© Libro No. 697. La Hora Exacta y Otros Relatos. Rivas
Groot, José María. Colección E.O. Abril 5 de 2014.
Título original: © JOSE
MARIA RIVAS GROOT (1863 – 1923). LA HORA
EXACTA Y OTROS RELATOS
Versión Original: © JOSE MARIA RIVAS GROOT (1863 – 1923). LA HORA EXACTA Y OTROS RELATOS
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Selección y
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Rivas
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
JOSE MARIA RIVAS GROOT
(1863 – 1923)
LA HORA EXACTA
Y OTROS RELATOS
JOSE MARIA RIVAS GROOT
(1863 – 1923)
LA HORA EXACTA Y OTROS
RELATOS
Selección y edición electrónica de
morphynoman
LA
HORA EXACTA
En cierta República intertropical se imitó la
sabia costumbre de Roma: en lo alto de una torre se puso un reloj, que se regía
por el meridiano, y a las 12 del día se disparaba un cañonazo.
Muchos hombres, respetuosos del orden, amigos
de la tradición, confiados en las leyes eternas que rigen el universo,
aceptaron con gusto la costumbre, y cada día ajustaban su reloj a la hora
anunciada por el observatorio y por el cañonazo. Muchos otros hombres, tocados
por el espíritu revolucionario, por el prurito de reformas, protestaron contra
el sistema.
‑¡El cañonazo! ¿Las 12?... No: yo tengo la una
y cuarto... ¿Quién me dice que mi reloj es el malo? Bien puede equivocarse el
reloj del observatorio... Yo no someto mi criterio al criterio de otro tan
falible como yo mismo... Además, yo no me equivoco: mi reloj va adelantado.
Entre las grandes conquistas de la época
moderna, al lado de los dogmas de 1789, para completar la libertad absotuta de
conciencia y de palabra, entre los derechos del hombre, debemos consignar esta
máxima sagrada, como una conquista del pensamiento emancipado: «Libertad
absoluta en materia de relojes».
Levantó tribuna en la plaza pública, fundó
periódico ‑La Hora Libre‑, hizo meetings, organizó juntas
clandestinas, desarrolló en elocuentes discursos y en extensos artículos su
programa de libertad, de rebelión contra la hora oficial; observó que aquel
reloj venía marcando las horas desde los tiempos de la dominación española,
siglos de oscurantismo en que los frailes estaban encargados de las
observaciones astronómicas; recordó el caso de Galileo, la mazmorra
inquisitorial, la frase E pur si muove; declaró que era preciso romper
el yugo del pasado y aun los yugos del presente; demostró que no había verdades
absolutas, ni en religión, ni en política, ni siquiera en astronomía, menos aún
en materia de horas, pues que en el Japón es medianoche cuando en la República
intertropical es mediodía.
Todos los que tenían los relojes adelantados o
desarreglados de cualquier manera ‑media ciudad‑ lo aclamaron como jefe. El
ofreció derramar su sangre en la lucha contra la dictadura de la «hora
oficial». Y un gran tumulto, con bandera desplegada, en que había pintado un
reloj con 13 horas, se encaminó al palacio presidencial para pedir «garantías»
en nombre de «media nación de relojes adelantados».
EI presidente, hombre de ciencia y de
carácter, se negó a escucharlos, y fundó un periódico ‑La Hora Exacta‑
para demostrar las verdades de la astronomía. En el Observatorio y en la Torre
del Reloj no dejó entrar sino a hombres disciplinados, convencidos de la
necesidad de la hora exacta. Pidieron los agitadores que los dejase ir al
parlamento para una ley fundamental que suprimiera los relojes púbiicos, la
hora oficial y la creencia en un solo sol y en un solo meridiano. El
presidente, apelando a una comparación, les replicó severamente: «No se hacen
concilios católicos con cardenales protestantes». Entonces, apelaron a las
armas. En el campamento revolucionario cada cual quiso imponer la hora de su
reloj. Ningún batallón se movió a hora fija. Sonó la hora de la derrota. Fueron
vencidos. El jefe de la revolución cronométrica fue expulsado de la República
intertropical, y murió de pena al ver que en todas las naciones existían
observatorios y relojes y órdenes de gobiernos tradicionales.
Durante veinte años la República Intertropical
conservó la «hora oficial», merced a la cual se observaba completo orden en el
mecanismo. Algunos protestaban contra la «vieja iniquidad» del Observatorio,
pero todas las cosas se hacían a su tiempo, y el pueblo adquiría el sentido del
ritmo.
Dado el sistema de la alternabilidad
republicana, entró al gobierno otro presidente. Los partidarios de «la hora
libre» vieron un rayo de luz en el horizonte. El nuevo presidente era hombre de
corazón magnánimo, de escasos estudios en materia de astronomía y de mecánica,
y deseaba ante todo la armonía entre los gobernados. Los de la «hora libre» se
presentaron como víctimas. Celebraron meetings: «Señor: hace veinte años
que se nos impone la hora, la hora fatal; por lo cual tenemos que adelantar
nuestros relojes unas veces, y otras tenemos que atrasarlos... solo porque hay
un relojero público, partidario exclusivo de la «hora exacta»... Y con ese
sistema de la hora exacta a veces encontramos cerrada la caja de los bancos,
que no oyen razones ni admiten los cheques pasado cierto instante. Y tenemos
que afanarnos y correr por atrapar los trenes, los buques, los correos, que
parten infaliblemente en cierto momento, por complacer a los partidarios de la
hora exacta, a los sectarios de la hora única, de la hora infalible...
El presidente, conmovido, convocó una Gran
Junta Central Nacional Universal y declaró que en ella debían estar
representados todos los ciudadanos. Los partidarios de la «hora libre» dijeron:
«Señor: romped la constitución, violad la ley, pero dadnos participación en los
negocios públicos y el manejo del Reloj Nacional».
El presidente dictó enseguida el siguiente
decreto:
Considerando:
1o: Que todos los ciudadanos contribuyan en la
Rentas Nacionales al pago del Relojero Oficial;
2o. Que la Torre Central en que se muestra el
Reloj Oficial no es ni puede ser propiedad de un solo partido, sino de la
nación entera;
3o. Que todos los ciudadanos tienen derecho a
mirar el Reloj Naclonal y de consiguiente todos deben intervenir en la manera
como se ponen en movmiento las ruedas de ese complicado mecanismo,
Decreta:
Convócase un Gran Cuerpo
Central Nacional en que estén equitativamente representados todos los
ciudadanos sin distinción de relojes.
La reunión tendrá lugar el primero del mes
entrante a las 12 en punto».
El presidente llamó a elecciones libres y en
consecuencia hizo él mismo la lista de los miembros que debían concurrir al
Gran Cuerpo Central Nacional. Consideró la nación dividida en tres partidos: el
de la «hora exacta», el de los «relojes atrasados» y el de los de la «hora
futura».
Con sorpresa general, el día señalado para la
reunión todos concurrieron... a las «12 en punto». Es de advertir que el
presidente en un decreto orgánico había ordenado que se descontaría el sueldo a
los que no estuvieran a la hora precisa.
El presidente permitió discutir todo, menos en
lo tocante a la hora oficial; y dirigió al efecto un mensaje al Cuerpo Central,
en pocas palabras: «Hace años que gastáis vuestro tiempo y vuestra salud en
discutir sobre el sol, el observatorio, el meridiano, los relojes. ¡Basta!
Menos astronomía y más alimentación».
Todos enmudecieron, y como las grandes nóminas
de los padres conscriptos se pagaban siempre a las 12 en punto, los
«atrasados» y los «adelantados» adaptaban su reloj a la opinión del reloj
colocado en la Tesorería.
‑¡Ahora sí hay derechos! ‑exclamaba el
periódico La Hora Libre. Pasó la hora de tinieblas. Estamos en la Hora
Blanca. Ya hay patria amable: ya hay Reloj Grande, y Hora para todos.
‑Ahora sí se nos dan garantías ‑exclamaban los
antiguos agitadores, y salían de la Pagaduría Central con un paquete de
«garantías» en la cartera y con una bolsa de «derechos» en la mano.
Y todos reían, «sin distinción de relojes», y
declaraban que ahora sí había «Patria grande». Se decretó la presidencia
vitalicia, y los más encarnizados enemigos de la «hora oficial» rompían en
público sus viejos cronómetros desarreglados, y asistían a todas las fiestas de
Palacio ciñéndose a las horas precisas del añejo reloj y muchos pedían que se
adoptase la hora de Roma.
El presidente, aumentando las «garantías» y
repartiendo aún más los «derechos», para mejorar el Reloj Oficial nombró en vez
de uno, tres Grandes Relojeros, y escogió los tres jefes de los tres partidos.
Les asignó enormes sueldos. Luego, en la misma forma, nombró tres inspectores,
treinta subinspectores, trescientos contrainspectores, tres mil cooperadores y
treinta mil espectadores, todos bien remunerados y escogidos por partes iguales
entre los tres partidos. Así, todos resultaban interesados en la buena marcha
del Reloj. Sin embargo, muchos en silencio y con disimulo pretendían, según su
opinión antigua, atrasar o adelantar el Reloj, y cada cual, sin ruido, empujaba
a su adversario para hacerlo caer del Observatorio.
Los de la «hora libre» no estaban satisfechos
con la tercera parte de los sueldos. Y para ganar el todo inventaron la
fórmula: evolución sin revolución. Y empezó una guerra sorda de intrigas y
calumnias.
El presidente vigilaba a todo instante el
Reloj , daba él mismo la hora..,. y pasaba diariamente la lista de relojeros,
inspectores, subinspectores y espectadores. Por último, al que no estaba
contento con sus garantías mensuales y pretendía trastornar el Reloj, se le
enviaba a la cárcel o al destierro.
El sistema de la «hora excata» parecía un
hecho admitido. Las convenciones remuneradas se contaban a millares. Pero el
vicepresidente, que antes había hecho correr la sangre en defensa de la «hora
exacta», empezó a conspirar con los de la «hora libre». Momento de crisis...
Aplicóse la fórmula «Menos astronomía y más, etc.». El vicepresidente
reflexionó patrióticamente y vendió su puesto por un plato de lentejas. Diósele
un plato que valía tres millones de maravedíes, o sea treinta mil pesos en oro,
con lo cual se desmintió que el peso y el maravedí estaban «a la par». El
vicepresidente declaró por escrito que renunciaba a todos sus derechos porque
él era un verdadero peligro para la República: prometió solemnemente que no
conspiraría por ningún dinero, y se retiró a devorar en silencio su afrenta (y
sus lentejas). Desde entonces, su lealtad fue ejemplar y su nombre no volvió a
sonar en las conspiraciones sino dos o tres veces por año.
Los de la «hora futura» pedían cada día algo
más, nuevos sueldos, nuevos inspectores, nuevos espectadores remunerados. Y el
pueblo trabajaba más, y se alzaban más las contribuciones, pechos y alcabalas
para darles mensualmente mayores «garantías». No bastó el sistema de las
garantías mensuales. Se apeló a los contratos: contratos para componer el
Reloj, para suministrar ruedas, ejes, resortes y campanas de repuesto, , por
miles, y por toneladas. Y el periódico La Hora Libre repetía: «Ahora sí
no hay Reloj grande, Reloj para todos, con una muestra nueva que es nueva
muestra de la sabiduría presidencial, etc.».
El presidente había inventado, en favor de la
«hora exacta», tres cosas falsas: una falsa tranquilidad, una falsa seguridad y
una falsa prosperidad. Al año aquello no bastaba, porque los contratos se
dividían por terceras partes, y losde la «hora libre» querían monopolizar todos
los «derechos». Amenazaban con descomponer el Reloj. Se les dieron varios
monopolios, y, por último, el monopolio de los monopolios. No bastó. Y el
presidente, agotadas las combinaciones, viendo que los de la «hora libre»
amenazaban pidiendo nuevos «derechos», tuvo miedo y prefirió el destierro al
entierro.
Y en el destierro se decía: Tarde comprendo
que es mala táctica aquella de «al enemigo entregarle la llave»: que hay verdad
política en el refrán: «quien da pan a perro ajeno, pierde el pan y pierde el
perro»; y que salen mal las cuentas cuando se pretende sumar cantidades
heterogéneas...
Vino la reacción: reacción de los
dictatoriales contra la dictadura.
El vicepresidente se presentó a reclamar su
puesto, en virtud de la renuncia que había hecho. En suma, lentejas y
primogenitura. Ignoraba la astronomía y no podía asegurar si sabía leer o no,
pues nunca habia hecho la prueba de abrir un libro. Ese hombre era una
esperanza para los de la «hora libre». Y se repitieron entonces los discursos
que repetían cada vez que entraba a palacio un nuevo presidente:
«Excelentísimo: hace veinte años que estamos en la «hora gris». Pero ya amanece
la «hora blanca». Los más comprometidos en los antiguos contratos clamaron
contra el sistema de menos astronomía y más alimentación». Todos pusieron cara
de astrólogos en ayunas, de astrólogos sólo preocupados con «la libertad
absoluta en la hora del ciudadano».
Los monopolizadores de monopolios clamaron:
«Excelentísimo: suprimid el vetusto monopolio de la Hora Oficial. Abolid el
sol, que monopoliza el día, y que es un recuerdo de la Dictadura. El sol
pretende dictarnos todavía las horas fijas. ¡Abajo el sol!».
Y el vicepresidente rural contestaba:
‑¡Abajo el sol!
‑Excelentísimo: dejadnos atacar por la prensa
todas las creencias en un solo sol.
Y el vicepresidente rural replicaba:
‑Yo creo en el sol. Pero atacad el sol. Dad la
ley y yo firmo, y respetaré la ley que irrespete todas las leyes astronómicas. ‑Y
se fundaron cien periódicos enemigos de Newton, Keplero y sobre todo del P.
Secchi.
En nombre de la «libertad astronómica» se
atacó a mano armada a los discípulos del P. Secchi.
Continuaron los meetings ante el
palacio del presidente:
‑Excelentísimo: decretad en nombre del pueblo
que el Reloj Oficial en vez de 12 tenga 24 horas.
‑Decretado. Nada más justo. Así hay más horas,
y cada cual escoge la que quiera.
Nuevo meeting: «Excelencia: decretad
que se simplifique el mecanismo del Reloj público».
‑Decretado. Que cada cual lleve las ruedas
sobrantes.
Otro meeting: «Ciudadano presidente:
tenemos nuestros relojes parados desde 1863. Desde entonces no les damos
cuerda; decretad que la hora de entonces es la misma de ahora».
‑Decretado.
Otro: «Excelentísimo ciudadano: entre nosotros
hay ciudadanos que usan reloj de arena. Otros emplean el reloj de sol; otros,
reloj de agua. Convocad una Gran Corporación Central Nacional en que todas las
opiniones prevalezcan, para adoptar una constitución equidistante. Así habrá
paz».
Al día siguiente apareció el decreto:
Considerando:
1o. Que desde hace cien años los ciudadanos
tienen relojes de sol, de agua, de arena y de cuerda;
2o. Que es preciso buscar una solución que
consulte la opinión nacional sumando todas las opiniones contradictorias, y
fabricando un Reloj mixto que marque a un mismo tiempo todas las horas de todos
los relojes particulares, por distintas que sean.
Decreta:
Artículo único. En vez de los Congresos
suprimidos por la antigua odiosa Dictadura, habrá como antes una Gran Junta
Central Nacional para que mande fabricar un Reloj público de cuerda, de agua,
de sol y de arena, que dé las 12 a toda hora del día y que indique el meridiano
a cualquier hora de la noche».
Todos exclamaron: «Ahora sí hay Reloj grande,
Reloj para todos». Y pidieron luego:
‑Excelencia: entregadnos el antiguo Reloj para
hacer justicia.
‑Entregado.
Todos corrieron a la torre del reloj colonial.
Cada ciudadano llevó su escala. Cada cual quiso poner el reloj público según la
hora de su reloj de bolsilio, y todos, subidos en las escalas, movían las
manecillas a su antojo o según la voz del pueblo, Vox populi, etc.
‑¡Adelantarlo!
‑Ya está.
‑No, ¡atrasarlo!
‑Bien.
‑¿Son las 12!
‑No, las dos y media ¡Adelante!...
‑Las diez... las cinco... ¡las tres!
‑¡Adelante!... ¡Atrás!... Es de día... Es de
noche.
‑¡Viva mi hora!
‑¡Viva!... ¡Muera!...
En vez del antiguo disparo del cañón que
anunciaba tranquilamente el mediodía, se oyeron cien disparos de revólver, en
todas direcciones, para anunciar la anarquía cronométrica. Clamores, heridos,
muertos en torno del antiguo reloj hecho pedazos, en tanto que a lo lejos se
oye, por falta de hora fija, el temible choque de las locomotoras y el
estrépito de los trenes que se precipitaban al abismo.
El presidente
dio su mensaje de despedida: «¡Ciudadanos! Como concluye ya el año
improrrogable para el cual fui nombrado, doy una prueba de desprendimiento
retirándome. Yo que sólo sabia arar en la tierra, he aprendido a arar en el
mar. En el año de mi gobierno se han celebrado trescientos sesenta y cinco meetings,
no se ha pagado el sueldo de ningún relojero, se han cerrado todas las escuelas
de astronomía y es aflictiva la situación de mis conciudadanos. Este grave mal
en las circunstancias presentes se ha hecho sentir en proporciones no
alcanzadas antes. Se han desarreglado todos los relojes y descarrilado todos
los trenes. Si quedare alguno por descarrilar, nombrad a un pariente mío para
sucederme en el ejercicio del Supremo Desgobierno. ¡Viva la genuina República
intertropical!».
RESURRECCION
Pablo
ya me esperaba en su bote, que se mecía sobre el agua dormida. Bajé la escalera
del Casino y me senté en la proa. Mi amigo arrojó al agua el cigarrillo; con su
destreza de oficial de marina empuñó los remos, afianzó los pies en el
travesaño, echó el busto de atleta adelante, y con un movimiento rítmico que lo
hizo vibrar del talón a la nuca, arrancó vigorosamente y lanzó el bote hacia el
centro del lago. Remamos un rato, conversando, mirando los castillos de las
orillas o saludando al paso los botes cargados de músicos, de mujeres, de
flores, que cruzaban dejando en el ambiente una estela de notas, de risas y de
aromas.
Al declinar la tarde cesaba la brisa, y el
lago de Enghien sin un pliegue en su extensión, copiaba delicadamente todos los
detalles de las orillas, el verdeoscuro de las masas de írboles, los mármoles
blancos y rosados de los palacios, y aun los gajos de los rosales
que,sumergidas las raíces en el agua, lanzaban sus tallos llenos de savia,
tupidos de hojas frescas, y en arabescos caprichosos se engarzaban a las
balaustradas y escalinatas de los jardines..
Nos internamos en un canal sombreado por
árboles gigantescos que, llenos de jugo en pleno estio, al extender con
majestad las ramas entre la calma del crepúsculo, parecían tener conciencia de
su energía al través de los siglos. Las líneas horizontales de sus brazos
manifestaban reposo, protección, silencio.
Aquí estamos más cerca de la naturaleza -me
dijo Pablo,-y se respira mejor lejos de esas marquesas italianas que se
pavonean al son de los valses de Strauss, y de los snobs ingleses que, sentados
en el corredor del Casino, metidos en el smocking, aspiran el humo de sus
cigarrillos rusos soñando en la próxima partida de lawntennis, con la gravedad
de quien prepara una campaña napoleónica. Aquí, a falta de olor de las olas,
aspiro este olor de savia, este aroma de tierra húmeda, que se filtra en las
venas y enriquece la sangre. Al volver así, aunque sea por una hora, al seno de
la naturaleza, viene a la memoria aquella frase del gran Flaubert: "No
debemos nunca olvidar que existe el Ganges.... ”
Y dilatando la nariz, aspiraba los aromas del
crepúsculo aquel marino que, en su viaje por todos los continentes, había hecho
especial estudio de las armonías de la naturaleza. Se habla acostumbrado en sus
viajes a mirar con una misma cortés indiferencia, sinagogas, pagodas, mezquitas
y templos cristianos. Nacido en el noble barrio San Germán, formado en la
escuela de los mares, era un ser a un tiempo lleno de delicadeza moral y de
vigor físico, con los sentimientos de un latino del Bajo Imperio y los sentidos
e instintos frescos de un hombre primitivo.
En las cartas que me enviaba del Cairo, de la
India, del País Amarillo, tenía un estilo enteramente suyo: impresiones
directas, frases manchadas de color, impregnadas de aromas, con adjetivos que,
por la propiedad con que se ajustaban a la sensación, parecían recién
fabricados; con verbos llenos de vida, como vaciados en un molde nuevo. En
materia de epítetos tenía su teoría sobria: "El epíteto para agradar debe
ser como el perfume que ponemos en el pañuelo: tres gotas”.
Temperamento artístico en cuerpo de atleta,
como un perfil de Apolo en medalla de bronce. "Para mí (me decía en una
ocasión) la literatura, la estética toda es una voluptuosidad que se agrega a
la voluptuosidad de cortar los mares remotos con el espolón del navío, a la
dicha de respirar flores exóticas, de penetrar en las pagodas del Ganges o
aspirar el humo del cañoneo cuando nuestra escuadra visita las costas del País
Amarillo”.
Prevalecían en él la voluntad y los sentidos.
Hombre de resoluciones prontas, práctica sin las ansiedades metafísicas de
Fausto, sin las abstracciones melancólicas de los temperamentos
"hamIéticos”, como él mismo decía.
En aquella soledad le gustaba explayar sus
ideas, sus sentimientos, hablaba pintorescamente de todo, describía con frases
felices los lugares que había visitado, los pueblos varios que había conocido;
me describía un nuevo sistema de blindaje que estaba inventando, trazaba
proyectos, fantaseaba un libro sobre el Nilo; ideaba la conquista de algunas
regiones de Africa.
La sangre de los veinte años nos golpeaba las
sienes; creíamos en el futuro; en torno nuestro flotaba la esperanza de una
vida llena de abnegación, de gloria y de pureza.
Los libros le habían afinado el espíritu y los
ejercicios de marina robustecido el cuerpo.
Sus viajes por tan diversos mares y tan
remotos paises le habían mostrado que el hombre es uno mismo en todas las
latitudes. Había ampliado sus sentimientos y generalizado sus ideas. No se
explicaba las rivalidades entre dos aldeas, entre dos naciones. Todo aquello le
parecía según su frase, “luchas de hormigueros”. Veía en la redondez del mundo
espacio para todos y no entendía por qué dos pueblos se empobrecían y
desangraban por rectificar en el mapa la línea roja o azul de una frontera.
Sus sentidos tenían una intensidad extraña,
particularmente respecto de los colores y los aromas. En sus notas de viaje-Mar
y Tierra,-gracias a los adjetivos felices y a los verbos vibrantes, pasaban
como en ráfagas los olores salados de las olas, la acritud resinosa de las
selvas del Norte, el vaho de pescado de los puertos del Sur, el aroma de las
pagodas indias, el perfume soñoliento de los harenes, la fetidez de amoníaco,
de las aldeas chinas.Después de remar un rato, Pablo acercó el bote a la
orilla, hundió con vigor la proa en la vegetación exhuberante que caía sobre
las aguas y nos hizo sumergir entre un nido de verdura. Luégo sacó del fondo de
la barca un tomo.
Me gustaba oírle sus comentarios en materia de
autores: tenla siempre una visión clara, una expresión original sobre cada
página. Su autor predilecto era Shakespeare, y éste le servía de punto de
partida para medir a todos los pensadores.
Aquel día Pablo abrió al acaso un tomo de
Bourget, los ensayos sobre Psicología contemporánea, y leyó:
"La visión de un más allá que explique la
excelencia del universo y nuestra propia excelencia, tal es la preocupación
suprema de nuestra época, a pesar -de la marea ascendente del positivismo. Sê,
todos somos positívistas en teoría; le pedimos al arte que se funde en el
estudio positivo del hecho; le exigimos a la política que se base en la
explotación positiva del hecho; tenemos costumbres que tienden a hacerse más
positivas cada día, y añ o por añ o aumentamos los complicados pormenores del
comfort moderno.... Con tales razones y tales fundamentos en los "hechos”,
se logra satisfacer muchos apetitos del hombre. Sólo hay un apetito que no se
sacia y al cual los doctrinarios de nuestros días no se dignan prestarle
atención, aunque ese apetito, según la ciencia, debe existir en nosotros y con
fuerza irresistible. Hablo precisamente de esa necesidad de un "más
allá>, de ese místico anhelo de infinito que nos han transmitido, cada vez
con mayor refinamiento y vigor, al través de los siglos, las generaciones sucesivas
de creyentes.... ”
Pablo se detuvo, y dando campo a sus propios
pensamientos, dejó vagar la mirada por el espacio. ¿Esas ideas sobre el alma,
sobre la inmortalidad, también lo habían asediado a él a pesar de su vida
práctica y "positiva” a bordo del Bayardo? Hasta entonces nuestras
conversaciones no hablan rodado sino sobre asuntos de gustos literarios, y más
habíamos tratado sobre los autores y sus estilos que sobre el alma y sus
problemas.
Bourget acabará pulsando la cuerda mística,
dijo con ironía, y para no entrar en materia volvió a remar.
A la izquierda, tras las masas de follaje se
levantaba un castillo de estilo Edad Media, que sobre el cielo azul se
destacaba con suntuosidad discreta; los muros, escalinatas, cornisas, parecían
abrumados por las cortinas de los rosales.
Los racimos de rosas blancas brillaban sobre
los telones de verde oscuro, Cada vez que el viento sacudía los gajos, una
oleada de aromas envolvía la casa y se extendía por el parque. De la fachada se
desprendía una imponente gradería que venía a morir en el agua. En la última
grada, a uno y otro lado, dos esfinges se erguían en sus garras de mármol y
tendían la mirada hacia una enigmática región desconocida, como si se empinasen
a contemplar los horizontes sagrados del Egipto.
Atamos el bote entre la sombra de los álamos.
Aquel rincón era nuevo, misterioso. Veíamos sin ser vistos. Una joven apareció
en lo alto de la escalinata y se reclinó en la balaustrada. Iluminada por el
último rayo del poniente, vestida de claro, envuelta por la calma de esa tarde
de estío, circundada de flores, pasó a ser como el centro de hermosura como la
nota triunfal entre todas las armonías dispersas de la naturaleza. En torno
suyo todas las cosas parecían servirle, humillarse, contribuir silenciosamente
a su gloria, adaptarse al ritmo de sus líneas, formar aureola a la nitidez de
sus contornos. Su frescura triunfaba entre la frescura de la vegetación teñida
de blanco por las constelaciones de rosas pálidas.
Era una tarde llena de serenidad, de calma,
una de esas tardes de estío en que el solo hecho de vivir constituye una
delicia. La ,Sombra en torno iba creciendo. El lago meció el reflejo de las
primeras estrellas. Desde la orilla opuesta el Casino nos envió el resplandor
rojizo de sus linternas, el rumor de su muchedumbre, el eco de su placer, la
música de su orquesta. Los acordes, amortiguados por la distancia, atenuados
por el follaje, se deslizaban sobre el agua y llegaban más profundos, como
aterciopelados por la sordina e impregnados de infinita dulzura. La naturaleza
parecía filtrar, purificar religiosamente los ecos de aquella fiesta profana. Y
en lo alto de aquella escalinata de mármol, la joven, dilatadas las pupilas,
entreabiertos los labios como aspirando esa armonía mezclada a los aromas del
crepúsculo, iluminada por lumbres lejanas de antorchas y de estrellas, parecia
colocada fuera de la vida común, intangible, bañada por un reflejo de
ultratumba.
A veces, como a pesar suyo, cuando el viento
perfumado pasaba deshojando alguna rosa y esparciendo los pétalos, se
estremecía, parecía en su ensueño meditar en la fuga de la vida, escuchar una
frase de misterio; con una expresión de miedo pintada en las pupilas míraba
lentamente en torno, como sintiéndose acechada desde todos los rincones de la
sombra por los ojos de la Muerte.
Dos o tres encuentros en el lago, una
presentación en el Casino, y quedamos amigos de M. de Chastel-Rook, Era un
antiguo amígo del padre de Pablo; como contralmirante de la marina francesa
había viajado por el Nuevo Mundo, y se había casado con una hermosa
hispanoamericana, que murió al llegar a Francia.
A la tarde siguiente, atendiendo su invitación
a comer, entramos en el canal, atamos el bote y, llenos de emoción, con el
deseo de ver más de cerca a la joven soñadora, subimos la escalera de las
esfinges. Había tres o cuatro invitados. Las bujías de una araña central
iluminaban el salón discretamente. El dueño de casa hizo las presentaciones de
estilo:
-El señor abate Croiset.
-El señor Jenkins. de la Royal Academy.
-El señor Dulaurier.
Una frente alta, cruzada por un mechoncito
napoleónico, luégo otra frente de líneas enérgicas enmarcada por cabellos de
oro, en seguida unos rizos suaves que contrastaban con una frente pálida, fue
lo que por el momento pude distinguir con la luz que caía del techo. Después
surgieron en la penumbra las pupilas- en el abate, pupilas de una oscuridad
intensa; en el pintor, de un gris con reflejos de acero; en el poeta, de tono
opaco con reflejos azules. Aquellos ojos, aunque de tintes diversos, tenían
todos una misma expresión: la melancolía irremediable de almas que han
encontrado el mundo inferior al pensamiento.
Mientras el abate Croiset y el joven Dulaurier
admiraban una vista del lago tomada por Jenkins, el dueño de casa me informó
sobre sus convidados:
Sin duda ha oído usted hablar del orador
Croiset... ahí lo tiene usted: es el célebre conferencista que tuvo la
originalidad de denegarse a lucir su hermosa figura gótica en la cátedra de
Notre-Dame y que en cambio solicitó el puesto de capellán en el hospital de
San-Roque. Por esa tarea en las enfermerías adquirió una dispepsia que ha
venido a curar en las aguas de Enghien. No he visto carácter más noble y
extraño. Es de la raza de Lacordaire... un
“sobrehumano”, como diría Emerson. Merece que se le castigue con la púrpura de
cardenal.
Momentos después la joven se presentó en el
salón, con un traje violeta pálido. Tenía ademanes fáciles, elegantes. No era
ya el ser misterioso que habíamos visto; tomaba parte en la conversación y
sobre los asuntos más, elevados conversaba fácilmente, con la propiedad de las
aves que se ciernen en lo más alto del aire con las alas extendidas, inmóviles.
Tenía los ojos negros, con suavidad magnética
en sus profundidades; y esa oscuridad de las pupilas grandes, demasiado grandes
acaso, reforzaba la blancura del cutis, que presentaba la palidez mate de los
mármoles soterrados por siglos en las ruinas de Grecia. La garganta llena y al
propio tiempo de curvas largas. Todo el cuerpo con la esbeltez oriental le
imprimía al vestido los pliegues largos que los artistas pretenden trazar en la
túnica de las vestales.
Por el calor de la tarde tomó un abanico, que
movía acompasadamente, con esa vibración aletargada que tienen las alas de la
mariposa cuando se adormece sobre una flor rica de aroma.
Dulaurier, a instancias de Margot, leyó de
sobremesa varios sonetos de un poema intitulado Cenizas. Era el poema de la
destrucción, de la muerte, del olvido. Un canto a las cenizas de los astros
muertos y de los hogares extinguidos; himnos a las cenizas de las ciudades
heroicas o malditas, Troya y Cartago, Babilonia y Pompeya; estrofas a las
cenizas de amores antiguos, de razas extinguidas, a la pavesa de cirios
mortuorios, al polvo negro, que yace en el hueco de tumbas ya sin fecha ni
nombre...
El contralmirante aplaudió la inspiración,
pero con franqueza estalló contra el asunto:
Los de la generación anterior veíamos de otro
modo la vida: nada de dudas vagas, ni de incertidumbres y melancolías por ese
estilo. Podíamos ser antirreligiosos, pero con energía, con fuego, con fe en
nuestra duda. Eramos luchadores convencidos de alao, oponíamos el no al sí,
creíamos en algún bien, en alguna verdad, buscábamos un ideal nuestro, y lo
buscábamos ofrendando nuestra tranquilidad, nuestra existencia... Pero esta
generación nueva duda del bien y del mal, duda de su duda, y lanza un hermoso
canto a la “infinita vanidad de todo...”
El abate Croiset con discreción llena de
elegancia hizo la defensa del Ideal, y mientras habló, valiéndose de imágenes
artísticas, cautivó el positivismo de Pablo y el escepticismo doloroso del
poeta.
Pablo quedó en la mesa al lado de Margot; no
apartaba de ésta la mirada. Al levantarnos, deslicé unas palabras al oído de mi
amigo:
-¿Principia el idilio?
-Tú conoces mi amor por todo lo
exótico...
Después
de la comida Margot nos invitó al invernadero donde cruzaban sus gajos y
tendían sus hojas disformes diversas plantas de América, Salimos a tomar el
café al terrado que domina el lago, bajo el pabellón de los rosales. Desde allí
veíamos cómo los jardines del Casino se iban iluminando con las linternas
azules, rojas, amarillas, que en racimos y collares brillaban entre los
árboles, y reflejándose en las ondas, formaban en el agua regueros de chispas
azulinas, bermejas y doradas. En el jardín reservado se instaló, cerca del
canal, una orquesta; saltaron las notas agudas que arrancaron los músicos a los
violines al templarlos, y tras un silencio, en medio del cual vibró con dos
toques secos, imperativamente, la batuta del director, principió a deslizarse
entre el follaje, a flotar sobre el lago tina música quejumbrosa con acentos de
pasión, de dolor y de dulzura.
Margot, aislándose de las conversaciones,
escuchaba embebecida aquella música extraña, -que simulaba un diálogo, un dúo
de amor entre la voz femenina de las flautas y el acento viril de los
violoncelos.
De improviso, sin que nada pudiese explicarlo,
por un momento entrecerró los párpados, como abatidos por el peso de las
pestañas, inclinó la cabeza, abrió suavemente los labios, permaneció inmóvil,
como si estuviese escuchando una campanada en las sombras, una voz que
predijera desgracias, mientras sus mejillas se cubrían de una palidez dolorosa.
¿Sufría? ¿Gozaba? Se estremeció, como si una mano fría la hubiera tocado en la
espalda. En seguida, volviendo a su serenidad, sonrió, tomó de nuevo parte en
las conversaciones, hizo traer el té y obsequió a cada uno de los amigos. Era
una mujer extraña, exótica, a la vez que sencilla y practica; y en ella se
mezclaban cierto misticismo de española, la gracia mundana de una francesa y
las soñadoras languideces de la criolla. Después del té nos ofreció una bebida
tropical, de color violetael color de su traje-que tenía, según pude discernir,
alguna esencia de plátano y aroma de vainilla. En aquel temperamento mixto
revivía, así, revelándose en algunos detalles la sangre de la madre, renacía la
nostalgia de los países remotos de la zona tórrida, donde la tierra, alumbrada
con reflejos de incendio, entre un vaho caliente y perfumado, hace brotar
flores con pétalos color de llama y pájaros color de esmeralda.
-El señor Blumenthal, maestro de Capilla.
Estreché aquella mano flaca, de huesecillos
largos. El célebre músico era un ser de figuraextraña. Aquel cuerpo contrahecho
y desarticulado sostenía con dificultad una cabeza medio sublime, medio
grotesca: la frente, las cejas, la mirada, con las nobles líneas y la expresión
vigorosa de un Júpiter; la nariz encorvada, la boca enorme y rodeada de arrugas
como cuchilladas, presentaban los trazos de una máscara de payaso. Todo él,
mezcla de miseria y de nobleza, de dolor y de inspiración, con las coyunturas rotas
y las miradas de fuego, parecía un aguilucho herido por el rayo.
Blumenthal semana tras semana componía sus
declaraciones de amor en lenguaje musical; y mientras la orquesta ejecutaba
aquellas sinfonías, el jorobado, oculto en el canal en el fondo de un bote,
tras las enredaderas de la orilla, observaba a Margot, espiaba con anhelo cada
uno de sus movimientos, trataba de leer a la luz del crepúsculo las emociones
que en aquella alma llena de vibraciones iban despertando los acentos de
ternura.
Pronto estrechamos relaciones, y más de una
vez le invité a pasear por el lago. Era el dueño de la orquesta que tocaba
frente al palacio del barón; pero el jorobado nunca empuñaba la batuta. De la
amistad pasó a las confidencias; me relató su vida.
Desde niño, llevado por su padre y acurrucado
en el coro, se había acostumbrado a la sombra de las catedrales viejas; allí
palideció su frente y sus pupilas se dilataron entre la penumbra de las
antiguas naves; su oído se enseñó a gozar extáticamente con las vibraciones
que, arrancando del órgano en ráfagas potentes, flotaban por el coro, hendían
las nubes de incienso en el altar, sacudían las llamas de los cirios, vibraban
en los arcos, y centuplicadas por los ecos, devueltas por los muros,
estremecían los corazones, subían como oleadas, estallaban triunfalmente en las
cúpulas y hacían temblar los vidrios de colores. De la emoción estética subió a
la oración; de la música ascendió a un misticismo sereno.
Como su oído tenia la intuición de todas las
armonías, su corazón tenía la intuición de todas las delicadezas.
A pesar de su deformidad y de su aislamiento,
aquel músico no era un misántropo; aislado entre sus papeles cruzados de rayas
y salpicados de notas, encaramado en el coro rodeado de sombras, no había
conocido a la humanidad sino en su actitud más digna, en sus sentimientos más
nobles: cuando los hombres, de rodillas ante el misterio de los altares, al
escuchar el sursum corda, levantan al cielo los ojos y las manos, se desligan
de la tierra, sacuden el lodo que hollaron, y en espíritu van subiendo las
gradas luminosas que Jacob contempló en su sueño bíblico.
He conocido en toda su intensidad el amor de
las madres: más de una vez he visto a una mujer enlutada entrar a la iglesia
solitaria, buscar el rincón más sombrío, abatirse hiriendo el pavimento con las
rodillas, y en la desnudez del dolor hablar en voz alta, pedir por el hijo
ausente o extraviado, y con la humildad de sus lágrimas, con el imperio de una
suplica llena de intensidad, en un monólogo atropellado y sublime de fe y de
agonía, obtener la violencia divina del milagro.
He visto entrar en el templo-agregó-a aquellos
ancianos que, arrastrando los pies, golpeando ruidosamente y sin tacto las
baldosas con el bordón, van a sentarse ante el santuario, e iluminados por la
luz de la lamparilla, que hace brillar las cabelleras de plata y las barbas de
apóstol, toman actitudes de letargo, y majestuosos en su decrepitud se
adormecen allí, como preparándose ya bajo la mirada del Eterno a las sombras
del sepulcro y al sueño de la muerte.
A la tarde siguiente se ejecuto` un trozo
wagneriano, en que se mezclaban hermosamente rumores de selva, estallido
frenético de olas, pios de aves entre las rarnas, rugidos de torrentes salidos
de madre, ecos de huracanes y gemidos de brisa.
Atámos el bote a la sombra de un puente de
estilo rústico, formado con precioso artificio por troncos cubiertos de musgo
que caían hasta el agua. Le pedí que me diera sus ideas en estética. Habló
extensamente, con un ritmo amplio en sus expresiones.
Las artes unen la tierra al cielo (me decía el
jorobado), son como los peldaños por los cuales subían y bajaban aquellos
ángeles que Jacob vio en sueños. Las artes no son un placer, son una necesidad
del alma adolorida. Son el grito de nostalgia que el espíritu lanza en el
destierro. Creo que la música es la más ideal, la más divina manifestación del
alma. En el templo cuando el hombre enmudece ante el infinito, cuando la
palabra es insuficiente en los momentos del más alto arrebato religioso,
entonces acude la música en auxilio del hombre, surge el canto del órgano y la
frase musical interpreta el silencio reverente de las muchedumbres encorvadas
Las otras artes-lienzos, estatuas, monumentos-algo imitan de lo terreno, y
están forzosamente adheridas al suelo. La música nada terreno copia no tiene
modelos en la naturaleza material, no está pegada a la tierra: baja del cielo
original y pura, entona sus himnos misteriosos y flota sin tocar el suelo, y
antes que el polvo del mundo le empañe la orla del manto, vuelve a perderse en
las alturas.
Una bandada de cisnes se acercó al ojo del
puente, cortó en silencio el agua, pasó cerca de la barca. El jorobado se
detuvo como temiendo interrumpir el ritmo de los cisnes.
Wagner ha sido un luchador, un Quijote del
Ideal en estos tiempos del militarismo, del vapor, del ciclismo, de la negación
y del suicidio (me decía el músico con exaltación creciente). Ha enriquecido el
tesoro de la humanidad con obras idealmente hermosas, obras que llevan esa
hermosura fuerte y sencilla que desafía los siglos. Y no es sólo un artista, es
también un pensador y en todos sus escritos ha lanzado anatema contra el
materialismo, ha denunciado el Estado moderno como “la negación completa del
cristianismo”. ha luchado contra la torpeza invasora del dinero. Ha proclamado
que sólo dos fuerzas poderosas redimen hoy a la humanidad: la Religión y el
Arte. Imponiéndose al respeto de los pueblos, ha formado ese arte religioso de
Parsifal que contribuye a elevar el espíritu sobre la materia y viene a
cooperar en la lucha entre la Religión y la Incredulidad, entre la adoración de
la Belleza eterna y el culto sistemático de la Nada postrera.
Betty esta ya enganchada a la carreta-me dijo
Jenkins mientras recogía los pinceles y empuñaba el látigo del coche. ¿Quiere
usted acompañarme a la floresta de Montmorency? Es un hermoso paseo. Deseo
ilustrar, para el próximo Salón, una escena del Rey Lear, de Shakespeare.
Necesito una selva vieja, y ésta de los duques de Montmorency esta intacta
desde los galos.
Subimos a la carreta; el pintor dio un
chasquido con el látigo y Betty partió al trote largo por la carretera.
Necesito estudiar hoy los musgos en sus
diversas tonalidades. ¿No ha observado usted? Hay musgos crespos como esponjas;
musgos rojizos como ascuas, que se adhieren a los troncos de encina; hay musgos
suaves de terciopelo verde en las junturas de las rocas; musgos de raso blanco
en la corteza de los álamos, musgos grises que cuelgan de los robles viejos,
como barbas de druidas.
La yegua trotaba deliciosamente por la
caldeada carretera. El viento nos traía los olores de resinas que exhalaba la
selva. El aire libre, el sol, el movimiento vertiginoso nos hacían sentir la
plenitud de la existencia.
En un recodo nos envolvió de pronto un soplo
fresco, apareció una gran sombra entre silencioso recogimiento: la selva.
-Stop, Betty!
La yegua paró en seco. Nos internámos a pie por senderos que sólo Jenkins conocía.
Escogimos un sitio donde los troncos se
entrelazaban en la altura como las columnas de una catedral gótica. El sol
tamizado por el follaje formaba una penumbra deliciosa para la pupila de un
artista. Mientras pintábamos, mi amigo, acaso estimulado por aquella soledad,
me habló por primera vez de su admiración hacia la señorita de Chastel-Rook.
Un día-me dijo Jenkins-me interné por el lago
en busca de algunos efectos de claroscuro en el agua dormida. De pronto
aparecieron las esfinges que, en medio de la vegetación, destacaban su blancura
y se reflejaban nítidamente en la onda sombría. Creí hallar asunto para algún cuadro del
Nilo. Tomé los pinceles y me puse a la obra. De pronto en el agua
tembló un reflejo gris, en medio del reflejo marmóreo de las esfinges y de la
sombra verdosa de los árboles; levanté la mirada: una joven-ella, Margot-de pie
en la escalinata, y sin verme contemplaba el horizonte.... Las ,esfinges, los
reflejos misteriosos, el canal, todo desapareció.. El asunto para un cuadro,
para un lienzo maravilloso-que acaso no pintaré nunca-era esa joven, pálida y
esbelta, cuya blancura armonizaba con los tintes delicadamente grises del
traje. Si hubiera tenido un traje rojo, que contrastara con el verde del
follaje, tal vez no me habría cautivado-los artistas tenemos tales
caprichos;-pero esas tintas de un gris aperlado correspondían en gradación
suave con el mármol viejo, con la media tinta del agua, con la sombra
aterciopelada del follaje....
El silencio de la selva era tan grande, que a
cien pasos se ola, entre las hojas secas de un sendero, el movimiento de una
paloma que recogía hilos de hierba para el nido.
Quincedías después-agregó Jenkins sin
suspender el trabajo-estaba yo aquí engolfado en el esfuerzo de tomar, según la
escuela impresionista, el chispeo vivo del sol sobre la escama plateada de los
troncos. Tan distraído estaba, agotando contrastes y contraponiendo manchas de
color, que no caí en la cuenta de que se me observaba sino cuando oí crujir
algunas hojas en la explanada. El Barón de Chastel-Rook, su hija y dos amigos
se acercaron a observar el cuadro, con mil excusas. Margot hizo dos o tres
observaciones de gran penetración. Le obsequié el lienzo, y a la tarde
siguiente me presenté en su casa a llevarlo.... ¿Excusará usted estas
minuciosidades...? La verdad es que ella es una mujer excepcional, y es grato
hablar sobre ella. Todos la admiramos: el abate Croiset la admira por la pureza
y la ingenuidad de esa alma; Dulaurier ve en ella a la heroína de un poema;
Pablo encuentra un ser exótico que despierta en su imaginación no sé qué
imágenes tropicales; yo veo en ella la nitidez de líneas, la armonía del
colorido, cierta suavidad de curvas que encuentro también en el lienzo de
Josefina de Beauharnais trazado por Prud'hon... Cada cual busca el Ideal,
aunque por distintos caminos.
Se inclinó a recoger un pincel caído entre la
hojarasca, y se retiró un momento a contemplar el efecto de las últimas
pinceladas: éntrecerró los ojos, inclinó la cabeza sobre el hombro izquierdo,
según su costumbre. Al cabo
de unos minutos volvió al tema:
-¿Por qué no
escribe usted, copiando la realidad con algunas variantes, una novela en que
figuremos los artistas enamorados de esa mujer tan extraordinaria y tan
sencilla?. Usted podría hacer un cuento nuevo, un cuento de artistas.
El cielo, de un azul pálido, resplandecía como
una lámina de metal bruñido. El sol convidaba a tomar un baño.
-Necesito continuar el régimen de las duchas
frías, me decía Dulaurier mientras caminábamos por la orilla del lago hacia la
casa de baños. Anoche dormí
media hora. Este organismo mío no es sino una red de nervios electrizados.... A
la verdad que no hay humildad en declararlo. ¿Recuerdas?
César les tedia miedo a los hombres pálidos y nerviosos... Vamos-agregó
burlonamente mientras se enroscaba el breve mostacho a estilo de
mosquetero-vamos, que no es malo inspirarle temor a un emperador como Augusto.
Al llegar al extremo de la avenida de acacias
que conducía a las aguas, divisamos de lejos las torrecillas del palacio de
Chastel-Rook. La conversación de mi amigo pasó a versar sobre Margot.
-¿Margot amará a Pablo? Nunca he podido definirlo,
aunque la vea complacerse en las conversaciones del marino, en aquellas escenas
impregnadas de vida, de colores y llenas de imágenes vibrantes. En el fondo me
parece ella uno de esos espíritus insaciables, siempre ansiosos de un más allá,
de lo ignoto, del misterio. Acaso está esa alma femenina atormentada por
ideales misticos, ansiosa de tender las alas del espíritu por las claridades
azules de horizontes infinitos. Ha adivinado que aquella música es escrita para
ella, sólo para ella. Su alma busca inconscientemente aquella otra alma que, al
través del boscaje, llega a hablarle con la voz femenina de las flautas, con el
acento viril de los violoncelos. Sin duda, en sus ensueños, cuando mira desde
la escalinata con mirada semejante a la de las esfinges del ,parque, ella
creerá ver a aquel desconocido, y arrobada por las armonías musicales, lo
imagina quizás con la hermosura serena de un dios griego, seductor como un
príncipe de cuento árabe.
Estábamos en el salón de lectura de la casa de
baños- Jenkins, extendido en una silla mecedora, desaparecía tras un número del
Times.
Dulaurier rasgaba las hojas del último número
de Cosmópolis, reclinado en un sofá de mimbres. Entró de pronto Pablo, y acaso
sin notar la presencia del artista, dio la noticia de una derrota de los
ingleses en Egipto. El Times se frunció con la sacudida de una mano nerviosa, y
el pintor, como leyendo para' sí, replicó con la lectura de otra noticia:
"Noticias de Africa-Cable especial para
El Times-Una expedición francesa se encaminaba a las fuentes del Níger para
ocupar el territorio. Halló la región ocupada desde el día anterior por nuestros exploradores
británicos> a órdenes del coronel Mackingtosh. Hubo un choque entre las dos expediciones, los franceces han
abandonado sus pretensiones a las fuentes del Niger.... ” Y con acento de
ironía nerviosa tatareó Jenkins la orgullosa canción de los marinos ingleses:
Rule Britannia, rule the waves.
Pablo, que habla tomado El Figaro, replicó
leyendo con acento de sarcasmo:
"Cálcuta, Agosto 24.-Movimiento de
insurrección en la India a causa del hambre. El gobernador se ha refugiado en
el barrio del centro. Veinte mil indígenas han perecido de miseria. La
insurrección en la región de Bombay tiene proporciones terribles. Cinco mil
ingleses degollados.... ” Y con acento en que vibraban la cólera y el sarcasmo,
agregó God save the Queen.
La mano enérgica de Jenkins rasgo` El Times.
Pablo arrojó lejos El Figaro, y los dos hombres, de pie, heridos y frenéticos,
se miraron cara a cara Dulaurier y yo hicimos esfuerzo por calmarlos, pero todo
en vano. La electricidad positiva de Pablo y la electricidad negativa de
Jenkins necesitaban de un choque, una descarga.
Una hora después se habían enviado los
testigos y quedaba arreglado un duelo para el día siguiente, al caer la tarde,
en un sitio solitario de la floresta, frente a la hermita que habitó Juan
Jacobo Rousseau.
-Ya lo ves, me decía Pablo al día siguiente,
mientras abría la cortina de la ventana: el día de un duelo como este, brilla
una mañana tan alegre como cualquiera otra. Si esto pasara en una novela, se
pintaría un amanecer sombrío, con su escenario de lluvias y relámpagos para
armonizar con la muerte de uno de los protagonistas.... A proposito me viene
ahora a la memoria el verso de Racine en Fedra:
A verte vengo ¡oh sol! la vez postrera.
Y sonrió con una sonrisa fría que no pasó de
los labios; sin iluminar las pupilas, sin ir a¡ fondo del alma.
Mientras él sellaba algunas cartas, escritas
durante la noche, y que debían ser entregadas en caso de accidente funesto,
pretendí una vez más impedir ese duelo, doblemente absurdo.
-Tú sabes, replicó, que por mi carácter nunca
vuelvo atrás en una determinación. Los padrinos ya han preparado todo.... Los míos son
dos oficiales del Bayardo, que por acaso habían llegado ayer los del amable
Jenkins son el escultor Daloux y aquel expríncipe polaco Zonawizki, que cultiva
a la vez todas las artes y que anda en busca de emociones que llenen el hastío
de su existencia.
Y
continuó hablando largamente sobre el expríncipe polaco y sus aventuras, sin
duda para no verse en la necesidad de reconocer el absurdo que entrañan esos
encuentros de armas.
-Si esta tarde yo. . . . quiero decir, si no
me ves regresar de la floresta después de las seis, haz que esta carta (y aquí
su voz se ablandó por primera vez con la sordina de una intensa melancolía),
haz que le llegue a mi pobre madre.... esa noble viejecita que vive postrada de
rodillas durante meses, rezando por mí, mientras yo.., ¿no es verdad que los
hijos somos muy ingratos?.... voy cruzando en mi buque los mares de Oriente.
A las diez llegaron los padrinos, dos
oficiales macizos y fríos, que se dieron, en el saloncito contiguo, a limpiar y
colocar en la caja un par de pistolas. Parecían ejecutar aquello con
indiferencia, examinaban con esmero el juego de los gatillos, ejecutaban su
labor como si estuviesen persuadidos de que cumplían un deber ineludible. Pero
cada vez que levantaban la cabeza y se cruzaban sus miradas, con los ojos se
decían:
-¿No es esto un crimen?
Al salir de allí encontré a Dulaurier que
venía de visitar al polaco Zonawizki.
-Todos estamos convencidos, me dijo, de que
esto es un absurdo.... y todos, sin embargo, permitimos el duelo. Los padrinos
de Jenkins desearían no prestarse al caso, y al mismo tiempo se ven como
impulsados por una ley ciega algo así como aquel fatum de los antiguos No
quieren, y con todo, han convenido en que el duelo sea a muerte.
Nada menos común que el sentido común, ¿no es
cierto? Por esto
prefiero yo pensar por mi cuenta.... aunque el Barón
de Chastel-Rook me clasifique entre “los no clasificados”.
Conversábamos todavía, perplejos y
malhumorados, cuando vimos a un cartero que llegó precipitadamente y sacudió
con vigor la campanilla. El portero sacó la cabeza.
-Telegrama urgente para el señor Pablo Rocroy.
Dulaurier tomó el sobre azul y lo miró, como
si pretendiera adivinar el contenido.
ÑMíra, me dijo, no sé por qué, pero adivino
que aquí viene la solución del asunto.
Y subió de dos en dos los escalones.
Pablo abrió el telegrama, frunció las cejas,
estrujó el papel, y lleno de cólera dio un golpe con el pie, que hizo temblar
las porcelanas de la chimenea. Nos tendió el papel sin proferir palabra.
Leímos:
"Señor Pablo Rocroy:
El "Bayardo” zarpa hoy a las siete de la
noche para el bloqueo de Pekín. Venga a su puesto de honor.
ESPAGNAC
Capitán del "Bayardo”
Después de leer el telegrama del Capitán,
Pablo se dejó caer en una silla y quedó pensativo, perplejo. Los dos oficiales,
advertidos por Dulaurier, determinaron que era preciso marchar inmediatamente
por el tren expreso que salía a las dos de la tarde. Tomaron un coche y se
encaminaron a la casa de Zonawizki. Media hora después trajeron una acta
firmada por los cuatro testigos, en que se establecía que el duelo quedaba
aplazado para el día en que Pablo volviera a pisar las playas de Francia.
Llegó el final de la estación de baños: las
primeras brisas frias comenzaron a rizar las aguas del lago y a deshojar las
rosas de Bengala. Los paseantes y las golondrinas empezaron a huir en bandadas;
los unos hacia Paris, las otras hacia el cielo de Africa. Las ramas tiritaban,
se enrojecían. Los jardines del Casino fueron quedando abandonados; las
callejuelas de arena, blancas y solitarias, se iban cubriendo de hojas
marchitas. Los músicos guardaron sus instrumentos, como previendo los catarros,
entre fundas de lana, entre estuches de terciopelo. Citándonos para el próximo
estío, con y sonrisas en que había cierta contracción de tristeza, temiendo y
esperando en el futuro, nos dispersamos a los cuatro vientos.
Un año después, en los primeros calores del
estío, busqué a Dulaurier y tomamos, llenos de emoción, el tren que salía para
Enghien. Compré en la estación un libro nuevo de Bourget, e instalado en el
carro, empecé a cortar las hojas. Al acaso registraba la obra, y sin saber por
qué, me detuve en las frases con que principia el viaje a Corfú, y leí en voz
alta: “¿Conviene volver a ver a la mujer amada y de quien nos hemos separado
por algún tiempo, cuando ya los años han pasado sobre ese amor, sobre nuestro corazón
y sobre su belleza? ¿Conviene abrir de nuevo el libro que leímos con embriaguez
en otra época y que luégo olvidamos a medias en los anaqueles de la biblioteca
paterna, donde yace entre su forro deslustrado y con aquel titulo que nos
representa algunas de las horas más deliciosas de la existencia? ¿Conviene
regresar, con el caudal de la experiencia, al país que visitamos en la primera
juventud, el cual nos ha quedado en la memoria como un oasis de perfume, de luz
y de ensueños? Al amigo que me dirigiera tales preguntas, harto sé que yo le
contestaría: ”Ah! que el pasado sea el pasado....
-Tiene razón, dijo Dulaurier: Bourget ha
analizado con finísimo estudio el corazón humano. Es la verdad: no debemos
volver a Enghien. Conservemos esa ilusión, guardemos intacto ese recuerdo que
basta para embalsamar toda nuestra existencia. En nuestra época se vive
demasiado aprisa, el espíritu se gasta- en breve, el corazón envejece demasiado
pronto. Un año de nuestro tiempo es como diez, como veinte años para los
hombres de otras generaciones no corroídas por esta duda, no agotadas por la
fiebre de un hastío sin nombre. Hemos venido tarde a un mundo ya gastado.
Tenemos la voluntad enferma, quebrantada por Renán, por Anatole France, con sus
contradicciones que desconciertan, con su bonhomía malévola y su ateísmo
oloroso a incienso.... Un año!.... ¡cuantas cosas han pasado en un año por mi
espíritu, y sólo han dejado cenizas! ¿He tenido glorias?.... Los triunfos, los
"laureles>, como se dice pomposamente, sólo dejan hastio. ¡Cómo
envejece uno por dentro hora tras hora, aunque se conserve negro el cabello y la
mirada risueña! Un año... . !
Y se detuvo a recordar, con los ojos llenos de
melancolía y fijos, como los de un hipnotizado, en el botón de cobre bruñido
con que se abría la portezuela.
-Sê, no debemos volver.... Esa página me ha decidido. Debemos tomar el tren de regreso. ¿No es verdad que los libros influyen de un modo misterioso en
nuestras determinaciones? Somos esclavos a veces de una frase truncada que
leemos en un libro abierto al acaso.... Tiene razón Bourget: respetemos nuestra
ilusión, tal vez vamos a encontrar solitarios los lugares antes llenos de
amigos; tal vez el sol nos parecerá opaco, el paisaje desteñido, y es que acaso
ya llevamos la vejez en la retina....
Y se detuvo a meditar de nuevo, no ya en el
pasado, sino en el futuro, con los Ojos llenos de melancolía, fijos siempre en
el botón de cobre bruñido.
Dulaurier, después de hablar extensamente, se
hundió en un largo silencio, por esas transiciones frecuentes en su
temperamento. De improviso el interior del vagón se iluminó con el reflejo de
los muros de la estación, cubiertos de anuncios rojos y amarillos, que
reverbereaban con el sol de estío.
-¡Enghien!.... ¡Enghien! gritaba, domiminando
el resoplido de la locomotora, el guarda de la estación, y aquel grito parecía
convidamos, infundirnos nuevo vigor, recordarnos .con entusiasmo que ahí
estaban nuestros antiguos amigos, el mismo lago dormido entre las orillas
cubiertas de encinas y coronadas de rosas.
-No deberíamos ir, dijo Dulaurier... ; pero vamos.
Se
retorcía con emoción el bigotito de mosquetero, estaba aun más pálido y las
ventanillas de la nariz se entreabrían y le palpitaban nerviosamente, mientras
nos arrojábamos en un carruaje y nos internábamos por aquellas avenidas, en las
cuales un banco de piedra, un árbol, nos parecían amigos viejos y nos hablaban
el lenguaje de los recuerdos.
Por la tarde nos internámos por el canal que
conducía a la escalera de las esfinges. Queríamos evocar, una por una, las
emociones del año anterior. Los cisnes blancos parecían
reconocernos. Los robles extendían siempre sus brazos en líneas horizontales y
parecían indicar protección, calma, silencio.
El castillo nos pareció desierto; pero después
de algún tiempo, por una ventana entreabierta brotaron algunos acordes del
piano-un trozo de Blumenthal-cuyas notas se desgranaron entre la agonía del
crepúsculo.
A la tarde siguiente me dirigí con Dulaurier a
visitar al barón de Chastel-Rook.
El crepúsculo estaba tibio, y Margot se
encontraba en la explanada, respirando aquel aire que emanaba de la vegetación.
No pude decir si aquella palidez extrema de
sus mejillas provenía de los reflejos morados que venían del ocaso.
La brisa de la tarde, que podía ser nociva a
Margot, nos hizo entrar. Bajo la luz de la araña central volvieron a reunirse
los amigos del año anterior, y vi de nuevo, como la primera noche, la frente
alta del abate, cruzada por un mechoncito napoleónico, la frente huesosa y
fuerte del pintor, la frente pálida del poeta, y reconocí en todas las pupilas
la misma melancolía irremediable de almas que, como decía Dulaurier, consideran
que "juzgar la vida es mejor que vívirla”.
Faltaba el marino, y ocupaba su lugar el
príncipe Zonawizki.
Este Zonayizki,-me decía el Barón, que se
deleitaba analizando los caracteres-es un sér sencillamente raro; un
orgulloso.... sin vanidades; en suma, debemos clasificarlo entre "los no
clasificados”, es decir, es de los nuestros. Se apasiona por todo, y todo le
hastía. Fluctúa eternamente entre el entusiasmo y el tedio. En otros siglos,
habría sido un cruzado o un conquistador de América, como los que pinta con
maestría Heredia en sus sonetos. Pero en este siglo del carbón y del humo, del
riel y del dólar, ese hidalgo se asfixia. Gasta su espíritu en los viajes, en
las artes, en los libros, ha hecho de todo; deja el pincel para trazar un libro
sobre los proletarios polacos; suelta la pluma para esbozar una estatua; deja
fresca la arcilla a medio modelar, para entregarse con fiebre a la ejecución de
un drama que empieza a escribir por el quinto acto.... En su libro Hacia el
Ideal se revela un genio altivo y melancólico. Creo que nunca publicará esas
páginas incoherentes y sublimes.... En suma, un Chateaubriand frustrado.
Dos o tres veces por semana íbamos a visitar a
Margot.
Los días pasaban sin incidentes, sin
aventuras, pero con el interés palpitante e íntimo que despertaba esa sociedad
de almas superiores.
Día por día declinaba la salud de la joven.
Habla días de entusiasmo en que la considerábamos salvada; días de fiebre y
desaliento, en que el barón se agitaba con la cólera de una fiera herida. Los
médicos estaban perplejos, hablaban de “neurosis”, y discutían en voz baja;
trazaban fórmulas con letra irregular sobre el papel exornado con el escudo de
los antiguos barones.... y hora por hora Margot declinaba.
Una tarde fuimos a visitarla. No había salido
a la explanada, y el señor de Chastel-Rook nos condujo al saloncito azul, donde
ella tenía sus cuadros favoritos, sus libros, su piano.
Por la cara de los concurrentes comprendí que
se estaban agotando las esperanzas.
Tendida en su larga silla, hundida la cabeza
en los cojines de raso color de violeta marchita, correctamente ataviada,
Margot sonreía -con sonrisa cada vez más suave, más tranquila, y sus ojos se
impregnaban de dulzura húmeda y enigmática. Las pupilas, más oscuras -aún,
parecían dilatarse ante las cercanas sombras de la tumba. Le habían prohibido
que hablase. Me miró, y adivinando mi emoción, me preguntó con los ojos:
“¿Tiene usted temor?” ,-.Y con la sonrisa agregó: “Resignación”. Sentí que la
garganta se me anudaba; con grande atención me puse a observar un grabado de
Doré, como si me interesara en extremo,- y es que temía encontrar de nuevo
aquella mirada, aquella sonrisa....
Acaso Margot comprendió; me tendió las manos
con ademán de agradecimiento, Oh! esas manos, casi transparentes en su
blancura, extendidas así, como una ofrenda en este instante supremo, en esa
hora que jamás volvería.... yo hubiera querido besarlas de rodillas, regarlas
con mi llanto.
Ella miró en torno, creyó leer en los
semblantes, al través de sonrisas fingidas, la desesperación, el presentimiento
de la muerte; y, resignándose a todo, pero resuelta a consolarse y a
consolarnos, profirió una sola palabra de suprema esperanza:
.-Resurrección..
No convenía a la enferma prolongar la escena:
salí.
En el jardín los amigos conversaban en voz
baja, circulaban a pasos cortos, y cada vez que se movía una puerta volvían la
cabeza acechando una frase de esperanza. Me interné por un lado solitario del
parque. En una callejuela de arena se arrastraba de lado, temblando, una
mariposa con el ala quebrada.... Retrocedí, encontrando no sé qué analogías.
Sin mezclar,me en los grupos crucé la explanada, y sin darme cuenta, rabioso,
tronché dos o tres tallos, como si tuviesen parte en la desgracia que
acontecía. Anduve, al
acaso, entre las hierbas recién segadas. De pronto retrocedi: una guadaña,
olvidada por el segador, brillaba odiosamente. Todo hablaba de dolor, de
agonía, de destrucción. Volví hacia la casa, y
sintiéndome cobarde para entrar, me recliné sobre la balaustrada del pórtico,
en el lugar mismo donde el año anterior la hablamos visto por vez primera. El
viento precursor del invierno seguía soplando; las últimas hojas temblaban en
los árboles con estremecimientos de agonía. Las esfinges, en el crepúsculo de
la estación que se enfriaba, tenían aspecto misterioso, miraban a lo lejos,
llenas de recogimiento, como si vieran llegar algo irrevocable.
Una hora después recibí un telegrama de Pablo
en que me anunciaba de Marsella que esa tarde llegaría a París y seguiría
inmediatamente para Enghien. Aproveché el tren que partía en aquel momento y
encontré a Pablo en París, en la estación. Un abrazo, y pasamos al otro vagón.
El tren volaba de Paris a Enghien. Lloviznaba. Las bocanadas de humo de la
máquina cortaban las ráfagas oblicuas de la lluvia. Por el cristal corrian algunas lágrimas.
El marino se acordó de Jenkins.
-Traigo dos pistolas, obsequio de AbulBey....
una maravilla.
Luégo paso a relatarme los incidentes de su
viaje.
-Tú no crees en sueños.... yo tampoco. Voy a
referirte un sueño muy extraño que tuve en la travesía de Suez a Marsella,
pesadilla debida acaso al exceso de plantas que para Margot traía en mi
camarote, flores que yo mismo regaba y que recargaban el aire con sus perfumes.
Soñé que navegaba en alta mar, solo, en un yate que yo mismo manejaba; un buque
pintado de gris, bajo un cielo plomizo, sobre un mar color de ceniza.... Todo
aquello teñido con las tintas neutrales de los sueños en que sucede algo
ridículamente desgarrador, absurdamente melancólico. Yo iba de pie, con la mano
en el timón, la mirada fija en la desolación infinita de las olas, y ya sabia
por el aspecto de la Naturaleza que iba a suceder algo doloroso, algo
funesto.... Sueño de curiosidad y de agonía: deseaba ver y no ver a un mismo
tiempo. De pronto, allá en alta mar, donde no podía haber anclajes, surgieron
unas varas pintadas de rojo, de las que sirven para indicar algún peligro.
Continué. Las varas se movían, se agitaban silenciosamente, se retorcían como
brazos llenos de angustia. Debía evitar aquello, y sin embargo continuaba. Yo
sabía que ahí estaba aquello que yo quería y no debía ver (¿cómo sabré
explicarme?) y que había de causarme un dolor infinito, y sin embargo
necesario. Los brazos rojos se abrieron como dos hileras de palmas, y pasé: al
extremo se alzaba el peligro, un escollo, un trozo de roca en forma de altar,
al cual se llegaba por una gradería cavada en la pena y resguardada por dos
esfinges. Los brazos seguían retorciéndose. Continué avanzando. Sobre el altar
yacía... ¿ya imaginas quién... ? Sê, ella muerta, con las manos cruzadas sobre
el pecho y una rosa pálida entre los dedos rigidos. La muerte, que suele poner
una máscara horrible en los semblantes, no la había descompuesto.... Vamos,
dáme un cigarrillo y no mires de ese modo....
Encajó el cigarrillo en la pipa de espuma de
mar, trató de sonreír, y continuó:
-En uno de los escalones tallados en la peña y
mojados por la espuma, estaba sentada la Melancolía, aquella Melancolía del
cuadro de Durero, con sus dos inmensas alas de murciélago y los ojos llenos de
sombra. Y al ver cómo me miraba la Melancolía, sentada en la roca, comprendí
que para mi todo habla acabado, que mi vida estaba frustrada para siempre, que
después de haber visto a aquella muerta, tendida en el escollo, ya no habla
objeto para mi en seguir cruzando ese mar color de ceniza, bajo aquel cielo color
de plomo. Y la Melancolía me revelaba que pronto iban a empezar allí todos los
misterios indecibles de la podredumbre....
“Vi a la hermosa muerta hundirse en la nada,
en la desolación definitiva, y me asaltó la frase del poeta Quincey:
"hundirse en el fondo de una eternidad que no está por venir, eternidad
pasada e irrevocable”.
“Vaya, fue todo eso un absurdo, y ahora me río
de aquello. Voy lleno de esperanza. ¿El médico ha dicho que hay vida para unos
meses? Yo digo más: para años. Ahora, ¿quieres que explique fisiológicamente
aquella pesadilla? Antes de dormir leí algunas páginas de Romeo y Julieta, la
escena del panteón, en que Romeo -encuentra a la joven veneciana tendida en el
féretro. Por añadidura, dos días antes el Capitán me había mostrado una revista
alemana, Mar y Tierra, con un grabado de la Melancolía, de Durero. ¿Me explico?
Moraleja: no leer a Shakespeare antes de dormir”.
El tren volaba; ya se distinguía en el
horizonte la masa negra de la selva de Montmoreney, la mancha de verdor fresco
en torno del lago Enghien. El tren volaba, y mi pensamiento volaba aun más
adelantándose a imaginar lo que habría sucedido, lo que estaría sucediendo a
esa hora en la casa del barón. Entrecerrando los ojos, veía de nuevo aquellas
dos manos blancas, transparentes casi, y recordaba de nuevo a que palabra
consoladora y triste': “Resurrección”.
Una curva en la línea, el pitazo de la
máquina, crujido de frenos y cadenas, el choque de los carros al pararse,
perfume de jardines, la frescura del lago: !Enghien!
Pablo tomó un manojo de flores orientales.
Partímos. La verja lateral del parque estaba entreabierta. Nos detuvimos a
observar. El
carruaje del médico esperaba.
-El aroma
exótico de estas flores hará másque las drogas, observó Pablo. Conozco ese temperamento.... Espera: el tallo de esta flor se ha tronchado. Ahora sí,
continuemos.
Algunos grupos se paseaban silenciosamente.
¡De pronto se levantó la cortina del vestíbulo, sacudida por una mano
frenética. Salió el Almirante, tendió los brazos al vacío; cubrióse el rostro,
retrocedió*, cerró los puños, extendio de nuevo los brazos hacia el lago, con
la expresión que debía de tener cuando en la tempestad veía hundirse una barca
sin poder salvarla; su vestido en la espalda se frunció con un repliegue
convulsivo, y resonó un sollozo. Luégo, entre el estupor general, se abrieron
las ventanas, corrió el aire por las piezas que antes se cerraban con tanto
esmero.... Un reflejo amarillo sale del cuarto azul: cirios encendidos. ¡Es
posible! ¡Tan pronto.... ! Y en medio de un silencio más profundo, distinto de
otros silencios, la palabra terrible corre a media voz de boca en boca:
¡Muerta.... ! ¡Muerta.... !
Pablo, clavado en el sitio, no quería, no
podía comprender aquella palabra. Apretó los puños colérico, como rechazando
una mentira, una afrenta. Lanzó en torno una mirada de asesino. Después, su
cólera cedió ante la férrea voluntad, como el tigre ante la varilla del
domador. Se dejó caer en un banco del parque y se apretó las sienes, como si
temiese que estallaran.
Subí. El abate Croiset, puesto el roquete
blanco, extendía los brazos, trazaba con lentitud una bendición en el aire,
sonoramente pronunciaba las preces latinas, y con su esbelta figura y con su
fisonomía inspirada parecía, ante la dulce muerta, al reflejo amarillo de los
cirios, un sacerdote de la iglesia primitiva orando ante una virgen de las
catacumbas. El contralmirante, de rodillas en la alfombra, en los transportes
de su naturaleza efusiva besaba los pies, besaba las manos, besaba los cabellos
de su hija, y en medio de un sollozo interminable, que a veces apagaba el rumor
cadencioso de las oraciones, luchando con la realidad, mintiéndose a sí mismo,
le rogaba a la muerta que no se muriese, que no le abandonase a él, pobre viejo
solitario, cansado, de la vida.
-No ha muerto-decía-aire!.... luz.... aire...!
Y él mismo, levantando en sus brazos vigorosos
la silla de Margot, la sacó a la explanada, e interrogó al abate Croiset con
los ojos.
-No ha muerto, duerme-dijo el sacerdote con la
frase del Evangelio.
La tierra se ennegreció, se redujo; creció el
firmamento, brillaron las estrellas, surgió el Infinito. La luna brilló en el
horizonte; por su delgadez semejaba un anillo roto.
Noche de majestad triste, noche de
transparencias azules; profundidades, soledad, calma; caía sobre el mundo la
paz de las estrellas; subían hacia los astros los aromas soñolientos de las
rosas que una a una se desgajaban en silencio sobre las ondas.
Pablo permaneció mudo en el banco de piedra,
con la frente entre las manos. Allá en el fondo del canal, tras las
enredaderas, resonó un sollozo, y me acordé del jorobado.b
Una hora después el jardín del casino empezó a
iluminarse; en los árboles brillaron los farolillos, que ya no alumbraban sino
ramas escuetas o follajes con hojas medio secas, color de naranja y de vino
tinto. De cuando en cuando un soplo precursor del invierno hacía bambolear las
linternas, y las hojas muertas, temblando, se esprendían, revoloteaban
fantásticamente en torno de las luminarias, como enjambres de mariposas moradas
o amarillas, y luégo, dispersándose, huían a la sombra, caían en el agua. Soledad,
silencio. De pronto, en medio del silencio y de la soledad, bajo la paz de la
bóveda cuajada de estrellas, entre el revoloteo de las hojas marchitas, entre
el aroma de las últimas rosas de otoño, empezaron a tender el ala, a dilatarse
sobre el espejo del lago los acordes de la orquesta solitaria; los violines
lanzaban sus largos gemidos, cantaban las flautas con sus voces femeninas, los
violoncelos hacían vibrar sus notas graves; y aquellas melodías, ya lentas, ya
rápidas, sumadas por la distancia en una armonía solemne, se deslizaban sobre
el agua, se mecían en la brisa, llegaban hasta la cámara mortuoria, como la
oleada de un canto a la vez profano y religioso que Tefería toda una historia,
sinfonía en la cual ,vibraban notas de serenata morisca, palpitaban compases de
fiestas perdidas en el pasado irrevocable, flotaban ecos de alegrías olvidadas,
estallaban endechas de amor, himnos de pasión; y luego, en un cambio de tonos,
cantos de despedida, voces de almas que se dan los supremos adioses, y tras silencios
súbitos, tras pausas de horror, surgían los acordes fúnebres, ondulaban entre
las sombras arpegios en que cada nota llevaba la humedad de una lágrima,
gemidos de desesperación, ruegos, gritos, sordas imprecaciones, ráfagas de
miserere, solemnes de profundis, frases musicales de infinita agonía, todo el
dolor humano, todo el diálogo tremendo del Hombre con la Muerte.
La hermosa muerta, colocada ante la
escalínata, reclinada en los almohadones, bajos párpados, entreabiertos los
labios, agitados., suavemente los cabellos por la brisa del lago, parecía
asociarse a aquella fiesta, y como sumergida en letargo doloroso y dulce,
parecía aspirar en su sueño los aromas del otoño que se moría, escuchar con
ternura los acordes de la orquesta que sollozaba, sumergirse con languidez
augusta en la paz de aquella noche lúgubre cuajada de constelaciones.
Y en tanto las esfinges, bañadas suavemente
por la luz de la luna, velaban el sueño del cadáver, y parecían llenas de
recogimiento, vuelta la cara de piedra hacia los astros, como si supieran la
palabra del enigma.
Los amigos se fueron alejando de la
escalinata, conversaban en el jardín en grupos separados. A la media noche sólo
quedaban junto a Margot el barón y el abate. Entonces Pablo salió de su
inacción, se levantó del banco de piedra, subió a la explanada y se cruzó de
brazos ante la muerta. ¿Soñaba.... ? Recordó el -sueño de la travesía, y el
sueño y la realidad se confundieron en su mente..
Se dijo en voz baja la frase de
Shakespeare:Los gusanos del sepulcro serán tus camareros”. Se le presentaron
los horrores de la tumba, todos los espectáculos que son abominables, los
indecibles secretos de la podredumbre.
Comprendió todo lo que hay de salvaje en la
naturaleza, en la destrucción de aquella obra sublime; sintió el vandalismo
infame de la muerte, que así rompía esa maravilla de vida y ,de arte. Protestó
contra todas las fuerzas oscuras que le arrebataban ese objeto de ternura y de
belleza. Por primera vez maldijo de las leyes naturales; todas sus ideas se
dislocaron, y en su cólera, en su desconcierto, quiso buscar, quiso inventar
una ley más alta, una ley más fuerte, que anonadara esas leyes de insensatez
destructora y ciega. El abate, que lo observaba en silencio, extendió las manos
y señaló-el crucifijo. Los ojos de Pablo por un instante se detuvieron en la
cruz de marfil ... De nuevo sus pupilas se clavaron en la muerta, miró aquel
cadáver, lo envolvió todo en una contemplación tenaz, de intensidad infinita,
como si fuera la vez última y quisiera fijar para siempre ese recuerdo, y
luégo, con una contracción de ironía en la boca, arrancándose de allí, sin
volver la cabeza, sin oír, sin un gemido, bajó con paso fuerte la escalinata,
dio impulso a los remos, desapareció.
En el grupo del jardín hubo un movimiento de
sorpresa, de miedo; y entre el murmullo de un comentario fatídico resonó esta
palabra: “Suicidio”.
El artista me convidó un mes después a su
estudio en Inglaterra. Era un macizo castillo del tiempo del Rey Eduardo II,
según la inscripción, del portal, donde, entre el musgo de la piedra, se
admiraba una cabeza de ciervo con la cifra 1326. En torno se extendía el parque
de olmos que cruzaban las ramas sobre un brazo del Támesis, cuya agua sinuosa
copiaba las orillas salpicadas de botones de oro. En el arco de la escalera,
que conducía al torreón central, el artista excéntrico había trazado con el
pincel esta leyenda que había encontrado en el claustro de un convento de
Rávena:
O magna solitudo!
O sola magnitudo!
El grande artista, que lejos del taller
permanecía callado, volvía a prodigarse en ingeniosas conversaciones íntimas
una vez que se hallaba de nuevo en su atmósfera, acariciado y estimulado por el
aroma de su té y por el olor de los barnices y de los pinceles. Y así, hundido
en el diván, circundado de sus revistas, rodeado por todos los esbozos a medio
manchar, en que él veía de su alma mucho más que en sus cuadros definitivos, su
espíritu se espaciaba al sentirse envuelto por esa media luz en que reposaban
las pupilas fatigadas, mientras se entreabrían sus ensueños corno extrañas
flores de crepúsculo.
Y en tanto que el pintor me hablaba, se
complacía en extender y reunir y de nuevo amasar con la espátula el blanco de
plata sobre la paleta.
-¿Va usted a pintar?
-No, es que todo artista
experimenta una sensación grata, indefinible, pero poderosa e inspiradora, aun
en los momentos de descanso, ,en jugar con el color flúido, en probar la
elasticidad de la espátula, en aspirar el olor de los aceites, en palpar el
tejido del lienzo donde va a trazar líneas y a evocar sus ensueños. Usted sabe
que Miguel Angel, ciego en sus últimos años, experimentaba cierta ternura al
tocar con las manos temblorosas los mármoles del Vaticano.
-Los artistas-agregó-ya no somos
apóstoles, sino mercaderes. Se busca el éxito, nos
mezclamos a la lucha, cortejamos con afán al público, tememos a la prensa y
pensamos en el valor del lienzo que exhibimos mas que en el valor de la idea
que exponemos. Aquí, en este retiro, quiero recogerme, puedo pintar para mí solo,
para mi propia conciencia.... ¿Qué me importa la prensa? Ya usted habrá visto
lo que de mí han dicho pintándome como Hamlet, sentado al borde de las tumbas
recién excavadas con un cráneo en la mano.
Digno discípulo de Dante Gabriel Rossetti,
reunía en sus estudios la tendencia al simbolismo y la reproducción de la
verdad.
La mañana siguiente, mientras tomábamos el té*
en el saloncito, enseñóme Jenkins lo que él llamaba "su álbum de Enghien”.
La primera mitad estaba llena de estudios sobre Margot; retratos de perfil,
retratos de frente, de tres cuartos; trazos en que revelaba, página por pagina,
una actitud, la inclinación aristocrática de la cabeza, la línea divina de la
frente, el movimiento noble de una mano, el óvalo de la barba, la ondulación de
aquel perfil hecho de un solo trazo e inconcluso, como si un temor reverencial
hubiera detenido la mano.. En la última página había una calavera,
simplificación de todos los estudios precedentes.
Iniciado ya en las intimidades del taller,
extendí la mano hacia otro álbum que en la portada tenla con lápiz una fecha
posterior y este título: Nature morte. Estaba lleno de estudios de la
"morgue”, manchas de anfiteatro y notas de cementerio; cadáveres en todos
los grados de descomposición: caras amarillas, moradas, verdosas; vísceras con
reflejos viscosos, rojos y azules; cabelleras de mujer sólo adheridas a lapiel
del cráneo; calaveras con los ojos hueros; sudarios que por la dirección de los
pliegues largos revelaban esqueletos medio dislocados; gusanos, tablas de
ataúd, coronas marchitas, musgos que brotan en las tumbas olvidadas...
Después de unas tazas de té y de un vaso de
grog, el artista me invitó a que pasáramos al taller de pintura. Tocó un botón
y la sala contigua se iluminó profusamente. Las armaduras de acero para
caballos e infantes, quebraban la luz eléctrica y la devolvían en relámpagos.
Para el estudio de trajes había en los muros y sobre los divanes trozos de
tela, sedas, terciopelos, que resplandecían con tonos diversos. En medio estaba
el caballete, con un lienzo apenas bosquejado.
-Por los dos últimos cuadros que he llevado a
la National Gallery un crítico del Graphic me llama "el pintor de la
muerte.... ” Es la verdad. Mi inspiración desde aquel día funesto, sólo flota
alrededor de las tumbas como mariposa de cementerio.
Descorrió una cortína y me señaló su cuadro
llamado El Rapto. Era un canal sinuoso que reflejaba melancólicamente el celaje
de una aurora de otoño, aurora con toda la palidez mortecina de un crepúsculo.
Todo aquello tratado con tintas frías, en una luz crepuscular interpretada con
fulgores grises y sombras violáceas. En mitad del canal una barcaza, sobre la
cual, como un féretro cubierto de paños morados que caían hasta el agua, iba
una joven muerta, entre manojos de rosas tan pálidas como ella. De pie en la
popa, rigiendo el timón, envuelta en un manto negro y llena de tristeza a pesar
de la sonrisa de las encías descarnadas, se erguía la Muerte, que emprendía el
viaje a una región desconocida.
El pintor me dijo:
-Vendrá una última primavera, y
en su última aurora se abrirá una rosa tardía, la cual morirá en el último
ocaso del otoño postrero. Y tras de ese ocaso vendrá
la noche sin aurora, la sombra definitiva, entre la cual la tierra sin ríos,
sin navegación, sin atmósfera, girará sin ruido por el espacio solitario. ¿Será
esto así -,por todos los siglos.... ? ¡Horror! El instinto humano dice que no;
tras esa noche, tras ese Invierno volverá la aurora, reflorecerá una primavera
perpetua; resucitará la carne, y volveremos a vagar por estos parques, a ver
las caras amigas, todo hermoseado por una luz sagrada. . . ¡Ah! si así no fuese, si yo no lo
creyera.... míre usted.... el invierno pasado tuve unos
instantes de duda, creí sólo en la nada definitiva.... y extendí la mano hacia
aquella cuchilla para cortarme la yugular.... ¿Otro vaso de grog?
En el centro de una panoplia colgada
al muro una daga damasquina de puño primorosamente cincelado lanzaba reflejos
azules. Tarde ya nos separamos, y pase a mi aposento. Al amanecer me
despertó un golpe sobre el entablado del cuarto vecino, y ruidos de pasos y de
voces. Cuando entré al salón de mi amigo, lo vi sentado en el diván, un poco
pálido: la panoplia estaba por tierra; el criado tenía la daga damasquina que
le habla arrebatado a su amo....
-Excuse usted (me dijo el pintor, mientras
fijaba en mí con ingenuidad triste sus ojos de acero).... Volvió aquella hora
de duda, de miedo, de spleen.... Le prometo a usted que no sucederá esto de nuevo, Dios mediante. Le
obsequio a usted esta daga....
El
invierno siguiente recibí una esquela del abate Croiset: en nombre del
contralmirante me invitaba a la apertura de la capilla recién construída, en
Chastel-Rook, donde ya reposaba Margot. Tomé el tren. Con la frente apoyada
contra el cristal de la ventanilla, por la cual se deslizaban los copos de
nieve, observaba distraídamente aquella comarca desolada.
Silencio, tristeza, duelo.... Todo era blanco
en la llanura, a excepción de algunas chimeneas, que de trecho en trecho
humeaban, y de ,algunos esqueletos de árboles negros. Llegué a la hora del
ocaso. Los otros invitados, después de la ceremonia, se hablan retirado. En la
sala principal, en torno de la chimenea, había cuatro o cinco personas. Una
frente alta, cruzada por un mechoncito napoleónico; otra frente de líneas
enérgicas, circundada por cabellos de oro; en seguida otra frente de líneas
nervíosas sombreada por rizos suaves: reconozco a los antiguos amigos, a la luz
discreta que caía del techo. Surgen luégo en la penumbra las pupilas, y vuelvo
a observar en ellas, como tres años antes, la melancolía de almas que han
encontrado el mundo inferior al pensamiento. Todos mudos, con los ojos fijos en
la llama, como si les interesase en extremo el chispotroteo del tronco de
encina. Reinaba el silencio, el cansancio que sigue a las grandes emociones
tristes. El barón, con un esfuerzo, salió de su abstracción, quiso ser cortés,
me hizo tomar una taza de té hirviendo; para cortar el silencio habló
forzadamente de cosas pueriles. Luégo volvió a caer en su abatimiento, y todos
de nuevo seguimos con atención el chisporroteo de la llama, Aquel anciano, en
conjunto, no había envejecido: siempre afeitado, limpio, correcto; pero su
mirada era otra: tenía los ojos hundidos, las pupilas cansadas.
-Es un valiente (me dijo el abate al oído): ni
una lágrima durante la ceremonia.
Y seguimos observando la llama. Todos los
pensamientos estaban lejos de allí, fijos en la Muerta.
De cuando en cuando, maquinalmente, volvíamos
la cabeza hacia la puerta lateral, como si creyéramos que ella de un momento a
otro habría de apartar la cortina y aparecer con su antigua sonrisa misteriosa.
El almirante salió por la puerta que daba al
vestíbulo. El abate me invito a seguirle, pues no quería dejar solo al pobre
padre que sin duda iba a rezar sobre la tumba.
La capilla, hecha bajo la dirección de
Zonawizki, se alzaba al frente del castillo en el sitio de la antigua
explanada. Silenciosamente giraron las abras de la puerta, y entramos en el
santuario. Poco a poco se fue demarcando la forma interior del edificio, y
empezámos a entrever el color morado de los muros, un morado de manto de
arzobispo. Aclárase lentamente la penumbra y se distingue, como al través de
una niebla azulina, que el edificio es todo de un jaspe violáceo, cruzado de la
base a la cima por mosaicos que, remedando rosales de Bengala, ostentan en rica
labor de incrustaciones rosas de mármol blanco. En el fondo se alza una
gradería guardada en la parte superior por dos esfinges llenas de recogimiento,
que tienen la una un niño entre los brazos, la otra una calavera bajo la garra
de piedra. Reconozco la escalera de las esfinges”. En el terrado superior
reposa, a la sombra del altar una urna de mármol color fila, sobre la cual una
M resplandece a la luz de la lamparilla en que la llama tiembla incesantemente
como una mariposa herida. El silencio es tan profundo que a intervalos se oye
el chisporroteo de la llama. No hay puerta lateral ni ventanas. La capilla está
ònicamente iluminada por la luz, que al través de vidrieras color lila, cae de
la cúpula sobre el altar, y formando un crepúsculo violáceo, como una claridad
ultraterrena, baña por encima el dorso de las esfinges, ilumina las pupilas de
piedra, flota como niebla azulina sobre la urna, se desliza por el pedestal,
desciende calladamente las escalinatas y, apagándose por grados en un
crepúsculo misterioso, va a extinguirse y a formar una sombra morada en los
muros de jaspe y en los rincones del santuario.
El barón se arrodilló, puso la frente contra
el mármol, y creyéndose solo, principió a hablar en voz baja, como si
conversase con Margot: era una conversación de ternuras, de reproches, pueril y
desgarradora. Entonces estalló todo el raudal de las lágrimas que se había
bebido, El abate se acercó en silencio, se arrodilló al lado, rodeó con el
brazo aquel cuerpo estremecido por los sollozos. El almirante, sacudido siempre
por aquel dolor interminable, como un chiquillo reclinó la cabeza en el hombro
del sacerdote. Este murmuró al oído la última palabra de Margot: Resurrección.
Al través de las lágrimas brilló vagamente una sonrisa, una luz consoladora.
Así, postrado ante la tumba, entre las dos esfinges, aquel anciano parecía el
símbolo del dolor humano sostenido por una suprema esperanza.
A la tarde siguiente regresamos a París.
Dulaurier iba entregado a sus meditaciones, hundido en los cojines del vagón y
con los ojos fijos, como hipnotizados, en el botón de metal bruñido. Debió de
recordar, por ese detalle insignificante, lo que hablamos dos años antes.
-Si.... mejor hubiera sido no volver a Enghien. ¿Recuerdas que aquí leímos una página de Bourget? El libro nos
decía que debíamos conservar nuestra ilusión, sin pretender llegar al final de
aquel ensueño. Es conveniente seguir esas inspiraciones súbitas de un libro
abierto al acaso, Hicimos lo contrario, y ya lo ves.... ¡cuánto hemos sufrido!
Abusamos de la realidad.... y la vida se nos presentó tal como es, no tal como
debía ser según nuestros ensueños. Ya caminamos como peregrinos que nada
buscan, que nada esperan al fin del viaje, ,que adelantan su camino sin objeto
y vuelven de cuando en cuando la cabeza hacia el país de que se alejan....
Dejó vagar los ojos por la campiña solitaria,
y deslumbrado acaso por el resplandor de la nieve, entrecerró los párpados; por
un instante volvió a hundirse en el silencio.
-Si en mí reinara la fe.... si yo creyera que
algún día y en alguna región volvería a verla, pero a verla tal como era, real
e ideal a un mismo tiempo.... ¡Ah, si el abate Croiset con su elocuencia
llegara a persuadirme de esto, si me infundiera aquella esperanza.... !
Y tan vehemente fue aquella frase inconclusa,
de tan hondo arrancó ese deseo, que al través de los ojos entrecerrados brotó
una Iágrima que tembló por un instante en las pestañas. Para ocultar su emoción
se volvió a contemplar el paisaje y pegó la frente contra la vidriera.
-Este anhelo de fe, este deseo de esperanza,
como dos alas rotas, nos pesan en los hombros; son alas que se desangran y
duelen, pero que no sirven para alzar el vuelo....
-Sí,-dijo Zonawizki envolviéndose
perezosamente en su manta de grandes cuadros grises-: al final de este siglo de
dudas, en la aurora del siglo XX, hora crepuscular en que las almas van a
tientas, se necesita un espíritu superior, un genio, otro Chateaubriand, que
lance de nuevo un grito de combate contra el escepticismo, un grito de fe y de
amor, un grito de resurrección, y que en medio de la filosofía racionalista y
de la literatura brutal, conmueva a las muchedumbres con voz profética, y por
el camino del arte las conduzca a los pies de Jesucristo.
"Entre esta zozobra y esta duda-como lo
nota Coppée en el libro que ha tenido el valor de lanzar ante nuestro público
parisiense-los suicidios se aumentan y el horror de vivir se hace cada día más
patente en nuestras sociedades envejecidas, que adelantan en medio de
convulsiones.... ”
Volvió a contemplar aquel paisaje árido, que
parecía obligamos a las meditaciones tristes.
-A propósito de suicidio.... ¿dónde se
arrojaría Pablo? No fue en el Sena ni en el lago, pues quince días estuve yendo
a la Morgue a reconocer los cadáveres.... ¿En la floresta de Montmorency? No lo
creo: estos marinos siempre buscan la muerte entre las ondas. Acaso tomó un
tren y se arrojó al mar, para dormir en aquel fondo desconocido, entre la
soledad verdosa de las olas y a la sombra de selvas de corales.
Sonó el pito del tren, vibró la campana de la
máquina, se bamboleó entre la bruma en unclamoreo que armonizaba con el paisaje
frío y con nuestras conversaciones melancólicas; y un instante después
entrábamos en la estación, nos hundíamos en esa marea de luz, de ruido, en ese
París, que, en medio de carcajadas, parece ignorar el dolor y la muerte.
El invierno llegaba a su fin cuando recibí una
tarjeta con dos líneas trazadas por Jenkins en su letra de rasgos precisos:
"Amigo mío. Estoy en París. Deseo que vea
otro cuadro de El pintor de la Muerte. ”
Me recibió con un vigoroso apretón de manos, y
me ofreció al punto una taza de ponche. Mientras la llama azul oscilaba
suavemente y calentaba la ponchera, el pintor se sentó y dio curso a sus ideas:
-El artista es inferior y es superior a la
naturaleza. Es inferior, porque la naturaleza es más rica en líneas y colores,
tiene una luz que no se encuentra en ninguna paleta, cierta delicadeza de
líneas y tal amplitud de proporciones, que no podremos nunca poner en un
lienzo; ella posee lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande, tiene el
insecto y el oceano, la belleza de la flor y la sublimidad del firmamento.
Además, ella a un tiempo impresiona varios sentidos y produce sensaciones
mixtas que no podemos definir con el pincel ni con la nota. Loco estaría el
artista que pretendiera medirse con la naturaleza.
Calló y se acercó a avivar la llama azul de la
ponchera.
-Permitame usted...., se está acabando el alcohol y esto aun no está
hirviendo.... Decíamos que el artista es inferior a la
naturaleza y superior al mismo tiempo. Hay en el alma imágenes que no están en
el mundo que nos rodea. El pintor debe trasladar al lienzo esas concepciones
del espíritu. Hay un placer doloroso en esa creación del artista: por decirlo
así, cosechamos entre espinas. He llorado, he sufrido al trazar esos cuadros
que me han ganado el título de Pintor de la Muerte pero por nada renunciaré yo
a esa dicha desgarradora.
Zonawizki y Dulaurier llegaron; con la mayor
confianza arrastraron dos sillones hacia el fuego.
El pintor puso de nuevo alcohol en la
ponchera, y su rostro se reanimó con la llama azul que se retorcía lamiéndole
las manos.
-El día está hermoso y frío como la gloria
póstuma. Acepte usted esta taza de ponche...
¿No lo nota usted muy perfumado? Está hecho por una receta que aprendí
en Moscow, el país clásico del frío.... ¿No les fatigo a ustedes con mis
teorías? Como decía, hay una amargura dulcísima en el esfuerzo artístico,
particularmente cuando se llena la misión de perpetuar nuestros sentimientos,
nuestros recuerdos. Hé aquí otra superioridad del pintor: la naturaleza
destruye; el pintor conserva, resucita, inmortaliza al ser amado.... Este
anhelo tenaz, este deseo loco de la resurrección, lo realiza en parte el
artista.... Ahora, ¿desean ustedes ver cómo he resucitado a Margot, cómo espero
contemplarla algún día al cabo de los siglos, cuando renazcan las rosas y
azucenas de la carne en esa gloriosa primavera?
-Menos teorías y más cuadros,
querido Jenkins-dijo Zonawizki-veamos el lienzo.
El pintor corrió una cortina y
apareció el cuadro: en la parte baja del lienzo se veían pedazos de sudarios
sobre los cuales hervían masas de gusanos; huesos en desorden con adherencias
de nervios; calaveras que por las cuencas dejaban destilar gotas de lodo;
jirones de mortajas entre fragmentos de ataúdes; ceniza, tierra, sombra,
podredumbre. De entre aquella masa de horrores se alzaban
lirios que purificaban el lodo, y luégo una escalinata de jaspe, más y más
resplandeciente a medida que las gradas tocaban a la altura; por la escala
subían y bajaban, deslizando sin ruido los pies desnudos, unos ángeles que
sonreían tristemente, como enfermos de misterio y de belleza. En la grada
superior, donde triunfaban todas las tintas suavemente luminosas, resplandecía
Margot, real e ideal, con la gloria de sus líneas inmortales bañadas por la
apoteosis de un azul pálido de ultratumba. Y allí, en las claridades de esa luz
ultraterrestre, ella, la adorada, sonreía castamente, irradiaba como el símbolo
de la vida eternamente joven, inmarcesiblemente hermosa.
-Escriba usted, mi amado poeta, me dijo
apoyándose en mi hombro, un himno a la resurrección de la materia, un canto a
la belleza de la carne purificada por la muerte y glorificada en el día
postrero.
Durante los cuatro meses de invierno los
antiguos amigos de Enghien nos dábamos cita en el salón de la Escuela de Bellas
Artes, ,para escuchar las conferencias de Taine, quien formando una mancha de
contraste, destacaba su levita sobre el muro circular donde resplandecían los
personajes suntuosos del fresco de Pablo Delaroche. Al concluir el estudio
sobre los Orígenes de Francia, al disiparse el timbre monótono del maestro,
Zonawizki nos invitaba a su casa, y allí, al lado del fuego, mientras
Blumenthal se absorbía en alguna sonata, dejábamos correr las horas conversando
de arte, de amor, de la muerte.
Gozábase una delicia extraña dialogando en
aquel salón-museo, entre los muebles añejos y las sederías de antaño, en
compañía de los lienzos de Rembrandt, de Franz Hals y de Velázquez, bajo la
mirada de aquellas cabezas que, resumiendo la fisonomía definitiva de otros
siglos, los caracteres esenciales, fijaban en nosotros sus pupilas con
misteriosa intensidad de expresión y de vida.
Durante varios días Dulaurier fue a visitar al
abate Croiset. ¿De qué hablaban? Cuando el poeta ven-la a buscarme parecía ya
menos agitado. Cierta tarde, mientras mirábamos el ocaso en el Bosque de
Boloña, y cuando el poeta parecía más distraído por la forma de una nube que
remedaba un yunque negro, sobre el cual yacía una espada roja.
-Esa muerta-me dijo-ha ejercido en nuestros
ánimos una extrema influencia. Ella, que viviendo nos habría dividido, muerta
ya nos une de un modo misterioso. Sigue influyendo en nuestra vida, en nuestras
ideas, en nuestros más hondos sentimientos. Al hundirse en lo desconocido, en
el infinito, ha atraído hacia ella nuestras almas, y al querer seguirla, hemos
vuelto la mirada a las alturas; hundimos la mente en esos misterios del mañana,
extendemos las manos para llamarla, y queremos tener alas para seguirla en esa
región de inmortalidad serena....
Pasaron, algunas semanas; una mañana de mayo
subió un cartero y me entregó dos paquetes: el uno era el poema de
Dulaurier-Resurrectio-y el otro La Revista Cosmopolita, fundada bajo la
inspiración del príncipe Zonawizk¡. Encontré allí, señalado al margen, con
lápiz rojo, un artículo del mismo príncipe. Pasé la vista por algunos trozos:
"Han acontecido en Francia tantas cosas
en estos quince días, que los sucesos de la semana anterior nos parece que
pertenecen a un pasado remoto. Sin embargo de ello, hay un acontecimiento que
dura y durará por mucho tiempo en nuestro espíritu y en la memoria de nuestros
lectores. Hablamos de la aparición del poema de Dulaurier.
"Hermosamente editado por la casa
Constantin Fréres, y con ilustraciones de Mililza y de Daloux, acaba de
aparecer en las vidrieras de las librerías el poema Resurrectio. .
"No diremos que el poema ha tenido buen éxito; preciso es decir
algo más: ha sido un triunfo. Cuando la tierra vuelve a
engalanarse, cuando resucitan la luz y la vida en nuestros campos, se presenta
ese hermoso libro como un síntoma consolador y nos habla también de la
resurrección en los espíritus, y palabras de amor, de inmortalidad, resuenan en
esas estrofas triunfales. Sí: Francia, nuestra Francia, fatigada más bien que
envejecida, indolente pero no atea, necesitaba acentos como ésos, que vengan a
despertamos, a recordar que somos los nietos de Chateaubriand y de Lamartine,
hijos de la fe y heraldos de la gloria. Convenía que un poeta como Dulaurier
uniera su acento a la voz de Brunetiére, de Coppée, de Pablo Bourget, de tantos
otros pensadores que, desengañados de las promesas del positivismo, y en
presencia de la “bancarrota de la ciencia”, se vuelven a las fuentes de la
moral cristiana, única a la cual se debe la civilización de los pueblos.
"Dulaurier era el autor de Cenizas y de
Los Astros Muertos. ¿Cómo pudo efectuarse en él esa transformación, esa
"resurrección”, diremos, para emplear el término de moda? ¿Qué causas
hondas y secretas han influído en el ánimo de nuestro poeta.... ? Hé ahí, como
dice Tattemberg, “un caso psicológico” que entregamos a los críticos
aficionados a tales estudios. Alguna conmoción profunda, una tormenta poderosa
debio de remover el fondo de esa alma para hacer surgir aquella perla.
"Ese poema es la confesión de un alma;
palpita en él la ingenuidad de un corazón recto y sensible. Tal parece que el
autor se hubiera propuesto la máxima de Shakespeare: Esto ante todoserás
sincero contigo mismo, y todo resplandecerá como el día tras de la noche. Si
haces esto, no podrás ser falso al tratar con los demás hombres.
"Fausto ha sacudido sus dudas, ha
arrojado lejos sus alambiques y sus filtros, ha apartado la niebla de su hastío
y ha vuelto a la esperanza al escuchar el toque de aleluya; después del poema
ya conocido-Cenizas-ha brotado este poema de vida y de calor, como brotan sobre
las lavas de Pompeya los sarmientos de viñas que acendran racimos
almibarados.... ”
Vino la primavera, huyeron las nubes barridas
por las brisas que traían un delicioso calofrío; brilló el cielo con un azul
lleno de claridad y de frescura, como recién lavado; con los soplos del
mediodía regresaron en bandadas las golondrinas, que se posaban como notas de
pentagrama en los hilos telegráficos. Las lilas brotaron, se entreabieron,
esparcieron en el ambiente su aroma temprano, y los tulipanes desplegaron
suavemente sus hojas de seda. Apuntaron en los álamos los botones, lustrosos, como recién engomados. Las
campanas de Pascua, echadas a vuelo, vibraban con tañidos heroicos y hacían
palpitar con nuevo impulso los corazones.
Encontré a
Dulaurier al pasar por el jardín de Luxemburgo; parecía meditar en esa
transformación de la naturaleza, en esa nueva vida que sonreía en todo. Un
mismo nombre vino de pronto a nuestros labios-Margot- coincidimos en un
pensamiento melancólico.
-Hoy predica el abate Croiset en la Capilla de
las Misiones Extranjeras. Desea que asistamos.
Nos reunimos con Zonawizki y Jenkins, y a
mediodía tocamos la campana en el portalón del edificio, al extremo de la calle
de Sévres. Ya estaban reunidos en el jardín espacioso los concurrentes. Era un
día solemne; la despedida de un grupo de misioneros.
-Ya Veuillot y Coppée han descrito esta
ceremonia; pero la realidad es más conmovedora que todas las páginas de los
maestros.... Ahí tiene usted, amigo Jenkins, asunto para un cuadro sencillo y
terrible.
Al extremo de una avenida del jardín se alzaba
un altar, y en él se destacaban, entre las llamas de los cirios, que parecían
más rojas ante la claridad azulina del día, un Crucifijo hecho a la manera de
Velázquez y una Virgen de Lurdes, cuya túnica resplandecía cm esa fresca luz de
primavera.
-,Aquellos misioneros estaban orando postrados
ante las imágenes, corno para aprender de ellas la lección del martirio y la
lección de la pureza.
Sólo los veíamos por la espalda, encorvados
hacia la tierra, como si ya se inclinasen hacia la tumba, que pronto se abriría
para ellos.
A veces alguno extendía los brazos hacia el
altar en una actitud de ofrenda; parecía ansioso de que se aceptase en breve el
sacrificio de su existencia.
En voz baja murmuraron una oración;, después
cantaron los himnos de la Virgen, entonaron las gloriosas letanías. La
concurrencia contestaba ora pro nobis con voz temblorosa, y todos nos sentíamos
conmovidos, llenos de simpatía dolorosa, al unir nuestra voz a la de aquellos
héroes que iban a dejar patria, hogar, amigos, todos los afectos, cuanto sonríe
en la vida, para encaminarse a regiones desconocidas en busca de la muerte, y
de una muerte dolorosa e ignorada.
Los misioneros continuaban sus ruegos:
-Reina de los mártires....
Hubo una pausa.
-Rogad por
ellos, rogad por ellos .... contestó la asistencia en un transporte de
compasión, con un estremecimiento de angustia, y todos caí os de rodillas en la
callejuela de arena.
Levantáronse los misioneros y por una puerta
lateral entraron en la capilla, ocuparon las gradas del presbiterio. Distingo
la fisonomía de los mas cercanos: caras de líneas francas y de expresión
resuelta, con el temple requerido para ir a atravesar las soledades de regiones
tropicales, a romper la maraña de las selvas, a penetrar en las tribus
semi-bárbaras. Tienen los ojos bajos, como para aislarse de tantos objetos
queridos, para evitar la vista de los sitios familiares, que parece invitarlos
a quedarse allí y a prolongar una existencia suave, uniforme, consagrada a la
meditación, entre la paz, los libros, los afectos.
La figura del abate Croiset, admirablemente
noble, se destacó en el púlpito. Habló de la vida, de la tumba y de la
resurrección. A -esos hombres que iban a entrar en las Sombras del sepulcro les
pintó, con imágenes brillantes, los horizontes del infinito; les habló de la
inmortalidad a esos mancebos que iban a desposarse con la Muerte. Luégo trató
de la tristeza y del poder de Cristo ante el misterio del sepulcro.
" .... Contemplad a jesucristo cuando se
halla ante la obra de la muerte: en tales ocasiones vemos en El lágrimas,
súbitos estremecimientos, manifestaciones de honda tristeza, de perturbación
dolorosa, que eran indicios de su amor hacia los hombres y de su horror al
sueño de las tumbas. Recordemos aquella compasión suya, tan humana y tan
divina, y aquel vehemente impulso con que se encaminó hacia el féretro de ese
hijo único que iba seguido por una pobre y llorosa madre,.... No olvidemos
aquella emoción tan reprimida, pero tan profunda, cuando resucíta a la hija de
Jairo. ¡Y qué extraordinario fue su sobresalto, qué extraña su emoción ante la
tumba de su amigo Lázaro... .! Aquellos estremecimientos del mas sensible de
todos los corazones no penetran en la región tranquila donde reside su poder
milagroso. Con serenidad perfecta quebranta el poder de la muerte. Resucita los
muertos de la misma manera que ejecuta las acciones más sencillas; habla como
soberano a los que duermen un sueño eterno, y al verle y oirle, se comprende
que es el Dios de los vivos y los muertos.... ”
En la nave principal estaban los padres, los
hermanos, los amigos de aquellos futuros mártires. La palabra inspirada del
orador pasaba sobre la muchedumbre, agitándola corno el viento las espigas;
cuando trazaba imágenes de muerte, todas las frentes se doblegaban, y volvían a
erguirse cuando pasaba el acento de la inmortalidad, cuando resonaban las
palabras de resurrección y de gloria. Todos se sentían penetrados por la fe, y
así fortalecidos, cobraban valor ante los desfallecimientos de la despedida,
ante el horror de la separación irremediable. Si: llegará un día en que,
salvado el abismo de la fosa, volverán a reunirse los seres amados, a hablarse,
a platicar intimamente, en coloquios interminables, entre el esplendor de una
aurora que no tendrá ocaso.
Cuando terminó el orador, brotaban entre la
multitud algunos sollozos en que había cierta agonía mezclada con supremas
esperanzas.
En seguida surgió del coro la voz del órgano;
primero fue el aleteo de un acorde, una melodía que tímidamente dilataba el
vuelo por la nave; después brotó la armonía como un torrente que se despeña, y
luégo, mezcladas la melodía y la armonía, contaron una antigua historia, una
leyenda triste en que hablaban los acentos del órgano remedando voces de
flautas y gemidos de violoncelos. Jenkins y Dulaurier se miran; reconocen la
antigua música de Enghien, al borde del canal, la música que hacía soñar a
Margot en las tardes de estio. Sólo que esa música está ahora impregnada de
melancolía religiosa; pasa a transformarse en sinfonía sagrada, con acentos de
ternura mistica, con dejos de tristeza y vibraciones de gemido. Y tras pausas
de horror, tras silencios de muerte, brotan ecos de Miserere, solemnes De
profundis, gritos, sollozos, imprecaciones, todo el dolor humano, todo el
diálogo terrible del hombre con la muerte. Poco poco, de entre ese conjunto de
notas sombrías se va alzando una voz femenina que parece cantar en el alba, que
parece entonar un himno de aurora, y hablar de inmortalidad, de resurrección y
de esperanza....
Durante la sinfonía de Blumenthal los
misioneros, "Ios mártires", como los llamábamos ya interiormente, se
alinearon al pie del altar, sonrientes, llenos de tina serenidad augusta.
-¡Ah, qué asunto para un cuadro.... ! decía
Jenkins, y entrecerraba los párpados como para retener la forma, el color, la
armonía de ese grupo sublime.
En seguida se dio principio a la parte más
conmovedora de la ceremonia. Todos los concurrentes, aquellos padres encorvados
por la edad, aquellas madres sacudidas por la emoción, principiaron a desfilar
ante los misioneros para besarles los pies primero, deseándoles buen viaje, y
luégo las mejillas, para manifestarles el amor fraternal y darles el ósculo de
un -adiós eterno. Cuando en el desfile llegaba una madre al sitio en que estaba
su hijo, cuando un anciano estrechaba en sus brazos el joven que era la dicha
de su casa, estallaban diálogos breves, sollozos, frases entrecortadas....
¡Querían decirse todavía, tantas cosas, quedaban por cambiar tantos afectos, y
ya no podían, los instantes estaban contados, y se veían se hablaban, se
estrechaban en los brazos por la vez última.... ! Las lágrimas corrían de esos
ojos cansados, quemaban las mejillas de las madres, se perdían entre las barbas
de los viejos, mojaban las sotanas de los mártires. Todos los corazones estaban
oprimidos, todas las gargantas, anudadas por el dolor, todos los párpados
mojados por un llanto que ningún esfuerzo podía reprimir.
Cuando llegó nuestra vez no vacilamos.
-Esto es verdaderamente grande, dijo el
poeta.
-Vamos, dijo el
pintor, y subió las gradas.
Y todos tres íbamos inclinándonos ante esos
hombres que simbolizaban el valor. la abnegación, el ideal, la fe, el martirio.
De pronto ví a Jenkins, que nos precedía, detenerse, retroceder aterrado. La
sorpresa, el espanto se reflejaban en sus pupilas.
Jenkins miró a derecha, a izquierda; apretó
con ademán supersticioso el brazo de Dulaurier. No sabía si retroceder o
avanzar, o caer de rodillas. ¿Qué causaba su asombro? Dulaurier y yo nos
lanzamos hacia adelante, llenos de curiosidad, y a un tiempo nos detuvimos,
temblamos, dejamos escapar un grito de sorpresa:
-¡Pablo....!
-¡Pablo!
Uno de los misioneros, envuelto por la
penumbra del altar, levantó la cabeza, sonrió con sonrisa llena de dulzura
enérgica, y nos estrechó en sus brazos de atleta. El marino estaba radiante de
paz y de tranquilidad interior. La luz que caía de la cúpula realzaba sus
facciones con un sello augusto, hacia más hondas las cuencas de los ojos, más
profunda la sombra de las pupilas.
-Amigos míos.... ¿Me olvidarán.... ?
¿0lvidarán a Pablo? Yo era Saulo.... Adiós, un abrazo, el último....
Hubo un instante de enternecimiento: por la
primera y por la última vez vi dos lágrimas correr por la cara del marino.
Volvió* Pablo los ojos y vio al pintor clavado
en un mismo sitio, mudo, como herido por el rayo.
Los dos enemigos se miraron cara a cara, se
contemplaron fijamente, sin palabras. Fueron momentos de angustia para los
concurrentes. El marino
prorrumpió:
-¿Jenkins
aquí.... ? Ya le esperaba. Dios me lo envía. ¡Qué consuelo en esta hora
suprema...! Amigo
mío, olvidemos.... Hermano mío, perdonémonos.... Un
abrazo, perdón, olvido....
Pero Jenkins, lleno de respeto, no se atrevió
a estrechar en sus brazos al misionero: puso ambas rodillas en tierra, dobló el
cuello, extendió las manos, y con humildad, con recogimiento que enterneció a
los concurrentes y los hizo estallar en sollozos, dejó un beso de amor y de paz
en los pies del mártir cristiano.
JULIETA
Germán Albornoz, joven sevillano a quien su
padre había enviado a estudiar en Inglaterra, era uno de los más simpáticos
compañeros que teníamos en Silesia-College. Su carácter español se había
modificado algo entre las nieblas inglesas; había perdido un poco de locuocidad
y chispa; pero su espíritu, en cambio, se había compactado y robustecido en la
atmósfera del Norte. Cuando llegó nos declamaba en voz alta, y a todas horas,
largos trozos del Moro expósito. Dos años después recitaba en voz baja el
monólogo de Hamlet. Aquel temperamento meridional había reaccionado
enérgicamente y criado músculos en el estudio de Bacon y Macaulay Además, según
decía él mismo en su lenguaje pintoresco y algo extravagante, había descubierto
la gigantesca floresta de Shakespeare, se había internado en sus profundidades
y observaba con amor y pasmo sus grandezas sombrías”.
Pero estudiaba a Shakespeare por su propia
cuenta y para si mismo: tomaba notas solo, en el fondo del parque; y siempre
llevaba consigo un tomito del Hamlet, gastado ya por el forro y plagado de
notas y borrones. marginales. En cambio, nunca le vimos hacer un apuntamiento
en las conferencias mensuales que, con relación a Shakespeare, dictaba en el
colegio el erudito Mr. Nonsense. A dichas conferencias, muy nombradas y
anunciadas con anticipación en las revistas inglesas, asistían muchos literatos
de campanillas, los reporters de los principales diarios, y aun damas de alta
posición, que iban por seguir la corriente.
Era de ver cómo el crítico inglés discriminaba
a Shakespeare con una erudición tan profunda que causaba vértigo: llevaba
anotado, en grandes cuadernos que ponía con grave ademán sobre la tribuna, todo
lo que había encontrado en las excavaciones practicadas por él en la obra de
Shakespeare; nos enseñabacuántas líneas de prosa y cuántas de verso tenían las
obras del gran dramaturgo-, nos decia con toda precisión cuántas veces ocurría
el verbo amar en Romeo y julieta, y cuántas el verbo odiar en el Otelo; sabía
cuántos miles de palabras componían el vocabulario de Shakespeare; tenía la
lista completa, con fechas y lugares, de todas las ediciones shakespirianas que
se habían hecho en el mundo; y aun nos refería con cierto aire de misterio, y
merced a largas investigaciones que él mismo había efectuado en
tafford-upon-Avon, qué había comido el poeta en sus últimos años y de qué color
era el vestido que usara en sus últimos días. Entre tanto los discípulos
tomábamos notas, llenos de pasmo; los reporters esperaban el momento de correr
a disputarse los manuscritos; y las damas abrían, asombradas, sus grandes ojos
azules, si bien es cierto que a veces disimulaban algunos bostezos mordiéndose
la punta de los guantes.
Un día llegó Mr. Nonsense más erudito que
nunca. Colocó a Shakespeare sobre la plancha ,anatómica, saco el escalpelo, y
empezó el estudio; descuartizaba miembro por miembro, cortaba aqui, observaba
allá, disecaba el corazón, contaba los nervios uno a uno. jamás le habíamos
visto tan implacablemente sabio. Hizo un estudio sobre los animales de los
dramas de Shakespeare. Todos los animales que el poeta cita en sus obras
pasaron por la tribuna del orador clasificados y ordenados como en otra -arca.
Mr. Nonsense nos enseñó que Shakespeare, en los epitetos y expresiones sobre
ciertos animales, no había hecho sino plagiar a otros poetas ingleses, a Gower,
a Chaucer, a Spencer, a Marlow. Demostró que también habla plagiado, para el
mismo fin, a Virgilio, Plinio, Ovidio, y aun muchas frases de la Biblia. La
famosa descripción del león, que hay en uno de los dramas, resultó ser de
Plinio; unos conceptos sobre el buitre, eran del Prom~ de Esquilo; los célebres
párrafos sobre el caballo, en Venus y Adonis, eran copiados de Du Bartas, y el
conocido trozo del Enrique V sobre las abejas, era del Euphues de Lyly, quien a
su vez lo había tomado de un hermoso pasaje de Virgilio, según lo probó el
profesor leyéndonos el libro IV de las Geórgicas. ¿Y por qué alabar la nomenclatura
de los perros que hallamos en Macbeth y en el Rey Lear? Nada de original tiene,
pues está tomada de la Vuelta al Parnaso. Una imagen sobre los abejones que hay
en el drama Pericles, abejas que trae el Timón de Atenas, era de Las Furias de
Du Bartas. Los epítetos que Shakespeare les aplica a ciertas aves, tampoco son
suyos, según lo probó nuestro profesor amontonando citas sobre citas y cogiendo
libros tras de libros: la expresión de “la alondra matinal”, resultó ser de
Lyly; “la atrevida alondra”, de William Browne; “la gozosa alondra”, de Spencer
la alondra “mensajera del día de Chaucer la alondra “que saca al día de su
letargo”, de Chester.... Y así seguía y seguía Mr. Nonsense, aglomerando
anotaciones, sacando tomos de su faltriquera, mareando al auditorio con sus
oleadas de pasajes que se sucedían con monotonía implacable.
Todos, llenos de admiración, bostezábamos.
Sólo habla allí un individuo que no admiraba a
Mr. Nonsense: era Germán Albornoz, que entre dientes decía, lleno de cólera mal
reprimida: “¡Profanación, profanación!>; y ponía la cara de un bonzo que
viera profanada la pagocia y pisoteado el idolo.
Para desquitarnos de aquella profanación,
resolvimos Germán y yo ir aquella noche al teatro de Drury - Lane, donde daban
Romeo y Julieta. Llamaba allí la atención de todo Londres la actriz miss Ethel
Fox, que había hecho su estreno en esa temporada. Por los periódicos sabíamos
que era hija de un irlandés casado con una hermosa napolitana. Su padre era
harto acomodado, pero ella, por vocación irresistible, se había consagrado a
las tablas, y en el papel de Julieta habia resultado admirable.
Cuando llegamos a nuestras butácas ya habían
alzado el telón. En aquel momento Julieta no estaba en el escenario, Cuando se
presentó, una salva de aplausos atronó el teatro.
El escenario representaba el cuarto de
Julieta. Por un capricho de la actriz, en el mobiliario no resaltaba ningún
color vivaz, ninguna tinta fuerte, no sólo había suprimido los colores
hirientes, el rojo, el azul, el amarillo, sino hasta los matices sonrosados que
el escenógrafo había deseado dejar en algunas cortinas.
El tono general de aposento, en las telas que
cubrían los muros y el suelo, era de un gris suavemente opaco; sobre esa
opacidad de los tapices se destacaban, en tinta más clara, los muebles
venecianos, forrados en raso lechoso y bordados con escudos y cifras de plata
oxidada. A un lado se abría un balcón con rica balaustrada de mármol blanco, y
por ese ancho espacio entraba el fulgor de la luna, que dibujaba sobre la
alfombra gris un cuadro luminoso. Julieta, vestida de raso aperlado, se colocó
al rayo de la luna y, con su blancura de azucena, formó como el centro
radiante, como la nota principal en medio de aquellos tonos pálidos que, desde
la claridad del balcón hasta las últimas sombras del fondo, iban decreciendo
poco a poco en una escala melodiosa que se extinguía suavemente en las
tinieblas.
El espectador experimentaba cierto deleite
visual al recorrer con vaga voluptuosidad aquellas gradaciones de luz y sombra
que producían en la retina vibraciones tenues y corno aterciopeladas. Y se
adivinaba que en aquel retrete aleteaba un alma llena de blandura, llena de
languideces enfermizas, de cariñosas melancolías.
Y comenzó luégo el diálogo de los amantes:
JULIETA.-
¡Cómo¡
¿Ya quieres irte? Aun tarda el día
Fue el ruiseñor; no fue, no fue la alondra
Quien alarmó tu receloso oído;
Todas las noches en aquel granado
Su canto ensaya: él era; ¡oh dueño amado!
Crédito dame: el ruiseñor ha sido.
ROMEO.-
Fue la
alondra del alba mensajero,
No el ruiseñor. ¿No ves hacia el Oriente
Cuál de las rotas nubes orla el borde
Ya la envidiosa claridad? Enfría
De la estrella las pálidas vislumbres:
De la montaña en las brumosas cumbres
Raya risueño y se levanta el dia.
Si parto, vivo-, si le aguardo, muero... ”
El
aposento empezaba a iluminarse tenuemente con la luz del alba. Romeo estrechaba
por última vez la mano de Julieta y se acercaba a la balaustrada de mármol. En
las pupilas de la amada se dibujaba la agonía de ¡los supremos adioses; el
pecho y el cuello se le henchían con la oleada de un sollozo. Pendiente del
balcón temblaba la escala de seda.
“JULIETA.
- Bien
sé que matutina luz no es ésa,
Quédate aquí conmigo todavía ... ”
Germán, al verla, se sacudió en la butaca,
herido por la emoción, y se puso súbitamente pálido. Nada me dijo, pero le
temblaban los labios.
La belleza de aquella Julieta, mezcla de tipo
inglés y de hermosura romana, era en verdad una belleza extraña, exótica; sobre
la palidez transparente del cutis, a la luz de la luna, se destacaban sus ojos
de italiana, unos ojos grandes, invadidos por cierta languidez soñolienta.
Fuese o no sugestión, la joven los volvió hacia el lugar donde estábamos y los
detuvo en Germán, que la miraba como un alucinado. Al cruzarse las miradas,
Germán sufrió una nueva conmoción. Pasó una hora sin que hablara una palabra.
Temi que aquella conmoción extrema pudiera
hacerle daño, pues con frecuencia sufría de fiebres nerviosas; y logré que al
concluir el segundo acto saliéramos del teatro.
-Lo comprendo-me dijo después de que anduvimos
largo rato al aire fresco,-te estarás riendo de mi. Estoy hecho un enamorado de
novela, ¿no es verdad? Yo, que me burlo de todo romanticismo.. Pero estas cosas pasan... No hablemos
del asunto.
Caminaba
él cabizbajo, con las manos hundidas en los bolsillos del sobretodo. Una oleada
de luz y de ruido nos inundó de repente. Para distraer a Germán le propuse que
entráramos al Café Ruso. Nos sentamos. Mientras yo le hablaba largamente, el
sevillano, sin apurar la media pinta de cerveza que tenía delante, clavaba los
ojos, viendo sin mirar, en las venas azules del mármol de la mesa. De pronto se
levantó, dando un resoplido.
-No resisto más .... ¿Me acompañas?
Caminamos precipitadamente, para
alcanzar el final del drama. Cuando ocupamos nuestras butacas, concluía ya el
último acto. Hechos nuestros ojos al resplandor de los
mecheros que ardían a la entrada del teatro, nada distinguíamos al principio
entre la oscuridad del escenario. Poco a poco, de entre la sombra fueron
surgiendo algunos perfiles vagos: de la cripta colgaba una lámpara de bronce,
en que agonizaba una luz funeral; en el centro, la masa de una tumba de mármol
negro; en los pliegues ¡de un ancho manto de terciopelo, que se bebía la luz,
se retorcían, en confusos bordados, los dragones de los Capuletos; sobre aquel
manto, un féretro; en el féretro, cadavérica y rígida, Julieta.
El escenario está lleno de angustioso
silencio. Luégo resuenan pasos en el panteón. Después de la escena con París,
entra Romeo embozado en su capa, anhelante, desgreñado, con la fatiga del viaje
en el semblante, se arroja hacia la tumba y se arrodilla al pie del féretro.
-¡Ah Julieta, mi amada-julieta! ¡Todavia tan hermosa.... Julieta! ¿Me atreveré a creer que la muerte misma te ama y te
respeta?” Y el amante, con la fiebre de la angustia, le alza la cabeza, que cae
descoyuntada sobre el hombre de Romeo.
“.. Julieta! Los gusanos de la tumba son tus
camareras.... !”
Y vuelve a alzarle la cabeza, que de nuevo se
descoyunta y golpea la caja mortuoria.
En los días siguientes Germán no obtuvo
permiso del Director para salir del Colegio; nada me decía, pero se paseaba por
su cuarto, por el jardín, por las aulas, con la inquietud febril de un tigre
enjaulado. Una mañana le encontré pálido; estaba leyendo el Graphic; el
periódico anunciaba que la admirable Ethel Fox la célebre Julieta-por
indicación de los médicos, cortaba la temporada de Drury-Lane, y pronto saldría
para Niza, en busca de clima abrigado. Germán tiró a un lado el periódico, se
puso el gabán, y sin temer la violación de la disciplina, salió del Colegio.
Tomó un coche y llegó precipitadamente a Drury-Lane. El teatro estaba desierto;
los pasillos sombríos; el escenario devolvía la voz de un modo cavernoso. Un
vientro mudo hacia tiritar los lienzos de las decoraciones. Una vieja, que se
arrastraba por aquellas sombras como una lechuza, le dio a Germán las señas de
la casa de Julieta. Acudió allí. Ella había salido, y no pudo verla, aunque
aguardó una hora. Germán pidió papel y le escribió cuatro líneas torcidas y
temblorosas, en que le decía que la amaba; luégo pensó que aquello era
ridículo, bueno sólo -para novelas románticas, pero no para la vida real, y
rompió la carta. Dejó su tarjeta con la dirección, y volvió al colegio.
Al dia siguiente recibió otra tarjeta, de
Ethel Fox, en que se despedia para Niza, donde, decía, "esperaba verlo”.
Germán le escribió a su padre manifestándole
el deseo de descansar un poco en una vuelta por el continente. No sé si le
hablaba de enfermedad; pero si lo hacía, no se alejaba de la verdad, pues una
fiebre nerviosa lo estaba minando sordamente. Dos semanas tardó la respuesta.
“Si es para viaje de provecho, viaja, hijo, y gástate medio olivar”, decía el
sevillano viejo. Germán me dio un abrazo y se marchó.
Un mes estuvo ausente. Cuando regresó, estaba
aun más pálido; pero ya no tenía aquella inquietud nerviosa. Le embargaba una
melancolia profunda y serena. Me abrazó en silencio. Nada me dijo; nada quise
preguntarle. Estuvo taciturno; escribió, retirado al fondo del parque, algunas
estrofas; pero reanudó con toda formalidad sus estudios. Qué le habia sucedido
durante el viaje?
En la misma semana de su llegada nos citaron
para la conferencia de Mr. Nonsense. El salón se llenó, mas que nunca, de
selecto público, entre el cual se destacaban algunos ilustrados reporters,
numerosas damas y los dos directores de la Eensington Revieu y del Marlowe
Magazine. Los estudiantes, lápiz en mano, estaban afanosos por llenar de notas
sus cuadernos. El estudio del sabio profesor iba a versar, según lo apuntaban
los iniciados en tan altos secretos, sobre “las onomatopeyas que se hallan en
Romeo y Julieta”.
De pronto se presentó el Rector en el salón,
y, algo confuso, anunció que Mr. Nonsense, con su acostumbrada puntualidad,
había llegado a la hora exacta, pero que no podía dictar la conferencia por
habérsele extraviado en el camino sus cartapacios, donde venían encerradas las
esperadas onomatopeyas. Añadió que para suplir, y como un estimulo para los
estudiantes, alguno de los discipulos del colegio, sirviéndose de notas tomadas
anteriormente, diría ,algo sobre el mismo drama de Shakespeare. Y al efecto, el
Rector nos invitó uno por uno, pero todos nos fuimos excusando, temerosos de
salir a la tribuna delante de aquel imponente auditorio. Cuando se llegó a
Germán, éste aceptó, y modestamente atravesó aquella concurrencia que, entre
chasqueada y curiosa, le apuntaba con todos los binoculos. Yo me estremecí al
verlo ya en la tribuna, aislado en aquel puesto de honor, en medio de una
multitud dispuesta más a la burla que al aplauso. Aunque él conocía
perfectamente el idioma, ¿cómo iba a desarrollar su asunto, sin prepararse
debidamente? ¿Cómo reemplazaría a Mr. Nonsense sin llevar un arsenal de
anotaciones? ¿Qué iba a agregar sobre Shakespeare, después de que el profesor
ya había escrutado, analizado, desmigajado todos los asuntos? ¿Qué sabia él
sobre las onomatopeyas? Y todo aquello me lo preguntaba yo mientras vela,
alarmado, a los reporters y eruditos codearse y Enarcar las las cejas con
cierto aire de desprecio perfectamente británico. Las damas, sin embargo,
habían simpatizado con el joven: la fisonomía interesante, el aspecto
meridional, hasta cierto desorden artístico del cabello, la expresión de
soñador intenso que revelaban los ojos, todo. era para ellas una novedad, y
desde lejos lo saludaban con amables sonrisas, que Germán, recogido en su
interior, como repasando sus sentimientos, no alcanzaba a notar.
Principió el exordio. Reinaba un silencio de
tumba: se alcanzaba a oír el leve aleteo de un abanico. Anunció Germán que
tomaba por tema, según estaba señalado, el drama de Romeo y Julieta; pero
agregó, con acento en que algún reporter creyó encontrar cierta ironía
disimulada, que no se hallaba dispuesto a hablar sobre las onomatopeyas. Con
cierta veneración religiosa entraba en el asunto.
“ .. . A Shakespeare deseo estudiarlo
recorriendo, por mi falta de anotaciones, un camino distinto del que transita
el respetable Mr. Nonsense (movimiento de disgusto entre los reporters). No soy
capaz de analizarlo en esa forma: sólo me siento capaz de sentirlo,
particularmente si se trata de un drama como Romeo y Julieta, drama que es todo
amor, ternura y agonía” (aprobación entre las damas).
Es sin duda un atrevimiento el querer explicar
lo que Shakespeare pretendiera simbolizar en alguna de sus creaciones, y aun se
llega a creer que él no se propusiera formar símbolos con ellas, si se atiende
a la vida real que tienen, hasta en los menores detalles, todos sus personajes:
Hamlet mismo, entre las vaguedades y nieblas de su locura luminosa, camina,
hable, come, bebe, suda, con toda la realidad de nuestra carne. Sin embargo,
esas creaciones a veces parecen símbolos colosales: Otelo es la pasión que mata
en el ánimo la reflexión; por el contrario, Hamlet es la reflexión excesiva que
destruye la pasión. El Rey Lear es la generosidad, pagada con la ingratitud;
Yago, la traición; Kent, la amistad. Y tal parece que en este poema-tragedia de
Romeo y Julieta, el genio taciturno de Shakespeare, disgustado% acaso ante
tantas pequeñeces de la existencia; enamorado quizás de la paz de la tumba;
despreciador de este mal enredo dramático que se representa en el teatro del
mundo, y arrobado tal vez ante las armonías que restablece el sepulcro; tal
parece que hubiera querido, con su ironía trágica, escarnecer la vanidad de la
Vida y ensalzar la grandeza solemne y reparadora de la muerte.
“Dulce y melancólico argumento aquel en que
van de brazo el Amor y la Desgracia. Al canto alegre del idilio responde allí,
a medida que la escena avanza a su final catástrofe, la voz gemidora de la
elegía. Al canto de ruiseñor que trina al pie de la ventana donde platican los
dos enamorados, responde luégo el chillido del buho en el cementerio donde
Romeo va a buscar, dormida en el féretro, a la- pálida. Julieta.... ”
La voz de Germán temblaba un poco, y en su
emoción tal parecía que estuviera tocando una historia enlazada de algún modo
con su propia vida. -Su voz meridional, alternativamente sonora y amortiguada
por la sordina de una oculta melancolía, llenaba el salón con tonos musicales.
El auditorio estaba atento y simpatizaba hasta con esas imágenes, algo
extravagantes a veces, que el sevillano expresaba con acento conmovido.
“ ¡Pobres almas-proseguia-, pobres almas esas
dos, formadas acaso desde la eternidad para cruzar juntas el valle de la vida,
unidas en un mismo vuelo amoroso, tocándose las puntas de las alas; y
destinadas, sin embargo, para agonizar a distancia, revoloteando ¡nútilmente
por juntarse; y se abaten al cabo, una en pos de otra, rotas ya las plumas de
las alas cansadas-en el playón solitario de la muerte!
El tenía el alma de poeta; ella era la
inspiración misma; con poco habrían sido felices; fácilmente habrían realizado
su ensueño: les habrían bastado unas horas tranquilas a la ,sombra de ese árbol
del jardín donde cantaba la alondra; una barca para deslizarse con sus
ilusiones por las aguas tranquilas de algún canal solitario de Venecia. Ellos
tenían el amor, la inspiración, la belleza; y sólo le pedían a la suerte lo que
el mundo les concede a otros con tanta facilidad: el olvido. ”
Las repeticiones, ciertas antítesis
exageradas, el colorido meridional, algunos brochazos de efecto inesperado,
todo esto, mezclado en la íngenua improvisación del sevillano, tenía para
aquellos espíritus ingleses el atractivo de lo exótico. El hielo de esos
temperamentos, que en otras ocasiones se alumbraba con la aurora boreal de Mr.
Nonsense, ahora se deshacía al calor de esa imaginación fervorosa.
Las señoras aplaudían. El redactor de la
Kensington Review protestaba contra tales novedades. Las opiniones se dividían,
discutían los discípulos y los profesores, los reporters tomaban notas sobre
aquel estado del auditorio---. Albornoz, sordo a ese oleaje que se formaba en
tomo suyo, sólo parecia oír los ecos de alguna voz lejana.
“La vida, tan serena para otras existencias
menos puras, fue toda de tempestad para ellos; y sólo al morir se unieron,
cuando ya los labios estaban demasiado fríos para la frase de amor, y las manos
crispadas por la agonía final, ya habían olvidado las delicadezas de las
caricias. Y así como a veces vemos en la playa, tras la borrasca, a alguna
vieja triste y caritativa que recoge los restos de un naufragio y saca a la
arena, con la mano huesosa, los cadáveres que el mar arroja, así vemos, en las
postrimerías de este drama lúgubre, a la Muerte con mano compasiva recogiendo y
abrigando bajo su manto negro los dos cadáveres desencajados que le arrojó el
oleaje de una existencia tormentosa. Y tal parece que la Muerte dice: ¡Comparad
la acción de mi rival, la Vida a quien todos alaban, con la acción de la temida
Muerte, de quien todos maldicen. La Vida persiguió a los amantes: si la alondra
cantaba, era para turbar sus ensueños; si despuntaba el día, era para truncar
las entrevistas de amor. Yo acojo a los amantes; les doy para sus citas mis
sombras eternas; uno aquí para siempre sus manos pálidas. Hasta mi no llegarán
los enredos vulgares de la suerte. Aquí, en mi sótano oscuro, yo junto sus
cabezas para siempre y, como una madre amorosa, echo sobre ellos mi manto. La
lamparilla del panteón alumbrará la cámara nupcial .... Dormid, castos
esposos.... La vida, con sus días y sus noches, con su sol y sus cielos
estrellados, con sus granados en flor y sus ruiseñores cantando, no supo
brindarles ni una aurora risueña, ni una sombra apacible, ni una canción
alegre. Yo, la temida Muerte, con sólo mi sombra eterna, les brindo aquí para
su unión la paz solemne, el silencio inmutable. ”
Pasaron meses. Germán no habla querido
referirme lo sucedido en su viaje a Italia; yo respetaba su reserva, pero
adivinaba una honda tristeza, y que él guardaba, con cierto egoísrno amargo, el
secreto y el desenlace de aquella pasión que había principiado inesperadamente
una noche en el teatro de Drury - Lane. Sólo con mirar a Germán se notaba que
todo era dolor en su alma de poeta. Sus ojos tenían una fijeza a la vez dulce y
trágica; y el mirar esa mirada daba amargura.
Una tarde mi amigo se me llegó y me tomó del
brazo. Era una tarde de otoño, esplendorosa y fría. El sol, ya declinado,
untaba con suaves brochazos de oro el techo de la casa y las copas de las
encinas.
Resplandecía una hermosura helada en el
paisaje: todo el esplendor moribundo del pasado estío flotaba mezclado con las
tristezas venideras del invierno.
-¿Quieres remar un rato?
-Vamos a remar.
Y
seguimos de brazo por las praderas que embalsamaba el heno recién segado.
Ibamos en silencio, y en silencio nos seguían nuestras sombras, dilatadas por
la llanura de un modo grotesco e inexplicablemente triste.
Llegamos al bote, que se balanceaba entre un
nido de matas silvestres; Germán tomólos remos; con vigoroso impulso arrancó
hasta la mitad del río; luégo bajamos, y anduvimos hasta una revuelta donde se
internaba un brazo de agua por entre sauces. Entramos en aquel canal y llegamos
hasta el arco de un puente, de cuyos estribos, a uno y otro lado, nacían las
yedras y madreselvas, que cubrían los costados y cegaban los ojos del puente
con dos pesados telones de verdura.
-Tú no conoces este sitio. Aqui me gusta escribir mis versos y releer a
Shakespeare.
-¿Y analizar al Romeo y Julieta?
Sê, aquí pienso en Julieta. ¿Te acuerdas de, Julieta.... la de mi viaje a Niza?
Germán me preguntaba con cierta indiferencia,
tratando de fingir una sonrisa; pero en el fondo se notaba la úlcera abierta.
Atamos el bote a una argolla, bajo el arco del puente. El lugar tenía una solemnidad extraña. A uno y otro lado
colgaban las cortinas de hojas, que se balanceaban suavemente al tocar en las
aguas. Sobre nuestras cabezas, aquel arco inmenso de piedras negras, en cuyas
grietas colgaban hilos de helechos y musgos pálidos. Debajo de nosotros, el
mismo arco reflejado de un modo fantástico. Del lado del poniente, al través de
las hojas verdes, brillaba la franja roja del ocaso, con resplandor de
incendio. El sol moribundo ensangrentaba las aguas del río.
-¿Quieres saber detalles de aquel viaje? Te
vas a reír de mi-. .. Yo mismo me burlo de esas cosas.... Te autorizo para
reirte.
Y empezó a contarme el viaje con pormenores
sobre su partida, un disgusto con el cochero, la pérdida de la maleta en
Calais, la pésima travesía de la Mancha; todo esto referido con rodeos,
alargando las circunstancias, deteniéndose en mil cosas insignificantes, como
temeroso de llegar al cabo del viaje.... Por fin se vió precisado a entrar más
de lleno en el asunto.
“Llegué a la estación de Niza a las once de la
noche. Sin tiempo para más, lleno de impaciencia, me envolví en mi capa
española y corrí al teatro. Dado mi vestido, no podía ocupar una butaca en el
redondel; pero pude entrarme por los pasillos de los cómicos, y me coloqué
entre bastidores, donde lo extravagante de mi capa era menos notable, pues se
confundía con los vestidos de los actores que se paseaban por ahí aguardando a
que los llamase el traspunte.
“Me asomé al escenario. Daban el Romeo y Julieta, y
ya iban en el quinto acto. Era la escena aquella en una calle de Mantua, en que
Romeo recibe la noticia de que Julieta ha muerto. Me estremecí y sentí que la
sangre se me helaba. Acostumbrado a ver a Ethel en el papel de Julieta,
formaban para mí una sola persona. ¡Qué lenta se me hizo la escena en que Romeo
alquila los caballos y se prepara a correr al lado de su amada! Ya debía llegar
la escena del panteón, en que Julieta aparece en el féretro, con su vestido de
desposada. Temblaba yo, deseoso de verla, pero a la vez angustiado, juzgando de
mal augurio el verla, después de nuestra ausencia, haciendo de muerta, tendida
en la caja mortuoria. Y como estaba enferma, ¡que terrible verdad no se vería'
sus facciones adelal fingirse como muerta, congazadas por la crisis!
Pasó luégo la escena de la celda de fray
Lorenzo; y en seguida vino el anhelado cambio de decoración. Apareció el
cementerio, oscuro y triste; de la cripta colgaba una lámpara de bronce, en que
agonizaba una luz funeral; en el centro la masa de una tumba; en los pliegues
del manto de terciopelo se retorcían los dragones de los Capuletos; sobre aquel
manto un féretro, en *él mi Julieta, con una palidez mortal en el semblante y
un par de círculos morados al rededor de los ojos. ¿Eran aquellas ojeras efecto
de la pintura o de la enfermedad? No sospechaba ella que ahí mismo, a pocos
pasos, estaba yo observándola, deteniendo el aliento y apretándome el corazón
con ambas manos.
“De cuando en cuando Julieta se estremecía,
con un estremecimiento del pecho, como si contuviera la tos. La tisis obligaba
a aquel esfuerzo a la fingida muerta. Aquella lucha debia de serle angustiosa.
Para verla más de cerca me escurrí por detrás de un telón que simulaba uno de
los muros del cementerio. Allí pude verla a pocos pasos. ¡Qué pálida., qué
cambiada estaba! Las ojeras amoratadas eran ojeras de enferma. La tos..
reprimida con violencia, sacudia interiormente aquel cuerpo adelgazado. Entre
los paños mortuorios se destacaba su cara con una expresión de verdadera
muerte. En la lividez de las mejillas se destacaban dos puntos de color
encendido, como si tuviera una hoja de rosa en cada pómulo.
De pronto la sacudida del pecho fue más
violenta, y Ethel se puso morada primero, luégo súbitamente pálida. Comprendí
que sufría un accidente. Salí de allí y llamé en los pasillos, pero todos, en
el vaivén de las maniobras u ocupados en repasar sus papeles, estaban sordos o
no entendían.
“Volví a las tablas, tiré a un lado el
sombrero, y envuelto en mi capa, sin pensar en el público, anhelante, atravesé
el escenario y corrí hacia Julieta. Estaba todavía más demacrada... ”
Germán calló por algunos momentos. El ocaso,
que divisábamos por entre el encaje de yedra, de rojo, se habla puesto verdoso.
La sombra se cernía sobre nosotros con melancolia creciente. Soplaba un viento
mudo, que a compás golpeaba tristemente el agua contra el costado de la barca.
“Me arrodillé al lado de féretro (continuo
Germán) Le tomé las manos a julieta; las tenía frías, y fría también la frente.
Le habia dado un síncope. Le alcé la cabeza, que volvió a caer, descoyuntada,
sobre mi hombro. Entonces llamé, con un grito de angustia terrible y fuerte.
- “¡Julieta!
“En el
redondel me contestó el trueno de un aplauso.
- “¡ Ah.... mi amada Julieta! volví a gritar, enloquecido por la angustia.
- “¡Bravo, Romeo! clamaba el público.
- “¡Julieta... ! grité con mayor agonía, queriendo dominar el clamoreo de los
espectadores.
“Ella, a mi voz, abrió al fin los ojos, que se llenaron de asombro al verme.
- “Me muero, dijo débilmente y volvió a cerrar los ojos.
“Su cabeza, desmadejada, golpeó la caja mortuoria....
SUEÑO DE AMOR
Soñaba que en un pequeño y abrigado salón leía
yo a media voz un libro favorito, de codos en una ancha mesa, sobre la cual,
entre manuscritos y libros se ven cestos de labor, tijeras, madejas ¿e hilo y
dos preciosas manos en movimiento.
La lámpara cubierta de un velador rosado,
guarnecido de encajes, arroja su luz suave y discreta sobre una cabeza de
mujer, cuyos cabellos recogidos en apretado moño, brillan a esa luz con los
reflejos de la seda viva.
En el resto del saloncito flota una indecisa
claridad; tan sólo se destaca en la penumbra, con la suave tonalidad del
bronce, un pequeño grupo; el Silfo de Bouguereau, que sonríe al ser testigo de
tan pura felicidad, y parece le enviara un beso del extremo de sus finos
labios.
Ella, al oír el pasaje que despierta en su
memoria algún recuerdo, o que hace vibrar en su pecho una nota querida, levanta
la cabeza y, abandonando la labor, por lo bajo va diciendo: "¡Que hermoso,
admirable! ¿No es cierto que nuestro amor ha sido ideal y puro como el de esa
historia”
Y no bien ha concluido de decirlo, cuando el
carmín aparece en sus mejillas satinadas, y bajando de nuevo la cabeza sobre su
labor: "Pero, ¡qué boberas las mías! Sigue, no te volveré a interrumpir”.
Y continúo leyendo hasta que el sueño
principía a hacer temblar sus párpados como una pareja de doradas mariposas
Dejando el libro entonces, me inclino sobre ella, y en muda contemplación me
absorbo; su pequeña boca, ligeramente entreabierta. deja escapar el tibio y
perfumado aroma de una flor tropical; su pecho, cubierto por una chaquetilla
roja, se alza en blando y acompasado ritmo: aquella chaquetilla evoca en mi
memoria el día en que la vi por vez primera.
Era una niña entonces. De pie sobre el
pescante de un landó, miraba en el gran circo, con sus gemelos de marfil, los
aprestos de una carrera de caballos.
Su atrevida silueta se delineaba en el límpido
azul del horizonte. Volé al pie de su coche para admirar sus vivos movimientos,
sus frescas risotadas y su exquisita charla.
A cada instante llevaba a la boca finas
galleticas de vainilla, que hacía crujir entre sus dos hileras de blanquísimos
dientes.
La tarde estaba espléndida, los elegantes
carruajes desprendidos de sus fogosos troncos, ocupaban en larga fila grande
extensión del circo.
Bellas muchachas, de pie sobre los almohadones
de los coches, agrupadas como macetas de rosas, las mejillas coloreadas por la
emoción y la fresca brisa de la tarde, ansiosas esperaban la carrera de honor,
en alto las copas del champaña, mojando sus rosados labios en el licor dorado.
Por frente a nosotros pasó en ese instante al
trote corto, ensayándola para la partida, una delgada yegua negra, montada por
un jokey diminuto.
“¡Ahí pasa la preciosa yegua, mi favorita en
la carrera! Mis amigos deben apostar a Betina”, gritó ella desde lo alto del
pescante a los que rodeábamos su coche.
Mi vida entera hubiera expuesto por el triunfo
del caballo que ella había elegido por capricho. Acepté cuantas apuestas se me
hicieron en contra de la yegua favorita.
Estaba próximo el momento de la gran carrera;
los caballos, trémulos, acesantes, nerviosos, rehusaban con grandes saltos
colocarse en ordenada fila sobre la pista.
Hiriendo la tierra con soberbia, el oído
atento, el ojo echando fuego al oír el toque de clarín, recogen, para
impulsarse en el primer arranque, sus músculos de acero. Al último toque del
clarín oyese en el duro suelo del hipódromo el tremendo galope del furioso
escuadrón, que parte primero en apretado grupo, con el fragor de una racha de
ciclón, luégo se les ve dispersarse en la gran curva, y Betina, ligera como un
galgo, el vientre contra el suelo, ya adelante, ya atrás, unas veces vencida,
más luégo vencedora, llegó de primera al poste de partida, esponjada y abierta
la nariz, tendido el cuello, palpitante el ijar.
Tronó en el circo una salva de aplausos: las
bandas lanzaron al aire las alegres notas de una sonata militar. Habíame ganado
unos centenares de pesos.
El inolvidable día de carreras tocaba a su
fin; la multitud principió a dispersarse, los jinetes y carruajes tomaron la
ancha carretera que conduce a la ciudad.
Ella, al tiempo de partir, buscándome con la
mirada, me dirigió una sonrisa deliciosa que me dejó como clavado al suelo,
presa de inexplicable letargo, y así permanecí largo rato hasta que vi
desaparecer su carruje entre nubes de polvo.
En mi pecho abrigaba una dulce esperanza:
comprendí que no le era indiferente. Y ahora, pensaba, ¿cómo concluir tan
dichoso e inolvidable día? ¿Cómo invertir aquel dinero que ella me había hecho
ganar en la carrera? ¿Le haría con él un espléndido regalo? Esta idea nada de
original tenla y además me era imposible, pues no era yo conocido en casa de
sus padres. Una feliz idea pasó por mi cabeza.
Monté en el caballo que habla dejado a la
sombra de los palcos y lo lancé al paso largo en dirección a la ciudad; al
frente del ancho portón del Hospicio salté abajo y, entregando las riendas a un
muchacho, penetré en el interior del edificio.
Indiqué deseaba hablar con la Hermana
Superior, quien se presentó a los pocos instantes rodeada y seguida por un
grupo de niñitas. Tomando de la cartera el dinero ganado, se lo presenté
diciéndole: “En nombre de una niña a quien el cielo ha otorgado sus más
preciosos dones, belleza del cuerpo y pureza de alma, deseo que este dinero sea
invertido en un paseo al campo, ofrecido a las pobres huérfanas que pasan su
vida encerradas en este asilo de caridad”. Dejando los billetes en sus manos,
inclinéme ante ella y gané de nuevo el ancho camellón.
Oh! y si ella hubiese presenciado aquel paseo
al campo que dieron las Hermanas, habría visto cuán dignamente supe
corresponder a su deliciosa sonrisa! Condujeron a las niñas a un pequeño llano
de las márgenes del Fucha, y allí, ¡qué dicha! ¡qué gritos! ¡qué deliciosa
algarabia!
Aquellas chiquitinas, al verse fuera de los
muros del Hospicio, en medio de la grama verde y olorosa, inundadas en luz,
bañadas por el sol, se desataron en una verdadera explosión de risas y de
gritos.
Las pobres chiquillas se embriagaban de luz y
de aire puro; parecían gorriones escapados de sus jaulas.
Sus pálidas y delgadas caritas de reclusas se
coloreaban de pronto por la brisa pura y vivificante del campo; de sus frentes
se desprendían gotas de sudor como sartal de perlas.
Este paseo había sido una verdadera inyección
de vida y de salud para las pobres huerfanitas. Aquellos débiles espinazos
encorvados todo el año sobre el bordado o la costura, los delicados miembros
entumecidos y atrofiados por el frio del claustro, necesitaban de tan dichoso
día.
¡Qué de bullicio y algazara! Los moradores del
pequeño llano, los grillos, los pitos, los saltones, todos los alados
timbaleros de ese rincán del valle, hablaban de emigrar, les era ya imposible
resistir la horrible gritería de esa ¡angosta humana que habla invadido sus
dominios.
Las más grandecitas de las niñas saltaban en
la cuerda, se arrojaban puñados de césped, o bien corrían a cogerse unas a
otras. ¡Oh! y las chiquitinas, en locas carreras, caían a cada instante
enredadas en el pasto, mas pronto estaban de pie para seguir corriendo.
Algo muy grave debía acontecer a un grupo de
bebés que se paseaban cerca del río; algo muy extraordinario acontecía, según
los gritos de espanto y el pánico que se leía en sus blancas caritas! ¿Qué
habla sido aquello? Que una rana habla saltado de improviso entre ellas, y era
aquel monstruo desconocido quien había producido tan espantoso pánico en las
filas.
Pero nada tan digno de verse como el lonche
servido en grandes manteles extendidos sobre la grama. Después de la embriaguez
de sol y aire puro vino la de los dulces y bizcochos.
Aquello fue un verdadero banquete del soñado
valle de Pipiripao: colinas de galletas y barquillos, cerros de diversas y
exquisitas frutas, altas torres con sus afiligranados minaretes hechos de
blanquísimo alfeñique, fuentes de al míbar, lagos de gelatinas. Brillat-Saravin
y Gargantúa hubieran quedado satisfechos.
Todo marchaba al principio en el mayor orden y
silencio, como si estuviesen en el gran refectorio del Hospicio; pero a los
pocos momentos parecía que hubiesen dado el toque de saqueo: cogían a puñadas
los bizcochos, las frutas desaparecían en los bolsillos, las torres de
alfeñique venían al suelo derribadas por un pequeño Sansón de cuatro años que
habla arrancado sus cimientos; el almíbar corría por las gargantas y vestidos
de aquellos diablillos entregados al más espantoso vandalaje.
Las Hermanas las dejaban hacer y reían, reían
a carcajadas al ver aquella terrible insurrección, Alguna vez habían de hacer
su realísima gana ¡las bribonas!
Si ella no presenció aquel paseo, el cielo si
fue testigo de las horas de placer que en ese día disfrutaron las pobres
huerfanitas; tan cierto, que sin su visible auxilio no hubiese yo realizado mi
sueño de amor. Hablan pasado ya seis meses, rápidos y fugaces, desde la noche
inolvidable de nuestras bodas en que a la mitad de un valse, cuando las parejas
volteaban en loco torbellino al compás de las alegres notas de la música, nos
escapamos por las escaleras interiores de la casa de sus padres y dichosos penetramos
en el antiguo landó de familia que esperaba a la puerta, y una vez que éste
hubo partido en dirección al pequeño nido que con tanto cariño había formado yo
para abrigar nuestros amores, ella, toda temblorosa, refugió en mi pecho su
adorable cabecita y volvió hacia mí sus grandes ojos negros bañados en
inconsciente languidez.
Oh! aquella entrada a nuestra casita, llena
toda de luz y perfumada por los geranios y helíotropos que adornan los anchos
corredores; y al recorrer las diversas habitaciones, cogidos de la mano, ¡con
qué ansiedad espiaba yo en su cara las más ligeras muestras de aprobación o de
placer! Y cuán dichoso me sentía cuando ella, al fijar su vista en un detalle
que le indicara mis deseos de adivinar sus gustos y caprichos dejaba escapar
pequeños gritos de admiración y gratitud.
Al entrar en la tibia y perfumada alcoba, en
cuyo centro se ve la ancha cama de madera tallada, y al frente, sobre una mesa
que sirve de oratorio, una estatua de la Virgen regalo dé su madre ella, con
dulce y suave ademán, me invitó a elevar una oración de gracias a María.
Así como había entregado a la Virgen su pasada
vida de niña, ahora de nuevo le ofrecía su futura vida de casada, y
desprendiendo de entre sus cabellos la corona de azahares, la colocó a los pies
de la blanca imagen de María.
Luégo, por vez primera, se unieron nuestras
bocas en un beso, largo, apasionado, intenso, que fundió en una sola nuestras
dos existencias.
Ahora, calmada ya la sed de nuestro loco amor,
se desliza tranquila y apacible nuestra vida; de noche nos reunimos en el mismo
saloncito, y a la luz discreta y suave de la lámpara, ella, inclinada sobre la
labor, escucha en silencio la lectura del libro favorito.
Ahí está. Se ha dormido con el tranquilo sueño
de la mujer que sabe que es amada. La adorable niña a quien vi por vez primera
en el gran circo de carreras, es mía, S610 mía y para siempre. Me inclino para
estampar en sus labios, ligeramente entreabiertos, un beso apasionado.... pero
horror!.... su boca era de fuego. . . . ???!!!
Desperté. Voló la imagen blanca. Era de noche,
habíame dormido leyendo en mi cuarto de estudio, y, al inclinarme para besar la
niña de mi sueño, había estampado el beso en la bomba candente de la
lámpara....
EL CURA DE LENGUAZAQUE
-Encontraré al doctor en casa?
-Sí, señor, siga usted, siga usted-en la sala
lo encuentra.
Oh! la sala del señor cura, su casa, y el
-señor cura, jamás se borrarán de mi memoria!
Después de atravesar el grueso portón, se
llega a un ancho patio lleno de sol y retumbante con el canto de los gallos;
hermosos pavos reales de color verde y oro, desde lo alto del caballete
saludaban al viajero con su animada trompetería, un grupo de gallinas escarbaba
un haz de paja para recoger los granos caídos; caminando en filas, con aire de
gentes ocupadas, una bandada de patos salía a bañarse en un charco sombreado de
alisos, llenando el aire con su estridente caqueteo.
En uno de los lados del patio, en su pesebre,
la blanca yegua del cura, querida y mimada de todos los vecinos, muy gorda y
satisfecha, despuntaba golosamente las espigas del pesto amontonado en su
canoa.
Luégo se llegaba a un segundo patio; en un
ancho corredor, una docena de niños deletreaban en voz alta en sus cartillas:
El pan ... sin ... sal...es feo... La... luz ... es don... de ... Dios.
Al abrir una puerta, hecha de un grueso marco
forrado en cuero, el visitante se encuentra en un espacioso salón envuelto en
la penumbra, tan sólo una ventanilla de vidrios empañados, rasgada cerca del
techo, deja filtrar económicamente un resplandor que se pierde sin alcanzar a
llegar a los rincones cubiertos de polvo y antiguallas. Los muros, en vez de
reflejar la luz con algún empapelado uniforme, la hacen más difusa, cubiertos
como están, desde el suelo hasta el techo de grabados oscuros, litografías añejas
y daguerrotipos barrosos. Apenas se divisan algunos sillones de cuero estampado
y canapés de solidez secular, antiguo mueblaje de extinguido convento, hecho
como para sostener, en otros tiempos, durante la siesta, los pesados cuerpos de
curpulentos monjes.
Cuando la vista, ofuscada por la transición
del patio lleno de luz, se iba acostumbrando a aquel salón oscuro, divisaba,
ante todo, sentado en una silla, a un viejecito delgado y nervioso, con los
pies cubiertos por una manta, en la mano un bastón, en la cabeza un gorro negro
y en la cara una sonrisa amable. Agitado por sobre excitación nerviosa, extraña
a su edad, se mecía constantemente y a la vez explicaba la lección a un niño,
escarbaba la estera con la punta del bastón , sacudía la cabeza haciendo bailar
la borla del gorro, y con la mano que tenía libre arañaba el cuero de la silla
para hacer retozar un gato.
-Bienvenido, bienvenido a esta su casa, nos
decía al vernos entrar, con su sonrisa afable, “¿Papá y la mamacita como están?
Ya se han olvidado de este pobre viejo, ¿no es verdad? Usted siempre gordo, me lo alegro. Mens sana incorpore sano, y ésta es la pura verdad.”
Y patatín patatan. Durante un cuarto de hora
nos divertía con su sabrosa charla. Mirando entonces su reloj, nos decía:
-Es la hora de despachar a sus casas a todos
esos muchachos. Entreténgase en tanto mirando esos cachivaches que tengo por
ahí regados.
Entonces empezaba la visita a aquella multitud
de objetos que ya se destacaban mejor en la penumbra. Estantes llenos de
pergaminos y de gacetas, en los que la tinta había empalideció; mesas de todos
tamaños, cubiertas de objetos artísticos y curiosidades naturales; calaveras de
indios con su larga fila de dientes cuadrados; frascos apopléticos donde se
retorcían culebras de escamas de plata, y de anillos rojos y negros; conchas de
mar, con todos los visos del arco-iris; muelas de mastodonte, grandes como cabezas
de ternero; hojas medicinales resecas y aromáticas, y brillando, entre todo
esto, trabajos en oro hechos por losdígenas: brazaletes, narigueras e ídolos de
barro cocido en actitudes de pesadilla, todos panzudos y con una sonrisa
misteriosa.
Las paredes eran otro museo igualmente
variado: en tosca litografía caricaturas de Melo y de Obando; Pablo y Virginia,
sentados al pie de una palmera que daba sombra a su idilio; el General
Mosquera, cejijunto y patilludo, al lado del doctor Margallo; Napoleón 1, con
la mano metida en su chaleco blanco, pegado cerca del retrato de Gonzalón;
Santan. der en su lecho mortuorio, entre un figurín del Correo de Ultramar y el
retrato de perfil de Carlos V. En suma, todos los hombres y todas las épocas,
cuanto el tiempo barre y la muerte se lleva, habían dejado un recuerdo en
aquellas paredes. Y era triste el recorrerlas lentamente, pensar que los
sueños, las aspiraciones y las luchas dé tantas generaciones, todo lo que había
agitado los espíritus, halagado los corazones, quedaba quizá reducido a unas
hojas de papel, pegadas en el cuarto oscuro de un cura de aldea.
Al fondo del salón, dentro de su gran caja de
madera tallada, un viejo reloj, con su monotono y constante tic-tac, había sido
durante medio siglo, el inconsciente e infatigable regulador de las costumbres
de los buenos vecinos. Había cierta estrecha analogia en la existencia del
viejo cura, empleada día por día, momento por momento, dentro de las paredes de
aquel pueblo, dando allí la voz de alerta en el peligro, y más allá una frase
de consuelo en la desgracia, y la de aquel reloj, moviendo su gran péndola
dentro de la tallada caja de roble. Este horario, único en el pueblo, indicaba
al sacristán el momento de despertar a los vecinos con el alegre repique del
alba, animándolos a emprender la labor cotidiana, o bien el solemne toque del
Angelus, a la caída de la tarde, hora de soltar la yuntada y dirigirse el
labrador, con paso fatigado, hacia su choza, donde la esposa y los muchachos lo
esperan para tomar la cena; o bien la hora en que el ronco esquilón debía dar
el toque de ánimas, en que al oirlo el aldeano, después de sujetarse sobre las
sienes el pañuelo de vivos colores, se santigua tres veces en boca y frente y
pecho, antes de entregar al reposo su fatigado cuerpo.
Ya lo sabían en el pueblo que el señor Cura
siempre lleno de dulzura y suavidad, en tratándose de ciertas cosas hacia
cumplir su voluntad. Que no le vinieran con enredos y farsas políticas a
alborotarle el pueblo, porque el cura se las sabia arreglar.
Se aproximaban las elecciones presidenciales,
el pretecto de la provincia ya había indicado al alcalde el candidato por el
cual debía trabajar. Por su parte, don Baltasar, el vecino más acomodado,
propietario de las mejores granjas, y dueño del único molino del pueblo,
obedeciendo a instrucciones que en carta especial le habían venido de la
capital, había reunido a sus amigos y arrendatarios para prepararlos a la
lucha. Las hostilidades principiaban con furor entre los vecinos de aquel
tranquilo pueblo; el grueso y nudoso bordón, juez y parte en las disputas
lugareñas, asomaba ya debajo de las ruanas; el alcalde había ordenado conducir
al coso una pequeña manada de ovejas de don Baltasar, que por larga y no
interrumpida tradición había adquirido el derecho de apacentar en la plaza y a
la orilla del camino real. En desquite, don Baltasar le había notificado pago
inmediato de los reales que en cierto afán le había prestado, y que en caso de
no hacerlo, le haría retener por el juez su caballo de silla.
En lo único que estaban de acuerdo los dos
bandos, era en ocultárselo al señor cura, pues estaban convencidos de que al
saberlo les desbarataría todos sus planes y el alcalde no haría méritos ante el
gobernador, ni don Baltasar recibirla efusiva carta de su notable y grande
amigo de la capital.
Pero todo era en vano: los rumores llegaban a
oídos del señor cura, quien callado aguardaba ansioso la llegada del domingo,
en el que a la hora del evangelio en la misa, desde el altar invitaba a los
principales del lugar, sin faltar uno solo, a que vinieran a su casa después
del medio día.
Reunidos todos en la gran sala, el señor cura,
con sencilla palabra, un poco alterada por el sentimiento, les expresaba el
profundo dolor que había sentido al saber se estaban preparando a la lucha,
ocultándoselo a él.
“A él, cuya opinión y consejos habían -sido
atendidos por más de medio siglo, hasta en las pequeñas disensiones de familia;
a él, que los había visto nacer a todos ellos, y que había derramado sobre sus
cabezas el agua del bautismo, que había consagrado ante Dios la unión con la
mujer que habían elegido corno esposa; én fin, a él, a quien debían considerar
no sólo como a pastor, sino corno a padre amantísimo de todos ellos.”
Y levantando un poco más la voz, decía:
“Sí; y el pueblo que hasta ahora ha formado
una sola familia, se dividirá en dos bandos-, vendrán los odios y las riñas;
todo esto para que suba al poder Zutano o Mengano. ¿Y con esto, qué se ganará?
¿Creéis que con el triunfo de vuestro candidato las cosechas se producirán en
abundancia y llenaréis las trojes, que las manadas acrecentarán, las vacas
aumentarán su leche y la oveja rendirá doble vellón al año? ¿Sin duda soñáis
con que el verano no quemará la yerba de los prados, ni la helada convertirá en
hueras espigas la futura cosecha del trigo, ni el río desbordará, ahogando los
cultivos, en caso die que triunfe el candidato de vuestro agrado?,”
Continuaba en seguida diciéndoles que si
estaban cansados de sus consejos, si su palabra no tenía eco ya entre ellos si
en adelante lo consideraban bueno tan sólo para cantarles letanías y decirles
la misa, partiría inmediatamente de la aldea, sangrándole el corazón y llena de
dolor, a buscar un nuevo rebaño del cual pudiera ser, corno él quería, solícito
pastor, padre afectuoso.
Los. vecinos, sentados al- rededor del
espacioso salón, dirigían persistentes miradas al alcalde de y a don Baltasar,
descargando en ellos toda la responsabilídad, todo, el peso de tan justo
resentimiento. Estos, al principio habían querido hablar, dar sus razones; pero
al sentirque todos los ojos estaban clavados sobre ellos, en, señal de
reproche, avergonzados, inclinaban la& cabezas¡ y al- terminar el señor
cura, levantáronse, y como movidos por una sola voluntad,, se dirigieron, hacia
su silla, y él, tomándoles las manos se las hiza, estrechar en, prueba de cesar
las hostilidades. Esta muda escena valía para el porvenir mucho más que todas
las promesas,
Luégo, desfilaban todos, despidiéndose con
fuertes apretones de manos, del señor cura, quien los acompañó hasta la calle;
y allí, de pie sobre el umbral del ancho portón, agitando el brazo en señal de
despedida, y con cara risueña, les decía en alta voz:
“Bien: por lo que hace a nosotros, no habrá,
pues, Presidente de la República en el próximo período. ”
¿No dije yo que el cura se las sabía arreglar?
en tratándose de amorcejos, besuqueos y citicas de noche, ¡como se las pintaba
para ponerles pronto punto! Bien, muy bien, quiéranse mucho, pero como Dios lo
manda.
Y a la iglesia con ellos.
Un honrado matrimonio de campesinos introducía
a la sala, casi a empujones, a su hija mayor, honrada muchacha, quien ocultaba
su llorosa cara debajo de la negra mantilla de frisa; por sus robustos flancos
colgaban dos gruesas trenzas de negro y lustroso cabello.
Era la eterna historia entre aldeanos; la
habían sorprendido charlando con un mozo del pueblo, y el padre quería
aprovecharse de esta coyuntura para verla casada y tener así una boca menos en
la casa.
El padre, tomándola con rudeza por el brazo,
se la enseñaba al señor cura, y con voz que revelaba profundo dolor y reprimida
cólera, decía:
-Mi doctor, desde que esta muchacha nació, he
vivido agachado sobre el arado cultivando mi estancia, al sol y al agua; no he
tenido un momento de descanso; no he gastado un cuartillo en mi persona, tanto
que algunos me tienen por avaro; todos estos sacrificios para esta moza, y
resultamos que la muy cochina, ¡ay sí, la muy puercota!....
Dirigiendo entonces el cura una mirada de
aparente reconvención a la madre, ésta le decía disculpándose:
-Pero qué hemos de hacer! si no se puede vivir
prendida de ellas, hay tantos quehaceres en la casa; y ese pícaro de Luis
¡quién lo creyera! de noche, cuando oíamos moverse inquietas las ovejas dentro
del corral, la despertábamos para que diera una vuelta, temerosos de que algún ladrón
se las llevara.
-Sê, y el ladrón era Luis, ya lo comprendo, le
decía interrumpiéndole el señor cura.
-Sí, señor, el mismísimo, que venía a
conversarle todas las madrugadas; pero yo no sé por qué se ha de desesperar
tanto mi esposo.
El cura daba orden de que pasaran por la casa
de Luis y se lo trajeran sin pérdida de tiempo.
A los pocos momentos éste se presentaba era un
hermoso y fornido jayán, de veinte años; con sus manos, capaces de triturar una
piedra, daba vueltas a su sombrero de anchas alas, y con la cabeza inclinada
aguardaba la fatal reprimenda.
-Dime, vagamundo, saltatapias: ¿tú quieres a
esta muchacha?
Y él contestaba con rotundo “sí”, que parecía
decir: “Cómo, que si la quiero; pues la adoro, y buenas pruebas he dado ya de
ello”.
-Bien: si se quieren, el matrimonio se ha
hecho para los que se quieren, y no más que para ellos. Pídasela pues, a los
viejos.
Tres domingos después se celebraba el
matrimonio, con grandes regocijos; y es fama que desde ese día los ladrones no
volvieron a espantar la manada de los honrados campesinos.
Otro día, se presentaba en la sala una mujer,
que venía a: rogarle que le escribiera una carta para su esposo, que se hallaba
lejos, trabajando en las tierras calientes. Estas campesinas llevan
constantemente clavado en el pecho el aguijón de los celos cuando sus maridos
se ausentan, y además abrigan el temor de que estén despilfarrando el dinero
que ganan, que tanto se necesita en la casa, y vuelvan con la bolsa vacía.
La esposa, afligida, hacía al señor cura con
aire de víctima el recuento de todas las desgracias, algunas reales, las más
imaginarias.
-Póngale, señor cura, que desde el día en que
partió, nos ha venido encima un chubasco de calamidades: al sembrado, que iba
tan bueno, se entraron los animales del vecino y lo destruyeron; las gallinas,
atacadas de la pepita el cordero merino, ese hermoso animal que tenia
engordando para matarlo a su regreso, amaneció asoleado, con las patas al aire.
¡Ah! y los muchachos, todos buenos, es la pura verdad, mas eso también es una
desgracia para el pobre, pues con tanta salud, comen y más comen, y engullen
que ya no encuentro con qué poderlos mantener.
Y el señor cura se imponía la dificil tarea de
sacar en -limpio lo que hubiera de cierto en aquel cúmulo de desgracias, para
embotar un tanto el golpe de aquella lanzada enviada en pleno pecho del marido
ausente, para hacerlo afanoso acudir a su lado.
A la caída de la tarde el señor cura, poniendo
a su lado el breviario que había estado leyendo paseándose a lo largo del ancho
corredor, se aprestaba a su diaria caminata por el pueblo; echando en la gran
faltriquera de su vieja sotana, papeletas con diversos remedios para los
enfermos que iba a ver, y grandes panes de harina morena para sus pobres
favoritos.
Allá va el señor cura por las calles del
pueblo; por su eterna cojera los vecinos lo distingúen a distancia, y lo
esperan para verlo pasar; los hombres se quitan respetuosos el sombrero y los
niños corren a su encuentro a besarle la mano y solicitar su bendición.
El cura daba la vuelta al pueblo, deteniéndose
a cada momento, ya para tener un ratico de charla al frente de la puerta de un
vecino, ya entrando a las casas a informarse del estado de salud de los
enfermos.
-¿Qué le habrá dado a este muchacho, que antes
era para todo y ahora ha de vivir como un gato pegado al fogón y durmiendo todo
el día? le decía una mujer presentándole un chico cuyo cabello enmarañado
ocultaba casi por completo la cara; y el cura, después de examinarlo sonriendo.
le contestaba:
- Este muchacho lo que necesita es agua
caliente y rejo.
-Pues mi doctor, lo que es rejo no le ha
faltado; pero el agua, ¡ni a sorbos se la toma!
Más adelante un viejo coloradote y jovial,
reputado en el pueblo como hombre decidor, lo detenía un momento para referirle
lo malo que estaban los tiempos y lo difícil de ganar el real.
-Está buena lo cosa-le decía;-cuando no es el
polvillo es la gota; unas veces se pierde por el verano y otras por el
invierno; estoy tan desesperado. que ya les he dicho a los muchachos:
“Dejémosnos de arar y comámosnos los bueyes”. Y el viejo soltaba una franca y
sonora carcajada.
Luégo de andareguear por el puebo, se
internaba en los campos de ese estrecho valle de Lenguazaque, tan solitario y
silencioso, tan bien abrigado y donde sólo se oye suspirar un aire cargado del
perfume que exhalan la ruda y la altamisa, que crecen en el llano; inmensas
bandadas de garzas, a esa hora de la tarde, vienen con su pesado vuelo a
refugiarse en los sauces del estrecho valle, y se aglorneran en ellos en tal
cantidad, que se dirian cubiertos de inmenso tul de plata. bandadas de patos
silvestres, dibujando en el cielo ángulos inmensos cruzan el aire con ruido de
chaparrón; só lo se oyen de vez en cuando los gritos de los mozos que llevan al
corral los animales.
Echado al suelo, reclinada la cabeza contra un
poste del telégrafo, dormía un pequeño pastor indigena, verdadero descendiente
de los naturales que encontraron los conquistadores y de los cuales quedan aún
restos en nuestros campos retirados; por sus venas no corre una gota de sangre
española, sus cerebros parecen cristalizados por el cierzo frío de nuestras
cordilleras. Por encima de su cabeza pasaba veloz el pensamiento moderno,
transmitiendo las grandes batallas, los inventos, las ambiciones, la codicia y
los odios de los hombres. Entre la cabeza del pastor y los hilos telegráficos
había tres metros y tres siglos de distancia.
El cura, sin hacer el menor ruido, sacando de
su gran faltriquera un pan moreno, lo ponía entre las manos del muchacho, y
cojeando, cojeando se devolvía hacia el pueblo, por ser ya la hora de rezar el
rosario.
En los diciembres, cuándo los dueños del
Rebanal, propiedad situada a una legua del pueblo, venían con sus familias a
pasar allí la temporada de campo, el señor cura, después de muchas súplicas y
ruegos, destinaba un domingo para ir a decirles la misa en el viejo oratorio de
la hacienda.
Desde la víspera del día indicado hacía poner
en el pesebre de su yegua doble ración de forraje y de grano, para que así
tuviera fuerzas y aliento en tan largo e inusitado viaje. Tan grandes y
extremados eran los cuidados recíprocos que el cura y su yegŸita se tenían, que
sólo la muerte los hubiera obligado a separarse.
Cuando el cura se resolvia a montarla, ella,
estirándose sobre sus patas, se hacía la pequeñita, a fin de que el amo, cojo y
temblón, alcanzara sin molestia el estribo; y una vez que lo sentía bien a
plomo sobre la silla, partía meneándose con suave y menudo trochadito que
apenas hacía mover las anchas alas del sombrero del cura, cubierto eternamente
por una funda blanquísima de lino y sujetado por debajo de la barba con un
galón morado.
Una hora larga tomaban en llegar a la
hacienda. Los pequeñines de la casa salían al portón a esperar la llegada del
cura, y al verlo asomar a la revuelta del camino, principiaba la griteria
anunciando su llegada.
-¡Allá viene el señor cura, ya están aquí el
curita y La Paloma!
Principiaba entonces el volate en la casa;
unas niñas daban el último golpe de escoba en el oratorio, otras colocaban
flores frescas en el jarrón del altar y llenaban las vinajeras de un vino dulce
y sabroso. La cocinera avivaba el fuego de la hornilla y dejaba en la olleta de
cobre, hirviendo a borbotones, el agua, donde debía hacer a toda prisa, después
de la misa, el chocolate para el cura.
Al regreso, todas los niños iban a acompañarlo hasta las inmediaciones
del pueblo. En sus pequeños caballos formaban grupo apretatado al rededor de su
blanca yegua, procurando alborotarla con sus gritos y los saltos de sus
cabalgaduras; pero ella, sin salir de su paso habitualsu eterno
trochadito-manifestaba el desagrado que le producían esas bestias corretonas
que se atrevían a adelantársele, tascando con impaciencia el freno, del que se
desprendía espeso espumarajo que iba a salpicarle todo el pecho. Con aquella
actitud queria decirles a los otros caballos: “Si yo me muevo a este paso corto
y menudito, es porque así lo quiero, pues sé saltar y correr como el mejor
caballo; mas como llevo sobre mi lomo al hombre más notable de la comarca, no
debo sacudirlo ni estropearlo, en tanto que vosotros tan sólo merecéis llevar
una muchachería truhanesca que no vale nada, absolutamente nada”.
Si el
señor cura compartía con sus fieles las penas y dolores; si siempre se le veía
a la cabecera de los moribundos enjugando las lágrimas, si no los abandonaba en
el dolor, era también el alegre compañero de sus placeres y de sus fiestas.
Cuando las campanas tocaban a vuelo celebrando
las fiestas que tenían lugar por ser la fecha del patrono del pueblo, o bien se
festejaran las bodas de algún vecino rico, los alféreces acudían, seguidos de
un gentío alborozado a la casa cural, para que el doctor Cuevas diera principio
a la fiesta, quemando el primer volador.
El globo más grande y de más bellos colores
debía elevarlo también el señor cura; y tenía tal habilidad para hacerlo, que
en la memoria de los más viejos vecinos existía la tradición de que jamás ni
uno solo se le había quemado.
Las buenas y sencillas comadres decían que
aquéllos que en la vida se habían dejado conducir por los consejos del señor
cura; que quienes en los últimos momentos recibían sus auxilios, el señor cura
hacía que sus almas ascendieran derechitas al cielo, como esos globos de papel
en las noches de fiestas.
Una triste mañana, de fatal recuerdo, corrió
en el pueblo la noticia de que el cura estaba muy grave, que el señor cura se
moría.
La noche anterior, después de tomar su taza
habitual de sagú, le había sobrevenido un sincope precedido de copioso sudor.
En vano la vieja cocinera, única compañera en la casa cural, le había frotado
las sienes con vinagre aromático; inútil había sido empaparle la cabeza en agua
de Colonia; el cura no volvía en sí. Cuatro horas de terrible angustia hubo de
pasar esa noche la pobre mujer, hasta que, gracias a un pequeño sorbo de vino
que logró hacer llegar al estómago del enfermo, éste volvió a la vida. Pero a
este primer ataque se siguió un segundo. Ya no había la menor duda; el curita
se moría, el señor cura los iba a abandonar.
Todo el pueblo se agolpaba a la casa del
enfermo, a informarse de su salud; unas comadres opinaban que el cura se moría
de debilidad, y corrían a sus casas trayendo en seguida los pollos más tiernos
y gordos del corral para que le hicieran un buen caldo; otras aconsejaban la
yerba tal o cual, que se encuentra en el monte, y despachaban a los más fuertes
y ligeros mocetones en su busca.
El cura del pueblo vecino acudió sin demora al
saber la noticia fatal, y al leer en el pálido y demacrado rostro del enfermo
que la muerte se acercaba por momentos, señaló la mañana siguiente para
llevarle el viático, con gran pompa y majestad.
Las flores de todos los jardines y huertos se
desgajaron sobre el camino que conduce de la iglesia a la casa cural; grandes
arcos cubiertos de frailejón sedoso y laurel adornaban el tráyecto.
De todos los puntos acudian vecinos a
acompañar el viático; por el estrecho sendero que conduce a las estancias
situadas en las faldas del cerro, se veían descender las familias afanosas al
oír el último repique de la iglesia; el padre de familia, delante, llevando en
la mano la gran cera, comprada para la fiesta de la Candelaria, y adornada con
finas ramas de laurel cerezo; en seguida la esposa con sus enaguas de frisa
recogidas a la cintura para no tropezar, y detrás, trotando sudorosos, los
muchachos llevando cada cual en la mano derecha una vela de sebo.
En respetuoso y conmovedor silencio se dirigió
la procesión a casa del enfermo
En dos largas filas, desde la alcoba hasta la
calle, todo el pueblo reunido elevaba al cielo fervientes y sencillas
plegarias, El moribundo, pálido y expirante se alzó sobre las almohadas de su
lecho para recibir la visita de Dios.
Y el Señor entregó su cuerpo por última vez a
su humilde discípulo en la tierra....
Sintiendo el viejo cura que la muerte le
nublaba los ojos, recordó en su memoria, año por año, su larga existencia
dedicada a hacer el bien, y esos ochenta años de vida pasaron ante su memoria,
rápidos y fugaces, como esas nubecillas que el sol refleja sobre la tierra y
que el viento hace deslizar por collados y valles.
Poco rato después todo había terminado. Su cuerpo
había sido colocado en el centro de la gran sala, su cabeza descansaba sobre
negro almohadón.
La cara del buen cura tomó una expresión de
paz suprema; una vaga sonrisa muy dulce contraía sus facciones color de cera
virgen.
Y una vez que parientes y allegados hubieron
terminado el arreglo del cadáver, abrieron las puertas de la sala para que el
pueblo penetrase, y este pueblo del campo, sencillo y espontáneo, viendo al
señor cura, inmóvil y rígido, en el centro de la gran sala, y al oír que el
viejo reloj dentro de su tallada caja de roble continuaba con su eterno
tic-tac, detuvieron su péndola, que desde ese día señala la hora en que el buen
cura desapareció para siempre de entre ellos.
CHIMBORRIO
Es la figura más fresca y delineada de los
recuerdos de nuestra niñez.
Hijo de un concertado de la hacienda,
Chimborrio fue por largo tiempo nuestro fiel e inseparable compañero en las
excursiones campestres. ¡Con qué ansiedad esperábamos la llegada de las
vacaciones de Diciembre para volver a ver la tostada carita del muchacho,
siempre de pascuas, enseñando al reir, dos hileras blanquísimas de dientes.
Pero la especialidad de Chimborrio era hacer, con gracia inimitable, hocico de
conejo. Viendo la curiosa carita que ponía, teníamos todos para reventar de
risa.
Ninguno atrevido como él para montarse en el
becerro más trepado, a quien los demás teníamos miedo. Después de catear la
cinchera, de apretarse fuertemente el cinturón que sujetaba sus calzones de
manta azul, y de humedecerse con saliva las palmas de las manos, de un solo
brinco trepaba sobre el movible dorso del ternero. Con el cuerpo echado hacia
atrás, firme, resistía los saltos en zigzag con que el animal en vano pretendía
arrojar su jinete; minutos después, el muchacho nos gritaba: “Ya lo tengo de
paso,&rdquo y en efecto, el becerro, con la lengua colgante, llena la boca
de babaza, venía hacia el corral, resignado a su carga.
En vano el gorrión o el cucarachero tejían su
nido en las torcidas ramas de un aliso, para ocultarlo de indiscretas miradas;
el ojo de Chimborrio todo lo descubría. A una milla en redondo tenía levantada
la estadística más completa de todos los arbustos y de todos los nidos que
estuvieran ocultos.
En nuestras largas caminatas de sol a sol, al
través de los campos, era el primero en ver la mata de uchuvas en algún zanjón
cegado,o bien, detrás de la cerca de piedra, la codiciada matica de niguas, de
cuyas inocentes frutillas podíamos atracarnos sin temor. Si allá, en la copa
más elevada de un sauce, colgaba, una curuba, si el más ligero puntico amarillo
la denunciaba en sazón de ser exprimida por los voraces labios de Chimborrio,
era seguro que no duraba un minuto más en su columpio aéreo.
Tenía especial agilidad para subir a los
árboles; hundía los dedos de los pies en la más ligera sinuosidad del tronco,
luégo en las ramas saltaba de una a otra, parecía no pesar mas que una mota de
algodón. Tan sólo una vez lo vi caer: había trepado, en busca de un nido de
aguiluchos, a un fresno altísimo, cuya copa se mecía en las nubes; se oyó el
traquido de una rama, y el muchacho vínose abajo, deteniéndose un punto en el
tronco y las ramas, y precipitándose después de cabeza con los brazos abiertos.
Al instante estuvo de pie haciendo hocico de conejo como única señal de dolor.
Una vez por semana proyectábamos cacería de
perdices, en una maleza distante media legua de nuestro campo; desde la víspera
que 1 daba concertado el plan de ataque y listas las flexibles varas que nos
servían como armas ofensivas. A la madrugada unos discretos golpecitos en la
puerta del cuarto me anunciaban ser la hora de marcha, y vistiéndome a la
diabla salía al corredor, donde Chimborrío me esperaba, acompañado de nuestros
dos perritos, que saltaban de placer a mi encuentro.
Descalzos, con los pantalones alzados hasta la
rodilla partíamos llenos de gozo; era toda vía de noche, las estrellas
parpadeaban aún en el azul del cielo; íbamos uno al lado del otro, los
perrillos adelante como exploradores,el pasto empapado de rocío mojaba nuestras
piernas desnudas; marchábamos encorvados procurando ocultar las caras del frio,
hundiéndolas en el hueco de las ruanas; y contemplando el humo blanquecino que
producía el aliento de nuestros perros..
Terminada la tarde, entrada ya la noche,
cuando todo era silencio en la llanura, tan sólo interrumpido por el
melancólico mugido de las vacas que, entre bocado y bocado de húmeda grama,
llamaban a sus hijos, nos dirigíamos, muchachos y servidumbre, a un espacioso y
desmantelado salón. Allí, sentados en el suelo, haciendo círculo a una luz que
chisporroteaba en el centro, contaba cada cual, por turno riguroso, su
historieta.
¡Con qué placer, mezclado de terror, oíamos el
relato de ese amurallado castillo, donde lloraba cautiva, en oscura prisión, la
bella Celima, por el crimen de no acceder a desposarse con el cruel príncipe de
Barba-Roja! 0 la historia fidedigna del palacio encantado, que, por haber dado
allí muerte Waldemiro a su hermano, quedó convertido desde entonces en mansión
de los duendes, de donde a la media noche, salen disparadas por el cañón de la
chimenea del palacio, horribles brujas montadas en palos de escoba a
interrumpir el sueño dé los niños que se hayan disputado con sus hermanos
durante el día. 0 bien. el más familiar de los cuentos: el del buen rey con su
capa de armiño y sus botas doradas y sus tres hijos, en que el menor era
siempre el bueno y más afortunado.
El sueño iba cerrando poco a poco los
párpados; frecuentes cabezadas interrumpían el relato; y al fin, rendido por la
fatiga del día, caía yo pesadamente dormido sobre las rodillas de Chimborrio..
.
Esos recuerdos con olor de helecho
Son el idilio de al edad primera,
Son la planta parásita del hombre
Que, aun seco el árbol, su verdor conservan.
Llegó el año infausto de 1885. Un soplo de
guerra agitó el país. La Nación divídióse en dos campamentos, y meses después
miles de cadáveres manchaban el suelo de la patria.
En todos los paises existe una diversión o
juego favorito de que son vivamente apasionados sus habitantes, y que lleva el
nombre genérico de sport. Las revoluciones de nuestro, país constituyen nuestro
sport nacional.
Es justo cada cinco o diez años sacudir el
tedio de que somos víctimas, y recorrer el país de una frontera a otra, de
triunfo en triunfo o de derrota en derrota.
Chimborrio fue invitado a tomar parte en el
juego debía embocar la corneta y dar la voz en los combates combates para
principiar -la matanza. Entre dos filas de soldados, junto con otros muchachos
de su edad, fue conducido al patio de un cuartel; allí aprendió por toques de
corneta. De director de orquesta hacía un barbudo sargento, quien marcaba el
compás en las espaldas de Chimborrio con su batuta de vara de rosa.
Una división debla salir de la capital para
ocupar el Tolima y Antioquia; el cometa formó parte de ella.
Allá va el regimiento por la ancha carretera.
Nuestro héroe, no más alto que la baqueta de un fusil, formaba en las primeras
filas. Su madre habla salido al camino a entregarle un atado de ropa y ponerle
el escapulario de la Virgen, que sin duda habría de librarlo del peligro.
¡Pobre Petrona! anegada en lágrimas
volvióse a su hogar acompañada de las vecinas:
una casita en medio de una huerta donde nacía una pequeña fuente a la sombra de
un cerezo. Hasta ese día Petrona a nadie había envidiado, se sentía feliz como
una reina; su casucha, sombría y desfondada, le parecía un soberbio palacio; el
viejo cerezo, un árbol espléndido, y la fuente, una dulce música que no cesaba
de cantar; pero desde ese día el sol se oscureció para la pobre mujer, su
casita le pareció desolada y la fuente murmuraba un perpetuo lamento.
En el combate de Honda, el corneta recibió su
bautismo de fuego; allí, sereno, sin ínmutarse, vio caer a sus pies,
atravesados por las balas, los valerosos jefes del enemigo, que acostumbrados a
vencer, no podían menos de morir en la derrota.
El ejército siguió luégo a ocupar el Estado de
Antioquia; diarias escaramuzas tenían lugar con las guerrillas acampadas en la
cordillera. En las noches que no estaba en servicio, el corneta se dirigía a la
tolda de los heridos y enfermos de su regimiento, procurando con su alegre
charla distraerlos.
-Vamos, Chimborrio, un cuento.
-Voy a contarles el de las tres toronjas:
Este era, que se era, un padre que tenla tres
hijos, quienes se disputaban la mano de la princesa Micomicona, llena de
encantos, no en su persona sino por las riquezas que tenía. Al fin, de mutuo
acuerdo se convino que aquel que en un torneo le acertara en la frente con una
toronja, la obtendría como esposa. Tiró el primero, y la toronja apenas le rozó
los cabel os. Tiró el segundo, quien tampoco le dio, y eso que se hizo más
lejos. Correspondióle el turno al tercero y.. .!!!
Una espantosa descarga de fusileria
interrumpió el relato; el enemigo había intentado un ataque nocturno para
sorprenderlos. El muchacho, de un salto, empuñó la corneta y dio la voz de
alarma. Los fogonazos de los disparos de fusil lucían en la oscuridad como si
fueran estrellas. Se dio una carga a la bayoneta, y el enemigo fue rechazado
dejando en el suelo una veintena de cadáveres.
Los enfermos, más pálidos aún por el terror,
aguardaban ansiosos la vuelta del corneta, quien, cesados los fuegos, apareció
en la tolda, y sentándose tranquilamente en el suelo, continuó:
-Lanzó el menor la tercer toronja y le pegó en
la frente a.. .
-Cállate hombre, para toronjas estamos. ¿El
enemigo? ¿Estamos en peligro?
-Nada hombres, no hay ya nadie por ahí, pero
si no quieren de mis cuentos, pasarla bien ¡he!
Ocupada la ciudad de Medellín, el ejército
emprendió la heroica expedición de Ayapel; tres mil hombres se abrieron camino
al través de doscientas leguas de bosques seculares hasta llegar a Cartagena.
Los inmensos sufrimientos del viaje
debilitaron el organismo de Chimborrio, y poco tiempo después de estar en
Cartagena cayó atacado de la fiebre, y fue conducido al hospital. Su cama
correspondió a la vigilancia de la Hermana Paulina, hermosa niña de veinte
años, perteneciente a una noble familia de Bretañá. El clima abrasador del
lugar la había hecho palidecer en extremo; era su palidez la de una virgen de
Fray Giovanni. Sus ojos, de un azul brillante, húmedo, profundo, tenían una
dulsura incomparable. En vano pretendía aprisionar su cabellera en la
redecilla: indiscretas guedejas doradas se escapaban debajo de su corneta de
lino blanco.
La hermana no abandonó la cabecera del pobre
moribundo, quien, delirante de la fiebre, se agarraba del escapulario que le
había puesto su madre, y oprimiéndolo contra el seno, dirigía su sencilla
plegaria a la Virgen, pidiéndole no lo dejara morir allí: yo sé, buena y santa
Madre del Cielo, que me dejarás. volver a ver a mi infeliz madrecita -aquí en
la tierra”.
Pocas horas después el muchacho había perdido
la razón; parecía un tronco quemándose lentamente al interior; había soltado el
escapulario y tenia sus brazos extendidos sobre las sábanas de su camita. En
ese estado permanecio varios días; al fin presentóse una reacción favorable. La
hermana, inclinada sobre el lecho, observaba la crisis de la enfermedad; un
copioso sudor humedecía el cuerpo del muchacho, quien volvía a la vida
sintiendo un bienestar infinito, delicioso.
De una ancha ventana entraba un torrente de
luz, que caía sobre la toca de lino de la hermana inundándola de claridad;
parecía que una aureola de luz codeara su cabeza; el enfermo, al abrir los ojos
por primera vez, después de una semana, vio en aquella atmósfera de luz la
apacible cara de imagen que le sonreía. Creyó que había muerto y que esta ha en
el cielo a los pies de la Virgen Santísima.
Bajó la vista deslumbrado, y juntando las
manos recitó el himno de alabanza que sabía cantan los *ángeles a María:
Bendita sea tu pureza
Y eternamente lo sea...
La hermana Paulina, acariciando con sus
delgadas manos la cabeza del enfermo, le dice:
-Duérmete ahora, después darás las gracias a
la Virgen, pues ella te ha curado. .
En las largas noches de convalecencia, el
corneta se dirigía a la ventana, teniéndose de las paredes, para no caer;
absorto contemplaba el magnífico panorama que se presentaba a su vista; sus
ojos se detenían allí mientras su pensamiento volaba a doscientas leguas al
lado de los seres ausentes que constituían su pequeño mundo. La luna iluminaba
espléndidamente la ciudad; el mar, al estrellarse contra las murallas, bordaba
con espumoso encaje sus .cimientos; las torrecillas góticas de San Juan de
Dios, como dos centinelas avanzados, se destacaban en el azul del cielo,
aquellas torrecillas le traían a la memoria el blanco campanario de Funza, y
con él acudían en tropel a su memoria multitud de recuerdos: su madre ¿habría
enfermado? ¡Y Tomasa, su novia! ¡qué buena moza y crecida la encontraría a su
vuelta! más quizá... el hijo del sacristán, que no había sido llevado a la
guerra, se había aprovechado sin duda de su ausencia para ganar su corazón. Las cosechas ¿Cómo se habrían producido
ese año? Mas no habiendo quién la recolectara, se
perderían entre la tierra; y e y sus compañeros de la comarca ¿ por qué no
estaban en sus labores en vez de estar allí diezmándose de fiebre? A su
regreso, si le pagaban sus raciones, tomaría un pequeño campo en arriendo y
allí trabajaría al lado de su madre para reunir en cuatro o cinco años el
dinero suficiente para casarse con Tomasa... ¡ Ah! y le daría una buena zurra
al hijo del sacristán para enseñarlo, entre otras cosas, cómo golpea un corneta
de la 1.4 División del Atlántico.
Alentado y contento debía abandonar el
hospital. Fue en busca de la hermana para darle el adiós y expresarle su
gratitud por el maternal cariño con que lo había cuidado. La hermana se
encontraba en la ropería, trepada -sobre una escalerita de tijera, arreglando
en los elevados estantes, montones altísimos de ropa blanca; aquella diosa del
aseo se encontraba feliz en esa habitación que exhalaba el familiar olor de la
ropa recién aplanchada, mezclado con un ligero aroma de alhucema.
-Adiós, niño, parte y vuelve bueno y feliz a
tu pueblo.
Chimborrio empleaba los ratos de licencia en
ir a la playa o recoger conchitas que llevaría como recuerdo del mar a su
madre. Descalzo, con los pantalones alzados, aprovechaba el momento de descenso
de las olas para recoger las que hubieran quedado en seco. En cada nueva
oleada, el Océano, sacando de su profundo seno una conchita, la arrojaba sobre
las arenas de la playa, ofrecida al corneta para su pobre madre, que allá en
lejanas tierras lloraba por su ausencia.
La revolución, vencida, se había refugiado al
Río Magdalena, y allí mismo perdía, día por día, el campo de acción; dos
ejércitos combinados del Gobierno avanzaban por la orilla del río e iban
estrechando sus dominios. La División del Atlántico se trasladó de Cartagena a
lo largo del dique, a Calamar; allí fortificaron el campamento, levantaron
barricadas para protegerlo de la artillería enemiga de los vapores, que, mal
dirigida, no hacía daño alguno: pasaban sus proyectiles a grande elevación del
campamento e iban a enterrarse en los fangales de la ciénaga. La fiebre hizo
desastres en las tropas, compuestas en su mayor parte de robustos mozos
sabaneros; aquello de noche parecía el campo de la muerte; tan sólo se oían las
voces de los centinelas, y, de cuando en cuando, un proyectil de enemigo que
pasaba como un pájaro nocturno por encima de las cabezas, con un enorme
aleteo...
Bogotá festejaba el regreso del ejército del
Atlántico; en las calles por donde debla desfilar se habían levantado arcos
triunfales en su honor. La multitud llenaba las aceras; los balcones ostentaban
alegres caras de niñas que esperaban la vuelta de sus padres o hermanos, para
arrojarles una corona a su paso.
Petrona, la madre de Chimborrio, había buscado
desde temprano un puesto en las gradas del atrio de la plaza; quería ver entrar
a su hijo por debajo de esos arcos de triunfo, en medio de los vitores de la
multitud. Cierto, que desde su partida no había tenido noticia de él; pero
sabía que su regimiento entraba ese día y ¡claro, su corneta debla venir a la
cabeza!
Principió el desfile del ejercito, las bandas
militares pasaron, las primeras, seguidas de la columna del Cauca, con sus
divisas de hermoso color verde vivo, como la yerba de su rico valle; aquellos
aguerridos soldados de piel oscura, estaban admirados de tal recibimiento:
habituados a entrar en las ciudades en medio del fuego de fusilería, recibiendo
metralla, y ahora ¡los cubrían materialmente de flores!
En seguida venían los antiguos batallones de
la Guardia desfilando con una elegancia firme y desenvuelta, de verdaderos
veteranos. Pasaba aún la antigua guardia, cuando se dejó sentir un
estremecimiento en la multitud: tirado por una pareja de caballos negros
avanzaba un coche cubierto de crespón y de coronas en recuerdo al jefe querido
sepultado en las playas del Magdalena; detrás venía un grupo de oficiales a
caballo y los últimos restos del escuadrón que, meses antes, había partido
lúcido y numeroso, llenando el aire de polvo y de relinchos, con las lanzas
derechas, las banderolas al viento.
Hacía dos horas que Petrona veía pasar
batallón tras batallón, y su muchacho no aparecía. Afanada, preguntaba a los
soldados que pasaban cerca: “¿Conoces a Chimborrio?” “el corneta Chimborrio ¿no
viene con ustedes?” pero, obteniendo en respuesta tan sólo burlas, se apoderó
por primera vez de ella la más terrible duda. Hasta entonces no le había pasado
-por la mente que su hijo podía no volver. ¡qué cosa más natural que hubiera
muerto! Formósele un nudo en la garganta, que la ahogaba, y con él envés de la
mano se enjugaba gruesas lágrimas. Pero si su muchacho no venia, pensaba, ¿por
qué ese aire de alegría en todos los semblantes?
Los tambores pasaban redoblando al frente de
sus respectivas columnas; pero ella sólo oía en su pecho batir acelerado el
corazón con un seco ¡tan! ¡tan! de redoblante.
Cerrando la marcha venia la división
Cundinamarca, compuesta de cuatro regimientos: al frente de uno de ellos venia
Chimborrio, rojo como una amapola de tanto soplar en su corneta. Había atrapado
al vuelo una corona que llevaba colgando en el brazo, y miraba afanoso a un
lado y otro para descubrir la cara de su madre. Al fin se encontraron sus
miradas, y un solo grito se escapó de sus bocas: el muchacho, apartándose de
las filas, corrió hacia ella, la apretó entre sus brazos y arrojó en sus manos
la corona y un pequeño bulto que contenía los recuerdos que le traía. La pobre
mujer, inmóvil, confundida de tanto placer, quedóse mirando como una idiota la
corona y el pequeño lío; las gentes la rodeaban llenas de curiosidad.
Petrona, cruzando la mantilla para cubrir los
tesoros que le había traído su hijo, echó a caminar por calles extraviadas,
huyendo del gentío, y al verse sola besó la corona y una a una las conchitas
del mar.
Concluída la guerra disolvióse el ejército, el
muchacho cambió la cachucha del soldado por el ancho sombrero del labriego, la
corneta por la hoz del segador.
Al medio dia, cuando el sol lanzaba sus rayos
verticales sobre el campo de trigo, cuyas espigas se inclinaban al peso de su
grano, las genles de labor corrían en tropel hacia la sombra de un cerezo a
descansar la siesta... Allí las robustas mozas se disputaban un puesto cerca de
Chimborrio, quien en lenguaje ingenuo refería sus viajes, describía las
montañas de Ayapel, el río, el mar, “¡oh! el mar es grande, muy grande, del
otro lado queda Europa, pero no se ve.” Referiales los incidentes de la
campaña, los sufrimientos de toda especie, los compañeros enterrados a orillas
del camino, los combates a que asistió, y terminaba con la baladronada-oída al
Coronel del escuadrón-dejando al sencillo auditorio con las bocas abiertas:
Nuestros caballos, que bebieron en las aguas del Funza, fueron a apagar su sed
en las embravecidas olas del Atlántico”.
¡INCENDIO!
Lorenzo Marroquín & José María Rivas Groot
El ejército va culebreando por los senderos
trillados, entre pajonales, raquíticos. El calor, la fatiga de una marcha
forzada, han apagado las voces, borrado las sonrisas; todos avanzan mudos,
tristes, sudorosos como un rebaño cansado.
Durante días y días el ejército ha atravesado
las llanuras del Tolima, interminables, vestidas solamente por pajonales
tiesos, enfermizos, tan raquíticos que ni siquiera dan sustento a las
cabalgaduras. Durante días y días han caminado bajo un cielo deslumbrante;
siempre la misma crudeza de la luz, siempre la misma desnudez del disco
implacable; siempre la misma aridez del suelo candente. Durante días y días han
deseado en vano libertarse de ese fuego que los está devorando, que da a las
venas palpitaciones de fiebre, que retuesta los labios, que mata el sueño, que
derrite la voluntad, que agota, que extenúa. La llanura, siempre la llanura,
con su uniformidad rasa y desesperante. Todos los colores que revelan salud,
vigor, alegría, se han borrado: las caras se ven escuálidas y sucias; el sol
las ha quemado, les ha bebido la sangre; son los rostros de un hospital en
marcha, tienen el color de las cenizas que van a trechos marcando el camino, la
amarillez de las arenas, la palidez de los pajonales que los circundan.
Un mes hace que Alejandro y Roberto, a la
cabeza de un ejército aniquilado por la fatiga, el hambre, la vigilia y la
fiebre, persiguen sin tregua ni descanso, en medio de la llanura devastada, las
fuerzas de Socarraz, que con agilidad extraordinaria se concentran, se
dispersan, atacan, desaparecen. Dos días hace que tuvieron rodeado al
guerrillero y cuando, después de penalidades inauditas, iban a cogerlo, por
vericuetos desconocidos se les escurrió, se les escapó de entre las manos. La
campaña volvió a empezar, y ahora, haciendo un esfuerzo supremo, van de nuevo
en su persecución antes de que pase el río. Hace dos noches que los soldados no
duermen; que están de marcha, interrumpida sólo por altos cortos para matar de
prisa alguna res, asar en una fogata la carne que devoran andando... Algunos
soldados, caídos los párpados, turbias las pupilas, anhelante la respiración,
medio asfixiados, vencidos por el sueño, caen, quedan boca arriba,
congestionado el rostro. Los oficiales tienen que sacudirlos, despertarlos,
ayudarlos a levantarse, recordándoles que el rezagado es hombre muerto.
Entonces recogen el rifle, se ponen en pie sin murmurar, sacuden el polvo del
morral y siguen la marcha tambaleantes, mudos, como sonámbulos.
Adelante va un grupo de muchachos más pequeños
que el rifle, encorvados bajo los tambores, las cornetas y algunos haces de
espadas; después la tropa a distancias irregulares. Los oficiales, que llevan
corroscas de grandes alas, espolean fatigosamente las mulas que de las orejas
gachas dejan caer gruesas gotas de sudor en la arena candente.
Sobre las cajas del parque se destacan trozos
de carne ennegrecida al sol, mochilas con víveres, trozos de leña, cuanto
requiere una tribu nómada al cruzar el desierto. Siguen algunas mulas sin
carga, que muestran en el lomo, en las costillas salientes, mataduras informes,
gibas monstruosas, desolladuras que destilan una sanguaza roja en torno de la
cual flotan, zumbando, nubes de mosquitos. Chicuelos que apenas pueden tenerse,
van en otras cabalgaduras, llevando el lento compás de la marcha con todo el cuerpo,
vestidos grotescamente con uniformes de cabos o sargentos. Las voluntarias
llevan a cuestas maletas, calabazos, y sobre el pecho sus hijos macilentos que
chupan en vano los senos enjutos. Todas tienen aire de gitanas, el pelo
enmarañado, las ojeras acentuadas por la vigilia y el hambre; algunas rendidas,
casi exánimes, se detienen, se enjugan el sudor con sábanas que llevan al
cuello, dan un resoplido sibilante, se acuestan con el brazo bajo la cabeza o
bien, extendiéndose, buscan inútilmente con la mejilla el fresco de la yerba.
Detrás, aislados, arrastrándose, en grupos
lamentables, con rostros cadavéricos, vienen los heridos, los enfermos; los que
tienen llagas en los pies andan apoyándose en bordones, o en la varilla del
rifle, caminan dolorosamente, asientan una parte del pie y encorvados,
cabeceando, agitan a cada paso el ala del sombrero que va ocultando y mostrando
fisonomías que revelan sufrimientos atroces, insoportables.
El doctor Miranda, a pie, mezclándose entre
las filas, anima a los desfallecidos, consuela a los enfermos, alienta a los
soldados. Aquí una frase de compasión, allí un golpe cariñoso en el hombro, más
allá una palabra festiva, y los soldados sonríen con nueva esperanza, se
yerguen, se sienten fortalecidos, dispuestos a mayores sufrimientos, prontos a
la muerte. Y al ver los efectos de su palabra, la influencia magnética de su
voz, el sacerdote se conmueve, les agradece esa fe mezclada de cariño; la
brillantez de sus pupilas se vela por las lágrimas y sus labios sonríen con una
expresión de amargura y de tristeza. A veces un soldado lo llama aparte y hace
su confidencia: confesiones fervientes, sinceras, antiguas penas,
presentimientos aciagos, explosiones de dolor que hallan eco simpático en las
profundidades de ese corazón encendido en el amor divino. Y el sacerdote los va
escuchando así, uno a uno, durante las marchas, y hace más fuertes esas almas a
medida que es mayor la fatiga, más firme la esperanza, a medida que el
desaliento los envuelve, que la congoja los tortura.
‑¡Pobres muchachos! Mira, Alejandro, exclamó
Roberto, ya no pueden; si acampáramos aquí...
‑¡Imposible! Perderíamos estos esfuerzos
extraordinarios. Es indispensable llegar al Magdalena antes de que lo pase
Socarraz... Ahora si no se nos escapa uno solo; no pueden estar lejos.
‑¡Adelante, pues!
Dilataron la vista. En la atmósfera aletargada
flotaban cenizas de remotos incendios; una gasa azulina les velaba los confines
del horizonte.
‑Allí está Palmares, dijo Alejandro;
creo descubrir el vivac de Socarraz. ¡Apuremos!
‑Por esta otra parte, a la derecha, diviso una
columna de humo espeso, allá a lo lejos... y un resplandor como de crines
rojizas, insinuó el coronel Avila.
‑Otra población que arde.
‑Socarraz tiene por aliados el fuego y la
peste.
Algunas sombras negras empezaron a marcarse en
la llanura; venían hacia el ejército; crecieron los grupos; era un pueblo que
emigraba sin saber a dónde; caras en que se pinta el terror, brazos que se
tienden pidiendo auxilio; infelices que vienen trayendo de cabestro una vaca,
un cerdo; un anciano sin sombrero, con un niño; una vieja alta, de trenzas
grises, aspecto de bruja, aprieta bajo el brazo cruzado de venas salientes y
negras algunos harapos. Se acercan, se detienen con miedo, miran hacia atrás,
ven las grandes claridades rojizas y vuelven a caminar sin rumbo, desesperados,
haciendo grandes gestos de desolación.
El doctor Miranda sale de la filas, se acerca,
les habla como padre, les da consuelo, les ofrece protección y entonces los
desdichados cuentan su desgracia, muestran la columna de humo, rodean al
sacerdote, se arrodillan, le besan la mano, prorrumpen en sollozos.
El pueblo fugitivo se incorporó en el ejército
que seguía avanzando lentamente. Roberto y Alejandro, que venían atrás para no
abandonar a los enfermos, distinguieron con sobresalto un vivac recién
abandonado: redondeles de tizones, donde se han despedazado reses; montones de
intestinos cubiertos de moscas, hirviendo al sol entre manchones de sangre
negra y rodeados de una banda de cuervos repletos y tranquilos, familiarizados
con el ejército.
Más adelante les llegó el olor repugnante de
tamo y cueros quemados. Entre nubarrones oscuros ardía una casucha desfondada
ya, quese iba desmoronando. En la puerta, con la cara hundida entre cenizas,
yacía un chiquillo, los pies carbonizados y la piel de la espalda rajada e
hinchada con vejigones horripilantes. Una bandada de cuervos retrocedió a
saltos mudos mirando atrás. Entre la paja estaban tendidos los cadáveres de un
viejo y un muchacho. El viejo con su barba bíblica manchada de sangre por una
cuchillada que le cruzaba la frente y el carrillo; el muchacho, entre un charco
de sangre, muestra una espalda nervuda con las huellas de los cintarazos,
cruzada por listas negras, y en el cuello un tajo formidable que ha dejado la
cabeza apenas pendiente de un tendón.
‑Aquí está la firma del Escorpión, dijo
Chispas aproximándose a los jefes. No debe estar lejos, la sangre está
fresca todavía.
Sonaron a vanguardia algunos tiros; se hizo un
remolino, se presentó Casanova que venía a escape.
‑Mi general, están en Palmares; aquí no
más; se han echado al río; los cogemos.
Toques de corneta; voces de mando; gritos de
rabia.
Sonó el clarín de los Lanceros. Chispas
a escape se encamina hacia un ramillete de palmas que surge en el horizonte,
junto al río.
El 1º de Bogotá, con el rifle en
balanza, partió a pasitrote, animado por Casanova. Los batallones se formaron,
apretaron el paso. En el silencio de la llanura sonó el redoble metálico de las
cápsulas sacudidas entre las cartucheras.
Una brisa anuncia la vegetación fresca de la
vega del Magdalena, y trae el eco de algunos tiros.
‑¡Vamos, muchachos! exclamó Alejandro: un
último esfuerzo y se acaba la campaña. Se van para sus casas.
Llegan, encuentran el campamento de Socarraz
vacío; los guerrilleros han vuelto a escaparse, han logrado pasar el Magdalena.
Disparan sobre las últimas canoas que van atravesando el río.
Entre el humo de los disparos, Chispas,
rojo de ira y de despecho, talonea el caballo, lo golpea con la lanza para
obligarlo a arrojarse a la corriente en persecución de la guerrilla que ha
vuelto a escaparse.
‑¡Se fue el maldito Escorpión!... Aquí
estaban... pasaron el río... tenían canoas listas.
Algunos tiros en la orilla opuesta, entre el
bosque, indican que el enemigo está en salvo. Luego escuchan el toque de las
cornetas de Socarraz que les dicen:
‑¡Qué feo!
Toda persecución es imposible y peligrosa;
Alejandro resuelve acampar. Al toque de corneta, los soldados se alinean; luego
rompen filas, se precipitan sobre el agua, se inclinan sobre las ondas, beben
ruidosamente, prorrumpen en gritos de alegría; las mujeres corren a la orilla,
sumergen los calabazos, que hundiéndose con el glu‑glu, acompañan las
carcajadas.
Las aguas se dilatan majestuosas y
espléndidas; el ocaso derrama sobre ellas largos regueros de escarlata, la
brisa las pliega en escamas de púrpura. El sol enorme parecía rodar en un
piélago de sangre. El oriente empieza a entenebrecerse. Los detalles se funden
entre el velo del crepúsculo; los pajonales ondulan perezosamente con una brisa
que parece bocanada de horno. Roberto, tendido en una hamaca, miraba con
tristeza morir el día envuelto en la inmensa mortaja de las brumas
ensangrentadas por el ocaso y el incendio; y a medida que avanzaba la noche,
crecía, se determinaba el resplandor de la aldea incendiada: hasta el cenit
grandes nubarrones desenroscaban sus espirales rojas, en que se revolvían
torbellinos de chispas.
No lejos del río, entre el bosquecillo de
palmas, se alzaban dos casuchas espaciosas que Socarraz había fortificado
tapándoles todas las ventanas. En esas habitaciones había dejado Socarraz sus
heridos y sus enfermos, y se fueron albergando luego los ejércitos del Gobierno
y los que en el tiroteo de esa tarde habían quedado en el campo.
Apenas era posible circular en esa morada del
dolor.
De ese montón de cuerpos destrozados,
extenuados, enflaquecidos, se alzaba un rumor de agonía, una queja fantástica:
respiraciones anhelantes, quejidos sordos, gritos roncos.
En una atmósfera de horno, asfixiante, espesa,
flotaban las emanaciones de mil pestilencias: úlceras, supuraciones, gangrena,
el aliento de entrañas descompuestas por la fiebre, cuerpos sudorosos, el olor
penetrante del yodoformo...
Las hermanas de la caridad, a la luz dudosa de
algunas velas de sebo, prodigaban a aquellos infelices sus cuidados, sin un
gesto de asco ni de disgusto, sosegadas y dichosas como si atravesaran un salón
regio poblado de voces alegres, de perfumes y de músicas.
Roberto y Alejandro habían llegado a la puerta
del hospital, pero retrocedieron rechazados por la bocanada ardiente y fétida
que brotaba de adentro.
Sobrecogido de veneración y de respeto se
detuvo Alejandro en el umbral de la puerta; la hermana San Ligorio había pasado
delante de él, le había dirigido una mirada. De su rostro demacrado se habían
borrado las huellas de la tristeza y la nostalgia, parecía entrever el fin del
destierro; en sus ojos centelleaba la luz de otro mundo, un resplandor de dicha
sobrehumana. Entre esas sombras de muerte, entre esos quejidos de agonía, era
como un ángel misericordioso enviado a prodigar consuelos supremos para supremos
dolores.
Fascinado por aquella mirada, contagiado de
locura heroica, inflamado por una llamarada de caridad, penetró resueltamente
en el hospital, y venciendo todas las repugnancias, se acercaba solícito y
cariñoso a aquellos cuerpos en que latía la vida, pero hirvientes ya en la
podredumbre de la muerte; y como el más humilde, como el más abnegado de los
enfermeros, inundado de gozo nunca antes por él probado, restañaba la sangre,
repartía medicinas y consuelos, curaba las heridas y lavaba las llagas.
De un rincón oscuro salían alaridos
penetrantes, mezclados de insultos y blasfemias. Se acercó Alejandro. Era un
guerrillero herido esa tarde en el tiroteo, que no había podido pasar el río.
Al reconocer a Alejandro prorrumpió en maldiciones y denuestos. La hermana San
Ligorio llegó, se arrodilló a su lado; resonó entre el vocerío estridente su
voz, aquella música triste que enternecía como el llanto, que penetraba hasta
el fondo del alma, que hacía vibrar en ella las fibras más delicadas y más
hondas. Los ojos azules de la hermana se fijaron llenos de compasión en los
ojos furibundos del guerrillero, que fue sintiendo la fascinación; hasta que
cesaron las imprecaciones y se fueron cambiando en palabras quejumbrosas, en
ayes lastimeros, en lamentos resignados, en sollozos tristísimos. Entonces
Alejandro logró sacar algunos datos.
Socarraz con toda su gente había pasado el
río; no había podido moverse últimamente con la rapidez de antes, porque
embarazaban su marcha cien mulas cargadas de cueros y café, los heridos y los
enfermos que al fin había abandonado en las casas de Palmares; y un
extranjero que iba también enfermo y del cual el guerrillero no se separaba por
ningún motivo.
‑¡Un extranjero! exclamó Roberto sobresaltado acercándose
al herido. ¿Y desde cuándo lo tiene preso?
‑La noche que fuimos a pescar al viejo
Ronderos en La Unión.
-¡Ah Bellegarde! exclamó Roberto consternado.
‑Así lo nombran... El jefe no ha querido
soltarlo, a pesar de que el extranjero le ha ofrecido un buen rescate. Yo creo
que entre los dos ha habido algo y que el asalto a La Unión lo dimos más por el
míster que por el viejo Ronderos.
‑¡A libertar a Bellegarde! gritó Roberto. ¡Qué
suerte se le espera!
‑Esta noche no, dijo Alejandro deteniéndolo...
¿Cómo quieres que pasemos el río?... Pero mañana traeremos a este lado las
barquetas que dejó Socarraz, y seguiremos en su persecución sin tregua ni
descanso hasta que libertemos al conde... mi desgraciado, mi querido amigo.
‑Traigo aquí esta comunicación, dijo Casanova,
saludando con la espada a Alejandro, que me entregó un posta del general
Ronderos y que acabo de detener en la avanzada.
El general Ronderos, desde su campamento en
una de las poblaciones de la cordillera, les daba noticias y les comunicaba sus
órdenes.
El, con una parte del ejército, había
perseguido las guerrillas de Expósito Montes, Nerón Jaspe, Nicholls,
obligándolos a separarse de Socarraz y empujándolos hacia la cordillera, en
donde las fuerzas enemigas se habían disuelto, dejando en poder del ejército
del Gobierno la mayor parte de sus elementos de guerra. Los jefes Montes,
Jaspe, Largacha y Nicholls se habían salvado, fugándose por entre los montes
hasta el bajo Magdalena, en donde se habían embarcado para Barranquilla,
ocupada por fuerzas de Landáburo y Polanco.
En poder de la revolución las aduanas de
Riohacha, Santamarta y Sabanilla, que con sus inmensos productos sostenían la
revolución y enriquecían a sus jefes.
Landáburo en viaje para el exterior,
probablemente para vender los productos exportados por su cuenta y para comprar
buques y armamento. Polanco en Barranquilla, preparándose para sitiar a
Cartagena, según se decía.
Ronderos ordenaba terminantemente a Alejandro
que con el ejército de su mando se trasladara inmediatamente al cuartel general
en vía para Antioquia, donde se resolvería lo conveniente. Lo urgente, lo
indispensable era acudir cuanto antes a la defensa de Cartagena, a libertar la
costa, a arrancar el río de manos de los rebeldes, restableciendo las
comunicaciones del Gobierno con el litoral Atlántico y con el exterior.
Al concluir la lectura de la comunicación,
exclamó Roberto:
‑Lo importante, lo indispensablr para mí es ir
a salvar al conde: con una división que me des, con el batallón de Casanova y
los Lanceros de Chispas, me comprometo a entregar a Socarraz
antes de quince días.
‑No puedo, dijo Alejandro con voz sorda, que
denunciaba su contrariedad y su amargura. ¡No puedo! Las órdenes son
terminantes; la desobediencia sería una traición... ¡Vamos, mi pobre!... Vamos
a ordenar la marcha a Antioquia para mañana... ¡Qué fatalidad!
Roberto atravesó el campamento y para reposar
algunas horas colgó su hamaca entre dos árboles, a la orilla del río. Se tendió
en ella refrescado por una brisa bienhechora, arrullado por el río que golpeaba
contra el barranco; pero no podía dormir, la imagen de su amigo prisionero de
Socarraz, maltratado, vejado a la continua, muerto de hambre y de sed, enfermo
sin duda, arrastrado por el guerrillero feroz por la pampa inclemente, por los
despeñaderos, por donde tenía que deslizarse en su eterna fuga, llenaba a
Roberto de desesperación, de angustia, y revolvía en su imaginación
calenturienta planes y proyectos para conseguir la libertad de su amigo. Por
fin, rendido por el cansancio y la vigilia, se fue dejando vencer del sueño y
poco a poco pasaban en su letargo las imágenes de Dolores e Inés, la fisonomía
de su madre, pálida y enflaquecida, con los ojos llenos de lágrimas, hasta que
al fin lo rindió un sueño profundo.
De pronto despertó sobresaltado, creyó haber
oído un disparo, se incorporó, escuchó... Nada; había soñado. La brisa
revolcaba las cenizas de algunas hogueras medio extinguidas y le traía el grito
remoto de los centinelas que se pasaban el número, el retintín de las patrullas
que atravesaban a sordas el campamento, el trote de la comitiva del jefe de
día.
Otro tiro... Sí; era verdad, no había duda.
¡Un asalto!
Voló Roberto a la tienda de Alejandro, que en
ese instante tomaba el revólver y se ceñía de prisa la espada.
Chispas, jefe de día, se presenta a
caballo:
‑Mi general: un asalto, han arrollado la
avanzada.
El rumor crecía momento por momento, como un
torrente, como un trueno, que se hacía más y más distinto, más estrepitoso.
Perucho, el corneta de órdenes de Alejandro, da un toque. Los soldados
aturdidos se ponen en pie, corren a los pabellones de los rifles, pero antes de
que se hubieran alineado, apareció a cien pasos una masa negra, un torbellino
de caballos que se precipitó en el centro del campamento, rompió los grupos a
derecha, a izquierda, acuchilló algunos soldados que en el pánico se arrojaron
al río en tanto que otros, rehaciéndose, calaron bayoneta, dispararon en
desorden.
Socarraz, al frente de su numerosa caballería
adelanta a escape por entre la infantería que, sobrecogida, paralizada por la
sorpresa, no ha logrado organizarse, y los audaces guerrilleros avanzan
rápidamente y van dejando caer en diferentes puntos manojos de pajas
encendidas.
Alejandro y Roberto llaman al corneta: Perucho
ha desaparecido; desesperados, recorren el campamento, restablecen el orden,
alientan a los soldados, organizan los batallones, reúnen la caballería para
lanzarla en persecución de los fugitivos.
Los escuadrones de Chispas siguen tras
la caballería de Socarraz.
‑¡Qué vergüenza! gritaba Chispas,
mientras hundía las espuelas en los ijares de su caballo, nos sorprendió Escorpión.
Allá va, lo alcanzamos; lo lanceamos por la espalda.
Empezaba a amanecer; con el alba se levantó un
viento fuerte que despertó llamas fugitivas entre los pajonales. En varios
puntos del campamento, marcando el paso de la caballería de Socarraz, se
alzaban siniestros remolinos de humo... Las chispas saltaban entre los
pajonales y de pronto, aquí y allá, corrían lenguas rojas con resplandor
súbito.
De pronto, en la cima de un montículo,
apareció la silueta de un jinete; la cara, el cuerpo, el caballo, la lanza,
destacándose sobre un fondo luminoso, se veían completamente negros.
‑¡Es él! exclamó con ira Chispas.
-¡Escorpión! ¡Escorpión!
gritaron los Lanceros y arremetieron cuesta arriba.
Tras del guerrillero fueron apareciendo en la
colina varios jinetes, luego todo el escuadrón como una inmensa fila de
fantasmas negros sobre el fondo rosado del cielo.
La caballería, en un empuje frenético, partió
a escape y empezó a subir la pendiente; los caballos ascendían briosos, dando
resoplidos y con los cascos arrancaban y lanzaban al aire cascajos.
Los lanceros de Socarraz los esperan en la
altura. Después, cuando los escuadrones que suben están ya a cien pasos, la
fila de fantasmas negros se remueve, agita las banderolas sobre el cielo
luminoso, baja las lanzas, y entre gritos salvajes se precipita al encuentro
del enemigo. En mitad de la pendiente un choque colosal. Ruido de aceros,
gritos, caballos que huyen sin jinetes, cuerpos que caen; golpes chics chacs
de sables; relámpagos rojos de lanzas que se hunden, se alzan, remolinean,
tornan a hundirse, vuelven a brillar con reflejos de púrpura en las astas, en
las banderolas; y todo se envuelve en un estruendo de alaridos, en un golpeteo
incesante, entre rugidos de rabia y de ayes dolorosos, en medio de un turbión
de polvo y de sangre.
Una gasa de humo envuelve a los combatientes:
el incendio que había llevado Socarraz al campamento, extendiéndose con rapidez
pavorosa en la llanura, llevado por el ventarrón, sube por la cuesta, los
rodea, los estrecha: crecen y crecen las llamas, pero no cesa la matanza. El
humo se hace más y más espeso, el fuego los asfixia, la ceniza los ciega y
luchan a tientas, tiznadas las caras, inflamados los jirones del vestido; al
resplandor del incendio siguen relumbrando los machetes y fulgurando las
lanzas; brotan borbotones de sangre, ruedan los jinetes de las sillas; los
caballos enloquecidos, quemados en los cascos, en el vientre, se encabritan,
saltan entre los tizones, se revuelven entre un torbellino de humo y de llamas,
entre trombas de chispas y al fin huyen, se dispersan, sin que los jinetes
puedan contenerlos.
En el campamento el fuego se había extendido
con rapidez vertiginosa. Corría, aplanándose por los pajonales resecos, un humo
blanquecino, denso, luego el estrépito sordo de millares de crepitaciones y por
fin las llamas que, como inspiradas de rabia destructora, voraces,
avasalladoras, dominantes, giraban en horribles torbellinos, avanzaban, volvían
atrás en saltos caprichosos, reaparecían adelante para reducir toda la
extensión a su imperio.
Sorprendidos en sus guaridas por la inundación
de fuego, enjambres de insectos extraños, de alimañas, de reptiles inmundos, se
cruzan en todas direcciones apresurados, locos; se deslizan orillando las
brasas, escapan, o encontrando cerrada la salida van, vuelven, giran, forman
remolinos infernales, se paralizan, caen entre la inmensa hoguera.
Toda la tropa ha cedido el campo a ese enemigo
invencible que con tenacidad implacable la persigue. De golpe un vocerío, una
algazara de angustia.
‑¡El hospital!
Algunas mujeres con el cabello suelto,
cubiertas de andrajos chamuscados, apretando a sus hijos contra el pecho, con
voces desgarradoras piden auxilio para aquellos desdichados que van a perecer
abandonados a las llamas.
El doctor Miranda se lanza al salvamento,
encabezando un pelotón de soldados, que dando saltos prodigiosos, esquivando el
peligro, llegan a las casas. Mil lenguas de fuego lamían el alero, en un
instante corrieron, se derramaron por la cubierta y en toda la techumbre
prendió la llamarada.
Algunos enfermos han aparecido, caen en la
puerta, obstruyendo la única entrada, tienden los brazos ennegrecidos, lanzan
de las gargantas abrasadas estertores roncos. Tras del telón rojizo sólo se
vislumbra la muchedumbre de enfermos, revolviéndose entre las llamas,
engrosando el montón que asoma en la puerta, las cabezas sin pelo, las caras
negras como tizones.
El doctor Miranda, resuelto a sacrificarse, se
lanzó; pero un huracán de llamas rugientes lo detuvo. En el interior resonaba
un clamoreo de desesperación que se confundía con los bramidos del incendio.
Las llamas, envolviendo el edificio, se alzan
verticales, más y más pujantes, ascienden, se estiran, se parten, suben saetas
de fuego hasta los plumones de las palmeras. Se oye el traquido de los abanicos
al retostarse, se marchitan, desfallecen, de súbito todos los penachos se
incendian y las palmeras y los edificios, los follajes tupidos, la paja y el
maderamen de la techumbre, de los muros, arden en una sola llamarada, en un
solo trueno de crepitaciones.
Cruje el techo, se hunde, calla el clamoreo de
voces desesperadas, los maderos escuetos se desploman y del cráter pavoroso
revientan remolinos de chispas...
El doctor Miranda quiere intentar todavía lo
imposible, pero lo arrancan de allí; antes de separarse se detiene, alza los
ojos arrasados de lágrimas al cielo, levanta las manos, las deja caer
lentamente en un gesto amplio de indulgencia y de perdón, y exclama en voz
entrecortada por los sollozos:
‑Hijos de Jesucristo, redimidos con su sangre
santísima, que agonizáis devorados por las llamas entre martirios atroces, yo
os absuelvo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
CAIMANES
Y CUERVOS
Lorenzo Marroquín & José María Rivas Groot
Alejandro y el general Borrero se ocupaban en
emplazar unos cañones. Desde la víspera estaban en Puerto Borja, abandonado por
Landáburo a la aproximación de Alejandro. El general Ronderos había seguido con
el grueso del ejército ‑ocho mil hombres‑ por las llanuras de Ayapel, y había
comisionado a Roberto para que, por la vía de Panamá, si acaso estaba libre, se
adelantara a dar aviso de que un numeroso ejército llegaba a socorrer a
Cartagena. Alejandro había recibido el encargo de internarse por las selvas,
llegar al río, fortificar a Puerto Borja y estorbar el paso de los vapores que
Landáburo había armado en guerra.
‑Vea usted general, dijo Alejandro, cómo la
naturaleza día por día va reconquistando sus dominios. Hace pocos meses había
aquí un hormiguero humano; cinco mil colonos se agitaban en todas direcciones;
las dragas trabajaban a toda hora; las locomotoras pitaban alegremente entre el
bosque, y los buques que entraban y salían, animaban el puerto. Era la
conquista del hombre sobre la selva, sobre el río, sobre la barbarie. Ahora,
por el contrario, la selva toma venganza, circunda este caserío abandonado; lo
va estrechando con sus bejucos; invade las bodegas, los depósitos, los
almacenes. Los caimanes duermen en las playas sin que los ahuyente el incesante
vaivén de los vapores. Desterrados por nosotros han vuelto a gozar en estos
parajes de la tranquilidad de aquellas épocas en que el hombre y el pensamiento
estaban ausentes de la tierra. Como la selva, han reconquistado sus dominios.
Mire, general, aquel grupo que está allí en la otra orilla, perezosos, bien
comidos con los cadáveres que bajan de tantos combates.
‑Permítame usted les hacemos un tiro...
Ensayemos la puntería de este Hotchkiss...
Disparó; retumbó la selva; en el playón de
enfrente estalló la bomba, se alzó una palma de agua; algunos caimanes se
lanzaron con rapidez al agua levantando las colas; otros, heridos, se
revolcaron en la arena; otros quedaron inmóviles.
‑General, ¿quiere que hagamos un
reconocimiento?
‑Vamos, dijo Alejandro.
Atravesaron la ancha plazuela, dejando a un
lado y otro los pocos edificios que no habían sido destruidos por Landáburo, y
se encaminaron al montículo que hacía frente al río.
‑De aquella altura, observó Borrero, siempre
preocupado con operaciones militares, hubiera podido detenernos Landáburo con
los cañones que tenía; pero afortunadamente huyó apenas tuvo noticia de la
aproximación del ejército.
‑Es su costumbre, dijo Alejandro secamente.
‑Embarcó, eso sí, en los buques de que
disponía, cuanto encontró en los inmensos depósitos de la empresa.
‑También es su costumbre. Todo un programa
humanitario y progresista: no pelear, no derramar sangre de hermanos, y cargar
con frutos de exportación su morral de soldado.
A medida que recorrían el terreno iban
encontrando rieles desprendidos, máquinas hechas trizas, ruedas, émbolos,
calderas, locomotoras volcadas, el copioso material de la empresa inutilizado,
destruido.
‑Todo este destrozo inútil, bárbaro, consumado
por los apóstoles del progreso, es lo que más me duele, dijo Alejandro con voz
sorda.
‑Millones perdidos, observó Borrero.
‑No, no es eso. Es que se me figura que esas
locomotoras, esas dragas, esas máquinas, con quienes viví en íntimo contacto
por meses y meses, entonces tan animadas, hoy inmóviles y silenciosas, son
amigos, compañeros, heridos o muertos. Su actividad, su voz, su movimiento,
eran algo de mí mismo, transfundido en el hierro. Eran mi voluntad y mi energía
derramadas a torrentes en este campo, que iba dejando su aspecto salvaje,
domesticándose, transformándose en una ciudad rica y dichosa. Se me imagina que
algo de mí ha muerto.
En tanto que Alejandro, semanas antes, se
había ido encaminando al Magdalena y que Roberto atravesaba el Cauca, el
general Ronderos, en vía hacia la costa atlántica, había transmontado la
cordillera y descendido a las llanuras de Bolívar. La estación de las lluvias
había llegado, y un invierno crudo, tenaz, abrumaba al ejército. A veces se
veía obligado a andar por fangales profundos; otras, con el agua a la cintura,
por lagunas que ocupaban inmensos territorios. El cieno removido de caños y
lagunas despedía miasmas pestilentes, envenenados.
Aguaceros torrenciales e incesantes como
diluvios los acompañaban por días y semanas enteras. Y el ejército adelantaba
entre un horizonte cerrado, resbalando en los lodazales, chapoteando en el
agua, bajo un cielo gris, siempre enlutado. A veces abre la mañana; el sol cae
como flechas encendidas sobre las espaldas; los soldados se asfixian envueltos
en vapores ardientes. Pero luego se entenebrecen los cielos, la atmósfera se
hace más y más gruesa, retumba el trueno, y, entre los resplandores del rayo,
la tempestad se desgaja.
Las mulas cargadas con el parque y la
artillería se entierran hasta el espinazo, y perecen ahogadas en los fangales.
Los soldados se ven obligados a descargarlas mil veces y a transportar a
cuestas los pesados bultos; trabajo que, repetido sin cesar, produce fatigas
indecibles en aquellos hombres ya extenuados. En aquella marcha las brigadas
han perecido, el ejército ha perdido la caballería y Chispas es ahora
ayudante del general en jefe.
Durante las jornadas interminables, como en
las noches de insomnio, los sigue, los acosa, los envuelve una nube de
mosquitos, microscópicos, imperceptibles, pero más peligrosos que el tigre o el
león que rondan en las malezas, porque llevan de los pantanos el germen de la
fiebre que está diezmando el ejército.
-Que venga el coronel Milán Gil.
Ronderos iba detrás de todos, abatido,
meditabundo. Llevaba en el alma todas las fatigas y penalidades de sus
soldados. Festivo o impenetrable delante de sus subalternos, ocultaba en el
fondo del corazón sus amarguras para verterlas en los coloquios íntimos que
sólo con su Dios, a quien entregaba la suerte de ese ejército y a quien pedía
una ocasión para morir la muerte digna de un soldado. Quería desaparecer,
anonadarse. La barba blanca y crecida, el pelo largo, flotaban sobre el cuello
como un estigma de vejez. Su pensamiento, dominado siempre por lo imprevisto,
atento al peligro, se agitaba en medio de la soledad y de las tempestades,
entre el ayer siniestro y el mañana desastroso. Encontraba una solución feliz
en la muerte, depositando en ella el peso de la responsabilidad y de las
incertidumbres.
Cuando llegó Chispas, volvió Ronderos
hacia él los ojos, fatigados por la vigilia, y que brillaban bajo la frente
cadavérica en el fondo de la cuencas hundidas.
‑Coronel Chispas ¿sabe usted cuántas
bajas hemos tenido en las últimas semanas. Y en voz queda, acercándosele: dos
mil, sí, dos mil bajas. Necesito reponerlas con el batallón Granaderos
que tiene Alejandro en Puerto Borja. No son sino mil hombres; pero valen por
diez mil. Dentro de un mes calculo estar ante las murallas de Cartagena para
libertar la plaza. Usted me alcanzará. Es una misión delicada, de importancia
decisiva para el éxito de la campaña. Usted no ignora que el camino está
cubierto de guerrillas que hacen esfuerzos por interceptar mis comunicaciones
con el Gobierno. Lo he escogido a usted, porque, además de ser valiente, está
hecho a la vida ruda del soldado y por creerlo capaz de afrontar toda clase de
obstáculos y penalidades; en la palabra de usted creerá Alejandro sin
comunicación escrita. ¿Me ha entendido usted bien?
‑Sí, mi general, perfectamente. ¿Cuándo debo
partir?
‑Ahora mismo.
Milán revolvió su cabalgadura y empezó a
alejarse. Ronderos vio con pena profundísima separarse a aquel amigo tan leal,
tan cariñoso, a quien acaso enviaba a la muerte, con quien quizás no volvería a
verse...
‑¡Milán! ¡Milán!...
Y al hallarse juntos:
‑Cuando vuelvas, si vuelves, lo que quieras...
Y ahora, un abrazo...
Nuevamente atravesó Chispas la sabana,
caminando de norte a sur, por donde mismo acababa de pasar con el ejército, y
luego se internó en la cordillera, hasta ponerse a la altura del puerto que
buscaba sobre el río Magdalena. Torció al oriente, por la única vía transitable
de que podía servirse; pero a poco andar, divisó el campamento de una guerrilla
numerosa que precisamente estaba allí para interceptar las comunicaciones entre
Ronderos y Alejandro. Abandonó la cabalgadura y a pie siguió por la montaña, donde
de trecho en trecho tropezaba con chozas de gente hospitalaria que le ayudaba a
orientarse.
Anduvo con gran rapidez durante la mañana. La
suavidad del clima, la fresca brisa de la montaña y la sombra de los árboles le
permitían bajar sin fatigarse, y poco después de mediodía había llegado al
valle ardiente por donde corre el Magdalena.
Allí calculó que el río estaba a pocas leguas
de distancia, y que por tanto alcanzaría a atravesar, antes de la noche, la
llanura cubierta de bosque que lo separaba del campamento de Alejandro.
Era una llanura bravía, no hollada por planta
humana, enriquecida por aluviones seculares, vivificada por un sol de fuego y
cubierta de árboles gigantescos que en una tibia humedad de invernadero habían
crecido en la soledad y el silencio.
Al penetrar bajo los follajes sintió Chispas
una impresión de frescura que contrastaba con el calor insoportable de fuera.
Pronto vio su horizonte limitado por hileras de troncos; el suelo cubierto por
una espesa alfombra de hojas secas; acá y allá charcas y plantas acuáticas, y
percibió un olor repugnante y suave, olor de podredumbre vegetal; el miasma de
la fiebre.
A esa hora la naturaleza, como agobiada por el
calor, parecía adormecida, muerta. Era un silencio solemne e inquietante de
catedral derruida.
Por un instante lo llenó de congoja esa
soledad, ese silencio; le parecía que pesaban sobre él con peso agobiador,
formidable; pero sacudió con entereza los pensamientos siniestros, siguió
adelante lleno de energía, confiado y resuelto.
Chispas avanzaba con dificultad porque
los pies se le hundían en la hojarasca, o tenía que saltar de mogote en mogote
para evitar el fango, o se encontraba detenido por barrancos, por zanjones, por
troncos caídos, por corrientes de agua o por enredaderas y bejucos que tenía
que cortar con el machete. Una nube de zancudos, zumbando en torno suyo, lo
seguía, lo hostigaba, lo hería con el aguijón envenenado, lo llenaba de
ronchas, le hinchaba la cara y las manos.
Y sin embargo iba alegre, lleno de vigor y de
esperanzas. Lo estimulaba el deseo de abrazar, en el campamento de Alejandro, a
sus amigos, y ya se sentía de regreso, al frente del Granaderos,
estrechando la mano del general, que con frases de agradecimiento lo felicitaba
por el servicio prestado al ejército. Recuerda la promesa del general: «Si
vuelves, lo que quieras». Después de tantos sacrificios, pedirá su baja;
volverá a su casita de la Laguna. Ve a Damiana, con un niño en los
brazos, salir a recibirlo entre sonrisas y sollozos.
Al caer de la tarde, cuando el sol comenzó a
declinar, la naturaleza, despertando de su letargo, hacía ostentación de vida.
Del suelo, de los pantanos, de la maleza, de las cortinas de verdura, de los
altísimos follajes, iban surgiendo, poco a poco, gritos, rugidos, cantos,
gorjeos, susurros, el hervor, la palpitación de una naturaleza primitiva y
potente.
Llegó a un bosque de palmas; los tallos
rugosos se lanzaban como agujas al cielo y desplegaban sus abanicos en un
abismo de luz; las hojas secas caían a lo largo de los troncos con abandono,
mientras el viento al acariciar los penachos producía en ellos estremecimientos
de cosas vivas.
Adelantó con afán, porque veía que el sol, que
se filtraba fácilmente por entre los encajes de las palmeras, tomaba tonos
anaranjados y cubría los troncos, de la copa a la raíz, con un barniz de oro.
La sombra de su persona se hacía más y más larga.
¿Tendría que terminar la jornada de noche por
aquella selva misteriosa, expuesto a todos los peligros de lo desconocido,
acaso a los ataques de las fieras, a las mordeduras de las serpientes?
Llenándolo de espanto llegaron a su oído,
repetidos por miles de gargantas, gritos casi articulados, que no acertaba a
distinguir si eran lamentos de hombres o rugidos de fiera. Poco después vio
desfilar allá en la altura, sobre las cimas de los árboles, deslizándose de
rama en rama, de tronco en tronco, una muchedumbre de monos. Se colgaban de la
cola, se balanceaban lentamente en el aire, se tendían y alargaban los brazos
velludos para alcanzar la rama próxima. Al divisar a Chispas se detenían
a examinarlo, lo observaban con sorpresa, se sentaban o se ocultaban,
chillaban, haciendo visajes grotescos.
Bandadas de aves que buscaban sus nidos
azotaron los follajes y llenaron el bosque de estrepitosos aleteos.
Cerró la noche. El viento agitó con más fuerza
la cúpula de la selva; los rumores que durante la tarde habían poblado la
inmensa soledad, cambiaron de tono, se hicieron extraños, melancólicos. Un
hervor estruendoso, una variedad infinita de sonidos en que sobresalían silbos
agudos, algo como voces de alerta, cantos monótonos, graznidos de búhos, de
aves acuáticas, rugidos de fieras.
En la oscuridad revolaban, lanzando tenues
resplandores, miríadas de cocuyos y luciérnagas; y a lo largo de los troncos
podridos, como sobre las fosas de un cementerio, se encendían y se apagaban
fosforescencias fugitivas.
Poco a poco, a pesar de su valor, Chispas
dejó penetrar en su alma el miedo. Trató de apresurar la marcha, pero a cada
paso tropezaba y caía; entonces la hojarasca húmeda se le antojaba como la piel
de un reptil; los cocuyos, como los ojos fulgurantes de un tigre; los bejucos,
manos que iban a estrangularlo; y detrás de los troncos creía ver deslizarse
fantasmas en acecho.
Después de horas y horas de marcha sus fuerzas
se agotaban, su naturaleza le pedía reposo; pero él, con esfuerzos de suprema
energía, los pies destrozados y las manos sangrientas, adelantaba. De un
momento a otro se abrió ante sus ojos el firmamento; vio brillar las estrellas;
trató de orientarse, de reconocer el sitio en que se hallaba: ¡era el bosque de
palmas!...
Con rabia, con desesperación, con desconsuelo
infinito comprendió que, con tantos esfuerzos y tan abrumadores fatigas, había
girado sin avanzar, desandado el camino. Lo invadió el desaliento. ¿Para qué
luchar más? Era mejor entregarse a su destino adverso, dejarse morir... No, el
reposo, el sueño le devolvería las fuerzas. ¿Para qué empeñarse en caminar de
noche? ¿Para qué agotarse en una marcha inútil? Al venir el día podría
orientarse fácilmente, alcanzar la orilla del río, seguir una dirección fija y
segura.
Tranquilizado, dueño de sí mismo, se tendió en
el suelo al pie de una palma, y, a pesar del hambre que lo acosaba, pronto se
apoderó de él un sueño profundo.
Fue un sueño inquieto, atormentado por
lúgubres visiones: le parecía que reptiles fríos se deslizaban sobre su cuerpo;
que una serpiente se envolvía en su garganta; que una fiera le devoraba las
entrañas. Cada uno de sus sueños terribles correspondía a un dolor o a una
angustia. Se despertó sobresaltado, sintiendo sobre su rostro un hálito
ardiente, un vaho de fuego; se incorporó rápidamente, y a la luz incierta de
las estrellas y de las luciérnagas, pudo distinguir un tigre que, asustado, dio
un salto atrás, lanzó un rugido, y se internó por la maleza.
Presa de terror, enloquecido, Chispas
echó a correr sin rumbo, sin objeto, para huir, para libertarse de esa selva
infernal y siniestra. Aunque estaba extenuado, surgió en él un vigor
extraordinario, sus músculos tomaron la elasticidad y la resistencia del acero.
Reventaba los bejucos, destrozaba con las manos las malezas, con saltos
prodigiosos salvaba los zanjones, los troncos caídos; se estrellaba contra los
árboles, se arrastraba como un reptil, se levantaba, volvía a caer y tornaba a
erguirse para continuar su carrera; nada lo detenía, nada lo paralizaba, ningún
obstáculo era capaz de contenerlo.
A la madrugada salió la luna y llenó el bosque
de espantos y misterios. Difundía una penumbra vacilante, una claridad
blanquecina, que daba toques de luz a los troncos y al piso, dejando lo demás
sumido en tiniebla profunda. Alumbraba a parches las charcas de los pantanos,
disolviendo en ellos sus tintas lúgubres. Dibujaba en la espesura figuras
angulosas, grotescas o trágicas. Parecía comunicar a la selva su espíritu y su
vida, esa vida hecha de tristezas y de melancolías.
La presencia de esa luz vaga, y más que ella,
el sentimiento de sus angustias y dolores, lo despertaron a la realidad, le
devolvieron la razón. Se detuvo. A pesar de la agitación, sintió su cuerpo
frío; se palpó y estaba empapado; comprendió que, sin sentido, había caído en
el agua. Las picaduras de los insectos se hicieron intolerables. El ayuno,
agravado por el ejercicio, le producía calambres, una agonía mortal, el
aniquilamiento de todo su ser. Sentía la garganta como brasas encendidas. Con
calma buscó agua, bebió unos sorbos con avidez, echado de bruces sobre el
suelo.
La luna desapareció y las sombras lo
envolvieron de nuevo. Reflexionó en la inutilidad de esa marcha loca; en lo
estéril de esa agitación, que le hacía disipar los restos de sus fuerzas.
Esperaría la aurora.
Sentóse a descansar; el sueño comenzó a
invadirlo. Volvieron las terribles visiones, los reptiles, las fieras. El
sueño, que lo entregaba inerme al veneno de las serpientes, al colmillo de los
tigres, le inspiró entonces más espanto que los peligros y tormentos que
acababan de torturarlo. Lo consideró como su enemigo más terrible, y de esa
suerte se entabló una lucha entre ese cuerpo exánime y el sueño, que Chispas
se imaginó como un monstruo invencible que se le acercaba fascinándolo, lo
atraía, le cerraba los párpados, le aflojaba los miembros, le arrebataba la
voluntad y le tendía por tierra. Para resistirle, hacía esfuerzos sobrehumanos,
desplegaba un último resto de energía: se movía a uno y otro lado; se hería, se
levantaba, se golpeaba la cabeza contra los troncos, se frotaba las heridas
hechas por los insectos hasta chorrear sangre, y en medio de las tinieblas por
horas y horas continuaba esa lucha extenuante.
El alba no llegaba, y en medio de esa
expectactiva y de esos sufrimientos, en cada átomo de eternidad estaba la
eternidad entera.
Al fin acabó esa noche de minutos
interminables. Vino la luz. La selva entonó el himno de la mañana. Un
estremecimiento de esperanza, una vibración de regocijo, una sinfonía de
gorjeos, de trinos y de alegres cantos, envolvían al desgraciado, lo
penetraban, le comunicaban aliento, lo empujaban adelante.
Del fondo del alma, Chispas dirigió de
rodillas una corta oración al cielo, levantó a Dios su espíritu, le pidió que
lo sacara del laberinto, y lleno de fe emprendió su camino.
Después de corta marcha sintió que su cuerpo
no correspondía a la virilidad de su espíritu, y que, habiendo dado de sí lo
que podía, estaba cansado, agotado, destruido; que su voluntad no tenía en qué
apoyarse, de quién servirse; y empezó a andar entonces con lentitud extrema
tambaleando como un ebrio, apoyándose en los troncos, cogiéndose de las ramas
con mano insegura. Sentía en las piernas un peso extraño, algo que no era de su
cuerpo, como dos lingotes de hierro que tenía que arrastrar por un suelo desigual;
de sien a sien un clavo ardiente y por todo el cuerpo un hormigueamiento
insoportable como si millares de agujas lo traspasaran.
Por su cerebro, quemado por la fiebre,
cruzaban visiones terrificantes, soñaba a plena luz. Alternativamente pasaban
delante de sus ojos visiones horribles o dulcísimas; a veces imágenes de
muerte, a veces escenas felices del pasado: su matrimonio en la capilla de El
Sauzal, las caricias de su esposa, el niño recién nacido que le tendía los
brazos...
Cayó al suelo. Quiso gritar, pedir auxilio;
pero de su garganta no salió sino un soplo imperceptible, un estertor áspero y
ronco. Vencido, exánime, moribundo, sólo su pensamiento, sólo su imaginación
sobreexcitada giraba, se movía con la rapidez del rayo.
Sintió el paso de la muerte, la sentencia
definitiva, irrevocable; se vio a sí mismo tendido, con los ojos abiertos,
comido por los cuervos, devorado por las fieras. ¿Qué sería de su familia? Vio
entonces a Damiana, con el niño de la mano, pidiendo limosna de puerta en
puerta. Ambos vestidos de andrajos: el niño lloraba, y las gentes los
rechazaban con escarnio. Los sollozos empezaron a levantar su pecho; unos
sollozos mudos, porque su garganta no articulaba sonido; las lágrimas corrieron
sobre sus mejillas ardientes.
Vio un rostro amoratado, granuloso, que le
clavaba unos ojos bizcos. ¡Socarraz!... Golpeaba a Damiana, azotaba al niño que
lo imploraba llorando... ¡No! no golpeaba a Damiana, la acariciaba, la
arrebataba entre sus brazos y... ella... le sonreía con aquella boca tan
fresca, dejaba ver las dos carreras de dientes magníficos que daban tanta
expresión a su sonrisa...
No, él no quería morir. Se apoyó sobre las
manos temblorosas. Incorporado a medias, levantó a Dios la mirada y en una
exhalación suprema le pidió la vida para sí, y amparo para su mujer y su hijo,
esos pedazos de su corazón que morirían en el abandono y la miseria... o que
arrebataría el otro.
Y empezó de nuevo a moverse, a arrastrarse,
gastando en un corto trecho horas enteras.
Sintió en los árboles ruidosos aleteos, unos
graznidos siniestros, y vio una bandada de cuervos, que alargando sus corvos
picos sobre los follajes, lo seguían. Era un presagio de muerte; pero una
resignación súbita, una consolación suprema, bajó de los cielos y fortificó su
espíritu abatido. La muerte era la libertad, el fin de sus dolores, la unión
con su Dios, el principio de una vida mejor. No lucharía más: esperaría gozoso
el desenlace... Y permaneció largo tiempo en sosiego, entregando su alma al
Creador, encomendándole los seres queridos, haciendo actos de contrición, de
amor supremo.
Oyó cercano el pito de un vapor. ¿Eran
delirios de la fiebre? No, el pitazo se repetía, acercándose, neto y preciso.
Luego percibió también el toque de las cornetas, como preludio de salvación,
como un saludo de la vida.
‑¡Ah... el campamento!...
Al estrépito de la rueda de un vapor, el
oleaje que azotaba la playa y los acecidos de la máquina que se acercaron más y
más, pasaron enfrente, se alejaron. La esperanza, la alegría, los celos, la
voluntad de vivir pusieron en ese cuerpo casi extinto una chispa de energía,
una fuerza, un vigor inesperado.
Llega a la orilla del río; cae sobre la playa.
Un sueño de fiebre invencible lo domina, lo clava en el sitio, lo paraliza.
La bandada de cuervos se abate, empieza a
examinarlo alargando sus cuellos desnudos, dando saltos traidores,
entreabriendo las alas. Asoma en la orilla del río la enorme cabeza de un
caimán con las mandíbulas abiertas; apoya sus garras en la barranca; sale su
dorso y avanza deslizándose sobre la arena con meneos de serpiente.
Los cuervos ven ese rival que va a
arrebatarles su presa y se alarman, lanzan graznidos dirigiendo hacia él sus
picos de acero.
El caimán da una tarascada, toma a Chispas
por una pierna y lo arrastra caminando para atrás a tirones.
Los cuervos remolinean, graznan furiosos, se
aprietan y saltan en un baile grotesco.
Aparecen en las aguas de la orilla otros
caimanes.
De pronto el cuerpo del desgraciado Chispas,
el caimán que lo arrastra, los que esperan y van a disputárselo en el fondo del
río, todo desaparece en una sola consumida, tan silenciosa, tan suave... que
apenas oscilaron las hierbas de la ribera...
***

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