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© Libro No. 702. Los Gritos del Combate. Núñez de Arce, Gaspar. Colección E.O. Abril 12 de 2014.

 

Título original: © Los Gritos del Combate. Gaspar Núñez de Arce.

 

Versión Original: © Los Gritos del Combate. Gaspar Núñez de Arce.

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los Gritos del Combate

Gaspar Núñez de Arce

 

 

 



 

 

Prefacio

 

I

     Accediendo a las reiteradas instancias de algunos amigos míos, me he determinado a coleccionar, con el título de GRITOS DEL COMBATE, los versos que bajo la impresión de dolorosos y trascendentales sucesos, y en medio del fragor de la lucha, he escrito, durante estos últimos años, acaso los más perturbados y revueltos de nuestra siempre revuelta y perturbada historia.

     Tal vez parezca a algunos extemporánea la publicación; pero yo no escojo el momento; las circunstancias me lo brindan, y no quiero desaprovechar la ocasión que se me ofrece de saldar mis cuentas atrasadas con la revolución y con mi conciencia. Más lastimado por el espectáculo de las miserias humanas que por la violencia de los sucesos; triste, desengañado y abatido, siento cierta especie de melancólico orgullo en mirar desde las regiones de la poesía los desvaríos, las impurezas, el rebajamiento moral de esta época, tan exhausta de caracteres viriles como de virtudes cívicas. ¡Ay, pobre musa mía! Tú no estuviste ciega. Viste con claridad y desde muy lejos que no era posible cimentar nada sólido y permanente en el fango agitado de nuestras costumbres públicas, y estuviste en lo cierto, cuando en enero de 1866, al estallar los primeros chispazos del incendio que nos ha consumido, exclamaste con previsora indignación:

                                                No esperes en revuelta sacudida

                                             alcanzar el remedio por tu mano,

                                             ¡oh sociedad rebelde y corrompida!

                                                Perseguirás la libertad en vano;

                                             que cuando un pueblo la virtud olvida

                                             lleva en sus propios vicios su tirano.

     Tampoco te equivocaste cuando en abril de 1868, es decir, seis meses antes del alzamiento de Cádiz, exponías en una lectura pública celebrada en el Ateneo catalán, con motivo de los Juegos florales, tus dudas e inquietudes sobre nuestro estado, y espantada ante el grosero materialismo de nuestra edad descreída, me empujabas hacia la soledad, de la cual ¡ojalá nunca hubiera salido! [1]

     Pero las corrientes de la opinión, entonces irresistibles, la actitud unánime de mi partido, y el temor de que mis juicios y recelos no se fundaran en la realidad de las cosas sino en el desabrimiento de mi carácter, algún tanto huraño, me arrancaron del retiro en donde vivía consagrado exclusivamente al restablecimiento de mi salud quebrantada. La revolución surgió de la noche a la mañana; el pueblo de Barcelona, a pesar de mi alejamiento y honrándome más de lo que yo merecía, se acordó de mi nombre, casi desconocido; eligiome individuo de su junta y me encomendó el gobierno de la provincia en aquellos difíciles y angustiosos días. No sé si cumplí mi encargo a gusto de todos; lo que sí sé -y por ello doy gracias al cielo-, es que mientras ejercí el mando no se malgastó, como en otras partes, un solo céntimo del Erario público en expansiones revolucionarias, no se cometió atropello alguno, ni se derramó una sola gota de sangre. Llamado a Madrid, recibí la comisión de redactar el Manifiesto de 26 de octubre de 1868, en el cual el Gobierno del país expuso sus aspiraciones liberales, sus propósitos de reorganización política, e hizo por primera vez declaraciones terminantes y solemnes en favor de la monarquía. Pertenecí después a las Cortes Constituyentes; voté, sin vacilaciones hipócritas ni reservas mentales, la libertad religiosa con todas sus consecuencias; contribuí a la elección del rey D. Amadeo de Saboya; aprobé o rechacé, según mi leal saber y entender, las reformas que entonces se propusieron, y formé parte, así en la próspera como en la adversa fortuna, de la fracción en que figuraban los elementos más templados de la revolución de septiembre, si no siempre convencido, al menos siempre disciplinado.

     Elegido también diputado para las primeras Cortes ordinarias del reinado de D. Amadeo de Saboya, y las siguientes, trabajé, luché, hice cuanto pude con el fin de que se mantuviera en aquellas críticas y azarosas circunstancias la conciliación de los partidos que habían levantado la nueva monarquía. No soy orador; ni mis condiciones físicas, ni mi genio retraído, ni mis inclinaciones literarias me han permitido jamás terciar en esas ruidosas luchas de la palabra, tan vivas, tan ardientes, tan apasionadas, y algunas veces tan desastrosas. Pero en la prensa, en mis conversaciones amistosas, en las conferencias políticas, donde quiera que mi voz podía ser oída, excitaba a la concordia, y señalaba los peligros de una ruptura que irremisiblemente había de causar la perdición de todos y el aniquilamiento de la patria. ¿Qué podía yo hacer, sin embargo, contra la conjuración de intereses bastardos, ambiciones impacientes, envidias implacables y apetitos desordenados, agrupados y fundidos para aquella obra de destrucción y vergüenza? Hombres más autorizados que yo, obscuro soldado de filas, voluntades más firmes que la mía y en más altas esferas colocadas, pretendieron en vano oponerse al vértigo que se había apoderado de los partidos, y poner un dique a aquella corriente desbordada de malas pasiones. Todo fue inútil: la catástrofe sobrevino, y desde aquel momento la revolución de septiembre degeneró en locura. De intemperancia en intemperancia, de caída en caída, hiriendo ciegamente los sentimientos más respetables, dislocando o disolviendo las fuerzas de resistencia, atreviéndose a los mayores absurdos, rodó, causando estragos, hasta el fondo del precipicio, como el alud que desciende de las cumbres; entregó la nación atónita y desarmada a las febriles sacudidas de la demagogia; robusteció con los desesperados y ofendidos las mermadas huestes carlistas, y después de habernos hecho pasar por los asesinatos de Alcoy, por las ignominias de Barcelona, por los delirios sacrílegos de Cádiz, por los crímenes de Cartagena, y por las más increíbles saturnales parlamentarias, cuando el terror había invadido todas las conciencias y el sentimiento del peligro debilitado el amor de la libertad en todas las almas, acabó ¡digno término de su extraviada vida! por ponernos, con general alegría, a merced de las sediciones militares y de los golpes de Estado.



II

     Durante este período calamitoso, escribí, como he dicho, las poesías que hoy reúno y colecciono, excepto algunas, muy pocas, de distinta índole, que son de tiempos anteriores, y que he incluido en el tomo para darle variedad y huir de la monotonía. Engendradas y nacidas al calor de continuas turbulencias, palpita en estas composiciones la pasión que ha conmovido mi ánimo en las varias alternativas del combate; la cólera, la ironía, el desaliento, la alegría del triunfo, la amargura de la derrota, y raras veces los arrebatos de la esperanza: mi lira no tiene esa cuerda. Lanzado desde muy niño en las agitaciones de la vida pública, sobrecogido por los arduos problemas políticos, sociales y religiosos que ha planteado nuestro siglo sin haber podido resolverlos hasta ahora, y cegado por el polvo de las ruinas que incesantemente van cubriendo el suelo de Europa, ¿es, por ventura, extraño que la duda, la duda inquieta y dolorosa, se haya infiltrado en mi corazón y en mi inteligencia? ¡He visto tanto en el aún no largo espacio de mi vida! Tronos caídos y levantados, instituciones arrolladas y luego restablecidas, revoluciones perturbadoras, pero fugaces, como cuanto es violento, todo ha pasado ante mis ojos con rapidez asombrosa, y siempre para dejarme ver el mismo resultado: la reacción atropellada por la anarquía, la anarquía devorada por la reacción; la libertad, nunca. ¡Ay! Este estado de exaltación continua, apagando las creencias, trastornando los sentimientos y envileciendo los caracteres, ha hecho de nuestro pueblo, en otro tiempo tan espontáneo y animoso, una masa humana confusa, informe, indiferente, escéptica, en la cual sólo sobresale el egoísmo. Si es cierto que no ofrece resistencias, también lo es que ya no tiene arranques; se deja llevar por donde quieren llevarle, y como las olas de un río, va empujado por la corriente, o lo que es lo mismo, por la fuerza de la costumbre, indolente, taciturno, sin calor ni entusiasmo.

     Convencido de que todos los esfuerzos, así los más débiles como los más vigorosos, son necesarios para arrancar a nuestra patria de su postración moral, he procurado cumplir con este deber de conciencia hasta donde me ha sido posible en la pequeñez de mis facultades intelectuales. Mas sería inútil querer animar el espíritu entumecido de las naciones que a tal extremidad han llegado con abstracciones deslumbradoras, por desgracia, baldías, y pueriles ilusiones, nunca realizadas; hay que hablarlas el lenguaje de la verdad, áspero y desabrido, apelar a su instinto de conservación, y, para sacarlas de su atonía, penetrar haciéndolas sangre, hasta los más ocultos repliegues de su incredulidad y su egoísmo. Esto es lo que he intentado en algunas de mis obras dramáticas y en casi todas mis composiciones líricas. He señalado los peligros y funestas consecuencias de ciertas ideas que el pueblo admite sin reflexión, porque le halagan y adulan; he inculcado el respeto y la obediencia a las leyes, como el medio más eficaz y seguro de afianzar las libertades conquistadas, y en nombre del derecho, he combatido siempre la corrupción de arriba y la licencia de abajo. Recordando las austeras enseñanzas de la historia, que es, por decirlo así, el cuadro patológico de la humanidad, en donde se ven sus enfermedades y se estudian sus síntomas, he repetido en todos los tonos, que, cuanto más adelantada está una sociedad en la senda de los progresos materiales, tanto más fácil es que caiga en la abyección, en la demencia y en la tiranía, si pierde el sentido moral y las virtudes públicas la abandonan; porque cuando los dioses se van, no se van solos: la dignidad humana los acompaña. Francia y España, donde desgraciadamente todo es posible y todo es efímero, son vivo ejemplo de esta verdad trivial, pero olvidada; pueblos sin ideal, marchan al azar, haciendo siempre tentativas infructuosas, cambiando a cada instante de postura sin hallar ninguna que mitigue sus dolores, devorados por la fiebre, consumidos por la impotencia, faltos de energía para salvarse, porque no tienen fe; sin resignación para sufrir su suerte, porque no tienen esperanza. Estos principios han sido el constante tema de mis cantos en medio de las más alegres expansiones de la muchedumbre y de sus más ruidosos triunfos, lo cual me ha valido por parte de muchas personas la calificación de poeta hipocondriaco, misántropo, aficionado a los cuadros sombríos y hasta algún tanto enemigo de la libertad; ¡de la libertad, que ha sido y es el más profundo amor de mi vida!

     Tampoco ha faltado quien, bajo el punto de vista exclusivamente estético, haya censurado el carácter de mis trabajos literarios y sostenido con argumentos muy atendibles, que el arte no debe descender desde su altura a las ingratas realidades de la vida, ni menos mezclarse en las rudas y tumultuosas discusiones de la plaza pública. Quizás tengan razón los que en este sentido me han criticado; pero respetando su juicio, séame lícito sostener el mío, que es, sobre cuestión tan ardua y compleja, no sólo distinto, sino diametralmente opuesto.

     Seré muy breve en la exposición de mi doctrina literaria.



III

     Muchas veces, considerando los primores de forma a que ha llegado nuestra poesía contemporánea, tan rica en versos melodiosos, en brillantes imágenes y elegantísimos giros, he tratado de inquirir las causas del disfavor, o más bien, del desvío con que el público la mira, y no he acertado a darme explicación precisa y convincente de este fenómeno. ¿Será acaso porque el siglo actual, esencialmente analítico, materializado y frío, rechace las inspiraciones del sentimiento y condene los vuelos de la fantasía? Difícil es que la historia registre en sus anales siglo tan entregado a los caprichos de la imaginación como el nuestro. En ciencias, en filosofía, en política, todas son hipótesis más o menos aventuradas, cálculos más o menos probables, sistemas ingeniosos, en los cuales entra quizás tanta cantidad de invención como de observación. Vivimos en el siglo de las utopías, y la utopía es hermana menor de la poesía; es como ésta, hija de las musas. En nuestra Edad no son los poetas, propiamente dichos, los que más han soñado. Los delirios de Fourrier y de Saint-Simón; las atrevidas paradojas de Proudhon y de Stuart-Mill; la doctrina de la evolución natural, dirigida por leyes fatales, y aplicada por Herbert Spencer al desarrollo de la humanidad para hacer inútil la intervención de la Providencia; las concepciones maravillosas de Kant, Hégel, Krause y toda la pléyade de filósofos alemanes, que tan poderoso influjo han ejercido y ejercen todavía en las artes, la literatura y la política del mundo; las conjeturas de las ciencias físicas y naturales empeñadas en arrancar a la noche de los tiempos el secreto de nuestro origen, y los trabajos del prehistoricismo, que intenta reconstruir lo desconocido, descifrar lo indescifrable y llegar por medio de deducciones sutiles a los últimos términos de lo pasado, cada vez más distante y obscuro, ¿son otra cosa más que sueños sublimes, donde las verdades se mezclan con las ficciones, y ante cuya grandeza, si no convencido, se detiene, por lo menos, atónito el pensamiento? El magnetismo, la frenología, el espiritismo, los trípodes parlantes, los sombreros giratorios, las más inverosímiles fábulas y las creencias más extravagantes han dado en nuestros días la vuelta al mundo, a pesar del escepticismo que le devora, o más bien, a causa de este mismo escepticismo; porque en el cerebro humano hay un hueco donde reside la fe religiosa, y cuando esta virtud le desaloja, huyendo a los cielos, la naturaleza, que en el orden moral como en el físico tiene, según la frase vulgar, horror al vacío, le llena con el absurdo. Pero sin ir tan lejos, sin apartarnos del terreno más humilde de la literatura, ¿hay motivo ni pretexto siquiera, para acusar de prosaica a una centuria en la cual han resplandecido, como grandes constelaciones, Goethe y Schiller, Byron y Shelley, Víctor Hugo y Lamartine, Manzoni y Leopardi, Quintana y Espronceda, Almeida Garret y Herculano? No; sería injusto, por tanto, atribuir a causa tan fútil la decadencia de la poesía española: otras razones existen que la explican mejor, y entre ellas, la más exacta y valedera es, en mi concepto, la que voy a permitirme exponer, sin explanarla, en defensa propia.

     La poesía es, seguramente, la más alta revelación del arte, y sin embargo, es la más pobre y menos libre en sus manifestaciones externas. Aventájanla la escultura, en la severidad y firmeza de las líneas; la pintura, en la expresión y el colorido; la música, en la armonía y en la vaguedad del sentimiento; pero, en cambio, supera a todas en la elevación, amplitud y sublimidad de sus concepciones. El pensamiento humano, más o menos cohibido en las demás artes; tiende sus alas con holgura en los espacios infinitos de la poesía: no se siente encadenado por la piedra, el lienzo ni el sonido. Cuando desconociendo su potencia intelectual y creadora, se cuida más de la forma que del fondo, y pretende competir con sus hermanas en la belleza plástica y armónica, la poesía desfallece y decae, porque no dispone del cincel, de la paleta ni del instrumento musical; la materia se le escapa de entre las manos; quiere sujetarla, y abraza el vacío. La poesía, para ser grande y apreciada, debe pensar y sentir, reflejar las ideas y pasiones, dolores y alegrías de la sociedad en que vive; no cantar como el pájaro en la selva, extraño a cuanto le rodea, y siempre lo mismo. Es preciso que remueva los afectos más íntimos del alma humana, como el arado remueve la tierra: abriendo surcos. Y cuanto más ahonde; cuanto más penetre y encarne en las entrañas de un pueblo y de una época, tanto más estimada será, tanto más sentida y menos disputada su influencia. Dante se apodera del alma de su siglo, de sus rencores teológicos, de sus venganzas y amores políticos, y por espacio de más de cien años hace a todas las artes tributarias de su genio. La arquitectura, la pintura y hasta la música misma buscan en él sus inspiraciones, y en los albores del Renacimiento, a pesar de la corriente irresistible de la antigüedad pagana, que entonces lo arrolla todo, las gigantescas obras de Miguel Ángel parecen animadas todavía por el espíritu del gran poeta.

     Ahora bien: ¿es posible que una nación tan profundamente trabajada como la nuestra, donde todo está en tela de juicio; herida, desangrada, calenturienta, y -¿por qué no decirlo?- estragada y corrompida, se satisfaga y entretenga con la oda ampulosa, sin sentido ni objeto, puramente imaginativa, artificial, rumorosa como la onda y el aire? Los hechos parecen demostrar lo contrario. Tampoco creo que distraigan sus penas ni exciten su curiosidad dormida las arcaicas reproducciones, frías como el retrato de un muerto, de nuestros tiempos gloriosos y caballerescos, con sus galanes pendencieros, sus damas devotas y libidinosas y su ferviente misticismo entreverado de citas y cuchilladas. Y pienso que todavía han de conmoverle menos esos suspirillos líricos, de corte y sabor germánicos, exóticos y amanerados, con los cuales expresa nuestra adolescencia poética sus desengaños amorosos, sus ternuras malogradas y su prematuro hastío de la vida. Mayores estímulos necesita nuestra sociedad para volver los ojos a la abandonada y solitaria musa lírica, más vigorosos sacudimientos para despertar sus dormidas emociones; que cuando, como los viejos gastados y viciosos, busca en los espectáculos públicos sólo el halago de los sentidos o los acicates de la concupiscencia, el baile desordenado de las bacantes, la bufonada irrespetuosa de los incrédulos y la exposición de mujeres más o menos desnudas, pero siempre poco vestidas, no ha de satisfacerse con esos cánticos de la poesía vagos, arqueológicos o infantiles. Y aunque se satisficiera, ¿debe de ser ésta la misión del arte en los tiempos de lucha incesante que alcanzamos, cuando todo oscila, cae o se transfigura bajo el ariete de nuevas ideas; cuando no le es permitido a ninguna manifestación del entendimiento humano permanecer impasible y neutral ante las graves y trascendentales cuestiones que se ventilan en el seno de las sociedades modernas? La glacial indiferencia del público responde a mi pregunta y resuelve de plano el problema. No es menester decir más.

     Y cuenta que no es esto condenar en absoluto géneros líricos que tienen incontestables bellezas, y en los cuales tanto se han distinguido y se distinguen todavía inteligencias peregrinas, gloria y ornamento de las letras patrias. Lo que censuro es el carácter general de nuestra poesía, o mejor dicho, el predominio que ejercen en ella, por la fuerza de la rutina o porque es más fácil dilatar el vuelo por los mundos brillantes de la imaginación, que descender a los obscuros y muchas veces dolorosos abismos de la reflexión, esas inspiraciones indeterminadas, sin pensamiento ni alcance, que nada dicen y a ninguna parte van, llenas de galas y adornos, como las pobres doncellas muertas a quienes se atavía y corona de flores para conducirlas al campo santo.

     Bien sé que no todos los poetas siguen el camino trillado, y algunos hay a quienes sinceramente admiro, que han roto el molde antiguo y arrancado de su lira sones penetrantes, notas vigorosas y acentos llenos de la pasión que conmueve a nuestro siglo. Son los menos; pero la acogida benévola y afectuosa que el público les dispensa, agotando en poco tiempo las ediciones de sus obras, mientras deja dormir en polvoriento olvido las de aquellos que no responden a las exigencias de nuestro estado social, político y religioso, parece revelar elocuentemente que no voy extraviado en mi juicio, y que la época presente reclama de sus poetas algo más que versos sonoros, imágenes deslumbradoras, recuerdos históricos y sentimientos de pura convención.

     Estas opiniones que sobre la naturaleza y fines del arte profeso y expongo en mi abono, explican la tendencia de la mayoría de mis composiciones líricas, que será equivocada y falsa; pero que nace de profundo y arraigado convencimiento. ¡Ay! Únicamente me aflige (porque, si en efecto peco, me falta la voluntad para arrepentirme) que la pobreza de mi ingenio no me consienta justificar con el ejemplo todos los fundamentos de mi doctrina. Mas si son verdaderos, la juventud que sigue nuestros pasos, menos fatigada que yo, con más anchos y luminosos horizontes ante la vista, llegará a donde no alcanzo y entrará en esa tierra de promisión de la poesía que a mí sólo me es dable contemplar desde lejos, luchando con mi propia impotencia intelectual, decaído y desesperanzado.



IV

     ¡Quiera Dios que logre además tiempos más bonancibles y no se vea, como nosotros, condenada a cantar en medio de los horrores de la guerra civil, ni oiga en sus largas noches de insomnio el estertor de la patria moribunda! ¡Quiera Dios que pueda celebrar las conquistas pacíficas de la civilización, el afianzamiento de la libertad, la muerte de la anarquía, la regeneración del espíritu público y las luchas fecundas del trabajo! Nosotros no tendremos esta fortuna. Nos ha tocado vivir en medio de los dos períodos más terribles y morbosos por que puede pasar un pueblo: la inflamación y la supuración; la revolución y la podredumbre. Pero alguna vez el légamo revuelto volverá al fondo; alguna vez se cerrará la herida que ahora está abierta y destilando humores acres; algún día la luz del cielo disipará las sombras de nuestras conciencias atormentadas. Entonces comprenderán los que tal ventura vean, que no es el desorden el camino de la libertad, ni se templan los caracteres en el yunque de la anarquía que todo lo degrada, las almas y los cuerpos.

     No lo niego: miro la anarquía, que ha desnaturalizado los generosos móviles de la revolución, con horror invencible; pero se engañaría grandemente quien me creyese capaz de renegar de una sola de las legítimas conquistas que hemos hecho, a costa de tan duros sacrificios. Hoy, como ayer, defiendo la libertad religiosa, íntegra, sin mutilaciones hipócritas, con sus dos alas para volar por las esferas de la ciencia, la inviolabilidad de la cátedra y la del libro; hoy lo mismo que ayer, afirmo y quiero la monarquía, no como una petrificación de los tiempos antiguos, cubierta de vanos oropeles y rodeada de ceremonias humillantes, que han caído en desuso hasta en los imperios de Oriente, sino como institución moderadora, imparcial, vivificada por el espíritu del siglo, religiosa sin fanatismo, respetable y respetada; hoy, como siempre, defiendo la intervención del país, legalmente representado, en la dirección de los negocios públicos para que el progreso se cumpla y realice de un modo ordenado, regular, tranquilo, sin sacudidas ni violencias; para que siga su curso como los ríos caudalosos que fertilizan los campos por donde atraviesan, y no como las inundaciones repentinas que, no sólo arrastran en su impetuosa corriente cuanto encuentran al paso, árboles, edificios, ganados y hombres, sino que esterilizan las tierras más productivas, cubriéndolas de arenas infecundas.

     Pero sin querer me aparto del objeto que me había propuesto, y ya es hora de poner término a este Prefacio que crece y se alarga bajo mi pluma más de lo conveniente. Diré, resumiendo, que la revolución de septiembre me deja donde me encontró: algo más quebrantado; pero siempre el mismo. Entré en ella con desconfianza y salgo sin remordimiento. No fui de los que la iniciaron, no me conté con los que la torcieron, y tampoco me apresuro a imitar a los que la abandonan. En medio de sus triunfos, dije la verdad, no la adulé, no excité sus malas pasiones ni aplaudí sus excesos. Hoy tengo el derecho de hablarla en el mismo tono, y no podrá acusarme de ingrato, porque con ella caigo, sus responsabilidades acepto, y a nadie pido perdón de haberla seguido. Me resigno, sin odio ni cólera, con mi suerte; si he acertado, el tiempo me hará justicia; si me he equivocado, absuélvame de mi error la obscuridad a que voluntariamente me condeno. Esperaré mejores días sin prevenciones irreflexivas ni impaciencias interesadas, porque no pertenezco al número de esos hombres fáciles de todos los tiempos, que sólo saben hacer penitencia de sus culpas en las altas posiciones del Estado, o que se creen de buena fe, sin duda, con títulos bastantes para intervenir en todos los éxitos y tomar su parte de botín en todas las victorias.

     Hechas estas aclaraciones, sólo me falta para terminar, ofrecer mis respetos al público y recomendar mis versos a su inagotable benevolencia.

G. NÚÑEZ DE ARCE.

     9 de marzo de 1875.



Introducción

¡Los tiempos son de lucha! ¿Quién concibe

el ocio muelle en nuestra edad inquieta?

En medio de la lid canta el poeta,

el tribuno perora, el sabio escribe.

Nadie el golpe que da ni el que recibe

siente, a medida que el peligro aprieta:

desplómase vencido el fuerte atleta

y otro al recio combate se apercibe.

La ciega multitud se precipita,

invade el campo, avanza alborotada

con el sordo rumor de la marea.

Y son, en el furor que nos agita,

trueno y rayo la voz; el arte, espada;

la ciencia, ariete; tempestad la idea.

 

11 de diciembre de 1874.



A Quintana

En celebridad de su coronación

Allá en la edad florida

de mi niñez serena,

cuando las leves horas de mi vida

resbalaban en calma,

y no ahuyentaba la ambición ardiente

las doradas imágenes del alma;

mi buen padre, en aquella

tierna y dichosa edad, me refería

la página más bella

que hay en la historia de la patria mía.

Contome cómo un día

de eterno luto y duelo,

vino desde las márgenes del Sena

a posarse orgullosa en nuestro suelo

la águila altiva de Austerliz y Jena;

cómo, en vibrante cólera encendido

el pueblo castellano,

combatió contra el genio y la fortuna;

y al escuchar tan peregrina historia,

bendije a Dios, que colocó mi cuna

en donde crece el lauro de la gloria.

Pobre niño inocente,

«¿quién, pregunté a mi padre, animar pudo

vuestro brazo nervudo?

¿Qué genio prepotente

despertó vuestro espíritu valiente?

¿Qué voz agitadora y soberana

mantuvo en vuestros pechos la energía?»

Y mi padre llorando respondía:

«¡la voz del gran QUINTANA!

España en ese acento

palpitaba y gemía;

él era la expresión del sentimiento

de la nación ibera,

el eco fiel de nuestras glorias era.»

.........................

Desde entonces te amé, y este cariño

no huyó como las blandas ilusiones

que halagan siempre el corazón del niño.

Por eso hoy que en tu frente

brilla el lauro inmortal, genio profundo,

paréceme que veo

coronado el esfuerzo giganteo

con que el pueblo español asombró al mundo.

 

12 de marzo de 1855.



La guerra

                                                Por razones que se calla

                                             la historia prudentemente,

                                             dos monarcas de Occidente

                                             riñeron fiera batalla.

                                                La causa del rompimiento

                                             no está, en verdad, a mi alcance,

                                             ni hace falta para el lance

                                             que referiros intento.

                                                Sobre el campo del honor

                                             cubierto de sangre y gloria,

                                             donde alcanzó la victoria

                                             más la astucia que el valor;

                                                dos discípulos de Marte,

                                             que airados se acometieron

                                             y juntamente cayeron

                                             pasados de parte a parte;

                                                sumergidos en el lodo,

                                             mientras que llegaba el cura

                                             para darles sepultura,

                                             platicaban de este modo:

SOLDADO PRIMERO

                                                ¡Hola, compadre! ¿Qué tal

                                             te ha parecido el asunto?

SOLDADO SEGUNDO

                                             Puesto que me ves difunto

                                             debe parecerme mal.

SOLDADO PRIMERO

                                                Pues ha sido divertida

                                             la función: mira a tu lado.

                                             Lo menos hemos quedado

                                             doce mil héroes sin vida.

                                                Y en esto me quedo corto,

                                             que me enfadan los extremos.

SOLDADO SEGUNDO

                                             ¡Con qué habilidad nos hemos

                                             destrozado! Estoy absorto.

                                                Ha habido alarmas y sustos

                                             y muertes y atrocidades

                                             para todas las edades

                                             y para todos los gustos.

SOLDADO PRIMERO

                                                Mas yo quisiera saber

                                             por qué con tanto denuedo

                                             nos matamos...

SOLDADO SEGUNDO

                                                                       ¡Ay! No puedo

                                             tu duda satisfacer.

                                                Para entrar en esta danza

                                             tuve que dejar mi oficio.

                                             Sé que aprendí el ejercicio,

                                             sé que estudié la Ordenanza.

                                                Sé que en compañía de esos

                                             que están mordiendo la tierra,

                                             me trajeron a la guerra

                                             y me moliste los huesos.

                                                Y, en fin, francamente hablando,

                                             puedo decirte al oído,

                                             que he muerto como he nacido;

                                             sin saber por qué, ni cuándo.

SOLDADO PRIMERO

                                                De tu explicación me huelgo,

                                             porque mi vida retrata.

                                             En esto, alzando la pata

                                             un moribundo jamelgo,

                                                ¡Gracias, dioses inmortales!

                                             -dijo con voz lastimera-

                                             Pues de la misma manera

                                             morimos los animales.

                                                Cuando pasó la impresión

                                             de tan extraño incidente,

                                             así anudó el más valiente

                                             la rota conversación:

SOLDADO PRIMERO

                                                Aunque ignoramos la ley,

                                             origen de esta querella,

                                             juro a Dios vivo que en ella

                                             lleva la razón mi rey.

SOLDADO SEGUNDO

                                                ¿Y por qué?

SOLDADO PRIMERO

                                                                    Porque es el mío.

SOLDADO SEGUNDO

                                             ¡Qué salida de pavana!

                                             La justicia es de quien gana.

SOLDADO PRIMERO

                                             De tu ignorancia me río.

                                                ¡Pues cuántos que han hecho eternos

                                             sus nombres con la victoria,

                                             no han ido a gozar la gloria

                                             de su triunfo a los infiernos!

SOLDADO SEGUNDO

                                                Considera lo que dices,

                                             porque estoy ardiendo en ira.

SOLDADO PRIMERO

                                             ¡No me alces el gallo!...

SOLDADO SEGUNDO

                                                                                     Mira

                                             que te rompo las narices.

                                                Y fieros y cejijuntos

                                             a combatir empezaron

                                             de nuevo... ¡y no se mataron,

                                             porque ya estaban difuntos!

                                                Diéronse golpes crueles,

                                             hasta que hueca y ufana

                                             llegó la Locura humana,

                                             sonando sus cascabeles.

                                                Puso paz entre los dos

                                             y dijo con desenfado:

                                             «¿Qué es esto? Habéis olvidado

                                             que sois imagen de Dios?

                                                Tal vez la inmortalidad

                                             con justo título esperen

                                             los que por la patria mueren,

                                             por Dios, por la libertad.

                                                Pero que el hombre sucumba

                                             en conquistadora guerra,

                                             cuando siete pies de tierra

                                             le bastan para su tumba;

                                                o que en lucha fratricida

                                             entre, sin saber quizá

                                             ni por qué la muerte da,

                                             ni por qué pierde la vida;

                                                esto mi paciencia apura,

                                             y cuantas veces lo veo,

                                             aunque soy Locura, creo

                                             que es demasiada locura.»

 

Diciembre de 1857.



Recuerdos



I

Tantas esperanzas muertas

y tantos recuerdos vivos!...

en el corazón humano

jamás se forma el vacío.

Nace una ilusión y muere;

pero su cadáver mismo

queda insepulto en el alma

y siempre en la mente fijo.

¡Ay! Por eso yo que os llevo

ha tantos años conmigo,

esperanzas engañosas

que me halagasteis de niño;

hoy que bajo el grave peso

de vuestro cadáver gimo,

¡infeliz de mí! quisiera

que nunca hubierais nacido.

 

II

 

¿Te acuerdas? Al pie de un árbol

en el jardín de tu casa,

el dulce y maduro fruto

ibas cogiendo en la falda.

Turbando nuestra alegría.

crujió de pronto la rama,

diste un grito, y desplomado

caí sin voz a tus plantas.

No vi más; pero entre sueños

me pareció que escuchaba

desconsolados gemidos,

tiernas y amantes palabras.

Y cuando volví a la vida,

en una sola mirada

se besaron nuestros ojos

se unieron nuestras almas.

 

III

 

¿Te acuerdas? Seis años hace

cuando por la vez primera

eterno amor nos juramos

y fidelidad eterna.

¡Cuán venturosas corrieron

las horas ¡ay! y cuán prestas!

un deseo, una esperanza

fue nuestra dulce existencia.

Turbose un día el encanto

de aquella pasión inmensa,

y el viento de la fortuna

llevome a lejanas tierras.

Colgándote de mi cuello,

en llanto amargo deshecha,

«vuelve, me dijiste, vuelve;

que mi corazón te llevas».

Volví... ¡Ya estabas casada!

y un ángel de rubias hebras

en tu regazo dormía

el sueño de la inocencia.

Posé, temblando, mis labios

en su faz blanca y risueña,

y al mirarte, vi que estabas

pálida como una muerta.

 

IV

 

Después, aturdido, ciego,

cuando me hirió el desengaño,

en tus queridas memorias

quise vengar mis agravios.

Busqué frenético el rizo

de tus cabellos castaños,

que en la postrer despedida

me diste, Inés, sollozando.

«Muera, dije, este recuerdo

de aquel corazón ingrato,

y arrastre el viento en cenizas

la inútil prenda que guardo».

Miréla suspenso y mudo,

hasta que ahogándome el llanto,

en vez de arrojarla al fuego

la llevé ¡loco! a mis labios.

¡Ay! quiera Dios que no veas

presa en amorosos lazos,

al hijo de tus entrañas

llorar, como estoy llorando.

 

V

 

¿Te acuerdas cuando en los días

de mi secreto infortunio

dudaba yo de mí mismo,

pobre, olvidado y obscuro;

enjugando compasiva

mi llanto abundante y mudo,

«no desmayes, me dijiste,

que el porvenir será tuyo».

Yo compartiré contigo

lauros, honores y triunfos,

y a la sombra de tu fama

nuestro amor llenará el mundo.

Hoy rompe a veces mi nombre

la indiferencia del vulgo,

y a veces también su aplauso

trémulo y turbado escucho.

Pero como estás muy lejos

y en vano te llamo y busco

paréceme que resuena

en el hueco de un sepulcro.

1862.



El reo de muerte



¡Oh, vedle; vedle! ¡Turbia y ardiente la mirada,

en brazos de su culpa que le acrimina austera,

tan lejos y tan cerca de la insondable nada,

del mundo que le arroja, del polvo que le espera!...

¡Luchando con extrañas y horribles agonías

que traen ante sus ojos en rápida carrera

sus inocentes horas, sus conturbados días,

el cuadro pavoroso de su existencia entera!

 

Ayer, aunque entre sombras, lo porvenir incierto,

brindábale ilusiones de amor y de ventura,

y hoy, asomado al borde de su sepulcro abierto,

contempla horripilado la eternidad obscura.

La muerte, que le acosa con misterioso grito,

despierta los terrores de su conciencia impura:

quiere llamar, y apaga sus voces el delito,

quiere huir, y le asalta la hambrienta sepultura.

 

¡Ay, si recuerda entonces el dulce hogar sereno

donde pasó ignorada su infancia soñadora,

la amante y pobre madre que le llevó en su seno,

único ser acaso que le disculpa y llora!

¡Ay triste de él si al lado del hondo precipicio

su amparo no le presta la fe consoladora;

la fe que se levanta potente en el suplicio

y da sus alas de ángel al alma pecadora!

 

¡Miradle! Cada paso que hacia el cadalso avanza

de su agitada vida los horizontes cierra:

apágase en sus ojos la luz de la esperanza

y el peso de la muerte fatídico le aterra.

¡Ay, ten valor! Si un día de imprevisión y dolo

te puso con los hombres y con la ley en guerra,

mañana entre los muertos abandonado y solo

en su profundo olvido te envolverá la tierra.

 

Aparta tu mirada terrífica y sombría

de esa apiñada turba que bulle en el camino

para gozar del triste placer de tu agonía

y presenciar el término de tu fatal destino.

¡Oh! no la empuja sólo su imbécil sentimiento

hacia el cadalso infame que espera al asesino.

¡Hasta la cumbre misma del Gólgota sangriento

siguió también los pasos del Redentor divino!

 

Julio de 1861.



Fotografías



                                            ¡Pantoja, ten valor! Rompe la valla:

                                          luce, luce en tarjeta y en membrete

                                          y cabe el toro que enganchó a Pepete

                                          date a luz en las tiendas de quincalla.

                                             Eres un necio. -Cierto.- Pero acalla

                                          tu pudor y la duda no te inquiete.

                                          ¿Qué importa un necio más donde se mete

                                          con pueril presunción tanta morralla?

                                             ¡Valdrás una peseta, buen Pantoja!

                                          No valen mucho más rostros y nombres

                                          que la fotografía al mundo arroja.

                                             Enséñanos tu cara y no te asombres:

                                          deja a la edad futura que recoja,

                                          tantos retratos y tan pocos hombres.

 

30 de abril de 1862.



Crepúsculo



                                                      El Sol tocaba en su ocaso,

                                                    y la luz tibia y dudosa

                                                    del crepúsculo envolvía

                                                    la naturaleza toda.

                                                       Los dos estábamos solos,

                                                    mudos de amor y zozobra,

                                                    con las manos enlazadas,

                                                    trémulas y abrasadoras,

                                                       contemplando cómo el valle,

                                                    el mar y apacible costa,

                                                    lentamente iban perdiendo

                                                    color, transparencia y forma.

                                                       A medida que la noche

                                                    adelantaba medrosa,

                                                    nuestra tristeza se hacía

                                                    más invencible y más honda.

                                                       Hasta que al fin, no sé cómo,

                                                    yo trastornado, tú loca,

                                                    estalló en ardiente beso

                                                    nuestra pasión silenciosa.

                                                       ¡Ay! al volver suspirando

                                                    de aquel éxtasis de gloria,

                                                    ¿qué vimos? sombra en el cielo

                                                    y en nuestra conciencia sombra.

 

1863.

 

 

¡Treinta años!



                                                    ¡Treinta años! ¿Quién me diría

                                                  que tuviese al cabo de ellos,

                                                  si no blancos mis cabellos

                                                  el alma apagada y fría?

                                                  Un día tras otro día

                                                  mi existencia han consumido,

                                                  y hoy asombrado, aturdido,

                                                  mi memoria se derrama

                                                  por el ancho panorama

                                                  de los años que he vivido.

 

                                                     Y aparecen ante mí

                                                  fugitivas y ligeras,

                                                  las venturosas quimeras

                                                  que desvanecerse vi:

                                                  la inocencia que perdí

                                                  y aquel vago sentimiento

                                                  que animó mi pensamiento

                                                  cuando eran mis alegrías

                                                  las mágicas armonías

                                                  del mar, del bosque y del viento.

 

                                                     Han sido para mi daño

                                                  en la vida que disfruto,

                                                  un siglo cada minuto,

                                                  una eternidad cada año.

                                                  El dolor y el desengaño

                                                  forman parte de mí mismo,

                                                  y el torpe materialismo

                                                  de esta edad indiferente,

                                                  cubre de sombras mi frente

                                                  y abre a mis pies un abismo.

 

                                                     Sacude el mar su melena

                                                  de crespas olas, rugiendo,

                                                  y con pavoroso estruendo

                                                  los aires asorda y llena.

                                                  Pero una playa de arena,

                                                  su audaz cólera contiene...

                                                  ¡Ay! ¿Quién habrá que refrene

                                                  el tormentoso océano

                                                  que en el pensamiento humano

                                                  ni fondo ni orillas tiene?

 

                                                     ¡La razón!... Tanto se encumbra

                                                  tan locamente camina,

                                                  que ya no es luz que ilumina

                                                  sino hoguera que deslumbra.

                                                  Al horror nos acostumbra,

                                                  siembra de ruinas el suelo,

                                                  y en su inextinguible anhelo

                                                  álzase hasta Dios atea

                                                  con la sacrílega idea

                                                  de derribarle del cielo.

 

                                                     He visto tronos volcados,

                                                  instituciones caídas,

                                                  y tras recias sacudidas

                                                  pueblos y reyes cansados.

                                                  Propios y ajenos cuidados

                                                  muévenme continua guerra,

                                                  y mi espíritu se aterra

                                                  cuando, perdida la calma,

                                                  siento rugir en el alma

                                                  la tempestad de la tierra.

 

                                                     Cuando pienso en lo que fui,

                                                  hondas heridas renuevo,

                                                  y me parece que llevo

                                                  la muerte dentro de mí.

                                                  No veo lo que antes vi,

                                                  no siento lo que he sentido,

                                                  no responde ni un latido

                                                  del corazón si a él acudo,

                                                  llamo al cielo y está mudo,

                                                  busco mi fe y la he perdido.

 

                                                     Infeliz generación

                                                  que vas, con loco ardimiento,

                                                  nutriendo tu entendimiento

                                                  a expensas del corazón,

                                                  dime, ¿no es cierto que son

                                                  vivas tus penas y ardientes?

                                                  ¿No es verdad que te arrepientes,

                                                  presa de terrores graves,

                                                  de los misterios que sabes

                                                  y de las dudas que sientes?

 

                                                     ¡Yo sí! Feliz si lograra,

                                                  después de mis desengaños,

                                                  lanzar hacia atrás los años

                                                  que el destino me depara.

                                                  Pero ¡ay! el tiempo no para

                                                  ni tuerce su curso el río,

                                                  ni vuelve al nido vacío

                                                  el ave muerta en la selva,

                                                  ¡ni quiere el cielo que vuelva

                                                  la esperanza al pecho mío!

 

4 de agosto de 1864.



A España

                                                Roto el respeto, la obediencia rota,

                                             de Dios y de la ley perdido el freno,

                                             vas marchando entre lágrimas y cieno,

                                             y aire de tempestad tu rostro azota.

                                                Ni causa oculta, ni razón ignota

                                             busques al mal que te devora el seno;

                                             tu iniquidad, como sutil veneno,

                                             las fuerzas de tus músculos agota.

                                                No esperes en revuelta sacudida

                                             alcanzar el remedio por tu mano

                                             ¡oh sociedad rebelde y corrompida!

                                                Perseguirás la libertad en vano,

                                             que cuando un pueblo la virtud olvida,

                                             lleva en sus propios vicios su tirano.

 

6 de enero de 1866.



La duda



A mi querido amigo el distinguido poeta don Antonio Hurtado

                                         Desde esta soledad en donde vivo,

                                       y en la cual de los hombres olvidado

                                       ni cartas ni periódicos recibo;

                                       donde reposo en apacible calma,

                                       lejos, lejos del mundo que ha gastado

                                       con la del cuerpo la salud del alma;

                                       antes de que el torrente desbordado

                                       de la ambición con ímpetu violento

                                       me arrebate otra vez; desde la orilla

                                       donde yace encallada mi barquilla,

                                       libre ya de las ondas y del viento,

                                       como recuerdo de amistad te escribo.

 

                                          ¡Ay! Aunque salvo del peligro, siento

                                       la inquietud angustiosa del cautivo,

                                       que rompiendo su férrea ligadura,

                                       traspasa fatigado a la ventura

                                       montes, llanos y selvas, fugitivo.

                                       El rumor apagado que levantan

                                       las hojas secas que a su paso mueve,

                                       las avecillas que en el árbol cantan,

                                       el aire que en las ramas se cimbrea

                                       con movimiento reposado y leve,

                                       el río que entre guijas serpentea,

                                       la luz del día, la callada sombra

                                       de la serena noche, el eco, el ruido,

                                       la misma soledad ¡todo le asombra!

                                       Y cuando ya de caminar rendido,

                                       sobre la yerta piedra se reclina

                                       y le sorprende el sueño y le domina,

                                       oye en torno de sí, medio dormido,

                                       vago y siniestro son. Despierta, calla,

                                       y fija su atención despavorido;

                                       las tinieblas le ofuscan, se incorpora

                                       y el rumor le persigue. «¡Es el latido

                                       de su azorado corazón que estalla!»

                                       Y entonces ¡ay! desesperado llora.

                                       Porque es la libertad don tan querido.

                                       que en el humano espíritu batalla,

                                       más que el placer de conseguirla, el miedo

                                       de volverla a perder.

 

                                                                          Yo que no puedo

                                       recordar sin espanto la agonía,

                                       la dura y azarosa incertidumbre

                                       en que mi triste corazón gemía

                                       sometido a penosa servidumbre,

                                       cuando, arista a merced del torbellino,

                                       sin elección ni voluntad seguía

                                       los secretos impulsos del destino,

                                       y, en ese pavoroso desconcierto

                                       de la social contienda, consumía

                                       la paz del alma ¡la esperanza mía!

                                       hoy que la tempestad arrojó al puerto

                                       mi navecilla rota y quebrantada,

                                       temo ¡infeliz de mí! que otra oleada

                                       la vuelva al mar donde mi calma ha muerto.

 

                                          Para vencer su furia desatada

                                       ¿qué soy yo? ¿qué es el hombre? Sombra leve,

                                       partícula de polvo en el desierto.

                                       Cuando el simún de la pasión le mueve,

                                       busca el átomo al átomo, y la arena

                                       es nube, es huracán, es cataclismo.

                                       Gigante mole los espacios llena,

                                       bajo su peso el mundo se conmueve,

                                       obscurece la luz, llega al abismo

                                       y al sumo Dios que la formó se atreve.

                                       Vértigo arrollador todo lo arrasa;

                                       pero después que el torbellino pasa

                                       y se apacigua y duerme la tormenta,

                                       ¿qué queda? Polvo mísero y liviano

                                       que el ala frágil del insecto aventa,

                                       que se pierde en la palma de la mano.

                                       ¡Oh grata soledad, yo te bendigo,

                                       tú que al náufrago, al triste, al pobre grano

                                       de desligada arena das abrigo!

 

                                          Muchas veces, Antonio, devorado

                                       por ese afán oculto que no sabe

                                       la mente descifrar, me he preguntado,

                                       -cuestión a un tiempo inoportuna y grave-

                                       ¿qué busco? ¿adónde voy? ¿por qué he nacido

                                       en esta Edad sin fe? Yo soy un ave

                                       que llegó sola y sin amor al nido.

                                       A este nido social en que vegeta,

                                       mayor de edad, la ciega muchedumbre,

                                       al infortunio y al error sujeta

                                       entre miseria y sangre y podredumbre.

                                       Contémplala, si puedes, tú que al cielo

                                       con tus radiantes alas de poeta

                                       tal vez quisiste remontar el vuelo,

                                       y si éste el mundo que soñaste ha sido

                                       nunca el encanto de tu dicha acabe...

                                       ¡Ay! pero tú también eres un ave

                                       que llegó sola y sin amor al nido.

 

                                          Desde la altura de mi siglo, tiendo

                                       alguna vez con ánimo atrevido,

                                       mi vista a lo pasado, y removiendo

                                       los deshechos escombros de la historia,

                                       en el febril anhelo que me agita

                                       sus ruinas vuelvo a alzar en mi memoria.

                                       Y al través de las capas seculares

                                       que el aluvión del tiempo deposita

                                       sobre columnas, pórticos y altares;

                                       del polvo inanimado con que cubre

                                       la loca vanidad del polvo vivo,

                                       que arrebata a su paso fugitivo,

                                       como el viento las hojas en octubre;

                                       mudo de admiración y de respeto

                                       busco la antigüedad -roto esqueleto

                                       que entre la densa lobreguez asoma-

                                       y ofrecen a mi absorta fantasía

                                       sus dioses Grecia, sus guerreros Roma,

                                       sus mártires la fe cristiana y pía,

                                       el patriotismo su grandeza austera,

                                       sus monstruos la insaciable tiranía,

                                       sus vengadores la virtud severa.

                                       Y llevado en las alas del deseo

                                       que anima mi ilusión, a veces creo

                                       volver a aquella Edad: En la espesura

                                       del bosque, en el murmullo de la fuente,

                                       en el claro lucero que fulgura,

                                       en el escollo de la mar rujiente,

                                       en la espuma, en el átomo, en la nada,

                                       Apolo centellea, alza su frente

                                       de luminoso lauro coronada.

                                       Por él la luna que entre sombras gira,

                                       la luz que en rayos de color se parte,

                                       la ola que bulle, el viento que suspira,

                                       todo es Dios, todo es himno, todo es arte.

                                       ¡Ay! ¿No es verdad que en tus eternas horas

                                       de desaliento y decepción, recuerdas

                                       esa dorada Edad, y que te inspira

                                       el coro de sus musas voladoras,

                                       que murmuran y gimen en las cuerdas

                                       de la ya rota y olvidada lira?

                                       Aunque las llames, no vendrán; ¡han muerto!

                                       La voz del interés grosera y ruda

                                       anuncia que el Parnaso está desierto

                                       la naturaleza triste y muda.

 

                                          Que en este siglo de sarcasmo y duda

                                       sólo una musa vive. Musa ciega,

                                       implacable, brutal. ¡Demonio acaso

                                       que con los hombres y los dioses juega!

                                       La Musa del análisis, que armada

                                       del árido escalpelo, a cada paso

                                       nos precipita en el obscuro abismo

                                       o nos asoma al borde de la nada.

                                       ¿No la ves? ¿No la sientes en ti mismo?

                                       ¿Quién no lleva esa víbora enroscada

                                       dentro del corazón? ¡Ay! cuando llena

                                       de noble ardor la juventud florida

                                       quiere surcar la atmósfera serena,

                                       quiere aspirar las auras de la vida,

                                       esa Musa fatal y tentadora

                                       en el libro, en la cátedra, en la escena

                                       se apodera del alma y la devora.

                                       ¡Si a veces imagino que envenena

                                       la leche maternal! En nuestros lares,

                                       en el retiro, en el regazo tierno

                                       del amor, hasta al pie de los altares

                                       nos persigue ese aborto del infierno.

 

                                          ¡Cuántas noches de horror, conmigo a solas,

                                       ha sacudido con su soplo ardiente

                                       los tristes pensamientos de mi mente

                                       como sacude el huracán las olas!

                                       ¡Cuántas, ay, revolcándome en el lecho

                                       he golpeado con furor mi frente,

                                       he desgarrado sin piedad mi pecho,

                                       y entre visiones lúgubres y extrañas,

                                       su diente de reptil, áspero y frío,

                                       he sentido clavarse en mis entrañas!

                                       ¡Noches de soledad, noches de hastío

                                       en que, lleno de angustia y sobresalto,

                                       se agitaba mi ser en el vacío

                                       de fe, de luz y de esperanza falto!

                                       ¿Y quién mantiene viva la esperanza

                                       si donde quiera que la vista alcanza

                                       ve escombros nada más? Por entre ruinas

                                       la humanidad desorientada avanza;

                                       hechos, leyes, costumbres y doctrinas

                                       como edificio envejecido y roto

                                       desplomándose van; sordo y profundo

                                       no sé qué irresistible terremoto

                                       moral, conmueve en su cimiento el mundo.

 

                                          Ruedan los tronos, ruedan los altares:

                                       reyes, naciones, genios y colosos

                                       pasan como las ondas de los mares

                                       empujadas por vientos borrascosos.

                                       Todo tiembla en redor, todo vacila.

                                       Hasta la misma religión sagrada

                                       es moribunda lámpara que oscila

                                       sobre el sepulcro de la edad pasada.

                                       Y cual turbia corriente alborotada,

                                       libre del ancho cauce que la encierra,

                                       la duda audaz, la asoladora duda

                                       como una inundación cubre la tierra.

                                       -¡Es que el manto de Dios ya no la escuda!-

                                       No la defiende el varonil denuedo

                                       de la fe inexpugnable y de las leyes,

                                       y el dios de los incrédulos, el miedo,

                                       rige a su voluntad pueblos y reyes.

                                       Él los rumores bélicos propala,

                                       él organiza innúmeras legiones

                                       que buscan la ocasión, no la justicia.

                                       Mas ¿qué podrán hacer? No se apuntala

                                       con lanzas, bayonetas ni cañones,

                                       el templo secular que se desquicia.

                                       En medio de este caos, como un arcano

                                       impenetrable, pavoroso, obscuro,

                                       yérguese altivo el pensamiento humano

                                       de su grandeza y majestad seguro.

                                       Y semejante al árbol carcomido

                                       por incansable y destructor gusano,

                                       que cuando tiene el corazón roído,

                                       desenvuelve su copa más lozano,

                                       al través del social desasosiego

                                       cruza la tierra en su corcel de fuego,

                                       hasta los cielos atrevido sube,

                                       pone en la luz su vencedora mano,

                                       el rayo arranca a la irritada nube

                                       y horada con su acento el Océano.

                                       ¡Mas, ay, del árbol que frondoso crece

                                       sostenido no más por su corteza!

                                       Tal vez la brisa que las flores mece

                                       derribará en el polvo su grandeza.

 

                                          ¡Tal vez! ¿Lo sabes tú? ¿Quién el misterio

                                       logra profundizar? Esta sombría

                                       turbación, esta lóbrega tristeza

                                       que invade sin cesar nuestro hemisferio,

                                       ¿es acaso el crepúsculo del día

                                       que se extingue, o la aurora del que empieza?

                                       ¿Es ¡ay! renacimiento o agonía?

                                       Lo ignoras como yo. ¡Nadie lo sabe!

                                       Sólo sé que la dulce poesía

                                       va enmudeciendo, y cuando calla el ave

                                       es que su obscuridad la noche envía.

                                       Oigo el desacordado clamoreo

                                       que alza doquier la muchedumbre inquieta

                                       sin freno, sin antorcha que la guíe;

                                       ando entre ruinas, y espantado veo

                                       cómo al sordo compás de la piqueta

                                       la embrutecida indiferencia ríe.

 

                                          -También en Roma, torpe y descreída,

                                       la copa llena de espumoso y rico

                                       licor, gozábase desprevenida,

                                       hasta que de improviso por la herida

                                       que abrió en su cuello el hacha de Alarico

                                       escapósele el vino con la vida.-

                                       Todo el cercano cataclismo advierte;

                                       pero en esta ansiedad que nos devora

                                       ninguno habrá que a descifrar acierte

                                       la gran transformación que se elabora.

 

                                          ¿Y qué más da? Resurrección o muerte,

                                       vespertino crepúsculo o aurora,

                                       los que siguen llorando su camino

                                       por medio de esta confusión horrenda,

                                       con inseguro paso y rumbo incierto,

                                       ¿dónde levantarán su débil tienda

                                       que no la arranque el raudo torbellino

                                       ni la envuelva la arena del desierto?

                                       En otro tiempo el ánimo doliente,

                                       atormentado por la duda humana,

                                       postrábase sumiso y penitente

                                       en el regazo de la fe cristiana,

                                       y allí bajo la bóveda sombría

                                       del templo, el corazón desesperado

                                       se humillaba en el polvo y renacía.

                                       Cristo en la cruz del Gólgota clavado

                                       extendía sus brazos, compasivo,

                                       al dolor sublimado en la plegaria,

                                       y para el pobre y triste fugitivo

                                       del mundo, era la celda solitaria

                                       puerto de salvación, sepulcro vivo,

                                       anulación del cuerpo voluntaria.

 

                                          ¡Ay! En aquella paz santa y profunda

                                       todo era austero, reposado, grave.

                                       La elevación de la gigante nave,

                                       la luz entrecortada y moribunda,

                                       la sencilla oración de un pueblo inmenso

                                       uniéndose a los cánticos del coro,

                                       la armonía del órgano sonoro,

                                       las blancas nubes de quemado incienso,

                                       el frío y duro pavimento, fosa

                                       común, perpetuamente renovada,

                                       de la cual cada tumba, cada losa

                                       es doble puerta que limita y cierra

                                       por debajo el silencio de la nada,

                                       por encima el tumulto de la tierra;

                                       aquella majestad, aquel olvido

                                       del siglo, aquel recuerdo de la muerte,

                                       parecían decir con infinita

                                       dulzura al corazón desfallecido,

                                       al espíritu ciego, al alma inerte:

                                       Ego sum via, et veritas et vita.

                                       Aquí en su pequeñez el hombre es fuerte.

                                       Mas ¿dónde iremos ya? Torpes y obscuros

                                       planes hallaron en el claustro abrigo,

                                       y Dios airado desató el castigo

                                       y con el rayo derribó sus muros.

                                       ¿Dónde posar la fatigada frente?

                                       ¿Dónde volver los afligidos ojos,

                                       cuando ha dejado el corazón creyente

                                       prendidos en los ásperos abrojos

                                       su fe piadosa y su interés mundano?

                                       ¿Dónde?

                                                      ¡En ti, soledad! Yo te bendigo,

                                       porque al náufrago, al triste, al pobre grano

                                       de desligada arena das abrigo.

 

 

San Gervasio de Cassolas (Barcelona).

20 de abril de 1868.



¡Amor!



                                         ¡Oh eterno Amor, que en tu inmortal carrera,

                                       das a los seres vida y movimiento,

                                       con qué entusiasta admiración te siento,

                                       aunque invisible, palpitar doquiera!

                                          Esclava tuya la creación entera,

                                       se estremece y anima con tu aliento,

                                       y es tu grandeza tal, que el pensamiento

                                       te proclamara Dios, si Dios no hubiera.

                                          Los impalpables átomos combinas

                                       con tu soplo magnético y fecundo:

                                       tú creas, tú transformas, tú iluminas,

                                       y en el cielo infinito, en el profundo

                                       mar, en la tierra atónita dominas,

                                       ¡Amor, eterno Amor, alma del mundo!

 

1872.



Estrofas



I

                                         La generosa musa de Quevedo

                                      desbordose una vez como un torrente

                                      y exclamó llena de viril denuedo:

                                      «No he de callar, por más que con el dedo,

                                      ya tocando los labios, ya la frente,

                                      silencio avises o amenaces miedo».

 

II

 

                                         Y al estampar sobre la herida abierta

                                      el hierro de su cólera encendido,

                                      tembló la concusión, que siempre alerta,

                                      incansable y voraz, labra su nido,

                                      como gusano ruin en carne muerta,

                                      en todo Estado exánime y podrido.

 

III

 

                                         Arranque de dolor, de ese profundo

                                      dolor que se concentra en el misterio

                                      y huye amargado del rumor del mundo,

                                      fue su sangrienta sátira cauterio

                                      que aplicó sollozando al patrio imperio,

                                      mísero, gangrenado y moribundo.

 

 

IV

 

                                         ¡Ah! si hoy pudiera resonar la lira

                                      que con Quevedo descendió a la tumba,

                                      en medio de esta universal mentira,

                                      de este viento de escándalo que zumba,

                                      de este fétido hedor que se respira,

                                      de esta España moral que se derrumba;

 

V

 

                                         de la viva y creciente incertidumbre

                                      que en lucha estéril nuestra fuerza agota;

                                      del huracán de sangre que alborota

                                      el mar de la revuelta muchedumbre;

                                      de la insaciable y honda podredumbre

                                      que el rostro y la conciencia nos azota;

 

VI

 

                                         de este horror, de este ciego desvarío

                                      que cubre nuestras almas con un velo,

                                      como el sepulcro, impenetrable y frío;

                                      de este insensato pensamiento impío

                                      que destituye a Dios, despuebla el cielo

                                      y precipita el mundo en el vacío;

 

VII

 

                                         si en medio de esta borrascosa orgía

                                      que infunde repugnancia al par que aterra

                                      esa lira estallara, ¿qué sería?

                                      Grito de indignación, canto de guerra,

                                      que en las entrañas mismas de la tierra

                                      la muerta humanidad conmovería.

 

VIII

 

                                         Mas porque el gran satírico no aliente,

                                      ¿ha de haber quien contemple y autorice

                                      tanta degradación, indiferente?

                                      «¿No ha de haber un espíritu valiente?

                                      ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

                                      ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»

 

IX

 

                                         ¡Cuántos sueños de gloria evaporados

                                      como las leves gotas de rocío

                                      que apenas mojan los sedientos prados!

                                      ¡Cuánta ilusión perdida en el vacío,

                                      y cuántos corazones anegados

                                      en la amarga corriente del hastío!

 

X

 

                                         No es la revolución raudal de plata

                                      que fertiliza la extendida vega:

                                      es sorda inundación que se desata.

                                      No es viva luz que se difunde grata,

                                      sino confuso resplandor que ciega

                                      y tormentoso vértigo que mata.

 

 

XI

 

                                         Al menos en el siglo desdichado

                                      que aquel ilustre y vigoroso vate

                                      con el rayo marcó de su censura,

                                      podía el corazón atribulado

                                      salir ileso del mortal combate

                                      en alas de la fe radiante y pura.

 

XII

 

                                         Y apartando la vista de aquel cieno

                                      social, de aquellos fétidos despojos,

                                      de aquel lúbrico y torpe desenfreno,

                                      fijar llorando sus ardientes ojos,

                                      en ese cielo azul, limpio y sereno

                                      de santa paz y de esperanzas lleno.

 

XIII

 

                                         Pero hoy ¿dónde mirar? Un golpe mismo

                                      hiere al César y a Dios. Sorda carcoma

                                      prepara el misterioso cataclismo;

                                      y como en tiempos de la antigua Roma,

                                      todo cruje, vacila y se desploma

                                      en el cielo, en la tierra, en el abismo.

 

XIV

 

                                         Perdida en tanta soledad la calma,

                                      de noche eterna el corazón cubierto,

                                      la gloria, muda, desolada el alma,

                                      en este pavoroso desconcierto

                                      se eleva la razón, como la palma

                                      que crece triste y sola en el desierto.

 

XV

 

                                         ¡Triste y sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria

                                      mayor? ¿Dónde más hondo desconsuelo?

                                      ¿De qué la sirve desgarrar el velo

                                      que envuelve y cubre la vivaz materia,

                                      y con profundo inextinguible anhelo

                                      sondar la tierra, escudriñar el cielo;

 

XVI

 

                                         entregarse a merced del torbellino

                                      y en la duda incesante que la aqueja.

                                      el secreto inquirir de su destino;

                                      si a cada paso que adelanta, deja

                                      su fe inmortal, como el vellón la oveja,

                                      enredada en las zarzas del camino?

 

XVII

 

                                         ¿Si a su culpada humillación se adhiere

                                      con la constancia infame del beodo,

                                      que goza en su abyección, y en ella muere?

                                      ¿Si ciega, y torpe, y degradada en todo,

                                      desconoce su origen y prefiere

                                      a descender de Dios, surgir del lodo?

 

XVIII

 

                                         ¡Libertad, libertad! No eres aquella

                                      virgen, de blanca túnica ceñida,

                                      que vi en mis sueños pudibunda y bella.

                                      No eres, no, la deidad esclarecida

                                      que alumbra con su luz, como una estrella,

                                      los lóbregos abismos de la vida.

 

XIX

 

                                         No eres la fuente de perenne gloria

                                      que dignifica el corazón humano

                                      y engrandece esta vida transitoria.

                                      No el ángel vengador que con su mano

                                      imprime en las espaldas del tirano

                                      el hierro enrojecido de la historia.

 

XX

 

                                         No eres la vaga aparición que sigo

                                      con hondo afán desde mi edad primera,

                                      sin alcanzarla nunca... Mas ¿qué digo?

                                      No eres la libertad, disfraces fuera,

                                      ¡licencia desgreñada, vil ramera

                                      del motín, te conozco y te maldigo!

 

XXI

 

                                         ¡Ah! No es extraño que sin luz ni guía

                                      los humanos instintos se desborden

                                      con el rugido del volcán que estalla,

                                      y en medio del tumulto y la anarquía,

                                      como corcel indómito, el desorden

                                      no respete ni látigo ni valla.

 

XXII

 

                                         ¿Quién podrá detenerle en su carrera?

                                      ¿Quién templar los impulsos de la fiera

                                      y loca multitud enardecida,

                                      que principia a dudar y ya no espera

                                      hallar en otra luminosa esfera,

                                      bálsamo a los dolores de esta vida?

 

XXIII

 

                                         Como Cristo en la cúspide del monte,

                                      rotas ya sus morales ligaduras,

                                      mira doquier con ojos espantados,

                                      por toda la extensión del horizonte

                                      dilatarse a sus pies vastas llanuras,

                                      ricas ciudades, fértiles collados.

 

XXIV

 

                                         Y excitando su afán calenturiento

                                      tanta grandeza y tanto poderío,

                                      de la codicia el persuasivo acento

                                      grítale audaz: «¡El cielo está vacío!

                                      ¿A quién temer?» Y ronca y sin aliento

                                      la muchedumbre grita: «¡Todo es mío!»

 

XXV

 

                                         Y en el tumulto su puñal afila,

                                      y la enconada cólera que encierra

                                      enturbia y enardece su pupila,

                                      y ensordeciendo el aire en son de guerra

                                      hace temblar bajo sus pies la tierra,

                                      como las hordas bárbaras de Atila.

 

XXVI

 

                                         No esperéis que esa turba alborotada

                                      infunda nueva sangre generosa

                                      en las venas de Europa desmayada;

                                      ni que termine su fatal jornada,

                                      sobre el ara desierta y polvorosa

                                      otro Dios levantando con su espada.

 

XXVII

 

                                         No esperéis, no, que la confusa plebe,

                                      como santo depósito en su pecho

                                      nobles instintos y virtudes lleve.

                                      Hallará el mundo a su codicia estrecho,

                                      que es la fuerza, es el número, es el hecho

                                      brutal ¡es la materia que se mueve!

 

XXVIII

 

                                         Y buscará la libertad en vano,

                                      que no arraiga en los crímenes la idea,

                                      ni entre las olas fructifica el grano.

                                      Su castigo en sus iras centellea

                                      pronto a estallar, que el rayo y el tirano

                                      hermanos son. ¡La tempestad los crea!

 

25 de abril de 1870.

 

 

Miserere



Es de noche: el monasterio

que alzó Felipe Segundo

para admiración del mundo

y ostentación de su imperio,

yace envuelto en el misterio

y en las tinieblas sumido.

De nuestro poder, ya hundido,

último resto glorioso,

parece que está el coloso

al pie del monte, rendido.

 

El viento del Guadarrama

deja sus antros obscuros,

y estrellándose en los muros

del templo, se agita y brama.

Fugaz y rojiza llama

surca el ancho firmamento,

y a veces, como un lamento,

resuena el lúgubre son

con que llama a la oración

la campana del convento.

 

La iglesia, triste y sombría,

en honda calma reposa,

tan helada y silenciosa

como una tumba vacía.

Colgada lámpara envía

su incierta luz a lo lejos,

y a sus trémulos reflejos

llegan, huyen, se levantan

esas mil sombras que espantan

a los niños y a los viejos.

 

De pronto, claro y distinto,

la regia cripta conmueve

ruido extraño, que aunque leve,

llena el mortuorio recinto.

Es que el César Carlos Quinto,

con mano firme y segura

entreabre su sepultura,

y haciendo una horrible mueca,

su faz carcomida y seca

asoma por la hendidura.

 

Golpea su descarnada

frente con tenaz empeño,

como quien sale de un sueño

sin acordarse de nada.

Recorre con su mirada

aquel lugar solitario,

alza el mármol funerario,

y arrebatado y resuelto

salta del sepulcro, envuelto

en su andrajoso sudario.

 

«¡Hola!» grita en son de guerra

con aquella voz concisa,

que oyó en el siglo, sumisa

y amedrentada la tierra.

«¡Volcad la losa que os cierra!

Vástagos de imperial rama,

varones que honráis la fama,

antiguas y excelsas glorias,

de vuestras urnas mortuorias

salid, que el César os llama.»

 

Contestando a estos conjuros,

un clamor confuso y hondo

parece brotar del fondo,

de aquellos mármoles duros.

Surgen vapores impuros

de los sepulcros ya abiertos:

la serie de reyes muertos

después a salir empieza,

y es de notar la tristeza,

el gesto despavorido

de los que han envilecido

la corona en su cabeza.

 

Grave, solemne, pausado,

se alza Felipe Segundo,

en su lucha con el mundo

vencido, mas no domado.

Su hijo se despierta al lado,

y detrás del rey devoto,

aquel que humillado y roto

vio desmoronarse a España,

cual granítica montaña

a impulsos del terremoto.

 

Luego el monarca enfermizo,

de infausta y negra memoria,

en cuya Edad nuestra gloria,

como nieve se deshizo.

Bajo el poder de su hechizo

se estremece todavía.

¡Ay, qué terrible armonía,

qué obscuro enlace se nota

entre aquel mísero idiota

y su exhausta monarquía!

 

Con terrífica sorpresa

y en silencioso concierto,

todos los reyes que han muerto

van saliendo de su huesa.

La ya apagada pavesa

cobra los vitales bríos,

y se aglomeran sombríos

aquellos yertos despojos,

aquellas cuencas sin ojos,

aquellos cráneos vacíos.

 

De los monarcas en pos,

respondiendo al llamamiento,

cual si llegara el momento

del santo juicio de Dios,

acuden de dos en dos

por claustros y corredores,

príncipes, grandes señores,

prelados, frailes, guerreros,

favoritos, consejeros,

teólogos e inquisidores.

 

¡Qué es mirar como serpea

por su semblante amarillo

el fosforescente brillo

que la podredumbre crea!

¡Qué espíritu no flaquea

con mil terrores secretos,

viendo aquellos esqueletos,

que ante el César, que los nombra,

se deslizan por la sombra

mudos, absortos, inquietos!

 

¡Cuántas altas potestades,

cuántas grandezas pasadas,

cuántas invictas espadas,

cuántas firmes voluntades

en aquellas soledades

muestran sus restos livianos!

¡Cuántos cráneos soberanos,

que el genio habitara en vida,

convertidos en guarida

de miserables gusanos!

 

Desde el triste panteón

en que se agolpa y hacina,

hacia el templo se encamina

la fúnebre procesión.

Marcha con pausado son

tras del rey que la congrega,

y cuando a la iglesia llega,

inunda la altiva nave

un resplandor tibio y suave,

que ni deslumbra ni ciega.

 

Guardando el regio decoro,

como en los siglos pasados,

reyes, príncipes, prelados

toman asiento en el coro.

Después en tropel sonoro

por el templo se derrama,

rindiendo culto a la fama

con que llena las historias,

aquel haz de muertas glorias,

que el César convoca y llama.

 

Por mandato soberano

de Carlos, que el cetro ostenta,

llega al órgano y se sienta

un viejo esqueleto humano.

La seca y huesosa mano

en el gran teclado imprime,

y la música sublime,

que a inmensos raudales brota,

parece que en cada nota

reza y llora, canta y gime.

 

Uniendo al acorde santo

su voz, los muertos despojos

caen ante el ara de hinojos

y a Dios elevan su canto.

Honda expresión del quebranto,

aquel eco de la tumba

crece, se dilata, zumba,

y al paso que va creciendo,

resuena con el estruendo

de un mundo que se derrumba:

 

«Fuimos las ondas de un río

caudaloso y desbordado.

Hoy la fuente se ha secado,

hoy el cauce está vacío.

Ya ¡oh Dios! nuestro poderío

se extingue, se apaga y muere.

¡Miserere!

 

»¡Maldito, maldito sea

aquel portentoso invento

que dio vida al pensamiento

y alas de luz a la idea!

El verbo animado ondea

y como el rayo nos hiere.

¡Miserere!

 

»¡Maldito el hilo fecundo

que a los pueblos eslabona,

y busca, y cuenta, y pregona

las pulsaciones del mundo!

Ya en el silencio profundo

ninguna injusticia muere.

¡Miserere!

 

»Ya no vive cada raza

en solitario destierro,

ya con vínculo de hierro

la humana especie se enlaza.

Ya el aislamiento rechaza:

ya la libertad prefiere.

¡Miserere!

 

»Rígido y brutal azote

con desacordado empuje

sobre las espaldas cruje

del rey y del sacerdote.

Ya nada existe que embote

el golpe ¡oh Dios! que nos hiere.

¡Miserere!

 

»Mas ¡ay! que en su audacia loca,

también el orgullo humano

pone en los cielos su mano

y a ti, Señor, te provoca.

Mientras blasfeme su boca

ni paz ni ventura espere.

¡Miserere!

 

»No en la tormenta enemiga:

no en el insondable abismo:

el mundo lleva en sí mismo

el rayo que le castiga.

Sin compasión ni fatiga

hoy nos mata; pero muere.

¡Miserere!

 

»Grande y caudaloso río,

que corres precipitado,

ve que el nuestro se ha secado

y tiene el cauce vacío.

¡No prevalezca el impío,

ni la iniquidad prospere!

¡Miserere!»

 

Súbito, con sordo ruido

cruje el órgano y estalla,

la luz se amortigua y calla

el concurso dolorido.

Al disiparse el sonido

del grave y solemne canto

llega a su colmo el espanto

de las mudas calaveras,

y de sus órbitas hueras

desciende abundoso llanto.

 

A medida que decrece

la luz misteriosa y vaga,

todo murmullo se apaga

y el cuadro se desvanece.

Con el alba que aparece

la procesión se evapora,

y mientras la blanca aurora

esparce su lumbre escasa,

a lo lejos silba y pasa

la rauda locomotora.

 

25 de junio de 1873.



¡Excélsior!



                                            Por qué los corazones miserables,

                                                por qué las almas viles,

                                          en los fieros combates de la vida

                                                ni luchan ni resisten?

 

                                             El espíritu humano es más constante

                                                cuanto más se levanta:

                                          Dios puso el fango en la llanura, y puso

                                                la roca en la montaña.

 

                                             La blanca nieve que en los hondos valles

                                                derrítese ligera,

                                          en las altivas cumbres permanece

                                                inmutable y eterna.

 

1872.



A Darwin



I

¡Gloria al genio inmortal! Gloria al profundo

Darwin, que de este mundo

penetra el hondo y pavoroso arcano!

¡Que, removiendo lo pasado incierto,

sagaz ha descubierto

el abolengo del linaje humano.

 

II

Puede el necio exclamar en su locura:

«¡Yo soy de Dios hechura!»

y con tan alto origen darse tono.

¿Quién, que estime su crédito y su nombre,

no sabe que es el hombre

la natural transformación del mono?

 

III

Con meditada calma y paso a paso,

cual reclamaba el caso,

llegó a tal perfección un mono viejo;

y la vivaz materia por sí sola

le suprimió la cola,

le ensanchó el cráneo y le afeitó el pellejo.

 

IV

Esa invisible fuerza creadora,

siempre viva y sonora,

música, verbo, pensamiento alado;

ese trémulo acento en que la idea

palpita y centellea

como el soplo de Dios en lo creado;

 

V

hablo de Dios, porque lo exige el metro,

mas tu perdón impetro

(¡oh formidable secta darviniana!)

Ese sonido como el sol fecundo,

que vibra en todo el mundo

y resplandece en la palabra humana;

 

VI

esa voz, llena de poder y encanto,

ese misterio santo,

lazo de amor, espíritu de vida,

ha sido el grito de la bestia hirsuta,

en la cóncava gruta

de los ásperos bosques escondida.

 

VII

¡Ay! Si es verdad lo que la ciencia enseña,

¿por qué se agita y sueña

el hombre, de su paz fiero enemigo?

¿A qué aspira? ¿Qué anhela? ¿Qué es, en suma,

el genio que le abruma?

¿Fuerza o debilidad? ¿Premio o castigo?

 

VIII

Honor, virtud, ardientes devaneos,

imposibles deseos,

loca ambición, estéril esperanza;

horrible tempestad que eternamente

perturbas nuestra mente,

con acentos de amor o de venganza;

 

IX

conciencia del deber que nos oprimes,

ilusiones sublimes

que a más alta región tendéis el vuelo:

¿Qué sois? ¿Adónde vais? ¿Por qué os sentimos?

¿Por qué crimen perdimos

la inocencia brutal de nuestro abuelo?

 

X

Ajeno a todo inescrutable arcano,

nuestro Adán cuadrumano

en las selvas perdido y en los montes,

de fijo no estudiaba ni entendía

esta filosofía

que abre al dolor tan vastos horizontes.

 

XI

Independiente y libre en la espesura,

no sufrió la amargura

que nos quema y devora las entrañas.

Dábanle el bosque entretejidas frondas,

el río claras ondas,

aire sutil y puro las montañas;

 

XII

la tierra, a su elección, como en tributo

dulce y sabroso fruto,

música el viento susurrante y vago;

su luz fecunda el sol esplendoroso,

la noche su reposo

y limpio espejo el cristalino lago.

 

XIII

En su pelliza natural envuelto,

gozaba alegre y suelto

de su querida libertad salvaje.

Aún no grababa figurines Francia,

y en su rústica estancia

lo que la vida le duraba el traje.

 

XIV

Desconoció la púrpura y la seda

no inventó la moneda

para adorarla envilecido y ciego,

ni se dejó coger, como un idiota,

por una infame sota

en la red del amor o en la del juego.

 

XV

No turbaron su paz ni su apetito

este anhelo infinito,

esta pena tan honda como aguda.

¡Ay! ni a pedazos le arrancó del alma

su candorosa calma,

el demonio implacable de la duda.

 

XVI

Y en esas lentas y nocturnas horas

negras, abrumadoras,

en que la angustia nos desgarra el pecho,

con tu mirada impenetrable y triste

nunca te apareciste

¡oh desesperación! junto a su lecho.

 

XVII

No buscó los laureles del poeta,

ni en su ambición inquieta

alzó sobre cadáveres un trono.

No le acosó remordimiento alguno.

No fue rey, ni tribuno,

¡ni siquiera elector!... ¡Dichoso mono!

 

XVIII

En la copa de un árbol suspendido

y con la cola asido,

extraño a los halagos de la fama,

sin pensar en la tierra ni en el cielo,

nuestro inocente abuelo

la vida se pasó de rama en rama.

 

XIX

Tal vez enardecida y juguetona,

alguna virgen mona

prendiole astuta en sus amantes lazos,

y más fiel que su nieta pervertida,

ni le amargó la vida,

ni le hirió el corazón con sus abrazos.

 

XX

Y allí, bajo la bóveda azulada,

en la verde enramada,

a la sonora margen de los ríos,

adormecidos con los trinos suaves

de las canoras aves,

ocultas en los árboles sombríos;

 

XXI

allí donde la gran Naturaleza

descubre la belleza

de su seno inmortal, siempre fecundo,

en deliquios ardientes y amorosos,

los dos tiernos esposos

engendraron al árbitro del mundo.

 

XXII

¡Al árbitro del mundo!... ¡Qué sarcasmo!

Perdido el entusiasmo,

sin esperanza en Dios, sin fe en sí mismo,

cuando le borre su divino emblema,

esa ciencia blasfema,

como la piedra rodará al abismo.

 

XXIII

Caerá de sus altares el Derecho

por el turbión deshecho;

la Libertad sucumbirá arrollada.

Que cuando el alma humana se obscurece,

sólo prospera y crece

la fuerza audaz, de crímenes cargada.

 

XXIV

¡Ay, si al romper su religioso yugo,

gusta el pueblo del jugo

que en esa ciencia pérfida se esconde!

¡Ay, si olvidando la celeste esfera,

el hijo de la fiera

sólo a su instinto natural responde!

 

XXV

¡Ay, si recuerda que en la selva umbría

la bestia no tenía

ni Dios, ni ley, ni patria, ni heredades!

Entonces la revuelta muchedumbre

quizás, Europa, alumbre

con el voraz incendio tus ciudades.

 

XXVI

¡Batid gozosos las sangrientas manos

déspotas y tiranos!

Ya entre el tumulto vuestra faz asoma.

Que el hombre a la razón dobla su frente;

mas sólo el hierro ardiente

la hambrienta rabia de las fieras doma.

24 de diciembre de 1872.



Problema

Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas?

Quiero, dejando hipótesis a un lado,

una duda exponer, y es la siguiente:

«¿Por qué cruza la tierra el inocente,

de espinas o de sombras coronado?

¿Por qué feliz y próspero, el malvado

alza orgulloso la atrevida frente?

¿Por qué Dios, que es el bien, mira y consiente

el eterno dominio del pecado?

¿Por qué, desde Caín, la humana raza,

sometida al dolor, con sangre traza

la historia de sus luchas giganteas?

Y si es ficción la gloria prometida,

si aquí empieza y acaba nuestra vida,

¿por qué, implacable Dios, por qué nos creas?

 

1873.



Velut umbra



                                                     ¡Oh incesante desvarío

                                                   del hombre! ¡Oh mentida gloria,

                                                   tan fugaz y transitoria

                                                   como las ondas de un río!

                                                      El tiempo impasible y frío

                                                   va empujando tu memoria,

                                                   que brilla un punto en la Historia

                                                   y se pierde en el vacío.

                                                      ¡Cuánto César ya olvidado!

                                                   ¡Cuánta vieja desventura,

                                                   que ni aun recuerda la gente,

                                                      habrá visto, habrá alumbrado

                                                   ese sol, desde la altura

                                                   en que gira indiferente!

 

                                                      A medida que hacia el puerto

                                                   va marchando del olvido,

                                                   aparece cuanto ha sido

                                                   de espesas brumas cubierto.

                                                      Ese polvo, árido y yerto,

                                                   ha pensado y ha sentido:

                                                   es el despojo perdido

                                                   de la humanidad que ha muerto.

                                                      De esos átomos sin nombre,

                                                   ¿quién el misterio adivina?

                                                   ¿quién a descifrarlo alcanza?

                                                      Tan lóbrego es para el hombre

                                                   lo pasado que declina,

                                                   cual lo porvenir que avanza.

 

                                                      ¿Dónde está la oculta fuente

                                                   del hondo raudal humano?

                                                   ¿A qué incógnito océano

                                                   va a parar esa corriente?

                                                      Principio y fin, velozmente

                                                   se buscan y dan la mano;

                                                   y en el germen bulle el grano,

                                                   y en el grano la simiente.

                                                      La flor que arrebata el viento,

                                                   préstale al campo marchito

                                                   nuevo jugo y nueva vida;

                                                      mas ¿quién en el movimiento

                                                   del génesis infinito,

                                                   recuerda la flor caída?

 

                                                      ¡Vanidad de vanidades!

                                                   En nuestras horas inciertas,

                                                   sobre las ciudades muertas

                                                   álzanse nuevas ciudades.

                                                      En ignotas soledades,

                                                   en regiones, hoy desiertas,

                                                   yacen de polvo cubiertas

                                                   las glorias de otras edades.

                                                      Cae en mortal cautiverio

                                                   cuanto el alma, inquieta y muda,

                                                   busca y ama, anhela y nombra.

                                                      Nuestra vida en el misterio,

                                                   nuestro destino en la duda,

                                                   nuestro término en la sombra.

 

Prólogo

Leído por Don Manuel Catalina, en la inauguración del teatro de Apolo

                                          Senado ilustre, público discreto,

                                       que siempre diste cariñoso abrigo

                                       a la musa de Lope y de Moreto;

 

                                          concurso generoso, fiel amigo

                                       del arte, que a tu impulso se levanta

                                       o se despeña en el error contigo;

 

                                          por quien el vate en su entusiasmo canta,

                                       el músico sorprende la armonía

                                       y a los siglos el genio se adelanta;

 

                                          es tan intensa y honda mi alegría,

                                       tan viva la emoción que me enajena,

                                       que aunque quisiera ahogarla no podría.

 

                                          ¿Cómo, si el alma de esperanzas llena,

                                       ve renacer con nuevos resplandores

                                       la amortiguada gloria de la escena?

 

                                          ¡Público insigne, artistas, escritores,

                                       rendid tributo al ánimo atrevido,

                                       digno de vuestros plácemes y honores!

 

                                          Cuando asorda los aires el rugido

                                       de enconada pasión, que en su despecho

                                       nos emponzoña el corazón herido;

 

                                          cuando combaten bajo el mismo techo

                                       hermano contra hermano, y todo rueda

                                       como un turbión a nuestros pies deshecho;

 

                                          cuando no hay odio que sucumba o ceda,

                                       y en tanta confusión, el patrio idioma

                                       es el único lazo que nos queda;

 

                                          merece aplauso quien a empeño toma

                                       alzar un templo al arte castellano,

                                       donde todo vacila y se desploma.

 

                                          Que mientras pueda el genio soberano

                                       tender el vuelo, condenar la saña

                                       que separa al hermano del hermano,

 

                                          hacer que vibre hasta en región extraña

                                       la lengua de Quevedo y de Cervantes,

                                       tú serás inmortal ¡oh madre España!

 

                                          ¡No morirás! Como lucharon antes,

                                       tus hijos lucharán con el destino

                                       cuanto más desgraciados, más constantes.

 

                                          Que si no encuentra su ambición camino

                                       por do llevar a términos ajenos

                                       tu cetro de oro y tu blasón divino,

 

                                          para abrazarse le hallarán al menos,

                                       y en santa paz transcurrirán tus días

                                       más prósperos, más grandes, más serenos.

 

                                          Pero ¿dónde al sentir las agonías

                                       de la patria infeliz que sufre y llora,

                                       me arrastran ¡ay! las esperanzas mías?

 

                                       ¿Adónde vuela mi ilusión? Ya es hora

                                       de penetrar en la región que el arte

                                       con sus rayos purísimos colora.

 

                                          Ya es tiempo y ocasión de presentarte

                                       a los que habrán de compartir conmigo

                                       el difícil trabajo de agradarte.

 

                                          Tú, de sus triunfos imparcial testigo,

                                       suplir, acaso con ventaja, puedes

                                       lo que, atendiendo a su humildad, no digo.

 

                                          Muchos han alcanzado las mercedes,

                                       los vítores y lauros que en la escena.

                                       con larga mano al mérito concedes.

 

                                          ¡Ah! ¡Cuántas veces su fecunda vena,

                                       hizo a tus labios asomar la risa

                                       que los vicios ridículos enfrena!

 

                                          ¡Cuántas tu corazón latió deprisa,

                                       movido por la voz del sentimiento,

                                       blanda o severa, enérgica o sumisa;

 

                                          voz que en la vaga ondulación del viento,

                                       suena a un tiempo patética y sublime

                                       como canto de amor, himno y lamento!

 

                                          ¿Quién de su influjo halagador se exime?

                                       ¿Quién resiste el poder del alma ardiente

                                       que en todo el sello de su genio imprime?

 

                                          No me atrevo a nombrarla: está presente (9).

                                       Tú la conoces bien, que has abrumado

                                       con cien coronas su inspirada frente.

 

                                          Nosotros seguiremos a su lado

                                       por la penosa y áspera carrera

                                       que huellas inmortales han trazado.

 

                                          Joven alguno, por la vez primera

                                       trémulo y lleno de ansiedad confusa,

                                       la hora solemne de tu fallo espera.

 

                                          Dale aliento y valor: sé tú su musa,

                                       y cuando salga inquieto y conmovido

                                       válgale al menos su temor de excusa.

 

                                          Con el respeto a nuestro juez debido,

                                       yo, el último de todos, te saludo,

                                       y en nombre suyo tu indulgencia pido.

 

                                          Ardua es la empresa, nuestro esfuerzo, rudo,

                                       grande la voluntad, vivo el deseo,

                                       y amparándonos tú, fuerte el escudo.

 

                                          Sonarán en el amplio coliseo

                                       de Calderón y Lope la armonía,

                                       honda intención y fácil discreteo,

 

                                          en nuestra larga y mísera agonía,

                                       ya el último florón, aún no marchito,

                                       que nos envidia el mundo todavía.

 

                                          Como el vuelo del alma es infinito,

                                       y mientras hallen en la mente humana

                                       luz la esperanza, sombras el delito,

 

                                          tiernos anhelos el amor, cristiana

                                       resignación los débiles que gimen,

                                       fieros empeños la ambición tirana,

 

                                          llanto el dolor, remordimiento el crimen,

                                       premio la fe, castigo la mentira

                                       y borrascosas noches los que oprimen,

 

                                          el vate audaz, si en la pasión se inspira,

                                       podrá pulsar con vigorosa mano

                                       el corazón del hombre, que es su lira:

 

                                          como aún florecen en el suelo hispano

                                       claros ingenios que la intensa llama

                                       alimentan del numen castellano,

 

                                          en esta escena, con la varia trama

                                       de sus afanes y vigilias fruto,

                                       buscarán los laureles de la fama.

 

                                          Si a veces el error, común tributo

                                       de la humana flaqueza, los pervierte

                                       y cubre su razón de sombra y luto,

 

                                          antes de ser inexorable, advierte

                                       que en esta recia y desigual pelea,

                                       eres el más dichoso y el más fuerte.

 

                                          Nunca, nunca el espíritu que crea

                                       se lanzará con incansable brío

                                       por los radiantes mundos de la idea,

 

                                          si a todo noble sentimiento frío,

                                       sólo el gastado público le ofrece

                                       glacial indiferencia y seco hastío.

 

                                          Cuando la Poesía desfallece

                                       y cual ebria bacante desceñida

                                       se revuelca en el fango y se envilece;

 

                                          cuando la muchedumbre descreída,

                                       en torpes espectáculos apura

                                       los más brutales goces de la vida,

 

                                          y únicamente excitan su locura,

                                       despiertan sólo su vigor dormido

                                       la sátira procaz, la danza impura;

 

                                          entonces, como el aire corrompido

                                       que invadiendo el espacio, se dilata

                                       lento, invisible, acaso no sentido,

 

                                          la cólera del cielo se desata,

                                       avanza sin cesar muda y sombría,

                                       y como el rayo y la epidemia mata.

 

                                          Entonces Dios sobre la raza impía

                                       que marcha presurosa hacia el abismo,

                                       sus horrendas catástrofes envía;

 

                                          la podredumbre engendra el egoísmo,

                                       y ya no tiene el pueblo degradado

                                       fuerza y valor para salvarse él mismo.

 

                                          Y camina a su fin precipitado,

                                       y su terrible expiación comienza,

                                       y se pierde en la noche del pecado...

 

                                          ¡Ah! ¡qué ignominia tanta no nos venza,

                                       hijos de España, y si la angustia crece

                                       lloremos de aflicción, no de vergüenza!

 

                                          Porque el ánimo honrado resplandece

                                       con la adversa fortuna, y en el mundo

                                       sólo humilla el dolor que se merece.

 

                                          De toda corrupción, de todo inmundo

                                       germen, de todo estancamiento insano,

                                       brota el mal potentísimo y fecundo:

 

                                          la asoladora fiebre, del pantano,

                                       la peste, de los campos de batalla,

                                       y de los pueblos muertos el tirano.

 

                                          Tú puedes ser inquebrantable valla,

                                       Senado ilustre, a la inmoral corriente

                                       que fácil paso entre nosotros halla.

 

                                          Tú puedes evitar que se acreciente

                                       la gangrena social, esa gangrena

                                       fría, senil, que mata y no se siente.

 

                                          Y si consigues que la patria escena

                                       de entre sus juegos lícitos descarte

                                       la burla impía y la invención obscena;

 

                                          si por tu esfuerzo en ráfagas se parte

                                       esta niebla densísima que empaña

                                       la religión, la libertad y el arte,

                                       tú serás salvo, y salvarás a España.

 

Noviembre de 1873.



¡Pobre loca!



I

Todas las ardes, cuando el sol declina

en brazos del misterio,

una mujer llorosa se encamina

al santo cementerio.

 

Con tosco y miserable desaliño,

tocas de luto viste,

y lleva de la mano a un pobre niño

descalzo, enfermo y triste.

 

El paso torpe y trémulo apresura

marchando silenciosa

hacia la solitaria sepultura

en que su amor reposa.

 

¡Ay! su semblante tétrico y sombrío,

su atónita mirada

reflejan el dolor y el desvarío

de un alma destrozada.

 

Al pie del nicho desarruga el ceño,

detiene su carrera,

llama en la losa con tenaz empeño,

y espera, espera, espera...

 

El niño tiembla. La impaciente loca

que a un tiempo reza y gime,

que el dulce nombre del esposo invoca

con ansiedad sublime,

 

golpea el mármol sepulcral, y el eco

sordamente retumba

con lúgubre gemido, desde el hueco

de la cerrada tumba.

 

Y la infeliz mujer, en son de queja

grita: «¿Dónde estás, dónde?»

Rompe en sollozos, y por fin se aleja

diciendo al niño: «¿Ves? No me responde».

 

II

¡Ah, no le llores más! ¿Por qué el ingrato,

por qué, si te quería,

abandonó tu cariñoso trato,

tu blanda compañía,

 

la santa paz de la familia, el culto

de sus tranquilos lares,

para excitar en medio del tumulto

las iras populares?

 

Siempre deja en su bárbaro extravío

la inquieta muchedumbre,

más de un amante corazón vacío,

más de un hogar sin lumbre.

 

¿Por qué no recordó cuando inhumano

a su rencor cediendo,

corrió a verter la sangre de su hermano

en el combate horrendo,

 

que cuantos en la lucha sucumbían,

ante el peligro fijos

por la voz del deber, como él tendrían

madres, esposas, hijos?

 

¿Por qué no recordó que un pueblo libre,

ni límite ni coto

pondrá a sus desventuras, mientras vibre

el arma en vez del voto?

.........................

¡Ah, no le llores más! No lo merece.

No sufras ni batalles.

El que mancha con sangre, el que envilece

por plazas y por calles

 

la augusta libertad, el que furioso

apela al hierro insano,

no es tierno padre, ni sensible esposo,

ni honrado ciudadano.

 

17 de noviembre de 1873.



A la muerte de Don Antonio Ríos Rosas



¡Cayó como la piedra en la laguna

con recio golpe en la insondable fosa!

Ya no levantará tormenta alguna

su elocuencia, vibrando en la tribuna,

como el rayo terrible y luminosa.

 

¡Triste destino de la gloria humana

tan costosa, tan mísera y tan vana!

¡Ayer grandeza, y entusiasmo, y ruido;

hoy tributo de lágrimas; mañana

hondo silencio, y soledad, y olvido!

 

En la infinita sed que nos aqueja,

¿qué es nuestra vida? El sueño de un momento,

onda que pasa, sombra que se aleja,

ave tímida y muda que no deja

ni el rastro de sus alas en el viento.

 

¡Cuántas, cuántas memorias arrebata

nuestra viviente y rauda catarata!

¿Qué es el mártir? ¿Qué el genio? ¿Qué el tirano

en el torrente del linaje humano,

que al través de los tiempos se dilata?

 

La secular encina, siempre verde,

de sus marchitos frutos se despoja

sin que nadie, mirándola, recuerde

ni el seco ramo, ni la inútil hoja

que en su invisible crecimiento pierde.

 

¡Todo es misterio, vértigo y locura!

La vida frágil, el renombre incierto,

y la tremenda eternidad obscura...

Sólo podemos dar a los que han muerto,

con fe piadosa, honrada sepultura.

 

Él la tendrá con lágrimas regada.

¿Cómo olvidar tan pronto, patria mía,

la imperiosa atracción de su mirada,

su voz, su ardiente voz, rígida espada

que al chocar y al herir resplandecía?

 

A veces imagino que aún le veo

erguirse reposado y pensativo,

a un tiempo mismo Tácito y Tirteo,

arrostrar el contrario clamoreo.

cuanto más acosado más altivo.

 

Con fuerza potentísima y secreta

brotaban de su espíritu fecundo

el dardo agudo, la alusión discreta,

la cólera inspirada del poeta

y la sentencia del varón profundo.

 

En el peligro, enérgico y valiente,

jamás cedió su varonil denuedo,

ni se dejó arrastrar por la corriente;

nunca dobló su poderosa frente

ante los vanos ídolos del miedo.

 

Noble y robusto vástago de aquella

viril generación, que al mundo vino

cuando, impulsado por su infausta estrella,

marcó en España su iracunda huella

el rayo de la guerra y del destino;

 

cuando de su letargo despertaba

la nación de Lepanto y de Pavía,

y en lid ardiente, inextinguible y brava,

mostró con su tesón que no quería

vivir sin honra, ni morir esclava.

 

Nacida entre el tumulto y el fracaso

de una lucha titánica y suprema,

esa generación que hacia su ocaso

dirige el triste y vacilante paso,

es el himno triunfal de aquel poema.

 

Arrojada y resuelta cual ninguna,

como engendrada en tan heroico empeño,

templola en sus rigores la fortuna,

la ronca tempestad meció su cuna

y el eco del cañón la arrulló el sueño.

 

Siempre en la brecha y siempre enardecida,

sin temor al destierro ni al verdugo,

con estoico desprecio de la vida

rompió, lidiando, el ominoso yugo

que soportaba España envilecida.

 

De su entusiasta afán en los extremos

amasó con la sangre de sus venas

la libertad que a su valor debemos.

¡Hoy nosotros, sus hijos, no tenemos

ni esperanza, ni fe, ni patria apenas!

 

El genio nacional, antes dormido

en la profunda noche del olvido,

llenó los aires con su voz sonora,

como el alegre pájaro en el nido

cuando le llama la rosada aurora.

 

¡Qué espontáneo y feliz renacimiento!

¡Qué pléyade de artistas y escritores!

En la luz, en las ondas, en el viento

hallaba inspiración el pensamiento,

gloria el soldado y el pintor colores.

 

¡Larra, Pacheco, Rivas, Espronceda,

Olózaga, Donoso, Avellaneda,

y cien nombres, orgullo de la historia,

ya son polvo no más! ¡Ya su memoria

sólo en el pueblo que ilustraron queda!

 

¡Su memoria mortal, que se derrumba

al impulso del siglo! Eco postrero

de su apagada voz, sordo retumba

en el helado mármol de la tumba,

y se pierde en los ámbitos ligero.

 

Cuando, vertiendo silencioso llanto,

vuelvo a mi Edad la vista atribulada,

siento a la vez indignación y espanto.

¡Cómo pensar, generación menguada,

que en pocos lustros descendieras tanto!

 

Nuestros padres con ánimo sereno

hallaron en los campos de pelea

algo fecundo, provechoso y bueno.

Nosotros, sumergidos en el cieno,

no encontramos un hombre ni una idea.

 

Su aliento generoso y esforzado,

de Cádiz a las cumbres del Pirene

avivó el fuego del honor sagrado.

Hoy la estéril república no tiene

ni un cantor, ni un artista, ni un soldado.

 

Ni nos defiende ya, ni el golpe embota,

partido en mil pedazos nuestro escudo.

El vulgo, el necio vulgo nos azota:

yace el arte decrépito, está mudo

el genio, el arpa destemplada y rota.

 

Alguien con torpe y mentiroso halago,

en busca del aplauso apetecido,

agitó el fondo del impuro lago,

¡ay! y el vapor del fango removido

sólo engendra la peste y el estrago.

 

Tú dormirás en paz ¡oh varón fuerte!

con el sol de la patria que declina.

Y es venturosa y envidiable suerte

reposar en los brazos de la muerte,

cuando todo es dolor, vergüenza y ruina.

 

Tú de este triste y borrascoso drama

sacaste el puro corazón ileso.

Otros, que el pueblo alborotado aclama,

no dormirán tranquilos bajo el peso,

bajo el peso terrible de su fama.

 

5 de noviembre de 1873.



¡Cartagena!



¡Ay! cuando un pueblo rompe la valla,

y con instinto ciego y brutal

incendia y tala, mata y blasfema

y en sangre anega su libertad,

la turbulencia que engendra monstruos

crea el tirano providencial;

que también tiene como las fieras,

sus domadores la humanidad.

 

10 de agosto de 1873.



A Emilio Cautelar

 

¡Ya triunfó la república! Has vencido.

Tras prolongada y mísera agonía

lanzó a tus plantas el postrer gemido

nuestra sacra y gloriosa monarquía.

No vino a tierra como el cedro erguido

que el huracán y el rayo desafía:

cayó como la mustia y débil hoja

de que en octubre el árbol se despoja.

 

¡Ay! ¿Esta sociedad que desespera,

logrará acaso tiempos más felices,

porque haya muerto, sin luchar siquiera,

la tradición excelsa que maldices?

¿Se desplomó quizás porque tuviera

podrido el tronco y secas las raíces?

¿Fue su impensada y rápida caída,

torpe venganza o pena merecida?

 

Si al paso que se extingue y desvanece

como el último rayo vespertino,

renace el orden y la paz florece,

es que cumplió la ley de su destino.

Pero si la tormenta se embravece,

si nos arrolla el raudo torbellino,

si no se aclara el porvenir incierto,

entonces es que asesinada ha muerto.

 

Mientras el cielo mi conciencia guarde,

jamás se apartará de mi memoria

aquella triste y vergonzosa tarde,

baldón eterno de la patria historia,

en que un Senado imbécil o cobarde

vendió sin fruto y entregó sin gloria,

cediendo a los estímulos del miedo,

el trono secular de Recaredo.

 

No nació la república, gloriosa,

formidable y potente en lid reñida,

ni cual del casto cáliz de la rosa

la pura esencia en ondas esparcida.

Brotó de aquella tarde ignominiosa

como brota la sangre de la herida,

y como en medio de mortales dudas

nació de un beso la traición de Judas.

 

¡Oh! ¡Quién tuviese la robusta vena

de aquel ilustre historiador romano,

que en libros inmortales encadena

los fieros monstruos del linaje humano!

Mi pluma entonces... ¡pero no! La pena

que envilece al león, honra al gusano:

nunca la ruin bajeza ha merecido

censura eterna, sino eterno olvido.

 

Tal vez ceñida de fulgentes galas

forjose tu ilusión que en pleno día

la república, austera como Palas,

del cerebro del pueblo surgiría.

Tal vez pensaste que al tender sus alas

paz y ventura y luz derramaría,

siendo para tu fama ¡oh nuevo Orfeo!

la honrada encarnación de tu deseo.

 

Si el llanto no te ciega, en torno mira;

ya tu inspirada voz no la conmueve,

ya su templanza se convierte en ira,

ya revienta el volcán bajo la nieve.

Ya ha arrebatado tu sonora lira

la desgreñada Musa de la plebe;

ya suena, en vez de tu rotunda estrofa,

brutal insulto y sanguinaria mofa.

 

Ya con sordo fragor se precipita

y mueve a Dios desesperada guerra,

la santa cruz de los sepulcros quita,

vuelca las aras y los templos cierra.

Ya con furor satánico medita,

no sólo echar a Cristo de la tierra,

sino dejar en su insensato anhelo

mudo y vacío y solitario el cielo.

 

¡Inútil presunción! Cuando mañana

se agoste, como yerba, el poderío

de esta generación soberbia y vana

que lanza a Dios su imbécil desafío;

cuando de su grandeza soberana

quede el polvo no más, árido y frío,

¡tú, redentora cruz! ¡tú, santo leño,

sobre las tumbas guardarás su sueño!

 

¡Valor, Emilio! El pueblo se desborda

y nuestra gloria secular destruye.

¡Ya no existe el ejército! ¡Ya es horda

la que fue hueste, y se desmanda y huye!

La anarquía los ámbitos asorda,

la honrada libertad se prostituye,

y óyense los aullidos de la hiena,

en Alcoy, en Montilla, en Cartagena.

 

Tu voz, que siempre condenó la saña

de la turba feroz, de nuevo estalle,

y vibre como el trueno en la montaña

y el bronce de los templos en el valle.

La triste España, nuestra madre España

se desangra entre el cieno de la calle;

ebrio el desorden la denuesta y hiere.

Agonizando está. ¡Sálvala, o muere!

 

23 de diciembre de 1873.



Luz y vida



Cuando en el seno de la noche fría

oculta el sol su resplandor fecundo,

es para renacer, y espera el mundo

la nueva luz con el cercano día.

Mas ¿quién penetra la inquietud sombría

que abruma el corazón del moribundo?

¿Quién sabe lo que guarda ese profundo

crepúsculo moral de la agonía?

Desde la alta región del firmamento

el sol, en acordado movimiento,

con la nocturna obscuridad alterna.

Pero tú, miserable vida humana,

no mueres hoy para brillar mañana.

¡Ay, no! tu noche es lóbrega y eterna.

 

1873

 

 

 

 

Raimundo Lulio


A un amigo de la infancia



Acoge cariñoso,

como sencilla ofrenda que tributo

a nuestro antiguo afecto,

mis pobres cantos de Raimundo Lulio.

 

Esta doliente historia

encierra un grave pensamiento, obscuro

quizás, porque mi musa

ni engrandecerle ni aclararle supo.

 

De la atrevida ciencia

que huye de Dios, y en su rebelde orgullo,

con sus fulgores sólo

quiere llenar los cielos y los mundos;

 

de esa ciencia a que rinde

la vanidad del hombre ciego culto,

y que persigue siempre

con sacrílego afán y ardor impuro;

 

por quien, obedeciendo

de su apetito al indomable impulso,

mancha las sacras aras

y a Dios disputa su poder augusto:

 

en Blanca, en esa hermosa

Blanca, sueño y delirio de Raimundo,

el símbolo terrible,

el triste emblema presentar procuro.

 

¡Ay! cuando devorado

por insaciable sed, loco y convulso

piensa alcanzar el hombre

de su soberbia el anhelado fruto;

 

¿qué encuentra? Eterna duda,

eterno hastío entre el placer oculto,

y bajo regias galas

la horrible podredumbre del sepulcro.

 

Mas, no porque condene

esos que errores de la ciencia juzgo,

para extirparlos pido

el auxilio sangriento del verdugo.

 

Impuestas por la fuerza,

o por la vil superstición del vulgo,

odiosas me serían

la verdad y la fe que ansioso busco.

 

Hijo soy de mi siglo,

y no puedo olvidar que por el triunfo

de la conciencia humana,

desde mis años juveniles lucho.

 

Por bárbaro rechazo

de la brutal intolerancia el yugo,

y quiero en campo abierto

libremente lidiar con el absurdo.

 

11 de febrero de 1875.



Canto primero

Profanación

Como el radiante sol cuando declina,

la vida con sus últimos reflejos

nuestros fríos recuerdos ilumina,

 

y vemos todos al llegar a viejos,

el muerto bien que la memoria guarda

más rico de color cuanto más lejos.

 

Hoy que la edad me postra y acobarda,

mi pasada ilusión cruza furtiva,

al través de los años más gallarda.

 

¡Oh visión misteriosa y fugitiva,

que remontaste apresurada el vuelo

al centro de la luz eterna y viva!

 

¡Oh Blanca mía! ¡Oh Blanca de Castelo,

a mis ojos tan casta y luminosa

como las mismas vírgenes del cielo!

 

Resplandecían en tu faz hermosa

el ampo de la nieve inmaculada

y el matiz perfumado de la rosa.

 

Y era tanto el poder de tu mirada,

tan intensa su luz, que sus destellos

penetraron en mí como una espada.

 

Coronaban tu frente los cabellos

como rayos de sol entretejidos,

para que el alma se prendiera en ellos.

 

Y estaban mis potencias y sentidos

suspensos del aliento de tu boca,

tierno regazo de ósculos dormidos.

 

Te vi y te amé con la pasión más loca

que puede contener el alma humana

cuando en la altura de sus sueños toca.

 

¡Cuántas veces al pie de tu ventana,

siempre cerrada para mí, llorando

me sorprendió la luz de la mañana!

 

Jamás tu acento melodioso y blando

dio forma a una promesa lisonjera,

y entre el cariño y el temor luchando,

 

a un tiempo mismo generosa y fiera,

parecían decir a mi deseo

tus ojos: «¡nunca!» y tu silencio: «¡espera!»

 

¡Ay, qué terrible incertidumbre! Creo

que es menor la ansiedad, menor la duda

con que el fallo mortal aguarda el reo.

 

Mas siempre, siempre en la contienda ruda

de mi invencible amor, sombra querida,

te hallé a mi ruego impenetrable y muda.

 

¡Qué miserable vida fue mi vida!

Brotaban los sollozos de mi pecho

como estalla la llama comprimida.

 

Y de noche, agitándome en el lecho,

de día, persiguiéndote incesante

con la torpe insistencia del despecho,

 

cuanto menos querido, más amante,

miraba transcurrir, ardiendo en ira,

como un siglo de angustias cada instante.

 

¡Qué solitario y tétrico suspira

el corazón que osado se levanta

y en su delirio a lo imposible aspira!

 

La esperanza del hombre es arpa santa:

pulsa la fe sus cuerdas, y sublime

en medio del dolor, preludia y canta.

 

Mas si con mano bárbara le oprime

el vil recelo, estéril y cobarde,

en medio del placer, se rompe y gime.

 

Haciendo de mi amor público alarde,

por las calles de Palma te seguía

una tarde de abril. ¡Qué hermosa tarde!

 

El sol su excelsa majestad hundía

en el seno del mar, con sus fulgores

arrebolando el término del día,

 

y llenaban el aire esos rumores

que despiertan, abriendo su capullo

a los besos del céfiro, las flores.

 

De las palomas el sentido arrullo,

el sonoro bullir de las corrientes,

del viento y de las hojas el murmullo,

 

todo inspiraba al corazón ardientes

y tenaces deseos; todo amaba,

auras y flores, pájaros y fuentes.

 

En árabe corcel, que levantaba

nubes de polvo al estampar su huella,

y el duro freno indómito tascaba,

 

en pos de ti, que pudorosa y bella

recatabas la faz, con paso lento

iba yo a impulsos de mi negra estrella.

 

Súbito, arrebatado pensamiento

turbó mi juicio y removió las heces

de mi amargo pesar y mi tormento;

 

recordé con furor tus esquiveces,

sentí en el corazón la mordedura

de la sospecha ruin, una y mil veces,

 

y descompuesto, ciego, en mi locura

al inquieto corcel piqué la espuela,

para alcanzar por fuerza mi ventura.

 

Tú, como el ave que azorada vuela,

lanzaste un grito de terror, el grito

de la honrada virtud que se rebela.

 

Sin duda el hondo torcedor maldito

que excitaba mi afán y mis enojos

debiste ver en mi semblante escrito,

 

porque cayendo atónita de hinojos,

rígida y sin color como una muerta

volviste a mi los espantados ojos.

 

La calle estaba, por tu mal, desierta,

y ya creía en mi febril anhelo

fácil el triunfo y mi ventura cierta,

 

cuando de pronto, alzándote del suelo,

hacia una iglesia gótica cercana

avanzaste veloz, clamando al cielo.

 

Muda de asombro y confusión la anciana

que te seguía, penetró contigo

en la augusta basílica cristiana,

 

y yo ¡insensato! -con horror lo digo-

provocando de Dios el justo fallo

al bruto indócil apliqué el castigo;

 

hizo sonar su endurecido callo

en las losas del atrio, y de repente

dentro del templo me encontré a caballo.

 

Lo que entonces pasó, no habrá quien cuente:

sé que al verme llegar pálido y fiero

corrió sordo rumor entre la gente;

 

que trastornado yo, pero altanero,

en torno las miradas revolvía,

acariciando el puño de mi acero,

 

y que con pompa abrumadora y fría

un helado cadáver en la cumbre

del enlutado túmulo yacía.

 

De los blandones la rojiza lumbre

reverberando en los bordados de oro,

el pasmo de la absorta muchedumbre;

 

de la terrible música el sonoro

raudal, que con los rezos confundido,

inundaba la nave desde el coro;

 

el ronco Miserere, ese gemido

de nuestra vanidad, que brilla apenas

para caer en perdurable olvido;

 

todo, mezclado con mis propias penas,

condenaba mi intento temerario

y el calor apagaba de mis venas.

 

Me pareció que de su obscuro osario

alzábanse los muertos con estruendo,

envueltos en su fúnebre sudario.

 

Helóseme la sangre, y revolviendo

con ímpetu el rendal, gané la puerta,

de mi conciencia amedrentada huyendo,

lívido el rostro y la mirada incierta.



Canto segundo

Insomnio

Mi caballo, sintiendo el acicate

y no la brida, abandonada y suelta,

salió escapado con furioso embate.

 

La atropellada multitud, envuelta

en el espeso polvo del camino,

me apostrofaba enérgica y resuelta.

 

Pero yo, como el raudo torbellino

que al través de los bosques se abre paso,

avanzaba frenético y sin tino.

 

Falto de aliento, de vigor escaso,

iba como la seca y móvil hoja

al impulso del viento y del acaso.

 

Poco a poco el temor y la congoja

fueron cediendo; recobré el estribo,

con mano firme aseguré la floja

 

y descuidada rienda, erguime altivo,

y lentamente hacia el paterno techo

retrocedí cansado y pensativo.

 

Arrojeme sin fuerzas en el lecho,

y contra mí frenético y sañudo,

herí mi frente, desgarré mi pecho.

 

Como si atara mi garganta un nudo

pugnaba por gritar, y no podía,

porque el dolor que se desborda es mudo.

 

¡Noche de insomnio, noche de agonía,

que vives ¡ay! en mi memoria impresa

con indelebles rasgos todavía!

 

¡Aún tiemblo de pavor! Al hacer presa

la calentura en mí, formas extrañas

se destacaron de la sombra espesa.

 

Híbridos monstruos, fieras alimañas,

trasgos y espectros espantosos, hijos

del fuego abrasador de mis entrañas,

 

al par deslumbradores y prolijos

revolaban en torno de mi frente,

con sus ojos de luz, siempre en mí fijos.

 

Y en el círculo tú, resplandeciente

como la estrella matutina, muda

como el pudor, como el amor, ardiente,

 

mostrándote a mi afán, medio desnuda,

confuso el rostro, palpitante el seno

cual la virtud que desfallece y duda,

 

con blando halago, de promesas lleno,

como nunca gozaron los mortales,

soltabas ¡ay! a mi pasión el freno.

 

Yo, rompiendo los diáfanos cendales

que te envolvían, con hambrientos ojos

devoraba tus formas virginales,

 

esclavo de mis lúbricos antojos,

vencido por el lánguido embeleso

de tu húmeda pupila y labios rojos,

 

de mi amante ilusión en el exceso,

extático y dichoso hubiera dado

mi eternidad de gloria por un beso.

 

¡Por un beso no más! Desesperado,

atropellando la medrosa hueste

de monstruos que giraban a mi lado,

 

quise alcanzarte, aparición celeste,

y las manos tendí con desvarío

para rasgar tu inmaculada veste;

 

pero hallé un esqueleto hórrido y frío

que al deshacerse en mis convulsos brazos

exclamaba llorando: «¡Ay, amor mío!»

 

Y bajo la opresión de estos abrazos

de muerte, de estos punzadores goces,

mi corazón saltaba hecho pedazos.

 

Y otra vez, dando incomprensibles voces,

volvían los abortos del mareo

a perseguirme airados y veloces.

 

Y otra vez ofreciéndote en trofeo

a mi imposible amor, te descubría

más cerca y más radiante mi deseo...

 

¿Cuánto duró la fiebre? No sabría

decirlo: sé que sonrosada y bella

calmó mi ardor la claridad del día.

 

¡Ay! a juzgar por la profunda huella

que el dolor dejó en mí, duró las horas

de mi edad juvenil la noche aquella.

 

Huyeron las visiones tentadoras

a la naciente luz, con manso ruido

batió el sueño sus alas bienhechoras,

 

y como el gladiador, que ya rendido,

el postrer golpe resignado espera,

cerré los ojos y perdí el sentido.

 

Ya el sol en la mitad de su carrera,

desparramaba sobre el ancho mundo

su fúlgida y dorada cabellera,

 

cuando saliendo yo de mi profundo

letargo, alcéme triste y macilento

como vuelve a la vida el moribundo.

 

En medio de mi vago aturdimiento

recordé tus ofensas, tan contrito

como espantado de mi loco intento,

 

y buscando el perdón de mi delito

estos versos tracé, que de buen grado

hubiera con mis lágrimas escrito:

 

***

 

«¡Oh Blanca! Cierto que la culpa mía

es grande; ni la oculto ni la niego:

pero vencido por mi humilde ruego

Dios al mismo Luzbel perdonaría.

 

Injusta pena por demás sería

la que impusieres, cuando ve el más ciego

que aviva tu desdén mi amante fuego

y es causa tu rigor de mi porfía.

 

¡Oh mi vida! ¡Oh mi luz! ¡Oh mi esperanza!

Ahógame entre tus brazos si a moverte

mi fervorosa súplica no alcanza.

 

Que yo al morir bendeciré mi suerte,

pues será compasión, y no venganza,

darme en tu seno cándido la muerte.»

 

***

 

Berenguer de Pedralves, mi criado,

animoso y resuelto, halló camino

de entrar en tu mansión, sin ser notado.

 

Encomendé mi carta a su buen tino,

y tal maña se dio, que en plazo breve.

con la respuesta inesperada vino.

 

Quien sienta y sufra como yo, quien pruebe

la esquiva condición de un pecho ingrato,

para el amor de endurecida nieve,

 

ése quizás comprenda el arrebato

con que tu carta abrí, sin que acertara

a entender su enigmático relato:

 

***

 

«Mísera y desdichada criatura,

lamento vuestro error, y le perdono.

Mas ¿quién me guardará de vuestro encono

si en la casa de Dios no estoy segura?

 

»Nada vale la efímera hermosura

con que, sin pretenderlo, os aprisiono.

Dejad que se marchite en su abandono

y alzad los ojos a mayor altura.

 

»Pero si con mi ruego no os obligo,

rompiendo para siempre nuestros lazos

a separaros del amor terreno;

 

»si es para vos piedad y no castigo

hallar la muerte en mis crispados brazos,

venid, que acaso dormirá en mi seno

 

***

 

Era la cita misteriosa y rara;

mas cuando la pasión nos precipita,

¿quién en vanos escrúpulos repara?

 

«A un tiempo mismo -murmuré- me incita

y me desprecia. La razón no acierto;

pero ¿qué importa? Acudiré a la cita.»

 

Y cuando en mi amoroso desconcierto

esto decía, lúgubre y lejana

en los aires vibró, doblando a muerto,

la penetrante voz de una campana.



Canto tercero

La cita

La negra noche su enlutado manto

por la serena atmósfera tendía

con inefable y misterioso encanto.

 

¡Cuánta tristeza y cuánta poesía

en el herido corazón despierta

ese adiós melancólico del día!

 

La luz crepuscular pálida, incierta,

que pasa, se amortigua y desvanece

como recuerdo de esperanza muerta;

 

la muda sombra que impalpable crece,

y a semejanza del dolor humano

todo lo apaga y todo lo obscurece;

 

aquel reposo, de la muerte hermano,

que extingue los latidos de la vida

en la selva, en la cumbre y en el llano;

 

aquel suave silencio que convida

al sueño; aquella soledad suprema,

a la paz del sepulcro parecida;

 

el fulgor de la luna, casto emblema

del doméstico hogar puro y honrado,

que alumbra y da calor, pero no quema;

 

el infinito espacio, tachonado

de innúmeras estrellas, que el camino

señalan de otra patria al desdichado,

 

y son el jeroglífico divino

que en la bóveda inmensa Dios imprime

para enseñar al hombre su destino:

 

todo es en ti patético y sublime,

¡oh noche augusta! para el alma inquieta

que duda y ama, que medita y gime.

 

Esperé, pues, con la ansiedad secreta

del que sueña en cercanas alegrías,

a que la lobreguez fuese completa,

 

y dando suelta a las pasiones mías

perdime entonces, de temor ajeno,

por calles solitarias y sombrías.

 

Insensible mi espíritu sereno

a los siniestros cuentos y consejas

que inventa el vulgo, de aprensiones lleno,

 

altivo, con la capa hasta las cejas

y la mano en el pomo de la espada,

palpitando de amor llegué a tus rejas.

 

Tú aguardabas allí, triste, callada,

inmóvil, como estatua misteriosa

en su lecho de piedra incorporada,

 

y al verme, con palabra recelosa,

tenue como el suspiro comprimido

que del deshecho corazón rebosa,

 

«¡Cuán desgraciada soy! Habéis venido»,

dijiste, alzando la mirada al cielo

y arrancando del alma hondo gemido.

 

«¿Tanto me aborrecéis, que os causa duelo

mi presencia -exclamé- cuando en el mundo

cifro en vos, sólo en vos, todo mi anhelo?»

 

«Quizás os pese y lo lloréis, Raimundo»,

respondiste con voz solemne y grave

como el último adiós del moribundo.

 

Llegué a tu puerta, rechinó la llave,

abrió y entré. Lo que en aquel momento

pasó dentro de mí, nadie lo sabe.

 

La rápida explosión de mi contento

tan recia fue, que atónito y confuso

detuve el paso hasta cobrar aliento.

 

¡Con qué placer mi corazón iluso

vio entonces acortarse la distancia

que tu rigor entre nosotros puso!

 

Sobrecogido penetré en tu estancia,

en aquella mansión tranquila y pura

como los castos sueños de la infancia.

 

De una lámpara de oro la insegura

y vacilante luz, con noble empleo

alumbraba de lleno tu hermosura.

 

¡Ay! a despecho de la edad, aún veo

tu imagen melancólica y esbelta

como jamás la sospechó el deseo.

 

En níveo traje desceñido, envuelta,

por tu gallarda espalda descendía

la cabellera destrenzada y suelta.

 

Tu mirada, fijándose en la mía,

intensa como el rayo y penetrante

la sangre de mis venas encendía.

 

Tímida, ruborosa y anhelante,

con la impresión de la inquietud y el miedo

retratada en tu angélico semblante,

 

me viste aparecer, y con el dedo

mostrándome un sitial, por vez primera

tu labio me llamó, quedo, muy quedo.

 

Y al pronunciar mi nombre, tu voz era

como arrullo de tórtola que anida

y al tierno esposo enamorada espera.

 

De impaciencia y temor el alma henchida,

obediente moví la débil planta,

y a tus pies me postré, luz de mi vida.

 

A tus pies me postré; pero con tanta

agitación, que demudado y frío,

sentí ahogarse la voz en mi garganta;

 

hasta que al fin, como el hinchado río

que se desborda y precipita ciego,

estalló sordamente el amor mío.

 

Y estalló con sus cláusulas de fuego,

con su expresión incoherente y rota

por el halago, y la pasión, y el ruego;

 

con ese dulce cántico que brota

al fecundo calor de una mirada,

y lleva una ilusión en cada nota;

 

con esa breve frase entrecortada

que al morir en los labios adivina

el corazón de la mujer amada,

 

música de las almas, peregrina,

que con suspiros trémulos empieza

y con vibrantes ósculos termina.

 

No sé lo que te dijo mi terneza

entonces: sé que al escuchar mi acento

doblaste blandamente la cabeza;

 

sé que en tu irresistible arrobamiento

más de una vez, a tu pesar, sin duda,

se confundió tu aliento con mi aliento;

 

sé que en aquella prueba áspera y ruda,

tú, en amorosas lides inexperta,

debiste al cielo demandar ayuda;

 

sé -y al profundizar mi herida abierta

aún abundantes lágrimas derramo-

que conmovida, fascinada, incierta,

 

como pobre avecilla que al reclamo

acude presurosa me dijiste

en mis brazos cayendo: «¡Te amo! ¡Te amo!»

 

¿Qué más pude escuchar? ¿Ni quién resiste

al grato influjo de la voz querida,

a un tiempo mismo apasionada y triste?

 

Dentro de mí se engrandeció la vida,

y ante mis ojos fulguró cercana

la dicha ansiada y nunca conseguida.

 

Y te abracé con fuerza sobrehumana,

y mis labios ardientes dejé impresos

¡ay! en los tuyos de encendida grana.

 

Y sentí penetrar aquellos besos

que arrebataba a tu inocencia esquiva,

cual plomo derretido, hasta mis huesos.

 

Ya, redoblando mis esfuerzos, iba

a vencer tu virtud lánguida y yerta,

cuando de pronto sacudiendo altiva

 

la noble frente de rubor cubierta,

me rechazaste atónita y convulsa

exclamando: «¡Jamás! ¡Primero muerta!»

 

Como es ciego el amor que nos impulsa,

tomé por la postrera llamarada

del pudor vacilante tu repulsa.

 

Y te busqué otra vez y acongojada

reprimiste otra vez mi atrevimiento,

diciéndome con voz ronca y ahogada:

 

«¡Soy débil, perdonadme! En vano intento

sofocar mi pasión, que ya no puede

permanecer oculta. ¡Harto lo siento!

 

»Dios no permite que en la sombra quede

comprimido este afán que me consume

el alma mía a sus impulsos cede.

 

»Y cual la violeta que presume

de modesta y humilde, aunque se esconda

revela dónde está con su perfume,

 

»es inútil querer que no responda

al fuego inextinguible en que me abraso,

mi agitación desordenada y honda.

 

»Sabedlo, pues; pero olvidadme. ¿Acaso

debo pensar en el amor terreno

yo, moribunda y triste ave de paso?

 

»Esto soy, esto ansiáis, éste es el seno

donde la muerte os pareciera hermosa.

Ved lo que guarda. ¡Podredumbre y cieno!»

 

Y con mano alterada y temblorosa

descubriste tu pecho carcomido

por repugnante llaga cancerosa.

 

«¡Ay! -dijiste cayendo sin sentido

al contemplar mi horror- ¿Me amabais tanto,

que a robarme la vida habéis venido?»

 

Yo, mudo de estupor, con el espanto

pintándose en mi faz desencajada,

pudiendo apenas reprimir el llanto,

 

vi deshacerse en polvo, en humo, en nada

mis ensueños, mi gloria, mi alegría,

el encanto del alma enamorada.

 

Y sentí bajo el golpe que me hería,

vacío el corazón, vacío el mundo,

hasta la misma inmensidad vacía.

 

Trastornose mi vida en un segundo,

y como aquel a quien del sueño arranca

dolor extraño, insólito, profundo,

 

dando a mi exaltación salida franca,

«¡Blanca! -gemí desesperado, al verte

caer cual ave herida- «¡Blanca, Blanca!

 

»¡Oye mi ruego! ¡Unamos nuestra suerte!»

Mas ¡ay! que sólo al llamamiento mío

contestaba el silencio de la muerte.

 

En mi airado y frenético extravío,

de Dios y de los hombres olvidado

cogí en mis brazos tu cadáver frío,

 

le estreché con furor y arrebatado

besé tu boca lívida, aún caliente,

como nido recién abandonado.

 

Y así hubiera seguido eternamente

abrazado a tus míseros despojos,

ajeno a todo, a todo indiferente,

 

helado el corazón, turbios los ojos,

si no hubiera sentido de improviso

rumor de gente y ruido de cerrojos.

 

Piadoso el cielo, con aquel aviso

quizás volverme la razón perdida

y poner fin a mis angustias quiso.

 

Otra vez, en señal de despedida

posé mis labios en tu faz serena,

y en aquel beso te dejé mi vida.

 

Salí. La noche transparente, llena

de reposo, insultaba mi tormento

parecía escarnecer mi pena,

 

Templó mi fiebre abrasadora el viento

bullicioso y sutil, y más tranquilo

dijo en la soledad mi pensamiento:

 

«¡Mundo engañoso, adiós! Rompiose el hilo

que me ligaba a ti, y en su regazo

la religión me prestará un asilo.

 

»Unió la muerte con estrecho lazo

nuestras almas, ¡oh Blanca de Castelo!

Mi senda es fatigosa; pero el plazo

breve y seguro. ¡Espérame en el cielo!»

 

 

10 de febrero de 1875

 

 

Tristezas



Cuando recuerdo la piedad sincera

con que en mi edad primera

entraba en nuestras viejas catedrales,

donde postrado ante la cruz de hinojos

alzaba a Dios mis ojos,

soñando en las venturas celestiales;

 

hoy que mi frente atónito golpeo,

y con febril deseo

busco los restos de mi fe perdida,

por hallarla otra vez, radiante y bella

como en la edad aquella,

¡desgraciado de mí! diera la vida.

 

¡Con qué cándido amor, niño inocente,

prosternaba mi frente

en las losas del templo sacrosanto!

Llenábase mi joven fantasía

de luz, de poesía,

de mudo asombro, de terrible espanto.

 

Aquellas altas bóvedas que al cielo

levantaban mi anhelo;

aquella majestad solemne y grave;

aquel pausado canto, parecido

a un doliente gemido,

que retumbaba en la espaciosa nave;

 

las marmóreas y austeras esculturas

de antiguas sepulturas,

aspiración del arte a lo infinito;

la luz que por los vidrios de colores

sus tibios resplandores

quebraba en los pilares de granito,

 

haces de donde en curva fugitiva,

para formar la ojiva

cada ramal subiendo se separa,

cual del rumor de multitud que ruega,

cuando a los cielos llega,

surge cada oración distinta y clara;

 

en el gótico altar inmoble y fijo

el santo Crucifijo,

que extiende sin vigor sus brazos yertos,

siempre en la sorda lucha de la vida,

tan áspera y reñida

para el dolor y la humildad abiertos;

 

el místico clamor de la campana

que sobre el alma humana

de las caladas torres se despeña,

y anuncia y lleva en sus aladas notas

mil promesas ignotas

al triste corazón que sufre y sueña;

 

todo elevaba mi ánimo intranquilo

a más sereno asilo,

religión, arte, soledad, misterio...

todo en el templo secular hacía

vibrar el alma mía,

como vibran las cuerdas de un salterio.

 

Y a esta voz interior que sólo entiende

quien crédulo se enciende

en fervoroso y celestial cariño,

envuelta en sus flotantes vestiduras

volaba a las alturas,

virgen sin mancha, mi oración de niño.

 

Su rauda, viva y luminosa huella

como fugaz centella

traspasaba el espacio, y ante el puro

resplandor de sus alas de querube,

rasgábase la nube

que me ocultaba el inmortal seguro.

 

¡Oh anhelo de esta vida transitoria!

¡Oh perdurable gloria!

¡Oh sed inextinguible del deseo!

¡Oh cielo, que antes para mí tenías

fulgores y armonías,

y hoy tan obscuro y desolado veo!

 

Ya no templas mis íntimos pesares,

ya al pie de tus altares

como en mis años de candor no acudo.

Para llegar a ti perdí el camino,

y errante peregrino

entre tinieblas desespero y dudo.

 

Voy espantado sin saber por dónde;

grito, y nadie responde

a mi angustiada voz; alzo los ojos

y a penetrar la lobreguez no alcanzo;

medrosamente avanzo,

y me hieren el alma los abrojos.

 

Hijo del siglo, en vano me resisto

a su impiedad ¡oh Cristo!

Su grandeza satánica me oprime.

Siglo de maravillas y de asombros,

levanta sobre escombros

un Dios sin esperanza, un Dios que gime,

 

¡y ese Dios, no eres tú! No tu serena

faz, de consuelos llena,

alumbra y guía nuestro incierto paso.

Es otro Dios incógnito y sombrío:

su cielo es el vacío,

sacerdote el Error, ley el Acaso.

 

¡Ay! No recuerda el ánimo suspenso

un siglo más inmenso,

más rebelde a tu voz, más atrevido:

entre nubes de fuego alza su frente,

como Luzbel, potente;

pero también, como Luzbel, caído.

 

A medida que marcha y que investiga,

es mayor su fatiga,

es su noche más honda y más obscura,

y pasma, al ver lo que padece y sabe,

cómo en su seno cabe

tanta grandeza y tanta desventura.

 

Como la nave sin timón y rota,

que el ronco mar azota,

incendia el rayo y la borrasca mece

en piélago ignorado y proceloso,

nuestro siglo-coloso

con la luz que le abrasa resplandece.

 

¡Y está la playa mística tan lejos!...

a los tristes reflejos

del sol poniente se colora y brilla.

El huracán arrecia, el bajel arde,

y es tarde, es ¡ay! muy tarde

para alcanzar la sosegada orilla.

 

¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,

a todo yugo ajeno,

que al impulso del vértigo se entrega,

y al través de intrincadas espesuras,

desbocado y a obscuras

avanza sin cesar y nunca llega.

 

¡Llegar! ¿Adónde?... El pensamiento humano

en vano lucha, en vano

su ley oculta y misteriosa infringe.

En la lumbre del sol sus alas quema,

y no aclara el problema,

ni penetra el enigma de la Esfinge.

 

¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto

que tu poder no ha muerto!

Salva a esta sociedad desventurada,

que bajo el peso de su orgullo mismo

rueda al profundo abismo,

acaso más enferma que culpada.

 

La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,

en nuestras almas deja

el germen de recónditos dolores,

como al tender el vuelo hacia la altura,

deja su larva impura

el insecto en el cáliz de las flores.

 

Si en esta confusión honda y sombría

es, Señor, todavía

raudal de vida tu palabra santa,

di a nuestra fe desalentada y yerta

«¡Anímate y despierta!

-como dijiste a Lázaro- ¡Levanta!»

30 de junio de 1874.



París

Una calle de la capital de Francia en 1871.-Vense a lo lejos las llamas del incendio de las Tullerías, del Palacio de la Ciudad, del Ministerio de Hacienda y de algunos edificios particulares.-Grupos de hombres, mujeres y muchachos harapientos cruzan tumultuariamente la escena en direcciones contrarias, dando gritos desaforados.-A intervalos atruena el espacio el estampido del cañón.-Es de noche.



BURGUÉS.-DEMAGOGO



BURGUÉS

                                           ¿A dónde vas, blandiendo enardecido

                                        esa antorcha fatal?

DEMAGOGO

                                                                        Corro a la lucha.

                                        ¡Ay! el ronco y frenético alarido

                                        que amedrentada tu conciencia escucha,

                                        es la voz de la plebe que se agita

                                        y me llama a la lid...

BURGUÉS

                                                                            ¡Terrible acento

                                        en donde el odio universal palpita!

DEMAGOGO

                                        Di, más bien, el humano sufrimiento.

                                        Di, más bien, el dolor acumulado

                                        por largos años de opresión, que estalla,

                                        y como el hondo mar alborotado

                                        no reconoce a sus furores valla.

                                        Esa masa viviente es el compendio

                                        del infortunio y la miseria...

BURGUÉS

                                                                                        ¡Oh, calla!

DEMAGOGO

                                           El populacho vil, la ruin canalla,

                                        el Cristo expuesto a duro vilipendio

                                        de siglo en siglo os llama a la pelea,

                                        y por el mundo atónito pasea

                                        su igualadora cólera: el incendio.

BURGUÉS

                                        En el nombre de Dios te cierro el paso.

DEMAGOGO

                                           ¿En el nombre de Dios?... ¿Existe acaso?

                                        Aparta, o con la punta de mi daga

                                        ancho camino me abriré. ¿Y se atreve

                                        tu voz sumisa, que el terror apaga,

                                        a invocar ese nombre? No: no cedo.

                                        Dios es vana invención, Dios es el miedo

                                        que sujeta las iras de la plebe.

                                        Rota está la cadena. ¡La habéis roto!

                                        Vuestra burla sacrílega y aleve

                                        hizo pedazos el fraterno voto

                                        que ennoblecía el corazón humano.

                                        ¡Ya nuestra queja se trocó en rugido!

                                        ¿Sin el temor de Dios vive el tirano

                                        y queréis que le sienta el oprimido?

BURGUÉS

                                        ¡Calla, insensato, calla!

DEMAGOGO

                                                                               Si mis labios

                                        ofenden tu pudor, hieren tu oído,

                                        no me culpes a mí, culpa a tus sabios,

                                        que del error apóstoles han sido.

                                        ¿Imagináis quizás que entre los muros

                                        de los liceos, aulas y academias,

                                        mueren como un rumor vuestros impuros

                                        alardes, vuestras cínicas blasfemias?

                                        El verbo humano, como el sol, inunda

                                        de luz, hasta los antros más obscuros,

                                        y en el fango los gérmenes fecunda.

                                        Las alas de la voz toma la idea:

                                        halla el espacio a su altivez estrecho,

                                        y encarna, alienta, se transforma en hecho

                                        al surgir del cerebro que la crea.

                                        Y yo, que sólo para odiaros vivo,

                                        soy el hecho feroz y vengativo,

                                        brutal engendro de la ciencia atea.

BURGUÉS

                                        Recobra tu razón. ¿Dónde, iracundo,

                                        pretendes ir? El vértigo te arrastra;

                                        París, cabeza y corazón del mundo,

                                        tiembla de espanto en su soberbio trono.

                                        ¡Es tu madre!

DEMAGOGO

                                                               ¡Mentira! Es mi madrastra,

                                        y acrecientan sus crímenes mi encono.

                                        ¡París, París! Impúdica sirena,

                                        monstruo de iniquidad, que en áurea copa

                                        de vil deleite hasta los bordes llena,

                                        brindas tu inmensa corrupción a Europa.

                                        ¿Habrá quizás costumbre disoluta,

                                        lúbrico anhelo, crapulosa orgía

                                        que ignores tú, malvada prostituta,

                                        más codiciosa y torpe cada día?

                                        A la margen sentada del camino,

                                        con faz lasciva y desenvuelto pecho,

                                        ofreces al cansado peregrino

                                        en tu ardiente regazo inmundo lecho.

                                        Y en él duerme las horas sin medida

                                        del ocio y del placer, y allí envilece

                                        los más santos afectos de la vida,

                                        el sentimiento del deber olvida

                                        y en rápidos instantes envejece.

                                        ¿Qué has hecho tú de la conciencia humana?

                                        ¿Qué fibra has respetado? ¿Qué pureza

                                        ha resistido a tu atracción tirana?

                                        ¿Dónde acaba tu infamia? ¿Dónde empieza?

                                        Al calor de tus locos devaneos,

                                        bajo el goce bestial que los hostiga,

                                        van en ti, como indómita cuadriga,

                                        sueltos y desbocados los deseos.

                                        Templos, circos, palacios, coliseos,

                                        aras son, que erigiste a la Materia,

                                        tu dios y el mío, y despreciable en todo,

                                        en abismos de horror y de miseria

                                        fabricas sus imágenes de lodo.

                                        Infecto lodo, que de ti recibe

                                        la forma de mujer encantadora,

                                        que en tus dorados lupanares vive

                                        y tus incautas víctimas devora;

                                        que el más helado corazón inflama

                                        y con brazos de fuego le encadena,

                                        porque es su cuerpo de fundente llama,

                                        su risa de ángel, su intención de hiena.

                                        Todo se agita y se revuelve en torno

                                        de esa deidad abominable, impura:

                                        la moda, esclava complaciente, apura

                                        los torpes incentivos del adorno,

                                        la industria sus caprichos, la pintura

                                        sus colores, sus fúlgidos destellos

                                        la rica y avarienta orfebrería,

                                        que concentra la luz en los cabellos

                                        y el albo seno de la diosa impía.

                                        El arte, como viejo descreído

                                        a quien el ansia de gozar ofusca,

                                        a tus plantas postrado sólo busca

                                        el halago grosero del sentido.

                                        Y el noble coro de las Nueve Hermanas,

                                        con ardiente y frenético arrebato

                                        al pie del ara sin descanso gira.

                                        Terpsícore desnuda a las livianas

                                        danzas se entrega: desgreñada Erato

                                        entrelaza de pámpanos su lira;

                                        mancha Talía la ruidosa escena

                                        con la farsa sacrílega y obscena,

                                        y ennegreciendo su inmortal destino

                                        Euterpe licenciosa, con garganta

                                        seca y enronquecida por el vino,

                                        báquicos himnos al desorden canta.

                                        Muerta está la virtud, el honor muerto,

                                        y es difícil hallar en el naufragio

                                        tabla de salvación y amigo puerto;

                                        que todo con sus olas lo han cubierto

                                        la lujuria, el escándalo y el agio.

                                        Vencida por tus ciegos apetitos,

                                        ¡adúltera ciudad! ¡vaso de horrores!

                                        no has escuchado los tremendos gritos

                                        de los odios, venganzas y rencores,

                                        que en la noche sin fin de tus placeres

                                        la insaciable codicia aglomeraba.

                                        Cegó tus ojos engañosa nube,

                                        y hoy, del abismo a devorarte sube,

                                        tu propio cieno convertido en lava.

                                        ¡No tuviste piedad y no la esperes!

                                        ¡Ya tu grandeza vergonzosa acaba,

                                        pudridero del mundo!

BURGUÉS

                                                                             ¿Qué más quieres?

                                        Deja que la oración reparadora

                                        restaure su virtud si te horroriza

                                        la triste enormidad de sus pecados.

DEMAGOGO

                                        Si es que sabe rezar, rece en buen hora.

                                        Mas que humille su frente en la ceniza

                                        de sus ricos alcázares quemados.

                                        ¡Yo no sé perdonar!

BURGUÉS

                                                                         Pero ¿qué dices,

                                        aborto de impiedad, Caín eterno,

                                        árbol de maldición cuyas raíces

                                        se pierden en las sombras del infierno?

                                        Tú, plebe inculta, que la férrea mano

                                        alzas contra la ley; tú, que exasperas

                                        todas las iras del linaje humano;

                                        tú, sierva imbécil de Nerón tirano;

                                        tú, la más implacable de sus fieras,

                                        cuando en el ancho Circo recogías

                                        el pan mojado en sangre generosa,

                                        y el brutal espectáculo aplaudías;

                                        tú, que en el trance memorable y triste

                                        de nuestra redención, con pavorosa

                                        maldad y corazón empedernido,

                                        cuando a tu antojo disponer pudiste

                                        del justo y del culpado, preferiste

                                        a la vida de Dios la de un bandido;

                                        tú, que en todos los tiempos has vendido

                                        tu libertad al déspota, tu diestra

                                        al crimen, tu razón a la mentira,

                                        incitadora de Marat, maestra

                                        de Robespierre, horror de quien te mira;

                                        ¡tú transformada en juez! ¿Con qué derecho?

                                        ¿Con qué razón?

DEMAGOGO

                                                                     Con la razón del hecho.

BURGUÉS

                                        El orgullo te ciega. ¿Qué has logrado,

                                        ni qué podrás lograr? Surco profundo

                                        abre en la tierra el hierro del arado;

                                        pero nada produce, nada crea

                                        si falta la semilla. Es infecundo.

                                        ¿Qué semilla es la tuya? ¿Con qué idea

                                        piensas regir y dominar el mundo?

                                        ¿Qué nueva y santa religión proclamas?

                                        ¿Qué salvadora aspiración? ¿Qué quieres?

                                        De Dios reniegas, su justicia infamas,

                                        intentas convertir nuestras mujeres

                                        en hembras viles, quebrantando el lazo

                                        que la pasión con el deber concilia,

                                        que dignifica el conyugal abrazo

                                        y consagra el hogar de la familia.

                                        Odias la autoridad, odias el freno

                                        social, odias la paz, y avaricioso

                                        pones los ojos en el bien ajeno,

                                        que juzgas propio en tu soberbia insana:

                                        la bestia es tu ideal ignominioso,

                                        y en la sorda explosión de tu perfidia

                                        quieres pasar sobre la raza humana

                                        el nivel vengativo de tu envidia.

                                        ¿Cómo podré negar que la gangrena

                                        nos roe el corazón? ¿Que sube y crece

                                        la letal podredumbre, y envenena

                                        el aire, y las conciencias ennegrece,

                                        y nuestras almas débiles estraga?

                                        ¿Quién no ve con terror el precipicio?

                                        Pero nosotros a la inmunda llaga

                                        llamamos llaga inmunda, y vicio al vicio.

                                        ¡Aún tenemos pudor! Y aunque condenes

                                        nuestra depravación, tú no le tienes.

                                        Guardamos, llenos de dolor, oculto

                                        el canceroso mal dentro del pecho.

                                        Tú le eriges altar, le rindes culto

                                        y le llamas ¡oh bárbaro! Derecho.

                                        ¡No pretendas vencer! Sangrienta guerra

                                        tus cadenas rompió, y alborotado

                                        haces crujir los ejes de la tierra;

                                        pero otra vez a tu cubil, atado

                                        te volverá la indignación humana.

DEMAGOGO

                                        No podrá.

BURGUÉS

                                                          ¡Los instantes son supremos!

DEMAGOGO

                                        Soy tu señor; ¡humíllate!

BURGUÉS

                                                                                  Mañana

                                        aplastaré tu frente.

DEMAGOGO

                                                                        ¡Lo veremos!

BURGUÉS

                                        Para lanzarte en el profundo abismo...

DEMAGOGO

                                        Para romper tu insoportable yugo

                                        yo tengo mi rencor...

BURGUÉS

                                                                           Yo mi egoísmo.

DEMAGOGO

                                        Yo el incendio voraz.

BURGUÉS

                                                                            Y yo el verdugo.

EL POETA

                                           ¡Error, error! Ni el egoísmo ciego,

                                        ni el odio, ni el verdugo, ni la llama

                                        podrán domar el concentrado fuego

                                        que vuestros fieros ánimos inflama.

 

                                           Y será más terrible y más sombría

                                        la espantosa tragedia, si en la lucha,

                                        la ronca voz de la venganza impía

                                        vuestra loca pasión tan solo escucha.

 

                                           ¡Oh! santa Caridad, hija del cielo,

                                        hermana del dolor, virtud sublime,

                                        que el bálsamo divino del consuelo

                                        ofreces ¡ay! al corazón que gime;

 

                                           y tú, Resignación, tú, fortaleza

                                        del desgraciado, que en sus tristes horas

                                        levanta con orgullo la cabeza,

                                        si lle prestas valor y con él lloras;

 

                                           devolved a las almas el reposo,

                                        y en medio de este piélago alterado,

                                        amansa ¡oh Caridad! al poderoso,

                                        templa ¡oh Resignación! al desdichado.

 

París 18 de julio de 1873.



A la patria

Himno con motivo de la paz

Dorando la alta cumbre

la ansiada aurora llega,

y ante la viva lumbre

que el ancho espacio anega,

cobarde se repliega

la densa obscuridad.

Ya baña el horizonte

la luz que Dios envía:

ya mar, y valle, y monte

colora el nuevo día.

Ya todo es alegría.

¡Poetas, despertad!

 

La paz tiende su manto

desde el Pirene a Gades:

alzad el himno santo

en campos y en ciudades,

y admire a las edades

vuestro inmortal clamor.

Ascienda en raudo vuelo

la voz de la alabanza,

como cóndor que al cielo

intrépido se lanza,

Cantad a la esperanza:

yo cantaré al dolor.

 

No es que al deber ajeno

desdeñe la ventura

que de tu herido seno

las penas templa y cura.

Alma tan seca y dura

no alienta ¡oh Patria! en mí.

Acaso al ver hollada

tu majestad suprema,

¿no fue mi lira espada?

mi voz ¿no fue anatema?

Aún mis mejillas quema

el llanto que vertí.

 

¿Soy el poeta, acaso,

de las felices horas,

que calla en el ocaso

y canta en las auroras?

¿No estalla, cuando lloras,

mi ardiente indignación?

Pero hoy que conseguiste

cobrar el bien perdido,

y espléndida, aunque triste,

la paz ha renacido,

canto al dolor, que ha sido,

tu santa redención.

 

Enigma de la Historia

y escándalo del mundo,

de tu pasada gloria

so el árbol infecundo,

yacías en profundo

letargo secular.

Del fanatismo esclava,

en noche eterna y fría,

tan sólo iluminaba

tu mísera agonía,

la lámpara que ardía

delante del altar.

 

Perdida en tu camino

y a obscuras tu conciencia,

el arte sin destino,

sin libertad la ciencia,

tu antigua omnipotencia

no renació jamás,

Pirámide ostentosa

alzada en el desierto,

do incógnita reposa

la vanidad de un muerto,

¡oh Patria! tu famosa

grandeza era no más.

 

Llamando con su espada

de súbito a tu puerta,

gritó la inesperada

catástrofe: «¡Despierta!»

y el águila su abierta

garra en tu pecho hincó.

¡Oh asombro! Bajo el fiero

dolor de la ancha herida

tus músculos de acero

cobraron nueva vida:

rugiste enfurecida

y el águila tembló.

 

Perdona si la austera

verdad acato y digo:

dolor que regenera

es premio y no castigo.

Confieso que contigo

inexorable fue.

Cuando te vio a la falda

del monte, soñolienta,

tendió sobre tu espalda

su azote y la tormenta;

te exasperó la afrenta,

y te pusiste en pie.

 

Ardieron tus hogares.

y con mortal quebranto

corrió la sangre a mares

mezclada con tu llanto.

¡Cuánto sufriste, y cuánto

duró tu adversidad!

Pero pasó el torrente,

el sol doró tus ruinas,

y excelsa, refulgente,

aunque ciñendo espinas,

apareció en Oriente

tu augusta libertad.

 

¡Ah! Desde entonces luchas

con la traidora hiena,

y su rugido escuchas

impávida y serena.

Tres veces en la arena

domaste su furor.

Cuando tus ansias cesen,

y en tiempos más felices

honrados hijos besen

tus santas cicatrices,

verás como bendices

los frutos del dolor.

 

Él con potente mano

labra, organiza y crea

cuando en el yunque humano

con hondo afán golpea

para forjar la idea

que es vida, es verbo, es luz.

Los que dichosos duermen

no sueñan con el cielo:

siempre el dolor fue germen

de algún gigante anhelo,

y Dios, bajando al suelo,

le consagró en la Cruz.

18 de marzo de 1876.



 

Elegía

A la memoria del insigne historiador y poeta portugués Alejandro Herculano

Si es cierto que la pena compartida

llega a calmarse, porque el llanto ajeno

es para el triste bálsamo de vida;

 

si es verdad ¡ay! que el afligido seno,

cuando piedad encuentra y blando abrigo,

más reposado late y más sereno;

 

permite ¡oh Portugal! que un pueblo amigo,

ante la humilde tumba de Herculano,

mostrándote su amor, llore contigo.

 

***

 

¡Ya no existe el poeta! Pero en vano

querrá la muerte arrebatar la gloria

del más insigne genio lusitano.

 

Él con su ciencia engrandeció la Historia,

él exaltó la santa poesía,

y él impondrá a los siglos su memoria.

 

Cantor de vigorosa fantasía,

pulsó inspirado el Arpa del Creyente

y amó la libertad. ¡Quién no ama el día!

 

No dobló al yugo del temor su frente,

ni la lisonja vil manchó su labio,

ni abatió al débil, ni ensalzó al potente.

 

De la austera verdad en desagravio,

se opuso a la invasión de la mentira

con fe de artista y convicción de sabio.

 

Enérgico y tenaz, pero sin ira,

combatió en pro de su fecunda idea

con la voz, con la espada y con la lira.

 

Harto ya de luchar, buscó en la aldea

la dulce calma, el apacible encanto

que perdió en el fragor de la pelea,

 

y hoy en rústico y pobre camposanto

sus restos guarda honrada sepultura,

que el pueblo portugués riega con llanto.

 

***

 

¡Feliz el alma que al romper su obscura

cárcel, de eterno lauro coronada,

vuelve al seno de Dios intacta y pura!

 

ejemplo sea nuestra Edad menguada,

en que más de un ingenio peregrino

en el fango del mundo se degrada,

 

y contrariando su inmortal destino,

como ramera sin pudor, ofrece

al éxito brutal su estro divino.

 

¡Ah! grande podrá ser, mas no merece

loa ni encomio el pensamiento humano

que se humilla, y se arrastra, y se envilece.

 

¿Quién al águila audaz, que el soberano

vuelo remonta, comparar podría

con el reptil inmundo del pantano?

 

***

 

¡Oh religión del arte! ¡Oh Poesía!

¡Comunión de las almas cuando llevas

la paz, el bien y la razón por guía!

 

¡Cuando contra la infamia te sublevas,

y con no usada majestad, el vuelo

hasta el principio de la luz elevas!

 

Pliega tus alas en señal de duelo,

y ante esa pobre tumba deposita

tu más preciada flor: ¡la fe en el cielo!

 

Rinde esa flor, que nunca se marchita,

¡ay! a quien solo, sí, mas no olvidado,

duerme a la sombra de la cruz bendita.

 

A quien fue por tu numen exaltado,

de rica inspiración raudal fecundo

y tu apóstol al par que tu soldado.

 

Rompe el silencio lóbrego y profundo

que cubre el polvo desligado y frío

del que llevaba en su cerebro un mundo.

 

¡Ay! ya ese mundo estéril y sombrío

no animarán los sueños de la vida:

¡ya no le animarán! ¡Está vacío!

 

Alas bastan a su fama esclarecida

las altas creaciones del poeta,

do su gran alma nos dejó esculpida.

 

***

 

¡Cuán bien nos pinta la inquietud secreta

del sacerdote que consigo mismo

combate sin cesar como un atleta!;

 

¡que ama y lucha a la vez con heroísmo,

y ve rodar sin gloria ni esperanza

su patria y su virtud hacia el abismo!

 

Cuando esparciendo el odio y la matanza,

la morisma feroz salva el Estrecho

y cual torrente incontrastable avanza

 

ante el imperio gótico deshecho,

la pasión insensata que le oprime,

con sacrílego ardor le abrasa el pecho.

 

Y llora, y tiembla, y se retuerce, y gime,

y sólo a costa de la inútil vida

de sus perpetuos votos se redime.

 

¡Cayó en el campo del honor! La herida

anticipó su fin; pero él llevaba

la muerte en sus entrañas escondida.

 

¡Ay! ¿En qué corazón, rugiente y brava,

no estalla, en horas de incurable duelo,

la rebelión de la materia esclava?

 

¿A quién, alguna vez, con hondo anhelo

la sed de lo imposible no le acosa?

¿Quién no ha soñado en escalar el cielo?

 

***

 

Surge después la imagen luminosa

del arquitecto Alfonso, que en su extrema

y ciega ancianidad, aún no reposa.

 

Le designó la voluntad suprema

para labrar maravilloso templo,

y es forzoso que acabe su poema.

 

De su viril constancia ante el ejemplo,

¡con cuánta angustia de la Edad presente,

la vergonzosa indecisión contemplo!

 

Incrédula, dudosa, indiferente,

lidia sin fe, sin convicción se agita,

y no acierta a explicarse lo que siente.

 

Ya con sordo fragor se precipita,

como el alud del monte, ya asustada

los hierros del esclavo solicita.

 

Sigue rebelde o sierva su jornada,

y más que al ruego, al látigo obedece

¡ay! cuando no vencida, fatigada.

 

***

 

Ante esa sociedad que desfallece,

del inspirado artista la figura

¡cuán excelsa a mis ojos resplandece!

 

Lleno de genio, edificar procura

alta y extensa bóveda, que sea

terror y pasmo de la Edad futura.

 

Acariciando su arriesgada idea,

cual padre cariñoso, con tranquila

majestad se consagra a su tarea.

 

El pueblo se estremece y horripila

al comprender su temerario empeño,

y él mismo alguna vez duda y vacila.

 

-¿No pudiera, en verdad, ser el diseño

de la atrevida y portentosa nave

la irrealizable concepción de un sueño?

 

¿Acierta? ¿Se equivoca? ¡Quién lo sabe!-

Todos son juicios, cálculos y asombros.

Pero él decide, resignado y grave,

 

enterrar su vergüenza en los escombros

y si decreta Dios la infausta ruina,

recibirla impertérrito en sus hombros.

 

¡Dichoso ciego a quien la fe ilumina!

Su ardor redobla en la animosa empresa,

y la admirable fábrica termina.

 

Derríbase, por fin, la selva espesa

de cimbras y pilares, y el espanto

es en todos mayor que la sorpresa.

 

Quedó desierto el templo sacrosanto,

y el noble viejo en éxtasis divino,

con sus ojos sin luz, mas no sin llanto

 

solo, abstinente, orando de contino,

vivió esperando hasta el tercero día

la catástrofe horrenda que no vino.

 

Y la imponente nave todavía,

inmóvil cual granítica montaña,

el furor de los siglos desafía.

 

***

 

¡Oh anciano ilustre, tu sublime hazaña,

de la dura labor a que se entrega

nuestra razón, el simbolismo entraña!

 

Aunque cansada del trabajo y ciega,

obediente a las leyes que la rigen,

sin cesar edifica, y no sosiega.

 

Dóciles a su voz desde su origen,

los pueblos con ruidosa incertidumbre

el monumento de su gloria erigen.

 

Teme a veces la ignara muchedumbre

que la nave espaciosa venga al suelo,

vencida de su inmensa pesadumbre;

 

mas la razón serena y sin recelo

sabe bien que en sus ejes de diamante

segura está la bóveda del cielo.

 

No caerá, no, porque el varón constante

deseche el miedo, y con afán profundo

en las alas de la ciencia se levante.

 

¡Ah! si hubiese cedido al infecundo

pavor que nuestras almas encadena,

Colón no hubiera descubierto un mundo.

 

***

 

La duda nuestros ímpetus refrena,

abre anchuroso cauce al egoísmo,

y sólo funda en movediza arena.

 

¡Pero no es fácil resistir! Yo mismo,

que deploro su mal, mis horas paso

incierto entre los cielos y el abismo.

 

Herido a un tiempo por el brillo escaso

de un moribundo sol, que lentamente

va cayendo en las sombras del Ocaso,

 

y por la tibia aurora que en Oriente

empieza a despuntar, también vacilo,

y apenas sé dónde posar mi frente.

 

¡Ay! ¿Quién puede, con ánimo tranquilo,

dar la triste y postrera despedida

al dulce hogar que le sirvió de asilo?

 

¡Mas, basta ya de indecisión! La vida

se engrandece al calor de otras ideas

que nos muestran la tierra prometida,

 

y en ciudades, y en campos, y en aldeas

resuena el coro universal que canta

a la naciente luz: «¡Bendita seas!

 

»Tu fulgor, que los orbes abrillanta,

sólo a la negra noche, engendradora

de monstruos y de crímenes, espanta».

 

***

 

¡Quién pudiera a los rayos de esa aurora

los seres convocar que de Herculano

forjó la fantasía soñadora!

 

Pero no abrigo el pensamiento vano

de animar las figuras colosales

que con diestro cincel labró su mano.

 

Las místicas angustias, las mortales

ansias, los rencorosos extravíos,

que él presenta patéticos y reales,

 

rebasarían de los versos míos,

si en ellos contenerlos intentara,

cual de sus cauces los hinchados ríos.

 

***

 

Mas no tan sólo en la región que avara

las ficciones y fábulas encierra,

se abrió camino su razón preclara.

 

Como rayo de sol que se soterra

por ocultos resquicios, e ilumina

los recónditos senos de la tierra,

 

el negro cráter, la profunda mina

y la gruta de abrojos resguardada

que conoce no más fiera dañina,

 

así del vate la sagaz mirada

penetró, fulgurando, en los obscuros

y hondos abismos de la Edad pasada.

 

Y descifrando en los ciclópeos muros

de tan lóbregos antros, los inciertos

signos para allegar datos seguros,

 

buscaba en los sepulcros entreabiertos

de los tiempos antiguos, la memoria

casi perdida de los siglos muertos.

 

Si cuando atormentado por la gloria,

con animoso espíritu escribía

del pueblo portugués la épica historia,

 

la fanática y torpe hipocresía,

medrosa de la luz, no hubiese roto

su pluma de oro, en que irradiaba el día;

 

si en medio del frenético alboroto

de envidiosas calumnias, él no hubiera

hecho de enmudecer solemne voto;

 

el monumento que con fe sincera

quiso alzar a la patria su erudito

y vasto ingenio, perdurable fuera.

 

Fuera como esas moles de granito

que pueblos gigantes que no existen,

sus ya ignorados fastos han escrito.

 

¿Do sus glorias están? ¿En qué consisten?

¿Qué resta de ellos en el mundo? Nada:

las pirámides sólo, que aún resisten.

 

***

 

Esa Historia, entre tantas celebrada,

del egregio Herculano obra maestra,

¡ay! quedará por siempre inacabada.

 

Pero tan raras perfecciones muestra,

que es, y será en los siglos venideros

gloria de Portugal... ¡y también nuestra!

 

¿Por ventura los débiles linderos

que la discordia entre nosotros puso,

han roto nuestros vínculos primeros?

 

Hermanos son el español y el luso,

un mismo origen su destino enlaza,

y Dios la misma cuna los dispuso.

 

Mas aunque fuesen de enemiga raza,

la generosa tierra en que han crecido

con maternal orgullo los abraza.

 

¿A quién importa el rumbo que han seguido?

Dos águilas serán de opuesta zona,

que en el mismo peñón hacen su nido.

 

Ese sol que los sirve de corona,

con torrentes de luz sus campos baña

y sus frutos idénticos sazona.

 

Juntos pueblan los términos de España,

y parten ambos con igual derecho

el mar, el río, el llano y la montaña.

 

Cuando algún invasor, hallando estrecho

el mundo a su ambición, con ellos cierra,

la misma espada los traspasa el pecho.

 

El mismo hogar defienden en la guerra,

el mismo sentimiento los inspira,

cúbrelos al morir la misma tierra,

 

y tan unidos la razón los mira,

como los fuertes dedos de una mano

y las cuerdas vibrantes de una lira.

 

¡Ay! cuando luchan con rencor tirano,

pregunta Dios al vencedor impío:

«¡Caín, Caín, qué hiciste de tu hermano!»

 

Juntos mostraron su indomable brío

en lid reñida, infatigable y fiera,

contra un poder despótico y sombrío.

 

Y juntos alzarán, cuando Dios quiera

poner fin a su mutua desventura

una patria, una ley y una bandera.

 

***

 

Por eso ante la humilde sepultura

que guarda al más insigne de tus hijos,

España ¡oh Portugal! su llanto apura,

 

y en ti sus nobles pensamientos fijos,

acude ansiosa a consolar tus penas;

pero no a compartir tus regocijos.

 

Podrá el recelo ruin, si no le enfrenas,

hacer que el odio entre nosotros cunda,

y no luzcan jamás horas serenas;

 

podrá impedir nuestra unidad fecunda;

mas no evitar que de mi patria el llanto

con el que tú derrames se confunda.

¡No lo conseguirá! ¡No puede tanto!

 

Diciembre de 1877

 

 

Soneto



Cuando de tus desórdenes testigo

te sorprendo en los brazos del tumulto,

¡oh Libertad! avergonzado oculto

mi rostro y sollozando te maldigo.

 

En lucha interna y desigual conmigo

arráncame el dolor airado insulto:

quiero olvidarte, abandonar tu culto,

y ciegamente a mi pesar te sigo.

 

Te sigo a mi pesar. Sueño o quimera

riges mi voluntad, llenas mi vida

y dejaré de amarte cuando muera.

 

Eres como la hermosa fementida

que inspira al alma la pasión primera:

cuanto más inconstante, más querida.

 

1876.



La luz y las tinieblas



La fiera, la titánica batalla

dura y persiste aún:

es el combate entre la ciega sombra

y la fecunda luz.

 

¡Ni un instante de tregua y de reposo!

en la tierra, en el mar,

en el espacio, en la conciencia humana

siempre lidiando están.

 

Al través de los siglos que se empujan

con sorda confusión,

ruedan mezclados la verdad, el día,

la noche y el error.

 

¿Quién vencerá por fin? ¿La negra sombra?

¿La excelsa claridad?...

¡Ay, no lo preguntéis! La horrenda lucha

nunca terminará.

 

Cuando la creación rota y deshecha

vuelva al caos otra vez;

cuando desierta, impenetrable y muda

la inmensidad esté;

 

en el seno del tiempo, en el espacio

sin mundos y sin sol,

seguirá eterno el duelo formidable

entre Satán y Dios.

 

5 de octubre de 1876.



Ante una pirámide de Egipto



                                              Quiso imponer al mundo su memoria

                                           un rey, en su soberbia desmedida,

                                           y por miles de esclavos construida

                                           erigió esta pirámide mortuoria.

 

                                              ¡Sueño estéril y vano! Ya la historia

                                           no recuerda su nombre ni su vida,

                                           que el tiempo ciego en su veloz corrida

                                           dejó la tumba y se llevó la gloria.

 

                                              El polvo que en el hueco de su mano

                                           contempla absorto el caminante ¿ha sido

                                           parte de un siervo o parte del tirano?

 

                                              ¡Ah! todo va revuelto y confundido,

                                           que guarda Dios para el orgullo humano

                                           sólo una eternidad: la del olvido.

 

28 de diciembre de 1879.



A un traidor afortunado



¡Goza, goza en tu infamia! La serena

y osada faz levanta satisfecho:

insulta la virtud, huella el derecho,

y arrostra la opinión que te condena.

 

Como lugar de crímenes que llena

de cruces la piedad, muestra tu pecho,

si para el vil a las perfidias hecho

son premio los honores y no pena.

 

¡Alienta pues! La multitud olvida,

el tiempo envuelve la verdad en dudas,

la historia engaña, el éxito sanciona.

 

Únicamente amargará tu vida

la implacable conciencia, el juez de Judas,

que ni olvida, ni miente, ni perdona.

 

18...



Soneto



Cuando el ánimo ciego y decaído

la luz persigue y la esperanza en vano;

cuando abate su vuelo soberano

como el cóndor en el espacio herido;

 

cuando busca refugio en el olvido,

que le rechaza con helada mano;

cuando en el pobre corazón humano

el tedio labra su infecundo nido;

 

cuando el dolor, robándonos la calma,

brinda tan sólo a nuestras ansias fieras,

horas desesperadas y sombrías,

 

¡ay, inmortalidad, sueño del alma

que aspira a lo infinito! si existieras,

¡qué martirio tan bárbaro serías!

 

14 de noviembre de 1879.



A mi musa

Con motivo de los terremotos de Andalucía

¡Oh Musa, que en el combate

de la vida, no has tenido,

a tu honor rindiendo culto,

lisonjas para el magnate,

injurias para el vencido,

ni aplausos para el tumulto!

 

Como en días de pelea,

si la lástima no embota

ni embarga tu pensamiento,

hoy alza tu canto, y sea

un gemido cada nota

y cada estrofa un lamento.

 

Ante el inmenso quebranto

de la hermosa Andalucía,

da curso a tu angustia fiera;

pero no te impida el llanto

proclamar ¡oh Musa mía!

la verdad, siempre severa.

 

Tus sentimientos acalla,

porque el celo inmoderado

al mísero desvanece,

y en esta humana batalla

quien adula al desgraciado

no le anima: le envilece.

 

Dile más bien: «¡Adelante!

Cumple tu ruda faena

y llora, pero trabaja;

que el varón firme y constante

los estragos de su pena

con el propio esfuerzo ataja.

 

»No estés al pie de las ruinas,

como inútil pordiosero,

indolente y abatido,

y al volver las golondrinas

labrarán en el alero

de tu nueva casa el nido.

 

»Ara, siembra, reedifica,

lucha contra la corriente

del infortunio en que vives,

y enaltece y santifica

con el sudor de tu frente

la dádiva que recibes».

 

Háblale así, Musa honrada,

y en tu noble magisterio

nunca profanes tu lira,

con la adulación menguada,

con el torpe vituperio

ni con la baja mentira.

 

1885.



FIN



Discurso sobre la poesía

     SEÑORES:

     Cediendo a mis gustos e inclinaciones y apartando la mente de los arduos problemas sociales y económicos, tan llenos de incertidumbres y conflictos, me propongo exponeros mi opinión sobre el lugar que corresponde a la poesía lírica en la literatura moderna y emitir mi juicio acerca de algunos de sus más preclaros cultivadores. Forzado por la imperiosa necesidad de concretar mi asunto, porque de otra suerte no cabría tema tan vasto en el espacio de que puedo disponer, no trataré sino de algunas escuelas que en la hora presente se disputan el favor del público, y de los autores que viven gozando de merecido crédito en la república de las letras, únicos de quienes pienso hablar, tan sólo escogeré los muy señalados que por la grandeza de su genio, universalmente reconocida, por la influencia que ejercen en sus respectivos países, o por involuntario error de mi entendimiento, considere dignos de figurar en este sucinto estudio que a vuestra atención consagro.

     Tal vez parezca extemporáneo que cuando tan múltiples y complicadas cuestiones políticas y económicas embargan los ánimos, me ocupe en el examen de un punto de crítica meramente literario; pero por lo mismo que todos sentimos a menudo el amargor de la realidad, entiendo que conviene de vez en cuando dar algún esparcimiento al espíritu, dejándole volar libremente por las serenas regiones del arte. Además, de los escarmentados nacen los avisados, y no quiero, tocando las llagas que corroen el cuerpo social, no por indolentes menos malignas, volver a exponerme sin defensa a las pudibundas censuras de las almas débiles, a la indiferencia de los egoístas y a los groseros ultrajes de cuantos están interesados en que el mal arraigue y cunda.

     Muéveme también a preferir este tema, a más del atractivo que tiene para mí, el propósito de contrarrestar en lo posible la especie de cruzada que en el vulgo literario, tan injusto como impresionable, se ha levantado de algunos años a esta parte contra la poesía. No pretendo entrar en las altas especulaciones a que se presta el problema planteado por eminentes pensadores de la escuela positivista, sobre la suerte reservada en épocas remotas a todas las manifestaciones del arte; las cuales, según cálculos y conjeturas de algunos de ellos, están condenadas a ir gradualmente extinguiéndose hasta desaparecer por completo bajo la continua invasión de la ciencia. Esta tesis, copiosa y sólidamente impugnada desde el mismo campo positivista por sociólogos y estéticos, para quienes el desarrollo mismo de la ciencia, tan prodigioso en nuestros días, y que a juzgar por todos los síntomas aún lo será más en los futuros, ensanchará, lejos de restringir, los dominios de la fantasía y del sentimiento, fuentes inagotables del arte, no me inquieta en lo más mínimo, ni pone en esta ocasión la pluma en mis manos. Mi intención es más modesta. Me resigno ante la idea -quizás porque me infunde poco o ningún temor- de que en la sucesión de los siglos, cuando la ciencia haya llegado a su plenitud descubriendo la causa de todas las causas, cuando haya iluminado, si a tanto alcanza su poder, las hasta ahora impenetrables tinieblas de lo infinito y de lo incognoscible, cuando haya, en fin, encontrado todos los medios de saciar los deseos, de calmar las inquietudes y de curar las heridas de las almas, la poesía perezca envuelta en el cataclismo universal en que han de sucumbir también por innecesarias, la escultura, la pintura y la música. Pero no me someto con la misma mansedumbre a la opinión de aquellos que, sin levantar el pensamiento a concepciones tan complejas sobre los ulteriores destinos de la humanidad, y sólo aguijoneados por el espíritu intolerante de secta, pronostican con tono dogmático, no el aniquilamiento total del arte, en cuya perpetua virtualidad creen, sino la muerte parcial y aislada de la poesía. Desde que el Naturalismo, con la fuerza de expansión que despliegan todas las escuelas filosóficas y políticas en los desvanecimientos de su triunfo, extremó sus principios hasta bastardearlos, declarando guerra sin cuartel a la imaginación, y como si la literatura fuese una rama no más de las ciencias naturales, pretendiendo someterla exclusivamente al régimen de la observación y del experimento, hízose de moda entre ciertas gentes hablar con menosprecio de la poesía, sobre todo de la lírica, y son ya muchos los prosélitos de la nueva doctrina que se consagran a profetizar en artículos, folletos, libros y discursos, la inevitable y próxima ruina del Parnaso. Contra estos feroces sectarios va principalmente encaminado mi trabajo, hijo de la más sincera convicción, porque para mí es artículo de fe que la poesía, acomodándose, como siempre, a las incesantes evoluciones de la civilización, ha de continuar siendo por largo tiempo -al menos hasta que sobrevenga, si es que sobreviene, la general y definitiva catástrofe artística predicha por algunos filósofos- la expresión más pura y conmovedora de las ansias, tristezas y aspiraciones del espíritu humano.

     Descartando, pues, de mi discurso las hipótesis científicas, que aun cuando estén lógicamente construidas, son por su propia naturaleza frágiles e inseguras, y sin salirme de la realidad de los hechos comprobados, me limitaré a afirmar, de acuerdo con autorizadísimos críticos nacionales y extranjeros, que la poesía es, después de la música, el arte cuyo desenvolvimiento ha sido más amplio en el transcurso de los últimos cien años, y el que ha engendrado en este espacio de tiempo, relativamente breve, más obras maestras, o, si parece demasiado aventurada mi proposición, más obras dominadoras. El influjo avasallador ejercido por las producciones de Göethe, Byron, Chateaubriand, Lamartine, Leopardi, Heine y Víctor Hugo, sobre el movimiento intelectual del mundo es tan evidente, que creería ofender vuestra ilustración si me entretuviera en demostrarlo. El teatro, la novela, la crítica, la historia, han vivido de su substancia, y su aliento poderoso ha animado y aún anima aquellas creaciones de la escultura, la pintura y la música con que más justamente se enorgullece nuestro siglo. Pero, prescindiendo de las corrientes generales que, como nacidas en las más elevadas cimas del genio lo han inundado todo al descender sobre la tierra, ¿quién puede desconocer la soberanía que sobre cada literatura particular han ostentado durante este magnífico período los poetas nacionales? ¿Quién se atreve a negar, por ejemplo, la influencia incontestable de Manzoni en las letras italianas, de Alfredo de Musset en las francesas, de Puszkin en las rusas, de Mickiewicz en las polacas, de Herculano en las portuguesas, de Petoefi en las húngaras, de Oeglenschloeger en las dinamarquesas, y finalmente, de Quintana en las españolas? Y cuenta que sólo cito astros de primera magnitud, pues si fuera a conmemorar todos los de segundo orden que han girado en la órbita de nuestra centuria con luz más templada, aunque siempre intensa, honrando sus patrias respectivas, apenas serían suficientes las páginas que debo dedicar a mi discurso para hacer, sin comentario alguno, la sencilla enumeración de sus nombres.

     La poesía (14) ha llegado en el curso del siglo actual a tanta altura, porque rompiendo los diques que la contenían, ha vuelto a sus antiguos cauces, de donde la había desviado el arrollador impulso del Renacimiento. Antes de que esta inmensa revolución surgiera, la poesía, sobre todo en sus formas primitivas, la épica y la religiosa, presentábase en las naciones más importantes de Europa pobre de invención, áspera en el ritmo, y torpe y monótona en la rima. No había encontrado su expresión definitiva, y las lenguas en que balbucía sus primeros vagidos, apenas habían salido de la infancia. Pero era nacional, y cuando algún elemento exótico se introducía en ella, tardaba poco en asimilárselo, haciéndole adquirir en cada región el color y el sabor del terruño propio. Nutríase de savia popular, resultando primero en los cantares de gesta, allí donde como en Francia y España florecieron, y después en otras composiciones más cortesanas y cultas, en las que alboreaba ya el estro genuinamente lírico, reflejo fiel, aunque a veces artificioso, del estado general del país y del tiempo en que se desenvolvía. El Renacimiento, que tanto hizo adelantar al mundo, vino, por de pronto, deslumbrando a los ingenios con su regia pompa, a torcer la dirección que las incipientes literaturas particulares seguían, y a facilitar a la Roma cesárea su última victoria sobre los pueblos que antes la habían vencido y heredado. Hermoseó, es verdad, y pulió el estilo; arrebató a la palabra sus más recónditos secretos; enriqueció la métrica; aclaró los horizontes del arte, sumido aún en vago crepúsculo, e impuso cánones de buen gusto, que prevalecen todavía, cuanto es posible que prevalezcan en una sociedad como la nuestra, a la vez escéptica e indisciplinada, donde el principio de autoridad y el respeto a la tradición van amenguándose de día en día. Pero también es cierto que haciendo caer a la poesía y a todas las artes plásticas en la contemplación extática de los modelos antiguos, las sustrajo en absoluto de la vida real. La imitación servil de las obras maestras de griegos y latinos ahogó en mucha parte la espontánea, aunque tosca, originalidad de las literaturas indígenas; los poemas homéricos y virgilianos, las odas pindáricas y horacianas, las églogas y anacreónticas, resucitaron con morbosa exuberancia en los idiomas vulgares; y mientras se resolvían en el siglo XVI y en los siguientes los más tremendos problemas de la conciencia, ya en las controversias religiosas, ya en los campos de pelea, la poesía, indiferente a estos hondos trastornos, se entretenía reproduciendo fábulas mitológicas, celebrando hazañas portentosas de héroes imaginarios, poblando vegas y bosques de sátiros, zagales, ninfas y pastoras, y describiendo cuadros fantásticos en donde todo aparecía falsificado: la tierra y el cielo, el hombre y la naturaleza. Sólo algunos excelsos poetas místicos acertaron a vaciar en los viejos moldes restaurados sus fervientes sentimientos cristianos, y a conservar, bajo la magnificencia de las formas clásicas, la sinceridad de su fe y la intensidad de sus afectos. Ellos, por decirlo así, fueron los precursores de la evolución que con mayor amplitud debía verificarse en el transcurso de los tiempos, cumpliendo en este punto los deseos de Andrés Chénier, cuando pedía que se hiciesen con ideas nuevas versos antiguos. Fuera de las composiciones a que me refiero, por las que se difundía el calor de una creencia viva, pocas veces intervino la poesía, y cuando incidentalmente lo hizo, fue como avergonzada, velando su pensamiento con alegorías mitológicas, en los sucesos trágicos o faustos que a su vista ocurrían. Las alteraciones de la Reforma, las grandezas y los horrores del fanatismo, las guerras por el dominio del imperio, hasta el descubrimiento de América, hechos son que pasaron para las musas, si no inadvertidos, por lo menos tibiamente y en forma inapropiada cantados; y al compás del estrépito de las batallas, al resplandor de las hogueras, entre el tumulto de las tradiciones que se derrumbaban, la poesía, cubierta con su pellico clásico, lanzaba a los vientos tempestuosos de su siglo el son del rústico caramillo, o refería, disfrazada con vestiduras olímpicas, las livianas aventuras de dioses destronados. Concretándonos a España, porque si dilatara la esfera de mis observaciones me faltaría lugar y tiempo para consignarlas, ¿quién es capaz de adivinar en los versos de nuestro Hurtado de Mendoza al hábil diplomático y experto político que medió, como representante del Emperador invicto, en los más transcendentales acontecimientos de tan agitadísimo reinado, ni quién conoce en las estrofas del dulcísimo Garcilaso, al soldado valeroso de aquella edad de hierro? Leyendo las composiciones de tan clarísimos poetas y de sus coetáneos menos ilustres, no es fácil formarse idea del período histórico en que escribieron ni de las turbulencias de la sociedad en que se agitaban. Ante la apacible suavidad de sus descripciones y los almibarados conceptos de sus zagales, ninfas y sátiros, se maravilla uno de la fuerza de abstracción de aquellos genios soberanos, cuya fantasía, ajena a todos los ruidos del mundo, llegaba hasta convertir en arroyos de leche y miel los ríos de sangre que en tan borrascosos días corrían por la tierra, entregada a todas las discordias y violencias de los hombres.

     Tuvo entonces el Renacimiento el encanto de la novedad y la sorpresa. No porque permaneciese casi extraño a las apasionadas luchas de sus contemporáneos, es lícito negar que aportó al caudal del arte valiosos elementos estéticos resucitando un ideal de la Belleza que nadie ha podido destruir hasta ahora, y enseñando al poeta y al artista cómo debían presentar sus inspiraciones para hacerlas duraderas. Esto explica la boga general que obtuvo, la atracción que ejerció sobre todas las inteligencias superiores, hasta en el seno mismo de la Iglesia, y el ímpetu con que se propagó, sólo comparable a la invasora velocidad del incendio.

     Cuando pasado el primer hervor del entusiasmo que despierta siempre en las almas juveniles la inesperada contemplación de la Belleza, el tiempo, el preceptismo y el uso acabaron por vulgarizar la majestad de las formas clásicas, comenzose a caer en la cuenta de que éstas sólo cubrían el esqueleto de una civilización incompatible con la nuestra; pero tan fuertemente habían arraigado sus dogmas en la poesía, que siguieron, sin contradicción apenas, prevaleciendo durante trescientos años en todas las naciones cultas. Sin embargo, a medida que el tiempo se deslizaba, las escenas bucólicas y las fábulas del paganismo iban debilitándose como la luz de las estrellas cuando apunta la claridad de la aurora, y las musas hundiéndose en un amaneramiento lánguido e insulso. Las selvas mitológicas no tuvieron ya el verdor de la primavera, sino la fría desnudez del invierno. Los pastores y faunos que las poblaban envejecieron o quedaron inválidos; los héroes se sintieron decaídos; los dioses degradados, y hasta el coro de hermosas ninfas que, con el cabello suelto y coronadas de rosas, entonaban himnos en loor de Venus, concluyó por parecer un aquelarre de brujas histéricas, únicas adoradoras de aquella diosa del amor, ya deforme y caduca. Encerrada en marco tan estrecho la poesía, después de pasar en el siglo XVII, como los demás ramos de la literatura, por las más inverosímiles depravaciones del gusto, en España e Italia con los inextricables extravíos de Góngora y Marini, en Francia con los sutiles alambicamientos del cenáculo del Hotel Rambouillet, en Inglaterra con el ridículo eufuismo, y en los demás estados de Europa con las imitaciones de tan perniciosos modelos, vino a dar a fines del siglo pasado en la postración más extrema. Extenuada, vacía de ideas, falta de invención y de numen, no llegó a ser, salvo en las obras de algunos poetas excepcionales y entonces poco comprendidos, más que una repetición pesada de odas huecas y ampulosas, madrigales ingeniosos, anacreónticas pueriles y églogas e idilios en donde siempre, a la sombra de los mismos árboles y en la orilla de los mismos arroyuelos, lloraban sus desdenes o celebraban sus paces Batilos insípidos y Filis melindrosas.

     Solamente el terrible sacudimiento que en estos últimos cien años ha trastornado la faz del mundo, removiéndole hasta el fondo de sus entrañas y arrancando de él creencias e instituciones que se habían juzgado eternas, logró sacar a la poesía de la estéril flaqueza a que había llegado. El fragor de las revoluciones despertó la de su letargo, y como los intereses que se debatían eran tan transcendentales, no pudo permanecer inactiva en medio de un desquiciamiento general que nada respetaba: ni el orden establecido, ni la fe, ni la autoridad, ni la tradición. Sin desceñirse la túnica de oro con que la había hermoseado el Renacimiento, renovó casi del todo su propio contenido, y abandonando las cumbres olímpicas y los agostados valles de la Arcadia, regresó a la tierra de donde había vivido alejada, poniéndose otra vez en directa comunicación con los hombres. Fascinada por la magnitud de los sucesos de que era testigo, tomó al fin partido entre los beligerantes y aumentó para responder a sus nuevas emociones las cuerdas de su lira, o más bien, transformó su lira en orquesta. Nada hubo desde entonces vedado a su inspiración: lloró con los vencidos, exaltó a los vencedores, dudó con los que dudaban, creyó con los que creían, cantó las catástrofes y los triunfos en que había intervenido, y penetró en los más profundos repliegues de la conciencia para sorprender sus secretos y vacilaciones. ¿En qué campo ha dejado de oírse su voz? ¿En qué batalla no ha hecho centellear la espada de su canto? Ella ha sido, y es todavía, gemido para todos los dolores, consuelo para todos los infortunios, ariete contra todas las tiranías, refugio para todos los cansancios del cuerpo y del espíritu, bálsamo para todas las heridas, eco de todas las ideas y estímulo para todos los atrevimientos. Donde quiera que se combate allí está la poesía; no hay palpitación del alma que no recoja, ni manantial de aguas dulces o amargas en que no beba, desde el que, brotando del cielo, llena el corazón de místicas alegrías, hasta el que, naciendo de un pesimismo, a veces desesperado y a veces sereno como la resignación, pero siempre incurable, nos hace sentir la infinita vanidad del todo, es decir, de la vida, del mundo y de Dios. ¿No es cierto que cuando la poesía influye tan eficazmente como en nuestro siglo, en las diversas y múltiples manifestaciones de la actividad intelectual y afectiva, encontrándosela en todas partes donde se ama, se aborrece, se piensa y se lucha, hay motivos sobrados para protestar contra los que la describen como agitándose con los postreros estremecimientos de la agonía?

     No es nuevo, aun cuando nunca haya revestido los caracteres de ensañamiento que hoy presenta, el afán de asaltar el alcázar de la poesía para desalojarla de él, habiendo surgido ya en varias épocas, y bajo diversos aspectos, la misma malquerencia. Entonces, como ahora, la poesía ha proseguido imperturbable su camino, desoyendo las vociferaciones del odio y ejerciendo su imperio sobre todas las literaturas, como lo revela el hecho de que desde los tiempos primitivos hasta los actuales, el genio de cada pueblo haya encarnado en la invención de algún altísimo poeta. Los himnos védicos y el Ramâyâna son los símbolos de las civilizaciones indias; Homero, de la helénica; Virgilio, de la latina; y en las naciones modernas, Dante es la expresión más augusta de la inspiración italiana; Shakespeare y Milton descuellan en las más sublimes cumbres del Parnaso inglés; Cervantes, Lope y Calderón son los dioses mayores de las letras españolas; Racine y Molière de las francesas; Göethe y Schiller de las alemanas, y Camõens fulgura, como sol sin ocaso, sobre las glorias de Portugal. La poesía, pues, ocupa el puesto más preeminente entre las creaciones literarias de la humanidad, con tan respetuoso y general acatamiento, que es frecuente decir, cuando quiere designarse a un país con el título más halagüeño para su orgullo, la patria del Dante, la patria de Göethe, la patria de Racine, la patria de Calderón.

     Hay más: a riesgo de que me tachéis de exagerado, me atrevo a afirmar que las obras de aquellos poetas en quienes, sea cual fuere el género que cultiven, predomina el temperamento lírico, tales como Dante, Shakespeare y Calderón, son, con las de los historiadores y filósofos, las que resisten más la ola silenciosa del olvido. Las demás producciones que no corresponden a ninguna de estas tres manifestaciones de la literatura, entre las cuales y en primer término figuran las didácticas y narrativas, suelen merecer el favor público cuando aparecen, si aciertan a representar bien su época o se ajustan al gusto reinante; pero su duración es, por regla general, efímera en la memoria humana, y van desvaneciéndose por grados, como las notas de una música que se aleja.

     Permitidme que en apoyo de mi aserto, para muchos de vosotros quizás excesivo, os recuerde lo que acontece con la novela, cuya existencia, semejante al relámpago, es, por lo común, tan fugaz como luminosa. Muy lejos estoy de escatimar los incontestables méritos de este género literario, que es la expresión más exacta de los diferentes estados sociales por que los pueblos pasan y el espejo en que más claramente se reflejan sus costumbres, sus sentimientos, sus ideas, sus esperanzas, sus desengaños y hasta sus aberraciones. Su importancia es tal, que sin su auxilio, tan necesario acaso como el de la misma historia, sería difícil explicarse las incesantes transformaciones de la especie humana, y reconstruir en nuestro pensamiento las sociedades que han muerto. Pero por lo mismo que es la expresión real de las cosas transitorias, no siempre la favorable acogida que le dispensan sus coetáneos, inteligentes aunque interesados apreciadores de la exactitud con que los retrata, obtiene la sanción inapelable de la posteridad desapasionada y fría. Antes bien, envejece pronto en manos de gentes nuevas, incapaces de estimar en su legítimo valor las delicadezas de observación que la obra contiene sobre tipos, caracteres, prejuicios y contiendas de otra edad, y siendo cada vez menos leída, va quedando sólo como documento de consulta o base de estudios retrospectivos para el erudito, el filósofo y el historiador.

     Cada generación procura tener su espejo propio, y prescinde, sin reparo, de aquel que no reproduce ya con fidelidad lo que es o pretende ser mientras cruza por este valle de lágrimas. Bien sé que los sentimientos humanos sometidos a leyes psicológicas y fisiológicas inmutables, han sido, son y serán siempre los mismos; pero su modalidad va continuamente variando al compás de los cambios que la acción del tiempo introduce en el régimen social, moral y jurídico bajo el cual se manifiestan. Esta constante variación meramente formal, que no afecta a la esencia de los sentimientos mismos, los desfigura y disfraza, sin embargo, de tal suerte, que a veces cuesta trabajo conocerlos. Es como el traje que ajustan a nuestro cuerpo los caprichos de la moda; insensiblemente la moda misma va reformándolo, y llega un día en que, al examinar los viejos figurines, asoma a nuestros labios la risa, no acertando a comprender los inverosímiles y extravagantes gustos de nuestros predecesores. La novela, más que ninguna otra creación literaria, incluso el teatro, recoge hasta en sus más insignificantes pormenores la parte mudable de la vida, o sea la manera de pensar, de sentir y de ser en cada momento, y esta fuerza de asimilación, que es, sin duda, la causa principal del agrado con que sus contemporáneos la saborean, contribuye en la misma medida a precipitarla en la indiferencia cuando el curso de la civilización transforma el medio ambiente en que la obra se produjo. No oculto ni niego, porque expongo de buena fe mis opiniones, que muchos libros de esta especie, bien por la intención honda que los ha dictado, bien por la sincera emoción con que están escritos, ya por la pasmosa verdad de sus caracteres, ya por el progreso que determinan en las lenguas, han conquistado y conservan en sus respectivas literaturas honorífico lugar; pero estas excepciones, siempre limitadas, si se considera la abundancia del género, no contradicen la ley que le condena a muerte prematura y definitiva.

     Los menos versados en la historia literaria pueden confirmar la exactitud de mi juicio, con sólo recordar la boga que alcanzaron en otros tiempos los libros de caballería. ¿Qué ha quedado de aquel enorme fárrago de obras más o menos indigestas, cuya fama fue tan general en toda Europa, y cuyo texto, repleto de portentosas aventuras, devoraban con delectación príncipes, clérigos, soldados y menestrales? Unas cuantas páginas de referencia y crítica en los anales de la literatura, y un centenar de volúmenes empolvados, que los bibliófilos rebuscan con ansia, no por su valor intrínseco, sino por su singular rareza. En resumen no queda nada. Digo mal: queda el extraordinario libro con que los redujo a perpetuo silencio nuestro inmortal Miguel de Cervantes Saavedra, uno de los más grandes poetas, si no el mayor, de la era moderna, porque es el que mejor ha sabido amalgamar y fundir en el crisol de su genio la idealidad del espíritu con la realidad de la materia, y el que más acabado retrato nos ha ofrecido de ese ser híbrido, como los centauros y sirenas de la fábula, compuesto de ángel y de bestia, a quien Dios ha confiado el imperio del mundo.

     Pero sigamos adelante en la comprobación de mi tesis. En los comienzos del siglo de oro de las letras francesas, fecundos escritores se consagraron al cultivo de la novela, que, como hoy sucede, absorbió por completo la curiosidad de las gentes doctas e indoctas. Jamás autor alguno ha obtenido admiración tan sincera ni tan caluroso aplauso como los que arrancaron de sus compatricios, Honorato d'Urfé, Calprènade y Mile de Scudery, los más célebres representantes de aquel movimiento impetuoso. No eran los espíritus frívolos, como observa muy oportunamente un crítico extranjero, ni los jóvenes y las mujeres los únicos que se extasiaban ante aquellas obras, que se creían magistrales. El sabio Huet, obispo de Avranches -añade el discreto escritor a quien aludo- se volvía loco leyéndolas; el obispo Godeau deliraba también por ellas; el elegante Flechier se las recomendaba a sus diocesanos; Mascarón citaba en el púlpito a sus autores entre San Agustín y San Bernardo; Menage los colocaba sin escrúpulo al nivel de Homero y Virgilio, y el mismo Lafontaine calificaba algunos años después al más antiguo de ellos, Honorato d'Urfé, como a uno de los entendimientos peregrinos de que podía envanecerse Francia. Multiplicábanse las ediciones de estos libros, cuyo crédito traspasaba montes y mares; traducíanse con pomposo encomio en todas las lenguas; eran, en fin, la delicia de las cortes, el recreo de los sabios y el embeleso del vulgo. Tal vez nunca las hayáis hojeado, mas de fijo habéis oído hablar de la Astrea, del Ilustre Basa, del Gran Ciro, de Clelia, de Cleopatra, de Casandra, y de otra multitud de novelas de la misma índole, que el gusto y las costumbres de su tiempo miraban con entusiasmo mayor todavía que el que excitan entre nosotros las creaciones de Zola y sus secuaces, ya muchos de ellos arrepentidos y en busca de nuevos horizontes. ¿Qué ha recogido la posteridad de estas obras que fueron, como digo, el asombro de algunas generaciones? Nada. Hoy ni se leen, ni se estudian, ni se comentan, porque el desdén universal, aunque quizás no completamente justificado, las ha sepultado en el más lóbrego rincón del olvido.

     Suerte análoga cupo a las fábulas pastoriles, y tampoco fue más afortunado el turbión de interminables novelas inglesas del corte de Pamela, Clarisa Harlowe y Carlos Gradisson, que en el segundo tercio del siglo último inundó a Europa, haciendo derramar raudales de lágrimas a la mitad del linaje humano, a quien le daba entonces por ser sentimental y pudoroso, como hoy le da por ser despreocupado y escéptico. El éxito alcanzado por estas producciones entre los que gozaron de sus primicias, es indescriptible, y acaso no del todo inmerecido, si se atiende a la opinión que crítico tan severo y descontentadizo como Taine ha expuesto sobre algunas de las más importantes de aquellas obras. Y, sin embargo, ¿quién las lee ahora? Ni siquiera ha valido para retrasar un minuto más la hora de su muerte, la eficaz recomendación de Voltaire, tiránico dispensador de la fama en el siglo XVIII, el cual ponía religiosamente varios de estos libros sobre su cabeza. Pero ¿qué más? Cuantos empezamos a doblar el cabo de la vejez, tenemos aún presente la fiebre con que en nuestra juventud se solicitaban las novelas de la inspirada e incansable pléyade de escritores que dio a luz la revolución romántica de 1830. La aparición de cada una de ellas era un acontecimiento, según se dice en la jerga moderna; los periódicos se las disputaban a precio de oro, y algunos, como el Constitutional y la Presse, labraron la fortuna de sus editores, brindando la novela de moda a la voracidad pública, en folletines que arrebataba la multitud. Millares de ejemplares, impresos en todos los idiomas, corrían como desatados ríos por ambos continentes, y en volúmenes lujosos o en humildes entregas invadían lo mismo la mansión del magnate que la guardilla del jornalero. Han pasado desde entonces muy pocos años de este siglo que va tan deprisa, y ya únicamente algunos devotos del tiempo viejo, que mantenemos viva la memoria de aquella edad y el culto de aquellos autores, nos deleitamos con sus recuerdos. Otras gentes amoldadas a nuevas costumbres, movidas por distintos impulsos y estimuladas por diferentes ideales, si es que tienen alguno, han ocupado el lugar de aquellas que con tanto afán los leyeron, y si todavía se repiten sus nombres, porque no se han extinguido los ecos de la popularidad que se granjearon, ¡cuán grande no es la distancia entre el entusiasmo que antes despertaban y la hostil frialdad con que ahora, acaso sin estudiarlos, se los juzga! ¿Quién sabe, en fin, si nosotros mismos asistiremos aún a la decadencia de la escuela naturalista, cuya unidad de doctrinas se ha roto, y dentro de la cual, como en todo sistema que se descompone, están surgiendo ya a cada paso tendencias rectificadoras, protestas y hasta rebeldías? Por de pronto, y esto no es lo menos grave, la fatiga del público es visible. En cambio, al paso que los novelistas huyen como sombras, levántanse aún los poetas de aquel extraordinario ciclo romántico, llenos de vida y radiantes de gloria. Francia se acuerda con cariño de Alfredo Musset, y ha deificado a Víctor Hugo hasta en sus delirios y caídas; Inglaterra construye por acciones lujoso teatro donde muchos admiradores que han contribuido a la edificación, se dan por bien pagados con asistir a las representaciones privadas de un poema dramático de Shelley, Los Cenci, más grande por los primores de su estilo que por sus condiciones escénicas; Alemania convierte a Göethe en un dios olímpico, tributándole fanático culto, y vuelve su rostro enternecida hacia el pobre Heine, a quien trató en vida con austero desvío; Hungría erige una estatua a Petoefi, en medio de públicas y regocijadas fiestas; el municipio de Milán, interpretando los deseos de toda Italia, adquiere la casa donde vivió Manzoni, conservándola con el piadoso respeto que inspira un templo; Rusia misma, la nación menos inclinada en estos días a las manifestaciones poéticas, alza suntuoso monumento a Puszkin, sólo con el producto de una edición económica de sus obras, agotada en dos semanas; Polonia, la decaída Polonia, ya casi resignada con su yugo, merced a la acción corrosiva del materialismo que la envenena, honra a Adán Mickiewicz con una estatua en Posen, un busto en Roma, una lápida conmemorativa en la casa que habitó en Carlsbad, y un mausoleo en Montmorency, donde reposan sus restos; España corona a Quintana, y por donde quiera que volvamos los ojos vemos avivarse el fervor, cercano a la idolatría, que todos los países sienten y conservan por sus excelsos poetas antiguos y modernos.

     Nada tiene de extraño esta adoración, porque la poesía deja siempre detrás de sí huella indeleble, según es fácil demostrar sin salir siquiera de España. Pocos serán nuestros compatriotas medianamente ilustrados que no hayan leído, o por lo menos, que no hayan oído celebrar las más hermosas composiciones del Parnaso patrio, y son muchos los que pueden recitar de memoria, siguiendo la ilación de los tiempos, coplas de Jorge Manrique, versos de Garcilaso, liras de Fray Luis de León, estrofas de Herrera, tercetos de Rioja, octavas de Ercilla, sonetos y romances de Quevedo, odas de Quintana, cantos de Espronceda y leyendas de Zorrilla. Privilegio es éste sólo otorgado a la poesía, porque serán contados los españoles de ambos hemisferios que, como no sea del Quijote, se aprendan, no digo capítulos enteros, sino trozos sueltos de ningún libro de amena literatura; mientras que los mismos impugnadores de la más creadora de las artes, ríndenla a menudo involuntario homenaje, haciendo citas en verso, con preferencia a las citas en prosa, cuando conversan, peroran, escriben o enseñan; y es natural que así suceda, porque el concepto acerado por el metro y la rima es a manera de saeta que se clava rápida y profundamente en el entendimiento.

     Como consecuencia de tan singular predilección, común a todos los países, no hay quien no exalte la serie de nuestros poetas, dignos verdaderamente de este título, desde antes del Siglo de Oro a nuestros días, y los nombres de Juan de Mena, Marqués de Santillana, Lope, Caro, Arguijo, Góngora, los Argensolas, Meléndez Valdés, Gallego, Duque de Rivas y otros muchos que no expongo por no alargar mi relato, se repiten a cada paso en la cátedra, en la prensa, en el libro, en el trato social, en las Cortes, hasta en el templo. Mas ¿quién es capaz de recordar de pronto el considerable catálogo de los novelistas que abruman las páginas de nuestros anales literarios en el período comprendido entre el siglo XVI y el nuestro? Vosotros, tan dados al estudio, me hablaréis, tal vez, de algunos justamente célebres, como Hurtado de Mendoza, suponiendo que sea el autor de El Lazarillo de Tormes, Alemán, Espinel, Salas Barbadillo, etc.; mas vuestra enumeración repentina no pasará adelante, ni podríais afirmar con plena seguridad, que la mayoría del público sabe a punto fijo quiénes son, ni que se extasía con sus obras, ni que éstas viven en su pensamiento.

     Pero ¿por ventura -me diréis- la poesía se exime de la ley general e ineludible, que sujeta todas las cosas a la vejez y la muerte? ¡Ay! demasiado sé que la gloria póstuma es tan pasajera como el último rayo de luz de una estrella que se apaga, el cual dilata más o menos su fulgor, según la distancia que debe recorrer hasta sumergirse en las sombras eternas. Quede sentado, pues, que en todo cuanto digo no me refiero a una inmortalidad en que no fío, sino a la duración, mayor o menor, de las frágiles obras del hombre.

     Todas las generaciones llevan y sufren la suma de dolor psicológico que corresponde a su tiempo, y cada ser humano participa de este dolor colectivo en la medida que su capacidad física y moral se lo consiente. Cuando este malestar indefinido y vago, causado por las crueles alternativas de la lucha social, por las desilusiones de la vida y el curso mismo de las ideas, se particulariza y examina en alguna obra literaria con la misma prolijidad con que se estudia en la clínica de un hospital cualquier caso patológico aislado, es indudable que el mal, así expuesto, se impone por la verdad del análisis a los que sienten los mismos síntomas y se encuentran en circunstancias idénticas o análogas a aquellas que en la obra se describen; pero no es menos cierto, que cuanto más se individualiza, tanto más se desfigura para los que le sufren en cantidad y forma distintas. Sólo la poesía puede, conmoviendo al lector, dar carácter impersonal a los sentimientos generales de la edad en que canta, y transformarlos, permítaseme la frase, en una especie de fluido que, como la luz y el aire, penetre en todas las almas y se desparrame por el haz de la tierra.

     Arte maestra por excelencia, puesto que contiene en sí misma todas las demás, cuenta para lograr sus fines con medios excepcionales: esculpe en la palabra como la escultura en la piedra; anima sus concepciones con el color, como la pintura, y se sirve del ritmo, como la música. Semejante al gemido, que no sólo expresa, sino que señala los grados de dolor con absoluta precisión, sin analizarlo y describirlo, la poesía, emancipándose en cuanto es posible de las imposiciones sociales, tan pronto traídas como llevadas por el oleaje de los años, extrae del sentimiento humano su esencia más pura, menos determinada y, por tanto, más universal.

     No contraría su naturaleza participando, como es forzoso -dados los días revueltos que corren, en los cuales toda neutralidad del entendimiento es hasta cierto punto ilícita-, de los temores, dudas, pasiones, esperanzas y desmayos del siglo, porque su intervención en la vida no recae tanto, como he manifestado, sobre los hechos meramente externos cuanto sobre los sacudimientos interiores del espíritu. No puede estudiar con la fuerza investigadora de la filosofía, la historia y la sociología, la marcha evolutiva de la humanidad al través del tiempo y del espacio, ni exponer los resultados que con relación a las instituciones, a los intereses tradicionales, al régimen de las familias, a las costumbres y creencias producen las revoluciones políticas, científicas y religiosas que sucesivamente nos arrastran. Tampoco puede ser la copia fiel de nuestra miseria y desventura, trazada con el criterio cada vez más desengañado y misantrópico de una sociedad, en cuya conciencia va debilitándose por momentos la confianza en Dios, y menos aún la comprobación experimental de las teorías científicas que convierten al hombre en el ser más esclavo y enfermo de la creación, despojándole del libre arbitrio y sometiéndole a la fatalidad del organismo, de la herencia, del temperamento y del medio ambiente. La esfera de acción de la poesía es menos concreta y más elevada. Debe ser, o mejor dicho, es el clamor continuo y vago, que levanta y difunde la eterna batalla de la vida; clamor semejante a un coro sublime en el cual se compenetran y funden en una sola expresión los sentimientos y múltiples intereses de la tierra, como en el bramido interminable del mar vibran y resuenan conjuntamente todas sus calmas y tempestades; clamor, en fin, del que entresaca y recoge cada cual, según el estado de su ánimo, la alegría o la pena, la tranquilidad o el remordimiento, la fe o la desesperación.

     Tal es fundamentalmente la causa de su prestigio, por lo cual, no obstante los pronósticos de sus detractores, no morirá mientras aflijan nuestro ser anhelos infinitos, aspiraciones ideales hacia un porvenir mejor y rebeldías contra las brutalidades del hecho que en la realidad de la vida a menudo nos confunden y aplastan. Porque aceptando la hipótesis de que estas manifestaciones no sean más que los síntomas de un estado social patológico, según pretenden algunos, todavía, como la dolencia, lejos de disminuir tiende a propagarse, es de esperar que la poesía, expresión de esta incurable enfermedad nuestra, dure, por lo mismo, tanto como el mundo.

     Pero hay críticos que no van tan allá y que sin negar la vitalidad de la poesía, impugnan, sin embargo, su forma y profetizan la muerte del ritmo, del metro y de la rima. Para ellos la prosa está llamada a ser, andando los años, la única encarnación del pensamiento. Es, en efecto, la prosa el instrumento más poderoso con que Dios ha dotado a nuestra especie para que, armada con él, avance abriéndose paso por las regiones de lo desconocido, como el explorador que con el hacha y el fuego se entra por selvas nunca holladas, destruyendo los troncos y matorrales que le cierran el camino. La prosa es el verbo lógico y radiante, con cuyo auxilio el hombre se revela, medita, ama, especula, enseña, descubre, dilata su ser, y sin el cual, como un día le faltara, aun cuando Dios le hubiese dado la onmisciencia, acabaría por caer en las densas tinieblas de la barbarie. La prosa posee, dentro de sus condiciones peculiares, majestad, número, armonía y elocuencia, y en sus términos cabe la humanidad entera con cuanto ha sido, es y será hasta la plenitud de los tiempos. Pero por lo mismo que es tan superior, parece como que amengua su grandeza, cuando desdeñando sus regias vestiduras, cubre su cuerpo con otras poco severas que cuadran mal a su complexión robusta.

     ¿Conocéis, señores, nada tan ridículo como la prosa complicada, recargada de adornos, disuelta en tropos que, olvidándose de la sencillez inherente a su nativa hermosura, sale a lucir en periódicos, discursos y libros, como matrona poco cuidadosa de su recato, que se afea y desdora con afeites y atavíos inmodestos? Yo, por mi parte, debo confesar que cuando leo alguno de los libros que tan de moda puso, antes en Francia y luego en el resto de Europa, el movimiento socialista de 1830 a 1848, hinchados, ampulosos, metafóricos, poéticos, según entonces se decía, me rindo al cansancio y necesito para restaurar mis fuerzas volver a recrear mi espíritu con el período amplio, claro y sereno, como la onda de un río, en que Bossuet, por ejemplo, desarrolla su Discurso sobre la historia universal, o con la frase ingenua, diáfana y persuasiva en que expone sus afectos místicos nuestro egregio Fray Luis de Granada.

     Lo declaro con franqueza: nada tan insoportable para mí como la prosa poética, no expresiva sino chillona, no pintoresca sino pintarrajeada, que con aletas de ángel y faldellín bordado de lentejuelas, se columpia en el aire entre imágenes, antítesis e hipérboles como acróbata descoyuntado en la cuerda floja, y sólo comparte en el mismo grado con ella mi repugnancia literaria la poesía prosaica, en la cual me figuro ver a una princesa estrambótica, que recibe corte en zapatillas, con el cabello crespo y el manto desceñido.

     Por lo demás, suprimir el ritmo, el metro y la rima, sería tanto como matar a traición la poesía, que tiene su forma adecuada, no artificiosa, sino espontánea y característica, como la prosa misma. El ritmo rige y ordena el concierto universal. Siéntele el ser humano desde que nace, reside en su organismo y palpita en sus arterias con la vibrante ondulación que llama exacta y poéticamente Calderón de la Barca, música de la sangre. El ritmo, pues, existe en la voz y en los movimientos del hombre, no por arbitrario capricho suyo, que su poder no llega hasta establecer, fuera del orden de la naturaleza, nada permanente y definitivo; existe en virtud de una ley fisiológica y además de una ley matemática, porque marcar el ritmo, aun cuando éste sea tan amplio y difuso como el del canto gregoriano, equivale en algún modo a contar. El metro es consecuencia del ritmo. Y en cuanto a la rima, que nunca ha sido esencial en la poesía, puesto que, más o menos, hay en todas las literaturas obras superiores compuestas en verso libre, conviene, sin embargo, hacer constar que en las lenguas modernas, en las cuales la cantidad prosódica está casi desvanecida, sirve de útil apoyo para fijar con mayor precisión el valor del ritmo, así como de traba ingeniosa, que cuando se rompe con gallardía, no sólo regala dulcemente el oído, sino que contribuye a aumentar la emoción estética. El niño, por instinto, propende a rimar las primeras frases que balbuce; por instinto también, rima el rústico sus refranes y sentencias. El ritmo, el metro y la rima son los vínculos con que la poesía se une a la música, a ese arte divino cuyos secretos ha sorprendido y estudia sin cesar el hombre en la inmensa sinfonía de la naturaleza. Merced a esta conjunción, antes de que los pueblos escribieran su historia, la cantaron; el recuerdo de sus orígenes, las hazañas de sus héroes, la satisfacción de sus victorias, los beneficios de sus dioses, engrandecidos por la poesía, han vivido primero en sus canciones que en sus libros. La humanidad, en fin, ha cantado y cantará mientras subsista sobre la superficie del planeta, en los países más salvajes y en los más cultos, en todas las latitudes y en todas las civilizaciones; y para dar a sus afectos cadencia y número, acompasa, mide y rima sus palabras, obediente a la ley de armonía que rige la creación entera.

     Más podría extenderme sobre esta materia acerca de la cual tanto y tan bien se ha escrito; pero como, por una parte, los límites de esta disertación no consienten dar mayor desarrollo a las ideas que ligeramente apunto, y por otra, me asedia el deseo de llegar cuanto antes al fin de mi programa, paso sin detenerme en nuevos razonamientos a formular mi juicio, libre de toda prevención de escuela, sobre alguno de los más celebrados poetas de nuestra edad.

     Apartándome de la senda trillada, no comenzaré mi examen por Francia, acostumbrada a todas las preferencias, incluso a las de la crítica, porque en muchas cosas, sobre todo en cuanto se refiere a la república de las letras, no siempre la preponderancia política de una nación es legítimo fundamento para su primacía. Francia, por la divulgación de su lengua, por el lugar que ocupa en Europa, por el influjo que tradicionalmente ejerce en todos los pueblos, es hace siglos la maestra del mundo. Ella le impone sus modas, sus sistemas, hasta sus caprichos: aun cuando a menudo los anchos cauces por donde envía a los demás países el caudal de sus conocimientos o de sus gustos no lleven aguas límpidas y cristalinas, y arrastren en su corriente -como quizás en estos momentos sucede- el légamo de una civilización que en el exceso de su refinamiento ha llegado a todos los extravíos, a todas las excentricidades y corrupciones de una vejez impúdica y gastada.

     Principio, pues, mi estudio por Inglaterra, que en el transcurso de los últimos cien años es, a mi modo de ver, la nación en donde la Poesía lírica se ha elevado a más envidiable altura. Un célebre crítico, coincidiendo con una opinión expuesta por mí hace tiempo, sostiene con copia de razones y datos que los eclipses literarios son rarísimos en la Gran Bretaña, y que, merced al aura vivificante de la libertad que todo lo rejuvenece en aquel país, apenas el curso de la vida arrebata entre sus veloces ondas una generación poética, cuando se ve apuntar por Oriente otra nueva, no menos inspirada que la que acaba de extinguirse. En Inglaterra, como en ningún otro estado de Europa, la poesía recorre toda la gama del pensamiento, desde las angustias del alma mística que apesadumbrada de las miserias del mundo, vuelve los ojos hacia la patria celestial, hasta los gritos de furor de la materia ensoberbecida que se encara con Dios y le maldice y le execra. «No hay poesía -dice Taine con exacto sentido- que valga lo que la poesía inglesa; que hable tan fuerte y claramente al alma, ni que la remueva más a fondo, ni que traduzca mejor con palabras, henchidas de ideas, las sacudidas y arrebatos del ser interior». Su variedad es infinita. ¡Qué diferencia no existe entre las vaporosas creaciones del prerrafaelismo, representado por el pintor y poeta Rossetti, que intenta implantar en la literatura inglesa el espíritu italiano de la Edad Media, con sus figuras de mujer tan suaves y angélicas como si hubiesen sido arrancadas de los cuadros del Giotto, con sus amores platónicos velados en beatíficas alegorías, parecidos a los que inflamaron el corazón del Dante y del Petrarca, con sus imágenes tan intangibles como las ficciones de un sueño y tan transparentes como la claridad de los cielos, en donde, sin embargo, vibra tan hondamente la nota del dolor y de la melancolía del siglo; qué diferencia, repito, no existe entre esta poesía, y la inspiración turbulenta, panteísta y sensual de Algernon Carlos Swinburne y sus secuaces, en cuyas estrofas, caldeadas por la pasión, se funden por extraño modo las hinchazones huguescas con las reminiscencias clásicas, así como cuantas rebeliones, rencores y tempestades conturban la tierra! Difícil sería relacionar ambas escuelas, por tan inconmensurables abismos separadas, si una numerosa pléyade de poetas famosos no viniera a eslabonar con la graduada variedad de sus tonos líricos los dos términos del espacio abierto entre la musa impíamente revolucionaria de Swinburne y la musa más apacible de Dante Gabriel Rossetti. Destácase entre todos ellos la vigorosa personalidad de Tennyson, que simboliza, cual ninguna otra, el estado de muchas inteligencias de nuestro siglo, con su ansiedad constante, sus desfallecimientos fugaces, su inagotable misericordia para los débiles y desgraciados, y más que todo, con su resignada tristeza, propia del inmortal enfermo que se llama el género humano, condenado, según la doctrina pesimista, a vivir al azar y revolcándose sin esperanza de remedio en el duro lecho de su perdurable desventura.

     Si el plan que me he propuesto se redujera a exponer y juzgar en conjunto el estado actual de la poesía inglesa, abundantes materiales me suministraría para realizarlo, la rica variedad de caracteres con que, como veis, se ostenta. Pero no es este mi objeto; porque un estudio demasiado detenido acerca del movimiento general de la poesía en la Gran Bretaña, me robaría espacio para bosquejar la expresiva fisonomía de algunos de sus señalados maestros, que si no abrazan y compendian todas las manifestaciones del genio inglés en tan importante ramo de la literatura, son, sin embargo, su representación más alta o, por lo menos, más moderna.

     El primero de todos, por su antigüedad y fama, es el venerable Tennyson, que inclina la cabeza bajo el peso de los años y los laureles. Es este poeta célebre el vínculo de unión entre el ciclo byroniano y la edad presente. Sus primeros pasos en la senda del arte fueron tímidos e inciertos, y en sus composiciones juveniles descúbrense a cada paso reminiscencias de sus autores favoritos, principalmente de los poetas laquistas, que tanto influyeron a fines del siglo pasado y principios del actual en el progreso literario de Inglaterra. Poco satisfecho del éxito que lograron sus primeros ensayos, tuvo bastante fuerza de voluntad para guardar silencio durante diez años, al cabo de los cuales el águila ya crecida, habiendo encontrado los verdaderos elementos de su inspiración, levantó majestuosamente el vuelo, libre de las ligaduras que la habían sujetado. Puede decirse que desde entonces entró en plena gloria. Todavía en algunos de sus poemas, como en el indignado canto de Locksley-Hall, percíbese, aunque muy apagada, la nota personal de Byron; pero en los dos tomos que dio a la estampa en 1842, se hallan ya diseminados los gérmenes de su poesía, tan varia, tan dulce y tan armoniosa. Anúnciase en la Muerte de Arturo el poeta épico que posteriormente había de suspender la atención de sus compatriotas con los arcaicos y maravillosos Idilios del Rey, en donde evoca, con la magia incomparable de su estilo, las damas ideales y los caballeros sin tacha de la famosa Tabla Redonda. In Memoriam, breve colección de poesías dedicadas al recuerdo de un amigo querido, el hijo del historiador Hallam, muerto en la flor de la edad y de sus esperanzas, es el arranque impetuoso de un alma, que fatigada de andar a tientas entre las nieblas de la duda, busca, aunque sin dar con ellos, los senderos de la fe. El roble que habla, las Dos voces, Dora y la Reina de Mayo, son como la entrada triunfal que hace el autor en los dominios de la poesía íntima, llena de ternura para todos los dolores con que los desasosiegos de nuestro espíritu, jamás apaciguados, y los rigores de la naturaleza impasible nos acosan y atormentan. Los ayes de la pobre doncella tísica, cuyas doradas ilusiones de amor desvanece la muerte, precisamente para mayor sarcasmo, en los días en que nuestra fría e insensible madre la tierra engalana su seno con las más hermosas flores primaverales; y la conmovedora historia del rudo, pero noble marino Enoch Arden, que se salva del naufragio del mar para perecer en el naufragio de su corazón, cuando al volver de la solitaria roca en que por largos años le tuvieron aprisionado las olas, encuentra ocupado por otro hombre su puesto en el hogar, en el cariño de su mujer y en la memoria de sus hijos; estos dos interesantes poemas, en los cuales las víctimas inocentes de inmerecidas desdichas sucumben amando y bendiciendo la mano invisible que las hiere, muestran entero el pensamiento filosófico de Tennyson y el estado de su conciencia.

     Circula por ambas composiciones, y más o menos por todas las que ha escrito en el mismo género, un hálito de melancolía y resignación que, sin llevar el consuelo al afligido, le predispone, sin embargo, a la calma.

     Hay en el fondo de ellas, ¿para qué negarlo?, cierto dejo de desesperación tranquila, muy contagiosa en nuestro siglo, en el cual tantos corazones, hartos de luchar en las batallas del mundo, buscan en su mismo recogimiento, no la dicha en que no creen, sino el reposo que la alteración de los tiempos les niega. Almas estoicas, más que egoístas, proceden como el esclavo que, convencido de la inutilidad de sus esfuerzos contra el poder de un amo implacable, gime en silencio con los desgraciados que participan de su suerte, porque no ha perdido su generosidad ingénita, pero se doblega sin resistencia, sin odio y sin cólera, a la dura servidumbre. Tennyson es el poeta de la compasión, no el poeta de la esperanza. Aunque claramente no lo diga, a veces se trasluce en sus obras, ya en algunas frases sueltas, ya en exclamaciones que, mal de su grado, se le escapan, su falta de fe en la felicidad humana y acaso en la piedad divina. Tal vez abriga el triste convencimiento de que la humanidad está sentenciada desde su origen hasta el día sin sol en que se agoten en nuestro globo las fuentes de la vida, a seguir su curso tumultuoso bajo la inclemencia de la naturaleza y la indiferencia del cielo; mas ésta convicción no le irrita, ni le exaspera, ni despierta en él los instintos de la fiera incesantemente acorralada. Antes al contrario, acrecienta en su corazón el amor hacia los que soportan el común infortunio de la existencia, y parece como que les dice en sus dulcísimos cantos: «¡Hermanos míos, nuestro mal es irremediable! ¡Llorad y someteos!»

     Notable contraste forma, según os dije, el genio triste y plácido de Tennyson con la inspiración de Algernon Carlos Swinburne, que capitanea en el orden literario la falange revolucionaria y materialista en la Gran Bretaña. Este poeta no es un resignado, sino un rebelde que con alborotado acento enciende la sangre, pisotea el principio de autoridad y se revuelve contra Dios. Hay algo de atroz en su musa, ebria y lúbrica como una bacante. Enamorado hasta el delirio de la revolución social, abrasado en ira contra Cristo, sintiendo todos los acicates de la concupiscencia y todas las delectaciones de la crueldad, Swinburne canta algunas veces como habrían cantado Nerón y Calígula si hubiesen sido poetas; pero en forma espléndida, llena de cláusulas sonoras y de plasticidad tan perfecta, que recuerda las más admiradas estatuas del arte griego. En sus poesías el Himno del hombre, Ante un crucifijo, Mater dolorosa y Mater triumphalis, su impiedad sistemática y su furor contra Dios tocan en los límites de la epilepsia, así como en su poema dramático titulado Atalanta en Calydon, y en Anactoria, la pasión impura, el sensualismo pagano, el desbordamiento erótico adquieren proporciones monstruosas, rugiendo como bestias feroces hambrientas de carne viva. Es imposible que podáis imaginaros, no leyéndolos, los arrebatos con que estalla este frenesí amoroso, parecido a la locura, y si bien con las debidas atenuaciones, me habéis de permitir que traslade a mi discurso la menos escabrosa y cruel de sus estrofas, siquiera para defenderme ante vosotros mismos de la nota de exagerado. «Pluguiera a Dios -dice en Anactoria- que mis labios inarmónicos no fuesen más que labios colgados a los encantos acardenalados de tu blanco y flagelado seno; que en vez de nutrirse con la leche de las musas, se alimentaran con la dulce sangre de tus ligeras heridas...; que pudiera beber tus venas como vino y comer tus senos como miel; que de la cabeza a los pies tu cuerpo se anonadara y consumiera en el fuego del amor, y que tu carne se absorbiera con dolorosos estremecimientos en la mía». Basta lo expuesto para que se comprenda el carácter, el sentido y las aberraciones de este poeta, que si respondiera sólo a los impulsos de su genio arrebatado, si no le contuviese la sólida educación clásica que ha recibido, si no cubriera las desnudeces de su musa desgreñada con la refulgente túnica de su estilo, no habría conseguido, de fijo, en la meticulosa sociedad inglesa el lugar que, con alguna protesta, ha conquistado. Y paso, porque el deseo de molestaros lo menos posible me obliga a marchar deprisa, a ocuparme en el examen de otro poeta, Dante Gabriel Rossetti, iniciador de la escuela prerrafaelista o estética, el cual ofrece, a lo que entiendo, el caso de atavismo literario más curioso y digno de estudio que registra la historia.

     Rossetti, como indica su apellido de origen italiano, es hijo del célebre escritor revolucionario del mismo nombre, a quien las borrascas políticas y religiosas de su patria lanzaron de Nápoles, obligándole a emigrar a Inglaterra en donde se convirtió al protestantismo. Nacido en el seno de una sociedad hostil como la inglesa a las pompas católicas, y educado en edad poco dada a los místicos arrobamientos, Gabriel Rossetti salta, sin embargo, psicológicamente, por encima de las creencias de su país y de su tiempo, y cediendo a los impulsos de la sangre italiana, retrocede en su semejanza intelectual y artística, no a sus abuelos próximos sino a sus antepasados de los siglos XIV y XV. Ni las frías negaciones de nuestros días, ni la incredulidad burlona de la anterior centuria, ni las austeridades de la Reforma que había abrazado con toda su familia, ni los resplandores del Renacimiento leontino detienen su marcha retrospectiva, y cuando llega, atropellando por todo, al límite de su carrera, siéntese arrebatado por las visiones apocalípticas del Dante, cae en los éxtasis de Fiessoli y cierra los ojos, deslumbrado ante las creaciones del Giotto. En compañía de estos muertos gloriosos anda, como ellos piensa, con ellos siente y en su estética se inspira. Es un rezagado de la vida, que traspasando los siglos desvanecidos, cruza por el nuestro con el alma cargada de apariciones beatíficas y de alucinamientos celestes. La sorpresa que cansó en el mundo de las letras y las artes este recién llegado de los postreros días medioevales, fue inmensa. Su único tomo de versos, titulado Poemas, alcanzó éxito extraordinario, mezcla de curiosidad y sorpresa, y de la noche a la mañana viose proclamado apóstol y jefe de escuela. ¿Cómo no habían de maravillar, no obstante su sentido arcaico, aquellas figuras de mujer, diáfanas como las imágenes pintadas en los vidrios de las catedrales, casi incorpóreas, ceñidas de blancas túnicas flotantes como ráfagas, con la frente orlada de flores místicas y los largos cabellos, parecidos a la espiga madura, cayendo en rizadas ondas por sus espaldas; suaves, esbeltas, y como para ocultar sus angélicas perfecciones a los ojos profanos, medio envueltas en nubes de incienso? El sentimiento del amor que despiertan estas formas indecisas, es tan puro como el sueño de un niño; nada hay en él que estimule los apetitos de la materia, y más que el ardiente deseo de los sentidos, es como una tibia evaporación del alma. El poema La doncella bienaventurada, donde se destaca la imagen de la casta y amantísima joven que, inclinándose por fuera de la balaustrada del cielo, ve melancólicamente pasar ante sus ojos, como espirales de humo, los espíritus desprendidos de la existencia terrena, y llora no bien se persuade de que no asciende entre ellos su tierno bien amado, aún no libre del destierro de la vida; este singular poema, iluminado por los resplandores de la gloria, en cuyas estrofas se siente el aleteo de los querubines, el ritmo de los astros y el acordado canto de las vírgenes que rodean el trono de María es, a juicio mío, la manifestación más genial de Gabriel Rossetti. Transpira de sus delicadas estancias, como un perfume, la nostalgia de los cielos, el ansia de volar hacia esa región de venturas eternas, a donde van los que, según su feliz expresión, nacen cuando muren, y desde donde creía que estaba llamándole sin cesar la única y santa mujer a quien había amado en la tierra.

     Debo hablaros también, para completar mi reseña, de un anciano poeta, cuyo estro, contrariando las leyes de la Naturaleza, se ha desarrollado y crecido con los años: me refiero a Roberto Browning. Casi octogenario, ha conseguido atraer hacia las obras que escribe sentado ya en el borde del sepulcro, la atención y el entusiasmo de sus compatriotas.

     Es posible, según dice con mucha razón un crítico eminente, que desde Dante no haya habido en el mundo poeta alguno, incluso Göethe, que haya tenido más comentadores. En todos los pueblos de lengua inglesa, en Europa como en América, se han constituido numerosas asociaciones (Browing'societies), donde se discuten sus poemas, desentrañando su sentido, con tanto ardor como si se tratara de algunos pasajes obscuros de la Biblia o de la interpretación de indescifrables jeroglíficos egipcios.

     ¿Debe este venerable escritor renombre tan extraordinario a sus condiciones de moralista o a sus cualidades de poeta? No lo sé, ni hay para qué entrar ahora en este género de disquisiciones. Diré, sin embargo, por mi propia cuenta, que no siento por él admiración alguna. Creo yo que los poetas, y más en esta edad positiva en que toda alegoría ha perdido su valor y todo misterio su encanto, no deben escribir para ser explicados, sino para ser sentidos. Browning, gravemente preocupado con los problemas filosóficos y sociales desde un punto de vista puramente ético se hunde con frecuencia en sus abstracciones, como en un mar sin fondo; es difuso y poco claro, principalmente para los que hemos nacido en estas benditas tierras del mediodía, donde la idea, para que llegue a nuestro entendimiento, es menester que vaya impregnada de luz.

     Estragadas por las exigencias del público universal, más ávido de gustar el acre sabor de la novedad, por repugnante que sea, que de deleitar su espíritu con obras de verdadero mérito, las letras, y por tanto la poesía, atraviesan en Francia por un período de lamentable confusión. Reconozco que el deseo de excitar por cualquier medio la curiosidad del lector indiferente, hastiado o corrompido, es dolencia general en todas las literaturas de Europa; pero en la República vecina, donde la producción es tan enorme, el mal reviste excepcional importancia. Los mercaderes no sólo han invadido, sino que se han apoderado del templo y en él bulle, gesticula y vocifera una turba codiciosa de dinero, con más amor al negocio que al arte. Verdad es que hay todavía egregios escritores, poco dispuestos a sacrificar su nombre y su conciencia en aras de una reputación tan malsana como productiva -¡lástima sería que no los hubiera!-, pero tampoco es posible negar que el inmoderado afán de lucro ha trastornado en Francia muchos cerebros y muchos corazones.

     Dios me es testigo de que no me asusta ninguna doctrina, por atrevida que sea. Participo o no de ella, y la defiendo o la impugno con la vehemencia que nace de mi temperamento, si bien la tolerancia está tan arraigada en mí, que nunca se me ha ocurrido reclamar para la que me desagrada, ni siquiera para la que me indigna, los rigores de la proscripción. Creo firmemente que los principios, como los hombres, tienen sagrado derecho a la vida. Cuando son falsos o absurdos, cuando no satisfacen las necesidades del espíritu o van contra la ley natural, mueren sin necesidad de que la policía los persiga, el tribunal los juzgue y el verdugo los extermine. Sólo pido a aquellos que los profesan sinceridad y buena fe, y esto es, por desgracia, lo que más escasea, no sólo en la poesía, sino en todos los ramos de la literatura francesa contemporánea. Los escritores de París, que es el bazar intelectual del mundo, fabrican libros como cualquier otro artículo de comercio, más atentos al gusto del comprador que al suyo propio. No se cuidan de lo que sienten, sino de lo que sienten los demás, y según son los caprichos del mercado, así producen obras groseras o pulcras, sentimentales o inmundas. La cuestión para ellos es vender, y vender mucho, y vender pronto. Sin ir más lejos, Zola, el apóstol del naturalismo experimental, exagera su propio sistema porque no le siente, extrema la fría obscenidad de sus obras porque carece de ella; y como hay en su ser algo que es refractario a los mismos principios que proclama, a lo mejor, infringiendo los cánones de la escuela que ha fundado, se le escapa el acento idílico en la Culpa del abate Mouret, el simbolismo en Nana y la nota romántica en los últimos capítulos de Germinal. El poeta Richepin, especie de ogro, amamantado a los pechos de una civilización gastada, turanio, como él mismo se llama, pero turanio de pega, saturado de retórica clásica, y genuino representante del epicureísmo baudelairiano en su última degeneración moral, sufre también la fascinación del éxito o el acicate de la codicia, y prostituye su musa, lanzando sus Blasfemias a los vientos del escándalo. Mas como no escribe lo que piensa, ni expresa lo que su corazón le dicta, sus apóstrofes son pueriles como las amenazas de un chico, su impiedad es de relumbrón como un disfraz carnavalesco, y su lascivia la de un colegial que se la echa de corrido; sucia y mal hablada. Comparad, señores, el vocinglero aturdimiento de Richepin al increpar a Dios y revolverse contra las leyes divinas y humanas, con el lenguaje plácido y majestuoso en que Shelly expone su ateísmo y Leopardi su amor a la nada, y decidme francamente si al mismo tiempo que excitan vuestra risa las maldiciones ruidosas, las protestas campanudas y las burlas soeces del vate francés, no sentís que los cantos sublimes de aquellos eximios poetas os traspasan el corazón como una espada. ¿Y sabéis por qué? Porque de ellos rebosa un convencimiento, quizás equivocado, pero profundo, mientras que de las estrofas de Richepin, brota el negocio bajo su aspecto más cínico y aborrecible. No son más con todos sus primores, que un artículo de última moda, artificiosamente preparado por el instinto de la especulación, ávido y sin conciencia. Vuelvo a repetirlo: el ansia de alcanzar la notoriedad a toda costa, como el mejor camino para llegar rápida y fácilmente a la fortuna, ha perturbado en Francia los entendimientos más claros, y es el origen, no sólo de su corrupción intelectual, sino de las extravagancias apenas concebibles en que va insensiblemente cayendo.

     Ahí está, para no dejarme mentir, entre otras muchas sectas poético-artísticas a cuál más alambicada, la llamada escuela del decadentismo (según ella misma se apellidó, en un arranque de raro buen sentido), que como legítima heredera de los refinados parnasianos y adoradores de la rima rica en oposición a la rima natural, priva hoy en una gran parte de la juventud poética de la nación vecina, publica revistas en las cuales menosprecia todo el caudal poético de Francia como contrario a las nuevas reglas que proclama, e inunda el mercado de tomos de versos tan absurdos por su fondo como por su forma. No recuerdo género alguno de gongorismo que se acerque al de estos iniciadores. Ellos han roto con el ritmo, el metro, la rima, la sintaxis, hasta con el léxico de la lengua francesa, descubriendo sutilmente en los vocablos una doble o triple naturaleza simbólica ni siquiera sospechada, antes de la aparición en el campo literario de estos iluminados reformadores. No es tan sólo la palabra, como hasta ahora habían creído los simples mortales, el medio por el cual el pensamiento encarna y se exterioriza -acaso en este sentido es como menos valor tiene-; la palabra es sobre todo, para los culteranos del día, color, aroma, nota musical y figura geométrica. Hay según ellos palabras rojas, palabras azules, palabras amarillas, palabras verdes, violáceas, de todos los matices; las hay también ondeadas, rectas, circulares, planas; otras que contienen el olor del jazmín y de la violeta, del mar, de la carne femenina, de la tierra húmeda, y por último, muchas con bastante tonalidad para solicitar un puesto por derecho propio en el pentagrama. Con todos estos elementos exquisitamente combinados, escriben poesías, por lo menos así las llaman, en las cuales, sin que el lector se tome la molestia de leerlas -es el colmo de la felicidad- conoce de qué se trata, y sabe, si la escena pasa en un jardín, qué árboles le dan sombra, qué flores le perfuman, qué avecillas le alegran, qué cielo le cubre y qué personas le animan. Pedir más es gollería; como que cogiendo cualquier mortal el volumen de uno de estos vates quintaesenciados puede saturar su alma de poesía, sin más que mirarlo, palparlo y olerlo. Tal vez leyéndolo es como menos lo entienda.

     Sin embargo, enmedio de tantas extravagancias y perversiones del gusto y de la moral, originadas por el exceso de la competencia, Francia, gloriosa madre de grandísimos ingenios, puede mostrar en nuestros tiempos a la consideración y al respeto de las gentes, escritores, artistas y poetas de inestimable valía. Mas suponiendo que atravesase por un período de relativa esterilidad, la tierra que en la sucesión de tres centurias ha dado al mundo tantos y tan excelsos maestros en todos los órdenes de la actividad humana, tiene derecho, sin menoscabo de su fama, a reposar de su largo alumbramiento. No cuenta Francia en la hora presente con poetas de la talla gigantesca de Víctor Hugo. El eco, al repetir todavía el acento ensordecedor de aquel genio singularísimo, fecundo y desigual, que con las alas de la antítesis y de la hipérbole, ha recorrido los círculos de lo bello y de lo deforme, de lo grande y de la pequeño, de lo sublime y de lo monstruoso, ahoga y apaga con su resonancia póstuma las voces de los demás poetas franceses. A semejanza de los ríos caudalosos que, impulsados por la fuerza de su corriente, entran en el mar y prolongan largo trecho su marcha por encima de las olas, aquel desordenado e impetuoso raudal lírico flota aún y resuena sobre el abismo de la eternidad en que con tanto estrépito se ha precipitado. Es preciso, pues, para apreciar con imparcialidad el valor y la importancia de los poetas franceses del último tercio de nuestro siglo, apartar ante todo la memoria, no tanto de la estatura real, cuanto de la que un pueblo fanatizado atribuye al ídolo que ha perdido, la cual con el transcurso de los años, quedará reducida a proporciones siempre extraordinarias, pero menos colosales.

     Empezaré mi ligera reseña por Leconte de Lisle, heredero de Víctor Hugo en la Academia Francesa, por sus merecimientos propios y la recomendación especial del maestro; cosa, en verdad, extraña, porque su protegido simboliza la reacción más radical contra las exageraciones románticas, que habían poblado el teatro, la novela y la poesía de seres imaginarios, inverosímiles y absurdos. Mentira por mentira, ficción por ficción, Leconte de Lisle prefiere la helénica, donde al menos encuentra el arquetipo de la belleza eterna y la serena plasticidad de la forma.

     Pero él también extrema su doctrina, imponiendo a la poesía, para devolverla el reposo que ha perdido, la rígida inmovilidad de la muerte. Sostiene Leconte de Lisle que la poesía desciende de su pedestal y se degrada viviendo la vida humilde y participando de los sentimientos de los mortales. Según él, debe mostrarse ante el dolor humano tan desdeñosa e insensible como la naturaleza y los dioses. Es de esencia divina, y la dignidad de su alto origen la obliga a permanecer alejada de las miserias terrenas. Prescindiendo de todo aparato retórico, esto significa una violenta regresión a la suprema indiferencia que caracteriza en la historia el primer período del Renacimiento, sólo que con una circunstancia agravante en contra del poeta francés: es a saber, que el Renacimiento pecó por omisión involuntaria, y él peca por cálculo. Compréndese que, al despertar de la terrible noche de la Edad Media, el arte, tan rudo como el mundo de donde salía, quedase atónito, y deslumbrado ante aquel refulgente sol grecolatino, que de improviso hería sus ojos, y se concibe también que arrobado en la contemplación de un espectáculo para él tan nuevo como majestuoso, se olvidase por un momento de todo cuanto le rodeaba para no ver ni sentir más que la suavísima luz y la dulce música que le penetraban y envolvían. Pero en nuestros tiempos, cuando el escalpelo y la piqueta, es decir, el análisis y la crítica van reduciendo de día en día el campo de la ficción, cuando apenas nos deja conciliar el sueño el ruido de las cosas que a nuestro lado se derrumban, cuando el suelo removido vacila bajo nuestros pies, y no llega a nuestras almas doloridas sino confusamente el resplandor de los cielos, hay algo de vanidad inocente en el propósito de querer apartar nuestro espíritu de la triste realidad que nos acosa y en pretender distraer nuestra creciente incertidumbre con fábulas en que no creemos y con tragedias teogónicas que no sentimos. No: en todas las edades; pero particularmente en la nuestra, no hay para el hombre nada tan superior y tan interesante como el hombre mismo: fuera de él, todo es abstracción y sombra. Hay en la obra de Leconte de Lisle, fundada en un sistema, a mi entender erróneo, magnitud de pensamiento, corrección de líneas, riqueza descriptiva, número en el metro y abundancia en la rima; lo único imposible de hallar en ella es la vibración de la vida. No conozco en literatura alguna poesía más monumental que la que someramente juzgo; algunas de sus descripciones, acaso las mejores, parecen altos relieves de la Hélade o de la India; sus figuras, sin músculos, sin nervios ni sangre, tienen la quietud y el pulimento de las estatuas de mármol, y cuando considero la obra en conjunto me produce el efecto que me causaría un templo magnífico en donde no habitasen ni dioses ni hombres, iluminado por un sol esplendoroso que no calentara. Confieso, pues, que este famoso escritor con su grandiosidad, semejante a la de una cumbre nevada, me impone respeto, pero no me atrae ni me seduce.

     La veneración de Leconte de Lisle por el arte griego en su primitiva belleza, llega hasta la idolatría, conduciéndole al extremo de calificar de bárbaras todas las obras del ingenio que no se ajustan exactamente al molde de Homero y Esquilo. Podría afirmarse que para él la tierra quedó desierta, el cielo silencioso y el Parnaso vacío desde que aquellos excelsos poetas callaron.

     Extranjero en su propio siglo y ajeno por sistema a todas sus agitaciones, gózase ahondando en los misterios de las teogonías antiguas, y sólo le place pasear con los dioses, ya bajo los pórticos atenienses, ya en las sagradas selvas del Indostán, o ya entre las brumas tempestuosas del Norte. En este punto, su frecuente comunión intelectual con la mitología, y sobre todo, con los adoradores de Brahma, ha impregnado su poesía de un sentimiento panteísta que concuerda con las tendencias del pesimismo contemporáneo: el deseo de eterno reposo en el seno de la naturaleza, a la vez absorbente y creadora, en donde toda voluntad se anula, el hombre deja de ser hombre, y acaba al fin por confundirse con la divina esencia de la substancia universal. Sólo por este lado, es decir, por el más metafísico y menos comprensible para la multitud, coincide Leconte de Lisle, sin buscarlo, con una de las corrientes filosóficas de nuestros tiempos, acaso con la que mejor expresa el amargo desencanto y el cansancio intelectual de nuestra civilización febril y vertiginosa.

     Mucho original ha escrito y mucho ha traducido el poeta de quien trato; pero las obras que le han granjeado sólido crédito en la república de las letras son tres tomos de versos en los cuales ha reconcentrado su estética reformadora: los Poemas antiguos, los Poemas bárbaros, y los Poemas y Poesías. A pesar de la alteza de su numen, generalmente reconocida, Leconte de Lisle no es popular, y se explica bien que no lo sea por las razones que he expuesto al formular mi juicio sobre sus teorías literarias. El alejamiento voluntario y hosco de las realidades de la vida a que se ha condenado, le aísla entre la muchedumbre, a quien habla de cosas que no la importan y en un lenguaje que no entiende. Si de pronto sobreviniese la ruina total de nuestra civilización a consecuencia de un cataclismo tan violento como la irrupción de los bárbaros, y si pasada la tempestad, las generaciones futuras intentasen reconstituir para la historia aquella sociedad arrasada por la catástrofe, al dar entre los escombros con las obras perdidas de Leconte de Lisle, difícil sería que pudieran averiguar por el contenido de ellas, el tiempo y las circunstancias en que su autor había florecido. Hasta tal punto es impersonal e indiferente.

     Francisco Coppée, miembro desprendido del Cenáculo Parnasiano, cuya influencia sólo se deja sentir en él por su refinado amor a la rima nítida y acendrada, después de haberse contado en los primeros años de su juventud entre los más fervorosos discípulos de Leconte de Lisle, fue el poeta que antes se apartó del espíritu y de los procedimientos de su maestro. Leconte de Lisle husmea su inspiración entre los escombros del Olimpo devastado, Coppée la encuentra en la bullente variedad de la vida contemporánea; agrádale sólo a Leconte de Lisle, como he tenido ocasión de manifestaros, conversar con los dioses, a Coppée le atrae la dulce intimidad con los humildes y los desheredados de la tierra; Leconte de Lisle es impasible como la fatalidad griega, y Coppée tierno y conmovedor como un raudal de lágrimas. No levanta mucho el vuelo, pero se sostiene con cierta majestad, y si no siempre es verdadero, pocas veces deja de ser humano. La popularidad de este poeta, que cifra su mayor gloria en la sencillez, es grandísima, y ha llegado hasta nosotros, merced a la excelente traducción que de algunas de sus obras ha hecho uno de los más jóvenes cultivadores de la musa española. Esto, en cierto modo, me dispensa de entrar en más pormenores acerca del autor de El Relicario, de las Intimidades, del Confiteor, de la Huelga de los herreros y de tantas y tantas joyas en que la emoción desborda como el licor de una copa demasiado llena; pero no sin que reconozca, antes de pasar a otro asunto, la justicia con que ocupa uno de los primeros puestos entre los poetas franceses de la nueva generación.

     Con pena prescindo del delicado, melancólico y profundo Sully Prudhomme, que comparte con Coppée la predilección del público francés, así como de otros poetas que merecerían también el saludo de mi crítica. Pero mi trabajo, que daría materia para un libro, crece como la marea bajo mi pluma, y bien a mi pesar, me veo constreñido a proseguir en mi tarea sin detenerme, impulsado por la urgencia. Diré, sin embargo, para concluir, que la índole de la poesía francesa es hoy, en general, algún tanto afeminada e histérica; que el tono elegíaco predomina demasiado en ella, como es natural, aunque sensible, que suceda en una sociedad donde el árbol de la esperanza va quedándose desnudo de hojas, y por último, que si no renuncia a sus sutiles atildamientos, está expuesta a rodar hasta el fondo de su ya iniciada decadencia.

     Voy, pues, cumpliendo mi empeño, a formular mi opinión sobre la literatura rusa, en particular sobre la poesía, que ha sido hasta hace poco tiempo desconocida. Los tenebrosos crímenes que han ensangrentado y ensangrientan el vasto imperio moscovita, cometidos por algunas de sus innumerables sectas religiosas, políticas y sociales, cuya formación se debe, quizás por iguales partes, a los rigores del clima, a las asoladoras doctrinas del materialismo contemporáneo, a los estragos morales ocasionados por una prolongada opresión, y a los alucinamientos místicos, propios de una raza semiasiática, empezaron a excitar, no sin razón, la curiosidad de Europa. Pero el exaltado patriotismo francés, que ansioso de contar con el eficaz auxilio de Rusia, en la contingencia de guerras más o menos inmediatas, acaricia, abulta y ensalza cuanto procede de tan lejana región, es, o mucho me engaño, la causa que más ha contribuido a despertar la atención del mundo sobre los sucesos, las obras y los hombres de aquel enorme Estado.

     ¡Ay! hace mucho tiempo que en ese inmenso calabozo, sin aire y sin luz, la poesía, si no ha muerto, ha enmudecido. En los albores de nuestra centuria, cuando las ideas de libertad y progreso llegaron en las puntas de las bayonetas de Napoleón I hasta el corazón de Rusia, la poesía sintió de improviso correr por sus debilitadas venas el fecundo torrente de la savia primaveral. Dos inspirados jóvenes, que había formado la musa de Byron, entonces dominadora, abrieron con páginas de oro el libro de la lírica rusa, tal vez poco original en un principio, pero exuberante y desordenada como la vegetación de los trópicos. Era la hora de las ilusiones. Pronto el cansancio de una lucha estéril contra la resistencia cada vez más obstinada de las clases populares a entrar en el concierto de las naciones de Occidente, y la brutal persecución con que el despotismo se impuso a las tendencias innovadoras, apagaron el ardor de la juventud inteligente que había soñado con la regeneración de la patria. El menosprecio en que fueron cayendo los principios que tan calurosamente había abrazado la parte más ilustrada de la sociedad moscovita, el espectáculo de los demás pueblos de Europa, desgarrados por las facciones, y algunos años después, las consecuencias de la guerra de Crimea, que enardeciendo el patriotismo de la multitud, afirmó en la opinión y en el poder el predominio del viejo partido ruso, opuesto a todas las reformas, torcieron la dirección que aquel pueblo había parecido tomar, y la poesía, principal promovedora del movimiento fracasado, se encerró en el silencio más absoluto; porque las aves, cuando están tristes, no cantan.

     Desde entonces hasta nuestros días, la enfermedad intelectual y social de Rusia ha ido agravándose, y bajo el yugo de un despotismo incurable, podría decirse que el pueblo ruso se ha vuelto loco. Su facultad soñadora se ha atrofiado, porque nadie sueña entre los horrores del tormento, y la actual generación ha renunciado por completo en sus relaciones con la autocracia a toda idea de transacción y de paz; de suerte que ya no hay en Rusia más que rebeldes o resignados, pesimistas o místicos. Aguijoneada por los dolores cada vez más intensos del mal que la aqueja, no siente los placeres de la imaginación, ni encuentra en ellos lenitivo a sus crecientes angustias; busca remedios, remedios por todas partes, remedios a toda costa, y su literatura, respondiendo a esta necesidad generalmente sentida, se ha transformado en inmenso laboratorio donde todo se sujeta al análisis, al experimento y a la disección. Pero a medida que adelanta en su estudio, su esperanza ya amortiguada, va disipándose más, y el nihilismo revolucionario y el nihilismo místico van apoderándose de su conciencia. ¿Qué amor puede tener a una sociedad en cuyo áspero engranaje, siempre en movimiento, deja deshechos su cuerpo y su alma? Cuando un pueblo llega a tal estado, no tiene razón de ser la poesía; el único género posible en su literatura es la novela social, donde le sea fácil ver y comparar hora por hora, minuto por minuto, los síntomas y los progresos de su cruel dolencia.

     Un poeta ¡uno sólo! consigue todavía en medio de esta espantosa tribulación de los espíritus, hacerse oír con respeto de sus conciudadanos, y su voz, que permanece fiel a los altos destinos de la poesía, es voz de confortación y confianza. Apolo Maïcof, poeta esencialmente cristiano, se levanta con tranquila filosofía sobre el mortal desaliento o la ira demoledora, y condena ambos extremos como manifestaciones distintas de un mismo mal: la debilidad del ánimo. Saber resistir, saber perdonar, y en último caso, saber morir, son para él los supremos problemas de la vida. El drama Tres Muertes, que pasa por ser una de las obras maestras de Maïcof, desarrolla en forma enérgica y concisa este pensamiento, que después vuelve el autor a reproducir con mayor riqueza de pormenores, en otro poema del mismo género, titulado Los dos mundos. En el primero de estos dramas, no escritos para el teatro, el filósofo Séneca, el epicúreo Lucio y el poeta Lucano, complicados en una conspiración y condenados por Nerón a muerte, conversan por última vez mientras llega la hora del sacrificio, y expone cada cual, con admirable claridad, sus opiniones, sentimientos y creencias. Séneca, impasible, proclama en un arranque lírico de extraordinario vuelo la inmortalidad del alma; Lucano duda, se desespera y procura, aunque inútilmente, su evasión, y Lucio interviene en el diálogo de sus compañeros, o mejor dicho, le corta con sus escépticas y sarcásticas interrupciones. Un alumno predilecto de Séneca entra a verle a la sazón; refiere que una esclava ha sufrido las mayores torturas sin delatar a ninguno de los conjurados, y Lucano, al oírle, pasando, como todas las almas débiles, del decaimiento a la exaltación, teme parecer más cobarde que una mísera sierva, y en un arrebato de ira se da la muerte. Lucio, sin ilusiones y sin fe, muere burlándose como ha vivido, y sólo Séneca, que representa en este poema la fortaleza del varón constante, se salva. Antes de que tan inesperado desenlace termine la obra, Séneca exclama con ánimo sereno: «He perseguido en mi vida un solo fin, difícil de alcanzar: toda ella ha sido para mí hasta ahora una escuela de moral, y la muerte será mi última lección. Es ésta una letra nueva en el eterno y extraño alfabeto de lo desconocido; es como el principio de una causa infinita cuyo sentido misterioso empiezo a desentrañar. Mi camino ha terminado, ¿qué importa? Por la vida se va a la eternidad, y ya columbro desde el umbral de la noche, la aurora de nuevas existencias. No estoy al borde de la muerte, sino al borde de la resurrección». El mismo tema renace, como os he indicado, en Los dos mundos, que, según la opinión unánime de la crítica, es la obra capital de Maïcof; sólo que el problema se plantea, no ya entre algunas víctimas cuidadosamente escogidas por la tiranía, sino en el ancho escenario de la humanidad, y entre dos civilizaciones rivales. El poeta pone frente a frente la vieja y materializada sociedad romana, en cuya inteligencia se han extinguido todas las energías morales, y la humilde legión de Cristo, reclutada en las ergástulas, escondida en las catacumbas y diezmada en los circos, pero sobre la cual ha descendido el espíritu de Dios. Desarróllase el grandioso cuadro durante las horribles persecuciones neronianas, que alcanzan con tanta furia a los oprimidos como a los opresores, y unos y otros, aventados por la demencia del déspota, van, como leve hojarasca, arremolinados y revueltos hacia su trágico fin; pero ¡de cuán diferente manera! Los desalentados, los incrédulos y los corrompidos, mueren sin dejar detrás de sí más que el rastro de su sangre, como reses degolladas en el matadero, mientras los hombres de fe, los animosos y los purificados, mueren sentando las bases de una nueva y robusta civilización. ¿No es verdad que éstas son las enseñanzas viriles con que la poesía debe sacudir y despertar la voluntad enervada de los pueblos que, como el ruso, fluctúan entre la desesperación y el abatimiento? Porque, o yo me equivoco mucho, o no es infiltrando en la conciencia de los hombres la idea de que la libertad moral es vago fantasma de su deseo, ni convenciéndoles de su impotencia definitiva para quebrantar las cadenas con que los esclavizan fatal e irremisiblemente las leyes de la naturaleza, los vínculos de la sociedad, su propio organismo, la configuración de su cráneo, hasta la sangre que circula por sus venas, como se les prepara e infunde valor para las grandes batallas de la vida.

     Pero me acerco al término de mi discurso, y es menester que ponga fin a mis observaciones críticas sobre algunos de los más famosos líricos contemporáneos. No sin esfuerzo renuncio a emitir mi juicio sobre los poetas alemanes Federico Rodensteds y Roberto Hemerling, que figuran en el lugar más alto del Parnaso germánico, el primero por su colección de apasionados versos titulada Mirza Schaff, en la cual se respiran las brisas embalsamadas de Oriente, y el segundo por sus narraciones épicas Ashaveyo, El Rey de Sion y Herman Lingg, en donde traza con gran pujanza de genio los más sombríos cuadros de la historia. Pero aun cuando no sea más, quiero aprovechar la oportunidad con que la índole de mi trabajo me brinda, para consagrar cariñoso recuerdo a otro poeta distinguido, nuestro buen amigo Juan Fastenrath, que tanto ha hecho por las letras españolas, popularizándolas en su patria, y que ha iluminado el cielo de la poesía alemana con un rayo del sol de nuestra hermosa Andalucía.

     No obstante la presión que sobre mí ejerce el propósito de no fatigar por más tiempo vuestra paciencia, sería imperdonable que olvidase en mi desaliñada reseña al célebre italiano Josué Carducci, jefe y maestro de la novísima escuela de Bolonia, y en quien, por rara coincidencia, se amalgaman la inspiración del poeta y la perspicacia del erudito, sin que cualidades, al parecer, tan contradictorias, se perjudiquen ni estorben. Carducci maneja su dulcísima lengua como si fuese blanda cera, y ha llegado a escribir como Horacio escribiría si pudiese volver a platicar con las musas bajo las frondosas alamedas de Tibur. Enamorado de las formas clásicas como Leconte de Lisle, tiene sobre el poeta francés la doble ventaja de crear la belleza en un idioma más armonioso y flexible para el metro, y de haber abierto su entendimiento y su corazón a las tumultuosas pasiones de su siglo. Vate profundamente pagano y latino, daría la parte más preciada de su gloria por resucitar a Júpiter, si esta empresa no fuese, por lo menos, tan temeraria e imposible como la de matar a Cristo, Sus Odas Bárbaras pusieron el sello a su reputación, que ya había iniciado por toda Italia con el Himno a Satanás, en cuyas estrofas, cortas e incisivas como un dardo, canta las excelencias de la razón, emancipada de todo yugo, y ensalza su rebeldía.

     Aquí, señores, doy por terminada mi tarea. En la rápida e incompleta excursión que hemos hecho por el campo de la poesía habréis observado la sumisa complicidad de las musas con todas las tendencias materialistas de la época. Los más excelsos poetas se han puesto a su servicio, y la resistencia que ofrecen todavía algunos es como la del valeroso soldado de un ejército vencido y disperso, que prefiere la muerte a la ignominia de rendir las armas. Esto revela hasta qué punto el contagio se ha propagado y extendido, porque cuando la poesía, acostumbrada a volar por las alturas, no ha podido preservarse del mal, es porque los miasmas han envenenado todo el aire de la tierra. Es evidente que el equilibrio de la conciencia se ha roto; que la bestia ha prevalecido sobre el ángel, y que como consecuencia de este predominio, el libre albedrío aparece cada día más confuso, cuando no más anulado. Un fatalismo reflexivo que enerva las voluntades y debilita los caracteres, se ha apoderado del mundo intelectual, y se refleja en las más importantes manifestaciones del arte contemporáneo, singularmente en la literatura que es la gran vulgarizadora de todas las ideas. Las ilusiones de la vida y las piadosas promesas del cielo parecen haberse desplomado sobre muchos entendimientos superiores, acaso sobre los que más influencia ejercen en las generaciones actuales, y su voz llega a nuestros oídos como saliendo de entre los escombros de todo cuanto hemos creído, amado y reverenciado.

     ¿Qué nos queda ya de nuestro patrimonio divino? Nada más que la incierta vida; todo lo demás nos lo han arrebatado, y estamos reducidos a la última indigencia. Empezamos a ahogarnos en el seno de una civilización que nos deslumbra con sus inventos, sus maravillas y sus magnificencias; pero que al mismo tiempo nos roba el alma, y sentimos ya que vale mucho menos lo que nos da, que lo que nos quita. Por eso, en medio de las grandezas de nuestro siglo, la melancolía nos acompaña a donde quiera que dirigimos nuestros pasos; es como la sombra de nuestro cuerpo, o más bien, es la única almohada en donde reposa nuestra frente abrumada de pensamientos obscuros. La humanidad ha perdido sus alas, y marcha por caminos desconocidos, sin saber a dónde. Pero como no puede seguir por estos derroteros, sin caer en la más desconsoladora atonía moral; como no es fácil que se resigne a sacrificar dentro del triste fatalismo científico en que va hundiéndose gradualmente la austera responsabilidad de sus actos, que tanto la dignifica; como no es racional que semejante estado, puramente patológico, se prolongue de un modo indefinido, porque todo ser organizado, individual o colectivo, propende, mientras alienta, a expeler el elemento morboso que le daña, yo os anuncio con fe profunda una próxima y regeneradora reacción, que iniciará, como siempre, la poesía. No sé en qué forma, no sé cuándo; pero es para mí seguro que el día menos pensado el cielo derramará la benéfica lluvia del ideal sobre nuestras almas agostadas.

     No lo dudéis: la hora de la redención se acerca. Siéntese ya el batimiento de alas de la poesía que, como celeste precursora, vendrá a calmar las tristezas del mundo con el himno inmortal de la esperanza. «Creo -nos dirá apaciguando con sus suavísimos acentos nuestras zozobras-, creo en la fuerza del espíritu y en las victorias de la ciencia; creo en fines altos, sacros y lejanos; creo en la fraternidad de los pueblos que, de siglo en siglo, se transmiten su pensamiento; creo en el bien, que con la blanca frente coronada de rayos, bajará a curar las heridas de las almas y a disipar las tinieblas de la tierra; creo en las flores de la esperanza que crecen en los sepulcros; creo en el progreso necesario de la humanidad hacia los eternos ideales de la justicia; creo que los hombres no están perpetuamente sometidos al error, aunque muchas veces, antes de lograr la verdad, pasen por negras aflicciones y estrechen entre sus brazos sombras vanas; creo en el vuelo del alma que nunca se está quieta; creo en el libre albedrío de los hombres y de los pueblos; creo, finalmente, en Dios.» HE DICHO.

 

 



 

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