tono de voz.
––Así me parece.
––¿Así? prosiguió Attwater,
descansando en el suelo la culata del rifle––, ¿se ha acabado? ¿Está ya hecha
su paz con Dios, porque ya lo está conmigo. Vete y no peques más, padre
pecador, y acuérdate que el mal que hagas a otros, Dios lo hará caer, mil veces
multiplicado, sobre la cabeza de tus inocentes.
El mísero Davis avanzó, dando
traspiés, desde el sitio donde estaba junto al mascarón, cayó de rodillas,
agitó las manos y se desmayó.
Cuando volvió en sí, tenía la cabeza
apoyada en un brazo de Attwater, y a su lado estaba uno de los servidores, con
casco de buzo, sosteniendo un balde de agua, con la cual, su verdugo de un
momento antes, le estaba lavando la cara. El recuerdo del espantoso trance
volvió a él de súbito; otra vez vio a Huish tendido sin vida, otra vez le
pareció tambalearse en el borde de la eternidad sin fondo. Con temblorosas
manos se asió al hombre que había ido a matar y la voz salió de él como la de
un niño entre las pesadillas de la fiebre: ––¡Ay! ¿No hay misericordia? ¿Qué ha
de hacer para salvarme?
––¡Ah! pensó Attwater––, ¡aquí está el
verdadero penitente!
XII
REMATE
En un mediodía esplendoroso, cálido,
lujuriante, de viento recio, dos semanas después de los sucesos relatados y al
mes de haberse levantado el telón en este escenario, podía verse a un hombre
rezando sobre la arena en la playa de la laguna. Un promontorio de palmeras
ocultaba la vista de la factoría, y desde el lugar donde estaba arrodillado no
se veía otro vestigio de obra humana que el pailebot Farallone, que había
cambiado de fondeadero y se mecía anclada a unas dos millas a barlovento, en
mitad de la laguna. El monzón soplaba ruidosamente por toda la isla. Las
palmeras más próximas crujían y silbaban con las ráfagas; las más lejanas
acompañaban con un rumor sordo como el tráfago de ciudades; y, sin embargo,
cualquiera no tan absorto como el rezador, hubiera oído alzarse a veces sobre
esta tumultuosa barahunda del viento la nota más aguda de voces humanas desde
el poblado. Todo era allí agitación. Attwater, desnudo hasta la cintura,
prodigaba su vigorosa ayuda y dirigía y acuciaba a cinco kanakas. Del animoso
tono de su voz y sus aun más animosos esfuerzos, podía inferirse que algún
repentino y feliz acontecimiento había puesto a todos en aquella conmoción, y la
bandera inglesa flameaba de nuevo en el mástil. Pero el hombre orante de la
playa, sin reparar en las voces, seguía su rezo tenaz y fervoroso en tono alto
o desmayado y con rostro gozoso o ensombrecido, según las cambiantes fases de
su piedad o su terror.
Ante sus ojos cerrados, el esquife
había estado algún tiempo dando bordadas en demanda del lejano y solitario Farallone, y en aquel momento pudo
distinguirse la figura de Herrick que subía a bordo, y entraba un instante en
la cámara, iba desde allí al alcázar de proa y descendía luego por la
escotilla. De todos esos sitios, tras de su visita, se alzó un rizo de humo, y
apenas había saltado al bote
y desatracado, cuando se vieron llamas en el pailebot. Ardía alegremente; no se
había economizado el petróleo y los fuelles de los alisios avivaban la
conflagración... A mitad del camino de vuelta, cuando Herrick volvió la cabeza,
vio al Farallone envuelto hasta los topes en fieras llamaradas y la voluminosa
humareda venía persiguiendo al bote al ras de la laguna. Antes de una hora,
según su cálculo, las aguas se cerrarían sobre el barco robado.
Y sucedió que, como el bote volaba
viento en popa y Herrick no cesaba de mirar hacia atrás, contemplando la obra
de las llamas, se encontró engolfado al norte del promontorio de palmeras y, a
la vez que se daba cuenta de ello, vio a Davis sumido en sus devociones. Al
verlo se le escapó una exclamación, mitad de enojo y mitad de burla, y, dando
un toque al timón, embistió de proa a la playa, a menos de veinte pies del
inconsciente devoto. Con la amarra en la mano saltó a tierra, se acercó y se
detuvo junto a él. Y aun el chorro incoherente y voluble del rezo siguió
fluyendo. No le era posible oír lo que el rezador pedía, aunque le escuchó un
rato con el ánimo indeciso entre la risa y la lástima, y sólo cuando empezó a
oír varias veces su nombre acompañado de ciertos epítetos, se decidió a tocar
en el hombro al capitán.
––Siento interrumpirle en sus
ejercicios -dijo––; pero quisiera que mirase usted al Farallone.
El capitán se incorporó dando un
traspiés: ––Míster Herrick, ¡qué susto me ha dado usted! No me encuentro del
todo en mis cabales desde... y no pudo seguir––. Pero, ¿qué es lo que me decía
usted? ¡Ah! el Farallone y miró a lo
lejos, indiferente y apático.
––Sí ––dijo Herrick––. Allí está
ardiendo. Ya puede usted figurarse la noticia.
––Me figuro que el Trinity Hall...
––El mismo. Avistado hace una hora y
recalando más que aprisa.
––Bueno; pues eso viene a importar
menos que un puñado de lentejas ––––dijo el capitán dando un suspiro.
––¡Vamos, hombre!, ¡eso es pura
ingratitud! ––exclamó Herrick'
––Ya se ve contestó el otro,
meditabundo––, acaso usted no vea la cosa precisamente como yo la veo; pero yo
casi hubiera preferido quedarme aquí en la isla. He encontrado aquí paz: la paz
en las creencias. Sí, me parece que esta isla es bastante y de sobra para John Davis.
––¡Jamás oí tal disparate! ––exclamó
Herrick––. ¡Qué es eso!, cuando todo le está saliendo a pedir de boca; el Farallone desaparecido, la tripulación
colocada, un modo seguro de vivir para usted y los suyos, y usted mismo el niño
mimado y el penitente favorito de Attwater...
––Vamos, Mr. Herrick, no diga
usted eso ––dijo el capitán dulcemente––, cuando sabe que él no hace ninguna
diferencia entre nosotros. Pero, ¡ay!, ¿por qué no ha de ser usted de los
nuestros?, ¿por qué no venir a Jesús de una arrancada y encontrarnos allá
arriba en la tierra prometida? Eso es justo lo que hace falta; no tiene más que
decir: "¡Señor, creo, ayúdame en mi incredulidad!" Y El le estrechará
en sus brazos. Ya ve usted si yo lo sé: ¡yo mismo he sido un pecador!
FIN
[1] A falta de término más preciso, traducimos así la palabra lagoon,
nombre con que se designa el espacio de mar comprendido entre la costa y el
arrecife de coral que, a veces, corre paralelo a ella en los países tropicales.
También se da este nombre al lago central de los atolones o islas formadas por
un arrecife anular, muy abun-dantes en el Pacífico.
[2] Moneda de oro de los Estados Unidos, equivalente a veinte dólares.
[3] Nombre de los indígenas de las islas Hawai, que se aplica por
extensión a todos los polinesios y malayos.
[4] Después, más tarde.
[5] "Hogar, dulce hogar...", canción muy popular en
Inglaterra.
[6] El capitán Tom viene.
[7] Sally, en inglés, es un diminutivo familiar de Sara.
[8] Título de cortesía que se dá, especialmente por escrito, a todo el
que ocupa la posición social de un gentleman.
[9] David.
[10] Directorio marítimo conocido por el hombre del autor.
[11] Uno de los colegios ––el más antiguo–– que ¿ostituyen la
Universidad de Oxford.
[12] Attwater altera así el apellido de Huish para burlarse de la
defectuosa pronunciación del dependiente, característica del pueblo bajo de
Londres.
[13] Gray. Elegy Written in a Country Church yard-.
[14] Se hace referencia a los conocidos versos de Henley: “I thant
whatevergods may be..”
[15] En los Viajes de Gulliver se describe esa isla aérea, que flota
entre las nubes, habitada por gentes que desdeñan toda labor útil y viven
abstraidas en vanos ensueños y cavilaciones.

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