© Libro No. 702. Los Gritos del Combate. Núñez de Arce,
Gaspar. Colección E.O. Abril 12 de 2014.
Título original: © Los
Gritos del Combate. Gaspar Núñez de Arce.
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Los Gritos del
Combate
Gaspar Núñez de Arce

Prefacio
I
Accediendo a las reiteradas instancias de
algunos amigos míos, me he determinado a coleccionar, con el título de GRITOS
DEL COMBATE, los versos que bajo la impresión de dolorosos y trascendentales
sucesos, y en medio del fragor de la lucha, he escrito, durante estos últimos
años, acaso los más perturbados y revueltos de nuestra siempre revuelta y
perturbada historia.
Tal vez parezca a algunos extemporánea la
publicación; pero yo no escojo el momento; las circunstancias me lo brindan, y
no quiero desaprovechar la ocasión que se me ofrece de saldar mis cuentas
atrasadas con la revolución y con mi conciencia. Más lastimado por el
espectáculo de las miserias humanas que por la violencia de los sucesos;
triste, desengañado y abatido, siento cierta especie de melancólico orgullo en
mirar desde las regiones de la poesía los desvaríos, las impurezas, el
rebajamiento moral de esta época, tan exhausta de caracteres viriles como de
virtudes cívicas. ¡Ay, pobre musa mía! Tú no estuviste ciega. Viste con
claridad y desde muy lejos que no era posible cimentar nada sólido y permanente
en el fango agitado de nuestras costumbres públicas, y estuviste en lo cierto,
cuando en enero de 1866, al estallar los primeros chispazos del incendio que
nos ha consumido, exclamaste con previsora indignación:
No esperes en
revuelta sacudida
alcanzar el remedio por
tu mano,
¡oh sociedad rebelde y
corrompida!
Perseguirás
la libertad en vano;
que cuando un pueblo la
virtud olvida
lleva en sus propios
vicios su tirano.
Tampoco te equivocaste cuando en abril de
1868, es decir, seis meses antes del alzamiento de Cádiz, exponías en una
lectura pública celebrada en el Ateneo catalán, con motivo de los Juegos
florales, tus dudas e inquietudes sobre nuestro estado, y espantada ante el
grosero materialismo de nuestra edad descreída, me empujabas hacia la soledad,
de la cual ¡ojalá nunca hubiera salido! [1]
Pero las corrientes de la opinión, entonces
irresistibles, la actitud unánime de mi partido, y el temor de que mis juicios
y recelos no se fundaran en la realidad de las cosas sino en el desabrimiento
de mi carácter, algún tanto huraño, me arrancaron del retiro en donde vivía
consagrado exclusivamente al restablecimiento de mi salud quebrantada. La
revolución surgió de la noche a la mañana; el pueblo de Barcelona, a pesar de
mi alejamiento y honrándome más de lo que yo merecía, se acordó de mi nombre, casi
desconocido; eligiome individuo de su junta y me encomendó el gobierno de la
provincia en aquellos difíciles y angustiosos días. No sé si cumplí mi encargo
a gusto de todos; lo que sí sé -y por ello doy gracias al cielo-, es que
mientras ejercí el mando no se malgastó, como en otras partes, un solo céntimo
del Erario público en expansiones revolucionarias, no se cometió atropello
alguno, ni se derramó una sola gota de sangre. Llamado a Madrid, recibí la
comisión de redactar el Manifiesto de 26 de octubre de 1868, en el cual
el Gobierno del país expuso sus aspiraciones liberales, sus propósitos de
reorganización política, e hizo por primera vez declaraciones terminantes y
solemnes en favor de la monarquía. Pertenecí después a las Cortes
Constituyentes; voté, sin vacilaciones hipócritas ni reservas mentales, la
libertad religiosa con todas sus consecuencias; contribuí a la elección del rey
D. Amadeo de Saboya; aprobé o rechacé, según mi leal saber y entender, las
reformas que entonces se propusieron, y formé parte, así en la próspera como en
la adversa fortuna, de la fracción en que figuraban los elementos más templados
de la revolución de septiembre, si no siempre convencido, al menos siempre
disciplinado.
Elegido también diputado para las primeras
Cortes ordinarias del reinado de D. Amadeo de Saboya, y las siguientes,
trabajé, luché, hice cuanto pude con el fin de que se mantuviera en aquellas
críticas y azarosas circunstancias la conciliación de los partidos que habían
levantado la nueva monarquía. No soy orador; ni mis condiciones físicas, ni mi
genio retraído, ni mis inclinaciones literarias me han permitido jamás terciar
en esas ruidosas luchas de la palabra, tan vivas, tan ardientes, tan apasionadas,
y algunas veces tan desastrosas. Pero en la prensa, en mis conversaciones
amistosas, en las conferencias políticas, donde quiera que mi voz podía ser
oída, excitaba a la concordia, y señalaba los peligros de una ruptura que
irremisiblemente había de causar la perdición de todos y el aniquilamiento de
la patria. ¿Qué podía yo hacer, sin embargo, contra la conjuración de intereses
bastardos, ambiciones impacientes, envidias implacables y apetitos
desordenados, agrupados y fundidos para aquella obra de destrucción y
vergüenza? Hombres más autorizados que yo, obscuro soldado de filas, voluntades
más firmes que la mía y en más altas esferas colocadas, pretendieron en vano
oponerse al vértigo que se había apoderado de los partidos, y poner un dique a
aquella corriente desbordada de malas pasiones. Todo fue inútil: la catástrofe
sobrevino, y desde aquel momento la revolución de septiembre degeneró en
locura. De intemperancia en intemperancia, de caída en caída, hiriendo
ciegamente los sentimientos más respetables, dislocando o disolviendo las
fuerzas de resistencia, atreviéndose a los mayores absurdos, rodó, causando
estragos, hasta el fondo del precipicio, como el alud que desciende de las
cumbres; entregó la nación atónita y desarmada a las febriles sacudidas de la
demagogia; robusteció con los desesperados y ofendidos las mermadas huestes
carlistas, y después de habernos hecho pasar por los asesinatos de Alcoy, por
las ignominias de Barcelona, por los delirios sacrílegos de Cádiz, por los
crímenes de Cartagena, y por las más increíbles saturnales parlamentarias,
cuando el terror había invadido todas las conciencias y el sentimiento del
peligro debilitado el amor de la libertad en todas las almas, acabó ¡digno
término de su extraviada vida! por ponernos, con general alegría, a merced de
las sediciones militares y de los golpes de Estado.
II
Durante este período calamitoso, escribí,
como he dicho, las poesías que hoy reúno y colecciono, excepto algunas, muy
pocas, de distinta índole, que son de tiempos anteriores, y que he incluido en
el tomo para darle variedad y huir de la monotonía. Engendradas y nacidas al
calor de continuas turbulencias, palpita en estas composiciones la pasión que
ha conmovido mi ánimo en las varias alternativas del combate; la cólera, la
ironía, el desaliento, la alegría del triunfo, la amargura de la derrota, y raras
veces los arrebatos de la esperanza: mi lira no tiene esa cuerda. Lanzado desde
muy niño en las agitaciones de la vida pública, sobrecogido por los arduos
problemas políticos, sociales y religiosos que ha planteado nuestro siglo sin
haber podido resolverlos hasta ahora, y cegado por el polvo de las ruinas que
incesantemente van cubriendo el suelo de Europa, ¿es, por ventura, extraño que
la duda, la duda inquieta y dolorosa, se haya infiltrado en mi corazón y en mi
inteligencia? ¡He visto tanto en el aún no largo espacio de mi vida! Tronos
caídos y levantados, instituciones arrolladas y luego restablecidas,
revoluciones perturbadoras, pero fugaces, como cuanto es violento, todo ha
pasado ante mis ojos con rapidez asombrosa, y siempre para dejarme ver el mismo
resultado: la reacción atropellada por la anarquía, la anarquía devorada por la
reacción; la libertad, nunca. ¡Ay! Este estado de exaltación continua, apagando
las creencias, trastornando los sentimientos y envileciendo los caracteres, ha
hecho de nuestro pueblo, en otro tiempo tan espontáneo y animoso, una masa
humana confusa, informe, indiferente, escéptica, en la cual sólo sobresale el
egoísmo. Si es cierto que no ofrece resistencias, también lo es que ya no tiene
arranques; se deja llevar por donde quieren llevarle, y como las olas de un
río, va empujado por la corriente, o lo que es lo mismo, por la fuerza de la
costumbre, indolente, taciturno, sin calor ni entusiasmo.
Convencido de que todos los esfuerzos, así
los más débiles como los más vigorosos, son necesarios para arrancar a nuestra
patria de su postración moral, he procurado cumplir con este deber de
conciencia hasta donde me ha sido posible en la pequeñez de mis facultades
intelectuales. Mas sería inútil querer animar el espíritu entumecido de las
naciones que a tal extremidad han llegado con abstracciones deslumbradoras, por
desgracia, baldías, y pueriles ilusiones, nunca realizadas; hay que hablarlas
el lenguaje de la verdad, áspero y desabrido, apelar a su instinto de
conservación, y, para sacarlas de su atonía, penetrar haciéndolas sangre, hasta
los más ocultos repliegues de su incredulidad y su egoísmo. Esto es lo que he
intentado en algunas de mis obras dramáticas y en casi todas mis composiciones
líricas. He señalado los peligros y funestas consecuencias de ciertas ideas que
el pueblo admite sin reflexión, porque le halagan y adulan; he inculcado el
respeto y la obediencia a las leyes, como el medio más eficaz y seguro de
afianzar las libertades conquistadas, y en nombre del derecho, he combatido
siempre la corrupción de arriba y la licencia de abajo. Recordando las austeras
enseñanzas de la historia, que es, por decirlo así, el cuadro patológico de la humanidad,
en donde se ven sus enfermedades y se estudian sus síntomas, he repetido en
todos los tonos, que, cuanto más adelantada está una sociedad en la senda de
los progresos materiales, tanto más fácil es que caiga en la abyección, en la
demencia y en la tiranía, si pierde el sentido moral y las virtudes públicas la
abandonan; porque cuando los dioses se van, no se van solos: la dignidad humana
los acompaña. Francia y España, donde desgraciadamente todo es posible y todo
es efímero, son vivo ejemplo de esta verdad trivial, pero olvidada; pueblos sin
ideal, marchan al azar, haciendo siempre tentativas infructuosas, cambiando a
cada instante de postura sin hallar ninguna que mitigue sus dolores, devorados
por la fiebre, consumidos por la impotencia, faltos de energía para salvarse,
porque no tienen fe; sin resignación para sufrir su suerte, porque no tienen
esperanza. Estos principios han sido el constante tema de mis cantos en medio
de las más alegres expansiones de la muchedumbre y de sus más ruidosos triunfos,
lo cual me ha valido por parte de muchas personas la calificación de poeta
hipocondriaco, misántropo, aficionado a los cuadros sombríos y hasta algún
tanto enemigo de la libertad; ¡de la libertad, que ha sido y es el más profundo
amor de mi vida!
Tampoco ha faltado quien, bajo el punto de
vista exclusivamente estético, haya censurado el carácter de mis trabajos
literarios y sostenido con argumentos muy atendibles, que el arte no debe
descender desde su altura a las ingratas realidades de la vida, ni menos
mezclarse en las rudas y tumultuosas discusiones de la plaza pública. Quizás
tengan razón los que en este sentido me han criticado; pero respetando su
juicio, séame lícito sostener el mío, que es, sobre cuestión tan ardua y
compleja, no sólo distinto, sino diametralmente opuesto.
Seré muy breve en la exposición de mi
doctrina literaria.
III
Muchas veces, considerando los primores de
forma a que ha llegado nuestra poesía contemporánea, tan rica en versos
melodiosos, en brillantes imágenes y elegantísimos giros, he tratado de
inquirir las causas del disfavor, o más bien, del desvío con que el público la
mira, y no he acertado a darme explicación precisa y convincente de este
fenómeno. ¿Será acaso porque el siglo actual, esencialmente analítico,
materializado y frío, rechace las inspiraciones del sentimiento y condene los
vuelos de la fantasía? Difícil es que la historia registre en sus anales siglo
tan entregado a los caprichos de la imaginación como el nuestro. En ciencias,
en filosofía, en política, todas son hipótesis más o menos aventuradas,
cálculos más o menos probables, sistemas ingeniosos, en los cuales entra quizás
tanta cantidad de invención como de observación. Vivimos en el siglo de las
utopías, y la utopía es hermana menor de la poesía; es como ésta, hija de las
musas. En nuestra Edad no son los poetas, propiamente dichos, los que más han
soñado. Los delirios de Fourrier y de Saint-Simón; las atrevidas paradojas de
Proudhon y de Stuart-Mill; la doctrina de la evolución natural, dirigida por
leyes fatales, y aplicada por Herbert Spencer al desarrollo de la humanidad
para hacer inútil la intervención de la Providencia; las concepciones
maravillosas de Kant, Hégel, Krause y toda la pléyade de filósofos alemanes,
que tan poderoso influjo han ejercido y ejercen todavía en las artes, la
literatura y la política del mundo; las conjeturas de las ciencias físicas y
naturales empeñadas en arrancar a la noche de los tiempos el secreto de nuestro
origen, y los trabajos del prehistoricismo, que intenta reconstruir lo
desconocido, descifrar lo indescifrable y llegar por medio de deducciones sutiles
a los últimos términos de lo pasado, cada vez más distante y obscuro, ¿son otra
cosa más que sueños sublimes, donde las verdades se mezclan con las ficciones,
y ante cuya grandeza, si no convencido, se detiene, por lo menos, atónito el
pensamiento? El magnetismo, la frenología, el espiritismo, los trípodes
parlantes, los sombreros giratorios, las más inverosímiles fábulas y las
creencias más extravagantes han dado en nuestros días la vuelta al mundo, a
pesar del escepticismo que le devora, o más bien, a causa de este mismo
escepticismo; porque en el cerebro humano hay un hueco donde reside la fe
religiosa, y cuando esta virtud le desaloja, huyendo a los cielos, la
naturaleza, que en el orden moral como en el físico tiene, según la frase
vulgar, horror al vacío, le llena con el absurdo. Pero sin ir tan lejos, sin
apartarnos del terreno más humilde de la literatura, ¿hay motivo ni pretexto
siquiera, para acusar de prosaica a una centuria en la cual han resplandecido,
como grandes constelaciones, Goethe y Schiller, Byron y Shelley, Víctor Hugo y
Lamartine, Manzoni y Leopardi, Quintana y Espronceda, Almeida Garret y
Herculano? No; sería injusto, por tanto, atribuir a causa tan fútil la
decadencia de la poesía española: otras razones existen que la explican mejor,
y entre ellas, la más exacta y valedera es, en mi concepto, la que voy a
permitirme exponer, sin explanarla, en defensa propia.
La poesía es, seguramente, la más alta
revelación del arte, y sin embargo, es la más pobre y menos libre en sus
manifestaciones externas. Aventájanla la escultura, en la severidad y firmeza
de las líneas; la pintura, en la expresión y el colorido; la música, en la
armonía y en la vaguedad del sentimiento; pero, en cambio, supera a todas en la
elevación, amplitud y sublimidad de sus concepciones. El pensamiento humano,
más o menos cohibido en las demás artes; tiende sus alas con holgura en los
espacios infinitos de la poesía: no se siente encadenado por la piedra, el
lienzo ni el sonido. Cuando desconociendo su potencia intelectual y creadora,
se cuida más de la forma que del fondo, y pretende competir con sus hermanas en
la belleza plástica y armónica, la poesía desfallece y decae, porque no dispone
del cincel, de la paleta ni del instrumento musical; la materia se le escapa de
entre las manos; quiere sujetarla, y abraza el vacío. La poesía, para ser
grande y apreciada, debe pensar y sentir, reflejar las ideas y pasiones,
dolores y alegrías de la sociedad en que vive; no cantar como el pájaro en la
selva, extraño a cuanto le rodea, y siempre lo mismo. Es preciso que remueva
los afectos más íntimos del alma humana, como el arado remueve la tierra:
abriendo surcos. Y cuanto más ahonde; cuanto más penetre y encarne en las
entrañas de un pueblo y de una época, tanto más estimada será, tanto más
sentida y menos disputada su influencia. Dante se apodera del alma de su siglo,
de sus rencores teológicos, de sus venganzas y amores políticos, y por espacio
de más de cien años hace a todas las artes tributarias de su genio. La
arquitectura, la pintura y hasta la música misma buscan en él sus
inspiraciones, y en los albores del Renacimiento, a pesar de la corriente irresistible
de la antigüedad pagana, que entonces lo arrolla todo, las gigantescas obras de
Miguel Ángel parecen animadas todavía por el espíritu del gran poeta.
Ahora bien: ¿es posible que una nación tan
profundamente trabajada como la nuestra, donde todo está en tela de juicio;
herida, desangrada, calenturienta, y -¿por qué no decirlo?- estragada y
corrompida, se satisfaga y entretenga con la oda ampulosa, sin sentido ni
objeto, puramente imaginativa, artificial, rumorosa como la onda y el aire? Los
hechos parecen demostrar lo contrario. Tampoco creo que distraigan sus penas ni
exciten su curiosidad dormida las arcaicas reproducciones, frías como el
retrato de un muerto, de nuestros tiempos gloriosos y caballerescos, con sus
galanes pendencieros, sus damas devotas y libidinosas y su ferviente misticismo
entreverado de citas y cuchilladas. Y pienso que todavía han de conmoverle
menos esos suspirillos líricos, de corte y sabor germánicos, exóticos y
amanerados, con los cuales expresa nuestra adolescencia poética sus desengaños
amorosos, sus ternuras malogradas y su prematuro hastío de la vida. Mayores
estímulos necesita nuestra sociedad para volver los ojos a la abandonada y
solitaria musa lírica, más vigorosos sacudimientos para despertar sus dormidas
emociones; que cuando, como los viejos gastados y viciosos, busca en los
espectáculos públicos sólo el halago de los sentidos o los acicates de la
concupiscencia, el baile desordenado de las bacantes, la bufonada irrespetuosa
de los incrédulos y la exposición de mujeres más o menos desnudas, pero siempre
poco vestidas, no ha de satisfacerse con esos cánticos de la poesía vagos,
arqueológicos o infantiles. Y aunque se satisficiera, ¿debe de ser ésta la
misión del arte en los tiempos de lucha incesante que alcanzamos, cuando todo
oscila, cae o se transfigura bajo el ariete de nuevas ideas; cuando no le es
permitido a ninguna manifestación del entendimiento humano permanecer impasible
y neutral ante las graves y trascendentales cuestiones que se ventilan en el
seno de las sociedades modernas? La glacial indiferencia del público responde a
mi pregunta y resuelve de plano el problema. No es menester decir más.
Y cuenta que no es esto condenar en absoluto
géneros líricos que tienen incontestables bellezas, y en los cuales tanto se
han distinguido y se distinguen todavía inteligencias peregrinas, gloria y
ornamento de las letras patrias. Lo que censuro es el carácter general de
nuestra poesía, o mejor dicho, el predominio que ejercen en ella, por la fuerza
de la rutina o porque es más fácil dilatar el vuelo por los mundos brillantes
de la imaginación, que descender a los obscuros y muchas veces dolorosos abismos
de la reflexión, esas inspiraciones indeterminadas, sin pensamiento ni alcance,
que nada dicen y a ninguna parte van, llenas de galas y adornos, como las
pobres doncellas muertas a quienes se atavía y corona de flores para
conducirlas al campo santo.
Bien sé que no todos los poetas siguen el
camino trillado, y algunos hay a quienes sinceramente admiro, que han roto el
molde antiguo y arrancado de su lira sones penetrantes, notas vigorosas y
acentos llenos de la pasión que conmueve a nuestro siglo. Son los menos; pero
la acogida benévola y afectuosa que el público les dispensa, agotando en poco
tiempo las ediciones de sus obras, mientras deja dormir en polvoriento olvido
las de aquellos que no responden a las exigencias de nuestro estado social, político
y religioso, parece revelar elocuentemente que no voy extraviado en mi juicio,
y que la época presente reclama de sus poetas algo más que versos sonoros,
imágenes deslumbradoras, recuerdos históricos y sentimientos de pura
convención.
Estas opiniones que sobre la naturaleza y
fines del arte profeso y expongo en mi abono, explican la tendencia de la
mayoría de mis composiciones líricas, que será equivocada y falsa; pero que
nace de profundo y arraigado convencimiento. ¡Ay! Únicamente me aflige (porque,
si en efecto peco, me falta la voluntad para arrepentirme) que la pobreza de mi
ingenio no me consienta justificar con el ejemplo todos los fundamentos de mi
doctrina. Mas si son verdaderos, la juventud que sigue nuestros pasos, menos fatigada
que yo, con más anchos y luminosos horizontes ante la vista, llegará a donde no
alcanzo y entrará en esa tierra de promisión de la poesía que a mí sólo me es
dable contemplar desde lejos, luchando con mi propia impotencia intelectual,
decaído y desesperanzado.
IV
¡Quiera Dios que logre además tiempos más
bonancibles y no se vea, como nosotros, condenada a cantar en medio de los
horrores de la guerra civil, ni oiga en sus largas noches de insomnio el
estertor de la patria moribunda! ¡Quiera Dios que pueda celebrar las conquistas
pacíficas de la civilización, el afianzamiento de la libertad, la muerte de la
anarquía, la regeneración del espíritu público y las luchas fecundas del
trabajo! Nosotros no tendremos esta fortuna. Nos ha tocado vivir en medio de
los dos períodos más terribles y morbosos por que puede pasar un pueblo: la
inflamación y la supuración; la revolución y la podredumbre. Pero alguna vez el
légamo revuelto volverá al fondo; alguna vez se cerrará la herida que ahora
está abierta y destilando humores acres; algún día la luz del cielo disipará
las sombras de nuestras conciencias atormentadas. Entonces comprenderán los que
tal ventura vean, que no es el desorden el camino de la libertad, ni se templan
los caracteres en el yunque de la anarquía que todo lo degrada, las almas y los
cuerpos.
No lo niego: miro la anarquía, que ha
desnaturalizado los generosos móviles de la revolución, con horror invencible;
pero se engañaría grandemente quien me creyese capaz de renegar de una sola de
las legítimas conquistas que hemos hecho, a costa de tan duros sacrificios.
Hoy, como ayer, defiendo la libertad religiosa, íntegra, sin mutilaciones
hipócritas, con sus dos alas para volar por las esferas de la ciencia, la
inviolabilidad de la cátedra y la del libro; hoy lo mismo que ayer, afirmo y
quiero la monarquía, no como una petrificación de los tiempos antiguos,
cubierta de vanos oropeles y rodeada de ceremonias humillantes, que han caído
en desuso hasta en los imperios de Oriente, sino como institución moderadora,
imparcial, vivificada por el espíritu del siglo, religiosa sin fanatismo,
respetable y respetada; hoy, como siempre, defiendo la intervención del país,
legalmente representado, en la dirección de los negocios públicos para que el
progreso se cumpla y realice de un modo ordenado, regular, tranquilo, sin
sacudidas ni violencias; para que siga su curso como los ríos caudalosos que
fertilizan los campos por donde atraviesan, y no como las inundaciones
repentinas que, no sólo arrastran en su impetuosa corriente cuanto encuentran
al paso, árboles, edificios, ganados y hombres, sino que esterilizan las
tierras más productivas, cubriéndolas de arenas infecundas.
Pero sin querer me aparto del objeto que me
había propuesto, y ya es hora de poner término a este Prefacio que crece
y se alarga bajo mi pluma más de lo conveniente. Diré, resumiendo, que la
revolución de septiembre me deja donde me encontró: algo más quebrantado; pero
siempre el mismo. Entré en ella con desconfianza y salgo sin remordimiento. No
fui de los que la iniciaron, no me conté con los que la torcieron, y tampoco me
apresuro a imitar a los que la abandonan. En medio de sus triunfos, dije la verdad,
no la adulé, no excité sus malas pasiones ni aplaudí sus excesos. Hoy tengo el
derecho de hablarla en el mismo tono, y no podrá acusarme de ingrato, porque
con ella caigo, sus responsabilidades acepto, y a nadie pido perdón de haberla
seguido. Me resigno, sin odio ni cólera, con mi suerte; si he acertado, el
tiempo me hará justicia; si me he equivocado, absuélvame de mi error la
obscuridad a que voluntariamente me condeno. Esperaré mejores días sin
prevenciones irreflexivas ni impaciencias interesadas, porque no pertenezco al
número de esos hombres fáciles de todos los tiempos, que sólo saben hacer
penitencia de sus culpas en las altas posiciones del Estado, o que se creen de
buena fe, sin duda, con títulos bastantes para intervenir en todos los éxitos y
tomar su parte de botín en todas las victorias.
Hechas estas aclaraciones, sólo me falta para
terminar, ofrecer mis respetos al público y recomendar mis versos a su
inagotable benevolencia.
G. NÚÑEZ DE ARCE.
9 de marzo de 1875.
Introducción
¡Los tiempos son de lucha! ¿Quién concibe
el ocio muelle en nuestra edad inquieta?
En medio de la lid canta el poeta,
el tribuno perora, el sabio escribe.
Nadie el golpe que da ni el que recibe
siente, a medida que el peligro aprieta:
desplómase vencido el fuerte atleta
y otro al recio combate se apercibe.
La ciega multitud se precipita,
invade el campo, avanza alborotada
con el sordo rumor de la marea.
Y son, en el furor que nos agita,
trueno y rayo la voz; el arte, espada;
la ciencia, ariete; tempestad la idea.
11 de
diciembre de 1874.
A Quintana
En
celebridad de su coronación
de mi niñez serena,
cuando las leves horas de mi vida
resbalaban en calma,
y no ahuyentaba la ambición ardiente
las doradas imágenes del alma;
mi buen padre, en aquella
tierna y dichosa edad, me refería
la página más bella
que hay en la historia de la patria mía.
Contome cómo un día
de eterno luto y duelo,
vino desde las márgenes del Sena
a posarse orgullosa en nuestro suelo
la águila altiva de Austerliz y Jena;
cómo, en vibrante cólera encendido
el pueblo castellano,
combatió contra el genio y la fortuna;
y al escuchar tan peregrina historia,
bendije a Dios, que colocó mi cuna
en donde crece el lauro de la gloria.
Pobre niño inocente,
«¿quién, pregunté a mi padre, animar pudo
vuestro brazo nervudo?
¿Qué genio prepotente
despertó vuestro espíritu valiente?
¿Qué voz agitadora y soberana
mantuvo en vuestros pechos la energía?»
Y mi padre llorando respondía:
«¡la voz del gran QUINTANA!
España en ese acento
palpitaba y gemía;
él era la expresión del sentimiento
de la nación ibera,
el eco fiel de nuestras glorias era.»
.........................
Desde entonces te amé, y este cariño
no huyó como las blandas ilusiones
que halagan siempre el corazón del niño.
Por eso hoy que en tu frente
brilla el lauro inmortal, genio profundo,
paréceme que veo
coronado el esfuerzo giganteo
con que el pueblo español asombró al mundo.
12 de
marzo de 1855.
La guerra
la historia
prudentemente,
dos monarcas de
Occidente
riñeron fiera batalla.
La
causa del rompimiento
no está, en verdad, a mi
alcance,
ni hace falta para el
lance
que referiros intento.
Sobre
el campo del honor
cubierto de sangre y
gloria,
donde alcanzó la
victoria
más la astucia que el
valor;
dos
discípulos de Marte,
que airados se
acometieron
y juntamente cayeron
pasados de parte a
parte;
sumergidos
en el lodo,
mientras que llegaba el
cura
para darles sepultura,
platicaban de este modo:
SOLDADO PRIMERO
¡Hola,
compadre! ¿Qué tal
te ha parecido el
asunto?
SOLDADO SEGUNDO
Puesto que me ves
difunto
debe parecerme mal.
SOLDADO PRIMERO
Pues
ha sido divertida
la función: mira a tu
lado.
Lo menos hemos quedado
doce mil héroes sin
vida.
Y en esto
me quedo corto,
que me enfadan los
extremos.
SOLDADO SEGUNDO
¡Con qué habilidad nos
hemos
destrozado! Estoy
absorto.
Ha
habido alarmas y sustos
y muertes y atrocidades
para todas las edades
y para todos los gustos.
SOLDADO PRIMERO
Mas yo
quisiera saber
por qué con tanto
denuedo
nos matamos...
SOLDADO SEGUNDO
¡Ay!
No puedo
tu duda satisfacer.
Para
entrar en esta danza
tuve que dejar mi
oficio.
Sé que aprendí el
ejercicio,
sé que estudié la
Ordenanza.
Sé que
en compañía de esos
que están mordiendo la
tierra,
me trajeron a la guerra
y me moliste los huesos.
Y, en
fin, francamente hablando,
puedo decirte al oído,
que he muerto como he
nacido;
sin saber por qué, ni
cuándo.
SOLDADO PRIMERO
De tu
explicación me huelgo,
porque mi vida retrata.
En esto, alzando la pata
un moribundo jamelgo,
¡Gracias,
dioses inmortales!
-dijo con voz lastimera-
Pues de la misma manera
morimos los animales.
Cuando
pasó la impresión
de tan extraño
incidente,
así anudó el más
valiente
la rota conversación:
SOLDADO PRIMERO
Aunque
ignoramos la ley,
origen de esta querella,
juro a Dios vivo que en
ella
lleva la razón mi rey.
SOLDADO SEGUNDO
¿Y por
qué?
SOLDADO PRIMERO
Porque
es el mío.
SOLDADO SEGUNDO
¡Qué salida de pavana!
La justicia es de quien
gana.
SOLDADO PRIMERO
De tu ignorancia me río.
¡Pues
cuántos que han hecho eternos
sus nombres con la
victoria,
no han ido a gozar la gloria
de su triunfo a los
infiernos!
SOLDADO SEGUNDO
Considera
lo que dices,
porque estoy ardiendo en
ira.
SOLDADO PRIMERO
¡No me alces el
gallo!...
SOLDADO SEGUNDO
Mira
que te rompo las
narices.
Y
fieros y cejijuntos
a combatir empezaron
de nuevo... ¡y no se
mataron,
porque ya estaban
difuntos!
Diéronse
golpes crueles,
hasta que hueca y ufana
llegó la Locura humana,
sonando sus cascabeles.
Puso
paz entre los dos
y dijo con desenfado:
«¿Qué es esto? Habéis
olvidado
que sois imagen de Dios?
Tal
vez la inmortalidad
con justo título esperen
los que por la patria
mueren,
por Dios, por la
libertad.
Pero
que el hombre sucumba
en conquistadora guerra,
cuando siete pies de
tierra
le bastan para su tumba;
o que
en lucha fratricida
entre, sin saber quizá
ni por qué la muerte da,
ni por qué pierde la
vida;
esto
mi paciencia apura,
y cuantas veces lo veo,
aunque soy Locura, creo
que es demasiada
locura.»
Diciembre
de 1857.
Recuerdos
I
y tantos recuerdos vivos!...
en el corazón humano
jamás se forma el vacío.
Nace una ilusión y muere;
pero su cadáver mismo
queda insepulto en el alma
y siempre en la mente fijo.
¡Ay! Por eso yo que os llevo
ha tantos años conmigo,
esperanzas engañosas
que me halagasteis de niño;
hoy que bajo el grave peso
de vuestro cadáver gimo,
¡infeliz de mí! quisiera
que nunca hubierais nacido.
II
¿Te acuerdas? Al pie de un árbol
en el jardín de tu casa,
el dulce y maduro fruto
ibas cogiendo en la falda.
Turbando nuestra alegría.
crujió de pronto la rama,
diste un grito, y desplomado
caí sin voz a tus plantas.
No vi más; pero entre sueños
me pareció que escuchaba
desconsolados gemidos,
tiernas y amantes palabras.
Y cuando volví a la vida,
en una sola mirada
se besaron nuestros ojos
se unieron nuestras almas.
III
¿Te acuerdas? Seis años hace
cuando por la vez primera
eterno amor nos juramos
y fidelidad eterna.
¡Cuán venturosas corrieron
las horas ¡ay! y cuán prestas!
un deseo, una esperanza
fue nuestra dulce existencia.
Turbose un día el encanto
de aquella pasión inmensa,
y el viento de la fortuna
llevome a lejanas tierras.
Colgándote de mi cuello,
en llanto amargo deshecha,
«vuelve, me dijiste, vuelve;
que mi corazón te llevas».
Volví... ¡Ya estabas casada!
y un ángel de rubias hebras
en tu regazo dormía
el sueño de la inocencia.
Posé, temblando, mis labios
en su faz blanca y risueña,
y al mirarte, vi que estabas
pálida como una muerta.
IV
Después, aturdido, ciego,
cuando me hirió el desengaño,
en tus queridas memorias
quise vengar mis agravios.
Busqué frenético el rizo
de tus cabellos castaños,
que en la postrer despedida
me diste, Inés, sollozando.
«Muera, dije, este recuerdo
de aquel corazón ingrato,
y arrastre el viento en cenizas
la inútil prenda que guardo».
Miréla suspenso y mudo,
hasta que ahogándome el llanto,
en vez de arrojarla al fuego
la llevé ¡loco! a mis labios.
¡Ay! quiera Dios que no veas
presa en amorosos lazos,
al hijo de tus entrañas
llorar, como estoy llorando.
V
¿Te acuerdas cuando en los días
de mi secreto infortunio
dudaba yo de mí mismo,
pobre, olvidado y obscuro;
enjugando compasiva
mi llanto abundante y mudo,
«no desmayes, me dijiste,
que el porvenir será tuyo».
Yo compartiré contigo
lauros, honores y triunfos,
y a la sombra de tu fama
nuestro amor llenará el mundo.
Hoy rompe a veces mi nombre
la indiferencia del vulgo,
y a veces también su aplauso
trémulo y turbado escucho.
Pero como estás muy lejos
y en vano te llamo y busco
paréceme que resuena
en el hueco de un sepulcro.
1862.
El reo de
muerte
¡Oh, vedle; vedle! ¡Turbia y ardiente la mirada,
en brazos de su culpa que le acrimina austera,
tan lejos y tan cerca de la insondable nada,
del mundo que le arroja, del polvo que le espera!...
¡Luchando con extrañas y horribles agonías
que traen ante sus ojos en rápida carrera
sus inocentes horas, sus conturbados días,
el cuadro pavoroso de su existencia entera!
Ayer, aunque entre sombras, lo porvenir incierto,
brindábale ilusiones de amor y de ventura,
y hoy, asomado al borde de su sepulcro abierto,
contempla horripilado la eternidad obscura.
La muerte, que le acosa con misterioso grito,
despierta los terrores de su conciencia impura:
quiere llamar, y apaga sus voces el delito,
quiere huir, y le asalta la hambrienta sepultura.
¡Ay, si recuerda entonces el dulce hogar sereno
donde pasó ignorada su infancia soñadora,
la amante y pobre madre que le llevó en su seno,
único ser acaso que le disculpa y llora!
¡Ay triste de él si al lado del hondo precipicio
su amparo no le presta la fe consoladora;
la fe que se levanta potente en el suplicio
y da sus alas de ángel al alma pecadora!
¡Miradle! Cada paso que hacia el cadalso avanza
de su agitada vida los horizontes cierra:
apágase en sus ojos la luz de la esperanza
y el peso de la muerte fatídico le aterra.
¡Ay, ten valor! Si un día de imprevisión y dolo
te puso con los hombres y con la ley en guerra,
mañana entre los muertos abandonado y solo
en su profundo olvido te envolverá la tierra.
Aparta tu mirada terrífica y sombría
de esa apiñada turba que bulle en el camino
para gozar del triste placer de tu agonía
y presenciar el término de tu fatal destino.
¡Oh! no la empuja sólo su imbécil sentimiento
hacia el cadalso infame que espera al asesino.
¡Hasta la cumbre misma del Gólgota sangriento
siguió también los pasos del Redentor divino!
Julio
de 1861.
Fotografías
¡Pantoja,
ten valor! Rompe la valla:
luce, luce en tarjeta y en
membrete
y cabe el toro que enganchó
a Pepete
date a luz en las tiendas
de quincalla.
Eres un necio.
-Cierto.- Pero acalla
tu pudor y la duda no te
inquiete.
¿Qué importa un necio más
donde se mete
con pueril presunción tanta
morralla?
¡Valdrás
una peseta, buen Pantoja!
No valen mucho más rostros
y nombres
que la fotografía al mundo
arroja.
Enséñanos
tu cara y no te asombres:
deja a la edad futura que
recoja,
tantos retratos y tan pocos
hombres.
30 de
abril de 1862.
Crepúsculo
y la luz tibia y
dudosa
del crepúsculo
envolvía
la naturaleza
toda.
Los
dos estábamos solos,
mudos de amor y
zozobra,
con las manos enlazadas,
trémulas y
abrasadoras,
contemplando
cómo el valle,
el mar y apacible
costa,
lentamente iban
perdiendo
color,
transparencia y forma.
A
medida que la noche
adelantaba
medrosa,
nuestra tristeza
se hacía
más invencible y
más honda.
Hasta
que al fin, no sé cómo,
yo trastornado,
tú loca,
estalló en
ardiente beso
nuestra pasión
silenciosa.
¡Ay!
al volver suspirando
de aquel éxtasis
de gloria,
¿qué vimos?
sombra en el cielo
y en nuestra
conciencia sombra.
1863.
¡Treinta
años!
¡Treinta
años! ¿Quién me diría
que tuviese al cabo
de ellos,
si no blancos mis
cabellos
el alma apagada y
fría?
Un día tras otro
día
mi existencia han
consumido,
y hoy asombrado,
aturdido,
mi memoria se
derrama
por el ancho
panorama
de los años que he
vivido.
Y
aparecen ante mí
fugitivas y
ligeras,
las venturosas
quimeras
que desvanecerse
vi:
la inocencia que
perdí
y aquel vago
sentimiento
que animó mi
pensamiento
cuando eran mis alegrías
las mágicas
armonías
del mar, del bosque
y del viento.
Han
sido para mi daño
en la vida que
disfruto,
un siglo cada
minuto,
una eternidad cada
año.
El dolor y el
desengaño
forman parte de mí
mismo,
y el torpe
materialismo
de esta edad
indiferente,
cubre de sombras mi
frente
y abre a mis pies
un abismo.
Sacude
el mar su melena
de crespas olas,
rugiendo,
y con pavoroso
estruendo
los aires asorda y
llena.
Pero una playa de
arena,
su audaz cólera
contiene...
¡Ay! ¿Quién habrá
que refrene
el tormentoso
océano
que en el
pensamiento humano
ni fondo ni orillas
tiene?
¡La
razón!... Tanto se encumbra
tan locamente
camina,
que ya no es luz
que ilumina
sino hoguera que
deslumbra.
Al horror nos
acostumbra,
siembra de ruinas
el suelo,
y en su
inextinguible anhelo
álzase hasta Dios
atea
con la sacrílega
idea
de derribarle del
cielo.
He
visto tronos volcados,
instituciones
caídas,
y tras recias
sacudidas
pueblos y reyes
cansados.
Propios y ajenos
cuidados
muévenme continua
guerra,
y mi espíritu se
aterra
cuando, perdida la
calma,
siento rugir en el
alma
la tempestad de la
tierra.
Cuando
pienso en lo que fui,
hondas heridas
renuevo,
y me parece que
llevo
la muerte dentro de
mí.
No veo lo que antes
vi,
no siento lo que he
sentido,
no responde ni un
latido
del corazón si a él
acudo,
llamo al cielo y
está mudo,
busco mi fe y la he
perdido.
Infeliz
generación
que vas, con loco
ardimiento,
nutriendo tu
entendimiento
a expensas del
corazón,
dime, ¿no es cierto
que son
vivas tus penas y
ardientes?
¿No es verdad que
te arrepientes,
presa de terrores
graves,
de los misterios
que sabes
y de las dudas que
sientes?
¡Yo
sí! Feliz si lograra,
después de mis
desengaños,
lanzar hacia atrás
los años
que el destino me
depara.
Pero ¡ay! el tiempo
no para
ni tuerce su curso
el río,
ni vuelve al nido
vacío
el ave muerta en la
selva,
¡ni quiere el cielo
que vuelva
la esperanza al
pecho mío!
4 de
agosto de 1864.
A España
Roto
el respeto, la obediencia rota,
de Dios y de la ley
perdido el freno,
vas marchando entre
lágrimas y cieno,
y aire de tempestad tu
rostro azota.
Ni
causa oculta, ni razón ignota
busques al mal que te
devora el seno;
tu iniquidad, como sutil
veneno,
las fuerzas de tus
músculos agota.
No
esperes en revuelta sacudida
alcanzar el remedio por
tu mano
¡oh sociedad rebelde y
corrompida!
Perseguirás
la libertad en vano,
que cuando un pueblo la
virtud olvida,
lleva en sus propios
vicios su tirano.
6 de
enero de 1866.
La duda
A mi querido amigo el distinguido poeta don Antonio Hurtado
Desde
esta soledad en donde vivo,
y en la cual de los hombres
olvidado
ni cartas ni periódicos
recibo;
donde reposo en apacible
calma,
lejos, lejos del mundo que ha
gastado
con la del cuerpo la salud del
alma;
antes de que el torrente
desbordado
de la ambición con ímpetu
violento
me arrebate otra vez; desde la
orilla
donde yace encallada mi barquilla,
libre ya de las ondas y del
viento,
como recuerdo de amistad te
escribo.
¡Ay! Aunque
salvo del peligro, siento
la inquietud angustiosa del
cautivo,
que rompiendo su férrea
ligadura,
traspasa fatigado a la ventura
montes, llanos y selvas,
fugitivo.
El rumor apagado que levantan
las hojas secas que a su paso
mueve,
las avecillas que en el árbol
cantan,
el aire que en las ramas se
cimbrea
con movimiento reposado y
leve,
el río que entre guijas
serpentea,
la luz del día, la callada
sombra
de la serena noche, el eco, el
ruido,
la misma soledad ¡todo le
asombra!
Y cuando ya de caminar
rendido,
sobre la yerta piedra se
reclina
y le sorprende el sueño y le
domina,
oye en torno de sí, medio
dormido,
vago y siniestro son. Despierta,
calla,
y fija su atención
despavorido;
las tinieblas le ofuscan, se
incorpora
y el rumor le persigue. «¡Es
el latido
de su azorado corazón que
estalla!»
Y entonces ¡ay! desesperado
llora.
Porque es la libertad don tan
querido.
que en el humano espíritu
batalla,
más que el placer de
conseguirla, el miedo
de volverla a perder.
Yo
que no puedo
recordar sin espanto la
agonía,
la dura y azarosa
incertidumbre
en que mi triste corazón gemía
sometido a penosa servidumbre,
cuando, arista a merced del
torbellino,
sin elección ni voluntad
seguía
los secretos impulsos del
destino,
y, en ese pavoroso
desconcierto
de la social contienda,
consumía
la paz del alma ¡la esperanza
mía!
hoy que la tempestad arrojó al
puerto
mi navecilla rota y
quebrantada,
temo ¡infeliz de mí! que otra
oleada
la vuelva al mar donde mi
calma ha muerto.
Para vencer
su furia desatada
¿qué soy yo? ¿qué es el
hombre? Sombra leve,
partícula de polvo en el desierto.
Cuando el simún de la
pasión le mueve,
busca el átomo al átomo, y la
arena
es nube, es huracán, es
cataclismo.
Gigante mole los espacios
llena,
bajo su peso el mundo se
conmueve,
obscurece la luz, llega al
abismo
y al sumo Dios que la formó se
atreve.
Vértigo arrollador todo lo
arrasa;
pero después que el torbellino
pasa
y se apacigua y duerme la
tormenta,
¿qué queda? Polvo mísero y
liviano
que el ala frágil del insecto
aventa,
que se pierde en la palma de
la mano.
¡Oh grata soledad, yo te
bendigo,
tú que al náufrago, al triste,
al pobre grano
de desligada arena das abrigo!
Muchas
veces, Antonio, devorado
por ese afán oculto que no
sabe
la mente descifrar, me he
preguntado,
-cuestión a un tiempo
inoportuna y grave-
¿qué busco? ¿adónde voy? ¿por
qué he nacido
en esta Edad sin fe? Yo soy un
ave
que llegó sola y sin amor al
nido.
A este nido social en que
vegeta,
mayor de edad, la ciega
muchedumbre,
al infortunio y al error
sujeta
entre miseria y sangre y podredumbre.
Contémplala, si puedes, tú que
al cielo
con tus radiantes alas de
poeta
tal vez quisiste remontar el
vuelo,
y si éste el mundo que soñaste
ha sido
nunca el encanto de tu dicha
acabe...
¡Ay! pero tú también eres un
ave
que llegó sola y sin amor al
nido.
Desde la
altura de mi siglo, tiendo
alguna vez con ánimo atrevido,
mi vista a lo pasado, y
removiendo
los deshechos escombros de la
historia,
en el febril anhelo que me
agita
sus ruinas vuelvo a alzar en
mi memoria.
Y al través de las capas
seculares
que el aluvión del tiempo
deposita
sobre columnas, pórticos y
altares;
del polvo inanimado con que
cubre
la loca vanidad del polvo
vivo,
que arrebata a su paso
fugitivo,
como el viento las hojas en
octubre;
mudo de admiración y de
respeto
busco la antigüedad -roto
esqueleto
que entre la densa lobreguez
asoma-
y ofrecen a mi absorta
fantasía
sus dioses Grecia, sus
guerreros Roma,
sus mártires la fe cristiana y
pía,
el patriotismo su grandeza
austera,
sus monstruos la insaciable
tiranía,
sus vengadores la virtud
severa.
Y llevado en las alas del
deseo
que anima mi ilusión, a veces
creo
volver a aquella Edad: En la
espesura
del bosque, en el murmullo de
la fuente,
en el claro lucero que
fulgura,
en el escollo de la mar
rujiente,
en la espuma, en el átomo, en
la nada,
Apolo centellea, alza su
frente
de luminoso lauro coronada.
Por él la luna que entre
sombras gira,
la luz que en rayos de color
se parte,
la ola que bulle, el viento
que suspira,
todo es Dios, todo es himno,
todo es arte.
¡Ay! ¿No es verdad que en tus
eternas horas
de desaliento y decepción,
recuerdas
esa dorada Edad, y que te
inspira
el coro de sus musas
voladoras,
que murmuran y gimen en las
cuerdas
de la ya rota y olvidada lira?
Aunque las llames, no vendrán;
¡han muerto!
La voz del interés grosera y
ruda
anuncia que el Parnaso está
desierto
la naturaleza triste y muda.
Que en este
siglo de sarcasmo y duda
sólo una musa vive. Musa
ciega,
implacable, brutal. ¡Demonio
acaso
que con los hombres y los
dioses juega!
La Musa del análisis, que
armada
del árido escalpelo, a cada
paso
nos precipita en el obscuro
abismo
o nos asoma al borde de la
nada.
¿No la ves? ¿No la sientes en
ti mismo?
¿Quién no lleva esa víbora
enroscada
dentro del corazón? ¡Ay!
cuando llena
de noble ardor la juventud
florida
quiere surcar la atmósfera
serena,
quiere aspirar las auras de la
vida,
esa Musa fatal y tentadora
en el libro, en la cátedra, en
la escena
se apodera del alma y la
devora.
¡Si a veces imagino que
envenena
la leche maternal! En nuestros
lares,
en el retiro, en el regazo
tierno
del amor, hasta al pie de los
altares
nos persigue ese aborto del
infierno.
¡Cuántas
noches de horror, conmigo a solas,
ha sacudido con su soplo
ardiente
los tristes pensamientos de mi
mente
como sacude el huracán las
olas!
¡Cuántas, ay, revolcándome en
el lecho
he golpeado con furor mi
frente,
he desgarrado sin piedad mi
pecho,
y entre visiones lúgubres y
extrañas,
su diente de reptil, áspero y
frío,
he sentido clavarse en mis
entrañas!
¡Noches de soledad, noches de
hastío
en que, lleno de angustia y
sobresalto,
se agitaba mi ser en el vacío
de fe, de luz y de esperanza
falto!
¿Y quién mantiene viva la
esperanza
si donde quiera que la vista
alcanza
ve escombros nada más? Por
entre ruinas
la humanidad desorientada
avanza;
hechos, leyes, costumbres y
doctrinas
como edificio envejecido y
roto
desplomándose van; sordo y
profundo
no sé qué irresistible
terremoto
moral, conmueve en su cimiento
el mundo.
Ruedan los
tronos, ruedan los altares:
reyes, naciones, genios y
colosos
pasan como las ondas de los
mares
empujadas por vientos
borrascosos.
Todo tiembla en redor, todo vacila.
Hasta la misma religión
sagrada
es moribunda lámpara que
oscila
sobre el sepulcro de la edad
pasada.
Y cual turbia corriente
alborotada,
libre del ancho cauce que la
encierra,
la duda audaz, la asoladora
duda
como una inundación cubre la
tierra.
-¡Es que el manto de Dios ya
no la escuda!-
No la defiende el varonil
denuedo
de la fe inexpugnable y de las
leyes,
y el dios de los incrédulos,
el miedo,
rige a su voluntad pueblos y
reyes.
Él los rumores bélicos
propala,
él organiza innúmeras legiones
que buscan la ocasión, no la
justicia.
Mas ¿qué podrán hacer? No se
apuntala
con lanzas, bayonetas ni
cañones,
el templo secular que se
desquicia.
En medio de este caos, como un
arcano
impenetrable, pavoroso,
obscuro,
yérguese altivo el pensamiento
humano
de su grandeza y majestad
seguro.
Y semejante al árbol carcomido
por incansable y destructor
gusano,
que cuando tiene el corazón
roído,
desenvuelve su copa más
lozano,
al través del social
desasosiego
cruza la tierra en su corcel
de fuego,
hasta los cielos atrevido
sube,
pone en la luz su vencedora
mano,
el rayo arranca a la irritada
nube
y horada con su acento el
Océano.
¡Mas, ay, del árbol que
frondoso crece
sostenido no más por su
corteza!
Tal vez la brisa que las
flores mece
derribará en el polvo su
grandeza.
¡Tal vez!
¿Lo sabes tú? ¿Quién el misterio
logra profundizar? Esta
sombría
turbación, esta lóbrega
tristeza
que invade sin cesar nuestro
hemisferio,
¿es acaso el crepúsculo del
día
que se extingue, o la aurora
del que empieza?
¿Es ¡ay! renacimiento o
agonía?
Lo ignoras como yo. ¡Nadie lo
sabe!
Sólo sé que la dulce poesía
va enmudeciendo, y cuando
calla el ave
es que su obscuridad la noche
envía.
Oigo el desacordado clamoreo
que alza doquier la
muchedumbre inquieta
sin freno, sin antorcha que la
guíe;
ando entre ruinas, y espantado
veo
cómo al sordo compás de la
piqueta
la embrutecida indiferencia
ríe.
-También en
Roma, torpe y descreída,
la copa llena de espumoso y
rico
licor, gozábase desprevenida,
hasta que de improviso por la
herida
que abrió en su cuello el
hacha de Alarico
escapósele el vino con la
vida.-
Todo el cercano cataclismo
advierte;
pero en esta ansiedad que nos
devora
ninguno habrá que a descifrar
acierte
la gran transformación que se
elabora.
¿Y qué más
da? Resurrección o muerte,
vespertino crepúsculo o
aurora,
los que siguen llorando su
camino
por medio de esta confusión
horrenda,
con inseguro paso y rumbo
incierto,
¿dónde levantarán su débil
tienda
que no la arranque el raudo
torbellino
ni la envuelva la arena del
desierto?
En otro tiempo el ánimo
doliente,
atormentado por la duda
humana,
postrábase sumiso y penitente
en el regazo de la fe cristiana,
y allí bajo la bóveda sombría
del templo, el corazón
desesperado
se humillaba en el polvo y
renacía.
Cristo en la cruz del Gólgota
clavado
extendía sus brazos,
compasivo,
al dolor sublimado en la
plegaria,
y para el pobre y triste
fugitivo
del mundo, era la celda
solitaria
puerto de salvación, sepulcro
vivo,
anulación del cuerpo
voluntaria.
¡Ay! En
aquella paz santa y profunda
todo era austero, reposado,
grave.
La elevación de la gigante
nave,
la luz entrecortada y
moribunda,
la sencilla oración de un
pueblo inmenso
uniéndose a los cánticos del
coro,
la armonía del órgano sonoro,
las blancas nubes de quemado
incienso,
el frío y duro pavimento, fosa
común, perpetuamente renovada,
de la cual cada tumba, cada
losa
es doble puerta que limita y
cierra
por debajo el silencio de la
nada,
por encima el tumulto de la
tierra;
aquella majestad, aquel olvido
del siglo, aquel recuerdo de
la muerte,
parecían decir con infinita
dulzura al corazón
desfallecido,
al espíritu ciego, al alma
inerte:
Ego sum via, et veritas et
vita.
Aquí en su pequeñez el hombre
es fuerte.
Mas ¿dónde iremos ya? Torpes y
obscuros
planes hallaron en el claustro
abrigo,
y Dios airado desató el
castigo
y con el rayo derribó sus
muros.
¿Dónde posar la fatigada
frente?
¿Dónde volver los afligidos
ojos,
cuando ha dejado el corazón
creyente
prendidos en los ásperos
abrojos
su fe piadosa y su interés
mundano?
¿Dónde?
¡En
ti, soledad! Yo te bendigo,
porque al náufrago, al triste,
al pobre grano
de desligada arena das abrigo.
San
Gervasio de Cassolas (Barcelona).
20 de
abril de 1868.
¡Amor!
¡Oh
eterno Amor, que en tu inmortal carrera,
das a los seres vida y
movimiento,
con qué entusiasta admiración
te siento,
aunque invisible, palpitar
doquiera!
Esclava tuya
la creación entera,
se estremece y anima con tu
aliento,
y es tu grandeza tal, que el
pensamiento
te proclamara Dios, si Dios no
hubiera.
Los
impalpables átomos combinas
con tu soplo magnético y
fecundo:
tú creas, tú transformas, tú
iluminas,
y en el cielo infinito, en el
profundo
mar, en la tierra atónita
dominas,
¡Amor, eterno Amor, alma del
mundo!
1872.
Estrofas
I
desbordose una vez como un
torrente
y exclamó llena de viril
denuedo:
«No he de callar, por más que
con el dedo,
ya tocando los labios, ya la
frente,
silencio avises o amenaces
miedo».
II
Y al estampar
sobre la herida abierta
el hierro de su cólera
encendido,
tembló la concusión, que
siempre alerta,
incansable y voraz, labra su
nido,
como gusano ruin en carne
muerta,
en todo Estado exánime y
podrido.
III
Arranque de
dolor, de ese profundo
dolor que se concentra en el
misterio
y huye amargado del rumor del
mundo,
fue su sangrienta sátira
cauterio
que aplicó sollozando al patrio
imperio,
mísero, gangrenado y moribundo.
IV
¡Ah! si hoy
pudiera resonar la lira
que con Quevedo descendió a la
tumba,
en medio de esta universal
mentira,
de este viento de escándalo que
zumba,
de este fétido hedor que se
respira,
de esta España moral que se
derrumba;
V
de la viva y
creciente incertidumbre
que en lucha estéril nuestra
fuerza agota;
del huracán de sangre que
alborota
el mar de la revuelta
muchedumbre;
de la insaciable y honda
podredumbre
que el rostro y la conciencia
nos azota;
VI
de este
horror, de este ciego desvarío
que cubre nuestras almas con un
velo,
como el sepulcro, impenetrable
y frío;
de este insensato pensamiento
impío
que destituye a Dios, despuebla
el cielo
y precipita el mundo en el
vacío;
VII
si en medio
de esta borrascosa orgía
que infunde repugnancia al par
que aterra
esa lira estallara, ¿qué sería?
Grito de indignación, canto de
guerra,
que en las entrañas mismas de
la tierra
la muerta humanidad conmovería.
VIII
Mas porque el
gran satírico no aliente,
¿ha de haber quien contemple y
autorice
tanta degradación, indiferente?
«¿No ha de haber un espíritu
valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que
se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se
siente?»
IX
¡Cuántos
sueños de gloria evaporados
como las leves gotas de rocío
que apenas mojan los sedientos
prados!
¡Cuánta ilusión perdida en el
vacío,
y cuántos corazones anegados
en la amarga corriente del
hastío!
X
No es la
revolución raudal de plata
que fertiliza la extendida
vega:
es sorda inundación que se
desata.
No es viva luz que se difunde
grata,
sino confuso resplandor que
ciega
y tormentoso vértigo que mata.
XI
Al menos en
el siglo desdichado
que aquel ilustre y vigoroso
vate
con el rayo marcó de su
censura,
podía el corazón atribulado
salir ileso del mortal combate
en alas de la fe radiante y
pura.
XII
Y apartando
la vista de aquel cieno
social, de aquellos fétidos
despojos,
de aquel lúbrico y torpe
desenfreno,
fijar llorando sus ardientes
ojos,
en ese cielo azul, limpio y
sereno
de santa paz y de esperanzas
lleno.
XIII
Pero hoy
¿dónde mirar? Un golpe mismo
hiere al César y a Dios. Sorda
carcoma
prepara el misterioso
cataclismo;
y como en tiempos de la antigua
Roma,
todo cruje, vacila y se
desploma
en el cielo, en la tierra, en
el abismo.
XIV
Perdida en
tanta soledad la calma,
de noche eterna el corazón
cubierto,
la gloria, muda, desolada el
alma,
en este pavoroso desconcierto
se eleva la razón, como la
palma
que crece triste y sola en el
desierto.
XV
¡Triste y
sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria
mayor? ¿Dónde más hondo
desconsuelo?
¿De qué la sirve desgarrar el
velo
que envuelve y cubre la vivaz
materia,
y con profundo inextinguible
anhelo
sondar la tierra, escudriñar el
cielo;
XVI
entregarse a
merced del torbellino
y en la duda incesante que la
aqueja.
el secreto inquirir de su
destino;
si a cada paso que adelanta,
deja
su fe inmortal, como el vellón
la oveja,
enredada en las zarzas del
camino?
XVII
¿Si a su
culpada humillación se adhiere
con la constancia infame del
beodo,
que goza en su abyección, y en
ella muere?
¿Si ciega, y torpe, y degradada
en todo,
desconoce su origen y prefiere
a descender de Dios, surgir del
lodo?
XVIII
¡Libertad,
libertad! No eres aquella
virgen, de blanca túnica
ceñida,
que vi en mis sueños pudibunda
y bella.
No eres, no, la deidad
esclarecida
que alumbra con su luz, como
una estrella,
los lóbregos abismos de la
vida.
XIX
No eres la
fuente de perenne gloria
que dignifica el corazón humano
y engrandece esta vida
transitoria.
No el ángel vengador que con su
mano
imprime en las espaldas del
tirano
el hierro enrojecido de la
historia.
XX
No eres la
vaga aparición que sigo
con hondo afán desde mi edad
primera,
sin alcanzarla nunca... Mas
¿qué digo?
No eres la libertad, disfraces
fuera,
¡licencia desgreñada, vil
ramera
del motín, te conozco y te
maldigo!
XXI
¡Ah! No es
extraño que sin luz ni guía
los humanos instintos se
desborden
con el rugido del volcán que
estalla,
y en medio del tumulto y la
anarquía,
como corcel indómito, el
desorden
no respete ni látigo ni valla.
XXII
¿Quién podrá
detenerle en su carrera?
¿Quién templar los impulsos de
la fiera
y loca multitud enardecida,
que principia a dudar y ya no
espera
hallar en otra luminosa esfera,
bálsamo a los dolores de esta
vida?
XXIII
Como Cristo
en la cúspide del monte,
rotas ya sus morales ligaduras,
mira doquier con ojos espantados,
por toda la extensión del
horizonte
dilatarse a sus pies vastas
llanuras,
ricas ciudades, fértiles
collados.
XXIV
Y excitando
su afán calenturiento
tanta grandeza y tanto poderío,
de la codicia el persuasivo
acento
grítale audaz: «¡El cielo está
vacío!
¿A quién temer?» Y ronca y sin
aliento
la muchedumbre grita: «¡Todo es
mío!»
XXV
Y en el
tumulto su puñal afila,
y la enconada cólera que
encierra
enturbia y enardece su pupila,
y ensordeciendo el aire en son
de guerra
hace temblar bajo sus pies la
tierra,
como las hordas bárbaras de
Atila.
XXVI
No esperéis
que esa turba alborotada
infunda nueva sangre generosa
en las venas de Europa
desmayada;
ni que termine su fatal
jornada,
sobre el ara desierta y polvorosa
otro Dios levantando con su
espada.
XXVII
No esperéis,
no, que la confusa plebe,
como santo depósito en su pecho
nobles instintos y virtudes
lleve.
Hallará el mundo a su codicia
estrecho,
que es la fuerza, es el número,
es el hecho
brutal ¡es la materia que se
mueve!
XXVIII
Y buscará la
libertad en vano,
que no arraiga en los crímenes
la idea,
ni entre las olas fructifica el
grano.
Su castigo en sus iras
centellea
pronto a estallar, que el rayo
y el tirano
hermanos son. ¡La tempestad los
crea!
25 de
abril de 1870.
Miserere
que alzó Felipe Segundo
para admiración del mundo
y ostentación de su imperio,
yace envuelto en el misterio
y en las tinieblas sumido.
De nuestro poder, ya hundido,
último resto glorioso,
parece que está el coloso
al pie del monte, rendido.
El viento del Guadarrama
deja sus antros obscuros,
y estrellándose en los muros
del templo, se agita y brama.
Fugaz y rojiza llama
surca el ancho firmamento,
y a veces, como un lamento,
resuena el lúgubre son
con que llama a la oración
la campana del convento.
La iglesia, triste y sombría,
en honda calma reposa,
tan helada y silenciosa
como una tumba vacía.
Colgada lámpara envía
su incierta luz a lo lejos,
y a sus trémulos reflejos
llegan, huyen, se levantan
esas mil sombras que espantan
a los niños y a los viejos.
De pronto, claro y distinto,
la regia cripta conmueve
ruido extraño, que aunque leve,
llena el mortuorio recinto.
Es que el César Carlos Quinto,
con mano firme y segura
entreabre su sepultura,
y haciendo una horrible mueca,
su faz carcomida y seca
asoma por la hendidura.
Golpea su descarnada
frente con tenaz empeño,
como quien sale de un sueño
sin acordarse de nada.
Recorre con su mirada
aquel lugar solitario,
alza el mármol funerario,
y arrebatado y resuelto
salta del sepulcro, envuelto
en su andrajoso sudario.
«¡Hola!» grita en son de guerra
con aquella voz concisa,
que oyó en el siglo, sumisa
y amedrentada la tierra.
«¡Volcad la losa que os cierra!
Vástagos de imperial rama,
varones que honráis la fama,
antiguas y excelsas glorias,
de vuestras urnas mortuorias
salid, que el César os llama.»
Contestando a estos conjuros,
un clamor confuso y hondo
parece brotar del fondo,
de aquellos mármoles duros.
Surgen vapores impuros
de los sepulcros ya abiertos:
la serie de reyes muertos
después a salir empieza,
y es de notar la tristeza,
el gesto despavorido
de los que han envilecido
la corona en su cabeza.
Grave, solemne, pausado,
se alza Felipe Segundo,
en su lucha con el mundo
vencido, mas no domado.
Su hijo se despierta al lado,
y detrás del rey devoto,
aquel que humillado y roto
vio desmoronarse a España,
cual granítica montaña
a impulsos del terremoto.
Luego el monarca enfermizo,
de infausta y negra memoria,
en cuya Edad nuestra gloria,
como nieve se deshizo.
Bajo el poder de su hechizo
se estremece todavía.
¡Ay, qué terrible armonía,
qué obscuro enlace se nota
entre aquel mísero idiota
y su exhausta monarquía!
Con terrífica sorpresa
y en silencioso concierto,
todos los reyes que han muerto
van saliendo de su huesa.
La ya apagada pavesa
cobra los vitales bríos,
y se aglomeran sombríos
aquellos yertos despojos,
aquellas cuencas sin ojos,
aquellos cráneos vacíos.
De los monarcas en pos,
respondiendo al llamamiento,
cual si llegara el momento
del santo juicio de Dios,
acuden de dos en dos
por claustros y corredores,
príncipes, grandes señores,
prelados, frailes, guerreros,
favoritos, consejeros,
teólogos e inquisidores.
¡Qué es mirar como serpea
por su semblante amarillo
el fosforescente brillo
que la podredumbre crea!
¡Qué espíritu no flaquea
con mil terrores secretos,
viendo aquellos esqueletos,
que ante el César, que los nombra,
se deslizan por la sombra
mudos, absortos, inquietos!
¡Cuántas altas potestades,
cuántas grandezas pasadas,
cuántas invictas espadas,
cuántas firmes voluntades
en aquellas soledades
muestran sus restos livianos!
¡Cuántos cráneos soberanos,
que el genio habitara en vida,
convertidos en guarida
de miserables gusanos!
Desde el triste panteón
en que se agolpa y hacina,
hacia el templo se encamina
la fúnebre procesión.
Marcha con pausado son
tras del rey que la congrega,
y cuando a la iglesia llega,
inunda la altiva nave
un resplandor tibio y suave,
que ni deslumbra ni ciega.
Guardando el regio decoro,
como en los siglos pasados,
reyes, príncipes, prelados
toman asiento en el coro.
Después en tropel sonoro
por el templo se derrama,
rindiendo culto a la fama
con que llena las historias,
aquel haz de muertas glorias,
que el César convoca y llama.
Por mandato soberano
de Carlos, que el cetro ostenta,
llega al órgano y se sienta
un viejo esqueleto humano.
La seca y huesosa mano
en el gran teclado imprime,
y la música sublime,
que a inmensos raudales brota,
parece que en cada nota
reza y llora, canta y gime.
Uniendo al acorde santo
su voz, los muertos despojos
caen ante el ara de hinojos
y a Dios elevan su canto.
Honda expresión del quebranto,
aquel eco de la tumba
crece, se dilata, zumba,
y al paso que va creciendo,
resuena con el estruendo
de un mundo que se derrumba:
«Fuimos las ondas de un río
caudaloso y desbordado.
Hoy la fuente se ha secado,
hoy el cauce está vacío.
Ya ¡oh Dios! nuestro poderío
se extingue, se apaga y muere.
¡Miserere!
»¡Maldito, maldito sea
aquel portentoso invento
que dio vida al pensamiento
y alas de luz a la idea!
El verbo animado ondea
y como el rayo nos hiere.
¡Miserere!
»¡Maldito el hilo fecundo
que a los pueblos eslabona,
y busca, y cuenta, y pregona
las pulsaciones del mundo!
Ya en el silencio profundo
ninguna injusticia muere.
¡Miserere!
»Ya no vive cada raza
en solitario destierro,
ya con vínculo de hierro
la humana especie se enlaza.
Ya el aislamiento rechaza:
ya la libertad prefiere.
¡Miserere!
»Rígido y brutal azote
con desacordado empuje
sobre las espaldas cruje
del rey y del sacerdote.
Ya nada existe que embote
el golpe ¡oh Dios! que nos hiere.
¡Miserere!
»Mas ¡ay! que en su audacia loca,
también el orgullo humano
pone en los cielos su mano
y a ti, Señor, te provoca.
Mientras blasfeme su boca
ni paz ni ventura espere.
¡Miserere!
»No en la tormenta enemiga:
no en el insondable abismo:
el mundo lleva en sí mismo
el rayo que le castiga.
Sin compasión ni fatiga
hoy nos mata; pero muere.
¡Miserere!
»Grande y caudaloso río,
que corres precipitado,
ve que el nuestro se ha secado
y tiene el cauce vacío.
¡No prevalezca el impío,
ni la iniquidad prospere!
¡Miserere!»
Súbito, con sordo ruido
cruje el órgano y estalla,
la luz se amortigua y calla
el concurso dolorido.
Al disiparse el sonido
del grave y solemne canto
llega a su colmo el espanto
de las mudas calaveras,
y de sus órbitas hueras
desciende abundoso llanto.
A medida que decrece
la luz misteriosa y vaga,
todo murmullo se apaga
y el cuadro se desvanece.
Con el alba que aparece
la procesión se evapora,
y mientras la blanca aurora
esparce su lumbre escasa,
a lo lejos silba y pasa
la rauda locomotora.
25 de
junio de 1873.
¡Excélsior!
Por
qué los corazones miserables,
por
qué las almas viles,
en los fieros combates de
la vida
ni
luchan ni resisten?
El
espíritu humano es más constante
cuanto
más se levanta:
Dios puso el fango en la
llanura, y puso
la
roca en la montaña.
La blanca
nieve que en los hondos valles
derrítese
ligera,
en las altivas cumbres
permanece
inmutable
y eterna.
1872.
A Darwin
I
¡Gloria al genio inmortal! Gloria al profundo
Darwin, que de este mundo
penetra el hondo y pavoroso arcano!
¡Que, removiendo lo pasado incierto,
sagaz ha descubierto
el abolengo del linaje humano.
II
Puede el necio exclamar en su locura:
«¡Yo soy de Dios hechura!»
y con tan alto origen darse tono.
¿Quién, que estime su crédito y su nombre,
no sabe que es el hombre
la natural transformación del mono?
III
Con meditada calma y paso a paso,
cual reclamaba el caso,
llegó a tal perfección un mono viejo;
y la vivaz materia por sí sola
le suprimió la cola,
le ensanchó el cráneo y le afeitó el pellejo.
IV
Esa invisible fuerza creadora,
siempre viva y sonora,
música, verbo, pensamiento alado;
ese trémulo acento en que la idea
palpita y centellea
como el soplo de Dios en lo creado;
V
hablo de Dios, porque lo exige el metro,
mas tu perdón impetro
(¡oh formidable secta darviniana!)
Ese sonido como el sol fecundo,
que vibra en todo el mundo
y resplandece en la palabra humana;
VI
esa voz, llena de poder y encanto,
ese misterio santo,
lazo de amor, espíritu de vida,
ha sido el grito de la bestia hirsuta,
en la cóncava gruta
de los ásperos bosques escondida.
VII
¡Ay! Si es verdad lo que la ciencia enseña,
¿por qué se agita y sueña
el hombre, de su paz fiero enemigo?
¿A qué aspira? ¿Qué anhela? ¿Qué es, en suma,
el genio que le abruma?
¿Fuerza o debilidad? ¿Premio o castigo?
VIII
Honor, virtud, ardientes devaneos,
imposibles deseos,
loca ambición, estéril esperanza;
horrible tempestad que eternamente
perturbas nuestra mente,
con acentos de amor o de venganza;
IX
conciencia del deber que nos oprimes,
ilusiones sublimes
que a más alta región tendéis el vuelo:
¿Qué sois? ¿Adónde vais? ¿Por qué os sentimos?
¿Por qué crimen perdimos
la inocencia brutal de nuestro abuelo?
X
Ajeno a todo inescrutable arcano,
nuestro Adán cuadrumano
en las selvas perdido y en los montes,
de fijo no estudiaba ni entendía
esta filosofía
que abre al dolor tan vastos horizontes.
XI
Independiente y libre en la espesura,
no sufrió la amargura
que nos quema y devora las entrañas.
Dábanle el bosque entretejidas frondas,
el río claras ondas,
aire sutil y puro las montañas;
XII
la tierra, a su elección, como en tributo
dulce y sabroso fruto,
música el viento susurrante y vago;
su luz fecunda el sol esplendoroso,
la noche su reposo
y limpio espejo el cristalino lago.
XIII
En su pelliza natural envuelto,
gozaba alegre y suelto
de su querida libertad salvaje.
Aún no grababa figurines Francia,
y en su rústica estancia
lo que la vida le duraba el traje.
XIV
Desconoció la púrpura y la seda
no inventó la moneda
para adorarla envilecido y ciego,
ni se dejó coger, como un idiota,
por una infame sota
en la red del amor o en la del juego.
XV
No turbaron su paz ni su apetito
este anhelo infinito,
esta pena tan honda como aguda.
¡Ay! ni a pedazos le arrancó del alma
su candorosa calma,
el demonio implacable de la duda.
XVI
Y en esas lentas y nocturnas horas
negras, abrumadoras,
en que la angustia nos desgarra el pecho,
con tu mirada impenetrable y triste
nunca te apareciste
¡oh desesperación! junto a su lecho.
XVII
No buscó los laureles del poeta,
ni en su ambición inquieta
alzó sobre cadáveres un trono.
No le acosó remordimiento alguno.
No fue rey, ni tribuno,
¡ni siquiera elector!... ¡Dichoso mono!
XVIII
En la copa de un árbol suspendido
y con la cola asido,
extraño a los halagos de la fama,
sin pensar en la tierra ni en el cielo,
nuestro inocente abuelo
la vida se pasó de rama en rama.
XIX
Tal vez enardecida y juguetona,
alguna virgen mona
prendiole astuta en sus amantes lazos,
y más fiel que su nieta pervertida,
ni le amargó la vida,
ni le hirió el corazón con sus abrazos.
XX
Y allí, bajo la bóveda azulada,
en la verde enramada,
a la sonora margen de los ríos,
adormecidos con los trinos suaves
de las canoras aves,
ocultas en los árboles sombríos;
XXI
allí donde la gran Naturaleza
descubre la belleza
de su seno inmortal, siempre fecundo,
en deliquios ardientes y amorosos,
los dos tiernos esposos
engendraron al árbitro del mundo.
XXII
¡Al árbitro del mundo!... ¡Qué sarcasmo!
Perdido el entusiasmo,
sin esperanza en Dios, sin fe en sí mismo,
cuando le borre su divino emblema,
esa ciencia blasfema,
como la piedra rodará al abismo.
XXIII
Caerá de sus altares el Derecho
por el turbión deshecho;
la Libertad sucumbirá arrollada.
Que cuando el alma humana se obscurece,
sólo prospera y crece
la fuerza audaz, de crímenes cargada.
XXIV
¡Ay, si al romper su religioso yugo,
gusta el pueblo del jugo
que en esa ciencia pérfida se esconde!
¡Ay, si olvidando la celeste esfera,
el hijo de la fiera
sólo a su instinto natural responde!
XXV
¡Ay, si recuerda que en la selva umbría
la bestia no tenía
ni Dios, ni ley, ni patria, ni heredades!
Entonces la revuelta muchedumbre
quizás, Europa, alumbre
con el voraz incendio tus ciudades.
XXVI
¡Batid gozosos las sangrientas manos
déspotas y tiranos!
Ya entre el tumulto vuestra faz asoma.
Que el hombre a la razón dobla su frente;
mas sólo el hierro ardiente
la hambrienta rabia de las fieras doma.
24 de
diciembre de 1872.
Problema
Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas?
Quiero, dejando hipótesis a un lado,
una duda exponer, y es la siguiente:
«¿Por qué cruza la tierra el inocente,
de espinas o de sombras coronado?
¿Por qué feliz y próspero, el malvado
alza orgulloso la atrevida frente?
¿Por qué Dios, que es el bien, mira y consiente
el eterno dominio del pecado?
¿Por qué, desde Caín, la humana raza,
sometida al dolor, con sangre traza
la historia de sus luchas giganteas?
Y si es ficción la gloria prometida,
si aquí empieza y acaba nuestra vida,
¿por qué, implacable Dios, por qué nos creas?
1873.
Velut umbra
del hombre! ¡Oh
mentida gloria,
tan fugaz y
transitoria
como las ondas de
un río!
El
tiempo impasible y frío
va empujando tu
memoria,
que brilla un
punto en la Historia
y se pierde en el
vacío.
¡Cuánto
César ya olvidado!
¡Cuánta vieja
desventura,
que ni aun recuerda
la gente,
habrá
visto, habrá alumbrado
ese sol, desde la
altura
en que gira
indiferente!
A
medida que hacia el puerto
va marchando del
olvido,
aparece cuanto ha
sido
de espesas brumas
cubierto.
Ese
polvo, árido y yerto,
ha pensado y ha
sentido:
es el despojo
perdido
de la humanidad
que ha muerto.
De
esos átomos sin nombre,
¿quién el misterio
adivina?
¿quién a
descifrarlo alcanza?
Tan
lóbrego es para el hombre
lo pasado que
declina,
cual lo porvenir
que avanza.
¿Dónde
está la oculta fuente
del hondo raudal
humano?
¿A qué incógnito
océano
va a parar esa
corriente?
Principio
y fin, velozmente
se buscan y dan la
mano;
y en el germen
bulle el grano,
y en el grano la
simiente.
La
flor que arrebata el viento,
préstale al campo
marchito
nuevo jugo y nueva
vida;
mas
¿quién en el movimiento
del génesis
infinito,
recuerda la flor
caída?
¡Vanidad
de vanidades!
En nuestras horas
inciertas,
sobre las ciudades
muertas
álzanse nuevas
ciudades.
En
ignotas soledades,
en regiones, hoy
desiertas,
yacen de polvo
cubiertas
las glorias de
otras edades.
Cae
en mortal cautiverio
cuanto el alma,
inquieta y muda,
busca y ama,
anhela y nombra.
Nuestra
vida en el misterio,
nuestro destino en
la duda,
nuestro término en
la sombra.
Prólogo
Leído por Don Manuel Catalina, en la inauguración del teatro de Apolo
Senado
ilustre, público discreto,
que siempre diste cariñoso
abrigo
a la musa de Lope y de Moreto;
concurso
generoso, fiel amigo
del arte, que a tu impulso se
levanta
o se despeña en el error
contigo;
por quien el
vate en su entusiasmo canta,
el músico sorprende la armonía
y a los siglos el genio se
adelanta;
es tan
intensa y honda mi alegría,
tan viva la emoción que me
enajena,
que aunque quisiera ahogarla
no podría.
¿Cómo, si el
alma de esperanzas llena,
ve renacer con nuevos
resplandores
la amortiguada gloria de la
escena?
¡Público
insigne, artistas, escritores,
rendid tributo al ánimo
atrevido,
digno de vuestros plácemes y
honores!
Cuando
asorda los aires el rugido
de enconada pasión, que en su
despecho
nos emponzoña el corazón
herido;
cuando
combaten bajo el mismo techo
hermano contra hermano, y todo
rueda
como un turbión a nuestros
pies deshecho;
cuando no
hay odio que sucumba o ceda,
y en tanta confusión, el
patrio idioma
es el único lazo que nos
queda;
merece
aplauso quien a empeño toma
alzar un templo al arte
castellano,
donde todo vacila y se
desploma.
Que mientras
pueda el genio soberano
tender el vuelo, condenar la
saña
que separa al hermano del
hermano,
hacer que
vibre hasta en región extraña
la lengua de Quevedo y de
Cervantes,
tú serás inmortal ¡oh madre
España!
¡No morirás!
Como lucharon antes,
tus hijos lucharán con el
destino
cuanto más desgraciados, más
constantes.
Que si no
encuentra su ambición camino
por do llevar a términos
ajenos
tu cetro de oro y tu blasón
divino,
para
abrazarse le hallarán al menos,
y en santa paz transcurrirán
tus días
más prósperos, más grandes,
más serenos.
Pero ¿dónde
al sentir las agonías
de la patria infeliz que sufre
y llora,
me arrastran ¡ay! las
esperanzas mías?
¿Adónde vuela mi ilusión? Ya
es hora
de penetrar en la región que
el arte
con sus rayos purísimos
colora.
Ya es tiempo
y ocasión de presentarte
a los que habrán de compartir
conmigo
el difícil trabajo de agradarte.
Tú, de sus
triunfos imparcial testigo,
suplir, acaso con ventaja,
puedes
lo que, atendiendo a su
humildad, no digo.
Muchos han
alcanzado las mercedes,
los vítores y lauros que en la
escena.
con larga mano al mérito
concedes.
¡Ah!
¡Cuántas veces su fecunda vena,
hizo a tus labios asomar la
risa
que los vicios ridículos
enfrena!
¡Cuántas tu
corazón latió deprisa,
movido por la voz del
sentimiento,
blanda o severa, enérgica o
sumisa;
voz que en
la vaga ondulación del viento,
suena a un tiempo patética y
sublime
como canto de amor, himno y
lamento!
¿Quién de su
influjo halagador se exime?
¿Quién resiste el poder del
alma ardiente
que en todo el sello de su
genio imprime?
No me atrevo
a nombrarla: está presente (9).
Tú la conoces bien, que has
abrumado
con cien coronas su inspirada
frente.
Nosotros
seguiremos a su lado
por la penosa y áspera carrera
que huellas inmortales han
trazado.
Joven
alguno, por la vez primera
trémulo y lleno de ansiedad
confusa,
la hora solemne de tu fallo
espera.
Dale aliento
y valor: sé tú su musa,
y cuando salga inquieto y
conmovido
válgale al menos su temor de
excusa.
Con el
respeto a nuestro juez debido,
yo, el último de todos, te
saludo,
y en nombre suyo tu
indulgencia pido.
Ardua es la
empresa, nuestro esfuerzo, rudo,
grande la voluntad, vivo el
deseo,
y amparándonos tú, fuerte el
escudo.
Sonarán en
el amplio coliseo
de Calderón y Lope la armonía,
honda intención y fácil
discreteo,
en nuestra
larga y mísera agonía,
ya el último florón, aún no
marchito,
que nos envidia el mundo
todavía.
Como el
vuelo del alma es infinito,
y mientras hallen en la mente
humana
luz la esperanza, sombras el
delito,
tiernos
anhelos el amor, cristiana
resignación los débiles que
gimen,
fieros empeños la ambición
tirana,
llanto el
dolor, remordimiento el crimen,
premio la fe, castigo la
mentira
y borrascosas noches los que
oprimen,
el vate
audaz, si en la pasión se inspira,
podrá pulsar con vigorosa mano
el corazón del hombre, que es
su lira:
como aún
florecen en el suelo hispano
claros ingenios que la intensa
llama
alimentan del numen
castellano,
en esta
escena, con la varia trama
de sus afanes y vigilias
fruto,
buscarán los laureles de la
fama.
Si a veces
el error, común tributo
de la humana flaqueza, los
pervierte
y cubre su razón de sombra y
luto,
antes de ser
inexorable, advierte
que en esta recia y desigual
pelea,
eres el más dichoso y el más
fuerte.
Nunca, nunca
el espíritu que crea
se lanzará con incansable brío
por los radiantes mundos de la
idea,
si a todo
noble sentimiento frío,
sólo el gastado público le
ofrece
glacial indiferencia y seco
hastío.
Cuando la
Poesía desfallece
y cual ebria bacante desceñida
se revuelca en el fango y se
envilece;
cuando la
muchedumbre descreída,
en torpes espectáculos apura
los más brutales goces de la
vida,
y únicamente
excitan su locura,
despiertan sólo su vigor
dormido
la sátira procaz, la danza
impura;
entonces,
como el aire corrompido
que invadiendo el espacio, se
dilata
lento, invisible, acaso no
sentido,
la cólera
del cielo se desata,
avanza sin cesar muda y
sombría,
y como el rayo y la epidemia
mata.
Entonces
Dios sobre la raza impía
que marcha presurosa hacia el
abismo,
sus horrendas catástrofes
envía;
la
podredumbre engendra el egoísmo,
y ya no tiene el pueblo
degradado
fuerza y valor para salvarse
él mismo.
Y camina a
su fin precipitado,
y su terrible expiación
comienza,
y se pierde en la noche del
pecado...
¡Ah! ¡qué
ignominia tanta no nos venza,
hijos de España, y si la
angustia crece
lloremos de aflicción, no de
vergüenza!
Porque el
ánimo honrado resplandece
con la adversa fortuna, y en
el mundo
sólo humilla el dolor que se
merece.
De toda
corrupción, de todo inmundo
germen, de todo estancamiento
insano,
brota el mal potentísimo y
fecundo:
la asoladora
fiebre, del pantano,
la peste, de los campos de batalla,
y de los pueblos muertos el
tirano.
Tú puedes
ser inquebrantable valla,
Senado ilustre, a la inmoral
corriente
que fácil paso entre nosotros
halla.
Tú puedes
evitar que se acreciente
la gangrena social, esa
gangrena
fría, senil, que mata y no se
siente.
Y si
consigues que la patria escena
de entre sus juegos lícitos
descarte
la burla impía y la invención
obscena;
si por tu
esfuerzo en ráfagas se parte
esta niebla densísima que
empaña
la religión, la libertad y el
arte,
tú serás salvo, y salvarás a
España.
Noviembre
de 1873.
¡Pobre loca!
I
Todas las ardes, cuando el sol declina
en brazos del misterio,
una mujer llorosa se encamina
al santo cementerio.
Con tosco y miserable desaliño,
tocas de luto viste,
y lleva de la mano a un pobre niño
descalzo, enfermo y triste.
El paso torpe y trémulo apresura
marchando silenciosa
hacia la solitaria sepultura
en que su amor reposa.
¡Ay! su semblante tétrico y sombrío,
su atónita mirada
reflejan el dolor y el desvarío
de un alma destrozada.
Al pie del nicho desarruga el ceño,
detiene su carrera,
llama en la losa con tenaz empeño,
y espera, espera, espera...
El niño tiembla. La impaciente loca
que a un tiempo reza y gime,
que el dulce nombre del esposo invoca
con ansiedad sublime,
golpea el mármol sepulcral, y el eco
sordamente retumba
con lúgubre gemido, desde el hueco
de la cerrada tumba.
Y la infeliz mujer, en son de queja
grita: «¿Dónde estás, dónde?»
Rompe en sollozos, y por fin se aleja
diciendo al niño: «¿Ves? No me responde».
II
¡Ah, no le llores más! ¿Por qué el ingrato,
por qué, si te quería,
abandonó tu cariñoso trato,
tu blanda compañía,
la santa paz de la familia, el culto
de sus tranquilos lares,
para excitar en medio del tumulto
las iras populares?
Siempre deja en su bárbaro extravío
la inquieta muchedumbre,
más de un amante corazón vacío,
más de un hogar sin lumbre.
¿Por qué no recordó cuando inhumano
a su rencor cediendo,
corrió a verter la sangre de su hermano
en el combate horrendo,
que cuantos en la lucha sucumbían,
ante el peligro fijos
por la voz del deber, como él tendrían
madres, esposas, hijos?
¿Por qué no recordó que un pueblo libre,
ni límite ni coto
pondrá a sus desventuras, mientras vibre
el arma en vez del voto?
.........................
¡Ah, no le llores más! No lo merece.
No sufras ni batalles.
El que mancha con sangre, el que envilece
por plazas y por calles
la augusta libertad, el que furioso
apela al hierro insano,
no es tierno padre, ni sensible esposo,
ni honrado ciudadano.
17 de
noviembre de 1873.
A la muerte
de Don Antonio Ríos Rosas
¡Cayó como la piedra en la laguna
con recio golpe en la insondable fosa!
Ya no levantará tormenta alguna
su elocuencia, vibrando en la tribuna,
como el rayo terrible y luminosa.
¡Triste destino de la gloria humana
tan costosa, tan mísera y tan vana!
¡Ayer grandeza, y entusiasmo, y ruido;
hoy tributo de lágrimas; mañana
hondo silencio, y soledad, y olvido!
En la infinita sed que nos aqueja,
¿qué es nuestra vida? El sueño de un momento,
onda que pasa, sombra que se aleja,
ave tímida y muda que no deja
ni el rastro de sus alas en el viento.
¡Cuántas, cuántas memorias arrebata
nuestra viviente y rauda catarata!
¿Qué es el mártir? ¿Qué el genio? ¿Qué el tirano
en el torrente del linaje humano,
que al través de los tiempos se dilata?
La secular encina, siempre verde,
de sus marchitos frutos se despoja
sin que nadie, mirándola, recuerde
ni el seco ramo, ni la inútil hoja
que en su invisible crecimiento pierde.
¡Todo es misterio, vértigo y locura!
La vida frágil, el renombre incierto,
y la tremenda eternidad obscura...
Sólo podemos dar a los que han muerto,
con fe piadosa, honrada sepultura.
Él la tendrá con lágrimas regada.
¿Cómo olvidar tan pronto, patria mía,
la imperiosa atracción de su mirada,
su voz, su ardiente voz, rígida espada
que al chocar y al herir resplandecía?
A veces imagino que aún le veo
erguirse reposado y pensativo,
a un tiempo mismo Tácito y Tirteo,
arrostrar el contrario clamoreo.
cuanto más acosado más altivo.
Con fuerza potentísima y secreta
brotaban de su espíritu fecundo
el dardo agudo, la alusión discreta,
la cólera inspirada del poeta
y la sentencia del varón profundo.
En el peligro, enérgico y valiente,
jamás cedió su varonil denuedo,
ni se dejó arrastrar por la corriente;
nunca dobló su poderosa frente
ante los vanos ídolos del miedo.
Noble y robusto vástago de aquella
viril generación, que al mundo vino
cuando, impulsado por su infausta estrella,
marcó en España su iracunda huella
el rayo de la guerra y del destino;
cuando de su letargo despertaba
la nación de Lepanto y de Pavía,
y en lid ardiente, inextinguible y brava,
mostró con su tesón que no quería
vivir sin honra, ni morir esclava.
Nacida entre el tumulto y el fracaso
de una lucha titánica y suprema,
esa generación que hacia su ocaso
dirige el triste y vacilante paso,
es el himno triunfal de aquel poema.
Arrojada y resuelta cual ninguna,
como engendrada en tan heroico empeño,
templola en sus rigores la fortuna,
la ronca tempestad meció su cuna
y el eco del cañón la arrulló el sueño.
Siempre en la brecha y siempre enardecida,
sin temor al destierro ni al verdugo,
con estoico desprecio de la vida
rompió, lidiando, el ominoso yugo
que soportaba España envilecida.
De su entusiasta afán en los extremos
amasó con la sangre de sus venas
la libertad que a su valor debemos.
¡Hoy nosotros, sus hijos, no tenemos
ni esperanza, ni fe, ni patria apenas!
El genio nacional, antes dormido
en la profunda noche del olvido,
llenó los aires con su voz sonora,
como el alegre pájaro en el nido
cuando le llama la rosada aurora.
¡Qué espontáneo y feliz renacimiento!
¡Qué pléyade de artistas y escritores!
En la luz, en las ondas, en el viento
hallaba inspiración el pensamiento,
gloria el soldado y el pintor colores.
¡Larra, Pacheco, Rivas, Espronceda,
Olózaga, Donoso, Avellaneda,
y cien nombres, orgullo de la historia,
ya son polvo no más! ¡Ya su memoria
sólo en el pueblo que ilustraron queda!
¡Su memoria mortal, que se derrumba
al impulso del siglo! Eco postrero
de su apagada voz, sordo retumba
en el helado mármol de la tumba,
y se pierde en los ámbitos ligero.
Cuando, vertiendo silencioso llanto,
vuelvo a mi Edad la vista atribulada,
siento a la vez indignación y espanto.
¡Cómo pensar, generación menguada,
que en pocos lustros descendieras tanto!
Nuestros padres con ánimo sereno
hallaron en los campos de pelea
algo fecundo, provechoso y bueno.
Nosotros, sumergidos en el cieno,
no encontramos un hombre ni una idea.
Su aliento generoso y esforzado,
de Cádiz a las cumbres del Pirene
avivó el fuego del honor sagrado.
Hoy la estéril república no tiene
ni un cantor, ni un artista, ni un soldado.
Ni nos defiende ya, ni el golpe embota,
partido en mil pedazos nuestro escudo.
El vulgo, el necio vulgo nos azota:
yace el arte decrépito, está mudo
el genio, el arpa destemplada y rota.
Alguien con torpe y mentiroso halago,
en busca del aplauso apetecido,
agitó el fondo del impuro lago,
¡ay! y el vapor del fango removido
sólo engendra la peste y el estrago.
Tú dormirás en paz ¡oh varón fuerte!
con el sol de la patria que declina.
Y es venturosa y envidiable suerte
reposar en los brazos de la muerte,
cuando todo es dolor, vergüenza y ruina.
Tú de este triste y borrascoso drama
sacaste el puro corazón ileso.
Otros, que el pueblo alborotado aclama,
no dormirán tranquilos bajo el peso,
bajo el peso terrible de su fama.
5 de
noviembre de 1873.
¡Cartagena!
¡Ay! cuando un pueblo rompe la valla,
y con instinto ciego y brutal
incendia y tala, mata y blasfema
y en sangre anega su libertad,
la turbulencia que engendra monstruos
crea el tirano providencial;
que también tiene como las fieras,
sus domadores la humanidad.
10 de
agosto de 1873.
¡Ya triunfó la república! Has vencido.
Tras prolongada y mísera agonía
lanzó a tus plantas el postrer gemido
nuestra sacra y gloriosa monarquía.
No vino a tierra como el cedro erguido
que el huracán y el rayo desafía:
cayó como la mustia y débil hoja
de que en octubre el árbol se despoja.
¡Ay! ¿Esta sociedad que desespera,
logrará acaso tiempos más felices,
porque haya muerto, sin luchar siquiera,
la tradición excelsa que maldices?
¿Se desplomó quizás porque tuviera
podrido el tronco y secas las raíces?
¿Fue su impensada y rápida caída,
torpe venganza o pena merecida?
Si al paso que se extingue y desvanece
como el último rayo vespertino,
renace el orden y la paz florece,
es que cumplió la ley de su destino.
Pero si la tormenta se embravece,
si nos arrolla el raudo torbellino,
si no se aclara el porvenir incierto,
entonces es que asesinada ha muerto.
Mientras el cielo mi conciencia guarde,
jamás se apartará de mi memoria
aquella triste y vergonzosa tarde,
baldón eterno de la patria historia,
en que un Senado imbécil o cobarde
vendió sin fruto y entregó sin gloria,
cediendo a los estímulos del miedo,
el trono secular de Recaredo.
No nació la república, gloriosa,
formidable y potente en lid reñida,
ni cual del casto cáliz de la rosa
la pura esencia en ondas esparcida.
Brotó de aquella tarde ignominiosa
como brota la sangre de la herida,
y como en medio de mortales dudas
nació de un beso la traición de Judas.
¡Oh! ¡Quién tuviese la robusta vena
de aquel ilustre historiador romano,
que en libros inmortales encadena
los fieros monstruos del linaje humano!
Mi pluma entonces... ¡pero no! La pena
que envilece al león, honra al gusano:
nunca la ruin bajeza ha merecido
censura eterna, sino eterno olvido.
Tal vez ceñida de fulgentes galas
forjose tu ilusión que en pleno día
la república, austera como Palas,
del cerebro del pueblo surgiría.
Tal vez pensaste que al tender sus alas
paz y ventura y luz derramaría,
siendo para tu fama ¡oh nuevo Orfeo!
la honrada encarnación de tu deseo.
Si el llanto no te ciega, en torno mira;
ya tu inspirada voz no la conmueve,
ya su templanza se convierte en ira,
ya revienta el volcán bajo la nieve.
Ya ha arrebatado tu sonora lira
la desgreñada Musa de la plebe;
ya suena, en vez de tu rotunda estrofa,
brutal insulto y sanguinaria mofa.
Ya con sordo fragor se precipita
y mueve a Dios desesperada guerra,
la santa cruz de los sepulcros quita,
vuelca las aras y los templos cierra.
Ya con furor satánico medita,
no sólo echar a Cristo de la tierra,
sino dejar en su insensato anhelo
mudo y vacío y solitario el cielo.
¡Inútil presunción! Cuando mañana
se agoste, como yerba, el poderío
de esta generación soberbia y vana
que lanza a Dios su imbécil desafío;
cuando de su grandeza soberana
quede el polvo no más, árido y frío,
¡tú, redentora cruz! ¡tú, santo leño,
sobre las tumbas guardarás su sueño!
¡Valor, Emilio! El pueblo se desborda
y nuestra gloria secular destruye.
¡Ya no existe el ejército! ¡Ya es horda
la que fue hueste, y se desmanda y huye!
La anarquía los ámbitos asorda,
la honrada libertad se prostituye,
y óyense los aullidos de la hiena,
en Alcoy, en Montilla, en Cartagena.
Tu voz, que siempre condenó la saña
de la turba feroz, de nuevo estalle,
y vibre como el trueno en la montaña
y el bronce de los templos en el valle.
La triste España, nuestra madre España
se desangra entre el cieno de la calle;
ebrio el desorden la denuesta y hiere.
Agonizando está. ¡Sálvala, o muere!
23 de
diciembre de 1873.
Luz y vida
Cuando en el seno de la noche fría
oculta el sol su resplandor fecundo,
es para renacer, y espera el mundo
la nueva luz con el cercano día.
Mas ¿quién penetra la inquietud sombría
que abruma el corazón del moribundo?
¿Quién sabe lo que guarda ese profundo
crepúsculo moral de la agonía?
Desde la alta región del firmamento
el sol, en acordado movimiento,
con la nocturna obscuridad alterna.
Pero tú, miserable vida humana,
no mueres hoy para brillar mañana.
¡Ay, no! tu noche es lóbrega y eterna.
1873
Raimundo
Lulio
como sencilla ofrenda que tributo
a nuestro antiguo afecto,
mis pobres cantos de Raimundo Lulio.
Esta doliente historia
encierra un grave pensamiento, obscuro
quizás, porque mi musa
ni engrandecerle ni aclararle supo.
De la atrevida ciencia
que huye de Dios, y en su rebelde orgullo,
con sus fulgores sólo
quiere llenar los cielos y los mundos;
de esa ciencia a que rinde
la vanidad del hombre ciego culto,
y que persigue siempre
con sacrílego afán y ardor impuro;
por quien, obedeciendo
de su apetito al indomable impulso,
mancha las sacras aras
y a Dios disputa su poder augusto:
en Blanca, en esa hermosa
Blanca, sueño y delirio de Raimundo,
el símbolo terrible,
el triste emblema presentar procuro.
¡Ay! cuando devorado
por insaciable sed, loco y convulso
piensa alcanzar el hombre
de su soberbia el anhelado fruto;
¿qué encuentra? Eterna duda,
eterno hastío entre el placer oculto,
y bajo regias galas
la horrible podredumbre del sepulcro.
Mas, no porque condene
esos que errores de la ciencia juzgo,
para extirparlos pido
el auxilio sangriento del verdugo.
Impuestas por la fuerza,
o por la vil superstición del vulgo,
odiosas me serían
la verdad y la fe que ansioso busco.
Hijo soy de mi siglo,
y no puedo olvidar que por el triunfo
de la conciencia humana,
desde mis años juveniles lucho.
Por bárbaro rechazo
de la brutal intolerancia el yugo,
y quiero en campo abierto
libremente lidiar con el absurdo.
11 de
febrero de 1875.
Profanación
Como el radiante sol cuando declina,
la vida con sus últimos reflejos
nuestros fríos recuerdos ilumina,
y vemos todos al llegar a viejos,
el muerto bien que la memoria guarda
más rico de color cuanto más lejos.
Hoy que la edad me postra y acobarda,
mi pasada ilusión cruza furtiva,
al través de los años más gallarda.
¡Oh visión misteriosa y fugitiva,
que remontaste apresurada el vuelo
al centro de la luz eterna y viva!
¡Oh Blanca mía! ¡Oh Blanca de Castelo,
a mis ojos tan casta y luminosa
como las mismas vírgenes del cielo!
Resplandecían en tu faz hermosa
el ampo de la nieve inmaculada
y el matiz perfumado de la rosa.
Y era tanto el poder de tu mirada,
tan intensa su luz, que sus destellos
penetraron en mí como una espada.
Coronaban tu frente los cabellos
como rayos de sol entretejidos,
para que el alma se prendiera en ellos.
Y estaban mis potencias y sentidos
suspensos del aliento de tu boca,
tierno regazo de ósculos dormidos.
Te vi y te amé con la pasión más loca
que puede contener el alma humana
cuando en la altura de sus sueños toca.
¡Cuántas veces al pie de tu ventana,
siempre cerrada para mí, llorando
me sorprendió la luz de la mañana!
Jamás tu acento melodioso y blando
dio forma a una promesa lisonjera,
y entre el cariño y el temor luchando,
a un tiempo mismo generosa y fiera,
parecían decir a mi deseo
tus ojos: «¡nunca!» y tu silencio: «¡espera!»
¡Ay, qué terrible incertidumbre! Creo
que es menor la ansiedad, menor la duda
con que el fallo mortal aguarda el reo.
Mas siempre, siempre en la contienda ruda
de mi invencible amor, sombra querida,
te hallé a mi ruego impenetrable y muda.
¡Qué miserable vida fue mi vida!
Brotaban los sollozos de mi pecho
como estalla la llama comprimida.
Y de noche, agitándome en el lecho,
de día, persiguiéndote incesante
con la torpe insistencia del despecho,
cuanto menos querido, más amante,
miraba transcurrir, ardiendo en ira,
como un siglo de angustias cada instante.
¡Qué solitario y tétrico suspira
el corazón que osado se levanta
y en su delirio a lo imposible aspira!
La esperanza del hombre es arpa santa:
pulsa la fe sus cuerdas, y sublime
en medio del dolor, preludia y canta.
Mas si con mano bárbara le oprime
el vil recelo, estéril y cobarde,
en medio del placer, se rompe y gime.
Haciendo de mi amor público alarde,
por las calles de Palma te seguía
una tarde de abril. ¡Qué hermosa tarde!
El sol su excelsa majestad hundía
en el seno del mar, con sus fulgores
arrebolando el término del día,
y llenaban el aire esos rumores
que despiertan, abriendo su capullo
a los besos del céfiro, las flores.
De las palomas el sentido arrullo,
el sonoro bullir de las corrientes,
del viento y de las hojas el murmullo,
todo inspiraba al corazón ardientes
y tenaces deseos; todo amaba,
auras y flores, pájaros y fuentes.
En árabe corcel, que levantaba
nubes de polvo al estampar su huella,
y el duro freno indómito tascaba,
en pos de ti, que pudorosa y bella
recatabas la faz, con paso lento
iba yo a impulsos de mi negra estrella.
Súbito, arrebatado pensamiento
turbó mi juicio y removió las heces
de mi amargo pesar y mi tormento;
recordé con furor tus esquiveces,
sentí en el corazón la mordedura
de la sospecha ruin, una y mil veces,
y descompuesto, ciego, en mi locura
al inquieto corcel piqué la espuela,
para alcanzar por fuerza mi ventura.
Tú, como el ave que azorada vuela,
lanzaste un grito de terror, el grito
de la honrada virtud que se rebela.
Sin duda el hondo torcedor maldito
que excitaba mi afán y mis enojos
debiste ver en mi semblante escrito,
porque cayendo atónita de hinojos,
rígida y sin color como una muerta
volviste a mi los espantados ojos.
La calle estaba, por tu mal, desierta,
y ya creía en mi febril anhelo
fácil el triunfo y mi ventura cierta,
cuando de pronto, alzándote del suelo,
hacia una iglesia gótica cercana
avanzaste veloz, clamando al cielo.
Muda de asombro y confusión la anciana
que te seguía, penetró contigo
en la augusta basílica cristiana,
y yo ¡insensato! -con horror lo digo-
provocando de Dios el justo fallo
al bruto indócil apliqué el castigo;
hizo sonar su endurecido callo
en las losas del atrio, y de repente
dentro del templo me encontré a caballo.
Lo que entonces pasó, no habrá quien cuente:
sé que al verme llegar pálido y fiero
corrió sordo rumor entre la gente;
que trastornado yo, pero altanero,
en torno las miradas revolvía,
acariciando el puño de mi acero,
y que con pompa abrumadora y fría
un helado cadáver en la cumbre
del enlutado túmulo yacía.
De los blandones la rojiza lumbre
reverberando en los bordados de oro,
el pasmo de la absorta muchedumbre;
de la terrible música el sonoro
raudal, que con los rezos confundido,
inundaba la nave desde el coro;
el ronco Miserere, ese gemido
de nuestra vanidad, que brilla apenas
para caer en perdurable olvido;
todo, mezclado con mis propias penas,
condenaba mi intento temerario
y el calor apagaba de mis venas.
Me pareció que de su obscuro osario
alzábanse los muertos con estruendo,
envueltos en su fúnebre sudario.
Helóseme la sangre, y revolviendo
con ímpetu el rendal, gané la puerta,
de mi conciencia amedrentada huyendo,
lívido el rostro y la mirada incierta.
Canto
segundo
Insomnio
Mi caballo, sintiendo el acicate
y no la brida, abandonada y suelta,
salió escapado con furioso embate.
La atropellada multitud, envuelta
en el espeso polvo del camino,
me apostrofaba enérgica y resuelta.
Pero yo, como el raudo torbellino
que al través de los bosques se abre paso,
avanzaba frenético y sin tino.
Falto de aliento, de vigor escaso,
iba como la seca y móvil hoja
al impulso del viento y del acaso.
Poco a poco el temor y la congoja
fueron cediendo; recobré el estribo,
con mano firme aseguré la floja
y descuidada rienda, erguime altivo,
y lentamente hacia el paterno techo
retrocedí cansado y pensativo.
Arrojeme sin fuerzas en el lecho,
y contra mí frenético y sañudo,
herí mi frente, desgarré mi pecho.
Como si atara mi garganta un nudo
pugnaba por gritar, y no podía,
porque el dolor que se desborda es mudo.
¡Noche de insomnio, noche de agonía,
que vives ¡ay! en mi memoria impresa
con indelebles rasgos todavía!
¡Aún tiemblo de pavor! Al hacer presa
la calentura en mí, formas extrañas
se destacaron de la sombra espesa.
Híbridos monstruos, fieras alimañas,
trasgos y espectros espantosos, hijos
del fuego abrasador de mis entrañas,
al par deslumbradores y prolijos
revolaban en torno de mi frente,
con sus ojos de luz, siempre en mí fijos.
Y en el círculo tú, resplandeciente
como la estrella matutina, muda
como el pudor, como el amor, ardiente,
mostrándote a mi afán, medio desnuda,
confuso el rostro, palpitante el seno
cual la virtud que desfallece y duda,
con blando halago, de promesas lleno,
como nunca gozaron los mortales,
soltabas ¡ay! a mi pasión el freno.
Yo, rompiendo los diáfanos cendales
que te envolvían, con hambrientos ojos
devoraba tus formas virginales,
esclavo de mis lúbricos antojos,
vencido por el lánguido embeleso
de tu húmeda pupila y labios rojos,
de mi amante ilusión en el exceso,
extático y dichoso hubiera dado
mi eternidad de gloria por un beso.
¡Por un beso no más! Desesperado,
atropellando la medrosa hueste
de monstruos que giraban a mi lado,
quise alcanzarte, aparición celeste,
y las manos tendí con desvarío
para rasgar tu inmaculada veste;
pero hallé un esqueleto hórrido y frío
que al deshacerse en mis convulsos brazos
exclamaba llorando: «¡Ay, amor mío!»
Y bajo la opresión de estos abrazos
de muerte, de estos punzadores goces,
mi corazón saltaba hecho pedazos.
Y otra vez, dando incomprensibles voces,
volvían los abortos del mareo
a perseguirme airados y veloces.
Y otra vez ofreciéndote en trofeo
a mi imposible amor, te descubría
más cerca y más radiante mi deseo...
¿Cuánto duró la fiebre? No sabría
decirlo: sé que sonrosada y bella
calmó mi ardor la claridad del día.
¡Ay! a juzgar por la profunda huella
que el dolor dejó en mí, duró las horas
de mi edad juvenil la noche aquella.
Huyeron las visiones tentadoras
a la naciente luz, con manso ruido
batió el sueño sus alas bienhechoras,
y como el gladiador, que ya rendido,
el postrer golpe resignado espera,
cerré los ojos y perdí el sentido.
Ya el sol en la mitad de su carrera,
desparramaba sobre el ancho mundo
su fúlgida y dorada cabellera,
cuando saliendo yo de mi profundo
letargo, alcéme triste y macilento
como vuelve a la vida el moribundo.
En medio de mi vago aturdimiento
recordé tus ofensas, tan contrito
como espantado de mi loco intento,
y buscando el perdón de mi delito
estos versos tracé, que de buen grado
hubiera con mis lágrimas escrito:
***
«¡Oh Blanca! Cierto que la culpa mía
es grande; ni la oculto ni la niego:
pero vencido por mi humilde ruego
Dios al mismo Luzbel perdonaría.
Injusta pena por demás sería
la que impusieres, cuando ve el más ciego
que aviva tu desdén mi amante fuego
y es causa tu rigor de mi porfía.
¡Oh mi vida! ¡Oh mi luz! ¡Oh mi esperanza!
Ahógame entre tus brazos si a moverte
mi fervorosa súplica no alcanza.
Que yo al morir bendeciré mi suerte,
pues será compasión, y no venganza,
darme en tu seno cándido la muerte.»
***
Berenguer de Pedralves, mi criado,
animoso y resuelto, halló camino
de entrar en tu mansión, sin ser notado.
Encomendé mi carta a su buen tino,
y tal maña se dio, que en plazo breve.
con la respuesta inesperada vino.
Quien sienta y sufra como yo, quien pruebe
la esquiva condición de un pecho ingrato,
para el amor de endurecida nieve,
ése quizás comprenda el arrebato
con que tu carta abrí, sin que acertara
a entender su enigmático relato:
***
«Mísera y desdichada criatura,
lamento vuestro error, y le perdono.
Mas ¿quién me guardará de vuestro encono
si en la casa de Dios no estoy segura?
»Nada vale la efímera hermosura
con que, sin pretenderlo, os aprisiono.
Dejad que se marchite en su abandono
y alzad los ojos a mayor altura.
»Pero si con mi ruego no os obligo,
rompiendo para siempre nuestros lazos
a separaros del amor terreno;
»si es para vos piedad y no castigo
hallar la muerte en mis crispados brazos,
venid, que acaso dormirá en mi seno.»
***
Era la cita misteriosa y rara;
mas cuando la pasión nos precipita,
¿quién en vanos escrúpulos repara?
«A un tiempo mismo -murmuré- me incita
y me desprecia. La razón no acierto;
pero ¿qué importa? Acudiré a la cita.»
Y cuando en mi amoroso desconcierto
esto decía, lúgubre y lejana
en los aires vibró, doblando a muerto,
la penetrante voz de una campana.
Canto
tercero
La cita
La negra noche su enlutado manto
por la serena atmósfera tendía
con inefable y misterioso encanto.
¡Cuánta tristeza y cuánta poesía
en el herido corazón despierta
ese adiós melancólico del día!
La luz crepuscular pálida, incierta,
que pasa, se amortigua y desvanece
como recuerdo de esperanza muerta;
la muda sombra que impalpable crece,
y a semejanza del dolor humano
todo lo apaga y todo lo obscurece;
aquel reposo, de la muerte hermano,
que extingue los latidos de la vida
en la selva, en la cumbre y en el llano;
aquel suave silencio que convida
al sueño; aquella soledad suprema,
a la paz del sepulcro parecida;
el fulgor de la luna, casto emblema
del doméstico hogar puro y honrado,
que alumbra y da calor, pero no quema;
el infinito espacio, tachonado
de innúmeras estrellas, que el camino
señalan de otra patria al desdichado,
y son el jeroglífico divino
que en la bóveda inmensa Dios imprime
para enseñar al hombre su destino:
todo es en ti patético y sublime,
¡oh noche augusta! para el alma inquieta
que duda y ama, que medita y gime.
Esperé, pues, con la ansiedad secreta
del que sueña en cercanas alegrías,
a que la lobreguez fuese completa,
y dando suelta a las pasiones mías
perdime entonces, de temor ajeno,
por calles solitarias y sombrías.
Insensible mi espíritu sereno
a los siniestros cuentos y consejas
que inventa el vulgo, de aprensiones lleno,
altivo, con la capa hasta las cejas
y la mano en el pomo de la espada,
palpitando de amor llegué a tus rejas.
Tú aguardabas allí, triste, callada,
inmóvil, como estatua misteriosa
en su lecho de piedra incorporada,
y al verme, con palabra recelosa,
tenue como el suspiro comprimido
que del deshecho corazón rebosa,
«¡Cuán desgraciada soy! Habéis venido»,
dijiste, alzando la mirada al cielo
y arrancando del alma hondo gemido.
«¿Tanto me aborrecéis, que os causa duelo
mi presencia -exclamé- cuando en el mundo
cifro en vos, sólo en vos, todo mi anhelo?»
«Quizás os pese y lo lloréis, Raimundo»,
respondiste con voz solemne y grave
como el último adiós del moribundo.
Llegué a tu puerta, rechinó la llave,
abrió y entré. Lo que en aquel momento
pasó dentro de mí, nadie lo sabe.
La rápida explosión de mi contento
tan recia fue, que atónito y confuso
detuve el paso hasta cobrar aliento.
¡Con qué placer mi corazón iluso
vio entonces acortarse la distancia
que tu rigor entre nosotros puso!
Sobrecogido penetré en tu estancia,
en aquella mansión tranquila y pura
como los castos sueños de la infancia.
De una lámpara de oro la insegura
y vacilante luz, con noble empleo
alumbraba de lleno tu hermosura.
¡Ay! a despecho de la edad, aún veo
tu imagen melancólica y esbelta
como jamás la sospechó el deseo.
En níveo traje desceñido, envuelta,
por tu gallarda espalda descendía
la cabellera destrenzada y suelta.
Tu mirada, fijándose en la mía,
intensa como el rayo y penetrante
la sangre de mis venas encendía.
Tímida, ruborosa y anhelante,
con la impresión de la inquietud y el miedo
retratada en tu angélico semblante,
me viste aparecer, y con el dedo
mostrándome un sitial, por vez primera
tu labio me llamó, quedo, muy quedo.
Y al pronunciar mi nombre, tu voz era
como arrullo de tórtola que anida
y al tierno esposo enamorada espera.
De impaciencia y temor el alma henchida,
obediente moví la débil planta,
y a tus pies me postré, luz de mi vida.
A tus pies me postré; pero con tanta
agitación, que demudado y frío,
sentí ahogarse la voz en mi garganta;
hasta que al fin, como el hinchado río
que se desborda y precipita ciego,
estalló sordamente el amor mío.
Y estalló con sus cláusulas de fuego,
con su expresión incoherente y rota
por el halago, y la pasión, y el ruego;
con ese dulce cántico que brota
al fecundo calor de una mirada,
y lleva una ilusión en cada nota;
con esa breve frase entrecortada
que al morir en los labios adivina
el corazón de la mujer amada,
música de las almas, peregrina,
que con suspiros trémulos empieza
y con vibrantes ósculos termina.
No sé lo que te dijo mi terneza
entonces: sé que al escuchar mi acento
doblaste blandamente la cabeza;
sé que en tu irresistible arrobamiento
más de una vez, a tu pesar, sin duda,
se confundió tu aliento con mi aliento;
sé que en aquella prueba áspera y ruda,
tú, en amorosas lides inexperta,
debiste al cielo demandar ayuda;
sé -y al profundizar mi herida abierta
aún abundantes lágrimas derramo-
que conmovida, fascinada, incierta,
como pobre avecilla que al reclamo
acude presurosa me dijiste
en mis brazos cayendo: «¡Te amo! ¡Te amo!»
¿Qué más pude escuchar? ¿Ni quién resiste
al grato influjo de la voz querida,
a un tiempo mismo apasionada y triste?
Dentro de mí se engrandeció la vida,
y ante mis ojos fulguró cercana
la dicha ansiada y nunca conseguida.
Y te abracé con fuerza sobrehumana,
y mis labios ardientes dejé impresos
¡ay! en los tuyos de encendida grana.
Y sentí penetrar aquellos besos
que arrebataba a tu inocencia esquiva,
cual plomo derretido, hasta mis huesos.
Ya, redoblando mis esfuerzos, iba
a vencer tu virtud lánguida y yerta,
cuando de pronto sacudiendo altiva
la noble frente de rubor cubierta,
me rechazaste atónita y convulsa
exclamando: «¡Jamás! ¡Primero muerta!»
Como es ciego el amor que nos impulsa,
tomé por la postrera llamarada
del pudor vacilante tu repulsa.
Y te busqué otra vez y acongojada
reprimiste otra vez mi atrevimiento,
diciéndome con voz ronca y ahogada:
«¡Soy débil, perdonadme! En vano intento
sofocar mi pasión, que ya no puede
permanecer oculta. ¡Harto lo siento!
»Dios no permite que en la sombra quede
comprimido este afán que me consume
el alma mía a sus impulsos cede.
»Y cual la violeta que presume
de modesta y humilde, aunque se esconda
revela dónde está con su perfume,
»es inútil querer que no responda
al fuego inextinguible en que me abraso,
mi agitación desordenada y honda.
»Sabedlo, pues; pero olvidadme. ¿Acaso
debo pensar en el amor terreno
yo, moribunda y triste ave de paso?
»Esto soy, esto ansiáis, éste es el seno
donde la muerte os pareciera hermosa.
Ved lo que guarda. ¡Podredumbre y cieno!»
Y con mano alterada y temblorosa
descubriste tu pecho carcomido
por repugnante llaga cancerosa.
«¡Ay! -dijiste cayendo sin sentido
al contemplar mi horror- ¿Me amabais tanto,
que a robarme la vida habéis venido?»
Yo, mudo de estupor, con el espanto
pintándose en mi faz desencajada,
pudiendo apenas reprimir el llanto,
vi deshacerse en polvo, en humo, en nada
mis ensueños, mi gloria, mi alegría,
el encanto del alma enamorada.
Y sentí bajo el golpe que me hería,
vacío el corazón, vacío el mundo,
hasta la misma inmensidad vacía.
Trastornose mi vida en un segundo,
y como aquel a quien del sueño arranca
dolor extraño, insólito, profundo,
dando a mi exaltación salida franca,
«¡Blanca! -gemí desesperado, al verte
caer cual ave herida- «¡Blanca, Blanca!
»¡Oye mi ruego! ¡Unamos nuestra suerte!»
Mas ¡ay! que sólo al llamamiento mío
contestaba el silencio de la muerte.
En mi airado y frenético extravío,
de Dios y de los hombres olvidado
cogí en mis brazos tu cadáver frío,
le estreché con furor y arrebatado
besé tu boca lívida, aún caliente,
como nido recién abandonado.
Y así hubiera seguido eternamente
abrazado a tus míseros despojos,
ajeno a todo, a todo indiferente,
helado el corazón, turbios los ojos,
si no hubiera sentido de improviso
rumor de gente y ruido de cerrojos.
Piadoso el cielo, con aquel aviso
quizás volverme la razón perdida
y poner fin a mis angustias quiso.
Otra vez, en señal de despedida
posé mis labios en tu faz serena,
y en aquel beso te dejé mi vida.
Salí. La noche transparente, llena
de reposo, insultaba mi tormento
parecía escarnecer mi pena,
Templó mi fiebre abrasadora el viento
bullicioso y sutil, y más tranquilo
dijo en la soledad mi pensamiento:
«¡Mundo engañoso, adiós! Rompiose el hilo
que me ligaba a ti, y en su regazo
la religión me prestará un asilo.
»Unió la muerte con estrecho lazo
nuestras almas, ¡oh Blanca de Castelo!
Mi senda es fatigosa; pero el plazo
breve y seguro. ¡Espérame en el cielo!»
10 de
febrero de 1875
Tristezas
Cuando recuerdo la piedad sincera
con que en mi edad primera
entraba en nuestras viejas catedrales,
donde postrado ante la cruz de hinojos
alzaba a Dios mis ojos,
soñando en las venturas celestiales;
hoy que mi frente atónito golpeo,
y con febril deseo
busco los restos de mi fe perdida,
por hallarla otra vez, radiante y bella
como en la edad aquella,
¡desgraciado de mí! diera la vida.
¡Con qué cándido amor, niño inocente,
prosternaba mi frente
en las losas del templo sacrosanto!
Llenábase mi joven fantasía
de luz, de poesía,
de mudo asombro, de terrible espanto.
Aquellas altas bóvedas que al cielo
levantaban mi anhelo;
aquella majestad solemne y grave;
aquel pausado canto, parecido
a un doliente gemido,
que retumbaba en la espaciosa nave;
las marmóreas y austeras esculturas
de antiguas sepulturas,
aspiración del arte a lo infinito;
la luz que por los vidrios de colores
sus tibios resplandores
quebraba en los pilares de granito,
haces de donde en curva fugitiva,
para formar la ojiva
cada ramal subiendo se separa,
cual del rumor de multitud que ruega,
cuando a los cielos llega,
surge cada oración distinta y clara;
en el gótico altar inmoble y fijo
el santo Crucifijo,
que extiende sin vigor sus brazos yertos,
siempre en la sorda lucha de la vida,
tan áspera y reñida
para el dolor y la humildad abiertos;
el místico clamor de la campana
que sobre el alma humana
de las caladas torres se despeña,
y anuncia y lleva en sus aladas notas
mil promesas ignotas
al triste corazón que sufre y sueña;
todo elevaba mi ánimo intranquilo
a más sereno asilo,
religión, arte, soledad, misterio...
todo en el templo secular hacía
vibrar el alma mía,
como vibran las cuerdas de un salterio.
Y a esta voz interior que sólo entiende
quien crédulo se enciende
en fervoroso y celestial cariño,
envuelta en sus flotantes vestiduras
volaba a las alturas,
virgen sin mancha, mi oración de niño.
Su rauda, viva y luminosa huella
como fugaz centella
traspasaba el espacio, y ante el puro
resplandor de sus alas de querube,
rasgábase la nube
que me ocultaba el inmortal seguro.
¡Oh anhelo de esta vida transitoria!
¡Oh perdurable gloria!
¡Oh sed inextinguible del deseo!
¡Oh cielo, que antes para mí tenías
fulgores y armonías,
y hoy tan obscuro y desolado veo!
Ya no templas mis íntimos pesares,
ya al pie de tus altares
como en mis años de candor no acudo.
Para llegar a ti perdí el camino,
y errante peregrino
entre tinieblas desespero y dudo.
Voy espantado sin saber por dónde;
grito, y nadie responde
a mi angustiada voz; alzo los ojos
y a penetrar la lobreguez no alcanzo;
medrosamente avanzo,
y me hieren el alma los abrojos.
Hijo del siglo, en vano me resisto
a su impiedad ¡oh Cristo!
Su grandeza satánica me oprime.
Siglo de maravillas y de asombros,
levanta sobre escombros
un Dios sin esperanza, un Dios que gime,
¡y ese Dios, no eres tú! No tu serena
faz, de consuelos llena,
alumbra y guía nuestro incierto paso.
Es otro Dios incógnito y sombrío:
su cielo es el vacío,
sacerdote el Error, ley el Acaso.
¡Ay! No recuerda el ánimo suspenso
un siglo más inmenso,
más rebelde a tu voz, más atrevido:
entre nubes de fuego alza su frente,
como Luzbel, potente;
pero también, como Luzbel, caído.
A medida que marcha y que investiga,
es mayor su fatiga,
es su noche más honda y más obscura,
y pasma, al ver lo que padece y sabe,
cómo en su seno cabe
tanta grandeza y tanta desventura.
Como la nave sin timón y rota,
que el ronco mar azota,
incendia el rayo y la borrasca mece
en piélago ignorado y proceloso,
nuestro siglo-coloso
con la luz que le abrasa resplandece.
¡Y está la playa mística tan lejos!...
a los tristes reflejos
del sol poniente se colora y brilla.
El huracán arrecia, el bajel arde,
y es tarde, es ¡ay! muy tarde
para alcanzar la sosegada orilla.
¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,
a todo yugo ajeno,
que al impulso del vértigo se entrega,
y al través de intrincadas espesuras,
desbocado y a obscuras
avanza sin cesar y nunca llega.
¡Llegar! ¿Adónde?... El pensamiento humano
en vano lucha, en vano
su ley oculta y misteriosa infringe.
En la lumbre del sol sus alas quema,
y no aclara el problema,
ni penetra el enigma de la Esfinge.
¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto
que tu poder no ha muerto!
Salva a esta sociedad desventurada,
que bajo el peso de su orgullo mismo
rueda al profundo abismo,
acaso más enferma que culpada.
La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,
en nuestras almas deja
el germen de recónditos dolores,
como al tender el vuelo hacia la altura,
deja su larva impura
el insecto en el cáliz de las flores.
Si en esta confusión honda y sombría
es, Señor, todavía
raudal de vida tu palabra santa,
di a nuestra fe desalentada y yerta
«¡Anímate y despierta!
-como dijiste a Lázaro- ¡Levanta!»
30 de
junio de 1874.
París
Una calle de la capital de Francia en 1871.-Vense a lo lejos las llamas del
incendio de las Tullerías, del Palacio de la Ciudad, del Ministerio de Hacienda
y de algunos edificios particulares.-Grupos de hombres, mujeres y muchachos
harapientos cruzan tumultuariamente la escena en direcciones contrarias, dando
gritos desaforados.-A intervalos atruena el espacio el estampido del cañón.-Es
de noche.
BURGUÉS.-DEMAGOGO
BURGUÉS
¿A
dónde vas, blandiendo enardecido
esa antorcha fatal?
DEMAGOGO
Corro
a la lucha.
¡Ay! el ronco y frenético
alarido
que amedrentada tu conciencia
escucha,
es la voz de la plebe que se
agita
y me llama a la lid...
BURGUÉS
¡Terrible
acento
en donde el odio universal
palpita!
DEMAGOGO
Di, más bien, el humano
sufrimiento.
Di, más bien, el dolor
acumulado
por largos años de opresión,
que estalla,
y como el hondo mar
alborotado
no reconoce a sus furores
valla.
Esa masa viviente es el
compendio
del infortunio y la
miseria...
BURGUÉS
¡Oh,
calla!
DEMAGOGO
El
populacho vil, la ruin canalla,
el Cristo expuesto a duro
vilipendio
de siglo en siglo os llama a
la pelea,
y por el mundo atónito pasea
su igualadora cólera: el
incendio.
BURGUÉS
En el nombre de Dios te
cierro el paso.
DEMAGOGO
¿En el
nombre de Dios?... ¿Existe acaso?
Aparta, o con la punta de mi
daga
ancho camino me abriré. ¿Y se
atreve
tu voz sumisa, que el terror
apaga,
a invocar ese nombre? No: no
cedo.
Dios es vana invención, Dios
es el miedo
que sujeta las iras de la
plebe.
Rota está la cadena. ¡La
habéis roto!
Vuestra burla sacrílega y
aleve
hizo pedazos el fraterno voto
que ennoblecía el corazón
humano.
¡Ya nuestra queja se trocó en
rugido!
¿Sin el temor de Dios vive el
tirano
y queréis que le sienta el
oprimido?
BURGUÉS
¡Calla, insensato, calla!
DEMAGOGO
Si
mis labios
ofenden tu pudor, hieren tu
oído,
no me culpes a mí, culpa a
tus sabios,
que del error apóstoles han
sido.
¿Imagináis quizás que entre
los muros
de los liceos, aulas y
academias,
mueren como un rumor vuestros
impuros
alardes, vuestras cínicas
blasfemias?
El verbo humano, como el sol,
inunda
de luz, hasta los antros más
obscuros,
y en el fango los gérmenes
fecunda.
Las alas de la voz toma la
idea:
halla el espacio a su altivez
estrecho,
y encarna, alienta, se
transforma en hecho
al surgir del cerebro que la
crea.
Y yo, que sólo para odiaros
vivo,
soy el hecho feroz y
vengativo,
brutal engendro de la ciencia
atea.
BURGUÉS
Recobra tu razón. ¿Dónde,
iracundo,
pretendes ir? El vértigo te
arrastra;
París, cabeza y corazón del
mundo,
tiembla de espanto en su
soberbio trono.
¡Es tu madre!
DEMAGOGO
¡Mentira!
Es mi madrastra,
y acrecientan sus crímenes mi
encono.
¡París, París! Impúdica
sirena,
monstruo de iniquidad, que en
áurea copa
de vil deleite hasta los
bordes llena,
brindas tu inmensa corrupción
a Europa.
¿Habrá quizás costumbre
disoluta,
lúbrico anhelo, crapulosa
orgía
que ignores tú, malvada
prostituta,
más codiciosa y torpe cada
día?
A la margen sentada del
camino,
con faz lasciva y desenvuelto
pecho,
ofreces al cansado peregrino
en tu ardiente regazo inmundo
lecho.
Y en él duerme las horas sin
medida
del ocio y del placer, y allí
envilece
los más santos afectos de la
vida,
el sentimiento del deber
olvida
y en rápidos instantes
envejece.
¿Qué has hecho tú de la
conciencia humana?
¿Qué fibra has respetado?
¿Qué pureza
ha resistido a tu atracción
tirana?
¿Dónde acaba tu infamia?
¿Dónde empieza?
Al calor de tus locos devaneos,
bajo el goce bestial que los
hostiga,
van en ti, como indómita
cuadriga,
sueltos y desbocados los
deseos.
Templos, circos, palacios,
coliseos,
aras son, que erigiste a la
Materia,
tu dios y el mío, y
despreciable en todo,
en abismos de horror y de
miseria
fabricas sus imágenes de
lodo.
Infecto lodo, que de ti
recibe
la forma de mujer
encantadora,
que en tus dorados lupanares
vive
y tus incautas víctimas
devora;
que el más helado corazón
inflama
y con brazos de fuego le
encadena,
porque es su cuerpo de
fundente llama,
su risa de ángel, su
intención de hiena.
Todo se agita y se revuelve
en torno
de esa deidad abominable,
impura:
la moda, esclava
complaciente, apura
los torpes incentivos del
adorno,
la industria sus caprichos,
la pintura
sus colores, sus fúlgidos
destellos
la rica y avarienta
orfebrería,
que concentra la luz en los
cabellos
y el albo seno de la diosa
impía.
El arte, como viejo descreído
a quien el ansia de gozar
ofusca,
a tus plantas postrado sólo
busca
el halago grosero del
sentido.
Y el noble coro de las Nueve
Hermanas,
con ardiente y frenético
arrebato
al pie del ara sin descanso
gira.
Terpsícore desnuda a las
livianas
danzas se entrega: desgreñada
Erato
entrelaza de pámpanos su
lira;
mancha Talía la ruidosa
escena
con la farsa sacrílega y
obscena,
y ennegreciendo su inmortal
destino
Euterpe licenciosa, con
garganta
seca y enronquecida por el
vino,
báquicos himnos al desorden
canta.
Muerta está la virtud, el
honor muerto,
y es difícil hallar en el
naufragio
tabla de salvación y amigo
puerto;
que todo con sus olas lo han
cubierto
la lujuria, el escándalo y el
agio.
Vencida por tus ciegos
apetitos,
¡adúltera ciudad! ¡vaso de
horrores!
no has escuchado los
tremendos gritos
de los odios, venganzas y
rencores,
que en la noche sin fin de
tus placeres
la insaciable codicia
aglomeraba.
Cegó tus ojos engañosa nube,
y hoy, del abismo a devorarte
sube,
tu propio cieno convertido en
lava.
¡No tuviste piedad y no la esperes!
¡Ya tu grandeza vergonzosa
acaba,
pudridero del mundo!
BURGUÉS
¿Qué
más quieres?
Deja que la oración
reparadora
restaure su virtud si te
horroriza
la triste enormidad de sus
pecados.
DEMAGOGO
Si es que sabe rezar, rece en
buen hora.
Mas que humille su frente en
la ceniza
de sus ricos alcázares
quemados.
¡Yo no sé perdonar!
BURGUÉS
Pero
¿qué dices,
aborto de impiedad, Caín
eterno,
árbol de maldición cuyas
raíces
se pierden en las sombras del
infierno?
Tú, plebe inculta, que la
férrea mano
alzas contra la ley; tú, que
exasperas
todas las iras del linaje
humano;
tú, sierva imbécil de Nerón
tirano;
tú, la más implacable de sus
fieras,
cuando en el ancho Circo recogías
el pan mojado en sangre
generosa,
y el brutal espectáculo
aplaudías;
tú, que en el trance
memorable y triste
de nuestra redención, con
pavorosa
maldad y corazón empedernido,
cuando a tu antojo disponer
pudiste
del justo y del culpado,
preferiste
a la vida de Dios la de un
bandido;
tú, que en todos los tiempos
has vendido
tu libertad al déspota, tu
diestra
al crimen, tu razón a la
mentira,
incitadora de Marat, maestra
de Robespierre, horror de
quien te mira;
¡tú transformada en juez!
¿Con qué derecho?
¿Con qué razón?
DEMAGOGO
Con
la razón del hecho.
BURGUÉS
El orgullo te ciega. ¿Qué has
logrado,
ni qué podrás lograr? Surco
profundo
abre en la tierra el hierro
del arado;
pero nada produce, nada crea
si falta la semilla. Es
infecundo.
¿Qué semilla es la tuya? ¿Con
qué idea
piensas regir y dominar el
mundo?
¿Qué nueva y santa religión
proclamas?
¿Qué salvadora aspiración?
¿Qué quieres?
De Dios reniegas, su justicia
infamas,
intentas convertir nuestras
mujeres
en hembras viles,
quebrantando el lazo
que la pasión con el deber
concilia,
que dignifica el conyugal
abrazo
y consagra el hogar de la
familia.
Odias la autoridad, odias el
freno
social, odias la paz, y
avaricioso
pones los ojos en el bien
ajeno,
que juzgas propio en tu
soberbia insana:
la bestia es tu ideal
ignominioso,
y en la sorda explosión de tu
perfidia
quieres pasar sobre la raza
humana
el nivel vengativo de tu
envidia.
¿Cómo podré negar que la
gangrena
nos roe el corazón? ¿Que sube
y crece
la letal podredumbre, y
envenena
el aire, y las conciencias
ennegrece,
y nuestras almas débiles
estraga?
¿Quién no ve con terror el
precipicio?
Pero nosotros a la inmunda
llaga
llamamos llaga inmunda, y vicio
al vicio.
¡Aún tenemos pudor! Y aunque
condenes
nuestra depravación, tú no le
tienes.
Guardamos, llenos de dolor,
oculto
el canceroso mal dentro del
pecho.
Tú le eriges altar, le rindes
culto
y le llamas ¡oh bárbaro!
Derecho.
¡No pretendas vencer!
Sangrienta guerra
tus cadenas rompió, y
alborotado
haces crujir los ejes de la
tierra;
pero otra vez a tu cubil,
atado
te volverá la indignación
humana.
DEMAGOGO
No podrá.
BURGUÉS
¡Los
instantes son supremos!
DEMAGOGO
Soy tu señor; ¡humíllate!
BURGUÉS
Mañana
aplastaré tu frente.
DEMAGOGO
¡Lo
veremos!
BURGUÉS
Para lanzarte en el profundo
abismo...
DEMAGOGO
Para romper tu insoportable
yugo
yo tengo mi rencor...
BURGUÉS
Yo
mi egoísmo.
DEMAGOGO
Yo el incendio voraz.
BURGUÉS
Y
yo el verdugo.
EL POETA
¡Error,
error! Ni el egoísmo ciego,
ni el odio, ni el verdugo, ni
la llama
podrán domar el concentrado
fuego
que vuestros fieros ánimos
inflama.
Y será más
terrible y más sombría
la espantosa tragedia, si en
la lucha,
la ronca voz de la venganza
impía
vuestra loca pasión tan solo
escucha.
¡Oh! santa
Caridad, hija del cielo,
hermana del dolor, virtud
sublime,
que el bálsamo divino del
consuelo
ofreces ¡ay! al corazón que
gime;
y tú,
Resignación, tú, fortaleza
del desgraciado, que en sus
tristes horas
levanta con orgullo la
cabeza,
si lle prestas valor y con él
lloras;
devolved a
las almas el reposo,
y en medio de este piélago
alterado,
amansa ¡oh Caridad! al
poderoso,
templa ¡oh Resignación! al
desdichado.
París 18 de julio de 1873.
A la patria
Himno con motivo de la paz
la ansiada aurora llega,
y ante la viva lumbre
que el ancho espacio anega,
cobarde se repliega
la densa obscuridad.
Ya baña el horizonte
la luz que Dios envía:
ya mar, y valle, y monte
colora el nuevo día.
Ya todo es alegría.
¡Poetas, despertad!
La paz tiende su manto
desde el Pirene a Gades:
alzad el himno santo
en campos y en ciudades,
y admire a las edades
vuestro inmortal clamor.
Ascienda en raudo vuelo
la voz de la alabanza,
como cóndor que al cielo
intrépido se lanza,
Cantad a la esperanza:
yo cantaré al dolor.
No es que al deber ajeno
desdeñe la ventura
que de tu herido seno
las penas templa y cura.
Alma tan seca y dura
no alienta ¡oh Patria! en mí.
Acaso al ver hollada
tu majestad suprema,
¿no fue mi lira espada?
mi voz ¿no fue anatema?
Aún mis mejillas quema
el llanto que vertí.
¿Soy el poeta, acaso,
de las felices horas,
que calla en el ocaso
y canta en las auroras?
¿No estalla, cuando lloras,
mi ardiente indignación?
Pero hoy que conseguiste
cobrar el bien perdido,
y espléndida, aunque triste,
la paz ha renacido,
canto al dolor, que ha sido,
tu santa redención.
Enigma de la Historia
y escándalo del mundo,
de tu pasada gloria
so el árbol infecundo,
yacías en profundo
letargo secular.
Del fanatismo esclava,
en noche eterna y fría,
tan sólo iluminaba
tu mísera agonía,
la lámpara que ardía
delante del altar.
Perdida en tu camino
y a obscuras tu conciencia,
el arte sin destino,
sin libertad la ciencia,
tu antigua omnipotencia
no renació jamás,
Pirámide ostentosa
alzada en el desierto,
do incógnita reposa
la vanidad de un muerto,
¡oh Patria! tu famosa
grandeza era no más.
Llamando con su espada
de súbito a tu puerta,
gritó la inesperada
catástrofe: «¡Despierta!»
y el águila su abierta
garra en tu pecho hincó.
¡Oh asombro! Bajo el fiero
dolor de la ancha herida
tus músculos de acero
cobraron nueva vida:
rugiste enfurecida
y el águila tembló.
Perdona si la austera
verdad acato y digo:
dolor que regenera
es premio y no castigo.
Confieso que contigo
inexorable fue.
Cuando te vio a la falda
del monte, soñolienta,
tendió sobre tu espalda
su azote y la tormenta;
te exasperó la afrenta,
y te pusiste en pie.
Ardieron tus hogares.
y con mortal quebranto
corrió la sangre a mares
mezclada con tu llanto.
¡Cuánto sufriste, y cuánto
duró tu adversidad!
Pero pasó el torrente,
el sol doró tus ruinas,
y excelsa, refulgente,
aunque ciñendo espinas,
apareció en Oriente
tu augusta libertad.
¡Ah! Desde entonces luchas
con la traidora hiena,
y su rugido escuchas
impávida y serena.
Tres veces en la arena
domaste su furor.
Cuando tus ansias cesen,
y en tiempos más felices
honrados hijos besen
tus santas cicatrices,
verás como bendices
los frutos del dolor.
Él con potente mano
labra, organiza y crea
cuando en el yunque humano
con hondo afán golpea
para forjar la idea
que es vida, es verbo, es luz.
Los que dichosos duermen
no sueñan con el cielo:
siempre el dolor fue germen
de algún gigante anhelo,
y Dios, bajando al suelo,
le consagró en la Cruz.
18 de
marzo de 1876.
Elegía
A la memoria del insigne historiador y poeta portugués Alejandro Herculano
Si es cierto que la pena compartida
llega a calmarse, porque el llanto ajeno
es para el triste bálsamo de vida;
si es verdad ¡ay! que el afligido seno,
cuando piedad encuentra y blando abrigo,
más reposado late y más sereno;
permite ¡oh Portugal! que un pueblo amigo,
ante la humilde tumba de Herculano,
mostrándote su amor, llore contigo.
***
¡Ya no existe el poeta! Pero en vano
querrá la muerte arrebatar la gloria
del más insigne genio lusitano.
Él con su ciencia engrandeció la Historia,
él exaltó la santa poesía,
y él impondrá a los siglos su memoria.
Cantor de vigorosa fantasía,
pulsó inspirado el Arpa del Creyente
y amó la libertad. ¡Quién no ama el día!
No dobló al yugo del temor su frente,
ni la lisonja vil manchó su labio,
ni abatió al débil, ni ensalzó al potente.
De la austera verdad en desagravio,
se opuso a la invasión de la mentira
con fe de artista y convicción de sabio.
Enérgico y tenaz, pero sin ira,
combatió en pro de su fecunda idea
con la voz, con la espada y con la lira.
Harto ya de luchar, buscó en la aldea
la dulce calma, el apacible encanto
que perdió en el fragor de la pelea,
y hoy en rústico y pobre camposanto
sus restos guarda honrada sepultura,
que el pueblo portugués riega con llanto.
***
¡Feliz el alma que al romper su obscura
cárcel, de eterno lauro coronada,
vuelve al seno de Dios intacta y pura!
ejemplo sea nuestra Edad menguada,
en que más de un ingenio peregrino
en el fango del mundo se degrada,
y contrariando su inmortal destino,
como ramera sin pudor, ofrece
al éxito brutal su estro divino.
¡Ah! grande podrá ser, mas no merece
loa ni encomio el pensamiento humano
que se humilla, y se arrastra, y se envilece.
¿Quién al águila audaz, que el soberano
vuelo remonta, comparar podría
con el reptil inmundo del pantano?
***
¡Oh religión del arte! ¡Oh Poesía!
¡Comunión de las almas cuando llevas
la paz, el bien y la razón por guía!
¡Cuando contra la infamia te sublevas,
y con no usada majestad, el vuelo
hasta el principio de la luz elevas!
Pliega tus alas en señal de duelo,
y ante esa pobre tumba deposita
tu más preciada flor: ¡la fe en el cielo!
Rinde esa flor, que nunca se marchita,
¡ay! a quien solo, sí, mas no olvidado,
duerme a la sombra de la cruz bendita.
A quien fue por tu numen exaltado,
de rica inspiración raudal fecundo
y tu apóstol al par que tu soldado.
Rompe el silencio lóbrego y profundo
que cubre el polvo desligado y frío
del que llevaba en su cerebro un mundo.
¡Ay! ya ese mundo estéril y sombrío
no animarán los sueños de la vida:
¡ya no le animarán! ¡Está vacío!
Alas bastan a su fama esclarecida
las altas creaciones del poeta,
do su gran alma nos dejó esculpida.
***
¡Cuán bien nos pinta la inquietud secreta
del sacerdote que consigo mismo
combate sin cesar como un atleta!;
¡que ama y lucha a la vez con heroísmo,
y ve rodar sin gloria ni esperanza
su patria y su virtud hacia el abismo!
Cuando esparciendo el odio y la matanza,
la morisma feroz salva el Estrecho
y cual torrente incontrastable avanza
ante el imperio gótico deshecho,
la pasión insensata que le oprime,
con sacrílego ardor le abrasa el pecho.
Y llora, y tiembla, y se retuerce, y gime,
y sólo a costa de la inútil vida
de sus perpetuos votos se redime.
¡Cayó en el campo del honor! La herida
anticipó su fin; pero él llevaba
la muerte en sus entrañas escondida.
¡Ay! ¿En qué corazón, rugiente y brava,
no estalla, en horas de incurable duelo,
la rebelión de la materia esclava?
¿A quién, alguna vez, con hondo anhelo
la sed de lo imposible no le acosa?
¿Quién no ha soñado en escalar el cielo?
***
Surge después la imagen luminosa
del arquitecto Alfonso, que en su extrema
y ciega ancianidad, aún no reposa.
Le designó la voluntad suprema
para labrar maravilloso templo,
y es forzoso que acabe su poema.
De su viril constancia ante el ejemplo,
¡con cuánta angustia de la Edad presente,
la vergonzosa indecisión contemplo!
Incrédula, dudosa, indiferente,
lidia sin fe, sin convicción se agita,
y no acierta a explicarse lo que siente.
Ya con sordo fragor se precipita,
como el alud del monte, ya asustada
los hierros del esclavo solicita.
Sigue rebelde o sierva su jornada,
y más que al ruego, al látigo obedece
¡ay! cuando no vencida, fatigada.
***
Ante esa sociedad que desfallece,
del inspirado artista la figura
¡cuán excelsa a mis ojos resplandece!
Lleno de genio, edificar procura
alta y extensa bóveda, que sea
terror y pasmo de la Edad futura.
Acariciando su arriesgada idea,
cual padre cariñoso, con tranquila
majestad se consagra a su tarea.
El pueblo se estremece y horripila
al comprender su temerario empeño,
y él mismo alguna vez duda y vacila.
-¿No pudiera, en verdad, ser el diseño
de la atrevida y portentosa nave
la irrealizable concepción de un sueño?
¿Acierta? ¿Se equivoca? ¡Quién lo sabe!-
Todos son juicios, cálculos y asombros.
Pero él decide, resignado y grave,
enterrar su vergüenza en los escombros
y si decreta Dios la infausta ruina,
recibirla impertérrito en sus hombros.
¡Dichoso ciego a quien la fe ilumina!
Su ardor redobla en la animosa empresa,
y la admirable fábrica termina.
Derríbase, por fin, la selva espesa
de cimbras y pilares, y el espanto
es en todos mayor que la sorpresa.
Quedó desierto el templo sacrosanto,
y el noble viejo en éxtasis divino,
con sus ojos sin luz, mas no sin llanto
solo, abstinente, orando de contino,
vivió esperando hasta el tercero día
la catástrofe horrenda que no vino.
Y la imponente nave todavía,
inmóvil cual granítica montaña,
el furor de los siglos desafía.
***
¡Oh anciano ilustre, tu sublime hazaña,
de la dura labor a que se entrega
nuestra razón, el simbolismo entraña!
Aunque cansada del trabajo y ciega,
obediente a las leyes que la rigen,
sin cesar edifica, y no sosiega.
Dóciles a su voz desde su origen,
los pueblos con ruidosa incertidumbre
el monumento de su gloria erigen.
Teme a veces la ignara muchedumbre
que la nave espaciosa venga al suelo,
vencida de su inmensa pesadumbre;
mas la razón serena y sin recelo
sabe bien que en sus ejes de diamante
segura está la bóveda del cielo.
No caerá, no, porque el varón constante
deseche el miedo, y con afán profundo
en las alas de la ciencia se levante.
¡Ah! si hubiese cedido al infecundo
pavor que nuestras almas encadena,
Colón no hubiera descubierto un mundo.
***
La duda nuestros ímpetus refrena,
abre anchuroso cauce al egoísmo,
y sólo funda en movediza arena.
¡Pero no es fácil resistir! Yo mismo,
que deploro su mal, mis horas paso
incierto entre los cielos y el abismo.
Herido a un tiempo por el brillo escaso
de un moribundo sol, que lentamente
va cayendo en las sombras del Ocaso,
y por la tibia aurora que en Oriente
empieza a despuntar, también vacilo,
y apenas sé dónde posar mi frente.
¡Ay! ¿Quién puede, con ánimo tranquilo,
dar la triste y postrera despedida
al dulce hogar que le sirvió de asilo?
¡Mas, basta ya de indecisión! La vida
se engrandece al calor de otras ideas
que nos muestran la tierra prometida,
y en ciudades, y en campos, y en aldeas
resuena el coro universal que canta
a la naciente luz: «¡Bendita seas!
»Tu fulgor, que los orbes abrillanta,
sólo a la negra noche, engendradora
de monstruos y de crímenes, espanta».
***
¡Quién pudiera a los rayos de esa aurora
los seres convocar que de Herculano
forjó la fantasía soñadora!
Pero no abrigo el pensamiento vano
de animar las figuras colosales
que con diestro cincel labró su mano.
Las místicas angustias, las mortales
ansias, los rencorosos extravíos,
que él presenta patéticos y reales,
rebasarían de los versos míos,
si en ellos contenerlos intentara,
cual de sus cauces los hinchados ríos.
***
Mas no tan sólo en la región que avara
las ficciones y fábulas encierra,
se abrió camino su razón preclara.
Como rayo de sol que se soterra
por ocultos resquicios, e ilumina
los recónditos senos de la tierra,
el negro cráter, la profunda mina
y la gruta de abrojos resguardada
que conoce no más fiera dañina,
así del vate la sagaz mirada
penetró, fulgurando, en los obscuros
y hondos abismos de la Edad pasada.
Y descifrando en los ciclópeos muros
de tan lóbregos antros, los inciertos
signos para allegar datos seguros,
buscaba en los sepulcros entreabiertos
de los tiempos antiguos, la memoria
casi perdida de los siglos muertos.
Si cuando atormentado por la gloria,
con animoso espíritu escribía
del pueblo portugués la épica historia,
la fanática y torpe hipocresía,
medrosa de la luz, no hubiese roto
su pluma de oro, en que irradiaba el día;
si en medio del frenético alboroto
de envidiosas calumnias, él no hubiera
hecho de enmudecer solemne voto;
el monumento que con fe sincera
quiso alzar a la patria su erudito
y vasto ingenio, perdurable fuera.
Fuera como esas moles de granito
que pueblos gigantes que no existen,
sus ya ignorados fastos han escrito.
¿Do sus glorias están? ¿En qué consisten?
¿Qué resta de ellos en el mundo? Nada:
las pirámides sólo, que aún resisten.
***
Esa Historia, entre tantas celebrada,
del egregio Herculano obra maestra,
¡ay! quedará por siempre inacabada.
Pero tan raras perfecciones muestra,
que es, y será en los siglos venideros
gloria de Portugal... ¡y también nuestra!
¿Por ventura los débiles linderos
que la discordia entre nosotros puso,
han roto nuestros vínculos primeros?
Hermanos son el español y el luso,
un mismo origen su destino enlaza,
y Dios la misma cuna los dispuso.
Mas aunque fuesen de enemiga raza,
la generosa tierra en que han crecido
con maternal orgullo los abraza.
¿A quién importa el rumbo que han seguido?
Dos águilas serán de opuesta zona,
que en el mismo peñón hacen su nido.
Ese sol que los sirve de corona,
con torrentes de luz sus campos baña
y sus frutos idénticos sazona.
Juntos pueblan los términos de España,
y parten ambos con igual derecho
el mar, el río, el llano y la montaña.
Cuando algún invasor, hallando estrecho
el mundo a su ambición, con ellos cierra,
la misma espada los traspasa el pecho.
El mismo hogar defienden en la guerra,
el mismo sentimiento los inspira,
cúbrelos al morir la misma tierra,
y tan unidos la razón los mira,
como los fuertes dedos de una mano
y las cuerdas vibrantes de una lira.
¡Ay! cuando luchan con rencor tirano,
pregunta Dios al vencedor impío:
«¡Caín, Caín, qué hiciste de tu hermano!»
Juntos mostraron su indomable brío
en lid reñida, infatigable y fiera,
contra un poder despótico y sombrío.
Y juntos alzarán, cuando Dios quiera
poner fin a su mutua desventura
una patria, una ley y una bandera.
***
Por eso ante la humilde sepultura
que guarda al más insigne de tus hijos,
España ¡oh Portugal! su llanto apura,
y en ti sus nobles pensamientos fijos,
acude ansiosa a consolar tus penas;
pero no a compartir tus regocijos.
Podrá el recelo ruin, si no le enfrenas,
hacer que el odio entre nosotros cunda,
y no luzcan jamás horas serenas;
podrá impedir nuestra unidad fecunda;
mas no evitar que de mi patria el llanto
con el que tú derrames se confunda.
¡No lo conseguirá! ¡No puede tanto!
Diciembre
de 1877
Soneto
Cuando de tus desórdenes testigo
te sorprendo en los brazos del tumulto,
¡oh Libertad! avergonzado oculto
mi rostro y sollozando te maldigo.
En lucha interna y desigual conmigo
arráncame el dolor airado insulto:
quiero olvidarte, abandonar tu culto,
y ciegamente a mi pesar te sigo.
Te sigo a mi pesar. Sueño o quimera
riges mi voluntad, llenas mi vida
y dejaré de amarte cuando muera.
Eres como la hermosa fementida
que inspira al alma la pasión primera:
cuanto más inconstante, más querida.
1876.
La luz y las
tinieblas
dura y persiste aún:
es el combate entre la ciega sombra
y la fecunda luz.
¡Ni un instante de tregua y de reposo!
en la tierra, en el mar,
en el espacio, en la conciencia humana
siempre lidiando están.
Al través de los siglos que se empujan
con sorda confusión,
ruedan mezclados la verdad, el día,
la noche y el error.
¿Quién vencerá por fin? ¿La negra sombra?
¿La excelsa claridad?...
¡Ay, no lo preguntéis! La horrenda lucha
nunca terminará.
Cuando la creación rota y deshecha
vuelva al caos otra vez;
cuando desierta, impenetrable y muda
la inmensidad esté;
en el seno del tiempo, en el espacio
sin mundos y sin sol,
seguirá eterno el duelo formidable
entre Satán y Dios.
5 de
octubre de 1876.
Ante una
pirámide de Egipto
Quiso
imponer al mundo su memoria
un rey, en su soberbia
desmedida,
y por miles de esclavos
construida
erigió esta pirámide
mortuoria.
¡Sueño
estéril y vano! Ya la historia
no recuerda su nombre ni
su vida,
que el tiempo ciego en su
veloz corrida
dejó la tumba y se llevó
la gloria.
El polvo
que en el hueco de su mano
contempla absorto el
caminante ¿ha sido
parte de un siervo o parte
del tirano?
¡Ah!
todo va revuelto y confundido,
que guarda Dios para el
orgullo humano
sólo una eternidad: la del
olvido.
28 de
diciembre de 1879.
¡Goza, goza en tu infamia! La serena
y osada faz levanta satisfecho:
insulta la virtud, huella el derecho,
y arrostra la opinión que te condena.
Como lugar de crímenes que llena
de cruces la piedad, muestra tu pecho,
si para el vil a las perfidias hecho
son premio los honores y no pena.
¡Alienta pues! La multitud olvida,
el tiempo envuelve la verdad en dudas,
la historia engaña, el éxito sanciona.
Únicamente amargará tu vida
la implacable conciencia, el juez de Judas,
que ni olvida, ni miente, ni perdona.
18...
Soneto
Cuando el ánimo ciego y decaído
la luz persigue y la esperanza en vano;
cuando abate su vuelo soberano
como el cóndor en el espacio herido;
cuando busca refugio en el olvido,
que le rechaza con helada mano;
cuando en el pobre corazón humano
el tedio labra su infecundo nido;
cuando el dolor, robándonos la calma,
brinda tan sólo a nuestras ansias fieras,
horas desesperadas y sombrías,
¡ay, inmortalidad, sueño del alma
que aspira a lo infinito! si existieras,
¡qué martirio tan bárbaro serías!
14 de
noviembre de 1879.
A mi musa
Con motivo de los terremotos de Andalucía
de la vida, no has tenido,
a tu honor rindiendo culto,
lisonjas para el magnate,
injurias para el vencido,
ni aplausos para el tumulto!
Como en días de pelea,
si la lástima no embota
ni embarga tu pensamiento,
hoy alza tu canto, y sea
un gemido cada nota
y cada estrofa un lamento.
Ante el inmenso quebranto
de la hermosa Andalucía,
da curso a tu angustia fiera;
pero no te impida el llanto
proclamar ¡oh Musa mía!
la verdad, siempre severa.
Tus sentimientos acalla,
porque el celo inmoderado
al mísero desvanece,
y en esta humana batalla
quien adula al desgraciado
no le anima: le envilece.
Dile más bien: «¡Adelante!
Cumple tu ruda faena
y llora, pero trabaja;
que el varón firme y constante
los estragos de su pena
con el propio esfuerzo ataja.
»No estés al pie de las ruinas,
como inútil pordiosero,
indolente y abatido,
y al volver las golondrinas
labrarán en el alero
de tu nueva casa el nido.
»Ara, siembra, reedifica,
lucha contra la corriente
del infortunio en que vives,
y enaltece y santifica
con el sudor de tu frente
la dádiva que recibes».
Háblale así, Musa honrada,
y en tu noble magisterio
nunca profanes tu lira,
con la adulación menguada,
con el torpe vituperio
ni con la baja mentira.
1885.
FIN
Discurso sobre la poesía
SEÑORES:
Cediendo a mis gustos e inclinaciones y
apartando la mente de los arduos problemas sociales y económicos, tan llenos de
incertidumbres y conflictos, me propongo exponeros mi opinión sobre el lugar
que corresponde a la poesía lírica en la literatura moderna y emitir mi juicio
acerca de algunos de sus más preclaros cultivadores. Forzado por la imperiosa
necesidad de concretar mi asunto, porque de otra suerte no cabría tema tan
vasto en el espacio de que puedo disponer, no trataré sino de algunas escuelas
que en la hora presente se disputan el favor del público, y de los autores que
viven gozando de merecido crédito en la república de las letras, únicos de
quienes pienso hablar, tan sólo escogeré los muy señalados que por la grandeza
de su genio, universalmente reconocida, por la influencia que ejercen en sus
respectivos países, o por involuntario error de mi entendimiento, considere
dignos de figurar en este sucinto estudio que a vuestra atención consagro.
Tal vez parezca extemporáneo que cuando tan
múltiples y complicadas cuestiones políticas y económicas embargan los ánimos,
me ocupe en el examen de un punto de crítica meramente literario; pero por lo
mismo que todos sentimos a menudo el amargor de la realidad, entiendo que
conviene de vez en cuando dar algún esparcimiento al espíritu, dejándole volar
libremente por las serenas regiones del arte. Además, de los escarmentados
nacen los avisados, y no quiero, tocando las llagas que corroen el cuerpo social,
no por indolentes menos malignas, volver a exponerme sin defensa a las
pudibundas censuras de las almas débiles, a la indiferencia de los egoístas y a
los groseros ultrajes de cuantos están interesados en que el mal arraigue y
cunda.
Muéveme también a preferir este tema, a más
del atractivo que tiene para mí, el propósito de contrarrestar en lo posible la
especie de cruzada que en el vulgo literario, tan injusto como impresionable,
se ha levantado de algunos años a esta parte contra la poesía. No pretendo
entrar en las altas especulaciones a que se presta el problema planteado por
eminentes pensadores de la escuela positivista, sobre la suerte reservada en
épocas remotas a todas las manifestaciones del arte; las cuales, según cálculos
y conjeturas de algunos de ellos, están condenadas a ir gradualmente
extinguiéndose hasta desaparecer por completo bajo la continua invasión de la
ciencia. Esta tesis, copiosa y sólidamente impugnada desde el mismo campo
positivista por sociólogos y estéticos, para quienes el desarrollo mismo de la
ciencia, tan prodigioso en nuestros días, y que a juzgar por todos los síntomas
aún lo será más en los futuros, ensanchará, lejos de restringir, los dominios
de la fantasía y del sentimiento, fuentes inagotables del arte, no me inquieta
en lo más mínimo, ni pone en esta ocasión la pluma en mis manos. Mi intención
es más modesta. Me resigno ante la idea -quizás porque me infunde poco o ningún
temor- de que en la sucesión de los siglos, cuando la ciencia haya llegado a su
plenitud descubriendo la causa de todas las causas, cuando haya iluminado, si a
tanto alcanza su poder, las hasta ahora impenetrables tinieblas de lo infinito
y de lo incognoscible, cuando haya, en fin, encontrado todos los medios de
saciar los deseos, de calmar las inquietudes y de curar las heridas de las
almas, la poesía perezca envuelta en el cataclismo universal en que han de
sucumbir también por innecesarias, la escultura, la pintura y la música. Pero
no me someto con la misma mansedumbre a la opinión de aquellos que, sin
levantar el pensamiento a concepciones tan complejas sobre los ulteriores
destinos de la humanidad, y sólo aguijoneados por el espíritu intolerante de
secta, pronostican con tono dogmático, no el aniquilamiento total del arte, en
cuya perpetua virtualidad creen, sino la muerte parcial y aislada de la poesía.
Desde que el Naturalismo, con la fuerza de expansión que despliegan todas las
escuelas filosóficas y políticas en los desvanecimientos de su triunfo, extremó
sus principios hasta bastardearlos, declarando guerra sin cuartel a la
imaginación, y como si la literatura fuese una rama no más de las ciencias
naturales, pretendiendo someterla exclusivamente al régimen de la observación y
del experimento, hízose de moda entre ciertas gentes hablar con menosprecio de
la poesía, sobre todo de la lírica, y son ya muchos los prosélitos de la nueva
doctrina que se consagran a profetizar en artículos, folletos, libros y
discursos, la inevitable y próxima ruina del Parnaso. Contra estos feroces
sectarios va principalmente encaminado mi trabajo, hijo de la más sincera
convicción, porque para mí es artículo de fe que la poesía, acomodándose, como
siempre, a las incesantes evoluciones de la civilización, ha de continuar
siendo por largo tiempo -al menos hasta que sobrevenga, si es que sobreviene,
la general y definitiva catástrofe artística predicha por algunos filósofos- la
expresión más pura y conmovedora de las ansias, tristezas y aspiraciones del
espíritu humano.
Descartando, pues, de mi discurso las
hipótesis científicas, que aun cuando estén lógicamente construidas, son por su
propia naturaleza frágiles e inseguras, y sin salirme de la realidad de los
hechos comprobados, me limitaré a afirmar, de acuerdo con autorizadísimos
críticos nacionales y extranjeros, que la poesía es, después de la música, el
arte cuyo desenvolvimiento ha sido más amplio en el transcurso de los últimos
cien años, y el que ha engendrado en este espacio de tiempo, relativamente
breve, más obras maestras, o, si parece demasiado aventurada mi proposición,
más obras dominadoras. El influjo avasallador ejercido por las producciones de
Göethe, Byron, Chateaubriand, Lamartine, Leopardi, Heine y Víctor Hugo, sobre
el movimiento intelectual del mundo es tan evidente, que creería ofender
vuestra ilustración si me entretuviera en demostrarlo. El teatro, la novela, la
crítica, la historia, han vivido de su substancia, y su aliento poderoso ha
animado y aún anima aquellas creaciones de la escultura, la pintura y la música
con que más justamente se enorgullece nuestro siglo. Pero, prescindiendo de las
corrientes generales que, como nacidas en las más elevadas cimas del genio lo
han inundado todo al descender sobre la tierra, ¿quién puede desconocer la
soberanía que sobre cada literatura particular han ostentado durante este
magnífico período los poetas nacionales? ¿Quién se atreve a negar, por ejemplo,
la influencia incontestable de Manzoni en las letras italianas, de Alfredo de
Musset en las francesas, de Puszkin en las rusas, de Mickiewicz en las polacas,
de Herculano en las portuguesas, de Petoefi en las húngaras, de Oeglenschloeger
en las dinamarquesas, y finalmente, de Quintana en las españolas? Y cuenta que
sólo cito astros de primera magnitud, pues si fuera a conmemorar todos los de
segundo orden que han girado en la órbita de nuestra centuria con luz más
templada, aunque siempre intensa, honrando sus patrias respectivas, apenas
serían suficientes las páginas que debo dedicar a mi discurso para hacer, sin
comentario alguno, la sencilla enumeración de sus nombres.
La poesía (14) ha llegado en el curso del siglo actual a
tanta altura, porque rompiendo los diques que la contenían, ha vuelto a sus
antiguos cauces, de donde la había desviado el arrollador impulso del
Renacimiento. Antes de que esta inmensa revolución surgiera, la poesía, sobre
todo en sus formas primitivas, la épica y la religiosa, presentábase en las
naciones más importantes de Europa pobre de invención, áspera en el ritmo, y
torpe y monótona en la rima. No había encontrado su expresión definitiva, y las
lenguas en que balbucía sus primeros vagidos, apenas habían salido de la
infancia. Pero era nacional, y cuando algún elemento exótico se introducía en
ella, tardaba poco en asimilárselo, haciéndole adquirir en cada región el color
y el sabor del terruño propio. Nutríase de savia popular, resultando primero en
los cantares de gesta, allí donde como en Francia y España florecieron,
y después en otras composiciones más cortesanas y cultas, en las que alboreaba
ya el estro genuinamente lírico, reflejo fiel, aunque a veces artificioso, del
estado general del país y del tiempo en que se desenvolvía. El Renacimiento,
que tanto hizo adelantar al mundo, vino, por de pronto, deslumbrando a los
ingenios con su regia pompa, a torcer la dirección que las incipientes
literaturas particulares seguían, y a facilitar a la Roma cesárea su última
victoria sobre los pueblos que antes la habían vencido y heredado. Hermoseó, es
verdad, y pulió el estilo; arrebató a la palabra sus más recónditos secretos;
enriqueció la métrica; aclaró los horizontes del arte, sumido aún en vago
crepúsculo, e impuso cánones de buen gusto, que prevalecen todavía, cuanto es
posible que prevalezcan en una sociedad como la nuestra, a la vez escéptica e
indisciplinada, donde el principio de autoridad y el respeto a la tradición van
amenguándose de día en día. Pero también es cierto que haciendo caer a la
poesía y a todas las artes plásticas en la contemplación extática de los
modelos antiguos, las sustrajo en absoluto de la vida real. La imitación servil
de las obras maestras de griegos y latinos ahogó en mucha parte la espontánea,
aunque tosca, originalidad de las literaturas indígenas; los poemas homéricos y
virgilianos, las odas pindáricas y horacianas, las églogas y anacreónticas,
resucitaron con morbosa exuberancia en los idiomas vulgares; y mientras se
resolvían en el siglo XVI y en los siguientes los más tremendos problemas de la
conciencia, ya en las controversias religiosas, ya en los campos de pelea, la
poesía, indiferente a estos hondos trastornos, se entretenía reproduciendo
fábulas mitológicas, celebrando hazañas portentosas de héroes imaginarios,
poblando vegas y bosques de sátiros, zagales, ninfas y pastoras, y describiendo
cuadros fantásticos en donde todo aparecía falsificado: la tierra y el cielo,
el hombre y la naturaleza. Sólo algunos excelsos poetas místicos acertaron a
vaciar en los viejos moldes restaurados sus fervientes sentimientos cristianos,
y a conservar, bajo la magnificencia de las formas clásicas, la sinceridad de
su fe y la intensidad de sus afectos. Ellos, por decirlo así, fueron los
precursores de la evolución que con mayor amplitud debía verificarse en el
transcurso de los tiempos, cumpliendo en este punto los deseos de Andrés
Chénier, cuando pedía que se hiciesen con ideas nuevas versos antiguos. Fuera
de las composiciones a que me refiero, por las que se difundía el calor de una
creencia viva, pocas veces intervino la poesía, y cuando incidentalmente lo
hizo, fue como avergonzada, velando su pensamiento con alegorías mitológicas,
en los sucesos trágicos o faustos que a su vista ocurrían. Las alteraciones de
la Reforma, las grandezas y los horrores del fanatismo, las guerras por el
dominio del imperio, hasta el descubrimiento de América, hechos son que pasaron
para las musas, si no inadvertidos, por lo menos tibiamente y en forma
inapropiada cantados; y al compás del estrépito de las batallas, al resplandor
de las hogueras, entre el tumulto de las tradiciones que se derrumbaban, la
poesía, cubierta con su pellico clásico, lanzaba a los vientos tempestuosos de
su siglo el son del rústico caramillo, o refería, disfrazada con vestiduras
olímpicas, las livianas aventuras de dioses destronados. Concretándonos a
España, porque si dilatara la esfera de mis observaciones me faltaría lugar y
tiempo para consignarlas, ¿quién es capaz de adivinar en los versos de nuestro
Hurtado de Mendoza al hábil diplomático y experto político que medió, como
representante del Emperador invicto, en los más transcendentales
acontecimientos de tan agitadísimo reinado, ni quién conoce en las estrofas del
dulcísimo Garcilaso, al soldado valeroso de aquella edad de hierro? Leyendo las
composiciones de tan clarísimos poetas y de sus coetáneos menos ilustres, no es
fácil formarse idea del período histórico en que escribieron ni de las
turbulencias de la sociedad en que se agitaban. Ante la apacible suavidad de
sus descripciones y los almibarados conceptos de sus zagales, ninfas y sátiros,
se maravilla uno de la fuerza de abstracción de aquellos genios soberanos, cuya
fantasía, ajena a todos los ruidos del mundo, llegaba hasta convertir en
arroyos de leche y miel los ríos de sangre que en tan borrascosos días corrían
por la tierra, entregada a todas las discordias y violencias de los hombres.
Tuvo entonces el Renacimiento el encanto de
la novedad y la sorpresa. No porque permaneciese casi extraño a las apasionadas
luchas de sus contemporáneos, es lícito negar que aportó al caudal del arte
valiosos elementos estéticos resucitando un ideal de la Belleza que nadie ha
podido destruir hasta ahora, y enseñando al poeta y al artista cómo debían
presentar sus inspiraciones para hacerlas duraderas. Esto explica la boga
general que obtuvo, la atracción que ejerció sobre todas las inteligencias
superiores, hasta en el seno mismo de la Iglesia, y el ímpetu con que se
propagó, sólo comparable a la invasora velocidad del incendio.
Cuando pasado el primer hervor del entusiasmo
que despierta siempre en las almas juveniles la inesperada contemplación de la
Belleza, el tiempo, el preceptismo y el uso acabaron por vulgarizar la majestad
de las formas clásicas, comenzose a caer en la cuenta de que éstas sólo cubrían
el esqueleto de una civilización incompatible con la nuestra; pero tan
fuertemente habían arraigado sus dogmas en la poesía, que siguieron, sin
contradicción apenas, prevaleciendo durante trescientos años en todas las naciones
cultas. Sin embargo, a medida que el tiempo se deslizaba, las escenas bucólicas
y las fábulas del paganismo iban debilitándose como la luz de las estrellas
cuando apunta la claridad de la aurora, y las musas hundiéndose en un
amaneramiento lánguido e insulso. Las selvas mitológicas no tuvieron ya el
verdor de la primavera, sino la fría desnudez del invierno. Los pastores y
faunos que las poblaban envejecieron o quedaron inválidos; los héroes se
sintieron decaídos; los dioses degradados, y hasta el coro de hermosas ninfas
que, con el cabello suelto y coronadas de rosas, entonaban himnos en loor de
Venus, concluyó por parecer un aquelarre de brujas histéricas, únicas
adoradoras de aquella diosa del amor, ya deforme y caduca. Encerrada en marco
tan estrecho la poesía, después de pasar en el siglo XVII, como los demás ramos
de la literatura, por las más inverosímiles depravaciones del gusto, en España
e Italia con los inextricables extravíos de Góngora y Marini, en Francia con
los sutiles alambicamientos del cenáculo del Hotel Rambouillet, en Inglaterra
con el ridículo eufuismo, y en los demás estados de Europa con las
imitaciones de tan perniciosos modelos, vino a dar a fines del siglo pasado en
la postración más extrema. Extenuada, vacía de ideas, falta de invención y de
numen, no llegó a ser, salvo en las obras de algunos poetas excepcionales y
entonces poco comprendidos, más que una repetición pesada de odas huecas y
ampulosas, madrigales ingeniosos, anacreónticas pueriles y églogas e idilios en
donde siempre, a la sombra de los mismos árboles y en la orilla de los mismos
arroyuelos, lloraban sus desdenes o celebraban sus paces Batilos insípidos y
Filis melindrosas.
Solamente el terrible sacudimiento que en
estos últimos cien años ha trastornado la faz del mundo, removiéndole hasta el
fondo de sus entrañas y arrancando de él creencias e instituciones que se
habían juzgado eternas, logró sacar a la poesía de la estéril flaqueza a que
había llegado. El fragor de las revoluciones despertó la de su letargo, y como
los intereses que se debatían eran tan transcendentales, no pudo permanecer
inactiva en medio de un desquiciamiento general que nada respetaba: ni el orden
establecido, ni la fe, ni la autoridad, ni la tradición. Sin desceñirse la
túnica de oro con que la había hermoseado el Renacimiento, renovó casi del todo
su propio contenido, y abandonando las cumbres olímpicas y los agostados valles
de la Arcadia, regresó a la tierra de donde había vivido alejada, poniéndose
otra vez en directa comunicación con los hombres. Fascinada por la magnitud de
los sucesos de que era testigo, tomó al fin partido entre los beligerantes y
aumentó para responder a sus nuevas emociones las cuerdas de su lira, o más
bien, transformó su lira en orquesta. Nada hubo desde entonces vedado a su
inspiración: lloró con los vencidos, exaltó a los vencedores, dudó con los que
dudaban, creyó con los que creían, cantó las catástrofes y los triunfos en que
había intervenido, y penetró en los más profundos repliegues de la conciencia
para sorprender sus secretos y vacilaciones. ¿En qué campo ha dejado de oírse
su voz? ¿En qué batalla no ha hecho centellear la espada de su canto?
Ella ha sido, y es todavía, gemido para todos los dolores, consuelo para todos
los infortunios, ariete contra todas las tiranías, refugio para todos los
cansancios del cuerpo y del espíritu, bálsamo para todas las heridas, eco de
todas las ideas y estímulo para todos los atrevimientos. Donde quiera que se
combate allí está la poesía; no hay palpitación del alma que no recoja, ni
manantial de aguas dulces o amargas en que no beba, desde el que, brotando del
cielo, llena el corazón de místicas alegrías, hasta el que, naciendo de un
pesimismo, a veces desesperado y a veces sereno como la resignación, pero
siempre incurable, nos hace sentir la infinita vanidad del todo, es
decir, de la vida, del mundo y de Dios. ¿No es cierto que cuando la poesía
influye tan eficazmente como en nuestro siglo, en las diversas y múltiples
manifestaciones de la actividad intelectual y afectiva, encontrándosela en
todas partes donde se ama, se aborrece, se piensa y se lucha, hay motivos
sobrados para protestar contra los que la describen como agitándose con los
postreros estremecimientos de la agonía?
No es nuevo, aun cuando nunca haya revestido
los caracteres de ensañamiento que hoy presenta, el afán de asaltar el alcázar
de la poesía para desalojarla de él, habiendo surgido ya en varias épocas, y
bajo diversos aspectos, la misma malquerencia. Entonces, como ahora, la poesía
ha proseguido imperturbable su camino, desoyendo las vociferaciones del odio y
ejerciendo su imperio sobre todas las literaturas, como lo revela el hecho de
que desde los tiempos primitivos hasta los actuales, el genio de cada pueblo
haya encarnado en la invención de algún altísimo poeta. Los himnos védicos y el
Ramâyâna son los símbolos de las civilizaciones indias; Homero, de la
helénica; Virgilio, de la latina; y en las naciones modernas, Dante es la
expresión más augusta de la inspiración italiana; Shakespeare y Milton
descuellan en las más sublimes cumbres del Parnaso inglés; Cervantes, Lope y
Calderón son los dioses mayores de las letras españolas; Racine y Molière de
las francesas; Göethe y Schiller de las alemanas, y Camõens fulgura, como sol
sin ocaso, sobre las glorias de Portugal. La poesía, pues, ocupa el puesto más
preeminente entre las creaciones literarias de la humanidad, con tan respetuoso
y general acatamiento, que es frecuente decir, cuando quiere designarse a un
país con el título más halagüeño para su orgullo, la patria del Dante, la
patria de Göethe, la patria de Racine, la patria de Calderón.
Hay más: a riesgo de que me tachéis de
exagerado, me atrevo a afirmar que las obras de aquellos poetas en quienes, sea
cual fuere el género que cultiven, predomina el temperamento lírico, tales como
Dante, Shakespeare y Calderón, son, con las de los historiadores y filósofos,
las que resisten más la ola silenciosa del olvido. Las demás producciones que
no corresponden a ninguna de estas tres manifestaciones de la literatura, entre
las cuales y en primer término figuran las didácticas y narrativas, suelen
merecer el favor público cuando aparecen, si aciertan a representar bien su
época o se ajustan al gusto reinante; pero su duración es, por regla general,
efímera en la memoria humana, y van desvaneciéndose por grados, como las notas
de una música que se aleja.
Permitidme que en apoyo de mi aserto, para
muchos de vosotros quizás excesivo, os recuerde lo que acontece con la novela,
cuya existencia, semejante al relámpago, es, por lo común, tan fugaz como
luminosa. Muy lejos estoy de escatimar los incontestables méritos de este
género literario, que es la expresión más exacta de los diferentes estados
sociales por que los pueblos pasan y el espejo en que más claramente se
reflejan sus costumbres, sus sentimientos, sus ideas, sus esperanzas, sus
desengaños y hasta sus aberraciones. Su importancia es tal, que sin su auxilio,
tan necesario acaso como el de la misma historia, sería difícil explicarse las
incesantes transformaciones de la especie humana, y reconstruir en nuestro
pensamiento las sociedades que han muerto. Pero por lo mismo que es la
expresión real de las cosas transitorias, no siempre la favorable acogida que
le dispensan sus coetáneos, inteligentes aunque interesados apreciadores de la
exactitud con que los retrata, obtiene la sanción inapelable de la posteridad
desapasionada y fría. Antes bien, envejece pronto en manos de gentes nuevas,
incapaces de estimar en su legítimo valor las delicadezas de observación que la
obra contiene sobre tipos, caracteres, prejuicios y contiendas de otra edad, y
siendo cada vez menos leída, va quedando sólo como documento de consulta o base
de estudios retrospectivos para el erudito, el filósofo y el historiador.
Cada generación procura tener su espejo
propio, y prescinde, sin reparo, de aquel que no reproduce ya con fidelidad lo
que es o pretende ser mientras cruza por este valle de lágrimas. Bien sé que
los sentimientos humanos sometidos a leyes psicológicas y fisiológicas
inmutables, han sido, son y serán siempre los mismos; pero su modalidad va
continuamente variando al compás de los cambios que la acción del tiempo
introduce en el régimen social, moral y jurídico bajo el cual se manifiestan.
Esta constante variación meramente formal, que no afecta a la esencia de los
sentimientos mismos, los desfigura y disfraza, sin embargo, de tal suerte, que
a veces cuesta trabajo conocerlos. Es como el traje que ajustan a nuestro
cuerpo los caprichos de la moda; insensiblemente la moda misma va reformándolo,
y llega un día en que, al examinar los viejos figurines, asoma a nuestros
labios la risa, no acertando a comprender los inverosímiles y extravagantes
gustos de nuestros predecesores. La novela, más que ninguna otra creación
literaria, incluso el teatro, recoge hasta en sus más insignificantes
pormenores la parte mudable de la vida, o sea la manera de pensar, de sentir y
de ser en cada momento, y esta fuerza de asimilación, que es, sin duda, la
causa principal del agrado con que sus contemporáneos la saborean, contribuye
en la misma medida a precipitarla en la indiferencia cuando el curso de la
civilización transforma el medio ambiente en que la obra se produjo. No oculto
ni niego, porque expongo de buena fe mis opiniones, que muchos libros de esta
especie, bien por la intención honda que los ha dictado, bien por la sincera
emoción con que están escritos, ya por la pasmosa verdad de sus caracteres, ya
por el progreso que determinan en las lenguas, han conquistado y conservan en
sus respectivas literaturas honorífico lugar; pero estas excepciones, siempre
limitadas, si se considera la abundancia del género, no contradicen la ley que
le condena a muerte prematura y definitiva.
Los menos versados en la historia literaria
pueden confirmar la exactitud de mi juicio, con sólo recordar la boga que
alcanzaron en otros tiempos los libros de caballería. ¿Qué ha quedado de aquel
enorme fárrago de obras más o menos indigestas, cuya fama fue tan general en
toda Europa, y cuyo texto, repleto de portentosas aventuras, devoraban con
delectación príncipes, clérigos, soldados y menestrales? Unas cuantas páginas
de referencia y crítica en los anales de la literatura, y un centenar de
volúmenes empolvados, que los bibliófilos rebuscan con ansia, no por su valor
intrínseco, sino por su singular rareza. En resumen no queda nada. Digo mal:
queda el extraordinario libro con que los redujo a perpetuo silencio nuestro
inmortal Miguel de Cervantes Saavedra, uno de los más grandes poetas, si no el
mayor, de la era moderna, porque es el que mejor ha sabido amalgamar y fundir
en el crisol de su genio la idealidad del espíritu con la realidad de la
materia, y el que más acabado retrato nos ha ofrecido de ese ser híbrido, como
los centauros y sirenas de la fábula, compuesto de ángel y de bestia, a quien
Dios ha confiado el imperio del mundo.
Pero sigamos adelante en la comprobación de
mi tesis. En los comienzos del siglo de oro de las letras francesas, fecundos
escritores se consagraron al cultivo de la novela, que, como hoy sucede,
absorbió por completo la curiosidad de las gentes doctas e indoctas. Jamás
autor alguno ha obtenido admiración tan sincera ni tan caluroso aplauso como
los que arrancaron de sus compatricios, Honorato d'Urfé, Calprènade y Mile de
Scudery, los más célebres representantes de aquel movimiento impetuoso. No eran
los espíritus frívolos, como observa muy oportunamente un crítico extranjero,
ni los jóvenes y las mujeres los únicos que se extasiaban ante aquellas obras,
que se creían magistrales. El sabio Huet, obispo de Avranches -añade el
discreto escritor a quien aludo- se volvía loco leyéndolas; el obispo Godeau
deliraba también por ellas; el elegante Flechier se las recomendaba a sus
diocesanos; Mascarón citaba en el púlpito a sus autores entre San Agustín y San
Bernardo; Menage los colocaba sin escrúpulo al nivel de Homero y Virgilio, y el
mismo Lafontaine calificaba algunos años después al más antiguo de ellos,
Honorato d'Urfé, como a uno de los entendimientos peregrinos de que podía
envanecerse Francia. Multiplicábanse las ediciones de estos libros, cuyo
crédito traspasaba montes y mares; traducíanse con pomposo encomio en todas las
lenguas; eran, en fin, la delicia de las cortes, el recreo de los sabios y el
embeleso del vulgo. Tal vez nunca las hayáis hojeado, mas de fijo habéis oído
hablar de la Astrea, del Ilustre Basa, del Gran Ciro, de Clelia,
de Cleopatra, de Casandra, y de otra multitud de novelas de la
misma índole, que el gusto y las costumbres de su tiempo miraban con entusiasmo
mayor todavía que el que excitan entre nosotros las creaciones de Zola y sus
secuaces, ya muchos de ellos arrepentidos y en busca de nuevos horizontes. ¿Qué
ha recogido la posteridad de estas obras que fueron, como digo, el asombro de
algunas generaciones? Nada. Hoy ni se leen, ni se estudian, ni se comentan,
porque el desdén universal, aunque quizás no completamente justificado, las ha
sepultado en el más lóbrego rincón del olvido.
Suerte análoga cupo a las fábulas pastoriles,
y tampoco fue más afortunado el turbión de interminables novelas inglesas del
corte de Pamela, Clarisa Harlowe y Carlos Gradisson, que
en el segundo tercio del siglo último inundó a Europa, haciendo derramar
raudales de lágrimas a la mitad del linaje humano, a quien le daba entonces por
ser sentimental y pudoroso, como hoy le da por ser despreocupado y escéptico.
El éxito alcanzado por estas producciones entre los que gozaron de sus
primicias, es indescriptible, y acaso no del todo inmerecido, si se atiende a
la opinión que crítico tan severo y descontentadizo como Taine ha expuesto
sobre algunas de las más importantes de aquellas obras. Y, sin embargo, ¿quién
las lee ahora? Ni siquiera ha valido para retrasar un minuto más la hora de su
muerte, la eficaz recomendación de Voltaire, tiránico dispensador de la fama en
el siglo XVIII, el cual ponía religiosamente varios de estos libros sobre su
cabeza. Pero ¿qué más? Cuantos empezamos a doblar el cabo de la vejez, tenemos
aún presente la fiebre con que en nuestra juventud se solicitaban las novelas
de la inspirada e incansable pléyade de escritores que dio a luz la revolución
romántica de 1830. La aparición de cada una de ellas era un acontecimiento,
según se dice en la jerga moderna; los periódicos se las disputaban a precio de
oro, y algunos, como el Constitutional y la Presse, labraron la
fortuna de sus editores, brindando la novela de moda a la voracidad pública, en
folletines que arrebataba la multitud. Millares de ejemplares, impresos en
todos los idiomas, corrían como desatados ríos por ambos continentes, y en
volúmenes lujosos o en humildes entregas invadían lo mismo la mansión del
magnate que la guardilla del jornalero. Han pasado desde entonces muy pocos
años de este siglo que va tan deprisa, y ya únicamente algunos devotos del
tiempo viejo, que mantenemos viva la memoria de aquella edad y el culto de
aquellos autores, nos deleitamos con sus recuerdos. Otras gentes amoldadas a
nuevas costumbres, movidas por distintos impulsos y estimuladas por diferentes
ideales, si es que tienen alguno, han ocupado el lugar de aquellas que con
tanto afán los leyeron, y si todavía se repiten sus nombres, porque no se han
extinguido los ecos de la popularidad que se granjearon, ¡cuán grande no es la
distancia entre el entusiasmo que antes despertaban y la hostil frialdad con
que ahora, acaso sin estudiarlos, se los juzga! ¿Quién sabe, en fin, si
nosotros mismos asistiremos aún a la decadencia de la escuela naturalista, cuya
unidad de doctrinas se ha roto, y dentro de la cual, como en todo sistema que
se descompone, están surgiendo ya a cada paso tendencias rectificadoras,
protestas y hasta rebeldías? Por de pronto, y esto no es lo menos grave, la
fatiga del público es visible. En cambio, al paso que los novelistas huyen como
sombras, levántanse aún los poetas de aquel extraordinario ciclo romántico,
llenos de vida y radiantes de gloria. Francia se acuerda con cariño de Alfredo
Musset, y ha deificado a Víctor Hugo hasta en sus delirios y caídas; Inglaterra
construye por acciones lujoso teatro donde muchos admiradores que han
contribuido a la edificación, se dan por bien pagados con asistir a las
representaciones privadas de un poema dramático de Shelley, Los Cenci,
más grande por los primores de su estilo que por sus condiciones escénicas;
Alemania convierte a Göethe en un dios olímpico, tributándole fanático culto, y
vuelve su rostro enternecida hacia el pobre Heine, a quien trató en vida con
austero desvío; Hungría erige una estatua a Petoefi, en medio de públicas y
regocijadas fiestas; el municipio de Milán, interpretando los deseos de toda
Italia, adquiere la casa donde vivió Manzoni, conservándola con el piadoso
respeto que inspira un templo; Rusia misma, la nación menos inclinada en estos
días a las manifestaciones poéticas, alza suntuoso monumento a Puszkin, sólo
con el producto de una edición económica de sus obras, agotada en dos semanas;
Polonia, la decaída Polonia, ya casi resignada con su yugo, merced a la acción
corrosiva del materialismo que la envenena, honra a Adán Mickiewicz con una
estatua en Posen, un busto en Roma, una lápida conmemorativa en la casa que
habitó en Carlsbad, y un mausoleo en Montmorency, donde reposan sus restos;
España corona a Quintana, y por donde quiera que volvamos los ojos vemos
avivarse el fervor, cercano a la idolatría, que todos los países sienten y
conservan por sus excelsos poetas antiguos y modernos.
Nada tiene de extraño esta adoración, porque
la poesía deja siempre detrás de sí huella indeleble, según es fácil demostrar
sin salir siquiera de España. Pocos serán nuestros compatriotas medianamente
ilustrados que no hayan leído, o por lo menos, que no hayan oído celebrar las
más hermosas composiciones del Parnaso patrio, y son muchos los que pueden
recitar de memoria, siguiendo la ilación de los tiempos, coplas de Jorge
Manrique, versos de Garcilaso, liras de Fray Luis de León, estrofas de Herrera,
tercetos de Rioja, octavas de Ercilla, sonetos y romances de Quevedo, odas de
Quintana, cantos de Espronceda y leyendas de Zorrilla. Privilegio es éste sólo
otorgado a la poesía, porque serán contados los españoles de ambos hemisferios
que, como no sea del Quijote, se aprendan, no digo capítulos enteros,
sino trozos sueltos de ningún libro de amena literatura; mientras que los
mismos impugnadores de la más creadora de las artes, ríndenla a menudo
involuntario homenaje, haciendo citas en verso, con preferencia a las citas en
prosa, cuando conversan, peroran, escriben o enseñan; y es natural que así
suceda, porque el concepto acerado por el metro y la rima es a manera de saeta
que se clava rápida y profundamente en el entendimiento.
Como consecuencia de tan singular
predilección, común a todos los países, no hay quien no exalte la serie de
nuestros poetas, dignos verdaderamente de este título, desde antes del Siglo de
Oro a nuestros días, y los nombres de Juan de Mena, Marqués de Santillana,
Lope, Caro, Arguijo, Góngora, los Argensolas, Meléndez Valdés, Gallego, Duque
de Rivas y otros muchos que no expongo por no alargar mi relato, se repiten a
cada paso en la cátedra, en la prensa, en el libro, en el trato social, en las
Cortes, hasta en el templo. Mas ¿quién es capaz de recordar de pronto el
considerable catálogo de los novelistas que abruman las páginas de nuestros
anales literarios en el período comprendido entre el siglo XVI y el nuestro?
Vosotros, tan dados al estudio, me hablaréis, tal vez, de algunos justamente
célebres, como Hurtado de Mendoza, suponiendo que sea el autor de El
Lazarillo de Tormes, Alemán, Espinel, Salas Barbadillo, etc.; mas vuestra
enumeración repentina no pasará adelante, ni podríais afirmar con plena seguridad,
que la mayoría del público sabe a punto fijo quiénes son, ni que se extasía con
sus obras, ni que éstas viven en su pensamiento.
Pero ¿por ventura -me diréis- la poesía se
exime de la ley general e ineludible, que sujeta todas las cosas a la vejez y
la muerte? ¡Ay! demasiado sé que la gloria póstuma es tan pasajera como el
último rayo de luz de una estrella que se apaga, el cual dilata más o menos su
fulgor, según la distancia que debe recorrer hasta sumergirse en las sombras
eternas. Quede sentado, pues, que en todo cuanto digo no me refiero a una
inmortalidad en que no fío, sino a la duración, mayor o menor, de las frágiles
obras del hombre.
Todas las generaciones llevan y sufren la
suma de dolor psicológico que corresponde a su tiempo, y cada ser humano
participa de este dolor colectivo en la medida que su capacidad física y moral
se lo consiente. Cuando este malestar indefinido y vago, causado por las
crueles alternativas de la lucha social, por las desilusiones de la vida y el
curso mismo de las ideas, se particulariza y examina en alguna obra literaria
con la misma prolijidad con que se estudia en la clínica de un hospital
cualquier caso patológico aislado, es indudable que el mal, así expuesto, se
impone por la verdad del análisis a los que sienten los mismos síntomas y se
encuentran en circunstancias idénticas o análogas a aquellas que en la obra se
describen; pero no es menos cierto, que cuanto más se individualiza, tanto más
se desfigura para los que le sufren en cantidad y forma distintas. Sólo la
poesía puede, conmoviendo al lector, dar carácter impersonal a los sentimientos
generales de la edad en que canta, y transformarlos, permítaseme la frase, en
una especie de fluido que, como la luz y el aire, penetre en todas las almas y
se desparrame por el haz de la tierra.
Arte maestra por excelencia, puesto que
contiene en sí misma todas las demás, cuenta para lograr sus fines con medios
excepcionales: esculpe en la palabra como la escultura en la piedra; anima sus
concepciones con el color, como la pintura, y se sirve del ritmo, como la
música. Semejante al gemido, que no sólo expresa, sino que señala los grados de
dolor con absoluta precisión, sin analizarlo y describirlo, la poesía,
emancipándose en cuanto es posible de las imposiciones sociales, tan pronto
traídas como llevadas por el oleaje de los años, extrae del sentimiento humano
su esencia más pura, menos determinada y, por tanto, más universal.
No contraría su naturaleza participando, como
es forzoso -dados los días revueltos que corren, en los cuales toda neutralidad
del entendimiento es hasta cierto punto ilícita-, de los temores, dudas,
pasiones, esperanzas y desmayos del siglo, porque su intervención en la vida no
recae tanto, como he manifestado, sobre los hechos meramente externos cuanto
sobre los sacudimientos interiores del espíritu. No puede estudiar con la
fuerza investigadora de la filosofía, la historia y la sociología, la marcha evolutiva
de la humanidad al través del tiempo y del espacio, ni exponer los resultados
que con relación a las instituciones, a los intereses tradicionales, al régimen
de las familias, a las costumbres y creencias producen las revoluciones
políticas, científicas y religiosas que sucesivamente nos arrastran. Tampoco
puede ser la copia fiel de nuestra miseria y desventura, trazada con el
criterio cada vez más desengañado y misantrópico de una sociedad, en cuya
conciencia va debilitándose por momentos la confianza en Dios, y menos aún la
comprobación experimental de las teorías científicas que convierten al hombre
en el ser más esclavo y enfermo de la creación, despojándole del libre arbitrio
y sometiéndole a la fatalidad del organismo, de la herencia, del temperamento y
del medio ambiente. La esfera de acción de la poesía es menos concreta y más
elevada. Debe ser, o mejor dicho, es el clamor continuo y vago, que levanta y
difunde la eterna batalla de la vida; clamor semejante a un coro sublime en el
cual se compenetran y funden en una sola expresión los sentimientos y múltiples
intereses de la tierra, como en el bramido interminable del mar vibran y
resuenan conjuntamente todas sus calmas y tempestades; clamor, en fin, del que
entresaca y recoge cada cual, según el estado de su ánimo, la alegría o la
pena, la tranquilidad o el remordimiento, la fe o la desesperación.
Tal es fundamentalmente la causa de su
prestigio, por lo cual, no obstante los pronósticos de sus detractores, no
morirá mientras aflijan nuestro ser anhelos infinitos, aspiraciones ideales
hacia un porvenir mejor y rebeldías contra las brutalidades del hecho que en la
realidad de la vida a menudo nos confunden y aplastan. Porque aceptando la
hipótesis de que estas manifestaciones no sean más que los síntomas de un
estado social patológico, según pretenden algunos, todavía, como la dolencia,
lejos de disminuir tiende a propagarse, es de esperar que la poesía, expresión
de esta incurable enfermedad nuestra, dure, por lo mismo, tanto como el mundo.
Pero hay críticos que no van tan allá y que
sin negar la vitalidad de la poesía, impugnan, sin embargo, su forma y
profetizan la muerte del ritmo, del metro y de la rima. Para ellos la prosa
está llamada a ser, andando los años, la única encarnación del pensamiento. Es,
en efecto, la prosa el instrumento más poderoso con que Dios ha dotado a
nuestra especie para que, armada con él, avance abriéndose paso por las
regiones de lo desconocido, como el explorador que con el hacha y el fuego se
entra por selvas nunca holladas, destruyendo los troncos y matorrales que le
cierran el camino. La prosa es el verbo lógico y radiante, con cuyo
auxilio el hombre se revela, medita, ama, especula, enseña, descubre, dilata su
ser, y sin el cual, como un día le faltara, aun cuando Dios le hubiese dado la
onmisciencia, acabaría por caer en las densas tinieblas de la barbarie. La
prosa posee, dentro de sus condiciones peculiares, majestad, número, armonía y
elocuencia, y en sus términos cabe la humanidad entera con cuanto ha sido, es y
será hasta la plenitud de los tiempos. Pero por lo mismo que es tan superior,
parece como que amengua su grandeza, cuando desdeñando sus regias vestiduras,
cubre su cuerpo con otras poco severas que cuadran mal a su complexión robusta.
¿Conocéis, señores, nada tan ridículo como la
prosa complicada, recargada de adornos, disuelta en tropos que, olvidándose de
la sencillez inherente a su nativa hermosura, sale a lucir en periódicos,
discursos y libros, como matrona poco cuidadosa de su recato, que se afea y
desdora con afeites y atavíos inmodestos? Yo, por mi parte, debo confesar que
cuando leo alguno de los libros que tan de moda puso, antes en Francia y luego
en el resto de Europa, el movimiento socialista de 1830 a 1848, hinchados, ampulosos,
metafóricos, poéticos, según entonces se decía, me rindo al cansancio y
necesito para restaurar mis fuerzas volver a recrear mi espíritu con el período
amplio, claro y sereno, como la onda de un río, en que Bossuet, por ejemplo,
desarrolla su Discurso sobre la historia universal, o con la frase
ingenua, diáfana y persuasiva en que expone sus afectos místicos nuestro
egregio Fray Luis de Granada.
Lo declaro con franqueza: nada tan
insoportable para mí como la prosa poética, no expresiva sino chillona,
no pintoresca sino pintarrajeada, que con aletas de ángel y faldellín bordado
de lentejuelas, se columpia en el aire entre imágenes, antítesis e hipérboles
como acróbata descoyuntado en la cuerda floja, y sólo comparte en el mismo
grado con ella mi repugnancia literaria la poesía prosaica, en la cual
me figuro ver a una princesa estrambótica, que recibe corte en zapatillas, con
el cabello crespo y el manto desceñido.
Por lo demás, suprimir el ritmo, el metro y
la rima, sería tanto como matar a traición la poesía, que tiene su forma
adecuada, no artificiosa, sino espontánea y característica, como la prosa
misma. El ritmo rige y ordena el concierto universal. Siéntele el ser humano
desde que nace, reside en su organismo y palpita en sus arterias con la
vibrante ondulación que llama exacta y poéticamente Calderón de la Barca, música
de la sangre. El ritmo, pues, existe en la voz y en los movimientos del
hombre, no por arbitrario capricho suyo, que su poder no llega hasta
establecer, fuera del orden de la naturaleza, nada permanente y definitivo;
existe en virtud de una ley fisiológica y además de una ley matemática, porque
marcar el ritmo, aun cuando éste sea tan amplio y difuso como el del canto
gregoriano, equivale en algún modo a contar. El metro es consecuencia del
ritmo. Y en cuanto a la rima, que nunca ha sido esencial en la poesía, puesto
que, más o menos, hay en todas las literaturas obras superiores compuestas en
verso libre, conviene, sin embargo, hacer constar que en las lenguas modernas,
en las cuales la cantidad prosódica está casi desvanecida, sirve de útil apoyo
para fijar con mayor precisión el valor del ritmo, así como de traba ingeniosa,
que cuando se rompe con gallardía, no sólo regala dulcemente el oído, sino que
contribuye a aumentar la emoción estética. El niño, por instinto, propende a
rimar las primeras frases que balbuce; por instinto también, rima el rústico
sus refranes y sentencias. El ritmo, el metro y la rima son los vínculos con
que la poesía se une a la música, a ese arte divino cuyos secretos ha
sorprendido y estudia sin cesar el hombre en la inmensa sinfonía de la
naturaleza. Merced a esta conjunción, antes de que los pueblos escribieran su
historia, la cantaron; el recuerdo de sus orígenes, las hazañas de sus héroes,
la satisfacción de sus victorias, los beneficios de sus dioses, engrandecidos
por la poesía, han vivido primero en sus canciones que en sus libros. La
humanidad, en fin, ha cantado y cantará mientras subsista sobre la superficie
del planeta, en los países más salvajes y en los más cultos, en todas las
latitudes y en todas las civilizaciones; y para dar a sus afectos cadencia y
número, acompasa, mide y rima sus palabras, obediente a la ley de armonía que
rige la creación entera.
Más podría extenderme sobre esta materia
acerca de la cual tanto y tan bien se ha escrito; pero como, por una parte, los
límites de esta disertación no consienten dar mayor desarrollo a las ideas que
ligeramente apunto, y por otra, me asedia el deseo de llegar cuanto antes al
fin de mi programa, paso sin detenerme en nuevos razonamientos a formular mi
juicio, libre de toda prevención de escuela, sobre alguno de los más celebrados
poetas de nuestra edad.
Apartándome de la senda trillada, no
comenzaré mi examen por Francia, acostumbrada a todas las preferencias, incluso
a las de la crítica, porque en muchas cosas, sobre todo en cuanto se refiere a
la república de las letras, no siempre la preponderancia política de una nación
es legítimo fundamento para su primacía. Francia, por la divulgación de su
lengua, por el lugar que ocupa en Europa, por el influjo que tradicionalmente
ejerce en todos los pueblos, es hace siglos la maestra del mundo. Ella le impone
sus modas, sus sistemas, hasta sus caprichos: aun cuando a menudo los anchos
cauces por donde envía a los demás países el caudal de sus conocimientos o de
sus gustos no lleven aguas límpidas y cristalinas, y arrastren en su corriente
-como quizás en estos momentos sucede- el légamo de una civilización que en el
exceso de su refinamiento ha llegado a todos los extravíos, a todas las
excentricidades y corrupciones de una vejez impúdica y gastada.
Principio, pues, mi estudio por Inglaterra,
que en el transcurso de los últimos cien años es, a mi modo de ver, la nación
en donde la Poesía lírica se ha elevado a más envidiable altura. Un célebre
crítico, coincidiendo con una opinión expuesta por mí hace tiempo, sostiene con
copia de razones y datos que los eclipses literarios son rarísimos en la Gran
Bretaña, y que, merced al aura vivificante de la libertad que todo lo
rejuvenece en aquel país, apenas el curso de la vida arrebata entre sus veloces
ondas una generación poética, cuando se ve apuntar por Oriente otra nueva, no
menos inspirada que la que acaba de extinguirse. En Inglaterra, como en ningún
otro estado de Europa, la poesía recorre toda la gama del pensamiento, desde
las angustias del alma mística que apesadumbrada de las miserias del mundo,
vuelve los ojos hacia la patria celestial, hasta los gritos de furor de la
materia ensoberbecida que se encara con Dios y le maldice y le execra. «No hay
poesía -dice Taine con exacto sentido- que valga lo que la poesía inglesa; que
hable tan fuerte y claramente al alma, ni que la remueva más a fondo, ni que
traduzca mejor con palabras, henchidas de ideas, las sacudidas y arrebatos del
ser interior». Su variedad es infinita. ¡Qué diferencia no existe entre las
vaporosas creaciones del prerrafaelismo, representado por el pintor y
poeta Rossetti, que intenta implantar en la literatura inglesa el espíritu
italiano de la Edad Media, con sus figuras de mujer tan suaves y angélicas como
si hubiesen sido arrancadas de los cuadros del Giotto, con sus amores
platónicos velados en beatíficas alegorías, parecidos a los que inflamaron el
corazón del Dante y del Petrarca, con sus imágenes tan intangibles como las
ficciones de un sueño y tan transparentes como la claridad de los cielos, en
donde, sin embargo, vibra tan hondamente la nota del dolor y de la melancolía
del siglo; qué diferencia, repito, no existe entre esta poesía, y la
inspiración turbulenta, panteísta y sensual de Algernon Carlos Swinburne y sus
secuaces, en cuyas estrofas, caldeadas por la pasión, se funden por extraño
modo las hinchazones huguescas con las reminiscencias clásicas, así como
cuantas rebeliones, rencores y tempestades conturban la tierra! Difícil sería
relacionar ambas escuelas, por tan inconmensurables abismos separadas, si una
numerosa pléyade de poetas famosos no viniera a eslabonar con la graduada
variedad de sus tonos líricos los dos términos del espacio abierto entre la
musa impíamente revolucionaria de Swinburne y la musa más apacible de Dante
Gabriel Rossetti. Destácase entre todos ellos la vigorosa personalidad de
Tennyson, que simboliza, cual ninguna otra, el estado de muchas inteligencias
de nuestro siglo, con su ansiedad constante, sus desfallecimientos fugaces, su
inagotable misericordia para los débiles y desgraciados, y más que todo, con su
resignada tristeza, propia del inmortal enfermo que se llama el género humano,
condenado, según la doctrina pesimista, a vivir al azar y revolcándose sin
esperanza de remedio en el duro lecho de su perdurable desventura.
Si el plan que me he propuesto se redujera a
exponer y juzgar en conjunto el estado actual de la poesía inglesa, abundantes
materiales me suministraría para realizarlo, la rica variedad de caracteres con
que, como veis, se ostenta. Pero no es este mi objeto; porque un estudio
demasiado detenido acerca del movimiento general de la poesía en la Gran
Bretaña, me robaría espacio para bosquejar la expresiva fisonomía de algunos de
sus señalados maestros, que si no abrazan y compendian todas las
manifestaciones del genio inglés en tan importante ramo de la literatura, son,
sin embargo, su representación más alta o, por lo menos, más moderna.
El primero de todos, por su antigüedad y
fama, es el venerable Tennyson, que inclina la cabeza bajo el peso de los años
y los laureles. Es este poeta célebre el vínculo de unión entre el ciclo
byroniano y la edad presente. Sus primeros pasos en la senda del arte fueron
tímidos e inciertos, y en sus composiciones juveniles descúbrense a cada paso
reminiscencias de sus autores favoritos, principalmente de los poetas
laquistas, que tanto influyeron a fines del siglo pasado y principios del
actual en el progreso literario de Inglaterra. Poco satisfecho del éxito que
lograron sus primeros ensayos, tuvo bastante fuerza de voluntad para guardar
silencio durante diez años, al cabo de los cuales el águila ya crecida,
habiendo encontrado los verdaderos elementos de su inspiración, levantó
majestuosamente el vuelo, libre de las ligaduras que la habían sujetado. Puede
decirse que desde entonces entró en plena gloria. Todavía en algunos de sus
poemas, como en el indignado canto de Locksley-Hall, percíbese, aunque
muy apagada, la nota personal de Byron; pero en los dos tomos que dio a la
estampa en 1842, se hallan ya diseminados los gérmenes de su poesía, tan varia,
tan dulce y tan armoniosa. Anúnciase en la Muerte de Arturo el poeta
épico que posteriormente había de suspender la atención de sus compatriotas con
los arcaicos y maravillosos Idilios del Rey, en donde evoca, con la
magia incomparable de su estilo, las damas ideales y los caballeros sin tacha
de la famosa Tabla Redonda. In Memoriam, breve colección de poesías
dedicadas al recuerdo de un amigo querido, el hijo del historiador Hallam,
muerto en la flor de la edad y de sus esperanzas, es el arranque impetuoso de
un alma, que fatigada de andar a tientas entre las nieblas de la duda, busca,
aunque sin dar con ellos, los senderos de la fe. El roble que habla, las
Dos voces, Dora y la Reina de Mayo, son como la entrada
triunfal que hace el autor en los dominios de la poesía íntima, llena de
ternura para todos los dolores con que los desasosiegos de nuestro espíritu,
jamás apaciguados, y los rigores de la naturaleza impasible nos acosan y
atormentan. Los ayes de la pobre doncella tísica, cuyas doradas ilusiones de
amor desvanece la muerte, precisamente para mayor sarcasmo, en los días en que
nuestra fría e insensible madre la tierra engalana su seno con las más hermosas
flores primaverales; y la conmovedora historia del rudo, pero noble marino Enoch
Arden, que se salva del naufragio del mar para perecer en el naufragio de
su corazón, cuando al volver de la solitaria roca en que por largos años le
tuvieron aprisionado las olas, encuentra ocupado por otro hombre su puesto en
el hogar, en el cariño de su mujer y en la memoria de sus hijos; estos dos
interesantes poemas, en los cuales las víctimas inocentes de inmerecidas
desdichas sucumben amando y bendiciendo la mano invisible que las hiere,
muestran entero el pensamiento filosófico de Tennyson y el estado de su
conciencia.
Circula por ambas composiciones, y más o
menos por todas las que ha escrito en el mismo género, un hálito de melancolía
y resignación que, sin llevar el consuelo al afligido, le predispone, sin
embargo, a la calma.
Hay en el fondo de ellas, ¿para qué negarlo?,
cierto dejo de desesperación tranquila, muy contagiosa en nuestro siglo, en el
cual tantos corazones, hartos de luchar en las batallas del mundo, buscan en su
mismo recogimiento, no la dicha en que no creen, sino el reposo que la
alteración de los tiempos les niega. Almas estoicas, más que egoístas, proceden
como el esclavo que, convencido de la inutilidad de sus esfuerzos contra el
poder de un amo implacable, gime en silencio con los desgraciados que participan
de su suerte, porque no ha perdido su generosidad ingénita, pero se doblega sin
resistencia, sin odio y sin cólera, a la dura servidumbre. Tennyson es el poeta
de la compasión, no el poeta de la esperanza. Aunque claramente no lo diga, a
veces se trasluce en sus obras, ya en algunas frases sueltas, ya en
exclamaciones que, mal de su grado, se le escapan, su falta de fe en la
felicidad humana y acaso en la piedad divina. Tal vez abriga el triste
convencimiento de que la humanidad está sentenciada desde su origen hasta el
día sin sol en que se agoten en nuestro globo las fuentes de la vida, a seguir
su curso tumultuoso bajo la inclemencia de la naturaleza y la indiferencia del
cielo; mas ésta convicción no le irrita, ni le exaspera, ni despierta en él los
instintos de la fiera incesantemente acorralada. Antes al contrario, acrecienta
en su corazón el amor hacia los que soportan el común infortunio de la
existencia, y parece como que les dice en sus dulcísimos cantos: «¡Hermanos
míos, nuestro mal es irremediable! ¡Llorad y someteos!»
Notable contraste forma, según os dije, el
genio triste y plácido de Tennyson con la inspiración de Algernon Carlos
Swinburne, que capitanea en el orden literario la falange revolucionaria y
materialista en la Gran Bretaña. Este poeta no es un resignado, sino un rebelde
que con alborotado acento enciende la sangre, pisotea el principio de autoridad
y se revuelve contra Dios. Hay algo de atroz en su musa, ebria y lúbrica como
una bacante. Enamorado hasta el delirio de la revolución social, abrasado en ira
contra Cristo, sintiendo todos los acicates de la concupiscencia y todas las
delectaciones de la crueldad, Swinburne canta algunas veces como habrían
cantado Nerón y Calígula si hubiesen sido poetas; pero en forma espléndida,
llena de cláusulas sonoras y de plasticidad tan perfecta, que recuerda las más
admiradas estatuas del arte griego. En sus poesías el Himno del hombre, Ante
un crucifijo, Mater dolorosa y Mater triumphalis, su impiedad
sistemática y su furor contra Dios tocan en los límites de la epilepsia, así
como en su poema dramático titulado Atalanta en Calydon, y en Anactoria,
la pasión impura, el sensualismo pagano, el desbordamiento erótico adquieren
proporciones monstruosas, rugiendo como bestias feroces hambrientas de carne
viva. Es imposible que podáis imaginaros, no leyéndolos, los arrebatos con que
estalla este frenesí amoroso, parecido a la locura, y si bien con las debidas
atenuaciones, me habéis de permitir que traslade a mi discurso la menos
escabrosa y cruel de sus estrofas, siquiera para defenderme ante vosotros
mismos de la nota de exagerado. «Pluguiera a Dios -dice en Anactoria-
que mis labios inarmónicos no fuesen más que labios colgados a los encantos
acardenalados de tu blanco y flagelado seno; que en vez de nutrirse con la
leche de las musas, se alimentaran con la dulce sangre de tus ligeras
heridas...; que pudiera beber tus venas como vino y comer tus senos como miel;
que de la cabeza a los pies tu cuerpo se anonadara y consumiera en el fuego del
amor, y que tu carne se absorbiera con dolorosos estremecimientos en la mía».
Basta lo expuesto para que se comprenda el carácter, el sentido y las
aberraciones de este poeta, que si respondiera sólo a los impulsos de su genio
arrebatado, si no le contuviese la sólida educación clásica que ha recibido, si
no cubriera las desnudeces de su musa desgreñada con la refulgente túnica de su
estilo, no habría conseguido, de fijo, en la meticulosa sociedad inglesa el
lugar que, con alguna protesta, ha conquistado. Y paso, porque el deseo de molestaros
lo menos posible me obliga a marchar deprisa, a ocuparme en el examen de otro
poeta, Dante Gabriel Rossetti, iniciador de la escuela prerrafaelista o estética,
el cual ofrece, a lo que entiendo, el caso de atavismo literario más curioso y
digno de estudio que registra la historia.
Rossetti, como indica su apellido de origen
italiano, es hijo del célebre escritor revolucionario del mismo nombre, a quien
las borrascas políticas y religiosas de su patria lanzaron de Nápoles,
obligándole a emigrar a Inglaterra en donde se convirtió al protestantismo.
Nacido en el seno de una sociedad hostil como la inglesa a las pompas
católicas, y educado en edad poco dada a los místicos arrobamientos, Gabriel
Rossetti salta, sin embargo, psicológicamente, por encima de las creencias de
su país y de su tiempo, y cediendo a los impulsos de la sangre italiana,
retrocede en su semejanza intelectual y artística, no a sus abuelos próximos
sino a sus antepasados de los siglos XIV y XV. Ni las frías negaciones de
nuestros días, ni la incredulidad burlona de la anterior centuria, ni las
austeridades de la Reforma que había abrazado con toda su familia, ni los
resplandores del Renacimiento leontino detienen su marcha retrospectiva, y
cuando llega, atropellando por todo, al límite de su carrera, siéntese arrebatado
por las visiones apocalípticas del Dante, cae en los éxtasis de Fiessoli y
cierra los ojos, deslumbrado ante las creaciones del Giotto. En compañía de
estos muertos gloriosos anda, como ellos piensa, con ellos siente y en su
estética se inspira. Es un rezagado de la vida, que traspasando los siglos
desvanecidos, cruza por el nuestro con el alma cargada de apariciones
beatíficas y de alucinamientos celestes. La sorpresa que cansó en el mundo de
las letras y las artes este recién llegado de los postreros días medioevales,
fue inmensa. Su único tomo de versos, titulado Poemas, alcanzó éxito
extraordinario, mezcla de curiosidad y sorpresa, y de la noche a la mañana
viose proclamado apóstol y jefe de escuela. ¿Cómo no habían de maravillar, no
obstante su sentido arcaico, aquellas figuras de mujer, diáfanas como las
imágenes pintadas en los vidrios de las catedrales, casi incorpóreas, ceñidas
de blancas túnicas flotantes como ráfagas, con la frente orlada de flores
místicas y los largos cabellos, parecidos a la espiga madura, cayendo en
rizadas ondas por sus espaldas; suaves, esbeltas, y como para ocultar sus
angélicas perfecciones a los ojos profanos, medio envueltas en nubes de
incienso? El sentimiento del amor que despiertan estas formas indecisas, es tan
puro como el sueño de un niño; nada hay en él que estimule los apetitos de la
materia, y más que el ardiente deseo de los sentidos, es como una tibia
evaporación del alma. El poema La doncella bienaventurada, donde se
destaca la imagen de la casta y amantísima joven que, inclinándose por fuera de
la balaustrada del cielo, ve melancólicamente pasar ante sus ojos, como
espirales de humo, los espíritus desprendidos de la existencia terrena, y llora
no bien se persuade de que no asciende entre ellos su tierno bien amado, aún no
libre del destierro de la vida; este singular poema, iluminado por los
resplandores de la gloria, en cuyas estrofas se siente el aleteo de los
querubines, el ritmo de los astros y el acordado canto de las vírgenes que
rodean el trono de María es, a juicio mío, la manifestación más genial de
Gabriel Rossetti. Transpira de sus delicadas estancias, como un perfume, la
nostalgia de los cielos, el ansia de volar hacia esa región de venturas
eternas, a donde van los que, según su feliz expresión, nacen cuando muren,
y desde donde creía que estaba llamándole sin cesar la única y santa mujer a
quien había amado en la tierra.
Debo hablaros también, para completar mi
reseña, de un anciano poeta, cuyo estro, contrariando las leyes de la
Naturaleza, se ha desarrollado y crecido con los años: me refiero a Roberto
Browning. Casi octogenario, ha conseguido atraer hacia las obras que escribe
sentado ya en el borde del sepulcro, la atención y el entusiasmo de sus
compatriotas.
Es posible, según dice con mucha razón un
crítico eminente, que desde Dante no haya habido en el mundo poeta alguno,
incluso Göethe, que haya tenido más comentadores. En todos los pueblos de
lengua inglesa, en Europa como en América, se han constituido numerosas
asociaciones (Browing'societies), donde se discuten sus poemas,
desentrañando su sentido, con tanto ardor como si se tratara de algunos pasajes
obscuros de la Biblia o de la interpretación de indescifrables jeroglíficos
egipcios.
¿Debe este venerable escritor renombre tan
extraordinario a sus condiciones de moralista o a sus cualidades de poeta? No
lo sé, ni hay para qué entrar ahora en este género de disquisiciones. Diré, sin
embargo, por mi propia cuenta, que no siento por él admiración alguna. Creo yo
que los poetas, y más en esta edad positiva en que toda alegoría ha perdido su
valor y todo misterio su encanto, no deben escribir para ser explicados, sino
para ser sentidos. Browning, gravemente preocupado con los problemas filosóficos
y sociales desde un punto de vista puramente ético se hunde con frecuencia en
sus abstracciones, como en un mar sin fondo; es difuso y poco claro,
principalmente para los que hemos nacido en estas benditas tierras del
mediodía, donde la idea, para que llegue a nuestro entendimiento, es menester
que vaya impregnada de luz.
Estragadas por las exigencias del público
universal, más ávido de gustar el acre sabor de la novedad, por repugnante que
sea, que de deleitar su espíritu con obras de verdadero mérito, las letras, y
por tanto la poesía, atraviesan en Francia por un período de lamentable
confusión. Reconozco que el deseo de excitar por cualquier medio la curiosidad
del lector indiferente, hastiado o corrompido, es dolencia general en todas las
literaturas de Europa; pero en la República vecina, donde la producción es tan
enorme, el mal reviste excepcional importancia. Los mercaderes no sólo han
invadido, sino que se han apoderado del templo y en él bulle, gesticula y
vocifera una turba codiciosa de dinero, con más amor al negocio que al arte.
Verdad es que hay todavía egregios escritores, poco dispuestos a sacrificar su
nombre y su conciencia en aras de una reputación tan malsana como productiva
-¡lástima sería que no los hubiera!-, pero tampoco es posible negar que el
inmoderado afán de lucro ha trastornado en Francia muchos cerebros y muchos
corazones.
Dios me es testigo de que no me asusta
ninguna doctrina, por atrevida que sea. Participo o no de ella, y la defiendo o
la impugno con la vehemencia que nace de mi temperamento, si bien la tolerancia
está tan arraigada en mí, que nunca se me ha ocurrido reclamar para la que me
desagrada, ni siquiera para la que me indigna, los rigores de la proscripción.
Creo firmemente que los principios, como los hombres, tienen sagrado derecho a
la vida. Cuando son falsos o absurdos, cuando no satisfacen las necesidades del
espíritu o van contra la ley natural, mueren sin necesidad de que la policía
los persiga, el tribunal los juzgue y el verdugo los extermine. Sólo pido a
aquellos que los profesan sinceridad y buena fe, y esto es, por desgracia, lo
que más escasea, no sólo en la poesía, sino en todos los ramos de la literatura
francesa contemporánea. Los escritores de París, que es el bazar intelectual
del mundo, fabrican libros como cualquier otro artículo de comercio, más
atentos al gusto del comprador que al suyo propio. No se cuidan de lo que
sienten, sino de lo que sienten los demás, y según son los caprichos del
mercado, así producen obras groseras o pulcras, sentimentales o inmundas. La
cuestión para ellos es vender, y vender mucho, y vender pronto. Sin ir más
lejos, Zola, el apóstol del naturalismo experimental, exagera su propio sistema
porque no le siente, extrema la fría obscenidad de sus obras porque carece de
ella; y como hay en su ser algo que es refractario a los mismos principios que
proclama, a lo mejor, infringiendo los cánones de la escuela que ha fundado, se
le escapa el acento idílico en la Culpa del abate Mouret, el simbolismo
en Nana y la nota romántica en los últimos capítulos de Germinal.
El poeta Richepin, especie de ogro, amamantado a los pechos de una civilización
gastada, turanio, como él mismo se llama, pero turanio de pega,
saturado de retórica clásica, y genuino representante del epicureísmo baudelairiano
en su última degeneración moral, sufre también la fascinación del éxito o el
acicate de la codicia, y prostituye su musa, lanzando sus Blasfemias a
los vientos del escándalo. Mas como no escribe lo que piensa, ni expresa lo que
su corazón le dicta, sus apóstrofes son pueriles como las amenazas de un chico,
su impiedad es de relumbrón como un disfraz carnavalesco, y su lascivia la de
un colegial que se la echa de corrido; sucia y mal hablada. Comparad, señores,
el vocinglero aturdimiento de Richepin al increpar a Dios y revolverse contra
las leyes divinas y humanas, con el lenguaje plácido y majestuoso en que Shelly
expone su ateísmo y Leopardi su amor a la nada, y decidme francamente si al
mismo tiempo que excitan vuestra risa las maldiciones ruidosas, las protestas
campanudas y las burlas soeces del vate francés, no sentís que los cantos
sublimes de aquellos eximios poetas os traspasan el corazón como una espada. ¿Y
sabéis por qué? Porque de ellos rebosa un convencimiento, quizás equivocado,
pero profundo, mientras que de las estrofas de Richepin, brota el negocio
bajo su aspecto más cínico y aborrecible. No son más con todos sus primores,
que un artículo de última moda, artificiosamente preparado por el instinto de
la especulación, ávido y sin conciencia. Vuelvo a repetirlo: el ansia de
alcanzar la notoriedad a toda costa, como el mejor camino para llegar rápida y
fácilmente a la fortuna, ha perturbado en Francia los entendimientos más
claros, y es el origen, no sólo de su corrupción intelectual, sino de las
extravagancias apenas concebibles en que va insensiblemente cayendo.
Ahí está, para no dejarme mentir, entre otras
muchas sectas poético-artísticas a cuál más alambicada, la llamada escuela
del decadentismo (según ella misma se apellidó, en un arranque de raro buen
sentido), que como legítima heredera de los refinados parnasianos y
adoradores de la rima rica en oposición a la rima natural, priva hoy en
una gran parte de la juventud poética de la nación vecina, publica revistas en
las cuales menosprecia todo el caudal poético de Francia como contrario a las
nuevas reglas que proclama, e inunda el mercado de tomos de versos tan absurdos
por su fondo como por su forma. No recuerdo género alguno de gongorismo que se
acerque al de estos iniciadores. Ellos han roto con el ritmo, el metro, la
rima, la sintaxis, hasta con el léxico de la lengua francesa, descubriendo
sutilmente en los vocablos una doble o triple naturaleza simbólica ni siquiera
sospechada, antes de la aparición en el campo literario de estos iluminados
reformadores. No es tan sólo la palabra, como hasta ahora habían creído los
simples mortales, el medio por el cual el pensamiento encarna y se exterioriza
-acaso en este sentido es como menos valor tiene-; la palabra es sobre
todo, para los culteranos del día, color, aroma, nota musical y figura
geométrica. Hay según ellos palabras rojas, palabras azules,
palabras amarillas, palabras verdes, violáceas, de todos
los matices; las hay también ondeadas, rectas, circulares,
planas; otras que contienen el olor del jazmín y de la violeta, del mar,
de la carne femenina, de la tierra húmeda, y por último, muchas con bastante
tonalidad para solicitar un puesto por derecho propio en el pentagrama. Con
todos estos elementos exquisitamente combinados, escriben poesías, por lo menos
así las llaman, en las cuales, sin que el lector se tome la molestia de leerlas
-es el colmo de la felicidad- conoce de qué se trata, y sabe, si la escena pasa
en un jardín, qué árboles le dan sombra, qué flores le perfuman, qué avecillas
le alegran, qué cielo le cubre y qué personas le animan. Pedir más es gollería;
como que cogiendo cualquier mortal el volumen de uno de estos vates
quintaesenciados puede saturar su alma de poesía, sin más que mirarlo, palparlo
y olerlo. Tal vez leyéndolo es como menos lo entienda.
Sin embargo, enmedio de tantas extravagancias
y perversiones del gusto y de la moral, originadas por el exceso de la
competencia, Francia, gloriosa madre de grandísimos ingenios, puede mostrar en
nuestros tiempos a la consideración y al respeto de las gentes, escritores,
artistas y poetas de inestimable valía. Mas suponiendo que atravesase por un
período de relativa esterilidad, la tierra que en la sucesión de tres centurias
ha dado al mundo tantos y tan excelsos maestros en todos los órdenes de la actividad
humana, tiene derecho, sin menoscabo de su fama, a reposar de su largo
alumbramiento. No cuenta Francia en la hora presente con poetas de la talla
gigantesca de Víctor Hugo. El eco, al repetir todavía el acento ensordecedor de
aquel genio singularísimo, fecundo y desigual, que con las alas de la antítesis
y de la hipérbole, ha recorrido los círculos de lo bello y de lo deforme, de lo
grande y de la pequeño, de lo sublime y de lo monstruoso, ahoga y apaga con su
resonancia póstuma las voces de los demás poetas franceses. A semejanza de los
ríos caudalosos que, impulsados por la fuerza de su corriente, entran en el mar
y prolongan largo trecho su marcha por encima de las olas, aquel desordenado e
impetuoso raudal lírico flota aún y resuena sobre el abismo de la eternidad en
que con tanto estrépito se ha precipitado. Es preciso, pues, para apreciar con
imparcialidad el valor y la importancia de los poetas franceses del último
tercio de nuestro siglo, apartar ante todo la memoria, no tanto de la estatura
real, cuanto de la que un pueblo fanatizado atribuye al ídolo que ha perdido,
la cual con el transcurso de los años, quedará reducida a proporciones siempre
extraordinarias, pero menos colosales.
Empezaré mi ligera reseña por Leconte de
Lisle, heredero de Víctor Hugo en la Academia Francesa, por sus merecimientos
propios y la recomendación especial del maestro; cosa, en verdad, extraña,
porque su protegido simboliza la reacción más radical contra las exageraciones
románticas, que habían poblado el teatro, la novela y la poesía de seres
imaginarios, inverosímiles y absurdos. Mentira por mentira, ficción por
ficción, Leconte de Lisle prefiere la helénica, donde al menos encuentra el
arquetipo de la belleza eterna y la serena plasticidad de la forma.
Pero él también extrema su doctrina,
imponiendo a la poesía, para devolverla el reposo que ha perdido, la rígida
inmovilidad de la muerte. Sostiene Leconte de Lisle que la poesía desciende de
su pedestal y se degrada viviendo la vida humilde y participando de los
sentimientos de los mortales. Según él, debe mostrarse ante el dolor humano tan
desdeñosa e insensible como la naturaleza y los dioses. Es de esencia divina, y
la dignidad de su alto origen la obliga a permanecer alejada de las miserias
terrenas. Prescindiendo de todo aparato retórico, esto significa una violenta
regresión a la suprema indiferencia que caracteriza en la historia el primer
período del Renacimiento, sólo que con una circunstancia agravante en contra
del poeta francés: es a saber, que el Renacimiento pecó por omisión
involuntaria, y él peca por cálculo. Compréndese que, al despertar de la
terrible noche de la Edad Media, el arte, tan rudo como el mundo de donde
salía, quedase atónito, y deslumbrado ante aquel refulgente sol grecolatino,
que de improviso hería sus ojos, y se concibe también que arrobado en la
contemplación de un espectáculo para él tan nuevo como majestuoso, se olvidase
por un momento de todo cuanto le rodeaba para no ver ni sentir más que la
suavísima luz y la dulce música que le penetraban y envolvían. Pero en nuestros
tiempos, cuando el escalpelo y la piqueta, es decir, el análisis y la crítica
van reduciendo de día en día el campo de la ficción, cuando apenas nos deja
conciliar el sueño el ruido de las cosas que a nuestro lado se derrumban,
cuando el suelo removido vacila bajo nuestros pies, y no llega a nuestras almas
doloridas sino confusamente el resplandor de los cielos, hay algo de vanidad
inocente en el propósito de querer apartar nuestro espíritu de la triste
realidad que nos acosa y en pretender distraer nuestra creciente incertidumbre
con fábulas en que no creemos y con tragedias teogónicas que no sentimos. No:
en todas las edades; pero particularmente en la nuestra, no hay para el hombre
nada tan superior y tan interesante como el hombre mismo: fuera de él, todo es
abstracción y sombra. Hay en la obra de Leconte de Lisle, fundada en un
sistema, a mi entender erróneo, magnitud de pensamiento, corrección de líneas,
riqueza descriptiva, número en el metro y abundancia en la rima; lo único
imposible de hallar en ella es la vibración de la vida. No conozco en
literatura alguna poesía más monumental que la que someramente juzgo; algunas
de sus descripciones, acaso las mejores, parecen altos relieves de la Hélade o
de la India; sus figuras, sin músculos, sin nervios ni sangre, tienen la
quietud y el pulimento de las estatuas de mármol, y cuando considero la obra en
conjunto me produce el efecto que me causaría un templo magnífico en donde no
habitasen ni dioses ni hombres, iluminado por un sol esplendoroso que no
calentara. Confieso, pues, que este famoso escritor con su grandiosidad,
semejante a la de una cumbre nevada, me impone respeto, pero no me atrae ni me
seduce.
La veneración de Leconte de Lisle por el arte
griego en su primitiva belleza, llega hasta la idolatría, conduciéndole al
extremo de calificar de bárbaras todas las obras del ingenio que no se ajustan
exactamente al molde de Homero y Esquilo. Podría afirmarse que para él la
tierra quedó desierta, el cielo silencioso y el Parnaso vacío desde que
aquellos excelsos poetas callaron.
Extranjero en su propio siglo y ajeno por
sistema a todas sus agitaciones, gózase ahondando en los misterios de las
teogonías antiguas, y sólo le place pasear con los dioses, ya bajo los pórticos
atenienses, ya en las sagradas selvas del Indostán, o ya entre las brumas
tempestuosas del Norte. En este punto, su frecuente comunión intelectual con la
mitología, y sobre todo, con los adoradores de Brahma, ha impregnado su poesía
de un sentimiento panteísta que concuerda con las tendencias del pesimismo contemporáneo:
el deseo de eterno reposo en el seno de la naturaleza, a la vez absorbente y
creadora, en donde toda voluntad se anula, el hombre deja de ser hombre, y
acaba al fin por confundirse con la divina esencia de la substancia universal.
Sólo por este lado, es decir, por el más metafísico y menos comprensible para
la multitud, coincide Leconte de Lisle, sin buscarlo, con una de las corrientes
filosóficas de nuestros tiempos, acaso con la que mejor expresa el amargo
desencanto y el cansancio intelectual de nuestra civilización febril y
vertiginosa.
Mucho original ha escrito y mucho ha
traducido el poeta de quien trato; pero las obras que le han granjeado sólido
crédito en la república de las letras son tres tomos de versos en los cuales ha
reconcentrado su estética reformadora: los Poemas antiguos, los Poemas
bárbaros, y los Poemas y Poesías. A pesar de la alteza de su numen,
generalmente reconocida, Leconte de Lisle no es popular, y se explica bien que
no lo sea por las razones que he expuesto al formular mi juicio sobre sus
teorías literarias. El alejamiento voluntario y hosco de las realidades de la
vida a que se ha condenado, le aísla entre la muchedumbre, a quien habla de
cosas que no la importan y en un lenguaje que no entiende. Si de pronto
sobreviniese la ruina total de nuestra civilización a consecuencia de un
cataclismo tan violento como la irrupción de los bárbaros, y si pasada la
tempestad, las generaciones futuras intentasen reconstituir para la historia
aquella sociedad arrasada por la catástrofe, al dar entre los escombros con las
obras perdidas de Leconte de Lisle, difícil sería que pudieran averiguar por el
contenido de ellas, el tiempo y las circunstancias en que su autor había
florecido. Hasta tal punto es impersonal e indiferente.
Francisco Coppée, miembro desprendido del Cenáculo
Parnasiano, cuya influencia sólo se deja sentir en él por su refinado amor
a la rima nítida y acendrada, después de haberse contado en los primeros años
de su juventud entre los más fervorosos discípulos de Leconte de Lisle, fue el
poeta que antes se apartó del espíritu y de los procedimientos de su maestro.
Leconte de Lisle husmea su inspiración entre los escombros del Olimpo
devastado, Coppée la encuentra en la bullente variedad de la vida contemporánea;
agrádale sólo a Leconte de Lisle, como he tenido ocasión de manifestaros,
conversar con los dioses, a Coppée le atrae la dulce intimidad con los humildes
y los desheredados de la tierra; Leconte de Lisle es impasible como la
fatalidad griega, y Coppée tierno y conmovedor como un raudal de lágrimas. No
levanta mucho el vuelo, pero se sostiene con cierta majestad, y si no siempre
es verdadero, pocas veces deja de ser humano. La popularidad de este poeta, que
cifra su mayor gloria en la sencillez, es grandísima, y ha llegado hasta
nosotros, merced a la excelente traducción que de algunas de sus obras ha hecho
uno de los más jóvenes cultivadores de la musa española. Esto, en cierto modo,
me dispensa de entrar en más pormenores acerca del autor de El Relicario,
de las Intimidades, del Confiteor, de la Huelga de los
herreros y de tantas y tantas joyas en que la emoción desborda como el
licor de una copa demasiado llena; pero no sin que reconozca, antes de pasar a
otro asunto, la justicia con que ocupa uno de los primeros puestos entre los
poetas franceses de la nueva generación.
Con pena prescindo del delicado, melancólico
y profundo Sully Prudhomme, que comparte con Coppée la predilección del público
francés, así como de otros poetas que merecerían también el saludo de mi
crítica. Pero mi trabajo, que daría materia para un libro, crece como la marea
bajo mi pluma, y bien a mi pesar, me veo constreñido a proseguir en mi tarea
sin detenerme, impulsado por la urgencia. Diré, sin embargo, para concluir, que
la índole de la poesía francesa es hoy, en general, algún tanto afeminada e
histérica; que el tono elegíaco predomina demasiado en ella, como es natural,
aunque sensible, que suceda en una sociedad donde el árbol de la esperanza va
quedándose desnudo de hojas, y por último, que si no renuncia a sus sutiles
atildamientos, está expuesta a rodar hasta el fondo de su ya iniciada
decadencia.
Voy, pues, cumpliendo mi empeño, a formular
mi opinión sobre la literatura rusa, en particular sobre la poesía, que ha sido
hasta hace poco tiempo desconocida. Los tenebrosos crímenes que han
ensangrentado y ensangrientan el vasto imperio moscovita, cometidos por algunas
de sus innumerables sectas religiosas, políticas y sociales, cuya formación se
debe, quizás por iguales partes, a los rigores del clima, a las asoladoras
doctrinas del materialismo contemporáneo, a los estragos morales ocasionados
por una prolongada opresión, y a los alucinamientos místicos, propios de una
raza semiasiática, empezaron a excitar, no sin razón, la curiosidad de Europa.
Pero el exaltado patriotismo francés, que ansioso de contar con el eficaz
auxilio de Rusia, en la contingencia de guerras más o menos inmediatas,
acaricia, abulta y ensalza cuanto procede de tan lejana región, es, o mucho me
engaño, la causa que más ha contribuido a despertar la atención del mundo sobre
los sucesos, las obras y los hombres de aquel enorme Estado.
¡Ay! hace mucho tiempo que en ese inmenso
calabozo, sin aire y sin luz, la poesía, si no ha muerto, ha enmudecido. En los
albores de nuestra centuria, cuando las ideas de libertad y progreso llegaron
en las puntas de las bayonetas de Napoleón I hasta el corazón de Rusia, la
poesía sintió de improviso correr por sus debilitadas venas el fecundo torrente
de la savia primaveral. Dos inspirados jóvenes, que había formado la musa de
Byron, entonces dominadora, abrieron con páginas de oro el libro de la lírica
rusa, tal vez poco original en un principio, pero exuberante y desordenada como
la vegetación de los trópicos. Era la hora de las ilusiones. Pronto el
cansancio de una lucha estéril contra la resistencia cada vez más obstinada de
las clases populares a entrar en el concierto de las naciones de Occidente, y
la brutal persecución con que el despotismo se impuso a las tendencias
innovadoras, apagaron el ardor de la juventud inteligente que había soñado con
la regeneración de la patria. El menosprecio en que fueron cayendo los
principios que tan calurosamente había abrazado la parte más ilustrada de la
sociedad moscovita, el espectáculo de los demás pueblos de Europa, desgarrados
por las facciones, y algunos años después, las consecuencias de la guerra de Crimea,
que enardeciendo el patriotismo de la multitud, afirmó en la opinión y en el
poder el predominio del viejo partido ruso, opuesto a todas las reformas,
torcieron la dirección que aquel pueblo había parecido tomar, y la poesía,
principal promovedora del movimiento fracasado, se encerró en el silencio más
absoluto; porque las aves, cuando están tristes, no cantan.
Desde entonces hasta nuestros días, la
enfermedad intelectual y social de Rusia ha ido agravándose, y bajo el yugo de
un despotismo incurable, podría decirse que el pueblo ruso se ha vuelto loco.
Su facultad soñadora se ha atrofiado, porque nadie sueña entre los horrores del
tormento, y la actual generación ha renunciado por completo en sus relaciones
con la autocracia a toda idea de transacción y de paz; de suerte que ya no hay
en Rusia más que rebeldes o resignados, pesimistas o místicos. Aguijoneada por
los dolores cada vez más intensos del mal que la aqueja, no siente los placeres
de la imaginación, ni encuentra en ellos lenitivo a sus crecientes angustias;
busca remedios, remedios por todas partes, remedios a toda costa, y su
literatura, respondiendo a esta necesidad generalmente sentida, se ha
transformado en inmenso laboratorio donde todo se sujeta al análisis, al
experimento y a la disección. Pero a medida que adelanta en su estudio, su
esperanza ya amortiguada, va disipándose más, y el nihilismo revolucionario y
el nihilismo místico van apoderándose de su conciencia. ¿Qué amor puede tener a
una sociedad en cuyo áspero engranaje, siempre en movimiento, deja deshechos su
cuerpo y su alma? Cuando un pueblo llega a tal estado, no tiene razón de ser la
poesía; el único género posible en su literatura es la novela social, donde le
sea fácil ver y comparar hora por hora, minuto por minuto, los síntomas y los
progresos de su cruel dolencia.
Un poeta ¡uno sólo! consigue todavía en medio
de esta espantosa tribulación de los espíritus, hacerse oír con respeto de sus
conciudadanos, y su voz, que permanece fiel a los altos destinos de la poesía,
es voz de confortación y confianza. Apolo Maïcof, poeta esencialmente
cristiano, se levanta con tranquila filosofía sobre el mortal desaliento o la
ira demoledora, y condena ambos extremos como manifestaciones distintas de un
mismo mal: la debilidad del ánimo. Saber resistir, saber perdonar, y en último
caso, saber morir, son para él los supremos problemas de la vida. El drama Tres
Muertes, que pasa por ser una de las obras maestras de Maïcof, desarrolla
en forma enérgica y concisa este pensamiento, que después vuelve el autor a
reproducir con mayor riqueza de pormenores, en otro poema del mismo género,
titulado Los dos mundos. En el primero de estos dramas, no escritos para
el teatro, el filósofo Séneca, el epicúreo Lucio y el poeta Lucano, complicados
en una conspiración y condenados por Nerón a muerte, conversan por última vez
mientras llega la hora del sacrificio, y expone cada cual, con admirable
claridad, sus opiniones, sentimientos y creencias. Séneca, impasible, proclama
en un arranque lírico de extraordinario vuelo la inmortalidad del alma; Lucano
duda, se desespera y procura, aunque inútilmente, su evasión, y Lucio
interviene en el diálogo de sus compañeros, o mejor dicho, le corta con sus
escépticas y sarcásticas interrupciones. Un alumno predilecto de Séneca entra a
verle a la sazón; refiere que una esclava ha sufrido las mayores torturas sin
delatar a ninguno de los conjurados, y Lucano, al oírle, pasando, como todas
las almas débiles, del decaimiento a la exaltación, teme parecer más cobarde
que una mísera sierva, y en un arrebato de ira se da la muerte. Lucio, sin
ilusiones y sin fe, muere burlándose como ha vivido, y sólo Séneca, que
representa en este poema la fortaleza del varón constante, se salva. Antes de
que tan inesperado desenlace termine la obra, Séneca exclama con ánimo sereno: «He
perseguido en mi vida un solo fin, difícil de alcanzar: toda ella ha sido para
mí hasta ahora una escuela de moral, y la muerte será mi última lección. Es
ésta una letra nueva en el eterno y extraño alfabeto de lo desconocido; es como
el principio de una causa infinita cuyo sentido misterioso empiezo a
desentrañar. Mi camino ha terminado, ¿qué importa? Por la vida se va a la
eternidad, y ya columbro desde el umbral de la noche, la aurora de nuevas
existencias. No estoy al borde de la muerte, sino al borde de la resurrección».
El mismo tema renace, como os he indicado, en Los dos mundos, que, según
la opinión unánime de la crítica, es la obra capital de Maïcof; sólo que el
problema se plantea, no ya entre algunas víctimas cuidadosamente escogidas por
la tiranía, sino en el ancho escenario de la humanidad, y entre dos
civilizaciones rivales. El poeta pone frente a frente la vieja y materializada
sociedad romana, en cuya inteligencia se han extinguido todas las energías
morales, y la humilde legión de Cristo, reclutada en las ergástulas, escondida
en las catacumbas y diezmada en los circos, pero sobre la cual ha descendido el
espíritu de Dios. Desarróllase el grandioso cuadro durante las horribles
persecuciones neronianas, que alcanzan con tanta furia a los oprimidos como a
los opresores, y unos y otros, aventados por la demencia del déspota, van, como
leve hojarasca, arremolinados y revueltos hacia su trágico fin; pero ¡de cuán
diferente manera! Los desalentados, los incrédulos y los corrompidos, mueren
sin dejar detrás de sí más que el rastro de su sangre, como reses degolladas en
el matadero, mientras los hombres de fe, los animosos y los purificados, mueren
sentando las bases de una nueva y robusta civilización. ¿No es verdad que éstas
son las enseñanzas viriles con que la poesía debe sacudir y despertar la
voluntad enervada de los pueblos que, como el ruso, fluctúan entre la
desesperación y el abatimiento? Porque, o yo me equivoco mucho, o no es
infiltrando en la conciencia de los hombres la idea de que la libertad moral es
vago fantasma de su deseo, ni convenciéndoles de su impotencia definitiva para
quebrantar las cadenas con que los esclavizan fatal e irremisiblemente las
leyes de la naturaleza, los vínculos de la sociedad, su propio organismo, la
configuración de su cráneo, hasta la sangre que circula por sus venas, como se
les prepara e infunde valor para las grandes batallas de la vida.
Pero me acerco al término de mi discurso, y
es menester que ponga fin a mis observaciones críticas sobre algunos de los más
famosos líricos contemporáneos. No sin esfuerzo renuncio a emitir mi juicio
sobre los poetas alemanes Federico Rodensteds y Roberto Hemerling, que figuran
en el lugar más alto del Parnaso germánico, el primero por su colección de
apasionados versos titulada Mirza Schaff, en la cual se respiran las
brisas embalsamadas de Oriente, y el segundo por sus narraciones épicas Ashaveyo,
El Rey de Sion y Herman Lingg, en donde traza con gran pujanza de
genio los más sombríos cuadros de la historia. Pero aun cuando no sea más,
quiero aprovechar la oportunidad con que la índole de mi trabajo me brinda,
para consagrar cariñoso recuerdo a otro poeta distinguido, nuestro buen amigo
Juan Fastenrath, que tanto ha hecho por las letras españolas, popularizándolas
en su patria, y que ha iluminado el cielo de la poesía alemana con un rayo del
sol de nuestra hermosa Andalucía.
No obstante la presión que sobre mí ejerce el
propósito de no fatigar por más tiempo vuestra paciencia, sería imperdonable
que olvidase en mi desaliñada reseña al célebre italiano Josué Carducci, jefe y
maestro de la novísima escuela de Bolonia, y en quien, por rara coincidencia,
se amalgaman la inspiración del poeta y la perspicacia del erudito, sin que
cualidades, al parecer, tan contradictorias, se perjudiquen ni estorben.
Carducci maneja su dulcísima lengua como si fuese blanda cera, y ha llegado a
escribir como Horacio escribiría si pudiese volver a platicar con las musas
bajo las frondosas alamedas de Tibur. Enamorado de las formas clásicas como
Leconte de Lisle, tiene sobre el poeta francés la doble ventaja de crear la
belleza en un idioma más armonioso y flexible para el metro, y de haber abierto
su entendimiento y su corazón a las tumultuosas pasiones de su siglo. Vate
profundamente pagano y latino, daría la parte más preciada de su gloria por
resucitar a Júpiter, si esta empresa no fuese, por lo menos, tan temeraria e
imposible como la de matar a Cristo, Sus Odas Bárbaras pusieron el sello
a su reputación, que ya había iniciado por toda Italia con el Himno a
Satanás, en cuyas estrofas, cortas e incisivas como un dardo, canta las
excelencias de la razón, emancipada de todo yugo, y ensalza su rebeldía.
Aquí, señores, doy por terminada mi tarea. En
la rápida e incompleta excursión que hemos hecho por el campo de la poesía
habréis observado la sumisa complicidad de las musas con todas las tendencias
materialistas de la época. Los más excelsos poetas se han puesto a su servicio,
y la resistencia que ofrecen todavía algunos es como la del valeroso soldado de
un ejército vencido y disperso, que prefiere la muerte a la ignominia de rendir
las armas. Esto revela hasta qué punto el contagio se ha propagado y extendido,
porque cuando la poesía, acostumbrada a volar por las alturas, no ha podido
preservarse del mal, es porque los miasmas han envenenado todo el aire de la
tierra. Es evidente que el equilibrio de la conciencia se ha roto; que la
bestia ha prevalecido sobre el ángel, y que como consecuencia de este
predominio, el libre albedrío aparece cada día más confuso, cuando no más
anulado. Un fatalismo reflexivo que enerva las voluntades y debilita los
caracteres, se ha apoderado del mundo intelectual, y se refleja en las más
importantes manifestaciones del arte contemporáneo, singularmente en la
literatura que es la gran vulgarizadora de todas las ideas. Las ilusiones de la
vida y las piadosas promesas del cielo parecen haberse desplomado sobre muchos
entendimientos superiores, acaso sobre los que más influencia ejercen en las
generaciones actuales, y su voz llega a nuestros oídos como saliendo de entre
los escombros de todo cuanto hemos creído, amado y reverenciado.
¿Qué nos queda ya de nuestro patrimonio
divino? Nada más que la incierta vida; todo lo demás nos lo han arrebatado, y
estamos reducidos a la última indigencia. Empezamos a ahogarnos en el seno de
una civilización que nos deslumbra con sus inventos, sus maravillas y sus
magnificencias; pero que al mismo tiempo nos roba el alma, y sentimos ya que
vale mucho menos lo que nos da, que lo que nos quita. Por eso, en medio de las
grandezas de nuestro siglo, la melancolía nos acompaña a donde quiera que
dirigimos nuestros pasos; es como la sombra de nuestro cuerpo, o más bien, es
la única almohada en donde reposa nuestra frente abrumada de pensamientos
obscuros. La humanidad ha perdido sus alas, y marcha por caminos desconocidos,
sin saber a dónde. Pero como no puede seguir por estos derroteros, sin caer en
la más desconsoladora atonía moral; como no es fácil que se resigne a
sacrificar dentro del triste fatalismo científico en que va hundiéndose
gradualmente la austera responsabilidad de sus actos, que tanto la dignifica;
como no es racional que semejante estado, puramente patológico, se prolongue de
un modo indefinido, porque todo ser organizado, individual o colectivo,
propende, mientras alienta, a expeler el elemento morboso que le daña, yo os
anuncio con fe profunda una próxima y regeneradora reacción, que iniciará, como
siempre, la poesía. No sé en qué forma, no sé cuándo; pero es para mí seguro
que el día menos pensado el cielo derramará la benéfica lluvia del ideal sobre
nuestras almas agostadas.
No lo dudéis: la hora de la redención se
acerca. Siéntese ya el batimiento de alas de la poesía que, como celeste
precursora, vendrá a calmar las tristezas del mundo con el himno inmortal de la
esperanza. «Creo -nos dirá apaciguando con sus suavísimos acentos nuestras
zozobras-, creo en la fuerza del espíritu y en las victorias de la ciencia;
creo en fines altos, sacros y lejanos; creo en la fraternidad de los pueblos
que, de siglo en siglo, se transmiten su pensamiento; creo en el bien, que con
la blanca frente coronada de rayos, bajará a curar las heridas de las almas y a
disipar las tinieblas de la tierra; creo en las flores de la esperanza que
crecen en los sepulcros; creo en el progreso necesario de la humanidad hacia
los eternos ideales de la justicia; creo que los hombres no están perpetuamente
sometidos al error, aunque muchas veces, antes de lograr la verdad, pasen por
negras aflicciones y estrechen entre sus brazos sombras vanas; creo en el vuelo
del alma que nunca se está quieta; creo en el libre albedrío de los hombres y
de los pueblos; creo, finalmente, en Dios.» HE DICHO.


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