© Libro No. 701. El imperio contracultural: del rock a la
postmodernidad. Britto García, Luis.
Colección E.O. Abril 12 de 2014.
Título original: © El
imperio contracultural: del rock a la postmodernidad. Luis Britto García
Versión Original: © El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad. Luis Britto
García
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
El imperio contracultural:
del rock a la postmodernidad
Luis Britto García
El imperio contracultural:
del rock a la
postmodernidad
El
imperio contracultural: del rock a la postmodernidad realiza, desde enfoques
sociales, económicos, filosóficos y estéticos, un es-clarecedor análisis de
fenómenos que tuvieron lugar en la sociedad de consumo ya bien entrada la
segunda mitad del siglo xx. Esta mirada hacia el desarrollo de diversos
sectores contestatarios —en decenios de rock, pop y disco—, resulta fundamental
para recono-cer la guerra cultural que las instancias de poder han venido
libran-do a fin de perpetuar sus designios hegemónicos.
Colección
ARGOS
EDITORIAL
ARTE Y LITERATURA
Luis Britto García
(Venezuela, 1940)
Se tituló
en Derecho. Durante años ha sido profesor de Ciencias Económicas y Sociales. De
su extensa y variada obra mencionamos: La máscara del poder (ensayo); Señores
del Caribe (historiografía); Rajatabla y Abrepalabra (narrativa); El tirano
Aguirre o La conquista de El Dorado (teatro). Entre los reconocimientos
alcanzados se cuentan: Premio Nacional de Literatura, en Venezuela (2003);
Premio Casa de las Américas (cuento, 1970, y novela, 1979), así como el Premio
Latinoamericano de Dramaturgia Andrés Bello (1980).
Introducción
Oh,
tú, tan joven,
¿qué nos
dejarás esta vez?
En este mundo te ha sido concedido
un breve
tiempo para danzar.
Y aunque creas tener la eternidad,
sabes
que no es así,
sabes
que no es así.
¡Oh,
tú, tan joven!
¿qué nos
dejarás esta vez?
Cat Stevens: Oh, very
young
En diciembre de 1968, todo el mundo tenía una clara
visión de lo que sucedería durante las décadas inmediatas.
1. Marcuse sabía que, gracias a la manipulación de
la conciencia, el sistema se haría absolutamente estable, superaría la crisis
económica y lograría equilibrar los conflictos internacionales.
2. Marshall McLuhan sabía que la Tierra, convertida
en aldea global por la magia de la comunicación electrónica, se uniformaría y
nivelaría los nacionalismos y las culturas locales.
3. Alvin Tofflér sabía que los infinitos poderes de
la sociedad postindustrial elevarían el nivel de consumo a través de artículos
cada vez más abundantes, más baratos y más personalizados, que garantizarían
estilos de vida individuales en medio de la productividad masificada.
4. J.J. Servan-Schreiber sabía que la perfección de
las instituciones norteamericanas era tal, que el único desafío planteado a las
restantes potencias era imitarlas para compartir algo de su creciente
influencia y hegemonía.
5. Timothy Leary sabía que, gracias a las drogas
expansoras de la conciencia, Caerían las
murallas entre la realidad y la fantasía, para dar lugar a una de las más
creativas épocas de la humanidad.
6. Jerry Rubin sabía que la emergencia de una
juventud contestataria, izquierdista, antiautoritaria y antibélica convertiría
la Tierra en una utopía del amor y de la fraternidad universales.
7. Huey Newton sabía que las minorías raciales, agrupadas en
movimientos militantes como el de los Black Panthers, los Brown Berets, los
Young Lords o los Indians of All Tribes, conquistarían, por las buenas o por
las malas, la igualdad con las mayorías discriminantes.
8. Janis Joplin sabía que el delirio órfico de los
eventos musicales y la locura danzante permitirían a las masas comuniones cada
vez más totales y más intensas, que las redimirían de las prisiones de soledad
construidas por la civilización industrial alienada.
9. Gloria Steinem sabía que las mujeres alcanzarían
la total igualdad con el varón.
10. Sartre sabía que la repetición de grandes
movimientos contestatarios, como el de mayo de 1968, permitirían al hombre
ejercer plenamente su libertad, escoger sus opciones, aproximarse a una verdad
humana y humanizante.
11. Los ecologistas sabían que una nueva conciencia
salvaría a la Tierra de sus predadores.
12. Los latinoamericanos sabíamos que estaba abierta
una nueva posibilidad política, social, cultural y económica para nuestros
países.
Durante las décadas inmediatas, en cambio, hemos
presenciado la desestabilización del sistema imperialista, y el estallido de la
peor crisis —a la vez económica, energética, monetaria, política y social— de
la historia. Los nacionalismos de todo tipo, y las peculiaridades religiosas y
culturales, se han convertido en factores determinantes de la escena mundial. A
la economía de la abundancia ha sucedido la estrechez de la austeridad. El
principal desafío planteado actualmente es el de encontrar modos de vida, de
producción y de desarrollo distintos de los mortíferos y contradictorios
propios del sistema norteamericano. En vez de la iluminación sicodélica, diez
millones de adeptos participan de la regimentación cuartelaria, cuando no de la
beatería suicida predicada por los gurús, los iluminados, los reverendos y los
maharishis de los nuevos cultos. En lugar de la utopía antiautoritaria, hemos
presenciado el volcamiento de las masas y de parte de la juventud hacia el
cinismo, cuando no hacia el neofascismo. El desenfreno orgiástico del pop ha
sido sustituido por la ñoñería de la nostalgia,
la celebración salvaje del rock por la regimentación sifrina del disco; la liberación sexual por la nueva
gazmoñería; la aventura intelectual por el catecismo de los nuevos filósofos y
el racismo de los nuevos conservadores; las feministas han sido devueltas al
fregadero por un sistema industrial que no ofrece colocaciones; el underground ha sido cavado, minado,
procesado industrialmente y comercializado. En lugar del triunfo de la
juventud, hemos visto su ingreso en una madurez desilusionada y malthusianista.
Los países industrializados importan mano de obra que constituye marginalidades
cada vez más vastas y más discriminadas. Los latinoamericanos hemos contemplado
la vuelta al clasicismo de buena parte de los integrantes del boom, la
destrucción de regímenes progresistas y su sustitución por dictaduras
fascistas, la entrega económica de nuestras patrias en aras de doctrinas
neoliberales momificadas, y el crecimiento de marginalidades no integradas
dentro de sociedades en niveles críticos de miseria. En vez de los esplendores de Acuario, nos amenazan las
ponzoñas Escorpión. En lugar de la paloma de la paz, planea sobre nosotros la
sombra de la guerra.
Los profesores se equivocaron, porque sólo se
miraban a sí mismos. Un vistazo su alrededor les habría indicado que un factor
preciso determina en el mundo ¡dental el carácter de una década. Cuando el
ciclo capitalista llega a su auge, se expande el empleo y queda
un excedente económico que distribuir, surgen las culturas del ocio, de la
despreocupación, de la esperanza y del festejo. Tenemos entonces Bellas Epocas, Bulliciosos Veinte,
Esplendorosos Sesenta. La música se e animada, las costumbres ligeras, la
intelectualidad heterodoxa, el consumo derrochador, la moda informal, la
actitud optimista, la mujer independiente, la plástica llena de colores vivos y
formas inéditas, el consumo vertiginoso, la celebración continua. En el fondo
de estas épocas pletóricas de vida, una guerra asegura la fluidez del sistema
económico, la vitalidad de la industria, la multiplicación de los contratos
armamentistas: la de los Boers primero,
las dos mundiales después, luego la de Corea y la de Vietnam.
Repentinamente, las posibilidades de inversión se
agotan, la demanda decrece, las empresas cierran o disminuyen su actividad, el
desempleo aumenta, el mercado te restringe. La música se hace banal, las
costumbres conservadoras, la
intelectualidad ortodoxa, el
consumo moderado, la filosofía pesimista, la mujer dependiente, la plástica
retrógrada, la moda formal, la angustia perpetua, y la política autoritaria.
Tenemos entonces los sombríos treinta, los miserables setenta, los negros
ochenta.
En las épocas de crisis, el ciudadano, angustiado
por las amenazas que se ciernen sobre su pequeño destino, acepta las soluciones
autoritarias. Los sistemas imperiales endurecen su política exterior y cuidan
de asegurar, mediante regímenes ullruconservadores, sus colonias y sus áreas de
influencia. El clamor público llama al Estado a remediar la crisis a través de
medidas intervencionistas. En los países donde el gran capital se ha reservado
un status de intocabilidad, esta
intervención debe siempre ser exterior. Surgen así los fascismos y las guerras
salvadoras, cada una de las cuales, por el contrario, marca la declinación de
un imperio. La cultura de élite cae en un verdadero estancamiento. Se pretende
detener la historia. A ello se lo llama «postmodernidad».
Pues, así como la caída de las contraculturas
pareció postergar una suerte de utopía de izquierda, el curso de los
acontecimientos también abismó una contrautopía de la derecha, cuyos
lineamientos están implícitos en el mensaje difundido por los medios de
comunicación de masas durante el medio siglo precedente. Aspiraba este proyecto
a resolver la confrontación bipolar Este-Oeste con la instauración de una
hegemonía mundial norteamericana absoluta; a expandir una economía
estadounidense omnipotente por un globo enteramente reducido a reservorio
inagotable de materia prima y mercados cautivos; a imponer el american way of living como pauta
cultural única, y a mantener prudencialmente controladas a las marginalidades
internas y externas dentro de estatutos discriminatorios justificados por la
supuesta inhabilidad de éstas de acceder a altos grados de civilización. En
lugar de ello, se enfrenta actualmente a un modelo tetrapolar de distribución
del poder entre los mismos Estados Unidos, la Unión Soviética. La Comunidad
Europea y Japón; a una economía incapaz de competir y problematizada por la
escasez de recursos naturales y por las barreras proteccionistas que se oponen
mutuamente las mencionadas potencias: a la supervivencia de una diversidad de
culturas locales y a la febril agitación social en el hemisferio al cual ha
quedado reducida sus zonas de influencia.
A primera vista, parecería inexplicable que pudieran
darse victorias y derrotas tan importantes sin guerra. Pero quizá sí la habido.
Y lo más peligroso sería que ocurriera sin que supiéramos de sus existencia.
Capítulo I
Cultura y contracultura
La
cultura como conflicto
No queremos educación,
tampoco control mental.
Pink
Floyd: The wall
Estamos en guerra mundial. La obvia definición de
Clausewitz postula que la guerra es la continuación de la política, por otros
medios. Omite decir que la política es la continuación de la cultura, por otras
vías. El aparato político, en cuanto monopolio de la violencia tenida por
legitima, sólo existe para condicionar represivamente aquellos aspectos de la
conducta que los mecanismos culturales no han podido inculcar en el hombre. El
aparato estatal surge, por tanto, para corregir los fallos ocasionales del
condicionamiento del aparato cultural, y es —por cuanto sociedad y cultura
aparecen antes que el Estado— residuo de aquél. La guerra estalla cuando el
aparato político no encuentra otra forma de llevar adelante sus propósitos que
mediante la intervención armada. Las bombas empiezan a caer cuando han fallado
los símbolos.
De allí, que la raíz última de los conflictos deba
ser detectada en la cultura. Mediante ésta, se logra la imposición de la
voluntad al enemigo extraterritorial o de clase, se inculcan concepciones del
mundo, valores o actitudes. A la larga el aparato político no puede defender
victoriosamente en guerra, o imponer en la paz, lo que la cultura niega. A los
arsenales de la guerra sicológica, han añadido las grandes potencias las
armerías de la guerra cultural. Con operaciones de penetración, de investigación
motivacional, de propaganda y de educación, los aparatos políticos y económicos
han asumido la tarea de operar en el cuerpo viviente de la cultura.
Esta operación tiene como instrumental quirúrgico un
arsenal de símbolos, como campo el planeta, como presa la conciencia humana.
Sus cañones son los medios de comunicación de masas, sus proyectiles las
ideologías. La ubicuidad de la llovizna radioactiva es deleznable comparada con
la pervasividad del rocío de signos. La guerra real tiene estancamientos y
armisticios: la de la cultura no. «La guerra se libra por la mente de la
humanidad», reconocieron en 1982 los asesores de la política exterior norteamericana en el célebre Documento de Santa
Fe l[1]. Y, cuatro años más tarde,
tras formular en el Documento de Santa Fe II un completo plan para la
remodelación del poder político y del sistema educativo en los países
latinoamericanos con la justificación de que «la cultura social y el régimen se
deben ajustar de tal modo que protejan la sociedad democrática», añadieron que
« la USIA (United States Information Agency) es nuestra agencia para la guerra
cultura »[2].
La guerra cultural, como la internacional, no es
peleada sólo por el aparato político: para ella se movilizan todos los recursos
económicos y sociales. Comienza cuando ante la cultura dominante surge una
subcultura que diverge de ella. La batalla se traba cuando esta subcultura
contradice abiertamente a la cultura dominante: desde entonces se convierte en
contracultura. Si los cultores de esta última son numerosos, la sociedad no
puede resolver la diferencia aislándolos o liquidándolos físicamente en masa, porque
el costo político y económico de tales medidas sería prohibitivo, y porque las
mismas podrían obligar al grupo disidente a rebelarse abiertamente en defensa
de su supervivencia. Debe, pues, sostener una ofensiva ideológica, un tipo
especial de ofensiva destinada a devorar a sus propios hijos, a negar su propia
capacidad de transformarse. En el fondo, a negarse a sí misma y a esterilizar
sus propias fuentes vitales, porque, como veremos, la generación de subculturas
y contraculturas es el proceso mediante el cual una cultura evoluciona y se
adapta.
Cultura, subcultura y contracultura
Para entender qué es una cultura y cómo se
transforma, debemos comprender primero la función que cumple dentro del
organismo social.
Todo ser viviente debe organizar sus relaciones con
el medio donde existe. Para ello, necesita crear un modelo interno parcial,
resumido y modificable de sí mismo y de las condiciones de su entorno.
Hay tres categorías de dichos modelos:
En primer lugar, el ser viviente tiene un código
genético que organiza, preserva y transmite la estructura somática
hereditaria del organismo.
Los animales superiores tienen, además, una memoria
que conserva la información esencial necesaria para regir la conducta del
individuo.
Y por último, los organismos sociales desarrollan
una cultura, una memoria colectiva, que contiene los datos esenciales relativos
a la propia estructura del ;rapo social, al ambiente donde está establecido, y
a las pautas de conducta necesarias para regir las relaciones entre los
integrantes del grupo, y entre éste el ambiente.
Estas categorías de modelos —códigos genéticos,
memorias y culturas— tienen, ante todo,
la función de preservar la estructura básica del organismo que los desarrolla: de conservar la estabilidad
estructural sin la cual el mismo pierde su identidad, sus componentes se
desagregan, y es por tanto destruido.
Pero la utilidad de códigos genéticos, memorias y
culturas no estriba sólo en su capacidad de preservar información anterior,
radica también en su posibilidad de automodificarse para incorporar nueva
información, que le permita al organismo una mejor adaptación a nuevas
condiciones.
Así, el código genético se transforma mediante
mutaciones, y mediante la fusión con otros códigos genéticos distintos, que se
da en la reproducción sexual, adoptando cambios transmisibles por la herencia,
los cuales permiten la evolución biológica de la especie.
La memoria se modifica por medio del aprendizaje de
datos novedosos, de la revisión y eliminación de los erróneos, y del
establecimiento de nuevos reflejos condicionados y asociaciones, que permiten
al organismo desarrollar nuevas conductas adaptativas.
Y la cultura se transforma mediante la progresiva
generación de subculturas, que constituyen intentos de registrar un cambio del
ambiente o una nueva diferenciación del organismo social.
Dichos procesos son indispensables para la
supervivencia: los modelos desarrollados por los organismos vivientes son
útiles sólo en la medida en que puedan ser modificados. Un código genético
inmutable produciría, a la larga, la extinción de la especie; una memoria
inmodificable, la del animal incapaz de generar nuevas conductas, y una cultura
inalterable, la decadencia y desaparición del organismo social[3].
Una cultura, pues, al igual que un código genético y
una memoria, ha de lograr un equilibrio
dialéctico ideal entre la preservación de una cierta estabilidad estructural y
la adaptación a situaciones sobrevinientes[4].
Para mantener su
estabilidad estructural, el organismo societario ha de integrar en su modelo
cultural el registro de los componentes más esenciales y constantes de su
medio, y de la organización y conductas comunitarias desarrolladas para
responder al mismo. Para hacer frente a las transformaciones internas y
externas, la sociedad debe permitir una amplia modificabilidad de dicho modeló.
Como la cultura se
sustenta en las diversas memorias individuales de los integrantes del cuerpo
social, y en las redes simbólicas a través de las cuales se comunican, dicho modelo no es homogéneo, como tampoco lo es la sociedad. De hecho, memorias y culturas son
sistemas de advertir heterogeneidades. De allí que a toda discontinuidad, a
toda divergencia de condiciones dentro del grupo social, corresponda una
diferenciación del modelo. Así como toda cultura es parcial, a toda parcialidad
dentro de ella corresponde una subcultura. Cuando una subcultura llega a
un grado de conflicto inconciliable con la cultura dominante, se produce una contracultura:
una batalla entre modelos, una guerra entre concepciones del mundo, que no es
más que la expresión de la discordia entre grupos que ya no se encuentran
integrados ni protegidos dentro del conjunto del cuerpo social.
Por ello, en una sociedad que se diferencie en
clases, castas o grupos, florecerán subculturas clasistas, de casta o grupales.
En una sociedad que discrimina sexualmente, aparecerán subculturas masculinas y
femeninas. En una sociedad que se extienda sobre ámbitos geográficos diversos,
se generarán subculturas del llano y de la montaña, de la costa y del
continente, del campo y de la ciudad.
Las subculturas, en tal sentido, son instrumentos de
adaptación y de supervivencia de la cultura de la sociedad. Constituyen el
mecanismo natural de modificación de ésta, y el reservorio de soluciones para
adaptarse a los cambios del entorno y del propio organismo social. Una cultura
de pastores que llega al mar puede desarrollar una subcultura de marineros, que
a su vez puede generar una de mercaderes, la cual, finalmente, podría
convertirse en dominante si el pastoreo termina por hacerse improductivo.
La formación de subculturas cumple, por tanto,
dentro del ámbito de la cultura, el mismo papel que dentro del código genético
desempeñan las mutaciones y dentro de la memoria el establecimiento de nuevas
sinapsis o asociaciones de ideas. Una subcultura es un análisis de un aspecto
nuevo y parcial de la realidad ambiental o social, y un conjunto de
proposiciones para relacionarse con el mismo. La subcultura se impone a medida
que lo hace el grupo o clase que la adopta, hasta que, al llegar ésta a una posición
hegemónica, la convierte a su vez en cultura dominante, usualmente con
aspiraciones de someter a su denominador común a las restantes parcialidades
culturales.
En tal proceso adaptativo, una cultura puede adoptar
tres estilos:
En el primero de ellos, la cultura mantiene su
capacidad de modificarse oportunamente para enfrentar los nuevos retos que el
medio o la diversificación del organismo social le exigen. En tal caso, los
procesos adaptativos se realizan con un costo mínimo y en el tiempo óptimo: es
lo que llamamos evolución.
En un segundo estilo, la cultura pierde su capacidad
de advertir los nuevos desafíos y de enfrentarlos oportunamente, y sólo
emprende la tarea de responder a ellos de manera tardía y catastrófica,
mediante una violenta destrucción de instituciones e ideologías que han
devenido inadecuadas. Es lo que llamamos usualmente revolución: su costo
social es mayor, pero en definitiva posibilita la supervivencia del cuerpo
social ante el nuevo desafío.
Pero cabe aún un tercer estilo: la cultura puede falsificar sus
mecanismos perceptivos para impedirles advertir las señales dé alarma, o
paralizar sus centros de decisión, o inhabilitar los mecanismos de respuesta,
de tal manera que ésta no se produzca nunca. Es lo que llamamos decadencia.
El organismo social se limitará a responder a las situaciones nuevas con las
mismas viejas respuestas, sin aprender nada de las realidades supervinientes.
En tal momento, su situación se asimila a la de una especie incapaz de mutar, o
a una memoria inepta para aprender datos nuevos, y comparte con ellas un
destino ineluctable: la de ser barrida cuando ocurra la primera modificación de
grandes proporciones del medio ambiente o de la propia estructura social.
La decadencia de una civilización comienza cuando
sus poderes de dominio cultural se perfeccionan tanto, que le permiten
falsificar o inhabilitar las subculturas y contraculturas que constituyen su
mecanismo adaptativo natural, cerrando así las vías de todo cambio, evolutivo o
revolucionario. La capacidad de supervivencia de una cultura se define, por el
contrario, por la habilidad de aprender de sus subculturas sin ser destruida y
sin destruirlas.
El intercambio de material genético en los
protozoarios, la reproducción sexual en los vegetales y los animales complejos,
cumplen la misma función. En ambos casos se admiten dentro del organismo
códigos extraños, versiones radicalmente diferentes de la realidad, y se
encuentra una forma de sintetizarlos dentro de un lenguaje común, para integrar
un nuevo código. El rechazo de dichas injerencias lleva a la esterilidad, al
estancamiento, o a la destrucción.
Cultura, contracultura y marginalidad
Centro y periferia de las culturas
De allí, el gran papel de los sectores marginados
como creadores de subculturas, que a su vez son producto y emblema de esa
marginación. Los márgenes —culturales, sociales, geográficos— de un sistema,
son como la piel por donde éste se comunica con el exterior, con lo que es
contrario al centro de su cultura, usualmente conformado de manera estable.
La piel es el inicio de toda sensación, porque
define diferencias en superficies. Todos los sentidos son modificaciones de la
piel: la conciencia es un conjunto de representaciones de lo que golpea la piel
desde el mundo exterior. Casi nunca refleja nuestra realidad interna, nuestra
más profunda estructura. De esta última sabemos sólo en momentos de crisis, de
indigestión o de agonía, porque es poco variable, porque sus procesos están
organizados en ciclos periódicos que sufren poca alteración, configurados en un
sistema monótono, cuya regularidad sólo se altera con las catástrofes. Dentro,
lo antientrópico, el «orden»; fuera, lo entrópico, el «desorden». Nuestra
conciencia da por sabido el orden interno —aunque nunca lo conozca a plenitud— y se ocupa ante todo de hacer
modelos del desorden entrópico externo, al cual debe adaptarse.
Por lo mismo que la
riqueza de una cultura se define por su posibilidad. de crear nuevas formas, su
fecundidad comienza a cerrarse en el momento en que se establecen de manera
definitiva las estructuras esenciales que configuran la identidad del sistema,
y corre hacia su agotamiento cuando la realidad exterior —su marginalidad
geográfica, económica, social, política o cultural— deja de plantearle
desafíos, o cuando la superestructura pierde su capacidad de responder
adecuadamente a éstos.
La creación cultural es
uno de los aspectos que se paraliza en una sociedad que entra en estancamiento,
que ha perdido su capacidad de transformarse.
La personalidad del
marginal
Es un verdadero hombre de ninguna parte
sentado en su tierra de nadie
maquinando sus no planes
para ninguno.
John
Lennon y Paul Mc Cartney: Nowhere man
En el momento en que un
sistema cierra la posibilidad de integración de sus subculturas, éstas pasan a
ser contraculturas, y los sectores que participan de ellas son definidos
como marginalidades, o no integrados, o excluidos[5].
Tal ruptura produce efectos tanto en los integrantes de la cultura marginadora
como en los de la contracultura marginada.
Los marginadores, al negar
la diversidad de su entorno cultural, se encierran en un mundo progresivamente
empobrecido. Para justificar este encierro, deben realizar un complejo proceso
de exclusión del marginado. Tal proceso, alternativa y contradictoriamente,
niega la diferencia, a la vez que la enfatiza. El marginador condiciona de
manera angustiosa la uniformidad en su propio círculo, al mismo tiempo que exagera la
diferencia del marginado, al extremo de convertirlo en el otro, en lo no humano:
en el bárbaro, el infrahombre, el pagano, el hereje, el esclavo, el paria,
el lumpen, el enfermo mental, el disidente. Todo sistema
cuya capacidad evolutiva empieza a tener fallas, escinde así el universo en un
núcleo conservador de bienpensantes conformistas, opuesto a un enemigo
antihumano constituido por desvjantes sobre los cuales se proyectan todas las
formas del mal[6].
Los marginados, por su
parte, no pueden efectuar con igual eficacia tal exclusión. Viven en el mismo
ambiente que los rechaza. Están obligados a prestar adhesión y obediencia a la
cultura que los margina: sometidos a la valoración contrastante que resulta de
regirse a la vez por los cánones de ésta y por los criterios propios. La
existencia del marginado es contradictoria. Se lo disputan los sistemas
excluyentes de la cultura y de la subcultura. Ello determina la aparición de
una peculiar caracterología:
La ambición se opone al sentimiento
de autorrespeto. El desea el reconocimiento del grupo dominante, y al mismo
tiempo ofende su arrogancia. Orgullo y vergüenza, amor y odio y otros
sentimientos contradictorios se mezclan tumultuosamente en la naturaleza de la
personalidad marginal. Las dos culturas producen una pauta dual de
identificación y una lealtad dividida, y el esfuerzo por mantener el
autorrespeto convierte esos sentimientos en una actitud ambivalente. El
individuo entra y sale de cada situación grupa! varias veces en el día: por
ello su atención se centra repetidas veces en cada actitud grupal y en su
relación con ella[7].
Como rasgos del carácter
del marginal han sido señalados, además, la conciencia de solidaridad de
destino con su subgrupo; una exaltada sensibilidad para con el juicio del grupo
dominante; la aceptación inconsciente de los valores de éste, que lo lleva a
veces a adoptar una actitud crítica ante los defectos de su propio grupo, la
cual incluye con frecuencia odio y desprecio hacia sí mismo. Se ha señalado
también que tales grupos tienen un interés vital en el establecimiento de una
perspectiva humanitaria y universalista, en la abolición de diferencias basadas
en motivos de raza, credo, sexo o nacionalidad, y en la creación de un orden legal
que coloque el derecho en un plano superior al de la fuerzas[8].
En su aspecto sicológico, la vida del marginal
transcurre en la situación de conflicto insoluble que las autoridades de la
antisiquiatría señalan como posible generadora de la sicosis. La personalidad
del marginal es un yo dividido. Por tanto, su existencia es una lucha hacia la
obtención de la totalidad. Combate que termina, bien en la adhesión absoluta a
la cultura marginadora, bien en la total identificación con la marginada, bien
en la integración armónica de ambas en una síntesis que las compendia y las
rebasa.
En fin, los marginales parecen impulsados por su
contradictorio entorno cultural hacia una mayor creatividad. Como señala
Tamotsu Shibutani:
Park afirmó que los hombres marginales tienden a ser
más creadores que otros. Las personas que se hallan felizmente inmersas dentro
de una sola cultura no es probable que hagan innovaciones: dan por sentadas
demasiadas cosas. Quienes participan de dos o más mundos sociales están menos
ligados a un modo particular de definir las situaciones y se acostumbran a
considerar diversas alternativas. Cuanto mayor es el número de perspectivas que
aprecia, tanto menos se ve monopolizado el individuo por cualquier modo de vida particular. Los mayores avances en
cualquier cultura se producen generalmente durante períodos de cambio social
rápido, y muchas de las grandes contribuciones son obra de hombres marginales[9]:
El hombre mismo es, como especie, el marginal por
excelencia. A medio camino entre la cultura arborícola y la de las llanuras,
igualmente inadaptado para la dieta puramente vegetal o puramente carnívora;
mal protegido contra los excesos de la temperatura; erecto, con una estructura
vertebral que la evolución diseñó para la posición horizontal; con extremidades
en parte prensiles y en parte locomotrices; con una estructura corporal
suficiente para dañar, pero sin armas naturales; a ratos predador, pero sin la
velocidad ni el equipo mortífero óptimo para capturar presas, el hombre es una
contradicción entre modos de vida excluyentes, un inadaptado nato. La cultura
es la mediación que el hombre crea para cubrir con símbolos la distancia que lo
separa de la naturaleza. Así, desde el principio y por esencia, la cultura fue
una contracultura. Una disruptiva facturación de símbolos, artefactos y
conductas, progresivamente diferenciada de, y con frecuencia opuesta a, la
normativa natural del instinto.
De tal manera, al miembro somático se superpuso el
miembro artificial de la herramienta. A la epidermis se añadió la piel
desechable de la vestidura y la vivienda. El fuego solar y el fuego libre de la
naturaleza fueron capturados en el fuego del hogar, que es a la vez metáfora
del tiempo y de la muerte, los dos conceptos culturales cuyo conocimiento
identifica al hombre como especie. No en vano la conquista del fuego es objeto
de mitos esenciales en todas las culturas. En la occidental, el robo de Prometeo
y su martirio subsiguiente marcan el inicio de la civilización: la conservación
de la brasa sirve de núcleo a la habitación y a la familia. La prisión de
Prometeo alude al encierro del hombre en los cada vez más complejos sistemas
que nacen del encadenamiento del fuego en el horno, en el crisol, en la
caldera, en la cámara del cañón y en el cilindro del motor. La cultura de
Occidente sanciona sus códigos con la combinación mítica de la constricción y
del fuego infernales, nueva metáfora de las llamas encadenadas.
Las contraculturas, por el contrario, recurren a la
metáfora del fuego desencadenado. La quema del dinero en la Bolsa de Nueva
York, la incineración de las tarjetas del servicio militar por los pacifistas,
la quema de sostenes por las feministas, el incendio de los ghettos por
los afro-norteamericanos y el combate callejero con molotovs,
constituyen ritos de purificación opuestos al fuego cautivo de los cilindros
del motor y de la carga de los proyectiles. El fuego desencadenado, por lo
mismo que simboliza el tiempo inmediato y eternamente presente de la
naturaleza, se opone al tiempo de la civilización, estructurado y prolongado
hacia el pasado y el futuro por las cadenas de la causalidad. El
desencadenamiento del fuego busca así clausurar un orden perimido, para
sustituirlo por un tiempo nuevo y purificado.
Porque en los procesos históricos, una y otra vez,
cuando el domesticado fuego del centro se extingue, le corresponde reavivarlo a
los dispersos fuegos de la periferia.
Los
aparatos culturales del capitalismo
Una empresa funciona en términos de la rentabilidad
contable, y la
contabilidad se lleva en términos de unidades
monetarias, y no de calidad
de la vida, utilidad de los bienes o eficiencia
mecánica de la planta
industrial o comercial.
Thorstein
Veblen. The theory of business enterprise
La más poderosa y estentórea, la más persistente
autoridad de nuestro
sistema, es la que nos ordena comprar, consumir,
progresar materialmente
y «crecer». La voz de la propaganda machaca en
nuestros oídos: comprad,
comprad,
comprad... y no cesa en su pregón.
Charles A. Reich: El reverdecer de América
A medida que el centro
inmoviliza sus superestructuras, la periferia asume la tarea de la innovación
cultural. Como bien señala Cecil Saint Laurent, la bailarina, la niña y la prostituta lanzan los nuevos
estilos en la ropa femenina[10]. H apache parisino dinamita
el lenguaje y crea una mitología; el compadrito argentino impone el tango ante
el cual se doblegarán las aristocracias, Plutocráticas o intelectuales[11]. Cada subgrupo fabrica su
propia identidad: ésta exuda de la conciencia de su diferencia como la concha
de la ostra.
Pero, a veces, el propio sistema asume el papel de
crear y dé dirigir la cultura del subgrupo disidente, a fin de dotarlo de una
personalidad por lo menos manejable, y rentable.
En tales casos, la subcultura del sector marginado
es mediatizada por el sector marginante. Lejos de ser afirmación de la
diferencia y factor de oposición a o establecido, termina por consistir en un
conjunto de satisfacciones sustitutivas, mediante las cuales el marginado
suaviza su desacuerdo con la cultura oficial ,, en última instancia, halla
posible su funcionamiento dentro de ella. La subcultura de la disidencia es
transformada en subcultura de consumo.
A tal fin, la producción industrial de la economía
de mercado realiza un proceso de interferencia cultural y de falsificación de
la conciencia, que se traduce n manipulación social. Estudiémoslo en detalle.
Conforme ha dicho Ralph Linton, «una cultura es la
configuración de la conducta aprendida y de los resultados de la conducta cuyos
elementos comparten y transmiten los miembros de una sociedad»[12]. Pero una cultura no e
aprende ni se difunde ni se comunica por generación espontánea. Para cumplir al
tarea son creadas determinadas instituciones.
En efecto, la superestructura produce e impone una
determinada visión del mundo a través de aparatos ideológicos. Althusser
ha esbozado la teoría de estas maquinarias: se trata de equipos, no
necesariamente dependientes del Estado o de los poderes públicos, que tienen
encomendada la tarea de producir y reproducir una ideología en el seno de la
sociedad: iglesia, escuela, universidad[13]. Los propios y específicos
del capitalismo son los dedicados a la promoción, conformación y publicidad de
la mercancía. No está demás recalcar su carácter mercenario. En el fondo son lo
que venden, y son, por tanto, mercantiles; con la consiguiente obsesión por la
eficacia de los medios y la absoluta indiferencia hacia los fines[14]. Investigador de mercado,
diseñador, estilista y publicista cultivan la incondicionalidad profesional
hacia la fuente de sus ingresos, que es siempre el mejor postor. En ello se
diferencian del mandarin, del escriba y del sacerdote, que sirvieron a ideologías
con las cuales se sentían identificados; y se parecen al mercenario cartaginés,
romano o renacentista italiano, que con su apoyo interesado señaló al bando que
habría de sucumbir frente a los ejércitos del pueblo.
El aparataje cultural de la sociedad capitalista
está por ello invadido por la mala conciencia. El tema recurrente de las obras
de ficción sobre el mismo es el del manipulador de símbolos mercenario que
quiere romper su condición de mercancia con actos de rebelión existencial
destructiva[15],
y que fracasa en el intento para,
finalmente, caer en una esclavitud más refinada. Porque en esa sociedad, que se
vanagloria de la libertad de creación, nada hay más regulado que la actividad
del creador cuyo mensaje puede llegar a las masas por estar directamente
inscrito en el circuito productivo, y no embalsamado en esas catacumbas del arte puro que son el museo y otras manifestaciones
culturales para públicos selectos.
Si es cierta
la afirmación de Munari de que el proyectista es «el artista de nuestro tiempo»[16]
debemos convenir en que nunca artista alguno fue tan manipulado, controlado, censurado y expurgado como el proyectista, el diseñador, el
estilizador y el publicista contemporáneos. El crítico que clama contra las
injerencias en la tarea del creador tendría material de meditación con la
visita al archivo de proyectos rechazados de cualquier agencia o diseñador que
opera cerca del circuito productivo[17].
Se acuerda cierta libertad
de extravagancia al artista que produce casi artesanalmente para una élite.
Pero la extensión y las exigencias de la tutela mercantil crecen en proporción
directa de la inversión y el área de consumidores afectada por el producto
cultural. La soberanía del creador se desvanece cuando es convocado ante una
junta de accionistas. Esta dispone de sus obras como un producto que encarga, acepta, mutila, modifica, almacena o
desecha sin otra consideración que la de la perspectiva de ganancia. Y así como
un nuevo artista —el diseñador— configura continuamente la forma de nuestro
mundo, un nuevo inquisidor —el inversionista— reduce y dosifica esas formas,
cuando no las adultera y las falsifica groseramente.
El artista es libre sólo cuando renuncia a un
público masivo[18].
El camino, hacia ese público pasa por la rendición incondicional ante los
aparatos que, al dominar los medios de producción y difusión cultural, dominan
la cultura misma.
El
capitalismo como generador de cultura
Yo soy el tonto cliente
comprador de la brisa intelectual
John
Mc. Laughlin: Visiones
Una aproximación primaria al problema de la
interferencia del gran capital en la cultura supone que éste actúa meramente a
través del aparato publicitario que impone un producto preexistente mediante
las más diversas técnicas de persuasión. Es necesaria una visión más amplia
para comprender la injerencia empresarial. Cada fase de su actividad tiene
repercusiones culturales.
Una empresa, en primer lugar, estudia el mercado
para un bien. Sobre la base de ese estudio, decide el tipo y la cantidad de
mercancías que le es posible ofrecer. Si esta mercancía es susceptible de
tener un valor de símbolo, la empresa estudia la fórmula de realzar o alterar
dicho valor mediante una operación sobre la apariencia del producto, que es
conocida como styling. Y sólo al final, ya adoptada la forma de
mercancía, trata de crear o elevar la demanda de la misma mediante la publicidad.
En tal sentido, toda operación productiva es una
campaña cultural. En los compradores deben ser promovidas necesidades y
actitudes, valores y prioridades; estas modificaciones deben tener la mayor
amplitud y duración posibles. Por ello, el planeamiento de las actividades de
una empresa es tan parecido a los mecanismos de creación y transmisión de la
cultura en una sociedad. En ambos se construyen imágenes del mundo, y se trata
de adecuar la conducta de un conglomerado a esa imagen. La diferencia, sin embargo,
es vital: la empresa sirve confesamente a un interés particular, a veces
contrario al resto de la sociedad. Si bien trata de obtener para si las
imágenes del mundo más correctas, las devuelve al público transfiguradas
conforme a los intereses del capital, creando así un universo falso que es toda
una ideología.
A continuación comentamos en detalle estas
operaciones:
ESTUDIO DE MERCADOS: ANÁLISIS CLASISTA Y PRAXIS
CONSUMISTA
Cada ciencia comienza con la pretensión de hacerse a
imagen del universo, y concluye queriendo hacer al universo a imagen de si
misma. El estudio de mercados, con su pretensión pragmática de objetividad,
crea una subjetividad ideologizante. Al interpretar al hombre y a la sociedad
como meras unidades de consumo, postula una teleologia invertida, que proclama
que ambos existen para la mercancía, y que pueden ser valorados única y
exclusivamente en función de ésta.
En efecto, la filosofía del estudio de mercados
niega la teoría de las clases sociales, al mismo tiempo que las registra como
«niveles de ingreso»[19]; niega la determinación
económica de la superestructura, mientras atribuye actitudes mentales, valores
y formas de comportamiento a cada nivel de ingresos; niega la lucha de clases,
mientras registra como móvil esencial del individuo manifestar su clase, cuando
ésta es elevada, o disimularla cuando es inferior[20]. Todo estudio de mercados
admite una lectura marxista y postula una motivación reaccionaria: la
factibilidad del proyecto se subordina al margen de beneficio; la calificación de lo humano se reduce al poder adquisitivo y
al de consumir. Un estudio de
mercados pretende ser una imagen, y es un molde. Pretende recoger información:
en realidad postula valores[21].
El estudio de mercados es el confortable supuesto
que permite al gran capital adoptar decisiones que afectan a grandes conglomerados,
sin tomar en cuenta valor humano alguno. En este sentido, y desde el principio,
es la expresión y el programa de la más unilateral de las falsificaciones de la
cultura: la que define todo acto única y exclusivamente en función de su rentabilidad.
DECISIÓN DE PRODUCIR: DICTADURA DEL EMPRESARIADO
El cliente siempre tiene la razón
Superstición de la modernidad
Un mito central legitima la economía capitalista: el
de la supuesta soberanía del consumidor. De acuerdo con él, al desear un bien,
el consumidor crearía una demanda que pone en marcha el aparato productivo. De
inmediato, una legión de capitalistas se sometería a los dictados del
demandante en cuanto a forma, calidad y, sobre todo, precio de la mercancía.
John Kenneth Galbraith resume el artículo de fe indicando que, según la
ideología convencional, «el individuo es, en definitiva y fundamentalmente, el
que manda: no puede estar en guerra con una economía a la que controla, porque
no puede estar en guerra consigo mismo».
Cuando así se ha enseñado al consumidor a pensar «
El Mercado soy Yo», la consecuencia es que se lo hace culpable de cuanto en el
mercado sucede. Entre otras cosas, conforme indica Galbraith: del carácter
insatisfactorio de los productos que se ofrezcan; de la escasez de bienes
culturales; del énfasis en el gasto militar; del deterioro del ambiente (que
debe, en consecuencia, ser remediado por el ciudadano y no por la empresa
contaminante); de la falta de límites al consumo derrochador, y de la desigualdad
de ingresos (ya que éstos, supuestamente, reflejarían la voluntad de la
comunidad de pagar más caro ciertos servicios). Pero, conforme indica el mismo
autor:
Cuando se presume la soberanía del productor, el
resultado es muy diferente. Como hemos visto, esta soberanía es ejercida por
grandes y complejas organizaciones. Su ejercicio del poder se encamina a la
satisfacción de sus propios fines, fines que incluyen la seguridad de la
organización y su desarrollo, su conveniencia, su prestigio y su dedicación al
virtuosismo tecnológico, tanto como a los beneficios. Existen grandes
probabilidades de que estos fines diferirán de la expresión agregada de los
fines individuales. Entonces, los individuos se acomodan a aquellos fines, y no
a la inversa. Esto requiere normalmente persuasión. Pero puede implicar el
recurrir al Estado o el ejercicio del poder inherente a la posición
institucional. La consecuencia plausible del desarrollo económico, considerado
de este modo, no es la armonía, sino un conflicto, entre el individuo y las
instituciones económicas[22].
O, como había afirmado antes Thorstein Veblen, «el
gran negociante, más que ningún otro poder humano, controla las exigencias
vitales bajo las cuales existe la comunidad»[23]. En una sociedad donde la
cultura es mercancía, conformar la mercancía es conformar al consumidor.
Pues al decidir, mediante el sólido criterio de la
rentabilidad, cuál bien se le ofrece —o no se le ofrece— al consumidor, se
determina no sólo la economía de éste, sino que se influye asimismo en el
universo entero de sus manifestaciones culturales. Habitaciones ínfimas pueden
contribuir a la disgregación de la familia extendida y favorecer a la familia
nuclear. Habitaciones escasas e incosteables pueden impedir la formación de
familias. El hacinamiento puede perturbar la vida familiar; sexual y sicológica
de los habitantes.
Tal influencia de la mercancía no se reduce al campo
de la cultura dominante, sino que permea también, como veremos luego más
ampliamente, la escena de las subculturas y de las contraculturas. El mercadeo
de la píldora anticonceptiva fue la base de la llamada «liberación sexual».
Otro de los más celebrados aspectos de las subculturas de consumo —el uso
orgiástico de los colores, que hizo exclamar a Charles A. Reich que « de estas
ropas fluye la libertad»— no fue otra cosa que el resultado del arreglo financiero
de un pleito entre trasnacionales. Como testifica David Bodanis:
Estos colorantes habían permanecido fuera del
mercado durante decenios, porque la empresa suiza CIBA —que poseía las patentes
exclusivas para crearlos— se hallaba en situación de punto muerto con relación
a la multinacional británica ICI, que poseía las patentes exclusivas para
transformarlos en un producto final. CIBA podía demandar a ICI para evitar que
ésta fabricase dichos colorantes, e ICI podía demandar a CIBA para impedir que
ésta los vendiese. A mediados de los años 50, cuando menos los necesitaban los
fabricantes de añil, las dos empresas concertaron una licencia conjunta
mediante la cual compartían la fabricación y la venta de las nuevas sustancias.
(El triunfo de los colores brillantes en las prendas de algodón, que tuvo lugar
en los años 60, fue consecuencia de este acuerdo de licencia compartida)[24].
El mismo filtro mercantil puede impedir o lanzar la
producción de una cura para el cáncer, un transporte contaminante o un símbolo
contracultural. El estudio de mercado impone como regla: «dime qué consumes y
te diré quién eres»; la decisión de producir legisla: «al decidir qué produzco,
decido quién eres». Pues, parafraseando a Marx, podríamos decir que en la
sociedad de consumo, no es el ser el que determina el consumo sino el consumo
el que determina el ser.
EL STYLING: DE LA FUNCIONALIDAD AL KITSCH
El buen gusto es muerte.
La vulgaridad es vida.
Mary Quant
El styling es el proceso mediante el cual se atenúan
o exaltan las propiedades simbólicas de la mercancía. Ya en la década de los
cincuenta Dichter determinó que toda mercadería ofrece satisfacciones
simbólicas distintas de las meramente funcionales[25]. Así, un automóvil es a la
vez medio de transporte y símbolo de prestigio. Corresponderá al ingeniero
aportar lo primero y al diseñador enfatizar lo segundo, tras largas
controversias en las cuales la función es frecuentemente sacrificada al
símbolo.
Contra tal antagonismo, fue postulado el credo de la
funcionalidad por arquitectos como Frank Lloyd Wright y Le Corbusier, en el
sentido de que la arma debería seguir a la función, y de que no cabe, por
tanto, diferenciar entre t función. simbólica y la esencia de un objeto[26]. Esta teoría —que podríamos
:sumir con la palabra sinceridad— soslaya el problema de hasta qué punto
n objeto es asimismo símbolo, y hasta dónde es legitimo considerarlo más
símbolo que objeto. El credo de la funcionalidad postula una identidad entre
sencia y apariencia, que la práctica mercantilista del styling niega: el
objeto funcional es una verdad; el styling-zado, una máscara. Ambos
corresponden distintas concepciones de la sociedad y de la existencia: el
funcional, a la sociedad en que la distancia entre esencias y apariencias se
acorta; el styling, aquella donde tal distancia es mayor, y el objeto —y en
consecuencia el roductor y el consumidor— mienten.
Para hacer un juicio sobre la sociedad capitalista
basta contemplar el inmenso ,fuerzo gastado en el styling[27]
de una mercancía, en el añadido ilusorio de lo que ésta no suple o en el
disfraz de lo que es. Ello constituye al diseñador en traficante en símbolos
falsos, puesto que no fluyen de manera necesaria y útil e la naturaleza del
bien, sino de las necesidades reales o imaginarias del consumidor que el bien
no puede satisfacer.
En su extremo máximo de perversión, tal dicotomía
entre forma y fondo da lugar al kitsch. El objeto kitsch es aquél
en el cual la diferencia entre contenido real y simbólico es tan fuerte, que el
uno perturba al otro. Una imitación barata es ridícula porque fracasa
precisamente en su función primordial: connotar un alto status económico
en el usuario. Un objeto religioso en forma de lámpara resulta patético porque
el utilitarismo de la lámpara niega el carácter suntuario inherente a las
manifestaciones corpóreas de lo religioso, así como la imagen distrae la misión
pragmática de la lámpara. Toda mercancía cuya función simbólica no fluye
directamente de su esencia, es, por ello, en mayor o menor grado, falsa[28].
En esa medida, el kitsch es testimonio de una
civilización escindida entre esencia y apariencia.
La perversión de las funciones simbólicas es tal en
la sociedad alienada, que la misma ha dado lugar a la
aparición de un auténtico kitsch de lo funcional, que copia los tics
externos de éste —la aridez visual, la sequedad, el geometricismo— sin ninguna
de sus verdades —practicidad, bajo costo, utilidad, sobriedad— llegando así al
colmo de los colmos: a una retórica de la sinceridad, que resulta doblemente
falsa por su adoración externa del mismo valor que vulnera[29].
PUBLICIDAD: EL MENSAJE QUE SE ESCONDE
Finalmente, la empresa tiene que ejercer múltiples
operaciones para conformar en el consumidor actitudes, valores, motivaciones y
decisiones favorables a la compra de la mercancía[30]. Como otras instituciones
culturales, es un conjunto de actividades de fabricación y combinación de
símbolos. La diferencia con las restantes instituciones está en la finalidad y
en la orientación de éstos.
La publicidad es mercenaria, en el sentido de que
existe confesamente para incitar las ventas del mejor postor: pierde o gana
cuentas sin empeñar su lealtad hacia las mismas; ensalza hoy a un productor y
mañana a su competidor; crea falsas competencias entre varias marcas
procedentes del mismo fabricante. Ayuda a hacer rentable lo que ya le es
rentable a ella misma. Los estructuralistas han perseguido la ilusión de
revelar una estructura final del relato literario. Quizá no habrían tenido
problemas en establecer la del mensaje publicitario: Ayudo a que pagues, porque
me pagan.
Así como el styling separa los contenidos
simbólicos de la mercancía de su esencia, la publicidad esconde, mediante
mascaradas simbólicas, las esencia de su propio mensaje. Para ello, se niega a
sí misma: se hace anónima, o se escuda tras fuentes de prestigio. El mensaje publicitario
pretende recoger la voz general, o habla a través de entelequias tales como
clientes felices o figuras de prestigio que patrocinan. Nunca se reconoce:
siendo antes que todo vehículo, quiere desaparecer. En el caso de la
publicidad subliminal, se oculta más allá de las fronteras de la conciencia.
Logra éxito a medida que se hace invisible, que provoca en el público
convicciones que éste no identifica como publicidad —y que estarían, por tanto,
sujetas a cuestionamiento[31].
A partir de éste, se encadenan los restantes
equívocos del aparato publicitario, y crece su asombrosa técnica, cuyo
desarrollo, mientras más se fortalece, más expresa la debilidad de un sistema
para hacer coincidir la necesidad real del consumidor con las funciones reales
y simbólicas de la mercancía.
La existencia de tan poderosos mecanismos de
persuasión para establecer la relación del hombre con los bienes que consume,
en efecto, testimonia la precariedad, y no la solidez, de dicha relación.
También el aparato exterior y el boato de la religión creció a medida que se
hacía más difícil concertar las necesidades del cuerpo y del espíritu con las
restricciones políticas y culturales del medioevo, hasta que, en el momento del
mayor esplendor del aparato religioso, éste perdió su eficacia, y su función
integradora debió ser ocupada por el nuevo poder del Estado moderno,
produciéndose el fraccionamiento interno de la cristiandad y la merma de poder
de los eclesiásticos. La ubicuidad, la sutileza y el esplendor del aparato
publicitario de la modernidad acaso anuncian una transmutación similar: el
colapso de una maquinaria que debe gastar mayor energía en tratar de hacer
coincidir polos que se alejan cada vez más.
Analista de mercados, gerente de producción,
diseñador y publicista, pues completan la cadena cuyo objetivo consiste en la
conformación del hecho cultural a las necesidades de la rentabilidad del
capital.
Si en la antigüedad era difícil determinar
documentalmente las relaciones entre señor feudal y sacerdote, en el presente
una inspección contable permite establecer cuáles son las que existen entre una
agencia publicitaria y el capitalista que le encomienda la propaganda de sus
productos. Jamás ha sido contemplado con claridad semejante el proceso mediante
el cual la carne se hace verbo.
Mecanismos de interferencia en las subculturas
No puedes ser un rebelde
cuando la rebelión es la norma.
Police: Shocked
Pero el sistema industrial alienado no se limita a
postular su propia cultura, centrada en la mística del provecho, conformada por
la investigación de mercados, maquillada por el styling, difundida por
la propaganda y consagrada por los aparatos culturales. Además, trata de
interferir en las subculturas para anularlas y, por tanto, privar de la
conciencia de su identidad a los subgrupos marginales. Estos mecanismos son más
sinuosos que la mera operación de convertir la mercancía en un valor: consisten
en el proceso, enteramente inverso, de convertir los valores en mercancías.
Para ello, la sociedad industrial de la modernidad
se sirve de dos mecanismos, de complejidad creciente. El primero consiste en la
anulación de la subcultura. El segundo, en la invención integral de subculturas
«de consumo», inocuas y falsificadas, que desorientan a los grupos marginados.
A continuación los examinamos sucesivamente.
APROPIACIÓN, UNIVERSALIZACIÓN E INVERSIÓN DEL
SIGNIFICADO
DE LOS SÍMBOLOS CONTRACULTURALES
Para interferir en la subcultura, el sistema 1) se
apropia los símbolos de ésta, los adopta, los comercializa y los produce en
masa. Se logra así 2) la universalización del símbolo, a través de la
cual lo que era el vínculo de identidad de un grupo marginado particular pierde
todo valor distintivo, ya que pasa a ser de uso general; con lo cual ocurre 3) una
inversión del significado del símbolo: al separarse del grupo marginado que
lo creó, el símbolo niega su contenido.
Así, la ropa de trabajo pasa a ser traje ceremonial
del ocioso; la música del oprimido, diversión del frívolo; el credo del
colonizado se transforma en religión del imperio, y todos los valores de la
contracultura naufragan. De tal manera, el sistema expropia a sus sectores
menos favorecidos, no sólo una plusvalía económica, sino una plusvalía
cultural, que le devuelve convertida en mercancía, y neutralizada; ineficaz
para servir al cambio social, y sólo apta para producir ganancias al
inversionista.
CREACIÓN EXÓGENA DE SUBCULTURAS DE CONSUMO: «CULTURA
PARA LAS MASAS»
Pero en un grado más elevado de interferencia, el
sistema industrial intenta imponer unilateralmente a los grupos marginados
«subculturas» fabricadas por él. Por
razones obvias, estas subculturas son propuestas como estilos de consumo,
y están sujetas a una rápida modificación, en todo parecida a la de la moda.
Dichas subculturas de consumo se reducen a la ostentación de símbolos
definitorios de status. Un credo, una manera de vestir, de peinarse, de bailar o de pensar pueden ser diseñados en
condiciones de laboratorio, y promocionados masivamente para el consumo de un
sector determinado.
Los instrumentos cada vez
más ingeniosos del análisis de mercado tienen en cuenta, para tal fin, a los
diversos grupos, subculturas y submercados de que consta cada sociedad, y
recomiendan la adaptación de los contenidos simbólicos de la mercancía a las idiosincracias
de cada uno de éstos. Al producto cultural así concebido se lo llama
tramposamente cultura de masas, y también middle-broca, mid-cult,
cultura mediocre, pop, e incluso kitsch, en una confusión
semántica que sugiere que basta que un producto cultural tenga relación con la
«masa» para ser deficiente, e incluso ridículo[32].
Esto no es cierto. La «masa» como creadora es responsable del folklore, cuyo
valor estético es elevado. Como espectadora, apreció la estatuaria y la
tragedia griegas, la arquitectura religiosa, el teatro del Siglo de Oro y el
isabelino, y las novelas de Cervantes, de Balzac y de Dickens. Ninguna
maldición metafísica condena al producto cultural surgido de la masa o
degustado por ella. Lo que si gravita negativamente sobre la creación, es la
apropiación de la misma por una estructura productiva cuyos valores no son
estéticos, sino mercantiles. Hay cultura « de masa» cuando los aparatos
ideológicos dominan al creador y conforman la obra de éste, a fin de manipular
la conducta de grandes conjuntos de la población. Llamarla «de masa» es
tramposo. Se trata de una cultura « de aparato», donde la masa es meramente
receptora. Dicho fenómeno se da en diferentes sistemas; en el capitalismo, se
caracteriza por la mediación del empresario entre el creador, su obra y el
público.
Esa mediación determina
todo el proceso creativo. El creador pasa a ser asalariado o trabajador a
destajo; la obra se define como mercancía y se valora conforme a su
rentabilidad, la cual supone la adquisición o el consumo de la misma por
un público extenso. Para lograr tal fin, la obra debe: a) no lesionar los
valores o criterios normativos del empresario; b) no lesionar los valores o
criterios normativos que el empresario supone que tiene el público; y c) no
exceder de cierto nivel de novedad formal que el empresario juzga como adecuado
para la comprensión por el mercado. Al mismo tiempo, y sin violar tan rigurosos
cánones, la obra debe, contradictoriamente, d) postular un cierto nivel de
sorpresa, de calidad o de provocación suficientes como para atraer
consumidores.
La escasa innovación
formal, el empleo de estereotipos o fórmulas patentadas, la desmesurada
preocupación por el efecto, el conformismo ideológico, la homogeneidad de
contenido y la promoción de la pasividad consumista que son reprochadas a la
cultura «de masas», quedan así explicadas[33].
Son las mismas características que un sistema imprime a sus mercancías para
someterlas a la prueba paradigmática del mercado.
A pesar de esas
limitaciones, la cultura «de aparato» es capaz de generar —o de dejar escapar—
obras maestras, porque ningún aparato puede aniquilar de forma absoluta la
creatividad humana. Esta, sin embargo, es constreñida a producir dentro de los
límites de una audiencia a la que el empresario supone —a veces justamente— tan
alienada por un trabajo poco creativo como para usar del fruto cultural a
manera de escape o anestésico. El empresario también asume que tal audiencia
está tan privada del ocio como para no tener un adiestramiento en la
apreciación de experiencias estéticas complejas, habilidad que, por la
progresiva diferenciación del arte, requiere una dedicación casi profesional.
Por otra parte, la continua demanda de materia prima del aparato lo fuerza a
bajar los requerimientos de calidad, a exprimir al creador más allá del
agotamiento, a reclutar creadores mediocres o derivativos, o a saquear a las
subculturas que el propio sistema ha excluido.
Vemos así cómo las
características de la cultura de aparato dependen del modo de producción en el
cual está inserto. Por ello, las contraposiciones señaladas por la crítica
entre cultura de masas, míddle-cult, loca-broca, pop, kitsch, por un
lado, y por el otro cultura superior, refinada, high-cult, high-broca, de
élite y buen gusto, corresponden a la divergencia entre cultura difundida
por un empresario y consumida por un mercado industrial, y cultura producida
artesanalmente para el mercado de un público limitado, frecuentemente ocioso, y
en consecuencia susceptible de un adiestramiento cultural elaborado. Casi todas
las variedades de cultura «superior» presentan los rasgos de producción
artesanal —esto es, altamente personalizada— para un mercado selecto: literatura experimental,
pintura de caballete, música clásica, teatro de vanguardia. La cultura «de
masas», en cambio, es producida de forma industrial —en equipos especializados,
cuyas operaciones están reguladas y cuyos integrantes son en principio impersonales
y por tanto sustituibles— y destinada al consumo masivo a través de un aparato
de distribución muy complejo, tanto en lo técnico como en lo administrativo:
literatura de entretenimiento, comic, publicidad, prensa amarilla, música
«popular», cine y televisión corresponden —salvo excepciones— a este esquema.
La categorización de algunas de estas expresiones es
problemática. La literatura, al ser difundida por la imprenta, pasa a ser una
de las primeras formas cultura «de masas». Ello, al principio, no borra el
carácter altamente personal su factura: al contrario, lo acentúa, al poner bajo
el control total de un autor material que en la antigüedad se decantaba a
través de los siglos mediante tradición oral creada por todo un pueblo. El
carácter del mercado condiciona desde el inicio el contenido: al poema cortesano
rebuscado y a la epopeya que realza al héroe feudal, los suceden las novelas
realistas de Cervantes, Quevedo, Balzac, Dostoievski y Dickens, destinadas a un
vasto público, que encuentra reflejados en ellas su universo y sus
preocupaciones. Pero, en su más alto grado e operación, la presión del aparato
llega incluso a suprimir la personalidad el autor; primero, acuñando su estilo
y despersonalizándolo a través de los editores», y luego sustituyéndolo sin
más, como en las novelas de James Bond, primero escritas por Ian Fieming, y
luego por un sustituto, sin visible alteración el resultado. Mientras mayor es
el acopio de medios que requiere la producción, más rechaza el aparato la
personalización del producto, como lo demuestra el calvario de exilios sufrido
por genios del cine como Chaplin, Stroheim, Orson Velles y Tati.
Esa lucha con las limitaciones y las potencialidades
del aparato y de los medios que el mismo suministra da, sin embargo, la
oportunidad para la innovación cultural. El lenguaje propio de medios tales
como el cine, el comic y la televisión, que creado casi en su totalidad
dentro de los límites de la cultura «de aparato». Pero la rigidez de los
requerimientos extraestéticos de tal cultura termina iroduciendo esterilidad.
Por ello, debe recurrir en busca de sus temas, e incidentalmente de sus
innovaciones formales, a las subculturas marginales o i las también marginales
culturas artesanales. El tema preponderante de la cultura «de masas» es la
domeñación del desviante, sea éste criminal, prostituta o ser «exótico», piel
roja, chino o extraterrestre. Su procedimiento formal favorito es la
simplificación de una obra maestra[34]. Sin los desviantes, a
quienes ejecuta simbólicamente, y los creadores, a quienes excluye para luego
saquear, la cultura de aparato se quedaría sin materia prima.
El pop, como veremos, no fue otra cosa que la
masiva apropiación de una simbología de desviantes por una cultura de aparato:
la conversión de una contracultura en subcultura de consumo. Esta operación
refleja la política de apropiación de trabajo y de materia prima que el sistema
de la modernidad realiza en el plano económico con respecto a los sectores
marginados y las zonas Dependientes. Solo que, por una curiosa dialéctica, el
sistema usa materia no :laborada y mano de obra poco especializada para convertirlos
en un producto de altísima diferenciación, mientras que su aparato cultural
insume simbologías altamente especializadas y específicas, para facturar la
impersonalidad y el anonimato.
La cultura «de aparato» es la cultura por excelencia
de la modernidad. A la producción en masa industrial, corresponde la
masificación industrial de la cultura. Contra la dictadura de ésta, sólo caben
el aislamiento de las subculturas, o la rebelión contracultural.
Modernidad
y respuesta contracultural
En los países capitalistas desarrollados, el centro
de la cultura dominante es el conjunto de estructuras y discursos que ha sido
llamado difusamente «modernidad».
Pero, ¿qué es la modernidad? En latín, modus
hodiernus es el modo de hoy, lo más reciente. Modernos eran designados en
la Edad Media los funcionarios entrantes, por oposición a los que salían;
moderna fue también la época que sigue a la Edad Media, y que se inaugura
arbitrariamente con la caída de Bizancio. S.N. Eisenstad ha definido como
modernos «los tipos de sistemas sociales, económicos y políticos que se
establecieron en la Europa occidental y en la América del Norte, desde el siglo
XVII hasta el siglo XIX, se extendieron después a otros países de Europa, y en
los siglos XIX y XX a la América del Sur, y a los continentes asiáticos y
africanos»[35].
El mismo autor presenta como características de la modernización, en lo social,
un alto grado de movilización, que se traduce en desgaste de los viejos
vínculos y libertad para absorber nuevas pautas de socialización y conducta; y
en una diferenciación y especialización extremas en las actividades y las
estructuras individuales, con separación de los diversos roles desempeñados por
cada persona (ocupacionales, políticos, familiares y de parentesco). En lo político,
se manifiesta en la extensión del campo territorial del poder en las entidades
centrales, legales, administrativas y políticas de la sociedad; en la extensión
del poder potencial a grupos cada vez más numerosos; en el predominio de la
legitimación democrática contra la tradicional, y en una lealtad política no
ideológica, «dirigida por intereses». En lo económico, se caracteriza
por el alto grado de desarrollo de la tecnología, la especialización creciente
de los roles económicos, y la ampliación del campo y complejidad de los
mercados. Y en lo cultural, por la complejidad creciente de los
elementos fundamentales de los principales sistemas culturales y de valores:
religioso, filosófico y científico.
A los ya citados rasgos de movilidad (de las
técnicas, social y moral) Henri Lefebvre añade el universalismo («lo
moderno sería lo mundial en curso de realización»), la despolitización,
y la introducción de lo aleatorio en todos los dominios de la
conciencia: cientificismo cibernético, nihilismo[36].
Este conjunto de rasgos es articulado en un mensaje,
que requiere del receptor el consenso y la obediencia. La modernidad es un
discurso de poder.
Para desarrollar este enfoque, recapitularemos
algunos fundamentos de la teoría de la comunicación. Como es sabido, para que
exista comunicación deben participar los siguientes elementos: un destinador
o emisor del mensaje; un destinatario o receptor del mismo; un referente
o contexto al cual se alude en el mensaje; un código o repertorio de
significaciones atribuidas a las señales; un canal o medio o vehículo
por el cual se transmiten éstas, y, en fin, el mensaje mismo, .que es el
objeto de la comunicación[37].
Podemos llamar a cierta categoría de mensajes discursos
de poder, porque concitan a la obediencia del destinatario o receptor. Para
ello, son necesarias dos condiciones. En primer lugar, en el mensaje debe haber
lo que los semiólogos llaman una función conativa, o prescriptiva, o
imperativa: se debe implícita o explícitamente exigir una conducta del
receptor (Por ejemplo: «No matarás»). En segundo lugar, para reforzar la
imperatividad del mensaje, el destinador debe legitimarlo asimilándose al
referente o contexto del mensaje (el universo de objetos o de conceptos al cual
éste alude) o pretender que habla en nombre de aquél: «Yo, Moisés, te comunico
que Dios dijo: No matarás.»
Desde tal punto de vista, son posibles varios
«tipos» de discursos de poder, diferenciados según el referente o contexto en
el cual se fundamentan.
Discurso teocrático: Dios manda.
Históricamente, el primer tipo de discurso del poder
que surgió es el que podemos llamar teocrático, presente en casi todas las
religiones de la antigüedad, y en los poderes que intentaron apoyarse en ellas.
En este discurso, el referente es un Dios, o ser sobrehumano con caracteres
antropomórficos y cierta empatía hacia los hombres. El destinador del discurso
habla en nombre de ese Dios, confundiéndose con el canal del mensaje y
adquiriendo así un prestigio inherente a tal función: el de iluminado, profeta
o rey. El mensaje tenía una clara conatividad o imperatividad: contenía
órdenes, instrucciones, consejos que el referente-divinidad transmitía
mediante el canal-profeta. También el mensaje estaba altamente
configurado por su función específica, la poética: a medida que suplia a
un Dios invisible o por lo regular ausente, debía en si mismo contener algo del
esplendor o de la refleja luz de aquél; por ello, era potenciado con todos los
artificios de la retórica y del arte literarios. El destinatario o receptor
debía conformarse obligatoriamente a ese mensaje: sacrificar al primogénito,
como Abraham; renunciar al sexo, a la riqueza y a la libertad, como el
franciscano. El código, a su vez, debía centrarse en el destinatario: por
elevado que fuera su empíreo, Jehová hablaba en hebreo, Brahma en sánscrito y
Zeus en griego; por ignotos que fueran sus designios, sus deseos debían ser
expuestos de manera transparente para el receptor: mediante la narratividad, la
fábula, la parábola, el apólogo o la amenaza.
El discurso teocrático pretende tener validez eterna,
porque se lo supone emanado de un referente asimismo ilimitado en el tiempo.
Paradójicamente, es local, porque casi todos los dioses de la antigüedad
hablaban para un pueblo especifico, aquél al que habían creado, al que
vigilaban, al que destinaban a la preponderancia milenaria o a la salvación.
Finalmente, su prescriptividad está centrada en el control de la conducta,
y tiene, por ello, así como por su carácter local, una tremenda fuerza de cohesividad
social. Con este discurso, se construyen pirámides e imperios.
Discurso nihilista: la nada calla
Frente al discurso teocrático, surge casi
inmediatamente lo que pudiéramos llamar discurso de la nada, o
nihilista. Por una evolución inevitable —pues se ha dado en todas las culturas—
diversos pensadores rompen la relación de personalización entre el referente
(la realidad o contexto) y el destinatario (el hombre). El referente, en
efecto, ya no es descrito como un Dios personal, y pasa a ser un conjunto de
objetos, fuerzas, o relaciones no personales ni antropocéntricas, tales como
los átomos, las leyes de la naturaleza, o la lógica pura. Esta elección
condiciona enteramente el resto del mensaje.
La falta de antropomorfización o personalización del
referente o contexto lo hace por definición inepto para dar órdenes, o sea,
para emitir un discurso imperativo, conativo o prescriptivo. Ni los
átomos, ni la ley de gravitación universal, ni el cálculo infinitesimal,
parecen autores creíbles de decálogos o sermones. Evidencian su realidad
mediante señales observables, pero no pueden «querer» decir algo.
Al no ser personal el referente, el destinador del
mensaje declina identificarse con él: apenas lo interpreta, lo traduce, lo pone
en evidencia, descubriendo, mediante estas operaciones, su lejanía, su
inmunidad, o, mejor dicho, su ahumanidad. La teocracia revela, la investigación
devela. El destinador no es ya ni profeta, ni iluminado, ni rey: a estas
imperativas encarnaciones de un mensaje hecho hombre, sucede la desapasionada
cautela del hombre hecho mensaje: como los átomos o las leyes de la razón, el sabio
es impersonal, remoto, con frecuencia oculto. Los lingüistas centran en el
destinador la función expresiva del lenguaje; el sabio no es expresivo; es
sobrio, porque la eficacia de lo que comunica no depende de la emocionalidad
con la cual lo emite, sino de lo comunicado. Las leyes de Natura deberían ser
evidentes por sí mismas, sin intermediario. La autoridad del sabio, está en no
tenerla.
El destinatario o receptor del mensaje queda, por efecto del mismo, separado
del referente (los átomos o el logos son remotos e inhumanos) pero al mismo
tiempo separado del antiguo mensaje teocrático: Dices ha muerto, más allá de
toda resurrección posible. El destinatario queda a solas consigo mismo: desde
ahora debe aceptar la falta total de prescriptividad del universo (Si Dios ha
muerto, todo está permitido), o crear éticas enteramente individuales,
centradas en sí mismo: epicureísmo, estoicismo, cinismo.
Por lo mismo que ni referente ni mensaje son
personales, y por tanto este último no puede ser poético, tampoco lo es el
código. La descripción del hecho no necesita retórica: por el contrario, la
rechaza. El sabio tiende al understatement. Los hechos hablan por él.
Finalmente, el estatuto del canal pierde parte de su
prestigio. Los libros ya no son sagrados. En la medida en que el libro de
Natura esté abierto a todos, se invalida cualquier otra lectura que con él
diverja. El es, a la vez, medio y mensaje.
A diferencia del discurso teocrático, el discurso
nihilista tiene validez transitoria: no se pretende eterno, ni absoluto, sino
modificable por las nuevas experiencias y observaciones. De hecho, la
precariedad de toda certidumbre es el tema central de sofistas, escépticos,
epicúreos y científicos.
Si el discurso teocrático era en esencia local, el
discurso nihilista es universal. Jehová es Dios de los hebreos, pero la
recta razón de los estoicos o la geometría pitagórica o la duda de los
escépticos, son patrimonio de toda la humanidad. En fin, por lo mismo que
rechaza la prescriptividad, el discurso nihilista no tiene fuerza de cohesión
social. Por eso, tales discursos han circulado en minorías selectas (cínicos,
pirrónicos, nihilistas), y la aparición de los mismos, o de lescubrimientos
científicos que pudieran conducir a ellos, ha sido recibida siempre con la más
decidida represión: ideológica, política y social.
En ese sentido, el nihilista no es propiamente un
discurso de poder. En efecto: Lao Tsé en el Tao Té King insta al
hombre a desconfiar del poder, y al poder a ocuparse lo menos posible del
hombre. Buda recomienda desvincularse del deseo, y, por tanto, de la autoridad
que lo facilita o lo administra. Los sofistas entrenan en la retórica que atrae
la fama, pero, al mismo tiempo, demuestran que aquélla no aporta verdades —ni
famas— absolutas. Diógenes Cínico llama i los hombres a vivir como perros —sin
dioses, sin leyes, sin Estado. Epicuro arguye que todo bien y todo mal son
asuntos de opinión consensual, y recomienda la vida retirada. El pragmatismo y
el relativismo moral de Hobbes, asi como el ateísmo de Lamettrie, o la lucha
por la vida de Malthus y Darwin, podian servir de reactivo para ácidos
discursos de disolución. Y, en efecto, engendran los alegatos terminales,
clandestinos, inmanejables, del Marqués de Sade, de Lautreamont, de Nietzsche,
de Vautrin el personaje de Balzac, y de Stavroguin, el de Dostoievski. Todos
aterrorizados, como hubiera dicho Pascal, por «el silencio de esos infinitos
espacios vacíos».
En todo caso, la ineficacia como cohesionador social
directo de este discurso, quedó a la larga empequeñecida ante la eficacia para
operar sobre la naturaleza que contenían algunas de sus variantes. Los átomos,
el método de observación experimental, el heliocentrismo, la circulación de la
sangre, la evolución, conceptos al principio censurados, fueron posteriormente
apropiados por las clases dominantes en cuanto se revelaron útiles para
mantener o incrementar su poder de operar sobre el universo físico. Esta
pragmaticidad del discurso de la nada, o discurso nihilista, planteó dos
consecuencias: el paralelo desprestigio del discurso teocrático (con oraciones
no se funden cañones), y la consecuente necesidad de operar el efecto de
cohesión social sin la ayuda preponderante del mismo (tras la derrota del rey,
nadie cree en su autoridad divina).
Discurso de la modernidad: la razón manda
Cuando el repertorio de medios usados por las clases
dominantes para mantener su poder, estuvo constituido por alegatos que tenían
como principal referente fuerzas y conceptos impersonales, abstractos y de
validez universal, y no las antiguas prescripciones teocráticas, surgió un
nuevo tipo de discurso: el de la modernidad.
De nuevo, la condición del referente determina aquí
el estatuto de los diferentes elementos de la comunicación. La modernidad
consiste en la apropiación, por el poder político—económico, de un referente
impersonal (el cosmos y las leyes universales que lo rigen) y de la emisión de
mensajes relativos a éste. El destinador o emisor del mensaje de nuevo pretende
asimilarse a su referente, y encarnar algunas de sus propiedades. La burguesía
en ascenso, por tanto, se muestra como racional (el discurso de la Ilustración)
y como meramente pragmática (el discurso del liberalismo económico: el
beneficio como único fin). El Estado (para Hegel y para toda la modernidad) es
lo racional en sí y por sí. El poder coaligado de Estado y
burguesía se quiere universal; así como el progreso es el creciente
imperio de la cientificidad tecnológica en la nación originaria, el imperialismo
es presentado como la extensión obligatoria e inevitable de este progreso
civilizatorio a escala universal. El destinador del mensaje no es ya iluminado,
o profeta; en cuanto monopolista del mismo, se constituye ahora en tecnócrata,
en legislador, en hombre de acción, que extrae de la ratio
tecnológica todos los efectos posibles, bajo la consigna de que todo poder es
deseable, y todo deseo debe ser colmado mediante el poder.
En el mensaje así emitido confluyen de manera
incómoda dos funciones: la referencial, que meramente informa sobre el
contexto o referente, y la conativa, que se centra en el destinatario y
le prescribe una específica conducta. Hemos ya indicado que los átomos no dan
sermones. Pero el poder los obliga a ello. Por tanto, también incluye en el
mensaje la función que le es más inherente: la poética. Desarrollismo,
nacionalismo, imperialismo, todas las metas del poder son celebradas con una
retórica que pretende hacer coincidir racionalidad y emocionalidad.
Al destinatario o receptor de este discurso, como al
del discurso teocrático, se le solicita desaparecer en función de la
imperatividad del mismo. Siendo esta imperatividad abstracta y tecnológica, el
destinatario ha de serlo también: debe diversificarse y especializarse
racionalmente; plegarse a la estandarización, la impersonalidad, la
sustituibilidad, y la valoración por el efecto pragmático. Ya no debe
sacrificar su hijo a Jehová: debe entregarlo a los institutos tecnológicos, a
las fábricas, al ejército, al mercado, y al Estado.
Tales condicionantes ejercen su efecto sobre el
código. Este se resiente también de la escisión del mensaje entre
referencialidad, imperatividad y poética. Obedeciendo a la referencialidad, los
códigos del mensaje de la modernidad se hacen abstractos e «inhumanos»: el de
la alta matemática, el de la lógica formal, el conjunto de metalenguajes que
van desarrollando las nuevas disciplinas científicas. Pero, paralelamente a
éste, coexisten una pluralidad de códigos aparentemente centrados en la
subjetividad del destinatario: el código publicitario de las estrategias
inconscientes del deseo; el código de la propaganda política de las estrategias
irracionales del ultranacionalismo.
La multiplicidad de códigos lleva consigo la de
canales. Así como el mensaje es universal, también lo son los medios de
difusión. Un grupo de éstos son privilegiados y legitimados: el poder
legislativo confiere su prestigio a las normas; las academias y universidades,
al saber; los aparatos ideológicos, a las explicaciones y las estéticas. Otro
grupo, los medios de difusión «de masa», pretende hacer reposar el valor del
mensaje sobre el contenido del mismo. De hecho, lo logran asegurando su
omnipresencia. Mientras los sabios nihilistas proponían la naturaleza como
canal hacia el conocimiento, el discurso de la modernidad propone el canal como
naturaleza.
Pecaría de ingenuo quien creyera que este último
tipo de discurso es exclusivo de la contemporaneidad. De facto, desde que las
clases dominantes del Imperio romano aceptan el estoicismo, con sus
pretensiones de racionalidad y universalidad, casi siempre el poder ha buscado
un discurso que permitiera incorporar estas últimas. En el de la escolástica
medioeval, por ejemplo, todo era racionalidad, menos las premisas. Maquiavelo
propone un universo social ausente de moral y regido por el apetito de poder, sólo
para ponerlo al servicio del nacionalicismo italiano. Bodino postula un derecho
natural universalista, para uncirlo al carro de la teoría de la soberanía.
Hobbes predica un mecanicismo y relativismo pragmáticos, para construir con
ellos el pedestal del absolutismo.
La Reforma protestante sigue dicho modelo, pero
destrona al Papa como destinador monopolista de la palabra divina, e inviste al
destinatario con la condición de intérprete racional —y por lo tanto, libre— de
la misma.
Pero el prototipo perfecto del discurso de la
modernidad, es justamente el de la gran conmoción que inaugura la época
contemporánea: el de la Revolución Francesa.
Es una revolución que pretende hablar, ante todo, en
nombre de la racionalidad. Su referente es el Universo gobernado por «las
relaciones necesarias que se derivan de la naturaleza de las cosas», como
definió Montesquieu a las leyes. Estas relaciones necesarias se dan en el mundo
físico, en. el hombre que vive en estado de naturaleza, y en las propias normas
jurídicas. Dios es sólo el supremo organizador de estas normas, como lo cree
Voltaire, u otro nombre de las mismas, como lo afirman los deístas. O bien,
como dirá Laplace al exponer su sistema cosmogónico, «una hipótesis de la cual
no he tenido necesidad».
El destinador del discurso revolucionario pretende
confundirse con esta racionalidad ordenada del cosmos, y hablar en su nombre.
Diversos sectores sociales se disputan el privilegio: la burguesía es la clase
que lo detenta de manera más consistente. Al igual que el orden del cosmos, el
burgués se pretende abstracto, en cuanto realización de leyes inmanentes que
rigen el orden humano; universal, en cuanto clase que representa a la
humanidad; impersonal, en tanto obedece las imparciales leyes de la ciencia económica,
que definen la rapacidad como una especie de mecánica celeste. Pero, por encima
de todo, es necesario: para darse el derecho a representar al pueblo, inventa
el voto. Para evitar que el mismo pueblo se represente, hace que sólo puedan
votar los que tienen cierto nivel de rentas. Salvo la Constitución jacobina,
todas las demás de la Revolución Francesa están basadas en sufragio censitario.
El mensaje de la Revolución Francesa postula la Igualdad, porque el universo social, como el físico, ha de estar integrado
de elementos mensurables e intercambiables. La Libertad, porque la desaparición
de la prescripción teocrática, que atañía a pensamientos, palabras y obras, de
ahora en adelante regirá teóricamente sólo estas últimas. La Fraternidad,
porque persigue la cohesión social. De allí que dicho mensaje recurra a la
carga poética del antiguo discurso narrativo mítico. Para transmitir un facto,
recurre a un pathos que no tarda en convertirse en ethos.
El destinatario o receptor debe, de nuevo,
conformarse a la prescriptividad del mensaje. Para convertirse en pieza de la
sociedad industrial, debe desvincularse de los viejos órdenes, diferenciarse,
especializarse y, en último término, transformarse. Debe transferir al Estado y
a la empresa —comunidades «abstractas» y «racionales»— las lealtades que antaño
lo ligaban a familia y región. A este siervo se lo llama entonces soberano.
El canal del discurso vuelve a ser aparentemente
universal. La Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano
garantiza a todos la libre expresión; el costo del papel y el voto censitario
la reservan a algunos. Así como el discurso nihilista entregó al hombre
destinatario del discurso la insoportable libertad de hacerse destinador, de
poder confeccionar sus propias prescripciones, el discurso de la modernidad se
la reconoce sólo de manera ilusoria. Prensa y participación política están
aparentemente al alcance de todos: sólo sucede que todos son alcanzados por
ellas.
Los códigos, para transmitir este supuesto discurso
de la racionalidad y la impersonalidad, se diversifican en las más
proliferantes retóricas de la emotividad.
Sistema métrico decimal, calendario utilitarista e
intentos de declaratoria oficial del ateísmo, son vehiculados mediante himnos,
emblemas, fiestas «nacionales» y festivales de la Diosa Razón. La austeridad
neoclásica sirve de puente para la sentimentalidad romántica. Así como
Igualdad, Libertad y Fraternidad son voceadas en una sola consigna,
Referencialidad, Expresividad e Imperatividad se dan la mano en un solo
discurso.
En todas sus variantes, entonces, el mensaje de la
modernidad propone lo siguiente:
1. Un pensamiento lógico unilateral, o
«unidimensional», que tiende a aplicar al universo social las leyes universales
y abstractas que la ciencia deriva de la naturaleza.
2. Una estratificación social y un poder político
autoritario supuestamente derivado de tales leyes.
3. Una ordenación autoritaria de la sexualidad
tendente a conservar un orden familiar que sirve de soporte a la
estratificación social y al poder político.
4. Una despersonalización y uniformación de los
individuos, promovida por el sistema a fin de usarlos como piezas
intercambiables y estandarizadas dentro de sus estructuras políticas y
económicas.
5. Una agresividad basada en la lógica de que
todo poder derivado del conocimiento científico y de la organización
sociopolítica debe ser aplicado hasta sus últimas consecuencias, sin otro
criterio que su funcionalidad pragmática.
Tal es, en esencia, el paradigma administrado por
las clases dominantes de los países «modernos» o desarrollados: su cultura
oficial, para las clases dominadas, se traduce en explotación. Para los países
periféricos, en imperialismo.
El discurso contracultural: el hombre responde
A este mensaje, en fin, es posible oponer otro, al
cual podríamos llamar discurso del hombre, o discurso contracultural. Pues,
inevitablemente, después de tener como tema sucesivo a un Dios personal y
dominador, y luego a un cosmos impersonal pero dominable, el discurso deja de
centrarse en tales referentes y elige como tema al mismo receptor del mensaje:
a un ser definido por su modesta, particular, única y subjetiva condición
humana. Esta elección del referente condiciona por si misma a todos los restantes
aspectos del mensaje.
En efecto, el destinador o emisor del mismo, al
realizar la operación usual de confundirse con el referente, no se identifica
con la omnipotencia de un Dios o la impersonalidad de un cosmos, sino que se
está situando en condición de igualdad con el destinatario o receptor del
mensaje. Las contraculturas, como veremos, hablan siempre sobre un ser humano
concreto, definido por una particularidad: joven, mujer, negro, chicano,
puertorriqueño, aborigen, homosexual, alienado. Y no lo hacen para invitarlo a
disolverse en una humanidad abstracta e impersonal, sino para exhortarlo a
manifestar esa diferencia: a enfatizarla hasta lo agresivo.
Ello conduce a la pluralidad de discursos. Dios y el
cosmos de la modernidad, son únicos. Pero hay tantas contraculturas como
particularidades humanas, y cada una de éstas es receptora de emisores a su vez
particularizados. En las contraculturas, los jóvenes hablan a los jóvenes, las
mujeres a las mujeres, los negros a los negros, y así sucesivamente. De allí la
polifonía, y hasta la contradicción de mensajes.
Pero ello permite la revelación de una de las
funciones del lenguaje: la expresiva, la cual, según los semiólogos,
está centrada en el destinador o emisor del discurso. El emisor del discurso
teocrático ha de ser grave e impenetrable, como Dios; el del discurso moderno,
ha de pretenderse impersonal, como el cosmos. El emisor del discurso
contracultural no tiene otra obligación que la de ser humano: y por ello su
discurso está cargado de expresividad, de información sobre sus peculiaridades
y subjetivas emociones, que por fin adquieren relevancia en un universo de la
comunicación que anteriormente tomaba toda subjetividad como contaminante o
bien como redundante. Subculturas y contraculturas son las voces de la
marginación. Sólo a partir de ésta se explican aquéllas.
El mensaje transmitido en tales condiciones tiene
derecho entonces a la función poética, que según los semiólogos le
corresponde. El mensaje teocrático ha de ser amenazador; el nihilista,
transparente; el moderno, imperativo. El mensaje contracultural puede estar
inusitadamente centrado en si mismo, puesto que no tiene por objeto transmitir
(informaciones u órdenes), sino, como la poesía, despertar connivencias a
través de sutiles connotaciones: tocar puntos clave que revelen universos de
vivencias ya compartidas, ya sabidas por emisor y receptor. De allí la aparente
falta de estructuración formal y lógica; su relativo hermetismo para los no
iniciados.
Tales particularidades ejercen influencia sobre los
canales del mensaje. Puesto que hay diversos mensajes, tiene que haber diversos
canales. Pero éstos, a su vez, revisten un valor específico: en tales
circunstancias adquiere valor la manida frase de McLúhan conforme a la cual el medio
es el mensaje. Pues entre emisores y receptores idénticos, el medio es
contacto: los festivales, los be-in, la orgía, las comunas, la terapia de
grupo, llevan a su paroxismo la llamada función fática o de contacto del
lenguaje.
El código del mensaje es asimismo determinado por
las circunstancias indicadas: a multiplicidad de mensajes, multiplicidad de
códigos: la música de los negros, el traje de lona azul de los obreros, la
barba del guerrillero, la comida de la minoría étnica, el habla profana de las
marginalidades, exasperan la función metalingüística propia de todo código,
generando metalenguajes rituales, sonoros, vestimentarios y hasta químicos.
Pero ninguno de ellos pretende tener la universalidad del metalenguaje teológico
de la teocracia o del matemático de la ciencia: su sentido está en su
particularidad.
El destinatario o receptor del mensaje
contracultural, en fin, no es llamado ni
a la reverencia (como en el mensaje teocrático) ni a la separación (como en nihilista) ni al sometimiento a la
racionalidad abstracta, como en el mensaje moderno. Es convocado a la
solidaridad: pero a una solidaridad ante todo consigo mismo, con su
peculiaridad y subjetividad humanas. De allí el tono dividualista y
anarquizante de gran parte de la contracultura: «Haz lo tuyo». «tuyo» es, ante
todo, lo que te incumbe por tu específica y subjetiva condición particular: por
la idiosincrática marginación que te es impuesta o por la rebelión ¡e has
elegido. Los lingüistas señalan que la función conativa o imperativa J
lenguaje suele centrarse en el receptor. Pero el mensaje contracultural,
violando esta regla, no parecía prescribir a su destinatario otra cosa que su
propia afirmación y su derecho a convertirse, a su vez, en emisor de mensajes.
El mensaje contracultural es, por ello, adversario
directo de la lógica unilateral, la estratificación social, el autoritarismo,
la restricción sexual, la despersonalización y la agresividad presentadas como
paradigmas por el discurso la modernidad. En este sentido, las contraculturas
fueron la verdadera post-modernidad.
Si se acepta la más válida definición de esta última, que la considera como
una crítica de la modernidad, se aprecia de inmediato que las
contraculturas justamente negaron en todos los campos —filosófico, político,
social vivencial— los postulados de la modernidad. ¿Fracasaron acaso? Quizá no.
a virtual sublevación de las marginalidades de los países desarrollados durante
una década, reveló la fractura de aquélla. Las contraculturas, si no el
comienzo del fin, fueron por lo menos el inicio del post.
Capítulo II
Supuestos de las contraculturas
Grupos
marginados de la comunidad industrial de la modernidad
Grupos
marginados de la metrópoli
Vengan padres y madres de todo el país
y no critiquen lo que no entiendan;
hijos e
hijas están fuera de vuestro control,
vuestros viejos caminos envejecen
porque los tiempos cambian.
Bob Dylan: Los tiempos cambian
Las subculturas surgen como una búsqueda de
identidad y una respuesta de grupos excluidos o marginados de la colectividad
industrial de la modernidad. Existe relación estrecha entre las opresiones y
frustraciones que sufren y las manifestaciones culturales o conjuntos de
símbolos mediante los cuales responden a ellas.
Hemos indicado que la exclusión y el marginamiento
sociales dan lugar a la creación de
símbolos de identidad y de protesta; que la sociedad marginante advierte el
proceso y asume para sí el papel de creadora,
o de modificadora y universalizadora de estos símbolos, a fin de invertir su
significado y anularlos; y que, así, el sector marginado se encuentra, a
fin de cuentas, tan desprovisto
de identidad y de fuerzas para modificar su situación como al principio.
Podemos hablar entonces de un ciclo exclusión-creación-universalización
falsifrcación-exclusión, que se dio durante el auge de las subculturas, y
que se convertirá en la forma regular en que la colectividad industrial
alienada trata a sus grupos disidentes, y reduce sus rebeliones a subculturas
de consumo.
El examen de tales procesos requiere determinar
cuáles son los grupos marginados que constituyen la base social para la
aparición de subculturas, las frustraciones que soportan, las respuestas a
dichas frustraciones, y la forma mediante la cual la civilización excluyente
interfiere en el proceso de creación endógena de tales respuestas,
reduciéndolas a subculturas de consumo y cosificando a sus actores como
mercados.
SECTOR JUVENIL
Los jóvenes
norteamericanos, a los efectos de los intereses de la colectividad industrial
de la modernidad eran, hacia 1960, un mercado
definido por rasgos específicos. Sus integrantes, nacidos hacia la
postguerra, pisarían el umbral de una precoz adolescencia a finales de los
sesenta. Se trataba de un mercado amplio,,
por la gran proporción de la población norteamericana para entonces comprendida
en tal grupo de edad: los mitológicos teen-agers,
menores de veinte años[38].
Se trataba de un mercado con poder adquisitivo, ya que, absorbida por la
prosperidad de la producción militar para la Guerra de Corea, la crisis de
postguerra era cosa del pasado: Norteamérica reencontraba la afluencia, y la
capacidad de compra de los adolescentes comenzaba a desvelar a los
planificadores de las ventas, y a influir en sus estrategias. Se trataba,
finalmente, de un mercado integrado por seres en una situación peculiar: la del
«joven» en esa ingrata acepción que le han dado las sociedades capitalistas: un
ser que vive dentro de una civilización, y a la vez al margen de la misma; que
consume sin estar produciendo; que experimenta necesidades sexuales que la
sociedad frustra, refrena o desvía; que no tiene derechos políticos, aunque
debe defender en el servicio militar a la organización que se los niega; sin poder
de decisión, aunque experimenta el peso de las decisiones de sus mayores. Una
persona a la cual un prolongado periodo de enseñanza y un sistema social sin
fluidez excluyen de la participación social y la realización plena de sus
capacidades.
Se debía producir para
este mercado específico. Para él se debía crear una mercancía también
específica. No sólo un ropaje, un alimento o un vehículo, sino, además, un
símbolo, una manera de ser: una identidad.
Ello era indispensable,
porque el fenómeno «juvenil» pasaba lentamente de asunto demográfico a
preocupación social. Concluida la Segunda Guerra Mundial, las oficinas de
demografía registraron una elevación en el índice de nacimientos en los Estados
Unidos. Se trataba del famoso baby boom de
la postguerra, que afectó asimismo a Canadá, Australia y Nueva Zelandiá[39].
Concluido el conflicto,
Gran Bretaña, Francia, Bélgica y los Países Bajos experimentaron notables
incrementos en la natalidad, para luego recaer en sus patrones normales de
fertilidad. La modificación en las tasas no había sido prevista por los
demógrafos. Tenía, sin embargo, verificables relaciones con el curso de la
economía de dichos países, y pasadas varias décadas haría sentir sus efectos en
ésta.
En los países
desarrollados capitalistas, la estructura de las familias, la edad en que se
contrae matrimonio y el número de hijos dependen en buena medida de las
alternativas del ciclo económico. Como lo ha demostrado Beaujeu-Garnier, la
aparición de una crisis económica acompañada de paro masivo afecta
profundamente la tasa de natalidad[40].
Los tiempos de incertidumbre hacen difícil la manutención de una familia; por
tanto, inducen a la población a retardar el matrimonio y a disminuir el número
de hijos.
Por el contrario, un corto
período de prosperidad favorece la constitución de familias, y por consiguiente
la natalidad. La Segunda Guerra Mundial, al exigir el aumento de la producción
industrial, contribuyó a eliminar la depresión que azotaba al mundo capitalista
desde 1929. El incremento de los gastos bélicos estimuló la inversión, aumentó
el empleo, y estimuló la demanda de bienes de consumo[41].
Por otro lado, el rigor de la depresión había llevado a
varios países capitalistas a adoptar medidas de protección social que hicieron menos
problemática la empresa de fundar una familia a edad temprana. En Estados
Unidos, tales medidas adoptaron la forma de beneficios de jubilación del seguro
social, indemnización por desempleo e incapacidad, leyes de salario mínimo,
garantía federal de los depósitos bancarios, subvención de la producción
agrícola, principio de responsabilidad gubernamental por el pleno empleo,
legislación federal en materia de viviendas, y desarrollo de los sindicatos
obreros con la consiguiente protección al trabajador.
Entre las consecuencias de
estas modificaciones en la relación entre capital y trabajo se encuentra, como
señala Westoff, la de
...eliminar una de las razones
principales para el aplazamiento del matrimonio: la económica. La repercusión
sobre la fecundidad marital es que el cambio a la seguridad económica mitigó la
inquietud de muchas parejas, que antes las inducía a un ejercicio efectivo de
regulación familiar, y producía mayores proporciones de embarazos conscientemente
planeados. En pocas palabras: se modificó de manera efectiva el antiguo clima,
tan poco favorable para una fecundidad más tempranera y más elevada[42].
En otros países capitalistas el incremento de la
natalidad contó con factores específicos diferentes del resurgimiento económico
y la legislación de protección laboral. En Francia, fueron responsables del
crecimiento demográfico de postguerra las medidas gubernamentales en favor de
la familia mantenidas en forma consistente[43]. Lo cierto es que, conforme
lo indicó la Conferencia Mundial de Población, «desde 1945, más o menos, se
hacen evidentes los comienzos de un gran cambio en estas pautas tradicionales
de nupcialidad en muchos de los países de altos ingresos e industrializados»,
ya que « en un país tras otro, la proporción de habitantes que habían contraído
matrimonio comenzó a aumentar y a disminuir el promedio de edad al momento de
contraer matrimonio por primera vez, tanto para los hombres como para las
mujeres». Al extremo de que «en muchos países el descenso del promedio de edad
del primer matrimonio fue de unos dos años, y la proporción de las mujeres que
habían contraído matrimonio a la edad de 35 años aumentó entre 85% y 87%,
incluso hasta 95%».
En virtud de lo cual se puede concluir que «esta
revolución de la nupcialidad ha sido uno de los principales factores que ha
mantenido las tasas de natalidad y que creó la explosión de nacimientos de la
postguerra»[44].
El aumento de las tasas de natalidad en la década
inmediata a la guerra significó, para los treinta años inmediatos, un notable
incremento en la población juvenil, y descenso en la edad promedio de dichos
países[45]. El baby-boom acarreó, en los primeros años de la postguerra, el
crecimiento de la población pasiva, la demanda de nuevos servicios y
facilidades para la crianza y educación y el problema de la integración a la
sociedad capitalista de un contingente apreciable de jóvenes.
Por la misma red de complejas relaciones, en virtud
de las cuales el fenómeno económico precipitó uno demográfico, éste, a su vez, desencadenó un conjunto de
hechos económicos al crear un grupo de consumidores con necesidades
específicas, el cual podía ser definido como un mercado[46].
Este mercado juvenil era, ante todo, lo
suficientemente amplio como para que el sistema industrial le prestara atención
e intentara ganárselo mediante una especial conformación de los productos y de
la propaganda.
Este mercado era, asimismo, afluente. El repunte
demográfico tuvo lugar en países cuyas economías habían salido de la crisis.
Muchos integrantes de dicho mercado tenían una apreciable capacidad
adquisitiva, derivación o reflejo de la de sus padres[47].
Este mercado, también, estaba integrado por un grupo
económicamente pasivo. El joven, en la mayoría de los casos, depende
económicamente de su familia, y no enfrenta gastos de habitación, moblaje y
utensilios domésticos. Su área de decisión en el consumo se refiere a bienes
más rápidamente perecederos y en los cuales la utilidad simbólica prepondera
sobre la real: ropa, grabaciones musicales, adornos, artículos deportivos,
vehículos no utilitarios, juguetes. La presentación de estos bienes y la forma
en que se incita a su consumo tienen decisiva influencia en la venta y en la
rápida obsolescencia de los mismos.
Los integrantes de este mercado estaban marcados,
asimismo, por una disonancia de status. Si
bien, por su nacimiento, el joven queda dentro del ambiente y los valores de la
clase social de los padres, su adhesión a la conciencia de ésta no se da de
manera inmediata ni automática, porque todavía ha de recorrer un largo camino
de socialización antes de entrar al proceso productivo y de participar de
manera plena erXlas relaciones de producción. Esta temporaria falta de
integración al proceso productivo, la carencia de derechos políticos, la
ausencia de poder de decisión sobre el propio destino, la exigüidad de los
ingresos y la poca relación entre éstos y un trabajo determinado[48], así como la incertidumbre
sobre la capacidad para rebasar las pruebas y las iniciaciones que han de
decidir su lugar en la sociedad, crean en el joven una situación subjetiva de
distanciamiento con respecto a la clase social en que nace. Su existencia se
define por una pluralidad de vacíos entre su realidad actual, el papel que se
espera represente dentro de su clase, y su propio ideal: por una perpetua
tensión entre lo que es, lo que los demás esperan que sea, y lo él desea ser.
Como este conflicto se refiere a la asunción de
roles, no puede ser resuelto por el consumo de objetos que presten una utilidad
funcional directa, sino mediante símbolos que tiendan puentes abstractos entre
realidad y rol. El joven dotado de capacidad creativa inventa estos símbolos;
aquel que no la tiene, los consume. El joven obsesionado por la integración
consume los que lo acercan al rol que se .espera de él; el distanciado usa
aquéllos que lo diferencian. En todo caso, se trata de un mercado de símbolos:
de un mercado cultural.
Coincidimos con Carandell en que esta situación se
tipifica mediante los rasgos siguientes: a) los jóvenes tienen una capacidad
adquisitiva de la que carecían anteriormente; b) esto ha hecho que la gente en
general se interese por la juventud como fenómeno social; c) ello ha
sensibilizado a los industriales en el sentido de ver en los jóvenes un
potencial inagotable de compradores, para quienes fabrican juguetes de todo
tipo convirtiendo así en necesidad creciente aquel poder adquisitivo; d) la
juventud, al verse mimada, no sólo ha cobrado conciencia de si misma, sino que
también es consciente de su fuerza, de su poder[49]
Para este grupo de población van a ser
fundamentalmente promovidas y producidas las subculturas de consumo, y ese
particular compendio de ellas conocido como pop. Pero en el proceso de
las mismas van a intervenir, asimismo, bien como creadores de algunos de sus
rasgos y de sus símbolos, bien cocho consumidores de rasgos o símbolos
prefabricados por el sistema industrial alienado, los restantes grandes grupos
de población por él marginados. Lo harán en forma proporcional a su importancia
numérica.
A esa lógica de la importancia demográfica de los
sectores excluidos, se superpone otra de la categoría de marginación impuesta
al grupo que adopta la contracultura. La oposición es más duradera cuando el status
de marginación es menos modificable, y más acérrima y radical a medida que
dicha marginación es más dura. Así, la rebelión juvenil, que constituye el
núcleo de la contracultura, se suaviza y se disipa desde que sus adherentes se
hacen adultos y se reintegran a su clase originaria, y el movimiento antibélico
desaparece en cuanto el armisticio le quita su transitoria justificación.
MUJERES
Otras condiciones de marginación no transitorias,
como el sexo femenino, la pertenencia a minorías culturales y el color de la
piel, dan lugar a respuestas más duraderas, cuya coherencia es proporcional al
rigor efectivo de la exclusión. El movimiento femenino permanece activo, pero
su fuerza decrece a medida que la emergente crisis económica disminuye el
número de plazas disponibles, quitándole así su base real de poder: la
capacidad de la mujer de cortar u dependencia mediante la participación productiva
en el mercado de trabajo[50].
MINORIAS ÉTNICAS
La participación en el
movimiento contracultural es directamente proporcional la importancia numérica
del grupo marginado y a la intensidad y duración le la marginación.
Así, en Norteamérica, la
población negra aportará los elementos más característicos de su música,
estilos de vestido y de peinado, y una cierta mística de a exclusión y de la
militancia política. Paralelamente, consumirá en forma masiva los símbolos fabricados
por el sistema, y será manipulada por órganos cuya expresa intención es la de
integrar a sus miembros a los hábitos de consumo le la misma civilización que
los discrimina[51].
En octubre de 1966, Bobby
Hutton, Bobby Seale y Huey Newton organizan el movimiento de los Panteras
Negras. Por el hecho de que la represión ejercida contra los negros es violenta
antes que simbólica, sistemática más que esporádica, e institucional antes que
difusa, responden a ella con un movimiento violento, institucional, y radicaI.
Los Black Panthers eran, en efecto,
una verdadera milicia, que se valió del derecho constitucional a usar armas
para patrullar los ghettos y
neutralizar los abusos de la policía. La contraescalación del sistema fue
proporcional, y se tradujo en una campaña de exterminio sistemático, la cual
delató que el sistema está lejos de ser esencialmente democrático, a diferencia
de lo que postuló Marcuse:
El movimiento de los
grupos culturales oprimidos —puertorriqueños, chicanos, afroamericanos y etnias
indígenas— persiste organizado en grupos como che Young Lords y los Latin Kings, puertorriqueños; los Brown Berets, chicanos; y el Red Power, piel roja. Los jóvenes pobres
de los slums de las supuestamente prósperas ciudades norteamericanas han
politizado sus bandas juveniles rara defensa propia: el Patriot
Party y el Stone Revolutionary Grease
están integrados por los
trabajadores blancos peor pagados de Chicago y del Sur, respectivamente[52].
Resta explicar por qué no
todo grupo marginado o separado de la cultura oficial convierte su subcultura
en contracultura. No hubo una contracultura de las vastas masas de pobres
norteamericanos, ni una italiana, hebrea, irlandesa, polaca o china, a pesar de
que todos estos sectores han soportado grados mayores o menores de exclusión.
La subcultura presenta
rasgos contraculturales en el momento en que el grupo excluido libra una
batalla por establecer su identidad y crear vínculos simbólicos connotadores de
la misma. Ello explica el énfasis en la producción de símbolos que caracteriza
a las contraculturas. Explica también que el sistema pueda neutralizarlas
apoderándose de ellos, universalizándolos, e invirtiendo su significado. Los
norteamericanos de origen italiano, hebreo, irlandés, polaco o chino, no luchan
angustiosamente por establecer su identidad, porque un largo proceso histórico
ha decantado la misma, y porque batallas parcialmente ganadas han establecido
su derecho a preservarla en el nuevo país[53].
En cambio, los jóvenes inseguros, los afroamericanos antes ideologizados por la
imitación de los valores del blanco, las mujeres indecisas entre la liberación
y su rol tradicional, los puertorriqueños escindidos entre una nacionalidad
legal y una nacionalidad cultural contradictorias, los chinos discriminados, e
incluso los homosexuales clandestinos tentados por la afirmación pública de su
peculiaridad, ensayan confirmar, mediante sistemas de símbolos, una identidad
precisa que los libre de las dolorosas escisiones que han constituido su
existencia. Por tal motivo, pregonan clamorosamente estos nuevos ensayos de identidad, y
finalmente consumen el pop, el soul, el latín, el sex
y el gay, con los que el sistema les devuelve sus propios símbolos,
universalizados, y por lo tanto neutralizados y frecuentemente invertidos.
Los protagonistas de las
contraculturas fueron heterogeneidades en busca de una definición común. El
sector juvenil, núcleo del movimiento, comprendió adolescentes de diversos
niveles económicos —desde drop-outs millonarios hasta pandilleros de los
slums de Chicago. El sector afroamericano, unido por el denominador
común de la memoria de la esclavitud y el sufrimiento de la discriminación, es
la sumatoria de una complejisima variedad de etnias y de culturas avasalladas por
el racismo blanco. El movimiento femenino pretendió vincular a mujeres de las
más diversas clases sociales, condiciones y culturas.
Salvo en el caso de los
afroamericanos, puertorriqueños y chicanos, la mayoría de los participantes en
los movimientos contraculturales provenían de sectores relativamente prósperos
en una sociedad que, gracias a la producción bélica, gozaba de afluencia. El
transitorio auge económico capitalista —acompañado de una expansión del empleo y del poderío de
los sindicatos mediatizados— explicó la ausencia de los otros vastos sectores
de la clase obrera en el movimiento.
Tal ausencia, a su vez, determinó el fracaso del
mismo. La contracultura derivó hacia sus formas más radicales —confrontación
violenta con la policía, militancia, terrorismo— desde 1968, cuando el fin del
auge daba sus primeros y graves indicios[54]. Los dirigentes juveniles concluyeron pactos con el Poder Negro y
las minorías étnicas, pero no pudieron o no supieron concertar alianzas con los
otros grandes sectores económicamente necesitados de la colectividad industrial
cuya situación, por el momento, no era crítica. El poder de la artillería
simbólica no es omnímodo. Falló el sistema al esperar que una estructura de
contradicciones socioeconómicas funcionara sin acerbas confrontaciones
culturales. Fallaron las contraculturas en el deseo mágico de resolver tales
contradicciones económicas y sociales por medios esencialmente simbólicos.
El estallido de la crisis económica en la década de
los setenta y su continuación durante los ochenta, invierte tal relación entre
contracultura y trabajadores pobres. El estancamiento económico y el desempleo
hace crítica, y por tanto potencialmente revolucionaria, la situación de estos
últimos; pero importantes sectores, antes contraculturales, se han integrado.
La juventud contestataria de los sesenta se ha convertido en uno de los grupos
de adultos más conservadores de la historia. La declinación demográfica redujo
al sector juvenil de los países industrializados a minoritario. El movimiento
de liberación femenina perdió impulso a medida que la crisis económica
dificultó el ingreso de la mujer al mercado de trabajo. El sector más radical
del movimiento negro abandonó la insurgencia armada, cambiándola por la
asistencia social. Las restantes minorías étnicas son contempladas por el
trabajador pobre antes como competidoras que como camaradas. Si la situación de
la contracultura durante el auge del ciclo capitalista se pareció a la de una
vanguardia revolucionaria sin masas, la crisis económica crea la situación
inversa, la de una masa potencialmente revolucionaria sin vanguardias.
Grupos marginados de la periferia
En las naciones dependientes, la adopción de la
subcultura de consumo es un fenómeno de mimesis y no de creación, y el
significado de sus símbolos más ambiguo. Si el joven de la metrópoli adopta
cierto símbolo como expresión de protesta y de distanciamiento con respecto a
los valores del sistema industrial en que vive, el consumidor de la nación
dependiente lo asume en señal de adhesión a la metrópoli.
Este consumidor no distingue entre un sistema
opresivo y los grupos excluidos de él. De allí la adoración ciega e indistinta
a todos los productos de esa cultura que se da en un sector, y el rechazo no
menos ciego e indistinto que se produce en otro. El yankófilo del país
dependiente consume el arte sicodélico sin advertir que se trata de un producto
típicamente «antiamericano», y el izquierdista irreflexivo lo rechaza sin
análisis prejuzgando que es «americanizante». En ambas actitudes está presente
el desconcierto del subdesarrollado frente a la complejidad técnica o cultural
del producto que le vende la metrópoli.
A pesar de esta falta de discriminación, —o gracias
a ella— la venta es exitosa, y encuentra amplísimos mercados. A medida que la
metrópoli aparece como una élite, la adopción de sus formas de vida presupone
un prestigio. Así, vastos sectores de los países dependientes hallaron en la
subcultura de consumo la ilusión de haberse incorporado al modo de vida de la
nación dominante.
La metrópoli, a su vez, tomó de los sectores de la
periferia rasgos, símbolos y temas para enriquecer sus agotados repertorios.
Estos fueron promovidos sobre la base de su carácter «típico» y de su alegado
contacto con formas de vida primitiva o no industriales. Hacia la decadencia
del pop, se puso en primer plano un músico puertorriqueño o hindú, o se
admitieron en la indumentaria sandalias griegas o batas africanas. Tal
transculturación fue insignificante ante la avalancha de estilos, actitudes,
modas y mercancías que la colectividad industrial alienada virtió hacia los países
dependientes, y que fueron masivamente adoptadas por sus poblaciones. La
juventud fue la principal consumidora de dichos símbolos, pero otros grupos
sociales, y particularmente la clase media alta, los adoptaron sin mayor
resistencia.
Tenemos, así, una metrópoli presentada como
«protagonista» de la cultura y unos países dependientes que la consumen y
mimetizan. Esta versión fue aceptada con tal naturalidad, aun por los sectores
más esclarecidos de la metrópoli, que Abbie Hoffman, uno de los máximos líderes
del movimiento Yippi, criticó la actitud de Radio Habana de transmitir
música cubana en lugar de difundir música rocks[55]. La subordinación de los
países dependientes no debía limitarse a la adopción pie las directrices del
sistema de la metrópoli, sino también a las de las subculturas de ésta. La
dependencia debe ser mimética, hasta en su rebeldía. Pocas veces ha sido declarada
de manera más soberbia y más ingenua la aspiración cesárea de un sistema de
convertirse en rector, no ya de su propia prepotencia, sino también de los
movimientos opuestos a ella. Marginalidades externas e internas no tendrían
otro destino que fundirse en el pop, la nueva cultura ecuménica.
Subcultura de consumo y cultura de
élite: pop y pop art
El pop quiere ser el arte de lo banal (por
ello mismo se llama
arte
popular): pero, ¿qué es lo banal, sino una categoría metafí-
sica, versión moderna de Ip
categoría de lo sublime?
Jean
Baudrillard: La société de consommation
Ha ocurrido, pues, que con la operación pop,
los artistas de esta
tendencia se han reconciliado, en parte, con
la sociedad de consu-
mo, al menos desde el punto de
vista visual. Nos encontramos,
pues, con un panorama que, en el fondo, es
agradable y que con
trasta
plenamente con la hipótesis inicial que quería o debía ser una
crítica irónica de la sociedad de
consumo.
Umberto Eco: Entrevista
con José Ragué Arias en
Los movimientos pop
El pop fue la subcultura de consumo por
excelencia de los países desarrollados de la modernidad: en ella sus aparatos
culturales amalgamaron símbolos distintivos de las subculturas marginadas, así
como estilos de consumo impuestos por su sistema productivo, y las vendieron
como categoría universal.
El pop apropió los símbolos de identidad
específicos de las marginalidades, los universalizó hasta que perdieron su
significado, y concluyó invirtiéndolos. Apoderándose del jeans del
trabajador manual, de la música del negro, de los deseos de los sectores
reprimidos sexualmente, de la irracionalidad del alienado y de la droga del
desclasado, los promovió con las técnicas gráficas de la publicidad y del comic,
los difundió con los métodos del mercadeo industrial y los asimiló como
glorificaciones de la masificación del consumo.
La masificación de esta subcultura de consumo le
prestó apariencias de igualitarismo. Su avasalladora propagación mercantil le
infundió visos de «universalismo» y «globalidad». El consumo de las mismas
baratijas adquirió caracteres de comunión; la modicidad de su precio alentó la
ilusión de que, justamente, al adquirirlas, se atacaba al consumismo.
Para precisar más, debemos ser imprecisos. El pop
es vertiginoso. El pop es veloz, rinde culto a la transitoriedad del
instante, y agota todas las posibilidades del mismo. El pop se expresa a
través del objeto, y se afirma en su destrucción o su desecho. El pop se
desenvuelve en medio de una constante sustitución de estilos, en la cual
encuentra su esencia, que es la transitoriedad. El pop es emotivo, es
subjetivista, exalta la expresión de los sentimientos. El pop es
colorido. El pop es estridente.
El pop es pacifista, permisivo, igualitario y
sincrético. Aunque propaga una ilusión de individualidad, es uniformador. Es
hedonista. Raramente se encontrará un objeto, un rasgo o un símbolo pop
que no estén vinculados con alguna actividad recreativa o de disfrute. La
insistencia en lo decorativo y en el goce lo convierten en una cultura
dirigida, por lo menos en apariencia, hacia lo antiutilitario.
El pop es orgiástico. Persigue en la música y
en la danza el frenesí dionisíaco. Es sicodélico: busca en la droga la
intensificación de la percepción y el contacto con lo inconsciente. Es
gregario: a pesar de que juguetea con el tema de la individualidad, congrega a
sus fieles en comunas, en sitios de peregrinaje y en festivales
multitudinarios, donde el marginado puede creer que funde su identidad con la
de la masa.
Es a la vez erótico y asexuado: a medida que afloja
la represión, también deja de insistir en el reclame sexual. Desenfatiza los
senos femeninos a favor de las piernas, las cuales también, finalmente, son
ocultadas por una moda que atenúa o disimula los caracteres sexuales
secundarios. El mismo desnudo pierde significado erótico a medida que se
convierte en un hecho cotidiano. El pop trata de borrar toda diferencia
entre los roles masculino y femenino, con lo que lleva al plano personal la
igualdad de participación en los procesos productivos que impone a ambos sexos
el modo de producción industrial.
El pop, es también dependiente. No puede
existir separado del sistema cuyo excedente económico consume, o que sirve de
mercado para la industria del entretenimiento.
A su vez, el sistema industrial alienado dependió de
él para fomentar el consumo entre los jóvenes, los negros y otros sectores
marginados. De allí que el pop sea ambiguo. Rechazo a los valores de los
padres, pero dependencia económica de éstos. Crítica a la sociedad industrial
alienada, pero dependencia de la misma como consumidora, cuando no como
comercializadora y distribuidora, del producto pop.
El pop es juvenil. Es la subcultura de
consumo de y para los adolescentes. Postula una fiesta vertiginosa, igualitaria
y promiscua, que permite olvidar el paso del tiempo y la inevitable llegada de
la madurez.
El pop es musical. La danza orgiástica es la
principal ceremonia de encuentro y afirmación de los adherentes. La pareja se
rompe para que el danzante pueda unirse mejor al éxtasis colectivo. Así, la
música pop reencuentra la función social de los ritmos africanos, que
son sus principales antecesores. El pop es rítmico. Es corporal. Varias
horas de danza llevan al oficiante a críticos umbrales de fatiga y desenfreno,
en los cuales el cuerpo parece obedecer por sí solo a la música. La experiencia
culmina en un trance en el que se recupera la unidad entre intelecto y cuerpo,
entre individuo y masa, debido a la obliteración de todas las percepciones por
el patrón rítmico de la danza. Sólo hacia la decadencia del pop el ritmo
frenético para ser bailado será sustituido por la música para ser oída.
Mediante la sofisticación electrónica y los recursos tomados en préstamo a la
cultura hindú, se pretenderá lograr un trance introvertido e incorpóreo, que
aliene al oyente, primero de la masa, luego de su propio soma. En su primera
etapa el pop es una renovación de los cultos danzantes que han aparecido en todas las culturas: las bacantes en la Grecia
clásica, los derviches entre los
musulmanes, las herejías danzarinas en el cristianismo. En su decadencia,
constituye una variante del oficio litúrgico, que, a través de la monotonía y
la complejidad sonora —e incidentalmente, de la luz coloreada, del ambiente
sobrecogedor y del traje ceremonial— escinde la percepción del adepto de todo
contacto con el yo individual y con el entorno social.
El pop, no es lo
mismo que el pop art. Este último consistió en un esfuerzo para llevar
el impacto estético del diseño industrial y de los hábitos de consumo
cotidianos de la colectividad industrial alienada, a una élite de consumidores
de cultura que había permanecido indiferente u hostil a estas expresiones.
Desde luego, tal intento
de reflejar en los medios culturales de las élites —galerías, revistas
especializadas, ediciones de lujo— el estilo que una civilización ha adoptado
como propio, es un legítimo ejercicio de la capacidad del artista de registrar
y transfigurar la realidad. El pop art fue un proceso de puesta al día
de una élite a la que el propio refinamiento de su saber o de su gusto había
dejado atrasada; y que, incidentalmente, le proporcionó la forma de redimir su
atraso mediante un ejercicio del consumo ostensible. Esto es, mediante la
adquisición de productos que por artesanales tenían un precio elevado, y eran
susceptibles de connotar un elevado status económico en su comprador.
En efecto, no hacía falta
la obra de Roy Lichtenstein para que fuera advertido el impacto y la eficacia
de la técnica gráfica del comic. Esto lo sabia cualquiera que tuviera
acceso a un quiosco de periódicos desde 1895, cuando Oucault crea The Yellow
Kid. A partir de esa fecha, tal forma de expresión origina obras maestras
como Little Nemo, de Windsor McCay, o Spirit, de Will Eisner; al
mismo tiempo que imperios financieros: el King Features Sindycate, el Marvel
Comics Group[56].
El más descuidado garabato de Jack Kirby o de Steranko es estéticamente
superior al relamido trabajo de asimilación de Lichtenstein[57].
Pero el cuadro de Lichtenstein, que imita con técnica artesanal, a mano, los
)procedimientos de la imprenta, se vende en un medio propio de la élite
cultural (la galería), tiene alto precio, y puede ser exhibido en una sala, o
donado como muestra de que se ha pagado ese alto precio. Mientras que el comic
del cual ha copiado Lichtenstein su ilustración, se vende en los quioscos (un
ambiente de masas) por unos centavos (precio para el consumo de masas) y su
exhibición no connota una posición económica[58].
De la misma forma, el
impacto estético de máquinas de escribir, neveras y automóviles existe
independientemente de su duplicación por Klaes Oldenburg. Estudiosos de los
procesos de promoción industrial como Ralph Nader han denunciado
irrefutablemente que el valor de estos bienes consiste en la satisfacción de un
sentimiento estético del comprador, halagado a base de cromo y de diseño
suntuoso, y no en su funcionalidad, usualmente muy pobre, e incluso
criminalmente deficiente[59].
El impacto de la imagen de Marylin Monroe fue impuesto a un público
multitudinario, y advertido por éste mucho antes de que Warhol vendiera en las
galerías réplicas de ella para la élite cultural[60].
El mismo público se rodeó de los ambientes asépticos de baños y de cocinas
mucho antes de que Wessellman enfatizara la atmósfera irreal de los mismos[61].
En el pop art, la cultura ha pasado a ser la protagonista de la cultura.
El pop art impone a
una minoría dominante, a través de técnicas de producción artesanales, las
formas culturales adoptadas por toda una civilización industrial, mientras que
la cultura pop impone a la mayoría dominada, mediante el empleo de los
medios de difusión de masa, lo que en principio fueron los símbolos artesanales
de una minoría excluida.
En ambos procesos, aunque
por mecanismos distintos, existe una falsificación y una inversión del
contenido del símbolo, que consiste en desposeerlo de su función de identidad
originaria. Así, la lata de sopa que se compra en un automercado denuncia un status
de clase media e ingresos modestos, que impiden consumir la misma sopa en un
restaurant o hacerla preparar por una cocinera; mientras que la lata de sopa Campbell
que se compra en una galería para exhibirla en la sala, connota un estado
económico afluente y la pertenencia a una élite. Del mismo modo, el pantalón de
jeans comprado por un adolescente en los años sesenta denota la
intención de adquirir una ropa barata, práctica y duradera que lo asimila
simbólicamente a un sector excluido, (la juventud); mientras que el pantalón de
blue jeans de marca que adquiere la heroína cultural del jet set
en la tienda de un modisto exclusivo, connota la afluencia económica y el
anticonvencionalismo postizo de la clase parasitaria.
A esta inversión clasista
de los mensajes, se suma una inversión de cronologías. El pop art lleva
a la élite conservadora la estética industrial moderna, mientras que el pop
lleva a la masa de la sociedad industrial una estética arcaizante y
antiindustrial. Ambos ofrecen a sus públicos lo contrario de lo que éstos son.
Independientemente de que sus procedimientos puedan ser aplicados de manera
comprometida, ambas son estéticas del escapismo, en las cuales los símbolos no
corresponden al contenido, sino que tratan de negarlo.
Ese juego de inversiones,
sin embargo, tiene un punto central de sinceridad: la idealización del objeto
industrial. En las naturalezas muertas de Chardin, el protagonista era la
técnica pictórica, capaz de rendir cuenta de las luces y las texturas de una acumulación de objetos
banales. En los ready-made dadaístas o surrealistas, el protagonista era
la técnica de contraste entre objetos ensamblados o colocados en ambientes
inusuales. En el pop art, el protagonista es, definitivamente, el
objeto, apenas elaborado mediante técnicas de gigantificación o de alteración
de materiales. La figura humana —cuando aparece— es asimismo cosificada:
Wesselman priva de rostro a sus «desnudos americanos»; George Segal la reduce a
anónimos vaciados de yeso; Liechtenstein la incluye sólo para parodiar el
tratamiento que de ella hacen los comics; Warhol sólo reproduce rostros
célebres mercantilizados a través del poster: seres sin cara, anónimos,
amorfos, estilizados o con identidades sintéticas, acompañan fantasmalmente el
triunfo burlesco del objeto: objetos ellos mismos. Celebración o sátira, el pop
art tiene el mérito de dar la imagen fidedigna de una cultura cuyo
protagonista es la mercancía[62].
Frustración
social y respuesta contracultural: populismo y pop
El pop y las
restantes subculturas de consumo de los países de la modernidad están
comprendidas dentro del panorama de los movimientos populistas. A pesar de la
reveladora semántica del propio nombre de la corriente, esta particularidad no
ha sido advertida. A tal punto ha insistido el aparato de comunicación sobre el
carácter «innovador», «cosmopolita», «universal», «sofisticado», «global» y
«futurista» del pop que han pasado inadvertidos sus rasgos regresivos,
localistas y arcaizantes. Acaso su carácter proteico y renuente a las
definiciones conceptuales ha contribuido también para que no se haya advertido
tal correspondencia con una categoría política cuya definición ha sido
sumamente controversial[63].
La mayoría de los
estudiosos del populismo político, en efecto, recalcan en la historia la
necesidad de una investigación semántica en la historia del término. Andrei
Walicki[64]
destaca que el mismo ha sido objeto de interpretaciones diferentes en la Unión
Soviética y en Occidente. Richard Pipes afirma que el término «describe un socialismo agrario de
la segunda mitad del siglo XIX que sostenía el
postulado de que Rusia podía pasar por alto el estadio capitalista de
desarrollo y proceder a través del artel y de las comunas campesinas
directamente al socialismo»[65].
Walicki reconstruye una
definición de Lenin conforme a la cual el populismo «era el término común para
todas las ideologías democráticas en Rusia —tanto revolucionarias como no
revolucionarias— que expresaban el punto de vista de los pequeños productores
(campesinos en su mayor parte) y buscaban caminos de desarrollo no
capitalista». Añade el autor el criterio de Lenin según el cual «ésta es la
razón por la que los populistas, en lo que toca a la teoría, son exactamente
como un Jano, mirando con una cara al pasado y con otra al futuro»[66].
Intentando englobar tanto
el concepto occidental como el soviético, Peter Worsley afirma que los
movimientos populistas están definidos por « el enfrentamiento entre un orden
social de pequeños productores rurales y el poder más vasto de la industria y comercio
de gran escala (por lo general capitalista)»[67].
Peter Willes, por su parte, considera populista «todo credo o movimiento
fundado en la siguiente premisa principal: la gente simple que constituye la
aplastante mayoría, y sus tradiciones colectivas, son las depositarias de la
virtud»[68].
Los estudiosos del
fenómeno enfatizan también su carácter de movimiento ideológico y cultural, que
rebasa los límites de una organización política; su intención explícita o
implícita de superar o soslayar la lucha de clases en nombre de alguna
ideología nacional o tradicional, y su fe en superar las contradicciones de la
sociedad industrial mediante pequeñas formas de asociación para la producción,
usualmente agrarias o artesanales, de carácter arcaico.
En esta perspectiva,
podemos afirmar que el populismo surge en ocasiones como un fenómeno
preponderantemente cultural, con un apoyo organizativo político poco importante
y con un programa de superación de las contradicciones capitalistas fundado en
la sustitución de la lucha de clases por la constitución de pequeñas comunas
artesanales y agrarias, organizadas en torno del respeto a valores de la
civilización preindustrial. Dentro de tal marco de referencia, podemos
catalogar a las subculturas de consumo como un nuevo populismo cultural de las
sociedades capitalistas, que innova con respecto a las formas anteriores de
dicho movimiento en el hecho de que el foco principal de sus manifestaciones
está situado en las áreas urbanas, y no en las rurales[69].
Es un movimiento de contestación anticapitalista tardío, eminentemente simbólico, centrado más en la producción de
mensajes estéticos que en la de acciones concretas y sostenidas. En este
sentido, es reminiscente de fenómenos como la Sociedad Fabiana y el movimiento
prerrafaelita, cuyos dirigentes fueron, no politicos, sino artistas[70].
Es a este tipo de
populismo, caracterizado ante todo como un movimiento cultural, al que
Eisenstad define como «una actitud que enfatizaba la identidad y predominio
casi totales de las formas y niveles populares de la cultura en el ámbito de la
creatividad cultural, y de la identidad entre el centro cultural y la
periferia»[71].
El populismo cultural consiste en la adopción
simbólica de la cultura de la periferia por el centro, como un intento de
encubrir los conflictos reales que subsisten entre el centro y la periferia de
un sistema.
Hemos indicado que las
innovaciones tienden a producirse en la periferia, ya que en ésta tienen menos
vigor o menor arraigo las determinaciones superestructurales que sirven de
pauta organizativa. Los conceptos de centro
y periferia deben ser utilizados con amplitud. Consideramos centro de un sistema todos aquellos
rasgos y estructuras que definen su conformación básica; periferia, aquellas zonas donde el
imperio de las determinaciones del centro se impone sólo de manera parcial,
empieza a perder fuerza o es sustituido por la permeación de nuevas realidades
o de influencias exógenas. En sentido cultural, se podría considerar centro
de un sistema la parte más rígida de su superestructura y de sus aparatos
ideológicos; y periferia, las nuevas formas que un cambio en el modo de
producción opone a esa superestructura. Desde el punto de vista clasista, puede
ser considerado como centro el núcleo de la clase explotadora, firmemente
adherida a las determinaciones ideológicas que aseguran su dominación, y como
periferia la clase explotada en marcha hacia la adquisición de una conciencia
de clase. Todavía, en otro contexto, una élite puede actuar como centro, y como
periferia la mayoría, marginada de los valores de aquélla.
Dentro de un imperio,
centro es la metrópoli, y periferia los sistemas políticos coloniales,
semi-coloniales o dependientes. En todos estos ámbitos —pero no solamente en
ellos— se puede producir un movimiento populista cuando la periferia propone
nuevas formas culturales, y el centro roba a la periferia sus valores y sus
símbolos para despojarlos de contenido mediante una adopción meramente formal y
una universalización falsa de los mismos.
Para precisar la esencia
populista del pop, recurriremos a los rasgos
caracterizadores que Peter Wiles le asigna al populismo, añadiendo, en cada
caso, brevísimos comentarios sobre la confirmación del «síndrome» en la
contracultura de consumo de las sociedades industrializadas capitalistas[72].
1. El populismo es moralista más que
pragmático. Se rechaza el axioma de que el fin justifica los medios: las
medidas reales por adoptar pueden modificarse notablemente. Se valoran menos la
lógica y la efectividad que la actitud correcta y el carácter espiritual. (El pop enfatizará el carácter moral de sus postulados por encima de su valor
lógico y utilitario).
2. Ello implica que se establece una
demanda inusual sobre los líderes en lo que atañe a su vestimenta, forma de
actuar y modo de vida. (El pop es, en sus formas más frívolas, una
manera de vestir; en sus manifestaciones más sinceras, una forma de vida total
que hace propaganda por la acción).
3. El populismo tiende a arrojar a los
grandes líderes a un contacto místico con las masas (...)Carente de ese
liderazgo, aparece particularmente mutilado, en comparación con otros
movimientos. (El pop fue inmensamente carismático, y su ceremonia central fue
el encuentro comunal entre líder y muchedumbre, fuera éste festival rock,
be-in o prédica en la comunidad).
4. En todos los casos, el populismo
está poco organizado, y mal disciplinado: es un movimiento antes que un
partido. (El aspecto propiamente político del pop fue insignificante, y
asumió esta desorganización y esta indisciplina antes como un valor que como un
defecto).
5. Su
ideología es imprecisa y toda tentativa por definirla suscita escarnio y
hostilidad. (Cf. infra, Cap.
III, citas donde Abbie Hoffman se vanagloria de la imprecisión ideológica del
aspecto político del movimiento).
6. El
populismo es antifntelectuaL hasta sus propios intelectuales tratan de serlo. (Cf. infra, Cap. III, sobre el irracionalismo y el
antiintelectualismo pregonados como banderas contestarias).
7. El
populismo se opone con energía al orden establecido, así como a toda
contraélite. Aparece precisamente cuando un grupo numeroso, al tomar conciencia
de sí mismo, se siente alienado con respecto a los centros de poder. Esta
alienación puede ser racial o geográfica (Canadá, Estados Unidos), pero en todos los casos es social. El populismo se inclina, así hacia
las teorías conspirativas («nous sommes trahis», «fuimos engañados») y es capaz
de recurrir a la violencia. (Cf. supra, en este capítulo, sobre el pop como
expresión de reivindicaciones de la marginalidad del sistema industrial).
8. Pero
esta violencia resulta ineficaz y de corto aliento. (El pop se
caracterizó por una violencia simbólica más que real, y esporádica más que
coherente. En sus extremos se confundió con el terrorismo religioso, como el
del clan Manson, o anárquico, como el del Ejército Simbionés).
9. El
populismo evita, en particular, la lucha de clases en el sentido marxista.
Aunque posee, sin duda, conciencia de clase, es básicamente conciliatorio y
confía en cambiar el orden establecido convirtiéndolo a su causa. Muy rara vez
resulta revolucionario. (Cf.
infra, Cap. III, textos de Abbie Hoffman donde declara anticuado el análisis
marxista de la lucha de clases).
10. Como a
todos los demás movimientos, el éxito corrompe y aburguesa al populismo. La subcultura fue aniquilada en parte por el
enriquecimiento o la integración al sistema de sus líderes culturales,
religiosos, artísticos y políticos. Cf. infra, en este capítulo, sobre las
estrellas del pop).
11. Desde
el punto de vista económico, el idealtypus
es la pequeña cooperativa. (En su
aspecto económico, las subculturas intentaron un resurgimiento de los
movimientos cooperativos agrícolas artesanales o artísticos, que en líneas
generales fracasó).
12. Es
probable que la cooperativa sea una empresa marginal compuesta de individuos
con poco capital. También es probable que contraiga deudas. Si la cooperación
permanece siendo un mérito ideal y el individuo sigue actuando como campesino o
artesano independiente, estas probabilidades se convierten en virtuales
certezas. (La mayoría de las
cooperativas fueron, en efecto, marginales, y fracasaron en coordinar los
esfuerzos de individualidades excéntricas. Las empresas del pop que
tuvieron éxito, fueron simples firmas capitalistas que iniciaron la explotación
de la simbología del movimiento con criterios estrictamente financieros).
13. Por
ende, los financistas, y en especial los extranjeros, figuran invariablemente
en la demología populista. (La
subcultura se caracterizó por una contestación formal al capitalismo, al
imperialismo y a la alienación de la sociedad industrial).
14. Los
grandes capitalistas que intervienen en empresas «productivas» salen mejor
parados; pero la gran empresa es complicada y despersonalizada; presupone un
proletariado. Los pequeños capitalistas son, pues, aún mejores y sólo resultan
inaceptables para el populismo de izquierda. (...) (El pop, ciertamente, centra sus baterias
ideológicas en el aspecto «mitológico» del capital, y, más que en el capital,
en sus productos sacralizados: Coca Cola,
Cadillac, TV a colores, Mac Donald, precisamente
porque resulta más fácil la propaganda que se centra en símbolos omnipresentes
que aquella que analiza sus mecanismos de operación).
15. El
populismo puede ser urbano. (El
pop lo es, a pesar de que su simbología se alimenta de motivos rurales o
preindustriales).
16. En la
medida en que se sienten afectados, los populistas prefieren que el Estado
brinde su ayuda en lugar de fortalecerse; ello ocurre sobre todo en la
agricultura. (El pop constituyó,
en buena medida, la institucionalización del parasitismo como forma de vida
respetable: sus miembros vivieron del apoyo monetario de las familias y del welfare, así como de un oficio de la
mendicidad preconizado por Abbie Hoffman en su panfleto Free).
17. El
populismo se opone a la desigualdad social y económica producida por las
instituciones que no cuentan con su aprobación, pero acepta las desigualdades
tradicionales originadas en el modo de vida de su propio electorado. (Con toda su esencia igualitaria, el pop raramente
contestó los fastuosos medios económicos de sus líderes, ni los cerrados
sistemas clasistas de las sociedades feudales hindúes u occidentales que
frecuentemente utilizaba como inspiración y paradigma).
18. Al
oponerse al establishment (el
orden establecido) y a los impuestos
fijados por un gobierno en el que no confía, el populismo, cuando se halla en
la oposición, enfrenta particularmente al establishment militar. (El movimiento más organizado y
eficaz de la subcultura fue el antibélico).
19. El
populismo es religioso por ser tradicional pero se opone al establishment religioso.
Tiene una fuerte tendencia al sectarismo (Alberta, Rusia). Sin embargo sus intelectuales pueden ser
ateos; después de todo, la mayoría de los intelectuales lo son. (El pop
volvió a poner sobre el tapete los problemas de la experiencia mística y la
expansión de la conciencia. Hacia la decadencia del movimiento hubo una
floración de cultos exóticos).
20. El
populismo abjura de la ciencia y la tecnocracia. (...) (Cf. infra, Cap. 111, sobre las contraculturas
como reacción a la lógica unilateral de la sociedad industrial alienada, y
sobre el resurgimiento de la irracionalidad en los movimientos estéticos y
religiosos).
21. El
populismo es, por ende, fundamentalmente nostálgico. Sintiéndose a disgusto con
el presente y el futuro inmediato, busca modelar el futuro mediato de acuerdo con su visión del pasado. (...) (Cf. supra, en este capítulo, sobre el uso de
simbologias arcaicas por las subculturas y la idolización de modos de vida
primitivos o preindustriales).
22. El
populismo exhibe una fuerte inclinación a atemperar el racismo: la buena gente
común tiene distintos antepasados pertenecientes al orden malo establecido. A
veces esta creencia es rayana en lo mítico. (El pop enfatiza la igualdad racial y social. En
buena parte incorpora las reivindicaciones legítimas de las minorías raciales y
culturales de la sociedad industrial alienada).
23. Hay
una gama de populismos, desde el de tónica preindustrial, antiindustrial y
«campesina» hasta el de tónica «agrícola», y actitud tolerante frente a la
industria. (El pop fue
formalmente agrario y campesino, pero en realidad urbano; formalmente
antiindustrial, y en los hechos dependiente de la tecnología).
24. No
debe pensarse que el populismo es malo. Un fenómeno humano tan difundido debe
contener inevitablemente su cuota de maldad, y sin duda éste en particular
participa más de la cuenta de la dosis general de absurdo. (Las reivindicaciones de las subculturas fueron
legitimas y lo condenable del movimiento fue su ineficacia para lograrlas
mediante la mera manipulación de símbolos y la aceptación pasiva de la
continuación del sistema que las niega).
El pop es, en definitiva, el populismo
cultural de la modernidad.
Universalización de la subcultura de
consumo pop y «cultura global»
Somos
la nación de Woodstock.
Abbie
Hoffman: The Woodstock nation
Añadamos que en el pop se ha querido ver, no una cultura, sino la cultura, la prefiguración ideológica de la unidad global, el
credo universal capaz de trascender las culturas locales, «aldeanas», y de
convertir la tierra en una «aldea global»[73]. Pop milenarista, que
lograría la uniformidad cultural del rico y el pobre, del desarrollado y el
subdesarrollado, del privilegiado y el marginado, del proletario y el
capitalista. Pop cabalístico, cuya unidad de símbolos triunfaría sobre
la diversidad de contenidos, logrando así la absoluta independencia del fondo y
de la forma, de la estructura y de la superestructura. Pop milagroso, capaz de
preservar la multiplicidad de las desigualdades dentro de la uniformidad de la
fe. En tal sentido, la aparición del pop, o de un fenómeno equivalente,
era inevitable, y éste, lejos de trascender las estructuras del sistema
industrial alienado, es el perfecto producto del mismo. En efecto, la
consolidación de los grandes imperios siempre ha alentado la expansión de
doctrinas ecuménicas tendientes a predicar la unidad formal dentro de la
desigualdad de hecho; doctrinas que jamás han impedido la desintegración del
poder político al cual sirvieron o por lo menos acompañaron.
Así, cuando el faraón Eknathon descubre que su único
Dios, el sol, luce para todos los hombres y los une bajo su luz, ello no impide
que el imperio egipcio, para entonces en vía de expansión, mantenga
incómodamente unidos al Alto y al Bajo Egipto, a Palestina y a parte del Medio
Oriente, y que dentro de él convivan dificultosamente esclavos y siervos,
visires y sacerdotes, comerciantes y escribas. La multiplicidad del panteón
egipcio tradicional era expresión viviente de la diversidad de culturas y de intereses
que cubría el poder faraónico; la teología solar monoteísta, expresión de un
deseo de centralismo que Eknathon no pudo llevar a la práctica. Su poder cedió
ante el de los sacerdotes, y del credo universal sólo restaron imágenes y
símbolos de gran valor estético, pero ineficaces para operar por sí mismos lo
que sólo se hubiera podido lograr a través de una reforma social, económica y
política[74].
¿Debe extrañarnos, entonces, que Roma adoptara el
estoicismo como filosofía oficial del Imperio? Salida de un oscuro arrabal
griego, esta doctrina planteaba una hermosa visión del universo, que nacía
de un cataclismo llameante y regresaba a él dentro de un ciclo estrictamente
fijado; predicaba una rigurosa aceptación de la fatalidad, que permitía
comprender como inevitable la división de papeles entre vencedor y vencido, y
postulaba una fe en la esencial igualdad de los seres humanos, a quienes la
razón convertía en idénticos y permitía regirse por reglas de validez universal
y perenne. Esta doctrina pudo ser a la vez profesada por el esclavo Epicteto y
por el emperador Marco Aurelio. Inspirado por ella, Cicerón dictó hermosos
períodos sobre la recta razón, que es igual en todos los hombres y que
justifica, al mismo tiempo, la esclavitud; párrafos que nos fueron preservados
por la mano diligente de su esclavo copista[75]. Recta razón que igualaba, y
a la vez permitía conservar desiguales, a patricios y plebeyos, familias y
clientelas, ciudadanos y no ciudadanos, romanos y latinos, latinos y gentiles,
ricos y pobres, proletarios y équites, legionarios y mercenarios., amos y
esclavos. Igualdad puramente formal, que no impidió la revuelta de Espartaco,
el caos de la guerra civil ni la caída del imperio bajo los bárbaros.
También aluden a esta igualdad global los escritos
de los primeros padres del cristianismo, particularmente los de San Pablo[76]. Dicho enfoque universal
permite al que era en sus inicios un credo local, extenderse rápidamente a
través de la abigarrada diversidad de clases sociales, culturales y estructuras
políticas del imperio romano. La unidad de la fe no consigue homogeneizar la
diversidad del sistema, y así Roma cae bajo bárbaros que, para mayor irrisión,
son cristianos. Tampoco consigue el cristianismo impedir el microscópico
fraccionamiento que caracterizará al Medioevo. Ni siquiera puede mantener su
propia unidad doctrinaria. Desde tal punto de vista, las herejías, que un
Voltaire y un Borges consideran manifestaciones de la tontería humana, se nos
revelan como intentos de expresar diversidades culturales, económicas y
sociales dentro del manto falsamente global de un credo totalizador. Casi todas
las desviaciones de la fe tuvieron definidos trasfondos políticos y sociales.
Triunfaron aquellas que se cobijaron en un hecho político realizado; fracasaron
las que quisieron llevar hasta las últimas consecuencias sus planes de reforma
y chocaron frontalmente con los aparatos represivos del sistema[77].
Igual destino tendrá toda cultura «global» cuya
adopción se proponga mientras persistan en la práctica desigualdades
culturales, económicas, sociales y políticas. Ningún ritual, ningún agregado de
símbolos, puede uniformar lo que en la realidad es diverso, ni conciliar lo
contradictorio. Desde luego, es posible una cultura universal planetaria. La
misma, sólo podrá establecerse sobre la base de la igualdad y la integración
efectivas, y nunca a partir de la homogeneidad falsa y la discriminación real.
Si el pop, en cuanto subcultura de consumo,
tuvo por objeto imponer una falsa homogeneidad a las marginalidades de los
países de la modernidad, en definitiva no pudo impedir que las especificas
subculturas reprimidas de éstos se convirtieran finalmente en contraculturas:
contraculturas de la irracionalidad, de la intimidad, de la identidad y de la
paz negadas por el sistema. Paralelas y simultáneas con el pop,
múltiples, a veces confundidas en un solo fenómeno por los medios de
comunicación, subculturas legítimas y contraculturas iniciaron el ataque a los
supuestos filosóficos, sociales, económicos y políticos de la modernidad.
Capítulo III
Contenido de las contraculturas
Contraculturas
de la irracionalidad
Nada es real,
no hay
nada de qué preocuparse
;Campos de fresas eternos!
Lennon
y McCartney: Strawberry fields forever
La
revolución debe ser cultural, porque sucede que la cultura
gobierna
la maquinaria políticoeconómica y no al contrario.
Charles A. Reich: El reverdecer de América
El modo de producción industrial de la modernidad
exige del ser humano un cierto grado de razonamiento lógico y científico, y la
aplicación de normas de causalidad estricta. No sólo este modo de producción ha
sido favorable al desarrollo de un pensamiento científico, ni tal actitud se
aplica a todos los reinos de la existencia en la irracional y contradictoria
colectividad industrial alienada. Pero el dominio de complejos procesos
industriales presupone un cierto manejo del pensamiento científico, una cierta
conciencia de las ligazones entre causas y efectos. Este uso limitado y
unilateral de la facultad de razonar ni aborda ni resuelve los problemas
fundamentales de la vida del hombre, porque en la sociedad industrial
capitalista la ciencia y la técnica se aplican sólo para obtener plusvalía.
De allí que, para el adolescente y para buena parte
de los adultos marginados de los países modernizados, lógica y ciencia aparecen
como un árido e implacable conjunto de recetas utilitarias que mejoran poco el
destino del hombre y que, en muchas oportunidades, lo empeoran. La tecnología
alienada y deshumanizada puede provocar una actitud de rechazo hacia la técnica
en su conjunto[78].
Y alentar, bien nostalgia hacia pasados ideales que nunca existieron, bien
irracionalismo y rechazo sistemático y global de la razón.
Este fenómeno no es nuevo. En numerosas
civilizaciones han existido escuelas de pensamiento tanto anticientíficas cómo
antilógicas[79].
Y el artista, cuya producción obedece a procesos
subjetivos todavía insuficientemente aclarados, tiende a sentir un antagonismo
hacia la ciencia y la tecnología, disciplinas cuyo objetivo último consiste en
la clarificación y en la posibilidad de duplicar impersonalmente cualquiera de
los procesos del universo. Este antagonismo se traduce en tendencias y escuelas
abiertamente antiindustriales y antitécnicas. A la fe en el progreso que
manifiestan en un principio los escritores de la modernidad: los de la Ilustración,
y luego los filósofos positivistas, se oponen el romanticismo, que preconiza
una vuelta al pasado feudal; el prerrafaelismo, que retorna a los modos de
expresión medievales; el surrealismo, que trastorna todos los valores y los
sistemas de la civilización, y vuelve al pensamiento mágico de la colectividad
primitiva, y el dadaísmo, cuya intención destructiva total quiere regresar al
caos primigenio.
En ellos está clara la intención de épater le bourgeois: el administrador de
la colectividad industrial. Varios lo logran, mientras dejan indiferente a la
masa trabajadora. Las representaciones de teatro dadaísta causaron histeria y
rabia en el público culto, y dejaron totalmente frío al obrero, que no conocía
el cuadro de la cultura contra el cual insurgían estas formas de arte y, por
tanto, no las comprendía, ni sentía nada ante ellas[80].
La subcultura pop se nutrirá imparcialmente
de esas antiguas fuentes de insurgencia contra la cultura industrial,
industrializándolas a su vez, vale decir, falsificándolas. Eleanor Rigby y Lucy on the sky with diamonds tienen letras
equiparables a las de los mejores poemas surrealistas. Lady Madonna es puro dadá. Los procedimientos de composición de los
Beatles tienen vínculos con la escritura automática[81]. Paralelamente, las artes
gráficas de la contracultura retoman el formalismo de Beardsley y de los
prerrafaelitas, exacerban su carácter decorativo con patrones del arte oriental
y motivos de la pintura surrealista, y producen el arte sicodélico.
En el mismo abundan paisajes arcádicos de una Edad
Media inventada y arquitecturas de una India de ensueño. Los impactos dependen,
como en el surrealismo, de la yuxtaposición de imágenes no relacionadas entre
sí. El color es alterado para transmitir efectos irreales en la misma forma en
que lo hicieron Gauguin y Matisse. La finalidad es producir el equivalente
artístico de la alucinación, empleando eclécticamente técnicas tomadas en
préstamo de las culturas y de las tendencias más disímiles. Y así, mientras el
pop art nos enfrenta de manera
implacable con la frialdad del diseño industrial, el arte del pop nos
coloca ante paisajes de civilizaciones preindustriales, y nos muestra seres
humanos o animales embebidos en actividades no utilitarias[82].
Este canto a los motivos de las culturas
preindustriales es paradójicamente difundido por los medios de la cultura
industrial. La manifestación visual preponderante de la cultura pop es
el poster, cuyas refinadas
impresiones se difunden en tiradas de millones y cuya presencia se hace
obsesiva. La manifestación auditiva es la canción, referida usualmente también
a atmósferas irracionales o arcaicas, pero difundida por la radio, la
televisión, la cinta, el video y el disco, y degustada mediante equipos de aterradora
complejidad. Un ritual de la cultura pop consiste en ajustar los
controles de un equipo de sonido parecido al centro de lanzamiento de una nave
espacial, para degustar el encanto rústico de una balada de Bob Dylan. La
tecnología se convierte así en el vehículo y en la precondición de la subcultura
que la niega.
El surrealismo y el antiindustrialismo terminan por
ser hechos a máquina, e impuestos mediante estudios de mercado. Los técnicos
enseñan a las computadoras a producir horóscopos y poemas, y las grandes casas
editoras imprimen libros con imágenes expresamente destinadas a ensamblar
cóllages[83].
La cultura del pop desemboca en un irracionalismo domesticado, que
constituye válvula de escape, pero no peligro, para la lógica unilateral de la
modernidad.
Marx propuso que los filósofos se dedicaran, no sólo
a interpretar la realidad, sino, además, a modificarla. Nos cabría, en plena
época industrial, ver a los canales de difusión proponiéndonos que renunciemos,
no sólo a modificar la realidad, sino además a entenderla. La protesta del
pensamiento delirante, de la droga, de los cultos y de las modas culturales se
convierte, entonces, de manera involuntaria, en sostén del sistema contra el
cual insurgió.
Cultura
y pensamiento delirante
Dos son los frutos del pensamiento delirante: las
asociaciones de ideas insólitas y la liberación de las categorías del tiempo y
del espacio. Ambos constituyen etapas de un mismo proceso.
Pensar consiste en clasificar percepciones de
acuerdo a sus semejanzas y sus diferencias. En sentido evolutivo, podría ser
definido como un proceso que tiende cada vez más a definir diferencias conforme
a estructuras progresivamente complejas. Las primeras percepciones del niño
son, en efecto, muy sencillas. Al principio, no distingue entre lo cercano y lo
lejano, entre interior y exterior, entre objeto y sujeto. Las categorías de
tiempo y espacio han de ser aprehendidas a través de un entrenamiento[84]. La enseñanza provee al
infante de un número cada vez mayor de categorías diferentes a las cuales
referir sus vivencias. avance de la cultura a través de las generaciones
determina que estas categorías, al hacer cada vez más estrecho el orden de los
fenómenos a que se refieren, vayan perdiendo su relación con la totalidad de la
experiencia, y por lo nto esterilizando y empobreciendo las posibilidades del
conocimiento humano. Así como la especialización del trabajo aliena al
trabajador, la del conocimiento aliena la conciencia, al reducir sus
operaciones —como las del obrero dustrial— a movimientos rigurosamente
previstos, sobre materiales minuciosamente seleccionados, en secuencias
estrictamente preordenadas. Cualquier variación del movimiento, del material o
de la secuencia desordena la producción masa y altera la uniformidad del
producto. Así, la cultura tiende a escindir aplicación de la inteligencia en
compartimientos estancos cuyo estadio óptiD es aquel en el cual las
conclusiones del estudio son aplicables exclusivamente propio compartimiento.
El filósofo, el teólogo y el estructuralista perfeccionan dentro de sus propios
campos aparatos conceptuales cada vez más autísticos y menos fructíferos. El
pensamiento «lógico» debe permanecer necesariamente dentro del territorio y los
procedimientos que la cultura le ha consagrado.
Por contraposición a tal forma de conciencia, el
pensamiento delirante traspone de manera audaz las categorías, y establece
entre ellas contactos insólitos[85].
Tal hibridación tiene como fruto negativo la amenaza
de desorden, y como .tto positivo la posibilidad de un encuentro fecundante que
contamine, pero .a vez haga productiva, la rígida formalidad de la categoría.
Por ello todas grandes revoluciones del pensamiento han sido tenidas al
principio —y con razón— como erupciones de pensamiento delirante. Galileo
transgrede los procedimientos retóricos de la filosofía natural,
contaminándolos de la verificación práctica. Copérnico envenena el
antropocentrismo humanístico del pensamiento medioeval con argumentos
matemáticos. Darwin subvierte la inmovilidad teológica de la creación,
contraponiéndole consideraciones de anatomía comparada. Marx revoluciona las
categorías culturales ligándolas con definiciones económicas; Pasteur subvierte
la medicina haciéndola volver su atención hacia el fenómeno de la fermentación
—que en la época sólo interesaba a los químicos—, y Freud contamina a la
clínica de sicología y a la sicología de clínica. Es por ello que con tanta
frecuencia las revoluciones en una disciplina son provocadas por profesionales
de otra distinta, que vitalizan a la primera insuflándole métodos y puntos de
vista hasta ese momento culturalmente extraños. Estas transgresiones tienen
también efectos fecundantes en las artes, que nacen de una unidad primitiva
para —al igual que el resto del pensamiento— escindirse en disciplinas y en
géneros progresivamente especializados, y a veces progresivamente estériles.
Toda revolución artística consiste en una violación de cánones, o en la
contaminación de un género con temas y procedimientos traídos de otras áreas de
la cultura, o en ambas cosas a la vez.
Es por ello que con tanta frecuencia los testimonios
de los autores de aportes profundamente originales en las ciencias o en las
artes se refieren a soluciones logradas a través de la intuición, del sueño, la
analogía aparentemente disparatada, o la visión[86]. Tales síntesis deben
lograrse mediante procedimientos heterodoxos, precisamente porque los cauces
ortodoxos de la disciplina han tenido éxito, a través de su perfección formal,
en convertirse en un sistema cerrado donde nada entra, pero de donde nada sale.
Sin embargo, no toda transgresión es fructífera.
Aquélla que relaciona categorías
diferentes para integrarlas en un nuevo orden totalizador, es productiva.
La que meramente incrementa el desorden entrópico, es deleznable. Las
transgresiones de Beethoven al orden del clasicismo son deleitables; las de un
estudiante de piano tropezando en una partitura, atormentadoras. Las
infracciones de Lovatchevsky, Gauss y Riemann a la geometría euclidiana
iluminan caminos para entender la naturaleza del espacio: las de un estudiante
de geometría que falla por ignorancia, son deplorables. Como lo hace ese
conjunto de sistemas abiertos que es la vida, el pensamiento creador aprovecha
el desorden para erigir sobre él órdenes cada vez más totales y más complejos:
para crear, en un entorno entrópico, estructuras antientrópicas dotadas de
estabilidad estructural.
Esta consideración define los poderes y los límites
del pensamiento delirante, así como sus posibilidades y sus fallas en el campo
de la cultura. El pensamiento delirante favorece la unión orgiástica entre las
parcialidades separadas del intelecto, iniciando así la condición primaria de
una fecundación, que es la integración de opuestos en una unidad autónoma y
viable. Pasado este grado, la orgía produce quimeras, susceptibles todavía de
apreciación estética. Un poco más allá, se hace estéril, y conduce al caos, en
el cual hay presente energía pero en un estado de degradación tal que es
imposible usarla.
Ello nos lleva al análisis
del segundo fruto del pensamiento delirante, a la vez el más hermoso, y el más
devastador. Al llevar al colmo la unión orgiástica las categorías, el
pensamiento delirante las confunde totalmente —es decir, deja de apreciar diferencias,
y por ende deja de ser pensamiento— y se resuelve i una estática contemplación
de la totalidad. En esa experiencia —común en fiebre, la intoxicación, el
éxtasis místico, la crisis chamánica, la sicopatía y inspiración artística— se abisman,
primero, las accidentalidades y particularidades de la
experiencia; luego, la separación entre interior y exterior, y finalmente las
categorías de tiempo y espacio, paca llegar a un estado que no pueden mensurar
los instrumentales de la ciencia exacta, y que los de la poesía mística apenas
connotan[87].
El delirio sólo puede ser aludido por ese otro defio que es la metáfora: es la noche oscura del alma, o la pureza de la percepción, o la comunicación directa.
Si nos atenemos a sus
cualidades externamente apreciables —no a las internas, que son
indescriptibles— esta etapa es la reversión de todo el proceso de formación de
categorías de la conciencia a un estadio indiferenciado, y por lo tanto, al
último escalón entre, la conciencia y la nada. En cuanto lo que se percibe no
puede ser definido, un análisis de texto llevaría a describir tal estado como
una esplendorosa contemplación del vacío. A partir de él, hay que confrontar el
resto de la experiencia sensible y del mundo de la cultura, en un doloroso
pasmo similar al que animó a Nietzsche y a Dostoievski al confrontar existencia
humana con esa otra vacuidad descubierta por la razón humana: nihilismo, el
discurso de la nada. El grado extremo de la experiencia del pensamiento
delirante lleva, por ello, de manera lógica y natural, a un retiro de los
condicionamientos de la cultura —una cultura cuyas diferenciaciones han perdido
realidad en aras de una percepción totalizante— y, en la última fase la
aventura, a la búsqueda de asideros deleznables contra la magnitud de
experiencia. Por ello, los cultores del pensamiento delirante siguen con tanta
frecuencia un camino predecible, que los lleva, de una ruptura con el orden, a
búsqueda del más banal asidero irracional que los proteja de la consecueni,
final de la contemplación de la nada: la inmersión en ella[88].
Tanto la inmersión de la
contracultura en el pensamiento delirante como sus lastimosas maniobras para
sustraerse a las últimas consecuencias de éste, presentan una lógica
transparente y necesaria. La contracultura se hunde en la irracionalidad porque
cree advertir que las categorías de la cultura están a punto de cerrarse y de
hacerse infecundas; que todo trabajo dentro de los cotos cerrados de las
disciplinas y de las doctrinas tenderá a ocluirlas más. Por tanto, la
contracultura intenta llevar la confusión de los órdenes hasta la orgía
fecundante, y, más allá, hasta la recuperación de la totalidad de la cual la
especialización del trabajo y la especialización de la cultura han alienado al
hombre.
La incapacidad de integrar
estos encuentros entre categorías en órdenes superiores significó el fracaso de
la contracultura; y produjo su lamentable intento de reencontrar una
estabilidad prefabricada en las panaceas de la religión, el ocultismo, la moda
cultural y la sicoterapia; esas parciales racionalidades de segunda que son el ersatz de la gran empresa de la
inteligencia: la captación simultánea de la multiplicidad y la totalidad
unificadora de la experiencia.
Antisiquiatría
y sociedad alienada
Las contraculturas no
tienen una siquiatría, porque postulan lo irracional como meta y como enseña.
En realidad, hubo un definido propósito de presentar a todas las
manifestaciones contraculturales como signos de desarreglo síquico; y de hecho,
fueron tomadas como tales por los sectores conservadores. El adherente a la
contracultura adoptó la ropa heterodoxa y rechazó las normas de conducta
ortodoxas: rechazó la droga entorpecedora y adhirió a la droga expansora de
conciencia; dejó la competitividad, y definió el status por el fracaso: fool, freak
y drop out dejaron de ser epítetos insultantes, para convertirse en
ideales. Una década antes, manifestaciones de conducta tales habrían
configurado un caso siquiátrico: durante el pop, constituyeron un
«fenómeno», porque no se puede encerrar a toda la marginalidad de un
sistema detrás de las rejas de un hospital siquiátrico. La aparición de una
gran masa que había elegido de manera unánime lo que aprecia ser una conducta
delirante, planteó de nuevo el problema de la definición social de los
criterios de normalidad y anormalidad, y llamó la atención sobre la
antisiquiatría, el movimiento que justamente analiza y cuestiona los mecanismos
de esta definición.
La comparación entre el
aumento demográfico de la sociedad industrial y el crecimiento de las
enfermedades mentales, plantea la posibilidad de que la misma sea patógena, y
de que lo sea por enferma. Aún está por aclarar la verdadera causa de la
enfermedad mental. No podemos resolver tal incógnita, pero si considerar como
objeto cultural el conjunto de teorías que intentan explicarla.
En este sentido, se puede
verificar una paradoja asombrosa: dominan el campo de la siquiatría teorías que
atribuyen un origen exógeno —vale decir, social— la enfermedad mental, y que al mismo tiempo trabajan
casi exclusivamente sobre el individuo aislado. Tal comportamiento equivaldría
al de un grupo de médicos que, reconociendo que el suministro de agua de un
pueblo está infectado de cólera, se limitara a tratar individualmente a cada
contagiado, sin plantearse el problema de la purificación de las aguas. Ello es
comparable a una ceguera histérica de la profesión médica —ceguera protectiva,
ya que no han do halagüeños los destinos de los terapeutas que, como Wilhelm
Reich, se revieron a insinuar la necesidad de una reforma social para
garantizar un grado aceptable de salud mental.
La lógica oculta de tal sinsentido estriba en que es
más fácil operar sobre capacidad de aceptación de un individuo, que sobre el
carácter antihumano una sociedad. El tratamiento es un ritual chamánico
invertido tendiente a conciliar al doliente con la esencia inmodificable e
inatacable de aquello mismo que lo ha enfermado: la opresión social. El
resultado de la terapia exitosa la rendición total al requerimiento de la
sociedad —aunque este requerimiento, como lo postula Freud, sea el de una
represión sexual omnipresente, que lleva icia la realización colectiva de un
instinto de muerte. La curación supone que paciente pueda funcionar en las
condiciones corrientes de la sociedad alienas, que el propio terapeuta califica
como tanáticas y antihumanas. Adhiere a te punto de vista el conjunto de
terapias basadas en la acción grupales sobre individuo, que definen la curación
por la medida en que el "paciente" adopta e internaliza los valores
del grupo y puede entonces vivir en sociedad —si los valores grupales coinciden
con los de la sociedad— o quedar anclado en grupo terapéutico como único punto
de referencia y apoyo.
Por ello no es extraño que en el seno de la sociedad
alienada hayan surgido cuelas que señalan al agente patógeno más que al
paciente. El «antisiquiaa» sostiene que no se puede ser cuerdo en una sociedad
irracional: la « antisiaiatria» postula que la llamada enfermedad síquica sólo
puede ser comprenda y tratada si se toman en cuenta y se modifican las
relaciones del paciente con su entorno social; y si se admite que este ambiente
es el elemento patógeno. La antisiquiatria, por tanto, deriva hacia la política,
y se detiene en sus nbrales al indicar que, antes que hablar de un paciente
anormal, hay que denunciar una familia o una sociedad alienadas.
Para comprender en qué medida esta afirmación
constituye un avance con re specto a la
siquiatría convencional, debemos definir un modelo general de dolencia
sicógena, para distinguir luego sus variantes. Una enfermedad mental cógena es
la perturbación que se produce cuando los estímulos se hacen tan
contradictorios, que la mente no puede implementar la respuesta apropiada. Esta
definición, que hemos derivado de los experimentos de Pavlov[89] es, sin más, aplicable a la
aparente diversidad de las explicaciones que ha intentado siquiatría
contemporánea, produciendo escuelas en las que la diferencia esencial
es terminológica. En efecto, según Freud, la neurosis es provocada por la
contradicción de estímulos entre la represión social y la libido[90]. Para Adler, sería causada
por la oposición entre la ambición de poder y las limitaciones impuestas por el
ambiente natural y social[91]; es decir, por las
«exigencias inexorables de la comunidad ideal». Para Jung, la neurosis sería
causada asimismo por un conflicto entre el instinto y el condicionamiento
social, que obliga a la sique a refugiarse en una etapa regresiva de su
desarrollo y a negar su totalidad, reprimiendo como sombra, o también
como ánima o animus aquellos aspectos de la propia personalidad
inaceptables para la conciencia[92]. Para Skinner, sería
provocada por un condicionamiento deficiente —esto es, contradictorio o débil[93]. Para Wilhelm Reich, por la
represión de la fuerza orgásmica, encadenada por una sociedad represiva que
congelaría tanto la sique como el soma del individuo en una rígida «armadura
del carácter»[94].
Para Laing, sería desencadenada por la confusión de estímulos contradictorios
de un entorno familiar o social que ofrece al individuo opciones igualmente
negativas: «dobles vínculos» o «nudos» insolubles. Esta visión es compartida
por casi todos los teóricos de la antisiquiatría, entre ellos David Cooper[95]. Desde antiguo, todos los
literatos han empleado tal mecanismo como desencadenante de situaciones
dramáticas, e, incidentalmente, de locura. Según Goffman, la dolencia mental
advendria cuando el individuo acepta para si un rol minusválido —el de estigmatizado,
el de portador de una identidad negativa o el de paciente— que le impone el
entorno social[96].
Los límites de estas teorías son claramente definidos: ninguna de ellas explica
por qué la enfermedad se da en determinado caso y no en otro; por qué en
algunos la contradicción es patógena y en otros se resuelve de manera
supuestamente normal.
Si la similitud del modelo de enfermedad propuesto
es asombroso, las soluciones al desarreglo difieren, según que el terapeuta
proponga una modificación del sistema condicionante o del sujeto condicionado.
Para Freud, la curación está en adaptarse á las normas represivas de la
sociedad, aunque estén minadas por la destructividad tanática. Para Adier el
destino del individuo «integrarse y cooperar», cumplir con las «exigencias
inexorables de la comunidad ideal». Jung también sostiene que la solución del conflicto
está en la modificación interna del individuo, quien debe recuperar la
totalidad suprimida su función síquica, logrando una comunicación armoniosa
entre los aspectos externos y los reprimidos de su ser. El resto de las
escuelas o individualidades siquiátricas, al definir que el causante de la
enfermedad es el ambiente patógeno, apunta, de manera explícita o implícita,
orgullosa o vergonzante, a revolución, a la transformación de las estructuras y
mecanismos del sistema condicionante. Tal afirmación parece derivarse de la
obra de Pavlov. Skiner, su seguidor reluctante, asume con tal claridad esta
consecuencia, que propone en Walden Dos la
construcción de una máquina condicionadora infalible: a sociedad perfecta[97]. No es por ello extraño que
Skinner haya comenzado taestrando palomas, y concluido escribiendo utopías.
Quien desee sostener que el desajuste síquico se
debe a un desbalance bioquímico terminará, como Linus Pauling, señalando que la
pobreza dietética de alimentos de la colectividad industrial alienada, el uso
irresponsable de metales como el plomo en las cañerías, y la liberal
dosificación de venenos industriales, constituyen un apreciable elemento
desencadenador de sicosis[98].
Reich, por su parte, propone sin ambages la
revolución: esta sinceridad, más e la venta de máquinas acumuladoras de fuerza
orgónica, le costó morir en prisión, tildado de estafador y de loco[99]. Y Laing propone simplemente
asistir a esa crisis que la sociedad llama enfermedad mental con el
conocimiento de e es un esfuerzo desesperado del individuo por conservar algún
grado de integridad en un universo que ha enloquecido. Laing considera a la esquizofrenia
como un camino para sanear ese espantoso estado de alienación que nos propio y
al que llamamos normalidad. La asimilación a un sistema enfermo una verdadera
enfermedad. La «dolencia» siquiátrica seria —por el contrario— el inicio de un
viaje hacia la curación; la destrucción de una estructura racional deficiente,
el primer paso para construir sobre ella una racionalidad nueva. Laing[100], en este sentido, considera
que la crisis sicótica es un fenómeno similar al del trance chamánico, en el
cual el sujeto debe enfrentar su propia aniquilación y la del universo —hasta
los huesos y hasta un caos anterior al de la creación— para luego establecer
relaciones legitimas con el mismo. Las sociedades antiguas —postula Laing—
tenían mecanismos para hacer viable y reconocido este trance. Las actuales lo
reprimen o lo esconden —a riesgo de hacerlo permanente— en el hospital
siquiátrico.
Lo cierto es que la siquiatría, desde el presente,
no puede eludir una definición que la caracterice como adherente o contestadora
de unos valores sociales planteados como criterios de normalidad, y que la
califique como apaciguadora o rebelde, como cómplice o como revolucionaria. Por
ello, ha sido mayor la influencia contracultural sobre la siquiatría que la de
la siquiatría sobre la contracultura.
Siguiendo la lógica propia de la comunidad alienada,
este movimiento de análisis sobre los aspectos siquiátricos de la misma fue
universalizado (con la correspondiente inversión del significado) en un diluvio
de terapias milagrosas y de libros de vulgarización sicológica que no
constituyen otra cosa que disfrazados manuales para el éxito. De ciencia, la
sicologia ha pasado a ser un folklore del hombre industrial; el tratamiento
siquiátrico se ha convertido en
signo de status; la investigación de la mente, en repertorio de
banalidades para la conversación.
Cultura
de las drogas
Porque
ella está comprando una escalera al cielo.
Led
Zeppelin: Stairway lo heaven
Una segunda insurgencia contra la lógica unilateral
alienada consiste en la adopción de una cultura de las drogas. En este punto es
necesario clarificar las dicotomías interesadas que pretenden distinguir entre
un sistema limpio de drogas, y una contracultura dominada por ellas. El empleo
de drogas es no sólo tolerado, sino además sacralizado en la mayoría de los
sistemas, y particularmente en la colectividad industrial de la modernidad.
Esta última necesita de alteradores de la conciencia para que sus miembros
puedan soportar las restricciones y las demandas que les impone su modo de
vida. La necesidad más obvia es la de una droga que sirva para bajar las
defensas y que facilite una integración, siquiera ficticia, del solitario al
grupo. En la sociedad industrial alienada, pero no exclusivamente en ella, esta
droga es el alcohol. Ninguno de sus grandes rituales, ni siquiera los
religiosos, están exentos del consumo de verdaderas cataratas del mismo. Esta
omnipresencia alcohólica no debe ocultarnos los restantes aspectos de la
drogomanía del sistema. Su habitante típico se mantiene alerta con alcaloides,
como la nicotina y la cafeína; se tranquiliza con ,barbitúricos; regula su
apetito con anfetaminas; condiciona su estado de ánimo con tranquilizantes; se
prepara para los esfuerzos con benzedrina, se recupera de ellos con
sicotónicos; duerme con una nueva dosis de estupefacienes, de la cual deberá
reponerse con excitantes, y así sucesivamente. Esta drogomanía institucional
había sido prevista, como tantos otros detalles de la vida contemporánea, por
Aldous Huxley, no sólo en Un Mundo Feliz,
sino también :n su lúcido ensayo Nueva
visita a un Mundo Feliz, en donde analiza en qué manera la sociedad
industrial emplea los fármacos como elementos de integración y manipulación, y
como inductores de conformismo[101].
Es esta colectividad institucionalmente drogómana,
traficante en estupefa:ientes al punto de que, a mediados del siglo pasado,
hizo la guerra a China para obligarla a comprar opio— la que declara la guerra
santa al consumo de drogas expansoras de la conciencia, el cual fue propuesto
por algunos sectores le las contraculturas como medio de adquirir una visión
interna más esclarecida, y de socavar el sistema.
En la cultura de la droga, más claramente que en
cualquier otro marco, se nota 1 proceso de inversión y de falsificación de
símbolos y de actitudes que caracteriza la relación de la colectividad
industrial alienada con sus contraculturas. Productos que alteran el
funcionamiento de la mente son propuestos a la vez cara ayudar a soportar los
aspectos negativos de una determinada civilización, o para negarla. El estupor
alcohólico es usado para mejorar las relaciones públicas, pero también como un
modo de vida que conduce a la negación y a la utodestrucción. Timothy Leary
comienza estudiando los posibles usos del ácido lisérgico para integrar la
personalidad del delincuente a la sociedad; y termina proponiendo su uso para
fisurar y aniquilar el sistema[102]. Los Panteras Negras, al
aliarse con los hippies, adoptan un
emblema en el que se cruzan la ametralladora y la pipa de hashish. Pues la droga, que propicia cadenas de asociaciones e
ideas delirantes y favorece la contemplación de mundos imaginarios, constituye
por si sola un factor de extrañamiento, que puede alejar sociológicamente al
consumidor del sistema. La droga, por otra parte, induce la unión orgiástica e
las categorías del pensamiento, y la final disolución de las mismas.
El irracionalismo del pop sirvió de fermento
para la aparición de decenas e cultos exóticos, los cuales, en su evolución,
reeditaron diversos estadios de t experiencia religiosa: primero la religión
chamánica del trance y del éxtasis, seguidamente la religión sacerdotal del
rito y del código. La primera de ellas pareció conjuntamente con el auge de la
droga. En los fármacos buscó el consumidor de la sociedad alienada la
trascendencia que en la colectividad primitiva el chamán logra mediante severas
ordalías, y en la sociedad moderna el místico con sus arduas experiencias de
aniquilación de la individualidad. La religión hamánica exorbita el yo por la
prueba insoportable y el contacto de la conciencia con el infinito que se gana
a través de experiencias tremendas. La religión del sacerdote limita y prohibe.
La primera es un viaje, la segunda un punto de llegada. La primera es una
persona, y la crisis del contacto con lo inexpresable. La segunda es un
recinto. El chamán o el místico dejan leyendas tras de sí; el sacerdote,
templos. El chamán surge de una vocación por la inseguridad, y el sacerdote de
un llamado de la seguridad. El chamán disipa, el sacerdote acumula. El chamán
se extingue en su propio trance, el sacerdote revive y se jubila[103]. El chamán crea las artes.
El sacerdote se sirve de ellas.
En una primera etapa contracultural, la droga sirvió
para reproducir sucedáneos de la experiencia chamánica. En la literatura sobre
la sicodelia abundan los términos y pasajes que recuerdan los testimonios
antropológicos sobre el chamán. Existe la «vocación», la «llamada», la «señal»
que anuncia al sujetó la próxima exorbitación de su destino. La «iniciación» se
da en aquél por el sometimiento al castigo físico y a la droga sagrada; en el
consumidor, por la ingestión del fármaco: sigue inmediatamente el «viaje» por
un espacio interno inconmensurable, lleno de amenazas y de terrores, y la
experiencia límite de una muerte simbólica que no es más que la incapacidad de
la conciencia para distinguir entre un espacio interno y uno externo[104]. También encontraremos
símiles en esa literatura sicodélica con aquella que describe el trance Místico[105]. En una y otra el
sentimiento trasciende toda ciencia, el tiempo y el espacio se detienen, la
conciencia alcanza una aniquilación que es, en alguna forma, vida. La similitud
entre las palabras que describen las tres vivencias lleva a suponer que tienen nexos.
Todavía más, una lectura mal intencionada de un tratado bioquímica —el de
Pauling sobre los aspectos químicos de la esquizofrenia, ejemplo[106]— llevaría a hermanar las
cuatro experiencias bajo el denominador común de una pérdida del balance
químico provocada, respectivamente, por una técnica del éxtasis, por la
ingestión de una droga, por una disciplina alteración de la conciencia, por una
malfunción orgánica o carencial, o por mezclas inciertas de dichos factores.
Pero rastrear una causa no excusa de considerar los
efectos. La síntesis de testosterona no autoriza a hacer caso omiso de la
complejidad de la vivencia amorosa. Entre los éxtasis a que hemos hecho
referencia, el del drogómano es mico que se obtiene como mercancía. Esta forma
de llegar a la vivencia determina el modo de la misma. Pues si el chamán
alcanza sus límites llamado por un destino del cual trata en ocasiones de
zafarse, y el místico arriba a ellos final de una búsqueda, ambos trascienden,
mientras que el drogómano consume: místico, chamán y esquizofrénico
exteriorizan y objetivan su propia esencia, —aunque ésta pueda ser
diagnosticada como un trastorno bioquímico— y en cierta forma realizan sus
posibilidades, mientras que el drogómano demanda a sus soma-mercancía lo que el
consumidor pide a todo objeto: la agresión externa de lo que le falta. Místico
y chamán fructifican en combates inciertos que los aniquilan; el comprador de
droga quiere amoblar el vacío de existencia como se llena una habitación.
Y en esto sí difieren cabalmente las literaturas
testimoniales mística y chamánica de la literatura de la droga: las dos
primeras sitúan el inicio de la experiencia en el enfrentamiento de una
vitalidad exacerbada con poderes imaginas a los que se intuye llenos de fuerza
—las potencias indomables del mundo invisible— mientras que la experiencia del
drogómano consumista parte casi siempre del vacío, y termina allí[107]. Chamán y místico dan
salida a torrentes poder y de patología: el drogómano consumista sólo quiere
ser llenado[108].
:omo de la nada no se puede hacer nada; termina tan vacío como empezó, así como
el comprador de la mercancía simbólica queda igual de alienado después de que
la adquiere.
Ello explica el escaso fruto creativo de la cultura
de las drogas expansoras de la conciencia. El chamanismo dejó mitologías y el
misticismo literaturas inefables; la droga, casos siquiátricos y uno que otro
testimonio de quienes —como Baudelaire, Huxley, Michaux y Burroughs— poseían ya
talentos artísticos, y encontraron en la exaltación química una experiencia
digna de ser narrada mediante destrezas preexistentes. El estilo «sicodélico»
estableció la pauta estética de una generación, pero nada había en él que no
hubiera sido postulado décadas antes por el art nouveau, el dadá, el
surrealismo, el expresionismo y el abstraccionismo, de los cuales es una
mezcla. La yuxtaposición de objetos reconocibles en relaciones poco usuales, el
recargo decorativo de formas orgánicas, la síntesis de técnicas creativas, el
empleo de diseños o cosas previamente elaboradas (ready made), la
creación de atmósferas extrañas y el recurso a la geometría que caracterizan el
arte sicodélico, habían sido empleadas abundantemente por dichas corrientes. El
resultado de la experiencia sicodélica fue una mayor audacia para combinar
contenidos estéticos aparentemente incompatibles. En este sentido, contribuyó a
un nuevo barroco[109]. Pero no existe el
equivalente de un Gaudí, un Tzara, un Max Ernst, un Dalí, un Munch o un Braque
en el arte sicodélico. Ni su literatura —cuyas figuras señeras son Ginsberg,
Burroughs, Tom Wolfe y Ken Kesey— ha superado los trabajos de Lewis Carroll,
Blake, Joyce, Kafka, Hesse y Huxley, a quienes justificadamente señalan como
antecedentes[110].
La droga no produce nada que el ser humano no hubiera sido capaz de crear por
sí mismo. Por ineluctable correspondencia, a cambio de la mercancía sólo se
obtiene mercancía, aunque esta última se rotule como amor, amistad, solidaridad
o iluminación, y así, quien desea obtener trascendencia pagando con mercancía,
obtiene exactamente lo que aporta.
En virtud de ello, el
consumo de la droga expansora de la conciencia en la sociedad capitalista,
sigue el ciclo de diferenciación, universalización e inversión de significado
propio de todas las manifestaciones de la contracultura.
En efecto, en la primera etapa —a partir de 1960,
cuando Timothy Leary Ipert inician sus experimentos con el ácido lisérgico en
medio de fuerte opoón académica y social— la droga sirve como una señal de
exclusión y de nación con respecto a la sociedad capitalista, y como vínculo de
unión entre las pequeñas comunidades de la contracultura. La droga, en
principio el último refugio de parias, delincuentes y víctimas de «parálisis
sicológica», fue esgrimida como un instrumento consciente de separación del sistema.
Leary sintetizó las funciones de la droga en este periodo primario en la
consigna Turn une in, drop out. Era todo un manifiesto sicológico,
social y político: Ilumínate, sintonízate, deserta. En otras palabras,
presta atención a tu realidad interna, comunícate con aquéllos que comparten
tus sentimientos; deserta del sistema. A esta flagrante declaratoria seguirían
la persecución policíaca contra Leary, sus asociados y todos aquellos vinculados
con la contracultura de las grogas expansoras de la conciencia[111]. En efecto, Leary había
llamado a desertar «los jóvenes, los racial y nacionalmente alienados, y los
creativos», añando que «cerca del 90 por ciento de los usuarios de las drogas y
las plantas sicodélicas caen por lo menos en una de estas tres categorías». Se
trataba, precisamente, de los grupos marginados del capitalismo, los cuales
formarían parte del grueso de la contracultura. Marginación y represión tenían
aquí una colación precisa. Nadie perseguía la venta de alcohol, café, té,
tabaco ni tranquilizantes. Para consumirlos no es preciso desertar.
Canto para la salud del sistema como para la de los
negocios, era preciso, r tanto, convertir el símbolo de alienación en
mercancía. El desertor debía transformado en consumidor. Esta etapa de universalización
de la símbología sicodélica como objeto de consumo se desarrolla a partir de
1964, año de la entrada triunfal de los Beatles en Norteamérica. La apertura de
un mercado «sicodélico» es encomendada a la música, la expresión más importante
y más masiva de la contracultura. Del surrealismo en las letras, los Beatles
pasan a edificar su propia melodía, y sustituyen el ritmo rápido y sencillo de
la danza frenética por el lento y elaborado del éxtasis. A medida que la música
—se podría decir mejor la discografía— de la contracultura se transforma en un
negocio millonario, surgen movimientos como los del acid rock y el heavy
metal e proclaman su afinidad con la experiencia sicodélica tanto por las
letras de canciones como por la introducción en ellas de motivos orientales e
instrumentaciones electrónicas[112]. Todo crece fuera de las
proporciones comunales reducidas propias de la primera contracultura: los
mecanismos de promoción, las instrumentaciones, la distribución, las
infraestructuras económicas de sustentación, las audiencias y las ganancias. El
rocanrolero pasa de marginado a héroe cultural, y de héroe cultural a
integrante del jet set. En esta etapa, la música sirve de «vinculo de
unión» en experiencias sicodélicas cada vez menos unitarias: las de las
parejas, primero; las de las pequeñas comunas contraculturales, después; las de
las fiestas de jóvenes, luego, y finalmente las de los desarticulados
festivales de Woodstock y Wight, en donde la masificación de la experiencia
—musical y sicoquímjca— es tal que se hace ingobernable —por tanto económicamente
poco rentable— y poco atractiva para los empresarios, quienes no la repiten[113]. La policía reprime la
droga al mismo tiempo que protege las tiendas en donde se venden las mercancías
—trajes, discos, adornosque supuestamente expresan el mundo visionario surgido
de ésta.
La etapa de universalización de la simbologia
«sicodélica» culmina hacia 1968, cuando la misma es vendida universalmente en
forma de discos, filmes, ropajes, objetos, fetiches y festivales que acompañan,
pero en buena medida sustituyen el
consumo de la droga. Hasta el punto de que ésta pierde su contenido aterrador,
y por lo mismo su significado de marginación, de incitadora a la deserción y de
señal de reconocimiento de «los jóvenes, los racial y nacionalmente alienados y
los creativos». La droga pasa, de instrumento de experimentación sicológica y
estética o vínculo unitario entre comunidades contraculturales, a constituir un
juguete para las fiestas. A1 mismo tiempo, su venta clandestina permite la
constitución de imperios criminales motivados por finalidades bien distintas de
la deserción del sistema.
La culminación de esa etapa lleva a una rápida inversión del significado de la
simbología sicodélica y del consumo de la propia droga. De señal de
marginación, pasa a símbolo de integración; de hábito objetable del desclasado,
a signo de prestigio de la élite, juego en el que se mezclan el incentivo del
peligro y el de la sociabilidad. Esta última fase lleva a una sustitución en la
materia prima a ser consumida. Del ácido lisérgico —barato, fácil de fabricar y
de efectos inmanejables y autísticos— se avanza, pasando por la marihuana, al
consumo de la cocaína —cara, de compleja refinación y comercialización, de
efectos antidepresivos e inductora de arrebatos de locuacidad. Medios de
comunicación masas respetados inician campañas por la legalización de la droga
—por la comercialización de la droga— al mismo tiempo que las firmas
tabacaleras registran como propiedad los nombres Marihuana, Acapulco Golden y otros[114]. Se debate públicamente su
utilidad para los combatientes en las guerras imperialistas[115]. Todo parece anunciar la
llegada del momento en que, como lo profetizó el propio Timothy Leary, la droga
sicodélica será absorbida por el sistema y contribuirá a su funcionamiento.
Como, por otra parte, lo hacen desde iguo el alcohol, el tabaco, el té, el café
y la infinita variedad de sicotrópicos pone en el mercado diariamente la
industria farmacéutica.
Así, la posibilidad de optar por sensaciones
sustitutivas, favorece un escape la realidad que dispensa de cualquier urgencia
para modificarla. Y, parafrando a Marx, podemos decir que la droga llega a
convertirse en la religión la contracultura, tanto en sus aspectos más
positivos —el acercamiento a xperiencia mística— como en los más negativos —la
renuncia a un mundo I en aras de la contemplación de uno irreal, la pasividad y
la condescendencia con el poder.
De tal modo, la contracultura de las drogas
prohibidas se hace un lugar dentro de la inmensa cultura de las permitidas. Las
drogas del delincuente llegan >s salones de la élite, y de allí descienden a
las salas de la clase media. La contravención se hace cada vez más un juego
socialmente tolerado, como lo el consumo de licores en la época de la
prohibición. Y lo que comenzó como una búsqueda de nuevas regiones de la mente
por pioneros atrevidos como Artaud y Huxley, termina convertido en un juguete para
matizar el aburrimiento as clases parasitarias, cuando no en un mercado sobre
el cual se construyen >erios criminales. A final de los ochenta, el mercado
de la cocaína en Esta Unidos cuenta con unos veinte millones de consumidores,
moviliza trescientos mil millones de dólares al año, y, según ha denunciado
Noam Chomsky, a nueva coartada para intervenciones militares, como la de
Panamá.
Como los demás irracionalismos, el de la droga es
ineficaz —independientemente de la riqueza interior que pueda revelar— para
atacar o modificar una realidad indeseable.
Proliferación
de cultos
No
queremos religión
no
queremos religión.
Ni la quisimos,
ni la
querremos jamás
¡No la soportamos!
¡No la soportamos!
The Who: Tommy
El fracaso de la trascendencia química determinó que
la contracultura se fuera desviando hacia las placideces del opio de los
pueblos. A la oleada de iluminados del desorden, siguió la falange de los
postuladores del superorden. La revelación sicodélica, en vez de conducir a una
comunidad de la experiencia trascendente, a la unidad absoluta, llevó a la
fragmentación sectaria y al dogmatismo.
Quien examine la variadisima panorámica de los
cultos y seudocultos que triunfan durante la agonía del pop —Los Hare
Krishna, védicos y mendicantes; los de la Iglesia de la Unificación,
anticomunistas y acumuladores de capital; los Niños de Dios, practicantes del
lavado de cerebro; los Adoradores de Satán, dramáticos y mendicantes; los
Meditadores Trascendentales; los adoradores del Maharajaj Ji, y otros—
encontrará como elemento común entre ellos su agresivo rechazo al pensamiento
científico, y una omnipresente regimentación disciplinaria de todos los
aspectos de la vida.
La paradoja de estos cultos cuartelarios, que
florecen en medio de una contracultura que postula la libertad, se explica
porque el sistema condiciona a tal punto a los seres humanos para la
obediencia, que todo esfuerzo de sacudirse un marco disciplinario los pone en
peligro de caer en otro más estrecho todavía. Adorno y Fromm[116] han estudiado ciertas
estructuras de personalidad que tienden, luego de un breve período de rebeldía
aparente, a caer dentro de organizaciones de corte sumamente autoritario. El
fenómeno no es nuevo. Desde que la religión chamánica del nómada es sustituida
por la sacerdotal del pueblo agrícola, las iglesias asumen el papel de aparatos
ideológicos organizados como estructuras jerárquicas y disciplinarias. Lo que
llama la atención en la escena contracultural, es el resurgimiento de
organizaciones a las que el paso del tiempo parecería haber desprovisto de
función. Con buenos motivos sostuvo Althusser que la iglesia había terminado
por ceder su papel de aparato ideológico dominante a la escuela[117]. Sin embargo, mientras
mantuvo esta condición, la iglesia fue depositaria de tesoros culturales,
difusora de normas de comportamiento, auxiliar en tareas de asistencia y ayuda
mutua, y agente de la integración social, por más que tal integración haya sido
enmarcada dentro del esquema de la sociedad clasista.
Los nuevos cultos contraculturales, por el
contrario, no desempeñan funcios de integración social —más bien crean
disrupciones en otras instituciones, les como la familiar— funcionan para sí
mismas, e imponen rutinas disciplirias que, lejos de facilitar la convivencia,
extrañan y alienan a sus practicantes sin otra motivación aparente que el amor
por la disciplina misma. El pesado ritual, el ceremonial, la exactitud del
horario, el confinamiento, la entrega absoluta, evocan en el espectador, más
que la atmósfera de una comunidad religiosa, la de un texto de Pauline Reagle o
del Marqués de Sade. El cuerpo nomativo legal de la sociedad queda abolido en
beneficio de una regimentación irracional, prescrita, no por el legislador
reconocido, sino por el líder de la secta.
En este sentido, se puede ver en el resurgimiento de
los cultos en las sociedades capitalistas un retorno al modelo de dominación
carismática descrito por Max Weber, que descansa en una red de relaciones
personales y directas de los subordinados con un dirigente, al cual se supone
dotado de cualidades extraordinarias e intransferibles. Es propio también de
tal modelo el sustento finanro logrado a través de la mendicidad y la extorsión[118].
Dicha reversión a formas arcaicas de legitimar la
dominación, se explica por fallo en la credibilidad y eficacia de las
instituciones ortodoxas. Cuando colapsan las más complejas formas de
legitimación legal, diversos grupos del sistema recaen en modos de organización
primitivos. Quizá inspirado en un fenómeno similar, anunciaba Spengler la
recurrencia en Occidente de un ciclo cesáreo, e indicaba Cassirer que se vuelve
al pensamiento mítico cuando la razón parece fracasar ante una perspectiva de
disolución e incertidumbre[119].
Ello permite comprender parte del éxito de los
nuevos cultos: los mismos proten al creyente aquello que la comunidad alienada
le niega: el sentimiento comunidad, destruido por la muchedumbre solitaria de
la sociedad de mala atribución de un sentido a la vida, que en esta sociedad
aparece vacía in propósito; un cuerpo autoritario de normas que seguir cuando
la rápida transformación de las costumbres pone en duda todo código; y una
certidumbre un panorama en el que todo parece derrumbarse. Los cultos, como restantes
manifestaciones adscritas a la contracultura, apelaron en principio las
carencias de los grupos marginales y encontraron su clientela primordial entre
ellos. Así, reclutaron drogómanos[120], seres en períodos de
crisis por razones de edad o circunstancias dificultosas[121] y exdelincuentes[122].
Los cultos apelan a las carencias de la
marginalidad, pero no pueden llenarlas. Ante este fracaso, derivan fatalmente
hacia la copia de los modelos de comportamiento de la sociedad de la cual han
querido separarse. Casi todos se dedican a la formación de imperios financieros
fundados en la mendicidad, el trabajo de sus miembros y la venta de objetos o
textos[123].
Otros, se orientan hacia la agresión externa, como en el caso del clan Manson,
una curiosa secta satánica, homicida y racista que llenó la página roja de la
prensa internacional. Otras, acaban en la autoagresión suicida, como el Templo
del Pueblo, del reverendo Jim Jones, que terminó su culto en 1978 con la
inmolación colectiva de más de novecientas personas, después de asesinar a un
senador norteamericano y a varios periodistas[124].
Los cultos adoptan las prácticas y estilos de la
sociedad consumista. Sus mecías son promocionados como productos, y llevan la
suntuosa vida de las estrellas; las campañas publicitarias alternan con el uso
de las relaciones públicas y el chicaneo político. Para la captación de adeptos
emplean todas las técnicas de presión sobre la conciencia y de lavado de
cerebro caras a la publicidad, pero también al ejército y a las iglesias
tradicionales: repetición indefinida de slogans,
reclusión, aniquilación de la identidad,
ceremonias de iniciación, imposición de uniformes, creación de espíritu de
cuerpo, supresión o regimentación del
sexo, y negación sistemática del pensamiento lógico.
En efecto, para lograr el
adoctrinamiento:
La mayor parte de los cultos más
extendidos comienzan por aislar al individuo de su mundo cotidiano, al cual su
sistema nervioso se ha acostumbrado desde el nacimiento. Entonces cambian su
dieta, su rutina diaria, su nombre, su apariencia, y todos los sonidos, los
olores y las imágenes de su ambiente. Luego, le vierten información en la forma
de adoctrinamiento directo, intensas experiencias rituales, o ambos[125].
Tales métodos tienen el
poder de «alterar y destruir canales fundamentales de procesamiento de
información en el cerebro» que forman la estructura de la personalidad; a cuyos
efectos utilizan «rituales orientales de canto y meditación, métodos de modificación
de conducta y técnicas terapéuticas recién desarrolladas, como maratones de
encuentros de grupos, sicodrama y fantasía guiada»[126].
Huelga especular sobre los efectos de la aplicación
masiva de estas técnicas[127]. Su fulminante eficacia ha
llevado a un segundo aspecto de esta batalla por la mente humana: la aparición
de una cultura anticulto, cuya figura es el deproramador, un
especialista contratado por los parientes del creyente, que lo secuestra, lo
somete a terapia intensiva y lo devuelve a su estado de mente llamado normal[128]. Ello ha suscitado entre
los liberales temores por la libertad de cultos y por los derechos individuales
de los secuestrados, usualmente —pero no siempre— menores escapados de sus
padres. El combate entre programadores cultistas y deprogramadores anticulto
despierta otro tipo de terror: el del ensanchamiento de los límites de la
maleabilidad sicológica del ser humano. Un programador impone una ideología y
otro la remueve, como si se tratara e trajes. Un programador puede llevar a sus
adeptos al homicidio y al suicidio colectivo; otro los secuestra y los
«normaliza». La búsqueda de la libertad por 1 sendero irracional conduce a la
más aberrante de las determinaciones.
Por ello, difícilmente se puede llamar contracultura
a las últimas manifestaciones del movimiento de los cultos en los países
industrializados. La mayoría e ellos se han asegurado la inmunidad mediante la
pública adhesión a los va)res conformistas, a través del más furioso
anticomunismo e, incidentalmente, del juego politico[129]. Así, según Ted Patrick, el
Maharishi Majesh tiene un equipo de instructores para «calmar las áreas en
conmoción política», que haría intervenido en Guatemala « a petición de un
grupo de inversionistas norteamericanos» y que se vanagloria tanto de «haber
detenido las huelgas y motines allí» como de ser «responsable por las
conversaciones de paz en el Medio Oriente»[130].
Los centros de mando en Norteamérica son un
hervidero de grupos religiosos de nuevo cuño que se disputan parcelas de poder.
El reverendo Sun Myung Moon pasaba la mayor parte de su tiempo cantando
canciones patrióticas ante t Casa Blanca, durante la administración de Nixon;
Ford tuvo un consejero espiritual en el reverendo Billy Zeoli. Casi todos los
sectores de poder en Wasington estaban organizados en un movimiento de «grupos
de plegaria» llamado informalmente « La hermandad», que comprendía también militares
de alta graduación, y celebraba «desayunos de rezo» semanales en el Pentágono[131]. Fielmente, la hermana de
Jimmy Carter dirigía un movimiento de curación por la fe, y su influencia
política ayudó al proyecto del reverendo Jim Jones. Nancy, la esposa de Ronald
Reagan, estuvo influida por la astróloga Joan Quigley, «La Luminosa». Los mercaderes
invaden el templo, porque el templo mismo se ha vuelto mercadería.
Modas culturales
Esta es
la era de Acuario
¡Oh, Acuario!
Misterios y revelaciones
y la
verdadera liberación
mental.
Rado y Ragni: Acuario
Iguales causas y mecánica que el resurgimiento de
los cultos tiene el auge de las modas culturales, movimientos de opinión que
logran un atractivo efímero al asegurar al ciudadano medio un papel individual
trascendente dentro de un cosmos al cual se describe como organizado por
inteligencias benévolas o esquemas mágicos fácilmente inteligibles[132]. La mercancía que la moda
cultural vende al público es la misma que la de la religión: un ilusorio
sentimiento de seguridad al atribuirle un rol personal dentro de un universo
antropomórfico, y el consiguiente optimismo sobre el destino de este universo,
organizado por fuerzas superiores para el uso y la intelección humanas. Pero la
moda cultural intenta separarse de la religión por un supuesto llamado, a la
inteligencia, a la «razón» a la «ciencia». En este sentido, no es más que la
coartada de un pensamiento religioso o mágico que se avergüenza de reconocerse
como tal en un entorno en donde el pensamiento científico de la modernidad es
aceptado como determinante.
De allí que toda moda cultural busque poner de
acuerdo simbologías antiguas con hechos científicos contemporáneos, prestándole
a aquellas el prestigio de éstos. Pauwels y Bergier intentan mezclar astrología
y astrofísica, Chardin trata de conciliar creacionismo y darwinismo, en un
esfuerzo de revertir las grandes revoluciones copernicanas, que han desmentido
el mito de que el universo gira alrededor del hombre. La moda cultural quiere
volver al antropocentrismo ingenuo del primitivo. En esta mezcla incompatible
emplea con mayor o menor habilidad, el sofisma, la especulación infundada y los
argumentos emocionales de todo género, pero el elemento determinante en su
expansión el encanto expositivo del promotor. La endeblez del aparato
conceptual tiene que ser reemplazada por el carisma de la figura central. El
prestigio personal de un Gurdjieff, un Pauwels, un Bergier o un Chardin,
importan más que sus ideologías.
Tales intentos de puesta al día del pensamiento
religioso con una tendencia cional que empieza a preponderar no son nuevos: se
podría afirmar que son evitables en cada renovación del intelecto humano. En el
Medioevo, a la patrística, fundada en la autoridad literal de las escrituras y
de los padres de la lglesia, sucedió la escolástica, dedicada a demostrar una
supuesta compatibilidad entre revelación y lógica retórica, que forzaba los
límites de ambas e inevitablemente dejaba zonas sin resolver[133]. En épocas todavía más
remotas, la Cábala significó un esfuerzo de relacionar la revolución del
pensamiento matemático con la revelación de una comunidad patriarcal[134]. La astrología intentó
coniar los hallazgos de la observación astronómica con los más diversos
panteones (chino, babilónico, hindú), y la alquimia, los nacientes pasos de la
metalurgia con los remanentes del culto de las deidades grecorromanas[135]. En todas las ocas de la
humanidad ha existido el intento de salvar una religión moribunda mediante su
matrimonio con una variedad del pensamiento racional nacien. Esta unión ha
resultado indefectiblemente en la perversión de ambos: el pensamiento mágico ha
perdido su fuerza estética, emocional, y su capacidad de pactar al
subconsciente, del que ha emergido casi sin elaboración; mientras e la
racionalidad es corrompida en un laberinto de errores lógicos y de analogías
impropias. La moda cultural es el esfuerzo de sellar los misterios de la
religión mediante el recurso a los misterios de la ciencia, para anular las
intranquilidades y las incertidumbres que ésta última, necesariamente, causa al
extender sus fronteras.
De allí el carácter antihistórico, o ahistórico, que
Eliade señala acertadamente la moda cultural: ésta constituye una negación del
devenir y un exorcismo futuro, mediante la conciliación forzada del presente y
el pasado. Es, ciertamente, más fácil abarcar un destino inscrito en las 12
constelaciones zodiacales en los 24 arcanos del Tarot o los 64 hexagramas del I-Ching, que otro apenas aproximativamente descrito en las inmensas
cataratas de conocimiento aporta el método científico. En este campo, las libertades
lo son sólo de nombre y las audacias de boca: si Borges constató que la
zoología fantástica[136] era infinitamente más pobre
que la de la naturaleza, cualquiera puede verificar que el reino de lo «oculto»
es infinitamente más limitado que el de lo ya descubierto, y que recurrir a él
es más un confinamiento que una liberación.
La irracionalidad, como todo escape, es, en el
fondo, una derrota. Al descubrirlo, las contraculturas buscaron la victoria
mediante la rebelión.
Contraculturas
de la rebelión
Mientras
los poderosos hacen la ley
para el tonto y para el sabio;
no tengo nada, madre,
por qué vivir.
Bob Dylan: El poder
En su manifestación política, la contracultura
constó de un pensamiento que no desarrolló caminos hacia una praxis, y de una
praxis que rechazó todo pensamiento sistemático. El pensamiento fue incapaz de
formular los medios; unos medios improvisados, a su vez, erraron sus fines. El
drama político de la rebelión contracultural es este divorcio entre teoría y
praxis, que amerita un tratamiento separado de ambas.
Teoría
de la contracultura
BENJAMÍN SPOCK, O LA ABDICACIÓN DE LOS PADRES
El
mundo podrá ser tuyo,
pero yo
soy mío.
Uriah Heep: Lluvia
La idea central de la contracultura es la del
antiautoritarismo. Como concepción, puede ser rastreada hasta los anarquistas[137]; quizá, hasta Diógenes
Cínico, enemigo de todo gobierno[138]. Los embates libertarios
han tenido poco éxito en limitar los crecientes poderes del Estado; sin
embargo, han hecho mella en las declinantes fuerzas de los padres y de la
escuela, a medida que los unos resignan la labor educativa en la otra, y ésta
finalmente es opacada por los medios de comunicación de masas. Toda doctrina
antiautoritaria ha de ser, en el fondo, una teoría pedagógica. No es extraño,
por ello, que sus grandes voceros hayan sido pedagogos.
El primero, Benjamín Spock, influyó en la crianza de
los niños del babyboom con sus tratados pediátricos que
desaconsejaban la represión de la voluntad infantil. Su figura se hizo
legendaria, y participó posteriormente en el movimiento antibélico[139]. Spock dejó sin contestar
la lógica pregunta sobre el tino del niño criado en un ambiente permisivo al
enfrentarse con el medio disiplinario de la escuela[140].
NEILL, O LA IMPOTENCIA DE LA ESCUELA
¡Maestro!
¡Déjenos
en paz!
Pink
Floyd: The wall
El inglés A.S. Neill había adelantado una respuesta
al fundar la escuela privada de Summerhill en una aldea de Suffolk: la solución
estaba en hacer antiutoritaria la propia institución docente[141]. Neill partió de la idea de
que sólo prende aquello que interesa: en Summerhill los niños tuvieron libertad
para asistir o no a clases, para estudiar o para no estudiar: el fin de la
educación rallar la felicidad, que Neill define como la capacidad de interesarse
en la a. Esto sólo se logra a través de la autonomía, que significa «el
derecho del o a vivir
libremente sin ninguna autoridad exterior en las cosas síquicas o somáticas»[142].
Sin embargo, Neill reconoce que «hay un límite a la autonomía. podemos permitir
que un niño de seis meses descubra por sí mismo que cigarrillo encendido
produce una quemadura dolorosa. Es erróneo gritar i alarma en semejante caso;
lo que hay que hacer es suprimir el peligro sin alboroto»[143]. Pero hay peligros que el
padre o el educador no pueden suprimir alboroto. El sexo y la bebida están
prohibidos en Summerhill, por la opin que sobre tales actividades podrían tener
los extraños. Y Neill, en definitino responde a lo que él mismo cita como el
argumento habitual contra la libertad de los niños: «Si les permitimos hacer lo que quieran, ¿cómo van a poder servir
nunca a un jefe? ¿Cómo van a poder competir con otros que han conocido la disciplina? ¿Cómo van a ser nunca capaces de
disciplinarse a sí mismos?»[144] La contraargumentación de
Neill es que el niño, salido de la escuela, servirá, estudiará y se
disciplinará por sí mismo. Esto no es, en definitiva, más que la postergación
del problema. Si el niño ha de adquirir estas facultades por si mismo, ¿para
qué, entonces, la escuela? Y si resulta no ser capaz de autoformarse, ¿quién lo
hará por él?
MCLUHAN, O LA OMNIPOTENCIA DE LOS MEDIOS
La
niñera de esta generación fue
la televisión.
McLuhan: La
cultura es nuestro negocio
Ni los padres, ni la escuela, forman ya al niño de
la modernidad, responde McLuhan. Los medios de comunicación de masas,
particularmente los electrónicos, envuelven al hombre en un ambiente acústico,
intenso, emotivo e inmediato, que hace obsoleto el antiguo ambiente lineal,
sucesivo, analítico y visual de la cultura alfabética. El contenido que
pretende transmitir cada medio es menos importante que la manera cómo lo
transmite: el espectador es conformado por las modalidades propias de cada
vehículo de comunicación: si la letra impresa lo sumergió en un mundo óptico
compartamentalizado, cuyo principio es la repetibilidad de cada forma, la
tecnología electrónica lo somete a un asalto total de contenidos contrastantes
que anulan la distancia, y por con siguiente lo dotan de una simultaneidad y
una ubicuidad totales[145]. El adolescente, menos
esclavizado por la cultura visual de la letra impresa, pasaría entonces a
formar parte de una comunidad universal, la aldea global, vinculada continuamente por la radio y la televisión. En
palabras del propio McLuhan:
Todos nuestros adolescentes
son ahora tribales. Es decir, admiten su total compromiso con la familia humana sin entrar a considerar sus metas o antecedentes personales. Esta admisión de la esfera uniforme del ambiente de información
eléctrica hace más evidente la severidad de todas las disposiciones anteriores. Pero aun los empresarios
norteamericanos están divididos en la misma forma sobre si conviene perseguir
metas visuales o crear imágenes ambientales. Esta es la crisis de la política
norteamericana[146].
El poderío de los medios no se vincula sólo al
contacto de la conciencia con la comunidad internacional: produce, además, un
efecto aniquilador en aquella hombre tribal «no conoce la identidad personal ni
la busca en absoluto». La generación del televisor «se esfuerza violentamente
por arrancarse la a imagen personal para fundirse en una nueva identidad
tribal, como cualquier ejecutivo de una corporación»[147]. Los poderes del medio de
comunicación, pues, serían triples: el primero, el de conformar una manera de
experimentar el universo; el segundo, el de ponernos en contacto simultáneo y
total éste; el tercero, el de borrar nuestra identidad.
Esta aterradora panoplia de fuerzas puede inducir,
con razón, a inquietu. El medio decide no sólo cómo percibimos y qué
percibimos sino, en última instancia, quién percibe, cómo ha de ser el
auditor. El propio McLuhan se siente abrumado por sus conclusiones, y
conciliatoriamente —contradictonente— postula:
Sin embargo, debemos sustituir el interés en los
medios por un interés previo en los temas. Esta es la respuesta lógica al hecho
de que los medios han sustituido al mundo antiguo. Aun cuando deseáramos
recobrarlo, sólo podríamos lograrlo mediante un estudio intensivo de las formas
en que aquéllos se lo han trazado. Y no importa cuántas murallas hayan sido
derribadas ya: la ciudadela de la conciencia individual no ha caído ni es
probable que caiga. Pues no es accesible a los medios de comunicación de masas[148].
Porque, en efecto, la ciudadela de la conciencia no
había sido tomada —sólo sitiada— la contracultura pasó de una pedagogía a una
teoría política, y de una teoría política a una práctica, que la transformó en
insurgencia.
MARCUSE, O LOS RESULTADOS DE LOS MEDIOS
Gran parte de la contracultura juvenil adoptó como
teoría política las tesis Marcuse. Añadamos que éstas no son un estudio de la
rebelión, sino del statu quo, y que más que un análisis de los puntos
débiles del mismo parecen elogio de su invulnerabilidad.
Marcuse caracteriza a la sociedad industrial
contemporánea como unidimensional, en el sentido de que todos los recursos de
la tecnología y de la modificación de la conducta están puestos al servicio de
una estructura autoritaria, animada de racionalidad unilateral. Esta
orientación, que se define como «una tendencia hacia la consumación de la
racionalidad tecnológica y esfuerzos intensos para contener esta tendencia
dentro de las instituciones establecidas», conduce hacia «la contradicción
interna de esta civilización: el elemento irracional en su racionalidad»[149]. Dicha irracionalidad,
lejos de poner en crisis al sistema, lo fortalecería ya que «la dominación
—disfrazada de opulencia y libertad— se extiende a todas las esferas de la
existencia pública y privada, integra toda oposición auténtica, absorbe todas
las alternativas»[150].
Por ello, el sistema se hace estable: «en una
sociedad como la nuestra —explica Marcuse— en la que se ha conseguido
pacificación y satisfacción a un determinado nivel, parece a primera vista
absurdo pensar en revolución, pues tenemos todo lo que queremos»[151]. Marcuse explícita la forma
en que el sistema nos habría dado «todo lo que queremos»: el mismo «levanta un
universo de administración en el que las depresiones son controladas y los
conflictos estabilizados mediante los beneficios efectivos de la creciente
productividad y la amenazadora guerra nuclear»[152].
En este supuesto ambiente de inexistencia de crisis
económica y estabilización de conflictos, se produciría una contención del
cambio social: las clases trabajadoras pasan por una transformación decisiva
que se manifiesta en que 1) «la mecanización está reduciendo cada vez más la
cantidad o intensidad de energía física gastada en el trabajo»; 2) «la
proporción del trabajo manual declina en relación con la del elemento de
‘cuello blanco’, y la creciente automatización invalida «la noción marxiana de
la composición orgánica del capital y con ella la teoría de la creación de
plusvalía»; 3) en virtud de ello, se produce una «integración social y
cultural» de la clase trabajadora en la sociedad capitalista[153]; por lo que 4) «el nuevo
mundo del trabajo tecnológico refuerza así un debilitamiento de la posición
negativa de la clase trabajadora: ésta ya no aparece como la contradicción
viviente para la sociedad establecida».
El sistema capitalista desarrolla así una capacidad
de transformación cuya base material seguirá encontrándose en: «a) la creciente
productividad del trabajo (progreso técnico); b) el crecimiento de la tasa de
natalidad en la población existente; c) la permanente economía de defensa; d)
la integración económica y política de los países capitalistas y el
fortalecimiento de sus relaciones con las zonas subdesarrolladas»[154].
El sistema así descrito por Marcuse es, ciertamente
estable, y apenas adolece de falta de conformidad con los aspectos reales,
objetivos y verificables del sistema industrial alienado, el cual, ciertamente:
1) no nos ha dado «todo lo que queremos»; 2) no puede controlar las depresiones
económicas; 3) no ha logrado estabilizar los conflictos a escala internacional,
ni por la amenaza nuclear ni en otra forma; 4) no ha reducido la alienación del
trabajador, a pesar que éste usa menor energía física en su tarea. Además, 5)
la existencia de sector de cuello blanco no implica invalidación de la teoría
de la plusvalía; a clase trabajadora no se integra social ni culturalmente, ya
que sigue atada ¡veles de ingresos, estilos de vida y tablas de valores
distintas de las de la se dominante; 7) la creciente productividad del trabajo
sólo contribuye al agravamiento de las crisis económicas; 8) la tasa de
natalidad de los países desarrollados ha decrecido, en lugar de aumentar; 9) la
permanente economía de defensa no puede sobrevivir a los reveses del
imperialismo, ni al reciente reto la distensión; 10) los países capitalistas no
han logrado integrarse entre sí, y sus relaciones con las zonas
subdesarrolladas empeoran[155].
Ante este sistema «unidimensional», que habría
logrado integrar a la clase trabajadora y anular su potencial revolucionario,
Marcuse vislumbra dos posibilidades de desestabilización: una ideología y una
nueva clase. La ideología consiste en «el desarrollo de la conciencia, el
trabajo por desarrollar la conciencia —esa desviación idealista, si así quieren
ustedes expresarlo» el cual sería «una de las tareas capitales del
materialismo, del materialismo revolucionario», aunque reconoce que «se ve uno
frente a una concentración de poder tal, que ante ella resulta ridícula e
impotente hasta la conciencia más libre»[156].
La nueva clase revolucionaria actuaría en dos polos
de la sociedad:
1) «los
infraprivilegiados»; en los
EEUU se trata «principalmente de las minorías nacionales y raciales, que en lo
político están generalmente sin organizar y además, son antagónicas entre sí;
por ejemplo, en las grandes ciudades conflictos graves entre los negros y los
puertorriqueños»; y «las masas que el mundo neocolonial se encuentran ya en
lucha contra esa sociedad»[157].
2) 2.1. «una
nueva clase de trabajadores que consta de técnicos, ingenieros,
especialistas, científicos, etc., ocupados en el proceso material de la
producción, aunque en una posición especial»[158]. 2.2 «la oposición estudiantil pero en sentido más amplio, o sea,
incluyendo a los llamados drop-out. Todas
estas fuerzas trabajan hoy en el sentido de una preparación, pero preparación
necesaria para una posible crisis del sistema. A esas crisis contribuyen los
frentes liberación nacional no sólo en cuanto enemigos militares sino también
como factores de reducción del margen económico y político del sistema. También
la clase obrera se puede radicalizar políticamente, y tal vez lo sea para la
preparación, para la eventualidad de una tal crisis»[159]
En este sentido, el análisis de Marcuse es correcto,
incluso en la apreciación como fuerza revolucionaria de la clase obrera, cuyo
carácter revolucionario él mismo niega[160], y de los frentes de
liberación, cuya eficacia para sacudir el sistema asimismo niega[161].
En efecto, no era necesario Marcuse para saber que
todo sistema cae por el embate de aquellos excluidos de sus beneficios;
formulación ya hecha por Marx, y posteriormente por Toynbee. Falta por
determinar si un sistema tan formidable puede sucumbir bajo el mero empuje
abstracto de la «liberación de la conciencia», y si esta liberación puede
producirse porque sí, sin referencia a un ser social o a una condición
específica. El propio Marcuse, al señalar ciertos grupos bien definidos social
y económicamente como posibles contestadores de la sociedad unidimensional,
parece reconocer que hay condicionantes sociales y económicos de esta
«liberación de la conciencia». Faltaría en el sistema de Marcuse un intento de
explicar la relación entre estos condicionantes infraestructurales y su
resultado supraestructural: una apreciación de cómo, en qué forma, en cuál
medida y con qué fuerza habrá de producirse esta liberación, siendo así que
todos los valores y todas las potencialidades del sistema conspiran para impedirla.
En tal sentido, la teoría de Marcuse es una correcta condenación ética del
sistema industrial de la modernidad; una incorrecta descripción de las fuerzas
y capacidades del mismo, y una imprecisa formulación de deseos de que una
alteración subjetiva de la conciencia le ponga fin sin alterar sus
potencialidades tecnológicas.
Es oportuno añadir que, en su apreciación de la casi
invulnerabilidad del sistema, el análisis de Marcuse emparenta con todo un
género de doctrinas que postulan la estabilización absoluta del capitalismo, y,
por consiguiente, la muerte de la disensión y de las contraculturas. Daniel
Bell, en El fin de las ideologías[162]
Stanley Wagener en El fin de la revolución[163]
y, J. Burham en La revolución de los directivos[164]
—este último con la particularidad de que plantea la estabilización, no del
capitalismo, sino de una burocracia administrativa que borraría las diferencias
entre socialismo y capitalismo— adhieren al credo del fin de la disidencia
política. Estas doctrinas ameritan dos comentarios: el uno atinente a la
praxis, y el otro a la teoría.
En el campo de los hechos, es evidente que la
sociedad capitalista no ha llegado a la estabilidad, ni económica, porque está
sacudida por la crisis; ni social, porque es incapaz de integrar su vasta
marginalidad; ni política, porque no ha logrado liquidar totalmente la
disensión interna ni al bloque socialista. Pero, aun en el caso de que
dejáramos de lado tales hechos, y admitiéramos a supuesta estabilización del
aparato político y cultural del capitalismo, tendríamos que considerar dichas
profecías de la parálisis como el más seguro anuncio del fin.
Hasta el presente, todo sistema ha sobrevivido
gracias a su plasticidad, a su capacidad de modificarse para responder a los
nuevos retos planteados por su propia evolución y por el entorno natural,
político y social, siempre cambiante. El supuesto fin de las ideologías y del
cambio marcaría la fase final (terminal) de su viabilidad. Una sociedad que
aniquila toda posibilidad de disentimiento, toda contracultura, se esteriliza.
Con ello ciega sus posibilidades de articular respuestas al mudable panorama de
la acción humana. Si bien es cierto que en el pasado naciones aisladas cultural
y geográficamente lograron conformar estructuras estables de gran duración, el
precio de este estancamiento el colapso de sus poderes por incapacidad de
ajustarse al contacto con siseas dotados de mayor plasticidad[165].
Tal aislamiento geográfico y cultural es imposible
en el mundo contemporáneo, un cosmos en perpetua transformación, en donde toda
parálisis cuesta cara. Al igual que en la clínica, la ausencia de movimientos
es un síntoma de muerte Significativamente, la prédica de la muerte de las
ideologías coincide con el nacimiento de la postmodernidad.
Praxis política de las contraculturas
LA CONTRACULTURA COMO DESERCIÓN
Sintonízate, ilumínate, deserta.
Timothy Leary: Politics of
ecstasy, 1970
Sintonízate,
ilumínate, véndete.
Paul De
Fusco: Alf, e! extraterrestre, 1987
El modo de producción industrial de la modernidad,
que funciona en virtud )peraciones sistemáticas, rigurosamente planeadas,
sincronizadas y fragmenas, exige de su fuerza de trabajo un comportamiento
igualmente sistemátiriguroso, sincronizado y especializado. El obrero debe
llegar puntualmente t fábrica, colocarse en el lugar preciso y desempeñar un
cierto número de movimientos determinados con micrométrica precisión por los
analistas del trabajo[166]; el ejecutivo deber ser
puntual y adoptar formas de pensar, de vestir, de actuar, de hablar, y hasta de
ordenar su vida afectiva, compatibles con los criterios de la institución para
la cual trabaja[167]. Rigurosas baterías de
pruebas de eficiencia y test de personalidad y de carácter descartan al que se
niega a plegarse al ritmo y al standard de
la organización.
En una economía industrial racionalmente planeada,
en la que se produjera para satisfacer las necesidades reales de la sociedad,
se podrían aminorar estos requerimientos de la disciplina; reducir los períodos
de trabajo o ajustar el mismo a condiciones más humanas. Pero en la economía
cuyo objetivo es la ganancia, el imperativo de la disciplina industrial sobre
el trabajador y el administrador debe seguir ad infinitum.
De allí que el habitante de las colectividades industriales de la modernidad sienta la
disciplina como un enorme fardo, que se convierte en prisión. Su puntualidad,
su rigidez, su sequedad y su unilateralidad son materia de asombro y de risa
para el subdesarrollado, quien piensa que no observa seres humanos, sino
máquinas.
Para el adolescente que vive en dicha colectividad,
la perspectiva consiste en ser conformado para integrar una parte de esta
maquinaria. Tal futuro no es promisorio. La disciplina de la civilización
alienada es una pesadilla claustrofóbica, que despierta un legítimo deseo de
libertad.
Los grupos excluidos expresan su rechazo a esta
disciplina con el ausentismo en el trabajo o en los estudios, el sabotaje en
pequeña escala y la exageración de la lentitud, o la total negativa a
integrarse en las estructuras y adquirir ten status dentro de las mismas.
Pero, para que tal rechazo sea eficaz, es necesario
que la contracultura cree un sistema de valores distintos, los oponga a los del
sistema, los haga triunfar y demuestre su posibilidad de funcionar
satisfactoriamente. La contracultura que se agota en la negación es, en última
instancia, inofensiva, y termina por ser tolerada e incluso cultivada y
alentada con una filosofía ad-hoc.
Durante el auge de la contracultura este proceso se
dio a través del desarrollo de la filosofía del drop-out. Drop-out era un especial tipo de fracasado de la
colectividad industrial, que vivió de sus padres o parientes, explotando la que
podríamos llamar plusvalía afectiva[168]; recibió auxilio del propio
sistema, a través del welfare, o encontró
un modo de expresión dedicándose a la industria entretenimiento. En cualquiera
de estas hipótesis, su situación fue hola. Cuanto más holgada, mayor fue la
proclamación exterior de una penuria fantaseada: el drop-out fue el «nuevo pobre» de una sociedad afluente en ¡de era
demasiado común ser «nuevo rico». Tal forma de vida es completamente distinta
de la de las verdaderas víctimas de las crisis de desempleo y de la rigidez de
las estructuras del sistema[169]. Estas padecen una miseria
real; y por la esconden: el drop-out, cuya
miseria es postiza, la publica ostentosamente para encubrir su bienestar[170].
Esta pose constituyó la base de carreras
fulgurantes, dedicadas a la venta de sucedáneos de aquello que la colectividad
industrial alienada niega a sus intentes: la libertad. Y por ello no fue raro
el caso del drop-out que terminó
millonario y héroe cultural cantando la gloria del fracaso, y que convirtió su
vida en un vértigo regimentado de giras meticulosamente programadas, en el
curso de las cuales se cantaban los valores de la libertad[171].
La masa vivió una libertad sucedánea a través de la
contemplación de las eras de estos héroes culturales, igual a la satisfacción
vicaria que sienten —ocineras leyendo revistas acerca de la vida diaria de las
familias reales. En )os casos, el esplendor de los privilegiados constituye el
alimento espiritual os marginados. Y la disciplina que sostiene el sistema
social que los excluye, se fortalece y consolida.
LA CONTRACULTURA COMO INADAPTACIÓN
La felicidad era
no
tener nada que perder.
Pero
eso me bastaba a mí,
a mí y a Bobby McGee.
Kris
Kristoffersen: Bobby McGee
Toda pedagogía es un intento de forzar la adaptación
a un contexto predeterminado. La autoritaria logra esta finalidad de manera
brutal y total, produciendo ciudadanos «integrados» y sin autonomía que se
amoldan a los casilleros del sistema. La pedagogía antiautoritaria posterga
este problema, pero no lo elimina: el educando debe resolver por sí mismo sus
relaciones con el contexto —ajustándose a este último, o haciendo que éste se
ajuste a él. Dentro de tal enfoque, la contracultura fue la prolongación de un
procesó que la pedagogía no completó[172].
Los medios masivos de comunicación, lejos de tener
la omnipotencia que le atribuyeron sus estudiosos, revelaron una seria
limitación como aparatos ideológicos. Durante casi una década, el sistema tuvo
insolubles problemas para la integración ideológica de sus marginalidades. Sólo
empezó a lograrla precariamente cuando a sus aparatos de corrupción de la
conciencia se sumaron los condicionantes de la represión policíaca, la
necesidad económica y la crisis capitalista. El homicidio político, la cárcel,
el hambre y el paro fueron los complementos superdisciplinarios de una
educación y una propaganda en última instancia ineficaces.
Las contraculturas fueron intentos de resolver el
problema de la existencia integrándose al sistema, pero sin enfrentar la tarea
de integrar el sistema a las necesidades humanas. Por ello, fueron autísticas,
pacifistas e indiferentes mientras una protección exterior —la ayuda paterna o
la superabundancia del auge capitalista— las mantuvo a cubierto de los rigores
competitivos del sistema: devinieron comprometidas, militantes e incluso
violentas cuando el inicio la crisis económica hizo evidente el contraste entre
aspiraciones y posibilidades.
Las contraculturas intentaron afirmar directamente
la propia naturaleza, como as trabas del sistema no existieran. La belleza
—pero también el patetismo— de la contracultura reside en este deseo de
inaugurar el «reino de la libertad» medio de la anarquía de la opresión.
Adolescentes y mujeres dejaron el trajo alienado como si hubiera
mecanismos sociales de producción automatizada que hicieran posible el ocio
creativo; dejaron la moral sexual tradicional como si existieran ya
estructuras sociales sustitutivas de la pareja para la crianza la prole;
dejaron el pensamiento lógico como si la naturaleza estuviera donada a
tal punto que el hombre pudiera guiarse meramente por sus intuiciones mágicas.
La contracultura de los adolescentes y las mujeres liberadas fue Fiesta
orgiástica dentro del campo de concentración. La de las etnias oprimir fue
también intento de afirmación de una naturaleza —en este caso una entidad
étnica y cultural transmitida de padres a hijos, que el aparato ideolóo del
sistema no había podido destruir— pero no partió del olvido del camde
concentración, sino de la conciencia de
éste. Por ello la identidad transmitida y acosada de las etnias sobrevivió
a la inventada y manipulada de los os de las flores.
LA CONTRACULTURA COMO RITUAL DE PASO
Tú
estarás aquí mañana,
pero
tus sueños no.
Cal
Stevens: Falher and son
En los adolescentes —núcleo primario de los sectores
más activos de la contracultura— este largo lapso de inadaptación protegida
cumplió la función ritual de iniciación, institución presente en todas las
sociedades «primitivas», y suprimido en las « desarrolladas». El núcleo del
ritual de iniciación consiste en, una separación del individuo y el grupo
social, mediante la cual el iniciando demuestra la capacidad de sobrevivir
librado a sus propias fuerzas, define su identidad, y es finalmente reaceptado por
la colectividad después de pruebas de índole diversa. La contracultura juvenil
enfatizó lo vivencia¡ por encima de lo teórico, porque una iniciación es una
experiencia, y no un silogismo. Es por este carácter de rito de paso que la
contracultura subrayó tanto las determinaciones de la edad: el fenómeno Hippy
fue ante todo una expresión de adolescentes[173].
Diversos fueron los ritos improvisados para este
ritual de paso. El mismo comenzó con el abandono masivo de los hogares, el
peregrinaje e incidentalmente con las reuniones ceremoniales, antes de
progresar hacia el directo enfrentamiento con los mayores. El 6 de octubre de
1966, en el Golden Gate Park de San Francisco veintiocho mil jóvenes adeptos de
la contracultura realizaron el primer love-in,
es decir, la primera reunión de amor entre seres humanos. Desde entonces
menudearon los encuentros de multitudes juveniles reunidas por un interés o una
actividad común: los be-in. En un
plano más reducido, se inició un movimiento de comunas que intentó dotar de
bases económicas a las asociaciones de la contracultura y ensayar nuevos tipos
de familia. Pequeñas granjas o talleres artesanales crecieron al margen del
gran sistema industrial norteamericano. En su mayoría fueron asfixiados por
éste, que no les dejó oportunidad de competir, o asimiladas como pequeñas
industrias productoras de símbolos del pop.
LA CONTRACULTURA COMO PRAXIS
¡Hazlo!
Jerry
Rubin: Do lt!
En una segunda etapa, la contracultura intentó
trascender esos movimientos de comunicación interna entre sus adeptos, y
procuró impactar al sistema del cual se sentía excluida. Ya no se trataba de
encontrar almas gemelas con quienes compartir un corte de pelo, un modo de
vestir y el gusto por determinada música o ciertas drogas, sino de plantear una
revolución. De allí que el 6 de octubre de 1967, exactamente al año del primer lovein, se produjera en San Francisco
otro acto ritual: los hippies quemaron en la plaza pública todos sus
símbolos, con lo cual el aspecto meramente decorativo del movimiento
contracultura¡ quedó liquidado.
De este funeral salieron dos
tendencias de la contracultura: la de la Brothe-hood of Freemen (La Hermandad de los Hombres Libres), también
llamada Freebie, de
orientación promarxista, y la del denominado Yippie, asimismo maca, pero con una marcada vocación por la acción
concreta. El mismo nombre movimiento (Youth
International Party: Partido Internacional de la Juventud) caracterizaba su
adscripción a una edad determinada. Su consigna, diseñada por Jerry Rubin era: No
confíes en nadie mayor de treinta
años. El cimiento Yippie terminó
por llevar la iniciativa y nuclear otros grupos de provocadores, tales como los
«Cavadores» (Diggers). No llegó nunca —lo evitó cuidadosamente— a tener ni una
estructura, ni un programa definidos.
En sus escritos, los líderes yippies enfatizan la práctica por encima de la teoría. Como dice
Abbie Hoffman, «la izquierda se masturba continuamente por, en lo esencial,
está arraigada en la tradición académica», ya que sería « la frica de la
izquierda, su insistencia en la exactitud ideológica antes que en la acción, lo
que ha atrasado en este país la revolución tanto como lo han helos actos de los
gobernantes»[174]. Los principales representantes del
movimiento Yippie, Jerry Rubin, Abbie
Hoffman y Ed Sanders, preconizaron un socialismo antiautoritario, el amor
libre, el consumo de drogas y el conservatismo. Al igual que Marx, estuvieron
más involucrados con la crítica del sistema al cual se oponían, que con la
descripción de la organización a la que aspiraban. Su táctica revolucionaria
consistió en un uso magistral de la provocación y de los medios de comunicación
de masas. Cedemos nuevamente la palabra a Abbie Hoffman:
El fenómeno de los Diggers merece
un análisis más cuidadoso por parte del movimiento pacifista —no es que este
husmeo hará necesariamente las cosas más claras; pues la claridad ay, no es uno
de nuestros objetivos. ¡La confusión es más poderosa que la espada! Antes que
todo, hay que distinguir entre los Diggers y los hippies. Ambos son mitos; es decir, no hay
definición, no hay conspiración organizada: ambos son, en cierto sentido, una
enorme tomadura de pelo. Los hippies, sin
embargo, son un mito creado por los medios de comunicación de masas, y como
tales están obligados a desempeñar ciertos papeles orientados por esos medios.
Los Diggers también son un mito, pero
un mito orgánico, creado desde el interior. Hemos aprendido a manipular los
medios de comunicación de masas. Los Diggers están más orientados políticamente, pero son al mismo tiempo mayores
jodedores. Los Diggers están
influidos por el Zen, en cuanto hemos destruido las palabras y las hemos
reemplazado por «actos» —la acción se convierte en la única realidad. Como
decía Lao-Tzé: `La forma de hacer, es ser'. Gritamos «nadie nos entiende»
mientras que al mismo tiempo, guiñando el ojo, reconocemos que si el mundo
oficial entendiera toda esta mierda digier nos haría impotentes, porque la comprensión es el primer paso hacia el
control, y el control es el secreto de nuestra extinción»[175].
Así, los movimientos activos de la contracultura
rechazaron la precisión ideológica: establecieron la primacía de la acción y la
canalizaron hacia la manipulación de los medios de comunicación. Constituyeron
una guerrilla del espectáculo, cuyas escaramuzas consistieron en bromas
prácticas dirigidas a crear desconcierto y reflexión. Sus actos serían la
versión para las masas de las lecciones desconcertantes, basadas en actos más
que en palabras, de los maestros Zen. Es interesante hacer una reseña de algunas
de sus provocaciones:
1. Los yippies
se introducen en la Bolsa de Nueva York, y comienzan a regalar dinero y a
quemarlo.
2. Los yippies reúnen una inmensa muchedumbre frente
al Pentágono, con el objeto de levitarlo con la fuerza de la meditación.
3. Los yippies
inician una manifestación por las avenidas centrales de Nueva York,
celebrando el fin de la guerra de Vietnam. Todo el mundo se une al regocijo,
hasta que se sabe que la guerra no se ha acabado.
4. Los yippies
amenazan con inundar el acueducto de Nueva York con LSD. Se establece una
vigilancia militar constante alrededor de éste.
5. Los Yippies
sabotean una convención política. Entre las armas, figura una muchacha
desnuda, quien atraviesa la convención llevando una cabeza de cerdo en una
bandeja.
6. Los yippies
inician una campaña presidencial a favor de un cerdo, Pigassus.
7. Jerry Rubin, lider del movimiento Yippie, es citado en tres oportunidades
ante la Comisión de Actividades Antinorteamericanas. La primera vez, comparece
vestido de patriota norteamericano de 1776 y distribuye lo que parece ser un
panfleto subversivo, el cual, decomisado, resulta ser la Declaración de
Derechos de la Constitución Americana. La segunda vez comparece uniformado de
guerrillero. La tercera, concurre disfrazado de Santa Claus. Esta vez, la
Comisión se aterroriza tanto ante el ridículo, que se niega a abrir sus
puertas.
8) Los Yippies se reúnen para sabotear la Convención
Demócrata de Chicago en agosto de 1968. Gran parte de los dirigentes son
encarcelados, enjuiciados y condenados a diversas penas[176].
Este recuento permite advertir tanto la fuerza como
la debilidad del movimiento. La capacidad de atraer la atención de los medios
es un arma poderosa de difusión de su actitud, pero la concentración exclusiva
en este objetivo termina por dejarlo a merced de ellos, de los cuales
dependerá, tanto su reconocimiento, como la entrega final del mensaje al
público. En las acciones que hemos citado —y hubo infinitas otras del mismo
corte— prepondera la espectacularidad, un sentido del golpe teatral, que es
admitido por el sistema en cuanto o vulnera directamente. Pero cuando los yippies intentan la acción concreta en
la Convención de Chicago, el sistema sí reacciona, y de manera contundente[177]. Por otra parte, la
cobertura de tales acciones fue limitada. La noticia de las mismas no
trascendió de ciertas redes de información norteamericanas. Y mientras esos
actos se perdían en el olvido, los medios de comunican manipulaban para imponer
a las masas la imagen de la contracultura que las les interesaba y que sí fue
difundida universal y repetitivamente a los remotos lugares del globo.
Una lógica ineludible rige las aparentemente
caóticas manifestaciones de esta praxis política, así como las respuestas del
sistema a ella.
En sus primeros tiempos, la contracultura se
convierte en manipuladora de medios de comunicación, justamente porque el poder
esencial del sistema se mantiene a través del condicionamiento cultural
ejercido por éstos. Hablando términos gramscianos, se trata de una hegemonía ejercida a través de sistema
de valores instilado cotidianamente al ciudadano por un aparato de poder
invisible. Por ello, el ataque de la contracultura se opone antes a los eres
visibles que a las instituciones invisibles. Contra el consumismo, ascetismo;
contra la represión, orgía; contra la violencia, pacifismo; contra la
competición, deserción; contra la productividad, mendicidad; contra la
acumulación, quema pública de dinero en la Bolsa. Estos contravalores eran
predicados el ejemplo, porque a su vez el aparato ideológico del sistema no
teoriza, ejemplifica: siguiendo el consejo hitleriano, la propaganda no
explica, sino avasalla[178]. La escalación en la lucha
se produjo por el fracaso en sacudir el aparato cultural del sistema, el cual,
mediante sus técnicas de universalización del símbolo e inversión del
significado, no tardó en convertir en mero espetáculo, y luego en mercaderia y
en señal de status, toda la
imaginaria contracultural. Los provos que hacen un entierro simbólico de
su movimiento en Amsterdam en 1967, y los hippies
que queman su utilería contracultural en Haight Hashbury en el mismo año,
están repudiando instrumentales simbólicos que el sistema les ha arrebatado y
desprovisto de poder subversivo.
El
impasse en la guerra contra los valores es lo
que desencadena el inmediato lue a las instituciones. La «levitación» del
Pentágono, la campaña para elegir presidente al cerdo Pigassus y el sabotaje de
la Convención Demócrata en 1968, son golpes para sacudir las instituciones
hiriéndolas en su centro más sensible la solemnidad. La escalada en la agresión
llevó a una proporcional escalada en la respuesta: el proceso de los «ocho de
Chicago», y el inicio de una persecución policiaca contra los yippies, que desarticuló seriamente el
movinto. Similares y todavía más fuertes represiones fueron desatadas contra
aliados radicales, los Panteras Negras.
LA CONTRACULTURA COMO SUBLEVACIÓN
¡Vivimos horas formidables! ¡Esto sigue!. La
fábrica
Renault de Flins (10.000 obreros) acaba
—de decidir una huelga ¡limitada y
de izar !a
bandera roja! ¡Han tomado prisioneros a los
ejecutivos! ¡En Ruán, en Nantes, en todos la
dos, . los obreros ocupan las
fábricas (por lo
menos diez el día de hoy) y
aprisionan a los
patronos!
¡Extraordinario! ¡Nunca visto! ¡Los
estudiantes
de La Sorbona acaban de lanzar un
llamado:
todos los obreros deben
ocupar todas
las fábricas en toda
Francia! ¡El partido está
atontado,
sobrepasado!
Sine:
Le chienlit c'est moi.
El fracaso de la guerra en el plano de los símbolos
enfrentó a los grupos contraculturales con los aparatos políticos y con el
problema de la toma del poder. Durante 1967 y 1968, los Estados Unidos fueron
escenario de una creciente oleada de motines de tinte insurreccional. La
policía hizo 700 arrestos durante la gran marcha antibélica de octubre en
Washington. En marzo del año siguiente, los estudiantes de la Universidad negra
de Howard ocuparon los locales. En abril, tras el asesinato de Martin Luther
King, los educandos de la Universidad de Columbia la tomaron en el curso de una
revuelta que se prolongó quince días. Inmediatamente, en doce universidades
norteamericanas reventó una huelga general contra el racismo y la guerra. En
mayo, tuvo lugar una gigantesca marcha de los pobres en Washington, y los
estudiantes ocuparon las instalaciones de las universidades de Stanford, de
Michigan, y del San Francisco State College. En junio, hubo lucha de barricadas
en Berkeley. Todo parecía anunciar una confrontación decisiva.
A pesar de ello, la confrontación no sucedió en
Estados Unidos, sino en Francia, y casi sin señales premonitorias. Superó el
nivel del mero gesto, porque logró implicar sucesivamente a diversos sectores
sociales. El llamado «Mayo francés» fue el resultado de una reacción en cadena,
cuyos eslabones están bien definidos.
La primera inspiración del movimiento provino de la
«Internacional Situacionista», un grupo de teóricos creado en 1957, y empeñado
en borrar las diferencias entre arte y vida cotidiana mediante una implacable
crítica de la sociedad masificada por la mercancía. Un núcleo de los «
situacionistas» creó escándalo en 1966 en la Universidad de Estrasburgo, con un
comic que fue fijado en toda la ciudad, y un panfleto sobre «la miseria
estudiantil, considerada en sus aspectos económico, político, sicológico,
sexual y particularmente intelectual, acompañado de una modesta proposición
para su remedio[179]. Las tesis situacionistas
contribuyeron a definir las causas del malestar estudiantil francés.
En efecto, la explosión demográfica de postguerra
había forzado también en Francia una ampliación de las facilidades educativas,
y de la matrícula universitaria, la cual creció un 121 % entre 1961 y 1967. El
gobierno de De Gaulle anunció medidas para «contener la inflación» en los
estudios superiores. La aplicación del llamado «Plan Fouchet», que comprendía
estrictas medidas de selección, desencadenó en noviembre de 1967 una huelga de
10.000 estudiantes en Nanterre. Contribuyó al lanzamiento y a la radicalización
de esta huelga un pequeño núcleo de izquierdistas, solidarios con los
«situacionistas», a los cuales se llamaría luego «Rabiosos» (Enragés). La agitación continuó, con
intervalos, hasta el 22 de Marzo, cuando los estudiantes, dirigidos por Daniel
CohnBendit, ocuparon las instalaciones de la Universidad.
La acción de los
«Rabiosos» habría de extenderse entre sectores mayoritarios del estudiantado.
La protesta cundió rápidamente en las universidades de Estrasburgo, Besanson,
Marsella, Saint-Nazaire, Caen y La Sorbona. Los estudiantes de esta última
realizaron el 3 de mayo un gigantesco acto de apoyo a sus colegas de Nanterre y
a Cohn—Bendit, para ese momento perseguido. El rector Roche llamó a la policía,
y ésta ocupo las instalaciones universitarias y detuvo a 527 estudiantes. Las
organizaciones juveniles llamaron a una huelga estudiantil. El lunes 6, unos
600.000 jóvenes se unian al paro.
La inmediata represión
policiaca convirtió el centro de Paris en un campo de batalla. Los estudiantes
salieron de los centros educativos y recurrieron a la barricada y al motin
callejero. Su decisión habría de atraerles el apoyo de un conjunto de organizaciones
políticas de izquierda, tales como la UJCML (Unión de las Juventudes Comunistas
Marxistas Leninistas) y el comité «Vietnam de Base». El Partido Comunista, que
al principio había calificado al movimiento de «grupúsculos» y de «hijos de
grandes burgueses», terminó apoyándolos desde las columnas de L'Humanité.
La agitación atrajo
importantes núcleos de obreros jóvenes. El 9 de mayo, una manifestación de
40.000 personas atravesó París entonando «La internacional». El 13, un millón
de franceses se incorporó a las protestas. Como bien dijo Alain Geismar, ese
día «señaló la salida de los estudiantes del ghetto de las universidades, la salida de los obreros del ghetto de las empresas[180].
Los días inmediatos, una fulminante sucesión de huelgas y de tomas afectó las
fábricas Sud-Aviation en Bougenais, Renault en Cleon, la metalurgia, los
textiles, la minería, los transportes colectivos y el correo. El 18 de mayo,
nueve millones de trabajadores estaban en huelga.
El movimiento logró además
la activa adhesión de gran parte de la intelectualidad. Godard, Truffaut y
Lelouch suspendieron el XXI Festival de Cannes. El Living'Theatre provocó una agitación critica en el Festival de
Avignon: Sartre manifestó su público apoyo a los huelguistas. Se unieron a la
huelga los artistas de la Comedia Francesa y del Teatro Nacional Popular. La
Confederación General de Trabajadores realizó, finalmente, cuatro grandes
manifestaciones pacificas el día 24. El 28, estudiantes y obreros volvían a
dominar París con imponentes concentraciones.
El movimiento había
logrado su poder por la capacidad de integrar sucesivamente diversos sectores
sociales. Tal circunstancia definió su fuerza, pero también sus límites. Quizá
habría triunfado si a la agitación ideológica, estudiantil y obrera hubiera logrado
añadir la acción política y coordinada de los partidos de la izquierda
tradicional. Estos vacilaron. El Partido Comunista Francés y la Confederación
General de Trabajadores buscaron resolver el conflicto mediante
reivindicaciones laborales, acordadas en Grenelle el 27 de mayo.
Con este instrumento para
conjurar momentáneamente la oleada creciente, De Gaulle obtuvo el apoyo militar
del General Massu, comandante de los soldados franceses estacionados en
Alemania, y apeló al electorado mediante un plebiscito en el cual se presentó a sí mismo como
única alternativa contra «le chienlit» (el
caos). Los bienpensantes atemorizados le dieron una sólida mayoría. El
movimiento insurreccional perdió ímpetu. Los trabajadores fueron regresando a
sus fábricas. La policía tomó de nuevo los bastiones estudiantiles.
El encuentro fortuito de teóricos, agitadores
estudiantiles, obreros en huelga y ciudadanos simpatizantes sobre las
barricadas de París habla creado un espectáculo ciertamente hermoso, pero no
una revolución. Para triunfar, le faltó justamente lo que la contracultura
rechazaba por cuestión de principio: un aparato político organizado y
coherente. Es cierto que los que existían para la fecha fallaron: el fallo de
la contracultura estuvo quizá en no crear uno propio. La brevedad de la lucha
insurreccional no le dio tiempo para ello; el desencanto de la derrota le
impidió estructurarlo posteriormente. El gesto insurreccional sirvió —primero
en Francia, pero luego en Estados Unidos y en el resto de los países
desarrollados— para despertar el pánico de las mayorías bienpensantes, y
estimular a éstas al lanzamiento de un agresivo contraataque de represión,
cierre ideológico y conservadurismo, que habría de dominar las décadas
inmediatas.
Los resultados desilusionantes de la prédica por los
hechos, y de la provocación por los medios masivos, impulsaron a la
contracultura en Norteamérica a una radicalización que cristalizó en movimiento
terrorista. El terrorismo cultural del grupo Biack Mask —sabotaje de exposiciones— cedió el paso a los
dinamiteros Up Against the Wall,
Motherfuckers, y a los expertos en motines callejeros Weathermen. En 1969 chocaron abiertamente con la policía para
protestar contra el proceso de Chicago, y luego pasaron a la clandestinidad,
iniciando una táctica de voladura de bancos y estaciones de policía, que
totalizó entre 1969 y mediados de
1970 cincuenta mil amenazas de sabotaje y cinco mil explosiones: entre ellas,
atentados contra la General Motors, el CIA de Ann Arbor, la Mobil Oil, el Chase
Manhattan Bank de Nueva York y el Bank of America de Santa Bárbara[181]. En Inglaterra, la Angry Brigade siguió el mismo rumbo. La
represión llevó a estos grupos, al igual que al Black Panthers Party, a un aislamiento similar al de los primeros
nihilistas rusos. La contracultura debió buscar nuevos caminos para restablecer
contactos con las masas.
De allí que terminara sirviendo en los movimientos
electorales de algunos candidatos de corte liberal. Así sucedió en la campaña
de Mac Govern, quien fracasó, y en la de Jerry Brown, el cual triunfó en 1974
como gobernador de California, con un amplio apoyo de los sectores
izquierdistas, que son respetable fuerza en ese estado[182]. Es legítimo, desde luego,
apoyar un candidato liberal en contra de uno retrógrado, pero tal apoyo no
conduce a la revolución, ni logra ninguno de los objetivos finales de la
contracultura. La maquinaria de mistificación de las elecciones da para todo.
El intento de establecer una estructura de
comunicación independiente concluyó así en la manipulación de esa estructura
por los políticos tradicionales, cuando no por los inventores de nuevas
religiones, que atrajeron a gran parte de los lideres de la contracultura. De
la comunicación interna se pasó a la propaganda externa, y de ésta, a la
participación y a la ineficacia.
Entonces, los integrantes del Partido Internacional
de la Juventud comenzaron a cumplir treinta años.
Contraculturas de la intimidad
¡Mira!
¡Tanta
gente solitaria!.
John
Lennon y Paul Me Cartney: Eleanor Rigby
Casi todos los bienes que el sistema social facilita
al hombre podrían ser conseguidos individualmente, salvo uno: el de la relación
íntima con el semejante. ¿Qué es lo que falta al náufrago, al tripulante en un
viaje solitario, al castigado con la incomunicación?. Le falta el otro. Pero el otro es lo diverso, la posibilidad de intercambiar opiniones. Al
solitario le falta la contradicción: le
falta un semejante que sea diferente.
Tal es la dialéctica de la soledad y la compañía.
Cuando queremos la conformidad de quien nos acompaña, le concedemos a ella un
valor directamente proporcional a la libertad que le atribuimos.
La conformidad de un eco, de un espejo, o de un
adulante no significa nada: es otra forma de soledad. La compañía se obtiene
compartiendo un código, a través del cual nos puede llegar un mensaje
inesperado.
No es de extrañar que estos términos recuerden los
de la teoría de la información. Mecanismos similares rigen la comunicación
humana, la interacción entre culturas, y la reproducción sexual. Si al huir de
la soledad evitamos la unilateralidad del punto de vista, en la compañía
buscamos la divergencia, y por tanto la profundidad de la visión, utilizando un
procedimiento similar al de la mente, que sobreimpone las imágenes
contradictorias que le remiten ambos ojos para lograr así el efecto
estereoscópico.
En la unión sexual, la naturaleza encuentra asimismo
la posibilidad de coordinar informaciones divergentes que llegan formuladas en
un código común. Cada nuevo ser es el resumen de las diferencias entre el
gameto masculino y el femenino. En el encuentro fecundante entre disciplinas,
se da igual conciliación de la diversidad. Las culturas mismas sobreviven
gracias a un continuo proceso de asimilación de divergencias y mueren cuando
tal proceso se interrumpe. La relación entre persona y persona —así como la relación
entre soma y soma, y entre cultura y cultura— requiere, por tanto, de un código
común, y de una señal novedosa —no redundante, sino inesperada, diferente—
transmitida a través de ese código compartido. La dialéctica de la
comunicación, por ello, requiere la aceptación de la diversidad dentro de la
comunidad.
La ruptura de la soledad sólo se da entre iguales. Y
sólo es igual nuestro aquél a quien atribuimos nuestra propia independencia.
Las condiciones de este juego son rigurosas. A medida que dominamos a quien nos
acompaña, éste deja de ser compañía. A medida que el otro nos domina, dejamos
de ser compañía para él, porque la comunicación —la entrega de lo inesperado—
desaparece.
Sobre estos lineamientos, podemos postular tres
posibles estilos de comunicación entre unidades que comparten un código —un
lenguaje, un sistema de valores, un interés común. En la primera hipótesis,
ambas unidades, iguales e independientes, se comunican en igual grado sus
diversidades. En este caso, existe un mutuo enriquecimiento de la comunicación
y de la relación, que se nutre de la riqueza de la disimilitud de contenidos.
En la segunda hipótesis, un sujeto comunica a otro su información, y lo priva
de la autonomia de retribuirle con mensajes disimiles, o rechaza estos
mensajes. En tal caso, la relación se empobrece, y la comunicación se daña
proporcionalmente. En una tercera hipótesis, uno de los sujetos rechaza su
propio derecho a disentir, y conforma su mensaje al que el otro le dicta, al
extremo de que repite exactamente las peculiaridades de aquél. En este caso,
también la relación se empobrece, y desemboca en incomunicación.
La historia de la lucha por la intimidad, es la de
los intentos de eliminar las mediaciones que convierten a los seres humanos en
emisores todopoderosos o receptores indefensos, y que obstaculizan el logro de
la comunicación ideal entre iguales que se buscan para el intercambio y el
respeto de su divergencia.
Este marco nos permite situar los conflictos de la
relación personal, de la relación sexual y de la mera intimidad sicológica
dentro de la colectividad industrial de la modernidad. En todos esos campos, la
contracultura intentó —y o logró— igualar los términos de la comunicación.
Revolución sexual
Sodomía, fellatio, cunnilingus, pederastia.
Padre,
¿por qué estas palabras suenan tan feo?
Gerome
Ragni y James Rado: Hair
En la civilización industrial de la modernidad, la
realización sexual se encuentra mediatizada por una serie de supuestos
económicos. La relación entre os sexos, que corresponde a una necesidad de
satisfacción biológica y a otra necesidad psicológica de relación personal,
está sometida a un conjunto de obligaciones jurídicas, —en virtud de las cuales
la colectividad interviene para asegurar la estabilidad de la unión— y
económicas —en cuanto se sostiene todavía la tradicional asignación de roles en
la cual el hombre es el proveedor, y su capacidad de mantener una relación
aprobada socialmente depende de su competencia para asegurar el sostenimiento
de la hembra y de la prole. Tal relación, que arroja sobre el hombre pesadas
cargas económicas y morales, y asigna i la mujer un papel de dependencia que
cada vez corresponde menos a la realidad social, termina por convertirse en
frustrante.
Este fracaso de la relación sexual no se limita al
plano fisiológico. Conjuntanente existe una frustración del deseo de intimidad;
de la legítima necesidad Je establecer nexos personales y profundos
—acompañados o no del elemento sexual— con otras personas. La colectividad
industrial acumula en sus centros fabriles y administrativos muchedumbres
condenadas a la soledad. El habitante de la ciudad está herméticamente aislado
de las cien mil personas con las cuales se cruza en la calle para ir al
trabajo; de las mil que encuentra en el centro comercial; de las cincuenta que
lo acompañan en el transporte colectivo; de las quinientas que trabajan en la
misma empresa; de las doscientas que viven en su mismo edificio de
apartamentos, y acaso también de las dos o tres que comparten su vivienda. En
virtud de ello, desarrolla una actitud de retraimiento, hostilidad y frialdad,
cuya divisa es el «no te comprometas», cuya consigna es la indiferencia, y cuyo
trasfondo es el miedo. El temor lleva a ver en todos los seres humanos
competidores o enemigos.
De allí, la histérica carrera de estas sociedades, y
particularmente de la norteamericana, hacia organizaciones gregarias que
aseguren, siquiera a nivel institucional y artificial, un sustitutivo de la
relación personal. El solitario de la multitud paga la agregación a un clan con
la cuota del Rotary o del Club
de Leones; a un equipo con los
honorarios de los encuentros de grupos; o un amigo ficticio, con la sesión del
sicoanalista[183].
Reducido a la última frontera de la soledad, todavía podrá comprar una mascota,
con la cual desarrollar el ritual de un afecto negado y sin respuesta.
En las culturas primitivas y rurales, se habilitan
sistemas para que la pubertad coincida con el matrimonio o con un tipo de
relación sexual regular. Los ritos de paso, celebrados al principio de la
adolescencia, convierten al sujeto en un adulto en toda la extensión de la
palabra. Como hemos visto, algunos de los ceremoniales de la contracultura
tuvieron carácter de auténticos ritos de paso.
En la sociedad industrial, la pubertad se adelanta
cada vez más y la capacidad económica se retarda progresivamente. El proceso de
integración social requiere estudios y entrenamientos cada vez más largos, o
prolongadas pasantías en niveles de ingreso insuficientes. Existe un lapso cada
vez mayor entre la capacidad sexual y su satisfacción aprobada por la sociedad.
Un adolescente, sexualmente maduro a los doce años, puede tener que estudiar
hasta los veinticinco, y todavía trabajar algunos años más para estar en
condiciones de sostener un hogar apenas
a los treinta años. O puede
permanecer indefinidamente en empleos subremunerados que lo incapaciten para mantenerlo.
Así, la vida sexual del adolescente es un rosario de frustraciones,
abstinencias, relaciones clandestinas y sentimientos negados. Esta tensión
desemboca en el legítimo deseo de una liberación sexual, que despoje a ambos
sexos de la carga negativa de sus papeles.
En Norteamérica, durante la década de los sesenta,
facilitaron una cierta liberalización de las costumbres la creciente afluencia
y autonomía de los adolescentes; la masiva entrada de las mujeres al mercado de
trabajo, con la independencia económica y social consiguiente, y la venta
generalizada de anticonceptivos orales. Para 1973, un 25,7% de las
estadounidenses entre 15 y 44 años estaban usando regularmente la pildora[184]. Hacia 1949, Kinsey había
escandalizado al país revelando que, según su muestra de unas 11.000 personas,
una décima parte de las mujeres habían tenido relaciones sexuales premaritales
antes de cumplir los 17 años, y un tercio antes de cumplir los 25. Hacia 1973,
Morton Hunt, basándose en una muestra más reducida de unas 2000 encuestas,
encontró que un 20% de las mujeres había tenido tales relaciones antes de los
17 años, y un 81 % antes de los 25. Más de la mitad de las encuestadas por
Kinsey que habían tenido relaciones premaritales, lo habían hecho con una sola
pareja; tres décadas más tarde, Morton Hunt encontró una proporción idéntica.
Los varones de más de 35 años entrevistados por Kinsey entre 1938 y 1949 habían
tenido un promedio de seis parejas; los encuestados por Hunt en 1973 presentaban aproximadamente el mismo
número de relaciones. Tampoco hubo un incremento apreciable en las relaciones
de adulterio: Kinsey calculó que la mitad de sus encuestados casados había
cometido adulterio; la encuesta de Hunt arrojó sólo una incidencia de un 41 %.
La principal variación parecia apuntar hacia un incremento en las relaciones
prematrimoniales y un descenso en la edad en que comenzaban las mismas, pero no
necesariamente sugerían promiscuidad ni libertinaje: en la mayoría de los casos
tales uniones se realizaban con parejas estables, con quienes se esperaba
llegar al matrimonio. Con razón concluyó Morton Hunt que «por remarcables que
estas cifras sean, no implican en absoluto una ruptura total con el pasado»[185].
A esta incipiente
liberación sexual, que apenas amenazaba transformar las instituciones
familiares y destruir la trama de supuestos económicos que rodean la relación
íntima, opuso la sociedad industrial una venta masificada de símbolos del sexo,
mediante los cuales el consumidor podía satisfacer sustitutivamente sus
frustraciones. La implicación sexual, abierta o subliminal, se convirtió en el
tema preponderante de la propaganda que incitaba al consumo; se
industrializaron mercancías que, como la minifalda o las botas, sugerían una
señal sexual que no tenía que corresponder a nada. La represión continuó
institucionalizada, bajo un barniz de erotismo postizo.
Así, el sexo, como los
restantes símbolos de la contracultura, sufrió el proceso de multiplicación,
neutralización e inversión del significado que hemos indicado anteriormente. Si sus
adherentes comenzaron exhibiendo la bandera de un sexo adánico, a la vez libre
y gratuito (free), el sistema no
tardó en oponerle el mensaje universal de que el sexo puede ser conseguido a
través de la mercancía —sea ésta ropa, automóviles, perfumes, cigarrillos,
joyas o viajes— y de que puede, a su vez, comprar mercancía —seguridad, status matrimonial, ascenso en el
trabajo y otras ventajas materiales[186].
En ambos casos, el sexo
deviene valor de cambio y objeto, y en la misma medida se ocluye como vehículo
de intimidad. La civilización industrial lo despoja de su función reproductiva
mediante la píldora, y lo despoja de su función personal al volverlo medio
indispensable para fines, o fin inalcanzable sin medios.
No es extraño, por ello,
que la revolución sexual haya concluido en —o por lo menos revelado— una
extensísima patologia erótica en las colectividades de la modernidad. La
literatura sobre el tema, lejos de descubrirnos la aproximación a las
relaciones edénicas descritas por Reich en sus libros[187],
aburre con una abrumadora estadística sobre impotencia, frigidez, terror al
sexo, trastornos neuróticos, insatisfacción, preocupaciones obsesivas y
recriminaciones. No es el sexo lo que ha fracasado, sino el intento de obtener
a través de él ventajas que le son extrañas. La lógica de las relaciones
personales determina que sólo se puede obtener de una relación lo que se lleva
a ella. Quien compra compañía, o sexo, o admiración, obtiene a cambio sólo
mercadería. La costumbre, consagrada por el sistema y refrendada por su
publicidad, de considerar al sexo un medio, un instrumento manipulativo, un
valor de cambio, hace desconcertante la relación de justicia en virtud de la
cual el mero aporte de sexo sólo es retribuido con sexo, y no con protección, o status, o subordinación, o amistad o
respeto, o amor, o prestaciones económicas, o, en otras palabras, el restante
universo de las relaciones humanas.
Movimiento
homosexual
Gay is okey.
Consigna homosexual
Los datos que Kinsey
terminó de recoger en 1949, revelaron que una cuarta parte de los varones
norteamericanos encuestados había tenido, por lo menos una relación homosexual.
En 1973, Morton Hunt encontró una proporción igual entre sus entrevistados. Asimismo,
determinó que una de cada cinco solteras y una de cada diez casadas habían
tenido experiencias lesbianas: también aquí las estadísticas eran
sorprendentemente similares a las compiladas por Kinsey tres décadas antes.
Ello llevó a Hunt a concluir que «en suma, mientras que la homosexualidad se ha
vuelto más visible que en la generación pasada, su incidencia en la población
general y el rol que juega en la vasta mayoría de hombres y mujeres no parece
haber cambiado»[188].
Lo que sí cambió
abiertamente fue la actitud contracultural que en las últimas décadas asumieron
los veinticinco millones de gays y lesbianas que, según se estima, viven en los
Estados Unidos. Minoría más o menos oculta en tiempos de Kinsey, hacia 1950 creó
públicamente la Mattachine Society y las
Hijas de Bililis, organizaciones para la defensa de sus intereses; en 1969
protagonizó tres días de motines en protesta por
la clausura de un bar homosexual en Nueva York; en 1970 los conmemoró con
desfiles en esa ciudad y en San Francisco; en 1984 reunió cien mil adeptos en
una marcha de protesta contra el cierre de los baños públicos, también en Nueva
York; en 1987 reunió un cuarto de millón de adherentes en Washington para
desfilar en defensa de sus derechos civiles, y en 1989 el grupo ACT UP (Aids Coalition To Unleash Power) animó una
provocación-protesta aplastando hostias ante la Catedral de Saint Patrick, en
el más puro estilo de las acciones yippies: mezcla de happening y manipulación de los medios.
A esta homosexualidad disruptiva se ha ido oponiendo
progresivamente otra corriente, deseosa de integración en las estructuras del
sistema discriminador. La misma se ha anotado progresivos triunfos: elección de
gays para cargos representativos,
como el supervisor Harvey Milk en San Francisco en 1977, el congresante Gerry
Studds, quien hizo pública su peculiaridad en 1983, y otros cincuenta oficiales
electos reconocidamente homosexuales; constitución de lobbys para la defensa de sus derechos; obtención, en 1986, de un
fallo de la Suprema Corte que impide a los estados de la Unión ¡legalizar la
sodomía; integración de comités para apoyar la investigación médica sobre el
SIDA y para defender a los enfermos del virtual estado de parias en que los
colocan las medidas sanitarias y la discriminación social. Su aspiración
inmediata es el ingreso libre en las instituciones más conservadoras: el
ejército y la familia legalizada con derecho a adopción. Siete ciudades
americanas tienen leyes que acuerdan diversos derechos conyugales a las parejas
homosexuales. Como dice Roberta Achtenberg, activista lesbiana y fiscal en San
Francisco, «los gays se dan cuenta
repentinamente de que necesitan. los sistemas de ayuda que el Estado y la
sociedad les conceden como derechos a las familias heterosexuales»[189].
Para lograr esta asimilación, algunos dirigentes de
importancia desaconsejan las tácticas extremistas de ACT UP. Martin Bauml
Duberman, por ejemplo, sostiene que «hay que minimizar las diferencias con la
mayoría para ganar la aceptación», a pesar de que «de hecho el valor de la
subcultura está en su Diferencia». Marshall Kirk y Hunter Madsen argumentan que
« la revolución gay ha
fracasado» porque ciertas conductas extremas, como la promiscuidad o el sexo
público, ofenden a las personas convencionales[190].
Lo cierto es que la contracultura gay ha durado en actividad visible mucho
nás que las restantes protestas sexuales. Quizá tenga que ver con ello el hecho
le que estas últimas deseaban abandonar el sistema, mientras que los gays en gran parte aspiran a integrarse
en él. Ello no será difícil para un mercado y un electorado coherentes de
veinticinco millones de personas: una cultura no es más que una contracultura
convertida en mercado.
Movimiento
de liberación femenina.
La naturaleza de la mujer
es tan propia para la guarda
de un
Fstado como la del hombre,
y no hay más diferencia que la
del mús o del menos.
Platón:
La República, Libro V
Uno de los hechos más constantes de la especie
humana es la división de roles entre hombre y mujer, y el papel preponderante
del primero en casi todas las sociedades históricamente conocidas. La
explicación de Engels, derivada de la de Morgan, sostiene que esta divergencia
se afirma en el momento en que, al aparecer la propiedad, el varón también
convierte en propiedad privada exclusiva a la mujer, para asegurar un mecanismo
de transmisión hereditaria del patrimonio. Al respecto afirma Engels que la familia
monogámica «Nace de la familia sindiásmica, según hemos demostrado en la época
que sirve de límite entre el estadio medio y el estadio superior de la
barbarie; su triunfo definitivo es uno de los síntomas característicos de la
civilización naciente. Se funda en el poder del hombre, con el fin formal de
procrear hijos de una paternidad cierta; y esta paternidad se exige, porque
esos hijos, en calidad de herederos directos, han de entrar un día en posesión
de los bienes de la fortuna paternal». Este desarrollo tendría origen en una
división del trabajo entre los sexos de acuerdo a la cual, según el propio
Engels, « el papel del hombre consistía en proporcionar la alimentación y los
instrumentos de trabajo necesarios para ello, y, por consiguiente,, era propietario
de estos últimos; se los llevaba consigo en caso de separación, igual que la
mujer conservaba sus enseres domésticos. Según la costumbre de la época, el
hombre era igualmente propietario del nuevo material de alimentación (el
ganado) y, más adelante, del nuevo medio de trabajo (el esclavo)»[191].
El factor esencial de la división vendría a ser
dado, por tanto, por las facultades del hombre para el trabajo físico violento
(captura de la presa, cría del ganado, cacería de esclavos), y las
vinculaciones entre la fisiología femenina, la preñez y el cuidado de los
niños. Un hecho biológico habría dado lugar a una categoría económica que, a su
vez, ha creado toda una superestructura social, cultural, jurídica y política.
Diversos han sido los
intentos de complementar esta explicación. Simone de Beauvoir la considera
«desilusionante» e «incompleta» y añade que « el hecho de que la mujer sea
débil y de inferior capacidad productiva no explica tal exclusión: debido a que
la mujer no compartió la forma de trabajar ni de pensar, porque permaneció encadenada a
los misteriosos procesos de la vida, es que el hombre no
reconoce en ella un ser igual, ya que no la aceptó, ya que, a sus ojos, tenía
el aspecto del otro; el hombre no podía más que ser su opresor»[192].
Pero tal objeción no aclara por qué debía ser el varón quien oprimiera a la
mujer en función de su otredad, y no
viceversa; salvo que se acepte como innato y determinante de una forma de
trabajar y, ante todo, de pensar, este encadenamiento «a los misteriosos
procesos de la vida». La feminista Juliet Mitchell también complementa la
explicación económica apuntando otra cualidad innata de la mujer, su «menor
capacidad para la violencia así como para el trabajo, que ha determinado su
subordinación», ya que «en la mayoría de las sociedades la mujer no sólo ha sido
menos capaz que el hombre de desempeñar labores arduas, sino que ha sido
también menos capaz de pelear», al tiempo que «el varón no sólo tiene la fuerza
para dominar a la naturaleza, sino también a sus semejantes»[193].
El tema de la
determinación innata de una conducta menos agresiva ha sido desarrollado
asimismo por Norman Mailer y por el antropólogo Steven Goldberg, quien apunta
que «las diferencias sexuales, en cuanto a la agresión, son suficientes para
explicar la inevitabilidad del patriarcado, el dominio masculino, y la
conquista por parte del varón de roles de categoría»; diferencias en principio
localizables en «el sistema hormonal, que hace que el hombre sea más agresivo».
Esta diferencia sería, por otra parte, reforzada y perpetuada por un sistema de
socialización localizado en la propia familia y en el grupo social, que obliga
a los sexos a aceptar estos roles como inmodificables, y a internalizarlos[194].
Las críticas contra las
consecuencias sociales, económicas y políticas de tal separación de roles, son
de antigua data. La igualdad de derechos con el hombre, el acceso a la
política, la igualdad de remuneración, la liberalización de costumbres y la
modificación e incluso la desaparición de la familia figuran en los clásicos
sobre la materia, desde el liberal La
igualdad de los sexos, de John Stuart Mill y H. Taylor Mill, hasta el Manifiesto Comunista[195]
18. Estrictamente hablando, toda la teoría de la liberación femenina fue
desarrollada por Platón, quien, al señalar que en un Estado en donde impera la
justicia cada ciudadano debe ocuparse del oficio para el cual es más apto,
añadió que debía darse también esta oportunidad a las mujeres, tomando en
cuenta como único criterio selectivo el
grado de aptitud individual presentado por cada una de ellas, y no el sexo[196].
En virtud de sus capacidades particulares, perfeccionadas por la educación
y verificadas por sucesivos exámenes, la mujer —al igual que el varón— podía
ser productora, guerrera o filósofa gobernante. Añadamos que, con agudeza,
Platón sostuvo que este cambio sólo podía darse en un sistema político en donde
hubiera desaparecido la propiedad, que induce al individuo a contraponer sus
intereses económicos particulares a los del Estado; y la familia, que presupone
la exclusividad sexual sobre la pareja y la vinculación prolongada entre los
procreadores y los descendientes. En la utopía platónica, además, estarían
separadas sexualidad y reproducción —la una libre y promiscua para las uniones
no fecundas; la otra regimentada por los planes eugenésicos obligatorios de los
(y las) filósofos gobernantes.
Viable o no, el sistema
platónico señala el hecho de que la plena integración igualitaria de la mujer a
la sociedad afecta los vínculos económicos, sexuales y sicológicos que la
sujetan a la institución familiar; y, por argumento a contrario, señala que, a
medida que la mujer confine su actividad productiva, su lealtad sicológica y su
actividad sexual y reproductiva en el marco de la familia, no podrá lograr una plena igualdad
con el hombre. Casi todos los clásicos sobre la materia no han
hecho otra cosa que desarrollar estas intuiciones fundamentales.
El actual movimiento de
liberación femenina comparte con las restantes contraculturas su diversidad
ideológica y organizativa; su especificidad casi excluyente, y la
preponderancia del trabajo a nivel simbólico.
Es imposible, en efecto,
hablar de un movimiento de liberación femenina[197].
Centenares de grupos y de personalidades han ofrecido las más diversas metas y
vías de acción; desde la acomodaticia N.O.W., que quiso lograr una mejor
participación de las mujeres en las instituciones ya existentes —propiedad,
negocios, familia—, hasta la apocalíptica S.C:U.M., cuyos planes confesos
comprendían la castración y la eliminación de todos los varones del planeta.
Esta multiplicidad de grupos y tendencias determinó, a la vez que la variedad
del movimiento, su relativa ineficacia, la dispersión de esfuerzos y la
contradicción de iniciativas: propusieron sus
objetivos sin coordinarlos dentro de un plan más vasto de reforma social, lo
que causó su aislamiento, y a veces su oposición a otros movimientos
contraculturales. Paradójicamente, buena parte de los textos de los movimientos
de liberación femenina contuvieron ataques, no contra el establishment, sino contra los grupos contestatarios; muchas de sus
acciones públicas se dirigieron, asimismo, contra personas, grupos o
publicaciones de la contracultura[198]. De tal manera, una causa
inseparable del resto de los intentos de reforma social, corrió el riesgo de
excluirse de ellos y de presentar sus reivindicaciones como una causa
particular, al margen de la lucha de clases y de los restantes problemas de la
sociedad alienada. Pero es cierto que algunas de estas reivindicacines eran
inseparables de una cierta identidad sexual: entre ellas, el derecho al control
de la fecundidad y al aborto. Los movimientos de liberación femenina, en este
aspecto, no difirieron de otros sectores de la contracultura empeñados en
postular vindicaciones particulares, relativas de manera directa y exclusiva al
tipo de marginación específica sufrida, y sólo en casos excepcionales
integradas en un plan global de desalienación.
También caracterizó a estos movimientos el énfasis
en la manipulación simbólica propio de tantos otros sectores de la
contracultura. Las feministas fueron y son ante todo organizaciones de propaganda
y de movilización de la opinión. Sus armas consisten en revistas, publicaciones
y manifestaciones; con menos frecuencia, en centros de asistencia social, de
asesoría jurídica y de promoción de reformas legislativas; muy raramente, son
sindicatos o partidos políticos en la estricta acepción de la palabra.
El énfasis en la manipulación de símbolos tiene
ventajas. La primera, la legalidad; la segunda, el relativo consenso de
opinión. La mayoría de las legislaciones modernas consagran de manera formal el
principio de la igualdad de derechos de la mujer, y la casi totalidad de las
organizaciones políticas y de los medios de comunicación de masas lo proclaman.
En el campo de la manipulación de símbolos, las feministas empeñan una batalla
ganada de antemano por teóricos de la talla de Stuart Mili, Mary Wollonstonekraft,
Marx, Engels, Alexandra Kollontai, Stella Browne y Simone de Beauvoir. El hecho
de que la batalla siga empeñada denota la flaqueza esencial —compartida por
toda la contracultura— del método de trabajo que enfatiza la mera manipulación
de símbolos por encima de otras variedades de la praxis política.
En efecto, la igualdad y la libertad femeninas
pueden ser declaradas en constituciones, custodiadas por leyes, refrendadas por
medios de comunicación y celebradas por grupos feministas —pero sólo empiezan a
existir desde el momento y a medida que la participación directa de la mujer en
el mercado de trabajo le da una fuerza económica específica y le asegura el
control de sus ingresos. Cada libertad es comprada y ganada a través de una
responsabilidad, cada posición, conquistada a cambio de un servicio prestado.
De la participación de la mujer en los procesos productivos de la sociedad y de
la índole de esa sociedad depende la condición de la primera, tanto en sus
aspectos económicos como en los sociales y culturales. Conforme a la aguda
observación de Stella Browne al oponerse al doble
standard, el mismo «es una parte integral de cierto orden social; y
repudiar tal standard, mientras se
sostiene y se acepta ese orden social, me parece absurdo»[199].
Las proclamaciones supraestructurales de igualdad de
derechos de la mujer serán por ello vacuas mientras no estén respaldadas por
una igualdad de participación infraestructural en los procesos productivos. Y
esta participación, a su vez, no asegurará la justicia, mientras se dé dentro
de las contradicciones que vician el trabajo en la sociedad capitalista.
Justamente son tales contradicciones, y no el mero
machismo, o la existencia de la nueva izquierda, las que amenazan las
posibilidades reales de igualdad femenina. El primer dramático avance hacia la
misma se produce con la intervención de la mujer en la industria, paso que, por
cierto, la sometió a todos los horrores de la explotación laboral del
capitalismo temprano[200]. La invención de la máquina
de escribir le abre el mundo de la administración de los negocios; y la
necesidad de mano de obra para las industrias bélicas incorpora asimismo
inmensos contingentes femeninos a la producción industrial.
Pero así como las alzas de este mercado de trabajo
«liberan» a la mujer —sometiéndola a las explotaciones y abusos del capital en
condiciones de casi igualdad con los varones— sus bajas la mantienen o la hacen
regresar a la dependencia económica, de la cual resulta su dependencia social[201]. Las primeras víctimas de
una recesión son las trabajadoras, porque los empleadores suponen que el varón
tiene de dependientes que sostener con su sueldo, y por ello prefieren despedir
a las mujeres, o no adjudicarles plazas. Las crisis son las que alejan a las
mujeres de los puestos de trabajo y las dejan en una condición de dependencia económica en la cual no pueden menos que ser víctimas de otro tipo de
dependencias: culturales, sociales y sicológicas.
Concretamente, la crisis
general del capitalismo que se desata en la década de los setenta cierra
infinidad de oportunidades para las mujeres, retrasa o impide su incorporación
a la fuerza de trabajo y, por tanto, las coloca en roles más tradicionales, vinculados
a las labores domésticas o a la dependencia familiar. Pero tales roles se hacen
cada vez más inseguros porque el capitalismo, al debilitar los vínculos
familiares, al mercantilizar el sexo, al arrancarle a la familia una a una sus
funciones de producción, de educación y de seguridad social, hace de ella un
asidero inseguro, transitorio y precario[202].
Y a medida que las mujeres ven negadas sus posibilidades de liberarse a través
de la independencia económica, también ven amenazado su rol tradicional en la
familia, la cual es atacada por la contracultura, pero también por las fuerzas
disolventes de la sociedad industrial.
El sistema contribuye a
mantener a la mujer dentro del rol tradicional al no ofrecer alternativas
sociales para la realización de los quehaceres domésticos y la crianza de los
niños: no provee ni guarderías, ni comidas baratas y aceptables, ni formas de realización
simplificada y colectiva de las tareas del hogar; carencias estas que tienden, o bien a encerrar a la mujer en su
rol tradicional de suplirlas, o a atribuirle la doble carga del trabajo y los
oficios domésticos[203],
o bien a exigir del cónyuge una cooperación que se resiste a dar por ser
contradictoria con su rol invariado de proveedor de la familia. Esta última
alternativa es dificultosa, ya que «como lo indican las encuestas en ambos
lados del Atlántico, los varones están típicamente inclinados a acordarles
amplios `derechos' políticos, civiles y económicos a las mujeres, pero sólo si
éstas cumplen también con sus obligaciones caseras y familiares»[204].
Así planteado, el problema femenino se centra en una cuestión de reajuste de
tareas atribuidas por una organización del trabajo en parte superada, dentro de
una sociedad que no prevé los mecanismos ni las facilidades para tal reajuste,
porque dichas actividades no son rentables, ni capitalizables[205].
La entrada de la mujer al
mercado del trabajo asalariado dificulta o imposibilita su anterior
especialización en los quehaceres domésticos de la familia nuclear: oficios del
hogar y crianza de los niños. Gran parte de la problemática de la liberación
femenina gira alrededor de la persistencia de la necesidad de estas tareas. Tal
punto amerita reflexiones adicionales.
El problema del trabajo
«doméstico» obedece a que la mujer abandona en grandes números la estructura de
división del trabajo que la especializaba en él, antes de que se articule un
sistema para asumir la realización social de tales tareas. La opción está entre
una división del trabajo —tradicional o nueva— que encargue de tales cometidos
a especialistas, o una acumulación de labores que los recargue sobre el trabajo
asalariado. La condición de la mujer es mejor en aquel sistema que asegura la
primera opción; la del hombre y la mujer se agrava en aquél que los obliga a
duplicar su jornada como trabajadores asalariados y como trabajadores
domésticos. En la articulación de nuevos sistemas de solución especializada
social del quehacer doméstico, por tanto, reside la condición del mejoramiento
de la mujer.
Tal solución está próxima
en los países socialistas; y remota en los capitalistas. Añadamos que,
cualquiera que se adopte, significaría la desaparición del último asidero de estabilidad económica de
la estructura familiar. Asumidas por especialistas las tareas domésticas y la
crianza de los niños desde su más temprana edad; sólo la necesidad de relación
intima, sicológica y sexual —y quizá en este orden de importancia— vinculará a
las parejas, de manera probablemente más legítima, pero más transitoria.
Antes que la liberación de
la mujer, habría que hablar de volatilización de la familia. Tal cambio
redundaría en un incremento simultáneo de la libertad y de la soledad. Están
por verse los resultados sicológicos de tal forma de vivir. Hasta el presente,
la naturaleza sociable del hombre ha determinado que toda separación del
vínculo hasta cierto punto natural de la familia redunde en una entrega
proporcionalmente mayor a familias sustitutivas, tales como la sociedad, la
orden religiosa, la causa política, la amistad y en general el grupo, sea éste
profesional, deportivo o terapéutico. A medida que Dios y la familia mueren, dejan
vacíos cuya ocupación no es sencilla. Se intentan sucedáneos de ambos: a la
lucha heroica por librarse de aquéllos, sucede una batalla cómica por
encadenarse de nuevo a sus cadáveres, y el miedo a la libertad conduce a
rituales de resurrección ante las tumbas.
Debemos añadir que el
trabajo doméstico no es improductivo: satisface de manera directa las
necesidades de consumo y socialización más esenciales de la vida humana.
Tampoco es impagado —en cuanto que su recompensa consiste en compartir el nivel
de vida generado por el trabajo asalariado de otros miembros de la familia.
En el grupo familiar
subsisten las estructuras no monetarias de cooperación y de asistencia mutua de
la comunidad primitiva, insertas dentro de la sociedad industrial, y por ello
inexpresables en términos de la teoría económica de la última. La liberación femenina es el abandono por la
mujer de estas categorías de asistencia recíproca comunal interdependiente,
para adherirse a las prácticas económicas —trabajo especializado,
extrafamiliar, competitivo y cuantificado en un salario— de la modernidad.
El cambio de ocupación implica también el de
mecanismos de control de conducta. Las coerciones establecidas en la familia
comprenden un sistema de relaciones de dependencia sicológica —de la mujer y
los descendientes hacia el varón, pero también de éste hacia ellos, en la
medida en que tal dependencia lo liga con una carga de responsabilidad hacia la
parte alegadamente débil. En el mercado de trabajo no hay ya una relación de
dependencia—sumisiónasistencia, sino de producción-disciplina-salario. Es también
más fácil cambiar de trabajo que de familia. La sustitución de un mecanismo
coercitivo por otro le ofrece a la mujer, por tanto, un margen más amplio de
elección, un pago monetario preciso de su aporte, la promesa de un aumento de
remuneración proporcional a la cuantía y la calidad de dicho trabajo —y no al
status logrado por el padre de familia— y, por ello, un mayor grado de libertad
individual y de responsabilidad, al mismo tiempo que de incertidumbre.
Para la mujer se reproduce así, a escala individual,
la reorientación de la conducta que señala Riesman como propia de quienes pasan
desde la dependencia colectivista del grupo clánico o familiar en las
sociedades atrasadas de alta demografia, hasta la autonomia e internalización
de metas del habitante de la comunidad en desarrollo industrial y
estabilización demográfica[206]. Afinando el análisis de Riesman, deberíamos decir que este cambio
de patrones de conducta adviene primero en el varón, en contacto directo con la
dinámica de la producción social, y que, a la larga, se extiende a los demás
integrantes del grupo familiar, en el momento y a medida que el desarrollo
social de la producción ataca y desintegra los núcleos clánicos y familiares.
La mujer se «libera» sicológica y económicamente del grupo familiar clásico y
clánico cuando ya éste se debilita y deja de constituir la unidad esencial de
producción. En ningún caso se trata de triunfos de una libertad abstracta
contra una malignidad opresiva, sino del desprendimiento de los individuos de
instituciones que han dejado de ser, primero, unidades de producción, y luego,
unidades de consumo, para reducirse a alianzas para la reproducción.
Como señala con gran agudeza Juliet MitchelI[207], las estructuras claves de
la posición de la mujer consisten en su intervención en los procesos de
producción, reproducción, sexualidad y socialización de los niños, y no puede
advenir un cambio significativo sin que la totalidad de dichas estructuras sea
modificada. Hasta un presente muy cercano, definía la condición de la mujer el
hecho de que todos estos procesos se daban dentro del núcleo familiar. Gran
parte de los cambios en el papel femenino en las sociedades industriales
radican en que alguno o todos de dichos
procesos empiezan a cumplirse fuera de la familia, como sucede, por
ejemplo, con la entrada al mercado de trabajo asalariado, la liberación sexual,
la concepción fuera del matrimonio y la creciente y cada vez más temprana
entrega de los niños a guarderías, jardines de infancia, medios de comunicación
de masas y otras formas afines de socialización.
Todos estos procesos deben ser cumplidos para
asegurar una vida plena, y de paso, la subsistencia de la sociedad. Hasta el
presente, y dentro de la estructura del capitalismo, cada énfasis de la mujer
en uno de ellos se ha hecho a costa de los otros.
El ingreso en la producción ha significado
desatención o disminución de los roles reproductivos y socializadores. Al mismo
tiempo, el cumplimiento de estos últimos interfiere con la producción
asalariada. Ningún juego de palabras, ningún escamoteo ideológico puede ocultar
el hecho de que tales tareas han de ser
cumplidas si la sociedad debe subsistir; que la acumulación de las mismas
en la mujer, como hemos dicho, ha dejado de ser llevadera desde que ésta entra
al mercado de trabajo asalariado que la distancia físicamente del hogar; que,
por la misma razón, al varón le es dificil asumir tales cargas, y que la única
solución viable consiste en que la sociedad articule mecanismos para hacerse
cargo de las tareas que ni la mujer ni el varón pueden cumplir en el hogar por
su participación en la producción, o acuerde a la pareja un ocio laboral
suficiente para desempeñarlas.
Las tensiones generadas por la posibilidad del
cambio de roles han tenido diversas expresiones. Hemos señalado que la
comunicación entre entidades que tienen código común y subculturas diversas
puede derivar hacia las posibilidades de: a) total asimilación de una por la
otra; b) segregación exclusivista e incomunicación; c) comunicación de la
diferencia dentro de la igualdad. Entre esas posibilidades podemos
circunscribir un anecdotario —ya que no una historia, que requeriría volúmenes—
y casi una cronología de los movimientos feministas de la contracultura. Una
observación adicional: tales movimientos se inician en los países más
desarrollados del capitalismo —en donde la mujer se ha integrado más al mercado
de trabajo asalariado— y su número de adeptos y su vigor es proporcional a tal
participación en el trabajo extrahogareño, lo cual confirma que existe una
estrechísima relación entre el ingreso al trabajo asalariado y la liberación de
la mujer. De no ser así, los movimientos feministas se habrían originado en los
países atrasados, en donde conserva toda su fuerza la familia patriarcal, y la
dominación masculina se hace sentir en un grado mayor.
La subcultura femenina, al igual que otras, se
inició con un esfuerzo fallido por
asimilarse a la cultura segregante, en este caso la del varón. Su primera
manifestación importante, en efecto, la constituyó la fundación, por Betty
Friedan, en 1966, de la N.O.W. (National
Organization of Women), dedicada a obtener
la igualdad para las mujeres dentro de las estructuras de un sistema al cual no
se proponía atacar ni alterar. Núcleo, esencialmente, a prósperas mujeres de clase media, aburridas de
sus tareas de ama de casa, deseosas de compartir el nivel de ingresos, de
independencia, de autoridad y de prominencia atribuidos al varón, sin
quebrantar las instituciones.
Un análisis de la desigualdad de los sexos que
soslayara toda crítica de fondo al sistema social, político y económico, debía
terminar centrándose en la propia diferenciación sexual y siendo ineficaz para
producir modificaciones significativas. Tales condiciones produjeron, hacia 1968, la escisión del N.O.W. y la
creación de The Feminist y del New York Radical Feminist, así como la
aparición de formas extremas del movimiento, tales como Witch, Redstocking y S.C.U.M. Las subculturas de la integración
habían devenido en contraculturas.
Estas se caracterizaron por un intento de imposición
agresiva y exclusivista de la propia parcialidad. Predicaron el odio
sistemático al varón, manifestación equivalente a la de las etnias que se
pronunciaron a favor de una segregación racista de signo negro, o a la de los
adolescentes que postularon una cultura juvenil, cerrada, críptica y
excluyente. El mecanismo del sistema que los segregaba tuvo éxito a su vez en
hacerlos segregadores, y, por ello, desunidos y proporcionalmente débiles. Así,
The Feminist pretendió constituir una
sociedad basada en las mujeres; destruir los roles sexuales; aislarse de las
restantes organizaciones progresistas dirigidas por los hombres, y cortar la
relación con éstos (permitían sólo a un tercio de sus miembros la vida con un
hombre). Las New York Radical Feminist dieron
preponderancia en su análisis al chauvinismo
masculino por encima de las relaciones económicas, y dieron acceso a su
organización sólo a las mujeres. La vida pública de S.C.U.M. (Society for Cutting Up Men: Sociedad para Liquidar a los Hombres) comenzó en
1968, con el intento de su fundadora, la modelo y actriz Valerie Solanas, de
matar a tiros al director de cine Andy Warhol. El programa de la organización
incluía hacer lo mismo con todos los hombres, pero falló, incluso con Warhol,
quien sobrevivió. Lr, Women's
International Terrorist Conspiracy from Hell (W.I.T.C.H.: bruja), llevó el
espíritu de facción hasta ocupar el periódico revolucionario RAT bajo el
alegato —por otra parte cierto— de que todos los movimientos de contestación
habían sido iniciados y dirigidos por hombres. Abbie Hoffman, Jerry Rubin; «Cha
Cha» Jiménez, los nueve de Chicago, los Weathermen,
John Sinclair, y en general, el movimiento pacifista, el movimiento
ecológico y el socialismo fueron atacados por su condición masculina, y por
contestatarios, condición esta última determinante del ataque, pues el
manifiesto[208]
no incluyó la más mínima mención a los hombres ni a las estructuras de la
plutocracia. Las Redstockings, por su
parte, redujeron el problema de la opresión humana al de la supremacía del
varón; concluyeron que «todas las demás formas de opresión (capitalismo,
racismo, imperialismo, etc.)» son extensiones de la misma[209], y la combatieron
saboteando concursos de belleza, ceremonias matrimoniales, y variadas
manifestaciones de explotación de la atracción sexual femenina[210]. En cuanto al método, tales
acciones no difirieron de las provocaciones surrealistas y llenas de humor
negro de los yippies, de las cuales las separaba la voluntad
aislacionista.
La teoría del segregacionismo sexista se centró en
los estudios tendientes a señalar el obvio hecho de que la naturaleza sensible
del clitoris hace posible el orgasmo a través de la excitación manual[211]. La verdad de que es
posible tal masturbación, llevó a la feminista Ti Grace Atkinson a sostener que
«las relaciones sexuales deben dejar de ser el medio social para la renovación
demográfica»[212],
y a Anne Koedt a postular que « la sexualidad lesbiana es un excelente
argumento, basado en datos anatómicos, para la extinción del órgano masculino»,
lo cual haría de la heterosexualidad «no un absoluto, sino una opción»[213]. Shere Hite aduce a favor
de ello el curioso argumento de que «la cópula nunca sirvió para estimular a
las mujeres para llevarlas al orgasmo»[214] (desmentido por el capítulo
inmediato de su libro, que lleva por titulo justamente «Mújeres que
experimentan el orgasmo durante la cópula»). Los hombres, pues, por las propias
palabras de las radicales, habrían de ser eliminados, silenciados, castrados,
separados de los grupos contestatarios, despojados de su rol sexual y en el
mejor de los casos, segregados, para que el movimiento feminista pudiera lograr
su plenitud.
Toda otra rama del mismo se dedicó, sin embargo a
postular el reconocimiento de la igualdad
en la diferencia; a analizar, conjuntamente con el predominio del varón,
los mecanismos sociales que lo habían hecho posible, y las transformaciones
revolucionarias necesarias para lograr la igualdad de los sexos, y para
conferir a la mujer el control de su sexualidad y de su fecundidad. Fue el
sector menos publicitado de la contracultura, porque atacaba el capitalismo y la división en clases sociales, cosa por
cierto con mayores probabilidades de éxito, y que dolía más al sistema, que la
hipotética extinción del varón.
Es en todo caso obvio que
la igualdad de los sexos depende de una igualación en el desempeño del trabajo
no doméstico; y que tal cambio sólo puede darse mediante una profunda reforma
social, pero también económica y política. Los movimientos feministas que
soslayan ese hecho corren el riesgo de quedarse, como otros tantos sectores de
la contracultura, en lo anecdótico, lo efímero y lo contradictorio.
Alternativas a la familia: comunas.
¿No debe el socialismo avanzar sobre
dos alas, una macropolltica, macrosocial, que plantee el problema del mundo en
su conjunto y el de cada sociedad en particular, la otra existencial, en la que
se fundan las experiencias y se creen los embriones de otra vida?. Ahora bien,
no es en la gran empresa industrial donde se pueden crear esos núcleos nuevos
—y el alcance revolucionario de la autogestión tiene por fuerza que resultar
limitado—, es afuera, al lado (durante los períodos de vacaciones en los islotes
de la vida cotidiana entre los artistas y en los ambientes culturales) por
debajo (en los sectores neoartesanos neoarcaicos) por encima (en los sectores
de punta de la invención y la investigación), es allí donde se sitúan los
nuevos cimientos.
Edgar Morin: Diario
de California.
Como señala el Manifiesto Comunista[215],
los principales ataques contra la familia no vienen del movimiento
revolucionario, sino del capitalismo. En efecto, en las sociedades antiguas, la
familia compendiaba casi todas las funciones sociales: la de unidad productiva,
la de unidad de consumo, la reproducción, la religiosa, la educativa, la de
asistencia social, e incluso la de defensa. La evolución de las sociedades ha
ido despojándola de funciones: el capitalismo le arrancó su carácter de unidad
de producción: por obra y gracia del sistema —y no de las contraculturas— la
familia es una unidad de reproducción y un precario marco para la intimidad
personal —sea ésta sexual o sicológica. En los países industriales y en sus
aglomeraciones urbanas, prepondera la familia nuclear, reducida a la relación entre una pareja y sus
descendientes directos en situación de dependencia, que abandonan casi toda
vinculación con los progenitores en cuanto pueden mantenerse. La lógica de la
modernidad ha reducido la familia —y el universo de relaciones personales
involucrado en ella— a su mínima expresión.
Las contraculturas
expresaron más una nostalgia de esta institución familiar tradicional, que su
oposición a ella. Ciertamente, la antisiquiatría caracteriza a la familia como
una red de relaciones manipulativas capaces de baldar sicológicamente, cuando no
volver esquizofrénicos, a sus integrantes[216].
Esta acusación es fácil de sustentar. Como primera institución socializadora,
la familia transfiere al niño los valores corrientes en una determinada
sociedad, y también las contradicciones, exageraciones e inadecuaciones de los
mismos. La familia es, no sólo instrumento de reproducción, sino, además, de
conformación. Las técnicas de conformación se hacen cada vez más colusorias y
manipuladoras, a medida que los valores que implanta son más contradictorios
con la realidad. Hay que añadir que dichas técnicas generan tensiones
adicionales al entrar en confrontación con las que con igual finalidad emplean
las escuelas, los medios de comunicación de masas y, en general, la sociedad.
El papel de la familia como socializador y educador se debilita a medida que
ella misma entra en crisis y pierde funciones y estabilidad.
Por ello, frente a la
familia nuclear, integrada por la pareja reproductora y consumidora y su cada
vez más reducido número de hijos dependientes, la institución de la comuna,
postulada por la contracultura, es un intento de recrear artificialmente la
plenitud y amplitud de funciones de la familia preindustrial.
Este propósito explica
tanto la forma que adoptó el movimiento de las comunas, como las dificultades
que enfrentó para sobrevivir. La familia preindustrial debió su estabilidad y
complejidad, como hemos visto, a circunstancias económicas que la caracterizaron
como unidad de producción, pero
también de sexualidad, reproducción y
socialización. La necesidad de cooperar a fin de producir lo indispensable
para la supervivencia cimentó, no sólo la unidad entre los parientes
consanguíneos, sino la alianza con los afines o parientes políticos, y las
diversas relaciones —a veces explotativas,
a veces de beneficio mutuo— con—categorías de personas como los clientes, los
esclavos, los libertos, la servidumbre e, incidentalmente, los siervos
feudales. Esta cohesión económica intrafamiliar, superior a los otros nexos
sociales, permitió que la familia constituyera además, y como se ha señalado,
una unidad de consumo, de educación, de defensa, de protección social, y hasta
de creación cultural y culto religioso.
El movimiento de las comunas intentó reintegrar todo
este complejo abanico de funciones a entidades insertas en un sistema donde la
unidad productiva básica es la empresa capitalista, y donde cualquiera otra
unidad productiva debería competir desventajosamente con ella.
En su formulación ideal, la comuna debía constituir
un microcosmos autosuficiente y autónomo dentro del cosmos adverso de la
colectividad industrial de la modernidad. Por ello, la comunas más estables
fueron las que lograron efectivamente integrar la mayor cantidad de funciones y
por ende alcanzaron un cierto grado de autonomía[217]. Cuando asumieron sólo
pocas funciones, y limitaron la experiencia común a uno o dos aspectos, la
influencia de la sociedad industrial se hizo sentir y produjo una rápida
desintegración. La piedra de toque de la supervivencia de las comunas fue la
integración de la vida colectiva alrededor de una actividad productiva
compartida por los miembros. A partir de este paradigma se pueden clasificar
las experiencias conocidas de una escala, con las siguientes características:
1) Comunas centradas en el trabajo de la tierra: Wheelers Free, en California, con 320
acres de terreno a disposición de los que quisieran instala ellos; Drop-City, fundada en 1965 en Colorado,
con apenas 5 acres y 8 miembros; Twin
Oaks, en California, fumada en 1967 con 24 miembros; la Hog Farm, de California; la Morning Star, de Lou Gottlieb; el
proyecto del People's Park, en
Nuevo México. La mayoría de ellas desaparecieron a la por deserción de sus
miembros, agresión de los agricultores vecinos e in clones policíacas causadlas
por denuncias de drogas e insalubridad[218].
2) Comunas
centradas en una actividad productiva común: Las más perdurables lograron subvenir sus necesidades colocando en el
mercado capitalista un producto o servicio a cambio del dinero y mercancías. La
competencia industrial sacó del mercado a la mayoría de ellas, salvo las
centradas en la producción artística de grupo, empeñadas en convertir el
proceso creativo en una experiencia de vida comunal. En este sentido son
célebres las comunas del Living Theater; del
San Francisco Mime Troup; del Bread and Puppett, y el Peopie Show que existen todavía[219].
3) Comunas nucleadas alrededor del consumo de los medios obtenidos por sus
miembros en actividades extracomunales: Fueron las más numerosas, y las más
efímeras. En una contracultura cuyos integrantes disponían de medios y de
bienes escasos, resultó lógico aplicarlos en precarias soluciones comunales:
casas arrendadas u ocupadas ilegalmente en común, con áreas de servicios
también comunes y un elevado nivel de asistencia mutua; centros de recolección
de ayuda, de donativos y de cosas usadas o desechadas. Las muy publicitadas
comunas K1 y K2, en Berlín, correspondieron a este modelo[220].
Su infraestructura consistió en el alquiler de un local común, pagado por las
becas o los envíos de dinero de los familiares de los comuneros, y por las
retribuciones que éstos exigían de los periodistas que los entrevistaban. Los
asociados —en su mayoría estudiantes— centraron los aspectos participativos de
la experiencia en el reparto voluntario de los oficios domésticos y en la
reeducación sicológica de los miembros. La K1, creada en 1967 con una
decena de personas, se propuso «alcanzar la felicidad del individuo mediante la
supresión de las tensiones psíquicas, de la agresividad en las relaciones y de
todo prejuicio y costumbres burguesas coaccionadoras», para lo cual trató de
«destruir la vida privada, la ‘privacidad’, ese espacio de defensa personal
contra los embates exteriores que los alemanes, como ha observado muy
justamente Julius Fast, necesitan mucho más que cualquier otro pueblo para
proteger su yo tan débil como excesivo»[221].
Para ello impuso la obligación de una continua terapia de grupo sicoanalítica y
prohibió las relaciones sexuales entre parejas excluyentes, para evitar así la
monogamia burguesa y el fraccionamiento del grupo en unidades familiares. La
primera de dichas medidas creó un ambiente de terror sicológico, que redundó en
el rebautizo de la comuna con el nombre de «K-Horror». Ello determinó su disolución en un plazo
menor de un año. Los comuneros, activistas políticos formados en ideas
libertarias, durante ese lapso ejecutaron estupendas provocaciones anarquistas
—colocación de falsas bombas ante la visita de Hubert H. Humphrey; asalto a la
comitiva del Sha de Persia, sabotaje burlesco del entierro del político Löbe.
Pero no habían anticipado el hecho de que, mientras
más reducido es el grupo social, mayor es el control y la presión que ejerce
sobre sus miembros. La K2, fundada en 1967 con nueve miembros, limitó la
vida común a compartir un mismo local y colaborar en los oficios domésticos, y
no logró realizar actividades políticas conjuntas, ni romper con la tradicional
división de roles sexuales centrada en la preponderancia masculina.
Otros experimentos fueron
más imaginativos. El novelista Ken Kesey inició en San Francisco, en 1966, un
peregrinaje en un autobús pintado de colores fosforescentes, acompañado de una
tribu de bromistas (los Merry
Pranksters), visionarios, e incidentalmente sicópatas. La experiencia duró
lo que el dinero disponible, añorando o prefigurando las compañías de actores
errantes imaginadas por Charles Fourier: constituyó una vivencia rica, pero
inviable[222].
Di versas células de los Weathermen, de
los Yippies, de los White Panthers se
integraron en comunas con grados variables de participación colectiva. También
la curiosa cooperativa religioso-delictiva nucleada alrededor de Charles
Manson, que compartía los frutos de la mendicidad, el hurto y la prostitución.
Pero tales grupos estuvieron lejos de constituir el microcosmos de relaciones
políticas, económicas, sociales y personales que debe integrar una auténtia
comuna[223].
Finalmente, cabría mencionar a los grupos reunidos alrededor de una fe
religiosa que establecieron planteles para la vida en común de sus creyentes
tales como los Hare Krishna, los Niños de Dios, los Moonites, los adeptos al
Maharajaj Ji, y los fieles del ahora llamado Culto de la Muerte, del reverendo
Jim Jones, quien núcleo una explotación agrícola colectiva en Guyana Fueron
grupos más cercanos al cuartel o al monasterio, con su rígida discipline
sicológica y la supresión de aspectos vitales de la existencia humana, que
a la comuna, la cual, en rigor, debería satisfacer antes que negar dichas
necesidades. Buena parte de estos monasterios perduran en la actualidad,
crecen, y constituyen un pingüe negocio para sus administradores. Ello plantea
la inquietante paradoja de que, en la sociedad capitalista, subsisten aquellas
comunas basadas en la rígida negación de la naturaleza humana —órdenes
religiosas autoritarias y comunidades terapéuticas reunidas alrededor de una
figura carismática— mientras que desaparecen las que intentan dar libre
expresión a sus potencialidades creativas.
Dentro de los extremos
organizativos mencionados, y con grados de interrelación personal entre los
comuneros que oscilaron desde la promiscuidad hasta la convencionalidad,
aparecieron —y en su mayor parte desaparecieron— centenares de experimentos,
emprendidos por números limitados de personas, y cuyo impacto en la economía
del sistema fue mínimo. Su exigüidad cuantitativa requiere una meditación
adicional.
A pesar de que fue uno de
los aspectos menos publicitados de la contracultura, el movimiento de las
comunas constituyó el eje invisible de la misma y, en última instancia, el que
con su relativo fracaso condenó su suerte. En efecto, a través de las comunas
intentaron los grupos excluidos darle un sustrato económico, político y social
a la ofensiva contracultural. Incapacitada de tomar el poder; opuesta a la idea
misma de un poder centralizado y represivo, rechazada por el sistema industrial
y a la vez adversaria de él, repudiada por la sociedad clasista y enemiga de la
división en clases, la contracultura se vio enfrentada al problema de ofrecer
una alternativa al sistema. La comuna debía ser el reverso de las estructuras
políticas, económicas y sociales que la contracultura cuestionó. Frente al
Estado unitario, gigantesco y represivo, las comunas múltiples, mínimas y no
autoritarias; frente al modo de producción industrial tecnológico, dirigido
hacia la fabricación en masa de mercancía para satisfacer al consumismo, la
comuna artesanal, orientada hacia la autosuficiencia y la austeridad; contra la
familia nuclear moralista y cerrada, la unidad comunal permisiva, abierta y
antiautoritaria. Sin embargo, llama la atención la escasez de los grupos comunales, su
reducido número de miembros, el carácter efímero de las organizaciones
y la virtual desaparición del fenómeno. Ello no se debe a una inviabilidad de
fondo de las unidades comunales. Las mismas han proliferado y perdurado en la
Unión Soviética, China, Cuba y en otras economías socialistas, e incluso en
economías capitalistas como la de Israel. Lo que la experiencia histórica
indica es que las comunas prosperan allí
donde el poder político las reconoce y las defiende, y que languidecen
donde éste las agrede o meramente las tolera al mismo tiempo que protege a las
fuerzas anticomunitarias.
Los hechos enseñan que una
contracultura no puede triunfar sin enfrentar la toma revolucionaria del poder
político y económico. El movimiento de las comunas, como otros tantos aspectos
de la contracultura, fue un intento de eludir este problema. Como bien lo
señala Juliet Mitchell: «Desde luego, la libertad, la igualdad y los derechos
del individuo son los fundamentos de una economía de `libre empresa’ (...) en
una comuna hippy puedes pensar que has encontrado libertad, igualdad e
individualismo— es por ello que las comunas han muerto, y no por las drogas y
la violencia. Estuvieron condenadas a muerte desde el momento en que creyeron
en lo que estaban haciendo: la droga que se tragaron fue la confianza en que
las promesas ideológicas de la sociedad capitalista serían válidas por el mero
hecho de realizarlas. Olvidaron que la lucha por estos valores significa una
lucha contra un sistema que impide, por definición, que puedan ser realizadas»[224]
Cuando no culmina
exitosamente esta tarea, la contracultura queda reducida a la desaparición, a
la falsificación, o a la perduración como envoltura simbólica del sistema que
la contradice. Quizá ello explique también el fracaso de la mayoría de las
contraculturas religiosas que, una vez oficializadas, demuestran un poder nulo
para imponer en la práctica las normas éticas que predican, y a la larga (sean
religiones mundanas o no) se transforman en simples soportes ideológicos del
poder, por más que su doctrina primitiva ataque a los poderosos y a los
soberbios. De manera similar, una contracultura podría perfectamenteconvertirse
en la religión laica de un sistema que la adversa, y cumplir las mismas
funciones de satisfacción simbólica de necesidades reales que señaló Marx como
propia de los credos religiosos.
Contraculturas de la identidad
El individuo hacia su identidad
Después
de todo, sólo éramos
ladrillos en la pared.
Pink
Floyd: The wall
La
violencia empieza cuando se
amenaza la identidad.
McLuhan: La
cultura es nuestro negocio
De
estas ropas actuales emana
la libertad.
Charles A. Reich: El reverdecer de América
La industria de la modernidad crea una mercancía
uniforme, reproducción indefinida de un prototipo. Esta es la condición
primaria del sistema de producción en cadena. Dotar de individualidad cada
producto impediría la creación en masa del mismo y obstaculizaría la
acumulación de beneficios y la cobertura de grandes mercados.
Por tal motivo, el habitante de la colectividad
industrial se ve obligado a adquirir conductas y hábitos de consumo uniformes
que desdibujan o hacen ilusoria su identidad. Naciones enteras compran el mismo
cereal para el desayuno, escuchan idénticos comerciales, se dirigen al trabajo
en automóviles de la misma marca, leen periódicos de tiradas masivas, viven en
apartamentos fabricados prácticamente a troquel. Al final, se produce un modo
de ser que se opone a la diferencia de manera maniática y agresiva.
La reacción contra esta uniformidad, tanto por parte
del adolescente como de buena porción de la población adulta, consiste en la
adopción de modas, de estilos o de formas de consumo que presenten algún rasgo
distintivo.
También es una reacción contra el consumo uniforme
la actitud de desprecio hacia el objeto, que caracteriza las manifestaciones
originarias del pop. En tal sentido, la contracultura se pretende
ascética, porque la relación del consumidor con el objeto es distante y
desapasionada. Este desapego rara vez asume proporciones dramáticas, ya que se
desarrolla en países afluentes donde los jóvenes, u otros integrantes de la
misma cultura, en la mayoría de los casos encuentran la forma de satisfacer sus
necesidades primarias. Sucede sólo que el bien que las satisface no es
idolizado, acaso porque tampoco es arduo el proceso para obtenerlo: está allí
para ser consumido, y basta. Es igualmente tonto aficionarse a una ropa, a unos
muebles o a una casa. Todos son perfectamente sustituibles, anónimos, y en
último término disponibles.
Tal desapego proviene de las mismas características
de la mercancía producida en esa colectividad. En efecto, el consumidor de la
civilización industrial, establece relaciones con objetos: a) no individuales;
b) comparativamente baratos, y c) perecederos, en cuanto que son fabricados con
una precisa planificación de su destrucción y obsolescencia. En estas
condiciones, la relación con el objeto no puede ser profunda. Se consume y se
desecha en un vértigo, con neutralidad emotiva. El status, más que por la posesión del objeto, se afirma por la
sustitución del mismo.
Esta relación es alimentada por el derroche de
materia prima y de energía en gran parte exaccionados a los países
dependientes. Paradójicamente, esta subcultura ascética es también una cultura
del derroche, que sólo puede mantenerse mediante una perpetua y creciente
afluencia de bienes económicos subpagados. El status es cuantitativo. Se mide por la cantidad más que por la
calidad de los objetos. La estandarización y la mediocridad constituyen un
mérito. Y así, la etiqueta industrial del producto, que antes se ocultaba con
vergüenza, es exhibida como un blasón. El sistema impone un consumo cada vez
más veloz y una sustitución cada vez más vertiginosa de los bienes, que
mantiene la producción e incrementa los beneficios.
El desapego hacia el objeto anónimo de la producción
industrial inducirá finalmente a los fabricantes a buscar los medios para
introducir en el mismo una personalización falsa, una cierta peculiaridad, y
ello será el leitmotiv de los
explotadores de la contracultura, que fabrican, esencialmente, identidad.
Paradójicamente, a medida que la fabrican la destruyen, y mientras pretenden
recalcar la singularidad y la diferencia, sólo expanden, por una ley fatal, la
indiferencia y el anonimato.
En efecto, la manera por excelencia de hacer radicar
la identidad en un objeto, es la moda. Como indica Roland Barthes, la moda
juega con el tema más grave de la conciencia humana (¿Quién soy?)[225]. Aún con mayor claridad,
había señalado Balzac que «cada hombre ha sentido la necesidad de procurarse
como una bandera de su poder, un signo encargado de instruir a los viandantes
sobre el lugar que ocupa en el mástil de la cucaña, en cuya cima realizan
ejercicios los reyes»[226].
La colectividad industrial responde a esta necesidad
de símbolos distintivos como si se enfrentara al problema de producir una
mercancía, y, por consiguiente: a) adopta símbolos, y b) procede a su
comercialización masiva, hasta el extremo de que los mismos pierden todo
significado distintivo y pasan, de
señales de exclusión y de protesta, a señales de conformismo, con lo cual se
produce c) la inversión del significado.
Este proceso es patente en
los más visibles símbolos de la contracultura. Así, por ejemplo, a mediados de
los cincuenta, los adolescentes norteamericanos comenzaron a rechazar la
formalidad de los estilos oficiales de vestir, y adoptaron como indumentaria
usual una versión de un traje de faena de lona azul, el blue jeans, el cual resulta cómodo, práctico y durable.
Entre los horrores que el
antiutopista George Orwell profetizó para un hipotético socialismo del año
1984, se encuentra, precisamente, el uso obligatorio de este traje de faena[227].
Mal podía imaginarse que los uniformes de faena serian en realidad adoptados en
el mundo capitalista, primero por los jóvenes, como expresión de inconformismo,
y luego por la aristocracia, para expresar todo lo contrario.
En efecto, los productores
se encontraron ante una demanda de ropa funcional, barata y durable, cuya venta
era un mediano negocio, El diseño se encargaría de despojar al símbolo de sus
propiedades iniciales, hasta invertir su significado. Y así, esta derivación de
la ropa de faena del cow-boy o del
marinero; dejó de ser cómoda, ya que llegó a impedir la libertad de
movimientos, dejó de ser durable, ya que los continuos cambios en el diseño
hicieron obsolescente una vestidura fabricada de tejidos casi eternos; y dejó
de ser funcional, ya que la ausencia de bolsillos y la inclusión de exagerados
elementos decorativos la inutilizó, no ya como traje de faena, sino como
vestimenta adecuada para cualquier actividad que requiera tener libres las
manos de los utensilios que el traje no podía contener. Pero, lo más importante
de todo, dejó de ser barata, ya que la innovación en el diseño y su lanzamiento
para sectores cada vez más pudientes, permitieron una progresiva elevación de
los precios.
Así, la ropa de faena del
obrero manual quedó convertida en traje
ceremonial, desprovisto de toda utilidad práctica, ya que su misión pasó a
ser, no la de permitir un oficio, sino la de transmitir un signo. Pero esta
misma metamorfosis lo falsificó.
La antigua ropa de faena
pasa a tener un contenido antiutilitario. Connota deporte, recreación, y por tanto
ociosidad. Llega a ser el uniforme del que no trabaja: del que vive del
excedente económico expoliado al trabajador y distribuido por el ejecutivo. Por
ello, la aristocracia adoptó esta vestimenta como una ostentosa señal de improductividad.
Siguiendo a la aristocracia, la acogió la clase media, para mimetizarse con
aquélla. Las empresas interesadas en proyectar una imagen joven o dinámica,
toleraron y hasta exigieron de sus ejecutivos la afectación de la informalidad.
A principios de los sesenta el cómico Lenny Bruce compraba blue jeans en los saldos de desechos de la marina, y los convertia
en verdaderos trajes de etiqueta mediante su lavado con derivados de cloro y el
ajuste por los mejores sastres de Brooklyn[228].
Siguiendo su ejemplo, no tardarían gerentes de empresas de seguros, políticos
de corte tradicional, corredores de valores y ricos herederos en acudir a los
mejores sastres para hacerse cortar suntuosos remedos de la vestimenta de los
esclavos de la civilización industrial. Como lo profetizó Burroughs, los
harapos terminarían[229]
por convertirse en la moda de la aristocracia: no sería imposible que se
fingieran manchas de vómito y de orina con hilos de oro. De la
misma manera, los nobles de la corte de María Antonieta se disfrazaban de
pastores y pastoras y celebraban mascaradas en paisajes «rústicos»
cuidadosamente diseñados. Y los dandys de
la época de Lord Brummel se rasgaron la ropa con trozos de vidrio. De la
afectación de la riqueza se cae en una igualmente falsa afectación de la
miseria.
Y así, al hacerse
universalmente aceptado, el traje anticonformista dejó de tener el valor de
signo particular de un grupo social excluido, y perdió su valor como símbolo[230].
Después de esta primera
fase, en la cual simplemente se responde a
una demanda del mercado juvenil —y se produce ropa de lona azul—, en una etapa
inmediata los industriales toman la iniciativa de diseñar y promover estilos
que suponen afines con los gustos de ese mercado. Al joven que de niño jugó al
cowboy, al indio, al pionero o al soldado, los industriales le proponen
disfraces de cowboy, de indio, de
pionero o de soldado que le permitirán prolongar de manera mágica su infancia[231].
Prueba la intencionada orientación del diseño de estos productos su
incongruencia con el medio. El traje de faena de lona azul es producido, en
principio, para un mercado de trabajadores manuales y la juventud lo adopta por
un acto creativo autónomo, endógeno e imprevisible. Pero un disfraz de Buffalo
Bill o de Sitting Bull no puede ser incluido en la mercadería de una tienda de
departamentos de manera accidental. Presupone un cuidadoso estudio de un
mercado, de sus antecedentes y de sus tendencias: estos disfraces están
referidos a tipos humanos preindustriales, o situados al margen de la
civilización tecnológica de la cual el joven se siente excluido. Así, en el
mercado aparecieron vestimentas medievales o hindúes, renacentistas o bárbaras,
producidas industrialmente y sometidas a rápida obsolescencia por el
lanzamiento de nuevos estilos.
La contracultura, como si
estuviera consciente de este juego, trató a su vez de falsificar los símbolos
del sistema, adoptándolos para desprestigiarlos. Tal fue el caso del uso de
trajes e insignias militares por parte de una juventud pacifista, así como del
empleo decorativo de las banderas norteamericanas e inglesa. Los Beatles, en la
carátula de Sargent Pepper y en Yellow submarine vistieron fastuosos
uniformes de opereta. Los dibujos de Peter Max y Milton Glasser difundieron
esta militarización sartorial.
Pero aun esos intentos de
invertir el significado de los símbolos del sistema fueron a su vez invertidos
por los industriales.
El joven que en principio
adquirió el traje de soldado como excedente de guerra, pasó a adquirir
uniformes bélicos diseñados en las empresas textiles, y que se hicieron
progresivamente incómodos, poco duraderos por la continua innovación en el
diseño, y caros. Nuevamente, la protesta contracultural echó agua al molino de
los industriales, quienes diseñaban en serie parodias de uniformes y de
banderas: el fabricante norteamericano parodiaba al infante de marina, al
tiempo que cosía uniformes verdaderos; el industrial británico caricaturizaba
las anticuadas guerreras del imperio, a la vez que producía uniformes para la Royal Navy. Tales remedos eran
consumidos también por el público de las naciones dependientes, a veces por
protestar indirectamente contra los símbolos políticos y militares de aquélla,
a veces por identificarse con los mismos.[232]
El ejemplo más obvio de
invención de un símbolo por los mecanismos promocionales del sistema es el del
corte de cabello creado para los Beatles por la diseñadora de publicidad y
fotógrafa Astrid Kirchneer[233].
Hasta entonces los estilos de la contracultura parecian surgir por generación
espontánea. Un héroe cultural, como Elvis Presley o James Dean, recogía y
difundía lo que ya era aceptado dentro de un subgrupo específico[234].
En el caso de los Beaties, vemos la expansión de un estilo creado en
condiciones de laboratorio, recogido por la juventud como símbolo de identidad
y de protesta, y finalmente, universalizado y desprovisto de todo significado
contestatario en refinadas peluquerias masculinas, cuyo principal negocio,
desde luego, no es el anticonformismo. El pelo largo, llevado en principio como
expresión de naturaleza agreste y de economía, terminó siendo el motivo de
complejos rituales cosméticos.
La crin mediante la cual el hippy quería patentizar su desaliño, se convirtió en la cabellera
con la que el joven ejecutivo o el parásito connotaron su posición privilegiada.
Huyendo de la uniformidad, se llegó nuevamente a la uniformidad.
Los colores del arcoiris: la identidad
de las minorías étnicas
¿Cómo
puede constituirse en gendarme de la libertad
quien asesina a sus propios hijos y los
discrimina dia-
riamente
por el color de la piel, quien deja en liber-
tad a
los asesinos de los negros, los protege además,
y castiga a la población negra por exigir
respeto a sus
legítimos derechos de hombres libres?
«Che» Guevara: Discurso
en la ONU
Más angustiosa que la agresión contra la identidad
del individuo abstracto es la del sistema contra sus minorías étnicas.
La presencia de ellas es la condición normal de las
grandes potencias de la modernidad: todas se integraron por conquista de
pueblos distintos, o por agregación de migraciones diferentes. La doctrina
oficial estadounidense postula la disolución final de las culturas étnicas en
el melting pot del american way of living.
Pero el sistema, al tiempo que proclama su
integración, les opone infranqueables barreras. A la discriminación étnica
añade la explotación clasista. En condiciones de insoportable tensión entre
marcos culturales opuestos, el grupo marginal elige entre buscar una absoluta
integración, una segregación absoluta, o un intercambio de diferencias dentro
de la igualdad. Las minorías étnicas, casi sin excepción, intentaron dichas
soluciones en el mismo orden indicado: el fracaso de cada una de ellas las
llevó a probar la inmediata. La mecánica del sistema industrial alienado
impidió el triunfo de la tercera.
AFRONORTEAMERICANOS
La
Guerra de Vietnam parecerá
un
juego de niños cuando estalle
la revolución negra.
Malcolm X:
Discursos
Así sucedió con la minoría étnica negra, la más
importante numéricamente, la más oprimida en el sentido cualitativo. A partir
de la tardía abolición de la esclavitud, en 1863 su meta parecía consistir en
una progresiva integración en la sociedad norteamericana, y en la igualación de
su status con el de la mayoría
blanca. La discriminación, el sabotaje al ejercicio de los derechos políticos y
la continua agresión por parte de los racistas cerraron esta posibilidad. En
vano trataron los comerciantes de lograr la integración mediante la prédica del
consumismo entre los afronorteamericanos y el señalamiento de su importancia
como potencial mercado[235]; la gran mayoría de los
negros no podía entrar en el consumo de gran estilo porque la discriminación
los mantenía en la pobreza; y la eventual riqueza no los libraba de la discriminación[236]. Tampoco tuvo éxito la
técnica de no—violencia, afín a la prédica de Gandhi, mediante la cual el
reverendo Martin Luther King imploró de los racistas el reconocimiento de la
condición humana del negro. El asesinato de King, en 1968, desacreditó esta táctica.
El integracionista moderado había intentado forzar las barreras del prejuicio
enfatizando simbólicamente su capacidad para adaptarse a la competitividad
económica, o destacando religiosamente su inofensividad[237]. La entrada le fue impedida
a balazos.
La posibilidad de oponer al racismo blanco un
aislacionismo negro fue postulada por sectores extremistas de los musulmanes,
tales como Malcolm X —asesinado a tiros— y ultranacionalistas como el Grupo US,
de Ron Karenga. La historia del movimiento afronorteamericano está asimismo
sembrada de propuestas de «Vuelta a Africa» —como las de Du Bois y M. A.
Garvey— y de reclamación de territorios norteamericanos para fundar
colectividades exclusivamente negras. Ambas parecen impracticables. El
movimiento negro no tiene la suficiente homogeneidad cultural como para
sostener un aislacionismo pleno, ni la organización política y militar como
para conquistar un territorio que, seguramente, no le sería cedido por las
buenas por el mismo sistema que lo discrimina.
El rechazo de la integración pacífica y el fracaso
del aislacionismo debía llevar necesariamente al intento de la igualación militante. Como otros aspectos de la
contracultura, éste consistió en una explosiva guerra de símbolos. A la
sumisión gregaria de la oveja, que parecían sugerir las inmensas
manifestaciones pacifistas de Luther King, se opuso la agresividad solitaria de
la pantera. Apenas tres afroamericanos marginados —Huey Newton, Bobby Seale y
Bobby Hutton— fundaron el Black Panther
Party en octubre de 1966. Newton reconocía que el movimiento contaba con 300 militantes en abril de 1973. Tan
exiguo poder numérico contrasta con la desmesurada fuerza de la leyenda.
Valiéndose de leyes que permitían a los ciudadanos de Oakland portar armas al
descubierto, los tres fundadores iniciaron una patrulla del ghetto, para defender a sus habitantes
contra los abusos de la policía blanca. La legislatura inició un proyecto de
ley para prohibir el porte de armas. Los Panteras Negras respondieron el 2 de
mayo de 1967 presentando 29 hombres uniformados, 20 de ellos ostensiblemente
armados, ante el capitolio estadal. Como el propio Newton —ministro de la
defensa del movimiento— lo reconoció posteriormente, se trató de una
provocación premeditada para atraer la atención de los medios:
Para esa época, en realidad, teníamos
sólo cuatro o cinco miembros. Reclutamos el resto el mismo día; simplemente los
recogimos en la calle y les entregamos los revólveres. Fue nuestra primera
manipulación de la prensa, un evento de los medios de comunicación masiva[238].
La nueva imagen del negro
armado y desafiante, que sustituía a la del indefenso y sumiso, fue difundida
de la noche a la mañana con efectos literalmente explosivos: el sistema inició
la aniquilación sistemática del movimiento. Bobby Hutton fue asesinado a
balazos por la policía en un tiroteo en que resultó gravemente herido Eldridge
Cleaver; Fred Hampton y Mark Clark fueron asesinados por un pelotón policíaco,
mientras dormían; Huey Newton fue abalea. do y detenido; también fue detenido
Bobby Seale.
Los atletas negros en las
Olimpíadas de 1968 en México se identificaban con los guantes negros de los Panthers, e irrespetaban el himno
norteamericano.
El movimiento combinó su
estrategia de agresión simbólica con una ideología que apelaba eclécticamente a
Marx, Mao, Lenin, el «Che» Guevara, Fanon, Malcolm X y Kim-Ii Sung. En su
praxis, sustentaba una plataforma que vindicaba la libertad, el pleno empleo,
la indemnización por la esclavitud, la creación de cooperativas para la
vivienda y el trabajo de la tierra, la exención del servicio militar, una
educación destinada a enfatizar la identidad negra, y el uso de jurados negros
para juzgar a la gente de color[239].
La plataforma concluía con una cita del preámbulo de la Constitución
norteamericana, que era un explicito llamado a la independencia política.
La radicalidad de la
acción de los Panteras Negras y la correspondiente ferocidad de la represión
policíaca terminó reportándoles la alianza de los radicales blancos y el temor
de parte de la propia comunidad negra. En apreciación de Huey Newton, el uso del
lenguaje profano —otra arma simbólica— les atrajo «más y más radicales blancos»
mientras que les «alienó de toda la comunidad negra y los hizo ser expulsados
de las iglesias», al extremo de que «terminamos con un 90% de blancos y un 10%
de negros en las concentraciones»[240].
Del acercamiento a los
radicales nació un pacto con el Partido Internacional de la Juventud (Yippie) y la integración en la vasta
liga de minorías étnicas llamada la Coalición del Arcoiris (Rainbow Coalition) formada por chicanos, portorriqueños, pieles
rojas y blancos pobres. De la confrontación con la policía surgió la
certidumbre de que la campaña de exterminio había convertido a la organización
en grupo suicida. Por ello dejó la militancia armada y se orientó hacia
programas de salud y repartición de desayunos para los pobres. Ello llevó a su
escisión en un ala moderada, dirigida por Newton, y otra guerrerista, comandada
por Cleaver, quien para el momento se encontraba exilado en Argelia.
Al inicio de los setenta,
el movimiento negro volvió al pacifisn1o de grupos como la NAACP (Asociación
Nacional para el Avance de la Gente de Color). Los aportes culturales de la
negritud habían sido apropiados por el sistema. De hecho, la mayor innovación
artística de la cultura norteamericana antes del pop consistió en el vasto
conjunto de formas musicales derivadas de los ritmos negroides: los blues, el jazz, las inagotables variaciones del rock. Una sangrienta ironía convirtió a este ritmo negroide en el
máximo símbolo cultural de un país racista. El sistema masificó y promovió
estas melodías marginales hasta hacerles perder su carácter étnico original y
presentarlas como música de las mayorías blancas e incluso de los
intelectuales. Apenas una variedad de los ritmos sincopados, el soul, conservó
una vinculación con la negritud. Otros símbolos de identidad negra fueron
asimismo promovidos masivamente hasta que perdieron su valor como signos
específicos y terminaron invirtiendo también su significado. Así sucedió con el
peinado «afro» —usado para simbolizar su orgttllo étnico por militantes, e
incluso por perseguidas políticas como Angela Uavis— que la subcultura de
consumo relanzó como una peluca plateada, rojiza o verde para la industria del
espectáculo, y que concluyó siendo adoptada como distintivo profesional por
rameras: literalmente, prostituida.
CHICANOS
/Vos dicen los patroncitos Viva la revolución
que el trabajo siempre se hace Viva nuestra asociación
con bastante esquiroles Viva huelga en general.
y mandan enganchadores Corrido anónimo de la
Huelga de Delano 1965
pa enganchar trabajadores
que se venden por frijoles. Para muchos anglos, la insularidacl de los
hispa-
Pero hombres de la raza
nos parece antinorteamericana. Este sentimiento es
se fajan y no se rajan, reforzado por un desnudo y feo racismo.
mientras la uva se hace pasa. George J.
Church: «Hispanics» en
Newsweek, 8 de julio de
1985.
En 1848, Estados Unidos se apoderó de la mitad del
territorio de México, y desposeyó de sus tierras a casi todos los mexicanos
residentes en la zona. La gran mayoría de los chicanos —habitantes de norteamérica
con raíces culturales mexicanas— descienden de estos antiguos pobladores de la
región invadidos y robados: los medios de comunicación los presentan falsamente
como «infiltrados» o «inmigrantes ilegales», a pesar de que los integrantes de
dicha etnia ingresados por la frontera en las últimas décadas no exceden de un
15 por ciento de la misma.
Numéricamente, los chicanos constituyen la segunda
minoría étnica en los Estados Unidos. El censo norteamericano, que discrimina
entre blancos, negros e hispanos, en 1976 registró un total de unos veinte
millones de éstos, de los cuales más de once millones eran chicanos. Quizá las
cifras reales sean mucho mayores. Algunos analistas calculan que para el año
2000 formarán parte de un conjunto de unos treinta millones de hispanos. El
Servicio de Inmigración y Naturalización estadounidense les ha calculado una
tasa de crecimiento anual del 12%: si la misma se mantuviera, el castellano
bien podría convertirse en la lengua dominante de dicho país en las primeras
décadas del próximo siglo.
Pues las etnias de origen latino han conservado su
idioma y su cultura a pesar de la persistente discriminación, o quizá en parte
gracias a ella. Los chicanos, como acertadamente indica Tomás Calvo Buezas,
reúnen la condición de identidad agredida, la de etnia segregada, y la de clase
explotada. Ello ha contribuido a hacer de su movimiento uno de los más
persistentes, organizados y exitosos de la contracultura[241].
La identidad chicana subsiste, a pesar de todos los
esfuerzos de la cultura invasora para borrarla. Como lúcidamente ha señalado
Octavio Paz:
Algo semejante ocurre con los mexicanos que uno
encuentra en la calle. Aunque tengan muchos años de vivir allí, usen la misma
ropa, hablen el mismo idioma y sientan vergüenza de su origen, nadie los
confundiría con los norteamericanos auténticos.(...) Cuando se habla con ellos
se advierte que su sensibilidad se parece a la del péndulo, un péndulo que ha
perdido la razón y que oscila con violencia y sin compás. Este estado de
espíritu —o de ausencia de espíritu— ha engendrado lo que se ha dado en llamar «el
pachuco». Como es sabido, los «pachucos» son bandas de jóvenes, generalmente de
origen mexicano, que viven en las ciudades del Sur y que se singularizan tanto
por su vestimenta, como por su conducta y su lenguaje. A pesar de que su
actitud revela una obstinada y casi fanática voluntad de ser, esa voluntad no
afirma nada concreto sino la decisión —ambigua, como se verá— de no ser como
los otros que lo rodean. El «pachuco» no quiere volver a su origen mexicano;
tampoco —al menos en apariencia— desea fundirse a la vida norteamericana. (..)
Queramos o no, esos seres son mexicanos, uno de los extremos a que puede llegar
el mexicano[242].
Los intentos de integración a la cultura dominante
han sido rechazados por los invasores, que han sometido a los chicanos a un
estatuto discriminatorio similar al aplicado a los negros: vehículos, lugares
públicos y escuelas segregadas; amenazas para impedir el ejercicio de los
derechos políticos; trato despectivo y, eventualmente, maltratos y
linchamientos.
La causa de tal discriminación es también análoga a
la empleada contra los afronorteamericanos: se los segrega, porque se quiere
mantener su condición de clase explotada que provee un trabajo manual barato.
Pero mientras que los afronorteamericanos se han dispersado por toda
Norteamérica y han migrado a las ciudades, los chicanos continúan concentrados
en las áreas rurales de los Estados del sudoeste: sin ellos, la agricultura y
la economía de tales regiones se vendría abajo. Por tal razón, propietarios de la
tierra, autoridades y políticos se han confabulado históricamente para
mantenerlos sometidos y para pagarles las remuneraciones más bajas del mercado
de trabajo.
A fin de evitar cualquier mejora en las mismas,
anualmente permiten la entrada de millares de trabajadores migratorios
mexicanos, que, paradójicamente, sirven de ejército industrial de reserva
contra sus connacionales. Concluida la temporada de labores, la ocasional
tolerancia se transforma en cacería humana contra los «ilegales» o «espaldas
mojadas», que con grandes riesgos cruzan la frontera para cumplir con trabajos
que ningún blanco acepta para si. En esta periódica migración, son víctimas de
los «coyotes» —guías de las veredas clandestinas— y de los «contratistas» o
intermediarios con los rancheros, que en ocasiones los engañan, en otras los
inducen a servir de esquiroles, y alguna vez han fundado verdaderos campos de
esclavos donde los inmigrantes son retenidos a la fuerza y obligados a trabajar
sin otra remuneración que el alimento.
La dureza y persistencia de esta segregación,
comprensiblemente, ha hecho imposible todo intento de integración plena de los
chicanos a la cultura dominante. Los mismos oprimidos rechazan a sus
connacionales serviles: los llaman «
malinches», «tíos tacos» y «tíos tomases».
La opresión ha producido inevitablemente movimientos
extremos de corte militante por el estilo de los Panteras Negras, tales como
los Brown Berets (Boinas Pardas) y
los Mission Rebels, que asumieron el
patrullaje de los barrios de Los Angeles para defender a la comunidad de los
abusos de la policía, y tuvieron enfrentamientos violentos con ésta. La Mexican—American Youth Organization, intentó
asimismo nuclear a las juventudes de la etnia; y Reies López Tijerina creó la
Alianza Federal, uno de cuyos piquetes armados irrumpió a tiro limpio en junio
de 1967 en la Corte Federal de Nuevo México, para proclamar formalmente la
independencia de la tierra ocupada por los norteamericanos.
Pero a una etnia minoritaria y fijada
geográficamente le es muy difícil desafiar por sí sola en el terreno de las
armas el enorme poderío del ocupante. Su casi homogénea condición clasista le
abrió el recurso del movimiento sindical. Su base organizativa fue la
Asociación de Campesinos, reunida por César Chávez en 1962. Integrada al
principio apenas por unas doscientas familias, fue creciendo con tal ímpetu que
en 1965 declaró una huelga de la recolección de la uva en el Condado de Delano,
en 1968 la fortaleció con un boicot nacional
a las uvas de California, y en 1969 logró extenderlo hasta Canadá y Europa,
hasta que forzó a los rancheros a firmar convenios colectivos en 1970, tras
cinco años de paro. El mismo año comenzó otra huelga de recolectores de
lechuga, en Salinas, y en 1973 declaró una huelga general ante el convenio de
los rancheros con el sindicato de Jimmy Hoofa, la Teamsters Union.. En 1975, logró la aprobación en California de la
primera ley agraria de Estados Unidos, la cual, finalmente, extendía a los
trabajadores del campo el derecho a sindicalizarse, reconocido a los obreros
industriales apenas cuarenta años antes; y en 1977 logró, por fin,—un—acuerdo
con los Teamsters en virtud del cual
éstos se retiraron de los campos éalifornianos. Todavía en 1979 declaró otra
huelga geneal contra las lechugueias de Salinas, que se negaban a renovar los
acuerdos con los trabajadores. AG pesar de este prolongado historial de pugnas,
el sindicato, que desde 1972 asumió el nombre de United Farm Workers, se ha mantenido dentro de los límites de lo
reivindicativo: no aspira a la destrucción del sistema ni de las clases, y ni
siquiera a la redistribución de las tierras, sino a una mejor participación del
campesino en el fruto de su trabajo.
Pero su marcado carácter étnico no lo ha hecho
aislacionista: por el contrario, su política continua ha sido la de integrar
otras etnias y cooperar con ellas para objetivos comunes. Así, se han unido al
movimiento campesinos de origen chino, japonés y filipino; han colaborado con
él personalidades y grupos de las ideologías y las religiones más diversas.
A pesar de la sostenida agresión del sistema, que se
ha traducido en amenazas, alquiler de pandilleros, agresiones físicas,
detenciones de los dirigentes e incluso asesinatos de los sindicalistas, el
movimiento ha permanecido pacifista.
En todo caso, su amplio componente étnico lo ha
definido como un movimiento poderosamente contracultural. No es sólo un
sindicato, es una Causa. Sus integrantes son brothers y sisters. Sus emblemas son el «Aguila Azteca» y los
estandartes de la Virgen de Guadalupe. Desde 1964, su cronista es un periódico
de significativo nombre: El Malcriado. Los
piquetes de huelga y de boycot son
equipos encargados de ejercer presión simbólica sobre esquiroles o
consumidores, desafiando estoicamente polvaredas de máquinas, rocíos de
insecticidas y disparos de los rangers de
los terratenientes. Los activistas recurren a pequeñas piezas de teatro
callejero donde definen y satirizan a los adversarios: «patroncito»,
«esquirol», «gorila». Sus grandes movilizaciones son, de hecho, ceremonias,
tales como una peregrinación de 450 kilómetros hasta Sacramento, con escalas de
«noches revolucionarias» de canciones y oraciones y «misas ecuménicas» que
reúnen sacerdotes y rituales de diversas confesiones. Los funerales de sus
mártires son tumultuosas concentraciones, donde han participado celebridades
como Joan Báez y Jane Fonda. César Chávez alterna sus prisiones con ayunos
voluntarios. Una rica cosecha de corridos e himnos celebra las hazañas del
movimiento y las emparenta con los hechos de Benito Juárez, Zapata y Joaquín
Murieta. « La Raza» y « La Carnalidad» son vínculos de unión solitaria entre la
etnia. Ambos conducen a Azlan, la mítica tierra de donde partieron los aztecas.
Sobre esta combativa, coherente y en parte
victoriosa contracultura, han guardado silencio muchos de los medios de
comunicación que celebraron a los hippies
de utileria y a los grandes festivales de mercadería sicodélica. No han faltado
tampoco los intentos de expropiar sus simbologías para ponerlas al servicio del
sistema. Mientras maquinaba políticamente contra los huelguistas, Richard Nixon
daba fiestas animadas por mariachis en las cuales se consumían tamales y
tortillas. Durante el desempeño de la gobernación de California, Ronald Reagan
se hacía retratar con sombrero de charro, para luego aparecer en televisión
comiendo uvas boicoteadas y, ya presidente, tratar a los huelguistas de
«bárbaros». En los ochenta, el taco pasó a ser el fast food más consumido en los Estados Unidos, muy por encima del hot-dog y del hamburger. Vacuas compensaciones para casi siglo y medio de
privación de la soberanía, discriminación y explotación.
La última fórmula diseñada para aprovechar la
baratura de la mano de obra del mexicano sin admitir su presencia, consiste en
la instalación, a partir de 1965, de unas 1.500 fábricas maquiladoras dentro de la frontera de México, que dan trabajo a
casi medio millón de sus nacionales. Los asesores de la política exterior
estadounidense advirtieron, que algunos de ellos «tienden a cruzar la frontera
hacia EE.UU., acelerando aún más la inmigración ilegal», por lo que han exigido
de dichas industrias con capital norteamericano «trasladar sus ‘maquilas’ mucho
más hacia el interior de México». Así, se intenta imponer la discriminación
contra los mexicanos aun dentro de las fronteras de su propio país.
PUERTORRIQUEÑOS
Vengo a decirle adiós a los muchachos
porque pronto me voy para la guerra
y aunque voy a pelear en otras tierras
voy
defendiendo mi patria, mi derecho y mi honor.
Pedro Flores: Despedida
Los puertorriqueños
radicados en los Estados Unidos sufren una agresión todavía más violenta a su
identidad, por
el hecho mismo de que su país de origen es objeto de coloniaje[243]. Además, la mayoría de
ellos han pasado directamente a la marginalidad de las urbes norteamericanas,
un medio radicalmente distinto del trabajo rural que hizo inevitable la
sindicalización agraria de grandes masas de chicanos. La respuesta
puertorriqueña ha sido, en consecuencia, contracultural, y por tanto ricamente
cargada de simbologías provocadoras. Aparte de desarrollar una música de
singular brillantez, cuyas letras expresan la problemática de la comunidad y
cuyo ritmo contribuyó al fenómeno de la salsa, los puertorriqueños han llegado
a la acción política a través de la concientización de las bandas juveniles.
Así sucedió con el grupo de los Young
Lords, cuyo jefe, «Cha Cha» Jiménez, lo hizo derivar del vandalismo
callejero hacia la militancia armada y la organización de servicios comunales
de asistencia médica y alimenticia y de educación sobre la identidad cultural.
El programa de los Young Lords —a los
cuales se han afiliado gran cantidad de grupos similares de Nueva York y
Chicago— comprende el control de la policía en las áreas de concentración
puertorriqueña, la reforma urbana de las mismas, y la cooperación con las
iglesias en los programas de interés social[244].
El movimiento de los puertorriqueños radicados en
los Estados Unidos se centra sobre la conservación de la identidad, en un medio
que ha rechazado activamente la integración. Como lo señala la educadora
Antonia Pantoja, los puertorriqueños no disfrutan de las oportunidades que
tuvieron otras corrientes migratorias para progresar:
Antes que todo, somos gente de color
que no será fácilmente aceptada por la generalidad. Sólo aquellos que pasan
como blancos ascienden socialmente. Segundo, la ciudad ya ha sido construida
por otros. No somos especializados; y la ciudad moderna no tiene sitio para
trabajadores no especializados, por lo que podríamos permanecer por siempre en
la sombra. En tercer lugar, venimos de una colonia de los Estados Unidos, donde
ya habla un patrón paternalista y colonial de discriminación contra nosotros[245].
Dentro del marco de esta lucha, durante la década de
los sesenta fue creada ASPIRA, un movimiento de desarrollo de la
comunidad centrado en las preguntas: «¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos? ¿Dónde
vamos?». La organización propone que las respuestas se encuentran en un estudio
de la historia, de la cultura, la economía, los patrones migratorios y la gesta
independentista de la comunidad[246].
La permanencia de la discriminación y la profundidad
de estas raíces ha determinado la supervivencia del movimiento puertorriqueño,
mientras otras ramas de la contracultura eran barridas por el sistema.
Consciente de la dificultad de la erradicación de la identidad, éste ha elevado
su respuesta hasta intentar la desaparición de los opositores. La población
puertorriqueña, tanto nativa como emigrada, es el campo de ensayo de métodos de
esterilización. Conforme lo indica la «Declaración General de la Conferencia
Internacional de Solidaridad con la Independencia de Puerto Rico»: «alrededor
del 35% de la población femenina en edad de procrear ya ha sido esterilizada.
De esta forma, junto con los planes de emigración masiva y la entrada
indiscriminada de extranjeros enemigos del pueblo, se pretende sustituir su
población para disolver la nacionalidad puertorriqueña»[247].
Cuando fracasa la ofensiva contra la identidad,
comienza el ataque contra la fecundidad.
INDÍGENAS
Lo
dicen los libros de historia
carga la caballería
los indios caen
carga la caballería
los indios mueren
pues el país era joven
y tenía
a Dios de su parte.
Bob Dylan: Dios
está con nosotros
El aislamiento en reservas —campos de concentración—
que los norteamericanos han impuesto a su población indígena preservó las
diversas identidades de ésta[248].
El movimiento indígena, seguro de su propia
particularidad, procede a través de órganos de prensa, tales como el Indians of All Tribes y otros, a una
vindicación reformista de sus derechos. Sólo excepcionalmente ha incurrido en
el detonante estilo simbólico de la contracultura. Así, en 1969, los indios
ocuparon el territorio de la Isla de Alcatraz —antigua sede de una prisión— clamando
que las condiciones inhóspitas de la zona la hacían adecuada para reserva
indígena; y ofreciendo comprarla al mismo precio que los blancos habían
adquirido Manhattan siglos atrás. Los indios propusieron instalar allí un
centro de estudios de la cultura indígena; un centro ecológico, un museo de los
aportes del aborigen al mundo, y otro con los regalos de la civilización del conquistador
al indígena: enfermedades, alcohol, pobreza y aniquilación cultural
(simbolizada por latas viejas, alambre de púas, neumáticos, recipientes
plásticos, etc.)[249]. El proyecto constituía un
bofetón a la cultura de los colonos. Las autoridades blancas lo prohibieron.
Mientras tanto, los niños de los bienpensantes
usaban de juguetes los plumeros y las armas de los pieles rojas; y mocasines,
collares de cuentas, bandas para la cabeza y chaquetas decoradas con tiras de
cuero, eran vendidos como parte del uniforme oficial de la juventud blanca de
las ciudades. Los colonizadores se engalanaban con las cabelleras de los
vencidos.
La mayoría de las luchas de los indígenas tienen por
objeto salir de las fronteras de las reservaciones y recuperar algunos derechos
sobre la tierra que alguna vez fue suya. La represión frena estos intentos. Uno
de los más célebres fue el de establecer un campamento pesquero en la reserva
de Puyalupp, en Washington, en desafío a la restricción del derecho de los
nativos a pescar en los ríos Puyalupp y Nisqually. La policía detuvo a los 59
moradores del campamento; las autoridades los condenaron a diversas sentencias
de reclusión.
Similar patrón de hostigamiento o de represiones
frecuentes ha sido seguido contra los dirigentes de la comunidad. Leonard
Peltier, Dennis Banks, John Trudell, Bobby García y Anna Mae han sido detenidos
en repetidas oportunidades. Los dos últimos murieron en circunstancias no
aclaradas: Bobby García, ahorcado dentro de la prisión. Al día siguiente de la
participación de John Trudell en un mitin de protesta, su casa fue incendiada,
y en ella perecieron su esposa y sus cuatro hijos.
Pero, más significativamente aún, con los indígenas
norteamericanos se sigue el patrón de aplicación de planes de esterilización
colectiva que se ha aplicado con las restantes etnias. Como dice la
«Declaración de los indios americanos» del 22 de julio de 1978:
Contra nuestro pueblo se practica una política de
genocidio. De 1971 a 1975, el24% de nuestras mujeres fueron esterilizadas por
fuerza. Los departamentos políticos y de información dirigieron operaciones
militares ilegales contra nuestro pueblo, como «Cointelpro» (Programa de Contra
Inteligencia). A consecuencia de esas acciones, algunos de nuestros líderes
murieron víctimas de la violencia. En muchas cárceles norteamericanas están
recluidos patriotas nativos. Esta práctica continúa, y nosotros no tenemos defensa
contra esas acciones[250].
Tras estudiar la situación de las etnias en Estados
Unidos, una comisión de juristas de la ONU concluyó, en agosto de 1979:
Hemos averiguado que existen
fundamentos para deducir que el Gobierno de los Estados Unidos a lo largo de
toda su historia sigue una política de exterminio sistemático de los pueblos
nativos norteamericanos. En la última época, estos actos de agresión han estado
orientados, en primer lugar contra los dirigentes y los miembros del movimiento
de defensa de los indios norteamericanos, quienes se pronuncian contra esta
política. Por esto, estimamos que la ONU debe investigar afondo estas
acusaciones de genocidio.
De lo expuesto se deduce la existencia de una
política uniforme del Imperio hacia las minorías étnicas, cuyos puntos básicos
son la segregación, la aculturación, la explotación y, finalmente, la
esterilización. Ello nos concierne de manera particular: en el caso de un
triunfo absoluto de las políticas «hemisféricas», América Latina pasaría a ser
considerada como un vasto reservorio de etnias, y tratada en consecuencia.
Contraculturas
de la paz
La
guerra es un buen negocio.
Invierta a su hijo.
Slogan antibélico
La colectividad industrial de la modernidad es
agresiva. Esta agresión existe a tres niveles: en el internacional, porque
dicha sociedad necesita de una política de dominio exterior y de lucha por los
mercados, que desemboca con regularidad en conflictos sangrientos; en el
interno, porque está fundada sobre un ideal de competencia entre los
individuos, que engendra una continua y enervante lucha de todos contra todos
por el logro de un rango o una ventaja económica; y en el individual, porque el
modo de vida opresivo determina una agresividad latente que desemboca en
explosiones incontroladas de conducta violenta, precipitada por roces de tipo
racial o clasista, pero que en otros casos es absolutamente gratuita.
De allí que sus habitantes vivan bajo el asedio de
una constante y temida violencia, a la cual pueden responder con una agresión
proporcionalmente mayor —como en el caso de los fanáticos de las armas de fuego
estadounidenses, que financian lobbys en
el Congreso para sabotear cualquier proyecto de ley tendente a registrarlas o
regular su uso— o mediante la renuncia a la agresividad.
Varias circunstancias contribuyeron a hacer del
pacifista el movimiento más exitoso de la contracultura: la guerra le afectaba
directamente y en forma desproporcionada su clientela. Los jóvenes y las
minorías étnicas fueron los más requeridos por la recluta: justamente aquéllos
que estaban menos integrados al
sistema, debieron defenderlo con
las armas. En segundo lugar, la aventura en Vietnam constituyó una de las guerras más inmorales de la historia.
Los más esclarecidos intelectos de la época, como Bertrand Russell, Noam
Chomsky, Sartre y Benjamín Spock, tomaron partido contra el genocidio y lo
denunciaron públicamente[251].
En tercer lugar, el pueblo vietnamita presentó una coherencia cultural y una
convicción extremas, que se tradujeron en la inmensa eficacia militar que
desmoralizó a los agresores.
Una circunstancia social,
otra moral y una tercera militar condujeron al triunfo más concreto de la
contracultura. Esta consiguió reunir densos sectores de la población en
manifestaciones gigantescas, como la de la Marcha sobre Washington. Al mismo
tiempo, articuló un movimiento de resistencia civil a la recluta, nucleado
alrededor de la SDS (Students for
Dpmocratic Society) en los centros universitarios[252],
y de infinidad de sociedades y órganos de prensa en toda norteamérica[253].
El argumento esencial divulgado a favor de la deserción[254]
fue que, de acuerdo a las leyes de Nuremberg sancionadas por las propias
autoridades norteamericanas, era legítimo negarse a efectuar actos de agresión
contra un pueblo al cual no se había declarado la guerra[255].
Casi no hubo tendencia contracultural que no participara en la campaña
antibélica, ni gran acontecimiento que no tuviera un carácter pacifista. Por
ello, no reseñamos de nuevo hechos narrados en secciones anteriores.
El movimiento antibélico
consiguió infiltrar el propio ejército, y ello se tradujo en decenas de motines
y rebeliones, en la organización de núcleos agitativos y órganos periodísticos
de resistencia, e incluso en la eliminación física de oficiales racistas y
fanáticos[256].
Para la sociedad
industrial alienada, sin embargo, no hay desperdicio. Sus mecanismos de
difusión de masa terminaron usando contra la cultura excluida el pacifismo que
ésta le había opuesto.
Así, el mercado juvenil
fue sometido a un verdadero dumping de
llamamientos a una pasividad indiferenciada y de consejos en virtud de los
cuales se debía soportar con mansedumbre todas las opresiones. Ser manso, no
sólo ante la guerra imperialista, sino además ante la discriminación racial, la
desigualdad económica, la brutalidad policíaca y la rapacidad financiera. Y era
cierto que algunas minorías no tenían oportunidad alguna de triunfo al medirse
con el sistema en el campo de la violencia, donde éste era el dueño: su no
violencia era su credencial de supervivencia. Por ello contrasta la imagen
indiferenciadamente no violenta de la contracultura, que los medios han
difundido, con la relativamente escasa información sobre su aspecto militante y
sus derivaciones violentas: las unidades de guerrilla urbana, los atentados y
las confrontaciones con los cuerpos represivos.
La máxima eficacia de esta
campaña de universalización, confusión y degradación de un mensaje llegó cuando
los reclutas de los Estados Unidos consiguieron como reivindicación el derecho
al uso de los símbolos de la contracultura. Escondido en sus arrozales, el
pueblo asiático vio aparecer un nuevo tipo de genocida con el pelo largo y
entretejido de flores, adornado con collares de cuentas y amuletos, de barbas
olorosas a incienso y con símbolos de la paz colgados de la correa del M-1.
Este genocida iba también drogado, y gustaba de las canciones dedicadas al amor
y la paz[257].
Y así, los medios de comunicación difundieron por todo el mundo la imagen de un
soldado que llevaba en el casco la palabra Love.
Con igual prisa divulgaron la aclaratoria de que dicha palabra correspondía
al nombre del soldado, y no a ninguna declaración de principios. La propagación
universal de imagen y aclaratoria fueron igualmente significativas. Fuera cual
fuera la verdad, Love había pasado a
ser sólo un nombre.
La culminación del
movimiento antibélico sacudió simultáneamente al sistema y las contraculturas.
Para el primero, se tradujo en la renuncia a su ilusión de omnipotencia; en una
disminución de la producción bélica que contribuiría a arrojarlo en la crisis
económica, y en la sustitución de un ejército de reclutas por uno de
mercenarios, es decir, de voluntarios pagados. Para la contracultura, el fin de
la guerra significó la pérdida de su más eficaz bandera. La paz de Vietnam
marcó el inicio de la pacificación de las contraculturas.
Sin embargo, el sistema
industrial no renunció a su política agresiva contra el Tercer Mundo: en las
décadas inmediatas, Inglaterra ocupó violentamente las Malvinas;~y Estados
Unidos, aparte de mantener a la O.T.A.N (Organización del Tratado del Atlántico
Norte) y a sus cinturones de bases nucleares en el exterior, protagonizó
invasiones totales contra Grenada y contra Panamá; bombardeos y batallas aéreas
contra Libia; ocupaciones virtuales en Honduras y en Él Salvador; bloqueos
contra Cuba, Nicaragua e Irak; y amenazas de intervención contra diversos
países latinoamericanos.
La distensión iniciada por
el bloque soviético, antes que facilitar una política de desarme y de paz,
parecería haberle dado «vía libre» a una Tercera Guerra Mundial, esta vez
librada por los países desarrollados contra los del Tercer Mundo, dirigida al saqueo
de los recursos naturales de éstos. Ahora sin la menor sombra de pretexto
ideológico, anticomunista o de cualquier otra índole.
Capítulo IV
Aniquilación de las contraculturas
Modificación
de las infraestructuras de una contracultura
Cambio
de los patrones demográficos
Cuando envejezca
y pierda el cabello
;dentro de tantos años!
¿Todavía
me alimentarás?
¿Me amarás todavía
cuando sea un sesentón?
Paul
Mc Cartney y John Lennon:
When
I'm Sixty Four
Hemos visto cómo, ante la necesidad de expresión y
de identidad de sectores excluidos, la colectividad industrial de la modernidad
respondió recogiendo y adoptando las simbologías de sus contraculturas, hasta
generalizarlas y hacerlas perder su capacidad de servir como señales de
identidad. Tal corrupción de los símbolos de la contracultura la llevó a la
ineficacia.
A esta modificación de los signos correspondió una
paralela transformación del grupo excluido que constituyó la base social más
numerosa de las subculturas. Cuando los bebés nacidos entre los años 45 y 55
comenzaron a aproximarse a la treintena, uno de los elementos de su exclusión
—la extrema juventudse desvaneció. No es posible vender indefinidamente a una
población cuya edad avanza, una cultura diseñada para adolescentes. A medida
que estos adultos se integran al status que
alguna vez repudiaron, cambian el nivel de sus ingresos y sus hábitos de
consumo. Y conforme los adultos adoptan el uso sistemático de anticonceptivos,
las tendencias en la población de las colectividades industriales se invierten.
El nuevo sector juvenil es proporcionalmente menos importante. El mercado
vuelve a constar fundamentalmente de adultos y de personas de edad madura. No
habrá un inagotable relevo de adolescentes que puedan seguir consumiendo la
subcultura.
Por el contrario, el hecho más notable en materia
demográfica en los países desarrollados es el dramático descenso de las tasas
de fertilidad durante las últimas
décadas[258].
Dicho descenso es acompañado por una elevación de la longevidad debida al
mejoramiento de las técnicas médicas, y a su mejor difusión entre amplios
sectores[259].
El resultado se observa en la distribución de los grupos de edad: prepondera el
de personas de edad adulta.
Esta configuración
cuantitativa de la población tiene consecuencias cualitativas en las
instituciones. Como lo ha señalado Riesman[260]
los patrones demográficos presentan definidas relaciones con las formas
culturales. En tal sentido, Riesman distingue tres tipos de sociedades: las de
demografía en ascenso, donde la conducta de los individuos es dirigida por los
patrones de la tribu o el clan al cual pertenecen; las de industrialización
incipiente y demografía con tendencia a estabilizarse, donde la conducta es
dirigida por patrones internafizados por el individuo a temprana edad y
mantenidos decididamente en la edad adulta; y las de industria avanzada y
demografía en declinación incipiente, en donde aparece el carácter «dirigido
por los otros». En este tipo de sociedad, disminuyen las tasas de natalidad y
de mortalidad hasta un estado de declinación demográfica; pierden importancia
relativa en la economía la agricultura, las industrias extractivas e incluso la manufactura, en
favor del sector terciario; la economía de la escasez es sustituida por una
sicología de la abundancia y del consumo suntuario, del ocio y del despilfarro;
las familias se hacen cada vez más pequeñas, y predomina la educación
permisiva. Según Riesman, «lo que es común a todos los individuos dirigidos por
los otros es que sus contemporáneos constituyen la fuente de dirección para el
individuo, sea los que conoce o aquéllos con quienes tiene una relación
indirecta, a través de amigos y de los medios masivos de comunicación. Tal
fuente es, desde luego, ‘internalizada’, en el sentido de que la dependencia
con respecto a ella para una orientación en la vida se implanta temprano. Las
metas hacia las cuales tiende la persona dirigida por otros varían según esa orientación; lo único que
permanece inalterable durante toda la vida es el proceso de tender hacia ellas
y el de prestar profunda atención a las señales procedentes de los otros».
Dicha configuración del carácter facilita el conformismo, la pasividad, y el
estancamiento, en el núcleo demográfico de las personas de edad madura y
avanzada. Los mismos transmiten tales actitudes a sus descendientes mediante el
ejemplo y la educación.
Estos grupos de edad madura detentan el control
sobre la política, la economía y buena parte de la creación cultural de los
paises desarrollados. Sus tendencias y opiniones influyen de manera decisiva
por sus roles de creadores y principales consumidores de la mercancía cultural,
de votantes y de participantes en la política, de productores e inversionistas,
en los que sobrepasan a los jóvenes tanto numéricamente como en poder efectivo[261]. El predominio de adultos
de edad madura acentúa las tendencias hacia el hedonismo, el conservadurismo,
la poca movilidad social y la acumulación de capital en los países
desarrollados.
El hedonismo puede ser tenido al mismo tiempo como
causa y como efecto de una sociedad con predominio de los grupos de población
de edad madura. Entre los motivos de la declinación de la fertilidad en las
naciones desarrolladas, está la decisión de sus pobladores de invertir en
bienes económicos de consumo los recursos que podrían dedicar a la paternidad[262]. Pero el sistema
capitalista, al encontrar cada vez más restringidos los campos para la
inversión (por que ha sido satisfecha
la demanda relativa de bienes de primera necesidad y porque el estancamiento
demográfico no suple más consumidores) debe presionar por todos los medios un
consumo suntuario y ostensible entre los grupos de mayores ingresos[263].
Por otra parte, tanto las dificultades cíclicas del capitalismo como la
automatización favorecen la disminución de las jornadas de trabajo y la
aparición de periodos cada vez mayores de ocio regimentado y despersonalizado[264].
Una sociedad en la que
preponderan los grupos de población de edad madura o avanzada tiende asimismo
al conformismo. La juventud es más propensa a aceptar estilos de vida o de
pensamiento innovadores, por no haber sufrido un prolongado entrenamiento o una
socialización definitiva en los estilos tradicionales. Es el período durante el
cual ciertas potencialidades creativas están en su máximo punto: gran parte de
las innovaciones conceptuales de los mejores matemáticos y físicos, entre ellos
Newton y Einstein, fueron desarrolladas a temprana edad[265].
Por el contrario, los grupos de edad madura prolongan costumbres y valores ya
establecidos, o realizan variaciones sobre corrientes de pensamiento
preexistentes, o imponen estas concepciones a la minoría juvenil.
En política, los sectores
de edad avanzada tienden a ser pasivos, a rehuir el compromiso, y al franco
conservadurismo[266].
Una población con este
patrón demográfico hace más dificultosa la movilidad social, por la permanencia
prolongada en las jerarquías más altas de personas de edad madura. Retardando
el relevo generacional, se posterga la eventual movilidad que lo acompaña[267].
La extensión de las edades de retiro compulsivo agrava el conflicto con los jóvenes, que no encontrarán
plazas fácilmente o se verán relegados a trabajos menos remunerados[268].
Por otra parte, la sociedad industrial de la
modernidad hace necesaria la prolongación, de la educación y, en los campos que
están en permanente renovación tecnológica, impone una educación continua. El
acceso de los jóvenes al trabajo productivo se hará cada vez más tardío en
virtud del complejo y largo proceso de formación, y de las modificaciones en
éste a medida que ciertas destrezas se hagan inútiles, y otras se conviertan en
imprescindibles[269].
Los mecanismos del capitalismo acentúan la
concentración del capital en manos de los longevos, sin que dicha tendencia sea
frenada por la repartición de herencias. El paso del tiempo opera en favor de
la acumulación de ahorros y propiedades
en el grupo de edad avanzada, cada vez más numeroso proporcionalmente. Además,
el advenimiento del retiro —por más que sea legalmente aplazado— convierte a
este sector de población en beneficiario de sistemas de seguridad social,
pensiones y primas que aumentan sus disponibilidades y que son costeados por
los grupos activos de la población[270].
Dicho aumento de la liquidez en las personas de edad avanzada coincide con una
disminución de sus gastos, ya que no estarán cargadas con la educación de sus
descendientes, y habrán seguramente cubierto sus necesidades más perdurables.
El grupo pasivo de la población se convierte en depositario de importantes
sumas de capital, en beneficiario de auxilios costeados por la sociedad, y en
un consumidor relativamente moderado, a pesar de la presión que los medios de
comunicación ejercen sobre él[271].
De seguir las tendencias
demográficas indicadas, las personas de edad madura y avanzada se distanciarán
cada vez más en sus características culturales, económicas y políticas de una
vasta marginalidad que tenderá a definirse dialécticamente como su contrario:
entrarán en conflicto con sus propios descendientes, los jóvenes, de quienes
están separados por la edad, por la posesión efectiva del poder económico y
político, por el dominio de las jerarquías organizativas y por el conformismo y
el conservadurismo[272].
Cada país desarrollado enfrenta, y continuará enfrentando, el problema de la
alienación de corrientes migratorias cuyo trabajo explota y cuyos derechos
niega. Los Estados Unidos han aprovechado tradicionalmente el trabajo de los
inmigrantes, legales o ilegales; Alemania y los países escandinavos importan
obreros del Sur de Francia y de Turquía; Francia recluta trabajadores de España
y de los países árabes;. Suiza atrae mano de obra española e 'italiana;
Inglaterra importa hindúes y en general antiguos súbditos del imperio. Ninguno de estos grupos ha
obtenido la igualdad de derechos con los trabajadores del país a donde
inmigran.
Recesión
económica y crisis energética
Todo lo
que veo es decadencia
y ahora
lo estoy mirando todo.
Fleetwood Mac:
Somebody
Pero al final de la década de los sesenta también
cambian las condiciones económicas. Durante ese período, los países
capitalistas mantienen una transitoria prosperidad, sustentada en buena parte
por el efecto multiplicador del gasto militar[273]. Hacia 1966 hay una amenaza
de crisis en Estados Unidos, que es conjurada con un aumento del gasto
armamentista y la escalación de los bombardeos en Vietnam. Esta tendencia de la
inversión es a la larga ineficaz para mantener el auge. Hacia 1969 se acentúan
el déficit en el presupuesto y la balanza de pagos. En 1970 el desempleo llega
al 5,6% y se contraen las inversiones, la demanda y la producción. El
agravamiento de la situación económcia coincide con la radicalización de la
contracultura y con la respuesta violenta del sistema.
A1 fin de la década, la crisis se hace manifiesta.
Theotonio Dos Santos la caracteriza de la manera siguiente:
La concentración del ingreso y la
extensión de la pobreza, el uso de la mano de obra negra y morena para las
actividades más difíciles y menos remuneradas, y la acentuación del problema
racial que esto genera; la incapacidad de mantener una tasa de crecimiento
capaz de absorber el crecimiento de la población económicamente activa; el
consecuente desempleo abierto y el desempleo disfrazado sobre todo de la mujer,
que es obligada a volver a los servicios domésticos después de terminado el «boom» provocado
por la Segunda Guerra Mundial; la necesidad de absorber mano de obra en las
actividades militares y en los sectores improductivos, lleva a una
irracionalidad creciente del sistema. La preferencia por el servicio privado en
relación al público lleva a un enorme despilfarro e ineficacia en la totalidad
(a pesar de las maravillosas eficacias particulares que ésta produce). El ahogo
de una burocratización enorme de la vida social, las angustias de una sociedad
sin puntos de referencias globales materialistas y basada en una sistemática
defensa idealista del individuo. La crisis del ambiente físico, desequilibrado
por una constante actividad productiva anárquica que no se preocupa jamás con
sus implicaciones totales. Todas estas contradicciones, conflictos y tensiones
sociales internos se hacen más explosivas frente a la incapacidad del progreso
reformista de las administraciones Kennedy y Johnson de resolverlas frente a la
crisis que se anuncia en 1966 y es resuelta por el expediente de la inversión y
del consumo militar y que explota en 1968, 1969 y 1970, con una inflación
acompañada de recesión. A la crisis interna se suma la crisis internacional,
que con ella se relaciona estrechamente. Desde el punto de vista económico, a
la crisis de la balanza de pagos que lleva a la inestabilidad del dólar se suma
la pérdida de la posición relativa en el comercio mundial y a los efectos de la
guerra de Vietnam sobre el balance de pagos[274].
La depresión norteamericana tiene inmediatas
repercusiones en los países industrializados de Europa y en Japón, que tienen
fuertes reservas en dólares. Estados Unidos trata de nivelar su balanza de
pagos mediante una baja de las importaciones y un aumento de las exportaciones.
La crisis del dólar castiga las reservas de esos piases; la restricción a las
importaciones dificulta sus ventas a los Estados Unidos y, en general, decelera
su crecimiento económico. La recesión se expande a la totalidad del sistema capitalista,
y culmina con los aparatosos crash de
la Bolsa de Valores de Nueva York en 1987 y 1989, y de la de Japón en 1990. Y
la distensión iniciada por la Unión Soviética en 1989 hará cada vez más difícil
reactivar la economía incrementando el gasto militar.
Pero esta vez no se trata meramente de una crisis
interna del sistema, sino de la relación de éste con su entorno y sus fuentes
nutricias.
El saqueo de la naturaleza, conforme lo señalaron en
forma repetida las mentes más lúcidas, no puede seguir indefinidamente[275]. La economía capitalista,
basada en buena parte en la expoliación de materia prima y energía baratas para
su consiguiente derroche, tiene límites en el agotamiento o la escasez de
ambas. La organización de los países productores de recursos energéticos tuvo
por resultado la dislocación de una economía basada en el despilfarro y el
consumo ostensible, con el consiguiente encarecimiento de los insumos y
descenso de la producción. Estas circunstancias hacen la crisis más central,
más grave. Ya no se la podrá conjurar con una mera reactivación de la demanda.
Se trata de replantear todo un estilo de producción y de consumo; de
desarrollar fuentes alternativas de energía y modos de vida menos dispendiosos
de la misma, en el momento en que el sistema parece haber agotado su
flexibilidad[276].
Y las dos décadas inmediatas transcurren sin que la modernidad encuentre
respuestas a estos desafíos. Por el contrario, su única respuesta es la
agresión armada contra los países productores de energía en el Mediterráneo y
en el Golfo Pérsico, para adueñarse de ésta por la vía del saqueo militar.
Cultura
de la depresión: nostalgia y fascio
La nostalgia es el miedo a crecer.
Andrés Caicedo: ¡Que viva la música!
Sobre la base de esos supuestos demográficos y
sociales se explica la venta de un nuevo tipo de cultura, cuya comercialización
domina las décadas de los setenta y los ochenta. Orientada hacia los intereses
de un público adulto y próximo a la madurez, excluye el violento contraste y el
vértigo de la contracultura.
Dirigida hacia una audiencia que en su mayoría trata
de integrarse en la colectividad industrial alienada, sus símbolos, más que de
exclusión, son de integración. De allí que no busca la creación de nuevos
sistemas de signos, sino que utiliza aquéllos consagrados por la tradición o el
prestigio. A este público que ingresa en la edad adulta o en la madurez, se le
facilita sicológicamente la transición mediante la venta de los rituales y los
estilos de los adultos de hace treinta años, es decir, de sus padres. Se
equivocaría quien creyera que la finalidad de tal cultura consiste en halagar a
los ancianos que eran adultos en aquella época. Para ellos, tales símbolos sólo
evocan enervantes recuerdos de crisis, desempleo, escasez y guerra. Esta
cultura es el traje que se vende al adolescente para que se disfrace de adulto
imitando servilmente a sus padres, y asumiendo simbólicamente el papel de
ellos.
Por otra parte, en las décadas de los setenta y
ochenta, que para los países de la colectividad industrial alienada son de
escasez y de crisis, no se puede seguir haciendo énfasis en la venta de un
producto esencialmente sustituible y anónimo, de adquisición y desecho
consecutivos. La carestía de materiales induce al fabricante a dotar al
producto de un carácter único y exclusivo, supuestamente reservado a una élite,
y duradero. La publicidad fomenta una relación casi personal con este objeto,
que hace olvidar su origen industrial y por lo tanto masificado, y que
justifica su alto precio. Y la posesión traduce más que nunca el status y la estratificación social. El
consumo pasa a ser una defensa sicológica, un atrincheramiento contra la
crisis. Al lado de los hábitos de consumo retrógrados de esta nueva cultura, se
fomentan actitudes de conservadurismo en lo político y de agresividad en lo
internacional. A los niños de las flores los suceden los adultos de la crisis.
Al pop, lo sustituye la nostalgia. Al hippie, el yuppie.
Fenómenos similares son recurrentes. Durante la
época contemporánea han coincidido las culturas orgiásticas, con las épocas de
auge del capitalismo. La Belle Epoque,
los tumultuosos años veinte y el pop coincidieron con puntos altos
de ciclo económico, y desaparecieron con las depresiones subsiguientes.
El surgimiento de una cultura orgiástica coincide
con el aumento del capital líquido, y su eclipse, con las dificultades en
reinvertirlo. La cultura del goce, de la despreocupación y del disfrute, es uno
de los mecanismos a través de los cuales se expande la demanda. La contracción
de ésta trae consigo las culturas del ahorro, la represión y el
conservadurismo.
La timida recurrencia de culturas orgiásticas que
florecen cuando el sistema capitalista esparce una transitoria afluencia entre
algunos sectores de la sociedad, permite prefigurar la plenitud de las
verdaderas culturas orgiásticas que se darán en el Reino de la Libertad.
Porque, en última instancia, los valores de las contraculturas —la celebración
de la vida, la libertad y la paz, el derecho a la individualidad, al erotismo y
a la intimidad, el respeto por las culturas arcaicas o periféricas y por la naturaleza—
son legítimos y sólo es criticable el camino mediatizado que los cultores
tomaron hacia ellos, y la manera en que su satisfacción simbólica apuntaló el
sistema que en definitiva los niega. La historia de estos movimientos es, pues,
la de una gran frustración. El intento inútil de resolver un presente
insoportable, y el terror hacia el futuro, desembocaron necesariamente en una
cultura de la nostalgia. A partir de este supuesto, las polaridades entre ambas
son plenamente explicables.
El pop es emotivo, la nostalgia es
sentimental. El pop es espontáneo, la nostalgia es artificiosa. El pop
es vertiginoso, la nostalgia es pausada. El pop epata, la nostalgia
posa. El pop personaliza, la nostalgia impersonaliza. El pop es
desaliñado, la nostalgia es formal. El pop es estridente, la nostalgia
es sedante. Esto último explica parte de su función. El clima de la nostalgia
es el de un perpetuo déjà vu: el de
la vuelta a lugares ya conocidos y por tanto seguros. Todo está prescrito, y
todo resuelto. La tensión de lo que ha de venir se atenúa, porque dentro de la
atmósfera de la nostalgia no hay devenir. Si el pop es inmediatista, la
nostalgia es remota. La teoría del distanciamiento como forma de representar
surge en un teatro en el que los personajes y las situaciones están tan
simplificadas, que representarlos plenamente, con pasión, resultaría
caricaturesco. Mediante el distanciamiento, el actor se separa del personaje, y
el espectador se separa de su propia vida. En efecto, el hombre de los años
treinta y cuarenta vivía su época, disfrutaba de la sorpresa y la frescura que
ésta podía depararle, mientras que el nostálgico revive la época de otros, y
por lo tanto no vive, sino que representa. Esta representación ha de ser fría,
para no caer eh la caricatura: el horror al entusiasmo que permea a los
cultores de la nostalgia es en el fondo terror al ridículo, y paradójicamente
el verdadero rasgo irrisorio de toda esta cultura, porque lo único ridículo es
el constante terror de serlo.
En la cultura de la nostalgia, el mal es lo nuevo:
el tiempo es el gran enemigo; el niño, que por igual encarna al tiempo y a lo
nuevo, se convierte en emblema de lo detestable. Los medios de comunicación
difunden esta nueva tabla de valores en una serie de best—sellers. En El bebé de Rosemary, de Ira Levin, El exorcista, de Blatty, y La profecía, de David Seltzer, el niño
es el diablo que aparece para anunciar el fin de la civilización. En Los nulos del Brasil, Ira Levin plantea que
el nacimiento de un centenar de bebés con ciertos caracteres genéticos
representa la perspectiva de una Tercera Guerra Mundial. En Carr¡e, Stephen King hace que una niña
próxima a la pubertad aniquile un pueblo tmediante sus poderes paranormales, y
en Insólito esplendor, también el
niño dotado de poderes especiales desencadena el terror. Cineastas como
Friedkin, polanski, Brian de Palma y Stanley Kubrick convirtieron tales novelas
en lfms que han resultado éxitos de taquilla. Lo que llama la atención es, no
que un cineasta pueda crear una fantasía siniestra con un infante como
protagonista —de hecho, el tema había sido introducido por Fellini en Toby
Dammit, episodio de una película sobre relatos de Poe— sino la multitudinaria
audiencia de estas producciones, y la monótona recurrencia al tema del niño
diabólico, en el cual, evidentemente, el adulto proyecta sus propias culpas y
sus propios terrores. Los motivos medioevales del íncubo y del súcubo se dan la
mano para fijar en la mente femenina que toda preñez puede tener un
desenvolvimiento satánico, y que la píldora, el aborto y el infanticidio son
legítimo exorcismo contra el tiempo que todo lo acaba.
La cultura de la nostalgia es altamente formal. Por
lo mismo que surge de la angustia ante desórdenes económicos y sociales que no
puede conjurar, es compulsivamente ordenada.
Postula el regreso a las soluciones
ultraautoritarias: la crisis del capitalismo acompaña el resurgir de grupos
fascistas en Inglaterra, Alemania, Francia, Italia y España, y de posiciones
conservadoras en Estados Unidos. En lo exterior, la nostalgia predica el
obsesivo orden en el atuendo y en el tocado, así como el pulimento y la nitidez
de los utensilios, hasta constituir un estilo que ha sido bautizado
adecuadamente como fascio[277].
No es por accidente que hemos usado los términos siquiátricos obsesivo y
compulsivo. Al igual que el neurótico, el fascio exorcisa con
estrictos rituales perfeccionistas las fuerzas desintegradoras que operan
dentro de su personalidad.
La manifestación orgiástica del fascio
consiste en la exhibición de fuerza controlada y regimentada. Por eso, se
instaura como música oficial del estilo fascio
el disco. Su latido rítmico lo asimila a una marcha militar; se baila
con movimientos estrictamente prescritos, y con atuendos de una alta formalidad[278].
La gran película mitológica del disco, Fiebre del sábado por la noche, ofrece a los adolescentes de la
marginalidad subempleada la sublimación de sus frustraciones en la exhibición
narcisista de las discotecas. El fondo sonoro del disco también acompaña una
avalancha de sueños de poder en los que una situación crítica se resuelve por
la magia de la tecnología destructiva —como en La guerra de las galaxias de George Lucas— o por una fuerza bruta extrahumana
—como en el Superman de Schaefer.
Superhombres invencibles y proyectiles cohetes aniquilan las fuerzas malévolas
mediante la reversión del tiempo y la restauración en el trono de una princesa
blanca amenazada por una estrella negra.
En estos tres sueños centrales de la cultura de la Nostalgia, un extranjero, un hijo de
emigrantes y un granjero respectivamente salvan, se integran a, y restauran un
imperio mediante la operación mágica de la adopción de un uniforme: azul
y rojo en un caso, blanco y nostálgico en el segundo, blanco y militar en el
tercero. Pero concluido el sueño, quedan siempre los que se niegan a vestir el
uniforme, y preparan su negación, el último y más desesperado de los
antiuniformes.
Contraculturas
de la crisis: punk y culto del monstruo
No hay futuro.
Johnny Rotten: de los Sex Pistols
Durante 1976 un grupo de jóvenes se paseó
diariamente por King's Road para ir a emborracharse al pub de la Belfort
Street. Un hecho tan insignificante no merecería mención, de no ser porque el
grupo lo hizo con la finalidad de ostentar un conjunto de símbolos. Cualquier
caminata en poblado tiene en parte este objetivo: lo que convertía en insólita
la que tuvo lugar diariamente en King's Road fue la exhibición de símbolos de
lo indeseable. El paseo cotidiano era la exacta inversión del ceremonial de una
exhibición de modas. En lugar del almacén consumista, la calle gratuita. En
lugar del buen gusto, la disonancia. En lugar de la atracción, la repulsión. En
lugar de lo nuevo y lo caro, lo desechado y lo barato. En lugar de la libido,
el tánatos. En medio del umbrío camino de la nostalgia interfiere lo estúpido,
lo vacío, lo hueco, lo maloliente, lo pútrido, en otras palabras, el punk. Al reino oficial de los signos que
proclaman que se alcanza la seguridad marchando atrás en el tiempo, se oponen
otros que proclaman la inanidad del presente: a la cultura oficial se opone de
nuevo una contracultura[279]. En las calles se apalean
los fascistas del Nalional Front y sus opositores de la Liga Antifascista. No
violentos a pesar de su brutalidad alegórica, los punk esquivan las golpizas. Los que tienen conciencia política son
anarquistas o admiran a Trotski, máximo derrotado.
Nuevamente, se trata de un
movimiento definido más por simbologías que por un credo o una organización;
caracterizado más por lo que rechaza, que por lo que propone. Nuevamente, su
fuerza se mide por su capacidad de atraer la atención de los medios de comunicación
de masas. Motivaciones y causas se asemejan a las de las contraculturas. Varían
la época y las circunstancias económicas. Estos factores determinan a su vez
sutiles diferencias.
Siguiendo la mecánica de
las contraculturas, el punk surge
entre marginales: la juventud y sectores discriminados en las sociedades
industriales de la década del setenta. A las marginaciones que tradicionalmente
sufren, se añade la de ser minoría en países que tienden hacia la estabilidad
demográfica. Ello significa crecer en países orientados hacia el
conservadurismo, en donde la extensión de las expectativas de vida dificulta la
movilidad social y la complejidad del modo de producción industrial hace más prolongado
y arduo el proceso de integración. El sector juvenil encuentra cada vez más
dificultosa la realización de sus aspiraciones; su modesta importancia numérica
lo hace menos determinante en la economía y menos poderoso como grupo de
presión; su nivel de ingresos y su capacidad adquisitiva es reducida, y la
ascensión social y la formación profesional, cada vez más dificultosas. Al
hacerse tan arduo el logro de recompensas, decrece la motivación, hasta casi
desaparecer. Pero también es responsable de esta crisis de motivación la falta
de fe en el sistema dentro del cual se les ofrece la precaria opción de
integrarse.
En efecto, la generación
del punk es la de la crisis económica
del sistema capitalista. No es accidental que el movimiento aparezca en el país
en donde esta crisis se manifiesta primero y de forma más aguda —Inglaterra—
para luego irradiar hacia los Estados Unidos y otros países desarrollados. Los
jóvenes están marginados de un sistema que a su vez sufre un profundo malestar,
signado por el desempleo, la inflación, la escasez de energía y de recursos
naturales y el deterioro del poderío militar y político[280].
La juventud no tiene futuro dentro del sistema, pero a su vez el sistema no
tiene ni juventud ni futuro.
Tienen un papel como
donantes de símbolos para esta contracultura los marginados por el sistema.
Así, el punk rock, la manifestación
dominante del movimiento, toma parte de su estructura del reggae
jamaiquino[281]
y algunas de sus simbologías de religiones minoritarias como la de los
rastafarios[282].
Nuevamente; el joven adopta el uniforme y los modos de expresarse de los
desclasados, así como en otra época usó el blue
jeans del trabajador manual y la música de los negros. El grupo juvenil sin
identidad toma en préstamo símbolos culturales a otros sectores que, a su vez,
la poseen tan marcada que no están interesados en enfatizarla de manera disruptiva,
porque ello aumentaría su alienación dentro del sistema. Por una ley de vasos
comunicantes, los símbolos fluyen del sector de fuerte identidad heredada
culturalmente al de identidad débil que quiere afirmar su peculiaridad.
A1 igual que el pop,
el punk insurge contra la
racionalidad alienada, el modo de vida agresivo, la negación de la intimidad y
contra la represión del sistema. Pero a diferencia del pop, que tenía
una firme fe en la posibilidad de crear una nueva civilización, el punk es filosofía de desesperados, que
no cree en la mejora y ni siquiera en la perduración de la cultura a la cual se
enfrenta.
Como movimiento de
negación extrema que no ofrece alternativas vitales, el punk emparenta con los
cínicos y nihilistas. Como movimiento estético que regurgita en combinaciones
insólitas la imaginería simbólica de la cultura a la cual se opone, entronca con
el dadaísmo[283].
Pero el punk tiene raíces emotivas y sicológicas en lo que podríamos llamar el
culto del monstruo. El ser que se siente alienado y rechazado, se identifica
emocionalmente con el extrañado por excelencia, el fenómeno teratológico. Así,
el marginado asume la exclusión como parte de su ser y no como impuesta; la
incorpora a su identidad, sin dejar de considerarla como humana: una extraña
humanidad incomunicada por el disfraz.
Este mecanismo sicológico
ha dado lugar, en la literatura, y posteriormente en el teatro y el cine, al
personaje de la bestia con sentimientos humanos o al ser humano con exterior
bestial, derivado de la antigua mitología de los monstruos, a la que Jung considera
como simbólica de la irrupción de las fuerzas del inconsciente[284].
La diferencia consiste en que si el monstruo representa lo inconsciente, lo otro, y por lo tanto lo inconfesado y lo
exterior, el monstruo humano representa la conciencia embarazada por la
apariencia impuesta del desprecio social. Por eso el lector se identifica con
la criatura bestial en el cuento folklórico de «La bella y la bestia», pero
también con el «Hombre que ríe» y el «Quasimodo» de Hugo, y con «El fantasma de
la ópera», de Leroux, y con el «Monstruo de Frankestein», cuya humanidad
(reconocida por la autora y el lector) es negada por el creador y por la
sociedad, quienes condenan al monstruo a una existencia de exclusión y de
rencor. La humanidad negada por la apariencia es asimismo el tema de las
infinitas historias literarias y fílmicas sobre criaturas de conformación
inusitada: hombres lobos y vampiros; anfibios humanoides como «La criatura»;
gorilas capaces de amar como « King Kong», pterodáctilos suicidas como «
Rodán». La súbita revelación de la humanidad del monstruo constituye el operativo
de todas estas fantasías, y la razón de su éxito, ni siquiera aminorado por el
hecho de que tal revelación usuatmente cuesta la vida: «Quasimodo», el «Hombre
que ríe», «King Kong», «Nosferatu», «El fantasma de la opera», « Rodán» y
literalmente cada monstruo de éxito muere de amor o por amor, intentando
comunicar con criaturas que los rechazan o acosan.
La asunción de la
monstruosidad externa es la aceptación como parte de la identidad personal de
un rechazo impuesto por el entorno. De allí la fascinación ejercida sobre la
juventud de los paises de la modernidad, por el culto del monstruo. Hacia los años 50, alcanzó su pináculo con los comics de horror de la casa editora DC,
de Arthur M. Gaines, que ofreció a los niños un carnaval de horror, criaturas
nocturnas y necrofilia[285]. Halloween plástico o celebración de la
literatura gótica yanki, el culto del monstruo sufrió una literal cacería de
brujas con el libro La seducción del
inocente, de Fredric Wertham, un profesor de sicología norteamericano que
atacó ferozmente la industria del comic, sin
ocuparse de averiguar los condicionantes que llevaban a un público juvenil
masivo a ocuparse de historias de criaturas deformes, rechazadas y finalmente
aniquiladas. La histeria anticomic no
impidió la continuidad del culto del monstruo en el cine y en la literatura[286],
ni tampoco su resurgimiento en los años 60 en el grupo editorial de la Warren
Publishing, cuyas publicaciones, Creepy,
Eerie, Vampirella, e incidentalmente la reedición de las magistrales tiras
dominicales de Will Eisner, The Spirit, ofrecen
al público juvenil un mundo expresionista cuyos héroes son vampiros,
sepultureros, mutantes, criaturas infernales y moradores de tumbas. Estas
publicaciones promueven la venta de máscaras, maquillajes y vestiduras para
caracterizarse de monstruo, aparentemente con un buen mercado.
La tendencia a la
identificación con el monstruo como el gran alienado ha sido, pues, una
constante estética, sicológica, y hasta diríamos que financiera —por el monto
de las ganancias que ha producido su industrialización— de la juventud de los
países capitalistas. No es asombroso que la afloración de esta tendencia
constituya la esencia del movimiento punk.
El punk imita al desclasado, al
delincuente, al atrasado mental. Su insistencia en la estética de la fealdad es
necrofílica y desesperada[287].
El punk, como las restantes
contraculturas engendradas por el sistema capitalista, va en camino de ser
asimilado por el ya señalado proceso de comercialización-universalización del
símbolo, e inversión del significado.
En efecto, desde el
momento en que el punk pasa a ser
mercancía, denota status; y éste connota ociosidad. No está lejano el
día en que el disfraz de mongólico será de buen tono entre la alta sociedad, y
venderá un producto o un candidato político. Pero la alienación no
desaparecerá. Los monstruos buscarán un nuevo disfraz, elegirán nuevas muertes.
Los movimientos nihilistas han aparecido siempre en las postrimerías de un
sistema: el cínico, en el ocaso de las ciudades-estado griegas; el nihilista,
en la agonía de la preponderancia europea; el punk, en la postmodernidad. Son más un síntoma que un agente del
fin. La integración de cínicos elegantes y de nihilistas de salón no impidió la
declinación de estas estructuras, que habían perdido su capacidad de asimilar
cambios.
Como las contraculturas,
el punk gana sus batallas mediante la
manipulación de los medios de comunicación y el ataque simbólico a lo sagrado.
Así, el éxito de los Sex Pistols comienza cuando sus canciones son prohibidas
por contener ataques a la Reina[288].
Al igual que el pop, el punk corre el
riesgo de ser manipulado y finalmente absorbido.
En efecto, su principal manifestación es ya un producto: el punk rock, promovido en los circuitos
comerciales, constituye una esperanza firme de los empresarios de sacar a la
música popular de su estancamiento. Si el punk
al igual que el pop, no rebasa este nivel de mera agresión
simbólica, agotará sus temas y pasará a ser anécdota, mientras el sistema
baraja las ominosas soluciones del autoritarismo y la agresión externa para
cortar el nudo gordiano de la crisis. Como bien dicen Stéphane Pietri y Alexis
Quinlin:
Los punks son de
una lucidez inquietante. Su razonamiento desemboca en una calle ciega. Pero hoy
en día, todo termina en una calle ciega. La sociedad evoluciona, la subversión
sigue siendo la subversión. El punk es
una moda, la moda es un espectáculo... La masa está cansada de los espectáculos
ordinarios, se hace necesario inventar nuevos juegos cada día. El punk no es en sí mismo nada más que una nueva
diversión, pero aquello a lo que conduce es menos cómico. Niños salvajes, wild
boys, electrónica... Las películas snuff
existen... son esas películas donde se
asiste a sacrificios humanos verdaderos... El espectador disfruta... En el 68,
las revueltas, las muertes espectáculo... En 1984... el espectáculo... espectador—aburrimiento,
millares de imágenes por segundo... La publicidad, los negocios... la
soledad... TV escarlata... ¿A cuánto la muerte-espectáculo... la
sangre-espectáculo... para un espectador aún más degenerado... a cuánto el
reino de los crucificados? ¿A cuánto? Para una sociedad de niños salvajes...
espectáculo... el caos... sociedad del caos... el caos último espectáculo... se
puede volver la hoja[289].
Capítulo V
Postmodernidad, etapa superior de la modernidad
Padre
de Nada que estás en la Nada
venga a nos tu Reino de Nada.
Ernest Hemingway
Todos los fines de siglo se parecen.
J.K. Huysmans
A medida que se acerca el fin del siglo, deja de
alcanzarnos el vocerío contracultural. Ya no se escucha a los jóvenes
contestatarios (¿será que todos han envejecido?). No se oye a las etnias
discriminadas (¿será que su piel o su cultura se han aclarado?). Casi no se
percibe a las feministas (¿los machos les habrán conferido la igualdad?).
Desapareció el llamado a la orgía (¿estamos saciados?). No sentimos los golpes
de los que tocan a «las puertas de la percepción» (¿se habrá acabado la
droga?). Dejó de resonar la protesta antibélica (¿han cesado las guerras?). No
llegan voces desde las fábricas (¿se ha acabado la explotación?). Los gritos
parecen haberse extinguido (¿estamos todos satisfechos?).
No tal. No hemos llegado al fin de toda disidencia.
Si las voces contraculturales han dejado de alcanzarnos, es porque se les han
retirado los medios de comunicación. Así como el medio es el mensaje a falta de
medio, falta de mensaje.
Un nuevo discurso sustituye a la algarabía
contracultural. A diferencia de ésta, no es periférico, sino central: no sólo
viene de la metrópoli, sino además de los centros de decisión de la misma. No
nos alcanza desde abajo, desde el subterráneo de los marginados: nos golpea
desde arriba (bien arriba): desde la academia, la universidad, el instituto de
investigaciones, el palacio ejecutivo, la galería de arte, la bolsa de valores.
No es insurreccional: no nos provoca a imponer nuestra propia lógica particular
al mundo, sino que nos conmina a someternos a las lógicas inhumanas del
universo según la traducción que de ellas hace el poder. No es futurista: no
ofrece porvenir alguno: nos ha arrancado del tiempo del pre para instalarnos en
el post. Sin saber cómo ni cuándo, hemos pasado de la esperanza a la añoranza.
Pero no por esta pavorosa unidad, es El mensaje. Es
tan sólo un mensaje, y el análisis
puede desnudarlo de su pretensión de totalidad.
La postmodernidad como mensaje
Dándole tiempo suficiente, toda civilización
terminará por inventar el agua tibia. Sepultados los discursos
contraculturales, el credo oficial de los países desarrollados es otra variante
del discurso de la modernidad. Se lo llama « postmodernidad» inadecuadamente.
Ya sabemos que la verdadera «postmodernidad» fue el asalto de las
contraculturas contra la racionalidad unilateral y totalizarte de las naciones
imperiales. La última reacción de éstas es, previsiblemente, la reinvención del
discurso nihilista, y su recuperación como discurso de poder.
Pues, en efecto, la excusa del mensaje «postmoderno»
es de nuevo la existencia de un referente
impersonal: un universo físico regido por las leyes de la mecánica cuántica
y un universo social sometido a las del mercado, a partir de las cuales se
pueden predecir u operar ciertos efectos prácticos.
El destinador
o emisor de dicho mensaje quiere revestirse de esa misma impersonalidad,
presentándola como neutralidad, imparcialidad o transparencia.
De allí la proclamación de un mensaje de la muerte de las ideologías, la desafiliación de toda
lealtad, la relativización de todo código, salvo el del «saber computerizado» y el de la cotización del
mercado. Pero no nos engañemos: mientras más transparente se proclama un
discurso, más revela la opacidad del poder que lo emite.
El destinatario
o receptor del mensaje es desinvestido de las propiedades que lo
constituían como sujeto dentro del campo de las ciencias: se le niega su
estatuto como ser «dueño de razón»; se le desconoce su papel dentro de un
decurso histórico cognoscible o susceptible de interpretación, y su capacidad
como inventor de un discurso estético esclarecedor o incluso innovador. El
destinatario ya no sólo es conformado, es además aniquilado.
El canal o medio
abandona sus pretensiones modernistas de equipararse al mensaje, y pretende
conducir únicamente al código: se presenta a sí mismo como «clear» «transparente», objetivo e incontaminado; como libre de
intencionalidad en cuanto a la selección de lo transmitido (mezcla
caleidoscópica de contenidos) y en cuanto a su tratamiento (vuelta a la
figuratividad). Pero el mismo peso del canal nos habla del dueño del discurso:
sus vehículos preferidos son la arquitectura (arte por excelencia del poder), el
tratado académico (el discurso convertido en autoridad) y la gran red mediática
(la autoridad convertida en discurso).
Pues el mensaje
postmoderno está, en definitiva, centrado en el código; o quiere reducir
todos los elementos de la comunicación a la tiranía de este último: desahucia
los «metarrelatos» o «juegos de lenguaje» de la religión, la filosofía, la
historia, la política y la estética, en favor de dos relatos privilegiados,
que serían «el saber computerizado» y «el mercado», los cuales no son propiamente
mensajes, sino técnicas de codificación cuantitativa de fenómenos dispares.
Esta voluntad de reducción del discurso termina en invasión totalizante: pues a
la postre el código a su vez engendra una filosofía, una política, una estética
y una economía. Examinemos cada una de estas ramificaciones del mensaje.
La postmodernidad como filosofía
El
nihilismo orgánico
En lo
que ha dejado de creer la postmodernidad,
precisamente, es en la especulación
filosófica o
metafísica.
Francisco Umbral: Guía de la posmodernidad
Como en el caso del discurso nihilista de los
cínicos, el referente del discurso postmoderno es un cosmos impersonal, no
antropocéntrico. Como en el discurso de la modernidad, se quiere sacar de esta
apreciación conclusiones que abarquen de manera total y universal la existencia
humana. De allí que, para Vattimo, «lo que ocurre hoy respecto del nihilismo es
lo siguiente: que hoy comenzamos a ser, a poder ser, nihilistas cabales»[290].
¿Cabe alguna refutación del nihilismo? En el campo
teórico, ninguna. Sabemos, desde los escépticos, que toda verdad es dudosa;
desde Kant, que nunca conoceremos la cosa en
sí; desde Heisenberg, que toda certidumbre sobre el mundo físico es
aproximación estadística. ¿Por qué, entonces, sólo «hoy» podemos ser
nihilistas, y además, «cabales»? Quizá porque «ayer» el nihilismo estaba
prohibido, porque impedía la colaboración con instituciones en las cuales todos
creían, mientras que «hoy» es obligatorio en la medida en que permite la
colaboración con instituciones en las cuales nadie cree. En ese sentido, el
nihilismo también pasa a ser «cabal». Si antaño condenaba a Diógenes al tonel y
a Nietzsche al manicomio, hoy es la condición normal del hombreorganización que
no puede anclar su lealtad a la institución a la cual sirve ni a las políticas
a productos de ésta: todo ello puede cambiar vertiginosamente. La única lealtad
es la impuesta por contrato, pero todo contrato lleva consigo la obliteración
de los restantes valores: por ejemplo, el celebrado con un publicista, con un
asesor electoral o con un fabricante de napalm. El nihilista puede ser ahora,
como el intelectual, orgánico, en el sentido de que su conciencia consolida el
sistema.
La muerte de la razón
La hora
en que digáis: «¿Qué importa mi
razón? Anda tras el saber como el
león tras su presa. ¡Mi razón es pobreza,
suciedad y conformidad lastimosa!»
Federico Nietzsche: Así hablaba Zaratustra
En todo caso, la muerte de Dios y la desintegración
de los valores supremos fueron triunfos de la Razón. La postmodernidad,
justamente, ha comenzado a dudar de ella: se presenta, en el fondo, como
«postracionalidad». Lo que habría fracasado no sería la modernidad, sino la
madre de ésta, la Razón. Como indica Picó:
Pero cuando el legado de la
Ilustración se extendió, y fue desenmascarado, se puso al descubierto el
triunfo de la razón instrumental. Esta forma de razón afecta e invade toda la
vida social y cultural, abarcando las estructuras económicas, jurídicas, administrativas,
burocráticas y artísticas. El crecimiento de la ‘razón instrumental’ no conduce
a una realización concreta de la libertad universal sino a la creación de una
jaula de hierro' de racionalidad burocrática dentro de la cual nadie puede
escapar[291].
Asimismo, en el sentir de Albretch Wellmer, « el momento
de la postmodernidad es una especie de explosión de la epísteme moderna,
explosión en la que la razón y su sujeto —como guardián de la ‘unidad’ y del
‘todo’— saltan hechos pedazos»[292].
Pues, si la Razón ha de ser celebrada como causa de
los éxitos de la modernidad, también ha de ser cuestionada por los fracasos de
ésta. Pero ¿existe una Razón, con
mayúscula, en sí y por sí y para si, fuera de este mundo y por encima de él?
Existen las razones, y ninguna de
ellas ha sido independiente del ser social del emisor. Tras los pasos de cada
poder han ido los silogismos de cada razón. Lo que ha puesto en jaque a la
modernidad no ha sido el «exceso» o el «totalitarismo» de la razón, sino la
unilateralidad de ésta, la supersimplificación de aceptar como norma universal
el parcial raciocinio del burgués o del burócrata o del técnico. Como denuncia
Habermas:
Este tratamiento profesionalizado de
la tradición cultural destaca las estructuras intrínsecas de cada una de las
tres dimensiones de la cultura. Aparecen las estructuras de la racionalidad
cognitivo-instrumental, la moral práctica y la estético expresiva, cada una de
ellas bajo el control de especialistas que parecen más expertos en ser lógicos
de estas particulares maneras que el resto de la gente. En consecuencia, ha
crecido la distinción entre la cultura de los expertos y el gran público. Lo
que corresponde a la cultura a través del tratamiento y la reflexión
especializada no pasa inmediata y necesariamente a la praxis cotidíana[293].
Pero la razón es como la naturaleza. Tras cada
esfuerzo para reprimirla, resurge más vigorosa. Los diversos «asaltos a la
razón» no han sido intentos de acabar con ella, sino de ampliarla, de
permitirle, a través del desafio de las excepciones, la construcción de órdenes
más totalizantes. Los triunfos contra la modernidad han sido también victorias
de la razón. Sicoanálisis y surrealismo son faros que abren al escrutinio de la
conciencia zonas antes oscuras. Ecología, pacifismo y humanismo amplían las lógicas
estrechas del depredador, del guerrerista y del etnocentrista. Toda revolución
cultural se ha servido de las contradicciones u omisiones de un sistema
limitado, para erigir sobre él otro más comprensivo. Lo importante es que sólo
a partir de la modernidad, cada una de estas síntesis se presenta a sí misma
como una verdad provisoria, abierta a la verificación, la impugnación y la
reformulación. Lo moderno no es que todo esté sujeto al control de la razón,
sino que la razón esté abierta a la impugnación de todos, y fundamentalmente,
de sí misma. Por ello resulta válida la observación de Habermas conforme a la
cual... «en vez de renunciar a la modernidad como una causa perdida, deberíamos
aprender de los errores de aquellos programas extravagantes que han intentado
negar la modernidad»[294].
La
aniquilación del sujeto
Se
siente solidario de todo escrito cuyo
principio sea que el sujeto no es más
que
un efecto de lenguaje.
Roland
Barthes: Roland Barthes por
Roland
Barthes
La ausencia de certidumbres del pensamiento conduce
a la incertidumbre sobre el sujeto pensante. Como bien lo ha señalado Albrecht
Wellmer:
La crítica psicológica —cuya figura
fundamental es, por supuesto, Freudconsiste en la demostración de la impotencia
fáctica o de la no existencia de sujeto 'autónomo> y de la irracionalidad
fáctica de su aparente razón. Se trata del descubrimiento del otro de la razón
dentro del sujeto y de su razón: como criaturas corporales, como «máquinas
deseantes», o también en el sentido de su gran predecesor, Nietzsche, como
‘voluntad de poder’, los individuos no saben qué desean ni qué hacen; su
‘razón’ es simplemente expresión de relaciones síquicas y sociales de poder. El
Ego —ese débil residuo del sujeto filosófico— no es más que un débil mediador
entre las demandas del Id y las amenazas del Superego (...). Todavía queda por
definir qué pasa con los conceptos de sujeto, razón y autonomía cuando se los
arranca de la constelación racionalista que quedó quebrada por el psicoanálisis[295].
Pues así como la física prerrelativista necesitaba
un espacio y un tiempo absolutos como marcos de referencia de los fenómenos, la
filosofía prepostmodernista requería un sujeto absoluto como primer motor
inmóvil del libre albedrío y de los juicios libres.
A este cuadro, como indica Frederic Jameson, se ha
superpuesto «lo que se llama generalmente la ‘muerte del sujeto’ o, para
decirlo en lenguaje más convencional, el fin del individualismo como tal». En
efecto:
Hoy, sin embargo, desde distintas
perspectivas, los teóricos sociales, los psicoanalistas e incluso los
lingüistas, por no hablar de aquellos de nosotros que trabajamos en el área de
la cultura y el cambio cultural y formal, exploramos todos la noción de que esa
clase de individualismo e identidad personal es una cosa del pasado; que el
antiguo individuo o sujeto individualista ha 'muerto',— y que incluso podríamos
describir el concepto del individuo único y la base teórica del individualismo
como ideológicos[296]
El dilema, según el mismo Jameson, se reduce a saber
si sólo «en otro tiempo, en la era clásica del capitalismo competitivo, en el
apogeo de la familia nuclear y de emergencia de la burguesía, como la base
social hegemónica, existía el individualismo, así como sujetos individuales»
mientras que hoy «en la era del capitalismo de las grandes empresas, del
llamado hombre organizativo de las burocracias tanto en los negocios como en el
Estado, de la explosión demográfica, hoy, ese individuo burgués más antiguo ya
no existe»; o si bien ese sujeto «es un mito», porque «nunca ha existido realmente, jamás ha habido sujetos autónomos de
ese tipo»[297].
De nuevo la postmodernidad antes culmina que niega
tendencias anteriores. A1 sujeto mágico, a la conciencia o alma puras del
discurso teocrático, expresadas mediante la facultad divina del raciocinio,
opusieron los sofistas la duda sistemática sobre todo silogismo, y los modernos
la hipótesis hobbesiana de que el intelecto no es más que «una máquina de sumar
y restar conclusiones», la darwiniana que lo situaba como una facultad animal,
la marxista que lo define como un resultado del ser social, la pavloviana que
lo describe como suma de reflejos condicionados y la sicoanalítica que lo
presenta como superficie de profundas marejadas pulsionales. ¿Es esto
propiamente una muerte del sujeto? Quizá la única manera de «constituir» un
sujeto sea destruirlo: situarlo dentro de las coordenadas precisas de su
contingencia, su biología, su historicidad y su ser social. Pasar del mapa de
la Terra Incógnita —en blanco, y por
tanto, absoluto— a la descripción cartográfica llena de accidentes, de
obstáculos y de límites. Más aprendió la biología de la disección de cadáveres
que de milenios de especulación sobre la divinidad del soplo vital.
Y en fin, contradictoria en éste como en otros
tantos puntos, ¿no tratará la Vulgata postmoderna
más bien de construir un sujeto, mientras
su contraparte culta intenta enterrarlo? Pues nunca se había visto más halagado
el «individuo» por un discurso narcisista, egoísta y aislacionista como en el
de la moda postmoderna: nunca se lo había presentado con tal intensidad como
categoría supratemporal, suprahistórica y suprasocial, tan más allá de todo
(excepto, como veremos luego, de la economía de mercado y de los juegos del
arribismo social). Con razón ha dicho Francisco Umbral que «la posmodernidad
es, sí, también, un narcisismo. También, o ante todo»[298].
Nunca imagen alguna había representado el Yo tan
por-encima, con el objeto de impedirle advertir todo aquello con respecto a lo
que él está por-debajo. Deslastrada de toda certidumbre, de todo compromiso, de
toda misión, la levedad del Ser, como lo afirma un difundido título de Milán
Kundera, se ha hecho insoportable.
El fin
de la historia
Durante
casi dos siglos, porvenir y milagro
fueron más o menos sinónimos. ¡Admirable
y maldito siglo XVlll, con sus ilusiones fre-
néticas!
La originalidad de nuestro tiempo, es
la de haber vaciado el porvenir de todo con-
tenido
utópico, es decir, del error de esperar.
E.M. Cioran: «Le
terrifiant et le risible»
en L'Egoiste N° 10, Paris, 1987.
Negada la Razón, y el sujeto que la piensa, habría
necesariamente que negar el devenir de éste: rechazar la historia, la cual no
sería más que otra «narrativa» desprovista de sentido. La critica postmoderna
de la historia puede revestir al menos tres significados: 1) negación de una
lógica en los procesos históricos; 2) negación de la idea de progreso, y 3)
doctrina del «fin de la historia» en el sentido de afirmar que el cambio social
y político se ha detenido.
Con respecto a la negación de una lógica en los
procesos históricos, afirma Vattimo que «es únicamente la modernidad la que,
desarrollando y elaborando en términos puramente terrenales y seculares la
herencia judeocristiana (la idea de la historia como historia de la salvación
articulada en creación, pecado, redención, espera del juicio final), confiere
dimensión ontológica a la historia y da significado determinante a nuestra
colocación en el curso de la historia»[299]. El mismo autor añade que
«la aplicación de los elementos de análisis de la retórica a la historiografía
ha demostrado que en el fondo la imagen de la historia que nos forjamos está
por entero condicionada por las reglas de un género literario, en suma, que la
historia es ‘una historia’, una narración, un relato mucho más de lo que
generalmente estamos dispuestos a admitir».
Pero, tanto como las reglas de un género, pesan en
la historia, las reglas impuestas por el que las hace. A este respecto, nos
recuerda Vattimo que « Benjamín, en Tesis
de filosofía de la historia, habló de la ‘historia de los vencedores’; sólo
desde el punto de vista de los vencedores el proceso histórico aparece como un
curso unitario dotado de coherencia y racionalidad; los vencidos no pueden
verlo así, sobre todo porque sus vicisitudes y sus luchas quedan violentamente
suprimidas de la memoria colectiva; los que gestan la historia son los
vencedores que sólo conservan aquello que conviene a la imagen que se forjan de
la historia para legitimar su propio poder»[300].
Si la historia no tiene sentido, tampoco lo tendría
su fruto más encomiado, el progreso. En efecto, para Alain de Benoist, «la
postmodernidad es la forma actual de critica al progreso»[301]. Para Umbral, es «una huida
de la Historia. Una detención del progreso, un paréntesis, una tregua»[302]. Mientras que para Picó,
caracteriza a tal tendencia « la secularización
del progreso en el aspecto de que las sociedades han perdido el sentido de
su destino, y el devenir no tiene finalidad. El futuro ha muerto y todo es ya
presente»[303].
Este desinvestimiento de sentido de la progresión
del pasado al presente, desemboca, paradójicamente, en un intento de
eternizarlos en una suerte de ideología del «fin de la historia»: desde ahora
no habrá nada nuevo, es decir, nada digno de ser calificado de «progreso» o de
«historia», y si lo hubiere, no afectará en manera alguna los dados
fundamentales de este presente eterno.
Habríamos llegado a la « posthistoria», la cual
... para
Gehlen indica la condición en la cual ‘el progreso se convierte en routine’:
la capacidad humana de disponer
técnicamente de la naturaleza se ha intensificado y aún continúa
intensificándose hasta el punto de que, mientras nuevos resultados llegarán a
ser accesibles, la capacidad de disponer y planificar los hará cada vez menos «nuevos».
Ya ahora, en la sociedad de consumo, la renovación continua (de la vestimenta,
de los utensilios, de los edificios), está fisiológicamente exigida para
asegurar la pura y simple superviviencia del sistema; la novedad nada tiene de
`revolucionario' ni de perturbador, sino que es aquello que permite que las
cosas marchen de la misma manera[304].
¿Será cierto que la modernidad fue la primera en
intentar encontrarle una lógica a la historia? Platón y Polibio vieron en ella
sistemas cíclicos; San Agustín, una plan de salvación; Vico, un flujo de corsi
e ricorsi. Sólo a partir de esta tendencia universal de asignarle sentido al
paso del tiempo, se desarrollan los grandes sistemas de Hegel, Marx y Toynbee.
¿Este sentido ha sido siempre el de los vencedores? Es evidente, pues son ellos
quienes «hacen» la historia, en el doble sentido de forjarla y después
narrarla. ¿Condena esto todo relato histórico? No necesariamente. La ciencia de
la historia nace de un esfuerzo —no siempre exitoso— de trascender la saga
mítica, para comprender la compleja trabazón de hechos humanos que la subyace.
Gibbon no toma el punto de vista cristiano cuando atribuye al «triunfo de la
superstición y la barbarie» la decadencia y caída del Imperio romano. Tampoco
Voltaire, cuando hace su Historia de las
costumbres. La historiografía marxista intenta adoptar el punto de vista de
los vencidos. Sólo así podrá hacerlos vencedores.
¿O será que, en definitiva, lo nocivo es adoptar
cualquier punto de vista, cualquier hipótesis o predicción, al enfrentar la
inagotable acumulación de datos sobre el pasado humano? Esta suposición suena
más a tabú, que a argumento. A partir de Jacques Monod, se ha puesto de moda
tildar de insensato el intento de encontrar cualquier orientación en los
sucesos históricos, porque la naturaleza impersonal no puede «querer» un cierto
destino histórico. No se estila, por el contrario, negar la ley de gravitación universal
argumentando que la naturaleza tampoco puede «desear» que los cuerpos se
atraigan. Lo que sucede es que en el universo físico y el social son
perceptibles ciertas tendencias era el flujo dé los fenómenos. Tan legítimo es
al actuario predecir, basándose en observaciones pasadas, que la distribución
de los sexos en la población tenderá a equilibrarse, como al economista
vislumbrar que el capital propenderá a acumularse en un número menor de manos.
Los organismos complejos, por otra parte —animales o sociedades— disponen de la
posibilidad de orientar sus conductas teleológicamente,
es decir, hacia la consecución de un fin. La organización en torno de
objetivos significativos podrá no ser una característica de «la historia», pero
sí lo es de sus sujetos: hombres, clases, culturas y naciones.
Sobre la crítica al «progreso», tan superficial es
condenarlo como exaltarlo incondicionalmente. A1 igual que en el caso de la
razón, no ha habido un progreso
universal, sino «progresos» unilaterales y mutuamente destructivos. En este
sentido, no es necesariamente positivo todo incremento en cantidad y
complejidad; pero tampoco es positiva toda disminución y toda simpliflicación:
no podemos regresar a la animalidad o al paleolítico sin que medie una
catástofre de un costo humano incalculable. ¡Ni siquiera, según los filósofos
de la postmodernidad, sería aceptable el «retroceso» desde ésta a la
modernidad! Con lo que adquiere vigor la objeción de Vattimo:
En efecto, decir que estamos en un
momento ulterior respecto de la modernidad y asignar a este hecho un
significado de algún modo decisivo, presupone aceptar aquéllo que
específicamente caracteriza al punto de vista de la modernidad. la idea de
historia, con sus corolarios, el concepto de progreso y el concepto de
superación[305].
No, nada es nuevo bajo el sol: ni siquiera la
convicción, compartida por toda cultura históricamente conocida —salvo quizá la
de la modernidad— de haber llegado ya al pináculo de la historia, al « final de
los tiempos»; y haber agotado todas las formas de lo posible. Ello convierte a
la postmodernidad en otra variante de esa enfermedad diagnosticada por Rubert
de Ventós:
Lo que en otro lugar he llamado ahora-si-queismo no
es sino ese ingenuo imperialismo del presente por el que se llega a la
convicción teórica de que ahora si, que, por fin, «nos hemos liberado de las
viejas ilusiones», y «hemos tomado clara conciencia de»... [306].
Pues si la postmodernidad abomina de la historia, es
para instalarse en el reino del presente eterno. Y ello porque, como ha
advertido agudamente Ariel Jiménez, «en el fondo, lo que está en juego es la
noción que tenemos del futuro, el miedo que nos inspira»[307]. Frederic Jameson captó la
similitud entre esta inmovilización en el presente y la explicación de Lacan
sobre la esquizofrenia: el paciente «no sólo no es ‘nadie’ en el sentido de que
no tiene identidad personal, sino que tampoco hace nada, puesto que tener un
proyecto significa ser capaz de comprometerse a una cierta continuidad a lo
largo del tiempo»[308]. Y como lo descubre
Jameson, esa fijación en el ahora, lo es con respecto a un cierto presente:
Creo que el surgimiento del postmodernismo se
relaciona estrechamente con el de este nuevo momento del capitalismo tardío, de
consumo o multinacional. Creo también que sus rasgos formales expresan en
muchos aspectos la lógica más profunda de ese sistema social particular. Sin
embargo, sólo puede mostrar esto con respecto a un único tema principal:
ladesaparición de un sentido de la historia, la forma en que todo nuestro
sistema social contemporáneo ha empezado poco a poco a perder su capacidad de
retener su propio pasado, ha empezado a vivir en un presente perpetuo y en un
perpetuo cambio que arrasa tradiciones de la clase que todas las anteriores
formaciones sociales han tenido que preservar de un modo u otro[309]
Como hemos visto, la moda retro y la cultura
de la nostalgia no son más que intentos dé estabilizar el presente
inmunizándolo contra el futuro. Con razón concluye Umbral su ensayo sobre los
postmodernos preguntándose: «¿Y acaso tenemos otra cosa que el presente?»[310]. Todo jugador quiere
terminar la partida y todo poder quiere inmovilizar el tiempo cuando cree que
ha ganado. Si algo enseña la historia, en medio de tantas incertidumbres, es la
imposibilidad de triunfar en tales tentativas.
Los pueblos que pretenden detener la historia, al
final terminan siendo detenidos por ella.
La aniquilación
de los metarrelatos
El
desierto crece. ¡Ay del que
abriga desiertos!
Federico Nietzsche: Así hablaba Zaratustra
En todo caso, la muerte de la razón,
del sujeto y de la historia, no serían más que incidentes particulares del
proceso postmoderno de aniquilación de los «metarrelatos», o narrativas de
efecto connotativo: religión, moral, nacionalismo, estética, política. Jean
Francois Lyotard dice, al respecto, que:
Simplificando al máximo, se tiene por
‘postmoderna’ la incredulidad con respecto a los metarrelatos. Esta es, sin
duda, un efecto del progreso de las ciencias; pero ese progreso, a su vez, la
presupone. Al desuso del dispositivo metanarrativo de la legitimación
corresponde especialmente la crisis de la filosofía metafísica, y la de la
institución universitaria que dependía de ella. La función narrativa pierde sus
functores, el gran héroe, los grandes peligros, lar grandes periplos y el gran
propósito[311].
Pero la postmodernidad, al igual que la naturaleza
imaginada por los primitivos, tendría horror al vacío, de modo que ha
encontrado esa revelación que edades pasadas buscaron en vano. Se trata del
«saber informatizado», simplemente denotativo, que desplazaría a todos los
restantes saberes del campo del mercado:
Es razonable pensar que la multiplicación de las
máquinas de información afecta y afectará a la circulación de los conocimientos
tanto como lo ha hecho el desarrollo de los medios de circulación de hombres
primero (transporte), de sonidos e imágenes después (media). En esta
transformación, la naturaleza del saber no queda intacta. No puede pasar por
los nuevos canales, y convertirse en operativa, a no ser que el conocimiento
pueda ser traducido en cantidades de información. Se puede, pues, establecer la
previsión de que todo lo que en el saber constituido no es traducible de ese
modo será dejado de lado, y que la orientación de las nuevas investigaciones se
subordinará a la condición de traducibilidad de los eventuales resultados a un
lenguaje de máquina[312].
Tenemos así la piedra filosofal para separar el oro
«que si es saber» (lo traducible al lenguaje informatizado, denotativo y no
prescriptivo) de la paja «que no es saber» (las narrativas connotativas y
prescriptivas, fundadas en «juegos de lenguaje»). Por ello, «no se puede, pues,
considerar la existencia ni el valor de lo narrativo a partir de lo científico,
ni tampoco a la inversa: los criterios pertinentes no son los mismos en lo uno
que en lo otro. (...) Lamentarse de `la pérdida del sentido' en la postmodernidad
consiste en dolerse porque el saber ya no sea principalmente narrativo»[313].
El paradigma que en última instancia legítima a esta
categoría particular de conocimiento es su utilidad para ser colocado en el
mercado. Al respecto, apunta Lyotard que «se sabe que el saber se ha convertido
en los últimos decenios en la principal fuerza de producción», motivo por el
cual:
Esa relación de los proveedores y de los usuarios
del conocimiento con el saber tiende y tenderá cada vez más a revestir la forma
que los productores y los consumidores de mercancías mantienen con estas
últimas, es decir, la forma valor. El saber es y será producido para ser
vendido, y es y será consumido para ser valorado en una nueva producción: en
los dos casos, para ser cambiado. Deja de ser en sí mismo su propio fin, pierde
su «valor de uso»[314].
En este sentido, Ja postmodernidad sería la más
exacerbada «ilusión ilustrada» de la modernidad! Pues así como se creyó durante
el Iluminismo que «la Razón» bastaría para hacer al hombre sabio y feliz,
desalojando la ignorancia, se postula ahora que el «saber informatizado,
denotativo y no prescriptivo» es autosuficiente para desvanecer todos los
«metarrelatos, connotativos y prescriptivos» y reducir todas las relaciones
humanas antaño fundadas en ellos, a la concurrencia al paradigma del mercado.
Las fallas de esta construcción son obvias. Ante
todo, ni la «razón» ilustrada, ni el.«saber informatizado» han tenido éxito en
inducir «la incredulidad con respecto a los metarrelatos». El conocimiento
científico «denotativo» (es decir, que meramente expone información) no tiene
por si solo forma alguna de acción, sobre lo humano. Desde su punto de vista,
no hay diferencia entre la destrucción o la supervivencia de la humanidad. Toda
volición, todo sentido, han de ser añadidos mediante el «metarrelato», y es por
ello que este último continúa siendo la base de las instituciones sociales:
Estado, familia, religión, moral, arte.
La conversión del conocimiento en valor de cambio,
su sometimiento al paradigma del mercado, tampoco produce tal aniquilación del
«saber narrativo». El saber tecnológico puede ciertamente contribuir a mantener
una oferta de bienes; pero ninguna demanda se sostendría sin el concurso de
infinidad de metarrelatos y «juegos de lenguaje»: sin esa hipertrofia retórica
que es la publicidad. Según Rubert de Ventós, en efecto:
...el sentido de masas nunca ha podido más que ser
narrativo, figurativo, fabulatorio. Se necesitan muchos «santos» (en catalán,
«santo» es sinónimo de imagen en general) que entren por las ojos para
vehicular un eficaz sentido de masas. La filosofía puede «superar», como creía
Hegel, pero no ciertamente «competir» con la religión en popularidad[315].
La postmodernidad, en lugar de desalojar a los
metarrelatos, habría creado otro género de ellos: los semánticos, reveladores
del «sentido oculto» de los actos y signos más triviales:
Desperté y busqué alrededor un acontecimiento no
transformado en noticia, una función no codificada por una institución, un
gesto no perteneciente a un lenguaje no verbal, una práctica que no fuera una
profesión, una forma que no actuara como imagen[316].
Y es esta saturación de «sentidos» lo que mantiene
funcionando al mercado:
El capital parece haber descubierto en el ámbito de
las relaciones inter o intra subjetivas una industria potencial mucho más
limpia y un mercado mucho menos saturado que el de los electrodomésticos(...)
Ahora el mercado no controla sólo las ‘relaciones de producción’ sino todas las
relaciones[317].
En fin, ¿será cierto que el conocimiento adquiere
algún estatuto al ser convertido al lenguaje
informatizado de las computadoras? El idioma cibernético, como el
matemático, no es más que otro juego de
lenguaje. La cadena de operaciones de una ecuación es un conjunto de
sinonimias mediante la cual se de muestra la equivalencia entre un término de
difícil comprensión intuitiva (X) y otro de fácil comprensión (½). Las mayores
trivialidades pueden ser traducidas al lenguaje computerizado (hemos visto hacerlo con los horóscopos, con los
biorritmos y con la heráldica); éste, en el mejor de los casos, multiplica la
velocidad de la banalidad. Sólo hemos asistido al cambio de prestigio de un
efecto retórico a otro: el primitivo creía que toda palabra era cierta: el
bárbaro, que lo era todo libro; el postmoderno, que lo es todo dato
«informático». Quienes en realidad conocen la matemática y sus auxiliares
cibernéticos, tienen una opinión muy distinta sobre el tipo de conocimiento que
será decisivo en el futuro. Así, René Thom apunta que:
Desde que el número de parámetros que
intervienen en el sistema se eleva, las posibilidades de cálculo aproximado
disminuyen; es el flujo de la dimensionalidad (curse of dimensionality, como lo llama R. Bellman). Los mercaderes de quincallería electrónica
querrían hacernos creer que con la difusión de las computadoras, una era nueva
se abrirá para el pensamiento cientfftco y la humanidad. Ellas podrán, cuando
más, hacernos percibir dónde está el problema esencial; en la construcción de
modelos(...) No es imposible, después de todo, que la ciencia se esté
aproximando ya a sus últimas posibilidades de descripción finita; lo
indescriptible, lo informalizable están a nuestras puertas y tenemos que
aceptar el desafío. Tendremos que encontrar las mejores maneras de acercarnos
al azar, de describir las catástrofes generalizadas que destruyen las
simetrías, de formalizar lo informalizable. En esta tarea, el cerebro humano,
con su viejo pasado biológico, sus aproximaciones hábiles, su sutil
sensibilidad estética, sigue siendo, y será por mucho tiempo, irreemplazablez[318].
La postmodereidad como estética
La
muerte del Arte, como la
de los dioses, es un problema de
los teólogos y de los creyentes.
J.A. Ramirez: Medios
de masa
e
historia del arte
En cuanto estética, el postmodernismo se caracteriza
por:
1. Rechazo de los ideales de funcionalidad,
racionalidad y austeridad derivados del pensamiento moderno.
2. Rechazo del canon de novedad de la vanguardia y
de la función crítica de las artes.
3. Reapropiación ecléctica de los signos estéticos
del pasado y de culturas disímiles.
Cada uno de estos rasgos, aunque íntimamente
vinculados entre sí, merece un comentario separado.
Rechazo
de la racionalidad y la funcionalidad
Hacía resaltar Habermas que, según Weber, la
modernidad cultural traería « la separación de la razón sustantiva expresada en
la religión y la metafísica en tres esferas autónomas» que serían « la ciencia,
la moralidad y el arte»; ya que, «el proyecto de modernidad formulado en el
siglo XVIII por los filósofos de la Ilustración consistía en sus esfuerzos por
desarrollar la ciencia objetiva, la moralidad y la ley universales, y el arte
autónomo, de acuerdo con su lógica interna»[319].
¿Lo lograron en realidad? Por el contrario, podemos
verificar que una coordinación evidente enlaza estas disciplinas antes, durante
y después de la Ilustración. Un movimiento estético ha sido siempre la
traducción, para la sensibilidad subjetiva del espectador, de la verdad
filosóficocientifica que domina a su época.
En Occidente, una vanguardia artística ha sido
siempre la expresión estética del pensamiento filosófico y científico de
avanzada. Así como la Ilustración produjo un neoclasicismo racionalista y
austero, el romanticismo trajo consigo una pintura y una literatura cargadas de
emocionalidad; el pragmatismo burgués una novela y una plástica realistas; el
empiriocriticismo una narrativa, una música y un paisajismo «impresionistas»; y
la relatividad y el principio de incertidumbre engendraron el cubismo, el serialismo,
el dadaísmo y todas las corrientes artísticas que tienden a hacer resaltar el
vehículo de comunicación por encima de lo representado. Cada vanguardia
proclamaba una verdad, a la cual su
efecto de verismo hacia secundaria pero necesariamente bella.
Los ideales de racionalidad y universalidad, y la
necesidad de instituirlos como ordenadores de la vida social, permearon ante
todo los campos de la arquitectura y del diseño industrial: dos ámbitos cuya
necesaria y masiva interrelación con la vida práctica hizo difícil ignorar la
nueva estética. Como señaló Peter E. Smith:
Por más de cincuenta años, la
arquitectura ha estado bajo la influencia de ciertos diseñadores académicos que
consideraron la arquitectura como un aspecto de un espectro sociopolítico
amplio. La teoría del diseño fue monopolizada por personas comprometidas con la
visión de una nueva sociedad igualitaria que tendría poco tiempo para cosas tan
afeminadas como ‘estilo’ o ‘estética’. En alguna forma, ciencia y tecnología
iban a emancipar a las masas, y el signo exterior y visible de esta
emancipación había de ser la
implacable y puritana nueva arquitectura que no haría concesiones a los
sentidos[320].
Luego, para el postmoderno, «diseño», «estilo» y
«concesión a los sentidos» son los valores propios del campo de la estética, de
la cual deben ser excluidos los «espectros sociopolíticos amplios», las
«visiones emancipadoras de las masas», y, sobre todo, aquellas «comprometidas
con nuevas sociedades igualitarias». Charles Jencks anuncia con alborozo la
fecha de inicio y los métodos de exclusión: a principios de los setenta, fue
dinamitado por las autoridades norteamericanas un edificio «funcional» de vivienda
para familias de bajos ingresos, porque sus habitantes causaban o padecían
problemas sociales[321].
Equivocado alborozo. ¿Juzgar la arquitectura por la
conducta de los ocupantes no es insertarla dentro de un «espectro sociopolitico
amplio»? ¿Hubiera funcionado mejor un edificio premoderno, sin calefacción,
plomería, baños ni ascensores? ¿Si la «racionalidad» de la edificación
consistía en alojar a los pobres en condiciones mínimas de espacio, ello era
imputable a las autoridades que impusieron tales condiciones, o al arquitecto
que no pudo zafarse de ellas? El «fracaso» del edificio dinamitado antes
recalca la necesidad de tratar la cuestión del diseño para la vida cotidiana
dentro de un espectro sociopolítico amplio, emancipador e igualitario, que lo
contrario. Aparte de que la dicotomía señalada por Smith es falsa. Es probable
que haya más «estilo», «estética», «diseño» y «concesión a los sentidos» en la
Casa de la Cascada, de Frank Lloyd Wright, o en la Capilla de Rochamp, de Le
Corbusier, que en cualquier pastiche postmoderno. Así como, según hemos
señalado, racionalidad, austeridad y funcionalidad pueden ser degradados a una
mera cosmética, a una parodia que no tenga nada que ver con la verdad interna
de una obra.
Toda la crítica postmoderna enfatiza esta falsa
oposición entre racionalidad, perspectiva social emancipadora y estética, lo
cual no es más que una manera inepta de equiparar estética, irracionalidad y
alienación social.
Rechazo del canon de la novedad y de la función
crítica de las artes
Así como la filosofía postmoderna de la historia
niega el concepto de progreso, también ataca su equivalente estético: la noción
de vanguardia. Pues del mismo modo como la modernidad esperaba que la razón
fuera revelando nuevas verdades que perfeccionarían progresivamente la vida de
los hombres, también postulaba que el arte descubriría técnicas y
procedimientos que enriquecerían la experiencia estética y, en último término,
el conocimiento de la vida. Como bien lo expresa Habermas:
La modernidad estética se caracteriza por actitudes
que encuentran un centro común en una conciencia cambiada del tiempo. La
conciencia del tiempo se expresa mediante metáforas de la vanguardia la cual se
considera como invasora de un territorio desconocido exponiéndose a los
peligros de encuentros súbitos y conquistando un futuro todavía no ocupado. La
vanguardia debe encontrar una dirección en un paisaje por el que nadie parece
haberse aventurado todavía[322].
Tal invasión no era sólo externa: el arte
vanguardista empezaba por cuestionarse, y por correr continuamente el peligro
de aniquilación por haber llegado a fronteras infranqueables. En efecto, en
opinión de Vattimo:
En esta perspectiva, uno de los criterios de
valoración de la obra de arte parece ser en primer lugar la capacidad que tenga
la obra de poner en discusión su propia condición: ya en un nivel directo y
entonces a menudo bastante burdo, ya de manera indirecta, por ejemplo, como
ironización de los géneros literarios, como poética de la cita, como uso de ?a
fotografía entendida no en cuanto medio para realizar efectos formales, sino en
su pura y simple operación de duplicación[323].
El arte, como hemos dicho, procedió a ponerse en
cuestión a fines del pasado siglo por los mismos caminos que lo hizo la
ciencia: demostrando que el instrumento de observación, la posición del
observador y la técnica de descripción modifican el fenómeno analizado. Fiel a
este proyecto, Proust escribe más sobre la memoria —sobre sus modificaciones,
su flujo, su final derrumbeque sobre la sociedad de faitneants de la Belle
Epoque. Y Debussy evocó con su música el carácter mudable de lo percibido, así
como los pintores impresionistas eligieron transmitirnos de la realidad sólo la
bruma, la evanescencia, el resplandor, lo impreciso. Ninguna de estas
manifestaciones estuvo exenta de una consecuencia, o por mejor decir, de una
inconsecuencia ética. Los impresionistas se retrajeron del juicio moral sobre
lo representado: por el contrario, tomaron por tema reiterativo los medios
expresivos del «vicio»: la escenografía de ambigüedades luminosas, trajes
transfigurados en decorados y rostros transmutados en máscaras mediante los
cuales las prostitutas señalizaban su reclamo y las clases dominantes su
status. La vanguardia del siglo inmediato insiste en advertirnos que el signo
no es el referente; en destacar que toda comunicación transmite signos, y no
realidades. Para ello, ha debido recalcar la presencia y la autonomía del signo
hasta lo brutal. En la vanguardia, los signos impiden ver el referente: en la
pintura abstracta, la estructura subyacente oculta todo propósito
representativo; los ready-made dadaístas
y surrealistas resaltan la sustancia de la obra hasta hacerla casi protagonista
de la misma; Joyce exaspera la tesitura de las hablas hasta ocultar la
anécdota; Kafka la ahoga en la monotonía y la austeridad del lenguaje. Como la
ciencia, el arte encontraba su ética en destacar ante todo, y someter a examen
por encima de todas las cosas, su propio método.
Por lo mismo que la postmodernidad no ha propuesto
ni un nuevo método ni una nueva teoría del conocimiento, el arte postmoderno no
puede ser innovador, ni en su lenguaje, ni en su mensaje.
Recuperación ecléctica de los
metarrelatos
La postmodernidad es una fórmula
ecléctica
que se compone de una diversidad de
elementos;
su
paradigma visual lo encontramos en la arquitectura
más moderna, injertada de columnas
dóricas
y frontispicios triangulares: es la
captación
de todos los estilos lo que
contribuye
expresivamente al propósito del
artista.
Lluís Racionero: Arte
y ciencia.
De tal manera que fue el arte de la modernidad, al
desnudarse como suma de procedimientos y de signos, el que se instaló en una
suerte de nihilismo radical, incapaz de revelar otra verdad que la de sus
propias limitaciones. Poco le quedaba en este sentido por innovar a la
postmodernidad. Esta tenía apenas dos caminos: desarrollar una estética de la
nada (que habría sido inevitablemente tan racional, crítica y novedosa como la
vanguardia moderna), o reapropiar o recuperar diversos discursos históricos pasados.
Por la ley de la menor resistencia, eligió el último. En efecto, según Vattimo,
predomina en la estética postmoderna:
Un pensamiento de la fruición(...) La
rememoración o más bien la fruición (el revivir) también entendida en el
sentido `estético', de las formas espirituales del pasado no tiene la función
de preparar alguna otra cosa, sino que tiene un efecto emancipador en sí misma[324].
Este «revivir» consiste sencillamente en la
recuperación ecléctica de formas, temas y procedimientos del pasado, tal como
lo señala Hal Foster:
La postmodernidad ‘neoconservadora’ es
la más familiar de las dos: definida ante todo en términos de estilo, deriva de
la modernidad, que, reducida a su peor imagen formalista, es contestada con una
vuelta a lo narrativo, al ornamento y a la figura. Esta posición es a menudo de
reacción, pero en más sentidos que el puramente estilístico ya que se proclama
la vuelta a la historia (a la tradición humanista) y la vuelta del sujeto (el
artista/arquitecto como autor por antonomasia)[325].
Luego, ¡la postmodernidad filosófica afirma la
validez pragmática de la razón « informatizada» para aniquilar los
«metarrelatos», mientras que la postmodernidad estética resucita los
«metarrelatos» (figuración, narratividad, órdenes clásicos, decoración,
historia) para con ellos sepultar cualquier racionalidad de la obra! En la
filosofía postmoderna, el árbol de la razón oculta el bosque de los «
metarrelatos», mientras que en su estética, es el bosque de los «metarrelatos»
el que desvía de toda lógica científica. ¿Se trata, en definitiva, del mismo
movimiento?
A pesar de la aparente contradicción, sí. Cuando el
artista postmoderno recupera signos pertenecientes a diversas culturas y épocas
y los ensambla asistemáticamente en una misma obra de arte, ocurre una
destrucción de sentido de los sistemas de símbolos reciclados. Como agudamente
señala Hal Foster:
Theodor Adorno apuntó una vez que la
modernidad no niega las formas artísticas anteriores, niega la tradición per se. Lo
opuesto es el caso de esta postmodernidad. Por una razón, el uso del pastiche
en el arte y la arquitectura postmodernas priva a los estilos, no sólo de un
contexto específico, sino también de sentido histórico: se reproducen en forma
de simulacros parciales, indefensos para tales emblemas. En este sentido, la
`historia' aparece reificada, fragmentada, fabricada —ala vez inflamada y
agotada— no sólo una historia de victorias, sino una historia subrogada, a la
vez estandarizada y esquizoide a la cual este arte y esta arquitectura
refuerzan, no niega[326].
Por tal procedimiento combinatorio se rechaza al
mismo tiempo la idea de creación y de innovación, y sus correlatos ocultos, que
son el devenir y el progreso. Pues no se trata ya de producir, sino de
explotar. Así como la economía capitalista ha saqueado la plusvalía de los
ámbitos geográficos y sociales más diversos, su superestructura ha pillado los
repertorios simbólicos de los parajes, estratos sociales y culturas históricas más
disímiles. Al poder de apropiación mercantil corresponde el de apropiación
espiritual, y este último convierte todo espíritu en mercancía. Una divisa
común de la postmodernidad —y también de su estética— es la de que «todo vale».
Pero todo vale, porque ya nada vale. Si acaso, cuesta. Se adoptan todos los
signos, porque su repetición descontextualizada los ha desinvestido de
significado: los ha reducido a señales. De nuevo, el valor de uso ha sido
reducido a valor de cambio.
Esta abdicación de toda tesis en favor de los
halagos del mercado ha llevado a la postmodernidad estética a traducirse en el
más efímero de los metarrelatos: el de la moda. En este sentido, prolonga el
tono «retro», pastichero y paródico de la cultura de la nostalgia, pero con una
fijación precisa: prefiere « revivir», o más bien momificar, los estilos
superficiales del lapso comprendido entre 1918 y 1964: se confunde con el
período de ascenso y de máxima preponderancia mundial norteamericana, que transcurre
entre la intervención en Europa y el inicio del desastre en Vietnam; también,
con los escenarios geográficos de dicha hegemonía. La televisión es la
abarrotada vitrina de este supermercado cultural. El mismo recupera
sistemáticamente las banalidades de ese periodo y esos ámbitos, y no sus
fuerzas centrales: imita los muebles sobredecorados del baratillo, y no las
rigurosas obras de la Bauhaus; retorna al maquillaje del Art Deco, y no a la sabiduría estructural de Frank Lloyd Wright;
vuelve al blanco y negro o el sepia en las películas, pero no al impactante
montaje de Eisenstein o al austero encuadre de Dreyer. Es como si un gusto
estético perverso rescatara sistemáticamente tan sólo lo trivial y lo mediocre
de una civilización, para eternizarlo apenas en la pasajera conmemoración de
una moda. Pues una moda no es más que una estética que acepta como único
paradigma el del mercado.
La postmodernidad como política del apoliticismo
El
pastmoderno es el hombre de Musil,
el hombre sin atributos (políticos). Los más
auspiciadores dirán que eso es ser de derechas
sin reconocerlo o sin saberlo, y puede que
ten-
gan
razón. Pero el postmoderno, mientras las
circunstancias no aprieten, pasa de política.
Francisco Umbral: Guía de la posmodernidad
¿Tiene la postmodernidad una política? La anterior
cita de Umbral sintetiza la posición de los voceros del movimiento. La
postmodernidad es neutral, o de derecha. O mejor aún: se pretende neutral,
porque es de derechas. Se dice por encima de la política, y, por tanto,
apolítica.
¿Estaremos, entonces, cerca del sueño milenarista
del desvanecimiento del Estado? Para Lyotard, la «mercantilización del saber»
aproxima irremisiblemente su cumplimiento:
Pues la mercantilización del saber no
podrá dejar intacto el privilegio que los Estados—naciones modernos detentaban
y detentan aún en lo que concierne a la producción y difusión de conocimientos.
La idea de que éstos parten de ese ‘cerebro’ o de, esa ‘mente’ de la sociedad
que es el Estado se volverá más y más caduca a medida que se vaya reforzando el
principio inverso según el cual la sociedad no existe y no progresa más que si
los mensajes que circulan son ricos en informaciones y fáciles de descodificar.
El Estado empezará a aparecer como un factor de opacidad y de «ruido» para una
ideología de la ‘transparencia’ comunicacional, la cual va a la par con la
comercialización de los saberes[327].
Pues así como «la razón» será desplazada por «el
saber informatizado mercantilizado», Estado y dirigentes serán sustituidos por
gerentes:
Las decisiones serán tomadas cada vez
más, no por administradores, sino por computadores. La clase dirigente, los
`decididores' deja de estar constituida por la clase política tradicional, para
pasar a ser una base formada por jefes de empresa, altos funcionarios
dirigentes de los grandes organismos profesionales, sindicales, políticos,
confesionales. La novedad es que en ese contexto los antiguos polos de
atracción, constituidos por los Estados-naciones, los partidos, las
profesiones, las instituciones y las tradiciones históricas pierden su
atracción[328].
Estado y política agonizan a medida que se agota su
sangre, que es la ideología. El fin de ésta, como hemos visto, fue anunciado
por Daniel Bell y otros politólogos norteamericanos hacia el inicio de la
década de los sesenta:
Una cosa aparece clara: para la intelligentsia radical
las viejas ideologías han perdido su ‘verdad’ y su poder de persuasión. Pocas
mentalidades serias creen todavía que puedan determinarse clichés, ni que, por medio de una `ingeniería social'
quepa poner en marcha una nueva utopía de armonía social. Concomitantemente,
las viejas ‘antícreencias’ han perdido también su fuerza intelectual. Son pocos
los liberales ‘clásicos’ que insisten en la absoluta no intervención del Estado
en la economía, y pocos los conservadores serios, al menos en Inglaterra y en
el continente, que creen que el Estado social sea 'un camino de servidumbre'.
En el mundo occidental existe por tanto, un acuerdo general respecto de la
cuestión política como la aceptación del Estado social, el deseo de un poder
descentralizado, el sistema de economía mixto y el pluralismo político. También
en este sentido la era de las ideologías ha concluido[329].
Treinta años después, la misma idea es presentada
como la última palabra por Francis Fukuyama, miembro del Departamento de Estado
norteamericano, para quien «al fin de la historia no es necesario que todas las
sociedades se vuelvan sociedades liberales exitosas; sólo que concluyan sus
pretensiones ideológicas de representar formas de sociedad humana diferentes y
superiores». Ya que podríamos estar viviendo «el fin de la historia como tal»,
que se traduciría en « el punto final de la evolución ideológica de la
humanidad, y la evolución de la democracia liberal occidental como la forma
final del gobierno humano»[330].
Muerte de las ideologías, muerte de la historia y
muerte de todas las formas de sociedad que se pretendan «diferentes y
superiores» a la democracia liberal, se confunden así en una sola amalgama
ideológica. Pues este último tipo de poder político tendría la ventaja de
reducir a su mínima expresión al Estado, ese mal absoluto al cual los «nuevos
filósofos» postmodernos como Andre Glucksman apostrofan como fuente de toda
opresión al decir que... «a menos que el deseo de no ser dominado afirme el
deseo de no ser el Estado, que fuera del Estado se comienza a vivir, que en
donde termina el Estado empieza el hombre»[331].
No caigamos de nuevo en la ingenuidad de suponer que
la postmodernidad comparte la anarquia medular de los cínicos, los
bakuninistas, o, en última instancia, de los marxistas. Hemos visto que de esta
sentencia condenatoria para todo poder y toda ideología, un poder y una ideología son graciosamente amnistiados. La voz de
Milton Friedman, el máximo expositor del neoliberalismo económico, nos indica
amablemente cuáles, al argumentar que «nada nos impide, si queremos, edificar
una sociedad que se base esencialmente en la cooperación voluntaria para
organizar tanto la actividad económica como las demás actividades; una sociedad
que preserve y estimule la libertad humana, que mantenga al Estado en su sitio
haciendo que sea nuestro servidor y no dejando que se convierta en nuestro
amo». El Estado absuelto es, previsiblemente, el Estado liberal, (o neoliberal)
burgués, cuya principal virtud sería su exigüidad. Ya que, según el mismo
Friedman, «cuanto más pequeña sea la magnitud del Estado y más restringidas sus
funciones, menos probable es que sus actuaciones reflejen los intereses
privados en vez de los generales»[332].
Esta contracción del Estado no deja un vacío de
poder. Otra fuerza ocupa su lugar. Como explica Alejandro Foxley, lo medular
del pensamiento neoliberalista reside en que « el poder político y la capacidad
de coerción que deriva de éste, se diluyen a través de la adopción de miles de
decisiones individuales bajo reglas equivalentes a las que se dan en el
mercado»[333].
En tal sentido, la «muerte de las ideologías»
postmoderna es mucho más radical, como se puede observar, que la de los
«conservadores serios» de Daniel Bell, que por lo menos aceptaban «el Estado
social» y «el sistema de economía mixto». Para los neoliberalistas, lo político
debe ser sacrificado en aras de lo económico: la anulación del Estado es
prerrequisito de la omnipotencia del mercado.
Esta es, por lo menos, la versión postmoderna. En el
mundo real sucede otra cosa. El poderío económico de los países desarrollados
es sólidamente apuntalado por su poderío político. El experto de la ONU
Bernardo Kliksberg señala que «se tiende a crear la imagen mítica de que si se
reduce el tamaño se habrá conquistado ipso facto
la eficiencia o poco menos»; mientras que en realidad la relación gasto
público sobre producto bruto interno es en los países desarrollados actualmente
del 40%; y en Alemania Occidental, por ejemplo, del 45%[334]. Estudios de Rati Ram
llevados a cabo en 115 países durante veinte años (1960-80) demuestran que el
crecimiento del Estado es directamente proporcional al crecimiento del PBI y
del producto bruto no gubernamental (economía privada)[335].
El Estado de los países desarrollados de la
modernidad no sólo crece, sino que, además, interviene en la economía de la
manera más abierta. Como dice Richard Barnet, Reagan fue
...un verdadero keynesíano de la línea
dura: estamos frente a un gobierno que aumenta la participación estatal en la
economía por medio del gasto militar, que ha crecido a un ritmo más rápido:
hemos gastado en cinco años un billón seiscientos mil millones de dólares y
todo esto ha tenido un efecto muy importante en la recuperación económica y la
baja del desempleo[336].
El costo de estas políticas intervencionistas lo
pagan los sectores económicamente más débiles. Así, sobre el mismo gobierno
reaganiano hizo notar Cartherine Nelson que
ha logrado reducir el carácter
`progresivo' de la estructura fiscal nacional, al reducir el porcentaje de
impuestos pagados por personas de altos ingresos y las corporaciones y ha
legalizado todo un conjunto de deducciones (el pago de colegiaturas en escuelas
particulares y el pago de las hipotecas, así como sobre la depreciación de
bienes raíces) que solamente la mediana y gran burguesía pueden aprovechar[337].
Y en 1990, el
gobierno de Margaret Thatcher impone en Inglaterra lo que Elizabeth Jones califica como «un impuesto
desvergonzadamente recesivo», que, de acuerdo a sus opositores «aniquilará
familias y expulsará a la gente de sus hogares»[338]. El pueblo británico
reacciona ante el mismo con una oleada de motines y de saqueos.
La intervención no se limita, desde luego, a los
asuntos económicos y sociales internos. Los países de la modernidad, a pesar de
sus proclamaciones «neoliberales», utilizan el proteccionismo cada vez que en
los mercados internacionales aparece una amenaza de competencia. Estados
Unidos, por ejemplo, ha impuesto cuotas a la importación de productos agrícolas
y de energía desde el Tercer Mundo; recientemente ha opuesto barreras a la
inversión japonesa, contra la cual advirtió la primera ministra británica que
el libre comercio «no debe darse como una cosa garantizada»[339].
Los Estados de los países desarrollados
contemporáneos, lejos de « desvanecerse» continúan asimismo una política de
agresión contra el Tercer Mundo. Durante la década de los ochenta, Estados
Unidos mantiene una virtual ocupación militar en Honduras y El Salvador, así
como medidas de bloqueo contra Nicaragua y de apoyo a la «contra», para las
cuales debe incurrir en tráfico clandestino de armas hacia Irán. Como dice
George McGovern, «la invasión a Grenada y el bombardeo de Libia —ambos en
violación de la ley norteamericana e internacional— sin duda que contribuyeron
a una noción dentro de la Casa Blanca, en el sentido de que las tácticas
ilegales y arrogantes resultaban aceptables, tratándose de un presidente
popular»[340].
El virtual fin de la Guerra Fría debido a la política soviética de la perestroika, antes que suavizar tales
tendencias, parece desatarlas. La década concluye con una invasión contra
Panamá, amenazas de bloqueo marítimo contra Colombia, una intensificación de
las presiones contra Cuba y un bloqueo contra el Golfo Pérsico. Con apoyo norteamericano
se establecieron y perduraron en América Latina los gobiernos militares de
Chile, Argentina, Uruguay y Brasil. En ninguno de ellos el Estado renunció al
intervencionismo. Por el contrario:
La Junta militar que se hace cargo del
gobierno ejerce los poderes ejecutivos y legislativos, los cuales utiliza para
definir nuevas reglas de juego a los agentes productivos. Las organizaciones
laborales son suprimidas o se las somete a severas restricciones. La
negociación colectiva es aplazada (..). Las facultades extraordinarias de que
están dotadas, permiten a las autoridades abolir los partidos políticos y
centralizar el control de las organizaciones sociales, el sistema educacional y
los medios de comunicación[341].
Los gobiernos electivos que circunstancialmente
sustituyen a dichos regímenes militares, en lo sustancial, siguen ejerciendo un
opresivo control sobre las organizaciones sociales y sindicales.
En resumen, el «Estado postmoderno» o « neoliberal»
ni se desvanece, ni renuncia a sus poderes, ni huye de la intervención en
materia económica. Recomienda tales conductas a sus adversarios, mientras él
intensifica su injerencia en un sentido estrictamente opuesto al del «Estado
del bienestar»: ahora, el Estado pone todo su peso en favor de la concentración
de capital, vale decir, de la desigualdad. Esta política es disfrazada como
«neutra», cuando en realidad se inscribe dentro del campo de la derecha, en el
sentido que le da el filósofo postmoderno Alain de Benoist:
Llamo aquí de derecha, para
entendernos, a la actitud que consiste en considerar la diversidad del mundo y, por consiguiente, las
desigualdades relativas que
necesariamente produce, como un bien, y la homogeneización progresiva de ese
mundo, preconizada y llevada a cabo por el discurso bimilenario de la ideología
igualitaria, como un mal. Llamo de derecha a las doctrinas que consideran que las desigualdades relativas a la
existencia motivan relaciones de fuerza cuyo producto es el devenir histórico, y que estiman que la historia debe continuar[342].
El enemigo, por consiguiente, no es la fuerza, y ni
siquiera la fuerza del Estado. El enemigo es la igualdad.
La postmodernidad como ideología del mercado
omnipotente
Y, esta vez, son las masas las que no
quieren sol
tar la presa, las que se resisten a este
desapego li
beral o «neoliberal», a la revisión de todo
aquello
a lo que se les ha duramente
aculturado. Nada
más lógico. No vemos por qué tendrían que
obe
decer repentinamente el decreto de la clase
políti
ca, sin
duda bien inspirado (el protectorado social
es un
callejón sin salida), pero que sigue siendo un
nuevo decreto de la clase política.
Jean Baudrillard: La izquierda divina
En fin, ¿qué rescatar de este Crepúsculo de los
Dioses? Como en el retablo de Maese Pedro, en el escenario postmoderno yacen
inanimados y descuartiza dos los títeres de la filosofía, la historia, la
ética, el sujeto, la estética ¡y hasta el propio Estado! Nihilistas cabales,
podríamos arreglarnos sin razonamiento, sin pasado, sin moral, sin arte, e
incluso sin Yo consciente, ¿y, en fin, vivir la maravillosa libertad de
disparar al azar contra los transeúntes o de llevarnos algo de un automercado
sin pagar?.. Pero no... algo se agita en el retablo del viejo ladrón... Un
nuevo pelele se alza por sobre las marionetas inertes... Pretende ser la nueva
Razón, la nueva historia, el nuevo decálogo, el nuevo sujeto, la nueva
vanguardia, la nueva política, la nueva... ¿ideología? ¡Nunca! Pues la verdad
revelada jamás condescenderá a ser tratada como ideología. Del Crepúsculo de
los Dioses ha nacido un nuevo ídolo. Como Dios, es natural, pues se confunde con el orden de las cosas. Como El, es único, porque no admite otra estructura
alternativa. Omnisciente, porque todo conocimiento se reduce a la
cuantificación de las cotizaciones que lo constituyen. Omnipotente, porque avasalla las restantes
determinaciones —cultura, tradición, valores— y las pone a su servicio con el
pretexto de servirlas. Eterno, porque detuvo
la historia en el momento de su apogeo. Se trata, como habrá adivinado el
lector, de la resurrección de las ideas de Adam Smith bajo el rótulo de
neoliberalismo o economía de mercado.
Pues, en esta época de crisis de los valores, los
valores de la crisis se reducen a la prédica de las virtudes del mercado hecha
por los aparatos culturales de las grandes potencias, mientras sus autoridades
aplican políticas intervencionistas. El mercado sería la nueva racionalidad, en
cuanto permite reducir a objetividad cuantificable todo fenómeno, y la nueva
universalidad, por cuanto su imposición convendría por igual a todo tipo de
sociedad y de cultura. Como indica Alejandro Foxley:
La economía es considerada como una
‘superciencia'(...). La economía, en cuanto ciencia, se funda en el supuesto de
la racionalidad individual. Cada individuo procura maximizar su propio
bienestar (preferencias) y el mercado constituiría el instrumento más eficiente
para el logro de este objetivo. La solución de mercado sería óptima para todos
los involucrados en el proceso económico. Por otra parte, las preferencias en
la forma que ellas se manifiestan en el mercado, están a salvo, según este
enfoque, de toda forma de coerción, en especial de las que podrían derivar de la institucionalidad política,
(..). Sólo el mercado estaría libre de la influencia contaminante de la
política[343].
El mercado, al igual que la Razón de la modernidad,
intenta extender su vigencia a la totalidad de los campos de la actividad
humana. Milton Friedman considera que fenómenos tales como la aparición del
lenguaje, el desarrollo de las tendencias musicales y de las disciplinas
científicas y, en fin, «los valores de la sociedad —su cultura, sus
convenciones sociales— se desarrollan en el mismo sentido, mediante el
intercambio voluntario, la cooperación espontánea, la evolución de una compleja
estructura a través del ensayo y del error, de la aceptación y del rechazo»[344]. Tenemos así el nuevo
conocimiento, la nueva estética, la nueva ética: son cotizables, luego existen.
Dijo Marx, con sencillez brutal, que las ideas
dominantes han sido siempre las ideas de la clase dominante. La clase dominante
en el capitalismo tardío de la modernidad es la que opera el capital financiero
en el mercado trasnacional. Por consiguiente, las ideas dominantes—exigen la
reducción de todo otro valor —conocimiento, ética, estética, cultura y
política— a valores de mercado. Es decir, su transformación, de valores de uso,
en valores de cambio. Como dijo Marshall Berman, «así, pues, pueden escribir libros,
pintar cuadros, descubrir leyes físicas o históricas, salvar vidas, solamente
si alguien con capital les paga»[345]. O, como indicaron de
manera más contundente Marx y Engels:
La burguesía ha hecho de la dignidad personal un
simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y
bien adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio (.:.). La
burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces
se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al
jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al sabio, los ha convertido en sus
servidores asalariados[346].
En esto consiste, precisamente, el «nihilismo» que
invade todos los campos de la postmodernidad. Como lúcidamente lo ha
interpretado Vattimo, al analizar a Nietzsche y a Heidegger:
Para Heidegger, el ser se aniquila en cuanto se
transforma completamente en valor(...). Si seguimos el hilo conductor del nexo
nihilismo-valores, diremos que, en la acepción nietzscheanoheideggeriana, el
nihilismo es la transformación del valor de uso en valor de cambio. No se trata
de que el nihilismo sea que el ser esté en poder del sujeto, sino que el ser se
haya disuelto completamente en el discurrir del valor, en las transformaciones
indefinidas de la equivalencia universal[347]
A partir de este centro, se definen todos los nudos
de la telaraña. Y caen en su lugar las piezas del rompecabezas. Si todos los
saberes serán dejados de lado en beneficio del «saber informatizado», ello es
porque es este último, según ha dicho Lyotard, el que mejor puede «revestir la
forma valor», con lo que «deja de ser en sí mismo su propio fin, pierde su
`valor de uso'». Si la estética ha abandonado los paradigmas de la vanguardia y
de la crítica para volver a «la fruición» a «lo narrativo, al ornamento y a la
figura», es porque el merc,ido del arte ha terminado por producir un arte del
mercado. Si se predica la desaparición del Estado y de las ideologías como «un
factor de opacidad y de ruido», es porque interfiere con «una ideología de la
`transparencia' comunicacional, la cual va a la par con la comercialización de
los saberes». Si se quiere detener la historia, es para fijarla, como recalcó
Jameson, en «este nuevo momento del capitalismo tardío, de consumo o
multinacional». Si los «metarrelatos» o «juegos de lenguaje» de la ética, la
religión, el nacionalismo, la ontologia carecen de valor, es porque carecen de
precio: porque no son formulables como valores de cambio, o al serlo, se
destruyen.
Hasta aquí la fachada ideológica. ¿Qué hay, en realidad,
tras ella? El «libre mercado» postulado por Adam Smith en el siglo dieciocho y
resucitado por la Escuela de Chicago, no fue nunca más que una hipótesis
abstracta.
Para funcionar, el mercado de competencia perfecta
requería la concurrencia libre de un número casi infinito de oferentes y
demandantes individuales. El mismo sería anulado automáticamente dondequiera
que estuvieran presentes monopolios, oligopolios, carteles o cualquier otro
tipo de acuerdo entre oferentes o entre demandantes para fijar un precio. Como
lo indicó el propio Adam Smith:
Los monopolizadores, manteniendo constantemente
insuficientemente abastecido el mercado, no satisfaciendo nunca la demanda
efectiva, venden sus artículos muy por encima de su precio natural. Los precios
de los monopolios son siempre los más elevados que es posible conseguir[348].
Tal condición de «mercado perfecto» no se dio jamás
históricamente, ni siquiera en el capitalismo temprano que describe Adam Smith.
Pues, como señala el mismo autor:
Desde luego, el esperar que se
restablezca alguna vez en la Gran Bretaña la completa libertad de comercio es
tan absurdo como esperar que se implante en ella alguna Oceana o Utopía ....[349].
Antes bien, los dueños del capital, validos de su
poder económico, de su mejor organización, y del mismo apoyo del Estado,
manejaron a su antojo la oferta y la demanda, imponiendo sus condiciones al
consumidor y, sobre todo, al trabajador, según señala el propio Adam Smith:
Los amos se hallan siempre, y por todas partes, en
una especie de combinación tácita, pero constante y uniforme, para no elevar
los salarios de la mano de obra por encima de su tarifa actual[350].
Antaño, como hoy, este monopolio era casi imposible
de vencer por medios económicos, pues su poderio, conforme también testifica
Adam Smith, le garantizaba la complicidad del Estado:
El intentar reducir las fuerzas del ejército sería
de tanto peligro como lo es hoy intentar disminuir de algún modo el monopolio
que nuestros industriales han conseguido en contra de nuestros intereses. Este
monopolio ha incrementado tanto el número de algunas castas especiales de esos
dueños de industrias, que, al igual que un ejército permanente excesivo, han
llegado a ser temibles para el gobierno, y en muchas ocasiones intimidan al
legislador [351].
Dos siglos más tarde, el «mercado de competencia
perfecta» sigue estando tan lejano como en tiempos de Adam Smith. Según se
queja Milton Friedman, máximo ideólogo actual del credo neoliberal, los
gerentes de la mayor potencia capitalista de la tierra recurren cotidiana y
sistemáticamente a políticas de protección que los inmunizan contra cualquier
«libre» competencia:
Los productores de acero y los
sindicatos metalúrgicos presionan para que se apliquen restricciones a las
importaciones de acero procedentes del Japón. Los fabricantes de televisores y
sus obreros propugnan la adopción de acuerdos voluntarios para limitar las
importaciones de esos aparatos y sus componentes procedentes del Japón, Taiwan
o Hong Kong. Fabricantes de tejidos y calzados, ganaderos, productores de
azúcar y muchos otros se quejan de la competencia ‘desleal’ que les hace el
extranjero y exigen que el gobierno haga algo para «protegerlos»[352].
Estas exigencias son por lo regular atendidas cuando
el poderio económico del sector lo habilita para ejercer presión sobre el
gobierno. A fines de la década de los ochenta, Estados Unidos subsidia a sus
agricultores con un 37%; Canadá, con un 43%; la Comunidad Europea, con un 43%;
Corea del Sur, con un 59%[353]. Como lo han reconocido los
asesores de la política exterior norteamericana que redactaron el «Documento de
Santa Fe II», «actualmente los consumidores estadounidenses pagan hasta siete
veces el precio mundial del azúcar porque las actuales leyes estadounidenses
establecen un mercado cerrado no competitivo y fijan los precios del azúcar a
niveles artificialmente altos para beneficiar a unos 12.000 productores
domésticos»[354].
Mientras que, en el orden interno, la operación
ineluctable de la ley de concentración de capitales va disminuyendo el número
de competidores reales y, por consiguiente, eliminando todo vestigio de
competencia y de «libre» mercado. Como lo testifica el mismo Friedman:
La existencia de sólo tres fabricantes importantes
de automóviles en los Estados Unidos —uno de los cuales al borde de la
bancarrota— constituye una amenaza de precios monopolísticos[355].
Así, la «opacidad» del Estado, lejos de abstenerse
de intervenir en economía, ayuda a los monopolios y los mantiene subsidiándolos
con enormes gastos armamentistas. Como indica Saxe Fernández:
A diferencia de lo que muchos
analistas en América Latina han enfatizado respecto a la línea económica de
Reagan, el hecho es que tampoco aquí el presidente se aparta de la creciente
«estatización» de la economía estadounidense, independiente de su retórica
sobre las «fuerzas del mercado» y la iniciativa privada. Lo que ha hecho Reagan
no es desmantelar el Estado, ni mucho menos reducir su impacto en la economía
nacional de Estados Unidos: al contrario, por medio de un inusitado aumento al
gasto bélico, por medio de un gasto federal astronómico, que no sirve para
proteger nada, impulsa de manera real el papel del Estado en la economía[356].
Hoy, como antaño, el efecto de esta alianza entre
capital monopolista y Estado consiste en aumentar abismalmente la diferencia en
la distribución del ingreso. Según señala Catherine Nelson:
Los resultados quedan plasmados en las
últimas estadísticas oficiales del censo de 1985: la pobreza ha aumentado al
punto de que 35.1 millones de norteamericanos viven por debajo del nivel
oficial de pobreza (un ingreso de $ 10.980 anuales para una familia de cuatro
miembros) y aún más, la brecha entre los ricos y los pobres está creciendo a
tal grado que la legendaria «clase media norteamericana» está en peligro de
extinción[357].
Decir entonces que el trabajador o el consumidor
tiene alguna «libertad de elegir» en un mercado donde precios y salarios han
sido fijados unilateral e inapelablemente por la acción conjunta de carteles,
monopolios y Estado, es tan hipócrita como señalar que el esclavo tenía
idéntica libertad de no trabajar y elegir < libremente» el ayuno y el
castigo. De hecho, todas y cada una de las mejoras de la condición de los
trabajadores han sido obtenidas en los paises capitalistas mediante presiones
extraeconómicas, tales como la huelga o la reforma política, con lo cual no
hicieron más que contrarrestar parcialmente la manipulación política de sus
patronos.
La supuesta «libertad de mercado» de los países
desarrollados es entonces todavía hoy lo que alguna vez señaló Adam Smith: un
mito tan fantástico como la Utopía de Tomás Moro, o la Oceana de Harrington.
Como lo resume actualmente Prebisch:
Los centros han tenido que encarar sus
propios problemas de deterioro; y tuvieron que contrarrestar el juego
espontáneo de las leyes del mercado. Pero al hacerlo, quizá no hayan tenido
conciencia de que las violaban. Los poderosos, por su parte, tampoco suelen
tenerla frente a ciertos principios económicos que proclaman: ¡cuando dichos
principios no les acomodan, suelen crear otros nuevos![358].
Ello no obsta para que la misma ideología del
Mercado Omnipotente, que las metrópolis han debido desechar en la práctica para
evitar el colapso, sea predicada a las colonias y semicolonias como panacea
universal y como sustituto de toda cultura y todo valor. Como apunta asimismo
Prebisch:
De cualquier modo, la periferia no ha
aprendido a escapar a la seducción de ciertas ideologías de los centros, cuya
irradiación intelectual sigue siendo poderosa. Irradiación espontánea y también
acción deliberada de propaganda. Reflejos de una y de otra aparecen en el caso
de las teorías neoclásicas[359].
La expansión de tal ideología por el Tercer Mundo,
en todo caso, opera mediante mecanismos bien distintos de la mera seducción
intelectual. La misma es impuesta a los gobiernos en bancarrota mediante Cartas
de Intención que les obliga a suscribir el Fondo Monetario Internacional, y que
constituyen auténticas abdicaciones de soberanía. Desde entonces todo el
aparato represivo del Estado dependiente —su policía, su ejército y sus órganos
ideológicos— quedan enrolados en una imposición a ultranza de lo que Alejandro
Foxley ha llamado el «neoliberalismo autoritario» y René Villarreal bautizó
como « la contrarrevolución monetarista». A pesar de que, como lo explica el
mismo Villarreal, «este modelo tiene para los paises latinoamericanos una
absoluta inviabilidad, no por su falta de consistencia y lógica sino porque los
supuestos básicos del modelo simplemente no se presentan en la realidad»[360]. Tal imposición no retrocede ante la abrogación del Estado de
Derecho, ni el genocidio. ;Triste destino de una doctrina que predica la no
intervención estatal, que sólo puede ser aplicada mediante el más extremo
autoritarismo del Estado!
Parafraseando a Marx, podemos decir que las ideas
dominantes en cualquier época han sido las ideas de las naciones dominantes.
Ello explica la boga de la postmodernidad. También decidirá su destino.
Capítulo VI
Postmodernidad, contraculturas y Tercer Mundo
La postmodernidad quiere hacernos creer que es sólo
en el ámbito de las naciones dominantes, y sólo a partir de las últimas
décadas, donde tiene lugar una crítica de la modernidad.
Tal crítica, sin embargo, empezó a ser formulada
mucho antes, y desde el ámbito externo: desde cada una de las naciones
afectadas por esa variante de la expansión modernizante llamada imperialismo.
Casi no hubo pueblo sojuzgado que no practicara a su manera, con uno u otro
instrumento, su propia crítica de la modernidad. Todas ellas aceptaron alguno
de sus rasgos (ciencia, tecnología, racionalismo) mientras que rechazaban sus
supuestas secuelas necesarias: dependencia política y económica, status
discriminatorio, disgregación total de las estructuras sociales y formas
culturales precedentes.
Algunas no se limitaron a fijarle límites a la
modernidad, sino que demostraron la posibilidad de elaborar alternativas
viables y autónomas de la misma: Japón, la Unión Soviética y China articularon
respuestas creativas a ella, fuertemente influidas por el peso de sus
tradiciones sociales y culturales propias. Estas respuestas asumían con
frecuencia la forma de revoluciones. La expansión colonialista del mundo
desarrollado, en efecto, contribuía a derruir los órdenes tradicionales: sobre
la debacle de éstos era construido un nuevo orden (el industrialismo
nacionalista japonés de la dinastía Meiji, el bolchevismo, el comunismo
chino> que utilizaba algunos de los instrumentos de la modernidad para
resistir al avasallamiento por los pueblos portadores de la misma.
Estas respuestas fueron exitosas cuando reunieron
las condiciones siguientes: 1) el dominio sobre una población y unos recursos
naturales considerables; 2) una vasta revisión de los órdenes políticos y
sociales tradicionales; 3) un principio ideológico que permitiera la
articulación y cooperación de los recursos económicos, sociales y políticos; 4)
una marcada especificidad cultural, que impidiera el sometimiento incondicional
a la versión de la modernidad portada por los colonialistas; 5) y un hábil uso
de las fisuras dejadas por las pugnas de poder entre las naciones dominantes.
De tal manera, la nación colonizada o dependiente se
sacudía la sujeción, y pasaba a elegir su propia e insustituible vía hacia la
modernidad.
Cada vez que la oleada expansiva de la modernidad
encontraba un escollo de tal naturaleza, éste devolvía hacia la metrópoli una
contraola que contribuía a engendrar un movimiento contracultural.
En efecto, es sólo después de que la miriada de
culturas del Tercer Mundo demostró una sorpresiva capacidad de resistencia al
avasallamiento por el ecumenismo de la modernidad, que esta última abandonó su
punto de vista eurocéntrico y abrió el espacio de las ciencias sociales para el
estudio de un hombre concreto, histórica y geográficamente determinado.
Sólo después de que el Tercer Mundo inicia
revoluciones en los «eslabones más débiles» de la cadena imperialista, se
replantea para la metrópoli la cuestión revolucionaria, hasta entonces dejada
de lado como mera ilusión utópica o peldaño para transacciones de todo género.
Sólo después de que el Tercer Mundo lleva a cabo sus
conflictivos procesos de descolonización, recomienza a dar señales de vida
dentro de las metrópolis la cuestión de las nacionalidades y las etnias
oprimidas: los norteamericanos descubren que lo negro es hermoso después de que
los africanos han establecido que lo negro es libre.
Sólo después de que las artes de los países del
Tercer Mundo manifiestan su sorprendente variedad de proposiciones estéticas,
caen los cánones académicos del arte de la modernidad y comienza éste a ser
arte moderno: sin el arabesco probablemente no hubiera habido abstraccionismo,
así como tampoco cubismo sin las máscaras africanas, ni nueva figuración sin la
representación plana del arte asiático, ni música sincopada sin los ritmos
africanos.
Sólo después de que el conjunto de supervivencias
culturales religiosas del Tercer Mundo es importado a Occidente, renacen en
éste las criticas al pensamiento racional unilateral de la modernidad o
adquieren forma las grandes síntesis de esta última, tal como la elaborada por
Hegel a partir de su estudio juvenil del misticismo oriental.
Sólo después de que los ejércitos tecnocratizados de
la modernidad son batidos por las guerrillas insurgentes del Tercer Mundo,
adquiere proporciones apreciables en la metrópoli un movimiento pacifista que
durante las guerras mundiales tuvo apenas un carácter marginal o anecdótico.
Sólo después de que las antiguas comunas indígenas o
las formas familiares tradicionales demuestran su sorprendente poder de
supervivencia,* reaparecen en las metrópolis contraculturas que intentan el
experimento con estas formas de convivencia social.
Y sólo después de que las alianzas de los países
productores de materia prima o de energía consiguen elevar los precios de sus
productos artificialmente deprimidos por el cartel de consumidores, los
industriales de los países desarrollados empiezan a tomar en serio las
advertencias de los ecologistas sobre la limitación de los recursos del
planeta, y estos movimientos comienzan a obtener adhesiones electorales
significativas.
La dificultosa lucha de los pueblos del Tercer Mundo
para elevar sus niveles de consumo dando prioridad a algunas necesidades reales
y primarias sobre el consumo ostensible y el derroche, llevó a los teóricos del
mundo desarrollado al análisis de las más manifiestas patologias de la sociedad
de consumo y a dudar de que una incesante adquisición de bienes para su
automática obsolescencia fuera el paradigma absoluto de la calidad de la vida:
el estilo de vida de las contraculturas surgió de este replanteamiento de
objetivos y valores.
Y es enteramente posible que la critica del
neoliberalismo y de las teorías de la libertad de mercado recomience en las
metrópolis a partir de las sacudidas sociales protagonizadas por los pueblos
del Tercer Mundo sometidos a «reajustes» fondomonetaristas impuestos por la
banca acreedora trasnacional.
Las asonadas contraculturales de los años sesenta y
setenta fueron, —en parte, detonadas por las antedichas resistencias del Tercer
Mundo a las consecuencias negativas de la modernidad. Las contraculturas
demostraron que movimientos distintos de las clases sociales —definidos por
edad, sexo u origen étnico— pueden convertirse en agentes del cambio social, a
medida que lleguen a engendrar símbolos supraestructurales definitorios de su
identidad, sus valores y sus objetivos. Sobre esta base, pueden generar, desde
una ofensiva en el plano simbólico, hasta un intento de sublevación.
Pero la facilidad con la cual el sistema apropia,
recupera y falsea las contraculturas, revela la trágica debilidad de éstas. Si
bien ejercen una función de contagio simbólico en las superestructuras, su
escasa inserción en las bases económicas determina, en última instancia, su
inoperatividad. Una huelga de obreros puede demoler un sistema; un paro de
jóvenes o de homosexuales o de negros en cuanto tales no le hace mayor mella,
porque el sistema no funciona gracias a dichas particularidades. Por el contrario,
puede apropiar la protesta simbólica de todos y cada uno de estos grupos para
sus fines de consolidación social.
Por ello, la eficacia de las contraculturas para
sacudir el sistema estuvo ineluctablemente decidida por su conexión con las
clases sociales. Cuando un grupo contracultural logra aliarse con una clase
social (como los estudiantes con los obreros durante el Mayo francés) o
constituye parte importante de una clase (como las mujeres y los negros dentro
de la clase obrera norteamericana) adquiere un contundente poder de conmoción.
Cuando los grupos contraculturales no tienen dicha conexión, pasan sin pena ni
gloria a consolidar el sistema que atacaron, como en definitiva sucedió con las
fanaticadas del rock, de los nuevos cultos místicos o de las modas culturales.
El poder de perturbación de un grupo contracultural es directamente
proporcional a su inserción en el proceso productivo. Toda contracultura es un
proyecto superestructural de revolución que carece de asideros para reorganizar
la infraestructura.
La conexión entre clases y grupos contraculturales
se reveló difícil debido al particularismo de estos últimos. Tal
particularismo, sin embargo, no fue anárquico, ni arbitrario, ni desordenado.
Como hemos visto, obedeció de manera precisa a especificas privaciones
impuestas por el sistema industrial de las naciones de la modernidad. Las
contraculturas son la necesaria imagen en negativo, o contrario dialéctico, del
sistema contra el cual insurgen. Son
las contraculturas, y no el establishment, las que nos dan el verdadero retrato de la sociedad. Así como todo establishment no es más que la subcultura de una clase dominante con pretensiones de
universalidad y con poderes para fingirla. La postmodernidad, conforme hemos
visto, es la última de las culturas de la última clase dominante: la que rige
el gran capital financiero trasnacional.
A estas alturas, es obvia
la atingencia del debate de la modernidad con respecto a América Latina. Desde
el Descubrimiento, casi todos los grandes movimientos político-culturales se
hicieron en ella bajo las banderas de la modernización. Conquista y Colonia
tuvieron coartadas modernizantes: intentaron; uncir la diversidad de culturas
«bárbaras» a la ecumenicidad del catolicismo, la universalidad del Imperio y el
progreso de la «civilización». Poco importa que para sobrevivir los supuestos
civilizadores tuvieran que aprender de los consquistados la técnica de los
cultivos, las construcciones y el arte indígena de curar las
enfermedades: la Conquista fue representada como una nueva versión l del mito
prometeico, en la cual los dioses europeos llevaban el fuego de la Razón y de
la verdadera Fe a seres bestiales, de cuya humanidad se dudó durante largo
tiempo.
Los movimientos
independentistas fueron afines en lo filosófico a las ideas de la Ilustración;
en lo político y económico, favorables a la apertura hacia el comercio con las,
Huevas potencias imperiales de la modernidad. Gran parte de los movimientos liberales
—a pesar de sus muy difusas y contradictorias ideologías— estuvieron próximos a
este proyecto. Se invistieron del prestigio del mismo los Déspotas Ilustrados
por el estilo de Guzmán Blanco. Y en fin, el centro de los discursos del
positivismo latinoamericano fue un proyecto modernizados su¡ génesis: abrir
espacios para «el progreso y la civilización» (a la europea) oponiendo muros de
contención a un populacho al cual se representaba como bárbaro, e incapaz de
acceder por sí mismo al progreso. Cuando no étnica o racialmente inferior.
Nuevamente, un discurso
con pretensiones de racionalidad y universalidad era opuesto al balbuceo
múltiple de los « metarrelatos» arcaizantes: cultura aborigen, religión,
unidades sociales tradicionales.
Pero, paradójicamente, en
varias de las versiones del proyecto positivista, éste debía llevarse a cabo
mediante la aplicación astuta de los mismos «metarrelato» que dice combatir.
Para el positivista, un privilegiado mediador, el «Gendarme Necesario» o caudillo,
ha de servir de muro de contención al mismo pueblo del cual ha salido,
sirviéndose para ello de su conocimiento de los «metarrelatos» populares
aprendidos en su estrato social de origen.
En otro lugar demostré
que a este respecto el discurso positivista y el populista se parecen como dos
gotas de agua. El portavoz de este último, el «Demócrata Necesario», ha de
abrir un espacio para la «civilización» (burguesía nacional y capital extranjero);
para ello ha de obtener el consenso del pueblo, hipnotizándolo con los signos
descontextualizados de su tradición «nacional-popular»: comidas típicas, trajes
criollos, habla «popular», paternalismo, patriarcalismo, prácticas políticas clientelares, apropiación de
los símbolos externos de la nacionalidad y de la patria. De nuevo aquí el
instrumento de la «racionalidad» es el «metarrelato»: la tradición, las
costumbres, el pasado social e histórico. El populista se inviste de los signos
externos de aquello mismo que en definitiva combate.
En América Latina se
reproduce así, a lo largo de su historia, la fractura esencial del discurso de
la modernidad: racionalidad, universalidad y progreso son puestos al servicio
irracional, particular y retrógrado de intereses clasistas e imperiales. Los
viejos « metarrelatos» (cultura tradicional, nacionalismo) son recuperados para
beneficio del poder trasnacional que los niega. Como sucede en los países
desarrollados, contraculturas domesticadas son utilizadas para consolidar el
poder contra el cual insurgieron. De ellas sólo queda lo accidental y lo
externo: la señal, y no el signo. El populismo, y no lo popular.
Todas estas
«modernizaciones» instauradas en América Latina de acuerdo con las reglas de
juego de las naciones dominantes de turno, encontraron oligarquías cómplices
que oficiaron de heraldos y de beneficiarias de las mismas, y todas, en definitiva,
fracasaron. Hemos padecido los inconvenientes de la modernización, sin
disfrutar de casi ninguna de sus ventajas.
América Latina ha sufrido
vertiginosas explotaciones de sus recursos, sin acceder a niveles superiores de consumo. Ha arrancado
a sus masas de las vinculaciones tradicionales, sin ofrecerles formas de
inserción seguras en los sectores modernizados. Ha creado enclaves industriales
y comerciales que funcionan en exclusivo interés de las metrópolis, sin ofrecer
puestos de trabajo ni elevar el nivel de bienestar de las grandes mayorías. Ha
sido aculturada en función de culturas de importación, pero no ha encontrado en
ellas instrumentos para resolver sus problemas específicos. En lo político, lo
económico, lo social y lo cultural, América Latina ha sido más el objeto que el
sujeto de los procesos de modernización. Comprensiblemente, lo ha sido también
de la última versión de éstos: de la ideología neoliberal de apertura total a
los intereses del capital financiero trasnacional. Como bien dice Prebisch:
Todo esto es muy comprensible desde el
punto de vista de los centros, como lo es también aquella otra tesis de la
internacionalización de la producción por obra y gracia de las trasnacionales.
Se internacionaliza con celeridad la demanda, pero mucho menos la producción[361].
En efecto, si las naciones desarrolladas tienen a
bien desinvestir de valor todos sus metarrelatos a fin de integrarlos en el
denominador común del valor de cambio del mercado, lo hacen porque tienen
instrumentos efectivos —monopolios, oligopolios, políticas keynesianas de
intervención estatal a favor de los grandes capitales— que le permiten
manejarlo a su entera conveniencia. Mientras que América Latina ha concurrido
siempre a ese mercado externo a ella en el más absoluto desamparo. El ingreso
de América Latina en la postmodernidad mimetizaría punto por punto sus
contactos con la modernidad: entraría siempre como objeto, y jamás como sujeto
de aquélla. La única postmodernidad latinoamericana posible seria la de ejercer
su propia critica de la modernidad, creando una versión autónoma y viable de la
misma, equidistante de la imitación dependiente y del mero rechazo ciego que,
en definitiva, está condenado a la derrota.
Hemos visto en cuáles condiciones otras áreas del
Tercer Mundo han articulado respuestas exitosas a la modernidad. Examinemos la
vigencia de estas condiciones en América Latina.
1) La comunidad cultural latinoamericana comprende
una considerable población extendida sobre un vasto territorio dotado de
abundantes recursos naturales. La red de fronteras políticas, en buena parte
artificiosas, ha impedido coordinar estos recursos humanos y geográficos.
América Latina debe encontrar una fórmula de confederación política que le
permita unificar tales ámbitos.
2) Tal unificación ha de coincidir con un radical
proceso de revisión de los órdenes tradicionales. Las actuales élites
latinoamericanas han regido el proceso que acarreó la dispersión, la miseria y
la dependencia de la mayor parte del área. Casi sin excepción, han servido a
intereses y puntos de vista ajenos a ella, como agentes del proceso de
modernización deforme que nos ha uncido a las potencias dominantes. La
dominación de estas élites dependientes ha de ser destruida, conjuntamente con
la intolerable estratificación social que impusieron.
3) Para que el ámbito humano de tal manera unificado
y liberado pueda rendir su máximo potencial, es necesario que opere en él una
ideología capaz de coordinar con un mismo propósito las fuerzas económicas,
sociales y políticas del área. Ningún proceso de desarrollo históricamente
conocido —capitalista o socialista— ha tenido lugar sin el cumplimiento de esta
condición.
4) En el curso de estos procesos es necesario
revelar y defender la especificidad cultural latinoamericana. Las respuestas
exitosas a la modernidad siempre han sido dadas por pueblos de una
especificidad cultural irreductible, tales como Japón, y las naciones que luego
conformarían la Unión Soviética y China. Todos ellos pudieron crear sus propias
«postmodernidades», porque tuvieron claras « premodernidades». Hasta la
resistencia pasiva de la India estuvo fundada en la abismal distancia cultural
entre colonizadores y colonizados. El reconocimiento de esta diferencia fue
clave en la lucha de liberación de Vietnam, y en la Revolución cubana y la
integración del movimiento sandinista.
5) Finalmente, para lograr tales objetivos será
necesario aprovechar las fisuras de la confrontación de poderes entre los
bloques hegemónicos.
La nueva configuración con la cual se inicia la
década de los noventa, lejos de desvanecer esta pugna, la ha hecho más
compleja, al sustituir un modelo bipolar de competencia entre Estados Unidos y
la Unión Soviética, por otro tetrapolar que admite los centros de gravitación
añadidos de Europa y del Japón. El desvanecimiento de la Guerra Fria fundada en
el equilibrio termonuclear, ha dejado sitio al surgimiento de otra guerra fría
basada en una desesperada rebatiña por los mercados, protagonizada por los Estados
Unidos, Europa y Japón, cada uno de los cuales, violando sus alegadas
ideologías neoliberales, opone barreras proteccionistas a la producción de los
otros. A este conflicto, se suma una brutal intervención armada por el dominio
de los recursos energéticos del globo. Las drásticas reducciones del gasto
militar impuestas por la distensión, dificultarán la inversión de capitales y
disminuirán significativamente la demanda de mano de obra. Dentro de este
cuadro conflictivo, América Latina no tiene por qué resignarse a aceptar
ninguna distribución de áreas de influencia hecha en las mesas de negociación
de las grandes potencias. Contra las aspiraciones hegemónicas de cualquiera de
éstas, siempre podrá invocar los intereses antagónicos de los tres bloques restantes.
De todas estas vastas tareas, acaso la más
adelantada es la de la revelación de nuestra especificidad cultural. A pesar de
masivos procesos de aculturación y de penetración cultural, nuestra identidad
sobrevive y nos permite reconocernos como fundamentalmente distintos de
nuestros opresores. A diferencia de los complejos mosaicos de culturas
disímiles que integran la Unión Soviética y China, Latinoamérica comparte una
cultura esencialmente comunicable, en la cual son más importantes las
semejanzas que las diferencias. Europa Occidental demostró la resistencia de
las culturas nacionales a desaparecer, aun dentro de un cuadro de dependencia
política y económica.
Llevamos casi medio milenio dando un similar ejemplo
al mundo. Contra todas las derrotas y las adversidades, tenemos en la mano la
palanca de la identidad cultural. Con ella podemos poner en movimiento los
mundos sociales, económicos y políticos aún latentes en América Latina.
Post-Scriptum:
La Utopía Contraataca
Tu
verano de amor
es
nuestro invierno
de desesperación
Everett
Tasserigen: The 13th Generation
La
Postmodernidad de Consumo
Hace algún tiempo, discutir la postmodemidad era
explorar una difusa nube de temas filosóficos que aparentemente nada tenían que
ver con la realidad: muerte de la Razón, nihilismo, fin de la idea de progreso,
fin de la historia, fin de lo político, muerte del sujeto, fin de las
vanguardias artísticas. Poco después, los medios de comunicación de masas y la
industria cultural nos imponen una política, una economía, una manera de vivir,
una estética y una moda postmodemas. Una vez más, los signos creados por los
rebeldes críticos de la modernidad vanguardistas, revolucionarios, inventores
de contraculturas— son adoptados por las élites —academias, altas burocracias
financieras, trasnacionales— las cuales los banalizan y masifican para invertir
su significado y mercadearlos como objeto de consumo simbólico para las masas.
Con la hegemonía mundial, los países más desarrollados estrenan un Neo-Retro o
Post-Pop, evangelio de una cultura tan vacía que todo en ella es reciclaje o
nostalgia: reposición, o epílogo.
El
Neo-Retro-Post-Pop
Pues éste es
un
mundo material
y yo soy
una
chica material
Madonna: Material
girl
Una nueva generación —la de los hijos tardíos de los
niños del baby boomirrumpe en la
escena estadounidense; ya no con el estallido de una guerra militarmente
victoriosa sobre Alemania y Japón, sino con la implosión de una postguerra
económicamente perdida contra las mismas potencias.
Todos los temas de la tragedia postmodema recurren
en ellos como farsa. Se los llama Me
Generation (por egoísta), 13th
Generation (en el fatal orden desde la Independencia), Generación But not for me (eso no es conmigo), Nowhere Generation (Generación de
Ningunaparte), Twentynothings (Veintinadas),
Generation X (por anónima): muerte
del sujeto, que en su vaciedad ni siquiera encuentra un nombre.
Si la juventud del postmodernismo no halla un
nombre, en cambio la industria cultural
sí encuentra en ella un mercado: lo que la define es la trivia que
consume.
Las vitrinas de las tiendas de moda se tiñen de
negro, color antes monopolizado por las viudas y por los disfraces de punk. Es de rigor dejar la etiqueta del
precio en la prenda que se usa. El culto al “saber informatizado” se expresa en
acronísticas compras de PCs, VCRs, CBs y CDs. Sus héroes son Madonna, Michael
Jackson, Batman, Max Headroom, Los Simpson, Los Teenage Mutant Ninja Turtles; todos productos de la industria
cultural, todos ambiguos portadores de máscaras o de rostros sintéticos, todos
productores de «mágenes de comedia negra, frenesí, adoración de lo físico,
alienación y baja autoestima»[362]. Pero también los de la
Generación X “coleccionan objetos que son esencialmente absurdos o
representativos del máximo florecimiento de un período que es ahora
universalmente ridiculizado, tales como los pantalones de los setenta o el
moblaje de los cincuenta”, con “un ojo de diseñadores para el detalle en ropa,
muebles, accesorios, carros, pintura o escultura comercial o ‘folk’, música,
danza, arte de performances (o
happenings), programación de radio y TV y, especialmente, avisos”:
eclecticismo, reciclaje de signos, nostalgia consumista[363].
La revolución sexual naufraga entre el miedo al Sida
y a las demandas por acoso erótico, por pensión alimenticia y palimony
(pensiones para examantes). La relación con objetos distanciados
estilísticamente corresponde a un estilo de relación que distancia a los seres
convirtiéndolos en objetos. Como dice Anita Sarko, “para un miembro de la
Generación X, libertad significa una elección de estilos de vida y una ausencia
de obligación”: narcisismo, muerte de los afectos, secularización de lo privado[364].
El espíritu santo de la Realpolitik, hasta ahora patrimonio de las altas cúpulas
dirigentes, desciende hasta la vida cotidiana. Así, Haynes Johnson lamenta en The Washington Post que “estos
bachilleres y estudiantes graduados (...) parecen inmensamente despreocupados
sobre las cuestiones morales y éticas. Mientras hablan, su conversación
adquiere una cualidad escalofriante y se llena con un rosario de
racionalizaciones espontáneas: el fin justifica los medios. Todos lo hacen.
Perro come perro. Los que no pueden, no merecen. Quejosos. Perdedores contra
ganadores. No es lo que conoces, sino a quién conoces. Fuera de mi camino. Soy
el n° 1. Aplástalos. Ley de la Jungla”. Peor todavía, el pitcher Micht Williams, de los Philadelphia Phillies, se queja de
que “antes le pedían el autógrafo para enseñárselo a sus amigos, y ahora, para
vendérselo[365]:
nihilismo, todo vale, muerte del valor de uso, triunfo del valor de cambio;
secularización de lo sagrado, incluso del beisbol.
Este cinismo voraz no es perturbado por el menor
residuo de conocimiento. Un estudio del National
Assesment of Education revela que sólo el 2,6% puede escribir bien una
carta: muerte de la cultura alfabética. Según denuncia el senador Bill Bradley,
el 95% de los estudiantes de secundaria no puede localizar Vietnam en un
mapamundis[366]:
defunción de la “gran narrativa” de la historia, por ignorancia.
Pero el sueño consumista trepida. Los de la
Generación X comen en McDonald's, no esperan obtener más que McJobs (empleos no especializados y mal
remunerados) y hablan en McLanguage: lo que
Jane Healy llama «fast food verbal,
que consiste esencialmente en gestos e inflexiones»[367]. El espíritu de los tiempos
orienta los porcentajes de aumentos recientes de estudiantes de otros idiomas
que documenta la Association of
Departments of Foreign Languages: del japonés, un 1.282%; del chino, un
839%; del español, un 130%. Una encuesta de Time
revela que en 1990 el 65% de los entrevistados menores de 30 años cree que
no le será posible vivir tan confortablemente como sus mayores. Un survey de People for the American Way muestra que el 54% de los encuestados
piensa que los mejores años de Norteamérica ya pasaron, mientras sólo el 37%
espera que están por venir. Hasta en las altas esferas, Bill Clinton apropia el
dicho del punk Johnny Rotten al
sentenciar que «estamos criando una generación (...) sin un futuro»[368]. Y los moralistas se
apresuran a culpar a los jóvenes de representar la esencia de la sociedad en la
cual crecen:
Esta generación —más precisamente, la
reputación de esta generación— se ha convertido en una metáfora para la pérdida
de propósito que sienten los norteamericanos al fin del siglo XX. Las encuestas
muestran que los norteamericanos de todas las edades se han vuelto ampliamente
desilusionados con nuestras instituciones, con nuestro rendimiento económico,
con nuestro sentido de comunidad, con nuestra cultura. Lamentamos esta fijación
en el presente inmediato, pero somos incapaces de sacudírnosla, y tememos al futuro[369].
La ruptura entre los apetitos narcicistas y la
impotencia decadente banaliza así el último tema de la postmodernidad: muerte
de la idea de progreso, fin de la confianza en el futuro, clausura, según dice
Cioran, «del error de esperar».
Mapa
ideológico del Nuevo Orden Mundial
Dos
postmodernidades en busca de autor
Me
siento estúpido
y contagioso
Nirvana:
Smells like teen spirit
Como pasa con todo producto ideológico que deja su
incubadora contracultural por el mercado de la industria cultural, la ruptura
del cascarón postmodemo para freír la tortilla Post-Pop se traduce en una quiebra e inversión de los significados
)riginales. Por ello el panorama de lo que se presenta como postmodernidad es
un collage de contenidos, no
sólo diversos, sino además contradictorios. Que los académicos y la industria
cultural apliquen simultáneamente dicho calificativo al iihilismo y a los
fundamentalismos; a la globalización y al resurgimiento de los nacionalismos;
al fin de la Historia y a los historicismos estéticos; a la aniquilación ¡el
sujeto y al narcicismo; a la omnipotencia del mercado y al movimiento
ecológico; a la “desaparición de lo político” y al dominio militar del planeta
por una .negapotencia política, mueve a pensar que están confundidos, o que
quieren conFundir. Tal parecería que se hubiera cumplido la profecía que
formula en unos de ius relatos Thomas Pynchon, conforme a la cual podría
advenir “una muerte térmica para su cultura en la que las ideas, como la
energía térmica, ya no se transferirían, porque en cada uno de sus puntos
habría llegado a haber la misma cantidad de energía; y el movimiento
intelectual, por lo tanto, cesaría”[370].
Cuando los mundos chocan
Pero quizá todavía las ideas tienen extremos
opuestos, y gracias a ellos podamos discernir cómo hay realidades que se oponen
y se confrontan. En efecto, bajo el rótulo de postmodernidad se alude
indistintamente a dos tendencias diferentes: por un lado, a una postmodernidad
académica o conservadora, tardomodernidad o “ultramodemidad” como dice Octavio
Paz, especie de etapa superior de la modernidad que propulsa la imposición
universal de una Razón instrumental, encarnada ahora en el Mercado. Y por el
otro, se llama también postmoderna a una crítica a esa modernidad, crítica que
rechaza las consecuencias extremas de dicho paradigma.
En efecto si separamos en estas dos grandes
tendencias el elenco de temas asociados al debate sobre la postmodernidad,
tendremos una síntesis como la que nos ofrece la tabla 1.
Separadas de tal modo las agendas del debate, se
advierte con mayor claridad todavía que no se trata de una miscelánea de temas
sino de dos discursos, cada uno de ellos dotado de coherencia interna, cada uno
obra de actores y autores bien definidos, y contrapuestos.
La etapa superior de la Modernidad
El primer tipo de discurso, el identificado por la
mayoría de los autores como “postmoderno” y que en realidad corresponde a una
etapa superior de la modernidad, a pesar de su origen académico, ha sido
adoptado por las grandes maquinarias comunicacionales de las élites gestoras
del Nuevo Orden Mundial; el cual, según señala James Morgan en el Financial Times, está “orquestado por el
Tabla 1
|
Modernidad conservadora tardomedernidad o postmodernidad académica |
Crítica a la modernidad |
|
|
Filosofía |
|
Razón
instrumental.................................................. |
Crítica a la Razón instrumental |
|
Ultra-racionalidad
cibernética.................................... |
Razpon humanística |
|
Nihilismo.................................................................... |
Fundamentalismos |
|
Fin del
Sujeto............................................................ |
Narcisismo Tribalismo |
|
Fin de los Metarrelatos.............................................. |
Nacionalismos Regionalismos |
|
Fin de la
Historia....................................................... |
Resurgimiento de Estados Nacionales Sublevaciones agrarias Sublevaciones urbanas |
|
Saber
computarizado................................................ |
Saberes humanísticos |
|
Fin de la
Política........................................................ |
Política Neonacionalismos |
|
Derechismos............................................................. |
Anarquismos |
|
Neofascismos........................................................... |
Reafirmación de las culturas locales
y étnicas |
|
Supremacía del «Libre»
mercado............................. |
Economía Pluralidad de economías |
|
Neoliberalismo.......................................................... |
Economías comunitarias |
|
Valor de cambio........................................................ |
Valor de uso |
|
Saqueo de
recursos.................................................. |
Ecología |
|
Supertecnología........................................................ |
Tecnologías suaves y alternativas |
|
Globalización............................................................. |
Economías regionales |
|
Fin de la
funcionalidad.............................................. |
Estética Funcionalidad de las arquitecturas y materiales locales |
|
Fin de la
vanguardia.................................................. |
Performance |
|
Arte para el
mercado................................................ |
Arte conceptual no vendible Arte ecológico no vendible |
|
Fin de la función crítica............................................. |
Crítica a la modernidad |
|
Eclecticismo.............................................................. |
Especificidades localistas |
|
Transvanguardia....................................................... |
Tradicción |
|
Media
electrónico...................................................... |
Instrumentos y técnicas
tradicionales |
Grupo de los Siete, el Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial y el icuerdo General sobre Tarifas y Comercio
(GATT)” en “un sistema de gobierno ndirecto que involucra la integración de
líderes de países en desarrollo en la red de a nueva clase dominante”[371].
La piedra miliar de este discurso es la prédica del
carácter absolutista del “libre” nercado. Pues, como señala Noam Chomsky,
En el período de post-afluencia, las
instituciones ideológicas se han dedicado con renovado vigor a convencer a sus
víctimas de los grandes beneficios de las Altas Verdades diseñadas para los
pueblos sometidos. Las fabulosas noticias sobre las maravillas de las economías
de libre mercado son difundidas a los pueblos del Sur que han sido devastados
por esas doctrinas durante años, y a los europeos del Este a quienes se les
invita a compartir la buena fortuna. Las élites en los países víctimas son muy
colaboradoras, anticipando que se beneficiarán, pase lo que pase con las clases
bajas[372].
Y si admitimos la propuesta de estos poderes de
considerar al mercado “libré” —libre para los dominados, protegido para los
dominadores— como la nueva y única tazón universal, comprenderemos por qué
deben ser sacrificados a él los restantes calores en una hecatombe nihilista
donde desaparecerán el Sujeto, la Historia, la teligión, la Etica y los
restantes “metarrelatos” o “grandes narrativas” no educibles a cotización, o
que una vez cotizados dejan de existir como valores. Si el Mercado ha de regir
como única determinación futura, también han de desapare;er el Estado y lo
político —que en un tiempo pretendieron fijar las reglas de este nercado,
regularlo o controlarlo— y convertirse en meros sirvientes de los monopoios o
ser sustituidos por movimientos paramilitares, o neofascistas, neorracistas o
ieoconservadores, capaces de relevarlos en las tareas de control de las clases
y raciones dominadas y de vencer toda resistencia a la predación del capital
financiero sobre los recursos planetarios. Ello explica también la agonía del
compromiso político: nadie, salvo el mercenario, siente interés en
comprometerse con tales poderes.
Si el mercado, en fin, ha de preponderar en todos
los aspectos de la vida, es obvio que asimismo debe reducir la estética a una
mercancía despojada de todo discurso coherente, configurada por la complejidad
técnica necesaria para atraer la demanda y el eclecticismo acrílico
indispensable para cubrir la mayor gama posible del gustos de la misma. Después
de todo, una vanguardia siempre ha sido la expresión sensorial de una nueva
concepción del mundo, y la ausencia de ella. corresponde a un estado de cosas
en el cual nada nuevo hay que decir.
Desde este punto de vista, hay una ilación lógica
perfecta entre los postulados, el desarrollo y las consecuencias de este
discurso tardomoderno, o de la etapa Superior de la modernidad. Ello no hace
más que resaltar la validez de la observación de Friedric Jameson en el sentido
de que «toda esta cultura postmodema, que podríamos llamar estadounidense, es
la expresión interna y superestructural de una nueva ola de dominación militar
y económica norteamericana de dimensiones mundiales: en este sentido, como en
toda la historia de las clases sociales, el trasfondo de la cultura lo
constituyen la sangre, la tortura, la muerte y el horror»[373].
La
crítica a la Modernidad
Pero también hay coherencia en el contradiscurso que
han opuesto al precedente las clases, agrupaciones y naciones dominadas. La
crítica a la Razón instrumental es una respuesta humanística a los excesos de
las razones tecnologizantes, economicistas, militaristas o neopositivistas que
subordinan toda consideración a un cálculo de factores abstractos.
Fundamentalismos, nacionalismos, regionalismos e incluso tribalismos son
respuestas a las amenazas de disolución de los vínculos de la racionalidad, la
identidad y la historia, así como el narcisismo de ciertas nuevas clases
urbanas es la última defensa interna contra la proclamación de la disolución
del Sujeto y de los valores de uso.
En lo político, el resurgimiento de movimientos
nacionalistas e incluso de recurrentes sublevaciones urbanas (en Caracas; Los
Angeles, Miami, Londres, París y casi todas las capitales tercermundistas) y
campesinas (en Perú, México, Centroamérica) es la resistencia local y todavía
desorganizada a un orden que impone la pauperización planetaria.
Los movimientos ecológicos y la postulación de
tecnologías suaves o alternativas son oposiciones a los proyectos de saqueo
liquidatorio de los recursos del planeta.
Y toda una serie de estéticas basadas en la
tradición, la localidad, la nostalgia y la experiencia íntima son respuestas
culturales a las amenazas de fin de la Historia, Globalización y fin del
Sujeto; así como el arte conceptual, el performance,
el arte de la tierra y otras experiencias efímeras y difícilmente
comercializables son una resistencia a la fetichización y la mercantilización
de obra creativa.
El debate postmoderno, por tanto, no se agota en un
milenarismo de la banalidad, ni se reduce a una profecía del fin de los tiempos
por obra y gracia de lo trivial. Como dice Jameson, «toda posición
postmodernista en el ámbito de la cultura —ya se trate de apologías o de
estigmatizaciones— es también y al mismo tiempo, una toma de postura implícita
o explícitamente política sobre la naturaleza del capitalismo multinacional
actual»[374].
Lo que estamos contemplando es el mapa ideológico del Nuevo Orden Mundial, vale
decir, de la Cuarta Guerra Mundial.
La
Guerra de los Mundos
Fue muy
divertido. Nos apuntábamos
impactos y todo el mundo aplaudía.
Tom Stark, reservista de la Operación Tormenta en el
Desierto.
Pues cada conflicto siembra las semillas de
inmediato: así como la repartición del mundo acordada en el Tratado de
Versalles precipitó en dos décadas a Europa en los campos de batalla, los
acuerdos de Yalta determinaron que durante casi medio siglo las potencias
vencedoras sacrificaran la mayor parte de su excedente económico en el
holocausto de la Guerra Fría.
Oficialmente, ésta tiene un ganador: Estados Unidos.
De hecho, tiene un gran perdedor: la humanidad, que aniquiló la mayor parte de
su poder productivo en la ordalía de la carrera armamentista. Arroja también
una víctima principal: el Tercer Mundo, que aparentemente no podrá jugar con la
facilidad anterior en los resquicios que le dejaba la pugna entre los bloques.
La confrontación Este—Oeste ha sido sustituida por el enfrentamiento Norte—Sur
o, más precisamente, por la guerra entre el Primer y el Tercer Mundo. En el
Nuevo Orden, como de costumbre, germinan las simientes de la pugna nueva.
Querámoslo o no, estamos involucrados en ella. La fatalidad geográfica e
histórica nos asigna bandos. La Cuarta Guerra Mundial ha comenzado.
El fin de la bipolaridad
Si la Unión Soviética no hubiera existido, habría
sido preciso inventarla. Con la excusa de contrarrestar su poderío militar
—que, conforme lo supieron siempre los especialistas, y ahora es obvio para los
legos, jamás fue preponderante— Estados Unidos sostuvo permanentemente más de
dos millones de soldados fuera de sus fronteras; activó su economía dedicando
cerca del 40% de sus presupuestos a financiar al complejo militar—industrial,
invadió los pueblos del Tercer Mundo que afectaban sus intereses, y todavía
mantiene sus tropas ocupando a los países de la OTAN.
La revolución rusa, por su parte, debió enfrentarse
a un operativo mundial similar al que había probado su eficacia contra la
Revolución Inglesa de 1645 y la Francesa de 1789. Cuando estalla un movimiento
renovador, las potencias pactan una Santa Alianza impulsora de bloqueos y
acosos bélicos que fuerzan a los revolucionarios a mantener un costoso aparato
militar, el cual a su vez arruina la economía y favorece la instauración del
autoritarismo interno fundado en la Razón de Estado. Bajo el peso de tales presiones
las revoluciones colapsan y dan paso a “restauraciones” más o menos
conservadoras que no logran, sin embargo, volver enteramente las cosas al
pasado. Sólo Estados Unidos, protegido de la intervención por dos océanos, pudo
culminar autónomamente su proceso revolucionario de 1776 y dispuso de dos
siglos para avanzar su modernización sin interferencias externas.
En cambio, la Unión Soviética —que desde el primer
día de su existencia afrontó la intervención de catorce potencias— debió
subsanar la devastación de dos guerras mundiales, y para contrarrestar la
Guerra Fría tuvo que mantener un pesado ejército territorial, dedicar cerca del
60% de sus industrias a los armamentos, y evolucionar hacia un autoritarismo
sostenido por extremas medidas de seguridad. Hasta que gran parte de la élite
gobernante decidió carribiar el papel de administradores de la segunda potencia
mundial, por el de propietarios de restos de un Estado disuelto, así como
anteriormente los burgueses ingleses y franceses abjuraron de las revoluciones
que habían impulsado para comprar títulos nobiliarios con el dinero ganado en
ellas. Pues en el campo socialista no ha habido rotación de élites: así como
algunos de los viejos cuadros comunistas venden a la finanza internacional las
economías que antaño construyeron, otros reinstauran gobiernos socialistas por
la vía electoral o constituyen decisivas alianzas con los nacionalistas.
Pero el retiro de la Unión Soviética del escenario
internacional no produjo el paralelo retiro del aparato de poder supuestamente
montado para contenerla. Mientras los rusos disuelven voluntariamente el Pacto
de Varsovia, Europa y un cinturón de bases alrededor del mundo siguen bajo
ocupación militar estadounidense. La Comunidad de Estados Soberanos desmantela
espontáneamente su industria bélica, pero el arsenal norteamericano permanece
casi incólume, puesto que la chatarra armamentista jamás fue fabricada para
aniquilar a los socialistas, sino para mantener en auge el complejo
militar—industrial, y con él las fábricas amenazadas de parálisis por la crisis
económica capitalista.
El fin
de la hegemonía
Mediante el gasto armamentista se mantiene
funcionando una economía, pero el país se desploma. El segundo gran perdedor de
la Tercera Guerra Mundial es Estados Unidos. A principios de los años noventa,
en su población hay treinta y cinco millones de pobres y tres millones de sin
techo. La más grave depresión de su historia concluye el tercer quinquenio: en
ella, Wall Street ha sufrido dos fatales colapsos, que trajeron consigo la
ruina de más de medio millar de bancos y de incontables empresas, y redujeron el
consumo interno en más de un 10%. En 1994, se inicia otra crítica baja de la
Bolsa. Entre tanto, todas las conquistas laborales obtenidas dificultosamente
por los trabajadores norteamericanos se disuelven bajo la amenaza del
desempleo, o en verdaderos circuitos ilegales de explotación del trabajo[375] Encuestas de Time y CNN
realizadas en 1993 indican que el 66% de los norteamericanos piensan que la
seguridad de sus trabajos ha empeorado; el 53%, je esta inseguridad durará por
muchos años; y el 54% que será mucho más difícil icontrar un nuevo empleo en
los próximos 12 meses (sólo un 29% piensa que será más fácil). La calificación
no mejora las oportunidades: el Departamento del Trabajo estima que un 30% de
los profesionales graduados estarán desempleados o subempleados en el período
entre 1994 y 2005[376].
Aparte de ello, la balanza comercial es crónicamente
deficitaria; la deuda externa se eleva a cuatro millones de millones de
dólares; cada familia debe unos 5.000 dólares por tal concepto. La producción
industrial del Coloso del Norte, que a principios de los años cincuenta era
casi la mitad de la occidental, a princiios de los noventa es apenas la mitad
de la pequeña Alemania, y un tercio de la el mínimo Japón.
No es casual que las dos potencias que toman el
relevo en la primacía económia sean justamente aquellas a las cuales el
vencedor Estados Unidos prohibió tener jército y, por consiguiente, gasto
armamentista. A principios de la década del noventa, Japón es la primera
potencia financiera del mundo. Posee más de 285 mil sillones de dólares en
títulos norteamericanos; controla más del 329 mil millones Le dólares en
acciones bancarias (el 14% del mercado de ese país); adquiere continuamente
entre el 30% y el 40% de los bonos del Tesoro estadounidense; negocia el 25% de
las transacciones de la Bolsa de Valores de Nueva York; produce cerca del 20%
de los semiconductores vendidos en Estados Unidos, y más del 30% de os
automóviles, la mitad de las herramientas y la mayoría de los equipos
electrónicos adquiridos por dicho país[377].
En contrapartida, la venta de productos
norteamericanos en Europa, Japón y los ¡gres del Asia es tan exigua, que la
Casa Blanca se siente obligada a dirigir misiones internacionales como las
emprendidas en enero de 1992 y en 1994 para ,”orzar políticamente la reserva de
cuotas del mercado japonés.
En fin, la socialista China presenta las tasas de
crecimiento económico más altas ¡el planeta y, de continuar tales tendencias,
se perfila como la primera potencia económica del mundo en las primeras décadas
del siglo XXI. Como advierten Steven Butler y Susan V. Lawrence, «la cumbre sin
precedentes del foro de Cooperación Económica entre Asia y el Pacífico refleja
una creciente conciencia 3e que el centro de gravedad económica del mundo se ha
movido desde el Atlántico al Pacífico y al Asia Oriental, una región que el
Fondo Monetario Internacional espera que aportará la mitad de todo el
crecimiento económico mundial en el resto de esa década»[378].
La presencia de semejante poder de producción y de
consumo en la escena mundial no pasará sin consecuencias. La misma abre el
juego a posibles alianzas en el poderoso bloque asiático, o a coaliciones con
algunas potencias occidentales en las cuales éstas quedarán, inevitablemente,
como partes subordinadas.
La bipolaridad, por tanto, no ha sido sustituida por
una hegemonía única. En lugar de ella, surge un complejo sistema multipolar, en
el cual Estados Unidos tiene la primacía militar pero no la económica y, por
consiguiente, tampoco la política. Como lo señala William Neikirk en el Chicago Tribune, Estados Unidos explota
su “virtual monopolio en el mercado de la seguridad (...) como una palanca para
obtener fondos y concesiones económicas de Alemania y Japón. EEUU se ha alzado
con el mercado de la seguridad de Occidente” por lo que serán “los policías de
alquiler del mundo” y «capaces de cobrar bien»[379].
Mientras Estados Unidos y las demás potencias
hegemónicas se debaten entre la crisis económica y el conflicto con sus
trabajadores progresivamente empobrecidos y con sus marginalidades internas,
también compiten afanosamente por reservarse mercados, áreas de influencia,
zonas de inversión y recursos en el cada vez más depauperado Tercer Mundo
donde, según el informe de la FAO presentado en Roma a finales de 1993, padecen
de grave desnutrición 786 millones de personas, al mismo tiempo que las
transferencias de capital hacia los países ricos alcanzan entre 1982 y 1990 la
suma de 400 mil millones de dólares.
América
Latina y la Guerra Cultural
De
vuelta al patio trasero
Y
volver, volver, volver
a tus brazos otra
vez
Fernando Z. Maldonado: Volver
Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial en
pos de la hegemonía en Europa y en el Pacífico. En ambas áreas, con apenas
mínimas reducciones, mantiene sus soldados pero pierde los mercados. Sin un
asidero firme en Asia ni en Africa, debe irremisiblemente volcarse sobre su más
próxima área de influencia geopolítica: América Latina.
Esta no es una especulación, sino una política
persistente y confesa de las autoridades norteñas. Los lineamientos de la misma
fueron esbozados en la Doctrina Monroe, que se opuso a la intervención
extracontinental en América. En la Conferencia hemisférica de Chapultepec, en
1945, Estados Unidos abogó por una Carta Económica de las Américas que
eliminaría el nacionalismo económico “en todas sus formas”. En 1954, la
declaración de la X Conferencia Interamericana en Caracas refrendó esta
doctrina al legitimar la intervención contra gobiernos que fueran considerados
comunistas; y desde la subsiguiente invasión a la socialdemócrata Guatemala,
fueron calificados de comunistas todos los gobiernos que Estados Unidos
consideró opuestos a sus intereses. Ya que, como denuncia Noam Chomsky,
Los intereses de los EEUU son por lo
tanto entendidos en términos globales. La amenaza primordial a dichos intereses
es representada en los documentos de planificación de alto nivel como los
“regímenes radicales y nacionalistas” que responden a las presiones populares
por una “inmediata mejora en los bajos niveles de vida de las masas” y por un
desarrollo dirigido hacia las necesidades domésticas. Estas tendencias entran
en conflicto con la demanda por “un clima político y económico favorable a las
inversiones” con adecuada repatriación de los beneficios (NSC 532/1, 1954) y
“protección para nuestras materias primas” (George Kennan)[380].
El Documento
de Santa fe I (1980) y el Documento
de Santa Fe 11(1985), así como su secuela, la Iniciativa para las Américas,
la promoción de tratados de libre comercio para el área y el plan de reducción
y subordinación trasnacional de los ejércitos latinoamericanos, prolongan el
mismo proyecto hegemónico, situándolo en un nuevo campo táctico: el de la
guerra cultural.
Santa Fe I: captación de las fuentes
energéticas y de la élite
cultural latinoamericana
El Documento
de Santa Fe I, redactado en mayo de 1980 por un grupo de asesores de la
política exterior norteamericana, reconoce que “América Latina es vital para
Estados Unidos: la proyección del poder global de Estados Unidos reposó siempre
sobre un Caribe cooperador y una América del Sur que nos apoye”. Por ello,
propone convertir las relaciones interamericanas en “escudo de seguridad del
Nuevo Mundo y en espada de la expansión del poder global de EEUU”. En lo
militar, recomienda armar un sistema de defensa hemisférica fundado en la
revitalización del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca y del comando
de la Oficina Interamericana de Defensa, restaurar los lazos de asistencia y
entrenamiento con los oficiales y suboficiales jóvenes latinoamericanos,
colocar el Canal de Panamá bajo la Junta Interamericana de Defensa, y no
promover la caída de gobiernos autoritarios ni reclamarles la violación de los
Derechos Humanos, mientras protejan la propiedad privada.
En lo cultural, dicho texto recomienda atacar la
Teología de la Liberación, asumir la ofensiva ideológica para orientar la
educación, e “iniciar una campaña para captar a la élite cultural
latinoamericana mediante la radio, la televisión, los libros, artículos y
folletos, además de bolsas de trabajo, donaciones y premios”. No cabe duda de
que dicha iniciativa está en marcha.
En lo económico, recomienda adoptar medidas que
aseguren a Estados Unidos la disposición de las fuentes energéticas
latinoamericanas, crear un mercado de capitales en dicha zona; incentivarlo
mediante la posibilidad de comprar deuda devaluada y redimirla a su precio
nominal (operaciones de swap), la
privatización de las empresas públicas, la eliminación de aranceles
proteccionistas, y la aplicación de esas políticas mediante el concurso de la
ALALC y el SELA[381].
Santa
Fe II: guerra cultural y remodelación política de América Latina
El Documento
de Santa Fe II, redactado por el mismo grupo en 1985, aparte de insistir en
la aplicación de las políticas anteriormente citadas, preconiza el lanzamiento
de una “guerra cultural” cuyo órgano sería la Agencia de Información de Estados
Unidos (USIA). Este país debe ampliar su política interamericana no limitándose
a la intervención y el derrocamiento del “gobierno temporal” de los países
desafectos, sino también desmantelando y reconstruyendo a voluntad la
“administración permanente”, compuesta por el sistema educativo, la
administración de justicia, y el ejército. Uno de los objetivos de este cambio
es proscribir la Teología de la Liberación como “doctrina política disfrazada
de doctrina religiosa”.
Tal guerra cultural tiene por propósito la
instauración de regímenes “democráticos” a los cuales se define como “un
sistema económico sólido exento de excesivo control e injerencia
gubernamentales”. Para promoverlos, recomienda de nuevo la formación del mércado
interno de capitales, la práctica de los swaps,
la reorientación de la agricultura local hacia las necesidades de Estados
Unidos, la privatización de las empresas públicas y el ajuste de la deuda
externa, de la cual se afirma que “no podrá ser pagada en sus términos
actuales” por lo cual los países deudores “no tendrán dinero para comprar los
productos de Estados Unidos”.
En lo militar, recomienda desarrollar la
colaboración con las autoridades y ejércitos locales para vencer en los
“conflictos de baja intensidad”. Propone medidas extremas en Cuba, Brasil,
Perú, Nicaragua y El Salvador. Con respecto a Colombia, auspicia la reforma del
sistema judicial; en el caso de Panamá, además, el. desmantelamiento de su
ejército. Invoca medidas de emergencia para controlar el narcotráfico, aunque
reconoce que “EEUU necesita dar el ejemplo con su propio sistema de
cumplimiento judicial reduciendo la demanda en el país”. De México, exige que
desmonte su industria en la zona fronteriza, para desalentar la migración de
braceros hacia el Norte. En fin, encomia una alianza bipartidista en el
Congreso estadounidense que se apoye en la OEA para llevar a cabo estas
políticas y las consiguientes intervenciones multilaterales[382]. Todas y cada una de dichas
políticas han sido aplicadas o están en vías de aplicación, salvo, desde luego,
la relativa al ajuste significativo de la Deuda.
Iniciativa para las Américas
Estas medidas de guerra cultural y política son
complementadas con un plan de englobamiento económico planteado en la
Iniciativa para las Américas, que pro)one la promoción de las inversiones en
los países latinoamericanos en la moderada suma de 100 millones de dólares; una
insignificante reducción de 7.000 millones de dólares de la carga de la Deuda
aplicable a los insolventes, y la creación le zonas de libre comercio que
implican condiciones de liberalización del comercio y políticas macroeconómicas
tuteladas contrarias a la soberanía de los países latinoamericanos. Dichas
políticas exigen condiciones de reciprocidad nocivas para las economías
subdesarrolladas, e instaurarían entre ellas un sistema de competencia y no de
complementariedad que las llevaría al enfrentamiento y a la atomización. La
concreción más obvia de ello ha sido el Tratado de Libre Comercio entre Estados
Unidos y México celebrado en 1993.
Trasnacionalización de los Ejércitos
Como complemento de estas políticas de guerra
cultural y absorción económica, el Fondo Monetario Internacional ha lanzado una
intimación a las naciones latinoamericanas para que no destinen a sus ejércitos
más del 5% de su Producto Territorial Bruto (Estados Unidos consume el 15% del
mismo en tal finalidad), y para convertir a éstos en fuerza de gendarmería al
servicio de la DEA. La Organización de Estados Americanos, por su parte, al
adoptar la Resolución 1080, pretende hacerlos agentes automáticos de
intervenciones decididas por dicho organismo internacional contra los propios
países de la región. Conforme indica Mario Arrieta Abdalla, “los ejércitos
deberán reacondicionarse (y reducirse) para ejercer una suerte de función de
policías de barrio, destinados a combatir los estallidos de violencia anárquica
que pudieran surgir de las políticas de ajuste (de cinturones) y del
narcotráfico no controlado”[383].
En conclusión, es válida para América Latina la
observación general de Noam Chomsky conforme a la cual “el efecto de estas
medidas seria restringir a los gobiernos del Tercer Mundo a una función
policíaca de control de sus clases trabajadoras y de su población superflua,
mientras que las corporaciones trasnacionales logran libre acceso a sus
recursos y monopolizan las nuevas tecnologías y la inversión y la producción
global y, por supuesto, se les conceden las funciones de planificación central,
colocación, producción y distribución que se les niegan a los gobiernos, los
cuales son agentes inaceptables porque podrían caer bajo la influencia de
presiones populares que reflejen necesidades domésticas”[384].
Y el instrumento central de dichas políticas sería
las armas de lo que Luciano Pellicani llamó la guerra cultural global,
conflicto que fuerza a todas las civilizaciones de la tierra a “encontrar una
respuesta adecuada o bien a transformarse en colonias culturales del centro
capitalista”[385].
La
opción latinoamericana: integración, negociación conjunta,
cese de
la descapitalización
Aceptar estos planes hegemónicos es consentir en la
aniquilación de América Latina. Esta debe integrar una alianza defensiva, es
cierto, pero contra la potencia continental que a lo largo de su historia
protagonizó más de un centenar de intervenciones armadas contra los pueblos
latinoamericanos, al mismo tiempo que les ha retirado su apoyo contra las
agresiones extracontinentales por el estilo de la perpetrada por Inglaterra
contra las Malvinas.
América Latina debe escapar de la esclavitud de la
Deuda, pero el camino de salida nunca le será franqueado por los propios
acreedores, que parasitan sin mayor esfuerzo y a perpetuidad riquezas que
representan alrededor del 60% del Producto Territorial Bruto de algunos países
del área (en Venezuela, por ejemplo, magnitudes cercanas al 60% del ingreso
petrolero se han esfumado en el pago de intereses a la banca internacional).
Después de más de diez años, la deuda latinoamericana alcanza la cifra de 416.000
millones de dólares: tanto como el 316% de las exportaciones del área, mientras
que el solo pago de intereses llega al 30% del valor de dichas exportaciones
anuales. Ningún país, ninguna sociedad puede sobrevivir con cargas semejantes:
de América Latina depende que esta exacción cese temprano, y no demasiado
tarde. La Deuda debe ser negociada de manera conjunta, y de manera conjunta
igualmente aplicada la formidable presión que supondría un cese colectivo de
pagos.
América Latina requiere, ciertamente, capitales. No
necesita ir muy lejos para conseguirlos: le bastaría con retener los parques
industriales y los bienes y servicios públicos que los gobiernos están
rematando en baratillo a las trasnacionales. Le bastaría, también, con detener
la transferencia neta de recursos financieros que la desangra irremisiblemente
y que, sólo en 1990, alcanzó los 25.000 millones de dólares (los empresarios
venezolanos tienen en cuentas en el exterior alrededor de 90.000 millones de
dólares: más de tres veces el monto originario de la Deuda externa del país).
Antes de cualquier transfusión, se debe detener la hemorragia.
América Latina tiene los recursos humanos y
naturales para construir una economía de colaboración regional con altos grados
de autonomía. Aparte de las riquezas ya en explotación, en el área están el 23%
de los bosques y el 46% de las selvas tropicales del mundo; el 20% del
potencial hidroeléctrico, el 23% de la tierra potencialmente arable, y el 31%
del agua superficial utilizable. La tendencia impuesta por las metrópolis
apunta en cambio hacia la fragmentación, la incomunicación interna y la
dependencia con respecto a los países desarrollados.
La coyuntura dificulta revertir a corto plazo esta
situación, pero la peor y más inamovible dependencia es la que encadena a un
poder único, y la más desastrosa, I que unce a un poder único en decadencia.
Hoy como ayer, la respuesta de América Latina a este plan hegemónico debe
consistir en buscar el contrapeso en )s restantes bloques de poder que compiten
en el planeta. Comparar opciones y mantener el equilibrio entre ellas es el
camino para mantener la autonomía.
El hecho de estar en situación de dependencia con
respecto a un Imperio que ha erdido su posición de primera potencia mundial y
se encuentra en grave coriflicto iterno y con los nuevos poderes hegemónicos,
no nos cierra toda esperanza. Por el ontrario, en una situación similar fue
como América Latina logró conquistar su idependencia Política.
La Guerra en la Cultura
Los Documentos de Santa Fe hacen depender el éxito
de sus proposiciones de la aposición en América Latina de un cambio de cultura
política: es decir, de un ambio de cultura. Para ello no les faltan medios. Los
países latinoamericanos están en su mayoría integrados a la red de satélites de
comunicación Intelsat, dominada por
los estadounidenses, quienes también ostentan el cuasimonopolio noticioso en el
área con sus dos grandes agencias AP y CNN, contra apenas una doce¡ de pequeñas
agencias locales. A finales de los ochenta, América Latina importaia el 46% de
su programación televisada: el 75% de esa proporción era estadounidense[386]. En Europa, dos de cada
tres películas exhibidas son norteamericanas; en América Latina las
distribuidoras norteñas han desalojado virtualmente de las pantallas al cine
europeo y al cine nacional no protegido.
Y sin embargo, todavía el principal obstáculo que se
interpone entre el Imperio r nuestros
pueblos, es la cultura. Balcanizados en lo político, dependientes en lo
económico, polarizados en lo social, nuestros países resisten al estatuto de
semicolonias gracias a su especificidad cultural. La familia, la iglesia, la
escuela, la educación superior, los creadores, algunos de los medios de
comunicación de masas, todavía alcanzan a transmitir un mensaje que nos define
como distintos.
La cultura no sólo nos ha preservado de la conquista
política, sino que en oportunidades ha sobrevivido a ella. Chicanos y
puertorriqueños siguen siendo inconfundibles, a pesar de todos los planes de
avasallamiento cultural y control demográfico ensayados contra ellos por los
conquistadores.
Si algo revelan los vertiginosos acontecimientos de
la década de los ochenta, es la vitalidad de los nacionalismos y de las
parcialidades culturales. El proyecto modernizante de la Unión Soviética no
pudo a la postre integrar su diversidad de etnias y de naciones. Tampoco han
tenido mayor éxito en tal cometido la mayoría de los Estados europeos, cuyas
nacionalidades claman por las autonomías o recurren a la guerra civil. La misma
lección explica el fracaso del sueño norteamericano del melting pot: más que un cocido homogéneo, Estados Unidos es un país
multiétnico y culturalmente diverso, donde el Censo de 1990 revela que los
ciudadanos clasificados como no blancos o hispanos representan el 36% de la
población de 10 a 29 años, y el 26% de la población de 30 a 49 años de edad. Y
las identidades de estas minorías han probado su irreductibilidad. Si, como
dicen los estrategas norteamericanos, está en curso una guerra cultural, no es
Estados Unidos quien la está ganando.
El
conflicto de baja intensidad y alta propagación
Así como no es seguro el exterminio cultural de
América Latina, tampoco lo es el pacífico dominio del Imperio. Los términos del
intercambio desigual y la servidumbre financiera arrojados sobre ella, han
ampliado el sustrato social mayoritario excluido del circuito económico y
sujeto a convulsiones inmanejables. El neoliberalismo autoritario impera sobre
una Latinoamérica donde más del 60% de la población está en condiciones de
extrema pobreza, la inflación totaliza un promedio del 1.000% anual, y el desempleo
asciende a un 30%. En toda la región impera un “conflicto de baja intensidad” o
una guerra civil tibia que por momentos se hace caliente. La rebelión agraria
no termina de ser sofocada en Perú ni en Colombia, cuando ya resurge en México
con los zapatistas de Chiapas; la sublevación urbana es un hecho cotidiano: la
política financiera de las metrópolis consolida las bases sociales del
enfrentamiento y propicia la expansión y radicalización del mismo.
Corresponde a las dirigencias políticas e
intelectuales —cuya destrucción está prevista en los planes hegemónicos—
salvarse y salvar el área proporcionándole liderazgo a este conflicto. La causa
de la supervivencia misma de estas vanguardias se confunde ahora con la de la
supervivencia de América Latina.
La
humanidad en la alternativa cero
La
Utopía es la
verdad del mañana.
Víctor
Hugo
Los
mejores mundos imposibles
Pero los retos fundamentales que enfrentará América
Latina en las próximas décadas no son más que una parte de los que le presenta
al conjunto de la humanidad la última versión de la modernidad.
Las doctrinas de la modernidad son panglosianismos
que intentan desarrollar el mejor de los mundos posibles a partir de una
concepción pesimista y nihilista de la naturaleza del hombre. Maquiavelo
predicó que favoreciendo a políticos rapaces y amorales consolidaríamos el Estado moderno nacional. Hobbes
postuló que cediendo al insaciable afán de poder del individuo, llegaríamos al
Estado absolutista garante de la seguridad y el bienestar. Malthus proclamó que
guerras, pestes, y catástrofes naturales tendrían el deseable efecto de
controlar la demografía. Darwin, que la competencia entre las especies favorece
la supervivencia del más apto. Adam Smith, que el entredevoramiento económico
invocaba una mano invisible que conduciría al punto óptimo de equilibrio entre
la oferta y la demanda. Marx, que la crisis económica mundial precipitaría la
revolución.
Hoy sabemos que ninguna mano invisible, ninguna
providencia nos lleva necesariamente y por sí misma al mejor de los mundos
posibles. Como hemos visto, el mercado, librado a sus propias fuerzas, no hace
más que concentrar la riqueza en un número cada vez menor de manos, eternizar
las crisis económicas, agrandar el abismo entre los países desarrollados y los
subdesarrollados, fomentar la pauperización entre sus proletarios internos y
externos, devastar los recursos naturales, y fomentar el conflicto de baja intensidad
y las soluciones políticas autoritarias encaminadas a sofocarlo. Por otra
parte, no hay recursos en el Planeta para extender globalmente el estilo de
desarrollo adoptado por los Siete Grandes, que sólo puede subsistir basado en
una expansión perenne: en medio de su aparente fuerza, está en realidad
condenado.
Si el mercado, o los providencialismos de la
modernidad no han podido resolver estas contradicciones que casi se confunden
con los orígenes de ella, mucho menos podrá manejar positivamente un conjunto
de desafíos que se perfilan en el presente y el futuro inmediato, y que podrían
dar al traste con la civilización.
Los peores mundos posibles
No existe, por ejemplo, ninguna solución viable “de
mercado” para enfrentar el progresivo agotamiento de la energía fósil en el
Planeta. En su edición de septiembre de 1989, el Scientific American reveló que las reservas mundiales conocidas de
petróleo, explotadas al ritmo actual, alcanzan apenas para unos 37 años más.
Ante esta penuria, las potencias desarrolladas responden atacando
predatoriamente a las naciones productoras de la misma, o manteniendo un
costoso aparato militar de disuasión de cualquier alza de precios: para 1989,
el Departamento de Defensa estadounidense gastaba más de 15 mil millones de
dólares —cerca de 54 mil millones, según algunos estimados— para salvaguardar
sus suministros del Golfo Pérsico[387]; la guerra subsiguiente
multiplicó tales costos.
El mercado, librado a su propia dinámica, tampoco
ofrece alternativa alguna viable para resolver los efectos de la automatización
progresiva de todos los oficios no creativos en el Planeta. Tal adelanto
tecnológico, que en otro contexto social podría significar la liberación del
hombre del trabajo alienado, en el capitalismo financiero avanzado sólo
significaría la aniquilación simultánea de los trabajadores por falta de empleo
y de las empresas por carencia de consumidores.
No existe tampoco ningún proyecto viable para el uso
en condiciones de mercado de tecnologías de efectos tan amplios e imprevisibles
como la ingeniería genética, capaz de crear epidemias o especies destructivas o
adaptadas para desalojar sus nichos ecológicos a las existentes. El proyecto
Genoma Humano está a punto de concluir la duplicación del código genético del
hombre. ¿Cuál lógica de mercado podría regir la producción artificial de seres
humanos, la multiplicación de éstos mediante clones, la facturación de
variantes o mutaciones de ellos con minusvalías o destrezas artificialmente
incorporadas?
Los medios de comunicación están en el umbral de
reducir nuestra percepción del mundo a realidades virtuales de cobertura total.
¿Se puede dejar el manejo de este vínculo entre conciencia y realidad
exclusivamente a intereses particulares monopolísticos u oligopólicos? Así como
ha acumulado la riqueza financiera en pocas manos, el mercado también
concentraría en poquísimos dueños el total de la información verdadera y la
capacidad de difundir la falsa, expandiendo exponencialmente las marginalidades
desinformadas, y extremando todavía más la desigualdad en la distribución del
poder.
En líneas generales, la puesta en marcha de
mecanismos cada vez más complejos y de tecnologías progresivamente sofisticadas
e interdependientes por centros incoordinados y antagónicos pone en peligro
cada vez mayor la subsistencia misma de la civilización[388]. Y la complejidad de los
sistemas tecnológicos crece en proporción geométrica, mientras que la capacidad
social de administrarlos aumenta sólo en proporción aritmética, o permanece
estancada. Pensar que estos procesos expansivos anárquicos y en mutua guerra
económica y tecnológica se autorregularán de manera óptima, equivale a esperar
que el crecimiento de un cáncer creará por sí solo un nuevo órgano útil para el
organismo.
El
espacio de la alternativa
Frente a estos retos, como hemos visto, la
postmodernidad académica sólo propone la nulificación del hombre, retirándole
las condiciones de ente racional, de sujeto filosófico, de protagonista de la
historia, de actor político, de juez ético y de creador estético, mientras que
las megapotencias financieras y políticas copan calladamente todas estas
funciones en nombre de la acumulación de capital. Lo cual no es más que otro
avatar de la ilusión más repetidamente desmentida desde el inicio de la Epoca
Moderna (o desde el inicio de la civilización): la de que se puede producir un
cambio indetenible y progresivo en lo tecnológico y en las fuerzas productivas,
manteniendo al mismo tiempo paralizadas la historia, la economía, la política,
la sociedad y la cultura.
Tal milenarismo de la petrificación se basa en una
retórica de la desaparición —l sujeto. Si el hombre real no quiere desaparecer
junto con él, debe reasumir su trecho a intentar conocer al mundo, a
interpretarlo de acuerdo a sus valores, a fijarse propósitos, a emprender la
modificación de la realidad física y social de cuerdo a ellos. Pues si bien es
cierto que el universo inanimado en sí y por sí no ene sentido ni meta, también
es verdad que los organismos vivientes tienen por definición una teleología que
los obliga a perdurar y a asignarle sentido al mundo n función de ella. Este
instinto de supervivencia le impide al ser humano entregarse pasiva e
incondicionalmente a la operación de cualquier fuerza abstracta Religión,
Estado o mano invisible del Mercado— que pretenda funcionar por sí cisma y por
encima y por fuera de la propia humanidad.
Son necesarios, por tanto, un nuevo humanismo, que
vuelva a centrar el universo cultural en el hombre, y un nuevo utopismo, que
asuma la indispensable exploración de las alternativas para el empleo social de
las mismas fuerzas que el hombre ha creado y cuyo control está a punto de
perder. No hay que temer a ninguna le dichas propuestas.
Pues pensar es realizar una construcción nueva a
partir de supuestos empíricos o simbólicos: en cuanto elaboración incesante de
modelos intelectuales para su confrontación con las premisas y con la realidad,
todo pensamiento es utopía.
Pero también, la utopía explora el campo de lo
posible, en cuanto abre incesantemente el campo a la alternativa, a la opción,
a la contradicción. Por ello, todo lo que hoy es real, alguna vez fue utopía,
así como necesariamente es hoy utopía lo que alguna vez será realidad.
La utopía, en fin, es el único instrumento para
resituar antropocéntricamente —vale decir, humanísticamente— el conjunto de
discursos referenciales “puros” emanados de la racionalidad abstracta,
científica o técnica, cuya aplicación descontextualizada o amoral ha producido
los efectos perversos de la llamada “Razón Instrumental” de la Modernidad. Pues
la utopía es el campo de encuentro integral de las funciones del hombre, que
actualmente la postmodernidad académica intenta nulificar negándolas y la lingüística
quiere fragmentar conceptuándolas como funciones separadas e irreconciliables
del lenguaje.
En efecto, Roman Jakobson distingue en este último
por lo menos seis funciones: una referencial
o denotativa, que meramente menciona hechos; otra phática o de simple contacto entre emisor y receptor; una expresiva, que informa sobre los
sentimientos del emisor; una poética que
se centra en la estética del propio mensaje; una conativa o imperativa que incita al receptor a ejecutar cierta
acción; y otra metalingüística, que
analiza el propio código o lo traduce a otro. A partir de este análisis,
semiólogos como Olivier Reboul tratan de impuro, y por tanto de ideológico,
cualquier mensaje que integre dos o más de dichas funciones[389]. Pues esta agregación de
funciones que se extralimita de lo meramente denotativo o referencial, es la
que origina las “grandes narrativas, de sentido connotativo”, sentenciadas a
muerte por los postmodernos académicos: por ejemplo, un mensaje que no sólo
verificara referencialmente que dos masas de uranio están a punto de hacer
fisión, sino que además llamará la atención de un receptor, expresara alarma,
recomendara la desactivación del uranio o la huida, lo hiciera en el estilo más
eficaz, y autocalificara su mensaje de prioritario y lo difundiera en varios
idiomas y códigos de emergencia para asegurar su efecto.
Para no incurrir en tal “metarrelato” o “gran
narrativa connotativa”, el postmoderno debería meramente establecer contacto,
sin decir más nada, o informar de la existencia de las masas de uranio, sin
aconsejar desactivarlas, o expresar alarma sin explicar la causa, o emitir un
verso hermético que impida descifrar el sentimiento, y así sucesivamente. El
discurso que segrega las funciones del lenguaje es el mismo que separa a los
hombres en científicos, seres sociales, actores, poetas, dirigentes e inventores
de códigos, y prohíbe a cada ser humano ejercer más de una función, para luego
prohibírselas todas.
Si tal disección es posible en el campo del análisis
semiológico, no es válida en el campo antropológico: el ser humano es, en
efecto, un sistema de integración e implicación mutua de funciones y discursos:
toda civilización no es más que un arreglo específico de conexiones entre
ellos. Y si bien es útil disponer del instrumental de análisis para escindir
las partes del discurso, ante la certidumbre de que tal vivisección trae la
muerte del mismo, son indispensables los instrumentos del humanismo y de la utopía
para crear la nueva opción integradora.
Entonces, la verdadera crítica a la modernidad —y a
su corolario postmodernoconsiste en la lucha por la constitución de espacios
libres para la creación, independientes en el fondo y en la forma del
imperativo comercial; en la formulación de arreglos político—sociales óptimos
para dominar las fuerzas desencadenadas por la Razón instrumental; y en la
vindicación del valor de uso como paradigma esencial de la humanidad, cuya
diversidad e inconvertibilidad de valores es esencial para la civilización, así
como es indispensable para la existencia del idioma la diferencia y la no
equivalencia fundamental de las palabras, y para la del pensamiento la
divergencia de los signos.
En el momento cuando el discurso de la
postmodernidad académica ha agotado todo lo que tenía que decir —o sea, nada—,
la Utopía tiene la palabra.
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Weber,
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Cultura Económica, México, 1974.
White,
W¡Iliam: The organization man, Penguin
Books, Middlesex, 1965.
Wiener,
Norbert: The human use of human being, Sphere Library, Suffolk,
1968.
Wiener, Norbert: Dios y Golem, Siglo XXI Editores, México, 1970.
Wilson, John A.: La
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Tom: The candy‑kolored‑tangerine fiake‑streamiine‑baby,
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Tom: The electric‑acid‑kool‑aid‑test, Bantam
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Zahar,
Renate: Colonialismo y enajenación, Siglo
XXI Editores, México, 1970.
[1] Comité de Santa
Fe: «Una nova política interamericana para os anos 80» en Documento secreto
da Política Reagan para a América Latina, Editora Hucitec, Sâo Paulo, 1981.
[2] Comité de Santa
Fe: Una estrategia para América Latina en la década de los noventa,
mimeo, s.d.
[3] Sobre el
código genético, ver James Watson: The double helix, Signet Books, Nueva
York, 1969.
[4] Sobre los
seres vivientes y las sociedades considerados como sistemas abiertos que han de
regular sus relaciones con el medio, consúltese el ya clásico General system
theory de Ludwig von Berthalanffy, Penguin University Books, Londres, 1973; así
como su Robots, hombres y mentes, Ediciones Guadarrama, Madrid, 1974, pp.
139-158; también, de Norbert Wiener: The human use of human beings, Sphere
Library, Suffolk, 1968, pp. I 1-67; y Dios y golem, Siglo XXI Editores, México,
1970. Acerca de la estabilidad de los sistemas abiertos ver René Thom:
Structural stability and morphogenesis, Benjamín Inc., Massachussets, 1975; y
C.E. Zeeman: «Cathastrophe theory» en Scientific American, abril 1976, pp.
65-83.
[5] En la sociedad
capitalista, según Franz Hinkelammert, el fenómeno de la marginación ha dejado
de ser transitorio. «Las masas sobrantes aparecen ahora como un polo de la
sociedad, opuesto al centro y basado en la fuerza productiva del enclave
industrial. El vocablo marginalidad llega a describir esta condición propia de
los sectores desempleados, subempleados o empleados en medios de producción
tradicionales, dentro de las relaciones tradicionales de producción». Dialéctica
de! desarrollo desigual, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1970, p. 147.
[6] Estudiosos de
los aspectos sociales de la siquiatria como Thomas S. Szasz, señalan que la
«creación» de desviantes es un proceso normal en la constitución de grupos
sociales compactos. A este respecto, señala que «ordinariamente aquellos
etiquetados como desviantes han roto alguna regla (legal, religiosa o social)
por ejemplo, los hippies o los homosexuales; frecuentemente, sin embargo no han
violado ninguna norma y son categorizados como desviantes sólo porque
autoridades respetables los han encasillado en tal rol, por ejemplo, los
ciudadanos inocentes etiquetados como comunistas por el senador Joseph
McCarthy, o personas prominentes, como el senador Barry Goldwater, consideradas
como enfermas mentales por los siquiatras. Becker enfatiza correctamente que
algunas personas pueden ser tachadas dé desviantes sin haber violado norma
alguna...
La desviancia no es una cualidad de la conducta
misma, sino de la interacción entre la persona que comete un acto y los que
responden a él». The
manufacture of madness, Paladin Books, Suffolk, 1973, pp. 308-309.
[7] E.V.
Stonequist: «The problem of the marginal man», citado por Viola Klein: El
carácter femenino, Editorial
Paidós, Buenos Aires, 1961, p. 272.
[8] Ibid., pp. 273-278.
[9] Tamotsu
Shibutani: Sociedad y personalidad, Editorial Paidós, Buenos Aires,
1971, p. 531. Sobre la personalidad del marginal consultar: David Riesman: Individualismo,
marginalidad y cultura popular, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1974, pp.
189-280.
[10] Cecil
Saint Laurent: Histoire du dessus, Pomaire, Paris, 1968. La
marginalidad homosexual comparte actualmente este papel en el lanzamiento de modas.
[11] «Pese a las
divergencias que he enumerado y que seria fácil enriquecer interrogando a
platenses a rosarianos, mis asesores concordaban en un hecho esencial: el
origen del tango en los lupanares. ksimismo en la data de ese origen, que para
nadie fue muy anterior al ochenta o posterior al noventa). 1 instrumental
primitivo de las orquestas —piano, flauta violín, después bandoneón— confirma
por el costo ese testimonio: es una prueba de que el tango no surgió en las
orillas, que se bastaron siempre, nadie lo ignora, con las seis cuerdas de la
guitarra. Otras confirmaciones no faltan: la lascivia de las figuras, la
connotación evidente de ciertos títulos (El choclo, El fierrazo) la
circunstancia je de chico pude observar en Palermo y años después en la Chacarita
y en Boedo de que en las ,quinas lo bailaban parejas de hombres porque las
mujeres del pueblo no querían participar en 1 baile de perdularias». Jorge Luis
Borges: Evaristo Carriego, Emecé Editores, Buenos Aires, 1955.
Interesante testimonio de un escritor que nunca ha bailado tango, pero que
terminó escribiendo sobre él.
[12] Ralph Linton: Cultura
y personalidad, Fondo de Cultura Económica, México, 1945, p. 52.
[13] Louis
Althusser: Ideología y aparatos ideológicos de Estado, Ediciones de Los
Comuneros, Bogotá, 1974, pp. 20-39. Sobre reproducción de la ideología
consúltense además: Ludovico Silva: Teoría y práctica de la ideología,
Editorial Nuestro Tiempo, México, 1977, pp, 13-72; La plusvalía ideológica, EBUCV, Caracas, 1977,
pp. 208-248; Miguel Ron Pedrique: Proceso a la ideología, Editorial Avilarte,
Caracas, 1977, pp. 168-182.
[14] Según Wright
Milis, el diseñador estadounidense se ve implicado en tres grandes
acontecimientos: la «transferencia del acento económico de la producción a la
distribución»; la «conjunción de la lucha por la existencia con el pánico que
produce la posición social»; y la «subordinación del arte, la ciencia y el
conocimiento a las instituciones dominantes de la economía capitalista y el
Estado nacionalista». Ver Poder, política, pueblo, Fondo de Cultura
Económica, México, 1964, p. 294.
[15] Ver, por
ejemplo, Elia Kazan: El arreglo, Bruguera Barcelona, 1970. Bud Schulberg: Por
qué corre Samuelillo, Libros del Mirasol, Barcelona, 1965. En Venezuela, el
film de Enver Cordido: Compañero Augusto (1976).
[16] Bruno Munari: El
arte como oficio, Editorial Labor, Barcelona, 1968, p. 25.
[17] Ver, por
ejemplo, la colección de trabajos rechazados de Milton Glaser en Graphic
design, The Overlook Press, Nueva York, 1973.
[18] La
interferencia de loe «editores» en la creación literaria ha sido denunciada
reiteradamente. Así, en la biografía de Hemingway escrita por Burgess: «Max Perkins era el gran
editor, un hombre que no podía escribir una novela él mismo, pero podía ayudar
a los verdaderos novelistas a conformar y ordenar su trabajo y hacerlo
publicable. Es muy conocido por lo que hizo por Tomás Wolfe, el genio de North
Carolina que podía escribir un millón de palabras pulsantes sin
dificultad, pero no podía ordenarlas. Perkins estableció un precedente en
América, que Inglaterra ha sido comparativamente lenta en seguir: que el
trabajo del novelista es el de entregar una carga de palabras al publicista, y
luego inclinarse ante la destreza plástica del editor. El precedente, según
creo, es malo aunque ha sido responsable, en nuestros días, por novelas
altamente estimadas como Catch 22 de Joseph Heller, que el astuto editor Mavin
Robert Gottlieb ayudó a forjar y modelar y reducir y pulir hasta convertirla en
la cuasi obra maestra que conocemos. La invitación a ser editorialmente rehecho
es una que algunos novelistas, incluido yo, continuamos declinando. El seguro
sentido de la forma y la duramente ganada economía de estilo de Hemingway lo
hicieron, en su conjunto, imposible de editar». Anthony Burgess: Ernest Hemingway and
his world, Thames & Hudson, Londres, 1978, pp. 40-41.
[19] Vance Packard.
Los buscadores de prestigio, Eudeba, Buenos Aires, 1964, pp. 33-49.
[20] Sobre la
ostentación del status, consúltese el clásico de Thorstein Vebien: Teoría
de la clase ociosa, Fondo de Cultura Económica, México, 1971, pp. I80-120.
[21] Sobre el
estudio de mercados y su filosofía, ver George Rowland Coltins: Marketing,
Alexander Hamilton Institute. Nueva York, 1947, pp. 102-119. Como lo indica
Joseph French Johnson: «el beneficio es el objetivo del negocio». Cf. Business and the man,
Alexander Hamilton Institute, Nueva York, 1947, p. 6.
[22] 22J. Kenneth
Galbraith: Economía y subversión, Editorial Plaza & Janés,
Barcelona, 1973, p. 63.
[23] Thorstein
Veblen: The theory of business enterprise A Mentor Book, s.d., p. 8.
[24] David Bodanis:
Los secretas de una casa, Salvat Editores, Barcelona, 1987, pp. 40-41.
[25] Cf. V.
Dichter: Las motivaciones del consumidor, Editorial Sudamericana, Buenos
Aires, 1967, pp: 6-24.
[26] Cf. Le
Corbusier: Modulor 1 y Modulor 2, Editorial Poseidón, Buenos
Aires, 1961
[27] «El styling
es un tipo de proyecto industrial de diseño, el más efímero y superficial: se
limita dar un aspecto de actualidad o de moda a un producto cualquiera. El
'estilista' proyecta para consumo rápido de los objetos según inspiraciones
nacidas de formas de moda». Bruno Munari: i. cit„ p. 92.
[28] Cf.
Abraham Moles: Psychologie du kitsch, Maison Mame, París, 1971,
pp. 5-38.
[29] Sobre las
perversiones impuestas a la imagen por la ideología mercantil, se recomienda
consultar: Herman K. Ehmer y otros: Miseria de la comunicación visual,
Editorial Gustavo Gil¡, Barcelona, 1977, pp. 182-200; José Casasus: Teoría de
la imagen, Salvat Editores, Barcelona, 1973, pp. 43-48; Umberto Eco: La
estructura ausente, Editorial Lumen, Barcelona, !973, pp. 239-322;
Eduardo Haro Tecglen: La sociedad de consumo, Salvat Editores,
Barcelona, 1974, pp. 100-112.
[30] Sobre la
filosofía y los métodos del aparato publicitario, consúltense: Vance Packard:
Las formas ocultas de la propaganda, Editorial Sudamericana, Buenos Aires,
1969; Lamberto Pignotti: La super-nada: ideología y lenguaje de la publicidad,
Fernando Torres Editor, Valencia, 1976; Ida Paz: Medios masivos, ideología y
propaganda imperialista, Cuadernos Unión, La Habana, 1977, pp. 39-72; Georgut
Arbatov: El aparato de propaganda político e ideológico del imperialismo,
Editorial Cartago, Buenos Aires, 1974, pp. 170-179; Andrés Cammarota:
Propaganda y psicología social, Editorial Boedo, Buenos Aires, 1975, pp. 13-52;
WiIson Bryan Key: Media sex-ploitation, Signet
Books, Nueva York, 1977; Giancarlo Marmori: Iconografía femenina y publicidad,
Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 1977.
[31] El destino de la publicidad parecería ser el
de esconder cada vez más su mensaje: primero, omitiendo el emisor;
luego, transmitiendo contenidos no explícitos, no declarados en el mensaje;
finalmente, colocando éste fuera del umbral de la conciencia, mediante las
técnicas descritas por Vance Packard en su ya citado Formas ocultas de la
propaganda, y por Wilson Bryan Key: op. cit.
[32] Sobre la
problemática de la «cultura de masas», consúltense: Umberto Eco: Apocalípticos
e integrados ante la cultura de masas, Editorial Lumen, Barcelona, 1968, pp.
39-66; David Riesman: op. cit., pp. 281-416; Abraham Moles: op. cit., pp.
27-38; y la colección de ensayos de Daniel Bell, Theodor W. Adorno, Edward
Shils, Max Horkheimer, Robert K. Merton, Paul Lazarsfeld y Dwihg Mac Dona¡,
publicada bajo el título de Industria cultural y sociedad de masas, Monte Avila
Editores, Caracas, 1978.
[33] Cf. U. Eco: Apocalípticos
e integrados ante la cultura de masas, pp. 46-50. Edgar Morin, refiriéndose
al producto cumbre de la cultura «de aparato», la estrella, recalca que la
misma es «la mercancía tipo del gran capitalismo: las enormes inversiones, las
técnicas industriales de racionalización y de estandarización del sistema hacen
efectivamente de la star una mercancía destinada al consumo de las
masas. La star tiene todas las propiedades del producto de serie
adaptado al mercado mundial», Les
stars, Editions du Seuil,
París, 1972, p. 100.
[34] Así los
refritos de Moby Dick perpetrados en Hollywood en films como Tiburón
y La orca asesina, y la conformación de los hermanos Grimm, de Félix
Salten, de Collodi, e incluso de Lewis Carroll facturada por Disney.
[35] S.N.
Eisenstad: Modernización, movimientos de protesta y cambio social,
Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1972, p. 11.
[36] Henri
Lefebvre: Introducción a la modernidad. Editorial Tecnos, Madrid, 1971, pp.
172-184
[37] Cf. Ferdinand
de Saussure: Curso de lingüística general, Editorial Losada, Buenos Aires,
1980, pp. 46-62; Moragas Spa: Teoría de la comunicación, Editorial Gustavo
Gil¡, Barcelona, 1984, pp. 26-47; Robert Lafont y Frano;oise Gardes-Madray: Introduction
a l'analyse textuelle, Larousse, París, 1968, pp. 19-22.
[38] «Los
norteamericanos son propensos a deplorar la explosión de la población en países
remotos. El hecho era, sin embargo, que los
Estados Unidos estaba atravesando una de las explosiones demográficas más
grandes en la historia de la humanidad. Su
tasa de crecimiento demográfico era tan alta como la de la India y la de
Italia, si no mayor. Casi tres
millones de personas se añadian ya a la población de los Estados Unidos cada año, y esta rata todavía habría de crecer.
(...) Y todo esto era considerado
como progreso. Los millones de bebés eliminarían la posibilidad de depresiones
serias y servirían como un seguro contra los
posibles errores de cálculo al sobreexpandir la capacidad de las fábricas».
Vance Packard: The waste makers, Penguin Books,
Londres, 1961, pp. 26-27.
[39] Sobre este
incremento demográfico, Charles F. Westoff
en «The population of the developed countries» (monografía publicada en el
número de Scientific American correspondiente
a septiembre de 1974, dedicado a
problemas de la población, pp. 109-120) indica
lo siguiente: «Los Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelandia (población
total de 250 millones) experimentaron
sostenidos auges en el número de nacimientos desde el fin de la guerra, que se
mantuvieron durante la década inmediata alcanzando alturas que oscilaban entre los 3.5 y los 4.2 nacimientos por mujer
en los cuatro países. Estos auges del
número de nacimientos le añadieron a la población de estos países del año 1970 alrededor
de una tercera parte de lo que ésta
habría sido si hubieran permanecido inalteradas las
tasas de fertilidad de la preguerra. Este incremento sin precedentes en la
historia ha sido seguido en la década pasada por una dramática y continua
declinación que ha establecido records mínimos en los pasados dos años».
[40] «En Estados
Unidos, esta tasa pasó de 20,1% para el período de prosperidad 1925-1929 a 17,4
para el período 1930-1939, mientras que volvió a remontarse a 19,9 después de
la guerra 1940-44. Asimismo, la profunda penuria económica que aquejó la
pequeña Austria después de la Primera Guerra Mundial tuvo efectos muy notables:
en 1936, la crisis estaba en el punto culminante y el paro alcanzaba incluso a
los funcionarios; en 1937, la tasa de natalidad alcanzaba el mínimo de 12,8%;
en 1938, el Anchluss, al integrar la economía austriaca a la de Alemania,
provocó un alivio económico, y en 1939, la natalidad estimulada igualmente por
las medidas del 111 Reich en favor de ta natalidad alcanzó 20,7 por mil».
Beaujeu-Garnier: Demogeografía, Editorial
Labor, Barcelona, 1972, p. 153.
[41] « Un
inventario de nuestro sistema de defensa nacional —dice un editorial del New York Timesofrece la sorprendente cifra
de 124 mil millones de dólares como nivel actual de nuestras inversiones
militares. Por supuesto ésta no es la cifra total... Por ejemplo, representa
más o menos un tercio del valor de nuestra producción nacional bruta... esta
gigantesca inversión es en gran medida improductiva en el sentido económico».
Citado por Carl Manzani y Víctor Perlo. Dólares
y desarme, Editorial Platina, Montevideo, 1961, p. 10. Como ejemplo de las
relaciones que pueden existir entre el gasto militar y el estimulo de la
economía, considérese la cita que hacen los autores de las palabras del
economista norteamericano Frank Pace, hijo, Presidente de la General Dynamics
Corporation, uno de los grandes contratistas militares en 1957, al hablar ante
la Asociación de Banqueros Norteamericanos: «Si hay una relación directa —como
sospecho que la hay— entre el estimulo de grandes gastos para la defensa y un
aumento sustancial de la tasa de crecimiento de la producción nacional bruta se
sigue por ello muy sencillamente que los gastos para la defensa per se pueden ser considerados en el
plano económico solamente como los estimulantes del metabolismo nacional» op.
cit., p. 70. Considérese asimismo la opinión de Summer Slichter quien, en otra
convención de banqueros en 1949, expresó que el gasto militar: «... aumenta la
demanda de productos, ayuda a mantener un elevado nivel de empleo, acelera los
progresos tecnológicos y por lo tanto colabora en la tarea de elevar el nivel
de vida del país» Ibid., pp. 73 y ss.
[42] Cf. Westoff:
«La fecundidad de la población norteamericana» en Ronald Freedman (comp.): La revolución demográfica mundial, Unión
Tipográfica Editorial Hispanoamericana, México, 1966, p. 150.
[43] Beaujeu-Garnier:
op. cit., pp. 163 y ss.: «La orientación psicológica es extremadamente
discreta: se ejerce sobre todo en la escuela, sobre la mentalidad o por
manifestaciones de afecto familiar como el «día de la madre». La influencia más
eficaz es debida a las medidas financieras, la mayoría de las cuales tienen,
sin embargo, a su vez un aspecto psicológico: así, los padres reciben cierta
suma de dinero como ayuda en el momento del nacimiento de un hijo; pero para el
primer hijo esta suma no se entrega más que si nace en un lapso de menos de dos
años después de la celebración del matrimonio; para el segundo nacimiento se
debe producir menos de tres años después de la maternidad precedente. El ritmo
así impuesto por el legislador favorece el aumento regular de las familias.
Entre las demás medidas, se pueden citar la disminución progresiva de los
impuestos según el número de hijos; el impuesto especial sobre los solteros y
los hogares sin descendencia; la indemnización pagada al padre cuya mujer no
trabaja fuera del hogar; los subsidios mensuales atribuidos a las familias a
partir de dos hijos. Para cifrar la importancia de esta ayuda financiera se
puede decir que un obrero modesto que tenga cinco hijos dobla aproximadamente
su salario mensual».
[44] 7«Estructura
de la familia», en CEPAL: Conferencia
Mundial de Población, Fondo de Cultura Económica, México, 1975, pp.
173-174.
[45] Al respecto
indica Ansley J. Coale: «Esta reversión en la tendencia hacia una población
provecta en Estados Unidos ha sido acompañada por una reversión más pronunciada
de la manera en que estaban cambiando las proporciones de niños. En Estados
Unidos la prolongada disminución de la fecundidad se tradujo en una constante
reducción de la proporción de niños a adultos, que pasó, de cerca de 0,85 niños
(menores de quince años) por adulto (mayores de quince años) en 1800 a 0,33 por
adulto, en 1940. Para 1960 la población había vuelto a 0,45 niños por adulto.
En realidad, el aumento del número de
niños en la población entre 1950 y 1960 —más de quince millones— fue mayor que
el aumento logrado entre 1900 y 1950.
La súbita
reversión de la prolongada tendencia hacia una población más madura ha
significado el primer aumento de la carga relativa de la manutención infantil
en la historia de Estados Unidos. La gran capacidad productora de la economía
norteamericana seguramente podrá darse el lujo de sostener esta carga, pero la
misma no ha dejado de ser penosa. Este crecimiento tan extremadamente rápido en
la proporción de niños ha exigido durante la última década, la construcción de
muchas nuevas escuelas y el adiestramiento de mayor número de profesores. En
algunas comunidades en que la previsión, la disposición para pagar mayores
impuestos o los mismos recursos han sido inadecuados, las escuelas se han visto
atestadas y la calidad de la enseñanza ha sido deficiente». «Cómo envejece o
rejuvenece una población» en Ronald Freedman (comp.): op. cit., pp. 67-68.
[46] Ernest Blum,
en su artículo «El vasto mercado de los jóvenes» en Internacional Management, abril de 1970, pp. 28 y ss., recalca el
hecho de que para esa época «más de la mitad de los 206 millones de habitantes
de los Estados Unidos no tiene más de 25 años de edad». Asimismo, calcula que
«los teen-agers norteamericanos
(de los 13 a los 19, los numerales correspondientes en inglés terminan del
mismo modo, teen) disponen
para sus gastos de bolsillo de un total de 18 millones de dólares al año», por
lo que «con razón son ellos quienes adquieren el 90% de los discos sueltos, el
50% de los discos en álbumes, la mayoría de las bebidas refrescantes, y cada
año 20 millones de radios de transistores»; mientras que «son jovencitas de esa
edad quienes compran el 27% de los perfumes, inclusive Chanel N° 5». Para
atraer este mercado «lo que las compañías venden hoy no son productos sino
visiones, fantasías, valores; ojalá en armonía con las visiones, fantasías y
valores del auditorio juvenil». Por ello, Danielson plantea este dilema a los
ejecutivos de mercadeo de Yardley: «¿Están ustedes dispuestos a asimilar lo que
los jóvenes piensan hoy? De no ser así, aléjense del mercado juvenil». Y Roger
Balckwell, profesor de mercadeo en la Universidad del Estado de Ohio, advierte
a los ejecutivos interesados en esta materia que «la estática» creada por sus
propias concepciones de adultos puede impedirles recibir las señales
transmitidas por los jóvenes».
[47] IOConforme
indica Peter Laurie «el hecho distintivo respecto a la conducta de los
adolescentes —de la década de los sesenta—, es de signo directamente económico:
gastan enormes sumas de dinero en ropa, en discos, en conciertos, en
cosméticos, en revistas. Cosas todas ellas, que producen un placer inmediato y
de escasa duración» (...) «Esta nueva actitud económica es considerada
generalmente como el hecho más sorprendente relacionado con la adolescencia de
hoy. Fue advertida por primera vez en 1957 cuando el Dr. Abrams reveló, para
asombro del mundo adulto, que los adolescentes británicos —hasta entonces sin
entidad económica alguna— habían gastado nada menos que treinta millones de
libras esterlinas al cabo de un año, enteramente a su antojo, en cosas exclusivamente
de su gusto. Este descubrimiento produjo cierto revuelo y sirvió para
revalorizar en cierto sentido la importancia de los adolescentes, los cuales,
durante los últimos años, únicamente hablan sido objeto de atención de forma
intermitente y casi irritada. Semejante revelación les convertía efectivamente
en sujeto respetable de conversación y estudio». Citado por José María
Carandell en La explosión demográfica, Salvat
Editores, Navarra, 1974, p. 39.
[48] I Sobre la
alienación juvenil en USA, ver Warren Boronson: «In defense of adolescente» en A vant Garde, Nueva York, noviembre de 1969.
[49] Op. Cit., p. 44
[50] Judith
Blake: «The changing status of women in developed countries» en Scientific American, Nueva York, septiembre 1974, pp. 137-142.
[51] J. M. Carandell: «Si usted quiere llegar al corazón de un mercado de 30
mil millones de dólares anuales, tendrá que reconocer que el negro no es un
querubín rubio. Tendrá que cambiar el color !e su propaganda, y
tendrá que anunciar en una publicación de negros, hecha por negros y para
negros. Eso es Ebony: una revista tan
diferente de los otros medios destinados a las masas
como I negro lo es del blanco. Ebony, la
revista que llega al corazón del mercado de los negros». Anuncio de la revista Ebony, recogido
por McLuhan en: La cultura es nuestro
negocio, Editorial Diana, México, 1976. Otras revistas, como Evergreen y Ramparts se dedicarían a
cubrir el mercado de nuncios para los disidentes.
[52] Cf. Mario
Maffi: La cultura underground, Editorial
Anagrama, Barcelona, 1975, pp. 165-177.
[53] Esto no
excluye que, en el pasado, tales sectores, en medio de angustiosas batallas
contra la opresión, hayan producido contraculturas de una afirmación extrema y
violenta. Algunos de sus miembros se han nucleado en sociedades paramilitares
de autodefensa, que, excepcionalmente —como en el caso de la mafia italiana e
irlandesa— han derivado hacia el delito. A medida que el sector excluido es
aceptado, tales organizaciones tienden a desaparecer o a perder su carácter
militante.
[54] Cf. Theotonio
Dos Santos: La crisis norteamericana y
América Latina, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1976, pp.
135-136.
[55] «El otro día
tomé una dosis de LSD en algún sitio en los Cayos de la Florida donde había ido
para tratar de escribir un libro. Un lugar interesante: exactamente
equidistante entre La Habana y Miami Beach. Uno no puede olvidarlo porque Radio
Habana es una de las estaciones que mejor se captan. Tocan una horrible mierda
de música y uno se pregunta por qué no tocan a Country Joe and the Fish o los Beatles. Esa sería una buena
propaganda. Parece que estuvieran tratando de convertir a los jubilados que se
pasean en pantalones bermuda. Uno se pregunta qué se proponen». Abbie
Hoffman: Revolution jor
the hell oJ it, Pocket
Books, Nueva York, 1970.
[56] Sobre el comic como forma expresiva, entre otras
obras, se puede consultar: Jacques Sternberg, Michel Caeb y Jacques Lob
(Comps.): Les chefs d'ouvre de la bande
dessinée, Planéte, Paris, 1968: evista
Graphis Nos. 159 y 160, 1972/1973; Francisco Caradec (Edit.): ! primi eroi, Garzanti, Mián, 1965; Umberto Eco: Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas; Oscar
Massotta: La aistorieta en el mundo
moderno, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1969; pero se puede también, por qué no, comprar un comic en el puesto de periódicos más
cercano, lo que sale más barato, es
también más divertido.
[57] «Las pinturas
individuales están basadas usualmente en originales de las tiras cómicas.
Enconrar estos modelos es la primera tarea del artista. Este destina una
apreciable cantidad de tiempo de esfuerzo a la búsqueda. Leyendo montones de
tiras cómicas difícilmente encuentra más que uno o dos modelos apropiados en un solo cuaderno. Mas a menudo no encuentra ninguno»: John
tublowsky refiriéndose a los métodos
de copia de Roy Lichtenstein en: Pop art, Basic Books Inc. Publishers, Nueva York. 1965, p. 47.
[58] A este respecto
consúltense: Steranko: Nick Fury, agent
of shield, Plancha N° 7 del volumen N° 5, de Marvel Comics Group, Nueva
York, octubre de 1968; y Kirby: Portada de New
Gods N° 1, DC, Nueva York, marzo de 1971, que no han sido exhibidos en
ninguna galería, pero que son muy buenos.
[59] «Cuando el
automóvil llegue a ser diseñado para librar a millones de seres humanos de la
mutilación innecesaria y si esto llega a suceder, estos hombres, así como sus
contrapartes en las universidades y el gobierno que sabían de la supresión del
desarrollo de automóviles más seguros, pero guardaron silencio año tras año,
recordarán con vergüenza el tiempo cuando la sinceridad común era considerada
coraje». Ralph
Nader: Unsafe al any speed, PB
Special, Nueva York, 1965. Una interesante meditación sobre el efecto estético
y erótico de los choques automovilísticos es desarrollada por J.G. Ballard en The atrocity exhibition; Panther Books,
Cornwall, 1972.
[60] «Reportero
alemán: Usted dijo que consentía en hablarme. Y obviamente, ya que usted fue
tan amable que dijo, bueno, hablemos, que podía hacerle preguntas y que las
preguntas serían, más o menos, una búsqueda de la definición de Andy Warhol,
por que yo no quiero definirlo a usted, preferiría que usted me diera una
autodefinición, un concepto acerca del rol que usted piensa que está jugando
entre la gente joven, porque ésta está afluyendo hacia usted. Lo adoran. Lo
aman. Lo sé porque he hablado con muchos de ellos. Esto es lo que me interesa,
y me interesa saber qué efecto tiene en usted.
Andy Warhol: Ninguno».
Andy Warhol, Random House, Nueva York,
1967.
[61] «En mis
pinturas utilizo los temas tradicionales —retratos, naturalezas muertas,
desnudos, y, más recientemente, paisajes. Los sujetos específicos son a menudo
determinados por lo que puedo obtener. Los cartelones, los baños y las cocinas
no me excitaron particularmente, hasta que advertí que tienen una especie de
superrealidad que puede ser explotada en la pintura». Testimonio de Tom Wesselman en John
Rublowsky: op. cit., p. 132.
[62] Sobre los aspectos estéticos del pop art, consúltense: Hans Roosen: «En
torno al problema de la interpretación del contenido de las obras pictóricas.
Observaciones metodológicas sobre los cuadros
de Tom Wesselman y Manfredo Garstka» en Herman H. Ehmer y otros: op. cit., pp. 117-181; José Ragué Arias: Los movimientos pop, Salvat Editores, Barcelona, 1974, pp. 57-74. Sobre el oop y el pop art considerados como
sátira del consumismo, ver: Jacob Brackman: The
put-on: modern fooling and modern mistrust, Bantam Books, Nueva York, 1972, pp. 25-59.
[63] Peter Willes,
por ejemplo, lo llama «un síndrome, y
no una doctrina», y añade que «la definición de populismo que cada cual adopte
estará de acuerdo con sus particulares
objetivos académicos». «Algunas tesis
elementales sobre el populismo» en lonescu y Gellner (Comps.): Populismo, Amorrortu Editores, Buenos
Aires, 1970.
[64] Andrei
Walicki: populismo y marxismo en Rusia, Editorial
Estela, Barcelona, 1971, pp. 8-25
[65] Citado por
Walicki: Ibid. p. 12.
[66] Citado por Walicki:
Ibid., p. 22.
[67] Peter Worsley:
«El concepto de populismo» en lonescu y Gellner (Comps.): op. cit., p. 295.
[68] Peter Willes: «Un síndrome, no una doctrina: algunas tesis elementales sobre el
populismo»: Ibid., pp. 203 y ss.
[69] Sobre el
primer populismo rural norteamericano, ver Peter Worsley: op. cit., pp.
268-269.
[70] Sobre la
preponderancia del elemento cultural e ideológico en algunos movimientos
populistas, Walicki afirma que «el populismo ruso, en el más amplio sentido del
término no puede definirse como movimiento político». (op. cit., p. 10). Worsley,
por su parte, afirma que es preferible considerar al populismo como una suerte
de énfasis, una dimensión de la cultura política en general y no meramente como
una especie particular de sistema ideológico tipo o de organización generales. (op. cit., p.
300). Sobre el movimiento
prerrafaelita, véase Timothy Hilton: The
pre-raphaelites, Thames Hudson, Londres, 1970; Alastair Mackintosh: El simbolismo y el art nouveau, Editorial
Labor, Barcelona, 1975; y la utopía de William Morris: Noticias de ninguna parte, Editorial Ciencia Nueva, Madrid, 1968.
[71] 34S.N. Eisenstad: op. cit., p. 65.
[72] Eter Willes: op. Cit., pp. 20-211.
[73] Consultar
en general las obras de McLuhan, y en especial War and peace in the global village, Bantam Books, Nueva York, 1968.
[74] John A.
Wilson: La cultura egipcia, Fondo de
Cultura Económica, México, 1964, pp.
298-333.
[75] Cicerón: La
República, Editorial tor, Buenos Aires, pp. 56-57
[76] «No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre,
no hay varón o hembra porque todos sois uno en Cristo Jesús». San Pablo: Gálatas,
3,28.
[77] Cf. Ernst
Bloch: Thomas Munzer, teólogo de la revolución, Editorial Ciencia Nueva,
Madrid, 1968. También el extraordinario análisis de los motivos políticos y
económicos de la Reforma en el Lutero, de Ditter Forte, Modadori, Milán,
1968.
[78] Cf. Renate
Zahar: Colonialismo y enajenación: «Fanon interpreta la tendencia al
rechazo en la actitud del colonizador frente a la técnica como una resistencia
política inarticulada y desorganizada en contra del colonialismo», Siglo XXI
Editores, México, 1970, p. 50.
[79] Sócrates, por
ejemplo, se vanagloria en la Apología de
no investigar los fenómenos de la naturaleza, como si ello fuera un delito. Y
en efecto lo era: constaba en la acusación de Melito. Cf. Pla,ón: Apología de Sócrates, Editorial Araujo,
Buenos Aires, 1939, p. 15. Ver también: Karl Jaspers: La razón y sus enemigas en nuestro tiempo, Editorial Sudamericana,
Buenos Aires, 1967.
[80] ver Gian Renzo
Morteo e ippolito Simons: Teatro dadd, EdltorW
garra¡, Barcelona, 1970, pp. 7-29.
[81] Ver La
transcripción de los procesos creativos del grupo en: Jonathan Cott y David
Dalton: The Beatles get back, Apple Publishing, Londres, 1969.
[82] Cf.
Robert E. Masters y Jean Houston: L'art
psychédélique, Editions Robert Lafont, París, 1968, pp. 16-20.
[83] La casa
norteamericana Dover lanza anualmente varios libros destinados explícitamente a
suplir material para collages. (Por
ejemplo: The Montgomery ward catalogue, 1967).
En cuanto a los horóscopos por computadora, casi no hay ciudad importante que
no tenga un centro de astrología electrónica. Personalmente los hemos visto en
Nueva York, Caracas y París: las publicaciones de la contracultura estuvieron
llenas de avisos al respecto. Ver Evergreen,
junio 1970, p. 3.
[84] Cf. Arnold
Gessell: «La maduración y el moldeamiento de la conducta» en Jean Piaget y
otros: Manual de psicología del niño, Seix
Editor, Barcelona, 1935, pp. 254-282; y Jean Piaget: «Filosos infantiles»,
Ibid, pp. 663-680
[85] Rene Thom
postula al respecto que «durante la actividad mental normal hay una gran
cantidad sustratos relativamente independientes, cada uno sujeto a su propio
determinismo o evolución. este sentido, la actividad mental no hace más que
simular la mecánica del mundo exterior, que admite muchos dominios
independientes o débilmente acoplados, posibles en particular debido a
separaciones espaciales. Pero tal separación de sustratos dentro de un sistema
funcional tan altamente interconectado como el nervioso, es muy difícil de
mantener, es inestable y puede colapsar o influencias fisiológicas fuertes
(fiebre, drogas, etc). Entonces las interacciones acopladas endos sustratos A y
B pueden crecer, al punto de que un arquetipo definido en A puede desarrose en
B, y alterar la normal evolución de la dinámica de B; más aún, esta mixtura de
sustratos truye los chreods más
refinados, cuyos centros organizativos tienen una alta codimensión, en favor de
campos más primitivos, que son más estables y más contagiosos. Esto da lugar a
una dinámica
mental sincrética con estructuras
supersimplificadas —que ea usualmente llamada pensamiento delirante», op, cit.,
pp. 316-317.
[86] Jacques
Hadamard: The psychology of invention in the mathematical field, Dover
Books, Nueva York, 1954.
[87] Juan de la
Cruz: Obras completas, Ediciones
Júcar, Madrid, 1973.
[88] Nietzsche
postula el amoralismo, para terminar identificándose con El Crucificado en una
carta e escribe al inicio de su enfermedad mental; Dostoievski se une
a un grupo conspirativo para minar, luego de la orgía de humillación que
configura su vida, plegándose a la
más beata ortoKia; Juan de la Cruz y Teresa de Jesús abandonan la experiencia
inefable para consolarse con organización de burocracias teológicas; Ronald D.
Laing se retira de la antisiquiatría y de la agitación política para repetir
rituales en un monasterio feudal terrateniente en Ceilán, Timothy ary se
integra a la persecución contra la droga; así como también lo
hace esporádicamente antes cada nueva recaída, William Burroughs. Tales
conductas, lejos de ser deshonestas, son legítimas maniobras de defensa contra
una opción demasiado aniquiladora que algunos siguen hasta 'in: la honrada y
racional disolución mental de Nietzsche en un mundo en el que toda razón
carecía de sentido; las muertes órficas de Jacob Epstein, Jimmy Hendrix, Janis
Joplin y Sid Vius en medio del ritual orgiástico desecrado por tina sociedad
que había convertido la música mercancía, y el festival en un sustituto estandarizado de la relación humana.
[89] Cf.
Iván P. Pavlov. Essential works, Vintage
Books, Nueva York, 1965.
[90] Ver en
conjunto, las interminables Obras
completas de Freud publicadas por Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1958;
y en particular, en el tomo 11, «Introducción al psicoanálisis», pp. 234-243.
[91] Alfred Adler:
«¿Qué es, en realidad, una neurosis?» en El
sentido de la vida, Editorial Cultura, Santiago de Chile, 1938, pp.
117-137.
[92] CL C.G. Jung: Teoría del psicoanálisis Plaza &
Janés, Barcelona, 1971, pp. 132-143; El
hombre y sus símbolos, Aguilar, Madrid, 1970; Psicología y religión, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1955; y la
biografía escrita por Lauren Van Der Post: Jung
and the story of our time, The Scientific Book Club, Londres, 1971.
[93] B,F. Skinner:
«Alternativas para el castigo» en Más allá
de la libertad y la dignidad, Editorial Fontanella, Barcelona, 1972, pp.
109-129.
[94] Cf.
W. Reich: «The prevention of the neuroses and the problem of culture» en The function of the orgasm, Panther
Books, Londres, 1972; «What is anti-psychiatry?» en The grmmar of living,
penguin Books, Middlesex, 1974.
[95] CF.
David Cooper: «The other shore of therapy» en the death of
the family, Penguin Books, Londres, 1972;
[96] Cf. Irving
Goffman: «Las divergencias y la desviación» en Estigma: la identidad deteriorada, Amorrortu Editores, Buenos
Aires, 1970, pp. 162-170. Una teoría similar sostiene Thomas Szasz: op. cit.,
pp. 167-318.
[97] B.F. Skinner: Walden
Dos, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1969.
[98] Linus Pauling y otros: Ortomolecular psychiatry, Freeman Books, San Francisco, 1973.
[99] Reich sostiene
que la situación «requiere extensas medidas sociales de prevención de la
neurosis», entre otras, la supresión de la familia autoritaria y el matrimonio
tradicional, y la solución problema de la vivienda ya que «el deseo humano de
vida y placer no puede ser eliminado», mientras que «las regulaciones sociales
de la sexualidad sí pueden ser cambiadas». op. cit., pp. 199-219.
[100] Sobre
las teorías de Ronald D. Laing, consúltense sus obras: Self and others, Tavistock, Lonis, 1969; Sanity, madness and the famity, Penguin Books, Londres, 1973; The divided self, Tatock, Londres, 1961;
The politics of experience and the bird
of paradise, Penguin Books, Longis, 1975; The polftics of the famity, Penguin Books, Londres, 1976; Knots, Penguin Books, ndres, 1970; Reason and viotence (en cooperación con
D.G. Cooper), Vintage Books, Nueva rk, 1971; y el estudio colectivo Laing: Antipsiquiatrla y contracultura. Editorial
Fundamentos, idrid, 1975.
[101] Aldous Huxiey:
«Persuasión química» en Nueva visita a un
Mundo Feliz, Editorial Sudamericat, Buenos Aires, 19,62, pp. 87-96.
[102] Timothy
Leary: «The molecular revolution» en The
politics ofecstasy, Paladin Books, Londres, >70, pp. 269-293.
[103] Sobre la
experiencia chamánica y su influencia en la aparición de la religión, el arte,
la filosofía y la ciencia en general, consúltense: Mircea Eliade: El chamanismo, Fondo de Cultura Económica,
México, 1976, pp. 21-37; Iniciaciones
místicas, Ediciones Taurus, Madrid, 1975,
pp. 141-217; Lo sagrado y lo profano, Ediciones Guadarrama, Madrid, 1973, pp. 137-166; Michael J. Harner: Alucinógenos y chamanismo, Ediciones
Guadarrama, Madrid, 1976, Max
Gluckman: Ciencia y brujería. Cuadernos
Anagrama, Barcelona, 1976, pp. 7-30; Frank
Donovan: Historia de la brujería, Alianza
Editorial, Madrid, 1978; Seldon B.
Kopp: Guru, Bantam Books, Nueva York, 1976,
pp. 27-38.
[104] Sobre la
experiencia sicodélica, consúltense los ya clásicos de Aldous Huxley: Las puertas de la percepción. Cielo e
fnfrerno, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1968; también de Charles Baudelaire: «Los paraísos artificiales» en
Obras completas, Editorial Bruguera,
Madrid, 1969; y The politics of ecstasy de
Timothy Leary, citado anteriormente. Los tres son recuentos de experiencias
personales con las drogas expansoras de la conciencia. Huxley trata de manera
preponderante sobre los aspectos religiosos y místicos de la experiencia;
Baudelaire sobre los estéticos; y Leary sobre las repercusiones en la actitud
del individuo hacia la sociedad, aunque en cada relato se tocan en un momento u
otro todas esas áreas. Yonkie, de
William Burroughs (Ediciones Júcar, Madrid, 1977),
es asimismo un recuento testimonial sobre la alienación como causa y
resultado de la adicción a los alcaloides. Los
Tarahumara, de Antonin Artaud (Barral, Barcelona, 1971), y Los hongos alucinantes, de Fernando Benítez (Era México, 1965), relatan intentos de reproducir la
experiencia del éxtasis chamánico en el entorno de comunidades indigenas
centroamericanas. Tom Wolfe, en The
electric kool-aid-acid-test, Bantam Books, Nueva York, 1969, narra los intentos de supervivencia de una tribu sicodélica
en la sociedad contemporánea norteamericana. Henri Michaux, en Miserable milagro, Monte Avila Editores,
Caracas, 1969, trata sobre los
aspectos estéticos de la experiencia; todos ellos con una autenticidad que
falta en The teachings of Don Juan, Bantam
Books, Nueva York, 1974, y sus inacabables
secuelas, casi seguramente falsificadas por Carlos Castaneda.
[105] Cf. San Juan
de la Cruz: op. cit.; Santa Teresa de Jesús: Obras completas, Aguilar, Madrid, 1960, y Agustl Bartra: Antología
de la poesía mística, Editorial Pax, México, 1975.
[106] Linus Pauling y otros: op. Cit.
[107] Burroughs, por
ejemplo, afirma que «uno se hace adicto a los narcóticos porque carece de
motiones fuertes en cualquier otra dirección. La droga se impone por defecto (...). La droga no n estimulante. Es un
modo de vivir». op. cit., pp. 15-16.
[108] Kenneth
Keniston, en el estudio colectivo La
adicción a las drogas en la juventud actual, Editorial Paidós, Buenos
Aires, 1973, pp.274-275, refiriéndose a la adicción estudiantil, indica que
«este de estudiantes por lo común inicia el consumo de drogas o aumenta su
dosis como consecuente la sensación de chatura, tedio, estancamiento y depresión
que experimenta. Sorprende la uencia con que los adictos mencionan alguna
pérdida de magnitud o el estado de depresión sensación de vacío que precedió a
la intensificación de su consumo de drogas». También lleva a la droga un estado
de «parálisis sicológica» causada por la defensa contra el exceso de estíos de
la vida contemporánea: los aquejados por ella «experimentan la sensación de
haber sido pados dentro de su propio caparazón, sin poder romper las barreras
erigidas como defensa, el fin de establecer `contacto' con otras personas o
realizar experiencias nuevas (...) El
mundo !ce frío y bidimensional; los alimentos y la vida misma pierden su sabor;
nuestras actividades ;¡sien, en esencia, en repetir los mismos pasos
rutinarios; nuestras experiencias carecen de britrascendencia e intensidad. Por
sobre todo, nos sentimos atrapados dentro de nuestra propia etividad». Ibid.,
p. 294.
[109] Masters y
Houston, sobre la influencia de la experiencia sicodélica en la creatividad,
afirman que «los artistas (así como los autores de este libro) no se imaginan
en forma alguna que la modificación de la conciencia confiere el poder de crear
obras de arte. Es el artista, y no el producto químico, quien debe suplir la
inteligencia, la sensibilidad, la imaginación y el talento. La experiencia
sicodélica es una experiencia, y no
una inyección de talento o una absorción de inspiración, aunque el artista pueda
extraer su inspiración de no importa cuál pensamiento o percepción,
cualesquiera que sean las circunstancias en
las que éste se manifieste». op. cit., p. 18.
[110] Leary señala a
E.M. Forster, Lewis Carrol, Jonathan Swift, James Joyce, John Bunyan, J.R.R.
Tolkien, John Fowles, Hesse y Huxley entre los antecedentes de la literatura
sicodélica. (op.
cit. p. 97). Sobre la cuestión de si la droga contribuye de
manera significativa al mejoramiento de las facultades de creación, Leary
confiesa que debe «admitir que ni la marihuana ni el LSD facultan a nadie para
sentarse al piano e improvisar grandes fugas. Las drogas sicodélicas,
particularmente la marihuana, simplemente estimulan los sentidos. Permiten ver
y oír nuevos patrones de energía que sugieren nuevos patrones de composición.
En tal forma, amplifican la perspectiva creativa, pero la habilidad de
convertir esa nueva perspectiva, por gloriosa que sea, en una comunicación, todavía requiere la destreza técnica de un músico o un pintor o un compositor». Ibid., p. 119.
[111] Ibid., p. 76.
Sobre la experiencia de Timothy Leary en la cárcel, Cf. «Jail Notes» publicado
por revista Evergreen, enero de 1971,
pp. 53 y ss. Sobre el underground como
una cultura de la alineación, afirmaba el mismo Leary que «está compuesto de
los rechazados, de aquéllos que han sido alineados de los centros de poder del
sistema —involuntariamente, por derivación, o voluntariante por elección
estético—religiosa. Los jóvenes, los pobres, los racialmente discriminados, los
iculadamente sensitivos, los espiritualmente iluminados son curiosos,
sensuales, extáticos, eróticos, desvergonzados, libres, rebeldes, intuitivos,
humorísticos, juguetones, espirituales. Los adultos, dase media, la policía,
los gobernantes, los educadores, los que aparecen en las páginas amarllas de la
guía telefónica, no lo son». The polilics of ecsiasy,
p. 134.
[112] Wilson Bryan
Key sostiene haber detectado llamados al consumo de drogas en varias de las
canciones rock de la época.
Convengamos, sin embargo, en que las letras, tan imprecisas, podían servir de
materia para las más diversas interpretaciones. op. cit., pp. 117-145.
[113] Sobre la
aberrante y por momentos cómica comercialización del festival de Woodstock y de
otros aspectos de la contracultura sicodélica, Cf. Abbie Hoffman: The Woodstock nation, Pocket Books,
Nueva York, 1971. En las páginas 80—81 se reproduce un anuncio de los
promotores, en donde, para asegurar «Tres días de paz y música», se amenaza a
los habitantes de Wallkill (sede originaria del evento) con demandas de daños y
perjuicios, y se asegura a los propietarios de billetes que éstos serán válidos
también en la
nueva sede en Bethel. La decisión de los concurrentes de
derribar las cercas y las taquillas, convirtió en evento contracultural lo que
había sido planeado como un buen negocio.
[114] Revistas como Evergreen, Playboy e, incluso, Scientifrc american han admitido
anuncios de soid favorables a la legalización de la droga. Este último publicó
un serio y documentado estudio sobre el carácter inofensivo del consumo de la
marihuana.
[115] Un cable de la
UPI, (Washington, 28 de diciembre de 1967), sobre John Steinbeck IV, hijo del
tor, quien había pasado un año en Vietnam con el ejército, cita sus
declaraciones en el sentido ue «el 75 por ciento de los soldados
norteamericanos fuman marihuana» y de que el uso de la droga no afecta
seriamente la capacidad bélica del soldado, «pero hace los horrores de la
guerra soportables». Citado por Leary: op. cit., p. 75.
[116] Cf. Erich
Fromm: El miedo a la libertad, Editorial
Paidós, Buenos Aires, 1966.
[117] Cf. Supra, ap.
I.
[118] Max Weber: Economía y sociedad, T.I., Fondo de Cultura Económica, México, 1974, pp. 193-227.
[119] Ernst
Cassirer: «La técnica de los mitos políticos modernos» en El mito del Estado, Fondo de tura
Económica, México, 1968, pp. 327-350.
[120] El grupo
Synanon, dirigido por Charles Dederich, empezó como un centro terapéutico para
droianos y alcohólicos. Otros cultos, tales como el de los Niños de Dios y los
Hare Krishna, enitran adeptos fácilmente entre los exadictos. Cf. Reportaje
uThe worid of cults» en Newsk, 4 de
Diciembre de 1978, pp. 78-81.
[121] Cf. John
Brown: Técnicas de persuasión, Libros
del Mirasol, Buenos Aires, 1964, pp. 234-256.
[122] El clan Manson
constaba, en parte, de personas que habían tenido problemas con la justicia. Vincent Bugliosi y Curt
Gentry: HalterSkdter, Bantam Books,
Nueva York, 1975, pp. 409-411.
[123] Una estimación
de la NBC, según Ted Patrick, calculaba unos 10.000.000 de miembros de nuevos
cultos en Norteamérica en 1978. Patrick duplica la cifra. Casi todos ellos
desarrollan actividades para sus sectas, que además están exentas de impuestos.
Cf. Jim Siegelman y Flo Conway: entrevista a Ted Patrick en Playboy, marzo 1979, pp. 54-55.
[124] Sobre el
«culto de la muerte». Cf.
Ton Mathews, Chris Harper, Tony Fuller y Timothy Nater: «The culi of death» en Newsweek, diciembre de 1978, pp. 38 y
ss. Ver, asimismo, Georges Menant: «Les sectes» en Paris Match, 1 de Diciembre de 1978, pp. 76 y ss. Según Mathews en
el sitio del culto en Guyana aparecieron centenares de cheques de seguridad
social endosados por los creyentes a Jones, y más de un millón de dólares en
efectivo.
[125] Cf.
Siegelman y Conway: «Snapping: welcome to the eighies» en op. cit., pp. 59 y
ss.
[126] Loc.
Cit.
[127] Ver nota 46.
Siegelman y Conway calculan que unos 6.000.000 de norteamericanos han usado ta
de las más difundidas de ellas, la meditación trascendental. Sobre esta técnica Cf.
Blomfield otros TM: Discovering inner energy, Dell Book, Nueva York, 1975.
[128] Cf.
Nat Hentoff: «The new body snatchers», en Playboy, marzo 1979, pp. 61 y ss.
[129] El Maharishi
Majesh, por ejemplo, ha declarado repetidamente que su técnica ayuda a la
estabilad del sistema. Cf.
Kurt Vonnegut: Wampeters, foma & grandfallons, Dell Books, Nueva
York, 175, pp. 11-45. El reverendo Myung Moon, fuera de apoyar a Nixon,
predica una cruzada anticomunista.
[130] Siegelman
y Conway: op. cit., p. 68.
[131] Cf.
Robert Sherrill: «Elmer Gantry for president» en Playboy, marzo 1975, pp. 97 y
ss.
[132] Sobre las
modas culturales, ver, ante todo, Mircea Eliade: Ocultismo y modas culturales, Merymar, Buenos Aires, 1977. Eliade
coloca entre las modas culturales gran parte de la tradición teosófica
occidental, el movimiento nucleado por Louis Pauwels y Jacques Bergier en torno
de la revista Planéte, la doctrina de
Teilhard de Chardin y, en forma quizá debatible, el estructuralismo de Claude
Levi-Strauss. Para la comprensión de la compleja operación de la moda cultural,
se recomienda la lectura de El retorno de
los brujos, de Pauwels y Bergier (Plaza & Janés, Barcelona, 1963), de
la revista Planéte y de las obras de
Chardin. En todas ellas hay el intento de la reinserción de un pensamiento
religioso o mágico dentro de un marco —sólo un marco— «científico». Eliade
caracteriza a estas modas diciendo que tienen en común «su reacción drástica
contra el existencialismo, su indiferencia hacia la historia, su exaltación de
la naturaleza física». op. cit., p. 35.
[133] Ver, por
ejemplo, el intento totalizador de Tomás de Aquino en la Suma Teológica, Nácar Coa, Barcelona, 1960. Pero, ya en pleno siglo
V, setecientos años antes, entre los motivos que determinan el nombramiento de
San Agustín como obispo de Hipona, se encuentran sus conocimientos de retórica,
útiles en la polémica contra los racionalistas de la época.
[134] Sobre la
Cábala, ver Harold Bloom: La Cábala y la
critica, Monte Avila Editores, Caracas, 1978.
[135] Sobre las
raíces de la alquimia, ver Mircea Eliade: Herreros
y alquimistas, Alianza Editorial, Madrid, 1974.
[136] Cf. Jorge Luis
Borges: Manual de zoología fantástica, Fondo
de Cultura Económica, México, 1960.
[137] Cf. Miguel
Bakunin: Tácticas revolucionarias, Editorial
Proyección, Buenos Aires, 1973.
[138] Cf. Diógenes
Laercio: Vidas, opiniones y sentencias de
los filósofos más ilustres, Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1968.
[139] C.f
Benjamín Spock y Mitchell Zimmerman: On
Vietnam, Dell Books, Nueva York, 1968.
[140] Como señala
Edgar Morin: «desde hace veinte años o treinta años, bajo la influencia
conjunta i vulgata sicoanalitica de las corrientes hedonistas y
neorrousseaunianas, la educación ha dejado de ser adiestramiento y ha
perseguido el ideal de un aprendizaje mediante la alegría y el placer», lo de California, Editorial Fundamentos,
Madrid, 1973, p. 146. Otros autores como Monika r en Los padres domados, Editorial Grijalbo, Barcelona, 1976, sostienen que
el antiautoritarismo ha llevado a una verdadera tiranía de los hijos sobre los
padres.
[141] Sobre la
experiencia pedagógica de Neill, consultar sus trabajos: Summerhill: un punto de vista ?al sobre la educación de los niños, Fondo
de Cultura Económica, México, 1963; Corazones,
5lo cabezas en la Escuela, Editores Mexicanos Unidos, 1975; Hablando sobre Summerhill, Ediil
Garnica, Buenos Aires, 1971.
[142] Summerhill: un punto de vista..., p. 98.
[143] Ibid.,
p. 100.
[144] Ibid.,
p. 101.
[145] Sobre
la mitología de los medios de comunicación elaborada por McLuhan, consúltense
sus obras: The mechanical bride, Beacon
Press, Boston, 1968; Understanding media:
the extensions of man, Signet Books, Nueva York, 1967; Peace and war at the global village, Panther
Books, Nueva York, 1971; 77he medium is the
message, Dell Books, Nueva York,
1970; Contra-explosión, Editorial
Paidós, Buenos Aires, 1971; La galaxia
Gutemberg, Editorial Aguilar, Madrid, 1972; La cultura es nuestro negocio, Editorial Diana, México, 1976.
[146] Marshall
McLuhan: Contra-explosión, p. 142.
[147] M. McLuhan: La cultura es nuestro negocio, p. 72
[148] Contra-explosión, p.
135.
[149] Cf. Herber
Marcuse: El hombre unidimensional, Editorial
Joaquín Mortiz, México, 1965, p. 47.
[150] Ibid., p.
48.
[151] Cf. H. Marcuse: El final de la utopía, Ediciones Espacio, México, 1969, p. 38. 751bid., p. 51.
[152] Ibid.,
p. 51
[153] El hombre
unidimensional, p. 61.
[154] Ibid.,
p. 65.
[155] El curso de la
historia ha desmentido otras afirmaciones de Marcuse tales como la de que «ni
¡era los frentes de liberación de los países atrasados son una amenaza
revolucionaria real para sistema del capitalismo tardío». Cf. El final de la utopía, p. 59.
[156] Ibid.,
pp. 30-31.
[157] Las minorias
étnicas y raciales, por el contrario, han nucleado los más coherentes
movimientos .icos de la contracultura, los cuales, a su vez, se han compactado
en la «Coalición del Arcoiris».
[158] El final de la
utopía, p. 56.
[159] Ibid.,
p. 60.
[160] El hombre
unidimensional, p. 61.
[161] El final de la
utopía, p. 59.
[162] Editorial
Tecnos, Madrid, 1964.
[163] Editorial
Paidós, Buenos Aires, 1974
[164] Eudeba, Buenos
Aires, 1969.
[165] Así sucede,
por ejemplo, con los persas y los egipcios ante el empuje
macedónico; con los hindúes con la mayoría de sus conquistadores, y con las
sociedades americanas ante los suyos. El mero avance tecnológico de los
invasores no explica íntegramente estos colapsos, como quedó demostrado en la
Guerra de Vietnam. Es necesaria la incapacidad de reacción de todo un sistema
para que una minoría imponga su voluntad basándose en precarios recursos
tecnológicos que a la larga serían inútiles contra un pueblo coherente y dotado
de capacidad de aprender.
[166] AI respecto
consúltese el clásico en la materia: Taylor: La administración científica, Editorial Herrero, México, 1963.
[167] Sobre los
procesos de conformación sicológica del trabajador y del ejecutivo por la
empresa, consúltense: Vance Packard: The
pyramid climbers, Crest Books, Nueva York, 1964, pp. 34 y ss; William H.
White: The organization man, Penguin
Books, Middlesex, 1965, p. 160.
[168] «a ¿cómo
consigues normalmente el dinero?
Familia, 55%; trabajo, 46%; amigos, 24%; otros, 3%.
Según estos datos, el 55% de los jóvenes recibe dinero de sus familias, lo que
confirma la suposición de que, a pesar del marginamiento voluntario que
practican, son mantenidos por ellas». Carlos Gil Muñoz: Juventud marginada, Dopesa,
Barcelona, 1970, p. 95.
[169] Al interesado
mito de una comunidad industrial alienada opulenta, hay que responder con un
adoso análisis, que no es, por otra parte, el tema de este estudio. Baste citar
lo que indica al respecto uno de los conocedores del sistema norteamericano,
refiriéndose a la situación de comienzo de la década de los sesenta: «Mientras
se realizaba este estudio, existía otra Norteamérica. En ella habitaban
cuarenta o cincuenta millones de ciudadanos de esta tierra. Eran pobres.
Todavía n. Para ser exactos no está empobrecida en el mismo sentido en que lo
están los países pobres le millones de personas se apegan al hambre como a una
defensa contra la muerte por inanición Este país ha escapado de tales extremos,
pero eso no cambia el hecho de que decenas de mis de norteamericanos se
encuentren en este preciso momento mutilados en cuerpo y espíritu, endo en
planos que están por debajo de lo que necesita la decencia humana. Si esa gente
no :á muriendo de hambre, tiene hambre y ha engordado de hambre, porque ése es
el resultado s comidas baratas. Tal gente carece además de alojamiento
adecuado, de educación y de atenmédica». Michael Harrington: La cultura de la pobreza en los Estados
Unidos, Fondo de CulEconómica, México, 1965.
[170] En la antes
citada encuesta de Carlos Gil Muñoz, por otra parte, se revela que, en efecto,
gran de los hippies vienen de familias de la clase alta o media superior, de lo
cual se puede concluir lo han sufrido, por lo menos en sus orígenes, la áspera
marginación de otros sectores de la colectividad industrial alienada:
«?Puedes dar
la posición económica de tus padres?
Alta, 19%;
media superior, 41%; media, 18%; media inferior, 14%; baja superior, 8%; (op.
Cit, p. 77). Es interesante advertir la ausencia de jóvenes originarios de las
clases baja media y baja lor. Para ellos, el fracaso es una realidad cotidiana
y amargada, impuesta por el sistema, y la elección. Edgar Morin, por su parte,
ha comentado que «evidentemente, el privilegio de hijos de ricos es poder ser
felices siendo pobres». Diario de
California, p. 140.
[171] «Mientras
fuera se oían los gritos y jactancias de sus giras rompe-records, los Beatles
permanecían agazapados dentro de la gigantesca maquinaria que los transportaba
alrededor del mundo. Habían entrado allí en 1963, obligados por las presiones
exteriores, y allí permanecían cerrados herméticamente.
Antes
de las actuaciones quedaban atrapados en sus camerinos. Luego venía la loca
carrera hasta el hotel, protegidos por ejércitos de policías y guardaespaldas.
Allí permanecían aislados del mundo exterior, hasta que llegaba el momento de
ponerse de nuevo en movimiento. Nunca salían a la calle para ir al restaurante
o a dar un paseo. Neil o Mal les llevaban los bocadillos, cigarrillos o
bebidas. Por celos o por temor a quedarse sin protección, los Beatles tampoco
dejaban salir a Mal ni a Neil. De modo que todos ellos se quedaban en sus
habitaciones fumando, jugando cartas, tocando la guitarra, matando el tiempo.
Cobrar 1.000, 10.000 ó 100.000 libras por una noche de actuación no significaba
nada. Ser lo suficientemente ricos, poderosos y famosos para entrar por
cualquier puerta no servía de nada. Estaban atrapados». Hunter Davies: Los Beatles: Biografía autorizada (Editorial
Luis de Caralt, Barcelona, 1968, p. 258). Circunstancias similares se dan en
las giras de todos los restantes héroes culturales del pop. No es de extrañar
que la temática de sus canciones giren preponderantemente sobre la libertad.
Tampoco es culpa de ellos que un público multitudinario acuda a oírlos en busca
de una ilusión de libertad. Ambos son reclusos en una enorme prisión. Entretanto,
sobre este mercado de los sustitutivos de la liberación, se construyen enormes
imperios financieros. El más característico de todos, el de los Beatles, ha
sido analizado por Peter McCabe y Robert D. Schonfeld en Apple to the core, or the unmaking of the Beatles (Pocket Books,
Nueva York, 1972). Esta maquinaria termina por aniquilar la personalidad del
héroe cultural, el cual es planificado y diseñado como cualquier otro producto.
Se le inventa un nombre, un rostro, una manera de ser y unas opiniones, de las
cuales no puede separarse. Cualquier expresión genuinamente anticonformista
termina por ser descartada, ya que perjudica el negocio. Así, la declaración de
John Lennon en el sentido de que los Beatles eran más populares que Jesucristo,
desencadenó un huracán de protestas en el Cinturón Bíblico norteamericano y el
cantante debió retractarse. Desde entonces, son raras las declaraciones
controversiales de cualquier género de los héroes de la contracultura.
Apenas se permiten muertes controversiales. Un gesto espantoso de final
liberación y protesta, del cual las grandes firmas disqueras no tardan a su vez
en extraer elevados dividendos.
[172] Este fallo no
se debió, en esencia, a que el sistema educativo hubiera aceptado el
antiautoritarismo predicado por Neill, sino a las deficiencias internas de
dicho sistema y su insuficiencia con respecto a las minorías étnicas;
circunstancias agudamente analizadas por Luis Colmenares Díaz en El sistema norteamericano de vida, Ediciones
Asociación Venezolana de Periodistas, Caracas, 1976, pp. ,153-179.
[173] Sobre la
contracultura juvenil, Cf.: Margaret Randall: Los hippies: expresión de una crisis, Siglo XXI Editores, México,
1968, pp. 3-20; Michel Lancelot: Los
hippies, Emecé, Buenos Aires, 1969; Edgar Morin: Diario de California, pp. 134-249; Theodore Roszak: El nacimiento de una contracultura, Editorial
Kairós, Barcelona, 1973, pp. 15-56; Jeff Nuttal: Gas culturas de postguerra, Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 1975,
pp. 9-70; B.M. Scott y S.M. Lyman: La
rebelión de los estudiantes, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1974, pp.
122-238.
[174] A.
Hoffman: op. Cit., p. 93.
[175] Ibid, pp. 30-31.
[176] Sobre las
provocaciones del movimiento Yippie, ver
asimismo: Jerry Rubin: Do il!, Dell Books, Nueva York, 1970; y Abbie
Hoffman: The Woodstock nation.
[177] Sobre
el proceso de Chicago ver John Schultz: «The struggle for the laugh in the
courtroorn» en Evergreen, junio 1970, pp. 21-84.
[178] Adolfo Hitler:
Mi lucha, Editorial Luz, Buenos Aires, 1943, p. 205.
[179] Sobre la
«Internacional Situacionista» consúltense: Guy Debord: La sociedad de! espectáculo, Castellote, Madrid, 1976; Bruckner y Finkielkraut: Le nouveau desordre amoureux, Editions
du Seuil, Paris, 1977; y VV.AA.: Crítica de la vida cotidiana (Textos de la
Internacional Situacionista). Guadarrama, Madrid, 1970.
[180] Citado por
Oscar Troncoso: La rebelión estudiantil, Centro Editor de América
Latina, Buenos Aires, 1973, p. 80.
[181] CL Mario
Maffi: op. cit., pp. 160-163; así como Peter Stansill y David Z. Mairowitz
(Comes.): Bamn, Penguin Books,
Middlesex; 1971 , pp. 153-168.
[182] Cf.
Abbie Hoffman, Jerry Rubin y Ed Sanders: Vote!,
Warner Paperback Library, Nueva York, 1972. También: Nat Hentoff; aThe last
hurrah?» en Evergreen, agosto 1970,
p. 20-23.
[183] La falta de
relaciones profundas ha facilitado el desarrollo de toda una contracultura de
encuentros terapéuticos que tuvo en ciertos momentos tonos mesiánicos, ver por
ejemplo, William Schutz: Todos somos uno:
la cultura de los encuentras, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1971; y
Joel Fagan e Irma Sheperd: Teoría y
técnica de la psicoterapia gestáltica, Amorrortu Editores, Buenos Aires,
1970.
[184] David
Black: «Beyond the Pill» en Playboy, marzo
1977, p. 99.
[185] Alfred Kinsey y otros: Sexual behaviar in the human female, Pocket
Books, Nueva York, 1965; r Morton
Hunt: Sexual behavior in the 1970's, Playboy
Press, Chicago, 1974.
[186] Sobre la
primera aserción, aparte de las citadas obras de Packard, consúltese Wilson
Bryan Key: Media sexploitation, un
detallado estudio de la manipulación síquica del consumidor. Sobre la se;unda
sería recomendable un análisis de contenido de cierta prensa «femenina» cuyo prototipo es Cosmopolitan, y cuyo mensaje versa invariablemente sobre las
ventajas que puede reportar la nanipulación sexual y sicológica. El primer tipo
de mensaje se centra preponderantemente en un eceptor femenino. En ambos casos,
el sexo está subordinado a una categoría económica: conseuencia de la misma, o
causada por ella.
[187] Ver su estudio
sobre la sexualidad de los pueblos primitivos en The invasion of compulsive sex morality, Penguin Books, Londres,
1975, y su posible redención en la colectividad industrial en The function of the orgasm; Daniel
Guerin: La revolución sexual, Editorial
Tiempo Nuevo, Caracas, 1971. Una revisión de los principales trabajos
estadisticos que comenzara por el clásico de Kinsey: Sexual behavior in the human female, ya citado, y concluyera en el Informe Hite, revelaría que la
insatisfacción parece crecer en mayor medida que el número y la frecuencia de
las relaciones. A1 extremo de que el último trabajo citado, con todo y su
endeble soporte estadístico (se refiere apenas a unas 3.000 encuestas a las que
se pretende representantivas de la población norteamericana, que se acerca a
los 200 millones de personas), postula de manera flagrante el abandono de las
relaciones heterosexuales.
[188] M, Hunt: op. cit., p. 163.
[189] Eloise Salholz y Tony Clifton: «The future of gay
America» en Newsweek, 12 de marzo 1990, pp 42-47.
[190] Ibid., p. 46. Sobre el movimiento homosexual,
consúltense además Stansill y Mairowitz Comps.): op. cit., pp. 213 y ss. Maffi: op. cit., pp. 134-138; Daniel
Guerin: op. cit.; el lúcido nsayo de Manuel Puig incluido en El beso de la mujer araña, Editorial Sudamericana,
Buenos ,¡res 1978; y, en general, las
obras relativas a liberación femenina citadas en la sección inmediata, a
mayoría de las cuales estudian tanto el homosexualismo como la cuestión
lesbiana.
[191] Federico
Engels: El origen de la familia, de la
propiedad y del Estado, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1935, p. 70. Ver
asimismo, Paul Lafargue: «El Mito de Prometeo» en El derecho a la pereza, Editorial Grijalbo, México, 1970, p. 70.
[192] Simone de Beauvoir: The
second sex, Bantam Books, Nueva York, 1965, p. 72.
[194] Norman
Mailer: The prisiones of sex, Signet
Books, Nueva York, 1971, p. 169; Steven
Goldberg: La inevitabilidad del
patriarcado, Alianza Editorial, Madrid, 1976,
p. 93. Sobre los mecanismos
de internalización del rol femenino ver Elena Gianini Belotti: Little gir!s, Writers and Readers
Cooperative, Londres, 1975; Robin
Lakoff: Language and woman's place, Harper
Books, Nueva York, 1975; y Mary Douglas:
Purity and danger, Penguin Books,
Londres, 1970, contentivos de
cuidadosos análisis sobre las estructuras educativas, lingüísticas y
mágico-religiosas, respectivamente, de perpetuación de los roles sexuales.
[195] Cf. J. Stuart
Mil] y H. Taylor Mil¡: La igualdad de los
sexos, Guadarrama, Madrid, 1973; Marx
y Engels: Manifiesto Comunista, Academia
de Ciencias de la U.R.S.S., Moscú, 1960. También
la antología de textos de Marx, Engels, Alexandra Kollontai y A.F. Shishkin,
publicados bajo el título de Emancipación
de la mujer, Editorial Grijalbo, México, 1970.
[196] PIatón: La República, Editorial Espasa-Calpe,
Buenos Aires, 1962, pp. 159 y ss.
[197] Mario Maffi
hace un recuento de unos 50 grupos en Nueva York, 35 en San Francisco, 30 en
Chicago, 25 en Boston y «un número indefinido en otras ciudades americanas»,
aparte de núcleos en Inglaterra, Holanda, Alemania. (op. cit., p. 123). Otros
estudiosos de la contracultura como Stansill y Mairowits (Bamn) y Juliet Mitchell (Woman's
Estate), ni siquiera intentan hacer un censo aproximado. María Arias en La liberación de la mujer (Salvat
Editores, Barcelona, 1973), hace un recuento parcial en San Francisco de 42
grupos sociales y políticos, 22 publicaciones, 46 establecimientos siquiátricos
y de 100 grupos en Los Angeles. Resaltan la diversidad de los grupos, su escasa coordinación y su aparición en los países
desarrollados.
[198] Así, la toma por un grupo feminista del periódico contracultural RAT, y el manifiesto de Robin Morgan donde acusa a
la contracultura de estar preponderantemente inspirada, integrada y dirigida
por varones; ambos documentos compilados por Stansill y Mairowitz: op.cit., pp.
199-212.
[199] «The sexual variety and
variability women and their bearing upon social reconstruction» en Sheila
Rowbotham: A new wor/d for women: Stella
Browne, socialist feminist, Pluto Press, Londres, 1977.
[200] Ver los casos de superexplotación del
trabajo de mujeres y niños citados en El
Capital: Libro Primero, Editorial Biblioteca Nueva, Buenos Aires, 1949, pp.
150-217.
[201] Ver Judith
Blake: «The changing status of women in developed countries» en Scientific American, septiembre de 1974, pp. 137-147: «Las posibilidades de
que exista una gran expansión de oportunidades de trabajo para las mujeres
parecen aún menos halagüeñas cuando consideramos la demanda para sus servicios. Las proyecciones que
representan una expansión de la demanda de trabajo femenino asumen en su totalidad que habrá tasas altas de
desarrollo económico —tasas que podrían
ser totalmente irreales en los próximos
25 años. (...) Todos estos factores negativos ifiplican que, si no hay variaciones imprevistas podría
existir un tope absoluto en los países
altamente desarrollados en lo relativo
a la demanda de trabajo femenino en
niveles de ocupación atractivos para he mujeres».
[202] Judith Blake
indica que «la rata de divorcios ha subido consistentemente desde la mitad de
la década de los sesenta en casi
todos los países considerados aquí» (los industrializados de Occidente).
«Así, más mujeres podrían necesitar del trabajo, porque un número mayor de
ellas se divorcia y otro pasa por la temprana experiencia de dos o más matrimonios en lugar de uno».
Ibid., p. 143.
[203] Como lo
señala Blake: «pocas sociedades desarrolladas intentan ofrecer alguna ayuda
suplementaria a las mujeres casadas que trabajan. Incluso en países tales como
Francia y Suecia, donde el cuidado de los
niños de las madres trabajadoras es aceptado como una responsabilidad
social, las instalaciones son a menudo inadecuadas tanto en calidad como en
número. En todos los países
occidentales desarrollados, las comidas baratas y bien cocinadas son una
rareza. Las trabajadoras casadas, por lo tanto,
dependen fuertemente de la ayuda marital pues, según indican encuestas, es más
probable si la esposa trabaja pero es
insuficiente en su cuantía. De
resultas de ello, las trabajadoras con familia tienden a estar sometidas a
duras presiones. Loc.
cit.
[204] Ibid.
[205] Esta
situación, por cierto, contrasta con la norma de los sistemas socialistas, donde la incorporación de la mujer al
trabajo productivo no es facilitado por una política de creación de guarderías,
de instalación de comedores y de otras facilidades para descargar de los trabajadores lo que en un principio eran tareas domésticas. Al respecto, ver
Sheila Rowbotham: Women resistence and
revolution, Penguin Books, Suffolk, 1974,
pp. 220 y ss.; Margaret
Randall: No se puede hacer la revolución
sin nosotras, Casa de Las Américas, La Habana, 1978; y la publicación La
mujer en la sociedad socialista, del Secretariado def Consejo de Asistencia
Mutua Socialista, Akal, Madrid, 1976.
[206] D. Riesman:
La muchedumbre solitaria, Editorial
Paidós, Buenos Aires, 1975. 130fuliet Mitchell: op. cit. pp. 99-122.
[207] Juliet
Mitchell: op. Cit. Pp. 99-122
[208] Citado in
extenso por Stansill y Mairowitz (Comps.): op. cit., pp. 207-212.
[209] Citado por
María Arias: op. cit., p. 92.
[210] La revista Ms,
vocero del movimiento feminista norteamericano, dedica siempre una de sus
páginas a denunciar la explotación del atractivo femenino en la publicidad, y
la tradicional asignación de roles sexuales. Su contenido superpone un mensaje
adicional a esta declaración de principios. Así, en un número cualquiera,
elegido al azar —marzo de 1979— observamos que la portada está dedicada a
Jacqueline Kennedy y el reportaje principal a Patricia Hearst, cuyos
principales títulos para la notoriedad han sido su dependencia de hombres de
sustancial riqueza. De 32 anuncios a página completa, 16 contienen imágenes de
mujeres jóvenes y hermosas respaldando el producto. De estas 16 imágenes, 1
está en bikini, 3 en negligé, 1 exhibe
un sucinto traje de tennis, 1 en
escotado traje de noche, 1 en ropa interior intima: en total, 8 lucen atuendos
afamados por su apelación al deseo del varón. En 4 de ellas aparecen hombres
que cortejan a la mujer, incentivados por el producto, o consumen el producto,
incentivados por la mujer; 3 anuncios son de cosméticos; 1 de equipos
domésticos; 2 de aseguradoras que destacan a figuras masculinas como
proveedores de la familia o conductores de la misma; 1 incita a conocer la
historia de una «belleza profesional». En los anuncios de menor tamaño, figuran
decoraciones para el hogar, dietas, ayudas sexuales y cultos religiosos
misticos que ofrecen el desarrollo del «poder síquico
de atracción».
[211] Hecho que,
aparte de ser conocidopor toda adolescente, habían indicado Kinsey y otros: op.
cit., pp. 176-190; y Masters & Johnson: Human
sexual response, Little Brown & Company, Boston, 1966.
[212] Ti-Grace
Atkinson: «The institution of sexual intercurse» en Women's liberation, citado por Norman Mailer: op. cit. p. 50.
[213] Anne Koedt: uThe myth of the vaginal orgasm»,
Ibid., p. 60.
[214] Shere Hita: Informe Hilo, Editorial Plaza & Janés, Barcelona, 1977, p.
218.
[215] «La familia —apuntaron Marx y Engels— plenamente desarrollada, no existe
más que para la burguesía; pero encuentra su complemento en la supresión
forzada de toda familia para el proletariado y en la prostitución pública».
Manfiesto Comunista, p. 85.
[216] Consúltese,
por ejemplo, David Cooper: The death of
the family, sobre todo, pp. 31-66; R.D.
Laing:
The politics of the famiiy, pp. 39 a 79; y Sanily,
madness and the family; así como Wilhelm
Reich: The invasion af compulsive sex-morality, Penguin Books, Londres, 1975, pp.
149-199; Isidoro Alonso Hinojal: La crisis de la institución famiiiar. Salvat
Editores, Barcelona, 1973.
[217] «En el plano
económico vemos que, aunque en su forma original y espontánea la comuna vive
parasitariamente del welfare, del paro de cheques familiares y encontró sus
primeros recursos propios en las rock bands o en el tráfico de la droga, cada
vez más intenta afirmarse una tendencia a la autonomía y a la productividad».
Edgar Morin: Diario de California, p. 207.
[218] Cf. Liselotte
y O.M. Ungers: Comunas en el Nuevo Mundo,
1740-1971, Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 1978; Maffi: op. cit., p. 73-94. El proyecto del «People's Park en Nuevo México fracasó
cuando grupos de indios y mexicanos (los héroes
secretos del proyecto) no quisieron tener nada que ver con los reunidos en su territorio»:
Stansill y Mairowitz (Comes).: op. cit.,
p. 235-236.
[219] Sobre las
comunas ligadas a experiencias teatrales consúltense: Jean Jacques Lebel: Teatro y revolución (Entrevistas con el
Living Theatre), Monte Avila Editores, Caracas, 1970; Emile Copfermann: Vers un theatre différent, Maspero,
París, 1976. Richard Schechner: Teatro de guerrilla y happening, Editorial
Anagrama, Barcelona, 1973; Alberto
Miralles: Nuevos rumbos del teatro, Salvat
Editores, Barcelona, 1974 Jean
Jacquot: Les voies de la création
theatrales, T.1, Editions du Centre National de la Recherche Scientifique,
París, 1970. Quedaría por definir
hasta qué punto las comunas teatrales son un fenómeno exclusivo de la
contracultura: la vida y la economía comunitarias
de la compañía trashumante es uno de los hechos
más antiguos de la tradición teatral de Occidente.
[220] Cf. José Maria
Carandell: Las comunas, alternativa a la
familia, Tusquets Editores, Barcelona 1978.
[221] op.
cit., p. 67.
[222] Cf. Tom Wolfe: The electric-acid-kool-aid-test; reportaje detallado sobre la
experiencia y la huida de Kesey a México, atacado de paranoia contra los detectives de la brigada de
narcóticos.
[223] Cf. Mario
Maffi op. cit., pp. 73—87. Sobre la curiosa comuna de Manson, ver: Vincent Bugliosi y Curt Gentry: Helter Skelter.
[224] Juliet
Mitchell: op. Cit., p. 177.
[225] Cf. Roland
Barthes: Sislema de la moda, Editorial
Gustavo Gil¡, Barcelona, 1978, p. 220.
[226] 1490 f.
Honorato de Balzac: «Tratado de la vida elegante» en Balzac, Baudelaire y
Barbey D'Aurevill¡: El dandismo, Editorial
Anagrama, Barcelona, 1974, p. 29. Sobre el tema de la moda se recomienda
consultar, en el mismo volumen, a Barbey D'Aurevilly: «Del dandismo y de George
Brummellr>, p. 127. Ver, asimismo, el clásico Sartor Resartus de Thomas Carlyle, Editorial Fundamentos, Madrid,
1976; Rene Ktinig: Sociología de la moda,
A. Redondo Editor, Barcelona, 1972; Margarita Riviére: La moda, ¿comunicación o incomunicación?, Editorial
Gustavo Gil¡, Barcelona, 1977; Henriette
Vanier: La modo el ses metiers: Jrivolites et luttes des classes, Armand
Colin, París, 1960.
[227] «La ideología
oficial abunda en contradicciones incluso cuando no hay razón alguna que las
justifique. Así el partido rechaza y vilifica todos los principios que defendió
en un principio el movimiento socialista, y pronuncia esa condenación
precisamente en nombre del socialismo. Predica el desprecio de las clases
trabajadoras. Un desprecio al que nunca se había llegado, y a la vez viste a
sus miembros con un uniforme que fue en tiempos el distintivo de los obreros
manuales y que fue adoptado por esa misma razón». George Orwell: 1984,
Ediciones Destino, Barcelona, 1952, p. 227.
[228] « Para sus
horas de descanso, usa Levis, que
atesora con zapatos blancos que le dan a sus pies un incongruente aspecto de
Mamá Gansa. Lenny compra los Levis en
almacenes del Ejército y de la Marina y los destiñe con clorox, exactamente
como hacía en el crucero Brooklyn. Luego,
los lleva a algún sastre y aplasta al pobre hombre con sus exigentes
especificaciones, que requieren que todas las costuras sean deshechas y que
cada pieza de tela sea cortada de nuevo hasta que todo un lujoso trabajo a la
medida es realizado en esta ropa de faena. Los sastres siempre gritan y
gesticulan y derraman ceniza sobre sus vestiduras. Implorándole a Lenny como si
este fuera un juez que los sentenciara a muerte, le suplican que olvide tal
disparate. Lenny se ríe y los empuja hacia sus máquinas de coser. Les ofrece
sobornos paralizantes». Albert
Goldman y Lawrence Schiller: Ladies and
gentlemen. House, Nueva York, 1974, pp. 15-16.
[229] «Lo chic es vestirse con costosos harapos
hechos a la medida por sastres, y todos los afeminados andan con el atuendo de
muchachos salvajes. Hay trajes del Bowery
que parecen estar manchados con orina y vómito que, vistos de cerca
resultan ser complicados bordados de hilo de oro. Hay trajes de clochard del lino más fino (...) dungarees desteñidos de muchachos
granjeros, trajes de cooli de seda amarilla, detonantes trajes baratos de chulo
que resultan no ser tan baratos ya que la detonancia es una sutil armonía de
colores que sólo las mejores Tiendas de Joven Pobre pueden producir, hechos a
la medida y ajustados a su manera de caminar, sentarse, inclinarse, al color de
su pelo y ojos (...). Parece un traje caro que trata de parecer barato... hum,
la baratura está muy cuidadosamente simulada». William Burroughs: The wild boys, Gorgi Books, Londres, 1972, pp. 44.
[230] La definitiva
inversión del símbolo de la ropa informal parece haberse dado con su adopción
por el Presidente de los Estados Unidos, conforme consta en nota aparecida en
El Nacional de 11 de febrero de 1977:
«Un
tributo a la comodidad DE MODA el «Desvestir de Carter».
«La llegada de Jimmy Carter y su equipo a la Casa
Blanca ha traído un cambio de espíritu en la vida oficial y social de la
capital norteamericana que se refleja sobre todo en una importante
simplificación de la moda.
Reuniones del gabinete sin corbata, ayudantes del
Presidente con sueters (sic) e
incluso blue jeans y un
vicepresidente con zapatillas de tenis, son las imágenes que presenta este
nuevo estilo en todos los periódicos y revistas del país.
Pero el máximo ejemplo y el mayor éxito ha sido sin
duda la chaqueta de punto que el presidente Carter vistió en su primera charla junto a la chimenea,
retransmitida por las cadenas de televisión. Millones de norteamericanos vieron
encantados cómo su presidente se les
presentaba en las pantallas a la hora tranquila después de cenar, enfundado en
una confortable chaqueta de punto color beige y sin corbata, como a miles de
padres de familia les gusta vestir en casa.
Y como por arte de magia, la chaqueta de punto se
convirtió en el nuevo símbolo de la elegancia, lo 'chic' y el último grito en ropa de invierno.
Los almacenes y tiendas de todo el país informaron de un
aumento inesperado en las ventas de esta prenda, a pesar de que la temporada de
invierno estaba ya prácticamente acabada después de las grandes rebajas de
enero.
‘Es asombroso
que, hace unas semanas, cuando hacía el mismo frío que ahora, todos venían a
comprar ropa ligera, y de repente el presidente aparece con un suéter durante
treinta minutos en televisión y toda la gente pregunta ahora por jerseys, cardigans y todo tipo de prendas de sport de punto' declaró una dependienta
de uno de los almacenes más famosos y
elegantes de Washington».
[231] «En un
sentido, la revolución cultural quiere prolongar el universo infantil más allá
de la infancia dicho universo es el de las novelas de Fenimore Cooper, el de La cabaña del Tío Tom en las
que el negro y el indio son los personajes verdaderos que viven
en contacto con la naturaleza; es también el universo 'disneyano' en
el que se puede hablar con los animales
y comprenderlos...» Morin: Diario de
California, p. 141.
[232] «La existencia
de una verdadera industria productora de artículos para la contracultura, por
otra parte, ha sido puesta en evidencia de una manera tan avasallante por la
publicidad que apenas es necesario documentar el hecho. Basta elegir al azar
cualquier publicación dirigida a este sector (el número del 16 de diciembre de
1974 de Rolling Stone, por ejemplo)
que comprende los siguientes anuncios: discos 40; instrumentos musicales 5;
equipos de reproducción 17; libros 13; ropas 7; bebidas alcohólicas 2; papel de
fumar 3; cigarrillos 1; televisores 1; posters 1.
En su inmensa
mayoría son anuncios de una página o de media página. No contamos los
clasificados que responden a los intereses de productores más modestos.
Recuentos parecidos podrían hacerse en Evergreen,
Avant Garde, Remparts, The Village 0ther y otros voceros de la
contracultura. Entre los productos ofrecidos se encuentran: artículos para
fumadores tales como pipas, narguiles, y
pinzas, evidentemente diseñadas para el consumo de marihuana o hashish; espátulas para sorber cocaína,
inciensos, trajes de inspiración folklórica, amuletos y posters. Uno de los anuncios de Rolling
Stone contiene la promesa de un método para recibir cien cartas diarias
cada una de ellas con un billete de a dólar. Publicaciones más tradicionales,
como Playboy, Newsweek y Time acogerían
también una copiosa publicidad de productos orientados hacia la contracultura.
[233]
«Después de mucho discutir, Stu dejó que Astrid le arreglara el cabello a su
manera. Astrid se lo estiró bien estirado le cortó las puntas y se lo peinó.
Aquella noche Stu se presentó en el Top Ten con su nuevo corte de pelo, y los
otros se revolcaban por el suelo de la risa. A media actuación, Stu se rindió y
volvió a peinarse como antes con un buen tupé. Pero al día siguiente Astrid
volvió a insistir y Stu se dejó convencer de nuevo. También esta vez se vio
ridiculizado, pero a la noche siguiente George se presentó peinado del mismo
modo. Luego probó Paul, aunque éste estuvo durante mucho tiempo volviendo al
peinado de antes porque John todavía no acababa de decidirse. Pete Best no hizo
el menor caso de todo aquello. Pero había nacido el estilo Beatle. Astrid siguió influyendo en ellos en otras cosas, por
ejemplo, en los trajes sin solapa. Hunter Davis: op cit., p. 128.
[234] Véase, por ejemplo, el catálogo de peinados de adolescentes
norteamericanos recogido por Tom Wolfe en Tht candy-kolored-tangerine-flake-stream-lfned-baby, Mayflower Books,
Londres, 1968, pp. 167-169.
[235] Ver los
anuncios de la revista Ebony citando
la importancia del mercado negro, reproducidos por McLuhan en La cultura es nuestro negocio, p. 218. Cualquier
número de esta revista expresa en abundantes anuncios la incitación al negro a
integrarse en los estilos de consumo de la comunidad blanca. En la página 139 del número de agosto de 1979, aparece Cassius Clay patrocinando
una marca de trampas para cucarachas que es hermosa «especialmente porque tiene
mi imagen en la caja».
[236] Sobre el
problema de la discriminación racial en la colectividad industrial,
consúltense: Antonio Massimo Calderazzi: La
revolución negra en los EE. UU, Editorial Bruguera, Barcelona, 1970; Luis Colmenares Díaz: op. cit.;
Juan Carlos Palenzuela: Prontuario de la
Norteamérica racista, Ediciones Centauro, Caracas, 1977; Claudio Esteva Fabregat: Razas
humanas y racismo, Salvat Editores, Barcelona, 1975; Carmichael Stokely y Charles Hamilton: Poder negro, Siglo XXI Editores, México, 1968; Eldridge Cleaver: Alma
encadenada; Siglo XXI Editores, 1970;
George Jackson: Soledad Brother, Monte
Avila Editores, Caracas, 1971.
[237] «Lo lograremos
—dijo King a los blancos— con nuestra enorme capacidad de tolerancia. Para c
ganarnos nuestra libertad hablaremos a vuestros corazones y a vuestras
conciencias y al final los venceremos».
Citado por Calderazzi: op. cit., p. 237
[238] Entrevista
realizada por Lee Lockwood para Playboy, mayo
de 1973, p. 74.
[239] Ver: « Black
Panther Plataform», recogida por Stansill y Mairowitz (Comps): op. cit., p. 80-82. Jean Genet, aliado de los
Panteras, sostiene que éstos «consideran su pelea una lucha de clases. Su
objetivo es una revolución marxista. Lo que explica la fuerza de las
medidas tomadas contra ellos». Entrevista por Michelle Manceaux en Everxreen, septiembre 1970, p. 72.
[240] Entrevista con
Lee Lockwood, Ibid., p. 76.
[241] Tomás Calvo
Buezas: Los más pobres en el país más
rico, Encuentro Ediciones, Madrid, 1981, pp. 260-271.
[242] Octavio Paz: EI laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, México, 1980, p. 12.
[243] Como lo
destaca la «Declaración General de la Conferencia de Solidaridad
Internacional con la Independencia de Puerto Rico», la inversión de los Estados Unidos allí «representó el 5,5% del total de sus inversiones en todo el mundo (...) Fue «el 21 % de la del resto de los
países subdesarrollados, y el 40% del
total en la América Latina. La ganancia que generan tales
inversiones ascendió en 1970 a 1.345.000.000 de dólares. Obtienen más
utilidades en esta pequeña Isla del Caribe que en el Mercado Común Europeo y la
mitad de las ganancias que alcanzan en toda América Latina». Revista Casa de Las Américas N° 93, La Habana, diciembre 1975.
[244] Ver, Stansill y Mairowitz (Comps.): op. cit., p. 196.
[245] Carlos Morton:
«Antonia Pantoja: an institution for change» en Nuestro, Nueva York, juniojulio, 1973, pp. 30-32.
[246] Ibid.,
p. 32.
[247] Revista Casa
de las Américas N°93, p. 94.
[248] Sobre la
represión a las etnias aborígenes norteamericanas ver Dee Brown: Enterrad mi corazón en Wottndld Knee, Editorial Bruguera, Barcelona, 1976.
[249] Cf.
Stansill y Mairowitz (Comps.): op. cit.,
p. 187.
[250] VIadimir
Bolshakov: Los derechos humanos a lo
norteamericano, Nóvosti, Moscú, 1985,
p. 30.
[251] Cf. Bertrand
Russell: Crímenes de guerra en Vietnam, Editorial
Aguilar, Madrid, 1967; Noam Chomsky: La responsabilidad de los intelectuales, Ediciones
Ariel, Barcelona, 1969; Benjamín Spock y Mitchell Zimmerman: On Vietnam, Del¡ Books, Nueva York, 1968; Wilfred G. Burchett: La Guerra de Vietnam, Ediciones Era,
México, 1965; Robert Taber: La guerra de la pulga, Ediciones Era,
México, 1967
[252] Ver
Manifiestos de la SDS en el volumen colectivo Las luchas estudiantiles en el mundo, Editorial Galerna, Buenos
Aires, 1969, pp. 60-75.
[253] Cf. Edgar
Morin: Diario de California, PP..
181-189, sobre la actividad antibélica de la comuna San Diego Free Press.
[254] Entre 1967 y 1971, 354.112 hombres abandonaron sus regimientos; la media anual de
desertores llegó a sesenta mil. Cf. Maffi: op. cit.,
p. 141.
[255] Por absurdo
que parezca, la Guerra de Vietnam jamás fue declarada por el Congreso de los Estados Unidos, único cuerpo
competente para adoptar tal resolución. El genocidio de Vietnam fue en todo
tiempo una decisión persona! de los presidentes norteamericanos,
empezando por Kennedy
[256] Maffi: Loc. cit.
[257] Sobre esta
ambigüedad de los símbolos pacifistas filmó Stanley Kubrick su ácida cinta Full
metal Jacker.
[258] A este
respecto, la Conferencia Mundial de Población concluyó que «en los paises donde
la fecundidad de los matrimonios subió durante los años 40 y 50, el incremento
sólo fue temporal, y la tasa volvió a bajar generalmente en los años 60. Sin
embargo, el aumento de la tasa de nupcial' dad en Europa, América del Norte,
Australia y Nueva Zelandia parece ser un cambio duradero. Si en el futuro la
regla ha de ser una fecundidad que se aproxime al nivel de reemplazamiento, las
tendencias de la década de 1960 en los países de fecundidad baja sugieren que
esto se podría conseguir si casi toda la población se casase y cada pareja
tuviese como término medio dos hijos» (op. cit., pp. 36-42). Charles Westoff,
por su parte, refiriéndose a los 31 países desarrollados que toma como muestra,
afirma que «la variedad de patrones en estos 31 países no debe oscurecer el
hecho central, y muy importante, de que la fertilidad en la mayor parte del
mundo desarrollado ha sufrido un virtual colapso. Sólo Nueva Zelandia (en la
cual la fertilidad ha declinado), Irlanda, España, Portugal y los judíos de
Israel tienen todavía tasas relativamente altas, que oscilan entre 2.8
nacimientos por mujer y 3.9. En 20 de los 31 países la tasa total de fertilidad
no está muy por encima —y en algunos casos por debajo— del nivel de reemplazo
de 2.1 nacimientos por mujer; mientras que parece apuntar en esa dirección, o
se mantiene alrededor de 2.3 nacimientos en la mayoría de los 11 paises
restantes. Si consideramos esta figura desde el punto de vista de la población
total del mundo desarrollado. El crecinúento de la población en todos los
países desarrollados, a excepción hecha de unos cuantos, es ahora menor del 1
por ciento». Cf.
«The populations of the developed countries» en Scientific American, septiembre de 1974, p. 113.
En lo tocante
a los Estados Unidos, «Desde 1957 la tasa de fertilidad ha caído desde un
máximo de 3.76 niños por mujer, hasta un récord de descenso de 1.75 el último
año. Aunque podría elevarse en los próximos 30 años, es altamente improbable
que los americanos en el futuro previsible se comprometan en el gran impulso
procieativo de los años de postguerra. El baby
boom se ha desinflado»: «Looking to the ZPG generation» en Time, Nueva York, 28 de febrero de 1977.
[259] Al
respecto, Cf. Kerr L. White: «Life and death and medicine» en Scientific American, septiembre de 1973.
[260] Ver David
Riesman: «Algunos tipos de carácter y de sociedad» en La muchedumbre solitaria, pp. 31 y ss.; también, del mismo autor:
«El remanente salvador: un examen de la estructura del carácter» en Individualismo, marginalidad y cultura
popular, pp. 153-191.
[261] AI respecto
confrontar la opinión de Westoff conforme a la cual «lo que parece plausible
hoy en día es que la población del mundo desarrollado llegará en su promedio a
la fertilidad de reemplazo a principios de la década de 1980. Si ese nivel
continúa en el futuro la población desarrollada continuará creciendo durante
buena parte del siglo venidero, estabilizándose justo por debajo de 1.5
billones. Aparte del efecto del mero crecimiento numérico (medio billón más que
hoy en día) la estructura de edad de la población cambiará en algunos aspectos.
La proporción de jóvenes — aquéllos que tienen menos de 20 años— declinará
aproximadamente un tercio a un cuarto del total en el momento en que la
población deje de crecer, pero, debido al incremento de base de la población la
cantidad de jóvenes seguirá siendo aproximadamente la misma actual. El número
de personas de edad —por encima de 65 años— crecerá dramáticamente de unos 120
millones a 175 millones hacia el año 2000 y a 275 millones en la población
estacionaria. Este grupo, que actualmente comprende el 11 por ciento de la
población total, pasará a constituir el 19 por ciento. El incremento de 35
millones de personas de edad avanzada que tendrá lugar hacia el fin del siglo
no es asunto a conjeturas: serán los sobrevivientes de las personas próximas a
la cuarentena que están vivas actualmente. Para las sociedades que no han
estado haciendo una labor destacada en la integran de los ancianos, la
perspectiva de tal crecimiento es preocupante». op. cit., p. 114.
[262] Westoff se
inclina a ligar al fenómeno con «la perspectiva histórica a largo plazo que
liga la transición demográfica con el desarrollo de una sociedad industrial,
con la educación y con la emergencia de las demandas del individuo por encima de las de la familia y la comunidad».
Loc. cit.
Herman
Kahn y Anthony J. Wiener, por su parte, haciendo proyecciones sobre la sociedad
postindustrial del año 2000 afirman que: «Puede llegar a haber una mayor
propensión hacia el egoísmo, un menor interés por los temas del gobierno y la
sociedad en su conjunto y un desarrollo de las manifestaciones más infantiles
del individualismo y de las expresiones más antisociales tales como la
preocupación por uno mismo y por los familiares más cercanos. Por consiguiente,
y aunque sea paradójico, la sociedad de gran progreso técnico y de alta
productividad al exigir menos al individuo quizá llegue a reducir sus
frustraciones económicas pero fomentará en cambio sus agresiones contra la
sociedad. Evidentemente aquí habría suelo abonado para lo que ha dado en
llamarse alienación». « La sociedad postindustrial en el mundo tipo» en El año 2000, Emecé Editores, Buenos Aires,
1969.
El Times de 28 de febrero de 1977, al
indicar que «el principio del placer puede ser un factor también» en el
descenso de la fertilidad, cita a Richard Brown, director de los estudios
demográficos para un equipo técnico de la General Electric en Washington, quien
afirma que «los niños están compitiendo con los viajes, la nueva casa y el
prestigio profesional. Cuando la chequera está balanceada y los demás deseos
satisfechos, una pareja pensará en tener un niño —o, por lo menos, este niño
tendrá un lugar en la lista de necesidades y objetivos». El mismo reportaje
cita la opinión de Westoff en el sentido de que «hay un cambio muy pronunciado
en la actitud de las mujeres hacia el matrimonio, la crianza de los niños y el
trabajo y todas estas actitudes parecen apuntar en una dirección: no quieren
tres o cuatro niños». También cita la opinión de Judith Blake, demógrafa de
Berkeley, quien afirma que «Ya no hay madres sacrificadas». En general se añade
que «otros expertos señalan que, con menos niños, las familias tendrán más
ingreso discrecional para gastar en la persecución del placer— y para mejores
cuidados médicos y educación».
[263] Sobre el
consumo suntuario como fundamento y expresión del sistema capitalista
consúltense los ya clásicos Teoría de la
clase ociosa de Thorstein Veblen; y The
waste makers, de Vance Packard.
[264] «Una especie
de ascética despersonalización gobierna gran parte del ocio sumamente expandido
de la persona dirigida por los otros: despersonalización disfrazada por el
mundo de comodidades, diversión y menor esfuerzo, pero nulidad ascética en su
tenso empleo del ocio para prepararse a enfrentar las esperanzas de los demás».
D. Riesman: Individualismo, marginalidad
y cultura popular, p. 173.
[265] Sobre la
psicología de la innovación en el campo científico consúltense: Jacques
Hadamard: The psichology of invention in
the mathematical field, Dover Press, Nueva York, 1945; P. Vernon: Creativity, Penguin Books, Londres,
1970; James L. Adams: Conceptual
blockbusting, W. H. Freeman, San Francisco, 1974.
[266] Riesman ha
caracterizado las actitudes políticas del tipo de carácter dirigido por otros
en la figura del `bien informado'. En su opinión «El bien informado» puede ser
el individuo que ha llegado a la conclusión (con buenos motivos) de que como no
puede hacer nada para modificar la política sólo le queda comprenderla(...). Si
no puede modificar a los otros que dominan su atención política su impulso
caracterológico lo lleva a manipularse a sí mismo no para cambiar a los otros
sino para parecerse a ellos». Sin duda «la política sirve al ‘bien informado’
principalmente como un medio para la conformidad con el grupo. Debe tener
opiniones aceptables y, cuando interviene en política debe hacerlo en formas
aceptables». La muchedumbre solitaria,
pp. 205-236. El mismo autor, en su libro Cultura comercial, totalitarismo y ciencias sociales, estudia los
rasgos que la vejez revela en el carácter «adaptado»: «La voluntad que arde en
él, aunque a menudo admirable no se puede decir que sea verdaderamente `suya':
es compulsiva, no tiene el control sobre ella sino que, por el contrario, está
bajo su control. Parece existir en un refrigerador psicológico, la nueva
experiencia no puede alcanzarle, pero más bien se realiza llevando a cabo
tareas siempre renovadas que son dadas por su ambiente: es arrastrado por la
ola de las agendas culturales. En tanto esas agendas subsisten, está seguro; no
adquiere sabidurías, como se dice que ocurre con los ancianos de otras
culturas, pero no pierde la habilidad, y si la pierde, está
protegido por su poder de las consecuencias, quizá de la conciencia de esa
pérdida (...) sus tenaces esfuerzos por evitar el hundirse en una edad de
flojedad o relajamiento son lo que provee gran parte del impulso de nuestra
expansión empresarial combinada con un conservatismo institucional». Editorial
Paidós, Buenos Aires, 1976 pp., 138-144.
[267] Conforme lo
indica la citada edición de Times, «los de edad avanzada como un segmento mayor
y por lo tanto más influyente de la población con mayor expectativa de vida
seguramente insistirán en cumplir un rol más productivo en la sociedad del que
ocupan actualmente. Con una fuerza laboral más reducida, la edad del retiro
obligatorio durante el próximo cuarto de siglo tendrá que ser elevada a los 70 años. Ciertamente muchos críticos
sociales han argüido por mucho tiempo que la nación está desperdiciando un recurso
invalorable al relegar ciudadanos robustos y creativos a los ghettos de ancianos. La senectud de
América le ofrecerá nuevas oportunidades al retirado».
[268] En general
sobre el problema de la ocupación en la sociedad postindustrial con sus
derivaciones de incremento de la edad útil, insuficiencia de los sistemas de
seguridad social debido a la longevidad de los afiliados, prolongación de los
lapsos de estudio y carreras obsolescentes por la automatización o el
desarrollo científicos, consúltese C. V. Rock: Profesiones del mañana, Editorial Plaza & Janés, Barcelona,
1971.
[269] AI respecto, L. Dudlly Stamp enfatiza lo siguiente: «En todos los países los problemas de
ajuste a una cambiante estructura por edad son bien visibles (...). Cuanto
mayor sea el número de personas jubiladas es claro que mayor será la carga para
la población activa aparte del hecho de que hombres o mujeres de los grupos de
60 ó 70 años pueden estar en muchos aspectos en la cumbre de sus posibilidades.
En el otro extremo, la elevación de la edad escolar obligatoria así como la
duración de la mayoría de enseñanzas profesionales, son causa de que el trabajo
productivo y la ganancia de un salario sean diferidos». Población mundial y
recursos naturales, Ediciones OikosTau, Barcelona, 1965, p. 36.
[270] En un despacho
proveniente de Washington el 12 de Octubre de 1978, la agencia EFE publica un
estudio sobre la población futura de los Estados Unidos, en donde resalta esta
paradójica tendencia a la concentración de fortunas —y poder político— en el
creciente grupo pasivo de la población: «La norteamericana que viene al mundo
hoy en día puede esperar un término de vida media de 76,5 años. El
norteamericano que nace sólo llegará, estadísticamente a los 68,7. En el año
2.035, se calcula, habrá 33.4 millones de mujeres mayores de 65 años en este
país, pero sólo quedarán 22.4 millones de hombres de esa edad. Lo cual dejará a
más de diez millones de mujeres solas, en muchos casos enfermas, sin marido y
sin familias que las cuiden, teniendo que recurrir en muchos casos a asilos más
o menos lujosos donde puedan recibir el cuidado que necesitan. Pero también
tendrán esos millones de mujeres el potencial económico, el tiempo libre para
trabajar por una causa u otra y el poder de los votos para determinar, más que ningún
otro grupo de población norteamericana, lo que ocurre con este país. Según
proyecciones de la Oficina Federal del Censo, dentro de cincuenta años
existirán en Estados Unidos cerca de veinte millones de mujeres viudas, las
cuales tendrán en sus manos las fortunas modestas o grandiosas según los casos
que sus maridos acumularon de por vida. Incluso hoy día, en que hay en este
país 13.9 millones de mujeres mayores de 65 años frente a 9.5 millones de
hombres de edad, el matriarcado por herencia y viudez es un hecho en muchas de
las grandes corporaciones e industrias norteamericanas donde la mayor parte de
las acciones están en manos de las mujeres que han sobrevivido a los varones de
sus familias». E! Nacional, 13 de octubre de 1978.
[271] «No menos
importante es la disminución del consumo en una sociedad que envejece. Las
personas mayores consumen menos que las jóvenes y que los niños. Cabe
preguntarse: ¿No puede estar aquí uno de los posibles estrangulamientos de las
sociedades capitalistas y neocapitalistas?». Manuel Ferrer Regales: La
explosión demográfica, Salvat Editores, Barcelona, 1973, p. 118.
[272] Conforme
expresa Ferrer, «nuestras poblaciones viejas tienen miedo a los jóvenes. En
Francia la explosión de Mayo de 1968 se quiso relacionar con la explosión de
los jóvenes con el aumento de la natalidad. La verdad es muy distinta. La
generación de 1968 es una generación de `clases vacías', como la que elevó a
Hitler al poder, es decir, es heredera de padres malthusianos. El espíritu
antinatalista esencialmente burgués aunque trasvasado luego al resto de los
estratos sociales, siempre cree que se está llegando al limite, al fin. Se teme
a los jóvenes porque son revolucionarios, y son revolucionarios porque no
tienen empleo, porque son muchos», Loc. cit.
[273] Cuán precaria
es esta prosperidad lo señala Theotonio Dos Santos al apuntar que «en pleno
auge económico, el desempleo no bajó de menos de 3,4% de la fuerza de trabajo
(hay varios autores que duplican las cifras oficiales de desempleo; en este
caso el porcentaje real se elevaría al 6,8%) y es necesario considerar que gran
parte de la fuerza de trabajo ocupada se encuentra no sólo en las actividades
industriales, comerciales y de servicio que sirven a la economía militar sino
también, reclutada por las fuerzas armadas
debido a la guerra». op. cit., p. 114.
[274] Ibid., pp. 135-136.
[275] Consúltese,
desde luego, el ya clásico de Meadows, Randers y Behrens: The limits of growth, Signet Books, Washington, 1972; así como de
M. Mesarovic y E. Pestell: La humanidad
en la encrucijada, Fondo de Cultura Económica, México, 1975.
[276] Cf. Michel
Grcnon: La crisis mundial de la energía, Alianza
Editorial, Madrid, 1974, pp. 265-270.
[277] Una nota de prensa de L'Expresso recogida
por el Inter Press Service y publicada en El
Nacional de 10 de diciembre de 1977, explica minuciosamente la nueva simbología
de los atuendos «fascios» e «izquierdosos»
POLITICA
la
moda
juvenil
italiana
«Una
nueva moda, impuesta por los jóvenes de 12 a 20 años, ha invadido las calles
romanas reemplazando el refrán del hábito hace al monje por el de la ropa es la
ideología, ya sea de derecha o de izquierda. Los jeans, monos, sombreros, peinados, chalecos, en si mismos no son
suficientes para dictar aisladamente un juicio, lo que cuenta es el conjunto.
Una
larga nota ha merecido el tema en el semanario L'Expresso que ha realizado una exhaustiva investigación acerca de
este fenómeno que no es nada anárquico. Por el contrario, parece beneficiarse
de reglas más severas que la más severa de las modas.
Un
ejemplo dado por los jeans, hasta
hace poco símbolo del anticonformismo juvenil, pero que ahora sufre variantes
fundamentales. Según estas reglas formudas por los nuevos jóvenes, los de
izquierda desdeñan los jeans de
marca. Los famosos Levis, Wranglers y Roy, dan un aspecto 'fascio'. En cambio,
los jóvenes de izquierda se contentan con pantalones viejos, sucios —si es
necesario exprofeso— y especialmente usados y remendados. El saco puede
provenir de un sastre famoso, y esto se lo pueden permitir hasta los jóvenes de
izquierda, siempre y cuando hayan sido tendidos sin delicadeza sobre la grasa
de un taller mecánico y luciendo abajo una camiseta con dibujos que no haya
costado más de un dólar.
Por
otra parte las chicas, si no son de derecha, deberán usar un pantalón del
hermano, chaleco, camisa y saco viejo de piel de la madre, aunque puede
permitirse un echarpe Christian Dior.
Pero
lo más importante, y es donde se advertirá rápidamente si los jóvenes son de
derecha o de izquierda son los accesorios. Exhibir la etiqueta de marca es
'fascio'. Deteriorar el sombrero nuevo, es la regla principal del vestir
'izquierdoso'. Se puede comprar ropa de marca, pero cuidado con mostrar la
marca de fábrica. Los anteojos de sol Ray Ban o los espejados quedan 'fascio'.
Las chicas 'izquierdosas' deben usar anteojos de forma mariposa que usaba
Bárbara Hutton, y los muchachos, los que tienen montura de celuloide
transparente como los que usa Jack Nicholson. También la corbata forma parte de
las diferencias políticas. Los de izquierda usan corbatas finitas el nudo
apretado, sobre camisas con botones hasta el cuello. Pero la camisa debe salir
fuera de los pantalones. Las chicas 'izquierdosas' deberán usar una piel
viejísima —que la madre haya querido tirar reiteradamente. Los muchachos
'fascios' prefieren la ropa firmada; ostentan una elegancia clásica; blazer
azul, camisa Oxford, pullover de
cachemire o benetton, en la muñeca un Cartier con pulsera de cocodrilo.
Como
lo señala la revista L'Expresso, Roland
Barthes, el lingüista francés, decía 'la moda ya no habla más de amor'. Pero
tampoco hablaba tanto de política.
De
un tiempo a esta parte está sucediendo lo contrario: con la moda se hace
política. Y todo comenzó en el 68, época de los Beatles, los jeans, de cabellos largos. La
impugnación estudiantil inventó una moda propia abandonando franela y taileurs,
por los jeans y el pullover deportivo. De allí a hoy el estilo informal se
convirtió en un uniforme para todos. El cambio ahora es el modo de vestirse se
ha transformado, para los jóvenes, es un modo de reconocerse».
[278] Ver Kitty
Hanson en Instrucciones para el uso de
las discotecas, Ediciones El Diario de Caracas, Caracas, 1979; donde se
desarrolla una prolija etiqueta sobre actitudes de baile y atuendos
permisibles. Por otra parte, prohibiciones explícitas en las puertas de los
locales nocturnos han señalado el destronamiento del jeans como traje ceremonial.
[279] Sobre el punk consúltese: Mariano Ros y J.M.
Martí Fox: «New York, TV, Punk» en Vibraciones, Caracas, mayo de 1977;
Oriol Llopis: «Punk story»; y Damian G. Puig: «Entrevista a Ted Rotten» en
Vibraciones, Caracas, diciembre de 1977. Este último declara que «Lo que ocurre
es que aquí las diferencias entre izquierda y derecha son prácticamente nulas.
Lo que se traen entre manos es lo mismo; lo único que cambia es el nombre de
las personas. Los sistemas educativos son culpables de que esto se mantenga así. A lo único que te enseñan es a ser
un número. Y lo curioso es que sea la gente que tuvo que abandonar la escuela
para ponerse a trabajar la que la esté manteniendo; sabiendo como sabe lo
difícil que es encontrar trabajo cuando no se tiene un buen certificado de
estudios».
[280] Theotonio Dos Santos
estima en un millón el número de desempleados en Inglaterra para 1970. op. cit., p. 165,
[281] Ver Diego A. Manrique: «Reggae: el sutil encanto
de la miseria tropical» en Vibraciones, Caracas,
enero de 1978. En dicho artículo se
cita al líder jamaiquino Manley quien dice que la «historia del Caribe es una
historia de desplazados: desde el colono blanco hasta el esclavo traído de
Africa pasando por los indios cuyo modo de vida fue roto. Así que históricamente
somos únicos. Estamos obligados a ver fuera de nuestro país si queremos ver nuestras culturas
ancestrales».
[282] Cf. Diego A.
Manrique: «Rastamen» en Vibraciones, Caracas, enero de 1978, p. 34. Los
rastafarios son una curiosa secta etíope, automarginada, que se identifica con
«los israelitas» bíblicos desterrados en Babilonia (Jamaica) y espera un
regreso mesiánico a su lugar de origen, Etiopia.
[283] Una crítica
interesada ha querido destacar en el dadá solamente su aspecto lúdico,
soslayando que dicho movimiento tenía una coherente y comprometida plataforma
política, que reproducimos de la obra de Jeff Nutall: Gas culturas de posguerra, Editorial Martínez Roca,
Barcelona, 1974, p. 98.
¿Qué
es el dadaísmo y qué es lo que pretende en Alemania?
1.
El dadaísmo exige: a) la unión revolucionaria e internacional de todos los
hombres y mujeres intelectuales sobre la base de un comunismo radical; b) la
introducción de un desempleo progresivo gracias a la mecanización progresiva de
todos los campos de la actividad. Sólo mediante el desempleo el individuo puede
alcanzar la certidumbre dé la verdad de la vida y de esta forma habituarse a
experimentar; c) la expropiación inmediata de la propiedad (socialización) y la
alimentación comunal de toda la población; aún más, la construcción de ciudades
luz, y jardines que pertenezcan a la sociedad en conjunto y preparen al hombre
para un estado de libertad.
2.
El Consejo Central exige: a) comidas diarias a costa de los fondos públicos
para todos los hombres y mujeres intelectuales y artistas de la Postdamer Platz
(Berlín). b) adhesión obligatoria de todos los clérigos y profesores a los
artículos de fe dadaístas; c) lucha brutal contra las directrices de los
llamados «trabajadores del espíritu» (Hitler, Adler) contra su burguesismo
enmascarado y contra la educación posclásica defendida por el grupo Sturm; d)
construcción inmediata de un centro artístico estatal. Eliminación del concepto
del decoro en el nuevo arte (Expresionismo); el concepto de decoro está
totalmente excluido del movimiento dadaista, que libera a toda la humanidad; e)
introducción del poema simultáneo como oración del estado comunista; f) confiscación
de todas las i lesias para la
representación de poemas dadaístas, simultaneístas y brutistas; g)
establecimiento de un consejo dadaísta para asesorar en la reconstrucción de la
vida en toda ciudad de más de 50.000
habitantes; h) organización inmediata de una campaña de propaganda dadaísta
con ciento cincuenta circos para la educación del proletariado; i) sometimiento
de todas las leyes y decretos a la aprobación del Consejo Central dadaísta; j)
regulación inmediata de todas las relaciones sexuales conforme a las opiniones
del dadaismo internacional y a través de la creación de un centro sexual
dadaísta.
Consejo
Central Revolucionario del Dadaísmo Alemán. Grupo: Hausmann Huelsenbeck.
Oficinas: Charlottenburg,
Kantstrasse 118.
Admisión de
nuevos miembros en las oficinas»
[284] Ver C.G. Jung: El hombre y sus
símbolos.
[285] Sobre el Comic de horror, ver
Sternberg, Caen y Lob (Comps.): op. cit.,
p. 345-461; y Don Thompson y Dick Lupoff: The comic-book óook, Rainbow Books, Nueva Jersey, 1977, pp. 290-317.
[286] Ver
Les Daniels: Fear: a history of horror in
the mass media, Paladin Books, Londres, 1975; y Denis Gifford: Science fiction film, Dutton,
Pictureback, 1971.
[287] El cantante de
un conjunto punk adopta el poco
tranquilizador seudónimo de Sid Vicious, se ve envuelto en una acusación de
homicidio contra su mujer y muere en circunstancias misteriosas, aparentemente
de una sobredosis de drogas.
[288] «La BBC
prohibe la radiación del single, lo mismo
ocurre con las cadenas de TV. La agencia de prensa Associated Press deja de
transmitir noticias del grupo. La IBA y la cadena independiente de Radio
Luxemburgo prohiben también la radiación del tema (...). Entonces alguien se
tomó la justicia por su mano y le asestó una leve cuchillada a Rotten; a Cook
le ocurrió lo mismo (...). El resultado: un montaje publicitario gratuito que
les está yendo de maravilla». Damian G. Puig: «Dios salve al Punk» en Vibraciones, Caracas, agosto 1977.
[289] Stéphane
Pietri y Alexis Quinlin: Punk: sventeen rock, Regine Deforges, París, 1977, p.
170.
[290] Gianni
Vattimo: El fin de la modernidad:
nihilismo y hermenéutica en la cultura, Editorial Gedisa, Barcelona, 1987,
p. 23.
[291] Josep Picó
(Comp.): «Introducción» en Modernidad y
pastmodernidad, Barcelona, Alianza Editorial, 1988, p. 18.
[292] AIbrecht
Wellmer: «La dialéctica de la modernidad y postmodernidad» en J. Picó: op.
cit., p. 105.
[293] J. Habermas:
«Modernidad versus post modernidad», Ibid., p. 94.
[294] Ibid., p. 98.
[295] A. Wellmer: op. Cit., p.
103.
[296]
Frederic Jameson: uPostmodernidad y sociedad de consumo» en Ha¡ Foster (Comp.):
La posmodernidad, Editorial Kairós,
Barcelona, 1985, p. 170.
[297] Ibid.,
p. 171
[298] Franciíco
Umbral: Guía de la ~modernidad, Ediciones El Papagayo, Madrid, 1979, p. 42.
[299] G. Vattimo:
op. Cit., p. 11
[300] Ibid.,
p. 16
[301] Citado por
Umbral: op. Cit., p. 39.
[302] Loc.
Cit.
[303] Josep
Picó: op. Cit., p. 46.
[304] G. Vattimo:
op. Cit., p. 14.
[305] Ibid.,
p. 11
[306] 11. Zavier Rubert de Ventós: De la modernidad, Ediciones Península, Barcelona, 1980, p. 45.
[307] Ariel Jiménez:
«La crisis de la modernidad» en Analys—Art
N° 2, p. 32. 19F.
Jameson: op. cit., p. 178.
[308] F.
Jameson: op. Cit., p. 178.
[309] Ibid.,
p. 186.
[310] Francisco
Umbral: op. cit., p. 142.
[311] Jean Frnnqois
Lyotard: La condición postmoderna:
Informe sobre el saber, Ediciones Cátedra, Madrid, 1911, p, 10.
[312] Ibid.,
p. 15.
[313] Ibid.,
p. 55.
[314] Ibid.,
p. 16.
[315] X. Rubert de
Ventós: op. Cit., p. 191.
[316] Ibid.,
p. 9
[317] Ibid., p. 12.
[318] René
Thom: op. Cit., p. 326.
[319] J. Habermas:
«Modernidad versus postmodernidad», en Picó: op. Cit., p. 95.
[320] Peter
E. Smith: Architecture and the human dimension, Eastview Editions Inc., Nueva
Jersey, 1979, p. 3.
[321] Charles E.
Jencks: El lenguaje de la arquitectura posmoderna, Editorial Gustavo Gili,
Barcelona, 1989, p. 9-10.
[322] J. Habermas:
«La modernidad, un proyecto incompleto» en Ha¡ Foster (Comp.): op. cit., p. 21
[323] G. Vattimo:
op. cit., p. 31.
[324] Ibid.,
p. 87.
[325] H Foster:
«Polémicas (post) modernas» en Picó:
op. cit., p. 249.
[326] Ibid.,
p. 251.
[327] J.F.
Lyotard: op. cit., p. 18.
[328] Ibid.,
p. 35.
[329] Daniel Hela: El fin de las ideologías, Editorial
Tecnos, Madrid, 1964, p. 547.
[330] «Time lo eall
hletory ti dtiy?» en The Economisi, Londres,
16 de septiembre de 1989, p. 48.
[331] André
Glucksman: La cocinera y el devorador de
hombres, Monte Avila Editores, Caracas, 1976, p. 240.
[332] Milton y Rose
Friedman: Libertad de elegir, Bloque
Editorial Hispanoamericano De Armas, (Col.
Libros revista Bohemia, 118), Caracas,
sal., p. 407.
[333] Alejandro
Foxley: Experimentos neoliberales en
América Latina, Fondo de Cultura Económica, México, 1988, p. 100.
[334] Ver Bernardo
Kliksberg: Hacia un nuevo paradigma en
gestión pública, Fudeco, Barquisimeto, 1988, p. 8.
[335] «Government
size and economic growth», citado por Kliksberg: Loc. cit.
[336] Citado por
John Saxe Fernández: «Los fundamentos de la derechización en los Estados
Unidos» en Agustín Cueva y otros: Tiempos
conservadores: América Latina en la derechización de Occidente, Editorial El Conejo, Quito, 1987, p. 76.
[337] Catherine
Nelson: «Estados Unidos, la sociobiología y el estado de bienestar», Ibid., p. 99. 49«And the poor wlll ptty more» en Newsweek, 19 de marzo de 1990,
p. 27.
[338] «And
the poor will pay more» en Newsweek, 19 de marzo de 1990, p. 27.
[339] Bill Powell: uThe japanese invade Europe» en Newsweek, 02 de octubre de 1989, p. 28
[340] George
McGovern: «Se busca: un presidente constitucional» en revista Nueva Sociedad N° 94, Caracas,
marzo-abril de 1988, p. 38.
[341] Alejandro
Foxley: op. cit., p. 9.
[342] Alain de
Benoist: La nueva derecha, Editorial Planeta, Barcelona, 1982, p. 9.
[343] Alejandro
Foxley: op. cit., p. 99.
[344] Milton y Rose
Friedman: Libertad de elegir, T.1., p. 47
[345] Marshall
Berman: Todo lo sólido se desvanece en el
aire, Siglo XXI Editores, México, 1988, p. 45
[346] C. Marx y F.
Engels: Manifiesto Comunista, p. 45.
[347] Gianni
Vattimo: op. Cit., p. 25.
[348] Adam Smith: La
riqueza de las naciones, Editorial Aguilar, Madrid, 1957, p. 59.
[349] Ibid.,
p. 408.
[350] Ibid., p. 63.
[351] Ibid.,
p. 408.
[352] Milton
y Rose Friedman: op. cit., p. 66.
[353] Cifras
suministradas por Reinaldo Cervini a Franklin E. Whaite, El Nacional, 21 de abril 1990, p. C/4.
[354] Comité de
Santa Fe: Una estrategia para América
Latina en la década de los noventa,
p. 28.
[355] Milton
y Rose Friedman: op. cit., p. 83.
[356] John Saxe Fernández:
op. cit., p. 76.
[357] Catherine
Nelson: op. cit., p. 99.
[358] Raúl Prebisch:
Capitalismo periférico, Fondo de Cultura Económica, México, 1984, p. 270.
[359] Loc.
Cit.
[360] René
Villarreal: La contrarrevolución monetarista, Fondo de Cultura
Económica, México, 1986, p. 190.
[361] Raúl
Prebisch: op. Cit., p. 270.
[362] Nei1
Howe y Bill Strauss: 13th Gen, abort,
retry, ignore, fail?; Vintage Press, Nueva York, 1993, p. 199
[363] Dean
Kuipers: "X StufP'; Playboy, diciembre
1992, p. 111.
[364] «Love
among the Xers»; Playboy, diciembre
1992, p. 199.
[365] Neill
Howe y Bill Strauss: Op. cit. p. 20.
[366] Op.
Cit. P. 21.
[367] «Endangered
Minds», en Neill Howe y Bill Strauss, op. Cit. P. 18.
[368] Op.
Cit. P. 33.
[369] Op.
Cit. P. 21.
[370] Entropía; El
paseante, N° 4, Madrid, 1986, p. 43.
[371] Citado
por Noam Chomsky: Year 501: the conquest
continues; South End Press; Boston, 1991, p. 61.
[372] Chomsky;
op. cit. p. 109.
[373] Fredric
lameson: El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado; Paidós
Studio, Barcelona, 1991, p. 19
[374] Jamenon: op. cit. p. 14.
[375] Por ejemplo,
Susan Headen revela que “una investigación de tres meses conducida por U.S. News encontró que por lo menos la mitad
de los vestidos femeninos hechos en Estados Unidos son producidos en conjunto o
en parte por fábricas que pagan por debajo del salario mínimo, violan las leyes
federales de seguridad y requieren de los trabajadores pasar 60 horas o más
cada semana en sus máquinas de coser. El tiempo extra de trabajo no es pagado.
Los beneficios del seguro no existen. `No es posible quejarse' dice Juan
Pineda, un trabajador textil de Los Angeles 'porque le dan tu trabajo a otra
persona' “; “Made in the Usa”; US News
and worid report; Noviembre 22,
1993, p. 49.
[376] John
Greewald: “Bellboys with B.A.s”; Time, noviembre
22, 1992, p. 37.
[377] pat
Choate: Agents of influence; Simon
& Schuster, Nueva York, 1990, p. XX.
[378] Steven
Butler y Susan V. Lawrence: “The Jure of the orienC; US News and world report; Noviembre 22, 1993, p. 34.
[379] Citado por
Chosky: op. Cit. P. 125.
[380] Noam
Chomsky: op. Cit. P. 33.
[381] Comité de
Santa Fe, en Documento secreto da
Política Reagan para América Latina, Editora Hucitec, Sáo Paulo, 1981.
[382] Mario Arrieta
Abdalla: “La tnotrbpolis universal” en Nueva
Sociedad, Mayo—Junio 1992, Caracas, p. 157.
[383] Comité de
Santa Fe. Una estrategia para América
Latina en la década de los noventa, mimeo, s.d.
[384] Noam
Chomsky, op. cit. nota 10, p. 53.
[385] Luciano
Pellicani: La guerra cultural entre Oriente y Occidente; Nueva Sociedad 119; Mayo-Junio 1992,
Caracas, p. 109,
[386] Tapio Varis:
“The international flows of television programs”, Journal qf Communications, 1984, vol. 23, N° 1, citado por Marcelino
Bisbal: “Predominio de los enlatados”, Nueva Sociedad, N° 95, 1988.
[387] Harold
M. Hubbard: «The real cost of energy»: Scientific American, Abril 1991,
p. 36.
[388] A las
advertencias de los teóricos sobre los límites del crecimiento, se unen las de
los analistas de sistemas en el sentido de que «los grandes sistemas se tornan
cada vez más ingobernables. Nadie sabe estabilizarlos y somos muy pocos los que
procuramos prever las consecuencias de su creciente inestabilidad»: Roberto
Vacca: El medioevo que está a nuestras
puertas; Editorial Alta Argentina; Buenos Aires 1972; p. 52.
[389] Olivier
Rehoul: Longngr el idlulngie: Pre.cses
Universilaire de France. París, 1980, pp. 206-222.

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